Produced by Stan Goodman, Larry Bergey and the Online Distributed Proofreading Team BELARMINO Y APOLONIO _NOVELA_ RAMN PREZ DE AYALA 1921 PRLOGO EL FILSOFO DE LA CASAS DE HUSPEDES Don Amaranto de Fraile, a quien conoc hace muchos aos en una casa de huspedes, era, sin duda, un hombre fuera de lo comn, no menos por la traza corporal cuanto por su inteligencia, carcter y costumbres. Algn da quiz se me ocurra referir por lo menudo lo que hube de averiguar de su vida, y sobre todo recoger por curiosidad sus doctrinas, opiniones, aforismos y paradojas; de donde pudiera resultar un libro que si no emula las _Memorabilia_ en que Xenofonte dej reverente y filial recuerdo de su maestro Scrates, ser de seguro porque ando yo tan lejos de Xenofonte como don Amaranto se aproximaba, tal cual vez, a Scrates: un Scrates de tres pesetas, con principio. Pero todo esto no conviene ahora a mi propsito. Cuando yo le conoc pasaba ya de los sesenta este varn extraordinario. Haba vivido veinte aos en la misma casa de huspedes, aquella en donde yo di con l, y otros veinticinco en otras muchas casas de huspedes. Es decir, que se haba pasado la vida en casas de huspedes. La tal casa, en donde al Destino plugo juntarnos pasajeramente, era repugnante de todo punto. Pas all slo dos meses, y eso porque la simpata y deleitoso magisterio de don Amaranto me persuadieron a dilatar mi estada. Su irnica pedantera y pintoresca erudicin me encantaban; pero lo que ms me mova a venerar a don Amaranto era el hecho de que hubiera permanecido tantos aos en semejante alojamiento, soportando como si tal cosa, sin perder de romana en lo fsico ni la ecuanimidad interior, privaciones, entrometimientos, escndalos, desalios, ponzoas; en suma, un trato miserable y homicida. Y es que haba profesado pertenecer a las casas de huspedes, como a una orden religiosa, y hecho voto de pupilaje perpetuo. l mismo me lo declar un da, de sobremesa. Digo de sobremesa, que no de sobrecomida. Un detalle de las sobremesas de aquella casa, es que no haba palillos de dientes; no por razones de economa, ni menos por escrpulos de aseo y urbanidad, como es uso entre anglosajones, los cuales consideran el acto de mondar las rendijas de la dentadura como una necesidad de orden vergonzoso y clandestino, sino porque no haba ocasin, y por ende los palillos holgaban. Condumios y viandas eran los primeros harto flidos y las otras de estructura demasiado coherente y compacta para la herramienta dental humana, de manera que no permaneca residuo alguno entre los dientes. --En el tica--me dijo aquel da de sobremesa don Amaranto, ostentando didcticamente un tenedor de peltre, al modo de frula--se iba a buscar la sabidura al mercado o bajo el prtico de Jpiter Liberador, donde Scrates, con palabra ligera y gesto sonriente, parteaba, como avezada comadrona, el alumbramiento de las ideas; al huerto umbrtil de Academo, donde Platn, de hombros anchos y labios melifluos, empollaba en las almas jvenes los alados anhelos con que volasen de lo sensible a lo absoluto; en el Liceo, donde el seco Estagirita desmontaba en piezas la mquina del mundo, y mostraba sus relaciones, ensambladuras y modo de funcionar. En la Edad Media, los silos del saber de entonces y de lo poco que de la antigedad an quedaba fueron los monasterios. Luego, la ciencia se acogi a las universidades. En nuestros das, la mejor universidad, el verdadero convento, el ms cumplido liceo, el ms poblado huerto de Academo, y el ms genuino trasunto del prtico de Jpiter Liberador y del clsico mercado, todo esto es, amigo mo, la casa de huspedes espaola, sealadamente la madrilea. La Naturaleza es un libro, ciertamente; pero es un libro hermtico. La casa de huspedes es un libro abierto. No se necesita sino saber leer, que es bien poca cosa. Ahora, que para morar de por vida en casas de huspedes, como para profesar en una orden religiosa, necestase asimismo una cualidad rara, aunque no tan rara entre espaoles: vocacin asctica. En las casas de huspedes no cabe dar pbulo ni satisfaccin a ningn linaje de voluptuosidad o apetencia de la carne mortal. El espaol tiene la piel tan recia, las entraas tan enjutas y los sentidos tan mansuetos, que es ya asceta innato y por predestinacin; ninguna aspereza le mortifica y apenas si hay placer sensual que apetezca, como no sea el gensico, y se en su forma ms simple y plena, el cual as considerado, aunque el vulgo ibrico lo denomine amor, y hasta el gran Lope de Vega escribi que no hay otro amor que ste que por voluntad de natura se sacia con el ayuntamiento de los que se desean, no es sino instinto y servidumbre, comn a hombres y bestias, con que cumplimos en la propagacin de la especie; en tanto el hombre, en sus placeres exclusivos, selecciona por discernimiento, que no por instinto, el objeto o propsito hacia donde se encamina, y perfecciona por educacin los medios de alcanzarlo y el arte de gustarlo. Un placer humano, aunque de la ms baja jerarqua, es el de la mesa. Los animales comen el alimento en crudo. El hombre hace pasar el alimento por la cocina; lo condimenta, lo sazona, le infunde sabores varios y sutiles. El buey come hierba ahora como en la edad de piedra, y la rumia como entonces, sin haberle aadido complicaciones ni gustos nuevos. En cambio, la ciencia y el arte culinarios son evolutivos y perfectibles; en Maxim, de Pars, no se come como se coma en las cavernas. S, amigo mo; el espaol es asceta _a nativitate_. Por eso en Espaa hay incontable nmero de conventos y casas de huspedes, en los cuales se perpetan bodrios y condumios cavernarios, cuando no se apenca con el alimento en crudo. Cierta vez me propuse acometer una investigacin cientfica de sociologa comparada, y aun de etnografa, tomando como tema y punto de arranque las casas de huspedes en Espaa y en las naciones extranjeras. Despus de prolijas experiencias y estudios, llegu a este resultado inconcuso: la casa de huspedes es una institucin tpicamente espaola, algo as como la lidia de reses bravas en coso, el cocido y el cultivo de las verrugas pilosas con fines estticos. Entre el _boarding-house_ ingls, la _pension de famille_, francesa o suiza, la _pensione_ italiana, la _pensionshaus_ alemana y la casa de huspedes madrilea, hay tanta semejanza como entre el Tmesis, el Sena o el Tber, de una parte, y de otra el Manzanares; y en este parangn le corresponde el papel de Tber, Sena o Tmesis a la casa de huspedes, claro est. El _boarding-house_ ingls es un pequeo museo de figuras de cera, un nmero del _Punch_, un breve repertorio de caricaturas, ya que los britanos, casi sin excepcin, condcense socialmente con fra y cmica simplicidad y rehuyen efusiones e intimidades. La pensin suiza, una cantina de estacin; todos estn de paso y ausentes entre s. La _pensione_ italiana, alhndiga de interjecciones y de lugares comunes artsticos (han visto ustedes ya _La Primavera_, de Sandro Boticelli? Ah!, exclama una pintora sueca, de volumen ciclpeo, en tanto ingurgita, con remilgo y primor, cucharadas de _minestrone_. Ah!, repite un yanqui de pecho abultado, como palomo buchn, que tiene voz de bartono y est adoctrinndose en el _bell canto_, con miras econmicas, por ver de ganar tanto como Caruso. Pues, y los frescos del Giotto? Oh!, interpone una provecta dama rusa, que tiene ante s un libro de Ruskin, abierto y apoyado sobre una panzuda botella de _Chianti_); vivero de filisteos estetas, de fementidos mulos de Apeles y Fidias y de presuntas estrellas operticas, que con aullidos y fermatas martirizan al husped sosegado e inofensivo. La _pensionshaus_ alemana, reducido _pandemnium_, o sea, lugar consagrado al culto de la democrtica Afrodita tudesca, de cadera copiosa y relevado seno. Algunas pensiones familiares francesas justifican, en efecto, su ttulo, mediante ciertas virtudes y todos los defectos de la vida familiar, y conservan la mesa nica, la mesa redonda, que en la casa de huspedes espaola es de rigor. En todos aquellos hospedajes y albergues forasteros no niego que se aprende algo; pero ese algo es anecdtico, superficial, inconexo, al modo de las monografas de la ciencia experimental. Mas la casa de huspedes es enciclopedia de las ciencias, es _summa_, es biblia. Hace ya no pocos lustros, durante mi noviciado como pupilo de casa de huspedes, entabl pronta amistad con otro pensionista, estudiante de medicina, quien primero suscit mi curiosidad hacia los misterios hipocrticos y luego me inici en ellos. Con l asist a un parto, en San Carlos. Hay dos espectculos que el hombre debe presenciar alguna vez: uno es la salida del sol; otro es un parto. El primero nos ensea a respetar la idea de Dios; el segundo, a respetar a la mujer. Creo que la razn de que en los matrimonios espaoles no se acate lo debido a la mujer estriba en que es uso entre comadrones y comadronas impeler y aun constreir al padre a que permanezca fuera del recinto en donde se verifica el doloroso misterio. De esta suerte, el marido ignora por qu la maternidad es sacramento, martirio y santificacin. La mujer, advierte San Agustn, _nisi mater, instrumentum voluptatis_; o vemos en ella la madre, o nos rebajamos a tomarla como mero instrumento de voluptuosidad. Cuando sucede esto ltimo y del misterio de la maternidad el hombre no hace cuenta sino de los fugitivos instantes de epilepsia que acompaan a la cpula, al acto de engendrar y concebir, entonces el esposo envilece a la esposa, y cmo ha de respetar aquello que envilece? Prosigo. Estudi bastante tiempo la medicina, libremente y conforme mi arbitrio. Desde aquel punto, siempre he estado suscrito a alguna revista mdica. Lo primero es el conocimiento del hombre fsico, de la mquina deleznable y complejsima con que sentimos y pensamos. Las ideas, aun las ms puras, son evaporaciones biolgicas, vahos de la carne efmera; son como las nubes, que parecen nacidas del firmamento y exentas de la grave jurisdiccin terrena, no obstante que de la tierra se desprenden y a la tierra tornan, y al volver la fecundan. Merced a otros muchos pensionistas y accidentales compaeros de hospedaje, fu interesndome y adoctrinndome en las varias disciplinas y actividades del saber. En una ocasin cay por mi misma casa de huspedes un teutn, aprovechado como todos ellos, que buscaba aprender en vivo y por obra de prctica asidua el castellano. Tate, pens; t aprenders mi habla, pero yo aprendo la tuya, como as fu. El griego me lo ense un opositor a ctedras, y muy rpidamente, con gran sorpresa ma. Abundante copia de opositores a ctedras conoc, que me sirvieron de maestros. Existe en Espaa una rara profesin: la de opositor a ctedras. Hay individuos, talludos ya, y aun valetudinarios, que no son ni han sido otra cosa que opositores a ctedras. Esto se explica porque en Espaa se conceden las ctedras por amistad, parentesco o bandera, antes que por mrito; de donde se aprende ms y mejor de los opositores que de los mismos catedrticos. No le fatigar a usted con la relacin meticulosa de lo que he aprendido y me figuro saber. Porque, al cabo, el saber poco o mucho, de qu sirve? Cada ciencia, de por s, es una abdicacin al conocer ntegro, gesto de cansancio, tcita admisin de pequeez e ignorancia, actitud de obligada humildad. El sabio se ha dejado colocar, como caballo que va de jornada, orejeras a entrambas sienes, por no ver sino lo que tiene delante de las narices. El universo es coordinacin de infinitos fenmenos heterogneos. Cada ciencia, en cambio, se conforma con aascar enteco troje de fenomenillos homogneos, y obstnase en no admitir que de fuera, aparte, por debajo y por encima de ellos, exista realidad alguna. La edad cientfica sigue a la edad teolgica. Es decir: cuando la humanidad, tras de haber imaginado penetrar el sentido de la vida y la muerte y tener asido el orbe entre las manos, como un nio una pelota, volvi sobre s y, con maravilla y espanto, descubri que todo haba sido ensueo e ilusin, que la vida no tiene sentido ni el orbe consiente que se le abarque; en aquel trance lastimoso, que fu algo as como una almoneda en donde se desbarat el hogar y menaje de los dioses, algunos individuos remataron a bajo precio tales y cules trastos de la almoneda, que, aunque apolillados y claudicantes, todava duran y se utilizan, y otros individuos, muy contados, ms propensos a la desesperanza y al tedio, volvironse de espaldas al cielo, ya vaco y desalquilado, humillaron los ojos hacia el suelo, y aplicronse a reunir por semejas hechos minsculos, no de otra suerte que un desocupado, por pasatiempo o ansia de olvido, se emplea en coleccionar objetos inservibles; y as se fu formando cada una de las ciencias particulares: que no es otra cosa una ciencia sino coleccin, jams completa, de sellos usados o cencerros de vaca. Antes, en la edad teolgica, el hombre se haba acostumbrado a la presencia de lo absoluto en cada realidad relativa; el mundo estaba poblado de mitos; la esencia de los seres flotaba en la superficie, como la niebla matinal sobre los ros; y el conocimiento ntegro se ofreca al alcance de la mano, como la frambuesa de los setos. En un rbol, si era laurel, un antiguo vea a Dafne, senta el contacto invisible de Apolo, y empleaba las hojas para guisar y para coronar los pgiles y los poetas. Qu ms necesitaba saber? En la edad cientfica un solo rbol se multiplica en tantos rboles como ciencias, y ninguno es el rbol verdadero. El botnico le pone un mote; el matemtico le da ciertas dimensiones, en relacin con la circunferencia del ecuador, atiza!; el arquitecto lo considera como una viga maestra; el ingeniero naval, como una cuaderna o un mstil; el telegrafista, como un poste de telgrafos; el economista, como un valor cotizable; el ingeniero agrnomo, como un orden de cultivo; el mdico, como una especie teraputica; el qumico, como una retorta en cuyo seno se efectan ciertas reacciones; el bilogo, poco menos que como una persona; y as sucesivamente. La mosca tiene la retina tallada en millares de facetas, con que ve lo externo reproducido en millares de imgenes. Le en un ensayista francs: Quin poseyera la retina de la mosca! Qu formidable panorama de la creacin le ha sido otorgado a la mosca y negado al que llamamos rey de la tierra!... Pues con penetrar un poco en todas las ciencias, as puras como aplicadas, se descompone al punto una imagen en millares de imgenes, como ya he esbozado en el paradigma del rbol. Y la familiaridad con las ciencias y subsecuente visin por miradas de imgenes se obtiene profesando, por vocacin y con fe, en una casa de huspedes. La verdadera universidad de nuestros das--asent Carlyle--es una biblioteca. Si Carlyle hubiera sido espaol, habra dicho casa de huspedes, que no biblioteca. Pero, ya que uno es docto en toda ciencia y mira el objeto en todos sus visos y desde todos los sesgos, es esto saber ms, ni siquiera saber algo? Eso es dar vueltas en un to-vivo, alredor de un objeto. Frontera a m, en la mesa redonda, come una linda muchacha. Yo cabalgo un paquidermo del to-vivo imaginario y cientfico, y me lanzo a observar la hermosa criatura, girando en torno de ella. Comienzo a observarla en un soslayo o escorzo, el fisiolgico. Penetro la arcana alquimia que se est operando en su estmago a tiempo que deglute; s cmo las protenas, grasas y carbohidratos, almidones y azcares de los alimentos que delicadamente va introduciendo en el precioso estuche de su boca se truecan al final en tejido orgnico; y no quiero profundizar ms en estas observaciones entraables, porque llegara a trminos lastimosos. Hago un cuarto de rotacin sobre el giratorio paquidermo, y ahora observo a la nia desde otra perspectiva: la filolgica. Por ciertas voces y matices ortolgicos, s, con certidumbre, que esta muchacha es galaica, y precisamente de Mondoedo. Como por encantamento, la nia acaba de decir que es de Mondoedo y nacida en agosto. Mi paquidermo da un bote hacia adelante, y ya estoy en otra lnea de observacin: la de los horscopos y astrologas, que es ciencia no por olvidada menos respetable. Esta joven, como nacida en agosto (Napolen Bonaparte naci en agosto), es apasionada, ardiente, muy proclive a gratificar la Venus, dicharachera, y debe cuidar de los dolores de cabeza (Napolen no consum la batalla de Borodino porque aquel da le aquejaba una fluxin nasal). Si yo fuera joven, no seguira adelante, porque qu vale toda la ciencia ante estos dos hechos tan sencillos: que esta joven es bonita y que se rinde a ciertas proclividades? Pero, puesto que si no senil soy senescente, me sobrepongo a las flaquezas de la carne, completo el giro y examino a la muchacha desde los cuatro puntos cardinales. A la postre, estoy donde estaba. Qu he conseguido saber sobre esta muchacha? Nada. Nada. Nada. En cambio, si es vecina de mi aposento y a travs del frgil tabique la oigo suspirar, rer, llorar, s que est triste, que goza, que sufre. Otro da cojo al vuelo una frase; otro, percibo todo un dilogo; otro, hablo con ella y la guo con sutileza a que me confe algn secretillo; otro, completo lo que ella me haya dicho con lo que otros me comuniquen acerca de ella misma; y as, poco a poco, he llegado a conocerla en puridad, porque he entrado en su drama. Cada vida es un drama de ms o menos intensidad. Cada vida es, asimismo, una sombra inconstante y huidera. Recuerda usted la alegora de la caverna, de Platn? Pues es preciso ir todava un poco ms all; los que Platn pone aherrojados en la caverna no son cuerpos materiales, sino sombras, pero sombras dramticas y atormentadas; y lo que sobre el muro ven, sombras de sombras. Eso es una casa de huspedes: la caverna de las sombras. Por estas penumbrosas estancias circulan sin cesar nuevas sombras y ms sombras, vidas y ms vidas, dramas y ms dramas. Se me dir que lo mismo sucede en los hoteles, en las calles, en los ferrocarriles, dondequiera que se congregan las gentes. Y es verdad. Slo que en aquellas partes la sombra y el drama pasan sordamente, aisladamente, disimuladamente, sin comunicarse, en tanto en la casa de huspedes, la obligada familiaridad, que comienza en la mesa redonda, solidariza a esas sombras efmeras y quebranta los sigilos del drama individual. Le digo a usted que, a veces, extendiendo la mirada sobre mis vecinos de mesa, cuyos dramas privativos se me presentan al pronto con escnica plasticidad, y elevndome a seguida, y como que a pesar mo, a contemplarlos filosficamente, _sub specie aeterni_, como sombras inconsistentes y efmeras, me acomete un escalofro pattico, me dan ganas de llorar y soy capaz de tragarme, sin parar atencin y como si fuese un plato de natillas, la empedernida chuleta que me han servido. Para elevarse al concepto y la emocin del bosque, o alongarse de l y tomarlo en conjunto, o sumirse dentro de l; en las lindes y a corto trecho, los rboles estorban ver el bosque. Para ascender al concepto y la emocin de la vida, o situarse en el punto de vista de Sirio, como hace el filsofo, o zambullirse, con todas las potencias, en los dramas individuales. El drama y la filosofa son las nicas maneras de conocimiento. Y aqu, en estos cavernosos senos de la casa de huspedes, estn las fuentes del conocimiento. La cuestin es alumbrar el manadero. A travs de las casas de huspedes ha pasado toda la historia de Espaa del siglo XIX. S, seor, s; la historia de Espaa del siglo XIX es una historia de casa de huspedes. Qu le vamos a hacer? No crea usted que la historia de las dems naciones cultas en el siglo XIX es muy superior a la nuestra. Aqu y acull, y en todas partes, la historia del siglo XIX es la historia de la clase media--clase media ms rica y culta all, ms miseranda y cerril ac--; la historia de una poca de libertad anrquica, la libertad de explotacin; torbellino de tomos insensatos e incoherentes; poca egosta y brutal, que pens suprimir el dolor fingiendo ignorar que lo hubiese, y alarde de _apreciar_ las ideas y la belleza porque las avillan y someti _a precio_ cotizable en el mercado, como cualquiera otro artculo de comercio; poca, en fin, en que el negociante venci y aniquil al filsofo y al poeta. Jams olvid aquella sesuda y graciosa disertacin de don Amaranto sobre las casas de huspedes. Despus de separarme del seor de Fraile, recorr algunos de estos heterclitos albergues, hasta que pos definitivamente bajo los hospitalarios Penates de doa Trina, cobijo llevadero por la abundancia, ya que no por la delicadeza de bastimentos, y, sobre todo, lugar ameno, si los haba, a causa de la afluencia de gentes de todo estado, edad y condicin: sacerdotes, toreros, polticos, tahures, comerciantes, covachuelistas, militares, estudiantes, labriegos, inventores, pretendientes, petardistas; ingredientes y rebabas del revoltio social, que all se mezclaban desde todos los rincones de Iberia. Por sugestin del excelente don Amaranto, me haba acostumbrado a tomar las diversas casas de huspedes, por donde transit, al modo de tiendas, con sus existencias, tal cual abastecidas de dramas individuales, metido cada cual en su paquete y cuidadosamente atados con bramante. No haba sino desatar el bramante y desenrollar el paquete. Si aquellas casas eran tiendas de menguado surtido, la de doa Trina destacaba al modo de vasto y rico almacn, con gneros nicos de fabricacin nica. Verdad que no se poda sacar sino el gnero; luego se exiga cierta diligencia para darle hechura. En aquel almacn de dramas empaquetados se desenvolvi ante m, y hube de palparlo, el drama de Arias Limn y sus hermanas, que luego di a la estampa, para entretenimiento de distrados y ociosos[1]. Me rozaron, asimismo, otros muchos dramas, que se han perdido en el ro de sombras y es probable que nunca aborden a una orilla. Pero hoy me siento en humor de salvar del olvido un drama semipattico, semiburlesco, de cuyos interesantes elementos una parte me la ofreci el acaso, otra la fu acopiando en aos de investigacin y perseverante rebusca. Por eso, lo considero casi como obra original ma. [Nota 1: _Prometeo. Luz de domingo. La cada de los Limones._ Tres novelas poemticas de la vida espaola.] CAPTULO PRIMERO. DON GUILLN Y LA PINTA. Un Martes Santo, a la comida del medioda, apareci en la mesa un husped indito: un sacerdote prebendado. Si me cruzo en la calle con l, o le hallo frente a frente en un tranva, o come vecino a m en una fonda de estacin, apenas si me hubiera molestado en resbalar sobre l la mirada. Pero estbamos en la mesa redonda de una casa de huspedes. Tena razn el excelente don Amaranto. No slo yo, todos los dems comensales nos aplicamos a escudriar, descarados, en nuestro flamante sacerdote, como cumpliendo una obligacin. El resista con indiferencia la curiosidad ambiente. A los toreros, a los cmicos y a los curas no les desazona la curiosidad ni les desconcierta la mirada fija, como habituados a ser foco de la atencin en el ruedo, la escena y el plpito. He dicho ms arriba nuestro flamante sacerdote, y no hay adjetivo que mejor le cuadrase. Pareca un santo de cartn piedra, recin salido de los moldes y acabadito de pintar. La sotana de merino lustroso, como barnizado; el vivo del alzacuello, una pinceladita de morado ardiente, casi carmn; el afeitado de bigote y barba, color violeta y azulenco plidos; el resto del rostro, rojo vehemente y bruido; los ojos, profundos y negros. No tendra arriba de los cuarenta aos, si llegaba. Superada esta primera e insulsa impresin de santito alfeicado, de la fisonoma del sacerdote emanaba un no s qu de personal y sugestivo. El rojo de sus mejillas era patolgico; deba de padecer del corazn. Como era guapito y harto joven para la dignidad eclesistica que ostentaba, quizs algn malicioso presumiese que la haba alcanzado mediante el favor de las omnipotentes faldas. Pero, de otro lado, nada se insinuaba en l que trascendiese a _homme aux femmes_ ni a Periquito entre ellas. No delataba el aplomo del cura conquistador ni el hipcrita y meloso encogimiento del curilla faldero. Si acaso el favor de las damas le haba encumbrado, sera, probablemente, sin l haberlo buscado con singular empeo. As cavilaba yo, entre la sopa y el cocido. Doa Emerenciana, una viuda vejancona que, a falta de galanes ms lucidos, se pasaba la vida persiguiendo a Fidel, el mozo de comedor, vease que se despepitaba con la proximidad del cannigo, y fu la primera en dirigirle la palabra: --Verdad que en este Madrid hace demasiado calor, y eso que estamos todava en abril? Usted vendr de sitio ms fresco, don... cmo se llama usted? --Me llamo Pedro, Lope, Francisco, Guilln, Eurpides; a elegir--dijo con voz robusta, de timbre grato; llana, atrayente sonrisa. Todos hicimos eco a su sonrisa, menos la vieja, que no acertaba a decidir si la respuesta era en serio o en chanza. --Qu chistossimo!--exclam, optando por la chanza. --No, seora; no es chiste--replic el sacerdote. --Pero, Eurpides es nombre cristiano? Si lo es, vendr de la provincia de Palencia, que es donde ponen los nombres ms estrambticos. --No, seora; no es nombre cristiano. Pero se conoce que el cura que me bautiz no se haba enterado. Si a m me canonizan, entonces habr un San Eurpides: el primero. --Qu chistossimo! Pues ya tiene usted bastantes nombres, gracias a Dios. --Caprichos de mi padre, que era autor dramtico y zapatero, o zapatero y autor dramtico, segn el orden de prelacin que usted prefiera. Todos mis nombres lo son tambin de famosos dramaturgos de otros tiempos: Pedro Caldern de la Barca, Lope de Vega, Francisco de Rojas Zorrilla.... --De ese Zorrilla, autor del _Tenorio_, algo o hablar cuando era nia--interrumpi doa Emerenciana. --Guilln de Castro--prosigui el cannigo, sonriendo siempre--, Eurpides.... Y como sobrevino una pausa, doa Emerenciana salt: --Eurpides qu? --Eurpides Lpez y Rodrguez--respondi el cannigo, con espetada sorna esta vez. --Se ve que era de familia humilde--coment doa Emerenciana--. Y bien, con cul de los nombres hemos de llamarle? --Unos me llaman por uno, otros por otro. Use usted el que prefiera. --Pues prefiero don Guilln. --Es el que suelen preferir las seoras--dijo don Guilln, con dejo satrico. --Por mi parte, si usted me lo permite, le designar como seor Eurpides; me sabe a repblica--entr a decir don Celedonio de Obeso, ateo declarado y republicano agresivo; en el fondo, un pedazo de pan, un zoquete. En la mesa de casa de doa Trina no poda faltar un republicano acreditado. Este don Celedonio era sucesor de aquel jefe del partido republicano de Tarazona, ciudadano de gran desparpajo y barba bipartita, como ubre de cabra. --Como usted guste--respondi don Guilln espontneamente. Antes de concluir la comida, don Guilln se haba granjeado la confianza y la simpata de todos; y a tal extremo lleg la confianza, que don Celedonio se atrevi a dispararle a boca de jarro esta pregunta: --Cree usted en Dios? --Cree usted en la repblica?--interrog a su vez don Guilln, sin inmutarse. --Como republicano que soy. --Yo, como sacerdote que soy, soy creyente. --Ninguna persona inteligente cree en Dios. --Yo he conocido personas inteligentes que me decan: Ninguna persona inteligente cree en la repblica. --Pues los cristianos primitivos--dijo el seor De Obeso, rebajando el tono y batindose en retirada--eran republicanos. --Eran ms; eran anarquistas. Pero, en fin, as como aquellos cristianos, partiendo de la idea de Dios, llegaron a la de repblica, bien puede usted tomar el viaje de vuelta, y, partiendo de la idea de repblica, llegar a la de Dios. --Para ese viaje no necesito alforjas--concluy don Celedonio; y don Guilln le ri cordialmente la gracia. Es de advertir que durante el dilogo anterior don Guilln no haba puesto en sus rplicas acritud, ni fuego polmico, ni aire de desdn. Con esto, nuestra simpata hacia l se robusteci. Al salir del comedor, don Celedonio murmur a mi odo: --Es un to juncal. As me gustan a m los presbteros. Despus de la comida, supe que don Guilln era lectoral en la catedral de Castroforte, y que vena a predicar los sermones de Semana Santa en la capilla del Palacio Real. De seguro era un pico de oro. El hospedaje de doa Trina lo patronizaban tantos pupilos y huspedes flotantes, que no bastando para contenerlos el amplio y profundo piso de la calle de Hortaleza, como si dijramos la metrpoli hospederil, la seora haba alquilado otros cuartos, al modo de colonias, en los aledaos y calles contiguas, uno de ellos en la calle de la Reina, que es donde yo tena mis aposentos. Apunto este pormenor para dar a entender que quienes se alojaban en las colonias gozaban consiguientemente de mayor libertad, especialmente de noche, que los de la metrpoli. En las horas nocturnas, tales calles y callejuelas eran por aquellos tiempos lonja de contratacin pblica de mercenarios deleites y lugar asiduo de feas prostitutas y chulos marchosos. Antes de llegar a mi vivienda era fuerza que atravesase por entre el multitudinoso ejrcito de ocupacin, recibiendo continuos dardos meretricios y padeciendo asechanzas y requerimientos, as orales como de hecho, puesto que alguna se asa de mi brazo; de manera que, por zafarme de estorbos y reponerme de la fatiga, sola yo algunas veces acogerme a un cafetn, que era donde las individuas vivaqueaban, y all convidaba a las que ms me atosigaban, con que las dejaba mansas, nutridas y satisfechas. Como me inspiraban dolor y lstima, las trataba siempre con benignidad. Convengo en que la prostitucin es una grande y hedionda lcera. Pero, qu culpa tiene la lcera por pertenecer a un cuerpo corrompido, cuyo es manifestacin franca y fatal resultado? Donde todo est prostituido, la prostitucin femenina casi es loable, porque es un sntoma claro. Con frecuencia, y ya que estaban apaciguadas, dilatbame largo rato en el cafetn departiendo con las desdichadas, y del coloquio extraa provecho espiritual, puesto que la compasin, a que me movan, es un depurativo del alma; y tambin observaba los tipos, casi todos estrafalarios, que concurran en el antro. Atrajo desde el principio mi curiosidad una mujer agraciada, paciente, triguea, sin adobos ni rosicleres como las otras, que estaba siempre sola e inmvil en un ngulo, ante s un vaso de recuelo, que jams se llevaba a la boca. Se pareca a una virgen de Rafael, algo ajada. Como una noche la mirase largamente, la Piernavieja, la unidad ms alharaquienta y ofensiva del ejrcito de ocupacin, conocida por aquel remoquete a causa de renquear un poco, me dijo: --Qu miras; aquella panoli? Es Angustias, la Pinta. Est con el Tirabeque, un golfo y fullero, que la tiene aqu hasta que pasa a recogerla de madrugada. --Convdala a que venga y tome algo--dije a la Piernavieja. --Eh!--grit la Renca--. T, la Pinta, que este seorito te convida. La Pinta, ruborizada, se excus. La Piernavieja insisti en balde. --Y eso de la Pinta, es mote?--pregunt. --Quia; es su verdadero nombre. Se llama as, Angustias Pinto. Tambin es capricho conservar la filiacin natural en este negocio. Es una simple que no sirve _pal_ caso. Poco a poco y noche tras noche fu entablando amistad con la Pinta. Era una mujer dulce, triste y reconcentrada, o, segn el tecnicismo de la Piernavieja, una simple que no serva _pal_ caso. Apenas se comunicaba. Una noche me dijo que tena poco ms de treinta aos; aparentaba menos de treinta. Otra me declar el lugar de su nacimiento: la ciudad de Pilares. La noche--bien lo recuerdo--de aquel Martes Santo en que el cannigo encendido y campechano surgi en la casa de huspedes, la Pinta se mostr sobremanera comunicativa. --Mi padre era zapatero y otra cosa, que l deca filsofo bilateral. Como he odo, siendo nia, estas palabrejas tantas veces, no se me han borrado de la memoria. Los profesores de la Universidad venan a orle al cuchitril en donde vivamos. Mi madre, que tena mal carcter, deca que mi padre era un zngano, y que los que venan a orle le tomaban el pelo. Pero mi padre es un santo. Involuntariamente pens en don Pedro, Guilln, Eurpides, hijo de un zapatero y autor dramtico. Prosigui la Pinta: --A m me perdi un cura.--Estaba con la cabeza baja y el pensamiento en lejana. --Pillo!--murmur, a pesar mo. --No, no era un pillo--corrigi la Pinta, volvindose a mirarme con gesto dolido--. No era cura todava; seminarista nada ms. Quera casarse conmigo. Nos escapamos. El padre de l le cogi. Mi madre no quiso admitirme en casa. Despus, claro est.... Estoy segura que mi novio sigue querindome. La cosa fu, sabe usted?, que su padre no poda ver a mi familia. Qu habr sido de Perico? --Se llama Perico? --S, Perico Caramanzana. Y qu bien le iba el nombre! Tena la cara fresca, coloradina y alegre, como una manzana. --Por eso le decan Caramanzana? --Es su verdadero apellido. El padre se llamaba Apolonio Caramanzana. Le habr odo usted mentar. Ah!, era el mejor zapatero de Espaa. Iban a hacerse el calzado con l hasta los seores de Bilbao y de Barcelona. Adems, compona dramas. Aquella noche sal bastante preocupado del cafetn. Me acost y tard en dormirme. O en la habitacin de al lado un carraspeo seguido de un poderoso suspiro. Era la voz de don Guilln. Se me ocurri una idea diablica: Si yo maana por la noche trajese a la Pinta y la hiciese entrar en la habitacin de don Guilln. Me dorm dando vueltas a aquella idea. Al da siguiente, da de vigilia, don Guilln no se sent a la mesa. --Qu le sucede al seor Caramanzana?--inquiri la viuda vejancona, que ya se haba enterado del apellido del cannigo. --No come hoy, porque est algo delicado del estmago--respondi Fidel--. No vi usted el color arrebatado que tiene? --Ser pirosis--entr a decir don Celedonio--.Todo el clero y las rdenes regulares padecen de pirosis, a causa del abuso de las comidas suculentas y de las bebidas alcohlicas. --Calle usted, herejote--amonest doa Emerenciana, amenazando con el abanico. --Y a propsito, Fidel; no habrs olvidado mi encarguito. Le habrs dicho a la seora que yo no me someto a esa asquerosa farsa de la vigilia, y en estos santos das de Semana Santa quiero comer carne y pescado. Yo promiscuo, o promisco, que no s a ciencia cierta cmo se pronuncia--dijo don Celedonio. --Jess, Mara y Jos! Qu Judas Iscariote! Ms vale que don Guilln no haya acudido a la mesa, porque le abochornara esa abominacin. A todo esto, Fidel, el mozo, se rea cazurramente. Terminada la comida, sal de la metrpoli y me encamin a mi colonia. Como cosa de veinte pasos delante de m iba Fidel, conduciendo una gran bandeja, cubierta con un mantelillo. Nos juntamos en el pasillo adonde daba mi habitacin. --Psss...--bisbise Fidel, requirindome con cabezadas a que me acercase ms--. Levante usted el mantelillo. Levant una punta. Descubr abundancia de guisos y viandas, entre otras, un opulento trozo de _roastbeef_. --Es la comida de don Guilln--indic el camarero--. Si no promiscua, o promisca, que yo tampoco s cmo se pronuncia, al menos come de carne. En esto, se abri la puerta de don Guilln, y l mismo, en persona, destac por obscuro sobre el cuadro de griscea luz, sorprendindome en vergonzosa y vergonzante fisgonera. Estaba vestido de paisano, revuelta la pelambre, que, embebiendo el claror, le haca halo en torno a la cabeza. Llevaba zapatillas de marroqun rojo. Estos dos pormenores me hirieron como notas agudas en los segundos de suspensin y silencio a que nos indujo la sorpresa: la aureola radiante y los pies sangrientos. --Pasen ustedes; pase usted--particulariz, dirigindose a m. Obedec, no recobrado an de la sensacin humillante--. Sintese usted--me inst. Quise disculparme y salir. El cannigo aadi, con tono que yo interpret como implorante: --No me conceder usted el favor, si se lo ruego, de hacerme un poco de compaa? La splica y el acento me repusieron en mi equilibrio habitual. Me sent junto a una mesa con unos libros, unos papeles, unas cachimbas, unos lentes, y presidiendo todos aquellos utensilios y accesorios de la faena intelectual, encerrado en un marquito de plata repujada, como relicario, una fotografa de mujer, que me inclin a mirar discretamente. Pareca una virgen nia de Rafael, de las de su poca umbriana. --Pon aqu la comida, Fidel. Has trado vino? Llvatelo. Tengo yo vino algo mejor.--Y torciendo la cabeza hacia mi lado:--Qu mira usted, el marco? Es un relicario del siglo XV, una joya. --No; miraba el retrato. --Es una hermana ma que desapareci. --Que desapareci? --Que se perdi en la sombra. --Ah! Se muri...--indiqu de manera dubitativa, empujndole a que se clarease. --Hace algunos aos.--Y despus de una pausa:--Tomar usted una copita de coac. Sac una botella de coac viejo y otra de bon vino, de un maletn de piel de cerdo, elegante prenda de mundano antes que de clrigo. Se sent a comer. Cuanto ms le miraba, menos me pareca un cura y ms un hombre de mundo. --Por obra del acaso--dijo, a tiempo que coma despacio--, me ha sorprendido usted en mi intimidad de hombre. Si hace unos momentos, al hallarle a usted.... --Fisgando--interrump--; pero a instancias del mozo, y sin presumir de qu se trataba. --Qu importa? Digo que si entonces me hubiera retirado, creera usted que yo era un cura sinvergenza y falsario. Yo no poda dejarle ir sin ofrecerle alguna explicacin. --Yo era el que deba.... --Usted, por qu? Usted, a lo sumo, incurra en un exceso de curiosidad. Yo, en opinin de las personas timoratas, estoy cometiendo un grave pecado. --Yo no soy timorato. --Pero debo darle una explicacin. As como en el Estado hay delitos artificiales, en la Iglesia hay pecados artificiales. Son delitos y pecados artificiales los actos que no lastiman ni menoscaban la justicia o el dogma (ejes, respectivamente, del Estado y de la Iglesia), pero que contravienen y desobedecen ciertas disposiciones disciplinarias, accidentales, pasajeras. Una de esas disposiciones pasajeras es la obligacin de comer de vigilia cuatro das de la Semana Santa. Quiz al Papa actual, o al que le suceda, se le ocurrir amenguar, tal vez suprimir, esta obligacin. El Estado es una comunidad material que se mantiene por la mutua conveniencia, y la Iglesia una comunidad espiritual que se sustenta por el mutuo amor. Por lo tanto, el espritu de disciplina de la Iglesia es de naturaleza distinta del espritu de disciplina del Estado. En el Estado, el espritu de disciplina pertenece al orden de los sentimientos interesados, pues sin disciplina no cabe conveniencia mutua. En la Iglesia, el espritu de disciplina se engendra en el mbito de los afectos generosos; es la voluntad de sacrificio. No de otra suerte que los amantes, por certificarse del amor recproco, ponen el amor del otro a prueba, por medio de ordenamientos y exigencias caprichosas, por aquello de que obedecer es amar, as la Iglesia impone a sus fieles algunas obligaciones disciplinarias, por espolear a los tibios a que ejerciten y muestren el amor. Para las personas de bien afirmada fe y claro sentido, sean clrigos, sean seglares, huelgan estas obligaciones disciplinarias; lo esencial es el dogma. El Estado concede de buen grado la libertad de ideas (el pensamiento no delinque), pero no transige con la libertad de acciones, porque romperan la disciplina. La Iglesia es intransigente en materia de ideas y tolerante en materia de acciones: slo el pensamiento peca. Todos los pecados, por monstruosos que sean, reciben absolucin en el confesonario; pero la ms mnima duda del confeso en materia de fe nos impide absolverlo. Ahora bien: como todo esto es de sentido comn, debe permanecer en secreto para los que no tienen sentido comn, sean clrigos, sean seglares. Comprende usted? --Comprendo, comprendo--asent. Y, en efecto, haba comprendido lo que me haba dicho, nada difcil de comprender; pero a l no le comprenda. Qu era aquel hombre que ante m estaba, deglutiendo y raciocinando al propio tiempo, masticando y discurriendo, con tanta frialdad, escrpulo y elegancia, vestido como un hombre de sociedad, sin una insinuacin sensible del estado eclesistico a que perteneca, y que, de vez en vez, segn hablaba, se asa con la mirada al retrato de una mujer a quien l mismo haba empujado a la annima sima prostibularia? Qu era aquel hombre? Un hedonista? Un incrdulo? Un hipcrita y un sofista, para consigo mismo y los dems? Un desengaado? Un atormentado? Lo que menos me interesaba era la explicacin que me haba ofrecido. Qu se me daba a m si coma de vigilia o dejaba de comer de vigilia? Como si por un raro don de receptividad inmediata, frecuente en los dulogos ntimos e intensos, don Guilln hubiera trasegado en su cabeza mi pensamiento, dijo: --Lo de menos, para usted, es si yo guardo la vigilia o no. Lo importante es que usted, por obra del acaso, ya se lo he dicho antes, me ha sorprendido en mi intimidad de hombre. Todos, frailes, curas y magnates eclesisticos, por debajo de la estamea, el merino y la prpura, escondemos un hombre. _Homo sum_, digo con el pagano. Y yo volv a verle, en mi imaginacin, con la aureola radiante y los pies enrojecidos. --Me ha sorprendido usted despojado de mi ministerio. No como ministro del Seor, sino como criatura del Seor, cuitada e imperfecta como todas ellas. Dentro de unas horas, hablar ante el rey, mejor dicho, sobre el rey; no varios palmos, los que se alce el plpito, sobre la testa coronada y ungida, sino infinitos palmos, porque represento la conciencia indeleble y eterna, que est a inaccesible altura por encima de tronos, cetros y soberanas. Pero aqu, en este triste cuartucho y frente a usted, no puedo incorporar la voz de la conciencia, sino que soy una pobre concavidad sombra en donde la voz de la conciencia hace eco. Aquello se iba poniendo serio. No sabiendo qu decir, permanec con la cabeza gacha y los ojos fijos en un punto, que por ventura result ser el retrato del relicario. --Le gusta el marco?--pregunt don Guilln. --Miraba el retrato. Conozco a esa mujer--afirm en seco. Don Guillen no se conturb. --Est usted equivocado--dijo--. Ser otra fisonoma semejante la que usted conoce. A esa mujer no la puede conocer usted. Ya le dije que es mi hermana y que no existe--y subray la palabra hermana y el verbo existir. Despus de los postres, don Guilln se sirvi una copita de coac y fustig la conversacin hasta ponerla en un aire de alacridad y humorismo. Era un hombre tan ingenioso como inteligente. Al despedirnos me dijo: --Estos das no asistir a la mesa redonda. Quiere usted que comamos juntos, aqu, en mi cuarto? Lo que le va a envidiar a usted doa Emerenciana.... En aquellas comidas subrepticias y ociosas sobremesas, mi amigo don Guilln me fu contando a retazos su historia, la de Angustias Pinto y la de los padres de ella y l, Belarmino y Apolonio. Despus, por mi cuenta, hice averiguaciones tan importantes, que la historia de Caramanzanita y la Pinta pasan a segundo trmino. CAPTULO II. RA RUERA, VISTA DESDE DOS LADOS. _(El lector impaciente de acontecimientos recorra con mirada ligera este captulo que no es sino el escenario donde se va a desarrollar la accin.)_ De la zona profunda, negra y dormida de la memoria, laguna Estigia de nuestra alma, en donde se han ido sumiendo los afectos y las imgenes de antao, se levantan, de raro en raro, inesperadamente, viejas voces y viejos rostros familiares, a manera de espectros sin corporeidad. As como en la noche los lbregos e inmviles pantanos respiran niebla blanca y fantasmal, as nuestra interior laguna Estigia deja en libertad sus vaporosos espectros a las horas en que la tiniebla del sueo satura nuestro espritu. Pero, en ocasiones, las criaturas incorpreas del ms all de la memoria se alzan a la luz del da. Ahora mismo me aperciba yo a describir la Ra Ruera, de la muy ilustre y veterana ciudad de Pilares, en donde viva Belarmino Pinto, llamado tambin monx Codorni, zapatero y filsofo bilateral, cuando, al pronto, en el umbral u orilla de mi conciencia, se yergue el espectro de don Amaranto de Fraile, enarbolando un tenedor de peltre, que a m se me ha figurado tridente de Caronte, ese Neptuno del mar de la eternidad. Como Bruto a la silueta de Csar en la tragedia shakespeariana, digo a la sombra incorprea del excelente don Amaranto: --_Speak!Speak!_ Y la sombra rompe a hablar, con la propia gracia y penetracin que hace tantos aos me deleitaban: --Vas a describir la Ra Ruera? Vas a describirla, o vas a pintarla?--Advierto dos novedades. Primera, que don Amaranto ahora me trata de t. Segunda, que la voz se le ha ahilado y suena como la de un eunuco. Prosigue la voz:--Los cclopes vean el mundo superficialmente, porque slo tenan un ojo. Los cclopes, por ver el mundo superficialmente, quisieron asaltar el Olimpo; pero los dioses los precipitaron en el hondo Trtaro.--Don Amaranto siempre con sus mitologas.--El novelista es como un pequeo cclope, esto es, como un cclope que no es cclope. Slo tiene de cclope la visin superficial y el empeo sacrlego de ocupar la mansin de los dioses, pues a nada menos aspira el novelista que a crear un breve universo, que no otra cosa pretende ser la novela. El hombre, con ser ms mezquino, aventaja al cclope, a causa de poseer dos ojos con que ve en profundidad el mundo sensible. Ahora bien: describir es como ver con un ojo, pasendolo por la superficie de un plano, porque las imgenes son sucesivas en el tiempo, y no se funden, ni superponen, ni, por lo tanto, adquieren profundidad. En cambio, la visin propia del hombre, que es la visin diafenomenal, como quiera que, por enfocar el objeto con cada ojo desde un lado, lo penetra en ngulo y recibe dos imgenes laterales que se confunden en una imagen central, es una visin en profundidad. El novelista, en cuanto hombre, ve las cosas estereoscpicamente, en profundidad; pero, en cuanto artista, est desprovisto de medios con que reproducir su visin. No puede pintar: nicamente puede describir, enumerar. La misin de ver con mayor profundidad, delicadeza y emocin y ensear a los otros a ver de la propia suerte, le toca al pintor. La maldicin originaria del novelista cfrase en que necesariamente se ha de extender sobre sinnmero de objetos. El pintor, por el contrario, escoge un solo objeto, o, si toma varios, los agrupa en reducido espacio, los concentra y sensibiliza. El pintor, a la inversa del novelista, no se deja dominar por la vastedad del objeto, sino que lo domina. Que sea el objeto vrtice del ngulo de visin del pintor, y no el pintor vrtice del ngulo de contemplacin del panorama, como lo es el novelista. El pintor que pinta cuadros de ms de dos metros cuadrados, es inexorablemente un pintor superficial. La cuestin, para el pintor de grandes dimensiones, es de concepto; de que se d cuenta que debe ser artsticamente superficial, o de que sea superficial e inartstico sin darse cuenta. Los famosos pintores de frescos, as antiguos como modernos, dndose cuenta de esto, pintaron por largos planos, con tintas montonas, esquivando la sensacin obvia de volumen y profundidad; fueron deliberadamente superficiales. Yo interrumpo a la sombra locuaz, de voz de eunuco: --En la iglesia vecina ha sonado el _ngelus_ meridiano. En una hora interrumpir mi trabajo. Si te escuchase, jams hara otra cosa que dejarme arrastrar en el curso ocioso de la deleitacin discursiva. Dime, en resolucin, cmo he de describir la Ra Ruera, y que te plazca la descripcin. --No describindola. Busca la visin diafenomenal. Inhbete en tu persona de novelista. Haz que otras dos personas la vean al propio tiempo, desde ngulos laterales contrapuestos. Recuerda si en alguna ocasin te aconteci ser testigo presencial de cmo ese mismo objeto, la Ra Ruera, suscit duplicidad de imgenes e impresiones en dos observadores de genio contradictorio; y t ahora amalgama aquellas imgenes e impresiones. --Recuerdo, recuerdo...!--exclamo; pero ya la sombra del excelente don Amaranto se ha desvanecido, al hombro el tenedor de peltre, emblema del ascetismo de las casas de huspedes. --S; recuerdo que.... En rigor, qu importa describir o pintar? Qu importa obtener una visin de dos o de tres dimensiones? Lo importante es comunicarse, manifestarse, darse a entender, siquiera sea por alusiones remotas, gestos mudos y palabras volanderas. Mas, porque no me importune nuevamente la silueta magistral e imperiosa del admirable don Amaranto, me doblegar esta vez a seguir su pauta. Recuerdo que, viviendo yo en la ilustre y veterana Pilares, vinieron a visitar la urbe mis amigos madrileos Juan Lirio, pintor, y Pedro Lario, que no s lo que era; l deca que espenceriano. Les acompa como gua. Al llegar a la acrpolis, o parte alta de la ciudad, cuya calle ms antigua y sealada es la Ra Ruera, Lirio dijo, haciendo descompuestos ademanes de entusiasmo: --Qu calle ms hermosa! --Qu calle tan horrible!--corrigi Lario, frunciendo un gesto desabrido. Aadi:--Qu calle tan absurda! --Por eso es hermosa. --Lo absurdo es lo hermoso?... Qu dira de esa opinin un griego, para quien la belleza era el resultado ms meticuloso y fino de la lgica? El mundo es hermoso, pulcro, porque es lgico. --En cuanto a la belleza de los griegos, te respondo que a la nariz, en mrmol de Paros, de una estatua, prefiero la nariz respingadilla y de aletas palpitantes de esa chatunga que sube por la calle. Y en cuanto a la belleza lgica del mundo, te respondo que me atraen ms las obras del hombre que las de la Naturaleza. Me gusta ms una gndola que un tiburn, y si me apuras, admiro ms un cacharro de Talavera que el Himalaya. En la Naturaleza, transijo mejor con lo caprichoso y absurdo, o que tal parece. Una jirafa me divierte ms que el terreno terciario. --Has cado en contradiccin. Prefieres la chata a la estatua; y la chata es una obra de la Naturaleza. Prefieres la gndola al tiburn, porque la gndola es obra del hombre. --Sobre las obras de la Naturaleza pongo las del hombre, y sobre las del hombre, la vida misma, y con preferencia la fuente de la vida: la mujer. Pero concedo que me contradigo con frecuencia. Y qu? As me siento vivir. Si no me contradijese y obedeciese a pura lgica, sera un fenmeno de naturaleza y no me sentira vivir. Las obras del hombre, y ms todava las de arte, son estimables en la medida que se las siente animadas de esa necesidad de contradiccin, que es la vida. Esta calle es hermosa y tiene vida, porque es contradictoria. Djame que tome un apunte de ella; no me voy sin pintarla. La nica nota molesta y detonante es aquella casa nueva y afrancesada. --Te has mostrado al desnudo. Los pintores y los fillogos y eruditos sois bestias de la misma especie, y me irritis tanto los unos como los otros. Unos y otros os alimentis de vejeces. Os fascina lo caduco, lo carcomido, lo apolillado. Entre un mamotreto momia y un gustoso tratado de sociologa, recin salido del horno, el fillogo y el erudito eligen el primero. Entre un mancebo apolneo y un vejete horrendo, de verrugosa nariz, el pintor elige el segundo y disputa de buena fe que es ms hermoso pictricamente. Qu aberracin! Pero hay algo que me exaspera an ms. Y es que el erudito se figura que los libros no cumplen una misin social de amenizacin y perfeccionamiento del espritu, sino que existen slo para que l tome notas. Y el pintor se figura que las cosas y los seres carecen de finalidad propia y utilidad colectiva, y que existen nada ms para que l tome apuntes.--A todo esto, Lirio se ocupaba en dibujar la Ra Ruera. Como no le atajaban, Lario prosigui:--He aqu esta calle absurda y odiosa. Por qu se le ha de denominar calle? Cada casa es el producto impulsivo del arbitrio de cada habitante. No hay dos iguales. No se echa de ver norma ni simetra. Todo son lneas quebradas, colorines desvados y roa, que t quiz llames ptina. Est, adems, en una pendiente de 45, losada de musgosas lpidas de granito. Por ella no pueden subir carruajes, ni caballeras, ni cardacos. Soledad, soledad. El sol no penetra por esta angostura, que parece un intestino aquejado de estreimiento. Ahora taen las campanas de la catedral y nos atruenan. Probablemente estn taendo a todas horas, desde esa mole hinchada, de alargado cuello, que gravita sobre las prietas casucas, como una avestruz clueca que empollase una nidada de escarabajos. Y esto es una calle, una calle hermosa? Una calle es una arteria de una ciudad, por donde deben circular la salud y la vida. Ahora bien: la idea, el concepto de ciudad aparece cuando el hombre comprende que por encima del capricho impulsivo de su arbitrio personal estn la utilidad y el decoro colectivos, el propsito comn de prosperidad, cultura y deleite, en los cuales participan por obligacin y derecho cuantos en la ciudad conviven. Antes de llegar a este punto, el hombre arraiga en aldehuelas salvajes o posa en aduares nmadas. Mas ya que el individuo se aplica a realizar el concepto de ciudad, es decir, de un esquema, una estructura, con propsitos ideales, de la cual l no es sino subordinada partcula, surge la ciudad helnica, arquetipo de urbes, surgen la norma, el canon, la simetra, las calles soleadas, regulares y homogneas, las viviendas civiles de hospitalario prtico e inviolable hogar, los jardines, el mercado, el gora, el templo armonioso, que no esa catedral brbara y campanuda. --El brbaro eres t--interrumpi Lirio, mirando con ojos desdeosos a Lario--.De suerte que, para ti, una ciudad hermosa, una ciudad civilizada, una ciudad lgica, es una ciudad regular y homognea? --Claro est. --Si el hombre no pudiera dar de s ms que eso, la ciudad homognea, entonces holgaba que las especies hubieran evolucionado y ascendido hasta fructificar en el gnero humano. Las abejas y los castores construyen ciudades homogneas. --La ciudad de las abejas es la repblica ideal. Ya te he dicho que el mundo es hermoso, es pulcro, porque es lgico; eso quiere decir la voz mundo, _mundus_, si no me equivoco. Todo en el universo est sujeto a maravillosa ordenacin. Lo inorgnico se rige por leyes serenas, no contingentes. Lo orgnico y zoolgico, hasta el hombre, se atiene al instinto, que procede siempre en derechura y sin dubitaciones. En cambio, el smbolo del hombre fu el jumento de Buridn, que posea una vislumbre o premonicin de inteligencia discursiva, y por esto mismo muri de inanicin entre dos montones de heno, dudando por cul decidirse. Antes de que las especies evolucionen y produzcan, el gnero humano, antes del orto del hombre con su conciencia, la Naturaleza se desarrolla en un sentido ideolgico de coordinacin y finalidad. Seres y cosas ensamblan por algn modo sutil. La jirafa, ese animal que te agrada, por absurdo, no es nada absurdo; tiene el cuello largo, para poder alcanzar los dtiles de las altas palmeras. El tigre tiene chorreada la piel para poder disimularse entre los caaverales. --Y las palmeras son altas--cort Lirio--, porque la jirafa tiene el cuello largo. Los caaverales existen para que el tigre, confundindose con el medio, adquiera una piel bonita. Esa calle existe para que yo la pinte, porque la juzgo preciosa y porque me da la gana. --Prosigo sin hacer caso de tus chocarreras. El advenimiento del hombre, con su inteligencia precaria, en medio de la Naturaleza, trae aparejados el desorden, la discordia, las dudas y confusiones, en cuanto a la finalidad. Qu otra cosa es la inteligencia normal humana sin tentacin al desorden y torpeza de coordinacin? Apenas levanta la cabeza, el hombre trastrueca todo el bien concertado sistema de finalidades con que el universo se sustenta en equilibrio, y l mismo se erige centro del universo y foco de todas las finalidades. La finalidad de todas las cosas reside en el hombre, dice el hombre. Pero, y el hombre, qu finalidad tiene? Comienza la era de lo absurdo. La lgica humana, en su origen, es rudimentaria e ilgica, porque procede por tanteos y no en derechura ni con seguridad. Dbese ello a que durante esta etapa el hombre anda buscando finalidades absolutas, en lugar de coordinaciones experimentales y finalidades relativas; y todo porque tiene miedo a la muerte, pusilanimidad desconocida en la Naturaleza hasta el nacimiento de la conciencia humana. Cuando el hombre, por fin, se limpia de niebla metafsica y se libra de supersticin (que esta palabra viene de _superesse_ y _superstare_, sobre ser, sobre estar, sobrevivir, o seguir viviendo, y expresa el desdn irnico que sentan los antiguos hacia los cristianos, que crean en la inmortalidad), renuncia a escudriar finalidades absolutas, confrmase con finalidades concretas, naturales, biolgicas, se perfecciona, se somete a la lgica csmica, supera el absurdo, obra con rectitud, simplicidad y eficacia, como un mecanismo perfecto; vuelve a la Naturaleza. Lirio va a interrumpir. Lario le contiene alargando la mano. --Aguarda. Concluyo en seguida. Qu es una ciudad, y dentro de una ciudad, una calle? Una finalidad concreta; un lugar donde vivir de asiento, con agrado y comodidad. El hombre ya manumitido de supersticiones y que acepta con buena gracia los postulados biolgicos, trazar una va ancha, en lugar llano, y edificar viviendas holgadas, aireadas, luminosas, higinicas, conforme a un patrn fijo y que mejor provea en las necesidades domsticas. El conjunto ser una calle lgica, decorosa, bella. Contempla ahora ese callejn incongruente, hacinamiento de zahurdas, que no viviendas, vergonzoso vestigio de tiempos ignorantes y supersticiosos. Quienes levantaron esas casas no pensaban vivir en ellas de asiento, sino de paso, de trnsito, mientras ganaban el cielo. No les preocupaba el estar, sino el _superestar_, el sobrevivir en el otro mundo. No les importaba la humedad, el mal olor, la falta de aire, luz y agua, sino la salvacin eterna. Todas las casucas se apretujan y amontonan por ponerse en contacto con el torso de la catedral, o, cuando menos, por situarse a la sombra de su torre. Slo hay una casa decente: esa de tres pisos, blanca y aseada, con miradores de hierro; sa, en cuyo piso terrizo hay una confitera, con su grande y llamativo rtulo, que dice: _L'Ambrosie des dieux; le plaisir des dames. Confisserie et ptisserie de Ren Colignon_. --Has concludo? --He concludo. --Pues voy a responderte, sin lgica, porque me revienta la lgica. La casa esa blanca, yo la derrua, y a Ren Colignon lo ahorcaba de lo ms empinado de la torre de la catedral. Dices que el hombre es hombre superior cuando se convierte en un mecanismo perfecto; vaya, cuando deja de ser hombre. Pues yo no quiero ser hombre superior. No quiero emanciparme de supersticiones. Quiero sentirme vivir; y no me siento vivir sino porque s que puedo morir. Amo la vida, porque temo la muerte. Amo el Arte, porque es la expresin ms ntima y completa de la vida. Pongo el Arte sobre la Naturaleza, porque la Naturaleza, no sabiendo que de continuo se est muriendo, es una realidad inexpresiva y muerta. El rbol amarillo de otoo ignora que se muere; yo soy quien lo sabe, cuando en un cuadro perpeto su agona. El Arte vivifica las cosas, las exime de su coordinacin concreta y de su finalidad utilitaria: las hace absolutas, nicas y absurdas; las satura de esa contradiccin radical que es la vida, puesto que la vida es al propio tiempo negacin y afirmacin de la muerte. Slo las cosas vivas son hermosas. Esa calle es hermosa, porque vive; es lo contrario de esas calles inanimadas e inexpresivas que pregonas. T mismo has dicho que las casas se amontonan, se empujan; buscan el abrigo de la catedral. S; parece que las casas estn dotadas de volicin y de movimiento. Cada una tiene su personalidad, su alma, su fisonoma, su gesto, su biografa. Una medita; otra suea; otra re; otra bosteza. Aquella casona de sillares de granito, angostos y escasos huecos de romnico diseo, gran portn de arco apuntado y escudos junto al alero, es un seorn feudal que se atreve a mirar a la Iglesia casi par a par y se mantiene apartado de ella. Aquella otra casa solariega, de entrada barroca y escudo blanquinoso, labrado no ha mucho, es un noble de ayer, y muy afecto a la Iglesia, puesto que salen del portal dos dominicos de abundantes libras. Luego vienen los burgueses, el estado llano, la plebe. En aquella casuca amarilla, de entrada abismtica, como el orificio de una boca desdentada, galera de vidrios como antiparras, y tejado redondo, negruzco y a trechos desguarnecido, como gorro mugriento, vive, sin duda, un prestamista. Aquella casita cencea y larguirucha, con ventanas pobladas de macetas y pjaros, qu ha de ser sino la morada de una doncella talluda? Que un zapatero se asila en aquel bajo, lo proclaman las dos disformes botas de montar que cuelgan de sendas palomillas; y que el zapatero es persona de fantasa, se desprende con evidencia del rtulo: El Nenrod boscoso y equitativo. Zapatera bilateral de Belarmino Pinto. A qu seguir? Ya he concludo mi dibujo. Qu opinas, Lario? Lario examina el dibujo, y exclama, despojndose del sombrero, meneando la cabeza y rascndose el colodrillo: --La calle no puede ser ms fea. El dibujo no puede ser ms hermoso. Puesto que ya la has perpetuado, ahora deban arrasar la Ra Ruera. CAPTULO III. BELARMINO Y SU HIJA. El Crculo republicano de Pilares estaba en la misma embocadura de la calle del Carpio, adosado al casern de los Jilgueros, dos hermanos ricos, don Blas y don Fermn Jilguero, cannigos los dos, que haban edificado aquella fbrica, alarde y amenaza a la vez, frente por frente del mismo palacio episcopal. La intromisin del Crculo republicano en la barriada eclesistica traa muy desasosegados al obispo, a los Jilgueros, a todo el cabildo y a la tropa menuda clerical que all avecindaba. Siempre que haba reunin en el Crculo, salan los asistentes lanzando gritos inflamatorios, cuando no blasfematorios. Por fortuna, el Crculo tena poca cabida. Componase de un aposento, nada holgado, con dos litografas por toda decoracin, y seis sillas y una mesa por todo ajuar, que el partido local haba alquilado a la viuda de un talabartero, furibundo federal en vida. --Qu es la repblica? Un maremgnum, el ecumnico de los beligerantes, el leal de la romana de Sastrea. Pero, sobre todo, abundo en lo del ecumnico. Y si no, aqu estamos entre cuatro paredes...--Belarmino Pinto, que era quien hablaba, se detuvo a escoger vocabulario adecuado en donde escanciar la abundancia de su ideacin. --Pido la palabra para alusiones--dijo Carmelo Balmisa, un sastre muy ledo. Belarmino se volvi para mirarle, sorprendido, casi asustado. Cada vez que le sacudan de sus divagaciones y le sacaban del ensimismamiento oratorio, exigindole atencin hacia el mundo exterior, se le haca ms violencia que si le metiesen las manos en los bolsillos y se los dejasen vacos y vueltos del revs. Tena el rostro enjuto, exttico, de infantil dulcedumbre, estrecho en la mandbula, elevado y espacioso en la frente; los ojos negros, hmedos y llameantes: dos lenguas de fuego flotando en leo. Era un hombre joven an. --Yo soy el aludido--insisti Balmisa. --El adulado?--pregunt Belarmino, esforzndose en descender hasta la realidad externa. --El adulado, no; el aludido--rectific el sastre. --Es lo mismo--respondi Belarmino, a punto de evaporarse nuevamente y eximirse de las circunstancias en redor suyo--. Aludir es el dicho vulgar, el material tosco. Adular es la forma confeccionada. La alusin es siempre una adulacin. Te inclinas al dicho vulgar? Sea. En qu te he aludido? --Has hablado de Sastrea. Asumo que es algo tocante a mi profesin de sastre. Exijo que me interpretes la frasecilla completa, por si el concepto es ofensivo. Qu es maremgnum? Qu es el ecumnico de los beligerantes? Quin es el leal de la romana de Sastrea? Me lisonjeo que no has dado a entender que hay un enamorado de mi costilla, que es Ramona, y no romana. --Oh celebro vulgar!--exclam Belarmino, resignado y abatido--. Tendr que explicarme con palabras vulgares, para que te penetres. Maremgnum, ello mismo lo dice, es el non plus ultra, lo mejor de lo mejor. Ecumnico es lo mismo que reunin de conformidad. Los beligerantes, los que estn en contra. Leal, monta tanto como fiel. La romana es para pesar. Sastrea, lo sabe cualquiera, es la seora que est pintada en la Audiencia. --Ahora comprendo; slo que como eres tan misterioso...--insinu Balmisa, guiando maliciosamente un ojo a dos testigos mudos, uno el director de un diario republicano local, en donde colaboraba el sastre, y otro un tendero de pasamanera, que se rean disimuladamente de Belarmino--.Has querido decir que la repblica es un desidertum, la conciliacin de los contrarios y el fiel de la balanza de Astrea. --No lo he querido decir, sino que lo he dicho. --Pero no te habamos entendido. --Has entendido a Salmern, cuando vino a Pilares a pronunciar aquel discurso? --Me lisonjeo que s. --Del todo, del todo? --Hombre, del todo.... --Pues Salmern dijo lo que nosotros pensbamos; por eso l y nosotros somos republicanos. Pero lo dijo de forma que slo le podamos entender algunos; por eso es filsofo. Yo tambin soy aprendiz filsofo. T eres un celebro vulgar. --Me resigno. Ahora explcanos lo de las cuatro paredes. --Eso es el ecumnico. En dnde estamos? En una habitacin. Qu es esta habitacin? Un cuadrado. Y qu es este cuadrado? Un crculo: el Crculo republicano. La cuadratura del crculo. Por eso la repblica es el ecumnico. --Bravo! Bravo!--gritaron el sastre, el periodista y el mercero, desternillndose de risa. Belarmino comenz a exaltarse, ignorante ya de quienes le rodeaban. --Nosotros estamos suscritos en este cuadrado. --Por una cuota de dos pesetas mensuales--coment el mercero. --Somos crculos que estamos suscritos en un cuadrado. --Ah! Inscritos--aclar el periodista. --Cada hombre es el centro de un crculo infinito, como dijo Pascual. --Qu Pascual?--pregunt el sastre. --Como no sea Pascal--sugiri el periodista. --Aquel faro de la humanidad--prosigui Belarmino, refirindose al mentado Pascual--que aborreca a los jesutas, como nos dijo Salmern en su discurso. Mueran los jesutas!--grit Belarmino, fuera de s, puesto en pie--. Viva Pascual! Viva Salmern!--clam, sealando una litografa, color sepia, que colgaba de la pared y representaba al aclamado--. Viva la repblica!--seal otra litografa iluminada, que figuraba una seora gorda, con tnica tricolor, una antorcha en la mano y a los pies un len y unas cadenas rotas--. Muera la curia romana! Muera el Tribunal de la Rota! --Murete t de una vez, tontorontaina, adltero, babayo, antes que nos mates a todos a disgustos--chill una voz mordaz, al tiempo que una mujer, antes joven que vieja y nada fea, con la faz distendida, como una Eumnide, penetraba, vestida de huracn y desolacin, en aquel crculo que era un cuadrado, e iba a hacer presa sobre Belarmino. Era Xuantipa, la mujer legtima del agudo, elocuente y fogoso zapatero. El nombre Xuantipa provena, por contraccin, de Xuana la Tipa, alias o apndice adquirido por herencia paterna. Su progenitor Xuan, el Tipo, vinatero, procedente de Toro, fu el primer usufructuario del dicho apndice o alias, y lo deba a que, estando irritado, y se irritaba a menudo, amenazaba con quitar el tipo al _sursum corda_. Xuantipa se ataviaba a la usanza, llamativa y gentil, de las menestrales: pauelo de seda amarillo al cuello, paoleta de Vergara, de colores vivsimos, cruzada al pecho y anudada a la espalda, falda de cretona azul, rameada en blanco. Belarmino vesta a lo seor. El nico signo de sus menesteres profesionales era un delantal de piel, que llevaba arrollado bajo el chaleco, habiendo dejado por descuido un ngulo fuera, al modo de mandil masnico. Exista notoria incongruencia entre Belarmino y su mujer. Xuantipa zamarre a Belarmino y le arrastr por las solapas hacia fuera. Belarmino miraba con gesto exculpatorio a sus amigos, como diciendo: Perdono; es una mujer inferior. Antes de salir, Xuantipa apostrof a los que quedaban: --Pillos, que tomis a este babayo de mona para rervos. Segn bajaban las escaleras, Belarmino bisbiseaba, como si hablase consigo mismo: --Y esto un da, y otro da, y otro da.... --Lo mismo digo yo--replic iracunda Xuantipa--; un da, y otro da, y otro da, y jams aprendes, babayo. --Ya te he dicho, mujer, que todo lo llevo con resignacin, todo, menos que me llames babayo. Con esa palabra vulgar me parece que me cubres de inmundicia. Xuantipa condujo de la solapa a Belarmino, a travs de las acostumbradas calles de amargura. Los chicuelos les seguan, a distancia prudente, canturreando: Hoy a la Xuantipa le duele la tripa. Monx Codorni, lo pagars t. La Xuantipa les arrojaba guijarros. Desparrambanse los pilletes, pero volvan a poco con la cantata. Belarmino caminaba con talante digno y admirable. As llegaron a la zapatera. En la zapatera aguardaba a Belarmino un caballerete. Xuantipa se perdi por una puerta de la trastienda. Quedaron a solas el caballerete y Belarmino. Dijo el caballerete, apuntando desdeosamente con el bastn a un par de botas que yaca sobre el mostrador: --Belarmino, te devuelvo ese par de botas; no me sirven. T haces el calzado sedicioso, republicano.... --Usted dispense, don Manolito. En mi profesin soy analfabtico. Quiero decir que, como zapatero, no tengo preferencias polticas, sino como ciudadano. La ciencia zapateresca ignora las clusulas polticas; por eso es analfabtica. Yo, lo mismo hago botas de monte y campo, que botas de montar o zapatos higuelife. Tambin confecciono calzado para religiosos y sacerdotes; ah ve usted, don Manolito. --Esas botas no me sirven. Estoy decidido a encargarme el calzado fuera de Pilares. --Qu le vamos a hacer? Pero este par de botas...--murmur Belarmino, dando vueltas a una de ellas, y descubriendo consternado los desgastes y quebrantos que la bota haba padecido por el uso, evidentemente prolijo. Aadi con timidez:--Estn muy usadas. --Por favorecerte, las he puesto un par de veces. --Algo ms--se atrevi a corregir Belarmino. --Quizs media docena de veces. Cuando las recib y las prob, vi que no me estaban bien. Pero pens: Si se las devuelvo al pobre Belarmino, creer que es mana. Y me las puse, para ensayar si se adaptaban al pie. Imposible. Pues no conforme con esto, y porque me disgustaba devolvrtelas, ensay otros das, no ms de seis veces, hasta que, a pesar mo, me convenc que no me sirven. Y todava no me agradeces el favor.... Temo que has perdido los papeles; pero, con todo, y antes de encargar el calzado fuera, me resigno a que me hagas otro par, a ver si esta vez aciertas. Ea, abur. Y se fu. Belarmino extrajo del cajn del mostrador un libro, que era un diccionario de la lengua castellana, y con l bajo el brazo se sent en una silleta, cerca de una de las puertas de entrada. --Eh, t, Celesto! Ests ah? De un ngulo de sombra surgi un rapacejo pelirrojo, como de doce aos: el aprendiz. Se acerc con la boca abierta. --Tienes algo que hacer? --Nada. --No hay encargos, verdad? --No, seor. --Pues saca de paseo a la neina, hasta la plaza de la catedral, que da el sol. Yo quedo aqu al cuidado. El rapacejo penetr por la trastienda y volvi a salir en un momento, con una criatura de unos siete aos. Belarmino la tom en brazos: --Quieres a tu padre? --S, quiero--respondi la preciosa chiquilla. --Mucho? --Mucho, mucho. Belarmino bes a su hija con ternura y largueza Luego se la encomend al aprendiz, dndole de paso una moneda de cinco cntimos: --Toma una perrina, para que le compres una cachava de caramelo. Y que sea colorada, porque de sas le gustan ms. Y ya por su cuenta, Belarmino abri el diccionario y comenz a tomar notas en un cuadernillo de hule que sac de la chaqueta. Apenas transcurridos cinco minutos, irrumpi en la zapatera el voluminoso y rubicundo don Ren Colignon, fabricante de achicoria y confitero. Su rubicundez era tan flamgera que proyectaba reflejos en las paredes. Tena, adems, la epidermis tirante y barnizada, como una vejiga de manteca, y posea una perilla color de trigo, esmeradamente construda, desde donde se alzaba la blanquecina barbeta, como un huevo en una huevera de latn dorado. Ojillos galos, rabelesianos, azules y alegres, que delataban al deleitante de la mesa y del lecho. Como antes de penetrar el seor Colignon le anunci, al modo de heraldo, un resplandor rojizo y canicular, Belarmino se apresur a esconder el libro y el cuadernito de notas. --_Oh, monsieur le cordonnier! Mon cher ami le cordonnier!_--entr diciendo el seor Colignon, con modulaciones y altibajos en la voz, que sonaban como las grgaras de un pavo; los brazos abiertos, con que estrech contra su corpacho al manso, dulce y enjuto Belarmino--. Que yo os quiero, ilustre y simptico _cordonnier_. --Yo tambin le quiero a usted, seor Colin, sin guardarle rencor por el mote. --Que no ha estado mi falta, amado Belarmino. El caso es que las gentes, nada avezadas a la prosodia francesa, haban convertido el _monsieur le cordonnier_ en monx Codorni. --Y hasta me han sacado cantares--aadi Belarmino. --Ya, ya; pero ello no ha estado mi falta. --Lo s. A m me gusta hablar con usted, que es persona ilustrada y sabe de tierras luees; sobre todo, que viene usted de una repblica de estranjis. --De estranjis.... Ja! Ja! Delicioso....--El seor Colignon emiti una risotada que era como sonoro glogl de pavo.--Quera preguntarte una pequea cosa que me ha venido anoche a la cabeza. Por qu es que t llamas tu zapatera El Nenrod boscoso y equitativo, y metes que es bilateral? --Quedar usted complacido en un finiquito. El aquel de hablar bien y pensar de doble fondo, y, en antonomasia, ser filsofo. --Eres t filsofo? Crea que t eras solamente republicano y orador. --Orador? Arreniego! Los oradores son los lentes--(lentes = entes)--ms vulgares. Desprecio la oratoria. Claro que hablo en pblico; pero no quiero ser orador, sino locuente, slo locuente, como mi maestro Salmern. Bueno; tambin republicano de celebro; por eso soy filsofo. Ah est Salmern. Yo no soy todava del todo filsofo; pero cada da lo soy ms. Y andando el tiempo.... Pues el aquel de la filosofa no es ms que enanchar las palabras, como si dijramos meterlas en la horma. Si encontrsemos una sola palabra en donde cupieran todas las cosas, vamos, una horma para todos los pies; eso es la filosofa, tal como la apunta mi intelecto. Ya dar, ya dar en el chisgaravs--(chisgaravs = quid)--. Entre que doy o no, me aplaco haciendo hormas para varios pies y enanchando palabras para varias cosas, cuantas ms, mejor; ecolicu el doble fondo. Ahora usted se penetrar. El Nenrod; ste es nombre propio y no se puede enanchar. Boscoso; adula, o como otros vulgares dicen, alude al boscan, que es una piel, al bosque o monte, porque hago botas de monte, y al oso, porque se engrasa el material con unto de oso. Equitativo; porque hago botas de montar, o sea de equitacin; porque estn hechas sobre seguro, como en la Equitativa, y porque la ciencia zapateresca ignora las clusulas polticas, y as manifactura un escarpn para la reina de Escocia, como un zueco ferrado para el sacamantecas, o un zapato de hebilla para el camarlengo; total, equis. El hervor que se movi en el recinto torcico del seor Colignon ya no fu glogl de pavo singular, sino greguera de piara navidea. Abrazaba una y otra vez a Belarmino, dicindole, en los ojos lgrimas provocadas por la risa: --Que t eres grande, _monsieur le cordonnier_, que t eres grande! Las regocijadas zalemas del seor Colignon no enojaban a Belarmino; antes le producan emocin y halago. Era muy penetrativo el zapatero, rpido en percatarse del mecanismo y expresin de pasiones y afectos; pero como al propio tiempo su bondad aventajaba an a su penetracin, cuando sospechaba un sentimiento ajeno de hostilidad o mofa, rehua darse por enterado. Saba distinguir, por lo tanto, entre risas y risas. En las risotadas del abundante y rubicundo seor Colignon, especie de rebase _ex abundantia cordis_, Belarmino adivinaba una amable cualidad personal, o acaso cualidad de raza: la de admirar con alegra. Cun de otro linaje las risitas celadas y maliciosas del sastre Balmisa y dems tertuliantes del Crculo republicano; expresin ambigua de un corazn de secano y de un celebro oscurecido! As pensaba el zapatero. Pero como compadeca y amaba, porque lo haban menester, a sus contertulios, asista diariamente a ejercitarles en los procedimientos del discurso de doble fondo. Ya que el seor Colignon termin de sahumar el ambiente con aquel copioso rebase de optimismo, Belarmino qued un punto en suspenso, temeroso de que su interlocutor solicitase por ltimo el significado de la palabra bilateral aplicada al establecimiento de zapatera. Como filsofo catecmeno, Belarmino empleaba algunos trminos a los cuales daba valor mstico, y cuyo contenido no hubiera acertado jams a elucidar satisfactoriamente. Por fortuna, el seor Colignon olvid llevar sus pesquisas hasta la bilateralidad de la zapatera. El francs y el espaol prosiguieron la chchara, muy al mutuo sabor, hasta que se present Xuantipa. La zapatera consorte se dirigi al seor Colignon con extremada cortesa y miramiento. Estas civiles afectaciones no se producan en Xuantipa sino en coyunturas extraordinarias y con razn suficiente. La razn era que haca tiempo el seor Colignon haba prestado al matrimonio Pinto mil pesetas, sin recibo ni documento alguno comprobatorio, y la Pinta premeditaba sangrar nuevamente al sanguneo y rubicundo confitero, y aliviarle de un regular chorro de pesetillas. El seor Colignon era muy rico. La gran casa en donde viva y ejerca el comercio era de su propiedad. La haba levantado con los rendimientos abundossimos de la confitera, pastelera y chocolatera, y de una fbrica de achicoria que posea en las afueras de la ciudad. En cambio, hasta los gatos de la calle saban que la casa Pinto decaa, se empeaba, estaba en un tris de desaparecer, debido a que Belarmino descuidaba sus intereses por mezclarse en politiqueras. --Qu botas son stas?--pregunt Xuantipa, indicando los miserables residuos que don Manolito haba desechado a pretexto de que no le haban servido--. Parecen botas de un pobre de los caminos. --Son unas botas de don Manolito Cuevas; para un arreglo. --Pues no se las arregles si no las paga por adelantado; es un hambrn, que no tiene ni para sardinas--rezong Xuantipa, recobrando su habitual rostro torvo, de Eumnide--. Cuntos pares te debe? Belarmino no se acordaba con precisin. Lo mismo podan ser quince, que veinte, que veinticinco pares. Pero, cmo se lo deca a la irritable Xuantipa, sin suscitar una escena ominosa, y en presencia del seor Colignon? --Dos o tres pares--dijo, al fin, Belarmino. --No sabes si son dos o tres?--pregunt Xuantipa, irguindose rpida y enderezando las sierpes de sus ojos hacia el anonadado Belarmino. --Lo tengo apuntado. --En dnde? A ver, a ver...--exigi Xuantipa, alargando el brazo amenazador. --Mujer...--suplic Belarmino. --Xuantipa, cuando l lo dice.... Belarmino es un hombre verdadero--medi el seor Colignon. --Ese un hombre verdadero? Ese mastuerzo, ese babayo, un hombre verdadero? Lo habr sido antes, de soltero. Ahora.... Un tontorontaina, un hazmerrer, un holgazn. Eso, eso es lo que es. Usted no le conoce, seor Colin. --Esto que yo he deseado decir es que Belarmino habla verdad. Sea usted tranquila, Xuantipa; pngase usted tranquila. --Tranquila, tranquila!... Si es para tocarse del queso. Esto se lo lleva la trampa, porque no hay un hombre aqu. Qu va a ser de m? Qu va a ser de esa pobre neina inocente? Porque yo, bien lo sabe Dios, perdono, hago como que no s. Pero no me chupo el dedo.... A m me la va a dar ese babayo!...--rugi Xuantipa con voz ronca y ojos ridos y contrados, que se esforzaban intilmente en exprimir algunas lgrimas--. Pero se ha acabao, se ha acabao y se ha acabao. Se lo juro a usted por stas--y, ms que besar, chasc los labios, delgados y secos, sobre una cruz improvisada con el pulgar y el ndice de la mano diestra--. Desde hoy mismo, tomo yo el gobierno de todo, y si ste no sirve para otra cosa, que haga las camas, y lave los orinales, y barra, y cocine, y que cante el himno de Riego mientras friega los platos. --Pero, es que sabe usted hacer calzado? Porque eso es lo principal--dijo sonriente el seor Colignon, procurando rebajar el diapasn dramtico de la escena a un tono ms cuoloquial y tranquilo. Belarmino permaneca baja la testa, de precoz calvicie; un haz de luz vena al soslayo a clavarse en ella, como una espada en la cabeza de un mrtir. --Pues si yo supiera hacer calzado...--replic Xuantipa--, estaba ya todo requeterresolvido y en un periquete. Pero, ya ve ust.... Cuando nos casamos, haba aqu seis oficiales y oficialas, y no dbamos abasto a los encargos y pedidos. Un miserable aprendiz sbranos hoy. --Bueno, hace falta volver a lo de antes, y volvern ustedes--afirm el optimista y rosceo seor Colignon. --Dios le oiga!--or Xuantipa, adoptando una actitud devota convencional. --Yo creo que usted debe intervenir algo en el negocio, Xuantipa: llevar la administracin, hacer a los deudores que ellos paguen.... Usted sirve para eso, tanto como Belarmino creo que no sirve. --Que si sirvo? Si ste me dijera de verdad quines son los que no pagan, le prometo a usted que, o pagan, o les saco el galillo. --Qu es lo que t opinas de mi plan, Belarmino? --Bien, muy bien--elevando los ojos, con beatitud. --A ste, todo lo que sea ahorrarse trabajo y molestias le sabe a gloria. --l har lo que le pertenece--declar convencido el seor Colignon--. Y ahora, coraje y hacia adelante! Un nuevo personaje penetr desde la calle. Era un vecino, sin duda, puesto que vena con cilndrico gorrete de andar por casa, muy cochambroso por cierto; nariz minscula y erisipelosa; antiparras cuadradas; color amarilla; boca circular, desdentada, negra, honda como una sima. Vesta levitn raqutico, rapado y camalenico, por sus tornasoles; bufanda de Palencia, enroscada al pescuezo; estrechos pantalones a cuadros, con sendas prominencias en las rtulas. Calzbase con zapatillas de orillo. Sobre la oreja diestra, larga pluma de ave, color toronja; la bocamanga izquierda, revestida con una especie de malla o red de negras rayas, que no eran sino las huellas y rasgos de haber limpiado all los puntos de la pluma. Emita en la atmsfera un efluvio sombro y pesimista, como si poseyese una zona de influencia nefasta. Era, por prestigio o metamorfosis, la encarnacin humana de aquella ictrica casuca de la Ra Ruera, en donde el pintor Lirio calculaba que no poda por menos de vivir un prestamista. As como los joviales espritus diurnos se alejan con ruborosas alas apenas despunta por Oriente el ncubo nocharniego, el seor Colignon, desasosegado, aturdido y plido por dentro, pues por fuera no se lo consenta su imposible rubicundez, se despidi y tom la salida, no sin que Xuantipa le dijese al partir: --Con su apoyo contamos, seor Colin, y Dios se lo premiar. --Aj, aj. El franchute apoya? De perlas, hijos, de perlas--coment don Angel Bellido, que ste era el nombre, tan propio cuanto impropio, del prestamista. --S, seor Bellido. Sale usted del limbo? Quin no sabe que el seor Colin es ua y carne con nosotros? --Hija, tanto como ua y carne.... Que sea carne, que carne, gracias a Dios, no le falta, y que vosotros seis la ua..., doyme por satisfecho--dijo don ngel--. Pero, como quiera que yo todos los das tengo el gusto de hacervos una visitilla para refrescarvos la memoria, y vosotros nada me decais ni me dejabais entrever.... Porque, ac, para inter nos, la cosa presentaba un cariz... que... ya, ya... ya me entendis.--El seor Bellido era singularmente afecto a los puntos suspensivos. Todas sus sentencias dejaban un rumor silbante de cohete. El que le oa, quedbase anhelante, esperando el estallido de la nuez. Generalmente, los cohetes no llevaban nuez. Pero cuando estallaban, la bomba era de dinamita. Prosigui el seor Bellido.--Porque el prstamo y los intereses acumulados ascienden....--Psss.... El cohete ascenda en el espacio. Silencio. Ansiedad.--Ascienden a diez mil pesetas. Constan en documento ejecutivo. Vos pudiera embargar en el acto y, por no perderlo todo, quedarme con estas cuatro porqueras que aqu tenis, que no valen ni la mitad del dbito.--Tal fu la bomba de dinamita que don Angel Bellido hizo estallar sobre la mansa cabeza de Belarmino y la frente arisca de Xuantipa. Xuantipa, como ms inconsciente, se dej dominar por el espanto. Belarmino, con su intuicin repentina de los sentimientos, comprendi lo que deba responder: --Mala ocasin sera para embargarnos, ahora que no hay materiales en almacn ni apenas calzado en existencias. --Quita all, hombre de Dios--se apresur a decir el seor Bellido--. Pero es que yo he hablado de embargarte? He dicho que si quisiera.... Pero qu lejos est de mi nimo.... Y ms ahora que el seor Colin vos apoya.... --No es que nos apoye--declar el sincero Belarmino. --Ehhh...?--pregunt alarmadsimo el seor Bellido, estirando el pescuezo y asomando las pupilas por encima de las cuadradas antiparras. --Cmo que no? Pues no acabamos de hablar mano a mano y como Cristo nos ensea?--terci, sofocada, Xuantipa. --Yo prefiero no mezclar a mi amigo, el seor Colin, en estos asuntos--dijo Belarmino. --Te entiendo, picarn--gangue el seor Bellido, retirando los ojuelos, uno de ellos con guios de despedida, detrs de las vidrieras, y retrayendo el pescuezo a su longitud usual--. T no quieres que se difunda la noticia de que el franchute es tu socio capitalista, eh? Pues, por m.... Y para que te convenzas de que merezco tu confianza, voy a darte otra noticia. Un zapatero de fuera, zapatero de lujo, viene a establecerse en esta misma calle. Es un protegido de la duquesa de Somavia. Conque.... Ojo al Cristo, que es de plomo. Para competir, tendris que apretar. Dselo al franchute. Que suelte mosca. En esto que, con gil y perfumado revoloteo de brisas primaverales, se hizo presente una dama. Llegar ella y escapar el prestamista, todo fu uno. No se dijera sino que la zapatera slo tena cubicacin disponible para una persona de fuera. Cada recin llegado era el clavo que sacaba otro clavo. La dama exhalaba melindrosos resoplidos y se agitaba de aqu acull con gentileza enteramente adolescente. Vista por la espalda, era una figurilla breve, fina y graciosa. El anverso de la medalla no se corresponda con el dorso; pecho alisado con rasero; rostro acecinado y de ojos conspicuos; una faz del todo masculina. --Uf, uf! Qu hombre se!--rompi a parlotear--. Qu aspecto de desenterrado. Si huele a camposanto.... No s, Belarmino, como le admite usted aqu. Ha dejado un tufo.... Esta noche me da la pesadilla. Ay! Si le veo no entro. Pero el otro me vena siguiendo. Y busqu en ustedes refugio, asilo, amparo. Cada da ms atrevido. Es capaz de entrar en pos de m. Qu Anselmo, seor!... Pero a cada cual lo suyo; hay que reconocer que es guapo, simptico, buen mozo y elegante que no cabe ms. Enva las camisas a planchar a Madrid. Ya me pasma que haya tardado tanto en pasar por la puerta. Me asomar con disimulo a espiarle. All est. Se ha quedado en acecho a la puerta de la confitera. Qu tenacidad! Qu constancia! Y as cinco, seis aos; he perdido la cuenta. Si yo le diera pie, nos casbamos en un decir amn. Pero no me atrevo, no me atrevo. El tlamo me impone. Y admito que una joven no debe estar soltera y sola. Hay lenguas como agujas de colchn. Pero el tlamo me impone, me impone. Vena volada por la calle, y l detrs, detrs. Qu asiduidad! Qu perseverancia! Ay! Djenme ustedes que repose y tome aliento. Aquella criatura facunda y verstil, especie de andrgino reseco y sin incentivo, viva en la Ra Ruera, y se llamaba Felicita Quemada. Su tenaz y perseverante perseguidor, hombre un tanto machucho, como cuadraba con la dama, pasaba en Pilares por arbitro de las elegancias y ocupaba el lugar ms distinguido en la poltica local. Era vicario del duque de Somavia, el cacique de la jurisdiccin, que se pasaba la vida en Madrid. La vicara o representacin no se limitaba solamente a los asuntos de la poltica de campanario. La elegancia venale a Novillo tambin por delegacin o apoderamiento del aristcrata, viejo verde y currutaco. Novillo, en lo indumentario, constitua una rplica, algo rebajada, de su protector el duque, el cual le enviaba desde Madrid corbatas, cuellos postizos, calcetines y chalecos de fantasa semejantes a los suyos, aunque de clase inferior, y trajes, de pao cataln, imitados de los que l usaba, de pao ingls. Los amores de Novillo y la Quemada, o, como le decan en Pilares, la Consumida, haban llegado a ser a manera de rasgo tpico o suceso rutinario y familiar en la vida de la calle y de la poblacin entera. Databan los amores desde ms de dos lustros; los haban iniciado estando los dos muy corridos en aos, y no haban trascendido del estadio del ms puro romanticismo, platonismo e inefabilidad. La Consumida jams hablaba de otra cosa. Novillo jams hablaba de ellos, y si se los mentaban, sentase gravemente ofendido. Los vecinos de Ra Ruera y de la ciudad tomaban por lo cmico aquellos amores, y a Novillo, acaso por su edad, quizs por su corpulencia, tal vez por satrica suspicacia, le sobrenombraban el Buey. Pero el amor mudo y constante de Anselmo y Felicita encerraba, bajo el aspecto ridculo, emocin pattica. Aquella timidez invencible de Anselmo (l, tan osado en los manejos de la administracin municipal y provincial y en las estratagemas electorales), cmo poda explicarse sino por la fatalidad? A qu poda atribuirse sino al saudo antojo de la Nmesis adversa? Buscbanse sin cesar Anselmo y Felicita, vivan el uno para el otro; pero la Nmesis antojadiza haba herido de mudez a Anselmo y colocado entre los dos, adems de esta barrera de silencio, un ancho valladar infranqueable, aunque de aire delgado y transparente. La propincuidad mxima del objeto de su amor a que Anselmo aventuraba acercarse era una distancia de cinco metros, como si al llegar all tropezase con un obstculo cristalino e invisible. Ahora, que esta distancia la conservaba de continuo. No pareca sino que Felicita estaba encerrada en un fanal o gran campana de vidrio. Dentro de aquella prisin imperceptible para los ojos, Felicita se consuma lentamente; de fuera, Novillo se detena estupefacto, sin apenas atreverse a mirar a la amada cautiva. Adase, en honor de la verdad, que el tormento surta contrapuestos efectos en Novillo que en Felicita, pues a Novillo no le robaba carnes, antes se las aada. Y conste, por ltimo, que la fidelidad de Novillo era absoluta; nadie le conoca otros galanteos, ni siquiera claudicaciones de amor mercenario, en una capital de provincia donde todo se sabe. Sentse Felicita, respir fuerte, tom aliento, pero no se repos, sino que, tan pronto como haba tocado el asiento, salt en pie de nuevo, sacudida por aquel dinamismo fatdico que la tena en los huesos, y tomando unos papelorios que llevaba debajo del brazo, los extendi sobre el mostrador. --Vea usted, Belarmino. ste es _El Espejo de la Moda_, y ste _La Slfide Mundana_. Vea usted. Hay una parte consagrada al calzado. Aqu hay un par de zapatos que me enamora. No podra usted hacerme uno as? Soy muy exigente para el calzado. Es mi debilidad. A las personas bien nacidas se les conoce por los pies. Un pie juanetudo denota un espritu grosero. Anselmo es, lo mismo que yo, esclavo del bien calzar. Lo habr usted observado. Vea usted estos zapatitos que describe _La Slfide_. Son de piel de Escandinavia. Tiene usted ese material? Llevan pespuntes y picados de cabritilla blanca. De eso s tendr usted. En todo caso, podremos aprovechar algn viejo par de guantes de los innumerables que poseo. Esta es otra debilidad ma. El guante y el calzado; la mano y el pie. A todo esto, me estoy distrayendo ms de lo debido. Y, a propsito; ahora se me ocurre, le parecer mal a Anselmo que entre en su casa de usted, Belarmino? Como l es dinstico y usted tan subversivo.... Pero, no. Si le pareciese mal, me lo hubiera dicho. Ea, me voy. Me llevo las revistas de modas. Ya hablaremos con calma de los zapatos de piel de Escandinavia. Y sali, con perfumado revoloteo de faldas, sin haber dejado en todo el tiempo de su permanencia un solo resquicio por donde Xuantipa o Belarmino hubieran podido colarse a decir esta boca es ma. Esta escena se repeta casi a diario. Era obligado que penetrase creyndose perseguida, que proyectase vagamente hacerse un par de zapatos, y que, de postdata, le acometiese el escrpulo de si a Novillo le placeran aquellas visitas al zapatero subversivo. A poco de salir Felicita, cruz, por delante de las puertas de la zapatera, don Anselmo Novillo, con solemnidad de hombre corpulento, machucho y posedo de su elegancia. Comenzaba a pasear la calle a Felicita y paseara durante tres o cuatro horas. Xuantipa se retir a preparar la cena. Belarmino, a solas, apoy la frente en ambas manos, meditabundo. As estuvo, sin moverse, largo espacio, hasta que volvieron el aprendiz y la nia. Obscureca ya. Belarmino despert de su meditacin para besar y abrazar a su hija, silenciosamente, con ahinco y ternura, todava ms exagerados que de ordinario. Se le humedecieron los ojos. En la tienda reinaba total tiniebla. --Enciendo luz?--pregunt el aprendiz pelirrojo. Belarmino tard en responder; le faltaba la voz. --No hace falta. Ahorraremos en luz. Vete a la cocina con la nia, y ayuda al ama, si hace falta. Almbrate con este fsforo. Cuidado. Belarmino se recogi otra vez a meditar, empapado en la tiniebla. Belarmino, ahora, no se deslea en aquellas especulaciones filosficas, o lo que l entenda por tales, que ltimamente, en los dos o tres recientes aos, le haban acaparado la actividad del pensamiento y los afanes del pecho, sin dejar lugar ni vado para ninguna otra ocupacin o sentimiento, a no ser el amor por su hijita. No; ahora Belarmino no cavilaba sobre el problema del conocimiento, sino sobre el problema de la conducta; no le preocupaba lo que deba pensar, sino lo que deba hacer. Su vida externa, el curso y movimiento de su vida social, era al modo de una rueda dentada, en engranaje con otras; esta rueda cada da realizaba mecnicamente una vuelta completa, entreverando sus dientes con los dientes de las dems ruedas, siempre los mismos y siempre de la propia forma y disposicin, y de suerte que no caba averiguar si ella haca girar a las otras o las otras le hacan girar a ella, o si la una y las otras rodaban con regularidad a impulsos de un mecanismo incgnito y enorme. Aquel da haba sido idntico a otros incontables das, en el rodar de los das de Belarmino. Y, sin embargo, aqul era un da seero, un da crtico, un da que le haba provocado una intuicin profunda del porvenir, o, como Belarmino se deca a s mismo en aquellos instantes, empleando el tecnicismo esotrico de su inventiva, un _faran crnico_. Los hombres se dividen en dos clases, segn la manera de dormir. Unos duermen poco, porque duermen de prisa; otros duermen mucho, o cuando menos permanecen largas horas en el lecho, porque duermen poco a poco. La cabeza, o depsito del sueo, es como una vasija con un pequeo desage. A unas personas se les colma de sopetn la vasija, y caen dormidas en un sueo inerte y sin ensueos; luego la vasija se va desaguando con regularidad, y en las tempranas horas maaneras la cabeza se halla vaca, limpia, despejada y el cuerpo con anhelo de ejercicio. Estas personas se levantan despiertas del todo. A otras personas la vasija se les va llenando lentamente, a causa de penetrar por un lado poco ms cantidad de sueo de la que por otro se va vertiendo y disipando, y as contraen un sueo dificultoso y enrarecido, poblado de imgenes incoherentes; el contenido de la vasija alcanza su plenitud precisamente al tiempo que es fuerza abandonar el lecho. Estas personas se levantan cuando estn ms dormidas, y se conducen como sonmbulos en la maana balda, hasta que al cabo de unas horas han eliminado la saturacin de sueo. Aquellas otras personas son de naturaleza muscular y robusta. Estas ltimas, de naturaleza linftica y dbil. Las primeras estn dotadas para el xito prctico: en la guerra, en la poltica, en los negocios. Las segundas, para el xito intelectual y esttico. Belarmino era de esta segunda clase de personas. Xuantipa le haca levantar a escobazos, como en un ojeo se ahuyentan las liebres encamadas. Despus, durante las horas antemeridianas, era hombre intil. Senta la frente llena de humareda que le descenda a los ojos y se los escoca y enturbiaba. Al final de la comida del medioda, despus de haber bebido su botella de sidra hecha, y fumado sus dos pitillos, de los amarrados por la cintura, era ya otro hombre. El talento, que l se lo figuraba como un ser substantivo, independiente, hasta corpreo, misterioso husped interior, comenzaba a rebullir, a desasosegarse, y dando unos golpecitos con los nudillos por la parte de dentro de las paredes del crneo, le deca: Ea, Belarmino, aqu estoy yo; vamos a discurrir cosas nunca odas. A este recndito ser personal o demonio ntimo, Belarmino lo llamaba _Inteleto_. Sola impacientrsele el Inteleto a los postres, y tan pronto como Xuantipa se levantaba a fregar la loza, Belarmino se evada furtivamente al Crculo republicano. Despus, lo de siempre: irrupcin violenta de Xuantipa, retorno aflictivo, este o aquel cliente, todos morosos, el ptimo Colignon, el psimo Bellido, la imposible Felicita. El trazado de la vida de Belarmino era una pgina escrita con falsilla, y en la cabecera de la pgina un signo sagrado: la hija de sus entraas. De raro en raro, abrase un corto parntesis, en las lneas de la pgina, que se corresponda con alguna reunin pblica del Crculo republicano, en que Belarmino pronunciaba discursos tremendos. Como todas las naturalezas dulces y tmidas, Belarmino tena ahorrados el coraje y la violencia en un depsito a rditos con inters compuesto, y cuando llegaba la coyuntura excepcional de gastar las reservas se exaltaba en trminos que pareca un poseso. El sastre Balmisa, el director y redactores de _La Aurora_, y dems correligionarios pertenecientes a la clase media baja intelectual, tomaban a broma a Belarmino y le calificaban de chiflado. El clero y las familias piadosas le reputaban como un loco, aunque generalmente inofensivo, en ocasiones peligrossimo y de ms cuidado que todos los otros republicanotes. Pero el estado llano del partido, obreros y artesanos humildes, dedicaban a Belarmino supersticiosa fe y se enardecan oyndole. Cierto que no le entendan; tambin San Bernardo inflam una Cruzada, arrebatando muchedumbres que no entendan la lengua en que les persuada. Cuando Belarmino pronunciaba un discurso, era de rigor que los oyentes saliesen a la plazuela del Obispo lanzando gritos inflamatorios y blasfematorios. Por eso, algunas gentes devotas maduraban seriamente el plan de convertir a Belarmino. All estaba Belarmino, empapado en la tiniebla, desfallecida el alma, atravesando un terrible _faran crnico_ y cavilando lo que deba hacer. Los mismos incidentes cotidianos, repetidos mecnicamente, van tomando diferente semblante y adquiriendo valor ms preciso. Segn la estructura de la piedra, el curso y agresin de las aguas a unas las monda, redondea y suaviza, y a otras les saca ngulos, aristas y pas, hasta que un da, de pronto, cortan como cuchillos y penetran como puales. El roce forzoso con Xuantipa Belarmino lo haba aceptado como una disciplina de perfeccin. Xuantipa haba araado y cortado y pinchado desde el principio; pero en fuerza de frotar, araar, cortar y pinchar, a Belarmino le pareca el roce ms blando cada vez, y senta ya el alma redonda, suave y como lubrificada al contacto con su spera cnyuge. La frotacin con la clientela le era cada vez ms indiferente, y lo mismo el agitado y turbulento roce con Felicita. La frotacin con el francs, cada vez ms grata. Lo espantable, lo que haba suscitado el terrible _faran crnico_, era el contacto con Bellido, contacto siempre molesto y congojoso, pero que aquel da, de sbito, le haba herido y desgarrado hasta lo ms ntimo. Estoy arruinado. Me ver en la calle maana o pasado o dentro de un mes. Esto no tiene _igua_ (significaba: no hay salvacin), se dijo Belarmino, mentalmente. Hubiera podido ir tirando como hasta entonces, por tiempo indefinido; pero la llegada de un competidor, que Bellido le haba anunciado, aceleraba el desenlace catastrfico. Adems, presuma con fundamento que Martnez, un antiguo oficial suyo, trataba de instalar una tienda de calzado de fbrica en la misma calle. Calzado de fbrica?--pens Belarmino, desvindose del camino recto--; buen calzado ser se que no est hecho a la medida. Como si una mquina pudiera hacer zapatos decentes. Pazguatos! Milagro que no se les ocurre inventar una mquina para hablar y otra para escribir, o cualquiera otro disparate.... Volvi en seguida al camino recto de sus cavilaciones. La cuestin era que aquello no tena _igua_. Con el buen Colignon no haba que contar. Por lo pronto, no era verosmil que el francs adelantase todo el dinero que se necesitaba para pagar la deuda de Bellido y montar por lo grande la zapatera. Pero, aun cuando el seor Colignon lo ofreciese, l no lo aceptaba, porque saba de antemano que era dinero perdido. Confesbase a s propio, honradamente, no haber nacido para gobernar un negocio. Haba nacido para ms nobles y menos provechosos cuidados; bien claro se lo deca su demonio interior, el Inteleto: Belarmino, vamos a discurrir cosas nunca odas. Su deber era abandonarlo todo, vivir de limosna, sufrir penalidades, dormir bajo los porches, alimentarse de hierbas, con tal de seguir la voz del Inteleto y dar con aquellas cosas nunca odas que el geniecillo interior le prometa. Pero, y su hijita de sus entraas? Cuando Belarmino deca entre s hija de mis entraas, la frase adquira casi sentido literal. Cuando abrazaba y besaba a su hija, o la miraba en adoracin, o pensaba en ella, sentase ms madre que padre. Lo cierto es que Angustias no era hija de Belarmino, sino de una hermana suya que, a poco de morrsele el marido, muri ella de sobreparto. Belarmino recogi a la criatura, apenas nacida, y la cri l mismo con bibern. Esto ocurri un ao antes de casarse con Xuana. Belarmino haba contado a Xuana, antes de casarse, la verdadera historia, que ella admiti sin sospechas. Mas despus de casados, como quiera que ella no lograba hijos propios, comenz a odiar al marido y a cavilar que la nia era hija disimulada de Belarmino; con que la criatura tampoco se libraba del odio de la apasionada mujer. En los apstrofes y denuestos de Xuantipa, aunque muy veladas, siempre latan, como se habr advertido, venenosas alusiones a este asunto. Si se arruinaba--prosegua pensando Belarmino--, su deber era entrar como oficial con el nuevo zapatero y trabajar porque a la hija no le faltase lo preciso. Trabajar.... Le haran trabajar de la maana a la noche, y aun de noche, como l haba hecho trabajar a sus oficiales en pocas de prosperidad econmica, antes de que aquella personilla exigente que llevaba alojada dentro de la cabeza, o sea el Inteleto, hubiera dado imperiosa cuenta de s, distrayndole del negocio. Trabajar horas y horas, de longitud inacabable, despidindose para siempre de las horas calmas y fugaces dedicadas al ocio contemplativo y al coloquio secreto con su habitante interior.... Imposible! Tal era el pavoroso _faran crnico_ que traa a mal traer a Belarmino. --Buenas tardes nos d Dios. Hay alguien en la casa?--dijo una voz flaca y aguda, como de flautn, que caa de lo alto. Belarmino crey estar soando. Era aqulla la voz de un ngel acatarrado? --No hay cristiano o alma humana en este recinto?--volvi a hablar la voz de flautn, sonando siempre al nivel del cielo raso. Oyronse a continuacin unas palmadas retumbantes, como el tableteo de un trueno. --Belarmino, ests ah?--rugi Xuantipa, desde las habitaciones interiores. Belarmino dijo para s: Pues, seor, no estoy soando. Encendi una cerilla, y a poco se cae de espaldas. Tena ante s una mole que casi tocaba con el techo. Presto se recobr y se percat de la realidad verdadera. Tratbase del Padre Alesn, un fraile dominico de las dimensiones de un paquidermo antediluviano, a quien sus hermanos en religin y la grey parroquiana de la Orden llamaban la torre de Babel, por la estatura y porque saba veinte idiomas: unos vivos, otros muertos y otros putrefactos. Acompabale otro Padre innominado, de volumen normal entre religiosos, aunque excesivo para laicos. Aun al lado de este segundo fraile, Belarmino era una pavesa. Los dominicos penetraban entonces por primera vez en la zapatera de Belarmino. Luego que el zapatero encendi un quinqu de petrleo, el Padre Alesn tom la palabra: --Le causar maravilla vernos en su tienda, dadas las ideas que usted profesa.... --Reverendo--interrumpi Belarmino, no muy seguro de que ste era el tratamiento debido--, la ciencia zapateresca ignora las clusulas polticas; por eso es analfabtica. Yo tambin he confeccionado zapatos para religiosos y sacerdotes. --Ah! S? Cundo, amigo mo? --Hace tiempo. --Quiere decirse que usted, a pesar de sus ideas contrarias a la Iglesia, no tiene inconveniente en calzar a las personas religiosas. Pero pudiera ocurrir que las personas religiosas tengan inconveniente en dejarse calzar por usted. --El fanatismo es reincidente--declar sentencioso Belarmino. --Cmo reincidente?--pregunt el Padre Alesn. --Vamos, que abunda... y daa; que se lo encuentra uno a cada paso. --Ya; ha querido decir frecuente.... --No, seor; he querido decir, y he dicho, frecuente, y abundante, y daoso, y que se choca con l; en autonomasia, reincidente. El Padre Alesn permaneci un tanto perplejo. Belarmino le hablaba una lengua perfectamente inslita, que l no conoca ni sospechaba; como que no era lengua viva ni lengua muerta, sino lengua en embrin. --Y usted, no es nada fantico?--pregunt, algo desconcertado, el Padre Alesn, con su voz de flautn, dejando, a pesar suyo, escapar un gallo o atragantn en la slaba acentuada del esdrjulo--. Hanme dicho que s. Despus de este giro en transposicin, que es, naturalmente, grave y solemne, el dominico cobr bastante serenidad y aplomo. --Fuera de la zapatera, y suscrito en el crculo de la paradoja, que es un cuadrado, porque es el ecumnico, soy fantico y hasta testa macilento; pero dentro de la zapatera, y en ridculo, soy analfabtico. Este es el maremgnum de la clase y del bien eliminar. El Padre Alesn, consternado, no saba qu replicar. La cosa no era para menos. Belarmino, con el tecnicismo de su inventiva, haba dicho, traducido al pie de la letra: Fuera de la zapatera, e inscripto en el crculo de mi ortodoxia, que as puede llamarse crculo como cuadrado, puesto que la ortodoxia es la conciliacin de los contrarios, soy fantico, y an ms, incendiario violento; pero fuera de mi centro propio y dentro de la zapatera, soy indiferente. Tal es el ideal de la conducta y del bien obrar. En la torre de Babel no se hablaba todava tal lenguaje. El Padre Alesn pens: Si me dedico ahora a trabajos lingsticos y hermenuticos, no acabo nunca. Al grano. Y dijo en voz alta... y tan alta: --Plceme, amigo mo. Ha hablado usted con singular elocuencia y persuasin. Ahora me explico que sus discursos conmuevan y arrastren a la audiencia. --Le advierto a usted, reverendo--cort Belarmino, cosquilleado por una comezn de simpata hacia el ciclpeo dominico--, que no entienden mis discursos, pero causo entusiasmo por el peso llamativo.--Lo cual significaba por el fuego del sentimiento. --Justamente por eso me lo explico. Y voy ahora directamente a mi propsito. Hemos acordado que haga usted los zapatos para los Padres de la residencia: cinco padres y un lego. Don Restituto Neira, seor caritativo y dadivoso, y su santa esposa, doa Basilisa, los cuales, como usted no ignora, nos han cedido el ltimo piso de su palacio para residencia, desean tambin que usted haga el calzado para la servidumbre. Espero que, a pesar de sus ideas impas, aceptar el encargo. No se arrepentir, le garantizo. Nuestros zapatos no le sern muy difciles de hacer. El voto de pobreza nos obliga a vestir y calzar sin artificio--y adelantando el pie sac del faldamento un zapato por el estilo de los del dmine Cabra; una tumba de filisteo. Belarmino, con su clarividencia psicolgica, adivin repentinamente que pretendan sobornarle. En otra ocasin, soltando la reserva de coraje y violencia para los casos extraordinarios, se hubiera descarado con los frailes. Pero en aquellos momentos, sangrante an la herida que Bellido le haba abierto y en estado de _faran crnico_, lejos de enfurecerse, sinti una manera de alivio y esperanza. --Acepto--dijo con firmeza. --Congratlome--exclam el dominico, sin ocultar su satisfaccin--. Quedamos, pues, amigo mo, en que maana, por la tarde, vendr usted a nuestra residencia a tomarnos las medidas. --Eh? Debo ir yo all?--pregunt, preocupado, Belarmino--. Qu dirn mis correligionarios? --Qu han de decir? Usted va como zapatero. Adems, es lo ms rpido y expeditivo. A Belarmino le gust la voz expeditivo, y la almacen en la memoria, a fin de meterla en la horma, ensancharla y darle un significado espacioso, nuevo y conveniente. --Da usted su palabra?--pidi el Padre Alesn. --S, seor reverendo. Y que sea lo que Dios quiera. --Que me place orle esa expresin devota: que sea lo que Dios quiera. Dios querr lo mejor. Hasta maana, amigo mo. As que salieron los frailes, Belarmino se arrepinti de su promesa. Pas la noche en claro, caviloso y febril. Dbase golpes en la cabeza, requiriendo socorro y consejo de su habitante interior; pero el Inteleto estaba distrado o ausente y no acuda al llamamiento. A la maana siguiente, con la cabeza que tan pronto le pesaba al modo de una bola de granito, como senta que se le escapaba de sobre los hombros, cual vedija de humo, Belarmino sali a la puerta del establecimiento para despejarse. En un entresuelo de la acera del frente, y poco ms abajo de la calle, una cuadrilla de carpinteros, albailes y pintores, trabajaban con energa y diligencia. Belarmino se aproxim al seor Colignon y le habl recatadamente al odo: --Recuerda usted que un da le dije: ya dar, ya dar en el blanco? Pues ya he dado, ya he dado. La beligerancia es la madrona de la Grecia. El faran crnico es lo ms puerperal. He hallado la solera recreada.--Traducido al romance: la adversidad es la madre de la sapiencia. Una crisis profunda es siempre fecunda. En cuanto a la ltima sentencia, el propio Belarmino la verti al habla vulgar, a instancias del seor Colignon, que pregunt: --La solera recreada? --Se lo interpretar en forma corriente: solera es palabra que viene de sol y dice la luz ms viva, y fuente de luz. Recreado es lo que nadie ha hecho, que se hizo por s, y produce gusto, recreo--o sea, luz increada. Esta vez, los recnditos y gargarizantes pavos del seor Colignon permanecieron taciturnos. El francs apoy horizontalmente el antebrazo en la depresin o meseta superior del abdomen, sustent el opuesto codo sobre aquella mano, y con la otra mano se cubri el huevo y la huevera de latn, esto es, la barbeta y la perilla, en actitud napolenica y cogitabunda. --Yo comprendo, yo comprendo, _mon pauvre ami_; los Padres te han convertido.... El que se ri ahora fu Belarmino, y de la mejor gana: --Convertirme? Qu proyectil!--Belarmino junt en un racimo las yemas de la diestra mano, se las llev al entrecejo y silabe confidencialmente:--El Inteleto!--Y luego, cambiando de tono:--Algo me he ayudado con un libro de los Padres.... --Te lo prestaron? --No; lo ped yo prestado, porque lo vi encima de una mesa. --Y cmo es que se titula? --No se enterar usted, porque est en latn. --Pero, t, t, comprendes latn? --Llegar a tener intuicin con l; por ahora, slo me es saludable. El seor Colignon se retir pensando: No tiene remedio el pobre hombre. La apertura de la nueva zapatera caus inolvidable sensacin y pasmo descomunal. El rtulo rezaba: Apolonio Caramanzana, maestro artista. Haba un ancho escaparate, con lmpida luna de cristal. Sobre el piso del escaparate, forrado de peluche verde, se alineaban varios pares de zapatos y botas, realmente exquisitos, apoyados oblicuamente en sendos sustentculos de nquel, y con inscripciones debajo que decan: Zapatos de piel de Suecia; encargo de la excelentsima seora duquesa de Somavia. Bota de becerro; para el seor Novillo, y as otros varios encargos de personas distinguidas y elegantes. Al fondo, en una urna, guardbase el esqueleto autntico de un pie humano. Sobre la urna se lea: Osteologa del pie. De cada huesecillo sala un alambre, con una cartela al final. Las cartelas decan: Tibia, peron, malolo interno, malolo externo, tarso, astrgalo, calcneo, escafoides, cuboides, las tres cuas, metatarso, falanges, falangitas, falangetas. Encima de la urna colgaba de la pared del fondo un cuadro pintado a la acuarela, que representaba una bota, de perfil, despidiendo rayos; en la cabecera, un letrero: La podoteca ideal, y, en la parte inferior, una estrofa: Aunque tan fina y lustrosa y de tan bellos perfiles, nadie, si la llevas, osa cortarte el tendn de Aquiles. Y ms abajo an: Dime con qu botas andas, decirte he quin eres. A entrambos lados del cuadro central pendan otros dos cuadros. Uno figuraba un pie desnudo, de alto puente y empeine corvo, con su inscripcin: Pie ario; noble. El otro, un pie asentado todo a lo largo, la planta sobre la tierra, con su inscripcin: Pie planpedo, plantgrado o semtico; plebeyo. En las paredes laterales del escaparate, repisas de cristal, con vaciados de pies, en escayola, algunos retorcidos y deformes, y, adherida a la repisa, una indicacin: Repertorio de extremidades, obtenido del natural. En lo ms altanero de la luna de cristal desarrollbase una cinta, a modo de divisa herldica, declarando, con doradas letras teutnicas: Una hermosura soberana inspira a Caramanzana. Cuantos vean el escaparate pensaban en el infeliz Belarmino. La opinin fu unnime: no haba competencia posible. Tambin Belarmino fu a ver el famoso escaparate. Lo examin atentamente, con calma. Como su corazn estaba purificado de pasiones torpes, no se le distendi el rostro en gesto ninguno, lastimado o feo; antes sonrea; sonrea con expresin inocente y delicadamente irnica. Apolonio, que ya le conoca y le estaba espiando desde dentro de la tienda, se sinti, por misteriosa manera, humillado. Ahito y ebrio con el xito, qu le importaba a l la expresin hipcrita y maligna del ya desbaratado rival? Y, sin embargo, sentase humillado, adivinando que la verdadera rivalidad entre ellos no era zapateril, sino de otro orden ms ntimo y personal, y que en aquella larvada e inevitable rivalidad acaso Belarmino saliese vencedor. CAPTULO IV. APOLONIO Y SU HIJO. Fu el jueves Santo, por la noche. Habamos cenado en la habitacin de don Guillen. El cannigo fumaba un cigarro largo y fino; yo, un cazador, ese tabaco oscuro, velloso y de sangre, tan enrgico, sutil y esencial provocador de ideas e imgenes que, a veces, sustituye con ventaja los beneficios del trato humano, sin sus inconvenientes y molestias. Como dijo, siglos ha, Cristbal Hayo, maestro fsico de Salamanca, en loor del tabaco: usando del no se siente soledad. Don Guilln me lo haba ofrecido, sabiendo que era la vitola ms de mi gusto; delicado agasajo que yo le agradec. No faltaban las copitas de coac viejo. Anoto estos detalles, quizs impertinentes, para que se vea que don Guilln era hombre atento a los detalles y moderado gratificador de los sentidos, de donde se deduce que, para l, la realidad externa exista, y que la aceptaba en toda su importancia, procurando solamente que el contraste con ella fuese lubrificado y terso. Estaba rindose para s, como ante una visin cmica y tierna al propio tiempo. Comenz a hablar: --No puedo pensar en mi padre sin rerme. Sin rerme amorosamente, entindame usted. Mi madre muri cuando yo cumpla apenas los tres aos. No la recuerdo. Mi padre era, o, por mejor decir, es, pues vive; vive como sombra de lo que fu.... Mi padre es hijo de un criado de la casa de Valdedulla, antiqusimo linaje gallego que viene de los godos o cosa as. Mi familia paterna, de padres a hijos, desde hace ya dos o tres siglos, viva a la sombra de la casa de Valdedulla, cumpliendo ms que en menesteres de servidumbre en empleos de confianza. El primognito permaneca siempre al servicio de la casa, y a los dems hijos varones los condes los dedicaban a la Iglesia, o los enviaban a que se ganasen la vida por el mundo. En mi familia ha habido bastantes abades, y no me sorprendera tener algn to ricacho en Amrica, sin yo saberlo. Mi abuelo era as como administrador de la casa de Valdedulla. Cuando yo nac, esta poderosa casa haba quedado reducida a dos vstagos, don Deusdedit, el conde, y doa Beatriz, que se haba casado con el viejo duque de Somavia, y viva en Pilares. El conde era soltern, padeca muchos achaques y tena la cara llena de erupciones amoratadas. No haba esperanza de que se casase, no tanto por feo y raqutico, ya que las mujeres apencan con todo, si el pretendiente guarda hacienda o luce ejecutoria, cuanto porque el duque era misgino y misntropo. Sola decir: En m, gracias a Dios, concluyen los Valdedulla, que, desde Mauregato, no han hecho ms que burradas. Nada le interesaba. Nunca sala del Pazo. El nico que le diverta algo era mi padre. No quiso el duque que mi padre recibiese a su tiempo, hereditariamente, el cargo familiar de mi abuelo, porque--deca--esto se acaba conmigo; el nombre se pierde, gracias a Dios, y la casa se transmite al hijo de Beatriz, que es un Somavia; conque all entonces que l haga lo que le pete. El conde deseaba cooperar a que mi padre se valiese por s, mediante una profesin u oficio, y aun carrera. Parece ser que mi padre, desde muy nio, compona versos y era muy dado a leer novelas y dramas. Ya de entonces mi padre haba cado en gracia al conde, que era unos quince aos ms viejo que mi padre. Respondiendo a los deseos del conde, mi abuelo opt por la carrera eclesistica, en la cual, dado su natural despejo, mi padre llegara, probablemente, a cardenal; pero mi padre no senta aficin a los cnones, y, sobre todo, el conde, que alardeaba de volteriano, dijo en seco que no. Enviaron a mi padre al Instituto, en donde estudi dos aos, y, consecutivamente, obtuvo dos tandas de suspensos en las mismas asignaturas. Uno de les profesores escribi al conde que a mi padre el exceso de imaginacin le impeda concentrarse y estudiar con disciplina y provecho. Mi padre no ha olvidado aquel fracaso; ahora, que l lo explica a su modo, y se queda tan satisfecho. Siempre dice: Yo, que he recibido una educacin acadmica.... Mi padre quera seguir la carrera de autor dramtico, y cuando le convencieron de que no haba semejante carrera, respondi: Pues si no autor dramtico, zapatero. Peregrino dilema! No puedo por menos de rerme.... Estas cosas raras e ilaciones sorprendentes, eran las que divertan al conde. Le estoy fastidiando a usted.... --Nada de eso--respond. --Abrevio. Hasta los doce aos viv en el Pazo de Valdedulla. Tres aos antes haba muerto mi abuelo. Desde aquel punto, el propio conde llev las cuentas y administracin de sus bienes. Mi padre tena una zapatera abierta en Santiago de Compostela. El negocio andaba malamente, porque mi padre se pasaba lo ms del tiempo de tertulia y juerga con algunos amigos estudiantes. Se sostena gracias a la benevolencia y liberalidad del conde. De cuando en cuando, vena de visita al Pazo, y haba que verle lo pomposo y majetn, con su flor en el ojal, su sombrero ladeado y su chaquet, un chaquet paradisaco, como deca el conde, no s por qu! Chico--exclamaba el conde--, me dejas patidifuso con tu elegancia y tus nfulas. Y, muerto de risa, le haca recitar fragmentos de un drama que mi padre estaba escribiendo, titulado: _El cerco de Ordua y seor de Oa_. Mi padre le explicaba el argumento y haca especial hincapi en la tesis, o, como l deca, la idea, a lo cual replicaba el conde, pensativo: Pues no creas; eso tiene intrngulis: Que si tiene!...--replicaba mi padre, con inocente petulancia--. Ya ver el seor conde cuando el drama se estrene. --Probablemente sera ms racional que los de su conterrneo el seor Linares Rivas--interrump. Estaba yo, como el lector advertir, en esa indiscreta edad juvenil en que, para aquilatar el mundo, los hombres y las cosas, se hace uso de trminos de comparacin nominativos. --No puedo decirle, porque no asisto al teatro ni leo literatura frvola. Contino. Durante aquellos tres aos, despus de muerto mi abuelo, el conde no se di instante de reposo, visitando tierras, apuntando lindes, recontando ganado, recorriendo la casa, embalando vajillas y cubiertos de plata, escribiendo horas y horas en su despacho. Al cabo de los tres aos, una maana apareci difunto, no s si de cansancio o de aburrimiento. Entre sus papeles haba una carta para mi padre, en donde se deca: ... eres bueno; pero eres algo ganso, y no vales para andar solo por el mundo. Te dejo en mi testamento un pequeo legado, que si t lo manejas, la del humo. Por lo tanto, de que yo me haya muerto, vas con tu hijo a Pilares. Mi hermana, la duquesa de Somavia, tiene instrucciones mas y te dir la forma en que dispongo que se emplee el legado. Con ella nada te faltar. Esta carta la le siendo ya hombre. Mi padre se la haba entregado a la duquesa, y ella me la ense. Pero recuerdo cuando mi padre la ley por vez primera, en el Pazo de Valdedulla, estando el conde de cuerpo presente. Le vi apretar las cejas y palidecer; era, sin duda, que lea lo de ganso. Luego se le aflojaron las cejas, le comenz a temblar una mejilla, le asomaron lgrimas a los ojos, dej caer la carta, sin acabar de leerla, se cruz de brazos, estuvo silencioso largo rato, mirando al muerto, solloz: Para ti, alma generosa, no es noble ni decorosa la terrena inhumacin. Te dar entierro en la fosa de mi triste corazn. Se arrodill y bes, con prolongado beso, la mano del conde. Yo lo observaba todo, de hito en hito. Los nios son los mejores observadores, y las observaciones intensas de la niez jams se olvidan. Pensar usted que mi padre es un grandsimo figurn, que todo aquello era fingido, teatral y a propsito para rer, a pesar de la presencia del difunto. Que sea para rer, no lo niego; pero tambin para llorar. Mi padre ha tenido siempre una sensibilidad excesiva. Cualquiera cosa le agitaba. Se enterneca por ftiles motivos hasta las lgrimas. Todo lo tomaba a pecho. Por manera espontnea, se produca con exuberancia y nfasis. Era tambin muy aficionado al canto. Cuando cantaba me haca el efecto de que se iba a derretir en la atmsfera, como un terrn de azcar en agua. Y en cuanto a lo de improvisar versos, tambin era natural en l. Se convencer usted muy pronto de cmo mi padre, sin duda por el continuo ejercitarse, compona ya versos por rutina. Pero, para no interrumpir la narracin, prosigo por orden. Mi padre no se apart del cadver hasta que los enterradores terminaron con la poco noble y decorosa inhumacin terrena. Volvimos al Pazo. Mi padre me traa de la mano y gimoteaba como una criatura. Entramos en lo que haba sido capilla ardiente. La carta pstuma del conde yaca por tierra. Mi padre la recogi, a fin de concluir la lectura. Yo vi que apretaba nuevamente las cejas, tiraba de una comisura del labio hacia arriba, inflando as la mejilla, la cual se arrascaba, indicio de contrariedad. Antes haba dejado caer la carta al llegar a lo de la herencia. Ahora, aquello de ir a establecerse en Pilares, entre gente desconocida y bajo la tutela inmediata de la duquesa, le molestaba sobremanera. Pero, qu remedio? Mi padre arranc las races que le sujetaban a la hermosa tierra gallega y tomamos el portante para otra regin, no menos hermosa. Mi primer viaje por ferrocarril: lo que hube de gozar!... En Len doblbamos el rumbo y cambibamos a un tren directo hasta Pilares, que parta de all mismo. Era en las postrimeras del mes de abril, despus de unos das tormentosos, y se deca si en el puerto que hay entre Len y Pilares estaba interceptada la va, hacia la estacin de Busdongo, a causa de la nieve. Eso de pasar sobre montaas cubiertas de nieve me entusiasmaba. Pasebamos mi padre y yo, no s quin con mayor impaciencia, a lo largo de los andenes, aguardando que formasen el convoy. Y aqu viene la prueba de que mi padre compona versos sin darse cuenta. Mi padre rezongaba entre dientes: El tren se retrasa ya. Qu demonio ocurrir? Acaban de dar las dos. Qu pasa? Sbelo Dios. Y aleluyas y ms aleluyas. En nuestra caminata arriba y abajo pasbamos por delante de una garita que me llamaba la atencin, porque tena encima un rtulo, para m enigmtico: Lampistera. En una de las vueltas, un hombre, con un farol, sali de la garita. Mi padre, dirigindose a l, dijo: Oiga, seor lampistero; no habiendo aviso, supongo que hay va libre, y espero que el tren pase de Busdongo. Y volvindose hacia m: Dime, Pedrio, no es esto seal de ser un poeta? Sin intencin he compuesto una sonora cuarteta. Siempre expreso en poesa el contento o el fastidio. Valeiro bien me deca que soy el moderno Ovidio. No quiero cansarle. Baste decirle que mi padre, en cuanto se pona un poco agitado, respiraba en verso. Esta peculiaridad, o si usted quiere mana, acaso haya sido causa de sus infortunios, pero ciertamente merced a ella los ha sobrellevado con pasmosa resignacin e indiferencia. A mi padre le cae una teja en el cogote, por ejemplo. De este accidente no tiene la culpa la poesa, naturalmente. Pero mi padre, sin inmutarse, explicar que le ha sobrevenido la desgracia porque es un elegido de los dioses--mi padre siempre habla de Dios en plural, como los paganos--, y aadir que todos los personajes trgicos son semidivinos--erudicin compostelana--; y la explicacin la dar en verso, con lo cual se le mitiga el dolor de la descalabradura. Otra peculiaridad de mi padre es la instantaneidad con que se le inflama la pasin del amor. Mujer que ve, ya est l por las nubes; o cuando menos, las exalta a la altanera de las nubes, y ctalas ya Elviras, Lauras y Beatrices. Se morir en un suspiro de amor, exhalado por la mujer que en aquel trance est a su vera, ya sea una monja joven y admisible, ya sea una portera pitaosa. Mi padre, como autor dramtico, supona que cada persona es vctima de una pasin, necesariamente; si no el amor, el odio; si no el odio, la envidia; si no, la clera; si no, la avaricia. Conceba a los hombres como muecos de una pieza con un solo resorte, y los divida en nobles, indiferentes y viles, segn la pasin dominante. Siendo, pues, cada hombre un elemento simple, rara vez puede entenderse con los dems, y de aqu vienen los conflictos dramticos. Slo los nobles se entienden entre s, y no siempre si se interpone el amor. Los indiferentes se ignoran; los viles se aborrecen y aborrecen a los dems. Mi padre clasificaba a todas las personas que vea segn ciertos rasgos de la fisonoma, y aseguraba: se es noble, se es vil, e inmediatamente se dedicaba a imaginar la biografa del desconocido, con los conflictos dramticos que le haban sucedido o que le haban de suceder. Deca mi padre, siguiendo la sapiencia bdica: Cada hombre lleva su destino escrito en la frente con caracteres invisibles. Bueno; me estoy retrasando, como el tren en Len, el cual sali por ltimo ya anochecido, y yo pas durmiendo sobre las montaas nevadas. Pilares: la primera ciudad que yo vea. Como _illo tempore_ no haba coches de plaza, hubimos de ir a pie, preguntando por la Ra Ruera, la calle donde est el palacio de Somavia. Ya en la calle, nos gui hasta la misma puerta del palacio un rapacejo pelirrojo, como de mi edad, que acompaaba a una nia. Nia ms delicada, dulce y hermosa...! El nombre del rapaz, Celesto; de la nia, Angustias. Fuimos amigos desde luego. Ms adelante le contar. Entramos en el palacio, preguntamos por la duquesa, nos pasaron a una habitacin obscura, y despus de una hora de espera, que a m me dur un siglo, apareci la duquesa, vestida con una bata colorada, a pesar del luto reciente, cosa que me escandaliz. Nosotros bamos de negro y mi padre hasta se haba hecho una camisa toda negra, para la ocasin y para que no se le manchase con los ciscos del tren. La duquesa abri las maderas de la habitacin y se nos qued mirando: Vaya, vaya--dijo, cuando se satisfizo de mirarnos--; con que ste es el gran Apolonio Caramanzana, y este otro el camuesn.... De all en adelante me llam el camuesn. La duquesa era muy campechana, y de vez en cuando... cmo lo dir?, pues, como vulgarmente se dice, echaba ajos; ahora que, como mujer, los converta en femeninos, mudando la o final en a. Tambin fumaba. Todos los Valdedulla fueron entes estrafalarios. En cuanto al corazn de la duquesa, emplear una frase de mi padre: todo de miel hiblea y ms grande que el monte Olimpo. Los beneficios con que aquella gran seora nos colm a mi padre y a m son de los que no pueden pagarse. Pasaba entonces de los cuarenta, ya lo creo; lo que se dice una jamona; antes fea que guapa, para ser sincero, pero con un no s qu de alegra, desenvoltura y buena gracia, ms atractivo que la misma belleza. Le digo a usted que cuando soltaba un ajo, que en ella eran signo de hallarse contenta, se quedaba uno embobado y sonriente como si escuchase una nota de ruiseor. De las palabras no cuenta la estructura, sino el timbre y la intencin; son como vasijas que, aunque de la misma forma, unas estn hechas de barro y otras de cristal puro y contienen una esencia deliciosa. Y ahora se me representa en el recuerdo la imagen de Belarmino, zapatero filsofo, que viva tambin en Ra Ruera, tipo casi fabuloso, al cual pertenece precisamente la anterior teora sobre las palabras: La mesa, deca, se llama mesa porque nos da la gana; lo mismo poda llamarse silla; y porque nos da la gana llamamos a la mesa y a la silla del mismo modo cuando las llamamos muebles; pero lo mismo podan llamarse casas; y porque nos da la gana llamamos a los muebles y a las casas del mismo modo cuando los llamamos cosas. La cuestin de la filosofa est en buscar una palabra que lo diga todo cuando nos da la gana. Yo no s si era un loco cuerdo o un cuerdo loco. Me he desviado. Iba a decir que, si bien la seora no estaba para el caso, mi padre se inflam de sopetn en amor hacia ella. Como mi padre ha vivido fuera de la realidad, se conduce siempre con desparpajo que asusta y admira; as es que, al poco rato de conversacin con la duquesa, y como quiera que se hallaba bastante agitado, comenz a dispararle versos amatorios, un tanto velados todava, ms por artificio que por timidez, declarando que no en balde la seora se llamaba doa Beatriz y que l, como el Dante, suba del infierno de Compostela al paraso de su presencia y proteccin. Extraar usted lo sabihondo que era mi padre; pero la cosa es bien clara. Mi padre tena portentoso poder de asimilacin. Su erudicin, disparatada y pintoresca, la haba adquirido oralmente, como los griegos, bajo los prticos compostelanos, entre estudiantes, gente ociosa y pcara, quienes, lo declaro con rubor, por rerse de l, dndole pbulo a su mana, le abarrotaban la cabeza con noticias y noticiones histricos y literarios, unos ciertos, otros inventados. Mi padre lo haba absorbido todo, en revoltio, y luego lo aplicaba a su modo, ya con tino, ya desatinadamente, ora a pelo, ora a contrapelo; pero siempre con familiaridad despampanante. Si nombraba a Ovidio o a Sfocles, era como si hubieran comido juntos pote gallego. Cuando mi padre se entreg al delirio potico amatorio en presencia de la duquesa, yo, presa del terror, abat la cabeza y pens: La seora nos suelta los perros y salimos de estampa. A la seora le cay en gracia la ingenua osada de mi padre, emiti un ajo encantador, y le alent a que improvisase nuevos versos elegacos. Conoca la duquesa a mi padre de los aos mozos, y, sobre todo, por referencias epistolares de su hermano; de suerte que la escena no le coga de nuevas. Qu gran seora! Nos aloj en su palacio, en tanto se llevaba a cabo la instalacin de la zapatera de mi padre, un establecimiento por todo lo alto, pues result que las instrucciones del difunto conde consistan en que una parte del legado se emplease en este fin, que la duquesa presidiese en todo lo tocante al buen empleo del dinero, que buscase clientela segura y estuviese al cuidado de que mi padre no se desmandase. De la otra parte del legado nada dijo la duquesa hasta pasado algn tiempo. Era la seora, si muy campechana, no menos celosa de la jerarqua. Su afabilidad y benevolencia descendan siempre de lo alto, a modo de proteccin. Espontneamente, y al parecer sin deliberado propsito, colocaba a las dems personas, a todas, en su lugar debido, es decir, por debajo de ella, unas prximas, otras ms bajas, acaso a algunas en posicin humillante. A nosotros nos situ, desde luego, en una categora intermedia; casi criados y casi amigos. En rigor, amigos, lo que se llama amigos, por su parte no los tena. A las personas ms prximas a ella en amistad las trataba como vasallos emancipados; un peldao ms alto que nosotros, que no estbamos todava del todo emancipados. Esta persistencia del orgullo de casta, aunque envuelto en blandas maneras, era el nico ngulo rgido de su carcter, y por este lado llegaba en ocasiones a extremos de dureza e insensibilidad, inconscientemente, y, por lo tanto, sin remordimiento. Por lo que a nosotros toca, no tenamos por qu quejarnos, antes s, mucho que agradecer. Viva sola lo ms del ao. El viejo duque y el unignito, adolescente de veintin aos, pasaban los inviernos en Madrid, ciudad que ella aborreca, sobre todo por el sol. Le gustaban los cielos grises y la luz cernida. Deca que la luz de Madrid le alborotaba la sangre y la impulsaba a cometer barbaridades. Con el marido que Dios me di--esto se lo o yo mismo, aos despus--, la menor barbaridad, viviendo en Madrid, hubiera sido el adulterio. Aqu distraigo el aburrimiento murmurando y sacando tiras de pellejo. En Madrid, con mi temperamento, no me hubiera contentado con menos que con sacar tiras de pellejo de verdad. Todos mis antepasados han sido un poco salvajes, y eso que vivieron en climas templados y lluviosos. De vivir bajo el sol brbaro del Medioda, hubieran sido enteramente salvajes, peores que rifeos. Digo, pues, que nos aloj en su casa como huspedes, pero no comamos en su mesa, ni tampoco con la servidumbre, que era numerosa; nos servan aparte. En el Pazo yo coma con los criados. Sin embargo, como cosa de una semana despus de vivir en su palacio, nos invit a que la acompasemos a comer. La razn es que se aburra sola, y mi padre le proporcionaba distraccin y divertimiento. Y, en efecto, por divertirse, maquin un plan maligno y agudo, y fu que, como mi padre en su vecindad se pona en estado de excitacin potica y todo le sala en verso, ella le prohibi severamente que dijese nada rimado: La poesa es salsa que fatiga la digestin. Conque, ya sabes; si te viene un verso a la lengua, cierras la boca. Mi padre padeca mortales congojas. Yo le vea trasudar. La nuez le sobresala de modo pavoroso, como si los consonantes, contenidos y atragantados, le hicieran bulto desde dentro de la garganta y le fueran a estrangular. Habla, hombre, habla; pero en prosa, le ordenaba la duquesa. Mi padre comenzaba a hablar, pensndolo mucho, y a lo mejor zas! una aleluya. Apolonio: mira lo que hablas, que te castigo sin postre, amenazaba la seora. La seora gozaba abiertamente, y yo--los chicos siempre son crueles--no dejaba de pasar un buen rato, aparte de que mi padre y yo no habamos convivido nunca hasta entonces, y era para m un ser algo extrao, en todos los sentidos de la palabra. Ahora, cuando pienso en ello, me duele un poco el corazn. Lo nico que me tena avergonzado entonces era no saber comer con modales finos ni usar ordenadamente del tenedor y del cuchillo. La seora me aleccionaba, con afectuosa solicitud, y cuidando de no aumentar mi vergenza. Al final de la comida, la seora confirm su pragmtica para siempre en adelante: Queda, pues, entendido, Apolonio, que nunca, nunca, me hablars en verso. Tus versos llegaran a irritarme. Desestimamos lo que se nos ofrece con derroche. Y t no querrs que tus versos me fastidien ni me enfaden. S ms avaro de ellos. Adems, los versos amorosos no son para publicados en alta voz, ante testigos, que tal vez son criados. No te inspira ningn escrpulo mi reputacin de dama honesta? Las poesas de amor son para compuestas a solas y para ledas con recogimiento. Haz tantas poesas como se te antoje, pero por escrito; luego me las das para que yo las lea en secreto. Ahora que, pues posees ese don inapreciable y fuera de lo comn de improvisar como quien bosteza, no es justo, qu ajo!, que en ocasiones sonadas no hagas gala de l y dejes aturulados a quienes te oigan. Pero yo ser la que decida cundo ha llegado la ocasin. Quedamos en que no hablars en verso sino cuando yo lo ordene expresamente, y aun entonces, sera mejor visto que te hicieses de rogar un poco. Mi padre se dobl por la cintura, con ademn de acatamiento. Cualquiera menos inocente y sencillo que mi padre hubiese penetrado la irona y propsito de la duquesa. Mi padre, por el contrario, se hinchaba, como si inhalase un gran volumen de lisonja y vanidad. Todas las noches, despus de la cena, la seora reciba unos cuantos amigos en tertulia; aquello, en puridad, era un rendimiento de vasallaje. Una tarde dijo la duquesa a mi padre: Quiero que asistas hoy a mi tertulia. Mis amigos te conocen ya, por referencias de fuera, y porque les he hablado de ti. Yo que lo o, adivin, desde luego, que haba invitado a mi padre para que sirviese de espectculo, y que le ordenara hablar en verso. Esto de que unos seorones, que no sabamos quines eran, se riesen de l, me produca cierta lstima y me daba alguna rabia. Pero a estos sentimientos se sobrepuso la curiosidad que senta por conocer _de visu_ la tertulia de la seora. As es que, despus de cenar, me pegu a los faldones de mi padre, decidido a colarme en el saln, detrs de l. Estaba mi padre tan embebecido y agitado que no se fij en que yo le segua. A la puerta del saln, vestido de librea, montaba la centinela Patn, un lacayo de labios bozales y ojos de cerdo, que nos tena a mi padre y a m mala voluntad y envidia no disimuladas. Cuando yo iba a filtrarme en el saln, este animal me cogi por el cerviguillo, sin decir palabra, y me arroj a trompicones diez metros pasillo adelante. Me sent en una butaca, con la cara escondida, hipando. En esto pas la duquesa: Qu te ocurre, camuesn? Que Patn no me deja entrar. Pues no faltaba otra cosa, hijo. Hijo me llam; sent como que el corazn se me deshaca; y siempre que lo recuerdo experimento la misma sensacin. La seora me cogi por la mano, y al cruzar frente a Patn, que se haba puesto ms tieso, sacaba ms el hocico y parpadeaba con rapidez, le dijo: Eres t el que elige mis invitados? Me atrincher, acurrucado en un rinconcito, debajo de una palmera, y como se suele decir, no perd ripio de cuanto ante m tena. La reunin estaba ya completa. No haba otra seora que la duquesa, que presida en un silln de alto respaldo, a manera de sitial. Los dems, a un lado y otro de la duquesa, formaban en semicrculo, fumaban y tomaban caf, y beban licores de unas mesitas colocadas a trechos. Tambin la duquesa fumaba, y no un cigarrillo, sino un cigarro puro nada flaco. El nico que no fumaba era un cura, de piel lechosa, nariz colgante, ojos tiernos y postura de feto, todo encogido. Este cura, don Cebrin Chapaprieta, era quien deca la misa particular para la duquesa y sus criados. Mi padre estaba magnfico. Si un forastero entra de pronto en el saln, dice a la primera ojeada: aqu hay una gran seora y un gran seor. El gran seor, mi padre, naturalmente. Tena las manos apoyadas en los muslos, con los codos sacados hacia adelante, el torso erguido, el cuello estirado, la cabeza desviada en leve escorzo de melancola y desdn, el cigarro puro olvidado y periclitante en un ngulo de la boca. Levantaba dos palmos sobre los otros tertuliantes. All estaba, pues era punto fijo en la tertulia, un seor Novillo, apoderado poltico del duque y edecn de la duquesa. Este Novillo tena sus pujos de seorn, pero a m me haca el efecto de un criado vestido con el traje de da de fiesta. Hablaban todos, menos mi padre, siempre guiados por la duquesa, de chismes y cuentos locales. Terminados los licores y el caf, y cuando ya el humo de todos los cigarros se haba mezclado y confundido, formando un a manera de toldo que colgaba del techo, la duquesa dijo: Don Hermenegildo, hace tiempo que no nos obsequia usted con el salto de la trucha. Don Hermenegildo se puso en pie. Era un magistrado de la Audiencia provincial; viejo ya, calvo, diminuto, flaqusimo; aladares rizados con tenacilla sobre las orejas; bigotes horizontales, engomados con zaragatona, tan largos, que sobresalan a los lados como balancn de funmbulo; corbata de chalina; chaqueta hasta media posadera; pantalones a menudos cuadros negros y blancos, de campana excesiva, para disimular la enormidad de los pies, aprisionados en zapatos de colgantes cintas de seda, tan anchas como la chalina. Ante mis ojos estupefactos, don Hermenegildo se puso en cuatro patas. Entonces, Pedro Barqun, colono de la duquesa, hombre tosco y de aspecto soez, se coloc detrs del viejo magistrado, e introducindole el pie por la entrepierna, lo levant en vilo y lo lanz a regular distancia. La bochornosa operacin se repiti varias veces, con gran goce y algazara de los presentes, incluso el presbtero Chapaprieta. Mi padre era el nico que se mantena impasible, porque despreciaba lo cmico. Confieso que tambin me re como un idiota. Ahora me avergenzo, por m y por la duquesa. No acierto a explicarme cmo aquella seora hallaba placer en vilipendiar a un anciano que, adems, ostentaba la respetable investidura de magistrado. Esta era la arista dura e insensible de su carcter. No debe omitirse, a guisa de exculpacin, que el don Hermenegildo se lo deba todo a los Somavias, y haba hecho su carrera en fuerza de vilezas. Concludo el nmero acrobtico, Pedro Barqun, que era especialista en chascarrillos, refiri algunos, nada aseados ni inocentes por cierto. Despus de varios chascarrillos, y en un momento de reposo y silencio, el seor Chapaprieta dijo recatadamente, como para su sotana: Parece confirmado que Su Santidad concede un ttulo pontificio a los seores de Neira. Estos seores de Neira eran un matrimonio sin hijos, riqusimos, muy metidos por la Iglesia. El marido presuma de origen hidalgo. Vivan en un palacio, frontero al de Somavia. Lo haban adquirido de una tal Pepona, cortesana vieja, la cual, a su vez, lo posea por graciosa donacin de su amante, el marqus de Quintana, desaparecido haca aos del mundo de los vivos. El seor Neira haba hecho labrar fantsticos escudos junto al alero del palacio para que se vieran de lejos y de muy lejos, pero no de cerca, por eso, por fantsticos. Gestionaba un ttulo del reino, y por s o por no se lo daban, y para ganar tiempo, otro del Vaticano, negocio ms hacedero. En resolucin, que los Neira queran hombrearse con los Somavia. Al or la duquesa al seor Chapaprieta, coment: El Papa no puede hacer nobles. Claro que no--dijo Barqun--; el Papa slo puede hacer santos. Los nobles los hace el rey. La duquesa replic: Barqun, eres un necio; ni el Papa puede hacer santos, ni el rey nobles. Santos y nobles se hacen ellos a s propios. Lo que hacen el Papa y el rey es reconocerlos como santos y como nobles. Ni el Papa me puede hacer a m santa, ni el rey noble a ti, aunque a m me canonicen y a ti te otorguen un ttulo de la Corona. La nobleza y la santidad son dos cosas justamente contrarias. Los nobles fueron los ms bravos; los santos, los ms tmidos. Se diferencian nobleza y santidad en que la nobleza se transmite por herencia y la santidad no. Ya no hay ms nobles que los que vienen de nobles, ni ms aristocracia que la de la sangre vieja, porque no vivimos tiempos en que se puedan hacer nuevos nobles ni nuevos santos; nuevos nobles, porque en nuestra sociedad no hay ocasiones en que acreditar la bravura personal; nuevos santos, porque todos estamos tan bien protegidos por las leyes, que ni a los ms tmidos se les pone en trance de que muestren su timidez en trminos de santidad. En estos tiempos no hay posibilidad de ejecutar actos nobles ni actos santos; s solamente actos provechosos, digo ganar dinero. Los hombres ahora pueden hacerse ricos. Haba hablado la Valdedulla. Aquellos mismos conceptos se los haba odo ella infinitas veces a su padre, don Teodosio, y a su hermano, don Deusdedit. Respondi Barqun: Luego debemos admitir que la aristocracia moderna es la del dinero.... Dijo la duquesa: Me cisco en esa aristocracia. As dijo. Y prosigui: Toda esta aristocracia de ricos se compone de negreros, de aprovisionadores de ejrcito, de prestamistas con pacto de retro, de desamortizadores; en una palabra: ladrones. No es que me escandalice. Ustedes me conocen y saben que nada me asusta. Reconozco que en el principio de las casas nobles, como en el de las grandes fortunas, hay siempre uno o varios ladrones. Slo que aquellos ladrones obraban de frente, a pecho descubierto, eran bravos y generosos, o, lo que es lo mismo, nobles; y estos otros ladrones son cobardes, traicioneros, alevosos, miserables, taimados, bellacos, amigos de la encrucijada y la asechanza. Como la duquesa se haba acalorado, cuando call nadie se atreva a hablar. Pero mi padre dijo lentamente, porque no le saliese la frase en verso y de modo que sus palabras adquirieron un tono pedante y aforstico: Tiene razn mi seora la duquesa. Quienes amontonan el oro son hombres viles. Qu aconsej Yago? Llena tu bolsa. Quienes lo conquistan y lo reparten son hombres nobles. Qu hizo Hernn Corts? Quemar sus naves. Quienes carecen de oro son hombres indiferentes. La alusin a las naves de Hernn Corts, ni la entiendo, ni creo que mi padre la entendiese. Ello es que las sentencias de mi padre produjeron asombroso efecto. La duquesa sonri complacida y los tertuliantes mascullaron murmullos de aprobacin. Termin la reunin sin que la seora pusiese en evidencia el don potico de mi padre. No volv a asistir a las reuniones hasta muchos aos despus. Abri mi padre, al fin, la zapatera con gran fortuna, y nos fuimos a vivir al local del establecimiento, de la parte del patio. Tenamos una asistenta vieja para aviar las habitaciones, porque la duquesa, sabiendo lo enamoriscado que era mi padre, no consinti que tomase criada, no fuese a perder la chaveta y hacerme a m perder la inocencia. La seora cuidaba de m como una madre. Me llevaba con frecuencia a comer con ella, y me daba libros a que se los leyese. Tambin me ense algo de francs. Gozaba yo entonces de hermosa libertad. Mis mejores amigos eran Celesto y Angustias, la hija de Belarmino. Pasbamos juntos dos o tres horas todos los das, bajo los arcos de la plaza en tiempo lluvioso, y los das serenos, de paseo en el parque o de excursin por las afueras, a coger flores y nidos, cazar grillos y pescar ranas. De Belarmino ya le he hablado. A poco de abrir mi padre la zapatera, la de Belarmino se hundi. Un usurero apellidado Bellido se lo embarg todo, dejndole en la calle con su mujer y su hija. Le recogieron unos frailes dominicos, que tenan residencia en el palacio de los seores de Neira, marqueses ya de San Madrigal, y le habilitaron en la portera del palacio un zaquizam, en donde trabajaba de zapatero remendn. Este Belarmino haba sido republicano frentico y orador demaggico. Despus de su ruina, se apacigu del todo. Cuando yo iba por su cuchitril, estaba siempre con expresin serfica, como si soase. No le sacaca de su placidez bendita ni su mujer, que era un basilisco. Decase en la ciudad que los Padres dominicos le haban socaliado y convertido. Socaliado, quiz. Convertido, quia. Lo que yo puedo garantizar es que ni entonces, ni mucho despus, cumpla con sus deberes religiosos. Si no un incrdulo, cuando menos era un tibio. Mi padre, que jams ha querido mal a nadie, demostraba caprichosa inquina contra Belarmino. He aqu la razn. Mi padre, de su estancia en Compostela, estaba acostumbrado a moverse en un ambiente de ilustracin, como deca l, o sea entre estudiantes. En Pilares, no ya le faltaba este ambiente o relacin habitual, sino que quien lo disfrutaba era Belarmino. Este curioso individuo hablaba un idioma indescifrable, de su propia invencin, con singular facundia. Era un fenmeno. A orle, medio en guasa primeramente, luego empeados en descifrarle, acuda buen nmero de estudiantes, y por ltimo de profesores. Mi padre no poda llevar con paciencia su postergacin. Se pereca por atraer la amistad de los estudiantes y demostrarles que l, intelectualmente, era muy superior a aquel loco. Un da que yo le ment mis paseos con Angustias y Celesto, me prohibi que siguiese cultivando aquella compaa; pero, como no se enteraba de nada, no le hice caso. No hay que decir que mi padre haba clasificado a Belarmino y todos los suyos entre las personas viles. As pasaron cerca de dos aos. Un mes de septiembre, volviendo la duquesa de la aldea, me invit a comer. Cul no sera mi susto y perplejidad cuando vi que haba otro invitado, nada menos que Su Ilustrsima el seor Obispo de la dicesis. Llambase Fray Facundo Rodrguez Prado. Este varn solemnsimo haba sido en su mocedad pastor de vacas, al servicio del duque de Somavia. La duquesa continuaba tratndole como criado. Los Somavia, merced a sus influencias, le haban hecho obispo. Provena de la Orden dominicana. Haba vivido algunos aos en las islas Filipinas, y all se haba granjeado reputacin de sabio entomlogo y se le atribua el descubrimiento de varias familias de insectos: la _musca magallanica_, mosca como la de aqu, slo que reside en el archipilago magallnico; el _draco furibundus_, especie de mosquito de trompetilla; _formica cruenta_, hormiga que pica, y otras bestezuelas domsticas. Los peridicos siempre le nombraban as: Nuestro prelado, el sabio naturalista, de fama universal, que ha descubierto tantos insectos. Y el diario republicano pona invariablemente esta glosa: Si nuestro prelado, en lugar de descubrir tantos insectos, hubiera descubierto un buen insecticida, se lo agradecera ms la Humanidad y la Ciencia y ostentara una fama mejor conquistada. Era un cacique, tena el crneo como una bola, faz sombra y concupiscencias polticas. Durante la comida, la duquesa le solt varias frescas y uno que otro sabroso ajo. Despus de la comida, Su Ilustrsima se fu, en apariencia emberrenchinado, y qued cara a cara con la duquesa, la cual, muy seria, me dijo: Mi hermano, en su testamento, ha dejado unos cuartejos, poca cosa, para que con ellos, segn mi arbitrio, vea yo de hacerte hombre. Despus de pensarlo mucho, he determinado que seas cura. Hoy por hoy, hijo mo, los curas son los hombres que en Espaa cuentan con porvenir ms halageo, mxime si tienen aldabas. A un gaznpiro con faldas, aunque pertenezca a la familia ms baja, se le admitir en las mejores familias; aunque no posea un cntimo, no le desdearn los ms ricos; aunque sea un sandio, le escucharn los polticos y los acadmicos; aunque sea ms feo que Picio, le mirarn hasta con embeleso las ms hermosas mujeres. Todo depende de que l sepa manejarse. Poco hemos de poder mi marido y yo si no te hacemos obispo. Ya has visto este majadero de Facundo, tan obispo como San Agustn. Y al pobre Chapaprieta no le tenemos ya de obispo, porque a se, tan engurruado, soso y melifluo, nada se le puede hacer, como no sea madre abadesa. T eres listo y nada gazmoo. Los hbitos no te sentarn como un miriaque. Cuando sea menester, sabrs remangarlos. Adems, eres honrado, veraz y tienes buen corazn, todo lo que se necesita para ser sacerdote caritativo y digno. Confo que nunca me motejars, ni con el pensamiento, por haberte empujado por ese camino. Nunca se lo motej, ni con el pensamiento. Ella hizo lo que en conciencia juzg ms conveniente, lo que quiz fu ms conveniente. Entr en el Seminario, de edad de quince aos. Son ya las dos de la madrugada. Maana continuaremos, si a usted no le hasta seguir escuchando. --Lo que lamento es que no sean ahora mismo las diez de la noche del da de maana. Nos despedimos, con un apretn de manos. CAPTULO V. EL FILSOFO Y EL DRAMATURGO. Don Restituto y doa Basilisa, los seores de Neira, marqueses de San Madrigal, constituan un matrimonio bien avenido y estril. l luca una nariz tumefacta, roja y compleja, de esas que con tan afectuosa minucia gustaban de analizar los pintores flamencos. Ella conservaba perpetuamente la expresin satisfecha, candorosa y benigna que suelen llevar aparejada los rostros de facciones vulgares cuando el estmago est sano y bien repleto. Era mucho ms joven que el marido, mantecosita, frescota y en sazn todava de hacerles la boca agua a los aficionados a manjares suculentos y a la Venus pinge. Vestan los dos de negro. Vivan rodeados de servidumbre, compuesta toda de varones y vestida tambin de negro. Todos los criados tenan un aire comn de seminaristas famlicos o de mandaderos de monjas; actitudes humildosas, ademanes de todo sea por Dios, caras largas, huesudas, amarillas. Todos, hasta el cocinero. Y eso que se les echaba de comer con largueza. Don Restituto y doa Basilisa, o la seora Emperatriz, como la llamaba el Padre Alesn, el polglota, eran lo que se dice dos almas de cntaro, incapaces de causar mal a nadie a sabiendas, ni tampoco de hacer bien a sabiendas, por eso, porque no saban exactamente lo que era el mal ni el bien ajenos. El bien sumo a que ellos aspiraban era a salvar el alma; y de una manera secundaria, cuando surga la oportunidad, cooperaban a que el prjimo se pusiese en va de salvar la suya. No se conformaban, claro est, con que todos, el prjimo y ellos, salvasen el alma de la misma suerte, pues tambin en el cielo, como en este valle de lgrimas, hay capas sociales, hay coros, dominaciones, tronos, etc., etc.; en suma, categoras. Don Restituto se serva de una comparacin. El cielo es como un teatro. El pblico lo forman los bienaventurados, los que se salvan. El protagonista es Dios. Luego, en el escenario, hay otros personajes, comparsera, orquesta, coros; la misma Iglesia asegura que hay coros. Pues bien: es absurdo pretender que en un teatro se acomode todo el pblico en palcos y butacas. Estas localidades son para los espectadores distinguidos, y las galeras y cazuela para la plebe. Y prueba de que la cazuela es tambin paraso la ofrecen los mismos teatros de este mundo, en los cuales se dice indistintamente paraso y cazuela. El purgatorio es como el vestbulo del celestial coliseo, lugar de los que deben esperar con la natural impaciencia. Don Restituto no poda conformarse con que a l y a su Basilisa les diesen una entrada general de galera para contemplar de lejos la gran apoteosis de la eternidad, puesto que l pagaba el billete tanto como el que ms y ms que casi todos. El alma de don Restituto y de su consorte era tan simple e ilusionada, que Dios hubiera pecado de cruel si en el momento de llevarlos de este mundo y abrirles la puerta del cielo no hubiese ordenado a San Pedro, acomodador en jefe, que les situase en una platea proscenio, desde donde pudieran ver bien y que los vieran bien a ellos. Por lo pronto, en esta vida disfrutaba ya la piadosa y optimista pareja de un anticipo, casi garanta, de lo que haba de ser su futura posicin en el empreo. Curas, frailes y hasta el seor obispo los visitaban, los adulaban, los mimaban, y, en definitiva los trataban como a presuntos bienaventurados de la clase ms distinguida. Si don Restituto pretenda ttulos mundanos, no era por vanidad, sino por una especie de sentimiento de clase, por decoro, como si dijramos, de aquella categora de bienaventurados de platea y butaca a que l perteneca, y por justificarse, en algn modo, con los de galera y cazuela. Provena don Restituto de una familia humilde de la Montaa, y en este accidente del nacimiento fundaba su crdito a cierta nobleza titular, pues para l todos los montaeses llevan algo de sangre hidalga. Haba ido de nio a Cuba, y all, en treinta aos de reclusin y trabajos forzados, haba amontonado un fortunn. Y, sin embargo, don Restituto desmenta prcticamente la sentencia de la duquesa de Somavia, que todo rico es un ladrn. Don Restituto jams haba robado; o si haba robado, rob sin enterarse, que para el caso es lo mismo. Haba llevado en Cuba una vida de monje sobrio y asiduo, sin contaminarse con la corrupcin general de aquella isla verdiaurina y voluptuosa; o, como l deca, pregonando ingenuamente su austeridad: no he conocido mulata, ni menos negra. De las blancas no hablaba. Y as vegetaba ahora, a la vera de doa Basilisa, siempre unidos, transmitindose templadas corrientes de mutuo afecto conyugal, pensando en salvar el alma, y no descuidando ayudar a salvar otras. --Padre Alesn--dijo don Restituto--, ese Belarmino me trae... nos trae muy preocupados. Verdad, Basilisa? No oye misa, y eso que ningn trabajo le costaba, puesto que podra orla sin salir de casa. No ser un hipcrita? No continuar tan apstata como antes? Salvar su alma? --Mi seora Emperatriz y mi seor don Restituto--respondi el Padre Alesn--, les merece confianza mi dictamen? S? Pues helo aqu, por lo sucinto: Belarmino es un cuitado; Belarmino carece de alma racional. --Quiere usted decir que es una bestia, un hombre peligroso?--pregunt don Restituto, alarmado. --Ms bien un nio. Posee, evidentemente, un alma racional, como criatura humana que es; pero es un alma racional que no es racional. He desnudado mi pensamiento? Su alma se halla todava en el perodo infantil, o de idiotez, si ustedes quieren. No piensa, no discurre, sino de una manera torpe y rudimentaria. Como est bautizado, cuando muera se salvar. Si no estuviese bautizado, ira al limbo de los nios. Este es mi dictamen, meditado con mucha gravedad e ilustrado con el parecer de autorizados telogos. Belarmino es un idiota de nacimiento y no ha podido pecar nunca. Belarmino, cuando andaba suelto, era un hombre de cuidado, porque de cuando en vez le atacaban ramalazos de locura, y la locura es contagiosa, sobre todo la locura impa, que es la que a l le aquejaba. La de Belarmino, como ustedes no ignoran, era de frentico arrebato, se propagaba como fuego, causaba escndalo a los corazones sensibles, induca al desprecio de las cosas santas y amenazaba provocar mayores daos. Este frenes ya se le pas, gracias a la caridad de ustedes. Qu ms podemos desear? El Belarmino terrible ha dejado de existir. Queda el otro Belarmino: el dulce, el idiota, el manitico. Que no va a misa? Qu falta hacen los nios en misa? --Y no teme usted, Padre Alesn, que le vuelvan los ramalazos? --l ahora dice que es un filsofo; sea. Un filsofo no estorba, ni molesta, ni perjudica, siempre que no se le tome en serio. Sobre todo, a los filsofos atarlos con longanizas. Mientras Belarmino contine recogido en esta mansin hospitalaria; mientras nada le falte pare cubrir sus necesidades; mientras no se le estorbe en su mana de leer lo que no entiende y de comunicarse con algunas personas, aliviando por eliminacin el peso de los disparates que se le acumulan en la cabeza; mientras dure esta situacin presente, todo ir a pedir de boca. --Oh, qu sabio es usted, Padre Alesn, y cmo se me aclaran las cosas ms turbias oyndole! Veo a Belarmino leyendo librotes y escribajeando papelorios lo ms del da, y crea que esto no poda por menos de martirizarle los sesos y volverle ms loco de lo que est. Yo juzgaba por m, que no leo ms que el libro de misa. Pues no puedo leerlo sin que se me levante dolor de ojos y de cabeza. Dios me perdone! Y cuanta ms atencin pongo, peor. Pero acaba usted de decirnos que a Belarmino no le perjudica tanta lectura porque es de libros que no entiende. Quin lo dijera! Lo natural parece lo contrario. Pues, ve ah; tiene usted razn. Ahora caigo en la cuenta que cuando leo las oraciones en latn, que no entiendo jota, no me duelen los ojos ni la cabeza.--As habl doa Basilisa. Aadi:--Y la otra, la Juana, su mujer? Me pareca algo, vaya, algo as... una tarasca. --Tarasqusima--afirm el dominico--; pero est totalmente domesticada. Su domestidad, y ms todava su ausencia, contribuyen no poco, en mi sentir, a que Belarmino viva en paz octaviana. La Juana, por orden nuestra, no aparece por el zaquizam de la portera; se est en la habitacin que les dieron ustedes de vivienda, y cuando no, de paseo por la calle o de novena en alguna iglesia. La hija, Angustias, sa s hace compaa frecuente a su padre, como ustedes habrn visto. Es decir.... Voy a revelarles un secreto: Belarmino no es padre legtimo de Angustias.... --Cmo?--interrogaron a la par don Restituto y doa Basilisa, un poco escandalizados. Prosigui solo don Restituto--: hija esprea acaso? De l o de ella? De manera que... nos la han estado pegando? --Calma, seores mos. No hay novela y s hay novela. La nia es hija legtima de una hermana de Belarmino, mujer infeliz, viuda de recin casada, que muri de sobreparto, dejando ese recuerdo vivo, esa nia. Belarmino se hizo cargo de ella y la cri con bibern. Por eso l dice, y es de las ocasiones contadas en que habla lengua inteligible, que la ama ms que como padre: como padre y como madre juntamente. Respondo que eso es verdad: la quiere con delirio. --Y eso que es idiota...--dijo doa Basilisa. --S, seora; lo cual demuestra que Dios hizo a los hombres naturalmente buenos, y que todos los delitos de la voluntad y fealdades de la conducta son instigados por la inteligencia rebelde y la razn soberbia. Por eso, en la doctrina cristiana se nos advierte que los pobres de espritu vern a Dios. Lo vern desde la cazuela, y sin sacarle punta a la funcin, pens don Restituto. El Padre Alesn prosegua: --Esa paternidad putativa y seudomaternidad de Belarmino ocurri un ao antes de casarse con la Juana. La Juana, por el momento, no solt prenda; pero ya casada, y as que sac el genio, declar que no se dejaba engaar por Belarmino, y que Angustias era una hija de tapadillo. No hay manera de convencerla de su error. Digo error, porque yo hube de comprobar la certidumbre de la historia que antes refer; hay testigos fidedignos que la acreditan. Pero la Juana es obstinada y de cortas entendederas. Y vamos al grano. El furor de Juana contra Belarmino, siempre que se irritaba, y el motivo que la haca irritarse tan a menudo, derivbanse de la existencia de esa nia. Que la Juana no ve con buenos ojos a la muchacha, se cae de su peso. Si los seores, tan generosos siempre, decidiesen darle educacin, enviarla a un colegio y hacer ver a Juana que se interesan por la nia, no sera extrao que esta mujer, en parte por egosmo, en parte por vanagloria, cambiase de sentimientos y concluyese muy pronto por alardear de tener una hija que va para seorita. --As se har--se apresuraron a decir, a una, marido y mujer. Prosigui solo don Restituto--: Es usted un pozo de ciencia y un santo varn. --Y le sigue armando caramillos la Juana a Belarmino?--inquiri doa Basilisa. --Ya no. La procesin andar por dentro; se repudrir, dejar escapar una que otra pulla; pero, en general, se comprime. --Eso ser catequizacin de usted, padre Alesn--dijo doa Basilisa, con enrgica persuasin--. Le ha enseado usted la prctica de la paciencia, esa virtud tan necesaria para salvarse. --Mi seora Emperatriz--replic el enorme dominico--, yo no enseo nada a nadie, ni siquiera idiomas, que es de lo nico de que se me alcanza un poquito. La paciencia, y otra porcin de virtudes, son necesarias para salvarse; no sabra decir cul ms y cul menos. Pero si la Juana se ha orientado por el camino de perfeccin, y comienza a ejercitarse en la paciencia y otras virtudes, dbese, ante todo, a una circunstancia en apariencia insignificante y en rigor importantsima, la cual ustedes han procurado, que no yo. Para salvar el alma, lo ms esencial es tener la mesa puesta a hora fija. Nosotros, los religiosos, lo sabemos bien; como que la idea de las rdenes religiosas es sa precisamente. Hacemos voto de pobreza; es decir, nos libertamos, ya para siempre de la preocupacin econmica, y nos consagramos a la contemplacin, a la predicacin, a la caridad, ora pasiva, ora activa, mendigando y dando ocasin a los dems para que se muestren caritativos, como hace la Orden franciscana, o bien socorriendo y mostrndonos nosotros mismos caritativos, al estudio, a la enseanza, a la misin apostlica y conversin de gentiles, a un sinfn de obras largas y duras, egostas y a la par desinteresadas, que nos absorben de la maana a la noche, gracias a que estamos seguros de que tenemos siempre una cama, aunque dura, so un techo, y la mesa, aunque sobria, aparejada a hora fija. Yo hice voto de pobreza y profes en la santa Orden dominicana. Pues vean ustedes lo que son las cosas; en el acto mismo de adoptar la pobreza, me encontr con que posea ms riqueza que los ms opulentos ricachos y potentados de la tierra. Dondequiera que voy, no digo ya por las ciudades de estos reinos, sino a otras naciones, pues que he viajado largas tierras, Inglaterra, Rusia, Francia, Alemania, Italia... y no digo ya estas naciones europeas, sino otros continentes, frica, Asia, Amrica, Australia, dondequiera que voy tengo una casa ma, y qu casas!, mayores que un palacio, y mesa puesta, y lecho apercibido, y jams me falta dinero para ir hasta el fin del mundo. Dganme ustedes si no es idea ingeniosa la de instituir la pobreza como norma de vida.... Un rey de Francia quera que todos sus vasallos pusiesen a diario gallina en la olla, porque de esta suerte seran felices y no se veran en tentacin de cometer delitos contra el Estado. Yo quisiera que todos los hombres de toda la tierra tuviesen mesa abundante a hora fija, porque as se suprimiran casi en absoluto las tentaciones de renegar de Dios. Oh, qu bien estaramos si, por ltimo, la humanidad se desembarazase de la preocupacin del pan de cada da y las naciones se organizasen al modo de grandes monasterios, en donde no hubiera pobres y ricos, y a nadie le sobrase ni a nadie le faltase la casa y la mesa, y la obediencia fuese una blanda ligadura que a nadie impidiese dedicarse con alma y vida a aquello para que Dios le di vocacin.... Con qu devocin, con qu uncin, con qu sinceridad se rezara entonces el Padrenuestro! Entretanto llega eso, que dudo que llegue, benditos sean los ricos, como ustedes, que administran en beneficio de los pobres la riqueza, como si no les perteneciese, ya que slo a Dios pertenece! El padre Alesn emiti un suspiro que, a causa de lo aflautado de la voz, pareca ms de monja que de fraile. Continu en diapasn agudo: --Amados y respetables seores mos: No s si les habr chocado, a causa de mi franqueza, o si les habr aburrido con tan larga pltica. A fuer de riojano, hablo en plata; y como fraile, debo hablar en tono grave, a pesar de mi voz de tiple. Quedamos, pues, en que la Juana y la nia van muy bien, aunque pudieran ir mejor; y Belarmino no puede ir mejor, aunque no oiga misa. Y el voluminoso fraile se levant de un asiento que antes se creyera que era un butacn, ya que el Padre lo llenaba de brazo a brazo; pero, as que se hubo levantado, result ser un sof, y no de los pequeos. Belarmino no poda ir mejor. Tena mesa puesta a hora fija, cama limpia en sitio fijo tambin, y la seguridad de que ni la una ni la otra sufriran zarandeo o zozobraran, segn el vaivn de los negocios. Ya no le aquejaba a Belarmino la congoja del maana. Trabajaba lo que quera y cuando quera, ms por cumplir con los seores de Neira y con los frailes que por necesidad de ganrselo o por ambicin de aadir algn dinerillo para antojos. Sus nicos antojos eran los de su hija, y a stos solan acudir con mano longnime los seores. Al pasar de zapatero con tienda puesta a zapatero de portal, era para l como si despus de un largo viaje por mar, y tras inquietudes, amenazas y agonas, llegase a puerto, y, ya desembarcado del grande y temeroso navo, hubiera ido a cobijarse definitivamente en una de esas lanchitas que, asentadas quilla arriba sobre la playa, sirven de vivienda a los marineros retirados. Belarmino continuaba siendo zapatero; su nuevo cuchitril continuaba siendo zapatera; no de otra suerte que la lancha quilla arriba sobre la playa contina siendo una embarcacin. Lo de ahora era como lo de antes; pero al revs. Con qu fruicin beatfica, acogido ya a seguro, contemplaba Belarmino el airado mar del mundo! Ahora Belarmino reposaba. Apolonio comenzaba a engolfarse en el negro ponto de las empresas mercantiles. Cierto que iba viento en popa; pero Belarmino, viendo navegar la nave de su afortunado rival, pensaba, con sentimiento lastimoso: Cunto durar la bonanza? Un guio de ojos. Te embestirn las tormentas. Te ver vacilar y bailar sobre las olas, como un cojo sin muletas. Te hundirs, sin que te sirvan de nada tu pie ario y tu pie semita. Ay de ti si entonces no sabes ser filsofo! Contribua en medida considerable a la serenidad presente de Belarmino haberse libertado, en el transbordo, de no floja impedimenta. Xuantipa ya no le pesaba a todas horas del da; haban cesado las visitas cotidianas del usurero Bellido y de Felicita la solterona. El rubicundo y jovial Colignon perseveraba fiel en el afecto a Belarmino, y el zapatero le corresponda cordialmente. El menaje profesional de Belarmino se reduca a los ms indispensables utensilios de zapatera, de los cuales don Restituto le haba hecho graciosa donacin: unas pinzas, un rebote de correderas, una gubia, un desborrador americano, un rodillo de picar, un sacabocados, varias leznas y un torno de montar con horma de hierro. El torno era remedo y trasunto fiel de un caballejo; recordaba a Clavileo, si bien de correspondencia equina ms semejante que la voltil cabalgadura del manchego. El tronco era realmente un tronco, un leo robusto, asentado sobre cuatro patas, ms ancho por la grupa que por los pechos, y sobre ellos se levantaba una tabla ancha y delgada, a manera de cuello, en donde encajaba, con juego articulado y la planta hacia arriba, una horma de hierro, que vista de perfil era enteramente una cabeza de caballo. Montado sobre este diminuto caballete, Belarmino se pasaba la vida. Primeramente, de recin instalado en su cuchitril, haca alguno que otro par de borcegues para los criados de la casa y para los frailes. Luego fu abandonando poco a poco este linaje de trabajo y se dedic a composturas. Un da se dijo: Ya soy remendn de portal, y se le llen el alma de gozo, como si hubiera conseguido al fin una posicin firme, largo tiempo anhelada. Trabajaba con intervalos: los ratos de trabajo, cada vez ms leves, y los intervalos, cada vez ms largos. En estos intervalos lea, apoyando el libro sobre la horma de hierro, y tomaba notas en el cuadernito de hule. Su lectura favorita era el diccionario de la lengua. En ocasiones meditaba, ajenado de la realidad externa, siguiendo con los ojos formas slo visibles para l, que cruzaban por el aire. Lea a su modo, conforme a un mtodo original. El diccionario, en su opinin, era eptome del universo, prontuario sucinto de todas las cosas terrenales y celestiales, clave con que descifrar los ms insospechados enigmas. La cuestin era penetrar esa clave secreta, desarrollar ese prontuario, abarcar de una ojeada ese eptome. En el diccionario est todo, porque estn todas las palabras; luego estn todas las cosas, porque la cosa y la palabra es uno mismo; nacen las cosas cuando nacen las palabras; sin palabras no hay cosas, o si las hay, es como si no las hubiese, porque la cosa no existe por s ni para otras cosas--por ejemplo, una mesa no sabe que existe, ni la mesa existe para una silla, porque la silla no sabe de la existencia de la mesa--, sino que existe solamente para un _Inteleto_ que la conoce, y en cuanto que la conoce, le da un nombre, le pone una palabra. Conocer es crear, y crear conocer. Todo lo anterior es un fragmento de las especulaciones belarminianas. Lo que hace la prolongada actitud sedentaria y el ocio discursivo!... Los filsofos son hombres en cuclillas, incluso el peripato, que, si explicaba paseando, encuclillado edific su sistema. Prosigue. Dedcese que si el diccionario es todo aquello que hemos dicho, diccionario vale tanto como cosmos. Belarmino, en virtud de la reciprocidad de entrambos vocablos, y para evitar confusiones, haba fijado a la inversa, para su uso, el empleo y significacin de cada uno de ellos, y cuando deca el cosmos, quera decir el diccionario, y cuando deca el diccionario, quera dar a entender el universo. Si le peda a Angustias que le diese el cosmos, la nia, por experiencia, ya saba que le tena que entregar aquel libraco, el cual, para ella, era tan lgico que se llamase cosmos como que se llamase diccionario. Pero--prosigue la especulacin belarminiana--as como la mayora de los hombres viven en el diccionario,--es decir, en el mundo--, sin enterarse de que viven, as tambin consultan y leen el cosmos--es decir, el diccionario--, sin enterarse de lo que leen. Vivir es conocer, y conocer es crear, dar un nombre. Cuando un hombre llama rbol a un rbol porque le ha odo llamar as, ese hombre no conoce el rbol ni sabe lo que dice; si conociese al rbol, lo hubiera creado l mismo, le hubiera dado un nuevo nombre. Y ahora viene lo ms sutil de la especulacin belarminiana. En el cosmos--es decir, en el diccionario--estn los nombres de todas las cosas, pero estn mal aplicados, porque estn aplicados segn costumbre mecnica y en forma que, lejos de provocar un acto de conocimiento y de creacin, favorecen la rutina, la ignorancia, la estupidez, la charlatanera grrula y el discurso vulgar, vaco y memorista. Estn los nombres en el cosmos--es decir, en el diccionario--como aves en jaula, o como vivos narcotizados y escondidos en sepulcros con siete sellos. Belarmino hallaba una manera de placer mstico, un a modo de comunicacin directa con lo absoluto e ntima percepcin de la esencia de las cosas cuando rompa los sellos sepulcrales para que se alzasen los vivos enterrados, y abra las jaulas para que las aves saliesen volando. Lea las palabras del cosmos--es decir, del diccionario--, evitando, con el mayor escrpulo, que rozasen sus ojos la definicin de que iban acompaadas. Lea una; en rigor, no es que la leyese; la vea, materialmente, escapndose de los pajizos folios, caminar sobre el pavimento, o volar en el aire, o diluirse nebulosamente en el techo. Unas veces eran seres; otras eran cosas; otras, conceptos e ideas; otras sensaciones de los sentidos; otras, delicadas emociones. Tal vez se producan resultados que, para un espritu superficial, pudieran parecer cmicos; pero, en el fondo, todo era muy serio. _Camello_, deca el cosmos--es decir, el diccionario--; y Belarmino vea, en efecto, brotar de la pgina el dicho cuadrpedo rumiante, aunque muy mermado de proporciones, y salir andando despaciosamente por el piso; pero a los pocos pasos, el perfil de la bestia, ya de suyo sinuoso, se deformaba ms todava, evolucionaba, se transformaba; el animal se pona en dos pies, apareca vestido con uniforme; la cabeza, sin perder la expresin primitiva, tomaba rasgos humanos; las jorobas se convertan en alforjas, que colgaban al pecho y espalda, y de una de las bolsas sala un gran cartapacio. Belarmino acababa de comprender un ser del diccionario--es decir, del mundo sensible--, y, por conocerlo, haba creado una nueva palabra. Camello, de all en adelante, significara para l, ministro de la Corona. Dromedario significaba sacerdote o ministro del Seor, despus de un proceso evolutivo semejante. No se crea que en el lxico belarminiano las voces dromedario y camello entraaban intencin contumeliosa o despectiva; antes al contrario, implicaban admirativa comprensin. Aludan al desierto de indiferencia en que se mueven as el gobernante como el sacerdote, a la sobriedad que practican o deben practicar, a la pesada carga que conducen a hombros, y, finalmente, la joroba simbolizaba la responsabilidad que llevan adherida a la propia espina dorsal, y que en el gobernante es doble, para con Dios y para con los hombres, y en el sacerdote sencilla, slo para con Dios. Y de aqu, joroba = responsabilidad; un nuevo acto de creacin en el cosmos--es decir, en el diccionario--de Belarmino. Otras palabras le producan nicamente sensacin de cualidades fsicas. Pero las palabras que con mayor ansiedad persegua, las que le transan de entusiasmo en comprendindolas y crendolas, eran aquellas que a l se le antojaban trminos filosficos y que, por ende, expresaban un concepto inmaterial: _metempscosis, escolstico, escorbtico_, etc., etc. Despus de una revelacin no poco difcil de interpretar, Belarmino haba definido as aquellos tres trminos: _metempscosis_ es lo mismo que intrngulis indescifrable, lo incognoscible, _das ding an sich_ de Kant, y viene de psicosis, o sea intrngulis, y mete, introduce, esconde; meter intrngulis en las apariencias sencillas. _Escolstico_ es el que sigue irracionalmente opiniones ajenas, como la cola de los irracionales sigue al cuerpo. _Escorbtico_ vale tanto como pesimismo, y viene de cuervo, pjaro sombro y de mal agero. Era mucho hombre aquel Belarmino! El cuchitril en donde Belarmino filosofaba y remendaba zapatos estaba bastante por debajo del nivel de la calle. Se descenda desde el portal por unos escalones de piedra. Las paredes, encaladas, con caprichosos arabescos verdinosos, de la humedad. Reciba la luz por un ventano apaisado, con barrotes de hierro, que por la parte de dentro lindaba con el cielo raso y por fuera arrancaba a ras de la calzada; por all se meta un raudal compacto de claridad cenizosa, como en los cuadros que representan apariciones, y se derramaba, a modo de bautismo, sobre el costado izquierdo de Belarmino. A travs del ventano se vean pasar las piernas de los transeuntes, de rodilla abajo, haciendo un ruido acompasado sobre las losas. Belarmino pensaba hallarse providencialmente metido en la entraa de la tierra, colocado en la raz y cimiento de las cosas, y que para conocer a los hombres lo mejor era verles nada ms que los pies, que son la base y fundamento de las personas. Pero, hundido en aquella penumbrosa covacha, oficina en donde se destilaban y clarificaban los enigmas del pensamiento y de la existencia, de continuo a horcajadas sobre su torno de montar, que era Clavileo y era Pegaso, Belarmino se exima de la gravitacin y esclavitud de la materia, volaba libremente por los espacios fantsticos, se cerna en las esferas uranias, contemplaba el diccionario--es decir, el mundo--desde perspectivas tan remotas, que acaso se mareaba y se le pona la carne de gallina. Como Belarmino, aunque el Padre Alesn le reputase insensato, era un hombre muy sensato, se di cuenta del dao irreparable que le amenazaba, y era, elevarse tanto, que un da se extraviase ms all de las nubes y no pudiera volver al comercio y relacin con los dems hombres. Cada vez que se despojaba de una palabra muerta y creaba una palabra viva, era como si arrojase lastre por la borda y adquiriese nueva cantidad de fuerza ascendente. Puede llegar un momento en que no pueda hablar con mi hija, porque no la entienda ni me entienda y hasta me tome por loco, y el corazn se le quedaba en suspenso. Qu hacer? Al punto di con la solucin. Deba conservar el lastre, bien que procurase seguir aumentando la energa ascendente; deba esforzarse, costase lo que costase, en no ir olvidando el idioma vulgar, a fin de usar de l con su hija y con alguna otra persona de su afecto, si fuese menester. Pero cmo evitara olvidarlo, si estaba a solas casi siempre? El Inteleto le cuchiche algo dentro del crneo, y Belarmino sali a la calle, fu andando hasta la aldea, y en el primer casero encarg que le buscasen una urraca y se la llevasen al cuchitril. Haba odo que a las urracas, con paciencia y buen vino, se les ensea a hablar. Hubiera preferido un loro, pero no tena dinero y dudaba que se encontrasen en el mercado. Lleg pocos das despus el aldeano con la urraca, blanca y negra como los Padres dominicos. Ahora, a ensearle el idioma ms vulgar posible, se dijo Belarmino, no sin cierto desconsuelo y perplejidad, porque no se le ocurran vulgaridades ni le tentaba ingeniarse en inventarlas. Mirando melanclicamente a la urraca y su lustroso plumaje dominicano, por asociacin de imgenes se le ocurri que el Padre Alesn poda sacarle del apuro, y fu a pedirle que le prestase un libro de poesas y algn discurso. Belarmino consideraba la poesa y la oratoria como las formas ms vulgares de diccin. El dominico le prest un tomo de Selgas y un folleto con discursos de don Alejandro Pidal y Mon. Belarmino cort al pjaro las guas de las alas y lo meti en el fondo de un barril oscuro. All le daba sopas en vino blanco fuerte, e inclinndose sobre el tonel le lea, separando bien las palabras, versos de Selgas y prrafos de Pidal. Como cierta vez leyese esta frase de Pidal: Jctome de ser escolstico, Belarmino se dijo: Te lo haba olido; tambin Bellido se jactar de ser escorbtico.... La urraca no aprenda a hablar, pero Belarmino no se impacientaba, y resista resignado aquel bao abundante de vulgaridad, ms por su conveniencia y para no soltar las amarras con el mundo, que por inters didctico hacia el avechucho. El seor Colignon ech de ver, aunque ignorase la causa, que Belarmino le hablaba ms en cristiano, y as se lo declar una tarde. Belarmino, esmerndose en expresarse en romance paladino, lo cual le ocasionaba ms engorro todava que a Apolonio expresarse en prosa, le respondi: --Por muchas intenciones--intenciones = razones--. Primera: porque le quiero a usted. Le quiero a usted porque usted me quiere. Segunda.... No s como decrselo para no ser macilento y evitarle pesos desagradables.--Macilento = violento, cruel; peso = sentimiento. Belarmino hizo una pausa, a la rebusca de locuciones explcitas y amables.--Usted es la materia; yo soy el espritu. Usted se alegra con las cosas; yo, alejndome de las cosas. Usted es el s, y yo el no. O, si usted quiere, usted es el no y yo el s. Soy yo superior a usted? Nada de eso. Ni el s es superior al no, ni el no es superior al s; pero el s y el no son superiores al qu s yo. Comprendo que usted es tan filsofo como yo, aunque de una manera beligerante.--Beligerante = contrario, opuesto.--En cambio, la mayora de los otros hombres no son el s y el no, sino el qu s yo; que no saben, ni sienten, ni viven, ni importan. Qu tengo yo con ellos? Por qu he de hablar el idioma de ellos? Usted es otra cosa. Yo deseara que usted entendiera mi idioma. Pero, como usted es filsofo beligerante, y yo le quiero, y adems me instruyo con usted y me sirve de piedra de toque, porque es usted el no de mi s, o el s de mi no, y los dos nos completamos, pues por eso me afano en hablar para que usted me entienda. --_patant, patant_, mi querido Belarmino--replic el confitero con regocijado pasmo--. Te entiendo. Yo soy un epicreo y t un estoico, no es esto? Belarmino aprision en la despensa de la memoria las dos palabras: epicreo y estoico, a fin de transmutarlas ms tarde por la alquimia de la especulacin y hallarles su verdadero sentido. Un da se present en el cuchitril de Belarmino Froiln Escobar, alias el Estudiantn y tambin Aligator, a que le pusiese palas y medias suelas a un par de botas, que para llegar a ser un verdadero par de botas no necesitaban, adems de las palas y de las medias suelas, sino refuerzo en el contrafuerte, unos trozos de la caa y unos cuantos botones. Justamente, la nica aficin de Belarmino al arte zapateril consista en restaurar calzado viejo, cuanto ms viejo mejor, y con unos miserables despojos crear un par flamante. Era una aficin pareja a su vocacin filosfica. Y as, acogi aquellas valetudinarias botas del Estudiantn o Aligator con marcada reverencia y afectuosidad. Los apodos son, cundo biografa sucinta, cundo retrato en miniatura. Los dos apodos de Froiln Escobar le historiaban y le retrataban. Llevaba ya veinte aos de estudiante en la Universidad, y no porque fuese inepto para aprobar los cursos, pues era de notable despejo natural. Deca: El hombre que quiere conocer la vida es estudiante hasta que se muere. Nada hay tan repugnante como la ciencia que se adquiere para obtener un ttulo acadmico y ganarse un sueldo con l. No hay ms ciencia que la ciencia desinteresada, la ciencia por la ciencia, el amor al saber, el saber que nunca se sabe bastante para cobrar dinero por ensear lo poco que se sabe. Y otra porcin de mximas al mismo tenor. Como no quera comprar ciencia, no se matriculaba, y asista por libre a las clases de diversas Facultades. De aqu que le apodasen el Estudiantn. Viva con extremada pobreza y vesta desastradamente; un sombrerete, con dos dedos de enjundia; un gabancillo de color caf con leche, que haba estrenado al venir a la Universidad y que llevaba con el cuello subido, por disimular la ausencia de camisa; pantalones con flecos, y botas como las consabidas. Se asemejaba a los muertos por el color, como aconsej el orculo a Zenn, el filsofo, lo cual, bien entendido, quiere decir que de tanto estudiar en los libros haba tomado la palidez de ellos. Era capaz de permanecer en un quietismo casi sobrehumano. Durante las horas de clase conservaba a veces la misma postura reservada y atenta, sin mover un msculo, sin pestaear, empaados los ojos por una telilla opaca al modo del segundo prpado de los lagartos. Y de aqu que le apodasen Aligator. Otras veces le acometan inquietudes convulsivas de sabandija y retorcimientos de sibila, segn la materia y el modo de explicarla el catedrtico, y en tales casos tomaba notas taquigrficas, agitando fieramente el pupitre. Los estudiantes le estimaban, le respetaban y se aleccionaban con l. Era como el espritu familiar de la Universidad, la Palas Atenea de aquel amurallado recinto del saber; una Palas Atenea vestida de mscara. Tambin la ciencia oficial del establecimiento se envesta, con harta frecuencia, disfraces de mamarracho. No pudo presentarse el Estudiantn a Belarmino con carta de recomendacin ms eficaz ni credencial ms honrosa que aquel mal llamado par de botas, pues en rigor era un cuarto o un octavo de unas botas. Sustentaba Belarmino amorosamente en sus manos los tales residuos, que para l eran grmenes o embriones de un flamante porvenir, y miraba al Aligator con tierno inters, cuando de pronto uno y otro notaron que les faltaba unos cuatro metros cbicos de aire respirable, que era poco menos de lo que contena el cuchitril; haba entrado el Padre Alesn, desalojando el volumen de aire correspondiente a su volumen de carne y hueso. --Buenas tardes, Belarmino--habl el dominicano, modulando las notas ms ntidas y cariciosas de su flautn larngeo--. Entraba y sala. Entraba en tu aposento y sala de mi residencia. Sala de mi distraccin y entraba en mi acuerdo.--El Padre Alesn hablaba ahora en este estilo conceptuoso y envuelto, para dar por el gusto a Belarmino y granjearse su afecto.--Quiero decir, en lenguaje vulgar, que al salir a la calle record que don Telesforo Rodrguez, el profesor del Seminario, me ha pedido un libro que hace tiempo te prest: _Nicolai Garciae; tractatus de beneficiis_. Lo has ledo ya? Puedo llevrmelo? Porque si no lo has ledo todava, no me lo llevo. T has de sacar ms provecho que don Telesforo, seguramente. Belarmino descabalg su Clavileo y entreg al Padre Alesn un gran volumen, en cuarto mayor, aforrado en pergamino. --Ya lo he ledo. Me ha sido muy instrumental. --Vaya, me alegro. Hola, hola--exclam el dominico, volvindose hacia el barril en cuyo fondo rebulla y graznaba la urraca--. Ya me ha referido Angustias.... De suerte que, los versos de Selgas y los discursos de Pidal que te has llevado era para enserselos de memoria a esta parlera avecilla? Y qu? Va aprediendo algo? Belarmino respondi que haba adquirido la picaza para ensearle a que hablase del nico modo que lo entienden el comn de los hombres. Pero como Belarmino, para responder esto, no emple el idioma que entienden el comn de los hombres, el Padre Alesn le rog que se explicase. As lo hizo Belarmino. El padre Alesn crey entonces entender. --Ya, ya...--dijo el dominico, sonriendo con guasa--. Has buscado en esta urraca a Digenes; has creado tu Digenes, el cnico, el que hablaba con claridad odiosa, y para que nada falte, le has encerrado en su tonel. Y t, qu eres: socrtico, platnico, peripattico, sofista? --Estoico--respondi con maravillosa dignidad y orgullo Belarmino, a quien repentinamente se le haba revelado el sentido de aquella palabra, oda de labios del seor Colignon. El Padre Alesn se qued fro. Pens: A ver si este pobre hombre posee ms sindresis de lo que yo sospechaba. Se despidi. --Ea, Belarmino; contra mi gusto, tengo que abandonar tu compaa. Tal es mi misin: andar, andar de un lado a otro, con una grave responsabilidad sobre los hombros. Ya volva la espalda el fraile, cuando Belarmino murmur: --Naturalmente, como usted es un dromedario.... El Padre Alesn se volvi de cara, la expresin en entredicho. --Hombre, hombre...--tartamude, con voz deficiente--. Eso es ofender. Pensaba el dominico que acaso Belarmino estaba resentido con l, porque antes le haba hablado irnicamente. --He querido decir que usted es un sacerdote--replic el zapatero. --Pues, peor que peor. Mientras me llamabas dromedario, a m, en persona, poda pasar. Cre que aludas a mi tamao. Pero ahora resulta que soy dromedario por ser sacerdote.... La verdad; eso, Belarmino, es una grosera, impropia de ti. Belarmino hizo un gesto conmiserado, resignado, como diciendo: tendr que metrselo en la boca con cuchara. Y explic la ya conocida alegora del dromedario y el camello, dejando boquiabierto al fraile. Concluy Belarmino, ya en su jerga privativa. --Yo acaricio a los camellos y a los dromedarios, pero no los beso. Riego el tetraedro; encarcelo y parafraseo el tetraedro; pero permanezco indumentario y analfabtico al tetraedro. Mi horario es el espasmdico de la intuicin recreada. Sali el dominico lleno de perplejidad y de preocupacin. Froiln Escobar, el Aligator, no se haba movido durante la anterior escena. Crea estar soando. Es realidad? Es ilusin?--deca para s--. Si no fuera por el testimonio irrecusable de ese par de botas, tan mas y tan ajenas a m como las excrecencias callosas de mis pies; si no fuera por ese hecho flagrante que me pone en contacto con la realidad objetiva, creera que lo visto y odo eran entelequias de mi razn adormecida y ofuscada. Y esto sucede a doscientos pasos de la Universidad.... Y yo llevo veinte aos en la Universidad sin haberme enterado.... Este hombre desconcertante e inaudito, es un humorista? Es un genio lbrego, en bruto, como la piedra diamante escondida en el seno de la tierra? Es un loco? Y el buen Estudiantn se haca un lo. --Le enojar, seor Belarmino--dijo al despedirse--si vengo por las tardes, de vez en cuando, a conversar un rato con usted? --Tendr un gran espasmdico--respondi Belarmino, impasible. Escobar no saba qu decidir. Aquel gran espasmdico que Belarmino iba a tener, caso que Escobar viniese de visita, en qu consistira? Le recibira bien, o le despedira con cajas destempladas? Volvi a probar. Belarmino le acogi con inequvoco contento y le obsequi con una larga e incomprensible disertacin sobre el _tole tole_ y el _tas, tas, tas_. El Estudiantn le escuchaba fascinado, sin sacar nada en limpio, pero con la esperanza cierta de llegar a dominar algn da el tecnicismo de aquel moderno filsofo de portal, o estoico, como l deca, sin saber que en Grecia tanto vala estoico como filsofo de portal. Escobar continu asistiendo al portal de Belarmino y tomaba notas de lo que oa. Como quiera que el Estudiantn haba, afortunadamente, comenzado por or explicar a Belarmino la sinonimia de camello y dromedario, no le caba duda que cada una de las voces usadas por el zapatero encerraba una representacin fija; que las voces se sucedan las unas a las otras con ilacin gramatical y lgica; y, en definitiva, que esta ilacin formal contena un fondo de pensamiento original. Por consejo de Escobar acudieron a or a Belarmino muchos estudiantes y hasta profesores. Los juicios y opiniones acerca del estoico discrepaban, naturalmente; los nimos se apasionaron. Muy pronto se establecieron diferentes sectas: belarminianos y antibelarminianos; entre los belarminianos haba disidencia: unos sostenan que Belarmino estaba loco, y otros que cuerdo; los partidarios de la cordura divergan en estimar si el lenguaje belarminiano era o no descifrable; por ltimo, los que se inclinaban por la presunta inteligibilidad de los discursos de Belarmino, disentan en lo tocante al fondo de dichos discursos: quines afirmaban que, una vez vertidos al castellano, resultaran curiosos e interesantes; quines que, de seguro, se trataba de boberas sin inters, y que lo nico curioso era la forma de expresin. Con todo esto, el portal de Belarmino estaba tan concurrido como la escuela de un filsofo de la antigedad. Despus de escuchar sus incgnitas enseanzas, stos, reventando de risa; aqullos, hostigados por la comezn de averiguar una charada dificultosa, salan a la Ra Ruera, movan airadas trifulcas, polemizaban y casi se iban a las manos. Apolonio, desde el umbral de su zapatera de lujo, en actitud estatuaria y de fingido tedio e indiferencia, presenciaba aquel vivo y animado tumulto, con la misma envidia y nostalgia con que los inmortales en el Olimpo ven a los humanos agitarse a impulsos de ideales y pasiones que hacen la vida sabrosa y digna de vivirse. Los inmortales se aburren tanto en su serenidad inacabable y de tal suerte envidian los conflictos y combates del mundo, que, a veces, no pudiendo resistir la tentacin, descienden convertidos en nubecillas leves y flidas a pelear entre los hombres, segn cuenta Homero. Esto lo saba Apolonio, desde Compostela. Para Apolonio, algunas disputas humanas han sido hostigadas por misteriosa intromisin divina; son aquellas disputas merecedoras de la dignidad dramtica y trgica. Siempre que Apolonio vea dos dndose de puadas y revolcndose por el suelo, si se levantaba alguna polvareda, deca: Ha llegado el punto trgico; eso no es polvo blanco, son las divinidades violentas, envidiosas de la vida ligera de los hombres, diluidas en el aire fino. De qu buena gana se hubiera diluido Apolonio en el aire fino para ir a mezclarse en las disputas enzarzadas a causa de su afortunado rival, como la guerra de Troya por Helena; intervenir por modo invisible y aniquilar a todos los secuaces de Belarmino!... La venganza es el placer de los dioses. Se dir, qu sentimiento vengativo cabe que los pobres humanos inspiren a los dioses majestuosos? Pues s; les inspiran el sentimiento ms vengativo, el de la envidia. Belarmino era remendn de portal. Apolonio posea un establecimiento lujoso y cobraba por par de botas hasta cinco duros, precio exorbitante por entonces en Pilares. Esto no obstante, Apolonio se hubiera cambiado por Belarmino. Apolonio contaba con una buena parroquia. Pero no le interesaba tener parroquia. Lo que l quera era tener pblico, gente que le escuchase, que le celebrase y aun que le rebatiese. Apolonio se relacionaba con personas distinguidsimas. La de Somavia le invitaba alguna vez a su tertulia. Por la zapatera caan de visita, peridicamente, Pedro Barqun, el cura Chapaprieta, el magistrado don Hermenegildo Asiniego, y otros claros varones de la urbe. El seor Novillo acuda a diario al establecimiento y se dilataba all varias horas, gran parte del tiempo en el umbral, mirando con disimulo, rendimiento y rubor al balcn florido y pajarero de Felicita Quemada. Pero la relacin de personas distinguidas le tena sin cuidado a Apolonio; lo que l echaba de menos era el trato de personas ilustradas, el ambiente acadmico y artstico. Y aquel infame Belarmino, saba Dios merced a qu socalias y malas artes, le hurtaba, sin dejar una migaja siquiera, el aplauso y atencin que a l en justicia se le deban, puesto que Belarmino era insensato charlatn y prevaricador de la lezna y el cerote, en tanto l, Apolonio, por don natural, compona los ms primorosos artificios, as zapateriles como poticos. No hay justicia, ni sentido, ni plan en el mundo--pensaba Apolonio--. Bien lo presuma yo, aunque todava inexperto, cuando escrib mi _Cerco de Ordua o Seor de Oa_. Apolonio se hubiera despeado en la negra desesperacin, a no estorbrselo, de una parte, la compaa habitual del seor Novillo, con que se distraa de los sombros pensamientos y se le deparaba coyuntura de explayar la exuberancia del lastimado pecho, y de otra parte, ms principalmente, el amor a la duquesa de Somavia, un amor cada da ms exaltado, ms puro, ms imposible, ms delicioso y novelesco. Con estas dos vejigas--decase Apolonio--me mantengo a flote sobre las borrascas de mi espritu. Llegaba a la zapatera el seor Novillo, con su empaque reservado, catadura sombra y venerable vientre de dolo; la piel bronceada, barba y bigotes pardos, entrecanos en la raz. Haba cierta similitud corporal entre Apolonio y el seor Novillo. Los dos recordaban las efigies de Buda, por la hinchazn. Ahora, que la cabeza de Apolonio se enderezaba con cierto alarde confiado y olmpico, y, en cambio, la del seor Novillo pesaba sobre el pestorejo y el cuello, abombndolos en redor, y de los ojos se rezumaba una tristeza irracional. Apenas si hablaba el seor Novillo; de tarde en tarde se sonrea, enseando unos dientes de blancura irreprochable, que, rodeados del hirsuto contorno, parecan una estra de carne de coco asomndose entre la cscara pardusca y crinada; pero la mitad superior de la cara y los ojos seguan parados y tristes. As que llegaba, el seor Novillo se sentaba en un largo divn de piel verde, debajo de un espejo, velado por un tul, verde tambin, y dejaba caer el vientre entre las piernas, a que se reposase sobre el divn. Apolonio, abandonando el mostrador, donde, con ademn lento y religioso, trazaba diseos y cortaba pieles, vena al lado del seor Novillo y dejaba asimismo caer el vientre sobre el divn. Oanse en la trastienda ahogados martillazos, alguna cancin femenina y el repiqueteo de unas mquinas de coser. Apolonio, sin doblar la cabeza a mirar al vecino, rompa a hablar: --Estoy abrumado, don Anselmo, estoy abrumado. Qu me falta?, preguntar usted. Tengo un taller, montado con los ltimos adelantos de la ciencia y de la industria; tres mquinas, una Wilson y otra Wheeler, para coser la caa, y una Johnson para hacer ojales, que puede que no haya media docena como ellas en toda la pennsula. Mi clientela, la espuma de la sociedad; y todos satisfacen sus facturas a tocateja. Qu ms puedo pedir? Ay mi amada! Oh dolor! Lgrimas mas: por dnde estis que no corris a mares?, como cant el poeta. Unos amores desdichados, s. Pero no quiero mentarlos. Cya es la culpa? De ella? Jams, jams, jams. La culpa es ma. Me enamor de una beldad tan alta como la blanca Beatriz. Merecida es mi pena, y yo la acepto con jbilo infinito. El seor Novillo oa el runrn con la indiferencia con que las imgenes talladas en madera de ciruelo oyen himnos y plegarias. Prosegua Apolonio, sin dignarse, por su parte, mirar a Novillo: --He pintado en un poema alegrico la exacta posicin de estos amores disparatados, horribles y delincuentes. Delincuentes, s, delincuentes, porque.... Pero tente, lengua liviana y maldecida. He aqu el poema: un monstruo de esos que llaman grgolas, porque vomitan la lluvia con un ruido peculiar, de donde viene la frase hacer grgaras; digo que ese monstruo de piedra, que est en la cornisa de una catedral, se ha enamorado de la veleta, que figura una paloma, y que se asienta, ni que decir tiene, en lo ms alto de la torre. Y ese es el destino cruel del enamorado monstruo, que soy yo; estar petrificado, a una distancia infranqueable de la amada y haciendo grgaras. Esto ltimo constituye un rasgo humorstico, que cierra la composicin. Lo cmico es siempre chabacano y despreciable. Lo humorstico es un modo potico. Que cul es el nombre de la dama? Jams lo declarar. Antes dejo que me desuellen vivo.... Novillo, presa de sus propias ansiedades amorosas, se levant sin haber escuchado a Apolonio, y fu hacia la puerta, a mirar desde all furtivamente a Felicita. Apolonio le segua, declamando con el brazo extendido y la mirada flamgera: --Jams lo declarar. Antes pasarn sobre mi cadver. Y si despus de muerto lo declaro, conste que no soy yo, sino un espritu maligno que habla por mi boca.--En habiendo eyaculado este apostrofe, Apolonio, apacigundose sbitamente, volvi detrs del mostrador y se aplic a cortar suela. Al cabo de media hora de vergozante contemplacin, Novillo retorn al divn, y al punto Apolonio acudi a su vera y reanud el hilo de su palique. --No son estos amores desdichados, no, lo que me trae mustio, melanclico y descontento. Los amores son la esencia de mi vida y los guardo en mi corazn como si fuesen una perla del Oriente. Estoy abrumado, estoy tan pronto rabioso como desmadejado, estoy que me llevan los demonios, porque, ante todo y sobre todo, soy un artista, y aqu, en esta ciudad, no se me comprende ni hace justicia. Por lo pronto, soy un maestro artista en zapatera. Mi clientela alaba, en el calzado que yo hago, la resistencia y flexibilidad del asiento, lo suave y duradero del material, lo cmodo y bien conformado del corte; y por eso, nada ms que por eso, me pagan bien. Pero las dichas cualidades son secundarias. Un zapato, un brodequn, un botito son obras de arte. Y quin aqu, salvo contadas excepciones, sabe apreciar el calzado como una obra de arte? Quin aqu concede al calzado la enorme importancia que tiene? Se imaginan que el calzado slo sirve para cubrir el pie, resguardarlo de la humedad, por temor a los reumas, y evitar que se lastime sobre el mal piso; todo lo que piden al calzado es que no cre callo. Pues si el calzado no cumple otro fin ms que se, mejor sera que los hombres echasen casco o pezua, lo cual se conseguira fcilmente por procedimientos cientficos. Y no es que yo me refiera a esta localidad. Hablo, en general, de toda Espaa. Un amigo mo muy erudito, Valeiro, estudiante compostelano, me contaba haber ledo en un libro de un Fray no s cuntos Guevara, obispo en alguna dicesis de Galicia, que los espaoles, en los tiempos del gran Carlos V, cuando el tal obispo escriba, andaban en zancos por las calles, a causa de los lodos. Qu barbaridad! Pues, qu? No se usan todava en nuestra pennsula almadreas, zuecos, abarcas y las asquerosas alpargatas? Qu poco dice esto en pro de la cultura de los espaoles, y cunto de su salvajismo! Para m la alpargata es un insulto a la divinidad, una blasfemia, porque es negar y desconocer la obra ms perfecta de Dios, o sea el pie humano. Por qu es el hombre superior al mono y a todos los dems animales? Porque es el nico que tiene pies, lo que se dice verdaderos pies. Si el pie fuera menos humano y noble que la mano, los hombres tendran cuatro manos y los monos tendran cuatro pies, y no que tienen cuatro manos. Por no ver mujeres con almadreas preferira vivir entre chinos, porque al menos los chinos conceden al pie de las mujeres ms importancia que a ninguna otra parte del cuerpo. Novillo sali nuevamente a la puerta, sin haber escuchado ni una sola palabra de la ingeniosa disertacin de Apolonio, y ste volvi a trabajar detrs del mostrador. Al cabo de otra media hora, Novillo reincidi en reposar sobre el divn su vientre, agitado ahora por apasionado estremecimiento: era que sus ojos se haban cruzado al acaso con los de Felicita, y ella le haba enviado una sonrisa arrobada y etrea. Novillo se senta feliz, expansivo, y al acomodarse Apolonio a su lado le di una palmada en el muslo al zapatero, preguntando: --No dice usted nada hoy, querido Apolonio? --Le deca a usted, don Anselmo--Apolonio respondi sin mostrarse herido por la ausencia mental y material de su amigo--, que los chinos conceden al pie la importancia debida. Este es mrito comn a los asiticos. No en balde estuvo el Paraso terrenal en el Asia. En la Grecia antigua, las cortesanas y tambin las castas matronas apetecan los zapatos venidos del Asia, zapatos al parecer preciosos, adornados con pinturas de mucho mrito y figuras cinceladas en metal. Los antiguos, como ms prximos al origen de la creacin, distinguan con mayor acierto la jerarqua, utilidad y belleza de los miembros; a todos los miembros anteponan en dignidad el pie; despus de ste segua la cabeza; luego, algo que no quiero nombrar; en cuarto grado, la mano siniestra, la del escudo; en quinto, la diestra que empua el arma; y as sucesivamente. Todos aquellos pueblos, dotados de una gran sabidura infusa y revelada, que poco a poco se fu olvidando y desvaneciendo, rendan culto al pie y se excedan en fabricar con apropiado decoro el tabernculo del pie, o sea el calzado. Entre los hebreos, el calzado era tenido en tanta reverencia que no se permita que lo usasen sino los nobles y los levitas, y aun stos apenas si se atrevan a ponrselo, como no fuera para entrar en el templo, sino que unos servidores especiales, a modo de aclitos, iban detrs de los sacerdotes y seores llevando el calzado sobre un cojn de terciopelo. Los egipcios colocaban en el calzado placas labradas de oro y plata. El calzado de los strapas persas era una joya valiossima. Los patricios y senadores romanos usaban botas de piel encarnada, con una media luna de plata, la luna patricia. Pasemos a tiempos ms prximos a los nuestros y recordemos a los papas, a los emperadores, a los duques venecianos. El calzado de estos grandes dignatarios de la Iglesia y de las repblicas era de telas tejidas con metales preciosos y recamados de las ms ricas piedras: esmeraldas, rubes, zafiros, diamantes del tamao de nueces casi siempre. Tengo entendido que el Santo Padre todava usa ese calzado los das que repican gordo. --Caracho, lo que usted sabe, amigo Apolonio!--exclam Novillo, sinceramente deslumbrado. --Pues ya sabe usted tanto como yo, don Anselmo. Y si usted desea ms detalles, le dejar unas cuartillas manuscritas, tituladas Podotecologa esttica, o historia del calzado artstico, que para m escribi mi amigo Valeiro, y que es de donde yo he tomado los datos. En media hora escasa se las aprende usted de memoria. En lo que yo insisto es en que, como espaol, me abochorno de que los espaoles no hayamos contribudo con ninguna invencin al progreso del calzado. No hay una ciencia y un arte zapateriles propiamente espaoles. No habr odo usted decir punta a la madrilea, tacn Isabel II o hechura espaola, como se dice punta a la florentina, zapato Richelieu, tacn Luis XV, hechura inglesa. --Hombre, hombre...--objet el seor Novillo, que era muy vidrioso en su patriotismo, y como apoderado local del cacique y cacique l mismo de aldea, consideraba que menoscabar el buen nombre de la patria equivala a reprobarle encubiertamente su posicin poltica--; eso que usted dice no debe importarnos un rbano. Que no hemos descubierto una punta o un tacn? Pero hemos inventado cosas de ms provecho y sustancia--colocando las manos extendidas sobre el abdomen--: el pote gallego, la fabada, el bacalao a la vizcana, la paella valenciana, la sobreasada mallorquina, el chorizo y la Compaa de Jess. Y dnde me deja usted el descubrimiento del Nuevo Mundo? Aparte que, si no recuerdo mal, cuando estudi en el Instituto, el profesor de Historia nos deca que no s cul emperador romano haba adoptado para el ejrcito el calzado que usaban los espaoles. --Fbulas--replic, despectivo, Apolonio--. Los espaoles slo han inventado la alpargata, que es, ya lo he dicho anteriormente, un insulto a la divinidad, un sacrilegio zapateril. Yo, maestro artista, repelo la alpargata con sacrosanta indignacin. --No sigamos por ese camino, Apolonio, porque tendramos un disgusto. Como presidente de la Diputacin y, por tanto, representante del Gobierno legtimo, no puedo consentir que nuestra invicta bandera se ponga en tela de juicio. No le digo a usted: zapatero a tus zapatos, porque no quiero provocarle. --Pues de zapatos estamos discutiendo, mi querido don Anselmo. Novillo se levant a repetir la operacin contemplativa, y Apolonio reanud sus operaciones profesionales. Despus de media horita, que para Novillo fu una eternidad de inefables congojas, porque se verificaron varios choques metericos de miradas, hallronse otra vez par a par el zapatero y el poltico. --Deca usted...?--comenz Novillo. --Deca que aqu, en general, no se aprecia el valor artstico del calzado. Yo, se le digo a usted con toda reserva, me creo postergado. No se me hace justicia. Ni como zapatero, y no digamos como poeta dramtico. Por qu se figura usted que soy zapatero? Porque soy poeta dramtico. Por qu se figura usted que soy poeta dramtico? Porque soy zapatero. Los ignorantes piensan que no tiene relacin lo uno con lo otro. Pues son dos cosas inseparables. Hay conflictos dramticos entre los hombres y no entre los animales, porque los hombres observan la postura erctil; y los hombres observan la postura erctil porque andan sobre los pies. Pngame a los hombres en cuatro patas, o hgamelos usted paralticos, como los rboles; ya no hay drama. Es esto claro? Pero, seor, si el drama no es ms que cuestin de calzado, cuestin de ponerse en dos pies y levantar la cabeza todo lo posible, en son de desafo, hacia el cielo, en donde se oculta el destino de los hombres.... Es verosmil que los hombres inventasen as, a secas, el drama? Qu desatino! Los hombres inventaron una especie de calzado, el coturno, que les alzaba ms de un palmo sobre la tierra; pues con esto, ya estaba inventado el drama. Pues si le dice usted a cualquiera de esos estudiantillos hambrientos que yo soy zapatero y autor dramtico, se reirn. En cambio, no se asombran de que un zapatero pueda ser filsofo. Yo soy el que me ro.... Ja, ja, ja.... Filsofo lo puede ser el ltimo gato. Todos los filsofos son unos farsantes, charlatanes de feria. Para qu sirve la filosofa? Ya lo dijo Saquespeare--pronunciado as--: la filosofa no sirve ni para curar un dolor de muelas. --Hombre, hombre...--objet el seor Novillo--. El arte dramtico tampoco sirve para curar dolores de muelas. --Pero el dolor de muelas sirve para hacer dramas. Todos los dolores son experiencias dramticas. Esta escena se repeta a diario durante largo tiempo, si bien la elocuencia ubrrima de Apolonio desenvolva variadsimos temas. Novillo lleg a sentir curiosidad por conocer el drama que haba escrito Apolonio, el cual se lo ley una noche con tanto nfasis y pathos, que subyug y conmovi al oyente. --En efecto; es usted un gran artista--murmur Novillo, enjugndose unas lgrimas; era sobremanera sentimental--. Como presidente de la Junta de abonados que soy, le prometo que har estrenar su drama por la primera compaa dramtica que venga a Pilares. Apolonio hubiera abrazado a Novillo; pero no quera descomponer la majestad de la figura. Por desdicha, pasaban los meses y no vena ninguna compaa dramtica. La poesa fu estrechando ms y ms la amiganza entre Novillo y Apolonio. Novillo celebraba mucho los poemas amatorios de Apolonio, y siempre que compona uno nuevo se lo peda para empaparse en l, deca, leyndolo a solas. Una maana, Felicita entr en la zapatera de Apolonio, cosa acostumbrada; pero aquel da, la solterona llevaba desencajado el rostro, con expresin que pretenda ser colrica, y, sin embargo, dejaba recelar un placer oscuro. Qu tripa se le habr roto a esta vieja vestal?--pens Apolonio. --Apolonio, nos oye alguien?--pregunt Felicita, inclinndose sobre el mostrador, con delgado aliento y ojos de espa. --Si usted conserva ese tono, nadie nos oir. --Apolonio.... Es usted un miserable, un traidor, un ingrato. Se lo digo a usted en voz baja, aunque con toda energa, porque quiero evitar espantosas complicaciones, incluso la efusin de sangre. --Pero, seora...; digo, seorita.... --Silencio, infame. He callado hasta hoy, porque lo tom como una locura fugitiva. Pero ha llegado a tal extremo su atrevimiento, que he decidido escarmentar a usted para siempre, para siempre.--Sac del seno un montn de papeles y los despidi, con ademn repulsivo, sobre el mostrador.--Le arrojo esos annimos impertinentes e indecorosos. Yo pertenezco a un hombre, slo a un hombre. Todos los dems pretendientes me inspiran aversin y asco. Apolonio examinaba los papeles escritos. --Estos son versos mos--bisbise. --Ya lo s. --Pero estos versos no estn escritos por m. Son copias; y la letra es de don Anselmo Novillo. --Agua--pudo apenas articular Felicita, en tanto se desplomaba exnime sobre el divn. De buena gana Apolonio hubiera dado unos cuantos azotes a la vieja vestal, que as vena a turbarle y ponerle ante s mismo en ridculo, obligndole a descomponer la majestad de la figura; corriendo azariento a entornar la puerta, porque los transeuntes no se percatasen del lance; trayendo un vaso de agua a travs de las frvolas oficialas, que sonrean al verle en guisa de camarero: salpicando el rostro de la desmayada e intentando desabrocharle el cors. Afortunadamente, Felicita se recobr antes de que Apolonio recurriese a este ltimo extremo. Sorbi el agua; pidi los papeles; los restaur al cobijo del seno, no sin antes besarlos, y dijo a Apolonio: --Por la memoria de su madre le pido juramento que no dir nada a nade de esto que ha pasado. Jrelo! Apolonio, ante la prosopopeya de Felicita, ya se hall en su elemento, y jur con la solemnidad y uncin de un pontfice. En medio de todo--reflexionaba Apolonio--, qu curioso drama el de Novillo y Felicita. Es algo as como el suplicio de Tntalo. Por qu no se casan? No ser porque no quieran ni porque nadie se lo impida. Y, sin embargo, no se casan. Luego negarn que existe una Nmesis que traba y destruye las intenciones de los hombres. Yo escribira este drama. Pero el seor Novillo es amigo y podra disgustarse. Escribira aquel drama y otra porcin de dramas tomados de la realidad. Y la realidad de Apolonio, por entonces, no traspasaba los lmites de la Ra Ruera. Sin necesidad de levantar los tejados, como el Diablo Cojuelo, Apolonio adivinaba el drama oculto en cada casa, y con todos los pequeos dramas individuales formaba una gran tragedia, la tragedia de la calle, en que l era el hroe, la vctima, y Belarmino el traidor. En fuerza de imaginar luctuosas peripecias, el pecho se le colmaba de impulsos vehementes, a manera de necesidad perentoria de accin, y accin cruel. Era menester que se libertase de aquellas ansias agresivas, que cada da le hostigaban con redoblada tenacidad, o, de lo contrario, perdera en una mala hora la cabeza y hara una barbaridad. Entonces se le ocurri una idea feliz: se dedic a criar gallos de pelea. Como tena dinero a mano, adquiri presto una regular gallera. Encarg buena parte de los gallos ingleses a Antequera, porque le informaron que all cultivaban las sangres ms finas y puras. Se adiestr en el cuido y preparacin de los gallos para el combate. A todos sus animales les impuso nombres mitolgicos y legendarios: Aquiles, giro; Ulises, colorado; Hctor, gallino; Hrcules, negro; Roldn, dorado; Manfredo, cenizo; Carlomagno, negro tambin; etc., etc. En las otras galleras abundaban los nombres de toreros. Todos los domingos por la maana, despus de or misa de once, porque crea en Dios y en la providencia, a pesar de que en este mundo no hay justicia, ni plan, ni sentido, Apolonio se encaminaba al circo gallista, seguido de un aprendiz con los capaces en donde iban los gallos que aquel da echaba a pelear. Intervena en las diligencias preliminares del examen y peso de los combatientes, y escrutaba con tanto escrpulo, seriedad y aparato la balanza, como si se estuviese decidiendo el porvenir de la humanidad. Luego, haba que verle con qu religiosa pompa y taciturno talante, sentado detrs de la pista, limpiaba las espuelas del gallo con medio limn, para mundificarlas, por si estaban emponzoadas, y las enjugaba despus con el pauelo, y, por ltimo, depositaba levemente el gallo sobre el ruedo, como diciendo: _alea jacta est_, y ya no hay podero terrenal que desve la voluntad de los hados. Y la voluntad de los hados era, indefectiblemente, que los gallos de Apolonio quedasen muertos o malferidos. A Ulises se lo mat Lagartijo; a Hctor, Bocanegra; Mazzantini hizo papilla a Roldn; Aquiles qued ciego de unas pualadas que le meti Frascuelo; y un gallo de sangre mestiza y ruin, color blanco, llamado Espartero, propiedad de un ebanista, aniquil a Carlomagno, Manfredo, Hrcules y otros seis hroes desgraciados. Cosa sorprendente: Apolonio asista sin enojo, antes con orgullo, al vencimiento de sus gallos. Lo esencial era que nunca cantaban la gallina; moran porque deban morir, que el hroe muere siempre a la postre, y no a manos de otros hroes, sino por el vil pual. Sus gallos daban siempre el pecho; los dems seguan una cobarde tctica de combate, simulaban huir en torno al ruedo, y cuando ms confiado iba el hroe en su persecucin, se volvan inopinadamente y le daban traidoras estocadas. Sus gallos, como los personajes de Sfocles, saban morir con belleza, y por lo tanto con gloria, que viene a ser lo mismo. Ajax declar: vivir con gloria o morir con gloria; tal es el deber de los bien nacidos, y la palabra empleada para designar la gloria es [Griego: chalos], que significa tambin la belleza. Y cmo se pareca Apolonio a sus gallos! Se les pareca en la silueta, en el aire de prestancia, en el nfasis, en la cresta, pero no en los espolones; se les pareca por fuera. Por dentro, Apolonio, aunque daba albergue y acariciaba con la imaginacin las pasiones ms destructoras, era incapaz de matar un mosquito, como deca de l su hijo. Y as, Apolonio vea en sus gallos la incorporacin de algo necesario y deficiente en su propia personalidad; eran encarnacin de su personalidad frustrada, porque el dramaturgo es el hombre de accin frustrado. De aqu que Apolonio asistiese sin enojo, antes con orgullo, y aun con satisfaccin ntima, al vencimiento de sus gallos. Se verificaba en su pecho la perfecta frustracin de su personalidad deficiente, una especie de catarsis. Si los gallos vencieran con frecuencia, pensaba Apolonio que la confianza en s mismo, ya que los gallos eran en cierto modo prolongacin de su persona, el espritu agresivo, la necesidad de accin ejecutiva, se le hubieran comunicado fatalmente a l, y como era muy pusilnime, slo ante la idea de cometer un gran disparate le daban escalofros. Por ltimo, las peleas de gallos influan en la vida y carcter de Apolonio en dos opuestas direcciones: una favorable, y adversa la otra. Favorable, porque se iba haciendo conocido y famoso, como personaje pintoresco e improvisador de aleluyas, en la ciudad y en otros pueblos de la provincia, en donde alguna vez se concertaban rias de gallos interurbanas. Adversa, porque en las rias mediaban apuestas, y como Apolonio perda siempre, se le iba desnivelando el presupuesto mucho ms de lo prudente. Apolonio no paraba atencin en los descalabros econmicos mientras su actividad pblica, como gallero, le sirviera para ensanchar la nombrada; prefera la ruina y la inopia a la oscuridad. Todo lo aceptaba con tal de gratificar en alguna medida su vanidad inocente, con tal que se le conociese y se hablase de l. Su obsesin era aventajar la fama de Belarmino, humillarle algn da. Belarmino ganaba cada vez ms popularidad. En los peridicos se haban publicado artculos acerca de l; unos de burla, otros en serio, sosteniendo la tesis de que constitua un fenmeno mental, un caso de estudio, invitando al director del Hospital-manicomio a que hiciese con l experiencias cientficas, y proponiendo que cuando muriese no se le enterrase sin antes haberle sacado el cerebro, a fin de analizarlo. Cuando Belarmino ley esta halagea proposicin, se le atragant la saliva; pero se repuso a seguida, sonriendo beatficamente. Adoptaba la propia actitud de indiferencia filosfica hacia las opiniones ajenas, mientras l conservase la vida y el pensamiento, como hacia los dolores corporales, en habindose muerto. La polmica sobre si Belarmino saba lo que se deca o, por el contrario, hablaba como un papagayo, repitiendo palabras vacas y sin trabazn, se enconaba y complicaba ms y ms, porque nadie haba allegado todava prueba concluyente, de una parte ni de otra. El Estudiantn no desesperaba de formar el lxico completo belarminiano con su correspondencia clara. Tomaba notas sin cesar, haba interpretado ya bastantes vocablos y entenda el sentido de algunas sentencias; pero estos hallazgos fragmentarios no convencan a todos. Por entonces lleg a Pilares el primer fongrafo. Lo haba trado de Pars, en uno de los peridicos viajes de compras, un quincallero apellidado Ortigela. El mecanismo caus gran sensacin. Ortigela di varias audiciones en casas particulares, en el Casino y en la Universidad. Oyndolo, al Estudiantn se le ocurri un ingenioso proyecto, que comunic al punto a los belarminianos y antibelarminianos. Tratbase, nada menos, que de demostrar inequvocamente si Belarmino hablaba un idioma inteligible. Todos aceptaron la presunta demostracin. El proyecto era el siguiente: Se le pedira a Belarmino que viniese a una casa cualquiera y explicase en breves palabras su sistema filosfico. Convenientemente encubierto, se le colocara al lado el fongrafo, y se impresionaran uno o dos cilindros con la disertacin de Belarmino. Al cabo de un tiempo prudencial, se le dira que estaba de paso en Pilares un filsofo forastero, al cual le haban invitado a dar una conferencia en el Casino, y si l, Belarmino, quera orla, puesto que era el nico filsofo de la localidad, que le colocaran en una habitacin contigua al saln, detrs de los cortinajes, desde donde escuchase sin ser visto. De todas estas diligencias se encargara Escobar, el Estudiantn, por ser con quien Belarmino mostraba mayor confianza y estima. Nadie pens que Belarmino pudiese reconocer su propia voz, porque, efectivamente, en aquel aparato todava rudimentario, bien que se distinguiese con claridad las palabras, todas las voces sonaban con el mismo timbre homogneo y ronquecino. Cuando el Estudiantn requiri a Belarmino a que expusiese su sistema, el zapatero replic con dulce irona: --Y qu es un sistema? Quizs lo que usted llama sistema no es lo que yo llamo sistema. Yo, gracias a Dios, no tengo sistema. Lo que usted quiere decir es postema. Tampoco, gracias a Dios, tengo postema. --Bien, bien, Belarmino; confieso que no le entiendo a usted todava. Por eso, precisamente, no me sacio de orle, y deseo que usted nos d una especie de abreviado conjunto o resumen de sus ideas. Si yo no le entiendo, usted me entiende, porque es bilinge, y sabe lo que le pido. Acepta usted? --S lo que me pide, y no tengo inconveniente en aceptar. Pero necesito una semana de meditacin. Cumplida la semana, Belarmino se present en el lugar designado. Dijrase que haba pasado, no una semana de meditacin, sino muchos meses de ayuno; la noble y aguilea faz, tan enjuta, que casi era traslcida; el cuerpecillo, tan reducido y descarnado, que apenas gravitaba sobre el suelo. Entr en la habitacin sin inmutarse, sin mecer una mirada de curiosidad alrededor; se sent donde le dijeron; inclin la cabeza y habl tenuemente, sin accionar ni mudar de tono; concluy y volvi con la misma serenidad y distraccin imperturbables a su cuchitril. Pasaron otras dos semanas. Segn lo convenido, fueron dos estudiantes, socios tambin del Casino, a invitar a Belarmino si quera or, desde un escondite, a un filsofo de paso. --De dnde es ese filsofo?--pregunt Belarmino. --De Kenisberga--respondi uno de los estudiantes, que era muy desenvuelto. --Y cmo se llama? --Cleo de Merode. --Y en qu habla? --Anda, pues en filsofo. Todos los filsofos hablan una lengua especial. Belarmino qued pensativo un punto. Que los filsofos hablaban una lengua especial, ya lo saba l; pero le caba la duda si cada filsofo hablaba una lengua distinta, inventada por l mismo, o si todos hablaban la misma. Si lo ltimo, entonces los filsofos eran, evidentemente, seres privilegiados, que haban llegado a la verdad absoluta por medio de la revelacin directa. --Ir mucha gente?--pregunt Belarmino. --Anda; y las seoras ms guapas y elegantes de Pilares. --Un filsofo para seoras guapas y elegantes? Bueno ser l!-- exclam Belarmino, decepcionado. El despierto estudiante corrigi en un periquete: --Caprichos de las seoras.... Han odo: un filsofo, y se han dicho, pues vamos a verlo; ser un bicho raro. --Ah, ya! --Hay un cuartito que comunica con el saln de actos, desde donde se oye todo divinamente. A ese cuartito irn algunas personas que no gustan de mezclarse con el pblico, por razones dignas de respeto; por ejemplo: Escobar, el Aligator. Cmo se iba a sentar l, con aquella ropa de pordiosero, al lado de las seoras? En suma: que usted viene con nosotros. Belarmino, despus de saber que el filsofo hablara ante seoras, ya no tena inters ninguno en orle. Pero se dej llevar, con resignada indiferencia. Toda la tramoya haba estado tan hbilmente desarrollada, que Belarmino, a pesar de su sagacidad instintiva, no sospechaba ser vctima de un engao. En el cuartito haba unos veinte individuos; los ms conspicuos del belarminismo y del antibelarminismo. Estaban entornadas las maderas del balcn, para que no se introdujese el ruido de la calle. Sentaron a Belarmino muy cerca de un gran cortinn de velludo, color oro viejo. Belarmino pareca sumido en completa insensibilidad, como amputado del mundo de las cosas vivas. Si alguno le cuchicheaba al odo, l no se daba por enterado. El Aligator, por su parte, atravesaba una de sus crisis galvnicas y se estremeca convulso, dando ya por anticipado que la experiencia iba a fracasar. El estudiantillo desenvuelto se acercaba de cuando en cuando al cortinn, detrs del cual estaba apercibido el fongrafo; abra una rendija, inmiscua la nariz, y se volva a decir: Se va llenando el saln, ya est lleno, el filsofo sube al estrado, monsieur Cleo de Merode va a comenzar su conferencia. Oyse el carraspeo del fongrafo, precursor de la emisin de la palabra. El estudiantillo avispado dijo: --Murmullos de aprobacin. Y a todo esto, Belarmino sin entrar en situacin, ausente en remotos limbos del pensamiento. Una voz metlica, ronquecina, nasal, gangosa, de beodo o de fongrafo, rompi a decir: Est el que come ante el Diccionario, en el tole tole, hasta el tas, tas, tas. Belarmino, como si le hubieran aplicado una corriente elctrica, salt sobre el asiento. Palideci mortalmente. En torno a los ojos se le abri ancho y profundo foso de sombra; las pupilas se le desvariaron, abrasadas y resplandecientes. Prosegua la voz, en un curso homogneo, estridente, seguro, inexorable. Belarmino, casi desfallecido sobre el asiento, en arrobo, cara al cortinn, con los brazos abiertos, remedaba las imgenes de los santos que recibieron la gracia de los estigmas. Jadeaba con desmayo y acopiaba sus escasas fuerzas para suspirar de continuo: Claro, claro; qu duda coge? Luego, con intermitencias, como un reloj arbitrario, produca enrgicamente, al concluirse las frases del invisible conferenciante, una a manera de rtmica onomatopeya: tris-tras, tris-tras, tris-tras. Cuando la voz catarrosa e incorprea dijo, con la frialdad de una sentencia fatdica: El sapo no factura la beligerancia, la inquisicin, el pongo y quito de los comensales. El sapo rocia con capullos los globos y zapadas de los comensales. El sapo prohija el tetraedros. El sapo desnuda el tetraedro, Belarmino se oprimi las sienes con las manos, ech hacia atrs la cabeza, sacudindola con insensato y contenido entusiasmo, y murmur entre dientes, mordiendo las palabras: Qu razn tiene! Qu razn tiene! Termin la conferencia. Belarmino se hundi en una especie de marasmo o abstraccin. El Aligator, triunfante, haca guios y visajes, preguntando por seas a los otros qu les haba parecido la experiencia. De los dems, la mayor parte se retorcan, ahogando la risa; algunos enarcaban las cejas y fruncan el labio, remisos en aceptar el valor probatorio de la anterior experiencia. Belarmino se incorpor, con las brumas del ensueo desparramadas todava en las pupilas. --Y dicen ustedes--pregunt--que ese filsofo se llama Meo de Clerode? --Asimismo; Meo de Clerode--respondi, con cara dura, el estudiantino desenvuelto. --Pues es un enormsimo sapo, mucho ms grande an que Salmern. Y Belarmino volvi a su cuchitril, cabizbajo y abismado en preocupaciones. --Y ahora, qu dicen ustedes?--pregunt Escobar, en un arrebato impropio de su natural modosidad. --Que nos hemos redo la mar--respondi el estudiantillo desenvuelto. --Esa es una contestacin festiva, y el asunto es serio--replic severamente el Aligator. --Sin duda--entr a decir un dentista apellidado Yage--, ese zapatero sabe lo que dice y emplea siempre las mismas palabras para los mismos objetos. Esto me parece plenamente probado. Pero se me ocurren dos observaciones. Primera: lo que l dice, a su modo, tiene alguna importancia; merece tomarse la pena de estudiar su idioma endemoniado, para averiguar lo que dice? Segunda: caso que lo que dice es de importancia, qu necesidad hay de inventar un idioma ininteligible para expresarlo? Deseo que me responda a estas dos observaciones usted, seor Escobar, que es persona _prita_. --Respondo. En cuanto a lo primero, me remito a su juicio de usted. Dice usted que yo soy una persona _prita_. Qu quiere usted dar a entender con esta palabra? --Hombre...--tartaje, turbado, el dentista--, eso la misma palabra lo dice.... _Prito_ es el que conoce una cosa. --Entonces, por qu no dice usted conocedor, como la mayor parte de las personas? --Hombre, me pone usted en un aprieto. _Prito_ es tambin el que conoce mejor una clase de cosas. Yo soy _prito_ en odontologa.... --Entonces, por qu no dice usted especialista, como la mayor parte de las personas? --Me envuelve usted, en lugar de aclarar mis dudas. Yo he dicho _prito_ porque he querido dar a entender varias cosas con una sola palabra. --Justamente, eso es lo que pretende Belarmino; dar a entender varias cosas con una sola palabra. Y como las palabras que l saba nicamente expresaban cada cual una cosa, ha inventado un nuevo idioma en que cada palabra indica varias cosas, por lo menos la serie de cosas que producen la cosa ms particularmente designada por cada palabra. --Bien; pero no ha contestado an a mi primera observacin. --All voy. Tengo ya reunido un nmero considerable de vocablos belarminianos y entiendo algunas de sus sentencias. Por ejemplo: en la conferencia de hoy, la frase est el que come ante el Diccionario, en el tole tole, hasta el tas, tas, tas, significa: est el hombre ante el universo, mientras vive, hasta que muere. Esta es la versin literal. --Bueno; pues esa frase es una perogrullada, y no merece la pena perder el tiempo en estudiar el idioma del zapatero, para, en definitiva, venir a averiguar eso. De manera que el diccionario es el universo? Y qu necesidad hay de mudarle el nombre? --Perfectamente. Ese es un reparo que cabe oponerlo a los ms grandes filsofos. Un escritor francs, Stendhal, escribi que l se haba fatigado con larga asiduidad en desentraar el sistema de Kant, para hallar, al cabo, que no encerraba sino lo que todo el mundo sabe por sentido comn. Y en cuanto a variar la acepcin usual de las palabras, le dir a usted que todos los sistemas filosficos deben comenzar necesariamente por esto. Usted cree saber al dedillo lo que significan las palabras intuicin, idea, espritu, voluntad, extensin... no es verdad? --Desde luego, para satisfacer las necesidades de mi pensamiento. --Pues bien; cada una de esas palabras tiene en los diferentes filsofos un significado distinto y tal vez opuesto, y todo porque estos filsofos queran, lo mismo que usted, satisfacer las necesidades de su pensamiento. --Saco en consecuencia que la filosofa no sirve para nada, como no sea para remendar zapatos y andar mal vestido. --Por lo menos, a Belarmino su filosofa le ha servido para ser un santo. En esto estaremos todos conformes. --Pues para hacerse uno santo--replic el dentista, con aire avieso, pensando que la objecin que ahora se le haba ocurrido era irrefutable--no es menester inventar un idioma distinto e ininteligible. --Los santos--respondi el Aligator--, oralmente y en accin, hablan un idioma distinto, que no entienden los que no son santos. Cada hombre que es una cosa de veras, habla un idioma distinto, que no entiende el que no es esa cosa, porque tienen alma distinta. El chaln habla su idioma, el contrabandista el suyo, el suyo tambin el poltico, y el artista, y el ferretero, y el soldado y el dentista. El mundo es como una gran lonja, llena de sordos que aspiran a verificar sus transacciones; todos gritan; hay un horrendo rebullicio; pero como no se oyen los unos a los otros, no se concluye ningn trato. Cuando hubo salido el Aligator, el estudiantillo travieso declar en voz alta lo que todos pensaban para s: --Ese hombre desarrapado est tan loco como el zapatero. Pero en el aire quedaba flotando una verdad difusa y pesada: que Escobar haba triunfado; que Belarmino hablaba un idioma inteligible para l y un tanto para Escobar, y que uno y otro eran personas de especie distinta y acaso de naturaleza superior. A odos de Apolonio llegaron las nuevas de lo sucedido. La envidia es clarividente; pero mira con vidrios de aumento. Apolonio valor clarividentemente el suceso como un triunfo de Belarmino, pero dndole proporciones desmedidas. Para Apolonio, aquello haba sido la consagracin suprema de Belarmino como filsofo, y que de all al acatamiento universal no haba ms que un paso. Apolonio paseaba, nervioso y tremante, zapatera arriba, zapatera abajo, erguida la cresta, amenazador continente, transido de funesta clera. No le faltaba sino que le nacieran espolones. No poda resignarse a la humillacin. Era imprescindible y apremiante demostrar al mundo que su cerebro aventajaba en altitud al de Belarmino, como el cedro al hisopo. En esto entr Novillo. --Qu le ocurre a usted, amigo Apolonio? Parece usted febril. --Don Anselmo, yo le digo: ya la ocasin es llegada que me cumpla como amigo una promesa sagrada. --A ver, a ver.... --En esta zapatera, y lo juro por mi dama, me prometi ust que hara que me estrenasen el drama. --Y sostengo la promesa. Pero es el caso que no ha venido ninguna compaa dramtica. --A pesar de los pesares, el tiempo corre que vuela. Ahora hay una aqu, en Pilares. --Cierto; pero es de zarzuela.--Novillo ya replicaba en verso. Apolonio respondi que a l no le importaba. La cuestin era que le estrenasen el drama. El seor Novillo, como presidente de la Junta de abonados, lo poda exigir. Novillo prometi que lo exigira. Llev consigo el mamotreto, debajo del brazo, y aquella noche, en un entreacto, entre _El monaguillo_ y _Las campanadas_, fu al cuarto del bufo Celemn, director y primer actor de la compaa, y le dijo, a tiempo que le entregaba el manuscrito: --Es preciso que se estrene esta obra. Los abonados lo exigimos. Es de un autor de la localidad. Se trata de un drama, pero la compaa puede representarlo lo mismo. Celemn se qued con la obra para leerla y dar respuesta cumplida al da siguiente. Espritu superficial, como todos los hombres consagrados exclusivamente a dar que rer a los dems, Celemn vi al punto que la obra, representada convenientemente en tono de farsa, sera el mayor xito de risa. Al siguiente da dijo a Novillo que la obra se pondra inmediatamente en ensayo. Apolonio se hinch hasta un punto inverosmil e incompatible con la elasticidad de la piel humana. Asista a los ensayos, como Dios a la obra cotidiana y turbia de la creacin, con aparente inconsciencia. Dejaba hacer a Celemn, como Dios deja hacer a los dspotas y tiranos, sabiendo que la voluntad y autoridad de ellos son intiles, y que la providencia, el designio providente del autor, reside dentro de cada uno de los personajes que juegan el drama, a modo de ley fatal o ineluctable norma de accin. A todo esto, instigada por el malicioso Celemn, haba cundido por todo Pilares la voz de que se correra la gran juerga el da del estreno. Y lleg la sonada ocasin. Muchedumbre de estudiantes estaban distribudos en localidades estratgicas. Llevaban coronas de cebollas, ajos, puerros y otras hortalizas de aroma desagradable y violento; dos lechuzas, varios mucirlagos y otros avechuchos temerosos y repulsivos, a fin de arrojar las coronas sobre el autor y soltar sobre la sala las nocturnas aves, en la coyuntura propicia. Los estudiantes haban determinado que lo ms divertido era fingir grandes extremos de entusiasmo. Desde los primeros versos comenzaron a aplaudir catastrficamente. Apolonio, entre bastidores, escuchando el estruendo, se cerna serenamente sobre los aplausos, como Zeus olmpico sobre los truenos. El malicioso Celemn haba preparado varios trucos grotescos. Haba vestido a los actores de mamarrachos, con percalinas chillonas. Cada vez que sala uno, estallaba un escndalo de risas y palmoteos. En el acto segundo haba un desafo entre el Seor de Oa y Estoiquiz, el tuerto, Seor de Ordua. Celemn dispuso el desafo de manera que uno de los combatientes diera la espalda al foro y el otro al pblico, y arregl, por medio de ingenioso expediente, los calzones del que daba la espalda al pblico, para que en un momento dado se le descosiesen por la parte ms prominente y rotunda y dejasen al aire ciertas interioridades. Y as fu. Cuando se abri el pantaln, reson un aplauso cerrado. En hacindose el silencio, un escudero, que presenciaba el desafo, grit: Aqu! Ayuda a mi Seor! Traigan en seguida un mulo; que se le est viendo el dolor, a pesar del disimulo. No pudo el escudero concluir la cuarteta, porque antes de acabar el tercer verso, el coro de estudiantes interrumpi, ingiriendo un consonante de su cosecha. A la segunda vez, el escudero dijo la cuarteta de corrido. Bien calcul el maligno Celemn lo que haba de ocurrir, y cmo la caballeresca escena cambiaba de carcter y adquira torpe sentido con slo disponer los combatientes en la forma antedicha y rasgar oportunamente la trasera de unos gregescos! Las ms sublimes escenas de Shakespeare se hubieran descompuesto en esta piedra de toque. En el tercer acto, un personaje deca: Para conquistar a Ordua, aunque con gente bisoa, no falt al Seor de Oa sino el negro de una ua. Insistentes aplausos obligaron a recitar media docena de veces la anterior cuarteta, y despus requirieron al autor que saliese al proscenio. Cuando Apolonio progresaba hacia las candilejas, doblando a tiempo la espina, pero sin perder, no obstante, su maravillosa prestancia y pontificia dignidad, una voz emiti clamorosa solicitud: Que nos ensee el negro de la ua...! Truculentos aplausos. La voz perteneca a un estudiante de veterinaria; pero Apolonio, sonriendo por dentro con fruicin, pens: Eres Belarmino, el reptil. Bien conozco tu silbo venenoso. Los aplausos efusivos que han asfixiado tu glosa intempestiva, srvante de leccin y correctivo. Esta noche, el dolor de mi triunfo te asesina. Murete, murete, miserable! Dgase, en honor de la verdad, que en aquellos mismos instantes, Belarmino, el reptil, practicaba peregrinos arpegios con su silbo, pero era en el lecho, durmiendo y roncando a pierna suelta, a par de Xuantipa, y soando que sostena un coloquio exquisito, sentados entrambos sobre las nubes, con Meo de Clerode, el distinguido filsofo de Kenisberga. Al concluir el drama, aclamaciones y ovaciones levantaban humo. Apolonio, frente a la concha del apuntador, reciba el homenaje de la multitud, henchido de vanagloria, pero indiferente en el gesto. Cayeron a sus pies varias coronas de cebollas, ajos y puerros, adornadas con cintas de colorines. l las recogi y acept, antes con resignada benignidad que con solicitud y apresuramiento, figurndose, porque no se haba dignado mirarlas detenidamente, que estaban formadas con tubrculos de plantas odorferas. Y en este momento, los estudiantes dieron suelta a las repulsivas aves nocturnas, las cuales, deslumbradas con la luz del petrleo, revoloteaban de uno a otro lado, chocando en el rostro de los espectadores. Inenarrable tremolina. Las seoras lanzaban alaridos de parturienta; de parturienta, s; pues dos seoras, que se hallaban encintas, abortaron; lo mismo que suceda con las tragedias de Esquilo. Apolonio, con aquella su portentosa ineptitud para percibir la realidad externa, volvi a su casa convencido de que no haba habido, en los anales de la dramaturgia, triunfo como el suyo. Ya en calzoncillos, antes de sepultarse en el camastro, dijo entre s, fijando el dedo ndice en medio de las cejas: El derrotero est trazado. De aqu en adelante, mi ocupacin preferente ser dar forma potica a los dramas que se agitan aqu. Consecuencia de tan hermosa determinacin: que comenz a descuidar el negocio zapateril, a cumplir mal con la clientela, a enajenrsela poco a poco, porque, acosado por las deudas, a causa de las prdidas en el reidero de gallos, acosaba l a su vez a los parroquianos, intentando en ocasiones, por descuido y olvido, cobrarles dos veces la misma factura. Fu por entonces cuando Martnez, antiguo oficial de Belarmino, abri, en la Ra Ruera, hacia la cual parecan sentir querencia todos los zapateros, un establecimiento de calzado mecnico, La Solidez, con gnero de Mallorca, de Almansa, de Barcelona, y anunciaba una remesa de los Estados Unidos. Apolonio consideraba un par de botas como una obra de arte, no de otra suerte que los prncipes del Renacimiento consideraban un libro como una obra de arte. Para aquellos exigentes catadores de Belleza, un libro, aunque en sus partes secundarias se emplease con tiento el troquel, deba estar escrito a mano, aforrado en telas ricas y sellado con joyeles a guisa de broches. Para Apolonio, un par de botas, aunque la mquina interviniese en algunas costuras accesorias, deba estar, en sus articulaciones esenciales, cosido a mano. Cuando los emisarios del cardenal Besarin vieron en casa de Constantino Lascaris el primer libro impreso, burlronse riendo de la estpida invencin, y dijeron: Entre los brbaros tena que nacer la ocurrencia, y en una villa de Alemania. Federico de Urbino se hubiera cubierto de rubor y vergenza si poseyese un libro tan feo como ste. Cuando Apolonio vi el primer par de calzado yanqui, exclam: Esta es invencin de salvajes. Prefiero la alpargata, que al menos est hecha a mano. Esa nueva tienda debe llamarse _La Estolidez_, en lugar de _La Solidez_. Y aventur esta profeca, que hasta ahora ha resultado vlida: La base de la zapatera de lujo es y ser siempre el cosido a mano. Pero no se le ocultaba a Apolonio que La Solidez o Estolidez le amenazaba con una competencia, quiz ruinosa. Martnez llenaba las planas de los peridicos con llamativos reclamos, cosa que Apolonio consideraba indigna del arte verdadero. Adems, Martnez, que representaba la ciencia pura y la aplicada, haba inventado una crema para dar lustre, la crema Zenitram, anagrama obtenido con el apellido del inventor, colocando en orden inverso las letras. En uno de sus reclamos periodsticos, el dueo de La Solidez anunciaba: Todas las cremas conocidas hasta el da estn compuestas conforme a las frmulas siguientes: Aceite de ballena, blanco o rubio.. 45 partes. Aceite de linaza .................. 30 Sebo .............................. 20 Materia colorante ................. 3 a 5 Cera blanca ....................... 2 Alcohol ........................... 2 Y daba hasta otras ocho frmulas. Prosegua: En el establecimiento _La Solidez_, del conocido industrial Claudio Martnez, hay quinientas pesetas, quinientas pesetas!, a la disposicin de quien demuestre que alguna de las cremas conocidas en el mercado no estn compuestas conforme a ninguna de las frmulas anteriores, y otras quinientas, mil!, a quien pruebe que la _crema Zenitram_ no es distinta ni superior a las otras cremas. Con la _crema Zenitram_, el calzado se mantiene fresco y lucido eternamente. Invitamos a los competidores a que ganen las mil pesetas rebatiendo nuestro aserto. Un da entr la duquesa de Somavia en la zapatera de Apolonio, y le habl as, reservadamente: --En la carta que mi hermano Deusdedit me escribi antes de morir, y ya hace de esto nueve aos, me deca que eras un ganso. No aprietes las cejas.... Ya s que eres un artista; pero eso no impide que seas tambin un ganso. Mira, Apolonio; vivimos en tiempos de negociantes, y no de artes ni de filosofas; en tiempo de Martineces, y no de Apolonios y Belarminos. Belarmino, ah est de remendn. S, por fuente fidedigna, que vas mal. A ti te pasar lo que a Belarmino, si no afilas la ua y te sacudes la mangana y la sandez. Soy amiga del hablar claro. Despierta o, desde luego, te auguro que terminaris, Belarmino y t, en un asilo de caridad. CAPTULO VI. EL DRAMA Y LA FILOSOFA. Es tradicin milenaria que en el equinoccio de septiembre el serfico y mansueto pastor San Francisco se siente malhumorado por una vez; descese el cordn, lo blande sobre el cielo a guisa de honda, acuden los rebaos de nubes, revientan los odres donde se guardan los vientos, rmpense las esclusas de las aguas celestes, se embravecen los mares, zozobran las barcas pescadoras, huyen las aves trashumantes, corren las bestias a sus cubiles, guarcense los hombres en el hogar y el corazn se empapa en una tristeza que es como el llanto de las cosas perecederas. Llevaba ya lloviendo un cuarto de luna. Entre el bosque innumerable de menudos y apretados chorros de agua, desde la tierra al cielo, y cuya tupida y abovedada ramazn eran las nubes grises y crdenas, el tembloroso lamento de las campanas basilicales se extraviaba y desfalleca. Era un domingo, noche ya. Apolonio mensuraba la longitud y la latitud del comedor, paseando y sollozando el Spirto gentil, de _La favorita_. Con el mpetu ascendente del musical deliquio, las pupilas haban subido a escondrsele detrs de las bambalinas de los prpados superiores; mostraba unos ojos blancos como los de las estatuas antiguas, y el alma en blanco tambin, al modo de pgina virginal que espera recibir con trazo indeleble los conceptos ms sublimes. Apolonio, en aquellos instantes, flotaba sobre la tristeza del mundo y sobre las nubes luctuosas, como el espritu melodioso de Jehov sobre el caos primieval. --Seorito, que las alubias se pasan--rezong con acritud la asistenta, asomando el morro por una puerta--. Son ya las diez de la noche. --Qu habla usted ah, incivil criatura?--replic Apolonio, con sobresalto. --Digo que son las diez, y que si se cena hoy.... --No se cena hasta que no venga don Pedrito. --Pero es que don Pedrito no cena hoy en casa. --Quin se lo ha dicho a usted? --Mira qu caracho, l mismo; y ainda mais le dej a ust una carta. --Una carta? Dnde est esa carta? --Delante de sus mesmas narices, en la mesa y sobre su plato. Apolonio ley la carta. Deca: Padre, perdn. No he nacido para cura. Me voy con la mujer a quien adoro. Nos casaremos, y confo que, _a pesar de todo_, usted bendecir nuestra unin.--_Pedro_. Y ahora s que Apolonio qued como una estatua, no ya en los ojos, sino en todos sus miembros, y con el alma plida y vaca. Cuando al fin le volvi la sangre a circular, dijo a la fmula: --No se cena hoy. T puedes marchar ya a tu casa. Dame el impermeable. Se dirigi a casa de la duquesa de Somavia, que haba vuelto el da anterior a Pilares, huyendo de la inclemencia, melancola y tedio de la aldea. Llevaba la carta en la mano, sin protegerla de la lluvia. --Qu te sucede, Apolonio?--pregunt la duquesa, alarmada ante aquel hombre como de piedra--. La catstrofe, la quiebra, el embargo? Me lo presuma. --Pluguiera a Dios!--murmur cavernoso Apolonio. Y tendi la carta. --Chico, este papel es una sopa. Se ha corrido la letra y no puedo leer. --Pluguiera a Dios cegarme, antes de haberla yo ledo! Pero ya, qu he de hacer? Ah! Resignarme y perdonar la mano que me ha herido. Apurar esta copa hasta las heces, y leer la carta por dos veces. Y ley la carta a la duquesa. En el fondo, tan en el fondo que ni l mismo se daba cuenta, Apolonio se senta orgullossimo, creyndose en aquellos momentos un personaje trgico de verdad e imaginando inspirar a la duquesa fuerte inters pattico. --Bah! Tem, al verte, que se trataba de algo grave. Sintate. Aunque hay que resolver de prisa, para resolver de prisa hay que pensar despacio. Sintate. Sintate; que fu lo que le dijo Napolen a la reina de Prusia, en ocasin que la soberana, por conseguir un tratado menos infamante, quiso conmover al corso, representndole una escena dolorosa y teatral. Bien saba Apolonio que la tragedia exige hablar en pie y con coturno. Al sentarse, comprendi que estaba peor que en ridculo, humillado, como un dolo al que derriban. Dej caer la cabeza, vergonzoso. --Vamos por partes. T, de seguro, no sabes quin es la mujer a quien adora el desmandado don Pedrito.--Apolonio deneg con la cabeza.--Qu has de saber t, si no vives en la tierra? Ni sospecha tendrs.--Nueva denegacin.--Pues chico, te lo voy a decir yo: es la hija de Belarmino. --Eso no, eso no! Antes la muerte--rugi Apolonio, ponindose en pie, ahora realmente enfurecido--.Yo ya estaba dispuesto a perdonar, a bendecir. Hasta pensaba en los nietecitos.... Pero eso, jams! --A buena parte vas.... Que ya pensabas en los nietos, en seguida te lo cal. Pero, sintate. Claro que no sabes ni sospechas cmo, cundo, a qu hora y por dnde se han fugado, ni se te ocurre el medio de averiguarlo.--Denegacin muda.--De modo que yo soy quien tengo que hacerlo todo. Discurramos con calma. Que Angustias es la raptada, no me cabe duda. S que al pcaro don Pedrito le gustaba la nia, que se vean a menudo en vacaciones, y hasta que le escriba desde el Seminario; pero, la verdad, no cre que iba a perder el sentido hasta ese punto. Cosas de chicos! Quin les pudo ayudar en la fuga? A m no se me ocurre sino una persona: Felicita, la Consumida. --Infame alcahueta! --No digas palabras malsonantes. Eso de la alcahuetera es cosa muy relativa. Todas las mujeres, en llegando a cierta edad, si son amorosas todava, como no estn en sazn de que las amen y ellas no aciertan a vivir sino en la atmsfera del amor, se perecen por proteger y concertar amores ajenos. Es una debilidad disculpable, y ms en el caso de Felicita, que, aunque acecinada, ama, la aman, pero no se le logra la satisfaccin de sus deseos. Angustias iba a cada paso de visita a casa de la solterona, y, si no iba, la solterona enviaba a buscarla. Es pblico en la calle. Tu hijo iba de visita a casa de la solterona. Tampoco sabas eso?--Negativa muda.--Pues, tame esos cabos. La idea de la fuga ha sido inspirada, alentada y en resolucin favorecida por la solterona. Ella lo sabe todo. Cmo sacrselo? Antes de responder, es preciso que declares cul es tu propsito y voluntad. Si te avienes con lo ocurrido, y consientes en el matrimonio. --Jams! Jams! Jams!--interrumpi Apolonio, ponindose en pie. --Sintate, hombre, sintate. Soy de tu opinin. El alocado don Pedrito tiene por delante un hermoso porvenir. Sera una estupidez echarlo a rodar de esa manera. Qu iba a hacer l, sin oficio ni beneficio, casado con una pitusa, hija de un remendn que no tiene sobre qu caerse muerto? Yo no podra aprobar semejante desatino. Queda la cuestin de conciencia, la moral. Yo me ro de lo que la gente suele entender por moral. Eso de la moral debe de ser cosa de herencia, como la escrfula y el herpetismo; yo, por ms que me palpo, no encuentro haber recibido con la sangre de mis antepasados esa moral gazmoa de que otros hacen gala. Reconozco que la chica va a quedar en situacin molesta por algn tiempo, ante los ojos de la gente. Pero vendr el olvido, y vendr muy pronto. El tiempo borra ms de prisa los surcos de la memoria que las cicatrices de la carne. Si vamos a medir con cuidado, ms pierde tu hijo en su reputacin que la hija de Belarmino en la suya. Pero existe una consideracin, de la cual debemos hacernos cargo. Impidiendo el matrimonio, decretamos que Angustias sea una desgraciada? Yo digo que no; eso es pan de todos los das. Sobre todo, si es desgraciada ser por culpa suya, por no tomar la cosa naturalmente. Pero, aun as y todo, estoy convencida que mucho ms desgraciada sera casndose en tales circunstancias, y que dira infinitas ms veces: por qu me habr casado?, de las que ha de decir: por qu estorbaron que me casase? Con eso, mi conciencia se queda tranquila, y no tengo inconveniente en desbaratar ese desatentado casorio. Ahora vamos a sacar a Felicita todas las noticias necesarias. Hemos discurrido despacio, y es ya tiempo de proceder de prisa. La duquesa tir de un cordn de la campanilla y moviliz la servidumbre. A un criado le orden que enganchasen al punto el land, para ir de jornada, quiz toda la noche; a otro le envi a la fonda del seor Novillo a buscarle, que viniese apercibido con saco de viaje, a fin de ponerse sin dilacin en camino (la duquesa saba que Novillo era hombre intil si no llevaba consigo los tintes y adobes de tocador); a Patn le dijo que se vistiese; a otro criado le pidi recado de escribir, y en escribiendo una esquela sucinta (deca: Muy seora ma: por informes indubitables y reservados, s que no es usted ajena a la fuga de Pedrito Caramanzana y la hija de Belarmino. Don Anselmo Novillo sale ahora mismo a la captura de los prfugos. No dudamos que usted nos proporcionar los detalles imprescindibles. Si usted, debido a otras preocupaciones, no recordase estos pormenores que necesitarnos, tendremos sumo gusto en requerir al juzgado para que, sin prdida de momento, le refresque a usted la memoria. Suya afectsima, _Beatriz, duquesa de Somavia_), le despach con la misiva a casa de Felicita. Este criado volvi antes que ningn otro, con la respuesta. Estaba escrita con letra vacilante y temblona, y rezaba: Ilustre seora: Pedrito y Augustias salieron en un coche para Inhiesta, a las cinco de la tarde de hoy. Se idolatran. Quieren casarse. Yo cre ejecutar una accin generosa ayudndoles. Llevan cincuenta duros que les prest; y no es que los reclame. Perdnelos y perdneme, si nos equivocamos, por haber amado tanto. Su sierva, _Felicita Quemada_. --Qu ta chiflada!--exclam la duquesa--.Ese Cupido es el gran enredador. Si yo pudiese, haca con l lo que se hace con los gatos y con los bueyes....--Y solt un ajo enrgico. Lleg Novillo cuando la duquesa se hallaba en aquella disposicin antitaurina y antiamorosa; lleg el criado anunciando que el coche estaba dispuesto; lleg Patn, vestido de jornada, con botas altas y capote. --Qu dispone mi seora?--pregunt Novillo, inclinndose ceremoniosamente, en la mano un saquito que contena impenetrables secretos de alquimia cosmtica. --Que qu dispongo? Estaba diciendo que si de m dependiera, dispondra que no hubiese ms novillos y todos fuesen bueyes; son ms tiles a la agricultura. No pongas en vibracin el hocico. No haba reparado que te apellidas Novillo. No se trata de una alusin personal, sino de una apreciacin de orden general. T eres un novillo inofensivo y adorable. Y ahora, en marcha a Inhiesta. Iris, Apolonio, como padre, y Novillo, en representacin de mi autoridad. Como el don Pedrito es mozo de empuje y ms fuerte que vosotros dos, y adems, se hallar demasiado encalabrinado y consentido para que le separen del pesebre cuando apenas se ha acercado a l, con vosotros va Patn, que es ms bruto que un mulo, y le sujetar si se desmanda. Conque derechos a Inhiesta, y me trais aqu al fugitivo; yo le tendr a buen recaudo los pocos das que restan hasta que comience el curso en el Seminario. Y, cuidado, Apolonio; nada de amonestaciones ni reprimendas. Eso me toca a m. Andando, antes que los fugitivos tomen el tren que pasa maana por Inhiesta. Parti la cuadrilla, como dispuso la duquesa. Llova, llova. En el pescante iban el cochero y Patn. Dentro, Novillo y Apolonio, tiesos, sin cambiar palabra, como dos fetiches llevados a extender el culto a nuevos territorios. As transcurri una hora; una hora prolongada, estirada, adelgazada en una hebra interminable y perezosa, como si estuviese hilada con ritmo lentsimo por las yemas de unos dedos rgidos y entumecidos: los cascabeles de las yeguas. Tras, tras, tras, sonaban los cascabeles, con lento giro, consumiendo en forma de hilo moroso la abultada y sucia madeja de las horas nocturnas, que forzosamente haba que hilar y devanar. Despus de lo que Apolonio calcul como una eternidad de silencio, se atrevi a decir: --No conozco la topografa de la provincia, porque no soy indgena. Ignoro a que distancia est Inhiesta. Novillo sac el reloj y encendi un mixto. --Son las doce. Llegaremos a Inhiesta a las siete de la maana. --Tan lejos.... Pues es cosa que nos acomodemos para descabezar un sueo. --Estoy inquieto, amigo Apolonio. La humedad y el fro me sientan malsimamente. He olvidado traer una manta de viaje. Pero, qu le hemos de hacer? Procuremos dormir. Novillo, a tientas, abri el maletn; extrajo de l un tarro que haba sido de aceitunas y que estaba lleno de agua clara; se sac con disimulo la dentadura postiza y la meti en el tarro. No poda dormirse con aquellos dientes ajenos, porque le mordan, a pesar suyo, la lengua, como si el antiguo propietario viniese, a favor de las tinieblas del sueo, a vengarse del macabro usufructo. Es decir, Novillo se figuraba que, as como los pelos de su peluqun pertenecan, sin duda, a un difunto, que otro tanto aconteca con los dientes. A veces, bajo el influjo de una gran contrariedad, o acongojado por la timidez amorosa, estaba cierto, puesto que reciba la sensacin, de que se le erizaban los cabellos del peluqun. Qu poda ser esto, sino que el espritu del difunto montaba en clera contra el profanador de sus restos mortales? Pero Novillo, con nimo decidido y corazn entero, afrontaba estas escalofriantes escaramuzas con lo sobrenatural y suprasensible, con tal de no aparecer calvo y desdentado a los ojos de Felicita. Despojse Novillo tambin del peluqun; extendi por la cara un Ungento pompeyano, para preservar la piel sin arrugas, y se dispuso a dormitar. Adormilronse Apolonio y Novillo sobre el traqueteo y el cascabeleo. Despertles un silencio, como si de un tirn les hubiesen arrancado la almohada. --Qu pasa, que se ha parado el coche?--preguntaron entrambos a la vez, y tendieron el odo. --Quin eres, chacho?--gritaba el cochero. --Soy Celesto, el zagal de Cachn--respondi una voz. Este Celesto haba sido oficial de Belarmino aos atrs. --De dnde vienes, hom? --De Inhiesta. --A quin llevaste? --A dos amigos mos. --Puede saberse quines son? --No se puede saber. Conque adis, y arrea palante. Y oyse un revuelo de cascabeles, que se dividan en dos bandadas, y cada cual volaba en direccin opuesta. Novillo y Apolonio recobraron la almohada de ruidos y vaivenes, y se adormecieron de nuevo. El primero en despertar fu Novillo. La luz de la maana se deslea ya en el agua turbia de la lluvia. Novillo, antes que Apolonio despertase, retrajo a su lugar correspondiente las apcrifas excrecencias capilares y seas. Un escalofro se le difundi entre cuero y carne: Malo--pens--; he cogido un resfriado. Tanto como me afectan.... Estornud, y al ruido del estornudo Apolonio abri los ojos. Llegaron a Inhiesta a las ocho de la maana, y detuvieron el carruaje en la nica posada del pueblo. --Esos palomos estarn en lo mejor del sueo--dijo Novillo--. Se me parte el corazn, considerando que tengo que cortar un idilio en flor. Pero yo no soy la voluntad; soy el brazo que ejecuta. Hay que concluir cuanto antes y volver a Pilares sin tardanza. Yo acabo de atrapar un resfriado y no quiero que pase a mayores. Una criada de la hospedera, acompaada de Patn, subi al cuarto de los novios. Llam en la puerta con los nudillos. --Quin va?--pregunt el seminarista. --Seorito; alguien le espera abajo. --Que espere; yo no bajo. La criada insisti. Despus de un rato, el seminarista, a medio vestir, sali a la puerta, a fin de despedir airadamente a la criada. Patn lo trinc, le tap la boca, y, en vilo, lo baj y lo meti en el coche. Novillo pag la cuenta a la posadera; y no hubo ms. Arriba esperaba Angustias. Apolonio no quera pensar en ella. Novillo, con su resfriado, no poda pensar en ella. A las cinco de la tarde, la cuadrilla cazadora, con el cautivo, estaban de vuelta en el palacio de Somavia. Novillo fu derecho a su fonda, con un fuerte dolor de costado. La duquesa hizo encerrar al seminarista, dicindole previamente con cierto dejo irnico: --Aqu te estars a buen recaudo, hasta que comience el curso. Medita, hijo, medita, en quietud y a la sombra, la burrada que ibas a cometer, dejando el servicio de Dios y su pinge soldada, por el servicio de una criatura mortal, hija de un zapatero remendn, que ni t ni ella tenis para llevaros un mendrugo a la boca. Don Pedrito, deshecho en amargura, se atrevi a murmurar: --Pero en el Seminario no querrn admitirme. Vaya con el monigote--pens la duquesa--. Eso no se me haba ocurrido a m. Que no te admitirn? Te admitirn, o yo no soy Beatriz Valdedulla. Avis que no desenganchasen el coche, y se hizo conducir al palacio episcopal. Al llegar la duquesa a la portalada, sala el Padre Alesn. Esos mastuerzos se me han adelantado. Se le haban, en efecto, adelantado los Padres dominicos, a cuya Orden perteneca el obispo. --Pero a m no se me encoge el ombligo--murmur en voz audible la duquesa, segn suba las escaleras, par a par de un familiar de Su Ilustrsima, clrigo bisoo y doliente, el cual, oyendo esta expresin extraa y para l inexplicable, fu vctima de un ataque de turbacin tan intenso, que tropez en un peldao y a poco cae de bruces. Qu habr pasado aqu? De qu talante encontrar a ese Facundo, tan estrecho, el infeliz, de mollera? Angustias, al huir, no atrevindose a dejar cuenta de s a Xuantipa, por temor, ni a Belarmino, por amor, haba usado de subterfugio y largo rodeo, adoctrinada por Felicita. El da de la fuga, Angustias dijo a Belarmino y Xuantipa que cenara con la solterona y se quedara en su casa a dormir, como otras noches. A la maana siguiente, el Padre Alesn, sin saber cmo ni de dnde, reciba un annimo, escrito en caracteres que simulaban letra de imprenta. El annimo era creacin literaria de Felicita; pintaba, con recargada sensiblera, los amores desgraciados de don Pedrito y Angustias, hasta el instante en que la pasin avasalladora les arrebataba en un torbellino y les impela al rapto; refera que unos perseguidores desalmados iban a los alcances de los amantes evadidos, con propsito de destruir su felicidad; esbozaba, con trazos al carbn, el cuadro venidero de una doncella sin honor, de todos despreciada, y de un sacerdote indigno, caso que no se les permitiese casarse; y, por eplogo, suplicaba de los Padre dominicos y de los marqueses de San Madrigal que intercediesen con el obispo, con el cual tenan notorio metimiento, para que obligase al descarriado seminarista a cumplir como hombre cabal con la chica. Un sacudimiento vertiginoso y profundo, a modo de terremoto, recorri la vasta humanidad del Padre Alesn. Angustias era algo de la casa; viva a la sombra de la robusta Orden dominicana, como las rosas a la sombra de los cipreses, en los claustros conventuales. Las rdenes religiosas conservan la clausura, ese fuero interno de paz egosta, muro defensivo, inexpugnable fortaleza; gozaron un tiempo el sagrado derecho de asilo, que era como el foso exterior de la clausura, universalmente respetado, y no se resignan a reconocer que lo han perdido, que ya no son inviolables cuantos se acogen a su proteccin y amparo. Para el Padre Alesn no tanto haba sido raptada Angustias cuanto la Orden de Santo Domingo; y, ms sealadamente, los miembros de la residencia pilarense haban sido violados y escarnecidos. Se impona la justa sancin, la reparacin adecuada, que no poda ser otra sino que don Pedrito perdiera la carrera y se casase con Angustias. El voluminoso dominico, con el annimo de manifiesto, fu a ver a don Restituto y doa Basilisa, que, en su sentir, tambin haban padecido una pequea violacin. Los seores de Neira haban hecho poderosas ddivas a la dicesis, y el obispo les estaba obligado. De comn acuerdo, el matrimonio y el fraile determinaron pedir al obispo, con humildad, pero con energa, que obligase al seminarista a cumplir la ley de Dios y la ley de los hombres. Hasta la hora de comer, Belarmino y Xuantipa no supieron nada de la fuga. Xuantipa, que se haba convertido en una beata rabiosa, vena de pasar tres horas en la iglesia de San Tirso. El Padre Alesn les cont el suceso y les infundi esperanza en el desenlace feliz. Belarmino se llev las manos al corazn, dobl la cabeza y solloz. Xuantipa, con alegra diablica en el semblante, di libertad a la hiel que tena almacenada: --La hija del pecado vuelve al pecado, que es su elemento. A m tanto se me da que se case como que no se case. Es ms: digo que Dios no querr que se case. --Calla, lengua de escorpin--dijo, irritado, el fraile--. De qu te aprovecha la frecuentacin del templo? --Aprovchame--respondi Xuantipa, descarada--para conocer la justicia de Dios. --Aviados estaramos--replic el fraile--si los fallos divinos se ajustasen a tu jurisprudencia. Esto de la jurisprudencia fu como una losa de plomo que cayese sobre la lengua de Xuantipa. Por la tarde, el Padre Alesn visit a Su Ilustrsima. El obispo se mostr en todo conforme con el dictamen de su hermano en religin. El fraile sali radiante. Cuando l sala, la duquesa entraba. --A qu debo el honor de ver a mi seora la duquesa por esta humilde casa?--dijo el obispo, con galantera, haciendo un paso de pavana, que le sentaba muy mal. --Por lo pronto, que se retire este joven cacoquimio, que no quiero testigos de vista--dijo, nerviosa, la duquesa, sealando al tmido y doliente familiar. --Manoln, ausntate. Y ahora, a qu debo en esta humilde casa....? --Djate de resabios de fraile y lugares comunes. Qu hablas ah de humilde casa, si es una de las mejores de la ciudad? --Bien, pero la humildad la habita. --Eso lo veremos bien pronto. --A qu debo la honra...? --Y t lo preguntas? No lo adivinas? Pues debieras saberlo, puesto que acaba de salir de aqu ese cachalote.... --No sea usted cruel, seora; el pobre Manoln un cachalote.... --No te hagas ms tonto de lo que eres; me refiero al Padre Alesn. --Ah! --Ah! Te has quedado boquiabierto. Pues yo vengo a lo mismo que el fraile. Qu habis hablado? --Seora, no olvido mi pasado, mi niez. En lo que yo pueda servirla, como hombre, la servir. Como pastor, como prelado, cumplir con mi deber, con entera independencia. Si usted me pregunta cosas de mi vida, le responder; si cosas de mi ministerio, me ver obligado a desairarla, y la culpa no es ma. --Pide el bculo y dame cuatro palos; ya no te falta ms que eso. Pastor naciste y pastor eres, gracias a quin? --Al duque, su esposo; no lo niego. --Como pastor te conduces, y todos, al parecer, para ti somos borregos. No quieres decirme lo que has hablado con el fraile? Te lo dir yo, que a m no me duelen prendas, Facundo. Habis hablado de don Pedrito y Angustias. Queris casarlos. Qu monstruosidad, qu aberracin, qu...--y solt un ajo mondo, lirondo y sonoro--. Lo que no podrs negarte es a darme razones. --Mi seora duquesa: las razones son clarsimas. De una parte, ese mancebo ya no est en condiciones de ser un buen sacerdote. De otra parte, una muchacha honesta ha sido seducida, deshonrada, ha perdido su virginidad, y el que se la arrebat debe devolverle la honra. --Voy a contestarte por lo ltimo, que es lo que me hace ms gracia. Qu risa! Hablas de la virginidad como los nios hablan de las hadas o como las personas mayores hablan de tesoros escondidos. T que eres un sabio naturalista, qu me dices de la virginidad de los insectos? Qu me dices de la virginidad del _draco furibundus_? No se llama as? --No se trata de insectos, sino de cristianos. --Ay, Facundo! T, como vives en las Batuecas, no te has enterado de que el mismo valor tiene la virginidad entre cristianos que entre insectos. --Ave Mara Pursima! No desvare, seora. --Afirmas que a esa muchacha le ha sido arrebatada la virginidad. Lo juraras? La has examinado t, antes del rapto? Has presenciado el despojo? --Calle, calle, seora; se lo ruego. --Qu he de callar.... Me gustan las cosas claras. Es que la verdad te asusta? La duquesa aguard. El obispo no supo qu contestar. Comenzaba la dama a dominar al prelado. La tctica era la de siempre; aturdirlo, aturullarlo. Fray Facundo miraba a la seora, con pupilas recelosas y enconadas, resuelto a no entregarse. --Quin ha empleado primero esa palabra? Has sido t o he sido yo? T has dicho que a esa chica le haba sido arrebatada la virginidad. Y lo has dicho con tanto aplomo y firmeza como si hablases de un timador a quien hubieses visto robando la cartera a un transeunte. Y si resultase que no hay tal timador ni tal robo, sino dos amigos, y que uno, del todo libre y con la mejor voluntad, le da la cartera al otro? No se te ha ocurrido esto? --Se me ha ocurrido, seora, lo que se le habr ocurrido a toda persona pura y religiosa: que se han ido solos un hombre y una mujer, y que, en consecuencia, el hombre ha deshonrado a la mujer. --Los que la deshonris sois vosotros, las personas puras y religiosas. De manera que vuestra pureza se acredita mediante la facilidad con que inventis actos impuros; vuestra religiosidad se cifra en la aptitud maliciosa para imaginar el pecado. Qu grosero materialismo! Qu cabeza tan atormentadas y lbricas debis de tener las personas puras y religiosas! Parecer uno de esos reservados que hay en las barracas de feria, con figuras de cera, para hombres solos. De manera que en vuestra cabeza no tiene cabida la idea de que un hombre y una mujer viajen juntos muy limpiamente y muy decorosamente. Ya me librar de que me acompaes t en un viaje. Qu horror!... Te estoy viendo como un stiro.... --Seora duquesa...--suplic el prelado, casi con lgrimas en los ojos. --No te atortoles, Facundo. He ido demasiado lejos; pero era en chanza. Ya s que se te puede dejar impunemente en el serrallo del Gran Turco o en el coro de las once mil vrgenes. Vamos al grano. Quiero concederte que esa chica ha sufrido cierta modificacin, y que despus del viaje no es la misma que antes del viaje. Pero, hombre de Dios!... Esa es una modificacin insignificante. Si le hubieran cortado el pelo se le notara ms. Y luego, y es por lo que no paso, a esa ligera modificacin la llamas deshonra Qu exageracin y qu absurdo! Mis antepasados posean el derecho de pernada, y aquellas doncellas sobre las cuales ejercan el derecho lo tenan a mucha honra. Y tus antepasados, quiero decir los obispos de entonces, sancionaban aquel derecho, sin escandalizarse ni hacer melindres. Fray Facundo se tap los odos y exclam en un arranque de coraje: --Con todo respeto, seora duquesa.... Yo no puedo or tales cosas.... Aguard la seora a que el obispo descubriese las orejas, y dijo: --No me vengas, Facundo, con escrpulos de monja. Si no quieres orme, rebteme con razones sensatas, y yo me callar. De lo contrario, tendr que pensar que eres un estpido o que ests obcecado. --Seora: reconozco que usted es mucho ms lista que yo y que pone las cosas de manera que no acierto a responder; pero, como la respeto y la estimo, estoy seguro que usted, en su conciencia, reconoce que yo tengo razn y que usted defiende, con mucha habilidad, una mala causa. --Adis con la colorada! Zahor me saliste, Facundo. Chico, no he venido a que me echases las cartas y me adivinases el pensamiento. He venido, yelo bien, a impedir ese matrimonio. Por todos los medios; por las malas, si no lo logro por las buenas. --Por las malas, seora? Qu puede temer un siervo de Dios? --Si t fueras solamente un siervo de Dios, quizs no tendras nada que temer. Pero eres tambin siervo de tu vanidad y de tu ambicin, y por lo tanto, eres siervo de los dems, sobre todo de mi marido y mo. La duquesa esperaba ver inquietarse a fray Facundo; por el contrario, el obispo respondi con calma: --Es verdad; siervo, esclavo, en tanto no se me ordene algo contra mi conciencia. --Quieres que tu sobrino salga diputado. Eso no va contra tu conciencia. Pues no saldr. Y agrrate bien la mitra, que corre peligro de carsete, o, si te parece mejor, te enviaremos a que la escondas en la Repblica de Andorra, o en una dicesis _in partibus_, en donde estars como Quevedo, o como el alma de Garibay. La duquesa llevaba la de perder, habiendo perdido ya la serenidad. --No concibo que la seora duquesa sea capaz de tomar esa venganza mezquina, mxime cuando al negarme ahora a complacerla, estoy evitando que la seora duquesa se haga responsable de una accin indigna. --Chico, te desconozco. Me has atacado ahora por el punto vulnerable. Tienes razn. Yo sera incapaz de tomar una venganza mezquina; mezquina por lo que a m respecta, que, en lo que te atae, t no la considerarlas mezquina. Tambin creo que siempre que est en tu mano te tomas la venganza. Yo no. En eso nos diferenciamos los nobles de los que no lo son. Pero no tienes razn en calificar de accin indigna el impedir ese matrimonio. Lo he pensado bien. Es lo ms conveniente, para l y para ella, que el matrimonio no se realice. Es lo ms conveniente en todos los sentidos, incluso el religioso. Dijiste al principio que el muchacho ya no est en condiciones de ser un buen sacerdote. En eso ests equivocado. Ahora s que est en condiciones; ahora, que ha gustado el dulzor y el dolor de la vida. Dios prefiere a los pecadores arrepentidos. Recuerda a San Pablo, a San Agustn. Quin te dice que, cooperando a ese matrimonio disparatado, no destruyes en germen un futuro padre de la Iglesia? Y ahora se me viene a las mientes una gran idea. No podramos meter a la chica en un convento? Qu solucin tan santa daramos al conflicto!... En tu mano est, Facundo, un gran beneficio o un gran dao. Decide. --Qu gusto me da, seora duquesa, orle razones que yo entiendo. Me hace usted vacilar.... El prelado permaneci pensativo. La duquesa dijo entre s: Esta pieza est cobrada. Cuidado que me di guerra. La amenaza fu el baln que le hiri en mitad de la pechuga. El prelado meditaba, bajos los ojos, dando vueltas con una mano a la cruz de topacios que penda sobre su morado pecho. Cuando alz los ojos, pronunci estas palabras: --Ese matrimonio tiene que consumarse. Si no es conveniente, Dios lo impedir. --Es tu ltima palabra, Facundo? --Es mi ltima palabra. --Buen chasco me has dado.... Salgo volada. --Ya se presentarn ocasiones sobradas de complacerla. --Quia! Beatriz Valdedulla no te volver a pedir un favor. No te incomodes en salir a despedirme. En medio de su contrariedad, la duquesa experimentaba una sensacin aplaciente y alegre. Esta visita--iba pensando al bajar las escaleras del palacio episcopal--me ha servido para apreciar mejor a Facundo. Es un hombre de voluntad y obra conforme a su conciencia. Lstima que tenga tan poca sal en la mollera. Antes, le compadeca; ahora, casi le admiro. De todas suertes, la duquesa estaba resuelta a no consentir el matrimonio, convencida de que resultara desdichadsimo. Entretanto, mantuvo prisionero a don Pedrito, y di tiempo al tiempo. Angustias, al verse sola y desamparada en Inhiesta, escribi a su padre: No te dej porque no te quisiese, padre. Escapamos slo para estar seguros de casarnos, padre. Queramos que usted viniese luego a vivir con nosotros, padre. Pedro le quiere a usted tanto como yo le quiero, padre. Padre, me lo robaron. No s lo que me pasa, padre. Quiero volver con usted, padre. Esta carta se cruz con otra que Xuantipa haba escrito a Angustias de sobremesa, fresca an la noticia de la fuga y en el primer impulso de la iracundia: No vengas a manchar esta santa casa. Esconde tu vergenza en donde nadie te encuentre ni te conozca ni nos conozca. Cuando Belarmino recibi la carta de Angustias, rompi a llorar y a rer. Besaba el papel con ahinco, y sollozaba: Hija de mis entraas, hija de mis entraas, como las madres. Subi a ver al Padre Alesn, a preguntarle si vendra Angustias. --Pues no ha de venir? Viene a casarse. Maana mismo, a primera hora de la maana, iremos a buscarla yo y otro Padre de la comunidad. --Vendr, vendr--sollozaba Belarmino sin dejar de sonrer y con los ojos mojados. Al llegar los frailes a Inhiesta, Angustias haba desaparecido. La duea de la hospedera les entreg un papel que la nia haba olvidado en la habitacin. Era la carta de Xuantipa. --Si esa mujer est aqu--dijo el Padre Alesn despus de leer la carta--, le juro a usted, Padre Cosmn, que la estrangulo entre mis manos; tanta es la clera a que me mueve su infame proceder. Pobre nia, pobre criatura; perdida ya para siempre! Y esto mata a Belarmino, a nuestro loco inofensivo y serfico. Tendremos que inventar un engao caritativo. Dios no nos lo tomar en cuenta, en gracia a la buena intencin.--Y en el rostro de aquella mole ingente, que era el Padre Alesn, se difunda una ternura hmeda, lacrimosa, as como el sol derrite la nieve en la cima de las altas montaas. El engao caritativo del Padre Alesn fu decirle a Belarmino que Angustias, por el bien parecer, se alojaba en un convento, hasta el da del desposorio, y que, por lo pronto, para evitar situaciones difciles, lo ms prudente era que no se viesen padre e hija. El Padre Alesn llam a Xuantipa a solas, la hizo sentarse, e inclinndose sobre ella, para amedrentarla por la masa y como si fuese a anonadarla, le dijo: --Mujer infernal, est usted condenada sin remisin. No le ha bastado a usted martirizar sin piedad a su marido. Ahora ha precipitado usted en el abismo a una criatura inocente. Gcese usted en su alegra satnica! Est usted condenada sin remisin. Al Padre Alesn, para ser todo lo imponente que l pretenda, le faltaba la voz tonante. Pero como la Xuantipa tena tanto miedo al infierno, oa la voz de flautn del fraile como si fuese una trompeta del juicio final. --Seor, perdn...--balbuca, temblorosa. --Cllese usted, boca sulfrea. Para que su gran delito le sea perdonado, tendr usted que hacer firmsimo propsito de enmienda y prometerme que nunca, nunca, con ningn motivo, dir usted a Belarmino una palabra desabrida ni le mentar la hija, ms que hija, aunque no lo sea de la carne que usted le ha hecho perder. Xuantipa sali, en efecto, anonadada, con el espanto metido en el cuerpo para lo que le restaba de vida. Y llova sin cesar en la vieja ciudad de granito, y haba pesadumbre, lgrimas y duelo hasta en las almas empedernidas. Conque qu sera en las almas tiernas y sensibles? Felicita llevaba ya tres das sin ver a su adorado Novillo; los tres nicos das seguidos de ausencia en muchos aos. Por mucho que lloviese, Novillo no dejaba de venir a la Ra Ruera, bien provisto de chanclos de goma, polainas de cuero, un impermeable con capucha y, adems, un paraguas abierto. Se guareca en un portal, y all montaba la centinela a la soberana de su corazn. Qu habra sucedido ahora? Felicita, arropada en una toquilla de estambre y con zapatillas de orillo, se pasaba horas y horas, del da y de la noche, inmvil, reseca, sea, color de cera, en el mirador de cristales; pareca una momia en la vitrina de un museo, entre flores ajadas, como de trapo, y pajarillos inmviles por el fro, como disecados. De vez en vez, transitaba una mujeruca, con el refajo de bayeta amarillo limn levantado, a modo de mantellina, sobre la cabeza, calzada con almadreas, que levantaba en las losas un eco funerario, como si caminase sobre tumbas vacas. Qu le sucedera a Anselmo? Estara enojado? Sera contrario al matrimonio de don Pedrito y Angustias? Habra averiguado que el annimo al Padre Alesn era obra de Felicita? Dios mo, Dios mo, qu incertidumbre congojosal Felicita lloraba silenciosamente, deseando la muerte. No dorma; no coma. --Coma algo, siquiera un huevo pasado por agua--le deca Telva, la sirvienta--. Mire que ya est demasiado flaca, y si no come, los huesos le agujerearn la piel. --Ojal me la agujereen como criba y el alma se me salga como trigo pasado. Para qu quiero el alma en el cuerpo? Para qu me ha servido? Quin ha querido comprarla, como buena simiente? Estas retricas desoladoras dejaban a Telva perfectamente fra. Deca para s: La seorita est ms loca que un vencejo. Al cuarto da de ausencia, Felicita no pudo resistir ms, y envi a Telva a la fonda del Comercio, a que averiguase discretamente qu era de don Anselmo Novillo. Al volver, solt de sopetn y sin prembulos lo que saba. --Pues don Anselmo est muy malito con pulmona. Felicita cay con un soponcio. Al recobrar el sentido, aunque casi sin fuerzas para sostenerse, pidi el abrigo, la mantilla, las botas.... --Qu va ust a hacer, seorita? --Volar a su lado. --Repare que es un hombre soltero y ust una mujer soltera, y lenguas ociosas murmuran si ustedes tienen o no tienen. --Es mi prometido. No reparo en el qu dirn. El corazn tiene sus fueros, por encima de todos los respetos humanos. No puedo dejar al hombre a quien amo morirse solo y abandonado en la triste habitacin de una fonda. --Si es por eso, no se moleste. Don Anselmo est bien atendido. Tiene una sierva de Jess, y la seora duquesa y el seor Apolonio no se separan de su lado. Adems, no se trata de morirse, por lo que yo pude entender. Sintese, sosiegue, tome algo; una taza de tila. Felicita se tendi, desmadejada, sobre un sof; los ojos, dilatadsimos, clavados en el cielo raso. --Telva. --Seorita. --Anda a ver cmo sigue. --Seorita, si acabo de venir de all.... --Obedece. Vete a ver cmo sigue. Pregunta todos los detalles. Telva se fu, refunfuando. --Qu ruido es se?--murmur Felicita, incorporndose estremecida--. Parece que clavan un atad. Parece que cavan una fosa. Pero eran unas almadreas, en la calle. Felicita se tendi nuevamente en el sof. --Qu ruido es se?--murmur Felicita ponindose en pie, transida de terror--. Parece que moscardonea un enjambre de espritus. Parece que se oyen voces del otro mundo. Pero era el viento en las rendijas. Felicita volvi a acostarse en el sof. --Qu ruido es se?--murmur Felicita, cayendo de rodillas, desvariada--. Se oye murmurio de preces. Se oye chisporrotear de cirios. Rezan la recomendacin de un alma. Anselmo ha muerto. Anselmo ha muerto. Pero era el ruido de la lluvia en los cristales. Al entrar Telva, Felicita oraba, de rodillas. --Don Anselmo sigue un poquito mejor. Felicita palpaba a la sirvienta: --Sueo? Eres t? Soy yo de carne? No somos fantasmas? Telva responda mentalmente: T de carne? Puro hueso, y ya muy duro. Pantasmas? No ests mala pantasmona.... Felicita prosegua: --Has hablado? Me figur or una voz? Qu me has dicho? --Que don Anselmo sigue un poquito mejor. --Trae aceite, todo el aceite que haya en la cocina.... --Al fin se decide usted a comer algo. --Trae una gran fuente. Trae la caja de lamparillas. Trae las velas que haya en casa. Encima de la cmoda haba una imagen de la Virgen de Covadonga. Felicita encendi una gran iluminacin delante de la imagen. De rodillas, rogaba: --Seora, slvalo! T fuiste virgen sin mancha, pero te casaste. Slvalo, Seora! Seora, t estuviste casada y tuviste un hijo. Slvamelo, Seora, para que nos casemos, aunque yo contine virgen y no tenga ningn hijo! Felicita sinti que el pecho se le llenaba de confianza. Volvi al sof. Inclin la cabeza, pensando: La Seora me lo salvar, y nos casaremos. Es una bobada que continuemos as. Pausa mental. He ido demasiado lejos al decir ala Virgen que no me importa no tener hijos. Me gustara mucho tener hijos. La verdad es que, lo que se dice prometer, no le he prometido a la Virgen no tener hijos. La Seora me habr entendido. --Telva, vete a ver cmo sigue don Anselmo. --Seorita, si acabo de venir de all.... --Obedece. Vete a ver cmo sigue. Telva parta ya, refunfuando. --Telva, no te vayas, no me dejes sola. Tengo miedo. Despus de una pausa: --Vete, s, Telva; vete. Sacar fuerzas de flaqueza.... No te vayas. Tengo miedo, tengo miedo.... --Bueno, qu hago? Como no me parta en dos. Felicita se ech a llorar. --Yo qu s, yo qu s. Prteme en dos a m; deja una parte muerta aqu, y lleva la parte viva contigo. Llvame en brazos, escondida, como una criatura.... --Seorita, est ust perdiendo la chaveta. Vaya, tranquilcese. Llore, que el llanto le har bien. Era ya de noche. Felicita, llorando, cada vez con desconsuelo ms dulce, resignado e inconsciente, se adormeci como un nio. Estaba tumbada en el sof. Telva no quiso disturbarle el sueo, y la dej a solas, rezongando: Cuando despierte, ya se meter en la cama. Jess con el seoro, y qu aficin a los pantalones!... Felicita despert de madrugada. Por el balcn se efunda una claridad lvida e inanimada, como aurora de ultratumba. Las velas sobre la cmoda se haban consumido. Las pocas lamparillas que todava alumbraban se extinguan con un estremecimiento incorpreo, al modo de leve recuerdo dorado. Felicita sinti que una mano invisible le apretaba el corazn. No poda respirar. Cant un gallo. Una voz de timbre increble reson en la cabeza de Felicita: Es la hora en que Lucifer cae al averno y las almas de los justos vuelan a Dios. Felicita lanz grandes alaridos. Acudi Telva, a medio vestir. --De prisa, de prisa, acompame. La sirvienta dud si sujetar por la fuerza a su ama; pero era tal el brillo que fosforeca en los ojos de Felicita, que Telva obedeci. Salieron a la calle. Llova reciamente. Iban resguardadas bajo un enorme paraguas aldeano, de color violeta. --Pero, adonde vamos a estas horas? Es pronto an para misa de alba. Felicita no la oy. Telva insista. Felicita dijo, como hablando para s: --Anselmo est agonizando. Llegaron a la fonda del Comercio. Estaba abierta y haba un camarero de guardia. --Don Anselmo se muere--dijo Felicita. --S, seora, espicha sin remedio--respondi el camarero. --Voy a su habitacin. Enseme el camino--orden Felicita. --Es el caso que no se consiente que entre nadie. No est el horno para bollos. --Yo entro porque tengo ttulos para entrar. No hay quien tenga ms derecho que yo. Enseme el camino. O no me lo ensee. No necesito gua. Ir derecha a su lado. --Aguarde, seora. Voy con ust, para avisar y anunciarla. Quin digo que es ust? --Felicita, nada ms que Felicita. Novillo se hallaba en las ltimas. De una parte, a la cabecera de la cama, permanecan, en pie, Apolonio y Chapaprieta, el capelln de la casa de Somavia, en la mano, y con un dedo entre los folios, el libro donde haba ledo la recomendacin del alma. De la otra parte, una monja le enjugaba el sudor que resbalaba a hilos de la frente y de la calva. El peluqun se vea suspendido en un boliche de la cama. La dentadura postiza estaba sumergida en un vaso de agua, sobre la mesilla de noche. Sin dentadura ni peluqun, la piel flcida, verdosa, negruzca, color de corambre, los ojos soterrados, barba y bigote blancos, Novillo no conservaba traza de su pretrita fisonoma. Lo nico que le quedaba del aejo esplendor era el abultado abdomen, enarcndose bajo las sbanas. Aquel hermoso corazn, tan trabajado por el amor contenido, no quera seguir rigiendo. Novillo se asfixiaba. Un practicante, junto a la monja, le daba a respirar de un baln de oxgeno; y en verdad, no se saba si el baln estaba inflando a Novillo o si Novillo estaba inflando al baln. Novillo no haba perdido la conciencia. De tiempo en tiempo levantaba los brazos y los dejaba caer pesadamente. Otras veces entreabra con esfuerzo los carnosos prpados, y enviaba de sus ojos, profundos y tristes, miradas de agradecimiento a los que le rodeaban. Cuando el camarero repic a la puerta, la duquesa buscaba una medicina entre los frascos del tocador. Haba tomado en la mano un pomo que deca: La onda del Leteo. Tinte indeleble para el cabello, y pensaba: Voy a probar yo este tinte. Probablemente se lo ha enviado el carcamal de mi marido. Al or el repique en la puerta, hizo un ademn a los otros para que no se movieran, y sali ella a abrir. --Quin es? --Felicita--respondi el camarero. La voz con el nombre lleg a odos de Novillo. Le acometi un temblor intenso. Con movimientos torpes e intiles tenda las manos hacia el peluqun y la dentadura postiza. La duquesa, que haba cerrado de golpe la puerta, observaba a Novillo. --Que no me vea as...--tartamude Novillo, con soplo delgado y apenas perceptible. Entonces, la duquesa sali, cogi por un brazo a Felicita, la arrastr lejos, hasta una habitacin vaca, le hizo sentar de golpe, y dijo: --Usted se est quieta aqu. --Mi puesto es a su cabecera, para recoger su postrer suspiro. Que nos casen _in articulo mortis_. Se muere. --Por desgracia, as es. Y si usted le quiere, lo menos que puede hacer es dejarle morirse en paz. --No morir en paz si no me tiene a su lado. --Se engaa usted. Anselmo no quiere que usted le vea en este trance. --Falso! Calumnia! Lo ha dicho l? --l lo ha dicho. --Imposible, imposible...--grit Felicita con frenes--. _Articulo mortis. Articulo mortis_. --Seora, no levante usted escndalos, que estn durmiendo los huspedes; ni me haga perder ms tiempo. Ya le explicar ms tarde. Y sali la duquesa, dejando encerrada a Felicita. Novillo muri una hora despus. Antes de morirse, llam por seas a la duquesa, y ya con lengua moribunda, dijo: --Felicita... perdn... no casarme... amado, amo... muero... amo... ella. Cerraron los prpados a Novillo, le sujetaron la mandbula con un pauelo, le entretejieron los dedos de las manos, y todos de rodillas, condolidos, tocados de lstima y simpata, rezaron brevemente. La duquesa, con acento profundo y uncin de responso, pronunci lentas palabras, como si meditase en alta voz: --El duque no volver a encontrar un servidor poltico tan humilde y, al propio tiempo, tan osado. Parece mentira que este hombre temible en las elecciones, que a todos sacaba ventaja en maquinar un chanchullo y sacarlo adelante por redaos, fuese, en el fondo, la criatura ms simple, candorosa, sentimental y asustadiza. Cosas de la vida...--y, despus de una pausa, aadi--y de la muerte! Descansa en paz, Novillo bueno; Novillo fiel; Novillo amante! La duquesa fu a comunicar la triste nueva a Felicita. En ausencia de la duquesa, una idea singularmente brillante y afilada se haba hecho presente, con viva luz y penetrante dolor, en el alma de Felicita. Anselmo ha atrapado la pulmona, o mejor dicho, la pulmona ha atrapado a Anselmo..., y aqu la imaginacin de Felicita se figuraba materialmente la pulmona como un vampiro o ave nocturna que volaba en la tiniebla, entre lluvia y viento. Prosegua pensando: La pulmona ha atrapado a Anselmo cuando iba a Inhiesta en persecucin de don Pedrito y Angustias. Si stos no se escapan, la pulmona no sorprende a Anselmo. Yo les prepar la escapatoria. Luego yo soy la culpable de la muerte de Anselmo. Yo soy la asesina; yo le he matado a traicin. Yo misma.... Debo presentarme al juez. Yo le he matado; s, le he matado.... Acercse la duquesa y, antes de que abriese la boca, Felicita se le adelant: --Ya s lo que me va a decir, seora duquesa. Lo s y no quiero or de fuera la acusacin. Estoy convicta y confesa. Llvenme a la crcel, denme vil garrote. Yo le he matado.... --No delire, pobre mujer. Revstase de fortaleza para escucharme. Le traigo un manjar amargusimo; pero con un granito de dulzura y de consuelo. --No hay consuelo para m. Yo le he matado y l me acus del crimen; por eso no quiso recibirme antes de morir. --Si Anselmo no quiso recibirla, fu por amor a usted, porque deseaba que usted guardase de l un recuerdo grato y atractivo, y no la imagen deplorable y triste a que la enfermedad le haba reducido. Esta fu la razn. Antes de morir me confi para usted un mensaje: que le perdonase por no haberse casado, que la haba querido siempre y que mora en el amor a usted. Estas fueron sus ltimas palabras. Unos instantes de estupor. Felicita qued como congelada, yerta. Perdi voluntad y continencia. La carne, tan flaca y reseca, se le agriet, y, por las hendeduras, se derram en clamorosos raudales lo ms secreto del alma, lo que rara vez se escapa del misterio de la conciencia: el tutano del espritu, que tiene miedo a la luz y a las palabras. --Me apeteca, y yo le apeteca...--grit Felicita, desbaratando el peinado y dando suelta al cabello, caudaloso y negro, lo nico joven y hermoso que posea--. Por qu no habl? Qu hablar? Un gesto, un solo gesto, un movimiento de ojos, el ademn de un dedo, la sea ms leve, y yo me hubiera arrojado en sus brazos, me hubiera entregado a l, me hubiera abrasado y anonadado de amor, me hubiera deshecho en besos apasionados.... --Felicita, repare usted que, en las habitaciones vecinas, hay huspedes y le estn oyendo a usted. --Lo proclamo a la faz del mundo. Que me oigan los cielos y la tierra; Dios y Satans. Enviar un comunicado a los peridicos. Todo, todo, todo; la vida, la fortuna escasa que tengo de mis padres, el bienestar, la honra, todo lo hubiera dado por un segundo, nada ms que un segundo, de amor. Para qu quiero la vida? Para qu la fortuna? Qu bienestar es el mo? De qu me sirvieron la honra y la doncellez? La duquesa medit: Felicita piensa de modo distinto que el obispo acerca de la doncellez. Me gustara que el pobre Facundo la oyese. --Reprtese, Felicita--amonest la duquesa--. Tiene usted razn; pero nada se enmienda con lamentaciones tardas. Felicita cay en una especie de alelamiento, que dur poco. --Quiero ver a Anselmo--dijo, ponindose en pie. --No apruebo el capricho--coment la duquesa--. Recibir usted una impresin demasiado desagradable. Obstinse Felicita, y la duquesa cedi. De camino, Felicita iba diciendo: --El suelo huye bajo mis plantas. Las paredes ondulan. El mundo se descuartiza y los trozos van rodando por el aire. Estos raros fenmenos o alucinaciones en que Felicita se vea envuelta, a causa, tal vez, de la debilidad, se exageraron cuando entr, en el cuarto mortuorio. Parecile que la descomposicin y descuartizamiento de que era vctima el mundo se verificaban con mayor saa y absurdidad, como obedeciendo a un designio diablico, en el cadver de Anselmo Novillo. El cabello se le haba despegado del cuero y se balanceaba sobre un boliche de la cama. Los dientes, parejos y pulqurrimos, haban saltado, con encas y todo, desde la boca hasta un vaso de agua. El vientre, enorme y pavoroso, ascenda, a punto ya de romper las amarras que le unan al resto del cuerpo. Felicita dej escapar un ay! desgarrado, y se cubri los ojos. Como el duque de Ganda ante el cadver de la emperatriz, Felicita decidi all mismo no volver a enamorarse de imgenes mudables, perecederas, y consagrar a Dios su doncellez. El alma humana es grande porque, como todo lo grande, se compone de pequeeces sin nmero. Por eso, en las crisis de dolor, en que el alma gira necesariamente sobre s misma, sucede acaso que el eje de rotacin es una pequeez ridcula. Felicita, a los pocos das de su doncellil viudez, fu a visitar al Padre Alesn, a fin de instruirse en lo ataedero a la regla monstica de las diversas rdenes religiosas femeninas, y tambin de una ridcula pequeez, que era para ella extremo de suma importancia: los hbitos que visten cada cual. Felicita saba que algunos hbitos eran preciosos, y aun elegantsimos, si es lcita esta expresin profana. De estos dos puntos, la regla y el hbito, dependa la eleccin de Felicita. Al entrar en casa de los Neira, extra no ver a Belarmino en su cuchitril. Dnde estaba Belarmino? El Padre Alesn haba dicho a Belarmino que Angustias vivira, hasta el da de la boda, en el convento de las Carmelitas, en las afueras de Pilares. Belarmino solicit permiso para ir por las tardes a pasear en torno al convento. --Siempre que usted me prometa no intentar ver a su hija, yo le concedo permiso. Belarmino prometi y cumpli. Los primeros das llova irremisiblemente. Belarmino llegaba chapoteando en las charcas, cubierto de lodo, se guareca en el porche del convento, y all, encuclillado, como filsofo, dejaba pasar las horas. Oase el trmolo de un harmonium. El sonido descenda, y luego llegaba a lo largo del silencioso pavimento hasta l, a menudos y leves saltos, como los pjaros cuando caminan por la tierra. Oa los cantos monjiles. Belarmino se aplaca en el canto religioso: _ne impedias musicam_, dice la Escritura. Quizs Angustias canta tambin; le habrn enseado--pensaba Belarmino. Y haca esfuerzos por desenredar la voz azul de Angustias de entre la madeja polcroma del coro. No, no cantaba Angustias. Si cantase, el rayo nico de su voz hubiera penetrado en el alma penumbrosa de Belarmino, como penetra un solo haz de los rayos del sol a travs de la ojiva en una iglesia. Luego, serense el tiempo. Era la sazn otoal, de color de miel y niebla aterciopelada y argentina, a manera de vello, con que la tierra estaba como un melocotn maduro. Por encima de las tapias del huerto conventual asomaban los negros y rgidos cipreses, que eran como el prlogo del arrobo mstico, el dechado de la voluntad erctil y aspiracin al trance; y los sauces anmicos y adolecientes--en la regin los llaman desmayos--, que eran la fatiga y rendimiento, eplogo dulce del mstico espasmo; y los pomares sinuosos y musculosos, las ramas, de agarrotados dedos, mostrando rojas y pequeas manzanas, que no sugeran la imagen del pecado, sino a lo ms de un pecadillo. Para los ojos, todo era paz en el huerto conventual; para el odo, la querellosa algaraba de los gorriones vespertinos. Belarmino se sentaba al pie de las tapias y contemplaba las praderas, de velludo amarillento, que vahaban un aliento tenue y opalino. Tambin l tena un alma rasa y suave de pradera, esfumada en neblina. Entre la neblina interior pensaba y senta, sin usar ya de palabras ni signos representativos. Senta que su hija no haba estado antes en el convento, que le haban querido engaar, por caridad. Es decir, no le haban engaado; se haba engaado l mismo, y se haban engaado los dems. Pero, ahora, su hija estaba ya en el convento. Cmo as? Fuera de l--pensaba--no exista nada. El mundo era una ilusin de los sentidos, un espejismo de la imaginacin. El mundo de fuera era creacin aparente y engaosa del mundo de dentro. Belarmino, entonces, resolvi poner en orden de paz y hermosura su mundo interior, y, por lo tanto, el mundo exterior, que no es sino eco o imagen sensible del otro. Ahuyentara o ignorara los espectros recnditos, que, de vez en cuando, se entrometen a perturbar el buen concierto de las potencias del alma y anublar la clida luz del corazn; esos espectros que, aunque ofuscaciones de la imaginacin, se proyectan sobre el mundo exterior en forma de figuras odiosas y agresivas, como si de veras existiesen en carne y hueso, y son slo alucinaciones. Belarmino resolvi que Xuantipa ya no exista; que no exista Bellido, el usurero; que no existan Apolonio, ni su hijo, el seductor de Angustias; que no haba existido el rapto--cunto trabajo le cost suprimir de su alma esta pretendida alucinacin o realidad ilusoria...!--. Angustias, sa s que exista; como que la haba concebido y creado l; era la hija de su alma y de sus entraas: no haba de existir? Exista y estaba, por librrima y unnime voluntad, suya y de su padre, recoleta en las Carmelitas, adonde la haban conducido el desprecio del mundo exterior y aparente, en el cual ella tampoco crea, y el ansia de una absoluta y perfecta serenidad. Por algo Angustias era hija de Belarmino. Y Belarmino acuda todas las tardes a pasear alrededor del convento de las Carmelitas, a comunicarse, por vas misteriosas e inefables, con su hija imaginaria, enteramente engendrada por l, en su alma paternal, tierna y creadora. Entonces fu cuando Belarmino abandon la profesin filosfica, y ya no remend ms zapatos. Antes, cuando se vea a Belarmino, haba que pensar: San Francisco, el de Ass, deba de ser una persona semejante, en el rostro. Ahora, Belarmino era cabalmente el remedo animado del San Francisco, de Luca de la Robbia; puras y pueriles facciones, ojos vitrificados, anchas las sienes. Tambin Platn tena las sienes anchas. Los frailes y los seores de Neira dejaban a Belarmino en libertad, que viviese a su gusto, como inocente criatura de Dios que no poda hacer dao a nadie. Una de sus ltimas enseanzas consisti en un a manera de aplogo, muy breve, que confi a Escobar, el Aligator, y que ste tuvo la suerte de poder traducir en lengua vulgar. Dice as: Una vez era un hombre que, por pensar y sentir tanto, hablaba escaso y premioso. No hablaba, porque comprenda tantas cosas en cada cosa singular, que no acertaba a expresarse. Los otros le llamaban tonto. Este hombre, cuando supo expresar todas las cosas que comprenda en una sola cosa, hablaba ms que nadie. Los otros le llamaban charlatn. Pero este hombre, cuando, en lugar de ver tantas cosas en una sola cosa, en todas las cosas distintas no vi ya sino una y la misma cosa, porque haba penetrado en el sentido y en la verdad de todo; al llegar a esto, este hombre ya no volvi a hablar ni una palabra. Y los dems le llamaban loco. CAPTULO VII. PEDRITO Y ANGUSTIAS. Despus del largo sermn de las siete palabras, la noche del Viernes Santo, don Guilln tena la voz tomada, hendida, un poco estridente. Haba sido actor, durante dos horas, y ante un auditorio de reyes, infantes y dems tropa palatina, en el drama de los dramas: la pasin y muerte del Hombre-Dios. Su rostro no se haba despojado an de la persona o mscara trgica. No quiero dar a entender que don Guilln fuese un histrin, y que, despus del gran esfuerzo hipcrita sobre el proscenio, al volver entre bastidores, fingiese hallarse dominado todava por el espanto y rigidez patticos, y no poder recobrar la elasticidad y movilidad de los msculos de la expresin. Polus, actor griego, cuntase que, representando _Electra_, de Sfocles, sac a escena la urna con las cenizas de su propio hijo, porque el sentimiento de su dolor fuese sincero y comunicativo. De seguro don Guilln, al representar aquella tarde el drama del Calvario, haba conducido en la urna recndita del corazn las cenizas de su propia vida; cenizas ardientes an. Horas despus, todava los ojos, las mejillas, la boca, la posicin de cabeza, torso y brazos, eran como signos grficos de fcil interpretacin, en donde se poda leer un traslado de las divinas palabras: _Tristis est anima mea usque ad mortem_; triste est mi alma hasta la muerte. Yo pens que si don Guilln perseveraba en aquel modo de espritu, no proseguira narrndome la interioridad de su vida. Record lo que l me haba dicho la noche anterior: que su padre, Apolonio, crea, de conformidad con la sapiencia bdica, que cada hombre lleva su destino escrito en la frente, con caracteres invisibles. Acaso, pensaba yo, los caracteres que don Guilln lleva escritos en la frente no son por entero invisibles, y la diversidad de sus nombres bautismales indica correspondiente diversidad de personalidades. Y as, esper que, pasado un lapso de tiempo prudencial, la personalidad del hombre sereno y expansivo se sobrepusiese a la del hombre apasionado, triste y taciturno, y que don Guilln reanudase su cuento. Le habl, por favorecer el trnsito, de cosas indiferentes a su preocupacin actual, pero no tan indiferentes que resultasen frvolas o necias. Advert que la cerrazn de la mscara trgica se abonanzaba. Se insinu una sonrisa. Era el advenimiento del hombre efusivo. --Anoche--dijo al fin don Gilln--comenc a contarle innumerables futesas, sin inters o de muy escaso inters. Pero este asomo de inters se desvanecer si dejamos truncada la historia. Anoche me desped de usted desde las puertas del Seminario conciliar de la dicesis de Pilares. Ahora, le invito a entrar conmigo. Doce aitos de estancia; pero, no se asuste usted. Comprimiremos estos aos hasta dejarlos reducidos al volumen de un cuarto de hora. La consideracin del tiempo por venir mete miedo; y, sin embargo, el tiempo no ocupa lugar; pero no nos damos cuenta de que no existe hasta que ha pasado. Nos afanamos por apoderarnos de prisa, de prisa, trozo a trozo, del gran bloque del tiempo venidero, y estamos en la situacin de un avaro que no hiciese sino guardar onzas de oro en un arca, y que cada onza se le desvaneciese sin llegar al fondo. Fjese usted en la impropiedad del lenguaje, en lo que respecta al tiempo y a la edad de los hombres. Se dice: Este nio tiene muy pocos aos, o este viejo tiene muchos aos. Qu disparate! El nio es el que tiene muchos aos y el viejo el que tiene pocos aos, poqusimos, quizs meses, quizs das, quizs horas, porque el tiempo pasado ya no existe. Aquellas consideraciones, aunque sutiles y originales, no me parecan pertinentes. Lo que yo quera conocer no eran las ideas de don Guilln, sino su vida y sentimientos. Le ataj, con cauta irona: --Tiene usted razn. No presuma que en los seminarios enseaban a discurrir de esa manera sinttica y plstica, por paradojas. [Nota: DISQUISICIN DE DON GUILLN ACERCA DE LA POESA DEL BREVIARIO] --Qu han de ensear...!--exclam don Guilln, rindose alegremente--. Comprendo, comprendo.... Quiere usted darme a entender que le he metido en el Seminario para un cuarto de hora solamente y que no desea usted dilatarse en este lugar ni un minuto ms de lo imprescindible. Pues ya se ha cerrado la puerta a nuestra espalda. En las narices, en los ojos, en los odos, en la lengua, en el tacto, en el alma, recibe usted una impresin de verdn, lo que en Pilares llaman verdn; ese moho fofo y viscoso que nace, junto con las lombrices de tierra, en los rincones hmedos, sombros y silenciosos. Estaremos en uno de esos rincones un cuarto de hora justo; viviremos luego cien aos, y no se despegar de nuestros sentidos aquella sensacin de verdn, de cardenillo vegetal, de fro en los tutanos y de contigidad con exanges lombrices, dctiles y ondulantes cirios de cera amarilla. Estos cirios eran, claro est, mis compaeros. Los ms provenan de extraccin humildsima, de las breas y entraas del terruo labriego; pertenecan a familias de aldeanos pobres, con el peculio preciso para pagar a uno de los varones la modicsima pensin del Seminario, por entonces poco ms de una peseta diaria; eran de una raza intermedia entre la pura animalidad y un rudimento de especie humana. Qu facies y qu cogote, seor...! Haba colodrillos perfectamente planos y obtusos, en cuya intimidad no era posible que cupiese un cerebelo. Otros colodrillos eran exageradamente apepinados y piramidales. Yo me preguntaba: Dnde se les va a situar a stos la tonsura, si no tienen espacio? Algunos de los dueos de estos colodrillos se sientan hoy a mi lado en el cabildo catedral; todos ellos estn revestidos de autoridad, e imperan, en alguna medida, sobre el rgimen privado de las familias y el rgimen pblico de la sociedad. Lo curioso es que aquellas selvticas y fornidas criaturas, de frente angosta, cejas unidas, ojos montaraces y piel bronceada, apenas entraban en el Seminario adquiran el color incoloro y exange de la lombriz y de la cera. Y lo cierto es que, aunque muy mal (garbanzos agusanados, lentejas entreveradas con guijas, sebceos pendejos de carne, queso ratonado, avellanas y nueces vanas), coman mejor que en sus casas. Inexplicable fenmeno! ramos unos doscientos. Entre tantos, por de contado que haba hijos de familias mejor paradas de hacienda; de menestrales prsperos, de tenderos y tal cual de la clase media. De estos ltimos haba un Estanislao Correa, hijo de un procurador de los Tribunales, tmido y delicado como una virgen o como un lirio, al cual llamaban, groseramente, por mofa, San Estanislao de Cuesco, y le amargaban de continuo la vida. Qu brbaros! Tambin yo pas mis malos ratos. Lo que sealadamente les molestaba era que yo no perda los buenos colores. Siempre fu tan coloradete como ahora soy. Los ms cerriles y pobretones caan sobre los que tenamos algn dinero, nos los ordeaban por las buenas o por las malas, y despus de sobornar a los criados les encargaban sustancias de comer y de beber, sobre todo vino blanco. Eran aficionadsimos al vino blanco. Como estaba prohibido el vino en el Seminario ni se consenta tener botellas, servanse, para guardar el vino, de un expediente repugnante: lo metan en orinales, y de ellos beban, a modo de cuenco. Dormamos en grandes dormitorios comunes, que casi nunca barran. El suelo estaba sembrado de mondas de castaas, naranjas y otros frutos, segn la estacin. Algunos de los medianos, y aun de los mayores, por la noche se escapaban de mozas, como all se deca. Solamos asistir los dems a la escapatoria; quiero decir, al acto de escaparse. El Seminario, por la parte de los dormitorios, caa sobre un profundo barranco, ya en las afueras de la ciudad. El prfugo tena que ser mozo recio y de cabeza firme contra el vrtigo. El instrumento de la evasin se aparejaba con no menos de veinte sbanas, que algunos de los seminaristas, procedentes de pueblos costeos, unan por medio de nudos de marinero. Cules veces, por embromar al juerguista, le retiraban la escala de sbanas y no se la echaban sino de maana, con el tiempo preciso para que se presentase a la primera inspeccin, hacindole pasar varias horas de congoja en el barranco, entre maleza e inmundicia, acaso bajo la lluvia. Pues en aquel ambiente se estaban incubando los futuros ministros de Dios. Cuntos tenan vocacin? Cuntos se haban encaminado al Seminario siguiendo una voz interior persuasiva, una estrella ineludible? Yo les oa contar chascarrillos de curas de aldea, de lo mucho que tragaban, de lo majamente que vivan, de los amores con que se distraan, del respeto y obediencia que se les tena; y se refocilaban de antemano con la esperanza de arrastrar una existencia a lo regalado y holgn en una parroquia rstica, con el ama y la sobrina, pues casi todos profesaban, terica y cnicamente, la poligamia. Tena yo vocacin? No s si, por reaccin y enojo contra mis compaeros, llegu a estar convencido de sentir una gran vocacin. A ratos soy muy sentimental. Entonces, lo era mucho ms. Los oficios cannicos, las ceremonias del culto, el canto del rgano, el resplandor de las luces, el misterioso recato de las imgenes; todo esto me enterneca y agitaba hasta los posos del alma, y tanto ms en la medida que iba entendiendo el latn. Verdaderamente, la liturgia de la Iglesia catlica es muy bella, muy bella, muy sensual, a propsito para temperamentos delicadamente voluptuosos. Leyendo vidas de santos, y sobre todo de santas, se observa que los arrebatados fervores y movimientos msticos del alma coinciden con las edades crticas: la pubertad y la menopausia. A este fenmeno, un materialista le dara un sentido bajo y torpe; dira que el sentimiento religioso es una emocin sexual disfrazada. Para un espiritualista, el fenmeno tiene una explicacin ms natural y profunda. Puesto que en esas edades crticas el cuerpo, con infatigable tenacidad, impone su hegemona sobre el alma, es natural que en los seres de fina textura espiritual, el espritu intente divorciarse desesperadamente de la materia y oponer a las precarias y fugitivas apetencias de la carne un objeto absoluto e incorruptible, adonde se concentren los anhelos elevados, y de l extraigan los ms puros e inefables deleites. Se me dir que esto no acontece sino a las naturalezas enfermizas y anormales. Concedo. Pero es que la inteligencia extraordinaria, los sentimientos nobilsimos y fuera de lo comn, la peregrina aptitud para producir belleza, no son anormalidades, enfermedades, como la perla es una enfermedad de la ostra? La materia en equilibrio, en inercia, es realidad a medias. La materia en transformacin, en descomposicin, es realidad ntegra, porque est creando vida y nuevas energas. Y la energa es el elemento espiritual del universo. Yo, sin jactancia, qu jactancia puede caber en esto?, soy un hombre bastante normal y equilibrado. Pero mucho ms equilibrados eran mis cerriles compaeros. Yo asista a los oficios con emocin, aunque sin subir al deliquio ni al arrobo; ellos estaban como los perros en misa. Durante los cuatro primeros aos de seminario, en los cuales se estudia con preferencia el latn, me apliqu a dominar esta lengua: ellos concluyeron los cuatro cursos sabiendo menos latn que un toro de Miura. Yo tena aficin a los idiomas. El francs haba comenzado a ensermelo la duquesa. Luego, por mi cuenta, perfeccion su conocimiento. Me inici tambin en el ingls. Mis nicas distracciones eran el estudio y la lectura, cosa inexplicable para mis compaeros. Mi lectura favorita, los himnos del Breviario. Ahora tiene usted que perdonarme si le hablo con alguna extensin del Breviario. Sus himnos han infludo de tal suerte en mi vida...! Me s muchos de memoria, y he traducido algunos en lengua castellana. Lstima que yo no sea un buen poeta! Los espaoles no conocen la poesa cristiana. Los grandes poetas franceses, Corneille, Racine y otros, han vertido los himnos del Breviario en deliciosos versos franceses. En la manera de amar y preferir declranse espontneamente las personas y desnudan su alma. El ardiente Corneille traduce siempre al ardiente San Ambrosio; Racine, ms cerebral y refinado, traduce a Prudencio, meticuloso artfice de la poesa litrgica. En la segunda estrofa del himno a Laudes, de la quinta Feria, dice Prudencio: _Volvamus obscurum nihil_, y en la tercera estrofa: _Ne noxa corpus inquinet_. Racine, en estos dos versos, crey ver un como remoto antecedente de la esttica de Boileau, y tradujo, respectivamente: _Et que la vrit brille en tous nos discours_, y _qu'un frein legitime--Aux lois de la raison asservisse les sens_. Yo no s de ningn gran poeta espaol a quien se le haya ocurrido ungirse con el leo denso y aromoso de la poesa cristiana. Los himnos ms primitivos y arcaicos eran los que con ms dulce violencia me movan los afectos. Ya desde aquellos primeros aos de seminario me he atrevido a pensar que la Iglesia cristiana, en el curso de los siglos, fu mudando de condicin; de potencia espiritual y apostolado de caridad social, se troc en potencia poltica. Con esta mudanza, lo que gan en podero e influencia lo perdi en eficacia y estabilidad, porque todas las potencias polticas son perecederas, por ser odiosas. Aquellos himnos originarios e infantiles correspondanse con las almas simples e inflamables que los cantaban a coro en los humildes templos. Aquellas almas inocentes y piadosas consideraban decoroso y prudente que los clrigos viviesen con mujer, y la Iglesia consenta el concubinato eclesistico. Por qu la Iglesia, pensaba yo entonces, no ha de permitir ahora el matrimonio de los clrigos? Cuntos daos se evitaran.... Y lo pensaba, no porque yo sintiera deseos, ni estuviese enamorado de mujer alguna, sino porque miraba y compadeca a mis compaeros. El enamoramiento vino despus; y el Galeoto, el Breviario. El primer cantor cristiano fu San Ambrosio de Miln, cuyo corazn era como un grano de incienso entre brasas. Un autor dice que San Ambrosio ense a la lengua latina a orar. En el himno _Aeterna Christi munera_, que se canta a maitines el da de los Apstoles, se expresa as San Ambrosio: _Devota sanctorum Fides, Invicta spes credentium, Perfecta Christi charitas Mundi triumphat principem._ En vosotros, la fe religiosa de los santos, la esperanza invicta de los creyentes, la caridad perfecta de Cristo, triunfa sobre los prncipes del mundo. No es admirable de sencillez y de claridad? Nada de autoridad ni potencia poltica. Fe, esperanza y caridad, esto es, amor gracioso y no debido. Estas tres virtudes teologales le bastan al cristiano para triunfar sobre los caducos principados de la tierra. Tal era la misin social y espiritual de la Iglesia primitiva, de la Iglesia apostlica. El da de los apstoles San Pedro y San Pablo, consta en el Breviario un himno compuesto por Elpis, siciliana, mujer del filsofo Boecio. Este himno se canta en el Vaticano, con msica de Palestrina, por un coro numerossimo, sobre la tumba de San Pedro, bajo la cpula de Miguel ngel. Dice la ltima estrofa: _O felix Roma, quae tantorum Principum Es purpurata pretioso sanguine: Non laude tua, sed ipsorum meritis Excedis omnem mundi pulchritudinem._ Oh Roma afortunada, ests enrojecida con la sangre preciosa de aquellos mrtires (prncipes cristianos). No por tus esplendores, sino por sus mritos (los de ellos), excedes la hermosura de todo el mundo. No est aqu claramente acusada la contraposicin de la Iglesia primitiva, como potencia espiritual, frente al fausto de las potencias temporales y caedizas? Sin duda, debe de ser magnfico, imponente y maravilloso el aparato y circunstancias de contorno con que actualmente se canta este himno en Roma; pero, qu diran Boecio y su mujer si levantasen la cabeza? No se impaciente usted, que vuelvo en seguida a mi historia; pero estos prembulos son esenciales. No le hablar a usted de las diferentes recensiones, refundiciones y manejos que el Breviario padeci a manos de sucesivos pontfices, porque esto, probablemente, no le interesa, y, aun cuando le interesase, aqu estara fuera de lugar. Slo quiero decirle que la segunda edicin tipo del Breviario fu publicada bajo Clemente VIII, con el concurso y direccin del cardenal Belarmino. Recordar usted, anoche se lo refer, otro Belarmino, zapatero y filsofo, padre de una chiquilla amiga ma, Angustias. Pues bien: yo no poda por menos de ver en el cardenal Belarmino algo as como la paternidad putativa o adoptiva del Breviario. El nombre de Belarmino aparece con frecuencia, y no me era dado eximirme de esta idea caprichosa. Por otra parte, yo me haba enterado que Belarmino, el zapatero, no era padre, en la carne, de Angustias, sino padre putativo o adoptivo. l deca profesar la filosofa, pero yo digo que tena mucho de poeta; as como mi padre, Apolonio, que deca profesar la dramaturgia, tena mucho de filsofo. Extraa y misteriosa asociacin de ideas y sentimientos se fu operando poco a poco en mi espritu; la poesa del Breviario, la esencia indecible, penetrativa, mareante, que brota de sus melodas y se adhiere para siempre en el corazn donde se derrama, eran la misma poesa y esencia que se exhalaban del alma de Angustias, la nia que en su candor y pulcritud pareca una rosa dilecta del Hacedor Supremo. El Breviario me traa, no ya la presencia espiritual de Angustias, sino tambin la presencia sensible. El Breviario abunda en locuciones e imgenes de extremada visibilidad y plasticidad, y lo que no resida en la virtud plstica y evocadora del Breviario, lo supla mi imaginacin adolescente. Adems, los melodas litrgicos, enamorados congojosos de la castidad, hacen a menudo grandes gestos de conjuro para ahuyentar las visiones impuras. Estos recios conjuros son, sin duda, de sumo provecho para lustrar y aquietar las almas donde se encierran recuerdos de la propia experiencia impura, en las cuales las imgenes torpes son, o recuerdos materiales, o fragmentos de recuerdos, aderezados y embellecidos por la fantasa. Pero en las almas blancas, vrgenes de experiencias y recuerdos, los tales conjuros, lejos de ahuyentar visiones turbadoras, que no existen, las sugieren. Como ya le he indicado ms arriba, los himnos del Breviario nacieron en diferentes perodos de la vida de la Iglesia: unos, al perodo infantil y mozo, que son los de la Iglesia primitiva; otros, al perodo adulto y de madurez, y otros, poqusimos, al perodo senil, que es un perodo estril. Como quiera que la substancia de la poesa es, necesariamente, el amor, as tambin los himnos litrgicos son expansiones de amor, de un amor sobremanera copioso y ambicioso, puesto que aspira a un objeto absoluto e incorruptible. Se advierte que los himnos de la Iglesia primitiva y moza estn inspirados en un amor concebido en el corazn, y los de la Iglesia ya madura, en un amor concebido en la cabeza. Contra lo que piensan y dicen las inteligencias superficiales, es ms natural en el mozo ser inclinado al pesimismo y a la desesperacin, que no en el hombre maduro, como lo prueban los suicidios, que la mayora son de personas jvenes. Chamfort habla de un joven que, a pesar de no tener edad para conocer el mundo, estaba tan triste como si ya lo conociese todo. Liviana observacin; pues por eso precisamente estara tan triste. Para el joven inteligente y sensitivo, el mundo es un caos sumido en lobreguez. El joven posee deseos vastos, quiere poner orden y luz en las cosas, un orden suyo, a la luz que de su propio corazn dimane. Esta luz, luz y lumbre, claridad y ardor, es el amor. Si alguien de fuera, el espritu malo, extingue esta luz, el mundo se ha derrumbado irremisiblemente. Tal era la psicologa de la Iglesia primitiva; tal era la ma, en los cinco primeros aos de seminario. Miedo a la tiniebla, al fro caos, al soplo del espritu malo; deseo desesperado de luz, de calor, de amor. Todos los primeros himnos del Breviario son un clamor continuo y angustioso hacia la luz. Cada vez que yo lea, con el corazn en suspenso: _claritas, lux lucis, lux refulgens sensibus, lucis aurora rutilans_; claridad, luz de luces, luz que ilumina los sentidos, rutilante luz auroral..., vea en presencia la imagen de Angustias, y exclamaba, con San Ambrosio: _os, lingua, mens, sensus, vigor--confessionem personent_; que resuene mi confesin de amor en mi boca, en mi lengua, en mi mente, en mis sentidos, con todas mis fuerzas. Cuando lea: _Virgo super omnes speciosa, flos, dulcedo_; doncella ms gentil que todos, flor, dulcedumbre; o como deca Prudencio, aquel esteta de la Iglesia antigua: _Thesaurus et fragans odor--Thuris Sabaei ac myrrheus_; tesoro, aroma fragante del incienso sabeo y de la mirra..., vea en presencia la imagen de Angustias. Otras veces, cuando lea el conjuro de San Gregorio el Magno a la concupiscencia: _Absint faces libidinis--Me foeda sit vel lubrica--Compago nostri corporis_; lejos de m las antorchas de la libidinosidad; que la sucia lubricidad no se asiente en las articulaciones de mi cuerpo..., la imagen de Angustias se me presentaba ms linda, cndida y adorable que nunca, y mis brazos, involuntariamente, se tendan para asirla contra mi pecho. Y cuando lea en San Fortunato: _Membra pannis involuta--Virgo mater alligat--Et manus pedesque et crura--Stricta cingit facia_; de cmo la Virgen madre envuelve en paales los torpes miembros del recin nacido y le cie con vendas las manos, los pies, las piernas..., vea tambin a Angustias, con un hijo; y mi corazn se derreta de ternura. Preguntbame, en la soledad de mi conciencia; son stas malicias de Satans, que me inducen a imaginaciones impas? O son, por el contrario, insinuaciones divinas con que se me hace patente que debo servir al Seor antes como buen casado que como sacerdote melanclico? Consult con el confesor, el cual respondi afirmativamente a la primera pregunta; eran malicias de Satans, que yo vencera sin esfuerzo. Sin esfuerzo.... Mi confesor era un santo varn, albino y adiposo, que no tena ni sospecha de lo que fuese un esfuerzo. Sin embargo, me atuve al consejo y parecer del confesor, sabiendo que la voz de Dios busca a manera de instrumento en donde articularse esas almas huecas y limpias, que son como albogues de madera sana, no obstrudos, resecos, ni agrietados; y me esforc, con qu frentico ahinco!, en rechazar de mi frente y de mi pecho imgenes y blanduras amorosas. Pero cuanta mayor era mi diligencia, con tanta ms insidia, suavidad y mimo me perseguan, me cercaban, me penetraban. Alcanc el pice doloroso de este estado de espritu cuando cursaba el quinto ao de seminario y primero de filosofa. Acentuse el malestar a medida que se acercaban las vacaciones. En las vacaciones posteriores a los dos primeros cursos, y aun en las del tercero, Angustias era todava una chiquilla, y yo, aunque prematuramente apersonado con mi temo de pao negro, un mozuelo. Nada tena de particular que reanudsemos cada esto la aeja amistad, si bien no tan asidua, porque nos faltaba Celesto, el aprendiz, el cual, al pasar Belarmino a zapatero remendn, haba entrado de zagal en una cochera de carruajes de alquiler. A pesar de la separacin, el zagal conservaba mucho afecto a Belarmino, a Angustias y a m. Mi trato con Angustias era del todo inocente. Mi pasin no se me hizo patente hasta el cuarto curso de seminario. Aquel ao, al salir del Seminario, hall a Angustias hecha ya una mujercita. La primera vez que nos cruzamos en la calle, me sent tan turbado que no acert a moverme ni a hablarle. Comprend que me pona plido como un muerto. En todo aquel verano no nos dirigimos la palabra. Siempre que nos veamos, yo me pona plido y ella encendida. Y as lleg el quinto ao de seminario, nueve meses de martirio; y sal nuevamente de vacaciones. Me espantaba tener que volver a ver a Angustias. Estuve tentado de rogar a la duquesa que me permitiese pasar las vacaciones en su casa de campo, aunque fuera como fmulo; pero desist en un principio. Y ocurri que una solterona, llamada Felicita Quemada, que viva dos puertas ms abajo de mi padre, y que cuando nio me sola llevar a merendar a su casa, un da que nos tropezamos en la calle me dijo: Querido don Pedrito, ests hecho un guapo mozo, un hombre hecho y derecho. Ante todo, no te enojar que te siga tratando de t. Para m, siempre sers un nio, aunque te hagan obispo de la nsula Barataria. Pero, vaya, que eres un mozo garrido. Lstima que vayas para cura, que si no, las nias andaran detrs de ti despepitadas. Y aun as y todo..., quin sabe? Es decir..., yo creo saber.... Pero, cambiemos de palique. No s por qu no has de venir por mi casa, como otros aos, como siempre. Cierto que yo soy una mujer soltera y t un guapo galn, y hay lenguas de avispa; pero esto no debe importarnos, porque quien a m me importa s que no lo toma a mal, y adems eres ya medio cura, y los curas tienen va libre en todas partes. Conque maana te espero a merendar.... Y fu al da siguiente. Aquella mujer era vctima de un amor imposible, y no pudiendo dar feliz trmino a su amor, se pereca porque todas las dems criaturas del universo se confundiesen en estrecho e indisoluble abrazo amoroso. Su charla era bastante para marear a cualquiera, pero aquella tarde, lo que realmente anduvo a pique de hacerme caer sin sentido, no fu la forma, sino el fondo y asunto de su charla. Aunque muy velado y desmenuzado en minsculas alusiones, que entreveraba y envolva entre vanas parrafadas, vino a decirme que Angustias estaba locamente enamorada de m y que no poda vivir sin m. Yo no ignoraba que Angustias vena con frecuencia por casa de la solterona, y que a veces dorma all. Volv por la casa. A cada merienda, la solterona se clareaba ms. Un da me propuso que me reuniese all mismo con Angustias; ella lo preparara bien y nadie lo sabra. Me negu, en redondo, Dios sabe a costa de cunto esfuerzo y agona. Y mi confesor me persuada que cercenar las inclinaciones amorosas no cuesta ningn esfuerzo! La solterona me replic: No te apures, don Pedrito; estoy convencida que tienes verdadera vocacin de cura. Harto comprenda ella mi amor y mi dolor. Prosigui: No haba mal en lo que te propona, ni peligro, ya que es tan firme tu vocacin religiosa. Era una caridad, una limosna que haras a la pobre Angustias. Slo con verte de cerca, por ltima vez, quedara dichosa para el resto de su vida. Hasta podas inculcarle la vocacin, y que se meta monja.... Insist en mi negativa. Dijo la solterona: Sea. Cada cual es dueo de sus actos. Yo, dueo de mis actos...? Pero lo que hemos hablado no ser obstculo para que de vez en cuando me visites. Yo procurar que no coincidis aqu ni por casualidad. Cundo volvers? El jueves prximo? Aquel jueves, al salir de mi casa para ir a la de la solterona, vi que entraba en ella una mujer. No es que la viese. Slo alcanc a ver el vuelo de una falda y un pie que suba de la losa al umbral. Me bastaba. Era Angustias. Sal huyendo, fuera de la ciudad, aldea adelante, andando, andando varias horas, y me encontr en casa de la duquesa. Cuando llegu, me duraba todava el aturdimiento, la insensatez. Dije a la duquesa que no me hallaba bien de salud y que iba a la aldea a reponerme. La seora me pregunt si haba tenido algn disgusto con mi padre. Por el gesto de mi respuesta, la duquesa, que era un lince, presumi la oculta causa. Pobre Pedrn, hijito--dijo, dndome una palmada en el cogote--; ahora, a pasear, a pescar, a cazar; distrete, embrutcete. No des excesivo valor a las cosas de poca monta. Ya se te pasar esa pequea enfermedad. Pero no se pas. Transcurri un mes. Iba de vencida el verano. El cielo estaba ya desvado y triste. En veinte das escasos deba entrar en el Seminario. No pude resistir ms. Volv a Pilares y a casa de Felicita. Antes de que ella hablase, me adelant a decir: Quiero ver a Angustias. Respondi la solterona: Lo esperaba. Tienes un corazn de oro. Vuelve maana a la hora de la merienda, como de costumbre. Llegu al da siguiente. Felicita me condujo a su gabinete, cerr la puerta y me dej dentro. Estaba Angustias en pie. Yo, en pie, a tres pasos de ella. Nos mirbamos sin decir palabra. Brillaban sus ojos con lgrimas; se empaaban los mos. Y nos mirbamos sin decir palabra. Cunto tiempo? No lo s. Ni s cmo la hall ya entre mis brazos; las bocas unidas. Cunto tiempo? Tampoco lo s. Haba en el gabinete una cmoda; sobre la cmoda, una imagen de la Virgen de Covadonga, con una lamparilla ardiendo. Nos arrodillamos ante la imagen, tom la mano de Angustias y dije: Ante la reina de los cielos, te prometo casarme contigo. Entr Felicita: Nios, loquines, que ya es tarde. Cada mochuelo a su olivo y cada pollo a su corral. Yo no quera separarme de Angustias ya en la vida. Qu sbito es don Pedrito--coment Felicita--; claro, tiene hambre atrasada. Tonto, de quin es la culpa? Ya lo arreglaremos todo, y de prisita, para que no te consuma la impaciencia. Sin embargo, yo no quera separarme de Angustias sin llevarme por lo menos un retrato que contemplar en las horas de ausencia. Por fortuna, Angustias tena en casa un pequeo retrato. Quedamos que se lo traera a Felicita y que sta me lo enviara al punto. En das contados (y todos los das nos veamos), Felicita ide, madur y dispuso el plan de lo que habamos de hacer. Angustias y yo no ponamos nada de nuestra parte; nos dejbamos llevar por Felicita, y en verdad que si grande era nuestro gozo no era menor el de la pobre solterona. Slo de raro en raro se detena a murmurar, con acento de quejumbre: Qu envidia me dais, tortolines...! Pero no caigis en soberbia o egosmo, que no sois solos en el mundo. Tambin a m me llegar mi hora; y quiz muy pronto. Cuando Anselmo y yo nos casemos, seremos amigos los dos matrimonios, aunque vosotros pertenezcis a una clase humilde. Yo no reparo en eso, y no reparando yo, Anselmo no reparar tampoco. Felicita era de opinin que por las buenas y siguiendo los trmites usuales no llegaramos a casarnos. Por lo tanto, era menester apelar a un procedimiento rpido y enrgico; nos escaparamos, pediramos luego, por carta, perdn y consentimiento a nuestros padres, y a la postre, para evitar el escndalo, todo se arreglara a pedir de boca. Angustias, por no causar una pena a Belarmino, repugnaba la idea de la escapatoria. Por qu hemos de escaparnos? Se escapan los que han hecho una cosa mala, y nosotros no la hemos hecho. Qu pensar mi padre?, deca Angustias, con angelical mansedumbre. Yo, por la violencia de mi amor, me sent violento en la lengua: Nos escapamos, porque es el nico camino que se nos abre, y si t no lo sigues conmigo, es que no me quieres. No digas eso, suspir Angustias, con lgrimas nacientes, que yo acud a evitar con mis labios. Jess! Jess!--chillaba la solterona, en tono burlesco--. Nios, no os pongis pecaminosos, que me ruborizo y se me alargan los dientes.... Pobre mujer; alma jugosa y generosa, como la vid buena, revestida de un tronco sarmentoso y casi momia! No haba inconveniente u obstculo a nuestra presunta evasin que ella no saliese al paso con el adecuado remedio. Ella nos facilit el dinero, que yo luego entregu a Angustias; ella nos sugiri la idea de avisar a nuestro fiel amigo Celesto, para que nos proporcionase el carruaje y nos sirviese de mayoral; ella apercibi todos los pormenores; ella, por fin, desinteresada sacerdotisa del amor, vetusta vestal, nos bendijo enternecida, cuando partamos. Cmo llova el da de nuestro xodo feliz! Cmo sonaba el agua a cristal, a campanas de gloria! Era un nuevo diluvio, que anegaba a la humanidad entera; nuestro coche, como el arca de salvacin; slo nosotros sobrevivamos al universal naufragio, destinados a ser origen de una humanidad nueva. Pronto brillara el arco de la alianza. A la maana siguiente, temprano, repicaron con los nudillos a nuestra puerta. Me incorpor. Angustias, blanca y dulce, con el cuello en escorzo, dorma como una paloma. Deca la sirvienta, de fuera del postigo, que unos seores me esperaban abajo. Venan, sin duda, en nuestra persecucin, a quebrantar nuestra dicha. Yo estaba resuelto a dejarme matar, antes que entregarme. No tena armas. Mir en torno. Nada haba que pudiese servirme de arma eficaz. La sirvienta insista desde fuera. Lo que yo ms tema era que Angustias se despertase. Me vest de cualquier modo. Sal a la puerta con intencin de sobornar a la sirvienta. Unas manos de hierro, las de aquel brbaro Patn, el criado de la duquesa, me amordazaron, me sujetaron cruelmente los miembros, me tomaron en vilo, me descendieron a un zagun, en donde estaban mi padre y el seor Novillo, el cortejador de Felicita, me metieron en un coche.... Y, entretanto, Angustias dorma como una paloma, y acaso soaba que era feliz. Aquellas manos de hierro no rebajaron un punto su salvaje presin hasta que llegamos a Pilares. Yo era como un invlido, como una cosa intil y paraltica. El brbaro Patn me conduca como liviano fardo. Y yo conduca mi pobre vida, mi pobre alma, como otro fardo, pero insostenible, abrumador. Segn bamos en el coche, pens: Si yo pudiera morderme con disimulo una arteria y dejarme desangrar, calladamente.... Todo era intil. Senta el corazn tumefacto, insensible. Llor, llor entonces como flaca mujer, por mi tesoro, que no haba sabido defender como hombre; llor todo el viaje. De camino, mi padre ni el seor Novillo no desplegaron los labios. La duquesa me encerr en un cuarto oscuro, y all me tuvo la semana que faltaba para volver al Seminario. No poda yo imaginar que me admitiesen en el Seminario, despus del escndalo. Mientras estuve encerrado, nadie me enter de nada. El da primero de curso, la propia duquesa me llev en su coche al Seminario. Qu haba pasado? Andando el tiempo, lo supe. El seor obispo, bajo la influencia de los dominicos y de los marqueses de San Madrigal, quera casarme. La duquesa de Somavia se opona tenazmente y pretenda que yo continuase mi carrera. Como Angustias haba desaparecido, sin dejar vestigio ni presuncin de su paradero, finalmente triunf la voluntad de la duquesa y yo volv al Seminario; otros siete aos.... Don Guillen apoy los codos en las piernas, la frente en las palmas. Hubo un largo silencio. Irguise y enhebr la interrumpida hebra del discurso: [Nota: DRAMA DE CONCIENCIA DE DON GUILLN] [Nota: GUILLN DE VOTO CASTIDAD] --Siete aos.... La almendra del rbol de la Iglesia: Sagrada Escritura, Teologa dogmtica, Teologa moral. Siete aos de triple martirio, no ya en el corazn, como los aos anteriores, sino en la carne y en la conciencia. Ya no eran las tentadoras imgenes de antes, fingidas por la humareda que se elevaba del corazn; era la experiencia de la carne, el recuerdo de lo pasado, que, no obstante haber pasado, permaneca actual sobre mi piel, como la cicatriz de las heridas. El contacto de Angustias haba impregnado mis nervios ya para siempre: la sensacin estaba de continuo sobre m, me erizaba el vello con un calofro placentero. Angustias segua formando parte de mi ser y me dola como un miembro amputado. Martirio del corazn, martirio de la carne y martirio de la conciencia, acaso ms desesperado que todos. A diferencia de mis compaeros, yo continuaba leyendo y estudiando. Ninguno se preocupaba de que yo leyese, ni de los libros que lea. Y lo que yo lea eran obras francesas e inglesas, y traducciones alemanas al francs y al ingls, sobre crtica bblica. Me apliqu a meditar sobre el problema de los Evangelios sinpticos. Era evidente, ay!, era evidente. Los Evangelios no posean valor histrico; no eran testimonios personales de la vida y enseanza de Jesucristo; haban sido urdidos muchos aos despus, casi un siglo. Las piedras angulares sobre que se asentaba la Iglesia eran otros tantos fraudes. El profesor de Sagrada Escritura se llamaba don Salomn Caicoyas. Salomn, el hijo de David, se haba posado brevsimo tiempo en la inteligencia de este otro su homnimo. Hombre ms ignorante, soberbio y posedo de s...! Llevaba el manteo terciado, la teja al bies, y tena todo el empaque de un majo. En el Seminario se murmuraba que era muy galanteador y que se introduca siempre entre la muchedumbre y en lugares muy concurridos, por disfrutar de apreturas con las mujeres. Su voz era como el estridor de un cuchillo contra un plato. Yo no poda orle sin sentir dentera y malestar de estmago. Adems, no s por qu, me tena franca ojeriza, y no perda oportunidad de recordarme en pblico la grave falta que yo haba cometido. Pues este hombre era quien deba disipar los negros vapores que ensombrecan mi conciencia.... Figrese usted!... Yo mismo hube de procurarme la salvacin; yo mismo, con la ayuda de Dios y de la mano de San Pablo, el apstol de los gentiles, que no conoci a Cristo. Las epstolas de San Pablo son los documentos ms antiguos y fehacientes del cristianismo; son propiamente obra de la fe, de la voluntad de creer. San Pablo no exiga virtudes heroicas; antes bien, virtudes moderadas. Hay un oportunismo de la virtud, que es la verdadera doctrina paulina. La religiosidad sincera, para San Pablo, se cifra en algo ms importante que los hechos probados y la rigidez de conducta. En la segunda epstola a los Corintios, San Pablo dice: _o Khirios to pneuma estin_; el Seor es el espritu. Los griegos, aunque espiritualistas, no haban acertado a sutilizar el alma humana sino asimilndola y, por ende, denominndola con la palabra _psique_, mariposa, que para ellos era imagen de la levidad suma. Qu milagroso avance en la espiritualizacin del alma desde la _psique_, material todava, hasta el _pneuma_, materia inmaterial, sustancia etrea, soplo divino!... El Seor es el espritu; Dios reside en nuestra alma. Todo el resto, documentos, testimonios y dogmas, es secundario. No hay sino robustecer y exaltar el elemento espiritual de nuestro ser. Tal es el deber religioso primordial y nico. El cristianismo enriqueci la historia de la conciencia humana con un acto de creacin: la creacin del espritu. El espritu es algo ms fino y elevado que el alma. Los egipcios crean ya en el alma. Pues el espritu es el alma en libertad. El espritu, sobre la tierra, existe con conciencia de s propio--pues antes exista a ciegas--desde hace diez y nueve siglos; desde San Pablo. Acaso un psiclogo experimental me replicar con sorna: pero, si el espritu sigue sin existir.... Yo no he tropezado con el espritu en mis experimentaciones. Responder yo: tanto peor para usted, pues es seal de que usted no tiene espritu y no puede ser cristiano. El espritu es superior a la _psique_ y no se puede llegar hasta l por la mera psicologa. San Pablo fu tambin el apstol spero de la castidad. Ms vale casarse que abrasarse; pero la castidad es madre de la fortaleza. Una noche de insomnio, meditando y cavilando sobre lo que habra sido de Angustias, cre or una voz interior, una voz que resonaba con misteriosa certidumbre: Esa mujer est perdida. A esa mujer la has perdido t. Esa mujer no puede pecar, porque es inocente de su cada. Los pecados de esa mujer pesan sobre tu conciencia. Tanto pecars t cuanto ella peque, y ella permanecer limpia, porque no es suyo su pecado. Todo le ser a ella perdonado, por haberte amado tanto. Haz t que tantas culpas te sean perdonadas, compensando con severa castidad la cadena de pecados que t mismo hubiste de forjar y remachar, y que llevas asida al tobillo y a las muecas. Y con resolucin que arrancaba del tutano de mis huesos, exclam: As lo har. Y lo cumpl. Creo en el espritu y soy continente: todo el resto es secundario. Ya ms sano en mi alma, volv a baarme en la onda tpida y vigorizante del Breviario. Ahora, tres himnos se alojaron en mi pecho y ardan de modo inmarcesible, como lmpara de tres lenguas iguales: los tres himnos a Mara Magdalena, uno precisamente del cardenal Belarmino, otro de San Gregorio, retocado por Belarmino, el tercero de San Odn de Cluny, retocado tambin por Belarmino. Dice San Odn: _In thesauro reposita Regis est drachma perdita; Gemmaque lucet inclita De luto luci reddita;_ el dracma perdido es repuesto en el tesoro del rey, y la perla luce nuevamente sacada desde la tiniebla hasta la claridad. Y dice San Gregorio: _Nardo Maria pistico Unxit beatos domini Pedes, rigando lacrymis Et detergendo crinibus;_ con nardo machacado Mara unge los santos pies del Seor, regndolos de lgrimas y enjugndolos con los cabellos. Y dice Belarmino: _Amore currit saucia Pedes beatos ungere, Lavare fletu, tergere Comis, et ore lambere;_ herida de amor, corre a ungir los santos pies, a lavarlos con llanto, a enjugarlos con la cabellera, a acariciarlos con la boca. Y un da, vendr as la mujer a quien perd; en su inocencia, me pedir perdn, y yo le dir: Levntate, mujer. T eres quien debe perdonarme. Heme aqu a tus plantas. As pensaba yo entonces..., y luego..., muchos aos. Y he llevado siempre conmigo la imagen de la mujer, la imagen anterior a su desdicha y a la ma; y no pudiendo hacerla mi amada, hice de ella mi hermana. Despus de breve pausa, prosigui don Guilln: --Mi primera misa la dije en la casa de campo de la Somavia. La duquesa fu mi madrina. Me regal una rica casulla, bordada en oro. Entre sus arabescos, muy disimulado, hay un corazn estrujado por una mano; del corazn cae un hilo de sangre, que, retorcindose, describe una _A_ equvoca. En lo alto de la capilla enarbolaron una gran bandera blanca. Ofici conmigo el seor obispo, por exigencia de la duquesa; pero Su Ilustrsima, que no me haba perdonado la antigua calaverada, me envi, apenas ordenado de mayores, a una parroquia rural inhospitalaria: San Madrigal de Breosa. All tenan una hermosa finca los seores de Neira, de donde tomaron pie para el ttulo; pero jams iban, por lo muy apartado y fragoso de la comarca. Sucedi que a los dos aos de estar yo en aquellos andurriales falleci don Restituto; doa Basilisa, la viuda, fu a guardar el luto en las soledades de San Madrigal, y como era muy devota, y oa, antes del desayuno, misa diaria, me nombr su capelln. Era una seora rechonchita, nada fea, en buena edad todava, muy blanca, y simple que no caba ms. Sus ideas religiosas eran caprichosas, y aun cmicas. Crea que el cielo de los bienaventurados era un teatro, con su escenario y localidades para el pblico. Su marido, don Restituto, segn ella, se haba adelantado a entrar en el teatro, para coger buen sitio y reservrselo a su mujercita. Ello es que, olvidndose en seguida de que su marido la esperaba, con un sitio acotado, di en enamorarse de m y en drmelo a entender con palmarias manifestaciones. Otra matrona de feso. La cosa no tena nada de particular, si se tiene en cuenta que el nico hombre de traza humana que all vea era yo; que su marido haba sido mucho ms viejo que ella; que posea un corazn muy tierno y dadivoso, y, por ltimo, que el verme vestido con ropa negra y larga, a modo de falda, como ella, le infunda confianza y atrevimiento para manifestarse, a pesar de su natural tmido y cuitado. Ella saba de mi fuga con Angustias, y deba de calcular que me rendira fcilmente al amor. Pero yo me di excelente maa para disuadirla. Con fervor y uncin retricos, lo confieso, me las arregl para convencerla de que fijsemos nuestra mutua relacin en un terreno puro y espiritual. No le prohiba que me amase, pues Dios no pide de sus flacas criaturas lo imposible, e imposible es desarraigar los afectos profundos por un mero movimiento de la voluntad; pero le vedaba declararse paladinamente, pues Dios exige que nos sobrepongamos a la flaqueza y a la pasin, y esto s le es posible a la voluntad. Le habl yo mismo de aquel gran pecado de mi atropellada mocedad, de lo arrepentido que estaba y de cun firme era mi propsito de la enmienda. Le di a entender, fingidamente y por proporcionarle algn alivio a sus afanes, que corresponda a su afecto, pero que mi estado sacerdotal me obligaba a poner una venda sobre los ojos de la carne. Yo sera su padre espiritual; ella, mi hija. En confesin, de penitente a sacerdote, podra confiarme las cuitas de su pecho; de mujer a hombre, jams. Estaba maravillada de aquello que ella reputaba fortaleza y virtud mas, y que no era sino deseo de tranquilidad y de que no me molestara. Es usted un santo, un santo de veras; el nico santo que he conocido, me deca de cuando en vez, mirndome con adoracin, las manos en actitud de rezo. Yo coma siempre con ella. Tal vez me contemplaba con ojos lacrimosos de oveja, interrumpiendo la deglucin. Tal vez, de sobremesa, alejado ya el sirviente, lanzaba terribles suspiros; pero no pasaba de ah. Dorma yo tambin en la finca; pero eleg una estancia holgada y desnuda, como celda, de luz permanente y plateada, mirando al Norte, al extremo de la casona, y ms all de los dormitorios de la servidumbre, por evitar maledicencias. Era seor de mi tiempo, y me pasaba horas y horas estudiando, ya en la gente del campo, ya en los libros. All, en contacto con los esclavos de la gleba, se me revel la gran tragedia de la sociedad humana. Me aficion entonces a las ciencias sociales, las cuales siguen siendo mi preocupacin. Yo he nacido para reformador social. Que la sociedad est mal organizada y ha de cambiar, es evidente. Los hombres tienen derecho a la felicidad; todos los hombres; pero tienen derecho aqu mismo, en la tierra. El estmulo ms vehemente y constante, el mvil ms poderoso y activo que ha puesto Dios en la conjuncin humana de alma y cuerpo, es el deseo de felicidad. Luego si lo primordial humano, por designio divino, es el deseo de felicidad, el hombre tiene derecho a la felicidad. Todas las grandes actividades conscientes (y no digamos de las reflejas e inconscientes) se engendran de aquel mvil fatal e ineluctable, el deseo de felicidad: la religin, la moral, el derecho, el arte, la ciencia. Todas estas actividades conspiran desde su origen a perfeccionar la sociedad, con el fin de alcanzar ltimamente el mximo de felicidad para el mximo de individuos, si bien, por deficiencia humana, todos los ensayos de organizacin, hasta ahora, se han hecho a base de una manera de felicidad limitada y mediante uno solo de aquellos grandes rdenes de actividad consciente, con preferencia y pretericin de los otros. La Iglesia naci como un ensayo de organizacin para la felicidad. En las epstolas de San Pablo vemos, sin posible interpretacin en contrario, que el apstol se crea inmortal, que cuantos profesasen en la fe de Cristo se haran inmortales, y que el Salvador volvera a establecer el reinado de la felicidad sobre la tierra para sus fieles, lo que l llamaba la _Parousia_; y como lo predicaba el apstol as lo crean los secuaces. Pero sucedi en Tesalnica que algunos de los convertidos se murieron, con lo cual los cristianos tesalonicenses movieron grandes motines, llamndose a engao; y lo mismo los de feso. El apstol vi al cabo que l y todos los cristianes tenan que morirse; pero como no poda renunciar a la felicidad, decidi que no se mora sino el cuerpo, y que el espritu, inmortal, penetraba en el reinado de Cristo, en la Gloria. As, la Iglesia de los primeros siglos fu una dulce y balda anarqua, un ensayo de organizacin para obtener la felicidad despus de la muerte. En aquel ensayo de organizacin para la felicidad fueron menospreciados o preteridos los rdenes de actividad consciente distintos del religioso: el cientfico, el artstico, el poltico, y muchas veces el moral. Nuestra organizacin social al presente, esto que dicen la sociedad capitalista, es otro ensayo de organizacin para la felicidad, a base de dos rdenes de actividad, el poltico y el cientfico, con menosprecio y pretericin de los otros. Es un estado de anarqua cruel y productiva, as como la Iglesia primitiva era un estado de dulce y balda anarqua. El socialismo, mayorazgo del capitalismo, pretende ser un ensayo a base solamente de actividad cientfica. Todos los ensayos de organizacin para la felicidad, hasta ahora, han sido ensayos fracasados; aunque todos diferentes, tienen de comn entre s que en el fondo de todos ellos late una anarqua disimulada, vergonzante, cohibida. Aunque parezca paradoja, no ser tal vez la anarqua la nica organizacin posible para la felicidad? El da que todos los rdenes de actividad consciente, incluso el poltico y jurdico (por el cual yo no entiendo el arte de gobernar, sino el de vivir en comunidad, sin estorbarse ni daarse mutuamente), alcancen su plenitud y autonoma, y entre s se armonicen sin menoscabarse ni lastimarse, no resultar una organizacin espontnea de perfecta anarqua, libertad absoluta e insuperable felicidad terrena? Bien. No es pertinente que le exponga aqu todas mis ideas sociales. Ello es que all, en San Madrigal, pensaba yo a veces: si yo tuviera medios de fortuna, hacienda bastante, para ensayar una comunidad de hombres felices, en lo posible, una experimentacin social, como otras que se han hecho, pero aleccionado por los errores de los dems. Cuando he aqu que, un da, la viuda me suelta, como ducha de agua fra, que tiene la intencin de dejarme heredero universal; cerca de dos millones de duros. Desde luego no supe qu decir; pero, a poco, Dios me concedi bastante serenidad y reflexin para responderle: Seora: le agradezco, con emocin no traducible en palabras, su generosidad; generosidad que no acepto, ni aceptar, no tanto por m, cuanto por usted y su buena memoria. Se pensara que la ndole de nuestras relaciones me haba acarreado esta prueba pstuma de su amor de usted hacia m. Y doa Basilisa, tan bobalicona siempre, habl, excepcionalmente en aquella ocasin, con cierta elocuencia y buen sentido: Lo que digan los juzgadores temerarios, all ellos con su conciencia. La ma est tranquila y confiada ante Dios, que ve el secreto de mis intenciones. No es esto ddiva de amor, no; ni siquiera premio a su santidad y virtud, sino muestra dbil del agradecimiento con que usted me ha obligado, por haberme persuadido a guardar mi virtud y servido de gua en el spero sendero del bien. Cuando me junte con mi Restituto, en el celestial coliseo, estoy segura que lo primero que me va a decir es: no creas que ahora aplaudo la afinacin de los divinos coros; lo que hago es aplaudirte por lo que has hecho. Sin embargo, yo me negu a aceptar la herencia, a no ser con una condicin: que constase en el testamento que me dejaba su fortuna al modo de fideicomiso para que yo la emplease en aquellas empresas y obras de utilidad y beneficio del prjimo que yo juzgase conveniente. Y en eso quedamos. A los siete aos de estar yo en San Madrigal muri la duquesa de Somavia. La asist en sus ltimos momentos. Hasta el mismo punto de morir no perdi la alegra ni el desparpajo. En medio de la pena y el llanto que nos causaba verla morirse nos haca rer con sus salidas. Yo siempre haba credo que tena el pelo muy ensortijado, y era que se lo rizaba todas las noches, mechn a mechn, enroscndolos en unos rollitos de papel, que luego extenda a entrambos cabos, a modo de blanca mariposa. Todas las noches, en su lecho de muerte, haca que la doncella le aderezase el cabello, ponindole aquella especie de mariposas, que al da siguiente conservaba durante todo el da. Haca un efecto muy chusco. Pues as se muri; con la cabeza cubierta de mariposas de papel. Como yo la mirase con sorpresa, al verla por primera vez en aquella guisa, ella, con sus graciosas despachaderas, me dijo: Qu miras ah, papanatas? Es que nunca has visto una mujer en la cama y sin vestir? O es que te parece mal que las viejas cuidemos de sostener y realzar los restos de belleza que nos quedan? Y no vayas a figurarte, ya que como cura sers malicioso, que sois como mulas resabiadas, y los resabios del mal pensar los habis adquirido en el confesonario, en donde de la gente no aprendis sino lo malo y lo feo, y eso que no os lo dicen todo; no vayas a figurarte que me pongo estos moos por vanidad; a buena hora...! Lo hago por decoro, y por algo ms. El primer deber de los decentes y bien nacidos es atender al decoro de su persona. Y adems lo hago, y lo he hecho toda mi vida, por imponerme una obligacin molesta, ya que ninguna otra tena; un acto de paciencia y disciplina, una mortificacin, como vosotros decs. Quiero morirme con los _papillons_ sobre mi cabeza, y cuando el alma se escape de mis labios, que todas estas mariposas la lleven, revoloteando, ms ligera al regazo de Dios Padre, que me cri Beatriz Valdedulla, y me sostuvo toda la vida Beatriz Valdedulla, y me aceptar en su eterna misericordia como Beatriz Valdedulla; porque yo qu culpa tengo de ser Beatriz Valdedulla? Slo con recordar estas palabras me conmuevo. Una maana, el da antes de entregar su alma a Dios, en presencia del duque, me dijo: Don Pedrito, hijo mo; te quiero casi casi como un brote de mi sangre. Pero como las palabras son como moscas, que no se dejan atar por el rabo, he querido dejarte algo de ms substancia que la palabra de mi cario, y por intermedio del duque, mi marido y seor, que tiene mucha mano con el Gobierno, te he conseguido una credencial de cannigo en Castrofuerte. Una canonja, digan lo que quieran, no es gran cosa. Si yo viviese ms aos te veras obispo. Lo que yo no he podido hacer, t, con tu maa y despejo, lo conseguirs. Me voy de entre vosotros con un grande reconcomio y desazn, y es por tu padre. Bolonio debiera llamarse, que no Apolonio. Sus asuntos ya no tienen arreglo. Al duque y a ti os recomiendo que cuando le veis en la calle, y esto tiene que venir necesariamente, le busquis un asilo, y all le enviis aquellas cosillas imprescindibles a su vanagloria, sin las cuales no podra vivir. Antes de morir, se expres de esta suerte: Duque, has cumplido mal como casado; pero te perdono. Pido tu perdn, si en algo te falt, que habr sido involuntario. A ti, hijo mo muy querido, nada tengo que perdonarte, que soy de opinin que los hijos no tienen deber alguno para con sus padres, y s slo los padres para con sus hijos. Si algn da la vida te pesa demasiado, perdname; que yo quise darte una vida amasada con dichas y venturas. A ti, Facundo (estaba presente el obispo), cuntas veces te llam mastuerzo, sin ms razn que es verdad que lo eres...! Pero ya sabes que te he estimado, que jams te perjudiqu a sabiendas; antes por el contrario, te favorec en lo que pude, y hasta te admir en una ocasin, que quizs hayas olvidado. Perdname lo de mastuerzo. A ti, Pedrn, te digo algo como a mi hijo; si alguna vez sientes una carga en la vida, por mi culpa, perdname; otra era mi intencin. Perdnenme todos a quienes haya ofendido o causado dolor. Y t, Seor mo Jesucristo (besando el crucifijo), ya s que me perdonas, como perdonas a todos en tu infinita bondad, que si no fuese as llovera fuego sobre la tierra, por lo menos, cada diez minutos. Hasta luego, vosotros; que la vida es breve. Hasta ahora, Seor mo Jesucristo. Muri como una santa. Era una santa a su manera, pues hay muchas maneras de ser santo. Yo he observado que en el mundo hay muchsimos ms santos de lo que ordinariamente se piensa. Es ms: yo creo que el mundo anda tan mal porque hay demasiados santos; porque la gente, en general, es demasiado bondadosa y resignada. Pero dejmonos de glosas. Muri la duquesa. Yo pas de cannigo a Castrofuerte, y all llevo vegetando hace algunos aos. Doa Basilisa me sigue escribiendo cartas frecuentes, prolijas y tiernas. Dice que, ltimamente, anda quebrantada de salud. De la herencia nada me dice. No s si contino siendo su presunto heredero, o si algn fraile, que s que la visitan en San Madrigal, le ha socaliado la herencia para su Orden. Mi padre y Belarmino, ste ya viudo, estn en un asilo, como la duquesa predijo. Quise que viviese conmigo, y le llev a mi casa, en Castrofuerte, por una temporada. Pero era de todo punto imposible. En primer lugar, haca el amor a todas las criadas de la vecindad, y en cierta ocasin hizo publicar en un peridico local una declaracin amorosa, en verso, a la seora del alcalde. Adems, contraa tales deudas, que mi mdico estipendio cannico no nos bastaba para vivir. En conclusin: que, pesndome mucho, hube de mandarle nuevamente al asilo. Le envo all a mi padre aquellos regalitos a mi alcance que la duquesa me encomend. El que ahora tiene en Pilares un gran bazar de calzado mecnico y porradas de dinero es aquel Martnez, antiguo oficial de Belarmino. Por cierto que en el mismo asilo de caridad que mi padre y Belarmino est recogido un usurero apellidado Bellido, causante de la ruina de Belarmino; se arruin a su vez en la famosa quiebra de la banca Hurtado y Compaa[1]. Rarezas del destino. [Nota 1: _La pata de la raposa_, novela de R. Prez de Ayala.] Y don Guilln qued con ojos vacantes, como dicen los ingleses, tan expresivamente; con ojos vacos, ciego para las cosas ambientes, y acaso enfilando una perspectiva interior y remota de recuerdos inmviles. Hablando l y yo escuchando, las horas nocturnas, de negra clmide, se haban ido alejando armoniosamente; las horas matutinales danzaban ya en los umbrales del da, y un revuelo de sus tnicas color violeta penetraba por la hendedura de nuestros balcones; la aurora, con dedos de rosa, golpeaba silenciosamente en el vidrio de nuestras pupilas. Ante el suave llamamiento de la luz del cielo en sus ojos, don Guilln exclam: --Ya es sbado de gloria; ya es pascua florida. Los almendros estn vestidos con un velo rosado y los pomares con un velo de nieve. Dentro de poco resonarn las alegres campanas en toda la cristiandad. Cristo va a resucitar: _Sat funeri, sat lacrymis. Sat est datum doloribus_, canta el laude pascual; no ms duelo, no ms lgrimas, no ms pesados dolores. Y dice la voz inaudible de los coros anglicos: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Todo es paz y todo es contento en el valle de lgrimas. Los hijos de Dios se abrazan y besan en la mejilla, murmurando: Salud, hermano; salud, hermana; el Seor sea con nosotros. Y t, hermana ma--prosigui, tomando en sus manos el joyel con el retrato y mirndolo con el rostro descompuesto por la piedad y la amargura--, dnde ests, en qu oscura mazmorra te encerr, a ciegas, que no doy con la entrada, aunque sangran mis pies de tanto caminar y mis manos de tanto tropezar a tientas? Te busqu, y no te he encontrado; te esper, y no has venido. Mi alma estar triste hasta la muerte; muertos mis odos a las campanas de resurreccin; muertos mis ojos a los colores de primavera. Yo, naturalmente, juzgu espontnea, sincera, y, por lo tanto, lcita en la ocasin, la pequea expansin retrica de don Guilln, y apenas concluy y dej caer con abatimiento la cabeza, dije, sin vacilar un segundo: --Ya le he dicho que conozco a esa mujer, y se la voy a traer aqu en un instante. Supongo que le dej fulminado y sin acertar a emitir palabra ni sonido articulado. Sal sin volverme a mirarle, sin haberle odo resollar. La ciudad se arrebujaba en la luz cenizosa y aterida de los amaneceres. Me encamin, rpido, al cafetn. All, en su rincn acostumbrado, con el vaso de recuelo ante s, Angustias esperaba al Tirabeque. --Mujer, ven conmigo--le dije, emocionado y conminatorio. Angustias se levant--. Sgueme. --Le ha ocurrido algo al Tirabeque? Una bronca? Una pendencia? No quiero ver nada. No me importa. Es mi libertad--deca de camino, jadeando por seguir mi paso impaciente. Al llegar a la puerta de la casa, vacil. --Qu quiere de m, seor? No me trata de engaar? Siempre le tuve por bueno.... Soy una desdichada. --Ven conmigo, mujer--insist, cogindole la mano. --Pero, dnde me lleva? Yo no saba qu decir. Se me ocurri una bobada. --Hacia la resurreccin. No sabes que es pascua florida? Se detuvo, temblando. --Est ust loco, seor? Ay, Dios mo, ten piedad de m! Yo tir de ella, escaleras arriba. --Ven conmigo, mujer. --Virgen de Covadonga! Gritar, aunque se arme un escndalo y me lleven a la delegacin--y se detuvo, con firmeza. --Angustias, no sea usted nia--dije, comenzando, sin darme cuenta, a tratarla de usted--. Cmo puede creer que trato de hacerle mal? Al contrario: la llevo hacia la dicha, al encuentro de alguien que usted espera volver a ver hace varios aos.--La cerilla con que nos alumbrbamos me quem los dedos. Pronunci una exclamacin adecuada, al arrojar la cerilla al suelo. Quedamos a oscuras. Angustias se acerc a m, medrosa. La senta tiritar, con miedo del corazn. --Djeme usted escapar, huir--suplicaba--. Cmo me atrever a presentarme delante de l? Lo sabr todo ya. Ust mismo se lo habr contado. Me escupir. Me arrojar lejos de s, y con razn. Luego, el Tirabeque nos vendr siguiendo; me matar a m y le har a l un chirlo en la cara. --Ea, Angustias. No nos cuidemos del Tirabeque. Don Pedrito espera a usted. Quiere usted acudir? Quiere usted salvarse?--murmur con impaciencia, a tiempo que encenda otra cerilla. Qu cara la de Angustias: infantil, contrada, atormentada por un dolor oscuro, apenas consciente! --Quiero salvarme! Quiero salvarme!--dijo con voz sollozante, agarrndose desesperada a mi brazo, como a tabla de salvacin. Llegamos a la habitacin de don Guilln. No quiso ella pasar delante, y hube de hacerlo yo. Mi intencin era dejarla adentro y retirarme discretamente a mis cuarteles. Contra mi propsito, hube de presenciar el principio de la escena, porque se desarroll sbitamente, y la continuacin, porque, a pesar mo, permanec asido e inmvil por la expectacin. Angustias se arroj a los pies de don Guilln. Se abrazaba con ellos, escorzando, el cuello dctil y albo; se los regaba de lgrimas; se los enjutaba con la cabellera copiosa y cobriza. Y se reprodujo la imagen emotiva que con lnea ingenua y tintas translcidas bosquejaron los santos melodas del Breviario. --Perdn! Perdn!--imploraba Angustias, en el candor de su alma intachable--. Soy muy mala, pero a nadie he querido sino a ti. El amor me ha perdido, la desesperanza de amor. Ya te contar y me perdonars. Don Guillen, lvido, rgido, balbuciente, pidi:--Levanta, hermana! Angustias obedeci como una criatura pasiva. Entonces, don Guillen se arrodill ante ella. --T ests limpia. Todos tus pecados se vuelven contra m. T y Dios sois los que debis perdonarme, y me perdonaris, porque he amado y sufrido mucho. Di que me perdonas; di un s con los labios, un s con la cabeza, aunque no salga del corazn. --Mil veces s--dijo Angustias, con un grito sofocado, blandiendo en el aire la cabellera. Levantbase del suelo don Guilln, y Angustias se precipit en sus brazos, tendiendo hacia l los labios sedientos, la cabeza derribada hacia la espalda, como inerte. Don Guilln le enderez suavemente la cabeza y le bes la frente. Yo comprend que era el momento preciso de retirarme con disimulo, y gir furtivamente sobre mis talones, cuando o que don Guilln, con acento entre alarmado y severo, me deca: --Qu va usted a hacer? Aguarde un instante; tengo que pedirle un gran favor. Es menester que me ayude a improvisar un acomodo donde mi hermana descanse unas horas. Si usted tiene en su habitacin un divn, o siquiera una butaca, yo puedo dormir all, si usted no tiene inconveniente, y que Angustias quede en este cuarto. Arreglamos el acomodo como don Guilln deseaba. Por su voluntad expresa y decidida, se tendi sobre mi divn. El divn estaba contiguo al tabique medianero entre mi habitacin y la suya. Al otro lado del tabique, se apoyaba el lecho en donde Angustias reposaba. Acostados ya, don Guilln me dijo desde su divn: --Lo ms inmediato y urgente ya lo tengo decidido. Dentro de pocas horas, en el primer tren, saldr Angustias camino de Castrofuerte, con una carta para don Abel Parras, un cannigo viejo, gordo, pacfico y bonachn, que es mi mejor amigo. Angustias vivir con l, y as se estorbarn murmuraciones malignas. Ms adelante, ya veremos lo que se hace.... _In thesauro reposita_...; el dracma extraviado ha sido repuesto en los tesoros del rey, y la perla luce nuevamente, sacada desde la tiniebla a la claridad. Si a la infeliz de doa Basilisa no se le ocurre modificar el testamento!... Oh, qu hermosas lontananzas al servicio de los hombres, que es el servicio de Dios!... Con los artejos di un ligero repique en la pared. Respondile otro repique cauto. Se ech a rer, volvindose a mirarme. --No se ha enterado usted lo que nos hemos dicho? Yo respond que no, opacamente, porque el sueo me renda. --Pues yo dije: Duerme en paz, hermana; has resucitado con el Seor. Ella respondi: Dios te lo pague; gurdame siempre. Qu penetracin! Les ha sido otorgado el don de lenguas, como si en lugar de pascua de Resurreccin fuese de Pentecosts, pens borrosamente, entre la penumbra inicial del sueo. Lo ltimo que le o a don Guilln, fu: --_Sat funeri, sat lacrymis, sat est datum doloribus.... O Khirios to pneuma estin_. Y ya desde muy hondo, a punto de derretirse mi conciencia vigilante, coment, se me figura que en voz alta: --El don de lenguas! La Pentecosts! Despert a las dos de la tarde. Don Guilln haba desaparecido del divn y de Madrid. Sobre mi mesa destacaba un blanco escrito, que deca: Adis, buen amigo. Le he dado un abrazo de agradecimiento y despedida, sin que usted, profundamente dormido, se haya percatado. Ya sabr usted de m. Amigo suyo para siempre, _Pedro Guilln Caramanzana_. Y, en efecto, aos despus, supe y presenci grandes cosas de l, las cuales pienso referir en otra ocasin, si se tercia y no tengo nada mejor que hacer. CAPTULO VIII. SUB SPECIE AETERNI. Es domingo de Pascua de Resurreccin. Hora: poco antes del medioda. Lugar: en los aledaos de la ciudad de Pilares. Es un da de primavera septentrional. Tierra y cielo, dos gracias femeninas. La tierra, de verdor perenne y tupido, est acicalada y alindada prodigiosamente, y no ha usado de otro afeite ni compostura que las aguas y nieves invernizas. Sobre la bayeta verdegay, de pliegues y lbulos graciosos, con que se viste la madre tierra, siempre doncella, se ha puesto, aqu y acull, unos pomares enflorados, cndido ornamento. El cielo es tan gentil, puro y alegre, como colegiala impber, vestida con atavo de mayo y de domingo; leves crinolinas nevadas, que translucen un fondo de seda azul. Desde la aldea se columbra la ciudad, caparazn que cubre una colina, como escamado peto de armadura sobre un torso yacente; armadura labrada en cobre y hierro, abollada ya; a trechos oro sucio, a trechos gris rojizo, a trechos verdinosa, de la corrosin de los aos y los xidos. De un lado sale la torre de la catedral, como lanza astillada, que an se mantiene firme, bajo la axila. Suenan gorjeos y suenan campanas. Desde la ciudad, carretera arriba, marcha un hombre gordo, bermejo y sudoroso, que luce, en el sol maanero, una perilla de plata mate, como de aluminio. Sguenle otro hombre y un mozuelo, entrambos de blusn blanco, con sendas banastas sobre la testa. --_Sacrebleu, sacrebleu_--jura y perjura el hombre gordo y bermejo, a tiempo que se enjuga la exudacin de la frente--. Acrcate, Nolo, que yo tengo necesidad de confiarme, y es tanto mejor de encontrar un corazn leal que de monologar. Ah, mi Dios, que yo estoy cansado...! Estoy cansado de la patrona, de mi bien amada mujer. Las mujeres en mi pas son ahorradoras. Yo amo a las mujeres ahorradoras, buenas manejeadoras. Pero mi mujer es ya muy demasiado ahorradora; muy demasiado, muy demasiado. Yo me encabezo en mi negocio y trabajo como un asno despus de la maana hasta la noche por ganar buena plata; pero yo amo los buenos dineros para darme buena vida y comer a mi grado. Esto es ya lo que me resta. _Voil_--dndose una palmada en el vientre--, este amigo es muy exigente. Pero la patrona ella no come, o come como un pequeo pjaro, y ella cree que todos los otros no habemos necesidad de comer como ello hace falta. Y bien, para comer en mi propia casa yo debo inventar ciertas mixtificaciones. No es ello sorprendente y bien desagradable? Pues ahora, ni siquiera de este modo. Que yo estoy cansado...! Te dir lo que me ha venido el otro da, que era da delgado, cmo decs vosotros?, da de vigilia. Yo adoro el salmn; pero mi mujer no compra salmn, porque es muy caro. Entonces yo mismo fui al mercado y compr un salmn magnfico por sesenta pesetas, y yo envi el hermoso pez a mi casa, como si l fuese un regalo de la parte de un amigo; al contrario, si ella sabe que yo lo habr comprado, mi mujer me hace una terrible camorra. He aqu que yo me voy a mi casa del todo feliz, dicindome: hoy como salmn a mi placer. Mi mujer me recibe con besos amorosos, y ella murmura: que tenemos de la buena suerte, ellos nos han hecho un bello regalo de un salmn demasiado grande, el cual, como no habramos comido, yo lo he vendido por cuarenta pesetas. _Sacrebleu_: nada de salmn, y veinte pesetas menos. Qu es lo que t dices? --Que yo le doy una somanta que se le quita pa toda la vida la gana de volver a meterse a pescadera. --_Voil_. En este pas los hombres sois poco cultivados. No se debe golpear a las mujeres, ni aun a causa de la comida; mucho menos a causa de otras razones sin importancia; la infidelidad, por ejemplo. --Caracho!--coment el llamado Nolo--. Eso de la comida, pase; pero, lo que es lo otro. La muerte parecerame poco. --Ah! Matarte t? Eso es diferente. Es una bestialidad; pero yo comprendo. --Qu diao matarme yo...! Matarla a ella.... --Dios mo, que t eres salvaje...! --No hay ms, seor. O ust manda, o la mujer manda; y si se desmanda, palo. O ust pega, o ella pega. Recuerde ust lo del pobre Belarmino. --Qu es lo que me dices? Pero, es que la Xuantipa estaba infiel al pobre Belarmino? Yo lo ignoraba. --Ganas, quizs no le faltaban. Lo que digo es que, como Belarmino no saba curar a su mujer, cuando la tena, con jarabe de fresno, que no hay melecina mejor pa las mujeronas, pues, la fija, que su mujer le tena a l siempre atosigao, y pa curarlo, pues, ya sabe ust, le pona en los lomos cada cataplasma de estaca.... --Ya, ya lo saba. El pobre hombre, mi amigo muy querido.... Yo le echo bien de menos, desde que est recogido ah en ese asilo que vosotros decs maletera; nombre verdaderamente chusco. --No es maletera; es malatera. --No es ello la misma cosa? --No, seor. --Entonces, qu es lo que quiere decir malatera? --Malhaya si lo s. --Eso no hace nada. Pero revengamos sobre el amado Belarmino. No me puedo pasar sin l. Yo vengo para visitarle cada semana o cada quince das, durante diez aos, a despecho de esta cuesta abominable que yo debo subir para llegar. l no habla jams, l no habla jams. Es la ms dulce de las almas, y yo sostengo que una gran inteligencia. --Un calzonazos, un estpido; como el otro, Apolonio.... --Cllate, Nolo. T no comprendes. Belarmino es un grande hombre. Y Apolonio, l es tambin un otro grande hombre. Yo quiero mostrarles cunto les amo y les admiro. Es por esto que les llevo estas gruesas tartas de Pascua y las gruesas fuentes de natillas, y muchas de docenas de gruesos pasteles, como los otros aos, tantos!, en este mismo da. --Que se las comern las monjitas golosas y los dems asilados, como los otros aos, en este mismo da. --Ah, naturalmente! Pero los pasteles pertenecen a Belarmino y Apolonio, y ellos se gozan ms en invitar que en ser invitados. Ellos lo han dado todo siempre, y no han querido nada para ellos. Yo no trataba en otro tiempo a Apolonio; solamente despus que est en el asilo. Muy interesante, muy interesante. Es una cosa curiosa; Apolonio querra que yo no tratase a Belarmino. l le odia; es decir, l cree que le odia. Muy divertido. Pero Belarmino no hace atencin si yo trato a Apolonio. l le desdea; es decir, l cree que le desdea. Muy picante situacin. Yo tengo necesidad de mucho tacto. Pero ello todo es tan extraordinario, tan extraordinario.... Yo amo ms a Belarmino, esto no hay que decir; l es una anciana amistad. Pero yo amo tambin a Apolonio. He aqu que ya estamos en el asilo. No olvides; la patrona no puede conocer que habemos trado este regalo. Ella me hara un gran escndalo. Por gravitacin misteriosa el seor Colignon va a Belarmino. Es error vulgar suponer que la fuerza de la gravitacin hace caer los cuerpos. Esto de caer supone la nocin de arriba y abajo, y en el espacio infinito no hay arriba ni abajo; los cuerpos y las almas unas veces suben hacia abajo y otras caen hacia arriba. Lo ltimo es lo que le aconteca al epicreo Colignon, que, entre jadeos y sofocos, remontaba peridicamente la cuesta del asilo, atrado por el asctico Belarmino; es decir que caa, sin voluntad, subiendo hacia l. El seor Colignon, bastante avejentado ya, penetra, con sus acompaantes, en el zagun del asilo; una pieza alongada, de paredes desnudas, con cuatro desvalidas silletas de paja. Frente por frente de la puerta de entrada, hay en el muro una mnsula de madera de pino; sobre ella, una estatuilla, desdichada, de San Jos, en cartn piedra; al pie del santo, media docena de judas, media docena de garbanzos y un frasquito, con un lquido olivceo y denso, y una etiqueta que dice: _azeite_. Estas ofrendas en especie al santo indican que aquello que, al parecer sobra, es precisamente lo que falta en el asilo; para que se enteren las almas caritativas que por all caen rara vez a cumplir en una obra de misericordia, y que sus ddivas sean las que ms se han menester en la pobre casa. Tintinea, cada vez ms lejos, una campanilla, de voz resquebrajada y vieja. Por una puerta, pintada de negro, sale una vieja monjita, que se advierte que es esqueltica, a pesar del haldudo faldamento; momificada la faz. Sus ojos, voluminosos y cansados, se reaniman un punto al ver al seor Colignon, que corre a su encuentro, con las manos extendidas. --Ah! Felicita, simptica Felicita. --Hermana de los Dolores, seor Colin--corrige la monja. --Es verdad, es verdad. Pero yo no puedo olvidar. --Debemos olvidar; y si no podemos olvidar, debemos parecer como que hemos olvidado--dice la hermana, con uncin monjil y acento de nostalgia, como dando a entender que, a pesar de todo, no ha olvidado. Qu haba de olvidar la triste Felicita! Sobre todo, el seor Colignon refresca la memoria y conturba el pecho de la hermana de los Dolores. Estos efectos se producen sin intencin ni culpa del francs, slo a causa de su obesidad. Como los viejucos asilados, y asimismo todos los beatones que acuden all de visita son, sin excepcin, gente magra, cada vez que la hermana de los Dolores ve un hombre gordo, imagina tener ante s al enamorado y malogrado Novillo, y se siente nuevamente la Felicita de antao. Est ahora con los ojos obstinadamente humillados, por no recibir en ellos la imagen del abdomen, rotundo y endemoniadamente evocador, del seor Colignon. --Pero, mi Dios!--exclama riendo el recin llegado--, que ya le ser a ust bien difcil olvidar y disimular.... Esta es una sucursal de la Ra Ruera de otras veces. Belarmino est aqu; Apolonio est aqu; el usurero est aqu; ust est aqu. Yo soy solamente el que falto, y yo estoy aqu ahora. Todos los otros que no son venidos al _rendez-vous_ es porque son muertos y en la eternidad de la nada. --Ay!--suspira la hermana, sin elevar los ojos, contra todas las reglas del bien suspirar--. Los de aqu estamos tambin muertos y miramos el mundo desde la perspectiva de la eternidad. --Qu idea! Pero comemos todava pasteles. Entretanto podemos comer pasteles, Dios sea bendecido.--Y el seor Colignon se re como siempre, con glog de pavo y trepidacin de estmago. Prosigue.--Yo veo ya que hacen falta aqu judas y garbanzos y aceite. Tanto mejor para comer pasteles. --Dios se lo pagar, seor Colin. Antes dejara de salir hoy el sol que usted de aparecer con su agasajo pascual. Los ancianitos, desde hace ocho das, se relamen de gusto por anticipado, y no hablan de otra cosa que de las ricas confituras del seor Colin. Qu poca cosa se necesita para hacer la felicidad de los dems! --Bien poca cosa: tres kilos de harina, tres kilos de azcar, tres docenas de huevos, tres palos de canela y dos vainillas. Pero conste que aquellos quienes invitan a los pobres pequeos viejos no soy yo, pero son sus compaeros Belarmino y Apolonio. --Qu poco se necesita para la felicidad, y cmo casi nunca llega ese poco...!--dice para s la hermana de los Dolores, sin referirse, claro est, a la harina, el azcar ni los huevos, puesto que no haba parado atencin en la rplica del francs, sino que estaba abstrada en sus pensamientos. Saliendo de s, aade:--que dejen aqu estas cestas. Ya pasarn a recogerlas. Vaya usted, seor Colin, a ver a sus amigos, hasta la hora del refectorio. Ya conoce el camino. Estn en el jardn, de seguro, esperndole con impaciencia. El seor Colignon recorre unos pasillos, donde huele a bazofia, y sale al denominado jardn; un jardn sin ms flores que algunos asfodelos. Es una explanada de pradera; la pradera, cortada por veredas arenosas; en las veredas, bancos de madera; palio de los bancos, las copas de las acacias. Hay un aliento de tierra hmeda. Brilla un sol tenue y amarillo que deshace las formas y las trueca en una insinuacin huidera e inmaterial, no se sabe si de aurora o de atardecer, y es medioda; un vapor ureo que empaa los lmites y funde las cosas en unidad fluyente e indecisa, que no se sabe si es de recuerdo o de esperanza. Luz elsea. Cada vez que el seor Colignon, tan carnal y concreto, se asoma a aquel jardn, se figura pisar las lindes primeras de los Campos Elseos, habitados por las imgenes desencarnadas de los que fueron y ya no son, de aquellos que dejaron en la tierra el cuerpo slido, sede de los placeres amables, y no conservan sino la apariencia de vida, y con ella las pasiones aejas, porque las pasiones son el alma, y el alma es indestructible. El aliento hmedo de la tierra se le mete al seor Colignon hasta los huesos, y experimenta un escalofro hondo. Pero esto es justamente lo que le gusta; penetrar por unos momentos en una especie de ms all, o mundo de ilusin y recuerdo, a solazarse con sus curiosos pobladores y en la certidumbre de que all tambin se comen pasteles, y que l, aunque dentro de aquel simulacro de ultratumba, puede salir cuando se le antoje y volver a las delicias de la vida fisiolgica y agitada. As que asoma el seor Colignon en el jardn, los viejos, desparramados de un lado y otro, acuden a l, con paso vacilante y premioso, como entre sueos, cuando los movimientos estn entorpecidos por rmoras pesadas e invisibles. Uno, sealadamente, se rezaga. Viene con paso majestuoso y talante indiferente, decidido a no mostrar vulgar premura: es Apolonio. Slo otro permanece en su sitio, all lejos, sentado en un banco, habiendo saludado al seor Colignon con leve ademn de la mano: es Belarmino. Belarmino y Apolonio son bastante ms jvenes que el resto de los asilados. Una monja, guardadora de aquel rebao de hombres decrpitos, va caminando por una de las sendas transversales, y acierta a cruzarse con el roncero Apolonio. La monja es la hermana Lucidia. Nada vieja; tampoco nada joven.... Sobre el lado derecho de la cara, cogindole desde la sien hasta la comisura de los labios, y todo a travs del carrillo, tiene--ya desde que naci--una mancha crdena, de perfil tentacular, como huella flamante de un bofetn; un bofetn que, antes de salir a la vida, le di el destino. La hermana Lucidia lleva siempre la cabeza inclinada sobre el lado derecho, como si le pesase aquella vergenza, como si procurase ocultarla o como si presentase la otra mejilla, plida e intacta, a la adversidad de la agresiva providencia. Aquella mancha, que parece embadurnada con hollejo de uva negra por la mano lbrica de un stiro en el delirio buclico de la vendimia, sugiere una historia trgica de amor, ntima y sellada. La monja debi de haber sido linda, a pesar de la mancha bochornosa, y todava ms que linda, a causa de la mancha, para un espritu apasionado y propenso a las emociones dramticas, como es el de Apolonio. Apolonio se acerca a la monja, y con fuego contenido, porque si alguno espa no se percate, susurra: --ngel consolador del alma ma! Te adoro; yo te adoro noche y da. Eres al par consuelo y desconsuelo, fulgor y palidez, igual que el cielo. El da y la noche, por manera rara, se representan en tu hermosa cara. De este lado es serena y sin reproche, de palidez mortal; Diana, la noche. Del otro lado es roja y encendida, como Apolo, gneo padre de la vida. Oh terrible combate! Gozo o peno; ya miro al lado ardiente, ya al sereno; y mirando a tu rostro, noche y da, pasan las horas de la vida ma. --Seor Apolonio, djese de coplas. Cuando me habla as es que quiere pedirme algo; lo s por experiencia. Dgame lo que le ocurre como Dios manda. --Pedirle algo, s, lo de siempre: que nos escapemos juntos. Nuestras edades no son, si bien se mira, desproporcionadas. Paso de los sesenta, y qu?; estoy gil y fogoso como un recental. En cuanto a ganarme la vida, ando ya a punto de concluir un drama, que nos har millonarios; as como suena. Viviremos en Madrid; tiraremos carruaje. Qu pelo de caballo le gusta a usted ms? A m el alazn o el flor de romero. Decdase; seremos felices. Un da, cuando tengamos confianza, me contar usted su drama, el drama espantoso que adivino, pero que no solicito conocer todava, por no violar el vedado de su conciencia. Decdase, preciosa Lucidia. --Lo pensar, seor Apolonio. Pero, aparte de la escapatoria, que va para largo, usted tiene algo ms inmediato que pedirme. Hable sin reparos. --Tiene usted, divina criatura, el alma clarividente; alma de sibila. Usted lee en mi pecho. Qu necesidad tengo de hablar? Ahrreme el mal rato de tener que decrselo yo. --O habla usted, seor Apolonio, o qudese con Dios, que no soy amiga de adivinanzas. --Sea. Sus deseos para m son un ukase imperial.--Apolonio contina hablando, cohibido y a tropezones.--No es vanagloria, no es orgullo satnico; es la verdad. Qu le voy a hacer yo? Soy un hombre infinitamente superior a todos los que viven de caridad en esta santa casa; a todos; no dejo afuera a ninguno. Superior por la familia; superior en posicin econmica; superior en inteligencia. Yo he recibido una educacin acadmica. Yo uso zapatillas de piel de cabra; ellos, de orillo. Yo he estrenado un drama con inenarrable xito. Yo tengo un estmago delicado. --Esta ltima superioridad es la que todos le reconocen. --A eso voy. Yo necesito beber agua de Vichy en las comidas. Yo comprendo que, cuando vamos en fila al refectorio, yo, el nico, con mi botella de agua de Vichy en los brazos, todos los dems me envidian, y dir ms, hasta me aborrecen. Cunto daran ellos por estar enfermos del estmago y por tener un hijo cannigo que les enviase dinero para comprar agua de Vichy y otros lujos y antojos.... Yo podra vivir con mi hijo, si yo quisiera. Pero mi hijo prefiere que yo est aqu, al cuidado de encantadoras vrgenes, como husped distinguido, sin que me falte nada. Pues bien: me falta ahora algo. La ltima botella de agua de Vichy se me ha concludo ayer. La superiora me dice que no ha recibido dinero de mi hijo, para comprar ms botellas. Me explico el olvido, porque mi hijo me deca en una de sus ltimas cartas que iba a Madrid, a predicar en la Capilla real; fjese usted bien, en la Capilla real, nada menos. No tendra cabeza para pensar en otra cosa; es explicable. Pero, cmo voy a ir hoy, hoy, precisamente, da de Pascua, al refectorio, sin mi botella de agua de Vichy? Qu no diran los otros, sobre todo alguno que, por desprecio, no nombro? Cul no sera la humillacin, la befa, el escarnio? No, no y no; antes la muerte. --Y qu puedo yo hacer, seor Apolonio? --A eso iba, celestial hermana Lucidia.--La voz de Apolonio tiembla.--Yo quera pedirle permiso para que me consienta coger una de las botellas vacas de agua de Vichy, e ir a llenarla con agua del grifo de los laureles. Nadie me ver ni nadie notar nada. --Por qu no? Se lo consiento--responde la hermana, sonriendo plcidamente. Sepranse. Apolonio siente maravilloso alivio; se le ha evaporado una gran pesadumbre de encima del corazn. La botella de agua mineral es para l--puesto que l presume que lo es para los dems--una insignia jerrquica, un smbolo de superioridad. Un smbolo, acaso, de superioridad econmica? Desde luego; pero esto, para Apolonio, es lo secundario. Lo esencial es que la botella, con su contenido hidrulico y teraputico, se manifiesta a los ojos de todos como prueba sensible de la superioridad intrnseca y corporal de Apolonio. Este orden de superioridad irrefragable consiste--l mismo acaba de decirlo alardosamente--en padecer una enfermedad del estmago; aunque es lo cierto que disfruta un buche de avestruz y que digerira piedras volcnicas. Apolonio--por algo es _a nativitate_ autor dramtico--supone que la dileccin o preferencia de los dioses por algunas criaturas mortales se acredita mediante un estigma o tara original, y que los verdaderos hroes en la tragedia de la vida humana sufren y ostentan cundo una, cundo otra enfermedad o adolescencia de la carne, como marca sagrada que distingue al protagonista entre la plebeyez del coro. Apolonio haba elegido para s la dispepsia. Hubiera preferido una mancha sanguinolenta en la faz, como la hermana Lucidia; por eso ama y reverencia a la monja. Pero la dispepsia le basta para sus intenciones, que son ofrecer palpable contraste y parangn con Belarmino. Ya puede Belarmino encerrarse en silencio hermtico y filosfico, dando a entender, con la sonrisa de sus labios delgados y sin color, que est, al cabo, por encima y a distancia de todas las cosas. Quin le creer? Belarmino digiere bien. Cmo admitir que ha trabajado mucho con la cabeza, l, que no se ha puesto enfermo del estmago? Y Apolonio, con talante trgico y miserable, como un hombre predilecto de las divinidades funestas, se dirige hacia el grupo que componen el seor Colignon con los viejos casi desencarnados en torno suyo. Visten los viejos todos lo mismo: trajes de sayal, color franciscano, de pao casero, tejido en los telares, a brazo, del Hospicio provincial por los nacidos annimos para los muertos annimos. A todos les cae el traje demasiadamente holgado, y hace pensar en una mortaja. Apyanse en cayados de haya descortezada, lustrosa y marfilea, que parecen huesos mondados y antiguos. Hablan con voz temblona, sacudida, como las ltimas y desfallecientes repercusiones de los ecos. _Olalla_ (un viejo que fu borracho):--Buenos son los dulces, seor franchute, pa los neos y las muyeres llambionas. Convdenos a sidrina, seor; la buena sidrina con _panizo_[1]. Cunto fa que non la cato!... [Nota 1: Panizo = burbujeo.] _Monasterio_ (un viejo que vivi en Cuba):--Dnde ests, Olalla? Donde estoy, estaba. Pitillos, seor, aunque sean de los de mataquintos. El hombre es humo, y en faltndole el humo, ya no es nada. _Larrosa_ (un viejo que fu lechuguino):--Una corbata, seor, una corbatina, de las muchas que le sobrarn en el guardarropa; y si pudiese ser azul persia, que es el color de moda.... Slo los criados van sin corbata. Aqu tinennos sin corbata, que es peor que no comer. _Cillero_ (un viejo glotn):--Calla t, silbante. Adonde vas? Seor, las lentejas, y las judas y los garbanzos tienen coco. El queso est ratonado. Que lo sepa el excelentsimo seor Presidente de la Diputacin. Y carne? Pa agolerla. Juntando con un fuso, porque est desfilachada y en hebras, la que nos dan a todos, saldra, a lo ms, a lo ms, un ovillo no mayor que este puo. _El seor Colignon_ (palpndose, satisfecho de reconocerse tan vivo y pinge, en medio de las sombras quejumbrosas de los hombres pretritos):--Bueno, bueno, mis queridos pequeos viejos; algn da ello llover sidra, cigarrillos, corbatas, un epatante solomillo.... _Bellido_ (el usurero):--Qu sidra, ni pitillos, ni corbatas, ni solomillo. A m no me importa beber, ni fumar, ni andar en pelota, ni comer lentejas con guijarros. Yo no soy un borracho; yo no soy una chimenea; yo no soy un pisaverde; yo no soy un cerdo; yo soy un hombre honrado, trabajador y justo. Justicia, justicia. Yo quiero lo mo. No morir tranquilo, seor Colin, hasta que no sepa que han dado garrote vil al bandolero de Hurtado, que me rob el fruto de mis privaciones. Y ust sabe, seor Colin, que Belarmino me debe dinero. Ust fu socio de Belarmino. Ust debe pagarme ese resto de crdito. _Varias voces_:--El bandolero eres t. Y ladrn. Cochino. Abrenuncio. Ftido. Hasta aqu se arregla para llevarnos las cosas, ya que no hay cuartos. _Bellido_ (irritado y convulso):--Callaivos, manguanes. Son transacciones lcitas, negocios de buena ley. Quin vos tiene la culpa de ser perros y gandules? _Varias voces:_--Engaos. A m llevme una camisa. A m unos brodequines. A m los pauelos. Y pecunia tambin la esconde, seor franchute. Tiene gato. Tiene gato encerrado. Yo bien s donde se acobija. Una noche llevarselo la gardua. _Bellido_ (lvido, iracundo y amedrentado):--Salteadores. Unicornios. No tengo gato, no; ni gato ni liebre. Engaasvos. Vivo por el amor de Dios y de las buenas almas. Todos me robaron, y vosotros tambin, manguanes, que me peds cosas emprestadas y luego me negis los rditos.... En esto, como inflado navo de aparejo redondo, un navo de ensueo, aporta Apolonio en el grupo. La tempestad de los viejos se encalma. Los viejos se alejan. Estn a solas Apolonio y el confitero francs. Apolonio habla, con su acostumbrada prosopopeya. El confitero escucha, con su regocijo acostumbrado. Despus de un rato de palique, el seor Colignon se encamina hacia el lugar en donde Belarmino ha permanecido sin moverse. El banco donde descansa Belarmino est emboscado en un macizo de laureles, al modo de muro en semicrculo. Por detrs del muro verde se oye un chorro de agua. El seor Colignon se sienta al lado de Belarmino y le toma afectuosamente las manos. El francs, sin desasir las manos del amigo, habla, con su acostumbrada profusin. Belarmino escucha, con su mutismo acostumbrado y sonriente. --Qu es lo que es aquello?--interroga el seor Colignon, solicitado por inslito revuelo y algaraba que se ha movido entre los viejos, al pie del casn. Belarmino ni siquiera vuelve la cabeza a mirar. Nada le inspira curiosidad. Pasa algn tiempo. La hermana Lucidia se acerca al rincn habitual en donde se halla Belarmino, y le entrega un papelito verdiazul, plegado. Es un telegrama. Belarmino, con gesto resignado e indiferente, lo abre y lo lee. Pero, apenas lo lee, se pone blanco. Una lgrima palpita en el borde de sus pestaas. Se pasa una mano por la frente. --Sueo? Estoy soando? Yo, soy yo? No me facturan las beligerancias, la inquisicin, el pongo y quito de los comensales. Resurrxit. Aleluya. La hermana Lucidia jams haba odo hablar as, ni casi de ninguna otra manera, al taciturno Belarmino. Piensa que, sbitamente, se ha vuelto loco. El seor Colignon eleva los brazos al cielo, en actitud de triunfo y accin de gracias. --A la fin, a la fin--exclama--, ella se desla la dulce y deliciosa lengua de otras veces. Habla, habla, mi bien amado amigo. Pero Belarmino, hmedos los ojos, la voz opaca, extiende un brazo, y dice: --Ahora, no; ahora, no. Otro da hablaremos; hablaremos, mi muy querido seor Colin; hablaremos hasta que el corazn se nos derrita en saliva, y la saliva en palabras, y las palabras en el viento. Levntase Belarmino y va a ocultar su emocin detrs del macizo de laureles. La hermana Lucidia y el seor Colignon se retiran. Antes de marcharse, el francs busca a Apolonio; pero no le halla, y se va sin despedirse de l. Apolonio tambin ha recibido un telegrama. Luego de leerlo, haba dicho a los dems asilados: --Seores: soy un strapa; tengo ya ms riquezas que el preste Juan de las Indias, Creso y Montezuma juntos. Os prometo erigir un palacio donde vivis y llevis cada cual la vida que os apetezca.--Y sta era la causa del revuelo y algaraba de antes. Los viejos zarandeaban a Apolonio, disputndoselo a tirones de chaqueta y formulando, desde luego, solicitudes para lo futuro. Apolonio recibe, embriagado de dicha y vanagloria, como falso dolo, las preces de aquellos infelices. En esto recuerda que el agua de Vichy se ha concludo, y que tiene que improvisarla, de prisa y corriendo, para la comida, que es a la una de la tarde. Se zafa de sus compaeros; se escurre por un pasillo, en busca de una botella vaca; sale al jardn y da un gran rodeo, porque nadie sospeche la maniobra. Crzase, por ventura, con la hermana Lucidia, y le dice, al paso, sin detenerse: --Grandes nuevas han llegado. Nos uniremos en himeneo, ngel consolador. Nuestro tlamo estar labrado en sndalo; digo, qu impropiedad!, en otras maderas preciosas y adornado con gemas orientales. Ya est Apolonio en la fuente de los laureles, llenando con agua apcrifa la botella de agua de Vichy. Como la postura en cuclillas le resulta incmoda, da una vuelta, y... ah, frente a l, mirndole de hito en hito, sonriendo con lstima--cuando menos a Apolonio se le antoja una sonrisa de lstima--, descubre a Belarmino en persona. En persona? A Apolonio le flaquean las piernas. Cae de rodillas. Belarmino est en pie, callado e inmvil. --Eres Belarmino, o eres un fantasma ilusorio?--balbuce Apolonio. Belarmino no rechista ni se mueve. --Seas Belarmino, seas su cuerpo astral--prosigue Apolonio, en expansin irresistible de amor propio vejado--, te advierto que es verdad que padezco del estmago; que el agua de Vichy que siempre he bebido era agua de Vichy autntica; que ahora no vena a llenar de agua la botella, sino a lavarla, porque la necesito para meter agua de Colonia, ya que debo emprender en seguida un largo viaje. Y si pones en duda mi palabra, que es palabra ms que de rey, ya quisiera Su Majestad...!, te reto en singular combate. Y se pone en pie, empuando la botella por el cuello. Por la frente dramtica de Apolonio cruza un negro pensamiento. Ah est Belarmino, desmedrado e inerme, a su merced. Un botellazo en la cabeza, y asunto concludo. Que luego le procesaran, y qu? Con dinero se cohecha a los jueces. Pero antes de rematar a Belarmino, saciando as un viejo afn de venganza, cuyos motivos, por ms que ha rebuscado, Apolonio no ha conseguido encontrarlos en su corazn, ocrresele humillarlo, rebajarlo cumplidamente, haciendo que por primera y ltima vez le envidie. --Toma y lee--dice, ceudo, Apolonio, alargando despectivamente a Belarmino, como si fuese su sentencia de muerte, el telegrama que acaba de recibir. Despus de haber ledo el telegrama de Apolonio, Belarmino saca de la chaqueta otro telegrama, que entrega a Apolonio. Luego abre los brazos, mira al firmamento, y suspira: --Toma y lee. Bendito sea Dios! El telegrama de Apolonio deca: De vuelta en Castrofuerte me informan que soy heredero de fortuna fabulosa. Ir a buscarle en seguida. Viviremos juntos una vida venturosa.--_Pedro_. El telegrama de Belarmino deca: Estoy salvada. Pedro me ha salvado. El mismo Pedro le sacar de ah y le traer conmigo en seguida. Seremos todos felices.--_Angustias_. Belarmino se mantiene con los brazos en cruz: pero ahora no mira al firmamento, sino a Apolonio. Apolonio vacila un segundo, nada ms que un segundo. Una fuerza ineluctable, una exigencia del destino le lleva, tambin con los brazos abiertos, la botella en la mano, y en alto, agresivo, hacia Belarmino. Belarmino se adelanta a su encuentro. Apolonio y Belarmino... se abrazan en un abrazo callado, prieto, efusivo y fraternal. --Nunca te he odiado; lo juro--dice Apolonio, al cabo--. Nunca te he odiado, aunque t me despreciabas. --Nunca te he despreciado--murmura suavemente Belarmino. Es la primera vez que se hablan, y se tratan de t con espontaneidad, porque en el misterio del pecho eran ntimos el uno del otro, desde hace muchos aos. --Yo te admiraba y te envidiaba--confiesa Apolonio, con rubor. --Yo tambin te he tenido envidia--declara Belarmino, con franqueza. --Eres como mi otra mitad. --S, y t mi otro testaferro. (Testaferro = hemisferio.) --Ya estamos unidos. Qu dramas voy a escribir ahora. T sers mi inspirador, como Scrates lo fu de Sfocles; al menos, Valeiro as me lo aseguraba. Suena, lejos, la campana que llama al refectorio. --Concluye de llenar la botella--aconseja Belarmino. --Es verdad. Pero te aseguro que es la primera vez que hago esto. --Ya lo s. Van del brazo, por el jardn de asfodelos, envueltos en la niebla dorada del sol, que produce una ilusin evanescente, como si aligerase la gravedad de las cosas materiales. --Pero, no estamos soando?--interroga Apolonio, anhelante--. Apenas si toco la tierra en donde piso. --Parece un sueo. El tetraedro es un sueo. Slo es verdad el amor, el bien, la amistad. Dentro de la casa, los asilados, en fila, estn aguardando que lleguen Apolonio y Belarmino, a fin de ponerse al punto en marcha hacia el comedor y los pasteles. --Por dnde andarn esos chiflados?--pregunta la hermana de los Dolores. Y sale en busca de ellos. Al verlos venir del bracero, a lo largo de una vereda, la monja se santigua: --Jess, Mara y Jos! Estoy soando? Qu milagro es ste? No es sueo, no. Es realidad.--Y aade, ya al par de ellos:--Gracias a Dios que se han reconciliado ustedes. El Seor les ha tocado en el corazn. Nada hay ms sabroso que el perdn, sobre el resentimiento. Hoy, que es da de gloria, tambin yo me atrevo a pedirles que me perdonen. Hace ya aos, y aunque con la mejor intencin, yo les he hecho sufrir. Y algo peor: yo he contribudo, con mi aturdimiento insensato, a hacer desgraciada a Angustias, quizs a don Pedrito, y, desde luego, a ustedes. Bien lo he pagado! Dios me perdonar. Perdnenme ustedes. --Qu dice ust ah, Felicita? No sea ust simple. Ust, sin saberlo, y por consecuencia de aquellos manejos de hace aos, ha sido el _Deus ex machina_ de este da, el da ms feliz de nuestra vida, de don Pedrito, de Angustias, de Belarmino y ma. --As es--coment Belarmino. Y en seguida, meditabundo--. Cunto durar? --Lo que nos resta de vivir--afirma Apolonio, accionando con rotundidad escnica. Y le muestran a Felicita los telegramas. La hermana de los Dolores, invadida de congoja, casi desfallecida, se lleva las manos al corazn. --A todos les ha llegado su hora de felicidad--bisbisea, como hablando consigo misma--. A todos, menos a m. Mucho premio me debe Dios en el otro mundo! Ya estn incorporados Apolonio y Belarmino en las dos filas de asilados. Ya se mueven las filas torpemente, con bastoneo, carraspeos y arrastrar de pies. Belarmino va andando, como siempre: con la cabeza baja, sonriente y ensimismado en su mundo interior. Apolonio, como siempre, ya desde su juventud, anda hspido, enhiesto el crneo, con lentitud y prestancia pontificales. En los brazos, ostentatoriamente, conduce la botella de agua de Vichy, apcrifa, presumiendo que todos los dems contemplan con envidia aquel signo de distincin, testimonio de riqueza e indicio de dolor de estmago. EPLOGO. EL ESTUDIANTN. Froiln Escobar, alias Estudiantn y Aligator, muri de hambre, lo cual cae dentro de la lgica inmanente de las cosas. l mismo debi de vislumbrar el desastrado fin que le aguardaba, pues entre las notas y apuntes que dej a su muerte le esta sentencia: El que consagra sus das a la busca y ejercicio de la Verdad, el Bien y la Belleza, es incompatible con la vida; por lo menos, con la vida tal como se nos ofrece en la sociedad presente. La vida moderna es la negacin de la Verdad, el Bien y la Belleza; y, recprocamente, la Verdad, el Bien y la Belleza son la negacin de la vida moderna. De consiguiente, el que profesa en esta tres categoras, o renuncia a vivir, o se le tomar como revolucionario y anarquista. Realmente, quien hubiera visto a Escobar, tan desgraciado de formas plsticas, tan desarrapado y cochambroso, jams pudiera adivinar que el insigne Aligator haba profesado en la categora de la Belleza. Cierto que el infeliz aluda a la Belleza suprasensible y espiritual, que no a la fsica y perecedera. En fin, que fatalmente se tuvo que morir de hambre. Pero lo extrao, lo paradjico, es que se muri en casa de un carnicero, llamado Serapio, que le haba recogido por caridad. El matachn le daba gratis un camaranchn, con un camastro, en donde cobijarse, y unas cadas, desechos o piltrafas de carne, especie de cordilla, para que comiese. Por desdicha, Escobar era herbvoro, y repugnaba la carne a tal extremo, que antes que comerla se dej morir de inanicin. Qu contraste Escobar y Serapio! El carnicero, tan rollizo y colorado que pareca una res desollada, era la incorporacin ms corprea del cuerpo humano en lo que tiene de ms material. Escobar, amarillo, azuloso, vibrtil, casi etreo, era la proyeccin ms espiritualizada del espritu humano en su trnsito a travs del barro corpreo. Al morir, Escobar dej gran caudal de escritos, la mayor parte notas y esbozos. Tuve la suerte de verlos y examinarlos, antes que Serapio los arrojase al cajn de la basura. Algunos de los pensamientos, expresados en forma escueta, me sorprendieron y llenaron de perplejidad. Por ejemplo: Los dos hechos histricos ms nocivos para el progreso de la ciencia pura y el imperio final de la cultura fueron la invencin del papel y la invencin de la imprenta. Si en lugar de escribir en resmas de papel se escribiese en un menguado folio de pergamino, entonces merecera leerse, porque no se escribira sino lo que mereciera escribirse. Todas las bibliotecas pblicas debieran cerrarse. La mayor estupidez que he ledo es esta frase de Carlyle: _La mejor universidad de estos tiempos es una biblioteca_. Yo replico: la mejor universidad sera un cuartel. Quiero decir: una cultura socializada e impuesta al modo de la disciplina militar. La disciplina militar es abominable porque es inculta. La cultura moderna es abominable porque es indisciplinada. Nadie tiene derecho a poseer ms cultura que la que le corresponde, segn sus facultades y funcin social en que ha de emplearse. En el estado actual de la cultura hay generalsimos que son simples rancheros, y, por el contrario, hay miserables rancheros dotados de la chispa genial, hombres frustrados y menospreciados, que hubieran sido generalsimos por propio derecho, de existir la apropiada organizacin cultural cuartelaria. Se me figura que, al escribir las lneas anteriores, Escobar pensaba en Belarmino y Apolonio. Segn yo iba leyendo los borradores del Aligator, no pude menos de recordar al excelente don Amaranto de Fraile. Qu unidos y qu opuestos los dos personajes! Estaban en la relacin de los dos polos de un eje. Uno era el autodidacto; otro, el dogmtico. Los dos estaban aquejados de _libido sciendi_, concupiscencia de saber, lujuria cientfica. Si menciono aqu los papeles pstumos de Escobar, no es porque me hayan recordado a don Amaranto, sino porque en ellos se habla de Belarmino y Apolonio, y sealadamente que me proporcionaron un documento curioso y til, del cual puede aprovecharse asimismo el lector. Copiar todo lo que a Escobar se le ocurri acerca de los dos zapateros, sera enfadoso. Trasladar solamente algunas opiniones peregrinas. Belarmino hubo de inventar su lenguaje porque careca de instruccin, de lecturas. De haber ledo desde la infancia variedad de autores clsicos, cmo habra llegado a hablar y escribir Belarmino? Max Muller repite incontables veces, y lo prueba otras tantas, que pensamiento y lenguaje son idnticos. Por el estilo del autor se viene en conocimiento de su inteligencia: Estilo metafrico, estilo engolado, estilo arcaico, estilo recortado, estilo desnudo, estilo llano, estilo exquisito, estilo colorista, estilo abstracto, etc., etc.; todos ellos, cada uno de por s, denotan inteligencia limitada y escasez de pensamiento. La totalidad y fusin de todos ellos, predominando cada manera segn la razn del pensamiento: Cervantes, el primer pensador espaol. Y ms adelante: La cualidad primordial del dramaturgo (lase Apolonio) es la aptitud para la simulacin eficaz. Esta simulacin no es slo externa y de superficie. El dramaturgo, desde el fondo de su propia alma, comienza a simular para consigo mismo; pero el _ego_ ms recndito y personal permanece siempre ausente e inhibido de la emocin. Por eso el dramaturgo es incapaz de amar verdaderamente. Hay una paradoja del dramaturgo; es la misma que Diderot llam paradoja del comediante. La emocin no se comunica, sino que se provoca. Para provocar una emocin hay que mantenerse fro. Hacen llorar los actores que saben fingir el llanto. Los que lloran de veras, hacen rer. Lo mismo con el dramaturgo. La dramaturgia cre el tipo del hombre que provoca amor en todas las mujeres, porque l finge amar, pero a ninguna ama: don Juan. El dramaturgo va por la vida inventando dramas, descubriendo dramas. Dirase que este don de invencin (inventar significa descubrir) proviene de que el dramaturgo vive los dramas. Al contrario. El que vive un drama no ve _el_ drama; ve _su_ drama individual. Y si por caso al dramaturgo le acontece ser vctima en un drama vivo, l permanece ecunime, sereno. Finge ser actor siempre; y siempre es espectador, espectador de s mismo. Tal es la paradoja del dramaturgo. Todo el que se conduce en la vida con ademanes de nfasis pattico es un simulador, un dramaturgo en potencia. Estos hombres son necesarios en el mundo, porque sin esa fracasada voluntad de pasin, naturalmente contagiosa, la humanidad se acabara, de apata y de sapiencia. Mas, ay!, si predominasen estos hombres, cuyo tutano ntimo es una ausencia, un hueco, una burbuja, como la que se ve en los niveles, burbuja que difcilmente se logra centrar...; si esta especie de hombres predominase, la humanidad, cada vez ms hinchada y vaca, reventara, como la rana que quiso igualar al buey. Providencialmente, frente al dramaturgo est el filsofo (lase Belarmino). El filsofo se halla constituido a la inversa del dramaturgo. Por de fuera, serenidad, impasibilidad; en lo ms secreto, ardor inextinguible. El filsofo es un energmeno conservado entre hielo. Porque el hielo es el gran conservador, as para las pasiones como para las cosas comestibles, que en cuanto se las saca al aire y a la luz se ponen rancias, manidas. El filsofo vive todos los dramas; jams es espectador. El dolor ajeno lo siente como dolor propio; el dolor propio lo multiplica por todos los dolores ajenos; y as en el dolor propio como en el ajeno experimenta el contacto de esta y aquella brasa de la gran hoguera que es el dolor universal, el drama de la vida. El dramaturgo, aquejado de su ltimo y vergonzoso vaco interior, se precipita hacia la superficie, se manifiesta con amplitud enftica, como taumaturgo, y hace conjuros a la pasin y al frenes. Busca en la pasin imaginada el correctivo de la apata ntima. Adems, como por dentro no puede llorar, por fuera no acierta a sonrer. El filsofo, por su parte, busca en la apata, en la serenidad, en la sapiencia, correctivo a la abrumadora pasin recndita. Esa es la _sofrosine_. El filsofo llora por dentro y sonre por fuera. Cuando al filsofo le llega la hora de su drama, su drama es tan intenso que siente como que se destruye, no ya su propio corazn, sino todo el universo, y nada existe ya. Es la mxima apata e indiferencia; la _ataraxia_. Pero el filsofo necesita del dramaturgo, para no ser estril ni perecer. Y el dramaturgo necesita del filsofo, para no ser vano ni desaparecer. Sfocles necesita de Scrates, y Scrates necesita de Sfocles. Los dilogos socrticos tienen forma dramtica y los dilogos sofclitos tienen fondo filosfico. Algo parecido a esto de Scrates y Sfocles se lo dijo Apolonio a Belarmino, en el asilo y en coyuntura bastante dramtica; lo cual me hace suponer que Escobar y Apolonio haban llegado a ser amigos, y que el zapatero estaba inspirado por las teoras del Estudiantn. Se observar que estas teoras son enteramente opuestas a las de don Amaranto. Para don Amaranto, el dramaturgo es el que penetra en el drama individual; y el filsofo, el que se aleja de l. Para Escobar, el que penetra en el drama es el filsofo, y el dramaturgo es el que permanece a distancia. Desconcertante disparidad y contraposicin de los humanos pareceres! La doctrina de don Amaranto es refutable, y no menos defendible; y otro tanto la de Escobar. Y en resolucin, todas las opiniones humanas. El error es de aquellos que piden que una opinin humana posea verdad absoluta. Basta que sea verdad en parte, que encierre un polvillo o una pepita de verdad. Cuando un buscador de oro dice que ha encontrado oro, no da a entender que se haya apoderado de todo el oro que guardan las entraas de la tierra, sino eso, que ha encontrado oro, un poco de oro. Tan verdad puede ser lo de don Amaranto como lo de Escobar; y entre la verdad de Escobar y la de don Amaranto se extienden sinnmero infinito de otras verdades intermedias, que es lo que los matemticos llaman el _ultracontinuo_. Hay tantas verdades irreductibles como puntos de vista. Yo he querido presentar, acerca de Belarmino y Apolonio, los puntos de vista de don Amaranto y de Escobar, porque entre ellos cabe inscribir todos los dems, ya que por ser los ms antitticos, son los ms comprensivos. Y singularmente he apelado a la ciencia y doctrina de estos caballeros, por disimular que frente a Belarmino y Apolonio, ni tena ni tengo punto de vista determinado. Belarmino y Apolonio han existido, y yo los he amado. No digo que hayan existido en carne mortal sobre el haz de la tierra; han existido por m y para m. Eso es todo. Existir, multiplicarse y amar. Ms arriba he aludido a un documento curioso y til que Escobar dej entre sus papeles pstumos: es un lxico completo de todas las voces y trminos de que se serva Belarmino, acompaados de la acepcin en que l los usaba. Yo he entresacado, para mayor comodidad, aquellos que el lector ha odo ya a Belarmino, los cuales van como apndice del presente volumen. El vocabulario recogido por Escobar lleva las siguientes lneas preliminares: Max Mller dice que colocando las veintitrs o veinticuatro letras de los abecedarios en todas las combinaciones posibles, se obtendran todas las palabras que han sido empleadas en todos los idiomas del mundo y todas las que se hayan de emplear. Tomando veintitrs letras como base, el nmero de palabras sera: 25,852,016,738,884,976,640,000; y con veinticuatro como base: 620,448,401,733,239,439,360,000. Belarmino no lleg a usar de tanta riqueza lxica; ni siquiera se aproxima a Dante, Shakespeare y Cervantes, que utilizaron miles de palabras. Belarmino se qued alrededor del medio millar. Recuerdo haber ledo en alguna parte que Racine en sus escritos no pas de 400 voces, con ser su lenguaje tan dctil, fino y matizado. FIN Valdenebro de los Valles, Valladolid. Agosto-septiembre 1920. APNDICE ALGUNAS VOCES DEL LXICO BELARMINIANO ACARICIAR.--Sentir respetuoso recelo, como se hace al propiciar y halagar ciertos animales. ANALFABTICO.--Indiferente, imparcial, sin prejuicios intelectuales. BELIGERANCIA.--Oposicin, contraste. Adversidad, desgracia. BELIGERANTE.--Contrario, opuesto. BESAR.--Envidiar. Proviene del beso de Judas. CAPULLO.--Sonrisa. COMENSAL.--El hombre en tanto vive, porque para vivir necesita comer. Alude a las bajas necesidades materiales que cohiben la plena vida del espritu. CLASE.--Conducta. Los hombres se clasifican segn su conducta. CHISGARABS.--Quid. Cuando dais en el quid de las cosas veis que es algo sencillo, simple, leve, escapadizo; un chisgarabs. DESNUDAR.--Descubrir la verdad profunda, la causa. DESNUDO.--Causa ltima, explicacin. Belarmino deca: el diablo desnudo es Dios. ECUMNICO.--Conciliacin, sntesis. ENCARCELAR.--Comprender; hacerse dueo de un concepto. ELIMINAR.--Ejecutar, hacer, obrar con luz o claridad de juicio; de iluminar. ESCOLASTICISMO.--Opinin prestada y fluctuante. ESCOLSTICO.--El que sigue opiniones ajenas, como la cola sigue al cuerpo del animal. ESCORBTICO.--Pesimista. Viene de cuervo. ESPASMDICO.--Placer, contento. FACTURAR.--Dar importancia arbitraria, apreciar caprichosamente lo que no tiene precio ni importancia. GLOBO.--Vanidad. GRECIA.--Sabidura. HORARIO.--Esfera. INDUMENTARIO.--La externo y superficial. INQUISICIN.--Dolor. INSTRUMENTAL.--Lo til y eficaz. INTENCIN.--Razn. Nuestras razones son nuestras intenciones secretas. INTUICIN.--Dominio y familiaridad con un asunto. Vale tanto como tratar de t. Lo opuesto es lo saludable, o conocer de lejos, por un saludo. JOROBA--Responsabilidad, porque abulta, pesa y estorba. LENTE.--Ente. Todo es segn el color del cristal con que se mira. LLAMATIVO.--Ardiente, llameante. MACILENTO.--Violento y contundente, como quien acomete con una maza. MADRONA.--Virgen madre, que concibe por obra del Espritu Santo. MAREMGNUM.--Ideal, compendio de todas las cosas. METEMPSCOSIS.--Intrngulis, esencia de las cosas. PARADOJA.--Ortodoxia. PARAFRASEAR.--Comprender. PATATN, PATATN.--Mal. Todo lo que est mal se reviste de circunloquio. PESO.--Sentimiento grave. PONGO Y QUITO.--Desdn. POSTEMA.--Sistema, teora; tumor muerto que se forma dentro de un cuerpo vivo. PROHIJAR.--Amar por voluntad de amor, que no por exigencia de la sangre. PROYECTIL.--Disparate, porque sale disparado conforme designio o proyecto, y siempre causa dao. PUERPERAL.--Fecundo con dolor. RECREADO.--Increado, y produce gran goce o recreo; aplcase a la luz o solera. REGAR.--Visin de unidad, abarcar con la mirada. Mirndolas, las cosas se refrescan y desarrollan. RIDCULO.--Excntrico, fuera de su fin propio. ROCIAR.--Expresin atenuada de regar. SALUDABLE.--Conocimiento ligero, opuesto a la intuicin. Viene de saludo e indica que el conocimiento, aunque superficial, es siempre conveniente. SAPO.--Sabio. La sabidura se adquiere mediante el xtasis. El sapo es smbolo del xtasis. SISTEMA.--Testadurez, obstinacin. Refirese a los que andan a vueltas con el mismo tema; s es tema. SOLERA.--Luz por excelencia, fuente de luz. Viene de sol. TAS, TAS, TAS.--La muerte; los ltimos latidos: los golpes del martillo sobre el atad. TESTA.--Incendiario, que empua la tea. TETRAEDRO.--El todo. TOLE TOLE.--La vida; la inquietud constante; el aleteo de las pasiones. TRIS, TRAS.--Bien. Lo que est bien es breve y ejecutivo como un tajo. ZAPADA.--Tontera; slo los tontos se dejan caer. NDICE PRLOGO.--El filsofo de las casas de huspedes. CAPTULO PRIMERO.--Don Guilln y la Pinta. CAPTULO II.--Ra Ruera, vista desde dos lados. CAPTULO III.--Belarmino y su hija. CAPTULO IV.--Apolonio y su hijo. CAPTULO V.--El filsofo y el dramaturgo. CAPTULO VI.--El drama y la filosofa. CAPTULO VII.--Pedrito y Angustias. CAPTULO VIII.--Sub specie aeterni. EPLOGO.--El Estudiantn. APNDICE.--Algunas voces del lxico belarminiano. 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