Produced by Camille Bernard & Marc D'Hooghe at http://www.freeliterature.org LOS MERODEADORES DE FRONTERAS. --NOVELA ESCRITA EN FRANCS POR-- MR. GUSTAVO AIMARD TRADUCCIN DE D. J.F. SAENZ DE URACCA. MADRID CARLOS BAILLY-BAILLIERE LIBRERA EXTRANJERA Y NACIONAL, CIENTFICA Y LITERARIA _--Plaza del Prncipe Don Alfonso, nm._.8.-- PARS - J. B. Bailliere e hijo. LONDRES - H. Bailliere. NUEVA-YORK - Bailliere hermanos. 1863. LOS MERODEADORES DE FRONTERAS I. EL FUGITIVO. Las inmensas selvas vrgenes que cubran el territorio de la Amrica septentrional tienden cada vez ms a desaparecer bajo los hachazos precipitados de los _squatters_ y de los desmontadores americanos, cuya actividad insaciable hace que los lmites de los desiertos vayan retrocediendo de continuo hacia el Oeste. Ciudades florecientes, campos bien labrados y cuidadosamente sembrados, ocupan ahora las regiones en que, apenas hace diez aos, se alzaban bosques impenetrables cuyas ramas seculares, solo dejaban penetrar a duras penas los rayos del sol, y cuyas inexploradas profundidades cobijaban animales de todas clases, sirviendo al paso de guarida a hordas de indios nmadas, cuyas costumbres belicosas hacan resonar con frecuencia el grito de guerra bajo aquellas bvedas majestuosas de ramas y de hojarasca. Hoy los bosques han cado; sus sombros habitantes, rechazados paulatinamente por la civilizacin que les persigue sin tregua ni descanso, han huido paso a paso delante de ella; han ido a buscar a lo lejos otros retiros ms seguros, llevndose consigo los huesos de sus padres a fin de que no fuesen desenterrados y profanados por la desapiadada reja del arado de los blancos, que traza su largo y productivo surco sobre sus antiguos territorios de caza. Este desmonte continuo, incesante, del continente americano ser un mal? No por cierto; al contrario, el progreso, que marcha a pasos agigantados y tiende a trasformar antes de un siglo el suelo del Nuevo Mundo, merece todas nuestras simpatas. Sin embargo, no podemos menos de experimentar un sentimiento de dolorosa conmiseracin hacia esa raza infortunada puesta brutalmente fuera de la ley, acorralada sin compasin por todos lados, que disminuye de da en da y se ve condenada de un modo fatal a desaparecer muy pronto de aquella tierra, cuyo inmenso territorio, hace todo lo ms cuatro siglos, cubra con sus innumerables masas. Si el pueblo elegido por Dios para operar los cambios que sealamos hubiese comprendido su misin, quizs a una obra de sangre y de carnicera la hubiera convertido en una obra de paz y de paternidad; y armndose con los divinos preceptos del Evangelio, en vez de cogerlos rifles, las teas incendiarias y los sables, hubiera llegado, en un tiempo dado, a verificar una fusin de las dos razas, blanca y roja, y a obtener un resultado ms provechoso para el progreso, para la civilizacin, y sobre todo para esa gran fraternidad de los pueblos que a nadie le es lcito despreciar, y de la que un da tendrn que dar terrible y estrecha cuenta todos aquellos que, olvidan sus preceptos divinos y sagrados. No se convierte uno impunemente en asesino de una raza entera; no se baa a sabiendas en la sangre inocente, sin que al fin esa sangre clame venganza, sin que el da de la justicia brille y llegue bruscamente a echar su espada en la balanza entre los vencedores y los vencidos. En la poca en que comienza nuestra historia, es decir, hacia fines del ao de 1812, la emigracin no haba adquirido todava ese acrecentamiento inmenso que muy luego deba llegar a tener; acababa de comenzar, por decirlo as, y los vastos bosques que se extendan y cubran un espacio inmenso entre las fronteras de los Estados Unidos y de Mjico, solo eran recorridos por los pasos furtivos de los traficantes y de los cazadores de los bosques, o por los _mocasines_ silenciosos de los pieles rojas. En medio de uno de los inmensos bosques que acabamos de mencionar, es donde comienza nuestro relato, el 27 de octubre de 1812, hacia las tres de la tarde. El calor haba sido sofocante bajo la enramada; pero en aquel momento los rayos del sol, cada vez ms oblicuos, alargaban la sombra de los rboles, y la brisa de la tarde, que acababa de levantarse, refrescaba la atmsfera y se llevaba a lo lejos las nubes de mosquitos que durante toda la maana haban estado zumbando y revoloteando encima de los pantanos. Era en las orillas de un afluente perdido del Arkansas: los rboles de ambos lados, inclinados suavemente, formaban una espesa bveda verde sobre sus aguas apenas rizadas por el soplo inconstante de la brisa: en algunas partes, flamantes de color de rosa, garzas blancas plantadas sobre sus largas patas, pescaban su comida con esa mansedumbre indolente que por lo general caracteriza a la raza de los grandes zancudos; pero de improviso se pararon, tendieron el cuello hacia adelante, como para escuchar algn ruido desusado, y echando a correr repentinamente para olfatear en direccin del viento, emprendieron el vuelo lanzando gritos de terror. De pronto reson un tiro, repetido por los ecos del bosque, y cayeron dos flamantes. En el mismo instante una piragua ligera dobl con rapidez un cabo pequeo formado por manglares que se avanzaban sobre el lecho del ro, y comenz a perseguir a los dos flamantes que haban cado al agua: uno de ellos haba quedado muerto en el acto, y era arrastrado por la corriente; pero el otro, levemente herido al parecer, hua con extremada rapidez y nadaba con vigor. La embarcacin de que hemos hablado era una piragua india construida con corteza de abedul arrancada del tronco por medio de agua caliente. En la piragua no haba ms que un solo hombre; su rifle, colocado en la proa, y que todava echaba humo, probaba que l era quien haba disparado el tiro. Haremos el retrato de este personaje, que est llamado a representar un papel importante en nuestra narracin. Segn poda juzgarse en aquel momento por razn de su postura en la piragua, era un hombre de estatura elevada; su cabeza, algo pequea, se hallaba unida por un cuello robusto a unos hombros de una anchura poco comn; msculos duros como cuerdas se destacaban en sus brazos a cada movimiento que hacan; en resumen, todo el aspecto de aquel individuo denotaba un vigor llevado a su ltimo lmite. Su rostro, animado por unos ojos grandes y azules, chispeantes de sagacidad, tena una expresin de franqueza y de lealtad que agradaba desde el primer momento, y que completaba el conjunto de sus facciones regulares y de su ancha boca sobre la cual se deslizaba una eterna sonrisa de buen humor. Tendra, cuando ms, de veintitrs a veinticuatro aos, aunque su tez tostada por la intemperie de las estaciones y la poblada barba de un rubio claro que cubra la parte inferior de su cara, le hacan aparentar ms edad. Aquel hombre vesta el traje de cazador de las selvas; un gorro de piel de castor, cuya cola colgaba sobre sus espaldas, sujetaba con sumo trabajo los espesos rizos de su dorada cabellera, que caa en desorden sobre sus hombros; una blusa de caza, de percal azul, oprimida en las caderas por un cinturn de piel de gamo, le caa hasta cerca de sus nervudas rodillas; unos _mitasses_ o especie de calzones ceidos cubran sus piernas, y sus pies estaban guarecidos de las espinas y de las picaduras de los reptiles por unos _mocasines_ indios. Su morral, de cuero curtido, le colgaba del hombro izquierdo en forma de bandolera, y, como sucede a todos los audaces cazadores de las selvas vrgenes, sus armas consistan en un buen rifle, un cuchillo de monte de hoja recta de diez pulgadas de longitud y dos de anchura, y una hacha de hierro que brillaba como un espejo. Estas armas, exceptuando naturalmente el rifle, estaban colgadas de su cinturn, el cual sostena adems dos cuernos de bisonte llenos de plvora y de balas. Equipado de este modo, navegando en aquella piragua rodeada por un paisaje imponente, el aspecto de aquel hombre tena algo de grandioso, que impona e inspiraba un respeto involuntario. El cazador de los bosques, propiamente dicho, es uno de esos numerosos tipos del Nuevo Mundo que no tardarn en desaparecer por completo ante los progresos incesantes de la civilizacin. Los cazadores de los bosques, esos atrevidos exploradores de los desiertos, en los cuales trascurra su existencia entera, eran unos hombres que, impulsados por un espritu de independencia y un deseo desenfrenado de libertad, sacudan, para no volver a someterse nunca a ellos, los pesados vnculos con que la sociedad sujeta a sus miembros, y que, sin ms objeto que el de vivir y morir sin verse avasallados por ninguna otra voluntad que no sea la suya, nunca impulsados por la esperanza de ningn lucro, cosa que despreciaban por completo, abandonaban las ciudades y se internaban resueltamente en las selvas vrgenes; vivan al da, indiferentes respecto de lo presente, sin cuidarse de lo porvenir, convencidos de que nunca les faltara Dios en un momento de necesidad, y colocndose as fuera de la ley comn, que desconocan, en el ltimo lmite que separa a la barbarie de la civilizacin. La mayor parte de los cazadores ms afamados que vivan en los bosques fueron canadienses. En efecto, en el carcter normando hay algo de osado y aventurero, que es muy a propsito para ese gnero de vida lleno de peripecias singulares y de sensaciones deliciosas cuyo encanto embriagador solo pueden comprender aquellos que lo han disfrutado. Los canadienses nunca han admitido como principio el cambio de nacionalidad que los ingleses han intentado imponerles; se han considerado siempre a s mismos como franceses; sus ojos han quedado constantemente fijos en esa ingrata madre patria que con tan cruel indiferencia los abandon. An hoy en da, al cabo de tantos aos, los canadienses continan siendo franceses; su fusin con la raza anglo-sajona solo es aparente, y bastara el pretexto ms leve para producir un rompimiento definitivo entre los ingleses y ellos. El gobierno ingls lo sabe muy bien; y por eso emplea para con sus colonias del Canad una mansedumbre que se guarda muy bien de emplear para con sus dems posesiones. En los primeros tiempos de la conquista, esa repulsin (no nos atrevemos: a decir odio), era tan pronunciada entre las dos razas, que los canadienses emigraron en masa por no sufrir el yugo humillante que se les quera imponer. Los que siendo demasiado pobres para abandonar definitivamente su patria, se vieron obligados a continuar habitando en aquella tierra envilecida ya por la ocupacin extranjera, escogieron la ruda profesin de cazadores de los bosques, y prefirieron adoptar esa existencia de miserias y de peligros, a sufrir la vergenza de someterse a la ley de un vencedor aborrecido. Sacudiendo el polvo de sus zapatos en los umbrales del paterno techo, se echaron la escopeta al hombro, y ahogando un suspiro de pesadumbre, se alejaron para no volver, internndose resueltamente en las selvas impenetrables del Canad, comenzando, sin saberlo, esa generacin de intrpidos exploradores de los que en el principio de nuestro relato hemos puesto en escena a uno de los ms hermosos y por desgracia ltimos tipos. El cazador continuaba remando vigorosamente; muy luego alcanz el primer flamante, que ech en el fondo de su piragua; pero el segundo le dio ms que hacer: durante algn tiempo hubo una lucha de rapidez entre el pjaro herido y el cazador; sin embargo, el primero fue perdiendo gradualmente sus fuerzas, sus movimientos se tornaron vacilantes, agit el agua de una manera convulsiva, un golpe de plano que le dio el canadiense con un remo puso trmino a su agona, y fue a reunirse con su compaero en el fondo de la piragua. Tan luego como el cazador hubo pescado su caza, retir sus remos y se puso a cargar su rifle con ese esmero que consagran a tal operacin los que saben que su vida puede depender de una carga de plvora. Cuando su arma se hall de nuevo en buen estado, el canadiense dirigi en torno suyo una mirada exploradora. --Eh! dijo al cabo de un instante hablando consigo mismo, hbito que contraen por lo general los individuos cuya existencia es solitaria, Dios me perdone, pero creo que, sin sospecharlo, he llegado al sitio de la cita. No, no me engao; all a la derecha estn los dos sauces derribados y que han cado en cruz uno sobre otro, cerca de aquella roca que avanza sobre el agua; pero qu es eso! exclam bajndose y montando su rifle. De pronto haban resonado en el bosque los ladridos furiosos de varios perros; los matorrales se apartaron con violencia, y un negro apareci sbitamente en la cumbre de la roca en que se fijaban en aquel momento los ojos del canadiense. Aquel hombre, cuando hubo llegado al extremo de la roca, se par un instante, pareci como que prestaba atento odo, dando muestras de la ms profunda agitacin; pero aquella detencin fue muy corta, pues apenas hubo permanecido as algunos segundos cuando, alzando los ojos hacia el cielo en ademan de desesperacin, se precipit al ro y nad vigorosamente hacia la opuesta orilla. Apenas se hubo apagado el ruido de la cada del negro al agua, cuando varios perros llegaron corriendo a la plataforma y comenzaron un concierto de ladridos espantosos. Aquellos perros eran muy corpulentos, tenan la lengua colgando, los ojos inyectados en sangre y el pelo erizado, como si acabasen de dar una carrera larga. El cazador movi varias veces la cabeza de uno a otro lado, fijando una mirada de compasin en el desventurado negro, que nadaba con esa energa de la desesperacin que centuplica las fuerzas, y cogiendo los remos, dirigi su piragua hacia l con el objeto evidente de prestarle auxilio. Apenas haba comenzado a hacer esta maniobra, cuando se alz en la orilla una voz ronca que gritaba: --Eh! Eh! Silencio, demonios! Silencio, vive Dios! Los perros lanzaron algunos aullidos lastimeros, y en seguida se callaron. Entonces el individuo que les haba reido grit con voz an ms fuerte: --Eh! l de la piragua! Oh! El canadiense atracaba en aquel momento su embarcacin a la otra orilla; var la piragua en la arena y se volvi con indolente indiferencia hacia su interlocutor. ste era un hombre de mediana estatura, rechoncho, y vesta el traje que suelen usar los labradores acomodados; su fisonoma era brutal y repugnante; cuatro hombres, que parecan ser criados suyos, se mantenan cerca de l: intil ser decir que cada uno de estos cinco individuos se hallaba armado con una escopeta. En aquel sitio el ro era bastante ancho; tena prximamente cuarenta metros de orilla a orilla, lo cual estableca, al menos provisionalmente, una barrera bastante respetable entre el negro y sus perseguidores. El canadiense se apoy en el tronco de un rbol y replic en tono bastante despreciativo: --Es a m a quin se dirige V., por casualidad? --Pues a quin ha de ser, vive Dios! respondi encolerizado el primer interlocutor. Vamos, procure V. responder categricamente a mis preguntas. --Y por qu he de responder a esas preguntas, si V. gusta? repuso el canadiense riendo. --Porque yo se lo mando, bergante! dijo el otro brutalmente. El cazador se encogi de hombros desdeosamente. --Buenas tardes! dijo, e hizo un movimiento para alejarse. --Estese V. ah, vive Dios! grit el americano, o si no, tan cierto como me llamo John Davis, le planto a V. una bala en la cabeza. Y al proferir esta amenaza se ech la escopeta a la cara. --Ja! Ja! dijo el canadiense rindose; Es V. John Davis, el famoso cazador de esclavos? --S, yo soy: y qu? dijo John con tono brusco. --Perdone V., an no le conoca ms que de odas; pardiez! Celebro en el alma haberle visto. --Pues bien; ahora que ya me conoce V., se halla dispuesto a responder a mis preguntas? --Falta saber de qu gnero sern: veamos! --Qu se ha hecho mi esclavo? --De quin habla V.? Del hombre que hace un momento se tir al agua desde la plataforma en la cual se halla V. ahora? --S; dnde est? --Aqu, a mi lado. En efecto, el negro, apurados su nimo y su fuerza despus de la lucha desesperada que haba sostenido durante la encarnizada persecucin de que fue objeto, se haba arrastrado hasta el sitio en que estaba el canadiense, y se haba tendido a sus pies casi desmayado. Al or al cazador denunciar tan categricamente su presencia, junt las manos con esfuerzo, y alzando hacia l su rostro inundado en llanto, exclam con indescriptible expresin de angustia: --Oh! Mi amo! Slveme V., por compasin! --Hola! grit John Davis en tono irnico; creo que podremos entendernos, mocito, y que no le desagradar a V. ganar la gratificacin. --En verdad, no me desagradara saber en cunto se tasa la carne humana en vuestro pas de tan decantada libertad. Es muy crecida esa recompensa? --Veinte duros por un negro fugitivo. --Eso es muy poco, dijo el canadiense haciendo una mueca desdeosa --Le parece a V. as? --S por cierto. --Y sin embargo, para hacerle a V. ganar ese dinero, solo le pido una cosa muy fcil. --Cul es? --Atar a ese negro, meterle en la piragua y trarmele. --Muy bien; en efecto, no es difcil. Y cuando est en poder de V., suponiendo que yo consienta en devolvrsele, qu piensa V. hacer con este pobre diablo? --Eso no es cuenta de V. --Es verdad; por eso no lo preguntaba sino como un simple dato. --Vamos, decdase V., que no puedo perder tiempo en malgastar palabras. Qu me responde V.? --Lo que respondo, Seor John Davis, a V. que cara a los hombres con perros menos feroces que V., y que al obedecerle no hacen ms que lo que su instinto les ensea, es esto: que es V. un miserable, y que si no cuenta sino conmigo para restituirle su esclavo, puede considerar a ste como perdido. --Ah! Esas tenemos? exclam el americano rechinando los dientes con rabia. En seguida, volvindose hacia sus criados, grit: --Fuego sobre l! Fuego! Fuego! Y uniendo el ejemplo al precepto, se ech el rifle a la cara con viveza, y dispar. Sus criados le imitaron: resonaron cuatro tiros, y se confundieron en una sola explosin que los ecos de la selva repitieron en un tono lgubre. II. QUONIAM. El canadiense no perda de vista un solo movimiento de sus adversarios mientras les estaba hablando; por eso, cuando estall la descarga mandada por John Davis, qued sta sin efecto; el joven se haba ocultado con rapidez detrs de un rbol, y las balas silbaron inofensivas junto a sus odos. El mercader de esclavos estaba furioso por verse burlado as por el cazador; profera contra l las amenazas ms horribles, blasfemaba y pateaba con rabia. Pero de nada servan las amenazas y las blasfemias; a no ser que atravesasen el ro a nado, lo cual era impracticable en frente de un hombre tan resuelto como pareca serlo el cazador, no haba medio hbil para vengarse de l, ni mucho menos para apoderarse del esclavo a quien tan decididamente haba tomado bajo su proteccin. Mientras el americano se devanaba los sesos intilmente para encontrar un recurso que le procurase alguna ventaja, silb una bala, y el rifle que tena en la mano qued hecho astillas. --Perro maldito! exclam rugiendo de clera; Quieres asesinarme? --Tendra derecho para hacerlo, respondi el canadiense; me hallo en el caso de legtima defensa, puesto que tambin V. ha querido matarme; pero prefiero tratar por buenas, aunque estoy firmemente persuadido de que prestara un gran servicio a la humanidad plantndole a V. un par de postas en el crneo. Y en el mismo instante una segunda bala fue a romper la escopeta de uno de los criados que se ocupaba en volverla a cargar. --Ea! Concluyamos! exclam el americano exasperado. Qu quiere V.? --Ya lo he dicho; entrar pacficamente en tratos con V. --Pero bajo qu condiciones? Dgamelas V. al menos. --Dentro de un instante. El rifle del segundo criado qued roto de un balazo, como el primero. De los cinco hombres, tres estaban ya desarmados. --Maldicin! grit el mercader de esclavos; Ha resuelto V. tomarnos a todos por blanco unos despus de otros? --No; solo quiero igualar las probabilidades. --Pero. --Ya est hecho. La cuarta escopeta qued hecha astillas, como las dems. --Ahora, aadi el canadiense apareciendo, hablemos. Y saliendo de su escondite, se adelant hasta la orilla del ro. --S, hablemos, demonio! exclam el americano. Con un movimiento tan rpido como el pensamiento se apoder del ltimo rifle y se lo ech a la cara; pero antes de que hubiese podido soltar el tiro, rod por la plataforma lanzando un grito de dolor. La bala del cazador le haba roto un brazo. --Espreme V., que all voy, repuso el canadiense, siempre con su tono burln. Volvi a cargar su rifle, salt a la piragua, y en breve espacio de tiempo estuvo al otro lado del ro. --Vamos! dijo desembarcando y acercndose al americano, que se retorca como una culebra sobre la plataforma, aullando y blasfemando. Ya se lo haba a V. advertido; yo solo, quera igualar las probabilidades, y no debe V. quejarse de lo que le sucede, amigo mo: suya es toda la culpa. --Cogedle! Matadle! gritaba el miserable posedo de indecible rabia. --Vaya, vaya, tranquilicmonos! En ltimo resultado no tiene V. ms que un brazo roto; comprenda V. que me habra sido muy fcil matarle si hubiese querido. Qu diablos! Es preciso tener las cosas en cuenta; no es V. razonable. --Oh! Yo te matar! grit John rechinando los dientes. --No lo creo, al menos por ahora; ms tarde no digo que no. Pero dejemos eso; voy a examinar la herida de V. y a curarla mientras charlamos. --No me toques! No te acerques! O no s lo que har! El canadiense se encogi de hombros y dijo: --Est V. loco! John Davis, no pudiendo soportar por ms tiempo el estado de exasperacin en que se hallaba, y debilitado adems por la sangre que perda, hizo un esfuerzo intil para levantarse y precipitarse sobre su enemigo; pero cay de espaldas y se desmay murmurando una imprecacin postrera. Los criados se haban quedado aterrados, tanto por la destreza sin igual de aquel hombre singular, como por la audacia con que, despus de haberlos desarmado, haba atravesado el ro para ir a entregarse en sus manos, por decirlo as; pues si ya no tenan escopetas, en cambio les quedaban sus pistolas y sus cuchillos de monte. --Eh! Seores, dijo el canadiense frunciendo el entrecejo, hganme el favor de tirar el cebo de sus pistolas, pues, de lo contrario, vive Dios que vamos a vernos las caras! Los criados no tenan el ms mnimo deseo de empear una lucha con l; adems, la simpata que experimentaban hacia su amo no era muy grande, mientras que, por el contrario, el canadiense, merced a la manera expeditiva en que haba obrado, les inspiraba un verdadero terror supersticioso; obedecieron, pues, a su orden con una especie de apresuramiento, y an quisieron entregarle sus cuchillos de monte. --No es necesario, dijo el cazador. Ahora ocupmonos en cuidar a este buen hombre. Sera lstima privar a la sociedad de un personaje tan digno de estimacin y que constituye su ms bello adorno. En seguida puso manos a la obra ayudado por los criados, quienes ejecutaban sus rdenes con una rapidez y un celo extraordinarios, tanto era lo dominados que se sentan por aquel hombre. Los cazadores de los bosques, obligados, por el gnero de vida que llevan, a pasarse sin ningn auxilio ajeno, poseen todos, en cierto grado, las nociones elementales de la medicina y sobre todo de la ciruga; y en un caso dado, pueden curar una fractura o una herida cualquiera como el primer doctor graduado en una facultad, y esto con medios muy sencillos, y empleados generalmente con muy buen xito por los indios. El cazador, con la destreza y la habilidad con que verific la primera cura del herido, prob que, si saba hacer dao, tambin saba remediarlo perfectamente. Los criados contemplaban con creciente admiracin a aquel hombre extraordinario que pareca haberse trasformado de improviso y proceda con un aplomo, un golpe de vista y una mano tan ligera, que muchos mdicos le hubieran envidiado. Mientras se estaba haciendo la cura, el herido volvi en s y abri los ojos, pero permaneci silencioso: su furor se haba calmado; su carcter brutal se hallaba domado por la resistencia enrgica que el canadiense le opusiera. Como sucede siempre cuando la primera cura est bien hecha, al primitivo y violento dolor de la herida, haba sucedido un bienestar indefinible; por eso John, agradeciendo, a pesar suyo, el alivio que experimentaba, sinti fundirse su odio y transformarse en un sentimiento que an no acertaba a comprender, pero que a la sazn le haca mirar a su adversario de un modo casi amistoso. Para hacer a John Davis la justicia debida, diremos que no era mejor ni peor que ninguno de sus colegas que, como l, traficaban en carne humana: acostumbrado al dolor de los esclavos, a quienes no consideraba sino como seres privados de razn, como una mercanca en fin, su corazn se haba embotado gradualmente hasta el extremo de no sentir las emociones dulces: en un negro no vea ms que el dinero que haba desembolsado y el que esperaba sacar vendindole; y como verdadero comerciante, tena mucho apego a su dinero: un esclavo fugitivo le pareca un miserable ladrn contra el cual se poda emplear cualquier medio para obligarle a restituirse a poder de su dueo. Sin embargo, aquel hombre no era inaccesible a todo buen sentimiento, y an fuera de su comercio gozaba de cierta fama de bondadoso y pasaba por un sujeto muy decente. --Vamos, ya est hecho, dijo el canadiense dirigiendo una mirada de satisfaccin a las ligaduras; dentro de tres semanas ya no se conocer nada, si V. se cuida bien, con tanto ms motivo cuanto que, por una felicidad inaudita, la bala no ha tocado al hueso, y no ha hecho ms que atravesar las carnes. Ahora, amigo mo, si quiere V. que hablemos, estoy dispuesto. --Yo nada tengo que decir sino que se me devuelva el maldito negro que ha sido causa de todo el mal. --Vaya! Si continuamos as, creo que no llegaremos a entendernos. Ya sabe V. que precisamente con motivo de la devolucin del maldito negro, como V. le llama, es como se ha suscitado la contienda. --Sin embargo, no puedo perder mi dinero. --Cmo su dinero? --O mi esclavo, si V. prefiere que se diga as, representa para m una cantidad que no deseo perder en manera alguna, con tanto ms motivo cuento que hace algn tiempo que los negocios andan muy mal, y he experimentado prdidas considerables. --Es muy sensible, le compadezco a V. sinceramente; sin embargo, yo tendra empeo en arreglar este negocio por buenas, segn lo comenc, repuso el canadiense en tono bonachn. El americano hizo una mueca y dijo: --Rara manera tiene V. de tratar los negocios por buenas. --Es culpa de V., amigo mo, si no nos hemos entendido desde luego; ha estado V. un poco vivo de genio, confiselo. --En fin, no hablemos ms de eso; lo hecho, hecho est. --Tiene V. razn, volvamos a nuestro negocio; desgraciadamente soy pobre; a no ser as, le dara a V. algunos centenares de duros, y todo quedara concluido. El mercader se rasc la cabeza. --Escuche V., dijo; no s por qu, pero, a pesar de lo que ha pasado entre nosotros y an quizs por eso mismo, no quisiera que nos separsemos incomodados, y tanto ms cuanto que no tengo grande apego a Quoniam. --Qu es eso de Quoniam? --Es el nombre del negro. --Ah! Muy bien. Raro nombre ha ido V. a ponerle. En fin, no importa. Con que dice V. que no tiene grande empeo en conservarle? --A la verdad que no. --Entonces, por qu le daba V. caza de un modo tan encarnizado, con acompaamiento de perros y rifles? --Por amor propio. --Ah! dijo el canadiense con un gesto de descontento. --Escuche V., al fin y al cabo yo soy mercader de esclavos. --Un oficio muy feo, sea dicho entre parntesis, observ el cazador. --Puede ser, no discuto acerca de eso. Hace un mes, en _Baton-Rouge_, se anunci una gran venta de esclavos de ambos sexos pertenecientes a un caballero muy rico que se haba muerto de repente. Me traslad al instante a _Baton-Rouge._ Entre los esclavos expuestos se encontraba Quoniam. Ese tuno es joven, bien formado, vigoroso; tiene un aspecto audaz e inteligente. Como es natural, me agrad en cuanto lo vi, y dese comprarle. Me acerqu y le interrogu; el muy tuno me contest textualmente estas palabras con un descaro que al pronto me desconcert: --Mi amo, no le aconsejo a V. que me compre, porque he jurado ser libre o morir. Por ms que haga V. para sujetarme, le advierto que me escapar. Ahora vea V. lo que ha de hacer. --Esta declaracin tan explcita y tan perentoria pic mi amor propio. All veremos! le dije, y fui a buscar al hombre encargado de la venta. Este individuo, que era conocido mo, procur disuadirme de comprar a Quoniam, dndome una multitud de razones a cual ms poderosas para que no me obstinase en mi propsito. Pero me hallaba muy decidido y me mantuve firme. Quoniam me fue entregado por el precio de noventa duros, baratura fabulosa para un negro de su edad y de su corpulencia. Pero nadie le quera por ningn precio. Le puse grillos y me le llev conmigo, no a mi casa, sino a la crcel, con el fin de estar seguro de que no se me escapara. Al da siguiente, cuando entr en la crcel, Quoniam haba cumplido su palabra: se haba marchado. Al cabo de dos das cay de nuevo en mi poder; pero en aquella misma noche volvi a marcharse sin que me fuese posible adivinar de que medios se vala para frustrar las precauciones que yo empleaba para detenerle. Qu ms dir? Hace un mes que esto dura; hace ocho das que ha vuelto a escaparse: desde entonces ando persiguindole. Perdiendo ya la esperanza de sujetarle, la clera se ha apoderado de m, y le he seguido el rastro con esos sabuesos, resuelto esta vez a acabar a toda costa con ese maldito negro que se me escapa continuamente de entre las manos como una culebra. --Es decir, observ el canadiense, quien haba escuchado con marcado inters la narracin del mercader, que hallndose V. ya desesperado, no habra vacilado en darle muerte. --A la verdad que no, porque ese pcaro descarado es un extremo astuto. Se ha burlado tanto de m, que he concluido por cobrarle un odio encarnizado. --Escuche V. a su vez, Seor John Davis: no soy rico ni con mucho. Para qu necesito oro ni plata, yo hombre del desierto, a quien Dios depara tan generosamente el pan cuotidiano? Ese Quoniam, tan vido de libertad y de espacio, me inspira, a pesar mo, un inters muy vivo. Quiero tratar de procurarle esa libertad a que aspira con tan marcada constancia. He aqu lo que propongo a V. Tengo en mi piragua tres pieles de jaguar y doce de castor que, vendidas en cualquiera ciudad de los Estados Unidos, valdrn por lo menos ciento cincuenta o doscientos duros. Tmelas V., y quede todo concluido. El mercader le mir con una sorpresa mezclada con cierta benevolencia. --Hace V. mal, dijo por fin; el trato que me propone es demasiado ventajoso para m, y a V. le perjudica en extremo. No es as como se tratan los negocios. --Qu le importa a V.? Se me ha puesto en la cabeza que ese hombre ha de ser libre. --No conoce V. el carcter ingrato de los negros, repuso John con insistencia. Ese no agradecer en manera alguna lo que hace V. por l; al contrario, en la primera ocasin, quizs, le dar motivo para que se arrepienta. --Es muy posible; pero eso es cuenta suya, porque yo no le exijo gratitud. Si me la demuestra, tanto mejor para l; si no, sea lo que Dios quiera! Obro segn mi corazn me lo dicta, y mi recompensa est en mi propia conciencia. --Vive Dios! Sabe V. que es V. un excelente muchacho? exclam el mercader sin poderse contener por ms tiempo. Sera muy conveniente que se encontrasen con ms frecuencia hombres del temple de V. Pues bien! Quiero probarle que no soy tan malvado como tendra derecho para suponerlo despus de lo que ha pasado entre nosotros. Voy a firmar el acta de venta de Quoniam; y en cambio no aceptar ms que una piel de tigre como recuerdo de nuestro encuentro, aunque ya me deja V. otra memoria, aadi sealando a su brazo y haciendo una mueca lastimera. --Venga esa mano! exclam el canadiense gozoso; solo que aceptar V. dos pieles en vez de una, porque tengo intencin de pedir a V. su cuchillo de monte, una hacha y el rifle que an le queda, para que el pobre diablo a quien restituimos la libertad (porque ahora contribuye V. ya en igual parte a mi buena accin) pueda procurarse su sustento. --Corriente! exclam el mercader en tono de buen humor. Puesto que a toda costa quiere ese tuno ser libre, que lo sea, y que se vaya al diablo. Hizo una sea, y uno de los criados sac de un morral tinta, plumas y papel, y redact en el acto, no un documento de venta, sino, con arreglo al deseo del canadiense, un certificado de emancipacin perfectamente en regla, certificado que el mercader firm lo mejor que pudo, y que los criados firmaron tambin, despus de l, como testigos. --A la verdad, exclam John Davis, es muy posible que, bajo el punto de vista de los negocios, acabe yo de cometer una necedad; pero, que lo crea V. o no, nunca me he sentido tan contento de m mismo. --Es porque hoy ha seguido V. los impulsos de su corazn, respondi el canadiense con seriedad. El cazador abandon entonces la plataforma para ir a buscar las pieles. Al cabo de un momento volvi con dos pieles de jaguar magnficas, perfectamente intactas, que entreg al mercader. Este, segn se haba convenido, le entreg las armas; pero entonces un escrpulo se apoder del canadiense. --Aguarde V. un momento, dijo; si me da V. esas armas, cmo har V. para regresar a su casa? --No tenga V. inquietud por eso, respondi John Davis. A unas tres leguas de aqu, todo lo ms, he dejado mis caballos y mi gente. Adems, tenemos nuestras pistolas, que nos podrn servir en caso de necesidad. --Es verdad, observ el canadiense; de ese modo nada tiene V. que temer; sin embargo, como la herida no le permitir a V. que recorra a pie una distancia tan larga, voy a construir unas parihuelas con el auxilio de los criados. Y con esa destreza de que ya haba dado tan repetidas pruebas, en un momento cort el canadiense con su hacha unas ramas de rbol y construy unas parihuelas, sobre las cuales se tendieron las dos pieles de tigre. --Ahora, adis, dijo. Quizs no volveremos a vernos nunca. Espero que nos separamos en mejores trminos que nos encontramos. Acurdese V. de que no hay oficio tan malo que un hombre de bien no pueda desempear con decencia; cuando el corazn de V. le inspire una buena accin, no se mantenga sordo, sino ejectela sin pesadumbre, porque eso ser escuchar la voz de Dios. --Gracias, respondi el mercader con cierta emocin. Una palabra todava antes de que nos separemos. --Hable V. --Dgame V. su nombre a fin de que, si algn da la casualidad hace que volvamos a encontrarnos, pueda yo apelar a los recuerdos de V., como V. lo hara respecto de los mos! --Es muy justo: me llamo _Tranquilo_, cazador de los bosques, y mis compaeros me han apellidado el Cazador de tigres. Y antes de que el mercader volviese en s de la sorpresa que le caus la sbita revelacin del nombre de un hombre cuya fama era universal en las fronteras, el cazador le hizo una sea postrera de despedida, salt de la plataforma a la playa, desat su piragua, y se alej remando vigorosamente en direccin a la orilla opuesta. --Tranquilo, el Cazador de tigres! murmur John Davis tan luego como se hubo quedado solo. Sin duda alguna mi genio benfico es el que me ha inspirado la idea de granjearme un amigo en ese hombre. Se tendi en las parihuelas, que dos criados cargaron sobre sus hombros, y despus de haber dirigido una mirada postrera al canadiense, que en aquel momento desembarcaba en la otra orilla, dijo: --En marcha. Muy luego volvi a quedar solitaria la plataforma, pues el mercader y sus criados haban desaparecido bajo la enramada, y ya no se oa ms que el ruido de los ladridos alegres de los sabuesos que corran delante de la reducida comitiva, ruido que se debilitaba cada vez ms, y que tard muy poco en apagarse por completo. III. NEGRO Y BLANCO. Entretanto el cazador canadiense, cuyo nombre por fin sabemos ya, segn dijimos, haba llegado al otro lado del ro en que dejara al negro oculto entre los matorrales de la orilla. Durante la prolongada ausencia de su defensor, el esclavo hubiera podido fugarse con facilidad; y esto con tanta ms razn, cuanto que tena casi la certidumbre de no ser perseguido antes de un espacio de tiempo que le habra permitido tomar una delantera considerable sobre los que con tanta obstinacin se empeaban en apoderarse de l. Sin embargo, no haba hecho tal cosa, ya fuese porque el pensamiento de su fuga no le pareciera realizable, o porque estuviese muy cansado, o, en fin, por cualquiera otra causa que ignoramos. No se haba movido del sitio en que busc un refugio en el primer momento. Haba permanecido con los ojos pertinazmente fijos en la plataforma, siguiendo con una mirada ansiosa los diferentes movimientos de los individuos que en ella se encontraban. John Davis no haba ponderado en manera alguna al hacer su retrato al cazador. Quoniam era realmente uno de los tipos ms magnficos de la raza africana. Tendra, a lo ms, veintids aos; era alto, robusto y bien formado; tena los hombros anchos, el pecho muy desarrollado, los miembros vigorosos; deba unir una destreza y una ligereza poco comunes con una fuerza sin igual. Sus facciones eran astutas, expresivas; su fisonoma respiraba franqueza; sus ojos grandes revelaban inteligencia; en fin, aunque su tez era del negro ms lustroso, y que desgraciadamente en Amrica, en ese _pas clsico de libertad_, aquel color sea una marca infamante, indeleble, de servidumbre, aquel hombre no pareca haber nacido para la esclavitud, pues todo en l era una aspiracin a la libertad y a ese libre arbitrio que Dios ha dado a sus criaturas, y que en vano ha intentado el hombre arrebatarles. Cuando el canadiense volvi a embarcarse en su piragua y los americanos abandonaron la plataforma, una sonrisa de satisfaccin vag por el semblante del negro, porque, sin saber a punto fijo lo que haba ocurrido entre el cazador y su antiguo amo, puesto que se hallaba demasiado lejos para or lo que se deca, comprendi que, al menos provisionalmente, nada tena ya que temer del ltimo, y aguard con una impaciencia febril el regreso de su generoso defensor, con el fin de saber lo que en lo sucesivo podra esperar o temer. En cuanto el canadiense hubo llegado a la orilla, var su piragua en la arena y se dirigi con paso firme y mesurado hacia el sitio en que supona que haba de encontrar al negro. No tard en verle sentado, y casi en la misma postura en que le haba dejado. El cazador no pudo contener una sonrisa de satisfaccin y le dijo: --Hola, amigo Quoniam! Est V. aqu todava? --S, mi amo. Le ha dicho a V. John Davis mi nombre? --Ya lo ve V. Pero qu hace V. ah? Por qu no se ha escapado durante mi ausencia? --Quoniam, dijo el negro, no es un cobarde que vaya a escaparse mientras otro expone su vida por l. Aguardaba, dispuesto a entregarme, si la seguridad del cazador blanco se vea amenazada[1]. Esto fue dicho con una sencillez llena de grandeza de alma, que demostraba que tal haba sido en efecto la intencin del negro. --Bien, respondi el cazador afectuosamente, le doy a V. gracias; la intencin era buena; por fortuna la intervencin de V. ha sido intil. En fin, ha hecho V. bien en quedarse aqu. --Suceda lo que quiera conmigo, mi amo, est V. seguro de que le conservar una gratitud eterna. --Tanto mejor para V., Quoniam; eso me probar que no es V. ingrato, lo cual es uno de los vicios ms feos que afligen a la humanidad. Pero ante todo hgame el favor de no volverme a llamar _amo_, porque me disgusta; esa palabra implica una condicin de inferioridad degradante; y adems yo no soy para V. un amo, no soy ms que un compaero. --Qu otro nombre puede dar a V. un pobre esclavo? --Pardiez! El mo. Llmeme V. Tranquilo, como yo le llamo Quoniam. Me parece que Tranquilo no es un nombre muy difcil de conservar en la memoria. --No por cierto! dijo el negro riendo. --Bueno, queda convenido. Ahora pasemos a otra cosa, y ante todo tome V. esto. El cazador sac entonces un papel de su cinto y se lo dio al negro. --Qu es esto? pregunt Quoniam fijando una mirada inquieta en el papel que su ignorancia le impeda descifrase. --Eso? repuso el cazador sonriendo, es un talismn precioso que le convierte a V. en un hombre igual a todos los dems, y le borra del nmero de los animales entre los cuales ha estado confundido hasta hoy; en una palabra, es un documento por el cual John Davis, natural de la Carolina del Sur, mercader de esclavos, restituye desde el da de hoy a Quoniam, aqu presente, su libertad plena y completa, para que en lo sucesivo la disfrute como mejor le parezca, o si V. prefiere que se lo diga de otro modo, es el acta de la emancipacin de V., escrita por su antiguo amo y firmada por testigos competentes para que en caso necesario le valga a V. Al or estas palabras, el negro se haba tornado plido en la manera en que les sucede a los hombres de su color, es decir, su rostro se haba revestido de una tinta gris sucia, sus ojos se haban abierto de un modo desmesurado, y durante algunos segundos permaneci inmvil, anonadado, sin poder pronunciar una palabra ni hacer un gesto. Al fin lanz una carcajada estridente, dio dos o tres saltos con una agilidad de fiera, y de improviso prorrumpi en llanto. El cazador observaba con la mayor atencin los movimientos del negro, sintindose sumamente interesado por lo que vea, y a cada momento experimentaba mayor simpata hacia aquel hombre. --Con que ya soy libre, completamente libre, no es verdad? dijo por fin el negro. --Completamente libre, contest Tranquilo sonrindose. --Ahora puedo ir y venir, acostarme, trabajar y descansar sin que nadie me lo impida, sin que tenga que temer los latigazos? --Eso es. --Me pertenezco, me pertenezco exclusivamente? Puedo obrar y pensar como los dems hombres? Ya no soy un animal a quien se carga o se engancha a pesar de mi color? Soy lo mismo que cualquier otro hombre blanco, amarillo o rojo? --Exactamente lo mismo, respondi el cazador, a quien a la vez entretenan e interesaban aquellas preguntas cndidas. --Oh! dijo el negro cogindole la cabeza con ambas manos; Oh, con que soy libre, libre por fin! Pronunci estas palabras con un acento singular que hizo estremecer al cazador. De improviso cay de rodillas, junt las manos, alz los ojos al cielo, y exclam con un acento de inefable felicidad: --Dios mo! T, que todo lo puedes; t, para quien todos los hombres son iguales, y que no miras a su color para protegerlos y defenderlos; t, cuya bondad es sin lmites, lo mismo que tu poder; gracias, gracias, Dios mo, por haberme sacado de la esclavitud y restituido la libertad! Despus de haber pronunciado esta oracin, que era la expresin de los sentimientos que se agitaban en el fondo de su corazn, el negro se dej caer al suelo, y durante algunos minutos qued sumido en serias reflexiones. El cazador respet su silencio. Por ltimo, al cabo de algunos instantes el negro levant la cabeza y dijo: --Escuche V., cazador; he dado gracias a Dios, como deba, por mi emancipacin. Ahora que me siento un poco tranquilo y comienzo a acostumbrarme a mi nueva condicin, tenga V. la bondad de referirme lo que ha pasado entre usted y mi amo, a fin de que yo sepa de un modo exacto lo que debo agradecer a V., y arregle segn esa gratitud mi conducta venidera. Hable V. que ya le escucho. --Para qu he de hacer esa narracin que tan poco le interesa a V.? Es V. libre, y eso debe bastarle. --No, no me basta. Soy libre, es cierto; pero cmo he llegado a serlo? --Esa narracin, lo repito, no puede interesarle a V. mucho. Sin embargo, como puede hacer que forme V. mejor opinin respecto del hombre a quien antes perteneca, no persistir en callar. Escuche V. pues. Despus de este exordio, Tranquilo refiri prolijamente los sucesos que haban ocurrido entre el mercader de esclavos y l, y cuando por fin hubo terminado, aadi: --Vamos, est V. satisfecho ahora? --S, respondi el negro que le haba escuchado con la atencin ms sostenida; s que, despus de Dios, a V. es a quien debo todo, y no lo olvidar; sean las que quieran las circunstancias en que nos encontremos el uno respecto del otro, nunca tendr V. que reclamar el pago de mi deuda. --Nada me debe V., que ahora es ya libre; lo que le corresponde es emplear esa libertad como debe hacerlo un hombre de corazn recto y honrado. --Procurar no ser indigno de lo que Dios y V. han hecho por m; tambin agradezco sinceramente a John Davis el buen sentimiento que le ha impulsado a prestar odo a las observaciones de V.: quizs me ser dado algn da mostrarle mi gratitud; y si tal ocasin se presentase, no la desperdiciar. --Bien! Me gusta orle a V. hablar as; eso me prueba que no me he equivocado en el concepto que acerca de V. he formado. Y ahora, qu se propone V. hacer? --Qu consejo me da V.? --La pregunta es importante, y no s a punto fijo cmo contestar: la eleccin de una profesin cualquiera es siempre cosa muy difcil; antes de adoptar una resolucin de ese gnero, es necesario reflexionarlo con madurez: a pesar de mi deseo de serle a V. til, no quisiera darle un consejo que, sin duda por consideracin hacia m, se apresurara a seguir, y ms tarde podra causarle pesadumbre. Adems, soy un hombre cuya vida, desde la edad de siete aos, ha trascurrido constantemente en los bosques; y por lo tanto, tengo muy poca experiencia para aventurarme a lanzarle a V. por una senda que yo mismo no conozco, y cuyas ventajas e inconvenientes ignoro. --Ese raciocinio me parece muy exacto; sin embargo, no puedo permanecer as: tengo que adoptar un partido, sea el que quiera. --Haga V. una cosa. --Cul es? --Tome V. una escopeta, un cuchillo de monte, plvora y balas; el desierto est abierto delante de V. Mrchese, ensaye durante algunos das la Vida libre de las grandes soledades. Durante sus largas horas de caza reflexionar con entero descanso acerca de la profesin a que le conviene dedicarse; pesar V. en su mente las ventajas que de ella espere obtener, y luego, cuando haya adoptado una determinacin irrevocable, vuelve V. la espalda al desierto, se encamina de nuevo a los sitios habitados, y como es V. un hombre activo, inteligente y honrado, estoy seguro de que alcanzar buen xito, sea la que quiera la profesin a que se dedique. El negro movi la cabeza varias veces, y dijo: --S, en lo que V. me propone hay bueno y hay malo; no es eso completamente lo que yo quisiera. --Explquese V. claramente, Quoniam; adivino que quiere V. decirme algo y no se atreve. --Es verdad: no he sido franco con V., Tranquilo, y he hecho mal; ahora lo conozco. En vez de pedirle hipcritamente un consejo que de ningn modo tena intencin de seguir, deb decir a V. lealmente mi modo de pensar, y eso siempre hubiera sido mejor. --Veamos, dijo el cazador riendo, hable V. --Tiene V. razn! Por qu no he de decirle lo que mi corazn siente? Si en el mundo hoy un hombre que se interese por m, es V., sin disputa; por lo tanto, ms vale que sepa yo en seguida a qu atenerme. La nica profesin que me conviene es la de cazador de los bosques. A ella me impulsan mis instintos y mis inspiraciones. Todas mis tentativas de evasin, cuando yo era esclavo, tendan a ese objeto. No soy ms que un pobre negro con un talento muy limitado y una inteligencia muy corta, que no podran servirme de un modo conveniente en las ciudades, en donde al hombre no se le aprecia por lo que vale, sino nicamente por lo que parece. Para qu me servira esa libertad, con la que tanto me envanezco, en una ciudad en donde, para mantenerme y vestirme, al instante me vera obligado a sacrificarla en provecho del primero que se dignase procurarme los recursos ms necesarios de que me hallo completamente privado? Solo habra reconquistado mi libertad para convertirme yo mismo de nuevo en esclavo. As pues, solo en el desierto es en donde puedo aprovechar ese beneficio que debo a V., sin temer nunca que la miseria me arrastre a cometer acciones indignas de un hombre que tiene el convencimiento de lo que vale. Por eso, solo en el desierto es donde puedo vivir en lo sucesivo, sin volver a acercarme a las ciudades ms que para cambiar las pieles de los animales que yo haya cazado por balas, plvora y ropa. Soy joven y vigoroso: Dios, que me ha protegido hasta ahora, no me abandonar! --Quizs tenga V. razn: yo, para quien la vida que llevo es preferible a cualquiera otra, no puedo censurar a V. porque quiera seguir mi ejemplo. Bueno! Ahora que todo est arreglado y convenido a gusto de V., vamos a separarnos, mi buen Quoniam. Dios le d a V. buena suerte, y quizs nos encontremos algn da en el territorio indio. El negro se ech a rer, enseando dos hileras de dientes blancos como la nieve, pero no respondi. Tranquilo se ech su rifle al hombro, le hizo una sea postrera de amistosa despedida, y se volvi para dirigirse a su piragua. Quoniam cogi la escopeta que el cazador le haba dejado, se puso el cuchillo de monte en el cinto, del cual colg tambin los dos cuernos llenos de plvora y balas, y luego, habiendo dirigido una mirada en torno suyo para cerciorarse de que nada dejaba olvidado, sigui al cazador, que le haba tomado ya una delantera bastante considerable. Le alcanz en el momento en que llegaba junto a la piragua y se dispona a ponerla a flote. Al or el cazador el ruido de los pasos, se volvi y dijo: --Calle! Es V. todava, Quoniam? --S! contest el negro. --Qu motivo le trae a V. hacia este lado? --Ah! dijo Quoniam metindose los dedos entre su encrespada cabellera y rascndose con furor, es que ha olvidado V. una cosa. --Yo? --S Seor, respondi el negro con cierto embarazo. --Qu es? --El llevarme con V. --Es verdad, dijo el cazador tendindole la mano; perdneme V., hermano. --Segn eso, consiente V.? exclam Quoniam con una alegra mal contenida. --S. --Ya no nos separaremos? --Eso depender de la voluntad de V. --Oh! Entonces, exclam lanzando una carcajada alegre, viviremos mucho tiempo juntos. --Pues bien! Corriente! respondi el cazador; venga V.: dos hombres, cuando tienen completa fe el uno en el otro, son muy fuertes en el desierto. Sin duda Dios ha querido que nos encontremos. En adelante seremos hermanos. Quoniam salt a la barca y cogi alegremente los remos. El pobre esclavo nunca haba sido tan feliz, nunca haba encontrado el aire tan puro, la naturaleza tan bella; le pareca que todo le sonrea y le festejaba; desde aquel momento iba a comenzar realmente a vivir con la existencia de los dems hombres, sin ninguna traba amarga; lo pasado no era ya ms que un sueo. Haba encontrado en su defensor lo que tantos hombres buscan en vano durante el curso de una larga existencia, un amigo, un hermano, en quien podra confiar por completo, y para el cual no tendra secretos. En pocos minutos llegaron al sitio en que el canadiense haba reparado al llegar; aquel punto, claramente designado por los dos sauces cados en cruz el uno sobre el otro, formaba una especie de promontorio de arena muy favorable para establecer un campamento por la noche, porque desde all se dominaba, no solo el curso del ro hasta una distancia muy larga por ambos lados, sino que tambin era fcil vigilar las dos orillas y evitar una sorpresa. --Aqu es donde pasaremos la noche, dijo Tranquilo; trasportemos a tierra la piragua para guarecer nuestra hoguera. Quoniam cogi la ligera embarcacin, la levant en alto, y colocndola sobre sus robustos hombros, la llev al sitio que su compaero le haba designado. Haba trascurrido ya un espacio de tiempo considerable desde que el canadiense y el negro se encontraron de un modo tan milagroso. El sol, que estaba ya bastante bajo en el horizonte en el momento en que el cazador dobl el promontorio y caz los flamantes, se hallaba a la sazn prximo a desaparecer; anocheca con rapidez, y los segundos trminos del paisaje comenzaban a perderse entre las sombras del crepsculo que se condensaba cada vez ms. El desierto despertaba; los roncos rugidos de las fieras se oan por intervalos, mezclndose con los maullidos de los carcays y con los violentos aullidos de los lobos rojos. El cazador escogi la lea ms seca que pudo hallar para encender la lumbre, a fin de que el humo fuese poco, y la llama, por el contrario, iluminase los alrededores de modo que denunciase inmediatamente la aproximacin de los terribles vecinos cuyos gritos oa, y a los que la sed tardara muy poco en llevar hacia aquel sitio. Los flamantes asados y algunos puados de _pennekann_ (carne picada y reducida a polvo) constituyeron la cena de los aventureros, cena muy sobria, regada tan solo con agua del ro; pero que comieron con buen apetito y como hombres que saben apreciar el valor de los manjares que les depara la Providencia, sean los que quieran. Cuando hubieron comido el ltimo bocado, el canadiense parti fraternalmente su provisin de tabaco con su nuevo compaero, y encendi su pipa india, que sabore como un verdadero aficionado, ejemplo seguido concienzudamente por Quoniam. --Ahora, dijo Tranquilo, bueno ser que sepa V. que un antiguo amigo mo har como tres meses que me dio una cita para este sitio. Es un jefe indio, y debe llegar aqu maana al amanecer. Aunque es muy joven, ya goza de gran nombrada en su tribu. Le quiero como a un hermano, y casi puede decirse que nos hemos criado juntos. Me alegrar de ver que simpatice con V. Es un hombre entendido y experimentado, para quien la vida del desierto no tiene secretos. La amistad de un jefe indio es cosa preciosa para un cazador de los bosques; piense V. en eso. Por lo dems, estoy convencido de que convendr V. en ello al primer golpe de vista. --Har todo lo que sea necesario para conseguir su amistad. Basta que ese jefe sea amigo de V. para que yo desee que lo sea mo tambin. Hasta ahora, aunque como esclavo fugitivo he vagado durante mucho tiempo por los bosques, todava no he visto nunca a un indio independiente; as pues, es muy posible que, contra mi voluntad, cometa alguna torpeza. Crea V., sin embargo, que no ser por culpa ma. --Estoy convencido de ello; tranquilcese V. respecto de eso: advertir al jefe, quien creo que quedar tan sorprendido como V., porque supongo que V. ser el primer negro a quien haya encontrado en toda su vida. Ea, ya ha anochecido por completo; debe V. estar cansado por la obstinada persecucin que ha sufrido durante todo el da y por las emociones fuertes que ha experimentado; duerma V., que yo velar por los dos, pues maana, probablemente, tendremos que hacer una marcha muy larga, es preciso que est V. gil y dispuesto. El negro comprendi lo justas que eran las observaciones de su amigo, con tanto ms motivo, cuanto que estaba abrumado de cansancio; los sabuesos de su antiguo amo le haban perseguido tan de cerca, que en las cuatro ltimas noches no haba podido dormir. As pues, prescindiendo de toda vergenza mal entendida, se tendi en el suelo con los pies junto al fuego, y se durmi casi al momento. Tranquilo permaneci sentado sobre la piragua, con su rifle entre las piernas, a fin de estar dispuesto para cualquier alarma, y qued sumido en profundas reflexiones, al paso que vigilaba con el mayor cuidado los alrededores y prestaba atento odo al ruido ms leve. [1] Nada hay que nos parezca tan ridculo como ese lenguaje extravagante que se atribuye a los negros, lenguaje que, en primer lugar, tiene la desventaja de hacer ms lenta la narracin, y que adems es falso, doble razn que nos induce a no emplearle aqu, aunque en concepto de algunos perjudique al colorido local. _(N. del A.)._ IV. LA MANADA. La noche estaba esplndida. El cielo, de un azul oscuro, se vea tachonado por millones de estrellas que derramaban una luz dulce y misteriosa. El silencio del desierto era interrumpido por mil ruidos melodiosos y animados; leves resplandores que se filtraban por entre las hojas de los rboles corran sobre la fina yerba a manera de fuegos fatuos. En la orilla opuesta del ro algunos robles secos y carcomidos se alzaban cual fantasmas, y la brisa agitaba sus largas ramas cubiertas de plantas trepadoras; mil rumores cruzaban el espacio; gritos incalificables salan de las madrigueras invisibles de la selva; se oan los suspiros ahogados del viento entre las hojas, el murmullo del agua sobre los guijarros de la playa, y ese ruido, en fin, inexplicable de las oleadas de la vida, ruido que procede de Dios, y al que hace ser an ms imponente la soledad majestuosa de las llanuras americanas. El cazador se dejaba arrastrar, a pesar suyo, por la omnipotente influencia de aquella naturaleza primitiva que le rodeaba: al encontrarse aislado as en ella, por todos los poros perciba su savia fortalecedora; todo su ser se estremeca y se identificaba con la escena sublime a que asista; apoderbase de l una melancola dulce y serena: tan lejos de los hombres y de su mezquina civilizacin, se senta ms cerca de Dios, y su fe cndida se aumentaba con toda la admiracin que le causaban los secretos medio revelados de los grandes arcanos de la naturaleza, secretos que sorprenda, por decirlo as, en el acto. Y es que el alma se engrandece, y los pensamientos se ensanchan con el contacto de esa vida nmada, en la que cada minuto que trascurre produce peripecias nuevas e imprevistas, en la que a cada paso ve el hombre el dedo de Dios sealado de una manera evidente en los paisajes speros y grandiosos que le rodean. As esa existencia de peligros y de privaciones tiene, para los que la han ensayado una vez siquiera, encantos y embriagueces inexplicables, alegras incomprensibles, que hacen que siempre se las eche de menos, porque solo en el desierto es donde el hombre siente que vive, donde tiene la medida de sus fuerzas, y donde se le revela el secreto de su poder. As trascurran las horas con rapidez para el cazador, sin que el sueo llegase todava a cerrar sus prpados; ya la fresca brisa de la maana haca estremecer las altas copas de los rboles y rizaba la tersa superficie del ro, en cuyas aguas plateadas se reflejaban las grandes sombras de sus accidentadas orillas. En el horizonte, anchas fajas rosadas anunciaban la prxima salida del sol; el bho, oculto en la enramada, haba saludado por dos veces con su grito melanclico la vuelta del da: eran prximamente las tres de la madrugada. Tranquilo abandon el rstico asiento en que hasta entonces haba permanecido en completa inmovilidad, sacudi el entorpecimiento que se haba apoderado de l, y dio algunos paseos por la playa con el fin de restablecer la circulacin de la sangre en todos sus miembros. Cuando un hombre, no diremos se despierta, porque el buen canadiense ni un solo instante haba cerrado los ojos durante el trascurso de aquella larga velada, pero sacude el entorpecimiento en que le han sumido el silencio, las tinieblas y sobre todo el fro penetrante de la noche, necesita algunos minutos antes de que consiga entrar de nuevo en posesin de todas sus facultades y restablecer el equilibrio en su cerebro: esto fue lo que le sucedi al cazador. Sin embargo, acostumbrado haca muchos aos a la vida del desierto, aquel espacio de tiempo fue menos largo para l que para cualquier otro, y muy luego recobr la plenitud de su inteligencia, sintindose tan despejado, y con la mirada tan penetrante y el odo tan sutil, como en la noche anterior. Disponase, por lo tanto, a despertar a su compaero, que segua durmiendo con ese sueo bueno y reparador que en este mundo solo disfrutan los nios y los hombres cuya conciencia est pura de todo mal pensamiento, cuando de improviso se par, prestando atento odo con marcada inquietud. Desde las escondites profundidades del bosque que formaba un espeso cortinaje detrs de su campamento, el canadiense haba odo alzarse un ruido inexplicable que aumentaba por momentos, y que muy luego adquiri las proporciones de los violentos estampidos del trueno. Este ruido se acercaba cada vez ms: eran patadas secas, fuertes y apresuradas, estremecimientos y roces de rboles y de ramas, mugidos sordos que parecan sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable, espantoso, indefinible, que, acercndose ya bastante, resonaba como el ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir una inundacin. Quoniam, que haba despertado sobresaltado por aquel tumulto singular, estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador, dispuesto a obrar a la primera seal, aunque sin adivinar lo que pasaba, con la imaginacin embotada todava por la pesadez del sueo, y posedo de ese terror instintivo que se apodera del hombre ms valiente cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido. As trascurrieron algunos minutos. --Qu haremos? murmur Tranquilo con vacilacin, procurando, aunque intilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y adivinar lo que ocurra. De pronto reson a corta distancia un silbido agudo. --Ah! exclam Tranquilo haciendo un movimiento de alegra y alzando sbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qu atenerme. Y llevndose los dedos a la boca, imit el grito de la garza. En el mismo instante se precipit un hombre fuera de la selva, y dando dos saltos de tigre lleg junto al cazador. --Ooah! exclam; Qu hace aqu mi hermano? Aquel hombre era el Ciervo-Negro. --Le estaba a V. aguardando, jefe, respondi el canadiense. El piel roja era un hombre de veintisis a veintisiete aos, de estatura mediana, pero muy bien proporcionada; llevaba el gran traje de guerra de su nacin, y estaba pintado y armado como para ir a una expedicin. Su semblante era hermoso; su fisonoma inteligente y leal revelaba valor y bondad, y en todas sus facciones se reflejaba una majestad suprema. En aquel momento pareca que se hallaba posedo de una agitacin tanto ms extraordinaria, cuanto que los pieles rojas consideran como punto de honra el no dejarse conmover nunca por suceso alguno, por terrible que sea; sus ojos lanzaban relmpagos, sus palabras eran breves, su voz tena un acento metlico. --Pronto! dijo, hemos perdido ya demasiado tiempo. --Pues qu sucede? pregunt Tranquilo. --Los bisontes! dijo el jefe. --Oh! Oh! exclam Tranquilo con terror. Haba comprendido: aquel ruido que estaba oyendo haca algn tiempo, le produca una manada de bisontes que vena del este, y se diriga probablemente a las praderas altas del oeste. Lo que el cazador haba adivinado tan pronto necesita serle explicado brevemente al lector, a fin de que pueda comprender el peligro terrible a que de improviso se hallaban expuestos nuestros personajes. Llmese manada, en las antiguas posesiones espaolas, a una reunin de varios millares de animales salvajes. Los bisontes, en sus emigraciones peridicas durante la estacin de los amores, se renen algunas veces en manadas de quince o veinte mil cabezas, que forman una tropa compacta, y viajan juntos; aquellas reses caminan siempre en derechura delante de s, oprimindose unas contra otras, trasponiendo y derribando cuantos obstculos se oponen a su paso. Desgraciado el temerario que intentase detener O variar la direccin de su furibunda carrera, porque sera destrozado y molido como paja bajo los pies de aquellos animales estpidos, que pasaran por cima de su cuerpo sin tan siquiera verle. As pues, la posicin de nuestros personajes era muy crtica, porque la casualidad les haba colocado precisamente en frente de una manada que llegaba sobre ellos con la rapidez del rayo. Toda fuga era imposible; no haba que pensar en ello, y la resistencia era an ms imposible. El ruido se acercaba con una rapidez espantosa; ya se oan clara y distintamente los mugidos salvajes de los bisontes mezclados con los aullidos de los lobos rojos y con los speros maullidos de los jaguares, que iban saltando por los flancos de la manada y cazando a los rezagados o a los que se apartaban imprudentemente a la derecha o a la izquierda. Con un cuarto de hora ms que trascurriese, nuestros tres hombres quedaban perdidos; pues la espantosa masa apareca barrindolo todo en su paso con esa fuerza irresistible de la fiera, a la que nada puede vencer. Lo repetimos, la posicin era crtica. El Ciervo-Negro se diriga al punto de cita que l mismo haba designado al cazador canadiense; ya no distaba ms que tres o cuatro leguas del sitio en que pensaba encontrar a su amigo, cuando su odo ejercitado percibi el ruido de la furibunda carrera de los bisontes. Cinco minutos le bastaron para comprender la inminencia del peligro que amenazaba al cazador: con esa rapidez de decisin que caracteriza a los pieles rojas en los casos apurados, resolvi avisar a su amigo y salvarle o perecer con l; entonces se lanz a la carrera, salvando con vertiginosa rapidez el espacio que le separaba del sitio de la cita, sin tener ms que un pensamiento fijo, el de tomar una gran delantera a la manada, de modo que el cazador pudiese salvarse: desgraciadamente, por rpida que fuese su carrera, y los indios son afamados por su fabulosa agilidad, no pudo llegar bastante a tiempo para poner en salvo a aquel a quien quera librar. Cuando el jefe, despus de haber avisado al cazador, hubo reconocido la inutilidad de sus esfuerzos; verificse en l una reaccin sbita; sus facciones, animadas por la inquietud, recobraron su rigidez habitual; una sonrisa triste arque sus labios desdeosos, y se dej caer al suelo murmurando con voz sombra: --Wacondah no ha querido! Pero Tranquilo no acept la posicin con igual resignacin y fanatismo; el cazador perteneca a esa raza de hombres enrgicos cuyo carcter, de un temple muy fuerte, nunca se deja abatir, y que luchan hasta el ltimo instante. Cuando vio que el piel roja, con el fatalismo propio de su raza, abandonaba la partida, resolvi hacer un esfuerzo supremo e intentar un imposible. A veinte pasos ms all del sitio en que el cazador haba establecido su campamento, haba varios rboles derribados por el suelo, muertos de vejez, y, por decirlo as, amontonados unos sobre otros; luego, detrs de aquella especie de atrincheramiento natural, se alzaba un grupo de cinco o seis robles aislados de todos los dems, y que formaban como un oasis en medio de los arenales de la orilla del ro. --Alerta! grit el cazador. Quoniam, recoja V. toda la lea seca que pueda, y vngase ac; jefe, haga V. lo mismo. Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la sangre fra de su compaero. En pocos momentos qued amontonada sobre los rboles derribados una cantidad considerable de lea seca. --Bueno! grit el cazador; Vive Dios! An no se ha perdido todo: buen nimo! Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre que haba encendido en su campamento para combatir el fro de la noche, atiz y aviv el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco minutos una ancha llamarada se alz oscilando hacia el cielo, y form una cortina espesa y de ms de diez metros de extensin. --En retirada! En retirada! exclam el cazador; Seguidme! El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de l. El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de rboles de que hemos hablado, trep al ms corpulento con sin igual destreza y agilidad, y muy luego sus compaeros y l se encontraron encaramados a cincuenta metros de altura, cmodamente establecidos sobre fuertes ramas, y ocultos por completo entre las hojas. --As, dijo el canadiense con la mayor sangre fra; ste es nuestro ltimo recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes, nos salvamos; si no, no nos quedar ms remedio que morir. Pero al menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas. El fuego encendido por el cazador haba tomado proporciones gigantescas; se haba ido extendiendo, inflamando las yerbas y los arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder incendiarla, muy luego form una cortina de llamas de cerca de un cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos tean a lo lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente y salvaje. Los cazadores, desde el sitio en que se haban refugiado, dominaban aquel ocano de llamas, que no poda alcanzarles, y se cernan, por decirlo as sobre l. De pronto se oy un crujido horrible, y en el linde de la selva apareci la vanguardia de la manada. --Atencin! exclam el cazador echndose el rifle a la cara. Los bisontes, sorprendidos de improviso por la vista de aquel muro de llamas que se alzaba sbitamente ante ellos, deslumbrados por el resplandor del fuego, y al mismo tiempo abrasados por aquel calor tan fuerte, vacilaron por un instante como si se hubiesen consultado, y en seguida se precipitaron hacia adelante con un furor ciego, lanzando bramidos de clera. Sonaron tres tiros. Los tres bisontes que iban ms adelantados cayeron revolcndose en las angustias de la agona. --Estamos perdidos, dijo Tranquilo framente. Los bisontes seguan avanzando. Pero muy luego el calor lleg a ser insoportable; el humo, lanzado por la brisa en direccin de la manada, ceg a las reses, y entonces se verific una reaccin; hubo un momento de parada, seguido muy pronto de un movimiento de retroceso. Los cazadores, con el pecho anheloso, seguan con una mirada ansiosa las singulares peripecias de aquella escena terrible. Era una cuestin de vida o muerte para ellos la que en aquel momento se decida; su existencia estaba colgada de un hilo, por decirlo as. Entre tanto la imponente masa segua avanzando. Los animales que guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les seguan; fueron derribados y pisoteados por los que venan detrs; pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron tambin retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron a derecha e izquierda, y esto bast para que los dems les siguiesen; entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego, y la manada, cortada en dos, pas como un torrente que ha roto sus diques, reunindose en la playa y vadeando el ro en columna cerrada. Era un espectculo horrible el que ofreca aquella manada huyendo aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que pareca un faro lgubre destinado a iluminar el camino. Muy luego se echaron los bisontes al ro, que atravesaron en lnea recta, y su prolongada columna oscura serpente en la opuesta orilla, en donde no tard en desaparecer la cabeza de la manada. Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de nimo y sangre fra del canadiense; sin embargo, todava permanecieron ocultos durante dos horas entre las ramas que les cobijaban. Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se haba apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la direccin a las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya ms que un montn de cenizas, la columna se divida por s sola y desfilaba por ambos lados. Al fin apareci la retaguardia, hostigada por los jaguares que saltaban por sus flancos, y despus todo concluy. El desierto, cuyo silencio haba sido turbado por un instante, volvi a caer en su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del bosque y sembrada de rboles destrozados atestigu el paso furibundo de aquella tropa desordenada. Los cazadores respiraron; a la sazn podan abandonar sin peligro su fortaleza area y bajar de nuevo al suelo. V. EL CIERVO-NEGRO. Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del rbol, reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo. Los vveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida en el suelo les ofrecan con profusin el manjar ms suculento del desierto. Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa. El negro se rea como un loco considerando el aspecto singular del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen Quoniam, quien, segn ya hemos dicho, nunca se haba encontrado con indios. El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Despus de haber permanecido mucho tiempo inmvil mirando al negro, se acerc a l, y sin decir una palabra le cogi de un brazo y comenz a frotarle con toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte. El negro, que al pronto se haba prestado gustoso al capricho del indio, no tard en impacientarse; al pronto procur desasirse, pero no lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y proceda de una manera concienzuda a su operacin singular. Entre tanto, Quoniam, a quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer sufrir en extremo, principi a lanzar gritos horribles, haciendo los mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo. Los gritos de Quoniam llamaron la atencin de Tranquilo; levant la cabeza y acudi presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado. --Por qu atormenta mi hermano as a ese hombre? pregunt el canadiense interponindose. --Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es necesario y se lo quito. --Cmo, mi disfraz? exclam Quoniam. Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosigui diciendo: --Ese hombre no est disfrazado. --A qu pintarse as todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe; los guerreros no se pintan ms que el rostro. El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobr su seriedad, dijo: --Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah le ha hecho la piel negra, as como ha hecho roja la de mi hermano y blanca la ma. Todos los hermanos de ese hombre son de su color; el Gran Espritu lo ha querido as, a fin de no confundirlos con las naciones de los pieles rojas y de los rostros plidos; mire mi hermano su manto de piel de bisonte y ver que no se le ha pegado el ms mnimo tomo negro. --Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede. Y obedeci maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distrada a la punta de su manto, que an no haba pensado en soltar. --Ahora, continu diciendo Tranquilo, srvase V., jefe, considerar a este hombre como a un amigo, y hacer por l lo que en caso necesario hara V. por m; pues se lo agradecer en extremo. El jefe se inclin con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo: --Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi odo con la dulzura del canto del _cenzontle_. El _Wah-rush-ar-menec_ (el Ciervo-Negro) es un sachem en su nacin, su lengua no est partida, y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su corazn; el Cara-Negra tendr su puesto en el fuego del consejo de los Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe. Quoniam salud al indio y correspondi cordialmente a su apretn de mano, dicindole: --No soy ms que un pobre negro; pero mi corazn es puro, y mi sangre corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos tenis derecho para pedirme mi vida; os la dar con alegra. Despus de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar. Merced a las emociones sufridas durante la maana, los aventureros tenan un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareci casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo una pequea provisin en una calabaza colgada de su cintura. Cuando el almuerzo hubo terminado, encendironse las pipas, y cada cual se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes que viven en los bosques. Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudi sus cenizas golpendola sobre la ua del dedo pulgar de la mano izquierda, se la coloc en el cinto, y volvindose hacia Tranquilo, le dijo: --Quieren mis hermanos celebrar consejo? --S, respondi el canadiense. Cuando me separ de V. en el Alto Misuri, a fines de la luna de _Mikini-Quisis_ (mes de las frutas quemadas, julio), me cit V. para la caleta de los sauces secos del Ro del Alce, para el diez de setiembre, da de la luna de _Inaqui-Quisis_ (mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se sirva V. explicarme, jefe, por qu me ha dado esta cita. --Tiene razn mi hermano: el Ciervo-Negro hablar. Despus de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio pareci que se oscureca, y qued sumido en una meditacin profunda que sus compaeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a tomar la palabra. Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pas la mano por la frente varias veces, levant la cabeza, dirigi en torno suyo una mirada investigadora, y se decidi a hablar, pero en voz baja y contenida, como si an en aquel desierto hubiese temido que sus palabras fuesen escuchadas por odos enemigos. --Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que ha sido criado por los sachems de mi nacin; as pues, nada le dir de m. El gran cazador plido tiene en su pecho un corazn indio; el Ciervo-Negro le hablar como a un hermano. Hace tres lunas el jefe estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del Misuri, cuando un guerrero Pawnee lleg a rienda suelta, llam al jefe aparte y habl en secreto con l durante largas horas. Recuerda eso mi hermano? --Perfectamente, jefe: recuerdo que, despus de aquella conversacin prolongada, el Zorro-Azul, que as se llamaba el guerrero Pawnee, parti con la misma rapidez con que haba llegado; y mi hermano, que hasta aquel momento haba estado alegre y gozoso, se torn triste de improviso. A pesar de las preguntas que dirig a mi hermano, no quiso revelarme la causa de aquella tristeza sbita, y al da siguiente, al salir el sol, se separ de m citndome para hoy aqu. --S, respondi el indio, eso es exacto, as pas todo; pero lo que entonces no poda yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano. --Mis odos estn abiertos, respondi el cazador inclinndose; temo que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas noticias. --Mi hermano juzgar, dijo el indio: he aqu las noticias que me trajo el Zorro-Azul. Un da lleg a las orillas del Ro del Elk, en donde se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro plido de los Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los rostros plidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro plido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nacin, en la orilla opuesta del ro, encendi hogueras y acamp. Mi padre, como sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; mont a caballo, y seguido de algunos guerreros, pas el ro y se present al extranjero con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza de nuestra nacin y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar. Aquel rostro plido era un hombre de elevada estatura, de facciones duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos haba blanqueado su cabellera. Al or las palabras de mi padre, se ech a rer, y respondi: --Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea? --S, dijo mi padre. Entonces el rostro plido sac un gran _collar_ (carta) en el cual estaban dibujadas figuras singulares, y ensendosele a mi padre, le dijo: --Vuestro abuelo plido de los Estados Unidos me ha concedido la propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del Antlope hasta el lago de los Bisontes. He aqu, aadi dando con el dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho. Mi padre y los guerreros que le acompaaban se echaron a rer. --Nuestro abuelo plido, respondi mi padre, no puede dar lo que no le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de caza de mi nacin desde que la gran tortuga sali del seno del mar para sostener al mundo sobre su concha. --No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro plido; solo s que esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse y dejarme su libre goce, yo sabr obligarte a ello. --S, dijo Tranquilo interrumpindole; he ah el sistema de esos hombres: el asesinato y la rapia! --Mi padre se retir al or aquella amenaza, continu diciendo el indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la resistencia. Al da siguiente, al amanecer, los rostros plidos pasaron el ro y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; dur todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero qu podan hacer unos pobres indios contra los rostros plidos armados con rifles? Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas despus la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados desparramados en todas direcciones. Mi padre haba sido muerto en la batalla. --Oh! exclam el canadiense lleno de dolor. --An no es eso todo, repuso el jefe; los rostros plidos descubrieron la cueva en que se haban refugiado las mujeres de la tribu, y todas, o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse llevndose sus nios, fueron asesinadas a sangre fra con todo el refinamiento de la ms horrible barbarie! El jefe, despus de haber pronunciado estas palabras, ocult el rostro en su manto de piel de bisonte, y sus compaeros oyeron los sollozos que en vano procuraba ahogar. --He ah, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunic el Zorro-Azul: mi padre haba muerto en sus brazos legndome su venganza; mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos, obligados a esconderse en el fondo de las selvas ms impenetrables, me haban elegido para ser jefe suyo: acept haciendo jurar a los guerreros de mi nacin que, en los rostros plidos que se apoderaron de nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, haban de vengar todo el mal que nos hicieron. Desde nuestra separacin no he desperdiciado un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy todo se halla dispuesto; los rostros plidos se han adormecido en una seguridad engaosa: su despertar ser terrible. Me seguir mi hermano? --S, vive Dios! Le seguir a V., jefe, y le ayudar con todo mi poder, respondi Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa. Pero impongo una condicin. --Hable mi hermano. --La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad; pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades intiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y el Grande Espritu sonreir a sus esfuerzos y le ser propicio. --El Ciervo-Negro no es cruel, respondi el jefe; deja eso para los rostros plidos; no quiere ms que la justicia. --Lo que dice V. est muy bien, jefe, y me alegro de orle hablar as. Pero ha tomado V. bien sus medidas? Son sus fuerzas bastante considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros plidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresin; suceda lo que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles. El indio se sonri con desdn y respondi: --Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos cobardes; las mujeres de los Pawnees les darn unas sayas; el Ciervo-Negro ir con su tribu a establecerse en las grandes praderas de los Comanches, quienes les recibirn como hermanos, y los rostros plidos no sabrn donde encontrarlos. --Eso est bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su aldea, no ha mantenido V. espas cerca de los americanos para que le tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para el buen xito de sus proyectos posteriores. El Ciervo-Negro se sonri, pero no contest, de lo cual dedujo el canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que caracterizan a los hombres de su raza, haba adoptado todas las precauciones necesarias para asegurar el buen xito del golpe de mano que quera intentar contra los nuevos colonos. Tranquilo, por la educacin semi-india que haba recibido, y por el odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos que de ellos haba recibido: pero con esa rectitud que constitua el fondo de su carcter, no quera dejar que los indios cometiesen con sus enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la determinacin que haba adoptado tena doble objeto: primero asegurar, si era posible, el triunfo de sus amigos, y despus emplear toda su influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las mujeres y los nios. Para esto no se ocult del Ciervo-Negro, y, segn hemos visto, impuso como condicin expresa de su cooperacin, que de seguro no era cosa de desdear por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad intil. Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrpulos. Enemigo natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovech presuroso la ocasin que se le presentaba para hacerles todo el dao posible y vengarse de los malos tratos que haba sufrido, sin tomarse la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear, eran completamente inocentes respecto de las injurias que l haba recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razn bastaba en demasa para justificar a los ojos del vengativo negro la conducta que se propona observar cuando llegase el momento oportuno. Al cabo de algunos instantes el canadiense volvi a tomar la palabra. --Dnde estn los guerreros de V.? pregunt al jefe. --Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos: si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aqu, nos pondremos en marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo ms pronto posible, pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia. --Entonces marchemos, dijo el canadiense; el da an no est muy adelantado, pero es intil que perdamos el tiempo en charlar como viejas curiosas. Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que la manada de los bisontes haba trazado en la selva, y muy luego desaparecieron bajo la enramada. VI. LA CONCESIN. Abandonaremos durante algn tiempo a nuestros tres viajeros, y usando de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro relato a algunos centenares de millas ms lejos, a un frtil y verde valle del alto Misuri, ese ro majestuoso de aguas claras y limpias, en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prsperos y florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magnficos vapores americanos, pero que, en la poca en que pasaba nuestra historia, era todava casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas aguas ms que los corpulentos y frondosos rboles de las misteriosas selvas vrgenes que cubran sus bordes. En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado en un lado por montaas escabrosas, y en el otro por una prolongada cordillera de altas y fragosas colinas. Este valle, cubierto casi en toda su extensin por poblados bosques llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunin predilecto de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las Serpientes, se haba establecido por completo en el ngulo de la horquilla con el fin de hallarse ms cerca de su territorio de caza favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran nmero en un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la posicin de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les suministraba ms caza de la que podan consumir; por otro el ro abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el ao de una yerba crecida y sustanciosa que ofreca excelente pasto para los caballos. Haca varios siglos quizs que los Pawnees-Serpientes se haban fijado definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posicin abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de esas grandes perturbaciones atmosfricas que con tanta frecuencia trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivan all tranquilos e ignorados, ocupndose en cazar y pescar, enviando a lo lejos todos los aos reducidas expediciones de jvenes a seguir el sendero de la guerra bajo las rdenes de los jefes ms afamados de la nacin. De improviso aquella existencia pacfica fue turbada para siempre; el asesinato y el incendio se haban extendido cual un sudario siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus habitantes muertos sin compasin. Los norteamericanos haban llegado a tener noticia por fin de aquel Edn ignorado, y su presencia en aquel rincn de tierra, nuevo para ellos, y su toma de posesin, se haban sealado, como siempre, con el robo, el rapto y el asesinato. No reproduciremos aqu el relato hecho al canadiense por el Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era exacto y fiel en todas sus partes, y que el jefe, al hacerle, lejos de recargarle con enfticas exageraciones, le haba suavizado por el contrario con una justicia y una imparcialidad poco comunes. Penetraremos en el valle unos tres meses despus de la llegada de los americanos, tan fatal para los pieles rojas, y describiremos en pocas palabras la manera en que los nuevos colonos se haban establecido en el territorio de donde tan cruelmente expulsaron a los legtimos propietarios. Tan luego como los norteamericanos fueron dueos absolutos del terreno, comenzaron lo que llaman un desmonte. Hace unos treinta aos, el gobierno de los Estados Unidos tena, y probablemente tendr an en la actualidad, la costumbre de recompensar los servicios de sus antiguos oficiales hacindoles concesiones de terrenos en las fronteras de la Repblica ms amenazadas por los indios. Esta costumbre ofreca la doble ventaja de extender paulatinamente los lmites del territorio americano; rechazando a los pieles rojas a los desiertos, y de no abandonar sin recursos, en su vejez, a unos soldados valientes que, durante la mayor parte de su vida, haban derramado noblemente su sangre por la patria. El capitn Jaime Watt era hijo de un oficial distinguido de la guerra de la Independencia: el coronel Lionel Watt, ayudante de campo de Washington, haba asistido, al lado de este celebre fundador de la Repblica americana, a todas las batallas dadas a los ingleses: herido de gravedad en el sitio de Boston, con gran sentimiento suyo se vio obligado a volver a la vida privada; pero fiel a sus principios de lealtad, tan luego como su hijo Jaime lleg a los veinte aos, le hizo ocupar su puesto bajo las banderas. En la poca en que le ponemos en escena, Jaime Watt era un hombre de unos cuarenta y cinco aos, aunque representaba diez ms por lo menos, por las innumerables fatigas de la dura vida militar en que haba trascurrido su juventud. Era un hombre de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, robusto y vigoroso, ancho de hombros, seco, nervioso y dotado de una constitucin de hierro; su rostro, cuyas lneas eran de extremada rigidez, tena impresa esa expresin de enrgica voluntad mezclada con indiferencia, rasgo peculiar de la fisonoma de los hombres cuya existencia no ha sido sino una serie continua de peligros vencidos. Su cabellera corta y canosa, su tez tostada, sus ojos negros y penetrantes, su boca bien rasgada, pero de labios algo delgados, daban a su semblante un aspecto de severidad inflexible que no careca de grandeza. El capitn Watt, casado haca dos aos con una preciosa joven a quien adoraba, era padre de dos hijos, un nio y una nia. Su mujer, llamada Fanny, era parienta suya lejana. Era morena, con unos ojos azules encantadores, y tena un carcter dulce y modesto. A pesar de ser mucho ms joven que su marido, puesto que an no tena veintids aos, Fanny le profesaba el ms puro y acendrado cario. Cuando el veterano militar vio que era padre, cuando comenz a experimentar las alegras ntimas de la familia, se verific en l una revolucin completa; le inspir sbita repugnancia la carrera militar, y ya no dese ms que los goces tranquilos del hogar. Jaime Watt era uno de esos hombres para quienes la concepcin de un proyecto va seguida inmediatamente despus de su ejecucin. Por eso, tan luego como se le ocurri la idea de retirarse del servicio la realiz, resistindose a todas las reflexiones y objeciones que sus amigos le hacan. Sin embargo, aunque el capitn deseaba volver a la vida privada, no era su intencin en manera alguna abandonar el uniforme para vestirse el traje de paisano. La vida montona de las ciudades de la Unin nada agradable poda ofrecer para un antiguo soldado cuyo estado normal, durante todo el curso de su existencia, haba sido, por decirlo as, la agitacin y el movimiento. Por consiguiente, despus de haberlo reflexionado maduramente, se fij en un trmino medio que, a su modo de ver, deba salvar lo que la vida civil pudiese tener de demasiado sencilla y tranquila para l. Este medio era l de solicitar una concesin de territorio en la frontera india, desmontar aquel terreno con sus enganchados y sus criados, y vivir all feliz y ocupado, como un seor de la edad media, en medio de sus vasallos. Este pensamiento le halagaba tanto ms al capitn, cuanto que le pareca que de este modo continuaba en cierto modo sirviendo activamente a su pas, puesto que plantaba los primeros jalones de una prosperidad futura, y haca surgir los primeros resplandores de la civilizacin en unas tierras entregadas todava a todos los horrores de la barbarie. El capitn haba estado ocupado durante mucho tiempo con su compaa en defender las fronteras de la Unin contra las depredaciones continuas de los pieles rojas, y en oponerse a sus incursiones. As pues, tena un conocimiento superficial, si se quiere, pero suficiente, de las costumbres indias y de los medios que era preciso emplear para no ser hostigado por aquellos vecinos turbulentos. En el curso de las numerosas expediciones que su servicio le oblig a hacer, el capitn visit muchas llanuras frtiles, muchos territorios cuyo aspecto le haba agradado; pero haba uno, sobre todo, cuyo recuerdo quedaba pertinazmente grabado en su memoria: era l de un valle delicioso que vislumbr un da como en un sueo, despus de una cacera verificada en compaa de un habitante de los bosques, cacera que dur ms de tres semanas y que le llev insensiblemente ms lejos de lo que ningn hombre civilizado haba visitado hasta entonces en el desierto. Haca ms de veinte aos que no haba vuelto a ver aquel valle, y le recordaba como si le hubiese abandonado la vspera, vindole, por decirlo as, hasta en sus ms mnimos pormenores. Esta obstinacin de su memoria para representarle de continuo aquel rincn de tierra, concluy por fascinar en tal manera la mente del capitn, que, cuando hubo adoptado la resolucin de abandonar el servicio y solicitar una concesin, fue all, y no a ninguna otra parte, a donde resolvi retirarse. Jaime Watt tena numerosos protectores en las oficinas de la Presidencia; adems, los servicios de su padre y los suyos hablaban muy alto en su favor, y por lo tanto no experiment dificultad alguna para obtener la concesin que solicitaba. Le presentaron varios planos levantados anteriormente y mandados copiar haca mucho tiempo por el gobierno, dicindole que escogiese el territorio que mejor le conviniese; pero el capitn haca mucho tiempo que haba escogido el que quera. Rechaz los planos que le presentaban, sac de su bolsillo un gran pedazo de piel de alce curtida, le desdobl y se le ense al comisario encargado de las concesiones, dicindole que no quera ms que aquella. El comisario frunci el entrecejo: era amigo del capitn, y no pudo contener un gesto de espanto al or su peticin. Aquel terreno estaba situado en medio del territorio indio, a ms de cuatrocientas millas de la frontera americana. Era una locura, un suicidio, lo que quera cometer el capitn; le sera imposible mantenerse en medio de las tribus belicosas, que le envolveran por todas partes. No trascurrira un mes sin que fuese desapiadadamente asesinado con toda su familia, y los criados tan faltos de juicio que se atreviesen seguirle. A todas las objeciones que su amigo aglomeraba sin cesar para hacerle variar de idea, el capitn solo responda con un movimiento de cabeza acompaado de esa sonrisa propia de los hombres que han adoptado una resolucin irrevocable. Al fin, el comisario, perdiendo toda esperanza de convencerle, y apurados ya sus argumentos, concluy por decirle de una manera terminante que era imposible darle tal concesin, porque aquel territorio perteneca a los indios, y adems una de sus tribus tena all una aldea desde tiempo inmemorial. El comisario haba guardado este argumento para lo ltimo, convencido de que el capitn nada podra oponerle y se vera obligado a modificar, cuando menos, sus proyectos. El buen comisario se haba equivocado: no conoca tan bien como se lo figuraba el carcter de su amigo. Este, sin alterarse por el gesto triunfante con que el comisario haba acompaado su peroracin, sac framente de otro bolsillo un segundo pedazo de piel de alce curtida, y sin decir una palabra, se lo present a su amigo. El comisario lo cogi dirigindole una mirada interrogadora; el capitn le hizo una sea con la cabeza, indicndole que lo examinase con la vista. El comisario lo desdobl vacilando. Teniendo en cuenta el modo de proceder del veterano, sospechaba que aquel documento contena una respuesta perentoria. En efecto, apenas le hubo examinado un instante, le tir encima de la mesa con un gesto violento de mal humor. Aquella piel de alce contena la venta del valle y de todo el territorio circunvecino, hecha por _Itsichaich_ o Cara de Mono, uno de los sachems principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes, en su nombre y en el de los dems jefes de la nacin, mediante cincuenta fusiles, catorce docenas de cuchillos de desollar, sesenta libras de plvora, sesenta libras de balas, dos barriles del licor llamado _whiskey_, y veintitrs uniformes completos de soldados de la milicia. Cada uno de los jefes haba puesto su jeroglfico al pie del acta de venta y debajo del de Cara de Mono. Diremos al instante que aquel documento era falso, pues en este asunto el capitn haba sido completamente engaado por Cara de Mono. Este jefe, expulsado de la tribu de los Pawnees-Serpientes por varias causas que revelaremos cuando sea ocasin oportuna, haba falsificado aquel documento, primero con el objeto de robar al capitn, y despus con el fin de vengarse de sus compatriotas, porque saba muy bien que si Watt obtena la autorizacin del gobierno, no vacilara para apoderarse del valle, fuesen las que quisieran las consecuencias de esta expoliacin; el capitn solo haba exigido que el piel roja le sirviese de gua, en lo cual consinti el indio sin dificultad alguna. Ante el acta de venta que tena a la vista, el comisario hubo de confesarse vencido y dar, de buen o mal grado, la autorizacin tan pertinazmente solicitada por el capitn. Tan luego como todos los documentos estuvieron registrados en debida forma, firmados y autorizados con el gran sello, el capitn comenz los preparativos de su viaje sin perder un solo instante. Mistress Watt quera demasiado a su marido para oponer la ms leve observacin a sus proyectos: habindose criado ella tambin en un desmonte poco lejano de la frontera, estaba casi familiarizada con los indios, y la costumbre de verlos le haba enseado a no temerlos. Adems, le importaba muy poco el lugar de su residencia con tal que tuviese consigo a su marido. El capitn, tranquilo por parte de su mujer, puso manos a la obra con la actividad febril que le caracterizaba. La Amrica es la tierra de los prodigios, es quizs el nico pas del mundo en que se pueden encontrar, en el espacio de veinticuatro horas, los hombres y las cosas indispensables para la ejecucin de los proyectos ms excntricos y descabellados. El capitn no se haca ilusiones en manera alguna acerca de las consecuencias probables de la determinacin que haba adoptado; y por lo tanto, quera precaverse en lo posible contra todas las eventualidades, y procurar la seguridad de las personas que haban de acompaarle al terreno de la concesin, especialmente la de su mujer y sus hijos. Por lo dems, no tard mucho en hacer su eleccin. Entre sus antiguos compaeros, es decir, entre sus antiguos soldados, haba muchos que deseaban en extremo seguirle, y sobre todo un sargento viejo, llamado Walter Bothrel, que haba servido bajo sus rdenes durante cerca de quince aos, y que a la primera noticia que tuvo de la declaracin de retiro de su jefe, fue a buscarle y le dijo que, puesto que abandonaba el servicio, era intil que l permaneciese en las filas, y que estaba seguro de que su capitn no le negara el favor de permitirle que le siguiese. La oferta de Bothrel fue aceptada con jbilo por el capitn, que conoca a fondo a su sargento, especie de perro por lo fiel, hombre de un valor a toda prueba, y con el cual poda contar por completo. Al sargento fue a quien el capitn confi el encargo de organizar el destacamento de cazadores que se propona llevar consigo para defenderse, si a los indios se les antojaba atacar a la nueva colonia. Bothrel cumpli la orden que haba recibido con esa conciencia inteligente que empleaba en todas las cosas, y muy luego encontr en la misma compaa del capitn treinta hombres resueltos y fieles que se alegraron infinito de seguir la fortuna de su ex-jefe y unirse a l. El capitn, por su parte, haba enganchado unos quince obreros de todas clases, herreros, carpinteros, etc., que le firmaron un compromiso por cinco aos, con arreglo al cual, trascurrido este espacio de tiempo, y mediante un ligero censo, seran dueos del terreno que el capitn les concediese, y en el cual se estableceran con sus familias. An este mismo censo haba de caducar al cabo de cierto tiempo. Estando ya terminados, por fin, todos los preparativos, los colonos, en nmero de cincuenta hombres y unas doce mujeres prximamente, se pusieron en marcha para dirigirse al territorio de la concesin. Era a mediados de mayo, y llevaban consigo una larga hilera de carros cargados con gneros de todas clases y un numeroso rebao de reses destinadas a alimentar a la colonia y a dar cras. Cara de Mono serva de gua, segn se haba convenido. Haciendo al indio la justicia debida, diremos que desempe concienzudamente la misin de que se haba encargado, y que durante un largo viaje de cerca de tres meses, atravesando desiertos infestados de fieras de todas clases y surcados en todas direcciones por hordas de indios salvajes, logr librar a aquellos a quienes diriga de la mayor parte de los peligros que a cada paso les amenazaban. VII. CARA DE MONO. Ya hemos visto de qu modo se apoder el capitn del territorio que le haba sido concedido. Ahora vamos a explicar cmo se estableci en l y qu precauciones adopt para no ser molestado por los indios a quienes tan brutalmente haba desposedo, y que, segn el carcter vengativo que ya les conoca, probablemente no se daran por vencidos y no dejaran de probar fortuna de un momento a otro para tomar una revancha sangrienta y una venganza terrible por el insulto que recibieron. El combate contra los indios fue rudo y encarnizado; pero, merced a Cara de Mono, que haba revelado al capitn los puntos ms dbiles del _Atepelt_ (aldea), y merced sobre todo a la superioridad de las armas de fuego de los americanos, los indios se haban visto fatalmente obligados a emprender la fuga y abandonar a los vencedores cuanto posean, triste botn que solo consista en pieles de animales y en algunas vasijas hechas con tosca arcilla. El capitn, tan luego como fue dueo de la plaza, comenz su obra y principi a fundar la nueva colonia. Comprenda la necesidad de ponerse lo ms pronto posible al abrigo de un golpe de mano. El sitio que ocupaba la aldea fue completamente desembarazado de las ruinas que le obstruan; luego los jornaleros se pusieron a nivelar el suelo y a abrir un foso circular de seis metros de anchura y cuatro de profundidad, al que, por medio de un canal, se puso en comunicacin con el afluente del Misuri por un lado, y por el otro con el mismo ro. Detrs de este foso, y en lo alto del talud formado por las tierras extradas y all amontonadas, plantaron una hilera de estacas de cuatro metros de altura unidas unas a otras por medio de fuertes garfios de hierro, cuidando de dejar intervalos casi invisibles por los cuales era fcil pasar el can de un rifle y hacer fuego a cubierto. En este atrincheramiento se practic una puerta bastante ancha para que por ella pudiese pasar un carro cargado, y que comunicaba con el exterior por medio de un puente levadizo echado sobre el foso y que se alzaba todos los das al ponerse el sol. Una vez adoptadas estas precauciones preliminares, una extensin de terreno de cuatro mil metros cuadrados prximamente qued rodeada de agua y defendida en todos sus puntos por una empalizada, excepto en la parte que daba al Misuri, en donde se haba considerado que la anchura y la profundidad del ro ofrecan suficientes garantas de seguridad. En el espacio libre que quedaba dentro de la empalizada fue donde el capitn se dispuso a construir los edificios y dependencias de la colonia. Al principio, y como se practica en todos los desmontes, los edificios haban de ser tan solo de madera, es decir, construidos con troncos de rboles a los cuales se les dejaba la corteza; la madera no escaseaba, merced al bosque situado cuando ms a cien metros de distancia de la colonia. Los trabajos fueron impulsados con tal actividad, que dos meses despus de la llegada del capitn a aquel sitio, todos los edificios estaban terminados y la distribucin interior casi completa. En el centro de la colonia y sobre una eminencia formada al efecto, haban construido una especie de torre octgona de unos veinticinco metros de altura, cuyo techo formaba terrado, y dividida en tres pisos: en el bajo estaban la cocina y las habitaciones comunes; los cuarto superiores estaban destinados a los individuos de la familia y de su servidumbre, es decir, al capitn, a su mujer, a sus dos hijos, a las dos criadas de estos, muchachas jvenes y vigorosas del Kentucky, de mejillas rosadas y abultadas, y cuyos nombres eran Betzy y Emmy; a la cocinera mistress Margaret, respetable matrona que entraba ya en su noveno lustro, aunque solo confesaba treinta y cinco aos de edad y todava tena pretensiones de belleza, y por ltimo, al sargento Bothrel. Aquella torre estaba cerrada con una puerta muy slida, forrada de hierro, y en cuyo centro se abra un postigo para reconocer a los que llamaban. A diez metros prximamente de la torre, y comunicando con ella por medio de un pasadizo subterrneo, estaban la habitacin de los cazadores, la de los obreros de todas clases, y por ltimo, la de los pastores y labradores. Despus se vean las cuadras para los caballos y los establos para las reses. Luego, diseminados en varios puntos, extensos cobertizos, grandes talleres y vastos almacenes destinados a guardar los productos de la colonia. Pero estos diferentes edificios haban sido construidos de modo que estaban aislados y bastante lejos unos de otros para que, en caso de incendio (y esto era lo que se haba tenido presente para colocarlos as), la prdida de un edificio no produjese irremisiblemente la de otro. De trecho en trecho se haban abierto varios pozos, con el fin de distribuir agua abundante por todas partes sin necesidad de ir a buscarla al ro. En fin, para resumir, diremos que el capitn, como soldado viejo, experimentado y acostumbrado a todos los ardides de la guerra de las fronteras, haba adoptado las precauciones ms minuciosas para precaver un ataque, y sobre todo para evitar una sorpresa. Haban trascurrido tres meses desde que se establecieron all los norteamericanos. Aquel valle, en otro tiempo inculto y cubierto de bosques, se hallaba ya labrado en su mayor parte; los desmontes, verificados en grande escala, haban llevado los linderos de la selva a cerca de dos kilmetros de la colonia; todo ofreca la imagen de la prosperidad y del bienestar en aquel sitio en que tan poco tiempo antes la incuria de los pieles rojas dejaba que la naturaleza produjese con entera libertad los pocos pastos indispensables para sus ganados. En el interior de la colonia, todo ofreca el espectculo ms vivo y animado, mientras que fuera, las reses pastaban bajo la custodia de algunos ganaderos montados y bien armados; los rboles seculares caan bajo los repetidos hachazos de los jornaleros; dentro, todos los talleres estaban en plena actividad, densas columnas de humo se alzaban de las fraguas, el ruido de los martillazos se mezclaba con el rechinar de las sierras; en las orillas del ro, enormes pilas de tablas se alzaban a poca distancia de otros rimeros de lea; varias embarcaciones estaban amarradas en la playa, y de vez en cuando se oan resonar a lo lejos los tiros de los cazadores que ejecutaban una batida en el bosque con el fin de proveer de caza a la colonia. Eran prximamente las cuatro de la tarde. El capitn, montado en un magnfico caballo negro y cuatralbo, cruzaba al paso una pradera recientemente desmontada. Una sonrisa de satisfaccin ntima animaba el rostro severo del antiguo soldado al ver el cambio prodigioso que su voluntad y su febril actividad haban verificado en tan poco tiempo en aquel rincn de tierra ignorado, llamado en un porvenir no lejano, segn toda probabilidad, a adquirir una gran importancia comercial debida a su posicin tan ventajosa. Acercbase a la colonia, cuando un hombre, oculto hasta entonces detrs de un montn de cepas y races de rboles colocadas all para secarse, apareci sbitamente junto a l. El capitn reprimi un gesto de mal humor al ver a aquel hombre, que era Cara de Mono. Diremos aqu algunas palabras acerca de este personaje, que est llamado a representar un papel bastante importante en la presente narracin. _Itsichaich_ era un hombre de unos cuarenta aos, de elevada estatura y bien formado; tena un rostro astuto y ratero, animado por dos ojos muy pequeos; su nariz encorvada en forma de pico de papagayo, y su boca grande, con labios delgados y comprimidos, le daban una expresin ladina y malvada que, no obstante la obsequiosidad cautelosa y zalamera de sus modales y la dulzura calculada de su voz, inspiraba una repulsin instintiva e invencible a todos aquellos a quienes la casualidad pona en contacto con l. Al revs de lo que por lo general suele suceder, la costumbre de verle, en vez de disminuir y desterrar esta impresin desagradable, la acrecentaba ms y ms. Haba cumplido honrada y concienzudamente sus deberes de gua conduciendo a los norteamericanos sin tropiezo alguno hasta el sitio a donde se dirigan; pero desde aquella poca se haba quedado con ellos, y por decirlo as, se haba avecindado en la colonia en donde andaba de un lado para otro a su antojo, sin que nadie se cuidase de lo que haca. Algunas veces desapareca sin decir una palabra, permaneca ausente durante algunos das, y luego volva de improviso, sin que fuese posible arrancarle ningn dato, ni saber lo que haba hecho, ni a donde haba ido. Sin embargo, haba una persona a quien el semblante sombro del indio haba causado constantemente un terror vago, y que nunca pudo dominar la repulsin que le inspiraba, sin que le fuese dado explicar en qu se fundaba aquel sentimiento que experimentaba: aquella persona era mistress Watt. El amor maternal hace ser muy perspicaz: la joven adoraba a sus hijos, y cuando algunas veces el piel roja fijaba por casualidad una mirada indiferente en las inocentes criaturas, la pobre madre senta un estremecimiento en todos sus miembros, y se apresuraba a apartar de la vista de aquel hombre a los dos tiernos seres que eran todo para ella en este mundo. Algunas veces haba procurado hacer que su marido compartiese sus temores; pero a todas sus observaciones contestaba tan solo el capitn encogindose de hombros de un modo significativo, suponiendo que con el tiempo se debilitara aquella impresin y concluira por desaparecer. Sin embargo, como mistress Watt volva de continuo a la carga con la perseverancia y la obstinacin de una persona cuyas ideas estn positivamente fijadas y no han de variar, el capitn, impacientado y no teniendo razn alguna plausible para proteger contra su mujer, a quien amaba y respetaba, a un hombre hacia el cual no senta la ms leve estimacin ni simpata, le prometi por fin que la desembarazara de l; y como en aquel momento haca algunos das que el indio se hallaba ausente de la colonia, form el propsito de verle en cuanto volviese y pedirle una explicacin de su conducta misteriosa: en el caso de que el indio no le diese una respuesta categrica y satisfactoria, le dira de una manera terminante que no quera volverle a ver en la colonia, y que por lo tanto se alejase al momento y para siempre. He ah en que disposicin de nimo se hallaba el capitn respecto de Cara de Mono, cuando la casualidad coloc a ste en su camino, en el momento en que menos lo esperaba. Al ver al indio, el capitn par a su caballo. --Est mi padre visitando el valle? le dijo el Pawnee. --S, contest el capitn. --Oh! repuso el indio dirigiendo una mirada en torno suyo, todo ha variado mucho: ahora las reses de los Grandes Cuchillos del Oeste pastan tranquilamente en el territorio de que fueron, desposedos los Pawnees-Serpientes. El indio pronunciaba estas palabras con una voz triste y melanclica que dio en que pensar al capitn, y le inspir cierta inquietud. --Es pesar lo que quiere V. manifestar, jefe? le pregunt. Me parecera eso muy inoportuno, sobre todo en boca de V., que fue quien me vendi el territorio que ocupo. --Es verdad, dijo el indio moviendo la cabeza; Cara de Mono no tiene derecho para quejarse: l fue quien vendi a los rostros plidos del Oeste el terreno en que descansan sus padres, y en donde l mismo y sus hermanos han cazado tantas veces el elk y el jaguar. --Vamos, jefe, le encuentro a V. lgubre hoy: qu tiene V? Estaba V. acostado esta maana sobre el lado izquierdo al despertar? dijo el capitn aludiendo a una de las supersticiones ms acreditadas entre los indios. --No, repuso el indio, el sueo de Cara de Mono ha estado exento de malos pronsticos, nada ha venido a alterar la tranquilidad de su alma. --Felicito a V. por ello, jefe. --Mi padre dar tabaco a su hijo a fin de que fume la pipa de la amistad a su regreso. --Puede ser, pero antes tengo que hacer a V. una pregunta. --Mi padre puede hablar, los odos de su hijo estn abiertos. --Hace ya mucho tiempo, jefe, que nos hallamos establecidos aqu. --S, est comenzando la cuarta luna. --En efecto, desde nuestra llegada nos ha dejado V. muchas veces sin avisarnos. --Para qu? Supongo que el aire y el espacio no pertenecen a los rostros plidos, el guerrero Pawnee es dueo de ir a donde mejor le parezca. Era un jefe afamado en su tribu. --Todo eso puede ser muy cierto, jefe, y no me importa en manera alguna; pero lo que me importa mucho es la seguridad de mi familia y de los hombres que me han acompaado hasta aqu. --Pues en qu puede atentar Cara de Mono a esa seguridad? dijo el piel roja. --Voy a decrselo a V., jefe; esccheme atentamente, pues lo que voy a manifestarle es muy serio. --Cara de Mono no es ms que un pobre indio, respondi el piel roja con irona; el Gran Espritu no le ha dado el talento claro y sutil de los rostros plidos; sin embargo, procurar comprender. --No es V. tan sencillo como quiere aparentarlo en este momento, jefe. Estoy seguro de que me comprender V. perfectamente si quiere tomarse ese trabajo. --El jefe procurar hacerlo. El capitn contuvo a duras penas un movimiento de impaciencia, y continu diciendo: --No estamos aqu en una de las grandes ciudades del interior de la Unin americana, en donde la ley protege a los ciudadanos y garantiza su seguridad; todo lo contrario, nos hallamos en el territorio de los pieles rojas, alejados de toda proteccin que no sea la de nuestras propias fuerzas; de nadie podemos aguardar auxilio, y estamos rodeados de enemigos vigilantes que acechan el momento propicio para atacarnos y asesinarnos si pueden; as pues, es deber nuestro velar con el mayor cuidado por nuestra seguridad, que se vera gravemente comprometida por la imprudencia ms leve. Comprende V. eso, jefe? --S, mi padre ha hablado bien; su cabeza est cenicienta; su sabidura es grande. --As pues, repuso el capitn, debo vigilar con el mayor cuidado los pasos de todas las personas que ms o menos directamente pertenecen a la colonia; y cuando su conducta me parezca sospechosa, debo pedirles explicaciones que no tienen derecho para negarme. Ahora bien, jefe, me veo obligado a confesar a V. con sumo sentimiento que la vida que lleva V. de algn tiempo a esta parte me parece ms que sospechosa, que ha llamado mi atencin, y que espero me d V. una contestacin que disipe mis dudas. El piel roja haba permanecido impasible; ni un msculo de su rostro se haba movido. El capitn, que le examinaba atentamente, no pudo sorprender en sus facciones la ms leve huella de emocin. El indio aguardaba ya la pregunta que en aquel momento le dirigan, y se hallaba dispuesto a contestar. --Cara de Mono ha conducido a mi padre y a sus hijos desde las grandes aldeas de piedra de los Grandes Cuchillos del Oeste hasta aqu. Ha tenido mi padre que dirigir alguna reconvencin al jefe? --Ninguna, tengo que confesarlo, respondi el capitn con franqueza; ha desempeado V. su encargo honradamente. ---Por qu ahora cubre una piel el corazn de mi padre y se ha introducido en su alma la sospecha respecto de un hombre contra el cual confiesa l mismo que nunca ha podido formular la ms leve reconvencin? Es sa, por ventura, la justicia de los rostros plidos? --No nos salgamos de la cuestin, jefe, y sobre todo no la alteremos, si V. gusta, porque yo no podra seguirle en todos sus circunloquios indios. As pues, me limitar a significarle a V. de una manera explcita que, si no quiere decirme claramente el motivo de sus reiteradas ausencias y darme una prueba positiva de su inocencia, no volver V. a poner los pies en el interior de la colonia, y le obligar a alejarse para siempre del territorio que ocupo. Un relmpago de odio chispe en los ojos del piel roja; pero apagando instantneamente la llama de su mirada, respondi con su voz ms dulce: --Cara de Mono es un pobre indio; sus hermanos le rechazaron por razn de su amistad con los rostros plidos, y esperaba encontrar entre los Grandes Cuchillos del Oeste, ya que no cario, al menos gratitud por los servicios que les prest. Se ha equivocado. --No se trata ahora de eso, repuso el capitn impacientado; quiere V. contestar, s o no? El indio se puso derecho, y acercndose a su interlocutor bastante cerca para tocarle, le lanz una mirada de clera y de reto, y le dijo: --Y si me niego a contestar? --Si te niegas, miserable, te prohbo que vuelvas a presentarte delante de m en tiempo alguno; y si te atreves a desobedecerme, te castigar con el ltigo con que pego a mis perros! Apenas hubo pronunciado el capitn estas palabras insultantes cuando ya se arrepinti: estaba solo y sin armas con el hombre a quien acababa de inferir una injuria mortal, y por lo tanto trat de arreglar el asunto diciendo: --Pero Cara de Mono es un jefe, es prudente, y me responder, porque sabe que le estimo. --Mientes! Perro de los rostros plidos, exclam el indio rechinando los dientes con rabia; me odias casi tanto como yo te odio! El capitn, exasperado, levant la fusta que llevaba en la mano; pero en el mismo instante, el indio, saltando como una pantera, se lanz sobre la grupa del caballo, levant de la silla al capitn, le arroj rudamente al suelo, y cogiendo las riendas, le dijo: --Los rostros plidos son unas viejas cobardes; los guerreros Pawnees los desprecian y les enviarn unas sayas. Despus de haber pronunciado estas palabras con un tono de amargo sarcasmo, que sera imposible reproducir, el indio se inclin sobre el cuello del caballo, afloj las riendas, lanz una carcajada estridente y parti a escape tendido, sin cuidarse del capitn a quien abandon medio aturdido y contuso por su cada. Jaime Watt no era hombre capaz de sufrir un trato semejante sin procurar vengarse; se levant tan de prisa como pudo, y llam a gritos para que acudiesen junto a l los cazadores y los leadores diseminados por la llanura. Algunos vieron una parte de lo ocurrido y se precipitaron presurosos para auxiliar a su capitn; pero mientras llegaban a donde l estaba y les explicaba el suceso dndoles sus rdenes para que persiguiesen de una manera encarnizada al fugitivo, ste haba desaparecido ya en medio de la selva, que era a donde haba dirigido su rpida carrera. Sin embargo, los cazadores, a cuyo frente se haba puesto el sargento Bothrel, se precipitaron en persecucin del indio jurando cogerle vivo o muerto. El capitn les sigui con la mirada hasta que los hubo visto internarse unos despus de otros entre los rboles; en seguida regres a la colonia con paso lento, reflexionando acerca de la escena que acababa de mediar entre el piel roja y l, y con el corazn oprimido por un presentimiento sombro. Un instinto secreto le deca que, para que Cara de Mono, por lo general tan prudente y circunspecto, hubiese obrado de aquel modo, era preciso que se juzgase muy fuerte y muy seguro de la impunidad. VIII. LA DECLARACIN DE GUERRA. Hay un hecho incomprensible que muchas veces, durante el curso accidentado de nuestras largas peregrinaciones por Amrica, hemos tenido ocasin de comprobar, y es que con frecuencia, sin que sea posible explicar el sentimiento que se experimenta, se adivina, por decirlo as, la aproximacin de una desgracia; se sabe que se est amenazado, aunque sin poder fijar cuando ni como llegar el peligro; el da parece que se pone ms sombro; los rayos del sol pierden su brillo; los objetos exteriores toman una apariencia lgubre; hay en el aire estremecimientos singulares; en fin, parece que todo se resiente de la impresin de una inquietud indefinida y vaga. Sin que nada hubiese llegado a justificar los temores del capitn despus de su altercado con el Pawnee, no solo l, sino la poblacin entera de la colonia se encontraba, en la misma noche de aquel da, bajo la influencia de un terror secreto. A las seis, como de costumbre, haban tocado la campana para llamar a los leadores y los ganaderos; todos haban regresado, las reses haban sido encerradas en sus respectivos establos, y en la apariencia, al menos, nada extraordinario pareca que haba de turbar la vida tranquila de los colonos. El sargento Bothrel y sus compaeros haban perseguido durante varias horas a Cara de Mono; pero solo encontraron el caballo de que tan audazmente se apoder el indio, y que probablemente abandon despus para ocultar sus huellas con ms facilidad. Ningn rastro de indio exista en los alrededores de la colonia. Sin embargo, el capitn, ms inquieto de lo que aparentaba, haba doblado los centinelas destinados a velar por la comn seguridad, y mand al sargento que cada dos horas patrullase por los atrincheramientos. Luego que se hubieron adoptado estas diferentes precauciones, la familia y los criados se reunieron en la sala baja de la torre para la velada, segn la costumbre establecida desde los primeros das de residencia. El capitn, sentado en un gran silln junto al fuego, porque las noches comenzaban a ser frescas, sola leer en algn libro antiguo de teora militar, mientras que mistress Watt se ocupaba con sus criadas en repasar la ropa de la casa. En aquella noche, el capitn, en vez de leer, permaneca con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en el fuego, y pareca que reflexionaba profundamente. Al fin levant la cabeza, y volvindose hacia su mujer, le dijo: --No oyes cmo lloran los nios? --En verdad que no s que tienen hoy, respondi la joven; no se les puede acallar. Hace lo menos una hora que Betzy est con ellos, y no consigue dormirlos. --Ve all, hija ma, quizs sea eso ms conveniente que dejarlos confiados as al cuidado de una criada. Mistress Watt sali sin responder, y muy luego se oy su voz en el piso superior, que era donde estaba situado el cuarto de los nios. El capitn se dirigi entonces al viejo sargento que estaba en un rincn de la sala ocupado en componer un yugo, y le dijo: --Con que segn eso, Bothrel, les ha sido a VV. imposible alcanzar a ese maldito indio que tan rudamente me tir al suelo esta tarde? --Ni hemos podido verle, mi Capitn, respondi el sargento; esos indios parecen culebras; por todas partes se deslizan. Afortunadamente he encontrado a Boston; el pobre animal pareca que se alegraba mucho de vernos. --S, s, Boston es un noble animal, y hubiera sido para m un gran sentimiento el perderle. No le ha herido el indio? Ya sabe V. que esos demonios tienen la costumbre de tratar bastante mal a los caballos. --Nada tiene segn he podido ver. Probablemente el indio se habr visto obligado a abandonarle al conocer que le bamos persiguiendo. --As debe ser. Ha examinado V. cuidadosamente las cercanas? --Con el mayor esmero, mi Capitn, y nada sospechoso he visto. Los pieles rojas se han de mirar mucho antes de atacarnos; les sacudimos demasiado de firme para que lo hayan olvidado. --No opino como V., Bothrel; los indios son muy vengativos. Estoy convencido de que querrn vengarse de nosotros, y de que algn da, quizs muy prximo, les oiremos lanzar su grito de guerra en el valle. --No lo deseo, si he de decir la verdad; pero creo que si se aventuran a hacerlo, se encontrarn con la horma de su zapato. --Tambin yo lo creo; pero sera una triste sorpresa la que nos diesen, sobre todo ahora que, merced a nuestros trabajos y cuidados, nos hallamos prximos a recibir el premio de nuestras fatigas y a obtener ya algn resultado. --Es verdad, sera sensible, porque un ataque de esos bandidos nos causara prdidas incalculables. --Desgraciadamente no podemos hacer ms que mantenernos alerta, sin que nos sea dado prevenir los proyectos que sin duda estn formando contra nosotros esos diablos rojos. Ha colocado V. bien los centinelas segn se lo encargu, Bothrel? --S, mi Capitn, y sobre todo les he mandado que estn muy vigilantes. No creo que los Pawnees, por muy astutos que sean, logren sorprendernos. --No hay que asegurar nada, Bothrel, respondi el capitn moviendo la cabeza con aire de duda. En el mismo instante, y como si la casualidad hubiese querido darle la razn, se agit con fuerza la campana situada en el recinto exterior y que serva para avisar a los habitantes de la colonia que alguien solicitaba entrar. --Qu significa eso? exclam el capitn mirando a un reloj colgado de la pared en frente de l; son cerca de las ocho de la noche: quin puede venir tan tarde? No ha regresado ya toda nuestra gente? --S, mi Capitn, nadie ha quedado fuera. Jaime Watt se levant; cogi su rifle, y haciendo una sea al sargento para que le siguiese, se dispuso a salir. --A dnde quieres ir, amigo mo? le pregunt una voz inquieta y dulce. El capitn se volvi y se encontr con su mujer, que haba entrado de nuevo en la sala sin que l la viese. --No has odo la campana? le dijo. Alguien solicita entrar. --S, ya lo he odo; pero eres t quien debe ir a abrir la puerta a estas horas? --Mistress Watt, respondi el capitn con frialdad pero con energa, soy el jefe de esta colonia, y precisamente a estas horas es cuando debo ir a abrir la puerta, porque puede ser peligroso hacerlo, y me corresponde dar a todos ejemplo de valenta y de la manera en que se ha de cumplir el deber. En aquel momento son por segunda vez la campana. --Partamos! aadi el capitn volvindose hacia el sargento. La joven no contest y se dej caer sobre un silln, muy plida y estremecindose de inquietud. Entre tanto el capitn haba salido, seguido de Bothrel y de cuatro cazadores, armados todos con rifles. La noche estaba oscura, no haba ni una sola estrella en el cielo, que estaba muy negro; era imposible distinguir los objetos a la distancia de dos pasos; una brisa fra bramaba sordamente. Bothrel haba cogido una linterna para alumbrar el camino. --Cmo es que el centinela colocado en el puente levadizo no ha dado el quin vive? pregunt el capitn. --Quizs habr temido dar la alarma, sabiendo que desde la torre oiramos el sonido de la campana. El capitn murmur algunas palabras de disgusto y continuaron avanzando. Muy luego oyeron un ruido sordo de voces, y prestaron atento odo. Era el centinela quien hablaba. --Paciencia, deca; ya vienen; veo brillar una linterna, y solo tendrn VV. que aguardar algunos minutos. nicamente les aconsejo, por su propio inters, que no se muevan, pues de lo contrario les planto a VV. un balazo. --Diablo! respondi desde fuera una voz burlona, entienden VV. ah dentro la hospitalidad de una manera singular. No importa; aguardar, y puede V. levantar el can de su rifle, pues no tengo la pretensin de lanzarme yo solo a dar el asalto. En aquel momento lleg el capitn a los atrincheramientos. --Qu hay, Bob? pregunt al centinela. --A la verdad que no lo s a punto fijo, mi Capitn, respondi Bob. All, en la orilla del foso, hay un individuo que se ha empeado en entrar. --Quin es V. y qu quiere? grit el capitn. --Y V., quin es? replic el desconocido. --Soy el capitn Jaime Watt, y le advierto que la entrada en la colonia les est vedada, a estas horas, a los vagabundos desconocidos. Vuelva V. a la salida del sol, y quizs entonces consentir en dejarle penetrar en el interior de mi posesin. --Tenga V. cuidado con lo que va a hacer, respondi el forastero; su obstinacin en dejarme en la orilla de este foso podr costarle cara. --Tenga V. cuidado a su vez, replic el capitn con impaciencia, que no estoy de humor para escuchar amenazas. --No le amenazo a V., solo le advierto. Hoy ha cometido V. ya una falta grave; no vaya V. a cometer otra ms grave esta noche obstinndose en no recibirme. Esta respuesta sorprendi al capitn y le hizo reflexionar. Al cabo de un instante dijo: --Pero, si yo consiento en dejarle a V. entrar, quin me garantiza que no me har V. traicin? La noche est oscura, y puede V. tener consigo una tropa numerosa sin que yo la vea. --No tengo conmigo ms que un solo compaero de quien respondo con mi cabeza. --Ya! dijo el capitn cada vez ms indeciso; y de V. quin me responde? --Yo! --Quin es V. que habla nuestra lengua con tal perfeccin que se le podra tomar por un compatriota nuestro? --Poca es la diferencia: soy canadiense y me llamo Tranquilo. --Tranquilo! exclam el capitn. Es V. entonces ese celebre cazador de los bosques a quien apellidan el Cazador de tigres? --No s si soy clebre, Capitn; de lo que me hallo persuadido es de que soy el hombre a quien V. se refiere. --Si en efecto es V. Tranquilo, le dejar entrar; pero quin es el hombre que le acompaa y de quin me responde? --El Ciervo-Negro, primer sachem de los Pawnees-Serpientes. --Oh! Oh! murmur el capitn, y qu viene a hacer aqu? --Ya lo sabr V. si quiere abrirnos la puerta. --Corriente! exclam el capitn; pero tenga V. en cuenta que, a la ms leve apariencia de traicin, V. y su compaero sern muertos sin misericordia. --Y har V. muy bien si falto a la palabra que le doy. El capitn, despus de haber encomendado a sus compaeros que se mantuviesen dispuestos para cualquier evento, mand que bajasen el puente levadizo. Tranquilo y el Ciervo-Negro entraron. Ambos iban sin armas, O al menos no las llevaban a la vista. Ante una prueba tan grande de confianza, el capitn se avergonz de sus sospechas, y despus que se hubo vuelto a alzar el puente levadizo, despidi a su escolta y solo conserv junto a s a Bothrel. --Sganme VV., dijo a los dos forasteros. Estos se inclinaron sin responder, y caminaron junto a l. Llegaron a la torre sin haber pronunciado una palabra. El capitn los introdujo en la sala en que mistress Watt se hallaba sola y poseda de la ms viva inquietud. Su marido le hizo una sea para que se retirase; ella le dirigi una mirada suplicante que el capitn comprendi, porque no insisti, y la joven permaneci silenciosa en el sitio en que se hallaba. Tranquilo tena la misma expresin de fisonoma serena y franca que ya le conocemos; nada en su aspecto pareca demostrar que tuviese intenciones hostiles respecto de los colonos. El Ciervo-Negro, por el contrario, estaba, sombro y severo. El capitn ofreci asientos junto al fuego a sus huspedes. --Sintense VV., Seores, les dijo, que deben tener necesidad de calentarse. Vienen VV. a verme como amigos o como enemigos? --Es ms fcil hacer esa pregunta que contestar a ella, dijo el cazador con tono bonachn; hasta ahora nuestras intenciones son buenas: V. mismo, Capitn, decidir la manera en que hemos de separarnos. --En todo caso, no se negarn VV. a aceptar algn refresco? --Por ahora ruego a V. que nos dispense, respondi Tranquilo, quien pareca hallarse encargado de llevar la voz por s y por su compaero; creo que vale ms resolver desde luego la cuestin que aqu nos trae. Ya! dijo el capitn, disgustado interiormente por aquella negativa que nada bueno le presagiaba; entonces hable V., que ya le escucho, y no depender de m que no quede todo arreglado entre nosotros. --Lo deseo de todo corazn, Capitn, y con tanto ms motivo cuanto que si estoy aqu, solo puede ser con el objeto de evitar las consecuencias de una mala inteligencia o de un momento de arrebato. El capitn se inclin en seal de agradecimiento, y el canadiense volvi a tomar la palabra diciendo: --Es V. un antiguo militar, caballero, y con V. los discursos ms cortos deben ser los mejores. He aqu, en dos palabras, el motivo que nos trae: los Pawnees-Serpientes acusan a V. de haberse apoderado, por traicin, de su aldea, y de haber asesinado a la mayor parte de sus parientes y amigos. Es cierto? --Es cierto que me he apoderado de la aldea; pero tena derecho para hacerlo, puesto que los pieles rojas se negaban a entregrmela; pero niego que lo haya hecho por traicin: por el contrario, los Pawnees fueron quienes se condujeron traidoramente conmigo. --Oh! exclam el Ciervo-Negro levantndose con viveza, el rostro plido tiene en la boca una lengua embustera! --Silencio! grit Tranquilo obligndole a ocupar de nuevo su puesto; djeme V. desenredar esta madeja, que me parece est bastante embrollada. Perdone V. si insisto, caballero, repuso dirigindose al capitn; pero la cuestin es grave y la verdad debe ser conocida. Cuando usted lleg, no fue recibido como amigo por los jefes de la tribu? --En efecto, nuestras primeras relaciones fueron amistosas. --Entonces, por qu llegaron a ser hostiles? --Ya se lo he dicho a V.: porque contra la fe jurada y la palabra dada se negaron a cederme el terreno. --Cmo? Ceder el terreno! --Seguramente, puesto que me haban vendido el territorio que ocupaban. --Oh! Oh! Capitn, eso exige explicacin. --Es muy fcil darla; y para probar la buena fe con que obro en este asunto, voy a ensear a V. el acta de venta. El cazador y el Ciervo-Negro cambiaron una mirada de sorpresa. --Pues ya no lo entiendo, dijo Tranquilo. --Aguarde V. un instante, repuso el capitn, que voy a buscar ese documento y se le ensear. Y sali de la habitacin. --Oh! Caballero, exclam mistress Watt juntando las manos en ademan suplicante; trate V. de evitar una contienda. --Ah! Seora, respondi el cazador con tristeza; segn el aspecto que van tomando las cosas, lo juzgo muy difcil. --Vean VV., dijo el capitn entrando en la sala, y les ense el documento. A los dos hombres les bast con dirigirle una mirada para conocer el engao. --Ese documento es falso, dijo Tranquilo. --Falso! Es imposible, exclam el capitn lleno de estupor. Entonces me han engaado de una manera odiosa. --Es lo que por desgracia ha sucedido en el caso presente! --Y qu hacemos? murmur maquinalmente el capitn. El Ciervo-Negro se levant y dijo con majestuoso acento: --Escuchen los rostros plidos, que un sachem va a hablar. El canadiense quiso interponerse; pero el jefe le impuso silencio con un gesto, y prosigui diciendo: --Mi padre ha sido engaado; es un guerrero justo; su cabeza est canosa; el Wacondah le ha dado la sabidura; tambin los Pawnees-Serpientes son justos, quieren vivir en paz con mi padre, puesto que se halla inocente de la falta que se le imputa y de la cual debe responder otro. El principio de este discurso sorprendi agradablemente a los oyentes del jefe; la joven sobre todo, al or aquellas palabras, sinti que su inquietud iba desapareciendo y que la alegra renaca en su corazn. --Los Pawnees-Serpientes, continu el sachem, restituirn a mi padre todas las mercancas que le han sido estafadas; l, por su parte, se comprometer a abandonar los territorios de caza de los Pawnees y a retirarse en compaa de todos los rostros plidos que han venido con l; los Pawnees renunciarn a la venganza que queran tomar por el asesinato de sus hermanos, y el hacha de guerra ser enterrada entre los pieles rojas y los rostros plidos del Oeste. He dicho. Despus de estas palabras hubo un momento de silencio. Los circunstantes estaban llenos de estupor. Aquellas condiciones eran inaceptables, y por lo tanto, la guerra llegaba a ser inminente. --Qu responde mi padre? pregunt el jefe al cabo de un instante. --Ay de m! Jefe, respondi el capitn con dolor, no puedo aceptar tales condiciones, es imposible. Lo ms que puedo hacer es duplicar el precio que antes pagu. El jefe se encogi de hombros desdeosamente y dijo con una sonrisa de desprecio: --El Ciervo-Negro se haba equivocado; los rostros plidos tienen verdaderamente la lengua partida. Fue imposible hacer comprender al sachem la verdadera situacin de las cosas: con esa obstinacin ciega que caracteriza a su raza, nada quiso or, y cuanto ms intentaron probarle que estaba equivocado, ms se convenci de que la razn estaba de su parte. A una hora avanzada de la noche se retiraron el canadiense y el Ciervo-Negro, acompandoles el capitn hasta los atrincheramientos. Cuando hubieron salido, Jaime Watt se volvi muy pensativo a la torre. En el umbral de la puerta tropez con un objeto bastante voluminoso y se baj para ver lo que era. --Oh! exclam al levantarse, Con que realmente quieren la guerra? Vive Dios! Ya aprendern a conocerme. El objeto con que haba tropezado el capitn era un haz de flechas atadas con una piel de serpiente; los dos extremos de esta piel y las puntas de las flechas estaban teidas en sangre. El Ciervo-Negro, al retirarse, haba dejado caer detrs de s la declaracin de guerra. Toda esperanza de paz quedaba desvanecida, y era preciso disponerse para combatir. Pasado el primer momento de estupor, el capitn recobr su sangre fra, y aunque todava no haba amanecido, hizo que despertasen a todos los colonos y los reuni delante de la torre con el fin de celebrar consejo y discurrir los medios de neutralizar el peligro que amenazaba a la colonia. IX. LOS PAWNEES SERPIENTES. Aclararemos ahora algunos puntos de esta narracin que pueden parecerle oscuros al lector. Los pieles rojas, por grandes que sean sus defectos, profesan a las comarcas en que han nacido un cario que raya en fanatismo y al que nada puede sustituir. Cara de Mono no haba mentido cuando dijo al capitn Jaime Watt que l era uno de los jefes principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes: esto era muy cierto; solo que se haba guardado muy bien de revelarle la razn por la cual le haban expulsado de la tribu. Pero esta razn ha llegado ya el momento de decir cual fue. Cara de Mono no solo se hallaba dotado de una ambicin desenfrenada, sino que tambin, cosa bastante extraordinaria en un indio, estaba completamente desprovisto de creencias religiosas y de esas debilidades y esa credulidad supersticiosa a que son por dems accesibles sus compatriotas; adems era un hombre sin fe, sin honor y de costumbres ms que de pravedad. Habiendo sido llevado muy joven a las ciudades de la Unin americana, tuvo ocasin de ver de cerca la civilizacin excntrica de los Estados Unidos: incapaz de comprender lo bueno y lo malo de aquella civilizacin, y de mantenerse en un justo lmite, como sucede siempre en tales circunstancias, se haba dejado seducir por lo que ms halagaba a sus inclinaciones y gustos, y de las costumbres de los blancos solo haba tomado lo que deba terminar y completar su precoz depravacin. Por eso, cuando se hall de regreso en su tribu, sus costumbres y su lenguaje estuvieron en tan total desacuerdo con lo que se haca y se deca en torno suyo, que no tard en excitar el menosprecio y el odio de sus compatriotas. Sus enemigos ms encarnizados fueron naturalmente los sacerdotes, es decir, los brujos, a quienes en varias ocasiones haba tratado de poner en ridculo. Desde el momento en que Cara de Mono se hubo malquistado con el omnipotente partido de los brujos, se hundieron sus proyectos ambiciosos; todas sus intrigas fracasaron, pues una oposicin sorda derribaba constantemente los proyectos que l formaba en el mismo momento en que crea verlos alcanzar buen xito. Durante un espacio de tiempo bastante largo, el jefe, no sabiendo a quien culpar, se mantuvo prudentemente en la defensiva, vigilando de una manera activa los pasos de sus enemigos, y aguardando con la paciencia astuta que constitua el fondo de su carcter a que la casualidad llegase a revelarle el nombre del hombre en quien deba recaer su venganza. Como todas sus medidas estaban muy bien tomadas, no tard en descubrir que aquel a quien deba atribuir los continuos descalabros que sufra, no era sino el brujo principal de la tribu. Este brujo era un anciano querido y respetado de todos por razn de su sabidura y su bondad. Cara de Mono disimul su odio durante algn tiempo; pero un da en pleno consejo, a consecuencia de una discusin bastante fuerte, se dej arrebatar por la ira, y precipitndose sobre el desventurado anciano, le dio de pualadas delante de todos los jefes de su tribu, sin que los circunstantes pudiesen oponerse a la realizacin de su intento. El asesinato del brujo llev a su colmo el horror que inspiraba aquel miserable; en el acto los jefes le expulsaron del territorio de la nacin, negndole el fuego y el agua, y amenazndole con los mayores castigos si se atreva a presentarse delante de ellos. Cara de Mono, harto dbil para resistirse a la ejecucin de esta sentencia, se alej con el corazn henchido de rabia y profiriendo las amenazas ms terribles. Ya hemos visto de qu manera se veng vendiendo el territorio de su tribu a los americanos, y causando as la ruina de los que le haban castigado. Pero tan luego como hubo conseguido esa venganza que por tanto tiempo anhelara, se verific una trasformacin singular en el corazn de aquel hombre. La vista de aquella comarca en que l naci y en donde descansaban las cenizas de sus padres despert en l, con suma intensidad, el sentimiento de la patria, sentimiento que juzgaba ya muerto y que solo estaba adormecido en el fondo de su corazn. La vergenza por la accin odiosa que haba cometido entregando a los enemigos de su raza los territorios de caza que l mismo haba recorrido con plena libertad durante tanto tiempo, el encarnizamiento con que los americanos se ocupaban en variar el aspecto de la comarca y en destruir sus rboles seculares, cuya sombra haba cobijado los consejos celebrados por su nacin, todas estas razones reunidas le haban hecho reflexionar; y desesperado por el sacrilegio que el odio le impulsara a cometer, procur acercarse de nuevo a sus compatriotas con el fin de ayudarles a recobrar lo que por su culpa haban perdido. Es decir resolvi hacer traicin a los amigos nuevos en provecho de los antiguos. Aquel hombre se hallaba desventuradamente lanzado a una senda fatal en la que cada paso que daba deba ser sealado por un crimen. Le fue ms fcil de lo que pensaba el ponerse de nuevo en contacto con sus compatriotas. Estos vagaban dispersos y llenos de desesperacin por los bosques inmediatos a la colonia. Cara de Mono se present audazmente a ellos; se guard muy bien de revelarles que l era la nica causa de las desgracias que les abrumaban. Por el contrario, les expuso como un mrito su regreso, dicindoles que la noticia de las calamidades que de improviso haban cado sobre ellos era la causa exclusiva de su llegada; que si hubiesen continuado siendo felices, nunca le habran visto; pero que ante una catstrofe tan espantosa como la que les haba abrumado, todo sentimiento deba desaparecer y ceder el puesto a la venganza comn que era preciso tomar de los rostros plidos, esos implacables y eternos enemigos de la raza roja. En resumen, supo hacer tan bello alarde de buenos sentimientos, supo presentar bajo un aspecto tan favorable el paso que daba en aquel momento, que consigui engaar completamente a los indios, y persuadirles de la pureza de sus intenciones y de su buena fe. Entonces, con la diablica inteligencia de que se hallaba dotado, urdi una vasta trama contra los americanos, trama en la cual tuvo la habilidad de hacer que entrasen otros pueblos indios aliados de su tribu, y al paso que en la apariencia segua siendo amigo de los colonos, organiz y prepar silenciosamente su completa ruina. La influencia que en poco tiempo haba logrado adquirir sobre su tribu era inmensa; solo tres hombres conservaban contra l una desconfianza instintiva, y vigilaban con el mayor cuidado todos sus actos: estos tres hombres eran el cazador canadiense Tranquilo, el Ciervo-Negro y el Zorro-Azul. Tranquilo no acertaba a explicarse la conducta del jefe: le pareca extraordinario que este hombre hubiese llegado a ser tan amigo de los americanos: varias veces le haba pedido explicaciones acerca de esto; pero Cara de Mono nunca le respondi sino de una manera ambigua, o bien eludi la cuestin. Tranquilo, cuyas sospechas se acrecentaban de da en da, y que tena empeo en saber de un modo positivo a que atenerse respecto de aquel hombre cuyos manejos le parecan cada vez ms sospechosos, consigui que en el gran consejo de la nacin le designasen con el Ciervo-Negro para ir a llevar la declaracin de guerra al capitn Watt. A Cara de Mono le disgust la eleccin de los enviados, pues saba que eran secretamente enemigos suyos; pero disimul su resentimiento con tanto ms motivo, cuanto que las cosas estaban demasiado adelantadas ya para retroceder, y todo se hallaba dispuesto para la expedicin. As pues, Tranquilo y el Ciervo-Negro partieron con el encargo de declarar la guerra a los rostros plidos. --O mucho me equivoco, deca el canadiense a su amigo mientras iban andando, o estoy seguro de que vamos a saber algo nuevo acerca de Cara de Mono. --Lo cree V. as? --Apostara cualquier cosa. Estoy convencido de que el muy tuno juega con dos barajas, y nos est engaando a todos en provecho suyo. --No tengo gran confianza en l; pero no puedo creer que lleve tan lejos su descaro. --Muy pronto sabremos a que atenernos; pero en todo caso promtame V. una cosa. --Cul es? --La de que solo yo he de hablar. S mejor que V. la manera en que es preciso obrar con los rostros plidos del Oeste. --Corriente, respondi el Ciervo-Negro, obrar V. como mejor le plazca. Cinco minutos despus llegaron a la colonia. Ya hemos referido en el captulo precedente la manera en que fueron recibidos, y lo que pas entre ellos y el capitn Watt. Esa costumbre de declarar la guerra a sus enemigos, establecida entre los indios a quienes en Europa se acostumbra a considerar como salvajes estpidos, puede parecer extraordinaria; pero no hay que equivocarse: los pieles rojas tienen un carcter eminentemente caballeresco, y a no ser que se trate de una _razzia_, es decir, de un robo de caballos o de ganados, nunca atacarn a un enemigo sin habrselo advertido con anticipacin a fin de que est en guardia. Por lo dems, ese espritu caballeresco hbilmente explotado por los norteamericanos, quienes, debemos confesarlo para su vergenza eterna, carecen por completo de l, es l que ha valido a los blancos la mayor parte de las victorias conseguidas sobre los pieles rojas. A poca distancia de la colonia encontraron los dos hombres sus caballos, que haban dejado maneados. Montaron y se alejaron con rapidez. --Vamos! dijo Tranquilo, qu piensa V. de todo esto? --Mi hermano tena razn: Cara de Mono siempre nos ha hecho traicin; es evidente que ese documento emana de l. --Qu piensa V. hacer? --Todava no lo s; quizs sera peligroso arrancarle la mscara en este momento. --No opino como V., jefe; la presencia de ese traidor entre nosotros no puede menos de perjudicar a nuestra causa. --Vemosle venir ante todo. --Corriente, pero permtame V. una observacin. --Ya escucho a mi hermano. --Cmo es que, despus de haber conocido la falsedad del acta de venta, se ha obstinado V. en declarar la guerra a ese Cuchillo Largo del Oeste, puesto que est probado que ha sido engaado por Cara de Mono? El jefe se sonri de una manera astuta, y dijo: --El rostro plido se ha dejado engaar porque le convena. --No le entiendo a V., jefe. --Voy a explicarme. Sabe mi hermano como se hace una venta de terreno? --En verdad que no. Confieso que, como por mi parte hasta ahora nunca he tenido ningn terreno que vender ni comprar, no me he cuidado de eso en manera alguna. --Ooah! Entonces voy a decrselo a mi hermano. --Me alegro mucho. Lo que ms deseo es instruirme, y luego eso podr servirme en alguna ocasin, dijo el canadiense riendo. --Cuando un rostro plido quiere comprar el territorio de caza de una tribu, va a buscar a los sachems principales de la nacin, y despus de haber fumado en el consejo la pipa de paz, les expone su peticin: las condiciones son discutidas: si las dos partes contratantes se ponen de acuerdo, el brujo principal de la nacin dibuja un plano del territorio; el rostro plido entrega las mercancas; todos los jefes ponen su jeroglfico al pie del plano; los rboles son sealados con el hacha; se establecen las fronteras, e inmediatamente toma posesin el comprador. --Vamos, dijo Tranquilo, eso es muy sencillo. --En qu consejo ha fumado la pipa el jefe de la Cabeza Gris? Dnde estn los sachems que han tratado con l? Que me ensee los rboles que han sido sealados. --En efecto, creo que eso le sera difcil, repuso el cazador. --Cabeza Gris, continu diciendo el jefe, saba que Cara de Mono le engaaba; pero el territorio le convena y contaba con la fuerza de las armas para mantenerse en l de buen o mal grado. --Es probable. --Vencido por la evidencia y conociendo demasiado tarde que ha obrado de una manera inconsiderada, ha credo resolver todas las dificultades ofrecindonos algunos bultos ms de mercancas. Cundo han tenido los rostros plidos una lengua recta y honrada? --Gracias, dijo el cazador riendo. --No hablo de la nacin de mi hermano, que nunca he tenido que quejarme de ella: solo me refiero a los Cuchillos Largos del Oeste. Sigue creyendo mi hermano que he hecho mal en dejar caer las flechas ensangrentadas? --Quizs en esta ocasin, jefe, haya V. sido un poco precipitado y se habr dejado arrebatar por la clera; pero tiene V. tantos motivos para aborrecer a los norteamericanos que no me atrevo a censurarle. --Segn eso, puedo contar con la cooperacin de mi hermano? --Por qu se lo he de negar a V., jefe? Su causa sigue siendo la que era, es decir, justa. Es deber mo ayudarle, y lo har, suceda lo que quiera. --Och! Doy gracias a mi hermano; su rifle nos ser muy til. --Hemos llegado: ya es tiempo de adoptar una determinacin respecto de Cara de Mono. --Ya est tomada, respondi el jefe lacnicamente. En aquel momento desembocaron en una vasta explanada en cuyo centro haba varias hogueras encendidas. Quinientos guerreros indios, pintados y arpados como para entrar en combate, estaban tendidos sobre la yerba en diferentes puntos, mientras que sus caballos, enjaezados y preparados, estaban maneados y coman su pienso. En torno de la hoguera principal se hallaban colocados varios jefes que fumaban silenciosamente. Los dos jinetes que llegaban echaron pie a tierra y se dirigieron con rapidez hacia aquella hoguera, por delante de la cual se paseaba con agitacin Cara de Mono. Ambos se colocaron junto a los dems jefes y encendieron sus pipas; aunque todos aguardaban su llegada con impaciencia, nadie les interrog, pues la etiqueta india se opone a que un jefe tome la palabra antes de acabar de fumar su pipa. Cuando el Ciervo-Negro hubo concluido, sacudi las cenizas de la pipa, se la puso al cinto y dijo: --La orden de los sachems est cumplida; las flechas ensangrentadas han sido entregadas a los rostros plidos. Al or esta noticia, los jefes inclinaron la cabeza en seal de satisfaccin. Cara de Mono se acerc y pregunt: --Ha visto mi hermano el Ciervo-Negro a Cabeza Gris? --S, respondi el jefe secamente. --Qu piensa mi hermano? repuso Cara de Mono insistiendo. El Ciervo-Negro le dirigi una mirada torva: y replic: --Qu importa en este momento el pensamiento del jefe, puesto que el consejo de los sachems ha resuelto la guerra? --Las noches son largas, dijo entonces el Zorro-Azul; se van a quedar mis hermanos aqu fumando? Tranquilo tom la palabra y dijo: --Los Grandes Cuchillos estn sobre aviso, en este momento velan; vuelvan mis hermanos a montar a caballo y retrense, que la hora no es propicia. Los jefes hicieron un ademn de asentimiento. --Ir de descubierta, dijo Cara de Mono. --Bueno! respondi el Ciervo-Negro con una sonrisa feroz, mi hermano es hbil, ve muchas cosas y nos dar noticias. Cara de Mono se dispuso a montar en un caballo que un guerrero le llevaba; pero de improviso el Ciervo-Negro se levant, se precipit sobre l, y apoyndole rudamente una mano en un hombro, le oblig a caer de rodillas en el suelo. Los guerreros, sorprendidos por esta agresin sbita, cuyo motivo no adivinaban, cambiaban entre s miradas de sorpresa, aunque sin hacer el ms leve movimiento para interponerse entre los dos jefes. Cara de Mono levant bruscamente la cabeza, e intentando desembarazarse de la frrea presin que le tena clavado al suelo, dijo: --Turba por ventura el Espritu del mal el cerebro de mi hermano? El Ciervo-Negro se sonri de una manera siniestra, y sacando de su cinto el cuchillo de desollar crneos, dijo con voz sombra: --Cara de Mono es un traidor: ha vendido sus hermanos a los rostros plidos y va a morir. El Ciervo-Negro, a ms de ser un guerrero afamado, tena en la tribu una merecida reputacin de sabidura y de lealtad; nadie puso en duda la acusacin que acababa de pronunciar, pues adems haca mucho tiempo que conocan a Cara de Mono, desgraciadamente para l. El Ciervo-Negro alz su cuchillo, cuya hoja azulada, herida por los reflejos de la llama de la hoguera, produjo un relmpago siniestro; pero Cara de Mono, haciendo un esfuerzo supremo, logr desembarazarse, salt como una fiera y desapareci entre los matorrales, lanzando una carcajada estridente. El cuchillo haba resbalado, y solo cort un poco las carnes sin causar herida grave al astuto y diestro indio. Hubo un momento de estupor, y luego todos se levantaron tumultuosamente para lanzarse en persecucin del fugitivo. --Deteneos! exclam Tranquilo con voz fuerte; ahora es ya demasiado tarde. Apresuraos a atacar a los rostros plidos antes de que ese miserable haya tenido tiempo para avisarlos, porque sin duda medita ya nuevas traiciones. Los jefes reconocieron la conveniencia de este consejo, y los indios se prepararon para el combate. X. LA BATALLA. Entre tanto, segn dijimos anteriormente, el capitn Watt haba reunido delante de la torre a todos los individuos de la colonia. El nmero de los combatientes ascenda a sesenta y dos, comprendidas las mujeres. A las seoras europeas puede parecerles singular que contemos a las mujeres en el nmero de los combatientes; en efecto, en el viejo mundo ha pasado para siempre, por fortuna, el tiempo de las Marfisas y las Bradamantas, y merced al creciente progreso de la civilizacin, el bello sexo no se ve reducido a competir en valor con los hombres. En la Amrica septentrional, en la poca en que pasaba nuestra historia, y an hoy en da en las praderas y en los desmontes, no sucede as: muchas veces, cuando el grito de guerra de los indios llega a resonar sbitamente en los odos de los colonos, las mujeres se ven obligadas a abandonar las labores propias de su sexo para coger un rifle con sus manos delicadas y consagrarse con resolucin a la comn defensa. En caso necesario podramos citar muchas de esas heronas de dulce mirada y ojos de ngel que, en ocasiones dadas, han cumplido valerosamente con su deber de guerreras, y han peleado como verdaderos diablillos contra los indios. Mistress Watt no era una herona, ni con mucho, pero era hija y mujer de militares; haba nacido y se haba criado en la frontera india; varias veces oli la plvora y vio correr la sangre, y adems era madre. Se trataba de defender a sus hijos; toda su timidez haba desaparecido para ser sustituida por una resolucin enrgica y fra. Su ejemplo haba electrizado a las dems mujeres de la colonia, y todas se haban armado, resueltas a combatir al lado de sus maridos y de sus padres. Repetimos, pues, que, entre hombres y mujeres, el capitn tena en torno suyo sesenta y dos combatientes. Intent disuadir a su mujer de que tomase parte en la lucha; pero aquella dulce criatura, a quien hasta entonces haba visto tan tmida y obediente, se neg terminantemente a renunciar a su propsito, y el capitn se vio precisado a dejarla obrar a su antojo. Entonces adopt sus disposiciones de defensa. Veinticinco hombres fueron distribuidos por los atrincheramientos bajo las rdenes de Bothrel. El capitn se reserv el mando de una partida de veinticuatro cazadores, destinada a acudir a los puntos que se hallasen ms expuestos. Las mujeres, bajo las rdenes de mistress Watt, quedaron custodiando la torre, en donde fueron colocados los enfermos y los nios. Luego aguardaron la llegada de los indios. Era prximamente la una de la madrugada cuando el cazador canadiense y el jefe Pawnee se marcharon de la colonia. A las dos y media todo estaba ya dispuesto para la defensa. El capitn hizo su ltima ronda en torno de los atrincheramientos para cerciorarse de que todo se hallaba en orden; y despus de haber mandado apagar todos los fuegos, sali secretamente de la colonia por una puertecita practicada en los atrincheramientos, y que solo l y el sargento Bothrel conocan. Echaron una tabla sobre el foso, y el capitn pas seguido tan solo de Bothrel y de un cazador llamado Bob, mozo resuelto y robusto a quien ya hemos tenido ocasin de mencionar. La tabla fue escondida con el mayor cuidado a fin de que sirviese a la vuelta, y los tres hombres se deslizaron como fantasmas en medio de la oscuridad de la noche. Cuando hubieron llegado a un centenar de metros de la colonia, el capitn se detuvo. --Seores, les dijo en voz tan baja, que tuvieron que inclinarse hacia l para orle, les he escogido a VV. porque la expedicin que vamos a intentar es peligrosa, y necesitaba tener conmigo hombres resueltos. --De qu se trata? pregunt Bothrel. --La noche est tan oscura, que esos malditos paganos, si quisieran, podran llegar hasta la misma orilla del foso sin que nos fuese dado verlos. As pues, he resuelto prender fuego a los rboles cortados y amontonados de trecho en trecho, y a las races reunidas tambin en montones. En ocasiones dadas es preciso saber hacer sacrificios. Esas hogueras que ardern durante mucho tiempo, derramarn una claridad resplandeciente que nos permitir distinguir a nuestros enemigos a gran distancia y dirigirles certeros tiros. --La idea es excelente, respondi Bothrel. --S, respondi el capitn; solo que no se nos debe ocultar que es en extremo peligrosa. Es indudable que los exploradores indios se hallan ya desparramados por la llanura, acaso muy cerca de nosotros; y cuando estn ya encendidas dos o tres hogueras, si nosotros los vemos, tampoco ellos dejarn de vernos. Cada uno de nosotros se va a proveer de los objetos necesarios, y con la rapidez de nuestros movimientos procuraremos frustrar las tretas de esos demonios. Acurdense VV. de que obraremos aisladamente, y de que cada uno de nosotros tiene que encender cuatro o cinco hogueras; por lo tanto no debemos contar unos con otros. Manos a la obra! Distribuyronse entre los hombres los combustibles y las materias inflamables, y se separaron. Cinco minutos ms tarde brill una chispa, luego otra, despus otra, al cabo de un cuarto de hora haba diez hogueras encendidas. Dbiles al pronto, pareci que vacilaban durante algunos instantes; luego creci la llama, tom consistencia, y muy pronto toda la llanura se vio iluminada por el reflejo sangriento de aquellas antorchas inmensas. El capitn y sus compaeros haban sido ms afortunados de lo que esperaban en su expedicin; pues consiguieron incendiar los montones de madera desparramados por el valle sin llamar la atencin de los indios. Se apresuraron a regresar a todo correr a los atrincheramientos. Ya era tiempo, porque de improviso reson detrs de ellos un grito de guerra terrible y apareci en el lindero del bosque una tropa numerosa de guerreros indios que corran a rienda suelta y blandan sus armas cual una legin de demonios. Pero llegaron demasiado tarde para apoderarse de los americanos, pues estos haban pasado el foso y se hallaban al abrigo de sus golpes. Una descarga de fusilera salud la llegada de los indios: varios cayeron del caballo y los dems volvieron grupas y se alejaron con precipitacin. El combate estaba empeado, pero ya le importaba muy poco al capitn: merced a su feliz ocurrencia era imposible una sorpresa, porque se vea como si fuese de da. Hubo un momento de descanso, que los americanos aprovecharon para volver a cargar sus armas. Los colonos haban tenido un momento de inquietud al ver encenderse unas en pos de otras, en la pradera, aquellas hogueras inmensas; creyeron que era un ardid de los indios; pero muy luego quedaron desengaados con el regreso del capitn; y al contrario, se felicitaron por aquella inspiracin magnfica que les permita asestar tiros certeros. Sin embargo, los Pawnees no haban renunciado a su proyectado ataque, y segn toda probabilidad, solo se retiraban para deliberar. El capitn, con un hombro apoyado en la empalizada, examinaba atentamente la llanura desierta, cuando le pareci observar un movimiento desusado en un sembrado de trigo bastante extenso situado a unos dos tiros de fusil de la colonia. --Alerta! dijo; el enemigo se acerca. Cada cual puso el dedo en el gatillo. De improviso se oy un gran ruido, y la pila de madera ms lejana se hundi con estrpito lanzando millares de chispas. --Vive Dios! exclam el capitn, hay en eso alguna diablura india: es imposible que esa pila enorme de lea est ya consumida. En el mismo instante se hundi otra, y despus otra, y otra, hasta cuatro. Ya no quedaba duda alguna acerca de la causa de aquellos hundimientos sucesivos: los indios, cuyos movimientos se hallaban neutralizados por la luz que derramaban aquellos faros monstruosos, haban adoptado la sencilla determinacin de apagarlos, lo cual pudieron hacer con entera seguridad porque aquellos fuegos estaban fuera del alcance de los tiros. Apenas caa la lea al suelo, la dispersaban por todos lados y la apagaban con bastante facilidad. Esta medida haba permitido a los indios que se acercasen algn tanto a las empalizadas sin ser vistos. Sin embargo, no todos los montones de lea estaban derribados; los que an quedaban se hallaban todos bastante prximos a la plaza para ser defendidos por los fuegos de esta. A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos. Pero entonces comenz de nuevo el fuego de fusilera, y las balas cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que despus de haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la precipitacin con que se alejaron. Los americanos se echaron a rer y comenzaron a silbar a los fugitivos. --Creo, observ Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a probarla. --En efecto, contest el capitn, esta vez no parece que se hallen dispuestos a volver. El capitn se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios volvan a rienda suelta. Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilera, al cual desdearon responder, llegaron hasta la orilla del foso. Verdad es que, cuando hubieron llegado all, volvieron grupas y se marcharon con la misma rapidez con que haban venido, pero no sin dejar sembrados en su camino numerosos cadveres desapiadadamente derribados por las balas americanas. Pero el proyecto de los Pawnees haba alcanzado buen xito, y los blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se haban apresurado por dems a alegrarse de su fcil triunfo. Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso, haba echado pie a tierra, y aprovechando la confusin y el humo que impedan fuese visto, se haba guarecido ms o menos bien detrs de los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que, cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una descarga de fusilera y de largas flechas acanaladas que derribaron a quince hombres. Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir aquel ataque verificado por enemigos invisibles. Quince hombres menos de un solo golpe eran una prdida terrible para los colonos; el combate adquira serias proporciones que amenazaban degenerar en derrota, porque los indios nunca haban desplegado tanta energa ni encarnizamiento en un ataque. No haba medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se haban emboscado. El capitn se decidi a hacerlo. Reuniendo unos veinte hombres resueltos, mientras los dems vigilaban en las empalizadas, mand bajar el puente levadizo y se lanz intrpidamente fuera. Entonces los enemigos se batieron al arma blanca y lucharon cuerpo a cuerpo. La pelea se torn horrible: los blancos y los pieles rojas, enlazados como serpientes, ebrios de coraje y cegados por el odio, procuraban mutuamente darse de pualadas. De improviso una claridad inmensa ilumin aquella escena de carnicera, y en la colonia resonaron gritos de terror. El capitn volvi la cabeza y lanz un grito de desesperacin al contemplar el espectculo horrible que se ofreca ante su vista. La torre y los edificios principales estaban ardiendo; a la claridad de las llamas se vea a los indios saltar como demonios persiguiendo a los defensores de la colonia que, agrupados en varios puntos, intentaban todava una resistencia casi imposible. He aqu lo que haba sucedido. Mientras que el Ciervo-Negro, el Zorro-Azul y los dems jefes principales de los Pawnees intentaban el ataque por el frente de la colonia, Tranquilo, seguido de Quoniam y de unos cincuenta guerreros escogidos, se embarc en unas piraguas de piel de bisonte, baj silenciosamente por el ro y fue a desembarcar en la misma colonia sin dar la ms leve alarma, por la sencilla razn de que los americanos no podan temer de ningn modo una sorpresa por la parte del Misuri. Sin embargo, debemos hacer al capitn la justicia de decir que no haba dejado indefenso aquel punto; coloc all centinelas, pero desgraciadamente, en el desorden que sigui a la ltima carga de los indios, los centinelas, creyendo que nada tenan que temer por aquella parte, haban abandonado su puesto para acudir a donde juzgaban que el peligro era ms apremiante, y ayudar a sus compaeros a rechazar al enemigo. Esta falta imperdonable perdi a los defensores de la colonia. Tranquilo desembarc sin disparar un tiro. Los Pawnees, tan luego como hubieron entrado en la colonia, arrojaron teas incendiarias a los edificios construidos todos con madera, y lanzando su grito de guerra, se precipitaron sobre los americanos, a quienes cogieron por retaguarda colocndolos as entre dos fuegos. Tranquilo, Quoniam y algunos guerreros que no se haban separado de ellos, se dirigieron a la torre. Mistress Watt, aunque atacada por sorpresa, se dispuso para defender valerosamente el puesto confiado a su custodia. El canadiense se acerc a ella con las manos alzadas al cielo en seal de paz y exclam: --Rndanse VV., en nombre del cielo, o quedan perdidas: la colonia ha cado en nuestro poder. --No! respondi la joven resueltamente; no me rendir a un villano que hace traicin a sus hermanos para abrazar el partido de los indios. --Es V. injusta para conmigo, replic el cazador con tristeza; vengo a salvar a V. --No quiero ser salvada por V. --Mujer desventurada! Si no lo hace V. por s, hgalo al menos por sus hijos; mire V., ya est ardiendo la torre. La joven alz los ojos, lanz un grito de horror y se precipit llena de desconsuelo en el interior del edificio. Las dems mujeres, fiando en la palabra del cazador, no intentaron resistirse y entregaron sus armas. Tranquilo confi la custodia de aquellas pobres mujeres a Quoniam, agregndole algunos guerreros, y se alej rpidamente con la intencin de hacer cesar la carnicera que continuaba en todos los puntos de la colonia. Quoniam entr en la torre, en donde encontr a mistress Watt medio asfixiada y estrechando a sus hijos en sus brazos con inaudita fuerza. El buen negro carg a la joven sobre sus robustos brazos; y reuniendo a todas las mujeres y los nios, los condujo a las orillas del Misuri, a fin de ponerlos fuera del alcance del fuego y esperar a que el combate concluyese, sin exponer a las prisioneras al furor de los vencedores. A la sazn, aquello no era ya un combate sino una carnicera, a la que an hacan ms espantosa los brbaros refinamientos de los indios que se encarnizaban con indecible rabia contra sus desventurados enemigos. El capitn, Bothrel, Bob y unos veinte americanos, los nicos colonos que an estaban vivos, reunidos en el centro de la explanada, se defendan con la energa de la desesperacin contra una nube de indios, resueltos a dejarse matar antes que caer en manos de los feroces Pawnees. Sin embargo, Tranquilo, a fuerza de splicas y arrostrando mil peligros, consigui hacer que depusiesen las armas y que cesase por fin la carnicera. De pronto se oyeron gritos, llantos y splicas hacia la parte del ro. El cazador se lanz rpidamente hacia all, agitado por un presentimiento sombro. El Ciervo-Negro y sus guerreros le seguan. Cuando llegaron al sitio en que Quoniam haba reunido a las mujeres, se ofreci ante su vista un espectculo espantoso. Mistress Watt y otras tres mujeres yacan sin movimiento en el suelo en medio de un charco de sangre. Quoniam estaba tendido delante de ellas, con dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho. Fue imposible obtener de las dems mujeres ningn dato acerca de lo que haba pasado, porque estaban casi locas de terror. Los hijos del capitn haban desaparecido! XI. LA VENTA DEL POTRERO. Usando ahora de nuestro privilegio de novelistas, trasladaremos la escena de nuestro relato al Texas, y volveremos a tomar nuestra historia unos diecisis aos despus de los acontecimientos referidos en el captulo anterior. El alba comenzaba a teir las nubes con sus nacaradas tintas, las estrellas se apagaban unas en pos de otras en las sombras profundidades del cielo; y en la ltima lnea azul del horizonte, un reflejo de un color rojo vivo, precursor de la salida del sol, anunciaba que tardara muy poco en ser de da. Los millares de pjaros invisibles, frioleramente cobijados en la enramada, se despertaban de repente y entonaban alegres su melodioso concierto matutino, mientras que los aullidos de las fieras, al retirarse de beber y regresar con lento paso a sus inexploradas guaridas, se iban tornando cada vez ms sordos y oscuros. En aquel momento se levant la brisa; se engolf en la densa nube de vapores que, a la salida del sol, se exhalan de la tierra en aquellas regiones intertropicales, la hizo revolotear un instante, la desgarr y la disip por el espacio, haciendo aparecer sin transicin, cual una decoracin de teatro, el paisaje ms delicioso que puede imaginar el alma soadora de un pintor o de un poeta. En Amrica, sobre todo, es donde parece que la Providencia se ha complacido en prodigar los efectos ms imponentes de paisaje, variando hasta lo infinito los contrastes y las armonas de aquella naturaleza poderosa que solo all se encuentra. En el seno de una inmensa llanura, rodeada completamente por la poblada enramada de una selva virgen, se dibujaban los caprichosos giros de un camino arenoso, cuyo color amarillento se destacaba de un modo agradable sobre el verde oscuro de las crecidas yerbas y el blanco plateado del agua de un ro angosto al que los primeros rayos del sol hacan resplandecer cual un conjunto de pedrera. Cerca del ro, prximamente en el centro de la llanura, se alzaba una casa blanca con columnas que formaban un prtico, y con un tejado encarnado. Esta casa, coquetamente tapizada con plantas trepadoras que se extendan en anchos mechones por sus paredes, era una venta u hostera, edificada en lo alto de una leve eminencia. Llegbase a ella por una pendiente insensible, y merced a su posicin, dominaba aquel paisaje inmenso y grandioso, como el que abarca con su vista el cndor cuando se cierne cerca de las nubes. Delante de la puerta de la venta, unos veinte vagones, pintorescamente agrupados, acababan de ensillar sus caballos, mientras que unos arrieros se ocupaban presurosos en cargar siete u ocho mulas. En el camino, algunas millas ms all de la venta, se vean, como puntos negros casi imperceptibles, varios jinetes que se alejaban con rapidez, y estaban prximos a internarse en la selva de que hemos hablado, selva que se elevaba gradualmente y estaba dominada por una faja de altas montaas, cuyas cumbres fragosas y escarpadas se confundan casi con el azul del cielo. Se abri la puerta de la venta, y un oficial joven sali tarareando; le acompaaba un fraile gordo y rollizo, provisto de un voluminoso abdomen y de una cara muy alegre; detrs de ellos apareci en el umbral de la puerta una encantadora joven de dieciocho a diecinueve aos, rubia y delgada, con los ojos azules y los cabellos dorados, linda y graciosa. --Vamos, vamos, dijo el capitn, porque el oficial llevaba las insignias de aquel grado, a caballo, que ya hemos perdido demasiado tiempo. --Hum! dijo el fraile, apenas hemos tenido tiempo para desayunarnos. Por qu diablos tiene V. tanta prisa, Capitn? --Santo varn, repuso el capitn en tono irnico, si quiere V. quedarse, es muy dueo de hacerlo. --No, no, me voy con V.! exclam el fraile haciendo un gesto de espanto; cspita! Quiero aprovechar la escolta de V. --Pues entonces dese V. prisa, porque dentro de cinco minutos voy a dar la orden de marcha. El oficial, despus de haber dirigido una mirada a la llanura, hizo sea a su asistente para que le acercase el caballo y mont con ligereza y con esa gracia peculiar de los jinetes mejicanos. El fraile ahog un suspiro de sentimiento, pensando probablemente en la suculenta hospitalidad que abandonaba para correr los peligros de un viaje largo, y ayudado por los arrieros consigui subirse a duras penas sobre una mula, cuyo lomo se dobl al recibir aquel peso enorme. --Uf! murmur, ya estoy. --A caballo! grit el capitn. Los dragones obedecieron en seguida, y durante algunos segundos se oy un golpeteo de hierro. La joven de quien hemos hablado haba permanecido hasta entonces inmvil y silenciosa en el umbral de la puerta, al parecer poseda por una agitacin secreta y dirigiendo en torno suyo miradas inquietas, que fijaba en dos o tres campesinos que, recostados con indolencia en las tapias de la venta, observaban los movimientos de la caravana con una mirada a la vez indiferente y curiosa; pero en el momento en que el capitn iba a dar la orden de marcha, la joven se acerc resueltamente a l, y presentndole un mechero, le dijo con voz dulce y melodiosa: --Seor Capitn, se le ha apagado a V. el cigarro. --Es verdad! respondi el oficial, e inclinndose con galantera hacia ella, cogi el mechero, se sirvi de l, y se lo devolvi diciendo: --Gracias, hermosa nia. La joven aprovech el momento en que el rostro del oficial se aproximaba al suyo para decirle rpidamente y en voz muy baja estas palabras: --Tenga V. cuidado! --Cmo? dijo el oficial mirndola fijamente. La joven, sin contestar, puso el dedo ndice en sus rosados labios, y volvindose con viveza, entr corriendo en la venta. El capitn se enderez sobre la silla, frunci su negro entrecejo y dirigi una mirada amenazadora a los dos o tres individuos que estaban recostados en la tapia; pero muy luego sacudi la cabeza y murmur con desdn: --Bah! No se atreveran. Entonces desenvain su sable, cuya hoja lanz un relmpago deslumbrador al ser herida por los rayos del sol, y ponindose a la cabeza de la escolta dijo: --En marcha! Partieron. Las mulas siguieron el esquiln de la _nena_ o mula que sirve de gua, y los dragones, dispuestos en torno de la recua, la encerraron en su centro. Durante algunos instantes, los pocos campesinos que haban presenciado la partida de la tropa siguieron con la vista su marcha por las sinuosidades del camino; luego entraron en la venta uno tras otro. La joven estaba sola sentada sobre un escao, y al parecer ocupndose con actividad en componer un vestido. Sin embargo, por el temblor casi imperceptible que agitaba su cuerpo, por el rubor de su frente y por la mirada tmida que dej filtrar bajo sus largos prpados al ver entrar a los campesinos, era fcil adivinar que la calma que finga estaba muy lejos de su corazn, y que, por el contrario, la atormentaba un temor secreto. Los campesinos eran tres, todos ellos hombres en la fuerza de la edad, de facciones duras y acentuadas, de mirada torva y de modales bruscos y brutales. Llevaban el traje mejicano de las fronteras, e iban bien armados. Se sentaron en un banco colocado delante de una mesa tosca, y uno de ellos dio un puetazo fuerte sobre la tabla y se volvi hacia la joven dicindola bruscamente: --Queremos beber! La joven se estremeci y levant la cabeza en seguida. --Qu desean VV., caballeros? pregunt. --Mezcal. La joven se levant y se apresur a servirles. El que haba hablado la agarr del vestido y la detuvo en el momento en que se dispona a alejarse, dicindola: --Aguarde V. un momento, Carmela. --Deje V. mi vestido, Ruperto, dijo Carmela haciendo un gestecito de mal humor; me le va V. a rasgar. --Bah! repuso Ruperto rindose con insolencia, tan torpe me juzga V.? --No, pero no me convienen esos modales. --Oh! Oh! No est V. siempre tan arisca, mocita. --Qu quiere V. decir? repuso Carmela ruborizndose. --Basta! Yo me entiendo, pero por el momento no se trata de eso. --Pues de qu se trata? pregunt la joven con fingida sorpresa; no le he servido a V. ya el mezcal que pidi? --S, s, pero tengo que decirla una cosa. --Bueno, pues diga V. pronto y djeme marchar. --Mucha prisa tiene V. de escaparse. Teme V. que su novio la sorprenda hablando conmigo? Los compaeros de Ruperto se echaron a rer, y la joven se qued muy cortada. --No tengo novio, Ruperto, ya lo sabe V., contest al fin con los ojos arrasados en agua, y hace V. mal en insultar a una pobre muchacha indefensa. --Bueno, bueno! Yo no insulto a V., Carmela; qu mal hay en que una linda nia tenga un novio, y aunque sean dos? --Djeme V., exclam la joven haciendo un movimiento brusco para desembarazarse. --No la dejo a V. hasta tanto que haya contestado a mi pregunta. --Pues haga V. pronto esa pregunta y concluyamos. --Pues bien, arisca nia, tenga V. la bondad de repetirme lo que dijo en voz baja a ese almibarado capitn. --Yo! respondi Carmela algo confusa; qu quiere V. que le haya dicho? --He ah justamente el asunto, nia: no quiero que le haya V. dicho cierta cosa, y por eso deseo saber que ha sido ello. --Djeme V. en paz, Ruperto, no est V. contento sino cuando me atormenta. El mejicano la mir fijamente y le dijo con sequedad: --No cambie V. de conversacin, Carmela; la pregunta que la dirijo es muy grave. --Es posible, pero nada tengo que contestar. --Porque sabe V. que ha obrado mal. --No entiendo. --De veras! Pues bien, entonces voy a explicrselo. En el momento en que el oficial iba a marchar le ha dicho V.: Tenga V. cuidado! Se atrever V. a negarlo? La joven se puso muy plida, e intentando chancearse dijo: --Puesto que me ha odo V., por qu me lo pregunta? Los otros dos campesinos haban fruncido el entrecejo al or la acusacin de Ruperto; la posicin iba siendo grave. --Oh! Oh! dijo uno de ellos levantando sabiamente la cabeza, de veras ha dicho eso? --As parece, puesto que yo lo o, repuso brutalmente Ruperto. La joven dirigi una mirada de espanto en torno suyo, como para implorar una proteccin ausente. --No est aqu, dijo Ruperto con malvada expresin, y por lo tanto es intil que le busque V. --Quin? dijo Carmela vacilando entre lo vergonzoso de la suposicin y el espanto de su posicin peligrosa. --l! respondi Ruperto con irona. Escuche V., Carmela: varias veces se ha enterado V. ya de nuestros negocios ms de lo que convena; repetir ahora las palabras que hace un instante, dijo V. al capitn: tenga V. cuidado! --S, dijo brutalmente el segundo interlocutor, porque podramos olvidar que no es V. ms que una chiquilla y hacerla pagar muy caras sus delaciones. --Bah! dijo el tercero, que hasta entonces se haba contentado con beber sin tomar parte en la conversacin, la ley debe ser igual para todos: si Carmela nos ha vendido, es preciso que se la castigue. --Bien dicho, Bernardo! exclam Ruperto dando un puetazo sobre la mesa; justamente somos los suficientes para pronunciar la sentencia. --Dios mo! grit Carmela desembarazndose con viveza de la presin del hombre que hasta entonces la haba mantenido sujeta, djeme V.! djeme V.! --Detenedla! exclam Ruperto levantndose, pues de lo contrario va a suceder alguna desgracia. Los tres hombres se precipitaron hacia la joven; esta, medio muerta de terror, haca esfuerzos intiles para abrir la puerta de la venta y escaparse. Pero de improviso, en el momento en que los tres hombres ponan sus rudas y callosas manos sobre los hombros blancos y delicados de Carmela, la puerta de la venta, que en vano procuraba abrir, se abri de par en par, y en sus umbrales apareci un hombre. --Qu sucede aqu? pregunt con voz sombra; y cruzando los brazos sobre el pecho, permaneci inmvil en su sitio mirando alternativamente a los circunstantes. Era tan amenazador el acento de aquel hombre, sus ojos lanzaban unos relmpagos tan sombros, que los tres hombres, aterrados, retrocedieron maquinalmente hasta la tapia de en frente, murmurando con espanto: --El Jaguar! El Jaguar! --Slveme V.! Slveme V.! exclam la joven precipitndose hacia l llena de desconsuelo. --S, dijo el Jaguar con voz profunda; s, te salvar, Carmela, y desgraciado l que toque a un solo cabello tuyo! Entonces, cocindola suavemente en sus nervudos brazos, la coloc con el mayor cuidado en una butaca, en donde la joven qued medio desmayada. El hombre a quien tan bruscamente acabamos de poner en escena, era muy joven todava; su rostro imberbe hubiera parecido el de un nio si sus facciones correctas y de una belleza casi femenina no hubiesen estado animadas por dos ojos grandes y negros, cuya mirada tena un brillo fulgurante y una fuerza magntica que pocos hombres se juzgaban capaces de soportar. Su estatura era alta, su cuerpo esbelto y elegante, sus miembros bien proporcionados, su pecho ancho, sus cabellos, tan negros como el azabache, se escapaban con profusin de su sombrero de vicua, guarnecido con una ancha redecilla de oro, y caan sobre sus hombros en rizos numerosos. Llevaba el vistoso y esplndido traje mejicano; sus calzoneras de terciopelo de color de violeta, abiertas por encima de la rodilla y guarnecidas con una gran cantidad de botones de oro cincelados, dejaban ver sus piernas finas y nerviosas, elegantemente calzadas con unas medias de seda de color de perla; su manga (especie de capote) echada sobre su hombro, estaba guarnecida con un ancho galn de oro; una foja de crespn blanco oprima su cintura y sostena un par de pistolas y un machete sin vaina, de hoja ancha y brillante, colgado de una anilla de acero bruido; un rifle americano, adornado con embutidos de plata, estaba colgado de su hombro por medio de un portafusil. En el aspecto de aquel hombre, tan joven todava, haba una atraccin en tal manera poderosa, una fuerza dominadora tan singular, que no se le poda ver sin quererle o aborrecerle, tal era la impresin profunda que, sin querer, produca, sin excepcin, sobre todos aquellos con quienes la casualidad le pona en contacto. Nadie saba quin era aquel hombre, ni de donde vena; hasta su nombre era desconocido, puesto que se haban visto precisados a ponerle un apodo al que l responda por cierto sin mostrarse lastimado. En cuanto a su carcter, las escenas que van a seguir, le darn a conocer lo suficiente para que, por ahora, estemos exentos de dar pormenores ms detallados. XII. CONVERSACIN. Habase disipado gradualmente empero el primer impulso de terror que obligara a los tres hombres a retroceder cuando apareci el Jaguar: ante el aspecto inofensivo del hombre a quien haca mucho tiempo que estaban acostumbrados a temer, recobraron, ya que no el valor, por lo menos el descaro. Ruperto, el ms bribn de los tres, fue quien primero recobr su sangre fra, y reflexionando que el individuo que les haba causado tanto susto se hallaba solo, y que por lo tanto no poda tener la fuerza de su parte, se adelant con resolucin hacia l y le dijo brutalmente: --Rayo de Dios! Deje V. a esa remilgada; ha merecido, no solo lo que le sucede, sino tambin el castigo que vamos a imponerle ahora mismo. El joven se enderez como si le hubiese picado una serpiente, y lanzando a su interlocutor una mirada llena de amenazas, le dijo: --Calle! Es a m a quien habla V. de ese modo? --Pues a quin ha de ser? repuso Ruperto con insolencia, si bien senta cierta inquietud por la manera en que haba sido acogida su interpelacin. --Ah! dijo nicamente el Jaguar, y sin aadir una palabra se adelant con lento paso hacia Ruperto, a quien mantena inmvil con su mirada fascinadora, y que le vea llegar con un espanto que iba creciendo por instantes. Cuando el joven estuvo a dos pasos del campesino, se detuvo. Esta escena, tan sencilla en la apariencia, deba tener, sin embargo, una significacin terrible para los circunstantes, porque todos los pechos estaban anhelosos, todas las frentes plidas. El Jaguar, con el rostro lvido, las facciones crispadas, los ojos inyectados en sangre y el entrecejo fruncido, adelant el brazo para coger a Ruperto, quien, vencido por el terror, no hizo el movimiento ms leve para librarse de aquella presin que, sin embargo, saba que deba ser mortal. De improviso Carmela salt como una corza asustada, y se arroj entre los dos hombres. --Oh! exclam juntando las manos; tenga V. compasin de l, no le mate V., por Dios! El semblante del Jaguar vari sbitamente y se revisti de una expresin de inefable dulzura. --Corriente! dijo, puesto que tal es la voluntad de V., no morir; pero ha insultado a usted, Carmela, y debe ser castigado. De rodillas, miserable, aadi dirigindose a Ruperto y apoyando pesadamente la mano en su hombro; de rodillas y pide perdn a este ngel. Ruperto, ms bien que arrodillarse se dej caer al sentir el peso de aquella mano de hierro, y se arrastr hasta los pies de la joven, murmurando con voz tmida: --Perdn! Perdn! --Basta! dijo entonces el Jaguar con terrible acento; levntate y da gracias a Dios porque todava esta vez te has librado de mi venganza. Abra V. la puerta, Carmela. La joven obedeci. --A caballo, prosigui el Jaguar; id a esperarme al Ro Seco, y sobre todo, bajo pena de muerte, que nadie se mueva hasta mi llegada. Id! Los tres hombres bajaron la cabeza y salieron sin contestar: un momento despus se oy resonar en el camino el galope de sus caballos que se alejaban. Los dos jvenes quedaron solos en la venta. El Jaguar se sent delante de la mesa en que un momento antes estaban bebiendo los tres hombres, apoy la cabeza en ambas manos y pareci que quedaba sepultado en serias reflexiones. Carmela le miraba con una mezcla de inters y de temor, sin atreverse a dirigirle la palabra. Por ltimo, cuando hubo trascurrido un espacio de tiempo bastante largo, el joven levant la cabeza y mir en torno suyo como si despertase de un sueo profundo. --Ha permanecido V. ah? dijo a la joven. --S, respondi Carmela con dulzura. --Gracias, Carmela, es V. buena y solo V. me quiere, cuando todos me aborrecen. --No hago bien? El Jaguar se sonri con tristeza; pero respondi a esta pregunta haciendo otra, tctica habitual de todo aquel que no quiere revelar su pensamiento. --Ahora, dijo, cunteme francamente lo que ha pasado entre V. y esos miserables. La joven pareci como que vacilaba un instante; sin embargo, se decidi y confes las palabras que haba dicho al capitn de dragones. --Ha hecho V. mal, le dijo severamente el Jaguar; la imprudencia de V. puede tener consecuencias muy graves; sin embargo, no me atrevo a censurarla. Es V. mujer, y por consiguiente ignora muchas cosas. Est V. sola aqu? --Enteramente sola. --Qu imprudencia! Cmo puede Tranquilo abandonar a V. de ese modo? --Su deber le detiene actualmente en Mezquite; dentro de pocos das debe dar una gran batida. --Bien; pero al menos Quoniam debi quedar al lado de V. --No ha podido, porque Tranquilo necesitaba su ayuda. --Parece que el diablo se mezcla en todo esto, dijo el Jaguar en tono de mal humor; es preciso estar loco para abandonar as a una joven sola en una venta situada en medio de una comarca tan desierta, y eso durante semanas enteras. --No me hallaba sola, pues haban dejado conmigo a Lanzi. --Ah! Y qu se ha hecho? --Un poco antes de salir el sol le envi a ver si traa alguna caza. --Muy bien pensado, por vida ma! As ha permanecido V. expuesta a las groseras y al mal trato del primer tuno a quien se le antojase insultarla. --No cre que hubiese peligro. --Supongo que ahora estar V. ya desengaada? --Oh! dijo Carmela haciendo un movimiento de terror, juro a V. que no me volver a suceder. --Muy bien; pero me parece que oigo los pasos de Lanzi. La joven se asom a la puerta y dijo: --S, ah viene. En efecto, en aquel momento entr el hombre de quien haban hablado. Era un individuo de unos cuarenta aos, de fisonoma inteligente y audaz; llevaba sobre sus hombros un magnfico gamo atado, sobre poco ms o menos, del mismo modo que los cazadores suizos acostumbran a llevar las gamuzas. Su mano derecha empuaba una escopeta. Hizo un gesto de disgusto al ver al Jaguar; sin embargo le salud y puso su gamo encima de la mesa. --Hola! Hola! dijo el Jaguar en tono de buen humor, parece que ha hecho V. buena cacera, Lanzi; los gamos no escasean en la llanura, eh? --He conocido un tiempo en que abundaban ms, respondi Lanzi en tono brusco; pero ahora, aadi moviendo tristemente la cabeza, apenas puede un pobre hombre matar un par de ellos en todo un da. El joven se sonri y dijo: --Ya volvern. --No, no, replic Lanzi; los gamos, una vez espantados, nunca vuelven a las comarcas que abandonaron, por grande inters que tengan en hacerlo. --Pues entonces, amigo mo, es preciso que se resigne V. y se consuele. --Eh! No hago otra cosa! murmur Lanzi volviendo la espalda con aspecto descontento. Y despus de esta rplica volvi a cargar el gamo sobre sus hombros y entr en otra habitacin. --Lanzi no est hoy muy amable, dijo el Jaguar cuando se hubo vuelto a quedar solo con Carmela. --Le disgusta encontrar a V. aqu. El Jaguar frunci el entrecejo y pregunt: --Por qu es eso? Carmela se ruboriz y baj los ojos sin responder; el Jaguar la examin un momento con una mirada penetrante. --Ya lo entiendo, dijo por fin; mi presencia en esta hostera desagrada a alguien, quizs a l. --Por qu ha de desagradarle? Me parece que l no es el amo. --Es cierto! Entonces es al padre de V. a quien le desagrada, verdad? La joven hizo una sea afirmativa. El Jaguar se levant con violencia y se pase presuroso por la sala de la venta, con la cabeza baja y los brazos a la espalda. Al cabo de algunos minutos de este paseo, que Carmela observaba con una mirada inquieta, el Jaguar se par bruscamente delante de ella, levant la cabeza, y mirndola con fijeza pregunt: --Y a V., Carmela, le desagrada mi presencia en este sitio? La joven permaneci silenciosa. --Responda V.! repuso el Jaguar. --No he dicho eso, murmur Carmela vacilando. --No, repuso el Jaguar con una sonrisa amarga; pero lo piensa V., Carmela, solo que no tiene V. valor suficiente para confesrmelo cara a cara. La joven levant la cabeza con viveza y respondi con febril animacin: --Es V. injusto para conmigo, injusto y malo. Por qu he de desear que V. se aleje? Nunca me ha hecho V. dao; al contrario, siempre le he encontrado dispuesto a defenderme. Hoy mismo, todava, no ha vacilado V. para librarme del mal trato de los miserables que me insultaban. --Ah! Lo confiesa V.? --Por qu no he de confesarlo, si es cierto? Tan ingrata me juzga V.? --No, Carmela; solo que al fin es V. mujer, repuso el Jaguar con amargura. --No entiendo lo que quiere V. decir, no quiero entenderlo. Aqu, cuando mi padre, o Quoniam, o cualquier otro, acusa a V., solo yo soy quien le defiende. Es culpa ma si, por su carcter y por la vida misteriosa que hace, est V. colocado fuera de la existencia comn? Soy responsable acaso del silencio que se obstina V. en guardar acerca de cuanto le concierne personalmente? V. conoce a mi padre, y sabe cuan bueno, franco y valiente es; muchas veces y por medios indirectos, ha procurado arrastrar a V. a una explicacin leal, y siempre ha rechazado V. sus tentativas. As pues, a nadie culpe V. ms que a s mismo por el aislamiento en que se encuentra y por la soledad que se establece en torno de V.; y no dirija reconvenciones a la nica persona que hasta ahora se ha atrevido a sostenerle y defenderle contra todos. --Es verdad! respondi el Jaguar con amargura: soy un loco y reconozco mis errores para con V., Carmela, porque dice V. muy bien: entre toda esa gente, solo V. ha sido buena y compasiva para con el rprobo, para con el hombre a quien persigue el odio general. --Odio tan estpido como injusto. --Y del cual no participa V., verdad? pregunt el joven con viveza. --No, no participo de l; pero padezco al ver la obstinacin de V., porque, a pesar de todo lo que cuentan, le juzgo bueno. --Gracias, Carmela! Quisiera poder probar inmediatamente que tiene V. razn y dar un ments a los que me insultan de un modo cobarde cuando estoy ausente, y tiemblan cuando me presento delante de ellos. Desgraciadamente, eso es imposible por ahora; pero tengo la esperanza de que llegar un da en que me ser lcito darme a conocer tal como en realidad soy, y arrancarme la mscara que ya me pesa; entonces... --Entonces? pregunt Carmela viendo que se interrumpa. El Jaguar vacil un instante, y despus dijo con voz ahogada: --Entonces tendr que hacer a V. una pregunta y dirigirle una peticin. La joven se ruboriz levemente; pero reponindose en seguida, murmur en voz baja: --Me encontrar V. dispuesta a responder a ambas cosas. --De veras? exclam el Jaguar con alegra. --Se lo juro a V. Un relmpago de felicidad ilumin, cual un rayo de sol, la fisonoma del joven. --Bien, Carmela! dijo con profundo acento. Cuando llegue el momento oportuno, recordar su promesa. Carmela baj la cabeza haciendo una sea de mudo asentimiento. Hubo un momento de silencio. La joven se dedicaba a los quehaceres de la casa con esa gracia y esa ligereza de pjaro, propias de las mujeres; el Jaguar se paseaba por la sala con aspecto preocupado; al cabo de algunos instantes se acerc a la puerta y mir hacia fuera. --Es preciso que me marche, dijo. --Ah! exclam Carmela fijando en l una mirada escudriadora. --S; tenga V. la bondad de mandar a Lanzi que prepare mi caballo; quizs si se lo dijese yo mismo, lo hara de mala gana; me ha parecido ver que no soy santo de su devocin. --Voy all, respondi la joven sonriendo. --El Jaguar la mir alejarse y ahog un suspiro. --Qu es esto que siento? murmur apoyando la mano con fuerza sobre su corazn, como si acabase de sufrir un dolor repentino; ser por ventura lo que llaman amor? Estoy loco! repuso al cabo de un instante; acaso puedo yo amar? El Jaguar! Acaso se puede amar al rprobo? Una sonrisa amarga contrajo sus labios; su entrecejo se frunci, y murmur con voz sorda: --Cada cual tiene su misin en este mundo, y yo sabr cumplir la ma! Carmela volvi a entrar y dijo: --El caballo estar pronto dentro de un momento. Tome V. sus botas vaqueras que Lanzi me ha encargado le entregue. --Gracias, dijo el Jaguar. Y se puso a atar a sus piernas esos dos pedazos de cuero labrado que en Mjico hacen prximamente las veces de las polainas y sirven para librar al jinete de los golpes del caballo. Mientras que el Jaguar, con un pie apoyado en el banco y el cuerpo inclinado hacia adelante, se ocupaba en atarse sus botas, Carmela le examinaba atentamente con una expresin de vacilacin tmida. El Jaguar repar en ello y le pregunt: --Qu tiene V.? --Nada, dijo la joven balbuceando. --Me engaa V., Carmela. Vamos, el tiempo urge, dgame V. la verdad. --Pues bien, respondi la joven con una vacilacin cada vez ms marcada, tengo que pedir a V. un favor. --A m? --S. --Hable V. pronto, nia; ya sabe que, sea lo que quiera, se lo concedo de antemano. --Me lo jura V.? --Lo juro! --Pues bien, suceda lo que quiera, deseo que si encuentra V. al capitn de dragones que estaba aqu esta maana, le conceda V. su proteccin. El joven se enderez como si le hubiese impulsado un resorte. --Ah! exclam, con que es cierto lo que me han dicho? --No s a qu alude V.; pero le reitero mi splica. --No conozco a ese hombre, puesto que he llegado aqu despus que l se march. --S, le conoce V., repuso Carmela con acento resuelto; a qu buscar un efugio si desea V. falsear la promesa que me ha hecho? Vale ms obrar con entera franqueza. --Est bien, respondi el Jaguar con voz sombra y con un tono de irona mordaz; tranquilcese V., Carmela; defender a su amante. Y se lanz precipitadamente fuera de la sala posedo de la ms violenta clera. --Oh! Qu bien hacen en llamar el Jaguar a ese demonio! exclam la joven dejndose caer sobre un banco y prorrumpiendo en llanto. Es un corazn de tigre lo que su pecho encierra! Ocult su rostro entre ambas manos y prorrumpi en sollozos. En el mismo instante se oy fuera el galope rpido de un caballo que se alejaba. XIII. CARMELA. Ahora, antes de continuar nuestra narracin, es preciso que demos a nuestros lectores ciertos detalles importantes e indispensables para los hechos que van a seguir. Entre las provincias del vasto territorio de Nueva Espaa, hay una, la ms oriental de todas, cuyo valor verdadero ignor constantemente el gobierno de los virreyes, ignorancia continuada por la repblica mejicana que, en la poca de la proclamacin de la independencia, no la juzg digna de formar un Estado separado; y sin calcular lo que ms tarde pudiera suceder, con la mayor indolencia la dej colonizar por los norteamericanos, quienes ya en aquellos tiempos parece que estaban atormentados por esa fiebre de invasin y de ensanche que hoy ha llegado a ser una especie de locura endmica para aquellos dignos ciudadanos. La provincia a que nos referimos es la de Tejas. Aquella comarca magnfica es una de las mejor situadas que hay en Mjico; bajo el punto de vista territorial es inmensa; ningn pas tiene mejor riego: nueve ros considerables llevan al mar sus aguas aumentadas por las innumerables corrientes que en todas direcciones surcan y fertilizan aquella tierra: estos ros, profundamente encajonados en terrenos movedizos, nunca forman, desparramndose a lo lejos, esas inundaciones tan comunes en otros pases y que se convierten en ftidos pantanos. El clima de Tejas es sano y se halla exento de esas enfermedades espantosas que han dado una celebridad tan siniestra a ciertas comarcas del Nuevo Mundo. Las fronteras naturales de Tejas son la Sabina al este, el Ro Rojo al norte, al oeste una cordillera de altas montaas que cie vastas praderas y el Ro Bravo del Norte; y por ltimo, desde la embocadura de este ro hasta el de la Sabina, el golfo de Mjico. Ya hemos dicho que los espaoles ignoraban casi por completo el valor verdadero del Tejas, aunque haca mucho tiempo que le conocan, porque es casi seguro que en 1536 Cabeza de Vaca cruz por l cuando desde la Florida se traslad a las provincias septentrionales de Mjico. Sin embargo, la honra del primer establecimiento que se intent formar en aquel hermoso pas pertenece sin disputa a la Francia. En efecto, el infortunado y clebre Roberto de la Salle, encargado por el marqus de Seignelay de descubrir la embocadura del Misisip en 1684, se equivoc y entr en el Ro Colorado, por el cual baj con suma dificultad hasta la laguna de San Bernardo, en donde tom posesin del pas y construy un fuerte entre Velasco y Matagorda. No entraremos aqu en mayores detalles acerca de aquel explorador audaz que por dos veces intent trasladarse a las tierras desconocidas situadas al este de Mjico, y que en 1687 fue cobardemente asesinado por unos malvados que formaban parte de su tropa. Un recuerdo ms reciente nos une de nuevo a Tejas, porque all fue donde en 1817, y bajo el nombre de _Campo de Asilo_, intent el general Lallemand fundar una colonia de franceses refugiados, restos desventurados de los invencibles ejrcitos del primer imperio. Esta colonia, situada a unas diez leguas de Galveston, fue completamente destruida por orden del virrey Apodaca, en virtud del sistema desptico observado siempre en el Nuevo Mundo por los espaoles de aquel tiempo, y que consista en no dejar bajo ningn pretexto que se estableciesen extranjeros en punto alguno de su territorio. Se nos perdonar que hayamos dado estos pormenores prolijos cuando se reflexione que aquel pas, libre tan solo de veinte aos a esta parte, de una superficie de cerca de cuarenta y dos millones de hectreas, habitado cuando ms por doscientos mil individuos, ha entrado sin embargo en una era de prosperidad y de progreso que inevitablemente ha de llamar la atencin de los gobiernos europeos y excitar las simpatas de los hombres inteligentes de todas las naciones. En la poca en que pasan los hechos que nos hemos propuesto referir, es decir, en la segunda mitad del ao de 1812, el Tejas perteneca todava a Mjico; pero haba comenzado ya su gloriosa revolucin, y luchaba valerosamente para sacudir el vergonzoso yugo del gobierno central y proclamar su independencia. Pero antes de volver a tomar el hilo de nuestra historia, necesitamos explicar cmo Tranquilo el cazador canadiense y Quoniam el negro, que le deba su libertad, esos dos hombres a quienes dejamos en el alto Misuri haciendo la vida libre de cazadores de los bosques, se hallaban establecidos, por decirlo as, en el Tejas, y cmo el cazador tena una hija, o al menos llamaba as al precioso ngel rubio y sonrosado que hemos presentado al lector bajo el nombre de Carmela. Unos doce aos antes del da en que comienza nuestro relato en la venta del Potrero, Tranquilo haba llegado a aquella misma hostera seguido de dos compaeros y una nia de cinco a seis aos, de cara despabilada, ojos azules, labios rosados y cabellera dorada, que no era sino Carmela; en cuanto a sus compaeros, uno era Quoniam, y el otro un mestizo indio que atenda al nombre de Lanzi. El sol se hallaba ya prximo a ocultarse cuando la reducida caravana par delante de la venta. El ventero, que en aquel pas desierto, situado en la frontera india, estaba poco acostumbrado a ver viajeros, y sobre todo a una hora tan avanzada, haba cerrado y atrancado la puerta de su casa, y se dispona a entregarse al descanso, cuando la llegada imprevista de nuestros personajes le oblig a modificar sus intenciones por aquella noche. Sin embargo, solo con marcada repugnancia y despus de las repetidas seguridades que le dieron los viajeros de que nada tena que temer por parte de ellos, fue como se decidi a abrir la puerta e introducirlos en la casa. Por lo dems, desde el momento en que se decidi a recibirlos, el ventero fue lo que deba ser, es decir, tan atento y servicial como puede permitirlo el carcter de los hosteleros mejicanos, que, sea dicho entre parntesis, son la raza menos hospitalaria que existe. ste era un hombrecito repleto, de modales zalameros y mirada astuta, ya de cierta edad, pero todava listo y vivo. Cuando los viajeros hubieron instalado sus caballos en el corral delante de una buena provisin de alfalfa, y que tambin ellos hubieron cenado con el apetito propio de hombres que acaban de hacer una jornada larga, se estableci cierta confianza entre el ventero y ellos, merced a algunos tragos de refino de Catalua, generosamente ofrecidos por el canadiense, y la conversacin se entabl bajo el pie de la ms franca cordialidad, mientras que la nia, cuidadosamente envuelta en el mullido zarap del cazador, dorma con esa tranquila y cndida indiferencia peculiar de tan feliz edad, en la que lo presente es todo y lo porvenir no existe todava. --Eh! Compadre, dijo Tranquilo alegremente al ventero, echndole otro vaso de refino, parceme que lleva V. aqu una vida muy feliz? --Yo! --Pardiez! Se acuesta V. a la misma hora que las gallinas, y estoy seguro de que se levantar tarde. --Qu otra cosa puedo hacer en este maldito desierto en donde he venido a perderme por mis pecados? --Segn eso, escasean los viajeros? --S y no; depende de la manera en que V. lo entienda. --Diablo! Me parece que no hay dos maneras de entenderlo. --S, hay dos y muy diferentes. --Hombre! Me alegrara de conocerlas. --Es muy fcil. No faltan en el pas vagabundos de todos colores y castas, y si yo quisiese llenaran mi casa todo el santo da; pero llveme el diablo si me dejaran ver el color de su dinero. --Ah! Muy bien. Pero supongo que esos seores no constituirn exclusivamente la parroquia de V. --No; hay tambin los indios bravos, los Comanches, los Apaches, los Pawnees, y qu s yo cuantos ms, que de vez en cuando vienen a rondar por los alrededores. --Vamos! Es mal vecindario; y si no tiene V. ms que esos parroquianos, comienzo a opinar como V.; sin embargo, algunas veces debe V. recibir visitas ms agradables. --S, de tarde en tarde algunos viajeros extraviados, como V., sin duda; pero los ingresos estn siempre muy lejos de cubrir los gastos. --Es claro. A la salud de V. --A la de V. --Pero entonces, permtame V. una observacin que quizs le parecer indiscreta. --Diga V., caballero; diga lo que guste; estamos hablando como buenos amigos y no debemos contenernos. --Tiene V. razn. Si se encuentra V. mal aqu, por qu diablos permanece en este sitio? --Ah! He ah la cuestin: a dnde quiere usted que vaya? --Pardiez! No lo s, a cualquiera parte, en donde siempre estar V. mejor que aqu. --Ah! Si solo dependiese de mi voluntad! dijo el ventero lanzando un suspiro. --Tiene V. a alguien consigo aqu? --No, estoy solo. --Pues bien, entonces quin le detiene? --Caramba! Qu ha de ser? El dinero! Todo cuanto yo posea, y no era mucho, lo invert en edificar esta casa y establecerme en ella, y an eso gracias a los peones de la hacienda. --Hay alguna hacienda por aqu? --S, a unas cuatro leguas de distancia est la hacienda del Mezquite. --Ah! dijo Tranquilo muy pensativo, est bien, contine V. --De ese modo ya comprende V. que si me voy, me veo obligado a abandonarlo todo. --Por qu no lo vende V.? --Y quin lo compra? Cree V. que sea fcil encontrar por aqu un individuo que tenga cuatrocientos o quinientos duros en el bolsillo y que est dispuesto a hacer una tontera? --Pardiez! No se sabe, acaso buscando podra encontrarse --Vamos, caballero, tiene V. gana de burlarse! --En verdad que no, dijo Tranquilo variando de tono repentinamente, y voy a probrselo a usted. --Veamos. --Dice V. que vende su casa en cuatrocientos duros? --He dicho cuatrocientos? --No andemos con tretas, lo ha dicho V. --Muy bien, lo admito; y qu ms? --Qu ms? Que yo se la compro si V. quiere. --Usted? --Por qu no? --Pardiez! Sera preciso verlo. --Est visto: quiere V., s o no? Es cosa de tomarlo o dejarlo; quizs dentro de cinco minutos habr variado de intencin, con que decdase V. El ventero fij una mirada investigadora en el canadiense. --Acepto! dijo. --Corriente; solo que no le dar a V. cuatrocientos duros. --Oh! entonces... dijo el ventero sobresaltado. --Le dar a V. seiscientos. El ventero se qued estupefacto y en seguida dijo: --No me parece mal. --Pero con una condicin, aadi Tranquilo. --Cul es? --La de que maana, tan luego como se haya efectuado la venta, montar V. a caballo... Supongo que tendr V. un caballo? --S Seor. --Pues bien, montar V. en l, se marchar y no volver a parecer por aqu. --Oh! De eso puede V. estar muy seguro. --Queda convenido? --S Seor. --Entonces, maana al salir el sol que estn preparados los testigos. --Lo estarn. En esto qued la conversacin. Los viajeros se envolvieron en sus mantas y zaraps; se tendieron en el spero suelo de la sala y se durmieron. El ventero les imit. Segn lo haban convenido, el ventero, un poco antes de amanecer, ensill su caballo y se ocup en procurarse los testigos necesarios para la validez de la transaccin; con este objeto se fue a rienda suelta a la hacienda del Mezquite, y al salir el sol estaba ya de vuelta. Le acompaaban el mayordomo de la hacienda y siete u ocho peones. El mayordomo, que era el nico que saba leer y escribir, redact una escritura de venta; luego reuni a todos los circunstantes y la ley en alta voz. Tranquilo sac entonces de su cinto treinta y siete onzas y media de oro, y las extendi sobre la mesa. --Seores, dijo el mayordomo dirigindose a los circunstantes, sean VV. testigos de que el seor Tranquilo ha pagado los seiscientos pesos fuertes estipulados para la compra de la venta del Potrero. --Somos testigos, respondieron todos. Entonces todas las personas presentes, con el mayordomo a la cabeza, pasaron al corral situado en la parte trasera de la casa. Cuando Tranquilo hubo llegado al corral, arranc un puado de yerba y le tir por encima de su hombro; en seguida, cogiendo una piedra, la tir al otro lado de la tapia: con arreglo a la ley mejicana acababa de tomar posesin de la finca. --Sean VV. testigos, Seores, volvi a decir el mayordomo, de que el seor Tranquilo, aqu presente, toma legalmente posesin de esta finca. Dios y libertad! --Dios y libertad! exclamaron los circunstantes. Viva el nuevo husped! Habanse llenado todas las formalidades. Volvieron a entrar en la casa en donde Tranquilo suministr sendos tragos de vino a sus testigos, a quienes esta munificencia inesperada colm de alegra. El antiguo ventero, fiel al convenio estipulado, dio un apretn de mano al comprador, mont a caballo y se march desendole buena suerte. Desde aquel da no se volvi a or hablar de l. He ah cmo haba llegado el cazador a Tejas y cmo se estableci. Dej a Lanzi y a Quoniam en la venta con Carmela. En cuanto a l, merced a la proteccin del mayordomo, que le recomend a su amo D. Hilario de Vaureal, entr en la hacienda del Mezquite en calidad de tigrero o cazador de tigres. Aunque la comarca escogida por el cazador para establecerse se hallaba situada en los confines de la frontera mejicana, y que por esta razn se hallaba casi desierta, de vez en cuando hubo ciertas suposiciones entre los vaqueros y los peones acerca de las razones que podran haber inducido a un cazador tan audaz y tan diestro como el canadiense a retirarse all; pero todas las tentativas hechas por los curiosos para averiguar aquellas razones, todas las preguntas que dirigieron, quedaron sin resultado; los compaeros de Tranquilo y an l mismo permanecieron mudos; en cuanto a la nia, ella nada saba. Entonces los curiosos, frustrados en su esperanza y cansados de hacer averiguaciones, renunciaron a encontrar la explicacin de aquel enigma, confiando en el tiempo, ese gran aclarador de misterios, para saber por fin la verdad tan cuidadosamente encubierta. Pero transcurrieron las semanas, los meses y los aos sin que nada fuese a levantar ni una punta del velo que ocultaba el secreto del cazador. Carmela haba llegado a ser una joven deliciosa; la venta se haba hecho con una buena parroquia. Aquella frontera, tan tranquila hasta entonces por razn de su alejamiento de las ciudades y pueblos, se resinti del movimiento que las ideas revolucionarias imprimieron al centro del pas; los viajeros llegaron a ser ms frecuentes, y el cazador, que hasta entonces pareca que se haba cuidado muy poco de lo porvenir, fiando para su seguridad en el aislamiento de su morada, comenz a sentirse inquieto, no por s, sino por Carmela, que se hallaba expuesta, casi sin defensa, a las tentativas audaces, no solo de los enamorados a quienes su hermosura atraa cual la miel a las moscas, sino tambin de los hombres sin fe y sin conciencia que los disturbios haban hecho surgir por todas partes, y que vagaban por los caminos como coyotes, en busca de una presa que devorar. El cazador, no queriendo dejar por ms tiempo a la joven en la posicin peligrosa en que las circunstancias la colocaban, se ocup activamente en conjurar las desgracias que prevea, pues si bien por ahora es imposible saber los vnculos que le unan con Carmela, quien le daba el nombre de padre, diremos que en realidad la profesaba paternal cario y tena para con ella una abnegacin absoluta; en esto le imitaban Quoniam y Lanzi. Para aquellos tres hombres, Carmela no era una mujer, ni una nia, sino un dolo a quien adoraban de rodillas y por el cual habran sacrificado con jbilo hasta sus vidas a la ms leve indicacin suya. Una sonrisa de Carmela les haca felices, el ms mnimo gesto de mal humor suyo les pona tristes. Debemos aadir que Carmela, a pesar de que conoca toda la extensin de su poder, no abusaba de l, y que su mayor alegra consista en verse rodeada por aquellos tres corazones que le eran tan fieles. Ahora que hemos dado ya estos datos, muy incompletos sin duda alguna, pero los nicos que nos es posible suministrar, volveremos a tomar nuestro relato en el punto en que lo dejamos en nuestro penltimo captulo. XIV. LA CONDUCTA DE PLATA. Volveremos ahora a la caravana que vimos salir de la venta del Potrero al amanecer, y por cuyo jefe pareca que tanto se interesaba Carmela. Este oficial era un joven de unos veinticinco aos, de facciones finas y distinguidas, de semblante audaz; llevaba con suprema elegancia el uniforme brillante de capitn de dragones. D. Juan Melendez de Gngora, aunque perteneca a una de las familias ms nobles y ms antiguas de Mjico, haba querido deber tan solo a s mismo sus ascensos en el ejrcito, pretensin singular en un pas en que el honor militar es considerado casi como nada, y en donde solo los grados superiores dan a los que los disfrutan una consideracin que, por parte de la poblacin, es ms bien efecto del miedo que de la simpata. Sin embargo, D. Juan haba perseverado en sus ideas excntricas, y cada grado que obtena era, no la recompensa de un pronunciamiento bien hecho en favor de tal o cual general ambicioso, sino el premio por alguna accin brillante. D. Juan perteneca a esa clase de verdaderos mejicanos que aman realmente a su pas, y que, celosos de su honra, suean para l una rehabilitacin, si no imposible, al menos, muy difcil de conseguir. Es tan grande la fuerza de la virtud, an sobre las naturalezas degeneradas, que el capitn don Juan Melendez de Gngora era respetado por todos los hombres que se ponan en contacto con l, y an por aquellos que menos lo queran. Por lo dems, la virtud del capitn nada tena de austera ni exagerada; era un militar franco, alegre, servicial, valiente como un len, y siempre dispuesto a auxiliar, con su brazo o con su bolsillo, a todos aquellos que a l recurran, ya fuesen amigos o enemigos. He ah como era, fsica y moralmente considerado, el hombre que mandaba la escolta y que haba concedido su proteccin al fraile que cabalgaba al lado suyo. Este digno fraile, de quien ya hemos tenido ocasin de decir algunas palabras, merece una descripcin especial. En cuanto a su fsico, era un hombre de unos cincuenta aos, casi tan alto como ancho, bastante parecido a un tonel al cual se le hubiesen puesto pies y cabeza, y sin embargo dotado de una fuerza y una agilidad poco comunes; su nariz amoratada, sus labios abultados y su rostro colorado le daban una fisonoma jovial a la que hacan aparecer irnica y burlona dos ojillos grises y hundidos, llenos de fuego y de resolucin. En cuanto a su parte moral, en nada se diferenciaba de la generalidad de los frailes mejicanos, es decir, que era en extremo ignorante, glotn, borracho, muy aficionado a mujeres, y supersticioso en sumo grado; en fin, el mejor compaero de bromas que pudiera imaginarse, ocupando bien su puesto en todas las reuniones y diciendo siempre algn sabroso chiste. Qu singular casualidad poda haberle llevado tan lejos hacia la frontera? Esto era lo que nadie saba y de lo que nadie se cuidaba, pues todos conocan el carcter vagabundo de los frailes mejicanos que pasan toda su vida corriendo de continuo de una parte para otra sin objeto y sin inters alguno las ms veces, y solo con arreglo a su capricho. En aquella poca, el Tejas, reunido con la provincia de Coahuila, formaba todava un solo estado con el nombre de Tejas y Coahuila. La caravana mandada por el capitn D. Juan Melendez haba salido ocho das antes de Nacogdoches para trasladarse a Mjico; solo que el capitn, con arreglo a instrucciones que recibiera, haba abandonado el camino ordinario, que estaba inundado de gavillas de bandidos de todas clases, y haba dado un gran rodeo para evitar ciertos pasos peligrosos de la sierra de San Sabas, que sin embargo tena que cruzar, pero por la parte de las praderas altas, es decir, por el sitio en que las elevadas mesetas, bajndose gradualmente, no ofrecen ya esos accidentes de terreno tan temibles para los viajeros. Preciso era que las diez mulas escolladas por el capitn estuviesen cargadas con una mercanca muy preciosa para que el gobierno federal, a pesar de las pocas tropas que tena en el Estado, se hubiese decidido a hacerlas acompaar por cuarenta dragones mandados por un oficial tan afamado como D. Juan, cuya presencia en aquellas circunstancias, sin duda alguna habra sido muy necesaria, si no indispensable, en el interior del Estado, para reprimirlas tentativas revolucionarias y mantener a los habitantes en la senda del deber. En efecto, aquellas mercancas eran muy preciosas: aquellas mulas conducan tres millones de duros que de seguro habran sido una buena presa para los insurgentes si hubiesen cado en sus manos. Estaba ya lejano el tiempo en que, bajo la dominacin de los virreyes, el pabelln espaol, enarbolado a la cabeza de un convoy de cincuenta o sesenta mulas cargadas de oro, bastaba para proteger eficazmente una conducta de dinero y hacerla atravesar sin el ms leve riesgo el territorio de Mjico en toda su anchura; tan grande era el terror inspirado por el solo nombre de la Espaa. A la sazn no eran ciento, ni siquiera sesenta mulas, sino solo diez las que cuarenta hombres resueltos pareca que no haban de bastar para proteger. El gobierno haba juzgado oportuno emplear la mayor prudencia para expedir aquella conducta de dinero, esperada en Mjico hacia mucho tiempo; habase guardado el ms profundo silencio acerca del da y la hora de la partida y del camino por donde se dirigira. Los fardos fueron hechos de modo que ocultaban lo mejor posible el gnero de mercanca que contenan; las mulas, enviadas una despus de otra en medio del da, y confiadas nicamente a sus arrieros, solo a quince leguas de la ciudad se haban reunido con la escolta que, bajo un pretexto plausible, haca un mes que estaba acantonada en un antiguo presidio. As pues, todo se haba previsto y calculado con el mayor esmero y la mayor inteligencia para hacer llegar con seguridad aquella mercanca preciosa; los arrieros, que eran los nicos que conocan el valor de su cargamento, tenan buen cuidado de no revelar el secreto, puesto que lo poco que posean serva de fianza para la seguridad de su flete, y para ellos era cuestin de verse completamente arruinados si los robaban en el camino. La conducta de plata avanzaba en el mejor orden al ruido del esquiln de la _nena_: los arrieros cantaban alegremente arreando a cada momento a sus mulas. Las banderolas de las largas lanzas de los dragones flotaban con gracia, agitadas por la matutina brisa, y el capitn escuchaba con indiferencia la charla del fraile, al paso que de vez en cuando diriga a la desierta llanura una mirada escudriadora. --Vamos, vamos, fray Antonio, dijo a su obeso compaero, ahora ya no debe V. sentir el haberse puesto en camino tan temprano; la maana est magnfica, y todo nos anuncia un buen da. --S, s, respondi el fraile riendo, gracias a Nuestra Seora de la Soledad, Seor Capitn, estamos en las mejores condiciones que pueden imaginarse para hacer un viaje. --Vaya, me alegro de ver a V. tan contento; tem que el despertar algo brusco de esta maana le hubiese puesto de mal humor. --A m! Vlgame Dios, Seor Capitn, respondi el fraile con fingida humildad, nosotros, indignos miembros de la Iglesia, debemos someternos sin murmurar a todas las tribulaciones que el Seor tenga a bien enviarnos, y luego la vida es tan corta, que ms vale no ver ms que su lado bueno, a fin de no perder en vanos pesares los pocos momentos de alegra a que podemos tener derecho. --Bravo! He ah una filosofa que me gusta. Es V. un buen compaero, padre, y espero que viajaremos mucho tiempo juntos. --Eso depender algn tanto de V., Seor Capitn. --De m! Cmo es eso? --Pardiez! Ser segn la direccin que se proponga V. seguir. --Ya! dijo D. Juan; pues hacia dnde va usted, padre? Esta antigua tctica de responder a una pregunta con otra es excelente, y casi siempre da buen resultado. Esta vez el fraile qued cogido; pero, siguiendo la costumbre de sus colegas, su respuesta fue lo que deba ser, es decir, evasiva. --Oh! Para m, dijo con fingida indiferencia, todos los caminos son casi iguales; mi hbito me asegura buena cara y buena acogida en todos los puntos a donde la casualidad me lleve. --Es verdad, y por lo mismo debe sorprenderme la pregunta que me dirigi V. hace un momento. --Oh! No merece la pena de que piense V. en eso, Seor Capitn; sentira en el alma haberle incomodado, y le pido humildemente que me dispense. --No me ha incomodado V. en manera alguna, padre; ninguna razn tengo para ocultar el camino que me propongo seguir; esa recua de mulas que voy escoltando no me interesa lo ms mnimo; maana o pasado, a ms tardar, pienso separarme de ella. El fraile no pudo reprimir un gesto de sorpresa. --Ah! De veras? dijo lanzando una mirada penetrante a su interlocutor. --S por cierto, continu diciendo con indiferencia el capitn; esos pobres hombres me han rogado que les acompae durante algunos das, por temor de las gavillas que infestan los caminos. Segn parece, llevan mercancas de bastante valor y no les gustara ser robados. --Ya lo creo! --As pues, no he querido negarles ese favor insignificante que no me causaba sino muy poca molestia; pero tan luego como se juzguen seguros, los abandonar para internarme en las praderas con arreglo a las instrucciones que he recibido, porque ya sabe V. que los indios bravos comienzan a agitarse. --No, no lo saba. --Pues s, as sucede. He ah una ocasin magnfica que se le presenta a V., fray Antonio; no debe desperdiciarla. --Que se me presenta una ocasin magnfica! repuso el fraile con sorpresa; quiere V. decirme cul es, Seor Capitn? --La de predicar a los infieles y ensearles las dogmas de nuestra santa fe, dijo D. Juan con imperturbable sangre fra. Al or tan, singular proposicin, el fraile hizo una mueca espantosa, y dando un estallido con los dedos, exclam: --Vaya al diablo la ocasin! Qudese para otros necios, que yo no tengo la ms leve vocacin para el martirio. --Como V. padre; y sin embargo, hace V. mal. --Es muy posible, Seor Capitn; pero llveme el diablo si le acompao a V. a ver esos perros infieles; dentro de dos das me separo de V. --Tan pronto? --Ya lo creo! Puesto que se dirige V. a las praderas y abandonar a la recua que va escoltando en el rancho de San Jacinto, que es el ltimo punto de las posesiones mejicanas en la frontera del desierto. --Es muy probable. --Pues bien, yo continuar caminando con los arrieros; como entonces habremos pasado ya todos los sitios peligrosos, nada tendr que temer, y mi viaje continuar de la manera ms agradable que puede imaginarse. --Ah! dijo el capitn dirigindole una mirada penetrante. Pero no pudo continuar esta conversacin, que pareca interesarle mucho, porque un jinete de la vanguardia lleg a rienda suelta, se par junto a l, y acercndose a su odo, le dijo algunas palabras en voz baja. El capitn dirigi en torno suyo una mirada investigadora, se afirm en la silla, y dirigindose al soldado, dijo: --Est bien. Cuntos son? --Dos, mi Capitn. --Viglelos V., aunque sin dejarles sospechar que van prisioneros; cuando lleguemos al primer alto los interrogar. Vaya V. a reunirse con sus compaeros. El soldado se inclin respetuosamente sin responder, y se alej al mismo paso con que haba llegado. Haca mucho tiempo que el capitn Melendez haba acostumbrado a sus subordinados a no discutir sus rdenes y a obedecerlas sin vacilar. Hacemos notar este hecho, porque es muy raro en Mjico, en donde la disciplina militar es casi nula y la subordinacin casi desconocida. D. Juan mand a la escolta que estrechase sus filas y apresurase el paso. El fraile haba visto con secreta inquietud el coloquio que medi entre el oficial y el soldado, y del cual no pudo coger ni una palabra. Cuando el capitn, despus de vigilar atentamente la ejecucin de las rdenes que haba dado, volvi a ocupar su puesto junto a fray Antonio, este intent chancearse acerca de lo que acababa de suceder y de la expresin de gravedad que haba oscurecido repentinamente el semblante del oficial. --Oh! Oh! le dijo lanzando una carcajada ruidosa, qu mal humorado est V., Capitn! Ha visto V. volar tres bhos por su derecha? Los paganos aseguran que es mal presagio. --Puede ser! respondi el capitn con sequedad. El tono con que fueron pronunciadas estas palabras nada tena de amable ni amistoso, y el fraile comprendi que toda conversacin sera imposible en aquel momento. Se dio por advertido, se mordi los labios y continu caminando silencioso al lado de su compaero. Una hora despus llegaron al sitio en que deban acampar; ni el oficial ni el fraile haban pronunciado una palabra: solo que, a medida que se acercaban al paraje designado para hacer alto, uno y otro pareca que iban estando ms inquietos. XV. EL ALTO. En el momento en que la caravana llegaba al sitio designado para hacer alto, el sol haba desaparecido por completo en el horizonte. Aquel paraje, situado en la cumbre de una colina bastante escarpada, haba sido elegido con esa sagacidad que distingue a los arrieros del Tejas o de Mjico; toda sorpresa era imposible, y los rboles seculares que guarnecan la cresta de la colina podan ofrecer seguro abrigo contra las balas en caso de un ataque. Las mulas fueron descargadas; pero contra el uso consagrado en tales casos, los fardos, en vez de servir de parapeto o atrincheramiento al campamento, fueron amontonados y colocados fuera del alcance de los merodeadores que la casualidad o la codicia pudiesen atraer hacia aquella parte cuando fuesen ms densas las tinieblas. Encendironse en crculo siete u ocho hogueras grandes para alejar a las fieras; las mulas recibieron su racin de maz sobre unas mantas tendidas en el suelo. Despus, tan luego como se hubieron colocado los centinelas en torno del campamento, los soldados y los arrieros se ocuparon con actividad en preparar una cena frugal que las fatigas del da hacan necesaria. El capitn Melendez y el fraile, un poco retirados y colocados junto a una hoguera encendida expresamente para ellos, comenzaron a fumar sus pajillas, mientras que el asistente del oficial preparaba a toda prisa la cena para su amo, cena que, debemos confesarlo, era tan sencilla como la de los dems individuos de la caravana, pero que el hambre tena el privilegio de hacer que fuese, no solo apetitosa, sino tambin casi suculenta, a pesar de que solo se compona de algunas lonchas de tocino y de cuatro o cinco galletas. El capitn termin muy luego su cena. Se levant, y como haba anochecido por completo, fue a recorrer los centinelas para cerciorarse de que todo estaba en orden. Cuando hubo vuelto a ocupar su puesto junto al fuego, fray Antonio, con los pies hacia la lumbre y cuidadosamente envuelto en su mullido zarap, dorma o al menos as lo pareca. D. Juan le examin un instante con una expresin indescriptible de odio y de desprecio, movi la cabeza dos o tres veces con aspecto meditabundo, y llamando a su asistente que estaba de pie a pocos pasos de l aguardando sus rdenes, le mand que los dos prisioneros fuesen conducidos a su presencia. Estos prisioneros haban sido mantenidos hasta entonces en un sitio apartado. Aunque se les trataba con suma consideracin, les fue fcil observar que se les custodiaba y vigilaba con el mayor cuidado; sin embargo, ya fuese porque no les importase, o por cualquiera otra causa, no dieron a entender que comprendiesen se les detena como cautivos, porque les haban dejado sus armas; y al ver sus formas musculosas y sus facciones enrgicas, a pesar de que los dos tenan ya una edad provecta, era de suponer que cuando llegase el momento en que quisiesen recobrar su libertad, seran hombres muy capaces de reconquistarla por la fuerza. Sin hacer observacin alguna siguieron al asistente del jefe, y muy luego se hallaron delante de este. La noche estaba oscura; pero las llamas de la hoguera derramaban una claridad bastante viva para iluminar el rostro de los dos hombres. Al verlos, D. Juan no pudo contener un gesto de sorpresa; entonces uno de los prisioneros se puso con viveza un dedo en los labios para encomendarle la prudencia, y con una ojeada le design al fraile tendido cerca de ellos. El capitn comprendi aquel aviso silencioso, al cual contest con una leve inclinacin cabeza, y fingiendo la mayor indiferencia, se puso a liar un cigarrillo y dijo: --Quines son VV.? --Unos cazadores, respondi uno de los prisioneros sin vacilar. --Hace algunas horas se les encontr a VV. parados en la orilla del ro. --Es cierto. --Qu hacan VV. all? El prisionero dirigi en torno suyo una mirada investigadora, y luego, fijando de nuevo los ojos en su interlocutor, dijo: --Antes de seguir contestando a las preguntas de V., deseara dirigirle una a mi vez. --Cul es? --Con qu derecho me interroga V.? --Mire V. en torno suyo, respondi el capitn con irona. --S, entiendo, con el derecho de la fuerza, verdad? Desgraciadamente ese derecho no le reconozco yo. Soy un cazador libre, no reconozco ningn dueo ni ms ley que mi voluntad. --Hola! Hola! compaero, muy orgulloso es su lenguaje! --Es l de un hombre acostumbrado a no doblegarse ante ningn poder arbitrario; para apoderarse de m ha abusado V., no de su fuerza, porque sus soldados me habran muerto antes que obligarme a seguirles si tal no hubiese sido mi intencin, sino de la facilidad con que me fie de ellos; as pues, protesto ante V. y reclamo que inmediatamente se me ponga en libertad. --Las palabras altaneras de V. no me imponen en manera alguna; y si se me antojase hacerle a V. hablar, sabra obligarle a ello por medio de ciertos argumentos irresistibles que tengo a mi disposicin. --S, dijo el prisionero con amargura, los mejicanos se acuerdan de sus antepasados los espaoles, y en caso necesario saben echar mano del tormento. Pues bien, intntelo V., Capitn, quin se lo impide? Espero que mis pobres canas no flaquearn ante el juvenil bigote de V. --Dejemos eso, exclam el capitn en tono de mal humor; si yo le permitiese a V. marcharse, libertara a un amigo o a un enemigo? --Ni lo uno ni lo otro. --Calle! Qu quiere V. decir? --Me parece que mi respuesta es muy clara. --Sin embargo, no la entiendo. --Se la explicar a V. en dos palabras. --Hable V. --Colocados ambos en posiciones diametralmente opuestas, la casualidad se ha complacido hoy en reunirnos. Si ahora nos separamos, no llevaremos en nuestros corazones ningn sentimiento de odio como resultado de nuestro encuentro, puesto que ninguno de nosotros habr tenido motivo de queja del otro, y que probablemente no volveremos a vernos. --Ya! Sin embargo, es evidente que cuando mis soldados les encontraron, aguardaban VV. a alguien en este camino. --Por qu cree V. eso? --Pardiez! Segn V. me ha dicho, son VV. cazadores, y no veo la caza que podan encontrar en la orilla del camino. El prisionero se ech a rer, y marcando intencionalmente sus palabras, repuso: --Quin sabe? Acaso acechbamos una caza ms preciosa de lo que V. imagina y de la que querra V. tener su parte. El fraile hizo un movimiento leve y abri los ojos como si despertase en aquel momento. --Calle, dijo dirigindose al capitn y conteniendo un bostezo, no duerme V., Seor Don Juan? --Todava no, respondi este; estoy interrogando a los dos hombres de que se apoder mi vanguardia hace algunas horas. --Ah! dijo el fraile dirigiendo a los desconocidos una mirada desdeosa, me parece que esos pobres diablos no son muy temibles. --De veras? --No s; pero qu puede V. recelar de esos dos hombres? --Eh! Quizs sean espas. Fray Antonio se revisti de un aire paternal y replic: --Espas! Teme V. acaso una emboscada? --En las circunstancias en que nos encontramos, creo que esa suposicin no sera muy inverosmil. --Bah! En un pas como ste y con una escolta como la que V. lleva bajo sus rdenes, sera cosa extraordinaria; adems, segn he odo decir, esos dos hombres se han dejado coger sin la menor resistencia, cuando les habra sido tan fcil escaparse. --Es verdad. --Por lo tanto es evidente que ninguna mala intencin abrigaban. Si yo me hallase en lugar de V., les dejara que se marchasen a donde mejor les pareciese. --Es esa la opinin de V.? --S por cierto. --Mucho parece que se interesa V. por esos dos desconocidos. --Nada de eso: digo a V. lo que me parece justo, y nada ms. Ahora obre V. como se le antoje, que yo me lavo las manos. --Quizs tenga V. razn. Sin embargo, no pondr en libertad a estos dos individuos, hasta tanto que me hayan dicho el nombre de la persona a quien aguardaban. --Aguardaban a alguien acaso? --Al menos as lo dicen. --Es verdad, Capitn, repuso el prisionero que haba hablado hasta entonces; pero, aunque sabamos que V. vena, no era a V. a quien esperbamos. --Pues entonces a quin era? --Tiene V. absoluto empeo en saberlo? --S por cierto. --Pues entonces responda V., fray Antonio, dijo el prisionero en tono zumbn; porque solo V. puede revelar el nombre que el seor capitn nos exige. --Yo! exclam el fraile dando un salto, lleno de clera y ponindose plido como un cadver. --Hola! Hola! dijo el capitn volvindose hacia l, esto comienza a ser interesante. Era un espectculo singular el que ofrecan aquellos cuatro hombres de pie y frente a frente, en torno de aquella hoguera cuyas llamas iluminaban sus rostros con reflejos fantsticos. El capitn fumaba indolentemente su cigarrillo de papel, mirando con expresin burlona, al fraile en cuyo rostro sostenan el miedo y el descaro una lucha cuyas peripecias todas era fcil seguir. Los dos cazadores, con las manos cruzadas sobre el extremo del can de sus largos rifles, se sonrean con sorna y pareca que gozaban interiormente con el embarazo y confusin del hombre a quien acababan de poner en escena de una manera tan brusca y brutal. --Vamos, no se muestre tan sorprendido, fray Antonio, dijo por fin el prisionero, pues bien sabe V. que a V. era a quien esperbamos. --A m! repuso el fraile con voz ahogada, por mi alma que ese miserable est loco! --No estoy loco, padre, y puede V. ahorrarse los eptetos con que se complace en regalarme el odo, respondi el prisionero con sequedad. --Vamos, resgnese V., dijo brutalmente el cazador que hasta entonces haba permanecido silencioso. No tengo ganas de bailar en el extremo de una cuerda por darle a V. gusto. --Lo cual suceder sin duda alguna, observ tranquilamente el capitn, si VV. no se deciden, Seores, a darme una explicacin clara y categrica acerca de su conducta. --Eh! Ya lo ve V., fray Antonio, replic el prisionero; la posicin principia a ser escabrosa para nosotros. Vamos, haga V. bien las cosas. --Oh! exclam el fraile ciego de rabia, he cado en un lazo terrible! --Basta! dijo el capitn con voz fuerte; est farsa ha durado ya demasiado, fray Antonio. No es V. quien ha cado en un lazo horrible; por el contrario, a m era a quien quera V. poner en ese caso: hace mucho tiempo que conozco a V. y tengo los pormenores ms circunstanciados acerca de sus proyectos. Era una partida peligrosa la que estaba V. jugando hace mucho tiempo; no se puede servir a la vez a Dios y al diablo sin que al fin y a la postre se descubra todo. nicamente he querido carear a V. con estas buenas gentes a fin de confundirle y arrancarle la hipcrita mscara con que se encubre. Al or este rudo apostrofe, el fraile se qued cortado por un momento, doblegado ante la evidencia de los cargos que se le dirigan; al fin levant la cabeza, y volvindose hacia el capitn, le dijo con tono altanero: --De qu se me acusa? D. Juan se sonri con desprecio, y respondi: --Se le acusa a V. de haber querido hacer caer la conducta de plata confiada a mi cuidado en una emboscada preparada por V., y en la que en este momento nos aguardan sus dignos secuaces para robarnos y asesinarnos. Qu responde V. a eso? --Nada! dijo el fraile con sequedad. --Hace V. bien, porque sus negativas no seran aceptadas. Solo que, ahora que est V. confeso y convicto, no se me escapar sin que le deje un recuerdo eterno de nuestro encuentro. --Cuidado con lo que va V. a hacer, Seor Capitn, que pertenezco a la Iglesia, y este hbito me hace ser inviolable. Una sonrisa burlona arque los labios del capitn, y dijo en tono irnico: --No quede por eso: le quitarn a V. el hbito. La mayor parte de los soldados y los arrieros, despertados por las voces que daban el fraile y el oficial, se haban ido acercando poco a poco, y seguan atentamente el curso de la discusin. El capitn seal al fraile con el dedo, y dirigindose a los soldados, les dijo: --Quiten VV. el hbito a ese hombre, tenle a un rbol y aplquenle doscientos chicotazos. --Miserables! grit el fraile fuera de s, a aquel de vosotros que se atreva a tocarme le maldigo: por haber puesto la mano sobre un ministro del altar, estar condenado eternamente! Los soldados se detuvieron asustados ante este anatema. El fraile se cruz de brazos, y desafiando al oficial con aspecto triunfante, le dijo: --Desventurado insensato! Podra castigarte por tu audacia, pero te perdono. Dios se encargar de mi venganza. l ser quien te castigue cuando haya sonado la hora. Adis. Vamos! Abridme camino, vosotros. Los dragones, confundidos y atemorizados, se apartaron lentamente y vacilando ante l; el capitn, obligado a reconocer su impotencia, apretaba los puos y diriga miradas colricas en torno suyo. El fraile haba salido casi de entre las filas de los soldados cuando de pronto sinti que le detenan de un brazo; se volvi con la intencin evidente de reprender severamente al individuo bastante audaz para atreverse a tocarle; pero la expresin de su rostro vari de improviso al conocer al que le detena mirndole con aspecto burln, pues no era sino el prisionero desconocido, causa primera del insulto que se le haba inferido. --Aguarde V. un momento, padre, dijo el cazador. Comprendo que esos hombres, que son catlicos, teman la maldicin de V. y no se atrevan a ponerle la mano encima por miedo a las llamas eternas; pero yo, es muy diferente; soy hereje, como V. sabe, y por lo tanto nada aventuro desembarazndole de su hbito. As pues, si V. lo permite, voy a hacerle ese pequeo favor. --Oh! dijo el fraile rechinando los dientes, te matar, John; te matar, miserable! --Bah! Bah! La gente amenazada vive mucho tiempo, repuso John obligndole a despojarse del hbito de fraile que vesta. Despus aadi: --Eso es! Ahora, amigos mos, podis ejecutar con entera seguridad las rdenes de vuestro capitn: ese hombre es ya, para vosotros, lo mismo que cualquier otro. La accin atrevida del cazador haba roto sbitamente el encanto que contena a los soldados. Tan luego como el temido hbito dej de cubrir los hombros del fraile, sin escuchar ya los ruegos ni las amenazas se apoderaron del reo, a pesar de sus gritos le ataron con solidez a un rbol, y le administraron concienzudamente los doscientos chicotazos decretados por el capitn, mientras que los cazadores presenciaban la ejecucin, contando con sorna los golpes y rindose a carcajadas al ver las contorsiones del miserable a quien el dolor haca retorcerse como una serpiente. Al llegar al latigazo ciento veintiocho, el fraile call: el sistema nervioso, completamente trastornado, le dej insensible; sin embargo no se haba desmayado, sus dientes estaban apretados, una espuma blanquecina se escapaba de sus labios; miraba con fijeza delante de s sin ver, sin dar ms pruebas de que exista que los profundos suspiros que de vez en cuando agitaban su poderoso pecho. Cuando se hubo concluido la ejecucin y le desataron, cay y permaneci en el suelo como una masa inerte. Le volvieron a poner su hbito y le dejaron all, sin cuidarse de lo que pudiese acontecerle. Los dos cazadores se haban alejado despus de hablar algunos instantes en voz baja con el capitn. El resto de la noche trascurri sin incidente alguno. Algunos minutos antes de salir el sol, los soldados y los arrieros se levantaron para cargar las mulas y preparar lo todo para continuar el viaje. Luego se dio la orden para ponerse en marcha. --Dnde est el fraile? exclam de pronto el capitn; no podemos abandonarle as. Tenderle sobre una mula, y le dejaremos en el primer rancho que encontremos. Los soldadas se apresuraron a obedecer y a buscar a fray Antonio; pero todas las pesquisas fueron intiles: haba desaparecido sin dejar rastro alguno de su fuga. D. Juan frunci el entrecejo al recibir esta noticia; pero despus de un momento de reflexin, movi la cabeza a uno y otro lado con indiferencia y dijo: --Me alegro, porque nos hubiera estorbado en el camino. La conducta de plata se puso en marcha y continu su viaje. XVI. RESUMEN POLTICO. Antes de ir ms lejos, diremos en pocas palabras cual era la situacin poltica de Tejas en el momento en que pasa la historia que hemos acometido la empresa de referir. Desde el tiempo de la dominacin espaola los habitantes de Tejas revindicaron su libertad con las armas en la mano; pero despus de varios triunfos y reveses, fueron definitivamente derrotados en la batalla de Medina, dada el 15 de agosto de 1813, fecha nefasta, por el coronel Arredondo, jefe del regimiento de Extremadura, al cual se haba agregado la milicia del estado de Coahuila. Desde aquella poca hasta la segunda revolucin mejicana, el Tejas permaneci humillado bajo el intolerable yugo del rgimen militar, y entregado sin defensa a los incesantes ataques de los indios Comanches. En varias ocasiones haban formulado pretensiones los Estados Unidos respecto de aquel pas, sosteniendo que las fronteras naturales de Mjico y de la confederacin eran el Ro Bravo. Pero obligados en 1819 a reconocer ostensiblemente que sus pretensiones eran infundadas, buscaron un medio indirecto para apoderarse de aquel rico territorio y enclavarle en sus fronteras. Entonces fue cuando desplegaron esa poltica astuta y pacientemente maquiavlica que al fin haba de hacerles triunfar. En 1821, los primeros emigrados americanos hicieron su aparicin tmidamente y casi de incgnito en los _brazos_, desmontando las tierras, colonizando a la sordina, y tornndose en pocos aos tan poderosos que en 1824 haban hecho ya progresos bastante grandes para formar una masa compacta de cerca de cincuenta mil individuos. Los mejicanos, ocupados incesantemente en luchar unos contra otros en sus interminables guerras civiles, no comprendieron la trascendencia de la emigracin americana que ellos mismos haban estimulado en su principio. Apenas haban trascurrido ocho aos desde la llegada de los primeros americanos a Tejas, y ya stos componan casi toda su poblacin. El gabinete de Washington no ocultaba ya sus proyectos y hablaba claramente de comprar a Mjico el territorio de Tejas, en el cual haba desaparecido casi por completo el elemento espaol para ceder el puesto al espritu emprendedor y mercantil de los anglo-sajones. El gobierno mejicano, despertando por fin de su prolongado letargo, comprendi el peligro que le amenazaba de la doble invasin de los habitantes del Misuri y del Tejas en el estado de Santa Fe. Quiso contener la emigracin americana; pero era demasiado tarde: la ley promulgada por el congreso de Mjico fue impotente, y no se detuvo la colonizacin a pesar de los puestos mejicanos diseminados por la frontera, y encargados de detener a los emigrados y obligarles a retroceder. El general Bustamante, presidente de la repblica, comprendiendo que muy pronto tendra que luchar con los americanos, se prepar silenciosamente para el combate, y bajo diferentes pretextos fue dirigiendo al Ro Rojo y a la Sabina varios cuerpos de tropas que no tardaron en formar un contingente de mil doscientos hombres. Sin embargo, todo estaba tranquilo en la apariencia; nada haca prever la poca en que comenzara la lucha, cuando una perfidia del gobernador de las provincias orientales la hizo estallar de repente en el momento en que menos se pensaba. He aqu el hecho: El comandante de Anhuac, sin ningn motivo plausible, mand arrestar y meter en la crcel a varios colonos americanos. Los habitantes de Tejas haban aguantado hasta entonces, sin quejarse, las innumerables vejaciones que les hacan sufrir los oficiales mejicanos; pero al ver este ltimo abuso de fuerza, se alzaron como de comn acuerdo y se presentaron armados delante del comandante, exigiendo con amenazas y gritos de clera que inmediatamente se pusiese en libertad a sus conciudadanos. El comandante, harto dbil para resistirse abiertamente, fingi conceder lo que le pedan; pero hizo presente que necesitaba dos das para llenar cierta formalidad y poner a cubierto su responsabilidad. Los insurgentes accedieron a concederle aquel plazo; y el oficial lo aprovech para hacer que a toda prisa acudiese a auxiliarle la guarnicin de Nacogdoches. Esta guarnicin lleg en el momento en que los insurgentes, fiando en la palabra del gobernador, se retiraban a sus casas. Furiosos por haber sido burlados tan prfidamente, volvieron atrs e hicieron una demostracin tan enrgica, que el oficial mejicano se consider muy dichoso con evitar el combate y restituir los prisioneros. En este intermedio, un pronunciamiento hecho en favor de Santa Anna derrib del poder al general Bustamante a los gritos de Viva la Federacin! Lo que ms tema Tejas era el sistema del centralismo, del cual nunca habra obtenido su reconocimiento como Estado separado, y por lo tanto la poblacin de Tejas se mostr unnime en favor del federalismo. Los colonos se sublevaron, y unindose a los insurgentes de Anhuac, que an estaban con las armas en la mano, marcharon resueltamente sobre el fuerte Velasco, al cual pusieron sitio. El grito segua siendo Viva la Federacin! pero esta vez ocultaba el grito de Viva la Independencia! que los de Tejas, harto dbiles, no se atrevan a lanzar an. El fuerte Velasco estaba defendido por una reducida guarnicin mejicana, mandada por el valiente oficial llamado Ugartechea. En aquel sitio extraordinario, en el que los sitiadores no respondan a los caonazos de la fortaleza sino con tiros de carabina, los de Tejas y los mejicanos hicieron prodigios de valor, y mostraron inaudito encarnizamiento. Los colonos, diestros tiradores, emboscados detrs de enormes trincheras, tiraban como al blanco y cortaban a balazos las manos de los artilleros mejicanos cada vez que se disponan a cargar sus piezas. A tal extremo llegaron las cosas, que el comandante Ugartechea, viendo caer mutilados a sus soldados ms valientes, se sacrific y l mismo puso manos a la obra. Los de Tejas, que cien veces hubieran podido dar muerte al valeroso comandante, sorprendidos al ver tan heroico valor, cesaron el fuego, y Ugartechea se rindi por fin, renunciando a una defensa que era ya imposible. Este triunfo llen de jbilo a los colonos; pero Santa Anna no se dej engaar por el objeto de la insurreccin de Tejas; comprendi que el federalismo encubra un movimiento revolucionario muy pronunciado; y lejos de fiarse de las apariencias de adhesin de los colonos, en cuanto su poder se hubo consolidado lo suficiente para permitirle obrar con energa contra ellos, despach a toda prisa al coronel Meja con cuatrocientos hombres para que restableciese en Tejas la autoridad mejicana ya muy debilitada. Despus de muchas vacilaciones y manejos diplomticos, sin resultado posible entre gentes cuya arma principal por ambas partes era la perfidia, estall por fin la guerra con furor; se organiz en San Felipe una comisin permanente de seguridad pblica, y se llam al pueblo a tomar parte en la lucha. Sin embargo, la guerra civil no haba estallado todava oficialmente, cuando al fin apareci el hombre que deba decidir la suerte de Tejas y a quien estaba reservada la gloria de hacerle ser libre: nos referimos a Samuel Houston. Desde aquel momento la insurreccin tmida y circunscrita de Tejas se converta en una revolucin. Sin embargo, en la apariencia el gobierno mejicano segua siendo dueo legtimo del pas, y a los colonos naturalmente se les denominaba insurgentes y se les trataba como tales cuando caan en manos de sus enemigos, lo cual equivale a decir, que sin ninguna forma de proceso se les ahorcaba, ahogaba o fusilaba, segn el sitio en que eran cogidos se prestaba a uno de estos tres gneros de muerte. En el da en que comienza nuestra historia haban llegado a su colmo la exasperacin contra los mejicanos y el entusiasmo por la noble causa de la independencia. Unas tres semanas antes haba tenido efecto un encuentro formal entre la guarnicin de Bejar y un destacamento de voluntarios de Tejas mandado por Austin, que era uno de los jefes ms afamados de los insurgentes; los colonos, no obstante su ignorancia de la tctica militar y su inferioridad numrica, se batieron con tanto valor y manejaron tan bien su nico can, que las tropas mejicanas, despus de haber sufrido prdidas muy graves, se vieron obligadas a retirarse precipitadamente sobre Bejar. Este encuentro fue el primero que verific en el oeste de Tejas despus de la toma del fuerte de Velasco, y decidi el movimiento revolucionario, el cual se comunic con la rapidez con que se incendia un rastro de plvora. Entonces en todas partes alzaron tropas las ciudades para unirse al ejrcito libertador, la resistencia se organiz en grande escala, y algunos jefes de partida audaces comenzaron a recorrer el territorio en todas direcciones, haciendo la guerra por su cuenta y sirviendo a su manera la causa que abrazaban y que suponan defender. El capitn D. Juan Melendez, rodeado por todas partes de enemigos tanto ms temibles cuanto que le era imposible conocer su nmero y adivinar sus movimientos, encargado de una misin en extremo delicada, teniendo a cada paso el presentimiento de una traicin que le amenazaba sin cesar, sin saber donde, como, ni cuando caera sobre l, tena que emplear precauciones extremas y una severidad implacable si quera conducir a buen puerto la carga preciosa que le estaba confiada; por eso no vacil ante la necesidad de imponer un castigo ejemplar a fray Antonio. Haca ya mucho tiempo, que pesaban graves sospechas sobre el fraile; su conducta ambigua haba producido inquietud y dado margen a sospechas nada favorables para su honradez. D. Juan; se haba, propuesto aclarar sus dudas en la primera ocasin que se le presentase. Ya hemos dicho de qu modo lo logr haciendo una contra-mina, es decir haciendo espiar al espa por otros ms diestros que l, y colndole casi in fraganti. Sin embargo, debemos hacer al digno fraile la justicia de decir que para nada entraba la poltica en su modo de proceder; no, sus pensamientos no se elevaban a tanta altura: sabiendo que el capitn se hallaba encargado, de escoltar una conducta de plata, solo procur hacerla caer en un lazo para tener una parte en sus despojos y hacer su fortuna de un solo golpe, con el fin, de procurarse los goces de que hasta entonces haba estado privado sus pensamientos, no haban ido ms lejos; el buen hombre era simplemente un ladrn en despoblado, pero nada tena de personaje poltico. Le abandonaremos, por ahora, para seguir a los dos cazadores a quienes deba el rudo castigo que recibi y que abandonaron el campamento tan luego como hubo terminado la ejecucin. Estos dos hombres se haban alejado con presuroso paso, y, despus de bajar silenciosamente de la colina, se internaron en un poblado bosque en donde les aguardaban, comiendo con la mayor tranquilidad su pienso, dos magnficos caballos de las praderas, _mustangs_ medio salvajes, de ojo vivo y remos finos y fuertes; estaban ensillados y dispuestos para ser montados. Despus de haberles quitado las trabas con que estaban maneados, los cazadores les pusieron los frenos, montaron, y clavndoles las espuelas, partieron a rienda suelta. As corrieron durante mucho tiempo, tendidos sobre el cuello de sus caballos, sin seguir ningn camino trazado, pero siempre en lnea recta, sin cuidarse de los obstculos que encontraban al paso y que trasponan con inaudita destreza; por ltimo, una hora antes de salir el sol se detuvieron. Haban llegado a la entrada de una garganta, flanqueada en ambos lados por elevadas colinas, primeros estribos de las montaas cuyas fragosas cumbres pareca que dominaban perpendicularmente la campia. Los cazadores echaron pie a tierra antes de internarse en la garganta, y despus de haber maneado sus caballos ocultndolos en unos carrascales, comenzaron a explorar los alrededores con la sagacidad y cuidado de los guerreros indios cuando buscan un rastro en el sendero de la guerra. Sus pesquisas fueron por mucho tiempo infructuosas, lo cual era fcil conocer por las exclamaciones de disgusto que algunas veces proferan en voz baja; por ltimo, al cabo de ms de dos horas, merced a los primeros rayos del sol que, al salir, haba disipado sbitamente las tinieblas, vieron ciertas huellas casi imperceptibles que les hicieron estremecerse de jbilo. Libres ya, al parecer, de la preocupacin que les atormentaba, fueron a donde estaban sus caballos, se tendieron indolentemente en el suelo, y buscando en sus alforjas sacaron de ellas todo lo necesario para un modesto almuerzo que comieron con el apetito terrible propio de hombres que haban pasado toda la noche cabalgando a escape tendido por montes y valles. Desde su partida del campamento mejicano, no haba mediado una sola palabra entre ambos cazadores, quienes pareca que obraban bajo la influencia de una preocupacin profunda que haca intil toda conversacin. Por lo dems, es una cosa notable la mudez de los hombres acostumbrados a la vida del desierto: pasan das enteros sin pronunciar una palabra; no hablan sino cuando la necesidad les obliga a ello, y la mayor parte de las veces sustituyen las palabras con la mmica, que tiene sobre aquellas la incontestable ventaja de no denunciar la presencia de los que de ella se sirven a los odos de los enemigos invisibles que estn de continuo en acecho y dispuestos a precipitarse como aves de rapia sobre los imprudentes que se dejan sorprender. Cuando el primer apetito de los cazadores se hubo aplacado algn tanto, aquel a quien el fraile haba llamado John encendi su corta pipa, la coloc en un ngulo de su boca, y pasando a su compaero la bolsa del tabaco, le dijo a media voz, como si hubiese temido que le oyesen: --Qu tal, Sam? Me parece que hemos salido bien, eh? --En efecto, tal creo, John, respondi Sam inclinando afirmativamente la cabeza. Es V. astuto como un diablo, amigo mo. --Bah! dijo el otro con desdn, no hay mucho mrito en engaar a esos brutos de mejicanos; son muy bestias. --De todos modos el capitn ha cado en la red con una gracia particular. --Eh! No era al capitn a quien yo tema, porque hace mucho tiempo que he sabido congraciarme con l, sino a aquel fraile maldito. --Si no llegamos tan a tiempo, es muy probable que nos hubiese birlado el negocio; no es verdad, John? --Tal creo, Sam. Vive Dios! Me rea con toda mi alma al verle retorcerse bajo los chicotazos. --En efecto, era un espectculo hermoso; pero no teme V. que llegue a vengarse? Esos frailes son rencorosos como demonios. --Bah! Qu podemos temer de semejante gusano? Nunca se atrever a mirarnos frente a frente. --No importa; bueno es estar en guardia. Nuestro oficio es escabroso, ya lo sabe V.; y puede suceder que algn da ese maldito animal nos juegue una mala pasada. --Bah! Djese V. de eso, lo que hemos hecho ha sido propio de una guerra de buena ley. Est V. seguro de que el fraile, en una ocasin anloga, no habra dejado de hacer lo propio con nosotros. --Es verdad. Entonces, vaya al diablo! y con tanto ms motivo, cuanto que la presa que codiciamos no poda llegar con ms oportunidad para nosotros. Nunca me hubiera perdonado el dejarla escapar. --Permaneceremos emboscados aqu? --Es lo ms seguro. Siempre tendremos tiempo para reunirnos con nuestros compaeros cuando veamos asomar la recua por la llanura. Adems, no tenemos una cita en este sitio? --Es verdad, ya no me acordaba. --Y mire V., en hablando del lobo, ah viene justamente nuestro hombre. Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se escondieron detrs de una roca con el fin de hallarse dispuestos para cualquier evento. Oase el galope rpido de un caballo que se acercaba por momentos; muy luego desemboc de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia de los cazadores. Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia l con el brazo derecho extendido y la mano abierta en seal de paz. El jinete, que era un guerrero indio, correspondi a estas demostraciones pacficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte; en seguida ech pie a tierra, y sin ms ceremonia fue a estrechar amistosamente las manos que le tendan los cazadores. --Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardbamos a V. con impaciencia. --Miren mis hermanos al sol, respondi el indio; el Zorro-Azul es puntual. --Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud notable. --El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos plidos. --Corriente, repuso John, la observacin de V. es justa, jefe; deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V. El indio salud gravemente a su interlocutor, se sent en el suelo, encendi su pipa y comenz a fumar con recogimiento; los cazadores se colocaron a su lado, y como l permanecieron silenciosos todo el tiempo que dur el tabaco contenido en sus pipas. Al fin el jefe sacudi la ceniza de la suya en la ua del dedo pulgar y se dispuso a hablar. En el mismo instante se oy una detonacin, y una bala lleg silbando a cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe. Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de improviso les atacaban. XVII. TRANQUILO. Entre la hacienda del Mezquite y la venta del Potrero, prximamente a mitad de camino entre aquellos dos puntos, es decir, a unas cuarenta millas de uno y otro, en la noche del da en que comienza nuestra historia, haba dos hombres sentados a la orilla de un riachuelo ignorado, y conversaban cenando un poco de carne tostada y manzanas cocidas. Aquellos dos hombres eran Tranquilo el canadiense y su amigo Quoniam el negro. A unos cincuenta pasos de ellos, en unos matorrales espesos, se vea un potrillo de dos meses atado al pie de un catalpa gigantesco. El pobre animal, despus de haber hecho vanos esfuerzos para romper las ligaduras que le sujetaban, concluy por reconocer la inutilidad de sus tentativas y se tendi tristemente en el suelo. Los dos hombres a quienes dejamos jvenes al fin de nuestro prlogo, a la sazn haban llegado ya a la segunda mitad de su vida. Aunque la edad haba hecho poca impresin sobre sus cuerpos de hierro, sin embargo algunas canas comenzaban a platear la cabellera del cazador, y algunas arrugas precoces surcaban en varios puntos su rostro tostado por la intemperie de las estaciones. Sin embargo, fuera de estas leves seales que sirven como de sello a la edad madura, nada denotaba en el canadiense la ms mnima decadencia; por el contrario, sus ojos seguan siendo vivos, su cuerpo estaba derecho y sus miembros se mantenan tan musculosos como antes. En cuanto al negro, nada, al parecer, haba variado en su persona; no haba enrojecido lo ms mnimo; solo que estaba bastante grueso y ya no estaba esbelto, aunque nada haba perdido de su sin igual agilidad. El sitio en que se hallaban acampados los dos cazadores, de seguro era uno de los ms pintorescos de la pradera. El viento de la noche haba despejado el cielo cuya bveda de un azul oscuro apareca entonces tachonada por innumerables estrellas en cuyo centro apareca la Cruz del Sur: la luna derramaba sus rayos blanquecinos que prestaban a los objetos una apariencia fantstica; la noche tena esa transparencia suave peculiar de los resplandores crepusculares; a cada rfaga de la brisa, los rboles sacudan sus hmedas copas y hacan llover perlas que esmaltaban los arbustos. El ro corra tranquilo entre sus fragosas orillas, extendindose a lo lejos como una ancha cinta de plata y reflejando en su serena superficie los rayos temblorosos de la luna, que haba llegado casi a los dos tercios de su carrera. Tal era el silencio que reinaba en aquel desierto que en l se oa la cada de una hoja seca o el estremecimiento de la rama agitada por el paso de un reptil. Los dos cazadores hablaban en voz baja; pero, cosa singular en hombres tan acostumbrados a la vida de los bosques! Su campamento nocturno, en vez de estar establecido en la cumbre de una altura, segn las reglas invariables de la pradera, se hallaba, por el contrario, situado en el borde de un talud que bajaba por una pendiente suave hasta el ro y en cuyo barro se vean impresas numerosas huellas ms que sospechosas, pues en su mayor parte eran de grandes fieras carnvoras. A pesar del fro bastante penetrante de la noche y del abundante y helado roco, los cazadores no haban encendido lumbre; sin embargo, era evidente que les hubiera agradado mucho calentarse a la llama ardiente de una hoguera; el negro, sobre todo, que estaba vestido muy ligeramente con un calzn que dejaba sus piernas descubiertas y con un pedazo de zarap lleno de agujeros, tiritaba dando diente con diente. Tranquilo, que estaba mejor abrigado con el traje de los campesinos mejicanos, pareca que no reparaba en el fro; con su rifle entre las piernas, sondeando de vez en cuando las tinieblas con su mirada infalible, o prestando atento odo a algn ruido que solo a l le era dado percibir, hablaba con el negro sin dignarse parar mientes en sus muecas ni en sus tiritones. --Con que hoy no ha visto V. a la nia, Quoniam? dijo. --No, hace ya dos das que no la veo, respondi el negro. El canadiense suspir y repuso: --Yo deba de haber ido all. Esa nia est muy aislada en la venta, sobre todo ahora que la guerra ha desencadenado hacia aquella parte a todas las gentes de mal vivir y a todos los merodeadores de las fronteras. --Bah! Carmela no es tonta y no se ver apurada para defenderse si la insultan. --Voto a bros! exclam el canadiense oprimiendo con ambas manos su carabina, si alguno de esos malvados se atreviese con ella... --No se atormente V. de esa manera, Tranquilo; ya sabe V. que si alguien se atreviese a insultarle, la nia querida no carecera de defensores. Adems, Lanzi no se separa de ella un solo instante, y ya sabe V. que es fiel. --S, murmur el cazador, pero al fin Lanzi no es ms que un hombre. --Es V. atroz con las ideas que se le meten en la cabeza sin razn. --Quiero mucho a esa nia, Quoniam! --Pardiez! Vaya una cosa! Yo tambin la quiero. Mire V., si V. quiere, en cuanto matemos al jaguar iremos al Potrero: le conviene? --Est muy lejos de aqu. --Bah! Tres horas de marcha todo lo ms. Diga V., Tranquilo, sabe V. que hace mucho fro y que materialmente me estoy helando? Maldito animal! Qu estar haciendo ahora? De seguro anda rondando por ah en vez de venirse aqu en derechura. --Para que le maten, verdad? dijo Tranquilo sonriendo. Quin sabe? Acaso sospeche lo que le estamos preparando. --Es muy posible: esos diablos de animales son tan astutos! Mire V., ya se estremece el potro: de seguro ha olfateado algo. El canadiense volvi un poco la cabeza y dijo: --No, todava no. --Pues ya tenemos para toda la noche! murmur el negro haciendo un gesto de mal humor. --Qu siempre ha de ser V. el mismo, Quoniam! Impaciente y testarudo! Por ms que le digo, se ha de obstinar siempre en no entender: cuntas veces le he repetido que el jaguar es uno de los animales ms astutos que existen? Aunque nos hayamos colocado en direccin contraria al viento, para m es evidente que nos ha olfateado. Anda rondando cautelosamente en torno nuestro, temiendo acercarse demasiado a nuestro puesto; como V. dice, anda de un lado para otro sin objeto aparente. --Ah! Y cree V. que todava durar mucho tiempo esta broma? --No, porque ya debe comenzar a tener sed; en este momento lucha l con tres sentimientos: el hambre, la sed y el miedo; est V. seguro de que este ltimo ser el ms dbil, no es ms que cuestin de tiempo. --Ya lo veo; hace cerca de cuatro horas que estamos aqu de plantn. --Paciencia, que lo ms ya est hecho, y estoy seguro de que no tardaremos en tener noticias suyas. --Dios le oiga a V., porque me estoy muriendo de fro. Es grande al menos el jaguar? --S, sus huellas son anchas; pero, o mucho me engao, o est apareado. --Lo cree V.? --Casi me atrevera a apostarlo. Es imposible que un solo jaguar haga tantos destrozos en menos de ocho das. Segn me lo ha asegurado don Hilario, han desaparecido diez cabezas de ganado. --Oh! exclam Quoniam restregando alegremente las manos, entonces vamos a hacer buena cacera, es evidente que tiene cra. --Eso mismo he supuesto yo: preciso es que tengan hijuelos cuando tanto se acercan a las haciendas. En aquel momento, un rugido ronco que se pareca algn tanto al maullido lastimero de un gato, turb el silencio profundo del desierto. --He ah su primera voz de alarma, dijo Quoniam. --Todava est lejos. --Oh! No tardar en acercarse. --Todava no; no es a nosotros a quienes quiere atacar en este momento. --Calle! Pues a quin? --Escuche V.! En aquel momento reson a poca distancia un grito semejante al primero, pero que proceda del lado opuesto. --Cuando yo deca que estaba apareado! repuso pacficamente el canadiense. --Yo no lo pona en duda. Si V. no conoce las costumbres de los tigres, quin va a saberlas? El pobre potro se haba levantado y todo su cuerpo temblaba; medio muerto de miedo, con la cabeza oculta entre sus patas delanteras, se mantena firme sobre sus cuatro remos lanzando una especie de quejido. --Pobre animal inocente! dijo Quoniam, comprende que est perdido. --Espero que no. --El jaguar le ahogar. --S, si no le matamos antes. --Confieso a V., dijo el negro, que me alegrara mucho de que ese desgraciado potro pudiese librarse. --Se librar, dijo el cazador; le he escogido para Carmela. --Bah! Entonces para qu le ha trado V. aqu? --Para acostumbrarle al tigre. --Calle! Es buena idea esa; entonces no tengo yo que cuidarme de ese lado? --No; piense V. tan solo en el jaguar que ha de venir por su derecha, que yo me encargo del otro. --Queda convenido. Casi al mismo tiempo resonaron otros dos rugidos ms poderosos. --Tiene sed, observ Tranquilo; se despierta su clera y comienza a acercarse. --Bueno! Debernos prepararnos ya? --Aguarde V. todava, que nuestros enemigos vacilan; an no han llegado al parasismo de la rabia que les hace olvidar toda prudencia. El negro que se haba levantado volvi a sentarse filosficamente. As trascurrieron algunos minutos. De vez en cuando, una rfaga de viento nocturno, cargada de rumores vacilantes, pasaba como un torbellino por encima de las cabezas de los cazadores y se perda a lo lejos como un suspiro. Los dos hombres estaban serenos e inmviles, con los ojos fijos en el espacio, con el odo atento a los ruidos del desierto, con el dedo en el gatillo del rifle, dispuestos a hacer frente a la primera seal al enemigo invisible todava, pero cuya aproximacin y ataque inminentes adivinaban instintivamente. De pronto el canadiense se estremeci y se inclin con viveza hacia el suelo. --Oh! exclam enderezndose con ademan de terrible ansiedad, qu sucede en el bosque? Los rugidos del tigre estallaron como un trueno. A ellos contest un grito terrible, y se oy el galope furibundo de un caballo que se acercaba con vertiginosa rapidez. --Alerta! Alerta! exclam Tranquilo; alguien se halla en peligro de muerte, el tigre le persigue. Los dos cazadores se lanzaron intrpidamente en direccin del sitio en que sonaban los rugidos. El bosque entero pareca que se estremeca; ruidos inexplicables salan de las ignoradas guaridas, asemejndose unas veces a carcajadas burlonas, y otras a gritos de angustia. Los roncos maullidos de los jaguares continuaban sin interrupcin. El galope del caballo que los cazadores oyeron primero pareca que se haba convertido en mltiple, y resonaba en puntos opuestos. Los cazadores, anhelosos y fuera de s, seguan corriendo en lnea recta, saltando barrancos y zanjas con una rapidez aterradora; el terror que experimentaban por los desconocidos a quienes queran socorrer les prestaba alas. De pronto, un grito de angustia ms estridente, ms desesperado que el primero, se oy a corta distancia. --Oh! Es ella! Es Carmela! exclam Tranquilo posedo de una especie de vrtigo. Y saltando como una fiera, se lanz hacia adelante seguido de Quoniam, quien durante toda aquella loca carrera no se haba separado de l ni una lnea. De pronto rein en el desierto un silencio de muerte; todo ruido, todo rumor haba cesado como por encanto; solo se oa la respiracin anhelosa de los cazadores que seguan corriendo. Alzse un rugido de furor lanzado por los tigres; un crujido de ramas agit unos matorrales prximos, y una masa enorme, saltando desde lo alto de un rbol, pas por encima del canadiense y desapareci; en el mismo instante un relmpago rasg las tinieblas y son un tiro, al cual respondieron casi en seguida un rugido de agona y un grito de espanto. --nimo, nia! nimo! exclam una voz varonil y acentuada a poca distancia; est V. salvada! Los cazadores, por medio de un esfuerzo supremo de energa, apresuraron ms an la rapidez casi increble ya de su carrera, y al fin desembocaron en el teatro de la lucha. Entonces se ofreci ante su aterrada vista un espectculo singular y terrible. En una explanada bastante pequea, una mujer desmayada estaba tendida en el suelo junto a un caballo herido que se agitaba en las ltimas convulsiones de la agona. Aquella mujer estaba inmvil, como muerta. Dos tigrecillos jvenes, acurrucados como gatos, fijaban en ella sus ojos ardientes y se disponan a atacarla; a pocos pasos de all un tigre herido se revolcaba en el suelo rugiendo con furor, y procuraba arrojarse sobre un hombre que, con una rodilla en tierra, con el brazo izquierdo envuelto en los numerosos pliegues de un zarap, echado hacia adelante y empuando con la mano derecha un machete, esperaba resueltamente su ataque. Detrs de aquel hombre, un caballo, con el cuello estirado, el hocico humeante y las orejas: tendidas hacia atrs, se estremeca lleno de terror afirmndose en sus cuatro remos; otro tigre, encaramado en la rama ms fuerte de un rbol, fijaba una mirada ardiente en el jinete desmontado, azotando el aire con su poderosa cola y lanzando sordos maullidos. Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir lo vieron los cazadores de una sola ojeada: con la rapidez del rayo y con un gesto de sublime sencillez se repartieron los puestos los atrevidos aventureros. Mientras Quoniam se precipitaba sobre los dos cachorros, y cogindolos del cuello les estrellaba la cabeza en una roca, Tranquilo se echaba el rifle a la cara y derribaba de un tiro a la hembra del tigre precisamente en el momento en que desde el rbol se arrojaba sobre el jinete; luego, volvindose con extremada viveza, mat de un culatazo al segundo tigre y lo tendi a sus pies. --Ah! dijo el cazador con un sentimiento de orgullo, poniendo su rifle en el suelo y enjugndose la frente baada en sudor fro. --Vive! exclam Quoniam, quien comprendi toda la angustia que encerraba la exclamacin de su amigo; solo el terror la ha hecho desmayarse; pero est salvada. El cazador se quit lentamente el gorro, y alzando los ojos al cielo, murmur con acento de indescriptible gratitud: --Gracias! Dios mo. Entre tanto, el jinete tan milagrosamente salvado por Tranquilo se adelant hacia l, y tendindole la mano, le dijo: --A cargo de revancha. --Yo soy quien quedo en deuda con V., respondi con franqueza el cazador: a no ser por la sublime abnegacin de V., hubiramos llegado demasiado tarde. --No he hecho ms de lo que hubiera ejecutado cualquier otro en mi lugar. --Puede ser. El nombre de V., hermano? --Corazn Leal[1]. Y el de V.? --Tranquilo. Desde hoy seremos amigos hasta la muerte. --Acepto, hermano. Ahora pensemos en esa pobre joven. Los dos hombres se estrecharon otra vez la mano y se acercaron a Carmela, a quien Quoniam prodigaba todos los auxilios imaginables sin lograr sacarla del profundo desmayo en que se hallaba sepultada. Mientras Corazn Leal y Tranquilo sustituan a Quoniam junto a la joven, el negro se apresur a reunir lea seca y encender fuego. Sin embargo, al cabo de algunos minutos Carmela entreabri los ojos, y muy luego se encontr bastante bien para explicar las causas de su presencia en aquel bosque, en vez de estar tranquilamente dormida en la venta del Potrero. Este relato que, por razn de la debilidad de la joven y de las fuertes emociones que haba experimentado, exigi varias horas, se le haremos nosotros al lector en breves palabras en el captulo siguiente. [1] Vanse los _Tramperos del Arkansas._ XVIII. LANZI. Carmela sigui con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos en medio de un bosque, baj tristemente la cabeza y volvi a entrar en la venta con lento paso y muy pensativa. --Le aborrece, murmur en voz baja y muy conmovida; le aborrece; querr salvarle? Se dej caer sobre un asiento, y durante algunos momentos qued sumida en profundas reflexiones. Al fin levant la cabeza: un rubor febril tea su rostro; sus ojos tan dulces pareca que despedan relmpagos. --Yo le salvar! exclam con soberana resolucin. Despus de esta exclamacin se levant, y atravesando la sala con presuroso paso, entreabri la puerta del corral y grit: --Lanzi! --Qu quiere V., nia? respondi el mestizo, que en aquel momento se ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada. --Venga V. --All voy al momento. En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo ms, apareci en la puerta de la sala. --Qu desea V., Seorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila, habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este momento. --Es muy posible, mi buen Lanzi, respondi Carmela con dulzura; pero lo que tengo que decir a V. no admite dilacin alguna. --Oh! Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, pues qu sucede? --Nada de particular, amigo mo, todo est en orden en la venta, segn costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor. --Un favor, a m? --S. --Hable V., Seorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma. --Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se detenga ningn viajero en la venta. El mestizo levant la cabeza, calcul mentalmente la marcha del sol, y por fin dijo: --No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin embargo, an podra suceder que viniesen. --No hay motivo alguno para suponerlo. --Es verdad, Seorita. --Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta. --Que cierre la venta! Por qu? --Voy a decrselo a V. --Es realmente muy importante? --S por cierto. --Entonces hable V., nia, soy todo odos. La joven lanz una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que estaba de pie delante de ella, apoy los codos con coquetera sobre una mesa, y dijo con tono indiferente: --Tengo inquietud, Lanzi. --Inquietud! Por qu? --Por la prolongada ausencia de mi padre. --Cmo! Pues si apenas hace cuatro das que estuvo aqu. --Nunca me ha dejado sola tanto tiempo. --Sin embargo... dijo el mestizo rascndose la cabeza algo confuso. --En resumen, dijo la joven interrumpindole con resolucin, tengo inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no est lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso. --Pero es muy tarde... --Razn ms para marcharnos al instante. --Sin embargo... --Nada de observaciones; haga V. lo que le mando. El mestizo inclin la cabeza sin responder; saba que cuando su ama hablaba as, era preciso obedecer. La joven adelant un paso, puso su mano blanca y delicada sobre el hombro del mestizo, y acercndole su cara fresca y preciosa, aadi con una sonrisa dulce que hizo estremecer de alegra al pobre diablo: --No se incomode V. por este capricho, mi buen Lanzi: sufro mucho! --Incomodarme yo, nia! respondi el mestizo encogindose de hombros de una manera significativa: eh! No sabe V. que yo me echara al fuego por V.? Con mayor motivo har cuanto se le ponga en la cabeza. Entonces se ocup con la mayor celeridad en atrancar con cuidado las puertas y las ventanas de la venta, y en seguida se volvi al corral a ensillar los caballos, mientras que Carmela, poseda de una impaciencia nerviosa, se quitaba el traje que tena puesto y vesta otro ms cmodo para el viaje que proyectaba, porque haba engaado al anciano criado: no era al lado de Tranquilo a donde quera ir. Pero Dios haba resuelto que el proyecto que agitaba en su traviesa cabeza rubia no alcanzase buen xito. En el momento en que Carmela, completamente vestida y dispuesta para montar a caballo, entraba de nuevo en la sala, Lanzi apareci en la puerta que daba al corral con el semblante trastornado por el terror. Carmela corri presurosa hacia l creyendo que se haba hecho dao, y le pregunt con inters: --Qu tiene V.? --Estamos perdidos! respondi Lanzi con voz sorda, dirigiendo en torno suyo una mirada de espanto. --Cmo, perdidos! exclam la joven tornndose plida como un cadver; qu quiere usted decir, amigo mo? El mestizo apoy un dedo en sus labios para: imponerla silencio; la hizo sea de que le siguiese, y se desliz al corral con cauteloso paso. Carmela sali detrs de l. El corral estaba rodeado por un cercado de tablas de unos dos metros de altura. Lanzi se acerc a un sitio en que haba una rendija bastante ancha por donde se poda ver el campo, y sealndosela a su ama, le dijo: --Mire V.! La joven obedeci y peg su rostro a las tablas. Comenzaba a anochecer, y las tinieblas, a cada momento ms densas, invadan rpidamente el campo. Sin embargo, la oscuridad no era todava suficiente para impedir que Carmela distinguiese a algunos centenares de metros una tropa numerosa de jinetes que corran a rienda suelta en direccin a la venta. Bastle a la joven una simple ojeada para conocer que aquellos Jinetes eran indios bravos. Aquellos guerreros, en nmero de cincuenta, vestan su traje completo de combate, e inclinados sobre el cuello de sus corceles, tan indmitos como ellos, blandan sus largas lanzas por encima de sus cabezas en seal de reto. --Son los Apaches! exclam Carmela retrocediendo llena de espanto. Cmo es que han llegado hasta aqu sin que se haya tenido noticia de su invasin? El mestizo movi tristemente la cabeza, y dijo: --Dentro de pocos minutos estarn aqu: qu hacemos? --Defendernos! exclam resueltamente la joven. Parece que no tienen armas de fuego; nosotros, guarecidos detrs de las paredes de nuestra casa, podremos sostenernos fcilmente contra ellos hasta la salida del sol. --Y entonces? pregunt l mestizo en tono de duda. --Entonces, repuso Carmela con exaltacin, Dios nos ayudar! --Amn! respondi el mestizo menos convencido que nunca de la posibilidad de tal milagro. --Apresrese V. a bajar a la sala todas las armas de fuego que hay en casa, que quizs esos paganos retrocedern si se ven recibidos con energa; adems, quin sabe si nos atacarn? --Eh! Esos demonios son muy astutos, y saben muy bien la gente que hay en la casa. No cuente V. con que se retiren sin haberse apoderado de la venta. --Pues bien! exclam Carmela resueltamente, sea lo que Dios quiera! Moriremos peleando con valor, en vez de dejarnos coger cobardemente y ser esclavos de esos miserables sin corazn y sin piedad. --Corriente! respondi el mestizo electrizado por las palabras entusiastas de su ama, batalla! Ya sabe V., Seorita, que no me asusta un combate; que se tengan firmes esos perros, porque si no se andan con cuidado, quizs les juegue yo una mala pasada de la cual se acuerden durante toda su vida! La conversacin qued en esto por el momento, en atencin a la necesidad en que nuestros personajes se encontraban de preparar sus medios de defensa, lo cual verificaron con una celeridad y una inteligencia, que demostraban que no era aquella la primera vez que se encontraban en tan crtica posicin. No se sorprenda el lector al ver el viril entusiasmo desplegado en aquella ocasin por Carmela: en las fronteras, en donde de continuo se hallan expuestos a las incursiones de los indios y de los merodeadores de todas clases, las mujeres pelean al lado de los hombres, y olvidando la debilidad de su sexo, cuando llega la ocasin, saben mostrarse tan valientes como sus hermanos y sus maridos. Carmela no se haba equivocado: era un destacamento de indios bravos el que llegaba a galope. Muy pronto estuvieron junto a la casa y la rodearon por completo. Generalmente, los indios, en sus expediciones, proceden con suma prudencia, sin mostrarse nunca a descubierto ni avanzar sino con extremada circunspeccin: en esta ocasin fcil era conocer que se juzgaban seguros del triunfo y que saban perfectamente que la venta se hallaba desprovista de defensores. Cuando hubieron llegado a unos veinte metros de la casa, se detuvieron, echaron pie a tierra, y pareci que se consultaban unos a otros un instante. Lanzi haba aprovechado aquellos instantes de tregua para amontonar sobre la mesa de la sala todas las armas de la casa, es decir, unas diez carabinas. Aunque las puertas y las ventanas estaban slidamente atrancadas, merced a las numerosas aspilleras abiertas de trecho en trecho, era fcil observar los movimientos del enemigo. Carmela, armada con una carabina, se haba colocado con intrepidez delante de la puerta, mientras que el mestizo, con semblante preocupado, andaba de un lado para otro, entraba y sala, y pareca que daba la ltima mano a un trabajo importante y misterioso. --Vamos, dijo al cabo de un instante, ya est todo corriente. Vuelva V. a poner esa carabina sobre la mesa, Seorita: no es con la fuerza, sino nicamente por medio de la astucia como podemos vencer a esos demonios. Djeme V. obrar. --Cul es el proyecto de V.? --Ya lo ver V. He serrado dos tablas del cercado del corral; monte V. a caballo, y tan luego como me oiga abrir la puerta de la venta, mrchese a escape tendido. --Pero y V.? --No se cuide V. de m, sino clave las espuelas a su caballo. --No quiero abandonar a V. --Bah! Bah! No andemos en tonteras; soy viejo, mi vida est ya en un hilo, la de V. es preciosa, es menester salvarla. Djeme obrar a mi antojo, le digo. --No, a no ser que me diga V... --No dir nada. Encontrar V. a Tranquilo en el Vado del Venado. Ni una palabra ms! --Ah! De veras? dijo Carmela. Pues bien! juro que no me mover de junto a V., suceda lo que quiera. --Est V. loca! No la he dicho que quiero jugar una mala pasada a los indios? --S. --Pues bien, ya lo ver V.: solo que, como temo alguna imprudencia por parte de V., deseo verla marchar delante. No hay ms que eso. --Me dice V. la verdad? --S por cierto! Dentro de cinco minutos me reunir con V. --Me lo promete V.? --No crea V. que me voy a entretener en quedarme aqu. --Pero qu se propone V. hacer? --Ah estn los indios. Salga V. y no olvide marchar a escape tendido en cuanto yo abra la puerta, y dirigirse al Vado del Venado. --Pero cuento con que... --Ande V., ande V.; queda convenido, dijo Lanzi interrumpindola bruscamente y empujndola hacia el corral. La joven obedeci de muy mala gana; pero en aquel momento resonaron en la puerta de la venta algunos golpes precipitados, y el mestizo aprovech esta demostracin de los indios para cerrar la puerta del corral. --He jurado a Tranquilo protegerla, suceda lo que quiera, murmur, y no puedo salvarla sino muriendo por ella. Pues bien, morir! Pero vive Dios que he de hacerme unos funerales magnficos. Llamaron de nuevo en la puerta; pero esta vez con tal violencia, que era fcil prever que no resistiran por mucho tiempo las tablas. --Quin est ah? pregunt el mestizo con voz serena. --Gente de paz, respondieron desde fuera. --Cspita! dijo Lanzi, para ser gente de paz tienen VV. una manera singular de anunciarse. --Abra V.! Abra V.! repuso la voz desde fuera. --Con mucho gusto; pero quin me asegura que no quieren VV. hacerme dao? --Abra V. o echamos la puerta abajo. Y se repitieron los golpes. --Oh! Oh! dijo el mestizo, no se andan ustedes en chiquitas! Ea, no se cansen ms, que all voy. Cesaron los golpes. El mestizo desatranc la puerta y abri. Los indios se precipitaron dentro de la casa lanzando gritos y aullidos de alegra. Lanzi se haba apartado para dejarles franco el paso. Hizo un gesto de alegra al or el galope de un caballo que se alejaba con rapidez. Los indios no pararon mientes en aquel incidente. --Queremos beber! exclamaron. --Qu quieren VV. que les d? pregunt el mestizo, quien procuraba ganar tiempo. --Agua de fuego! gritaron los indios. Lanzi se apresur a servirles. Comenz la orga. Los pieles rojas, sabiendo que nada tenan que temer por parte de los habitantes de la venta, tan luego como se abri la puerta, se precipitaron en tropel dentro de la sala, juzgando innecesario el colocar centinelas: este descuido, con el cual contaba Lanzi, facilit a Carmela el que se alejase sin ser vista ni molestada. Los indios, y sobre todo los Apaches, tienen una pasin desenfrenada por los licores fuertes: entre todos ellos, solo los Comanches tienen una sobriedad a toda prueba. Hasta ahora han sabido librarse de esa tendencia funesta a la embriaguez, que diezma y embrutece a sus compatriotas. Lanzi observaba con sorna las evoluciones de los pieles rojas que, aglomerados en torno de las mesas, beban sendos tragos y vaciaban a porfa las botas colocadas delante de ellos; los ojos de los indios comenzaban a brillar; sus facciones se animaban; hablaban desaforadamente todos a un tiempo sin saber ya lo que decan y sin pensar ms que en emborracharse. De pronto el mestizo sinti que le ponan una mano en el hombro. Se volvi. Un indio estaba de pie en frente de l con los brazos cruzados sobre el pecho. --Qu quiere V.? le pregunt. --El Zorro-Azul es un jefe, respondi el indio, y tiene que hablar con el rostro plido. --No est satisfecho el Zorro-Azul acaso de la manera en que le he recibido, as como a sus compaeros? --No es eso; los guerreros beben, el jefe quiere otra cosa. --Ah! dijo el mestizo, lo siento mucho, porque he dado cuanto tena. --No, respondi secamente el indio. --Cmo que no? --Dnde est la joven de cabellos de oro? --No le entiendo a V., jefe, dijo el mestizo, quien, por el contrario, comprenda perfectamente. El indio se sonri. --Mire el rostro plido al Zorro-Azul y ver que es un jefe y no un nio a quien se puede entretener con mentiras. Qu se ha hecho la joven de cabellos de oro, la que habita aqu con mi hermano? --La mujer de quien V. habla, si es la joven a quien pertenece esta casa a la que V. se refiere... --S. --Pues bien, no est aqu. El jefe le dirigi una mirada penetrante y dijo: --El rostro plido miente. --Bsquela V. --Estaba aqu hace una hora. --Es muy posible. --Dnde est? --Bsquela V. --El rosto plido es un perro cuya cabellera he de arrancar. --Buen provecho le haga a V., respondi el mestizo en tono de burla. Desgraciadamente, Lanzi, al decir estas palabras, haba dirigido una mirada triunfante hacia la parte del corral; el jefe cogi esta mirada al vuelo, se precipit hacia el corral, abri la puerta y lanz un grito de furor al ver la brecha practicada en el cercado: acababa de comprender la verdad. --Perro! exclam, y cogiendo del cinto su cuchillo de desollar, lo lanz con rabia hacia su enemigo. Pero el mestizo, que le vigilaba, esquiv el golpe, y el cuchillo fue a clavarse en la pared a pocas pulgadas de su cabeza. Lanzi se enderez, y saltando por encima del mostrador, se precipit hacia el Zorro-Azul. Los indios se levantaron tumultuosamente, y cogiendo sus armas saltaron como fieras en persecucin del mestizo. Este, cuando hubo llegado al umbral de la puerta del corral, se volvi, descarg sus pistolas en medio de la multitud, mont precipitadamente a caballo, y clavndole las espuelas en los ijares, le hizo trasponer el boquern del cercado. En el mismo instante se oy detrs de l un estrpito terrible; tembl la tierra, y una masa confusa de piedras, vigas y escombros de todas clases fue a caer en derredor del jinete y de su caballo. La venta del Potrero acababa de volarse, sepultando bajo sus ruinas a los Apaches que la haban invadido. He ah la mala pasada que Lanzi se haba propuesto jugar a los indios. Ahora se comprender por qu haba insistido para que Carmela se alejase tan pronto. Por una felicidad singular, ni el mestizo ni su caballo estaban heridos; el _mustang_, con el hocico humeante, volaba por la pradera como si hubiese tenido alas, hostigado de continuo por su jinete que le estimulaba con el ademn y con la voz, porque le pareca or a poca distancia detrs de s el galope de otro caballo que pareca que le persegua. Desgraciadamente la noche estaba demasiado oscura para que le fuese posible cerciorarse de que no se equivocaba. XIX. LA CAZA. Segn toda probabilidad, el lector juzgar que el medio empleado por Lanzi para desembarazarse de los Apaches era un poco violento, y que acaso no debiera haber recurrido a l sino en el ltimo extremo. La justificacin del mestizo es tan sencilla como fcil de exponer: los indios bravos, cuando pasan la frontera mejicana, se entregan sin compasin a todo gnero de desrdenes, empleando la mayor crueldad para con los desventurados blancos que caen en sus manos y a quienes profesan un odio que nada puede saciar. La posicin de Lanzi, solo, sin poder esperar auxilio de nadie en un sitio tan aislado, en poder de unos cincuenta demonios sin fe ni ley, era en extremo crtica, y mucho ms si se tiene en cuenta que los Apaches, tan luego como hubiesen estado excitados por los licores fuertes, cuyo abuso les produce una especie de locura furiosa, no habran reconocido ya freno alguno; su carcter sanguinario hubiera prevalecido, y entonces se habran entregado a las crueldades ms injustificables por el solo placer de hacer sufrir a un enemigo de su raza. Adems, el mestizo tena una razn perentoria para no guardar consideracin alguna: a toda costa era preciso asegurar, fuera como quisiera, la salvacin de Carmela; pues haba hecho a Tranquilo el juramento solemne de defenderla an con peligro de su propia existencia. En el caso presente saba que su vida o su muerte dependan tan solo del capricho de los indios, y por lo tanto no tena que guardar consideracin alguna. Lanzi era un hombre fro, positivista y metdico, que nunca obraba sin haber reflexionado previamente y con madurez acerca de las eventualidades probables del buen o mal xito. En aquella ocasin el mestizo nada aventuraba, pues saba que de antemano estaba sentenciado por los indios: si su proyecto alcanzaba buen xito, quizs conseguira escaparse; si no, morira, pero como un valiente habitante de las fronteras, arrastrando consigo a la tumba a un nmero considerable de sus implacables enemigos. Una vez adoptada su resolucin, la llev a cabo con la sangre fra que hemos referido; merced a su presencia de nimo, haba tenido suficiente tiempo para saltar sobre su caballo y fugarse. Sin embargo, an no haba concluido todo: el galope que el mestizo oa detrs de s le causaba viva inquietud, probndole que su proyecto no le haba salido tan bien como l esperaba, y que alguno de sus enemigos se haba librado y lanzado en seguimiento suyo. El mestizo aument la rapidez de su carrera, oblig a su caballo a dar infinitos rodeos y vueltas, con el fin de hacer que el enemigo que se encarnizaba en perseguirle perdiese su rastro; pero todo fue intil, pues siempre oa detrs de s el galope obstinado de su desconocido perseguidor. Por muy valiente que sea un hombre, por grande que sea la energa de que se halle dotado, nada embota tanto su valor como el verse amenazado en medio de las tinieblas por un enemigo invisible, y por esto mismo inatacable: la oscuridad de la noche, el silencio que reina en el desierto, los rboles que, en una carrera desatentada, desfilan por derecha e izquierda cual una legin de fantasmas siniestros y amenazadores, todo se rene para aumentar los terrores del desgraciado que huye posedo de un vrtigo incalificable, sumido en una pesadilla tanto ms horrible, cuanto que conoce el peligro y no sabe como conjurarle. Lanzi, con el entrecejo fruncido, los labios temblorosos, la frente baada en fro sudor, corri as durante varias horas por medio del campo, inclinado sobre el cuello de su corcel, sin seguir ninguna direccin fija, perseguido siempre por el ruido del galope del caballo lanzado en pos de l. Cosa singular! Desde que aquel galope se oy por primera vez, no pareca haberse acercado mucho; pudirase suponer que el desconocido jinete, satisfecho con seguir la pista de aquel a quien persegua, no se cuidaba de alcanzarle. Entre tanto la primera exaltacin del mestizo se haba calmado gradualmente, el aire fro de la noche haba ordenado algn tanto sus ideas, recobraba su serenidad y con ella la lucidez necesaria para juzgar bien su posicin. Lanzi se avergonz de aquel terror pueril, indigno de un hombre como l, que durante tanto tiempo y por inters de su seguridad personal le haca olvidar el deber sagrado que se haba impuesto de proteger y defender con riesgo de su vida a la hija de su amigo, o al menos a la que consideraba como tal. Al ocurrrsele este pensamiento, que hiri a su mente cual un rayo, un rubor ardiente ti su rostro, surgi de sus ojos un relmpago, y detuvo bruscamente su caballo, resuelto a concluir de una vez y a toda costa con su perseguidor. El caballo, detenido de pronto en su carrera, dobl sus temblorosas piernas lanzando un relincho de dolor, y permaneci inmvil. En el mismo instante dej de orse tambin el galope del corcel invisible. --Eh! Eh! murmur el mestizo, esto comienza a complicarse. Y sacando de su cinto una pistola, la amartill. Inmediatamente oy, cual un eco fnebre, el ruido seco del muelle de una pistola que tambin montaba su adversario. Sin embargo, este ruido, en vez de aumentar los recelos del mestizo, pareci que, por el contrario, los calmaba. --Qu significa esto? dijo para s, moviendo la cabeza con marcada preocupacin; me habr equivocado? No es con un apache, segn eso, con quien tengo que habrmelas? Despus de esta reflexin, durante la cual Lanzi haba procurado en vano distinguir a su enemigo desconocido, grit con voz fuerte. --Eh! Quin es V.? --Y V.? respondi una voz varonil que sala de en medio de las tinieblas con un acento tan resuelto por lo menos como el del mestizo. --He ah una respuesta singular! repuso Lanzi. --Ni ms ni menos singular que la pregunta de V. Estas palabras haban sido pronunciadas en el castellano ms puro. El mestizo, seguro ya de que tena que habrselas con un blanco, desterr todo temor, y desmontando su pistola, volvi a colocrsela en el cinto, diciendo en tono de buen humor: --Lo mismo que yo, caballero, debe V. tener necesidad de tomar resuello despus de una carrera tan larga: quiere V. que descansemos juntos? --Con mucho gusto, respondi el otro. --Calle! exclam una voz que el mestizo conoci en seguida, es Lanzi. --S por cierto! exclam ste con jbilo, voto a bros! Doa Carmela, no esperaba yo encontrar a V. aqu! Nuestros tres personajes se reunieron. Las explicaciones fueron breves. El miedo no calcula ni reflexiona. Carmela por un lado, Lanzi por otro, arrebatados por un vano terror, haban huido sin procurar enterarse del sentimiento que les impulsaba, excitados tan solo por el inters de la propia conservacin, esa arma suprema dada por Dios al hombre para hacerle evitar el peligro en los casos extremos. La nica diferencia consista en que el mestizo se juzgaba perseguido por los Apaches, mientras que Carmela crea tenerlos delante de s. Cuando la joven, cediendo a las instancias de Lanzi, sali de la venta, se precipit ciega por el primer sendero que se present delante de ella. Por fortuna suya, Dios haba querido que, en el momento en que la venta se volaba con terrible estrpito, Carmela, medio muerta de terror y derribada del caballo, fuese hallada por un cazador blanco. Este, lleno de compasin al or el relato de las desgracias que la amenazaban, se ofreci generoso a escoltarla hasta la hacienda del Mezquite, a donde la joven deseaba ir para colocarse bajo la proteccin inmediata de Tranquilo. Carmela, despus de haber examinado con la vista al cazador, cuya mirada franca y rostro simptico revelaban lealtad, acept su oferta con gratitud, temblando que las tinieblas la hiciesen caer en medio de las partidas de indios que sin duda infestaban los caminos, y a las cuales la habra entregado inevitablemente su ignorancia respecto de los sitios circunvecinos. As pues, la joven y su gua se pusieron en marcha al instante en direccin a la hacienda; pero, dominados por mil recelos, el galope del caballo del mestizo les hizo creer en la presencia de una partida enemiga delante de ellos. Por eso pusieron todo su cuidado en mantenerse a una distancia bastante grande para volver riendas y escaparse al ms mnimo movimiento sospechoso de sus supuestos enemigos. Esta explicacin disip toda inquietud entre los tres personajes; Carmela y Lanzi se juzgaban muy felices por haberse encontrado de una manera tan providencial. Mientras el mestizo refera a su seorita la manera en que haba concluido con los Apaches, el cazador, como hombre prudente, cogi de las riendas a los caballos y los condujo a unos matorrales espesos en donde los escondi con el mayor cuidado; en seguida volvi junto a sus nuevos amigos, quienes se haban sentado en el suelo para descansar un poco. En el momento en que el cazador volva, Lanzi estaba diciendo a la joven: --Para qu se ha de cansar V. ms esta noche, Seorita? Nuestro nuevo amigo y yo construiremos en un momento una choza para V., bajo la cual estar perfectamente resguardada; dormir V. hasta la salida del sol, y entonces nos encaminaremos a la hacienda. Por ahora no tiene V. que temer ningn peligro, pues se halla protegida por dos hombres que no vacilarn en sacrificar su vida por V. si es preciso. --Le doy a V. gracias, mi buen Lanzi, respondi la joven: su cario y lealtad me son conocidos, y no vacilara en confiarme a ellos si en este momento me hallase atormentada por el temor de los Apaches. Crea V. firmemente que la consideracin de los peligros a que puedo hallarme expuesta por parte de esos paganos no entra para nada en mi determinacin de ponerme en marcha lo ms pronto posible. --Pues qu otra consideracin ms importante puede obligarla a V, Seorita? dijo el mestizo con sorpresa. --Amigo mo, ese es asunto entre mi padre y yo. Bstele a V. saber que es de absoluta precisin que yo le vea y hable con l esta misma noche. --Corriente! Puesto que V. lo quiere, Seorita, consiento en ello, respondi el mestizo moviendo la cabeza. De todos modos confiese usted que es un capricho singular. --No, mi buen Lanzi, repuso la joven con tristeza, no es un capricho: cuando conozca V. las razones que me obligan a obrar as, estoy convencida de que me dar la razn. --Puede ser; pero entonces por qu no me las dice V. al instante? --Porque me es imposible. --Silencio! exclam el cazador interponindose bruscamente; toda discusin es ociosa en este momento: es preciso marchar cuanto antes. --Qu quiere V. decir? exclamaron Carmela y Lanzi haciendo un movimiento de espanto. --Que los Apaches han encontrado nuestro rastro y acuden con rapidez: antes de veinte minutos estarn aqu; esta vez no ha lugar a equivocarse, son ellos. Hubo un momento de silencio. Carmela y Lanzi prestaron atento odo. --No oigo nada, dijo el mestizo al cabo de un instante. --Ni yo tampoco, murmur la joven. El cazador se sonri con dulzura y dijo: --En efecto, nada deben VV. or todava, porque sus odos no estn tan acostumbrados como los mos a percibir los rumores ms leves del desierto. Tengan VV. fe en mis palabras, fen en una experiencia que nunca me ha fallado: nuestros enemigos se acercan. --Qu hacemos? murmur Carmela. --Huir, exclam el mestizo. --Escuchen VV., repuso el cazador impasible, los Apaches son numerosos, son muy astutos, pero solo por medio de la astucia podemos vencerlos. Si intentamos resistirles, somos perdidos; si huimos los tres juntos, tarde o temprano caeremos en sus manos. Mientras yo me quedo aqu, V. huir con la seorita. nicamente cuide V. de forrar los pies de los caballos para ensordecer el ruido de sus pasos. --Pero y V.? exclam la joven con viveza. --No he dicho ya que me quedar aqu? --S, pero entonces caer V. en sus manos y ser V. asesinado inevitablemente. --Puede ser! respondi el cazador con inexplicable expresin de melancola; pero al menos mi muerte habr servido para algo, puesto que habr salvado a VV. --Muy bien, caballero, dijo Lanzi, doy a V. gracias por su oferta. Desgraciadamente, ni puedo ni quiero aceptarla: las cosas no han de pasar as. Yo he sido quien ha comenzado el negocio, y pretendo terminarle yo solo a mi manera. Mrchese V. con la seorita, entrguela en manos de su padre, y si no me ve V. volver y l le pregunta lo que ha pasado, diga V. sencillamente que he cumplido mi promesa dando mi vida por doa Carmela. --Nunca consentir en ello! exclam enrgicamente la joven. --Silencio! dijo el mestizo interrumpindola bruscamente, mrchense, mrchense, que no se puede perder un solo instante. Y a pesar de la resistencia de la joven, la levant en sus robustos brazos y se la llev corriendo hacia los matorrales. Carmela comprendi que nada podra alterar la resolucin del mestizo y se resign. El cazador acept el sacrificio de Lanzi con la misma sencillez con que haba ofrecido el suyo, pues la conducta del mestizo le pareca muy natural. As pues, no opuso la ms leve objecin y se ocup con actividad en preparar los caballos. --Ahora mrchense VV., dijo el mestizo tan luego como el cazador y la joven estuvieron a caballo, mrchense, y sea lo que Dios quiera! --Y V., amigo mo? dijo todava Carmela. --Yo, respondi el mestizo moviendo la cabeza con expresin indiferente, an no he cado en poder de esos diablos rojos. Vamos, en marcha! Y en seguida, para cortar toda conversacin, sacudi un zendo latigazo a los caballos. Los nobles animales arrancaron a galope, y muy luego desaparecieron de su vista. El pobre hombre lanz un suspiro tan luego como se hubo quedado solo. --Ah! murmur con tristeza, esta vez mucho me temo que todo haya concluido para m. Pero no importa, qu diablo! Luchar hasta el fin, y si los indios me cogen, su trabajillo les ha de costar. Despus de haber adoptado esta determinacin enrgica, que pareci le restitua todo su valor, el buen mestizo mont a caballo y se mantuvo dispuesto a obrar. Los Apaches se acercaban con un ruido semejante al estampido de un trueno prolongado. Ya se podan distinguir vagamente sus negras siluetas que se perfilaban en la sombra. Lanzi cogi la brida con los dientes, agarr una pistola con cada mano, y cuando juzg propicio el momento, clav las espuelas en los ijares de su caballo y se lanz a escape tendido al encuentro de los pieles rojas, cortndolos en diagonal. Cuando hubo llegado cerca de ellos, descarg sus armas en medio del grupo, lanz un grito de reto y continu huyendo con creciente rapidez. Entonces sucedi lo que el mestizo haba previsto. Sus tiros haban sido certeros: dos Apaches cayeron con el pecho atravesado de parte a parte. Los indios, furiosos al ver aquel ataque audaz que estaban muy lejos de esperar por parte de un solo hombre, lanzaron un grito de coraje y se precipitaron en seguimiento suyo. Ya lo hemos dicho: esto era lo que quera Lanzi. --Eso es! dijo al ver el buen xito de su treta, ya estn reunidos, y no hay que temer que se desparramen por la llanura; los otros estn salvados. En cuanto a m... bah! Quin sabe? Carmela y el cazador solo se haban librado de los Apaches para caer en medio de los jaguares; pero ya hemos visto como se salvaron, merced al auxilio de Tranquilo. XX. CONFIDENCIAS. Tranquilo haba escuchado atentamente la narracin de la joven, con la cabeza baja y el entrecejo fruncido; cuando Carmela call, la mir un momento con expresin interrogadora. --Y es eso todo? le pregunt. --Todo, contest Carmela con timidez. --Y de Lanzi, de mi pobre Lanzi, no han tenido VV. ms noticias? --Ninguna. Hemos odo dos tiros, el galope furioso de varios caballos, el grito de guerra de los Apaches, y luego todo ha vuelto a quedar silencioso. --Qu habr sido de l? murmur con tristeza el tigrero. --Es un hombre resuelto, y me parece que conoce la vida del desierto, repuso Corazn Leal. --S, replic Tranquilo; pero est solo. --Es verdad, dijo el cazador, y solo contra cincuenta quizs. --Oh! exclam el canadiense, dara diez aos de mi vida por tener noticias suyas. --Cspita, compadre! exclam una voz gozosa, yo se las traigo a V. muy fresquitas, y nada le pido por ellas. Los circunstantes no pudieron menos de estremecerse al or aquella voz, y se volvieron con viveza hacia el lado en que haba sonado. Apartronse las ramas y apareci un hombre. Era Lanzi. El mestizo pareca estar tan tranquilo y tan descansado como si nada le hubiese sucedido; solo que su semblante, por lo general fro y an de mal gesto, tena una expresin de alegra burlona inexplicable, sus ojos chispeaban, y una sonrisa irnica vagaba por sus labios. --Pardiez! amigo mo, dijo Tranquilo tendindole la mano, sea V. mil veces bienvenido entre nosotros: estbamos con suma inquietud por su suerte. --Doy a V. gracias, compadre; pero, afortunadamente para m, el peligro no era tan inminente como se hubiera podido suponer, y he conseguido desembarazarme con bastante facilidad de esos demonios de Apaches. --Tanto mejor! Importa muy poco la manera en que haya V. conseguido escaparse. Est V. sano y salvo, y eso es lo principal. Ahora que estamos reunidos, ya pueden venir si gustan, que encontrarn con quien entenderse. --No harn tal. Adems, tienen otra cosa que hacer en este momento. --Eso cree V.? --Estoy seguro de ello. Han visto un campamento de soldados mejicanos que van escoltando una conducta de plata, y como es natural, intentan apoderarse de ella, tanto que a esa circunstancia enteramente fortuita debo yo en parte mi salvacin. --Eh! Tanto peor para los mejicanos, dijo con indiferencia el canadiense, cada cual para s y Dios para todos. Que se arreglen como puedan, que no nos importan sus asuntos. --Eso mismo pienso yo. --Todava nos quedan tres horas de noche: aprovechmoslas para descansar, con el fin de estar dispuestos para encaminarnos a la hacienda en cuanto salga el sol. --El consejo es bueno y debe seguirse, dijo Lanzi, quien se tendi inmediatamente con los pies junto al fuego, se envolvi en su zarap y cerr los ojos. Corazn Leal, que sin duda opinaba del mismo modo, sigui su ejemplo. En cuanto a Quoniam, despus de haber desollado concienzudamente los tigres y sus cachorros, se haba tendido delante del fuego, y haca dos horas que dorma con un sueo profundo y con esa indiferencia indolente que caracteriza a la raza negra. Tranquilo se volvi entonces hacia Carmela. La joven estaba sentada a pocos pasos de l; miraba al fuego con ademn pensativo y en sus ojos brillaban algunas lgrimas. --Vamos, nia! le dijo el canadiense con dulzura, qu haces ah? Debes estar molida de cansancio; por qu no tratas de descansar un rato? --Para qu? murmur Carmela con tristeza. --Para qu? repuso con viveza el tigrero, a quien el acento de la joven hizo estremecer; para qu ha de ser? Para que recobres tus fuerzas. --Djeme V. velar, padre; no podra dormir por mucho cansancio que tenga; el sueo huira de mis prpados. El canadiense la examin un instante con la mayor atencin, y luego moviendo la cabeza con visible preocupacin, dijo: --Qu significa eso? --Nada, padre mo, respondi Carmela procurando sonrer. --Nia! Nia! murmur Tranquilo, aqu hay algo! Yo no soy ms que un pobre cazador, muy ignorante respecto de las cosas del mundo y sin malicia alguna. Pero te quiero, hija ma, y mi corazn me dice que sufres. --Yo! exclam Carmela haciendo un gesto negativo. Pero de improviso prorrumpi en llanto, y reclinndose en el pecho leal del cazador, ocult all su cabeza y murmur con voz ahogada: --Ah! Padre! Padre! Soy muy desgraciada! Tranquilo, al or esta exclamacin arrancada por la fuerza del dolor, se enderez como si una serpiente le hubiese picado; sus ojos chispearon, fij en la joven una mirada impregnada en amor paternal, y obligndola suavemente a que le mirase de frente, exclam con ansiedad: --Desgraciada, t, Carmela? Qu ha pasado, Dios mo! La joven, haciendo un esfuerzo supremo, logr calmarse; sus facciones recobraron su habitual mansedumbre, enjug sus lgrimas, y sonriendo al cazador que la miraba con inquietud, le dijo con voz zalamera: --Perdneme V., padre mo, estoy loca. --No, no! respondi Tranquilo moviendo la cabeza a uno y otro lado, no ests loca, hija ma, solo que me ocultas algo. --Padre mo! dijo Carmela ruborizndose y bajando los ojos muy confusa. --S franca conmigo, chiquilla; no soy por ventura tu mejor amigo? --Es verdad! --Me he negado nunca a satisfacer tus ms mnimos caprichos? --Oh! Nunca! --Me has encontrado alguna vez demasiado severo para ti? --No por cierto! --Pues bien, entonces por qu no me confiesas francamente lo que te atormenta? --Es que... murmur Carmela vacilando. --Vamos, qu? dijo el cazador con voz insinuante. --No me atrevo. --Segn eso, es cosa muy difcil de decir? --S. --Bah! Sigue hablando, chiquilla. Dnde has de encontrar un confesor tan indulgente como yo? --En ninguna parte, ya lo s. --Pues entonces habla. --Es que temo que V. se enfade. --Ms me hars enfadar si te obstinas en guardar silencio. --Pero... --Escucha. Carmela, t misma, al referirnos, hace un momento, todo lo que ha pasado hoy en la venta, confesaste que habas querido venir a buscarme a donde quiera que me encontrase y en esta misma noche; es verdad, s o no? --S, padre mo. --Pues bien, heme aqu, ya escucho; adems, si lo que tienes que decirme es tan importante como me das margen a suponerlo, creo que hars muy bien en darte prisa. La joven se estremeci, dirigi una mirada al cielo cuyas sombras comenzaban a teirse con fajas blanquecinas, y toda vacilacin desapareci entonces de su semblante. --Tiene V. razn, padre mo, dijo con voz firme. Tengo que hablar a V. de un asunto de la mayor importancia, y quizs lo haya retrasado ya en demasa, porque es cosa de vida o muerte. --Me asustas! --Escuche V. --Habla, hija, habla sin temor, y cuenta con el cario que te tengo. --Cuento con eso, padre mo, y todo lo sabr V. --Bien. Carmela pareci que se recoga un instante; luego dejando caer su manita en la ruda y ancha mano de su padre, mientras que sus largas y sedosas pestaas se bajaban tmidamente para velar su mirada, comenz a hablar con voz dbil al pronto, pero que muy luego se seren y se torn firme y clara. --Lanzi le ha dicho a V. que el encuentro de una conducta de plata acampada a poca distancia del sitio en que nos hallamos, le haba ayudado a librarse de la persecucin de los indios. Padre mo, esa conducta de plata pernoct anoche en la venta; el capitn que manda la escolta es uno de los oficiales ms distinguidos del ejrcito mejicano; en varias ocasiones ha odo V. hablar de l con elogio, y an creo que le conoce V. personalmente: se llama D. Juan Melendez de Gngora. --Ah! dijo Tranquilo. La joven se detuvo palpitante. --Contina, repuso el canadiense con dulzura. Carmela le mir de reojo, vio que se sonrea, y se decidi a hablar. --La casualidad ha llevado ya varias veces al capitn Melendez a la venta. Es todo un caballero, amable, corts, fino, atento, y nunca hemos tenido la ms mnima queja de l, como se lo dir a V. Lanzi. --Estoy convencido de ello, hija ma: el capitn Melendez es tal como me lo pintas. --Verdad que s? dijo la joven con viveza. --S, es todo un caballero. Desgraciadamente hay muy pocos oficiales como l en el ejrcito mejicano. --Esta maana se puso en marcha la conducta de plata, escoltada por el capitn y sus soldados. Dos o tres individuos de mala catadura se haban quedado en la venta. Estuvieron viendo marchar a los soldados con una sonrisa burlona; luego se sentaron a la mesa, se pusieron a beber y quisieron principiar a hablarme de una manera poco decente y a decirme ciertas palabras que una muchacha honrada nunca debe escuchar, llegando hasta el extremo de amenazarme. --Ah! exclam Tranquilo interrumpindola y frunciendo el entrecejo; y conoces a esos tunos? --No, padre mo; son de esos merodeadores de las fronteras como hay tantos por aquella parte; pero, aunque los he visto varias veces, ignoro sus nombres. --Poco importa; no te d cuidado, que yo los descubrir. --Oh! Padre mo, hara V. mal en atormentarse por eso, se lo juro. --Bueno, bueno, eso es cuenta ma. --Afortunadamente para m, en aquel intermedio lleg un jinete cuya presencia bast para imponer silencio a los tales hombres y obligarles a ser de nuevo lo que siempre debieran haber sido conmigo, es decir, atentos y respetuosos. --Y sin duda, dijo el canadiense, ese jinete que lleg tan oportunamente para ti, sera algn amigo tuyo. --Solo un conocido, padre mo, dijo Carmela ruborizndose levemente. --Ah! Muy bien. --Pero es muy amigo de V., al menos as lo supongo. --Ya! Y de ese sabes el nombre, hija ma? --S por cierto! --Y cul es? Si no te disgusta demasiado decrmelo. --Nada de eso. Se llama el Jaguar. --Oh! Oh! repuso el cazador frunciendo el entrecejo, qu poda tener que hacer en la venta? --No lo s, padre. Dijo algunas palabras en voz baja a los hombres de quienes he hablado a V., estos se levantaron inmediatamente de la mesa, montaron a caballo y se alejaron a galope sin hacer la ms mnima observacin. --Es singular! murmur el canadiense. Hubo un momento de silencio bastante prolongado. Tranquilo reflexionaba profundamente: era evidente que buscaba la solucin de un problema que sin duda le pareca muy difcil de resolver. Al fin levant la cabeza y pregunt a la joven: --No tenas que decirme ms que eso? Hasta ahora nada extraordinario veo en lo que me has contado. --Aguarde V., dijo Carmela. --Ah! Entonces no has concluido? --Todava no. --Bueno, contina. --Aunque el Jaguar habl en voz muy baja con aquellos hombres; sin embargo, por algunas palabras que o... sin querer, se lo juro a V., padre mo... --Estoy persuadido de ello. Y qu adivinaste por esas pocas palabras? --Es decir, cre comprender... --Es lo mismo: sigue. --Cre comprender que hablaban de la conducta de plata. --Y por consiguiente, del capitn Melendez, verdad? --S, y an estoy segura de que pronunciaron su nombre. --Eso es. Y entonces supusiste que el Jaguar tena intencin de atacar la conducta y dar muerte al capitn, verdad? --No digo eso, padre mo! repuso la joven balbuceando y muy desconcertada. --No, pero lo temes. --Dios mo! repuso Carmela con cierto gestecillo de mal humor, no es natural que me interese por un valiente oficial que...? --Es muy natural, hija ma, no te lo censuro; aun dir ms, y es que, segn creo, tus suposiciones se acercan mucho a la verdad; con que as no te enfades. --Lo cree V., padre? exclam la joven juntando las manos con terror. --Es muy probable, repuso tranquilamente el canadiense. Pero sosigate, hija ma, aadi con tono bondadoso; aunque hayas tardado acaso demasiado en hablarme, quizs lograr apartar el peligro que en este momento amenaza al hombre por quien tanto te interesas. --Oh! Haga V. eso, padre mo, se lo suplico! --Al menos pondr los medios, hija; he ah lo nico que puedo prometerte por ahora. Pero y t, qu vas a hacer? --Yo? --S, mientras mis compaeros y yo intentemos salvar al capitn? --Seguir a VV., padre mo, si V. me lo permite. --Corriente, porque yo tambin creo que lo ms prudente ser eso. Con que profesas al capitn tanto afecto, puesto que tan ardientemente deseas salvarle? --Yo, padre mo? respondi la joven con entera franqueza, nada de eso, solo que me parece que sera espantoso dejar matar a un oficial valiente cuando se le puede salvar. --Entonces aborreces al Jaguar, sin duda alguna? --No por cierto, padre: a pesar de su carcter exaltado, me parece que tiene un corazn noble, y an V. mismo le estima, lo cual es para m la razn ms poderosa. Lo que me hace padecer es ver en abierta oposicin a dos hombres que, si se conociesen, estoy persuadida de que muy pronto simpatizaran mutuamente, y por eso no quisiera que hubiese sangre derramada entre ambos. Estas palabras fueron pronunciadas por la joven con tan cndida franqueza que el canadiense permaneci algunos instantes completamente atnito; el leve destello de verdad que crea haber percibido, se le escapaba de improviso sin que le fuese posible explicarse como haba desaparecido; ya nada comprenda en la conducta de Carmela, ni en los motivos que la impulsaban a obrar; pues no haba razn alguna para desconfiar de su buena fe en cuanto haba dicho. Despus de haber mirado atentamente a la joven durante un momento, movi dos o tres veces la cabeza como un hombre completamente desorientado, y sin aadir una palabra, se dispuso a despertar a sus compaeros. Tranquilo era uno de los cazadores ms experimentados de los bosques de la Amrica del Norte, todos los secretos del desierto le eran conocidos; pero ignoraba por completo ese gran misterio que se llama el corazn de las mujeres, misterio tanto ms difcil de penetrar cuanto que las mismas mujeres le ignoran casi siempre, pues por lo general obran bajo la impresin del momento, bajo el dominio de la pasin y sin segunda intencin. El canadiense en pocas palabras puso a sus compaeros al corriente de su proyecto, y estos, segn l lo esperaba, no opusieron objecin alguna y se dispusieron a seguirle. Diez minutos despus montaban a caballo y abandonaban el campamento en pos de Lanzi que les serva de gua. En el momento en que desaparecan bajo la enramada, el bho hizo resonar su grito matutino, precursor de la salida del sol. --Dios mo! murmur Carmela con angustioso acento, llegaremos a tiempo? XXI. EL JAGUAR. Cuando el Jaguar se march de la venta del Potrero, iba posedo de extremada agitacin; las palabras de la joven resonaban en su odo con un acento irnico y burln; la ltima mirada que le haba dirigido le persegua como un remordimiento: el joven se arrepenta amargamente de haber interrumpido de una manera tan brusca su conversacin con Carmela, estaba descontento de la manera en que haba respondido a sus splicas, en fin, se hallaba en la mejor disposicin de nimo imaginable para cometer uno de los actos de crueldad a que con sobrada frecuencia le haba arrastrado su carcter violento y que haban marcado su fama con un sello vergonzoso, actos que se arrepenta en extremo de haber cometido cuando era ya demasiado tarde. Corra a escape tendido por medio de la pradera, ensangrentando con las espuelas los ijares de su caballo, que se encabritaba a impulso del dolor, profiriendo maldiciones ahogadas, y dirigiendo en torno suyo unas miradas tan feroces como las de una fiera cuando anda en busca de una presa. Hubo un momento en que tuvo intenciones de volver a la venta, arrojarse a los pies de la joven, y reparar, en una palabra, la falta que le hiciera cometer la pasin sorda que le agitaba, prescindiendo de toda clase de celos y ponindose completamente a disposicin de Carmela para cuanto se le antojase mandarle. Pero, como suele suceder con la mayor parte de las buenas resoluciones, sta no tuvo ms que la duracin de un relmpago. El Jaguar reflexion, y con la reflexin volvieron la duda y los celos, y como consecuencia inmediata, un nuevo furor ms insensato y ms loco que el primero. El joven fue galopando as durante mucho tiempo sin seguir, al parecer, ninguna direccin determinada; sin embargo, de vez en cuando y a largos intervalos se paraba, se empinaba sobre los estribos, exploraba la llanura con una mirada de guila, y luego volva a arrancar a rienda suelta. Hacia las tres de la tarde se adelant a la conducta de plata; pero como la haba visto desde lejos, le fue fcil evitar su encuentro, oblicuando levemente a la derecha y metindose por medio de un poblado bosque que le hizo ser invisible durante un espacio de tiempo suficiente para que no temiese ser descubierto por los exploradores destacados a vanguardia. Sin embargo, una hora prximamente antes de la puesta del sol, el joven, que por centsima vez acababa de pararse con el fin de explorar los alrededores, lanz un grito de jbilo contenido: por fin iba a reunirse con aquellos a quienes tanta prisa tena de alcanzar. A unos quinientos pasos del sitio en que el Jaguar estaba parado en aquel momento, una partida de treinta a treinta y cinco jinetes segua en buen orden la senda calificada con el pomposo nombre de carretera que cruzaba la pradera. Aquella partida, compuesta en su totalidad de blancos, segn era fcil conocerlo por sus trajes, pareca que ostentaba en su marcha cierto aspecto militar. Adems, todos aquellos jinetes iban ampliamente provistos de armas de todas clases. Al comenzar la presente narracin, mencionamos a varios jinetes que se hallaban prximos a desaparecer a lo lejos cuando los dragones salan de la venta del Potrero: eran precisamente los que el Jaguar acababa de ver. El joven se llev las dos manos abiertas a la boca para formar una especie de bocina, y por dos veces lanz un grito agudo, estridente y prolongado. Aunque la partida se hallaba en aquel momento bastante lejos, al or la seal, los jinetes se detuvieron como si los pies de sus caballos se hubiesen clavado sbitamente al suelo. El Jaguar se inclin entonces sobre su silla, hizo saltar a su caballo por encima de los matorrales, y en pocos minutos lleg junto a aquellos que se haban detenido para esperarle. El joven fue acogido con gritos de jbilo, y todos los circunstantes se estrecharon en torno suyo dando muestras del mayor inters. --Gracias, amigos mos, dijo el joven, gracias por las pruebas de simpata que me dais; pero os ruego que me concedis un momento de atencin, pues el tiempo urge. Restablecise el silencio como por encanto; pero las miradas chispeantes que se fijaban en el joven revelaban a las claras que la curiosidad, no por ser muda, era menos ardiente. --No se haba V. equivocado, John, continu el Jaguar dirigindose a uno de los individuos colocados ms cerca de l, la conducta de plata viene detrs de nosotros: no la llevamos ms que tres o cuatro horas de delantera. Segn me lo haba V. advertido, viene escoltada, y la prueba de que atribuyen mucha importancia a su seguridad es que la escolta la manda el capitn Melendez. Al or esta noticia, los oyentes hicieron un gesto de desagrado. --Paciencia! repuso el Jaguar con una sonrisa burlona; donde no basta la fuerza queda la astucia. El capitn Melendez es todo un valiente y un hombre de experiencia, convengo en ello; pero y nosotros no somos tambin valientes? La causa que defendemos no es bastante hermosa para excitarnos a proseguir de todos modos nuestra empresa? --S! S! Hurra! Hurra! exclamaron todos los circunstantes blandiendo sus armas con entusiasmo. --John, V. ha entablado ya relaciones con el capitn, le conoce a V. Qudese aqu con otro de nuestros amigos, y djense coger prisioneros los dos. Confo en VV. para disipar las sospechas que pueda abrigar la mente del capitn. --Descuide V., yo me encargo de ello. --Muy bien. Solo que le aconsejo a V. se ande con cuidado con l, porque es rudo adversario. --Ah! De veras? --S. Sabe V. quien le acompaa? --No por cierto. --Fray Antonio. --Vive Dios! Qu me dice V.? Diantre! Hace V. bien en avisarme. --Ya lo veo! --Oh! Oh! Querr por ventura ese fraile maldito hacernos mal tercio? --Mucho lo temo. Ese hombre, como V. sabe, se halla relacionado con todas las gentes de mal vivir, sean del color que quieran, que vagan por el desierto, y an pasa por ser uno de sus jefes. Puede muy bien habrsele ocurrido la idea de apropiarse la conducta de plata. --Vive Dios! Yo lo impedir. Confe V. en m: le conozco muy bien, y hace demasiado tiempo, para que l quiera ponerse en abierta oposicin conmigo. Si se atreviese a intentarlo, yo sabra reducirle a la impotencia. --Est muy bien. Ahora, en cuanto haya V. obtenido los ltimos datos que necesitamos para obrar, no pierda V. un solo instante para volver a reunirse con nosotros, porque estaremos casi contando los minutos hasta su regreso. --Queda convenido. El punto de reunin sigue siendo la barranca del Gigante? --S --Una palabra todava. --Diga V. pronto. --Y el Zorro-Azul? --Diablo! Me le hace V. recordar, que ya le haba olvidado. --Debo aguardarle? --S por cierto. --Entrar en tratos con l? Ya sabe V. que se puede fiar muy poco en la palabra de los Apaches. --Es verdad! repuso el joven con ademn pensativo; sin embargo, nuestra posicin, en este momento, es en extremo difcil. Estamos abandonados a nuestras propias fuerzas, por decirlo as: nuestros amigos vacilan; todava no se atreven a decidirse en favor nuestro, mientras que nuestros enemigos, por el contrario, levantan la cabeza, cobran nimo y se disponen a atacarnos con vigor. Aunque a mi corazn le repugna semejante alianza, es evidente para m que si los Apaches consienten en ayudarnos de una manera franca y decidida, su auxilio nos ser muy til. --Tiene V. razn. En la situacin en que nos encontramos, desterrados de la sociedad, perseguidos como fieras, acaso fuera imprudente rechazar la alianza que nos proponen los pieles rojas. --En fin, amigo mo, doy a V. carta blanca; los acontecimientos le inspirarn la mejor manera de obrar. Confo por completo en la inteligencia y adhesin de V. --No se arrepentir V. de ello. --Ahora separmonos, y buena suerte! --Adis, hasta la vista. --Hasta maana. El Jaguar hizo una seal postrera de despedida a su amigo o a su cmplice, segn le plazca al lector denominarle, se coloc a la cabeza de la partida y arranc a galope. Este John no era sino John Davis el mercader de esclavos a quien sin duda recordar el lector haber visto aparecer en los primeros captulos de la presente historia. El cmo le encontramos en Tejas formando parte de una partida de _outlaws,_ y de perseguidor convertido a su vez en perseguido, sera cosa sobrado larga de explicar en este momento; pero nos reservamos dar acerca de esto al lector la correspondiente satisfaccin cuando sea ocasin oportuna. John y su compaero se dejaron coger prisioneros por los exploradores del capitn Melendez, sin cometer la falta de oponer la ms leve resistencia. Ya hemos referido en un captulo anterior la manera en que se haban conducido en el campo mejicano. No volveremos a ocuparnos de estos hechos y seguiremos al Jaguar. El joven pareca ser y era, en efecto, el jefe de los jinetes a cuyo frente cabalgaba. Estos individuos pertenecan todos a la raza anglo-sajona; es decir, todos ellos eran norteamericanos. Ahora bien: qu oficio ejercan? Uno muy sencillo. Por el momento eran insurgentes. Llegados la mayor parte de ellos a Tejas en la poca en que el gobierno mejicano haba autorizado la emigracin americana, se fijaron en el pas, lo colonizaron y lo desmontaron; en resumen, concluyeron por considerarle como una nueva patria. Cuando el gobierno de Mjico inaugur el sistema de vejaciones de que ya no haba de apartarse, aquellas buenas gentes abandonaron el azadn y el pico para empuar el rifle; montaron a caballo y se pusieron en abierta insurreccin contra un opresor que quera arruinarlos y desposeerlos. Varias partidas de insurgentes se formaron as de improviso en diferentes puntos del territorio de Tejas, luchando valerosamente contra los mejicanos en cuantas partes los encontraban. Desgraciadamente para ellos, aquellas partidas estaban aisladas; ningn vnculo las una con otras para formar un contingente compacto y temible; obedecan a jefes independientes unos de otros, que todos queran mandar sin consentir en doblegar su voluntad bajo otra superior y nica, medio exclusivo, sin embargo, para obtener resultados positivos y conquistar esa independencia que, en el nimo de las personas ms ilustradas del pas, era considerada an como una utopa por razn de tan malhadada desunin. Los jinetes a quienes hemos puesto en escena se haban colocado bajo las rdenes del Jaguar, quien, no obstante su juventud, tena una fama de valiente, prudente y hbil, harto slidamente establecida en toda la comarca para que su solo nombre no inspirase terror a los enemigos con quienes la casualidad le hiciese tropezar. Los acontecimientos sucesivos probarn que los colonos, al elegirle por jefe, no se haban equivocado respecto de l. El Jaguar era realmente el jefe que tales hombres necesitaban; era joven y hermoso, y se hallaba dotado de esa fascinacin que improvisa los reyes. Hablaba poco; pero cada frase suya dejaba un recuerdo. Haba comprendido lo que sus compaeros esperaban de l, y haba realizado prodigios, porque, como sucede siempre con las almas que han nacido para ejecutar cosas grandes, almas que se van elevando y permanecen constantemente al nivel de los sucesos, su posicin, al ensancharse, haba hecho ms vasta su inteligencia, por decirlo as; su golpe de vista se haba tornado infalible, su voluntad era de hierro; se identific tan bien con su nueva posicin, que ya no se dej dominar ni avasallar por ningn sentimiento humano; su rostro fue de mrmol para la alegra lo mismo que para el dolor; el entusiasmo de sus compaeros en ciertas ocasiones no alcanzaba a hacer pasar por sus facciones ni una llamarada ni una sonrisa. El Jaguar no era un ambicioso vulgar; le haca padecer el desacuerdo que reinaba entre los insurgentes; anhelaba obtener una fusin que haba llegado a ser indispensable, y trabajaba con todo su poder para llevarla a cabo; en una palabra, el joven tena fe! Crea, porque, a pesar de las innumerables faltas cometidas desde el principio de la insurreccin por los colonos de Tejas, haba conocido tanta vitalidad en aquella obra de libertad tan mal dirigida hasta entonces, que concluy por comprender que en toda cuestin humana hay algo ms poderoso que la fuerza, el valor y an el genio, y es la idea cuyo tiempo ha llegado, cuya hora ha sonado en el reloj de Dios. Entonces, olvidando toda preocupacin, esper y confi en un porvenir seguro. Para neutralizar todo lo posible el aislamiento en que dejaban a su partida, el Jaguar inaugur una tctica que hasta entonces haba triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada en el vaco, con los ojos intilmente fijos en todos los puntos del horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en realidad ni formalmente por fuerzas respetables: ste fue el plan que el Jaguar inaugur contra los mejicanos, a quienes enerv as en esa fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad ms temible para los que tienen de parte suya a la fuerza. Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tena bajo su mando eran ms temidos por el gobierno mejicano que todas las dems fuerzas reunidas de los insurgentes. As pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les preceda, y su sola aproximacin introduca el desorden entre las tropas enviadas contra ellos. El Jaguar aprovechaba hbilmente sus ventajas para intentar las expediciones ms aventuradas y los golpes de mano ms temerarios. El que en aquel momento meditaba era uno de los ms atrevidos que haba concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar la conducta de plata y coger prisionero al capitn Melendez, oficial a quien con razn consideraba como a uno de sus adversarios ms temibles, y con el cual, por esto mismo, arda en deseos de medir sus fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta accin audaz dara al instante mucho lauro a la insurreccin y le atraera numerosos partidarios. El Jaguar, despus de haber dejado detrs de s a John Davis, se adelant con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en el horizonte con un color oscuro, y en el cual se propona acampar aquella noche, pues no poda llegar a la barranca del Gigante hasta el siguiente da muy tarde. Adems, quera quedarse cerca de los dos hombres que haba destacado como exploradores, con el fin de hallarse ms pronto al corriente del resultado de sus operaciones. Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y desaparecieron inmediatamente bajo la enramada. Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequea colina que dominaba el paisaje, mand hacer alto y echar pie a tierra, y dio la orden de acampar. En el desierto se organiza muy pronto un campamento. A fuerza de hachazos se desembaraza un espacio suficiente, se encienden hogueras de trecho en trecho para alejar a las fieras, se manean los caballos, se colocan los centinelas para velar por la comn seguridad, luego cada cual se tiende delante de la lumbre, se envuelve en sus mantas y todo est dicho. Aquellas rudas naturalezas, acostumbradas a arrostrar la intemperie de las estaciones, duermen tan profundamente bajo la celeste bveda como los habitantes de las ciudades en el seno de sus suntuosas moradas. Cuando cada cual se hubo entregado al descanso, el joven hizo una ronda con el fin de cerciorarse de que todo estaba en orden, y luego volvi a sentarse junto al fuego y qued sumido en serias meditaciones. Trascurri la noche entera sin que hiciese el movimiento ms leve, y sin embargo no dorma; sus ojos estaban abiertos y fijos en los tizones de la hoguera que acababa de consumirse lentamente. Cules eran los pensamientos que arrugaban su frente y le hacan fruncir el entrecejo? Nadie hubiera podido decirlo. Quizs viajaba por la regin de las quimeras, quizs soaba despierto, halagndose con una de esas hermosas ilusiones de los veinte aos, que son tan embriagadoras y tan engaosas! De pronto se estremeci y se enderez como si le hubiese impulsado un resorte. En aquel momento apareca el sol en el horizonte y comenzaba a disipar lentamente las tinieblas. El joven inclin el cuerpo hacia adelante y escuch. Oyse a corta distancia el ruido seco que producen los muelles de un fusil al montarse, y un centinela oculto entre los matorrales, grit con voz breve y acentuada. --Quin vive? --Amigo! respondi otra voz desde ms lejos. El Jaguar se estremeci, y hablando consigo mismo, murmur: --Tranquilo aqu! Por qu razn me buscar? En seguida se lanz en la direccin en que supona que haba de encontrar al cazador de tigres. XXII. EL ZORRO-AZUL. Volveremos ahora al Zorro-Azul y a sus dos compaeros, a quienes en un captulo anterior abandonamos en el momento en que, oyendo silbar una bala junto a sus odos, se atrincheraron instintivamente detrs de unas rocas y unos troncos de rbol. Tan luego como hubieron adoptado esta precaucin indispensable contra sus invisibles agresores, los tres hombres examinaron sus armas con cuidado a fin de hallarse dispuestos al combate, y en seguida aguardaron con el dedo apoyada en el gatillo y dirigiendo a todas partes una mirada investigadora. As permanecieron durante un espacio de tiempo bastante largo, sin que nada llegase a turbar de nuevo el silencio de la pradera, sin que el ms leve indicio les hiciera sospechar que el ataque dirigido contra ellos hubiese de reproducirse. Posedos de la ms viva inquietud, sin saber a qu atribuir aquella agresin ni qu enemigos tendran que temer, los tres hombres ignoraban qu partido deberan adoptar, y cmo podran salir de una manera honrosa de la posicin apurada en que la casualidad les haba colocado de improviso de una manera tan singular, cuando el Zorro-Azul se resolvi por fin a ir de descubierta. Sin embargo, como el jefe tema, y con razn, caer en algn lazo hbilmente preparado para apoderarse de l y de sus compaeros sin disparar un tiro, antes de alejarse juzg prudente adoptar las precauciones ms minuciosas. Los indios tienen merecida nombrada por su astucia. Obligados, por razn de la vida que llevan desde su nacimiento, a servirse de continuo de las facultades fsicas con que les ha dotado la Providencia, su odo, su olfato, y sobre todo su vista se han perfeccionado de tal manera y han adquirido tan gran desarrollo, que pueden luchar ventajosamente con las fieras, de las cuales son, en verdad, unos plagiarios. Pero como tienen a su disposicin, en ventaja sobre los animales, la inteligencia que les permite combinar sus acciones y prever las consecuencias probables, han adquirido una ciencia felina, si nos es lcito emplear esta expresin, que les hace ejecutar cosas sorprendentes, y de las cuales solo pueden formarse una idea exacta aquellos que les han visto trabajar, tanto es lo que su habilidad excede de los lmites de lo posible. Cuando se trata de seguir un rastro sobre todo, es cuando esa astucia de los indios y ese conocimiento que poseen de las leyes de la naturaleza adquieren proporciones extraordinarias. Por mucho cuidado que haya tenido su enemigo, por grandes que sean las precauciones que haya adoptado para ocultar sus huellas y hacerlas invisibles, siempre concluyen por descubrirlas. Para ellos, el desierto no ha conservado secretos; para ellos, esa naturaleza virgen y majestuosa es un libro cuyas pginas todas conocen y en el cual leen de corrido sin que nunca se equivoquen ni siquiera vacilen. El Zorro-Azul, aunque era todava muy joven, haba adquirido ya merecida nombrada de astucia y de sagacidad; por eso en la ocasin presente, rodeado, segn toda probabilidad, de enemigos invisibles cuyos ojos fijos sin cesar en el sitio que le serva de escondite vigilaban atentamente todos sus movimientos, se prepar con mayor prudencia que nunca para frustrar sus maquinaciones y contrarrestar sus proyectos. Despus de haber convenido con sus dos compaeros una seal para el caso probable en que le fuese necesario su auxilio, se desembaraz de su manto de piel de bisonte, cuyos anchos pliegues hubieran podido entorpecer sus movimientos, se despoj de todos los adornos que cubran su cabeza, su cuello y su pecho, y no conserv ms que su _mitasse_, especie de calzn de dos pedazos que baja hasta los tobillos, est cosido de trecho en trecho con pelo, y se halla sujeto en las caderas por medio de una correa de piel de gamo sin curtir. Cuando estuvo as, casi desnudo, se revolc varias veces en la arena para hacer que su cuerpo tomase un color terroso; en seguida se colg del cinto su _tomahawk_ y su cuchillo de desollar, armas de que nunca se separa un indio; cogi su rifle con la mano derecha, y despus de haber hecho una sea postrera de despedida a sus compaeros que observaban atentamente estos diferentes preparativos, se tendi en el suelo y comenz a arrastrarse como una culebra por entre la crecida yerba. Aunque haca ya mucho tiempo que haba salido el sol y derramaba con profusin sobre la pradera torrentes de luz deslumbradora, la partida del Zorro-Azul se efectu con tanto cuidado, que ya estaba lejos en la llanura cuando sus compaeros le juzgaban todava muy cerca; ni un tomo de yerba se haba agitado con su paso, ni un guijarro haba rodado bajo sus pies. De vez en cuando el piel roja se detena, exploraba los alrededores con una mirada penetrante, y luego, cuando crea hallarse cerciorado de que todo estaba tranquilo, de que nada haba revelado su presencia, comenzaba de nuevo a arrastrarse sobre las rodillas y las manos en direccin a la espesura del bosque, a cuyas cercanas lleg muy pronto. As consigui situarse en un sitio enteramente desprovisto de rboles, en donde la yerba, levemente pisoteada en varios puntos, le hizo suponer que se aproximaba al paraje en que deban estar emboscados los que haban hecho fuego. El indio se detuvo con el objeto de estudiar cuidadosamente las huellas que acababa de descubrir. Aquellas huellas pareca que pertenecan a un solo individuo; eran pesadas, anchas, hechas sin precaucin alguna, y pareca que pertenecan a un hombre blanco que ignorase los usos de la pradera, ms bien que a un cazador o a un indio. Los matorrales estaban aplastados como si la persona que haba cruzado por ellos lo hubiese hecho a viva fuerza y corriendo, sin tomarse el trabajo de apartar las ramas; la tierra estaba pisoteada, y en algunos sitios empapada en sangre. l Zorro-Azul no alcanzaba a comprender aquel rastro singular, que en nada se pareca a los que estaba acostumbrado a seguir. Era aquello una ficcin empleada por sus enemigos para engaarle con mayor facilidad, dejndole ver un rastro tosco destinado a ocultar el verdadero? Era realmente, por el contrario, el rastro de un hombre blanco perdido en el desierto, cuyas costumbres ignoraba? El indio no saba en qu opinin fijarse, y su perplejidad era extremada. Para l era evidente que de aquel sitio haba salido el tiro con que fue saludado en el momento en que iba a comenzar su discurso; pero con qu inters el hombre, quin quiera que fuese, que haba escogida aquella emboscada, haba dejado huellas tan manifiestas de su paso? Desde luego deba suponer que su agresin no quedara impune, y que aquellos a quienes haba querido tomar por blanco se lanzaran inmediatamente en persecucin suya. En fin, despus de haber buscado durante mucho tiempo en su mente la solucin de aquel problema y haberse devanado en balde los sesos para obtener una conclusin probable, el piel roja, apuradas ya todas las suposiciones, se fij en la primera que se le haba ocurrido, a saber: que aquel rastro era ficticio y destinado tan sola a ocultar el verdadero y a desorientar a los que les siguiesen. El gran defecto de las gentes acostumbradas a proceder con ardides y estratagemas es el de suponer que todos los hombres son como ellos, y que no emplean ms que la astucia para combatirlos; por eso se engaan con frecuencia, y la franqueza de los medios empleados por sus adversarios les desorienta por completo, y con frecuencia les hace perder una partida que en cualquiera otra ocasin habran ganado. El Zorro-Azul observ muy luego que su suposicin era errnea, que haba atribuido a su enemigo mucha ms astucia y sagacidad de la que en realidad posea; y que donde crey ver un ardid en extremo complicado, con el objeto de engaarle, no exista en realidad sino lo que desde luego haba visto, es decir, nicamente el paso de un hombre. El indio, despus de haber estado mucho tiempo vacilando y tergiversando, se decidi por fin a continuar avanzando y a seguir lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardara en descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tena que habrselas con gentes sumamente ladinas, aument su prudencia y su precaucin, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino cuando crea estar seguro de que no tena que temer sorpresa alguna. Este manejo dur bastante tiempo. Haca cerca de dos horas que se haba separado de sus compaeros cuando de improviso se encontr en la errada de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba ms que un cortinaje de hojarasca. El indio se detuvo, se incorpor muy despacio, apart las ramas a derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada sin que le descubriesen, y mir. En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas, producidas unas veces por la cada de rboles que se mueren de viejos y son materialmente deshechos por la accin del tiempo; y otras por rboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus orillas se vean profundamente impresas las pisadas de las fieras, de las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados. Un magnfico roble, cuya esplndida copa daba sombra a toda la explanada, se alzaba prximamente en el centro de esta. Al pie de aquel gigantesco husped de los bosques haba dos hombres. El primero, vestido con un hbito de fraile, estaba tendido en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el segundo, arrodillado junto a l, pareca que le prodigaba los cuidados ms solcitos. Merced a la posicin que el piel roja ocupaba, le fue fcil distinguir las facciones de este ltimo personaje, que se hallaba en frente de l. Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante, que sin duda por lo mucho que habra estado a la intemperie, segn toda probabilidad, haba adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caa sobre el pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera tambin blanca, que se extenda en desorden por sus hombros; vesta el traje de los partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un sombrero de vicua, guarnecido con una redecilla de oro, cubra su cabeza; un zarap le serva de capote, y su pantaln de pana de color de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante que le suban hasta la rodilla. Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones sombras y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un fuego sombro y una expresin extraviada, revelaban que haba llegado a una vejez avanzada, ninguna seal de decrepitud se descubra en toda su persona; su estatura pareca que no haba perdido ni una sola pulgada de altura, tanto era lo derecho que an se mantena su cuerpo; sus miembros nudosos, provistos de msculos duros como cuerdas, pareca que se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen, tena toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista deba ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido cuarenta aos. En su cinto llevaba un par de pistolas de can largo y un machete de hoja recta y ancha metido, sin vaina, en una anilla de hierro colocada en su costado izquierdo. Dos rifles, uno de los cuales sin duda era suyo, estaban apoyados en el tronco del rbol, y un magnfico _mustang,_ maneado a pocos pasos de distancia, coma los retoos de los rboles. Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir, el indio lo vio de una sola ojeada; pero, al parecer, aquella escena, que estaba muy lejos de esperar, no le tranquiliz en manera alguna, porque su entrecejo se frunci y contuvo a duras penas una exclamacin de sorpresa y de disgusto al ver a aquellos dos individuos. Por un movimiento instintivo de prudencia amartill su rifle, y despus que hubo adoptado esta precaucin, comenz a observar de nuevo lo que hacan los dos personajes. Entretanto, el hombre vestido de fraile hizo un movimiento leve como para levantarse y entreabri los ojos; pero harto dbil todava, probablemente, para soportar el resplandor de los rayos del sol, a pesar de que solo se filtraban por entre las pobladas ramas, volvi a cerrarlos en seguida; sin embargo, el individuo que le estaba prodigando auxilios observ que haba vuelto en s, pues vio el movimiento de sus labios que se agitaban como si hubiese murmurado una oracin en voz baja. Juzgando entonces que, por el momento al menos, sus cuidados no le eran ya necesarios a aquel a quien socorra, el desconocido se levant, cogi su rifle, apoy las dos manos cruzadas sobre la boca del can, y aguard impasible, despus de haber dirigido a la explanada una mirada circular cuya expresin sombra y rencorosa hizo estremecer de espanto al jefe indio en el fondo de los matorrales en que se hallaba oculto. Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no se oy ms ruido que el murmullo continuo del agua del riachuelo y el no menos misterioso de los insectos de todas clases ocultos entre la yerba. Al fin, el hombre tendido sobre la yerba hizo otro movimiento ms pronunciado que el primero y abri los ojos. Despus de haber dirigido en torno suyo una mirada extraviada, su vista se fij con una especie de fijeza singular en el anciano alto que continuaba inmvil junto a l y le examinaba con cierta mezcla de compasin irnica y de melancola sombra. --Gracias, murmur al fin el fraile con voz dbil. --Gracias, por qu? respondi el desconocido con dureza. --Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido. --No soy hermano de V., fraile, exclam el desconocido con tono burln; yo soy un hereje, un _gringo_, como a VV. les gusta llamarnos; mreme V. bien, que no me ha examinado con cuidado: no tengo yo cuernos en la cabeza y pies de macho cabro? Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el fraile se qued cortado durante un momento. --Quin es V.? le pregunt por fin con cierto temor secreto. --Qu le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno presagiaba; el diablo quizs. El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santigu repetidas veces balbuceando: --Dios me libre de haber cado en manos del espritu del mal! --Vamos, loco! tranquilcese V., repuso el desconocido encogindose de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V., quizs un poco menos hipcrita, y he ah toda la diferencia. --Dice V. la verdad? Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto a serme til? --Quin puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una sonrisa enigmtica; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido motivo para quejarse de m. --No, oh! no creo tal cosa, si bien desde que me desmay, mis ideas se han embrollado por completo y de nada me acuerdo. --Poco me importa, eso no es cuenta ma y nada le pregunto a V.; bastante tengo yo con mis propios negocios sin cuidarme de los asuntos de los dems. Vamos a ver, se siente V. mejor? Est V. bastante aliviado para continuar su camino? --Cmo! Continuar mi camino? pregunt el fraile aterrado; Se propone V. abandonarme solo aqu, por ventura? --Por qu no? Demasiado tiempo he perdido ya al lado de V., y ahora debo pensar en mis negocios. --Ah! exclam el fraile, despus del inters, que tan bondadosamente me ha demostrado V., tendra valor suficiente para abandonarme as, casi moribundo, sin cuidarse de lo que pudiera sucederme despus de su marcha? --Por qu no? repito. No conozco a V.; ninguna necesidad tengo de auxiliarle. Al cruzar casualmente por esta explanada, le vi a V. tendido ah sin aliento y plido como un cadver; le prodigu esos cuidados que en el desierto a nadie se niegan: ahora ha vuelto V. en s, ya no le soy til para nada, y me marcho. Puede haber cosa ms sencilla ni ms lgica? Adis, y que el diablo, por quien me tomaba V. hace un momento, le conceda su proteccin. Despus de haber pronunciado estas palabras, con un tono de sarcasmo y de irona amarga, el desconocido se ech su rifle al hombro y anduvo algunos pasos en direccin a su caballo. --Detngase V.! En nombre del cielo! exclam el fraile levantndose con ms presteza de lo que hubiera podido esperarse de su estado de debilidad, pero impulsado poderosamente por el miedo. Qu va a ser de m, solo, en este desierto? --Me importa muy poco, repuso el desconocido desembarazando framente la punta de su zarap que el fraile haba agarrado. No dice por ventura la mxima del desierto: Cada cual para s? --Escuche V.! replic el fraile hablando muy de prisa, me llamo fray Antonio y soy rico: si me protege V., le recompensar generosamente. El desconocido se sonri con desdn y dijo: Qu tiene V. que temer? Es V. joven, robusto, y se halla bien armado: no se encuentra, pues, en estado de protegerse a s mismo? --No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta maana la casualidad me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoder de m una especie de locura furiosa, y se me ocurri la idea de vengarme; les apunt e hice fuego, y en seguida comenc a huir sin saber a donde me diriga, loco de clera y de espanto; cuando llegu aqu, ca anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padec en la pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirn, porque son unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto, me matarn sin compasin. No tengo ms esperanza que en V.; en nombre de aquello que ms quiera V. en este mundo le suplico que me salve! Slveme V. y mi gratitud no tendr lmites! El desconocido haba escuchado este largo y pattico discurso sin que se moviese un solo msculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo, porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el otro apoy en el suelo la culata de su rifle, y respondi con sequedad: --Todo lo que est V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro como mejor le parezca, sus ruegos son intiles: si V. supiera quin soy, se ahorrara el estarme calentando los odos tanto tiempo. El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin saber ya qu decirle ni qu medio emplear para ablandar su corazn. --Pero quin es V.? le pregunt, ms bien por decir algo que para obtener una respuesta. --Quin soy? dijo el desconocido con una sonrisa irnica; quiere V. saberlo? corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy pocas palabras, pero bastarn para helar de espanto la sangre en sus venas: soy el hombre a quien llaman el; _Desollador-Blanco!_ el _Sin piedad!_ El fraile retrocedi algunos pasos tambalendose y juntando ambas manos con esfuerzo. --Dios mo! exclam con terror, Estoy perdido! En aquel momento se oy a corta distancia el grito del mochuelo. El cazador se estremeci. --Nos escuchaban! exclam, y se precipit con rapidez hacia el lado en que acababa de orse la sea, mientras que el fraile, medio muerto de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y diriga al cielo una oracin fervorosa. XXIII. EL DESOLLADOR-BLANCO. Ahora tenemos que interrumpir durante algunos momentos nuestra narracin con el fin de dar al lector ciertos pormenores acerca del hombre singular que hemos puesto en escena en nuestro captulo precedente, pormenores muy incompletos, sin duda alguna, pero indispensables, sin embargo, para la inteligencia de los acontecimientos sucesivos. Si en vez de referir una historia verdica, inventsemos una novela, de seguro nos guardaramos muy bien de introducir en nuestro relato personajes como el que en este momento nos ocupa; desgraciadamente nos vemos obligados a seguir la lnea que ya de antemano se halla trazada ante nosotros, y a describir a nuestros personajes tales como son, tales como han existido y como todava existen en su mayor parte. Algunos aos antes de la poca en que comienza la primera parte de esta narracin, comenz a circular casi sbitamente un rumor que al pronto fue sordo, pero que muy luego adquiri cierta consistencia y grande notoriedad en los vastos desiertos de Tejas, helando de espanto a los indios bravos y a los aventureros de diferentes clases que recorren en todos sentidos aquellas soledades inmensas. Decase que un hombre que tena la apariencia de un blanco recorra haca algn tiempo el desierto en persecucin de los pieles rojas, a quienes pareca que haba declarado una guerra encarnizada; acerca de aquel hombre que, segn decan, caminaba siempre solo, se referan actos de una crueldad horrible y de una audacia inaudita. Dondequiera que encontraba a los indios, fuera el que quisiese su nmero, los atascaba; a los que caan en sus manos les desollaba el crneo, les arrancaba el corazn del pecho, y a fin de que se conociese que haban sucumbido bajo sus golpes, aquel hombre les haca sobre el estmago una gran incisin en forma de cruz. Algunas veces, atravesando el desierto en toda su extensin, aquel enemigo implacable de la raza roja se deslizaba dentro de las aldeas, las incendiaba durante la noche cuando cada cual se hallaba entregado al sueo, y entonces haca una matanza espantosa asesinando a cuantos encontraba: mujeres, nios, ancianos, nadie quedaba exceptuado. No era solo a los indios a quienes aquel sombro enderezador de entuertos persegua con odio implacable; los mestizos y los cuarterones, los contrabandistas, los piratas, en fin todos esos atrevidos merodeadores de las fronteras acostumbrados a vivir a costa de la sociedad, tenan que arreglar con l una estrecha cuenta, solo que a stos no les desollaba el crneo: se contentaba con atarlos slidamente a un rbol, en donde los condenaba a morirse de hambre y a ser presa de las fieras. Durante los primeros aos, los aventureros y los pieles rojas, impulsados por el sentimiento de un peligro comn, se coaligaron varias veces para concluir con aquel enemigo feroz, apoderarse de l e imponerle la pena del talin; pero aquel hombre pareca que estaba protegido por un encanto que le haca librarse de cuantos lazos se le tendan, y adivinar cuantas emboscadas se le preparaban. Era imposible alcanzarle: sus movimientos eran tan rpidos e imprevistos, que con frecuencia apareca a una distancia considerable del sitio en que se le aguardaba, y en cuyas cercanas se le haba visto poco antes. Al decir de los indios y de los aventureros, era invulnerable, y su pecho rechazaba las balas y las flechas; aquel hombre, merced a la continua fortuna que protega todas sus empresas, lleg a ser muy luego un objeto de universal terror en la pradera. Sus enemigos, convencidos de que cuanto intentasen contra l sera intil, renunciaron a una lucha que juzgaron se diriga contra un poder superior; circularon acerca de l las leyendas ms singulares; cada cual le temi como un ser malfico; los indios le denominaron _Kiin-Stomann_, es decir, el Desollador-Blanco, y los aventureros le designaron con el epteto de _Sin Piedad._ Como se ve, estos dos nombres haban sido aplicados con razn a aquel hombre para quien el asesinato y la carnicera pareca que eran el goce supremo; tanto era el placer que experimentaba al sentir a sus vctimas palpitar bajo su mano teida en sangre y al arrancarles el corazn del pecho. Por eso, su solo nombre pronunciado en voz baja helaba de espanto a los ms valientes. Pero quin era aquel hombre? De dnde proceda? Qu catstrofe espantosa le haba lanzado al horrible gnero de vida que llevaba? Nadie haba podido responder a estas preguntas. Aquel individuo era un enigma aterrador que nadie poda descifrar. Era por ventura una de esas organizaciones monstruosas que, bajo la exterioridad de un hombre, encierran un corazn de tigre? Era ms bien un alma ulcerada por alguna desgracia terrible y cuyas facultades todas se hallaban tendidas hacia un solo objeto, l de la venganza? Estas dos hiptesis eran tan posibles la una como la otra, y an acaso ambas eran ciertas. Sin embargo, como toda medalla tiene su reverso, y el hombre nunca es completo para el bien ni para el mal, aquel individuo tena algunas veces ciertas rfagas, no de compasin, sino quizs de cansancio, momentos en que la sangre le suba a la garganta, le ahogaba y le haca ser un poco menos cruel, un poco menos implacable, casi humano en una palabra; pero aquellos momentos eran breves, aquellos _accesos_, segn l mismo los llamaba, muy escasos: casi al momento prevaleca su naturaleza, y entonces se tornaba tanto ms terrible cuanto ms prximo se haba hallado a enternecerse. He aqu cuanto se saba acerca de aquel individuo en el momento en que le hemos puesto en escena de un modo tan singular; el auxilio que haba prestado al fraile era tan ajeno a todos sus hbitos que por fuerza deba hallarse entonces en uno de sus mejores accesos para haber consentido, no solo en prodigar cuidados tan solcitos a uno de sus semejantes, sino tambin en perder tanto tiempo escuchando sus ruegos y lamentaciones. Para concluir los datos que debemos dar acerca de tal personaje, aadiremos que nadie saba si tena una residencia habitual; que no se le conoca ninguna afeccin, ningn partidario; que siempre se le haba visto solo, y que en los diez aos, que haca estaba recorriendo el desierto en todas direcciones, su fisonoma no haba sufrido alteracin alguna: siempre haba tenido la misma apariencia de vejez y de fuerza; siempre la barba igualmente larga y blanca, y la cara llena de arrugas. Segn dijimos, el Desollador-Blanco se haba lanzado a los matorrales con el fin de descubrir quien hizo aquella seal que le dio la alarma; sus pesquisas fueron minuciosas, pero no obtuvieron ms resultado que el de hacerle descubrir que no se haba equivocado, y que, en efecto, un espa oculto en la espesura haba visto cuanto pasaba en la explanada y odo cuanto en ella se deca. El Zorro-Azul, despus de haber llamado a sus compaeros, se haba echado hacia atrs con prudencia y viveza, convencido de que, a pesar de todo su valor, si caa en manos del Desollador-Blanco, era hombre perdido. El Desollador se volvi muy pensativo junto al fraile, cuya oracin duraba todava y adquira tales dimensiones que amenazaba con llegar a ser interminable. El Desollador mir un momento al fraile, mientras que una sonrisa irnica vagaba por sus plidos labios; en seguida, aplicndole un vigoroso culatazo entre los dos hombros, le dijo rudamente: --Arriba! El fraile cay sobre las manos y permaneci inmvil: creyendo que el otro tena intencin de asesinarle, se resignaba con su suerte, y aguardaba el golpe de gracia que, en concepto suyo, no deba tardar en recibir. --Vamos, arriba, fraile del diablo! repuso el Desollador; no has mascullado bastante tus oraciones? Fray Antonio levant muy despacio la cabeza: comenzaba a vislumbrar alguna esperanza. --Perdone V., respondi, he concluido; ahora estoy a sus rdenes: qu desea V. de m? Y en seguida se puso de pie como impulsado por un resorte, tanto adivin por la expresin sombra de la mirada de su interlocutor que una derrota, por buena que fuese, no sera admitida. --Est bien, tuno: me parece que eres tan diestro para disparar un tiro como para decir una oracin; carga tu rifle, porque ha llegado el momento de batirte como un hombre, si no quieres ser muerto como un perro. El fraile dirigi una mirada de terror en torno suyo y dijo vacilando: --Seor! Con que me es preciso batirme? --S, a menos que no tengas empeo en conservar intacta tu piel, en cuyo caso puedes quedarte quieto. --Pero acaso haya algn otro medio... --Cul? --La fuga, por ejemplo, dijo el fraile con tono insinuante. --Prueba ese medio, dijo el otro con tono burln. El fraile, alentado por esta semi-concesin, continu diciendo con un poco ms de atrevimiento: --Tiene V. un caballo hermoso. --Verdad que s? --Magnfico! repuso fray Antonio extasindose. --S, y no te pesara que yo te dejase montar en l a fin de huir ms pronto, verdad? --Oh! No lo crea V., dijo el fraile con un gesto negativo. --Basta! repuso el Desollador interrumpindole con rudeza; piensa en ti que tus enemigos llegan. De un salto se puso en la silla, hizo dar una vuelta a su caballo y se embosc detrs del tronco enorme de un roble. Fray Antonio, estimulado por la aproximacin del peligro, cogi con viveza su rifle y se coloc tambin detrs del rbol. En el mismo instante se oy en los matorrales un crujido muy fuerte, se apartaron las ramas y aparecieron unos quince hombres: eran guerreros apaches, y en medio de ellos se hallaban el Zorro-Azul, John Davis y su compaero. El Zorro-Azul, aunque nunca se haba encontrado frente a frente con el Desollador-Blanco, haba odo hablar de l muchas veces, tanto a los indios como a los cazadores. Por eso cuando le oy pronunciar su nombre, una angustia inexplicable le oprimi el corazn recordando todas las crueldades de que sus hermanos haban sido vctimas por parte de aquel hombre, y se le ocurri el pensamiento de apoderarse de l. Se apresur a hacer la seal convenida con los cazadores, y lanzndose por entre los jarales con esa velocidad singular que caracteriza a los indios, fue al sitio que le aguardaban sus guerreros y les mand que le siguiesen; al volver atrs encontr a los dos cazadores, quienes haban odo su seal y acudan a auxiliarle. En breves palabras les enter el Zorro-Azul de lo que pasaba: para ser verdicos nos vemos obligados a confesar que esta confidencia, lejos de excitar el nimo de los guerreros y los cazadores, calm de una manera singular su ardor, revelndoles que iban a exponerse a un peligro terrible luchando con un hombre tanto ms de temer cuanto que ninguna arma poda herirle, y que los que hasta entonces se haban atrevido a atacarle, haban sido vctimas de su temeridad. Sin embargo, era demasiado tarde para retroceder, ya no haba posibilidad de fugarse, y los guerreros, aunque de mala gana, se decidieron a avanzar. En cuanto a los dos cazadores, si bien no compartan por completo la ciega credulidad y los temores supersticiosos de sus compaeros, aquella lucha estaba muy lejos de agradarles. Sin embargo, contenidos por la vergenza de abandonar a unos hombres a quienes se juzgaban muy superiores en inteligencia y an en valor, se decidieron a seguirlos. --Seor! exclam el fraile con voz lamentable cuando vio aparecer a los indios, no me abandone V.! --No, si no te abandonas a ti mismo, perilln, respondi el Desollador. Los apaches, cuando hubieron llegado al lindero del bosque, siguiendo su tctica habitual se guarecieron detrs de los troncos de los rboles, y tan bien lo hicieron que aquella explanada angosta en la que tantos hombres se disponan a empear un combate encarnizado pareca que se hallaba completamente desierto. Hubo un momento de silencio y de vacilacin. El Desollador se decidi a ser el primero en hacer uso de la palabra y grit: --Eh! Qu quieren VV. aqu? El Zorro-Azul iba a contestar, pero John Davis se lo impidi, dicindole: --Djeme V. a m. Separndose entonces del tronco del rbol que le guareca, se adelant resueltamente algunos pasos, y parndose hacia el centro de la explanada, dijo en voz alta y firme: --Dnde est V., l que habla? Teme V. darse a luz? --Yo no temo nada, respondi el Desollador. --Entonces djese V. ver para que le conozcan, repuso John en tono de zumba. El Desollador, tan luego como se vio interpelado de este modo, hizo saltar a su caballo y fue a parar a dos pasos del cazador, diciendo, --Heme aqu: qu me quiere V.? Davis haba dejado llegar el caballo sin hacer ningn movimiento para huir de l, y dijo. --Eh! Tena ganas de ver a V. --Es eso todo lo que tena V. que decirme? repuso el otro con tono brusco. --Vamos! Mucha prisa tiene V., que diablo! Djenos siquiera tiempo suficiente para tomar resuello. --Basta de chanzas que podran costarle a V. caras; dgame en seguida cules son sus proposiciones, pues no tengo tiempo que perder en vanas palabras. --Eh! Cmo diablos sabe V. si tengo que hacerle proposiciones? --A no ser por eso, estara V. aqu? --Y esas proposiciones, sin duda las conocer V.? --Es muy posible. --Entonces qu respuesta me da V.? --Ninguna. --Cmo, ninguna? --Prefiero pelear con VV. --Oh! Oh! Rudo trabajo es el que se prepara V. ah! Sabe V. que somos dieciocho? --Me importa muy poco el nmero. Aunque fuesen VV. ciento me batira lo mismo. --Vive Dios! Por lo singular del hecho me gustara ver ese combate de un hombre solo contra veinte. --No ser muy largo. Y al decir el Desollador estas palabras, hizo que su caballo retrocediese algunos pasos. --Aguarde V. un momento, qu diablo! dijo el cazador con viveza, djeme V. decirle una palabra. --Dgala V. --Quiere V. rendirse? --Cmo? Qu es eso? --Le pregunto a V si quiere rendirse. --Vamos! Est V. loco! repuso el Desollador con acento burln. Rendirme, yo! V. ser quien pedir cuartel muy pronto. --No lo creo, vive Cristo! An cuando hubiese V. de matarme. --Vamos, vulvase V. pronto a su escondite, dijo el Desollador encogindose de hombros; no quiero matarle a V. sin defensa. --Pues Seor, tanto peor para V., dijo el cazador; le he advertido lealmente, y ahora me lavo las manos, salga V. de su apuro como pueda. --Gracias, repuso enrgicamente el Desollador, pero an no me encuentro en el extremo de apuro que V. supone. John Davis se content con encogerse de hombros sin dar ms respuesta, y se volvi a guarecer detrs del rbol, caminando con lento paso y silbando el _Yankee Doodle._ El Desollador no le haba imitado: aunque saba por dems que numerosos enemigos le rodeaban y vigilaban sus movimientos, permaneci inmvil y firme en medio de la explanada. --Hola! grit con voz burlona, valerosos Apaches que os ocultis como conejos en las madrigueras, ser preciso que vaya yo a buscaros para decidiros a daros a luz? Vamos, venid, si no queris que crea que sois unas viejas charlatanas y cobardes. Estas palabras insultantes llevaron a su colmo la exasperacin de los guerreros Apaches, quienes respondieron con un prolongado grito de furor. --Dejarn mis hermanos por ms tiempo que un solo hombre se est burlando de nosotros? exclam el Zorro-Azul. Nuestra cobarda constituye su fuerza. Precipitmonos con la rapidez del huracn sobre ese genio del mal: no podr resistir al choque de tantos guerreros afamados. Adelante, hermanos! Adelante! Sea nuestro el honor de haber vencido al enemigo implacable de nuestra raza. Y el valiente jefe, lanzando su grito de guerra que fue repetido por sus compaeros, se precipit hacia el Desollador blandiendo resueltamente su rifle por encima de su cabeza; todos los guerreros le siguieron. El Desollador les aguard sin cejar, pero tan luego como los vio a su alcance, recogiendo las riendas y oprimiendo las rodillas hizo saltar al noble animal en medio de los indios, y cogiendo su rifle por el can y sirvindose de l como de una maza, comenz a pegar a derecha e izquierda con un vigor y una rapidez que tenan algo de sobrenatural. Entonces comenz una pelea espantosa; los indios se encarnizaban contra aquel hombre que, como jinete hbil, haca dar a su caballo las vueltas y los giros ms imprevistos, y por la rapidez de sus movimientos impeda que agarrasen la brida y le parasen. Los dos cazadores aguardaron al pronto con el arma descansada, convencidos de que era imposible que un solo hombre pudiese, no ya luchar, sino tan siquiera resistir dos minutos a unos enemigos tan numerosos y tan valientes; pero muy luego conocieron con suma sorpresa que se haban equivocado: ya varios indios yacan tendidos en el suelo con el crneo partido por la terrible maza del Desollador, que no desperdiciaba un solo golpe. Los cazadores comenzaron entonces a variar de opinin acerca del resultado de la lucha y quisieron acudir al auxilio de sus compaeros; pero sus rifles les eran intiles en el continuo movimiento del combate cuyo terreno variaba a cada instante, sus balas hubieran podido equivocarse fcilmente y herir a un amigo en vez del enemigo a quien queran derribar; entonces tiraron sus rifles, desenvainaron sus cuchillos y se lanzaron al auxilio de los Apaches, que comenzaban a flaquear. El Zorro-Azul, peligrosamente herido, estaba tendido en el suelo sin sentido; los guerreros que an se hallaban sanos comenzaban a pensar en la retirada y a dirigir miradas ansiosas detrs de s. El Desollador segua batindose con la misma furia, burlndose de sus enemigos e insultndolos; su brazo se levantaba y se bajaba sin cesar. --Ah! Ah! exclam al ver a los dos cazadores, quieren VV. su parte? Vengan, vengan ac! stos no se lo hicieron repetir y se precipitaron ciegos sobre l; pero en mala hora lo hicieron: John Davis recibi un golpe con el pecho del caballo que le hizo ir rodando por el suelo a ms de veinte pasos de distancia, donde qued tendido; en el mismo instante su compaero caa con el crneo roto y expiraba sin proferir ni una queja. Esta ltima peripecia dio el golpe de gracia a los indios, que, no pudiendo resistir ya el espanto que les inspiraba aquel hombre extraordinario, comenzaron a huir en todas direcciones lanzando aullidos de terror. El Desollador dirigi a la ensangrentada plazoleta, en la que haba unos diez cuerpos tendidos, una mirada de triunfo y de odio satisfecho, y lanzando su caballo hacia adelante alcanz a uno de los fugitivos, le levant agarrndole por la cabellera, se le puso atravesado sobre el arzn de su silla, y desapareci en el bosque profiriendo un grito horrible. Ya no quedaban en la plazoleta del bosque ms que diez o doce cuerpos tendidos en el suelo, de ellos solo dos o tres vivan an, y los dems no eran sino cadveres. Tambin esta vez el Desollador-Blanco se haba abierto paso de una manera sangrienta. En cuanto a fray Antonio, tan luego como vio empeado el combate juzg intil aguardar su resultado; aprovech juiciosamente la ocasin, y deslizndose con suavidad de rbol en rbol, llev a cabo una retirada muy bien entendida y huy. XXIV. DESPUS DEL COMBATE. Durante cerca de media hora, un silencio mortal rein en la explanada que, a consecuencia del combate que hemos descrito en el captulo anterior, ofreca el aspecto ms triste y lgubre que puede imaginarse. Sin embargo, John Davis, que en realidad no haba recibido herida alguna, puesto que su cada fue ocasionada tan solo por el choque del poderoso caballo del Desollador, abri los ojos y dirigi en torno suyo una mirada sorprendida; la cada haba sido bastante violenta para causarle graves contusiones y sepultarle en un desmayo profundo; por eso el americano, al volver en s, muy aturdido todava, no record en el primer momento nada de lo que haba pasado, y se puso a reflexionar muy seriamente cmo, era que se hallaba en aquella postura singular. Sin embargo, poco a poco se fueron aclarando sus ideas y se acord de aquella lucha extraordinaria y desproporcionada de un hombre solo contra veinte, lucha de la cual sali victorioso el Desollador despus de haber muerto o puesto en fuga a sus agresores. --Eh! murmur, quien quiera que sea ese individuo, hombre o demonio, vive Dios que es un mozo muy templado! Se levant con alguna dificultad, tentndose con cuidado sus miembros doloridos; luego, cuando se hubo cerciorado de que no tena lesin alguna, repuso con evidente satisfaccin: --A Dios gracias, he salido mejor de lo que me hubiera atrevido a suponer despus de la manera en que fui derribado. En seguida, dirigiendo una mirada de compasin a su compaero tendido cerca de l, aadi: --Ese pobre Sam no ha sido tan feliz como yo! Han concluido sus correras. Qu rudo golpe ha recibido! Bah! exclam con esa filosofa egosta del desierto, todos somos mortales y a cada cual le toca su vez. Hoy l, maana yo; as va el mundo. Entonces, apoyado en su rifle, porque todava le costaba algn trabajo moverse, anduvo algunos pasos por la explanada, tanto para desentumecer sus miembros, como para cerciorarse, por medio de una experiencia postrera, de que se hallaba en buen estado. Al cabo de algunos momentos de un ejercicio que restableci la circulacin de la sangre y la elasticidad de las articulaciones, completamente tranquilizado ya respecto de s mismo, se le ocurri la idea de ver si entre los cuerpos tendidos en el suelo en torno suyo, habra algunos que respirasen an. --No son ms que indios, murmur, pero en ltimo resultado son hombres; aunque se hallen casi privados de razn, la humanidad me impone el deber de socorrerlos, sobre todo ahora que mi situacin no es nada agradable, y si logro salvar a algunos de ellos, su conocimiento del desierto podr serme de suma utilidad. Esta ltima consideracin le decidi a auxiliar a unos hombres a quienes, a no ser por eso, segn toda probabilidad, habra dejado abandonados por completo a su suerte, es decir, entregados a los dientes de las fieras que, en cuanto llegase la noche, atradas por el olor de la sangre, no habran dejado de acudir a devorarlos. Ahora es deber nuestro hacer al egosta ciudadano de los Estados Unidos la justicia de decir que, tan luego como hubo adoptado aquella determinacin, cumpli con sagacidad y conciencia el deber que se haba impuesto, empresa fcil para l, en ltimo resultado, porque los numerosos oficios que haba ejercido durante el curso de su azarosa existencia, le haban hecho adquirir una experiencia y unos conocimientos mdicos, que le ponan en el caso de prodigar a los heridos los cuidados que su estado reclamaba. Desgraciadamente la mayor parte de los individuos a quienes examin haban recibido heridas tan graves, que haca mucho tiempo ya que se hallaban sin vida, y todo socorro era intil. --Diablo! Diablo! murmuraba el americano cada vez que se encontraba con un cadver, estos pobres salvajes han sido muertos de mano maestra! Al menos no han padecido mucho tiempo, porque con estas heridas espantosas han debido entregar su alma al Creador casi instantneamente. As lleg hasta el sitio en que yaca el cuerpo del Zorro-Azul; una ancha herida se abra en su pecho. --Ah! He aqu al digno jefe, repuso; vaya una herida! Veamos si tambin l est muerto. Se inclin sobre el cuerpo inmvil y puso la bruida hoja de su cuchillo delante de la boca del indio. --No rebulle, continu diciendo con tono de desaliento, y creo que me costar trabajo sacarlo del estado en que se encuentra. Sin embargo, al cabo de algunos instantes, mir a la hoja de su cuchillo y vio que estaba levemente empaada. --Vamos, an no est muerto, y mientras el alma se halla agarrada al cuerpo, todava hay esperanza. Probemos. Despus de decir estas palabras, John Davis llen de agua su sombrero, le ech algunas gotas de aguardiente y comenz a lavar cuidadosamente la herida; cuando hubo hecho esto, la sonde y vio que era poco profunda; segn toda probabilidad, la prdida de sangre era la que haba producido el desmayo. Tranquilizado por esta reflexin muy acertada, machac entre dos piedras algunas hojas de organo, hizo una especie de cataplasma, la aplic a la herida y la vend slidamente por medio de una tira de corteza de rbol; en seguida, entreabriendo con la hoja de su cuchillo los dientes del indio, introdujo en su boca el cuello de su calabaza y le hizo beber un gran trago de aguardiente. El buen xito coron casi al instante los esfuerzos del americano, porque el jefe lanz un suspiro profundo y abri los ojos casi inmediatamente. --Bravo! exclam John gozoso por el resultado inesperado que haba obtenido. nimo, jefe, que est V. salvado. Vive Dios! Bien puede V. alabarse de haberse librado en una tabla! Durante algunos minutos el indio permaneci como atontado, dirigiendo en torno suyo miradas de asombro, sin conocer la situacin en que se encontraba ni los objetos que le rodeaban. John le examinaba con sumo cuidado, dispuesto a auxiliarle si llegaba a necesitarlo de nuevo, pero no fue preciso. Poco a poco pareci que el piel roja se reanimaba; sus ojos perdieron la expresin de extravo que tenan. Se incorpor, y pasndose la mano por la frente baada en fro sudor, dijo: --Ha concluido ya el combate? --S, respondi John, porque nuestra derrota es completa. Bonita idea fue la que se nos ocurri de apoderarnos de ese demonio! --Segn eso, se ha escapado? --S por cierto, y sin ninguna herida, despus de dar muerte a diez guerreros de los de V., por lo menos, y partir el crneo hasta los hombros a mi pobre compaero Sam. --Oh! murmur sordamente el indio, eso no es un hombre, es el espritu del mal! --Que sea lo que quiera, voto al diablo! exclam John enrgicamente, yo no he de quedarme con la duda, porque espero que algn da he de volver a encontrarme con ese demonio. --Que el Wacondah libre a mi hermano de ese encuentro, porque el demonio le matara! --Puede ser; por cierto que si no lo ha hecho hoy, no ha sido por culpa suya; pero que se ande con cuidado! Quizs algn da nos encontraremos frente a frente, con armas iguales, y entonces... --Qu le importan a l las armas? No ha visto V. que nada pueden hacerle y que su cuerpo es invulnerable? --Eh! Es muy posible. Pero por ahora dejemos eso para cuidarnos de asuntos que nos ataen ms de cerca. Cmo se encuentra V.? --Mejor, mucho mejor, el remedio que me ha aplicado V. me ha hecho mucho bien. Siento un bienestar indecible. --Tanto mejor; ahora procure V. descansar dos o tres horas mientras yo velo su sueo, y luego discurriremos los medios para salir del mal paso en que nos hemos metido. El piel roja se sonri al or estas palabras y dijo: --El Zorro-Azul no es una vieja cobarde a quien un dolor de muelas o de odos le incapacita de moverse. --Ya s que es V. un guerrero valiente, jefe; pero la naturaleza tiene sus lmites de los cuales no puede pasar; y por grandes que sean el valor y la voluntad de V., la hemorragia abundante que le ha ocasionado su herida debe haberle reducido a una debilidad extremada. --Doy gracias a mi hermano, esas palabras son las de un amigo; pero el Zorro-Azul es un sachem en su nacin, y solo la muerte debe dejarle inmvil. Juzgue mi hermano la debilidad del jefe. El indio, al pronunciar estas palabras, hizo un esfuerzo supremo; resistindose al dolor, con esa energa y ese desprecio al sufrimiento que caracterizan a la raza roja, consigui levantarse, y no solo se mantuvo firme sobre sus pies, sino que anduvo algunos pasos sin auxilio ajeno y sin que en su rostro se revelase la ms leve emocin. El americano le miraba con profunda admiracin; l, que con justa razn disfrutaba cierta nombrada de valiente, no poda imaginar que fuese posible llevar tan lejos el triunfo de la fuerza moral sobre la fuerza fsica. El indio se sonri con orgullo al leer en los ojos del americano la sorpresa que le causaba su accin. --Sigue creyendo mi hermano que el Zorro-Azul est tan dbil? le pregunt. --En verdad, jefe, que ya no s qu pensar! Lo que le veo a V. hacer, me confunde; me hallo dispuesto a suponerle capaz de ejecutar las cosas ms imposibles. --Los jefes de mi nacin son guerreros afamados que se ren del dolor, y para quienes no existe el sufrimiento, dijo el piel roja con orgullo. --Me hallo inclinado a creerlo as, segn el modo de proceder de V. --Mi hermano es un hombre, me ha comprendido. Examinaremos juntos a los guerreros tendidos en el suelo, y despus pensaremos en nosotros. --En cuanto a sus pobres compaeros, jefe, me veo obligado a confesarle que ya no tenemos que cuidarnos de ellos, pues todo auxilio les sera intil: estn muertos. --Bueno! Han sucumbido noblemente peleando. El Wacondah les recibir en su seno y les har cazar con l en las praderas bienaventuradas. --Amn! --Ahora, ante todo, terminemos el asunto de que habamos comenzado a hablar esta maana y que fue interrumpido tan fortuitamente. John Davis, no obstante su hbito de la vida del desierto, estaba confundido al ver la sangre fra de aquel hombre que, habindose librado milagrosamente de la muerte, sufriendo el dolor producido por una herida espantosa, y haciendo apenas algunos minutos que haba recobrado el uso de sus facultades intelectuales, pareca que ya no pensaba en lo que haba ocurrido, no consideraba los sucesos de que estuvo prximo a ser vctima sino como accidentes muy naturales de la existencia que llevaba, y con la ms entera libertad de nimo prosegua una conversacin interrumpida por un combate terrible, tomndola precisamente en el punto en que la haba dejado. Era porque el americano, no obstante lo mucho que hasta entonces haba frecuentado el trato de los pieles rojas, nunca se haba tomado el trabajo de estudiar seriamente su carcter, pues se hallaba persuadido, como la mayor parte de los blancos, de que los indios son seres casi desprovistos de inteligencia, y de que la vida que llevan les rebaja casi hasta el nivel de los animales, mientras que, por el contrario, esa vida de libertad y de riesgos incesantes hace que el peligro les sea tan familiar que han llegado a despreciarle y a no concederle sino una importancia muy secundaria. --Corriente, dijo al cabo de un instante, puesto que V. lo desea, jefe, le trasmitir el mensaje que me han confiado. --Sintese mi hermano a mi lado. El americano se sent en el suelo junto al jefe, no sin cierta preocupacin por motivo del aislamiento en que se encontraba en aquel campo de batalla sembrado de cadveres; pero el indio pareca tan sereno y tan tranquilo que a John Davis le dio vergenza mostrar su inquietud; y fingiendo una indiferencia que se hallaba muy lejos de su corazn, tom la palabra en estos trminos: --Soy enviado cerca de mi hermano por un gran guerrero de los rostros plidos. --Le conozco: se llama el Jaguar. Su brazo es fuerte y su ojo brilla como el del animal cuyo nombre lleva. --Bien. El Jaguar desea enterrar el hacha entre sus guerreros y los de mi hermano a fin de que la paz los rena y que, en vez de pelear, unos contra otros, persigan a los bisontes en los mismos territorios de caza y se venguen de sus enemigos comunes. Qu respuesta llevar al Jaguar? El indio permaneci silencioso durante mucho tiempo; al fin levant la cabeza y dijo: --Abra mi hermano los odos: un sachem va a hablar. --Ya escucho, respondi el americano. El jefe repuso: --Las palabras que sopla mi pecho son sinceras, el Wacondah me las inspira; los rostros plidos, desde que fueron trados por el genio del mal en sus grandes _barcas-medicinas_ a las tierras de mis padres, siempre han sido enemigos encarnizados de los hombres rojos, invadiendo sus territorios de caza ms ricos y frtiles, persiguindolos como fieras en cuantas partes los encontraban, incendiando sus _callis_ (aldeas) y dispersando los huesos de sus antepasados a los cuatro vientos del cielo. No ha sido esa la conducta observada constantemente por los rostros plidos? Responda mi hermano. --Eh! dijo el americano con cierto embarazo, no puedo negar, jefe, que hay algo de verdad en lo que V. dice; sin embargo, no todos los hombres de mi color se han portado mal con los pieles rojas; muchos han procurado hacerles bien. --Ooah! Dos o tres todo lo ms; pero eso no hace sino probar lo que yo digo. Vengamos ahora a la cuestin que nos proponemos discutir. --S, creo que ser lo mejor, respondi el americano muy contento interiormente, por no tener que sostener una discusin en la que saba que no haba de llevar la mejor parte. --Mi nacin aborrece a los rostros plidos, repuso el jefe; el cndor no hace su nido con el _mawkawis_, y el oso gris no acompaa al antlope; yo mismo profeso a los rostros plidos un odio instintivo. As pues, esta maana hubiera yo rechazado perentoriamente las proposiciones del Jaguar: qu nos importan a nosotros las guerras que los rostros plidos sostienen entre s? Cuando los coyotes se devoran unos a otros, los gamos se regocijan; es para nosotros una alegra el ver a nuestros opresores destrozarse recprocamente. En los momentos presentes, aunque mi odio contina igualmente vivo, debo encerrarlo en el fondo de mi corazn. Mi hermano me ha salvado la vida, me ha socorrido cuando yo me hallaba tendido en el suelo exnime y el genio del mal se cerna sobre mi cabeza; la ingratitud es un vicio blanco, el agradecimiento es una virtud roja. Desde hoy mismo queda enterrada el hacha entre el Jaguar y el Zorro-Azul por el espacio de cinco lunas consecutivas. Durante esas cinco lunas, los enemigos del Jaguar lo sern tambin del Zorro-Azul; los dos jefes pelearn uno junto al otro como dos hermanos queridos; dentro de tres soles, el sachem se reunir con el jefe plido a la cabeza de quinientos guerreros afamados, cuyos talones estn adornados con numerosas colas de coyotes, y que forman la parte ms escogida de la nacin. Qu har el Jaguar por el Zorro-Azul y por sus guerreros? --El Jaguar es un jefe generoso; si bien es terrible para con sus enemigos, su mano est siempre abierta para sus amigos; cada guerrero apache recibir un rifle, cien cargas de plvora y un cuchillo de desollar crneos. El sachem, adems de estos regalos, recibir dos pieles de vicua llenas de agua de fuego. --Ooah! exclam el jefe con marcada satisfaccin, mi hermano ha hablado bien, el Jaguar es un jefe generoso. He aqu mi _ttem_ en seal de alianza, as como mi pluma de mando. Al decir esto, el jefe sac de su morral o saco de medicina, que llevaba colgado de los hombros, un pedazo cuadrado de pergamino, en el cual se vea toscamente trazado el _ttem_ o animal emblema de la tribu, se lo entreg al americano, que lo guard en seguida, y luego, quitndose la pluma de guila hincada en su moo de guerra, se la dio tambin. --Doy gracias a mi hermano el sachem, dijo entonces John Davis, porque ha accedido a mi proposicin, y no se arrepentir de haberlo hecho. --Un jefe ha dado su palabra. Pero ya prolonga el sol las sombras de los rboles; el mawkawis har resonar muy pronto su canto de la noche; ha llegado la hora de tributar los ltimos honores a los guerreros que han muerto, y de separarnos para ir a incorporarnos con nuestros amigos respectivos. --A pie, segn estamos, me parece que eso ser bastante difcil, observ John. El indio se sonri y dijo: --Los guerreros del Zorro-Azul velan por l. En efecto, apenas hubo hecho el jefe por dos veces una sea particular, cuando unos cincuenta guerreros apaches invadieron la explanada y fueron a formarse silenciosos en torno suyo. Los fugitivos que consiguieron librarse del temible brazo del Desollador-Blanco tardaron muy poco en reunirse; regresaron al campamento y dieron a sus compaeros la noticia de la derrota sufrida; entonces se envi un destacamento de jinetes, mandado por un jefe subalterno, a buscar al sachem; pero estos jinetes, viendo al Zorro-Azul en conferencia con un rostro plido, permanecieron en la espesura aguardando con paciencia a que quisiese llamarlos. El sachem mand enterrar los muertos. Entonces comenz la ceremonia de los funerales, ceremonia que las circunstancias exigan se apresurase algn tanto. Los cadveres fueron lavados cuidadosamente y envueltos en mantos nuevos de piel de bisonte; en seguida se los coloc sentados en unas zanjas abiertas para cada uno de ellos, con sus armas, los frenos de sus caballos y vveres, a fin de que de nada careciesen durante su viaje hasta las praderas bienaventuradas, y que cuando llegasen junto al Wacondah, pudiesen inmediatamente montar a caballo y cazar. Cuando se hubieron verificado estas diferentes ceremonias, se llenaron las zanjas y encima se colocaron piedras voluminosas para que las fieras no pudiesen desenterrar los cadveres y devorarlos. El sol se hallaba prximo a desaparecer en el horizonte cuando los Apaches concluyeron por fin de tributar los ltimos honores a sus hermanos. El Zorro-Azul se acerc entonces al cazador, que hasta aquel momento haba permanecido como espectador, si no indiferente, al menos impasible, de la ceremonia, y le dijo: --Va a volver mi hermano junto a los guerreros de su nacin? --S, respondi lacnicamente el americano. --El rostro plido ha perdido su caballo: que monte en el _mustang_ que le ofrece el Zorro-Azul, y antes de dos horas se hallar de regreso entre los suyos. John Davis acept con gratitud el regalo que tan generosamente le ofrecan, mont en seguida a caballo, y despus de despedirse de los indios, se separ de ellos y se alej con rapidez. Los Apaches, por su parte, a una seal del jefe se internaron en el bosque, y la explanada en que haban acontecido tan terribles sucesos volvi a quedar sumida en la soledad y en el silencio. XXV. UNA EXPLICACIN. El Jaguar, como todos los hombres cuya existencia trascurre en su mayor parte en el desierto, se hallaba dotado de una prudencia excesiva unida a una circunspeccin extremada. Aunque era muy joven todava, su vida se haba hallado mezclada con tan singulares peripecias, haba sido actor en escenas tan extraordinarias que desde muy temprano se haba acostumbrado a encerrar sus emociones en su corazn y a conservar en su semblante, viera o experimentara lo que quisiera, esa impasibilidad marmrea que caracteriza a los indios, y que estos han convertido en una arma temible contra sus enemigos. Al or resonar de improviso en su odo la voz de Tranquilo, el joven sinti que un estremecimiento interior agitaba todo su cuerpo, frunci el entrecejo, y se pregunt a s mismo mentalmente cmo sera que el cazador le iba a perseguir as hasta en su campamento, y qu razn bastante poderosa le impulsara a obrar en tal manera, tanto ms cuanto que sus relaciones con el canadiense, sujetas a frecuentes intermitencias, se hallaban en aquel momento en trminos, si no del todo hostiles, al menos muy lejos de ser amistosos. Sin embargo, el Jaguar, en cuyo corazn el sentimiento del honor hablaba siempre muy alto, y a quien el paso dado para con l por un hombre del valor de Tranquilo halagaba mucho ms de lo que aparentaba, ocult la preocupacin que le agitaba, y se adelant presuroso y con la sonrisa en los labios al encuentro del cazador. ste no iba solo: le acompaaba Corazn Leal. El aspecto del canadiense, sin ser altanero, era reservado; sus modales eran fros y su semblante estaba velado por una nube de tristeza. --Sea V. muy bienvenido en mi campamento, cazador, le dijo amistosamente el Jaguar tendindole la mano. --Gracias, respondi lacnicamente el canadiense sin tocar la mano que le presentaban. --Me alegro mucho de ver a V., repuso el joven sin formalizarse. Qu casualidad le ha trado hacia esta parte? --Mi compaero y yo estamos de caza hace mucho tiempo; nos abruma el cansancio; el humo del campamento de V. nos ha atrado aqu. El Jaguar fingi creer que aceptaba aquella derrota torpemente imaginada por un hombre que se lisonjeaba con razn de ser uno de los cazadores ms robustos del desierto. --Venga V., pues, a ocupar un puesto junto al fuego de mi tienda, y srvase considerar como suyo cuanto hay aqu, obrando en consecuencia. El canadiense se inclin sin responder, y con Corazn Leal sigui al Jaguar, que les preceda y guiaba por las revueltas del campamento. Cuando hubieron llegado junto a la hoguera, el joven ech en ella algunos brazados de lea seca, los cazadores se sentaron sobre unos crneos de bisonte colocados all a manera de escaos, y luego, sin romper el silencio, llenaron sus pipas y se pusieron a fumar. El Jaguar les imit. Los blancos que recorren las praderas y cuya vida trascurre cazando por aquellas vastas soledades, han contrado, casi sin apercibirse de ello, la mayor parte de los hbitos y costumbres de los pieles rojas, con quienes de continuo les ponen en contacto las exigencias de su posicin. Hay una cosa digna denotarse, y es la tendencia que tienen los hombres civilizados a volver a la vida salvaje, la facilidad con que los cazadores, nacidos en su mayor parte en grandes centros de poblacin, olvidan sus cmodos hbitos, abandonan las costumbres de las ciudades y renuncian a los usos con arreglo a los cuales se han manejado durante la primera parte de su vida, para adoptar los usos y an las costumbres de los pieles rojas. Muchos de los cazadores llevan tan lejos esta especie de mana que la mayor lisonja que se les puede hacer es fingir que se les toma por guerreros indios. Debemos confesar que, en contraposicin de esto, los pieles rojas no desean en manera alguna nuestra civilizacin, de la cual se cuidan muy poco, y que aquellos a quienes, la casualidad o algn motivo comercial conducen a las ciudades populosas como Nueva York o Nueva Orleans, lejos de mostrarse maravillados por lo que ven, dirigen en torno suyo miradas de compasin, sin comprender que haya hombres que consientan gustosos en encerrarse en una especie de jaulas ahumadas que denominan casas, y en gastar su vida en trabajos ingratos, en vez de irse a vivir al aire libre en soledades extensas, cazando los bisontes, los osos y los jaguares bajo la mirada de Dios. Se equivocan por completo los salvajes al pensar as? Es falso su raciocinio? No lo creemos. La vida del desierto, para el hombre cuyo corazn est todava bastante abierto para comprender sus conmovedoras peripecias, tiene encantos embriagadores que solo all se sienten, y que la existencia matemticamente sujeta de las ciudades no puede hacer olvidar en manera alguna si se llega a disfrutarlos una sola vez. Con arreglo a los principios de la etiqueta india, muy estricta en materias de urbanidad, ninguna pregunta debe dirigirse a los forasteros que se sientan en el hogar del campamento mientras no entablan ellos mismos la conversacin. Bajo la choza del indio, un husped es considerado como si le enviase el Gran Espritu; es sagrado para aqul a quien visita durante todo el tiempo que guste permanecer junto a l, an cuando fuese su enemigo mortal. El Jaguar, muy enterado de las costumbres de los pieles rojas, permaneci sentado silenciosamente junto a sus huspedes, fumando, reflexionando y aguardando con paciencia a que tuviesen a bien hacer uso de la palabra. Por fin, despus de un espacio de tiempo bastante largo, Tranquilo sacudi sobre la ua del dedo pulgar de su mano derecha la ceniza de su pipa, y volvindose hacia el joven, le dijo: --No me aguardaba V., verdad? --En efecto, respondi el Jaguar. Sin embargo, crea que su visita, no por ser inesperada, me es menos agradable. El cazador arque los labios de una manera singular, y contestando ms bien a su pensamiento que a las palabras del Jaguar, murmur: --Quin sabe? Quizs s y quizs no. El corazn del hombre es un libro indescifrable, en el cual solo los locos son los que creen que pueden leer. --No sucede as con el mo, cazador: le conoce V. lo bastante para saberlo. El canadiense movi la cabeza y repuso: --Es V. joven todava; ese corazn de que me habla, hasta para V. mismo es desconocido: en el corto periodo de existencia que hasta hoy cuenta, el viento de las pasiones no ha soplado todava sobre V., y no le ha doblegado bajo su presin potente. Para responder con esa seguridad, aguarde V. a haber amado y sufrido; entonces, si ha sostenido V. valerosamente el choque, si ha resistido al huracn de la juventud, le ser lcito llevar erguida la frente. Estas palabras fueron pronunciadas con acento severo; pero, sin embargo, no revelaban la ms leve amargura. --Se muestra V. duro hoy para conmigo, Tranquilo, respondi el joven con tristeza. En qu puedo haber desmerecido a los ojos de V.? Qu acto reprensible he cometido? --Ninguno, al menos me complazco en creerlo as; pero temo que muy pronto... Se detuvo y movi dolorosamente la cabeza. --Acabe V.! exclam el Jaguar con vehemencia. --Para qu? repuso Tranquilo. Quin soy yo para imponer a V. una moral que sin duda despreciara, y unos consejos que seran mal recibidos? Ms vale guardar silencio. --Tranquilo! respondi el joven con una emocin que no alcanz a dominar, hace mucho tiempo que nos conocemos, y sabe V. la estimacin y el respeto que le profeso; hable V.! Sea lo que quiera lo que tenga V. que decir, por rudas que sean las reconvenciones que me dirija, le juro a V. que le escuchar! --Bah! Olvide V. lo que he dicho; he hecho mal en quererme mezclar en sus asuntos. En la pradera cada cual debe pensar tan solo en s, y por lo tanto no hablemos ms de ello. El Jaguar le dirigi una mirada profunda, y respondi: --Corriente! No hablemos ms de ello. Se levant y dio algunos paseos con suma agitacin; luego, volviendo bruscamente junto al cazador, le dijo: --Dispnseme V. si no he pensado todava en ofrecerle algn refresco; pero he aqu la hora del desayuno, y espero que V. y su compaero me harn el favor de compartir mi frugal almuerzo. Y el Jaguar, mientras hablaba as, fijaba en el canadiense una mirada de singular expresin. Tranquilo vacil un momento y al fin dijo: --Esta maana, al salir el sol, almorzamos mi compaero y yo algunos minutos antes de entrar en el campamento de V. --Estaba seguro de ello! exclam el joven con vehemencia. Oh! Oh! Ahora se han disipado ya mis dudas, cazador: rehsa V. aceptar el agua y la sal en mi hogar! --Yo! Se equivoca V... --Oh! repuso el Jaguar interrumpindole con violencia, nada de negativas, Tranquilo; no busque V. pretextos indignos de V. y de m; Cuerpo de Cristo! Es V. un hombre demasiado leal y sincero para no ser franco. Lo mismo que yo conoce V. la ley de las praderas: no se rompe el ayuno con un enemigo. Ahora, si le queda a V. en el fondo del alma un solo y mnimo resto de esos sentimientos de benevolencia que tuvo V. hacia m en otra poca, explquese claramente sin ambages ni rodeos, lo exijo! El canadiense pareci que reflexionaba durante algunos instantes, y luego exclam de improviso con resolucin: --A la verdad, tiene V. razn, Jaguar; ms vale explicarnos como francos cazadores, que andar en rateras el uno con el otro como los pieles rojas, y luego ningn hombre es infalible: puedo engaarme lo mismo que cualquier otro, y bien sabe Dios que quisiera sucediese as. --Le escucho a V., y le juro por mi honor que si las reconvenciones que V. me dirige son fundadas, lo confesar. --Bueno, dijo el cazador con tono ms amistoso del que hasta entonces haba empleado, habla V. como un hombre; pero acaso preferira V. que nuestra conversacin fuese reservada, aadi sealando a Corazn Leal, quien por discrecin haca el ademn de retirarse. --Al contrario, respondi el Jaguar con viveza, ese cazador es amigo de V., espero que muy pronto lo ser mo, y nada quiero tener oculto para l. --Por mi parte, dijo Corazn Leal inclinndose, deseo ardientemente que la ligera nube que se ha interpuesto entre V. y Tranquilo se disipe cual el leve vapor que impulsa a lo lejos la brisa de la maana, a fin de que as nos conozcamos mejor, y puesto que V. lo quiere, asistir a la conferencia. --Gracias, caballero. Ahora hable V., Tranquilo; estoy dispuesto a escuchar los cargos que, segn dice, tiene que formular contra m. --Desgraciadamente, dijo Tranquilo, la vida singular que V. lleva desde su llegada a estas regiones se presta en sumo grado a las suposiciones ms desfavorables; ha alistado V. bajo sus rdenes a una turba de gentes de mal vivir, merodeadores de fronteras, desterrados de la sociedad y que viven completamente fuera de la ley comn de los pueblos civilizados. --Pues qu, nosotros, hombres de los desiertos, habitantes de los bosques y cazadores de las fronteras, estamos obligados a sujetarnos a todas las mezquinas exigencias de las ciudades? --S, hasta cierto punto; es decir, no nos es lcito ponernos en estado de abierta rebelin contra las instituciones de hombres que, a pesar de habernos separado de ellos, no por eso han dejado de ser hermanos nuestros, y a quienes continuamos perteneciendo por nuestro color, nuestra religin, nuestro nacimiento y los vnculos de familia que nos unen con ellos y que no hemos podido romper. --Corriente, admito en cierta manera la exactitud del raciocinio de V.; pero suponiendo que los hombres que tengo bajo mi mando sean realmente bandidos, merodeadores de fronteras, como V. los llama, sabe V. cul es el mvil que les impulsa a obrar? Puede V. formular contra ellos alguna acusacin? --Paciencia, que an no he concluido. --Pues entonces contine V. --Luego, adems de esa partida de bandidos de la cual es V. el jefe ostensible, ha formado usted alianza con los pieles rojas, con los Apaches entre otros, que son los ladrones ms descarados de la pradera; es verdad, s o no? --S y no, amigo mo, pues la alianza que V. me echa en cara nunca ha existido hasta ahora; pero en esta misma maana ha debido ser estipulada entre dos amigos mos y el Zorro-Azul, que es uno de los jefes apaches ms afamados. --Ah! He ah una coincidencia desgraciada. --Por qu? --Sabe V. lo que han hecho en la pasada noche sus nuevos aliados? --Cmo he de saberlo, si ignoro donde estn, y ni siquiera he recibido todava la noticia oficial del tratado ajustado con ellos? --Pues bien, voy a decrselo a V.: han atacado la venta del Potrero y han robado cuanto en ella haba. Las oscuras pupilas del Jaguar lanzaron un relmpago de furor; se levant de un salto, y cogiendo con mano convulsa su rifle, exclam con voz estridente: --Vive Dios! De veras han hecho eso? --Lo han hecho, y an se supone que ha sido por instigacin de V. --El Jaguar se encogi de hombros con desdn, y dijo: --Con qu objeto? Pero, y doa Carmela, qu ha sido de ella? --Se ha salvado, a Dios gracias! El joven lanz un suspiro de desahogo. --Y ha credo V. tal infamia por parte ma? dijo en seguida en tono de reconvencin. --Ya no lo creo, respondi el cazador. --Gracias! Gracias! Pero, vive Dios! juro a usted que esos demonios han de pagar muy caro el crimen que han cometido. Ahora contine V. --Desgraciadamente, si ha conseguido V. sincerarse de mi primer cargo, dudo que le sea posible hacer otro tanto respecto del segundo. --No importa, dgalo V. --Est en camino para Mjico una conducta de plata mandada por el capitn Melendez. El joven se estremeci levemente y dijo con breve acento. --Lo s. El cazador fij en l una mirada interrogadora, y repuso con cierta vacilacin: --Se dice... --Se dice, replic el Jaguar interrumpindole con energa, que yo sigo el rastro de esa conducta de plata, y que cuando llegue el momento propicio, la atacar al frente de mis bandidos, y me apoderar del dinero, no es cierto? --S. --Tienen razn, respondi framente el joven; esa es, en efecto, mi intencin. Qu ms? Al or tan cnica respuesta, Tranquilo se estremeci de sorpresa y de indignacin. --Oh! exclam con dolor, con que es cierto lo que de V. se cuenta? Es V. realmente un bandido? El joven se sonri con amargura, y dijo con voz sorda: --Puede ser! Tranquilo, tiene V. doble edad que yo; su experiencia es grande: por qu juzgar temerariamente fiado en apariencias? --Cmo fiado en apariencias! No lo ha confesado V. mismo? --S, lo he confesado. --Con que medita V. un robo? --Un robo! exclam el Jaguar ruborizndose lleno de indignacin. Pero serenndose en seguida, aadi: --Es verdad! Debe V. suponerlo as! --Qu otro nombre puede darse a una accin tan infame? exclam el cazador con violencia. El Jaguar levant la cabeza con viveza, como si hubiese tenido intencin de responder; pero sus labios permanecieron mudos. Tranquilo le mir un instante con cierta mezcla de compasin y de cario; y luego, volvindose hacia Corazn Leal, dijo: --Venga V., amigo mo, que ya hemos permanecido demasiado tiempo aqu. --Detngase V.! exclam el joven; no me condene V. as; repito que V. ignora los motivos que me impulsan a obrar! --Esos motivos, sean los que quieran, no pueden ser honrosos; no veo en ellos ms que el asesinato y el robo. --Oh! dijo el joven ocultando con dolor su rostro entre ambas manos. --Vmonos, repuso Tranquilo. Corazn Leal haba examinado atenta y framente aquella escena singular. --Aguarde V. un momento, dijo, y adelantndose algunos pasos, puso una mano sobre el hombro del Jaguar. ste levant la cabeza, y le pregunt: --Qu me quiere V.? --Escuche V., caballero, respondi Corazn Leal con voz profunda; no s por qu, pero un presentimiento secreto me dice que la conducta de V. no es infame, aunque todo induce a suponerlo, y que llegar un da en que le sea a V. lcito explicarla y disculparse a los ojos de todos. --Oh! Si me fuese posible hablar! --Durante cunto tiempo cree V. que se ver obligado todava a guardar silencio? --Qu s yo? Eso depende de circunstancias independientes de mi voluntad. --Segn eso, no puede V. fijar una poca? --Me es imposible: he hecho un juramento y debo cumplirle. --Bien: promtame V. tan solo una cosa. --Cul es? --El no atentar a la vida del capitn Melendez. El Jaguar vacil. --Qu dice V.? repuso Corazn Leal. --Que har todo lo posible por librar su vida. --Gracias! exclam Corazn Leal. En seguida, volvindose hacia Tranquilo que permaneca inmvil junto a l, le dijo: --Vuelva V. a ocupar su asiento, hermano, y almuerce con el Jaguar sin escrpulo alguno, pues yo respondo de l con mi cabeza. Si dentro de dos meses contados desde hoy, no le da a V. una explicacin satisfactoria acerca de su conducta actual, yo, que no me hallo ligado por juramento alguno, revelar a V. ese misterio que le parece inexplicable y que en efecto lo es. El Jaguar se estremeci, lanzando a Corazn Leal una mirada penetrante, pero que se estrell en el rostro plcidamente indiferente del cazador. El canadiense vacil algunos instantes; pero al fin volvi a ocupar su asiento delante del fuego murmurando: --Corriente, dentro de dos meses! Y aadi mentalmente: --Pero hasta entonces yo le vigilar. XXVI. EL PARTE. El capitn Melendez tena prisa de atravesar el peligroso desfiladero junto al cual haba hecho establecer el campamento. Saba cun grande era la responsabilidad con que haba cargado al aceptar el mando de la escolta, y no quera que, si llegaba a suceder una desgracia, tuviesen que reconvenirle por incuria o descuido. La suma que trasportaba la recua de mulas era importante. El gobierno de Mjico, que siempre estaba apurado para procurarse dinero, la aguardaba con impaciencia. No se le ocultaba al capitn que haran pesar desapiadadamente sobre l la responsabilidad de un ataque, y que sufrira todas sus consecuencias, fuera l que quisiera el resultado de un combate con los merodeadores de fronteras. Por eso su inquietud y su ansiedad crecan por momentos; la infamia evidente de fray Antonio aumentaba ms an sus recelos, hacindole sospechar una traicin probable. Sin que le fuese posible adivinar por qu lado vendra el peligro, puede decirse que le senta acercarse paso a paso, estrecharle por todas partes, y a cada momento aguardaba una explosin terrible. Esta intuicin secreta, este presentimiento providencial que desde el fondo de su corazn le gritaba que anduviese con cuidado, le pona en un estado de sobreexcitacin indescriptible, y le colocaba en una situacin intolerable, de la cual quera salir a toda costa, prefiriendo ver por fin el peligro y combatirle frente a frente, a permanecer por ms tiempo recelando en el vaco. Por eso aument su vigilancia, examinando por s mismo los alrededores del campamento, presenciando la operacin de cargar las mulas que, atadas unas detrs de otras en forma de reata, en caso de una alarma deban ser colocadas en medio de los soldados ms fieles y resueltos de la escolta. Mucho antes de la salida del sol, el capitn, cuyo sueo no haba sido ms que una continuacin de insomnios crueles, abandon el duro lecho de pieles y mantas, sobre el cual haba buscado en vano algunas horas de un reposo que haca imposible el estado nervioso en que se encontraba, y comenz a pasearse con agitacin por el angosto espacio que haba libre en el centro del campamento, envidiando a pesar suyo el sueo descuidado y tranquilo de los soldados tendidos por el suelo y envueltos en sus capotes. Entre tanto iba amaneciendo gradualmente. El bho, cuyo canto matutino anuncia la salida del sol, haba lanzado ya al viento sus notas melanclicas. El capitn dio con el pie al arriero principal que estaba tendido junto al fuego, y le despert. El buen hombre se restreg los ojos varias veces, y cuando ya se hubieron disipado las ltimas nubes del sueo y comenz a restablecerse el orden en sus ideas, exclam ahogando un bostezo postrero: --Diantre! Capitn, qu mosca le ha picado a V. para despertarme sobresaltado tan temprano? Mire V., apenas blanquea el cielo en el horizonte; djeme dormir una horita ms. Es una cosa tan buena el sueo! El capitn no pudo menos de sonrerse al orle; sin embargo, no juzg que deba acceder a la reclamacin del arriero, pues las circunstancias eran harto graves para desperdiciar el tiempo. --Arriba! Arriba! Cuerpo de Cristo! exclam; recuerde V. que no estamos todava en el Ro Seco, y que si queremos atravesar ese paso peligroso antes de la puesta del sol, tenemos que apresurarnos. --Es verdad, respondi el arriero, quien en un momento estuvo de pie, gil y despabilado como si hubiese despertado una hora antes. Perdneme, capitn, vive Dios! Tengo tanto inters como V. en no tropezar con un mal encuentro. Con arreglo a la ley, mi fortuna responde del cargamento que llevo, y si ocurriese una desgracia, me vera reducido a la miseria con mi familia. --Es muy cierto, no recordaba yo esa clusula de su contrato. --No es extrao, porque a V. no le interesa; en cuanto a m, no me sale de la cabeza, y le juro a V., Capitn, que desde que he emprendido este malhadado viaje, me he arrepentido ya muchas veces de haber aceptado las condiciones que me fueron impuestas: no s por qu se me figura que no hemos de llegar sanos y salvos al otro lado de esas malditas montaas. --Bah! Esos son locuras, Seor Bautista. Se halla V. en excelentes condiciones, bien escoltado; qu puede V. temer? --Nada, ya lo s, y sin embargo estoy convencido de que no me equivoco y de que este viaje ha de serme fatal. Los mismos presentimientos agitaban al oficial; sin embargo, delante del arriero no deba dejar traslucir lo ms mnimo de su inquietud interior; por el contrario, necesitaba fortalecerle y restituirle el valor que pareca prximo a abandonarle. --Por mi alma que est V. loco! exclam. Vayan al diablo las ideas descabelladas que se le han metido en la cabeza! El arriero se revisti de una expresin grave y respondi: --Es V. muy dueo de rerse de esas ideas, Seor D. Juan; es V. muy instruido y naturalmente en nada cree. Pero yo no soy ms que un pobre indio ignorante, y tengo fe en todo lo que mis padres creyeron antes que yo. Mire V., Capitn, nosotros los indios, ya seamos civilizados o salvajes, tenemos la cabeza dura, y todas las ideas nuevas de VV. no pueden atravesar nuestro duro crneo. --Veamos, explquese V., repuso el capitn, quien quera concluir de una vez, aunque sin lastimar las preocupaciones del arriero; qu razn le induce a V. a suponer que su viaje ser desgraciado? No es V. hombre capaz de asustarse de su sombra; hace mucho tiempo que conozco a V. y s que tiene probado valor. --Doy a V. gracias, Capitn, por la buena opinin que de m tiene. S, soy valiente y creo haberlo probado en varias ocasiones; pero ha sido siempre ante los peligros que mi inteligencia comprenda, y no ante unos peligros que se salen de las leyes naturales que nos rigen. El capitn estaba mordindose los bigotes con impaciencia al ver la molesta prolijidad del arriero; pero, como ya se lo haba dicho, conoca al buen hombre y saba por experiencia que el procurar hacerle abreviar un relato era perder lastimosamente el tiempo, y que era preciso dejarle hablar a su manera. Hay ciertos caracteres para los cuales, como sucede con la espuela respecto de un caballo vicioso, el tratar de hacerlos adelantar equivale, por el contrario, a llevarlos hacia atrs. El joven domin, pues, su impaciencia, y respondi framente: --Tuvo V., sin duda, algn mal presagio en el momento de su salida? --En efecto, capitn, as fue; y de seguro que ante lo que vi, me hubiera guardado muy bien de ponerme en camino si hubiese sido hombre fcil de asustar. --Y cul fue ese presagio? --No se ra V., capitn: hasta la Sagrada Escritura dice que Dios, en muchas ocasiones, se complace en dar a los hombres ciertos avisos saludables a los que por desgracia no tienen suficiente juicio para dar crdito. Y al concluir estas palabras, lanz un suspiro. --Es verdad, murmur el capitn a manera de asentimiento. --Sepa V., pues, continu diciendo el arriero, halagado al recibir aquella aprobacin por parte de un hombre como el oficial, que mis mulas estaban aparejadas, aguardndome en el corral, custodiadas por los peones, y me dispona para marchar. Sin embargo, como no quera separarme de mi mujer, quizs para mucho tiempo, sin decirle adis otra vez, me diriga hacia mi casa para darle otro abrazo, cuando al llegar al umbral de la puerta levant maquinalmente los ojos y vi posados en la azotea dos bhos que clavaban en m una mirada de infernal fijeza. Al ver aquella aparicin inesperada, me estremec sin querer y mir a otro lado. En aquel momento cruzaba por el camino un hombre moribundo, llevado por dos soldados en una camilla y escoltado por un fraile que le hacia recitar los salmos de la penitencia y le dispona con dulzura para que muriese como buen cristiano; pero el herido, sin responder una palabra, miraba al fraile sonrindose sardnicamente: de pronto aquel hombre se incorpor en la camilla, sus ojos se animaron, se volvi hacia m, me dirigi una mirada llena de sarcasmo y volvi a caer murmurando estas dos palabras que sin duda se dirigan a m: Hasta luego! --Ah! dijo el capitn. --Esa especie de cita que me daba aquel individuo nada tena de agradable, verdad? repuso el arriero. Aquellas palabras me afectaron mucho y me precipit hacia l con la intencin de dirigirle las reconvenciones que me parecan oportunas: haba muerto! --Y supo V. quin era aquel hombre? --S, era un salteador que, en un encuentro con los cvicos, qued mortalmente herido por estos, y le trasladaban al atrio de la catedral para que acabase de expirar all. --Y es eso todo? pregunt el capitn. --S Seor. --Pues bien, amigo mo, he hecho bien en insistir para averiguar los motivos de la inquietud de V. --Ah! --S, porque el presagio que entonces le favoreci, le ha interpretado V. de muy distinto modo del que debe hacerlo. --Cmo as? --Me explicar: ese presagio significa, por el contrario, que con prudencia y con una vigilancia incansable frustrar V. las traiciones y derribar a sus pies a los bandidos que se atrevan a atacarle. --Oh! exclam el arriero con alegra, est usted seguro de lo que me dice? --Tan seguro como de mi salvacin en el otro mundo, respondi el capitn santigundose devotamente. El arriero tena una fe profunda en las palabras del capitn, a quien profesaba suma estimacin por su probada superioridad; as pues, ni siquiera pens en poner en duda la seguridad que le daba acerca del error que haba cometido en la interpretacin del presagio que tanta inquietud le causara. Recobr instantneamente su buen humor, y pegando un estallido con los dedos, dijo: --Cspita! Puesto que es as, a nada me expongo. Entonces ser intil que yo d a Nuestra Seora de la Soledad el cirio que le haba prometido? --Completamente intil, contest el capitn. El arriero enteramente tranquilizado ya, se apresur a dedicarse a sus faenas habituales. As el capitn, fingiendo admitir las ideas de aquel indio ignorante, haba sabido arrastrarle suavemente a abandonarlas. Entre tanto todo estaba ya en movimiento en el campamento; los arrieros aparejaban y cargaban las mulas, mientras que los dragones se ocupaban con actividad en ensillar sus caballos y prepararlos todos para la marcha. El capitn vigilaba los movimientos de todos con una impaciencia febril, metiendo prisa a unos, riendo a otros y cerciorndose de que sus rdenes se ejecutaban con puntualidad. Cuando todos los preparativos hubieron terminado, el oficial mand que almorzasen de pie y con los caballos del diestro, a fin de perder menos tiempo, y en seguida dio la orden de marcha. Los soldados montaron a caballo; pero en el momento en que la escolta se pona en movimiento, oyse un gran estrpito en los jarales, las ramas se apartaron bruscamente, y de improviso apareci a corta distancia un jinete que vesta el uniforme de dragn mejicano y que corra a rienda suelta hacia la tropa. Cuando hubo llegado cerca del capitn, por un prodigio de equitacin par de golpe su caballo, hizo respetuosamente el saludo militar, y dijo: --Dios guarde a V. Es al capitn D. Juan Melendez a quien tengo la honra de hablar? --Al mismo, respondi el oficial sorprendido. Qu me quiere V.? --Tengo que entregar a V. un pliego en mano propia, repuso el soldado. --Un pliego! De parte de quin? --De parte del Excmo. Sr. General D. Jos Mara Rubio, y lo que contiene este pliego debe ser importante, porque el general me mand que me diese mucha prisa, y he anclado cuarenta y siete leguas en diecinueve horas. --Bueno, dmelo V., contest el capitn. El dragn sac del pecho un pliego grande con un sello de lacre encarnado, y se le present respetuosamente al capitn. ste lo cogi y lo abri; pero antes de leerlo dirigi al soldado, que estaba inmvil e impasible delante de l, una mirada recelosa que el dragn sostuvo con imperturbable aplomo. Aquel hombre pareca que tena a lo ms treinta aos; su estatura era elevada y bien proporcionada; llevaba con cierto desembarazo el uniforme que vesta; sus facciones inteligentes tenan cierta expresin de astucia y de malicia, que hacan fuese an ms marcada sus ojos negros y de continuo movimiento que no se fijaban en el capitn sino con visible vacilacin. Aquel individuo se pareca en conjunto a todos los dems soldados mejicanos, y nada haba en l que pudiese llamar la atencin ni excitar sospechas. Sin embargo, solo con suma repugnancia fue como el capitn consinti en entablar relaciones con l. De seguro que le habra sido difcil, ya que no imposible, explicar la razn de aquel sentimiento; pero hay en la naturaleza ciertas leyes cuya fuerza no puede ponerse en duda, y ellas hacen que desde luego, y solo con ver a una persona, an antes de dirigirle la palabra, esta persona nos sea simptica o antiptica, y que instintivamente lleguemos a sentirnos bien o mal predispuestos respecto de ella. De dnde procede esa especie de presentimiento secreto que nunca se engaa en sus apreciaciones? No acertaramos a explicarlo; nicamente nos limitamos a consignar un hecho positivo, del cual nosotros mismos con suma frecuencia, durante el curso de nuestra azarosa vida, hemos sufrido la influencia y reconocido la eficacia. Debemos confesar que el capitn no senta la ms leve simpata hacia el hombre de quien hablamos, y que, por el contrario, se hallaba muy dispuesto a no tener la ms mnima confianza en l. --En qu paraje se separ V. del general? pregunt dando vueltas maquinalmente al pliego que tena abierto en la mano, pero en el cual no haba fijado an la vista. --En Pozo Redondo, mi Capitn, un poco antes de llegar a la Noria de Guadalupe. --Ah! Quin es V.? Cmo se llama V.? --Soy asistente del seor General, y me llamo Gregorio Felpa. --Conoce V. el contenido de este despacho? --No; nicamente supongo que debe ser importante. El soldado haba respondido a las preguntas del capitn con entero desembarazo y con una franqueza de buena ley. Era evidente que no menta. D. Juan, despus de vacilar todava un momento, se decidi a leer; pero muy luego se frunci su entrecejo, y una expresin de mal humor nubl su semblante. He aqu lo que contena aquel despacho: POZO REDONDO, a.... de 18...... El general D. Jos Mara Rubio, comandante general del estado de Tejas, tiene la honra de poner en conocimiento del capitn don Juan Melendez de Gngora que han estallado nuevos disturbios en el Estado; varias gavillas de ladrones y de merodeadores de fronteras, bajo las rdenes de diferentes jefes, recorren el campo, saqueando e incendiando las haciendas, deteniendo los convoyes e interceptando las comunicaciones. Ante hechos tan graves, que comprometen la fortuna pblica y la seguridad de los habitantes, el gobierno, segn su deber se lo impone de una manera imperiosa, ha tenido que adoptar medidas generales en inters de todos con el fin de reprimir esos desrdenes antes que se extiendan en mayor escala. Por consiguiente, el estado de Tejas queda declarado en estado de sitio, etc. (Aqu seguan las medidas adoptadas por el general para sofocar la rebelin, y luego el despacho continuaba en estos trminos): El general D. Jos Mara Rubio, enterado por algunos espas con cuya lealtad puede contar, de que uno de los jefes principales de los insurgentes a quien sus compaeros han puesto el sobrenombre de Jaguar, se dispone a arrebatar la conducta de plata confiada a la custodia del capitn D. Juan Melendez de Gngora, y de que con este objeto el referido cabecilla se propone emboscarse en Ro Seco, paraje muy favorable para una sorpresa, el general Rubio ordena al capitn Melendez que se deje guiar por el portador del presente despacho, hombre seguro y fiel, quien llevar la conducta de plata a la laguna del Venado, en donde verificar su unin con un destacamento de caballera enviado al efecto por el general, y cuya fuerza numrica pondr a la conducta de plata al abrigo de todo ataque. El capitn Melendez tomar el mando superior de todas las tropas, y en el ms breve espacio de tiempo posible se reunir con el infrascrito en su cuartel general. Dios y libertad! _El Comandante general del estado de Tejas,_ JOS MARA RUBIO. El capitn, despus de haber ledo atentamente este despacho, levant la cabeza y examin un instante al soldado con profunda y sostenida atencin. El dragn, con la mano apoyada en la empuadura de su sable, jugaba indolentemente con la borla de su dragona, sin que al parecer se cuidase en manera alguna de lo que pasaba en torno suyo. --La orden es formal y terminante, murmur por dos veces el capitn; debo conformarme con ella, y sin embargo, todo me dice que este hombre es un traidor. Luego aadi en alta voz: --Conoce V. bien esta comarca? --Soy hijo del pas, mi Capitn, respondi el dragn, y no hay por aqu senda ni atajo que yo no recorriese cien veces siendo nio. --Sabe V. que me tiene que servir de gua? --El seor general me dispens la honra de decrmelo. --Y cree V. estar seguro de podernos conducir sanos y salvos al sitio en que nos esperan? --Al menos pondr cuanto est de mi parte para conseguirlo. --Bueno. Est V. cansado? --Mi caballo lo est ms que yo. Si mandase usted que me diesen otro, inmediatamente estara en disposicin de obedecer las rdenes de V., porque veo que tiene prisa de ponerse en marcha. --Corriente. Escoja V. un caballo. El soldado no dio lugar a que le repitiesen la orden. Varios caballos de repuesto seguan a la escolta, y cogi uno de ellos sobre el cual coloc el equipo del que dejaba. Al cabo de breves instantes estaba hecho el cambio, y el jinete colocado en la silla. --Estoy a las rdenes de V., mi Capitn, dijo el dragn. --En marcha, respondi el oficial. Y en seguida aadi mentalmente: --No perder de vista a este tuno! XXVII. EL GUA. La ley militar es inflexible y tiene reglas de las cuales nunca se aparta, pues la disciplina no admite vacilaciones ni tergiversaciones. El axioma desptico que tan en boga est en las cortes orientales: Entender es obedecer, es vigorosamente cierto bajo el punto de vista militar. Seguramente, por muy duro que esto pueda parecer al pronto, es indudable que debe ser as, porque si a los inferiores se les concediese el derecho de discusin respecto de las rdenes que reciben de sus superiores, toda disciplina quedara destruida; los soldados, no obedeciendo ya ms que a su capricho, llegaran a ser ingobernables, y el ejrcito, en vez de prestar a su pas los servicios que ste tiene derecho a exigir, llegara a ser una verdadera calamidad para l. Estas reflexiones y muchas ms se agolpaban en confuso tropel a la mente del capitn, mientras iba siguiendo muy pensativo al gua que el despacho de su general le haba impuesto de una manera tan singular. Pero la orden era clara, terminante; se vea obligado a obedecer y as lo haca, aunque en su interior se hallaba convencido de que el hombre en quien le obligaban a fiar, era, si no completamente un traidor, al menos indigno de la confianza que en l se depositaba. En cuanto al soldado, galopaba con la mayor indiferencia a la cabeza del convoy, fumando, riendo y cantando, sin que pareciese que recelaba en manera alguna las sospechas que sobre l recaan. Verdad es que el capitn haba ocultado con el mayor cuidado en el fondo de su corazn la mala opinin que formara respecto de su gua, y que ostensiblemente pareca que tena en l la mayor confianza. En la situacin crtica en que se hallaba el convoy, la prudencia exiga que los que de l formaban parte no sospechasen la inquietud de su jefe, a fin de que no se desmoralizasen con el temor de una traicin prxima. El capitn, antes de ponerse en marcha, haba dado con cierta afectacin las rdenes ms severas para que las armas se tuviesen en buen estado, haba mandado una descubierta a vanguardia y flanqueadores a los costados, con el fin de explorar las cercanas y cerciorarse de que el paso estaba libre y no tena que recelar peligro alguno. En fin, haba adoptado con el mayor esmero todas las medidas que la prudencia exiga para garantizar el buen xito del viaje. El gua, testigo impasible de estas precauciones, y por quien se haban adoptado todas con tanta ostentacin, pareci que las aplauda, apoyando las rdenes del capitn y haciendo observar la habilidad que tenan los merodeadores de fronteras para deslizarse entre los matorrales y las yerbas sin dejar rastro alguno, y la atencin que deba consagrar la descubierta al cumplimiento del encargo que se le confiaba. Cuanto ms avanzaba el convoy hacia la parte de las montaas, ms difcil y peligrosa se tornaba la marcha. Los rboles, que al pronto estaban desparramados en mayor espacio de terreno, se haban ido acercando unos a otros insensiblemente; a la sazn formaban un poblado bosque, en cuyo centro era preciso abrirse paso con el hacha en muchos sitios por razn de las guirnaldas de plantas trepadoras que se enredaban unas con otras y algunas veces formaban un laberinto impenetrable; adems se encontraban riachuelos que solan ser bastante anchos y de orillas escabrosas y de difcil acceso, que los caballos y las mulas tenan que vadear por medio de las iguanas y los aligtores, muchas veces con el agua hasta las cinchas. La espesa bveda de ramas bajo la cual avanzaba penosamente el convoy, ocultaba por completo el cielo, y solo con sumo trabajo dejaba que se filtrasen algunos rayos de sol que no bastaban del todo para disipar la oscuridad que reina casi de continuo en las selvas vrgenes aun en mitad del da. Los europeos que, en materia de bosques, no conocen ms que los del viejo mundo, no pueden formarse una idea, ni siquiera remota, de lo que son aquellos inmensos ocanos de verdor que en Amrica denominan selvas vrgenes. All parece que todos los rboles se sostienen unos a otros, tanto es lo enredados y mezclados que estn, atados y unidos entre s por redes de plantas trepadoras que enlazan sus troncos, se retuercen en torno de sus ramas, se introducen en el suelo para surgir de nuevo como los tubos de un rgano inmenso, unas veces formando caprichosas parbolas, otras subiendo y bajando sin cesar en medio de los inmensos grupos de esa especie de murdago parsito, denominado tilansia, que cae en anchos ramilletes del extremo de las ramas de todos los rboles. El suelo cubierto de detritos de todas clases y del humus formado por los rboles que se secan y perecen, se esconde bajo una alfombra de yerba abundante y de muchos pies de altura. Los rboles, casi todos de la misma clase, ofrecen tan poca variedad, que cada uno de ellos parece que es una mera repeticin de todos los dems. Estos bosques se hallan cruzados en todas direcciones por sendas trazadas desde hace siglos por los pies de las fieras, y que conducen a sus misteriosos abrevaderos: en diferentes puntos, y perdidos bajo la enramada, varios pantanos infectos sobre los cuales revolotean nubes de mosquitos, producen densas nieblas que se alzan de su seno y llenan la selva de tinieblas; reptiles e insectos de todas clases se arrastran silenciosos por el suelo, mientras que el canto de los pjaros y los roncos gritos de las fieras forman un concierto aterrador que los ecos de las lagunas repiten simultneamente. Los ms aguerridos cazadores de los bosques solo temblando es como se aventuran en las selvas vrgenes, porque es casi imposible orientarse en ellas con certidumbre y no se puede fiar en las sendas que a cada instante se mezclan y se confunden. Los cazadores saben por experiencia que un hombre perdido en una de esas sendas, a no ser por algn milagro, tiene que perecer en ella, encerrado entre las murallas que forman la crecida yerba y los cortinajes de plantas trepadoras, sin esperanza de verse socorrido ni salvado por un ser de su especie. En una selva virgen era donde el convoy se haba internado en aquel momento. El gua, siempre tranquilo y descuidado, continuaba avanzando sin vacilar lo ms mnimo, como si estuviese completamente seguro del camino que segua, y contentndose, muy de tarde en tarde, con dirigir una mirada distrada a la derecha o a la izquierda, pero sin contener por eso el paso de su cabalgadura. Sin embargo, era cerca del medioda, el calor iba siendo sofocante; los caballos y los hombres, que estaban en marcha desde las cuatro de la madrugada, por senderos en extremo dificultosos, se hallaban abrumados de cansancio y reclamaban imperiosamente algunas horas de un descanso indispensable para poder seguir adelante. El capitn se decidi a hacer acampar a su gente en una de esas plazoletas bastante extensas que con tanta frecuencia se encuentran en aquellos parajes, y que estn formadas por la cada de rboles derribados por los huracanes o muertos de vejez. Son la voz de Alto! Los soldados y los arrieros lanzaron un suspiro de satisfaccin, y se detuvieron en seguida. El capitn, cuyos ojos se hallaban fijos casualmente en aquel momento en el gua, vio en su frente una nube de descontento; sin embargo, el soldado, conociendo que le observaban, se seren en seguida, fingi compartir la general alegra, y ech pie a tierra. Quitronse las sillas y aparejos a los caballos y las mulas, a fin de que pudiesen pastar con entera libertad los retoos de los rboles y la abundante yerba que creca por todas partes. Los soldados tomaron su frugal comida y se tendieron sobre sus capotes para dormir la siesta. Muy luego estuvieron sepultados en el ms profundo sueo todos los individuos que formaban parte del convoy; solo dos hombres velaban: eran el capitn y el gua. Probablemente cada uno de ellos se hallaba atormentado por reflexiones bastante graves para desterrar el sueo y mantenerlos despiertos cuando todo les convidaba al descanso. A pocos pasos de la explanada, monstruosos iguanas estaban tendidos al sol revolcndose en el fango ceniciento de un arroyo cuya agua corra blandamente, con un murmullo leve, por entre los obstculos de todas clases que entorpecan su curso. Nubes de insectos llenaban el aire con el continuo zumbido de sus alas; las ardillas saltaban alegremente de rama en rama; los pjaros, ocultos en la enramada, cantaban con todas sus fuerzas, y algunas veces por encima de la crecida yerba se vea aparecer la cabeza fina y los ojos asustados de un gamo o de un _ashata_ que se lanzaba de pronto a la espesura con bramidos de terror. Pero los dos hombres estaban sobrado preocupados por sus pensamientos para observar lo que pasaba en torno suyo. El capitn levant la cabeza: en aquel momento el gua clavaba en l una mirada de singular fijeza. Avergonzado al verse sorprendido as de improviso, procur desorientar al oficial dirigindole la palabra, tctica antigua por la cual no se dej ste engaar. --Qu da de calor! dijo el soldado con tono indiferente. --S, contest lacnicamente el capitn. --No tiene V. ganas de dormir? --No. --Pues yo siento mis prpados muy pesados, se me cierran los ojos sin querer. Con permiso de V. voy a hacer como mis compaeros y a disfrutar algunos instantes del excelente sueo que ellos estn saboreando con tanta delicia. --Aguarde V. un momento que tengo que decirle algunas palabras. --A m? --S. --Corriente, dijo el soldado con la ms completa indiferencia. Se levant ahogando un suspiro de pesadumbre, y fue a colocarse junto al capitn, quien se apart para hacerle sitio bajo la sombra protectora del rbol corpulento y frondoso que extenda por encima de sus cabezas sus brazos de gigante cargados de pmpanos y de tilansia. --Tenemos que hablar seriamente, repuso el capitn. --Como V. guste. --Puede V. ser franco? --Cmo? dijo el dragn desconcertado por aquella pregunta a quemarropa. --O si V. lo prefiere, puede V. ser leal? --Segn. El capitn le mir. --Responder V. a mis preguntas? --No lo s. --Cmo que no lo sabe V.? --Escuche V., mi Capitn, dijo el gua en tono inocentn: mi madre, la buena mujer, me encarg siempre que desconfiase de dos clases de personas: de los que piden prestado y de los que hacen preguntas; porque deca, y con mucha razn, que los primeros atentan a nuestra bolsa y los segundos a nuestro secreto. --Tiene V. un secreto segn eso? --Yo! No por cierto. --Pues entonces qu teme V.? --No mucho, en verdad. Vamos, pregnteme V., mi Capitn, que yo procurar responder. El campesino mejicano, indio manso o civilizado, se parece mucho al labriego normando en que es casi imposible obtener de l una respuesta positiva a la pregunta que se le dirige. El capitn se vio obligado a contentarse con la semipromesa del gua, y repuso: --Quin es V.? --Yo! --S. El gua se ech a rer y dijo: --Ya lo ve V. El capitn movi la cabeza y replic: --No le pregunto a V. lo que parece ser, sino lo que es en realidad. --Eh! mi Capitn, quin puede responder de s y saber positivamente lo que es? --Escuche V., tuno, repuso el capitn con tono amenazador, no quiero perder mi tiempo en seguir a V. en todos los circunloquios que se le antoje inventar. Responda V. categricamente a mis preguntas, o si no... --Si no? repiti el gua con tono de zumba. --Le levanto a V. la tapa de los sesos como a un perro! replic el capitn sacando una pistola de su cinto y amartillndola con rapidez. Los ojos del soldado lanzaron un relmpago, pero sus facciones permanecieron impasibles, y ni un msculo de su rostro se movi. --Oh! Oh! Seor Capitn! tiene V. una manera singular de hacer preguntas a sus amigos, dijo con voz sombra. --Quin me asegura que V. lo es mo? No le conozco a V. --Es verdad; pero conoce V. a la persona que me ha enviado; esa persona es jefe de V. lo mismo que mo, y al venir aqu, he obedecido su mandato como V. debe obedecerle conformndose con las rdenes que le ha enviado. --S; pero esas rdenes me han sido trasmitidas por V. --Qu importa eso? --Quin me asegura que ese despacho que he recibido ha sido entregado realmente a V.? --Cspita! mi Capitn, lo que est V. diciendo nada tiene de lisonjero para m! repuso el gua con tono ofendido. --Lo s; desgraciadamente vivimos en un tiempo en que es tan difcil distinguir a los amigos de los enemigos, que nunca pueden adoptarse sobradas precauciones para evitar el caer en un lazo. Estoy encargado por el gobierno de desempear una misin en extremo delicada, y ms que nadie debo obrar con reserva respecto de gentes que me son desconocidas. --Tiene V. razn, mi Capitn; por eso, no obstante lo injuriosas que sus sospechas son para m, no me enfado por lo que V. me dice: las posiciones excepcionales exigen medidas excepcionales tambin. nicamente procurar probar a V. con mi conducta que se ha equivocado respecto de m. --Me alegrar infinito de haberme equivocado; pero tenga V. cuidado! Si observo la ms mnima cosa sospechosa, ya sea en los movimientos o en las palabras de V., no vacilar en levantarle la tapa de los sesos. Ahora ya est usted avisado, y puede obrar con arreglo a ello. --Corriente, mi Capitn, correr ese riesgo. Suceda lo que quiera, estoy seguro de que mi conciencia me absolver, porque habr puesto cuanto est de mi parte para cumplir con mi deber. Y esto lo dijo con tal aspecto de franqueza, que impuso al capitn a pesar de sus sospechas. --Veremos, dijo este. Saldremos pronto del bosque infernal en que estamos? --Ya no nos quedan ms que dos horas de marcha: a la puesta del sol nos reuniremos con los que nos aguardan. --Dios lo quiera! murmur el capitn. --Amn! dijo el soldado con tono burln. --Pero como ha juzgado V. conveniente no responder a ninguna de mis preguntas, repuso el oficial, no llevar V. a mal que desde este momento no le pierda de vista, y que cuando volvamos a ponernos en marcha, le conserve a mi lado. --Como V. guste, mi Capitn; tiene V. de su parte la fuerza, ya que no el derecho, y me veo obligado a conformarme con su voluntad. --Muy bien; ahora puede V. dormir si as le parece. --Segn eso, nada ms tiene V. que decirme? --Nada. --Pues entonces voy a aprovechar el permiso que V. se sirve darme y a tratar de recuperar el tiempo perdido. Entonces el soldado se levant ahogando un bostezo prolongado, se alej algunos pasos, se tendi en el suelo, cerr los ojos; y al cabo de algunos minutos pareci que se hallaba sepultado en un sueo profundo. El capitn continu velando. La conversacin que acababa de tener con el gua no haba hecho sino aumentar su inquietud, probndole que aquel hombre ocultaba una gran astucia bajo una forma tosca y trivial. En efecto, no haba respondido a ninguna de las preguntas que le dirigiera, y al cabo de algunos instantes logr obligar al capitn a dejar el ataque por la defensa, dndole razones muy lgicas contra las cuales nada se poda alegar. As pues, en aquel momento se hallaba don Juan en la peor disposicin de nimo en que puede encontrarse un hombre de corazn, descontento de s mismo y de los dems, ntimamente persuadido de que tiene razn, pero obligado, en cierto modo, a confesar que sta no est de su parte. Como sucede siempre en tales casos, los soldados fueron quienes sufrieron las consecuencias del mal humor de su jefe, porque el oficial, temiendo agregar las tinieblas de la noche a las malas probabilidades que se figuraba tener contra s, y deseando en extremo no ser sorprendido por la oscuridad en medio del intrincado laberinto de la selva, abrevi el alto mucho ms de lo que lo habra hecho en cualquiera otra ocasin. A las dos de la tarde prximamente, hizo tocar el botasillas, y dio la orden de marcha. Sin embargo, ya haba cedido el calor ms fuerte del da; los rayos del sol, ms oblicuos, haban perdido una parte considerable de su intensidad, y la marcha se continu bajo condiciones comparativamente mejores que antes. El capitn, segn lo haba prevenido, intim al gua la orden de colocarse a su lado, y en cuanto le era posible, no le perda de vista ni un segundo. El dragn pareca que no se cuidaba en manera alguna de esta vigilancia molesta; segua caminando, en la apariencia, con la misma indiferencia que antes, fumando su cigarrillo de papel y tarareando a media voz algunos trozos de _jarabes._ El bosque comenzaba a aclararse poco a poco; las explanadas o plazoletas iban siendo ms frecuentes, y la vista abarcaba un horizonte ms vasto. Todo induca a presumir que no se tardara en llegar al lindero de la selva. Sin embargo, a derecha e izquierda se vean movimientos de terreno; el suelo comenzaba a elevarse insensiblemente, y la senda que segua el convoy, se encajonaba cada vez ms a medida que iba avanzando. --Llegamos ya a los estribos de la montaa? pregunt el capitn. --Oh! No, todava no, respondi el gua. --Sin embargo, muy pronto vamos a estar entre dos colinas. --S, pero de poca elevacin. --Es verdad; sin embargo, si no me engao, vamos a pasar un desfiladero. --Pero tiene poca extensin. --Debiera V. habrmelo advertido. --Para qu? --Para haber destacado una descubierta a vanguardia. --Es cierto; pero an es tiempo de hacerlo si V. quiere: al extremo de este desfiladero es donde se encuentran los que nos estn aguardando. --Segn eso, llegamos ya? --Casi, casi. --Entonces apresuremos el paso. --Con mucho gusto. Y continuaron marchando. De pronto el gua se detuvo y dijo: --Eh! mi Capitn, mire V. all: no es un can de fusil lo que brilla a la luz del sol? El capitn alz los ojos con viveza hacia el sitio que le sealaba el soldado. En el mismo instante estall una descarga espantosa en ambos lados del camino, y una granizada de balas llovi sobre el convoy. Antes de que el capitn, furioso al ver aquella traicin indigna, hubiese podido sacar una pistola de su cinto, cay al suelo arrastrado por su caballo al que un balazo haba herido en el corazn. El gua acababa de desaparecer sin que fuese posible saber cmo se haba fugado. XXVIII. JOHN DAVIS. John Davis, el mercader de esclavos, tena un temple sobrado fuerte para que las escenas que haba presenciado durante aquel da, y en las que en cierto momento represent l tambin un papel bastante activo, hubiesen dejado en su mente una impresin muy duradera. Despus de haberse separado del Zorro-Azul continu bastante tiempo galopando y orientndose en direccin del sitio en que deba reunirse con el Jaguar; pero poco a poco fue entregndose por completo a sus cavilaciones, y como el caballo, con el instinto admirable que distingue a estos nobles animales, comprendi que su jinete ya no se cuidaba de l, fue disminuyendo gradualmente la rapidez de su marcha, pasando del galope rpido a una media rienda, de sta al trote, y por fin al paso, llevando la cabeza baja y cogiendo con el extremo del hocico algunos bocados de yerba o algunas hojas. John Davis senta su curiosidad muy excitada por la conducta de uno de los personajes con quienes la casualidad le haba puesto en contacto en aquella maana tan frtil en sucesos de todas clases. El personaje que tena el privilegio de llamar en tan sumo grado la atencin del americano, era el Desollador-Blanco. La lucha heroica sostenida por aquel hombre solo contra una nube de enemigos encarnizados, su fuerza herclea, la destreza con que manejaba su caballo, todo le pareca prodigioso en aquel individuo singular. Muchas veces, en las veladas del vivac, haba odo hacer, acerca de aquel cazador, los relatos ms extraordinarios y exagerados, sobre todo a los indios a quienes inspiraba un terror cuya razn comprenda ya desde que haba visto al hombre, porque ste se rea de las armas dirigidas contra su pecho, y siempre sala sano y salvo de los combates que empeaba, fuese el que quisiera el nmero de sus adversarios, y pareca ms bien un demonio que una criatura humana. John Davis, a pesar suyo, se estremeca con aquellos pensamientos y se felicitaba por haberse librado tan milagrosamente del peligro que corri en su encuentro con el Desollador. Consignaremos de paso que no hay en el mundo pueblo alguno ms supersticioso que el norteamericano. Esto es muy fcil comprenderlo: aquella nacin, verdadera capa de arlequn, es un compuesto heterogneo de todas las razas que pueblan al antiguo mundo; cada uno de los representantes de estas razas lleg a Amrica llevando en su equipaje de emigrado, no solo sus vicios y sus pasiones, sino tambin sus creencias y sus supersticiones de todas clases, las ms locas, las ms pueriles y las ms absurdas, con tanto ms motivo cuanto que la masa de los emigrados que en diferentes pocas se refugiaron en Amrica, se compona de gentes en su mayor parte desprovistas de toda instruccin: bajo este punto de vista los norteamericanos, debemos hacerles esta justicia, no han degenerado en manera alguna: hoy son por lo menos tan groseros y tan brutales como lo eran sus antepasados. Fcil ser imaginar la cantidad notable de leyendas de brujas, de fantasmas, etc., que circulan por la Amrica del Norte, y lo mucho que esas leyendas, conservadas por la tradicin, pasando de boca en boca, y con el tiempo mezclndose unas con otras, han debido acrecentarse an en un pas en que los aspectos grandiosos de la naturaleza arrastran de por s la imaginacin a la melancola. Por eso John Davis, aunque se jactaba de ser hombre despreocupado, no dejaba de poseer, como todos sus compatriotas, una fuerte dosis de credulidad, y aquel hombre, que sin duda no habra retrocedido, aunque viese varios fusiles dirigidos contra su pecho, se estremeca de miedo al or el ruido de una hoja que caa por la noche sobre su hombro. Por lo dems, tan luego como a John Davis se le ocurri la idea de que el Desollador-Blanco era un demonio, o cuando menos un brujo, se apoder de ella, y esta suposicin llego a ser inmediatamente para l un artculo de fe. Como es natural, al instante se sinti tranquilizado por este descubrimiento; sus ideas volvieron a tomar su curso ordinario, y la preocupacin que atormentaba a su mente desapareci como por encanto; su opinin se hallaba ya completamente formada respecto de aquel hombre, y si otra vez volva la casualidad a ponerlos frente a frente, ya sabra cmo haba de proceder con l. Juzgndose dichoso porque al fin haba encontrado aquella solucin, levant alegremente la cabeza y dirigi en torno suyo una mirada investigadora con el fin de enterarse de los sitios por donde iba pasando. Hallbase prximamente en el centro de una llanura extensa y poco accidentada, cubierta de una yerba crecida, y sombreada en algunos puntos por pequeos grupos de rboles. Pero de improviso se empin sobre los estribos, coloc su mano derecha sobre sus ojos a manera de pantalla, y mir atentamente. A media milla, sobre poco ms o menos, del sitio en que estaba parado, un poco hacia la derecha, es decir, precisamente en la direccin que John se dispona a seguir, vea una delgada columna de humo que se alzaba del centro de unos matorrales. En el desierto un poco de humo que se vea en el camino, da siempre amplio motivo de reflexin. El humo se alza, por lo general, de un fuego en torno del cual se hallan sentados varios individuos. Ahora bien, el hombre, ms desgraciado en esto que las fieras, teme siempre en la pradera el encuentro de su semejante, porque siempre hay cien probabilidades contra una de que el individuo a quien llegue a ver sea un enemigo. Sin embargo, John Davis, despus de reflexionar maduramente, resolvi avanzar hacia el humo que estaba viendo; desde la madrugada se hallaba casi en ayunas, el hambre comenzaba a hostigarle, y adems senta gran cansancio. Examin, pues, sus armas con la mayor atencin con el fin de poder recurrir a ellas si era necesario, y clavando las espuelas a su caballo, se encamin resueltamente hacia el humo, aunque vigilando con esmero los alrededores por temor de ser sorprendido. Al cabo de diez minutos lleg al sitio que se propona; pero como a unos cincuenta pasos del grupo de rboles contuvo la carrera de su caballo, volvi a colocar su rifle atravesado sobre el arzn de su silla, su semblante perdi la expresin recelosa que tena, y se adelant hacia la hoguera con la sonrisa en los labios y con el aspecto ms pacfico y amistoso que pudo imaginar. En medio de una espesura cuya sombra protectora ofreca cmodo abrigo al viajero cansado, un hombre que vesta el uniforme de los dragones mejicanos se hallaba indolentemente sentado delante de una hoguera que le serva para condimentar su comida, mientras fumaba una pajilla. Una larga lanza guarnecida de su banderola estaba apoyada cerca de l en el tronco de un rbol, y un caballo completamente aparejado, pero al cual haban quitado el freno, coma con la mayor tranquilidad los retoos de los rboles y la tierna yerba de la pradera. Aquel hombre pareca que tena veintisiete o veintiocho aos; su astuto rostro estaba animado por unos ojillos vivos, y el color cobrizo de su piel revelaba su origen indio. Haca mucho tiempo que haba visto al jinete que se acercaba; pero no pareci que le daba gran importancia, y con la mayor tranquilidad continu fumando y vigilando su comida, sin adoptar contra la visita imprevista que le llegaba ms precaucin que la de cerciorarse de si su sable sala bien de su vaina. John Davis, cuando ya dist pocos pasos del soldado, se detuvo, y llevndose la mano al sombrero, dijo: --Ave Mara Pursima! --Sin pecado concebida! respondi el dragn correspondiendo al saludo del americano. --Santas tardes, repuso John. --Dios se las d a V. muy buenas, respondi inmediatamente el soldado. Apuradas ya estas frmulas sacramentales de todo encuentro, se prescindi de toda ceremonia y qued hecho el conocimiento. --Eche V. pie a tierra, caballero, dijo el dragn; el calor es sofocante en la pradera; tengo aqu una sombra excelente, y en este momento estoy cociendo un pedazo de cecina con habichuelas encarnadas, sazonadas con pimentn, que le han de gustar a V. mucho si quiere hacerme el favor de participar de mi comida. --Acepto con mucho gusto su amable convite, respondi el americano sonriendo, y con tanto ms motivo, cuanto que confieso a V. que me estoy muriendo de hambre y cayendo de cansancio. --Cspita! Entonces me felicito de la afortunada casualidad que nos rene. Eche V. pie a tierra sin ms tardanza. --Eso mismo voy a hacer. En efecto, el americano se ape de su caballo, le quit el freno, y el noble animal fue al instante a reunirse con su compaero, mientras que su amo, lanzando un suspiro de satisfaccin, se tendi en el suelo junto al dragn. --Parece que ha andado V. una jornada muy larga? pregunt el soldado. --S Seor, respondi el americano, hace diez horas que estoy a caballo, sin contar con que he pasado la maana batindome. --Cuerpo de Cristo! Rudo trabajo ha hecho usted. --Bien puede V. decirlo sin temor de equivocarse, porque, a fe de cazador, que nunca he tenido tanto que hacer. --Es V. cazador? --Para servir a V. --Hermoso oficio! dijo el soldado lanzando un suspiro. Yo tambin lo he sido. --Y le echa V. de menos? --Cada da ms! --Comprendo eso. Cuando se ha llegado a probar la vida del desierto, siempre se quiere volver a ella. --Ay! S por cierto. --Por qu la abandon V., puesto que tanto le gustaba? --Ah! Ah tiene V., dijo el soldado, el amor. --Cmo el amor? --S, comet la tontera de enamorarme de una muchacha que me hizo sentar plaza. --Diablo! --S, y luego apenas me hube puesto el uniforme, me dijo que se haba equivocado respecto de m, y que vestido de soldado estaba an ms feo de lo que ella haba credo. En resumen, me dej plantado sin ceremonia para irse con un arriero. El americano no pudo menos de rerse al or tan singular historia. --Es triste cosa, verdad? repuso el soldado. --Muy triste, replic John Davis procurando en vano recobrar su seriedad. --Qu quiere V.! aadi melanclicamente el soldado, el mundo no es ms que un continuo engao! Pero creo que nuestra comida est ya en sazn, exclam variando de tono; percibo cierto olorcillo que me advierte que es ya tiempo de quitarle del fuego. Como John Davis ninguna objecin tena que oponer al dictamen del soldado, ste llev a cabo en seguida su determinacin; retirse la comida del fuego y fue puesta delante de los dos hombres, quienes comenzaron a atacarla con tanto vigor, que muy luego qued agotada, a pesar de que era abundante. Aquel manjar suculento haba sido rociado con sendos tragos de refino de Catalua, del que pareca que el soldado se hallaba abundantemente provisto. Todo ello concluy con el cigarrillo de rigor, ese complemento indispensable de toda comida hispano-americana, y los dos hombres, fortalecidos por el buen alimento con que haban provisto sus estmagos, se encontraron muy contentos y en la mejor disposicin para conversar con entera franqueza. --Me parece V. hombre muy precavido, dijo el americano echando una cantidad enorme de humo, de la que una parte sala por la boca y la otra por la nariz. --Es una reminiscencia de mi antigua vida de cazador. Los soldados, por lo general, no suelen ser tan cuidadosos como yo, ni con mucho. --Cuanto ms le observo a V., repuso John Davis, ms extrao me parece que haya V. podido decidirse a adoptar un gnero de vida tan poco lucrativo como el de soldado. --Qu quiere V.! La fatalidad, y luego la imposibilidad en que me encuentro de mandar el uniforme al diablo. Al menos tengo la esperanza de ascender a cabo antes de un ao. --Eh! No es mal grado, segn he odo decir; la paga debe ser buena. --No sera mala si nos la diesen. --Cmo es eso? --S, parece que el gobierno no est muy holgado de dinero. --Segn eso, sirven VV. al fiado? --No hay otro remedio. --Diablo! Pero perdneme V. si le hago todas estas preguntas, que deben parecerle indiscretas. --Nada de eso, no se contenga V., estamos hablando como dos amigos. --Cmo se mantienen VV.? --Ah! De una manera muy sencilla: tenemos lo casual. --Lo casual! Y qu es eso? --No lo entiende V.? --Confieso que no. --Pues voy a explicrselo --Me dar V. mucho gusto. --Sucede de vez en cuando que nuestro capitn o nuestro general nos confa una misin. --Muy bien. --Y eso se paga aparte: cuanto mayor es el peligro, mayor es tambin la recompensa. --Siempre al fiado, por supuesto? --No, diablo! Pagada de antemano. --Y suelen VV. tener algunas veces encargos de esa especie? --Muy a menudo, sobre todo en tiempo de pronunciamientos. --S; pero hace cerca de un ao que ningn general se ha pronunciado. --Desgraciadamente! --De modo que estar V. exhausto de fondos? --No del todo. --Ha tenido V. alguna de esas misiones? --Tengo una en este momento. --Bien pagada? --Regular. --Habr indiscrecin en preguntar a V. cunto le han dado? --Nada de eso: he recibido veinticinco onzas de oro. --Cspita! La cantidad es bonita. Peligrosa debe ser el encargo para haberle tasado tan alto. --No deja de serlo. --Ah! Pues entonces tenga V. cuidado! --Gracias, pero no corro gran riesgo; solo se trata de entregar un oficio. --Verdad es que un oficio, repuso el americano con la mayor indiferencia. --Oh! ste es ms importante de lo que V. supone. --De veras? --S por cierto, pues se trata de varios millones. --Qu est V. diciendo? exclam John Davis estremecindose sin querer. El cazador, desde su encuentro con el soldado, haba maniobrado astutamente para inducirle a revelar el motivo que le llevaba a aquellos parajes desiertos, porque la presencia de un dragn aislado as en la pradera le haba parecido muy singular, y con razn. As pues, grande fue su alegra cuando vio al soldado caer por si mismo en el lazo que le tenda. --S, repuso el dragn, el general Rubio, de quien soy asistente, me ha despachado con un parte para el capitn Melendez, que en este momento va escoltando una conducta de plata. --Lo cree V.? --Cspita si lo creo! Cuando le digo a V. que llevo yo el oficio. --Es verdad. Pero con qu objeto escribe el general al capitn? El soldado mir un instante de soslayo al cazador, y luego, variando repentinamente de tono y mirndole frente a frente, le dijo: --Quiere V. que juguemos con cartas descubiertas? John se sonri y respondi: --Bueno! Veo que podremos entendernos, Por qu no? Entre caballeros, las condiciones son las que lo hacen todo. As pues, jugaremos con entera franqueza, eh? --Queda convenido. --Confiese V. que deseara en extremo conocer el contenido de este oficio. --Oh! Por mera curiosidad, se lo juro a V. --Pardiez! Estoy convencido de ello. Pues bien, solo de V. depende el lograrlo. --Entonces no tardar mucho. Veamos las condiciones de V. --Son muy sencillas. --Dgalas V. --Mreme V. bien. No me conoce V.? --En verdad que no. --Ya veo que tengo ms memoria que V. --Es muy posible. --Yo le conozco a V. --S? --Sin duda alguna. --Me habr V. visto en alguna parte. --Es probable. Pero esto importa muy poco: lo principal es que yo sepa quin es V. --Oh! Un simple cazador. --S, y un amigo ntimo del Jaguar. --Cmo! exclam el cazador estremecindose de sorpresa. --No se asuste V. por tan poco: respndame tan solo si es verdad o no. --Es verdad. De V. para m no s por qu habra de negarlo. --Hara V. muy mal. Dnde est el Jaguar en este momento? --No lo s. --Es decir, no quiere V. revelrmelo. --Justamente. --Bien; pero, si yo lo desease, podra V. conducirme a su presencia? --No veo en ello inconveniente alguno, si el asunto merece la pena. --No he dicho ya que se trata de algunos millones? --S por cierto, pero no me lo ha probado usted. --Y esa prueba es la que V. exige? --Nada ms. --Eso es bastante difcil. --No por cierto. --Cmo as? --Pardiez! Yo soy buen compaero, y solo quiero poner a cubierto mi responsabilidad: enseme V. el oficio y con eso me contento. --Y quedar V. satisfecho? --Con tanto ms motivo cuanto que conozco la letra del general. --Oh! Entonces est muy bien. Y sacando el dragn de su pecho un ancho pliego, se lo ense al americano, aunque sin soltarlo, y le dijo: --Mire V. John lo examin atentamente durante algunos minutos. --Es realmente la letra del general, verdad? repuso el soldado. --S. --Consiente V. ahora en conducirme a donde se halle el Jaguar? --Cuando V. quiera. --Entonces al momento. --Corriente, al momento. Los dos hombres se levantaron a un tiempo, pusieron los frenos a sus caballos, montaron y abandonaron a galope el sitio que, durante algunas horas, les haba ofrecido tan grata sombra. XXIX. EL TRATO. Los dos aventureros caminaban alegremente al lado uno de otro, charlando acerca de la lluvia y el buen tiempo, dndose mutuamente malicias del desierto, es decir, de las caceras y de las escaramuzas con los indios, y hablando de los sucesos polticos que, desde haca algunos meses, haban adquirido cierta gravedad y una importancia peligrosa para el gobierno mejicano. Pero mientras charlaban as sin tino, dirigindose mutuamente preguntas cuyas respuestas no se tomaban el trabajo de escuchar, su conversacin no tena ms objeto que el de ocultar la secreta preocupacin que les agitaba. En su discusin precedente cada uno de ellos haba querido andar con astuciosas tretas, procurando arrancarse mutuamente sus secretos, el cazador maniobrando para inducir al soldado a cometer una traicin, y ste deseando ms que nada venderse y obrar en tal concepto. De esta lucha de astucia result que los dos se encontraron de igual fuerza, y que cada cual obtuvo el resultado que ambicionaba. Pero, para ellos, la cuestin no estribaba precisamente en esto: como sucede con todos los caracteres viciados, el buen xito, en vez de satisfacerles, suscit en su mente una multitud de sospechas. John Davis se preguntaba a s mismo qu causa habra inducido al dragn a hacer traicin tan fcilmente a los suyos sin estipular desde luego ventajas importantes para s, porque en Amrica todo se cotiza y la infamia, sobre todo, produce mucho. El dragn, por su parte, juzgaba que el cazador haba credo con sobrada facilidad sus palabras, y no obstante los modales afectuosos de su compaero, cuanto ms se acercaba al campamento de los merodeadores de fronteras, ms se aumentaba su malestar, porque comenzaba a temer que haba ido a dar de cabeza en un lazo y que se haba fiado con sobrada imprudencia de un hombre cuya fama estaba muy lejos de tranquilizarle. He ah la disposicin de nimo en que los dos aventureros se hallaban el uno respecto del otro una hora escasamente despus de haber abandonado el sitio en que se encontraron de un modo tan fortuito. Sin embargo, cada cual ocultaba con el mayor cuidado sus recelos en el fondo de su corazn; nada dejaban traslucir exteriormente. Por el contrario, aumentaban su cortesa y su urbanidad el uno para con el otro, tratndose ms bien como hermanos queridos y gozosos por volver a verse despus de una ausencia prolongada, que como hombres que dos horas antes se haban hablado por primera vez. Haca prximamente una hora que se haba puesto el sol, y la noche cerraba por completo cuando llegaron a poca distancia del campamento del Jaguar, cuyas hogueras brillaban en medio de la oscuridad, reflejndose con efectos de luz a cual ms fantsticos sobre los objetos inmediatos, y dando al paisaje agreste de la pradera un carcter de salvaje majestad. --Ya hemos llegado, dijo el cazador parando su caballo y volvindose hacia su compaero; nadie nos ha visto: todava puede V. retroceder sin temor de que nadie le persiga. Qu decide usted? --Canario! Compaero, respondi el soldado encogindose levemente de hombros con expresin desdeosa, no he venido hasta aqu para volverme atrs desde la entrada del campamento. Permtame V. que le diga con el debido respeto que su observacin me parece cuando menos singular. --Era deber mo hacrsela a V.: quin sabe si maana se arrepentir V. del paso aventurado que hoy Va a dar? --Es muy posible; pero qu quiere V.? Correr ese riesgo: mi determinacin est adoptada y es invariable. As pues, sigamos adelante en nombre de Dios. --Como V. guste. Antes de un cuarto de hora estar V. en presencia del hombre a quien desea ver; se explicar con l, y habr cumplido mi cometido. --Y solo me restar dar a V. infinitas gracias, dijo el soldado interrumpindole con viveza. Pero no permanezcamos aqu ms tiempo, que podemos llamar la atencin y convertirnos en blanco de alguna bala, lo cual confieso a V. que me agradara muy poco. El cazador, sin responder, hizo sentir la espuela a su caballo, y continuaron avanzando. Al cabo de algunos instantes se encontraron en el crculo de luz proyectado por la llama de las hogueras; casi en seguida se oy el ruido que se produce al amartillar un rifle, y una voz brusca les grit que se detuviesen al momento. La intimacin, a pesar de no ser del todo corts, era, sin embargo, muy perentoria, y los dos aventureros juzgaron prudente obedecerla. Entonces salieron de los atrincheramientos varios hombres armados, y uno de ellos, dirigindose a los dos forasteros, les pregunt, quines eran y qu buscaban a una hora tan inoportuna. --Somos amigos, respondi el cazador, y queremos entrar cuanto antes. --Todo eso est muy bien, repuso el otro; pero si no dicen VV. sus nombres, no entrarn tan pronto, y mucho ms cuando uno de VV. viste un uniforme que no est muy bien mirado entre nosotros. --Est bien, Ruperto, respondi el americano; soy John Davis, y creo que ya me conoce V. As pues, franqueme V. el paso sin ms tardanza, y yo respondo del seor, quien tiene que comunicar al jefe un asunto de la mayor importancia. --Sea V. muy bienvenido, John, y no se enfade: ya sabe V. que la prudencia es la madre de la seguridad. --S, s, dijo el americano riendo, V. nunca se compromete por obrar de ligero, compadre. Entraron en el campamento sin encontrar ms obstculo. La mayor parte de los merodeadores de fronteras dorman tendidos en torno de las hogueras; nicamente unos cuantos centinelas vigilantes, colocados en los lmites del campamento, velaban por la comn seguridad. John Davis ech pie a tierra, invitando a su compaero a que le imitase; luego, hacindole una sea para que le siguiese, se adelant hacia una tienda de campaa, al travs de cuya lona se vea brillar una luz dbil y temblorosa. Cuando el cazador hubo llegado a la entrada de la tienda, se par, y despus de dar dos palmadas, pregunt con voz contenida: --Duerme V., Jaguar? --Es V., John Davis, mi buen compaero? preguntaron en seguida desde adentro. --S Seor. --Entonces entre V., que le aguardo con impaciencia. El americano levant la cortina que cubra la entrada y penetr en la tienda; el soldado se desliz detrs de l, y la cortina volvi a caer. El Jaguar, sentado sobre un crneo de bisonte, hojeaba una correspondencia voluminosa a la luz de un candil; en un rincn de la tienda se vean extendidas dos o tres pieles de oso, que sin duda estaban destinadas a servirle de lecho. Al ver a los que llegaban, el joven dobl sus papeles y los meti en una cajita de hierro cuya llave se guard en el pecho; en seguida levant la cabeza y fij una mirada inquieta en el dragn. --Qu es eso, John? dijo: nos trae V. prisioneros? --No, respondi el cazador; este soldado deseaba a toda costa ver a V. por ciertas razones que l mismo explicar, y he credo que deba complacerle. --Bien, dentro de un momento nos entenderemos con l. Y V., qu ha hecho? --Lo que V. me haba encargado. --Segn eso, ha alcanzado V. un completo buen xito? --Completo. --Bravo! Amigo mo. Cunteme V. eso. --Para qu dar ahora pormenores? respondi el americano sealando con una ojeada al dragn que permaneca inmvil e impasible a pocos pasos de distancia. El Jaguar lo comprendi y dijo: --Es cierto. Veamos ahora qu viene a ser este hombre. Y dirigindose al soldado, aadi: --Acrquese V., amigo. --A la orden de V., mi Capitn. --Cmo se llama V.? --Gregorio Felpa. Soy dragn, como puede usted verlo por mi uniforme. --Por qu motivo deseaba V. verme? --Por el deseo de prestar a V. un servicio importante. --Doy a V. gracias; pero, por lo general, los servicios cuestan sumamente caros, y yo no soy rico. --Llegar V. a serlo. --As lo deseo. Veamos, cul es ese gran servicio que intenta V. prestarme? --Voy a explicarme en pocas palabras. Toda cuestin poltica presenta dos aspectos: esto depende del punto de vista bajo el cual se la considere. Yo soy nacido en Tejas, e hijo de un norteamericano y de una india, lo cual equivale a decir que aborrezco con toda mi alma a los mejicanos. --Al grano, al grano. --A eso voy. Siendo soldado, aunque contra toda mi voluntad, el general Rubio me ha encargado que lleve al capitn Melendez un despacho en el cual le cita para un sitio en que debe reunirse con l a fin de evitar el Ro Seco, en donde dicen que tiene V. intencin de emboscarse para apoderarse de la conducta de plata. --Hola! Hola! dijo el Jaguar, quien escuchaba ya con suma atencin; pero cmo conoce V. el contenido de ese despacho? --De una manera muy sencilla. El general tiene en m la mayor confianza y me ha ledo el despacho, porque a m es a quien ha encargado que sirva de gua al capitn Melendez para dirigirse al sitio de la cita. --Segn eso, hace V. traicin a su jefe? --Es ese el nombre que da V. a mi accin? --Hablo colocndome en el lugar del general. --Y colocndose V. en el suyo? --Cuando hayamos arreglado el asunto, se la dir a V. --Bueno, respondi el dragn con tono indiferente. --Tiene V. ah ese despacho? --Aqu est. El Jaguar lo cogi, lo examin atentamente dndole algunas vueltas, e hizo el ademn de abrirlo. --Detngase V.! exclam el soldado con viveza. --Por qu? --Porque si le abre V., ya no podr entregrsele a la persona a quien est destinado. --Cmo dice V. eso? --No me entiende V., replic el soldado con una impaciencia mal disimulada. --As lo creo, respondi el Jaguar. --Solo le pido a V. que me escuche durante cinco minutos. --Hable V. --El punto en que el general cita al capitn Melendez es la laguna del Venado. Antes de llegar a ese sitio hay un desfiladero bastante angosto y muy fragoso. --Le conozco, es el desfiladero del Palo Muerto. --Bueno. Se emboscar V. en l, a la derecha y a la izquierda, entre los matorrales, y cuando pase el convoy, le atacar V. por todos los lados a la vez. Es imposible que se escape, si, como supongo, adopta V. bien sus disposiciones. --S, el sitio es muy favorable para un golpe de mano; pero quin me responde de que el convoy pasar por ese desfiladero y no por el del Ro Seco? --Yo. --Cmo V.? --S por cierto, puesto que yo he de servir de gua. --Ahora s que ya no nos entendemos. --Al contrario, nos entendemos muy bien. Voy a separarme de V.; ir a reunirme con el capitn a quien entregar el despacho del general; que quiera que no, se ver obligado a tomarme por gua y le llevar a poder de V., con la misma seguridad con que se conduce a un novillo al matadero. El Jaguar dirigi al soldado una mirada que pareca que quera penetrar hasta lo ms profundo de su corazn. --Es V. un mozo muy atrevido, le dijo por fin; pero, en concepto mo, arregla V. demasiado bien las cosas a su antojo. Yo no le conozco a V.: sta es la primera vez que le veo y (perdneme que le hable con tanta franqueza) es para fraguar una traicin. Quin me responde de la fidelidad de V.? Si soy bastante necio para dejarle marchar tranquilamente, quin me asegura que no se volver contra m? --Mi propio inters ante todo: si merced a mi auxilio se apodera V. del convoy, me pagar quinientas onzas de oro. --No es demasiado caro. Sin embargo, permtame V. que le haga todava otra observacin. --Hgala V. --Nada me prueba que no le hayan prometido a V. el doble por apoderarse de m. --Oh! No! dijo el soldado con energa. --Cspita! Oiga V., cosas ms singulares se han visto, y por poco que valga mi cabeza, confieso a V. mi debilidad de tenerla mucho apego. As pues, le advierto que si no tiene mejores garantas que darme, queda deshecho el negocio. --Sera lstima! --Ya lo s; pero la culpa es de V. y no ma. Deba V. haber adoptado mejor sus medidas antes de venir a buscarme. --Con que nada podr convencerle a V. de mi buena fe? --Nada. --Veamos, es preciso concluir, exclam el soldado con impaciencia. --Eso es lo que ms deseo. --Queda bien convenido entre nosotros que me dar V. quinientas onzas de oro? --S, si por mediacin de V. me apodero de la conducta de plata. --Desde luego. --Pues se las prometo a V. --Basta; s que nunca falta V. a su palabra. Entonces se desabroch el uniforme, cogi una bolsita colgada de su cuello con una cadena de acero, y se la present al cabecilla dicindole: --Conoce V. esto? --S por cierto, respondi el Jaguar santigundose devotamente, es una reliquia. --Bendecida por el Papa, como lo prueba este certificado. --Es cierto. El dragn se quit la reliquia y la puso en manos del Jaguar; luego, cruzando el pulgar de la mano derecha con el de la izquierda, dijo con voz firme y acentuada: --Yo, Gregorio Felpa, juro sobre esta reliquia cumplir fielmente todas las clusulas del trato que acabo de estipular con el noble capitn denominado el Jaguar: si falto a mi juramento, renuncio desde hoy y para siempre a la parte que espero tener en el paraso, y me consagro a las llamas eternas del infierno. Ahora, aadi, guarde V. esa reliquia preciosa; a mi regreso me la devolver. El capitn, sin contestar, se la colg inmediatamente al cuello. Contradiccin singular del corazn humano! Anomala inexplicable! Esos hombres, esos indios, paganos en su mayor parte no obstante el bautismo que han recibido, y que a pesar de fingir que observan ostensiblemente las reglas de nuestra religin, practican en secreto los ritos de su culto, tienen viva fe en las reliquias y los amuletos; todos llevan alguna al cuello en una bolsita, y esos hombres disolutos y perversos, para quienes nada hay sagrado, que se ren de los sentimientos ms nobles, y cuya vida entera trascurre imaginando picardas y maquinando traiciones, profesan tan profundo respeto a aquellas reliquias, que no hay ejemplo alguno de que un juramento prestado sobre una de ellas haya sido falseado nunca. Explique quien quiera este hecho extraordinario: en cuanto a nosotros, nos limitamos a consignarle. Ante el juramento prestado por el dragn, las sospechas del Jaguar se desvanecieron inmediatamente para ser sustituidas por la confianza ms completa. La conversacin perdi el tono ceremonioso que hasta entonces haba tenido; el soldado se sent sobre un crneo de bisonte, y los tres hombres, puestos ya de acuerdo, discutieron en la mejor armona los medios ms oportunos que deban emplearse para no sufrir un descalabro. El plan propuesto por el soldado tena una sencillez y una facilidad de ejecucin que garantizaban su buen xito; por eso fue adoptado en su totalidad, y la discusin solo vers ya sobre los pormenores. Por ltimo, a una hora bastante avanzada de la noche se separaron con el objeto de disfrutar algunos momentos de un descanso indispensable entre las fatigas del da que acababa de trascurrir y las que tendran que soportar en el siguiente. Gregorio durmi, como suele decirse, a pierna suelta, es decir, sin interrupcin. Unas dos horas antes de que saliese el sol, el Jaguar se inclin hacia el soldado y le despert: ste se levant en seguida, se restreg los ojos, y al cabo de cinco minutos estaba tan gil y dispuesto como si hubiese dormido cuarenta y ocho horas seguidas. --Ya es tiempo de marchar, le dijo el Jaguar a media voz; John Davis ha cuidado y ensillado ya por s mismo vuestro caballo. Venga V. Salieron de la tienda. En efecto, el americano tena de las riendas el caballo del soldado. ste se puso en la silla de un salto, sin valerse de los estribos, para demostrar que estaba perfectamente descansado. --Sobre todo, dijo el Jaguar, observe V. la mayor prudencia, tenga sumo cuidado con sus palabras y con sus ms mnimos gestos, porque va V. a tener que habrselas con el oficial ms valiente y ms experimentado del ejrcito mejicano. --Fe V. en m, Seor Capitn. Canario! La recompensa es demasiado buena para que yo me exponga a echar a perder el negocio. --Una palabra todava. --Diga V. --Arrglese V. de modo que el convoy no llegue al desfiladero hasta el anochecer, pues la oscuridad entra por mucho en el buen xito de una sorpresa. Y ahora, adis y buena suerte! --Deseo a V. otro tanto. El Jaguar y el americano escoltaron al dragn hasta los ltimos atrincheramientos con el fin de dar el santo y sea a los centinelas avanzados, quienes, a no ser por esta precaucin, y viendo el uniforme que Gregorio vesta, sin duda alguna le habran hecho fuego desapiadadamente. Cuando hubo salido del campamento, los dos hombres le siguieron con la vista durante todo el tiempo que pudieron distinguir su negra silueta, deslizndose como una sombra entre los rboles del bosque, en donde no tard en desaparecer. --He ah lo que se llama un pcaro redomado, dijo John Davis; es ms astuto que una zorra. Vive Dios! Qu tuno tan hediondo! --Eh! Amigo mo, respondi el Jaguar, se necesitan hombres de ese temple. Sin eso qu sera de nosotros? --Es verdad! Esos hombres son necesarios como la peste y la lepra. Sin embargo, sostengo mis palabras: es el pcaro ms completo que he visto en toda mi vida, y bien sabe Dios que en el curso de mi existencia he visto desfilar por delante de m una coleccin magnfica! Algunos minutos despus, los merodeadores de fronteras levantaban el campo y montaban a caballo con el fin de dirigirse al desfiladero para el cual haban dado cita a Gregorio Felpa, el asistente del general Rubio, quien haba depositado en l una confianza a que tan acreedor se haca en todos conceptos. XXX. LA EMBOSCADA. El Jaguar adopt tan bien sus medidas, y el traidor que gui la conducta de plata maniobr tan bien, que los mejicanos haban cado en una emboscada de la cual era muy difcil, ya que no imposible, que saliesen. Los soldados, atemorizados un instante por la cada de su jefe cuyo caballo fue herido mortalmente en el principio de la accin, pero dciles, sin embargo, a la voz del capitn, quien por un esfuerzo supremo haba logrado levantarse casi en seguida, se agruparon en torno de la recua, y haciendo frente con resolucin a todos los costados a la vez, se dispusieron a defender con valor el precioso depsito confiado a su custodia. La escolta mandada por el capitn Melendez, aunque poco numerosa, se compona de soldados viejos y de experiencia, acostumbrados haca mucho tiempo a la guerra de guerrillas y para quienes nada extraordinario ofreca la posicin crtica en que su mala estrella les haba colocado. Los dragones echaron pie a tierra, y tirando sus largas lanzas que les eran intiles en una lucha como la que se preparaba, cogieron sus carabinas, se las echaron a la cara, y con los ojos fijos en los matorrales, aguardaron impasibles la orden de comenzar el fuego. El capitn Melendez haba estudiado el terreno con una ojeada rpida, y vio que estaba muy lejos de serle favorable. A derecha e izquierda haba speras pendientes coronadas de enemigos; a retaguardia, una partida numerosa de merodeadores de fronteras, emboscada detrs de unos rboles cados que, como por encanto, haban interceptado sbitamente el camino y cortado la retirada; por ltimo, a vanguardia, un precipicio de cerca de veinte metros de anchura y de una profundidad incalculable. As pues, pareca que a los mejicanos se les arrebataba toda esperanza de salir sanos y salvos de la posicin en que se hallaban acorralados, no solo por razn del considerable nmero de enemigos que les cercaban por todos lados, sino tambin por la disposicin del sitio. Sin embargo, despus que el capitn hubo estudiado atentamente el terreno, brill en sus ojos un relmpago, y una sonrisa sombra ilumin su semblante. Haca mucho tiempo que los dragones conocan a su jefe, tenan fe en l, vieron aquella sonrisa y se acrecent su valor. El capitn se haba sonredo, luego tena esperanza. Verdad es que ni un solo hombre, en toda la escolta, hubiera podido decir en qu consista aquella esperanza. Despus de la primera descarga, los merodeadores coronaron inopinadamente las alturas, pero permanecieron inmviles, contentndose con vigilar con la mayor atencin los movimientos de los mejicanos. El capitn aprovech este momento de tregua que tan generosamente le ofreca el enemigo, para adoptar algunas disposiciones defensivas y corregir su plan de batalla. Descargronse las mulas, colocronse los preciosos cajones enteramente atrs, lo ms lejos posible del enemigo; luego las mulas y los caballos, llevados al frente de la lnea de batalla del destacamento, fueron colocados de modo que sus cuerpos sirviesen de parapetos a los soldados, los cuales, con una rodilla en tierra y doblados detrs de aquel atrincheramiento vivo, se encontraron guarecidos en cierto modo contra las balas enemigas. Cuando todas estas medidas estuvieron adoptadas y una ojeada postrera cercior al capitn de que sus rdenes se haban ejecutado con puntualidad, se inclin al odo del seor Bautista, arriero principal, y le dijo algunas palabras en voz baja. El arriero hizo un movimiento brusco de sorpresa al or las palabras del capitn; pero reanimndose en seguida, baj afirmativamente la cabeza. --Obedecer V.? pregunt D. Juan mirndole fijamente. --S, mi Capitn; lo juro por mi honor, contest el arriero. --Pues entonces le respondo a V. de que vamos a rernos, dijo alegremente el joven. El arriero se retir, y el capitn fue a colocarse al frente de sus soldados. Apenas haba ocupado su puesto de combate cuando un hombre apareci en la cumbre de la pendiente de la derecha: aquel hombre llevaba en la mano una lanza en cuyo extremo flotaba un pedazo de tela blanca. --Oh! Oh! murmur el capitn, qu significa eso? Temen ya que se les escape su presa? --Eh! grit con voz fuerte, qu quieren VV.? --Parlamentar, respondi lacnicamente el hombre de la bandera. --Parlamentar! replic el capitn, para qu? Adems, tengo la honra de ser oficial en el ejrcito mejicano, y no puedo estipular tratos con bandidos. --Tenga V. cuidado, Capitn, un valor inoportuno suele degenerar en fanfarronada; la posicin de V. es desesperada. --Lo cree V. as? respondi el joven con voz burlona. --Est V. cercado por todas partes. --Excepto por una. --S; pero en esa hay un precipicio que no se puede pasar. --Quin sabe? dijo el capitn, siempre en tono de sorna. --En fin, quiere V. escucharme, s o no? repuso el otro a quien este dilogo comenzaba a impacientar. --Corriente, dijo el oficial, veamos las proposiciones de V., y despus le manifestar mis condiciones. --Qu condiciones? pregunt el parlamentario con sorpresa. --Pardiez! Las que me propongo imponer a usted. Una carcajada homrica de los merodeadores de fronteras acogi estas palabras altaneras. El capitn permaneci impasible y fro. --Quin es V.? pregunt. --El jefe de la gente que les tiene a VV. cautivos. --Cautivos! Creo que no; en fin, all veremos. Ah! Con que es V. el Jaguar, ese bandido feroz cuyo nombre es execrado en todas estas fronteras? --Yo soy el Jaguar, respondi ste sencillamente. --Muy bien. Qu me quiere V.? Hable, y sobre todo sea breve, replic el capitn apoyando la punta de su sable en el extremo de su bota. --Quiero evitar la efusin de sangre, dijo el Jaguar. --Eso est muy bien; pero me parece un poco tarde para adoptar una resolucin tan laudable, dijo el oficial con su voz burlona. --Escuche V., Capitn; es V. un oficial valiente, y sentira yo que sucediese una desgracia; no se obstine V. en sostener una lucha imposible, rodeado como lo est por fuerzas considerables; toda tentativa de resistencia sera una locura imperdonable que no dara ms resultado que la muerte de todos los soldados que usted manda, sin que le quede la menor esperanza de salvar el convoy confiado a su custodia. Rndase V., se lo repito, pues no le queda otro medio de salvacin. --Caballero, respondi el oficial hablando ya esta vez en tono muy serio, doy a V. gracias por las palabras que acaba de pronunciar; tengo cierta experiencia para conocer a los hombres, y veo que en este momento habla V. lealmente. --S, dijo el Jaguar. --Desgraciadamente, prosigui el capitn, me veo obligado a repetir a V. que tengo la honra de ser oficial, y que nunca consentir en entregar mi espada a un jefe de partida cuya cabeza est a precio. Si he sido bastante idiota y loco para dejarme atraer a un lazo, tanto peor para m; sufrir las consecuencias. Los dos interlocutores se haban ido acercando uno a otro, y a la sazn hablaban frente a frente. --Comprendo, Capitn, que en ciertas y determinadas circunstancias su honor militar le obligue a sostener una lucha, an en condiciones desfavorables; pero aqu el caso es muy distinto, todas las probabilidades estn contra V., y nada padecer su honra con una rendicin que librar: la vida de tantos soldados valientes. --Y que sin disparar un tiro le entregar a usted la rica presa que tanto codicia, no es verdad? --Esa presa, por ms que V. haga, no se nos puede escapar. El capitn se encogi de hombros, y dijo: --Est V. loco! Como todos los hombres acostumbrados a la guerra de las praderas, ha querido V. ser sobrado astuto, y sus ardides han ido demasiado lejos. --Cmo as? --Aprenda V. a conocerme, caballero: soy cristiano viejo, desciendo de los antiguos conquistadores, y la sangre espaola corre por mis venas. Todos mis soldados me son fieles y adictos: por orden ma se dejarn matar todos sin vacilar lo ms mnimo; y por muy ventajosas que sean las posiciones que V. ocupa, por muy numerosa que sea su gente, se necesita cierto espacio de tiempo para exterminar a cincuenta hombres reducidos a la desesperacin y resueltos a no pedir cuartel. --S, dijo el Jaguar con voz sorda; pero se concluye por matarlos. --Sin duda alguna, repuso tranquilamente el capitn; pero mientras V. nos va degollando, los arrieros, que al efecto han recibido ya mis rdenes terminantes, harn que las cajas de dinero vayan rodando unas despus de otras al fondo del abismo, en cuya orilla nos ha acorralado V. --Oh! exclam el Jaguar con un ademn de amenaza mal entendido, no har V. eso, Capitn. --Por qu no he de hacerlo, si V. gusta? respondi framente el oficial. S que lo har, se lo juro a V. por mi honor. --Oh! --Y entonces qu suceder? Que habr V. asesinado cobardemente a cincuenta hombres sin ms resultado que el de saciarse en la sangre de sus compatriotas. --Rayo de Dios! Eso es un delirio! --No, no es ms que la consecuencia lgica de la amenaza que V. me dirige: moriremos, pero como valientes, y habremos cumplido con nuestro deber hasta el fin, puesto que el dinero se salvar. --Segn eso, sern intiles todos mis esfuerzos para obtener una solucin pacfica? --Todava hay un medio. --Cul es? --Djenos V. pasar, comprometindose bajo palabra de honor a no hostilizar nuestra retirada. --Nunca! Ese dinero me es indispensable, lo necesito. --Entonces venga V. a buscarle. --Eso voy a hacer. --Como V. guste. --Que esa sangre, que he querido ahorrar, recaiga sobre la cabeza de V.! --O sobre la de V. Y se separaron. El capitn se volvi hacia sus soldados que, habindose acercado bastante a los dos interlocutores, haban seguido atentamente la discusin en todas sus peripecias, y les pregunt --Qu queris hacer, muchachos? --Morir! contestaron todos con acento breve y enrgico. --Corriente! Moriremos juntos! Y blandiendo su espada por encima de su cabeza, grit: --Dios y libertad! Viva Mjico! --Viva Mjico! repitieron los dragones con entusiasmo. En este intermedio el sol haba desaparecido en el horizonte, y las tinieblas iban cubriendo la tierra cual un sudario sombro. El Jaguar, lleno de rabia por ver el mal resultado de su tentativa, se haba reunido con sus compaeros. --Qu hay? le pregunt John Davis, que acechaba con ansiedad su regreso; qu ha obtenido V.? --Nada. Ese hombre est endemoniado. --Ya le advert a V. que era un verdadero diablo. Afortunadamente, por ms que haga, no se nos puede escapar. --En eso es en lo que est V. equivocado, respondi el Jaguar pateando de rabia; que muera o viva, el dinero est perdido para nosotros. --Cmo es eso? El Jaguar refiri en breves palabras a su confidente lo que haba pasado entre el capitn y l. --Maldicin! exclam el americano, entonces dmonos prisa. --Para colmo de males reina una oscuridad profunda. --Vive Dios! Hagamos una iluminacin, y quizs les dar en qu pensar a esos demonios. --Tiene V. razn: vengan teas! --Hagamos otra cosa mejor: incendiemos el bosque. --Ja! Ja! exclam el Jaguar riendo, bravo! Vamos a ahumarlos como si fuesen arenques! Esta idea diablica fue ejecutada al momento, y muy luego un cordn de llamas brillantes ci la cumbre de la colina y corri en torno del desfiladero, en donde los mejicanos aguardaban impasibles el ataque de sus enemigos. No tuvieron que esperar mucho, pues muy pronto comenz un vivo fuego de fusilera mezclado con los gritos y los aullidos de los agresores. --Ya es tiempo! grit el capitn. En seguida se oy el ruido de la cada de una caja de dinero al precipicio. Merced al incendio haba tanta claridad como si fuese de da; y ningn movimiento de los mejicanos pasaba desapercibido para sus adversarios. Los bandidos lanzaron un grito de furor al ver a las cajas rodar unas en pos de otras al abismo. Precipitronse con furia sobre los soldados; pero estos los recibieron con bayoneta calada y sin cejar lo ms mnimo. Una descarga hecha a quemarropa por los mejicanos, que haban reservado su fuego, tendi en el suelo a un nmero considerable de enemigos e introdujo el desorden en sus filas, obligndoles a retroceder a pesar suyo. --Adelante! grit el Jaguar. Sus compaeros volvieron a la carga con ms furor que nunca. --Manteneos firmes! Es preciso morir! dijo el capitn. --Moriremos! respondieron unnimes los soldados. Entonces se empe la lucha cuerpo a cuerpo al arma blanca, mezclndose los agresores con los atacados, empujndose unos a otros con sordos rugidos de clera, peleando ms bien como fieras que como hombres. Los arrieros, diezmados por los tiros que les asestaban, no por eso dejaban de continuar con ardor su trabajo: tan luego como la palanca se escapaba de las manos de uno de ellos que rodaba expirante por el suelo, otro se apoderaba en seguida de la pesada barra de hierro, y las cajas de dinero caan sin interrupcin al precipicio no obstante las rabiosas vociferaciones y los esfuerzos gigantescos de los enemigos, que en vano se afanaban por derribar la muralla viva que les cerraba el paso. Era un espectculo de horrible belleza el que ofreca aquella lucha encarnizada, aquel combate implacable que sostenan aquellos hombres al resplandor brillante de un bosque entero que estaba ardiendo cual un faro lgubre y siniestro. Los gritos haban cesado, la carnicera continuaba sorda y terrible, y solo se oa de vez en cuando la voz del capitn que repeta con breve acento: --Estrechad las filas! Estrechad las filas! Y las filas se estrechaban, y los hombres caan sin quejarse, habiendo hecho de antemano el sacrificio de su vida, y no peleando ya sino para ganar las pocos minutos indispensables para que aquel sacrificio no fuese estril. En vano los merodeadores de fronteras, excitados por la codicia, procuraban destruir aquella resistencia enrgica que les opona un puado de hombres: los heroicos soldados, apoyados unos en otros, con los pies afirmados contra los cadveres de los que les haban precedido en la muerte, pareca que se multiplicaban para cerrar el desfiladero en todos los puntos a la vez. Sin embargo, el combate no poda durar ya mucho tiempo; de toda la escolta del capitn, diez hombres cuando ms permanecan todava de pie, los dems haban sucumbido, pero heridos todos por delante en mitad del pecho. Todos los arrieros haban muerto; dos cajas quedaban todava en la orilla del precipicio; el capitn dirigi una mirada rpida en torno suyo, y exclam: --Un esfuerzo ms, hijos mos! Cinco minutos tan solo bastan para concluir nuestro trabajo. --Dios y libertad! gritaron los soldados. Y aunque estaban abrumados de cansancio, se arrojaron resueltos en lo ms espeso de la multitud de enemigos que les rodeaban. Durante algunos minutos, aquellos diez hombres hicieron prodigios de valor; pero al fin prevaleci el nmero: todos cayeron! Solo el capitn viva an! Haba aprovechado el sacrificio de sus soldados para coger una palanca y hacer que una de las cajas rodase al precipicio; la segunda, levantada con sumo trabajo, solo necesitaba ya un esfuerzo postrero para desaparecer a su vez, cuando de improviso un hurra! terrible hizo que el capitn levantase la cabeza. Los merodeadores de fronteras acudan enfurecidos y anhelosos cual tigres sedientos de sangre. --Ah! Al menos esa la tendremos! exclam alegremente Gregorio Felpa, el gua traidor, precipitndose hacia adelante. --Mientes, miserable! respondi el capitn. Y alzando con ambas manos la pesada barra de hierro, rompi el crneo al soldado, quien cay sin lanzar un grito, sin exhalar un suspiro. --Ahora a otro, dijo el capitn volviendo a levantar la palanca. Un aullido de horror reson entre la multitud, que vacil un momento. El capitn baj con viveza su palanca, y la caja se inclin sobre el borde del abismo. Este movimiento restituy a los bandidos toda su clera y su rabia. --Muera! Muera! exclamaron precipitndose sobre el oficial. --Deteneos! grit el Jaguar lanzndose hacia adelante y derribando cuanto se opona a su paso. Nadie se mueva: ese hombre me pertenece. Al or esta voz bien conocida de todos, aquellos hombres se detuvieron. El capitn tir su palanca: la ltima caja acababa de caer al precipicio. --Rndase V., Capitn Melendez, dijo el Jaguar adelantndose hacia el oficial. ste haba vuelto a coger su sable, y respondi: --Ya no merece la pena: prefiero morir. --Pues entonces defindase V. Ambos enemigos se pusieron en guardia. Durante algunos segundos se oy el choque furioso de los aceros. De improviso y por un movimiento brusco, el capitn hizo volar por el aire el arma de su adversario. Antes que ste se hubiese repuesto de su sorpresa, el oficial se precipit sobre l y le enlaz con sus brazos como una serpiente. Los dos hombres rodaron por el suelo. A dos pasos detrs de ellos se hallaba el precipicio. Todos los esfuerzos del capitn tendan a atraer al Jaguar al borde del abismo; el cabecilla, por el contrario, procuraba librarse de la presin terrible de su enemigo, cuyo siniestro proyecto haba adivinado sin duda alguna. Por fin, despus de una lucha de algunos minutos, los brazos que opriman el cuerpo del Jaguar se aflojaron poco a poco; las crispadas manos del oficial se soltaron, y el cabecilla, reuniendo todas sus fuerzas, logr desembarazarse de su enemigo y levantarse. Pero apenas se hallaba de pie, cuando el capitn, que pareca estar aniquilado y casi desmayado, salt como un tigre, se agarr a brazo partido con su enemigo, y le imprimi un sacudimiento terrible. El Jaguar, que todava estaba aturdido por la lucha que acababa de sostener, y no esperaba aquel ataque brusco, se tambale y perdi el equilibrio, lanzando un grito horroroso. --Por fin! exclam el capitn con feroz alegra. Los circunstantes lanzaron una exclamacin de horror y de desesperacin. Los dos enemigos haban desaparecido en el abismo. FIN. NDICE DE MATERIAS. I. El fugitivo. II. Quoniam. III. Negro y blanco. IV. La manada. V. El Ciervo-Negro. VI. La concesin. VII. Cara de Mono. VIII. La declaracin de guerra. IX. Los Pawnees-Serpientes. X. La batalla. XI. La venta del Potrero. XII. Conversacin. XIII. Carmela. XIV. La conducta de plata. XV. El alto. XVI. Resumen poltico. XVII. Tranquilo. XVIII. Lanzi. XIX. La caza. XX. Confidencias. XXI. El Jaguar. XXII. El Zorro-Azul. XXIII. El Desollador-Blanco. XXIV. Despus del combate. XXV. Una explicacin. XXVI. El parte. XXVII. El gua. XXVIII. John Davis. XXIX. El trato. XXX. La emboscada. End of Project Gutenberg's Los Merodeadores de Fronteras, by Gustave Aimard License: Share Alike