Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) CRNICAS DE MARIANELA 1917. INDICE Pag. Presentacin en Sociedad 5 El matrimonio 7 El amor y su apariencia 15 El n de las nias 18 El Gancho 23 Las Planchadoras 29 La moda y el diablo 33 Los Tramitadores 39 Los afeites 45 Las paces 51 Crotalogia 57 Rosala en Los Carpinchos 63 El arte de estar enferma 70 Las inquietudes de Petrona 75 Pequea defensa de la murmuracin 81 Los secretos 84 La desventura de Luisa 89 Desavenencia trascendental 93 Las reinas en la guerra 98 Frivolidad y tilinguismo 100 Ins y los cipreses 110 La fiesta hpica 115 Las angustias de mi protegida 120 La inutilidad de San Juan Bautista 126 Sin presidenta 132 La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo ancestral 140 Desahuciado!! 148 La viuda de Esquiln va a Mar del Plata 154 ADVERTENCIA. El inters que han despertado las amenas crnicas de "Marianela" publicadas en la pgina femenina de "LA PRENSA" me ha inducido a solicitar del Director del gran diario, Don Ezequiel P. Paz, el permiso para editarlas. La benevolencia gentil del seor Paz ha otorgado el consentimiento, y hoy aparecen los chispeantes artculos de la distinguida escritora compilados en este elegante volumen. Notorio es el xito creciente que han logrado estas crnicas; aparte su mrito literario, puesto de relieve en un estilo fcil, terso y armonioso, contienen otra cualidad ms esencial aun, consistente en su sana orientacin tica, en una crtica, suavemente irnica, de nuestros hbitos y costumbres. Trtase, en fin, de un libro interesante, ameno instructivo, en el cual, a la belleza artstica, se unen, en consorcio admirable, tiles normas de conducta, expuestas con delicado humorismo y singular gracejo narrativo. Pedro L. Balza (Editor) PRESENTACIN EN SOCIEDAD Su presentacin en sociedad es el primer episodio interesante en la vida de la mujer. Ha terminado la infancia, que acaso sea lo mejor de la existencia. La trasformacin de la niez en pubertad trae tambin un cambio completo en la vida del espritu. La nia se ha convertido en seorita. Ya la mueca ha quedado abandonada. La mam de la seorita, con dulce melancola, la recoge y la guarda en un mueble tradicional. La seorita no hace caso de su mueca: le parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco, la trasformacin es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carcter remoto. Ya vendr un da en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acaso llorosos, a la mueca que alboroz sus horas infantiles. Pero ahora, no; ahora ha quedado relegada a completo olvido. Porque la seorita se halla trmula de emocin. Se va a presentar en sociedad; est por asomarse al mundo. Y un tumulto de ideas, mejor dicho, de imaginaciones--porque, propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun la seorita--asaltan su mente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y revuelan como mariposas en torno del foco luminoso. Cmo ser el mundo? He ah la preocupacin de la seorita. Pero esta preocupacin est exenta de tristeza, de gravedad, de pesimismo. Porque, en realidad, no se pregunta: cmo ser el mundo?, interrogacin harto filosfica para sus aos y su inexperiencia. Lo que ella se pregunta es: cmo le parecer yo al mundo?. Y a medida que se atava y se adorna y se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa la seorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: yo creo que le voy a parecer bonita al mundo. Y esta idea optimista, justificada desde luego, porque la seorita es linda, le produce una alegra exultante, alborozada, llena de ntimo regocijo. En ese momento del atavo, los detalles adquieren una importancia fundamental; el gracioso lunar, el rizo juguetn, todo aquello que constituye su personalidad, su diferenciacin de las dems seoritas que tambin se presentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo. El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, invencibles!... Una ligera inquietud invade el espritu de mam. Es necesario que la presentacin cause buen efecto. Est en ello comprometido el buen gusto y el tino educador de mam. La seora ha ledo a Carmen Sylva, la buena y discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que pueden servir de norma en una presentacin en sociedad: La tontera se coloca siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detrs para ver. Y luego agrega por cuenta propia: discrecin, hija ma, compostura, sosiego; mide lo que dices; ms vale que peques por cortedad. Pap tambin est un poco impresionado. Cree, como Terencio, que las mujeres, igual que los nios, se corrigen con leves sentencias. Y apunta algunas apropiadas al caso. La seorita silenciosa parece mejor que la locuaz. El discreto seor hace algunas observaciones filosficas sobre la coquetera. A su juicio la coquetera no tiene ms fin que hacer subir las acciones de la belleza. Pero el prudente pap advierte que es necesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado, porque pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recurso para hacerlas subir. Pap agrega otros razonamientos graves, discretos, oportunos. No hay que ser criticona, dice. Y volvindose a la esposa, agrega: Segn Schiller, la mujer tiene ojos de lince para ver los defectos de las dems mujeres. Y luego agrega por cuenta propia: Los hombres nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama; pero adquirimos mala idea de quien nos suministra la informacin. Ya la seorita est ataviada: un traje primoroso realza su figura: primor sobre primor. Est elegantsima, observa la seora al esposo. S, s, dice ste, muy elegante, muy linda. Y recordando las palabras de un pedagogo argentino agrega: Pero hay que ser tambin paqueta por dentro: que a la figura elegante no corresponda un espritu deforme. La seora confa en que la nia ser siempre muy buena. Es nuestra hija, termina. Es verdad,--asiente el padre conmovido--; ser buena, porque es nuestra hija. Entre observaciones, besos y mimos, la seorita, llena de alegra y de ilusiones, se dispone a presentarse en sociedad. EL MATRIMONIO Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por eso sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan no casan nunca a su hroe. No han querido someter a prueba su capacidad amorosa ni la consistencia de su sentimiento. Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado. Balvo, un filsofo modesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras todas las apologas rimadas que se han hecho de Don Juan: quien ama a muchas, no ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con variedad, no ama dignamente. Entre los poetas y este modesto filsofo, la eleccin no es dudosa para nosotras. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; slo una larga convivencia nos demostrar si el corazn est bien puesto, en quicio permanente. Por lo dems algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumba del amor. No en balde la frase goza de tanta difusin en el mundo. Pero es porque el amor, en su forma exaltada, slo es, como dice Voltaire, un caamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginacin. Ahora bien: el caamazo, la belleza fsica, no resiste la tirana del tiempo que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginacin bordadora tambin acaba por sosegarse y quedar sustituda por una dulce y reflexiva calma. Entonces el amor no tiene ms que una salvacin: el cario. Los poetas, que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han desdeado, por subalterno, este sentimiento, que es mucho ms fundamental y ms slido que el amor. El amor es la llama; quiz no pase de una fogata fugaz; el cario es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la mutua adhesin, del perdn mutuo, de la recproca tolerancia, de los comunes gozos y sufrimientos, de las alegras conjuntas y de la fusin de las lgrimas. El amor tiene un enemigo que le vence siempre: el tedio. El cario no tiene enemigo que le venza, porque est apoyado en el sentimiento de convivencia. Vale ms, mucho ms, el calor del rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en rescoldo, slo quedan de ella fras cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser lo que quede de la juvenil exaltacin espiritual y del ardor de los sentidos. Te amo!. Es una frase de novela, excesiva, afectada. Te quiero, es una frase ms sencilla, ms grave, ms profunda y ms humana. Te amo!, dice Don Juan, que nunca fu un hombre honrado. Te quiero, dice el hombre de bien, que seguramente cumple lo que dice. Saber convivir... He ah el secreto del buen matrimonio. Dar normas fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y de circunstancias cuantas parejas constituyen la organizacin monogmica del mundo. Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabra suave quebranta la ira. Una mujer colrica es el mayor tormento de un hogar. A m, personalmente, me produce la impresin de un canario hidrfobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuntase que uno de los siete sabios de Grecia (Soln, Bas, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quiln, Periandro, no se sabe cul; lo mismo da, cualquiera....) tena un discpulo que estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, refera al maestro las cualidades de su futura. Es hermosa como el lucero de la maana--deca el joven. El filsofo escriba: cero.--Es rica, como la heredera de Creso--aada el doncel. El genio griego volva a escribir: cero. (La dote, pensara probablemente el filsofo, es la gran virtud de los padres). El enamorado agreg: Es inteligente. Y el gran hombre puso otra vez: cero.--Es noble--Cero.--Tiene muy buena parentela.--Cero.--Buena educacin.--Cero. El enamorado miraba atnito a su querido maestro. Por ltimo le dijo: tiene un carcter dulce. Y entonces el sabio heleno, el ms sabio de los siete sabios, estamp la unidad a la izquierda de todos los ceros que haba ido poniendo, para demostrar que slo as adquiran valor las dems cualidades. Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de una irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el donaire; pero es la dulzura la que ms retiene al hombre. Y la felicidad del matrimonio est en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer. Madame Neker, cuyo ingenio luci tanto en los salones de Versalles, en los momentos precursores de la Revolucin, cuando todas las pasiones estaban a punto de estallar, sola decir a sus amigas que las palabras ofenden ms que las acciones, el tono ms que las palabras y el aire ms que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una ctedra de psicologa conyugal. Dulzura, suavidad, amigas mas. Los hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallan agradable la atadura si ella est formada por tenues hilos de seda. Sean nuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio: suaves, blandas, dciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar a los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra cualidad fsica o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando dicen: mi mujer es una pastaflora, dan a su expresin un tono de ntima ternura que revela cunto impresiona a su espritu esta cualidad femenina. La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de la mujer: la bondad, la resignacin, el avenimiento a todas las circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad. Defecto grave en la mujer es tener un espritu contradictor, una voluntad terne, un carcter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortn. Para la mujer, ceder es conseguir--siempre que el marido sea tierno, delicado y comprensivo. Jams la mujer--y esto es importantsimo--debe herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Tngase en cuenta que el amor propio es ms fuerte que el amor; como que muchas veces se ama por amor propio, ms aun que por amor a la persona amada. Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (y perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo har pocas veces) estoy casada con un estanciero, hombre bonsimo, inteligente, gentil, cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a l, lo que equivale a buscar trminos de comparacin con lo infinito. Pues bien, mi marido es aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razn definitiva) la fauna argentina y muy especialmente--aqu est su amor propio--las aves noctvagas que vuelan por nuestros campos al morir el da. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez el carancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista, excepto cuando me eligi a m. Bueno; pues yo nunca le contradigo, porque, adems de herir su amor propio de entendido en aves noctvagas, le molestara mi advertencia, significndole que tiene malos ojos, y los tiene hermossimos, aunque ven poco. Para qu contradecirle? Para qu herir su amor propio de naturalista? Para qu recordarle que no ve bien? Qu ms da que aquello que vol sea lechuza o sea carancho o sea chimango? La cuestin es que l sea feliz creyndose un excelente naturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento, por qu negrselo? Alguna vez l mismo sale de su error, y entonces, enternecido, paga con un beso mudo la intencin de mi aquiescencia. Y este beso de mi marido vale ms, mucho ms que toda la fauna, incluso la humana, que puebla la tierra. He contado esta nimiedad tan ntima, tan personal, a guisa de ejemplo, para demostrar que no debe mantenerse contradiccin en cosas sin importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctvagas carezcan de inters; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido). Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quiz no cicatriza bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento--la misma palabra lo dice--es el sentimiento ms terne, ms perenne, de ms triste duracin. La incompatibilidad de caracteres es lo ms deplorables de la vida conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces insustanciales. Una mujer dscola es inaguantable. Hay que ser como la cera, dcil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el carcter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un filsofo--claro que un filsofo feminista--el divorcio es la disolucin de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre solamente el usufructo. Y adnde va una sin capital? No hay que perder el socio, sino avenirse con l, aunque la sociedad luche con algunos tropiezos. Allanmoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar los nuestros, tambin l--si no es una mala persona--quitar los suyos, despejando as el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso otorgarnos. De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar. Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo y difcil. Los msticos, los santos, que todos fueron solteros, aceptando todas las cruces, menos la del matrimonio--con lo cual su santidad desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa--decan que al matrimonio, como a la muerte, es difcil llegar bien preparados. No se enojarn los hombres, si apoyndonos en el testimonio de los santos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condiciones espirituales superiores. Y as debe ser, porque para el hombre el matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hecho fundamental de su vida. A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuar que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejor dispuestos para el matrimonio son los polticos. El literato, el mismo filsofo, el pintor, el msico, los artistas, en general, son peligrosos, porque su arte y su filosofa estn siempre en primer trmino, antes que la mujer. Adems, son un poco raros y no poco arbitrarios. Y entre los polticos se debe preferir, no a los dogmticos empecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos, que son tambin, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los que tienen aptitudes gobernantes. La razn estriba en que, siendo el gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos al matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones. Termino. Me he extendido demasiado. Pero tngase en cuenta que la cuestin es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que se haya resuelto satisfactoriamente. Slo insistir, para concluir, en que el cario vale ms que el amor, porque es ms sostenible, ms durable, ms permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fu un Don Juan efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos versos de su comedia El mayor imposible, estas palabras razonables sobre la exaltacin amorosa: Que muchos que se han casado Forzados de un amor loco, Suelen despus hallar poco, De lo mucho que han pensado. Cario, cario, dulcsimo y solidsimo sentimiento! En t reside la dicha duradera. El cario surge de convivir. El amor nace de no haber convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mas... EL AMOR Y SU APARIENCIA Cul es en la mujer la verdadera edad del amor? Puntualicemos con ms precisin, pues la pregunta formulada es un poco vaga: en qu edad se halla la mujer en mejor disposicin espiritual para enamorarse y, en consecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento es firme, permanente, fijo, como la estrella polar? Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadoso filsofo seor Bergeret) dice que el amor es como la devoci; llega un poco tarde: no se es amorosa ni devota a los 20 aos. La observacin es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una de las tantas formas de la exaltacin fantica. Ahora bien: para fanatizarse es necesario que el espritu est formado y que nuestras ideas estn muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como si dijramos el cadete, ni la seorita, la nia, que acaba de asomarse al mundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los aos y la experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente todo lo contrario. La experiencia y los aos nos aferran a determinadas ideas y dan consistencia definitiva a ciertos sentimientos. Pero dejemos los dems fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso, de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible, que nos lleva a entregar a otro corazn el reinado sobre el nuestro. Cundo se produce de modo integral, con las potencias todas de nuestro querer, con la embriaguez absoluta de nuestro espritu, esta adoracin, en que, usando la pompa verbal de Vctor Hugo, el amor es la concentracin de todo el universo en un solo ser y la dilatacin de este solo ser hasta Dios? Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar de la niez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa al salir de su estado de crislida. Sus primeros vuelos son inciertos, aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, dbiles, y no han adquirido an el sentido de orientacin. Y lo mismo para volar que para amar es requisito indispensable cierto grado de robustez en las alas. El origen de nuestras desventuras en la vida est en que la sensibilidad es ms precoz que el entendimiento. Lo que ms falta nos hace es precisamente lo ltimo en formarse. La mente es impotente para regir la confusin tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto y atorbellinado vuelo. Y as venimos a ser juguetes, como barquichuelo sin gobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar a buen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brjula, sino del hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad y de nuestra orientacin reflexiva. A los diez y ocho o veinte aos la mujer se impresiona fcilmente. Pero esta impresin suele ser fugaz, verstil, inconsciente. El error est en tomarla por definitiva, esclavizndose a una emocin pasajera. El acierto electivo en este caso est librado al azar, a que la casualidad haya determinado que sta primera emocin nos haya sido provocada por persona que realmente lo merezca. Y la eleccin de marido, como la eleccin de esposa, no debe ser una lotera. Saqu novio de tal baile es una frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarse el novio de una vuelta de vals, sino de muchas vueltas del entendimiento; que el discurrir bien no excluye el sentir profundamente. Son los poetas los que han dicho que el rgano del amor es el corazn. Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonoras metforas, falsas imgenes y seductoras demencias. El origen del amor y de todas nuestras emociones est en la mente. Ella es el divino crisol en que se fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazn es como la rueda catalina de un reloj, que no tiene, por s, conciencia de su propio movimiento. De la idea, de nuestra representacin mental sobre otra persona, surgen la adhesin y el amor hacia ella. Entonces es importantsimo que esta idea, punto de arranque de la emocin, sea acertada, no ligera ni superficial; pues sobre pobres, falsos o frgiles cimientos, mal se sostendrn las torres y chapiteles de nuestros ensueos. La eleccin debe fundarse en mltiples y atentas observaciones del sujeto, en el anlisis de sus prendas morales, en la ndole de su carcter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en lo que puede ser luego (asunto de capitalsima trascendencia). El sentimiento amoroso asciende y desciende con el conocimiento. Imaginar no es lo mismo que conocer, y el amor suele confundir estos dos valores mentales. Con la imaginacin creamos sujetos propios, modelos que nada tienen que ver con la realidad ya creada. Mi tipo suele diferir del tipo, que tiene su propia alma, su carcter propio y sus propias maas; alma, maas y carcter que no corresponden al bello sujeto fraguado por nuestra fantasa en complicidad con los errores de percepcin de nuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar exento de imaginacin y de fantasa. Una criatura sin imaginacin es como una tierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginacin inicie su vuelo desde la cspide del conocimiento y no desde los abismos de la ignorancia. Las alas parten ms raudas y seguras a hender los espacios cuanto ms alta y slida sea la atalaya de observacin desde la cual se lanzan a volar. A la edad de diez y ocho o veinte aos la mujer carece de aptitudes analticas y de observacin. El mundo es para ella una maravilla deslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera. Y el amor tiene mayores garantas de xito cuando emplea los cien ojos de Argos que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupido y su venda constituyen un smbolo que no resiste el menor anlisis. Los smbolos de los griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables. Bella es en el cielo la hora del alba. Bellsima es en el alma la aurora del amor. Pero la hora de la poesa fascinadora no es la hora en que se ve con mayor claridad. Segn el adagio vulgar, de noche todos los gatos son pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el color de la ilusin. Acriollando el adagio, bueno ser aadir que conviene huir de los gatos a toda hora, de noche, de da y entre dos luces. La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la sociedad, ms que enamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambicin de una seorita consiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De ah que trate ms de ser ella interesante que de ver quin podra ser interesante para ella. He ah un egosmo que, profundamente analizado, resulta una generosidad. Pero este punto exigira, para ser bien explicado, un tomo de psicologa femenina. Una mujer slo a los 25 aos se halla en aptitud mental y espiritual para elegir o aceptar esposo--porque no siempre se puede elegir. Slo despus de diez aos de frecuentar salones y alternar en el mundo se adquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con alguna probabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo de dejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 aos nuestro espritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestros sentidos una dulce calma que no conturba nuestros juicios. Antes, todo es emocin indisciplinada, torbellino de sensaciones, exaltacin sin fundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El discernimiento slo se alcanza con los aos. Y aun es problemtico, pues segn un ironista francs la mujer slo se equivoca cuando reflexiona. La frase, aguda y ligera, no convencer a ninguna de mis lectoras. Podramos devolverla al ironista diciendo: los hombres slo aciertan cuando se enloquecen. As, pues, amigas mas, antes de casarse conviene haber bailado mucho, haber conversado mucho y haber flirteado algo--no mucho,--haciendo todo esto con espritu observador e informativo, con intencin fiscal, a fin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y tendencias que ms se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar con el sujeto ya bien conocido; no con una mscara. Asimismo, nunca es completo este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo, sino un lento y contnuo desenmascaramiento que slo se hace total con el ltimo abrazo en la hora de la muerte. Conviene tambin llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo y de sus pompas y vanidades. As encontraremos el hogar propio ms agradable que los salones y las tertulias. Fidias, que adems de un escultor excelso, era un espritu filosfico, hizo una vez la estatua de Venus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su pueblo que deban ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto el cenobio, el enclaustramiento; pero s cierto recogimiento que slo se acepta con gusto cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido de menudas pasiones que en ella bullen y se agitan. Yo me cas a los 25 aos. Antes de conocer a mi marido, aficionado, como sabis, a la historia natural y, particularmente, a la especialidad de las aves noctvagas pamperas, experiment muchas impresiones en nuestro gran mundo. Varias veces sent un principio de amor, un inters repentino, una relampagueante emocin; pero luego aplicaba serenamente mi juicio a los fundamentos de toda pasin incipiente, hasta que lograba disiparla. Es axiomtico que las mujeres desconfan de los hombres en general y confan en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable, pero es as. Yo procur siempre hacer lo contrario. A cada caso particular apliqu una saludable desconfianza. Por ltimo me enamor de veras, con la reflexin y con el sentimiento. La reflexin me deca que mi naturalista era bueno, leal, culto, tierno, muy hombre adems para luchar en la vida. Y a comps de estas ideas el sentimiento se encenda en amor. Pero antes de decir s bailamos mucho, conversamos mucho, y yo, por mi parte, trat de verle el alma a la luz de un constante anlisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le di el ms absoluto imperio sobre la ma. Sobre mi persona tena l tambin su concepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como l me imagina, que es el amor perfecto. Y siendo como l quiere, soy como yo quiero, y cuanto ms le gusto ms me gusto. Y as el esquife de nuestro amor marcha por el pilago de la vida, seguro de que nunca zozobrar... EL NO DE LAS NIAS Facilsimo es dar el s--el s de las nias--como reza el ttulo de la ingenua y cursililla comedia de Moratn, que hizo las delicias de nuestras abuelas. El s, a una proposicin de matrimonio, cuando el proponente nos agrada, brota espontneo, casi sin palabras; lo damos con los ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendo con el nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta ltima actitud, oprimir el brazo, asirnos a l, suele ser la ms corriente como reveladora de nuestro gozoso asentimiento. La que para dar el s emplea mucha retrica, muchos requilorios, circunloquios y rodeos, mucha charla alambicada y sutil, es que en realidad no est verdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor; porque es buen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, como toda pasin vehemente--y es el amor la ms vehemente de todas--es conciso en su expresin, monosilbico, casi mudo. La palabra muere en el nudo que la emocin forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia, en prosa y verso; todas las pginas amorosas de las novelas, en que salen a relucir las flores, los arroyuelos, las estrellas, la luna, los ngeles y los serafines, todo, absolutamente todo eso, es mentira, completamente mentira. El amor, el verdadero amor, no halla palabras, no encuentra lxico para expresarse. Por eso el baile es su mejor auxiliar, pues el abrazo--el abrazo danzando, perfectamente admitido--nos ahorra el estudio del diccionario para dar con los trminos acadmicos apropiados al caso. El concurso, la gente de un saln, que ve bailar, no advierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en un momento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, de fusin de espritus, de enlace de corazones. Yo d el s as, bailando; pero lo d sin palabras. De pronto, pregunt l: Bueno, y?... porque l tambin, como buen enamorado, era monosilbico, casi mudo. Mi respuesta fu oprimirle el brazo, latir como nunca he latido y mostrarle mis ojos hmedos. Y el hombre arranc a valsar con tal furia que pareca movido por todo el carbn que emplea ahora la escuadra inglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco ms, porque el baile lo exiga. Bueno, amigas mas, entonces supe que es posible no morirse de felicidad. Ay, Dios mo, qu recuerdos!... Quedamos, pues, en que dar el s es facilsimo; sale solo; se revela en la emocin que nos embarga; por muy quedo que se diga, lo expresa muy alto el estado de nuestro nimo. Lo difcil, lo rduo, es decir no, negarse a la relacin solicitada. En esta ocasin es cuando ha de revelarse la educacin de la mujer, su finura espiritual, los recursos de su ingenio. El no de las nias requiere, no una comedia como el s de las nias, sino todo un tratado de psicologa femenina. Pero hemos de contraernos a un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega al difcil trance de tener que decir no por culpa de ella misma. Porque es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su corazn no est interesado; unas veces por demostrar a las dems que tiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que verdaderamente ella quiere; no pocas veces tambin por divertirse, por coquetera, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el disfraz del amor por pura satisfaccin de orgullo. Y esto lleva a muchas seoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre, que toma por sentimiento real los fingimientos de que es vctima en forma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, de gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdadero propsito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando un hombre inteligente aventura una declaracin es porque le anima a ello el presentimiento de que ser aceptado, presentimiento fundado en ciertos indicios de que es persona grata, como se dice en trminos de diplomacia. Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en este error, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de mal gusto, pues no se debe jugar con el corazn ni con las ilusiones de ningn hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acaso dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombre que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aun es mucho peor hacer escarnio de su afecto, inducindole en el error de ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y en el amor propio. Y las heridas de amor propio son an ms difciles de curar que las heridas de amor. El hombre que nos insina su afecto, que cifra la razn de su vida en la correspondencia de nuestro corazn al suyo, merece por ello mismo nuestra atenta simpata, pues siempre es conmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltacin sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene--desde luego no nos conviene si no nos gusta--debemos hacrselo notar desde el principio con palabras cordiales y cariosas con cultura exquisita, sin deprimirle en forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y mezclando as la desesperanza o desengao con el consuelo. Probablemente esta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble, bondadosa, espiritual, exaltar ms el amor del hombre, le har ms profundo y entraable, desolar ms su alma; pero no tendr derecho a sentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jams, en fin, se debe alentar una pasin que no se tiene el propsito de corresponder. De todas las coqueteras sta es la ms condenable, porque implica la intencin de hacer sufrir, empeo que delata poca reflexin y una torcida contextura ingnita de nuestro espritu. Ya se ve, pues, cmo el no es ms difcil que el s de las nias. Y esta dificultad aumenta, segn va dicho, cuando con nuestra frivolidad y nuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso, el trance, desagradable siempre, de decir no claramente ha sido buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algo de engao, ya que condujimos nuestro trato con l en forma que supusiera una posibilidad de aceptacin, con la reserva mental de una negativa al plantearnos la peticin de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es atajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que nunca pueda creerse engaado en sus observaciones respecto al estado efectivo de nuestro espritu y de nuestra voluntad. Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos en materia de psicologa femenina, para los cuales no basta que la mujer rehuya con discrecin sus insinuaciones. Su falta de percepcin es disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone el no desde el primer instante, pues al que no entiende de razones con los ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los odos. Siempre, claro est, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de enojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no es responsable de no ver, y hasta merece simpata cuando observamos que la causa de su ceguera est en que el foco del corazn le ofusca la vista de los ojos. No merece un poco de piedad un ciego tan sublime? Hay otros que llamaremos intrpidos, muy expeditivos en sus procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombres impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hasta huracanada. El no a un hombre as ha de ser gradual, no repentino, no brusco, pues nuestra negativa seca y rpida pudiera llevarlo a la exasperacin y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado. Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de s mismo un concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a la gloria de unirse a l. La vanidad es un lente que aumenta las cosas ms pequeas. Con ste conviene envolver el no en un ligero titeo educador. Se le hace con ello un servicio, inducindole a moderar el concepto fantstico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se las da de zahor, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de la mujer. Suele, en su presuncin de psiclogo, hacer anlisis que no estn en la persona analizada, sino en l mismo. Ha ledo algunas novelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de psicologa femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y de sencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debe emplear un no oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propias confusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen de naturalidad. Son, adems, peligrosos, porque siempre andan a caza de complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su xito en el apellido heredado y cree que su nombre procrico basta para lograr la ms apetecible conquista. Con ste el no tiene que ser histrico. La mujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera preferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredan un apellido histrico, sino los que, llevando uno desconocido, logran meterle en la historia. Para qu seguir presentando ms casos? La variedad es tan grande que no acabaramos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere una negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el no es mucho ms difcil que el s de las nias... EL GANCHO Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo y combinacin de las bodas. En lenguaje clsico se les llama casamenteras y han servido muchas veces de tpico a la musa irnica de los escritores festivos. Este entrometimiento tiene tambin un calificativo popular: hacer el gancho o servir de gancho para que una pareja determinada concierte su unin. Por regla general es ms frecuente la tendencia casamentera entre las seoras que entre los hombres. Este gnero de intervenciones se aviene mejor con el espritu de la mujer. El hombre siente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estas negociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de las damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y an cuando l mismo las necesite alguna vez, preferir recurrir al auxilio de una dama antes que al apoyo de otro hombre. Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograron por ello la cspide de la gloria y de la proceridad. Hay ganchos que han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el gancho diplomtico. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron, en el transcurso de los siglos, ganchos memorables. Metternich y Talleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores xitos polticos a este gnero de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos casos, y concertando la paz, en otros, por medio de su gancho para unir princesas y reyes. Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaron las armas gracias a la feliz gestin casamentera de un canciller, que resolvi una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna que acab con el rencor de dos monarquas y de sus leales sbditos. Estos ganchos trascendentales merecieron la admiracin y el aplauso de los pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes diplomticos. El gancho, tiene, pues, glorioso abolengo histrico, y no debe desdearse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes pginas en los anales de la humanidad. Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar, discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisin casamentera. Bien est ella cuando se pide, cuando, a fin de allanar algunos obstculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venza las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las voluntades familiares, cuando ya los novios estn de acuerdo, es obra buena y simptica, pues tiende a proteger un amor concertado. Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este gnero de gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedrselo nadie, se pone a concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro espritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantnea y fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor de relmpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la duracin, pues es difcil mantener la vida en tan fulmnea tensin espiritual. Por esto en otra crnica hemos defendido las ventajas del rescoldo sobre la llama, o sea del cario sobre el amor. La psicologa de la casamentera es, en el fondo, sencilla. Su norma es la bondad. La idea de la felicidad ajena gua su intervencin. La casamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias, fortunas, representacin social, etc. A Fulano le conviene Fulana. A Fulana le conviene Fulano. Ella, la casamentera, concierta lo que podramos llamar condiciones externas Combina matrimonios en fro, como un matemtico resuelve una ecuacin. No tiene en cuenta el estado espiritual de los seres que trata de unir, si hay o no correspondencia entre sus almas, si existe o no existe afinidad, si los corazones laten a comps y hay entre ellos mutua resonancia. El amor, en una palabra, nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su juicio, siendo armnicas las circunstancias--armnicas a su parecer--el amor tiene que producirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el amor surge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor, porque, donde no hay amor, todo es inconveniente. Generalmente la casamentera no ha tenido grandes pasiones. Ignora las tormentas del corazn. Las solteronas muy metidas en aos, cuya juventud no conoci el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no quisieron mucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las ms inclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazn, desconocen en los dems la onda emocional que constituye la base de toda relacin amorosa. Las casamenteras ponen mucho empeo y mucha tenacidad en sus empresas. Se parecen en esto al diplomtico que realiza un concierto internacional. Aconsejan, sealan las ventajas de la unin, presentan las dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologas de l a ella y de ella a l, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento. Comprometido su amor propio, la casamentera incurre en exageraciones graciosas. Los ngeles son inferiores a la pareja que trata de unir. Y se sorprende de que sus razonamientos no convenzan. No sabe que en materia de amor, como ha dicho un glorioso padre de la Iglesia, el corazn tiene sus razones que no conoce la razn. La eleccin de consorte es el acto ms ntimo, ms importante, ms trascendental de nuestra vida. Debe ser tambin, por lo tanto, el ms autnomo, el ms libre, el ms exento de toda ajena influencia. No hay error en una eleccin a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que le agrada, no por tener lo que los dems creen que es agradable. La felicidad est en la libre eleccin, en unirnos al ser que la Providencia pone en nuestro camino para que encienda en amor nuestro espritu y colme nuestras esperanzas. Lo razonable en amor es el ensueo propio y no las lgicas combinaciones de una casamentera. Lo primero que se debe considerar en todo consejo es la posicin de quien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la persona que lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que ha de recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condicin indispensable en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocndose en estas circunstancias, es difcil el acierto, pues como dice Byron rara vez sucede que de un buen consejo resulte algo bueno. En materia de amor lo principal es el amor, verdad harto inocente que slo desconoce la casamentera. Todo lo dems es circunstancial y accesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posicin social, todo es intil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, la afinidad de las almas, la adhesin recproca de los corazones. Pocas veces la casamentera opera sola, sino en combinacin con otras, aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para hacer el gancho recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja se hable y se trate, encontrndose de una manera casual en todas partes. De estos encuentros nace a veces un principio de simpata, que las casamenteras fomentan con elogios hiperblicos de la futura al futuro y viceversa. Y justo es reconocer que algunas veces salen buenos matrimonios de estas gestiones de las casamenteras. Pero tambin es verdad que tales enlaces slo pueden concertarse entre contrayentes que no tengan un gusto muy personal y definido, una individualidad espiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida. Las casamenteras, en fin, slo pueden lograr su objeto con personas de voluntad blanda, mente vaca y espritu sugestionable. Tales personas no suelen ser las ms desgraciadas; pues si bien la mente lcida y el espritu rico en sensibilidad producen muchos goces, tambin acarrean estas condiciones grandes tormentos y agobiadoras melancolas. La mediocridad goza siempre el gnero de dicha que impera en el Limbo. No es fcil hacer con discrecin el gancho. En realidad la casamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos son variadsimos, segn las personas que se trate de unir, el medio social y las circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera por convertirse en confidente de cada una de las personas que trata de coyundar. A la muchacha le comunica todo lo bueno que el mozo diga de ella, y an aumenta algo de su propia cosecha; y al mozo todo lo mejor que de l diga la seorita, y si no dice nada, la casamentera lo inventa. Este intercambio de elogios, trados y llevados incesantemente, va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los espritus y encauzndolos en una tibia atraccin, cuya mayor temperatura sucesiva se producir con el trato y el trabajo continuo y vigilante del gancho. En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas ponderaciones de l a ella y de ella a l, una chismosa del bien, si vale expresarse as. Con relacin a la galera, el procedimiento es ms breve y sencillo. La casamentera se limita a decir: todo est arreglado. Se le piden informes, detalles, y ella repite impertrrita: le digo que est arreglado todo. En el crculo va pasando la voz: todo est arreglado. Y aunque, en realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse, debido a esa suave presin del medio, a la atmsfera favorable, al ambiente, digamos as, que todo el circulo de relaciones ha creado a la boda. La casamentera ha sabido convertir a todo el crculo en casamentero. La pareja se encuentra unida sin saber cmo, y aquella opinin externa, tan unnime, tan complacida en su obra, tan convencida de la feliz armona existente en la unin fraguada, acaba por ejercer una decisiva influencia en el espritu de los futuros contrayentes, que ven la intervencin providencial, el destino, el hado, donde slo hubo el gancho mortal de la casamentera. Una vez casada la pareja, la casamentera tiene en el hogar la autoridad y el prestigio que le dan su gestin anterior. Arreglar las desavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeas trifulcas domsticas. Juzgar sin apelacin e impondr la paz, porque ambos cnyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamentera casi pertenece al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viuda solitaria, viene a tener una familia, un poco postiza, es verdad, pero con todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes de la verdadera. Salen bien los matrimonios formados as? Habra mucho que hablar sobre este punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo. Agregaremos, pues, muy pocas palabras. La felicidad, segn un filsofo francs, no se conjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como la desgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vida ntima y constante. Y as, tanto peligro puede correr un matrimonio formado por un amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave, cordial, sosegado. Todo depende de la hondura con que luego, en la vida diaria, eche sus races el cario, porque es ste, el santo cario, lleno del sentimiento del deber y de una rgida y caballeresca lealtad a la fe jurada, el que forma los slidos vnculos de la vida matrimonial. Y en ltimo trmino, todas las circunstancias preliminares de un enlace quedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y el po po que resuena en nuestro corazn. LAS PLANCHADORAS Comencemos por desvanecer el error en que el ttulo de esta croniquilla pudiera inducir al lector. No se refiere el epgrafe a la respetable clase social que nos alia las prendas internas, empleando ese producto que es el signo externo de la civilizacin: el almidn. No creemos habernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo de respetable clase social. Su misin no puede ser ms importante. Gracias a ellas se produce en la vida cierta nivelacin. Al contrario de los socialistas, que buscan la igualdad haciendo que desciendan las clases altas, las planchadoras elevan a las bajas por medio del almidonado. Colocado al alcance de todo el mundo, el almidn es un smbolo igualitario por ministerio de las planchadoras. Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas planchadoras, sino a las otras, a las seoritas que, en sentido figurado, se aplica este mismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se ven relegadas o poco atendidas por los caballeros. Quedarse planchando... Nada aflige tanto a una muchacha, ni le da una impresin ms completa de su poquedad, de su insignificancia en el mundo. Es un poco difcil determinar los orgenes y causas de esta desventura. Por regla general, se debe a que la planchadora no ha sido muy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningn descubrimiento que merezca integrar las pginas de un texto de sociologa, diciendo que suele haber ms planchadoras entre las feas o poco agraciadas que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tiene rebeldes. La fea, que plancha por serlo, tiene dos causas de afliccin: la primera es una herida de amor propio al verse relegada; la segunda envuelve una pesadumbre ms profunda y definitiva. Expliquemos su psicologa. Ninguna persona, y menos an una seorita, naturalmente optimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La naturaleza nunca es cruel del todo. A cambio de los pocos encantos fsicos que nos concedi, suele otorgarnos un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y as, aun a despecho de las acusaciones matemticas del espejo, nos vemos de otra manera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espritu. Este encantamiento o autosugestin desaparecen cuando el juicio ajeno se pronuncia en forma de dejarnos planchando. Todos nuestros optimismos sobre nuestra propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nos sume en el ms completo desaliento y en la ms profunda de las tristezas. En tal sentido, planchar equivale a morir; y no es exagerada la afirmacin, pues en realidad muere aquella favorable representacin interna que de nuestra propia figura tenamos. De estas premisas exactas, nada cuesta deducir--y esto va para los hombres--que es un acto criminal dejar planchar a una seorita. As, pues, un verdadero caballero, un espritu culto, un hombre distinguido de frac adentro debe ser siempre solcito y obsequioso con las seoritas poco agraciadas, contribuyendo a mantener en ellas esa deleznable ilusin sobre sus dones fsicos. No confo mucho en ver seguido este piadoso consejo, pues los hombres siempre fueron y sern humildes esclavos de la belleza. Pero no todas las feas planchan. No pocas de ellas se ven tan atendidas y solicitadas en los bailes como las ms lindas. Una fea se defiende de la plancha con dos recursos: bailando bien y teniendo ingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es ya una forma de belleza fsica. Un cuerpo flexible, gil, con movimientos rtmicos y elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay, en fin, feas que tienen diablo, como dicen los franceses, o ngel, segn el dicho espaol. El diablo o el ngel es ese grado de seduccin que dimana de la simpata, ese aire o nimbo de las figuras que es como el aleteo externo del alma. La que tenga ingenio, inteligencia despierta, tampoco planchar. Una conversacin amena, dotada de espritu de observacin, pronta en sus dichos, ocurrente, estar siempre atendida y se ver solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida, no pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse dominados intelectualmente por la mujer. De manera que se puede planchar tanto por sobra como por ausencia de despejo. Frecuentemente se ven tambin algunas muchachas bonitas que planchan. Son figuras de belleza inerte, como los angelones de retablo. La hermosura sin gracia, deca Ninn, es como un anzuelo sin cebo. Su espritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compaa sea aburrida y tediosa. Las causas por las cuales se queda una planchando son muy variadas, y es difcil sealarlas todas. Desde luego, muchas veces tiene la culpa la duea de casa donde se realiza el baile. La funcin de la duea de casa requiere una gran actividad diplomtica, a fin de que todas las seoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En esto ha de demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama de mundo. El fracaso de una seorita en un baile recae siempre sobre la dama que ofrece la fiesta. A este respecto contar un triste episodio ocurrido no hace muchos aos a una amiga ma, perteneciente a una de nuestras primeras familias. Mi amiga era linda, inteligente, discreta. Invitada a un baile aristocrtico, entr en el saln y se sent. Lanzronse todas las parejas a bailar y ella se qued sola. Su situacin no poda ser ms violenta y desairada. Levantarse e irse, atravesando el saln, le pareci un acto intempestivo; quedarse all, sola y abandonada en medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio de estas vacilaciones, agobiado su espritu, rompi a llorar con la ms profunda afliccin. Acudieron a ella, vino la duea de casa, la preguntaron por la causa de su llanto, y respondi que se haba puesto enferma y que deseaba retirarse. Los concurrentes al baile, percatados de la verdadera causa de aquellas amargusimas lgrimas, hicieron responsable del desaire a la dama que ofreca la fiesta, la cual, a partir de aquel momento, result triste, medio aguada y deslucida. Nunca olvidar el mal rato que sufr ante la situacin desairada e inmerecida de mi amiga. Una duea de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances. Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la situacin personal de los concurrentes a la fiesta, de la relacin entre jvenes y seoritas, de sus simpatas e inclinaciones, etc. Debe presentar a los que se desconozcan, intervenir como lazo de relacin, procurar, en una palabra, crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable, cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atencin vigilante y solcita a las que ya tienen cierta reputacin de planchadoras, para evitar que en su casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la duea de casa debe contar con un grupo de caballeros que sean amigos de confianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a las planchadoras. Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosar al mismo caballero una planchadora toda la noche. Por eso conviene que el crculo de amigos sea extenso, para repartir equitativamente la carga. El mayor xito, en fin, de la duea de casa est en poner en circulacin danzante a las planchadoras, procurando aliviar la desventura de las proscriptas del baile. La planchadora ignora siempre las causas de su triste condicin. La Providencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y as, cuando por bondad algn caballero la saca a bailar, se aferra a l, aadiendo a su condicin de planchadora la de pelma. Le ocurre lo contrario que a la muy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo caballero, actitud que podra inducir a la concurrencia en el error de suponer un principio de compromiso. La planchadora, por el contrario, prefiere la murmuracin a la plancha. Alguna vez se plancha sin ser planchadora; un planchado fortuito, casual, injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailes con suerte y bailes con desgracia. He aqu un fenmeno superior a nuestra capacidad analtica. Por qu en unos bailes tenemos xito y en otros no lo tenemos? Misterio. Quiz se deba a que la belleza de la mujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos, voy a permitirme dar a las seoritas un consejo, fruto de mi experiencia. La entrada en un baile tiene singular influencia para el resto de la noche. Es necesario, como vulgarmente se dice, entrar con buen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en el saln. Ello es de mal agero. Conviene tener un amigo de confianza que nos acompae al hacer nuestra aparicin en la tertulia o sarao, conducindonos desde el toilette, donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efecto seguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde el instante de nuestra llegada. Con este y otros pequeos y discretos recursos nos iremos librando de la plancha en las noches de mala fortuna. No creo haber agotado este tema trascendental de las planchadoras, cuya psicologa es complejsima. Slo he querido divagar un momento sobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias tiles a las dueas de casa y a las mismas seoritas que no tienen la suerte de atraer y sugestionar con el encanto de sus dones fsicos y el hechizo de sus donaires espirituales. LA MODA Y EL DIABLO Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi marido gozo la dicha del ocio para poder cultivar un poco mi espritu con lecturas amenas y divagaciones estticas. El ocio es la primera condicin para poder disfrutar de las manifestaciones artsticas. Sin abandonar mis obligaciones sociales y mundanas--visitas, tertulias, juntas de caridad, bailes, saraos, funerales, bodas--consagro la mayor parte del tiempo a la lectura. Mi mayor placer es poner mi pobre espritu en contacto con los espritus excepcionales, sintiendo cmo ellos dotan de alas al mo con sus nobles pensamientos y elevada emocin, producindome algo as como la gloria del vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de la conciencia y del alma. El escribir es una actividad reciente en m. Ya lo habris notado por lo endeble y desmaado de mi estilo, por su falta de elegancia y de precisin, por su pobre ideolgica y por esas fallas de sintaxis que se observan siempre en la prosa femenina por esmerada que haya sido nuestra educacin. La sintaxis ensea a coordinar y unir las palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Pero como el espritu de la mujer es por condicin ingnita un poco incoordinable y catico, sus maneras de expresin, tendientes al charloteo, a imitacin del grifo suelto, se rebela a la sintaxis que es la disciplina del discurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho tenemos las mujeres para someternos tambin a sta de la gramtica. Nuestra nica libertad en el mundo es la sintctica. Y conste que no soy feminista. Pero de esto hablaremos otro da. Deca que mis mayores delectaciones estn en la lectura. Mis autores predilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y filsofos, en quienes existe cierta armona y un ponderado equilibrio entre las emociones del corazn y el vuelo de la mente. No gusto de los exclusivamente poetas, porque en ellos todo es exageracin y fantasmagora; ni de los exclusivamente filsofos, constructores de sistemas, para cuya comprensin, adems de carecer de cultura, no alcanzan las dbiles luces naturales de mi entendimiento. Y a qu viene todo esto? Todo esto viene a cuento de que el otro da estaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho ms leer al glorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues las acotaciones del texto suelen tener un inters crtico y potico extraordinario. Gstanme tambin mucho ms sus comedias, tan graciosas, tan espirituales, que sus dramas, tan rudos y tan sombros, con pasiones tan violentas y protervas que parece no cupieran en el frgil vaso de la naturaleza humana. Pues bien: leyendo una comedia de Shakespeare toparon mis ojos con esta frase: La mujer es un manjar de los dioses cuando no lo adereza el diablo. Quedme suspensa y cavilosa. Quin ser este diablo aderezador? Ya sabis que el gran poeta ingls se expresa siempre en una forma cortante y misteriosa. Su fuerza, ms que en lo que dice, est en lo que sugiere. Sus frases nos sumergen en la meditacin y el ensueo; nos llevan lejos, lejos, ms all de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no s expresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordes mi pobre cabecita sufre vrtigos y mareos. Para esclarecer los oscuros conceptos del poeta hay en Londres diversas sociedades y cenculos que discuten incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de sus obras. Ignoro si los exgetas de Londres habrn logrado averiguar cul es el diablo aderezador que impide algunas veces el que sea la mujer un manjar de los dioses. Pensando, pensando, pensando--no s si con acierto, pues a veces se acierta menos cuanto ms se piensa--yo creo haber llegado a descubrir el diablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la moda. No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo. Por lo instable, proteica y multiforme, por su eterna inquietud y constante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del mismo diablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista, desfigurado y quimrico. Quin sino el diablo pudo inspirar el miriaque, el polisn y, ltimamente, sin ir ms lejos, las faldas trabadas que nos obligaban a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil, deslizado? El miriaque, con su ruedo de ballestas y flejes, con su amplia circunferencia, era un atavo absurdo, es decir, nos parece ahora extravagante, pues en su poca era natural, lgico y aun esttico, porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El hbito hace que la locura sea razonable. Dentro del miriaque el cuerpo iba suelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras abuelas no sentan los estremecimientos que produce el aire al calar nuestros huesos. El diablo de la moda las haca resistentes al fro, al viento colado, a la intemperie; porque el diablo, junto con un traje para congelarnos, nos da la calefaccin del orgullo, de la satisfaccin, del ntimo contentamiento de ir peripuestas con arreglo a los ltimos cnones y pragmticas del lujo. Vino despus el polisn, ese promontorio colocado donde la espalda cambia de nombre, aditamento fantstico, incmodo, grotesco, ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que tambin pareci muy natural, muy lgico y muy esttico en su poca. Y, sin duda, tanto el miriaque como el polisn tuvieron en su tiempo algo que los haca atractivos y graciosos, algo seductor, insinuante, cautivador. La prueba est en que nuestros abuelos asocian al miriaque la evocacin de su amor; y nuestros padres, al recordar sus cuitas y congojas amatorias, mezclan tambin a sus memorias el absurdo polisn. Nuestros mismos maridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas y nuestro pasito de palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas que con mayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y los latidos de nuestro corazn. Y es que, en el fondo, el diablo anda siempre en el atavo femenino; unas veces en forma de falda trabada, otras en forma de polisn y otras en el ruedo del miriaque. Pero siempre es el mismo diablo; no hace ms que trasformarse. Con estas trasformaciones el diablo se divierte y el mundo tambin. Y, en realidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca desaparecen del todo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el recuerdo de las gentes maduras: las ltimas en nuestro gusto. El fin de todas es el mismo: irn a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacen en la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones, a otros gustos y a otros atavos. La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el cuerpo, que es obra de Dios. He aqu otro indicio de que la moda es inspiracin del ngel rebelde, del diablo. Y este empeo luciferino de corregir la obra divina en sus lneas fundamentales es muy antiguo. Ya Caldern de la Barca lo advierte en su Eco y Narciso. --Pues hay usos en los talles? --S; yo me acuerdo haber visto Usarse un ao a los pechos, Y otro ao a los tobillos; Y esto no es mucho, que en fin, Consista en los vestidos. Qu se propondr la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle de su sitio natural? De sacrilegio esttico puede calificarse esta trasformacin de las lneas que el Divino Arquitecto en su concepcin soberana di al cuerpo femenino. Con razn deca madame Delepinasse que la mujer se desesperara si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la arregla la moda. Seguramente renunciaramos al don de la vida si hubiramos de nacer con miriaque, polisn o faldas trabadas. El concepto esttico de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de la mujer. Por qu consentimos luego que lo vista el diablo, alterando el orden perfecto y la armona divina de las lneas? Lo racional y lgico sera que los vestidos se ajustaran dcilmente a este orden y a esta armona, obra insustituble del Creador. Pero el diablo, como ngel rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad especial del diablo es la sofistificacin, el enredo, la mentira, la paradoja, el barullo y la confusin. Pero, con todo, no se puede negar que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no s qu que slo puede ser obra del diablo. Claro est que ello sucede cuando est acertado en la moda, lo que es muy raro en l, pues casi siempre el diablo est dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que, aun cuando desacertadsimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las normas dictadas por su genio malfico. Por las modas pasadas, que slo existen ya en los museos, advertimos que el propsito al implantarlas no fu la perfeccin, ni la comodidad, ni la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantstico y extravagante. Sin embargo, la adopcin fu general en el mundo femenino. Ello se debe a que la moda es para la mujer como una segunda religin. Y el fanatismo en esta segunda religin se manifiesta en llevar la moda a sus trminos ms exagerados. Si se trata del miriaque, darle ms ruedo y amplitud que nadie; si del polisn, abultarlo ms que las dems; si de la falda trabada, convertirla en manea. As la moda va, poco a poco, por contagio, exagerndose, hasta que muere por sus propios excesos. La psicologa de estas exageraciones reside en que no queremos pasar inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos ofendemos mucho ms no mirndonos nada. Por aqu tambin anda el diablo en su doble forma de coquetera y soberbia. El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crtica, fuera de la crtica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de conocimientos y limitada penetracin. Entre estos aspectos est el econmico. La constante variacin de las modas parece que se relaciona con la crematstica o arte de negociar. El otro da, leyendo un librito de ancdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles, en los das de mayor esplendor mundano, encontr esta frase: El cambio de las modas es una contribucin que la industria del pobre impone a la vanidad del rico. Desprndese de este concepto que las mutaciones calidoscpicas de la moda estn movidas por el anhelo utilitario del pobre. De aqu se deduce tambin que nuestros atavos son obra de la fantasa del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio espritu creador ni de nuestro gusto esttico. As, pues, la responsabilidad de los adefesios en los atavos que cubren a la burguesa femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de confeccin y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates. Bueno es que lo tengan en cuenta los filsofos que tratan el problema social. He consultado con mi marido el concepto econmico de Chamfort sobre las modas. Mi marido, especialista, como sabis, en la ornitologa noctvaga de nuestras pampas, posee tambin vasta cultura en otras ramas del conocimiento humano, adems de un buen juicio y un equilibrio fuera de toda ponderacin. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente. Quiz sea ministro de Agricultura en la prxima situacin. Le sobran mritos para ello. Adems, debo recordar aqu, por lo que pueda influir, que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe otro filsofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort, diciendo que las modas son el medio de que se vale el rico para alimentar al pobre. El concepto es diametralmente opuesto, y yo no s cul de los dos ser el exacto. Mi marido, que es algo burln, un ironista, un poco dado al titeo filosfico, que es la sal de la reflexin, dice que da lo mismo que tenga razn Chamfort o el otro, o ninguno de los dos. Y aade el muy tuno que la cuestin fundamental es que yo est linda, sea cual fuere la filosofa de la moda... LOS TRAMITADORES Ya hemos hablado de la presentacin en sociedad, del amor y su apariencia, del cario, del espritu nuevo que forma un largo convivir, del matrimonio, del gancho, del s y del no de las nias, de las planchadoras, de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin--tocar nada ms--temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el orden mismo de la vida que mezcla la alegra frvola y la tristeza profunda, el dolor y el placer, la risa y las lgrimas. Todos estos temas, tratados en forma somera e inhbil, a la buena de Dios, en parloteo superficial, de mujer exenta de ilustracin y de luces literarias, son temas universales, empequeecidos, claro est, por mi poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espritu de percepcin. Ya sabis que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imgenes y se me enreda el discurso. Ay, Dios mo! Sufro lo indecible con este encrespamiento, con esta rebelda de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el escribir tiene algo del crochet--y yo hago muy bien crochet--confieso mi desesperacin al ver que el tejido de mi prosa es muy inferior al tejido de mis manteletas. Pero, en fin, aunque desmaadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes y dispersos hilos prosdicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van formando, como deca, un pequeo tejido de pasiones universales. Ahora bien: anhelo que esta crnica se refiera a una modalidad de nuestra vida social, tan original en sus costumbres y rpidas evoluciones. Quiero hablar, en fin, de los tramitadores gracioso trmino aplicado a todas aquellas personas de algn viso social y mundano que tratan de introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin tradicin familiar, a jvenes y seoritas, y aun a familias enteras que, habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rpidos, insospechables, que aqu se operan en el trasiego de los bienes, desean, una vez opulentos, alternar con lo ms dorado--pase el galicismo--de nuestra sociedad. El tema es difcil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto laberntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto mtodo. Qu es aqu lo aristocrtico? Se compone, en primer trmino, de los apellidos procricos, de los que figuran en la historia de la independencia nacional. Pero estos apellidos histricos, si no estn sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se ven relegados al olvido, al ostracismo social. As, pues, para brillar, no basta el apellido histrico; hace falta el dinero. Constituyen tambin aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia patria, tienen vieja tradicin de riqueza y que se han vinculado, por entronques, con familias histricas. Por ltimo, existe el prestigio intelectual y poltico moderno; nombres que han figurado en nuestra ltima evolucin republicana, en el ajetreo gobernante, poltico y parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra aristocracia. Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos, aquellos que han logrado la opulencia en las dos ltimas dcadas, en las cuales, mucho ms que en el trascurso de la anterior centuria, se ha desenvuelto la prosperidad del pas. As, pues, la haut resulta un poco heterognea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En Europa la aristocracia est ntidamente definida: la componen los que pueden ostentar un ttulo nobiliario, otorgado, justa o injustamente, por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable papel de barba. Pero siempre papelitos cantan. Aqu no tenemos nada de eso, felizmente. Nos limitamos a decir: apellido conocido, gente bien, buena familia. Estos ttulos--que acaso sean los mejores, los verdaderamente meritorios--constituyen nuestra alta clase social. Mas, como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el sentido estricto, compuesta de apellidos histricos (verdadera aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga tradicin de riqueza, nombres polticos del ltimo siglo y elementos opulentos de la ltima hornada. Yo no s explicar mejor el fenmeno: pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo. Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. Cmo se entra en este gran mundo? Aqu empieza la funcin del tramitador. No es difcil esta entrada, pues nuestro gran mundo es fcil, abierto, asequible. El tramitador es persona conocida, mozo bien, hombre, en fin, perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra aristocracia. Se puede tramitar un joven, una nia y aun toda la familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la accin tramitadora por grandes e hiperblicos elogios de los tramitados, antes de la presentacin. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre lleno de mritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por l mismo, con alfalfares magnficos y animales finsimos. Hombres as hacen falta al pas--dice el tramitador. Y tiene razn: estos son los hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada, muy discreta, muy agradable. Habla despus del hijo: es el mejor estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo ms fino, de lo ms culto y muy amigo de sus amigos. Para la nia, para la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsar un da la gloria de Justiniano, tiene el tramitador palabras justamente ponderativas: es una monada; muy linda; toca el piano admirablemente; habla francs como una francesa y recita versos de Rostand; interesantsima la muchacha. El tramitador tiene tambin unos conceptos oportunos para la seora, para la consorte del terrateniente: es muy sencilla, muy buena y muy caritativa. Por ltimo resume as las condiciones de toda la familia: gente de lo ms bien. Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El tramitador est relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fcil ir dando a conocer en los altos crculos a sus nuevos amigos. Al aventajado estudiante le apadrina en su presentacin de socio en el Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quiz le organice un banquete ntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al que asisten jvenes muy conocidos, aunque estudian poco. No solo por estudiar son conocidas las personas. A la nia la recomienda mucho a sus relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio tramitador, seoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las cuales toman bajo su proteccin a la nefita, logrando que sea invitada a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El tramitador, que todo lo prev, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los diarios. De manera que la seorita desconocida empieza a ser mencionada constantemente en las crnicas, entre lo ms dorado de nuestra sociedad. Tiene tambin el tramitador algn pariente que ocupa alta posicin en la poltica o en el gobierno. Y un da le presenta a su amigo, el rico estanciero. El terrateniente habla con el personaje poltico de problemas ganaderos y agrcolas, de la situacin del pas, de exportaciones e importaciones, de frigorficos, de novillos y pastos, etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de realidad, su visin directa de las cosas suple con ventaja a los libros. El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisin informadora sobre la extensin de la aftosa. Los diarios dan cuenta de sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero, oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el pas, justamente conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen al progreso patrio. El tramitador no olvida nada. Por medio de unas parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pblica, hace que la seora del terrateniente sea includa en la comisin directiva de una tradicional institucin de beneficencia. Con esto la excelente seora alcanza tambin aquella figuracin correspondiente a su edad, a su posicin y a sus gustos. Detalles ms o menos, he ah el proceso que lleva al brillo social a una familia que vivi siempre en una discreta penumbra. En breve tiempo su nombre, repetido por los diversos conceptos ya sealados, viene a formar parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quiz algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo, es una de las condiciones ms simpticas de nuestra modalidad social, pues prueba su poder asimilativo en estos rpidos procesos de remocin que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de socilogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quiz alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva adems un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto. Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas palabras ms sobre el tramitador. Qu mviles le inducen a ejercer estas tramitaciones? Son ellas desinteresadas? Muchas veces, s. Una pura simpata le gua. Otras veces, el espritu democrtico, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de diferenciacin de algn reducido grupo, lleva al tramitador a convertirse en lazo entre la burguesa que se forma rpidamente y la ya constituda. Pero hay tambin tramitadores interesados. Nuestro gran mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones difciles en el orden econmico, estrecheces doradas, angustias domsticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aqu que haya algn tramitador interesado. Alguna vez el jefe de la familia tramitada, hombre de gran poder econmico, puede ayudar al tramitador en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y por los mil medios que tiene a su alcance la slida opulencia. Otras veces, el tramitador se convierte en heredero de las diez leguas alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morgantico, si vale expresarse as, en que se unen el brillo del nombre y el ms opaco que da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una serie de mutuos apuntalamientos, de combinacin de anhelos, de asociacin de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre; otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y tambin amor. El equilibrio y la felicidad surgen de la obtencin de lo complementario, de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales, ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le falta, coordinndose as los deseos dispares. En estos casos, salta a la vista que el tramitador se est tramitando a s mismo... LOS AFEITES Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propsito de estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de lo general que es aqu la belleza femenina. Llmales igualmente la atencin la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur. En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a la apologa de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur dicen que Dios concedi la mujer rubia a los pueblos del Norte para consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte, ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido es que la poesa es el arte de la simplicidad y de la exageracin, o de la exageracin simplista, pues las pasiones, como todo fenmeno individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del cutis. Y as, hay rubias muy exaltadas y volcnicas que viven entre las neveras y tmpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los crmenes del Mediterrneo morenas lnguidas y desmayadas, como sumidas en sueo letrgico a comps del vaivn de las hamacas. As como las tormentas se producen en todos los puntos de la tierra, hay tambin ciclones pasionales en todas las zonas del espritu universal. Lo nico cierto es que la pasin es en el Sur ms gritona, ms aparatosa, ms visajera; pero ello no quiere decir que sea ms intensa. El loro alborota ms con sus pasiones que el mudo pingino, sin ser por esto ms apasionado. Como iba diciendo, la belleza es aqu variadsima. Difcil sera decir si hay ms rubias que morenas, o ms morenas que rubias. Lo que puede afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusin de razas heterogneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabis, es muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tpico, tenindome a m por amable auditorio. Segn l, lo esencial de la hermosura es la salud, que ya por s misma es una belleza. Y esta salud originaria la traen consigo los montaeses de todas las latitudes europeas que constituyen la mayor parte de la inmigracin, montaeses no contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el arquetipo de la belleza fsica. La atencin que presto a cuanto dice--pues no tenis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi esposo--es para l un estmulo intelectual, y as sus disertaciones sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al sorprenderme de sus arrebatos lricos, me dice que lo atribuye al modelo que tiene delante... Si es lo ms gentil!... Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeado en estropear o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura natural. Esta psima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a renacer ahora en forma alarmante. Qu mvil puede guiar a la mujer que se pinta? Engaarse a s misma? Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la belleza pintada--suponiendo que esta pintura lo sea--es una belleza pegadiza, falsa, histrinica. El anhelo de ntima perfeccin se funda, por otra parte, en no ensaarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni en obra. Engaar a los dems? Tampoco, ya que a la legua se ve que est pintada una cara. Y aunque no se viera, la intencin del engao no sera menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la mscara no hay ms diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita pintarse, pues nada aade la pintura a su lindeza, antes la deforma y destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguir con inanes y ftiles ingredientes qumicos aquella hermosura que le fu negada por la Naturaleza. Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene races psicolgicas o instintivas difciles de descubrir. Ya en las cuevas de los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos a su figura. Las indias se pintaban tambin. Segn Miranda, el historiador del Uruguay, las mujeres charras se hacan unas rayas azules perpendiculares, desde la frente a la mandbula. No es, por lo tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilizacin moderna y refinada. Tiene un origen salvaje. Esto deba bastar para que la tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los hombres han progresado ms que las mujeres. Entre los hombres existe tambin la pintura en forma de tatuaje. Pero ningn hombre distinguido la emplea. Slo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantn, la imagen nutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal pintura es el smbolo de su oficio, el emblema de su lucha pica con los elementos trgicos de la Naturaleza. Pero es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se simular, por unas horas, la frescura, el color; mas no las lneas, que es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgnica de un rostro, la armazn sea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido o contrahecho. Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto fundamental esttico. La mujer vana y superficial seguir pintndose, con arreglo a los cnones que en la moda imperen. Porque tambin en esto de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clsicos de la comedia de Caldern de la Barca titulada Eco y Narciso. --Un tiempo se dieron En usar ojos dormidos; No haba hermosura despierta, Y todo era mirar bizco. Usronse ojos rasgados Luego, y dieron en abrirlos Tanto, que de temerosos Se hicieron espantadizos. Las bocas chicas, entonces Eran de lo ms valido, Y andaban por esas calles Todos los labios fruncidos. Dieron en usarse grandes, Y en aquel instante mismo Se despegaron las bocas, Y, dejando lo jasifo De lo pequeo, pusieron Su perfeccin en lo limpio De lo grande, hasta ensear Dientes, muelas y colmillos. En estos versos del clsico dramaturgo castellano est encerrada la evolucin de la moda del afeite en el trascurso de su vida. Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra. Efectivamente, el rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos as, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad psquica. La revelacin est en la cara y en la mirada. Ahora bien: qu gnero de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No ser una personalidad real, con su espritu revelado, sino una personalidad de farmacia o de fabricacin qumica, esto es, lo menos personal que puede existir. De aqu que, el pintarse la cara, espejo del alma, equivalga a pintarse el alma misma. Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco escabrosas. No hemos de hacerlas. Slo diremos que ni el enmascaramiento fsico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad alguna en tales y tan deleznables artificios. Con todo, puede admitirse en las jvenes este pueril error de pretender acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica siempre una forma de generosidad. Tambin supone egosmo (los instintos son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este recurso falso la hermosura natural. Pero qu decir de las seoras de edad, casadas, con prole, quiz con nietos, que se pintan? Una dama, entrada en aos, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el espectculo ms grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. Anular el tiempo con afeites! Debajo de la pintura est visible la realidad; y el aparentar treinta aos, cuando se tiene cincuenta, slo revela que los veinte de diferencia no han dejado en nuestro espritu la gravedad de pensamiento que da el tiempo. La impresin de ridiculez que nos produce una vieja pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la serenidad correspondientes a los aos que tiene. En las jvenes la pintura es, en el fondo, una coquetera, y queda muy mal el coqueteo a cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo desengao, y causa risa ver una mujer engandose a s misma de que aun no est desengaada. Segn Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi marido, que lee filosofa alemana) las ideas y los sentimientos deben ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El afeite en las viejas viene a ser algo as como una chochera pictrica. Y la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo, pidiendo a la qumica de tocador la juventud y la belleza que huyeron. Nada ms bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegra, todos los movimientos espontneos de nuestro espritu. La pintura es una ficcin teatral, histrinica, cosa, en fin, de la farndula. Todas las artistas se pintan, a fin de dar la sensacin de los distintos personajes representados. Pero una seorita distinguida no debe representar ms que un solo papel, el suyo, el natural, el que le asign la Providencia al crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida ntima y familiar no debe convertirse en una comiquera. Si yo fuera hombre no me casara con una seorita que cambia de color su pelo. Tendra mis sospechas de que un da pudiera cambiar tambin su condicin espiritual, y aun su misma adhesin; que quien no es constante consigo misma, con su propia naturaleza, con sus propios atributos fsicos, puede extender a cosas ms graves su frvola veleidad. En la propensin a lo teatral hay siempre algn peligro. En la Edad Media se haca un mundo aparte del mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo que quieran los historiadores y socilogos modernos. La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para cristianarnos. Usmosla siempre cristianamente... LAS PACES Las paces, as, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la paz, en singular. La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o ms naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudacin del amor en el matrimonio despus de la discordia. Aunque a primera vista parezca lo contrario, es ms fcil hacer la paz que hacer las paces. Ya oigo exclamar: Qu paradoja! No hay tal paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace creer a los espritus superficiales que este ltimo tiene un arreglo infinitamente ms difcil que el primero. Esto es un error de juicio, que consiste en atribuir a la extensin de la trifulca o pelotera internacional mviles ms irreductibles a concordia que aquellos que determinan las disidencias y ciscos conyugales. Las guerras no son ms duraderas porque sean ms grandes. Hay guerras chicas que no se acaban nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta aos, mientras existen matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de diamante. Basta este hecho para probar que es ms fcil hacer la paz que hacer las paces. Y el fenmeno se explica fcilmente. Para hacer la paz hay reyes, diplomticos, cancilleres, ministros, polticos, gobernantes, etc., todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para hacer las paces no hay accin intermediaria y pacificadora, porque los guerreros--los cnyuges--empiezan por ocultar su propia guerra. En las guerras internacionales los combatientes sienten el orgullo y el honor de la pelea. En las guerras conyugales, por el contrario, se siente la vergenza de mantenerlas. Y por eso se ocultan. Los cnyuges simulan la paz sin estar hechas las paces, ofreciendo al exterior una dulce concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta incomunicacin de la guerra con el medio exterior es precisamente lo que dificulta hacer las paces. As, pues, los contendientes, los cnyuges, han de buscar, en medio de su contienda, los mtodos y las maneras de apaciguar su discordia. Y aqu est, precisamente, la dificultad. Cmo ser simultneamente, guerreros y diplomticos, actores e intermediarios? Cmo suspender las hostilidades? Dicho sin metforas, en lenguaje directo: Quin ha de ceder primero? Quin de los dos se anticipar a ofrecer el beso o el abrazo de reconciliacin, forma protocolar de los armisticios conygales? Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es ms fcil hacer la paz que hacer las paces. Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores mtodos para concertar armisticios conyugales y llegar a la armona definitiva. Se trata de un punto psicolgico complicado, del cual depende el renacimiento de la dicha eclipsada. Desde luego, slo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y las leyes humanas. He aqu--volviendo a nuestro primer argumento--uno de los casos en que es ms difcil hacer las paces que hacer la paz. Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles en absoluto. Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la clera, un concepto envenenado, un gesto desdeoso, pueden convertir una fruslera en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino, irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de nimo antpodas, no hay ms que un paso. Y cuanto ms sensibles y ms espirituales son los cnyuges, ms rpidamente se pasa de un estado a otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espritus ricos en sensibilidad y emocin, cada sentimiento tiene su contrafigura. Quien es capaz de amar mucho es tambin capaz de odiar sin lmites. Slo en el teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola direccin; es lo que se llama unidad de carcter. Pero la vida es muy distinta de como se ve en el teatro, cuya literatura es la ms inferior y simplista. No hay tal unidad en la vida psquica de ninguna persona real, de carne y hueso, con su espritu complejo, ondulante y variable, con sus pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de los dems. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede hacer muy felices, pero tambin muy desgraciados: nos dar grandes ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y tambin tristezas agobiadoras y melancolas profundas. A un alma muy amorosa y tierna le hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descorts, un acto egosta, en una forma mucho ms aguda que a los seres de sensibilidad normal. Y as su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarn al punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es pasin baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro espritu. Y siendo ste bueno, ser rencoroso, pero no vengativo, pues la propia idea de su figura moral, de su noble condicin, le impedir dar escape al rencor en venganza. Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan inteligente como bueno, pues ya supondris que yo me perdera en estas complejidades psicolgicas y en estos distingos sutiles entre venganza y rencor. Decamos que el mximo amor est muy cerca del repentino y mximo odio. Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, bajo la plida gracia elsea de las noches de luna hubieran tenido una palabra hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habra interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornara en llamarada de odio, o en triste y helada melancola, o en torvo rencor, aunque luego desapareciese tal estado de nimo para retornar al amor. Cmo realizar este retorno? Aqu est nuestro problema. Hay que hacer las paces. Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cnyuges cree que la culpa la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomticos en esta guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de los contendientes no se rinda a discrecin. Corresponde a la mujer rendirse, con razn y todo. No es voto sospechoso el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapi, la persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo. Nuestra fuerza est en nuestra debilidad. No s quin ha dicho que debe emplearse ms presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor. Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta bella frmula de San Francisco de Sales: Quien te dice una verdad con cortesa te echa rosas a la cara. La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijn. Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la sensacin ms exquisita es regir nuestra sensibilidad. La perfeccin est hecha con nadas y es algo ms que nada la perfeccin--dice Miguel Angel, que saba modelar, no slo las figuras, sino tambin las almas--. Es una desdicha que nuestro propio carcter sea el obstculo de nuestra felicidad. Nada puede hacerme dao, excepto yo mismo--dice San Bernardo--; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jams sufro realmente sino por mi culpa. Alude el santo varn a los disgustos que dimanan de nuestro carcter, de nuestra irritabilidad, de nuestra intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazn. Como vis, gstame leer a los escritores santos, o a los santos escritores. Y entre stos el que ms me place y divierte es San Juan Crisstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la mujer un mal necesario, una tentacin de la Naturaleza, una fascinacin mortal y otras cosas por el estilo. San Juan Crisstomo--perdneme el santo varn--debi llegar a la santidad por la influencia desgraciada de algn desengao amoroso. Si as fuera, deba ser ms justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvos de alguna ingrata, pudo alcanzar su estado de perfeccin y de gloria eterna. Pero este santo misgino (as me dice mi marido que se llama a los enemigos de la mujer) era, por lo dems, hombre de mucho talento. Yo leo constantemente su definicin de la paciencia, una de las principales virtudes de la mujer. Esta definicin encierra el mejor mtodo para hacer las paces, y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la paciencia en nueve grados o mandamientos. El primer grado de la paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, despus que el otro la empez, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que veja lo que t padeces; el cuarto, atribuirse a s misma los males que sufre; el quinto, atribuirse ms que lo que quiere el que lo hizo; el sexto, no odiar al que hace estas cosas; el sptimo, amarle; el octavo, hacerle bien; el noveno rogar a Dios por l. Olvidemos las diatribas de San Crisstomo a nuestro sexo, en gracia a este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen de la bondad. Anticipmonos siempre a hacer las paces. No detenga nuestros generosos impulsos un errneo empeo de amor propio. Quede siempre ahogado el amor propio por el amor conyugal. El marido lucha con los dems hombres por nuestra vida y por la prole comn. Un da llega un poco irritado a casa; quiz tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazn. Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar los disgustos y penalidades en el trfago de la vida. Yo tuve una vez un pequeo disgusto con mi marido por una futesa, por una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me contest. Quedse triste y melanclico. Vi todo lo que pasaba por su espritu; me pareci que su amor y la alegra, dimanada de este mismo amor, se derrumbaban; que ya no me querra nunca como siempre me quiso. Ay, Dios mo! qu pena! qu angustia! Era necesario arreglar aquello en seguida, sincerarse, pedir disculpa, hacer las paces. Yo no pensaba si tena o no razn. Qu importaba esto? Lo importante, lo abrumador para m era que se haba quedado triste y serio, melanclico y apenado en mi compaa, que fu siempre su mayor alegra. Una ola de lgrimas se agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso a toda palabra. Se puso a leer un libro de filosofa alemana, uno de esos libros que, por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo adverta que no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo que era de Kant) como por su estado de nimo. La intrincada filosofa no llegaba a su espritu, en el cual slo haba la espina clavada de mi pequea ofensa. En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fu a mi pequeo anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tom uno de Keble, el dulce mstico y lrico ingls. Lo abr por una pgina sealada con una cintita azul. Me acerqu, trmula, a mi marido; puse mi dedito ndice, todo tembloroso, sobre unos versos y le dije: Quires leer esto? Ley: Ah, qu dulce es la sonrisa Del hogar hermoso y tibio, La recproca mirada Que denuncia regocijo, Cuando al fin dos corazones Se han fundido en uno mismo. Y uno en otro confiados Viven en su amor tranquilos. Ah, qu santas alegras! Ah, qu goces no sentidos Vuelan como blancas hadas Por la cuna de los hijos! Cada cuadro es un recuerdo, Cada mueble es un amigo, Cada lgrima es un beso, Cada dicha es un suspiro! Mi marido abri los brazos. Qu alegra, Dios mo! Y es que no hay canciller como un poeta lrico para hacer las paces... CROTALOGIA Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que vengo publicando en esta pgina femenina. En estas cartas hay de todo: crticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo bien. Creo, adems, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los movimientos del espritu son irreverables en lenguaje articulado. Ninguna forma idiomtica existente puede asir y aprisionar lo recndito de nuestra vida interna. Con la palabra slo puede expresarse lo vulgar de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jams se logra traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no tienen nombre en ningn idioma. De ah que sea la msica, con su inconcrecin y su infinitud indefinida e indefinible, el arte embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro que nunca logra la palabra. Por eso un ay! solamente y, sobre todo, el quejido que acompaa a la emisin de la slaba, dice ms que todo un tomo de filosofa sobre el dolor. No s si me explico. En todo caso, ello demostrara una vez ms (aparte mi torpeza literaria) que el instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y por ello doime ahora clara cuenta de la razn de mi marido al decir que cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no como una tiple, sujeta a puntuacin musical, a corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una mirada as expresa mejor lo inexpresable que toda expresin hablada. Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. Y cmo sabe usted que es bonita y joven?--preguntarn mis lectoras. Deduzco que es joven por los conceptos que emite. El tiempo no slo imprime cambios en nuestro rostro, sino tambin en nuestras ideas. Y me imagino que es linda por la ortografa y la sintxis que gasta, pues rara vez la belleza fsica y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las feas saben ms gramtica que las bonitas; suelen ser ms aplicadas, sin duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte, gran importancia la perfeccin ortogrfica en una mujer bonita. Su sola presencia, aunque su ortografa sea imperfecta, ser siempre ms grata que un texto de Sneca. Adems, como una mujer linda habla con los ojos, apenas se requieren otros mtodos de expresin. Comprendo que todo esto no es pedaggico, pero quiz sea verdad, y si no lo fuese, tngase en cuenta que no ser la primera cosa inexacta que se ha escrito en este mundo. En la referida carta se viene a decir que las anteriores crnicas son excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los temas en una ligera irona, en un pequeo chichoneo, segn palabras textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos ms divertidos, ms alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc. Reconozco la razn de la seorita que me escribe. Y ello me demuestra que no es absolutamente necesaria la ortografa para razonar bien. Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por tema de esta crnica la crotaloga, es decir, el arte de tocar los crtalos, nombre que los divinos griegos daban a las castauelas. Creo que mi comunicante quedar complacida, pues no hay nada ms alegre que unas castauelas. El tema slo corre el peligro de no estar bien tocado. Pero tngase en cuenta que si no es cosa fcil tocar bien las castauelas, aun es ms difcil escribir sobre ellas, abarcando todos los puntos de su historia gloriosa y de su significacin en el arte y en la sociedad durante el trascurso de los siglos, a travs de las edades clsicas y de los modernos tiempos. Conviene anticipar que la palabra crotaloga no es invencin ma. Sirve ella de ttulo a un libro escrito en el siglo XVIII por el seor licenciado Francisco Agustn Florencio. En mi pequea biblioteca guardo un elegante ejemplar como un tesoro bibliogrfico. Divdese la obra en catorce captulos luminosos y repiqueteadores que encierran la monografa ms perfecta y acabada del arte castauelero. El licenciado, hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las castauelas, lo cual no impide que ensee en catorce captulos cmo han de tocarse. Para ensear una materia no es absolutamente imprescindible saberla, cosa que se observa en la Crotaloga del licenciado Francisco Agustn Florencio y en casi todas las ctedras de las Facultades modernas. Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentsimo en esta apologa de las castauelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el Joven, se le anticip en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de las Cartas (catorce volmenes) y del Panegrico de Trajano (oracin memorable), habla del excesivo lujo que las seoras romanas usaban en las castauelas. Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador Trajano, las castauelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra al licenciado Francisco Agustn Florencio, el cual dice en su imponderable Crotaloga: A estas perlas preciosas les hacan sus agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres o ms y las traan pendientes de los dedos, agradndose sumamente del sonido que hacan dando unas con otras: as formaban un preciossimo instrumento que tocaban con los dedos, adems de un adorno gracioso y rico: y a lo uno y lo otro llamaban crotalia, esto es, castauelas. Debi existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano, pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulacin forzosa al gran emperador, dice en un pasaje de sus Cartas: Supuesto que los hombres han mirado siempre como una obligacin, dictada por la misma Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto tambin precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su natural propensin a adornarse y a emplear en su servicio las mayores preciosidades de la Naturaleza: Alude Plinio en estas palabras inmortales a las perlas que las seoras romanas usaban como castauelas. Y agrega el licenciado Francisco Agustn Florencio en su Crotaloga: Llegaron stas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que escogan entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que, adems de ser de una grandeza extraordinaria, tenan la figura redonda por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una almendra. Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era espaol, de Itlica (Andaluca) y fu muy dado a la galantera y a todo lo que significara esplendidez y rumbosidad. No fu un emperador economista, ni un ahorrativo, ni un rooso de Estado (valga la frase); que tales cualidades no son propias ni del espaol antiguo ni del moderno. El espaol tendr todos los defectos que se quiera menos el de amarrete con las damas y el de ser econmico en los gastos del Estado. As se explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo los metlicos crtalos griegos en castauelas de perlas. Sin duda presenta que, al andar de los siglos, seran las castauelas el instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del imperio romano. De manera que los paliyos no son una creacin espaola: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en Espaa, la cual agrega el jaleto, los ol! ol! estimulantes del palitroqueo. Por uno de esos movimientos inconscientes del espritu, Trajano, desde su solio de Roma, tuvo la intuicin (el genio es intuitivo), de que aqul instrumento sera la manifestacin natural de la alegra exultante de su tierra nativa. Hasta aqu llega lo que podramos llamar la prehistoria de las castauelas. La historia moderna es familiar a todos los odos; el repiqueteo est en todos los tmpanos. La castauela est ya tan difundida en el mundo como el arpa elica en los cielos. Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco Agustn Florencio estampadas en su monumental Crotaloga. Habla extensamente de las maderas que deben emplearse en la construccin del instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sndalo, el tndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil teido, infludo, sin duda, su espritu por las rumbosidades de Trajano que prefera el leve y sutil sonido de las perlas. Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con el cutis de las tocadoras. Y as aconseja que se armonicen, usando las morenas castauelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto, bano y otras maderas oscuras. Por ltimo habla de la correspondencia que debe existir entre las cintas de las castauelas y las de los zapatos, cofias y redecillas. Al seor licenciado no se le olvida nada que signifique armona y gracia plstica. El ltimo captulo de la Crotaloga est consagrado a la manera de aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el captulo ms genial de la obra. Como el licenciado, segn su propia declaracin, no sabe tocar, tena que inventar un mtodo en que el maestro no fuera necesario, o mejor dicho, en que slo la lectura de su Crotaloga nos pusiera en condiciones de repiquetear. As como de la lectura atenta de un tomo de filosofa se sale al cabo filosofando, de la lectura de la Crotaloga se sale tambin castaeteando. La idea del licenciado Francisco Agustn Florencio de suprimir la enseanza prctica se ajusta a la pedagoga moderna, en la que todo est librado a la eficacia de los textos por s mismos. Por otra parte, no existiendo solfa ni partituras para tocar las castauelas, la Crotaloga es imprescindible y viene a llenar esta evidente deficiencia de los compositores. Para tocar las castauelas no hay ms que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo ltimo escape est en la punta de los dedos. Ahora bien: como los nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no poda prever tan enorme variedad, y as ha preferido eludir toda previsin, que es una forma de tenerlo todo previsto. Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la accin pedaggica del licenciado don Francisco Agustn Florencio. Las castauelas es el nico instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada cual las toca como le da la gana, en libre inspiracin, y aqu est principalmente la razn de su arraigo en Espaa, despus de haber pasado por Grecia y por Roma. Espero que habr dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de esta crnica no puede ser ms alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la Crotaloga del licenciado Francisco Agustn Florencio, que es un libro clsico muy divertido. Y si an asimismo no consiguiera alegrarse, tese los paliyos a los dediyos que han de ser seguramente muy remononos, y dse tres patatas, con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en vuelo, que es la postura de los ngeles terrestres. Desde aqu la acompaar mi jaleo con los sacrosantos: ol! ol!... ROSALIA EN LOS CARPINCHOS La crnica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir de mi mejor amiga, compaera en el colegio y luego en los salones, Rosala Arregui del Moral de Prez y Cmpora. Esta retahila de apellidos merece una pequea explicacin. Mi amiga es rica por s y por su marido, aunque ha venido un poco a menos, cmo ella misma explica en su carta, debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La fortuna de Rosala arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz y laborioso, que empez de alambrador de campos y termin en gran estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de su abuelo, el seor Prez, uno de los primeros registreros de la calle Rivadavia, all por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El segundo apellido de Rosala, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro patriciado del ao 19, poca del directorio de Pueyrredn, del cual fu muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de Rosala por lnea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante y prestigioso Cmpora, viene de un bizarro coronel, don Mrcos Cmpora, que acompa a San Martn en su gran campaa del paso de los Andes. As, pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Prez, representan la creacin de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y los dos segundos, del Moral y Cmpora, significan el abolengo, la tradicin, la historia patria. Y es natural que Rosala luzca estos dos apellidos aristocrticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios. En las crnicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres lneas, bien merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la historia militar y poltica del pas y la representacin de los modernos progresos econmicos. Claro est que la significacin social de mi amiga reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe--y muy justamente--su merecida representacin en nuestro gran mundo. Con los apellidos de Rosala ocurre lo que con los hombres del Evangelio: Los ltimos sern los primeros. Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los primitivos Arregui y Prez sientan cierto ntimo orgullo por su entronque con Cmpora y del Moral. Ahora, he aqu la carta de mi amiga Rosala: Los Carpinchos, julio 15 de 1916. Queridsima Marianela: No te puedes figurar cunto te recuerdo desde este retiro de Los Carpinchos donde voy pasando el invierno, si no como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa, queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crnicas femeninas y me ro mucho con ellas, porque te leo entre lneas, que es lo ms divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre lneas, es necesario conocer mucho el espritu y la vida de quien escribe; saber por qu dice ciertas cosas; qu fin tienen determinados conceptos; a quin se dirige tal frase; cul es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intencin que gui la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que me divierto leyndote. A Ricardo le digo siempre: Mira, esto lo dice Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc. De manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto. Si estuvieras aqu cunto nos reiramos! Por qu no vienes a pasar unos das? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades, aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos rehacemos de los disparates cometidos, que ay! no han sido pocos. Mi vida en Los Carpinchos trascurre dulcemente. Al principio me aplanaba esta soledad; me aburra como una ostra, como dice nuestro noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fu viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las mismas desventuras y las mismas alegras que en la ciudad ms populosa. Es cuestin de saber ver, de fijarse, de poner inters en cuanto nos rodea. El espectculo del mundo, ms que en el mundo mismo, est en los ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en Los Carpinchos y en el teatro Coln. Visto un len, estn vistos todos los leones; vista una oveja, estn vistas todas las ovejas; y vista una persona, casi estn vistas todas las personas. Qu bien diras t todo esto que yo no acierto a expresar sino en trminos de una humilde pastora! Aqu hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones, vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades. Tenemos dos puesteros que andan detrs de la cocinera; uno de ellos es ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, vuelta a vuelta est en la pulpera, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere a ste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de veras. Y es intil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero ste est entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin, como en las ciudades; slo cambian los trajes; en lugar de frac, chirip; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un pauelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavos, los instintos son los mismos y los corazones arden igual. Por lo dems, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que son de lo ms ponedoras; tengo tambin una pollada de patitos, que no te puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay inmediata a la estancia. Los das claros me entretengo en contemplar los reflejos del sol en sus plumas azules. Estn lindsimos los patitos. Tengo tambin una pareja de cisnes, a los cuales slo les falta el esquife de Lohengrin. Qu fastuosos y qu infatuados son estos cisnes! Nadan entre los patos con el aire de dos seores feudales entre una plebeya y vil democracia. Doy tambin grandes paseos por el campo. Y me quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pjaro, tan elegante, tan seoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas tan planchadas, pulcro, coquetn, peripuesto, andando despacito por la pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro, acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada. Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los smbolos de una condecoracin. Lstima que toda esta gracia y toda esta elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmnico, estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una delicadeza encantadoras. Nunca deba levantarse del suelo ni abrir el pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan. Despus, en casa, leo, toco el piano, tarareo la pera que se va a dar en el Coln, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Est fuerte, curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire, las lluvias, le da un bro y una fortaleza admirables. Me dice que es necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulacin, se meti a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Ro Negro, en las provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los Bancos. Y no quera vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantsticos que vendran de Inglaterra, de Francia, de no s dnde, para hacer ferrocarriles y obras de riego y qu s yo cuntas cosas ms. Yo, que estoy por lo positivo, le deca: Vende, Ricardo, vende. Slo pude lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en Pars y en los balnearios, sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso--ya conoces a Ricardo--me hizo comprar no s cuntos trajes; me regal un montn de alhajas, dos automviles, la mar!, como dicen los espaoles. Cuando volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que haba comprado no valan nada. Llovieron los vencimientos, los pagars, las letras. Qu apuros! Ricardo no dorma; tena los nervios como una prima de violn. Todos los das metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, l, que es tan altivo y tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos seores gerentes, que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle as, tan triste y tan abatido, le dije: Bueno, Ricardn mo, a liquidar; prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y felices. Total: vendi todas las tierras, casi media Rusia, por la quinta parte de lo que haban costado. Y como no alcanzaba para pagar, tuvo que vender tambin dos estancias de las tres que tenamos. Nos quedamos con la ma, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan delicado que prefiri vender las suyas, sabiendo que yo tena mucho cario al campo donde haba nacido mi padre. Gracias al remoto vasco Arregui nos hemos salvado. Dios le tenga en la gloria! Pero, qu temporal, querida Marianela, qu temporal hemos corrido!... Una vez liquidadas todas las deudas, nos qued, como te digo, la estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo: T te atreves a enterrarte unos cuantos aos en Los Carpinchos?--Yo me entierro contigo en el fin del mundo--le respond. Gran abrazo. Los abrazos en la desgracia saben mejor an que en la felicidad. Levantamos la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes, a los lacayos, a los chauffeurs, una punta de vagos que puestos en fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a Los Carpinchos, a trabajar, hijita, como unos gringos recin llegados. Con la platita que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice Ricardo que pronto se harn cinco o seis mil. Tambin tenemos muchas ovejas. A la vuelta de pocos aos--me dice Ricardo--nos podremos farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de trescientos mil pesos de renta.--No, Ricardo, no por Dios!--le digo,--porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenas que ir a ver a los seores gerentes, que Dios confunda. No tienes idea de cmo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; an relucen las estrellas. Muchos das no vuelve hasta la noche; almuerza en cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras veces de barro, sucio de sarnfugos, de baar ovejas, hecho un gauchote, un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene hacia m. Yo grito: Sal de ah, adorado sarnifuguero! Se baa, se fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a cenar. Mientras cenamos me hace la crnica social de todos los ranchos, que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es la misma, como te he dicho; slo cambian el medio, las formas y los trajes. La humanidad es una misma edicin; slo varan las cubiertas; unos cuantos ejemplares de lujo y los dems a la rstica; pero el contenido es igual. Luego toco un poco el piano. Y aqu viene una escena que quiero contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero muy desafinada, porque carece de buen odo para la msica. Pues bien: muchas noches me hace tocar la pira del Trovador y se pone a dar unos gritos formidables. Pero en lugar de cantar madre infelice, etc., hace esta reforma: No debo nada, Ya soy feliz Con Rosala... Y al decir Rosala da un do de pecho estupendo que deja tamaito a Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es magnfico, y lo que hay dentro del pecho, el corazn, supera a toda magnificencia. Al gritar Rosala parece que se le dilatan los pulmones. Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me ro como una loca; pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo ms hondo del mo. Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? Es el colmo, hijita! Su energa pulmonar, sin entonacin musical, como un grito primitivo, me produce una embriaguez y una emocin superior a todos los poemas. Todas las galanteras y todas las finuras que me dijo de novio en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo. Quiz me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta tenemos pera en Los Carpinchos. Y es un canto apasionado, oh! apasionadsimo... Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. Te aburres, Rosala; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires. Quieres que nos vayamos por unos das?--No me aburro--le digo;--no hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra todo el mundo. Yo s que l no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y ocupar la misma posicin. Y aunque algunas veces--la verdad--se apodera de m cierta melancola, la venzo al instante y me muestro alegre, satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en m un firme apoyo y un fuerte estmulo para realizar su ideal. Despus de todo, lo hace por m ms que por l. Adems, en los disparates hechos, la culpa fu ma tanto como suya, quiz ms ma. As, pues, quietos aqu, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira... Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile que di el Intendente. Me escribi Matilde, dicindome que Adela me iba a mandar invitacin y que no faltara. Vacil; pero, al fin, resolv quedarme. Y ahora me alegro, pues segn me dicen las de Arnedillo en una larga carta, el baile fu un fiasco completo, aunque parece que hubo mucha gente. Adems, el ambig estuvo servido de una manera deplorable. Figrate que el Presidente de la Repblica tuvo que ir al mostrador para poder tomar una copa de champaa. Si nada menos que el Presidente tuvo que andar as, cmo andaran los dems? Es verdad que, como don Victorino est por caer, ya nadie le har caso. El mundo, sobre todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son ms piadosos y tiernos con el rbol cado. Un Presidente, cuando est por caer, ya no est sobre nadie, y depende de todos. Pobre don Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza, rebullndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al fin, lleg hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido llegar a todas partes. A m me es muy simptico. Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te enva un saludo y yo mi mejor abrazo.--=Rosala=. Slo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosala por lanzar su carta a los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeo chismorreo final, la carta encierra una enseanza y revela las mejores virtudes que pueden adornar a una mujer. EL ARTE DE ESTAR ENFERMA Seora Rosala Arregui del Moral de Prez y Cmpora. Los Carpinchos. Mi buena y queridsima amiga: debo comenzar por pedirte dos veces perdn: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad tu sabrosa carta desde Los Carpinchos, contando con singular donaire expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente conformidad, el bro emprendedor de Ricardo en la estancia y sus esperanzas y las tuyas en un prximo y brillante porvenir. El segundo perdn que te pido es por no haberte contestado antes. He estado enferma, como habrs visto en las crnicas sociales de los diarios, donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de mi dolencia. Hemos sido muchas las personas importantes que hemos sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dnde ha tenido la culpa la atmsfera y hasta qu extremo han podido influir las crnicas sociales. Lo mo ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qu consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por dolernos con ella todo el cuerpo, lo ms acertado ser suponer que consiste en todo el cuerpo. La pesqu al salir del Coln, despus de escuchar las locuras lricas de Luca, un aria cuyo inters principal reside en sujetar la locura a pentgrama, ritmo y comps, cuando la verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay locura. Pero a los msicos no les basta la razn para hacer arte, y de ah que recurran a pasiones extravasadas, herosmos mximos, deliquios, amores quimricos, freneses, xtasis, arrobamientos, divinos estados de nimo, para luego ordenar en el pentgrama todos estos delirios. Ordenar y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los msicos, donde toda confusin tiene su natural asiento. Pero, en realidad los msicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentgrama, sujetan a razn su melografa delirante; de donde se desprende que la razn, aun tratndose de locuras melodiosas, es y ser siempre, antes que la msica, el arte de las artes, la facultad soberana del humano espritu. Por lo dems, la msica expresa sentimientos divinos, si bien tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revs de los ngeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra al cielo perdieron, en su purificacin absoluta, el uso de la palabra, con la que tanto se peca en la vida. Como te iba diciendo, hizo presa en m la influenza al salir del teatro. Haca un fro terrible, siberiano. Jorge--ya sabes lo carioso que es y cunto se preocupa por mi salud--me advirti que me abrigara bien. No hice el caso que deba. Y en el trayecto de la puerta del teatro al automvil, una corriente de aire me dej transida. Ya sabes que no abuso del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atencin cubrindose ms de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos, chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fu un ronquido de agona. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte das de cama. Se encarg de mi asistencia el doctor Gmez Pulido. Ya le conoces. Es un mdico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo, supongo que ha de tenerlo tambin para la ciencia. Yo no creo que los galenos toscos y speros sean mejores que los finos de porte y de palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos que el estudio y las preocupaciones cientficas les han impedido adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la farsa fina, discreta, corts, delicada. Pulido es en este sentido lo ms pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los otros, lo hace siempre con cortesa. Varias seoras nos hemos empeado en convertirle en el mdico de moda. A m me lo han recomendado mucho las de Zubizarrendo, las de Martnez Torrebaja, las de Prez Campanilla y, sobre todo, la viuda de Esquiln, que ya sabes el empeo que pone en todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que acabar por ser el mdico de cabecera de todas las familias conocidas. La de Esquiln, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que cualquier almanaque. A m me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retrica cientfica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en tal sentido da gusto oir a Pulido. Est al cabo de todas las palabras nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusin de sangre. Pulido, en su vasta sabidura, conoce estas yerbas antiguas y todas las palabras modernas de las Facultades de Berln, Pars y Estocolmo. No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana estuve muy malita. Y me entr una tristeza! Me pareci que se haba suspendido todo en m, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas, todo, todo, quedndome slo una puerilidad infantil o una chochez repentina: no s explicarlo... algo as como si estuviera hueca y no quedara de mi cuerpo ms que el molde externo. Parece que delir algunos das, (sin pentgrama). Segn me dice Jorge, te nombr varias veces: Rosala! Rosala! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente. Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que ms pavor me causa es oir razonar a la locura. Felizmente no profer disparates desatados ni formul razones sorprendentes; slo hubo tonteras, con lo cual me tranquilizo pensando que apenas sal de mi estado normal. No te ras maliciosamente, pues yo, como casi todo el mundo--salvo unos cuantos seres elegidos--representamos la normalidad, traducida en la infinita extensin de la tontera en la tierra. Al entrar en la convalecencia pas horas de profunda melancola. Una tarde lea un librito de un mstico flamenco, pequeo por su tamao, grande por su contenido. En una de sus pginas tropezaron mis ojos con estas lneas: La enfermedad es como citacin y ltimo emplazamiento que Dios hace a fin de que entremos en razn con El. Una como ola de religiosidad gan mi espritu, abatiendo en l cuanto existe de frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dndole un sentido abismtico, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha mucho el entendimiento. Llor... Por fortuna aquello pas pronto. A medida que fu adquiriendo fuerzas, desapareci, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era ms que cobarda ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema de los problemas, el nico problema verdadero, pues todos los dems quedan resueltos con la exhalacin del ltimo hlito. Toda enfermedad apaga el valor y enciende el espritu. Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quiz no las entiende bien nadie. La palabra slo sirve para expresar cosas vulgares; pero la humanidad est tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos sucede. Yo no entiendo estas palabras: eternidad, infinito, vida, muerte. Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin entendernos, y esto es precisamente lo ms entretenido de la vida. Y as vamos, apaciblemente, acercndonos a un fin desapacible. Todo esto me lo sugiri la lectura del mstico flamenco, al cual deb, durante algunas horas, un verdadero estado de gracia. Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo ms dengue y melindrosa. La tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su dolencia. Mi enfermedad era la cosa ms importante que haba existido en el mundo. A Jorge le he mareado, afirmndole a cada momento que he estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si llor cuando estaba tan mal; l dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor de no demostrarlo; pero yo s, por las sirvientas, que andaba gimoteando por los rincones. Tambin le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si yo llego a morirme. Su respuesta fu muda, pero elocuente. Nada espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte, pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cmo una pequea enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera inmortal se vulgarizara de una manera deplorable. Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado an del interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna. Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro da. Entretanto, hago votos por el crecimiento de vuestros rebaos, porque tus cisnes sigan tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas. Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y t recibe mi ms estrecho y apretado abrazo.--=Marianela=. LAS INQUIETUDES DE PETRONA Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos t y charlamos mucho, mejor dicho, charl Petrona, porque yo apenas hice ms que oirla. Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa suegra. Si las virtudes domsticas merecen la canonizacin, Petrona es digna de un sitio preferente en el santoral. La economa privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la economa pblica del Estado. Petrona est casada con un hombre de notorio talento, muy bueno adems, que ha sido dos o tres veces ministro en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que, entre nosotros, supone aptitudes para todo gnero de funciones. Y as el marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instruccin Pblica. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la ganadera. Hace tiempo escribi una memoria--resumen de otras varias escritas en otros pases--sobre cultivos donde no llueve, deducindose del luminoso estudio que es mejor sembrar donde las lluvias son regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele tambin, de tarde en tarde, escribir algunos artculos en los grandes diarios acerca del porvenir de la ganadera, nuestra industria madre. Estos artculos, por lo que toca a si existe o no aumento en el nmero de cabezas, estn inspirados por un prudentsimo sentido dubitativo. La cabeza racional del ex ministro no aventura nunca afirmacin alguna sobre las cabezas irracionales, mientras la razonadora estadstica no las haya contado de una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen la gallina de los huevos de oro. Este extracto que hago aqu de las fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no poda estar en mejores manos el tesoro agrario del pas. Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un ministerio; Petronila, con un secretario de legacin; y Mara Ins, con un ingeniero burcrata que nunca vivi en carpa, lo que no le impide discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo. Descripta la familia, fcilmente se explican las inquietudes de mi amiga Petrona en este histrico momento poltico. Tiembla por todo y por todos. Est alarmadsima ante la idea de que el nuevo gobierno considere inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado; declare disponible al diplomtico; y, por ltimo, haga salir de la oficina al ingeniero, envindole a ejecutar obras y realizar mensuras y planimetras en los desiertos. --Pero qu va a pasar aqu, Marianela? T no sabes nada? --Nada. --Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. Qu cosa! no? Es una cosa tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en s mismo, sin vrsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distincin honorfica, es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos para hacerles partcipes de su ntima satisfaccin. --Es verdad Petrona: la satisfaccin es la nica cosa que aumenta dando participacin; todas las dems cosas disminuyen repartindolas. --Cuando a m me nombraron presidenta de las Hermanas de Santa Catalina no pude parar un momento en casa. En seguida vine a contrtelo. Y de aqu me fu a casa de otras amigas con el mismo fin. Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil manifestaciones con que los dems celebran nuestro triunfo. --Cres que lo celebran? --Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y ello es siempre halagador para nuestros odos. Por mi parte--qu quieres, Marianela de mi alma!--no me explico ese silencio, ni esa reclusin, sin dejarse ver de nadie. --Y qu te importa? --Pero cmo no ha de importarme! En primer trmino, ya sabes que Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el elemento poltico. Nadie puede decir nada de l. Y mira que pudo hacer cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, sali con una mano atrs y otra adelante. Y adems de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan ms que l. Todo el mundo le seala para Agricultura. Sabe todo lo que se puede hacer con la tierra. --Excepto adquirirla.... --Cierto, hijita, excepto adquirirla. Ah! Si me hubiera hecho caso a m! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo seala a Eleuterio como ministro de Agricultura. Tambin t lo habrs odo decir. --Cmo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los rumores se forman as, hablando y oyendo todo el mundo simultneamente. --Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy politiquera--la mujer en su casita--; pero, claro, he tratado de explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada, porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible esta duda. Eleuterio est sereno; espera tranquilo. Ya conoces la gravedad de su carcter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas colonizadores. Est lo ms preocupado por la falta de buques para trasportar la prxima cosecha. Tambin le preocupa mucho el maz. Dice que el maz se lo deben comer los chanchos de aqu y no los chanchos de Europa. Qu ms dar? --No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar carne que maz. --Ah!... --El chancho valoriza el maz comindoselo. --Pero si se lo come, ya no hay maz. --Pero queda el chancho. --Es verdad. Que tonta soy! --Se trata de una mquina viva de trasformacin. Pero abandonemos este punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue... --Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y ms rumores, y al fin... nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendr en cuenta. Entonces estbamos de novios, y no te puedes imaginar cmo me conmov cuando vino desde el cantn a verme, en un ratito de armisticio. Luego, al volverse al cantn, qu escena! Yo no le dejaba; llor, supliqu. Pero l, con esa gravedad tan suya, me dijo: Primero est el deber, Petrona. Siempre ha sido lo ms esclavo del deber. Y se fu. Sufr un sncope, y, cuando se me pas, la figura de mi novio se me agigant en el espritu con proporciones napolenicas. --El amor es un cristal de aumento. --Luego Eleuterio abandon el partido. Figrate; veinticinco aos de abstencin. Quin est tantos aos abstenido? Adems, no tena derecho Eleuterio de privar al pas del concurso de su talento. Es lo que le dijo el general Roca y le repiti el doctor Pellegrini. El pas necesita de usted--le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tena el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha sido constante en sus principios, acept, por patriotismo. Pero l es siempre el mismo hombre de acero. --El can y el florete se componen de igual materia; y aunque el florete se doble y el can no, ambos son de acero. Sigue, Petrona... --Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre poltico es su origen, lo que fu primero, no lo que fu despus. Lo primero es lo primero. Y l fu revolucionario, contribuyendo con su sangre... --Creo que exageras, Petrona. --Bueno; si no fu con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer herido, contribuy con sus tiros al xito de ahora. Y esto, unido a su talento y a lo mucho que sabe, son ttulos suficientes para... en fin, hija, por algo le seala todo el mundo para Agricultura. --Todo el mundo tiene siempre razn, Petrona. --Es lo que digo yo. --Y todo el mundo... --Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que ms me alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle... --T cres?... --Y cmo no?... --No estn seguros?... --Qu esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo. Figrate! Qu va a ser de las muchachas? --No tienen posicin tus yernos? --Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada ms. El de Margarita, el que est en el ministerio, est muy considerado; pero... vete t a saber lo que pasar! Parece que ms bien ha sido demcrata. Ya se lo deca yo todos los das: Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se queda no ms en el ltimo recodo. El de Petronila est con ella all, en Europa, en una legacin. Si le declaran disponible, se tendrn que venir no ms. Y cmo ponen casa? Con qu? Adems. Petronila est ya acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones. Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano, despus de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! Tan luego ella!... que es de lo ms aristcrata y no habla ms que de gente copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo ms amiga de la infanta Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aqu, a fin de que trasladen a su marido a Espaa. S, s... adonde me parece que le van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de Mara Ins, la del ingeniero, no te digo nada. Si envan a su marido al Chaco o a Misiones, Inesita se muere. Cmo se separa de l? Ni pensarlo! Y cmo va ella al desierto? Qu esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis yernos son buenos y las muchachas lo mismo--ya sabes lo bien que las he educado--pues, claro, nunca faltarn desavenencias, disgustillos, incompatibilidades de carcter; porque, naturalmente, donde hay tanta gente, cmo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no s qu hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como puedan, ayudndolos, eso s, cmo no va una a ayudar a sus hijos? con algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos muy boyantes; pues Eleuterio se meti los otros aos, cuando el barullo de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca abajo, como l es as, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado medio en la calle. Yo le deca que hiciera como los dems; pero qu esperanza! Siempre me responda lo mismo: Ante todo el deber, Petrona. Claro que el deber es el deber; pero tambin quedarse medio fundidos cuando los dems, hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse, aunque haya que clavar a medio mundo... --No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar. --Hijita, no s cmo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, s, se arreglara todo; porque estando l en el gobierno nadie se atrevera a mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de saber nada. Qu cosa! no? Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es as; no da un paso; no hace ninguna gestin; espera tranquilo. Cuando yo le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. Pero si todo el mundo lo dice, agrego yo. Y l responde: En nuestro pas, todo el mundo es el Presidente. Y no dice ms. Se encierra y se pone a leer unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maz, ovejas, vacas y caballos, arados y mquinas. Bueno, Marianela, me voy. Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir. --Todo se arreglar--repito, por va de consuelo. --Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte. PEQUEA DEFENSA DE LA MURMURACION Toda la humanidad condena la murmuracin y toda la humanidad la ejerce con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vi libre de la murmuracin de los dems. En esto somos todos, simultneamente, victimarios y vctimas, roedores y rodos. La condicin murmuradora debe tener races muy hondas en el espritu humano cuando ha resistido la crtica de los filsofos y moralistas de todos los siglos y sigue resistiendo con toda lozana la condenacin general. La murmuracin es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos, y la vida sin murmuracin sera aburridsima y tediosa. Quedamos, pues, en que es agradable murmurar. Ahora bien: es conveniente? Yo creo que s. No se escandalicen mis lectoras. La murmuracin (no confundirla con la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crtica leve ejercida en tertulia sobre el carcter, gustos, aficiones y manera de conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuracin influye poderosamente en nuestro espritu para corregirnos de muchas ridiculeces y tonteras, de muchas vanidades, de muchos pequeos defectos. Ella es un freno para dominar los impulsos de nuestro carcter, para medir nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer armnicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuracin se debe casi todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social. La misma moda le debe su armona; todo el mundo teme exagerar, ajustando su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuracin, y los impulsos individuales harn imposible la vida de relacin. La murmuracin nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfeccin ntima que vamos alcanzando lo debemos, ms que a nuestro propio esfuerzo, a la crtica de los dems, a la murmuracin. Su mismo carcter discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea ms eficaz. Una crtica franca, clara, en voz alta, nos exaltara, inducindonos a la rebelda, ms que a corregirnos. A pesar de su ndole cautelosa, la murmuracin corre mucho. Don Quijote dice que la murmuracin en voz baja tiene un alcance mucho ms prodigioso que la bocina de Rolando, que se oa desde Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuracin, sin duda por ser el nico Caballero perfecto que ha existido en la tierra y no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fu objeto en vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho an de su santa memoria. La justicia de la murmuracin salta a la vista, teniendo en cuenta que ella, por abundante que sea, es siempre inferior al nmero de nuestros defectos. Con tener la murmuracin ojos de lince, nunca los ve todos. De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su abolicin, debemos fomentarla. Se murmura poco todava... El otro da, hallndome en una fiesta social, me refera un amigo erudito esta frase de Pascal: Si los hombres supieran lo que dicen unos de otros, no habra cuatro amigos en el mundo. No habr muchos ms. Mi amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no saben que todos murmuran de todos. Metastasio era ms profundo que Pascal en cuanto atae a la psicologa del murmurador. En su Clemencia Tito, dice lo siguiente: Si le mueve la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si slo son sus mpetus de malicia, le perdono. He ah una sabia posicin contra los murmuradores. Pero y si la murmuracin es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado tiende a creer que es injusta, suponindola muy justa cuando l se convierte, a su vez, en murmurador. La civilizacin tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde las leyes escritas hasta las prcticas sociales. Al temor a la murmuracin debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfeccin de nuestra conducta. El ejercicio de la murmuracin tiene sus dificultades: hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hbil de expresin. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los dems, se crucifica a s mismo. Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Adems, no hay tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuracin general, como hemos demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crtica esttica dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo rumor murmurador. Dios lo hizo en seis das y lo entreg a la murmuracin de sus hijos por los siglos inacabables. LOS SECRETOS El abate Delille, traductor de las Gergicas y autor de Los jardines y de un ditirambo para la fiesta del Sr Supremo, en los turbulentos das de la Revolucin Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un da quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entr en 1774, leyendo unos versos de carcter virgiliano. El buen abate deseaba mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero le costaba mucho contenerse. La vspera de la recitacin encontrse con un amigo y le expres as sus temores sobre su pequeo y potico secreto: Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decrselo a todo el mundo. En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille est encerrado el secreto de la propagacin de los secretos. Por qu nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas psicolgicas que nos impulsan a la revelacin. La primera de todas estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual slo nos libramos soltndola en otros odos. La misma razn que tuvo quien nos trasmiti el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. Se lo digo a usted en secreto. Esta frase tan generalizada es una verdadera paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra conciencia. En realidad, un secreto es un pequeo martirio, un pequeo cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante inquietud del espritu. En medio de la multiplicacin de nuestras ideas, de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros quehaceres, de nuestras tristezas y alegras, el secreto est clavado en nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza, esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos de este estorbo. Y ello no se logra ms que con el olvido. Ahora bien: para olvidar una cosa, el nico medio eficaz es comunicarla. As, pues, los secretos van corriendo de boca en odo por la necesidad psicolgica de olvidarlos. La reserva, la incomunicacin, hace que el secreto acabe por convertirse en idea fija, en obsesin, en mana. Los mismos criminales prefieren la crcel y la horca al peso de su secreto. De ah que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su mujer; pasan muchos aos; nadie sospecha que haya cometido tal delito. Un da el propio marido seala a la polica el muro donde se halla el esqueleto de su cnyuge. El hombre no poda aguantar por ms tiempo su propio secreto. La variedad de los secretos es infinita. Y los que ms cuesta guardar son aquellos de carcter pintoresco, aquellos cuya revelacin sabemos que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los dems implica cierto altrusmo que disculpa la divulgacin. El prurito de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos tambin reservadamente, y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ah otro motivo justificado para la revelacin. Siempre, en fin, hallamos una causa aprobatoria de nuestra indiscrecin. Pero, en realidad, el verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espritu, acabando por sernos insoportable su peso. La comunicacin, aunque sea a una sola persona, con las reservas del caso, nos liberta de esa especie de tirana que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la noticia, parece que nuestro espritu y nuestra memoria se aligerasen, como si se levantara la piedra que obstrua el aleteo de nuestra vida interior. Respiramos... Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo. Aqu el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto, conservando lo fundamental, le aadimos el cmulo de nuevos detalles que nos sugiere la fantasa. Y as, de trasmisor en trasmisor, de cuentero en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como dice Galds, la destilacin del rumor de los siglos, todo es discutible. Cada historiador, con unas cuantas verdades--si acaso las halla--arma su cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastsimo problema por la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexin; pero mi marido, que gusta leer a los filsofos, dice que hay uno--no recuerda cul--que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la historia moderna. Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicar. Un secreto, un verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteracin radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Ms claro: los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los reveladores. De manera, pues, que cuanto ms se divulga un secreto mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto ms se propala ms se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba de agregados embusteros. Y as, en suma, el mayor secreto es el secreto a voces. Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al trasmitir la ms insignificante noticia exigen reserva. Proceden as por miedo. Son seres pusilnimes que temen verse comprometidos a cada instante. La recomendacin de guardar reserva tiene siempre por origen la cobarda. Pero es verdaderamente curioso que los espritus timoratos y dbiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto. Parece natural que el temor a comprometerse deba hacerlos ms reservados. La psicologa humana es tan complicada, que ocurre justamente lo contrario. Un espritu fuerte, resuelto, exento de temores, guarda mejor un secreto que un espritu pusilnime y medroso. Me han sugerido estas pequeas disquisiciones sobre la psicologa de los secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosala y Petrona. Recordarn mis lectoras la carta de Rosala desde Los Carpinchos, contndome su vida y milagros. Yo la publiqu en estas columnas, porque todo cuanto me deca mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Segn me dice Rosala, le han escrito muchas amigas felicitndola por su buena conformidad en su reclusin voluntaria en la estancia, ayudando a su marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna, perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosala que deb eliminar de la publicacin algunos detalles ntimos de su carta; pero yo los dej intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al relato. Rosala, en resumen, est conforme con que yo haya revelado el secreto de su vida. En cambio, Petrona est enojadsima por haber publicado su conversacin conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La poltica no da ms que disgustos... cuando se cultiva desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el prximo gobierno. Me parece que Petrona est un poco ofuscada. Yo creo que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca este deseo quien ha de nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya no lo es para nadie. Todo el mundo, segn mi ex amiga Petrona, desea que su marido sea ministro. Pero todo el mundo no saba si don Eleuterio estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto, llevando a conocimiento del pas lo que necesitaba saber con toda urgencia, esto es: que don Eleuterio est dispuesto a consagrar sus luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadera, puntales de la economa pblica. Por otra parte mi patriotismo me obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre tambin de mucho secreto, perdiera el pas la colaboracin de un estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colrica carta, he sido prudente y he obrado con suma discrecin, velando por los intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes. Adems, en poltica no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo el mundo habra concludo por saber, o por sospechar, al menos, que don Eleuterio est dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho ms que ahorrar trmites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de Petrona aceptar la cartera de Agricultura. La misin esencial del periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su slida organizacin. Y nada ms slido que don Eleuterio. El resto de mis revelaciones careca de importancia. Me limitaba a decir que, segn Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que, alterado el hecho de revelacin en revelacin, todo el mundo vuelve a no saber nada. Estoy afligida. La poltica me ha hecho perder una excelente amiga. Maldigo de la poltica, y juro que nunca he de volver a meterme en ella. LA DESVENTURA DE LUISA Mi amiga Luisa est desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme sus cuitas, rompi en llanto. Su gran desconsuelo no est en relacin con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fciles lgrimas, y no menos fcil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas las emociones. Se cas hace un ao con Daniel; una boda por amor, muy a gusto, adems, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra haut. El noviazgo fu un idilio ante el cual palidecen los deliquios de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un instante. Un escritor francs, un poco irnico siempre que habla de amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar juntos consiste en que siempre estn hablando de s mismos. Luisa y Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su adhesin espiritual superaba cuanto ha imaginado el ms excelso poeta lrico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lgrimas de Luisa. --Ay, Marianela, qu desgraciada soy! --Tanto, tanto? --Mucho, mucho! --Pues qu te pasa? --Que Daniel me abandona. --Cmo! Qu dices? --S, me abandona. Ya no soy para l lo que antes era. As son los hombres!... --Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y los amamos en particular. Este es nuestro error principal; error al cual se debe nada menos que la vida del universo. --Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofas. Lo que te digo es que yo soy muy desgraciada. --Por qu? --Porque me abandona... no te lo he dicho? no lo has odo? Me abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la maana; de da casi todos los das. Y las noches que se queda en casa--muy pocas--yo s por qu se queda. Ah, le conozco! Pero casi siempre se marcha. --Y a dnde va? --Dice que al Jockey; pero quin sabe a dnde ir! Y esto es lo que me mortifica y me desespera. --Pero t no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey? Para cundo est el telfono? El telfono es el mejor fiscal de los maridos distrados en devaneos. --S, ya pregunto; y, realmente, siempre est all. En cuanto llamo, viene l mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonteras--porque, eso s, es de lo ms galante--pero, hijita, se queda all. --Entonces, tus celos... --Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey est antes que yo, que se hubiera casado con el Jockey! No te parece? --No, no me parece. Es ms: yo creo que si no fuera al Jockey, t no le querras tanto. Un marido un poquitn calavera--un poquito nada ms eh?--es ms seductor, tiene ms sal. La absoluta santidad masculina no suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los santos--suponiendo que los haya--no estn bien ms que en el cielo. Aqu, en la tierra, los calaveras--claro, con medida--son ms amados que los ngeles. Un ngel terrestre est un poco fuera de su sitio. Luisita, inundados sus ojos de lgrimas, se re al mismo tiempo, y traduce as mis argumentos: --Bueno; yo no querra que mi marido fuera un zonzo... --No he dicho zonzo; he dicho ngel. --S, s, ya te comprendo, y t tambin a m. Las noches que se queda en casa, vieras, hijita, qu alegra! Pero se queda tan pocas!... --Si se quedara muchas, la alegra sera menor. Si estuviera siempre a tu lado, quiz te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu desazn y vers que no hay motivo para que sea tan grande. --La verdad es que l es galante, carioso, esplndido. Mira qu collar me regal el da de mi santo. Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. Pero Daniel no es bueno--agrega--porque me abandona. --Magnfico collar!--exclamo.--La mayor parte de los hombres son ms capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una gran accin. Contntate. Luisita, con tener un marido que, si no hace buenas acciones yndose al Jockey todas las noches, hace grandes acciones regalndote collares como ste. Es posible que ambas acciones sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no quiero meterme. --Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero ms regalos que l mismo, su presencia, su compaa, que es para m el mayor regalo. Pero se va se va todas las noches y me deja sola! Y es que ya no le intereso! --No, Luisita, no. Cmo no has de interesarle! --O le interesa ms el Jockey. --Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compaa y el trato de los amigos. Quiz distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya mejor tiene que ser obra tuya. --Y cmo? --Disputndoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hpico. Te enojas mucho cuando llega tarde? --Y cmo no he de enojarme? --Mal hecho. Es cuando debes ser ms amable, ms cariosa. La primera y ms importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay ms duro que una piedra; nada hay ms blando que una gota de agua; pues bien: la gota de agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razn para ello, sino gota de agua, y acabars por vencer. Nada de ira, nada de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no retiene: ahuyenta. Cuanto ms tarde llegue Daniel, ms tierna y ms solcita debes ser con l. No hay mejor apoyo para la mujer que la propia blandura de su corazn. Esto, que parece nuestra debilidad, es nuestra fuerza. Un da Daniel reconocer que obra mal: le remorder la conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancar del Jockey Club. Cultiva adems tu espritu y tu ingenio con buenas lecturas, de modo que tu conversacin sea ms vivaz y entretenida que la de sus amigos del Jockey, cosa que no te ser muy difcil con poco empeo que en ello pongas. El arte de la vida es hacer de la vida una obra de arte. Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo, en buena parte, la formacin de mi pobre espritu. Por lo dems, Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En l, cada uno quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el amor y el matrimonio la ms espiritual combinacin de egosmos, la excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el otro, en virtud de la fusin de las almas; de manera que tanto siente la esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo de esta condicin del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta que los egosmos se convierten en recproca generosidad. Cuando se quiere mucho se transige mucho. --Ay, hijita, le quiero!... t no sabes cmo le quiero! Y con todo transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no transijo, no transijo y no transijo! --Est bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la intransigencia, tiene sus mtodos. Se puede ser intransigente con bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas agria, dscola, violenta. La clera es el peor de los mtodos. --Cuando llega estoy lo ms enfadada. Pero slo con verle se me pasa el enojo. Su presencia es para m lo que para los pjaros la aurora. Luego, ya sabes cmo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a embromarme y... bueno, al ratito no ms, ya me estoy riendo como una loca. No tengo carcter y, claro, hace lo que quiere. --Tienes que disputrselo al Jockey. --S, s; pero, cmo? cmo? El otro da, no sabiendo ya qu hacer, me fu al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club. --Y se lo dijiste luego a l? --S. Y sabes lo que me contest? Que otro da le pida a la vez que gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y con el cual suea a todas horas. Ay, Marianela, yo no s qu va a ser de m! Ese Jockey!... Ojal se hunda! Ojal se quiebren las patas todos los caballos de carreras!... Con estas maldiciones hpicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita, que tiene fciles las lgrimas y no menos fcil tiene la risa. DESAVENENCIA TRASCENDENTAL Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad inalterable desde el da en que el amor nos uni con la bendicin del altar y la sancin de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas en que, si no censura, haba cierta extraeza por hablar yo de mi marido en estas crnicas superficiales, deleznables y pasajeras. Por qu la extraeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre lo extrao y lejano, sino sobre lo que est ms cerca, sobre cuanto nos rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo cristal para prolongar la vista deforma los objetos. As, pues, estoy convencida de hablar de mi corazn con ms acierto que sobre el corazn de los dems, y tengo tambin la evidencia de que comprendo y expongo mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que est sucediendo en los dilatados mbitos del universo. Creo adems que, partiendo de lo particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que, procediendo a la inversa, quiz no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni lo general ni lo particular. Y en ltimo caso procedo as porque mi alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeas facultades de observacin no pasan del reducido mundo que me rodea, de mi casa, de mis amigas y del centro social en que--por dicha ma--me ha tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables comunicantes. Y vamos a nuestro asunto. Jorge, mi marido--lo dir una vez ms,--es un hombre adorable. Toda palabra humana es plida para revelar la intensidad de mi cario. Ante su presencia mi corazn es un altar encendido para adorar su bondad, su nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos disputado por primera vez, amablemente, eso s, pues no poda esperarse otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en desacuerdo, me inspira siempre la palabra corts y discreta de mi marido. La causa de la discusin fu nuestro hijo, Jorgito, un nio de cuatro aos, que es el doble eslabn de nuestra eslabonada vida, un eslabn de rulos rubios que nos da la sensacin de unir apretadamente nuestros corazones aqu, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y all, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia transitoria. Estbamos en los postres. El nio jugaba con una manzana, hacindola rodar, una vez en direccin hacia su padre, otra vez hacia m. La diversin del chico consista en engaarnos, amagando hacia m y dirigindola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejbamos engaar, resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi nio se re como deben reirse los ngeles cuando salen en el cielo las auroras. De pronto dijo mi marido: --Se va a parecer a m, en carcter y en todo. --No lo creo--respond. --No lo crees, o no lo quieres? --Ni lo creo ni lo quiero. --Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse. --No quiero decir eso. Yo creo que t eres un modelo; para m, al menos, lo eres; quiz para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingnita y de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazn. Pero los gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberracin en el gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son muy amados por mujeres inteligentes. La psicologa humana, la femenil sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman ms profundamente cuanto ms irregular es la conducta del marido. El martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfeccin les produce tedio. Slo hallan la felicidad por contraste con los disgustos. Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrolln en sus justificaciones, tiene para ellas una seduccin misteriosa. Son imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la educacin ni con ninguna pedagoga. Ya ves que para una de stas t no seras un modelo, aunque para m lo eres, que es lo principal. --No comprendo cmo, tenindome t por un modelo de hombre, no deseas que nuestro hijo se me parezca. En este momento Jorgito rompi a llorar, porque no hacamos caso del rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en mis rodillas, como de costumbre, despus de cenar. Levant sus ojitos hasta los mos, en una tiernsima mirada de despedida, precursora del sueo, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se qued dormido. Su pequeo corazn lata sobre el mo, fundidos ambos en ritmo de amor inefable. --Es ilusin de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres ejemplares, como t, que aquellos otros que carecen de estas virtudes. Pero esta ilusin sale siempre frustrada, tanto para aquellos que pudieran erigirse en ejemplo, como para los que estn muy lejos de ser modelos dignos de imitacin. La paternidad, como la maternidad, anhela, no slo la reproduccin de su imagen fsica, sino tambin de la espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace igual; la ms absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi ignorancia, no s dar una explicacin cientfica; posiblemente no habr ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros sabios, a simple vista no ms, podemos ver esta milagrosa variedad de los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos recursos una diferenciacin mayor. Ni con los siete colores del prisma, ni con las siete notas del pentgrama, en sus combinaciones innmeras, se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan asombrosa como la existente en las fisonomas humanas. En la misma manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la particularsima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del espritu que en el mbito azul las mueve. Jorge se re de este pequeo, emprico y trivial curso de historia natural. --Pero hablbamos--me dice--del orden moral. --Ocurre otro tanto. El espritu y la razn tienen tantos grados y diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros. --Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de un parecido moral. Por qu no quieres que se me parezca? --Porque quiero que sea original, nico. Yo deseo que sea bueno, tan bueno como t, pero con una bondad propia, con la suya. Porque as como hay muchas maneras de ser malo, hay tambin muchas de ser bueno. En todos los libritos de mstica, en todos los devocionarios, leers estas sencillas palabras: las vas del Seor son innmeras, queriendo expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos; que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por su propio esfuerzo, aunque, claro est, nosotros hemos de ayudarle; pero quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretacin personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su inteligencia con los destellos del genio, deseara igualmente que fuera la suya una genialidad nica, personal, sin parecido alguno con las dems lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para l el don de la mxima personalidad. --T no sabes que los seres muy originales no suelen ser los ms felices? --Yo creo que lo ms desdichado es no tener personalidad. --Ya que no quieres que se parezca a m, supongo que, en algo, desears que se parezca a t. --En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compaera la intensidad de amor que yo siento por t. Es algo difcil... --No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mo por t. --Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos. Vaya una suerte que espera a la futura!... Jorgito segua dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar. Su padre arregl el almohadn de la cuna. La cabecita de rulos rubios pareca una rosa dorada. Nos quedamos mirndole, mudos y conmovidos. --Despus de todo lo que hemos hablado--dijo Jorge--quin sabe la suerte que le espera en el mundo. --Ay, s, quin sabe, quin sabe! Que Dios te proteja, alma de mi alma!... LAS REINAS EN LA GUERRA En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continan en perfecta salud. Y esto es lo principal, como decan los cortesanos de Versalles en tiempos de Luis XIV. La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el ajedrez--que es el remedo ms perfecto de las batallas,--el desastre definitivo est en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden ms que alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus accidentes, tropiezos, errores tcticos y estratgicos, no est an perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se acab de una manera irremediable y definitiva. Despus del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las batallas humanas, poltico-militares, es muy grande, existe, sin embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo de unos muecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el rey y la reina se mueven con el mismo propsito: dar jaque-mate al otro reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre as en la vida. En una conflagracin de muchos tronos y de muchos pueblos, puede ocurrir--ocurre con frecuencia--que los deseos y simpatas del rey y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza, de educacin, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los monarcas tienen las mismas pasiones que los dems mortales, pequeo detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son inferiores a las ms comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clsico escritor francs, gran ironista, que es ms fcil estar por encima de los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su crculo palatino: polticos, militares, gentilhombres, azafatas, cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y los anhelos del rey. He aqu embarullada, confundida, anarquizada la partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabidura, alude en el Eclesiasts a estas desavenencias reales: Los pecados y errores de los prncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen pasar a manos extranjeras. (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes y la Biblia. Las personas de poca erudicin, como yo, hacemos siempre un pequeo baturrillo con lo poco que sabemos.) Todas las monarquas son de origen cosmopolita. Ningn rey, ninguna reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan solamente entre s, porque la ley prohibe el matrimonio morgantico, resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la reina. As, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de todos los colores. La pureza sangunea est mejor fijada en los caballos de carreras. El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos, ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los prncipes reinantes de cada pas derivan de los diversos tronos conflagrados. Y as, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las cuatro monarquas balknicas, en ese trgico tute de reyes, ha debido ocurrir algo de esto. La historia lo aclarar, si es que la historia aclara algo. Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores. Napolen, por ejemplo, el nico emperador por derecho propio, que pas los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montaas austracas y rusas, no hubiera podido pasar un tnel. Si entonces hubiesen existido tneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y Mara Luisa, le pusieron en su cabeza, genial y estratgica, se lo hubiera impedido. Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestin. En qu grado una reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el nimo del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta influencia se relaciona, en primer trmino, con el amor. Si el rey est muy enamorado, la reina har lo que quiera. Y reinando sobre el rey, la reina reinar sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de creacin, no suele ser, cuando est enamorado, ms que el esclavo de la mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha jugado un papel importantsimo, usurpando con frecuencia su lugar a la majestad de la lgica para llevar por el mundo el soplo de la locura. Los investigadores e intrpretes de la historia antigua y moderna deban atenerse siempre al popular aforismo francs: Cherchez la femme. La influencia de la reina puede estar basada tambin en que el rey sea tonto, cosa muy posible, pues la tontera es muy democrtica y se mete en cualquier cabeza, sin respetar jerarquas. Puede suceder asimismo que el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemndose las pestaas como cualquier simple mortal. Un rey ignorante es un asno con corona, segn siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es un trabajo plebeyo, y no est bien que los reyes desciendan a ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V mereca, por su sentencia, ser destronado. Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo infantil a quien siglos de experiencia tornan cada da ms nio. Intil me parece sealar ejemplos. Bastar decir que no pocos de los grandes sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cmaras reales. Y he aqu cmo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, las historias. Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede sta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias nacionales, cambiando as el curso de su historia y hacindole infeliz en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quiz no sea ms que un puro sueo abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren con ms frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas veces tienen la divina gracia del acierto humano. Slo quiero establecer que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro est, son muy distintas en trascendencia histrica. Estos inconvenientes de los reinados no tienen, segn mi pobre juicio poltico (ya sabis que yo no entiendo de estas cosas), ms que un remedio: suprimirlos. En tal sentido nuestra Amrica, tan atrasada, segn los europeos, ha resuelto el problema en toda su extensin continental. Segn Eleuterio, el marido de mi ex amiga Petrona, que es, como sabis, hombre muy grave y reflexivo, los pueblos europeos acabarn por adoptar las instituciones republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten con ms frecuencia, pero ser por propia iniciativa y gusto propio, y no por mandato del rey o por antojo de la reina. En los magnos sucesos histricos, la reina se diferencia del rey por su menor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. A la reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, en cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A la reina lo que ms le importa es el triunfo inmediato de sus ideas y deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir: la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quiz la mujer se halle en esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que an no han nacido. Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer que sean mejores ni ms sensatas las que aparezcan sobre la tierra en las futuras edades. La reina, ms instintiva siempre que el rey, tiene un juicio ms exacto de la posteridad. Resultar un poco extrao a mis habituales lectoras que yo trate esta materia de psicologa palatina. Debo sobre este punto una explicacin reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado en mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningn monarca ni a ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que en el primer tercio del siglo pasado empez a apoderarse de la tierra por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi pas y a su alta sociedad. El nombre y la opulencia--ms aun la opulencia--determinaron que fuese elegida de la comisin de damas para recibir y obsequiar, cuando el Centenario, a una altsima dama, nacida en alczar. Me hice muy amiga de ella, honrndome mucho con su intimidad. Y en nuestras conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto, de sus costumbres y hasta de sus secretos. As, pues, este pequeo ensayo sobre reyes y reinas est hecho con el auxilio de las reminiscencias de aquellas parlas interesantsimas... FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO El jueves ltimo d en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una pequea reunin en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Luca, hijas de mi hermana mayor. Invit a las amigas de las muchachas y a varios jvenes, pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo. La fiesta tena por objeto principal presentar a mis sobrinas en sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Luca son mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Luca, mi ahijada. Apenas cuentan 16 aos. A Estefana, mi hermana, le urga mucho esta presentacin. Yo la deca con frecuencia que me pareca pronto para lanzar a las nias al torbellino del mundo. Hcela sobre este punto algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos Aires, de presentar a las nias en sociedad cuando apenas han salido de la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espritu ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la sociedad. Claro est que la experiencia del mundo slo se adquiere andando en el mundo. Pero bueno es llegar a l con todas las cautelas que sugiere la razn formada; porque el mundo, al decir de un santo que tengo en gran devocin, es un pomposo bajel sobre procelosos mares. Al da siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad. Pero, para entrar en los procelosos mares a que alude el santo, no basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su cerebro pueril y la infantilidad de su espritu hacen que se hallen cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversacin, ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De ah que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan maquinalmente con esta insustancial muletilla: Ha visto? qu cosa! no? Qu cosa! no? ha visto?... Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa por lucir a sus hijas, acced al punto a sus deseos. No quera yo que ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las molestias y an las crticas a que da ocasin toda fiesta. Mi hermana deseaba que la presentacin tuviera lugar en mi casa, por haber en ella amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad portea. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos salones. Aunque la casa es ma exclusivamente, por haberla preferido en el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento comn, para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. As, pues, estaba descontado que la presentacin de Carmen y Luca tuviera lugar en mi casa. Mis reparos se referan solamente a su corta edad. Jorge, mi marido, concluy por acallar mis escrpulos. Tu hermana lo quiere; djala! Hazla el gusto. Qu te vas a meter t a reformar las costumbres! Mi marido dice que el mundo est dirigido por la insensatez y que es intil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy bien y sabe mucha filosofa, justifica su aserto con razones que por ser muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a m me parecen definitivas. Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad ms profunda. A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de muchachas presentadas en sociedad este mismo ao o el anterior. Muy lindas, muy elegantes todas ellas. Notbase que su principal preocupacin era su propio atavo. Poco despus llegaron los jvenes: Pedrito, Carlos, Ral, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles merecen prrafo aparte. Llegaban como recin salidos de la sastrera, planchados, engomados, prensados, rgidos, encorsetados! La raya del pantaln, perfecta, como hecha con tiralneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantaln, como si estuvieran puestos sobre un maniqu de madera. Usan el saco entallado, con vuelo de miriaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de colores muy vivos; azul-ail, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas, en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantaln remangado, y cuando estn en coro con las muchachas, los colores se confunden, no distinguindose los sexos. Entre todos forman un arco iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas. Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media maana con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias odorferas, propias de una odalisca, mucho cosmtico. El agua de lino apelmaza el cabello en forma compacta, convirtindolo en una pasta como de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetracin de toda idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un coco despus de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos jvenes, por dentro y por fuera. Dcenme que es muy elegante llevar as el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos los dos trminos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, nica cosa brillante en sus cerebros. Despus, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Estn poniendo perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan. Al poco rato se generalizaba la conversacin. Pedrito, uno de los jvenes, hablaba con una nia, refirindose a otra ausente. Comentaban un principio de relacin entre esta seorita, llamada Pilar, y un amigo de Pedrito, relacin que se haba cortado apenas iniciada. La nia pregunt a Pedrito: Y cmo va el apunte de Pilar y su amigo? --Forfey--repuso Pedrito. Como yo no entendiera, pregunt a mi marido lo que haba dicho. --Forfey--me dijo Jorge--es una palabra inglesa para significar que un caballo se ha retirado de la carrera. --Qu horror! Vaya una manera de hablar con las nias que tienen estos jvenes! En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada ltimamente. Mi sobrina Luca pregunt: --Estuvieron las de Garca Njera, Clotilde y Sofa? --No entraron en el marcador--respondi el joven Evaristo. Aludiendo al noviazgo fracasado de otra seorita, dijo Ral, uno de los ms frvolos de mis invitados: Esa carrera no se corre. Se habl luego de si Clotilde era o no era elegante. Es cache--dijo Enriquito, que entiende mucho de modas. Todos los fragmentos de conversacin que escuch eran parecidos. Los jvenes se expresaban por medio de vocablos hpicos para significar cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No logr oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra verdaderamente fina y elegante. La funcin parlante de los mozos era puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervencin del espritu ni del cerebro, cuya masa gris est tan apelmazada, compacta y oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra haut desconocen los deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un espritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesa. Para sus ojos mentales el mundo est vaco; no hay en l ms que unos cuantos caballos algeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su cabeza en un ciprs. No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo, de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta nada, poseen una necedad que est contentsima de s misma. El menor estudio les produce neuralgias, y as renuncian los pobrecitos a la adquisicin de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros, prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de pap, para derrocharlo en forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores an, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. Qu sern stos mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hbitos de trabajo, sin capacidad de adquisicin, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de otro gnero alguno, qu ser de stos viejecitos? Felizmente para ellos, pocos llegarn a octogenarios. Qu diferencia con la generacin anterior, la de sus padres! Estos saban, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el mundo. Haba en ellos energa, vigor, constancia, empeoso esfuerzo. Y as, durante su juventud, lo mismo sujetaban un rodeo con espritu varonil que dirigan con sencilla elegancia un cotilln. Bajo el guante blanco advertase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En aquellas manos vea la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una inalterable y noble constancia. Pero de estos seoritos gticos como dicen en Espaa, qu apoyo puede esperar una mujer? Entre las nias que asistan a la fiesta estaba Ins, hija de mi excelente amiga Clotilde, cuya situacin econmica es bastante precaria. Ins ha recibido una educacin esmerada y es, adems, muy inteligente y muy espiritual. Yo siento por sta interesante y bella criatura hondo afecto. Deseara hacer por ella lo que hara por una hija. Y as, en todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo casarla bien. Los jvenes de cabeza de ciprs que asistan a la fiesta, al saber que Ins era pobre, huan de ella como de la peste. Estos tigrecitos buscan, no nias interesantes, sino estancias y mucha plata. Ins permaneca silenciosa y cohibida entre aquella coleccin de mentecatos y tilingos. La llam aparte: Ests triste, hija ma; por qu no te diviertes, por qu no conversas, t, que eres tan espiritual y tan ingeniosa?--No--me respondi;--no me atrevo, ni me conviene, porque en seguida la hacen a una reputacin de sabihonda, de marisabidilla, y la aislan a una ms. Hay que ser superficial, frvola, y como a m no me gusta eso, pues... me callo.--Bien hecho--la dije,--no te aflijas, hija ma; yo te buscar un novio digno de t. No te aseguro que sea rico; pero s inteligente y espiritual y culto y muy hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma. Inesilla se conmovi profundamente. El agua de las lgrimas bailaba en las pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura. Aceler cuanto pude el fin de la fiesta. Quera librar mi casa de aquella atmsfera de majadera. Los cipreses acabaron por serme molestos. No vea la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellos ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia poltica o en nuestra breve historia econmica. Pero con el linaje de estos mocitos ocurre lo que dicen los franceses, refirindose a las patatas: lo bueno est debajo de tierra. Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con la reunin y le satisfaca mucho el papel que haban hecho las nias, sobre todo Carmencita, que es la ms frvola. Cuando logr poner punto final a la fiesta, llev a mis sobrinas a una salita retirada y les dije: No busquis novio, hijas mas, entre estos tilingos que tienen la cabeza ms vaca que un farol. Estos mocitos de la haut bonaerense no valen nada, ni valdrn nunca nada. Fijaros ms bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos sern algo, y podris sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espritus luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo, Vlez Srsfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las nimas benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y sern, por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las actividades intelectuales del pas. En sus manos caern un da las cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jvenes que habis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en espiritualidad; tampoco lo sern maana en dinero, pues su vida dispendiosa y absurda lo har volar. Junto a tales hombres la vida de una mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid de ellos, huid de esas cabecitas de ciprs en que todo es oquedad, insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo huid, huid!... Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No s si me harn caso. Lo dudo... INES Y LOS CIPRESES Al da siguiente de la fiesta que d en mi casa para presentar en sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a darme las gracias por haberla invitado. --Qu dices, muchacha!--exclam--las gracias te las debo a t por haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciossima presencia! Y la di un apretado beso, expresin efusiva de mi hondo cario. --No diga usted eso, seora. --Ya te he dicho muchas veces que no me llames seora; llmame Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo comparto mi cario entre mi marido, mi hijo y t. Ya lo sabes. --Yo tambin la quiero a usted mu... La pobrecilla no pudo terminar. Se abraz a m, dicindome con su congoja lo que no pudieron expresar sus labios. --Vamos, vamos... sintate. Hijita, eres sensible como una flor del aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo tambin... Bueno, bueno, sintate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a murmurar un poquito. Qu te parecieron los cipreses? --Por qu los llama usted cipreses? --No te parece bien puesto el nombre? --S, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso, compacto, pegadito, imita la copa de ese rbol funerario. Tambin se parecen a l por el cuerpo rgido, atiesado, derechito. El ciprs no parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecnica. Los dems rboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en la estructura de sus ramas y horcajos. Cada rbol tiene su personalidad, su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario, son todos iguales. Visto uno, vistos todos. --Como ellos. --S, s; pero en el orden moral... El ciprs es un rbol triste, melanclico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el sentimiento del vaco y de la nada. --Oye, Inesita: mucho ms an que en lo externo, se parecen esos jvenes en lo moral a los cipreses. Vers... El ciprs no produce nada, ni siquiera bellotas, que es el fruto de los rboles ms humildes en la jerarqua vegetal. Tampoco esos mocitos de la haut producen cosa alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idntico. El ciprs es triste y melanclico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste. Este carcter lamentable procede de la monotona de sus lneas, profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos, atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos ltimos nos producen el sentimiento del vaco y de la nada. Y acaso los otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la vaciedad y de la nada? El rbol simboliza la muerte: junto a l la tumba. Esos jvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de ilustracin, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada, ablicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprs. Ya ves, pues, que en lo moral se parecen tanto o ms que en su forma externa. La nica diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros semovientes. Pero hablemos de otra cosa: bailaste mucho? --Todo lo que quise. Ya advert que se preocupaba usted de m. Una vez que me qued sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo; el ciprs se dirigi en seguida hacia m y me invit a bailar. Yo se lo agradezco a usted... --Ests equivocada. Fue iniciativa suya. T no necesitas que la duea de casa se ocupe de t, porque siempre ests solicitada. --Lo dice usted por consolarme. --Siempre tan suspicaz, hija ma. Tu precoz espritu crtico no hace ms que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso, me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos aos di otra fiesta en mi casa. Invit a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha enojado conmigo) y a su cuada Pepa. Los jvenes atendan a sta muy poco. Ello se explica; la pobre est ya muy metida en aos (pasa de los 35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para casarla y... nada imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que Petrona, con esos humos aristocrticos que tiene, la ha perjudicado ms que nadie. Todo le pareca poco. Y ella misma, la misma Pepa, crea que por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice Del Campo en el Fausto. Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los jvenes no la atendan, no la sacaban a bailar. Para una duea de casa es un martirio que una seorita planche. Habl a unos y otros; me ayud tambin Jorge, mi marido, que recurra a su hermano Ral, cuando ya no sabamos a quin endosrsela. As logramos que bailara casi toda la noche. Al da siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua y tan pintoresco su lenguaje, exclam, dndome un abrazo: Ay, Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!. Ins se re del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a quedarse ligeramente triste. Trato de animarla: --Y qu tal la conversacin de los cipreses? Muy interesante, eh?... --Mucho. Pedrito me habl de las carreras; lleva la cuenta de los minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros. --Qu interesante! Estaras muy divertida con tal conversacin? --Pues me divert. Me di por hacerme la entendida en carreras. Le habl de las teoras de Barey, el clebre cuidador ingls, segn el cual una palabra colrica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos debe elegir un jockey que tenga voz de tenor, porque las vibraciones de este timbre son un estmulo mayor para los animales que la voz baritonal. No se di cuenta del titeo. Por el contrario, se qued asombrado ante mis conocimientos y me comprometi para otras dos piezas. Qu galante!... --Graciossimo, muchacha, graciossimo!--exclam, rindome;--ya not que te asediaba mucho y que estaba lo ms obsequioso contigo. --Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito. --Y los otros cipreses, qu te dijeron? --Evaristo me habl tambin del hipdromo; critic mucho que la pista de Palermo no tenga csped, como las pistas de Pars y de Londres. Asegur, en tono desdeoso, que aqu estamos muy atrasados en estas cosas, que son tan importantes en todo pas civilizado. Crame, seorita--agreg con gravedad imponente:--despus de haber estado en Longchamps y en Epsom, en los grandes hipdromos de Pars y Londres, no se puede ir a Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco impresentable! A Evaristo no le llaman la atencin los caballos; le interesa la pista, y, sobre todo, el verde. Est deseando que se acabe la guerra para volverse a Europa, porque aqu, sin csped en la pista de Palermo, ya no puede vivir. --Y Enriquito, qu te dijo? --Ay, no me hable! Es el ms frvolo y el ms insulso de todos. --S, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo. --No me habl ms que de modas femeninas y de si tal muchacha es ms elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la poca de la Pompadour. Est conforme en principio con la adopcin de aquel traje, pero previas algunas reformas que me explic con gran riqueza de detalles. Hizo la crtica de los vestidos que llevaban varias nias el da del premio del Jockey Club. Parece que Clotilde se present con un sombrero un tanto estrambtico. Me pregunt si la haba visto. Y como le dijera que no, exclam al punto: Era un sombrero digno! de verse. --Y Carlitos Nuezvana, estuvo muy espiritual? --Ese me habl de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha trado siempre. En Buenos Aires no hay sastres: son talabarteros. Se hallaba molestsimo con el traje de frac que le haban hecho aqu. Vea usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los faldones son cortos, estoy ridculo! Le dije que el secreto de la elegancia no est en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendi el sentido de esta definicin de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le agregu que l era muy airoso, que era todo aire, de pies a cabeza. Me di las gracias. Por ltimo agreg: Estoy lo ms contrariado por estos inconvenientes de la conflagracin. --Y con Ernesto, cmo te fu? --A Ernesto le da por la aristocracia. Slo me habl de si eran o no eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones constituye su preocupacin. El hombre es de un aristocratismo completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la corte de la casa de Austria. El pobrecito es ms hueco que una caa de pescar. Se me ocurri hablarle de poltica, preguntndole: Vot usted por los radicales?--Qu esperanza!--me respondi;--no es gente conocida... --De manera que te aburriste en grande? --No, eso no. La tontera tiene siempre algo de divertida. --Tienes razn, hijita. Adems la tontera es tan variada como la inteligencia. Hay tontos de muchsimas clases, como hay inteligentes de muchas maneras. Pero el tonto es siempre ms perfecto como tonto que el inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente, le deja siempre alguna falla, alguna tontera. En cambio, cuando crea un tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto, redondo. Dios te libre, hijita, de uno de stos. --Pues hay uno que... --Te persigue? No me digas! Le conozco yo? --S; estaba aqu anoche. --Qu me dices! Cuenta, cuenta... --Otro da. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contar, porque necesito su consejo. Mam--ya la conoce usted--en siendo rico y persona conocida... Pero yo no quiero no quiero! Y habr lucha. Y tiene usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata que tenga y por muy conocido que sea. Eso no, eso no!... Vinieron a buscarla y se fu. Pero quedamos en que vendr a verme uno de estos das y me expondr su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y un poco intranquila. LA FIESTA HPICA Una tarde clarsima, luminosa, radiante; el cielo azul, altsimo, lmpido, traslcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la desnuda vegetacin invernal. Se oyen entre la enramada pos de amor. Todo es vitalidad, alegra, florescencia. La muchedumbre urbana invade el hipdromo, a presenciar la gran carrera del ao. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada, inmvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre s misma. En el otro extremo, en la tribuna del paddock la clase media ofrece su nutridsimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto tinglado para el pueblo y el paddock de los pudientes, la tribuna del Jockey, atestada igualmente de selecto pblico: aristocracia, alta burguesa, sportsmen, clubmen, dandys, numerosos cipreses, embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisin del mando presidencial, los cuales llevarn a sus respectivos pases, tendidos a lo largo del Continente, la impresin de la brillante vida bonaerense. De retorno en Lima, Asuncin, La Paz, Ro, Mjico, etc., estos embajadores contarn las maravillas de nuestra rpida evolucin social y econmica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos sorprendentes. En los crculos sociales y polticos de sus respectivos pases--un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco estrechos en su economa, trgicos en su poltica, caticos y confusos en su total existencia--narrarn lo que vieron en Buenos Aires, dando a sus oyentes la sensacin de haber contemplado en el Sur el foco civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de todas las ideas, en slida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura, irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia entre el mar Caribe y el ro de la Plata. Tambin asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante gobierno, en representacin, segn me dicen, del excelentsimo seor Presidente de la Repblica, hombre poco dado a lo ostentatorio de los grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El hecho de esta representacin oficial se comenta favorablemente entre los socios del Jockey, interpretndose como un puente de plata entre las tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el hipdromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no ser modificado el rgimen existente, ni se producir, como en Babel, una deplorable confusin de las gentes. La ligera intranquilidad de los clubmen ha desaparecido con la presencia de la representacin oficial. Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas populares a las del Jockey: un vocero compacto de emocin, de alegra, de ansiedad, al ver cruzar los corceles algeros, raudos como flechas disparadas por arcos a mxima tensin. Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas, han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos, los ms sabios de la fauna voltil, han descubierto el secreto de combinar su libertad salvaje con su integracin en la sociedad humana. Son domsticos hasta donde quieren y libres sin limitacin. Al poco rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del aliento y de la gritera de cien mil personas. All, en el tejado, giles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo azul, se ren de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los caballos, inferiores a la ligereza de sus alas. En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su belleza numerosas damas y seoritas ataviadas con trajes primaverales, de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No haba lujo excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba, al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto pertinaz. El buen gusto y la economa tienen ntima relacin. Al estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavo, la mujer aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y entonces est mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho, sino en gastar bien. El nico lujo ostentoso que se vea el domingo era el de los cipreses. Estos pintureros y pisaverdes examinaban atentamente los trajes de las seoritas. A uno de ellos muy presumido le o decir, refirindose a una nia cuya elegancia no se ajustaba a sus cnones: es cache!. El pavipollo revole la varita y sigui al encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana. Los dos motivos de conversacin general eran las carreras, sus accidentes y sorpresas, y los puestos de significacin poltica que an faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de Vadarkblar y del futuro intendente, de Saint Emilion y del nuevo jefe de polica, de Sangre Azul y del que llenar la vacante de la direccin de Correos. La carrera tras de estos puestos era, segn el decir de la gente, tan competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizara en la pista entre los aristcratas de la sangre hpica. En una y otra carrera haba favoritos. Pero entre los corceles esta condicin de favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el valer demostrado la condicin esencial para ser favoritos, sino otras circunstancias humanas, en que el mrito deriva de los codos para abrirse camino en las competencias de la poltica. Las damas y seoritas ponan gran inters en las carreras, examinando el programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y pidiendo y dando plpitos para las que iban a correrse. En un grupo, una seorita muy espiritual ofreca un plpito a un mozo, ligeramente atezado, miembro de la embajada del Brasil. Muito obrigado--repuso ste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su pas--; pero a ese plpito prefiero, hermosa seorita, el rgano con que usted palpita.--Ay, qu gracioso!--exclam la muchacha--Es una declaracin en toda regla!--aadieron a coro los del grupo, celebrando aquel rasgo espiritual.--Aceptado! aceptado!--deca ella, rindose y siguiendo la broma. El fino y gentil brasileo, dirigindose alternativamente a la nia y al grupo, repeta: Obrigado, muito obrigado.... Pas un seor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. Quin es?--pregunt a mi marido. --El Payo. --El payo Roqu? --El mismo que viste y calza. --Viste y calza muy bien. Evoqu recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo estaba an resplandeciente, conservando su ingnita gallarda y aquel garbo propio de los buenos mozos. Cruz el Ministro de Agricultura. Y me acord al punto de mi ex amiga Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto remordimiento pensando en que quiz aquella malhadada croniquilla que escrib, relatando la conversacin que tuvo conmigo, haya podido influir en la postergacin de un hombre de los mritos agrcolas de Eleuterio. En el buffet, Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace los honores de la casa, con la discrecin, la finura y el buen gusto en ella habituales. Los embajadores y diplomticos besan su mano al entrar. Esta costumbre, tan arraigada en los altos crculos sociales europeos, es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinin definitiva sobre este punto. Me parece, sin embargo, que no arraigar entre nosotros esta forma de rendir homenaje a la mujer. La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito Vadarkblar. Existe un detalle que hace subir la cotizacin. Su dueo ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrtica, de saco y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque elegante de quien est seguro de concentrar las miradas. Esta paquetera en un hombre habitualmente sencillo y demcrata, aunque adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. Vadarkblar ganar--repite todo el mundo;--el jaquet y la galera del propietario son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos infalibles, la cotizacin sube como la espuma. Es una fija. Yo me fijo tambin en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este dato seguro del jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece nuestro distinguido y simptico consocio. Pero en las carreras, como en los dems juegos, es difcil no prevalerse de cualquier circunstancia favorable, de cualquier ventaja ms o menos legal. Tiendo mi vista con lstima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular. Pobrecitos, no saben nada! Slo aqu, en la tribuna del Jockey, estamos en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante. Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar! Y haciendo una confusin lamentable entre poltica y carreras, aado: No hay que hacerle; los radicales se lo llevan todo por delante! No se puede con ellos! Ay, nuestro favorito derrotado! Vadarkblar slo da que hablar como perdedor. He estrujado mis boletitos. Y yo que crea tan seguro el dato del jaquet y la galera!... Al salir para tomar nuestro automvil nos cruzamos con un amigo. Y... cmo les fu? --Al tacho!--responde mi marido. Yo le aprieto el brazo y le digo: Jorge, qu palabra tan inelegante!... LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA Mi protegida Inesilla--ya os he hablado varias veces de ella--vino a verme la otra tarde. Apenas entr en casa, not en su gracioso semblante cierta turbacin, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron. --Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a m me pasan no le pasan a nadie!... Y rompi a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa. --Muchacha! Me alarmas! Sosigate, Qu te pasa?... --Es horrible, horrible! Quisiera no haber nacido!... --No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu presencia en l. Pero clmate, no te sofoques, no te aflijas. Sintate y... cuenta, cuenta. Qu te sucede? --Que se me ha declarado... ay de m!... --Ay de t? Ay de l, en todo caso!... Pero quin? --Quin ha de ser! El rey de los cipreses...!! --Hijita!... Me habas asustado. Cre que se trataba de alguna desgracia. --Y le parece a usted poca desgracia?--dijo llorando y riendo a un tiempo, momento de transicin en que mi protegida se torna verdaderamente divina. --No creo que la declaracin de un rey, de un rey nada menos! sea causa de afliccin. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morgantico. --S, rase usted... --Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas. --Gracias, gracias. --Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija ma, con ese graciossimo pico que Dios te ha dado. Me tienes impaciente. Cmo fue la cosa!... --Pues ver usted. Se acuerda de la conversacin que tuvimos al otro da de la fiesta que di usted para presentar en sociedad a sus sobrinas Carmen y Luca? Hago memoria. Ante la suspensin de mi mente, Ins agrega con verba rpida: --No recuerda usted que, al irme, la dije que haba un ciprs que me persegua y que...? --S, hijita! Cmo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me haba olvidado, porque cre que era una broma tuya. --S, s... broma... no est mala broma. Bromazo ha resultado. --Pero... vamos a ver: Quin es el rey de los cipreses? --No lo sabe usted?... --Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses, como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey. --Pues es Carlitos Nuezvana. --No me digas! Est bien puesto el nombre. Merece el cetro. Y se te ha declarado? Cundo? Dnde? Cuenta, muchacha, cuenta... --La cosa empez la noche de la fiesta que usted di, dedicada a sus sobrinas. Comenz por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted que el pobrecito carece de sal en la cabeza. --S, hijita; no tiene ms que agua de lino y cosmtico, con cuyos elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha. Sigue... --Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera, porque sus recursos de palabra son muy pobres. --El mozo tilinguea en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee, no cultiva su espritu y... --Y la segunda... La segunda razn es la que ms me hiere. El hombre... --El ciprs. --Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus insinuaciones, porque crea... as me pareci a m... que me haca un honor ofrecindome su amor. --Y as es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I... --Como lleva un apellido tan conocido y es adems tan rico, pues... claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata... --El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdra ms que no lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones para ser feliz. --Tena la seguridad absoluta de que yo le aceptara encantada. Y por eso me hablaba con un descaro fro, sin esa emocin que en tales trances produce la duda. Sus galanteras, exentas de espiritualidad, me produjeron un efecto deplorable. Bailbamos un vals, y me pareci que iba enlazada a un mueco que le haban dado cuerda. Le miraba el pelo renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrn. No se le mova un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espritu eran lo mismo, inmviles. --Pero cmo se te declar? qu te dijo? --Despus de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla ms que de elegancia) me dijo que l estaba dispuesto a iniciar relaciones conmigo. Luego agreg que se atreva a suponer que no sera rechazado. Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual adivinaba yo este pensamiento: qu he de ser rechazado!... --Y t... qu le dijiste? --Estuve por darle all mismo unas calabazas ms redondas y ms duras que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lstima apabullarle en su doble orgullo de rico y de aristcrata. Slo me limit a decirle: No hay atrevimiento en su pretensin. Y agregu, con cierto retintn que l no poda pescar; ya que usted est dispuesto (recalqu mucho esta frase) ver si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinacin, necesito pensarlo... --Muy bien, hijita, muy bien dicho. Si eres ms viva!... Y l, qu dijo ante esa filigrana de respuesta? --Dijo que l no lo haba pensado; que... --Claro! qu va a pensar l!... --Que yo le haba gustado por mi elegancia y por mi belleza y que no necesitaba pensar ms. Se me ocurrieron varias respuestas irnicas (qu sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me limit a decirle: pues yo s, necesito pensarlo, porque es para m asunto de capital importancia. --Y cmo termin la escena? --Pues termin dndome un plazo de ocho das para contestarle. --As, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses? --As, as... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecan el espritu del ciprs. En el resto de la noche le elud por completo. Bail con el cuado de usted, con Ral. Qu diferencia!... --Eh?... --Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia familia. Mam lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tas, de sus tos, de no s quin ms... campos aqu y all, media avenida Alvear, otro tanto en Callao y Florida, cien mil vacas, un milln de ovejas... qu s yo! Mam ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el propio Carlitos, es decir, en mi unin con Carlitos. Yo no digo nada por no irritarla; me limito a monoslabos...: s... no... qu s yo... Mis hermanas me atosigan: qu ms quieres? Mis cuadas creen que me ha tocado la lotera. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que tengo una suerte loca. Si pap viviera... ah!... l no vera ms que mi corazn, pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de sobra si mi corazn no era feliz. Era un criollo a la antigua, romntico, bravo, generoso, altivo. Saba ser pobre. Ay, Marianela, la gran miseria de nuestros das es no saber ser pobres!... La muchacha rompi a llorar: Si viviera mi viejo!... --Aqu estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no, estamos del otro lado. --S, s, eso es fcil decirlo. Pero... viera usted cmo estn todos en casa! Las tas de Carlitos han rodeado a mam. No les cabe en la cabeza que su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufrira... figrese usted!... con el orgullo que tienen! Sera un campanazo en todo Buenos Aires. Adems... esto es lo triste... parece que hay por medio deudas, favores, pagars, hipotecas... qu s yo!... Y, claro, con la boda todo se arreglaba. --Naturalmente! Todo, menos lo tuyo. --Pero, no debo yo sacrificarme por todos? --No, hijita; eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagars, todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a disgusto. --Y mucho menos an queriendo a otro. Esto es horrible!... Inesita volvi a arrojarse en mis brazos, llorando a lgrima viva. --Cmo? qu dices? quieres a otro? --Con toda mi alma!... --Le conozco yo? --S. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los das... --Mi cuado?... Ral? Por toda respuesta, la muchacha me ech los brazos al cuello. No se agarran los nufragos a su leo con mayor firmeza. --Pero l?... --Tambin l... --Pero... vamos por partes... se te ha declarado? --Casi. --Con casi no hacemos nada... claridad! claridad!... --Bueno... s... se me ha declarado. --Y t, qu le has respondido? Inesita casi me ahoga entre sus brazos: Que s!!... Mi alegra no tiene lmites: Inesita de mi vida, angelito, hermana ma, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo, con Ral... todos juntos! qu lstima que la vida no sea eterna! Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los espacios del cielo!... Abro el piano y toco una marcha nupcial. No s qu nuevos sonidos arranca mi alegra a las teclas. Con esta marcha me cas yo; con esta misma te casars t. --S, s, ay de m!--dice tristemente mi dulce hermanita:--antes de llegar a esa marcha, buena lucha nos espera con mam, con mis cuadas, con las tas de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!--y que no es orgullosa la seora!--; con los pagars, con las hipotecas, con... --Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Ral esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor. Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. Inesita, mi vida, qu feliz soy! Pero, scate esas lgrimas; que no te vea yo llorar. Firmes!... LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al andar de los siglos, haba de llamarse cngulo en la liturgia catlica, el Bautista inici en las orillas del Jordn el sacramento a que diera su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y conmovedora, comenzaron a caer a las orillas del ro algunos judos propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilas de aquel girvago fluvial. Bautista era un moralista espontneo, vale decir sincero, sin sistema tico ni dogma filosfico; lo que se dice un buen hombre. Y, como tal, censur la unin de Herodes Antipas con su cuada y sobrina Herodas, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los inocentes), era hombre que no aguantaba crticas a su conducta privada, ni a sus procederes polticos, y as el austero censor, el buen Bautista, vino a dar con sus huesos en la crcel. Herodas, por su parte, cobr al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en su dignidad. Poco despus Salom, hija de Herodas y graciossima bailarina, cautivaba el corazn de Herodes Antipas, danzando en su presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte coreogrfico, ofreci a Salom cuanto ella pidiera. Herodas aprovech la coyuntura para vengarse en la forma ms cruel que puede idear el rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la cabeza del pobre Bautista, que al punto le fu ofrecida en un azafate o canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la pera de Strauss, en medio de una confusa e inarmnica trompetera orquestal. La intervencin en un problema familiar y privado cost a Bautista la vida, trgico episodio que nos debe ensear a ser cautos, no metindonos nunca en los asuntos de la casa ajena. Pero la institucin del bautismo triunf de una manera absoluta. Tan grande y pleno fu este triunfo, que las palabras bautizar y cristianar se hicieron sinnimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por eso, sin duda, los exgetas llaman a Bautista el precursor, pues fu el que di la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta ablucin que haba de limpiarnos del pecado de haber nacido. El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad sobre el baptisterio, obligando a que los sbditos recin llegados al mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa pila para sealarlos con la sal y los leos. Apenas nacemos, ya el Estado comienza a hacernos vctimas de sus coacciones autoritarias en nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero, aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su bautismo civil es una pobre imitacin, sin gracia ni belleza, del primitivo y legtimo que Bautista inici en las orillas del Jordn, adonde buena falta hara llevar los registros, los libros y todas las cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judos tenan fantasa, espritu creador, rodendolo todo de grave pompa e imponente solemnidad. Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las mujeres tambin tratamos y contratamos, con ciertas restricciones impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes. Ellos, en sus cdigos, determinan cundo las mujeres somos capaces y cundo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve ms incapaz, ms tonta, suposicin que, la verdad, no honra mucho a los hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven ms tontos junto a las mujeres. Los cdigos, sin embargo, no lo creen as, y este error esencial de la legislacin hace que los cdigos sean unos libros mucho ms divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto para otra oportunidad. Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece las diferencias individuales en la vasta edicin humana que hace la Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es ms que una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las dems personas bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la propiedad, con la polica, etc., es una anotacin continua. Se anota a las personas al nacer, al obligarse entre s, al pagar los impuestos, o al no pagarlos--porque de todo hay,--al casarse, al reproducirse y al morir. Es una anotacin constante, desde la cuna al sepulcro. Por ltimo se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos encomisticos que dicen, no lo que el difunto fu en vida, sino lo que debiera haber sido. Lo caracterstico de la criatura humana, lo que la diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la desaparicin del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del bisabuelo para atrs no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres en unos pergaminos vetustos, para darnos corte a costa de sus cenizas heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, la muerte de la muerte, que dijo un poeta muy romntico y ms triste que un sauce. Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese santsimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un xito evidente por toda la humanidad a travs de los siglos. Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires est corriendo gran peligro la institucin bautismal. No es que la gente deje de bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una trasformacin radical. Un mote familiar y carioso puesto en el hogar o por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven poblacin masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos, Enrique, Joaqun, Jaime, Jorge, Ral, Roberto, etc. Los nombres sustitutos son stos: Cucho, Chocho, Cacho, Gogo, Gog, Tito, Toto, Tot, El chino, Baby, El Bebe, Nenn, Charln, El gordo, El flaco, Nono, Fito, El rubio, El negro, Perucho, El gringo, El mono, Taco, Cotaco, El alemn, El ingls, El vasco, El Tuerto, Pototo, Poroto, Lalo, El nene, Peringote, Piringo, El gallo, El gato. En fin... cuento de nunca acabar. Y entre las seoritas ocurre otro tanto: Mangacha, Mecha, Mechita, Cochonga, Chucha, Cocha, Coca, La gringa, Neneite, Nenana, La Negra, Fifa, Tina, Tinita, Mim, Nini, Nina, Sisi, Potota, Chiveta, Matesa, La gata, Lol, etc., etc. Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un sacramento, y pase lo irreverente de la expresin popular en gracia a la exactitud. Y ocurre preguntar: para qu llevar a los recin nacidos a la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse as de dos instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares cimientos reposa toda la chapitelera de la civilizacin. Si no gustan ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral, hgase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra, pues ello origina una confusin anrquica por la cual se viene abajo todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles han ido metiendo pacientemente la filiacin de las personas. Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeables para caer en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyndolos por apodos caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor. No pocos de stos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e inmortales, y as van algunos por el mundo cubiertos de ridculo con esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Prez, Aristteles Rodrguez, Scrates Gonzlez. Tambin se convierten en nombres algunos apellidos clebres. Ejemplos: Wshington Martnez, Franklin Gutirrez. Las instituciones civiles y eclesisticas admiten cualquier nombre, fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de Epaminondas, es depresivo llamarle Poroto; si se le ha puesto el nombre de Scrates, resulta ridculo y ofensivo para la antigua Grecia filosfica llamarle El mono; y si, en fin, se le puso el nombre de Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle Piringo o El gringo. Hay quien sostiene que los apodos son ms lgicos que los nombres. Cuando el mote alude a una condicin moral, a un rasgo del carcter, a una modalidad particular del espritu, tiene, indudablemente, una determinacin ms apropiada que el nombre. Es el bautismo correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lgica en esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la denominacin correspondiente; porque si el individuo es tmido como un conejo casero, resulta paradgico ponerle el nombre de Napolen. Pero el bautismo no tiene por objeto calificar con precisin a los nacidos, sino absolverlos del delito de nacer--porque se delinque naciendo--y evitar que, en el caso de nacer y morir simultneamente, frecuente desventura doble, vayamos al Limbo, mansin dedicada a los que no se han estrenado en la vida con ningn acto molesto para los dems. El mote tiene, pues, cierta lgica cuando caracteriza al individuo. Pero los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas oeras, que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto contenido filolgico. Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento instituido o iniciado en el Jordn por aquel santo varn, girvago fluvial, que perdi la cabeza por el raro capricho de la bailarina Salom. SIN PRESIDENTA La intervencin de varias y bondadosas amigas ha influido de modo decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, despus de unos meses de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a m toca, nunca dej de considerarla como amiga; porque, dicho sea en secreto entre los doscientos mil lectores de La Prensa, aunque Petrona padece cierto tilinguismo verboso, yo siempre la consider una dama excelente, perfecta esposa y madre amantsima, no ya slo de sus hijas, sino tambin de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una buena mujer, cosa difcil, porque, segn un filsofo (me lo ha dicho mi marido, que lee filosofa) la mujer es un hombre imperfecto. Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos recordarn la causa del enojo de Petrona. Debise a una malhadada croniquilla ma en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el hermtico silencio que precedi a la composicin del actual ministerio. Yo dije que, segn Petrona y segn todo el mundo, inclusive yo misma, partcula diminuta del universo, pero con derecho opinante--que un grillo es un grillo y se le oye--el hombre sealado para la cartera de Agricultura por todo el mundo, includos los grillos, era Eleuterio, el marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maz, que debe, segn su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de agente digestivo cierta especie de la fauna domstica, cuyo nombre no debe estamparse en esta pgina dedicada a la elegancia. Y bien (pase el galicismo): mi amiga se enoj mucho, empecinada en que yo haba puesto en ridculo a un hombre tan eminente y de tan slida reputacin agrcola como Eleuterio. Intiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se entiende como es debido, es porque en ello interviene ms la voluntad que el entendimiento. Por lo dems, cabe en lo posible que mi inexperiencia periodstica, en vez de un buen servicio, se lo hiciera flaco. Pero mi intencin, tratando de hacer atmsfera a la candidatura de Eleuterio, fu buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por los resultados, siempre contingentes y problemticos, sino por la intencin que los gua, teniendo en cuenta que quien escribe no puede evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre es mucha. Felizmente, las paces estn hechas, aunque haya costado casi tanto como concertar la paz europea. Las paces--djelo ya otra vez--son ms difciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquiln, muy unida a Petrona por su comn aficin a la poltica. No menor influencia han tenido dos cartas, una para m y otra para Petrona, dos chispeantes y graciosas epstolas de Rosala Arregui del Moral de Prez y Gmpora, dirigidas desde Los Carpinchos, de donde no se mueve Rosala, va ya para dos aos, quieta junto a su pastor en la soledad de los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre corderillos, recentales y aves domsticas, con arreglo a los clsicos preceptos de las gergicas de Virgilio. Urgan estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho, incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya sealadas por el viejo Salomn, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y de los afectos. Y basta de prlogo, que ninguno largo fue bueno. * * * * * Para iniciar las paces ofrec la otra tarde un t en mi casa, principio del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como slo se trataba de un armisticio, celebrado con infusin de la China, no asistieron ms que Petrona y la viuda de Esquiln; esta ltima en calidad de intermediaria para entregarnos, en medio de la infusin, a la efusin del primer abrazo reconciliatorio. Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va dicho, ambas tienen gran aficin a la poltica, en su aspecto, claro est, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a fondo, suponiendo que en el tema poltico haya fondo y reinen alguna vez las luces. Pero esta aficin es distinta en cada una de mis amigas. La de Esquiln quedse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdi el marido, el doctor Esquiln, en una provinciana trifulca electoral. Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vi que la palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en silencio a las urnas, el doctor Esquiln enmudeci y ech mano de las ms desaforadas violencias. Se discute an si el tiro parti de la comisara, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto, enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabr nunca la causa; la verdad est ya tan soterrada por tal cmulo de versiones contradictorias e interesadas, que nunca se lograr desenterrarla. Lo nico cierto es que el tiro se llev la vida del doctor Esquiln, privando al pas de una de las laringes mejor organizadas para emitir sonidos articulados que, a veces, parecan conceptos para hacer felices a los pueblos. Todo termin con una placa de bronce heroico sobre su sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas lneas laudatorias, resistentes a las lluvias, al sol y a la accin corrosiva del tiempo, que al fin acabar con ellas. Margarita, la viuda, quedse sola, admirando en silencio el bro de su joven marido y su exaltado fervor poltico para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas cuantas papeletas ms o menos limpias. Con razn dice mi esposo que el sufragio universal cuesta ms de lo que vale. Margarita llor mucho. Pero, al fin, todo tiene fin, hasta las lgrimas. Joven, linda y rica, la vida, pramo a raz de la muerte del pobre Esquiln, perdi, poco a poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones. Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y hasta ofrece un continente risueo, cierta alegra discreta, disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavos de colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le peg, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las nias, por otra ms experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna simpata que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo lo dicho: es muy simptica la viuda de Esquiln. Su gusto por la poltica dimana del inters que le merecen las luchas de los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento, los empeos de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas polticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras. Verdad es que quiz no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el juego de las actividades partidistas, la maa de cada cual para triunfar, el deporte poltico, en una palabra. La tragedia de su marido parece que fuera un estmulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a un luchador poltico. Petrona, por el contrario, tiene de la poltica un concepto utilitario. Le interesan los polticos, los que mandan o los que estn a punto de mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de sus yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego poltico, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a la anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver--ya es hora--eso del maz. * * * * * --Hace ya tiempo--digo a Petrona, para halagarla y tambin por justicia--que Eleuterio deba ser ministro. Un hombre que sabe tanto!... --Qu quieres, Marianela: as son las cosas! En este pas no se sabe apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda atrs, y el que charla, sigue viaje... --Para nosotras, para las seoras--salta la de Esquiln--la poltica est aburridsima en estos momentos que, segn dicen, son histricos. Yo no s qu falta, pero algo falta. --Falta la presidenta--dice Petrona.--elemento necesario, imprescindible, de toda presidencia completa. --Cierto, Petrona!--exclama la joven viuda, dndose una palmadita en la tersa frente;--ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: Pero, seor, qu falta aqu, qu falta? Y no caa. Es claro: falta la presidenta. Por eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Est resultando esto ms triste y ms lgubre que una capilla protestante. --Se dice que los del gobierno son lo ms ahorradores--apunta Petrona. --Y para qu quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy triste--agrega Margarita.--Adems, no se necesita mucha plata para que el gobierno d algunas fiestas en que las seoras podamos divertirnos, murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cmo andan las cosas de los polticos, hablar con ellos, que son, hijita, ms chismosos que nosotras. La presidencia se debi inaugurar con un gran baile. Como yo he dejado ya el luto--las cosas ay! no tienen remedio--es la fiesta que ms me hubiera gustado. Qu diferencia con Senz Pea! --Ah, Roque...!--exclama Petrona. --Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!--dice la de Esquiln.--Di a la presidencia cierta majestad amable, un tono que nunca tuvo, una distincin suprema, entre aristocracia de corte y aristocracia de estancia. Senz Pea se ocup siempre mucho de las seoras. --Mi familia por parte de padre--dice Petrona--siempre fue roquista; pero yo, ltimamente, me hice roquera. Y as logr meter a Bernadito, a mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le habl, una noche en el Coln, concedido, concedido, me dijo; recurdemelo, Indalecio--aadi, dirigindose al doctor Gmez, que tambin es muy fino. La viudita tiene un golpe de erudicin que nos deja asombradas a Petrona y a m. Senz Pea saba que el hombre reina y la mujer gobierna, como dice Ponson du Terrail. --Si Eleuterio me hubiera hecho caso--afirma Petrona, siempre atenta al positivismo poltico--otro gallo nos cantara; pero se fue con los cvicos y... qu iba a hacer con los cvicos? Buena gente, eso s, muy respetable, digna, dignsima; pero, hijita, estn siempre esperando que vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en una bandeja de plata. --En poltica hay que moverse--dice la de Esquiln--; si no, no se saca nada. --Claro!--asiente Petrona.--Luego, Eleuterio fu de traspi en traspi; primero se fu con Benito, que slo gana las elecciones del Jockey; despus, con Lisandro, que en sacndole del Rosario... se acab! Yo siempre le deca a Eleuterio: Hijito, ests obsesionado con el maz, y no ves la realidad. Pero, nada, no consegu nada: que la lealtad, que los principios, que los amigos son los amigos... As nos ha ido. --Los hombres, algunas veces, deban de hacer caso de las mujeres--afirma con aire sentencioso la de Esquiln. --Siempre--sostiene con firmeza Petrona.--Pero lo cierto--agrega--es que falta la presidenta. Por medio de ella y de su crculo, las seoras, aunque de modo indirector, intervenimos en la poltica, sabemos lo que ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo, siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos. Porque, claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta. --As debe ser--digo yo, que, aun cuando nada me interesa la poltica, deseo congraciarme del todo con Petrona;--as debe ser: el presidente preside al pueblo y la presidenta preside al presidente. --Deba ser como las monarquas--agrega la de Esquiln;--que no hay rey sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el Centenario. Nos hicimos lo ms amigas. Me dijo que a los reyes les obliga a casarse no s quin; creo que la Constitucin. Parece que la gente del pueblo, o la Constitucin--no s bien--exige que se asegure la sucesin de la corona. --En las monarquas--dice Petrona--todo marcha sobre seguro. En cambio aqu, nadie estt seguro; siempre est una pensando: si destituirn a este yerno, si lo echarn al otro; en fin, una intranquilidad terrible. La viuda de Esquiln, en su poltica de altura, no hace caso de estas angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: Me deca doa Isabel que, una vez casado el rey, forma ste su crculo palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe, tambin organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina madre, forma otro. Los prncipes y las princesas constituyen otros crculos menores. Qu lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas, preferencias, luchas sordas por el favor real: los polticos y sus seoras andan de un crculo en otro, en competencia de predominio; unas veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los prncipes, segn el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en salones suntuossimos; las seoras vestidas de corte, los caballeros cubiertos de casacas; los diplomticos relumbrantes de oro galonado; los militares con ms cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse. Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se analizan las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias. Eso, eso es poltica!--termina la joven viuda, asfixiada por la emocin descriptiva. Cobra ligeramente aliento y prosigue: En cambio aqu, como el presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra viejecita ya cansada, concluida, reumtica, cuyo mayor deseo es que la dejen tranquila. Y luego hablan de las jvenes repblicas! La juventud est en las monarquas. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero est siempre llena toda Austria y toda Hungra de prncipes y princesas, de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud monrquica, en una palabra. --Y menos mal--arguye Petrona--cuando, aunque viejita, hay presidenta. Pero ahora... --Tampoco la haba--me atrevo a insinuar--cuando mandaba don Victorino. --Cierto--dice la de Esquiln;--pero era distinto que ahora; entonces estaban Mara Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y saban muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su conversacin espiritual. Don Victorino poda estar tranquilo: haba presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablbamos de poltica. --Pues yo--dice Petrona,--cuando quera saber algo de candidaturas ministeriales y altos empleos me vala de Anita. Claro que yo no soy amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condicin social; pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relacin con Anita y, por ah, lo saba todo. De algn medio hay que valerse para estar enterada. Pero ahora qu cosa! no? no hay forma de saber nada. Me canso de esta labor taquigrfica para tomar al pie de la letra una sesin poltica tan importante y trascendental. Y hago punto. Slo agregar mi satisfaccin y contento por haber hecho las paces con Petrona, tan buena y tan amante de los suyos... LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO ANCESTRAL El portero me trae una tarjeta: Es una seora vie-jita--dice--, y pregunta si la seora puede recibirla. Leo: Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana. Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. Dganla que tenga la bondad de esperarme un momento. Y en seguida llamo a mi doncella para que me ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave. Mientras me visto procuro dominar el desasosiego que me ha invadido al leer la tarjeta. Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la pretensin de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses, respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quiz me proponga que la ayude a concertar el matrimonio. Pobre seora! No sabe lo que ocurre. Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para menos. Misia Melchora es lo ms alto entre lo ms eminente o empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, as los propios como el de su consorte, fallecido 25 aos hace, significan doble tradicin, colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Per, caballero ostentoso que imitaba en Lima el boato borbnico, segn cuenta Ricardo Palma en sus apologas de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oira en Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data an' de ms antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedicin de don Pedro de Mendoza. Luego pas al Paraguay y fund varios pueblos que siguen casi lo mismo que cuando l puso la primera piedra. Un Ebro fue capitn de una de las naos de Gaboto. Otro acompa a Alonso de Vera y Aragn en las exploraciones del ro Bermejo, y se intern en el Chaco, creyendo que eran de oro los quebrachos. Por espacio de tres siglos figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares, corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los diversos virreinatos de la era colonial, advirtindose su andariega presencia desde Mjico hasta la Asuncin, pues el antiguo espaol aprenda la geografa andando. Despus, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y Ebros--descendientes, naturalmente, de los anteriores--alcanzaron tanto o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la independencia y brill por su bizarra en Ayacucho. Un Nuezvana, licenciado en derecho cannico, orador ampuloso y ergotista, figura entre los que proclamaban la necesidad de una restauracin monrquica como rgimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas, combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga. Hubo tambin, as en los tiempos antiguos como en los modernos, otros Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora slo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en su espritu, en cuanto a legtimo orgullo, cierta dualidad: suele gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispnicos; y otras, en cambio, envancese del justo honor dimanado de sus ascendientes patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros, la gloria de misia Melchora asume cierto carcter de guerra civil, familiar y casi domstica, en la cual los manes heterogneos libran gran trifulca e histrica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por lnea propia y marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las cualidades de la hidalgua castellana, llena de soberbia altivez y de un orgullo cuyos lmites alcanzan a los cuernos de la luna. Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de Espaa, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los Nuezvanas que no salieron nunca de la pennsula, esperando los tesoros de los Nuezvanas indianos y medrando polticamente con los mritos de sus conquistas, exploraciones y hazaas en los desiertos de Indias. Por todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de Espaa, viene a ser la grande de Buenos Aires. Pero todos estos timbres valdran muy poco socialmente en nuestra democraca si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grs y opaco se apa, por concesin real, los mejores campos, ah no ms, junto a las casas de Buenos Aires. Un Ponce fu abastecedor de los ejrcitos que realizaron la conquista del desierto. El estado le pag en tierras que despus han valido un dineral; se adue de media Pampa Central. Y un Ebro, casi contemporneo, hombre de matemticas, educado en Inglaterra, obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de caminos de hierro, que luego cedi a los ingleses por sendas libras esterlinas. Este Ebro no construy ningn camino, pero hizo el suyo admirablemente. Las tres ramas--Nuezvana, Ponce y Ebro--fueron poco fecundas y todo vino a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estriles, ya difuntas, a quienes hered misia Melchora. Esta excelente seora hubo de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas, casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. As, pues, misia Melchora es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuado Ral, a quien le da por hacer ironas con las matemticas, ha hecho un clculo, segn el cual, puestos en lnea recta los alambrados de los campos de misia Melchora, resultan ms largos que las vallas de alambre electrizado de las trincheras europeas, que llegan desde Blgica hasta el Danubio. Por lo dems, misia Melchora es una distinguidsima matrona. Su defecto principal, el orgullo, est, en parte, justicado por su grande y doble abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmsfera de adululacin en que vive, pues tanto sus hijas (su nico hijo, el padre de Carlitos, muri) como sus nietos y yernos--sobre todo los yernos--se desviven por complacerla, persiguiendo, segn malas lenguas, que nunca faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de la Mirndola. Todo esto ha estropeado un poco el carcter de misia Melchora, hacindola adquirir una idea desmesurada de s misma. Por Carlitos siente verdadera idolatra, entre otras razones, por ser el nico nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey del Per, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un duque y grande de Espaa y por la propia misia Melchora. Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco; pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia. --Misia Melchora! qu sorpresa!... --La sorprende a usted mi visita? --Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con su presencia. --Muchas gracias, Marianela. --Est usted cada da ms joven--la digo, aunque, en realidad, parece una pasita, pero encendida y vibrante an por el calor del orgullo. --No me diga, Marianela; estoy ya concluyndome, llena de achaques, hecha una ruina. Por un lado, los aos--76, Marianela!--; por otro, los disgustos, que nunca faltan. --Disgustos, usted, misia Melchora?... --Disgustos, s, hija ma, disgustos. Precisamente vengo a hablar con usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es ms: vengo a pedirla que me ayude a resolver el problema. --Si tiene solucin y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora. --Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al asunto. Sabe usted, como yo--mejor que yo quiz--que Carlitos, mi nieto, se ha enamorado como un loco de Inesita, la nia de Clotilde Rodrguez de Garaizbal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en ella. Est desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla y enloquece a todas las clases sociales. Imagnese cmo estar el muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No sale de casa, y se pasa el da en sus habitaciones, en pijama y desgreado. Apenas come; ha perdido no s cuntos kilos. Est plido como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces lnguido, otras furioso. Yo no s ya qu hacer. Me he asustado mucho, porque... le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He llamado a Gemes; pero qu va a hacer Gemes en esto! Despus de verle, al irse, me ha palmeado a m--ya sabe usted que Gemes es lo ms carioso--y me ha dicho, rindose, que el diagnstico lo hara, mejor que l, alguna muchacha, y que la ms eficaz medicina para Carlitos est en el sacramento con msica de marcha nupcial. --El doctor Gemes no slo es un gran clnico, sino tambin un gran psiclogo. --Est en todo, hijita. Qu hombre! En cuanto le ha visto, le ha adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que l no puede hacer nada. En los ojitos apagados de misa Melchora tiemblan dos lgrimas. --Y ella?--pregunt. --Pues ah est el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. Qu pretender esa nia? No tiene en qu caerse muerta y... --Todos tenemos en qu caernos muertos, seora. Si no dnde iramos a parar? Y el desinters, sobre todo en esta poca, es una virtud bastante rara. --Ya s que la quiere usted mucho. --Cierto; la quiero; es una nia muy interesante. --Y que la protege usted. --Yo, seora, puedo proteger muy poco. Adems, Inesita no necesita proteccin. La protegen su propia belleza y su alma incomparable. --Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por m, ya estaran fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tas de Inesita, me corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor propio y el de toda mi familia. Ningn Nuezvana ha sido nunca desdeado en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podra dirigirse a la principal nia argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la seguridad de que no sera rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza que ha de ser con esa muchacha, O ella, o la muerte!--me ha dicho con una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no s qu hechizo, qu seducciones, qu encantos encuentra en esa nia. --Ah, es encantadora!... --S... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo. --No, seora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser inmortal. --Adems, carece de fortuna. --El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se la concede--respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia Melchora no comprende este concepto mstico, escudo con que los pobres se defienden contra la vanidad de los ricos. --Carece, igualmente, de apellido. --No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy armonioso: Garaizbal. Adems, con cualquier apellido es posible la vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora. --Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo. --Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ah todo. El resto es espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no, pregnteselo usted a su nieto. --El amor es loco, Marianela. --Es la nica locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento, la soberbia, que son mucho ms insensatas. Pero todos padecemos estos defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexin a reprimirlos todo lo posible; porque, si la vanidad de los dems resulta intolerable cuando lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un poquito. --Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto. --Volvamos, misia Melchora. --Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he educado muy bien, en Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha estudiado una carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenz a ir a la Facultad; pero le daban vahdos, sobre todo cuando estudiaba derecho romano. Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no haba de defender pleitos. As que, para qu estudiar? Luego, el pas est lleno de doctores, y ya es ms distinguido no serlo. Desde entonces se dedic a leer novelas francesas; las conoce todas. Y as ha completado su educacin, que no deja nada que desear. Yo haba pensado, si se casara con esa nia, regalarles Los Chajales, un campo de veinte leguas, con quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no gastaran nada, porque yo deseara que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida Quintana, pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto he hablado con Clotilde y est encantada de la idea. Yo necesito compaa, Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos, siento cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar un gran apellido; es un Nuezvana, y con esto est dicho todo: Por otra parte--ya se lo he dicho a Clotilde,--una vez casados los muchachos, todas nuestras cuentas quedaran arregladas; todo se quedara en casa, unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija se casar con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto a m y porque, realmente, le parece bien la boda. Pero... no s... me parece que la muchacha no est decidida. Y yo quiero salir de una vez del paso. Por eso he venido a verla a usted. --Y qu puedo hacer yo? --Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija. --Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y diga usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que no quieras, obligara a su hija a casarse, usted aceptara para su nieto un matrimonio as formado? --Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana, quede desairado y en ridculo. --De manera que usted cree que es ms ridculo que Ins no acepte a su nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo s, que casarse con l no querindole? --Yo no puedo aceptar una situacin ridcula ante todo Buenos Aires. --Y qu culpa tiene Ins en ello? --Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verla a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad de la muchacha. Quiere usted hacerme este favor? Le parece a usted mi nieto digno de ella? --Dignsimo, misia Melchora. Por lo dems, yo slo prometo a usted hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de Los Chajales, que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que aun es mucho ms seductor que Los Chajales. Respecto a influir en su espritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo feliz que merece, mi tormento durara toda mi vida. --Y cree usted que existe alguna nia que no sea feliz con el apellido y con la fortuna de un Nuezvana? --S, seora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido y fortuna, y no haber espritu. --Si ha existido espritu en los Nuezvanas, la historia lo dice. --S... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la inmortalidad, como sus antepasados. --Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque, con Clotilde, ya no me entiendo; no s a qu atenerme; ella dice que s, lo desea, lo s; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto es lo que yo deseo. Se compromete usted a darme esta respuesta? --Me comprometo. Hablar con Ins, y la sacar a usted de dudas. --Gracias, Marianela. --No hay de qu, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a usted en esto y en todo lo poco que yo pueda. --Gracias, gracias. Poco despus sala de mi casa la excelente seora, habiendo dejado en ella cierta atmsfera de tradicin secular, de enhiesto orgullo, de olmpica y desmesurada soberbia. DESAHUCIADO!! Seora doa Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana. Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a usted afligida por el resultado adverso de las gestiones a que me compromet cuando tuvo usted la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta afliccin ma del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven, lleno de merecimientos, han de causarles estas lneas, triste revelacin de mis frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Habl con Inesita. Hcela una narracin de cuanto usted me dijo. Cuando oy lo de Los Chajales con las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la nia rompi a llorar de gratitud. Es adorable la criatura! Pero su desconsuelo no tuvo lmites cuando supo el estado adolorido, mustio y desfalleciente en que se halla Carlitos. Como no terminara su llanto, pedla se sosegase y me expusiera su verdadera intencin con claridad y sin temor. Y rompi la pobrecita a parlar a borbotones, a saltos, sin precisa ilacin coherente, entrecortarlas las palabras por la congoja y los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas tan honrosas y justas como ustedes se merecen. Me habl luego del alma, del corazn, de la vida, de la direccin de sus sentimientos, del matrimonio. En medio de su verbosidad atropellada, fruto del aluvin tumultuario de sus emociones, djome algunas cosas fundamentales y henchidas de un espiritualismo conmovedor. Como no es posible que yo traslade aqu todo cuanto ella me dijo en el seno de la ms ntima confianza, la aconsej que, una vez tranquilizada y recogida en su casa (la entrevista tuvo lugar en la ma), ordenara sus ideas en una carta dirigida a m, y en la cual, con su habitual discrecin, pusiera las cosas en su punto. Accedi a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le adjunto para que usted y su nieto sepan a qu atenerse. Aunque usted, misia Melchora, no necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados y oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con precaucin a Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancola a que le ha conducido su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin de Werther, de aquel doncel alemn tan sentimental, tan tierno, el cual no hubiera servido para trompeta de rdenes de Hindenburg, pero que nos ha dejado, en cambio, el eco elegaco de su dolor, espejo perdurable y eterno modelo de los dolores de amor. Observara usted que Inesita me llama en su carta hermana. Sera por mi parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de este sustantivo. Inesita est enamorada de mi cuado Ral y creo que ambos se han comprometido, sin ms autorizacin que la de sus propios corazones. La familia de Inesita no lo sabe an. Ahora bien: como Clotilde, la madre de Inesita, las tas y las hermanas de sta son partidarias decididas de que la muchacha se case con Carlitos, hme metida en un conflicto, pues comprender usted que el fuero de familia me compele y obliga--a pesar de mi carcter poco dado a la lucha--a defender a mi cuado en una pretensin que juzgo justa. As, pues, mi respetable y querida misia Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde a que nadie gue su corazn, ha venido a este mundo para constituir el tormento de usted y el mo, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mo empieza; porque no ha de escapar a la fina penetracin de su inteligencia los malos ratos que me esperan frente a la oposicin de Clotilde y de sus hermanas, de las tas de Inesita, de las hermanas y cuados de sta, de sus primos y primas, de toda la familia, en fin, la cual es natural que prefiera para Inesita el apellido y la fortuna de un Nuezvana antes que el oscuro nombre y la casi pobreza de mi pariente. Por lo tanto, compadzcame, misia Melchora. La vida tiene imposiciones penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no fuera bastante, agregue usted que mi cuado, desde el instante en que la nia le ha dado el s, se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya era de suyo grande), de una manera extraordinaria. Est dispuesto a atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la muchacha y la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos voluntades sumadas por el amor son invencibles. Los muchachos me han convertido en amaparadora de su ideal, y no negar a usted que este papel de potencia protectora ha hecho surgir cierta exaltacin valerosa en mi espritu naturalmente apocado. El origen del valor est en la calidad de la misin que lo suscita y promueve. Una vez ms lamento lo ocurrido. Con el respecto de siempre y con afecto mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga. =Marianela.= Queridsima hermana ma. Marianela de mi alma: Todo puedes exigirlo de m, menos que ordene mis ideas en medio de la turbacin y de las inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en m en sentimiento inexpresable, cuya nica manifestacin son las lgrimas. Por qu habr nacido, Dios mo? Mi existencia slo sirve para hacer sufrir a los dems, sin culpa ma, bien lo sabes. Ay, Marianela! Te escribo desde mi cuartito, a las dos de la maana. Todos duermen en casa. Se han pasado el da atosigndome con sus planes, que no son los mos. La ventana est abierta. Las estrellas me envan sus resplandores. En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi estrella, la del Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazn. El astro adquiere figura de rostro humano... y a l van mis ojos imantados por su atraccin irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espritu recurro a las gloriosas alturas. Ello slo indica que me faltan los medios de expresin humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas confusas y sin nombre que en ella laten, a travs de los ojos de la carne, inundados de lgrimas, los ojos del espritu se levantan al cielo, al gran misterio, y all quedan posados en muda contemplacin, suspenso el tiempo, suspensa la vida misma. Yo no s lo que te digo, Marianela, porque la onda de mis emociones me anonada y confunde, haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado. Acumula todos los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de los genios, y no sern, reunidos, plido reflejo del que yo siento por quien t sabes. El cielo, mi cielo, el universo, el mo, la eternidad, mi eternidad, la gloria de las glorias, la ma, todo se concentra en l: y todos los caminos, los de esta vida y los de la otra, son calvarios y sendas de espinas sin su compaa y sin el brazo suyo para conducirme. Mi alma ya no es ma; est trasfundida en otra. Mi corazn ha perdido su ritmo propio para latir a comps de otro. Mis ensueos navegan por el mar infinito de la eternidad, dulcemente sometidos a la brjula que Dios me ha dado. Si estas palabras no sirven para revelarte el estado de mi espritu, inventa t las que quieras para reflejarlo, en la seguridad de que no existe en el vocabulario trmino alguno que alcance a reflejar mi xtasis, el arrobamiento de este amor mo. Pocas palabras ms. Crees t que en tal estado de espritu puedo ni debo engaar a nadie, ni a m misma? Yo deploro la actitud de toda mi familia. Mi pobre madre, mis tas, mis hermanas, mis cuados, todos quieren que yo sea feliz, quin no duda! Pero no se es feliz a la manera de los dems, sino a la propia manera. Yo creo en el desinters de todos y que en realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin preocuparse de que, de soslayo, alcance tambin a otros. Ahora bien: la casada he de ser yo, y nadie mejor que yo misma puede entender mi dicha. Respecto a Carlitos, no puedes imaginarte cunto siento no poder corresponder a la vehemencia de su pasin, que nada hice--bien lo sabe l--por alentar ni infundir. Es un joven distinguidsimo, bueno, lleno de mritos; y, en virtud de estos mismos merecimientos, no debe ser engaado con una correspondencia fingida de que yo soy incapaz. Se curar de su pasin, me olvidar. Con su apellido, su fortuna, su generoso espritu y bello carcter, que valen ms que apellido y fortuna, encontrar otra ms digna que yo de los tesoros de su amor. Yo no puedo ofrecerle ms que mi simpata y mi gratitud por haber descendido a poner su ideal en mi humilde persona. Por lo que toca a misia Melchora, me conmueve su generosidad. Los Chajales constituyen un verdadero reino; pero yo sera all una reina intrusa, puesto que no puedo dar, en cambio, mi corazn, que ya no me pertenece. No merece tampoco misia Melchora ser engaada. Yo no puedo entrar en aquella casa, llena de tradicin caballeresca, de noble altivez, de epopeya histrica. Me sentira confundida ante los retratos que sirven de ornamento sagrado a los salones. El virrey, los conquistadores, el obispo de Chuquisaca, el oidor de Charcas, los patricios de la Independencia, el grande de Espaa, todos los Nuezvanas, Ponces y Ebros que honran con sus virtudes las pginas de la historia, cobraran vida en sus cuadros para mirarme airadamente y decirme: Sal de aqu, falsaria, mentirosa, hipcrita, codiciosa!. Y tendran razn. Yo andara por aquellos salones azorada, aturdida, llena de vergenza. Y las voces seguiran: has venido aqu por dorar con los nuestros tu apellido oscursimo; te has casado con Carlitos para apoderarte de Los Chajales y de toda la fortuna que nosotros legamos a nuestros descendientes; t no ests enamorada de Carlitos, sino de sus tesoros: eres una prfida, una ambiciosa vulgar, una mujer despreciable, indigna de llevar nuestro nombre hidalgo y heroico!. Ay, qu miedo, sobre todo cuando me mirara monseor Nuezvana, el obispo de Chuquisaca, y me amenazara con el infierno, bien merecido por cierto! La misma mirada de misia Melchora no podra resistirla cuando escudriara mis verdaderos sentimientos. No, no!; pobreza, oscuridad, fatiga, todo es preferible a este remordimiento, a verse interrogada por tantos varones ilustres que fueron espejos de santidad y cifra y compendio de todas las virtudes caballerescas. Yo espero que misia Melchora, heredera de toda esta tradicin, que ella sabe mantener tan dignamente, hallar buenas mis razones y guardar un poco de simpata para esta pobre muchacha. Te abraza con todo su corazn. =Ins= Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra poca. Y ello nos va a proporcionar a todos bastantes disgustos. LA VIUDA DE ESQUILN VA A MAR DEL PLATA Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida interior, cuando la externa no ofrece inters, basta para entretenerme. Sin embargo, sentme ayer tarde acometida por invencible melancola. Qu hacer?--me dije--. Y para combatir la murria, ocurriseme ir a visitar a mi amiga Margarita, la viuda de Esquiln, en quien la sensibilidad y estado de nimo constituyen siempre un divertido espectculo. Ped el automvil y part, rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su magnfico palacete. Entr de rondn en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con ese desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en par, y por todas partes bales abiertos, grandes y pequeas cajas, enseres de todo linaje. La servidumbre iba y vena de un lado a otro, trasladando ropas, sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitacin interna, apareci Margarita, envuelta en una ligersima bata, sofocada, jadeante, encendida. Me tendi sus torneados y blancos brazos. --Marianela!!!... --Pero qu barullo es ste? Levantas la casa? Te mudas? --Preparndome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoy trabajando como una negra, preparndolo todo, y nunca se acaba. Las modistas se han demorado, y, por fin--ay, gracias a Dios!--hoy han trado lo que faltaba. --Pues no llevas poco equipaje! --Catorce bales y veinte cajas. No se puede meter todo en menos espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad que... ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre algunos vestidos... y tambin quiero que veas los sombreros...; a ver qu te parecen...; yo confo mucho en tu gusto...; tienes que ver tambin cuatro trajes de bao distintos... son preciosos... es decir, veremos lo que te parecen. Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las ideas no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenacin y concierto de la palabra. --Me voy a poner el cors--dice--para probarme los trajes: yo me los pruebo y t apruebas o desapruebas. Te parece? Conforme? D que s! --S, mujer, s. No me dejas hablar. T te lo dices todo. --Bueno... voy a ponerme el cors. --Quieres que te ayude? --Como quieras; pero estoy muy gil; un poco fatigada no ms por los bales; porque no me fo de las muchachas; a lo mejor, se olvidan de lo ms esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papeln. La ayudo a ponerse el cors. No necesita este entallamiento artificial, porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de lneas correctsimas, dignas de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la belleza clsica. --Ests lindsima, hijita!--exclamo, mientras corro los cordones del cors. --Como si no me hubiera casado--dice ella, resumiendo en esta frase todo cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo. Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de cuerpo entero. La doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay de todos colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio, de violeta, de rosa; estn todos los matices de la flora; unos muy escotados, otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me seala las medias, los zapatos, los sombreros y las aigrettes correspondientes. Los zapatos estn en fila sobre un largo estante; ms de cuarenta pares; los hay de todos los colores; altos, bajos, ni altos ni bajos. Las medias forman como un iris, con todas sus infinitas combinaciones. Todos los trajes le quedan admirablemente. Precioso, hijita, precioso!--exclamo cada vez que se pone uno;--todo cuanto te pones te cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra, compendio y resumen de la gracia femenil. Con presteza y soltura de actriz, la viudita se viste y se desnuda; dse vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y rulosa, hacia los hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto; sus manos vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en toquecitos rpidos, a los cuales obedecen las prendas con no s qu docilidad animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y remonona criatura. De pronto se pone un traje negro, severo y elegante a la vez. --Y ste?--pregunto. --Para ir a misa a Stella Maris. Te gusta? --Lindsimo, muy grave, muy chic!... --Oh, la gravedad chic es lo ms chic de la gravedad! Hay que recordar, de vez en cuando, que una, es viuda. En la salita, colgado en alto, hay un retrato al leo. Es un mozo de rasgos enrgicos, de bigote negro, con cierto aire tribunicio, de mitinero electoral, a cuya aficin ay! debi su triste fin, ya relatado en otra ocasin. La viuda vuelve hacia l sus grandes ojos azules, de Dolorosa de Rubens, y suspira: Ay, Arturito, qu felices fuimos!... Dos lgrimas resbalan por las mejillas de Margarita. El doctor Esquiln, inmortalizado en el leo, adquiere en su mirada una ternura indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglndose los lazos de un traje color crema que se ha puesto para que yo vea cmo le queda. --Ya no tiene remedio, hijita--la digo para consolarla y ahuyentar la triste visin. --Era muy bueno, Marianela, muy bueno. Qu energa, qu bro! Yo creo que hubiera ido lejos!... --Pobre!...; ms lejos de lo que se ha ido...; pero es necesario, Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir. --Eso digo yo. Tengo 24 aos; viuda a los 20: es horrible! Qu te parece este traje?... --Precioso!... --Viuda a los 20...: qu hago yo en el mundo? He guardado luto riguroso cuatro aos...; las medias de este traje son aqullas... y aqullos los zapatos...; encerrada a los 24 aos; suponiendo que viva 70, son... yo no s cuntos... --Cuarenta y seis. --Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos cuatro aos... t no sabes cmo he llorado... te gusta aquella aigrette?...; ya no me quedan lgrimas. --Mucho, me gusta mucho. --Nunca tuvimos un disgusto. Era lo ms complaciente...; aquel abrigo te gusta?; es una salida de baile que imita al capote del kronprinz en campaa...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar, hijita. En balde trato de distraerme... aquel gorrito qu mono! no? es para la playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer a nadie como... --Y estos palitroques?--pregunto, sealando unas varas que veo sobre un bal. --Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos los das al golf. Me han hecho cuatro trajes para este deporte. --Irs tambin al Club? --No; slo pienso ir al Ocean... Y, claro, al Brstol. Ya mi administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me reserve un departamento en el anexo, frente al mar. Tambin me guardan mesa en el comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es donde se coloca la haut, toda la gente conocida. Es muy difcil conseguir este sitio; todos quieren estar all, aunque no sean conocidos... --Para serlo. --Claro; as se va sabiendo que existen. Por fin, despus de muchas cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha contestado a mi administrador que est tranquila, que tendr la mejor mesa, junto a la terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente. --Y para que te vean? --No, eso no me importa. Quin se va a fijar en m, en una pobre viuda? --Vamos... no sea hipcrita conmigo. Piensas bailar? --Ah tienes un problema que me est dando muchos dolores de cabeza. No s qu hacer. Lo pienso y lo pienso da y noche y... no s, no s si me animar a bailar. A t qu te parece? --Que debes bailar; no mucho, pero un poquito. --Es que si empiezo... no s si me detendr; porque, hijita, a pesar de mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que bailo sola. --La juventud, Margarita, los fueros de la Naturaleza que se imponen a toda concepcin triste de la vida. --No he querido ir en carnaval por eso, porque no saba qu hacer. --El primer baile de una viuda me parece mejor en semana santa; est ms en carcter. La primera noche un par de vueltas nada ms, muy discretas, como cediendo a un compromiso muy insistente y muy inevitable. Luego, poco a poco, te vas lanzando. --Lo que ms me preocupa es el primer baile; empezar; no s cmo empezar, hijita; siento una cosa... as... vamos... que no s cmo empezar. --No te preocupes; ya se encargar alguno de allanarte el camino, de iniciar el modo de dar las primeras vueltas. --Sabes lo que estoy pensando? Me gustara bailar el primer baile contigo; que fuera como una humorada tuya. As se rompa el hielo. Por qu no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos... --No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita, que no s cmo voy a salir. --Por...? --Por lo de Inesita. Sabes que se casa con Ral, con mi cuado? --S, ya me lo han dicho, Pobre Carlitos Nuezvana! Creo que est desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni siquiera se peina. A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! Qu destronamiento terrible! --Pues aqu me tienes luchando con todos, con Clotilde, con sus hermanas, con misia Melchora... --Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe terrible. Hijita, los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro, su cario de abuela; verle as, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la vieja es un golpe tremendo. --Y qu hacerle? --Ah, claro!; no hay qu hacerle. Si Inesita no quiere... no hay qu hacer. Y por qu no te llevas a los muchachos, a Ral e Inesita, a Mar del Plata? Invitas tambin a Clotilde, a la mam de Inesita, y nos juntamos all todos. La aparicin de los muchachos en el Brstol sera todo un xito. Un noviazgo tan sonado...! Entraran como los Reyes Catlicos. En los salones del Brstol los noviazgos adquieren una solemnidad, una importancia que no tienen en ninguna otra parte. Figrate los comentarios, despus de lo que ha pasado! En fin... un exitazo para Ral y para Ins! Vamos a Mar del Plata. --No s lo que har. Quiz en marzo, si logro arreglar las cosas. Ya se lo he dicho a Jorge y est conforme. --Hijita, tienes un marido ideal. --As es, gracias a Dios. Pero hablemos de t. T llevas algn plan a Mar del Plata. --Marianela!... Ninguno, qu cosas tienes!... --No seas gazmoa, Margarita. Qu tiene ello de particular? Es la cosa ms natural. Eres joven, linda, rica. Vas a vivir sola toda la vida? No es justo, no es lgico que formes una familia? Ya sabes que yo soy buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo... --Ay, Marianela, demonio malo, que me estas sonsacando lo que no quiero decir...! No me tires de la lengua, no me tires, no me tires...! --Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar del Plata y bailemos el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla. --Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber. Qu bien me vendra que me acompaaras a Mar del Plata! --Flirteo?... Principio?... Ir si me necesitas. --Bueno; entonces te contar. Aunque ya te puedes imaginar... --No digas ms, Margarita, no digas ms!... Ha vuelto? Era de ley! --Ya sabes lo que pas. Yo vacil entre Arturo Esquiln y l; al fin me decid por Esquiln, que ya haba terminado la carrera. Y el otro, hijita, se qued soltero, triste, aplanado; para l no haba otra. Me conmueve y arranca lgrimas esta fidelidad!... --Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene porvenir en la poltica. Hijita, te da por los polticos! Creo que habla muy bien. --En pblico y en privado; y... sobre todo al odo... Da gusto orle... --Qu es? --Muy guapo. --No, mujer, digo en poltica. --Ah!... conservador de la provincia; ugartista, mejor dicho. Hijita, los ugartistas no sern muchos, pero todos son lo ms vivos, lo ms inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada todava... --Est ya l en Mar del Plata? --No; va el sbado. --No hay nada, y sabes cundo va... --No me sofoques, Marianela, no me sofoques!... --Y t cundo vas? --El martes. --Y l lo sabe? --S... --Y dices que no hay nada!... --Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!... Margarita me abraza y me besa en medio de un alborozo en que palpita a brincos su joven corazn. --Vendrs, Marianela? Mira que me haces mucha falta... --Ir. Despus de arreglar lo de Inesita, ir a arreglar lo tuyo. Yo me desvivo por estos arreglos, en que se trata de hacer felices a quienes merecen serlo. Van a ser mis dos grandes obras del ao. A ese ugartista lo pescamos, Margarita, lo pescamos en Mar del Plata! Ir, ir, adis, adis...! End of the Project Gutenberg EBook of Crnicas de Marianela, by Anonymous License: Share Alike