Produced by Carlos Coln, The University of Toronto and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive) Nota del Transcriptor: Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original. Errores obvios de imprenta han sido corregidos. Pginas en blanco han sido eliminadas. Letras itlicas son denotadas con _lneas_. Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas) han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal. _LA DIVINA COMEDIA_ _DANTE ALIGHIERI_ _La Divina Comedia_ [Ilustracin] _Universidad Nacional de Mxico._ 1921 [Ilustracin] "_LA COMMEDIA_" Que es pues la Comedia? La edad medieval realizada como arte, a pesar del autor y de los contemporneos. Y notad qu cosa tan grande es sta! La edad media no era un mundo artstico, antes lo contrario del arte. La religin era misticismo; la filosofa, escolstica. La primera excomulgaba el arte, quemaba las imgenes, avezaba a los espritus a desasirse de lo real. La otra viva de abstracciones y de frmulas y de citas, aguzando el entendimiento y llevndole a sutilizar acerca de los nombres y de los vacuas generalidades llamadas _esencias_. Los espritus eran atrados hacia lo general, ms dispuestos a idealizar que a realizar: y esto es precisamente lo contrario del arte. En los poetas sencillos hallamos la realidad tosca e informe, como en los misterios, en las visiones y en las leyendas. En los poetas doctos encontramos una forma crudamente didasclica o figurativa y alegrica. El arte no haba nacido an. Exista la imagen; pero no la realidad con su libertad y carcter. Dante toma de los misterios la comedia del alma y hace de esta historia el centro de una visin suya del otro mundo. Toda esta representacin no es ms que sentido literal; la visin es alegrica, los personajes son imgenes y no personas; todo lo que es activo en su espritu lo lleva hacia la figura y no hacia lo figurado. Su naturaleza potica, arrastrada a pesar suyo a las abstracciones teolgicas y escolsticas, se rebela y puebla su cerebro de fantasmas, obligndolo a concretar, a materializar y a dar forma a lo que es ms espiritual e impalpable, an a Dios mismo. Aquel mundo literal lo hechiza, lo persigue, lo asedia y no descansa hasta que recibe de l su forma definitiva; y ya no es letra, sino espritu; ya no es imagen, sino realidad; un mundo en s cabal e inteligible, perfectamente realizado. Visin y alegora, tratado o leyenda, crnicas, historias, loores, himnos, misticismo y escolstica, todas las formas literarias y toda la cultura de la poca estn aqu encerradas y animadas en este gran misterio del alma y de la humanidad: poema universal en que se reflejan todos los pueblos y todos los siglos que constituyen la edad media. Ms este mundo artstico, nacido de una contradiccin entre la intencin del poeta y su obra, no es acabadamente armnico, no es poesa pura. La falsa conciencia potica perturba la obra de aquella espontaneidad genial, y pone en ella un no s qu de inseguro y de no acabado, una mezcla y crudeza de colores. El pensamiento, en su desnudez escolstica; o exornado con imgenes que sin embargo no bastan a vencer su abstraccin, tiene demasiada importancia. Sus figuras alegricas recuerdan en ocasiones a los monstruos orientales ms que a la serena belleza griega: lo mismo las entidades abstractas que los personajes conscientes y libres. A menudo, preocupado por el segundo sentido que tiene en mientes, agrega pormenores extraos a la imagen, lo que perturba y distrae al lector, interrumpindole el libre vuelo de la fantasa. La presencia constante de otro sentido que aligera la representacin y a veces la penetra, menoscaba la claridad y la armona. An el estilo, enmaraado de cuando en cuando con asuntos lejanos y sutiles pierde su claridad y se torna confuso y turbio. No es un templo griego sino una catedral gtica, llena de vastas sombras, en donde pugnan elementos contrarios, que no han sido bien armonizados. A veces es tosco; otras, delicado. En ocasiones, poeta docto y en otras, popular. Ora pierde de vista a la verdad y se entrega a sutilezas, ora la intuye rpidamente y la expresa con sencillez. Ya es un cronista burdo, ya un pintor acabado. Cundo se pierde en cuestiones abstractas; cundo, en medio de ellas, hace germinar la vida. Aqu desciende a cosas pueriles, all se remonta a excelsitudes sobrehumanas. Al ocuparse en un silogismo brilla la luz de una imagen; mientras teologiza estalla la flama del sentimiento. En ratos os hallis ante una fra alegora y repentinamente sents a la carne estremecerse con ella. Su credulidad nos hace hoy sonrer; luego su audacia nos llenar de asombro. Fu un pequeo mundo donde se reflejaba toda la existencia de entonces. Los elementos contrarios que fermentaban en una sociedad en estado an de formacin contendan en l, sin que se diera cuenta de ello. Si miris sus aspiraciones encontraris que en ellas todo es armona. Filsofo, piensa en el reino de la ciencia y de la virtud; cristiano, contempla el reino de Dios; patriota, suspira por el reino de la justicia y de la paz; poeta, suea una forma toda luz, proporcin y armona, _lo bello stile_; su autor es Virgilio. Mientras ms grande era la barbarie y la ignorancia, mayor su aspiracin hacia un mundo armnico y concorde. Mas el poeta se halla rodeado por esta burda realidad, por esas formas discordes; se apesadumbra y le falta la serenidad del artista y saca de su fantasa un mundo del arte, en gran parte realizado, pero donde se encuentra an las asperezas de una materia domeada imperfectamente. * * * * * Penetremos en este mundo, mirmoslo e interrogumoslo. Porque un argumento no es _tabula rasa_, donde podamos escribir a nuestro antojo, sino mrmol entallado, que tiene en s mismo su concepto y las leyes de su desarrollo. La virtud mayor del genio consiste en entender su argumento, ser uno con l, apartando todo lo que le sea extrao. Es necesario apasionarse por l, vivir dentro de l, constituirse en su alma o su conciencia. De modo semejante el crtico en lugar de imponerse reglas abstractas y juzgar con el mismo criterio la _Comedia_ y la _Ilada_, la _Gerusalemme_ y el _Orlando Furioso_, debe estudiar el mundo creado por el poeta, interrogarlo, indagar su naturaleza que contiene forzosamente su potica o sean las leyes orgnicas de su formacin, su concepto, su forma, su gnesis, su estilo. Qu cosa es el otro mundo? Es el problema del destino humano resuelto, la explicacin del misterio del alma, el fin de la historia del hombre, el mundo perfecto, lo eterno presente, la inmutable necesidad. En la naturaleza ya no ocurre el accidente; en el hombre ya no hay libertad. La naturaleza est predeterminada y fijada por una lgica preconcebida segn la idea moral. Lo real y lo ideal se vuelven idnticos; la apariencia y la sustancia son una misma cosa. El hombre ya no tiene libre albedro: est ah fijo e inmvil como la naturaleza. Toda accin ha cesado; se ha roto todo vnculo que une a los hombres en la tierra; patria, familia, riquezas, dignidad, costumbres. No existe sucesin ni desenvolvimiento, ni principio, ni fin; falta la narracin, el drama. El individuo desaparece en el gnero. El carcter, la personalidad no tiene modo de manifestarse. Eterno dolor, gozo eterno, sin eco, sin variacin, sin contraste ni grado. No hay epopeya porque falta la accin; no hay drama porque falta la libertad; la lrica es la inmutable y montona expresin de una sola aria; queda la existencia en su inmvil manera de ser, la descripcin de la naturaleza y del hombre. Qu cosa es, pues, el otro mundo--con relacin al arte? Visin, contemplacin, descripcin: una historia natural. Ms en esta visin penetra la leyenda o el misterio porque dentro est representada la comedia o redencin del alma en su peregrinaje desde lo humano a lo divino, _da Fiorenza in popol giusto e sano_. Tiene pues la apariencia de un drama que se desarrolla en el otro mundo, y sus actores son Dante, Virgilio, Catn, Estacio, el demonio, Matilde, Beatriz, San Pedro, San Bernardo, la Virgen, Dios; drama alegrico como lo es la comedia del alma, _Commedia dell'anima_. Digo _apariencia de un drama_, porque la santificacin no nace del obrar sino del contemplar, y Dante contempla, no obra, y los otros adoctrinan, ensean. El drama, en consecuencia, se desvanece en la contemplacin. As concebido, este mundo era el de los misterios y las leyendas y se converta en mundo teolgico-escolstico en manos de los doctos. Dante lo ha realizado, lo ha hecho existir en el arte; ha creado esa naturaleza y ese hombre. Y si su mundo no es perfectamente artstico, la falta no es de l sino que aquel mundo en donde el hombre es naturaleza y la naturaleza, ciencia, y del cual se ha desterrado a lo accidental y a la libertad, los dos grandes factores de la vida real y del arte. Si Dante hubiera sido fraile o filsofo, apartado de la vida real, se habra encerrado en esas formas y en esa alegora sin salir de ellas. Mas Dante, al entrar en el reino de los muertos lleva consigo todas las pasiones de los vivos, y las preocupaciones terrenas. Descuida ser un smbolo o una figura alegrica, y es Dante, la ms potente individualidad de aquel tiempo, en la cual est compendiada toda la vida de la poca, con sus abstracciones, sus xtasis, sus pasiones impetuosas, su refinamiento y su barbarie. A la vista de un ser viviente y al or sus palabras, las almas renacen por un instante, sienten de nuevo la antigua vida, se tornan hombres; en lo eterno vuelve a aparecer el tiempo; en el seno de lo porvenir, vive y se mueve Italia, y ms bien an, la Europa de aquel siglo. As la poesa abarca toda la vida, cielo y tierra, tiempo y eternidad, lo humano y lo divino; y el poema sobrenatural convirtese en humano y terreno, con la marca del hombre y del tiempo. Reaparece la naturaleza terrenal como oposicin o parangn o remembranza. Reaparece el accidente y el tiempo, la historia y la sociedad en su vida exterior e interna; apunta la tradicin virgiliana con Roma por capital del mundo y con la monarqua preestablecida; y dentro de este marco magnfico, pasa ante nuestros ojos la historia de la poca: Bonifacio VIII, Roberto, Felipe el hermoso, Carlos de Valois, los Cerchi y los Donati, la nueva Florencia y la antigua, la historia de Italia, y la historia de Dante, sus iras, sus odios, sus venganzas, sus amores, sus predilecciones. As se integra la vida; el otro mundo sale de su abstraccin doctrinal y mstica; cielo y tierra se confunden; sntesis viviente de esta inmensa comprensin, Dante es espectador, actor y juez. La vida, contemplada desde el otro mundo adquiere nuevas actitudes, sensaciones e impresiones. El otro mundo visto desde la tierra, se reviste de sus pasiones e intereses. Y resulta de todo una concepcin originalsima, una naturaleza nueva y un hombre nuevo. Son dos mundos omnipresentes, en reciprocidad de accin, que se suceden, se alternan, se cruzan, se compenetran, se explican y se iluminan mutuamente, en perpetua vuelta. Su unidad no reside en un protagonista, ni en una accin, ni en un fin abstracto y extrao a la materia; est en la misma materia; unidad interior e impersonal, viviente, indivisible; unidad orgnica cuyos instantes se suceden en el espritu del poeta, no como agregacin mecnica de partes separables, sino compenetrados e identificados como en la vida. Esta unidad enrgica y armoniosa se halla en la naturaleza misma de los dos mundos, materialmente diversos, pero que no constituyen sino una misma cosa en la unidad de la conciencia. Cielo y tierra son trminos correlativos; no es posible el uno sin el otro. Lo puramente real y lo puramente ideal son dos abstracciones; cada cosa real lleva consigo su ideal; todo hombre porta su infierno y su paraso; todo hombre encierra en su pecho a los dioses del Olimpo: el escptico puede negar el infierno, pero no suprimir la conciencia. Puesto que estos dos mundos son la vida misma en sus dos aspectos, en el seno de esta unidad se desenvuelve el dualismo ms vivaz, mejor dicho, antagonismo: el otro mundo hace de los cuerpos sombras; sombras son los afectos, las grandezas y las pompas; mas en esas sombras an se estremece la carne, se agita el deseo, resuenan las imprecaciones terrenales que llegan hasta la tranquila bveda del cielo. Los hombres con sus pasiones, vicios y virtudes quedan eternizados como estatuas, en la misma actitud y expresin de odio, de desdn y de amor en que han sido sorprendidos por el artista; pero mientras el otro mundo hace de la tierra algo eterno, transportndola a su centro y ponindole delante la imagen de lo infinito, descubre lo vano y la nada; los hombres son los mismos en un escenario distinto, que es su irona. Esta unidad y dualidad que salen del fondo mismo de la situacin brilla a la luz del da en las ms variadas formas; a veces en un apstrofe, en un discurso, en un gesto, en una accin; ya en la naturaleza, ya en el hombre; en esta unidad queda comprendida la mayor variedad, y no es fcil encontrar una obra artstica cuyos lmites sean tan precisos y tan vastos. Nada hay en el argumento que constria al poeta a preferir a tal personaje, a cierta poca o accin; l escoge toda la historia, todos los aspectos bajo los cuales aparece la humanidad; y puede abandonarse libremente a sus iras y opiniones e intercalar en el plan general fines particulares sin que la unidad se dae. Todo esto da a su universo una acabada realidad potica, y es patente en la permanente unidad, todo lo que surge del ser humano, del libre albedro y de lo casual y el moverse con vario juego todos los contrastes y lo necesario unido con el libre albedro y el destino con la casualidad. En resumen, qu clase de poesa es sta? contiene materia pica y no es epopeya; hay una situacin lrica y no es lrica; posee una trama dramtica y no es drama. Trtase de una de aquellas construcciones gigantescas y primitivas, verdaderas enciclopedias, biblias nacionales; no de un gnero ms bien que de otro, sino de un todo que contiene en embrin toda la materia y todas las formas poticas, el germen de todo desarrollo ulterior. Por lo tanto ningn gnero de poesa sobresale y es explicado; el uno entra en el otro y se perfecciona en l de la misma manera que los dos mundos se identifican y no se puede decir: aqu est uno de ellos y all el otro; as los diversos gneros estn unidos de manera que nadie puede sealar los confines que los dividen y an menos decir: esto es absolutamente pico y esto, dramtico. Es el contenido universal del cual todas las poesas no son ms que fragmentos; el _poema sacro_; la eterna geometra y la eterna lgica de la creacin encarnada en los tres mundos cristianos; la ciudad de Dios, en la que se refleja la ciudad del hombre con toda su realidad de determinado lugar y poca; la esfera inmvil del mundo teolgico, en la cual alientan tempestuosamente todas las pasiones humanas. La idea que anima esta vasta construccin y le infunde vida y la desarrolla, es el concepto de la salvacin, el camino que lleva al alma del mal al bien, del error a la verdad, de la anarqua a la ley, de lo mltiple a lo uno. Es el concepto cristiano y moderno de la unidad de Dios sustituda a la pluralidad pagana. Si este concepto fuera solamente algo exterior, explicado en su abstraccin doctrinal, como pensamiento, o presentado en forma alegrica, la imagen no bastara para engendrar una obra de arte. Pero el concepto no es slo externo sino interno; no es nicamente del significado y la ciencia de aquel mundo, obra de filsofo y de crtico, sino principio activo, como en el hombre y en la naturaleza, que construye y forma ese mundo y le da una historia y un desarrollo. Este principio activo puede llamarse en su abstraccin lo verdadero o el bien, o la virtud, o la ley; como realidad viva y activa es el espritu, que tiene por contrario a la materia o la carne, donde se halla como en prisin o como en un _vasello_ de donde se esfuerza por salir. As, pues, la vida es un antagonismo, una batalla entre el espritu y la carne, entre Dios y el demonio. Su historia es la victoria progresiva del espritu, su conciencia y albedro, bajo las formas en que vive sutilizndose, descorporificndose, idealizndose hasta Dios, espritu absoluto, la Verdad, la Bondad, la Unidad, el ltimo Ideal. La concepcin dantesca, el espritu que anima su mundo es, pues, la progresiva disolucin de las formas, un constante ascender desde la carne al espritu, la emancipacin de la materia y del sentido mediante la expiacin y el dolor, el choque entre lo satnico y lo divino, el infierno y el paraso. Homero transporta a los dioses a la tierra y los materializa; Dante transporta a los hombres al otro mundo y los espiritualiza. La materia no es ms que apariencia; lo que slo existe es el espritu; los hombres son sombras; las acciones humanas se reproducen como fantasmas en el dominio de la memoria; la tierra misma es un recuerdo que flucta como una visin; lo real, lo presente es el espritu infinito; todo lo dems es _vanita che par persona_. Todo se va acrisolando progresivamente; el velo se torna cada vez ms transparente; el _Infierno_ es la sede de la materia, el dominio de la carne y del pecado; lo terrenal no solamente es remembranza sino presente; el castigo no logra modificar los caracteres y las pasiones; el pecado y lo terreno se perpetan en el otro mundo y se inmovilizan en esas almas incapaces de arrepentimiento; pecado eterno, pena eterna. En el _Purgatorio_ cesan las tinieblas y brilla el sol, la luz de la inteligencia, el espritu; lo mundano es un penoso recuerdo que el penitente procura olvidar; y el espritu, separndose de lo corpreo, tiende a la completa posesin de s, a la salvacin. En el _Paraso_ la persona humana desaparece y todas las formas se desvanecen y se elevan en la luz; a medida que se asciende, y mientras ms se idealiza esta gloriosa transfiguracin hasta llegar a la presencia de Dios, el espritu absoluto, la forma se desvanece y no persiste ms que el sentimiento: _....Tutta cessa Mia visione, ed ancor mi distilla Nel cuor lo dolce che nacque da essa. Cosi la neve al sol si disigilla; Cosi al vento nelle foglie lievi Si perdea la sentenzia di Sibilla._ Este concepto comprende todo lo que se puede saber y toda la historia; no slo construye y desarrolla el mundo dantesco sino que lo hallis siempre vivo en el camino intelectual e histrico de la vida, bajo todas las formas, en todos los problemas que se presentan al poeta, en religin, en filosofa, en poltica, en moral; y as se concreta y cumple en todas las direcciones de la vida. En religin, es el camino de la letra al espritu, del smbolo a la idea, del Viejo al Nuevo Testamento; en la ciencia, el trnsito de la ignorancia y del error a la religin y de la razn a la revelacin; en moral, el paso del mal al bien, del odio al amor mediante la expiacin; en poltica, la senda que conduce de la anarqua a la unidad. Sometido a las condiciones de espacio y de tiempo, vulvese historia; tal hombre, tal pueblo, tal siglo. En religin, est ante la Iglesia Romana, ante el papado, que el poeta quiere emancipar de los intereses y pasiones terrenales y retornar a su fin espiritual; en filosofa, encuentra la ciencia vulgar y la ciencia de la verdad en el paraso; en moral, os hallis delante de las pasiones, las discordias, las culpas y los vicios de la edad brbara de la cual os sents poco a poco alejados en vuestro camino hacia el sumo bien; en poltica, es la Italia anrquica y ensangrentada que el poeta aspira a traer a la paz y concordia en la unidad del imperio. De este modo un mismo concepto anima el todo, en la forma, en el pensamiento y en la historia. Pero comprensin ms vasta y concorde no haba salido jams de mente humana. Algunos encuentran en la _Comedia_ el otro mundo, considerando lo dems como una intrusin, casi como una profanacin; Edgard Quinet se siente _choqu_ de ver como las pasiones del poeta le siguen hasta el paraso; otros descubren en l un mundo poltico que no es ms que una representacin figurada. Llaman a este poema _religioso_ o _poltico_, _didasclico_ o _moral_; lo reducen a querellas de catlicos y protestantes, a disputas de gelfos y gibelinos. No miran desde la cumbre del monte sino desde la llanura y toman por el todo lo que encuentran en la lnea recta del camino. Cada uno se forja un pequeo mundo y dice: este es el mundo de Dante. Y el mundo de Dante contiene en s todos esos mundos. Es el mundo universal de la edad media realizado en el arte. _FRANCESCO DE SANCTIS._ (Tomado de la _STORIA DELLA LETTERATURA ITALIANA_, Volume I.) _INFIERNO_ [Ilustracin] _CANTO PRIMERO_ A la mitad del viaje de nuestra vida me encontr en una selva obscura, por haberme apartado del camino recto. Ah! Cun penoso me sera decir lo salvaje, spera y espesa que era esta selva, cuyo recuerdo renueva mi pavor, pavor tan amargo, que la muerte no lo es tanto. Pero antes de hablar del bien que all encontr, revelar las dems cosas que he visto. No s decir fijamente cmo entr all; tan adormecido estaba cuando abandon el verdadero camino. Pero al llegar al pie de una cuesta, donde terminaba el valle que me haba llenado de miedo el corazn, mir hacia arriba, y vi su cima revestida ya de los rayos del planeta que nos gua con seguridad por todos los senderos. Entonces se calm algn tanto el miedo que haba permanecido en el lago de mi corazn durante la noche que pas con tanta angustia; y del mismo modo que aquel que, saliendo anhelante fuera del pilago, al llegar a la playa, se vuelve hacia las ondas peligrosas y las contempla, as mi espritu, fugitivo an, se volvi hacia atrs para mirar el lugar de que no sali nunca nadie vivo. Despus de haber dado algn reposo a mi fatigado cuerpo, continu subiendo por la solitaria playa, procurando afirmar siempre aquel de mis pies que estuviera ms bajo. Al principio de la cuesta, apareciseme una pantera gil, de rpidos movimientos y cubierta de manchada piel. No se separaba de mi vista, sino que interceptaba de tal modo mi camino, que me volv muchas veces para retroceder. Era a tiempo que apuntaba el da, y el sol suba rodeado de aquellas estrellas que estaban con l cuando el amor divino imprimi el primer movimiento a todas las cosas bellas. Hora y estacin tan dulces me daban motivo para augurar bien de aquella fiera de pintada piel. Pero no tanto que no me infundiera terror el aspecto de un len que a su vez se me apareci: figurseme que vena contra m, con la cabeza alta y con un hambre tan rabiosa, que hasta el aire pareca temerle. Sigui a ste una loba que, en medio de su demacracin, pareca cargada de deseos; loba que ha obligado a vivir miserable a mucha gente. El fuego que despedan sus ojos me caus tal turbacin, que perd la esperanza de llegar a la cima. Y as como el que gustoso atesora y se entristece y llora con todos sus pensamientos cuando llega el momento en que sufre una prdida, as me hizo padecer aquella inquieta fiera, que, viniendo a mi encuentro, poco a poco me repela hacia donde el sol se calla. Mientras yo retroceda hacia el valle, se present a mi vista uno, que por su prolongado silencio pareca mudo. Cuando le vi en aquel gran desierto: --Piedad de m--le grit--quienquiera que seas, sombra u hombre verdadero. Respondime: No soy ya hombre, pero lo he sido; mis padres fueron lombardos y ambos tuvieron a Mantua por patria. Nac "sub Julio," aunque algo tarde, y vi a Roma bajo el mando del buen Augusto en tiempo de los dioses falsos y engaosos. Poeta fu, y cant a aquel justo hijo de Anquises, que volvi de Troya despus del incendio de la soberbia Ilin. Pero, por qu te entregas de nuevo a tu afliccin? Por qu no asciendes al delicioso monte, que es causa y principio de todo goce? --Oh! Eres t aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho raudal de elocuencia?--le respond ruboroso. Ah!, honor y antorcha de los dems poetas! Vlganme para contigo el prolongado estudio y el grande amor con que he ledo y meditado tu obra. T eres mi maestro y mi autor predilecto; t solo eres aqul de quien he imitado el bello estilo que me ha dado tanto honor. Mira esa fiera debido a la cual retroceda; lbrame de ella, famoso sabio, porque a su aspecto se estremecen mis venas y late con precipitacin mi pulso. --Te conviene seguir otra ruta--respondi al verme llorar--, si quieres hur de este sitio salvaje; porque esa fiera que te hace prorrumpir en tales lamentaciones no deja pasar a nadie por su camino, sino que se opone a ello matando al que a tanto se atreve. Su instinto es tan malvado y cruel, que nunca ve satisfechos sus ambiciosos deseos, y despus de comer tiene ms hambre que antes. Muchos son los animales a quienes se une, y sern aun muchos ms hasta que venga el Lebrel[1] y la haga morir entre dolores. Este no se alimentar de tierra ni de peltre, sino de sabidura, de amor y de virtud, y su patria estar entre Feltro y Feltro. Ser la salvacin de esta humilde Italia, por quien murieron de sus heridas la virgen Camila, Euralo y Turno y Niso. Perseguir a la loba de ciudad en ciudad hasta que la haya arrojado en el infierno, de donde en otro tiempo la hizo salir la envidia. Ahora, por tu bien, pienso y veo claramente que debes seguirme: yo ser tu gua, y te sacar de aqu para llevarte a un lugar eterno, donde oirs aullidos desesperados; vers los espritus dolientes de los antiguos condenados, que llaman a gritos a la segunda muerte; vers tambin a los que estn contentos entre las llamas, porque esperan, cuando llegue la ocasin, tener un puesto entre los bienaventurados. Si quieres, en seguida, subir hasta ellos, te acompaar en este viaje un alma ms digna que yo, te dejar con ella cuando yo parta; pues el Emperador que reina en las alturas no quiere que por mediacin ma se entre en su ciudad, porque fu rebelde a su ley. El impera en todas partes y reina arriba; arriba est su ciudad y su alto solio: Oh! Feliz el elegido para su reino! [1] Can Grande della Scala, seor de Verona y bienhechor de Dante. Y yo le contest: --Poeta, te requiero por ese Dios a quien no has conocido, que me hagas hur de este mal y de otro peor; condceme adonde has dicho, para que yo vea la puerta de San Pedro y a los que, segn dices, estn tan desolados. Entonces se puso en marcha, y yo segu tras l. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO SEGUNDO_ El da terminaba; la atmsfera obscura de la noche invitaba a descansar de sus fatigas a los seres animados que existen sobre la tierra, y yo solo me preparaba a sostener los combates del camino y de las cosas dignas de compasin, que mi memoria trazar sin equivocarse. Oh Musas!, oh alto ingenio!, venid en mi ayuda: oh mente, que escribiste lo que v!, ahora aparecer tu nobleza. Yo comenc: --Poeta, que me guas, mira si mi virtud es bastante fuerte antes de aventurarme en tan profundo viaje. T dices que el padre de Silvio, aun corruptible, pas al siglo inmortal y pas sensiblemente. Si el adversario de todo mal le fu favorable, debise a los grandes efectos que de l deban sobrevenir; y el por qu no parece injusto a un hombre de talento; pues en el Empreo fu elegido para ser el padre de la fecunda Roma y de su imperio: el uno y la otra, a decir verdad, fueron establecidos en favor del sitio santo en donde reside el sucesor del gran Pedro. Durante este viaje, por el que le elogias, oy cosas que presagiaron su victoria y el manto papal. Despus el Vaso de eleccin fu transportado hasta el cielo para dar ms firmeza a la fe, que es el principio del camino de la salvacin. Pero yo por qu he de ir?, quin me lo permite? Yo no soy Eneas, ni San Pablo: ante nadie, ni ante m mismo, me creo digno de tal honor. Porque si me lanzo a tal empresa, temo por mi loco empeo. Puesto que eres sabio, comprenders las razones que me callo. Y como aquel que no quiere ya lo que quera, y asaltado de una nueva idea, cambia de parecer, de suerte que abandona todo lo que haba comenzado, as me suceda en aquella obscura cuesta; porque, a fuerza de pensar, abandon la empresa que haba empezado con tanto ardor. --Si he comprendido bien tus palabras--respondi aquella sombra magnnima--, tu alma est traspasada de espanto, el cual se apodera frecuentemente del hombre, y tanto, que le retrae de una empresa honrosa, como una vana sombra hace a veces retroceder a una fiera, cuando se introduce en la obscuridad. Para librarte de ese temor, te dir por qu he venido, y lo que vi en el primer momento en que me moviste a compasin. Yo estaba entre los que se hallan en suspenso, y me llam una dama tan bienaventurada y tan bella, que le rogu me diera sus rdenes. Brillaban sus ojos ms que la estrella, y empez a decirme con voz angelical, en su lengua: "Oh alma corts Mantuana, cuya fama dura an en el mundo y durar mientras su movimiento se prolongue! Mi amigo, que no lo es de la ventura, se ve tan embarazado en la playa desierta, que en medio del camino el miedo le ha hecho retroceder; y temo (por lo que he odo de l en el Cielo) que se haya extraviado ya, y que yo haya acudido tarde en su socorro. V, pues, y con tus elocuentes palabras, y con lo que se necesita para sacarle de su apuro, auxliale tan bien, que yo quede consolada. Yo soy Beatriz, la que te hace marchar; vengo de un sitio adonde deseo volver: amor me impele, y es el que me hace hablar. Cuando vuelva a estar delante de mi Seor, le hablar de ti bien y con frecuencia." Call entonces, y yo repuse: "Oh mujer de virtud nica, por quien la especie humana excede en dignidad a todos los seres contenidos bajo aquel Cielo que tiene los crculos ms pequeos! Tanto me place tu orden, que si ya te hubiera obedecido, creera haber tardado: no tienes necesidad de expresarme ms tus deseos. Mas dime: por qu causa no temes descender al fondo de este centro desde lo alto de esos inmensos lugares, adonde ardes en deseos de volver?" "Puesto que tanto quieres saber, te dir brevemente, respondime, por qu no temo venir a este abismo. Slo deben temerse las cosas que pueden redundar en perjuicio de otros; pero no aquellas que no inspiran este temor. Por la merced de Dios, estoy hecha de tal suerte, que no me alcanzan vuestras miserias, ni puede prender en m la llama de este incendio. Hay en el Cielo una dama gentil,[2] que se conduele del obstculo opuesto al que te envo, y que mitiga el duro juicio de la justicia divina. Ella se ha dirigido a Luca[3] con sus ruegos, y le ha dicho: "Tu fiel amigo tiene necesidad de ti, y te lo recomiendo." Luca, enemiga de todo corazn cruel, se ha conmovido e ido al lugar donde yo me encontraba, sentada al lado de la antigua Raquel. Y me ha dicho: "Beatriz, verdadera alabanza de Dios, no socorres a aqul que te am tanto, y que por ti sali de la vulgar esfera? No oyes su queja conmovedora? No ves la muerte contra quien combate sobre ese ro, ms formidable que el mismo mar?" En el mundo no ha habido jams una persona ms pronta en correr hacia un beneficio ni en hur de un peligro, que yo, en cuanto o tales palabras. Descend desde mi dichoso puesto, findome en esa elocuente palabra que te honra, y que honra a cuantos la han odo." Despus de haberme hablado de este modo, volvi llorando hacia m sus ojos brillantes, con lo que me hizo partir ms presuroso. Y me he dirigido a ti tal como ha sido su voluntad, y te he preservado de aquella fiera que te cerraba el camino ms corto de la hermosa montaa. Pero qu tienes?, por qu te suspendes?, por qu abrigas tanta cobarda en tu corazn?, por qu no tienes atrevimiento ni valor, cuando tres mujeres benditas cuidan de ti en la corte celestial, y mis palabras te prometen tanto bien? [2] La clemencia divina. [3] La gracia divina, o ms bien, la gracia que ilumina. Y as como las florecillas, inclinadas y cerradas por la escarcha, se abren erguidas en cuanto el Sol las ilumina, as creci mi abatido nimo, e inund tal aliento mi corazn, que exclam como un hombre decidido: --Oh! Cun piadosa es la que me ha socorrido! Y t, alma bienhechora, que has obedecido con tal prontitud las palabras de verdad que ella te ha dicho! Con las tuyas has preparado mi corazn de tal suerte, y le has comunicado tanto deseo de emprender el gran viaje, que vuelvo a abrigar mi primer propsito. V, pues; que una sola voluntad nos dirija: t eres mi gua, mi seor, mi maestro. As le dije, y en cuanto ech a andar, entr por el camino profundo y salvaje. [Ilustracin] _CANTO TERCERO_ "Por m se va a la ciudad del llanto; por m se va al eterno dolor; por mi se va hacia la raza condenada: la justicia anim a mi sublime arquitecto; me hizo la divina potestad, la suprema sabidura y el primer amor. Antes que yo no hubo nada creado, a excepcin de lo eterno, y yo duro eternamente. Oh vosotros los que entris, abandonad toda esperanza!" Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una puerta, por lo cual exclam: --Maestro, el sentido de estas palabras me causa pena. Y l, como hombre lleno de prudencia, me contest: --Conviene abandonar aqu todo temor; conviene que aqu termine toda cobarda. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que veras a la dolorida gente, que ha perdido el bien de la inteligencia. Y despus de haber puesto su mano en la ma con rostro alegre, que me reanim, me introdujo en medio de las cosas secretas. All, bajo un cielo sin estrellas, resonaban suspiros, quejas y profundos gemidos, de suerte que al escucharlos comenc a llorar. Diversas lenguas, horribles blasfemias, palabras de dolor, acentos de ira, voces altas y roncas, acompaadas de palmadas, producan un tumulto que va rodando siempre por aquel espacio eternamente obscuro, como la arena impelida por un torbellino. Yo, que estaba horrorizado, dije: --Maestro, qu es lo que oigo, y qu gente es sa, que parece doblegada por el dolor? Me respondi: --Esta miserable suerte est reservada a las tristes almas de aquellos que vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio: estn confundidas entre el perverso coro de los ngeles que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino que slo vivieron para s. El Cielo los lanz de su seno por no ser menos hermoso; pero el profundo Infierno no quiere recibirlos por la gloria que con ello podran reportar los dems culpables. Y yo repuse: --Maestro, qu cruel dolor les hace lamentarse tanto? A lo que me contest: --Te lo dir brevemente. Estos no esperan morir; y su ceguedad es tanta, que se muestran envidiosos de cualquier otra suerte. El mundo no conserva ningn recuerdo suyo; la misericordia y la justicia los desdean: no hablemos ms de ellos, mralos y pasa adelante. Y yo, fijndome ms, vi una bandera que iba ondeando tan de prisa, que pareca desdeosa del menor reposo: tras ella vena tanta muchedumbre, que no hubiera credo que la muerte destruyera tan gran nmero. Despus de haber reconocido a algunos, mir ms fijamente, y vi la sombra de aquel que por cobarda hizo la gran renuncia[4]. Comprend inmediatamente y adquir la certeza de que aquella turba era la de los ruines que se hicieron desagradables a los ojos de Dios y a los de sus enemigos. Aquellos desgraciados, que no vivieron nunca, estaban desnudos, y eran molestados sin tregua por las picaduras de las moscas y de las avispas que all haba; las cuales hacan correr por su rostro la sangre, que mezclada con sus lgrimas, era recogida a sus pies por asquerosos gusanos. [4] Segn algunos comentadores, ste debe ser Esa, que renunci a su derecho de primogenitura; segn otros, Diocleciano, que abdic el imperio; segn Venturini, el papa Celestino V, y otros creen que el que hizo la gran renuncia es Pilatos. Habiendo dirigido mis miradas a otra parte, vi nuevas almas a la orilla de un gran ro, por lo cual, dije: --Maestro, dgnate manifestarme quines son y por qu ley parecen sos tan prontos a atravesar el ro, segn puedo ver a favor de esta dbil claridad. Y l me respondi: --Te lo dir cuando pongamos nuestros pies sobre la triste orilla del Aqueronte. Entonces, avergonzado y con los ojos bajos, temiendo que le disgustasen mis preguntas, me abstuve de hablar hasta que llegamos al ro. En aquel momento vimos un anciano cubierto de canas, que se diriga hacia nosotros en una barquichuela, gritando: "Ay de vosotras, almas perversas! No esperis ver nunca el Cielo. Vengo para conduciros a la otra orilla, donde reinan eternas tinieblas, en medio del calor y del fro. Y t, alma viva, que ests aqu, aljate de entre esas que estn muertas." Pero cuando vi que yo no me mova, dijo: "Llegars a la playa por otra orilla, por otro puerto, mas no por aqu: para llevarte se necesita una barca ms ligera." Y mi gua le dijo: --Carn, no te irrites. As se ha dispuesto all donde se puede todo lo que se quiere; y no preguntes ms. Entonces se aquietaron las velludas mejillas del barquero de las lvidas lagunas, que tena crculos de llamas alrededor de sus ojos. Pero aquellas almas, que estaban desnudas y fatigadas, no bien oyeron tan terribles palabras, cambiaron de color, rechinando los dientes, blasfemando de Dios, de sus padres, de la especie humana, del sitio y del da de su nacimiento, de la prole de su prole y de su descendencia: despus se retiraron todas juntas, llorando fuertemente, hacia la orilla maldita en donde se espera a todo aquel que no teme a Dios. El demonio Carn, con ojos de ascuas, haciendo una seal, las fu reuniendo, golpeando con su remo a las que se rezagaban; y as como en otoo van cayendo las hojas una tras otra, hasta que las ramas han devuelto a la tierra todos sus despojos, del mismo modo los malvados hijos de Adn se lanzaban uno a uno desde la orilla, a aquella seal, como pjaros que acuden al reclamo. De esta suerte se fueron alejando por las negras ondas; pero antes de que hubieran saltado en la orilla opuesta, se reuni otra nueva muchedumbre en la que aqullas haban dejado. --Hijo mo--me dijo el corts Maestro--, los que mueren en la clera de Dios acuden aqu de todos los pases, y se apresuran a atravesar el ro, espoleados de tal suerte por la justicia divina, que su temor se convierte en deseo. Por aqu no pasa nunca un alma pura; por lo cual, si Carn se irrita contra ti, ya conoces ahora el motivo de sus desdeosas palabras. Apenas hubo terminado, tembl tan fuertemente la sombra campia, que el recuerdo del espanto que sent an me inunda la frente de sudor. De aquella tierra de lgrimas sali un viento que produjo rojizos relmpagos, hacindome perder el sentido y caer como un hombre sorprendido por el sueo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO CUARTO_ Interrumpi mi profundo sueo un trueno tan fuerte, que me estremec como hombre a quien se despierta a la fuerza: me levant, y dirigiendo una mirada en derredor mo, fij la vista para reconocer el lugar donde me hallaba. Vime junto al borde del triste valle, abismo de dolor, en que resuenan infinitos ayes, semejantes a truenos. El abismo era tan profundo, obscuro y nebuloso, que en vano fijaba mis ojos en su fondo, pues no distingua cosa alguna. --Ahora descendamos all abajo, al tenebroso mundo--me dijo el poeta muy plido--: yo ir el primero; t el segundo. Yo, que haba advertido su palidez, le respond: --Cmo he de ir yo, si t, que sueles desvanecer mis incertidumbres, te atemorizas? Y l repuso: --La angustia de los desgraciados que estn ah bajo, refleja en mi rostro una piedad que t tomas por terror. Vamos, pues; que la longitud del camino exige que nos apresuremos. Y sin decir ms, penetr y me hizo entrar en el primer crculo que rodea el abismo. All, segn pude advertir, no se oan quejas, sino slo suspiros, que hacan temblar la eterna bveda, y que procedan de la pena sin tormento de una inmensa multitud de hombres, mujeres y nios. El buen Maestro me dijo: --No me preguntas qu espritus son los que estamos viendo? Quiero, pues, que sepas, antes de seguir adelante, que stos no pecaron; y si contrajeron en su vida algunos mritos, no es bastante, pues no recibieron el agua del bautismo, que es la puerta de la Fe que forma tu creencia. Y si vivieron antes del cristianismo, no adoraron a Dios como deban: yo tambin soy uno de ellos. Por tal falta, y no por otra culpa, estamos condenados, consistiendo nuestra pena en vivir con el deseo sin esperanza. Un gran dolor afligi mi corazn cuando o esto, porque conoc personas de mucho valor que estaban suspensas en el Limbo. --Dime, Maestro y seor mo--le pregunt para afirmarme ms en esta Fe que triunfa de todo error;--alguna de esas almas ha podido, bien por sus mritos o por los de otros, salir del Limbo y alcanzar la bienaventuranza? Y l, que comprendi mis palabras encubiertas y obscuras, repuso: --Yo era recin llegado a este sitio, cuando vi venir a un Sr poderoso, coronado con la seal de la victoria. Hizo salir de aqu el alma del primer padre, y la de Abel su hijo, y la de No; la del legislador Moiss, tan obediente; la del patriarca Abraham, y la del rey David; a Israel, con su padre y con sus hijos, y a Raquel por quien aqul hizo tanto,[5] y a otros muchos, a quienes otorg la bienaventuranza; pues debes saber que, antes de ellos, no se salvaban las almas humanas. [5] Se refiere a Jacobo o Israel, que por casarse con Raquel sirvi al padre de ella catorce aos. Mientras as hablaba, no dejbamos de andar; pero seguamos atravesando siempre la selva, esto es, la selva que formaban los espritus apiados. Aun no estbamos muy lejos de la entrada del abismo, cuando vi un resplandor que triunfaba del hemisferio de las tinieblas: nos encontrbamos todava a bastante distancia, pero no a tanta que no pudiera yo distinguir que aquel sitio estaba ocupado por personas dignas. --Oh t, que honras toda ciencia y todo arte, quines son sos, cuyo valimiento debe ser tanto, que as estn separados de los dems? Y l a m: --La hermosa fama que an se conserva de ellos en el mundo que habitas, les hace acreedores a esta gracia del cielo, que de tal suerte los distingue. Entonces o una voz que deca: "Honrad al sublime poeta; regresa su sombra, que se haba separado de nosotros!" Cuando call la voz, vi venir a nuestro encuentro cuatro grandes sombras, cuyo rostro no manifestaba tristeza ni alegra. El buen maestro empez a decirme: --Mira aquel que tiene una espada en la mano, y viene a la cabeza de los tres como su seor. Ese es Homero, poeta soberano: el otro es el satrico Horacio, Ovidio es el tercero y el ltimo Lucano. Cada cual merece, como yo, el nombre que antes pronunciaron unnimes; me honran y hacen bien. De este modo vi reunida la hermosa escuela de aquel prncipe del sublime cntico, que vuela como el guila sobre todos los dems. Despus de haber estado conversando entre s un rato, se volvieron hacia m dirigindome un amistoso saludo, que hizo sonrer a mi Maestro; y me honraron an ms, puesto que me admitieron en su compaa, de suerte que fu el sexto entre aquellos grandes genios. As seguimos hasta donde estaba la luz, hablando de cosas que es bueno callar, como bueno era hablar de ellas en el sitio en que nos encontrbamos. Llegamos al pie de un noble castillo, rodeado siete veces de altas murallas, y defendido alrededor por un bello riachuelo. Pasamos sobre ste como sobre tierra firme; y atravesando siete puertas con aquellos sabios, llegamos a un prado de fresca verdura. All haba personajes de mirada tranquila y grave, cuyo semblante revelaba una grande autoridad: hablaban poco y con voz suave. Nos retiramos luego hacia un extremo de la pradera; a un sitio despejado, alto y luminoso, desde donde podan verse todas aquellas almas. All, en pie sobre el verde esmalte, me fueron sealados los grandes espritus, cuya contemplacin me hizo estremecer de alegra. All vi a Electra con muchos de sus compaeros, entre los que conoc a Hctor y a Eneas; despus a Csar, armado, con sus ojos de ave de rapia. Vi en otra parte a Camila y a Pentesilea, y vi al Rey Latino, que estaba sentado al lado de su hija Lavinia; vi a aquel Bruto, que arroj a Tarquino de Roma; a Lucrecia tambin, a Julia, a Marcia y a Cornelia, y a Saladino, que estaba solo y separado de los dems. Habiendo levantado despus la vista, vi al maestro de los que saben,[6] sentado entre su filosfica familia. Todos le admiran, todos le honran: vi adems a Scrates y Platn, que estaban ms prximos a aqul que los dems; a Demcrito, que pretende que el mundo ha tenido por origen la casualidad; a Digenes, a Anaxgoras y a Tales, a Empdocles, a Herclito y a Zenn: vi al buen observador de la cualidad, es decir, a Dioscrides, y vi a Orfeo, a Tulio y a Lino, y al moralista Sneca; al gemetra Euclides, a Tolomeo, Hipcrates, Avicena y Galeno, y a Averroes, que hizo el gran comentario. No me es posible mencionarlos a todos, porque me arrastra el largo tema que he de seguir y muchas veces las palabras son breves para el asunto. Bien pronto la compaa de seis queda reducida a dos: mi sabio gua me conduce por otro camino fuera de aquella inmovilidad hacia una aura temblorosa, y llego a un punto privado totalmente de luz. [6] El filsofo Aristteles. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO QUINTO_ As descend del primer crculo al segundo, que contiene menos espacio, pero mucho ms dolor, y dolor punzante, que origina desgarradores gritos. All estaba el horrible Minos que, rechinando los dientes, examina las culpas de los que entran; juzga y da a comprender sus rdenes por medio de las vueltas de su cola. Es decir, que cuando se presenta ante l un alma pecadora, y le confiesa todas sus culpas, aquel gran conocedor de los pecados ve qu lugar del infierno debe ocupar y se lo designa, cindose al cuerpo la cola tantas veces cuantas sea el nmero del crculo a que debe ser enviada. Ante l estn siempre muchas almas, acudiendo por turno para ser juzgadas; hablan y escuchan, y despus son arrojadas al abismo. --Oh, t, que vienes a la mansin del dolor!--me grit Minos cuando me vi, suspendiendo sus terribles funciones--; mira cmo entras y de quin te fas: no te alucine lo anchuroso de la entrada. Entonces mi gua le pregunt: --Por qu gritas? No te opongas a su viaje ordenado por el destino: as lo han dispuesto all donde se puede lo que se quiere; y no preguntes ms. Empezaron a dejarse or voces plaideras: y llegu a un sitio donde hirieron mis odos grandes lamentos. Entrbamos en un lugar que careca de luz, y que ruga como el mar tempestuoso cuando est combatido por vientos contrarios. La tromba infernal, que no se detiene nunca, envuelve en su torbellino a los espritus; les hace dar vueltas continuamente, y les agita y les molesta: cuando se encuentran ante la ruinosa valla que los encierra, all son los gritos, los llantos y los lamentos, y las blasfemias contra la virtud divina. Supe que estaban condenados a semejante tormento los pecadores carnales que sometieron la razn a sus lascivos apetitos; y as como los estorninos vuelan en grandes y compactas bandadas en la estacin de los fros, as aquel torbellino arrastra a los espritus malvados llevndolos de ac para all, de arriba abajo, sin que abriguen nunca la esperanza de tener un momento de reposo, ni de que su pena se aminore. Y del mismo modo que las grullas van lanzando sus tristes acentos, formando todas una prolongada hilera en el aire, as tambin vi venir, exhalando gemidos, a las sombras arrastradas por aquella tromba. Por lo cual pregunt: --Maestro, qu almas son sas a quienes de tal suerte castiga ese aire negro? --La primera de sas, de quienes deseas noticias--me dijo entonces--, fu emperatriz de una multitud de pueblos donde se hablaban diferentes lenguas, y tan dada al vicio de la lujuria, que permiti en sus leyes todo lo que excitaba el placer, para ocultar de este modo la abyeccin en que viva. Es Semramis, de quien se lee que sucedi a Nino y fu su esposa y rein en la tierra en donde impera el Sultn. La otra es la que se mat por amor y quebrant la fe prometida a las cenizas de Siqueo. Despus sigue la lasciva Cleopatra. Ve tambin a Helena, que di lugar a tan funestos tiempos; y ve al gran Aquiles, que al fin tuvo que combatir por el amor. Ve a Pars y a Tristn.... Y a ms de mil sombras me fu enseando y designando con el dedo, a quienes Amor haba hecho salir de esta vida. Cuando o a mi sabio nombrar las antiguas damas y los caballeros, me sent dominado por la piedad y qued como aturdido. Empec a decir: --Poeta, quisiera hablar a aquellas dos almas que van juntas y parecen ms ligeras que las otras impelidas por el viento. Y l me contest: --Espera que estn ms cerca de nosotros: y entonces rugales, por el amor que las conduce, que se dirijan hacia ti. Tan pronto como el viento las impuls hacia nosotros, alc la voz diciendo: --Oh almas atormentadas!, venid a hablarnos, si otro no se opone a ello. As como dos palomas, excitadas por sus deseos, se dirigen con las alas abiertas y firmes hacia el dulce nido, llevadas en el aire por una misma voluntad, as salieron aquellas dos almas de entre la multitud donde estaba Dido, dirigindose hacia nosotros a travs del aire malsano, atradas por mi eficaz y afectuoso llamamiento. --Oh sr gracioso y benigno, que vienes a visitar enmedio de este aire negruzco a los que hemos teido el mundo de sangre! Si furamos amados por el Rey del universo, le rogaramos por tu tranquilidad, ya que te compadeces de nuestro acerbo dolor. Todo lo que te agrade or y decir, te lo diremos y escucharemos con gusto mientras que siga el viento tan tranquilo como ahora. La tierra donde nac est situada en la costa donde desemboca el Po con todos sus afluentes para descansar en el mar. Amor, que se apodera pronto de un corazn gentil, hizo que ste se prendara de aquel hermoso cuerpo que me fu arrebatado de un modo que an me atormenta. Amor, que no dispensa de amar al que es amado, hizo que me entregara vivamente al placer de que se embriagaba ste, que, como ves, no me abandona nunca. Amor nos condujo a la misma muerte. Cana[7] espera al que nos arranc la vida. [7] La primera de las cuatro divisiones concntricas del ltimo crculo del Infierno, en donde son castigados los traidores y los matadores de sus propios consanguneos. Vase el canto trigsimo segundo. Tales fueron las palabras de las dos sombras. Al or a aquellas almas atormentadas, baj la cabeza y la tuve inclinada tanto tiempo, que el poeta me dijo: --En qu piensas? --Ah!--exclam al contestarle--; cun dulces pensamientos, cuntos deseos les han conducido a doloroso trnsito! Despus me dirig hacia ellos, dicindoles: --Francisca, tus desgracias me hacen derramar tristes y compasivas lgrimas. Pero dime: en tiempo de los dulces suspiros cmo os permiti Amor conocer vuestros secretos deseos? Ella me contest: --No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria; y eso lo sabe bien tu Maestro. Pero si tienes tanto deseo de conocer cul fu el principal origen de nuestro amor, har como el que habla y llora a la vez. Leamos un da por pasatiempo las aventuras de Lancelote, y de qu modo cay en las redes del Amor: estbamos solos y sin abrigar sospecha alguna. Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran muchas veces y que palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje fu el que decidi de nosotros. Cuando lemos que la deseada sonrisa de la amada fu interrumpida por el beso del amante, ste, que jams se ha de separar de m, me bes tembloroso en la boca: el libro y quien lo escribi fu para nosotros otro Galeoto; aquel da ya no lemos ms. Mientras que un alma deca esto, la otra lloraba de tal modo, que, movido de compasin, desfallec como si me muriera, y ca como cae un cuerpo inanimado. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO SEXTO_ Al recobrar los sentidos, que perd por la tristeza y la compasin que me caus la suerte de los dos cuados, vi en derredor mo nuevos tormentos y nuevas almas atormentadas doquier iba y doquier me volva o miraba. Me encuentro en el tercer crculo; en el de la lluvia eterna, maldita, fra y densa, que cae siempre igualmente copiosa y con la misma fuerza. Espesos granizos, agua negruzca y nieve descienden en turbin a travs de las tinieblas; la tierra, al recibirlos, exhala un olor pestfero. Cerbero, fiera cruel y monstruosa, ladra con sus tres fauces de perro contra los condenados que estn all sumergidos. Tiene los ojos rojos, los pelos negros y cerdosos, el vientre ancho y las patas guarnecidas de uas que clava en los espritus, les desgarra la piel y les descuartiza. La lluvia les hace aullar como perros; los miserables condenados forman entre s una muralla con sus costados y se revuelven sin cesar. Cuando nos descubri Cerbero, el gran gusano abri las bocas ensendonos sus colmillos; todos sus miembros estaban agitados. Entonces mi gua extendi las manos, cogi tierra, y la arroj a puados en las fauces vidas de la fiera. Y del mismo modo que un perro se deshace ladrando al tener hambre, y se apacigua cuando muerde su presa, ocupado tan slo en devorarla, as tambin el demonio Cerbero cerr sus impuras bocas, cuyos ladridos causaban tal aturdimiento a las almas que quisieran quedarse sordas. Pasamos por encima de las sombras derribadas por la incesante lluvia, poniendo nuestros pies sobre sus fantasmas, que parecan cuerpos humanos. Todas yacan por el suelo, excepto una que se levant con presteza para sentarse, cuando nos vi pasar ante ella. --Oh, t, que has venido a este Infierno!--me dijo--; reconceme si puedes. T fuiste hecho, antes que yo deshecho. Yo le contest: --La angustia que te atormenta es quiz causa de que no me acuerde de ti; me parece que no te he visto nunca. Pero dime, quin eres t, que a tan triste lugar has sido conducido, y condenado a un suplicio, que si hay otro mayor, no ser por cierto tan desagradable? Contestme: --Tu ciudad, tan llena hoy de envidia, que ya colma la medida, me vi en su seno en vida ms serena. Vosotros, los habitantes de esa ciudad, me llamasteis Ciacco. Por el reprensible pecado de la gula, me veo, como ves, sufriendo esta lluvia. Yo no soy aqu la nica alma triste; todas las dems estn condenadas a igual pena por la misma causa. Y no pronunci una palabra ms. Yo le respond: --Ciacco, tu martirio me conmueve tanto, que me hace verter lgrimas; pero dime, si es que lo sabes: en qu pararn los habitantes de esa ciudad tan dividida en facciones? Hay algn justo entre ellos? Dime por qu razn se ha introducido en ella la discordia. Me contest: --Despus de grandes debates, llegarn a verter su sangre, y el partido salvaje arrojar al otro partido causndole grandes prdidas. Luego ser preciso que el partido vencedor sucumba al cabo de tres aos, y que el vencido se eleve, merced a la ayuda de aquel que ahora es neutral. Esta faccin llevar la frente erguida por mucho tiempo, teniendo bajo su frreo yugo a la otra, por ms que sta se lamente y avergence. Aun hay dos justos, pero nadie les escucha: la soberbia, la envidia y la avaricia son las tres chispas que han inflamado los corazones. Aqu di Ciacco fin a su lamentable discurso, y yo le dije: --Todava quiero que me informes, y me concedas algunas palabras. Dime dnde estn, y dame a conocer a Farinata y al Tegghiaio, que fueron tan dignos, a Jacobo Rusticucci, Arigo y Mosca, y a otros que a hacer bien consagraron su ingenio, pues siento un gran deseo de saber si estn entre las dulzuras del Cielo o entre las amarguras del Infierno. A lo que me contest: --Estn entre almas ms perversas; otros pecados los han arrojado a un crculo ms profundo: si bajas hasta all, podrs verlos. Pero cuando vuelvas al dulce mundo, te ruego que hagas porque en l se renueve mi recuerdo: y no te digo ni te respondo ms. Entonces torci los ojos que haba tenido fijos; mirme un momento, y luego inclin la cabeza, y volvi a caer entre los dems ciegos. Mi gua me dijo: --Ya no volver a levantarse hasta que se oiga el sonido de la anglica trompeta; cuando venga la potestad enemiga del pecado. Cada cual encontrar entonces su triste tumba; recobrar sus carnes y su figura; y oir el juicio que debe resonar por toda una eternidad. As fuimos atravesando aquella impura mezcla de sombras y de lluvia, con paso lento, razonando un poco sobre la vida futura. Por lo cual dije: --Maestro, estos tormentos sern mayores despus de la gran sentencia, o bien menores, o seguirn siendo tan dolorosos? Y l a m: --Acurdate de tu ciencia, que pretende que cuanto ms perfecta es una cosa, tanto mayor bien o dolor experimenta. Aunque esta raza maldita no debe jams llegar a la verdadera perfeccin, espera ser despus del juicio ms perfecta que ahora. Caminando por la va que gira alrededor del crculo, continuamos hablando de otras cosas que no refiero, y llegamos al sitio donde se desciende: all encontramos a Plutn, el gran enemigo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO SEPTIMO_ "Pape satn, pape satn aleppe"[8] comenz a gritar Plutn con ronca voz. Y aquel sabio gentil, que lo supo todo, para animarme, dijo: [8] Pape, interjeccin griega y latina, que significa sorpresa; aleppe, lo mismo que aleph (o Ioseph), voz hebraica, equivalente a jefe, prncipe, etc. La frase, truncada por reticencia, quiere decir: "Cmo, Satans; cmo, Satans, prncipe del Infierno!... Un audaz mortal se atreve a entrar aqu?"--Fraticelli. --No te inquiete el temor; pues a pesar de su poder, no te impedir que desciendas a este crculo. Despus, volvindose hacia aquel rostro hinchado de ira, le dijo: --Calla, lobo maldito: consmete interiormente con tu propia rabia. No sin razn venimos al profundo infierno; pues as lo han dispuesto all arriba, donde Miguel castig la soberbia rebelin. Como las velas, hinchadas por el viento, caen derribadas cuando el mstil se rompe, del mismo modo cay al suelo aquella fiera cruel. As bajamos a la cuarta cavidad, aproximndonos ms a la dolorosa orilla que encierra en s todo el mal del universo. Ah, justicia de Dios!, quin, si no t, puede amontonar tantas penas y trabajos como all vi? Por qu nos desgarran as nuestras propias faltas? Como una ola se estrella contra otra ola en el escollo de Caribdis, as chocan uno contra otro los condenados. All vi ms condenados que en ninguna otra parte, los cuales formados en dos filas, se lanzaban de la una a la otra enormes pesos con todo el esfuerzo de su pecho, gritando fuertemente: dbanse grandes golpes, y despus se volvan cada cual hacia atrs, exclamando: "Por qu guardas? Por qu derrochas?" De esta suerte iban girando por aquel ttrico crculo, yendo desde un extremo a su opuesto, y repitiendo a gritos su injurioso estribillo. Despus, cuando cada cual haba llegado al centro de su crculo, se volvan todos a la vez para empezar de nuevo otra pelea. Yo, que tena el corazn conmovido de lstima, dije: --Maestro mo, indcame qu gente es sta. Todos esos tonsurados que vemos a nuestra izquierda han sido clrigos? Y l me respondi: --Err la mente de todos en la primera vida, y no supieron gastar razonablemente: as lo manifiestan claramente sus aullidos cuando llegan a los dos puntos del crculo que los separa de los que siguieron camino opuesto. Esos que no tienen cabellos que cubran su cabeza, fueron clrigos, papas y cardenales, a quienes subyug la avaricia. Y yo: --Maestro, entre todos sos, bien deber haber algunos a quienes yo conozca y a quienes tan inmundos hizo este vicio. Y l a m: --En vano esforzars tu imaginacin: la vida srdida que los hizo deformes, hace que hoy sean obscuros y desconocidos. Continuarn chocando entre s eternamente; y saldrn stos del sepulcro con los puos cerrados, y aqullos con el cabello rapado. Por haber gastado mal y guardado mal, han perdido el Paraso, y se ven condenados a ese eterno combate, que no necesito pintarte con palabras escogidas. Ah podrs ver, hijo mo, cun rpidamente pasa el soplo de los bienes de la Fortuna, por los que la raza humana se enorgullece y querella. Todo el oro que existe bajo la Luna, y todo lo que ha existido, no puede dar un momento de reposo a una sola de esas almas fatigadas. --Maestro--le dije entonces--, ensame cul es esa Fortuna de que me hablas, y que as tiene entre sus manos los bienes del mundo. Y l a m: --Oh necias criaturas! Cun grande es la ignorancia que os extrava! Quiero que te alimentes con mis lecciones. Aqul, cuya sabidura es superior a todo, hizo los cielos y les di un gua, de modo que toda parte brilla para toda parte, distribuyendo la luz por igual; con el esplendor del mundo hizo lo mismo, y le di una gua, que administrndolo todo, hiciera pasar de tiempo en tiempo las vanas riquezas de una a otra familia, de una a otra nacin, a pesar de los obstculos que crean la prudencia y previsin humanas. He aqu por qu, mientras una nacin impera, otra languidece, segn el juicio de Aqul que est oculto, como la serpiente en la hierba. Vuestro saber no puedo contrastarla; porque provee, juzga y prosigue su reinado, como el suyo cada una de las otras deidades. Sus transformaciones no tienen tregua; la necesidad la obliga a ser rpida; por eso se cambia todo en el mundo con tanta frecuencia. Tal es esa a quien tan a menudo vituperan los mismos que deberan ensalzarla, y de quien blasfeman y maldicen sin razn. Pero ella es feliz, y no oye esas maldiciones: contenta entre las primeras criaturas, prosigue su obra y goza en su beatitud. Bajemos ahora donde existen mayores y ms lamentables males: ya descienden todas las estrellas que salan cuando me puse en marcha, y nos est prohibido retrasarnos mucho. Atravesamos el crculo hasta la otra orilla, sobre un hirviente manantial, que vierte sus aguas en un arroyo que le debe su origen y cuyas aguas son ms bien obscuras que azuladas; y bajamos por un camino distinto, siguiendo el curso de tan tenebrosas ondas. Cuando aquel arroyo ha llegado al pie de la playa gris e infecta, forma una laguna llamada Estigia; y yo, que miraba atentamente, vi algunas almas encenagadas en aquel pantano, completamente desnudas y de irritado semblante. Se golpeaban no slo con las manos, sino con la cabeza, con el pecho, con los pies, arrancndose la carne a pedazos con los dientes. Djome el buen Maestro: --Hijo, contempla las almas de los que han sido dominados por la ira: quiero adems que sepas que bajo esta agua hay una raza condenada que suspira, y la hace hervir en la superficie, como te lo indican tus miradas en cuantos sitios se fijan. Metidos en el lodo, dicen: "Estuvimos siempre tristes bajo aquel aire dulce que alegra el Sol, llevando en nuestro interior una ttrica humareda: ahora nos entristecemos tambin en medio de este negro cieno." Estas palabras salen del fondo de su garganta, como si formaran grgaras, no pudiendo pronunciar una sola ntegra. As fuimos describiendo un gran arco alrededor del ftido pantano, entre la playa seca y el agua, vueltos los ojos hacia los que se atragantaban con el fango, hasta que al fin llegamos al pie de una torre. [Ilustracin] _CANTO OCTAVO_ Digo, continuando, que mucho antes de llegar al pie de la elevada torre, nuestros ojos se fijaron en su parte ms alta, a causa de dos lucecitas que all vimos, y otra que corresponda a estas dos, pero desde tan lejos, que apenas poda distinguirse. Entonces, dirigindome hacia el mar de toda ciencia, dije: --Qu significan esas llamas? Qu responde aquella otra, y quines son los que hacen esas seales? Respondime: --Sobre esas aguas fangosas puedes ver lo que ha de venir, si es que no te lo ocultan los vapores del pantano. Jams cuerda alguna despidi una flecha que corriese por el aire con tanta velocidad, como una navecilla que vi surcando las aguas en nuestra direccin, gobernada por un solo remero que gritaba: "Has llegado ya, alma vil?" --Flegias, Flegias, gritas en vano esta vez--dijo mi Seor--; no nos tendrs en tu poder ms tiempo que el necesario para pasar la laguna. Flegias, conteniendo su clera, hizo lo que un hombre a quien descubren que ha sido vctima de un engao, ocasionndole esto un dolor profundo. Mi gua salt a la barca y me hizo entrar en ella tras l; pero aqulla no pareci ir cargada hasta que recibi mi peso. En cuanto ambos estuvimos dentro, la antigua proa parti trazando en el agua una estela ms profunda de lo que sola cuando llevaba otros pasajeros. Mientras recorramos aquel canal de agua estancada, se me present una sombra llena de lodo, y me pregunt: --Quin eres t, que vienes antes de tiempo? A lo que contest: --Si he venido, no es para permanecer aqu; mas dime quin eres t, que tan sucio ests? Respondime: --Ya ves que soy uno de los que lloran. Y yo a l: --Permanece, pues, entre el llanto y la desolacin, espritu maldito! Te conozco aunque ests tan enlodado. Entonces extendi sus manos hacia la barca, pero mi prudente Maestro le rechaz diciendo: --Vte de aqu con los otros perros. En seguida rode mi cuello con sus brazos, me bes en el rostro y me dijo: --Alma desdeosa, bendita aquella que te llev en su seno! Ese que ves fu en el mundo una persona soberbia; ninguna virtud ha honrado su memoria, por lo que su sombra est siempre furiosa. Cuntos se tienen all arriba por grandes reyes, que se vern sumidos como cerdos en este pantano, sin dejar en pos de s ms que horribles desprecios! Y yo: --Maestro, antes de salir de este lago, deseara en gran manera ver a ese pecador sumergido en el fango. Y l a m: --Antes de que veas la orilla, quedars satisfecho: convendr que goces de ese deseo. Poco despus, le vi acometido de tal modo por las dems sombras cenagosas, que an alabo a Dios y le doy gracias por ello. Todas gritaban: "A Felipe Argenti!" Este florentino, espritu orgulloso, se revolva contra s mismo, destrozndose con sus dientes. Dejmosle all, pues no pienso ocuparme ms de l. Despus vino a herir mis odos un lamento doloroso, por lo cual mir con ms atencin en torno mo. El buen Maestro me dijo: --Hijo mo, ya estamos cerca de la ciudad que se llama Dite; sus habitantes pecaron gravemente y son muy numerosos. Y yo le respond: --Ya distingo en el fondo del valle sus torres bermejas, como si salieran de entre llamas. A lo cual me contest: --El fuego eterno que interiormente las abrasa, les comunica el rojo color que ves en ese bajo infierno. Al fin entramos en los profundos fosos que cien aquella desolada tierra: las murallas me parecan de hierro. Llegamos, no sin haber dado antes un gran rodeo, a un sitio en que el barquero nos dijo en alta voz: "Salid, he aqu la entrada." Vi sobre las puertas ms de mil espritus, cados del cielo como una lluvia, que decan con ira: "Quin es se que sin haber muerto anda por el reino de los muertos?" Mi sabio Maestro hizo un ademn expresando que quera hablarles en secreto. Entonces contuvieron un poco su clera y respondieron: "Ven t solo, y que se vaya aquel que tan audazmente entr en este reino. Que se vuelva solo por el camino que ha emprendido locamente: que lo intente, si sabe; porque t, que le has guiado por esta obscura comarca, te has de quedar aqu." Juzga, lector, si estara yo tranquilo al or aquellas palabras malditas: no cre volver nunca a la tierra. --Oh, mi gua querido!, t que ms de siete veces me has devuelto la tranquilidad y librado de los grandes peligros con que he tropezado, no me dejes, le dije, tan abatido: si nos est prohibido avanzar ms, volvamos inmediatamente sobre nuestros pasos. Y aquel seor que all me haba llevado me dijo: --No temas, pues nadie puede cerrarnos el paso que Dios nos ha abierto. Agurdame aqu: reanima tu abatido espritu y alimenta una grata esperanza, que yo no te dejar en este bajo mundo. En seguida se fu el dulce Padre, y me dej solo. Permanec en una gran incertidumbre, agitndose el s y el no en mi cabeza. No pude or lo que les propuso; pero habl poco tiempo con ellos, y todos a una corrieron hacia la ciudad. Nuestros enemigos dieron con las puertas en el rostro a mi Seor, que se qued fuera, y se dirigi lentamente hacia donde yo estaba. Tena los ojos inclinados, sin dar seales de atrevimiento, y deca entre suspiros: "Quin me ha impedido la entrada en la mansin de los dolores?" Y dirigindose a m: --Si estoy irritado--me dijo--, no te inquietes; yo saldr victorioso de esta prueba, cualesquiera que sean los que se opongan a nuestra entrada. Su temeridad no es nueva: ya la demostraron ante una puerta menos secreta, que se encuentra todava sin cerradura. Ya has visto sobre ella la inscripcin de muerte. Pero ms ac de esa puerta, descendiendo la montaa y pasando por los crculos sin necesidad de gua, viene uno que nos abrir la ciudad. [Ilustracin] _CANTO NONO_ Aquel color que el miedo pint en mi rostro cuando vi a mi gua retroceder, hizo que en el suyo se desvaneciera ms pronto la palidez inslita, psose atento, como un hombre que escucha, porque las miradas no podan penetrar a travs del denso aire y de la espesa niebla. --Sin embargo, debemos vencer en esta lucha--empez a decir--; si no!... pero se nos ha prometido... Oh!, cunto tarda el otro en llegar![9] [9] Si no... Esta reticencia expresa el temor y la duda, que inmediatamente desecha Virgilio por respeto al Sr Supremo. Quiere decir: "Si no... viniese ayuda del cielo!... Pero, qu digo? Se me ha prometido... y no puede faltar." Se refiere a la llegada del ngel. Yo vi bien que ocultaba lo que haba comenzado a decir bajo otra idea que le asalt despus, y que estas ltimas palabras eran diferentes de las primeras: sin embargo, su discurso me caus espanto, porque me pareca descubrir en sus entrecortadas frases un sentido peor del que en realidad tenan. --Ha bajado alguna vez al fondo de este triste abismo algn espritu del primer crculo, cuya sola pena es la de perder la esperanza?--le pregunt. A lo que me respondi: --Rara vez sucede que alguno recorra el camino por donde yo voy. Es cierto que tuve que bajar aqu otra vez a causa de los conjuros de la cruel Erictn, que llamaba las almas a sus cuerpos, haca poco tiempo que mi carne estaba despojada de su alma, cuando me hizo traspasar esas murallas para sacar un espritu del crculo de Judas. Este crculo es el ms profundo, el ms obscuro y el ms lejano del Cielo que lo mueve todo. Conozco bien el camino; por lo cual debes estar tranquilo. Esta laguna, que exhala tan gran fetidez, cie en torno la ciudad del dolor, donde ya no podremos entrar sin justa indignacin. Dijo adems otras cosas, que no he podido retener en mi memoria, porque me hallaba absorto, mirando la alta torre de ardiente cspide, donde vi de improviso aparecer rpidamente tres furias infernales, tintas en sangre, las cuales tenan movimientos y miembros femeniles. Estaban ceidas de hidras verdosas, y tenan por cabellos pequeas serpientes y cerastas, que cean sus horribles sienes. Y aqul que conoca muy bien a las siervas de la Reina del dolor eterno: --Mira--me dijo--, las feroces Erinnias. La de la izquierda es Megera; la que llora a la derecha es Alecton, y la del centro es Tisifona. Despus call. Las furias se desgarraban el pecho con sus uas; se golpeaban con las manos, y daban tan fuertes gritos, que por temor me acerqu ms al poeta. "Venga Medusa, y le convertiremos en piedra, decan todas mirando hacia abajo: mal hemos vengado la entrada del audaz Teseo." --Vulvete y cbrete los ojos con las manos, porque si apareciese la Gorgona, y la vieses, no podras jams volver arriba. As me dijo el Maestro, volvindome l mismo; y no findose de mis manos, me tap los ojos con las suyas. Oh vosotros, que gozis de sano entendimiento; descubrid la doctrina que se oculta bajo el velo de tan extraos versos! Oase a travs de las turbias ondas un gran ruido, lleno de horror, que haca retemblar las dos orillas, asemejndose a un viento impetuoso, impelido por contrarios ardores, que se ensaa en las selvas, y sin tregua las ramas rompe y desgaja, y las arroja fuera; y marchando polvoroso y soberbio, hace hur a las fieras y a los pastores. Me descubri los ojos, y me dijo: --Ahora dirige el nervio de tu vista sobre esa antigua espuma, hacia el sitio en que el humo es ms maligno. Como las ranas, que, al ver la culebra enemiga, desaparecen a travs del agua, hasta que se han reunido todas en el cieno, del mismo modo vi ms de mil almas condenadas, huyendo de uno que atravesaba la Estigia a pie enjuto. Alejaba de su rostro el aire denso, extendiendo con frecuencia la siniestra mano hacia delante, y slo este trabajo pareca cansarle. Bien comprend que era un mensajero del Cielo, y volvme hacia el Maestro; pero ste me indic que permaneciese quieto y me inclinara. Ah!, cun desdeoso me pareci aquel enviado celeste! Lleg a la puerta, y la abri con una varita sin encontrar obstculo. --Oh demonios arrojados del Cielo, raza despreciable!--empez a decir en el horrible umbral--; cmo habis podido conservar vuestra arrogancia? Por qu os resists contra esa voluntad, que no deja nunca de conseguir su intento, y que ha aumentado tantas veces vuestros dolores? De qu os sirve luchar contra el destino? Vuestro Cerbero, si bien lo recordis, tiene an el cuello y el hocico pelados. Entonces se volvi hacia el cenagoso camino sin dirigirnos la palabra, semejante a un hombre a quien preocupan y apremian otros cuidados, que no se relacionan con la gente que tiene delante. Y nosotros, confiados en las palabras santas, dirigimos nuestros pasos hacia la ciudad de Dite. Entramos en ella sin ninguna resistencia; y como yo deseaba conocer la suerte de los que estaban encerrados en aquella fortaleza, luego que estuve dentro, empec a dirigir escudriadoras miradas en torno mo, y vi por todos lados un gran campo lleno de dolor y de crueles tormentos. Como en los alrededores de Arls, donde se estanca el Rdano, o como en Pola, cerca del Quarnero, que encierra a Italia y baa sus fronteras, vense antiguos sepulcros, que hacen montuoso el terreno, as tambin aqu se elevaban sepulcros por todas partes; con la diferencia de que su aspecto era ms terrible, por estar envueltos entre un mar de llamas, que los encendan enteramente, ms que lo fu nunca el hierro en ningn arte. Todas sus losas estaban levantadas, y del interior de aqullos salan tristes lamentos, parecidos a los de los mseros ajusticiados. Entonces le pregunt a mi Maestro: --Qu clase de gente es sa, que sepultada en aquellas arcas, se da a conocer por sus dolientes suspiros? A lo que me respondi: --Son los heresiarcas, con sus secuaces de todas sectas: esas tumbas estn mucho ms llenas de lo que puedes figurarte. Ah est sepultado cada cual con su semejante, y las tumbas arden ms o menos. Despus, dirigindose hacia la derecha, pasamos por entre los sepulcros y las altas murallas. [Ilustracin] _CANTO DECIMO_ Mi maestro avanz por un estrecho sendero, entre los muros de la ciudad y las tumbas de los condenados, y yo segu tras l. --Oh suma virtud--exclam--que me conduces a tu placer por los crculos impos! Hblame y satisface mis deseos. Podr ver la gente que yace en esos sepulcros? Todas las losas estn levantadas, y no hay nadie que vigile. Respondime: --Todos quedarn cerrados, cuando hayan vuelto de Josafat las almas con los cuerpos que han dejado all arriba. Epicuro y todos sus sectarios, que pretenden que el alma muere con el cuerpo, tienen su cementerio hacia esta parte. As, que pronto contestarn aqu dentro a la pregunta que me haces, y al deseo que me ocultas. Yo le repliqu: --Buen Gua, si acaso te oculto mi corazn, es por hablar poco, a lo cual no es la primera vez que me has predispuesto con tus advertencias. --Oh Toscano, que vas por la ciudad del fuego hablando modestamente!, dgnate detenerte en este sitio. Tu modo de hablar revela claramente el noble pas al que quiz fu yo funesto. Tales palabras salieron sbitamente de una de aquellas arcas, haciendo que me aproximara con temor a mi Gua. Este me dijo: --Vulvete: qu haces? Mira a Farinata, que se ha levantado en su tumba, y a quien puedes contemplar desde la cintura a la cabeza. Yo tena ya mis miradas fijas en las suyas: l ergua su pecho y su cabeza en ademn de despreciar al Infierno. Entonces mi Gua, con mano animosa y pronta, me impeli hacia l a travs de los sepulcros, dicindome: "Hblale con claridad." En cuanto estuve al pie de su tumba, examinme un momento; y despus, con acento un tanto desdeoso, me pregunt: --Quines fueron tus antepasados? Yo, que deseaba obedecer, no le ocult nada, sino que se lo descubr todo; por lo cual arque un poco las cejas, y dijo: --Fueron terribles contrarios mos, de mis parientes y de mi partido; por eso los desterr dos veces. --Si estuvieron desterrados--le contest--, volvieron de todas partes una y otra vez, arte que los vuestros no han aprendido. Entonces, al lado de aqul, apareci a mi vista una sombra, que slo descubra hasta la barba, lo que me hace creer que estaba de rodillas. Mir en torno mo, como deseando ver si estaba alguien conmigo; y apenas se desvanecieron sus sospechas, me dijo llorando: --Si la fuerza de tu genio es la que te ha abierto esta obscura prisin, dnde est mi hijo y por qu no se encuentra a tu lado? Respondle: --No he venido por m mismo: el que me espera all me gua por estos lugares: quiz vuestro Guido "tuvo" hacia l demasiado desdn. Sus palabras y la clase de su suplicio me haban revelado ya el nombre de aquella sombra: as es que mi respuesta fu precisa. Irguindose repentinamente exclam: --Cmo dijiste "tuvo"? Pues qu, no vive an? No hiere ya sus ojos la dulce luz del da? Cuando observ que yo tardaba en responderle, cay de espaldas en su tumba, y no volvi a aparecer fuera de ella. Pero aquel otro magnnimo, por quien yo estaba all, no cambi de color, ni movi el cuello, ni inclin el cuerpo. --El que no hayan aprendido bien ese arte--me dijo continuando la conversacin empezada--, me atormenta ms que este lecho. Mas la deidad que reina aqu no mostrar cincuenta veces su faz iluminada, sin que t conozcas lo difcil que es ese arte. Pero dime, as puedas volver al dulce mundo, por qu causa es ese pueblo tan desapiadado con los mos en todas sus leyes? A lo cual le contest: --El destrozo y la gran matanza que enrojeci el Arbia excita tales discursos en nuestro templo. Entonces movi la cabeza suspirando, y despus dijo: --No estaba yo all solo; y en verdad, no sin razn me encontr en aquel sitio con los dems; pero s fu el nico que, cuando se trat de destruir a Florencia, la defend resueltamente. --Ah!--le contest--; ojal vuestra descendencia tenga paz y reposo! Pero os ruego que deshagis el nudo que ha enmaraado mi pensamiento. Me parece, por lo que he odo, que previs lo que el tiempo ha de traer, a pesar de que os suceda lo contrario con respecto a lo presente. --Nosotros--dijo--somos como los que tienen la vista cansada, que vemos las cosas distantes, gracias a una luz con que nos ilumina el Gua soberano. Cuando las cosas estn prximas o existen, nuestra inteligencia es vana, y si otro no nos lo cuenta, nada sabemos de los sucesos humanos; por lo cual puedes comprender que toda nuestra inteligencia morir el da en que se cierre la puerta del porvenir. --Decid a ese que acaba de caer, que su hijo est an entre los vivos. Si antes no le respond, hacedle saber que lo hice porque estaba distrado con la duda que habis aclarado. Mi Maestro me llamaba ya, por cuya razn rogu ms solcitamente al espritu que me dijera quin estaba con l. --Estoy tendido entre ms de mil--me respondi--; ah dentro estn el segundo Federico y el Cardenal.[10] En cuanto a los dems, me callo. [10] El emperador Federico II, siempre en guerra con los Papas, contra los cuales escribi versos, fu excomulgado por Gregorio IX e Inocencio IV, y muri en 1250.--Octaviano degli Ubaldini, de Florencia y del partido gibelino, a pesar de ser Cardenal, dijo una vez, que, si acaso tuviera alma, la perdera por los gibelinos. Por esta razn los coloca Dante entre los herejes. Se ocult despus de decir esto, y yo dirig mis pasos hacia el antiguo poeta, pensando en aquellas palabras que me parecan amenazadoras. Se puso en marcha, y mientras caminbamos, me dijo: --Por qu ests tan turbado? Y cuando satisfice su pregunta: --Conserva en tu memoria lo que has odo contra ti--me orden aquel sabio--; y ahora estme atento. Y levantando el dedo, prosigui: --Cuando ests ante la dulce mirada de aquella cuyos bellos ojos lo ven todo, conocers el porvenir que te espera. En seguida se dirigi hacia la izquierda. Dejamos las murallas y fuimos hacia el centro de la ciudad, por un sendero que conduce a un valle, el cual exhalaba un hedor insoportable. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO UNDECIMO_ A la extremidad de un alto promontorio, formado por grandes piedras rotas y acumuladas en crculo, llegamos hasta un montn de espritus ms cruelmente atormentados. All, para preservarnos de las horribles emanaciones y de la fetidez que despeda el profundo abismo, nos pusimos al abrigo de la losa de un gran sepulcro, donde vi una inscripcin que deca: "Encierro al papa Anastasio, a quien Fotino arrastr lejos del camino recto." --Es preciso que descendamos por aqu lentamente, a fin de acostumbrar de antemano nuestros sentidos a este triste hedor, y despus no tendremos necesidad de precavernos de l. As habl mi Maestro, y yo le dije: --Busca algn recurso para que no perdamos el tiempo intilmente. A lo que me respondi: --Ya ves que en ello pienso. Hijo mo--continu--, en medio de estas rocas hay tres crculos, que se estrechan gradualmente como los que has dejado: todos estn llenos de espritus malditos; mas para que despus te baste con slo verlos, oye cmo y por qu estn aqu encerrados. La injuria es el fin de toda maldad que se atrae el odio del cielo, y se llega a este fin, que redunda en perjuicio de otros, bien por medio de la violencia, o bien por medio del fraude. Pero como el fraude es una maldad propia del hombre, por eso es ms desagradable a los ojos de Dios, y por esta razn los fraudulentos estn debajo, entregados a un dolor ms vivo. Todo el primer crculo lo ocupan los violentos, crculo que est adems construdo y dividido en tres recintos; porque puede cometerse violencia contra tres clases de seres: contra Dios, contra s mismo y contra el prjimo; y no slo contra sus personas, sino tambin contra sus bienes, como lo comprenders por estas claras razones. Se comete violencia contra el prjimo dndole la muerte o causndole heridas dolorosas; y contra sus bienes, por medio de la ruina, del incendio o de los latrocinios. De aqu resulta que los homicidas, los que causan heridas, los incendiarios y los ladrones estn atormentados sucesivamente en el primer recinto. Un hombre puede haber dirigido su mano violenta contra s mismo o contra sus bienes: justo es, pues, que purgue su culpa en el segundo recinto, sin esperar tampoco mejor suerte aquel que por su propia voluntad se priva de vuestro mundo, juega, disipa sus bienes o llora donde deba haber estado alegre y gozoso. Puede cometer violencia contra la Divinidad el que reniega de ella y blasfema con el corazn, y el que desprecia la Naturaleza y sus bondades. He aqu por qu el recinto ms pequeo marca con su fuego a Sodoma y a Cahors, y a todo el que, despreciando a Dios, le injuria sin hablar, desde el fondo de su corazn. El hombre puede emplear el fraude que produce remordimientos en todas las conciencias, ya con el que de l se fa, ya tambin con el que desconfa de l. Este ltimo modo de usar del fraude parece que slo quebranta los vnculos de amor, que forma la Naturaleza; por esta causa estn encadenados en el segundo recinto los hipcritas, los aduladores, los hechiceros, los falsarios, los ladrones, los simonacos, los rufianes, los barateros y todos los que se han manchado con semejantes e inmundos vicios. Por el primer fraude no slo se olvida el amor que establece la Naturaleza, sino tambin el sentimiento que le sigue, y de donde nace la confianza: he aqu por qu, en el crculo menor, donde est el centro de la Tierra y donde se halla el asiento de Dite, yace eternamente atormentado todo aquel que ha cometido traicin. Le dije entonces: --Maestro, tus razones son muy claras, y bien me dan a conocer, por medio de tales divisiones, ese abismo y la muchedumbre que le habita; pero dime: los que estn arrojados en aquella laguna cenagosa, los que agita el viento sin cesar, los que azota la lluvia, y los que chocan entre s lanzando tan estridentes gritos, por qu no son castigados en la ciudad del fuego, si se han atrado la clera de Dios? Y si no se la han atrado, por qu se ven atormentados de tal suerte? Me contest: --Por qu tu ingenio, contra su costumbre, delira tanto ahora?, o es que tienes el pensamiento en otra parte? No te acuerdas de aquellas palabras de la Etica, que has estudiado, en las que se trata de las tres inclinaciones que el Cielo reprueba: la incontinencia, la malicia y la loca bestialidad, y de qu modo la incontinencia ofende menos a Dios y produce menor censura? Si examinas bien esta sentencia, acordndote de los que sufren su castigo fuera de aqu, conocers por qu estn separados de esos felones, y por qu los atormenta la justicia divina, a pesar de demostrarse con ellos menos ofendida. --Oh Sol, que sanas toda vista conturbada!--exclam--: tal contento me das cuando desarrollas tus ideas, que slo por eso me es tan grato dudar como saber. Vuelve atrs un momento, y explcame de qu modo ofende la usura a la bondad divina: desvanece esta duda. --La filosofa--me contest--ensea en ms de un punto al que la estudia, que la Naturaleza tiene su origen en la Inteligencia divina y en su arte; y si consultas bien tu Fsica, encontrars, sin necesidad de hojear muchas pginas, que el arte humano sigue cuanto puede a la Naturaleza, como el discpulo a su maestro; de modo que aqul es casi nieto de Dios. Partiendo, pues, de estos principios, sabrs si recuerdas bien el Gnesis, que es conveniente sacar de la vida la mayor utilidad, y multiplicar el gnero humano. El usurero sigue otra va; desprecia a la naturaleza y a su secuaz, y coloca su esperanza en otra parte. Ahora sgueme; que me place avanzar. Los peces suben ya por el horizonte; el carro se ve hacia aquel punto donde expira Coro, y lejos de aqu el alto promontorio parece que desciende. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DUODECIMO_ El sitio por donde empezamos a bajar era un paraje alpestre y, a causa del que all se hallaba, todas las miradas se apartaran de l con horror. Como aquellas ruinas, cuyo flanco azota el ro Adigio, ms ac de Trento, producidas por un terremoto o por falta de base, que desde la cima del monte de donde cayeron hasta la llanura, presentan la roca tan hendida, que ningn paso hallara el que estuviese sobre ellas, as era la bajada de aquel precipicio; y en el borde de la entreabierta sima estaba tendido el monstruo, oprobio de Creta, que fu concebido por una falsa vaca. Cuando nos vi, se mordi a s mismo, como aquel a quien abrasa la ira. Gritle entonces mi Sabio: --Por ventura crees que est aqu el rey de Atenas, que all arriba, en el mundo, te di la muerte? Aljate, monstruo; que ste no viene amaestrado por tu hermana, sino con el objeto de contemplar vuestras penas. Como el toro que rompe las ligaduras en el momento de recibir el golpe mortal, que hur no puede, pero salta de un lado a otro, lo mismo hizo el Minotauro; y mi prudente Maestro me grit: --Corre hacia el borde; mientras est furioso, bueno es que desciendas. Nos encaminamos por aquel derrumbamiento de piedras, que oscilaban por primera vez bajo el peso de mi cuerpo. Iba yo pensativo; por lo cual me dijo: --Acaso piensas en estas ruinas, defendidas por aquella ira bestial, que he disipado. Quiero, pues, que sepas que la otra vez que baj al profundo Infierno aun no se haban desprendido estas piedras; pero un poco antes (si no estoy equivocado) de que viniese aqul que arrebat a Dite la gran presa del primer crculo, retembl el impuro valle tan profundamente por todos sus mbitos, que cre ver al universo sintiendo aquel amor, por el cual otros creyeron que el mundo ha vuelto ms de una vez a sumirse en el caos; y entonces fu cuando esa antigua roca se destroz por tan diversas partes. Pero fija tus miradas en el valle; pues ya estamos cerca del ro de sangre, en el cual hierve todo el que por medio de la violencia ha hecho dao a los dems. Oh ciegos deseos! Oh ira desatentada, que nos aguijonea de tal modo en nuestra corta vida, y as nos sumerge en sangre hirviente por toda una eternidad! Vi un ancho foso en forma circular, como la montaa que rodea toda la llanura, segn me haba dicho mi Gua, y entre el pie de la roca y este foso corran en fila muchos centauros armados de saetas, del mismo modo que solan ir a cazar por el mundo. Al vernos descender, se detuvieron, y tres de ellos se separaron de la banda, preparando sus arcos y escogiendo antes sus flechas. Uno de ellos grit desde lejos: --Qu tormento os est reservado a vosotros los que bajis por esa cuesta? Decidlo desde donde estis, porque si no, disparo mi arco. Mi Maestro respondi: --Contestaremos a Quirn, cuando estemos cerca. Tus deseos fueron siempre por desgracia muy impetuosos. Despus me toc y me dijo: --Ese es Neso, el que muri por la hermosa Deyanira, y veng por s mismo su muerte; el de enmedio, que inclina la cabeza sobre el pecho, es el gran Quirn, que educ a Aquiles; el otro es el irascible Fol. Alrededor del foso van a millares, atravesando con sus flechas a toda alma que sale de la sangre ms de lo que le permiten sus culpas. Nos fuimos aproximando a aquellos giles monstruos: Quirn cogi una flecha, y con el regatn apart las barbas hacia detrs de sus quijadas. Cuando se descubri la enorme boca, dijo a sus compaeros: --Habis observado que el de detrs mueve cuanto toca? Los pies de los muertos no suelen hacer eso. Y mi buen Maestro, que estaba ya junto a l, y le llegaba al pecho, donde las dos naturalezas se unen, repuso: --Est en efecto vivo, y yo slo debo ensearle el sombro valle: viene a l por necesidad, y no por distraccin. La que me ha encomendado este nuevo oficio, ha cesado por un momento de cantar "aleluya." No es l un ladrn, ni yo un alma criminal. Pero por aquella virtud que dirige mis pasos en un camino tan salvaje, cdeme uno de los tuyos para que nos acompae, que nos indique un punto vadeable y lleve a ste sobre sus ancas, pues no es espritu que vaya por el aire. Quirn se volvi hacia la derecha, y dijo a Neso: --V, guales; y si tropiezan con algn grupo de los nuestros, haz que les abran paso. Nos pusimos en marcha, tan fielmente escoltados, hacia lo largo de las orillas de aquella roja espuma, donde lanzaban horribles gritos los ahogados. Los vi sumergidos hasta las cejas, por lo que el gran Centauro dijo: --Esos son los tiranos, que vivieron de sangre y de rapia. Aqu se lloran las desapiadadas culpas: aqu est Alejandro, y el feroz Dionisio, que tantos aos de dolor hizo sufrir a la Sicilia. Aquella frente que tiene el cabello tan negro es la de Azzolino, y la otra que lo tiene rubio es la de Obezzo de Este, que verdaderamente fu asesinado en el mundo por su hijastro. Entonces me volv hacia el Poeta, el cual me dijo: --Sea ste ahora tu primer gua; yo ser el segundo. Algo ms lejos se detuvo el Centauro sobre unos condenados, que parecan sacar fuera de aquel hervidero su cabeza hasta la garganta, y nos mostr una sombra que estaba separada de las dems, diciendo: Aqul hiri, en recinto sagrado, a un corazn, que an se ve honrado en las orillas del Tmesis.[11] [11] Guido de Montfort. Para vengar la muerte de Simn, su padre, muerto en Inglaterra por Eduardo, asesin en 1271, en una iglesia de Viterbo, a Enrique, hermano de aqul, mientras el sacerdote elevaba la hostia. El corazn del asesinado fu llevado en una copa a Londres, y colocado sobre una columna en el puente del Tmesis, para recordar a los ingleses la ofensa que se les haba hecho. Despus vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del ro, y algunas todo el pecho, y reconoc a muchos de ellos. Como la sangre iba disminuyendo poco a poco, hasta no cubrir ms que el pie, vadeamos el foso. --Quiero que creas--me dijo el Centauro--que as como ves disminuir la corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor, hasta que llega a reunirse en aquel punto donde la tirana est condenada a gemir. All es donde la justicia divina ha arrojado a Atila, que fu su azote en la tierra; a Pirro, a Sexto, y eternamente arranca lgrimas, con el hervor de esa sangre, a Renato de Corneto y a Renato Pazzo, que tanto dao causaron en los caminos. Dicho esto, se volvi y repas el vado. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOTERCIO_ No haba llegado an Neso a la otra parte, cuando penetramos en un bosque, que no estaba surcado por ningn sendero. El follaje no era verde, sino de un color obscuro; las ramas no eran rectas, sino nudosas y entrelazadas; no haba frutas, sino espinas venenosas. No son tan speras y espesas las selvas donde moran las fieras, que aborrecen los sitios cultivados entre el Cecina y Corneto. All anidan las brutales Arpas, que arrojaron a los Troyanos de las Estrofades con el triste presagio de un mal futuro. Tienen alas anchas, cuellos y rostros humanos, pies con garras, y el vientre cubierto de plumas: subidas en los rboles, lanzan extraos lamentos. Mi buen Maestro empez a decirme: --Antes de avanzar ms, debes saber que te encuentras en el segundo recinto, por el cual continuars hasta que llegues a los terribles arenales. Por tanto, mira con atencin; y de este modo vers cosas, que darn testimonio de mis palabras. Por todas partes oa yo gemidos, sin ver a nadie que los exhalara; por eso me detuve todo atemorizado. Creo que l crey que yo crea que aquellas voces eran de gente que se ocultaba de nosotros entre la espesura; y as me dijo mi Maestro: --Si rompes cualquier ramita de una de esas plantas, vers trocarse tus pensamientos. Entonces extend la mano hacia delante, cog una ramita de un gran endrino, y su tronco exclam: --Por qu me tronchas? Inmediatamente se ti de sangre, y volvi a exclamar: --Por qu me desgarras? No tienes ningn sentimiento de piedad? Hombres fuimos, y ahora estamos convertidos en troncos: tu mano debera haber sido ms piadosa, aunque furamos almas de serpientes. Cual de verde tizn que, encendido por uno de sus extremos, gotea y chilla por el otro, a causa del aire que le atraviesa, as salan de aquel tronco palabras y sangre juntamente; lo que me hizo dejar caer la rama, y detenerme como hombre acobardado. --Alma herida--respondi mi Sabio--; si l hubiera podido creer, desde luego, que era verdad lo que ha ledo en mis versos, no habra extendido su mano hacia ti: el ser una cosa tan increble me ha obligado a aconsejarle que hiciese lo que ahora me est pesando. Pero dile quin fuiste, a fin de que, en compensacin, renueve tu fama en el mundo, donde le es lcito volver. El tronco respondi: --Me halagas tanto con tus dulces palabras, que no puedo callar: no llevis a mal que me entretenga un poco hablando con vosotros. Yo soy aqul[12] que tuvo las dos llaves del corazn de Federico, manejndolas tan suavemente para cerrar y abrir, que a casi todos apart de su confianza, habindome dedicado con tanta fe a aquel glorioso cargo, que perd el sueo y la vida. La cortesana que no ha separado nunca del palacio de Csar sus impdicos ojos, peste comn y vicio de las cortes, inflam contra m todos los nimos, y los inflamados inflamaron a su vez y de tal modo a Augusto, que mis dichosos honores se trocaron en triste duelo. Mi alma, en un arranque de indignacin, creyendo librarse del oprobio por medio de la muerte, me hizo injusto contra m mismo, siendo justo. Os juro, por las tiernas races de este leo, que jams fu desleal a mi seor, tan digno de ser honrado. Y si uno de vosotros vuelve al mundo, restaure en l mi memoria, que yace an bajo el golpe que le asest la envidia. [12] Pedro Desvignes, o Pedro della Vigna, jurisconsulto de Capua; goz por mucho tiempo el favor del emperador Federico II, de quien era canciller y a quien inclinaba lo mismo a la clemencia que a la severidad. Acusado de traicin por envidiosos cortesanos, le sacaron los ojos en 1246. Su desesperacin fu tal que se estrell la cabeza contra los muros de su calabozo. El poeta esper un momento, y despus me dijo: --Pues que calla, no pierdas el tiempo: habla y pregntale, si quieres saber ms. Yo le contest: --Interrgale t mismo lo que creas que me interese, pues yo no podra: tanto es lo que me aflige la compasin. Por lo cual volvi l a empezar de este modo: --A fin de que este hombre haga generosamente lo que tu splica reclama, espritu encarcelado, dgnate an decirnos cmo se encierra el alma en esos nudosos troncos, y dime adems, si puedes, si hay alguna que se desprenda de tales miembros. Entonces el tronco suspir, y aquel resoplido se convirti en esta voz: --Os contestar brevemente: cuando el alma feroz sale del cuerpo de donde se ha arrancado ella misma, Minos la enva al sptimo crculo. Cae en la selva, sin que tenga designado sitio fijo, y all donde la lanza la fortuna, germina cual grano de espelta. Brota primero como un retoo, y luego se convierte en planta silvestre: las Arpas, al devorar sus hojas, le causan dolor, y abren paso por donde ese dolor se exhale. Como las dems almas, iremos a recoger nuestros despojos; pero sin que ninguna de nosotras pueda revestirse con ellos, porque no sera justo volver a tener lo que uno se ha quitado voluntariamente. Los arrastraremos hasta aqu; y en este lgubre bosque estar cada uno de nuestros cuerpos suspendido en el mismo endrino donde sufre tal tormento su alma. Prestbamos an atencin a aquel tronco, creyendo que aadira algo ms, cuando fuimos sorprendidos por un rumor, a la manera del que siente venir el jabal y los perros hacia el sitio donde est apostado, que juntamente oye el ruido de las fieras y el fragor del ramaje. Y he aqu que aparecen a nuestra izquierda dos infelices, desnudos y lacerados, huyendo tan precipitadamente, que rompan todas las ramas de la selva. El de delante: "Acude, acude, muerte!," deca; y el otro, que no corra tanto: "Lano, tus piernas no eran tan giles en el combate del Toppo." Y sin duda, faltndole el aliento, hizo un grupo de s y de un arbusto. Detrs de ellos estaba la selva llena de perras negras, vidas y corriendo cual lebreles a quienes quitan su cadena. Empezaron a dar terribles dentelladas a aqul que se ocult, y despus de despedazarle, se llevaron sus miembros palpitantes. Mi Gua me tom entonces de la mano, y llevme hacia el arbusto, que en vano se quejaba por sus sangrientas heridas: --Oh, Jacobo de San Andrs!--deca--. De qu te ha servido tomarme por refugio? Tengo yo la culpa de tu vida criminal? Cuando mi Maestro se detuvo delante de aquel arbusto, dijo: --Quin fuiste t que por tantas ramas rotas exhalas con tu sangre tan quejumbrosas palabras? A lo que contest: --Oh, almas, que habis venido a contemplar el lamentable estrago que me ha separado as de mis hojas!, recogedlas al pie del triste arbusto. Yo fu de la ciudad que cambi su primer patrn por San Juan Bautista;[13] por cuya razn aqul la contristar siempre con su terrible arte: y a no ser porque en el puente del Arno se conserva todava alguna imagen suya, fuera en vano todo el trabajo de aquellos ciudadanos que la reedificaron sobre las cenizas que de ella dej Atila. Yo de mi casa hice mi propia horca. [13] Florencia, cuyo antiguo patrn era el dios Marte. Su estatua ecuestre se conservaba an en 1337 en el Ponte-Vecchio, de donde la arranc, juntamente con un trozo del puente, una avenida del Arno. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOCUARTO_ Enternecido por el amor patrio, reun las hojas dispersas, y las devolv a aquel que ya se haba callado. Desde all nos dirigimos al punto en que se divide el segundo recinto del tercero, y donde se ve el terrible poder de la justicia divina. Para explicar mejor las cosas nuevas que all vi, dir que llegamos a un arenal, que rechaza toda planta de su superficie. La dolorosa selva lo rodeaba cual guirnalda, as como el sangriento foso circundaba a aqulla. Nuestros pies quedaron fijos en el mismo lindero de la selva y la llanura. El espacio estaba cubierto de una arena tan rida y espesa, como la que oprimieron los pies de Catn en otro tiempo. Oh venganza de Dios! Cunto debe temerte todo aqul que lea lo que se present a mis ojos! Vi numerosos grupos de almas desnudas, que lloraban miserablemente, y parecan cumplir sentencias diversas. Unas yacan de espaldas sobre el suelo; otras estaban sentadas en confuso montn; otras andaban continuamente. Las que daban la vuelta al crculo eran ms numerosas, y en menor nmero las que yacan para sufrir algn tormento; pero stas tenan la lengua ms suelta para quejarse. Llovan lentamente en el arenal grandes copos de fuego, semejantes a los de nieve que en los Alpes caen cuando no sopla el viento. As como Alejandro vi en las ardientes comarcas de la India caer sobre sus soldados llamas, que quedaban en el suelo sin extinguirse, lo que le oblig a ordenar a las tropas que las pisaran, porque el incendio se apagaba mejor cuanto ms aislado estaba, as descenda el fuego eterno, abrasando la arena, como abrasa a la yesca el pedernal, para redoblar el dolor de las almas. Sus mseras manos se agitaban sin reposo, apartando a uno y otro lado las brasas continuamente renovadas. Yo empec a decir: --Maestro, t que has vencido todos los obstculos, a excepcin del que nos opusieron los demonios inflexibles a la puerta de la ciudad, dime, quin es aquella gran sombra, que no parece cuidarse del incendio, y yace tan feroz y altanera, como si no la martirizara esa lluvia? Y la sombra, observando que yo hablaba de ella a mi Gua, grit: --Tal cual fu en vida, soy despus de muerto. Aun cuando Jpiter cansara a su herrero, de quien tom en su clera el agudo rayo que me hiri el ltimo da de mi vida; aun cuando fatigara uno tras otro a todos los negros obreros del Mongibelo, gritando: "Aydame, aydame, buen Vulcano," segn hizo en el combate de Flegra, y me asaeteara con todas sus fuerzas, no lograra vengarse de m cumplidamente. Entonces mi Gua habl con tanta vehemencia, que nunca yo lo haba odo expresarse de aquel modo: --Oh! Capaneo, si no se modera tu orgullo, l ser tu mayor castigo. No hay martirio comparable al dolor que te hace sufrir tu rabia. Despus se dirigi a m, diciendo con acento ms apacible: --Ese fu uno de los siete reyes que sitiaron a Tebas; despreci a Dios, y aun parece seguir desprecindole, sin que se note que le ruegue; pero, como le he dicho, su mismo despecho es el ms digno premio debido a su corazn. Ahora, sgueme, y cuida de no poner tus pies sobre la abrasada arena; camina siempre arrimado al bosque. Llegamos en silencio al sitio donde desemboca fuera de la selva un riachuelo, cuyo rojo color an me horripila. Cual sale del Bulicame[14] el arroyo, cuyas aguas se reparten las pecadoras, as corra aquel riachuelo por la arena. Las orillas y el fondo estaban petrificados, por lo que pens que por ellas deba andar. [14] Manantial de aguas minerales calientes, a dos millas de Viterbo. De l sala un riachuelo con el cual se formaba un bao, al que acudan toda clase de enfermos, y ms abajo tomaban y se repartan sus aguas le peccatrici, las mujeres pblicas. --Entre todas las cosas que te he enseado, desde que entramos por la puerta en cuyo umbral puede detenerse cualquiera, tus ojos no han visto otra tan notable como esa corriente, que amortigua todas las llamas. Tales fueron las palabras de mi Gua; por lo que le supliqu se explicase ms claramente, ya que haba excitado mi curiosidad. --En medio del mar existe un pas arruinado--me dijo entonces--, que se llama Creta, y tuvo un rey, bajo cuyo imperio el mundo fu virtuoso: en l hay un monte, llamado Ida, que en otro tiempo fu delicioso por sus aguas y su frondosidad, y hoy est desierto, como todas las cosas antiguas. Rea lo escogi por cuna segura de su hijo; y para ocultarlo mejor, cuando lloraba, haca que se produjesen grandes ruidos. En el interior del monte se mantiene en pie un gran anciano, que est de espaldas hacia Damieta, con la mirada fija en Roma como en un espejo. Su cabeza es formada de oro fino, y de plata pura son los brazos y el pecho; despus es de bronce hasta la entrepierna, y de all para abajo, es todo de hierro escogido, excepto el pie derecho, que es de barro cocido, y se afirma sobre ste ms que sobre el otro. Cada parte, menos la formada de oro, est surcada por una hendedura que mana lgrimas, las cuales, reunidas, agujeran aquel monte. Su curso se dirige hacia este valle, de roca en roca, formando el Aqueronte, la Estigia y el Flegetn; despus descienden por este estrecho conducto, hasta el punto donde no se puede bajar ms, y all forman el Cocito: ya vers lo que es este lago; por eso no te lo describo ahora. Yo le contest: --Si ese riachuelo se deriva as de nuestro mundo, por qu se deja ver nicamente al margen de este bosque? Y l a m: --T sabes que este lugar es redondo, y aunque hayas andado mucho, descendiendo siempre al fondo por la izquierda, no has dado an la vuelta a todo el crculo; por lo cual, si se te aparece alguna cosa nueva, no debe pintarse la admiracin en tu rostro. Le repliqu: --Maestro, dnde estn el Flegetn y el Leteo? Del uno no dices nada, y del otro slo me dices que lo origina esa lluvia de lgrimas. --Me agradan todas tus preguntas--contest--: pero el hervor de esa agua roja debiera haberte servido de contestacin a una de ellas. Vers el Leteo; pero fuera de este abismo, all donde van las almas a lavarse, cuando, arrepentidas de sus culpas, les son perdonadas. Despus aadi: --Ya es tiempo de que nos apartemos de este bosque; procura venir detrs de m: sus mrgenes nos ofrecen un camino; pues no son ardientes, y sobre ellas se extinguen todas las brasas. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOQUINTO_ Nos pusimos en marcha siguiendo una de aquellas orillas petrificadas: el vapor del arroyuelo formaba sobre l una niebla, que preservaba del fuego las ondas y los ribazos. As como los flamencos que habitan entre Gante y Brujas, temiendo al mar que avanza hacia ellos, levantan diques para contenerle; o como los Paduanos lo hacen a lo largo del Brenta para defender sus ciudades y castillos, antes que el Chiarentana sienta el calor, de un modo semejante eran formados aquellos ribazos; pero su constructor, quienquiera que fuese, no los haba hecho tan altos ni tan gruesos. Nos hallbamos ya tan lejos de la selva, que no me habra sido posible descubrirla, por ms que volviese atrs la vista, cuando encontramos una legin de almas, que vena a lo largo del ribazo: cada cual de ellas me miraba, como de noche suelen mirarse unos a otros los humanos a la escasa luz de la luna nueva, y aguzaban hacia nosotros las pestaas, como hace un sastre viejo para enfilar la aguja. Examinado de este modo por aquellas almas, fu conocido por una de ellas, que me cogi el vestido, exclamando: --Qu maravilla! Y yo, mientras me tenda los brazos, mir atentamente su abrasado rostro, de tal modo que, a pesar de estar desfigurado, no me fu imposible conocerle a mi vez; e inclinando hacia su faz la ma contest: --Vos aqu, "ser" Brunetto? Y l repuso: --Oh hijo mo!, no te enojes si Brunetto Latini vuelve un poco atrs contigo, y deja que se adelanten las dems almas. Yo le dije: --Os lo ruego cuanto me es posible; y si queris que nos sentemos, lo har, si as le place a ste con quien voy. --Oh hijo mo!--replic--; cualquiera de nosotros que se detenga un momento, queda despus cien aos sufriendo esta lluvia, sin poder esquivar el fuego que le abrasa. As, pues, sigue adelante; yo caminar a tu lado, y luego me reunir a mi mesnada, que va llorando sus eternos tormentos. No me atrev a bajar del ribazo por donde iba para nivelarme con l; pero tena la cabeza inclinada, en actitud respetuosa. Empez de este modo: --Cul es la suerte o el destino que te trae aqu abajo antes de tu ltima hora? Y quin es se que te ensea el camino? --All arriba, en la vida serena--le respond--, me extravi en un valle antes de haberse llenado mi edad. Pero ayer de maana le volv la espalda; y cuando retroceda otra vez hacia l, se me apareci se, y me volvi al verdadero camino por esta va. A lo que me contest: --Si sigues tu estrella, no puedes menos de llegar a glorioso puerto, dado que yo en el mundo predijera bien tu destino. Y a no haber muerto tan pronto, viendo que el cielo te era tan favorable, te habra dado alientos para proseguir tu obra. Pero aquel pueblo ingrato y malo, que en otro tiempo descendi de Fisole, y que aun conserva algo de la aspereza de sus montaas y de sus rocas, ser tu enemigo, por lo mismo que prodigars el bien; lo cual es natural, pues no conviene que madure el dulce higo entre speros serbales. Una antigua fama les da en el mundo el nombre de ciegos; raza avara, envidiosa y soberbia: que sus malas costumbres no te manchen nunca! La fortuna te reserva tanto honor, que los dos partidos anhelarn poseerte; pero la hierba estar lejos del pico. Hagan las bestias fiesolanas forraje de sus mismos cuerpos, y no puedan tocar a la planta, si es que todava sale alguna de entre su estircol, en la que reviva la santa semilla de aquellos romanos que quedaron despus de construdo aquel nido de perversidad. --Si todos mis deseos se hubiesen realizado--le respond--, no estarais vos fuera de la humana naturaleza; porque tengo siempre fija en mi mente, y ahora me contrista verla as, vuestra querida, buena y paternal imagen, cuando me enseabais en el mundo cmo el hombre se inmortaliza: me creo, pues, en el deber, mientras viva, de patentizar con mis palabras el agradecimiento que os profeso. Conservo grabado en la memoria cuanto me refers acerca de mi destino, para hacerlo explicar con otro texto por una Dama que lo sabr hacer, si consigo llegar hasta ella. Solamente deseo manifestaros que estoy dispuesto a correr todos los azares de la Fortuna con tal que mi conciencia no me remuerda nada. No es la vez primera que he odo semejante prediccin; y as, mueva su rueda la Fortuna como le plazca, y el campesino su azada. Entonces mi Maestro se volvi hacia la derecha, me mir, y despus me dijo: --Bien escucha quien bien retiene. No por eso dej de seguir hablando con "ser" Brunetto; y preguntndole quines eran sus ms notables y eminentes compaeros, me contest: --Bueno es que conozcan los nombres de algunos de ellos: con respecto a los otros, vale ms callar; que para tanta conversacin el tiempo es corto. Sabe, pues, que todos ellos fueron clrigos y literatos de gran fama, y el mismo pecado los contamin a todos en el mundo. Con aquella turba desolada va Prisciano, como tambin Francisco de Accorso; y si desearas conocer a tan inmunda caterva, podras ver a aquel que por el Siervo de los siervos de Dios fu trasladado del Arno al Bacchiglione,[15] donde dej sus mal extendidos miembros. Ms te dira; pero no puedo avanzar ni hablar ms, porque ya veo salir nuevo humo de la arena. Vienen almas con las cuales no debo estar. Te recomiendo mi "Tesoro,"[16] en el que an vive mi memoria, y no pido nada ms. [15] Andrs de Mozzi, que fu desposedo del obispado de Florencia a causa de sus vicios, y trasladado despus al de Vicenza, por donde pasa el Bacchiglione. [16] Ttulo de la obra principal de Brunetto Latini, escrita en francs. El "Tesoro" fu publicado en su lengua original por Chabaille (Pars, 1863), y traducido al italiano por Bono Giamboni (Bolonia, 1878-83, 4 vols.). Despus se volvi con los otros, del mismo modo que los que, en la campia de Verona, disputan a la carrera el palio verde, parecindose en el correr a los que vencen y no a los vencidos. [Ilustracin] _CANTO DECIMOSEXTO_ Encontrbame ya en un sitio donde se oa el rimbombar del agua que caa en el otro recinto, rumor semejante al zumbido que producen las abejas en sus colmenas, cuando a un tiempo y corriendo se separaron tres sombras de entre una multitud que pasaba sobre la lluvia del spero martirio. Vinieron hacia nosotros, gritando cada cual: "Detente, t, que, a juzgar por tus vestidos, eres hijo de nuestra depravada tierra." Ah!, qu de llagas antiguas y recientes vi en sus miembros, producidas por las llamas! Su recuerdo me contrista todava. A sus gritos se detuvo mi Maestro; volvi el rostro hacia m, y me dijo: --Espera aqu si quieres ser corts con esos; aunque si no fuese por el fuego que lanza sus rayos sobre este lugar, te dira que, mejor que a ellos la prisa de venir, te estara a ti la de correr a su encuentro. Las sombras volvieron de nuevo a sus exclamaciones luego que nos detuvimos, y cuando llegaron adonde estbamos, empezaron las tres a dar vueltas formando un crculo. Y como solan hacer los gladiadores desnudos y untados de aceite, que antes de venir a las manos buscaba cada cual la oportunidad de lanzarse con ventaja sobre su contrario, del mismo modo cada una de aquellas sombras diriga su rostro hacia m, girando sin cesar, de suerte que tenan vuelto el cuello en distinta direccin de la que seguan sus pies. --Aunque la miseria de este suelo movedizo y nuestro llagado y sucio aspecto haga que nosotros y nuestros ruegos seamos despreciables, comenz a decir una de ellas, nuestra fama debe incitar a tu corazn a decirnos quin eres t, que sientas con tal seguridad los pies vivos en el Infierno. Este que ves tan desnudo y destrozado, y cuyas huellas voy siguiendo, fu de un rango mucho ms elevado de lo que te figuras. Nieto fu de la pdica Gualdrata,[17] se llam Guido Guerra, y durante su vida hizo tanto con su talento, como con su espada: el otro, que tras de m oprime la arena, es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz debera ser agradecida en el mundo; y yo, que sufro el mismo tormento que ellos, fu Jacobo Rusticucci, y por cierto que nadie me caus ms dao que mi fiera mujer. [17] Bellsima y honesta doncella, hija de Bellicion Berti, la cual, al mostrarse el emperador Otn IV deseoso de besarla, se volvi hacia su padre diciendo: "Nadie me ha da besar, excepto aquel a quien d la mano de esposa." Se cas con el conde Guido, de familia germnica, del cual descendieron los condes Guidi, seores de Casentino. De este matrimonio naci Marcovaldo, que fu padre de Guido Guerra, valiente caballero y hombre de gran prudencia y talento, a quien se debi la victoria en la batalla de Benavento. Si hubiese podido estar al abrigo del fuego, me habra lanzado hacia los de abajo, y creo que mi Maestro lo hubiera tolerado; pero como estaba expuesto a abrasarme y cocerme, el miedo venci la buena intencin que me impela a abrazarlos. As les dije: --Vuestra situacin no me ha inspirado desprecio, sino un dolor que tardar en desaparecer; esto es lo que he sentido desde el momento que mi Seor me dijo algunas palabras, por las cuales comprend que era gente de vuestra calidad la que hacia nosotros vena. De vuestra tierra soy; y siempre he retenido y escuchado con gusto vuestros actos y vuestros honrados nombres. Dejo las amarguras, y voy en busca de los sabrosos frutos que me ha prometido mi sincero Gua; pero antes me es preciso bajar hasta el centro. --As tu alma permanezca unida a tus miembros por mucho tiempo--repuso aqul--, y as tambin resplandezca tu fama despus de la muerte, rugote nos digas si la gentileza y el valor habitan an en nuestra ciudad, como solan, o si se han desterrado por completo; porque Guillermo Borsiere, que gime hace poco tiempo entre nosotros, y va all con los dems compaeros, nos atormenta con sus relatos. --Los advenedizos y las rpidas fortunas han engendrado en ti, Florencia, tanto orgullo e inmoderacin, que t misma te lamentas ya por esa causa! As exclam con el rostro levantado; y las tres sombras, oyendo esta respuesta, se miraron mutuamente, como cuando se oyen cosas que se tienen por verdaderas. --Si tan poco te cuesta en otras ocasiones satisfacer las preguntas de cualquiera--respondieron todos--, dichoso t que dices lo que sientes! Mas, si sales de estos lugares, obscuros, y vuelves a ver las hermosas estrellas, cuando te plazca decir: "Estuve all," haz que los hombres hablen de nosotros. En seguida rompieron el crculo, y huyeron tan de prisa, que sus piernas parecan alas. No podra decirse "amn" tan pronto como ellos desaparecieron: por lo cual mi Maestro determin que nos fusemos. Yo le segua, y a los pocos pasos advert que el ruido del agua estaba tan prximo, que aun hablando alto apenas nos hubieran odo. Como aquel ro que sigue su propio curso desde el monte Veso hacia levante por la izquierda del Apenino, el cual se llama Acquacheta antes de precipitarse en un lecho ms bajo, y perdiendo este nombre en Forli, y formando despus una cascada, ruge sobre San Benedetto en los Alpes, donde un millar de hombres debiera hallar su retiro, as en la parte inferior de una roca escarpada, omos resonar tan fuertemente aquella agua teida de sangre, que me habra hecho ensordecer en poco tiempo. Tena yo una cuerda ceida al cuerpo, con la cual haba esperado apoderarme de la pantera de pintada piel: cuando me la desat, segn me lo haba ordenado mi Gua, se la present arrollada y replegada: entonces se volvi hacia la derecha, y desde una distancia considerable de la orilla, la arroj en aquel abismo profundo. "Preciso es, deca yo entre m, que alguna novedad responda a esa nueva seal, cuyo efecto espera con tanta atencin mi Maestro." Oh!; qu circunspectos deberan ser los hombres ante los que, no solamente ven sus actos, sino que, con la inteligencia, leen en el fondo de su pensamiento! Mi Gua me dijo: --Pronto vendr de arriba lo que espero, y pronto tambin es preciso que descubran tus ojos lo que tu pensamiento no ve con claridad. El hombre debe, siempre que pueda, cerrar sus labios antes de decir una verdad, que tenga visos de mentira; porque se expone a avergonzarse sin tener culpa. Pero ahora no puedo callarme, y te juro, oh lector!, por los versos de esta comedia, a la que deseo la mayor aceptacin, que vi venir nadando por el aire denso y obscuro una figura, que causara espanto al corazn ms entero; la cual se asemejaba al buzo que vuelve del fondo adonde baj acaso a desprender el ancla que est afianzada a un escollo, u otro cualquier objeto escondido en el mar, y que extiende hacia arriba los brazos, al mismo tiempo que encoge sus piernas. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOSEPTIMO_ He ah la fiera de aguzada cola, que traspasa las montaas, y rompe los muros y las armas: he ah la que corrompe al mundo entero. As empez a hablarme mi Maestro, e hizo a aqulla una sea, indicndole que se dirigiera hacia la margen de piedra donde nos encontrbamos. Y aquella inmunda imagen del fraude, lleg a nosotros, y adelant la cabeza y el cuerpo, pero no puso la cola sobre la orilla. Su rostro era el de un varn justo, tan bondadosa era su apariencia exterior, y el resto del cuerpo el de una serpiente. Tena dos garras llenas de vello hasta los sobacos, y la espalda, el pecho y los costados salpicados de tal modo de lazos y escudos, que no ha habido tela turca ni trtara tan rica en colores, no pudiendo compararse tampoco a aqullos los de las telas de Aracnea. Como se ven muchas veces las barcas en la orilla, mitad en el agua y mitad en tierra, o como en el pas de los glotones tudescos el castor se prepara a hacer la guerra a los peces, as la detestable fiera se mantena sobre el cerco de piedra que circunda la arenosa llanura, agitando su cola en el vaco, y levantando el venenoso dardo de que tena armada su extremidad, como la de un escorpin. Mi Gua me dijo: --Ahora conviene que dirijamos nuestros pasos hacia la perversa fiera que all est tendida. Por lo cual descendimos por la derecha, y dimos diez pasos sobre la extremidad del margen, procurando evitar la arena abrasada y las llamas: cuando llegamos donde la fiera se encontraba, vi a corta distancia sobre la arena mucha gente sentada al borde del abismo. All me dijo mi Maestro: --A fin de que adquieras una completa experiencia de lo que es este recinto, anda y examina la condicin de aquellas almas, pero que sea corta tu conferencia. Mientras vuelves, hablar con esta fiera, para que nos preste sus fuertes espaldas. Continu, pues, andando solo hasta el extremo del sptimo crculo, donde geman aquellos desgraciados. El dolor brotaba de sus ojos, mientras ac y all se defendan con las manos, ya de las pavesas, ya de la candente arena, como los perros, en el esto, rechazan con las patas o con el hocico las pulgas, moscas o tbanos, que les molestan. Mirando atentamente el rostro de muchos de aquellos a quienes azota el doloroso fuego, no conoc a ninguno; pero observ que del cuello de cada cual penda una bolsa de cierto color, marcada con un signo, en cuya contemplacin parecan deleitarse sus miradas. Aproximndome ms para examinar mejor, vi en una bolsa amarilla una figura azul, que tena toda la apariencia de un len. Despus, prosiguiendo el curso de mis observaciones, vi otra, roja como la sangre, que ostentaba una oca ms blanca que la leche. Uno de ellos, en cuya bolsa blanca figuraba una puerca preada, de color azul, me dijo: --Qu haces en esta fosa? Vte; y puesto que an vives, sabe que mi vecino Vitaliano debe sentarse aqu a mi izquierda. Yo soy paduano, en medio de estos florentinos, que muchas veces me atruenan los odos gritando: "Venga el caballero soberano, que llevar la bolsa con los tres picos." Despus torci la boca, y sac la lengua como el buey que se lame las narices. Y yo, temiendo que mi tardanza incomodase a aqul que me haba encargado que estuviera all poco tiempo, volv la espalda a tan miserables almas. Encontr a mi Gua, que haba saltado ya sobre la grupa del feroz animal, y me dijo: --Ahora s fuerte y atrevido. Por aqu no se baja sino por escaleras de esta clase: monta delante; quiero quedarme entre ti y la cola, a fin de que sta no pueda hacerte dao alguno. Al or estas palabras, me qued como aquel que, presintiendo el fro de la cuartana, tiene ya las uas plidas, y tiembla con todo su cuerpo tan slo al mirar la sombra; pero su sentido amenazador me produjo la vergenza que da nimo a un servidor delante de un buen amo. Me coloqu sobre las anchas espaldas de la fiera, y quise decir: "Ten cuidado de sostenerme;" pero, contra lo que esperaba, me falt la voz; si bien l, que ya anteriormente me haba socorrido en todos los peligros, apenas mont, me estrech y me sostuvo entre sus brazos. Despus dijo: --Gerin, ponte ya en marcha, trazando anchos crculos y descendiendo lentamente: piensa en la nueva carga que llevas. Aquel animal fu retrocediendo como la barca que se aleja de la orilla, y cuando sinti todos sus movimientos en libertad, revolvi la cola hacia donde antes tena el pecho, y extendindola, la agit como una anguila, atrayndose el aire con las garras. No creo que Faetn tuviera tanto miedo, cuando abandon las riendas, por lo cual se abras el cielo, como se puede ver todava; ni el desgraciado Icaro, cuando, derritindose la cera, sinti que las alas se desprendan de su cintura, al mismo tiempo que su padre le gritaba: "Mal camino llevas," como el que yo sent, al verme en el aire por toda partes, y alejado de mi vista todo, excepto la fiera. Esta empez a marchar, nadando lentamente, girando y descendiendo; pero yo no poda apercibirme ms que del viento que senta en mi rostro y en la parte inferior de mi cuerpo. Empec a or hacia la derecha el horrible estrpito que producan las aguas en el abismo; por lo cual inclin la cabeza y dirig mis miradas hacia abajo, causndome un gran miedo aquel precipicio; porque vi llamas y percib lamentos, que me obligaron a encogerme tembloroso. Entonces observ, pues no lo haba reparado antes, que descendamos dando vueltas, como me lo hizo notar la proximidad de los grandes dolores, amontonados por doquier en torno nuestro. Como el halcn, que ha permanecido volando largo tiempo sin ver reclamo ni pjaro alguno, hace exclamar al halconero: "Eh! Ya bajas?," y efectivamente desciende cansado de las alturas donde trazaba cien rpidos crculos, posndose lejos del que lo amaestr, desdeoso e iracundo, as nos dej Gerin en el fondo del abismo, al pie de una desmoronada roca; y libre de nuestras personas, se alej como la saeta despedida por la cuerda. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOOCTAVO_ Hay un lugar en el Infierno, llamado Malebolge,[18] construdo todo de piedra y de color ferruginoso, como la cerca que lo rodea. En el centro mismo de aquella funesta planicie se abre un pozo bastante ancho y profundo, de cuya estructura me ocupar en su lugar. El espacio que queda entre el pozo y el pie de la dura cerca es redondo, y est dividido en diez valles, o recintos cerrados, semejantes a los numerosos fosos que rodean a un castillo para defensa de las murallas; y as como estos fosos tienen puentes que van desde el umbral de la puerta a su otro extremo, del mismo modo aqu avanzaban desde la base de la montaa algunas rocas, que atravesando las mrgenes y los fosos, llegaban hasta el pozo central, y all se reunan quedando truncadas. Tal era el sitio donde nos encontramos cuando descendimos de la grupa de Gerin: el Poeta ech a andar hacia la izquierda, y yo segu tras l. A mi derecha vi nuevas causas de conmiseracin, nuevos tormentos y nuevos burladores, que llenaban la primera fosa. En el fondo estaban desnudos los pecadores; los del centro ac venan de frente a nosotros; y los de esta parte afuera seguan nuestra misma direccin, pero con paso ms veloz. Como en el ao del Jubileo, a causa de la afluencia de gente que atraviesa el puente de San Angelo, los romanos han determinado que todos los que se dirijan al castillo y vayan hacia San Pedro pasen por un lado, y por el otro los que van hacia el monte, as vi, por uno y otro lado de la negra roca, cornudos demonios con grandes ltigos, que azotaban cruelmente las espaldas de los condenados. Oh! Cmo les hacan mover las piernas al primer golpe! Ninguno aguardaba el segundo ni el tercero. Mientras yo andaba, mis ojos se encontraron con los de un pecador, y dije en seguida: "No es la primera vez que veo a se." Por lo que me detuve a observarlo mejor: mi dulce Gua se detuvo al mismo tiempo, y aun me permiti retroceder un tanto. El azotado crey ocultarse bajando la cabeza; mas le sirvi de poco, pues le dije: [18] "Malebolge," fosas malditas. Vocablo dantesco compuesto de "bolge," bolsas, alforjas, y "male" malditas. --T, que fijas los ojos en el suelo, si no son falsas las facciones que llevas, eres Venedico Caccianimico. Pero qu es lo que te ha trado a tan picantes salsas? A lo que me contest: --Lo digo con repugnancia; pero cedo a tu claro lenguaje, que me hace recordar el mundo de otro tiempo. Yo fu aquel que oblig a la bella Ghisola a satisfacer los deseos del Marqus, cuntese como se quiera la tal historia. Y no soy el nico bolos que llora aqu; antes bien este sitio est tan lleno de ellos, que no hay en el da entre el Savena y el Reno tantas lenguas que digan "sipa,"[19] como en esta fosa; y si quieres una prueba de lo que te digo, recuerda nuestra codicia notoria. [19] En la provincia de Bolonia, situada entre los ros Savena y Reno, para decir sia o s, decan sipa o sip. En el da pronuncian: se p, que viene a ser el c'est bon de los franceses. Mientras as hablaba, un demonio le peg un latigazo, dicindole: "Anda, rufin; que aqu no hay mujeres que se vendan." Me reun a mi Gua; y a los pocos pasos llegamos a un punto de donde sala una roca de la montaa. Subimos por ella ligeramente, y volviendo a la derecha sobre su spero dorso, salimos de aquel eterno recinto. Luego que llegamos al sitio en que aquel peasco se ahueca por debajo a modo de puente, para dar paso a los condenados, mi Gua me dijo: --Detente, y haz que en ti se fijen las miradas de esos otros malnacidos, cuyos rostros no has visto an, porque han caminado hasta ahora en nuestra misma direccin. Desde el vetusto puente contemplamos la larga fila que hacia nosotros vena por la otra parte, y que era igualmente castigada por el ltigo. El buen Maestro me dijo, sin que yo le preguntara nada: --Mira esa gran sombra que se acerca, y que, a pesar de su dolor, no parece derramar ninguna lgrima. Qu aspecto tan majestuoso conserva an! Ese es Jasn, que con su valor y su destreza rob en Clquide el vellocino de oro. Pas por la isla de Lemnos, despus que las audaces y crueles mujeres de aquella isla dieron muerte a todos los habitantes varones; y all, con sus artificios y sus halageas palabras, enga a la joven Hisipila, que antes haba engaado a todas sus compaeras, y la dej encinta y abandonada; por tal culpa est condenado a tal martirio, que es tambin la venganza de Medea. Con l van todos los que han cometido igual clase de engaos: bstete, pues, saber esto de la primera fosa, y de los que en ella son atormentados. Nos encontrbamos ya en el punto donde el estrecho sendero se cruza con el segundo margen, que sirve de apoyo para otro arco. All vimos a los que se anidan en una nueva fosa, dando resoplidos con sus narices y golpendose con sus propias manos. Las orillas estaban incrustadas de moho, producido por las emanaciones de abajo, que all se condensan, ofendiendo a la vista y al olfato. La fosa es tan profunda, que no se puede ver el fondo, sino mirando desde la parte ms alta del arco, que lo domina perpendicularmente. All nos pusimos, y desde aquel punto vimos en el foso unas gentes sumergidas en un estircol, que pareca salir de las letrinas humanas; y mientras tena la vista fija all dentro, vi uno con la cabeza tan sucia de excremento, que no poda saber si era clrigo o seglar. Aquella cabeza me dijo: --Por qu te muestras tan vido de mirarme a m, con preferencia a los otros que estn tan sucios como yo? Le respond: --Porque, si mal no recuerdo, te he visto otra vez con los cabellos enjutos, y t eres Alejo Interminelli de Luca; por eso te miro ms que a todos los otros. Entonces, l, golpendose la calabaza, exclam: --Aqu me han sumergido las lisonjas que no se cans de prodigar mi lengua. Despus de esto, mi Gua me dijo: --Procura adelantar un poco la cabeza, a fin de que tus miradas alcancen las facciones de aquella sucia esclava desmelenada, que se desgarra las carnes con sus uas llenas de inmundicia, y que tan pronto se encoge como se estira. Esa es Thais, la prostituta, que cuando su amante le pregunt: "Tengo grandes mritos a tus ojos?," ella le contest: "S, maravillosos." Y con esto queden saciadas nuestras miradas. [Ilustracin] _CANTO DECIMONONO_ Oh Simn el mago! Oh miserables sectarios suyos, almas rapaces, que prostitus a cambio de oro y plata las cosas de Dios, que deben ser las esposas de la virtud! Ahora resonar la trompa para vosotros, puesto que os encontris en la tercera fosa. Estbamos ya junto a sta, subidos en aquella parte del escollo que cae justamente sobre su centro. Oh suma Sabidura! Cun grande es el arte que demuestras en el cielo, en la tierra y en el mundo maldito, y con cunta equidad se reparte tu virtud! Vi en los lados y en el fondo la piedra lvida llena de pozuelos, todos redondos y de igual tamao, los cuales me parecieron ni ms ni menos anchos que los que hay en mi hermoso San Juan para servir de pilas bautismales; uno de stos romp yo no ha muchos aos, por salvar a un nio que dentro de l se ahogaba; y baste lo que digo, para desengaar a todos.[20] Fuera de la boca de cada uno de aquellos pozuelos salan los pies y las piernas de un pecador, hasta el muslo, quedando dentro el resto del cuerpo. Ambos pies estaban encendidos, por cuya razn se agitaban tan fuertemente sus coyunturas, que hubieran roto sogas y cuerdas. Del mismo modo que la llama suele recorrer la superficie de los objetos untados de grasa, as el fuego flameaba desde el taln a la punta en los pies de los condenados. [20] Habiendo roto Dante una de las pilas bautismales de la iglesia de San Juan en Florencia, para salvar a un nio que se ahogaba, fu acusado de sacrilegio. Por esto hace constar aqu que no lo hizo por desprecio a las cosas sagradas, sino por amor a la humanidad. --Quin es aqul, Maestro, que furioso agita los pies ms que sus otros compaeros--dije entonces--, y a quien corroe y deseca una llama mucho ms roja? A lo cual me contest: --Si quieres que te conduzca por aquella parte de la escarpa que est ms cercana al fondo, l mismo te dir quin es y cules son sus crmenes. Le respond: --Me parece bien todo lo que a ti te agrada: t eres el dueo y sabes que yo no me separo de tu voluntad, as como tambin conoces lo que me callo. Subimos entonces al cuarto margen; despus volvimos y bajamos por la izquierda hacia la estrecha y perforada fosa, sin que el buen Maestro me hiciera separar de su lado, hasta haberme conducido junto al hoyo de aquel que daba tantas seales de dolor con los movimientos de sus piernas. --Oh! Quienquiera que seas, t, que tienes enterrada la parte superior de tu cuerpo; alma triste, plantada como una estaca--empec a decir--, habla, si puedes. Yo estaba como el fraile que confiesa al prfido asesino, que, metido en la tierra, le llama para que cese su muerte. Y l grit: --Ests ya aqu derecho, ests ya aqu derecho, Bonifacio?[21] Me ha engaado en algunos aos lo que est escrito. Tan pronto te has saciado de aquellos bienes, por los cuales no temiste apoderarte con embustes de la hermosa Dama,[22] y gobernarla despus indignamente? [21] Esta sombra es la del papa Nicols III, de la familia de los Orsini de Roma, electo en 1277. Cree que quien le interroga es el alma de Bonifacio VIII; y por eso dice: "Ests ya aqu, Bonifacio?" Y aade en seguida: "Me ha engaado en algunos aos lo escrito." Es decir: El libro proftico, en que nosotros los condenados leemos lo futuro, me ha engaado; porque, segn l, t debas morir en 1303, y no en 1300. [22] Segn la Historia, esta opinin de Dante es exagerada. Sin embargo, Celestino V dijo de Bonifacio VIII, que este papa entr a reinar como un zorro, gobern como un len y muri como un perro. Quedme, al or esto, como aquellos que, casi avergonzados de no haber comprendido lo que se les ha dicho, no saben qu contestar. Entonces Virgilio dijo: --Respndele pronto: "yo no soy, yo no soy el que t crees." Y yo contest como se me orden. Por lo cual el espritu retorci sus pies; y luego, suspirando y con llorosa voz, me dijo: --Pues qu es lo que me preguntas? Si te urge conocer quin soy, hasta el punto de haber descendido para ello por todos estos peascos, sabrs que estuve investido del gran manto, y fu verdadero hijo de la Osa, tan codicioso, que, por aumentar la riqueza de los oseznos, embols arriba todo el dinero que pude, y aqu mi alma. Bajo mi cabeza estn sepultados los dems papas, que antes de m cometieron simona, y se hallan comprimidos a lo largo de este angosto agujero. Yo me hundir tambin luego que venga aquel que cre fueses t, cuando te dirig mi sbita pregunta. Pero desde que mis pies se abrasan, y me encuentro colocado al revs, ha transcurrido ms tiempo del que l permanecer en este mismo sitio con los pies quemados; porque en pos de l vendr de poniente un pastor sin ley, por causa ms repugnante, y se deber cubrirnos a entrambos. Ser un nuevo Jasn, parecido al de que se habla en el libro de los Macabeos; y as como el rey de ste fu dbil para con l, as con el otro lo ser el que rige la Francia. No s si en tal momento fu demasiada audacia la ma; pues le respond en estos trminos: --Eh!, dime: cunto dinero exigi Nuestro Seor de San Pedro, antes de poner las llaves en su poder? En verdad que no le pidi ms sino que le siguiera. Ni Pedro ni los otros pidieron a Matas oro ni plata cuando por suerte fu elegido en reemplazo del que perdi su alma traidora. Permanece, pues, ah, porque has sido castigado justamente, y guarda bien la mal adquirida riqueza, que tan atrevido te hizo contra Carlos. Y si no fuese porque aun me contiene el respeto a las llaves soberanas, que poseste en tu alegre vida, empleara palabras mucho ms severas; porque vuestra avaricia contrista al mundo, pisoteando a los buenos, y ensalzando a los malos. Pastores, a vosotros se refera el Evangelista, cuando vi prostituda ante los reyes a la que se sienta sobre las aguas; a la que naci con siete cabezas, y obtuvo autoridad por sus diez cuernos, mientras la virtud agrad a su marido.[23] Os habis construdo dioses de oro y plata: qu diferencia, pues, existe entre vosotros y los idlatras, sino la de que ellos adoran a uno y vosotros adoris a ciento? Ah, Constantino! A cuntos males di origen, no tu conversin al cristianismo, sino la donacin que de ti recibi el primer papa que fu rico! [23] Dante alude aqu a Roma, edificada sobre siete colinas, a la que rendan obediencia muchos pueblos y naciones, y permaneci constituda en gran poder y autoridad, mientras (su marido) sus jefes fueron virtuosos: pero decay en la opinin, que por tanto tiempo haba merecido y gozado, cuando la corte romana prefiri a la virtud el oro y la plata, prostituyndose a los reyes de la tierra. Mientras yo le hablaba con esta claridad, l, ya fuese a impulsos de la ira, o porque le remordiese la conciencia, respingaba fuertemente con ambas piernas. Creo que complac a mi Gua; porque escuch siempre con rostro satisfecho el sonido de mis palabras, expresadas con sinceridad. Entonces me cogi con los dos brazos, y tenindome en alto bien afianzado sobre su pecho, volvi a subir por el camino por donde habamos descendido, sin dejar de estrecharme contra s, hasta llegar a la parte superior del puente que va de la cuarta a la quinta calzada. All, deposit suavemente su querido fardo sobre el spero y pelado escollo, que hasta para las cabras sera un difcil sendero, desde donde descubr una nueva fosa. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMO_ Mis versos deben relatar un nuevo suplicio, el cual servir de asunto al vigsimo canto del primer cntico, que trata de los sumergidos en el Infierno. Me hallaba ya dispuesto a contemplar el descubierto fondo, que est baado de lgrimas de angustia, cuando vi venir por la fosa circular gentes que, llorando en silencio, caminaban con aquel paso lento que llevan las letanas en el mundo. Cuando inclin ms hacia ellos mi mirada, me pareci que cada uno de aquellos condenados estaba retorcido de un modo extrao desde la barba al principio del pecho; pues tenan el rostro vuelto hacia las espaldas, y les era preciso andar hacia atrs, porque haban perdido la facultad de ver por delante. Quiz, por la fuerza de la perlesa, se encuentre un hombre de tal manera contrahecho; pero yo no lo he visto ni creo que pueda suceder. Ahora bien, lector, as Dios te permita sacar fruto de esta lectura! Considera por ti mismo si mis ojos podran permanecer secos, cuando vi de cerca nuestra humana figura tan torcida, que las lgrimas le caan por la espina dorsal. Yo lloraba en verdad, apoyado contra una de las rocas de la dura montaa, de suerte que mi Gua me dijo: --T tambin eres de los insensatos? Aqu vive la piedad cuando est bien muerta. Quin es ms criminal que el que se apasiona contemplando la justicia divina? Levanta la cabeza, levntala y mira a aquel por quin se abri la tierra en presencia de los tebanos, que exclamaban: "Adnde caes, Anfiarao? Por qu abandonas la guerra?" Y no ces de caer en el Infierno hasta llegar a Minos, que se apodera de cada culpable. Mira cmo ha convertido sus espaldas en pecho: por haber querido ver demasiado hacia adelante, ahora mira hacia atrs, y sigue un camino retrgrado. Mira a Tiresias, que mud de aspecto cuando de varn se convirti en hembra, cambiando tambin todos su miembros, y hubo de abatir con su vara las dos serpientes unidas, antes que recobrara su pelo viril. El que acerca sus espaldas al vientre de aqul es Aronte, que tuvo por morada una gruta de blancos mrmoles en las montaas de Luni, cultivadas por el carrars que habita en su falda, y desde all no haba nada que limitara su vista, cuando contemplaba el mar o las estrellas. Aquella que, con los destrenzados cabellos, cubre sus pechos, por lo cual se ocultan a tus miradas, y tiene en ese lado de su cuerpo todas las partes velludas, fu Manto, que recorri muchas comarcas, hasta que se detuvo en el sitio donde yo nac; por lo cual deseo que me prestes un poco de atencin. Luego que su padre sali de la vida, y fu esclavizada la ciudad de Baco,[24] Manto anduvo errante por el mundo durante mucho tiempo. All arriba, en la bella Italia, existe un lago al pie de los Alpes que cien la Alemania por la parte superior del Tirol, el cual se llama Benaco. Mil corrientes, y aun ms, segn creo, vienen a aumentar, entre Garda, Val-Camonica y el Apenino, el agua que se estanca en dicho lago. En medio de ste hay un sitio, donde el Pastor de Trento, y los de Verona y Brescia, podran dar su bendicin si siguiesen aquel camino. En el punto donde es ms baja la orilla que le circunda, est situada Peschiera, bello y fuerte castillo, a propsito para hacer frente a los de Brescia y a los de Brgamo. All afluye necesariamente toda el agua que no puede estar contenida en el lago de Benaco, formando un ro que corre entre verdes praderas. En cuanto aquella agua sigue un curso propio, ya no se llama Benaco, sino Mincio, hasta que llega a Governolo, donde desemboca en el Po. No corre mucho sin que encuentre una hondonada, en la cual se extiende y se estanca, y suele ser malsana en el esto. Pasando, pues, por all la feroz doncella, vi en medio del pantano una tierra inculta y deshabitada. Se detuvo en ella con sus esclavas, para hur de todo consorcio humano, y para ejercer su arte mgica, y all vivi y dej sus restos mortales. Entonces los hombres, que estaban dispersos por los alrededores, se reunieron en aquel sitio, que era fuerte a causa del pantano que le circundaba: edificaron una ciudad sobre los huesos de la difunta, y del nombre de la primera que haba elegido aquel sitio, la llamaron Mantua, sin consultar para ello al Destino. En otro tiempo fueron sus habitantes ms numerosos, antes de que Casalodi se dejara engaar neciamente por Pinamonte. Te lo advierto a fin de que, si oyes atribuir otro origen a mi patria, ninguna mentira pueda obscurecer la verdad. [24] Tebas, ciudad consagrada a Baco. Le respond: --Maestro, tus razonamientos son para m tan verdicos, y me obligan a prestarles tanta fe, que cualesquiera otros me pareceran carbones apagados. Pero dime si entre la gente que va pasando hay alguno digno de notarse, pues eso solo ocupa mi alma. Entonces me dijo: --Aqul, cuya barba se extiende desde el rostro a sus morenas espaldas, fu augur cuando la Grecia se qued tan exhausta de varones, que apenas los haba en las cunas, y junto con Calcas di la seal en Aulide para cortar el primer cable. Se llam Euripilo, y as lo nombra en algn punto mi alta tragedia. Aquel otro que ves tan demacrado fu Miguel Scott, que conoci perfectamente las imposturas del arte mgica. Mira a Guido Bonatti, y ve all a Asdente, que ahora deseara no haber dejado su cuero y su bramante; pero se arrepiente demasiado tarde: contempla las tristes que abandonaron la aguja, la lanzadera y el huso para convertirse en adivinas, y para hacer maleficios con hierbas y con figuras. Pero ven ahora, porque ya el astro en que se ve a Can con las espinas ocupa el confn de los dos hemisferios, y toca el mar ms abajo de Sevilla. La luna era ya redonda en la noche anterior; debes recordar bien que no te molest a veces por la selva umbra. As me hablaba y entre tanto bamos caminando. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOPRIMERO_ As, de un puente a otro, y hablando de cosas que mi comedia no se cuida de referir, fuimos avanzando y llegamos a lo alto del quinto, donde nos detuvimos para ver la otra hondonada de Malebolge y otras vanas lgrimas, y la vi maravillosamente obscura. As como en el arsenal de los venecianos hierve en el invierno la pez tenaz, destinada a reparar los buques averiados que no pueden navegar, y al mismo tiempo que uno construye su embarcacin, otro calafatea los costados de la que ha hecho ya muchos viajes; otro recorre la proa, otro la popa; quin hace remos; quin retuerce las cuerdas; quines, por fin, reparan el palo de mesana y el mayor; de igual suerte, y no por medio del fuego, sino por la voluntad divina, herva all abajo una resina espesa, que se pegaba a la orilla por todas partes. Yo la vea, pero sin percibir en ella ms que las burbujas que produca el hervor, hinchndose toda y volviendo a caer desplomada. Mientras la contemplaba fijamente, mi Gua me atrajo hacia s desde el sitio en que me encontraba, dicindome: "Ten cuidado, ten cuidado." Entonces me volv como el hombre que ansa ver aquello de que le conviene hur, y a quien asalta un temor tan grande y repentino, que ni para mirar detiene su fuga; y vi detrs de nosotros un negro diablo, que vena corriendo por el puente. Oh! Cun feroz era su aspecto, y qu amenazador me pareca con sus alas abiertas y sus ligeros pies! Sobre sus hombros, altos y angulosos, llevaba a cuestas un pecador, a quien tena agarrado por ambos jarretes. Desde nuestro puente dijo: --Oh! Malebranche, ved aqu uno de los ancianos de Santa Zita: ponedle debajo; que yo me vuelvo otra vez a aquella tierra, que est tan bien provista de ellos. All todos son bribones, excepto Bonturo; y por dinero, de un "no" hacen un "ita."[25] [25] Solase antiguamente, en los testimonios pblicos, escribir el ita de los latinos por signo de afirmacin, y el no por signo de negacin. Le arroj abajo, y se volvi por la dura roca tan de prisa, que jams ha habido mastn suelto que haya perseguido a un ladrn con tanta ligereza. El pecador se hundi y volvi a subir hecho un arco; pero los demonios, que estaban resguardados por el puente, gritaban: --Aqu no est el Santo Rostro; aqu se nada de diferente modo que en el Serchio. Si no quieres probar nuestros garfios, no salgas de la pez. Despus le pincharon con ms de cien harpones, dicindole: --Es forzoso que bailes aqu a cubierto, de modo que, si puedes, prevariques ocultamente. No de otra suerte hacen los cocineros que sus marmitones sumerjan en la caldera las viandas por medio de grandes tenedores, para que no sobrenaden. --A fin de que no adviertan que ests aqu--me dijo el buen Maestro--, ocltate detrs de una roca, que te sirva de abrigo; y aunque se me haga alguna ofensa, no temas nada; pues ya conozco estas cosas por haber estado otra vez entre estas almas venales. En seguida pas al otro lado del puente, y cuando lleg a la sexta orilla, tuvo necesidad de mostrar su intrepidez. Con el furor y el mpetu con que salen los perros tras el pobre que de pronto pide limosna donde se detiene, as salieron los demonios de debajo del puente, volviendo todos contra l sus harpones; pero les grit: --Que ninguno de vosotros se atreva. Antes que me punce vuestra orquilla, adelntese uno que me oiga, y despus medite si debe perdonarme. Todos gritaron: --V, Malacoda. Por lo cual uno de ellos se puso en marcha, mientras los otros permanecan quietos, y se adelant diciendo: --Qu te podr salvar de nuestras garras? --Crees t, Malacoda, que a no ser por la voluntad divina y por tener el destino propicio--dijo mi Maestro--, me hubieras visto llegar aqu, sano y salvo, a pesar de todas vuestras armas? Djame pasar, porque en el cielo quieren que ensee a otro este camino salvaje. Entonces qued tan abatido el orgullo del demonio, que dej caer el harpn a sus plantas, y dijo a los otros: --Que no se le haga dao. Y mi gua a m: --Oh t, que ests agazapado tras de las rocas del puente! Ya puedes llegar a m con toda seguridad. Entonces ech a andar, y me acerqu a l con prontitud; pero los diablos avanzaron, de modo que yo tem que no observaran lo pactado: as vi temblar en otro tiempo a los que por capitulacin salan de Caprona, vindose entre tantos enemigos. Me acerqu cuanto pude a mi Gua, y no separaba mis ojos del rostro de aqullos, que no era nada bueno. Bajaban ellos sus garfios, y: "Quires que le pinche en la rabadilla?," deca uno de ellos a los otros. Y respondan: "S, s clvale." Pero aquel demonio, que estaba conversando con mi Gua, se volvi de repente, y grit: "Quieto, quieto, Scarmiglione." Despus nos dijo: --Por este escollo no podris ir ms lejos, pues el sexto arco yace destrozado en el fondo. Si os place ir ms adelante, seguid esta costa escarpada: cerca veris otro escollo por el que podris pasar. Ayer, cinco horas ms tarde que en este momento, se cumplieron mil doscientos sesenta y seis aos desde que se rompi aqu el camino.[26] Voy a enviar hacia all varios de los mos para que observen si algn condenado procura sacar la cabeza al aire: id con ellos, que no os harn dao. [26] Ayer, Viernes, a las tres de la tarde, quiere decir el diablo (pues se supone que habla a las diez de la maana del Sbado Santo), se cumplieron 1266 aos desde que se rompi este puente, a consecuencia de un terremoto, en el momento de la muerte de Jesucristo. --Adelante, Alichino y Calcabrina--empez a decir--; y t tambin, Cagnazzo; Barbariccia guiar a los diez. Vengan adems Libicocco, y Draghignazzo; Ciriatto, el de los grandes colmillos, y Graffiacane, y Farfarello, y el loco de Rubicantondad en torno de la pez hirviente: stos deben llegar salvos hasta el otro escollo, que atraviesa enteramente sobre la fosa.[27] [27] He aqu traducidos los nombres de los doce diablos que Dante menciona en este canto: Malebranche, malas garras.--Malacoda, cola maldita.--Scarmiglione, que arranca los cabellos.--Alichino, que hace inclinar a los otros.--Calcabrina, que pisa el roco.--Cagnazzo, perro malo.--Barbariccia, el de la barba erizada.--Libicocco, deseo ardiente.--Draghignazzo, veneno de dragn.--Ciriatto-Sannuto, colmillo de jabal.--Graffiaccane, perro que araa.--Rubicante, inflamado. Todas estas versiones son de Landino. --Oh Maestro! Qu es lo que veo?--dije--; si conoces el camino, vamos sin escolta; yo, por m, no la solicito. Si eres tan prudente como de costumbre, no ves que rechinan los dientes, y se hacen guios que nos amenazan algn mal? --No quiero que te espantes--me contest--; deja que rechinen los dientes a su gusto. Si lo hacen, es por los desgraciados que estn hirviendo. Se pusieron en camino por la margen izquierda; pero cada uno de aqullos de antemano se haban mordido la lengua en seal de inteligencia con su jefe, y ste se sirvi de su ano a guisa de trompeta. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VEGISIMOSEGUNDO_ He visto alguna vez a la caballera levantar el campo, empezar el combate, pasar revista, y a veces batirse en retirada; he visto oh, aretinos! hacer excursiones por vuestra tierra y saquearla; he visto luchar en los torneos y correr en las justas, ya al sonido de las trompetas, ya al de las campanas, al ruido de los tambores, con las seales de los castillos, y con todo el aparato nacional y extranjero; pero lo que no he visto nunca es que tan extrao instrumento de viento haya indicado la marcha a jinetes ni peones; jams, ni en la tierra, ni en los cielos, gui semejante faro a ningn buque. Marchbamos juntamente con los diez demonios (oh terrible compaa!); pero en la iglesia con los santos, y en la taberna con los borrachos. Sin embargo, mi atencin estaba concentrada en la pez para distinguir todo lo que contena la fosa y los que se abrasaban dentro de ella. As como saltan los delfines fuera del agua, indicando a los marinos que precavan la nave de la tempestad, as tambin algunos condenados, para aliviar su tormento, sacaban la espalda y la volvan a esconder ms rpidos que el relmpago; y lo mismo que en un charco las ranas sacan la cabeza a flor de agua, aunque teniendo dentro de ella sus patas y el resto del cuerpo, as estaban por todas partes los pecadores; pero en cuanto Barbariccia se aproximaba, volvan a sumergirse en aquel hervidero. Yo vi, y aun se estremece por ello mi corazn, a uno de aquellos que haba tardado ms tiempo en hundirse, como sucede con las ranas, que una queda fuera del agua, mientras otra se zambulle; y Graffiacane, que estaba ms cerca de l, le enganch por los cabellos enviscados de pez, y lo sac fuera como si fuese una nutria. Yo saba el nombre de todos aquellos demonios, por haberme hecho cargo de ellos cuando los eligi Malacoda. "Rubicante, plntale encima tu garfio y desullalo," gritaban a un tiempo todos aquellos malditos. Yo dije: --Maestro mo, si puedes, procura saber quin es ese desgraciado que ha cado en manos de sus adversarios. Mi Gua se le acerc, y le pregunt de dnde era, a lo que respondi: --Yo nac en el reino de Navarra. Mi madre me puso al servicio de un seor: ella me haba engendrado de un prdigo, que se destruy a s mismo y disip su fortuna. Despus fu favorito del buen rey Tebaldo, y me lanc a comerciar con sus favores; crimen de que doy cuenta en este horno. Y Ciriatto, a quien sala de cada lado de la boca un colmillo como el de un jabal, le hizo sentir lo bien que uno de ellos hera. Entre malos gatos haba cado aquel ratn; porque Barbariccia lo sujet entre sus brazos, diciendo: "Quedaos ah mientras que yo le ensarto." Y volviendo el rostro hacia mi Maestro, aadi: "Pregntale an si deseas saber ms, antes que otros lo destrocen." Mi Gua pregunt: --Dime, pues, si entre los otros culpables que estn sumergidos en esa pez, conoces algunos que sean latinos. A lo que contest: --Acabo de separarme de uno que fu de all cerca. As estuviera, como l, bajo la pez; no temera ahora ni las garras ni los garfios! Y Libicocco: "Ya hemos tenido demasiada paciencia," dijo; y le enganch por el brazo con su harpn, arrancndole de un golpe todo el antebrazo. Draghignazzo quiso tambin cogerle por las piernas; pero su Decurin se volvi hacia todos ellos lanzando una mirada furiosa. Cuando se hubieron calmado un poco, mi Gua no tard en preguntar a aquel que estaba contemplando su herida: --Quin es se de quien dices que te has separado, por tu desgracia, para salir a flote? Y le respondi: --Es el hermano Gomita, aquel de Gallura, vaso de iniquidad, que tuvo en su poder a los enemigos de su seor, e hizo de modo que todos le alabasen. Acept su oro y los dej libres, segn l mismo dice; y con respecto a los empleos, no fu un pequeo, sino un soberano prevaricador. Con l conversa a menudo don Miguel Zanche de Logodoro, y sus lenguas no se cansan nunca de hablar de las cosas de Cerdea. Ay de m! Ved a ese otro cmo aprieta los dientes. Aun hablara ms, pero temo que se prepare a rascarme la tia. El gran jefe de los demonios se dirigi a Farfarelo, que mova sus ojos en todas direcciones buscando donde herir, y le dijo: "Qutate de ah, pjaro malvado." --Si queris ver u or a toscanos y lombardos--empez a decir en seguida el desgraciado pecador--, har que vengan. Pero que esas malditas garras se mantengan un poco apartadas, a fin de que ellos no teman sus venganzas: yo, sentndome en este mismo sitio, por uno que soy har venir siete, silbando como acostumbramos cuando uno de nosotros saca la cabeza fuera de la pez. Al or estas palabras, Gagnazzo levant el hocico meneando la cabeza, y dijo: "Oigan el medio malicioso de que se ha valido para volver a sumergirse!" A lo cual contest aqul, que tena abundancia de estratagemas: "En verdad que soy muy malicioso, cuando expongo a los mos a mayores tormentos!" No pudo contenerse Alichino, y en contra de lo dicho por los otros, respondi: "Si te arrojas en la pez, no correr al galope detrs de ti, sino que emplear mis alas para ello. Te damos de ventaja la escarpa, y el ribazo por defensa, y veamos si t solo vales ms que todos nosotros." Oh t, que lees esto, ahora vers un nuevo juego! Todos los demonios se volvieron hacia la pendiente opuesta, y el primero de ellos, el que se haba mostrado ms renitente. El navarro aprovech bien el tiempo; fij sus pies en el suelo, y precipitndose de un solo salto, se puso al abrigo de los malos propsitos de aqullos. Contristados se quedaron los demonios ante esta treta, pero mucho ms el que tuvo la culpa de ella; por lo cual se lanz tras de l gritando: "Ya te tengo." Pero de poco le vali, porque sus alas no pudieron igualar en velocidad al espanto de Ciampolo: ste se lanz en la pez, y aqul cambi la direccin de su vuelo, llevando el pecho hacia arriba. No de otro modo se sumerge instantneamente el pato cuando el halcn se aproxima, y ste se remonta furioso y fatigado. Calcabrina, irritado contra Lichino por aquel engao, ech a volar tras l, deseoso de que el pecador se escapara para tener un motivo de querella. Y cuando hubo desaparecido el prevaricador, volvi sus garras contra su compaero, y se aferr con l sobre el mismo estanque. Pero ste, gaviln adiestrado, hizo uso tambin de las suyas, y los dos cayeron en medio de la pez hirviente. El calor los separ bien pronto; pero todo su esfuerzo para remontarse era en vano, porque sus alas estaban enviscadas. Barbariccia, descontento como los dems, hizo volar a cuatro desde la otra parte con todos sus harpones, y bajando rpidamente hacia el sitio designado, tendieron sus garfios a los dos demonios, que estaban medio cocidos en la superficie de aquella fosa. Nosotros los dejamos all enredados de aquella manera. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOTERCERO_ Solos, en silencio y sin escolta, bamos uno tras otro, como acostumbran ir los frailes menores. La ria que acabbamos de presenciar me trajo a la memoria la fbula de Esopo, en que habl de la rana y del topo; pues las partculas "mo" e "issa"[28] no son tan semejantes como estos dos hechos, si atentamente se consideran el principio y el fin de entrambos. Y como un pensamiento procede rpidamente de otro, de ste naci uno nuevo, que redobl mi primitivo espanto. Yo pensaba as: "Esos demonios han sido engaados por nuestra causa, y con tanto dao y escarnio, que les creo muy ofendidos. Si a la malevolencia se aade la ira, nos van a perseguir con ms crueldad que el perro que sujeta a la liebre por el cuello." Ya senta que se erizaban mis cabellos a causa del temor, y miraba hacia atrs atentamente, por lo que dije: --Maestro, si no nos ocultas a los dos prontamente, temo a los demonios que vienen detrs de nosotros; y tan as me lo imagino, que ya me parece que los oigo. [28] Mo e issa, voces que significan ahora en lombardo. Mo, del latn modo, que es ahora; issa, elipsis del latn hac, ipsa hora, es tambin ahora. A lo que l contest: --Si yo fuera un espejo, no veras en m tu imagen tan pronto como veo en tu interior. En este momento se cruzaban tus pensamientos con los mos bajo la misma faz y aspecto, de suerte que he deducido de ambos un solo consejo. Si es cierto que la cuesta que hay a nuestra derecha est tan inclinada, que nos permita bajar a la sexta fosa, huiremos de la caza que imaginamos. Apenas haba concludo de decirme su parecer, cuando vi venir a los demonios con las alas extendidas y muy cerca de nosotros, queriendo cogernos. Mi Gua me agarr sbitamente, como una madre que, despertada por el ruido y viendo brillar las llamas cerca de ella, coge a su hijo y huye, y teniendo ms cuidado de l que de s misma, no se detiene ni aun a ponerse una camisa. Desde lo alto de la calzada, se desliz de espaldas por la pendiente roca, uno de cuyos lados divide la quinta de la sexta fosa. Jams corri tan rpida el agua por la canal de un molino, cuando ms se acerca a las paletas de la rueda, como descendi por aquel declive mi Maestro, llevndome sobre su pecho, cual si fuese hijo suyo y no su compaero. Apenas tocaron sus pies al suelo del profundo abismo, cuando los demonios aparecieron en la roca sobre nuestras cabezas: pero ya no nos inspiraban temor; porque la alta Providencia que los haba designado para ministros de la quinta fosa, les quit la facultad de separarse de all. Abajo encontramos unas gentes pintadas, que giraban en torno con bastante lentitud, llorosas y con los semblantes fatigados y abatidos. Llevaban capas con capuchas echadas sobre los ojos, por el estilo de las que llevan los monjes de Colonia.[29] Aquellas capas eran doradas por de fuera, de modo que deslumbraban; pero por dentro eran todas de plomo, y tan pesadas, que las de Federico a su lado parecan de paja.[30] Oh manto fatigoso por toda la eternidad! Nos volvimos an hacia la izquierda, y anduvimos con aquellas almas, escuchando sus tristes lamentos. Pero las sombras, rendidas por el peso, caminaban tan despacio, que a cada paso que dbamos cambibamos de compaero. Yo dije a mi Gua: --Procura encontrar a alguno que sea conocido por su nombre o por sus hechos; y mira al efecto en derredor tuyo mientras andas. [29] Cuntase que hubo en Colonia un abad tan ambicioso e insolente, que pidi permiso al Papa para que sus monjes pudieran usar capas de escarlata, cintos, espuelas y estribos de plata sobredorada. Esta peticin desagrad tanto al Pontfice, que dispuso que en adelante el abad y sus monjes usaran capas negras y mal hechas, y cintos y estribos de madera. [30] El emperador Federico II encerraba a los culpables de lesa majestad en capas de plomo, y luego los arrojaba al fuego. Y uno de ellos, que entendi el idioma toscano, exclam detrs de nosotros: Detened vuestros pasos, vosotros que tanto corris a travs del aire sombro: quiz podrs obtener de m lo que solicitas. En seguida mi Gua se volvi y me dijo: --Espera, y modera tu paso hasta igualar al suyo. Me detuve, y vi dos de aqullos, que en sus miradas demostraban gran deseo de estar conmigo; pero su carga y lo estrecho del camino les hacan tardar. Cuando se me hubieron reunido, me miraron con torvos ojos y sin hablarme: despus se volvieron uno a otros dicindose: "Ese parece vivo, a juzgar por el movimiento de su garganta; pero si estn muertos, por qu privilegio no llevan nuestra pesada capa?" Despus me dijeron: --Oh toscano, que has venido a la mansin de los tristes hipcritas!, dgnate decirnos quin eres. Les contest: --Nac y crec junto a la orilla del hermoso Arno, en la gran ciudad, y conservo el cuerpo que he tenido siempre. Pero vosotros, a quienes, segn veo, cae tan doloroso llanto gota a gota por las mejillas, quines sois, y qu pena padecis que tanto se hace ver? Uno de ellos me respondi: --Ay de m! Estas doradas capas son de plomo, y tan gruesas, que su peso nos hace gemir como cargadas balanzas. Fuimos hermanos Gozosos[31] y boloeses. Yo me llam Catalano y ste Loderingo. Tu ciudad nos nombr magistrados, como suele elegirse a un hombre neutral para conservar la paz; y la conservamos tan bien como puede verse an cerca del Gardingo. [31] Hermanos de una orden de caballera instituda para combatir contra los infieles y los que violaran la justicia. Se les llam Gaudenti (gozosos) por la vida licenciosa que llevaron. Yo repuse: "Oh hermanos! Vuestros males..." Pero no pude continuar; porque vi en el suelo a uno crucificado en tres palos. En cuanto me vi, se retorci, haciendo agitar su barba con la fuerza de los suspiros; y el hermano Catalano, que lo advirti, me dijo: --Ese que ests mirando crucificado aconsej a los fariseos que era necesario hacer sufrir a un hombre el martirio por el pueblo. Est atravesado y desnudo sobre el camino, como ves; y es preciso que sienta lo que pesa cada uno de los que pasan. Su suegro est condenado a igual suplicio en esta fosa, as como los dems del Consejo que fu para los judos origen de tantas desgracias. Entonces vi a Virgilio que contemplaba con asombro a aquel que estaba tan vilmente crucificado en el eterno destierro. Luego se dirigi al fraile en estos trminos: --Querais decirnos si hacia la derecha hay alguna abertura por donde podamos salir los dos, sin obligar a los ngeles negros a que nos saquen de este abismo? Aquel respondi: --Ms cerca de aqu de lo que esperas, se levanta una pea que parte del gran crculo y atraviesa todas las terribles fosas; pero est cortada en sta y no contina sobre ella. Podris subir por las ruinas que existen en el declive de su falda y cubren el fondo. Mi Gua permaneci un momento con la cabeza inclinada, y despus dijo: --Cmo nos ha engaado aquel que ensarta con su garfio a los pecadores! Y el fraile repuso: --He odo referir en Bolonia los numerosos vicios del demonio, entre los cuales no era el menor el de ser falso y padre de la mentira. Entonces mi Gua se alej precipitadamente con el rostro inmutado por la clera; y en consecuencia, me alej tambin de aquellas almas que soportaban tanto peso, y segu las huellas de los pies queridos. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOCUARTO_ En la poca del ao nuevo en que templa el sol su cabellera bajo el Acuario, y en que ya las noches van igualndose con los das; cuando la escarcha imita en la tierra, aunque por poco tiempo, el color de su blanca hermana, el campesino que carece de forraje, se levanta, mira, y al ver blanco el campo se golpea el muslo, vuelve a su casa, y se lamenta continuamente como el desgraciado que no sabe qu hacer; pero torna luego a mirar, y recobra la esperanza, viendo que la tierra ha cambiado de aspecto en pocas horas, y entonces coge su cayado y sale a apacentar sus ovejas: as mi Maestro me llen de inquietud cuando vi tan turbado su rostro, y as tambin aplic pronto remedio a mi mal; porque al llegar al derrudo puente, se volvi hacia m con aquel amable aspecto que tena cuando le vi al pie del monte. Despus de haber pensado la determinacin que haba de tomar, contemplando antes con cuidado las ruinas, abri sus brazos, cogime por detrs, y como aquel que trabaja, pensando siempre en la labor que emprender en seguida, del mismo modo, elevndome sobre la cima de una roca, contemplaba otra diciendo: --Agrrate bien a sa, pero tantea primero si tal cual es podr sostenerte. Aquel no era un camino a propsito para los que iban con capa; pues apenas podamos, Virgilio tan gil, y yo sostenido por l, trepar de piedra en piedra. Y a no ser porque en aquel recinto era ms corto el camino que en otro alguno, no s lo que a l le habra sucedido, pero a m me hubiera vencido el cansancio. Mas como Malebolge va siempre en declive hasta la boca del profundsimo pozo, cada fosa que se recorre presenta un margen que se eleva y otro que desciende. Llegamos por fin al extremo en que se destaca la ltima piedra. Cuando estuve sobre ella, de tal modo me faltaba el aliento, que no poda ms; as es que me sent en cuanto nos detuvimos. --Ahora es preciso que sacudas tu pereza--me dijo el Maestro--; que no se alcanza la fama reclinado en blanda pluma, ni al abrigo de colchas: y el que sin gloria consume su vida, deja en pos de s el mismo vestigio que el humo en el aire o la espuma en el agua. Ea, pues, levntate; domina la fatiga con el alma, que vence todos los obstculos, mientras no se envilece con la pesadez del cuerpo. Tenemos que subir todava una escala mucho ms larga; pues no basta haber atravesado por entre los espritus infernales. Si me entiendes, deben reanimarte mis palabras. Levantme entonces, demostrando ms resolucin de la que verdaderamente senta en mi interior, y dije: --Vamos, ya me siento fuerte y atrevido. Echamos a andar por el escollo, que era spero, estrecho y escabroso, y ms pendiente que el anterior. Iba hablando para disimular mi flaqueza, cuando o una voz que sala de la otra fosa, articulando palabras ininteligibles. No s lo que dijo, a pesar de encontrarme en la cima del arco que por all pasa; mas el que hablaba pareca conmovido por la ira. Yo me haba inclinado; pero los ojos de un vivo no podan distinguir el fondo a travs de aquella obscuridad; por lo cual dije: --Maestro, haz por llegar al otro recinto, y descendamos este muro, porque desde aqu oigo y no comprendo nada; miro hacia abajo y nada veo. --Te responder--me dijo--haciendo lo que deseas; que las peticiones justas deben satisfacerse en silencio. Bajamos por el puente desde lo alto hasta donde se une con el octavo margen; y entonces descubr la fosa, y vi una espantosa masa de serpientes, de tan diferentes especies, que su recuerdo me hiela todava la sangre. Deje la Libia de envanecerse con sus arenas; que si produce quelidras, yculos y faras, cencros y anfisbenas, ni en ella, ni en toda la Etiopa con el pas que est sobre el mar Rojo, existieron jams tantas ni tan nocivas pestilencias como en este lugar. A travs de aquella espantosa y cruel multitud de reptiles corran gentes desnudas y aterrorizadas, sin esperanza de encontrar refugio ni heliotropo.[32] Tenan las manos atadas a la espalda con sierpes, las cuales, formando nudos por encima, les hincaban la cola y la cabeza en los riones. Y he aqu que uno de aquellos desgraciados, que estaba cerca de nosotros, fu mordido por una serpiente en el punto en que el cuello se une a los hombros; y en el breve tiempo que se necesita para escribir una O y una I, se incendi, ardi y cay reducido a cenizas. Pero apenas qued consumido en el suelo, reunironse aqullas por s mismas, y sbitamente se rehizo aquel espritu como estaba antes. As dicen los grandes sabios que muere el Fnix, y renace cuando est cercano a su quinto siglo: no se alimenta de hierba ni de trigo durante su vida, sino de amomo y lgrimas de incienso, y su ltimo nido est formado con nardo y mirra. Y como aquel que cae y no sabe cmo, a impulsos del demonio que lo arroja en el suelo o de algn accidente producido por su temperamento enfermizo, cuando se levanta, se queda asombrado de la cruel angustia que ha sufrido y suspira al mirar en torno suyo, as se levant el pecador ante nosotros. Oh, cun severa es la justicia de Dios, que hace estallar su clera por medio de tales golpes! Mi Gua le pregunt despus quin era, y l le contest: --Yo ca hace poco tiempo desde Toscana en este horrible abismo. La vida salvaje me agrad ms que la humana; fu lo mismo que un mulo: soy Vanni Fucci, el bestia, y Pistoya fu mi digno cubil. [32] Agata de color verde obscuro con manchas rojizas, a la que se atribuan virtudes milagrosas contra toda clase de veneno y especialmente contra las mordeduras de las serpientes, y que tena adems la de hacer invisible al que la llevaba. Entonces dije a mi Gua: --Dile que no huya, y pregntale qu delito le ha precipitado aqu; pues yo le conoc ya hombre colrico y sanguinario. El pecador, que me oy, no se ocult, sino que dirigi hacia m atentamente su mirada, y se cubri el rostro de triste vergenza. Despus dijo: --Siento ms que me hayas encontrado en la miseria en que me ves, de lo que sent verme privado de la vida; pero no puedo negarme a satisfacer tus preguntas. Estoy sumido aqu, porque rob en la sacrista los hermosos ornamentos, de cuyo delito fu otro acusado falsamente. Mas para que no te goces en mi desgracia, si acaso llegas a salir de estos lugares sombros, abre tus odos a mi anuncio, y escucha: primeramente, Pistoya quedar despoblada de Negros; despus Florencia renovar sus habitantes y su forma de gobierno; Marte har salir del valle de Magra un vapor, que envuelto en sombras nieblas y en tempestad impetuosa y terrible, se desencadenar sobre el campo Piceno; y all, desgarrndose de repente la nube, aniquilar todos los Blancos. Te he dicho esto para que te cause dolor. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOQUINTO_ Al terminar estas palabras, el ladrn alz ambas manos haciendo un gesto indecente y exclamando: "Toma, Dios, esto es para t." Desde entonces fu amigo de las serpientes; porque una de ellas se le enrosc en el cuello como diciendo: "No quiero que hables ms:" y otra se agarr a sus brazos, sujetndolos de tal modo, que no le era posible al condenado hacer ningn movimiento. Ah, Pistoya, Pistoya! Cmo no decides reducirte t misma a cenizas, y dejar de existir, pues que tus hijos son peores que sus antepasados? En todos los crculos del obscuro Infierno no he visto espritu tan soberbio ante Dios, a no ser aquel que cay desde los muros de Tebas. El ladrn huy sin decir una palabra ms. Entonces vi un Centauro lleno de ira, que acuda gritando: "Dnde est, dnde est el soberbio?" No creo que contengan las Marismas tanto reptil como llevaba el Centauro sobre su grupa hasta el sitio en que empezaba la forma humana: sobre sus espaldas, detrs de la nuca, descansaba un dragn con las alas abiertas, el cual abrasaba cuanto sala a su encuentro. Mi Maestro dijo: --Ese monstruo es Caco, el que al pie de las rocas del monte Aventino form ms de una vez un lago de sangre. No va por el mismo camino que sus hermanos, porque rob fraudulentamente el gran rebao que paca en las inmediaciones del sitio que haba escogido por vivienda: pero sus inicuos hechos acabaron por fin bajo la clava de Hrcules, que si le di cien golpes con ella, aqul no lleg a sentir el dcimo. Mientras as hablaba Virgilio, Caco desapareci, al mismo tiempo que se acercaban tres espritus por debajo del margen donde estbamos, lo cual no advertimos ni mi Gua ni yo, hasta que les omos gritar: "Quines sois?" Ces entonces nuestra conversacin, y nos fijamos solamente en ellos. Yo no les conoca; pero sucedi, como suele acontecer algunas veces, que el uno tuvo necesidad de llamar al otro, dicindole: "Cianfa, dnde te has metido?" Y yo, a fin de que estuviese atento mi Gua, me puse el dedo desde la nariz a la barba. Ahora, lector, si se te hace difcil creer lo que te voy a decir, no ser extrao, porque yo que lo vi, apenas lo creo. Mientras estaba contemplando a aquellos espritus, se lanz una serpiente con seis patas sobre uno de ellos, agarrndosele enteramente. Con las patas de enmedio le oprimi el vientre; con las de delante le sujet los brazos, y despus le mordi en ambas mejillas. Extendiendo en seguida las patas de detrs sobre sus muslos, le pas la cola por entre los dos, y se la mantuvo apretada contra los riones. Nunca se agarr tan fuertemente la hiedra al rbol, como la horrible fiera adapt sus miembros a los del culpable: despus una y otro se confundieron, como si fuesen de blanda cera, y mezclaron tan bien sus colores, que ninguno de ambos pareca ya lo que antes haba sido. As con el ardor del fuego se extiende sobre el papel un color obscuro, que no es negro, y sin embargo deja de ser blanco. Los otros dos condenados le miraban, exclamando cada cual: "Ay, Angel,[33] cmo cambias! No eres ya uno ni dos." Las dos cabezas se haban convertido en una, y aparecan dos figuras mezcladas en una sola faz, quedando en ella confundidas entrambas. De los cuatro brazos se hicieron dos: los muslos y las piernas, el vientre y el tronco se convirtieron en miembros nunca vistos. Qued borrado todo su primitivo aspecto: aquella imagen transformada pareca dos y ninguna de las anteriores; y en tal estado se alejaba a pasos lentos. [33] Agnolo Bruneleschi, florentino. Como el lagarto, que bajo el ardor de los das caniculares, cuando cambia de maleza, parece un rayo al atravesar el camino, tal pareca, dirigindose hacia el vientre de los otros dos espritus, una pequea serpiente irritada, lvida y negra como grano de pimienta. Pic a uno de ellos en aquella parte del cuerpo por donde nos alimentamos antes de nacer, y despus cay a sus pies quedando tendida. El herido la mir sin decir nada; y permaneci inmvil, en pie y bostezando, como si le hubiera sorprendido el sueo o la fiebre. El y la serpiente se miraban, y el uno por la herida y la otra por la boca, lanzaban un denso humo que llegaba a confundirse. Calle Lucano al referir las miserias de Sabello y de Nasidio, y escuche atentamente lo que describo aqu: calle Ovidio al ocuparse de Cadmo y Aretusa; que si, en su poema, convirti a aqul en serpiente y a ste en fuente, no le envidio. Ovidio no transform jams dos naturalezas frente a frente, de tal modo que sus formas cambiaran tambin de materia. El hombre y la serpiente se correspondieron de tal suerte, que cuando sta abri su cola en forma de horquilla, el herido junt sus dos pies. Las piernas y los muslos de ste se estrecharon tanto, que en poco tiempo no quedaron vestigios de su natural separacin. La cola hendida de la serpiente tomaba la figura que desapareca en el hombre, y su piel se haca blanda al paso que dura la de aqul. Vi entrar los brazos del condenado en los sobacos; y las dos patas de la fiera, que eran cortas, se alargaban tanto cuanto aqullos se encogan. Las patas de detrs de aqulla, retorcindose, formaban el miembro que el hombre oculta, y el del miserable dividise en dos patas. Mientras que el humo daba el color de la serpiente al hombre y viceversa, y haca salir en aqulla el pelo que quitaba a ste, el uno, es decir, la fiera transformada en hombre, se levant, y cay el otro; pero sin dejar de lanzarse miradas feroces, ante las cuales cada uno de ellos cambiaba de rostro. El que estaba en pie lo encogi hacia las sienes, y de la carne excedente se le formaron las orejas en sus lisos carrillos. La parte del hocico de la serpiente que no se repleg en la cabeza qued fuera formando la nariz del rostro humano, y abult al propio tiempo convenientemente los labios. El que estaba en el suelo extendi su boca hacia delante, e hizo entrar sus orejas en la cabeza, como el caracol hace con sus cuernos; y la lengua, que estaba antes unida y dispuesta a hablar, se hendi, al paso que se una la lengua hendida del reptil, dejando de lanzar humo. El alma que se haba convertido en serpiente huy silbando por la fosa; y el otro, hablando detrs de ella, le escupa. Volvile despus sus recin formadas espaldas, y dijo al otro condenado: "Quiero que Buoso se arrastre por este camino como yo lo he hecho." De tal suerte vi yo, en la sptima fosa, cambiarse y metamorfosearse dos naturalezas; y si mi lenguaje no es florido, srvame de excusa la novedad del caso. Aunque mis ojos estuviesen turbados y mi espritu aturdido, no pudieron hur las otras dos sombras tan ocultamente, que yo no conociese a Puccio Sciancato, el nico de los tres espritus de los llegados anteriormente que no haba cambiado de forma: el otro era aquel que t lloras, oh Gaville![34] [34] Para mayor claridad, ntese bien que Dante ve primero tres espritus: Agnolo Brunelleschi, Buoso Donati y Puccio Sciancato. Luego viene Cianfa en forma de serpiente con seis patas, se arroja sobre Brunelleschi, y los dos se convierten en un solo monstruo, que se va con pasos lentos. Llega despus, en forma de serpiente lvida y negra, Guercio Cavalcante: pica a Buoso, le transforma en serpiente y l se vuelve hombre: Buoso huye silbando. Quedan solos en escena Puccio Sciancato, que no ha sufrido transformacin, y "aquel a quien llora Gaville;" es decir, Guercio Cavalcante. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOSEXTO_ Algrate, Florencia, pues eres tan grande, que tu nombre vuela por mar y tierra, y es famoso en todo el infierno. Entre los ladrones he encontrado cinco de tus nobles ciudadanos; lo cual me avergenza, y a t no te honra mucho. Pero, si es verdad lo que se suea cerca del amanecer, dentro de poco tiempo conocers lo que contra ti desean, no ya otros pueblos, sino Prato: y si este mal se hubiese ya cumplido, no sera prematuro. As viniese hoy lo que ha de suceder, pues tanto ms me contristar, cuanto ms viejo me vuelva! Partimos; y por los mismos escalones de las rocas que nos haban servido para bajar, subi mi Gua, tirando de m. Prosiguiendo la ruta solitaria a travs de los picos y rocas del escollo, no era posible mover un pie sin el auxilio de la mano. Entonces me aflig, como me aflijo ahora, cuando pienso en lo que vi; y refreno mi espritu ms de lo que acostumbro, para que no aventure tanto que deje de guiarlo la virtud; porque, si mi buena estrella u otra influencia mejor me ha dado algn ingenio, no quiero yo mismo envidirmelo. As como en la estacin en que aquel que ilumina al mundo nos oculta menos su faz, el campesino que reposa en la colina a la hora en que el mosquito reemplaza a la mosca, ve por el valle las lucirnagas que corren por el sitio donde vendimia y ara, as tambin vi resplandecer infinitas llamas en la octava fosa, en cuanto estuve en el punto desde donde se distingua su fondo. Y como aquel a quien los osos ayudaron en su venganza[35] vi partir el carro de Elas, cuando los caballos suban erguidos al cielo, de tal modo que no pudiendo sus ojos seguirle, slo distinguan una ligera llama elevndose como dbil nubecilla, as tambin not que se agitaban aqullas en la abertura de la fosa, encerrando cada una un pecador, pero sin manifestar lo que ocultaban. Yo estaba sobre el puente, tan absorto en la contemplacin de aquel espectculo, que, a no haberme agarrado a un trozo de roca, hubiera cado sin ser empujado. Mi Gua, que me vi tan atento, me dijo: --Dentro del fuego estn los espritus, cada uno revestido de la llama que le abrasa. [35] Colocados en una misma pira los cadveres de los hermanos Eteocles y Polinyces, que se haban dado muerte el uno al otro, la llama descubra, bifurcndose, que se odiaban aun despus de muertos. --Oh, Maestro!--respond;--tus palabras han hecho que me cerciore de lo que veo; pero ya lo haba pensado as y quera decrtelo. Mas dime: quin est en aquella llama que se divide en su parte superior, y parece salir de la pira donde fueron puestos Eteocles y su hermano? Me contest: --All dentro estn torturados Ulises y Diomedes: juntos sufren aqu un mismo castigo, como juntos se entregaron a la ira. En esa llama se llora tambin el engao del caballo de madera, que fu la puerta por donde sali la noble estirpe de los romanos. Llrase tambin el artificio por el que Deidamia, aun despus de muerta, se lamenta de Aquiles, y se sufre adems el castigo por el robo del Paladin. --Si es que pueden hablar en medio de las llamas--dije yo--, Maestro, te pido y te suplico, y as mi splica valga por mil, que me permitas esperar que esa llama dividida llegue hasta aqu: mira cmo, arrastrado por mi deseo, me abalanzo hacia ella. A lo que me contest: Tu splica es digna de alabanza, y yo la acojo; pero haz que tu lengua se reprima, y djame a m hablar; pues comprendo lo que quieres, y quizs ellos, siendo griegos, se desdearan de contestarte. Cuando la llama estuvo cerca de nosotros, y mi Gua juzg el lugar y el momento favorables, le o expresarse en estos trminos: --Oh vosotros, que sois dos en un mismo fuego! Si he merecido vuestra gracia durante mi vida, si he merecido de vosotros poco o mucho, cuando escrib mi gran poema en el mundo, no os alejis; antes bien dgame uno de vosotros dnde fu a morir, llevado de su valor. La punta ms elevada de la antigua llama empez a oscilar murmurando como la que agita el viento; despus, dirigiendo a uno y otro lado su extremidad, empez a lanzar algunos sonidos, como si fuera una lengua que hablara, y dijo: --Cuando me separ de Circe, que me tuvo oculto ms de un ao en Gaeta, antes de que Eneas le diera este nombre, ni las dulzuras paternales, ni la piedad debida a un padre anciano, ni el amor mutuo que deba hacer dichosa a Penlope, pudieron vencer el ardiente deseo que yo tuve de conocer el mundo, los vicios y las virtudes de los humanos, sino que me lanc por el abierto mar slo con un navo, y con los pocos compaeros que nunca me abandonaron. Vi entrambas costas, por un lado hasta Espaa, por otro hasta Marruecos, y la isla de los Sardos y las dems que baa en torno aquel mar. Mis compaeros y yo nos habamos vuelto viejos y pesados cuando llegamos a la estrecha garganta donde plant Hrcules las dos columnas para que ningn hombre pasase ms adelante. Dej a Sevilla a mi derecha, como haba dejado ya a Ceuta a mi izquierda. "Oh hermanos, dije, que habis llegado al Occidente a travs de cien mil peligros!, ya que tan poco os resta de vida, no os neguis a conocer el mundo sin habitantes, que se encuentra siguiendo al Sol. Pensad en vuestro origen; vosotros no habis nacido para vivir como brutos, sino para alcanzar la virtud y la ciencia." Con esta corta arenga infund en mis compaeros tal deseo de continuar el viaje, que apenas los hubiera podido detener despus. Y volviendo la popa hacia el Oriente, de nuestros remos hicimos alas para seguir tan desatentado viaje, inclinndonos siempre hacia la izquierda. La noche vea ya brillar todas las estrellas del otro polo, y estaba el nuestro tan bajo que apenas pareca salir fuera de la superficie de las aguas. Cinco veces se haba encendido y otras tantas apagado la luz de la luna desde que entramos en aquel gran mar, cuando apareci una montaa obscurecida por la distancia, la cual me pareci la ms alta de cuantas haba visto hasta entonces. Nos caus alegra, pero nuestro gozo se troc bien pronto en llanto; pues de aquella tierra se levant un torbellino que choc contra la proa de nuestro buque: tres veces lo hizo girar juntamente con las encrespadas ondas, y a la cuarta levant la popa y sumergi la proa como plugo al Otro, hasta que el mar volvi a unirse sobre nosotros. [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOSEPTIMO_ Habase quedado derecha e inmvil la llama para no decir nada ms, y ya se iba alejando de nosotros, con permiso del dulce poeta, cuando otra que segua detrs nos hizo volver la vista hacia su punta, a causa del confuso rumor que sala de ella. Como el toro de Sicilia que, lanzando por primer mugido el llanto del que lo haba trabajado con su lima (lo cual fu justo), bramaba con las voces de los torturados en l de tal suerte, que a pesar de estar construdo de bronce, pareca realmente traspasado de dolor, as tambin las palabras lastimeras del espritu contenido en la llama, no encontrando en toda la extensin de ella ninguna abertura por donde salir, se convertan en el lenguaje del fuego; pero cuando consiguieron llegar a su punta, comunicndole a sta el movimiento que la lengua les haba dado al pasar, omos decir: --Oh t, a quien me dirijo, y que hace poco hablabas en lombardo, diciendo: "Vte ya, no te detengo ms!" Aun cuando yo haya llegado tarde, no te pese permanecer hablando conmigo; pues a m no me pesa, no obstante que estoy ardiendo.[36] Si acabas de caer en este mundo lbrego desde la dulce tierra latina, donde he cometido todas mis faltas, dime si los romaolos estn en paz o en guerra; pues fu de las montaas que se elevan entre Urbino y el yugo de que el Tber se desata. [36] Este espritu es el conde Guido de Montefeltro. Yo escuchaba an atento e inclinado, cuando mi Gua me toc, diciendo: --Habla t, ese es latino. Y yo, que tena la respuesta preparada, empec a hablarle as sin tardanza: --Oh alma, que te escondes ah debajo! Tu Romana no est ni estuvo nunca sin guerra en el corazn de sus tiranos; pero al venir no he dejado guerra manifiesta: Ravena est como hace muchos aos: el guila de Polenta anida all, y cubre an a Cervia con sus alas. La tierra que sostuvo tan larga prueba, y contiene sangrientos montones de cadveres franceses, se encuentra en poder de las garras verdes; y el mastn viejo y el joven de Verrucchio, que tanto dao hicieron a Montagna, siguen ensangrentando sus dientes donde acostumbran. La ciudad del Lamone y la del Santerno estn dirigidas por el leoncillo de blanco cubil, que del verano al invierno cambia de partido; y aquella que est baada por el Savio, vive entre la tirana y la libertad, as como se asienta entre la llanura y la montaa. Ahora te ruego que me digas quin eres: no seas ms duro de lo que lo han sido otros; as pueda tu nombre durar eternamente en el mundo. Cuando el fuego hubo producido su acostumbrado rumor, movi de una parte a otra su aguda punta, y despus habl as: Si yo creyera que dirijo mi respuesta a una persona que debe volver al mundo, esta llama dejara de agitarse; pero como ninguno pudo salir jams de esta profundidad, si es cierto lo que he odo, te responder sin temor a la infamia. Yo fu hombre de guerra y luego franciscano, creyendo que con este hbito expiara mis faltas; y mi creencia hubiera tenido ciertamente efecto, si el gran Sacerdote, a quien deseo todo mal, no me hubiese hecho incurrir en mis primeras faltas. Quiero que t sepas cmo y por qu. Mientras conserv la forma de carne y hueso que mi madre me di, mis acciones no fueron de len, sino de zorra. Yo conoc toda clase de astucias, todas las asechanzas, y las practiqu tan bien, que su fama reson hasta en el ltimo confn del mundo. Cuando me v cercano a la edad en que cada cual debera cargar las velas y recoger las cuerdas, lo que antes me agradaba me disgust entonces; y arrepentido, confes mis culpas, retirndome al claustro. Entonces ay, infeliz de m! pude haberme salvado: pero el prncipe de los nuevos fariseos estaba en guerra cerca de Letrn (y no con los sarracenos ni con los judos, pues todos sus enemigos eran cristianos, y ninguno de ellos haba ido a conquistar a Acre, ni a comerciar en la tierra del Sultn): no tuvo en cuenta su dignidad suprema ni las sagradas rdenes de que estaba investido, ni vi en m aquel cordn que sola enflaquecer a los que lo llevaban; sino que, as como Constantino llam a Silvestre en el monte Soracto, para que le curase la lepra, as tambin me llam aqul para que le curara su orgullosa fiebre: pidime consejo, y yo me call, porque sus palabras me parecieron las de un hombre ebrio. Despus aadi: "No abrigue tu corazn temor alguno: te absuelvo de antemano; pero me has de decir cmo podr echar por tierra los muros de Preneste. Yo puedo abrir y cerrar el cielo, como sabes; porque son dos las llaves a que no tuvo mucho apego mi antecesor." Estos graves argumentos me impresionaron, y pensando que sera peor callar que hablar, dije: "Padre, puesto que t me lavas del pecado en que voy a incurrir, para triunfar en tu alto solio, debes prometer mucho y cumplir poco de lo que prometas." Cuando ocurri mi muerte, fu Francisco a buscarme; pero uno de los negros querubines le dijo: "No puedes llevrtelo; no me prives de lo que es mo: ste debe bajar a lo profundo entre mis condenados, por haber aconsejado el fraude, desde cuya falta le tengo cogido por los cabellos. No es posible absolver al que no se arrepiente, como tampoco es posible arrepentirse y querer el pecado al mismo tiempo, pues la contradiccin no lo consiente." Ay de m, desdichado! Cmo me aterr cuando me agarr, diciendo: "Acaso no creeras que fuera yo tan lgico!" Me condujo ante Minos, el cual se ci ocho veces la cola en derredor de su duro cuerpo, y mordindosela con gran rabia, dijo: "Ese debe estar entre los culpables que esconde el fuego." He aqu por qu estoy sepultado donde me ves, y por qu gimo al llevar este vestido. Cuando hubo acabado de hablar, se alej la plaidora llama, torciendo y agitando su aguda punta. Mi Gua y yo seguimos adelante, a travs del escollo, hasta llegar al otro arco que cubre el foso donde se castiga a los que cargaron su conciencia introduciendo la discordia. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOCTAVO_ Quin podra jams, ni an con palabras sin medida, por ms que lo intentase muchas veces, describir toda la sangre y las heridas que vi entonces? No existe ciertamente lengua alguna que pueda expresar, ni entendimiento que retenga, lo que apenas cabe en la imaginacin. Si pudiera reunirse toda la gente que derram su sangre en la infortunada tierra de la Pulla, cuando combatieron los romanos durante aquella prolongada guerra en que se recogi tan gran botn de anillos, como refiere Tito Livio y no se equivoca, con la que sufri tan rudos golpes por contrastar a Roberto Guiscardo, y con aquella cuyos huesos se recogen an, tanto en Ceperano, donde cada habitante fu un traidor, como en Tagliacozzo, donde el viejo Allard venci sin armas, y fuera posible que todos los combatientes mencionados ensearan sus miembros rotos y traspasados, ni aun as tendra una idea del aspecto horrible que presentaba la novena fosa. Una cuba que haya perdido las duelas del fondo no se vaca tanto como un espritu que v hendido desde la barba hasta la parte inferior del vientre; sus intestinos le colgaban por las piernas: se vea el corazn en movimiento y el triste saco donde se convierte en excremento todo cuanto se come. Mientras le estaba contemplando atentamente, me mir, y con las manos se abri el pecho, diciendo: --Mira cmo me desgarro: mira cun estropeado est Mahoma. All va delante de m llorando, con la cabeza abierta desde el crneo hasta la barba, y todos los que aqu ves, vivieron; mas por haber diseminado el escndalo y el cisma en la tierra, estn hendidos del mismo modo. En pos de nosotros viene un diablo que nos hiere cruelmente, dando tajos con su afilada espada a cuantos alcanza entre esta multitud de pecadores, luego que hemos dado una vuelta por esta lamentable fosa; porque nuestras heridas se cierran antes de volvernos a encontrar con aquel demonio. Pero t, que ests husmeando desde lo alto del escollo, quiz para demorar tu marcha hacia el suplicio que te haya sido impuesto por tus culpas, quin eres? --Ni la muerte le alcanz an, ni le traen aqu sus culpas para que sea atormentado--contest mi Maestro--, sino que ha venido para conocer todos los suplicios. Yo, que estoy muerto, debo guiarle por cada uno de los crculos del profundo Infierno, y esto es tan cierto como que te estoy hablando. Al or estas palabras, ms de cien condenados se detuvieron en la fosa para contemplarme, hacindoles olvidar la sorpresa su martirio. --Pues bien, t que tal vez dentro de poco volvers a ver el sol, di a fray Dolcino que, si no quiere reunirse conmigo aqu muy pronto, debe proveerse de vveres y no dejarse rodear por la nieve; pues sin el hambre y la nieve, difcil le ser al novars vencerle. Mahoma me dijo estas palabras despus de haber levantado un pie para alejarse; cuando ces de hablar, lo fij en el suelo y parti. Otro, que tena la garganta atravesada, la nariz cortada hasta las cejas, y una oreja solamente, se qued mirndome asombrado con los dems espritus, y abriendo antes que ellos su boca, exteriormente rodeada de sangre por todas partes, dijo: --Oh, t a quien no condena culpa alguna, y a quien ya vi all arriba, en la tierra latina, si es que no me engaa una gran semejanza!, acurdate de Pedro de Medicina, si logras ver de nuevo la hermosa llanura que declina desde Vercelli a Marcab; y haz saber a los dos mejores de Fano, a messer Guido y Angiolello, que si la previsin no es aqu vana, sern arrojados fuera de su bajel, y ahogados cerca de la Catlica por la traicin de un tirano desleal. Desde la isla de Chipre a la de Mallorca no habr visto jams Neptuno una felona tan grande, llevada a cabo por piratas, ni por corsarios griegos. Aquel traidor, que ve solamente con un ojo, y que gobierna el pas que no quisiera haber visto uno que est aqu conmigo, les invitar a parlamentar con l, y despus har de modo que no necesiten conjurar con sus votos y oraciones el viento de Focara. Yo le dije: --Si quieres que lleve noticias tuyas all arriba, mustrame y declara quin es se que deplora haber visto aquel pas. Entonces puso su mano sobre la mandbula de uno de sus compaeros, y le abri la boca exclamando: --Hle aqu; pero no habla. Era aquel que, desterrado de Roma, ahog la duda en el corazn de Csar, afirmando que el que est preparado, se perjudica en aplazar la realizacin de una empresa. Oh! Cun acorbardado me pareca con su lengua cortada en la garganta aquel Curin, que tan audaz fu para hablar! Otro, que tena las manos cortadas, levantando sus muones al aire sombro, de tal modo que se inundaba la cara de sangre, grit: --Acurdate tambin de Mosca, que dijo, desventurado!: "Cosa hecha est concluda." Palabras que fueron el origen de las discordias civiles de los toscanos. --Y de la muerte de tu raza!--exclam yo. Entonces l, acumulando dolor sobre dolor, se alej como una persona triste y demente. Continu examinando la banda infernal, y vi cosas que no me atrevera a referir sin otra prueba, si no fuese por la seguridad de mi conciencia; esa buena compaera, que confiada en su pureza, fortifica tanto el corazn del hombre: vi, en efecto, y aun me parece que lo estoy viendo, un cuerpo sin cabeza, andando como los dems que formaban aquella triste grey: asida por los cabellos, y pendiente a guisa de linterna, llevaba en una mano su cabeza cortada, la cual nos miraba exclamando: "Ay de m!" Servase de s mismo como de una lmpara, y eran dos en uno y uno en dos: cmo puede ser esto, slo lo sabe Aqul que nos gobierna. Cuando lleg al pie del puente, levant en alto su brazo con la cabeza para acercarnos ms sus palabras, que fueron stas: --Mira mi tormento cruel, t que, aunque ests vivo, vas contemplando los muertos: ve si puede haber alguno tan grande como ste. Y para que puedas dar noticias mas, sabe que yo soy Bertrn de Born, aquel que di tan malos consejos al rey joven. Yo arm al padre y al hijo uno contra otro: no hizo ms Aquitofel con sus perversas instigaciones a David y Absaln. Por haber dividido a personas tan unidas, llevo ay de m! mi cabeza separada de su principio, que queda encerrado en este tronco: as se observa conmigo la pena del talin. [Ilustracin] _CANTO VIGESIMONONO_ El espectculo de aquella multitud de precitos y de sus diversas heridas, de tal modo hencha de lgrimas mis ojos, que hubiera deseado detenerme para llorar. Pero Virgilio me dijo: --Qu miras ahora? Por qu tu vista se obstina en contemplar ah abajo esas sombras tristes y mutiladas? T no has hecho eso en las otras fosas: si crees poder contar esas almas, piensa que la fosa tiene veintids millas de circunferencia. La luna est ya debajo de nosotros: el tiempo que se nos ha concedido es muy corto, y an nos queda por ver ms de lo que has visto. --Si hubieses considerado atentamente--le respond--la causa que me obligaba a mirar, quiz hubieras permitido que me detuviera aqu un poco. Mi Gua se alejaba ya, mientras yo iba tras de l contestndole y aadiendo: --Dentro de aquella cueva donde tena los ojos tan fijos, creo que haba un espritu de mi familia llorando el delito que se castiga ah con tan graves penas. Entonces me contest el Maestro: --No se ocupe ya ms tu pensamiento en la suerte de ese espritu; piensa en otra cosa, y qudese l donde est. Le he visto al pie del puente sealarte y amenazarte airadamente con el dedo, y o que le llamaban Geri del Bello; pero t estabas tan distrado con el que gobern a Altaforte, que como no miraste hacia donde l estaba, se march. --Oh, mi Gua!--dije yo--Su violenta muerte, que no ha sido an vengada por ninguno de nosotros, partcipes de la ofensa, le ha indignado: he aqu por qu, segn presumo, se ha ido sin hablarme; y esto es causa de que me inspire ms compasin. As continuamos hablando hasta el primer punto del peasco, desde donde se distinguira la otra fosa hasta el fondo, si hubiera en ella ms claridad. Cuando estuvimos colocados sobre el ltimo recinto de Malebolge, de manera que los transfigurados que contena pudieran aparecer a nuestra vista, hirieron mis odos diversos lamentos que cual agudas flechas me traspasaron el corazn; por lo cual tuve que cubrirme las orejas con ambas manos. Si entre los meses de julio y septiembre los hospitales de la Valdichiana y los enfermos de las Marismas y de Cerdea estuvieran reunidos en una sola fosa, esta acumulacin formara un espectculo tan doloroso como el que v en aquella, de la cual se exhalaba la misma pestilencia que la que despiden los miembros gangrenados. Descendimos hacia la izquierda por la ltima orilla del largo peasco, y entonces pude distinguir mejor la profundidad de aquel abismo, donde la infalible Justicia, ministro del Altsimo, castiga a los falsarios que apunta en su registro. No creo que causara mayor tristeza ver enfermo el pueblo entero de Egina, cuando se inficion tanto el aire, que perecieron todos los animales hasta el miserable gusano, habiendo salido despus los habitantes de aquella isla de la raza de las hormigas, segn aseguran los poetas, como causaba el ver a los espritus languidecer en tristes montones por aquel obscuro valle. Cul yaca tendido sobre el vientre, cul sobre las espaldas unos de otros; y alguno andaba a rastras por el triste camino. Ibamos caminando paso a paso sin decir una palabra, mirando y escuchando a los enfermos, que no podan sostener sus cuerpos. Vi dos de ellos sentados y apoyados el uno contra el otro, como se apoyan las tejas para cocerlas, y llenos de pstulas desde la cabeza hasta los pies. Nunca he visto criado alguno, a quien espera su amo o que vela a pesar suyo, tan diligente en remover la almohaza, como lo era cada uno de aquellos condenados para rascarse con frecuencia y calmar as la terrible rabia de su comezn, que no tena otro remedio. Se arrancaban con las uas las pstulas, como el cuchillo arranca las escamas del escaro o de otro pescado que las tenga ms grandes. --Oh t, que con los dedos te desarmas--dijo mi Gua a uno de ellos--, y que los empleas como si fueran tenazas! Dime si hay algn latino entre los que estn aqu, y ojal puedan tus uas bastarte eternamente para ese trabajo! --Latinos somos los dos a quienes ves tan deformes--respondi uno de ellos llorando--; pero quin eres t, que preguntas por nosotros? Y el Gua repuso: --Soy un espritu que he descendido con este sr viviente de grado en grado, y tengo el encargo de ensearle el Infierno. Las dos sombras cesaron entonces de prestarse mutuo apoyo, y cada una de ellas se volvi temblando hacia m, juntamente con otras que lo oyeron, aunque no se diriga a ellas la contestacin. El buen Maestro se me acerc diciendo: "Diles lo que quieras." Y ya que l lo permita, empec de este modo: --As vuestra memoria no se borre de las mentes humanas en el primer mundo, y antes bien dure por muchos aos; decidme quines sois y de qu nacin: no tengis reparo en franquearos conmigo, sin que os lo impida vuestro insoportable y vergonzoso suplicio. --Yo fu de Arezzo--respondi uno--, y Alberto de Siena me conden a las llamas; pero la causa de mi muerte no es la que me ha trado al Infierno.[37] Es cierto que le dije chancendome: "Yo sabra elevarme por el aire volando;" y l, que era curioso y de cortos alcances, quiso que yo le ensease aquel arte: y tan slo porque no le convert en Ddalo, me hizo quemar por mandato de uno que le tena por hijo; pero Minos, que no puede equivocarse, me conden a la ltima de las diez fosas por haberme dedicado a la alquimia en el mundo. [37] Dcese que ste fu cierto Griffolino, alquimista, que alabndose de conocer el arte de volar, prometi enserselo a un siens llamado Alberto, el cual al principio le crey; pero habiendo advertido despus el engao, le acus ante el obispo de Siena como reo de nigromancia, y Griffolino fu condenado por dicho obispo a ser quemado vivo, como nigromante. Yo dije al Poeta: --Hubo jams un pueblo tan vano como el siens? Seguramente no lo es tanto, ni con mucho, el pueblo francs. Entonces el otro leproso, que me oy, contest a mis palabras: --Excepta a Stricca, que supo hacer tan moderados gastos; y a Niccolo, que fu el primero que descubri la rica usanza del clavo de especia, en la ciudad donde hoy es tan comn su uso. Excepta tambin la sociedad en que malgast Caccia de Asciano sus vias y sus bosques, y en la que Abbagliato demostr hasta donde llegaba su juicio. Mas para que sepas quin es el que de este modo te secunda contra los sieneses, fija en m tus ojos a fin de que mi rostro corresponda al deseo que tienes de conocerme, y podrs ver que soy la sombra de Capocchio, el que falsific los metales por medio de la alquimia: y debes recordar, si eres efectivamente el que pienso, que fu por naturaleza un buen imitador. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMO_ En aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba irritada contra la sangre tebana, como lo demostr ms de una vez, Atamas se volvi tan insensato que, al ver acercarse a su mujer, llevando de la mano a sus dos hijos, exclam: "Tendamos las redes de modo que yo coja a su paso la leona con sus cachorros;" y extendiendo despus las desapiadadas manos, agarr a uno de ellos, que se llamaba Learco, le hizo dar vueltas en el aire y lo estrell contra una roca: la madre se ahog con el hijo restante. Cuando la fortuna abati la grandeza de los troyanos, que a todo se atrevan, hasta que el reino fu destrudo juntamente con el rey, la triste Hcuba, miserable y cautiva, despus de haber visto a Polixena muerta, y el cuerpo de su Polidoro tendido en la orilla del mar qued con el corazn tan desgarrado, que, fuera de s, empez a ladrar como un perro; de tal modo la haba trastornado el dolor. Pero ni los tebanos ni los troyanos furiosos demostraron tanta crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos, sino ni siquiera animales, como la que vi en dos sombras desnudas y plidas, que corran mordindose, como el cerdo cuando se escapa de su pocilga. Una de ellas alcanz a Capocchio, y se le afianz a la nuca de tal modo, que tirando de l, le hizo araar con su vientre el duro suelo. El aretino, que qued temblando, me dijo: --Ese loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los dems. --Oh!--le dije yo--: no temas decirme quin es la otra sombra que va con l, antes que desaparezca, y ojal no venga a hincarte los dientes en el cuerpo. Me contest: --Es el alma antigua de la perversa Mirra, que fu amante de su padre contra las leyes del amor honesto: para cometer tal pecado se disfraz bajo la forma de otra; como aquel que ya se va tuvo empeo en fingirse Buoso Donati, a fin de ganar la "Donna della Torma," testando en su lugar, y dictando las clusulas del testamento.[38] [38] Gianni Schicchi acometi la empresa de suplantar la persona de Buoso Donati, muerto sin testar; para lo cual se meti en la cama de ste, y fingiendo que estaba cercano a la muerte, test e instituy por heredero a Simn Donati, hijo de Buoso, y como legado, dej a Gianni Schicchi, es decir, a s mismo, la mejor yegua de las caballerizas de Buoso, llamada Madona Tonina. Dante dice: della Torma por desprecio. Cuando hubieron pasado aquellas dos almas furiosas, sobre las cuales haba tenido fija mi vista, me volv para mirar las sombras de los otros mal nacidos. Vi uno, que pareciera un lad, si hubiese tenido el cuerpo cortado en el sitio donde el hombre se bifurca. La pesada hidropesa, que, a causa de los humores convertidos en maligna sustancia, hace los miembros tan desproporcionados, que el rostro no corresponde al vientre, le obligaba a tener la boca abierta, parecindose al htico que, cuando est sediento, dirige uno de sus labios hacia la barba y otro hacia la nariz. --Oh vosotros, que no sufrs pena alguna (y no s por qu) en este mundo miserable!--nos dijo--: mirad y estad atentos al infortunio de maese Adam: yo tuve en abundancia, mientras viv, todo cuanto dese; y ahora, ay de m!, slo deseo una gota de agua. Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden hasta el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente estn ante mi vista, y no en vano; pues su imagen me reseca ms que el mal que descarna mi rostro. La rgida justicia que me castiga se sirve del mismo lugar donde he pecado para hacerme exhalar ms suspiros. All est Romena, donde falsifiqu la moneda acuada con el busto del Bautista, por lo cual dej en la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo viese aqu el alma criminal de Guido, o la de Alejandro, o la de su hermano, no cambiara el placer de mirarlos a mi lado ni aun por la fuente Branda. Una de ellas est ya aqu dentro, si es cierto lo que dicen las colricas sombras de los que giran por estos sitios; pero qu me importa, si tengo encadenados mis miembros? Si a lo menos fuese yo tan gil que en cien aos pudiera andar una pulgada, ya me habra internado por el sendero, buscndola entre esa gente deforme, a pesar de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de media milla de dimetro. Por su causa me veo entre estos condenados: ellos me indujeron a acuar los florines, que bien tenan tres quilates de liga. A mi vez lo dije: --Quines son esos dos espritus infelices, que despiden vaho, como en el invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha? --Aqu los encontr--respondime--, cuando baj a este abismo; y desde entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno es la falsa que acus a Jos; el otro es el falso Sinn, griego de Troya: por efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor ftido. Uno de ellos, indignado quiz porque se le daba aquel nombre infame, le golpe con el puo en su endurecido vientre, hacindoselo resonar como un tambor. Maese Adam le di a su vez en el rostro con su puo, que no pareca menos duro, dicindole: --Aunque me vea privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea. A lo que aqul replic: --Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenas tan suelto; pero lo tenas mucho ms cuando acuabas moneda. El hidrpico repuso: --Eres verdico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te incitaron a que dijeses la verdad. --Si all dije una falsedad, en cambio t falsificaste el cuo--dijo Sinn--; y si yo estoy aqu por una falta, t lo ests por muchas ms que ninguno otro demonio. --Acurdate, perjuro, del caballo--replic aquel que tena el vientre hinchado--; y srvate de castigo el que el mundo entero conoce tu delito. --Srvate a ti tambin de castigo la sed que tiene agrietada tu lengua--contest el Griego--, y el agua podrida que eleva tu vientre como una barrera ante tus ojos. Entonces el monedero replic: --Tambin tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra: si yo tengo sed, y si el humor me hincha, t tienes fiebre y te duele la cabeza; no te haras mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso. Yo estaba escuchndoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro: --Sigue, sigue contemplndolos an; que poco me falta para rerme de ti. Cuando le o hablarme con ira, me volv hacia l tan abochornado, que an conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien suea en su desgracia, que aun soando desea soar, y anhela ardientemente que sea sueo lo que ya lo es, as estaba yo, sin poder proferir una palabra, por ms que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me excusaba, no crea hacerlo as. --Con menos vergenza habra bastante para borrar una falta mayor que la tuya--me dijo el Maestro--: consulate; y si acaso vuelve a suceder que te reunas con gente entregada a semejantes debates, piensa en que estoy siempre a tu lado; porque querer or eso es querer una bajeza. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOPRIMERO_ La misma lengua que antes me hiri, tiendo de rubor mis mejillas, me aplic en seguida el remedio: As he odo contar que la lanza de Aquiles y de su padre sola ocasionar primero un disfavor, y luego un buen regalo. Volvimos la espalda a aquel desventurado valle, andando, sin decir una palabra, por encima del margen que lo rodea. All no era de da ni de noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante de m: pero o resonar una gran trompa, tan fuertemente, que habra impuesto silencio a cualquier trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo la direccin que aquel ruido traa, se fijaron totalmente en un solo punto. No hizo sonar tan terriblemente su trompa Orlando, despus de la dolorosa derrota en que Carlo Magno perdi el fruto de su santa empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la cabeza, me pareci ver muchas torres elevadas, por lo que dije: --Maestro, qu tierra es sta? Me respondi: --Como miras a lo lejos a travs de las tinieblas, te equivocas en lo que te imaginas. Ya vers, cuando hayas llegado all, cunto engaa a la vista la distancia: as pues, aprieta el paso. Despus me cogi afectuosamente de la mano, y me dijo: --Antes que pasemos ms adelante, y a fin de que el caso no te cause tanta extraeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los cuales estn metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros. As como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco las cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de igual modo, y a medida que la ma atravesaba aquella atmsfera densa y obscura, conforme nos bamos acercando hacia el borde del pozo, mi error se disipaba y creca mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona de torres su recinto amurallado, as, por el borde que rodea el pozo, se elevaban como torres y hasta la mitad del cuerpo los horribles gigantes, a quienes amenaza todava Jpiter desde el cielo, cuando truena. Yo poda distinguir ya el rostro, los hombros y el pecho de uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos brazos a lo largo de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza cuando abandon el arte de crear semejantes animales, para quitar pronto a Marte tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y ballenas, quien lo repare sutilmente, ver en esto mismo su justicia y su discrecin; porque donde la fuerza del ingenio se une a la malevolencia y al vigor, no hay resistencia posible para los hombres. Su cabeza me pareca tan larga y gruesa como la pia de San Pedro en Roma[39], guardando la misma proporcin los dems huesos; de suerte que, aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se vea lo bastante para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar a su cabellera; porque yo calculaba que tendra treinta grandes palmos desde el borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la capa. [39] Pia de bronce que primero estuvo sobre la Mole Adriana; en tiempo de Dante estaba en la plaza de la antigua baslica de San Pedro en el Vaticano, y ahora en la sala del gran nicho de Bramante en el jardn que rodean los Museos, llamado por esto "giardin della pigna." Su altura actualmente es de diez palmos, pero en tiempo de Dante, antes de truncada su parte superior, meda unos quince. "Raphel mai amech isabi almi"[40], empez a gritar la fiera boca, en la cual no estaran bien otras voces ms suaves; y mi Gua le dijo: --Alma insensata, sigue entretenindote con la trompa, y desahgate con ella, cuando te agite la clera u otra pasin. Busca por tu cuello y encontrars la soga que la sujeta, oh alma turbada!; mrala cmo cie tu enorme pecho. [40] Segn Fraticelli, cada una de estas cinco extraas palabras pertenece a diferente lengua; la primera al hebreo, y las otras a cuatro de los principales dialectos derivados de aqulla. Esta opinin parece confirmarla Dante, cuando dice ms abajo: "El mismo se acusa: este es Nemrod, etc.;" el que por haber querido construir la torre de Babel, produjo la confusin e hizo que en el mundo no se hable una sola lengua. En tal supuesto, y admitiendo la versin del abate Jos Venturi (aunque ste dice que las palabras son siriacas), significaran Poder de Dios! Por qu estoy en esta profundidad? Vuelve atrs: escndete: pero perteneciendo a varias lenguas, sera como si traducidas en espaol, latn, alemn, francs e italiano, dijsemos: Pardiez!--cur ego--hier--Va-t-en:--fascondi. Despus me dijo: El mismo se acusa: ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve obligado el mundo a usar ms de una lengua. Dejmosle estar, y no lancemos nuestras palabras al viento; pues ni l comprende el lenguaje de los dems, ni nadie conoce el suyo. Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un tiro de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho ms grande y fiero. No podr decir quin fu capaz de sujetarle; pero s que tena ligado el brazo izquierdo por delante y el otro por detrs con una cadena, la cual le rodeaba del cuello abajo, dndole cinco vueltas en la parte del cuerpo que sala fuera del pozo. --Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Jpiter--dijo mi Gua--, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llmase Efialto, y di muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los Dioses: los brazos que tanto movi entonces, no los mover ya jams. Y yo le dije: --Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que es el desmesurado Briareo. A lo que contest: --Vers cerca de aqu a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos conducir al fondo del Infierno. El que t quieres ver est atado mucho ms lejos, y es lo mismo que ste, slo que su rostro parece ms feroz. El ms impetuoso terremoto no sacudi nunca una torre con tal violencia como se agit repentinamente Efialto. Entonces tem la muerte ms que nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara para ello el miedo que me posea. Seguimos avanzando, y llegamos adonde estaba Anteo, que, sin contar la cabeza, sala fuera del abismo lo menos cinco alas.[41] [41] Antigua medida inglesa, equivalente a un metro ciento sesenta y ocho milmetros. Cinco alas equivalen, pues, a unos treinta palmos. --Oh t, que en el afortunado valle donde Escipin hered tanta gloria, cuando Anbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil leones por presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus hermanos, an hay quien crea que habras asegurado la victoria a los hijos de la Tierra! Si no lo llevas a mal, condcenos al fondo en donde el fro endurece al Cocito. No hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo: este que ves puede dar lo que aqu se desea: por tanto, inclnate y no tuerzas la boca. Todava puede renovar tu fama en el mundo; pues vive, y espera gozar an de larga vida, si la gracia no lo llama a s antes de tiempo. As le dijo el Maestro; y el gigante, apresurndose a extender aquellas manos que tan rudamente oprimieron a Hrcules, cogi a mi Gua. Cuando Virgilio se sinti agarrar, me dijo: "Acrcate para que yo te tome." Y en seguida me abraz de modo, que los dos juntos formbamos un solo fardo. Como al mirar la Carisenda[42] por el lado a que est inclinada, cuando pasa una nube por encima de ella en sentido contrario, parece prxima a derrumbarse, tal me pareci Anteo cuando le vi inclinarse; y fu para m tan terrible aquel momento, que habra querido ir por otro camino. Pero l nos condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer y a Judas; y sin demora ces su inclinacin, volviendo a erguirse como el mstil de un navo. [42] Torre inclinada de Bolonia, llamada as del nombre de sus constructores, Felipe y Odn de Garisendi (ao de 1110), y que hoy se llama la Torre Mozza por haberla mandado truncar en 1355 el tirano Juan Visconti de Oleggio. Tiene 130 pies de elevacin. Al que se coloca al pie de ella en el lado a que se inclina, mirando arriba cuando pasa una nube en sentido contrario a su inclinacin, le parece que la torre va a caerse. [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_ Si poseyese un estilo spero y ronco, cual conviene para describir el sombro pozo, sobre el que se apoyan todas las otras rocas, expresara mucho mejor la esencia de mi pensamiento; pero como no lo tengo, me decido a ello con temor; pues no es empresa que pueda tomarse como juego, ni para ser acometida por una lengua balbuciente, la de describir el fondo de todo el universo. Pero vengan en auxilio de mis versos aquellas Mujeres que ayudaron a Anfin a fundar a Tebas, para que el estilo no desdiga de la naturaleza del asunto. Oh gentes malditas sobre todas las dems, que estis en el sitio del que me es tan duro hablar; ms os valiera haber sido aqu convertidas en ovejas o cabras! Cuando llegamos al fondo del obscuro pozo, mucho ms abajo de donde tena los pies el gigante, como yo estuviese an mirando el alto muro, o que me decan: "Cuidado cmo andas: procura no pisar las cabezas de nuestros infelices y torturados hermanos." Volvme al or esto, y vi delante de m y a mis pies un lago, que por estar helado, pareca de vidrio y no de agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno, ni el Tanais all, bajo el fro cielo, cubren su curso de un velo tan denso como el de aquel lago, en el cual, aunque hubieran cado el Tabernick o el Pietrapana, no habran causado el menor estallido. Y a la manera de las ranas cuando gritan con la cabeza fuera del agua, en la estacin en que la villana suea que espiga, as estaban aquellas sombras llorosas y lvidas, sumergidas en el hielo hasta el sitio donde aparece la vergenza, produciendo con sus dientes el mismo sonido que la cigea con su pico. Tenan todas el rostro vuelto hacia abajo: su boca daba muestras del fro que sentan, y sus ojos las daban de la tristeza de su corazn. Cuando hube examinado algn tiempo en torno mo, mir a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas, que sus cabellos se mezclaban. --Decidme quines sois, vosotros, que tanto uns vuestros pechos--dije yo. Levantaron la cabeza, y despus de haberme mirado, sus ojos, que estaban preados de lgrimas, se derramaron en los prpados; pero el fro congel en ellos aquellas lgrimas, volvindolos a cerrar. Ninguna grapa uni jams tan fuertemente dos trozos de madera; por lo cual ambos condenados se entrechocaron como dos carneros: tanta fu la ira que los domin. Y otro, a quien el fro haba hecho perder las orejas, me dijo, sin levantar la cabeza: --Por qu nos miras tanto? Si quieres saber quines son estos dos, te dir que el valle por donde corre el Bisenzio fu de su padre Alberto y de ellos. Ambos salieron de un mismo cuerpo; y aunque recorras toda la Cana, no encontrars una sombra ms digna de estar sumergida en el hielo, ni aun la de aquel a quien la mano de Arturo rompi de un golpe el pecho y la sombra, ni la de Focaccia, ni la de ste que me impide con su cabeza ver ms lejos, y que se llam Sassolo Mascheroni: si eres toscano, bien sabrs quin es. Y para que no me hagas hablar ms, sabe que yo soy Camiccione de Pazzi, y que espero a Carlino, cuyas culpas harn aparecer menos graves las mas. Despus vi otros mil rostros amoratados por el fro, tanto que desde entonces tengo horror, y lo tendr siempre a los estanques helados. Y mientras nos dirigamos hacia el centro, donde converge toda la gravedad de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna; y no s si lo dispuso Dios, el Destino o la Fortuna; pero al pasar por entre aquellas cabezas, d un fuerte golpe con el pie en el rostro de una de ellas, que me dijo llorando: --Por qu me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de Monteaperto, por qu me molestas? Entonces dije yo: --Maestro mo, esprame aqu, a fin de que ste me esclarezca una duda: en seguida me dar cuanta prisa quieras. El Gua se detuvo, y yo dije a aquel que an estaba blasfemando: --Quien eres t, que as reprendes a los dems? Me contest: --Y t, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los dems en el rostro, de modo que, si estuvieras vivo, an seran tus golpes demasiado fuertes, quin eres? --Yo estoy vivo--fu mi respuesta--; y puede serte grato, si fama deseas, que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria. A lo que repuso: --Deseo todo lo contrario: vte de aqu, y no me causes ms molestia, pues suenan mal tus lisonjas en esta caverna. Entonces le cog por los pelos del cogote, y le dije: --Es preciso que digas tu nombre, o no te quedar ni un solo cabello. Pero l me replic: --Aunque me repeles, ni te dir quien soy, ni vers mi rostro, por ms que me golpees mil veces en la cabeza. Yo tena ya sus cabellos enroscados en mi mano, y le haba arrancado ms de un puado de ellos, mientras l aullaba con los ojos fijos en el hielo, cuando otro condenado grit: "Qu tienes, Bocca? No te basta castaetear los dientes, sino que tambin ladras? Qu demonio te atormenta?" --Ahora--dije--ya no quiero que hables, traidor maldito; que para tu eterna vergenza, llevar al mundo noticias ciertas de ti. --Vte pronto--repuso--, y cuenta lo que quieras; pero si sales de aqu, no dejes de hablar de ese que ha tenido la lengua tan suelta, y que est llorando el dinero que recibi de los franceses: "Yo vi, podrs decir, a Buoso de Duera, all donde los pecadores estn helados." Si te preguntan por los dems que estn aqu, a tu lado tienes al de Becchera, cuya garganta seg Florencia. Creo que ms all est Gianni de Soldanieri con Ganeln y Tebaldello, el que entreg a Faenza cuando sus habitantes dorman. Estbamos ya lejos de aqul, cuando vi a otros dos helados en una misma fosa, colocados de tal modo, que la cabeza del uno pareca ser el sombrero del otro. Y como el hambriento en el pan, as el de encima clav sus dientes al de debajo en el sitio donde el cerebro se une con la nuca. No mordi con ms furor Tideo las sienes de Menalipo, que aqul roa el crneo de su enemigo y las dems cosas inherentes al mismo. --Oh t, que demuestras, por medio de tan brutal accin, el odio que tienes al que ests devorando! Dime qu es lo que te induce a ello--le pregunt--bajo el pacto de que, si te quejas con razn de l, sabiendo yo qu crimen es el suyo y quines sois, te vengar en el mundo, si mi lengua no llega antes a secarse. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOTERCIO_ Aquel pecador apart su boca de tan horrible alimento, limpindosela en los pelos de la cabeza cuya parte posterior acababa de roer; y luego empez a hablar de esta manera: --T quieres que renueve el desesperado dolor que oprime mi corazn, slo al pensar en l, y aun antes de hablar. Pero si mis palabras deben ser un germen de infamia para el traidor a quien devoro, me vers llorar y hablar a un mismo tiempo. No s quin eres, ni de qu medios te has valido para llegar hasta aqu; pero al orte, me pareces efectivamente florentino. Has de saber que yo fu el conde Ugolino, y ste el arzobispo Ruggieri: ahora te dir por qu lo trato as. No es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos, y findome de l, fu preso y muerto despus. Pero te contar lo que no puedes haber sabido; esto es, lo cruel que fu mi muerte, y comprenders cunto me ha ofendido. Un pequeo agujero abierto en la torre, que por mi mal se llama hoy del Hambre, y en la que todava sern encerrados otros, me haba permitido ver por su hendedura ya muchas lunas, cuando tuve el mal sueo que descorri para m el velo del porvenir. Ruggieri se me apareca como seor y caudillo, cazando el lobo y los lobeznos en el monte que impide a los pisanos ver la ciudad de Luca. Se haba hecho preceder de los Gualandi, de los Sismondi y los Lanfranchi, que iban a la cabeza con perros hambrientos, diligentes y amaestrados. El padre y sus hijuelos me parecieron rendidos despus de una corta carrera, y cre ver que aqullos les desgarraban los costados con sus agudas presas. Cuando despert antes de la aurora, o llorar entre sueos a mis hijos, que estaban conmigo, y pedan pan. Bien cruel eres, si no te contristas pensando en lo que aquello anunciaba a mi corazn; y si ahora no lloras, no s lo que puede excitar tus lgrimas. Estbamos ya despiertos, y se acercaba la hora en que solan traernos nuestro alimento; pero todos dudbamos, porque cada cual haba tenido un sueo semejante. O que clavaban la puerta de la horrible torre, por lo cual mir al rostro de mis hijos sin decir palabra: yo no poda llorar, porque el dolor me tena como petrificado: lloraban ellos, y mi Anselmito dijo: "Qu tienes, padre, que as nos miras?" Sin embargo, no llor ni respond una palabra en todo aquel da, ni en la noche siguiente, hasta que el otro Sol alumbr el mundo. Cuando entr en la dolorosa prisin uno de sus dbiles rayos, y consider en aquellos cuatro rostros el aspecto que deba tener el mo, empec a morderme las manos desesperado; y ellos, creyendo que yo lo haca obligado por el hambre, se levantaron con presteza y dijeron: "Padre, nuestro dolor ser mucho menor, si nos comes a nosotros: t nos diste estas miserables carnes; despjanos, pues, de ellas." Entonces me calm para no entristecerlos ms; y aquel da y el siguiente permanecimos mudos. Ay, dura tierra! Por qu no te abriste? Cuando llegamos al cuarto da, Gaddo se tendi a mis pies, diciendo: "Padre mo, por qu no me auxilias?" All muri; y lo mismo que me ests viendo, vi yo caer los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto da. Ciego ya, fu a tientas buscando a cada cual, llamndolos durante tres das despus de estar muertos; hasta que, al fin, pudo en m ms la inedia que el dolor. Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvi a coger el miserable crneo con los dientes, que royeron el hueso como los de un perro. Ah, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso pas donde el "si" suena! Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte, muvanse la Capraja y la Gorgona, y formen un dique a la embocadura del Arno, para que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el conde Ugolino fu acusado de haber vendido tus castillos, no debiste someter a sus hijos a tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, oh nueva Tebas!, la inocencia de Uguccin y del Brigata, y la de los otros dos que ya he nombrado. Seguimos luego ms all, donde el hielo oprime duramente a otros condenados, que no estn con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia arriba. Su mismo llanto no les deja llorar; pues las lgrimas, que al salir encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la angustia; porque las primeras lgrimas forman un dique, y como una visera de cristal, llenan debajo de los prpados toda la cavidad del ojo. Y aunque mi rostro, a causa del gran fro, haba perdido toda sensibilidad, como si estuviera encallecido, me pareci qu senta algn viento, por lo cual dije: --Maestro, qu causa mueve este viento? No est extinguido aqu todo vapor? A lo cual me contest: --Pronto llegars a un sitio donde tus ojos te darn la respuesta, viendo la causa de ese viento. Y uno de los desgraciados de la helada charca nos grit: --Oh almas tan culpables que habis sido destinadas al ltimo recinto! Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el dolor que me hincha el corazn, antes que mis lgrimas se hielen de nuevo. Al or tales palabras, le dije: --Si quieres que te alivie, dime quin fuiste; y si no te presto ese consuelo, vame sumergido en el fondo de ese hielo. Entonces me contest: --Yo soy fray Alberigo[43]: soy aquel, cuyo huerto ha producido tan mala fruta, que aqu recibo un dtil por un higo. [43] Alberigo de Manfredi, seor de Faenza, que ingres en la orden de los hermanos Gozosos, se haba enemistado con sus parientes. Un da, fingiendo reconciliarse con ellos, les invit a un gran banquete, y en el momento de servirse los postres, les hizo asesinar. De aqu tuvo origen el proverbio italiano: "Ese ha probado la fruta de Alberigo." --Oh!--le dije--; tambin t has muerto? --No s cmo estar mi cuerpo all arriba--repuso--; esta Ptolomea tiene el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella antes de que Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me arranques las congeladas lgrimas del rostro, sabe que en cuanto un alma comete alguna traicin como la que yo comet, se apodera de su cuerpo un demonio, que despus dirige todas sus acciones, hasta que llega el trmino de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna; y por eso tal vez aparezca todava en el mundo el cuerpo de esa sombra que est detrs de m en este hielo. Debes conocerle, si es que acabas de llegar al Infierno: es "ser" Branca d'Oria, el cual hace ya muchos aos que fu encerrado aqu. --Yo creo--le dije--que me engaas; porque Branca d'Oria no ha muerto an, y come, y bebe, y duerme, y va vestido. --Aun no haba cado Miguel Zanche--repuso aqul--en la fosa de Malebranche, all donde hierve continuamente la pez, cuando Branca d'Oria ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de uno de sus parientes, que fu cmplice de su traicin. Extiende ahora la mano y breme los ojos. Yo no se los abr, y creo que fu una lealtad el ser con l desleal. Ah, genoveses!, hombres diversos de los dems en costumbres, y llenos de toda iniquidad!, por qu no sois desterrados del mundo? Junto con el peor espritu de la Romana he encontrado uno de vosotros, que, por sus acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su cuerpo aparece an vivo en el mundo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOCUARTO_ "Vexilla regis prodeunt inferni"[44] hacia nosotros. Mira adelante--dijo mi Maestro,--a ver si lo distingues. [44] "Los estandartes del rey de los Infiernos avanzan."--Imitacin del primer verso del himno que entona la Iglesia ante el estandarte de la Cruz, y que aqu aplica irnicamente Virgilio hablando de Lucifer. Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el viento, cuando ste arrastra una espesa niebla, o cuando anochece en nuestro hemisferio, as me pareci ver a gran distancia un artificio semejante; y luego, para resguardarme del viento, a falta de otro abrigo, me encog detrs de mi Gua. Estaba ya (con pavor lo digo en mis versos) en el sitio donde las sombras se hallaban completamente cubiertas de hielo, y se transparentaban como paja en vidrio. Unas estaban tendidas, otras derechas; aqullas con la cabeza, stas con los pies hacia abajo, y otras por fin con la cabeza tocando a los pies como un arco. Cuando mi Gua crey que habamos avanzado lo suficiente para ensearme la criatura que tuvo el ms hermoso rostro, me dej libre el paso, e hizo que me detuviera. --He ah a Dite--me dijo--, y he aqu el lugar donde es preciso que te armes de fortaleza. No me preguntes, lector, si me quedara entonces helado y yerto; no quiero escribirlo, porque cuanto dijera sera poco. No qued muerto ni vivo: piensa por ti, si tienes alguna imaginacin, lo que me sucedera vindome as privado de la vida sin estar muerto. El emperador del doloroso reino sala fuera del hielo desde la mitad del pecho: mi estatura era ms proporcionada a la de un gigante, que la de uno de stos a la longitud de los brazos de Lucifer: juzga, pues, cul deba ser el todo que a semejante parte corresponda. Si fu tan bello como deforme es hoy, y os levantar sus ojos contra su Creador, de l debe proceder sin duda todo mal. Oh! Cunto asombro me caus, al ver que su cabeza tena tres rostros! Uno por delante, que era de color bermejo: los otros dos se unan a ste sobre el medio de los hombros, y se juntaban por detrs en lo alto de la coronilla, siendo el de la derecha entre blanco y amarillo, segn me pareci; el de la izquierda tena el aspecto de los oriundos del valle del Nilo.[45] Debajo de cada rostro salan dos grandes alas, proporcionadas a la magnitud de tal pjaro; y no he visto jams velas de buque comparables a ellas: no tenan plumas, pues eran por el estilo de las del murcilago; y se agitaban de manera que producan tres vientos, con los cuales se helaba todo el Cocito. Con seis ojos lloraba Lucifer, y por las tres barbas corran sus lgrimas, mezcladas de baba sanguinolenta. Con los dientes de cada boca, a modo de agramadera, trituraba un pecador, de suerte que haca tres desgraciados a un tiempo. Los mordiscos que sufra el de adelante no eran nada en comparacin de los rasguos que le causaban las garras de Lucifer, dejndole a veces las espaldas enteramente desolladas. [45] Los tres rostros de diversos colores significan las tres partes del mundo entonces conocidas. El rojo o bermejo, los europeos; el entre blanco y amarillo, los asiticos; el negro, los africanos.--Los tres vientos de que habla luego simbolizan tal vez los tres vicios generadores de todo mal, a saber: la soberbia, la envidia y la avaricia. --El alma que est sufriendo la mayor pena all arriba--dijo el Maestro--es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la boca de Lucifer y agita fuera de ella las piernas. De las otras dos, que tienen la cabeza hacia abajo, la que pende de la boca negra es Bruto; mira cmo se retuerce sin decir una palabra: el otro, que tan membrudo parece, es Casio. Pero se acerca la noche, y es hora ya de partir, pues todo lo hemos visto. Segn le plugo, me abrac a su cuello; aprovech el momento y el lugar favorable, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, agarrse a las velludas costillas de Lucifer, y de pelo en pelo descendi por entre el hirsuto costado y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio en que el muslo se desarrolla justamente sobre el grueso de las caderas, mi Gua, con fatiga y con angustia, volvi su cabeza hacia donde aqul tena las zancas, y se agarr al pelo como un hombre que sube, de modo que cre que volvamos al Infierno. --Sostnte bien--me dijo jadeando como un hombre cansado--; que por esta escalera es preciso partir de la mansin del dolor. Despus sali fuera por la hendedura de una roca, y me sent sobre el borde de la misma, poniendo junto a m su pie prudente. Yo levant mis ojos, creyendo ver a Lucifer como le haba dejado; pero vi que tena las piernas en alto. Si deb quedar asombrado, jzguelo el vulgo, que no sabe qu punto es aquel por donde yo haba pasado. --Levntate--me dijo el Maestro--; la ruta es larga, el camino malo, y ya el Sol se acerca a la mitad de tercia. El sitio donde nos encontrbamos no era como la galera de un palacio, sino una caverna de mal piso y escasa de luz. --Antes que yo salga de este abismo, Maestro mo,--le dije al ponerme en pie--, dime algo que me saque de confusiones. Dnde est el hielo, y cmo es que Lucifer est de ese modo invertido? Cmo es que, en tan pocas horas, ha recorrido el Sol su carrera desde la noche a la maana? Me contest: --Te imaginas sin duda que ests an al otro lado del centro, donde me cog al pelo de ese miserable gusano que atraviesa el mundo? All te encontrabas mientras descendamos; cuando me volv, pasaste el punto hacia el que converge toda la gravedad de la Tierra; y ahora ests bajo el hemisferio opuesto a aquel que cubre el rido desierto, y bajo cuyo ms alto punto fu muerto el Hombre que naci y vivi sin pecado. Tienes los pies sobre una pequea esfera, que por el otro lado mira a la Judesca. Aqu amanece, cuando all anochece; y ste de cuyo pelo nos hemos servido como de una escala, permanece an fijo del mismo modo que antes. Por esta parte cay del cielo; y la tierra, que antes se mostraba en este lado, aterrorizada al verle, se hizo del mar un velo, y se retir hacia nuestro hemisferio; y quiz tambin huyendo de l, dej aqu este vaco la que aparece por ac formando un elevado monte. Hay all abajo una cavidad que se aleja tanto de Lucifer cuanta es la extensin de su tumba; cavidad que no puede reconocerse por la vista, sino por el rumor de un arroyuelo, que desciende por el cauce de un peasco que ha perforado con su curso sinuoso y poco pendiente. Mi Gua y yo entramos en aquel camino oculto, para volver al mundo luminoso; y sin concedernos el menor descanso, subimos, l delante y yo detrs, hasta que pude ver por una abertura redonda las bellezas que contiene el Cielo, y por all salimos para volver a ver las estrellas. [Ilustracin] _PURGATORIO_ [Ilustracin] _CANTO PRIMERO_ Ahora la navecilla de mi ingenio, que deja en pos de s un mar tan cruel, desplegar las velas para navegar por mejores aguas; y cantar aquel segundo reino, donde se purifica el espritu humano, y se hace digno de subir al Cielo. Resucite aqu, pues, la muerta posea, oh santas Musas!, pues que soy vuestro; y realce Calope mi canto, acompandolo con aquella voz que produjo tal efecto en las desgraciadas Urracas, que desesperaron de alcanzar su perdn.[46] [46] Las nueve hijas de Piero, rey de Pella en Macedonia, que habiendo desafiado a las Musas, fueron vencidas y transformadas en urracas. Las mismas Musas son llamadas Pirides. Un suave color de zafiro oriental, contenido en el sereno aspecto del aire puro hasta el primer cielo, reapareci delicioso a mi vista en cuanto sal de la atmsfera muerta, que me haba contristado los ojos y el corazn. El bello planeta que convida a amar haca sonrer todo el Oriente, desvaneciendo al signo de Piscis, que segua en pos de l. Me volv a la derecha, y dirigiendo mi espritu hacia el otro polo, distingu cuatro estrellas nicamente vistas por los primeros humanos. El cielo pareca gozar con sus resplandores. Oh Septentrin, sitio verdaderamente viudo, pues que te ves privado de admirarlas! Cuando ces en su contemplacin, volvme un tanto hacia el otro polo, de donde el Carro haba desaparecido, y vi cerca de m un anciano solo, y digno, por su aspecto, de tanta veneracin, que un padre no puede inspirarla mayor a su hijo. Llevaba una larga barba, canosa como sus cabellos, que le caa hasta el pecho, dividida en dos mechones. Los rayos de las cuatro luces santas rodeaban de tal resplandor su rostro, que lo vea como si hubiese tenido el Sol ante mis ojos. --Quines sois vosotros que, contra el curso del tenebroso ro, habis hudo de la prisin eterna?--dijo el anciano, agitando su barba venerable--. Quin os ha guiado, o quin os ha servido de antorcha para salir de la profunda noche, que hace sea continuamente negro el valle infernal? As se han quebrantado las leyes del abismo? O se ha dado quizs en el Cielo un nuevo decreto, que os permite, a pesar de estar condenados, venir a mis grutas? Entonces mi Gua me indic, por medio de sus palabras, de sus gestos y sus miradas, que deba mostrarme respetuoso, doblar la rodilla e inclinar la vista. Despus le respondi: --No vine por mi deliberacin, sino porque una mujer, descendida del cielo, me ha rogado que acompae y ayude a ste. Pero ya que es tu voluntad que te expliquemos ms ampliamente cul sea nuestra verdadera condicin, la ma no puede rehusarte nada. Este no ha visto an su ltima noche; pero por su locura estuvo tan cerca de ello, que le quedaba poqusimo tiempo de vida. As es que, segn he dicho, fu enviado a su encuentro para salvarle, y no haba otro camino ms que este, por el cual me he aventurado. Hele dado a conocer todos los rprobos, y ahora pretendo mostrarle aquellos espritus que se purifican bajo tu jurisdiccin. Sera largo de referir el modo como le he trado hasta aqu: de lo alto baja la virtud que me ayuda a conducirle para verte y orte. Dgnate, pues, acoger su llegada benignamente: va buscando la libertad, que es tan amada, como lo sabe el que por ella desprecia la vida. Bien lo sabes t, que por ella no te pareci amarga la muerte en Utica, donde dejaste tu cuerpo, que tanto brillar en el gran da. No han sido revocados por nosotros los eternos decretos; pues ste vive, y Minos no me tiene en su poder, sino que pertenezco al crculo donde estn los castos ojos de tu Marcia, que parece rogarte an, oh santo corazn!, que la tengas por compaera y por tuya. En nombre, pues, de su amor, accede a nuestra splica, y djanos ir por tus siete reinos: le manifestar mi agradecimiento hacia ti si permites que all abajo se pronuncie tu nombre. --Marcia fu tan agradable a mis ojos mientras pertenec a la Tierra--dijo l entonces--, que obtuvo de m cuantas gracias quiso; ahora que habita a la otra parte del mal ro, no puedo ya conmoverme a causa de la ley que se me impuso cuando sal fuera de mi cuerpo. Pero si una mujer del cielo te anima y te dirige, segn dices, no tienes necesidad de tan laudatorios ruegos; me basta conque me supliques en su nombre. V, pues, y haz que se se cia con un junco sin hojas, y lvale el rostro de modo que quede borrada en l toda mancha; porque no conviene que se presente con la vista ofuscada ante el primer ministro, que es de los del Paraso. Esa pequea isla que ves all abajo produce, en torno suyo y por donde la combaten las olas, juncos en su tierra blanda y limosa. Ninguna clase de plantas que eche hojas o que se endurezca puede existir ah, porque le sera imposible doblegarse a los embates de las olas. Despus no volvis por esta parte; el sol naciente os indicar el modo de encontrar la ms fcil subida del monte. Al decir esto desapareci. Me levant sin hablar, me coloqu junto a mi Gua, y fij en l los ojos. Entonces empez a hablarme de este modo: --Hijo mo, sigue mis pasos: volvamos atrs; porque esta llanura va descendiendo siempre hasta su ltimo lmite. El alba venca ya al aura matutina, que hua delante de ella, y desde lejos pude distinguir las ondulaciones del mar. Ibamos por la llanura solitaria, como el que busca la senda perdida, y cree caminar en vano hasta que logra encontrarla. Cuando llegamos a un sitio en que el roco resiste al calor del sol, y protegido por la sombra, se desvanece poco a poco, puso mi Maestro suavemente sus dos manos abiertas sobre la fresca hierba; y yo, comprendiendo su intento, le present mis mejillas cubiertas an de lgrimas, y en las que por su mediacin apareci de nuevo el color de que las priv el Infierno. Llegamos despus a la playa desierta, que no vi nunca navegar por sus aguas a hombre alguno capaz de salir de ellas. All me hizo un cinturn, segn la voluntad del otro; y, oh maravilla!, cuando arranc la humilde planta, volvi otra a renacer sbitamente en el mismo sitio de donde haba arrancado aqulla. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO SEGUNDO_ Ya estaba el Sol tocando al horizonte, cuyo crculo meridiano cubre a Jerusaln con su punto ms elevado; y ya la noche, formando un arco en oposicin a l, sala fuera del Ganges con las Balanzas que se le caen de las manos cuando supera en extensin al da; de modo que all, donde yo me encontraba, las blancas y sonrosadas mejillas de la bella Aurora, segn iba creciendo, se tornaban de color de oro. Estbamos an en la orilla del mar, como quien piensa en el camino que debe seguir, y anda con el deseo, sin que el cuerpo se mueva. Cuando he aqu que, as como, al amanecer, por efecto de los densos vapores, se ve a Marte enrojecido hacia Poniente sobre las aguas marinas, de igual modo me apareci--ojal pudiese verla otra vez!--una luz, la cual vena tan rpidamente por el mar, que ningn vuelo sera comparable a su celeridad. Un solo momento apart de ella la vista para interrogar a mi Gua, y al punto volv a verla mucho ms voluminosa y brillante; distinguiendo luego a cada lado de la misma una cosa blanca, sin saber lo que era, debajo de la cual se descubra poco a poco otro objeto igualmente blanco. Aun no haba pronunciado una palabra mi Maestro, cuando se vi que las primeras formas blancas eran alas; y entonces, habiendo conocido bien al gondolero, exclam: --Dobla, dobla pronto la rodilla: he aqu el ngel de Dios; une las manos: nunca vers semejantes ministros del Seor. Mira cmo desdea los medios humanos, pues no necesita remo, ni otras velas que sus alas, entre tan apartadas orillas. Mira cmo las tiene elevadas hacia el cielo, agitando el aire con las eternas plumas, que no se mudan como el cabello de los mortales. Cuanto ms se acercaba a nosotros el ave divina, ms brillante apareca: por lo cual, no pudiendo resistir su resplandor mis ojos, los inclin; y aqul se dirigi hacia la orilla en un esquife airoso y ligero, que apenas se sumerga un poco en el agua. El celestial barquero estaba en la popa, y la bienaventuranza pareca estar escrita en su semblante. Ms de cien espritus, sentados en la barquilla, cantaban a coro: "In exitu Israel de gipto" y todo lo dems que sigue de este salmo. El ngel les hizo la seal de la santa cruz, a cuya seal se arrojaron todos a la playa, y l se alej con la misma velocidad con que haba venido. La turba que dej all pareca llena de estupor en tal sitio, mirando y remirando en torno suyo, como el que descubre cosas que no ha visto nunca. El Sol, que haba arrojado con sus brillante saetas al signo de Capricornio del centro del cielo, irradiaba por todas partes el da, cuando los recin llegados alzaron la frente hacia nosotros, dicindonos: --Si lo sabis, indicadnos el camino que conduce a la montaa. Virgilio respondi: --Por ventura creis que conocemos este sitio? Somos aqu tan nuevos como vosotros, y hemos llegado a l poco antes por otro camino tan rudo y spero, que el subir esta montaa ser para nosotros ahora cosa de juego. Las almas, que advirtieron, por mi respiracin, que yo estaba an vivo, palidecieron de asombro; y as como se agolpa la gente en derredor del mensajero coronado de olivo para or sus noticias, sin temor de empujarse y pisarse unos a otros, as se agolparon en torno mo todas aquellas almas afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a embellecerse. Vi una de ellas, que se adelant para abrazarme con tales muestras de afecto, que me movi a hacer lo mismo con ella; pero, oh sombras vanas, excepto para la vista! Tres veces quise rodearla con mis brazos, y otras tantas volvieron stos a caer solos sobre mi pecho. Creo que la admiracin debi pintarse en mi rostro; porque la sombra sonri y se retir; y yo, siguindola, continu avanzando. Me dijo con voz suave que me detuviese; conoc entonces quin era, y habindole rogado que se parase un momento para hablarme, respondime: --Lo mismo que te amaba con mi cuerpo mortal, te amo tambin desprendido de l; por eso me detengo; pero t por qu vienes aqu? --Casella mo, hago este viaje para volver al mundo de los vivos, donde permanezco an; pero a ti, cmo es que se te ha negado por tanto tiempo el venir a este sitio? Me respondi: --Si aquel que conduce a quien y cmo le place me ha negado muchas veces este pasaje, no se ha cometido conmigo ninguna injusticia; porque es justa la voluntad a quien obedece. En verdad, de tres meses a esta parte ha recogido sin oposicin a cuantos han querido entrar en su nave: as es que yo, que me encontraba en la playa donde el Tber se mezcla con las saladas ondas del mar, fu acogido benignamente por l. A la embocadura de aquel ro dirige ahora su vuelo; pues all se renen siempre los que no descienden hacia el Aqueronte. Y yo dije: --Si alguna nueva ley no te quita la memoria o el uso de aquellos cantos amorosos, que solan calmar todos mis deseos, dgnate consolar un poco mi alma, que viniendo aqu con su cuerpo, se ha angustiado tanto. "Amor, que dentro de mi mente habla,"[47] empez l a cantar tan dulcemente, que su dulzura an resuena en mi corazn. Mi Maestro, y yo, y las sombras que all estaban, parecamos tan contentos, como si no tuviramos otra cosa en que pensar. Estbamos absortos y atentos a sus notas, cuando apareci el venerable anciano exclamando: --Qu es esto, espritus perezosos? Qu negligencia, qu demora es sta? Corred al monte a purificaros de vuestros pecados, que no permiten que Dios se os manifieste. [47] "Amor, che nella mente mi ragiona"... As empieza la cancin de Dante sealada con el nmero XV en "Il Canzionere" anotado por Pedro Fraticelli (Florencia, 1911). Del mismo modo que las palomas, cuando estn reunidas en torno a su alimento, cogiendo el grano y quietas, sin hacer or sus acostumbrados arrullos, si acontece algo que las asuste, abandonan sbitamente la comida, porque las asalta un cuidado mayor, as vi yo aquellas almas recin llegadas abandonar el canto y desbandarse por la costa, como quien corre sin saber adnde va; y no menos rpidamente huimos tambin nosotros. [Ilustracin] _CANTO TERCERO_ Mientras la repentina fuga dispersaba por la campia aquellas almas, que se volvan hacia la montaa donde la razn divina las aguija, me acerqu a mi fiel compaero; porque, cmo hubiera podido sin l seguir mi viaje?, quin me habra sostenido al subir por la montaa? Me pareci que mi Gua estaba por s mismo arrepentido de su flaqueza. Oh conciencia digna y pura!, qu amargo roedor es para ti la ms pequea falta! Cuando sus pies cesaron de caminar con aquella precipitacin que se aviene mal con la majestad de la persona, mi mente, desechando el pensamiento que la inquietaba, concentr su atencin, como deseosa de recibir las nuevas impresiones; y me puse a contemplar el monte ms alto de cuantos hacia el Cielo se elevan sobre las aguas. El Sol, que a mis espaldas despeda su rubicunda luz, quedaba interceptado por mi cuerpo, en el que se apoyaban sus rayos; y cuando vi que slo delante de m se obscureca la tierra, volvme de lado, temeroso de haber sido abandonado. Mi Protector entonces empez a decirme, vuelto hacia m: --Por qu desconfas an? Crees que no estoy contigo, y que ya no te guo? Ahora es ya por la tarde all donde est sepultado el cuerpo, dentro del cual haca yo sombra. Npoles lo posee, porque lo han quitado de Brindis. Si, pues, ninguna sombra se proyecta delante de m, no debes admirarte de ello ms que de ver cmo los cielos no interceptan unos a otros el paso de sus luces. La Virtud divina hace que semejantes cuerpos sean aptos para sufrir tormentos, calor y fro; mas no ha querido revelarnos cmo opera tal maravilla. Insensato es el que espera que nuestra razn pueda recorrer las infinitas vas de que dispone el que es una substancia en tres personas. Seres humanos, contentaos con el "quia;"[48] pues si os fuera dable verlo todo, no habra sido necesario que pariese Mara; y habis visto desearlo en vano a tales hombres, que, a ser posible, hubieran satisfecho ese deseo, el cual forma su eterno suplicio: hablo de Aristteles, de Platn y otros muchos. [48] Segn Aristteles, la demostracin es de dos clases: una llamada propter quod, que es cuando los efectos se deducen de las causas, y otra llamada quia, y es cuando las causas se deducen de los efectos por lo cual este perodo debe interpretarse del modo siguiente: Contentaos, oh humanos!, con las demostraciones que se pueden deducir de los efectos, por los cuales se viene en conocimiento de sus causas, y no pretendis conocer ms de lo que los hechos os demuestran: que en las cosas que son superiores a la inteligencia humana y a la fuerza de la razn, se ejercita la fe. En este punto, inclin la frente sin decir nada ms, y qued como turbado. Llegamos en tanto al pie del monte, cuyas rocas encontramos tan escarpadas, que las piernas ms giles nos hubieran sido intiles. El camino ms desierto, el ms spero entre Lerici y Turba, es, comparado con aqul, una rampa suave y anchurosa. --Quin sabe ahora--dijo mi Maestro deteniendo sus pasos--hacia qu mano es accesible la costa, de modo que pueda subir el que no tiene alas? Y mientras l tena los ojos bajos, meditando qu camino seguiramos, y yo miraba hacia arriba alrededor de las rocas, apareci por la izquierda una multitud de almas, que se dirigan hacia nosotros, aunque no lo pareca; tanta era la lentitud con que caminaban. --Levanta los ojos--dije a mi Maestro--; he aqu quien nos podr aconsejar, si es que no puedes aconsejarte a ti mismo. Mirme entonces, y con rostro franco respondi: --Vamos all, pues ellos vienen muy despacio; y t no pierdas la esperanza, hijo querido. Habramos andado mil pasos, y aun distaba de nosotros aquella muchedumbre tanto espacio cuanto podra recorrer una piedra lanzada por un buen hondero, cuando se arrimaron todos a los duros peascos de la escarpada orilla, y permanecieron firmes y apretados entre s, como se detiene a mirar aquel que duda. --Oh muertos en la gracia de Dios, espritus ya elegidos!--empez a decir Virgilio--; por aquella paz que, segn creo, esperis todos vosotros, decidme por qu parte declina esta montaa, de modo que sea posible ascender a ella; pues al que mejor conoce el valor del tiempo, le es ms desagradable perderlo. Como las ovejas que salen de su redil una a una, dos a dos y tres y tres, mientras las otras se detienen tmidamente, inclinando hacia la tierra sus ojos y su hocico, y lo mismo que hace la primera hacen las dems, detenindose a su lado si se detiene, sencillas y tranquilas, y sin darse cuenta de por qu lo hacen, as vi yo moverse para venir hacia nosotros las primeras almas de aquella temerosa y afortunada grey, de rostro pdico y de honesto continente. Cuando vieron que la luz se interrumpa en el suelo a mi mano derecha, de modo que se proyectaba la sombra desde m a la gruta, se detuvieron y aun retrocedieron algn tanto, y todos los que venan detrs, sin saber por qu, hicieron lo mismo. --Sin que me lo preguntis, os confieso que este que aqu veis es un cuerpo humano; por cuya causa la luz del Sol aparece cortada en el suelo. No os asombris; pero creed que si pretende trepar esta escarpada costa, lo hace inducido por virtud celestial. As habl mi Maestro; y aquella noble multitud nos dijo: --Pues volveos atrs y caminad delante de nosotros. Y al mismo tiempo nos hacan seas con el dorso de las manos. Uno de ellos exclam: --Quienquiera que seas, andando como vas, vuelve el rostro hacia m, y procura recordar si me has visto en el mundo alguna vez. Yo me volv hacia l, y le mir fijamente: era rubio, hermoso y de gentil aspecto; pero tena la ceja partida de un golpe. Cuando le manifest humildemente que no le haba visto nunca, me dijo: --Mira, pues! Y enseme una herida en la parte superior de su pecho. Despus aadi sonriendo: --Yo soy Manfredo, nieto de la emperatriz Constanza: por lo cual te ruego, que cuando vuelvas a la Tierra, vayas a visitar a mi graciosa hija, madre del honor de Sicilia y de Aragn, y le digas la verdad, si es que se ha dicho lo contrario. Despus de tener atravesado mi cuerpo por dos heridas mortales, me volv llorando hacia Aqul, que voluntariamente perdona. Mis pecados fueron horribles; pero la bondad infinita tiene tan largos los brazos, que recibe a todo el que se vuelve hacia ella. Si el Pastor de Cosenza, que fu enviado por Clemente para darme caza, hubiese ledo bien en aquella pgina de Dios, mis huesos estaran an en la cabeza del puente, cerca de Benevento, bajo la salvaguardia de las pesadas piedras. Ahora los moja la lluvia; el viento los impele fuera del reino, casi a la orilla del Verde, donde los hizo transportar con cirios apagados. Pero por su maldicin no se pierde el amor de Dios de tal modo, que no vuelva nunca, mientras reverdezca la flor de la esperanza. Es verdad que el que muere contumaz para con la santa Iglesia, por ms que al fin se arrepienta, debe estar en la parte exterior de esta montaa un espacio de tiempo treinta veces mayor del que vivi en contumacia, a menos que no se abrevie la duracin de este decreto merced a eficaces oraciones. Calcula, pues, lo dichoso que puedes hacerme, revelando a mi buena Constanza cmo me has visto, y la prohibicin que pesa sobre m, que puede alzarse por los ruegos de los que existen all arriba. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO CUARTO_ Cuando por efecto del placer o del dolor de que se siente afectada alguna de nuestras facultades, el alma entera se concentra en esa facultad, parece que no atienda a ninguna otra; y esto demuestra el error de los que creen que en nosotros arde un alma sobre otra alma. Por eso mismo, cuando se oye o ve alguna cosa que absorbe fuertemente el alma en su contemplacin, el tiempo se desliza sin que el hombre se aperciba de ello; porque una es la facultad que escucha, y otra la que cautiva por completo el alma: sta est como atada; aquella es libre. Yo adquir una prueba de esta verdad oyendo y admirando a aquel espritu; pues haba el Sol ascendido cincuenta grados sobre el horizonte, sin que yo lo echase de ver, cuando llegamos a un punto en que las almas exclamaron a una voz: "Aqu est el objeto de vuestra demanda." Cualquier portillo de los que suele tapar el aldeano con un manojo de espinos, cuando maduran las uvas, es mayor que el sendero por donde subimos solos mi Maestro y yo, cuando la multitud de almas se separ de nosotros. Bastan los pies para ir a San Leo, para bajar a Noli, para ascender hasta la elevada cumbre de Bismantua; pero aqu es preciso que el hombre vuele: quiero decir, como volaba yo, conducido por las ligeras alas y por las plumas de un gran deseo, detrs de Aquel que reanimaba mi esperanza y me iluminaba. Ibamos subiendo por el sendero excavado en el peasco, cuyas quebradas rocas nos estrechaban por ambos lados, y el suelo que pisbamos nos obligaba a ayudarnos con pies y manos. Cuando llegamos a sitio descubierto, sobre el rellano de la alta base del monte, dije: --Maestro mo, qu camino seguiremos? Y l me contest: --No des ningn paso hacia abajo: prosigue subiendo detrs de m hacia la cima de este monte, hasta que se nos aparezca algn experto gua. La cima era tan alta, que no poda alcanzarla la vista, y la subida mucho ms empinada que la lnea que divide en dos partes el cuadrante. Yo estaba ya cansado, y entonces exclam: --Oh amado Padre! Vulvete, y mira que me quedo aqu solo, si no te detienes. --Hijo mo, haz por llegar hasta aquel punto--respondi mostrndome una prominencia que rodeaba por aquel lado toda la montaa. Sus palabras me aguijonearon de tal modo, que me esforc cuanto pude trepando hasta donde l estaba, tanto que puse mis plantas sobre aquella especie de cornisa. Nos sentamos all ambos, vueltos hacia Levante, por cuyo lado habamos subido; pues suele agradar la contemplacin del camino que uno ha hecho. Primeramente dirig los ojos al fondo, despus los levant hacia el Sol, y me admiraba de que ste nos iluminase por la izquierda. El Poeta observ que me quedaba estupefacto, mirando el carro de la luz que iba a pasar entre nosotros y el Aquiln; por lo cual me dijo: --Si Cstor y Plux estuvieran en compaa de aquel espejo, que ilumina al mundo tanto por arriba como por abajo, veras al Zodaco refulgente girar ms prximo an a las Osas, a no ser que saliese fuera de su antiguo camino. Y si quieres comprender cmo puede suceder esto, reconcentra tu pensamiento, y considera que el monte Sion est situado sobre la Tierra, relativamente a ste, de modo que ambos tienen un mismo horizonte y diferentes hemisferios; por lo cual, si tu inteligencia te permite discernir con claridad, vers cmo el camino que por su mal no supo recorrer Faetn, debe ir necesariamente por un lado de este monte, al paso que va por el opuesto lado de aquel otro. --En verdad. Maestro mo--le contest--, nunca haba visto tan claramente como ahora distingo estas cosas, para cuya comprensin no me pareca bastante apto mi ingenio. Por las razones que me has dado entiendo que el crculo intermedio del primer mvil, llamado Ecuador en alguna ciencia, y que permanece siempre entre el Sol y el invierno, dista de aqu tanto hacia el Septentrin, cuanto los Hebreos lo vean hacia la parte clida. Pero, si te place, quisiera saber cuanto hemos de andar an; pues el monte se eleva ms de lo que puede alcanzar mi vista. --Esta montaa es tal--me respondi--, que siempre cuesta trabajo empezar a subirla, y cuanto ms va para arriba es menos fatigoso. Cuando te parezca tan suave, que subas ligeramente por ella como van por el agua las naves, entonces habrs llegado al fin de este sendero: espera, pues, a conseguirlo para descansar de tu fatiga. Y no respondo ms, pues slo esto tengo por cierto. Cuando hubo terminado de decir estas palabras, reson cerca de nosotros una voz que deca: "Quiz te veas precisado antes a sentarte." Al sonido de aquella voz, volvmonos, y vimos a la izquierda un gran peasco, en el que no habamos reparado antes ninguno de los dos. Nos dirigimos hacia all, donde estaban algunos espritus reposando a la sombra detrs del peasco, como quien lo hace por indolencia. Uno de ellos, que me pareca cansado, estaba sentado con las rodillas abrazadas, reposando sobre ellas su cabeza. --Oh amado Seor mo!--dije entonces--: contempla a se, que se muestra ms negligente que si fuese hermano de la pereza. Entonces se volvi hacia nosotros, y nos examin, dirigiendo su mirada por encima de los muslos, y diciendo: --V, pues, all arriba, t que eres tan valiente. Conoc entonces quin era; y aquella fatiga que agitaba todava un poco mi respiracin, no me impidi acercarme a l. Cuando estuve a su lado, alz apenas la cabeza, diciendo: --Has comprendido bien por qu el Sol dirige su carro por tu izquierda? Sus perezosos movimientos y sus lacnicas palabras hicieron asomar una sonrisa a mis labios; despus dije: --Belacqua, ahora ya no me conduelo de ti: pero dime, por qu ests aqu sentado? Esperas algn gua, o es que has vuelto a tus antiguas costumbres? Contestme: --Oh, hermano! Para qu he de ir arriba, si no ha de permitirme llegar al sitio de la expiacin el Angel de Dios, que est sentado a su puerta? Antes que yo entre por ella, es necesario que el cielo d tantas vueltas en torno mo, cuantas di en el transcurso de mi vida, por haber aplazado los buenos suspiros hasta la hora de mi muerte; a no ser que me auxilie una plegaria, que se eleve de un corazn que viva en la gracia. De qu sirven las dems, si no han de ser odas en el cielo? Ya el Poeta suba delante de m diciendo: --No te detengas ms: mira que el Sol toca al Meridiano, y la Noche cubre ya con su pie la costa de Marruecos. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO QUINTO_ Me haba alejado ya de aquellas sombras, y segua las huellas de mi Gua, cuando detrs de m, y sealndome con el dedo, grit una de ellas: --Mirad; no se nota que el Sol brille a la izquierda de aquel de ms abajo, que marcha al parecer como un vivo. Al or estas palabras, volv la cabeza, y vi que las sombras miraban con admiracin, no solamente a m, sino tambin a la luz interceptada por mi cuerpo. --Por qu se turba tanto tu nimo--dijo el Maestro--, que as acortas el paso? Qu te importa lo que all murmuran? Sgueme, y deja que hable esa gente. S firme como una torre, cuya cspide no se doblega jams al embate de los vientos: el hombre en quien bulle pensamiento sobre pensamiento, siempre aleja de s el fin que se propone; porque el uno debilita la actividad del otro. Qu otra cosa podra yo contestarle sino: "Ya voy?" As lo hice, cubierto algn tanto de aquel color que hace a veces al hombre digno de perdn. En tanto, de travs por la cuesta venan hacia nosotros algunas almas entonando, versculo a versculo, el "Miserere." Cuando observaron que yo no daba paso al travs de mi cuerpo a los rayos solares, cambiaron su canto en un "Oh!" ronco y prolongado: y dos de ellas, a guisa de mensajeros, corrieron a nuestro encuentro, diciendo: --Hacednos sabedores de vuestra condicin. Mi Maestro contest: --Podis iros y referir a los que os han enviado, que el cuerpo de ste es de verdadera carne. Si se han detenido, segn me figuro, por ver su sombra, bastante tienen con tal respuesta: hnrenle, porque podr serles grato. Jams he visto a prima noche los vapores encendidos, ni a puesta del Sol las exhalaciones de Agosto, hendir el Cielo sereno tan rpidamente como corrieron aquellas almas hacia sus compaeras; y una vez all, regresaron adonde estbamos, juntas con las dems, como escuadrn que corre a rienda suelta. --Esa gente que se agolpa hacia nosotros es numerosa--dijo el Poeta--, y vienen a dirigirte alguna splica: t, sin embargo, sigue adelante, y escucha mientras andas. --Oh alma, que, para llegar a la felicidad, vas con los miembros con que naciste!--venan gritando--: modera un poco tu paso. Repara si has conocido a alguno de nosotros, de quien puedas llevar all noticias. Ah! Por qu te vas? Por qu no te detienes? Todos hemos terminado nuestros das por muerte violenta, y fuimos pecadores hasta la ltima hora: entonces la luz del Cielo ilumin nuestra razn tan bien, que, arrepentidos y perdonados, abandonamos la vida en la gracia de Dios, que nos abrasa por el gran deseo que tenemos de verle. Yo les contest: --Aun cuando no reconozco las desfiguradas facciones de ninguno de vosotros, no obstante, si deseis de m algo que me sea posible, espritus bien nacidos, yo lo har por aquella paz que se me hace buscar de mundo en mundo, siguiendo los pasos de este Gua. Uno de ellos empez diciendo: --Todos confiamos en tu benevolencia sin necesidad de que lo jures, a no ser que la impotencia destruya tu buena voluntad. Yo, que hablo solo antes que los dems, te ruego que si ves alguna vez aquel pas que se extiende entre la Romana y el de Carlos,[49] me concedas en Fano el dn de tus preces, a fin de que los buenos rueguen all por m, de modo que yo pueda purgar mis graves pecados. De all fu yo: pero las profundas heridas por donde sali la sangre en la que me asentaba, me fueron hechas en el territorio de los Antenridas,[50] donde crea encontrarme ms seguro. El de Este lo orden, porque me odiaba mucho ms de lo que le permita la justicia; pero si yo hubiese hudo hacia la Mira, cuando llegu a Oriaco, an estara all donde se respira: corr al pantano, donde las caas y el lodo me embarazaron tanto, que ca, y vi formarse en tierra un lago con la sangre de mis venas. [49] La Marca de Ancona, gobernada por Carlos de Anjou. [50] Padua, fundada por Antenor. Despus me dijo otro: --Ay! As se cumpla el deseo que te conduce a esta elevada montaa, dgnate auxiliar al mo con obras de piedad. Yo fu de Montefeltro, y soy Buonconte. Ni Juana ni los otros se cuidan de m; por lo cual voy entre stos con la cabeza baja. Le pregunt: --Qu violencia o qu aventura te sac fuera de Campaldino, que no se supo nunca donde est tu sepultura? --Oh!--me respondi--; al pie del Casentino corre un ro llamado Archiano, que nace en el Apenino encima del Ermo. All donde pierde su nombre, llegu yo con el cuello atravesado, huyendo a pie y ensangrentando la llanura. All perd la vista, y mi ltima palabra fu el nombre de Mara; all ca, y no qued ms que mi carne. Te dir la verdad, y t la referirs entre los vivos: el ngel de Dios me cogi, y el del Infierno gritaba: "Oh t, venido del Cielo! Por qu me lo quitas? Te llevas la parte eterna de ste por una pequea lgrima que me le arrebata; pero yo tratar de diferente modo la otra parte." T sabes bien cmo se condensa en el aire ese hmedo vapor, que se convierte en lluvia en cuanto sube hasta donde le sorprende el fro: pues bien, el demonio, juntando a su entendimiento aquella malevolencia que slo procura hacer dao, con el poder inherente a su naturaleza, agit el vapor y el viento. En cuanto se extingui el da, cubri de nieblas el valle desde Pratomagno hasta el Apenino, e hizo tan denso aquel cielo, que el espeso aire se convirti en agua: cay la lluvia, y el agua que la tierra no pudo absorber fu a parar a los barrancos, y unindose a la de los torrentes, se precipit hacia el ro real con tal rapidez, que nada poda contenerla. El Archiano furioso encontr mi cuerpo helado en su embocadura, lo arrastr hacia el Arno, y separ mis brazos que haba puesto en cruz sobre el pecho cuando me venci el dolor. Despus de haberme volteado por sus orillas y su fondo, me cubri y rode con la arena que haba hecho desprenderse de los campos. --Ah!, cuando vuelvas al mundo, y hayas descansado de tu largo viaje--continu un tercer espritu, luego que hubo acabado de hablar el segundo--, acurdate de m, que soy la Pa.[51] Siena me hizo, y las Marismas me deshicieron: bien lo sabe aquel que, siendo ya viuda, me puso en el dedo su anillo enriquecido de piedras preciosas. [51]Pa de Tolomei, natural de Siena, cas con Nello o Paganello Pannocchieschi, seor del castillo della Pietra, en la Marisma Toscana, el cual, creyndola infiel, le di muerte, en 1295, mandando, segn refiere algn comentarista, arrojarla por una ventana. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO SEXTO_ Cuando, acabado el juego de la zara, se desparten los jugadores, el que pierde se queda triste, pensando en las jugadas, y aprendiendo entonces con sentimiento el modo de que debi haberse valido para ganar: con el ganancioso se van los circunstantes; y uno por delante, otro por detrs y otro por el lado procuran hacerse presentes al afortunado; ste no se detiene aunque los escucha a todos, hasta que tiende a uno su mano, que por ello deja de atosigarle, librndose as de los empujones de la multitud. As estaba yo en medio de aquella compacta muchedumbre de almas, volviendo a uno y otro lado el rostro, hasta que, merced a mis promesas, pude desprenderme de ellas. All estaban el Aretino que recibi la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro que se ahog al darle caza sus enemigos. All oraba, con los brazos extendidos, Federico Novello, y aquel de Pisa, que di ocasin de demostrar la grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso, y a aquella alma separada de su cuerpo por hasto y por envidia, como ella misma deca, y no por sus culpas; a Pedro de la Broccia, digo: y bien es menester que provea en ello la princesa de Brabante, mientras est por ac, si no quiere verse colocada entre peores compaeros. Cuando me vi libre de todas aquellas sombras, que rogaban para que otros rogasen por ellas, a fin de abreviar el tiempo de su purificacin, empec a decir: --Parece que me niegas expresamente en algn texto, oh luz que desvaneces mis dudas!, que la oracin aplaca los decretos del cielo; y sin embargo, esta gente ruega para conseguirlo. Ser, pues, vana su esperanza? O es que no he comprendido bien el sentido de tus palabras? A lo que me contest: --Lo que escrib es muy claro, y la esperanza de sos no se ver fallida, si se examina con recto sentido. No se menoscaba el alto juicio divino, porque el fuego amoroso de la caridad cumpla en un instante lo que deben satisfacer los que aqu estn relegados; y all, donde sent tal mxima, la oracin no tena la virtud de borrar las faltas, porque el objeto de aqulla estaba alejado de Dios. No te detenga, sin embargo, tan profunda duda, hasta que te la desvanezca aqulla que ha de iluminar tu entendimiento, mostrndole la verdad. No s si me entiendes: hablo de Beatriz, a quien vers risuea y feliz sobre la cumbre de este monte. Yo repuse: --Mi buen Gua, caminemos ms de prisa: pues ya no me canso tanto como antes, y la montaa proyecta su sombra hacia este lado. --Avanzaremos hoy tanto como podamos--me respondi--; pero el camino es muy diferente de lo que te figuras. Antes que lleguemos arriba, vers volver a aquel que ahora se oculta tras de la cuesta, y cuyos rayos no quiebras en este momento. Pero ve all un alma que, inmvil y completamente sola, dirige hacia nosotros sus miradas: ella nos ensear el camino ms corto. Llegamos junto a ella. Oh alma lombarda, cun altanera y desdeosa estabas, y cun noble y grave era el movimiento de tus ojos! Ella no nos deca nada; pero dejaba que nos aproximsemos, mirando nicamente como el len cuando reposa. Virgilio se le acerc, rogndole que nos ensease la subida ms fcil; pero ella, sin contestar a su pregunta, quiso informarse acerca de nuestro pas y de nuestra vida; y al empezar mi Gua a decir. "Mantua...," la sombra, que antes estaba como concentrada en s misma, corri hacia l desde el sitio en que se encontraba, diciendo: "Oh, mantuano!, yo soy Sordello, de tu tierra." Y se abrazaron mutuamente. Ah Italia esclava, albergue de dolor, nave sin timonel en medio de una gran tempestad, no ya seora de provincias, sino de burdeles! Al dulce nombre de su pas natal, aquel alma gentil se apresur a festejar a su conciudadano; al paso que tus vivos no saben estar sin guerra, y se destrozan entre s aquellos a quienes guarda una misma muralla y un mismo foso. Busca, desgraciada, en derredor de tus costas, y despus contempla en tu seno si alguna parte de ti misma goza de paz. Qu vale que Justiniano te enfrenara, si la silla est vaca? Tu vergenza sera menor sin ese mismo freno. Ah, gentes que debierais ser devotas, y dejar al Csar en su trono, si comprendierais bien lo que Dios ha prescrito! Mirad cun arisca se ha vuelto esa Italia, por no haber sido castigada a tiempo con las espuelas, desde que os apoderasteis de sus riendas. Oh alemn Alberto, que la abandonas, al verla tan indmita y salvaje, cuando debiste oprimir sus ijares! Caiga sobre tu sangre el justo castigo del Cielo, y sea ste tan nuevo y evidente, que sirva tambin de temeroso escarmiento a tu sucesor, ya que t y tu padre, alejados de aqu por ambicin, habis tolerado que quede desierto el jardn del imperio. Hombre indolente, ven a ver a los Montecchi y a los Cappelletti, a los Monaldi y Filippeschi, aqullos ya tristes, y stos posedos de amargos recelos. Ven, cruel, ven; y mira la opresin de tus nobles, y remedia sus males, y vers cun segura est Santaflora. Ven a ver a tu Roma, que llora, viuda y sola, exclamando da y noche: "Csar mo! Por qu no ests en mi compaa?" Ven y contempla cun grande es el mutuo amor de la gente; y si nada te mueve a compasin de nosotros, ven a avergonzarte de tu fama. Y, same lcito preguntarte, oh sumo Jove, que fuiste crucificado por nosotros en la tierra! Estn vueltos hacia otra parte tus justos ojos? O es que nos vas preparando de ese modo, en lo profundo de tus pensamientos, para recibir algn gran bien que no puede prever nuestra inteligencia? Porque la tierra de Italia est llena de tiranos; y el hombre ms ruin, al ingresar en un partido, se convierte en un Marcelo. Florencia ma, bien puedes estar satisfecha de esta digresin, que no habla contigo, merced a tu pueblo que tanto se ingenia. Hay muchos que tienen la justicia en el corazn, pero son tardos en aplicarla, porque temen disparar el arco imprudentemente; mas tu pueblo la tiene en la punta de sus labios. Muchos rehusan los cargos pblicos; pero tu pueblo responde solcito, sin que le llamen, y grita: "Yo los acepto." Algrate, pues, que motivo tienes para ello. Eres rica, disfrutas tranquilidad, tienes prudencia. Si digo la verdad, claramente lo demuestran los hechos. Atenas y Lacedemonia, que hicieron las antiguas leyes y fueron tan civilizadas, dieron un dbil ejemplo de vivir bien, comparadas contigo; pues dictas tan sutiles decretos, que los que expides en Octubre no llegan a mediados de Noviembre. Cuntas veces, en el tiempo a que alcanza la memoria, has cambiado de leyes, de monedas, de oficios y de costumbres, y renovado tus habitantes? Y si quieres recordarlo y ver la luz, conocers que eres semejante a aquella enferma, que no encuentra posicin que le cuadre sobre la pluma, y procura hacer ms llevadero su dolor dando continuas vueltas. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO SEPTIMO_ Despus de haber cambiado entre s tres o cuatro veces corteses y halageos saludos, Sordello se hizo un poco atrs, y dijo: --Quines sois? --Mis huesos fueron sepultados por mandato de Octavio, antes que se hubiesen dirigido hacia esta montaa las almas dignas de subir hasta Dios. Yo soy Virgilio, que perd el cielo por no tener fe, y no por otra culpa. As respondi mi Gua. Como el que de improviso ve una cosa que le asombra, y a la que no sabe si dar o no crdito, diciendo: "es, no es," as se qued aqul: despus baj los ojos, se adelant humildemente hacia l, y le abraz en el sitio del cuerpo donde alcanza el pequeo. --Oh gloria de los latinos--dijo--, por quin nuestra lengua demostr cunto poda! Honor eterno del lugar donde nac! Qu mrito o qu gracia permite que yo te vea? Si es que soy digno de or tus palabras, dime si vienes del Infierno, y de qu recinto. --He llegado hasta aqu pasando por todos los crculos del reino del llanto--respondile--; la virtud del cielo me gua, y con ella vengo. No por lo que he hecho, sino por lo que no he hecho, he perdido la facultad de contemplar el alto Sol que t deseas, y que conoc demasiado tarde. All abajo hay un lugar triste, no por los martirios, sino por las tinieblas, donde en vez de lamentos como gritos, slo resuenan suspiros. All estoy yo con los inocentes prvulos, mordidos por los dientes de la muerte antes de que fueran lavados del pecado original. All estoy yo con aquellos que no se cubrieron con las tres virtudes santas, aunque, exentos de vicios, conocieron y observaron las dems. Pero danos algn indicio, si es que puedes y sabes, a fin de que lleguemos ms pronto al sitio donde tiene verdadero principio el Purgatorio. Sordello respondi: --Aqu no tenemos designado un punto fijo, y a m me es lcito subir andando alrededor por la montaa: te servir de gua por todos los parajes hasta donde puedo llegar. Pero advierte que ya declina el da; y no siendo posible ir arriba de noche, convendr que pensemos en buscar un buen abrigo. Algo lejos de aqu, a la derecha, hay algunas almas: si quieres, te conducir adonde estn, seguro de que te agradar conocerlas. --Cmo es eso?--le contest--. Quien quisiera subir de noche, se vera detenido por alguien? O es acaso que no podra subir? El buen Sordello pas su dedo por el suelo, diciendo: --Ves esta sola lnea? Pues no la atravesars despus de haberse ocultado el Sol; no por otra causa, sino porque te lo impedirn las tinieblas nocturnas; las cuales, con la impotencia que originan, contrarrestan la voluntad. Con ellas, podrase muy bien volver abajo y recorrer la cuesta vagando en torno, mientras el da est bajo el horizonte. Entonces mi Seor, como asombrado, repuso: --Condcenos adonde dices que puede ser agradable permanecer. Nos habamos alejado un poco de all, cuando ech de ver que el monte estaba hendido como los valles que hay en nuestro hemisferio. --Iremos--dijo aquella sombra--all donde la cuesta forma una cavidad, y esperaremos en ella el nuevo da. Un sendero tortuoso, entre pendiente y llano, nos condujo a un lado de aquella cavidad, en donde las orillas que la circundan descienden ms de la mitad de su altura. El oro y la plata fina, la prpura, el albayalde, el ail azul y brillante, y las esmeraldas recientemente talladas en el momento en que se desprenden sus trozos, seran vencidos en brillantez por las hierbas y las flores de aquella cavidad, como lo menor es vencido por lo mayor. La naturaleza no haba ostentado solamente all sus adornos, sino que con la suavidad de mil aromas haba formado un olor indistinto y desconocido para nosotros. All vi sentadas sobre la verdura y entre las flores algunas almas, que desde fuera no podan distinguirse, por ocultarlas las laderas del valle, las cuales estaban cantando el "Salve Regina." El Mantuano, que nos haba conducido por el tortuoso sendero, nos dijo: --No pretendis que os gue hasta donde estn sos, antes de que se oculte el poco Sol que queda. Desde esta altura veris las acciones y los rostros de todos, mejor que si estuvierais entre ellos en el mismo valle. Aquel que est sentado en el puesto ms alto, que en su actitud parece haberse descuidado de hacer lo que deba, y cuya boca no se mueve para cantar con los dems, fu el emperador Rodolfo, que pudo curar las heridas que han dado muerte a Italia, de tal modo, que tarde le vendr de otro el remedio. El que con su presencia conforta al primero, gobern la tierra donde nace el agua que el Moltava conduce al Elba, y el Elba al mar. Llamse Ottokar, y ya en la infancia fu mucho mejor prncipe que su hijo Wenceslao cuando barbado, a quien enervaron el ocio y la lujuria. Y aquel romo, que parece consultar con tanta intimidad al otro de benigno aspecto, muri huyendo y marchitando la flor de lis: mirad cmo se golpea el pecho; y ved cmo el otro, suspirando, apoya su mejilla en la palma de la mano. Padre y suegro son del mal de Francia: saben que su vida es grosera y viciosa, y de ah proviene el dolor que les aflige. Aquel que parece tan corpulento,[52] y que canta acorde con el narigudo,[53] llev ceida la cuerda de toda virtud; y si despus de l hubiera reinado ms tiempo el jovencito que a su espalda se sienta,[54] bien habra pasado el valor de padre a hijo; lo cual no se puede decir de sus otros herederos Jaime y Fadrique conservan los reinos; pero ninguno de ellos posee la mejor herencia. Raras veces renace por las ramas la humana probidad; pues as lo quiere Aqul que nos la da, para que se la pidamos. No menos se dirigen mis palabras al narigudo, que al otro, a Pedro, que canta con l; pues de su descendencia se lamentan ya la Pulla y la Provenza. La planta es inferior a su semilla tanto, cuanto ms que Beatriz y Margarita se gloria Constanza an de su marido. Ved ah al rey de sencilla vida, sentado aparte y solo, a Enrique de Inglaterra: ste ha producido mejores vstagos. Aquel que est en el suelo ms abajo que los otros, mirando hacia arriba, es el marqus Guillermo, por quien Alejandra y sus guerreros hacen llorar hoy al Monferrato y al Canavs. [52] Pedro III de Aragn. [53] Carlos I, conde de Provenza y rey de Pulla. [54] Alfonso III, primognito de Pedro el Grande, que sucedi a su padre, y slo rein seis aos, muriendo en 1291. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO OCTAVO_ Era ya la hora en que se enternece el corazn de los navegantes, y renace su deseo de abrazar a los caros amigos, de quienes el mismo da se han despedido, y en que el novel viajero se compunge de amor, si oye a lo lejos alguna campana, que parezca plair al moribundo da; cuando dej de or, y comenc a mirar a una de aquellas almas, que, puesta en pie, haca seas con la mano en ademn de que las otras la escuchasen. Uni y levant ambas palmas, dirigiendo sus ojos hacia Oriente, como si dijese a Dios: "Slo en ti pienso;" y sali de su boca tan devotamente y con tan dulces notas el "Te lucis ante," que el placer me hizo salir fuera de m. Aguza bien aqu la vista, oh lector!, para descubrir la verdad; porque el velo es ahora tan sutil, que te ser en efecto sumamente fcil atravesarlo. Vi luego a aquel ejrcito gentil, plido y humilde, que en silencio contempla el cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y descender al valle dos ngeles con dos espadas flamgeras, truncadas y privadas de sus puntas. Verdes como las tiernas hojas que acaban de brotar eran sus vestiduras, y agitadas por las plumas de sus alas, verdes tambin, flotaban por detrs a merced del viento. El uno se pos algo ms arriba de donde estbamos; el otro descendi hacia el lado opuesto; de suerte que las almas quedaron entre ellos. Se distingua perfectamente su blonda cabellera; pero al querer mirar sus facciones, se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad, por la excesiva fuerza de las impresiones. --Ambos vienen del seno de Mara--dijo Sordello--para guardar el valle contra la serpiente, que acudir a l en breve. Y yo, que no saba por qu sitio haba de venir, mir en torno mo, y helado de terror, me arrim cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello continu: --Ahora descendamos hacia donde estn esas grandes sombras, y hablaremos con ellas: les ser muy grato veros. Slo haba descendido tres pasos, segn creo, cuando ya me encontr abajo, y vi uno que me miraba como si hubiera querido conocerme. El aire iba ya obscurecindose, pero no tanto que entre sus ojos y los mos no permitiese ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino hacia m, y yo me adelant hacia l. Noble juez! Oh, Nino! Con cunto placer vi que no estabas entre los condenados! No hubo amistoso saludo que no nos dirigisemos; despus me pregunt: --Cunto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a travs de las lejanas aguas? --Ah!--le dije--; esta maana he llegado pasando por tristes lugares, y estoy an en la primera vida; aunque al hacer este viaje, voy preparndome para la otra. Apenas oyeron mi respuesta, cuando Sordello y l retrocedieron como hombres posedos de un repentino espanto. El primero se volvi hacia Virgilio, y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: "Ven, Conrado, ven a ver lo que Dios por su gracia permite." Despus, dirigindose a m, exclam: --Por la singular gratitud que debes a Aqul que oculta de tal modo su primitivo origen, que no es posible penetrarlo, cuando ests ms all de las anchurosas aguas, di a mi Juana, que pida por m all donde se oyen los ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya, pues ha dejado las blancas tocas, que la desventurada echar de menos algn da. Por ella se comprende fcilmente cunto dura en una mujer el fuego del amor, si la vista o el ntimo trato no lo alimenta. La vbora que campea en las armas del Milans no le proporcionar tan hermosa sepultura como se la hubiera dado el gallo de Gallura.[55] [55] No ser tan honrosa su sepultura cuando muera enlazada a la casa de los Visconti de Miln, como lo sera si hubiera guardado fidelidad a la de los Visconti de Gallura. Los primeros tenan una vbora en su escudo; los segundos un gallo. As deca, y en todo su aspecto se vea impreso el sello de aquel recto celo que arde con mesura en el corazn. Entretanto, mis ojos se dirigan vidos hacia la parte del cielo donde es ms lento el curso de las estrellas, como sucede en los puntos de una rueda ms prximos al eje. Mi Gua me pregunt: --Hijo mo, qu miras all arriba? Y yo le contest: --Aquellas tres antorchas[56], en cuya luz arde todo el polo hacia esta parte. [56] Las constelaciones del Eridano, de la Nave y del Pez de oro.--Alegricamente son las tres virtudes teologales. Y l repuso: --Las cuatro estrellas brillantes que viste esta maana, han descendido por aquel lado, y stas han subido donde estaban aqullas. Mientras l hablaba, Sordello se le acerc, diciendo: "He ah a nuestro adversario;" y extendi el dedo para que mirsemos hacia el sitio que indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeo valle, haba una serpiente, que quiz era la que di a Eva el amargo manjar. Se adelantaba el maligno reptil por entre la hierba y las flores, volviendo de vez en cuando la cabeza, y lamindose el lomo como un animal que se alisa la piel. No puedo decir cmo se movieron los azores celestiales, pues no me fu posible distinguirlo; pero s vi a entreambos en movimiento. Sintiendo que sus verdes alas hendan el aire, huy la serpiente, y los ngeles se volvieron a su puesto con vuelo igual. La sombra que se acerc al juez, cuando ste la llam, no dej un momento de mirarme durante todo aquel asalto. --Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte--empez a decir--; si sabes alguna noticia positiva del Val di Magra o de su tierra circunvecina, dmela, pues yo era seor en aquel pas: fu llamado Conrado Malaspina, no el antiguo, sino descendiente suyo, y tuve para con los mos un amor que aqu se purifica. --Oh!--le contest--; no estuve nunca en vuestro pas; pero a qu parte de Europa no habr llegado su fama? La gloria que honra vuestra casa da tal renombre a sus seores y a la comarca entera, que tiene noticia de ella aun aquel que no la ha visitado. Y os juro, as pueda llegar a lo alto de este monte, que vuestra honrosa estirpe no pierde la prez que le han conquistado su bolsa y su espada. Sus buenas costumbres y excelente carcter la colocan en tan privilegiado puesto, que aunque el perverso jefe aparte al mundo del verdadero camino, ella va por el recto sendero despreciando el torcido. El replic: --Ve, pues; que antes de que el Sol entre siete veces en el espacio que Aries con sus cuatro patas cubre y abarca, esa opinin corts te ser clavada en medio de la cabeza con clavos mayores que lo pueden ser las palabras de otro, si no se cambia el curso de lo dispuesto por la Providencia. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO NONO_ La concubina del viejo Titn, desprendida de los brazos de su dulce amigo, alboreaba ya en los linderos orientales, reluciendo su frente de rica pedrera colocada en la forma del fro animal que sacude a la gente con la cola;[57] y ya por el lugar donde nos hallbamos haba dado la Noche dos de los pasos con que asciende, y el tercero inclinaba hacia abajo su vuelo, cuando yo, que tena conmigo la flaqueza de Adn, vencido del sueo, me tend en la hierba sobre que estbamos sentados los cinco. A la hora del amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes endechas, quiz en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro espritu, ms libre de los lazos de la carne y menos asediado de pensamientos, es casi divino en sus visiones, parecime ver entre sueos un guila con plumas de oro suspendida del cielo, con las alas abiertas y preparada a bajar, y crea estar all donde Ganimedes abandon a los suyos, cuando fu arrebatado a la celestial asamblea. Yo pensaba entre m: "Quiz esta guila tenga la costumbre de cazar aqu solamente, y puede ser que en otro sitio se desdee de levantar en alto la presa con sus garras." Despus me pareci que, dando algunas vueltas, bajaba terrible como un rayo, y me arrebataba hasta la esfera del fuego, donde pareca que ardisemos los dos; y de tal modo me quemaba aquel incendio imaginario, que se interrumpi sbitamente mi sueo. No de otra suerte se sobresalt Aquiles revolviendo en torno suyo sus ojos desvelados y sin saber donde se encontraba, cuando su madre, robndolo a Quirn, le transport dormido en sus brazos a la isla de Scyros, de donde le sacaron despus los griegos, como me sobresalt yo, apenas huy el sueo de mi rostro; y me puse plido como el hombre a quien hiela el espanto. A mi lado estaba nicamente mi Protector; el Sol haba salido haca ya ms de dos horas, y yo me hallaba con la cara vuelta hacia el mar. [57] La esposa de Titn es la Aurora, y su frente apareca coronada en las estrellas que forman el signo de Piscis. --No temas--dijo mi Seor--; tranquilzate, que estamos en buen lugar. Da rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado ya junto al Purgatorio; mira all el muro que le cerca en derredor; y mira la entrada en aquel sitio donde parece estar roto. Durante el alba que precede al da, cuando tu alma dorma dentro del cuerpo sobre las flores que all abajo adornan el suelo, vino una dama y dijo: "Yo soy Luca: djame coger a ese que duerme, y har que recorra ms gilmente su camino." Sordello se qued con las otras nobles sombras; ella te cogi, y cuando fu de da, se vino hacia arriba y yo segu sus huellas: aqu te dej, habindome antes designado con sus bellos ojos aquella entrada abierta; y despus, ella y tu sueo desaparecieron al mismo tiempo. Me qued como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre, y cuyo miedo se trueca en fortaleza, cuando le han descubierto la verdad; y vindome tranquilo mi Gua, empez a subir por la calzada, y yo segu tras l hacia lo alto. Lector: bien ves cmo ensalzo el objeto de mis cantos: no te admire, pues, si procuro sostenerlo cada vez con ms arte. Nos aproximamos hasta llegar al sitio que antes me haba parecido ser una rotura, semejante a la brecha que divide un muro; y vi una puerta a la cual se suba por tres gradas de diferentes colores, y un portero que an no haba proferido ninguna palabra. Y como yo abriese cada vez ms los ojos, le vi sentado sobre la grada superior, con tan luminoso rostro, que no poda fijar en l mi vista. Tena en la mano una espada desnuda, que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal modo, que en vano intent fijar en ella mis miradas. --Decidme desde ah: qu queris?--empez a decir.--Dnde est el que os acompaa? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta. --Una dama del Cielo, enterada de estas cosas--le respondi mi Maestro--, nos ha dicho hace poco: "Id all: aquella es la puerta." --Ella gua felizmente vuestros pasos--replic el corts portero--. Llegad, pues, y subid nuestras gradas. Nos adelantamos: el primer escaln era de mrmol blanco, tan bruido y terso, que me reflej en l tal como soy: el segundo, ms obscuro que el color turqu, era de una piedra calcinada y spera, resquebrajada a lo largo y de travs: el tercero, que gravita sobre los dems, me pareca de un prfido tan rojo como la sangre que brota de las venas. Sobre este ltimo tena ambas plantas el Angel de Dios, el cual estaba sentado en el umbral, que me pareci formado de diamante. Mi Gua me condujo de buen grado por los tres escalones, diciendo: --Pide humildemente que se abra la cerradura. Me postr devotamente a los pies santos: le ped por misericordia que abriese, pero antes me d tres golpes en el pecho. Con la punta de su espada me traz siete veces en la frente la letra P[58], y dijo: --Procura lavar estas manchas cuando ests dentro. [58] Smbolo de los siete pecados capitales. En seguida sac de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la ceniza o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y la otra de plata: primero con la blanca, y luego con la amarilla, hizo en la puerta lo que yo deseaba. --Cuando una de estas llaves falsea, y no gira con regularidad por la cerradura--nos dijo--, esta entrada no se abre. Una de ellas es ms preciosa; pero la otra requiere ms arte e inteligencia antes de abrir, porque es la que mueve el resorte. Pedro me las di, previnindome que ms bien me equivocara en abrir la puerta, que en tenerla cerrada, siempre que los pecadores se prosternen a mis pies. Despus empuj la puerta hacia el sagrado recinto, diciendo: --Entrad; mas debo advertiros que quien mira hacia atrs vuelve a salir. Entonces giraron en sus quicios los espigones de la sacra puerta, que son de metal, macizos y sonoros; y no produjo tanto fragor, ni se mostr tan resistente la de la roca Tarpeya, cuando fu arrojado de sta el buen Metelo, por el cual qued luego vaca. Yo me volv atento al primer ruido, y me pareci or voces que cantaban al son de dulces acordes: "Te Deum laudamus." Tal impresin hizo en m aquello que oa, como la que ordinariamente se recibe cuando se oye el canto acompaado del rgano, que tan pronto se perciben como dejan de percibirse las palabras. [Ilustracin] _CANTO DECIMO_ Cuando hubimos traspasado el umbral de la puerta que se abre pocas veces, porque la mala inclinacin de las pasiones lo impide, haciendo aparecer recta la va tortuosa, conoc por el ruido que acababa de cerrarse; y si yo hubiese vuelto mis ojos hacia ella, qu excusa hubiera sido digna de tal falta? Subamos por la hendedura de una roca, la cual ondulaba tortuosamente, semejante a la ola que va y viene. --Aqu--dijo mi Gua--, es preciso que tengamos alguna precaucin, acercndonos, ya por un lado, o por otro, a las ondulaciones de esta hendedura. Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos, que la Luna lleg a su lecho para acurrucarse, antes que nosotros salisemos de aquel angosto camino. Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el paraje donde se interna el monte, nos encontramos, yo fatigado, y ambos inciertos de la direccin que debamos seguir, en un rellano ms solitario que sendero a travs del desierto. Desde el borde exterior hasta el pie del alto tajo que se alza en la parte interior, aquel rellano slo tendra de anchura tres veces un cuerpo humano; y hasta donde mis ojos alcanzaban, tanto por la izquierda como por la derecha, parecame siempre igual esta especie de cornisa. An no habamos dado un paso por aquella va, cuando observ que el tajo interior y escueto, por el cual no se poda subir, era de mrmol blanco, y adornado de tan preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la Naturaleza en presencia de ellas habra sido superada y vencida. El ngel que baj a la Tierra con el decreto de la paz por tantos aos suspirada, y abri las puertas del cielo despus de su prolongada clausura, se ofreci a nuestra vista con tanta verdad, y en tan dulce actitud esculpido, que no pareca una figura silenciosa. Hubirase jurado que hablaba diciendo: "Ave;" porque tambin estaba all representada la que di vuelta a la llave para abrir al Amor supremo. En su actitud se vean impresas estas palabras: "Ecce ancilla Dei," tan propiamente como aparece una figura sellada en la cera. --No fijes tu atencin en un solo punto--me dijo el querido Maestro--, que me tena cerca de s en el lado que los hombres tienen el corazn. Volv el rostro, y hacia la parte donde se encontraba el que mova mis pasos, vi despus de Mara otra historia esculpida en la roca; y para examinarla mejor, pas al otro lado de Virgilio, y me aproxim a ella. Estaban tallados en el mismo mrmol el carro y los bueyes conduciendo el Arca santa, por la cual es temible desempear un cargo que Dios no ha confiado. Delante de ella vease alguna gente, dividida en siete coros, que a dos de mis sentidos haca decir: a uno, "s canta," y a otro, "no canta." En igual discordancia pona a mi vista y a mi olfato el humo del incienso que estaba all representado. El humilde Salmista, danzando y saltando, preceda al vaso bendito; y en aquella ocasin era ms y menos que rey. Desde lo alto de un gran palacio que haba enfrente, Micol lo contemplaba como mujer despechada y mohina. Mov mis pies ms all del sitio en que me encontraba, para examinar de cerca otra historia que resaltaba despus de Micol. All estaba escrita en piedra la alta gloria del prncipe romano, cuya insigne virtud movi a Gregorio para alcanzar su gran victoria: hablo del emperador Trajano. Asida al freno de su caballo se vea a una viuda, penetrada de dolor y deshecha en lgrimas: en torno suyo apareca una considerable multitud de caballeros, sobre cuyas cabezas se movan al viento las guilas de oro. La desventurada, metida entre todos ellos, pareca decir: "Seor, vngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el corazn;" y l responderle: "Esprate a que yo vuelva;" y ella replicar, como persona a quien impacienta su mismo dolor: "Seor mo, y si no vuelves?" Y l: "Quien ocupe mi lugar te vengar." Y ella: "Qu te importa el bien que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer t?" Y l por ltimo: "Tranquilzate; preciso es que cumpla con mi deber antes de ponerme en marcha: la justicia lo quiere, y la piedad me detiene." Aquel que no vi jams cosa nueva produjo este hablar visible, nuevo para nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido. Mientras yo me deleitaba contemplando aquellas imgenes de tanta humildad, ms que por su belleza, gratas a la vista, por ser quien era su Artfice, el poeta murmuraba: --Mira cuntas almas se dirigen hacia ac con paso lento: ellas nos conducirn a las gradas superiores. Mis ojos atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan vidos, no fueron tardos en volverse hacia l. No quiero, oh lector!, que te apartes de tus buenas disposiciones, oyendo cmo Dios quiere que se paguen las deudas. No presten atencin a la forma de estas penas, sino a lo que en pos de ellas vendr: piensa que, en el ltimo y peor resultado, no pueden prolongarse ms all de la gran sentencia. Yo empec a decir: --Maestro, lo que veo dirigirse hacia nosotros no me parecen personas, ni s lo que es; pues se desvanece a mi vista. Me contest: --La abrumadora condicin de sus tormentos les hace inclinarse de tal modo hacia el suelo, que aun mis ojos dudaron al principio; pero mira all fijamente, descubre con tu vista lo que viene debajo de aquellas peas, y podrs juzgar cul es el tormento de cada uno de ellos. Oh cristianos soberbios, miserables y dbiles, que enfermos de la vista del entendimiento, os fiis en vuestros pasos retrgrados! No observis que somos gusanos nacidos para formar la angelical mariposa, que dirige su vuelo sin impedimento hacia la justicia de Dios? Por qu se engre soberbio vuestro nimo, cuando slo sois defectuosos insectos, como crislidas que no llegan a desarrollarse? As como, para sostener un piso o un techo, se ve a veces por mnsula una figura cuyas rodillas se doblan hasta el pecho, la cual, con ser fingido su esfuerzo, produce verdadera afliccin en quien la mira, del mismo modo vi yo a aquellas almas cuando las examin con cuidado. Es cierto que estaban ms o menos contradas, segn era mayor o menor el peso que soportaban; pero aun la que ms paciente y aliviada se mostraba en sus movimientos pareca decir llorando: "No puedo ms." [Ilustracin] _CANTO UNDECIMO_ "Oh padre nuestro, que ests en los cielos, aunque no circunscrito a ellos, sino por el mayor amor que arriba sientes hacia los primeros efectos! Alabados sean tu nombre y tu poder por las criaturas, as como se deben dar gracias a las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nos la paz de tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos, a pesar de toda nuestra inteligencia, si ella no se dirige hacia nosotros. As como los ngeles te sacrifican su voluntad entonando Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan cuotidiano, sin el cual retrocede por este spero desierto aquel que ms se afana por avanzar. Y as como nosotros perdonamos a cada cual el mal que nos ha hecho padecer, perdnanos t benigno, sin mirar a nuestros mritos. No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fcilmente se abate, contra el antiguo adversario, sino lbranos de l, que la instiga de tantos modos. No hacemos, oh Seor amado!, esta ltima splica por nosotros, pues ya no tenemos necesidad de ella, sino por los que tras de nosotros quedan." De esta suerte, pidiendo para ellas y para nosotros un feliz viaje, iban aquellas almas soportando su carga, semejante a la que a veces cree uno llevar cuando suea. Desigualmente cargadas y desfallecidas caminaban alrededor del primer crculo, a fin de purificarse de las vanidades del mundo. Si desde all siempre se ruega por nosotros, qu no podrn decir y hacer por ellas desde aqu los que a su voluntad renen la gracia divina? Es preciso ayudarles a lavarse las manchas que del mundo llevaron, para que puedan llegar, limpias y giles, hasta las estrelladas esferas. --Ah! Que la justicia y la piedad os alivien pronto de vuestro peso, de modo que podis desplegar las alas y elevaros segn vuestro deseo: mostradnos por qu lado se va ms pronto hacia la escala; y si hay ms de un camino, enseadnos cul es el menos pendiente, pues este que viene conmigo es muy tardo en subir, a causa de la carne de Adn de que va revestido. No pudimos averiguar de quin procedan las palabras que respondieron a stas que haba proferido aquel a quien yo segua; pero contestaron: --Venid con nosotros, a mano derecha, por la orilla, y encontraris un sendero por donde puede subir una persona viva. Y si no me lo impidiera este peasco, que doma mi soberbia cerviz, y me obliga a llevar la cabeza baja, mirara a ese que vive an y no se nombra, para ver si le conozco, y para excitar su piedad por mi suplicio. Yo fu latino e hijo de un gran toscano: mi padre fu Guillermo Aldobrandeschi; no s si habris odo alguna vez su nombre. La antigua nobleza y las brillantes acciones de mis antepasados me hicieron tan arrogante, que no pensando en nuestra madre comn, tuve tanto desprecio hacia los dems hombres, que este desprecio caus mi muerte, como saben los sieneses, y como sabe en Campagnatico todo el que habla. Yo soy Umberto; y no es a m solo a quien ha perjudicado el orgullo, sino que tambin ha acarreado la desgracia de todos mis parientes. Por mis pecados me veo en la precisin de soportar aqu este peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya que no lo hice entre los vivos, debo hacerlo entre los muertos. Al oirle, baj la cabeza; y uno de ellos, que no era el que hablaba, se volvi bajo el peso que lo agobiaba: me vi, conocime, y me llam, teniendo los ojos fijos con gran trabajo en m, que caminaba inclinado junto a ellos. --Oh!--le dije--; no eres t Oderisi, honor de Agobbio y de aquel arte que llaman de iluminar en Pars? --Hermano--me dijo--: ms agradan los dibujos que ilumina Francisco Bolognese: ahora todo el honor es suyo, si bien yo participo de l. No hubiera yo sido en vida tan generoso, a causa del gran deseo de sobresalir en mi arte que dominaba mi corazn. De tal soberbia aqu se paga la pena; y estoy aqu, gracias a que, cuando an poda pecar, volv mi alma a Dios. Oh vanagloria del ingenio humano! Cun poco dura tu lozano verdor, cuando no alcanza pocas de ignorancia! Crea Cimabue ser rbitro en el campo de la pintura, y ahora es Giotto al que se aclama, de modo que ha quedado obscurecida la fama de aqul: de igual suerte un Guido ha despojado a otro de la gloria de la lengua[59], y acaso ha nacido ya quien arroje a los dos de su nido. El rumor del mundo no es ms que un soplo, que tan pronto viene de un lado, como de otro, y cambia de nombres por lo mismo que cambia de sitios. Qu mayor fama ser la tuya de aqu a mil aos, separando de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieses muerto antes de dejar el "pappo" y el "dindi"[60]? Ese espacio de tiempo, comparado con la eternidad, es mucho ms corto que un abrir y cerrar de ojos respecto al crculo que ms lentamente se mueva en el cielo. En toda la Toscana reson el nombre del que camina paso a paso delante de m; y ahora apenas se le menciona en Siena, de donde era Seor cuando fu destruda la ira florentina, que en aquel tiempo era tan altanera, como prostituta es ahora. Vuestra fama es semejante al color de la hierba, que viene y va; y el que la decolora es el mismo que hace brotar sus tiernos tallos. [59] Guido Guinicelli, poeta de Bolonia, y Guido Cavalcanti, otro clebre poeta florentino, hijo de Cavalcante: ste hizo olvidar la fama del primero; muri en 1301. [60] Voces con las que designaban los nios al pan y al dinero. Quiere decir: Al cabo de mil aos, que son nada comparados con la eternidad, tu fama no ser mayor si mueres viejo, que si hubieses muerto en la infancia. Le contest: --Tus verdicas palabras infunden en mi corazn una buena humildad, y abaten mi hinchazn; pero quin es ese del cual hablabas ahora? --Es--me respondi--Provenzano Salvani--; est aqu, porque tuvo la presuncin de reunir en su mano todo el gobierno de Siena. Ha marchado y contina marchando sin reposo desde que muri; pues en tal moneda paga quien all se ha mostrado demasiado audaz. Le repliqu: --Si un espritu que, para arrepentirse, aguarda llegar al lmite de la vida, permanece en la parte inferior de la montaa, y a no ser que le ayude una ferviente oracin, no sube a este sitio hasta haber transcurrido un espacio de tiempo igual al que vivi, cmo es que se le ha permitido a se venir aqu? --Cuando viva en medio de su mayor gloria--dijo--, se present en la plaza de Siena deponiendo toda vanidad, y all, para librar a un amigo suyo[61] del cautiverio que sufra en la prisin de Carlos, se port de modo que temblaban todas sus venas. No te dir ms: s que te hablo en trminos obscuros; pero no transcurrir mucho tiempo sin que tus conciudadanos obren de modo que te permitirn penetrar el sentido de mis palabras. Esta accin le ha valido traspasar los lmites del Purgatorio. [61] Para librar a un amigo suyo, un tal Vigna, que slo mediante la suma de diez mil florines de oro poda salir de la crcel, donde lo tena Carlos I, rey de Pulla, se present en la plaza de Siena a pedir limosna, tembloroso y angustiado. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DUODECIMO_ Unidos, como bueyes bajo el yugo, bamos aquella alma cargada y yo, mientras lo permiti mi amado pedagogo; pero cuando dijo: "Djale, y sigue, que aqu conviene que cada cual d cuanto impulso pueda a su barca con la vela y con los remos," ergu mi cuerpo como debe andar el hombre, por ms que mis pensamientos continuaran siendo humildes y sencillos. Ya estaba yo en marcha, siguiendo gustoso los pasos de mi Maestro, y ambos hacamos alarde de nuestra agilidad, cuando l me dijo: --Mira hacia abajo; pues para que sea menos penoso el camino, te convendr ver el suelo en que se asientan tus plantas. Del modo que las sepulturas tienen esculpido en signos emblemticos lo que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria, por lo cual muchas veces arranca lgrimas all el aguijn del recuerdo, que slo punza a las almas piadosas, de igual suerte, pero con ms propiedad y perfecto artificio, vi yo cubierto de figuras todo el plano de aquella va que avanza fuera del monte. Vea, por una parte, a aquel que fu creado ms noble que las dems criaturas, cayendo desde el cielo como un rayo[62]. Vea en otro lado a Briareo, herido por el dardo celestial, yaciendo en el suelo y oprimindolo con el peso de su helado cuerpo. Vea a Timbreo[63], a Palas y a Marte, armados an y en derredor de su padre, contemplando los esparcidos miembros de los Gigantes. Vea a Nemrod al pie de su gran obra, mirando con ojos extraviados a los que fueron en Senaar soberbios como l. Oh Nobe, con cun desolados ojos te vea representada en el camino entre tus siete y siete hijos exnimes! Oh Sal, cmo te me aparecas all, atravesado con tu propia espada y muerto en Gelbo, que desde entonces no volvi a recibir la lluvia ni el roco! Con igual evidencia te vea, oh loca Aracnea!, ya medio convertida en araa, y triste sobre los rotos pedazos de la obra que labraste por desgracia tuya. Oh Roboam! All no estabas ya representado con aspecto amenazador, sino lleno de espanto y conducido en un carro, huyendo antes que otros te expulsasen de tu reino. Mostrbase adems en aquel duro pavimento de qu modo Alcmen hizo pagar caro a su madre el desastroso adorno; cmo los hijos de Sennaquerib se arrojaron sobre su padre dentro del templo, dejndole all muerto; la destruccin y el cruel estrago que hizo Tamiris, cuando dijo a Ciro: "Tuviste sed de sangre; pues bien, yo te harto de ella;" y la derrota de los asirios, despus de la muerte de Holofernes, y el destrozo de sus restos fugitivos. Vease a Troya convertida en cenizas y en ruinas. Oh Ilin!, cun abatida y despreciable te representaba la escultura que all se distingua! Quin fu el maestro, cuyo pincel o buril traz tales sombras y actitudes, que causaran admiracin al ms agudo ingenio? All los muertos parecan muertos, y los vivos realmente vivos. El que presenci los hechos no vi mejor que yo la verdad de cuanto fu pisando mientras anduve inclinado. As, pues, hijos de Eva, ensoberbeceos; marchad con la mirada altiva, y no inclinis el rostro de modo que podis ver el mal sendero. [62] Luzbel. [63] Apolo. Habamos dado ya una gran vuelta por el monte, y el Sol estaba mucho ms adelantado en su camino de lo que nuestro absorto espritu creyera, cuando aquel que siempre andaba cuidadoso, empez a decir: --Levanta la cabeza: no es tiempo de ir tan pensativo. He all un ngel, que se prepara a venir hacia nosotros, y ve tambin que se retira del servicio del da la sexta esclava. Reviste de reverencia tu rostro y tu actitud, a fin de que le plazca conducirnos ms arriba: piensa en que este da no volver jams a lucir. Estaba yo tan acostumbrado por sus amonestaciones a no desperdiciar el tiempo, que su lenguaje, con respecto a este punto, no poda parecerme obscuro. La hermosa criatura vena en nuestra direccin, vestida de blanco, y centelleando su rostro como la estrella matutina. Abri los brazos y despus las alas, diciendo: --Venid; cerca de aqu estn las gradas, y puede subirse fcilmente por ellas. Qu pocos acuden a esta invitacin! Oh raza humana, nacida para remontar el vuelo!, por qu el menor soplo de viento te hace caer? Nos condujo hacia donde la roca estaba cortada; y all agit sus alas sobre mi frente, permitindome luego seguir con seguridad mi camino. As como, para subir al monte donde est la iglesia que, a mano derecha y ms arriba del Rubaconte, domina a la bien gobernada ciudad[64], se modera la rpida pendiente por medio de las escaleras hechas en otro tiempo, cuando estaban seguros los registros y las marcas oficiales, as tambin aqu, de un modo semejante, se templa la aspereza de la escarpada cuesta que desciende casi a plomo desde el otro crculo; pero es preciso pasar rasando por ambos lados con las altas rocas. Mientras nos internbamos en aquella angostura, omos voces que cantaban "Beati pauperes spiritu," de tal manera, que no poda expresarse con palabras. Ah! Cun diferentes de los del Infierno son estos desfiladeros! Aqu se entra oyendo cnticos, y all horribles lamentos. Subamos ya por la escalera santa, y me pareca ir ms ligero por ella, que antes iba por el camino llano; lo que me oblig a exclamar: --Maestro, dime: de qu peso me han aliviado, pues ando sin sentir apenas cansancio alguno? [64] Florencia. Respondime: --Cuando las P, que an quedan en tu frente casi borradas, hayan desaparecido enteramente, como una de ellas, tus pies obedecern tan sumisos a tu voluntad, que lejos de sentir el menor cansancio, tendrn un placer en moverse. Al or esto, hice como los que llevan algo en la cabeza y no lo saben, pero lo sospechan por los ademanes de otros; que procuran acertarlo con ayuda de la mano, la cual busca y encuentra, y desempea el oficio que no es posible encomendar a la vista: extendiendo los dedos de la mano derecha, slo encontr seis de las letras que el Angel de las llaves haba grabado en mi frente; y al ver lo que yo haca, se sonri mi Maestro. [Ilustracin] _CANTO DECIMO TERCIO_ Habamos llegado a lo alto de la escala, donde por segunda vez se adelgaza la montaa destinada a la purificacin de los que suben por ella. Tambin all la cie en derredor un rellano como el primero, slo que el arco de su circunferencia se repliega ms pronto: en l no hay esculturas ni nada parecido, y as el ribazo interior, como el camino presentan al desnudo el color lvido de la piedra. --Si esperamos aqu a alguien para preguntarle hacia qu lado hemos de seguir--deca el Poeta--, temo que tardaremos mucho en decidirnos. Dirigi luego la vista fijamente hacia el Sol; afirm en el pie derecho el centro de rotacin, e hizo girar su costado izquierdo. --Oh dulce luz, en quien confo al entrar por el nuevo camino! Condcenos--deca--como conviene ser conducido por este lugar. T das calor al mundo, t le iluminas: tus rayos, pues, deben servir siempre de gua, a menos que otra razn disponga lo contrario. Ya habamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa voluntad, un trayecto como el que ac se cuenta por una milla, cuando sentimos volar hacia nosotros, pero sin verlos, algunos espritus que, hablando, invitaban cortsmente a tomar asiento en la mesa de amor. La primera voz que pas volando deca distintamente: "Vinum non habent!" y se alej, repitindolo por detrs de nosotros. Antes que dejara de percibirse enteramente a causa de la distancia, pas otra gritando: "Yo soy Orestes;" y tampoco se detuvo. --Oh Padre!--dije yo--; qu voces son esas? Y mientras esto preguntaba, omos una tercera que deca: "Amad a los que os han hecho dao." El buen Maestro me contest: --En este crculo se castiga la culpa de la envidia; pero las cuerdas del azote son movidas por el amor. El freno de ese pecado debe producir diferente sonido; y creo que lo oirs, segn me parece, antes de que llegues al paso del perdn. Pero fija bien tus miradas a travs del aire, y vers algunas almas sentadas delante de nosotros, apoyndose todas a lo largo de la roca. Entonces abr los ojos ms que antes; mir hacia delante, y vi sombras con mantos, cuyo color no era diferente del de la piedra. Y luego que hubimos avanzado algo ms, o exclamar: "Mara, ruega por nosotros!" "Miguel, y Pedro, y todos los santos, rogad!" No creo que hoy exista en la Tierra un hombre tan duro, que no se sintiese movido de compasin hacia lo que vi en seguida; pues cuando llegu junto a las almas, y pude observar sus actos claramente, brot de mis ojos un gran dolor. Me parecan cubiertas de vil cilicio; cada cual sostena a otra con la espalda, y todas lo estaban a su vez por la roca, como los ciegos, a quienes falta la subsistencia, se colocan en los Perdones, y solicitan el socorro de sus necesidades, apoyando cada uno su cabeza sobre la del otro, para excitar ms pronto la compasin, no por medio de sus palabras, sino con su aspecto que no contrista menos. Y del mismo modo que el sol no llega hasta los ciegos, as tambin la luz del Cielo no quiere mostrarse a las sombras de que hablo; pues todas tienen sus prpados atravesados y cosidos por un alambre, como se hace con los gavilanes salvajes para domesticarlos. Mientras iba andando, me pareca inferir una ofensa, viendo a otros sin ser visto de ellos; por lo cual me volv hacia mi prudente Consejero. Bien saba l lo que quera significar mi silencio; as es que no esper mi pregunta, sino que me dijo: --Habla, y s breve y sensato. Virgilio caminaba a mi lado por aquella parte de la calzada desde donde se poda caer, pues no estaba resguardada por ningn pretil: hacia mi otro lado estaban las devotas sombras, las cuales lanzaban con tanta fuerza las lgrimas a travs de su horrible costura, que baaban con ellas sus mejillas. Me dirig a ellas y les dije: --Oh gente segura de ver la ms alta luz del cielo, nico fin a que aspira vuestro deseo! As la gracia disipe pronto las impurezas de vuestra conciencia, de tal suerte que descienda por ella puro y claro el ro de vuestra mente, decidme (que me ser muy dulce y grato) si entre vosotras hay algn alma que sea latina, a quien quiz podr serle til que yo la conozca. --Oh hermano mo!, todas nosotras somos ciudadanas de una verdadera ciudad; pero t querrs decir si hay alguna que haya peregrinado en vida por Italia. Estas palabras cre percibir en respuesta a las mas, algo ms adelante del sitio en que me encontraba; por lo cual me hice or de nuevo ms all. Entre las dems sombras vi una que pareca estar a la expectativa; y si alguien pregunta cmo poda insinuarse, le dir que levantando en alto la barba, como hacen los ciegos. --Espritu--le dije--, que te abates para subir, si eres aquel que me ha respondido, dame cuenta de tu pas y de tu nombre. --Yo fu sienesa--respondi--, y estoy aqu con estos otros purificando mi vida culpable, y suplicando con lgrimas a Aqul que debe concedrsenos. No fu sabia, por ms que me llamaran "Sapa," y me alegraron ms los males ajenos que mis propias venturas. Y porque no creas que te engao, oye si fu tan necia como te digo. Descenda ya por la pendiente de mis aos, cuando mis conciudadanos se encontraron cerca de Colle a la vista de sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo mismo que El quera. Fueron destrozados, y reducidos en aquel sitio al paso amargo de la fuga; y al ver aquella caza, tuve tal contento, que ningn otro puede igualrsele. Mientras tanto elevaba al cielo mi atrevida faz gritando a Dios: "Ahora ya no te temo," como hizo el mirlo engaado en invierno por algunos das apacibles. Hacia el fin de mi vida quise reconciliarme con Dios; y an no habra comenzado a pagar mi deuda por medio de la penitencia, si no fuera porque me tuvo presente en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiad de m, movido de su caridad. Pero quin eres t, que vas informndote de esa suerte de nuestra condicin, con los ojos libres, segn creo, y que hablas respirando? --Tambin estarn mis ojos cosidos aqu--le dije--, pero por poco tiempo; pues el delito que comet mirando con ellos envidiosamente ha sido pequeo. Mucho ms miedo infunde a mi alma el castigo de abajo; pues ya siento gravitar sobre m el peso de que van cargados los que all estn. Ella me pregunt: --Quin te ha conducido, pues, aqu arriba entre nosotros, si crees volver abajo? Contestle: --Ese que est conmigo y no pronuncia una palabra. Vivo estoy; por lo cual dime, espritu elegido, si quieres que all mueva en tu favor an los pies mortales. --Oh!, eso s que es una cosa nunca oda--repuso--, y una gran seal de que Dios te ama: rugote, por tanto, que me auxilies con tus oraciones; y te suplico por aquello que ms desees, que si vuelves a pisar la tierra de Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes. Los vers entre aquella gente vana, que confa en Talamone; y esa esperanza, ms descabellada que la de encontrar la Diana, los perder; pero los almirantes perdern ms an. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOCUARTO_ Quin es ese que gira en torno de nuestro monte, antes de que la muerte le haya hecho emprender su vuelo, y abre y cierra los ojos segn su voluntad? --Ignoro quin sea; pero s que no va solo: pregntale t que ests ms prximo a l, y acgele con dulzura, de modo que le hagas hablar. As razonaban a mi derecha dos espritus, apoyado uno contra otro: despus levantaron la cabeza para dirigirme la palabra, y dijo uno de ellos: --Oh alma que, encerrada an en tu cuerpo, te encaminas hacia el Cielo! Consulanos por caridad, y dinos de dnde vienes y quin eres; pues la gracia que de Dios has recibido nos causa el asombro que produce una cosa que no ha existido jams. Yo les contest: --Por en medio de la Toscana serpentea un riachuelo, que nace en Falterona, y al que no le bastan cien millas de curso: a orillas de este ro he recibido mi persona: deciros quin soy yo, sera hablar en vano, porque mi nombre an no es muy conocido. --Si he penetrado bien tu entendimiento con el mo--me respondi el que me haba preguntado--, hablas del Arno. Y el otro le dijo: --Por qu oculta el nombre de aquel ro, como se hace con una cosa horrible? Y la sombra a quien le preguntaban esto respondi como deba: --No lo s; pero es muy digno de desaparecer el nombre de tal valle; porque desde su origen (donde la alpestre cordillera de que est desprendido el Peloro es tan copiosa de aguas, que en pocos sitios lo ser ms) hasta el punto en que restituye lo que el cielo ha sacado del mar, a quien deben los ros el caudal que va con ellos, todos sus pobladores, enemistados con la virtud, la persiguen como a una serpiente, ya sea por desventura del pas, o ya por una mala costumbre que los arrastra; por lo cual tienen los habitantes de aquel msero valle tan pervertida su naturaleza, que parece que Circe los haya apacentado. Aquel ro lleva primero su dbil curso por entre sucios puercos, ms dignos de bellotas que de otro alimento condimentado para uso de los hombres. Llegando abajo, encuentra viles gozquecillos, ms rabiosos de lo que permite su fuerza, y a quienes tuerce con desdn el hocico. Va descendiendo, y cuanto ms acrecienta su caudal, tanto ms encuentra los perros convertidos en lobos la maldecida y desdichada fosa: bajando luego por entre profundas gargantas, tropieza con las engaosas zorras, que no temen lazo que pueda cogerlas. No he de dejar de decirlo, aunque haya quien me oiga; y le convendr a se, con tal que se acuerde de lo que un espritu de verdad me revela. Veo a tu sobrino, que se convierte en cazador cruel de aquellos lobos sobre la orilla del feroz ro, y a todos los atemoriza. Vende por dinero su carne, aun estando viva: despus los mata como si fuesen bueyes viejos, y quita a muchos la vida y a s mismo el honor. Ensangrentado sale de la triste selva, dejndola de tal modo, que de aqu a mil aos no volver a su estado primitivo[65]. [65] En los puercos, perros, lobos y zorras de que habla en este prrafo ha simbolizado Dante respectivamente a los casentinos, aretinos, gelfos florentinos y pisanos. El cazador a que se alude es Fulcieri da Calboli, que, siendo en 1302 potestad de Florencia, fu inducido por los Negros a perseguir a los Blancos, a muchos de los cuales puso por dinero en manos de sus enemigos. Como al anuncio de futuros males se turba el rostro del que lo escucha, venga de donde quiera el peligro que le amenace, as vi yo turbarse y entristecerse a la otra alma, que estaba vuelta escuchando, apenas hubo recapacitado aquellas palabras. El lenguaje de la una y el rostro de la otra excitaban en m el deseo de saber sus nombres: hceles entre ruegos esta pregunta; por lo cual, el espritu que antes me haba hablado repuso: --Quieres que yo condescienda en hacer por ti lo que t no quieres hacer por m; pero pues Dios permite que se trasluzca tanto su gracia en ti, no dejar de satisfacer tus deseos. Sabe, pues, que yo soy Guido del Duca: de tal modo abras la envidia mi sangre, que cuando vea un hombre feliz, hubieras podido contemplar la lividez de mi rostro. Por eso ahora siego la mies de mi simiente.--Oh raza humana!, por qu pones tu corazn en lo que requiere una posesin exclusiva? Este es Rinieri, honra y prez de la casa de Calboli, la cual no ha tenido despus ningn heredero de sus virtudes. Y no es slo su descendencia la que, entre el Po y los montes, el mar y el Reno, se encuentra hoy despojada de los bienes que entraan la verdad y subliman el nimo; pues dentro de esos lmites todo el terreno est cubierto de plantas venenosas, de tal modo que tarde podr volvrsele a meter en cultivo. Dnde est el buen Licio y Enrique Manardi, Pedro Traversaro y Guido de Carpigna? Oh, romaoles, raza bastardeada! Cundo nacer en Bolonia un nuevo Fabbro? Cundo en Faenza echar races otro Bernardino de Fosco, hermoso tronco salido de una insignificante semilla? No te asombres, Toscano, si ves que lloro al recordar a Guido de Prata, y a Ugolino de Azzo, que vivi entre nosotros; a Federico Tignoso y a todos los suyos; a la familia Traversara y los Anastagi, casas ambas que estn hoy desheredadas de la virtud de sus mayores: no te asombre mi duelo al recordar las damas y los caballeros, los afanes y agasajos que inspiraban amor y cortesa, all donde han llegado a ser tan depravados los corazones. Oh Brettinoro! por qu no desapareciste cuando tu antigua familia y muchos de tus habitantes huyeron por no ser culpables? Bien hace Bagnacaval en no reproducirse; y por el contrario, hace mal Castrocaro y peor Conio, que se empea en procrear tales condes. Los Pagani se portarn bien cuando huya el Demonio; pero no tanto que consigan dejar de s un recuerdo puro. Oh Ugolino de Fantoli!, tu nombre est bien seguro; pues no es de esperar que haya quien, degenerando, pueda obscurecerlo. Pero djame, oh Toscano!; que ahora me son ms gratas las lgrimas que las palabras: tanto es lo que me ha oprimido la mente nuestra conversacin. Sabamos que aquellas almas queridas nos oan andar; y pues que callaban, debamos estar seguros del camino que seguamos. Luego que andando nos encontramos solos, lleg directamente a nosotros una voz, que hendi el aire como un rayo, diciendo: "El que me encuentre debe darme la muerte;" y huy como el trueno que se aleja, cuando de pronto se desgarra la nube. Apenas cesamos de oirla, percibimos otra, la cual retumb con gran estrpito, semejante al trueno que sigue inmediatamente al relmpago: "Yo soy Aglauro, que me convert en piedra." Entonces, para unirme ms al Poeta, d un paso hacia atrs y no hacia adelante. Ya se haba calmado el aire por todas partes, cuando l me dijo: --Aquel fu el duro freno que debera contener al hombre en sus lmites; pero mordis tan fcilmente el cebo, que os atrae con su anzuelo el antiguo adversario, sirviendoos de poco el freno o el reclamo. El cielo os llama y gira en torno vuestro mostrndoos sus eternas bellezas, y sin embargo, vuestras miradas se dirijen hacia la Tierra; por lo cual os castiga Aqul que lo ve todo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOQUINTO_ Caminando ya el Sol hacia la noche, pareca quedarle por recorrer tanto espacio como el que media entre el principio del da y el punto donde aquel seala el trmino de la hora de tercia en la esfera, que, cual nio inquieto, se mueve continuamente: all era ya la tarde, y aqu media noche. Los rayos solares nos heran de lleno en el rostro, porque habamos dado tal vuelta en derredor de la montaa, que bamos directamente hacia el Ocaso; cuando sent que el resplandor deslumbraba mis ojos mucho ms que antes; y sindome desconocida la causa, me qued estupefacto: levant las manos, y me form con ellas una sombrilla encima de las cejas, que es el preservativo contra el exceso de luz. Como cuando en el agua o en un espejo rebota el rayo luminoso, elevndose al lado opuesto de idntica manera que desciende, y desvindose por ambas partes a igual distancia de la cada de la piedra, segn demuestran la experiencia y el arte, as me pareci ser herido por una luz que delante de m se reflejaba; por lo cual apart de ella presurosamente los ojos. --Qu es aquello, amado Padre, de que no puedo, por ms que haga, resguardar mi vista--dije--, y que parece venir hacia nosotros? --No te asombres si la familia del Cielo te deslumbra todava--me respondi--: es un mensajero que viene a invitar a un hombre a que suba. En breve, no slo podrs contemplar estas cosas sin molestia, sino que te sern tanto ms deleitables, cuanto ms dispuesta se halle tu naturaleza a sentirlas. Luego que llegamos cerca del Angel bendito, con agradable voz nos dijo: "Entrad por aqu a una escalera, que es menos empinada que las otras." Subamos ya, dejando en pos de nosotros aquel crculo, cuando omos cantar a nuestra espalda: "Beati misericordes" y "Regocjate t que vences." Mi maestro y yo ascendamos solos, y yo pensaba entretanto sacar provecho de sus palabras; por lo que, dirigindome a l, le pregunt: --Qu quiso decir el espritu de la Romana al hablar de lo que requiere una posesin exclusiva? Respondime: --Ahora conoce el dao que causa su principal pecado: as, pues, no debes admirarte si le condena, a fin de que haya menos que llorar por l; porque si vuestros deseos se cifran en bienes que puedan disminuirse dando a otros participacin en ellos, la envidia excita vuestros pulmones a suspirar; pero si el amor de la suprema esfera dirigiese hacia el Cielo vuestros deseos, no abrigarais tal temor en vuestro corazn; pues cuanto ms se dice all "lo nuestro," tanto mayor es el bien que posee cada cual, y mayor caridad arde en aquel recinto. --Menos contento estoy que si me hubiese callado--dije--; y ahora ofuscan ms dudas mi mente. Cmo puede ser que un bien distribudo entre muchos haga ms ricos a sus poseedores, que poseyndolo unos pocos? A lo que me contest: --Por fijar siempre tu pensamiento en las cosas terrenales deduces obscuridad y error de las claras verdades que te demuestro. Aquel bien infinito e inefable que est arriba, se lanza hacia el amor, como un rayo de luz a un cuerpo flgido, comunicndose tanto ms cuanto mayor es el ardor que encuentra; de modo que la eterna virtud crece sobre la caridad a medida que sta se aumenta; por lo cual, cuanto mayor nmero de almas se dirigen a l, tanto ms amor hay all arriba, y ms all se ama, reflejndose este amor de una a otra alma como la luz entre dos espejos. Si no te satisfacen mis razones, ya vers a Beatriz, y ella acallar por completo ese deseo y cualquier otro que tengas. Avanza, pues, para que pronto desaparezcan, como ya han desaparecido dos, esas cinco seales, que slo se borran por medio de lgrimas. Cuando iba a decir: "Me has dejado satisfecho," observ que habamos llegado al otro crculo; por lo cual, ocupado en pasear por l mis anhelantes miradas, guard silencio. All me pareci que era sbitamente arrebatado en xtasis, y que vea un templo con muchas personas, y una mujer a la entrada exclamando, en la dulce actitud de una madre: "Hijo mo, por qu has obrado as con nosotros? Tu Padre y yo te buscbamos angustiados." Cuando se call, desapareci lo que antes se me haba aparecido. Despus se ofreci a mi vista otra, por cuyas mejillas se deslizaba aquel agua que destila el dolor, cuando procede de un gran despecho contra otro; sta deca: "Si eres seor de la ciudad cuyo nombre origin tanta contienda entre los dioses, y en la que toda ciencia destella[66], vngate de los atrevidos brazos que abrazaron a nuestra hija, oh Pisstrato!" Y este seor bondadoso y clemente le responda con rostro sereno: "Qu haremos con el que nos quiere mal, si condenamos al que nos ama?" Despus vi a varios hombres abrasados por la ira, matando a pedradas a un joven[67], y dicindose a grandes gritos unos a otros: "Martirzale, martirzale!" Y le contemplaba encorvado hacia el suelo bajo el peso de la muerte que ya le derribaba; pero haciendo de sus ojos puertas para llegar al cielo, y rogando al Seor en medio de tal martirio y con aquel aspecto que excita a la piedad, que perdonase a sus perseguidores. Cuando mi alma volvi de fuera a las cosas que fuera de ella son verdaderas, reconoc mis errores que, sin embargo, no eran falsos. Mi Gua, que me vea hacer lo que un hombre que sale de un sueo, me dijo: --Qu tienes, que no puedes sostenerte? Has andado ms de media legua con los ojos cerrados y con paso vacilante, como el que est dominado por el vino o por el sueo. [66] El protomrtir San Esteban. [67] Atenas, por cuyo nombre trabaron gran contienda Neptuno y Minerva. --Oh amado Padre mo!--dije yo--; si me prestas atencin, te dir lo que se me ha aparecido cuando mis piernas vacilaban. Y l a su vez: --Aunque tuvieras cien mscaras que ocultaran tu rostro, adivinara yo hasta tus menores pensamientos. Lo que has visto te ha sido revelado para que no te excuses de abrir el corazn al agua de la paz, que mana de la fuente eterna. Te he preguntado "qu tienes?," no porque me dijeras lo que hace el que tiene los ojos entornados cuando se ha apoderado algn sopor de su cuerpo, sino para que tus pies recobrasen fuerzas: es preciso estimular as a los perezosos, demasiado lentos en emplear el tiempo de sus vigilias, cuando, una vez despiertos, recobran el imperio de su voluntad. Seguamos nuestro camino, cuando ya obscureca, mirando atentamente lo ms all que podan nuestros ojos por entre los luminosos rayos vespertinos, cuando vimos adelantarse poco a poco hacia nosotros una humareda obscura como la noche, sin que hubiese por all un sitio donde guarecerse de ella, y que nos priv del uso de la vista y del aire puro. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOSEXTO_ La obscuridad del Infierno, y la de la noche privada de todo planeta bajo un mezquino cielo, entenebrecido por las nubes hasta lo sumo, no echaran sobre mi vista un velo tan denso como aquel humo que all nos envolvi; siendo tal la sensacin de su punzante aspereza, que no podan los ojos permanecer abiertos; por lo cual, mi sabio y fiel Acompaante se acerc a m, ofrecindome su hombro. Como va el ciego detrs de su lazarillo para no extraviarse, ni tropezar en algo que le ofenda o acaso le origine la muerte, as caminaba yo a travs de aquel aire fosco y acre, atento a la voz de mi Gua, que nicamente iba diciendo: "Cuida de no separarte de m." Oa yo voces, cada una de las cuales pareca rogar a fin de obtener paz y misericordia del Cordero de Dios, que quita los pecados. El principio de su oracin era solamente "Agnus Dei;" todos pronunciaban estas palabras a un mismo tiempo y con tan igual tono, que pareca existir entre ellos una perfecta concordia. --Maestro--dije--; son espritus esos que oigo? --Lo has acertado--contest--; van desatando el nudo de la ira. --Quin eres t, que hiendes nuestro humo, y hablas de nosotros como si contaras an el tiempo por calendas? De esta suerte habl una voz; por lo cual el Maestro me dijo: Responde, y pregntale si por aqu se va arriba. Entonces dije yo: --Oh criatura, que te purificas para volver a presentarte hermosa ante Aqul que te hizo! Oirs cosas maravillosas si quieres seguirme. --Te seguir cuanto me est permitido--me contest--; y si el humo impide que nos veamos, el odo nos aproximar a falta de la vista. Empec, pues, de esta manera: --Me dirijo hacia arriba con la forma que la muerte desvanece, y he llegado hasta aqu a travs de las penas del Infierno. Y si Dios me ha acogido en su gracia de tal modo, que quiere que yo vea su corte por un medio tan distinto de lo usual, no me ocultes quin fuiste antes de morir, sino dmelo: dime tambin si voy bien por aqu hacia la subida, y tus palabras nos servirn de gua. --Fu lombardo, y me llam Marco: conoc el mundo; y am aquella virtud hacia la cual nadie dirige hoy su mira. Para llegar a lo alto, sigue en derechura por donde vas. As respondi, aadiendo despus: --Te suplico que ruegues por m cuando ests arriba. A lo que le contest: --Por mi fe te prometo que har lo que me pides; pero me veo envuelto en una duda, que no me es dado aclarar. Primeramente era sencilla, ms ahora se ha duplicado con tus palabras, que unidas a las que he odo en otra parte, me certifican un mismo hecho. El mundo est, pues, exhausto de toda virtud, como me indicas, y sembrado y cubierto de maldad; pero te ruego que me digas la causa, de modo que yo pueda verla y mostrarla a los dems; pues unos la hacen depender del cielo, y otros de aqu abajo. Antes de contestar exhal un profundo suspiro, que termin en un ay! doloroso, y despus dijo: --Hermano, el mundo es ciego, y se conoce que t vienes de l. Vosotros los vivos hacis estribar toda causa en el cielo, como si l imprimiera por necesidad su movimiento a todas las cosas. Si as fuese, quedara destrudo en vosotros el libre albedro, y no sera justo que se retribuyera el bien con goces y alegras, y el mal con llanto y luto. El cielo inicia vuestros movimientos: no quiero decir todos; pero, aunque as lo dijese, os ha dado luz para distinguir el bien y el mal. Os ha dado tambin el libre albedro, que aun cuando se fatigue luchando en los primeros combates con el cielo, despus lo vence todo, si persevera en el buen propsito. A mayor fuerza y a naturaleza mejor estis sometidos, sin dejar de ser libres; y ella crea vuestro espritu, que no est bajo el dominio del cielo. As pues, si el mundo se aparta del verdadero camino, vuestra es la culpa; que en vosotros debe buscarse, y ahora te lo probar con toda veracidad. Sale el alma de manos de su Creador, que la acaricia antes de que exista, semejante al nio que entre el llanto y la risa balbucea; y es entonces una simplecilla, que nada sabe, y solamente movida por el instinto de la felicidad, se inclina gustosa hacia lo que la contenta y regocija. Desde luego siente placer en los bienes ms mezquinos; pero en esto se engaa, y corre tras ellos, si no tiene gua o freno que tuerza su inclinacin. Por eso es necesario establecer leyes que sirvan de freno, y tener un rey que sepa discernir al menos la torre de la verdadera ciudad. Las leyes existen; pero quin se cuida de su cumplimiento? Nadie; porque el pastor que precede a las almas puede rumiar, pero no tiene la pezua hendida; por lo cual, viendo todo el rebao a su pastor cebarse nicamente en aquellos bienes de que l es tan codicioso, se apacienta de lo mismo y no pide ms. Bien puedes ver, por esto, que en el mal gobierno estriba la causa de que el mundo sea culpable, y no en que vuestra naturaleza est corrompida. Roma, que hizo bueno al mundo, sola tener dos soles, que hacan ver uno y otro camino, el del mundo y el de Dios. Uno de los dos soles ha obscurecido al otro, y la espada se ha unido al bculo pastoral: as juntos, por fuerza deben ir las cosas de mala manera; porque estando unidos, no se temen mutuamente. Si no me prestas crdito, pon mientes en la espiga; pues toda hierba se conoce por su semilla. En el pas que baan el Po y el Adigio sola encontrase valor y cortesa, antes de que Federico tuviese contiendas. Hoy, todo aquel que dejara de acercarse a aquellas provincias por vergenza de hablar con hombres probos, puede pasar por ellas, seguro de que no hallar ninguno. Bien es verdad que aun existen all tres ancianos, en quienes la edad antigua reprende a la moderna, y les parece que Dios tarda en llamarlos a mejor vida: son stos Conrado de Palazzo, el buen Gerardo, y Guido de Castel, a quien mejor le llaman al estilo francs el lombardo sencillo. En el da la Iglesia de Roma, para confundir en s dos gobiernos, cae en el lodo ensucindose a s misma y a su carga. --Oh Marco mo!--dije yo--; razonas bien: y ahora comprendo por qu fueron excludos de heredar los hijos de Lev. Pero qu Gerardo es se a quien tienes por un sabio, ese resto de una raza extinguida, que es un reproche para este siglo salvaje? --O tus palabras me engaan, o me tientan--respondime--; porque, a pesar de hablarme en toscano, parece que no sepas nada del buen Gerardo. Yo no le conozco ningn sobrenombre, a no ser que lo tome de su hija Gaya. Dios sea con vosotros, que no puedo seguiros ms. Mira el albor que ya clarea, brillando a travs del humo: me es preciso partir antes de que aparezca el Angel que est all. As dijo, y no quiso escuchar ms. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOSEPTIMO_ Lector, si alguna vez te ha sorprendido la niebla en los Alpes, de modo que no vieses a travs de ella sino como el topo a travs de la membrana que cubre sus ojos, recuerda cun dbilmente penetra el globo solar por entre los hmedos y densos vapores, cuando stos empiezan a enrarecerse, y tu imaginacin podr fcilmente figurarse cmo volv yo a ver el Sol, que estaba ya prximo a su ocaso. As pues, caminando al igual de mi fiel Maestro, salimos fuera de la nube de humo a los rayos luminosos, que ya se haban extinguido en la falda de la montaa. Oh fantasa, que de tal modo nos arrebatas a veces fuera de nosotros mismos, que nada siente el hombre aunque suenen mil trompetas en torno suyo! Quin te anima cuando no recibes impresin alguna de los sentidos? sin duda te anima una luz que se forma en el cielo, y que desciende por s misma, o por la voluntad divina que nos la enva. En mi imaginacin aparecieron las huellas de la impiedad de aqulla, que se transform en el pjaro que ms se deleita cantando. Entonces mi espritu se reconcentr tanto en s mismo, que no llegaba hasta l ninguna cosa exterior. Despus descendi a mi exaltada fantasa la imagen desdeosa y fiera de un crucificado, a quien vea morir de aquel modo. Junto a l estaban el grande Asuero, Esther su esposa, y el justo Mardoqueo, que fu tan recto en sus obras y en sus palabras. Cuando se desvaneci por s misma aquella visin, como una burbuja a la que falta el agua de que estaba formada, surgi a mi imaginacin una doncella que, llorando desconsolada, deca: "Oh Reina!, por qu tu clera te redujo a la nada? Te has dado muerte por no perder a Lavinia: sin embargo, me has perdido; y yo soy la que lloro, madre, tu prdida antes que la de otro." As como se interrumpe el sueo, cuando una nueva luz hiere de improviso nuestros ojos cerrados, y aunque interrumpido se agita antes de morir enteramente, as terminaron mis visiones tan pronto como me di en el rostro una claridad mucho mayor de la que estamos acostumbrados a ver. Me volv a uno y otro lado para examinar el sitio en que me encontraba, cuando o una voz que deca: "Por aqu se sube." Aquella voz hizo que me olvidase de todo, y despert en m tan vivo deseo de mirar quin era el que hablaba, que no habra descansado hasta averiguarlo; pero me falt all la facultad de ver, como sucede cuando el Sol nos deslumbra y se vela a nuestros ojos con el esplendor de sus rayos. --Este--me dijo mi Maestro--es un espritu divino, que se oculta en su propia luz, y que nos indica la va para ir arriba, sin que se lo roguemos. Hace con nosotros lo que el hombre consigo mismo; pues el que ve una necesidad, y aguarda que le supliquen, ya se prepara malignamente a rehusar todo socorro. Ahora nuestros pies deben aprestarse a obedecer tan corts invitacin: apresurmonos, pues, a subir antes que obscurezca, porque despus no podramos hacerlo hasta la nueva aurora. As dijo mi Gua, y ambos dirigimos nuestros pasos hacia una escalera: en cuanto estuve en la primera grada, sent junto a m como un movimiento de alas, que aventaba mi rostro, y o decir: "Beati pacifici," que carecen de pecaminosa ira. Estaban ya tan elevados sobre nosotros los ltimos rayos a quienes sigue la noche, que las estrellas aparecan por muchas partes. "Oh valor mo!, por qu as me abandonas?," deca yo entre m, sintiendo que me flaqueaban las piernas. Nos encontrbamos donde conclua la escalera, y estbamos parados, como la nave que llega a la playa: escuch un momento por si oa algo en el nuevo crculo; y despus, dirigindome hacia mi Maestro, le dije: --Dulce Padre mo, qu ofensa se purifica en el crculo en que estamos? Ya que se detienen nuestros pies, no detengas tus palabras. Me contest: --El amor del bien, que no ha cumplido su deber, aqu se reintegra: aqu se castiga al tardo remero. Para que lo entiendas ms claramente, dirige tu pensamiento hacia m, y recogers algn buen fruto de nuestra detencin. Hijo mo--empez a decir--, ni el Creador, ni criatura alguna carecieron jams de amor, bien sea natural o racional, segn te consta. El natural no se equivoc nunca: el otro puede errar, por dirigirse a un mal objeto, por exceso o por falta de fervor. Mientras se dirige a los principales bienes, y se modera en su afecto a los secundarios, no puede ser causa de censurable deleite; pero cuando se inclina al mal, o se lanza al bien con mayor o menor solicitud de la que debe, entonces la criatura se vuelve contra su Creador. De aqu puedes deducir que el amor es en vosotros la semilla de toda virtud, y de toda accin que merezca castigo. Ahora bien, como el amor no puede nunca renunciar a la dicha del sujeto en quien reside, todas las cosas estn preservadas de su propio odio; y como no se concibe que ningn ser creado pueda existir por s solo, ni separado del Sr primero, es imposible todo sentimiento que tienda a odiar a ste. Resulta, pues, si mi deduccin es lgica, que el mal que se desea es contra el prjimo; y este amor nace de tres modos en vuestro frgil barro. Hay quien espera elevarse sobre la ruina de su vecino, y slo por esto desea que se derrumbe desde la altura de su grandeza; hay quien teme perder mando, gracia, honor y fama ante la elevacin de otro, y esto le causa tal disgusto, que anhela lo contrario; y en fin, hay quien, por haber recibido alguna injuria, se irrita de tal suerte, que arde en sed de venganza, y nicamente piensa en hacer dao a su contrario. Este triforme amor es el que hemos visto llorar en los crculos inferiores. Ahora quiero que conozcas el otro amor que corre al bien sin orden ni medida. Cada cual concibe confusamente y desea un bien en el que se recrea el alma; y por eso se esfuerzan todos para alcanzarlo. Si vuestro amor es lento en dirigirse o en adquirir aquel bien, este crculo os da el debido castigo, aun despus de vuestro arrepentimiento en vida. Existe otro bien que no hace al hombre dichoso: no es la felicidad, no es la buena esencia, el fruto y la raz de todo bien. El amor que se entrega demasiado a ese bien, se castiga en los tres crculos superiores a ste; pero no te dir el modo cmo est hecha esta divisin, a fin de que t lo averiges. [Ilustracin] _CANTO DECIMOCTAVO_ El gran doctor haba terminado su razonamiento, y miraba atentamente a mi ojos para ver si me dejaba satisfecho; y yo, que me senta excitado por una nueva sed, callaba exteriormente, pero deca en mi interior: "Quiz le cansen mis numerosas preguntas." Mas aquel Padre veraz, que adivin el tmido deseo que no me atreva a descubrir, hablando, me di aliento para hablar; por lo que le dije: --Maestro, mi vista se aviva de tal modo con tu luz, que discierne claramente cuanto tu razn abarca o describe: por eso te ruego, dulce y querido Padre, que me definas el Amor al que atribuyes toda buena y mala accin. --Dirige hacia m--me dijo--las penetrantes miradas de tu inteligencia y te ser manifiesto el error de los ciegos que se convierten en guas. El alma, que ha sido creada con predisposicin al amor, se lanza hacia todo lo agradable, tan pronto como es incitada por el placer a ponerse en accin. Vuestra facultad aprehensiva recibe la imagen o la especie de un objeto exterior, y la desenvuelve dentro de vosotros, de tal modo que induce a vuestro nimo a dirigirse hacia dicho objeto; y si al hacerlo se abandona a l, ese abandono es amor, y ese amor es la naturaleza que de nuevo se une a vosotros, por efecto del placer. Despus, as como el fuego se dirige hacia lo alto, a causa de su forma, que ha sido hecha para subir all donde ms se conserva en su materia primitiva, as tambin el alma apasionada se entrega al deseo, que es el movimiento espiritual, y no sosiega hasta que goza de la cosa amada. Por lo dicho puedes comprender cunto se oculta la verdad a los que afirman que todo amor tiene en s algo de laudable, quiz porque creen que su materia es siempre buena; pero no todos los sellos estampados en cera son buenos, por ms que la cera lo sea. --Tus palabras y mi inteligencia que las ha seguido--le respond--, me han descubierto lo que es el amor: pero eso mismo me ha llenado de nuevas dudas; porque si el amor nace en nosotros por efecto de las cosas exteriores, sin que el alma proceda de otro modo, sta no tendr ningn mrito en seguir un camino recto o tortuoso. Respondime: --Puedo decirte todo cuanto en ello ve nuestra razn: respecto a lo dems, espera llegar hasta Beatriz, porque esto es materia de fe. Toda forma substancial, que es distinta de la materia, y que sin embargo est unida a ella, contiene una virtud que le es particular; la cual, sin las obras, no se siente, ni se demuestra sino por los efectos, como la vida de la planta por su verde follaje. El hombre ignora de dnde proceden el conocimiento de las ideas primarias y el afecto a las cosas que primeramente apetece, los cuales existen en vosotros como en las abejas la inclinacin a fabricar miel: en estos primeros deseos no cabe alabanza ni censura. Mas por cuanto a ellos se agregan todos los dems deseos, es innata en vosotros la virtud que aconseja, y que debe custodiar los umbrales del consentimiento. Ella es el principio de donde sacis la ocasin de contraer mritos, segn que acoge o rechaza los buenos o los malos amores. Los que razonando llegaron al fondo de las cosas, han reconocido esa libertad innata, y han dejado al mundo doctrinas morales. Supongamos, pues, que nazca por fuerza necesaria todo amor que se enciende en vosotros; siempre tenis la potestad de contenerlo. Esa noble virtud es lo que Beatriz entiende por libre albedro; y debes procurar tenerlo presente, si acaso te habla de ello. La Luna, que sali tarde y casi a media noche, haca que nos parecieran ms escasas las estrellas: semejante a un caldero encendido, corra contra el cielo por aquel camino que inflama el Sol cuando el habitante de Roma le ve caer entre Crcega y Cerdea; y la Sombra gentil, por quien Pitola goza de ms fama que la ciudad de Mantua, se hallaba descargada del peso de mis preguntas: por lo cual yo, que haba recibido claras y slidas razones con respecto a todas ellas, estaba como el hombre que sorprendido por el sueo no piensa en nada. Pero esta soolencia me fu desvanecida de improviso por mucha gente que avanzaba ya detrs de nosotros; y as como en otro tiempo el Ismeno y el Asopo vieron correr de noche por sus orillas una muchedumbre furiosa de tebanos para tener propicio a Baco, as avanzaban por aquel crculo, segn pude ver, los que eran estimulados por una buena voluntad y un justo amor. En breve llegaron hasta nosotros; porque toda aquella gran turba vena corriendo, y los dos de delante gritaban llorando: "Mara se dirigi con suma celeridad a la montaa; y Csar, por subyugar a Ilerda, vol a Marsella, y despus pas a Espaa." "Pronto, pronto, exclamaban otros en pos de ellos; que el tiempo no se pierda por poco amor, a fin de que el anhelo de las buenas obras haga reverdecer la gracia." --Oh almas, en quienes un fervor ardiente compensa ahora quiz la negligencia y la tardanza, que por tibieza empleasteis para el bien! Este, que vive an (y no os engao), quiere ir all arriba en cuanto el Sol brille de nuevo: decidnos, pues, dnde est la subida. Tales fueron las palabras de mi Gua; y uno de aquellos espritus dijo: --Ven tras de nosotros, y la encontrars. Estamos tan deseosos de avanzar, que no podemos detenernos: perdona, pues, si lo que hacemos por justo castigo te parece una descortesa. Yo fu abad en San Zenn de Verona, durante el imperio del buen Barbarroja, de quien todava se lamenta Miln. Hay quien tiene ya un pie en la fosa, que pronto llorar por aquel monasterio, entristecindole el poder que all tuvo; porque en lugar de su verdadero pastor, ha puesto en l a un hijo suyo, malo de cuerpo, peor an del espritu, y nacido de mal consorcio. No s si dijo ms, o si se call; tan lejos se encontraba ya de nosotros; pero esto es lo que o, y me pareci bien retenerlo en la memoria. Y aqul que era el socorro de todas mis necesidades dijo: --Vulvete hacia aqu; mira dos que vienen mordiendo a la Pereza. Estos iban diciendo detrs de todos: "La nacin por quien se abri el mar, muri antes de que sus descendientes viesen el Jordn;[68] y aquella gente que no quiso compartir hasta el fin las fatigas del hijo de Anquises, se ofreci por s misma a una vida sin gloria."[69] [68] El pueblo hebreo. [69] Los troyanos. En seguida, cuando aquellas sombras se alejaron tanto de nosotros, que ya no podamos verlas, me asalt una nueva idea, de la que nacieron otras varias; y mi imaginacin empez a divagar de tal modo de una a otra, que por alucinacin cerr los ojos, y mi pensamiento se troc pronto en sueo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMONONO_ A la hora en que el calor del da, vencido por la tierra y por Saturno acaso, no puede ya templar el fro de la Luna; cuando los geomnticos ven, antes del alba, elevarse en Oriente "su mayor fortuna"[70] por aquel camino que para ella permanece poco tiempo obscuro, se me apareci en sueos una mujer tartamuda, bizca, con los pies torcidos, manca y de amarillento color. Yo la miraba; y as como el Sol reanima los miembros entorpecidos por el fro de la noche, de igual suerte mi mirada haca expedita su lengua, y ergua su cuerpo en poco tiempo, colorndole el marchito rostro, como requiere el amor. Cuando tuvo la lengua suelta, empez a cantar de tal modo, que con trabajo hubiera podido separar mi atencin de ella. "Yo soy, cantaba, yo soy dulce Sirena, que distraigo a los marineros en medio del mar; tanto es el placer que hago sentir. Con mi canto apart a Ulises de su camino inseguro; y el que conmigo se aviene, rara vez se va; de tal modo le fascino." Aun no se haba cerrado su boca, cuando apareci a mi lado una mujer santa, pronta a confundirla: "Oh Virgilio, Virgilio! Quin es sa?," deca con altivez; y l se acercaba con los ojos fijos solamente en aquella honesta mujer. Cogi a la otra, y desgarrando sus vestiduras, la descubri por delante y me mostr su vientre. La pestilencia que de l sala me despert. Volv los ojos y el buen Virgilio me dijo: Lo menos te he llamado tres veces: levntate y ven; busquemos la abertura por donde has de entrar. [70] Los geomnticos solan trazar figuras de puntos hechos a la ventura, y cuando resultaba una parecida a la de las estrellas que forman lo ltimo del signo Acuario y el principio del de Piscis, la llamaban su mayor fortuna. Me levant: todos los crculos del sagrado monte estaban ya inundados por la luz del da, y continuamos caminando teniendo el Sol a nuestra espalda. Mientras le segua, llevaba yo la frente como aquel a quien abruman los pensamientos, que de s mismo hace un arco de puente, cuando o decir: "Venid, por aqu se pasa." Estas palabras fueron pronunciadas con un tono suave y benigno, como no se oye en esta regin mortal. Con las alas abiertas, que parecan de cisne, el que nos haba hablado as nos dirigi hacia arriba por entre las dos laderas del spero peasco. Movi despus sus plumas, y avent mi frente, afirmando que son bienaventurados "qui lugent," porque sus almas sern ricas de consuelo. --Qu tienes, que slo miras hacia el suelo?--me pregunt mi Gua, cuando estuvimos poco ms arriba del Angel. Y yo le contest: --Me hace ir de este modo, suspenso y caviloso, una visin reciente, la cual me atrae hacia s, de suerte que no puedo eximirme de pensar en ella. --Has visto--me dijo--la antigua hechicera, causante nica del llanto que ms arriba de donde estamos se vierte? Has visto cmo el hombre puede desprenderse de ella? Bstete, pues, eso, y apresura el paso; vuelve tus ojos al reclamo de las magnficas esferas, que hace girar el Rey eterno. Como el halcn, que, mirando primero a sus pies, acude al grito del cazador y tiende el vuelo, atrado por el deseo de la presa, lo mismo hice yo, recorriendo la hendedura de la roca destinada a dar paso a los que suben, sin detenerme hasta llegar al punto donde se camina en redondo. Cuando hube salido al quinto crculo, vi algunas almas, que lloraban tendidas en el suelo boca abajo; y las o exclamar con tan fuertes suspiros, que apenas se entendan las palabras: "Adhsit pavimento anima mea."[71] [71] Palabras del salmo CXVIII, con las que aquellas almas expresan el apego que tuvieron a los cosas terrenas. --Oh elegidos de Dios, cuyos padecimientos son suavizados por la resignacin y la esperanza! Dirigidnos hacia las altas gradas. --Si vens libres de yacer aqu con nosotros, y queris encontrar ms pronto la subida, caminad siempre llevando vuestra derecha hacia fuera del crculo. Tal fu la splica del Poeta, y tal la contestacin que le dieron algo ms adelante de nosotros; pudiendo yo conocer por el sonido de las palabras cul era el que haba hablado: volv entonces los ojos hacia mi Seor, quien con un gesto complaciente consinti en lo que peda la expresin de mi deseo. Cuando pude obrar a mi gusto, me acerqu a aquella criatura, que haba llamado mi atencin con sus palabras, dicindole: --Espritu, en quien el llanto madura la expiacin, sin la cual no se puede llegar hasta Dios, suspende un momento por m tu mayor cuidado. Dime quin fuiste, y por qu tenis todos la espalda vuelta hacia arriba, y si quieres que pida por ti alguna cosa en el mundo de donde sal vivo. Me respondi: --Sabrs por qu ordena el Cielo que tengamos la espalda vuelta hacia l; pero antes "scias quod ego fui successor Petri."[72] Entre Sesti y Chiavari se interna un hermoso ro, de cuyo nombre toma origen el ttulo de mi sangre. Un mes y poco ms pude experimentar cun pesado es el gran manto al que lo preserva del lodo; pues cualquier otra carga parece una pluma. Mi conversin ay de m! fu tarda; pero cuando fu elegido Pastor romano, conoc lo engaosa que es la vida. Vi que ni aun all reposaba el corazn, no siendo posible subir a ms altura en aquella vida mortal: as es que me inflam el amor de la eterna. Hasta entonces fu una alma miserable, alejada de Dios, y completamente avara, por lo cual sufro el castigo que ves. Lo que hace la avaricia, se manifiesta aqu con la pena que sufren las almas echadas boca abajo; pena mas amarga que ninguna otra. As como nuestros ojos, fijos en las cosas terrenales, no miraron nunca hacia arriba, del mismo modo la justicia los sumerge aqu en el suelo. As como la avaricia extingui en nosotros el amor hacia todo verdadero bien, por lo cual fueron vanas nuestras obras, as tambin la justicia nos tiene aqu oprimidos, atados de pies y manos, e inmviles y extendidos mientras plazca al justo Seor. [72] "Sabe que yo fu sucesor de Pedro." Este es Ottobon de Fieschi, conde de Lavagna, pontfice con el nombre de Adriano V, que rein un mes y nueve das: muri en 1276. Yo me haba arrodillado, y quise hablar; pero cuando empezaba, el espritu advirti, con slo escuchar, este acto de reverencia, y me dijo: --Por qu te inclinas al suelo de ese modo? Le contest: --Mi recta conciencia me obliga a respetar vuestra dignidad. --Endereza tus piernas, y levntate, hermano--repuso--; no te engaes: como t y los dems, soy servidor de la misma potestad. Si has podido comprender aquellas palabras evanglicas que dicen "neque nubent," bien puedes ver por qu hablo as. Vte ya: no quiero que te detengas por ms tiempo; que tu permanencia aqu da treguas a mi llanto, con el que acelero lo que t has dicho antes. Tengo all abajo una sobrina, que se llama Alagia, naturalmente buena, a no ser que nuestra casa la haya pervertido con su ejemplo. Ella sola me queda ya en el mundo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMO_ Mal resiste un deseo contra otro mejor: por esto, para complacer a aquel espritu, retir del agua, contra mi gusto, la esponja de la curiosidad no saturada. Pseme en marcha, y mi Gua se encamin por los nicos parajes que haba expeditos a lo largo de la escarpa del monte, andando como quien va por una muralla pegado a los merlones; porque aquellas almas que vierten gota a gota por sus ojos el mal que se apodera del mundo entero, se acercan demasiado de la otra parte hacia fuera. Maldita seas, antigua loba, que con tu hambre profunda e insaciable haces ms presas que todas las dems fieras! Oh Cielo, en cuyas revoluciones ven algunos la causa de los cambios que sufren las cosas y las condiciones humanas!, cundo vendr el que haga hur a esa loba? Ibamos caminando con pasos lentos y contados, y yo pona toda mi atencin en las sombras, escuchndolas piadosamente llorar y lamentarse; cuando por ventura o exclamar con dolorida voz, semejante a la de una mujer prxima a su alumbramiento: "Dulce Mara!" Y en seguida: "Fuiste tan pobre como se puede ver por aquel establo donde depusiste tu santo fruto." A continuacin o: "Oh buen Fabricio!, preferiste ser pobre y virtuoso, antes que poseer grandes riquezas cayendo en el vicio." Estas palabras me eran tan agradables, que me adelant para conocer el espritu de quien al parecer procedan. Este segua hablando de los donativos que hizo Nicols a las doncellas para conducir su juventud por la senda del honor.[73] [73] San Nicols, obispo de Mira, dot a tres doncellas que a causa de su pobreza se vean en peligro de llevar una vida deshonesta. --Oh alma, que recuerdas tan benficas acciones! Dime quin fuiste--le pregunt--, y por qu eres la nica que reitera esas dignas alabanzas. Tus palabras no quedarn sin recompensa, si vuelvo al mundo para concluir el corto camino de aquella vida que vuela a su trmino. --Te lo dir--me contest--, no porque espere consuelo alguno que proceda de all, sino porque brilla en ti tanta gracia antes de haber muerto. Yo fu raz de la mala planta que arroja hoy sobre toda la tierra cristiana tan nociva sombra que apenas se coge en ella ningn fruto bueno. Pero si Douay, Gante, Lilla, y Brujas pudieran, pronto tomaran venganza; y yo se la pido a Aqul que lo juzga todo. En el mundo me llam Hugo Capeto: de m descienden los Felipes y los Luises, que en estos ltimos tiempos rigen la Francia. Hijo fu de un carnicero de Pars. Cuando faltaron los antiguos reyes, salvo uno que se revisti de paos grises, empu las riendas del gobierno del reino, y en mi nueva posicin adquir tal poder y tantos amigos, que la corona vacante fu colocada en la cabeza de mi hijo, en quien comienza la estirpe consagrada de los nuevos reyes. Mientras la gran adquisicin de los Estados provenzales no quit la vergenza a mi familia, sta vali poco, mas en cambio no hizo dao; pero all di principio a sus rapias, empleando la fuerza y la mentira: luego, para enmendarse, usurp el Ponthieu, la Normanda y la Gascua. Carlos fu a Italia, y para enmendarse, hizo una vctima de Conradino, y despus envi al Cielo a Toms, tambin para enmendarse. Veo un tiempo, no muy lejano, en que saldr de Francia otro Carlos, para darse a conocer mejor a s mismo y a los suyos.[74] Sale de ella sin armas, y slo con la lanza con que luch Judas; y la maneja de modo que abre con ella y vaca el vientre de Florencia. En esta ocasin no adquirir comarcas, sino pecados y oprobio, tanto ms gravosos para l, cuanto ms leve le parezca semejante dao. Veo al otro que ya sali, y cay prisionero en un bajel, vender a su hija regateando el precio, como hacen los corsarios con sus esclavas. Oh avaricia! Qu ms puedes hacer, cuando te has apoderado de mi estirpe, tanto que no se cuida de su propia carne? Y a fin de que parezca menor el mal futuro y el pasado, veo a la flor de Lis entrar en Alagna, y a Cristo prisionero en la persona de su vicario, vole otra vez entregado al ludibrio, veo renovar la hiel y vinagre, y le veo morir entre otros dos ladrones. Veo tan cruel al nuevo Pilatos, que no le basta eso, y sin dictar sentencia, lleva hasta el templo sus codiciosos deseos. Oh Seor mo! Cundo tendr la dicha de contemplar la venganza que, oculta en tus arcanos, te hace agradable tu ira? En cuanto a lo que yo deca de la nica Esposa del Espritu Santo, lo cual hizo que te volvieses hacia m para obtener alguna explicacin, te dir que esto forma parte de nuestras oraciones durante el da; mas luego que anochece, recitamos en su lugar ejemplos contrarios. Entonces recordamos a Pigmalin, a quien su pasin por el oro hizo traidor, ladrn y parricida; y la miseria del avaro Midas, consecuencia de su peticin desmesurada, que ser siempre motivo de burla. Recurdese tambin al insensato Acham, y cmo rob los despojos del enemigo, de suerte que aun aqu parece que le persiga la ira de Josu. Despus acusamos a Safira y a su marido; alabamos los pies que pisotearon a Eliodoro, y por todo el monte circula infamado el nombre de Polinstor, que mat a Polidoro. Por ltimo, gritamos: "Oh Craso! Dinos, pues no lo ignoras, qu sabor tiene el oro." A veces hablamos unos en alta voz, otros en voz baja, segn la afeccin que a ello nos estimula con ms o menos fuerza. Por lo dems, no era yo slo quien antes recordaba los buenos ejemplos de que nos ocupamos durante el da; pero no haba cerca de aqu otro que levantara la voz. [74] Carlos de Valois. El destierro de Dante provino principalmente de la ida de este prncipe a Florencia, enviado por el papa Bonifacio VIII en calidad de mediador entre los dos partidos en que estaba dividida la ciudad. Nos habamos separado ya de aquel espritu, y procurbamos avanzar por el camino cuanto nos era posible, cuando sent retemblar el monte como si se hundiera; por lo cual me sobrecogi un fro, slo comparable al que siente aquel que va a morir. No se estremeci en verdad tan fuertemente Delos, antes que Latona anidase en ella para dar a luz los dos ojos del Cielo.[75] Despus reson por todos los mbitos de la montaa tal grito, que el Maestro se acerc a m diciendo: --No vaciles, mientras yo te gue. [75] Cuntase que la isla de Delos, en el Archipilago, temblaba y se mova, hasta que Latona, refugindose en ella, di a luz a Apolo y Diana, representados por la Mitologa en el Sol y la Luna, que Dante llama aqu los dos ojos del Cielo. "Gloria in excelsis Deo," decan todos, segn comprend por las voces que salan de los puntos cercanos, desde donde era posible oirlas. Nos quedamos inmviles y suspensos, como los pastores que por primera vez oyeron aquel canto, hasta que ces el temblor, y acab el himno. Emprendimos nuevamente nuestro santo camino, mirando las sombras que yacan por el suelo vueltas boca abajo y exhalando su acostumbrado llanto. Si la memoria no me es infiel, jams la ignorancia de una cosa incit con tanto empeo mi deseo de saber, como entonces, pensando en lo ocurrido: y como, por la premura de nuestra marcha, no me atrev a preguntar, ni por m mismo poda comprender nada, caminaba tmido y pensativo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOPRIMERO_ Me atormentaba la sed natural, que no se sacia nunca sino con aquella agua que pidi como gracia la joven samaritana; excitbame la prisa de seguir a mi jefe por el obstrudo sendero, y me afliga el espectculo del justo castigo. En esto, segn refiere Lucas que se apareci Cristo a dos hombres en el camino, despus de haber salido del sepulcro, as se nos apareci una sombra, que vena en pos de nosotros mirando a sus plantas las almas tendidas: aun no habamos reparado en ella, cuando nos dirigi la palabra dicindonos: --Hermanos mos, la paz de Dios sea con vosotros. Nos volvimos presurosamente, y Virgilio le hizo la demostracin que convena a aquel saludo. Despus le dijo: --Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de verdad que me relega a un destierro perpetuo! --Cmo!--exclam el espritu--; pues por qu vais tan de prisa, si sois sombras que Dios no se digna admitir all arriba? Quien os ha guiado hasta aqu por su escala? Mi Doctor contest: --Si miras las seales que lleva ste y trazas al Angel, podrs ver que tiene el derecho de reinar con los buenos; pero como aquella que hila de noche y de da no haba terminado an la husada que le corresponde, y que Cloto prepara e impone a cada uno de nosotros, su alma, que es hermana tuya y ma, viniendo aqu, no poda venir sola, porque no puede ver como nosotros. Por esta razn fu yo sacado de la vasta garganta del Infierno para ensearle el camino, y se lo ensear hasta donde mi ciencia pueda guiarle. Pero dime, si es que lo sabes, por qu di antes el monte tales sacudidas, y por qu hasta en sus hmedos fundamentos parecan gritar a la vez todas las almas? Haciendo esta pregunta, Virgilio acert como en una aguja con el ojo de mi deseo, de tal suerte, que bast la esperanza para mitigar mi sed de saber. Aqul empez de esta manera: --Nada sucede en la religiosa montaa, que est fuera del orden o del uso establecido. Este sitio est libre de toda conmocin; y la que habis sentido slo puede proceder de aquello que el Cielo recibe digno de s mismo, y no de otra causa. Porque no llueve, ni graniza, ni nieva, ni cae escarcha ni roco ms ac de la puerta de las tres pequeas gradas. No aparecen nubes densas ni enrarecidas, ni se ven relmpagos, ni a la hija de Taumante, que all abajo cambia con frecuencia de sitio. No hay seco vapor, que se eleve a mayor altura de la de aquellas tres gradas de que he hablado, donde tiene sus plantas el vicario de Pedro. Quiz temblar el monte poco o mucho ms abajo de all; pero por ms viento que se esconda en la tierra, no s en qu consiste que aqu no ha temblado nunca. Unicamente se estremece cuando algn alma, sintindose purificada, se levanta o se mueve para subir, acompandola aquel cntico. La prueba de la purificacin es la voluntad que excita al alma, libre ya, a mudar de sitio, ayudndole en su mismo deseo. No por eso deja de sentir antes de tiempo el anhelo ineficaz de subir al cielo, pero sin que tampoco la abandone el de satisfacer a la justicia divina, pues sta le impone por el castigo el mismo afn que tuvo por el pecado. Yo, que he yacido en esta mansin de dolor ms de quinientos aos, no he tenido hasta este momento la libre voluntad de pasar a otra mejor: por eso has sentido el terremoto, y a los piadosos espritus alabando por la montaa a aquel Seor, que los admitir pronto en su seno. As habl; y como el hombre goza tanto ms en beber, cuanta mayor sed tiene, no sabr decir el contento que me di. Mi sabio Gua le dijo: --Ahora veo la red en que estis prendidos, y de qu manera os libris de ella; la causa del temblor del monte y la de que os congratulis. Hazme saber ahora, si lo tienes a bien, quin fuiste, y por qu has estado tendido durante tantos siglos: permteme que lo deduzca de tus palabras. --En aquel tiempo en que el buen Tito, con la ayuda del supremo Rey, veng las heridas por donde sali la sangre que haba vendido Judas--respondi aquel espritu--, estaba yo all abajo llevando el nombre que ms dura y honra ms, bastante famoso, pero todava sin fe. Fu tan dulce mi canto, que, a pesar de ser tolosano, me atrajo a s Roma, donde merec que coronaran de mirto mis sienes. Aun me llama Estacio la gente que all vive: cant a Tebas, y despus al gran Aquiles; pero ca en el camino llevando mi segunda carga. Encendieron mi ardor las chispas de la divina llama que han inflamado a ms de mil. Hablo de la "Eneida," la cual fu mi madre y mi nodriza en poesa: nada escrib sin ella que tuviera el menor peso; y pasara gustoso un ao ms en este destierro, con tal de haber vivido en el mundo cuando vivi Virgilio. Estas palabras hicieron que Virgilio se volviera hacia m, con un ademn, que tcitamente deca: "Cllate;" pero la voluntad no lo puede todo; porque la risa y el llanto siguen de tal modo a la pasin de que proceden, que en los hombres ms sinceros se manifiestan sin querer: as es que yo me sonre, como quien muestra estar en inteligencia con otro; por lo cual la sombra se call, y me mir a los ojos, que es donde ms se refleja el pensamiento. --Ah! Ojal puedas llevar a buen trmino tu grande obra!--dijo--; ms por qu tu rostro me ha mostrado ahora ese relmpago de sonrisa? Vime entonces apurado entre ambos: el uno me obligaba a callar, el otro me peda que hablase; por lo cual suspir, y fu comprendido. --Puedes hablar sin temor--me dijo mi Maestro--; habla y dile lo que pregunta con tanto empeo. Contest, pues: --Quiz te asombres, antiguo espritu, de mi sonrisa; pero quiero causarte mayor admiracin. Este, que gua mis ojos hacia arriba, es aquel Virgilio, de quien aprendiste a cantar en sublimes versos los actos de los hombres y de los dioses. Si creste que mi sonrisa tena otra causa, deschala como errnea, que slo proceda de las palabras que pronunciaste con respecto a l. Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Seor; pero ste le dijo: --Hermano, no lo hagas; que t eres sombra, y ves ante ti a otra sombra. Y l, levantndose, contest: --T puedes comprender ahora la magnitud del amor que por ti me inflama, cuando olvido nuestra vanidad, tratando a una sombra como a un cuerpo slido. [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOSEGUNDO_ Ya el ngel se haba quedado detrs de nosotros; el ngel que nos dirigi hacia el sexto crculo, despus de haber borrado una de las manchas de mi frente; y nos haba dicho que son bienaventurados los que cifran sus deseos en la justicia, pero su voz expres esta sentencia con la palabra "sitiunt" sin pronunciar la otra. Yo andaba por all ms ligero que por las otras aberturas, de modo que sin ningn trabajo segua hacia arriba a los veloces espritus. Entonces Virgilio empez a decir: --El amor que nace de la virtud inflama siempre otros amores, con tal que su llama se d a conocer. Desde la hora en que Juvenal baj entre nosotros al Limbo del Infierno, y me manifest tu afecto hacia m, mi benevolencia para contigo fu la mayor que sentirse puede por una persona a quien no se ha visto nunca: as es que ahora me parecen cortas estas escaleras. Pero dime, y, como amigo, perdona si la demasiada confianza afloja el freno de mi lengua, en el concepto de que tambin deseo que como amigo me hables: cmo pudo encontrar la avaricia un lugar en tu corazn, a pesar del recto sentido que con tu diligencia y estudio llegaste a poseer en tanto grado? Estas palabras hicieron sonrer desde luego a Estacio; despus respondi: --Todo cuanto me digas es para m una prueba de cario. Muchas veces, en efecto, aparecen las cosas de manera, que dan motivo a falsas presunciones, porque las verdaderas causas estn ocultas. T crees, segn me prueba tu pregunta, que yo fu avaro en la otra vida, quiz por haberme visto en el crculo en que me encontraba. Sabe, pues, que la avaricia estuvo muy lejos de m, y que mis excesos en contrario han sido castigados por millares de lunas. Y si no hubiera sido porque me apliqu el oportuno remedio, cuando medit los versos en que exclamas, casi irritado contra la humana naturaleza: "Oh execrable hambre del oro!, adnde no conduces al insaciable apetito de los mortales?," me vera dando vueltas por el crculo donde se lanzan pesos. Entonces calcul que, por abrir demasiado las alas, podan llegar a gastarse mis manos, y me arrepent tanto de aqul como de los otros males. Cuntos resucitarn con los cabellos rapados, por la ignorancia en que estn de que la prodigalidad sea un pecado, y que les impide arrepentirse, ya durante su vida, ya en el trmino de ella! Y sabe que la culpa diametralmente opuesta a cada pecado se expa aqu juntamente con el mismo pecado: as es que si he permanecido purificndome entre los que lloran su avaricia, ha sido precisamente por el vicio contrario. El Cantor de las "Buclicas" dijo entonces: --Cuando cantaste las crueles contiendas de la doble tristeza de Yocasta, no creo, a juzgar por los acentos en que Clo te hizo prorrumpir, que te contase entre los suyos la Fe, sin la cual no basta obrar bien. Si as es, qu sol o qu luz ha disipado tus tinieblas de tal modo, que te permitiera elevar tus velas hacia el Pescador? Y el otro contest: --T me enviaste primero a beber en las grutas del Parnaso, y luego me iluminaste para que conociese al verdadero Dios. Hiciste como el que camina de noche llevando tras de s una luz, que a l no le sirve, pero alumbra a las personas que le siguen, cuando dijiste: "El siglo se renueva, vuelve la justicia con los primeros tiempos del gnero humano, y una nueva progenie desciende del cielo." Por ti fu poeta, por ti cristiano; mas para que veas mejor lo que te pinto, extender las manos a fin de darle ms colorido. Ya estaba el mundo lleno de la verdadera creencia, sembrada por los mensajeros del eterno reino, y tus palabras, antes citadas, concordaban con la doctrina de los nuevos apstoles; por lo cual yo me acostumbr a visitarlos: despus me parecieron rodeados de tal santidad, que cuando Domiciano los persigui, corrieron mis lgrimas mezcladas con las suyas. Mientras viv, les socorr; sus rectas costumbres me hicieron despreciar todas las otras sectas, y antes que, en mi poema, condujese a los griegos ante los ros de Tebas, haba recibido el bautismo; pero por miedo fu cristiano en secreto, y durante largo tiempo me mostr pagano. Esta timidez me ha hecho recorrer el cuarto crculo durante ms de cuatro siglos. Y ahora, pues tenemos ms tiempo del que necesitamos para subir por nuestro camino, dime t, que has descorrido el velo que me ocultaba el soberano bien, dnde estn nuestro antiguo Terencio, Cecilio, Plauto y Varrn, si es que lo sabes. Dime si estn condenados y en qu crculo. --Todos esos, y Persio, y yo, y otros muchos--respondi mi Gua--, estamos en el primer crculo de la ciega prisin con aquel Griego[76] a quien lactaron las Musas ms que a otro alguno: muchas veces hablamos del monte donde se encuentran siempre nuestras nodrizas. All estn con nosotros Eurpides, Anacreonte, Simnides, Agatn, y otros muchos griegos que vieron ya sus frentes coronadas de laurel. De los que t cantaste, se ve all a Antgona, a Deifila, Arga e Ismene, tan triste como antes. Est tambin la que ense la Langa, la hija de Tiresias, y Tetis, y Deidamia con sus hermanas. [76] Homero. Los dos poetas haban guardado silencio, mirando de nuevo con atencin en torno suyo, por haber terminado la escala y sus paredes: ya las cuatro esclavas del da haban quedado atrs, y la quinta estaba en el timn del carro solar, dirigiendo hacia arriba su luminosa punta, cuando mi Gua dijo: --Creo conveniente que volvamos nuestro hombro derecho hacia la orilla del crculo, para dar la vuelta a la montaa, segn acostumbramos hacer. Esta costumbre fu nuestra gua, y emprendimos el camino sin titubear, una vez que a ello asinti la otra alma virtuosa. Ellos iban delante y yo detrs, solo, escuchando sus palabras, que me comunicaban la inteligencia de la poesa. Pero pronto interrumpi tan dulce coloquio la vista de un rbol, que encontramos en medio del camino, cargado de manzanas olorosas; y as como el abeto, elevndose hacia el cielo, va disminuyendo de rama en rama, aqul iba disminuyendo por su parte inferior, con objeto, segn creo, de que nadie suba a l. Por el lado en que estaba cerrado nuestro camino, caa de la alta roca un agua cristalina, que se esparca por las hojas superiores. Los dos Poetas se acercaron al rbol, cuando exclam una voz entre el follaje: "Os puede costar caro tocar este manjar." Despus dijo: "Mara pensaba ms en que las bodas fuesen honrosas y cumplidas, que en su boca que ahora intercede por vosotros. Las antiguas romanas se contentaron con el agua por toda bebida, y Daniel despreci los manjares y adquiri la ciencia. El primer siglo fu tan bello como el oro; el hambre haca ms sabrosas las bellotas, y la sed converta en nctar cualquier arroyuelo. En miel y langostas consisti el alimento del Bautista en el Desierto: esto le da ms gloria, y le hace tan grande como lo patentiza el Evangelio." [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOTERCERO_ Mientras tena mi vista fija en el verde follaje, como suele hacer quien pierde el tiempo detrs de un pjaro, el que era para m ms que un padre, deca: --Hijo mo, ven ahora, porque el tiempo que se nos concede debe emplearse ms tilmente. Volv el rostro con ligereza y con no menos mis pasos hacia los Sabios, los cuales hablaban tan bien, que escuchndolos no senta en el andar cansancio alguno; cuando se oy cantar llorando: "Labia mea, Dmine," de un modo que hizo nacer en m placer y dolor. --Oh dulce Padre!, qu es lo que oigo?--empec a decir. Y l dijo: --Son las sombras, que van quiz deshaciendo el nudo de sus deudas. Cual peregrinos pensativos, que al encontrar en su camino gente a quien no conocen, se vuelven hacia ella sin detenerse, as vena tras de nosotros, pero con paso ms rpido, una turba de espritus, callados y piadosos, que pasaban adelante mirndonos. Todos ellos tenan los ojos hundidos y apagados, la faz plida, y tan demacrada, que a travs de la piel se notaba la forma de los huesos. No creo que Erisictn se viese reducido a una piel tan seca cuando ms tuvo que temer el hambre. Yo deca, pensando entre m: "He aqu cmo deba estar la nacin que perdi a Jerusaln, cuando Mara lleg a devorar a su propio hijo." Sus ojos parecan anillos sin piedras; los que en el rostro del hombre leen Homo, hubieran conocido all con facilidad la M[77]. Quin creera, ignorando la causa, que el olor de una fruta y aquel salto de agua, excitando su deseo, pudiera reducirlos a tal extremo? Yo estaba asombrado al verles tan hambrientos, porque aun no conoca la causa de su demacracin y de su triste aridez; cuando desde la profunda cavidad de su cabeza dirigi hacia m sus ojos una sombra, y me mir fijamente; despus de lo cual exclam en alta voz: --Qu gracia es sta que se me concede? [77] Algunos telogos y predicadores msticos de la Edad Media pretendan que Dios haba escrito de propio puo las palabras Homo Dei en el rostro humano. Como a causa de su flacura, quiere decir Dante, sus ojos (las oes) estaban tan hundidos en la cabeza, claramente poda verse la M, formada por la nariz, las cejas y las mejillas. Nunca le hubiera conocido por su rostro; pero su voz me record todo lo que sus facciones haban absorbido en s mismas; esta chispa encendi en m el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconoc el de Forese. --Ah!--me dijo--; no fijes tu atencin en esta lepra rida, que me decolora la piel, ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad con respecto a ti, y dime quines son esas dos almas que te guan: no parar hasta que me lo digas. --Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en m nuevos deseos de llanto--le respond vindole tan desfigurado--; pero dime, por Dios, qu es lo que os demacra tanto; y no me hagas hablar de otra cosa mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que est posedo de otro deseo. Me contest: --Desde el eterno tribunal desciende una virtud sobre el agua y la planta que hemos dejado ms atrs; virtud que me extena de esta suerte. Todos esos que cantan llorando por haberse entregado desenfrenadamente al vicio de la gula, deben santificarse aqu por medio del hambre y de la sed. El olor que se exhala de la fruta y el agua que se extiende sobre ese follaje, excitan en nosotros el deseo de comer y beber, y ms de una vez se repite nuestra pena mientras damos la vuelta a este crculo: he dicho pena, debiendo decir consuelo; porque el deseo que nos conduce hacia ese rbol es el mismo que condujo a Jesucristo a decir lleno de gozo: "Eli," cuando nos redimi con la sangre de sus venas. --Forese--repliqu--, desde aquel da en que dejaste el mundo por mejor vida, no han transcurrido an cinco aos. Si la facultad de pecar concluy en ti antes de que sobreviniera la hora del saludable dolor que nos reconcilia con Dios, cmo es que has venido aqu arriba? Crea encontrarte abajo, donde el tiempo con el tiempo se repara. Respondime: --Mi Nella es la que, con sus ruegos asiduos, me ha conducido a beber el dulce ajenjo del dolor. Con sus devotas oraciones y sus suspiros me ha sacado del lugar donde se espera, y me ha librado de los otros crculos. Mi viudita, a quien am mucho, es tanto ms querida y agradable a Dios, cuanto ms sola es en obrar bien; pues la Barbagia de Cerdea tiene mujeres mucho ms pdicas que la Barbagia donde la he dejado. Oh caro hermano!, qu quieres que te diga? Ante mi vista se presenta un tiempo futuro, del que no dista mucho el presente, en el cual se prohibir desde el plpito a las descaradas florentinas ir enseando los pechos, Qu mujeres brbaras ni sarracenas ha habido jams, contra las que se debiera apelar a penas espirituales o a otras restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero si las impdicas estuvieran seguras de lo que el cielo les prepara pronto, tendra ya la boca abierta para aullar; porque si mi previsin no me engaa, sern entristecidas antes de que salga el bozo al nio que ahora se consuela con la "nana." Ah, hermano!, no te me ocultes ms: ests viendo que, no slo yo, sino todas esas almas, miran el sitio donde interceptas la luz del Sol. Entonces le dije: --Si recuerdas lo que t y yo fuimos, aun el mencionarlo ahora deber serte doloroso. De aquella vida me sac el otro da ese que va delante de m, cuando se ostentaba redonda la hermana de aquel (y le design el Sol). Ese sabio me ha guiado a travs de la profunda noche por entre los verdaderos muertos, y con mi verdadera carne que le sigue. Su auxilio me ha sostenido hasta aqu en las cuestas y recodos del monte, que hace que seis rectos vosotros a quienes tan torcidos hizo el mundo. Me ha dicho que me acompaara hasta dejarme donde est Beatriz: all es preciso que me quede sin l. Virgilio es ese que me habl as (y se lo indiqu con el dedo); el otro es aquella sombra por quien hubo hace poco tales sacudimientos en todos los mbitos de vuestro monte, que de s la despide. [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOCUARTO_ Ni la conversacin detena nuestra marcha, ni sta a aqulla, sino que, a pesar de ir hablando, caminbamos de prisa, como la nave impelida por un viento favorable. Las sombras, que parecan cosas doblemente muertas, noticiosas de que yo estaba vivo, mostraban su admiracin por las hondas cavidades de sus ojos. Continuando yo mi discurso, dije: --Esa sombra, quiz por causa del otro, se dirige arriba ms lentamente de lo que lo hara. Pero dime, si acaso lo sabes, dnde est Piccarda, y si entre esta gente que as me mira veo alguna persona digna de llamar mi atencin. --Mi hermana, que no s lo que fu ms, si hermosa o buena, ostenta ya su triunfal corona en el alto Olimpo. Esto dijo primero, y luego aadi: --Aqu no est prohibido nombrar a nadie, atendida la prontitud con que es alterado nuestro semblante por la dieta. Ese (y lo seal con el dedo) es Buonaggiunta, Buonaggiunta el de Luca; y aquel de ms all, ms apergaminado que los otros, tuvo en sus brazos la Santa Iglesia: fu natural de Tours, y ahora expa con el ayuno las anguilas del Bolsena y la garnacha[78]. [78] El papa Martn IV, natural de Tours. Fu hombre de bien, y muy amigo de la casa de Francia. Dado a la gula, haca morir las anguilas del lago de Bolsena, ahogndolas en vino blanco generoso y dulce (garnacha), y despus de bien guisadas, las coma con afn. Otros muchos me fu citando uno a uno, y todos parecan contentos de que se les nombrase; pues no repar en ellos ningn gesto de desagrado. Vi mover las mandbulas, mascando en vaco por efecto del hambre, a Ubaldino de la Pila, y a Bonifacio, que apacent a muchos revestido con el roquete[79]. Vi a meser Marchese, que habiendo tenido tiempo para beber en Forli con menos sed, fu tal que nunca se sinti saciado. Pero, como aquel que mira, y despus simpatiza ms con uno que con otro, as me pas con el de Luca, que pareca querer decirme algo. Murmuraba entre dientes; y yo le oa no s qu de Gentucca donde l senta el castigo que tanto le devoraba. [79] Bonifacio de Fieschi, conde de Lavagna y arzobispo de Ravena. --Oh alma, le dije, que tan deseosa pareces de hablar conmigo! Haz de modo que yo te entienda, y satisfcenos a los dos con tu conversacin. El empez a decir: --Existe una mujer que no lleva el velo todava, la cual har que te agrade mi ciudad, aunque alguno hable mal de ella. T irs all con esta prediccin, y si acaso no has entendido bien lo que murmuro, ya te lo pondr en claro la realidad de los hechos. Pero dime: no estoy viendo al que ha dado a luz las nuevas rimas, que comienzan as: "Donne, ch'avete intelleto d'Amore"[80] [80] As empieza una bellsima cancin de Dante, que puede verse en La Vida Nueva. Le contest: --Yo soy uno que voy notando lo que Amor inspira, y luego lo expreso tal como l me dicta dentro del alma. --Oh hermano!--exclam.--Ahora veo el nudo que al Notario, a Guittone[81] y a m nos impidi llegar al dulce y nuevo estilo que oigo. Bien veo que vuestras plumas siguen fielmente al que les dicta, lo cual no han hecho en verdad las nuestras; y que quien se propone remontarse a mayor altura, no ve la diferencia del uno al otro estilo. [81] Jacobo de Lentino, llamado el Notario, y Guittone de Arezzo, poetas mediocres. Dichas estas palabras, se call como si estuviese satisfecho. As como las grullas que pasan el invierno a orillas del Nilo forman a veces una bandada en el aire, y luego vuelan rpidamente marchando en hilera, de igual suerte todas las almas que all estaban, volviendo el rostro, aceleraron el paso, ligeras por su demacracin y por su deseo: y al modo que un hombre cansado de correr deja ir delante a sus compaeros, y sigue lentamente hasta que cesa la agitacin de su pecho, as Forese dej pasar a la grey santa, y continu conmigo su camino dicindome: --Cundo te volver a ver? --No s cunto he de vivir--le respond--; pero no ser tan pronto mi regreso, que antes no llegue yo con el deseo a la orilla; porque el sitio donde fu colocado para vivir se despoja de da en da y cada vez ms del bien, y parece destinado a una triste ruina. --V, pues--repuso--; que ya estoy viendo al que tiene la mayor culpa de esa ruina, arrastrado a la cola de un animal hacia el valle donde nadie se excusa de sus faltas[82]. El animal a cada paso va ms rpido, aumentando siempre su celeridad, hasta que lo arroja, y abandona el cuerpo vilmente destrozado. Esas esferas no darn muchas vueltas (y dirigi sus ojos al cielo) sin que sea claro para ti lo que mis palabras no pueden ampliar ms. Ahora te dejo; porque el tiempo es caro en este reino, y yo pierdo mucho caminando a tu lado. [82] Corso Donati, hermano del mismo Forese, jefe de los Negros, y principal causante de los males de Florencia. Forese no nombra a Corso, porque es su hermano. Cual jinete que se adelanta al galope de entre el escuadrn que avanza, a fin de alcanzar el honor del primer choque, del mismo modo y con mayores pasos se apart de nosotros aquel espritu, y yo qued en el camino con aquellos dos que fueron tan grandes generales del mundo. Cuando estuvo tan retirado de nosotros, que mis ojos no podan seguirle, as como tampoco poda mi mente alcanzar el sentido de sus palabras, observ no muy lejos las ramas frescas y cargadas de frutas de otro manzano, por haberme vuelto entonces hacia aquel lado. Y vi debajo de l muchas almas que alzaban las manos y gritaban no s qu en direccin del follaje, como los nios que, codiciando impotentes alguna cosa, la piden sin que aquel a quien ruegan les responda, y antes al contrario, para excitar ms sus deseos, tiene elevado y sin ocultar lo que causa su anhelo. Despus se marcharon como desengaadas, y nosotros nos acercamos entonces al gran rbol, que rechaza tantos ruegos y tantas lgrimas. "Pasad adelante sin aproximaros: ms arriba existe otro rbol, cuyo fruto fu mordido por Eva, y ste es un retoo de aqul." As deca no s quin entre las ramas; por lo cual Virgilio, Estacio y yo seguimos adelante, estrechndonos cuanto pudimos hacia el lado en que se eleva el monte. "Acordaos, deca la voz, de los malditos formados en las nubes, que, repletos, combatieron a Teseo con sus dobles pechos[83]. Acordaos de los hebreos, que mostraron al beber su molicie, por lo que Geden no los quiso por compaeros cuando descendi de las colinas cerca de Madin." De este modo, arrimados a una de las orillas, pasamos adelante, oyendo diferentes ejemplos del pecado de la gula, seguidos de las miserables consecuencias de aquel vicio. Despus, entrando nuevamente en medio del camino desierto, nos adelantamos mil pasos y aun ms, reflexionando cada cual y sin hablar. "Qu vais pensando vosotros tres solos?", dijo de improviso una voz, que me hizo estremecer, como sucede a los animales tmidos y asustadizos. Levant la cabeza para ver quin fuese, y jams se vieron en un horno vidrios o metales tan luminosos y rojos como lo estaba uno que deca: "Si queris llegar hasta arriba, es preciso que deis aqu la vuelta: por aqu va el que quiere ir en paz." Su aspecto me haba deslumbrado la vista; por lo cual me volv, siguiendo a mis Doctores a la manera de quien se gua por lo que escucha. Y sent que me daba en medio de la frente un viento, como sopla y embalsama el ambiente la brisa de Mayo, mensajera del alba, impregnada con el aroma de las plantas y flores; y bien sent moverse la pluma, que me hizo percibir el perfume de la ambrosa, oyendo decir: "Bienaventurados aquellos a quienes ilumina tanta gracia, que la inclinacin a comer no enciende en sus corazones desmesurados deseos, y slo tienen el hambre que es razonable." [83] Los Centauros, engendrados por el consorcio de Ixion con una nube, llenos de vino, intentaron robar la esposa de Pirito en medio del convite nupcial, por lo cual Teseo los mat. Combatieron con sus dobles pechos, de hombre y de caballo. [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOQUINTO_ Era la hora en que no deba demorarse nuestra subida, pues el sol haba dejado el crculo meridional al Tauro, y la noche al Escorpin: por lo cual, as como el hombre a quien estimula el aguijn de la necesidad, no se detiene por nada que encuentre, sino que sigue su camino, de igual suerte entramos nosotros por la abertura del peasco, uno delante de otro, tomando la escalera, que por su angostura obliga a separarse a los que la suben. Y como la joven cigea que extiende sus alas deseosa de volar, y no atrevindose a abandonar el nido, las pliega nuevamente, lo mismo haca yo llevado de un ardiente deseo de preguntar, que se inflamaba y se extingua, hasta que llegu a hacer el ademn del que se prepara a hablar. A pesar de lo rpido de nuestra marcha, mi amado Padre no dej de decirme: --Dispara el arco de la palabra, que tienes tirante hasta el hierro. Entonces abr la boca con seguridad, y empec a decir: --Cmo es posible enflaquecer donde no hay necesidad de alimentarse? --Si te acordaras de cmo se consumi Meleagre al consumirse un tizn--respondi--, no te sera ahora tan difcil comprender esto; y si considerases cmo, al moveros, se mueve vuestra imagen dentro del espejo, te parecera blando lo que te parece duro. Mas para que tu deseo quede satisfecho, aqu tienes a Estacio, a quien pido y suplico que sea el mdico de tus heridas. --Si estando t presente, le descubro los arcanos de la eterna justicia--respondi Estacio--, srvame de disculpa el no poder negarte nada. Luego empez diciendo: --Hijo, si tu mente recibe y guarda mis palabras, ellas te darn luz sobre el punto de que hablas. La sangre ms pura, que nunca es absorbida por las sedientas venas y que sobra, como el resto de los alimentos que se retiran de la mesa, adquiere en el corazn una virtud tan apta para formar todos los miembros humanos, como la que tiene para transformarse en ellos la que va por las venas. Todava ms depurada, desciende a un punto que es mejor callar que nombrar, de donde se destila despus sobre la sangre de otro ser en vaso natural. Aqu se mezclan las dos, la una dispuesta a recibir la impresin, la otra a producirla por efecto de la perfeccin del lugar de que procede; y apenas estn juntas, la sangre viril empieza desde luego a operar, coagulando primero, y vivificando en seguida lo que ha hecho unrsele como materia propia. Convertida la virtud activa en alma, como la de una planta, pero con la diferencia de que aqulla est en vas de formacin, mientras que la otra ha llegado ya a su trmino, contina obrando de tal modo, que luego se mueve y siente como la esponja marina, y en seguida emprende la organizacin de las potencias, de la cual es el germen. Hijo mo, la virtud que procede del corazn del padre, y desde la cual atiende la naturaleza a todos los miembros, ora se ensancha, y ora se prolonga; mas no ves todava cmo el feto, de animal pasa a ser racional: este punto es tal, que uno ms sabio que t incurri con su doctrina en el error de separar del alma el intelecto posible, porque no vi que ste tuviese ningn rgano especial adecuado a sus funciones. Abre tu corazn a la verdad que te presento, y sabe que, en cuanto est concludo el organismo del cerebro del feto, el Primer Motor se dirige placentero hacia aquella obra maestra de la naturaleza, y le infunde un nuevo espritu, lleno de virtud, que atrae a su substancia lo que all encuentra de activo, y se convierte en un alma sola, que vive, y siente, y se refleja sobre s misma: a fin de que te causen menos admiracin mis palabras, considera el calor del Sol, que se transforma en vino, unindose al humor que sale de la vid. Cuando Laquesis no tiene ya lino, el alma se separa del cuerpo, llevndose virtualmente consigo sus potencias divinas y humanas: todas las facultades sensitivas quedan como mudas; pero la memoria, el entendimiento y la voluntad son en su accin mucho ms sutiles que antes. Sin detenerse, el alma llega maravillosamente por s misma a una de las orillas, donde conoce el camino que le est reservado. En cuanto se encuentra circunscrita en l, la virtud informativa irradia en torno, del mismo modo que cuando viva en sus miembros; y as como el aire, cuando el tiempo est lluvioso, se presenta adornado de distintos colores por los rayos del Sol que en l se reflejan, de igual suerte el aire de alrededor toma la forma que le imprime virtualmente el alma que est all detenida; y semejante despus a la llama que sigue en todos sus movimientos al fuego, la nueva forma va siguiendo al espritu. Por fin, como el alma toma de esto su apariencia, se le llama sombra, y en esa forma organiza luego cada uno de sus sentidos, hasta el de la vista. En virtud de este cuerpo areo hablamos, remos, derramamos lgrimas y suspiramos, como habrs podido observar por el monte. Segn como los deseos y los dems afectos nos impresionan, la sombra toma diferentes figuras: tal es la causa de lo que te admira. Habamos llegado ya al crculo de la ltima tortura, y nos dirigamos hacia la derecha, cuando llam nuestra atencin otro cuidado. All la ladera de la montaa lanza llamas con mpetu hacia el exterior, y la orilla opuesta del camino da paso a un viento que, dirigindose hacia arriba, la rechaza y aleja de s. Por esta razn nos era preciso caminar de uno en uno por el lado descubierto del camino, de modo que si, por una parte, me causaba temor el fuego, por otra tema despearme. Mi Jefe deca: --En este sitio es preciso refrenar bien los ojos, porque muy poco bastara para dar un mal paso. Entonces o cantar en el seno de aquel gran ardor: "Summ Deus clementi"[84]; lo cual excit en m un deseo no menos ardiente de volverme, y vi a varios espritus andando por la llama: yo les miraba, pero fijando alternativamente la vista, ya en sus pasos, ya en los mos. Despus de la ltima estrofa de aquel himno, gritaron en voz alta: "Virum non cognosco"[85]; y en seguida volvieron a entonarlo en voz baja. Terminado el himno, gritaron an: "Diana corri al bosque, y arroj de l a Hlice, que haba gustado el veneno de Venus." Repetan su canto, y citaban despus ejemplos de mujeres y maridos que fueron castos, como lo exigen la virtud y el matrimonio. Y de este modo, segn creo, continuarn durante todo el tiempo que los abrase el fuego; pues con tal remedio y tales ejercicios ha de cicatrizarse la ltima llaga. [84] Principio del himno que la Iglesia recita en los maitines del Sbado, y que cantan las almas que se purifican del vicio de la lujuria, porque en l se pide a Dios la pureza. [85] Palabras dichas por Mara al arcngel San Gabriel. Dante contina haciendo citar a las almas ejemplos contrarios a los vicios de que se purifican. Enumeran los ejemplos en alta voz, porque con ellos las almas se reprenden a s mismas: el himno lo cantan en voz baja, como una oracin que dirigen a Dios. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOSEXTO_ Mientras que uno tras otro bamos por el borde del camino, el buen Maestro deca muchas veces: "Mira, y ten cuidado, pues ya ests advertido." Daba en mi hombro derecho el Sol, que irradiando por todo el Occidente, cambiaba en blanco su color azulado. Con mi sombra haca parecer ms roja la llama, y aqu tambin vi muchas almas que, andando, fijaban su atencin en tal indicio. Con este motivo se pusieron a hablar de m, y empezaron a decir: "Parece que ste no tenga un cuerpo ficticio." Despus se cercioraron, aproximndose a m cuanto podan, pero siempre con el cuidado de no salir adonde no ardieran. --Oh t, que vas en pos de los otros, no por ser el ms lento, sino quiz por respeto!, respndeme a m, a quien abrasan la sed y el fuego. No soy yo el nico que necesita tu respuesta, pues todos stos tienen mayor sed, que deseo de agua fresca el Indio y el Etope. Dinos: cmo es que formas con tu cuerpo un muro que se antepone al Sol, cual si no hubieras cado an en las redes de la muerte? As me hablaba una de aquellas sombras, y yo me habra explicado en el acto, si no hubiese atrado mi atencin otra novedad que apareci entonces. Por el centro del camino inflamado vena una multitud de almas con el rostro vuelto hacia las primeras, lo cual me hizo contemplarlas asombrado. Por ambas partes vi apresurarse todas las sombras, y besarse unas a otras, sin detenerse, y contentndose con tan breve agasajo; semejantes a las hormigas, que en medio de sus pardas hileras, van a encontrarse cara a cara, quiz para darse noticias de su viaje o de su botn. Una vez terminado el amistoso saludo, y antes de dar el primer paso, cada una de ellas se pona a gritar con todas sus fuerzas, las recin llegadas: "Sodoma y Gomorra," y las otras: "En la vaca entr Pasifae, para que el toro acudiera a su lujuria." Despus, como grullas que dirigiesen su vuelo, parte hacia los montes Rifeos, y parte hacia las ardientes arenas, huyendo stas del hielo, y aqullas del Sol, as unas almas se iban y otras venan, volviendo a entonar entre lgrimas sus primeros cantos, y a decir a gritos lo que ms necesitaban. Como anteriormente, se acercaron a m las mismas almas que me haban preguntado, atentas y prontas a escucharme. Yo, que dos veces haba visto su deseo, empec a decir: --Oh almas seguras de llegar algn da al estado de paz! Mis miembros no han quedado all verdes ni maduros, sino que estn aqu conmigo, con su sangre y con sus coyunturas. De este modo voy arriba, a fin de no ser ciego nunca ms: sobre nosotros existe una mujer, que alcanza para m esta gracia por la cual llevo por vuestra mundo mi cuerpo mortal. Pero decidme, as se logre en breve vuestro mayor deseo, y os acoja el cielo que est ms lleno de amor y por ms ancho espacio se dilata! Decidme, a fin de que yo pueda ponerlo por escrito, quines sois, y quin es aquella turba que se va en direccin contraria a la vuestra? No de otra suerte se turba estupefacto el montas, y enmudece absorto, cuando, rudo y salvaje, entra en una ciudad, de como pareci turbarse cada una de aquellas sombras: pero repuestas de su estupor, el cual se calma pronto en los corazones elevados, empez a decirme la que anteriormente me haba preguntado: --Dichoso t, que sacas de nuestra actual mansin experiencia para vivir mejor! Las almas que no vienen con nosotros cometieron el pecado por el que Csar, en medio de su triunfo, oy que se burlaban de l y le llamaban reina. Por esto se alejan gritando "Sodoma;" y reprendindose a s mismos, como has odo, aaden al fuego que les abrasa el que les produce su vergenza. Nuestro pecado fu hermafrodita; pero no habiendo observado la ley humana, y s seguido nuestro apetito al modo de las bestias, por eso, al separarnos de los otros, gritamos para oprobio nuestro el nombre de aqulla, que se bestializ en una envoltura bestial. Ya conoces nuestras acciones y el delito que cometimos: si por nuestros nombres quieres conocer quines somos, ni sabr decrtelos, ni tengo tiempo para ello. Satisfar, sin embargo, tu deseo dicindote el mo: soy Guido Guinicelli, que me purifico ya por haberme arrepentido antes de mi ltima hora. Como corrieron hacia su madre los dos hijos al encontrarla bajo las tristes iras de Licurgo, as me lanc yo, pero sin atreverme a tanto, cuando escuch nombrarse a s mismo a mi padre, y al mejor de todos los mos que jams hicieron rimas de amor dulces y floridas; y sin or hablar, anduve pensativo largo trecho, contemplndolo, aunque sin poder acercarme ms a causa del fuego. Cuando me hart de mirarle, me ofrec de todo corazn a su servicio con aquellos juramentos que hacen creer en las promesas. Me contest: --Dejas en m, por lo que oigo, una huella tan profunda y clara, que el Leteo no puede borrarla ni obscurecerla: pero si tus palabras han jurado la verdad, dime, cul es la causa del cario que me demuestras en tus frases y en tus miradas? Le contest: --Vuestras dulces rimas, que harn preciosos los manuscritos que las contienen, tanto como dure el lenguaje moderno. --Oh hermano!--replic--; ste que te sealo con el dedo[86] (e indic un espritu que iba delante de l), fu mejor obrero en su lengua materna. Sobrepuj a todos en sus versos amorosos y en la prosa de sus novelas; y deja hablar a los necios, que creen que el Lemosn[87] es mejor que l; prestan ms atencin al ruido que a la verdad, y as forman su juicio antes de dar odos al arte o la razn. Lo mismo hicieron muchos de los antiguos con respecto a Guittone, colocndole, merced a sus gritos, en el primer lugar, hasta que lo ha vencido la verdad con los mritos adquiridos por otras personas. Ahora, si tienes el alto privilegio de poder penetrar en el claustro donde Cristo es abad del colegio, dle por m del "Padre nuestro" todo lo que necesitamos nosotros los habitantes de este mundo, en el que ya no tenemos el poder de pecar. [86] Arnaldo Daniel, clebre poeta provenzal del siglo XII, celebrado por Petrarca como gran maestro de amor y como el primer poeta en lengua vulgar. Escribi novelas caballerescas en prosa. [87] Gerardo Borneil, poeta de Limoges. Luego, tal vez para hacer sitio a otro que vena en pos de l, desapareci entre el fuego, como desaparece el pez en el fondo del agua. Yo me adelant un poco hacia el que me haba designado, y le dije que mi deseo preparaba a su nombre una grata acogida: l empez a decir donosamente: --Me complace tanto vuestra corts pregunta, que ni puedo ni quiero ocultarme a vos: yo soy Arnaldo, que lloro y voy cantando: veo, triste, mis pasadas locuras, y veo, contento, el da que en adelante me espera. Ahora os ruego, por esa virtud que os conduce a lo ms alto de la escala, que os acordis de endulzar mi dolor. Despus se ocult en el fuego que les purifica. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOSEPTIMO_ El Sol estaba ya en aquel punto desde donde lanza sus primeros rayos sobre la ciudad en que se derram la sangre de su Hacedor: el Ebro caa bajo el alto signo de Libra, y las ondas del Ganges eran caldeadas al empezar la hora de nona; de modo que donde estbamos terminaba el da, cuando nos divis placentero el Angel de Dios, que apartado de la llama se puso en la orilla a cantar: "Beati mundo corde," en voz bastante ms viva que la nuestra. Despus dijo: --No se sigue adelante, almas santas, si el fuego no os muerde antes: entrad en l, y no os hagis sordas al cntico que llegar hasta vosotras. As habl cuando estuvimos cerca de l, por lo que me qued al oirle como aquel que es metido en la fosa. Elev mis manos entrelazadas mirando al fuego, y se representaron vivamente en mi imaginacin los cuerpos humanos que haba visto arder. Mis buenos Guas se volvieron hacia m, y Virgilio me dijo: --Hijo mo, aqu puedes encontrar un tormento; pero no la muerte. Acurdate, acurdate... y si te gui sano y salvo sobre Gerin, qu no har ahora que estoy ms cerca de Dios? Ten por cierto que, aunque estuvieras mil aos en medio de esa llama, no perderas un solo cabello; y si acaso crees que te engao, ponte cerca de ella, y como prueba, aproxima con tus manos al fuego la orla de tu ropaje. Depn, pues, depn todo temor; vulvete hacia aqu, y pasa adelante con seguridad. Yo, sin embargo, permanec inmvil aun en contra de mi conciencia. Cuando vi que me estaba quieto y reacio, repuso algo turbado: --Hijo mo, repara en que entre Beatriz y t slo existe ese obstculo. As como al or el nombre de Tisbe, Piramo, cercano a la muerte, abri los ojos y la contempl bajo la morera, que desde entonces ech frutos rojos, as yo, vencida mi obstinacin, me dirig hacia mi sabio Gua, al or el nombre que siempre est en mi mente. Entonces l, moviendo la cabeza, dijo: --Cmo! Queremos permanecer aqu? Y se sonri, como se sonre al nio a quien se conquista con una fruta. Despus se meti en el fuego el primero, rogando a Estacio, que durante todo el camino se haba interpuesto entre ambos, que viniese detrs de m. Cuando estuve dentro, habrame arrojado, para refrescarme, en medio del vidrio hirviendo; tan desmesurado era el ardor que all se senta. Mi dulce Padre, para animarme, continuaba hablando de Beatriz y diciendo: "Ya me parece ver sus ojos." Nos guiaba una voz que cantaba al otro lado; y nosotros, atentos solamente a ella, salimos del fuego por el sitio donde est la subida. --"Venite, benedicti patris mei"--se oy en medio de una luz que all haba, tan resplandeciente que me ofusc y no la pude mirar.--El Sol se va--aadi--, y viene la noche; no os detengis, sino acelerad el paso antes que el horizonte se obscurezca. El sendero suba recto a travs de la pea hacia el Oriente, y yo interrumpa delante de m los rayos del Sol, que ya estaba muy bajo. Habamos subido pocos escalones, cuando mis sabios Guas y yo, por mi sombra que se desvaneca, observamos que tras de nosotros se ocultaba el Sol; y antes de que en toda su inmensa extensin tomara el horizonte el mismo aspecto, y de que la noche se esparciera por todas partes, cada uno de nosotros hizo de un escaln su lecho; porque la naturaleza del monte, ms bien que nuestro deseo, nos impeda subir. Como las cabras que antes de haber satisfecho su apetito van veloces y atrevidas por los picos de los montes, y una vez saciado ste, se quedan rumiando tranquilas a la sombra, mientras el Sol quema, guardadas por el pastor, que, apoyado en su cayado, cuida de ellas; y como el pastor que se queda fuera y pernocta cerca de su rebao, para preservarlo de que lo disperse alguna bestia feroz, as estbamos entonces nosotros tres, yo como cabra, y ellos como pastores, estrechados por los dos lados de aquella abertura. Poco alcanzaba nuestra vista de las cosas que haba fuera de all; pero por aquel reducido espacio vea yo las estrellas ms claras y mayores de lo acostumbrado. Rumiando de esta suerte y contemplndolas me sorprendi el sueo; el sueo que muchas veces predice lo que ha de sobrevenir. En la hora, segn creo, en que Citerea, que parece siempre abrasada por el fuego del amor, lanzaba desde Oriente sus primeros rayos sobre la montaa, me pareca ver entre sueos una mujer joven y bella, que iba cogiendo flores por una pradera, y deca cantando: "Sepa todo aquel que pregunt mi nombre, que yo soy La, y voy extendiendo en torno mis bellas manos para formarme una guirnalda. Para agradarme delante del espejo, me adorno aqu; pero mi hermana Raquel no se separa jams del suyo, y permanece todo el da sentada ante l. A ella le gusta contemplar sus hermosos ojos, como a m adornarme con mis propias manos: ella se satisface con mirar, yo con obrar." Ya, ante los esplendores que preceden al da, tanto ms gratos a los peregrinos, cuanto ms cerca de su patria se albergan al volver a ella, huan por todas partes las tinieblas, y con ellas mi sueo; por lo cual me levant, y vi a mis grandes Maestros levantados tambin. La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los mortales, hoy calmar tu hambre. Tales fueron las palabras que me dirigi Virgilio; palabras que me causaron un placer como no lo ha causado jams regalo alguno. Acrecentse tanto en m el deseo de llegar a la cima del monte, que a cada paso que daba senta crecer alas para mi vuelo. Cuando, recorrida toda la escalera, estuvimos en la ltima grada, Virgilio fij en m sus ojos y dijo: --Has visto el fuego temporal y el eterno, hijo mo, y has llegado a un sitio donde no puedo ver nada ms por m mismo. Con ingenio y con arte te he conducido hasta aqu: en adelante srvate de gua tu voluntad; fuera ests de los caminos escarpados y de las estrechuras; mira el Sol que brilla en tu frente; mira la hierba, las flores, los arbustos, que se producen solamente en esta tierra. Mientras no vengan radiantes de alegra los hermosos ojos que, entre lgrimas, me hicieron acudir en tu socorro, puedes sentarte, y puedes pasear entre esas flores. No esperes ya mis palabras, ni mis consejos: tu albedro es ya libre, recto y sano, y sera una falta no obrar segn lo que l te dicte. As, pues, ensalzndote sobre ti mismo, te corono y te mitro.[88] [88] Tu albedro es ya libre; recto y sano, por el esclarecimiento de tu razn y el dominio de tus pasiones: por lo tanto te hago seor de ti mismo, en lo tocante a la direccin civil (corona), y a la espiritual (mitra). [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOCTAVO_ Deseoso ya de observar en su interior y en sus contornos la divina floresta espesa y viva, que amortiguaba la luz del nuevo da, dej sin esperar ms el borde del monte y march lentamente a travs del campo, cuyo suelo por todas partes despeda gratos aromas. Un aura blanda e invariable me oreaba la frente con no mayor fuerza que la de un viento suave: a su impulso, todas las verdes frondas se inclinaban trmulas hacia el lado a que proyecta su primera sombra el sagrado monte; pero sin separarse tanto de su derechura, que las avecillas dejaran por esta causa de ejercitar su arte sobre las copas de los rboles, pues antes bien, llenas de alegra, saludaban a las primeras auras, cantando entre las hojas, que acompaaban a sus ritmos haciendo el bajo, con un susurro semejante al que de rama en rama va creciendo en los pinares del llano de Chiassi, cuando Eolo deja escapar el Sirocco. Ya me haban transportado mis lentos pasos tan adentro de la antigua selva, que no poda distinguir el sitio por donde haba entrado, cuando vi interceptado mi camino por un riachuelo, que corriendo hacia la izquierda, doblegaba bajo el peso de pequeas linfas las hierbas que brotaban en sus orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por ms puras, pareceran turbias comparadas con aquellas, que no ocultan nada, aunque corran obscurecidas bajo una perpetua sombra, que no da paso nunca a los rayos del Sol ni de la Luna. Detuve mis pasos, y atraves con la vista aquel riachuelo, para admirar la gran variedad de sus frescas arboledas, cuando se me apareci, como aparece sbitamente una cosa maravillosa que desva de nuestra mente todo otro pensamiento, una mujer sola, que iba cantando y cogiendo flores de las muchas de que estaba esmaltado todo su camino. --Ah!, hermosa Dama, que te abrasas en los rayos de Amor, si he de dar crdito al semblante que suele ser testimonio del corazn; dgnate adelantarte--le dije--hacia este riachuelo, lo bastante para que pueda comprender qu es lo que cantas. T traes a mi memoria el sitio donde estaba Proserpina, y cmo era cuando la perdi su madre, y ella perdi sus lozanas flores. As como bailando se vuelve una mujer, con los pies juntos y arrimados al suelo, poniendo apenas uno delante de otro, de igual suerte se volvi aqulla hacia m sobre las florecillas rojas y amarillas, semejante a una virgen que inclina sus modestos ojos, y satisfizo mis splicas aproximndose tanto, que llegaba hasta m la dulce armona de su canto, y sus palabras claras y distintas. Luego que se detuvo en el sitio donde las hierbas son baadas por las ondas del lindo riachuelo, me concedi el favor de levantar sus ojos. No creo que saliera tal resplandor bajo las cejas de Venus, cuando su hijo la hiri inconsideradamente. Ella se sonrea desde la orilla derecha, cogiendo mientras tanto las flores que aquella elevada tierra produce sin necesidad de simiente. El ro nos separaba a la distancia de tres pasos; pero el Helesponto por donde pas Jerjes, cuyo ejemplo sirve an de freno a todo orgullo humano, no fu tan odioso a Leandro, por el impetuoso movimiento de sus aguas entre Sestos y Abydos, como lo era aqul para m por no abrirme paso. --Sois recin llegados--dijo ella--; y quiz porque me sonro en este sitio escogido para nido de la humana naturaleza, os causo asombro y hasta alguna sospecha; pero el salmo "Delectasti" esparce una luz que puede disipar las nubes de vuestro entendimiento. Y t, que vas delante y me has rogado que hable, dime si quieres or otra cosa, que yo responder con presteza a todas tus preguntas hasta dejarte satisfecho. --El agua--le dije--y el rumor de la floresta impugnan en mi interior una nueva creencia sobre una cosa que he odo y que es contraria a esta. A lo que ella contest: --Te dir cmo procede de su causa eso que te admira, y disipar la nube que te ciega. El Sumo Bien, que se complace slo en s mismo, hizo al hombre bueno y apto para el bien, y le di este sitio como arras en seal de eterna paz. El hombre, por sus culpas, permaneci aqu poco tiempo: por sus culpas cambi su honesta risa y su dulce pasatiempo en llanto y en tristeza. A fin de que todas las conmociones producidas ms abajo por las exhalaciones del agua y de la tierra, que se dirigen cuanto pueden tras del calor, no molestasen al hombre, se elev este monte hacia el cielo tanto como has visto, y est libre de todas ellas desde el punto donde se cierra su puerta. Ahora bien, como el aire gira en torno de la tierra con la primera bveda movible del cielo, si el crculo no es interrumpido por algn punto, un movimiento semejante viene a repercutir en esta altura, que est libre de toda perturbacin en medio del aire puro, produciendo este ruido en la selva, porque es espesa; y la planta sacudida comunica su propia virtud generativa al aire, el cual girando en torno deposita dicha virtud en el suelo; y la otra tierra, segn que es apta por s misma o por su cielo, concibe y produce diversos rboles de diferentes especies. Una vez odo esto, no te parecer ya maravilloso que haya plantas que broten sin semillas aparentes. Debes saber, adems, que la santa campia en que te encuentras est llena de toda clase de semillas, y encierra frutos que all abajo no se cogen. El agua que ves no brota de ninguna vena que sea renovada por los vapores que el fro del cielo convierte en lluvia, como un ro que adquiere o pierde caudal, sino que sale de una fuente invariable y segura, que recibe de la voluntad de Dios cuanto derrama por dos partes. Por esta desciende con una virtud que borra la memoria del pecado; por la otra renueva la de toda buena accin. Aqu se llama Leteo; en el otro lado, Eunoe; y no produce sus efectos si no se bebe aqu primero que all: su sabor supera a todos los dems. Aunque tu sed est ya bastante mitigada sin necesidad de ms explicaciones mas, por una gracia especial, an te dar un corolario; y no creo que mis palabras te sean menos gratas, si por ti exceden a mis promesas. Los que antiguamente fingieron la edad de oro y su estado feliz, quiz soaron en el Parnaso este sitio. Aqu fu inocente el origen de la raza humana; aqu la primavera y los frutos son eternos: este es el verdadero nctar de que todos hablan. Entonces me volv completamente hacia mis Poetas y vi que haban acogido con una sonrisa esta ltima explicacin: despus dirig de nuevo mis ojos hacia la bella Dama. [Ilustracin] _CANTO VIGESIMONONO_ Despus de aquellas ltimas palabras, continu cantando cual mujer enamorada: "Beati, quorum tecta sunt peccata"[89]: y a la manera de las ninfas, que andaban solas por las umbras selvas, complacindose unas en hur del Sol, y otras en verle, psose a caminar por la orilla contra la corriente del ro; y yo al igual de ella, segu sus cortos pasos con los mos. Entre los dos no habamos an adelantado ciento, cuando las dos riberas equidistantes presentaron una curva, de tal modo que me encontr vuelto hacia Oriente. A poco de andar as, volvise la Dama enteramente a m, diciendo: "Hermano mo, mira y escucha." Y he aqu que por todas partes ilumin la selva un resplandor tan sbito, que dud si haba sido un relmpago; mas como ste desaparece en cuanto brilla, y aqul duraba cada vez ms resplandeciente, deca yo entre m: "Qu ser esto?" Circulaba por el luminoso aire una dulce meloda, por lo cual mi buen celo me hizo censurar el atrevimiento de Eva; pues que all, donde obedecan la tierra y el cielo, una mujer sola y apenas formada, no pudo sufrir el permanecer bajo ningn velo; cuando si hubiera permanecido resignado bajo l, habra yo gozado ms pronto, y luego eternamente aquellas inefables delicias. [89] Beati, quorum remissae sunt iniquitates, et quorum tecta sunt peccata: palabras del segundo Salmo penitencial, con las cuales la Dama congratula a Dante por verle limpio de las manchas de los siete pecados. Esta Dama representa, segn algunos comentadores, la Iglesia catlica. Mientras iba yo enteramente absorto en la contemplacin de tantas primicias del placer eterno, y deseoso todava de ms dichas, el aire, semejante a un gran fuego, apareci ante nosotros inflamado bajo las verdes ramas, y la dulce armona que habamos percibido se convirti en un canto claro y distinto. Oh sacrosantas Vrgenes! Si alguna vez he soportado por vosotras el hambre, el fro y las vigilias, prestadme en cambio la ayuda, que la necesidad me obliga a demandaros. Es preciso que Helicn derrame para m sus aguas, y que el coro de Urania me ayude a poner en versos cosas apenas concebibles. Parecime ver algo ms all siete rboles de oro[90], engaado por la gran distancia que todava mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando me hube aproximado tanto, que la semejanza engaadora del sentido no perda ya por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la facultad que prepara materia al raciocinio me hizo conocer que eran candelabros, y que las voces cantaban "Hosanna." Los hermosos muebles llameaban en su parte superior despidiendo una luz mucho ms clara que la Luna a media noche y a la mitad de su mes. Me volv lleno de admiracin al buen Virgilio, y l me respondi con una mirada no menos llena de asombro. Despus fij de nuevo mi atencin en los altos candelabros, los cuales avanzaban en nuestra direccin tan lentamente que una recin desposada los habra vencido en celeridad. La Dama me grit: --Por qu contemplas con tanto ardor esas vvidas luces, y no reparas en lo que viene tras de ellas? [90] Segn unos comentadores, los siete dones del Espritu Santo; segn otros, los siete sacramentos. Entonces vi venir detrs de las luces, y como guiadas por stas, muchos personajes[91], vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado jams en el mundo. A la izquierda resplandeca el agua, y reflejaba la parte izquierda de mi cuerpo; as es que me miraba en ella como en un espejo. Cuando desde mi orilla llegu a un punto en que nicamente el ro me separaba de aqullos, me detuve para mirar mejor, y vi las llamas caminando hacia adelante, dejando tras de s pintado el aire con rasgos semejantes a banderolas extendidas; de modo que sobre ellas se vean claramente siete listas formadas de los colores de que el Sol hace su arco y Delia su cinturn. Aquellas listas se extendan por el cielo ms all de lo que alcanzaba mi vista, y segn me pareci, las de los extremos distaban entre s diez pasos una de otra[92]. Bajo el hermoso cielo que describo, se adelantaban de dos en dos veinticuatro ancianos coronados de azucenas[93]. Todos cantaban: "Bendita t eres entre las hijas de Adn, y benditas sean eternamente tus bellezas." Despus que las flores y las frescas hierbecillas que haba en la otra ribera frente a m se vieron libres de aquellos espritus elegidos, as como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, en pos de los ancianos vinieron cuatro animales, con ellos coronados de verdes hojas[94]. Cada uno tena seis alas, con las plumas llenas de ojos, como seran los de Argos si viviese[95]. Lector, no empleo mis rimas en describir las formas de estos animales, pues me contiene tanto el gasto futuro, que no puedo ser ahora prdigo; pero puedes leer a Ezequiel, que los pinta tales como los vi acudir de las fras regiones, con el viento, con las nubes y con el fuego; y del mismo modo que los encontrars en sus libros, as se presentaban aqu si se excepta que, en cuanto a las alas, Juan est conmigo y se separa de l. El espacio que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre dos ruedas, que iba tirado por un grifo. Este extenda sus alas ante la lista de en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara ninguna de ellas al hender el espacio entre las mismas comprendido. Se elevaban tanto, que se las perda de vista: la parte de su cuerpo que era ave tena los miembros de oro, y los de la otra parte eran blancos manchados de rojo. Ni Escipin el Africano, ni aun Augusto, hicieron jams recrearse a Roma en la contemplacin de un carro tan bello, y aun comparado con l, sera pobre aquel carro del Sol, que desvindose de su camino, fu abrasado, por los ruegos de la Tierra suplicante, cuando Jpiter fu misteriosamente justo. [91] Los patriarcas, profetas y otros santos varones, que creyeron en la venida de Jesucristo. [92] Estos diez pasos figuran, segn todos los comentadores, los diez mandamientos. [93] Smbolos de los libros del Antiguo Testamento. [94] Smbolos de los cuatro Evangelistas. [95] Las alas son smbolo de la prontitud con que el Evangelio recorri el mundo. Los ojos, semejantes a los de Argos, lo son de la vigilancia que es necesaria para mantener pura la verdad evanglica contra los sofismas de que se valen las pasiones. Tres mujeres venan danzando en redondo al lado de la rueda derecha; una de ellas tan roja, que apenas se la hubiera distinguido dentro del fuego: la otra era como si su carne y sus huesos fuesen de esmeralda: la tercera pareca nieve recin cada[96]. Tan pronto iba a la cabeza la blanca, como la roja; y segn el canto de sta, as las dems ajustaban el paso, avanzando lentas o rpidas. Hacia la izquierda del carro venan gozosas otras cuatro vestidas de prpura asustando sus movimientos al de una de ellas, que tena tres ojos en la cabeza.[97] En pos de estos grupos de que acabo de hablar, vi dos ancianos con diferentes vestiduras; pero iguales en su actitud, venerable y reposada. Uno de ellos pareca ser de los discpulos de aquel gran Hipcrates, a quien hizo la naturaleza en favor de los seres animados que le son ms queridos;[98] el otro demostraba un cuidado contrario, con una espada tan reluciente y aguda, que a travs del ro me caus miedo.[99] Despus vi otros cuatro de humilde apariencia;[100] y detrs de todos vena un anciano solo y durmiendo, pero con la faz inspirada.[101] Estos siete estaban vestidos como los veinticuatro primeros; pero no iban coronados de azucenas, sino de rosas y de otras flores coloradas; quien los hubiese visto desde algo lejos, habra jurado que arda una llama sobre sus sienes. Cuando el carro estuvo frente a m, se oy un trueno; y aquellos dignos personajes, como si se les hubiera prohibido seguir adelante, se detuvieron all al mismo tiempo que los candelabros. [96] Las tres virtudes teologales: la Fe, color de nieve; la Esperanza, color de esmeralda, y la Caridad, color de fuego. [97] Las cuatro Virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Se suponen tres ojos a la Prudencia: con uno mira al pasado, para sacar un recuerdo provechoso; con el otro al presente, para no equivocarse al tomar una determinacin; y con el otro al porvenir, para evitar a tiempo el mal y prepararse al bien. [98] San Lucas. [99] San Pablo. [100] Los apstoles Santiago, Pedro, Juan y Judas, escritores de las Epstolas cannicas; y dice de humilde apariencia, porque sus escritos son breves. [101] S. Juan Apstol, que cuando escribi el Apocalipsis, estaba cercano a los noventa aos. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMO_ Cuando se detuvo el septentrin del primer Cielo, que no conoci nunca orto ni ocaso, ni ms niebla que el velo que sobre l corri el pecado, y que all enseaba a cada cual su deber, como el septentrin ms bajo lo ensea al que dirige el timn para llegar al puerto, los veraces personajes que iban entre el Grifo y los siete candelabros se volvieron hacia el carro, como hacia el fin de sus deseos; y uno de ellos como enviado del Cielo, exclam tres veces cantando: "Veni, sponsa, de Libano," y todos los dems cantaron lo mismo despus de l. As como los bienaventurados, cuando llegue la hora del juicio final, se levantarn con presteza de sus tumbas, cantando "Aleluya" con su voz recobrada por fin, del mismo modo se elevaron sobre el carro divino, "ad vocem tanti senis," cien ministros y mensajeros de la vida eterna. Todos decan: "Benedictus qui venis," y despus, esparciendo flores por encima y alrededor, aadan: "Manibus o date lilia plenis." Yo he visto, al romper el da, la parte oriental enteramente sonrosada, el resto del cielo adornado de una hermosa serenidad, y la faz del Sol naciente cubierta de sombras, de suerte que a travs de los vapores que amortiguaban su resplandor, poda contemplarla el ojo por largo tiempo: del mismo modo, a travs de una nube de flores que sala de manos angelicales y caa sobre el carro y en torno suyo, se me apareci una dama coronada de oliva sobre un velo blanco, cubierta de un verde manto, y vestida del color de una vvida llama.[102] Mi espritu, que haca largo tiempo no haba quedado abatido, temblando de estupor en su presencia, sin que mis ojos la reconocieran, sinti no obstante el gran poder del antiguo amor, a causa de la oculta influencia que de ella emanaba. En cuanto hiri mis ojos la alta virtud que me haba avasallado antes de que yo saliera de la infancia, me volv hacia la izquierda, con el mismo respeto con que corre el nio hacia su madre, cuando tiene miedo, o cuando est afligido, para decir a Virgilio: "No ha quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble; reconozco las seales de mi antigua llama." Pero Virgilio nos haba privado de s; Virgilio, el dulcsimo padre, Virgilio, que me haba sido enviado por aqulla para mi salvacin. Ni aun todo lo que perdi la antigua madre pudo impedir que mis mejillas enjutas se baaran en triste llanto. [102] El velo blanco, el manto verde y el vestido color de fuego, que adornan a Beatriz, simbolizan las tres Virtudes teologales: la corona de oliva indica la Sabidura. --Dante, no llores todava; no llores todava porque Virgilio se vaya, pues es preciso que llores por otra herida! Como el almirante que va de popa a proa examinando la gente que monta los otros buques, y la anima a portarse bien, del mismo modo sobre el borde izquierdo del carro, vi yo, cuando me volv al or mi nombre, que aqu se consigna por necesidad, a la Dama que se me apareci anteriormente velada por los halagos angelicales, dirigiendo sus ojos hacia m de la parte ac del ro. Aunque el velo que descenda de su cabeza, rodeado de las hojas de Minerva, no permitiese que se distinguieran sus facciones, con su actitud regia y altiva continu de esta suerte, como aquel que al hablar reserva las palabras ms calurosas para lo ltimo: --Mrame bien, soy yo; soy en efecto Beatriz, Cmo te has dignado subir a este monte? No sabas que el hombre es aqu dichoso? Mis ojos se inclinaron hacia las limpias ondas; pero vindome reflejado en ellas, los dirig hacia la hierba: tanta fu la vergenza que abati mi frente. Parecime Beatriz tan terrible como una madre irritada a su hijo, porque amarga el sabor de la piedad acerba. Ella guard silencio, y los ngeles cantaron de improviso: "In te Domine speravi;" pero no pasaron de "pedes meos." As como la nieve se congela y endurece al soplo de los vientos de Esclavonia, entre los rboles que crecen sobre el dorso de Italia; y luego se lica por s misma, en cuanto la tierra que pierde la sombra enva su aliento, semejante al fuego que derrite una vela; as me qued sin lgrimas ni suspiros antes que cantasen aqullos cuyas notas responden siempre a la armona de las esferas celestiales: mas cuando comprend por sus dulces palabras que se compadecan de m ms que si hubiesen dicho: "Mujer, por qu as le maltratas?," el hielo que oprima mi corazn se deshizo en suspiros y agua, y junto con mi angustia, sali del pecho por la boca y por los ojos. Estando Ella, sin embargo, inmvil sobre el costado izquierdo del carro, dirigi de este modo sus palabras a las compasivas substancias: --Vosotros velis en el eterno da, de modo que ni la noche ni el sueo os roban ninguno de los pasos que da el siglo en su camino: as pues, responder con ms cuidado, a fin de que me comprenda el que all llora, y sienta un dolor proporcionado a su falta. No solamente por influencia de las grandes esferas que dirigen cada semilla hacia algn fin, segn la virtud de la estrella que la acompaa, sino tambin por la abundancia de la gracia divina (cuya lluvia desciende de tan altos vapores, que no puede alcanzarlos nuestra vista), fu tal se en su edad temprana por natural disposicin, que todos los buenos hbitos habran producido en l admirables efectos; pero el terreno mal sembrado e inculto se hace tanto ms maligno y salvaje, cuanto mayor vigor terrestre hay en l. Por algn tiempo le sostuve con mi presencia: mostrndole mis ojos juveniles, le llevaba conmigo en direccin del camino recto; pero tan pronto como estuve en el umbral de la segunda edad, y cambi de vida, se se separ de m y se entreg a otros amores. Cuando sub desde la carne al espritu, y hube crecido en belleza y virtud, fu para l menos querida y menos agradable. Encamin sus pasos por una va falsa, siguiendo tras engaosas imgenes del bien, que no cumplen totalmente ninguna promesa: ni siquiera me ha valido impetrar para l inspiraciones, por medio de las cuales le llamaba en sueos o de otros modos, segn el poco caso que de ellas ha hecho. Tan abajo cay, que todos mis medios eran ya insuficientes para salvarle, si no le mostraba las razas condenadas. Por l he visitado el umbral de los muertos, y dirig mis ruegos y mis lgrimas al que le ha conducido hasta aqu. Se hubiera violado el alto decreto de Dios, si pasara el Leteo y gustara tales manjares sin haber pagado alguna parte de la penitencia que hace verter lgrimas. [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOPRIMERO_ Oh t, que ests a la otra parte del sagrado ro!--Empez de nuevo a decir, continuando sin demora, y dirigindome de punta sus palabras, que aun de filo me haban parecido tan acerbas--; di, di si esto es verdad--; a tal acusacin es preciso que tu confesin corresponda. Estaba yo tan confuso, que mi voz conmovida se extingui antes de salir de sus rganos. Ella esper un momento, y despus dijo: --En qu piensas? Respndeme, pues todava las aguas del Leteo no han borrado tus tristes recuerdos. La confusin y el miedo reunidos me arrancaron de la boca un "s" tan dbil, que fu menester el auxilio de la vista para entenderlo. As como se rompe una ballesta por estar demasiado tirantes la cuerda y el arco, de modo que la flecha da con menos fuerza en el blanco, as yo, quebrantado bajo el peso de tan grave cargo, prorrump en lgrimas y suspiros, y la voz enflaquecida vino a expirar entre mis labios. Entonces Ella me dijo: --En medio de los saludables deseos procedentes de m, que te impulsaban a amar el bien, ms all del cual no hay nada a que aspirar, qu fosos insuperables o qu cadenas has encontrado para perder de tal modo la esperanza de pasar adelante? Y qu ventajas o atractivos descubriste en el aspecto de los otros bienes, para que debieras rondar en torno de ellos? Despus de haber exhalado un amargo suspiro, apenas tuve bastante voz para responder; voz que mis labios formaron con trabajo. Llorando dije: --Las cosas presentes con sus falsos placeres desviaron mis pasos, apenas se me ocult vuestro rostro. Ella me respondi: --Aunque callases o negases lo mismo que ahora confiesas, no por eso tu falta sera menos conocida: tal es el Juez que la sabe! Pero cuando la confesin del pecado sale de la propia boca del pecador, la rueda se vuelve en nuestro tribunal contra el filo de la espada. Sin embargo, para que ms te aproveche la vergenza de tu error, y para que otra vez seas ms fuerte al or las sirenas, depn la causa de tu llanto y escucha: de este modo sabrs que mi carne sepultada deba encaminarte en una direccin totalmente contraria. El arte o la naturaleza no te presentaron jams una cosa tan agradable como los bellos miembros en que estuve contenida, miembros que ahora son polvo de la tierra. Y si el sumo placer de verme te falt por mi muerte, qu cosa mortal deba excitar despus tus deseos? A la primera herida que te causaron las cosas falaces del mundo, debiste elevar tus ojos al cielo, siguindome a m, que no era ya como ellas. No deban abatirse tus alas para esperar all nuevos golpes, o bien alguna doncellita u otra cualquiera vanidad de tan corta duracin. El tierno pajarillo cae en dos o tres asechanzas; pero ante los ojos de los ya cubiertos de pluma en vano se despliegan las redes, en vano se lanzan flechas. Yo estaba como los nios que, mudos de vergenza y con los ojos fijos en el suelo, escuchan en pie, reconociendo sus faltas, y arrepentidos. Ella continu: --Ya que te muestras tan contrito por lo que has odo, alza la barba, y sentirs ms dolor mirndome. Con menos resistencia se desarraiga la robusta encina, bien al embate de los vientos boreales, o bien al de aquel que viene del pas de Jarba, de la que, al or su orden, opuse yo para levantar la cabeza; y cuando di el nombre de barba a mi rostro, bien conoc el veneno que encerraban sus palabras. Por fin, cuando alc la faz, advert que las primeras criaturas haban cesado de esparcir flores, y mis miradas, poco seguras an, vieron a Beatriz vuelta hacia la fiera que es una sola persona con dos naturalezas. Cubierta con su velo, y al otro lado de la verde orilla, parecime que se venca a s misma en su primitiva belleza, mucho ms de lo que venca a las dems mujeres cuando viva en el mundo. La ortiga del arrepentimiento me punz tanto, que de todas las cosas mortales la que ms me desvi de su amor me fu la ms odiosa: el remordimiento me oprimi el corazn de tal modo, que ca desmayado. Lo que me sucedi entonces lo sabe aqulla que fu la causa de ello. Cuando el corazn me restituy la facultad de percibir las cosas exteriores, vi por encima de m a la Dama que antes haba encontrado sola, y la o decir: --Agrrate, agrrate a m! Habame sumergido en el ro hasta la garganta, e impelindome tras ella, iba caminando sobre el agua con la ligereza de una lanzadera. Cuando estuve cerca de la dichosa orilla, o tan dulcemente "Asperges me," que no sabra recordarlo, cuanto menos escribirlo. La hermosa Dama abri sus brazos, rode con ellos mi cabeza, y me sumergi de modo que hube de beber el agua. Despus me sac fuera, y mojado como estaba me present a las cuatro bellas bailarinas, cada una de las cuales extendi sobre m su brazo. --Aqu somos ninfas, y en el Cielo estrellas: antes de que Beatriz descendiese al mundo fuimos designadas como siervas suyas. Te conduciremos ante sus ojos; pero las tres del otro lado, que ven ms a fondo, aguzarn los tuyos para que percibas la plcida luz que hay dentro de ellos. As me dijeron cantando; y despus me llevaron hacia el pecho del Grifo, donde estaba Beatriz vuelta hacia nosotros. En seguida aadieron: --No economices tus miradas: te hemos puesto delante de las esmeraldas, desde donde Amor te lanz un da sus dardos. Mil deseos ms ardorosos que la llama atrajeron mis ojos hacia aquellos ojos brillantes, que an estaban fijos en el Grifo. Como el Sol en un espejo, la doble fiera se reflejaba en ellos, ya de un modo, ya de otro. Piensa, lector, si yo estara maravillado al ver tal objeto permanecer inalterable en s mismo, y transformndose en su imagen reflejada. Mientras que, llena de estupor y gozosa, mi alma gustaba de aquel alimento que, satisfacindola, la haca ms deseosa de l, aquellas tres, que demostraban en su actitud ser de una jerarqua ms elevada, se adelantaron danzando al comps de sus anglicos cantares. --Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos (tal era su cancin) hacia tu fiel amigo, que ha dado tantos pasos para verte. Por gracia, haznos la gracia de descubrirle tu faz, de modo que contemple la nueva belleza que le ocultas. Oh esplendor de viva luz eterna! Quin es el que habiendo palidecido a la sombra del Parnaso, o bebido en su fuente, no tendra la mente ofuscada, al intentar representarte tal cual apareciste all donde el cielo te circundaba, resonando con su acostumbrada armona, cuando al aire libre te descubriste? [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_ Estaban mis ojos tan fijos y atentos para calmar su sed de diez aos, que tena embotados los otros sentidos, encontrando adems aqullos por todas partes obstculos que no les permitan cuidarse de ninguna otra cosa; as es que la santa sonrisa los atraa con sus antiguas redes. Pero por fuerza me obligaron aquellas diosas a volver la cabeza hacia la izquierda, porque les oa decir: "Mira demasiado fijamente;" y la disposicin en que se encuentran los ojos cuando acaban de ser heridos por los rayos del Sol, me dej por algn tiempo sin vista; mas cuando se repusieron los mos ante otro pequeo resplandor (y digo pequeo, comparndolo con la gran luz de que me haba separado forzosamente), vi que el glorioso ejrcito se haba vuelto hacia la derecha, recibiendo en el rostro los rayos del Sol y los de las siete llamas. As como para salvarse una cohorte, se retira cobijada bajo los escudos, y se vuelve con su estandarte antes de que haya terminado por completo su evolucin, as la milicia del reino celestial que preceda al carro desfil toda antes de que ste hubiera vuelto su lanza. En seguida las mujeres se volvieron a colocar cerca de las ruedas, y el Grifo puso en movimiento el carro bendito, de tal modo que no se agit ninguna de sus plumas. La hermosa Dama que me hizo vadear el ro, Estacio y yo seguamos a la rueda que describi al girar el arco menor. Caminando de esta suerte a travs de la alta selva deshabitada por culpa de aquella que crey a la serpiente, ajustaba mis pasos al cntico de los ngeles. Una flecha despedida del arco recorre quiz en tres veces el espacio que habamos avanzado, cuando baj Beatriz. O que todos murmuraban: "Adn!" En seguida rodearon un rbol enteramente despojado de hojas y flores en todas sus ramas. Su copa, que se extenda a medida que el rbol se elevaba, sera, a causa de su altura, admirada por los indios en sus selvas. --Bendito seas, oh Grifo, que con tu pico no arrancaste nada de este tronco dulce al gusto, despus que, por haberlo probado, se inclin al mal el apetito humano! As exclamaron todos en derredor del rbol robusto; y el animal de doble naturaleza respondi: --De ese modo se conserva la semilla de toda justicia. Y volvindose al timn de que haba tirado, lo condujo al pie de la planta viuda de sus hojas, y dej atado a ella el carro que era de ella. As como nuestras plantas se ponen turgentes cuando la gran luz desciende mezclada con aquella que irradia detrs de los celestes Peces, y luego se reviste cada una con su propio color antes que el Sol gue sus caballos bajo otra estrella, de igual modo se renov el rbol cuyas ramas estaban antes tan desnudas, adquiriendo colores menos vivos que los de la rosa, pero ms que los de la violeta. Yo no pude entender, ni aqu abajo se canta, el himno que aquella gente enton entonces, ni tampoco pude or todo el canto hasta el fin. Si me fuera posible describir cmo se adormecieron aquellos desapiadados ojos que tan cara pagaron su excesiva vigilancia, oyendo las aventuras de Siringa, representara, como un pintor que copia un modelo, el modo como me dorm; pero hgalo quienquiera que sepa figurar bien el sueo. Paso, pues, al momento en que me despert, y digo que un resplandor desgarr el velo de mi sueo, al mismo tiempo que me gritaba una voz: "Levntate; qu haces?" Como Pedro, Juan y Jacobo, conducidos a ver las florecitas del manzano, que hace a los ngeles codiciosos de su fruta y perpetuas las bodas en el cielo; y aterrados por el esplendor divino, volvieron en s al or la palabra que ha interrumpido sueos mayores, y vieron su compaa mermada por la ausencia de Moiss y Elas, y cambiada la tnica de su Maestro, as despert yo, viendo inclinada sobre m a aquella compasiva mujer que haba guiado anteriormente mis pasos por el ro; lleno de inquietud dije: --Dnde est Beatriz? A lo que me contest: --Mrala sentada sobre las races y bajo el nuevo follaje de ese rbol. Mira la compaa que la rodea: los otros se van hacia arriba tras el Grifo, entonando cnticos ms dulces y ms profundos. Ignoro si fu ms difusa su respuesta; porque se hallaba otra vez ante mis ojos aquella que me impeda fijar la atencin en ninguna otra cosa. Estaba sentada ella sola en la tierra verdadera, como dejada all para custodiar el carro que vi atar a la biforme fiera. En torno suyo formaban un crculo las siete Ninfas, teniendo en las manos aquellas luces que no puede apagar el Aquiln ni el Austro. --Poco tiempo habitars esta selva, y sers eternamente conmigo ciudadano de aquella Roma donde Cristo es romano. Por lo tanto, fija tus ojos en este carro para bien del mundo que vive mal, y cuando vuelvas a l, escribe lo que has visto. As habl Beatriz; y yo, enteramente sumiso a sus rdenes, puse mi mente y mis ojos donde ella quiso. Nunca tan velozmente parti el rayo de condensada nube, cuando cae del ms remoto confn del aire, como vi yo al ave de Jpiter precipitarse y bajar por el rbol, rompiendo su corteza, ya que no las flores y hojas nuevas: y con toda su fuerza hiri al carro, y le hizo vacilar, como nave combatida por la tempestad, que las olas derriban, ora a babor, ora a estribor. Vi luego introducirse en el carro triunfal una zorra, que pareca no haber tomado jams ningn buen alimento: pero reprendindole mi Dama sus feas culpas, la oblig a hur tan precipitadamente como lo permitieron sus descarnados huesos. En seguida, por donde mismo haba venido antes, vi al guila descender a la caja del carro, y dejarla cubierta de sus plumas: y semejante a la voz que sale de un corazn contristado, sali del cielo una voz que dijo: "Ay, navecilla ma, cun mal cargada ests!" Despus me pareci que se abra la tierra entre las dos ruedas, y vi salir un dragn que hinc su maligna cola en el carro, y retirndola luego como la avispa su aguijn, se llev consigo una parte del fondo, y se alej muy contento. Lo que qued del carro, como la tierra frtil que se cubre de grama, se cubri de la pluma ofrecida por el guila quiz con intencin casta y benigna; y de ella se cubrieron una y otra rueda y la lanza en menos tiempo del que mantiene un suspiro la boca abierta. Transformado de esta suerte el edificio santo, salieron de sus diversas partes varias cabezas, tres de ellas sobre la lanza, y las restantes una en cada ngulo. Las primeras tenan cuernos como los bueyes; pero las otras slo tenan un cuerno por frente: jams se han visto semejantes monstruos. Tan segura como una fortaleza sobre una alta montaa, vi sentada en el carro a una prostituta desenvuelta, paseando sus miradas en torno suyo. Y como para impedir que se la quitaran, vi un gigante colocado en pie junto a ella, y ambos se besaban de vez en cuando; ms habiendo ella vuelto hacia m sus ojos codiciosos y errantes, el feroz amante la azot desde la cabeza a los pies. Despus, lleno de suspicacia y de cruel ira, desat el monstruoso carro, y lo arrastr tan lejos por la selva, que tras de ella se ocultaron a mi vista la prostituta y la nueva fiera. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOTERCIO_ Las mujeres comenzaron llorosas una dulce salmodia, cantando alternativamente, ya las tres, ya las cuatro: "Deus, venerunt gentes."[103] Y Beatriz, suspirando compasiva, las escuchaba tan abatida, que poco ms lo estuvo Mara al pie de la Cruz. Pero cuando las otras vrgenes le dieron ocasin de hablar, ponindose en pie, respondi encendida como el fuego: --"Modicum, et non videbitis me; et iterum," mis queridas hermanas, "modicum, et vos videbitis me."[104] [103] Cantan, alternando, los versculos del salmo LXXVIII, que el poeta aplica en este lugar a las desventuras de la Iglesia cristiana. [104] "Dentro de poco no me veris: pero dentro de otro poco me veris." Palabras de Jess, en el Evangelio de San Juan, prediciendo su prxima muerte y su resurreccin. Despus reuni ante s a todas siete, y con slo un ademn, nos hizo marchar tras ellas a m, a la Dama, y al sabio que qued en nuestra compaa. As se alejaba, y no creo que hubiese dado diez pasos, cuando hiri mis ojos con sus ojos, y con aspecto tranquilo me dijo: --Ven ms de prisa, de modo que si hablo contigo, ests dispuesto a escucharme. Cuando estuve cerca de ella, como deba, aadi: --Hermano, por qu, viniendo conmigo, no te atreves a preguntarme algo? Me sucedi lo que a aquellos que, por excesiva reverencia, al hablar con sus superiores, no pueden hacer salir con viveza las palabras de entre sus dientes, y contest balbuceando: --Seora, vos conocis mis necesidades y lo que les conviene. Contestme: --Quiero que en adelante te despojes de ese temor y esa vergenza, para que no hables como hombre que suea. Sabe que el vaso que rompi la serpiente fu y no es; pero crea el culpable que la venganza de Dios no se vence con sortilegios. El guila que dej sus plumas en el carro, convirtindolo en un monstruo y despus en una presa, no estar siempre sin herederos; pues veo ciertamente, y por eso lo refiero, algunas estrellas ya cercanas a un tiempo seguro de todo obstculo y de todo impedimento, en el cual un quinientos diez y cinco,[105] enviado por Dios, destruir a la ramera, y a aquel gigante que con ella delinque. Y quiz mi prediccin obscura, como los orculos de Temis y de la Esfinge, no te persuade, porque, como ellos, ofusca el entendimiento; pero en breve los hechos sern las Nyades que resuelvan este difcil enigma, sin temor por los ganados y los trigos. Anota estas palabras, y tales como salen de mis labios ensaselas a los que viven con aquella vida que no es ms que una rpida carrera hacia la muerte: acurdate adems, cuando las escribas, de no ocultar cmo has visto la planta, que ha sido robada dos veces. Quien la despoja o la rompe ofende con una blasfemia de hecho a Dios, que la hizo santa slo para su uso. Por haber mordido su fruto, la primera alma aguard en el dolor y en el deseo durante cinco mil aos y ms al que en s mismo castig aquel bocado. Tu espritu est adormecido, si no comprende que slo por una causa singular es aquel rbol tan alto, y tan anchurosa su copa: y si los vanos pensamientos no hubiesen sido alrededor de tu mente como las aguas del Elsa, y el placer que te causaron no la hubiera manchado como Pramo manch la mora, slo por tantas circunstancias reconoceras moralmente la justicia de Dios en la prohibicin de tocar aquel rbol. Mas como veo tu inteligencia petrificada y tan obscurecida por el pecado, que te deslumbra el brillo de mis palabras, quiero que te las lleves, si no escritas, al menos estampadas en ti mismo, por aquel motivo que el peregrino lleva el bordn rodeado de palmas. [105] Esto es, un DXV, letras que transportadas equivalen a un DVX, o Capitn, o, como otros quieren, iniciales abreviativas de Dante Xristi Vertagus, Domini Xristi Vicarius, Dominus Xristi Victor o Vitor, etc. Le contest: --As como la cera conserva inalterable la imagen que en ella imprime el sello, del mismo modo la vuestra ha quedado grabada en mi cerebro. Pero por qu vuestra deseada palabra se eleva tanto sobre mi entendimiento, que cuanto ms procura comprenderla menos lo consigue? --Para que conozcas--dijo--aquella escuela que has seguido, y cmo ha de poder su doctrina seguir a mis palabras; y veas que vuestro camino se separa tanto del divino, cuanto de la Tierra dista el cielo que gira ms velozmente a la mayor altura. Entonces le respond: --No recuerdo haberme alejado jams de vos, ni me remuerde por ello la conciencia. --Es que t no puedes recordarlo--me dijo sonrindose--; acurdate de que has bebido las aguas del Leteo; y si del humo se deduce el fuego, de ese olvido se infiere claramente que tu voluntad, ocupada en otras cosas, era culpable. Pero en adelante sern mis palabras tan desnudas cuanto es preciso descubrirlas a tu rudo entendimiento. El Sol, ms resplandeciente y con pasos ms lentos, atravesaba el crculo del Meridiano, que cambia de posicin segn de donde se mira, cuando al extremo de una opaca umbra, semejante a las que se ven bajo las verdes hojas y las negruzcas ramas por donde llevan los Alpes sus fros riachuelos, se detuvieron las siete mujeres, como se detiene la tropa que va de avanzada, si encuentra alguna novedad en su camino. Ante ellas me pareci ver salir el Tigris y el Eufrates de un mismo manantial, y como amigos separarse lentamente. --Oh luz!, oh gloria de la raza humana! Qu agua es esta que mana de una misma fuente, y dividida, se aleja una de otra? A tal pregunta se me contest: --Ruega a Matilde que te lo diga. Y la hermosa Dama respondi como aquel que se disculpa: --Ya le he dicho esta y otras varias cosas; y estoy segura de que el agua del Leteo no se las ha hecho olvidar. Beatriz aadi: --Quiz un inters mayor, de esos que muchas veces quitan la memoria, ha obscurecido su mente con respecto a los dems objetos. Pero mira el Eunoe, que por all se desliza; condcele hacia l, y segn acostumbras, reanima su amortecida virtud. Como una alma gentil que de nada se excusa, sino que adapta su voluntad a la de los otros en cuanto se la dan a conocer por medio de alguna sea, de igual suerte se puso en marcha la bella Dama en cuanto estuve a su lado, y dijo a Estacio con su gracia femenil: --Ven con l. Lector, si dispusiera de mayor espacio para escribir, cantara en parte la dulzura de las aguas de que no me habra saciado nunca; pero como estn ya llenos todos los papeles dispuestos para este segundo cntico, el freno del arte no me deja ir ms all. Volv de aquellas sacrosantas ondas tan reanimado como las plantas nuevas, renovadas con nuevas hojas, purificado y dispuesto para subir a las estrellas. [Ilustracin] _PARAISO_ [Ilustracin] _CANTO PRIMERO_ La gloria de Aqul que todo lo mueve se difunde por el universo, y resplandece en unas partes ms y en otras menos. Yo estuve en el cielo que recibe mayor suma de su luz, y vi tales cosas, que ni sabe ni puede referirlas el que desciende de all arriba; porque nuestra inteligencia, al acercarse al fin de sus deseos, profundiza tanto, que la memoria no puede volver atrs. Sin embargo, todo cuanto mi mente haya podido atesorar de lo concerniente al reino santo, ser en lo sucesivo objeto de mi cntico. Oh buen Apolo! Haz de m para este ltimo trabajo un vaso lleno de tu valor, tal como lo exiges para conceder tu laurel amado; pues si hasta aqu tuve bastante con una cima del Parnaso, ahora necesito las dos para entrar en el resto de mi carrera. Entra en mi seno, e insprame el aliento de que estabas posedo cuando sacaste los miembros de Marsias fuera de su piel. Oh divina virtud! Si te prestas a m, de modo que yo pueda poner de manifiesto la sombra del reino bienaventurado estampada en mi cabeza, me vers acudir a tu rbol querido y coronarme entonces de aquellas hojas; pues el asunto de mi canto y tu favor me harn digno de ello. Tan pocas veces, oh Padre!, se recoge el lauro del triunfo, ya como Csar, ya como poeta (por culpa y vergenza de la humana voluntad), que cuando alguno arde en deseos de alcanzarlo, el follaje penico debera difundir la alegra en la feliz deidad dlfica. A una pequea chispa sigue una gran llama: quiz despus de m habr quien ruegue con mejor voz para que responda Cirra. La lmpara del mundo se presenta a los mortales por diferentes aberturas; pero cuando se deja ver por aquella en que se unen cuatro crculos formando tres cruces, entonces sale con mejor curso y con mejor estrella, y modela y sella ms a su modo la cera de nuestro mundo. Por aquella abertura se haba hecho all de da, y aqu de noche: casi todo aquel hemisferio estaba ya blanco, y la otra parte negra, cuando vi a Beatriz vuelta hacia el lado izquierdo, mirando al Sol; jams lo ha mirado un guila con tanta fijeza. Y as como un segundo rayo sale del primero, y se remonta a lo alto, semejante al peregrino que quiere volverse, as la accin de Beatriz, penetrando por mis ojos en mi imaginacin, origin la ma, y fij los ojos en el Sol contra nuestra costumbre. Muchas cosas son all permitidas a nuestras facultades, que no lo son aqu, por ser aquel lugar creado para residencia propia de la especie humana. Me fu imposible mirar por mucho tiempo al Sol; pero no tan poco, que no le viera centellear en torno suyo, como el hierro que sale candente del fuego; y de pronto me pareci que un nuevo da se una al da, como si Aqul que puede hubiese adornado el Cielo con otro Sol. Beatriz miraba fijamente las eternas esferas, y yo fij mis ojos en ella, desvindolos de all arriba: contemplndola, me transform interiormente, como Glauco al gustar la hierba que le hizo en el mar compaero de los otros Dioses. No es posible significar con palabras el acto de pasar a un grado superior la naturaleza humana; pero baste el citado ejemplo a quien la gracia divina reserve tal experiencia. Oh Amor, que gobiernas el cielo! T, que me elevaste con tu luz, sabes si yo era entonces solamente aquella parte de m que primero creaste. Cuando la rotacin de los cielos, que eternizas por el deseo que estos tienen de poseerte, atrajo mi atencin con su armona, que regularizas y distribuyes, me pareci que entonces se encenda con la llama del Sol tanto espacio del cielo, que ni las lluvias ni los ros han ocasionado jams tan extenso lago. La novedad de los sonidos y tan gran resplandor me abrasaron de tal modo en el deseo de conocer su causa, que jams he sentido tan punzante aguijn. As es que Ella, que vea mi interior como yo mismo, abri su boca para calmar mi excitado nimo, antes que yo la abriera para preguntarle, y empez a decir: --T mismo te atontas con tus falsas ideas, de tal modo que no ves lo que veras si las hubieras desechado. No ests ya en la Tierra, segn te figuras: el rayo, huyendo de la regin donde se forma, no corre tan velozmente como t asciendes hacia ella. Si vi desvanecida mi primera duda, gracias a sus palabras sonrientes y breves, me vi en cambio ms envuelto en otra nueva, y dije: --Ya me contemplo con placer libre de mi primitiva admiracin; mas ahora me asombra cmo es que puedo atravesar por entre estos cuerpos leves. Por lo cual Beatriz, lanzando un piadoso suspiro, dirigi hacia m sus ojos con aquel aspecto de que se reviste la madre al or un desvaro de su hijo, y repuso: --Todas las cosas guardan un orden entre s; y este orden es la forma, que hace al universo semejante a Dios. Aqu ven las altas criaturas el signo de la eterna sabidura, que es el fin para que se ha creado el orden antedicho. En el de que hablo, todas las naturalezas propenden y, segn su diversa esencia, se aproximan ms o menos a su principio. As es que se dirigen a diferentes puertos por el gran mar del sr, y cada una con el instinto que se le concedi para que la lleve al suyo. Este instinto es el que conduce al fuego hacia la Luna; el que promueve los primeros movimientos del corazn de los mortales, y el que concentra y hace compacta a la Tierra. Y este arco se dispara, no tan slo contra las criaturas desprovistas de inteligencia, sino contra las que tienen inteligencia y amor. La Providencia, que todo lo ordena, hace con su luz que est tranquilo el cielo en el que gira aqul que tiene mayo velocidad: all es donde ahora, como a sitio designado, nos lleva la virtud de la cuerda de aquel arco que dirige todo cuanto despide hacia un objeto agradable. Bien es verdad que, as como la forma no guarda muchas veces armona con las intenciones del arte, porque la materia es sorda para contestar, as de esta direccin se desva tal vez la criatura, que tiene el poder de inclinarse hacia otro lado, por ms que est impulsada de aquel modo, y cae (como se puede ver caer el fuego desde una nube), si su primer impulso la tuerce hacia la Tierra por un falso placer. No debes, pues, a lo que pienso, admirarte ms de tu ascensin, que de ver a un ro descender desde lo alto de una montaa hasta su base. Lo maravilloso en ti sera que, libre de todo obstculo, te hubieras sentado abajo, como lo sera el que la viva llama permaneciese quieta y apegada a la Tierra. Dicho esto, elev sus ojos al Cielo. [Ilustracin] _CANTO SEGUNDO_ Oh vosotros, que, deseosos de escucharme, habis seguido en una pequea barca tras de mi bajel que navega cantando, virad para ver de nuevo vuestras playas! No os internis en el pilago, porque quiz, perdindome yo, quedarais perdidos. El agua por donde sigo no fu jams recorrida; Minerva sopla en mi vela, Apolo me conduce y las nueve Musas me ensean las Osas. Y vosotros los que, en corto nmero, levantasteis ha tiempo las miradas hacia el pan de los ngeles, del cual se vivo aqu pero sin que nadie quede harto, bien podis dirigir vuestra nave por el alta mar, siguiendo mi estela sobre el agua que se rene en breve. Aquellos gloriosos hroes que pasaron a Colcos no se admiraron cuando vieron a Jasn convertido en boyero, como os admiraris ahora vosotros. La innata y perpetua sed del deiforme reino nos haca ir tan veloces como veloz veis al mismo cielo. Beatriz miraba hacia arriba, y yo la miraba a ella; y quiz en menos tiempo del en que se coloca un dardo, y se despide del arco y vuela, me vi llegado a un punto donde una cosa admirable atrajo mis miradas: por lo cual, Aqulla para quien no podan estar ocultos mis sentimientos, vuelta hacia m tan agradable como bella, me dijo: --Eleva tu agradecida mente hacia Dios, que nos ha transportado a la primera estrella. Parecame que se extendiese sobre nosotros una nube lcida, densa, slida y bruida, como un diamante herido por los rayos del Sol. La eterna margarita nos recibi dentro de s, como el agua que, permaneciendo unida, recibe un rayo de luz. Si yo era cuerpo, y si en la Tierra no se concibe cmo una dimensin pueda admitir a otra, segn debe suceder si un cuerpo penetra en otro, debera abrasarnos mucho ms el deseo de contemplar aquella esencia, en que se ve cmo Dios y nuestra naturaleza se unieron. All se ver esto que creemos por la fe; pero sin demostracin alguna, pues ser conocido por s mismo, como la primera verdad en que el hombre cree. Yo respond: --Seora, con tanto reconocimiento como cabe en m, doy gracias a Aqul que me ha alejado del mundo mortal. Pero decidme: qu son las obscuras seales de este cuerpo, que all abajo en la Tierra dan ocasin a algunos para inventar patraas sobre Can?[106] [106] Las manchas de la Luna, que, segn el vulgo, eran Can con un haz de lea. Sonrise un poco, y despus me dijo: --Si la opinin de los mortales se extrava donde la llave de los sentidos no puede abrir, no deberan en verdad punzarte desde ahora las flechas de la admiracin; pues ves que, si la razn sigue a los sentidos, debe tener muy cortas las alas; pero dime qu es lo que t piensas con respecto a esto. Le contest: --Lo que aqu arriba me parece de diferente forma, creo que debe ser producido por cuerpos enrarecidos y por cuerpos densos. Ella repuso: --Vers de un modo cierto que tu creencia est basada en una idea falsa, si escuchas bien el argumento que voy a oponerte. La octava esfera os muestra muchas luces, las cuales puede verse que presentan aspectos diferentes as en calidad como en cantidad. Si esto fuera efecto solamente del enrarecimiento y la densidad, en todas ellas habra una sola e idntica virtud, aunque distribuida en ms o menos abundancia y proporcionalmente a sus respectivas masas. Siendo diversas las virtudes, necesariamente han de ser fruto de principios formales; y stos, menos uno, quedaran destrudos por tu raciocinio. Adems, si el enrarecimiento fuese la causa de aquellas manchas acerca de las cuales me preguntas, entonces o el planeta estara en algunos puntos privado de su materia de parte a parte, o bien del modo que en un cuerpo alternan lo graso y magro, as el volumen de ste se compondra de hojas diferentes. Si fuese cierto lo primero, se manifestara en los eclipses de Sol, porque la luz de ste pasara a travs de la Luna, como atraviesa por cualquier cuerpo enrarecido. Esto no es as: por lo tanto hemos de examinar el otro supuesto; y si llego tambin a anularlo, vers demostrado lo falso de tu opinin. Si ese cuerpo enrarecido no llega de un lado a otro de la Luna, es preciso que termine en algn punto donde su contrario no deje pasar la luz, y que el otro rayo reverbere desde all, como el color se refleja en un cristal que est forrado de estao. Pero t dirs que el rayo aparece aqu ms obscuro que en otras partes, porque se refracta desde mayor profundidad. De esta rplica puede librarte la experiencia, si haces uso de ella alguna vez, por ser la fuente de donde manan los arroyos de vuestras artes. Toma tres espejos: coloca dos de ellos delante de ti a igual distancia, y el otro un poco ms lejos: despus fija tus ojos entre los dos primeros. Vuelto as hacia ellos, dispon que a tu espalda se eleve una luz que ilumine los tres espejos, y vuelva a ti reflejada por todos: entonces, aun cuando la luz reflejada sea menos intensa en el ms distante, vers que resplandece igualmente en los tres. Desvanecido ya el primer error de tu entendimiento, como a impulso de los clidos rayos se desvanecen el color y el fro primitivos de la nieve, quiero mostrarte ahora una luz tan viva, que apenas aparezca sentirs sus destellos. Dentro del Cielo de la divina paz se mueve un cuerpo, en cuya virtud reside el ser de todo su contenido. El Cielo siguiente, que tiene tantas estrellas, distribuye aquel sr entre diversas esencias, distintas de l y que en l estn contenidas. Los dems cielos, por varios y diferentes modos, disponen para sus fines aquellas cosas distintas que hay en cada uno, y sus influencias. Estos rganos del mundo van as descendiendo de grado en grado, como ahora ves, de suerte que adquieren del superior la virtud que comunican al inferior. Repara bien cmo voy por este camino hacia la verdad que deseas, a fin de que despus sepas por ti solo vencer toda dificultad. El movimiento y la virtud de las sagradas esferas deben proceder de los bienaventurados motores, como del artfice procede la obra del martillo. Aquel cielo, al que tantas luces hermosean, recibe forma y virtud de la inteligencia profunda que lo mueve, y se transforma en su sello. Y as como el alma dentro de vuestro polvo se extiende a los diferentes miembros, aptos para distintas facultades, as la inteligencia despliega por las estrellas su bondad multiplicada, girando sobre su unidad. Cada virtud se une de distinto modo con el precioso cuerpo a quien vivifica, y en el cual se infunde como en vosotros la vida. Por la plcida naturaleza de donde se deriva, esa virtud mezclada a los cuerpos celestes brilla en ellos, como la alegra en una pupila ardiente. De ella procede la diferencia que se observa de luz a luz, y no de los cuerpos densos y enrarecidos; ella es el principio formal que produce lo obscuro y lo claro, segn su bondad. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TERCERO_ Aquel Sol que primeramente abras de amor mi corazn[107] me haba descubierto, con sus pruebas y refutaciones, el dulce aspecto de una hermosa verdad; y yo, para confesarme desengaado y persuadido, levant la cabeza, tanto como era necesario a fin de declararlo resueltamente. Pero apareci una visin, la cual hacindose perceptible me atrajo de tal modo hacia s, que ya no me acord de mi confesin. As como a travs de cristales tersos y transparentes o de aguas ntidas y tranquilas, aunque no tan profundas que se obscurezca el fondo, llegan a nuestra vista las imgenes tan debilitadas, que una perla en una frente blanca no la distinguiran ms dbilmente nuestros ojos, as vi yo muchos rostros prontos a hablarme; por lo cual ca en el error contrario a aquel que inflam el amor entre un hombre y una fuente.[108] En cuanto las distingu, creyendo que fuesen imgenes reflejadas en un espejo, volv los ojos para ver los cuerpos a que correspondan; y como nada vi, los dirig de nuevo hacia delante, fijndolos en mi dulce Gua, que sonrindose despeda vvidos destellos de sus santos ojos. [107] Beatriz. [108] Alude a la fbula de Narciso. --No te asombres porque me sonra de tu pueril pensamiento--me dijo--; pues no se apoya todava tu pie sobre la verdad, y como de costumbre, te inclina a las ilusiones. Esas que ves son verdaderas substancias, relegadas aqu por haber faltado a su votos. Por consiguiente, habla con ellas, y oye y cree lo que te digan; pues la verdadera luz que las regocija no permite que se tuerzan sus pasos. Y yo me dirig a la sombra que pareca ms dispuesta a hablar, y empec a decirle, como hombre a quien su mismo deseo le quita el valor. --Oh espritu bien creado, que bajo los rayos de la vida eterna sientes la dulzura que no se comprende nunca si no se ha gustado! Me ser muy grato que te dignes decirme tu nombre y cul es vuestra suerte. A lo que contest pronta y con risueos ojos: --Nuestra caridad nunca cierra sus puertas a un deseo justo, siendo como aquella que quiere que se le asemeje toda su corte. Yo fu en el mundo una virgen religiosa; y si tu mente me contempla bien, no me ocultar a tus recuerdos el ser hoy la ms bella, sino que reconocers que yo soy Piccarda: colocada aqu con estos otros bienaventurados, soy como ellos bienaventurada en la esfera ms lenta. Nuestros afectos a quienes slo inflama el amor del Espritu Santo, se regocijan en el orden designado por l, y nos ha cabido en suerte este sitio que parece tan bajo, porque descuidamos nuestros votos, y en parte no fueron observados. A lo que le contest: --En vuestros admirables rostros resplandece no s qu de divino, que cambia el primer aspecto que de vosotras se ha conservado. Por eso no fu ms presto en recordar; pero ahora viene en mi ayuda lo que t me dices, de suerte que me es ms fcil reconocerte. Mas dime: vosotras que sois aqu felices deseis estar en otro lugar ms elevado para ver ms o para haceros ms amigas? Sonrise un poco mirando a las otras sombras, y en seguida me respondi tan placentera, que pareca arder en el primer fuego del amor: --Hermano, la virtud de la caridad calma nuestra voluntad, y esa virtud nos hace querer solamente lo que tenemos, y no apetecer nada ms. Si deseramos estar ms elevadas, nuestro anhelo estara en desacuerdo con la voluntad de Aqul que nos rene aqu; desacuerdo que no admiten las esferas celestiales, como vers si consideras bien que aqu es condicin necesaria estar unidas a Dios por medio de la caridad, y la naturaleza de esta misma caridad. Tambin es esencial a nuestra existencia bienaventurada uniformar la propia voluntad a la de Dios, de modo que nuestras mismas voluntades se refundan en una. As es que al estar como estamos distribudas de grado en grado por este reino, place a todo l, porque place al Rey cuya voluntad forma la nuestra. En su voluntad est nuestra paz; ella es el mar adonde va a parar todo lo que ha creado, o lo que hace la naturaleza. Entonces comprend claramente por qu en el Cielo todo es Paraso, por ms que la gracia del Supremo Bien no llueva en todas partes por igual. Pero, as como suele suceder que un manjar nos sacie, y que sintamos an apetito por otro, de suerte que pedimos ste y rechazamos aqul, as hice yo con el gesto y la palabra para saber por ella cul fu el tejido cuya lanzadera no continu manejando hasta el fin. --Una virtud perfecta, un mrito eminente colocan en un cielo ms alto a una mujer[109]--me dijo--, segn cuya regla se lleva all abajo en vuestro mundo el hbito y el velo monacal, a fin de que hasta la muerte se viva noche y da con aquel esposo, a quien es grato todo voto que la caridad hace conforme a su deseo. Por seguirla, hu del mundo jovencita an, y me encerr en su hbito, y promet observar la regla de su orden. Posteriormente, algunos hombres, ms habituados al mal que al bien, me arrebataron de la dulce clausura. Dios sabe cul fu despus mi vida!... Lo que digo de m, entiende que lo digo asimismo de esta otra alma esplendente que te se muestra a mi derecha, y en quien brilla toda la luz de nuestra esfera: monja fu, y tambin le arrebataron de la cabeza la sombra de las sagradas tocas; pero cuando volvi al mundo, contra su gusto y contra ley, no se despoj jams del velo de su corazn. Esa es la luz de la gran Constanza, que del segundo prncipe poderoso de la casa de Suabia engendr al tercero, ltima potencia de esta raza. [109] Santa Clara, a cuya orden perteneca Piccarda. As me habl y empez despus a cantar "Ave Mara," y cantando desapareci, como una cosa pesada a travs del agua profunda. Mi vista, que la sigui tanto cuanto le fu posible, despus que la perdi, se volvi hacia el objeto de su mayor deseo, y se fij enteramente en Beatriz; pero sta lanz tales fulgores sobre mi mirada, que no los pude sufrir en el primer momento, por cuya causa tard ms en preguntarle. [Ilustracin] _CANTO CUARTO_ Un hombre libre de elegir entre dos manjares igualmente distantes de l y que exciten del mismo modo su apetito, morira de hambre antes de llevarse a la boca uno de ambos. De igual suerte permanecera inmvil un cordero entre dos hambrientos lobos, temindoles igualmente, o un perro entre dos gamos. Por esta razn no me culpo ni me alabo de haber callado, tenindome en suspenso igualmente dos dudas; pues mi silencio era necesario. Yo callaba; pero tena pintado en el rostro mi deseo, y en l apareca ms clara mi pregunta que si la hubiera expresado por medio de palabras. Beatriz hizo lo que Daniel al librar a Nabucodonosor de aquella clera que le haba hecho cruel injustamente, y me dijo: --Bien veo cmo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad se liga a s misma de tal suerte, que no se manifiesta con palabras. T raciocinas as: si la buena voluntad persevera, por qu razn la violencia ajena ha de disminuir la medida de mi mrito? Tambin te ofrece motivo de duda el que las almas al parecer vuelvan a las estrellas, segn la sentencia de Platn. Tales son las cuestiones que pesan igualmente sobre tu voluntad; pero antes me ocupar en lo que tiene ms hiel. El serafn que ms goce de Dios, Moiss, Samuel, cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger, Mara misma, no tienen su asiento en un cielo distinto de aquel donde moran esos espritus que aqu te han aparecido, ni su estado de beatitud tiene fijada ms ni menos duracin, sino que todos embellecen el primer crculo, y gozan de una vida diferentemente feliz, segn que sienten ms o menos el Espritu eterno. Aqu se te aparecieron, no porque les haya tocado en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en la celestial la parte menos elevada. As es preciso hablar a vuestro espritu, porque slo comprende por medio de los sentidos lo que hace despus digno de la inteligencia. Por eso la Escritura, atemperndose a vuestras facultades, atribuye a Dios pies y manos, mientras que ella lo ve de otro modo; y la Santa Iglesia os representa bajo formas humanas a Gabriel y a Miguel y al que san a Tobas. Lo que Timeo dice acerca de las almas no es figurado, como aqu se ve, pues parece que siente lo que afirma. Dice que el alma vuelve a su estrella, creyendo que se desprendi de ella cuando la naturaleza la uni a su forma. Tal vez su opinin sea diferente de lo que expresan sus palabras, y es posible que la intencin de stas no sea irrisoria. Si quiere decir que la influencia operada por las estrellas se convierte en honor o en vituperio de las mismas, quiz haya dado su flecha en el blanco de una verdad. Este principio, mal comprendido, extravi a casi todo el mundo, haciendo que corriese a invocar a Jpiter, a Mercurio y a Marte. La otra duda que te agita tiene menos veneno, porque su malignidad no te podra alejar de m. Que nuestra justicia parezca injusta a los ojos de los mortales, es un argumento de fe y no de hertica malicia; pero como puede vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te dejar satisfecho segn deseas. Si hay verdadera violencia cuando el que la sufre no se adhiere en nada a aquel que la comete, aquellas almas no pueden servirse de ella como excusa; porque la voluntad, si no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que naturalmente hace el fuego, aunque la tuerzan mil veces con violencia. Por lo cual, si la voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y as hicieron aqullas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su voluntad hubiera sido firme, como lo fu la de Lorenzo sobre las parrillas, y como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habra vuelto al camino de donde las haban separado, en cuanto se vieron libres; pero una voluntad tan slida es muy rara. Por estas palabras, si es que las has recogido como debes, queda destrudo el argumento que te hubiera importunado an muchas veces. Pero se atraviesa otra dificultad ante tus ojos, y tal que por ti mismo no sabras salir de ella; antes bien te rendiras fatigado. He dado como cierto a tu mente que el alma bienaventurada no poda mentir, porque est siempre prxima a la primera Verdad; y luego habrs podido or por Piccarda, que Constanza haba guardado su inclinacin al velo, de manera que parece contradecirme. Muchas veces, hermano, sucede que por hur de un peligro, se hace con repugnancia aquello que no debera hacerse; como Alcmen, que, a instancias de su padre, mat a su propia madre, y por no faltar a la piedad, se hizo desapiadado. Con respecto a este punto, quiero que sepas que, si la fuerza y la voluntad obran de acuerdo, resulta que no pueden excusarse las faltas. La voluntad en absoluto no consiente el dao; pero lo consiente en cuanto teme caer en mayor pena oponindose a l. Cuando Piccarda, pues, se expresa como lo ha hecho, entiende que habla de la voluntad absoluta, y yo de la otra; de suerte que ambas decamos la verdad. Tales fueron las ondulaciones del santo arroyo que sala de la fuente de donde fluye toda verdad, y que aquietaron todos mis deseos. --Oh amada del primer Amante!, oh divina--dije en seguida--, cuyas palabras me inundan comunicndome tal calor que me reaniman cada vez ms! No es tan profunda mi afeccin, que baste a devolveros gracia por gracia; pero que responda por m Aqul que todo lo ve y lo puede. Bien veo que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha, si no la ilumina aquella Verdad, fuera de la cual no se difunde ninguna otra. En cuanto ha podido alcanzarla, descansa en ella como la fiera en su cubil; y puedo indudablemente conseguirla; de lo contrario, todos nuestros deseos seran vanos. De este deseo de saber nace, como un retoo, la duda al pie de la verdad; siendo esto un impulso de la naturaleza que gua de grado en grado nuestra inteligencia al conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto mismo me anima, Seora, a pediros reverentemente que me aclaris otra verdad que encuentro obscura. Quiero saber si el hombre puede satisfaceros, con respecto a los votos quebrantados, por medio de otras buenas acciones que no sean pocas en vuestra balanza. Beatriz me mir con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan divinos, que sintiendo mi fuerza vencida, me volv y qued como anonadado con los ojos bajos. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO QUINTO_ Si te parezco ms radiante en el fuego de este amor de lo que suele verse en la tierra, hasta el punto de superar la fuerza de tus ojos, no debes asombrarte, porque esto procede de una vista perfecta, que, distinguiendo bien los objetos, se dirige con ms rapidez hacia el bien. Veo claramente cmo resplandece ya en tu inteligencia la eterna luz, que contemplada una sola vez enciende un perpetuo amor. Y si otra cosa seduce el vuestro, slo es un vestigio mal conocido del resplandor que aqu brilla. T quieres saber si con otras buenas acciones puede satisfacerse el voto no cumplido, de modo que el alma est segura de todo debate con la justicia divina. As empez Beatriz este canto, y como hombre que no interrumpe su razonamiento, continu de este modo su santa enseanza: --El mayor dn que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos, como ms conforme a su bondad, y el que ms aprecia, fu el del libre albedro de que estuvieron y estn dotadas nicamente las criaturas inteligentes. Ahora conocers, si raciocinas segn este principio, el alto valor del voto, si ste es tal que Dios consienta cuando t consientes; porque al cerrarse el pacto entre Dios y el hombre, se le sacrifica ese tesoro de que hablo, y se le sacrifica por su propio acto. As, pues, qu se podr dar en cambio de esto? Si crees que puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si quisieras hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces, pues, la importancia del punto principal: pero como la Santa Iglesia da sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te he descubierto, es preciso que contines sentado un poco a la mesa, porque el pesado alimento que has tomado requiere alguna ayuda para ser digerido. Abre el espritu a lo que te presento y encirralo en ti mismo, pues no proporciona ciencia alguna el or sin retener. Dos cosas son necesarias en la esencia de este sacrificio: una es la materia del voto, y otra el pacto que se forma con Dios. Este ltimo no se borra jams, si no es observado, y acerca de ello te he hablado antes en trminos precisos. Por esta causa fu necesario que los Hebreos continuasen ofreciendo, aunque alguna de sus ofrendas fuese permutada, como debes saber. Respecto a la que te he dado a conocer como materia del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno al cambiarla en otra materia: pero que ninguno por su propia autoridad mude el fardo de su espalda, sin la vuelta de la llave blanca y de la llave amarilla: crea que todo cambio es insensato, si la cosa abandonada no se contiene en la elegida, como el cuatro est contenido en el seis. Todo lo que pese tanto por su valor, que incline hacia su lado la balanza, no puede reemplazarse con otra cosa. Que los mortales no tomen a broma el voto. Sed fieles, y al comprometeros no seis ciegos como lo fu Jepht en su primera ofrenda, porque ms le valiera haber dicho: "Hice mal," que hacer otra cosa peor al cumplir su voto: tan insensato como a l puedes suponer al gran jefe de los Griegos,[110] quien oblig a Ifigenia a llorar su hermoso rostro, e hizo llorar por ella a sabios e ignorantes, cuando oyeron hablar de tal sacrificio. Cristianos, sed ms pausados en vuestras acciones; no seis como la pluma a todo viento, ni creis que toda agua pueda lavaros. Tenis el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el Pastor de la Iglesia que os gua: baste esto para vuestra salvacin. Si os dice otra cosa el espritu del mal, sed hombres, y no locas ovejas, de suerte que el judo no se ra de vosotros entre vosotros. No hagis como el cordero, que deja la leche de su madre, y sencillo y alegre, combate a su placer consigo mismo. [110] Agamenn. As me habl Beatriz, segn lo escribo: despus se volvi anhelante hacia aquella parte donde el mundo es ms vivo. Su silencio y la mudanza de su semblante impusieron silencio a mi vido espritu, que tena ya preparadas nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el blanco antes de que haya quedado en reposo la cuerda, as corramos hacia el segundo reino[111]. All vi yo tan contenta a mi Dama cuando penetr en la luz de aquel cielo, que el planeta se volvi ms resplandeciente. Y si la estrella se transform y ri, cunto ms alegre estara yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos transmutable? As como en un vivero, que est tranquilo y puro, acuden solcitos los peces al objeto procedente del exterior, por creerlo su pasto, as vi yo ms de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros, y a cada cual de ellas se oa exclamar: "He ah quien acrecentar nuestros amores!" Y tan pronto como cada una se nos acercaba, conocase su jbilo por el claro fulgor que de ella sala. Piensa, lector, cul sera tu impaciente anhelo de saber, si lo que aqu empieza no siguiese adelante, y por ti comprenders cunto sera mi deseo de conocer la condicin de estas almas, en cuanto se presentaron a mi vista. [111] Al cielo de Mercurio. --Oh bien nacido, a quien est concedida la gracia de ver los tronos del triunfo eterno, antes de haber abandonado la milicia de los vivos! Nosotros nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo el cielo: as, pues, si deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes saciarte segn tu deseo. As me dijo uno de aquellos espritus piadosos, y Beatriz aadi: --Di, di con toda confianza, y creles como a Dioses. --Veo bien cmo anidas en tu propia luz, y que la despides por tus ojos, para que resplandezcan cuando res; pero no s quin eres, ni por qu ocupas, oh alma digna!, el grado de la esfera que se oculta a los mortales con los rayos de otro. Esto dije dirigindome al alma resplandeciente que me haba hablado; por lo cual se volvi ms luminosa de lo que antes era. Lo mismo que el Sol, que a s mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor ha destrudo los densos vapores que la amortiguaban, as aquella santa figura se ocult a causa de su alegra en su mismo fulgor, y encerrada de aquel modo me contest como se ver en el canto siguiente. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO SEXTO_ Despus que Constantino volvi el guila contra el curso del Cielo que antes siguiera tras el antiguo esposo de Lavinia, cien y cien aos y ms permaneci el ave de Dios en el extremo de Europa, prxima a los montes de que primitivamente haba salido; y bajo la sombra de las sagradas plumas gobern all el mundo pasando de mano en mano, hasta que en estos cambios lleg a las mas. Csar fu; soy Justiniano, que por voluntad del primer Amor, de que ahora disfruto en el cielo, suprim de las leyes lo superfluo y lo intil: antes de haberme dedicado a esta obra, cre que haba en Cristo una sola naturaleza y no ms, y estaba contento con tal creencia; pero el bendito Agapito, que fu Sumo Pastor, me encamin con sus palabras a la verdadera fe; yo le cre, y ahora veo claramente cuanto l me deca, as como t ves en toda contradiccin una parte falsa y otra verdadera. En cuanto camin al par de la Iglesia, plugo a Dios por su gracia inspirarme la grande obra, y me dediqu completamente a ella: confi las armas a mi Belisario, a quien se uni de tal modo la diestra del cielo, que sta fu para m una seal de que deba descansar en l. Aqu termina, pues, mi respuesta a tu primera pregunta; pero su condicin me obliga a aadir algunas explicaciones. Para que veas con cun poca razn se levantan contra la sacrosanta ensea los que se la apropian y los que se le oponen, considera cuntas virtudes la han hecho digna de reverencia, desde el da en que Palanto muri para darle el imperio. T sabes que aquel signo fij su mansin en Alba por ms de trescientos aos, hasta el da en que por l combatieron tres contra tres[112]. Sabes lo que hizo bajo siete reyes, desde el robo de las Sabinas hasta el dolor de Lucrecia, conquistando los pases circunvecinos. Sabes lo que hizo llevado por los egregios romanos contra Breno, contra Pirro, contra otros prncipes solos y coligados, por lo cual Torcuato, y Quintio que recibi un sobrenombre por su descuidada cabellera[113], los Decios y los Fabios, conquistaron un renombre que me complazco en admirar. El abati el orgullo de los rabes que tras de Anbal pasaron las rocas alpestres de donde t, Po, te desprendes. A su sombra triunfaron, siendo an muy jvenes, Escipin y Pompeyo; y su dominio pareci amargo a aquella colina bajo la cual naciste[114]. Despus, cerca del tiempo en que todo el cielo quiso reducir el mundo al estado sereno de que es modelo, Csar tom aquel signo por la voluntad del pueblo romano; y lo que hizo desde el Var hasta el Rhin, lo vieron el Isere y el Loira, y lo vi el Sena, y todos los ros que afluyen al Rdano. Lo que hizo cuando Csar sali de Ravena y pas el Rubicn fu con tan levantado vuelo, que no lo podran seguir la lengua ni la pluma. Hacia Espaa dirigi sus tropas, despus hacia Durazzo, y a Farsalia hiri de tal modo, que hasta en las clidas orillas del Nilo se sinti el dolor. Volvi a ver a Antandro y al Simois de donde haba salido, y el sitio donde reposa Hctor; despus se alej de nuevo, con detrimento de Tolomeo. Desde all cay como un rayo sobre Juba, y luego se dirigi hacia vuestro Occidente, donde oa la trompa pompeyana. Lo que aquel signo hizo en manos del que lo llev en seguida lo ladran Bruto y Casio en el Infierno; y de ello se lamentan Mdena y Perusa. Tambin llora la triste Cleopatra, que, huyendo ante l, recibi de un spid muerte cruel y sbita. Con l corri en seguida al mar Rojo; con l estableci en el mundo paz tan grande que se cerr el templo de Jano. Pero lo que el signo de que hablo haba hecho antes, y lo que deba hacer despus por el reino mortal que le est sometido, es en la apariencia poco y obscuro, si con mirada clara y con afecto puro se le considera despus en manos del tercer Csar; porque la viva justicia que me inspira le concedi, puesto en manos de aquel a quien me refiero, la gloria de vengar la clera divina[115]. Admrate, pues, ante lo que voy a repetirte. Con Tito corri en seguida a tomar venganza de la venganza del pecado antiguo. Cuando el diente lombardo mordi a la Santa Iglesia, venciendo Carlo-Magno bajo sus alas, acudi a socorrerla. En adelante puedes juzgar a los que he acusado ms arriba y sus faltas, que son la causa de todos vuestros males. El uno opone a la ensea comn las amarillas lises, y el otro se la apropia, no pensando ms que en su partido, de suerte que es difcil comprender cul comete mayor falta. Lleven los gibelinos, lleven a cabo sus empresas bajo otra ensea; que mal sigue sta a los que ponen un obstculo entre ella y la justicia; y que este nuevo Carlos no la abata con sus gelfos, pues debe temer las garras que a ms feroces leones arrancaron la piel. Muchas veces han tenido que llorar los hijos las faltas de los padres; y no se crea que Dios cambie sus armas por las lises. Esta pequea estrella est poblada de buenos espritus, que fueron activos en la Tierra, para dejar en ella memoria de su honor y su fama; y cuando los deseos se elevan hacia tales objetos desvindose del Cielo, es preciso que los rayos del verdadero amor se eleven tambin con menos viveza; pero nuestra beatitud consiste en la medida de las recompensas con nuestros mritos, porque no la vemos mayor ni menor que stos. La viva justicia endulza, pues, de tal modo en nosotros el deseo, que nunca puede dirigirse ste a ninguna malicia. Diversas voces despiden dulce armona; as tambin los diversos grados de gloria de nuestra vida producen una dulce armona entre estas esferas. Dentro de la presente margarita fulgura la luz de Romeo[116], cuya hermosa y grande obra fu tan mal agradecida. Pero los Provenzales que se declararon en contra suya no se han redo por mucho tiempo; porque mal camina quien convierte en desgracia propia los beneficios que ha recibido de otro. Raimundo Berenguer tuvo cuatro hijas; todas fueron reinas, y esto lo hizo Romeo, persona humilde y errante peregrino; pero despus algunas palabras envidiosas movieron a aqul a pedir cuentas a este justo, que le di siete y cinco por diez, por lo cual parti pobre y anciano; y si el mundo hubiera sabido cul era su corazn al mendigar pedazo a pedazo su vida, le ensalzara ms de lo que ahora le ensalza. [112] Alude al combate de los Horacios y los Curiacios, en que stos fueron vencidos por aqullos, quedando Alba sujeta al dominio romano. [113] Cincinato. [114] Alude a la destruccin de Fisole, ocasionada por haber dado asilo esta ciudad a Catilina. En su lugar fu edificada Florencia, donde naci Dante. [115] El emperador Tiberio. [116] Hombre de obscuro nacimiento, que al volver de su peregrinacin a Santiago de Galicia, lleg a Provenza y se acomod en casa del conde Raimundo Berenguer. Administrando los bienes de ste, los acrecent de tal modo que lo que vala diez vali despus doce, lo que fu causa de que cuatro hijas del Conde se casaran con cuatro reyes. Romeo, malquistado con Raimundo por algunos barones envidiosos, se separ de l, y fu mendigando su vida. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO SEPTIMO_ "Gloria a ti, Santo Dios de los Ejrcitos, que esparces tu claridad sobre los felices fuegos, esto es, sobre las almas dichosas de este reino." As o que cantaba, volvindose hacia su esfera, aquella substancia, sobre la cual resplandece un doble fulgor. Ella y las otras emprendieron su danza, y cual centellas velocsimas se me ocultaron con su repentino alejamiento. Yo dudaba y deca entre m: "Dile, dile a mi Dama que calme mi sed con sus dulces palabras." Pero aquel respeto que se apodera completamente de m tan slo al or B o ICE,[117] me haca inclinar la cabeza como un hombre que dormita. Beatriz no consinti que yo estuviese as mucho tiempo; e irradiando sobre m una sonrisa que hara feliz a un hombre en el fuego, empez a decirme: [117] Bice, diminutivo de Beatriz. Significa que la reverencia que le causaba slo el or pronunciar una slaba de aquel nombre, le tena con la cabeza baja y sin atreverse a hablar. --Segn mi parecer infalible, ests pensando cmo fu justamente castigada la justa venganza; pero yo despejar en breve tu espritu: escucha, pues, que mis palabras te ofrecern el dn de una gran verdad. Por no haber soportado un til freno a su voluntad aquel hombre que no naci[118], al condenarse, conden a toda su descendencia; por lo cual la especie humana yaci enferma por muchos siglos en medio de un grande error, hasta que el Verbo de Dios se dign descender adonde, por un slo acto de su eterno amor, uni a s en persona la naturaleza, que se haba alejado de su Hacedor. Ahora mira atentamente lo que digo: Esta naturaleza unida a su Hacedor, tal cual fu creada, era sincera y buena; pero por s misma fu desterrada del Paraso, porque se sali del camino de la verdad y de su vida. La pena, pues, que la Cruz hizo sufrir a la naturaleza humana de Jesucristo, si se mide por esa misma naturaleza, fu ms justa que otra cualquiera; pero tampoco hubo otra tan injusta, si se atiende a la Persona divina que la sufri, y a la que estaba unida aquella naturaleza. Por lo tanto, aquel hecho produjo efectos diferentes; porque la misma muerte fu grata a Dios y a los Judos; por ella tembl la Tierra, y por ella se abri el Cielo. No te debe ya parecer tan incomprensible cuando te digan que un tribunal justo ha castigado una justa venganza. Mas ahora veo tu mente comprimida, de idea en idea, en un nudo, del que espera con ansia verse libre. T dices: "Comprendo bien lo que oigo; pero no veo bien por qu Dios quisiera valerse de este medio para nuestra redencin." Este decreto, hermano, est velado a los ojos de todo aquel cuyo espritu no haya crecido en la llama de la caridad. Y en efecto, como se examina mucho este punto, y se le comprende poco, te dir por qu fu elegido aquel medio como el ms digno. La divina bondad, que rechaza de s todo rencor, ardiendo en s misma centellea de tal modo, que hace brotar las bellezas eternas. Lo que procede inmediatamente de ella sin otra cooperacin no tiene fin; porque nada hace cambiar su sello una vez impreso. Lo que sin cooperacin procede de ella es completamente libre, porque no est sujeto a la influencia de las cosas secundarias; y cuanto ms se le asemeja, ms le place, pues el amor divino que irradia sobre todo, se manifiesta con mayor brillo en lo que se le parece ms. La criatura humana disfruta la ventaja de todos estos dones; pero si le falta uno solo, es preciso que decaiga su nobleza. Slo el pecado es el que le arrebata su libertad y su semejanza con el Sumo Bien; por lo cual refleja muy poco su luz, y no vuelve a adquirir su dignidad, si no llena de nuevo el vaco que dej la culpa, expiando sus malos placeres por medio de justas penas. Cuando vuestra naturaleza entera pec en su germen, se vi despojada de estas dignidades y lanzada del Paraso, y no hubiera podido recobrarlas (si lo examinas sutilmente) por ningn camino, sin pasar por uno de estos vados: o porque Dios, en su bondad, perdonara el pecado, o porque el hombre por s mismo redimiera su falta. Fija ahora tus miradas en el abismo del Consejo eterno, y est tan atento como puedas a mis palabras. El hombre no poda jams, en sus lmites naturales, dar satisfaccin, por no poder despus humillarse con su obediencia tanto cuanto pretendi elevarse con su desobediencia; y esta es la causa porque el hombre fu exceptuado de poder dar satisfaccin por s mismo. Era preciso, pues, que Dios condujera al hombre a la vida sempiterna por sus propias vas, bien por una, o bien por ambas. Pero, como la obra es tanto ms grata al obrero, cuanto ms representa la bondad del corazn de donde ha salido, la divina bondad, que imprime al mundo su imagen, se regocij de proceder por todas sus vas para elevaros hasta ella. Entro el primer da y la ltima noche no hubo ni habr jams un procedimiento tan sublime y magnfico, de cualquier modo que se le considere; porque al entregarse Dios a s mismo, haciendo al hombre apto para levantarse de su cada, fu ms liberal que si le hubiese perdonado por su clemencia; y todos los dems medios eran insuficientes ante la justicia, si el Hijo de Dios no se hubiera humillado hasta encarnarse. Ahora, para colmar bien todos tus deseos, vuelvo atrs, a fin de aclararte algn punto de modo que lo veas como yo. T dices: "Yo veo el aire, veo el fuego, el agua, la tierra y todas sus mezclas llegar a corromperse y durar poco; y estas cosas, sin embargo, fueron creadas: ahora bien, si lo que has dicho es cierto, deberan estar al abrigo de la corrupcin." Los ngeles, hermano, y el pas libre y puro en que ests, pueden decirse creados tales como son, en su eterno sr; pero los elementos que has nombrado, y aquellas cosas que de ellos se componen, tienen su forma de una potencia creada. Creada fu la materia de que estn hechos: creada fu la virtud generatriz de las formas en estas estrellas que giran en torno suyo. El rayo y el movimiento de las santas luces sacan de la complexin potencial el alma de todos los brutos y plantas; pero vuestra vida aspira directamente la divina bondad, la cual la enamora de s de modo que siempre la desea. De aqu puedes deducir an vuestra resurreccin, si reflexionas cmo fu creada la carne humana, cuando fueron creados los primeros padres. [118] Adn. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO OCTAVO_ Sola creer el mundo en su peligro, que de los rayos de la bella Ciprina, que gira en el tercer epiciclo, emanaba el loco amor: por esto las naciones antiguas, en su antiguo error, no solamente la honraban por medio de sacrificios y de ruegos votivos, sino que tambin honraban a Dione y a Cupido, a aqulla como madre, y a ste como hijo suyo, de quien decan que estaba sentado en el regazo de Dido. Y de sta que he citado al empezar mi canto dieron nombre a la estrella que el Sol mira placentero, ya contemplando sus pestaas, ya su cabellera[119]. [119] Ya cuando va tras de l y se llama Espero, ya cuando va delante y se llama Lucfero, de cuya palabra hemos hecho los espaoles lucero. Yo no advert mi ascensin a ella; pero me cercior de que estaba en su interior, cuando vi a mi Dama adquirir ms hermosura. Y as como se ve la chispa en la llama, y se distinguen dos voces entre s, cuando la una sostiene una nota y la otra ejecuta varias modulaciones, del mismo modo vi en aquella luz otros resplandores que se movan en crculo ms o menos giles, con arreglo, segn creo, a sus dichosas visiones eternas. De fra nube no salieron jams, visibles o invisibles, vientos tan veloces, que no parecieran entorpecidos y lentos a quien hubiese visto llegar hasta nosotros aquellos divinos fulgores, dejando la rbita comenzada antes en el Cielo de los serafines. Y dentro de los que se nos aparecieron delante resonaba "Hosanna," tan dulce que nunca me ha abandonado el deseo de volverlo a or. Entonces se acerc uno de ellos a nosotros, y empez a decir solo: --Todos estamos prontos en tu obsequio, para que te regocijes en nosotros. Todos giramos con los prncipes celestiales dentro de la misma rbita, con el mismo movimiento circular y con idntico deseo que aquellos de quienes has dicho ya en el mundo: "Vosotros que movis el tercer cielo con vuestra inteligencia"[120], y estamos tan llenos de amor, que por agradarte, no nos ser menos dulce un momento de reposo. [120] As comienza una cancin de Dante en el Convito. Despus que mis ojos se fijaron reverentes en mi Dama, y que ella les di la seguridad de su contentamiento, los volv hacia la resplandeciente alma que tanto se me haba ofrecido, y: --Di, quin fuiste?--fu mi respuesta, impregnada del mayor afecto. Oh, cunto ms brillante y bella se volvi cuando le habl, a causa del nuevo gozo que acrecent sus alegras! Embellecida de este modo, me dijo: --Poco tiempo me tuvo all abajo el mundo[121]: si yo hubiera permanecido ms en l, no habran sucedido muchos de los males que all suceden. La alegra que despide en torno mo estos fulgores, me cubre como al gusano su capullo, y me oculta a tus ojos. T me has amado mucho, y tuviste motivo para ello; porque si yo hubiera estado all abajo ms tiempo, te habra dado en prueba de mi amor algo ms que las hojas. Aquella ribera izquierda, que baa el Rdano despus de haberse unido con el Sorgues, me esperaba, andando el tiempo, para recibirme por su seor; as como tambin aquella punta de la Ausonia que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y Crotona, desde donde el Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba ya en mi frente la corona de aquella tierra que riega el Danubio despus de abandonar las riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los promontorios Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con ms violencia, se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el azufre que se exhala de su suelo, habra esperado an sus reyes nacidos por m de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a los pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "Muera! muera!" Y si mi hermano hubiera previsto esto, huira ya la avara pobreza de Catalua para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en verdad, proveer por s mismo o por otros, a fin de que su barca no tenga ms carga de la que pueda soportar. Su ndole, que de liberal se ha hecho avara, necesitara ministros que no se cuidasen slo de llenar sus arcas. [121] Esta es el alma de Carlos Martel, muerto en 1295, hijo de Carlos II. --El gran contento que me infunden tus palabras, oh seor mo!, me es mucho ms grato al considerar que aqu, donde est el principio y el fin de todo bien, lo ves como yo lo veo; y tambin gozo pensando que en presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta alegra, aclrame (pues hablando me has hecho dudar) cmo de una semilla dulce puede salir un fruto amargo. Esto le dije, y l me contest: --Si puedo demostrarte una verdad, volvers el rostro a lo que preguntas, como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento y alegra a todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia sea virtud influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta por s misma, no slo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino tambin a la conservacin y estabilidad de todas juntas: por lo cual, todo cuanto desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un fin determinado, como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese as, el cielo sobre que caminas producira sus efectos de tal modo, que no seran obras de arte, sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir que son defectuosas las inteligencias que mueven estos astros, y defectuoso tambin el Sr primero, que no las hizo perfectas. Quieres que te aclare ms esta verdad? --No es menester--contest--; pues considero imposible que la naturaleza llegue a faltar en aquello que es necesario. El Alma continu: --Dime, pues: sera peor la existencia del hombre en la Tierra, si no viviera en sociedad? --S--repuse--; y no pregunto la razn de eso. --Y puede ser tal cosa, si all abajo no vive cada cual de diferente modo por la diversidad de oficios? No puede ser, si vuestro maestro escribi la verdad. As, procediendo de una en otra deduccin, lleg a sta; y despus concluy: --Luego es preciso que sean diversas las races de vuestras aptitudes; por lo cual uno nace Soln y otro Jerjes, uno Melquisedec y otro aquel que perdi a su hijo, al volar ste por el aire.[122] La influencia de los crculos celestes, que imprime su sello a la cera mortal, hace bien su oficio; pero no distingue una morada de otra. De aqu proviene que Esa se aparte de Jacob desde el vientre materno, y que Quirino descienda de un padre tan vil, que se atribuye su origen a Marte. La naturaleza engendrada sera siempre semejante a la naturaleza que engendra, si la Providencia divina no predominase. Ahora tienes ya delante lo que antes detrs; mas para que sepas que me complazco en instruirte, quiero proveerte an de un corolario. La naturaleza es siempre estril, si la fortuna le es contraria, como toda simiente esparcida fuera del clima que le conviene. Y si el mundo all abajo se apoyara en los cimientos que pone la naturaleza, habra por cierto mejores habitantes en l; pero vosotros destinis para el templo al que naci para ceir la espada, y hacis rey al que deba ser predicador: as es que vuestros pasos se separan siempre del camino recto. [122] Uno nace, como Soln, a propsito para dar leyes a los pueblos; otro, como Jerjes, para regir imperios; otro, como Melquisedec, para el sacerdocio, y otro, como Ddalo, para la industria.--Estas diferentes aptitudes con que nacen los hombres las infunden los influjos celestes, segn el poeta, pero sin distinguir de clases ni de jerarquas. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO NONO_ Cuando tu Carlos, hermosa Clemencia, hubo aclarado mis dudas, me refiri los fraudes de que haba de ser vctima su descendencia, pero aadi: "Calla, y deja transcurrir los aos." As es que yo no puedo decir ms, sino que tras de vuestros daos vendr el llanto originado por un justo castigo. La santa y viva luz se haba vuelto ya hacia el Sol que la inunda, como hacia el bien que a todo alcanza. Oh almas engaadas, locas e impas, que apartis vuestros corazones de semejante bien, dirigiendo hacia la vanidad vuestros pensamientos! He aqu que otro de aquellos esplendores se dirigi hacia m, expresando, con la claridad que esparca, su deseo de complacerme. Los ojos de Beatriz, que estaban fijos en m, como antes, me aseguraron del dulce asentimiento que daba a mi deseo. --Oh espritu bienaventurado!--dije--; satisface cuanto antes mi anhelo, y prubame que lo que pienso puede reflejarse en ti. Entonces la luz, a quien an no conoca, desde su interior donde antes cantaba, respondi a mis palabras como quien se complace en ser corts con otro: --En aquella parte de la depravada tierra de Italia que est situada entre Rialto y las fuentes del Brenta y del Piava, se eleva una colina no muy alta, de donde descendi una llamarada que caus un gran desastre en toda la comarca. Ella y yo salimos de la misma raz: Cunizza fu llamada; y aqu brillo, porque me venci la luz de esta estrella; pero con alegra me perdono a m misma la causa de mi muerte, y no me pesa, lo cual quiz parecer difcil de comprender a vuestro vulgo. Esta alma prxima a m, que es una esplndida y preciosa joya de nuestro cielo, dej en la Tierra una gran fama; y antes que su gloria se pierda, este centsimo ao se quintuplicar. Ya ves si el hombre debe hacerse ilustre a fin de que su primera vida deje sobre la tierra una segunda. Esto es lo que no piensa la turba presente que habita entre el Tagliamento y el Adigio, sin que le sirvan de escarmiento los males de que es vctima. Pero pronto suceder que Padua y sus habitantes, por ser obstinados contra el deber, enrojecern el agua de la laguna que baa a Vicenza, y all donde el Sile y el Cagnano se unen hay quien domina y va con la cabeza erguida,[123] cuando ya se componen las redes que han de cogerle. Tambin llorar Feltro la felona de su impo pastor, que ser tal, que ninguno por otra semejante ha sido encerrado en Malta. Ser necesario un recipiente muy ancho para recibir la sangre ferraresa, y cansado quedar el que quiera pesar onza a onza la que derramar tan corts sacerdote por mostrarse hombre de partido, siendo por otra parte tales dones conformes a las costumbres de tal pas. All arriba hay unos espejos, que vosotros llamis Tronos, de donde se reflejan hasta nosotros los juicios de Dios; as es que tenemos por buenas y verdicas nuestras palabras. [123] Ricardo de Cammino, que fu muerto por instigacin de Altiniero del Calzoni. Al llegar aqu, el alma guard silencio, y habindose vuelto a colocar en la rbita como estaba anteriormente, me di a conocer que no pensaba ya en m. La otra alma dichosa, a quien ya conoca, se me present tan resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol. All arriba la alegra produce un vivo esplendor, como entre nosotros produce la risa; pero en el Infierno la sombra de los condenados se obscurece cada vez ms, a medida que se entristece su espritu. --Dios lo ve todo, y tu vista se identifica en El--exclam--, oh feliz espritu!, de suerte que ningn deseo puede ocultarse a ti. As, pues, por qu tu voz, que deleita siempre al Cielo con el canto de aquellas llamas piadosas que se forman una ancha vestidura con sus seis alas, no satisface mis deseos? No esperara yo por cierto tus preguntas, si viera en tu interior como t ves en el mo. Entonces contest con estas palabras: --El mayor valle en que se vierten las aguas, despus de aquel mar que circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las desacordes playas, que aquel crculo que antes era su horizonte se convierte en meridiano. Yo fu uno de los ribereos de aquel valle, entre el Ebro y el Macra, que por un corto trecho separa el genovs del toscano. Casi a la misma distancia a Oriente y Occidente se asienta Bugia y la tierra de donde fu, en cuyo puerto se verti un da la sangre de sus habitantes.[124] Folco me llam aquella gente, que conoca mi nombre, y este cielo recibe mi luz, como recib yo su influjo amoroso; pues en tanto que me lo permiti la edad, no ardieron cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a Siqueo y a Creusa; ni aquella Rodopea que fu abandonada por Demofn, ni Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho. Aqu empero no hay arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jams vuelven a la memoria, sino de la sabidura que orden este cielo y provee sus influjos. Aqu se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas creadas, y se descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra directamente sobre el de abajo. Mas a fin de que queden satisfechos todos los deseos que te han nacido en esta esfera, es preciso que lleve ms adelante mis instrucciones. T quieres saber quin est en esa luz que centellea cerca de m, como un rayo de Sol en el agua pura y cristalina. Sabe, pues, que en su interior es dichosa Rahab, y unida a nuestro coro, brilla en l con el esplendor ms eminente. Ascendi a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta vuestro mundo, antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de Cristo. Era justo dejarla en algn cielo como trofeo de la alta victoria que El alcanz con ambas palmas; porque aquella mujer favoreci las primeras hazaas de Josu en la Tierra Santa, que tan poco excita la memoria del Papa. Tu ciudad, que debi su origen a aquel que fu el primero en volver las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasion tantas lgrimas, produce y esparce las malditas flores, que han descarriado a las ovejas y los corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por eso estn abandonados el Evangelio y los grandes doctores, y tan slo se estudian las Decretales, segn lo indica lo usado de sus mrgenes. A eso se dedican el Papa y los cardenales: sus pensamientos no llegan a Nazareth, all donde Gabriel abri las alas; pero el Vaticano y dems sitios elegidos de Roma, que han sido el cementerio de la milicia que sigui a Pedro, pronto se vern libres del adulterio. [124] Se refiere al sitio de Marsella por Julio Csar. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMO_ El inefable poder primero, juntamente con su hijo y con el amor que de uno y otro eternamente procede, hizo con tanto orden todo cuanto concibe la inteligencia y ven los ojos, que no es posible a nadie contemplarlo sin gustar de sus bellezas. Eleva, pues, lector, conmigo tus ojos hacia las altas esferas, por aquella parte en que un movimiento se encuentra con otro, y empieza a recrearte en la obra de aquel Maestro, que la ama tanto en su interior, que jams separa de ella sus miradas. Observa cmo desde all se desva el crculo oblicuo, conductor de los planetas, para satisfacer al mundo que le llama. Y si el camino de aqullos no fuese inclinado, ms de una influencia en el cielo sera vana, y como muerta aqu abajo toda potencia. Y si al girar se alejaran ms o menos de la lnea recta, dejara mucho que desear arriba y abajo el orden del mundo. Ahora, lector, permanece tranquilo en tu asiento, meditando acerca de estas cosas que aqu slo se bosquejan, si quieres que te causen mayor deleite antes que tedio. Te he puesto delante el alimento; tmalo ya por ti mismo, porque el asunto de que escribo reclama para s todos mis cuidados. El mayor ministro de la naturaleza, que imprime en el mundo la virtud del Cielo y mide el tiempo con su luz, giraba, juntamente con aquella parte de que te he hablado antes, por las espirales en que cada da se nos presenta ms temprano. Yo estaba en l, sin haber notado mi ascensin, sino como nota el hombre una idea despus que se le ocurre. Oh Beatriz! Cun esplendorosa no deba de estar por s misma, ella que de tal modo me haca pasar de bien a mejor tan sbitamente, que su accin no se sujetaba al transcurso del tiempo! Lo que por dentro era el Sol, donde yo entraba, y lo que apareca, no por medio de colores, sino de luz, jams pudiera imaginarse, aun cuando para explicarlo llamase en mi auxilio el ingenio, el arte y todos sus recursos; pero puede crerseme, y debe desearse verlo. Y si nuestra fantasa no alcanza a tanta altura, no es maravilla; pues nadie ha visto un resplandor que supere al del Sol. Como l era all la cuarta familia[125] del Padre Supremo, que siempre sacia sus deseos, mostrndole cmo engendra al Hijo, y cmo procede el Espritu. Y Beatriz exclam: --Da gracias, da gracias al Sol de los ngeles, que por su bondad te ha elevado a este Sol sensible. [125] Brillantes como el Sol eran los bienaventurados que all estaban. Los llama cuarta familia, porque se le aparecen en el cuarto cielo. Estos son las almas de los doctores de la Iglesia. Jams ha habido un corazn humano tan dispuesto a la devocin y a entregarse a Dios tan vivamente con todo su agradecimiento, como el mo al or aquellas palabras; y puse en El de tal modo todo mi amor, que Beatriz se eclips en el olvido. No le desagrad; antes por el contrario, se sonri; y el esplendor de sus ojos sonrientes dividi en muchos mi pensamiento absorto en uno solo. Vi muchos espritus vivos y triunfantes, ms gratos an por su voz que relucientes a la vista, los cuales, tomndonos por centro, nos formaron una corona de s mismos. No de otro modo vemos a veces a la hija de Latona rodeada de un cerco, cuando el aire, impregnado de vapores, retiene las substancias de que aqul se compone. En la corte del cielo, de donde vuelvo, se encuentran muchas joyas, tan raras y bellas, que no es posible hallarlas fuera de aquel reino; y una de estas joyas era el encanto de aquellos fulgores: el que no se provea de alas para volar hasta all, espere tener noticias de aquel canto como si las preguntase a un mudo. Despus que, cantando de esta suerte, aquellos ardientes soles dieron tres vueltas en derredor nuestro, como las estrellas prximas a los fijos polos, me parecieron semejantes a las mujeres, que, sin dejar el baile, se detienen escuchando con atencin, hasta que han conocido cules son las nuevas notas. Y o que del interior de una de aquellas luces salan estas palabras: --Ya que el rayo de la gracia, en que se enciende el verdadero amor, y que despus crece amando, resplandece en ti tan multiplicado, que te conduce hacia arriba por aquella escala de donde nadie desciende sin volver a subir de nuevo, el que negase a tu sed el vino de su redoma se vera en el mismo estado de violencia en que est el agua impedida de correr hasta el mar. T quieres saber de qu flores se compone esta guirnalda, que acaricia en torno a la hermosa Dama que te da nimo para subir al cielo. Yo fu uno de los corderos del santo rebao que condujo Domingo por el camino en que el alma se fortifica si no se extrava. Este, que est el ms prximo a mi derecha, fu mi maestro y mi hermano; es Alberto de Colonia, y yo Toms de Aquino. Si quieres saber quines son los dems, sigue mis palabras con tus miradas, dando la vuelta a la bienaventurada corona. Aquel otro esplendor brota de la sonrisa de Graciano, tan til por sus escritos a uno y otro fuero, que mereci el Paraso. El otro que le sigue fu Pedro,[126] que, como la pobre viuda, ofreci su tesoro a la Santa Iglesia. La quinta luz,[127] que es la ms bella entre nosotros, se abrasa en tal amor, que todo el mundo tiene abajo sed de sus noticias. Dentro de ella est el alto espritu, donde se alberg tan profunda sabidura, que si la verdad es verdad, ninguno otro ascendi a tanto saber. Despus contempla la luz de aquel cirio, que ha sido el que en vida vi mejor la naturaleza y el ministerio de los ngeles.[128] En aquella diminuta luz sonre el abogado de los tiempos cristianos, cuya doctrina aprovech Agustn.[129] Si diriges ahora la mirada de tu entendimiento de luz en luz, siguiendo mis elogios, debes ya tener sed de conocer la octava. Dentro de ella se recrea en la vista del soberano Bien el alma santa que pone de manifiesto las falacias del mundo a quien atentamente escucha sus doctrinas. El cuerpo de donde fu separada yace en Cieldauro,[130] y desde el martirio y el destierro ha venido a disfrutar de esta paz celestial. Ve ms all fulgurar el ardiente espritu de Isidoro, el de Beda y el de Ricardo,[131] que en sus contemplaciones fu ms que hombre. Esa, de quien se separa tu mirada para fijarse en m, es la luz de un espritu que, considerando tranquilamente la vanidad del mundo, dese morir. Es la luz eterna de Sigieri,[132] que ejerciendo el profesorado en la calle de la Paja, excit la envidia por sus verdaderos silogismos. [126] Pedro Lombardo, llamado el =Maestro de las sentencias=. En el proemio de su obra dice modestamente que con ella haca un pequeo dn a la Iglesia, como la viuda de que habla San Lucas, cap. XXI. [127] El rey Salomn. [128] San Dionisio Areopagita, autor de un libro titulado: =De coelesti hierarchia=. [129] Paulo Orosio, que escribi contra los idlatras siete libros de historia, y los dedic a San Agustn. [130] Boecio, a quien hizo morir Teodorico, rey de los godos, y que est sepultado en la iglesia de San Pedro llamada Cielo de oro, en Pava. [131] Cannigo regular de San Vctor, escocs. [132] Seguier, profesor de Filosofa y Ciencias, que enseaba en la rue du Fouarre, de Pars, donde estaban las escuelas. En seguida, como el reloj que nos llama a la hora en que la Esposa de Dios principia a cantar maitines a su Esposo, a fin de que la ame, y cuyas ruedas mueven unas a otras, y apresuran a la que va delante hasta que ese oye "tin tin" con notas tan dulces, que el espritu felizmente dispuesto se inflama de amor; as vi yo en la gloriosa esfera moverse y responder las voces a las voces con una armona tan llena de dulzura, que slo puede conocerse all donde la dicha se eterniza. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO UNDECIMO_ Oh insensatos afanes de los mortales!, cun dbiles son las razones que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la Tierra con vuestras alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y otros se entregaban a los aforismos de la medicina; y stos seguan el sacerdocio, y aqullos se esforzaban en reinar por la fuerza de las armas, haciendo creer en su derecho por medio de sofismas; y algunos rodaban, y otros se consagraban a los negocios civiles; y muchos se enervaban en los placeres de la carne, y bastantes por fin se daban a la ociosidad, yo, libre de todas estas cosas, haba subido con Beatriz hasta el cielo, donde tan gloriosamente fu acogido. Despus que cada uno de aquellos espritus hubo vuelto al punto del crculo en que antes estaba, tan inmvil como la buja de un candelero, la luz[133] que me haba hablado anteriormente se hizo ms esplendorosa y risuea, y dentro de ella o una voz que comenz a decir de esta manera: [133] Santo Toms de Aquino. --As como yo me enciendo a los rayos de la luz eterna, del mismo modo, mirndola, conozco la causa de donde proceden tus pensamientos. T dudas, y quieres que mi boca emplee palabras tan claras y ostensibles, que pongan al alcance de tu inteligencia las que pronunci antes cuando dije: "Camino en que el alma se fortifica;" y las otras: "Ningn otro ascendi." En cuanto a stas, es preciso hacer una distincin. La Providencia, que gobierna al mundo con el consejo en que se abisma la mirada de todo sr creado antes de penetrar en el fondo, a fin de que la Esposa de Aqul, que con su bendita sangre se uni a ella en altas voces, corriese hacia su amado segura de s misma y sindole ms fiel, envi en su ayuda dos prncipes, que para entrambos objetos le sirvieran de guas. El uno fu todo serfico en su ardor; el otro, por su sabidura, resplandeci en la Tierra con la luz de los querubines.[134] Hablar de uno solo; pues elogiando a cualquiera de ellos indistintamente, se habla de los dos, porque sus obras tendieron a un mismo fin. Entre el Tupino y el agua que desciende del collado elegido por el beato Ubaldo, baja un frtil declive de un alto monte, del cual Perusa siente venir el calor y el fro por la parte de Porta Sole, y tras de cuyo monte lloran oprimidas Nocera y Gualdo. En el sitio donde aquella pendiente es menos rpida, vino al mundo un Sol, resplandeciendo como ste a veces cuando asoma sobre las mrgenes del Ganges. Quien hable de ese lugar, no le llame Ass, pues dira muy poco: si quiere hablar con propiedad, llmele Oriente. Aun no distaba mucho de su nacimiento, cuando aquel Sol comenz a hacer que la Tierra sintiese algn consuelo con su gran virtud; pues siendo todava muy joven, incurri en la clera de su padre por inclinarse a una dama,[135] a quien, como a la muerte, nadie acoge con gusto; y ante la corte espiritual "et coram patre" se uni a ella, amndola despus ms y ms cada da. Ella, privada de su primer marido,[136] permaneci despreciada y obscura mil cien aos y ms, sin que nadie lo solicitase hasta que vino ste. De nada le vali que se oyera decir cmo aquel que hizo temer a todo el mundo la encontr alegre con Amiclates, cuando llam a su puerta: ni le vali haber sido constante y animosa hasta el punto de ser crucificada con Cristo, mientras Mara estaba al pie de la Cruz. Mas, para no continuar en un estilo demasiado obscuro, reconoce en mis difusas palabras que estos dos amantes son Francisco y la Pobreza. Su concordia y sus placenteros semblantes, su amor maravilloso y sus dulces miradas inspiraban santos pensamientos a otros; de tal modo que el venerable Bernardo fu el primero que se descalz para correr en pos de tanta paz, y aun corriendo le pareca llegar tarde. Oh riqueza ignorada! Oh verdadero bien! Egidio se descalza, se descalza tambin Silvestre por seguir al Esposo; tanto es lo que les agrada la Esposa. Desde all parti aquel padre y maestro con su mujer y con aquella familia, ceida ya del humilde cordn; y sin que una vil cobarda le hiciese bajar la frente por ser hijo de Pedro Bernardone, ni por su apariencia asombrosamente despreciable, manifest con gran dignidad sus rgidas intenciones a Inocencio, de quien recibi la primera aprobacin de su orden. Luego que fu aumentado en torno suyo la pobre gente, cuya admirable vida se cantara mejor entre las glorias del Cielo, el Eterno Espritu, valindose de Honorio, coron de nuevo el santo propsito de aquel archimandrita; y cuando ste, sediento del martirio, predic en presencia del soberbio Soldn la doctrina de Cristo y de los que le siguieron, encontrando aquella gente poco dispuesta a la conversin, para no permanecer inactivo, volvi a recoger el fruto de las plantas de Italia. Sobre un spero monte, entre el Tber y el Arno, recibi de Cristo el ltimo sello, que sus miembros llevaron durante dos aos. Cuando plugo a Aqul que le haba elegido para tan gran tarea elevarle a la recompensa que mereci por haberse humillado, recomend a sus hermanos, como a herederos legtimos, el cuidado de su ms querida Esposa, y que la amaran con fe: y en el seno de ella quiso el alma preclara desprenderse para volver a su reino, sin permitir que a su cuerpo se le diese otra sepultura. Piensa ahora cul fu el digno colega de Francisco, encargado de mantener la barca de Pedro en alta mar y dirigirla hacia su objeto: ese fu, pues, nuestro patriarca; por lo cual, el que le sigue, segn l manda, puede decir que adquiere buena mercanca. Pero su rebao se ha vuelto tan codicioso de nuevo alimento, que no puede menos de esparcirse por distintos prados; y cuanto ms lejos de l van sus vagabundas ovejas, ms exhaustas de leche vuelven al redil. Algunas de ellas, temiendo el peligro, se agrupan junto al pastor; pero son tan pocas, que no se necesita mucho pao para sus capas. As pues, si mis palabras no son obscuras, si me has escuchado con atencin, y si tu mente recuerda lo que te he dicho, tu deseo debe estar en parte satisfecho; porque habrs visto la causa de que la planta se desgaje, y comprenders la distincin que hice al decir: "Donde el alma se fortifica, si no se extrava." [134] Los dos grandes jefes que deban guiar a la Iglesia, el uno hacia la caridad por el espritu de pobreza, el otro a la mayor fidelidad por medio de la predicacin, son, respectivamente, San Francisco de Ass, modelo de amor serfico, y Santo Domingo, dotado de esplendor querbico por su sabidura. [135] La Pobreza. [136] Jesucristo. [Ilustracin] _CANTO DUODECIMO_ En cuanto la bendita llama hubo dicho su ltima palabra, empez a girar la santa rueda, y an no haba dado una vuelta entera, cuando otra la encerr en un crculo, uniendo movimiento a movimiento y canto a canto: y eran stos tales que, articulados por los dulces rganos de aquellos espritus, sobrepujaban a los de nuestras Musas y nuestras Sirenas, tanto como la luz directa supera a sus reflejos. Cual se ve a dos arcos paralelos y del mismo color encorvarse sobre una ligera nube, cuando Juno enva a su mensajera (naciendo el de fuera del de dentro, al modo de la voz de aquella ninfa[137] que consumi el amor, como el Sol consume los vapores), y cuyos arcos son un presagio para los hombres, a causa del pacto que Dios hizo con No, de que el mundo no volver a sufrir otro diluvio, de igual suerte aquellas dos guirnaldas de sempiternas rosas daban vueltas en torno de nosotros, correspondiendo en todo la guirnalda exterior a la interior. Cuando cesaron simultnea y unnimemente las danzas y los fulgurantes y mutuos destellos de aquellas luces gozosas y placenteras, semejantes a los ojos que se abren y se cierran al mismo tiempo, dciles a la voluntad del que los mueve, del seno de una de las nuevas luces sali una voz,[138] la cual hizo que me volviese hacia donde estaba, como la aguja hacia el polo: aquella voz empez a decir: [137] La ninfa Eco, que enamorada de Narciso, se consumi, quedando nicamente su voz. Entindase: naciendo el arco exterior de la reflexin de los rayos del arco menor concntrico, lo mismo que el eco nace de la reflexin de la voz. [138] San Buenaventura. --El amor que me embellece me obliga a tratar del otro jefe por quien se habla tan bien del mo.[139] Es justo que donde se hace mencin del uno, se haga tambin del otro; pues habiendo militado ambos por una misma causa, debe brillar su gloria juntamente. El ejrcito de Cristo, al que tan caro cost armar de nuevo, segua su ensea lento, receloso y escaso, cuando el Emperador que siempre reina acudi en ayuda de su milicia, que se hallaba en peligro, no porque sta fuera digna de ello, sino por un efecto de su gracia; y segn se ha dicho, socorri a su Esposa con dos campeones, ante cuyas obras y palabras se reuni el descarriado pueblo. En aquella parte donde el dulce cfiro acude a hacer germinar las nuevas plantas de que se reviste Europa,[140] no muy lejos de los embates de las olas, tras de las cuales, por su larga extensin, el Sol se oculta a veces a todos los hombres, se asienta la afortunada Calahorra, bajo la proteccin del grande escudo, en que el len est subyugado y subyuga a su vez. En ella naci el apasionado amante de la fe cristiana, el santo atleta, benigno para los suyos, y cruel para sus enemigos. Apenas fu creada, su alma se llen de virtud tan viva, que en el seno mismo de su madre inspir a sta el dn de profeca. Cuando se celebraron los esponsales entre l y la fe en la sagrada pila, donde se dotaron de mutua salud, la mujer que di por l su asentimiento vi en sueos el admirable fruto que deba salir de l y de sus herederos; y para que fuese ms visible lo que ya era, descendi del cielo un espritu, y le di el nombre de Aqul que le posea por completo. Domingo se llam; y habl de l como del labrador que Cristo escogi para que le ayudase a cultivar su huerto. Pareci en efecto enviado y familiar de Cristo; porque el primer deseo que se manifest en l fu el de seguir el primer consejo de Cristo. Muchas veces su nodriza lo encontr despierto y arrodillado en el suelo, como diciendo: "He venido para esto." Oh padre verdaderamente Feliz!, oh madre verdaderamente Juana!, si la interpretacin de sus nombres es la que se les da. En poco tiempo lleg a ser un gran doctor, no por esa vanidad mundana por la que se afanan hoy todos tras del Ostiense y de Tadeo, sino por amor hacia el verdadero man; entonces se puso a custodiar la via que pierde en breve su verdura, si el viador es malo; y habiendo acudido a la Sede, que en otro tiempo fu ms benigna de lo que es ahora para los pobres justos, no por culpa suya, sino del que en ella se sienta y la mancilla, no pidi la facultad de dispensar dos o tres por seis; no pidi el primer beneficio vacante; "non decimas, qu sunt pauperum Dei;" sino que pidi licencia para combatir los errores del mundo, y en defensa de la semilla de que nacieron las veinticuatro plantas que te rodean. Despus, con su doctrina y su voluntad juntamente, corri a desempear su misin apostlica, cual torrente que se desprende de un elevado origen; y su mpetu atac con ms vigor los retoos de la hereja all donde era mayor la resistencia. De l salieron en breve varios arroyos, con los que se reg el jardn catlico, de modo que sus arbustos adquirieron ms vida. Si tal fu una de las ruedas del carro en que se defendi la Santa Iglesia, venciendo en el campo las discordias civiles, bastante debes conocer ya la excelencia de la otra rueda de que te ha hablado Toms con tantos elogios antes de mi llegada. Pero el carril trazado por la parte superior de la circunferencia de esta ltima rueda est abandonado, de suerte que ahora se halla el mal donde antes el bien. La familia que segua fielmente las huellas de Francisco ha cambiado tanto su marcha, que pone la punta del pie donde l pona los talones: pero pronto ver la cosecha que ha producido tan mal cultivo, cuando la cizaa se queje de que no se la lleve al granero. Convengo en que quien examinase hoja por hoja nuestro libro an encontrara una pgina en que leera: "Yo soy el que acostumbro;" pero no proceder de Casale ni Acquasparta, de donde vienen algunos que, o huyen el rigor de la regla, o aumentan desmesuradamente su austeridad. Yo soy el alma de Buenaventura de Bagnoregio, que en mis grandes cargos pospuse siempre los cuidados temporales a los espirituales. Iluminato y Agustn estn aqu: stos fueron de los primeros pobres descalzos que, llevando el cordn, se hicieron amigos de Dios. Con ellos estn Hugo de San Vctor, y Pedro Mangiadore, y Pedro Hispano, el cual brill all abajo por sus doce libros; el profeta Natn, y el metropolitano Crisstomo, y Anselmo, y aquel Donato que se dign poner su mano en la primera de las artes.[141] Aqu est tambin Rabano, y a mi lado brilla Joaqun, abad de Calabria, que estuvo dotado de espritu proftico. He debido alabar a aquel gran paladn de la Iglesia, por moverme a ello la ardiente simpata y las discretas palabras de fray Toms, que, as como a m, han conmovido a todas estas almas. [139] Me obliga a ocuparme en Santo Domingo, por quien Santo Toms habl tan bien de mi jefe San Francisco. [140] En Espaa. [141] La Gramtica. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOTERCIO_ Quien deseare conocer bien lo que yo vi ahora, imagnese (y, mientras hablo, retenga la imagen como si fuese esculpida en fuerte roca) las quince estrellas, que en diversas regiones iluminan el cielo con tanta viveza, que vencen toda la densidad del aire: imagnese aquel Carro, al cual le basta el espacio de nuestro cielo para girar de noche y da, sin desaparecer nunca de aquella bocina, que comienza en la punta del eje en torno del cual se mueve la primera esfera; y piense que estas estrellas forman juntas en el cielo dos signos semejantes al que form la hija de Minos cuando sinti el fro de la muerte:[142] figrese uno de ellos despidiendo sus resplandores dentro del otro, y ambos a dos girando de manera que vayan en sentido inverso; y as tendr como una sombra de la verdadera constelacin y de la doble danza que circulaba en el sitio donde yo me encontraba; pues lo que vi es tan superior a lo que acostumbramos a ver, como el lento curso del Chiana es inferior al movimiento del ms alto y veloz de los cielos. All se cantaba, no a Baco ni Pen, sino a tres Personas en una Naturaleza Divina, y sta y la humana en una sola Persona. Tan luego como en las danzas y los cantos invirtieron el debido tiempo, aquellas santas luces se fijaron en nosotros, felicitndose de pasar de uno a otro cuidado. Despus rompi el silencio de los espritus acordes la luz que me haba referido la admirable vida del Pobre de Dios, y dijo: [142] Imagine que estas veinticuatro estrellas formen en el cielo dos constelaciones dispuestas en crculo, como aquella corona en que al morir Ariadna, hija de Minos, hizo que se convirtiera la guirnalda de flores que adornaba su cabeza. --Estando ya trillada una parte del trigo y guardado el grano, el dulce amor que te profeso me invita a trillar la otra parte. T crees que en el pecho de donde fu sacada la costilla para formar la hermosa boca cuyo paladar cost caro a todo el mundo, y en aquel otro que, atravesado de una lanzada, satisfizo tanto, que venci el peso de toda culpa cometida antes y despus, el gran poder creador de uno y otro infundi cuanta ciencia es asequible a la naturaleza humana: por esto te admiras de lo que dije antes, al manifestar que el bienaventurado que est contenido en la quinta luz[143] fu sin segundo. Abre, pues, los ojos de la inteligencia a lo que voy a exponerte, y vers cmo tu creencia y mis palabras son con respecto a la verdad como el centro es respecto de todos los puntos del crculo. Lo que no muere, y lo que puede morir, no es ms que un destello de la idea que nuestro Seor engendra por efecto de su bondad; porque aquella viva luz que sale del radiante Padre, y no se separa de l ni del Amor que se interpone entre ambos, por un efecto de su bondad, comunica su irradiacin a nueve cielos, como transmitida de espejo en espejo, pero permaneciendo una eternamente. De all desciende hasta las ltimas potencias, disminuyendo de tal modo su fuerza por grados, que ltimamente slo produce breves contingencias. Por estas contingencias entiendo las cosas engendradas, que el Cielo en su movimiento produce con germen o sin l. La materia de stas, y la mano que le da forma, no causan siempre los mismos efectos; por lo cual dichas cosas, que llevan el sello de la idea divina, aparecen ms o menos perfectas. De aqu se sigue que una misma especie de rboles d frutos buenos o malos, y que vosotros nazcis con diferente ingenio. Si la materia fuese enteramente perfecta, y el Cielo estuviese tambin en su virtud suprema, la luz de la idea divina se mostrara en todo su esplendor. Pero la naturaleza da siempre una forma imperfecta, semejante en sus obras al artista que domina prcticamente su arte, y cuya mano tiembla. Si, pues, el ferviente amor dispone la materia, e imprime en ella la clara luz del ideal divino, entonces las cosas contingentes alcanzan la perfeccin. As es como fu hecha la tierra digna de toda perfeccin animal, y as es cmo concibi la Virgen. Por lo tanto, apruebo tu opinin, porque la humana naturaleza no fu ni ser jams lo que ha sido en esas dos personas. Pero si yo no siguiese ahora adelante, empezaras por exclamar: "Cmo es, pues, que aqul no tuvo igual?" Para que aparezca bien lo que ahora no aparece, piensa quin era, y la razn que tuvo para pedir cuando se le dijo: "Pide." No he hablado de modo que no hayas podido comprender que aqul fu un rey, que pidi la sabidura, a fin de ser un verdadero rey, y no por saber cul es el nmero de los motores celestiales; o si lo necesario con lo contingente produce lo necesario; o bien "si est dare primum motum esse," ni si en un semicrculo puede colocarse un tringulo que no tenga un ngulo recto: as pues, si has comprendido bien lo que he dicho y lo que digo, conocers que la sabidura real era la ciencia sin par en que se clavaba la flecha de mi intencin. Si claramente miras, vers que la palabra "Ascendi" slo haca referencia a los reyes, que son muchos, pero pocos los buenos. Acoge mis palabras con esta distincin; y as podrs conservar tu creencia sobre el primer padre y nuestro Amado. Esto debe hacerte andar siempre con pies de plomo, para que, cual hombre cansado, los muevas lentamente hacia el s y el no que no distingues con claridad; pues necio es entre los necios el que sin distincin afirma o niega, ya en uno, ya en otro caso; porque acontece a menudo que una opinin precipitada se extrava, y despus el amor propio ofusca nuestro entendimiento. El que va en busca de la verdad, sin conocer el arte de encontrarla, hace el viaje peor que en vano, porque no vuelve tal como fu; de lo cual son en el mundo pruebas ostensibles Parmnides, Meliso, Briso y otros muchos que marchaban y no saban adnde. As hicieron Sabelio y Arrio, y aquellos necios que fueron como espadas para las Escrituras, torciendo el recto sentido de sus palabras. Los hombres no deben aventurarse a juzgar, como hace el que aprecia las mieses en el campo sin estar granadas; porque he visto primero el zarzal spero y punzante durante todo el invierno, y luego cubrirse de rosas en su cima; y he visto a la nave surcar el mar recta y veloz durante su viaje, y perecer a la entrada del puerto. No crean doa Berta y seor Martino,[144] por haber visto a uno robando, y a otro haciendo ofrendas, verlos del mismo modo en la mente de Dios, porque aqul puede elevarse y ste caer. [143] El rey Salomn. [144] Nombres usados antiguamente para significar gentes de poco cacmen. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOCUARTO_ El agua contenida en un vaso redondo se mueve del centro a la circunferencia o de sta al centro, segn que la agiten por dentro o por fuera. Ocurriseme de pronto esto que digo en cuanto call el alma gloriosa de Santo Toms, por la semejanza que naca de sus palabras y de las de Beatriz, a quien plugo decir, despus de aqul: --Este necesita, aunque no os lo indique ni con la voz ni con el pensamiento, llegar a la raz de otra verdad. Decidle si la luz con que se adorna vuestra substancia permanecer con vosotros eternamente tal como es ahora; y si as es, decidle cmo podr suceder que no os ofenda la vista cuando os rehagis visiblemente. As como en un arranque de alegra los que dan vueltas danzando elevan la voz y manifiestan en sus gestos su regocijo, del mismo modo, ante aquel ruego piadoso y expresivo, los santos crculos demostraron nuevo gozo en su danza y en su admirable canto. El que se lamenta de que haya de morir aqu abajo para vivir despus en el cielo, no ha visto el placer que la lluvia eterna de la sacrosanta luz produce en los bienaventurados. Aquel uno y dos y tres que vive siempre, y siempre reina en tres y dos y uno, no circunscrito y circunscribindolo todo, era cantado tres veces por cada uno de aquellos espritus con tal meloda, que orlos sera justa recompensa para todo mrito. Yo o en la luz ms resplandeciente del menor crculo una voz modesta,[145] quiz como la del Angel al dirigirse a Mara que respondi: [145] La voz de Salomn, modesta como lo es la verdadera sabidura. --Mientras dure la fiesta del Paraso, otro tanto tiempo irradiar nuestro amor en torno de nuestra vestidura. Su claridad corresponde al ardor que nos inflama; el ardor, a nuestras celestiales visiones; y stas son tanto ms claras, cuanto mayor es la gracia que cada uno tiene segn su valor. Cuando nos revistamos de la carne gloriosa y santa, nuestra persona ser mucho ms grata a Dios y a nosotros, porque estar completa: entonces se aumentar lo que de su gratuita luz nos da el Sumo Bien, luz que nos permite contemplarle; y entonces deber aumentarse tambin nuestra santa visin, el ardor que sta produce y el rayo que del ardor desciende; pero as como el carbn que origina la llama la sobrepuja en deslumbrante blancura, de tal modo que aparece en medio de ella, de igual suerte este fulgor que ya nos rodea, ser vencido en apariencia por la carne, que todava est cubierta por la tierra; y un esplendor tan grande no podr ofendernos, porque los rganos del cuerpo sern bastante fuertes para todo lo que pueda deleitarnos. Uno y otro coro me parecieron tan prontos y unnimes en decir "Amn," que manifestaron bien claramente el deseo de revestir sus cuerpos mortales; no por ellos quiz, sino por sus madres, por sus padres, y por los dems seres que les fueron queridos antes de convertirse en sempiternas llamas. Y he aqu que en derredor de tales claridades naci una nueva luz sobre la que all haba, semejante a un horizonte luminoso; y as como al anochecer empiezan a entreverse en el Cielo nuevas apariciones, que parecen ser y no ser, as me pareci empezar a ver all nuevas substancias. Oh verdadero centelleo del Espritu Santo! Cun brillante se present de improviso a mis ojos que, vencidos, no pudieron soportarlo! Pero se me mostr Beatriz tan bella y sonriente, que a su aspecto hubo de quedar esta visin entre las dems que no he podido retener en la memoria: entonces mis ojos recobraron fuerzas para alzarse de nuevo, y me vi transportado a mayor gloria slo con mi Dama. Por el gneo fulgor de la estrella, que me pareca ms rojo que de costumbre, ech de ver que haba subido a un punto ms elevado; y con el lenguaje que es comn a todos, de todo corazn ofrec a Dios el holocausto debido por esta nueva gracia. No se haba extinguido an en mi pecho el ardor del sacrificio, cuando conoc que ste haba sido felizmente bien aceptado; pues se me aparecieron unos resplandores tan deslumbrantes y rojos dentro de dos rayos luminosos, que exclam: "Oh Helios, cunto los embelleces!" Salpicados de grandes y pequeos luminares, lo mismo de Galaxia, cuya blancura extendida entre los polos del mundo hace dudar a los ms sabios, aquellos rayos formaban en el fondo de Marte el venerable signo que produce la interseccin de los cuadrantes en un crculo. Aqu el ingenio es inferior a mi memoria; en aquella cruz resplandeca Cristo de suerte, que no puedo encontrar una comparacin digna; pero el que toma su cruz y sigue a Cristo me perdonar una vez ms lo que omito, cuando vea centellear a Cristo en aquel albor. De uno a otro extremo de los brazos de la cruz y de arriba abajo se agitaban luces, que lanzaban vvidos destellos cada vez que se unan o pasaban ms all, tal como se ven en la Tierra los tomos agitndose en lnea recta o curva, giles o lentos, cambiando sin cesar de aspecto, en el rayo de luz que corta la sombra que el hombre, por medio de su inteligencia y de su arte, se procura contra el Sol; y as como el lad o el arpa forman con sus numerosas cuerdas una dulce armona, aun para el que no distingue cada nota, del mismo modo aquellas luces que all se me aparecieron produjeron alrededor de la cruz una meloda, que me arrebataba a pesar de no comprender el himno. Bien conoc que encerraba altas alabanzas, porque llegaron hasta m estas palabras: "Resucita y vence," pero como el que oye sin entender. Y aquella meloda me arrobaba tanto, que hasta entonces no hubo cosa alguna que me ligara con tan dulces vnculos. Quiz parezcan demasiado atrevidas mis palabras, creyendo que pospongo a otras delicias el placer de los bellos ojos, en cuya contemplacin se calman todos mis deseos; pero quien sepa que las vivas marcas de toda belleza la imprimen mayor a medida que estn ms elevadas, y considere que all no me haba vuelto aun hacia ellos, podr excusarme de lo que me acuso para excusarme, y conocer que digo la verdad; pues el santo placer de aquella mirada no est excludo aqu, supuesto que se hace ms puro a medida que nos elevamos. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOQUINTO_ La benigna voluntad, en la que se manifiesta siempre el amor cuyas aspiraciones son rectas, como la codicia se manifiesta en la voluntad inicua, impuso silencio a aquella dulce armona e hizo reposar las santas cuerdas que por la diestra de Dios estn templadas. Cmo se haban de hacer sordas a splicas justas aquellas substancias, que, para infundirme el deseo de dirigirles alguna pregunta, estuvieron acordes en callarse? Justo es que se lamente sin tregua el que, por amor a cosas que no pueden durar eternamente, se desprende de aquel amor. Como en noche serena discurre ac o all por el cielo tranquilo y puro un repentino fuego, atrayendo las miradas hasta entonces indiferentes, y parecido a una estrella que cambia de sitio, slo que ninguna desaparece de la parte donde aqul se enciende y dura poco, as desde el extremo del brazo derecho al pie de la cruz se corri un astro de la constelacin que aqu resplandece;[146] pero el diamante no se separ de su ngulo, sino que sigui la faja luminosa, asemejndose a una luz que pasa por detrs del alabastro. No menos afectuosa que aquel espritu se mostr la sombra de Anquises cuando reconoci a su hijo en los Campos Elseos, si hemos de dar crdito a nuestro mayor Poeta. [146] El alma de Caociaguida, tatarabuelo del Poeta. --Oh sangre ma!, oh superabundante gracia de Dios! Quin, como t, ha visto abiertas dos veces ante s las puertas del Cielo? As dijo aquella luz; por lo cual fij en ella toda mi atencin: despus volv el rostro hacia mi Dama, y por una y otra parte qued asombrado; pues en sus ojos brillaba tal sonrisa, que cre llegar con los mos al fondo de mi gracia y de mi Paraso. Luego aquel espritu, al que era tan grato ver y or, aadi a sus primeras palabras cosas que no comprend; tan profundos fueron sus conceptos: no porque fuese su intento el ocultrmelos, sino por necesidad a causa de ser stos superiores a la inteligencia de los mortales. Cuando el arco de su ardiente afecto estuvo menos tirante para que sus palabras descendiesen hasta el lmite concedido a nuestra inteligencia, la primera cosa que o fu: --Bendito seas T, trino y uno, que tan propicio eres a mi descendencia. Y continu diciendo: --Hijo mo: gracias a sa que te ha revestido de plumas para emprender tan alto vuelo, has satisfecho dentro de esta luz en que te hablo un plcido y largo deseo de verte, originado en m de haber ledo tu venida en el gran libro donde no se cambia jams lo blanco en negro, ni lo negro en blanco. T crees que tu pensamiento ha llegado hasta m por medio de aquel que es el primero, as como de la unidad, de todos conocida, se forman el cinco y el seis; y por eso ni me preguntas quin soy, ni por qu te parezco ms gozoso que otro alguno de esta alegre cohorte. Crees la verdad; porque, en esta vida, los espritus que disfrutan, as de mayor como de menor gloria, miran en el espejo en que aparece el pensamiento antes de nacer. Pero a fin de que el sagrado amor que observo con perpetua atencin, y que excita en m un dulce deseo, se satisfaga mejor, manifiesta con voz segura, franca y placentera, cul es tu voluntad, cul tu deseo, pues mi respuesta est ya preparada. Yo me volv hacia Beatriz; y ella, que me haba odo antes de que yo hablara, se sonri de un modo que hizo crecer las alas de mi deseo. Despus empec de este modo: --Desde que se os patentiz la Igualdad primera, el afecto y la inteligencia tienen un peso igual en cada uno de vosotros; porque en ese Sol, que os ilumina y abrasa con su luz y su calor, son tan iguales ambas virtudes, que toda semejanza es poca. Pero el entendimiento y la voluntad de los mortales, por la razn que os es ya manifiesta, vuelan con diferentes alas. As es que yo, que soy mortal, me veo en esta desigualdad, y nicamente puedo dar gracias con el corazn a tan paternal acogida. Te suplico, pues, encarecidamente, oh vivo topacio, que enriqueces esa preciosa joya!, que me hagas sabedor de tu nombre. --Oh vstago mo, en quien me complaca mientras te esperaba! Yo fu tu raz. De esta suerte di principio a su respuesta. Despus aadi: --Aquel de quien ha tomado su nombre tu prosapia, y que por espacio de ciento y ms aos ha estado girando por el primer crculo del monte, fu mi hijo y tu bisabuelo: bien necesita que con tus obras disminuyas su prolongada fatiga. Florencia, dentro del antiguo recinto donde oye sonar an tercia y nona, estaba en paz, sobria y pdica. No tena gargantillas, ni coronas, ni mujeres ostentosamente calzadas, ni cinturones ms llamativos a la vista que la persona que los lleva. Al nacer, no causaba miedo la hija al padre, porque la poca del matrimonio y el dote no haban salido an de los lmites regulares. No estaban entonces las casas vacas de moradores; no haba llegado an Sardanpalo a ensear lo que se puede hacer en una cmara. Montemalo no era an vencido por Uccellatoio, el cual, as como le excede en la subida, le exceder en la bajada. Yo he visto a Bellincion Berti con cinturn de cuero y hebilla de hueso, y a su mujer separarse del espejo sin colorete en el rostro: he visto a los de Nerli y a los del Vecchio contentarse con ir cubiertos de una simple piel, y a sus mujeres dedicadas a la rueca y al huso. Oh afortunadas! Cada una de ellas conoca el lugar donde haba de ser sepultada, y ninguna se haba visto abandonada en el lecho por causa de Francia. La una velaba su cuna, y para consolar a su hijo usaba el idioma que constituye la primera alegra de los padres y de las madres: la otra, tirando de la blanca cabellera de su rueca, charlaba con su familia de los troyanos, y de Fisole y de Roma. En aquellos tiempos se habra mirado como una maravilla a una Cianghella y a un Lapo Salterello, como hoy causaran asombro un Cincinato y una Cornelia. En medio de tanta calma, y de tan hermosa vida por parte de todos y entre tan fieles conciudadanos, me hizo nacer la Virgen Mara, llamada a grandes gritos, y en vuestro antiguo Baptisterio fu a un tiempo cristiano y Cacciaguida. Moronto y Eliseo fueron mis hermanos; mi esposa proceda del valle del Po, y de ella viene tu apellido. Despus segu al emperador Conrado, que me concedi el ttulo de caballero; tanto fu lo que le agrad por mis buenas acciones. Tras l fu contra la maldad de aquella ley, cuyo pueblo usurpa vuestro dominio, por culpa del Pastor. All aquella torpe raza me libr del mundo falaz, cuyo amor envilece tantas almas, y desde el martirio llegu a esta paz. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOSEXTO_ Oh nobleza de la sangre! Aunque seas muy poca cosa, nunca me admirar de que hagas vanagloriarse de ti a la gente aqu abajo, donde nuestros afectos languidecen; pues yo mismo, all donde el apetito no se tuerce, quiero decir, en el cielo, me vanaglori de poseerte. A la verdad, eres como un manto que se acorta en breve, de modo que si cada da no se le aade algn pedazo, el tiempo lo va recortando en torno con sus tijeras. Con el "vos," al que Roma fu la primera en someterse y en cuyo empleo no han perseverado tanto sus descendientes, empezaron esta vez mis palabras: por lo cual, Beatriz, que estaba algn tanto apartada, sonrise, parecindose a la que tosi cuando Ginebra cometi la primera falta de que habla la crnica.[147] Yo empec a decir: [147] Segn cuenta la crnica de la Tabla redonda, la camarera de la reina Ginebra tosi al notar el primer mal paso dado por su seora, llevada del amor a Lanzarote. --Vos sois mi padre; vos me infunds aliento para hablar; vos me enaltecis de modo, que soy ms que yo mismo. Por tantos arroyos se inunda de alegra mi mente, que se goza en s misma al considerar que puede contener tanta sin que la abrume. Decidme, pues, oh mi querido antepasado!, quines fueron vuestros predecesores, y cules los aos en que comenz vuestra infancia. Decidme lo que era entonces el rebao de San Juan, y cules las personas ms dignas de elevados puestos. Como se aviva la llama del carbn al soplo del viento, as vi yo resplandecer aquella luz ante mis afectuosas palabras; y si pareci ms bella a mis ojos, ms dulce y suave fu tambin su acento cuando me dijo, aunque no en nuestro moderno lenguaje: --Desde el da en que se dijo "Ave," hasta el parto en que mi madre, que hoy es santa, se libr de mi peso, este Planeta fu a inflamarse quinientas cincuenta y tres veces a los pies del Len. Mis antepasados y yo nacimos en aquel sitio donde primero encuentra el ltimo distrito el que corre en vuestros juegos anuales. Bstete saber esto con respecto a mis mayores; lo que fueron o de dnde vinieron, es ms cuerdo callarlo que decirlo. Todos los que se encontraban entonces en estado de llevar las armas, entre la estatua de Marte y el Baptisterio, formaban la quinta parte de los que ahora viven all; pero la poblacin, que es al presente una mezcla de gente de Campi, de Certaldo y de Fighine, se vea pura hasta en el ltimo artesano. Oh!, cunto mejor fuera tener por vecinas a aquellas gentes, y vuestras fronteras en Galluzo y Trespiano, que no tenerlas dentro de vuestros muros, y soportar la fetidez del villano de Aguglin y del de Signa, que tiene ya los ojos muy abiertos para traficar! Si la gente que est ms degenerada en el mundo no hubiera sido una madrastra para Csar, sino benigna como una madre para con su hijo, ms de uno que se ha hecho florentino, y cambia y trafica, se habra vuelto a Semifonti, donde andaba su abuelo pordioseando: los Conti estaran an en Montemurlo; los Cerchi en la jurisdiccin de Ancona, y quiz aun en Valdigrieve los Buondelmonti. La confusin de las personas fu siempre el principio de las desgracias de las ciudades, como la mescolanza de los alimentos lo es de las del cuerpo; pues un toro ciego cae ms pronto que un cordero ciego; y muchas veces corta ms y mejor una espada que cinco. Si consideras cmo han desaparecido Luni y Urbisaglia, y cmo siguen sus huellas Chiusi y Sinigaglia, no te parecer una cosa difcil de creer el or cmo se deshacen las familias, puesto que las ciudades mismas tienen un trmino. Todas vuestras cosas mueren como vosotros; pero se os oculta la muerte de algunas que duran mucho, porque vuestra vida es muy corta; y as como los giros del cielo de la Luna cubren y descubren sin tregua las orillas del mar, lo mismo hace con Florencia la Fortuna: por lo cual no debe asombrarte lo que voy a decir con respecto a los primeros florentinos, cuya fama est envuelta en la obscuridad de los tiempos. He visto ya en decadencia los Ughi, los Catellini, Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi, todos ilustres caballeros; he visto tambin con los de la Sannella a los del Arca y a los Soldanieri, los Ardinghi y los Bostichi, tan grandes como antiguos. Sobre la puerta, cargada al presente con una felona de tan gran peso, que en breve har zozobrar vuestra barca, estaban los Ravignani, de quienes descienden el conde Guido, y los que han tomado despus el nombre del gran Bellincion. El primognito de la familia de la Pressa conoca el arte de gobernar bien, y en casa de Galigaio se vean ya los distintivos de la nobleza, que consistan en usar dorados la guarnicin y el pomo de la espada. Grande era ya la columna de la Comadreja, e ilustres los Cacchetti, Giuochi, Fifanti, Baruci y Galli, y los que se avergenzan al recuerdo de la medida. El tronco de que nacieron los Calfucci era ya grande, y ya haban sido promovidos a las sillas curules los Sizii y los Arrigucci. Oh! cun fuertes he visto a aqullos, que han sido destrudos por su soberbia! Y sin embargo, las bolas de oro[148] con sus altos hechos hacan florecer a Florencia; as como tambin los padres de aquellos que siempre que est vacante vuestra iglesia engordan mientras se hallan reunidos en consistorio. La presuntuosa familia[149] que persigue como un dragn al que huye, y se humilla como un cordero ante el que le ensea los dientes o la bolsa, vena ya engrandecindose; pero su origen era bajo: por esto no agrad a Ubertino Donato que su suegro le hiciera emparentar con ella. Los Caponsacco haban descendido ya de Fisole, y habitaban en el Mercado, y ya Giuda e Infangato eran buenos ciudadanos. Voy a decirte una cosa increble y verdadera: en el pequeo crculo que formaba la ciudad, se entraba por una puerta que deba su nombre a la familia de la Pera. Todos los que llevan las bellas insignias del gran Barn, cuyo nombre y cuya gloria se renuevan en la fiesta de Santo Toms, recibieron de l sus ttulos de caballero y sus privilegios; si bien hoy se ha colocado en el partido del pueblo aquel que rodea sus insignias de un crculo de oro. Ya los Gualterotti y los Importuni vivan tranquilos en el Borgo, y ms lo habran estado sin nuevos vecinos. La casa de que ha nacido vuestro llanto, por el justo rencor que os ha destrudo y dado fin a vuestra agradable vida, era honrada con todos los suyos. Oh Buondelmonte!, cun mal hiciste en no aliarte con ella por medio del matrimonio para consuelo de los dems! Muchos de los que hoy estn tristes estaran alegres, si Dios te hubiese entregado a Ema la primera vez que viniste a la ciudad. Pero era preciso que ante aquella piedra rota que guarda el puente sacrificara Florencia una vctima en sus ltimos das de paz. Con tales familias y con otras muchas he visto a Florencia en medio de tan gran reposo, que no tena motivo para llorar. Con estas familias he visto a su pueblo tan glorioso y justo, que jams el lirio fu llevado al revs en la lanza, ni se haba vuelto an rojo a causa de las discordias. [148] Los Umberti y los Lamberti, que en sus armas tenan bolas de oro. [149] Los Adimari, uno de los cuales perjudic mucho a Dante. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO DECIMOSEPTIMO_ Estaba yo afanoso como aquel cuyo ejemplo hace que los padres sean un poco condescendientes con sus hijos, cuando acudi a Climene para cerciorarse de lo que acerca de l haba odo; y bien lo conocan Beatriz y aquella luz que por m haba cambiado antes de sitio; por lo cual me dijo mi Dama: --Exhala el ardor de tu deseo de tal modo que salga bien expresado con la fuerza que lo sientes; no para que nosotros lo conozcamos mejor por tus palabras, sino para que te atrevas a manifestar tu sed, a fin de que otros te den de beber. --Oh mi querida planta, que te elevas tanto, que mirando al punto a quien todos los tiempos son presentes, ves las cosas contingentes antes de que sean en s, como ven las inteligencias terrestres que dos ngulos obtusos no pueden caber en un tringulo! Mientras acompaado de Virgilio suba yo por el monte donde se curan las almas, y cuando bajaba por el mundo de los muertos, se me dijeron palabras graves acerca de mi vida futura; y aunque me considere como un tetrgono ante los golpes de la desgracia, quisiera saber cul es la suerte que me est reservada; pues el dardo previsto hiere con menos fuerza. As dije a la misma luz que me haba hablado antes, manifestando mi deseo como lo quiso Beatriz. Aquel amoroso progenitor mo, encerrado y patente a un mismo tiempo en su esplendor risueo, me contest, no en los trminos ambiguos con que eran engaados los necios gentiles antes de que fuese inmolado el Cordero de Dios que redimi los pecados, sino con palabras claras y en latn correcto: --Las contingencias a cuyo conocimiento no alcanzan los lmites de vuestra materia, estn todas presentes a la vista de Dios. De aqu no se infiere, sin embargo, su necesidad, sino como es preciso que se pinte en los ojos de quien la mira, la nave que desciende por una corriente. Desde la mente divina llega a mi vista, como a los odos la dulce armona del rgano, el tiempo que para ti se prepara. Del mismo modo que Hiplito parti de Atenas por la crueldad y perfidia de su madrastra, tendrs que salir de Florencia. Esto es lo que se quiere, y lo que se busca y pronto ser hecho por los que lo meditan all donde diariamente se vende a Cristo. Las culpas caern sobre los vencidos, como es costumbre; pero el castigo dar testimonio de la verdad, que lo enva al que lo merece. T abandonars todas las cosas que ms entraablemente amas, y este es el primer dardo que arroja el arco del destierro. T probars cun amargo es el pan ajeno, y cun duro camino el que conduce a subir y bajar las escaleras de otros. Y lo que ms gravar tus espaldas ser la compaa estpida y malvada con la cual caers en este valle; porque ingrata, loca e impa, se revolver contra t; si bien poco despus, ella y no t, ver destrozada su frente. Su conducta probar su bestialidad, de suerte que para ti ser ms laudable haberte separado completamente de ella. Tu primer refugio y tu primer albergue sern la cortesa del Gran Lombardo, que sobre la escala lleva el ave santa,[150] el cual te mirar tan benignamente, que entre ambos el dar preceder al pedir, al contrario de lo que sucede entre los dems. S, vers a aquel que al nacer fu tan inspirado por esta fuerte estrella, que sus hechos sern siempre admirados. Los pueblos no han reparado en l an a causa de su corta edad, pues slo hace nueve aos que giran en derredor suyo estas esferas. Pero antes de que el Gascn engae al gran Enrique,[151] aparecern los destellos de su virtud en su desprecio al dinero y a las fatigas. Sus magnificencias sern tan conocidas, que ni aun sus mismos enemigos podrn dejar de referirlas. Espera en l y en sus beneficios; por l muchos hombres sern transformados, y los ricos y los pobres cambiarn de condicin. Lleva grabado en tu mente cuanto te predigo acerca de l; pero no lo manifiestes a nadie. [150] Can el Grande, seor de Verona. [151] El papa Clemente V, de Gascua, despus de haber promovido al imperio a Enrique VII, favoreci a sus enemigos. Y me refiri despus cosas, que parecern increbles aun a aquellos que las presencien. Despus aadi: --Hijo mo, tales son las interpretaciones de lo que se te ha dicho; tales las asechanzas que se te ocultarn por pocos aos. No quiero, sin embargo, que odies a tus conciudadanos; pues tu vida se prolongar ms an de lo que tarde el castigo de su perfidia. Cuando, por su silencio, demostr el alma santa que haba concludo de poner la trama en la tela que le present urdida, empec a decir, como el que en sus dudas desea el consejo de una persona entendida, recta y amante: --Bien veo, padre mo, cmo corre el tiempo hacia m para darme uno de esos golpes, tanto ms graves, cuanto ms desprevenido se vive; por lo cual es bueno que me arme de previsin, a fin de que, si se me priva del lugar que ms quiero, no pierda los dems por causa de mis versos. All abajo, en el mundo eternamente amargo, y en el monte desde cuya hermosa cumbre me elevaron los ojos de mi Dama, y despus en el cielo, de luz en luz, he odo cosas, que si las repitiera, seran para muchos de un sabor desagradable; y si soy cobarde amigo de la verdad, temo perder la fama entre los que llamarn a este tiempo el tiempo antiguo. La luz en que sonrea el tesoro que yo haba encontrado all, empez por brillar como un espejo de oro a los rayos del Sol, y despus respondi: --Slo una conciencia manchada por su propia vergenza o por la ajena encontrar aspereza en tus palabras: no obstante esto, aparte de ti toda mentira manifiesta por completo tu visin, y deja que se rasque el que tenga sarna; pues si tu voz es desagradable al gustarla por primera vez, dejar un alimento vivificante cuando sea digerida. Tu grito har lo que el viento, que azota ms las ms elevadas cumbres, lo cual no ser una pequea prueba de honor. Por eso tan slo se te han mostrado en estas esferas, en el monte y en el doloroso valle las almas que han gozado de cierto renombre; porque el nimo del que escucha no fija su atencin ni presta fe a ejemplos sacados de una raz oculta y desconocida, ni a otras cosas que no se manifiesten claramente. [Ilustracin] _CANTO DECIMOCTAVO_ Aquel espritu bienaventurado se recreaba ya en sus reflexiones, y yo saboreaba las mas, atemperando lo amargo con lo dulce, cuando la Dama que me conduca hasta Dios me dijo: --Cambia de ideas; piensa que yo estoy al lado de Aqul que alivia todas las contrariedades. Yo me volv hacia la voz amorosa de mi consuelo, y desisto de expresar cul fu el amor que vi entonces en sus santos ojos; no slo porque desconfe de mis palabras, sino porque la mente no puede repetir lo que es superior a ella, si otro poder no le ayuda. Slo puedo decir con respecto a este punto que, contemplndola, mi nimo se vi libre de todo otro deseo: pues el placer eterno, que irradiaba directamente sobre Beatriz, me haca dichoso al verlo reflejado en su hermoso rostro. Pero ella, desvindome de esta contemplacin con la luz de una sonrisa, me dijo: --Vulvete y escucha; que no est solamente en mis ojos el paraso. As como algunas veces se ve la pasin en la fisonoma, si aqulla es tanta que el alma entera le est sometida, del mismo modo en los destellos del fulgor santo, hacia el cual me volv, conoc el deseo de continuar nuestra pltica. Y en efecto, empez diciendo: --En esta quinta rama del rbol que recibe la vida por la copa, y fructifica siempre y nunca pierde sus hojas, son bienaventurados los espritus que all abajo, antes de venir al cielo, alcanzaron tan gran renombre, que toda musa se enriquecera con sus acciones: mira los brazos de la cruz, y los que te ir nombrando harn en ellos lo que el relmpago en la nube. Apenas nombr a Josu, vi pasar un fulgor por la cruz, y el or pronunciar aquel nombre y ver deslizarse su resplandor fu todo uno. Al nombre del Gran Macabeo, vi moverse otra luz dando vueltas a causa de su alegra. Del mismo modo, a los nombres de Carlo-Magno y de Orlando, mi atenta mirada sigui a dos luces, como sigue la vista el vuelo del halcn. Despus pasaron ante mis ojos por aquella cruz Guillermo y Rinoardo, el duque Godofredo y Roberto Guiscardo. En seguida, el alma que me haba hablado se movi del mismo modo y se reuni a los anteriores, demostrndome lo artista que era entre los cantores del cielo. Volvme hacia la derecha para conocer en Beatriz lo que deba hacer, bien por sus palabras o por sus ademanes; y vi sus ojos tan serenos, tan gozosos, que su rostro sobrepujaba a todos los otros, y hasta a su anterior aspecto. Y as como el hombre que obra bien, por el mayor placer que siente, advierte de da en da el aumento de su virtud, as yo, viendo ms resplandeciente aquel milagro de belleza, repar que se haba hecho ms extenso el crculo de mi rotacin juntamente con el cielo; y en breve espacio de tiempo que muda de color el rostro de una doncella cuando depone el peso de la vergenza, presentse a mis ojos, al volverme, una transmutacin semejante, por efecto de la blancura de la sexta y templada estrella, que me haba recibido en su interior. Yo vi en aquella antorcha de Jove los destellos del amor que en ella exista, representando a mis ojos nuestro alfabeto; y as como las aves que se elevan sobre un ro, regocijndose al llegar al sitio donde encuentran su alimento, forman a veces una hilera circular, y otras veces la prolongan, de igual suerte revoloteaban cantando las santas criaturas dentro de aquellas luces, y describiendo D, I o L con sus movimientos.[152] Primeramente ajustaban su baile al canto; despus, representando uno de aquellos caracteres, se detenan un momento y guardaban silencio. [152] Son las tres primeras letras de la palabra Diligite de la frase: Diligite justitiam qui judicatis terram; que se lee en la Sagrada Escritura. Oh divina Pegsea,[153] que glorificas y prolongas la vida de los ingenios, haciendo que perpeten la memoria de las ciudades y de los reinos! Ilumname a fin de que describa sus figuras tales cuales las he visto, y de que aparezca tu poder en estos cortos versos. [153] La musa Calope. Las luces formaron, pues, cinco veces siete vocales y consonantes, y yo observ aquellas figuras conforme me fueron apareciendo. "Diligite justitiam" fu el primer verbo y el primer nombre que representaron; "qui judicatis terram" fueron las ltimas palabras. Despus, en la M del quinto vocablo se quedaron formadas de modo que la estrella de Jpiter en aquel punto pareca de plata moteada de oro. Entonces vi descender otras luces sobre la parte superior de la M y detenerse all cantando, segn creo, el bien que hacia s las atrae. Despus, as como del choque de dos tizones ardientes salen innumerables chispas, de donde los necios deducen augurios, parecime que se elevaban ms de mil luces, remontndose unas ms y otras menos, segn las distribuye el Sol que las enciende; y cuando cada cual qued fijo en su puesto, vi que aquellas luces formaban distintamente la cabeza y el cuello de un guila. Aquel que pinta esto no tiene quien le gue, antes bien l gua todas las cosas, y de l procede esa virtud que mueve a los animales a dar una forma apropiada a sus nidos. Los dems bienaventurados, que anteriormente parecan contentarse con formar sobre la M una corona de lises, por medio de un pequeo movimiento concluyeron la figura del guila. --Oh dulce estrella!, cuntas y qu resplandecientes almas me demostraron all que nuestra justicia es un efecto del cielo que t adornas! Por eso suplico a la Mente, principio de tu movimiento y de tu fuerza, que repare de dnde sale el humo que obscurece tus rayos, a fin de que se irrite otra vez contra los compradores y vendedores del templo que se fortific con los milagros y la sangre de los mrtires. Oh milicia celestial a quien contemplo! Ruega por los que existen en la Tierra extraviados por el mal ejemplo. Era ya antigua costumbre hacer la guerra con la espada; hoy se hace arrebatando por doquiera el pan que a nadie niega nuestro piadoso Padre. Pero t, que escribes solamente para borrar, piensa que an estn vivos Pedro y Pablo, los cuales murieron por la via que de tal modo echas a perder. Con razn puedes decir: "Tengo tan fijos mis deseos en aqul que quiso vivir solo, y que a consecuencia de un baile fu arrastrado al martirio,[154] que no conozco al Pescador ni a Pablo." [154] San Juan Bautista. [Ilustracin] _CANTO DECIMONONO_ Ante mi apareca, con las alas abiertas, la bella imagen que en su dulce fruicin haca dichosas a las almas reunidas. Cada una de stas pareca un pequeo rub, en el que brillaba tan encendido un rayo de Sol, que reflejaba a mis ojos la imagen del mismo Sol. Y lo que necesito describir ahora no lo anunci la voz jams, ni lo escribi la tinta, ni lo concibi la imaginacin. Porque vi, y aun o hablar al pico del guila y decir con su voz "Yo" y "Mio," cuando su intencin era decir: "Nos" y "Nuestro." Y empez as: --Por haber sido justo y piadoso estoy aqu exaltado hasta esta gloria, que no se deja vencer por el deseo; y en la Tierra dej tal memoria de m, que los hombres ms perversos la recomiendan, pero no siguen su ejemplo. As como de muchas brasas sale un solo calor, as tambin de aquella imagen, formada por muchos amores, sala una sola voz. Entonces respond: --Oh perpetuas flores de la dicha eterna, que como un solo perfume me hacis sentir todos vuestros aromas! Poned fin con vuestras palabras al gran ayuno que me ha tenido hambriento durante largo tiempo, por no encontrar en la Tierra alimento alguno. Bien s que, si la justicia divina se refleja en otras esferas como en un espejo, en la vuestra no se ve a travs de un velo. Sabis cun atento me preparo a escucharos; sabis tambin cul es aquella duda que para m se convierte en tan antiguo ayuno. As como el halcn a quien quitan la caperuza mueve la cabeza, y bate las alas en seal de contento, demostrando sus deseos e irguindose con gallarda, lo mismo v hacer al guila que estaba formada de alabanzas de la divina Gracia, las cuales cantaban como sabe cantar el que se deleita all arriba. Despus comenz de esta suerte: --Aquel que abarc con su comps hasta las extremidades del mundo, y encerr en su abertura tantas cosas ocultas y manifiestas, no pudo dejar sobre todo el universo una huella tan profunda de su poder, que su entendimiento no fuese infinitamente superior al de todos los entendimientos creados, como lo prueba el que el primer soberbio, que era la criatura ms excelente, por no esperar la luz de la gracia divina, cay del Cielo antes de ser confirmado en ella. De aqu resulta que las criaturas menos perfectas que aqulla son pequeos receptculos para contener aquel bien sin fin, nico que puede medirse a s mismo. Aun nuestra vista, que es casi un rayo de la mente divina de que estn llenas todas las cosas, no puede, por su naturaleza, ser tan penetrante que discierna su principio sino bajo una apariencia muy lejana de la verdad. La vista que recibe vuestro mundo slo penetra en la justicia sempiterna como el ojo se interna en el mar; que aunque vea el fondo cerca de la orilla, no lo ve en el inmenso pilago; y sin embargo, el fondo existe, pero su profundidad misma lo oculta. No existe luz si no procede del Sr tranquilo que no se turba nunca; fuera de l no hay ms que tinieblas, o sombras de la carne o su veneno. Bastante he descorrido el velo que te ocultaba la viva justicia, sobre la que hacas tan frecuentes preguntas, pues t decas: "Un hombre nace en la orilla del Indo, y all no hay quien hable de Cristo, ni quien lea o escriba con respecto a l; todas sus acciones y deseos son buenos, y en cuanto puede ver la razn humana, no ha pecado ni en obras ni en palabras: si muere sin bautismo y sin fe, dnde est la justicia que le condena? Dnde su falta, si no cree?" Ahora bien: quin eres t, que quieres tomar asiento en el tribunal para juzgar a mil millas de distancia con un palmo de vista? En verdad que quien hablando conmigo sutiliza por ver los rayos de la justicia divina, tendra razn para dudar de su rectitud, si no estuviese sobre vosotros la Escritura. Oh animales terrestres!, oh inteligencias burdas! La primera voluntad, que es buena por s misma, que es el Sumo Bien, no se ha separado jams de s misma. Solamente es justo lo que a ella se conforma; ningn bien creado la atrae; pero ella produce este bien con sus rayos. Cual cigea que se revuelve sobre el nido, despus de haber alimentado a sus hijos, y as como uno de stos, ya alimentado, la mira, del mismo modo empez la bella imagen a agitarse sobre m, e igualmente elev mis ojos hacia ella, que mova sus alas, impelidas por tantos espritus. Al dar vueltas, cantaba y deca: "Mis notas son tan incomprensibles para t, como el juicio eterno para vosotros los mortales." Luego que aquellos refulgentes ardores del Espritu Santo se detuvieron, sin dejar de formar el signo que hizo a los Romanos temibles en el mundo,[155] el mismo signo continu diciendo: [155] El guila. --A este reino no ha subido jams quien no crey en Cristo, ni antes ni despus de que ste fuera enclavado en el santo leo: pero mira; muchos que exclaman "Cristo, Cristo," estarn menos prximos a l en el da del juicio, que algunos de los que no han conocido a Cristo; y a tales cristianos causar vergenza el Etope, cuando se dividan los dos colegios, uno enteramente rico, y otro miserable. Qu no podrn decir los Persas a vuestros reyes, cuando vean abierto aquel volumen en el que se escriben todos sus desprecios? All se ver, entre las obras de Alberto, la que en breve agitar la pluma, y por la cual quedar desierto el reino de Praga. All se ver el dao que ocasiona junto al Sena, falsificando la moneda, el que morir herido por un jabal.[156] All se ver la insaciable soberbia que enloquece del tal modo al escocs y al ingls, que no pueden sufrir el verse contenidos en los lmites de sus Estados.[157] Se ver la lujuria y la molicie del de Espaa, y del de Bohemia, que jams conoci ni quiso conocer el valor.[158] All se ver tambin marcada con una I la bondad del Cojo de Jerusaln,[159] mientras que lo contrario a ella tendr por marca una M. Se ver la avaricia y la vileza de aquel que guarda la isla del fuego, donde terminaron los prolongados das de Anquises;[160] y para demostrar su mezquindad, se emplearn muchas abreviaturas en su escrito, a fin de que en poco espacio se contengan muchas palabras. Y a la vista de todos aparecern las vergonzosas obras del to y del hermano,[161] que han envilecido tan egregia estirpe y dos coronas. All sern conocidos el de Portugal y el de Noruega,[162] y el de Rascia, que alter los cuos de Venecia.[163] Oh Hungra feliz, si no se deja guiar mal! Oh dichosa Navarra, si se defendiese con el monte que la rodea! Todos deben creer que ya, en presagio de esto, Nicosia y Famagusta se lamentan y claman contra su bestia, que no discrepa de las otras. [156] Felipe el Hermoso. [157] Los reyes Roberto de Escocia y Eduardo I de Inglaterra. [158] Alfonso, rey de Espaa. Wenceslao, rey de Bohemia. [159] La bondad de Carlos el Cojo, rey de Pulla y Jerusaln, estar marcada con una I (uno): es decir, que ser igual a uno, mientras que sus maldades llevarn por marca una M (mil), sern iguales a mil. [160] Fadrique, hijo de Pedro de Aragn, que gobierna la isla de Sicilia, donde est el fuego del Etna.--Dice la vileza, porque Fadrique, despus de la muerte de Enrique VII, abandon vilmente la causa de los gibelinos. [161] Jaime, rey de Mallorca, y Menorca, y Jaime de Aragn, to aqul y hermano ste de dicho Fadrique. [162] Dionisio el Agrcola, rey de Portugal. Noruega, en tiempo de Dante, tena su rey propio. [163] Rascia, Raugia, Ragusa, ciudad y territorio de la antigua Dalmacia, sobre el Adritico, cuyo rey falsific los ducados de Venecia. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMO_ Cuando Aqul que ilumina el mundo entero desciende de nuestro hemisferio, de tal modo que el da se extingue en todas partes, el cielo encendido antes por l solo, aparece sbitamente sembrado de luces, en las cuales se refleja una sola. Y aquel estado del cielo me vino a la imaginacin, cuando la ensea del mundo y de sus jefes cerr su bendito pico; porque brillando mucho ms todos aquellos vivos resplandores, entonaron suaves cantos, que han desaparecido de mi memoria. Oh dulce amor, que bajo aquella riente luz te ocultas! Cun ardiente me parecas en medio de aquellos efluvios sonoros, que slo respiran santos pensamientos! Despus que las preciosas y brillantes joyas de que vi adornada la sexta estrella cesaron en sus cantos anglicos, me pareci or el murmullo de un ro que lmpido desciende de roca en roca, mostrando la fecundidad de su elevado manantial. Y as como el sonido adquiere su forma en el cuello de la ctara, y en los orificios de la zampoa el soplo del que la toca, as tambin subi de improviso aquel murmullo por el cuello del Aguila, como si ste estuviese perforado. Prodjose all una voz, que sali por su pico en forma de palabras, segn las esperaba mi corazn, donde las escrib: --Debes ahora mirar fijamente--empez a decir--aquella parte de m misma que en las guilas mortales contempla y soporta la luz del Sol; porque entre los fuegos que componen mi figura, los que hacen centellear el ojo de mi cabeza tienen un grado de luz mayor que todos los dems. Aquel que, haciendo las veces de pupila, luce en medio, fu el cantor del Espritu Santo, que transport el arca de ciudad en ciudad: ahora conoce el mrito de su canto en la parte que fu obra de su propia voluntad, por la remuneracin que proporcionalmente ha recibido. De los cinco que forman el arco de mi ceja, el que est ms prximo al pico consol a la viuda de la prdida de su hijo;[164] ahora conoce cun caro cuesta no seguir a Cristo, por la experiencia que tiene de esta dulce vida y de la opuesta. El que le sigue en la parte superior de la circunferencia de que hablo, dilat su muerte para hacer verdadera penitencia:[165] ahora conoce que los eternos juicios de Dios son invariables, aunque una ferviente oracin consiga all abajo que suceda maana lo que debera suceder hoy. El otro que sigue se hizo griego conmigo y con las leyes para ceder su puesto al Pastor, guiado por una buena intencin que produjo malos frutos:[166] ahora conoce que el mal resultado de su buena accin no le es nocivo, por ms que haya sido causa de la destruccin del mundo. Aquel que ves en el declive del arco fu Guillermo, a quien llora la Tierra que se lamenta de Carlos y Federico vivos:[167] ahora conoce el amor del cielo hacia un rey justo, y as lo manifiesta por el resplandor de que est rodeado. Quin creera en el mundo lleno de errores, que el troyano Rifeo fuera en este arco la quinta de las luces santas? Aunque su vista no penetre hasta el fondo de la divina gracia, demasiado conoce ahora lo que en ella no puede ver el mundo. [164] El emperador Trajano. (Vase el canto X del Purgatorio.) [165] Ezequas, rey de Jud, a quien Dios, escuchando sus ruegos, concedi quince aos ms de vida para arrepentirse de sus culpas. [166] El emperador Constantino, que se hizo griego, esto es, traslad de Roma a Bizancio la capital del Imperio romano, con las leyes romanas y con el Aguila imperial, por ceder al Papa la ciudad eterna. [167] Guillermo II, llamado el Bueno, de cuya prdida se lamenta Sicilia, as como de ver vivos a Carlos el Cojo y Fadrique de Aragn. Como la alondra que en el aire se cierne cantando, y despus calla, contenta de la ltima meloda que la satisface, tal me pareci la imagen, satisfecha del eterno placer, por cuya voluntad todas las cosas son lo que son: y aun cuando yo hiciese all visibles mis dudas como el vidrio manifiesta por su transparencia el color de que se ha revestido su superficie, esas mismas dudas no me permitieron esperar la respuesta callando, sino que con su fuerza hicieron salir de mi boca estas palabras: "Qu cosas son esas?": por lo cual conoc en los nuevos destellos que despedan aquellas almas dichosas la alegra que les causaba responder a mis preguntas. Despus, con el ojo ms inflamado, me respondi el bendito signo, para no tenerme por ms tiempo entregado a mi asombro: --Veo que crees estas cosas, porque yo las digo; pero no comprendes cmo pueden ser: de suerte que, aunque credas, no por eso estn menos ocultas. T haces como aquel que aprende a conocer las cosas por su nombre, pero que no puede ver su esencia, si otro no se la manifiesta. "Regnum coelorum" cede a la violencia del ardiente deseo y de la viva esperanza, cuyos afectos vencen a la divina voluntad; pero no a la manera que el hombre prevalece sobre el hombre, sino que la vencen porque quiere ser vencida; y vencida, vence con su benignidad. Te causan asombro la primera y la quinta almas que forman el arco de la ceja, porque ves adornada con ellas la regin de los Angeles. No salieron paganas de sus cuerpos, como crees, sino cristianas, teniendo fe viva, la una en los pies que deban ser crucificados, y la otra en los que ya lo haban sido. Una de ellas, saliendo del Infierno donde nadie se convierte a Dios con buen deseo, volvi a habitar su cuerpo en recompensa de una viva esperanza; de una viva esperanza, que rog fervientemente a Dios para resucitarla, a fin de que su voluntad pudiera ser movida. El alma gloriosa de que se habla, vuelta a su carne en que permaneci poco tiempo, crey en Aqul que poda ayudarla; y al creer, se abras de tal modo en el fuego de un verdadero amor, que despus de su segunda muerte fu digna de venir a participar de estos goces. La otra, merced a una gracia que mana de una fuente tan profunda, que no ha habido criatura cuya mirada pudiera penetrar hasta su manantial, cifr all abajo todo su amor en la justicia; por lo cual de gracia en gracia Dios abri sus ojos a nuestra redencin futura, y creyendo en ella, no soport por ms tiempo la fetidez del paganismo, reprendiendo por su causa a las gentes pervertidas. Aquellas tres mujeres que viste junto a la rueda derecha del carro, le bautizaron ms de mil aos antes de que se instituyera el bautismo. Oh predestinacin!, cun remota est tu raz de la vista de aquellos que no ven toda la causa primera! Y vosotros, mortales, sed circunspectos en vuestros juicios; pues nosotros, que vemos a Dios, no conocemos an todos sus elegidos: y sin embargo, no es grata semejante ignorancia; porque nuestra beatitud se perfecciona con este bien, y queremos lo que Dios quiere. Tal fu el suave remedio que me di aquella imagen divina para aclarar mi vista. Y as como un buen tocador de ctara hace acompaamiento a un buen cantor con la vibracin de las cuerdas, adquiriendo de este modo mayor atractivo el canto, as mientras hablaba, recuerdo que vi a los benditos resplandores agitar sus llamas al comps de las palabras, como los prpados que se mueven acordes y al mismo tiempo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOPRIMERO_ Mis ojos se haban fijado de nuevo en el rostro de mi Dama, y el nimo con ellos se haba separado de todo otro objeto. Ella no sonrea: --Pero si yo riese--empez a decirme--, te quedaras como Semele, cuando fu reducida a cenizas; pues mi belleza, que, segn has visto, brilla ms cuanto ms asciende por las gradas del eterno palacio, si no se moderase, resplandecera tanto, que tu fuerza mortal perecera ante su fulgor como la rama destrozada por el rayo. Nos hemos elevado al sptimo esplendor[168] que, colocado bajo el pecho del ardiente Len, difunde ahora sobre la Tierra sus rayos mezclados con el fuerte influjo de aqul. Fija la mente en pos de tus miradas, y haz de tus ojos un espejo para la imagen que se te aparecer en este espejo. [168] Al cielo de Saturno. Quien supiese cun dulcemente se recreaba mi vista en el semblante dichoso de Beatriz, cuando invitado por ella la dirig hacia otro objeto, conocera lo grato que me sera obedecer a mi Gua celestial, considerando que el placer de obedecerla contrabalanceaba al que yo senta contemplndola. Dentro del cristal que, rodeando al mundo, lleva el nombre de su querido seor, bajo cuyo imperio permaneci muerto todo mal, vi una escala del color del oro en que se refleja un rayo de Sol, y tan elevada, que mis ojos no podan seguirla. Vi adems bajar por sus escalones tantos resplandores, que pens que todas las luces que brillaban en el cielo estaban esparcidas all. Y as, como, por una costumbre natural, las cornejas se agitan reunidas al romper el da para dar calor a sus ateridas alas, y mientras se alejan algunas sin volver, otras regresan al punto de donde se remontaban, y otras revolotean sobre l, lo mismo me pareci que hacan aquellos fulgores que haban ido descendiendo hasta que se detuvieron en un escaln determinado. El que se qued ms cerca de nosotros empez a resplandecer tanto, que yo deca entre m: "Conozco el amor que me anuncias." Pero Aqulla, de quien espero la orden para hablar o callar, permaneci inmvil: as es que, a pesar mo, hice bien en no preguntar nada. Por lo cual, ella, que lea en la vista de Aqul que lo ve todo el deseo que yo ocultaba, me dijo: --Puedes manifestar tu ardiente anhelo. Entonces empec de esta suerte: --Mis mritos no me hacen digno de tu respuesta; pero en nombre de aquella que me permite interrogarte, alma bienaventurada, que te ocultas en tu alegra, dame a conocer la causa que tanto te aproxima a m, y dime por qu no se oye en esta esfera la dulce sinfona del Paraso, que tan devotamente resuena en las de abajo. --Tu odo es tan dbil como tu vista--me contest--; aqu no se canta por la misma razn que Beatriz no sonre. He descendido tanto por las gradas de la escala santa, slo para recrearte con mis palabras y con la luz de que estoy revestida. No es un mayor afecto lo que me ha hecho ms solcita; pues en toda esta escala hay un amor tan ferviente y ms que el mo, segn te lo manifiestan los destellos de esas almas; pero la alta caridad, que nos convierte en siervas atentas a la voluntad que rige al mundo, nos designa el sitio en que, segn puedes ver, estamos colocadas. --Bien veo--dije yo--, oh sagrada lmpara!, que un amor libre basta en esta corte para hacer lo que quiere la eterna Providencia; mas lo que me parece sumamente difcil de comprender es por qu fuiste t entre todas tus compaeras la destinada a este cargo. Aun no haba pronunciado la ltima palabra, cuando la luz, haciendo un eje de su centro, gir con la rapidez de una rueda. Despus me respondi la amorosa alma que estaba dentro de ella: --La luz divina se fija en m penetrando en la que me envuelve, y su virtud, unida a mi vista, me eleva tanto sobre m misma, que veo la suma esencia de que aqulla emana. De aqu proviene la alegra con que brillo; porque a la claridad de mi visin junto la de la luz que me rodea. Pero el alma que ms brilla en el cielo, el serafn que tiene ms fijos los ojos en Dios no podr satisfacer tus preguntas; porque lo que deseas saber penetra tan profundamente en el abismo del decreto eterno, que est muy apartado de toda vista creada; y cuando vuelvas al mundo mortal, refiere lo que te digo, a fin de que nadie presuma llegar al fondo de tal arcano. La mente, que aqu es luz, en la Tierra es humo; considera, pues, cmo podr comprender all abajo lo que aqu no comprende, por ms que el cielo la enaltezca. Sus palabras me contuvieron de tal modo, que abandon la cuestin, y me limit a rogarle humildemente que me dijese quin era. --Entre las dos costas de Italia, y no muy lejos de tu patria, se elevan unos peascos, tanto que los truenos retumban a mucha menos altura. Aquellos peascos forman una eminencia que se llama Catria, al pie de la cual hay un yermo consagrado nicamente al culto del verdadero Dios. As empez a hablar por tercera vez; y continuando luego, aadi: --De tal modo me dediqu all al servicio de Dios, que slo con legumbres y zumo de olivas pasaba fcilmente fros y calores, satisfecho con mis ideas contemplativas. Aquel claustro produca frtilmente para esta parte de los cielos, y ahora est tan vaco, que ser preciso que en breve lo sepa el mundo. En aquel sitio estuve yo, Pedro Damin; y Pedro el Pecador en la casa de Nuestra Seora, a orillas del Adritico. Escasa era ya mi vida mortal, cuando fu llamado y obligado a recibir aquel capelo que slo se transmite de malo a peor. Vinieron en otro tiempo Cefas y el Vaso de eleccin del Espritu Santo,[169] flacos y descalzos, aceptando su alimento de cualquier mano. Ahora los modernos pastores quieren que de uno y otro lado los apoyen, tan pesados son!, y que les lleven en litera, y que vaya detrs quien les sostenga la cola. Cubren con sus mantos sus cabalgaduras, de suerte que van dos bestias bajo una sola piel. Oh paciencia de Dios, que tanto soportas! [169] San Pedro y San Pablo. Al sonido de estas palabras, vi muchas llamas que bajaban girando de escaln en escaln, y a cada vuelta se hacan ms bellas. Vinieron a detenerse alrededor de aquella luz, y prorrumpieron en un clamor tan alto, que nada en el mundo puede asemejrsele: su estruendo me ensordeci de tal modo, que no comprend lo que dijeron. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VEGESIMOSEGUNDO_ Mudo de estupor me volv hacia mi Gua, como un nio que se acoge siempre a quien le inspira ms confianza: y aqulla, como la madre que socorre prontamente al hijo azorado y plido con su voz consoladora, me dijo: --No sabes que ests en el cielo? No sabes que todo el cielo es santo, y que lo que en l se hace procede de un buen celo? Si el grito que acabas de or te ha conmovido tanto, ahora puedes pensar cmo te habra perturbado aquel suave cntico unido a mi sonrisa. Y si hubieras comprendido lo que se rog al exhalar ese grito, conoceras la venganza que vers antes de tu muerte. La espada de aqu arriba no hiere nunca demasiado pronto, ni demasiado tarde, como suele parecerles a los que la esperan con temor o con deseo. Pero ahora vulvete hacia otro lado, y vers muchos espritus ilustres, si diriges tus miradas segn te indico. Volv los ojos como ella quiso, y vi cien pequeas esferas, que se embellecan unas a otras con sus mutuos rayos. Yo estaba como aquel que reprime en s el agudo estmulo del deseo, y no se aventura a preguntar, temiendo excederse, cuando la mayor y ms brillante de aquellas perlas se adelant para contentar mi curiosidad: despus o en su interior: --Si vieses, como yo, la caridad que arde entre nosotros, habras expresado ya tus deseos; pero a fin de que, por demasiado esperar, no tardes en llegar al alto fin de tu viaje, contestar al pensamiento que no te atreves a proferir. La cumbre de aquel monte en cuya falda est Casino fu frecuentada en otro tiempo por gentes engaadas y mal dispuestas. Yo soy el que llev all el nombre de Aqul que ense en la Tierra la verdad que tanto nos enaltece;[170] y luci sobre m tanta gracia, que apart a las ciudades circunvecinas del impo culto que sedujo al mundo. Esos otros fuegos fueron todos hombres contemplativos, abrasados en aquel ardor que hace nacer las flores y los frutos santos. Aqu estn Macario y Romualdo; aqu estn mis hermanos, que se encerraron en el claustro y conservaron un corazn perseverante. [170] San Benito abad, que di a conocer all la religin cristiana. Lo contest: --El afecto que demuestras hablando conmigo, y la benevolencia que veo y observo en todas vuestras luces, me inspiran la misma confianza que inspira el Sol a la rosa cuando se abre tanto cuanto le es posible. Por eso te ruego, padre, que si soy digno de tal merced, me concedas la gracia de ver tu imagen descubierta. --Hermano--me respondi--: tu elevado deseo se realizar en la ltima esfera, donde se realizan todos los otros y los mos, y donde todos son perfectos, maduros y enteros: en aquella sola esfera, todas sus partes permanecen inmviles, porque no est en un sitio, ni gira entre dos polos, y nuestra escala llega hasta ella, lo que hace que la pierdas de vista. El patriarca Jacob la vi prolongarse hasta arriba, cuando se le apareci tan llena de ngeles; pero ahora no retira nadie sus pies de la tierra para subirla, y mi regla slo sirve abajo para gastar papel. Los muros que eran una abada se han convertido en cavernas; y las cogullas en sacos de mala harina. La ms srdida usura no es tan contraria a la voluntad de Dios, como lo es el fruto de esas riquezas que tanto enloquecen el corazn de los monjes, porque todo lo que la Iglesia guarda pertenece a aquellos que piden por Dios, y no a los parientes o a otros ms indignos. La carne de los mortales es tan flexible, que las buenas obras no duran el tiempo que transcurre desde el nacimiento de la encina hasta la formacin de la bellota. Pedro empez su fecunda tarea sin oro ni plata; yo con oraciones y con ayunos; Francisco bas su orden en la humildad: y si atiendes al principio de cada orden, y consideras despus adonde han llegado, vers lo blanco cambiado en negro. Ms admiracin caus en verdad ver al Jordn retrocediendo y al mar hur cuando Dios quiso, que la causar ver remediados estos males. As me dijo, y despus se reuni a sus dems compaeros, que a su vez se reconcentraron, y como un torbellino se elevaron a lo alto. La dulce Dama con un solo ademn me impuls a subir tras ellos por aquella escala: tanto fu lo que su virtud venci mi grave naturaleza: y jams aqu abajo, donde se sube y desciende naturalmente, hubo un movimiento tan rpido que pudiera igualar a mi vuelo. As pueda volver, oh lector!, a aquel piadoso reino triunfante, por el que lloro con frecuencia mis pecados golpendome el pecho, como es cierto que vi el signo que sigue al Tauro,[171] y me encontr en l en menos tiempo del que necesitaras para meter y sacar un dedo del fuego. Oh gloriosas estrellas!, oh luz llena de gran virtud, en la que reconozco todo mi ingenio, cualquiera que sta sea! Con vosotras naca, y se ocultaba con vosotras aquel que es padre de toda vida mortal,[172] cuando sent por vez primera el aire toscano; y cuando ms tarde se me concedi la gracia de entrar en la alta rueda que os hace girar, me fu tambin permitido pasar por la regin en donde estis. A vosotras dirige ahora devotamente mi alma sus suspiros, para alcanzar la virtud necesaria en la difcil empresa que la atrae. [171] La constelacin de Gminis. [172] El Sol. --Ests tan cerca de la ltima salvacin--empez a decirme Beatriz--, que debes tener los ojos claros y penetrantes; as pues, antes de que llegues a ella, mira hacia abajo y contempla cuntos mundos he puesto bajo tus pies, a fin de que tu corazn se presente tan gozoso como pueda ante la triunfante multitud que alegre acude por esta bveda etrea. Recorr con la vista todas las siete esferas, y v a nuestro globo tan pequeo, que me re de su vil aspecto: as es que apruebo como mejor parecer el de quien le tiene en poca estima; pudiendo llamarse verdaderamente probo el que slo piensa en el otro mundo. Vi a la hija de Latona inflamada, sin aquella sombra que fu causa de que yo la creyera enrarecida y densa. All, oh Hiperin!, pudieron soportar mis ojos la luz de tu hijo, y vi cmo se mueven prximas a l y en derredor suyo Maya y Dione. All me apareci Jpiter atemperando a su padre y a su hijo;[173] all distingu con claridad sus frecuentes cambios de lugar, y todos los siete planetas me manifestaron su magnitud, su velocidad, y la distancia a que respectivamente se encuentran colocados. Aquel pequeo punto que nos hace tan orgullosos se me apareci por completo desde las montaas a los mares, mientras que yo giraba con los eternos Gemelos. Despus fij mis ojos en los hermosos ojos. [173] Saturno y Marte. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOTERCERO_ Como el ave que, habiendo reposado entre la predilecta enramada junto al nido de sus dulces hijuelos, durante la noche ocultadora de las cosas, y deseando ver tan caros objetos y hallar el sustento para nutrirlos, cuyo penoso trabajo soporta placentera, se adelanta al da, y antes de rayar el alba sube a la cima del abierto follaje, y fijamente mira, esperando con ardoroso anhelo la salida del Sol, as estaba mi Dama, en pie y atenta, vuelto el rostro hacia la regin del cielo bajo la cual se muestra el Sol menos presuroso; y en tanto yo, vindola suspensa y ansiosa, permanec como el que anhelante querra otra cosa, pero se calma con la esperanza de obtenerla. Poco intervalo medi entre ambos momentos, es decir, entre el de mi expectativa y el de ver de un instante a otro iluminarse ms el cielo. Y Beatriz dijo: --He ah la legin del triunfo de Cristo, y todo el fruto recogido de la rotacin de estas esferas. Me pareci que arda todo su semblante; y tena los ojos tan llenos de alegra, que debo seguir adelante sin ms explicacin. Cual en los plenilunios serenos Trivia re entre las ninfas eternas, que iluminan el cielo por todas partes, as vi yo sobre millares de luces un Sol, que las encenda todas, como hace el nuestro con las que vemos sobre nosotros; y a travs de su viva luz apareca tan clara a mis ojos la divina substancia, que no podan soportarla. --Oh Beatriz--exclam--, Gua dulce y querida! Ella me dijo: --Lo que te abisma es una virtud a la que nada resiste. All estn la Sabidura y el Poder que abrieron entre el Cielo y la Tierra las vas por tanto tiempo deseadas. As como el fuego de la nube, dilatndose de modo que sta no puede contenerlo, se escapa de ella, y, contra su naturaleza, se precipita hacia abajo, de igual suerte mi mente, engrandecindose ms entre aquellas delicias, sali de s misma, y no sabe recordar lo que fu de ella. --Abre los ojos y mrame cual soy; has visto cosas que te han dado fuerza suficiente para sostener mi sonrisa. Yo estaba como aquel que conserva cierta reminiscencia de una visin olvidada, y que se esfuerza en vano por renovarla en su imaginacin, cuando o proferir estas palabras tan dignas de gratitud, que no se borrarn jams del libro donde se consigna lo pasado. Si ahora resonasen todas aquellas lenguas que Polimnia y sus hermanas hicieron ms pinges con su dulcsima leche para venir en mi ayuda, no expresaran la milsima parte de la verdad, al pretender cantar tan santa sonrisa, y el resplandor que comunicaba a aquel santo rostro: por lo mismo, al describir yo el Paraso, es forzoso que mi sagrado poema salte como un hombre que encuentra cortado su camino. Quien considere el peso del asunto y el hombro mortal que soporta la carga, no censurar el que ste tiemble bajo su gravedad. El derrotero que hiende mi atrevida proa no es a propsito para una pequea embarcacin, ni para el nauta que quiera ahorrarse la fatiga. --Por qu te enamora mi faz de tal suerte, que no te vuelves hacia el hermoso jardn que florece bajo los rayos de Cristo? All est la Rosa[174] en que el Verbo divino encarn; y all estn los lirios[175] por cuyo aroma se descubre el buen camino. [174] La Virgen Mara, llamada por la Iglesia Rosa Mstica. [175] Los bienaventurados. As dijo Beatriz, y yo, que estaba siempre pronto a seguir sus consejos, me lanc nuevamente a la batalla de mis dbiles prpados. Y as como mis ojos, al abrigo de la sombra, han visto alguna vez un prado de flores iluminado por un rayo de Sol que atravesaba por entre desgarrada nube, del mismo modo distingu entonces una multitud de esplendores, iluminados desde arriba por ardientes rayos, sin ver el origen de donde estos fulgores procedan. Oh benigna virtud que as los iluminas! Sin duda te elevaste por dejar campo libre a mis ojos, que eran demasiado dbiles para contemplarte. El nombre de la hermosa flor que invoco siempre, por maana y tarde, concentr todo mi espritu en la contemplacin del mayor fuego; y cuando mis dos ojos me representaron la belleza y la extensin de la fulgente estrella que vence arriba, como venci abajo, desde el interior del cielo descendi una llamarada, que tena la forma de un crculo como una corona,[176] y rode a la estrella girando en torno suyo. La meloda que ms dulcemente se deje or en la Tierra, y que ms atraiga el nimo, parecera una nube que desgarrada truena, comparada con el sonido de aquella lira de que estaba coronado el bello zafiro con que se engalana el ms claro cielo. [176] El arcngel San Gabriel. --Yo soy el amor anglico, que giro difundiendo la sublime dicha, nacida del vientre que fu morada de nuestro deseo; y girar, Seora del Cielo, mientras acompaas a tu Hijo, y hagas resplandeciente la suprema esfera en donde habitas. As se dejaba or la circular meloda, y todas las dems luces hacan resonar el nombre de Mara. El manto real de todas las esferas del mundo, que ms se inflama y anima bajo el hlito y las perfecciones de Dios, tena sobre nosotros tan distante la faz interna, que no me era posible distinguir su aspecto desde el sitio en que me encontraba; por lo cual no tuvieron mis ojos la fuerza necesaria para seguir a la llama coronada, que se elev en pos de su divina primogenitura. Y semejantes al nio que tiende los brazos hacia su madre despus de haberse alimentado con su leche, movido del afecto que aun exteriormente se inflama, cada uno de aquellos fulgores se prolong hacia arriba, patentizndome as el amor que profesaban a Mara. Despus permanecieron ante mi vista cantando "Regina coeli" tan dulcemente, que jams ha hudo de m el placer que me causaron. Oh cunta es la abundancia que se encierra en aquellas arcas riqusimas por haber esparcido en la Tierra buenas semillas! All viven y gozan del eterno tesoro que conquistaron en el destierro de Babilonia, donde hicieron dejacin del oro. All triunfa de su victoria bajo el alto Hijo de Dios y de Mara, y juntamente con el antiguo y el nuevo concilio, el que tiene las llaves de tal gloria. [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOCUARTO_ Oh compaa escogida para la gran cena del cordero bendito, el cual os alimenta de tal modo, que vuestro apetito est siempre satisfecho! Ya que por la gracia de Dios ste prueba prematuramente lo que cae de vuestra mesa, antes de que la muerte ponga fin a sus das, pensad en su deseo inmenso, y refrescadlo algn tanto: vosotros bebis siempre en la fuente de donde procede lo que l piensa. Esto dijo Beatriz: y aquellas almas gozosas se convirtieron en esferas sobre polos fijos, resplandeciendo vivamente a guisa de cometas. Y como las ruedas en el mecanismo de un reloj se mueven de tal suerte, que a quien las observa le parece que la primera est quieta y la ltima vuela, as tambin aquellos glbulos, danzando diferentemente, me hacan estimar su velocidad o lentitud por el grado de sus resplandores. De aquel conjunto de bellas luces vi salir un fulgor tan alegre y esplendente, que superaba a todos los dems. Tres veces gir en torno de Beatriz, cantando de un modo tan divino, que mi fantasa no ha podido retener su encanto; por lo cual mi pluma pasa adelante sin describirlo, pues para pintar tales pliegues carece de matices, no ya la lengua, sino la misma imaginacin. --Oh mi santa hermana, que tan devotamente ruegas, movida de tu ardiente afecto, que me separas de aquella hermosa esfera! De este modo, luego que se detuvo aquel fuego bendito,[177] dirigi su aliento hacia mi Dama, y le habl como he dicho. Y ella contest: [177] San Pedro. --Oh luz eterna del gran Barn a quien nuestro Seor dej las llaves que llev abajo desde este goce maravilloso! Examina a ste como te plazca con respecto a los puntos fciles y difciles de la Fe, que te hizo andar sobre el mar. A ti no se te oculta si l ama bien, y espera bien y cree; porque tienes la vista fija donde todo est patente; pero ya que este reino ha conseguido ciudadanos por medio de la Fe veraz, es bueno que para glorificarla le toque a l hablar de ella. As como el bachiller se prepara, y no habla hasta que el maestro propone la cuestin que debe aprobar, pero no resolver, del mismo modo preparaba yo todas mis razones, mientras ella hablaba, para estar pronto a contestar a tal examinador y a tal profesin. --D buen cristiano, explcate: Qu es la Fe? Al or esto alc la frente hacia aquella luz de donde salan tales palabras; despus me volv hacia Beatriz, y ella me hizo un rpido ademn para que dejara brotar el agua de mi fuente interior. La gracia divina que me permite confesarme con tan alto primipilo--exclam,--haga claros y expresivos mis conceptos. Despus continu: --Segn lo ha escrito, padre, la verdica pluma de tu querido hermano,[178] que contigo hizo entrar a Roma por el buen camino, la Fe es la substancia de las cosas que se esperan, y el argumento de las que no aparecen a nuestra mente: tal me parece su esencia. [178] San Pablo. Entonces o: --Piensas rectamente, si comprendes bien por qu la coloc entre las substancias, y no entre los argumentos. A lo cual contest: --Las profundas cosas que aqu se me manifiestan claras y patentes estn tan ocultas a los ojos del mundo, que slo existen en la creencia sobre que se funda la alta esperanza; por eso toma el nombre de substancia. Con respecto a esta creencia es preciso argumentar sin otra luz; por eso toma el nombre de argumento. Entonces o: --Si todo lo que en la Tierra se aprende por va de enseanza, se entendiera de ese modo, la sutileza del sofisma sera en vano. Tales fueron las palabras que exhal aquel ardiente amor; y despus aadi: --Ha salido bien la prueba de la liga y el peso de esta moneda; pero dime si la tienes en tu bolsa. Le respond: --S, la tengo tan brillante y tan redonda, que no cabe duda sobre su cuo. En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que all resplandeca: --Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, de dnde te proviene? --La abundante lluvia del Espritu Santo--le contest--, que est esparcida sobre las antiguas y las nuevas pginas, es el silogismo que me la ha demostrado tan sutilmente, que comparada con ella me parece obtusa toda otra demostracin. Despus o: --Por qu tienes por palabra divina a la antigua y la nueva proposicin, que as te han convencido? Respond: --La prueba que me descubre la verdad consiste en las obras subsiguientes, para las cuales la naturaleza no calent nunca el hierro ni di golpes en el yunque. Se me contest: --D, quin te asegura que aquellas obras hayan existido? Acaso te lo asegura aquello mismo que se quiere probar con ellas? No tienes otro testimonio? --Si el mundo se convirti al cristianismo sin necesidad de milagros--dije yo--esto slo es un milagro tan grande, que los otros no son la centsima parte de l; porque t entraste pobre y famlico en el campo a sembrar la buena planta que en otro tiempo fu vid y ahora se ha convertido en zarza. Terminadas estas palabras, reson en las esferas de la sublime y elevada corte un "Alabemos a Dios" con la meloda que se canta all arriba. Y aquel Barn que examinndome as me haba llevado de rama en rama hasta acercarnos a las ltimas hojas, volvi a empezar de esta manera: --La gracia que enamora a tu mente hate abierto la boca hasta este punto, como abrirse deba: por tanto apruebo cuanto ha salido de ella; mas ahora es preciso que expliques lo que crees y el origen de tu creencia. --Oh Santo Padre!, oh Espritu, que ves lo que creste con tal firmeza, que dirigindote hacia el sepulcro venciste a pies ms jvenes!--empec a decir--: quieres que te manifieste el orden de las cosas en que creo, y adems me preguntas el motivo de mi creencia. Pues bien, yo te respondo: Creo en un solo y eterno Dios, que sin ser movido, mueve todo el Cielo con amor y con deseo; y en apoyo de tal creencia, no slo tengo pruebas fsicas y metafsicas, sino que tambin me las suministra la verdad que de aqu llueve por medio de Moiss, por los profetas, por los salmos, por el Evangelio, y por lo que vosotros escribistis despus de haberos iluminado el ardiente Espritu. Creo en tres Personas eternas, y las creo una esencia tan trina y una, que admiten a la vez "son" y "es." La profunda naturaleza divina de que ahora trato se ha grabado en mi mente muchas veces por la doctrina evanglica. Tal es el principio, tal la chispa que se dilata hasta convertirse en viva llama, y que brilla en mi interior como estrella en el cielo. Cual seor que oye lo que lo agrada, y por ello abraza a su siervo, congratulndose por la noticia en cuanto ste se calla, de igual suerte me bendijo cantando y gir tres veces en derredor de mi frente, luego que me call, aquel apostlico fulgor, por cuyo mandato haba yo hablado: tanto fu lo que mis palabras le agradaron. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOQUINTO_ Si alguna vez sucede que el poema sagrado en que han puesto sus manos el Cielo y la Tierra, y que me ha hecho enflaquecer por espacio de muchos aos, triunfe de la crueldad que me tiene alejado del bello redil, donde dorm corderillo enemigo de los lobos que le hacen la guerra; entonces volver como poeta, con otra voz y otros cabellos, y tomar la corona de laurel sobre mis fuentes bautismales: porque all entr en la fe que hace las almas familiares a Dios, y por ella me rode Pedro de aquel modo la frente. Despus se adelant hacia nosotros un resplandor desde aquella legin de que sali el primero de los vicarios que Cristo dej en la Tierra; y mi Dama, llena de alegra, me dijo: --Mira, mira, he ah el Barn por quien all abajo visitan a Galicia.[179] [179] El apstol Santiago. Cual dos palomas que, al reunirse, se demuestran su amor dando vueltas y arrullndose, as vi yo aquellos grandes y gloriosos prncipes acogerse mutuamente, alabando el alimento de que all arriba se nutren. Mas, cuando hubieron dado fin a sus gratulaciones, ambos se detuvieron silenciosos "coram me," tan encendidos que humillaban mi rostro. Beatriz dijo entonces riendo: --Oh alma ilustre, que has escrito acerca de la liberalidad de nuestra baslica! Haz resonar la Esperanza en esta altura. T sabes que la has simbolizado tantas veces cuantas Jesucristo se os manifest a los tres en todo su esplendor. --Levanta la cabeza, y tranquilzate; porque es preciso que lo que llega aqu arriba desde el mundo mortal se madure a nuestros rayos. Tan consoladoras palabras me fueron dirigidas por el segundo resplandor: entonces elev los ojos hacia aquellos montes que antes los haban inclinado con su excesivo peso. --Ya que nuestro Emperador te dispensa la merced de que te encuentres, antes de tu muerte, en la estancia ms secreta de su palacio con sus condes, a fin de que habiendo visto la verdad de esta corte, os anime por eso a ti y a los otros la Esperanza que tanto enamora all abajo, dime en qu consiste sta; dime cmo florece en tu mente, y de dnde te proviene. As habl el segundo resplandor. Y aquella piadosa Dama que gui las plumas de mis alas hacia tan elevado vuelo, respondi antes que yo de esta suerte: --La Iglesia militante no tiene entre sus hijos otro ms provisto de esperanza, como est escrito en el Sol que irradia sobre nuestra multitud: por eso se le ha concedido que desde Egipto venga a ver a Jerusaln, antes de terminar sus combates. Los otros dos puntos sobre que han versado tus preguntas, no por deseo de saber, sino para que l refiera lo grata que te es esta virtud, los dejo a su cargo; que no le sern de difcil resolucin, ni le servirn de jactancia: responda, pues, y que la gracia de Dios se lo conceda. Cual discpulo que responde a su maestro con gusto y prontitud en aquello en que es experto, a fin de revelar su mrito, as respond yo: --La Esperanza es una expectacin cierta de la vida futura, producida por la gracia divina y los mritos anteriores. Muchas son las estrellas que me comunican esta luz; pero quien primero la derram en mi corazn fu el supremo cantor[180] del Supremo Seor, "Que esperen en ti los que conocen tu nombre," dice en sus sublimes cnticos; y quin no lo conoce teniendo mi fe? T me has inundado despus con su oleada en tu Epstola; de modo que ya estoy lleno, y derramo sobre otros vuestra lluvia. [180] David. Mientras yo hablaba, en el seno de aquel incendio fulguraba una llama rpida y frecuente como un relmpago. Despus me dijo: --El amor en que me abraso todava por la virtud que me sigui hasta la palma y hasta mi salida del campo, quiero que te hable, a ti que con ella te deleitas; sindome por lo mismo grato que me digas lo que la Esperanza te promete. Yo le contest: --Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el trmino a que deben aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese trmino lo veo ahora tal cual es. Isaas dice que cada una de ellas vestir en su patria un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu hermano[181] nos manifiesta ms claramente esta revelacin, all donde trata de las blancas vestiduras. [181] San Juan en el Apocalipsis. Inmediatamente despus de pronunciadas estas palabras, se oy primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron todos los crculos de almas. Luego resplandeci entre ellas una luz tan viva, que si Cncer tuviera semejante claridad, el invierno tendra un mes de un solo da. Y como la doncella placentera, que se levanta, y va y toma parte en la danza, slo por festejar a la recin venida, y no por vanidad u otra flaqueza, as vi al esclarecido esplendor acercarse a los otros dos, que seguan dando vueltas cual era necesario a su ardiente amor. Psose a cantar con ellos las mismas palabras con la misma meloda; y mi Dama fij en l sus miradas como esposa inmvil y silenciosa. --Ese es aqul que descans sobre el pecho de nuestro Pelcano; es el que fu elegido desde la cruz para el gran cargo. As dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar ms atentas despus que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos en el Sol esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar, concluye por no ver, as me sucedi con aquel ltimo fuego, hasta que me fu dicho: --Por qu te deslumbras para ver una cosa que aqu no existe? Mi cuerpo es tierra en la Tierra, y all permanecer con los otros cuerpos hasta tanto que nuestro nmero se iguale con el eterno propsito. Las dos luces que se elevaron antes son las nicas que existen en este bienaventurado claustro con sus dos vestiduras; y as lo debes repetir en tu mundo. Dichas estas palabras, ces el girar del crculo inflamado juntamente con el dulce concierto que formaba la armona del triple canto; as como, para descansar o hur de un peligro, se detienen al sonido de un silbo los remos que venan azotando el agua. Ah! Cunta fu la turbacin de mi mente cuando me volv para ver a Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en el dichoso mundo! [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOSEXTO_ Mientras yo permaneca indeciso a causa de mi deslumbrada vista, sali la flgida llama que la deslumbr una voz, que llam mi atencin diciendo: --En tanto que recobras la vista que has perdido mirndome, bueno es que hablando conmigo compenses su prdida. Empieza, pues, y dime adnde se dirige tu alma, y persudete de que tu vista slo est ofuscada, pero no destruda; pues la Dama que te conduce por esta regin luminosa tiene en su mirada la virtud que tuvo la mano de Ananas. Yo dije: --Venga tarde o temprano, segn su voluntad, el remedio a mis ojos, que fueron las puertas por donde ella entr con el fuego en que me abraso. El bien que esparce la alegra en esta corte es el "alfa" y el "omega" de cuanto el amor escribe en m, ya sea leve o fuertemente. Aquella misma voz que haba desvanecido el miedo causado por mi sbito deslumbramiento, excit nuevamente en m el deseo de hablar, diciendo: --Es preciso que te limpies en una criba ms fina: es preciso que digas quin dirigi tu arco hacia tal blanco. --Los argumentos filosficos--contest--, y la autoridad que desciende de aqu, han debido infundirme tal amor; porque el bien, por s mismo, apenas es conocido, enciende tanto ms el amor, cuanta mayor bondad encierra. As pues, la mente de todo el que conoce la verdad en que se funda esta prueba, debe inclinarse a amar con preferencia a ninguna otra cosa aquella esencia,[182] en la cual hay tanta ventaja, que los dems bienes existentes fuera de ella no son ms que un rayo de su luz. Esa verdad la ha declarado a mi inteligencia aquel que me demuestra el primer amor de todas las substancias eternas. Me la declaran tambin las palabras del veraz Hacedor, que dijo a Moiss hablando de s mismo: "Yo te mostrar reunidas en m todas las perfecciones." T tambin me la declaras en el principio de tu sublime anuncio, que publica en la Tierra el arcano de arriba ms altamente que ningn otro. [182] Dios. Y yo o: --Por cuanto te dice la inteligencia humana, de acuerdo con la autoridad divina, reserva para Dios el mayor de tus amores. Pero dime todava si te sientes atrado hacia l por otras cuerdas, y dime con cuantos dientes te muerde este amor. No se me ocult la santa intencin del guila de Cristo; pues comprend hasta dnde quera llevar mi confesin: por eso empec a decir: --Todos los estmulos que pueden obligar al corazn a volverse hacia Dios concurren en mi caridad; porque la existencia del mundo y mi existencia, la muerte que El sufri para que yo viva, y lo que espera todo fiel como yo, juntamente con el conocimiento antedicho, me han sacado del pilago de los amores tortuosos, y me han puesto en la playa del recto amor. Amo las hojas que adornan todo el huerto del Hortelano eterno en la misma proporcin del bien que aqul les comunica. Apenas guard silencio, reson por el Cielo un dulcsimo canto; y mi Dama deca con los dems: "Santo, Santo, Santo!" Y as como la aparicin de una luz penetrante desvanece el sueo, excitando el sentido de la vista, el cual acude a la claridad que atraviesa las membranas; y el despertado la rehuye, aturdido en su repentino desvelo, mientras no le ayuda la facultad estimativa, de igual suerte ahuyent Beatriz todo entorpecimiento de mis ojos con el rayo de los suyos, que brillaba a ms de mil millas: entonces vi mejor que antes, y casi estupefacto pregunt quin era un cuarto resplandor que distingu con nosotros. Mi Dama me dijo: --Dentro de esos rayos contempla amorosa a su Hacedor la primera alma creada por la Virtud primera.[183] [183] Adn. Como el follaje que doblega su copa al paso del viento, y despus se levanta por la propia virtud que la endereza, tal hice yo, maravillado mientras ella hablaba, e irguindome despus a impulsos del deseo de preguntar que me abrasaba; por lo que empec de esta suerte: --Oh fruto, que fuiste producido ya maduro! Oh padre antiguo, de quien toda esposa es hija y nuera! Tan devotamente como puedo te suplico que me hables; t ves mis deseos, los cuales no te manifiesto por or ms pronto tus palabras. A veces un animal encubertado se agita de modo que manifiesta por los movimientos de su envoltura aquello que desea: del mismo modo la primer alma me daba a conocer por la luz de que estaba revestida la alegra que le causaba complacerme. Despus dijo: --Sin que me lo hayas expresado, conozco tu deseo mejor que t aquello de que ests ms cierto; porque lo veo en el veraz espejo cuyo parhelio son las dems cosas, y que no es parhelio de ninguna. Quieres or cunto tiempo ha que Dios me coloc en el excelso jardn en donde sa te prepar a subir tan larga escala; por cunto tiempo deleit mis ojos; la verdadera causa de la gran ira, y el idioma inventado por m de que hice uso. Sabe, pues, hijo mo, que el haber probado la fruta del rbol no fu la causa de tan largo destierro, sino solamente el haber infringido la orden. En aquel lugar de donde tu Dama hizo partir a Virgilio, estuve deseando esta compaa por espacio de cuatro mil trescientas dos revoluciones del Sol; y mientras permanec en la Tierra, le vi volver a todas las luces de su carrera novecientas treinta veces. La lengua que habl se extingui completamente antes que las gentes de Nemrod se dedicaran a la obra interminable; porque ningn efecto racional fu jams duradero, a causa de la voluntad humana, que se renueva segn la posicin y la influencia de los astros. Es cosa muy natural que el hombre hable; pero la naturaleza deja a vuestra discrecin que lo hagis de este o del otro modo. Antes que yo descendiese a las angustias infernales, se daba en la Tierra el nombre de I[184] al Sumo Bien de quien procede la alegra que me circunda; ELI se le llam despus y as deba ser; porque el uso de los mortales es como la hoja de una rama, que desaparece para ceder su puesto a otra nueva. En el monte que se eleva ms sobre las ondas estuve yo, con vida pura y deshonesta, desde la primera hora hasta la que es segunda despus de la hora sexta, cuando el Sol pasa de uno a otro cuadrante. [184] Otros escriben un (nico), El, por Eli, o J, principio del nombre de Jehov, y sobre cada una de estas opiniones se ha discutido mucho. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOSEPTIMO_ "Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espritu Santo," enton todo el Paraso con tan dulce canto, que me embriagaba. Lo que vea me pareca una sonrisa del Universo, pues mi embriaguez penetraba por el odo y por la vista. Oh gozo!, oh inefable alegra!, oh vida entera de amor y de paz!, oh riqueza segura y sin deseo! Ante mis ojos estaban encendidas las cuatro antorchas, y aquella que haba venido primero empez a lanzar ms vivos destellos, transformndose su aspecto cual aparecera el de Jpiter, si ste y Marte fueran aves y trocasen su plumaje. La Providencia, que distribuye aqu a su placer los oficios de cada uno, haba impuesto silencio a todo el coro de los bienaventurados, cuando o estas palabras: --No te admires al ver que mi semblante se demuda; pues vers demudarse el de todos stos mientras hablo. Aquel que usurpa en la Tierra mi puesto, mi puesto, mi puesto, que est vacante a los ojos del Hijo de Dios, ha hecho de mi cementerio una sentina de sangre y podredumbre, que al perverso cado desde aqu[185] sirve all abajo de complacencia. [185] Lucifer. Entonces vi cubrirse todo el cielo de aquel color que comunica el Sol por maana y tarde a las nubes opuestas a l; y cual mujer honesta que, segura de s misma, se ruboriza tan slo al escuchar las faltas ajenas, as vi yo a Beatriz cambiar de aspecto: un eclipse semejante creo que hubo en el cielo cuando la pasin del Poder Supremo. Despus, con voz tan alterada, que no fu mayor la alteracin de su semblante, continu en estos trminos: --Mi sangre, as como la de Lino y la de Cleto,[186] no aliment a la Esposa de Cristo para acostumbrarla a adquirir oro, sino para que adquiriese aquella vida virtuosa por la que Sixto y Po, Calixto y Urbano derramaron su sangre despus de muchas lgrimas. No fu nuestra intencin que una parte del pueblo cristiano estuviese sentada a la derecha y otra a la izquierda de nuestro sucesor, ni que las llaves que me fueron concedidas se convirtieran en una ensea de guerra para combatir contra los bautizados, ni que estuviese representada mi imagen en un sello para servir a privilegios vendidos y falsos, de que con frecuencia me avergenzo e irrito. En todos los prados se ven all abajo lobos rapaces disfrazados de pastores. Oh justicia de Dios!, por qu duermes? Los de Cahors y los de Gascua se preparan a beber nuestra sangre. Oh buen principio, en que fin tan vil has de venir a parar! Pero la alta Providencia, que por medio de Escipin defendi en Roma la gloria del mundo, lo socorrer en breve segn imagino. Y t, hijo, que todava has de volver abajo, llevado por el peso de tu cuerpo mortal, abre all la boca y no ocultes lo que yo no oculto. [186] Papas y mrtires, sucesores de San Pedro. As como nuestro aire despide hacia la Tierra copos de helados vapores, cuando el cuerno de la Cabra del cielo toca al Sol,[187] de igual modo vi elevarse aquel ter puro, y despedir hacia lo alto los vapores triunfantes que all se haban detenido con nosotros. Mi vista segua sus semblantes, y los sigui hasta que la mucha distancia me impidi ir ms adelante: por lo cual mi Dama, reparando que haba cesado de mirar hacia arriba, me dijo: --Baja la vista y advierte cunto has girado. [187] Cuando el Sol est en Capricornio, o sea en diciembre y enero. Entonces vi que, desde la hora en que mir por primera vez a la Tierra, haba yo recorrido todo el arco formado por el primer clima desde la mitad hasta el fin; de modo que vea ms all de Cdiz el insensato paso de Ulises, y a esta parte casi divisaba la playa donde Europa se convirti en dulce carga:[188] y aun habra descubierto mayor espacio de este globulillo, a no ser porque el Sol me preceda bajo mis pies un signo y algo ms. El amoroso espritu con que adoro siempre a mi Dama arda ms que nunca en deseos de volver nuevamente hacia ella los ojos; y las bellezas que la naturaleza o el arte han producido para cautivar la vista y atraer los espritus, ya en cuerpos humanos, ya en pinturas, todas juntas seran nada en comparacin del placer divino que me ilumin cuando me volv hacia su faz riente: la fuerza que me infundi su mirada me apart del bello nido de Leda,[189] y me transport al cielo ms veloz.[190] Sus partes vivsimas y excelsas son tan uniformes, que no sabr decir cul de ellas escogi Beatriz para mi entrada en l; pero ella, que vea mi deseo, empez a decirme, sonrindose tan placentera, que pareca regocijarse Dios en su semblante: [188] Las playas fenicias, donde Jpiter, transformado en toro, rob a Europa. [189] Del signo de Gminis. [190] Al cielo llamado Primer mvil. --En esta esfera empieza, como en su meta, el movimiento, que naturalmente cesa en el centro, mientras todo lo dems gira en torno suyo; y este cielo no tiene otro sitio donde adquirir movimiento ms que la mente divina, en la cual se enciende el amor que le impulsa y la influencia que vierte sobre las dems cosas. La luz y el amor la circundan, as como l circunda a los otros cielos inferiores; y ese crculo de luz y de amor lo dirige y lo comprende tan slo Aqul que rodea con l a este cielo. Su movimiento no est determinado por otro alguno; pero los dems estn medidos por ste, lo mismo que diez por la mitad y el quinto. Ahora puedes comprender cmo el tiempo tiene sus races en este tiesto, y en los otros las hojas. Oh concupiscencia, que de tal modo sumerges en ti a los mortales, que a ninguno le es posible sacar los ojos fuera de tus ondas! Mucho florece la voluntad en los hombres; pero la continua lluvia convierte las verdaderas ciruelas en endrinas. La fe y la inocencia slo se encuentran en los nios; y despus cada una de ellas huye antes de que el vello cubra sus mejillas. Hay quien ayuna balbuceando todava, y luego que tiene la lengua suelta, devora cualquier alimento en cualquier poca; y tambin hay quien, balbuciente an, ama y escucha a su madre, y cuando llega a hablar claramente, desea verla sepultada. No de otro modo la piel de la bella hija del que os trae la maana y os deja la noche, siendo blanca al principio, se ennegrece despus.[191] Y a fin de que no te maravilles, sabe que en la Tierra no hay quien gobierne; por lo cual va tan descarriada la raza humana. Pero antes de que el mes de enero deje de pertenecer al invierno, a causa del centsimo de que all abajo no hacen caso, estos crculos superiores rugirn de tal suerte, que la borrasca, por tanto tiempo esperada, volver las popas donde ahora estn las proas, haciendo que la flota navegue directamente, y que el verdadero fruto venga en pos de la flor. [191] La Naturaleza humana. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMOCTAVO_ Despus que aquella que eleva mi alma al Paraso me manifest la verdad contrapuesta a la vida actual de los mseros mortales, recuerda mi memoria que, as como el que ve en un espejo la llama de una antorcha encendida detrs de l, antes de haberla visto o pensado en ella, se vuelve para cerciorarse de si el cristal le dice la verdad, y ve que los dos estn acordes, como la nota musical con el comps, as hice yo al contemplar los hermosos ojos en donde teji amor la cuerda que me sujet: y cuando me volv, y se vieron heridos los mos por lo que aparece en aquel cielo toda vez que se observe con atencin su movimiento, distingu un punto que despeda tan penetrante luz, que es preciso cerrar los ojos iluminados por ella, a causa de su aguda intensidad. La estrella que ms pequea parece desde la Tierra, colocada a su lado, como una estrella cerca de otra, parecera una luna. Casi tanto como el cerco de un astro parece distar de la luz que le traza, cuando el vapor que lo forma es ms denso, distaba del centro de aquel punto un crculo de fuego, girando tan rpidamente, que hubiera vencido en celeridad al movimiento de aquel Cielo que ms velozmente gira ciendo al mundo. Este crculo estaba rodeado por otro, y ste por un tercero, y el tercero por el cuarto, por el quinto el cuarto, y despus por el sexto el quinto; sobre stos segua el sptimo, de tan gran extensin, que la mensajera de Juno[192] sera demasiado estrecha para contenerlo por completo. Lo mismo suceda con el octavo y el noveno,[193] y cada cual de ellos se mova con ms lentitud segn su mayor distancia del Uno, teniendo la llama ms clara el que menos distaba de la luz pursima; porque, segn creo, participa ms de su verdad. Mi Dama, que me vea presa de una viva curiosidad, me dijo: [192] Iris. [193] Estos nueve crculos luminosos son formados por los nueve rdenes anglicos, y su punto cntrico es Dios. --De aquel punto depende el Cielo y toda la naturaleza. Mira aquel crculo que est ms prximo a l, y sabe que su movimiento es tan rpido a causa del ardiente amor que le impulsa. Le contest: --Si el mundo estuviera dispuesto en el orden en que veo esas ruedas, tu explicacin me hubiera satisfecho; pero en el mundo sensible se pueden ver las cosas tanto ms rpidas cuanto ms apartadas estn de su centro: as es que, si mi deseo debe tener fin en este maravilloso y anglico templo, cuyos nicos confines son el amor y la luz, necesito todava or cmo es que el modelo y la copia no van del mismo modo; porque yo en vano reflexiono en ello. --Si tus dedos no bastan para deshacer ese nudo, no es maravilla: tan slido se ha hecho por no haber sido tocado! As dijo mi Dama; despus aadi: --Medita lo que voy a decirte, si quieres quedar satisfecho, y aguza sobre ello el ingenio. Los crculos corpreos son anchos y estrechos, segn la mayor o menor virtud que se difunde por todas partes. Cuanto mayor es su bondad, ms saludables son los efectos que produce; y el cuerpo mayor contiene mayor bondad, con tal que sean todas sus partes igualmente perfectas. Ahora bien, este crculo en que estamos, que arrastra consigo todo el alto universo, corresponde al que ms ama y ms sabe; por lo cual, si te fijas en la virtud y no en la extensin de las substancias que te aparecen dispuestas en crculos, vers una relacin admirable y gradual entre cada Cielo y su inteligencia. Puro y sereno, como queda el hemisferio del aire cuando Breas sopla con la menos impetuosa de sus mejillas, limpiando y disolviendo la niebla que antes lo obscureca todo, y haciendo que el cielo ostente las bellezas de toda su comitiva, qued yo cuando mi Dama me satisfizo con sus claras respuestas, viendo entonces la verdad tan brillante como las estrellas en el cielo. Cuando hubo terminado sus palabras, empezaron a chispear los crculos, como chispea el hierro candente; y aquel centelleo, que pareca un incendio, era imitado por cada chispa de por s, siendo stas tantas, que su nmero se multiplicaba mil veces ms que el producido por la multiplicacin de las casillas de un tablero de ajedrez.[194] Yo oa cantar "Hosanna," de coro en coro, en alabanza del punto fijo, que los tiene y siempre los tendr en el lugar donde siempre han estado: y aquella que vea las dudas de mi mente dijo: [194] La multiplicacin duplicada de las casillas del tablero de ajedrez produce una cantidad asombrosa, en esta forma: 1. casilla, 1; 2., 2; 3., 4; 4., 8; 5., 16; 6., 32; hasta la casilla 64, que arroja veinte cifras, o sean decenas de trilln. Cuntase que el inventor del ajedrez fu un indiano, el cual present el nuevo juego a un rey de Persia; y habindole ofrecido ste darle lo que pidiese, pidi un cuartillo de grano, duplicado y tantas veces multiplicado cuantas eran las casillas del tablero. El rey se lo concedi rindose; pero no pudo pagarle, porque no hubo en todo el reino bastante grano para ello. --Los primeros crculos te han mostrado los Serafines y los Querubines. Siguen con tal velocidad su amorosa cadena para asemejarse al punto cuanto pueden, y pueden tanto ms, cuanto ms altos estn para verle. Aquellos otros amores, que van en torno de ellos, se llaman Tronos de la presencia divina, en los cuales termina el primer ternario; y debes saber que es tanto mayor su gozo, cuanto ms penetra su vista en la Verdad, en que se calma toda inteligencia. Aqu puede conocerse que la beatitud se funda en el acto de ver, y no en el de amar a Dios, lo cual viene despus; y siendo las obras meritorias engendradas por la gracia y la buena voluntad, la medida de la contemplacin procede as de grado en grado. El otro ternario, que germina en esta primavera eterna de modo que no le despoja el Aries nocturno, canta perpetuamente "Hosanna" con tres melodas, que resuenan en los tres rdenes de alegra de que se compone. En esa jerarqua estn las tres diosas: primera, Dominaciones; segunda, Virtudes, y el tercer orden es el de las Potestades. Despus, en los dos penltimos crculos giran los Principados y los Arcngeles: el ltimo se compone todo de anglicos festejos. Todos estos rdenes tienen sus miradas fijas arriba, y ejercen abajo tal influencia, que as como ellos son atrados por Dios, atraen lo que est debajo de ellos. Con tal ardor se puso Dionisio[195] a contemplar esos rdenes, que los nombr y distingui como yo. Pero Gregorio[196] se separ de l despus; as es que en cuanto abri los ojos en este cielo, se ha redo de s mismo. Y si un mortal ha revelado en la Tierra una verdad tan secreta, no quiero que te admires; porque el que la vi aqu arriba[197] se la descubri, con otras muchas cosas referentes a las verdades de estos crculos. [195] San Dionisio Areopagita, en su libro =De coelesti hierarchia=. [196] San Gregorio el Grande, que modific el orden de los ngeles seguido por San Dionisio. [197] San Pablo, que fu transportado al cielo, e instruy a San Dionisio. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO VIGESIMONONO_ Silenciosa y con el rostro risueo permaneci Beatriz, mirando fijamente al punto que me haba deslumbrado, tanto espacio de tiempo como el que media desde el momento en que el cenit mantiene en equilibrio a los dos hijos de Latona, cuando stos, cobijados respectivamente por Aries y Libra, se forman una misma zona del horizonte, hasta que uno y otro rompen aquel cinto cambiando de hemisferio.[198] Despus empez as: [198] Quiere decir que Beatriz guard silencio, mirando fijamente a Dios slo un instante. Los hijos de Latona son el Sol y la Luna: cuando ambos se hallan en el mismo horizonte, uno en frente de otro, en Aries y Libra, como tenidos en balanza por una mano invisible, inmediatamente rompen ese equilibrio aparente, ascendiendo el uno a nuestro hemisferio, y pasando el otro al hemisferio opuesto. --Yo te dir sin preguntar lo que deseas or, porque lo he visto desde all donde converge todo "ubi" y todo "quando." No con objeto de adquirir para s ningn bien (que esto no puede ser), sino a fin de que su esplendor, reflejndose en las criaturas, pudiera decir: "Existo," el Eterno Amor, en su eternidad, antes que el tiempo fuese, y de un modo incomprensible a toda otra inteligencia, se difundi segn le plugo, creando nuevos amores. No es decir que antes permaneciera ocioso y como inerte; pues el proceder del espritu de Dios sobre estas aguas no tuvo antes ni despus. La forma y la materia pura salieron juntamente con una existencia sin defecto, como salen tres flechas de un arco de tres cuerdas; y as como la luz brilla en el vidrio, en el mbar o en el cristal, de manera que entre el llegar y el ser toda no media intervalo alguno, as tambin aquel triforme efecto irradi a la vez de su Seor, sin distincin entre su principio y su existencia perfecta. Simultneamente fu tambin creado y establecido el orden de las substancias; y aquellas en que se produjo el acto puro fueron colocadas en la cima del mundo. A la parte inferior fu destinada la potencia pura; y en el medio uni a la potencia y a la accin un vnculo que nunca se desata. Jernimo escribi que los ngeles fueron creados muchos siglos antes de que fuera hecho el otro mundo; pero esta verdad est escrita en varios pasajes de los escritores del Espritu Santo, y la podrs observar si bien la examinas, como que hasta la misma razn la ve en parte; pues no podra comprender que los motores permanecieran tanto tiempo sin su perfeccin. Ahora sabes ya dnde, cmo y cundo fueron creados estos amores; de modo que estn extinguidos tres ardores de tu deseo. No contaras de uno a veinte con la prontitud con que una parte de los ngeles turb el mundo de vuestros elementos. La otra parte qued aqu, y empez la obra que contemplas, con tanto placer que nunca cesa de girar. La causa de la cada fu el maldito orgullo de aquel que viste en el centro de la Tierra, pesando sobre l toda la gravedad del mundo. Esos que ves aqu fueron modestos, reconociendo la bondad que los haba hecho dispuestos a tan altas miras; por lo cual sus inteligencias fueron de tal modo exaltadas por la gracia que ilumina y por su mrito, que poseen una plena y firme voluntad. Y no quiero que dudes, sino que tengas completa certidumbre de que es meritorio recibir la gracia en proporcin del amor con que se la pide y acoge. En adelante, puedes contemplar a tu placer y sin otra ayuda este consistorio, si has entendido mis palabras: pero como en la Tierra y en vuestras escuelas se lee que la naturaleza anglica es tal que entiende, recuerda y quiere, te dir ms todava para que veas en toda su pureza la verdad que abajo se confunde, equivocando semejante doctrina. Estas substancias, despus de haberse recreado en el rostro de Dios, no separaron su mirada de ste para quien nada hay oculto; as es que su vista no est interceptada por ningn nuevo objeto, y en consecuencia, no necesitan la memoria para recordar un concepto separado de su pensamiento. All abajo, pues, se suea sin dormir, creyendo unos y no creyendo otros decir la verdad; pero en stos hay ms falta y ms vergenza. Los que all abajo os dedicis a filosofar, no vais por un mismo sendero; tanto es lo que os arrastra el afn de parecer sabios e ingeniosos: y aun esto se tolera aqu con menos rigor que el desprecio de la Sagrada Escritura o su torcida interpretacin. No pensis en la sangre que cuesta sembrarla por el mundo, y lo grato que es a Dios el que uniforma humildemente sus ideas a las de aqulla. Slo por parecer docto, cada cual se ingenia y se esfuerza en invenciones, que sirven de texto a los predicadores, mientras que el Evangelio se calla. Uno dice que la Luna retrocedi cuando la pasin de Cristo, y se interpuso a fin de que la luz del Sol no pudiera bajar a la Tierra; otros que la luz se ocult por s misma, razn por la cual este eclipse fu tan sensible para los Espaoles y los Indios, como para los Judos. No tiene Florencia tantos Lapi y Bindi[199] como fbulas se pronuncian durante un ao y por todas partes en el plpito; as es que las ovejas ignorantes vuelven del pasto repletas de viento, sin que les sirva de excusa no haber visto el dao. Cristo no dijo a su primer convento: "Andad y predicad patraas al mundo," sino que les di por base la verdad: y sta son en sus bocas de tal modo, que al combatir para encender la Fe, solamente se valieron del Evangelio como de escudo y lanza. Ahora, para predicar, se abusa de las argucias y bufonadas; con tal de excitar la hilaridad, la cogulla se hincha y no se desea otra cosa. Pero en la punta de esa cogulla anida tal pjaro,[200] que si el vulgo lo viese, no admitira las indulgencias de aquellos en quienes confa; por las cuales ha crecido tanto la necedad en la Tierra, que sin pedir pruebas de su autenticidad, se agolpara la gente a cualquier promesa de ellas. Con esto engorda el puerco de San Antonio, y engordan otros muchos que son peores que puercos, pagando en moneda sin cuo. Mas, poniendo fin a esta larga digresin, vuelve ya tus ojos hacia la va recta, de modo que el camino y el tiempo se abrevien. La naturaleza de los ngeles aumenta tanto su nmero de grado en grado, que no hay palabra ni inteligencia mortal que pueda llegar a significar ese nmero; y si examinas bien lo que revel Daniel, vers que en sus millares no se manifiesta un nmero determinado. La primera luz que ilumina toda la naturaleza anglica penetra en ella de tantos modos cuantos son los esplendores a que se une. As pues, como el afecto es proporcionado a la intensidad de la visin beatfica, la dulzura del amor es en los ngeles diversamente fervorosa o tibia. Contempla en adelante la altura y la extensin del Poder Eterno; pues ha formado para s tantos espejos en los que se reparte, quedando siempre uno e indivisible como antes de haberlos creado. [199] Nombres muy comunes en Florencia. [200] El demonio. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMO_ Acaso arde la hora sexta distante seis mil millas de nosotros, y este mundo inclina ya su sombra casi horizontalmente, cuando el centro del cielo que vemos ms profundo empieza a ponerse de modo, que algunas estrellas van perdindose de vista desde la Tierra; y a medida que viene adelantando la clarsima sierva del Sol, el cielo apaga de una en una sus luces hasta la ms bella. No de otra suerte desapareci poco a poco a mi vista el triunfo de los coros anglicos, que siempre festeja en torno de aquel punto que me deslumbr, parecindome contenido en lo mismo que l contiene; por lo cual, no viendo ya nada, esto unido al amor me oblig a volver los ojos hacia Beatriz. Si todo cuanto hasta aqu se ha dicho acerca de ella estuviera reunido en una sola alabanza, sera poco para llenar el objeto. La belleza que en ella vi no slo est fuera del alcance de nuestra inteligencia, sino que creo con certeza que su Hacedor es el nico que la comprende toda. Me confieso vencido por este pasaje de mi poema ms de lo que con respecto a otro punto lo fu jams autor trgico o cmico; porque as como el Sol ofusca la vista ms trmula, del mismo modo el recuerdo de la dulce sonrisa paraliza mi mente. Desde el primer da que vi su rostro en esta vida, hasta mi actual contemplacin, no se ha interrumpido la continuacin de mi canto; pero ahora es preciso que mi poema desista de seguir cantando la belleza de mi Dama, como hace todo artista que llega al ltimo esfuerzo en su arte. Tal cual la dejo para que la anuncie una trompa de mayor sonido que la ma, que conduce al trmino su difcil tarea, Beatriz repuso con el gesto y la voz de una gua solcita: --Hemos salido fuera del mayor de los cuerpos celestes, para subir al cielo que es pura luz;[201] luz intelectual, llena de amor, amor de verdadero bien, lleno de gozo; gozo superior a toda dulzura. Aqu vers una y otra milicia del Paraso, y una de ellas bajo aquel aspecto con que la contemplars en el juicio final. [201] Del Primer mvil al Empreo. Como sbito relmpago que disipa las potencias visivas, privando al ojo de la facultad de distinguir los mayores objetos, as me circund una luz resplandeciente, dejndome velado de tal suerte con su fulgor, que nada descubra. --El Amor que tranquiliza este cielo, acoge siempre con semejante saludo al que entra en l, a fin de disponer al cirio para recibir su llama. No bien hube odo estas palabras, cuando me sent elevar de un modo superior a mis fuerzas, y adquir una nueva vista de tal vigor, que no hay luz alguna tan brillante que no pudieran soportarla mis ojos. Y vi en forma de ro una luz urea, que despeda esplndidos fulgores entre dos orillas adornadas de admirable primavera. De este ro salan vivas centellas, que por todas partes llovan sobre las flores, pareciendo rubes engastados en oro. Despus, como embriagadas con aquellos aromas, volvan a sumergirse en el maravilloso raudal; pero si una entraba en l, otra sala. --El alto deseo que ahora te inflama y estimula para comprender lo que ests viendo, me place tanto ms cuanto es ms vehemente; pero es preciso que bebas de esa agua antes que sacies tanta sed. As me dijo el Sol de mis ojos. Luego aadi: --El ro y los topacios, que entran y salen, y la sonrisa de las hierbas son nada ms que sombras y prefacios de la verdad: no es decir que estas cosas sean en s de difcil comprensin; pues el defecto est en ti, que no tienes an la vista bastante elevada. Ningn nio se tira de cabeza tan presuroso al pecho de su madre cuando despierta ms tarde de lo acostumbrado, como yo, para mejorar los espejos de mis ojos, me inclin sobre la onda luminosa, que corre a fin de que se perfeccione la vista; y apenas se ba en ella la extremidad de mis prpados, me pareci que la larga corriente se haba vuelto redonda. Despus, as como la gente enmascarada parece otra cosa muy distinta en cuanto se despoja de la falsa apariencia bajo la cual se ocultaba, as me pareci que adquiran mayor alegra las flores y las centellas; de modo que vi distintamente las dos cortes del cielo. Oh esplendor de Dios, merced al cual vi el gran triunfo del reino de la verdad! Dame fuerzas para decir cmo lo vi. Hay all arriba una luz, que hace visible el Creador a toda criatura que slo funda su paz en contemplarle; y se extiende en forma circular por tanto espacio, que su circunferencia sera para el Sol un cinturn demasiado anchuroso. Toda su apariencia procede de un rayo reflejado sobre la cumbre del Primer Mvil, que de l adquiere movimiento y potencia; y as como una colina se contempla en el agua que baa su base, cual si quisiera mirarse adornada cuando es ms rica de verdor y flores, as, suspendidas en torno, en torno de la luz, vi reflejarse en ms de mil gradas todas las almas que desde nuestro mundo han vuelto all arriba. Y si la ltima grada concentra en s tanta luz, cul no ser el esplendor de esta rosa en sus ltimas hojas! Mi vista no se perda en la anchura ni en la elevacin de esta rosa, sino que abarcaba toda la cantidad y la calidad de aquella alegra. All, el estar cerca o lejos, no da ni quita; porque donde Dios gobierna sin interposicin de causas secundarias, no ejerce ninguna accin la ley natural. Hacia el centro de la rosa sempiterna, que se dilata, se eleva gradualmente y exhala un perfume de alabanzas al Sol que all produce una eterna primavera, me atrajo Beatriz como el que calla al mismo tiempo que quiere hablar, y dijo: --Mira cun grande es la reunin de blancas estolas! Mira qu gran circuito tiene nuestra ciudad! Mira nuestros escaos tan llenos, que ya son pocos los llamados a ocuparlos! En aquel gran asiento donde tienes los ojos fijos a causa de la corona que est colocada sobre l, antes que t cenes en estas bodas se sentar el alma de gran Enrique, que ser augusta en la Tierra,[202] el cual ir a reformar la Italia antes que se halle preparada para ello. La ciega codicia que os enferma, os ha hecho semejantes al nio que muere de hambre y rechaza a su nodriza. Entonces ser prefecto en el foro divino un hombre,[203] que abierta y ocultamente no ir por el mismo camino que aqul; pero poco tiempo le tolerar Dios en su santo cargo; porque ser arrojado donde est Simn Mago por sus merecimientos, y har que el de Alagna[204] se hunda ms. [202] Aqu Dante finge predecir en 1300 la coronacin del emperador Enrique VII de Luxemburgo, que tuvo efecto en 1308. [203] El papa Clemente V. [204] El papa Bonifacio VIII. (Vase el Infierno, canto XIX.) [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOPRIMERO_ En forma, pues, de blanca rosa se ofreca a mi vista la milicia santa que Cristo con su sangre hizo su esposa; pero la otra, que volando ve y canta la gloria de aquel que la enamora y la bondad que tan excelsa la ha hecho, como un enjambre de abejas, que ora se posa sobre las flores, ora vuelve al sitio donde su trabajo se convierte en dulce miel, descenda a la gran flor que se adorna de tantas hojas, y desde all se lanzaba de nuevo hacia el punto donde siempre permanece su Amor. Todas estas almas tenan el rostro de llama viva, las alas de oro, y lo restante de tal blancura, que no hay nieve que pueda comparrsele. Cuando descendan por la flor de grada en grada, comunicaban a las otras almas la paz y el ardor que ellas adquiran volando; y por ms que aquella familia alada se interpusiera entre lo alto y la flor, no impeda la vista ni el esplendor, porque la luz divina penetra en el universo segn que ste es digno de ello, de manera que nada puede servirle de obstculo. Este reino tranquilo y gozoso, poblado de gente antigua y moderna, tena todo l la vista y el amor dirigidos hacia un solo punto. Oh trina luz, que centelleando en una sola estrella, regocijas de tal modo la vista de esos espritus!, mira cul es aqu abajo nuestra tormenta. Si los brbaros, procedentes de la regin que cubre Hlice diariamente girando con su hijo a quien mira con amor,[205] se quedaban estupefactos al ver a Roma y sus magnficos monumentos, cuando Letrn superaba a todas las obras salidas de manos de los hombres, yo, que acababa de pasar de lo humano a lo divino, del tiempo limitado a lo eterno, y de Florencia a un pueblo justo y santo, de qu estupor no estara lleno? En verdad que, entregado a tal estupor y a mi gozo, me complaca el no or ni decir nada. Y como el peregrino que se recrea contemplando el templo que haba hecho voto de visitar, y espera, al volver a su pas, referir cmo estaba construdo, as yo, contemplando la viva luz, paseaba mis miradas por todas las gradas, ya hacia arriba, ya hacia abajo, ya en derredor, y vea rostros que excitaban a la caridad, embellecidos por otras luces y por su sonrisa, y en actitudes adornadas de toda clase de gracia. Mi vista haba abarcado por completo la forma general del Paraso, pero no se haba fijado en parte alguna: entonces, posedo de un nuevo deseo, me volv hacia mi Dama para preguntarle sobre algunos puntos que tenan en suspenso mi mente; pero cuando esperaba una cosa, me sucedi otra: crea ver a Beatriz, y vi un anciano[206] vestido como la familia gloriosa. En sus ojos y en sus mejillas estaba esparcida una benigna alegra, y su aspecto era tan dulce como el de un tierno padre. [205] El Norte, sobre el cual gira constantemente la Osa mayor, junto con su hijo Bootes o Arturo. [206] Beatriz ha cumplido ya su misin, y desaparece del lado de Dante, sustituyndole San Bernardo, smbolo de la contemplacin y del amor a Mara, de quien impetra luego que alcance para el Poeta la gracia de ver a Dios; tal vez porque para esto no basta la ciencia teolgica, y se necesita de la Gracia. --Y ella dnde est?--dije al momento. A lo cual contest l: --Beatriz me ha enviado desde mi asiento para poner fin a tu deseo; y si miras el tercer crculo a partir de la grada superior, la vers ocupar el trono en que la han colocado sus mritos. Sin responder levant los ojos, y la vi formndose una corona de los eternos rayos que de s reflejaba. El ojo del que estuviese en lo profundo del mar no distara tanto de la regin ms elevada donde truena, como distaban de Beatriz los mos; pero nada importaba, porque su imagen descenda hasta m sin interposicin de otro cuerpo. --Oh mujer, en quien vive mi esperanza, y que consentiste, por mi salvacin, en dejar tus huellas en el Infierno! Si he visto tantas cosas, a tu bondad y a tu poder debo esta gracia y la fuerza que me ha sido necesaria. T, desde la esclavitud, me has conducido a la libertad por todas las vas y por todos los medios que para hacerlo han estado a tu alcance. Consrvame tus magnficos dones, a fin de que mi alma, que sanaste, se separe de su cuerpo siendo agradable a tus ojos. As or; y aquella que tan lejana pareca, se sonri y me mir, volvindose despus hacia la eterna fuente.[207] El santo Anciano me dijo: [207] Dios, eterna fuente de bien. --A fin de que lleves a feliz trmino tu viaje, para lo cual me han movido el ruego y el amor santo, vuela con los ojos por este jardn; pues mirndolo se avivar ms tu vista para subir hasta el rayo divino. Y la Reina del Cielo, por quien ardo enteramente en amor, nos conceder todas las gracias, porque yo soy su fiel Bernardo. Como aquel que acaso viene de Croacia para ver nuestra Vernica, y no se cansa de contemplarla a causa de su antigua fama, antes bien dice para s mientras se la ensean: "Seor mo Jesucristo, Dios verdadero, era tal vuestro rostro?," lo mismo estaba yo mirando la viva caridad de aqul, que entregado a la contemplacin, gust en el mundo las delicias de que ahora goza. --Hijo de la gracia--empez a decirme--, no podrs conocer esta existencia dichosa, mientras fijes los ojos solamente aqu abajo. Ve mirando los crculos hasta el ms remoto, a fin de que veas el trono de la Reina a quien est sometido y consagrado este reino. Levant los ojos; y as como por la maana la parte oriental del horizonte excede en claridad a aquella por donde el Sol se pone, del mismo modo, y dirigiendo la vista como el que va del fondo de un valle a la cumbre de un monte, vi en el ms elevado crculo una parte del mismo que sobrepujaba en claridad a todas las otras; y as como all donde se espera el carro que tan mal gui Faetn,[208] ms se inflama el cielo y fuera de aquel punto va perdiendo la luz su viveza, de igual suerte aquella pacfica oriflama[209] brillaba ms en su centro, disminuyndose gradualmente el resplandor en todas las dems partes. En aquel centro vi ms de mil ngeles que la festejaban con las alas desplegadas, diferente cada cual en su esplendor y en su actitud. Ante sus juegos y sus cantos vi sonrer una beldad, que infunda el contento en los ojos de los dems santos. Aun cuando tuviera tantos recursos para decir como para imaginar, no me atrevera a expresar la mnima parte de sus delicias. [208] El carro del Sol. [209] La Virgen Mara. Cuando Bernardo vi mis ojos atentos y fijos en el objeto de su ferviente amor, volvi los suyos hacia l con tanto afecto, que infundi en los mos ms ardor para contemplarlo. [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_ Atento a su dicha, aquel contemplador asumi espontneamente en s el cargo de maestro y empez por estas santas palabras: --La herida que Mara resta y cur fu abierta y enconada por aquella mujer tan hermosa que est a sus pies.[210] Debajo de sta, en el orden que forman los terceros puestos, se sientan, como ves, Raquel y Beatriz.[211] Sara, Rebeca, Judith, y la bisabuela[212] del Cantor que en medio del dolor producido por su falta dijo "Miserere mei," puedes verlas sucederse de grado en grado, descendiendo, a medida que en la rosa te las voy nombrando de hoja en hoja. Y desde la sptima grada para abajo, como desde la ms alta a la misma grada, se suceden las Hebreas, dividiendo todas las hojas de la flor; porque aqullas son como un recto muro, que comparte los sagrados escalones, segn como se fij en Cristo la mirada de la fe. En esa parte, en que la flor est provista de todas sus hojas, se sientan los que creyeron en la venida de Jesucristo; y en la otra, en que los semicrculos se ven interrumpidos por algunos huecos, se sientan los que creyeron en El despus de haber venido; y as como en esa parte el glorioso trono de la Seora del cielo y los otros escaos inferiores forman tan gran separacin, as en la opuesta est el trono del gran Juan que, siempre santo, sufri la soledad y el martirio, y el Infierno despus durante dos aos;[213] y as tambin debajo de l, formando a propsito igual separacin, est el de Francisco; bajo ste el de Benito, bajo Benito Agustn y otros varios, descendiendo de igual modo hasta aqu de crculo en crculo. Admira, pues, la elevada Providencia divina; porque uno y otro aspecto de la Fe llenarn por igual este jardn. Y sabe que desde la grada que corta por mitad ambas filas hasta abajo, nadie se sienta por su propio mrito, sino por el que contrajo otro, y con ciertas condiciones; porque todos ellos son espritus desprendidos de la Tierra antes que estuviesen dotados de criterio para elegir la verdad. Fcil te ser cerciorarte de ello por sus rostros y tambin por sus voces infantiles, si los miras y los escuchas bien. Ahora dudas, y dudando guardas silencio; pero yo soltar las fuertes ligaduras con que te estrechan tus sutiles pensamientos. En toda la extensin de este reino no puede tener cabida un asiento dado por casualidad, como tampoco caben la tristeza, la sed, ni el hambre; pues todo cuanto ves se halla establecido por eterna ley, de modo que aqu cada cosa viene justa como anillo al dedo. Por lo tanto, estas almas apresuradas a la verdadera vida no son aqu "sine causa" ms o menos excelentes entre s. El Rey por quien este reino reposa en tanto amor y deleite, que ninguna voluntad se atreve a desear ms, creando todas las almas bajo su dichoso aspecto, las dota segn quiere de ms o menos gracia: en cuanto a esto baste conocer el efecto; lo cual se demuestra expresa y claramente por la Sagrada Escritura en aquellos gemelos a quienes agit la ira en el vientre de su madre.[214] Por lo tanto, es preciso que la altsima luz corone de su gloria a los espritus segn sea el color de los cabellos de tal gracia. As pues, sin consideracin al mrito de sus obras, se hallan sos colocados en diferentes grados, distinguindose tan slo por su penetracin primitiva. En los primeros siglos bastaba ciertamente para salvarse tener, junto con la inocencia, la fe de los padres. Transcurridas las primeras edades, fu menester que los varones todava inocentes adquiriesen la virtud por medio de la circuncisin; pero cuando lleg el tiempo de la Gracia, toda aquella inocencia debi permanecer en el Limbo, si no haba recibido el perfecto bautismo de Cristo. Contempla ahora la faz que ms se asemeja a la de Cristo, pues slo su resplandor podr disponerte a ver a Cristo. [210] Eva. [211] Beatriz es la imagen de la Teologa, y Raquel de la vida contemplativa. [212] Ruth, bisabuela de David. [213] San Juan Bautista estuvo en el Limbo casi dos aos, porque muri antes que Jesucristo. [214] Esa y Jacob. Vi llover sobre ella tanta alegra, llevada por los santos espritus, creados para volar por aquella altura, que todo cuanto antes haba visto no me haba causado tal admiracin, ni me haba mostrado mayor semejanza con Dios. Y aquel amor[215] que fu el primero en descender cantando "Ave, Mara, gratia plena," extendi sus alas delante de ella. A tan divina cantinela respondi por todas partes la corte bienaventurada, de tal modo que cada espritu pareci ms radiante. [215] El arcngel San Gabriel. --Oh Santo Padre, que por m te dignas estar aqu abajo, dejando el dulce sitio donde te sientas por toda una eternidad! Qu ngel es ese, que con tanto gozo mira los ojos de nuestra Reina, y tan enamorado est que parece de fuego? Con estas palabras recurr nuevamente a la enseanza de aquel que se embelleca con las bellezas de Mara, como a los rayos del Sol se embellece la estrella matutina. Y l me respondi: --Toda la confianza y la gracia que pueden caber en un ngel y en un alma, se encuentran en l, y as queremos que sea; porque es el que llev la palma a Mara, cuando el Hijo de Dios quiso cargar con nuestro peso. Pero sigue ahora con la vista segn yo vaya hablando, y fija la atencin en los grandes patricios de este imperio justsimo y piadoso. Aquellos dos que ves sentados all arriba, ms felices por estar sumamente prximos a la Augusta Seora, son casi dos races de esta rosa. El que est a la izquierda es el padre, cuyo atrevido paladar fu causa de que la especie humana probara tanta amargura.[216] Contempla a la derecha al anciano padre de la santa Iglesia, a quien Cristo confi las llaves de esta encantadora flor:[217] a su lado se sienta aquel que vi, antes de morir, todos los tiempos calamitosos que deba atravesar la bella esposa que fu conquistada con la lanza y los clavos;[218] y prximo al otro, aquel Jefe bajo cuyas rdenes vivi de man la nacin ingrata, voluble y obstinada.[219] Mira sentada a Ana frente a Pedro, contemplando a su hija con tal arrobamiento, que ni aun al cantar "Hosanna" separa de ella los ojos: y frente al mayor Padre de familia se sienta Luca, que envi a tu Dama en tu socorro, cuando cerraste los prpados al borde del abismo. Mas, puesto que huye el tiempo que te adormece, haremos punto aqu, como un buen sastre, que segn el pao con que cuenta, as hace el traje y elevaremos los ojos hacia el primer Amor, de modo que, mirndole, penetres en su fulgor cuanto te sea posible. Sin embargo, a fin de que al mover tus alas no retrocedas acaso creyendo adelantar, es preciso pedir con ruegos la gracia que necesitas, e impetrarla de aquella que puede ayudarte: sgueme, pues, con el afecto, de modo que tu corazn acompae a mis palabras. [216] Adn, cabeza del Antiguo Testamento. [217] San Pedro, cabeza del Nuevo Testamento. [218] San Juan Evangelista. [219] Moiss, que est cerca de Adn. Y comenz a decir esta santa oracin: [Ilustracin] [Ilustracin] _CANTO TRIGESIMOTERCIO_ "Virgen madre, hija de tu hijo, la ms humilde al par que la ms alta de todas las criaturas, trmino fijo de la voluntad eterna, t eres la que has ennoblecido de tal suerte la humana naturaleza, que su Hacedor no se desde de convertirse en su propia obra. En tu seno se inflam el amor cuyo calor ha hecho germinar esta flor en la paz eterna. Eres aqu para nosotros meridiano Sol de caridad, y abajo para los mortales vivo manantial de esperanza. Eres tan grande, seora, y tanto vales, que todo el que desea alcanzar alguna gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas. Tu benignidad no slo socorre al que te implora, sino que muchas veces se anticipa espontneamente a la splica. En ti se renen la misericordia, la piedad, la magnificencia, y todo cuanto bueno existe en la criatura. Este, pues, que desde la ms profunda laguna del universo hasta aqu ha visto una a una todas las existencias espirituales, te suplica le concedas la gracia de adquirir tal virtud, que pueda elevarse con los ojos hasta la salud suprema. Y yo, que nunca he deseado ver ms de lo que deseo que l vea, te dirijo todos mis ruegos, y te suplico que no sean vanos, a fin de que disipes con los tuyos todas las nieblas procedentes de su condicin mortal, de suerte que pueda contemplar abiertamente el sumo placer. Te ruego adems, oh Reina, que puedes cuanto quieres!, que conserves puros sus afectos despus de tanto ver; que tu custodia triunfe de los impulsos de las pasiones humanas: mira a Beatriz cmo junta sus manos con todos los bienaventurados para unir sus plegarias a las mas." Los ojos que Dios ama y venera,[220] fijos en el que por m oraba, me demostraron cun gratos le son los devotos ruegos. Despus se elevaron hacia la Luz eterna en la cual no es creble que la mirada de criatura alguna pueda fijarse tan abiertamente. Y yo, que me acercaba al fin de todo anhelo, puse trmino en m, como deba, al ardor del deseo. Bernardo sonrindose me indicaba que mirase hacia arriba; pero yo haba hecho ya por m mismo lo que l quera: porque mi vista, adquiriendo ms y ms pureza y claridad, penetraba gradualmente en la alta luz que tiene en s misma la verdad de su existencia. Desde aquel instante, lo que vi excede a todo humano lenguaje, que es impotente para expresar tal visin, y la memoria se rinde a tanta grandeza. Como el que ve soando, y despus del sueo conserva impresa la sensacin que ha recibido, sin que le quede otra cosa en la mente, as estoy yo ahora; pues casi ha cesado del todo mi visin, y aun destila en mi pecho la dulzura que naci de ella. Del mismo modo ante el Sol pierde su forma la nieve, y as tambin se dispersaban al viento en las ligeras hojas las sentencias de la Sibila. [220] Los ojos de la Virgen Mara. Oh luz suprema que te elevas tanto sobre los pensamientos de los mortales! Presta a mi mente algo de lo que parecas, y haz que mi lengua sea tan potente, que pueda dejar a lo menos un destello de tu gloria a las generaciones venideras; pues si se muestra algn tanto a mi memoria y resuena lo mnimo en mis versos, se podr concebir ms tu victoria. Por la intensidad del vivo rayo que soport sin cegar, creo que me habra perdido, si hubiera separado de l mis ojos; y recuerdo que por esto fu tan osado para sostenerlo, que un mi mirada con el Poder infinito. Oh gracia abundante, por la cual tuve atrevimiento para fijar mis ojos en la Luz eterna hasta tanto que consum toda mi fuerza visiva! En su profundidad vi que se contiene ligado con vnculos de amor en un volumen todo cuanto hay esparcido por el universo: substancias, accidentes y sus cualidades, unido todo de tal manera, que cuanto digo no es ms que una plida luz. Creo que vi la forma universal de este nudo, porque, recordando estas cosas, me siento posedo de mayor alegra. Un solo punto me causa mayor olvido, que el que han causado veinticinco siglos transcurridos desde la empresa que hizo a Neptuno admirarse de la sombra de Argos. As es que mi mente en suspenso miraba fija, inmvil y atenta, y continuaba mirando con ardor creciente. El efecto de esta luz es tal, que no es posible consentir jams en separarse de ella para contemplar otra cosa; porque el bien, que es objeto de la voluntad, se encierra todo en ella, y fuera de ella es defectuoso lo que all perfecto. Desde este punto, a causa de lo poco que recuerdo, mis palabras sern ms breves que las de un nio cuya lengua se baa todava en la leche materna. No porque hubiese ms de un simple aspecto en la viva luz que yo miraba, pues siempre es tal como antes era, sino porque mi vista se avaloraba contemplndola, su apariencia nica se me representaba en otra forma segn iba alterndose mi aptitud visiva. En la profunda y clara substancia de la alta luz se me aparecieron tres crculos de tres colores y de una sola dimensin:[221] el uno pareca reflejado por otro como Iris por Iris, y el tercero pareca un fuego procedente de ambos por igual. Ah!, cun escasa y dbil es la lengua para decir mi concepto! Y ste lo es tanto, comparado a lo que vi, que la palabra "poco" no basta para expresar su pequeez. [221] La Santsima Trinidad. Oh Luz eterna, que en ti solamente resides, que sola te comprendes, y que siendo por ti a la vez inteligente y entendida, te amas y te complaces en ti misma! Aquel de tus crculos, que pareca proceder de ti como el rayo reflejado procede del rayo directo, cuando mis ojos lo contemplaron en torno, parecime que dentro de s con su propio color representaba nuestra efigie, por lo cual mi vista estaba fija atentamente en l. Como el gemetra que se dedica con todo empeo a medir el crculo, y por ms que piensa no encuentra el principio que necesita, lo mismo estaba yo ante aquella nueva imagen. Yo quera ver cmo corresponda la efigie al crculo, y cmo a l estaba unida; pero no alcanzaban a tanto mis propias alas, si no hubiera sido iluminada mi mente por un resplandor, merced al cual fu satisfecho su deseo. Aqu falt la fuerza a mi elevada fantasa; pero ya eran movidos mi deseo y mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmente, por el Amor que mueve el Sol y las dems estrellas. FIN _INDICE_ Pg. "La Commedia" 5 INFIERNO Canto Primero 25 Canto Segundo 29 Canto Tercero 33 Canto Cuarto 39 Canto Quinto 45 Canto Sexto 51 Canto Sptimo 55 Canto Octavo 59 Canto Nono 63 Canto Dcimo 67 Canto Undcimo 73 Canto Duodcimo 77 Canto Dcimotercio 83 Canto Dcimocuarto 89 Canto Dcimoquinto 95 Canto Dcimosexto 99 Canto Dcimosptimo 105 Canto Dcimoctavo 109 Canto Dcimonono 118 Canto Vigsimo 119 Canto Vigsimoprimero 128 Canto Vigsimosegundo 129 Canto Vigsimotercio 135 Canto Vigsimocuarto 141 Canto Vigsimoquinto 147 Canto Vigsimosexto 153 Canto Vigsimosptimo 157 Canto Vigsimoctavo 161 Canto Vigsimonono 165 Canto Trigsimo 171 Canto Trigsimoprimero 177 Canto Trigsimosegundo 183 Canto Trigsimotercio 189 Canto Trigsimocuarto 195 PURGATORIO Canto Primero 203 Canto Segundo 207 Canto Tercero 211 Canto Cuarto 217 Canto Quinto 223 Canto Sexto 229 Canto Sptimo 235 Canto Octavo 241 Canto Nono 247 Canto Dcimo 251 Canto Undcimo 255 Canto Duodcimo 261 Canto Dcimotercio 265 Canto Dcimocuarto 271 Canto Dcimoquinto 277 Canto Dcimosexto 283 Canto Dcimosptimo 289 Canto Dcimoctavo 293 Canto Dcimonono 299 Canto Vigsimo 305 Canto Vigsimoprimero 311 Canto Vigsimosegundo 315 Canto Vigsimotercio 321 Canto Vigsimocuarto 325 Canto Vigsimoquinto 331 Canto Vigsimosexto 337 Canto Vigsimosptimo 343 Canto Vigsimoctavo 347 Canto Vigsimonono 351 Canto Trigsimo 357 Canto Trigsimoprimero 361 Canto Trigsimosegundo 367 Canto Trigsimotercio 373 PARAISO Canto Primero 381 Canto Segundo 385 Canto Tercero 391 Canto Cuarto 395 Canto Quinto 399 Canto Sexto 403 Canto Sptimo 409 Canto Octavo 413 Canto Nono 419 Canto Dcimo 425 Canto Dcimoprimero 431 Canto Dcimosegundo 435 Canto Dcimotercio 441 Canto Dcimocuarto 447 Canto Dcimoquinto 451 Canto Dcimosexto 457 Canto Dcimosptimo 463 Canto Dcimoctavo 467 Canto Dcimonono 471 Canto Vigsimo 477 Canto Vigsimoprimero 483 Canto Vigsimosegundo 489 Canto Vigsimotercio 495 Canto Vigsimocuarto 499 Canto Vigsimoquinto 505 Canto Vigsimosexto 511 Canto Vigsimosptimo 517 Canto Vigsimoctavo 523 Canto Vigsimonono 529 Canto Trigsimo 535 Canto Trigsimoprimero 541 Canto Trigsimosegundo 547 Canto Trigsimotercio 553 SE ACAB DE IMPRIMIR EN LOS TALLERES GRFICOS, BAJO LA DIRECCIN DEL DEPARTAMENTO EDITORIAL DE LA SECRETARA DE EDUCACIN PBLICA, EL 18 DE NOVIEMBRE, EN EL AO DEL SEXTO CENTENARIO DE LA MUERTE DEL POETA. [Ilustracin] End of the Project Gutenberg EBook of La Divina Comedia, by Dante Alighieri License: Share Alike