E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images generously made available by Internet Archive (https://archive.org) Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this file which includes the original illustrations and illuminations. See 53552-h.htm or 53552-h.zip: (http://www.gutenberg.org/files/53552/53552-h/53552-h.htm) or (http://www.gutenberg.org/files/53552/53552-h.zip) Images of the original pages are available through Internet Archive. See https://archive.org/details/obrasescogidas00bcqu NOTA DE TRANSCRIPCIN En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYSCULAS. OBRAS ESCOGIDAS DE GUSTAVO A. BCQUER [Ilustracin: Fototipia Lacoste.-Madrid. Clich Dubois.-Sevilla. MONUMENTO GUSTAVO ADOLFO BCQUER, inaugurado en Sevilla el 9 de Diciembre de 1911. (Al fondo se ve la figura del autor dndole los ltimos toques su obra.)] OBRAS ESCOGIDAS DE GUSTAVO A. BCQUER EDICIN DEL MONUMENTO con un discurso preliminar de SERAFN y JOAQUN LVAREZ QUINTERO 2.000 Madrid Librera de Fernando F 15, Puerta del Sol, 15 1912 ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS Madrid: Imprenta Espaola, calle del Olivar, nm. 8 [Ilustracin] MANERA DE PRLOGO[*] Ciudad de Sevilla: Venimos siempre ti, como madre amorosa, tomar luz para nuestro espritu mirndote los ojos, y fortalecer nuestro corazn con tus recuerdos. Henos hoy aqu una vez ms; slo que esta vez, con la alegra de volver verte, traemos tambin otra: la de haber cumplido el ofrecimiento que te hicimos ha poco ms de un ao. Y como si tenemos el pudor de nuestros dolores, tenemos en cambio la generosidad de nuestra alegra, y la que sentimos en estos instantes es tan pura y tan honda, deseamos compartirla con todos. [*] Merced la amabilidad de los seores lvarez Quintero, cuya iniciativa se debe esta edicin, puedo complacerme en publicar al frente de ella el discurso en que los dos hermanos ofrecieron al pueblo de Sevilla la bellsima obra de Coullaut Valera.--EL EDITOR. Venimos ofrecerte, Sevilla, el monumento Bcquer, erigido por dicha, y para mayor gloria del poeta, en el tiempo materialmente preciso para tallar el mrmol y fundir el bronce. Quiere esto decir, que nuestra voz, al llamar todos para glorificarlo, no necesit esfuerzo alguno, sino que hall prontamente eco de simpata en el corazn de los espaoles, y al punto se vi el halda de la _Ensoadora_, nuestra mensajera ideal, llena de flores y monedas derramadas en ella por manos generosas: desde la augusta y fina mano de la reina de Espaa, hasta la tosca y dura de quien tuvo que dejar la azada para entregar su ofrenda. Juntas cayeron en el halda de la _Ensoadora_ las de los reyes y las del pueblo: slo el amor es capaz de conseguir victorias tales, y acaso nada como la poesa las merezca. El monumento que luego veris en nuestro hermoso Parque, dbese, pues, Espaa entera: Espaa entera ha contribudo realizar esta obra de justicia, de cultura y de amor; Espaa entera ha tenido fiestas para el poeta, y poetas que su vez lo canten; Espaa entera se ha estremecido al nombre de Bcquer, como al contacto de mgica varita que hiriera las fibras ms nobles y delicadas del alma. Y nosotros, promotores de la empresa, que muchos pudo parecer quijotesca aventura, y de la cual salimos orgullosos y ufanos, con la profunda y serena alegra de quien hace el bien por el bien mismo, al verla dichosamente rematada, sin que ningn guijarro de ningn malandrn acertara siquiera rozarnos la piel, tenemos el deber de proclamarlo aqu, para que la misma aura que de corazn en corazn llev la voz de nuestra idea, de corazn en corazn lleve tambin la de su resultado, y con ella la alentadora confianza en la viva eficacia de todo lo noble y lo bueno. Erigido, como hemos dicho, el monumento Bcquer merced la cooperacin de muchos buenos espaoles, hay uno entre todos que merece primero que ninguno vuestra gratitud y vuestra simpata ms cordial: nos referimos al escultor Lorenzo Coullaut Valera, sin cuya colaboracin espontnea es casi seguro que no se hubiera efectuado esta empresa, lo menos tan rpida y felizmente. No slo puso al servicio de ella su arte de escultor, sino su corazn de poeta; y as, con inspiracin luminosa y liberal entusiasmo, di gallarda cima al monumento, obra tal vez la ms bella y cabal que de sus manos sali nunca, y no quiso, ni siquiera pens jams, recibir por el primoroso trabajo otra recompensa que la de su propia satisfaccin. Este deseo de consagrarle Bcquer un perdurable recuerdo en su patria, fu siempre sueo de los artistas sevillanos. Aos ha, reunironse todos ellos al calor de la idea, y realizaron un fervoroso homenaje al poeta querido, como primera piedra ideal, si cabe expresar esto as, de un monumento que entonces no lleg levantarse. Alma y vida de aquel movimiento fu el glorioso escultor Antonio Susillo, hermano espiritual de Bcquer, malogrado tambin como l, y que como l se llev la tierra al morir incalculables tesoros de la fantasa, flores del ms puro genio sevillano. Puede decirse de ellos, que si hubieran manejado la inversa el cincel y la pluma, Bcquer sera el autor de los portentosos relieves del uno, y Susillo habra escrito las doradas leyendas y las areas rimas del otro. Jvenes y heridos por el dolor de la vida cayeron ambos. Con el ltimo suspiro de Bcquer comenz el resplandor creciente de su gloria: en la trgica muerte de Susillo pensamos todos que aquella mano, siempre dcil como esclava sumisa su pensamiento, slo una vez debi serle rebelde. Pues bien: sevillano como Susillo y discpulo de l es el autor del monumento Bcquer que en el Parque se eleva. Junto Susillo recibi los primeros estmulos y las primeras inspiraciones en su arte. Y acaso recibi tambin del maestro, por misteriosa compenetracin de las almas, la potica herencia de modelar para su patria la noble frente del cantor de las golondrinas. Hemos dicho que la gloria de Bcquer naci en su tumba. En efecto, as fu. No le acariciaron en vida los halagos del aura de aplausos que acompaa siempre la gloria literaria, ni reflej sobre su cabeza la luz de la nube radiosa que siempre la sigue. El, sin embargo, saba que algo divino llevaba en la frente. Estimulada y acrecentada la admiracin de unos cuantos amigos suyos, poetas y pintores, por el dolor de su temprana muerte, reunieron con cario sus obras y las publicaron, librndolas tal vez de una completa oscuridad. Jams poeta alguno, al menos en Espaa, tuvo ms rpida y efusiva consagracin. De mano en mano corrieron sus libros y de boca en boca su nombre, y no hubo labios de mujer por donde no pasaran sus rimas, como aliento suave, como cancin de brisa que separa las hojas de una flor. En el corazn de la Humanidad late oculto un espritu de justicia, y cuando se deja morir en el desamparo y el olvido un hombre como Bcquer, ese espritu se siente sacudido por algo que es justicia y remordimiento la vez, y se quiere entonces reparar la grave falta cometida, enterrando en rosas las cenizas del muerto. Siquiera sea tarda, bien venida sea esta pstuma reparacin. Oteando en los esplendorosos horizontes de la poesa lrica castellana del pasado siglo, en que vivi el poeta, y fijndonos slo en aquellos altos luminares cuya luz fu ms difundida y ms potente, vemos cmo los acentos roncos y viriles de Quintana y Gallego, de robusta y pica vena, que le prestaban la patria herida vigor y temple en sus flaquezas y desmayos, sucede el glorioso perodo romntico, en el cual la musa de Espronceda, apasionada y tumultuosa, de soberano aliento y fuerte originalidad, avasalla, inquieta y cautiva todos; y donde el estro esplndido de Zorrilla, verbo potico de nuestra habla, canta como hijo de alondra y de ruiseor la hermosura de la Naturaleza, y como trovador errante las caballerescas leyendas del pueblo y las grandezas de los ricos alczares, llenando los cielos de luz, los campos de flores, las selvas de pjaros alegres, y el mundo ideal de colores risueos v de brillantes fantasas. Y despus de estos grandes poetas, todo nervio y pujanza, todo llama, fuerza y galanura, aparece Bcquer, delicado, amoroso, ntimo, sentimental, doliente, con caminar misterioso y callado, con voz insinuante y acariciadora, y le da la poesa lrica de su siglo una hora de luz de luna, que si en s misma tiene encanto magntico, tvolo doble en aquella sazn, en medio de los fulgores de sol que la precedieron y de los que haban de seguirla. Luz de luna, s; luz de luna es toda su poesa, porque luz de luna llevaba en el alma. Su bondad resignada fu el resplandor templado y celeste cuyos rayos escribi sus pginas cautivadoras. So, y parecieron sus sueos tocados de la quimera y de la fiebre del insomnio, como hijos de la noche; am, y fueron sus amores melanclicos y dolorosamente sumisos; y ponase la mano en el corazn por que sus latidos no sonasen, y le tema al resplandor de la aurora; llor mucho, y en su inagotable ternura se confort con el consuelo de saber que an le quedaban lgrimas. Y estos sentimientos, que tan inefable perfume prestan su poesa, hallan el molde ms dctil y apropiado en la suave forma de sus rimas aladas, y el eco ms acorde en la tenue msica y en el impreciso y vago ritmo de sus versos. Hay quien ha pretendido oscurecer la difana gloria de Bcquer, haciendo pasar sobre ella una ligera nube; motejndolo de imitador de Enrique Heine. Nada ms injusto ni ms inexacto tampoco. Hace falta padecer la obsesin de los parentescos literarios, de las afinidades y analogas, cuando no la mana persecutoria del plagio, que suele trastornar muchos adoradores de este el otro dolo, para no ver la esencial diferencia, la absoluta disparidad que existe entre estos dos espritus, cualquiera que sea la medida de su grandeza. Fueron notas caractersticas del genio de Heine el sarcasmo, la burla y la irona; furonlo del de Bcquer la resignacin y la ternura. Se ha dicho de la musa de Heine que era un ruiseor de Alemania que anid en la peluca de Voltaire. De la de Bcquer, enamorada, creyente y piadosa, no podr decirse en verdad sino que fu una golondrina, que si veces roz la tierra con su alas, pronto vol los espacios libres y puros, y form su nido bajo el balcn de una mujer hermosa en la ventana ojival de un templo cristiano. La nobleza y generosidad de su corazn y la serena templanza de su espritu, lleno siempre de luz ideal, resplandecen y se transparentan quizs mejor que en ninguna parte de su obra en aquellas _Cartas desde mi celda_, que desde el monasterio de Veruela dirigi sus amigos de Madrid. En ellas, su sentir y su pensar se explayan libremente, y fantasea enamorado de las tradiciones misteriosas, y piensa en el respetuoso culto debido lo que fu, y pinta con profunda piedad las muchachas aoneras, mseras y alegres un tiempo, y vivifica su fe meditando en el templo vaco; y en el sencillo cementerio de pueblo, al pie de cuyas tumbas nacen espigas y amapolas, evoca sus dorados sueos de la muerte, la que no llama, pero la que no teme tampoco, como todas las almas grandes que merecen la vida. Quien escribi estas pginas admirables, de noble y sana idealidad; quien traz con la misma pluma las quimricas figuras de sus leyendas, hijas de un corazn todo fantasa, iluminadas por la claridad de un alto smbolo potico, y quien dej su breve paso por entre los humanos esas divinas oraciones de amor que se llaman rimas, bien digno es del recuerdo que le hemos consagrado entre todos. En nuestro Parque est, cobijado por aquel gigantesco rbol, bveda de un templo de la Naturaleza, bajo cuyas ramas majestuosas y tiernas la vez, llenas de hojas que parecen lgrimas cuajadas en verdura, como expresiva representacin y smbolo de lo que fu en la vida perenne estmulo del estro de nuestro gran poeta, se ve nacer el amor y se le ve morir. Pero ese monumento, bello conjunto de bronces y de mrmoles, sobre los cuales cantarn los pjaros y brillar el sol; ese monumento, como todos los que se elevan para perpetuar la gloria de los hombres, no ser sino mole fra y sin alma, esfinge muda, piedra tallada y bronce fundido sin sentido ni objeto, si de todo ello no fluye, como emanacin natural, el creciente y amoroso culto quien lo ha merecido. S: comprendedlo: si de hoy ms la obra de Bcquer no ha de ir ganando corazones dormidos, hasta hacerse familiar y preciada entre todos nosotros, y si el surco ideal abierto en las almas por su espritu peregrino ha de cegarse alguna vez, en lugar de ir hacindose de da en da ms hondo y luminoso, entonces ese monumento de que ahora nos congratulamos vendr ser como fuente seca, reducida exorno del jardn en que luce, por su singular belleza escultrica, pero triste, porque su manantial exhausto le niega la risa del agua en cascada de plata, y estril, porque no templa la sed de ningn caminante, ni baa y fecundiza la tierra, haciendo brotar y vivir nuevas flores. Vosotros, pues, los que amis y cultivis la vida del espritu; los soadores, que entre nieblas buscis la luz celeste; los poetas, que funds la idea y el sentimiento en una forma; los filsofos y los pensadores, alentados por el ansia no saciada nunca del saber de la vida; los artistas, que palpitis de ilusin ante el lienzo blanco ante el barro informe; los hombres de ciencia, que investigis constantemente en el misterio de la Naturaleza, persiguiendo nuevas verdades; los enamorados de Sevilla, de sus glorias, de sus tradiciones y costumbres; los que sois, en fin, con una patria ms grande, y ms noble, y ms bella, debis elegir entre todos los das del ao el que mejor os plazca, para convertirlo en da de fiesta del espritu; y en peregrinacin fraternal, ir ao tras ao llevar unas flores al monumento Bcquer; que esas flores, ofrendadas con tan puro amor, renovarn perpetuamente en el corazn y en la mente de todos el culto la poesa, y no se marchitarn en vano. Y ahora, esto dicho, vamos todos visitar el monumento erigido al poeta. [Ilustracin] [Ilustracin] INTRODUCCIN Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasa, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo. Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida esos padres que engendran ms hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblndola de creaciones sin nmero, las cuales ni mi actividad ni todos los aos que me restan de vida, seran suficientes dar forma. Y aqu dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusin, los siento veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraa, semejante la de esas miriadas de grmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubacin dentro de las entraas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos. Conmigo van, destinados morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueo de la media noche, que la maana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitndose en formidable, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir la luz de entre las tinieblas en que viven. Pero ay, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que slo puede salvar la palabra; y la palabra, tmida y perezosa, se niega secundar sus esfuerzos! Mudos, sombros impotentes, despus de la intil lucha vuelven caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levant el remolino! Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginacin, explican alguna de mis fiebres: ellas son la causa desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y as, aunque mal, vengo viviendo hasta aqu, paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. As vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un trmino, y stas hay que ponerles punto. El insomnio y la fantasa siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantstica existencia disputndose los tomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estril. Necesario es abrir paso las aguas profundas, que acabarn por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo. Andad, pues! Andad y vivid con la nica vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrir lo suficiente para que seis palpables; os vestir, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida de frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo, como en un manto de prpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible. No obstante, necesito descansar: necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo, por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con pletrico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente contener tantos absurdos. Quedad, pues, consignados aqu, como la estela nebulosa que seala el paso de un desconocido cometa, como los tomos dispersos de un mundo en embrin que aventa por el aire la muerte, antes que su creador haya podido pronunciar el _fiat lux_ que separa la claridad de las sombras. No quiero que en mis noches sin sueo volvis pasar por delante de mis ojos en extravagante procesin, pidindome con gestos y contorsiones que os saque la vida de la realidad del limbo en que vivs, semejantes fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa vieja y cascada ya, se pierdan, la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contena. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vaco, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido comn, que es la barrera de los sueos, comienza flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qu cosas he soado y cules me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginacin y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y das que han muerto han pasado, con los das y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojndoos de la cabeza de una vez para siempre. Si _morir es dormir_, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengis ser mi pesadilla, maldicindome por haberos condenado la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en l como el eco que encontraron en un alma que pas por la tierra, sus alegras y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas. Tal vez muy pronto tendr que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora otra puede desligarse el espritu de la materia para remontarse regiones ms puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanco, el tesoro de oropeles y guiapos que ha ido acumulando la fantasa en los desvanes del cerebro. Junio de 1868. [Ilustracin] LEYENDAS [Ilustracin] MAESE PREZ EL ORGANISTA En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Ins, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, o esta tradicin una demandadera del convento. Como era natural, despus de oirla, aguard impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir un prodigio. Nada menos prodigioso, sin embargo, que el rgano de Santa Ins, ni nada ms vulgar que los insulsos motetes que nos regal su organista aquella noche. Al salir de la Misa, no pude por menos de decirle la demandadera con aire de burla: --En qu consiste que el rgano de maese Prez suena ahora tan mal? --Toma!--me contest la vieja,--en que ese no es el suyo. --No es el suyo? Pues qu ha sido de l? --Se cay pedazos de puro viejo, hace una porcin de aos. --Y el alma del organista? --No ha vuelto parecer desde que colocaron el que ahora le sustituye. Si alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta, despus de leer esta historia, ya sabe el por qu no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros das. I --Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aqul que baja en este momento de su litera para dar la mano esa otra seora, que despus de dejar la suya, se adelanta hacia aqu, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ese es el marqus de Moscoso, galn de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama, haba pedido en matrimonio la hija de un opulento seor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura, que es un poco avaro... pero, calle! en hablando del run de Roma, ctale aqu que asoma. Veis aqul que viene por debajo del arco de San Felipe, pie, embozado en una capa oscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo. Reparasteis, al desembozarse para saludar la imagen, la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creera un lonjista de la calle de Culebras... Pues ese es el padre en cuestin; mirad cmo la gente del pueblo le abre paso y le saluda. Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. l solo tiene ms ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro seor el rey Don Felipe; y con sus galeones podra formar una escuadra suficiente resistir la del Gran Turco... Mirad, mirad ese grupo de seores graves: esos son los caballeros veinticuatros. Hola, hola! Tambin est aqu el flamencote, quien se dice que no han echado ya el guante los seores de la cruz verde, merced su influjo con los magnates de Madrid... Este no viene la iglesia ms que oir msica... No, pues si maese Prez no le arranca con su rgano lgrimas como puos, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino frindose en las calderas de Pero Botero... Ay, vecina! Malo... malo... presumo que vamos tener jarana; yo me refugio en la iglesia, pues por lo que veo, aqu van andar ms de sobra los cintarazos que los _Pater nster_. Mirad, mirad; las gentes del duque de Alcal doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejn de las Dueas se me figura que he columbrado las del de Medinasidonia... No os lo dije? Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... los grupos se disuelven... los ministriles, quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... hasta el seor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... y luego dicen que hay justicia. Para los pobres... Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... Nuestro Seor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... vecina! vecina! aqu... antes que cierren las puertas. Pero calle! Qu es eso? An no han comenzado cuando lo dejan. Qu resplandor es aqul?... Hachas encendidas! Literas! Es el seor obispo. La Virgen Santsima del Amparo, quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... Ay! Si nadie sabe lo que yo debo esta Seora!... Con cunta usura me paga las candelillas que le enciendo los sbados!... Vedlo, qu hermosote est con sus hbitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para m. Si no fuera por l, media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cmo se acercan ambos la litera del Prelado para besarle el anillo... Cmo le siguen y le acompaan, confundindose con sus familiares. Quin dira que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... es decir, ellos... ellos!... Lbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de s, peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Seor... Pero es la verdad, que si se buscaran... y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontraran, poniendo fin de una vez estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre. Pero vamos, vecina, vamos la iglesia, antes que se ponga de bote en bote... que algunas noches como esta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... Cundo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades, puedo decir que le han hecho maese Prez proposiciones magnficas; verdad que nada tiene de extrao, pues hasta el seor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle la catedral... pero l, nada... Primero dejara la vida que abandonar su rgano favorito... No conocis maese Prez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varn; pobre s, pero limosnero cual no otro... Sin ms parientes que su hija ni ms amigo que su rgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... Cuidado que el rgano es viejo!... Pues nada, l se da tal maa en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como que le conoce de tal modo, que tientas... porque no s si os lo he dicho, pero el pobre seor es ciego de nacimiento... Y con qu paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cunto dara por ver, responde: mucho, pero no tanto como creis, porque tengo esperanzas.--Esperanzas de ver?--S, y muy pronto, aade sonrindose como un ngel; ya cuento setenta y seis aos; por muy larga que sea mi vida, pronto ver Dios... Pobrecito! Y s lo ver... porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es ms que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada; como que ech los dientes en el oficio... Su padre tena la misma profesin que l; yo no le conoc, pero mi seora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba siempre al rgano consigo para darle los fuelles. Luego, el muchacho mostr tales disposiciones que, como era natural, la muerte de su padre hered el cargo... Y qu manos tiene! Dios se las bendiga. Mereca que se las llevaran la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre, pero en semejante noche como esta es un prodigio... l tiene una gran devocin por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Seor Jesucristo... las voces de su rgano son voces de ngeles... En fin, para qu tengo de ponderarle lo que esta noche oir? baste el ver cmo todo lo ms florido de Sevilla, hasta el mismo seor arzobispo, vienen un humilde convento para escucharle; y no se crea que slo la gente sabida y la que se le alcanza esto de la solfa conocen su mrito, sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas entonando villancicos con gritos desaforados al comps de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Prez las manos en el rgano... y cuando alzan... cuando alzan no se siente una mosca... de todos los ojos caen lagrimones tamaos, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiracin de los circunstantes, contenida mientras dura la msica... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va comenzar la Misa; vamos adentro... Para todo el mundo es esta noche Noche-Buena, pero para nadie mejor que para nosotros. Esto diciendo, la buena mujer que haba servido de cicerone su vecina, atraves el atrio del convento de Santa Ins, y codazo en ste, empujn en aqul, se intern en el templo, perdindose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta. II La iglesia estaba iluminada con una profusin asombrosa. El torrente de luz que se desprenda de los altares para llenar sus mbitos, chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillndose sobre los cojines de terciopelo que tendan los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de las dueas, vinieron formar un brillante crculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices, la otra sobre los bruidos gavilanes del estoque acariciando el pomo del cincelado pual, los caballeros veinticuatros, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecan formar un muro, destinado defender sus hijas y sus esposas del contacto de la plebe. Esta, que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpi en una aclamacin de jbilo, acompaada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, despus de sentarse junto al altar mayor bajo un solio da grana que rodearon sus familiares, ech por tres veces la bendicin al pueblo. Era la hora de que comenzase la Misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba rebullirse, demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre s algunas palabras media voz, y el arzobispo mand la sacrista uno de sus familiares inquirir el por qu no comenzaba la ceremonia. --Maese Prez se ha puesto malo, muy malo, y ser imposible que asista esta noche la Misa de media noche. Esta fu la respuesta del familiar. La noticia cundi instantneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que caus en todo el mundo, sera cosa imposible; baste decir que comenz notarse tal bullicio en el templo, que el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron imponer silencio, confundindose entre las apiadas olas de la multitud. En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por aadidura, se adelant hasta el sitio que ocupaba el prelado. --Maese Prez est enfermo--dijo;--la ceremonia no puede empezar. Si queris, yo tocar el rgano en su ausencia; que ni maese Prez es el primer organista del mundo, ni su muerte dejar de usarse este instrumento por falta de inteligente... El arzobispo hizo una seal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocan aquel personaje extrao por un organista envidioso, enemigo del de Santa Ins, comenzaban prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oy en el atrio un ruido espantoso. --Maese Prez est aqu!... Maese Prez est aqu!... A estas voces de los que estaban apiados en la puerta, todo el mundo volvi la cara. Maese Prez, plido y desencajado, entraba en efecto en la iglesia, conducido en un silln, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros. Los preceptos de los doctores, las lgrimas de su hija, nada haba sido bastante detenerle en el lecho. --No--haba dicho;--esta es la ltima, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi rgano, y esta noche sobre todo, la Noche-Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos la iglesia. Sus deseos se haban cumplido; los concurrentes le subieron en brazos la tribuna, y comenz la Misa. En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral. Pas el introito y el Evangelio y el ofertorio, y lleg el instante solemne en que el sacerdote, despus de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza elevarla. Una nube de incienso que se desenvolva en ondas azuladas llen el mbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Prez puso sus crispadas manos sobre las teclas del rgano. Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdi poco poco, como si una rfaga de aire hubiese arrebatado sus ltimos ecos. A este primer acorde, que pareca una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondi otro lejano y suave que fu creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armona. Era la voz de los ngeles, que atravesando los espacios, llegaba al mundo. Despus comenzaron oirse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquas de serafines; mil himnos la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, era no ms el acompaamiento de una extraa meloda, que pareca flotar sobre aquel ocano de misteriosos ecos, como un girn de niebla sobre las olas del mar. Luego fueron perdindose unos cantos, despus otros; la combinacin se simplificaba. Ya no eran ms que dos voces, cuyos ecos se confundan entre s; luego qued una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclin la frente, y por encima de su cabeza cana y como travs de una gasa azul que finga el humo del incienso, apareci la Hostia los ojos de los fieles. En aquel instante la nota que maese Prez sostena trinando, se abri, se abri, y una explosin de armona gigante estremeci la iglesia, en cuyos ngulos zumbaba el aire comprimido, y cuyos vidrios de colores se estremecan en sus angostos ajimeces. De cada una de las notas que formaban aquel magnfico acorde, se desarroll un tema; y unos cerca, otros lejos, stos brillantes, aqullos sordos, dirase que las aguas y los pjaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ngeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador. La multitud escuchaba atnita y suspendida. En todos los ojos haba una lgrima, en todos los espritus un profundo recogimiento. El sacerdote que oficiaba senta temblar sus manos, porque Aqul que levantaba en ellas, Aqul quien saludaban hombres y arcngeles era su Dios, era su Dios, y le pareca haber visto abrirse los cielos y trasfigurarse la Hostia. El rgano prosegua sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco, y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto son un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer. El rgano exhal un sonido discorde y extrao, semejante un sollozo, y qued mudo. La multitud se agolp la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su xtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles. --Qu ha sucedido? qu pasa?--se decan unos otros, y nadie saba responder, y todos se empeaban en adivinarlo, y creca la confusin, y el alboroto comenzaba subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia. --Qu ha sido eso?--preguntaban las damas al asistente, que, precedido de los ministriles, fu uno de los primeros subir la tribuna, y que, plido y con muestras de profundo pesar, se diriga al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden. --Qu hay? --Que maese Prez acaba de morir. En efecto, cuando los primeros fieles, despus de atropellarse por la escalera, llegaron la tribuna, vieron al pobre organista cado de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que an vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos. III --Buenas noches, mi seora doa Baltasara; tambin usarced viene esta noche la Misa del Gallo? Por mi parte tena hecha intencin de irla oir la parroquia; pero lo que sucede... Dnde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que muri maese Prez, parece que me echan una losa sobre el corazn cuando entro en Santa Ins... Pobrecito! Era un santo!... Yo de m s decir, que conservo un pedazo de su jubn como una reliquia, y lo merece... pues en Dios y en mi nima, que si el seor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos le veran en los altares... Mas cmo ha de ser!... A muertos y idos, no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... ya me entiende usarced. Qu! No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita la iglesia, y de la iglesia nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice djase de decir... slo que yo, as... al vuelo... una palabra de ac, otra de acull... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades... Pues, s, seor; parece cosa hecha que el organista de San Romn, aquel bisojo, que siempre est echando pestes de los otros organistas; aquel perdulariote, que ms parece jifero de la puerta de la Carne que maestro de solfa, va tocar esta Noche-Buena en lugar de maese Prez. Ya sabr usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pblica en Sevilla, que nadie quera comprometerse hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y despus de la muerte de su padre entr en el convento de novicia. Y era natural: acostumbrados oir aquellas maravillas, cualquiera otra cosa haba de parecernos mala, por ms que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad haba decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto su memoria, permanecera callado el rgano en esta noche, hete aqu que se presenta nuestro hombre, diciendo que l se atreve tocarlo... No hay nada ms atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanacin... pero as va el mundo... y digo, no es cosa la gente que acude... cualquiera dira que nada ha cambiado desde un ao otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animacin en el atrio, la misma multitud en el templo... Ay, si levantara la cabeza el muerto! se volva morir por no oir su rgano tocado por manos semejantes. Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va comenzar una algaraba de sonajas, panderos y zambombas, que no haya ms que oir... pero calle! ya entra en la iglesia el hroe de la funcin. Jess, qu ropilla de colorines, qu gorguera de cautos, qu aires de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que lleg el arzobispo, y va comenzar la misa... vamos, que me parece que esta noche va darnos que contar para muchos das. Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetr en Santa Ins, abrindose, segn costumbre, un camino entre la multitud fuerza de empellones y codazos. Ya se haba dado principio la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el ao anterior. El nuevo organista, despus de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir besar el anillo del prelado, haba subido la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del rgano, con una gravedad tan afectada como ridcula. Entre la gente menuda que se apiaba los pies de la iglesia, se oa un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba fraguarse y no tardara mucho en dejarse sentir. --Es un truhn, que por no hacer nada bien, ni aun mira derechas--decan los unos. --Es un ignorantn, que despus de haber puesto el rgano de su parroquia peor que una carraca, viene profanar el de maese Prez--decan los otros. Y mientras ste se desembarazaba del capote para prepararse darle de firme su pandero, y aqul aperciba sus sonajas, y todos se disponan hacer bulla ms y mejor, slo alguno que otro se aventuraba defender tibiamente al extrao personaje, cuyo porte orgulloso y pedantesco haca tan notable contraposicin con la modesta apariencia y la afable bondad del difundo maese Prez. Al fin lleg el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, despus de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tom la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las difanas ondas de incienso, y son el rgano. Una estruendosa algaraba llen los mbitos de la iglesia en aquel instante y ahog su primer acorde. Zampoas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces la vez; pero la confusin y el estrpito slo dur algunos segundos. Todos la vez, como haban comenzado, enmudecieron de pronto. El segundo acorde, amplio, valiente, magnfico, se sostena an brotando de los tubos de metal del rgano, como una cascada de armona inagotable y sonora. Cantos celestes como los que acarician los odos en los momentos de xtasis; cantos que percibe el espritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una meloda lejana, que suenan intervalos, tradas en las rfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los rboles con un murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida las nubes; estruendo sin nombre, imponente como los rugidos de una tempestad; coro de serafines sin ritmos ni cadencia, ignota msica del cielo que slo la imaginacin comprende; himnos alados, que parecan remontarse al trono del Seor como una tromba de luz y de sonidos... todo lo expresaban las cien voces del rgano, con ms pujanza, con ms misteriosa poesa, con ms fantstico color que lo haban expresado nunca. * * * * * Cuando el organista baj de la tribuna, la muchedumbre que se agolp la escalera fu tanta, y tanto su afn por verle y admirarle, que el asistente temiendo, no sin razn, que le ahogaran entre todos, mand algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba. --Ya veis--le dijo este ltimo cuando le trajeron su presencia;--vengo desde mi palacio aqu slo por escucharos. Seris tan cruel como maese Prez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando la Noche-Buena en la Misa de la catedral? --El ao que viene--respondi el organista,--prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvera tocar este rgano. --Y por qu?--interrumpi el prelado. --Porque...--aadi el organista, procurando dominar la emocin que se revelaba en la palidez de su rostro;--porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere. El arzobispo se retir, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los seores fueron desfilando y perdindose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersndose los fieles en distintas direcciones; y ya la demandadera se dispona cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban an dos mujeres que, despus de persignarse y murmurar una oracin ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internndose en el callejn de las Dueas. --Que quiere usarced? mi seora doa Baltasara--deca la una,--yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo haban de asegurar capuchinos descalzos y no lo creera del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he odo mil veces en San Bartolom, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el seor cura por malo, y era cosa de taparse los odos con algodones... Y luego, si no hay ms que mirarle al rostro, que segn dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si le estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Prez, cuando en semejante noche como esta bajaba de la tribuna, despus de haber suspendido al auditorio con sus primores... Qu sonrisa tan bondadosa, qu color tan animado!... Era viejo y pareca un ngel... no que este ha bajado las escaleras trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos, mi seora doa Baltasara, crame usarced, y crame con todas veras... yo sospecho que aqu hay busilis... Comentando las ltimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejn y desaparecan. Creemos intil decir nuestros lectores quin era una de ellas. IV Haba transcurrido un ao ms. La abadesa del convento de Santa Ins y la hija de maese Prez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquiln llamaba voz herida los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio silencioso y desierto esta vez, y despus de tomar el agua bendita en la puerta, escoga un puesto en un rincn de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente que comenzara la Misa del Gallo. --Ya lo veis--deca la superiora,--vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel la catedral esta noche. Tocad vos el rgano y tocadle sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... pero... prosegus callando sin que cesen vuestros suspiros. Qu os pasa? Qu tenis? --Tengo... miedo--exclam la joven con un acento profundamente conmovido. --Miedo! de qu? --No s... de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os haba odo decir que tenais empeo en que tocase el rgano en la Misa, y ufana con esta distincin pens arreglar sus registros y templarle, fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola... abr la puerta que conduce la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora... no s cul... Pero las campanadas eran tristsimas y muchas... muchas... estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanec como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareci un siglo. La iglesia estaba desierta y oscura... All lejos, en el fondo, brillaba como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda... la luz de la lmpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilsimos, que slo contribuan hacer ms visible todo el profundo horror de las sombras, vi... le vi, madre, no lo dudis, vi un hombre que en silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba recorra con una mano las teclas del rgano, mientras tocaba con la otra sus registros... y el rgano sonaba; pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas pareca un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco, y reproduca el tono sordo, casi imperceptible, pero justo. Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel prosegua recorriendo las teclas. Yo oa hasta su respiracin. El horror haba helado la sangre de mis venas; senta en mi cuerpo como un fro glacial, y en mis sienes fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquel haba vuelto la cara y me haba mirado... digo mal, no me haba mirado, porque era ciego... Era mi padre! --Bah! hermana, desechad esas fantasas con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones dbiles... Rezad un _Pater nster_ y un _Ave Mara_ al arcngel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad ocupar la tribuna del rgano; la Misa va comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre est en el cielo, y desde all, antes que daros sustos, bajar inspirar su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devocin. La priora fu ocupar su silln en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Prez abri con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del rgano, y comenz la Misa. Comenz la Misa y prosigui sin que ocurriese nada de notable hasta que lleg la consagracin. En aquel momento son el rgano, y al mismo tiempo que el rgano un grito de la hija de maese Prez... La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron la tribuna. --Miradle, miradle!--deca la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se haba levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna. Todo el mundo fij sus miradas en aquel punto. El rgano estaba solo, y no obstante, el rgano segua sonando... sonando como slo los arcngeles podran imitarlo en sus raptos de mstico alborozo. * * * * * --No os lo dije yo una y mil veces, mi seora doa Baltasara, no os lo dije yo!... Aqu hay busilis!... Oidlo; qu, no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabris lo que pas. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El seor arzobispo est hecho, y con razn, una furia... Haber dejado de asistir Santa Ins; no haber podido presenciar el portento... y para qu? para oir una cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolom en la catedral, no fu otra cosa... Si lo deca yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira... aqu hay busilis, y el busilis, era, en efecto, el alma de maese Prez. [Ilustracin] [Ilustracin] LOS OJOS VERDES Hace mucho tiempo que tena ganas de escribir cualquier cosa con este ttulo. Hoy, que se me ha presentado ocasin lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado capricho volar la pluma. Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No s si en sueos, pero yo los he visto. De seguro no los podr describir tales cuales ellos eran, luminosos, trasparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los rboles despus de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginacin de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiramos llamar boceto de un cuadro que pintar algn da. I --Herido va el ciervo... herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven seor comienza por donde otros acaban... en cuarenta aos de montero no he visto mejor golpe... Pero por San Saturio, patrn de Soria! cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hgados, y hundidle los corceles una cuarta de hierro en los ijares: no veis que se dirige hacia la fuente de los lamos, y si la salva antes de morir podemos darle por perdido? Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jaura desencadenada y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigi al punto que Iigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, sealara como el ms propsito para cortarle el paso la res. Pero todo fu intil. Cuando el ms gil de los lebreles lleg las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rpido como una saeta, las haba salvado de un solo brinco, perdindose entre los matorrales de una trocha que conduca la fuente. --Alto!... Alto todo el mundo!--grit Iigo entonces;--estaba de Dios que haba de marcharse. Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuando la pista la voz de los cazadores. En aquel momento se reuna la comitiva el hroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primognito de Almenar. --Qu haces?--exclam dirigindose su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya arda la clera en sus ojos.--Qu haces, imbcil? Ves que la pieza est herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya morir en el fondo del bosque! Crees acaso que he venido matar ciervos para festines de lobos? --Seor--murmur Iigo entre dientes,--es imposible pasar de este punto. --Imposible! y por qu? --Porque esa trocha--prosigui el montero,--conduce la fuente de los lamos; la fuente de los lamos, en cuyas aguas habita un espritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habr salvado sus mrgenes; cmo la salvaris vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida. --Pieza perdida! Primero perder yo el seoro de mis padres, y primero perder el nima en manos de Satans, que permitir que se me escape ese ciervo, el nico que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador... Lo ves?... lo ves?... An se distingue intervalos desde aqu... las piernas le faltan, su carrera se acorta; djame... djame... suelta esa brida, te revuelco en el polvo... Quin sabe si no le dar lugar para que llegue la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. Sus! _Relmpago!_ sus, caballo mo! si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro. Caballo y jinete partieron como un huracn. Iigo los sigui con la vista hasta que se perdieron en la maleza; despus volvi los ojos en derredor suyo; todos, como l, permanecan inmviles y consternados. El montero exclam al fin: --Seores, vosotros lo habis visto; me he expuesto morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentas. Hasta aqu llega el montero con su ballesta; de aqu adelante, que pruebe pasar el capelln con su hisopo. II --Tenis la color quebrada; andis mustio y sombro; qu os sucede? Desde el da, que yo siempre tendr por funesto, en que llegasteis la fuente de los lamos en pos de la res herida, dirase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais los montes precedido de la ruidosa jaura, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Solo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las maanas tomis la ballesta para enderezaros la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvis plido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. Qu os ocupa tan largas horas lejos de los que ms os quieren? Mientras Iigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escao de bano con el cuchillo de monte. Despus de un largo silencio, que slo interrumpa el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclam dirigindose su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras: --Iigo, t que eres viejo; t que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste ms de una vez su cumbre, dime: has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas? --Una mujer!--exclam el montero con asombro y mirndole de hito en hito. --S--dijo el joven;--es una cosa extraa lo que me sucede, muy extraa... Cre poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazn y asoma mi semblante. Voy, pues, revelrtelo... T me ayudars desvanecer el misterio que envuelve esa criatura, que al parecer slo para m existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razn de ella. El montero sin desplegar los labios, arrastr su banquillo hasta colocarle junto al escao de su seor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Este, despus de coordinar sus ideas, prosigui as: --Desde el da en que pesar de tus funestas predicciones llegu la fuente de los lamos, y atravesando sus aguas recobr el ciervo que vuestra supersticin hubiera dejado huir, se llen mi alma del deseo de la soledad. T no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una pea, y cae resbalndose gota gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reunen entre los cspedes, y susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstculos que se oponen su camino, y se repliegan sobre s mismas y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no s lo que he odo en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peasco, cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmvil superficie apenas riza el viento de la tarde. Todo es all grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espritu en su inefable melancola. En las plateadas hojas de los lamos, en los huecos de las peas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espritus de la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espritu del hombre. Cuando al despuntar la maana me veas tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fu nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba sentarme al borde de la fuente, buscar en sus ondas... no s qu, una locura! El da en que salt sobre ella con mi _Relmpago_, cre haber visto brillar en su fondo una cosa extraa... muy extraa... los ojos de una mujer. Tal vez sera un rayo de sol que serpe fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos clices parecen esmeraldas... no s: yo cre ver una mirada que se clav en la ma; una mirada que encendi en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fu un da y otro aquel sitio. Por ltimo, una tarde... yo me cre juguete de un sueo... pero no, es verdad; la he hablado ya muchas veces, como te hablo ti ahora... una tarde encontr sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderacin. Sus cabellos eran como el oro; sus pestaas brillaban como hilos de luz, y entre las pestaas volteaban inquietas unas pupilas que yo haba visto... s; porque los ojos de aquella mujer, eran los ojos que yo tena clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos... --Verdes!--exclam Iigo con un acento de profundo terror, incorporndose de un salto en su asiento. Fernando le mir su vez como asombrado de que concluyese lo que iba decir, y le pregunt con una mezcla de ansiedad y de alegra: --La conoces? --Oh, no!--dijo el montero.--Lbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espritu, trasgo, demonio mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que ms amis en la tierra, no volver la fuente de los lamos. Un da otro os alcanzar su venganza, y expiaris muriendo el delito de haber encenagado sus ondas. --Por lo que ms amo!...--murmur el joven con una triste sonrisa. --S--prosigui el anciano;--por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lgrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer... --Sabes t lo que ms amo en este mundo? Sabes t por qu dara yo el amor de mi padre, los besos de la que me di la vida, y todo el cario que puedan atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... Cmo podr yo dejar de buscarlos! Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lgrima que temblaba en los prpados de Iigo se resbal silenciosa por su mejilla, mientras exclam con acento sombro:--Cmplase la voluntad del cielo! III --Quin eres t? Cul es tu patria? En dnde habitas? Yo vengo un da y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae estos lugares, ni los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble villana, ser tuyo, tuyo siempre... El sol haba traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban grandes pasos por su falda; la brisa gema entre los lamos de la fuente, y la niebla, elevndose poco poco de la superficie del lago, comenzaba envolver las rocas de su margen. Sobre una de estas rocas, sobre una que pareca prxima desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando, el primognito de Almenar, de rodillas los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia. Ella era hermosa, hermosa y plida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caa sobre sus hombros, deslizndose entre los pliegues del velo, como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestaas rubias brillaban sus pupilas, como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro. Cuando el joven acab de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero slo exhalaron un suspiro, un suspiro dbil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos. --No me respondes!--exclam Fernando, al ver burlada su esperanza;--querrs que d crdito lo que de ti me han dicho? Oh! No... Hblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer... -- un demonio... Y si lo fuese? El joven vacil un instante; un sudor fro corri por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con ms intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfrico, demente casi, exclam en un arrebato de amor: --Si lo fueses... te amara... te amara, como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta ms all de esta vida, si hay algo ms all de ella. --Fernando--dijo la hermosa entonces con una voz semejante una msica:--yo te amo ms an que t me amas; yo que desciendo hasta un mortal, siendo un espritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior los dems hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorprea como ellas, fugaz y transparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como un mortal superior las supersticiones del vulgo, como un amante capaz de comprender mi cario extrao y misterioso. Mientras ella hablaba as, el joven, absorto en la contemplacin de su fantstica hermosura, atrado como por una fuerza desconocida, se aproximaba ms y ms al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosigui as: --Ves, ves el lmpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darn un lecho de esmeraldas y corales... y yo... yo te dar una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie... Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabelln de lino... las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los lamos sus himnos de amor; ven... ven... La noche comenzaba extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven... ven... estas palabras zumbaban en los odos de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y pareca ofrecerle un beso... un beso... Fernando di un paso hacia ella... otro... y sinti unos brazos delgados y flexibles que se liaban su cuello, y una sensacin fra en sus labios ardorosos, un beso de nieve... y vacil... y perdi pie, y cay al agua con un rumor sordo y lgubre. Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus crculos de plata fueron ensanchndose, ensanchndose hasta expirar en las orillas. [Ilustracin] [Ilustracin] EL RAYO DE LUNA Yo no s si esto es una historia que parece cuento, un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo ser uno de los ltimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginacin. Otro con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofa lacrimosa; yo he escrito esta leyenda, que los que nada vean en su fondo, al menos podr entretenerles un rato. I Era noble, haba nacido entre el estruendo de las armas, y el inslito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que lea la ltima cantiga de un trovador. Los que quisieran encontrarle, no lo deban buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseaban volar los halcones, y los soldados se entretenan los das de repos en afilar el hierro de su lanza contra una piedra. --Dnde est Manrique, dnde est vuestro seor?--preguntaba algunas veces su madre. --No sabemos--respondan sus servidores:--acaso estar en el claustro del monasterio de la Pea, sentado al borde de una tumba, prestando odo ver si sorprende alguna palabra de la conversacin de los muertos; en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del ro por debajo de sus arcos; acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista, contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estar menos en donde est todo el mundo. En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, por que su sombra no le siguiese todas partes. Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta la imaginacin, forjaba un mundo fantstico, habitado por extraas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueos de poeta; porque Manrique era poeta, tanto, que nunca le haban satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los haba encerrado al escribirlos. Crea que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espritus de fuego de mil colores, que corran como insectos de oro lo largo de los troncos encendidos, danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto la alta chimenea gtica, inmvil y con los ojos fijos en la lumbre. Crea que en el fondo de las ondas del ro, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivan unas mujeres misteriosas, hadas, slfides ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, cantaban y se rean en el montono rumor del agua, rumor que oa en silencio intentando traducirlo. En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peas, imaginaba percibir formas escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no poda comprender. Amar! Haba nacido para soar el amor, no para sentirlo. Amaba todas las mujeres un instante: sta porque era rubia, aqulla porque tena los labios rojos, la otra porque se cimbreaba al andar como un junco. Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, las estrellas, que temblaban lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de potico insomnio, exclamaba:--Si es verdad, como el prior de la Pea me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de ncar que rueda sobre las nubes habitan gentes, qu mujeres tan hermosas sern las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podr verlas, y yo no podr amarlas!... Cmo ser su hermosura?... Cmo ser su amor?... Manrique no estaba an lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero s lo suficiente para hablar y gesticular solas, que es por donde se empieza. II Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendan lo largo de la opuesta margen del ro. En la poca que nos referimos, los caballeros de la Orden haban ya abandonado sus histricas fortalezas; pero an quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, an se vean, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galeras ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas. En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban haca muchos aos las plantas de los religiosos, la vegetacin, abandonada s misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras suban encaramndose por los aosos troncos de los rboles; las sombras calles de lamos, cuyas copas se tocaban y se confundan entre s, se haban cubierto de csped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en los trozos de fbrica, prximos desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balancendose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destruccin y la ruina. Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente. Manrique, presa su imaginacin de un vrtigo de poesa, despus de atravesar el puente, desde donde contempl un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se intern en las desiertas ruinas de los Templarios. La media noche tocaba su punto. La luna, que se haba ido remontando lentamente, estaba ya en lo ms alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conduca desde el derrudo claustro la margen del Duero, Manrique exhal un grito leve, ahogado, mezcla extraa de sorpresa, de temor y de jbilo. En el fondo de la sombra alameda haba visto agitarse una cosa blanca, que flot un momento y desapareci en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que haba cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soador de quimeras imposibles penetraba en los jardines. --Una mujer desconocida!... En este sitio!... A estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco--exclam Manrique; y se lanz en su seguimiento, rpido como una saeta. III Lleg al punto en que haba visto perderse entre la espesura de las ramas la mujer misteriosa. Haba desaparecido. Por dnde? All lejos, muy lejos, crey divisar por entre los cruzados troncos de los rboles como una claridad una forma blanca que se mova. --Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra!--dijo, y se precipit en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendan como un tapiz de unos en otros lamos. Lleg rompiendo por entre la maleza y las plantas parsitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo... Nadie!--Ah! por aqu, por aqu va--exclam entonces.--Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos;--y corra, y corra como un loco de aqu para all, y no la vea.--Pero siguen sonando sus pisadas--murmur otra vez;--creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oir lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ah, ha hablado... ha hablado... En qu idioma? No s, pero es una lengua extranjera... Y torn correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oirla; ya notando que las ramas, por entre las cuales haba desaparecido, se movan; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus breves pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba intervalos era un aroma perteneciente aquella mujer que se burlaba de l, complacindose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. Afn intil! Vag algunas horas de un lado otro fuera de s, ya parndose para escuchar, ya deslizndose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frentica y desesperada. Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del ro, lleg al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio.--Tal vez, desde esta altura podr orientarme para seguir mis pesquisas travs de ese confuso laberinto--exclam trepando de pea en pea con la ayuda de su daga. Lleg la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas mrgenes que lo encarcelan. Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendi la vista su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia. La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de s una barca que se diriga todo remo la orilla opuesta. En aquella barca haba credo distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que haba visto en los Templarios, la mujer de sus sueos, la realizacin de sus ms locas esperanzas. Se descolg de las peas con la agilidad de un gamo, arroj al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma poda embarazarle para correr, y desnudndose del ancho capotillo de terciopelo, parti como una exhalacin hacia el puente. Pensaba atravesarlo y llegar la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. Locura! Cuando Manrique lleg jadeante y cubierto de sudor la entrada, ya los que haban atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del ro, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas. IV Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar los que haban entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro hroe perdi la de saber la casa que en la ciudad poda albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetr en la poblacin, y dirigindose hacia el barrio de San Juan, comenz vagar por sus calles la ventura. Las calles de Soria eran entonces, y lo son todava, estrechas, oscuras y tortuosas, un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que slo interrumpan, ora el lejano ladrido de un perro, ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando haca sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterrneas caballerizas. Manrique, con el odo atento estos rumores de la noche, que unas veces le parecan los pasos de alguna persona que haba doblado ya la ltima esquina de un callejn desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban sus espaldas y que cada momento esperaba ver su lado, anduvo algunas horas corriendo al azar de un sitio otro. Por ltimo, se detuvo al pie de un casern de piedra, oscuro y antiqusimo, al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresin de alegra. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiramos llamar palacio, se vea un rayo de luz templada y suave, que pasando travs de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredn de la casa de enfrente. --No cabe duda; aqu vive mi desconocida--murmur el joven en voz baja y sin apartar un punto sus ojos de la ventana gtica;--aqu vive. Ella entr por el postigo de San Saturio... por el postigo de San Saturio se viene este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche an hay gente en vela... en vela? Quin sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo estas horas?... No hay ms; esta es su casa. En esta firme persuasin, y revolviendo en su cabeza las ms locas y fantsticas imaginaciones, esper el alba frente la ventana gtica, de la que en toda la noche no falt la luz, ni l separ la vista un momento. Cuando lleg el da, las macizas puertas del arco que daba entrada al casern, y sobre cuya clave se vean esculpidos los blasones de su dueo, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero apareci en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregndose los ojos, y enseando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia un cocodrilo. Verle Manrique y lanzarse la puerta, todo fu obra de un instante. --Quin habita en esta casa? Cmo se llama ella? De dnde es? qu ha venido Soria? Tiene esposo? Responde, responde, animal.--Esta fu la salutacin que sacudindole el brazo violentamente, dirigi al pobre escudero, el cual despus de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estpidos, le contest con voz entrecortada por la sorpresa: --En esta casa vive el muy honrado seor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro seor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponindose de sus fatigas. --Pero y su hija?--interrumpi el joven impaciente;--y su hija, su hermana, su esposa, lo que sea? --No tiene ninguna mujer consigo. --No tiene ninguna!... Pues quin duerme all en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz? --All? All duerme mi seor D. Alonso, que como se halla enfermo, mantiene encendida su lmpara hasta que amanece. Un rayo cayendo de improviso sus pies, no le hubiera causado ms asombro que el que le causaron estas palabras. V --Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla... En qu?... Eso es lo que no podr decir... pero he de conocerla. El eco de su pisada una sola palabra suya que vuelva oir; un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva ver, me bastarn para conseguirlo. Noche y da estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela difana y blanqusima; noche y da me estn sonando aqu dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras... Qu dijo?... qu dijo? Ah! si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aun sin saberlo la encontrar... la encontrar; me lo da el corazn, y mi corazn no me engaa nunca. Verdad es que ya he recorrido intilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado ms de veinte doblas de oro en hacer charlar dueas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicols una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figur una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus hopalandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla exceder seguramente al trabajo de buscarla. Cmo sern sus ojos?... Deben de ser azules, azules y hmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melanclicos, tan... S... no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros, y largos para que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no me engao, no; eran negros. Y qu bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, una mujer alta!... porque... ella es alta, alta y esbelta, como esos ngeles de las portadas de nuestras baslicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepsculo las sombras de sus doseles de granito. Su voz!... su voz la he odo... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los lamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una msica. Y esa mujer, que es hermosa como el ms hermoso de mis sueos de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espritu hermano de mi espritu, que es el complemento de mi ser, no se ha de sentir conmovida al encontrarme? No me ha de amar como yo la amar, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma? Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y nica vez que la he visto... Quin sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche? Dos meses haban transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desenga al iluso Manrique; dos meses, durante los cuales en cada hora haba formado un castillo en el aire, que la realidad desvaneca con un soplo; dos meses, durante los cuales haba buscado en vano aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced sus an ms absurdas imaginaciones, cuando despus de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce los Templarios, el enamorado joven se perdi entre las intrincadas sendas de sus jardines. VI La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo ms alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcsimo entre las hojas de los rboles. Manrique lleg al claustro, tendi la vista por su recinto, y mir travs de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto. Sali de l, encamin sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y an no haba penetrado en ella, cuando de sus labios se escap un grito de jbilo. Haba visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueos, de la mujer que ya amaba como un loco. Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo, y ofrece los sntomas de una verdadera convulsin, y prorrumpe al fin en una carcajada, en una carcajada sonora, estridente, horrible. Aquella cosa blanca, ligera, flotante, haba vuelto brillar ante sus ojos; pero haba brillado sus pies un instante, no ms que un instante. Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba intervalos por entre la verde bveda de los rboles cuando el viento mova sus ramas. Haban pasado algunos aos. Manrique, sentado en un sitial junto la alta chimenea gtica de su castillo, inmvil casi y con una mirada vaga inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atencin ni las caricias de su madre, ni los consuelos de sus servidores. --T eres joven, t eres hermoso--le deca aqulla;--por qu te consumes en la soledad? Por qu no buscas una mujer quien ames, y que amndote pueda hacerte feliz? --El amor!... El amor es un rayo de luna--murmuraba el joven. --Por qu no os despertis de ese letargo?--le deca uno de sus escuderos;--os vests de hierro de pies cabeza, mandis desplegar al aire vuestro pendn de ricohombre, y marchamos la guerra: en la guerra se encuentra la gloria. --La gloria!... La gloria es un rayo de luna. --Queris que os diga una cantiga, la ltima que ha compuesto mosn Arnaldo, el trovador provenzal? --No! no!--exclam el joven incorporndose colrico en su sitial;--no quiero nada... es decir, s quiero... quiero que me dejis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginacin y vestimos nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, para qu? para qu? para encontrar un rayo de luna. Manrique estaba loco; por lo menos, todo el mundo lo crea as. A m, por el contrario, se me figura que lo que haba hecho era recuperar el juicio. [Ilustracin] [Ilustracin] TRES FECHAS En una cartera de dibujo que conservo an llena de ligeros apuntes, hechos durante algunas de mis excursiones semiartsticas la ciudad de Toledo, hay escritas tres fechas. Los sucesos de que guardan la memoria estos nmeros, son hasta cierto punto insignificantes. Sin embargo, con su recuerdo me he entretenido en formar algunas noches de insomnio una novela ms menos sentimental sombra, segn que mi imaginacin se hallaba ms menos exaltada y propensa ideas risueas terribles. Si la maana siguiente de uno de estos nocturnos y extravagantes delirios, hubiera podido escribir los extraos episodios de las historias imposibles que forjo antes que se cierren del todo mis prpados; esas historias, cuyo vago desenlace flota, por ltimo, indeciso en ese punto que separa la vigilia del sueo, seguramente formaran un libro disparatado, pero original y acaso interesante. No es eso lo que pretendo hacer ahora. Esas fantasas ligeras, y por decirlo as, impalpables, son en cierto modo como las mariposas, que no pueden cogerse en las manos sin que se quede entre los dedos el polvo de oro de sus alas. Voy, pues, limitarme narrar brevemente los tres sucesos que suelen servir de epgrafe los captulos de mis soadas novelas; los tres puntos aislados que yo suelo reunir en mi mente por medio de una serie de ideas como un hilo de luz; los tres temas, en fin, sobre que yo hago mil y mil variaciones, las que pudiramos llamar absurdas sinfonas de la imaginacin. I Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fielmente la huella de las cien generaciones que en ella han habitado; que habla con tanta elocuencia los ojos del artista, y le revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo, con la forma y el carcter especial impreso en sus obras ms insignificantes, que yo cerrara sus entradas con una barrera, y pondra sobre la barrera un tarjetn con este letrero: En nombre de los poetas y de los artistas; en nombre de los que suean y de los que estudian, se prohbe la civilizacin que toque uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y prosaica. Da entrada esta calle por uno de sus extremos, un arco macizo, achatado y oscuro, que sostiene un pasadizo cubierto. En su clave hay un escudo, roto ya y carcomido por la accin de los aos, en el cual crece la hiedra, que, agitada con el aire, flota sobre el casco que lo corona como un penacho de plumas. Debajo de la bveda y enclavado en el muro, se ve un retablo con su lienzo ennegrecido imposible de descifrar, su marco dorado y churrigueresco, su farolillo pendiente de un cordel y sus votos de cera. Ms all de este arco que baa con su sombra aquel lugar, dndole un tinte de misterio y tristeza indescriptible, se prolongan ambos lados dos hileras de casas oscuras, desiguales y extraas, cada cual de su forma, sus dimensiones y su color. Unas estn construdas de piedras toscas y desiguales, sin ms adornos que algunos blasones groseramente esculpidos sobre la portada; otras son de ladrillo, y tienen un arco rabe que les sirve de ingreso, dos tres ajimeces abiertos capricho en un paredn grieteado, y un mirador que termina en una alta veleta. Las hay con traza que no pertenece ningn orden de arquitectura, y que tienen, sin embargo, un remiendo de todas; que son un modelo acabado de un gnero especial y conocido, una muestra curiosa de las extravagancias de un perodo del arte. stas tienen un balcn de madera con un cobertizo disparatado; aqullas una ventana gtica recientemente enlucida y con algunos tiestos de flores; la de ms all unos pintorreados azulejos en el marco de la puerta, clavos enormes en los tableros, y dos fustes de columnas, tal vez procedentes de un alczar morisco, empotrados en el muro. El palacio de un magnate convertido en corral de vecindad; la casa de un alfaqu habitada por un cannigo; una sinagoga juda transformada en oratorio cristiano; un convento levantado sobre las ruinas de una mezquita rabe, de la que an queda en pie la torre; mil extraos y pintorescos contrastes, mil y mil curiosas muestras de distintas razas, civilizaciones y pocas compendiadas, por decirlo as, en cien varas de terreno. He aqu todo lo que se encuentra en esta calle: calle construda en muchos siglos, calle estrecha, deforme, oscura y con infinidad de revueltas, donde cada cual al levantar su habitacin tomaba una saliente, dejaba un rincn haca un ngulo con arreglo su gusto, sin consultar el nivel, la altura ni la regularidad; calle rica en no calculadas combinaciones de lneas, con un verdadero lujo de detalles caprichosos, con tantos y tantos accidentes, que cada vez ofrece algo nuevo al que la estudia. Cuando por primera vez fu Toledo, mientras me ocup en sacar algunos apuntes de San Juan de los Reyes, tena precisin de atravesarla todas las tardes para dirigirme al convento desde la posada con honores de fonda en que me haba hospedado. Casi siempre la atravesaba de un extremo otro, sin encontrar en ella una sola persona, sin que turbase su profundo silencio otro ruido que el ruido de mis pasos, sin que detrs de las celosas de un balcn, del cancel de una puerta la rejilla de una ventana, viese ni aun por casualidad el arrugado rostro de una vieja curiosa los ojos negros y rasgados de una muchacha toledana. Algunas veces me pareca cruzar por en medio de una ciudad desierta, abandonada por sus habitantes desde una poca remota. Una tarde, sin embargo, al pasar frente un casern antiqusimo y oscuro, en cuyos altos paredones se vean tres cuatro ventanas de formas desiguales, repartidas sin orden ni concierto, me fij casualmente en una de ellas. La formaba un gran arco ojival, rodeado de un festn de hojas picadas y agudas. El arco estaba cerrado por un ligero tabique, recientemente construdo y blanco como la nieve, en medio del cual se vea, como contenida en la primera, una pequea ventana con un marco y sus hierros verdes, una maceta de campanillas azules, cuyos tallos suban enredarse por entre las labores de granito, y unas vidrieras con sus cristales emplomados y su cortinilla de una tela blanca, ligera y transparente. Ya la ventana de por s era digna de llamar la atencin por su carcter; pero lo que ms poderosamente contribuy que me fijase en ella, fu el notar que cuando volv la cabeza para mirarla, las cortinillas se haban levantado un momento para volver caer, ocultando mis ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante. Segu mi camino preocupado con la idea de la ventana, mejor dicho, de la cortinilla, ms claro todava, de la mujer que la haba levantado; porque indudablemente, aquella ventana tan potica, tan blanca, tan verde, tan llena de flores, slo una mujer poda asomarse, y cuando digo una mujer, entindase que se supone joven y bonita. Pas otra tarde; pas con el mismo cuidado; apret los tacones, aturdiendo la silenciosa calle con el ruido de mis pasos, que repetan, respondindose, dos tres ecos; mir la ventana, y la cortinilla se volvi levantar. La verdad es que realmente detrs de ella no vi nada; pero con la imaginacin me pareci descubrir un bulto, el bulto de una mujer, en efecto. Aquel da me distraje dos tres veces dibujando. Y pas otros das, y siempre que pasaba, la cortinilla se levantaba de nuevo, permaneciendo as hasta que se perda el ruido de mis pasos, y yo desde lejos volva ella por ltima vez los ojos. Mis dibujos adelantaban poca cosa. En aquel claustro de San Juan de los Reyes; en aquel claustro tan misterioso y baado en triste melancola, sentado sobre el roto capitel de una columna, la cartera sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y la frente entre las manos, al rumor del agua que corre all con un murmullo incesante, al ruido de las hojas del agreste y abandonado jardn, que agitaba la brisa del crepsculo, cunto no soara yo con aquella ventana y aquella mujer! Yo la conoca; ya saba cmo se llamaba y hasta cul era el color de sus ojos. La miraba cruzar por los extensos y solitarios patios de la antiqusima casa, alegrndolos con su presencia como el rayo del sol que dora unas ruinas. Otras veces me pareca verla en un jardn con unas tapias muy altas y muy oscuras, con unos rboles muy corpulentos y aosos, que deba de haber all en el fondo de aquella especie de palacio gtico donde viva, coger flores y sentarse sola en un banco de piedra, y all suspirar mientras las deshojaba pensando en... quin sabe?... Acaso en m; qu digo acaso? en m seguramente. Oh! cuntos sueos, cuntas locuras, cunta poesa despert en mi alma aquella ventana mientras permanec en Toledo!... Pero transcurri el tiempo que haba de permanecer en la ciudad. Un da, pesaroso y cabizbajo, guard todos mis papeles en la cartera; me desped del mundo de las quimeras, y tom un asiento en el coche para Madrid. Antes de que se hubiera perdido en el horizonte la ms alta de las torres de Toledo, saqu la cabeza por la portezuela para verla otra vez, y me acord de la calle. Tena an la cartera bajo el brazo, y al volverme mi asiento, mientras doblbamos la colina que ocult de repente la ciudad mis ojos, saqu el lpiz y apunt una fecha. Es la primera de las tres, la que yo llamo la fecha de la ventana. II Al cabo de algunos meses volv encontrar ocasin de marcharme de la corte por tres cuatro das. Limpi el polvo mi cartera de dibujo, me la puse bajo el brazo, y provisto de una mano de papel, media docena de lpices y unos cuantos napoleones, deplorando que an no estuviese concluda la lnea frrea, me encajon en un vehculo para recorrer en sentido inverso los puntos en que tiene lugar la clebre comedia de Tirso _Desde Toledo Madrid_. Ya instalado en la histrica ciudad, me dediqu visitar de nuevo los sitios que ms me llamaron la atencin en mi primer viaje, y algunos otros que an no conoca sino de nombre. As dej transcurrir en largos y solitarios paseos entre sus barrios ms antiguos la mayor parte del tiempo de que poda disponer para mi pequea expedicin artstica, encontrando un verdadero placer en perderme en aquel confuso laberinto de callejones sin salida, calles estrechas, pasadizos oscuros y cuestas empinadas impracticables. Una tarde, la ltima que por entonces deba permanecer en Toledo, despus de una de estas largas excursiones travs de lo desconocido, no sabr decir siquiera por qu calles llegu hasta una plaza grande, desierta, olvidada al parecer aun de los mismos moradores de la poblacin, y como escondida en uno de sus ms apartados rincones. La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella, se haban identificado, por decirlo as, con el terreno de tal modo, que ste ofreca el aspecto quebrado y montuoso de una Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos formados por sus ondulaciones, crecan su sabor malvas de unas proporciones colosales, cerros de gigantescas ortigas, matas rastreras de campanillas blancas, prados de esa hierba sin nombre, menuda, fina y de un verde oscuro, y mecindose suavemente al leve soplo del aire, descollando como reyes entre todas las otras plantas parsitas, los poticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los yermos y las ruinas. Diseminados por el suelo, medio enterrados unos, casi ocultos por las altas hierbas los otros, veanse all una infinidad de fragmentos de mil y mil cosas distintas, rotas y arrojadas en diferentes pocas aquel lugar, donde iban formando capas en las cuales hubiera sido fcil seguir un curso de geologa histrica. Azulejos moriscos esmaltados de colores, trozos de columnas de mrmol y de jaspe, pedazos de ladrillos de cien clases diversas, grandes sillares cubiertos de verdn y de musgo, astillas de madera ya casi hechas polvo, restos de antiguos artesonados, girones de tela, tiras de cuero, y otros cien y cien objetos sin forma ni nombre, eran los que aparecan primera vista la superficie, llamando asimismo la atencin y deslumbrando los ojos una miriada de chispas de luz derramadas sobre la verdura como un puado de diamantes arrojados granel, y que examinados de cerca, no eran otra cosa que pequeos fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas, que reflejando los rayos del sol, fingan todo un cielo de estrellas microscpicas y deslumbrantes. Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada trechos con pequeas piedrecitas de varios matices formando labores, trechos cubierta de grandes losas de pizarra, y en su mayor parte, segn dejamos dicho, semejante un jardn de plantas parsitas, un prado yermo inculto. Los edificios que dibujaban su forma irregular, no eran tampoco menos extraos y dignos de estudio. Por un lado la cerraba una hilera de casucas oscuras y pequeas, con sus tejados dentellados de chimeneas, veletas y cobertizos, sus guardacantones de mrmol sujetos las esquinas con una anilla de hierro, sus balcones achatados estrechos, sus ventanillos con tiestos de flores, y su farol rodeado de una red de alambre que defiende los ahumados vidrios de las pedradas de los muchachos. Otro frente lo constitua un paredn negruzco, lleno de grietas y hendiduras, en donde algunos reptiles asomaban su cabeza de ojos pequeos y brillantes por entre las hojas de musgo; un paredn altsimo, formado de gruesos sillares, sembrado de huecos de puertas y balcones, tapiados con piedra y argamasa, y uno de cuyos extremos se una, formando ngulo con l, una tapia de ladrillos, desconchada y llena de mechinales, manchada trechos de tintas rojas, verdes amarillentas, y coronada de un bardal de heno seco, entre el cual corran algunos tallos de enredaderas. Esto no era ms, por decirlo as, que los bastidores de la extraa decoracin que al penetrar en la plaza se present de improviso mis ojos, cautivando mi nimo y suspendindolo durante algn tiempo, pues el verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le daba el tono general, se vea alzarse en el fondo de la plaza, ms caprichoso, ms original, infinitamente ms bello en su artstico desorden, que todos los que se levantaban su alrededor. --He aqu lo que yo deseaba encontrar!--exclam al verle; y sentndome en un pedrusco, colocando la cartera sobre mis rodillas y afilando un lpiz de madera, me apercib trazar, aunque ligeramente, sus formas irregulares y estrambticas para conservar por siempre su recuerdo. Si yo pudiera pegar aqu con obleas el ligersimo y mal trazado apunte que conservo de aquel sitio, imperfecto y todo como es, me ahorrara un cmulo de palabras, dando mis lectores una idea ms aproximada de l que todas las descripciones imaginables. Ya que no puede ser as, tratar de pintarlo del mejor modo posible, fin de que, leyendo estos renglones, puedan formarse una idea remota, si no de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de su conjunto. Figuraos un palacio rabe, con sus puertas en forma de herradura; sus muros engalanados con largas hileras de arcos que se cruzan cien y cien veces entre s, y corren sobre una franja de azulejos brillantes: aqu se ve el hueco de un ajimez partido en dos por un grupo de esbeltas columnas y encuadrado en un marco de labores menudas y caprichosas; all se eleva una atalaya con su mirador ligero y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas, y su aguda flecha de oro que se pierde en el vaco; ms lejos se divisa la cpula que cubre un gabinete pintado de oro y azul, las altas galeras cerradas con persianas verdes, que al descorrerse dejan ver los jardines con calles de arrayn, bosques de laureles y surtidores altsimos. Todo es original, todo armnico, aunque desordenado; todo deja entrever el lujo y las maravillas de su interior; todo deja adivinar el carcter y las costumbres de sus habitadores. El opulento rabe que posea este edificio lo abandona al fin; la accin de los aos comienza desmoronar sus paredes, deslustrar los colores y corroer hasta los mrmoles. Un monarca castellano escoge entonces para su residencia aquel alczar que se derrumba, y en este punto rompe un lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con una cenefa de escudos, por entre los cuales se enrosca una guirnalda de hojas de cardo y de trbol; en aqul levanta un macizo torren de sillera con sus saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en el de ms all construye un ala de habitaciones altas y sombras, en las cuales se ven por una parte trozos de alicatado reluciente, por otra artesones oscurecidos, un ajimez solo, un arco de herradura ligero y puro, que da entrada un saln gtico, severo imponente. Pero llega el da en que el monarca abandona tambin aquel recinto, cedindole una comunidad de religiosas, y stas su vez fabrican de nuevo, aadindole otros rasgos la ya extraa fisonoma del alczar morisco. Cierran las ventanas con celosas; entre dos arcos rabes colocan el escudo de su religin esculpido en berroquea; donde antes crecan tamarindos y laureles, plantan cipreses melanclicos y oscuros; y aprovechando unos restos y levantando sobre otros, forman las combinaciones ms pintorescas y extravagantes que pueden concebirse. Sobre la portada de la iglesia, en donde se ven como envueltos en el crepsculo misterioso en que los baan las sombras de sus doseles, una andanada de santos, ngeles y vrgenes, cuyos pies se retuercen, entre las hojas de acanto, sierpes, vestiglos y endriagos de piedra, se mira elevarse un minarete esbelto y afiligranado con labores moriscas; junto las saeteras del muralln, cuyas almenas estn ya rotas, ponen un retablo, y tapian los grandes huecos con tabiques cuajados de pequeos agujeritos, y semejantes una tabla de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos, y fabrican, por ltimo, un campanario de espadaa con sus campanas, que taen melanclicamente noche y da llamando la oracin, campanas que voltean al impulso de una mano invisible, campanas cuyos sonidos lejanos arrancan veces lgrimas de involuntaria tristeza. Despus pasan los aos, y baan con una veladura de un medio color oscuro todo el edificio, armonizan sus tintas y hacen brotar la hiedra en sus hendiduras. Las cigeas cuelgan su nido en la veleta de la torre; los vencejos en el ala de los tejados; las golondrinas en los doseles de granito, y el buho y la lechuza escogen para su guarida los altos mechinales, desde donde en las noches tenebrosas asustan las viejas crdulas y los atemorizados chiquillos, con el resplandor fosfrico de sus ojos redondos y sus silbos extraos y agudos. Todas estas revoluciones, todas estas circunstancias especiales, hubieran podido nicamente dar por resultado un edificio tan original, tan lleno de contrastes, de poesa y de recuerdos, como el que aquella tarde se ofreci mi vista y hoy he ensayado, aunque en vano, describir con palabras. Ya lo haba trazado en parte en una de las hojas de mi cartera. El sol doraba apenas las ms altas agujas de la ciudad, la brisa del crepsculo comenzaba acariciar mi frente, cuando absorto en las ideas que de improviso me haban asaltado al contemplar aquellos silenciosos restos de otras edades, ms poticas que la material en que vivimos y nos ahogamos en pura prosa, dej caer de mis manos el lpiz y abandon el dibujo, recostndome en la pared que tena mis espaldas y entregndome por completo los sueos de la imaginacin. Qu pensaba? No s si sabr decirlo. Vea claramente sucederse las pocas, derrumbarse unos muros y levantarse otros. Vea unos hombres, mejor dicho, vea unas mujeres dejar lugar otras mujeres, y las primeras y las que venan despus, convertirse en polvo y volar deshechas, llevando un soplo del viento la hermosura, hermosura que arrancaba suspiros secretos, que engendr pasiones y fu manantial de placeres; luego... qu se yo... todo confuso, vea muchas cosas revueltas, y tocadores de encaje y de estuco con nubes de aroma y lechos de flores; celdas estrechas y sombras con un reclinatorio y un crucifijo; al pie del crucifijo un libro abierto, y sobre el libro una calavera; salones severos y grandiosos, cubiertos de tapices y adornados con trofeos de guerra, y muchas mujeres que cruzaban y volvan cruzar ante mis ojos; monjas altas, plidas y delgadas; odaliscas morenas con labios muy encarnados y ojos muy negros; damas de perfil puro, de continente altivo y andar majestuoso. Todas estas cosas vea yo, y muchas ms de esas que despus de pensadas no pueden recordarse; de esas tan inmateriales que es imposible encerrar en el crculo estrecho de la palabra, cuando de pronto di un salto sobre mi asiento, y pasndome la mano por los ojos para convencerme de que no segua soando, incorporndome como movido de un resorte nervioso, fij la mirada en uno de los altos miradores del convento. Haba visto, no me puede caber duda, la haba visto perfectamente, una mano blanqusima, que saliendo por uno de los huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes tableros de ajedrez, se haba agitado varias veces como saludndome con un signo mudo y carioso. Y me saludaba m; no era posible que me equivocase... estaba solo, completamente solo en la plaza. En balde esper la noche, clavado en aquel sitio, y sin apartar un punto los ojos del mirador; intilmente volv muchas veces ocupar la oscura piedra que me sirvi de asiento la tarde en que vi aparecer aquella mano misteriosa, objeto ya de mis ensueos de la noche y de mis delirios del da. No la volv ver ms... Y lleg al fin la hora en que deba marcharme de Toledo dejando all, como una carga intil y ridcula, todas las ilusiones que en su seno se haban levantado en mi mente. Torn guardar los papeles en mi cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escrib otra fecha, la segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla, mir un momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de sonreirme de mi locura. III Desde que tuvo lugar la extraa aventura que he referido, hasta que volv Toledo, transcurri cerca de un ao, durante el cual no dej de presentrseme la imaginacin su recuerdo, al principio todas horas y con todos sus detalles; despus con menos frecuencia, y por ltimo, con tanta vaguedad, que yo mismo llegu creer algunas veces que haba sido juguete de una ilusin de un sueo. No obstante, apenas llegu la ciudad, que con tanta razn llaman algunos la Roma espaola, me asalt nuevamente, y llena de l la memoria sal preocupado recorrer las calles, sin camino cierto, sin intencin preconcebida de dirigirme ningn punto fijo. El da estaba triste, con esa tristeza que alcanza todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era de color de plomo, y su reflejo melanclico los edificios parecan ms antiguos, ms extraos y ms oscuros. El aire gema lo largo de las revueltas y angostas calles, trayendo en sus rfagas, como notas perdidas de una sinfona misteriosa, ya palabras ininteligibles, clamor de campanas ecos de golpes profundos y lejanos. La atmsfera hmeda y fra helaba el alma con su soplo glacial. Anduve durante algunas horas por los barrios ms apartados y desiertos, absorto en mil confusas imaginaciones, y contra mi costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio, sin que lograse llamar mi atencin ni un detalle caprichoso de arquitectura, ni un monumento de orden desconocido, ni una obra de arte maravillosa y oculta, ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo examen minucioso me detena cada paso, cuando slo ocupaban mi mente ideas de arte y recuerdos histricos. El cielo cerraba de cada vez ms oscuro; el aire soplaba con ms fuerza y ms ruido, y haba comenzado caer en gotas menudas una lluvia de nieve deshecha, finsima y penetrante, cuando sin saber por dnde, pues ignoraba an el camino, y como llevado all por un impulso al que no poda resistirme, impulso que me arrastraba misteriosamente al punto que iban mis pensamientos, me encontr en la solitaria plaza que ya conocen mis lectores. Al encontrarme en aquel lugar sal de la especie de letargo en que me hallaba sumido, como si me hubiesen despertado de un sueo profundo con una violenta sacudida. Tend una mirada mi alrededor. Todo estaba como yo lo dej. Digo mal, estaba ms triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la falta de verdura el estado de mi espritu era la causa de esta tristeza; pero la verdad es que desde el sentimiento que experiment al contemplar aquellos lugares por la vez primera, hasta el que me impresion entonces, haba toda la distancia que existe desde la melancola la amargura. Contempl por algunos instantes el sombro convento, en aquella ocasin ms sombro que nunca mis ojos; y ya me dispona alejarme, cuando hiri mis odos el son de una campana, una campana de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le acompaaba, formando contraste con ella, una especie de esquiloncillo que comenz voltear de pronto con una rapidez y un taido tan agudo y continuado, que pareca como acometido de un vrtigo. Nada ms extrao que aquel edificio, cuya negra silueta se dibujaba sobre el cielo como la de una roca erizada de mil y mil picos caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las campanas, que parecan agitarse al impulso de seres invisibles, una como llorando con sollozos ahogados, la otra como riendo con carcajadas estridentes, semejantes la risa de una mujer loca. A intervalos y confundidas con el atolondrador ruido de las campanas, crea percibir tambin notas confusas de un rgano y palabras de un cntico religioso y solemne. Vari de idea; y en vez de alejarme de aquel lugar, llegu la puerta del templo, y pregunt uno de los haraposos mendigos que haba sentados en sus escalones de piedra: --Qu hay aqu? --Una toma de hbito--me contest el pobre, interrumpiendo la oracin que murmuraba entre dientes, para continuarla despus, aunque no sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su mano al dirigirle mi pregunta. Jams haba presenciado esta ceremonia; nunca haba visto tampoco el interior de la iglesia del convento. Ambas consideraciones me impulsaron penetrar en su recinto. La iglesia era alta y oscura: formaban sus naves dos filas de pilares compuestos de columnas delgadas reunidas en un haz, que descansaban en una base ancha y octgona, y de cuya rica coronacin de capiteles partan los arranques de las robustas ojivas. El altar mayor estaba colocado en el fondo, bajo una cpula de estilo del Renacimiento cuajada de angelones con escudos, grifos, cuyos remates fingan profusas hojarascas, cornisas con molduras y florones dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En torno las naves se vea una multitud de capillas oscuras, en el fondo de las cuales ardan algunas lmparas, semejantes estrellas perdidas en el cielo de una noche oscura. Capillas de una arquitectura rabe, gtica churrigueresca: unas, cerradas con magnficas verjas de hierro, otras, con humildes barandales de madera; stas, sumidas en las tinieblas con una antigua tumba de mrmol delante del altar; aqullas, profusamente alumbradas con una imagen vestida de relumbrones y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de cinta de colorines. Contribua dar un carcter ms misterioso toda la iglesia, completamente armnica en su confusin y su desorden artstico con el resto del convento, la fantstica claridad que la iluminaba. De las lmparas de plata y cobre, pendientes de las bvedas; de las velas de los altares y de las estrechas ojivas y los ajimeces del muro, partan rayos de luz de mil colores diversos: blancos, los que penetraban de la calle por algunas pequeas claraboyas de la cpula; rojos, los que se desprendan de los cirios de los retablos; verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abran paso travs de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos reflejos, insuficientes inundar con la bastante claridad aquel sagrado recinto, parecan como que luchaban confundindose entre s en algunos puntos, mientras que otros los hacan destacar con una mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados y oscuros de las capillas. A pesar de la fiesta religiosa que all tena lugar, los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia haba comenzado haca bastante tiempo y estaba punto de concluir. Los sacerdotes que oficiaban en el altar mayor, bajaban en aquel momento las gradas cubiertas de alfombra, envueltos en una nube de incienso azulado que se meca lentamente en el aire, para dirigirse al coro en donde se oa las religiosas entonar un salmo. Yo tambin me encamin hacia aquel sitio con el objeto de asomarme las dobles rejas que lo separaban del templo. No s, me pareci que haba de conocer en la cara la mujer de quien slo haba visto un instante la mano; y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando la pupila, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clav en el fondo del coro. Afn intil: travs de los cruzados hierros, muy poco nada poda verse. Como unos fantasmas blancos y negros que se movan entre las tinieblas, contra las que luchaba en vano el escaso resplandor de algunos cirios encendidos; una prolongada fila de sitiales altos y puntiagudos, coronados de doseles, bajo los que se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas formas de las religiosas, vestidas de luengas ropas talares; un crucifijo alumbrado por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombro fondo del cuadro, como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen ms palpables las sombras; he aqu cuanto pude distinguir desde el lugar que ocupaba. Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales bordadas de oro, precedidos de unos aclitos que conducan una cruz de plata y dos ciriales, y seguidos de otros que agitaban los incensarios perfumando el ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus manos y las orlas de sus vestiduras, llegaron al fin la reja del coro. Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las otras sombras confusas, cul era la de la virgen que iba consagrarse al Seor. No habis visto nunca en esos ltimos instantes del crepsculo de la noche levantarse de las aguas de un ro, del haz de un pantano, de las olas del mar de la profunda sima de una montaa, un girn de niebla que flota lentamente en el vaco, y alternativamente ya parece una mujer que se mueve y anda y deja volar su traje al andar, ya un velo blanco prendido la cabellera de alguna silfa invisible, ya un fantasma que se eleva en el aire cubriendo sus huesos amarillos con un sudario, sobre el que se cree ver dibujadas sus formas angulosas? Pues una alucinacin de ese gnero experiment yo al mirar adelantarse hacia la reja, como desasindose del fondo tenebroso del coro, aquella figura blanca, alta y ligersima. El rostro no se lo poda ver. Vino colocarse perfectamente delante de las velas que alumbraban el crucifijo; y su resplandor, formando como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la haca resaltar por oscuro bandola en una dudosa sombra. Rein un profundo silencio; todos los ojos se fijaron en ella, y comenz la ltima parte de la ceremonia. La abadesa, murmurando algunas palabras ininteligibles, palabras que su vez repetan los sacerdotes con voz sorda y profunda, le arranc de las sienes la corona de flores que las cea y la arroj lejos de s... Pobres flores! Eran las ltimas que haba de ponerse aquella mujer, hermana de las flores como todas las mujeres. Despus la despoj del velo, y su rubia cabellera se derram como una cascada de oro sobre sus espaldas y sus hombros, que slo pudo cubrir un instante, porque en seguida comenz percibirse en mitad del profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido metlico y agudo que crispaba los nervios, y la magnfica cabellera se desprendi de la frente que sombreaba, y rodaron por su seno y cayeron al suelo despus aquellos rizos que el aire perfumado habra besado tantas veces... La abadesa torn murmurar las ininteligibles palabras; los sacerdotes las repitieron, y todo qued de nuevo en silencio en la iglesia. Slo de cuando en cuando se oan lo lejos como unos quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellndose en los ngulos de las almenas y los torreones, y estremeca al pasar los vidrios de color de las ojivas. Ella estaba inmvil, inmvil y plida como una virgen de piedra arrancada del nicho de un claustro gtico. Y la despojaron de las joyas que le cubran los brazos y la garganta, y la desnudaron, por ltimo, de su traje nupcial, aquel traje que pareca hecho para que un amante rompiera sus broches con mano trmula de emocin y cario... El esposo mstico aguardaba la esposa. Dnde? Ms all de la muerte; abriendo sin duda la losa del sepulcro y llamndola traspasarlo, como traspasa la esposa tmida el umbral del santuario de los amores nupciales, porque ella cay al suelo desplomada como un cadver. Las religiosas arrojaron como si fuese tierra sobre su cuerpo puados de flores, entonando una salmodia tristsima; se alz un murmullo de entre la multitud, y los sacerdotes con sus voces profundas y huecas comenzaron el oficio de difuntos, acompaados de esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo temor que inspiran de por s las terribles palabras que pronuncian. _De profundis clamavi ad te!_ decan las religiosas desde el fondo del coro con voces plaideras y dolientes. _Dies ir, dies illa!_ le contestaban los sacerdotes con eco atronador y profundo, y en tanto las campanas taan lentamente tocando muerto, y de campanada campanada se oa vibrar el bronce con un zumbido extrao y lgubre. Yo estaba conmovido; no, conmovido no, aterrado. Crea presenciar una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo preciso para mi vida, y que mi alrededor se formaba el vaco; pensaba que acababa de perder algo, como un padre, una madre una mujer querida, y senta ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa, desconsuelo sin nombre, que no se puede pintar, y que slo pueden concebir los que lo han sentido... An estaba clavado en aquel lugar con los ojos extraviados, tembloroso y fuera de m, cuando la nueva religiosa se incorpor del suelo. La abadesa la visti el hbito, las monjas tomaron en sus manos velas encendidas, y formando dos largas hileras, la condujeron como en procesin hacia el fondo del coro. All, entre las sombras, vi brillar un rayo de luz; era la puerta claustral que se haba abierto. Al poner el pie en su dintel, la religiosa se volvi por la vez ltima hacia el altar. El resplandor de todas las luces la ilumin de pronto, y pude verla el rostro. Al mirarlo, tuve que ahogar un grito. Yo conoca aquella mujer; no la haba visto nunca, pero la conoca de haberla contemplado en sueos; era uno de esos seres que adivina el alma los recuerda acaso de otro mundo mejor, del que al descender ste, algunos no pierden del todo la memoria. Di dos pasos adelante; quise llamarla, quise gritar, no s, me acometi como un vrtigo, pero en aquel instante la puerta claustral se cerr... para siempre. Se agitaron las campanillas, los sacerdotes alzaron un _Hosanna!_ subieron por el aire nubes de incienso, el rgano arroj un torrente de atronadora armona por cien bocas de metal, y las campanas de la torre comenzaron repicar, volteando con una furia espantosa. Aquella alegra loca y ruidosa me erizaba los cabellos. Volv los ojos mi alrededor buscando los padres, la familia, hurfanos de aquella mujer. No encontr nadie. --Tal vez era sola en el mundo--dije; y no pude contener una lgrima. --Dios te d en el claustro la felicidad que no te ha dado en el mundo!--exclam al mismo tiempo una vieja que estaba mi lado, y sollozaba y gema agarrada la reja. --La conoce usted?--le pregunt. --Pobrecita! S, la conoca. Y la he visto nacer y se ha criado en mis brazos. --Y por qu profesa? --Porque se vi sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en el mismo da del clera, hace poco ms de un ao. Al verla hurfana y desvalida, el seor den la di el dote para que profesase; y ya veis... qu haba de hacer? --Y quin era ella? --Hija del administrador del conde de C... al cual serv yo hasta su muerte. --Dnde viva? Cuando o el nombre de la calle, no pude contener una exclamacin de sorpresa. Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rpido como la idea y brilla en la oscuridad y la confusin de la mente, y reune los puntos ms distantes; los relaciona entre s de un modo maravilloso, at mis vagos recuerdos, y todo lo comprend cre comprenderlo. * * * * * Esta fecha que no tiene nombre, no la escrib en ninguna parte... Digo mal; la llevo escrita en un sitio en que nadie ms que yo la puede leer, y de donde no se borrar nunca. Algunas veces recordando estos sucesos, hoy mismo al consignarlos aqu, me he preguntado: --Algn da en esa hora misteriosa del crepsculo, cuando el suspiro de la brisa de primavera, tibio y cargado de aromas, penetra hasta en el fondo de los ms apartados retiros, llevando all como una rfaga de recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro gtico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alfizar de una ojiva, habr exhalado un suspiro alguna mujer al cruzar su imaginacin la memoria de estas fechas? Quin sabe! Oh! Y si ha suspirado, dnde estar ese suspiro? [Ilustracin] [Ilustracin] LA CORZA BLANCA I En un pequeo lugar de Aragn, y all por los aos de mil trescientos y pico, viva retirado en su torre seorial un famoso caballero llamado don Dions, el cual, despus de haber servido su rey en la guerra contra infieles, descansaba la sazn, entregado al alegre ejercicio de la caza, de las rudas fatigas de los combates. Aconteci una vez este caballero, hallndose en su favorita diversin acompaado de su hija, cuya belleza singular y extraordinaria blancura le haban granjeado el sobrenombre de la Azucena, que como se les entrase ms andar el da engolfados en perseguir una res en el monte de su feudo, tuvo que acogerse, durante las horas de la siesta, una caada por donde corra un riachuelo, saltando de roca en roca con un ruido manso y agradable. Hara cosa de unas dos horas que don Dions se encontraba en aquel delicioso lugar, recostado sobre la menuda grama la sombra de una chopera, departiendo amigablemente con sus monteros sobre las peripecias del da, y refirindose unos otros las aventuras ms menos curiosas que en su vida de cazadores les haban acontecido, cuando por lo alto de la ms empinada ladera y travs de los alternados murmullos del viento que agitaba las hojas de los rboles, comenz percibirse, cada vez ms cerca, el sonido de una esquililla semejante la del guin de un rebao. En efecto, era as, pues poco de haberse odo la esquililla, empezaron saltar por entre las apiadas matas de cantueso y tomillo, y descender la orilla opuesta del riachuelo, hasta unos cien corderos, blancos como la nieve, detrs de los cuales, con su caperuza calada para libertarse la cabeza de los perpendiculares rayos del sol, y su hatillo al hombro en la punta de un palo, apareci el zagal que los conduca. --A propsito de aventuras extraordinarias--exclam al verle uno de los monteros de don Dions, dirigindose su seor:--ah tenis Esteban el zagal, que de algn tiempo esta parte anda ms tonto que lo que naturalmente lo hizo Dios, que no es poco, y el cual puede haceros pasar un rato divertido refiriendo la causa de sus continuos sustos. --Pues qu le acontece ese pobre diablo?--exclam don Dions con aire de curiosidad picada. --Friolera!--aadi el montero en tono de zumba:--es el caso, que sin haber nacido en Viernes Santo, ni estar sealado con la cruz, ni hallarse en relaciones con el demonio, lo que se puede colegir de sus hbitos de cristiano viejo, se encuentra sin saber cmo ni por dnde, dotado de la facultad ms maravillosa que ha posedo hombre alguno, no ser Salomn, de quien se dice que saba hasta el lenguaje de los pjaros. --Y qu se refiere esa facultad maravillosa? --Se refiere--prosigui el montero-- que, segn l afirma, y lo jura y perjura por todo lo ms sagrado del mundo, los ciervos que discurren por estos montes se han dado de ojo para no dejarle en paz, siendo lo ms gracioso del caso, que en ms de una ocasin les ha sorprendido concertando entre s las burlas que han de hacerle, y despus que estas burlas se han llevado trmino, ha odo las ruidosas carcajadas con que las celebran. Mientras esto deca el montero, Constanza, que as se llamaba la hermosa hija de don Dions, se haba aproximado al grupo de los cazadores, y como demostrase su curiosidad por conocer la extraordinaria historia de Esteban, uno de estos se adelant hasta el sitio en donde el zagal daba de beber su ganado, y le condujo presencia de su seor, que para disipar la turbacin y el visible encogimiento del pobre mozo, se apresur saludarle por su nombre, acompaando el saludo con una bondadosa sonrisa. Era Esteban un muchacho de diecinueve veinte aos, fornido, con la cabeza pequea y hundida entre los hombros, los ojos pequeos y azules, la mirada incierta y torpe como la de los albinos, la nariz roma, los labios gruesos y entreabiertos, la frente calzada, la tez blanca pero ennegrecida por el sol, y el cabello, que le caa parte sobre los ojos y parte alrededor de la cara, en guedejas speras y rojas semejantes las crines de un rocn colorado. Esto, sobre poco ms menos, era Esteban en cuanto al fsico; respecto su moral, poda asegurarse sin temor de ser desmentido ni por l ni por ninguna de las personas que le conocan, que era perfectamente simple, aunque un tanto suspicaz y malicioso como buen rstico. Una vez el zagal repuesto de su turbacin, le dirigi de nuevo la palabra don Dions, y con el tono ms serio del mundo, y fingiendo un extraordinario inters por conocer los detalles del suceso que su montero se haba referido, le hizo una multitud de preguntas, las que Esteban comenz contestar de una manera evasiva, como deseando evitar explicaciones sobre el asunto. Estrechado, sin embargo, por las interrogaciones de su seor y por los ruegos de Constanza, que pareca la ms curiosa interesada en que el pastor refiriese sus estupendas aventuras, decidise ste hablar, mas no sin que antes dirigiese su alrededor una mirada de desconfianza, como temiendo ser odo por otras personas que las que all estaban presentes, y de rascarse tres cuatro veces la cabeza tratando de reunir sus recuerdos hilvanar su discurso, que al fin comenz de esta manera: --Es el caso, seor, que segn me dijo un preste de Tarazona, al que acud no ha mucho para consultar mis dudas, con el diablo no sirven juegos, sino punto en boca, buenas y muchas oraciones San Bartolom, que es quien le conoce las cosquillas, y dejarle andar; que Dios, que es justo y est all arriba, proveer todo. Firme en esta idea, haba decidido no volver decir palabra sobre el asunto nadie, ni por nada; pero lo har hoy por satisfacer vuestra curiosidad, y fe fe que despus de todo, si el diablo me lo toma en cuenta y torna molestarme en castigo de mi indiscrecin, buenos Evangelios llevo cosidos la pellica, y con su ayuda creo que, como otras veces, no me ser intil el garrote. --Pero, vamos--exclam don Dions, impaciente al escuchar las digresiones del zagal, que amenazaba no concluir nunca;--djate de rodeos y ve derecho al asunto. --A l voy--contest con calma Esteban, que despus de dar una gran voz acompaada de un silbido para que se agruparan los corderos, que no perda de vista y comenzaban desparramarse por el monte, torn rascarse la cabeza y prosigui as: --Por una parte vuestras continuas excursiones, y por otra el dale que le das de los cazadores furtivos, que ya con trampa con ballesta no dejan res vida en veinte jornadas al contorno, haban no hace mucho agotado la caza en estos montes, hasta el extremo de no encontrarse un venado en ellos ni por un ojo de la cara. Hablaba yo de esto mismo en el lugar, sentado en el porche de la iglesia, donde despus de acabada la misa del domingo sola reunirme con algunos peones de los que labran la tierra de Veratn, cuando algunos de ellos me dijeron: --Pues, hombre, no s en qu consista el que t no los topes, pues de nosotros podemos asegurarte que no bajamos una vez las hazas que no nos encontremos rastro, y hace tres cuatro das, sin ir ms lejos, una manada, que juzgar por las huellas deba de componerse de ms de veinte, le segaron antes de tiempo una pieza de trigo al santero de la Virgen del Romeral. --Y hacia qu sitio segua el rastro?--pregunt los peones, con nimo de ver si topaba con la tropa. --Hacia la caada de los cantuesos--me contestaron. No ech en saco roto la advertencia, y aquella noche misma fu apostarme entre los chopos. Durante toda ella estuve oyendo por ac y por all, tan pronto lejos como cerca, el bramido de los ciervos que se llamaban unos otros, y de vez en cuando senta moverse el ramaje mis espaldas; pero por ms que me hice todo ojos, la verdad es que no pude distinguir ninguno. No obstante, al romper el da, cuando llev los corderos al agua, la orilla de este ro, como obra de dos tiros de honda del sitio en que nos hallamos, y en una umbra de chopos, donde ni la hora de siesta se desliza un rayo de sol, encontr huellas recientes de los ciervos, algunas ramas desgajadas, la corriente un poco turbia, y lo que es ms particular, entre el rastro de las reses las breves huellas de unos pies pequeitos como la mitad de la palma de mi mano, sin ponderacin alguna. Al decir esto, el mozo, instintivamente y al parecer buscando un punto de comparacin, dirigi la vista hacia el pie de Constanza, que asomaba por debajo del brial, calzado de un precioso chapn de tafilete amarillo; pero como al par de Esteban bajasen tambin los ojos don Dions y algunos de los monteros que le rodeaban, la hermosa nia se apresur esconderlo, exclamando con el tono ms natural del mundo: --Oh, no! por desgracia no los tengo yo tan pequeitos, pues de ese tamao slo se encuentran en las hadas, cuya historia nos refieren los trovadores. --Pues no par aqu la cosa--continu el zagal cuando Constanza hubo concludo;--sino que otra vez, habindome colocado en otro escondite por donde indudablemente haban de pasar los ciervos para dirigirse la caada, all al filo de la media noche me rindi un poco el sueo, aunque no tanto que no abriese los ojos en el mismo punto en que cre percibir que las ramas se movan mi alrededor. Abr los ojos, segn dejo dicho; me incorpor con sumo cuidado, y poniendo atencin aquel confuso murmullo que cada vez sonaba ms prximo, o en las rfagas del aire, como gritos y cantares extraos, carcajadas y tres cuatro voces distintas que hablaban entre s, con un ruido y algaraba semejante al de las muchachas del lugar, cuando riendo y bromeando por el camino, vuelven en bandadas de la fuente con sus cntaros en la cabeza. Segn colega de la proximidad de las voces y del cercano chasquido de las ramas que crujan al romperse para dar paso aquella turba de locuelas, iban salir de la espesura un pequeo rellano que formaba el monte en el sitio donde yo estaba oculto, cuando enteramente mis espaldas, tan cerca ms que me encuentro de vosotros, o una nueva voz fresca, delgada y vibrante, que dijo... creedlo, seores, esto es tan seguro como que me he de morir... dijo... claro y distintamente estas propias palabras: _Por aqu, por aqu, compaeras,_ _que est ah el bruto de Esteban!_ Al llegar este punto de la relacin del zagal, los circunstantes no pudieron ya contener por ms tiempo la risa, que haca largo rato les retozaba en los ojos, y dando rienda su buen humor, prorrumpieron en una carcajada estrepitosa. De los primeros en comenzar reir y de los ltimos en dejarlo, fueron don Dions, que pesar de su fingida circunspeccin no pudo por menos de tomar parte en el general regocijo, y su hija Constanza, la cual cada vez que miraba Esteban todo suspenso y confuso, tornaba reirse como una loca hasta el punto de saltarle las lgrimas los ojos. El zagal, por su parte, aunque sin atender al efecto que su narracin haba producido, pareca todo turbado inquieto; y mientras los seores rean sabor de sus inocentadas, l tornaba la vista un lado y otro con visibles muestras de temor y como queriendo descubrir algo travs de los cruzados troncos de los rboles. --Qu es eso, Esteban, qu te sucede?--le pregunt uno de los monteros notando la creciente inquietud del pobre mozo, que ya fijaba sus espantadas pupilas en la hija risuea de don Dions, ya las volva su alrededor con una expresin asombrada y estpida. --Me sucede una cosa muy extraa--exclam Esteban.--Cuando despus de escuchar las palabras que dejo referidas, me incorpor con prontitud para sorprender la persona que las haba pronunciado, una corza blanca como la nieve sali de entre las mismas matas en donde yo estaba oculto, y dando unos saltos enormes por cima de los carrascales y los lentiscos, se alej seguida de una tropa de corzas de su color natural, y as stas como la blanca que las iba guiando, no arrojaban bramidos al huir, sino que se rean con unas carcajadas, cuyo eco jurara que an me est sonando en los odos en este momento. --Bah!... bah!... Esteban--exclam don Dions con aire burln,--sigue los consejos del preste de Tarazona; no hables de tus encuentros con los corzos amigos de burlas, no sea que haga el diablo que al fin pierdas el poco juicio que tienes; y pues ya ests provisto de los Evangelios y sabes las oraciones de San Bartolom, vulvete tus corderos, que comienzan desbandarse por la caada. Si los espritus malignos tornan incomodarte, ya sabes el remedio: _Pater nster_ y garrotazo. El zagal, despus de guardarse en el zurrn un medio pan blanco y un trozo de carne de jabal, y en el estmago un valiente trago de vino que le di por orden de su seor uno de los palafreneros, despidise de don Dions y su hija, y apenas anduvo cuatro pasos, comenz voltear la honda para reunir pedradas los corderos. Como esta sazn notase don Dions que entre unas y otras las horas del calor eran ya pasadas y el vientecillo de la tarde comenzaba mover las hojas de los chopos y refrescar los campos, di orden su comitiva para que aderezasen las caballeras que andaban paciendo sueltas por el inmediato soto; y cuando todo estuvo punto, hizo sea los unos para que soltasen las trallas, y los otros para que tocasen las trompas, y saliendo en tropel de la chopera, prosigui adelante la interrumpida caza. II Entre los monteros de don Dions haba uno llamado Garcs, hijo de un antiguo servidor de la familia, y por tanto el ms querido de sus seores. Garcs tena poco ms menos la edad de Constanza, y desde muy nio habase acostumbrado prevenir el menor de sus deseos, y adivinar y satisfacer el ms leve de sus antojos. Por su mano se entretena en afilar en los ratos de ocio las agudas saetas de su ballesta de marfil; l domaba los potros que haba de montar su seora; l ejercitaba en los ardides de la caza sus lebreles favoritos y amaestraba sus halcones, los cuales compraba en las ferias de Castilla caperuzas rojas bordadas de oro. Para con los otros monteros, los pajes y la gente menuda del servicio de don Dions, la exquisita solicitud de Garcs y el aprecio con que sus seores le distinguan, habanle valido una especie de general animadversin, y al decir de los envidiosos, en todos aquellos cuidados con que se adelantaba prevenir los caprichos de su seora revelbase su carcter adulador y rastrero. No faltaban, sin embargo, algunos que, ms avisados maliciosos, creyeron sorprender en la asiduidad del solcito mancebo algunas seales de mal disimulado amor. Si en efecto era as, el oculto cario de Garcs tena ms que sobrada disculpa en la incomparable hermosura de Constanza. Hubirase necesitado un pecho de roca y un corazn de hielo para permanecer impasible un da y otro al lado de aquella mujer singular por su belleza y sus raros atractivos. La _Azucena del Moncayo_ llambanla en veinte leguas la redonda, y bien mereca este sobrenombre, porque era tan airosa, tan blanca y tan rubia, que como las azucenas, pareca que Dios la haba hecho de nieve y oro. Y sin embargo, entre los seores comarcanos murmurbase que la hermosa castellana de Veratn no era tan limpia de sangre como bella, y que pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro, haba tenido por madre una gitana. Lo de cierto que pudiera haber en estas murmuraciones nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que don Dions tuvo una vida bastante azarosa en su juventud, y despus de combatir largo tiempo bajo la conducta del monarca aragons, del cual recab entre otras mercedes el feudo del Moncayo, marchse Palestina, en donde anduvo errante algunos aos, para volver por ltimo encerrarse en su castillo de Veratn, con una hija pequea, nacida sin duda en aquellos pases remotos. El nico que hubiera podido decir algo acerca del misterioso origen de Constanza, pues acompa don Dions en sus lejanas peregrinaciones, era el padre de Garcs, y ste haba ya muerto haca bastante tiempo, sin decir una sola palabra sobre el asunto ni su propio hijo, que varias veces y con muestras de grande inters se lo haba preguntado. El carcter, tan pronto retrado y melanclico como bullicioso y alegre de Constanza, la extraa exaltacin de sus ideas, sus extravagantes caprichos, sus nunca vistas costumbres, hasta la particularidad de tener los ojos y las cejas negras como la noche, siendo blanca y rubia como el oro, haban contribudo dar pbulo las hablillas de sus convecinos, y aun el mismo Garcs, que tan ntimamente la trataba, haba llegado persuadirse que su seora era algo especial y no se pareca las dems mujeres. Presente la relacin de Esteban, como los otros monteros, Garcs fu acaso el nico que oy con verdadera curiosidad los pormenores de su increble aventura, y si bien no pudo menos de sonreir cuando el zagal repiti las palabras de la corza blanca, desde que abandon el soto en que haban sesteado comenz revolver en su mente las ms absurdas imaginaciones. --No cabe duda que todo eso del hablar las corzas es pura aprensin de Esteban, que es un completo mentecato--deca entre s el joven montero, mientras que jinete en un poderoso alazn, segua paso paso el palafrn de Constanza, la cual tambin pareca mostrarse un tanto distrada y silenciosa, y retirada del tropel de los cazadores, apenas tomaba parte en la fiesta.--Pero quin dice que en lo que refiere ese simple no existir algo de verdad?--prosigui pensando el mancebo.--Cosas ms extraas hemos visto en el mundo, y una corza blanca bien puede haberla, puesto que si se ha de dar crdito las cantigas del pas, San Huberto, patrn de los cazadores, tena una. Oh, si yo pudiese coger viva una corza blanca para ofrecrsela mi seora! As pensando y discurriendo pas Garcs la tarde, y cuando ya el sol comenz esconderse por detrs de las vecinas lomas y don Dions mand volver grupas su gente para tornar al castillo, separse sin ser notado de la comitiva y ech en busca del zagal por lo ms espeso intrincado del monte. La noche haba cerrado casi por completo cuando don Dions llegaba las puertas de su castillo. Acto continuo dispusironle una frugal colacin, y sentse con su hija la mesa. --Y Garcs dnde est?--pregunt Constanza, notando que su montero no se encontraba all para servirla como tena de costumbre. --No sabemos--se apresuraron contestar los otros servidores;--desapareci de entre nosotros cerca de la caada, y esta es la hora en que todava no le hemos visto. En este punto lleg Garcs todo sofocado, cubierta an de sudor la frente, pero con la cara ms regocijada y satisfecha que pudiera imaginarse. --Perdonadme, seora--exclam, dirigindose Constanza;--perdonadme si he faltado un momento mi obligacin; pero all de donde vengo todo el correr de mi caballo, como aqu, slo me ocupaba en serviros. --En servirme?--repiti Constanza;--no comprendo lo que quieres decir. --S, seora; en serviros--repiti el joven,--pues he averiguado que es verdad que la corza blanca existe. A ms de Esteban, lo dan por seguro otros varios pastores, que juran haberla visto ms de una vez, y con ayuda de los cuales espero en Dios y en mi patrn San Huberto que antes de tres das, viva muerta, os la traer al castillo. --Bah!... Bah!...--exclam Constanza con aire de zumba, mientras hacan coro sus palabras las risas ms menos disimuladas de los circunstantes;--djate de caceras nocturnas y de corzas blancas: mira que el diablo ha dado en la flor de tentar los simples, y si te empeas en andarle los talones, va dar que reir contigo como con el pobre Esteban. --Seora--interrumpi Garcs con voz entrecortada y disimulando en lo posible la clera que le produca el burln regocijo de sus compaeros,--yo no me he visto nunca con el diablo, y por consiguiente no s todava cmo las gasta; pero conmigo os juro que todo podr hacer menos dar que reir, porque el uso de ese privilegio slo en vos s tolerarlo. Constanza conoci el efecto que su burla haba producido en el enamorado joven; pero deseando apurar su paciencia hasta lo ltimo, torn decir en el mismo tono: --Y si al dispararle te saluda con alguna risa del gnero de la que oy Esteban, se te re en la nariz, y al escuchar sus sobrenaturales carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes de reponerte del susto ya ha desaparecido la corza blanca ms ligera que un relmpago? --Oh!--exclam Garcs,--en cuanto eso, estad segura que como yo la topase tiro de ballesta, aunque me hiciese ms momos que un juglar, aunque me hablara, no ya en romance, sino en latn como el abad de Munilla, no se iba sin un arpn en el cuerpo. En este punto del dilogo, terci don Dions, y con una desesperante gravedad travs de la que se adivinaba toda la irona de sus palabras, comenz darle al ya asendereado mozo los consejos ms originales del mundo, para el caso de que se encontrase de manos boca con el demonio convertido en corza blanca. A cada nueva ocurrencia de su padre, Constanza fijaba sus ojos en el atribulado Garcs y rompa reir como una loca, en tanto que los otros servidores esforzaban las burlas con sus miradas de inteligencia y su mal encubierto gozo. Mientras dur la colacin prolongse esta escena, en que la credulidad del joven montero fu, por decirlo as, el tema obligado del general regocijo; de modo que cuando se levantaron los paos, y don Dions y Constanza se retiraron sus habitaciones, y toda la gente del castillo se entreg al reposo, Garcs permaneci un largo espacio de tiempo irresoluto, dudando si pesar de las burlas de sus seores, proseguira firme en su propsito, desistira completamente de la empresa. --Qu diantre!--exclam saliendo del estado de incertidumbre en que se encontraba:--mayor mal del que me ha sucedido no puede sucederme, y si por el contrario es verdad lo que nos ha contado Esteban... oh, entonces, cmo he de saborear mi triunfo! Esto diciendo, arm su ballesta, no sin haberle hecho antes la seal de la cruz en la punta de la vira, y colocndosela la espalda se dirigi la poterna del castillo para tomar la vereda del monte. Cuando Garcs lleg la caada y al punto en que, segn las instrucciones de Esteban, deba aguardar la aparicin de las corzas, la luna comenzaba remontarse con lentitud por detrs de los cercanos montes. A fuer de buen cazador y prctico en el oficio, antes de elegir un punto propsito para colocarse al acecho de las reses, anduvo un gran rato de ac para all examinando las trochas y las veredas vecinas, la disposicin de los rboles, los accidentes del terreno, las curvas del ro y la profundidad de sus aguas. Por ltimo, despus de terminar este minucioso reconocimiento del lugar en que se encontraba, agazapse en un ribazo junto unos chopos de copas elevadas y oscuras, cuyo pie crecan unas matas de lentisco, altas lo bastante para ocultar un hombre echado en tierra. El ro, que desde las musgosas rocas donde tena su nacimiento vena, siguiendo las sinuosidades del Moncayo, entrar en la caada por una vertiente, deslizbase desde all baando el pie de los sauces que sombreaban su orilla, jugueteando con alegre murmullo entre las piedras rodadas del monte, hasta caer en una hondura prxima al lugar que serva de escondrijo al montero. Los lamos, cuyas plateadas hojas mova el aire con un rumor dulcsimo, los sauces que inclinados sobre la limpia corriente humedecan en ella las puntas de sus desmayadas ramas, y los apretados carrascales por cuyos troncos suban y se enredaban las madreselvas y las campanillas azules, formaban un espeso muro de follaje alrededor del remanso del ro. El viento, agitando los frondosos pabellones de verdura que derramaban en torno su flotante sombra, dejaba penetrar intervalos un furtivo rayo de luz, que brillaba como un relmpago de plata sobre la superficie de las aguas inmviles y profundas. Oculto tras los matojos, con el odo atento al ms leve rumor y la vista clavada en el punto en donde segn sus clculos deban aparecer las corzas, Garcs esper intilmente un gran espacio de tiempo. Todo permaneca su alrededor sumido en una profunda calma. Poco poco, y bien fuese que el peso de la noche, que ya haba pasado de la mitad, comenzara dejarse sentir, bien que el lejano murmullo del agua, el penetrante aroma de las flores silvestres y las caricias del viento comunicasen sus sentidos el dulce sopor en que pareca estar impregnada la naturaleza toda, el enamorado mozo que hasta aquel punto haba estado entretenido revolviendo en su mente las ms halageas imaginaciones, comenz sentir que sus ideas se elaboraban con ms lentitud y sus pensamientos tomaban formas ms leves indecisas. Despus de mecerse un instante en ese vago espacio que media entre la vigilia y el sueo, entorn al fin los ojos, dej escapar la ballesta de sus manos y se qued profundamente dormido. * * * * * Cosa de dos horas tres hara ya que el joven montero roncaba pierna suelta, disfrutando todo sabor de uno de los sueos ms apacibles de su vida, cuando de repente entreabri los ojos sobresaltado, incorporse medias lleno an de ese estupor del que se vuelve en s de improviso despus de un sueo profundo. En las rfagas del aire y confundido con los leves rumores de la noche, crey percibir un extrao rumor de voces delgadas, dulces y misteriosas que hablaban entre s, rean cantaban cada cual por su parte y una cosa diferente, formando una algaraba tan ruidosa y confusa como la de los pjaros que despiertan al primer rayo del sol entre las frondas de una alameda. Este extrao rumor slo se dej oir un instante, y despus todo volvi quedar en silencio. --Sin duda soaba con las majaderas que nos refiri el zagal--exclam Garcs restregndose los ojos con mucha calma, y en la firme persuasin de que cuanto haba credo oir no era ms que esa vaga huella del ensueo que queda, al despertar, en la imaginacin, como queda en el odo la ltima cadencia de una meloda despus que ha expirado temblando la ltima nota. Y dominado por la invencible languidez que embargaba sus miembros, iba reclinar de nuevo la cabeza sobre el csped, cuando torn oir el eco distante de aquellas misteriosas voces, que acompandose del rumor del aire, del agua y de las hojas cantaban as: CORO El arquero que velaba en lo alto de la torre ha reclinado su pesada cabeza en el muro. Al cazador furtivo que esperaba sorprender la res, lo ha sorprendido el sueo. El pastor que aguarda el da consultando las estrellas, duerme ahora y dormir hasta el amanecer. Reina de las ondinas, sigue nuestros pasos. Ven mecerte en las ramas de los sauces sobre el haz del agua. Ven embriagarte con el perfume de las violetas que se abren entre las sombras. Ven gozar de la noche, que es el da de los espritus. * * * * * Mientras flotaban en el aire las suaves notas de aquella deliciosa msica, Garcs se mantuvo inmvil. Despus que se hubo desvanecido, con mucha precaucin apart un poco las ramas, y no sin experimentar algn sobresalto vi aparecer las corzas que en tropel y salvando los matorrales con ligereza increble unas veces, detenindose como escuchar otras, jugueteando entre s, ya escondindose entre la espesura, ya saliendo nuevamente la senda, bajaban del monte con direccin al remanso del ro. Delante de sus compaeras, ms gil, ms linda, ms juguetona y alegre que todas, saltando, corriendo, parndose y tornando correr, de modo que pareca no tocar el suelo con los pies, iba la corza blanca, cuyo extrao color destacaba como una fantstica luz sobre el oscuro fondo de los rboles. Aunque el joven se senta dispuesto ver en cuanto le rodeaba algo de sobrenatural y maravilloso, la verdad del caso era, que prescindiendo de la momentnea alucinacin que turb un instante sus sentidos, fingindole msicas, rumores y palabras, ni en la forma de las corzas ni en sus movimientos, ni en los cortos bramidos con que parecan llamarse, haba nada con que no debiese estar ya muy familiarizado un cazador prctico en esta clase de expediciones nocturnas. A medida que desechaba la primera impresin, Garcs comenz comprenderlo as, y rindose interiormente de su incredulidad y su miedo, desde aquel instante slo se ocup en averiguar, teniendo en cuenta la direccin que seguan, el punto donde se hallaban las corzas. Hecho el clculo, cogi la ballesta entre los dientes, y arrastrndose como una culebra por detrs de los lentiscos, fu situarse obra de unos cuarenta pasos ms lejos del lugar en que antes se encontraba. Una vez acomodado en su nuevo escondite, esper el tiempo suficiente para que las corzas estuvieran ya dentro del ro, fin de hacer el tiro ms seguro. Apenas empez escucharse ese ruido particular que produce el agua que se bate golpes se agita con violencia, Garcs comenz levantarse poquito poco y con las mayores precauciones, apoyndose en la tierra primero sobre la punta de los dedos, y despus con una de las rodillas. Ya de pie, y cerciorndose tientas de que el arma estaba preparada, di un paso hacia adelante, alarg el cuello por cima de los arbustos para dominar el remanso, y tendi la ballesta; pero en el mismo punto en que, par de la ballesta, tendi la vista buscando el objeto que haba de herir, se escap de sus labios un imperceptible involuntario grito de asombro. La luna, que haba ido remontndose con lentitud por el ancho horizonte, estaba inmvil y como suspendida en la mitad del cielo. Su dulce claridad inundaba el soto, abrillantaba la intranquila superficie del ro y haca ver los objetos como travs de una gasa azul. Las corzas haban desaparecido. En su lugar, lleno de estupor y casi de miedo, vi Garcs un grupo de bellsimas mujeres, de las cuales, unas entraban en el agua jugueteando, mientras las otras acababan de despojarse de las ligeras tnicas que an ocultaban la codiciosa vista el tesoro de sus formas. En esos ligeros y cortados sueos de la maana, ricos en imgenes risueas y voluptuosas, sueos difanos y celestes como la luz que entonces comienza transparentarse travs de las blancas cortinas del lecho, no ha habido nunca imaginacin de veinte aos que bosquejase con los colores de la fantasa una escena semejante la que se ofreca en aquel punto los ojos del atnito Garcs. Despojadas ya de sus tnicas y sus velos de mil colores, que destacaban sobre el fondo suspendidos de los rboles arrojados con descuido sobre la alfombra del csped, las muchachas discurran su placer por el soto, formando grupos pintorescos, y entraban y salan en el agua, hacindola saltar en chispas luminosas sobre las flores de la margen como una menuda lluvia de roco. Aqu una de ellas, blanca como el velln de un cordero, sacaba su cabeza rubia entre las verdes y flotantes hojas de una planta acutica, de la cual pareca una flor medio abrir, cuyo flexible tallo ms bien se adivinaba que se vea temblar debajo de los infinitos crculos de luz de las ondas. Otra all, con el cabello suelto sobre los hombros, mecase suspendida de la rama de un sauce sobre la corriente del ro, y sus pequeos pies color de rosa, hacan una raya de plata al pasar rozando la tersa superficie. En tanto que stas permanecan recostadas an al borde del agua con los azules ojos adormidos, aspirando con voluptuosidad el perfume de las flores y estremecindose ligeramente al contacto de la fresca brisa, aqullas danzaban en vertiginosa ronda, entrelazando caprichosamente sus manos, dejando caer atrs la cabeza con delicioso abandono, hiriendo el suelo con el pie en alternada cadencia. Era imposible seguirlas en sus giles movimientos, imposible abarcar con una mirada los infinitos detalles del cuadro que formaban, unas corriendo, jugando y persiguindose con alegres risas por entre el laberinto de los rboles; otras surcando el agua como un cisne, y rompiendo la corriente con el levantado seno; otras, en fin, sumergindose en el fondo, donde permanecan largo rato para volver la superficie, trayendo una de esas flores extraas que nacen escondidas en el lecho de las aguas profundas. La mirada del atnito montero vagaba absorta de un lado otro, sin saber dnde fijarse, hasta que sentado bajo un pabelln de verdura que pareca servirle de dosel, y rodeado de un grupo de mujeres todas cual ms bellas, que la ayudaban despojarse de sus ligersimas vestiduras, crey ver el objeto de sus ocultas adoraciones, la hija del noble don Dions, la incomparable Constanza. Marchando de sorpresa en sorpresa, el enamorado joven no se atreva ya dar crdito ni al testimonio de sus sentidos, y crease bajo la influencia de un sueo fascinador y engaoso. No obstante, pugnaba en vano por persuadirse de que todo cuanto vea era efecto del desarreglo de su imaginacin; porque mientras ms la miraba, y ms despacio, ms se convenca de que aquella mujer era Constanza. No poda caber duda, no: suyos eran aquellos ojos oscuros y sombreados de largas pestaas, que apenas bastaban amortiguar la luz de sus pupilas; suya aquella rubia y abundante cabellera, que despus de coronar su frente, se derramaba por su blanco seno y sus redondas espaldas como una cascada de oro; suyos, en fin, aquel cuello airoso, que sostena su lnguida cabeza, ligeramente inclinada como una flor que se rinde al peso de las gotas de roco, y aquellas voluptuosas formas que l haba soado tal vez, y aquellas manos semejantes manojos de jazmines, y aquellos pies diminutos, comparables slo con dos pedazos de nieve que el sol no ha podido derretir, y que la maana blanquean entre la verdura. En el momento en que Constanza sali del bosquecillo, sin velo alguno que ocultase los ojos de su amante los escondidos tesoros de su hermosura, sus compaeras comenzaron nuevamente cantar estas palabras con una meloda dulcsima: CORO Genios del aire, habitadores del luminoso ter, venid envueltos en un girn de niebla plateada. Silfos invisibles, dejad el cliz de los entreabiertos lirios, y venid en vuestros carros de ncar los que vuelan uncidas las mariposas. Larvas de las fuentes, abandonad el lecho de musgo y caed sobre nosotras en menuda lluvia de perlas. Escarabajos de esmeralda, lucirnagas de fuego, mariposas negras, venid! Y venid vosotros todos, espritus de la noche, venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y de oro. Venid, que ya el astro protector de los misterios brilla en la plenitud de su hermosura. Venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas. Venid, que las que os aman os esperan impacientes. * * * * * Garcs, que permaneca inmvil, sinti al oir aquellos cantares misteriosos que el spid de los celos le morda el corazn, y obedeciendo un impulso ms poderoso que su voluntad, deseando romper de una vez el encanto que fascinaba sus sentidos, separ con mano trmula y convulsa el ramaje que le ocultaba, y de un solo salto se puso en la margen del ro. El encanto se rompi, desvanecise todo como el humo, y al tender en torno suyo la vista, no vi ni oy ms que el bullicioso tropel con que las tmidas corzas, sorprendidas en lo mejor de sus nocturnos juegos, huan espantadas de su presencia, una por aqu, otra por all, cul salvando de un salto los matorrales, cul ganando todo correr la trocha del monte. --Oh! bien dije yo que todas estas cosas no eran ms que fantasmagoras del diablo--exclam entonces el montero;--pero por fortuna esta vez ha andado un poco torpe dejndome entre las manos la mejor presa. Y en efecto, era as: la corza blanca, deseando escapar por el soto, se haba lanzado entre el laberinto de sus rboles, y enredndose en una red de madreselvas, pugnaba en vano por desasirse. Garcs le encar la ballesta; pero en el mismo punto en que iba herirla, la corza se volvi hacia el montero, y con voz clara y aguda detuvo su accin con un grito, dicindole:--Garcs, qu haces?--El joven vacil, y despus de un instante de duda, dej caer al suelo el arma, espantado la sola idea de haber podido herir su amante. Una sonora y estridente carcajada vino sacarle al fin de su estupor; la corza blanca haba aprovechado aquellos cortos instantes para acabarse de desenredar y huir ligera como un relmpago, rindose de la burla hecha al montero. --Ah! condenado engendro de Satans--dijo ste con voz espantosa, recogiendo la ballesta con una rapidez indecible;--pronto has cantado la victoria, pronto te has credo fuera de mi alcance;--y esto diciendo, dej volar la saeta, que parti silbando y fu perderse en la oscuridad del soto, en el fondo del cual son al mismo tiempo un grito, al que siguieron despus unos gemidos sofocados. --Dios mo!--exclam Garcs al percibir aquellos lamentos angustiosos.--Dios mo, si ser verdad! Y fuera de s, como loco, sin darse cuenta apenas de lo que le pasaba, corri en la direccin en que haba disparado la saeta, que era la misma en que sonaban los gemidos. Lleg al fin; pero al llegar, sus cabellos se erizaron de horror, las palabras se anudaron en su garganta, y tuvo que agarrarse al tronco de un rbol para no caer tierra. Constanza, herida por su mano, expiraba all su vista, revolcndose en su propia sangre, entre las agudas zarzas del monte. [Ilustracin] [Ilustracin] LA ROSA DE PASIN Una tarde de verano, y en un jardn de Toledo, me refiri esta singular historia una muchacha muy buena y muy bonita. Mientras me explicaba el misterio de su forma especial besaba las hojas y los pistilos que iba arrancando uno uno de la flor que da su nombre esta leyenda. Si yo la pudiera referir con el suave encanto y la tierna sencillez que tena en su boca, os conmovera como m me conmovi la historia de la infeliz Sara. Ya que esto no es posible, ah va lo que de esa tradicin se me acuerda en este instante. I En una de las callejas ms oscuras y tortuosas de la ciudad imperial, empotrada y casi escondida entre la alta torre morisca de una antigua parroquia muzrabe y los sombros y blasonados muros de una casa solariega, tena hace muchos aos su habitacin, raqutica, tenebrosa y miserable como su dueo, un judo llamado Daniel Lev. Era este judo rencoroso y vengativo como todos los de su raza, pero ms que ninguno engaador hipcrita. Dueo, segn los rumores del vulgo, de una inmensa fortuna, veasele, no obstante, todo el da acurrucado en el sombro portal de su vivienda, componiendo y aderezando cadenillas de metal, cintos viejos guarniciones rotas, con las que traa un gran trfico entre los truanes del Zocodover, las revendedoras del Postigo y los escuderos pobres. Aborrecedor implacable de los cristianos y de cuanto ellos pudiera pertenecer, jams pas junto un caballero principal un cannigo de la Primada, sin quitarse una y hasta diez veces el mugriento bonetillo que cubra su cabeza calva y amarillenta, ni acogi en su tenducho uno de sus habituales parroquianos sin agobiarle fuerza de humildes salutaciones acompaadas de aduladoras sonrisas. La sonrisa de Daniel haba llegado hacerse proverbial en toda Toledo, y su mansedumbre, prueba de las jugarretas ms pesadas y las burlas y rechiflas de sus vecinos, no conoca lmites. Intilmente los muchachos, para desesperarle, tiraban piedras su tugurio; en vano los pajecillos y hasta los hombres de armas del prximo palacio pretendan aburrirle con los nombres ms injuriosos, las viejas devotas de la feligresa se santiguaban al pasar por el dintel de su puerta como si viesen al mismo Lucifer en persona. Daniel sonrea eternamente con una sonrisa extraa indescriptible. Sus labios delgados y hundidos se dilataban la sombra de su nariz desmesurada y corva como el pico de un aguilucho; y aunque de sus ojos pequeos, verdes, redondos y casi ocultos entre las espesas cejas, brotaba una chispa de mal reprimida clera, segua impasible golpeando con su martillito de hierro el yunque donde aderezaba las mil baratijas mohosas y al parecer sin aplicacin alguna de que se compona su trfico. Sobre la puerta de la casucha del judo y dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se abra un ajimez rabe, resto de las antiguas construcciones de los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del ajimez, y enredndose por la columnilla de mrmol que lo parta en dos huecos iguales, suba desde el interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes y llenas de savia y lozana sobre los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos. En la parte de la casa que reciba una dudosa luz por los estrechos vanos de aquel ajimez, nico abierto en el musgoso y grieteado paredn de la calleja, habitaba Sara, la hija predilecta de Daniel. Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante de la tienda del judo y vean por casualidad Sara tras de las celosas de su ajimez morisco y Daniel acurrucado junto su yunque, exclamaban en alta voz admirados de las perfecciones de la hebrea:--Parece mentira que tan run tronco haya dado de s tan hermoso vstago! Porque, en efecto, Sara era un prodigio de belleza. Tena los ojos grandes y rodeados de un sombro cerco de pestaas negras, en cuyo fondo brillaba el punto de luz de su ardiente pupila, como una estrella en el cielo de una noche oscura. Sus labios, encendidos y rojos, parecan recortados hbilmente de un pao de prpura por las invisibles manos de una hada. Su tez era blanca, plida y transparente como el alabastro de la estatua de un sepulcro. Contaba apenas diez y seis aos, y ya se vea grabada en su rostro esa dulce tristeza de las inteligencias precoces, y ya hinchaban su seno y se escapaban de su boca esos suspiros que anuncian el vago despertar del deseo. Los judos ms poderosos de la ciudad, prendados de su maravillosa hermosura, la haban solicitado para esposa; pero la hebrea, insensible los homenajes de sus adoradores y los consejos de su padre, que la instaba para que eligiese un compaero antes de quedar sola en el mundo, se mantena encerrada en un profundo silencio, sin dar ms razn de su extraa conducta que el capricho de permanecer libre. Al fin un da, cansado de sufrir los desdenes de Sara y sospechando que su eterna tristeza era indicio cierto de que su corazn abrigaba algn secreto importante, uno de sus adoradores se acerc Daniel y le dijo: --Sabes, Daniel, que entre nuestros hermanos se murmura de tu hija? El judo levant un instante los ojos de su yunque, suspendi su continuo martilleo, y sin mostrar la menor emocin, pregunt su interpelante: --Y qu dicen de ella? --Dicen--prosigui su interlocutor,--dicen... qu s yo... muchas cosas... Entre otras, que tu hija est enamorada de un cristiano... Al llegar este punto, el desdeado amante de Sara se detuvo para ver el efecto que sus palabras hacan en Daniel. Daniel levant de nuevo sus ojos, le mir un rato fijamente sin decir palabra, y bajando otra vez la vista para seguir su interrumpida tarea, exclam: --Y quin dice que eso no es una calumnia? --Quien los ha visto conversar ms de una vez en esta misma calle, mientras t asistes al oculto sanedrn de nuestros rabinos--insisti el joven hebreo admirado de que sus sospechas primero y despus sus afirmaciones no hiciesen mella en el nimo de Daniel. ste, sin abandonar su ocupacin, fija la mirada en el yunque, sobre el que despus de dejar un lado el martillo se ocupaba en bruir el broche de metal de una guarnicin con una pequea lima, comenz hablar en voz baja y entrecortada, como si maquinalmente fuese repitiendo su labio las ideas que cruzaban por su mente. --Je! je! je!--deca rindose de una manera extraa y diablica.--Conque mi Sara, al orgullo de la tribu, al bculo en que se apoya mi vejez, piensa arrebatrmela un perro cristiano?... Y vosotros creis que lo har? Je! je!--continuaba siempre hablando para s y siempre rindose, mientras la lima chirriaba cada vez con ms fuerza mordiendo el metal con sus dientes de acero.--Je! je! Pobre Daniel, dirn los mos, ya chochea! Para qu quiere ese viejo moribundo y decrpito esa hija tan hermosa y tan joven, si no sabe guardarla de los codiciosos ojos de nuestros enemigos?... Je! je! je! Crees t por ventura que Daniel duerme? Crees t por ventura que si mi hija tiene un amante... que bien puede ser, y ese amante es cristiano y procura seducirla, y la seduce, que todo es posible, y proyecta huir con ella, que tambin es fcil, y huye maana por ejemplo, lo cual cabe dentro de lo humano, crees t que Daniel se dejar as arrebatar su tesoro, crees t que no sabr vengarse? --Pero--exclam interrumpindole el joven,--sabis acaso?... --S--dijo Daniel levantndose y dndole un golpecito en la espalda,--s ms que t, que nada sabes ni nada sabras si no hubiese llegado la hora de decirlo todo... Adis; avisa nuestros hermanos para que cuanto antes se reunan. Esta noche, dentro de una dos horas, yo estar con ellos. Adis! Y esto diciendo, Daniel empuj suavemente su interlocutor hacia la calle, recogi sus trebejos muy despacio, y comenz cerrar con dobles cerrojos y aldabas la puerta de la tiendecilla. El ruido que produjo sta al encajarse rechinando sobre sus premiosos goznes, impidi al que se alejaba oir el rumor de las celosas del ajimez, que en aquel punto cayeron de golpe, como si la juda acabara de retirarse de su alfizar. II Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, despus de haber asistido las tinieblas en su magnfica catedral, acababan de entregarse al sueo, referan al amor de la lumbre consejas parecidas la del _Cristo de la Luz_, que robado por unos judos, dej un rastro de sangre por el cual se descubri el crimen, la historia del _Santo Nio de la Guarda_, en quien los implacables enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasin de Jess. Reinaba en la ciudad un silencio profundo, interrumpido intervalos ya por las lejanas voces de los guardias nocturnos que en aquella poca velaban en derredor del alczar, ya por los gemidos del viento que haca girar las veletas de las torres, zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueo de un barquichuelo que se meca amarrado un poste cerca de los molinos, que parecen como incrustados al pie de las rocas que baa el Tajo y sobre las que se asienta la ciudad, vi aproximarse la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al ro, una persona quien al parecer aguardaba con impaciencia. --Ella es!--murmur entre dientes el barquero.--No parece sino que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judos!... Dnde diantres se tendrn dada cita con Satans, que todos acuden mi barca teniendo tan cerca el puente?... No, no irn nada bueno, cuando as evitan toparse de manos boca con los hombres de armas de San Servando... pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros ganar, y su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo. Esto diciendo el buen hombre, sentndose en su barca aparej los remos, y cuando Sara, que no era otra la persona quien al parecer haba aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo, solt la amarra que lo sujetaba y comenz bogar en direccin la orilla opuesta. --Cuntos han pasado esta noche?--pregunt Sara al barquero apenas se hubieron alejado de los molinos y como refirindose algo de que ya haban tratado anteriormente. --Ni los he podido contar--respondi el interpelado;--un enjambre!... Parece que esta noche ser la ltima que se reunen. --Y sabes de qu tratan y con qu objeto abandonan la ciudad estas horas? --Lo ignoro... pero ello es que aguardan alguien que debe de llegar esta noche... Yo no s para qu le aguardarn, aunque presumo que para nada bueno. Despus de este breve dilogo, Sara se mantuvo algunos instantes sumida en un profundo silencio y como tratando de coordinar sus ideas.--No hay duda--pensaba entre s;--mi padre ha sorprendido nuestro amor, y prepara alguna venganza horrible. Es preciso que yo sepa adnde van, qu hacen, qu intentan. Un momento de vacilacin podra perderle. Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para alejar las horribles dudas que la preocupaban se pas la mano por la frente, que la angustia haba cubierto de un sudor glacial, la barca tocaba la orilla opuesta. --Buen hombre--exclam la hermosa hebrea arrojando algunas monedas su conductor y sealando un camino estrecho y tortuoso que suba serpenteando por entre las rocas,--es ese el camino que siguen? --Ese es, y cuando llegan la _Cabeza del Moro_, desaparecen por la izquierda. Despus el diablo y ellos sabrn adnde se dirigen--respondi el barquero. Sara se alej en la direccin que ste le haba indicado. Durante algunos minutos se la vi aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas pico; despus, y cuando hubo llegado la cima llamada la _Cabeza del Moro_, su negra silueta se dibuj un instante sobre el fondo azul del cielo, y por ltimo desapareci entre las sombras de la noche. III Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la pintoresca ermita de la Virgen del Valle, y como dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo conoce en Toledo por la _Cabeza del Moro_, existan an en aquella poca los ruinosos restos de una iglesia bizantina, anterior la conquista de los rabes. En el atrio que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecan zarzales y hierbas parsitas, entre los que yacan medio ocultos, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles grotescos, informes figuras humanas. Del templo slo quedaban en pie los muros laterales y algunos arcos rotos y cubiertos de hiedra. Sara, quien pareca guiar un sobrenatural presentimiento, al llegar al punto que le haba sealado su conductor, vacil algunos instantes, indecisa acerca del camino que deba seguir; pero por ltimo, se dirigi con paso firme y resuelto hacia las abandonadas ruinas de la iglesia. En efecto, su instinto no la haba engaado. Daniel, que ya no sonrea, Daniel, que no era ya el viejo dbil y humilde, sino que antes bien, despidiendo clera de sus pequeos y redondos ojos pareca animado del espritu de la venganza, rodeado de una multitud, como l, vida de saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religin, estaba all y pareca multiplicarse dando rdenes los unos, animando en el trabajo los otros, disponiendo, en fin, con una horrible solicitud los aprestos necesarios para la consumacin de la espantosa obra que haba estado meditando das y das mientras golpeaba impasible el yunque en su covacha de Toledo. Sara, que favor de la oscuridad haba logrado llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no arrojar un grito de horror al penetrar en su interior con la mirada. Al rojizo resplandor de una fogata que proyectaba la forma de aquel crculo infernal en los muros del templo, haba credo ver que algunos hacan esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz, mientras otros tejan una corona con las ramas de los zarzales, aplastaban sobre una piedra las puntas de enormes clavos de hierro. Una idea espantosa cruz por su mente; record que los de su raza los haban acusado ms de una vez de misteriosos crmenes; record vagamente la aterradora historia del _Nio Crucificado_, que ella hasta entonces haba credo una grosera calumnia, inventada por el vulgo para apostrofar y zaherir los hebreos. Pero ya no le caba duda alguna: all, delante de sus ojos, estaban aquellos horribles instrumentos de martirio, y los feroces verdugos slo aguardaban la vctima. Sara, llena de una santa indignacin, rebosando en generosa ira y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios que su amante le haba revelado, no pudo contenerse la vista de aquel espectculo, y rompiendo por entre la maleza que la ocultaba, presentse de improviso en el dintel del templo. Al verla aparecer, los judos arrojaron un grito de sorpresa; y Daniel, dando un paso hacia su hija en ademn amenazante, le pregunt con voz ronca:--Qu buscas aqu, desdichada? --Vengo arrojar sobre vuestras frentes--dijo Sara con voz firme y resuelta,--todo el baldn de vuestra infame obra, y vengo deciros que en vano esperis la vctima para el sacrificio, si ya no es que intentis cebar en m vuestra sed de sangre; porque el cristiano quien aguardis no vendr, porque yo le he prevenido de vuestras asechanzas. --Sara!--exclam el judo rugiendo de clera:--Sara, eso no es verdad; t no puedes habernos hecho traicin hasta el punto de revelar nuestros misteriosos ritos; y si es verdad que los has revelado, t no eres mi hija... --No; ya no lo soy: he encontrado otro padre, un padre todo amor para los suyos, un padre quien vosotros enclavasteis en una afrentosa cruz, y que muri en ella por redimirnos, abrindonos para una eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque soy cristiana y me avergenzo de mi origen. Al oir estas palabras, pronunciadas con esa enrgica entereza que slo pone el cielo en boca de los mrtires, Daniel, ciego de furor, se arroj sobre la hermosa hebrea, y derribndola en tierra y asindola por los cabellos, la arrastr como posedo de un espritu infernal hasta el pie de la cruz, que pareca abrir sus descarnados brazos para recibirla, exclamando al dirigirse los que les rodeaban: --Ah os la entrego; haced vosotros justicia de esa infame, que ha vendido su honra, su religin y sus hermanos. IV Al da siguiente, cuando las campanas de la catedral atronaban los aires tocando gloria, y los honrados vecinos de Toledo se entretenan en tirar ballestazos los judas de paja, ni ms ni menos que como todava lo hacen en algunas de nuestras poblaciones, Daniel abri la puerta de su tenducho, como tena de costumbre, y con su eterna sonrisa en los labios comenz saludar los que pasaban, sin dejar por eso de golpear en el yunque con su martillito de hierro; pero las celosas del morisco ajimez de Sara no volvieron abrirse, ni nadie vi ms la hermosa hebrea recostada en su alfizar de azulejos de colores. * * * * * Cuentan que algunos aos despus un pastor trajo al Arzobispo una flor hasta entonces nunca vista, en la cual se vean figurados todos los atributos del martirio del Salvador; flor extraa y misteriosa que haba crecido y enredado sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruda iglesia. Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el origen de aquella maravilla, aaden que se hall el esqueleto de una mujer, y enterrados con ella otros tantos atributos divinos como la flor tena. El cadver, aunque nunca se pudo averiguar de quin era, se conserv por largos aos con veneracin especial en la ermita de San Pedro el Verde, y la flor, que hoy se ha hecho bastante comn, se llama _Rosa de Pasin_. [Ilustracin] [Ilustracin] LA PROMESA Margarita lloraba con el rostro oculto entre las manos; lloraba sin gemir, pero las lgrimas corran silenciosas lo largo de sus mejillas, deslizndose por entre sus dedos para caer en la tierra hacia la que haba doblado su frente. Junto Margarita estaba Pedro, quien levantaba de cuando en cuando los ojos para mirarla, y vindola llorar tornaba bajarlos, guardando su vez un silencio profundo. Y todo callaba alrededor y pareca respetar su pena. Los rumores del campo se apagaban; el viento de la tarde dorma, y las sombras comenzaban envolver los espesos rboles del soto. As transcurrieron algunos minutos, durante los cuales se acab de borrar el rastro de luz que el sol haba dejado al morir en el horizonte; la luna comenz dibujarse vagamente sobre el fondo violado del cielo del crepsculo, y unas tras otras fueron apareciendo las mayores estrellas. Pedro rompi al fin aquel silencio angustioso, exclamando con voz sorda y entrecortada y como si hablase consigo mismo: --Es imposible... imposible! Despus, acercndose la desconsolada nia y tomando una de sus manos, prosigui con acento ms carioso y suave: --Margarita, para ti el amor es todo, y t no ves nada ms all del amor. No obstante, hay algo tan respetable como nuestro cario, y es mi deber. Nuestro seor el conde de Gmara, parte maana de su castillo para reunir su hueste las del rey Don Fernando, que va sacar Sevilla del poder de los infieles, y yo debo partir con el conde. Hurfano oscuro, sin nombre y sin familia, l le debo cuanto soy. Yo le he servido en el ocio de las paces, he dormido bajo su techo, me he calentado en su hogar y he comido el pan su mesa. Si hoy le abandono, maana sus hombres de armas, al salir en tropel por las poternas de su castillo, preguntarn maravillados de no verme:--Dnde est el escudero favorito del conde de Gmara? Y mi seor callar con vergenza, y sus pajes y sus bufones dirn en son de mofa:--El escudero del conde no es ms que un galn de justas, un lidiador de cortesa. Al llegar este punto, Margarita levant sus ojos llenos de lgrimas para fijarlos en los de su amante, y removi los labios como para dirigirle la palabra; pero su voz se ahog en un sollozo. Pedro, con acento an ms dulce y persuasivo, prosigui as: --No llores, por Dios, Margarita; no llores, porque tus lgrimas me hacen dao. Voy alejarme de ti; mas yo volver despus de haber conseguido un poco de gloria para mi nombre oscuro... El cielo nos ayudar en la santa empresa; conquistaremos Sevilla, y el rey nos dar feudos en las riberas del Guadalquivir los conquistadores. Entonces volver en tu busca y nos iremos juntos habitar en aquel paraso de los rabes, donde dicen que hasta el cielo es ms limpio y ms azul que el de Castilla. Volver, te lo juro; volver cumplir la palabra solemnemente empeada el da en que puse en tus manos ese anillo, smbolo de una promesa. --Pedro!--exclam entonces Margarita dominando su emocin y con voz resuelta y firme:--V, v mantener tu honra; y al pronunciar estas palabras, se arroj por ltima vez en brazos de su amante. Despus aadi con acento ms sordo y conmovido:--V mantener tu honra, pero vuelve... vuelve traerme la ma. Pedro bes la frente de Margarita, desat su caballo, que estaba sujeto uno de los rboles del soto, y se alej al galope por el fondo de la alameda. Margarita sigui Pedro con los ojos hasta que su sombra se confundi entre la niebla de la noche; y cuando ya no pudo distinguirle, se volvi lentamente al lugar, donde la aguardaban sus hermanos. --Ponte tus vestidos de gala--le dijo uno de ellos al entrar,--que maana vamos Gmara con todos los vecinos del pueblo para ver al conde que se marcha Andaluca. --A m ms me entristece que me alegra ver irse los que acaso no han de volver--respondi Margarita con un suspiro. --Sin embargo--insisti el otro hermano,--has de venir con nosotros y has de venir compuesta y alegre: as no dirn las gentes murmuradoras que tienes amores en el castillo y que tus amores se van la guerra. II Apenas rayaba en el cielo la primera luz del alba, cuando empez oirse por todo el campo de Gmara la aguda trompetera de los soldados del conde, y los campesinos que llegaban en numerosos grupos de los lugares cercanos vieron desplegarse al viento el pendn seorial en la torre ms alta de la fortaleza. Unos sentados al borde de los fosos, otros subidos en las copas de los rboles, stos vagando por la llanura, aqullos coronando las cumbres de las colinas, los de ms all formando un cordn lo largo de la calzada, ya hara cerca de una hora que los curiosos esperaban el espectculo, no sin que algunos comenzaran impacientarse, cuando volvi sonar de nuevo, el toque de los clarines, rechinaron las cadenas del puente, que cay con pausa sobre el foso, y se levantaron los rastrillos, mientras se abran de par en par y gimiendo sobre sus goznes las pesadas puertas del arco que conduca al patio de armas. La multitud corri agolparse en los ribazos del camino para ver ms su sabor las brillantes armaduras y los lujosos arreos del squito del conde de Gmara, clebre en toda la comarca por su esplendidez y sus riquezas. Rompieron la marcha los farautes, que detenindose de trecho en trecho, pregonaban en alta voz y son de caja las cdulas del rey llamando sus feudatarios la guerra de moros, y requiriendo las villas y lugares libres para que diesen paso y ayuda sus huestes. A los farautes siguieron los heraldos de corte, ufanos con sus casullas de seda, sus escudos bordados de oro y colores y sus birretes guarnecidos de plumas vistosas. Despus vino el escudero mayor de la casa, armado de punta en blanco, caballero sobre un potro morcillo, llevando en sus manos el pendn de ricohombre con sus motes y sus calderas, y al estribo izquierdo el ejecutor de las justicias del seoro, vestido de negro y rojo. Precedan al escudero mayor hasta una veintena de aquellos famosos trompeteros de la tierra llana, clebres en las crnicas de nuestros reyes por la increble fuerza de sus pulmones. Cuando dej de herir al viento el agudo clamor de la formidable trompetera, comenz oirse un rumor sordo, compasado y uniforme. Eran los peones de la mesnada, armados de largas picas y provistos de sendas adargas de cuero. Tras stos no tardaron en aparecer los aparejadores de las mquinas, con sus herramientas y sus torres de palo, las cuadrillas de escaladores y la gente menuda del servicio de las acmilas. Luego, envueltos en la nube de polvo que levantaba el casco de sus caballos, y lanzando chispas de luz de sus petos de hierro, pasaron los hombres de armas del castillo formados en gruesos pelotones, que semejaban lo lejos un bosque de lanzas. Por ltimo, precedido de los timbaleros que montaban poderosas mulas con gualdrapas y penachos, rodeado de sus pajes que vestan ricos trajes de seda y oro y seguido de los escuderos de su casa, apareci el conde. Al verle la multitud levant un clamor inmenso para saludarle, y entre la confusa vocera se ahog el grito de una mujer, que en aquel momento cay desmayada y como herida de un rayo en los brazos de algunas personas que acudieron socorrerla. Era Margarita, Margarita que haba conocido su misterioso amante en el muy alto y muy temido seor conde de Gmara, uno de los ms nobles y poderosos feudatarios de la corona de Castilla. III El ejrcito de Don Fernando, despus de salir de Crdoba, haba venido por sus jornadas hasta Sevilla, no sin haber luchado antes en cija, Carmona y Alcal del Ro de Guadara, donde una vez expugnado el famoso castillo, puso los reales la vista de la ciudad de los infieles. El conde de Gmara estaba en la tienda sentado en un escao de alerce, inmvil, plido, terrible, las manos cruzadas sobre la empuadura del montante y los ojos fijos en el espacio, con esa vaguedad del que parece mirar un objeto, y sin embargo no ve nada de cuanto hay su alrededor. A un lado y de pie, le hablaba el ms antiguo de los escuderos de su casa, el nico que en aquellas horas de negra melancola hubiera osado interrumpirle sin atraer sobre su cabeza la explosin de su clera.--Qu tenis, seor?--le deca.--Qu mal os aqueja y consume? Triste vais al combate, y triste volvis, aun tornando con la victoria. Cuando todos los guerreros duermen rendidos la fatiga del da, os oigo suspirar angustiado; y si corro vuestro lecho, os miro all luchar con algo invisible que os atormenta. Abrs los ojos, y vuestro terror no se desvanece. Qu os pasa, seor? Decdmelo. Si es un secreto, yo sabr guardarlo en el fondo de mi memoria como en un sepulcro. El conde pareca no oir al escudero; no obstante, despus de un largo espacio, y como si las palabras hubiesen tardado todo aquel tiempo en llegar desde sus odos su inteligencia, sali poco poco de su inmovilidad, y atrayndole hacia s cariosamente, le dijo con voz grave y reposada: --He sufrido mucho en silencio. Creyndome juguete de una vana fantasa, hasta ahora he callado por vergenza; pero no, no es ilusin lo que me sucede. Yo debo de hallarme bajo la influencia de alguna maldicin terrible. El cielo el infierno deben de querer algo de m, y lo avisan con hechos sobrenaturales. Te acuerdas del da de nuestro encuentro con los moros de Nebrija en el aljarafe de Triana? ramos pocos; la pelea fu dura, y yo estuve punto de perecer. T lo viste: en lo ms reido del combate, mi caballo herido y ciego de furor se precipit hacia el grueso de la hueste mora. Yo pugnaba en balde por contenerle; las riendas se haban escapado de mis manos, y el fogoso animal corra llevndome una muerte segura. Ya los moros, cerrando sus escuadrones, apoyaban en tierra el cuento de sus largas picas para recibirme en ellas; una nube de saetas silbaba en mis odos; el caballo estaba algunos pies de distancia del muro de hierro en que bamos estrellarnos, cuando... creme, no fu una ilusin, vi una mano que agarrndole de la brida lo detuvo con una fuerza sobrenatural, y volvindole en direccin las filas de mis soldados, me salv milagrosamente. En vano pregunt unos y otros por mi salvador; nadie le conoca, nadie le haba visto. --Cuando volabais estrellaros en la muralla de picas--me dijeron,--ibais solo, completamente solo; por eso nos maravillamos al veros tornar, sabiendo que ya el corcel no obedeca al jinete. --Aquella noche entr preocupado en mi tienda; quera en vano arrancarme de la imaginacin el recuerdo de la extraa aventura; mas al dirigirme al lecho, torn ver la misma mano, una mano hermosa, blanca hasta la palidez, que descorri las cortinas, desapareciendo despus de descorrerlas. Desde entonces, todas horas, en todas partes, estoy viendo esa mano misteriosa que previene mis deseos y se adelanta mis acciones. La he visto, al expugnar el castillo de Triana, coger entre sus dedos y partir en el aire una saeta que vena herirme; la he visto, en los banquetes donde procuraba ahogar mi pena entre la confusin y el tumulto, escanciar el vino en mi copa, y siempre se halla delante de mis ojos, y por donde voy me sigue: en la tienda, en el combate, de da, de noche... ahora mismo, mrala, mrala aqu apoyada suavemente en mis hombros. Al pronunciar estas ltimas palabras, el conde se puso de pie, y di algunos pasos como fuera de s y embargado de un terror profundo. El escudero se enjug una lgrima que corra por sus mejillas. Creyendo loco su seor, no insisti, sin embargo, en contrariar sus ideas, y se limit decirle con voz profundamente conmovida: --Venid... salgamos un momento de la tienda; acaso la brisa de la tarde refrescar vuestras sienes, calmando ese incomprensible dolor, para el que yo no hallo palabras de consuelo. IV El real de los cristianos se extenda por todo el campo de Guadara, hasta tocar en la margen izquierda del Guadalquivir. Enfrente del real y destacndose sobre el luminoso horizonte, se alzaban los muros de Sevilla flanqueados de torres almenadas y fuertes. Por encima de la corona de almenas rebosaba la verdura de los mil jardines de la morisca ciudad, y entre las oscuras manchas del follaje lucan los miradores blancos como la nieve, los minaretes de las mezquitas y la gigantesca atalaya, sobre cuyo areo pretil lanzaban chispas de luz, heridas por el sol, las cuatro grandes bolas de oro, que desde el campo de los cristianos parecan cuatro llamas. La empresa de Don Fernando, una de las ms heroicas y atrevidas de aquella poca, haba trado su alrededor los ms clebres guerreros de los diferentes reinos de la Pennsula, no faltando algunos que de pases extraos y distantes vinieran tambin, llamados por la fama, unir sus esfuerzos los del santo rey. Tendidas lo largo de la llanura, mirbanse, pues, tiendas de campaa de todas formas y colores, sobre el remate de las cuales ondeaban al viento distintas enseas con escudos partidos, astros, grifos, leones, cadenas, barras y calderas, y otras cien y cien figuras smbolos herldicos que pregonaban el nombre y la calidad de sus dueos. Por entre las calles de aquella improvisada ciudad circulaban en todas direcciones multitud de soldados, que hablando dialectos diversos y vestidos cada cual al uso de su pas, y cada cual armado su guisa, formaban un extrao y pintoresco contraste. Aqu descansaban algunos seores de las fatigas del combate sentados en escaos de alerce la puerta de sus tiendas y jugando las tablas, en tanto que sus pajes les escanciaban el vino en copas de metal; all algunos peones aprovechaban un momento de ocio para aderezar y componer sus armas, rotas en la ltima refriega; ms all cubran de saetas un blanco los ms expertos ballesteros de la hueste entre las aclamaciones de la multitud, pasmada de su destreza; y el rumor de los atambores, el clamor de las trompetas, las voces de los mercaderes ambulantes, el golpear del hierro contra el hierro, los cnticos de los juglares que entretenan sus oyentes con la relacin de hazaas portentosas, y los gritos de los farautes que publicaban las ordenanzas de los maestres del campo, llenando los aires de mil y mil ruidos discordes, prestaban aquel cuadro de costumbres guerreras una vida y una animacin imposibles de pintar con palabras. El conde de Gmara, acompaado de su fiel escudero, atraves por entre los animados grupos sin levantar los ojos de la tierra, silencioso, triste, como si ningn objeto hiriese su vista ni llegase su odo el rumor ms leve. Andaba maquinalmente, la manera que un sonmbulo, cuyo espritu se agita en el mundo de los sueos, se mueve y marcha sin la conciencia de sus acciones y como arrastrado por una voluntad ajena la suya. Prximo la tienda del rey y en medio de un corro de soldados, pajecillos y gente menuda que le escuchaban con la boca abierta, apresurndose comprarle algunas de las baratijas que anunciaba voces y con hiperblicos encomios, haba un extrao personaje, mitad romero, mitad juglar, que ora recitando una especie de letana en latn brbaro, ora diciendo una bufonada una chocarrera, mezclaba en su interminable relacin chistes capaces de poner colorado un ballestero con oraciones devotas, historias de amores picarescos con leyendas de santos. En las inmensas alforjas que colgaban de sus hombros se hallaban revueltos y confundidos mil objetos diferentes: cintas tocadas en el sepulcro de Santiago; cdulas con palabras que l deca ser hebricas, las mismas que dijo el rey Salomn cuando fundaba el templo, y las nicas para libertarse de toda clase de enfermedades contagiosas; blsamos maravillosos para pegar hombres partidos por la mitad; Evangelios cosidos en bolsitas de brocatel; secretos para hacerse amar de todas las mujeres; reliquias de los santos patronos de todos los lugares de Espaa; joyuelas, cadenillas, cinturones, medallas y otras muchas baratijas de alquimia, de vidrio y de plomo. Cuando el conde lleg cerca del grupo que formaban el romero y sus admiradores, comenzaba ste templar una especie de bandolina guzla rabe con que se acompaaba en la relacin de sus romances. Despus que hubo estirado bien las cuerdas unas tras otras y con mucha calma, mientras su acompaante daba la vuelta al corro sacando los ltimos cornados de la flaca escarcela de los oyentes, el romero empez cantar con voz gangosa y con un aire montono y plaidero un romance que siempre terminaba con el mismo estribillo. El conde se acerc al grupo y prest atencin. Por una coincidencia, al parecer extraa, el ttulo de aquella historia responda en un todo los lgubres pensamientos que embargaban su nimo. Segn haba anunciado el cantor antes de comenzar, el romance se titulaba el _Romance de la mano muerta_. Al oir el escudero tan extrao anuncio, pugn por arrancar su seor de aquel sitio; pero el conde, con los ojos fijos en el juglar, permaneci inmvil, escuchando esta cantiga: I La nia tiene un amante que escudero se deca; el escudero le anuncia que la guerra se parta. --Te vas y acaso no tornes. --Tornar por vida ma. Mientras el amante jura, diz que el viento repeta: _Mal haya quien en promesas_ _de hombre fa!_ II El conde con la mesnada de su castillo sala; ella que le ha conocido con grande afliccin gema: --Ay de m, que se va el conde y se lleva la honra ma! Mientras la cuitada llora, diz que el viento repeta: _Mal haya quien en promesas_ _de hombre fa!_ III Su hermano, que estaba all, estas palabras oa: --Nos has deshonrado, dice. --Me jur que tornara. --No te encontrar si torna donde encontrarte sola. Mientras la infelice muere, diz que el viento repeta: _Mal haya quien en promesas_ _de hombre fa!_ IV Muerta la llevan al soto, la han enterrado en la umbra; por ms tierra que la echaban, la mano no se cubra: la mano donde un anillo que le di el conde tena. De noche sobre la tumba diz que el viento repeta: _Mal haya quien en promesas_ _de hombre fa!_ Apenas el cantor haba terminado la ltima estrofa, cuando rompiendo el muro de curiosos que se apartaban con respeto al reconocerle, el conde lleg adonde se encontraba el romero, y cogindole con fuerza del brazo, le pregunt en voz baja y convulsa: --De qu tierra eres? --De tierra de Soria--le respondi ste sin alterarse. --Y dnde has aprendido ese romance? quin se refiere la historia que cuentas?--volvi exclamar su interlocutor, cada vez con muestras de emocin ms profunda. --Seor--dijo el romero clavando sus ojos en los del conde con una fijeza imperturbable:--esta cantiga la repiten de unos en otros los aldeanos del campo de Gmara, y se refiere una desdichada cruelmente ofendida por un poderoso. Altos juicios de Dios han permitido que al enterrarla quedase siempre fuera de la sepultura la mano en que su amante le puso un anillo al hacerle una promesa. Vos sabris quiz quin toca cumplirla. V En un lugarejo miserable y que se encuentra un lado del camino que conduce Gmara, he visto no hace mucho el sitio en donde se asegura tuvo lugar la extraa ceremonia del casamiento del conde. Despus que ste, arrodillado sobre la humilde fosa, estrech en la suya la mano de Margarita, y un sacerdote autorizado por el Papa bendijo la lgubre unin, es fama que ces el prodigio, y _la mano muerta_ se hundi para siempre. Al pie de unos rboles aosos y corpulentos hay un pedacito de prado, que al llegar la primavera se cubre espontneamente de flores. La gente del pas dice que all est enterrada Margarita. [Ilustracin] [Ilustracin] EL MONTE DE LAS NIMAS La noche de difuntos me despert no s qu hora el doble de las campanas; su taido montono y eterno me trajo las mientes esta tradicin que o hace poco en Soria. Intent dormir de nuevo; imposible! Una vez aguijoneada, la imaginacin es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decid escribirla, como en efecto lo hice. Yo la o en el mismo lugar en que acaeci, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando senta crujir los cristales de mi balcn, estremecidos por el aire fro de la noche. Sea de ello lo que quiera, _ah va_, como el caballo de copas. I --Atad los perros; haced la seal con las trompas para que se reunan los cazadores, y demos la vuelta la ciudad. La noche se acerca, es da de Todos los Santos y estamos en el Monte de las nimas. --Tan pronto! -- ser otro da, no dejara yo de concluir con ese rebao de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonar la oracin en los Templarios, y las nimas de los difuntos comenzarn taer su campana en la capilla del monte. --En esa capilla ruinosa! Bah! Quieres asustarme? --No, hermosa prima; t ignoras cuanto sucede en este pas, porque an no hace un ao que has venido l desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo tambin pondr la ma al paso, y mientras dure el camino te contar esa historia. Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magnficos caballos, y todos juntos siguieron sus hijos Beatriz y Alonso, que precedan la comitiva bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narr en estos trminos la prometida historia: --Ese monte que hoy llaman de las nimas, perteneca los Templarios, cuyo convento ves all, la margen del ro. Los Templarios eran guerreros y religiosos la vez. Conquistada Soria los rabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio sus nobles de Castilla, que as hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad ferment por algunos aos, y estall al fin, un odio profundo. Los primeros tenan acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, pesar de las severas prohibiciones de los _clrigos con espuelas_, como llamaban sus enemigos. Cundi la voz del reto, y nada fu parte detener los unos en su mana de cazar y los otros en su empeo de estorbarlo. La proyectada expedicin se llev cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendran presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fu una cacera, fu una batalla espantosa: el monte qued sembrado de cadveres, los lobos quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festn. Por ltimo, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasin de tantas desgracias, se declar abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenz arruinarse. Desde entonces dicen, que cuando llega la noche de difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las nimas de los muertos, envueltas en girones de sus sudarios, corren como en una cacera fantstica por entre las breas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos allan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro da se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las nimas, y por eso he querido salir de l antes que cierre la noche. La relacin de Alonso concluy justamente cuando los dos jvenes llegaban al extremo del puente que da paso la ciudad por aquel lado. All esperaron al resto de la comitiva, la cual, despus de incorporrseles los dos jinetes, se perdi por entre las estrechas y oscuras calles de Soria. II Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gtica del palacio de los condes de Alcudiel despeda un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del saln. Solas dos personas parecan ajenas la conversacin general: Beatriz y Alonso. Beatriz segua con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz. Ambos guardaban haca rato un profundo silencio. Las dueas referan, propsito de la noche de difuntos, cuentos temerosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban lo lejos con un taido montono v triste. --Hermosa prima--exclam al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban:--pronto vamos separarnos tal vez para siempre; las ridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hbitos sencillos y patriarcales s que no te gustan; te he odo suspirar varias veces, acaso por algn galn de tu lejano seoro. Beatriz hizo un gesto de fra indiferencia; todo un carcter de mujer se revel en aquella desdeosa contraccin de sus delgados labios. --Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aqu has vivido--se apresur aadir el joven.--De un modo de otro, presiento que no tardar en perderte... al separarnos, quisiera que llevases una memoria ma... Te acuerdas cuando fuimos al templo dar gracias Dios por haberte devuelto la salud que viniste buscar esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautiv tu atencin. Qu hermoso estara sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regal la que me di el ser, y ella lo llev al altar... Lo quieres? --No s en el tuyo--contest la hermosa,--pero en mi pas una prenda recibida compromete una voluntad. Slo en un da de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aun puede ir Roma sin volver con las manos vacas. El acento helado con que Beatriz pronunci estas palabras turb un momento al joven, que despus de serenarse dijo con tristeza: --Lo s, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es da de ceremonias y presentes. Quieres aceptar el mo? Beatriz se mordi ligeramente los labios, y extendi la mano para tomar la joya, sin aadir una palabra. Los dos jvenes volvieron quedarse en silencio, y volvise oir la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que haca crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y montono doblar de las campanas. Al cabo de algunos minutos, el interrumpido dilogo torn anudarse de este modo: --Y antes que concluya el da de Todos los Santos, en que as como el tuyo se celebra el mo, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, no lo hars?--dijo l clavando una mirada en la de su prima, que brill como un relmpago, iluminada por un pensamiento diablico. --Por qu no?--exclam sta llevndose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Despus, con una infantil expresin de sentimiento aadi: --Te acuerdas de la banda azul que llev hoy la cacera, y que por no s qu emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma? --S. --Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejrtela como un recuerdo. --Se ha perdido! y dnde?--pregunt Alonso incorporndose de su asiento, y con una indescriptible expresin de temor y esperanza. --No s... en el monte acaso. --En el Monte de las nimas--murmur palideciendo y dejndose caer sobre el sitial;--en el Monte de las nimas! Luego prosigui con voz entrecortada y sorda: --T lo sabes, porque lo habrs odo mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo an podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado esta diversin, imagen de la guerra, todos los bros de mi juventud, todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; yo he combatido con ellas de da y de noche, pie y caballo, solo y en batida, y nadie dir que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasin. Otra noche volara por esa banda, y volara gozoso como una fiesta; y sin embargo, esta noche... esta noche, qu ocultrtelo? tengo miedo. Oyes? Las campanas doblan, la oracin ha sonado en San Juan del Duero, las nimas del monte comenzarn ahora levantar sus amarillentos crneos de entre las malezas que cubren sus fosas... las nimas! cuya sola vista puede helar de horror la sangre del ms valiente, tornar sus cabellos blancos arrebatarle en el torbellino de su fantstica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adnde. Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibuj en los labios de Beatriz, que cuando hubo concludo exclam con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y cruja la lea, arrojando chispas de mil colores: --Oh! Eso de ningn modo. Qu locura! Ir ahora al monte por semejante friolera! Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos! Al decir esta ltima frase, la recarg de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga irona; movido como por un resorte se puso de pie, se pas la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazn, y con voz firme exclam, dirigindose la hermosa, que estaba an inclinada sobre el hogar entretenindose en revolver el fuego: --Adis, Beatriz, adis. Hasta... pronto. --Alonso! Alonso!--dijo sta, volvindose con rapidez; pero cuando quiso aparent querer detenerle, el joven haba desaparecido. A los pocos minutos se oy el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresin de orgullo satisfecho que colore sus mejillas, prest atento odo aquel rumor, que se debilitaba, que se perda, que se desvaneci por ltimo. Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de nimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcn, y las campanas de la ciudad doblaban lo lejos. III Haba pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba punto de sonar, y Beatriz se retir su oratorio. Alonso no volva, no volva, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho. --Habr tenido miedo!--exclam la joven cerrando su libro de oraciones y encaminndose su lecho, despus de haber intentado intilmente murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el da de difuntos los que ya no existen. Despus de haber apagado la lmpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmi; se durmi con un sueo inquieto, ligero, nervioso. Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oy entre sueos las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristsimas, y entreabri los ojos. Crea haber odo par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gema en los vidrios de la ventana. --Ser el viento--dijo; y ponindose la mano sobre el corazn, procur tranquilizarse. Pero su corazn lata cada vez con ms violencia. Las puertas de alerce del oratorio haban crujido sobre sus goznes con un chirrido agudo, prolongado y estridente. Primero unas, y luego las otras ms cercanas, todas las puertas que daban paso su habitacin iban sonando por su orden, stas con un ruido sordo y grave, aqullas con un lamento largo y crispador. Despus silencio, un silencio lleno de rumores extraos, el silencio de la media noche, con un murmullo montono de agua distante, lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles, ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve, y cuya aproximacin se nota no obstante en la oscuridad. Beatriz, inmvil, temblorosa, adelant la cabeza fuera de las cortinillas y escuch un momento. Oa mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba escuchar: nada, silencio. Vea con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movan en todas direcciones; y cuando dilatndolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables. --Bah!--exclam, volviendo recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho;--soy yo tan miedosa como estas pobres gentes, cuyo corazn palpita de terror bajo una armadura, al oir una conseja de aparecidos? Y cerrando los ojos intent dormir... pero en vano haba hecho un esfuerzo sobre s misma. Pronto volvi incorporarse ms plida, ms inquieta, ms aterrada. Ya no era una ilusin: las colgaduras de brocado de la puerta haban rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y su comps se oa crujir una cosa como madera hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movi el reclinatorio que estaba la orilla de su lecho. Beatriz lanz un grito agudo, y arrebujndose en la ropa que la cubra, escondi la cabeza y contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del balcn; el agua de la fuente lejana caa y caa con un rumor eterno y montono; los ladridos de los perros se dilataban en las rfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las nimas de los difuntos. As pas una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareci eterna Beatriz. Al fin despunt la aurora: vuelta de su temor, entreabri los ojos los primeros rayos de la luz. Despus de una noche de insomnio y de terrores, es tan hermosa la luz clara y blanca del da! Separ las cortinas de seda del lecho, y ya se dispona rerse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor fro cubri su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descolor sus mejillas: sobre el reclinatorio haba visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fu buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron despavoridos noticiarle la muerte del primognito de Alcudiel, que la maana haba aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las nimas, la encontraron inmvil, crispada, asida con ambas manos una de las columnas de bano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rgidos los miembros, muerta; muerta de horror! IV Dicen que despus de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pas la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las nimas, y que al otro da, antes de morir, pudo contar lo que viera, refiri cosas horribles. Entre otras, asegura que vi los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla, levantarse al punto de la oracin con un estrpito horrible, y caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como una fiera una mujer hermosa, plida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso. [Ilustracin] [Ilustracin] EL GNOMO I Las muchachas del lugar volvan de la fuente con sus cntaros en la cabeza; volvan cantando y riendo con un ruido y una algazara que slo pudieran compararse la alegre algaraba de una banda de golondrinas cuando revolotean espesas como el granizo alrededor de la veleta de un campanario. En el prtico de la iglesia, y sentado al pie de un enebro, estaba el to Gregorio. El to Gregorio era el ms viejecito del lugar: tena cerca de noventa navidades, el pelo blanco, la boca de risa, los ojos alegres y las manos temblonas. De nio fu pastor, de joven soldado; despus cultiv una pequea heredad, patrimonio de sus padres, hasta que, por ltimo, le faltaron las fuerzas y se sent tranquilo esperar la muerte, que ni tema ni deseaba. Nadie contaba un chascarrillo con ms gracia que l, ni saba historias ms estupendas, ni traa cuento tan oportunamente un refrn, una sentencia un adagio. Las muchachas, al verle, apresuraron el paso con nimo de irle hablar, y cuando estuvieron en el prtico, todas comenzaron suplicarle que les contase una historia con que entretener el tiempo que an faltaba para hacerse de noche, que no era mucho, pues el sol poniente hera de soslayo la tierra, y las sombras de los montes se dilataban por momentos lo largo de la llanura. El to Gregorio escuch sonriendo la peticin de las muchachas, las cuales, una vez obtenida la promesa de que les referira alguna cosa, dejaron los cntaros en el suelo, y sentndose su alrededor formaron un corro, en cuyo centro qued el viejecito, que comenz hablarles de esta manera: --No os contar una historia, porque aunque recuerdo algunas en este momento, ataen cosas tan graves, que ni vosotras, que sois unas locuelas, me prestarais atencin para escucharlas, ni m, por lo avanzado de la tarde, me quedara espacio para referirlas. Os dar en su lugar un consejo. --Un consejo!--exclamaron las muchachas con aire visible de mal humor.--Bah! no es para oir consejos para lo que nos hemos detenido; cuando nos hagan falta ya nos los dar el seor cura. --Es--prosigui el anciano con su habitual sonrisa y su voz cascada y temblona--que el seor cura acaso no sabra drosle en esta ocasin tan oportuno como os lo puede dar el to Gregorio; porque l, ocupado en sus rezos y letanas, no habr echado, como yo, de ver que cada da vais por agua la fuente ms temprano y volvis ms tarde. Las muchachas se miraron entre s con una imperceptible sonrisa de burla, no faltando algunas de las que estaban colocadas sus espaldas que se tocasen la frente con el dedo, acompaando su accin con un gesto significativo. --Y qu mal encontris en que nos detengamos en la fuente charlando un rato con las amigas y vecinas?...--dijo una de ellas.--Andan acaso chismes en el lugar, porque los mozos salen al camino echarnos flores vienen brindarse para traer nuestros cntaros hasta la entrada del pueblo? --De todo hay--contest el viejo la moza que le haba dirigido la palabra en nombre de sus compaeras.--Las viejas del lugar murmuran de que hoy vayan las muchachas loquear y entretenerse un sitio, al cual ellas llegaban de prisa y temblando tomar el agua, pues slo de all puede traerse; y yo encuentro mal que perdis poco poco el temor que todos inspira el sitio donde se halla la fuente, porque podra acontecer que alguna vez os sorprendiese en l la noche. El to Gregorio pronunci estas ltimas palabras con un tono tan lleno de misterio, que las muchachas abrieron los ojos espantadas para mirarle, y con mezcla de curiosidad y burla tornaron insistir: --La noche! Pues qu pasa de noche en ese sitio, que tales aspavientos hacis y con tan temerosas y oscuras palabras nos hablis de lo que all podra acontecernos? Se nos comern acaso los lobos? --Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos arrojados de sus guaridas bajan en rebaos por su falda, y ms de una vez los hemos odo aullar en horroroso concierto, no slo en los alrededores de la fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los huspedes ms terribles del Moncayo: en sus profundas simas, en sus cumbres solitarias y speras, en su hueco seno, viven unos espritus diablicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vaco, y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas se mecen en las desnudas ramas de los rboles. Ellos son los que allan en las grietas de las peas; ellos los que forman y empujan esas inmensas bolas de nieve que bajan rodando desde los altos picos, y arrollan y aplastan cuanto encuentran su paso; ellos los que llaman con el granizo nuestros cristales en las noches de lluvia, y corren como llamas azules y ligeras sobre el haz de los pantanos. Entre estos espritus, que arrojados de las llanuras por las bendiciones y los exorcismos de la Iglesia, han ido refugiarse las crestas inaccesibles de las montaas, los hay de diferente naturaleza, y que al parecer nuestros ojos se revisten de formas variadas. Los ms peligrosos, sin embargo, los que se insinan con dulces palabras en el corazn de las jvenes y las deslumbran con promesas magnficas, son los gnomos. Los gnomos viven en las entraas de los montes; conocen sus caminos subterrneos, y, eternos guardadores de los tesoros que encierran, velan da y noche junto los veneros de los metales y las piedras preciosas. Veis?--prosigui el viejo sealando con el palo que le serva de apoyo la cumbre del Moncayo, que se levantaba su derecha, destacndose oscuro y gigantesco sobre el cielo violado y brumoso del crepsculo;--veis esa inmensa mole coronada an de nieve? pues en su seno tienen sus moradas esos diablicos espritus. El palacio que habitan es horroroso y magnfico la vez. Hace muchos aos que un pastor, siguiendo una res extraviada, penetr por la boca de una de esas cuevas, cuyas entradas cubren espesos matorrales, y cuyo fin no ha visto ninguno. Cuando volvi al lugar, estaba plido como la muerte; haba sorprendido el secreto de los gnomos; haba respirado su envenenada atmsfera, y pag su atrevimiento con la vida; pero antes de morir refiri cosas estupendas. Andando por aquella caverna adelante, haba encontrado al fin unas galeras subterrneas inmensas, alumbradas con un resplandor dudoso y fantstico, producido por la fosforescencia de las rocas, semejantes all grandes pedazos de cristal cuajado en mil formas caprichosas y extraas. El suelo, la bveda y las paredes de aquellos extensos salones, obra de la naturaleza, parecan jaspeados como los mrmoles ms ricos; pero las vetas que los cruzaban eran de oro y plata, y entre aquellas vetas brillantes se vean, como incrustadas, multitud de piedras preciosas de todos colores y tamaos. All haba jacintos y esmeraldas en montn, y diamantes, y rubes, y zafiros, y qu s yo, otras muchas piedras desconocidas que l no supo nombrar; pero tan grandes y tan hermosas, que sus ojos se deslumbraron al contemplarlas. Ningn ruido exterior llegaba al fondo de la fantstica caverna; slo se perciban intervalos unos gemidos largos y lastimosos del aire que discurra por aquel laberinto encantado, un rumor confuso de fuego subterrneo que herva comprimido, y murmullos de aguas corrientes que pasaban sin saberse por dnde. El pastor, solo y perdido en aquella inmensidad, anduvo no s cuntas horas sin hallar la salida, hasta que por ltimo tropez con el nacimiento del manantial cuyo murmullo haba odo. ste brotaba del suelo como una fuente maravillosa, con un salto de agua coronado de espuma, que caa formando una vistosa cascada y produciendo un murmullo sonoro al alejarse resbalando por entre las quebraduras de las peas. A su alrededor crecan unas plantas nunca vistas, con hojas anchas y gruesas las unas, delgadas y largas como cintas flotantes las otras. Medio escondidos entre aquella hmeda frondosidad discurran unos seres extraos, en parte hombres, en parte reptiles, ambas cosas la vez, pues transformndose continuamente, ora parecan criaturas humanas, deformes y pequeuelas, ora salamandras luminosas llamas fugaces que danzaban en crculos sobre la cspide del surtidor. All, agitndose en todas direcciones, corriendo por el suelo en forma de enanos repugnantes y contrahechos, encaramndose por las paredes, babeando y retorcindose en figura de reptiles, bailando con apariencia de fuegos fatuos sobre el haz del agua, andaban los gnomos, seores de aquellos lugares, contando y removiendo sus fabulosas riquezas. Ellos saben dnde guardan los avaros esos tesoros que en vano buscan despus los herederos; ellos conocen el lugar donde los moros, antes de huir, ocultaron sus joyas; y las alhajas que se pierden, las monedas que se extravan, todo lo que tiene algn valor y desaparece, ellos son los que lo buscan, lo encuentran y lo roban, para esconderlo en sus guaridas, porque ellos saben andar todo el mundo por debajo de la tierra y por caminos secretos ignorados. All tenan, pues, hacinados en montn toda clase de objetos raros y preciosos. Haba joyas de un valor inestimable, collares y gargantillas de perlas y piedras finas; nforas de oro, de forma antiqusima, llenas de rubes; copas cinceladas, armas ricas, monedas con bustos y leyendas imposibles de conocer descifrar; tesoros, en fin, tan fabulosos inmensos, que la imaginacin apenas puede concebirlos. Y todo brillaba la vez lanzando unas chispas de colores y unos reflejos tan vivos, que pareca como que todo estaba ardiendo y se mova y temblaba. Al menos, el pastor refiri que as le haba parecido. Al llegar aqu el anciano se detuvo un momento: las muchachas, que comenzaron por oir la relacin del to Gregorio con una sonrisa de burla, guardaban entonces un profundo silencio, esperando que continuase, con los ojos espantados, los labios ligeramente entreabiertos y la curiosidad y el inters pintados en el rostro, una de ellas rompi al fin el silencio y exclam sin poderse contener, entusiasmada al oir la descripcin de las fabulosas riquezas que se haban ofrecido la vista del pastor. --Y qu, no se trajo nada de aquello? --Nada--contest el to Gregorio. --Qu tonto!--exclamaron en coro las muchachas. --El cielo le ayud en aquel trance--prosigui el anciano,--pues en el momento en que la avaricia, que todo se sobrepone, comenzaba disipar su miedo, y alucinado la vista de aquellas joyas, de las cuales una sola bastara hacerle poderoso, el pastor iba apoderarse de algunas, dice que oy, maravillaos del suceso! oy claro y distinto en aquellas profundidades, y pesar de las carcajadas y las voces de los gnomos, del hervidero del fuego subterrneo, del rumor de las aguas corrientes y de los lamentos del aire, oy, digo, como si estuviese al pie de la colina en que se encuentra, el clamor de la campana que hay en la ermita de Nuestra Seora del Moncayo. Al oir la campana que tocaba el Ave-Mara, el pastor cay al suelo invocando la Madre de Nuestro Seor Jesucristo, y sin saber cmo ni por dnde se encontr fuera de aquellos lugares, y en el camino que conduce al pueblo, echado en una senda y presa de un gran estupor, como si hubiera salido de un sueo. Desde entonces se explic todo el mundo por qu la fuente del lugar trae veces entre sus aguas como un polvo finsimo de oro; y cuando llega la noche, en el rumor que produce, se oyen palabras confusas, palabras engaosas con que los gnomos que la inficionan desde su nacimiento procuran seducir los incautos que les prestan odos, prometindoles riquezas y tesoros que han de ser su condenacin. Cuando el to Gregorio llegaba este punto de su historia, ya la noche haba entrado y la campana de la iglesia comenz tocar las oraciones. Las muchachas se persignaron devotamente, murmurando un Ave-Mara en voz baja, y despus de despedirse del to Gregorio, que les torn aconsejar que no perdieran el tiempo en la fuente, cada cual tom su cntaro, y todas juntas salieron silenciosas y preocupadas del atrio de la iglesia. Ya lejos del sitio en que se encontraron al viejecito, y cuando estuvieron en la plaza del lugar donde haban de separarse, exclam la ms resuelta y decidora de ellas: --Vosotras creis algo de las tonteras que nos ha contado el to Gregorio? --Yo no!--dijo una. --Yo tampoco!--exclam otra. --Ni yo! ni yo!--repitieron las dems, burlndose con risas de su credulidad de un momento. El grupo de las mozuelas se disolvi, alejndose cada cual hacia uno de los extremos de la plaza. Luego que doblaron las esquinas de las diferentes calles que venan desembocar aquel sitio, dos muchachas, las nicas que no haban desplegado an los labios para protestar con sus burlas de la veracidad del to Gregorio, y que, preocupadas con la maravillosa relacin, parecan absortas en sus ideas, se marcharon juntas y con esa lentitud propia de las personas distradas, por una calleja sombra, estrecha y tortuosa. De aquellas dos muchachas, la mayor, que pareca tener unos veinte aos, se llamaba Marta; y la ms pequea, que an no haba cumplido los diecisis, Magdalena. El tiempo que dur el camino, ambas guardaron un profundo silencio; pero cuando llegaron los umbrales de su casa y dejaron los cntaros en el asiento de piedra del portal, Marta dijo Magdalena:--Y t crees en las maravillas del Moncayo y en los espritus de la fuente?...--Yo--contest Magdalena con sencillez,--yo creo en todo. Dudas t acaso?--Oh, no!--se apresur interrumpir Marta;--yo tambin creo en todo, en todo... lo que deseo creer. II Marta y Magdalena eran hermanas. Hurfanas desde los primeros aos de la niez, vivan miserablemente la sombra de una parienta de su madre que las haba recogido por caridad, y que cada paso les haca sentir con sus dicterios y sus humillantes palabras el peso de su beneficio. Todo pareca contribuir que se estrechasen los lazos del cario entre aquellas dos almas hermanas, no slo por el vnculo de la sangre sino por los de la miseria y el sufrimiento; y sin embargo, entre Marta y Magdalena exista una sorda emulacin, una secreta antipata que slo pudiera explicar el estudio de sus caracteres, tan en absoluta contraposicin como sus tipos. Marta era altiva, vehemente en sus inclinaciones y de una rudeza salvaje en la expresin de sus afectos: no saba ni reir ni llorar, y por eso no haba llorado ni redo nunca. Magdalena, por el contrario, era humilde, amante, bondadosa, y en ms de una ocasin se la vi llorar y reir la vez como los nios. Marta tena los ojos ms negros que la noche, y de entre sus oscuras pestaas dirase que intervalos saltaban chispas de fuego como de un carbn ardiente. La pupila azul de Magdalena pareca nadar en un fluido de luz dentro del cerco de oro de sus pestaas rubias. Y todo era en ellas armnico con la diversa expresin de sus ojos. Marta, enjuta de carnes, quebrada de color, de estatura esbelta, movimientos rgidos y cabellos crespos y oscuros, que sombreaban su frente y caan por sus hombros como un manto de terciopelo, formaba un singular contraste con Magdalena, blanca, rosada, pequea, infantil en su fisonoma y sus formas, y con unas trenzas rubias que rodeaban sus sienes, semejantes al nimbo dorado de la cabeza de un ngel. pesar de la inexplicable repulsin que sentan la una por la otra, las dos hermanas haban vivido hasta entonces en una especie de indiferencia, que hubiera podido confundirse con la paz y el afecto: no haban tenido caricias que disputarse, ni preferencias que envidiar; iguales en la desgracia y el dolor, Marta se haba encerrado para sufrir en un egosta y altivo silencio; y Magdalena, encontrando seco el corazn de su hermana, lloraba solas cuando las lgrimas se agolpaban involuntariamente sus ojos. Ningn sentimiento era comn entre ellas; nunca se confiaron sus alegras y pesares, y sin embargo, el nico secreto que procuraban esconder en lo ms profundo del corazn, se lo haban adivinado mutuamente con ese instinto maravilloso de la mujer enamorada y celosa. Marta y Magdalena tenan efectivamente puestos sus ojos en un mismo hombre. La pasin de la una era el deseo tenaz, hijo de un carcter indomable y voluntarioso; en la otra, el cario se pareca esa vaga y espontnea ternura de la adolescencia, que necesitando un objeto en qu emplearse, ama el primero que se ofrece su vista. Ambas guardaban el secreto de su amor, porque el hombre que lo haba inspirado, tal vez hubiera hecho mofa de un cario que se poda interpretar como ambicin absurda en unas muchachas plebeyas y miserables. Ambas, pesar de la distancia que las separaba del objeto de su pasin, alimentaban una esperanza remota de poseerle. Cerca del lugar, y sobre un alto que dominaba los contornos, haba un antiguo castillo abandonado por sus dueos. Las viejas, en las noches de velada, referan una historia llena de maravillas acerca de sus fundadores. Contaban que hallndose el rey de Aragn en guerra con sus enemigos, agotados ya sus recursos, abandonado de sus parciales y prximo perder el trono, se le present un da una pastorcita de aquella comarca, y despus de revelarle la existencia de unos subterrneos por donde poda atravesar el Moncayo sin que lo advirtiesen sus enemigos, le di un tesoro en perlas finas, riqusimas piedras preciosas y barras de oro y plata, con las cuales el rey pag sus mesnadas, levant un poderoso ejrcito, y marchando por debajo de la tierra durante toda una noche, cay al otro da sobre sus contrarios y los desbarat, asegurando la corona en su cabeza. Despus que hubo alcanzado tan sealada victoria, cuentan que dijo el rey la pastorcita:--Pdeme lo que quieras, que aun cuando fuese la mitad de mi reino, juro que te lo he de dar al instante. --Yo no quiero ms que volverme cuidar de mi rebao--respondi la pastorcita.--No cuidars sino de mis fronteras--replic el rey, y le di el seoro de toda la raya, y le mand edificar una fortaleza en el pueblo ms fronterizo Castilla, adonde se traslad la pastora, casada ya con uno de los favoritos del rey, noble, galn, valiente y seor asimismo de muchas fortalezas y muchos feudos. La estupenda relacin del to Gregorio acerca de los gnomos del Moncayo, cuyo secreto estaba en la fuente del lugar, exalt nuevamente las locas fantasas de las dos enamoradas hermanas, completando, por decirlo as, la ignorada historia del tesoro hallado por la pastorcita de la conseja; tesoro cuyo recuerdo haba turbado ms de una vez sus noches de insomnio y de amargura, presentndose su imaginacin como un dbil rayo de esperanza. La noche siguiente la tarde del encuentro con el to Gregorio, todas las muchachas del lugar hicieron conversacin en sus casas de la estupenda historia que les haba referido. Marta y Magdalena guardaron un profundo silencio, y ni en aquella noche, ni en todo el da que amaneci despus, volvieron cambiar una sola palabra relativa al asunto, tema de todas las conversaciones y objeto de los comentarios de sus vecinas. Cuando lleg la hora de costumbre, Magdalena tom su cntaro y le dijo su hermana:--Vamos la fuente?--Marta no contest, y Magdalena volvi decirle:--Vamos la fuente? Mira que si no nos apresuramos, se pondr el sol antes de la vuelta.--Marta exclam al fin con un acento breve y spero:--Yo no quiero ir hoy.--Ni yo tampoco--aadi Magdalena despus de un instante de silencio, durante el cual mantuvo los ojos clavados en los de su hermana, como si quisiera adivinar en ellos la causa de su resolucin. III Las muchachas del lugar haca cerca de una hora que estaban de vuelta en sus casas. La ltima luz del crepsculo se haba apagado en el horizonte, y la noche comenzaba cerrar de cada vez ms oscura, cuando Marta y Magdalena, esquivndose mutuamente y cada cual por diverso camino, salieron del pueblo con direccin la fuente misteriosa. La fuente brotaba escondida entre unos riscos cubiertos de musgo en el fondo de una larga alameda. Despus que se fueron apagando poco poco los rumores del da, y ya no se escuchaba el lejano eco de la voz de los labradores que vuelven caballeros en sus yuntas cantando al comps del timn del arado que arrastran por la tierra; despus que se dej de percibir el montono ruido de las esquilillas del ganado, y las voces de los pastores, y el ladrido de los perros que reunen las reses, y son en la torre del lugar la postrera campanada del toque de oraciones, rein ese doble y augusto silencio de la noche y la soledad; silencio lleno de murmullos extraos y leves que lo hacen an ms perceptible. Marta y Magdalena se deslizaron por entre el laberinto de los rboles, y protegidas por la oscuridad, llegaron sin verse al fin de la alameda. Marta no conoca el temor, y sus pasos eran firmes y seguros. Magdalena temblaba con solo el ruido que producan sus pies al hollar las hojas secas que tapizaban el suelo. Cuando las dos hermanas estuvieron junto la fuente, el viento de la noche comenz agitar las copas de los lamos, y al murmullo de sus soplos desiguales pareca responder el agua del manantial con un rumor compasado y uniforme. Marta y Magdalena prestaron atencin aquellos ruidos que pasaban bajo sus pies como un susurro constante, y sobre sus cabezas como un lamento que naca y se apagaba para tornar crecer y dilatarse por la espesura. medida que transcurran las horas, aquel sonar eterno del aire y del agua empez producirles una extraa exaltacin, una especie de vrtigo, que turbando la vista y zumbando en el odo, pareca trastornarlas por completo. Entonces, la manera que se oye hablar entre sueos con un eco lejano y confuso, les pareci percibir entre aquellos rumores sin nombre, sonidos inarticulados como los de un nio que quiere y no puede llamar su madre; luego palabras que se repetan una vez y otra, siempre lo mismo; despus frases inconexas y dislocadas sin orden ni sentido, y por ltimo... por ltimo, comenzaron hablar el viento vagando entre los rboles y el agua saltando de risco en risco. Y hablaban as: EL AGUA Mujer!... mujer!... yeme... yeme y acrcate para oirme, que yo besar tus pies mientras tiemblo al copiar tu imagen en el fondo sombro de mis ondas. Mujer!... yeme, que mis murmullos son palabras. EL VIENTO Nia!... nia gentil, levanta tu cabeza, djame en paz besar tu frente, en tanto que agito tus cabellos. Nia gentil, escchame, que yo s hablar tambin y te murmurar al odo frases cariosas. MARTA Oh! Habla, habla, que yo te comprender, porque mi inteligencia flota en un vrtigo, como flotan tus palabras indecisas! Habla, misteriosa corriente. MAGDALENA Tengo miedo. Aire de la noche, aire de perfumes, refresca mi frente que arde! Dime algo que me infunda valor, porque mi espritu vacila. EL AGUA Yo he cruzado el tenebroso seno de la tierra, he sorprendido el secreto de su maravillosa fecundidad, y conozco los fenmenos de sus entraas, donde germinan las futuras creaciones. Mi rumor adormece y despierta: despierta t, que lo comprendes. EL VIENTO Yo soy el aire que mueven los ngeles con sus alas inmensas al cruzar el espacio. Yo amontono en el Occidente las nubes que ofrecen al sol un lecho de prpura, y traigo al amanecer, con las neblinas que se deshacen en gotas, una lluvia de perlas sobre las flores. Mis suspiros son un blsamo: breme tu corazn y le inundar de felicidad. MARTA Cuando yo o por primera vez el murmullo de una corriente subterrnea, no en balde me inclinaba la tierra prestndole odo. Con ella iba un misterio que yo deba comprender al cabo. MAGDALENA Suspiros del viento, yo os conozco: vosotros me acariciabais dormida cuando, fatigada por el llanto, me renda al sueo en mi niez, y vuestro rumor se me figuraban las palabras de una madre que arrulla su hija. * * * * * El agua enmudeci por algunos instantes, y no sonaba sino como agua que se rompe entre peas El viento call tambin, y su ruido no fu otra cosa que ruido de hojas movidas. As pas algn tiempo, y despus volvieron hablar, y hablaron as: EL AGUA Despus de filtrarme gota gota travs del filn de oro de una mina inagotable; despus de correr por un lecho de plata y saltar como sobre guijarros entre un sinnmero de zafiros y amatistas, arrastrando en vez de arenas diamantes y rubes, me he unido en misterioso consorcio un genio. Rica con su poder y con las ocultas virtudes de las piedras preciosas y los metales, de cuyos tomos vengo saturada, puedo ofrecerte cuanto ambicionas. Yo tengo la fuerza de un conjuro, el poder de un talismn y la virtud de las siete piedras y los siete colores. EL VIENTO Yo vengo de vagar por la llanura, y como la abeja que vuelve la colmena con su botn de perfumadas mieles, traigo suspiros de mujer, plegarias de nios, palabras de casto amor y aromas de nardos y azucenas silvestres. Yo no he recogido mi paso ms que perfumes y ecos de armonas; mis tesoros son inmateriales, pero ellos dan la paz del alma y la vaga felicidad de los sueos venturosos. * * * * * Mientras su hermana, atrada como por un encanto, se inclinaba al borde de la fuente para oir mejor, Magdalena se iba instintivamente separando de los riscos entre los cuales brotaba el manantial. Ambas tenan sus ojos fijos, la una en el fondo de las aguas, la otra en el fondo del cielo. Y exclamaba Magdalena mirando brillar los luceros en la altura:--Esos son los nimbos de luz de los ngeles invisibles que nos custodian. En tanto deca Marta, viendo temblar en la linfa de la fuente el reflejo de las estrellas:--Esas son las partculas de oro que arrastra el agua en su misterioso curso. El manantial y el viento, que por segunda vez haban enmudecido un instante, tornaron hablar, y dijeron: EL AGUA Remonta mi corriente, desndate del temor como de una vestidura grosera, y osa traspasar los umbrales de lo desconocido. Yo he adivinado que tu espritu es de la esencia de los espritus superiores. La envidia te habr arrojado tal vez del cielo para revolcarte en el lodo de la miseria. Yo veo, sin embargo, en tu frente sombra un sello de altivez que te hace digna de nosotros, espritus fuertes y libres... Ven, yo te voy ensear palabras mgicas de tal virtud, que al pronunciarlas se abrirn las rocas y te brindarn con los diamantes que estn en su seno, como las perlas en las conchas que sacan del fondo del mar los pescadores. Ven, te dar tesoros para que vivas feliz; y ms tarde, cuando se quiebre la crcel que te aprisiona, tu espritu se asimilar los nuestros, que son espritus humanos, y todos confundidos seremos la fuerza motora, el rayo vital de la creacin, que circula como un fluido por sus arterias subterrneas. EL VIENTO El agua lame la tierra y vive en el cieno: yo discurro por las regiones etreas y vuelo en el espacio sin lmites. Sigue los movimientos de tu corazn, deja que tu alma suba como la llama y las azules espirales del humo. Desdichado el que, teniendo alas, desciende las profundidades para buscar oro, pudiendo remontarse la altura para encontrar amor y sentimiento! Vive oscura como la violeta, que yo te traer en un beso fecundo el germen vivificante de otra flor hermana tuya, y rasgar las nieblas para que no falte un rayo de sol que ilumine tu alegra. Vive oscura, vive ignorada, que cuando tu espritu se desate, yo lo subir las regiones de la luz en una nube roja. * * * * * Callaron el viento y el agua, y apareci el gnomo. El gnomo era como un hombrecillo transparente: una especie de enano de luz, semejante un fuego fatuo, que se rea carcajadas, sin ruido, y saltaba de pea en pea, y mareaba con su vertiginosa movilidad. Unas veces se sumerga en el agua y continuaba brillando en el fondo como una joya de piedras de mil colores; otras sala la superficie y agitaba los pies y las manos, y sacuda la cabeza un lado y otro con una rapidez que tocaba en prodigio. Marta vi al gnomo y le estuvo siguiendo con la vista extraviada en todas sus extravagantes evoluciones; y cuando el diablico espritu se lanz al fin por entre las escabrosidades del Moncayo, como una llama que corre, agitando su cabellera de chispas, sinti una especie de atraccin irresistible y sigui tras l con una carrera frentica. --_Magdalena!_--deca en tanto el aire que se alejaba lentamente; y Magdalena, paso paso y como una sonmbula, guiada en el sueo por una voz amiga, sigui tras la rfaga, que iba suspirando por la llanura. Despus todo qued otra vez en silencio en la oscura alameda, y el viento y el agua siguieron resonando con los murmullos y los rumores de siempre. IV Magdalena torn al lugar plida y llena de asombro. A Marta la esperaron en vano toda la noche. Cuando lleg la tarde del otro da, las muchachas encontraron un cntaro roto al borde de la fuente de la alameda. Era el cntaro de Marta, de la cual nunca volvi saberse. Desde entonces las muchachas del lugar van por agua tan temprano, que madrugan con el sol. Algunas me han asegurado que de noche se ha odo en ms de una ocasin el llanto de Marta, cuyo espritu vive aprisionado en la fuente. Yo no s qu crdito dar esta ltima parte de la historia, porque la verdad es que desde entonces ninguno se ha atrevido penetrar para oirlo en la alameda despus del toque del Ave-Mara. [Ilustracin] [Ilustracin] EL MISERERE Hace algunos meses que visitando la clebre abada de Fitero y ocupndome en revolver algunos volmenes en su abandonada biblioteca, descubr en uno de sus rincones dos tres cuadernos de msica bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados roer por los ratones. Era un _Miserere_. Yo no s la msica; pero le tengo tanta aficin, que aun sin entenderla, suelo coger veces la partitura de una pera, y me paso las horas muertas hojeando sus pginas, mirando los grupos de notas ms menos apiadas, las rayas, los semicrculos, los tringulos y las especies de etcteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho. Consecuente con mi mana, repas los cuadernos, y lo primero que me llam la atencin fu que, aunque en la ltima pgina haba esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, _finis_, la verdad era que el _Miserere_ no estaba terminado, porque la msica no alcanzaba sino hasta el dcimo versculo. Esto fu sin duda lo que me llam la atencin primeramente; pero luego que me fij un poco en las hojas de msica, me choc ms an el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como _maestoso_, _allegro_, _ritardando_, _pi vivo_, _a piacere_, haba unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemn, de los cuales algunos servan para advertir cosas tan difciles de hacer como esto: _Crujen... crujen los huesos, y de sus mdulas han de parecer que salen los alaridos_; esta otra: _La cuerda alla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la humanidad que solloza y gime_; la ms original de todas, sin duda, recomendaba al pie del ltimo versculo: _Las notas son huesos cubiertos de carne: lumbre inextinguible, los cielos y su armona... fuerza!... fuerza y dulzura_. --Sabis qu es esto?--pregunt un viejecito que me acompaaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecan frases escritas por un loco. El anciano me cont entonces la leyenda que voy referiros. I Hace ya muchos aos, en una noche lluviosa y oscura, lleg la puerta claustral de esta abada un romero, y pidi un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la maana y proseguir con la luz del sol su camino. Su modesta colacin, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano quien se hizo esta demanda disposicin del caminante, al cual, despus que se hubo repuesto de su cansancio, interrog acerca del objeto de su romera y del punto que se encaminaba. --Yo soy msico--respondi el interpelado,--he nacido muy lejos de aqu, y en mi patria goc un da de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seduccin, y encend con l pasiones que me arrastraron un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimindome por donde mismo pude condenarme. Como las enigmticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad despertarse, instigado por sta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosigui de este modo: --Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que haba cometido; mas al intentar pedirle Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un da se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abr aquel libro, y en una de sus pginas encontr un gigante grito de contricin verdadera, un salmo de David, el que comienza _Miserere mei, Deus!_ Desde el instante en que hube ledo sus estrofas, mi nico pensamiento fu hallar una forma musical tan magnfica, tan sublime, que bastase contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. An no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazn, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un _Miserere_ tal y tan maravilloso, que no hayan odo otro semejante los nacidos; tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcngeles, dirn conmigo cubiertos los ojos de lgrimas y dirigindose al Seor: _misericordia!_ y el Seor la tendr de su pobre criatura. El romero, al llegar este punto de su narracin, call por un instante; y despus, exhalando un suspiro, torn coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abada, y dos tres pastores de la granja de los frailes, que formaban crculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio. --Despus--continu--de recorrer toda Alemania, toda Italia, y la mayor parte de este pas clsico para la msica religiosa, an no he odo un _Miserere_ en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he odo tantos, que puedo decir que los he odo todos. --Todos?--dijo entonces interrumpindole uno de los rabadanes.--A que no habis odo an el _Miserere de la Montaa_? --El _Miserere de la Montaa_!--exclam el msico con aire de extraeza.--Qu _Miserere_ es se? --No dije?--murmur el campesino; y luego prosigui con una entonacin misteriosa:--Ese _Miserere_, que slo oyen por casualidad los que como yo andan da y noche tras el ganado por entre breas y peascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer increble. Es el caso, que en lo ms fragoso de esas cordilleras de montaas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abada, hubo hace ya muchos aos, qu digo muchos aos! muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio que, lo que parece, edific sus expensas un seor con los bienes que haba de legar su hijo, al cual deshered al morir, en pena de sus maldades. Hasta aqu todo fu bueno; pero es el caso que este hijo, que por lo que se ver ms adelante, debi de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se haba transformado en iglesia, reuni unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdicin que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban comenzar haban comenzado el _Miserere_, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y ste quiero, aqul no, se dice que no dejaron fraile con vida. Despus de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se sabe, los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio escombros; de la iglesia an quedan en pie las ruinas sobre el cncavo pen, de donde nace la cascada, que despus de estrellarse de pea en pea, forma el riachuelo que viene baar los muros de esta abada. --Pero--interrumpi impaciente el msico,--y el _Miserere_? --Aguardaos--continu con gran sorna el rabadn, que todo ir por partes. Dicho lo cual, sigui as su historia: --Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres hijos y de hijos nietos se refiri con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene ms viva su memoria, es que todos los aos, tal noche como la en que se consum, se ven brillar luces travs de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de msica extraa y unos cantos lgubres y aterradores que se perciben intervalos en las rfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen an del purgatorio impetrar su misericordia cantando el _Miserere_. Los circunstantes se miraron unos otros con muestras de incredulidad; slo el romero, que pareca vivamente preocupado con la narracin de la historia, pregunt con ansiedad al que la haba referido: --Y decs que ese portento se repite an? --Dentro de tres horas comenzar sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abada. -- qu distancia se encuentra el monasterio? -- una legua y media escasa... pero, qu hacis? Adnde vais con una noche como esta? Estis dejado de la mano de Dios!--exclamaron todos al ver que el romero, levantndose de su escao y tomando el bordn, abandonaba el hogar para dirigirse la puerta. --Adnde voy? oir esa maravillosa msica, oir el grande, el verdadero _Miserere_, el _Miserere_ de los que vuelven al mundo despus de muertos, y saben lo que es morir en el pecado. Y esto diciendo, desapareci de la vista del espantado lego y de los no menos atnitos pastores. El viento zumbaba y haca crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caa en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relmpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubra. Pasado el primer momento de estupor, exclam el lego: --Est loco! --Est loco!--repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre, y se agruparon alrededor del hogar. II Despus de una dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abada, remontando la corriente del riachuelo que le indic el rabadn de la historia, lleg al punto en que se levantaban negras imponentes las ruinas del monasterio. La lluvia haba cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos girones se deslizaba veces un furtivo rayo de luz plida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, dirase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extrao vena herir la imaginacin. Al que haba dormido ms de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada un castillo solitario; al que haba arrostrado en su larga peregrinacin cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares. Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caan sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la pndola de un reloj; los gritos del buho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie an en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecan al pie del altar, entre las junturas de las lpidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraos y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al odo del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio. Transcurri tiempo y tiempo, y nada se percibi; aquellos mil confusos rumores seguan sonando y combinndose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos. --Si me habr engaado!--pens el msico; pero en aquel instante se oy un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora; ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone usar de su misteriosa vitalidad mecnica, y son una campanada... dos... tres... hasta once. En el derrudo templo no haba campana, ni reloj, ni torre ya siquiera. An no haba expirado, debilitndose de eco en eco, la ltima campanada; todava se escuchaba su vibracin temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mrmol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de trboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bvedas, la iglesia entera, comenz iluminarse espontneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio una lmpara que derramase aquella inslita claridad. Pareca como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfrico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa. Todo pareci animarse, pero con ese movimiento galvnico que imprime la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantneo, ms horrible an que la inercia del cadver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron las piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se vean antes esparcidos sin orden, se levant intacta como si acabase de dar en ella su ltimo golpe de cincel el artfice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas inmensas series de arcos que, cruzndose y enlazndose caprichosamente entre s, formaron con sus columnas un laberinto de prfido. Una vez reedificado el templo, comenz oirse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que pareca salir del seno de la tierra irse elevando poco poco, hacindose cada vez ms perceptible. El osado peregrino comenzaba tener miedo; pero con su miedo luchaba an su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por l dej la tumba sobre que reposaba, se inclin al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despendose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror. Mal envueltos en los girones de sus hbitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vi los esqueletos de los monjes que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrndose con los largos dedos de sus manos de hueso las grietas de las peas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresin de dolor, el primer versculo del salmo de David: _Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!_ Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en l fueron arrodillarse en el coro, donde con voz ms levantada y solemne prosiguieron entonando los versculos del salmo. La msica sonaba al comps de sus voces: aquella msica era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gema en la concavidad del monte; era el montono ruido de la cascada que caa sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del buho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la msica, y algo ms que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo ms que pareca como el eco de un rgano que acompaaba los versculos del gigante himno de contricin del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles. Sigui la ceremonia; el msico que la presenciaba, absorto y aterrado, crea estar fuera del mundo real, vivir en esa regin fantstica del sueo en que todas las cosas se revisten de formas extraas y fenomenales. Un sacudimiento terrible vino sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emocin fuertsima, sus dientes chocaron, agitndose con un temblor imposible de reprimir, y el fro penetr hasta la mdula de sus huesos. Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del _Miserere_: _In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea._ Al resonar este versculo y dilatarse sus ecos retumbando de bveda en bveda, se levant un alarido tremendo, que pareca un grito de dolor arrancado la humanidad entera por la conciencia de sus maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperacin, de todas las blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso, digno intrprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad. Prosigui el canto, ora tristsimo y profundo, ora semejante un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder un relmpago de terror otro relmpago de jbilo, hasta que merced una transformacin sbita, la iglesia resplandeci baada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brill en derredor de sus frentes; se rompi la cpula, y travs de ella se vi el cielo como un ocano de lumbre abierto la mirada de los justos. Los serafines, los arcngeles, los ngeles y las jerarquas acompaaban con un himno de gloria este versculo, que suba entonces al trono del Seor como una tromba armnica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso: _Auditui meo dabis gaudium et ltitiam: et exultabunt ossa humiliata._ En este punto la claridad deslumbradora ceg los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus odos, y cay sin conocimiento por tierra, y nada ms oy. III Al da siguiente, los pacficos monjes de la abada de Fitero, quienes el hermano lego haba dado cuenta de la extraa visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, plido y como fuera de s, al desconocido romero. --Osteis al cabo el _Miserere_?--le pregunt con cierta mezcla de irona el lego, lanzando hurtadillas una mirada de inteligencia sus superiores. --S--respondi el msico. --Y qu tal os ha parecido? --Lo voy escribir. Dadme un asilo en vuestra casa--prosigui dirigindose al abad;--un asilo y pan por algunos meses, y voy dejaros una obra inmortal del arte, un _Miserere_ que borre mis culpas los ojos de Dios, eternice mi memoria, y eternice con ella la de esta abada. Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese su demanda; el abad, por compasin, aun creyndole un loco, accedi al fin ella, y el msico, instalado ya en el monasterio, comenz su obra. Noche y da trabajaba con un afn incesante. En mitad de su tarea se paraba, y pareca como escuchar algo que sonaba en su imaginacin, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:--Eso es; as, as, no hay duda... as! Y prosegua escribiendo notas con una rapidez febril, que di en ms de una ocasin que admirar los que le observaban sin ser vistos. Escribi los primeros versculos, y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo; pero al llegar al ltimo que haba odo en la montaa, le fu imposible proseguir. Escribi uno, dos, cien, doscientos borradores: todo intil. Su msica no se pareca aquella msica ya anotada, y el sueo huy de sus prpados, y perdi el apetito, y la fiebre se apoder de su cabeza, y se volvi loco, y se muri, en fin, sin poder terminar el _Miserere_, que, como una cosa extraa, guardaron los frailes su muerte y an se conserva hoy en el archivo de la abada. * * * * * Cuando el viejecito concluy de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del _Miserere_, que an estaba abierto sobre una de las mesas. _In peccatis concepit me mater mea._ Estas eran las palabras de la pgina que tena ante mi vista, y que pareca mofarse de m con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la msica. Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo. Quin sabe si no sern una locura? [Ilustracin] [Ilustracin] LAS HOJAS SECAS El sol se haba puesto: las nubes, que cruzaban hechas girones sobre mi cabeza, iban amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento fro de las tardes de otoo arremolinaba las hojas secas mis pies. Yo estaba sentado al borde de un camino, por donde siempre vuelven menos de los que van. No s en qu pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba punto de lanzarse al espacio, como el pjaro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el vuelo. Hay momentos en que, merced una serie de abstracciones, el espritu se sustrae cuanto le rodea, y replegndose en s mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenmenos de la vida interna del hombre. Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos de la naturaleza, se relaciona con su modo de ser, y traduce su incomprensible lenguaje. Yo me hallaba en uno de estos ltimos momentos, cuando solo y en medio de la escueta llanura o hablar cerca de m. Eran dos hojas secas las que hablaban, y ste, poco ms menos, su extrao dilogo: --De dnde vienes, hermana? --Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube del polvo y de las hojas secas nuestras compaeras, lo largo de la interminable llanura. Y t? --Yo he seguido algn tiempo la corriente del ro, hasta que el vendaval me arranc de entre el lgamo y los juncos de la orilla. --Y adnde vas? --No lo s: lo sabe acaso el viento que me empuja? --Ay! Quin dira que habamos de acabar amarillas y secas arrastrndonos por la tierra, nosotras que vivimos vestidas de color y de luz mecindonos en el aire? --Te acuerdas de los hermosos das en que brotamos; de aquella apacible maana en que, roto el hinchado botn que nos serva de cuna, nos desplegamos al templado beso del sol como un abanico de esmeraldas? --Oh! Qu dulce era sentirse balanceada por la brisa aquella altura, bebiendo por todos los poros el aire y la luz! --Oh! Qu hermoso era ver correr el agua del ro que lama las retorcidas races del aoso tronco que nos sustentaba, aquel agua limpia y transparente que copiaba como un espejo el azul del cielo, de modo que creamos vivir suspendidas entre dos abismos azules! --Con qu placer nos asombamos por cima de las verdes frondas para vernos retratadas en la temblorosa corriente! --Cmo cantbamos juntas imitando el rumor de la brisa y siguiendo el ritmo de las ondas! --Los insectos brillantes revoloteaban desplegando sus alas de gasa nuestro alrededor. --Y las mariposas blancas y las liblulas azules, que giran por el aire en extraos crculos, se paraban un momento en nuestros dentellados bordes contarse los secretos de ese misterioso amor que dura un instante y les consume la vida. --Cada cual de nosotras era una nota en el concierto de los bosques. --Cada cual de nosotras era un tono en la armona de su color. --En las noches de luna, cuando su plateada luz resbalaba sobre la cima de los montes, te acuerdas cmo charlbamos en voz baja entre las difanas sombras? --Y referamos con un blando susurro las historias de los silfos que se columpian en los hilos de oro que cuelgan las araas entre los rboles. --Hasta que suspendamos nuestra montona charla para oir embebecidas las quejas del ruiseor, que haba escogido nuestro tronco por escabel. --Y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos que, aunque llenas de gozo al oirle, nos amaneca llorando. --Oh! Qu dulces eran aquellas lgrimas que nos prestaba el roco de la noche y que resplandecan con todos los colores del iris la primera luz de la aurora! --Despus vino la alegre banda de jilgueros llenar de vida y de ruidos el bosque con la alborozada y confusa algaraba de sus cantos. --Y una enamorada pareja colg junto nosotras su redondo nido de aristas y de plumas. --Nosotras servamos de abrigo los pequeuelos contra las molestas gotas de la lluvia en las tempestades de verano. --Nosotras les servamos de dosel y los defendamos de los importunos rayos del sol. --Nuestra vida pasaba como un sueo de oro, del que no sospechbamos que se podra despertar. --Una hermosa tarde en que todo pareca sonreir nuestro alrededor, en que el sol poniente encenda el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la tierra ligeramente hmeda se levantaban efluvios de vida y perfumes de flores, dos amantes se detuvieron la orilla del agua y al pie del tronco que nos sostena. --Nunca se borrar ese recuerdo de mi memoria! Ella era joven, casi una nia, hermosa y plida. l le deca con ternura:--Por qu lloras?--Perdona este involuntario sentimiento de egosmo--le respondi ella enjugndose una lgrima;--lloro por m. Lloro la vida que me huye: cuando el cielo se corona de rayos de luz, y la tierra se viste de verdura y de flores, y el viento trae perfumes y cantos de pjaros y armonas distantes, y se ama y se siente una amada, la vida es buena!--Y por qu no has de vivir?--insisti l estrechndole las manos conmovido.--Porque es imposible. Cuando caigan secas esas hojas que murmuran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo morir tambin, y el viento llevar algn da su polvo y el mo quin sabe adnde? --Yo lo o y t lo oiste, y nos estremecimos y callamos. Debamos secarnos! Debamos morir y girar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas y llenas de terror permanecamos an cuando lleg la noche. Oh! Qu noche tan horrible! --Por la primera vez falt su cita el enamorado ruiseor que la encantaba con sus quejas. -- poco volaron los pjaros, y con ellos sus pequeuelos ya vestidos de plumas; y qued el nido solo, columpindose lentamente, y triste como la cuna vaca de un nio muerto. --Y huyeron las mariposas blancas y las liblulas azules, dejando su lugar los insectos oscuros que venan roer nuestras fibras y depositar en nuestro seno sus asquerosas larvas. --Oh! Y cmo nos estremecamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche! --Perdimos el color y la frescura. --Perdimos la suavidad y la forma, y lo que antes al tocarnos era como rumor de besos, como murmullo de palabras de enamorados, luego se convirti en spero ruido, seco, desagradable y triste. --Y al fin volamos desprendidas! --Hollada bajo el pie del indiferente pasajero, sin cesar arrastrada de un punto otro entre el polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando poda reposar un instante en el profundo surco de un camino. --Yo he dado vueltas sin cesar, arrastrada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinacin vi, solo, enlutado y sombro, contemplando con una mirada distrada las aguas que pasaban y las hojas secas que marcaban su movimiento, uno de los dos amantes cuyas palabras nos hicieron presentir la muerte. --Ella tambin se desprendi de la vida y acaso dormir en una fosa reciente, sobre la que yo me detuve un momento! --Ay! Ella duerme y reposa al fin; pero nosotras, cundo acabaremos este largo viaje?... --Nunca!... Ya el viento que nos dej reposar un punto vuelve soplar, y ya me siento estremecida para levantarme de la tierra y seguir con l. Adis, hermana! --Adis! * * * * * Silb el aire que haba permanecido un momento callado, y las hojas se levantaron en confuso remolino, perdindose lo lejos entre las tinieblas de la noche. Y yo pens entonces algo que no puedo recordar, y que, aunque lo recordase, no encontrara palabras para decirlo. [Ilustracin] [Ilustracin] LA VENTA DE LOS GATOS En Sevilla y en mitad del camino que se dirige al convento de San Jernimo desde la puerta de la Macarena, hay, entre otros ventorrillos clebres, uno que, por el lugar en que est colocado y las circunstancias especiales que en l concurren, puede decirse que era, si ya no lo es, el ms _neto_ y caracterstico de todos los ventorrillos andaluces. Figuraos una casita blanca como el ampo de la nieve, con su cubierta de tejas rojizas las unas, verdinegras las otras, entre las cuales crecen un sin fin de jaramagos y matas de reseda. Un cobertizo de madera baa en sombra el dintel de la puerta, cuyos lados hay dos poyos de ladrillos y argamasa. Empotradas en el muro, que rompen varios ventanillos abiertos capricho para dar luz al interior, y de los cuales unos son ms bajos y otros ms altos, ste en forma cuadrangular, aqul imitando un ajimez una claraboya, se ven de trecho en trecho algunas estacas y anillas de hierro, que sirven para atar las caballeras. Una parra aossima que retuerce sus negruzcos troncos por entre la armazn de maderas que la sostienen, vistindolos de pmpanos y hojas verdes y anchas, cubre como un dosel el estrado, el cual lo componen tres bancos de pino, media docena de sillas de anea desvencijadas, y hasta seis siete mesas cojas y hechas de tablas mal unidas. Por uno de los costados de la casa sube una madreselva, agarrndose las grietas de las paredes, hasta llegar al tejado, de cuyo alero penden algunas guas que se mecen con el aire, semejando flotantes pabellones de verdura. Al pie del otro corre una cerca de caizo, sealando los lmites de un pequeo jardn que parece una canastilla de juncos rebosando flores. Las copas de dos corpulentos rboles que se levantan espaldas del ventorrillo, forman el fondo oscuro, sobre el cual se destacan sus blancas chimeneas, completando la decoracin los vallados de las huertas llenos de pitas y zarzamoras, los retamares que crecen la orilla del agua, y el Guadalquivir, que se aleja arrastrando con lentitud su torcida corriente por entre aquellas agrestes mrgenes, hasta llegar al pie del antiguo convento de San Jernimo, el cual se asoma por cima de los espesos olivares que lo rodean, y dibuja por oscuro la negra silueta de sus torres sobre un cielo azul transparente. Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras, de hombres, mujeres, chiquillos y animales, formando grupos cual ms pintoresco y caracterstico: aqu el ventero, rechoncho y coloradote, sentado al sol en una silleta baja, deshaciendo entre las manos el tabaco para liar un cigarrillo y con el papel en la boca; all un regatn de la Macarena, que canta entornando los ojos y acompandose con una guitarrilla, mientras otros le llevan el comps con las palmas, golpeando las mesas con los vasos; ms all una turba de muchachas, con su pauelo de espumilla de mil colores, y toda una maceta de claveles en el pelo, que tocan la pandereta, y chillan, y ren, y hablan voces en tanto que impulsan como locas el columpio colgado entre dos rboles; y los mozos del ventorrillo que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas; y las bandas de gentes del pueblo que hormiguean en el camino; dos borrachos que disputan con un majo que requiebra al pasar una buena moza; un gallo que cacarea esponjndose orgulloso sobre las bardas del corral; un perro que ladra los chiquillos que le hostigan con palos y piedras; el aceite que hierve y salta en la sartn donde fren el pescado; el chasquear de los ltigos de los caleseros que llegan levantando una nube de polvo; ruido de cantares, de castauelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras, y golpes en las mesas y palmadas, y estallidos de jarros que se rompen, y mil y mil rumores extraos y discordes que forman una alegre algaraba imposible de describir. Figuraos todo esto en una tarde templada y serena, en la tarde de uno de los das ms hermosos de Andaluca, donde tan hermosos son siempre, y tendris una idea del espectculo que se ofreci mis ojos la primera vez que, guiado por su fama, fu visitar aquel clebre ventorrillo. De esto hace ya muchos aos: diez doce lo menos. Yo estaba all como fuera de mi centro natural: comenzando por mi traje, y acabando por la asombrada expresin de mi rostro, todo en mi persona disonaba en aquel cuadro de franca y bulliciosa alegra. Parecime que las gentes, al pasar, volvan la cara mirarme con el desagrado que se mira un importuno. No queriendo llamar la atencin ni que mi presencia se hiciese objeto de burlas ms menos embozadas, me sent un lado de la puerta del ventorrillo, ped algo de beber, que no beb, y, cuando todos se olvidaron de mi extraa aparicin, saqu un papel de la cartera de dibujo, que llevaba conmigo, afil un lpiz, y comenc buscar con la vista un tipo caracterstico para copiarlo y conservarlo como un recuerdo de aquella escena y de aquel da. Desde luego mis ojos se fijaron en una de las muchachas que formaban alegre corro alrededor del columpio. Era alta, delgada, levemente morena, con unos ojos adormidos, grandes y negros, y un pelo ms negro que los ojos. Mientras yo haca el dibujo, un grupo de hombres, entre los cuales haba uno que rasgueaba la guitarra con mucho aire, entonaban coro cantares alusivos las prendas personales, los secretillos de amor, las inclinaciones las historias de celos y desdenes de las muchachas que se entretenan alrededor del columpio, cantares los que su vez respondan stas con otros no menos graciosos, picantes y ligeros. La muchacha morena, esbelta y decidora que haba escogido por modelo, llevaba la voz entre las mujeres, y compona las coplas y las deca, acompaada del ruido de las palmas y las risas de sus compaeras, mientras el tocador pareca ser el jefe de los mozos y el que entre todos ellos despuntaba por su gracia y su desenfadado ingenio. Por mi parte, no necesit mucho tiempo para conocer que entre ambos exista algn sentimiento de afeccin que se revelaba en sus cantares, llenos de alusiones transparentes y frases enamoradas. Cuando termin mi obra, comenzaba hacerse de noche. Ya en la torre de la catedral se haban encendido los dos faroles del retablo de las campanas, y sus luces parecan los ojos de fuego de aquel gigante de argamasa y ladrillo que domina toda la ciudad. Los grupos se iban disolviendo poco poco y perdindose lo largo del camino entre la bruma del crepsculo, plateada por la luna, que empezaba dibujarse sobre el fondo violado y oscuro del cielo. Las muchachas se alejaban juntas y cantando, y sus voces argentinas se debilitaban gradualmente hasta confundirse con los otros rumores indistintos y lejanos que temblaban en el aire. Todo acababa la vez: el da, el bullicio, la animacin y la fiesta; y de todo no quedaba sino un eco en el odo y en el alma, como una vibracin suavsima, como un dulce sopor parecido al que se experimenta al despertar de un sueo agradable. Luego que hubieron desaparecido las ltimas personas, dobl mi dibujo, lo guard en la cartera, llam con una palmada al mozo, pagu el pequeo gasto que haba hecho, y ya me dispona alejarme, cuando sent que me detenan suavemente por el brazo. Era el muchacho de la guitarra que ya not antes, y que mientras dibujaba me miraba mucho y con cierto aire de curiosidad. Yo no haba reparado que, despus de concluda la broma, se acerc disimuladamente hasta el sitio en que me encontraba, con objeto de ver qu haca yo mirando con tanta insistencia la mujer por quien l pareca interesarse. --Seorito--me dijo con un acento que l procur suavizar todo lo posible:--voy pedirle usted un favor. --Un favor!--exclam yo, sin comprender cules podran ser sus pretensiones.--Diga usted, que si est en mi mano, es cosa hecha. --Me quiere usted dar esa pintura que ha hecho? Al oir sus ltimas palabras, no pude menos de quedarme un rato perplejo; extraaba por una parte la peticin, que no dejaba de ser bastante rara, y por otra el tono, que no poda decirse punto fijo si era de amenaza de splica. l hubo de comprender mi duda, y se apresur en el momento aadir: --Se lo pido usted por la salud de su madre, por la mujer que ms quiera en este mundo, si quiere alguna; pdame usted en cambio todo lo que yo pueda hacer en mi pobreza. No supe qu contestar para eludir el compromiso. Casi casi hubiera preferido que viniese en son de quimera, trueque de conservar el bosquejo de aquella mujer, que tanto me haba impresionado; pero sea sorpresa del momento, sea que yo nada s decir que no, ello es que abr mi cartera, saqu el papel y se lo alargu sin decir una palabra. Referir las frases de agradecimiento del muchacho, sus exclamaciones al mirar nuevamente el dibujo la luz del reverbero de la venta, el cuidado con que lo dobl para guardrselo en la faja, los ofrecimientos que me hizo y las alabanzas hiperblicas con que ponder la suerte de haber encontrado lo que l llamaba un seorito _templao y neto_, sera tarea dificilsima, por no decir imposible. Slo dir que como entre unas y otras se haba hecho completamente de noche, que quise que no, se empe en acompaarme hasta la puerta de la Macarena; y tanto di en ello, que por fin me determin que emprendisemos el camino juntos. El camino es bien corto, pero mientras dur encontr forma de contarme de pe pa toda la historia de sus amores. La venta donde se haba celebrado la funcin era de su padre, quien le tena prometido, para cuando se casase, una huerta que lindaba con la casa y que tambin le perteneca. En cuanto la muchacha, objeto de su cario, que me describi con los ms vivos colores y las frases ms pintorescas, me dijo que se llamaba Amparo, que se haba criado en su casa desde muy pequeita, y se ignoraba quines fuesen sus padres. Todo esto y cien otros detalles de ms escaso inters me refiri durante el camino. Cuando llegamos las puertas de la ciudad, me di un fuerte apretn de manos, torn ofrecrseme, y se march entonando un cantar cuyos ecos se dilataban lo lejos en el silencio de la noche. Yo permanec un rato vindolo ir. Su felicidad pareca contagiosa, y me senta alegre, con una alegra extraa y sin nombre, con una alegra, por decirlo as, de reflejo. l sigui cantando ms no poder; uno de sus cantares deca as: _Compaerillo del alma,_ _mira qu bonita era:_ _se pareca la Virgen_ _de Consolacin de Utrera._ Cuando su voz comenzaba perderse, o en las rfagas de la brisa otra delgada y vibrante que sonaba ms lejos an. Era ella, ella que lo aguardaba impaciente... * * * * * Pocos das despus abandon Sevilla, y pasaron muchos aos sin que volviese ella, y olvid muchas cosas que all me haban sucedido; pero el recuerdo de tanta y tan ignorada y tranquila felicidad, no se me borr nunca de la memoria. II Como he dicho, transcurrieron muchos aos despus que abandon Sevilla, sin que olvidase del todo aquella tarde, cuyo recuerdo pasaba algunas veces por mi imaginacin como una brisa bienhechora que refresca el ardor de la frente. Cuando el azar me condujo de nuevo la gran ciudad que con tanta razn es llamada _reina de Andaluca_, una de las cosas que ms llamaron mi atencin, fu el notable cambio verificado durante mi ausencia. Edificios, manzanas de casas y barrios enteros haban surgido al contacto mgico de la industria y el capital: por todas partes fbricas, jardines, posesiones de recreo, frondosas alamedas; pero, por desgracia, muchas venerables antiguallas haban desaparecido. Visit nuevamente muchos soberbios edificios, llenos de recuerdos histricos y artsticos; torn vagar y perderme entre las mil y mil revueltas del curioso barrio de Santa Cruz; extra en el curso de mis paseos muchas cosas nuevas que se han levantado no s cmo; ech de menos muchas cosas viejas que han desaparecido no s por qu, y por ltimo me dirig la orilla del ro. La orilla del ro ha sido siempre en Sevilla el lugar predilecto de mis excursiones. Despus que hube admirado el magnfico panorama que ofrece en el punto por donde une sus opuestas mrgenes el puente de hierro; despus que hube recorrido, con la mirada absorta, los mil detalles, palacios y blancos caseros; despus que pas revista los innumerables buques surtos en sus aguas, que desplegaban al aire los ligeros gallardetes de mil colores, y o el confuso hervidero del muelle, donde todo respira actividad y movimiento, remontando con la imaginacin la corriente del ro, me traslad hasta San Jernimo. Me acordaba de aquel paisaje tranquilo, reposado y luminoso en que la rica vegetacin de Andaluca despliega sin alio sus galas naturales. Como si hubiera ido en un bote corriente arriba, vi desfilar otra vez, con ayuda de la memoria, por un lado la Cartuja con sus arboledas y sus altas y delgadas torres; por otro el barrio de los Humeros, los antiguos murallones de la ciudad, mitad rabes, mitad romanos, las huertas con sus vallados cubiertos de zarzas, y las norias que sombrean algunos rboles aislados y corpulentos, y por ltimo, San Jernimo... Al llegar aqu con la imaginacin, se me representaron con ms viveza que nunca los recuerdos que an conservaba de la famosa venta, y me figur que asista de nuevo aquellas fiestas populares, y oa cantar las muchachas, mecindose en el columpio, y vea los corrillos de gentes del pueblo vagar por los prados, merendar unos, disputar los otros, reir stos, bailar aqullos, y todos agitarse, rebosando juventud, animacin alegra. All estaba ella, rodeada de sus hijos, lejos ya del grupo de las mozuelas, que rean y cantaban, y all estaba l, tranquilo y satisfecho de su felicidad, mirando con ternura, reunidas su alrededor y felices, todas las personas que ms amaba en el mundo: su mujer, sus hijos, su padre, que estaba entonces como haca diez aos, sentado la puerta de su venta, liando impasible su cigarro de papel, sin ms variacin que tener blanca como la nieve la cabeza, que era gris. Un amigo que me acompaaba en el paseo, notando la especie de xtasis en que estuve abstrado con esas ideas durante algunos minutos, me sacudi al fin del brazo, preguntndome: --En qu piensas? --Pensaba--le contest--en la _Venta de los Gatos_, y revolva aqu, dentro de la imaginacin, todos los agradables recuerdos que guardo de una tarde que estuve en San Jernimo... En este instante conclua una historia que dej empezada all, y la conclua tan mi gusto, que creo no puede tener otro final que el que yo le he hecho. Y propsito de la _Venta de los Gatos_--prosegu, dirigindome mi amigo,--cundo nos vamos all una tarde merendar y tener un rato de jarana? --Un rato de jarana!--exclam mi interlocutor, con una expresin de asombro que yo no acertaba explicarme entonces;--un rato de jarana! Pues digo que el sitio es aparente para el caso. --Y por qu no?--le repliqu admirndome mi vez de sus admiraciones. --La razn es muy sencilla--me dijo por ltimo;--porque cien pasos de la venta han hecho el nuevo cementerio. Entonces fu yo el que lo mir con ojos asombrados, y permanec algunos instantes en silencio antes de aadir una sola palabra. Volvimos la ciudad, y pas aquel da, y pasaron algunos otros ms, sin que yo pudiese desechar del todo la impresin que me haba causado una noticia tan inesperada. Por ms vueltas que le daba, mi historia de la muchacha morena no tena ya fin, pues el inventado no poda concebirlo, antojndoseme inverosmil un cuadro de felicidad y alegra con un cementerio por fondo. Una tarde, resuelto salir de dudas, pretext una ligera indisposicin para no acompaar mi amigo en nuestros acostumbrados paseos, y emprend solo el camino de la venta. Cuando dej mis espaldas la Macarena y su pintoresco arrabal, y comenc cruzar por un estrecho sendero aquel laberinto de huertas, ya me pareca advertir algo extrao en cuanto me rodeaba. Bien fuese que la tarde estaba un poco encapotada, bien que la disposicin de mi nimo me inclinaba las ideas melanclicas, lo cierto es que sent fro y tristeza, y not un silencio que me recordaba la completa soledad, como el sueo recuerda la muerte. Anduve un rato sin detenerme, acab de cruzar las huertas para abreviar la distancia, y entr en el camino de San Lzaro, desde donde ya se divisa en lontananza el convento de San Jernimo. Tal vez ser una ilusin; pero m me parece que por el camino que pasan los muertos, hasta los rboles y las hierbas toman al cabo un color diferente. Por lo menos all se me antoj que faltaban tonos calurosos y armnicos, frescura en la arboleda, ambiente en el espacio y luz en el terreno. El paisaje era montono, las figuras negras y aisladas. Por aqu un carro que marchaba pausadamente cubierto de luto, sin levantar polvo, sin chasquido de ltigo, sin algazara, sin movimiento casi; ms all un hombre de mala catadura con un azadn en el hombro, un sacerdote con su hbito talar y oscuro, un grupo de ancianos mal vestidos de aspecto repugnante, con cirios apagados en las manos, que volvan silenciosos, con la cabeza baja y los ojos fijos en la tierra. Yo me crea transportado no s adnde; pues todo lo que vea me recordaba un paisaje cuyos contornos eran los mismos de siempre, pero cuyos colores se haban borrado, por decirlo as, no quedando de ellos sino una media tinta dudosa. La impresin que experimentaba, slo puede compararse la que sentimos en esos sueos en que por un fenmeno inexplicable, las cosas son y no son la vez, y los sitios en que creemos hallarnos se transforman en parte de una manera estrambtica imposible. Por ltimo, llegu al ventorrillo: lo record, ms por el rtulo, que an conservaba escrito con grandes letras en una de sus paredes, que por nada; pues en cuanto al casero, se me figur que hasta haba cambiado de forma y proporciones. Desde luego puedo asegurar que estaba mucho ms ruinoso, abandonado y triste. La sombra del cementerio, que se alzaba en el fondo, pareca extenderse hacia l, envolvindolo en una oscura proyeccin como en un sudario. El ventero estaba solo, completamente solo. Conoc que era el mismo de haca diez aos; y lo conoc no s por qu, pues en este tiempo haba envejecido hasta el punto de aparentar un viejo decrpito y moribundo, mientras que cuando lo vi no representaba apenas cincuenta aos, y rebosaba salud, satisfaccin y vida. Sentme en una de las desiertas mesas; ped algo de beber, que me sirvi el ventero, y de una en otra palabra suelta vinimos al cabo entrar en una conversacin tirada acerca de la historia de amores, cuyo ltimo captulo ignoraba todava, pesar de haber intentado adivinarlo varias veces. --Todo--me dijo el pobre viejo,--todo parece que se ha conjurado contra nosotros desde la poca que usted me recuerda. Ya lo sabe usted: Amparo era la nia de nuestros ojos, se haba criado aqu desde que naci, casi era la alegra de la casa; nunca pudo echar de menos el suyo, porque yo la quera como un padre; mi hijo se acostumbr tambin quererla desde nio, primero como un hermano, despus con un cario ms grande todava. Ya estaba en vsperas de casarse; yo les haba ofrecido lo mejor de mi poca hacienda, pues con el producto de mi trfico me pareca tener ms que suficiente para vivir con desahogo, cuando no s qu diablo malo tuvo envidia de nuestra felicidad, y la deshizo en un momento. Primero comenz susurrarse que iban colocar un cementerio por esta parte de San Jernimo: unos decan que ms ac, otros que ms all; y mientras todos estbamos inquietos y temerosos, temblando de que se realizase este proyecto, una desgracia mayor y ms cierta cay sobre nosotros. Un da llegaron aqu en un carruaje dos seores. Me hicieron mil y mil preguntas acerca de Amparo, la cual saqu yo cuando pequea de la casa de expsitos; me pidieron los envoltorios con que la abandonaron y que yo conservaba, resultando al fin que Amparo era hija de un seor muy rico, el cual trabaj con la justicia para arrancrnosla, y trabaj tanto, que logr conseguirlo. No quiero recordar siquiera el da que se la llevaron. Ella lloraba como una Magdalena, mi hijo quera hacer una locura, yo estaba como atontado sin comprender lo que me suceda. Se fu! Es decir, no se fu, porque nos quera mucho para irse; pero se la llevaron, y una maldicin cay sobre esta casa. Mi hijo, despus de un arrebato de desesperacin espantosa, cay como en un letargo; yo no s decir qu me pas; cre que se me haba acabado el mundo. Mientras esto suceda, comenzse levantar el cementerio; la gente huy de estos contornos, se acabaron las fiestas, los cantares y la msica, y se acab toda la alegra de estos campos, como se haba acabado toda la de nuestras almas. Y Amparo no era ms feliz que nosotros: criada aqu al aire libre, entre el bullicio y la animacin de la venta, educada para ser dichosa en la pobreza, la sacaron de esta vida, y se sec como se secan las flores arrancadas de un huerto para llevarlas un estrado. Mi hijo hizo esfuerzos increbles por verla otra vez, por hablarle un momento. Todo fu intil: su familia no quera. Al cabo la vi, pero la vi muerta. Por aqu pas su entierro. Yo no saba nada, y no s por qu me ech llorar cuando vi el atad. El corazn, que es muy leal, me deca voces: --Esa es joven como Amparo; como ella sera tambin hermosa; quin sabe si ser la misma? Y era: mi hijo sigui el entierro, entr en el patio, y al abrirse la caja, di un grito, cay sin sentido en tierra, y as me lo trajeron. Despus se volvi loco, y loco est. Cuando el pobre viejo llegaba este punto de su narracin, entraron en la venta dos enterradores de siniestra figura y aspecto repugnante. Acabada su tarea, venan echar un trago _ la salud de los muertos_, como dijo uno de ellos, acompaando el chiste con una estpida sonrisa. El ventero se enjug una lgrima con el dorso de la mano, y fu servirles. La noche comenzaba cerrar, oscura y tristsima. El cielo estaba negro y el campo lo mismo. De los brazos de los rboles penda an, medio podrida, la soga del columpio agitada por el aire; me pareci la cuerda de una horca oscilando todava despus de haber descolgado un reo. Slo llegaban mis odos algunos rumores confusos: el ladrido lejano de los perros de las huertas, el chirrido de una noria, largo, quejumbroso y agudo como un lamento, las palabras sueltas y horribles de los sepultureros que concertaban en voz baja un robo sacrlego... No s; en mi memoria no ha quedado, lo mismo de esta escena fantstica de desolacin, que de la otra escena de alegra, ms que un recuerdo confuso, imposible de reproducir. Lo que me parece escuchar tal como lo escuch entonces, es este cantar que enton una voz plaidera, turbando de repente el silencio de aquellos lugares: _En el carro de los muertos_ _ha pasado por aqu,_ _llevaba una mano fuera,_ _por ella la conoc._ Era el pobre muchacho, que estaba encerrado en una de las habitaciones de la venta, donde pasaba los das contemplando inmvil el retrato de su amante sin pronunciar una palabra, sin comer apenas, sin llorar, sin que se abriesen sus labios ms que para cantar esa copla tan sencilla y tan tierna, que encierra un poema de dolor que yo aprend descifrar entonces. [Ilustracin] DESDE MI CELDA CARTAS LITERARIAS [Ilustracin] CARTA PRIMERA Monasterio de Veruela, 1864. Queridos amigos: Heme aqu transportado de la noche la maana mi escondido valle de Veruela; heme aqu instalado de nuevo en el oscuro rincn del cual sal por un momento para tener el gusto de estrecharos la mano una vez ms, fumar un cigarro juntos, charlar un poco y recordar las agradables, aunque inquietas horas de mi antigua vida. Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente hoy, que todos los grandes centros de poblacin se parecen, apenas se percibe el aislamiento en que nos encontramos, antojndosenos, al ver la identidad de los edificios, los trajes y las costumbres, que al volver la primera esquina vamos hallar la casa que concurramos, las personas que estimbamos, las gentes quienes tenamos costumbre de ver y hallar de continuo. En el fondo de este valle, cuya melanclica belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge la vez, dirase, por el contrario, que los montes que lo cierran como un valladar inaccesible, me separan por completo del mundo. Tan notable es el contraste de cuanto se ofrece mis ojos; tan vagos y perdidos quedan al confundirse entre la multitud de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos de las cosas ms recientes! Ayer, con vosotros en la tribuna del Congreso, en la redaccin, en el teatro Real, en _La Iberia_; hoy sonndome an en el odo la ltima frase de una discusin ardiente, la ltima palabra de un artculo de fondo, el postrer acorde de un andante, el confuso rumor de cien conversaciones distintas, sentado la lumbre de un campestre hogar donde arde un tronco de carrasca que salta y cruje antes de consumirse, saboreo en silencio mi taza de caf, nico exceso que en estas soledades me permito, sin que turbe la honda calma que me rodea otro ruido que el del viento que gime lo largo de las desiertas ruinas y el agua que lame los altos muros del monasterio corre subterrnea atravesando sus claustros sombros y medrosos. Una muchacha con su zagalejo corto y naranjado, su corpio oscuro, su camisa blanca y cerrada, sobre la que brillan dos gruesos hilos de cuentas rojas, sus medias azules y sus abarcas atadas con un listn negro, que sube cruzndose caprichosamente hasta la mitad de la pierna, va y viene cantando media voz por la cocina, atiza la lumbre del hogar, tapa y destapa los pucheros donde se condimenta la futura cena, y dispone el agua hirviente, negra y amarga que me mira beber con asombro. estas alturas y mientras dura el fro, la cocina es el estrado, el gabinete y el estudio. Cuando sopla el cierzo, cae la nieve azota la lluvia los vidrios del balcn de mi celda, corro buscar la claridad rojiza y alegre de la llama, y all, teniendo mis pies al perro, que se enrosca junto la lumbre, viendo brillar en el oscuro fondo de la cocina las mil chispas de oro con que se abrillantan las cacerolas y los trastos de la espetera, al reflejo del fuego, cuntas veces he interrumpido la lectura de una escena de _La Tempestad_, de Shakespeare, del _Can_, de Byron, para oir el ruido del agua que hierve borbotones, coronndose de espuma, y levantando con sus penachos de vapor azul y ligero la tapadera de metal que golpea los bordes de la vasija! Un mes hace que falto de aqu, y todo se encuentra lo mismo que antes de marcharme. El temeroso respeto de estos criados hacia todo lo que me pertenece, no puede menos de traerme la imaginacin las irreverentes limpiezas, los temibles y frecuentes arreglos de cuarto de mis patronas de Madrid. Sobre aquella tabla, cubiertos de polvo, pero con las mismas seales y colocados en el orden que yo los tena, estn an mis libros y mis papeles. Ms all cuelga de un clavo la cartera de dibujo; en un rincn veo la escopeta, compaera inseparable de mis filosficas excursiones, con la cual he andado mucho, he pensado bastante y no he matado casi nada. Despus de apurar mi taza de caf, y mientras miro danzar las llamas violadas, rojas y amarillas travs del humo del cigarro que se extiende ante mis ojos como una gasa azul, he pensado un poco sobre qu escribira ustedes para _El Contemporneo_, ya que me he comprometido contribuir con una gota de agua, fin de llenar ese ocano sin fondo, ese abismo de cuartillas que se llama peridico, especie de tonel, que como al de las Danaidas, siempre se le est echando original y siempre est vaco. Las nicas ideas que me han quedado como flotando en la memoria, y sueltas de la masa general que ha oscurecido y embotado el cansancio del viaje, se refieren los detalles de ste que carecen en s de inters, que en otras mil ocasiones he podido estudiar, pero que nunca, como ahora, se han ofrecido mi imaginacin en conjunto, y contrastando entre s de un modo tan extraordinario y patente. Los diversos medios de locomocin de que he tenido que servirme para llegar hasta aqu, me han recordado pocas y escenas tan distintas, que algunos ligeros rasgos de lo que de ellas recuerdo, trazados por pluma ms avezada que la ma esta clase de estudios, bastaran bosquejar un curioso cuadro de costumbres. Como por todo equipaje no llevaba ms que un pequeo saco de noche, despus de haberme despedido de ustedes llegu la estacin del ferrocarril punto de montar en el tren. Previo un ligero saludo de cabeza dirigido las pocas personas que de antemano se encontraban en el coche, y que haban de ser mis compaeras de viaje, me acomod en un rincn esperando el momento de partir, que no deba de tardar mucho, juzgar por la precipitacin de los rezagados, el ir y venir de los guardas de la va y el incesante golpear de las portezuelas. La locomotora arrojaba ardientes y ruidosos resoplidos, como un caballo de raza impaciente hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo detiene en el hipdromo. De cuando en cuando una pequea oscilacin haca crujir las coyunturas de acero del monstruo; por ltimo son la campana, el coche hizo un brusco movimiento de adelante atrs y de atrs adelante, y aquella especie de culebra negra y monstruosa parti arrastrndose por el suelo lo largo de los rails y arrojando silbidos estridentes que resonaban de una manera particular en el silencio de la noche. La primera sensacin que se experimenta al arrancar un tren, es siempre insoportable. Aquel confuso rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios estremecidos, aquel fragor de ferretera ambulante, igual, aunque en grado mximo, al que produce un simn desvencijado al rodar por una calle mal empedrada, crispa los nervios, marea y aturde. Verdad que en ese mismo aturdimiento hay algo de la embriaguez de la carrera, algo de lo vertiginoso que tiene todo lo grande; pero como quiera que, aunque mezclado con algo que place, hay mucho que incomoda, tambin es cierto que hasta que pasan algunos minutos y la continuacin de las impresiones embota la sensibilidad, no se puede decir que se pertenece uno s mismo por completo. Apenas hubimos andado algunos kilmetros, y cuando pude enterarme de lo que haba mi alrededor, empec pasar revista mis compaeros de coche; ellos, por su parte, creo que hacan algo por el estilo, pues con ms menos disimulo todos comenzamos mirarnos unos otros de los pies la cabeza. Como dije antes, en el coche nos encontrbamos muy pocas personas. En el asiento que haca frente al en que yo me haba colocado, y sentada de modo que los pliegues de su amplia y elegante falda de seda me cubran casi los pies, iba una joven como de diecisis diecisiete aos, la cual, juzgar por la distincin de su fisonoma y ese no s qu aristocrtico que se siente y no puede explicarse, deba de pertenecer una clase elevada. Acompabala un aya, pues tal me pareci una seora muy atildada y fruncida que ocupaba el asiento inmediato, y que de cuando en cuando le diriga la palabra en francs para preguntarle cmo se senta, qu necesitaba, advertirle de qu manera estara ms cmoda. La edad de aquella seora y el inters que se tomaba por la joven, pudieran hacer creer que era su madre; pero, pesar de todo, yo notaba en su solicitud algo de afectado y mercenario, que fu el dato que desde luego tuve en cuenta para clasificarla. Haciendo _vis--vis_ con el aya francesa, y medio enterrado entre los almohadones de un rincn, como viajero avezado las noches de ferrocarril, estaba un ingls alto y rubio como casi todos los ingleses, pero ms que ninguno grave, afeitado y limpio. Nada ms acabado y completo que su traje de _touriste_; nada ms curioso que sus mil cachivaches de viaje, todos blancos y relucientes; aqu la manta escocesa, sujeta con sus hebillas de acero; all el paraguas y el bastn con su funda de vaqueta; terciada al hombro la cmoda y elegante bolsa de piel de Rusia. Cuando volv los ojos para mirarle, el ingls, desde todo lo alto de su deslumbradora corbata blanca, paseaba una mirada olmpica sobre nosotros, y luego que su pupila verde, dilatada y redonda, se hubo empapado bien en los objetos, entorn nuevamente los prpados, de modo que, heridas por la luz que caa de lo alto, sus pestaas largas y rubias se me antojaban veces dos hilos de oro que sujetaban por el cabo una remolacha, pues no otra cosa podra compararse su nariz. Formando contraste con este seco y estirado _gentleman_, que una vez entornados los ojos y bien acomodado en su rincn, permaneca inmvil como una esfinge de granito, en el extremo opuesto del coche, y ya ponindose de pie, ya agachndose para colocar una enorme sombrerera debajo del asiento, recostndose alternativamente de un lado y de otro, como el que siente un dolor agudo y de ningn modo se encuentra bien, bulla sin cesar un seor de unos cuarenta aos, saludable, mofletudo y rechoncho, el cual seor, lo que pude colegir por sus palabras, viva en un pueblo de los inmediatos Zaragoza, de donde nunca haba salido sino la capital de su provincia, hasta que con ocasin de ciertos negocios propios del Ayuntamiento de que formaba parte, haba estado ltimamente en la corte como cosa de un mes. Todo esto, y mucho ms, se lo dijo l solo sin que nadie se lo preguntara, porque el bueno del hombre era de lo ms expansivo con que he topado en mi vida, mostrando tal afn por enredar conversacin sobre cualquier cosa, que no perdonaba coyuntura. Primero suplic al ingls le hiciese el favor de colocar un cestito con dos botellas en la bolsa del coche que tena ms prxima; el ingls entreabri los ojos, alarg una mano, y lo hizo sin contestar una sola palabra las expresivas frases con que le agradeciera el obsequio. De seguida se dirigi la joven para preguntarle si la seora que la acompaaba era su mam. La joven le contest que no con una desdeosa sobriedad de palabras. Despus se encar conmigo, deseando saber si seguira hasta Pamplona: satisfice esta pregunta, y l, tomando pie de mi contestacin, dijo que se quedaba en Tudela; y propsito de esto, habl de mil cosas diferentes y todas cual de menos importancia, sobre todo para los que le escuchbamos. Cansado de su desesperante monlogo agotados los recursos de su imaginacin, nuestro buen hombre, que por lo visto se fastidiaba ms no poder dentro de aquella atmsfera glacial y afectada, tan de buen tono entre personas que no se conocen, comenz poco, sin duda para distraer su aburrimiento, una serie de maniobras cual ms inconvenientes y originales. Primero cant un rato media voz alguna de las habaneras que habra odo en Madrid la criada de la casa de pupilos; despus comenz atravesar el coche de un extremo otro, dando aqu al ingls con el codo pisando all el extremo del traje de las seoras para asomarse las ventanillas de ambos lados; por ltimo, y esta fu la broma ms pesada, di en la flor de bajar los cristales en cada una de las estaciones para leer en alta voz el nombre del pueblo, pedir agua preguntar los minutos que se detendra el tren. En unas y en otras, ya nos encontrbamos cerca de Medinaceli, y la noche se haba entrado fra, anubarrada y desagradable; de modo que cada vez que se abra una de las portezuelas, se estaba en peligro inminente de coger un catarro. El ingls, que hubo de comprenderlo as, se envolvi silenciosamente en su magnfica manta escocesa; la joven, por consejo del aya, que se lo dijo en alta voz, se puso un abrigo; yo, falta de otra cosa, me levant el cuello del gabn y hund cuanto pude la cabeza entre los hombros. Nuestro hombre, sin embargo, prosigui impertrrito practicando la misma peligrosa operacin tantas veces cuantas paraba el tren, hasta que al cabo, no s si cansado de este ejercicio advertido de la escena muda de arropamiento general que se repeta tantas veces cuantas l abra la ventanilla, cerr con aire de visible mal humor los cristales, tornando echarse en su rincn, donde los pocos minutos roncaba como un bendito, amenazando aplastarme la nariz con la coronilla en uno de aquellos bruscos vaivenes que de cuando en cuando le hacan salir sobresaltado de su modorra para restregarse los ojos, mirar el reloj y volverse dormir de nuevo. El peso de las altas horas de la noche comenzaba dejarse sentir. En el vagn reinaba un silencio profundo, interrumpido slo por el eterno y frreo crujir del tren, y algn que otro resoplido de nuestro amodorrado compaero, que alternaba en esta tarea con la mquina. El ingls se durmi tambin; pero se durmi grave y dignamente, sin mover pie ni mano, como si pesar del letargo que le embargaba tuviese la conciencia de su posicin. El aya comenz cabecear un poco, acabando por bajar el velo de su capota oscura y dormirse en estilo semiserio. Quedamos, pues, desvelados, como las vrgenes prudentes de la parbola, tan slo la joven y yo. decir verdad, yo tambin me hubiera rendido al peso del aturdimiento y las fatigas de la vigilia si hubiese tenido la seguridad de mantenerme en mi sueo en una actitud, si no tan grave como la del inmvil _gentleman_, al menos no tan grotesca como la del buen regidor aragons, que ora dejndose caer la gorra en una cabezada, ora roncando como un rgano balbuceando palabras ininteligibles, ofreca el espectculo ms chistoso que imaginarse puede. Para despabilarme un poco resolv dirigir la palabra la joven; pero por una parte tema cometer una indiscrecin, mientras por otra, y no era esto lo menos para permanecer callado, no saba cmo empezar. Entonces volv los ojos, que haba tenido clavados en ella con alguna insistencia, y me entretuve en ver pasar travs de los cristales, y sobre una faja de terreno oscuro y montono, ya las blancas nubes de humo y de chispas que se quedaban al paso de la locomotora rozando la tierra y como suspendidas inmviles, ya los palos del telgrafo, que parecan perseguirse y querer alcanzarse unos otros lanzados una carrera fantstica. No obstante, la aproximacin de aquella mujer hermosa que yo senta an sin mirarla, el roce de su falda de seda que tocaba mis pies y cruja cada uno de sus movimientos, el sopor vertiginoso del incesante ruido, la languidez del cansancio, la misteriosa embriaguez de las altas horas de la noche, que pesan de una manera tan particular sobre el espritu, comenzaron influir en mi imaginacin, ya sobreexcitada extraamente. Estaba despierto, pero mis ideas iban poco poco tomando esa forma extravagante de los ensueos de la maana, historias sin principio ni fin, cuyos eslabones de oro se quiebran con un rayo de enojosa claridad y vuelven soldarse apenas se corren las cortinas del lecho. La vista se me fatigaba de ver pasar, eterna, montona y oscura como un mar de asfalto, la lnea del horizonte, que ya se alzaba, ya se deprima, imitando el movimiento de las olas. De cuando en cuando dejaba caer la cabeza sobre el pecho, rompa el hilo de las historias extraordinarias que iba fingiendo en la mente y entornaba los ojos; pero apenas los volva abrir encontraba siempre delante de ellos aquella mujer, y tornaba mirar por los cristales, y tornaba soar imposibles. Yo he odo decir muchos, y aun la experiencia me ha enseado un poco, que hay horas peligrosas, horas lentas y cargadas de extraos pensamientos y de una voluptuosa pesadez, contra la que es imposible defenderse: en esas horas, como cuando nos turban la cabeza los vapores del vino, los sonidos se debilitan y parece que se oyen muy distantes, los objetos se ven como velados por una gasa azul, y el deseo presta audacia al espritu, que recobra para s todas las fuerzas que pierde la materia. Las horas de la madrugada, esas horas que deben de tener ms minutos que las dems, esas horas en que entre el caos de la noche comienza forjarse el da siguiente, en que el sueo se despide con su ltima visin, y la luz se anuncia con rfagas de claridad incierta, son sin duda alguna las que en ms alto grado reunen semejantes condiciones. Yo no s el tiempo que transcurri mientras la vez dorma y velaba, ni tampoco me sera fcil apuntar algunas de las fantsticas ideas que cruzaron por mi imaginacin, porque ahora slo recuerdo cosas desasidas y sin sentido, como esas notas sueltas de una msica lejana que trae el viento intervalos en rfagas sonoras: lo que s puedo asegurar es que gradualmente se fueron embotando mis sentidos, hasta el punto que cuando un gran estremecimiento, una bocanada de aire fro y la voz del guarda de la va me anunciaron que estaba en Tudela, no supe explicarme cmo me encontraba tan pronto en el trmino de la primera parte de mi peregrinacin. Era completamente de da, y por la ventanilla del coche, que haba abierto de par en par el seor gordo, entraban la vez el sol rojizo y el aire fresco de la maana. Nuestro regidor aragons, que por lo que poda colegirse no vea la hora de dejar tan poco agradable reunin, apenas se convenci de que estbamos en Tudela, tercise la capa al hombro, cogi en una mano su sombrerera monstruo, en la otra el cesto, y salt al andn con una agilidad que nadie hubiera sospechado en sus aos y en su gordura. Yo tom asimismo el pequeo saco que era todo mi equipaje; dirig una ltima mirada aquella mujer quien acaso no volvera ver ms, y que haba sido la herona de mi novela de una noche, y despus de saludar mis compaeros, sal del vagn buscando un chico que llevase aquel bulto y me condujese una fonda cualquiera. Tudela es un pueblo grande con nfulas de ciudad, y el parador adonde me condujo mi gua, una posada con ribetes de fonda. Sentme y almorc: por fortuna, si el almuerzo no fu gran cosa, la mesa y el servicio estaban limpios. Hagamos esta justicia la navarra que se encuentra al frente del establecimiento. An no haba tomado los postres, cuando el campanilleo de las colleras, los chasquidos del ltigo y las voces del zagal que enganchaba las mulas, me anunciaron que el coche de Tarazona iba salir muy pronto. Acab de prisa y corriendo de tomar una taza de caf bastante malo y clarito por ms seas, y ya se oan los gritos de al coche! al coche! unidos las despedidas en alta voz, al ir y venir de los que colocaban los equipajes en la baca, y las advertencias, mezcladas de interjecciones, del mayoral que diriga las maniobras desde el pescante como un piloto desde la popa de su buque. La decoracin haba cambiado por completo, y nuevos y caractersticos personajes se encontraban en escena. En primer trmino, y unos recostados contra la pared, otros sentados en los marmolillos de las esquinas agrupados en derredor del coche, veanse hasta quince veinte desocupados del lugar, para quienes el espectculo de una diligencia que entra sale es todava un gran acontecimiento. Al pie del estribo algunos muchachos desarrapados y sucios abran con gran oficiosidad las portezuelas pidiendo indirectamente una limosna, y en el interior del _mnibus_, pues este era propiamente el nombre que debiera darse al vehculo que iba conducirnos Tarazona, comenzaban ocupar sus asientos los viajeros. Yo fu uno de los primeros en colocarme en mi sitio al lado de dos mujeres, madre hija, naturales de un pueblo cercano, y que venan de Zaragoza, adonde, segn me dijeron, haban ido cumplir no s qu voto la Virgen del Pilar: la muchacha tena los ojos retozones, y de la madre se conservaba todo lo que los cuarenta y pico de aos puede conservarse de una buena moza. Tras m entr un estudiante del seminario, quien no hubo de parecer saco de paja la muchacha, pues viendo que no poda sentarse junto ella, porque ya lo haba hecho yo, se compuso de modo que en aquellas estrecheces se tocasen rodilla con rodilla. Siguieron al estudiante otros dos individuos del sexo feo, de los cuales el primero pareca militar en situacin de reemplazo, y el segundo uno de esos pobres empleados de poco sueldo, quienes cada instante trasiega el ministerio de una provincia otra. Ya estbamos todos, y cada uno en su lugar correspondiente, y dndonos el parabin porque bamos estar un poco holgados, cuando apareci en la portezuela, y como un retrato dentro de su moldura, la cabeza de un clrigo entrado en edad, pero guapote y de buen color, al que acompaaba una ama duea, como por aqu es costumbre llamarles, que en punto cecina de mujer era de lo mejor conservado y apetitoso la vista que yo he encontrado de algn tiempo esta parte. Sintieron unos y se alegraron otros de la llegada de los nuevos compaeros, siendo de los segundos el escolar, el cual encontr ocasin de encajarse ms estrechamente con su vecina de asiento, mientras haca un sitio al ama del cura, sitio pequeo para el volumen que haba de ocuparlo, aunque grande por la buena voluntad con que se le ofreca. Sentse el ama, acomodse el clrigo, y ya nos disponamos partir, cuando, como llovido del cielo salido de los profundos, hete aqu que se nos aparece mi famoso hombre gordo del ferrocarril, con su imprescindible cesto y su monstruosa sombrerera. Referir las cuchufletas, las interjecciones, las risas y los murmullos que se oyeron su llegada, sera asunto imposible, como tampoco es fcil recordar las maniobras de cada uno de los viajeros para impedir que se acomodase su lado. Pero aquel era el elemento de nuestro hombre gordo: all donde se rea, se empujaba, y unos manoteando, otros impasibles todos hablaban un tiempo, se encontraba el buen regidor como el pez en el agua el pjaro en el aire. A las cuchufletas responda con chanzas, las interjecciones encogindose de hombros, y los envites de codos con codazos, de manera que los pocos minutos ya estaba sentado y en conversacin con todos como si los conociese de antigua fecha. En esto parti el coche, comenzando ese continuo vaivn al comps del trote de las mulas, las campanillas del caballo delantero, el saltar de los cristales, el revolotear de los visillos y los chasquidos del ltigo del mayoral, que constituyen el fondo de armona de una diligencia en marcha. Las torres de Tudela desaparecieron detrs de una loma bordada de viedos y olivares. Nuestro hombre gordo, apenas se vi engolfado camino adelante y en compaa tan franca, alegre y de su gusto, desenvain del cesto una botella y la merienda correspondiente para echar un trago. Dada la seal del combate, el fuego se hizo general en toda la lnea, y unos de la fiambrera de hoja de lata, otros de un canastillo del nmero de un peridico, cada cual sac su indispensable tortilla de huevos con variedad de tropezones. Primero la botella, y cuando sta se hubo apurado, una bota de media azumbre del seminarista, comenzaron andar la ronda por el coche. Las mujeres, aunque se excusaban tenazmente, tuvieron que humedecerse la boca con el vino; el mayoral, dejando el cuidado de las mulas al delantero, sentse de medio ganchete en el pescante y form parte del corro, no siendo de los ms parcos en el beber; yo, aunque con nada haba contribudo al festn, tambin tuve que empinar el codo ms de lo que acostumbro. todo esto no cesaba el zarandeo del carruaje; de modo que con el aturdimiento del vinillo, el continuo vaivn, el tropezn de codos y rodillas, las risotadas de stos, el gritar de aqullos, las palabritas media voz de los de ms all, un poco de sol enfilado los ojos por las ventanillas, y un bastante de polvo del que levantaban las mulas, las tres horas de camino que hay desde Tarazona Tudela pasaron entre gloria y purgatorio, ni tan largas que me dieran lugar desesperarme, ni tan breves que no viera con gusto el trmino de mi segunda jornada. En Tarazona nos apeamos del coche entre una doble fila de curiosos, pobres y chiquillos. Despedmonos cordialmente los unos de los otros, volv encargar un chicuelo de la conduccin de mi equipaje, y me encamin al azar por aquellas calles estrechas, torcidas y oscuras, perdiendo de vista, tal vez para siempre, mi famoso regidor, que haba empezado por fastidiarme, concluyendo al fin por hacerme feliz con su eterno buen humor, su incansable charla y su inquietud increble en una persona de su edad y su volumen. Tarazona es una ciudad pequea y antigua; ms lejos del movimiento que Tudela, no se nota en ella el mismo adelanto, pero tiene un carcter ms original y artstico. Cruzando sus calles con arquillos y retablos, con caserones de piedra llenos de escudos y timbres herldicos, con altas rejas de hierro de labor exquisita y extraa, hay momentos en que se cree uno transportado Toledo, la ciudad histrica por excelencia. Al fin, despus de haber discurrido un rato por aquel laberinto de calles, llegamos la posada, que posada era con todos los accidentes y el carcter de tal el sitio que me condujo mi gua. Figrense ustedes un medio punto de piedra carcomida y tostada, en cuya clave luce un escudo con un casco que en vez de plumas tiene en la cimera una pomposa mata de jaramagos amarillos, nacida entre las hendiduras de los sillares; junto al blasn de los que fueron un da seores de aquella casa solariega, hay un palo, con una tabla en la punta guisa de banderola, en que se lee con grandes letras de almagre el ttulo del establecimiento; el nudoso y retorcido tronco de una parra que comienza retoar, cubre de hojas verdes, transparentes inquietas, un ventanuquillo abierto en el fondo de una antigua ojiva rellena de argamasa y guijarros de colores; los lados del portal sirven de asiento algunos trozos de columnas, sustentados por rimeros de ladrillos capiteles rotos y casi ocultos entre las yerbas que crecen al pie del muro, en el cual, entre remiendos y parches de diferentes pocas, unos blancos y brillantes an, otros con oscuras manchas de ese barniz particular de los aos, se ven algunas estaquillas de madera clavadas en las hendiduras. Tal se ofreci mis ojos el exterior de la posada; el interior no pareca menos pintoresco. A la derecha, y perdindose en la media luz que penetraba de la calle, vease una multitud de arcos chatos y macizos que se cruzaban entre s, dejando espacio en sus huecos una larga fila de pesebres, formados de tablas mal unidas al pie de los postes; y diseminados por el suelo, tropezbase aqu con las enjalmas de una caballera, all con unos cuantos pellejos de vino gruesas sacas de lana, sobre las que merendaban sentados en corro y con el jarro en primer lugar, algunos arrieros y trajinantes. En el fondo, y caracoleando pegada los muros sujeta con puntales, suba las habitaciones interiores una escalerilla empinada y estrecha, en cuyo hueco, y revolviendo un haz de paja, picoteaban los granos perdidos hasta una media docena de gallinas; la parte de la izquierda, la que daba paso un arco apuntado y ruinoso, dejaba ver un rincn de la cocina iluminado por el resplandor rojizo y alegre del hogar, en donde formaban un gracioso grupo la posadera, mujer frescota y de buen temple, aunque entrada en aos, una muchacha vivaracha y despierta como de quince diecisis, y cuatro cinco chicuelos rubios y tiznados, amn de un enorme gato rucio y dos tres perros que se haban dormido al amor de la lumbre. Despus de dar un vistazo la posada, hice presente al posadero el objeto que en su busca me traa, el cual estaba reducido que me pusiese en contacto con alguien que me quisiera ceder una caballera para trasladarme Veruela, punto al que no se puede llegar de otro modo. Hzolo as el posadero, ajust el viaje con unos hombres que haban venido vender carbn de Purujosa y se tornaban de vaco, y hteme aqu otra vez en marcha y camino del Moncayo, atalajado en una mula como en los buenos tiempos de la Inquisicin y del rey absoluto. Cuando me vi en mitad del camino, entre aquellas subidas y bajadas tan escabrosas, rodeado de los carboneros, que marchaban pie mi lado cantando una cancin montona y eterna; delante de mis ojos la senda, que pareca una culebra blancuzca interminable que se alejaba enroscndose por entre las rocas, desapareciendo aqu y tornando aparecer ms all, y un lado y otro los horizontes inmviles y siempre los mismos, figurbaseme que haca un ao me haba despedido de ustedes, que Madrid se haba quedado en el otro cabo del mundo, que el ferrocarril que vuela, dejando atrs las estaciones y los pueblos, salvando los ros y horadando las montaas, era un sueo de la imaginacin un presentimiento de lo futuro. Como la verdad es que yo fcilmente me acomodo todas las cosas, pronto me encontr bien con mi ltima manera de caminar, y dejando ir la mula su paso lento y uniforme, ech volar la fantasa por los espacios imaginarios, para que se ocupase en la calma y en la frescura sombra de los sotos de lamos que bordan el camino, en la luminosa serenidad del cielo, saltase, como salta el ligero montas, de peasco en peasco, por entre las quiebras del terreno, ora envolvindose como en una gasa de plata en la nube que viene rastrera, ora mirando con vertiginosa emocin el fondo de los precipicios por donde va el agua, unas veces ligera, espumosa y brillante, y otras sin ruido, sombra y profunda. Como quiera que cuando se viaja as, la imaginacin desasida de la materia tiene espacio y lugar para correr, volar y juguetear como una loca por donde mejor le parece, el cuerpo, abandonado del espritu, que es el que lo percibe todo, sigue impvido su camino hecho un bruto y atalajado como un pellejo de aceite, sin darse cuenta de s mismo, ni saber si se cansa no. En esta disposicin de nimo anduvimos no s cuntas horas, porque ya no tena ni conciencia del tiempo, cuando un airecillo agradable, aunque un poco fuerte, me anunci que habamos llegado la ms alta de las cumbres que por la parte de Tarazona rodean el valle, trmino de mis peregrinaciones. All, despus de haberme apeado de la caballera para seguir pie el poco camino que me faltaba, pude exclamar como los Cruzados la vista de la ciudad santa: _Ecco apparir Gerusalem si vede._ En efecto, en el fondo del melanclico y silencioso valle, al pie de las ltimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus areas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la ltima luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y las puntiagudas torres del monasterio, en donde ya instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compaero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros soportar la pesada carga del peridico en cuanto la enfermedad y su natural propensin la vagancia se lo permitan. [Ilustracin] [Ilustracin] CARTA SEGUNDA Queridos amigos: Si me vieran ustedes en algunas ocasiones con la pluma en la mano y el papel delante, buscando un asunto cualquiera para emborronar catorce quince cuartillas, tendran lstima de m. Gracias Dios que no tengo la perniciosa, cuanto fea costumbre, de morderme las uas en caso de esterilidad, pues hasta tal punto me encuentro apurado irresoluto en estos trances, que ya sera cosa de haberme comido la primera falange de los dedos. Y no es precisamente porque se hayan agotado de tal modo mis ideas, que registrando en el fondo de la imaginacin, en donde andan enmaraadas indecisas, no pudiese topar con alguna y traerla, ser preciso, por la oreja, como dmine de lugar muchacho travieso. Pero no basta tener una idea; es necesario despojarla de su extraa manera de ser, vestirla un poco al uso para que est presentable, aderezarla y condimentarla, en fin, propsito, para el paladar de los lectores de un peridico, poltico por aadidura. Y aqu est lo espinoso del caso, aqu la gran dificultad. Entre los pensamientos que antes ocupaban mi imaginacin y los que aqu han engendrado la soledad y el retiro, se ha trabado una lucha titnica, hasta que, por ltimo, vencidos los primeros por el nmero y la intensidad de sus contrarios, han ido refugiarse no s dnde, porque yo los llamo y no me contestan, los busco y no parecen. Ahora bien: lo que se siente y se piensa aqu en armona con la profunda calma y el melanclico recogimiento de estos lugares, podr encontrar un eco en los que viven en ese torbellino de intereses opuestos, de pasiones sobreexcitadas, de luchas continuas, que se llama la Corte? Yo juzgo de la impresin que pueden hacer ideas que nacen y se desarrollan en la austera soledad de estos claustros, por la que su vez me producen las que ah hierven, y de las cuales diariamente me trae _El Contemporneo_ como un abrasado soplo. Al peridico que todas las maanas encontramos en Madrid sobre la mesa del comedor en el gabinete de estudio, se le recibe como un amigo de confianza que viene charlar un rato, mientras se hace hora de almorzar; con la ventaja de que si saboreamos un veguero, mientras l nos refiere, comentndola, la historia del da de ayer, ni siquiera hay necesidad de ofrecerle otro, como al amigo. Y esa historia de ayer que nos refiere, es hasta cierto punto la historia de nuestros clculos, de nuestras simpatas de nuestros intereses; de modo que su lenguaje apasionado, sus frases palpitantes, suelen hablar un tiempo nuestra cabeza, nuestro corazn y nuestro bolsillo: en unas ocasiones repite lo que ya hemos pensado, y nos complace hallarlo acorde con nuestro modo de ver; otras nos dice la ltima palabra de algo que comenzbamos adivinar, nos da el tema en armona con las vibraciones de nuestra inteligencia para proseguir pensando. Tan ntimamente est enlazada su vida intelectual con la nuestra; tan una es la atmsfera en que se agitan nuestras pasiones y las suyas. Aqu, por el contrario, todo parece conspirar un fin diverso. El peridico llega los muros de este retiro como uno de esos crculos que se abren en el agua cuando se arroja una piedra, y que poco poco se van debilitando medida que se alejan del punto de donde partieron, hasta que vienen morir en la orilla con un rumor apenas perceptible. El estado de nuestra imaginacin, la soledad que nos rodea, hasta los accidentes locales parecen contribuir que sus palabras suenen de otro modo en el odo. Juzgad si no por lo que m me sucede. Todas las tardes, y cuando el sol comienza caer, salgo al camino que pasa por delante de las puertas del monasterio para aguardar al conductor de la correspondencia que me trae los peridicos de Madrid. Frente al arco que da entrada al primer recinto de la abada, se extiende una larga alameda de chopos tan altos, que cuando agita las ramas el viento de la tarde, sus copas se unen y forman una inmensa bveda de verdura. Por ambos lados del camino, y saltando y cayendo con un murmullo apacible por entre las retorcidas races de los rboles, corren dos arroyos de agua cristalina y transparente, fra como la hoja de una espada y delgada como su filo. El terreno sobre el cual flotan las sombras de los chopos, salpicadas de manchas inquietas y luminosas, est trechos cubierto de una yerba alta, espesa y finsima, entre la que nacen tantas margaritas blancas, que semejan primera vista esa lluvia de flores con que alfombran el suelo los rboles frutales en los templados das de Abril. En los ribazos, y entre los zarzales y los juncos del arroyo, crecen las violetas silvestres, que, aunque casi ocultas entre sus rastreras hojas, se anuncian gran distancia con su intenso perfume; y por ltimo, tambin cerca del agua y formando como un segundo trmino, djase ver por entre los huecos que quedan de tronco tronco una doble fila de nogales corpulentos con sus copas redondas, compactas y oscuras. Como la mitad de esta alameda deliciosa, y en un punto en que varios olmos dibujan un crculo pequeo, enlazando entre s sus espesas ramas, que recuerdan, al tocarse en la altura, la cpula de un santuario; sobre una escalinata formada de grandes sillares de granito, por entre cuyas hendiduras nacen y se enroscan los tallos y las flores trepadoras, se levanta gentil, artstica y alta, casi como los rboles, una cruz de mrmol, que merced su color, es conocida en estas cercanas por la _Cruz negra de Veruela_. Nada ms hermosamente sombro que este lugar. Por un extremo del camino limita la vista el monasterio con sus arcos ojivales, sus torres puntiagudas, y sus muros almenados imponentes; por el otro, las ruinas de una pequea ermita se levantan al pie de una eminencia sembrada de tomillos y romeros en flor. All, sentado al pie de la cruz, y teniendo en las manos un libro que casi nunca leo, y que muchas veces dejo olvidado en las gradas de piedra, estoy una y dos y veces hasta cuatro horas aguardando el peridico. De cuando en cuando veo atravesar lo lejos una de esas figuras aisladas que se colocan en un paisaje para hacer sentir mejor la soledad del sitio. Otras veces, exaltada la imaginacin, creo distinguir confusamente, sobre el fondo oscuro del follaje, los monjes blancos que van y vienen silenciosos alrededor de su abada, una muchacha de la aldea que pasa por ventura al pie de la cruz con un manojo de flores en el halda, se arrodilla un momento y deja un lirio azul sobre los peldaos. Luego, un suspiro que se confunde con el rumor de las hojas; despus... qu s yo!... escenas sueltas de no s qu historia que yo he odo que inventar algn da; personajes fantsticos que, unos tras otros, van pasando ante mi vista, y de los cuales cada uno me dice una palabra me sugiere una idea: ideas y palabras que ms tarde germinarn en mi cerebro, y acaso den fruto en el porvenir. La aproximacin del correo viene siempre interrumpir una de estas maravillosas historias. En el profundo silencio que me rodea, el lejano rumor de los pasos de su caballo que cada vez se percibe ms distinto, lo anuncia larga distancia; por fin llega adonde estoy, saca el peridico de la bolsa de cuero que trae terciada al hombro, me lo entrega, y despus de cambiar algunas palabras un saludo, desaparece por el extremo opuesto del camino que trajo. Como lo he visto nacer, como desde que vino al mundo he vivido con su vida febril y apasionada, _El Contemporneo_ no es para m un papel como otro cualquiera, sino que sus columnas son ustedes todos, mis amigos, mis compaeros de esperanzas desengaos, de reveses de triunfos, de satisfacciones de amarguras. La primera impresin que siento, pues, al recibirle, es siempre una impresin de alegra, como la que se experimenta al romper la cubierta de una carta en cuyo sobre hemos visto una letra querida, como cuando en un pas extranjero se estrecha la mano de un compatriota y se oye hablar el idioma nativo. Hasta el olor particular del papel hmedo y la tinta de imprenta, olor especialsimo que por un momento viene sustituir al perfume de las flores que aqu se respira por todas partes, parece que hiere la memoria del olfato, memoria extraa y viva que indudablemente existe, y me trae un pedazo de mi antigua vida, de aquella inquietud, de aquella actividad, de aquella fiebre fecunda del periodismo. Recuerdo el incesante golpear y crujir de la mquina que multiplicaba por miles las palabras que acabbamos de escribir y que salan an palpitando de la pluma; recuerdo el afn de las ltimas horas de redaccin, cuando la noche va de vencida y el original escasea; recuerdo, en fin, las veces que nos ha sorprendido el da corrigiendo un artculo escribiendo una noticia ltima sin hacer ms caso de las poticas bellezas de la alborada que de la carabina de Ambrosio. En Madrid, y para nosotros en particular, ni sale ni se pone el sol: se apaga se enciende la luz, y es por la nica cosa que lo advertimos. Al fin rompo la faja del peridico, y comienzo pasar la vista por sus renglones hasta que gradualmente me voy engolfando en su lectura, y ya ni veo ni oigo nada de lo que se agita mi alrededor. El viento sigue suspirando entre las copas de los rboles, el agua sonriendo mis pies, y las golondrinas, lanzando chillidos agudos, pasan sobre mi cabeza; pero yo, cada vez ms absorto y embebido con las nuevas ideas que comienzan despertarse medida que me hieren las frases del diario, me juzgo transportado otros sitios y otros das. Parceme asistir de nuevo la Cmara, oir los discursos ardientes, atravesar los pasillos del Congreso, donde entre el animado cuchicheo de los grupos se forman las futuras crisis; y luego veo las secretaras de los ministerios en donde se hace la poltica oficial; las redacciones donde hierven las ideas que han de caer al da siguiente como la piedra en el lago, y los crculos de la opinin pblica que comienzan en el Casino, siguen en las mesas de los cafs y acaban en los guardacantones de las calles. Vuelvo seguir con inters las polmicas acaloradas, vuelvo reanudar el roto hilo de las intrigas, y ciertas fibras embotadas aqu, las fibras de las pasiones violentas, la inquieta ambicin, el ansia de algo ms perfecto, el afn de hallar la verdad escondida los ojos humanos, tornan vibrar nuevamente y encontrar en mi alma un eco profundo. _El Diario Espaol_, _El Pensamiento_ _La Iberia_, hablan de esto, afirman aquello, niegan lo de ms all, dice _El Contemporneo_; y yo, sin saber apenas donde estoy, tiendo las manos para cogerlos, creyendo que estn all mi alcance, como si me encontrara sentado la mesa de la redaccin. Pero esa tromba de pensamientos tumultuosos, que pasan por mi cabeza como una nube de tronada, se desvanecen apenas nacidos. An no he acabado de leer las primeras columnas del peridico, cuando el ltimo reflejo del sol que dobla lentamente la cumbre del Moncayo, desaparece de la ms alta de las torres del monasterio, en cuya cruz de metal llamea un momento antes de extinguirse. Las sombras de los montes bajan la carrera y se extienden por la llanura; la luna comienza dibujarse en el Oriente como un crculo de cristal que transparenta el cielo, y la alameda se envuelve en la indecisa luz del crepsculo. Ya es imposible continuar leyendo. An se ven por una parte y entre los huecos de las ramas chispazos rojizos del sol poniente, y por la otra una claridad violada y fra. Poco poco comienzo percibir otra vez, semejante una armona confusa, el ruido de las hojas y el murmullo del agua, fresco, sonoro y continuado, cuyo comps vago y suave vuelven ordenarse las ideas y se van moviendo con ms lentitud en una danza cadenciosa, que languidece al par de la msica, hasta que por ltimo se aguzan unas tras otras como esos puntos de luz apenas perceptibles que de pequeos nos entretenamos en ver morir en las pavesas de un papel quemado. La imaginacin entonces, ligera y difana, se mece y flota al rumor del agua, que la arrulla como una madre arrulla un nio. La campana del monasterio, la nica que ha quedado colgada en su ruinosa torre bizantina, comienza tocar la oracin, y una cerca, otra lejos, stas con una vibracin metlica y aguda, aqullas con un taido sordo y triste, les responden las otras campanas de los lugares del Somontano. De estos pequeos lugares, unos estn en las puntas de las rocas colgados como el nido de un guila, y otros medio escondidos en las ondulaciones del monte en lo ms profundo de los valles. Parece una armona que la vez baja del cielo y sube de la tierra, y se confunde y flota en el espacio, mezclndose al ltimo rumor del da que muere el primer suspiro de la noche que nace. Ya todo pas. Madrid, la poltica, las luchas ardientes, las miserias humanas, las pasiones, las contrariedades, los deseos, todo se ha ahogado en aquella msica divina. Mi alma est ya tan serena como el agua inmvil y profunda. La fe en algo ms grande, en un destino futuro y desconocido, ms all de esta vida, la fe de la eternidad, en fin, aspiracin absorbente, nica inmensa, mata esa fe al por menor que pudiramos llamar personal, la fe en el maana, especie de aguijn que espolea los espritus irresolutos, y que tanto se necesita para luchar y vivir y alcanzar cualquier cosa en la tierra. Absorto en estos pensamientos, doblo el peridico y me dirijo mi habitacin. Cruzo la sombra calle de rboles y llego la primera cerca del monasterio, cuya dentellada silueta se destaca por oscuro sobre el cielo en un todo semejante la de un castillo feudal; atravieso el patio de armas con sus arcos redondos y timbrados, sus bastiones llenos de saeteras y coronados de almenas puntiagudas, de las cuales algunas yacen en el foso, medio ocultas entre los jaramagos y los espinos. Entre dos cubos de muralla, altos, negros imponentes, se alza la torre que da paso al interior: una cruz clavada en la punta indica el carcter religioso de aquel edificio, cuyas enormes puertas de hierro y muros fortsimos, ms parece que deberan guardar soldados que monjes. Pero apenas las puertas se abren rechinando sobre sus goznes enmohecidos, la abada aparece con todo su carcter. Una larga fila de olmos, entre los que se elevan algunos cipreses, deja ver en el fondo la iglesia bizantina con su portada semicircular llena de extraas esculturas: por la derecha se extiende la remendada tapia de un huerto, por encima de la cual asoman las copas de los rboles, y la izquierda se descubre el palacio abacial, severo y majestuoso en medio de su sencillez. Desde este primer recinto se pasa al inmediato por un arco de medio punto, despus del cual se encuentra el sitio donde en otro tiempo estuvo el enterramiento de los monjes. Un arroyuelo, que luego desaparece y se oye gemir por debajo de tierra, corre al pie de tres cuatro rboles viejos y nudosos: un lado se descubre el molino medio agazapado entre unas ruinas, y ms all, oscura como la boca de una cueva, la portada monumental del claustro con sus pilastras platerescas llenas de hojarascas, bichos, ngeles, caritides y dragones de granito que sostienen emblemas de la Orden, mitras y escudos. Siempre que atravieso este recinto cuando la noche se aproxima y comienza influir en la imaginacin con su alto silencio y sus alucinaciones extraas, voy pisando quedo y poco poco las sendas abiertas entre los zarzales y las yerbas parsitas, como temeroso de que al ruido de mis pasos despierte en sus fosas y levante la cabeza alguno de los monjes que duermen all el sueo de la eternidad. Por ltimo, entro en el claustro, donde ya reina una oscuridad profunda: la llama del fsforo que enciendo para atravesarlo vacila agitada por el aire, y los crculos de luz que despide luchan trabajosamente con las tinieblas. Sin embargo, su incierto resplandor pueden distinguirse las largas series de ojivas, festoneadas de hojas de trbol, por entre las que asoman, con una mueca muda y horrible, esas mil fantsticas y caprichosas creaciones de la imaginacin que el arte misterioso de la Edad Media dej grabadas en el granito de sus baslicas: aqu un endriago que se retuerce por una columna y saca su deforme cabeza por entre la hojarasca del capitel; all un ngel que lucha con un demonio y entre los dos soportan la recada de un arco que se apunta al muro; ms lejos, y sombreadas por el batiente oscuro del lucillo que las contiene, las urnas de piedra, donde bien con la mano en el montante revestidas de la cogulla, se ven las estatuas de los guerreros y abades ms ilustres que han patrocinado este monasterio lo han enriquecido con sus dones. Los diferentes y extraordinarios objetos que unos tras otros van hiriendo la imaginacin, la impresionan de una manera tan particular, que cuando despus de haber discurrido por aquellos patios sombros, aquellas alamedas misteriosas y aquellos claustros imponentes, penetro al fin en mi celda y desdoblo otra vez _El Contemporneo_ para proseguir su lectura, parceme que est escrito en un idioma que no entiendo. Bailes, modas, el estreno de una comedia, un libro nuevo, un cantante extraordinario, una comida en la embajada de Rusia, la compaa de Price, la muerte de un personaje, los clowns, los banquetes polticos, la msica, todo revuelto: una obra de caridad con un crimen, un suicidio con una boda, un entierro con una funcin de toros extraordinaria. A esta distancia y en este lugar me parece mentira que existe an ese mundo que yo conoca, el mundo del Congreso y las redacciones, del Casino y de los teatros, del Suizo y de la Fuente Castellana, y que existe tal como yo lo dej, rabiando y divirtindose, hoy en una broma, maana en un funeral, todos de prisa, todos cosechando esperanzas y decepciones, todos corriendo detrs de una cosa que no alcanzan nunca, hasta que corriendo den en uno de esos lazos silenciosos que nos va tendiendo la muerte, y desaparezcan como por escotilln con una gacetilla por epitafio. Cuando me asaltan estas ideas, en vano hago esfuerzos por templarme como ustedes y entrar comps en la danza. No oigo la msica que lleva todos envueltos como en un torbellino; no veo en esa agitacin continua, en ese ir y venir, ms que lo que ve el que mira un baile desde lejos, una pantomima muda inexplicable, grotesca unas veces, terrible otras. Ustedes, sin embargo, quieren que escriba alguna cosa, que lleve mi parte en la sinfona general, aun riesgo de salir desafinado. Sea, y sirva esto de introduccin y preludio: quiere decir que si alguno de mis lectores ha sentido otra vez algo de lo que yo siento ahora, mis palabras le llevarn el recuerdo de ms tranquilos das, como el perfume de un paraso distante; y los que no, tendrn en cuenta mi especial posicin para tolerar que de cuando en cuando rompa con una nota desacorde la armona de un peridico poltico. [Ilustracin] [Ilustracin] CARTA TERCERA Queridos amigos: Hace dos tres das, andando la casualidad por entre estos montes, y habindome alejado ms de lo que acostumbro en mis paseos matinales, acert descubrir casi oculto entre las quiebras del terreno y fuera de todo camino un pueblecillo, cuya situacin, por extremo pintoresca, me agrad tanto que no pude por menos de aproximarme l para examinarle mis anchas. Ni aun pregunt su nombre; y si maana el otro quisiera buscarle por su situacin en el mapa, creo que no lo encontrara: tan pequeo es y tan olvidado parece entre las speras sinuosidades del Moncayo. Figrense ustedes en el declive de una montaa inmensa y sobre una roca que parece servirle de pedestal, un castillo del que slo quedan en pie la torre del homenaje y algunos lienzos de muro carcomidos y musgosos: agrupadas alrededor de este esqueleto de fortaleza, cual si quisiesen todava dormir seguras su sombra como en la edad de hierro en que debi de alzarse, se ven algunas casas, pequeas heredades con sus bardales de heno, sus tejados rojizos y sus chimeneas desiguales y puntiagudas, por cima de las que se eleva el campanario de la parroquia con su reloj de sol, su esquiloncillo que llama la primera misa, y su gallo de hoja de lata que gira en lo alto de la veleta merced de los vientos. Una senda que sigue el curso del arroyo que cruza el valle serpenteando por entre los cuadros de los trigos, verdes y tirantes como el pao de una mesa de billar, sube dando vueltas los amontonados pedruscos sobre que se asienta el pueblo, hasta el punto en que un pilarote de ladrillos con una cruz en el remate seala la entrada. Sucede con estos pueblecitos tan pintorescos, cuando se ven en lontananza tantas lneas caprichosas, tantas chimeneas arrojando pilares de humo azul, tantos rboles y peas y accidentes artsticos, lo que con otras muchas cosas del mundo, en que todo es cuestin de la distancia que se miran; y la mayor parte de las veces, cuando se llega ellos, la poesa se convierte en prosa. Ya en la cruz de la entrada, lo que pude descubrir del interior del lugar no me pareci, en efecto, que responda ni con mucho su perspectiva; de modo que, no queriendo arriesgarme por sus estrechas, sucias y empinadas callejas, comenc costearlo, y me dirig una reducida llanura que se descubre su espalda, dominada slo por la iglesia y el castillo. All, en unos campos de trigo, y junto dos tres nogales aislados que comenzaban cubrirse de hojas, est lo que, por su especial situacin y la pobre cruz de palo enclavada sobre la puerta, coleg que sera el cementerio. Desde muy nio conceb, y todava conservo, una instintiva aversin los camposantos de las grandes poblaciones: aquellas tapias encaladas y llenas de huecos, como la estantera de una tienda de gneros de ultramarinos; aquellas calles de rboles raquticos, simtricas y enarenadas, como las avenidas de un parque ingls; aquella triste parodia de jardn con flores sin perfume y verdura sin alegra, me oprimen el corazn y me crispan los nervios. El afn de embellecer grotesca y artificialmente la muerte, me trae la memoria esos nios de los barrios bajos, quienes despus de expirar embadurnan la cara con arrebol, de modo que, entre el cerco violado de los ojos, la intensa palidez de las sienes y el rabioso carmn de las mejillas, resulta una mueca horrible. Por el contrario, en ms de una aldea he visto un cementerio chico, abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, y me ha causado una impresin siempre melanclica, es verdad, pero mucho ms suave, mucho ms respetuosa y tierna. En aquellos vastos almacenes de la muerte, siempre hay algo de esa repugnante actividad del trfico; la tierra, constantemente removida, deja ver fosas profundas que parecen aguardar su presa con hambre. Aqu nichos vacos, los que no falta ms que un letrero: Esta casa se alquila; all huesos que se retrasan en el pago de su habitacin, y son arrojados qu s yo adnde para dejar lugar otros; y lpidas con filetes de relumbrones, y dcimas y coronas de flores de trapo, y siemprevivas de comerciantes de objetos fnebres. En estos escondidos rincones, ltimo albergue de los ignorados campesinos, hay una profunda calma: nadie turba su santo recogimiento, y despus de envolverse en su ligera capa de tierra, sin tener siquiera encima el peso de una losa, deben de dormir mejor y ms sosegados. Cuando, no sin tener que forcejear antes un poco, logr abrir la carcomida y casi deshecha puerta del pequeo cementerio que por casualidad haba encontrado en mi camino, y ste se ofreci mi vista, no pude menos de confirmarme nuevamente en mis ideas. Es imposible ni aun concebir un sitio ms agreste, ms solitario y ms triste, con una agradable tristeza, que aqul. Nada habla all de la muerte con ese lenguaje enftico y pomposo de los epitafios; nada la recuerda de modo que horrorice con el repugnante espectculo de sus atavos y despojos. Cuatro lienzos de tapia humilde, compuestos de arena amasada con piedrecillas de colores, ladrillos rojos y algunos sillares cubiertos de musgo en los ngulos, cercan un pedazo de tierra, en el cual la poderosa vegetacin de este pas, abandonada s misma, despliega sus silvestres galas con un lujo y una hermosura imponderables. Al pie de las tapias y por entre sus rendijas, crecen la hiedra y esas campanillas de color de rosa plido que suben sostenindose en las asperezas del muro hasta trepar los bardales de heno, por donde se cruzan y se mecen como una flotante guirnalda de verdura. La espesa y fina yerba que cubre el terreno y marca con suave claroscuro todas sus ondulaciones, produce el efecto de un tapiz bordado de esas mil florecillas cuyos poticos nombres ignora la ciencia, y slo podran decir las muchachas del lugar que en las tardes de Mayo las cogen en el halda para engalanar el retablo de la Virgen. All, en medio de algunas espigas, cuya simiente acaso trajo el aire de las eras cercanas, se columpian las amapolas con sus cuatro hojas purpreas y descompuestas: las margaritas blancas y menudas, cuyos ptalos arrancan uno uno los amantes, semejan copos de nieve que el calor no ha podido derretir, contrastando con los dragoncillos corales y esas estrellas de cinco rayos amarillas inodoras que llaman de los muertos, las cuales crecen salpicadas en los camposantos entre las ortigas, las rosas de los espinos, los cardos silvestres y las alcachoferas puntiagudas y frondosas. Una brisa pura y agradable mueve las flores, que se balancean con lentitud, y las altas yerbas, que se inclinan y levantan su empuje como las pequeas olas de un mar verde y agitado. El sol resbala suavemente sobre los objetos, los ilumina los transparenta, aumentando la intensidad y la brillantez de sus tintas, y parece que los dibuja con un perfil de oro para que destaquen entre s con ms limpieza. Algunas mariposas revolotean de ac para all haciendo en el aire esos giros extraos que fatigan la vista que intilmente se empea en seguir su vuelo tortuoso; y mientras las abejas estrechan sus crculos zumbando alrededor de los clices llenos de perfumada miel, y los pardillos picotean los insectos que pululan por el bardal de la tapia, una lagartija asoma su cabeza triangular y aplastada y sus ojos pequeos y vivos por entre sus hendiduras, y huye temerosa guarecerse en su escondite al menor movimiento. Despus que hube abarcado con una mirada el conjunto de aquel cuadro, imposible de reproducir con frases siempre descoloridas y pobres, me sent en un pedrusco, lleno de esa emocin sin ideas que experimentamos siempre que una cosa cualquiera nos impresiona profundamente, y parece que nos sobrecoge por su novedad su hermosura. En esos instantes rapidsimos en que la sensacin fecunda la inteligencia, y all en el fondo del cerebro tiene lugar la misteriosa concepcin de los pensamientos que han de surgir algn da evocados por la memoria, nada se piensa, nada se razona: los sentidos todos parecen ocupados en recibir y guardar la impresin que analizarn ms tarde. Sintiendo an las vibraciones de esta primera sacudida del alma, que la sumerge en un agradable sopor, estuve, pues, largo tiempo, hasta que gradualmente comenzaron extinguirse, y poco poco fueron levantndose las ideas relativas. Estas ideas, que ya han cruzado otras veces por la imaginacin y duermen olvidadas en alguno de sus rincones, son siempre las primeras en acudir cuando se toca su resorte misterioso. No s si todos les habr pasado igualmente; pero m me ha sucedido con bastante frecuencia preocuparme en ciertos momentos con la idea de la muerte, y pensar largo rato y concebir deseos y formular votos acerca de la destinacin futura, no slo de mi espritu, sino de mis despojos mortales. En cuanto al alma, dicho se est que siempre he deseado que se encaminase al cielo. Con el destino que daran mi cuerpo es con lo que ms he batallado, y acerca de lo cual he echado ms menudo volar la fantasa. En aquel punto en que todas aquellas viejas locuras de mi imaginacin salieron en tropel de los desvanes de la cabeza donde tengo arrinconados, como trastos intiles, los pensamientos extraos, las ambiciones absurdas y las historias imposibles de la adolescencia, ilusiones rosadas que, como los trajes antiguos, se han ajado ya y se han puesto de color de ala de mosca con los aos, fu cuando pude apreciar, sonriendo al compararlas entre s, la candidez de mis aspiraciones juveniles. En Sevilla, y en la margen del Guadalquivir que conduce al convento de San Jernimo, hay cerca del agua una especie de remanso que fertiliza un valle en miniatura formado por el corte natural de la ribera, que en aquel lugar es bien alta y tiene un rpido declive. Dos tres lamos blancos, corpulentos y frondosos, entretejiendo sus copas, defienden aquel sitio de los rayos del sol, que rara vez logra deslizarse entre las ramas, cuyas hojas producen un ruido manso y agradable cuando el viento las agita y las hace parecer ya plateadas, ya verdes, segn del lado que las empuja. Un sauce baa sus races en la corriente del ro, hacia el que se inclina como agobiado de un peso invisible, y su alrededor crecen multitud de juncos y de esos lirios amarillos y grandes que nacen espontneos al borde de los arroyos y las fuentes. Cuando yo tena catorce quince aos, y mi alma estaba henchida de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin lmites que es la ms preciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba poeta; cuando mi imaginacin estaba llena de esas risueas fbulas del mundo clsico, y Rioja en sus silvas las flores, Herrera en sus tiernas elegas y todos mis cantores sevillanos, dioses penates de mi especial literatura, me hablaban de continuo del Betis majestuoso, el ro de las ninfas, de las nyades y los poetas, que corre al Ocano escapndose de un nfora de cristal, coronado de espadaas y laureles cuntos das, absorto en la contemplacin de mis sueos de nio, fu sentarme en su ribera, y all, donde los lamos me protegan con su sombra, daba rienda suelta mis pensamientos y forjaba una de esas historias imposibles, en las que hasta el esqueleto de la muerte se vesta mis ojos con galas fascinadoras y esplndidas! Yo soaba entonces una vida independiente y dichosa, semejante la del pjaro, que nace para cantar, y Dios le procura de comer; soaba esa vida tranquila del poeta que irradia con suave luz de una en otra generacin; soaba que la ciudad que me vi nacer se enorgulleciese con mi nombre, aadindolo al brillante catlogo de sus ilustres hijos; y cuando la muerte pusiera un trmino mi existencia, me colocasen para dormir el sueo de oro de la inmortalidad la orilla del Betis, al que yo habra cantado en odas magnficas, y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces oir el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi nombre, seran todo el monumento. Los lamos blancos, balancendose da y noche sobre mi sepultura, pareceran rezar por mi alma con el susurro de sus hojas plateadas y verdes, entre las que vendran refugiarse los pjaros para cantar al amanecer un himno alegre la resurreccin del espritu regiones ms serenas; el sauce, cubriendo aquel lugar de una flotante sombra, le prestara su vaga tristeza, inclinndose y derramando en derredor sus ramas desmayadas y flexibles como para proteger y acariciar mis despojos; y hasta el ro, que en las horas de creciente casi vendra besar el borde de la losa cercada de juncos, arrullara mi sueo con una msica agradable. Pasado algn tiempo, y despus que la losa comenzara cubrirse de manchas de musgo, una mata de campanillas, de esas campanillas azules con un disco de carmn en el fondo que tanto me gustaban, crecera su lado enredndose por entre sus grietas y vistindola con sus hojas anchas y transparentes, que no s por qu misterio tienen la forma de un corazn; los insectos de oro con alas de luz, cuya zumbido convida dormir en la calurosa siesta, vendran revolotear en torno de sus clices; para leer mi nombre, ya borroso por la accin de la humedad y los aos, sera preciso descorrer un cortinaje de verdura. Pero para qu leer mi nombre? Quin no sabra que yo descansaba all? Algn desconocido admirador de mis versos, plantara un laurel que, descollando altivo entre los otros rboles, hablase todos de mi gloria; y ya una mujer enamorada que hall en mis cantares un rasgo de esos extraos fenmenos del amor que slo las mujeres saben sentir y los poetas descifrar, ya un joven que se sinti inflamado con el sacro fuego que herva en mi mente, y quien mis palabras revelaron nuevos mundos de la inteligencia, hasta entonces para l ignotos, un extranjero que vino Sevilla llamado por la fama de su belleza y los recuerdos que en ella dejaron sus hijos, echara una flor sobre mi tumba, contemplndola un instante con tierna emocin, con noble envidia respetuosa curiosidad: la maana, las gotas del roco resbalaran como lgrimas sobre su superficie. Despus de remontado el sol, sus rayos la doraran, penetrando tal vez en la tierra y abrigando con su dulce calor mis huesos. En la tarde y la hora en que las aguas del Guadalquivir copian temblando el horizonte de fuego, la rabe torre y los muros romanos de mi hermosa ciudad, los que siguen la corriente del ro en un ligero bote que deja en pos una inquieta lnea de oro, diran al ver aquel rincn de verdura donde la piedra blanqueaba al pie de los rboles: all duerme el poeta. Y cuando el _gran Betis_ dilatase sus riberas hasta los montes; cuando sus alteradas ondas, cubriendo el pequeo valle, subiesen hasta la mitad del tronco de los lamos, las ninfas que viven ocultas en el fondo de sus palacios, difanos y transparentes, vendran agruparse alrededor de mi tumba: yo sentira la frescura y el rumor del agua agitada por sus juegos; sorprendera el secreto de sus misteriosos amores; sentira tal vez la ligera huella de sus pies de nieve al resbalar sobre el mrmol en una danza cadenciosa, oyendo, en fin, como cuando se duerme ligeramente se oyen las palabras y los sonidos de una manera confusa, el armonioso coro de sus voces juveniles y las notas de sus liras de cristal. As soaba yo en aquella poca. tanto y tan poco se limitaban entonces mis deseos! Pasados algunos aos, luego que hube salido de mi ciudad querida; despus que mis ideas tomaron poco poco otro rumbo, y la imaginacin, cansada ya de idilios, de ninfas, de poesas y de flores, comenz remontarse pocas distantes, complacindose en vestir con sus galas las dramticas escenas de la historia, fingiendo un marco de oro para cada uno de sus cuadros y haciendo un pedestal para cada uno de sus personajes, volv soar, y, como en las comedias de magia, nuevas decoraciones de fantasa sustituyeron las antiguas, y la vara mgica del deseo hizo posible en la mente nuevos absurdos. Cuntas veces, despus de haber discurrido por las anchurosas naves de alguna de nuestras inmensas catedrales gticas, de haberme sorprendido la noche en uno de esos imponentes y severos claustros de nuestras histricas abadas, he vuelto sentir inflamada mi alma con la idea de la gloria, pero una gloria ms ruidosa y ardiente que la del poeta! Yo hubiera querido ser un rayo de la guerra, haber infludo poderosamente en los destinos de mi patria, haber dejado en sus leyes y sus costumbres la profunda huella de mi paso; que mi nombre resonase unido, y como personificndola, alguna de sus grandes revoluciones, y luego, satisfecha mi sed de triunfos y de estrpito, caer en un combate, oyendo como el ltimo rumor del mundo el agudo clamor de la trompetera de mis valerosas huestes para ser conducido sobre el pavs, envuelto en los pliegues de mi destrozada bandera, emblema de cien victorias, encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros santos, donde vive el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y su color misterioso indefinible. Una airosa ojiva, erizada de hojas revueltas y puntiagudas, por entre las cuales se enroscaran, asomando su deforme cabeza, por aqu un grifo, por all uno de esos monstruos alados, engendro de la imaginacin del artfice, baara en oscura sombra mi sepulcro: su alrededor, y debajo de calados doseletes, los santos patriarcas, los bienaventurados y los mrtires con sus miembros de hierro y sus emblemticos atributos, pareceran santificarle con su presencia. Dos guerreros inmviles y vestidos de su fantstica y blanca armadura velaran da y noche de hinojos sus costados; y mientras que mi estatua de alabastro riqusimo y transparente, con arreos de batallar, la espada sobre el pecho y un len los pies, dormira majestuosa sobre el tmulo, los ngeles que, envueltos en largas tnicas y con un dedo en los labios, sostuviesen el cojn sobre que descansaba mi cabeza, pareceran llamar con sus plegarias las santas visiones de oro que llenan el desconocido sueo de la muerte de los justos, defendindome con sus alas de los terrores y de las angustias de una pesadilla eterna. En los huecos de la urna y entre un sinnmero de arcos con caireles y grumos de hojas de trbol, rosetas caladas, haces de columnillas y esas largas procesiones de plaideras que, envueltas en sus mantos de piedra, andan, al parecer, en torno del monumento llorando con llanto sin gemidos, se veran mis escudos triangulares soportados por reyes de armas con sus birretes y sus blasonadas casullas, y en los cuarteles, realzados con vivos colores, merced un hbil iluminador, las bandas de oro, las estrellas, los veros y los motes herldicos con una larga inscripcin en esa letra gtica, estrecha y puntiaguda, donde el curioso, lleno de hondo respeto, leera con pena, y casi descifrndolos, mi nombre, mis ttulos y mi gloria. All, rodeado de esa atmsfera de majestad que envuelve todo lo grande, sin que turbara mi reposo ms que el agudo chillido de una de esas aves nocturnas de ojos redondos y fosfricos, que acaso viniera anidar entre los huecos del arco, vivira todo lo que vive un recuerdo histrico y glorioso unido una magnfica obra de arte; y en la noche, cuando un furtivo rayo de luna dibujase en el pavimento del claustro los severos perfiles de las ojivas; cuando slo se oyesen los gemidos del aire extendindose de eco en eco por sus inmensas bvedas; despus de haberse perdido la ltima vibracin de la campana que toca la queda, mi estatua, en la que habra algo de lo que yo fu, un poco de ese soplo que anima el barro encadenado por un fenmeno incomprensible al granito, quin sabe si se levantara de su lecho de piedra para discurrir por entre aquellas gigantes arcadas con los otros guerreros que tendran su sepultura por all cerca, con los prelados revestidos de sus capas pluviales y sus mitras, y esas damas de largo brial y plegados monjiles que, hermosas aun en la muerte, duermen sobre las urnas de mrmol en los ms oscuros ngulos de los templos!... Desde que impresionada la imaginacin por la vaga melancola la imponente hermosura de un lugar cualquiera, se lanzaba construir con fantsticos materiales uno de esos poticos recintos, ltimo albergue de mis mortales despojos, hasta el punto aquel en que sentado al pie de la humilde tapia del cementerio de una aldea oscura, pareca como que se reposaba mi espritu en su honda calma y se abran mis ojos la luz de la realidad de las cosas qu revolucin tan radical y profunda no se ha hecho en todas mis ideas! Cuntas tempestades silenciosas no han pasado por mi frente; cuntas ilusiones no se han secado en mi alma; cuntas historias de poesa no les he hallado una repugnante vulgaridad en el ltimo captulo! Mi corazn, semejanza de nuestro globo, era como una masa incandescente y lquida, que poco poco se va enfriando y endureciendo. Todava queda algo que arde all en lo ms profundo, pero rara vez sale la superficie. Las palabras amor, gloria, poesa, no me suenan al odo como me sonaban antes. Vivir!... Seguramente que deseo vivir, porque la vida, tomndola tal como es, sin exageraciones ni engaos, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin ambiciones, con esa felicidad de la planta que tiene la maana su gota de roco y su rayo de sol; despus un poco de tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna yerba que me cubra con su manto de races, y por ltimo, un tapial que sirva para que no aren en aquel sitio ni revuelvan los huesos. He aqu hoy por hoy todo lo que ambiciono. Ser un comparsa en la inmensa comedia de la humanidad; y concludo mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se d cuenta siquiera de mi salida. No obstante esta profunda indiferencia, se me resiste el pensar que podran meterme preso en un atad formado con las cuatro tablas de un cajn de azcar, en uno de los huecos de la estantera de una sacramental, para esperar all la trompeta del juicio como empapelado, detrs de una lpida con una redondilla elogiando mis virtudes domsticas indicando precisamente el da y la hora de mi nacimiento y de mi muerte. Esta profunda instintiva preocupacin ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, casi todas las que he ido abandonando en el curso de los aos; pero al paso que voy, probablemente maana no existir tampoco; y entonces me ser tan igual que me coloquen debajo de una pirmide egipcia, como que me aten una cuerda los pies y me echen un barranco como un perro. Ello es que cada da voy creyendo ms, que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un tomo aqu. [Ilustracin] [Ilustracin] CARTA CUARTA Queridos amigos: El tiempo, que hasta aqu se mantena revuelto y mudable, ha sufrido ltimamente una nueva inesperada variacin, cosa, la verdad, poco extraa estas alturas, donde la proximidad del Moncayo nos tiene de continuo como los espectadores de una comedia de magia, embobados y suspensos con el rpido mudar de las decoraciones y de las escenas. las alternativas de fro y calor, de aires y de bochorno de una primavera, que en cuanto desigual y caprichosa nada tiene que envidiar la que disfrutan ustedes en la coronada villa, ha sucedido un tiempo constante, sereno y templado. Merced estas circunstancias y encontrarme bastante mejor de las dolencias que cuando no me imposibilitan del todo, me quitan por lo menos el gusto para las largas expediciones, he podido dar una gran vuelta por estos contornos y visitar los pintorescos lugares del Somontano. Fuera del camino, ya trepando de roca en roca, ya siguiendo el curso de una huella las profundidades de una caada, he vagado tres cuatro das de un punto otro por donde me llamaban el atractivo de la novedad, un sitio inexplorado, una senda quebrada, una punta al parecer inaccesible. No pueden ustedes figurarse el botn de ideas impresiones que, para enriquecer la imaginacin, he recogido en esta vuelta por un pas virgen an y refractario las innovaciones civilizadoras. Al volver al monasterio, despus de haberme detenido aqu para recoger una tradicin oscura de boca de una aldeana, all para apuntar los fabulosos datos sobre el origen de un lugar la fundacin de un castillo, trazar ligeramente con el lpiz el contorno de una casuca medio rabe, medio bizantina, un recuerdo de las costumbres, un tipo perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar el antiguo y manoseado smil de las abejas que andan revoloteando de flor en flor y vuelven su colmena cargadas de miel. Los escritores y los artistas deban hacer con frecuencia algo de esto mismo. Slo as podramos recoger la ltima palabra de una poca que se va, de la que slo quedan hoy algunos rastros en los ms apartados rincones de nuestras provincias, y de la que apenas restar maana un recuerdo confuso. Yo tengo fe en el porvenir: me complazco en asistir mentalmente esa inmensa irresistible invasin de las nuevas ideas que van transformando poco poco la faz de la humanidad, que merced sus extraordinarias invenciones fomentan el comercio de la inteligencia, estrechan el vnculo de los pases, fortificando el espritu de las grandes nacionalidades, y borrando, por decirlo as, las preocupaciones y las distancias, hacen caer unas tras otras las barreras que separan los pueblos. No obstante, sea cuestin de poesa, sea que es inherente la naturaleza frgil del hombre simpatizar con lo que perece y volver los ojos con cierta triste complacencia hacia lo que ya no existe, ello es que en el fondo de mi alma consagro como una especie de culto, una veneracin profunda todo lo que pertenece al pasado, y las poticas tradiciones, las derrudas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja Espaa, tienen para m todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la puesta del sol de un da esplndido, cuyas horas, llenas de emociones, vuelven pasar por la memoria vestidas de colores y de luz, antes de sepultarse en las tinieblas en que se han de perder para siempre. Cuando no se conocen ciertos perodos de la historia ms que por la incompleta y descarnada relacin de los enciclopedistas, por algunos restos diseminados como los huesos de un cadver, no pudiendo apreciar ciertas figuras desasidas del verdadero fondo del cuadro en que estaban colocadas, suele juzgarse de todo lo que fu con un sentimiento de desdeosa lstima un espritu de aversin intransigente; pero si se penetra, merced un estudio concienzudo, en algunos de sus misterios, si se ven los resortes de aquella gran mquina que hoy juzgamos absurda al encontrarla rota, si, merced un supremo esfuerzo de la fantasa ayudada por la erudicin y el conocimiento de la poca, se consigue condensar en la mente algo de aquella atmsfera de arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe, el nimo se siente sobrecogido ante el espectculo de su mltiple organizacin, en que las partes relacionadas entre s correspondan perfectamente al todo, y en que los usos, las leyes, las ideas y las aspiraciones se encontraban en una armona maravillosa. No es esto decir que yo desee para m ni para nadie la vuelta de aquellos tiempos. Lo que ha sido no tiene razn de ser nuevamente, y no ser. Lo nico que yo deseara es un poco de respetuosa atencin para aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron preparando el camino por donde hemos llegado hasta aqu, y cuya obra colosal quedar acaso olvidada por nuestra ingratitud incuria. La misma certeza que tengo de que nada de lo que desapareci ha de volver, y que en la lucha de las ideas, las nuevas han herido de muerte las antiguas, me hace mirar cuanto con ellas se relaciona con algo de esa piedad que siente hacia el vencido un vencedor generoso. En este sentimiento hay tambin un poco de egosmo. La vida de una nacin, semejanza de la del hombre, parece como que se dilata con la memoria de las cosas que fueron, y medida que es ms viva y ms completa su imagen, es ms real esa segunda existencia del espritu en lo pasado, existencia preferible y ms positiva tal vez que la del punto presente. Ni de lo que est siendo ni de lo que ser, puede aprovecharse la inteligencia para sus altas especulaciones: qu nos resta, pues, de nuestro dominio absoluto, sino la sombra de lo que ha sido? Por eso, al contemplar los destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo la envidia durante nuestras ltimas guerras; al ver todo lo que en objetos dignos de estimacin, en costumbres peculiares y primitivos recuerdos de otras pocas, se ha extraviado y puesto en desuso de sesenta aos esta parte; lo que las exigencias de la nueva manera de ser social trastornan y desencajan; lo que las necesidades y las aspiraciones crecientes desechan olvidan, un sentimiento de profundo dolor se apodera de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido el desdn de los que fines del siglo pasado pudieron an recoger para transmitrnoslas integras las ltimas palabras de la tradicin nacional, estudiando detenidamente nuestra vieja Espaa, cuando an estaban de pie los monumentos testigos de sus glorias, cuando an en las costumbres y en la vida interna quedaban huellas perceptibles de su carcter. Pero de esto nada nos queda ya hoy; y sin embargo, quin sabe si nuestros hijos su vez nos envidiarn nosotros, dolindose de nuestra ignorancia nuestra culpable apata para transmitirles siquiera un trasunto de lo que fu un tiempo su patria? Quin sabe si cuando con los aos todo haya desaparecido, tendrn las futuras generaciones que contentarse y satisfacer su ansia de conocer el pasado con las ideas ms menos aproximadas de algn nuevo Cuvier de la arqueologa, que partiendo de algn mutilado resto una vaga tradicin lo reconstruya hipotticamente? Porque no hay duda: el prosaico rasero de la civilizacin va igualndolo todo. Un irresistible y misterioso impulso tiende unificar los pueblos con los pueblos, las provincias con las provincias, las naciones con las naciones, y quin sabe si las razas con las razas. medida que la palabra vuela por los hilos telegrficos, que el ferrocarril se extiende, la industria se acrecienta, y el espritu cosmopolita de la civilizacin invade nuestro pas, van desapareciendo de l sus rasgos caractersticos, sus costumbres inmemoriales, sus trajes pintorescos y sus rancias ideas. la inflexible lnea recta, sueo dorado de todas las poblaciones de alguna importancia, se sacrifican las caprichosas revueltas de nuestros barrios moriscos, tan llenos de carcter, de misterio y de fresca sombra; de un retablo al que viva unida una tradicin, no queda aqu ms que el nombre escrito en el azulejo de una bocacalle; un palacio histrico con sus arcos redondos y sus muros blasonados, sustituye ms all una manzana de casas la moderna; las ciudades, no cabiendo ya dentro de su antiguo permetro, rompen el cinturn de fortalezas que las cie, y unas tras otras vienen al suelo las murallas fenicias, romanas, godas rabes. Dnde estn los canceles y las celosas morunas? Dnde los pasillos embovedados, los aleros salientes de maderas labradas, los balcones con su guardapolvo triangular, las ojivas con estrellas de vidrio, los muros de los jardines por donde rebosa la verdura, las encrucijadas medrosas, los carasoles de las tafureras y los espaciosos atrios de los templos? El albail, armado de su implacable piqueta, arrasa los ngulos caprichosos, tira los puntiagudos tejados demuele los moriscos miradores, y mientras el brochista roba los muros el artstico color que le han dado los siglos, embadurnndolos de cal y almagra, el arquitecto los embellece su modo con carteles de yeso y caritides de escayola, dejndolos ms vistosos que una caja de dulces franceses. No busquis ya los cosos donde justaban los galanes, las piadosas ermitas albergue de los peregrinos, el castillo hospitalario para el que llamaba de paz sus puertas. Las almenas caen unas tras otras de lo alto de los muros y van cegando los fosos; de la picota feudal slo queda un trozo de granito informe, y el arado abre un profundo surco en el patio de armas. El traje caracterstico del labriego comienza parecer un disfraz fuera del rincn de su provincia; las fiestas peculiares de cada poblacin comienzan encontrarse ridculas de mal gusto por los ms ilustrados, y los antiguos usos caen en olvido, la tradicin se rompe y todo lo que no es nuevo se menosprecia. Estas innovaciones tienen su razn de ser, y por tanto no ser yo quien las anatematice. Aunque me entristece el espectculo de esa progresiva destruccin de cuanto trae la memoria pocas que, si en efecto no lo fueron, slo por no existir ya nos parecen mejores, yo dejara al tiempo seguir su curso y completar sus inevitables revoluciones, como dejamos nuestras mujeres nuestras hijas que arrinconen en un desvn los trastos viejos de nuestros padres para sustituirlos con muebles modernos y de ms buen tono; pero ya que ha llegado la hora de la gran transformacin, ya que la sociedad animada de un nuevo espritu se apresura revestirse de una nueva forma, debamos guardar, merced al esfuerzo de nuestros escritores y nuestros artistas, la imagen de todo eso que va desaparecer, como se guarda despus que muere el retrato de una persona querida. Maana, al verlo todo constitudo de una manera diversa, al saber que nada de lo que existe exista hace algunos siglos, se preguntarn los que vengan detrs de nosotros de qu modo vivan sus padres, y nadie sabr responderles; y no conociendo ciertos pormenores de localidad, ciertas costumbres, el influjo de determinadas ideas en el espritu de una generacin, que tan perfectamente reflejaran sus adelantos y sus aspiraciones, leern la historia sin sabrsela explicar, y vern moverse nuestros hroes nacionales con la estupefaccin con que los muchachos ven moverse una marioneta sin saber los resortes que obedece. m me hace gracia observar cmo se afanan los sabios, qu grandes cuestiones enredan, y con qu exquisita diligencia se procuran los datos acerca de las ms insignificantes particularidades de la vida domstica de los egipcios los griegos, en tanto que se ignoran los ms curiosos pormenores de nuestras costumbres propias; cmo se remontan y se pierden de induccin en induccin, por entre el laberinto de las lenguas caldaicas, sajonas snscritas, en busca del origen de las palabras, en tanto que se olvidan de investigar algo ms interesante: el origen de las ideas. En otros pases ms adelantados que el nuestro, y donde, por consiguiente, el ansia de las innovaciones lo ha trastornado todo ms profundamente, se deja ya sentir la reaccin en sentido favorable este gnero de estudios; y aunque tarde, para que sus trabajos den el fruto que se debi esperar, la Edad Media y los perodos histricos que ms de cerca se encadenan con el momento actual, comienzan ser estudiados y comprendidos. Nosotros esperaremos regularmente que se haya borrado la ltima huella para empezar buscarla. Los esfuerzos aislados de algn que otro admirador de esas cosas, poco casi nada pueden hacer. Nuestros viajeros son en muy corto nmero, y por lo regular no es su pas el campo de sus observaciones. Aunque as no fuese, una excursin por las capitales, hoy que en su gran mayora estn ligadas con la gran red de vas frreas, escasamente lograra llenar el objeto de los que desean hacer un estudio de esta ndole. Es preciso salir de los caminos trillados, vagar al acaso de un lugar en otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso fe y verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir buscar los tipos originales, las costumbres primitivas y los puntos verdaderamente artsticos los rincones donde su oscuridad les sirve de salvaguardia, y de donde poco poco los van desalojando la invasora corriente de la novedad y los adelantos de la civilizacin. Todos los das vemos los gobiernos emplear grandes sumas en enviar gentes que no sin peligros y dificultades recogen en lejanos pases bichitos, florecitas y conchas. Porque yo no sea un sabio ni mucho menos, no dejo de conocer la verdadera importancia que tienen las ciencias naturales; pero la ciencia moral por qu ha de dejarse en un inexplicable abandono? Por qu al mismo tiempo que se recogen los huesos de un animal antediluviano, no se han de recoger las ideas de otros siglos traducidas en objetos de arte y usos extraos, diseminados ac y all como los fragmentos de un coloso hecho mil pedazos? Este inmenso botn de impresiones, de pequeos detalles, de joyas extraviadas, de trajes pintorescos, de costumbres caractersticas animadas y revestidas de esa vida que presta cuanto toca una pluma inteligente un lpiz diestro, no creen ustedes como yo que sera de grande utilidad para los estudios particulares y verdaderamente filosficos de un perodo cualquiera de la historia? Verdad que nuestro fuerte no es la historia. Si algo hemos de saber en este punto, casi siempre se ha de tomar algn extranjero el trabajo de decrnoslo del modo que l mejor le parece. Pero por qu no se ha de abrir este ancho campo nuestros escritores, facilitndoles el estudio y despertando y fomentando su aficin? Hartos estamos de ver en obras dramticas, en novelas que se llaman histricas y cuadros que llenan nuestras exposiciones, asuntos localizados en este el otro perodo de un siglo cualquiera, y que, cuando ms, tienen de ellos un carcter muy dudoso y susceptible de severa crtica, si los crticos su vez no supieran en este punto lo mismo menos que los autores y artistas quienes han de juzgar. Las colecciones de trajes y muebles de otros pases, los detalles que acerca de costumbres de remotos tiempos se hallan en las novelas de otras naciones, lo poco mucho que nuestros pensionados aprenden relativo otros tipos histricos y otras pocas, nunca son idnticos ni tienen un sello especial; son las nicas fuentes donde bebe su erudicin y forma su conciencia artstica la mayora. Para remediar este mal, muchos medios podran proponerse ms menos eficaces, pero que al fin daran algn resultado ventajoso. No es mi nimo, ni he pensado lo suficiente sobre la materia, el trazar un plan detallado y minucioso que, como la mayor parte de los que se trazan, no llegue realizarse nunca. No obstante, en esta en la otra forma, bien pensionndolos, bien adquiriendo sus estudios coadyuvando que se diesen luz, el Gobierno deba fomentar la organizacin peridica de algunas expediciones artsticas nuestras provincias. Estas expediciones, compuestas de grupos de un pintor, un arquitecto y un literato, seguramente recogeran preciosos materiales para obras de grande entidad. Unos y otros se ayudaran en sus observaciones mutuamente, ganaran en esa fraternidad artstica, en ese comercio de ideas tan continuamente relacionadas entre s, y sus trabajos reunidos seran un verdadero arsenal de datos, ideas y descripciones tiles para todo gnero de estudios. Adems de la ventaja inmediata que reportara esta especie de inventario artstico histrico de todos los restos de nuestra pasada grandeza, qu inmensos frutos no dara ms tarde esa semilla de impresiones, de enseanza y de poesa, arrojada en el alma de la generacin joven, donde ira germinando para desarrollarse tal vez en lo porvenir? Ya que el impulso de nuestra civilizacin, de nuestras costumbres, de nuestras artes y de nuestra literatura viene del extranjero, por qu no se ha de procurar modificarlo poco poco, hacindolo ms propio y ms caracterstico con esa levadura nacional?... * * * * * Como introduccin al rpido bosquejo de uno de esos tipos originales de nuestro pas, que he podido estudiar en mis ltimas correras, comenc apuntar de pasada y manera de introduccin algunas reflexiones acerca de la utilidad de este gnero de estudios. Sin saber cmo ni por dnde, la pluma ha ido corriendo, y me hallo ahora con que para introduccin es esto muy largo, si bien ni por sus dimensiones y su inters, parece bastante para formar artculo de por s. De todos modos, all van estas cuartillas, valgan por lo que valieren: que si alguien de ms conocimientos importancia, una vez apuntada la idea, la desarrolla y prepara la opinin para que fructifique, no sern perdidas del todo. Yo, entre tanto, voy trazar un tipo bastante original y que desconfo de poder reproducir. Ya que no de otro modo, y aunque poco valga, contribuir al xito de la predicacin con el ejemplo. [Ilustracin] [Ilustracin] CARTA QUINTA Queridos amigos: Entre los muchos sitios pintorescos y llenos de carcter que se encuentran en la antigua ciudad de Tarazona, la plaza del Mercado es sin duda alguna el ms original y digno de estudio. Parece que no ha pasado para ella el tiempo que todo lo destruye altera. Al verse en mitad de aquel espacio de forma irregular y cerrado por lienzos de edificios cual ms caprichoso y vetusto, nadie dira que nos hallamos en pleno siglo XIX, siglo amante de la novedad por excelencia, siglo aficionado hasta la exageracin lo flamante, lo limpio y lo uniforme. Hay cosas que son ms para vistas que para trasladadas al lienzo, siquiera el que lo intente sea un artista consumado, y esta plaza es una de ellas. Adonde no alcanza, pues, ni la paleta del pintor con sus infinitos recursos, cmo podr llegar mi pluma, sin ms medios que la palabra, tan pobre, tan insuficiente para dar idea de lo que es todo un efecto de lneas, de claroscuro, de combinacin de colores, de detalles que se ofrecen juntos la vista, de rumores y sonidos que se perciben la vez, de grupos que se forman y se deshacen, de movimiento que no cesa, de luz que hiere, de ruido que aturde, de vida, en fin, con sus mltiples manifestaciones, imposibles de sorprender con sus infinitos accidentes ni aun merced la cmara fotogrfica? Cuando se acomete la difcil empresa de descomponer esa extraa armona de la forma, el color y el sonido; cuando se intenta dar conocer sus pormenores, enumerando unas tras otras las partes del todo, la atencin se fatiga, el discurso se embrolla y se pierde por completo la idea de la ntima relacin que estas cosas tienen entre s, el valor que mutuamente se prestan al ofrecerse reunidas la mirada del espectador, para producir el efecto del conjunto, que es, no dudarlo, su mayor atractivo. Renuncio, pues, describir el panorama del mercado con sus extensos soportales, formados de arcos macizos y redondos sobre los que gravitan esas construcciones voladas tan propias del siglo XVI, llenas de tragaluces circulares, de rejas de hierro labradas martillo, de balcones imposibles de todas formas y tamaos, de aleros puntiagudos y de canes de madera, ya medio podrida y cubierta de polvo, que deja ver trechos el costoso entalle, muestra de su primitivo esplendor. Los mil y mil accidentes pintorescos que la vez cautivan el nimo y llaman la vista como reclamando la prioridad de la descripcin; las dobles hileras de casuquillas de extrao contorno y extravagantes proporciones, stas altas y estrechas como un castillo, aqullas chatas y agazapadas entre el ngulo de un templo y los muros de un palacio como una verruga de argamasa y escombros; los recortados lienzos de edificios con un remiendo moderno, un trozo de piedra que acusa su antigedad, un escudo de pizarra que oculta casi el rtulo de una mercera, un retablillo con una imagen de la Pursima y su farol ahumado y diminuto, el retorcido tronco de una vid que sale del interior por un agujero practicado en la pared y sube hasta sombrear con un toldo de verdura el alfizar de un ajimez rabe, confundidos y entremezclados en mi memoria con el recuerdo de la monumental fachada de la casa-ayuntamiento, con sus figuras colosales de granito, sus molduras de hojarasca, sus frisos por donde se extiende una larga y muda procesin de guerreros de piedra, precedidos de timbales y clarines, sus torres cnicas, sus arcos chatos y fuertes, y sus blasones soportados por ngeles y grifos rampantes, forman en mi cabeza un caos tan difcil de desembrollar en este momento, que si ustedes con su imaginacin no hacen en l la luz y lo ordenan, y colocan su gusto todas estas cosas que yo arrojo granel sobre las cuartillas, las figuras de mi cuadro se quedarn sin fondo, los actores de mi comedia se agitarn en un escenario sin decoracin ni acompaamiento. Figrense ustedes, pues, partiendo de estos datos; como mejor les plazca, el mercado de Tarazona: figrense ustedes que ven, por aqu cajones formados de tablas y esteras, tenduchos levantados de improviso con estacas y lienzos, mesillas cojas y contrahechas, bancos largos y oscuros, y por all cestos de frutas que ruedan hasta el arroyo, montones de hortalizas frescas y verdes, rimeros de panes blancos y rubios, trozos de carne que cuelgan de garfios de hierro, tenderetes de ollas, pucheros y platos, guirnaldas de telas de colorines, pauelos de tintas rabiosas, zapatos de cordobn y alpargatas de camo que engalanan los soportales, sujetos con cordeles de columna columna, y figrense ustedes circulando por medio de ese pintoresco cmulo de objetos, producto de la atrasada agricultura y la pobre industria de este rincn de Espaa, una multitud abigarrada de gentes que van y vienen en todas direcciones, paisanos con sus mantas de rayas, sus pauelos rojos unidos las sienes, su faja morada y su calzn estrecho, mujeres de los lugares circunvecinos con sayas azules, verdes, encarnadas y amarillas: por este lado un seor antiguo, de los que ya slo aqu se encuentran, con su calzn corto, su media de lana oscura y su sombrero de copa; por aquel un estudiante con sus manteos y su tricornio, que recuerdan los buenos tiempos de Salamanca y chiquillos que corren y vocean, caballeras que cruzan, vendedores que pregonan, una interjeccin caracterstica por ac, los desaforados gritos de los que disputan y rien, todo envuelto y confundido con ese rumor sin nombre que se escapa de las reuniones populares, donde todos hablan, se mueven y hacen ruido la vez, mientras se codean, avanzan, retroceden, empujan resisten, llevados por el oleaje de la multitud. La primera vez que tuve ocasin de presenciar este espectculo lleno de animacin y de vida, perdido entre los numerosos grupos que llenaban la plaza de un extremo otro, apenas pude darme cuenta exacta de lo que suceda mi alrededor. La novedad de los tipos, los trajes y las costumbres; el extrao aspecto de los edificios y las tiendecillas, encajonadas unas entre dos pilares de mrmol, otras bajo un arco severo imponente, levantadas al aire libre sobre tres cuatro palitroques; hasta el pronunciado y especial acento de los que voceaban pregonando sus mercancas, nuevo completamente para m, eran causa ms que bastante producirme ese aturdimiento que hace imposible la percepcin detallada de un objeto cualquiera. Mis miradas, vagando de un punto otro sin cesar un momento, no tenan ni voluntad propia para fijarse en un sitio. As estuve cerca de una hora cruzando en todos sentidos la plaza, la que, por ser da de fiesta y uno de los ms clsicos de mercado, haba acudido ms gente que de costumbre, cuando en uno de sus extremos y cerca de una fuente donde unos lavaban las verduras, otros recogan agua en un cacharro daban de beber sus caballeras, distingu un grupo de muchachas que, en su original y airoso atavo, en sus maneras y hasta en su particular modo de expresarse, conoc que seran de alguno de los pueblos de las inmediaciones de Tarazona, donde ms puras y primitivas se conservan las antiguas costumbres y ciertos tipos del alto Aragn. En efecto, aquellas muchachas, cuya fisonoma especial, cuya desenvoltura varonil, cuyo lenguaje mezclado de las ms enrgicas interjecciones, contrastaba de un modo notable con la expresin de ingenua sencillez de sus rostros, con su extremada juventud y con la inocencia que descubren travs del somero barniz de malicia de su alegre dicharacheo, se distinguan tanto de las otras mujeres de las aldeas y lugares de los contornos que, como ellas, vienen al mercado de la ciudad, que desde luego se despert en m la idea de hacer un estudio ms detenido de sus costumbres, enterndome del punto de que procedan y el gnero de trfico en que se ocupaban. So pretexto de ajustar una carga de lea de las varias que tenan sobre algunos borriquillos pequeos, huesosos y lanudos, trab conversacin con una de las que me parecieron ms juiciosas y formales, mientras las otras nos aturdan con sus voces, sus risotadas sus chistes, pues es tal la fama de alegres y decidoras que tienen entre las gentes de la ciudad, que no hay seminarista desocupado zumbn que al pasar no les diga alguna cosa, seguro de que no ha de faltarles una ocurrencia oportuna y picante para responderles. Mi conversacin, en la que por incidencia toqu dos tres puntos de los que deseaba aclarar, fu por lo tanto todo lo insuficiente que, dadas las condiciones del sitio y de mis interlocutoras, se poda presumir. Supe, no obstante, que eran de An, pueblecito que dista unas tres horas de camino de Tarazona, y que en mis paseos alrededor de esta abada, he tenido ocasin de ver varias veces muy en lontananza y casi oculto por las gigantescas ondulaciones del Moncayo, en cuya spera falda tiene su asiento, y que su ocupacin diaria consista en ir y venir desde su aldea la ciudad, donde traan un pequeo comercio con la lea que en gran abundancia les suministran los montes, entre los cuales viven. Estas noticias, aunque vulgares, escasas y unidas las que despus pude adquirir por el dueo del parador en que estuve los dos tres das que permanec en Tarazona, en aquella ocasin slo sirvieron para avivar mi deseo de conocer ms fondo las costumbres de este tipo particular de mujeres, en las que desde luego llaman la atencin sus rasgos de belleza nada comunes y su aire resuelto y gracioso. Esto aconteci har cosa de tres cuatro meses, en el intervalo de los cuales, todas las maanas, antes de salir el sol, y confundindose con la algaraba de los pjaros, llegaban hasta mi celda, sacndome veces de mi sueo, las voces alegres y sonoras, aunque un tanto desgarradas, de esas mismas muchachas que, mordiendo un tarugo de pan negro, cantando grito herido, interrumpiendo su cancin para arrear el borriquillo en que conducen la carga de lea, atraviesan impvidas con fros y calores, con nieves tormentas, las tres leguas mortales de precipicios y alturas que hay desde su lugar Tarazona. ltimamente, como ya dije ustedes en mi anterior, el tiempo y mis dolencias, ponindose de acuerdo para dar un punto de reposo, el uno en sus continuas variaciones y las otras en sus diarias incomodidades, me han permitido satisfacer en parte la curiosidad, visitando los lugares del Somontano, entre los que se encuentra An, sin duda alguna el ms original por sus costumbres y el ms pintoresco por sus alrededores y posicin topogrfica. En mi corta visita este lugar, me expliqu perfectamente por qu en el aire y en la fisonoma de las aoneras hay algo de extraordinario, algo que las particulariza y distingue de entre todas las mujeres del pas. Sus costumbres, su educacin especial y su gnero de vida, son, en efecto, diversos de los de aquellos pueblos. An, que en otra poca perteneci los caballeros de San Juan, cuya Orden mantiene an en l un priorato, est situado sobre una altura en el punto en que comienza el spero bosque de carrascas, que cubre como una sbana de verdura la base del monte. Cuando lo tenan por s los caballeros de la Orden hospitalaria, debi de ser lugar fuerte y cerrado; hoy slo quedan como testigos de su pasado esplendor las colosales ruinas de un castillo de inmensas proporciones, y algunos lienzos de muro que ya se esconden, ya aparecen por entre los rojizos tejados de las casas que se agrupan en derredor de estos despojos. Cada uno de los pueblos de estas cercanas tiene una reducida llanura propia para el cultivo; slo An, encaramado sobre sus rocas, sin el recurso siquiera del monte, que ya no le pertenece, sin otras tierras para sembrar que los pequeos remansos que forma una de sus laderas que se degrada en speros escalones, necesita apelar su ingenio y un trabajo rudo y peligroso para sostenerse. Yo no sabr decir ustedes si esto proviene de que los hombres se ocupaban de muy antiguo en el servicio de los caballeros, por lo cual tenan abandonadas sus casas al dominio de las mujeres, de otra causa cualquiera que yo no me he podido explicar; ello es, que en este pueblo hay algo de lo que nos refieren las fbulas de las amazonas, de lo que habrn ustedes tenido ocasin de ver en la _Isla de San Balandrn_. No es esto decir que el sexo feo y fuerte deje de serlo tanto cuanto es necesario para justificar ampliamente estos apelativos; pero la poblacin femenina se agita tan en primer trmino, desempea un papel tan activo en la vida pblica, trabaja y va y viene de un punto otro con tal resolucin y desenfado, que puede asegurarse que ella es la que da el carcter al lugar, y la que lo hace conocido y famoso en veinte leguas la redonda. En la plaza de Tarazona, teatro de sus habilidades, en los caminos que atraviesa cantando, en el monte, adonde va buscar furtivamente su mercanca, en las fiestas del lugar, en cualquier parte que se encuentre, si una vez se ha visto una aonera, es imposible confundirla con las dems aldeanas. La escasa comunicacin que tienen estos pueblecillos entre s, es el origen de las radicales diferencias que se notan primera vista entre los habitantes, aun de los ms prximos. Dentro del tipo aragons, que es el general todos ellos, hay infinitos matices que caracterizan cada regin de la provincia, cada aldea de por s. El tipo de las aoneras es uno con muy leves alteraciones; su traje idntico, sus costumbres y su ndole las mismas siempre. Ms esbeltas que altas, en lo erguido del talle, en el bro con que caminan, en la elasticidad de sus msculos, en la prontitud de todos sus movimientos, revelan la fuerza de que estn dotadas y la resolucin de su nimo. Sus facciones, curtidas por el viento y el sol, ofrecen rasgos perfectamente regulares, mezclndose en ellas con extraa armona la volubilidad y ese no s qu imposible de definir que constituye la gracia, con esa leve expresin de la osada que dilata imperceptiblemente la nariz y pliega el labio en ademn desdeoso. Nada ms pintoresco y sencillo la vez que su traje. Un apretador de colores vivos les cie la cintura y deja ver la camisa, blanca como la nieve, que se pliega en derredor del cuello, sobre el que se levanta erguida, morena y varonil, la cabeza coronada de cabellos oscuros y abundantes. Una saya corta, airosa y encarnada amarilla, les llega justamente hasta el punto de la pierna en que se atan las abarcas con un listn negro, que sube serpenteando sobre la media azul hasta bastante ms arriba del tobillo. Acostumbradas casi desde que nacen saltar de roca en roca por entre las quebraduras del monte, su pie adquiere esa firmeza peculiar de todos los habitantes de las montaas, hasta el punto de que algunas veces da miedo cuando se las mira atravesar un sendero estrecho que bordea un barranco, emparejadas con el borriquillo que conduce la lea y saltando de una piedra en otra de las que costean el camino. As andan las leguas, tal vez en ayunas, pero siempre riendo, siempre cantando, siempre de humor para cambiar una cuchufleta con sus compaeros de viaje. Y no hay miedo de que su cabeza vacile al atravesar un sitio peligroso, su ligero paso se acorte al llegar lo ltimo de la penosa jornada; su vista tiene algo de la fijeza intensidad de la del guila, acaso porque como ella se ha acostumbrado medir indiferente los abismos; sus miembros, endurecidos con la costumbre del trabajo, soportan las fatigas ms rudas sin que el cansancio los entorpezca un instante. Slo de este modo les es posible vivir en medio de la miseria que las agobia. Cuando la noche es ms oscura; cuando la nieve borra hasta las lindes de los senderos; cuando supone que los guardas de los montes del Estado no se atrevern aventurarse por aquellas brechas profundas y aquellos bosques de rboles intrincados y sombros, entonces la aonera, desafiando todos los peligros, adivinando las sendas, sufriendo el temporal, escuchando por uno y otro lado los aullidos de los lobos, sale furtivamente de su lugar. Ms bien que baja, puede decirse que se descuelga de roca en roca hasta el ltimo valle que lo separa del Moncayo; armada del hacha penetra en el laberinto de carrascas oscuras, cuyo pie nacen espinos y zarzas en montn, y descargando rudos golpes con una fuerza y una agilidad inconcebibles, hace su acopio de lea, que despus oculta para conducirla poco poco, primero su casa y ms tarde Tarazona, donde recibe por su trabajo material, por los peligros que afronta y las fatigas que sufre, seis siete reales lo sumo. Francamente hablando, hay en este mundo desigualdades que asustan. Quin puede sospechar que la misma hora en que nuestras grandes damas de la corte se agrupan en el peristilo del teatro Real, envueltas en sus calientes y vistosos albornoces, y esperan el carruaje que ha de conducirlas sobre blandos almohadones de seda su palacio, otras mujeres, hermosas quizs como ellas, como ellas dbiles al nacer, sacuden de cuando en cuando la cabeza de un lado otro para desparcir la nieve que se les amontona encima, en tanto que rodeadas de oscuridad profunda, de peligros y de sobresaltos, hacen resonar el bosque con el crujido de los troncos que caen derribados los golpes del hacha? Grandes, inmensas desigualdades existen, no cabe duda; pero tambin es cierto que todas tienen su compensacin. Yo he visto levantarse agitado y dejar escapar un comprimido sollozo ms de un pecho cubierto de leve gasa y seda; yo he visto ms de una altiva frente inclinarse triste y sin color como agobiada bajo el peso de su esplndida diadema de pedrera; en cambio, hoy como ayer, sigue despertndome el alegre canto de las aoneras que pasan por delante de las puertas del monasterio para dirigirse Tarazona; maana como hoy, si salgo al camino voy buscarlas al mercado, las encontrar riendo y en continua broma, felices con sus seis reales, satisfechas, porque llevarn un pan negro su familia, ufanas con la satisfaccin de que ellas se deben la burda saya que visten y el bocado de pan que comen. Dios, aunque invisible, tiene siempre una mano tendida para levantar por un extremo la carga que abruma al pobre. Si no, quin subira la spera cumbre de la vida con el pesado fardo de la miseria al hombro? [Ilustracin] [Ilustracin] CARTA SEXTA Queridos amigos: Har cosa de dos tres aos, tal vez leeran ustedes en los peridicos de Zaragoza la relacin de un crimen que tuvo lugar en uno de los pueblecillos de estos contornos. Tratbase del asesinato de una pobre vieja quien sus convecinos acusaban de bruja. ltimamente, y por una coincidencia extraa, he tenido ocasin de conocer los detalles y la historia circunstanciada de un hecho que se comprende apenas en mitad de un siglo tan despreocupado como el nuestro. Ya estaba para acabar el da. El cielo, que desde el amanecer se mantuvo cubierto y nebuloso, comenzaba oscurecerse medida que el sol, que antes transparentaba su luz travs de las nieblas, iba debilitndose, cuando, con la esperanza de ver su famoso castillo como trmino y remate de mi artstica expedicin, dej Litago para encaminarme Trasmoz, pueblo del que me separaba una distancia de tres cuartos de hora por el camino ms corto. Como de costumbre, y exponindome, trueque de examinar mi gusto los parajes ms speros y accidentados, las fatigas y la incomodidad de perder el camino por entre aquellas zarzas y peascales, tom el ms difcil, el ms dudoso y ms largo, y lo perd en efecto, pesar de las minuciosas instrucciones de que me pertrech la salida del lugar. Ya enzarzado en lo ms espeso y fragoso del monte, llevando del diestro la caballera por entre sendas casi impracticables, ora por las cumbres para descubrir la salida del laberinto, ora por las honduras con la idea de cortar terreno, anduve vagando al azar un buen espacio de tarde hasta que, por ltimo, en el fondo de una cortadura tropec con un pastor, el cual abrevaba su ganado en el riachuelo que, despus de deslizarse sobre un cauce de piedras de mil colores, salta y se retuerce all con un ruido particular que se oye gran distancia, en medio del profundo silencio de la naturaleza que en aquel punto y aquella hora parece muda dormida. Pregunt al pastor el camino del pueblo, el cual segn mis cuentas no deba de distar mucho del sitio en que nos encontrbamos, pues aunque sin senda fija, yo haba procurado adelantar siempre en la direccin que me haban indicado. Satisfizo el buen hombre mi pregunta lo mejor que pudo, y ya me dispona proseguir mi azarosa jornada, subiendo con pies y manos y tirando de la caballera, como Dios me daba entender, por entre unos pedruscos erizados de matorrales y puntas, cuando el pastor que me vea subir desde lejos, me di una gran voz advirtindome que no tomara la _senda de la ta Casca_, si quera llegar sano y salvo la cumbre. La verdad era que el camino, que equivocadamente haba tomado, se haca cada vez ms spero y difcil, y que por una parte la sombra que ya arrojaban las altsimas rocas, que parecan suspendidas sobre mi cabeza, y por otra el ruido vertiginoso del agua que corra profunda mis pies, y de la que comenzaba elevarse una niebla inquieta y azul, que se extenda por la cortadura borrando los objetos y los colores, parecan contribuir turbar la vista y conmover el nimo con una sensacin de penoso malestar que vulgarmente podra llamarse preludio de miedo. Volv pies atrs, baj de nuevo hasta donde se encontraba el pastor, y mientras seguamos juntos por una trocha que se diriga al pueblo, adonde tambin iba pasar la noche mi improvisado gua, no pude menos de preguntarle con alguna insistencia, por qu, aparte de las dificultades que ofreca el ascenso, era tan peligroso subir la cumbre por la senda que llam de la _ta Casca_. --Porque antes de terminar la senda--me dijo con el tono ms natural del mundo--tendrais que costear el precipicio que cay la maldita bruja que le da su nombre, y en el cual se cuenta que anda penando el alma que, despus de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido para suya. --Hola!--exclam entonces como sorprendido, aunque, decir verdad, ya me esperaba una contestacin de esta parecida clase.--Y en qu diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos andurriales? --En acosar y perseguir los infelices pastores que se arriesgan por esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si fuese un lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura, acurrucndose en las quiebras de las rocas que estn en el fondo del precipicio, desde donde llama con su mano amarilla y seca los que van por el borde, les clava la mirada de sus ojos de buho, y cuando el vrtigo comienza desvanecer su cabeza, da un gran salto, se les agarra los pies y pugna hasta despearlos en la sima... Ah, maldita bruja!--exclam despus de un momento el pastor tendiendo el puo crispado hacia las rocas, como amenazndola;--ah! maldita bruja, muchas hiciste en vida, y ni aun muerta hemos logrado que nos dejes en paz; pero, no haya cuidado, que ti y tu endiablada raza de hechiceras os hemos de aplastar una una, como vboras. --Por lo que veo--insist, despus que hubo concludo su extravagante imprecacin,--est usted muy al corriente de las fechoras de esa mujer. Por ventura, alcanz usted conocerla? Porque no me parece de tanta edad como para haber vivido en el tiempo en que las brujas andaban todava por el mundo. Al oir estas palabras el pastor, que caminaba delante de m para mostrarme la senda, se detuvo un poco y fijando en los mos sus asombrados ojos, como para conocer si me burlaba, exclam con un acento de buena fe pasmosa:--Que no le parezco usted de edad bastante para haberla conocido! Pues y si yo le dijera que no hace an tres aos cabales que con estos mismos ojos que se ha de comer la tierra, la vi caer por lo alto de ese derrumbadero, dejando en cada uno de los peascos y de las zarzas un jirn de vestido de carne, hasta que lleg al fondo donde se qued aplastada como un sapo que se coge debajo del pie? --Entonces--respond asombrado mi vez de la credulidad de aquel pobre hombre--dar crdito lo que usted dice, sin objetar palabra; aunque m se me haba figurado--aad recalcando estas ltimas frases para ver el efecto que le hacan,--que todo eso de las brujas y los hechizos no eran sino antiguas y absurdas patraas de las aldeas. --Eso dicen los seores de la ciudad, porque ellos no les molestan; y fundados en que todo es puro cuento, echaron presidio algunos infelices que nos hicieron un bien de caridad la gente del Somontano, despeando esa mala mujer. --Conque no cay casualmente ella, sino que la hicieron rodar que quieras que no? ver, ver! Cunteme usted cmo pas eso, porque debe de ser curioso--aad, mostrando toda la credulidad y el asombro suficiente, para que el buen hombre no maliciase que slo quera distraerme un rato, oyendo sus sandeces; pues es de advertir que hasta que no me refiri los pormenores del suceso, no hice memoria de que, en efecto, yo haba ledo en los peridicos de provincia una cosa semejante. El pastor, convencido por las muestras de inters conque me dispona escuchar su relato, de que yo no era uno de _esos seores de la ciudad_, dispuesto tratar de majaderas su historia, levant la mano en direccin uno de los picachos de la cumbre, y comenz as, sealndome una de las rocas que se destacaba oscura imponente sobre el fondo gris del cielo, que el sol, al ponerse tras las nubes, tea de algunos cambiantes rojizos. --Ve usted aquel cabezo alto, alto, que parece cortado pico, y por entre cuyas peas crecen las aliagas y los zarzales? Me parece que sucedi ayer. Yo estaba algunos doscientos pasos camino atrs de donde nos encontramos en este momento; prximamente sera la misma hora, cuando cre escuchar unos alaridos distantes, y llantos imprecaciones que se entremezclaban con voces varoniles y colricas que ya se oan por un lado, ya por otro, como de pastores que persiguen un lobo por entre los zarzales. El sol, segn digo, estaba al ponerse, y por detrs de la altura se descubra un jirn del cielo, rojo y encendido como la grana, sobre el que vi aparecer alta, seca y haraposa, semejante un esqueleto que se escapa de su fosa, envuelto an en los jirones del sudario, una vieja horrible, en la que conoc la _ta Casca_. La _ta Casca_ era famosa en todos estos contornos, y me bast distinguir sus greas blancuzcas que se enredaban alrededor de su frente como culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos disformes, que se destacaban angulosos y oscuros sobre el fondo de fuego del horizonte, para reconocer en ella la bruja de Trasmoz. Al llegar sta al borde del precipicio, se detuvo un instante sin saber qu partido tomar. Las voces de los que parecan perseguirla sonaban cada vez ms cerca, y de cuando en cuando la vea hacer una contorsin, encogerse dar un brinco para evitar los cantazos que le arrojaban. Sin duda no traa el bote de sus endiablados untos, porque, traerlo, seguro que habra atravesado al vuelo la cortadura, dejando sus perseguidores burlados y jadeantes como lebreles que pierden la pista. Dios no lo quiso as, permitiendo que de una vez pagara todas sus maldades!... Llegaron los mozos que venan en su seguimiento, y la cumbre se coron de gentes, stos con piedras en las manos, aqullos con garrotes, los de ms all con cuchillos. Entonces comenz una cosa horrible. La vieja, maldita hipocritona! vindose sin huda, se arroj al suelo, se arrastr por la tierra besando los pies de los unos, abrazndose las rodillas de los otros, implorando en su ayuda la Virgen y los santos, cuyos nombres sonaban en su condenada boca como una blasfemia. Pero los mozos, as hacan caso de sus lamentos como yo de la lluvia cuando estoy bajo techado.--Yo soy una pobre vieja que no he hecho dao nadie; no tengo hijos ni parientes que me vengan amparar; perdonadme, tened compasin de m!--aullaba la bruja; y uno de los mozos, que con la una mano la haba asido de las greas, mientras tena en la otra la navaja que procuraba abrir con los dientes, le contestaba rugiendo de clera:--Ah, bruja de Lucifer, ya es tarde para lamentaciones, ya te conocemos todos!--T hiciste un mal mi mulo, que desde entonces no quiso probar bocado, y muri de hambre dejndome en la miseria!--deca uno.--T has hecho mal de ojo mi hijo, y lo sacas de la cuna y lo azotas por las noches!--aada el otro; y cada cual exclamaba por su lado:--T has echado una suerte mi hermana! T has ligado mi novia! T has emponzoado la yerba! T has embrujado al pueblo entero! Yo permaneca inmvil en el mismo punto en que me haba sorprendido aquel clamoreo infernal, y no acertaba mover pie ni mano, pendiente del resultado de aquella lucha. La voz de la _ta Casca_, aguda y estridente, dominaba el tumulto de todas las otras voces que se reunan para acusarla, dndole en el rostro con sus delitos, y siempre gimiendo, siempre sollozando, segua poniendo Dios y los santos patronos del lugar por testigos de su inocencia. Por ltimo, viendo perdida toda esperanza, pidi como ltima merced que la dejasen un instante implorar del cielo, antes de morir, el perdn de sus culpas, y de rodillas al borde de la cortadura como estaba, la vieja inclin la cabeza, junt las manos y comenz murmurar entre dientes qu s yo qu imprecaciones ininteligibles: palabras que yo no poda oir por la distancia que me separaba de ella, pero que ni los mismos que estaban su lado lograron entender. Unos aseguran que hablaba en latn, otros que en una lengua salvaje y desconocida, no faltando quien pudo comprender que en efecto rezaba, aunque diciendo las oraciones al revs, como es costumbre de estas malas mujeres. En este punto se detuvo el pastor un momento, tendi su alrededor una mirada, y prosigui as: --Siente usted este profundo silencio que reina en todo el monte, que no suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire est inmvil y pesa sobre los hombros y parece que aplasta? Ve usted esos jirones de niebla oscura que se deslizan poco poco lo largo de la inmensa pendiente del Moncayo, como si sus cavidades no bastaran contenerlos? Los ve usted cmo se adelantan mudos y con lentitud, como una legin area que se mueve por un impulso invisible? El mismo silencio de muerte haba entonces, el mismo aspecto extrao y temeroso ofreca la niebla de la tarde, arremolinada en las lejanas cumbres, todo el tiempo que dur aquella suspensin angustiosa. Yo lo confieso con toda franqueza: llegu tener miedo. Quin saba si la bruja aprovechaba aquellos instantes para hacer uno de esos terribles conjuros que sacan los muertos de sus sepulturas, estremecen el fondo de los abismos y traen la superficie de la tierra, obedientes sus imprecaciones, hasta los ms rebeldes espritus infernales? La vieja rezaba, rezaba sin parar; los mozos permanecan en tanto inmviles, cual si estuviesen encadenados por un sortilegio, y las nieblas oscuras seguan avanzando y envolviendo las peas, en derredor de las cuales fingan mil figuras extraas como de monstruos deformes, cocodrilos rojos y negros, bultos colosales de mujeres envueltas en paos blancos, y listas largas de vapor que, heridas por la ltima luz del crepsculo, semejaban inmensas serpientes de colores. Fija la mirada en aquel fantstico ejrcito de nubes que parecan correr al asalto de la pea sobre cuyo pico iba morir la bruja, yo estaba esperando por instantes cundo se abran sus senos para abortar la diablica multitud de espritus malignos, comenzando una lucha horrible al borde del derrumbadero, entre los que estaban all para hacer justicia en la bruja y los demonios que, en pago de sus muchos servicios, vinieran ayudarla en aquel amargo trance. --Y por fin--exclam interrumpiendo el animado cuento de mi interlocutor, impaciente ya por conocer el desenlace,--en qu acab todo ello? Mataron la vieja? Porque yo creo que por muchos conjuros que recitara la bruja y muchas seales que usted viese en las nubes y en cuanto le rodeaba, los espritus malignos se mantendran quietecitos cada cual en su agujero, sin mezclarse para nada en las cosas de la tierra. No fu as? --As fu, en efecto. Bien porque en su turbacin la bruja no acertara con la frmula , lo que yo ms creo, por ser viernes, da en que muri Nuestro Seor Jesucristo, y no haber acabado an las vsperas, durante las que los malos no tienen poder alguno, ello es que, viendo que no conclua nunca con su endiablada monserga, un mozo le dijo que acabase, y levantando en alto el cuchillo, se dispuso herirla. La vieja entonces, tan humilde, tan hipocritona hasta aquel punto, se puso de pie con un movimiento tan rpido como el de una culebra enroscada la que se pisa y despliega sus anillos irguindose llena de clera.--Oh! no; no quiero morir, no quiero morir!--deca;--dejadme os morder las manos con que me sujetis!... Pero an no haba pronunciado estas palabras, abalanzndose sus perseguidores, fuera de s, con las greas sueltas, los ojos inyectados en sangre, y la hedionda boca entreabierta y llena de espuma, cuando la o arrojar un alarido espantoso, llevarse por dos tres veces las manos al costado con grande precipitacin, mirrselas y volvrselas mirar maquinalmente, y por ltimo, dando tres cuatro pasos vacilantes como si estuviese borracha, la vi caer al derrumbadero. Uno de los mozos quien la bruja hechiz una hermana, la ms hermosa, la ms buena del lugar, la haba herido de muerte en el momento en que sinti que le clavaba en el brazo sus dientes negros y puntiagudos. Pero cree usted que acab ah la cosa? Nada menos que eso: la vieja de Lucifer tena siete vidas como los gatos. Cay por un derrumbadero donde cualquiera otro quien se le resbalase un pie no parara hasta lo ms hondo, y ella, sin embargo, tal vez porque el diablo le quit el golpe porque los harapos de las sayas la enredaron en los zarzales, qued suspendida de uno de los picos que erizan la cortadura, barajndose y retorcindose all como un reptil colgado por la cola. Dios, cmo blasfemaba! Qu imprecaciones tan horribles salan de su boca! Se estremecan las carnes y se ponan de punta los cabellos slo de oirla... Los mozos seguan desde lo alto todas sus grotescas evoluciones, esperando el instante en que se desgarrara el ltimo jirn de la saya que estaba sujeta, y rodara dando tumbos, de pico en pico, hasta el fondo del barranco; pero ella con el ansia de la muerte y sin cesar de proferir, ora horribles blasfemias, ora palabras santas mezcladas de maldiciones, se enroscaba en derredor de los matorrales; sus dedos largos, huesosos y sangrientos, se agarraban como tenazas las hendiduras de las rocas, de modo que ayudndose de las rodillas, de los dientes, de los pies y de las manos, quizs hubiese conseguido subir hasta el borde, si algunos de los que la contemplaban y que llegaron temerlo as, no hubiesen levantado en alto una piedra gruesa, con la que le dieron tal cantazo en el pecho, que piedra y bruja bajaron la vez saltando de escaln en escaln por entre aquellas puntas calcreas, afiladas como cuchillos, hasta dar, por ltimo, en ese arroyo que se ve en lo ms profundo del valle... Una vez all, la bruja permaneci un largo rato inmvil, con la cara hundida entre el lgamo y el fango del arroyo que corra enrojecido con la sangre; despus, poco poco, comenz como volver en s y agitarse convulsivamente. El agua cenagosa y sangrienta saltaba en derredor batida por sus manos, que de vez en cuando se levantaban en el aire crispadas y horribles, no s si implorando piedad, amenazando an en las ltimas ansias... As estuvo algn tiempo removindose y queriendo intilmente sacar la cabeza fuera de la corriente buscando un poco de aire, hasta que al fin se desplom muerta; muerta del todo, pues los que la habamos visto caer y conocamos de lo que es capaz una hechicera tan astuta como la _ta Casca_, no apartamos de ella los ojos hasta que, completamente entrada la noche, la oscuridad nos impidi distinguirla, y en todo este tiempo no movi pie ni mano; de modo que si la herida y los golpes no fueron bastantes acabarla, es seguro que se ahog en el riachuelo cuyas aguas tantas veces haba embrujado en vida para hacer morir nuestras reses.--Quien en mal anda, en mal acaba!--exclamamos despus de mirar una ltima vez al fondo oscuro del despeadero; y santigundonos santamente y pidiendo Dios nos ayudase en todas las ocasiones, como en aquella, contra el diablo y los suyos, emprendimos con bastante despacio la vuelta al pueblo, en cuya desvencijada torre las campanas llamaban la oracin los vecinos devotos. Cuando el pastor termin su relato, llegbamos precisamente la cumbre ms cercana al pueblo, desde donde se ofreci mi vista el castillo oscuro imponente con su alta torre del homenaje, de la que slo queda en pie un lienzo de muro con dos saeteras, que transparentaban la luz y parecan los ojos de un fantasma. En aquel castillo, que tiene por cimiento la pizarra negra de que est formado el monte, y cuyas vetustas murallas, hechas de pedruscos enormes, parecen obras de titanes, es fama que las brujas de los contornos tienen sus nocturnos concilibulos. La noche haba cerrado ya, sombra y nebulosa. La luna se dejaba ver intervalos por entre los jirones de las nubes que volaban en derredor nuestro, rozando casi con la tierra, y las campanas de Trasmoz dejaban oir lentamente el toque de oraciones, como al final de la horrible historia que me acababan de referir. Ahora que estoy en mi celda tranquilo, escribiendo para ustedes la relacin de estas impresiones extraas, no puedo menos de maravillarme y dolerme de que las viejas supersticiones tengan todava tan hondas races entre las gentes de las aldeas, que den lugar sucesos semejantes; pero, por qu no he de confesarlo? sonndome an las ltimas palabras de aquella temerosa relacin, teniendo junto m aquel hombre que tan de buena fe imploraba la proteccin divina para llevar cabo crmenes espantosos, viendo mis pies el abismo negro y profundo en donde se revolva el agua entre las tinieblas, imitando gemidos y lamentos, y en lontananza el castillo tradicional, coronado de almenas oscuras, que parecan fantasmas asomadas los muros, sent una impresin angustiosa, mis cabellos se erizaron involuntariamente, y la razn, dominada por la fantasa, la que todo ayudaba, el sitio, la hora y el silencio de la noche, vacil un punto, y casi cre que las absurdas consejas de las brujeras y los maleficios pudieran ser posibles. _Postdata._--Al terminar esta carta y cuando ya me dispona escribir el sobre, la muchacha que me sirve y que ha concludo en este instante de arreglar los trebejos de la cocina y de apagar la lumbre, armada de un enorme candil de hierro, se ha colocado junto mi mesa esperar, como tiene de costumbre siempre que me ve escribir de noche, que le entregue la carta que ella su vez dar maana al correo, el cual baja de An Tarazona al romper el da. Sabiendo que es de un lugar inmediato Trasmoz y que en este ltimo pueblo tiene gran parte de su familia, me ha ocurrido preguntarle si conoci la _ta Casca_, y si sabe alguna particularidad de sus hechizos famosos en todo el Somontano. No pueden ustedes figurarse la cara que ha puesto al oir el nombre de la bruja, ni la expresin de medrosa inquietud con que ha vuelto la vista su alrededor, procurando iluminar con el candil los rincones oscuros de la celda, antes de responderme. Despus de practicada esta operacin, y con voz baja y alterada, sin contestar mi interpelacin, me ha preguntado su vez: --Sabe usted en qu da de la semana estamos? --No, chica--le respond;--pero qu conduce saber el da de la semana? --Porque si es viernes, no puedo despegar los labios sobre ese asunto. Los viernes, en memoria de que Nuestro Seor Jesucristo muri en semejante da, no pueden las brujas hacer mal nadie; pero en cambio oyen desde su casa cuanto se dice de ellas, aunque sea al odo y en el ltimo rincn del mundo. --Tranquilzate por ese lado, pues lo que yo puedo colegir de la proximidad del ltimo domingo, todo lo ms, andaremos por el martes el mircoles. --No es esto decir que yo le tenga miedo la bruja, pues de los mos slo mi hermana la mayor, al _pequeico_ y mi padre puede hacerles mal. --Calle! y en qu consiste el privilegio? --En que al echarnos el agua no se equivoc el cura ni dej olvidada ninguna palabra del credo. --Y eso se lo has ido t preguntar al cura tal vez? --Qui! No, seor: el cura no se acordara. Se lo hemos preguntado un cedazo. --Que es el que debe saberlo... No me parece mal. Y cmo se entra en conversacin con un cedazo? Porque eso debe de ser curioso. --Ver usted... despus de las doce de la noche, pues las brujas, que lo quisieran impedir no tienen poder sino desde las ocho hasta esa hora, se toma el cedazo, se hacen sobre l tres cruces con la mano izquierda, y suspendindole en el aire, cogido por el aro con las puntas de unas tijeras, se le pregunta. Si se ha olvidado alguna palabra del credo, da vueltas por s solo, y si no, se est _quietico, quietico_, como la hoja en el rbol cuando no se mueve una paja de aire. --Segn eso, t ests completamente tranquila de que no han de embrujarte? --Lo que es por m, completamente; pero sin embargo, mirando por los de la casa, cuido siempre de hacer antes de dormirme una cruz en el hogar con las tenazas para que no entren por la chimenea, y tampoco se me olvida poner la escoba en la puerta con el palo en el suelo. --Ah! vamos; con que la escoba que encuentro algunas maanas la puerta de mi habitacin con las palmas hacia arriba y que me ha hecho pensar que era uno de tus frecuentes olvidos, no estaba all sin su misterio? Pero se me ocurre preguntar una cosa: si ya mataron la bruja y, una vez muerta, su alma no puede salir del precipicio donde por permisin divina anda penando, contra quin tomas esas precauciones? --Toma, toma! Mataron una; pero como que son una familia entera y verdadera, que desde hace un siglo dos vienen heredando el unto de unas en otras, se acab con una _ta Casca_, pero queda su hermana, y cuando acaben con sta, que acabarn tambin, le suceder su hija, que an es moza, y ya dicen que tiene sus puntos de hechicera. --Segn lo que veo, esa es una dinasta secular de brujas que se vienen sucediendo regularmente por la lnea femenina desde los tiempos ms remotos? --Yo no s lo que son; pero lo que puedo decirle es que acerca de estas mujeres se cuenta en el pueblo una historia muy particular, que yo he odo referir algunas veces en las noches de invierno. --Pues vaya, deja ese candil en el suelo, acerca una silla y refireme esa historia, que yo me parezco los nios en mis aficiones. --Es que esto no es cuento. -- historia, como t quieras--aad por ltimo, para tranquilizarla respecto la entera fe con que sera acogida la relacin por mi parte. La muchacha, despus de colgar el candil en un clavo, y de pie una respetuosa distancia de la mesa, por no querer sentarse, pesar de mis instancias, me ha referido la historia de las brujas de Trasmoz, historia original que yo mi vez contar ustedes otro da, pues ahora voy acostarme con la cabeza llena de brujas, hechiceras y conjuros, pero tranquilo, porque, al dirigirme mi alcoba, he visto el escobn junto la puerta hacindome la guardia, ms tieso y formal que un alabardero en da de ceremonia. [Ilustracin] [Ilustracin] CARTA SPTIMA Queridos amigos: Promet ustedes en mi ltima carta referirles, tal como me la contaron, la maravillosa historia de las brujas de Trasmoz. Tomo, pues, la pluma para cumplir lo prometido, y va de cuento. Desde tiempo inmemorial, es artculo de fe entre las gentes del Somontano, que Trasmoz es la corte y punto de cita de las brujas ms importantes de la comarca. Su castillo, como los tradicionales campos de Barahona y el valle famoso de Zugarramurdi, pertenece la categora de conventculo de primer orden y lugar clsico para las grandes fiestas nocturnas de las amazonas de escobn, los sapos con collareta y toda la abigarrada servidumbre del macho cabro, su dolo y jefe. Acerca de la fundacin de este castillo, cuyas colosales ruinas, cuyas torres oscuras y dentelladas, patios sombros y profundos fosos, parecen, en efecto, digna escena de tan diablicos personajes, se refiere una tradicin muy antigua. Parece que _en tiempo de los moros_, poca que para nuestros campesinos corresponde las edades mitolgicas y fabulosas de la historia, pas el rey por las cercanas del sitio en que ahora se halla Trasmoz, y viendo con maravilla un punto como aqul, donde gracias la altura, las rpidas pendientes y los cortes plomo de la roca, poda el hombre, ayudado de la naturaleza, hacer un lugar fuerte inexpugnable, de grande utilidad por encontrarse prximo la raya fronteriza, exclam volvindose los que iban en su seguimiento, y tendiendo la mano en direccin la cumbre: --De buena gana tendra all un castillo. Oyle un pobre viejo, que apoyado en un bculo de caminante y con unas miserables alforjillas al hombro, pasaba la sazn por el mismo sitio, y adelantndose hasta salirle al encuentro y riesgo de ser atropellado por la comitiva real, detuvo por la brida el caballo de su seor y le dijo estas solas palabras: --Si me le dais en alcaida perpetua, yo me comprometo llevaros maana vuestro palacio sus llaves de oro. Rieron grandemente el rey y los suyos de la extravagante proposicin del mendigo, de modo que arrojndole una pequea pieza de plata al suelo, manera de limosna, contestle el soberano con aire de zumba. --Tomad esa moneda para que compris unas cebollas y un pedazo de pan con que desayunaros, seor alcaide de la improvisada fortaleza de Trasmoz, y dejadnos en paz proseguir nuestro camino. Y esto diciendo, le apart suavemente un lado de la senda, toc el ijar de su corcel con el acicate, y se alej seguido de sus capitanes, cuyas armaduras, incrustadas de arabescos de oro, resonaban y resplandecan al comps del galope, mal ocultas por los blancos y flotantes alquiceles. --Luego me confirmis en la alcaida?--aadi el pobre viejo, en tanto que se bajaba para recoger la moneda, y dirigindose en alta voz hacia los que ya apenas se distinguan entre la nube de polvo que levantaron los caballos, un punto detenidos, al arrancar de nuevo. --Seguramente--djole el rey desde lejos y cuando ya iba doblar una de las vueltas del monte;--pero con la condicin de que esta noche levantars el castillo, y maana irs Tarazona entregarme las llaves. Satisfecho el pobrete con la contestacin del rey, alz, como digo, la moneda del suelo, besla con muestras de humildad, y despus de atarla en un pico del guiapo blancuzco que le serva de turbante, se dirigi poco poco hacia la aldehuela de Trasmoz. Componan entonces este lugar quince veinte casuquillas sucias y miserables, refugio de algunos pastores que llevaban pacer sus ganados al Moncayo. Pasito pasito, aqu cae, all tropieza, como el que camina agobiado del doble peso de la edad y de una larga jornada, lleg al fin nuestro hombre al pueblo, y comprando, segn se lo haba dicho el rey, un mendrugo de pan y tres cuatro cebollas blancas, jugosas y relucientes, sentse comerlas la orilla de un arroyo, en el cual los vecinos tenan costumbre de venir hacer sus abluciones de la tarde, y en donde, una vez instalado, comenz despachar su pitanza con tanto gusto, y moviendo sus descarnadas mandbulas, de las que pendan unas barbillas blancas y claruchas, con tal priesa, que, en efecto, pareca no haberse desayunado en todo lo que iba de da, que no era poco, pues el sol comenzaba trasmontar las cumbres. Sentado estaba, pues, nuestro pobre viejo la orilla del arroyo dando buena cuenta con gentil apetito de su frugal comida, cuando lleg hasta el borde del agua uno de los pastores del lugar, hizo sus acostumbradas zalemas, vuelto hacia el Oriente, y concluda esta operacin, comenz lavarse las manos y el rostro murmurando sus rezos de la tarde. Tras ste vinieron otros cuantos, hasta cinco seis, y cuando todos hubieron concludo de rezar y remojarse el cogote, llamlos el viejo y les dijo: --Veo con gusto que sois buenos musulmanes, y que ni las ordinarias ocupaciones, ni las fatigas de vuestros ejercicios os distraen de las santas ceremonias que sus fieles dej encomendadas el Profeta. El verdadero creyente tarde temprano alcanza el premio: unos lo recogen en la tierra, otros en el paraso, no faltando quienes se les da en ambas partes, y de stos seris vosotros. Los pastores, que durante la arenga no haban apartado un punto sus ojos del mendigo, pues por tal le juzgaron al ver su mal pelaje y peor desayuno, se miraban entre s, despus de concludo, como no comprendiendo adnde ira parar aquella introduccin si no era pedir una limosna; pero con grande asombro de los circunstantes, prosigui de este modo su discurso: --He aqu que yo vengo de una tierra lejana buscar servidores leales para la guarda y custodia de un famoso castillo. Yo me he sentado al borde de las fuentes que saltan sobre una taza de prfido, la sombra de las palmeras en las mezquitas de las grandes ciudades, y he visto unos tras otros venir muchos hombres hacer las abluciones con sus aguas, stos por mera limpieza, aqullos por hacer lo mismo que todos, los ms por dar el espectculo de una piedad de frmula. Despus os he visto en estas soledades, lejos de las miradas del mundo, atentos slo al ojo que vela sobre las acciones de los mortales, cumplir con nuestros ritos, impulsados por la conciencia de un deber, y he dicho para m:--He aqu hombres fieles su religin; igualmente lo sern su palabra. De hoy ms no vagaris por los montes con nieves y fros para comer un pedazo de pan negro; en la magnfica fortaleza de que os hablo, tendris alimento abundante y vida holgada. T cuidars de la atalaya, atento siempre las seales de los corredores del campo, y pronto encender la hoguera que brilla en las sombras, como el penacho de fuego del casco de un arcngel. T cuidars del rastrillo y del puente; t dars vuelta cada tres horas alrededor de las torres, por entre la barbacana y el muro. ti te encargar de las caballerizas; bajo la guarda de se estarn los depsitos de materiales de guerra, y por ltimo, aquel otro correr con los almacenes de vveres. Los pastores, de cada vez ms asombrados y suspensos, no saban qu juicio formar del improvisado protector que la casualidad les deparaba; y aunque su aspecto miserable no convena del todo bien con sus generosas ofertas, no falt alguno que le preguntase entre dudoso y crdulo: --Dnde est ese castillo? Si no se halla muy lejos de estos lugares, entre cuyas peas estamos acostumbrados vivir, y los que tenemos el amor que todo hombre tiene la tierra que le vi nacer, yo, por mi parte, aceptara con gusto tus ofrecimientos, y creo que como yo todos los que se encuentran presentes. --Por eso no temis, pues est bien cerca de aqu--respondi el viejo impasible;--cuando el sol se esconde por detrs de las cumbres del Moncayo, su sombra cae sobre vuestra aldea. --Y cmo puede ser eso--dijo entonces el pastor,--si por aqu no hay castillo ni fortaleza alguna, y la primera sombra que envuelve nuestro lugar, es la del cabezo del monte en cuya falda se ha levantado? --Pues en ese cabezo se halla, porque all estn las piedras, y donde estn las piedras est el castillo, como est la gallina en el huevo y la espiga en el grano--insisti el extrao personaje, quien sus interlocutores, irresolutos hasta aquel punto, no dudaron en calificar de loco de remate. --Y t sers, sin duda, el gobernador de esa fortaleza famosa?--exclam entre las carcajadas de sus compaeros, otro de los pastores.--Porque tal castillo tal alcaide. --Yo lo soy--torn contestar el viejo, siempre con la misma calma, y mirando sus risueos oyentes con una sonrisa particular.--No os parezco digno de tan honroso cargo? --Nada menos que eso!--se apresuraron responderle.--Pero el sol ha doblado las cumbres, la sombra de vuestro castillo envuelve ya en sus pliegues nuestras pobres chozas. Poderoso y temido alcaide de la invisible fortaleza de Trasmoz, si queris pasar la noche cubierto, os podemos ofrecer un poco de paja en el establo de nuestras ovejas; si prefers quedaros al raso, que Al os tenga en su santa guarda, el Profeta os colme de sus beneficios, y los arcngeles de la noche velen vuestro alrededor con sus espadas encendidas! Acompaando estas palabras, dichas en tono de burlesca solemnidad, con profundos y humildes saludos, los pastores tomaron el camino de su pueblo, riendo carcajadas de la original aventura. Nuestro buen hombre no se alter, sin embargo, por tan poca cosa, sino que despus de acabar con mucho despacio su merienda, tom en el hueco de la mano algunos sorbos del agua limpia y transparente del arroyo, limpise con el revs la boca, sacudi las migajas de pan de la tnica, y echndose otra vez las alforjillas al hombro y apoyndose en su nudoso bculo, emprendi de nuevo el camino adelante, en la misma direccin que sus futuros sirvientes. La noche comenzaba, en efecto, entrarse fra y oscura. De pico pico de la elevada cresta del Moncayo, se extendan largas bandas de nubes color de plomo, que, arrolladas hasta aquel momento por la influencia del sol, parecan haber esperado que se ocultase para comenzar removerse con lentitud, como esos monstruos deformes que produce el mar y que se arrastran trabajosamente en las playas desiertas. El ancho horizonte que se descubra desde las alturas, iba poco poco palideciendo y pasando del rojo al violado por un punto, mientras por el contrario asomaba la luna, redonda, encendida, grande, como un escudo de batallar, y por el dilatado espacio del cielo las estrellas aparecan unas tras otras, amortiguada su luz por la del astro de la noche. Nuestro buen viejo, que pareca conocer perfectamente el pas, pues nunca vacilaba al escoger las sendas que ms pronto haban de conducirle al trmino de su peregrinacin, dej un lado la aldea, y siempre subiendo con bastante fatiga por entre los enormes peascos y las espesas carrascas, que entonces como ahora cubran la spera pendiente del monte, lleg por ltimo la cumbre cuando las sombras se haban apoderado por completo de la tierra, y la luna, que se dejaba ver intervalos por entre las oscuras nubes, se haba remontado la primera regin del cielo. Cualquiera otro hombre, impresionado por la soledad del sitio, el profundo silencio de la naturaleza y el fantstico panorama de las sinuosidades del Moncayo, cuyas puntas coronadas de nieve parecan las olas de un mar inmvil y gigantesco, hubiera temido aventurarse por entre aquellos matorrales, adonde en mitad del da apenas osaban llegar los pastores; pero el hroe de nuestra relacin, que como ya habrn sospechado ustedes, y si no lo han sospechado, lo vern claro ms adelante, deba de ser un magicazo de tomo y lomo, no satisfecho con haber trepado la eminencia, se encaram en la punta de la ms elevada roca, y desde aquel areo asiento comenz pasear la vista su alrededor, con la misma firmeza que el guila, cuyo nido pende de un peasco al borde del abismo, contempla sin temor el fondo. Despus que se hubo reposado un instante de las fatigas del camino, sac de las alforjillas un estuche de forma particular y extraa, un librote muy carcomido y viejo, y un cabo de vela verde, corto y medio consumir. Frot con sus dedos descarnados y huesosos en uno de los extremos del estuche que pareca de metal, y era modo de linterna, y medida que frotaba, vease como una lumbre sin claridad, azulada, medrosa inquieta, hasta que por ltimo brot una llama y se hizo luz: con aquella luz encendi el cabo de vela verde, cuyo escaso resplandor, y no sin haberse calado antes unas disformes antiparras redondas, comenz hojear el libro que para mayor comodidad haba puesto delante de s sobre una de las peas. Segn que el nigromante iba pasando las hojas del libro, llenas de caracteres rabes, caldeos y siriacos trazados con tinta azul, negra, roja y violada, y de figuras y signos misteriosos, murmuraba entre dientes frases ininteligibles, y parando de cierto en cierto tiempo la lectura, repeta un estribillo singular con una especie de salmodia lgubre, que acompaaba hiriendo la tierra con el pie y agitando la mano que le dejaba libre el cuidado de la vela, como si se dirigiese alguna persona. Concluda la primera parte de su mgica letana, en la que, unos tras otros, haba ido llamando por sus nombres, que yo no podr repetir, todos los espritus del aire y de la tierra, del fuego y de las aguas, comenz percibirse en derredor un ruido extrao, un rumor de alas invisibles que se agitaban la vez, y murmullos confusos, como de muchas gentes que se hablasen al odo. En los das revueltos del otoo, y cuando las nubes, amontonadas en el horizonte, parecen amenazar con una lluvia copiosa, pasan las grullas por el cielo, formando un oscuro tringulo, con un ruido semejante. Mas lo particular del caso, era que all nadie se vea, y aun cuando se percibiese el aleteo cada vez ms prximo y el aire agitado moviera en derredor las hojas de los rboles, y el rumor de las palabras dichas en voz baja se hiciese gradualmente ms distinto, todo semejaba cosa de ilusin ensueo. Pase el mgico la mirada en todas direcciones para contemplar los que slo sus ojos parecan visibles, y satisfecho sin duda del resultado de su primera operacin, volvi la interrumpida lectura. Apenas su voz temblona, cascada y un poco nasal comenz dejarse oir pronunciando las enrevesadas palabras del libro, se hizo en torno un silencio tan profundo, que no pareca sino que la tierra, los astros y los genios de la noche estaban pendientes de los labios del nigromante, que ora hablaba con frases dulces y de suave inflexin, como quien suplica, ora con acento spero, enrgico y breve, como quien manda. As ley largo rato, hasta que al concluir la ltima hoja se produjo un murmullo en el invisible auditorio, semejante al que forman en los templos las confusas voces de los fieles cuando acabada una oracin, todos contestan _amn_ en mil diapasones distintos. El viejo, que medida que rezaba y rezaba aquellos diablicos conjuros, haba ido exaltndose y cobrando una energa y un vigor sobrenaturales, cerr el libro con un gran golpe, di un soplo la vela verde, y despojndose de las antiparras redondas, se puso de pie sobre la altsima pea donde estuvo sentado, y desde donde se dominaban las infinitas ondulaciones de la falda del Moncayo, con los valles, las rocas y los abismos que la quiebran. All de pie, con la cabeza erguida y los brazos extendidos, el uno al Oriente y el otro al Occidente, alz la voz y exclam dirigindose la infinita muchedumbre de seres invisibles y misteriosos que, encadenados su palabra por la fuerza de los conjuros, esperaban sumisos sus rdenes. --Espritus de las aguas y de los aires, vosotros, que sabis horadar las rocas y abatir los troncos ms corpulentos, agitaos y obedecedme! Primero suave, como cuando levanta el vuelo una banda de palomas; despus ms fuerte, como cuando azota el mstil de un buque una vela hecha jirones, oyse el ruido de las alas al plegarse y desplegarse con una prontitud increble, y aquel ruido fu creciendo, creciendo, hasta que lleg hacerse espantoso como el de un huracn desencadenado. El agua de los torrentes prximos saltaba y se retorca en el cauce, espumarajeando irguindose como una culebra furiosa; el aire, agitado y terrible, zumbaba en los huecos de las peas, levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y sacuda, inclinndolas hasta el suelo, las copas de los rboles. Nada ms extrao y horrible que aquella tempestad circunscrita un punto, mientras la luna se remontaba tranquila y silenciosa por el cielo, y las areas y lejanas cumbres de la cordillera parecan baadas de un sereno y luminoso vapor. Las rocas crujan como si sus grietas se dilatasen, impulsadas de una fuerza oculta interior, amenazaban volar hechas mil pedazos. Los troncos ms corpulentos arrojaban gemidos y chasqueaban, prximos hendirse, como si un sbito desenvolvimiento de sus fibras fuese rajar la endurecida corteza. Al cabo, y despus de sentirse sacudido el monte por tres veces, las piedras se desencajaron y los rboles se partieron, y rboles y piedras comenzaron saltar por los aires en furioso torbellino, cayendo semejantes una lluvia espesa en el lugar que de antemano seal el nigromante sus servidores. Los colosales troncos y los inmensos tmpanos de granito y pizarra oscura, que eran como arrojados al azar, caan, no obstante, unos sobre otros con admirable orden, iban formando una cerca altsima manera de bastin, que el agua de los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas y cal de su alvolo, se encargaba de completar, llenando las hendiduras con una argamasa indestructible. --La obra adelanta. nimo! nimo!--murmur el viejo;--aprovechemos los instantes, que la noche es corta, y pronto cantar el gallo, trompeta del da. Y esto diciendo, se inclin hacia el borde de una sima profunda, abierta al impulso de las convulsiones de la montaa, y como dirigindose otros seres ocultos en su fondo, prosigui: --Espritus de la tierra y del fuego: vosotros que conocis los tesoros de metal de sus entraas y circulis por sus caminos subterrneos con los mares de lava encendida y ardiente, agitaos y cumplid mis rdenes. An no haba expirado el eco de la ltima palabra del conjuro, cuando se comenz oir un rumor sordo y continuo como el de un trueno lejano, rumor que asimismo fu creciendo, creciendo, hasta que se hizo semejante al que produce un escuadrn de jinetes que cruza al galope el puente de una fortaleza, y entonces retumba el golpear del casco de los caballos, crujen los maderos, rechinan las cadenas, y resuena metlico y sonoro el choque de las armaduras, de las lanzas y los escudos. medida que el ruido tomaba mayores proporciones, vease salir por las grietas de las rocas un resplandor vivo y brillante, como el que despide una fragua ardiendo, y de eco en eco se repeta por las concavidades del monte el fragor de millares de martillos que caan con un estrpito espantoso sobre los yunques, en donde los gnomos trabajan el hierro de las minas, fabricando puertas, rastrillos, armas y toda la ferretera indispensable para la seguridad y complemento de la futura fortaleza. Aquello era un tumulto imposible de describir; un desquiciamiento general y horroroso: por un lado rebramaba el aire arrancando las rocas, que se hacinaban con estruendo en la cspide del monte; por otro muga el torrente, mezclando sus bramidos con el crujir de los rboles que se tronchaban y el golpear incesante de los martillos, que caan alternados sobre los yunques, como llevando el comps en aquella diablica sinfona. Los habitantes de la aldea, despertados de improviso por tan infernal y asordadora baranda, no osaban siquiera asomarse al tragaluz de sus chozas para descubrir la causa del extrao terremoto, no faltando algunos que, posedos de terror, creyeron llegado el instante en que, prxima la destruccin del mundo, haba de bajar la muerte enseorearse de su imperio, envuelta en el jirn de un sudario, sobre un corcel fantstico y amarillo, tal como en sus revelaciones la pinta el Profeta. Esto se prolong hasta momentos antes de amanecer, en que los gallos de la aldea comenzaron sacudir las plumas y saludar el da prximo con su canto sonoro y estridente. esta sazn, el rey, que se volva su corte haciendo pequeas jornadas, y que accidentalmente haba dormido en Tarazona, bien porque de suyo fuese madrugador y despabilado, bien porque extraase la habitacin, que todo cabe en lo posible, saltaba de la cama listo como l solo, y despus de poner en un pie como las grullas su servidumbre, se diriga los jardines de palacio. An no haba pasado una hora desde que vagaba al azar por el intrincado laberinto de sus alamedas, departiendo con uno de sus capitanes todo lo amigablemente que puede departir un rey, moro por aadidura, con uno de sus sbditos, cuando lleg hasta l, cubierto de sudor y de polvo, el ms gil de los corredores de la frontera, y le dijo, previas las salutaciones de costumbre: --Seor, hacia la parte de la raya de Castilla sucede una cosa extraordinaria. Sobre la cumbre del monte de Trasmoz, y donde ayer no se encontraban ms que rocas y matorrales, hemos descubierto al amanecer un castillo tan alto, tan grande y tan fuerte como no existe ningn otro en todos vuestros estados. En un principio dudamos del testimonio de nuestros ojos, creyendo que tal vez finga la mole la niebla arremolinada sobre las alturas; pero despus ha salido el sol, la niebla se ha deshecho, y el castillo subsiste all oscuro, amenazador y gigante, dominando los contornos con su altsima atalaya. Oir el rey este mensaje y recordar su encuentro con el mendigo de las alforjas, todo fu una cosa misma; y reunir estas dos ideas y lanzar una mirada amenazadora interrogante los que estaban su lado, tampoco fu cuestin de ms tiempo. Sin duda su alteza rabe sospechaba que alguno de sus emires, conocedores del dilogo del da anterior, se haba permitido darle una broma, sin precedentes en los anales de la etiqueta musulmana, pues con acento de mal disimulado enojo, exclam jugando con el pomo de su alfanje de una manera particular, como sola hacerlo cuando estaba punto de estallar su clera: --Pronto, mi caballo ms ligero, y Trasmoz; que juro por mis barbas y las del Profeta, que si es cuento el mensaje de los corredores, donde debiera estar el castillo he de poner una picota para los que lo han inventado! Esto dijo el rey, y minutos despus, no corra, volaba camino de Trasmoz seguido de sus capitanes. Antes de llegar lo que se llama el Somontano, que es una reunin de valles y alturas que van subiendo gradualmente hasta llegar al pie de la cordillera que domina el Moncayo, coronado de nieblas y de nubes como el gigante y colosal monarca de estos montes, hay, viniendo de Tarazona, una gran eminencia que lo oculta la vista hasta que se llega su cumbre. Tocaba el rey casi la cspide de esta altura, conocida hoy por la _Ciezma_, cuando, con gran asombro suyo y de los que le seguan, vi venir su encuentro al viejecito de las alforjas, con la misma tnica rada y remendada del da anterior, el mismo turbante, hecho jirones y sucio, y el propio bculo, tosco y fuerte, en que se apoyaba, mientras l, en son de burla, despus de haber odo su risible propuesta, le arroj una moneda para que comprase pan y cebollas. Detvose el rey delante del viejo, y ste, postrndose de hinojos y sin dar lugar que le preguntara cosa alguna, sac de las alforjas, envueltas en un pao de prpura, dos llaves de oro, de labor admirable y exquisita, diciendo al mismo tiempo que las presentaba su soberano: --Seor, yo he cumplido ya mi palabra; vos toca sacar airosa de su empeo la vuestra. --Pero no es fbula lo del castillo?--pregunt el rey entre receloso y suspenso, y fijando alternativamente la mirada, ya en las magnficas llaves, que por su materia y su inconcebible trabajo valan de por s un tesoro, ya en el viejecillo, cuyo aspecto miserable se renovaba en su nimo el deseo de socorrerle con una limosna. --Dad algunos pasos ms y lo veris--respondi el alcaide; pues, una vez cumplida su promesa y siendo la que le haban empeado palabra de rey, que al menos en estas historias tiene fama de inquebrantable, por tal podemos considerarle desde aquel punto. Di algunos pasos ms el soberano; lleg lo ms alto de la _Ciezma_, y en efecto, el castillo de Trasmoz apareci sus ojos, no tal como hoy se ofrecera los de ustedes, si por acaso tuvieran la humorada de venir verlo, sino tal como fu en lo antiguo, con sus cinco torres gigantes, su atalaya esbelta, sus fosos profundos, sus puertas chapeadas de hierro, fortsimas y enormes, su puente levadizo y sus muros coronados de almenas puntiagudas. * * * * * Al llegar este punto de mi carta, advierto que, sin querer, he faltado la promesa que hice en la anterior y ratifiqu al tomar hoy la pluma para escribir ustedes. Promet contarles la historia de la bruja de Trasmoz, y sin saber cmo les he relatado en su lugar la del castillo. Con estos cuentos sucede lo que con las cerezas: sin pensarlo, salen unas enredadas en otras. Qu le hemos de hacer? Conseja por conseja, all va la primera que se ha enredado en el pico de la pluma: merced ella, y teniendo presente su diablico origen, comprendern ustedes por qu las brujas, cuya historia quedo siempre comprometido contarles, tienen una marcada predileccin por las ruinas de este castillo y se encuentran en l como en su casa. [Ilustracin] [Ilustracin] CARTA OCTAVA Queridos amigos: En una de mis cartas anteriores dije ustedes en qu ocasin y por quin me fu referida la estupenda historia de las brujas, que mi vez he prometido repetirles. La muchacha que se encuentra mi servicio, tipo perfecto del pas con su apretador verde, su saya roja y sus medias azules, haba colgado el candil en un ngulo de mi habitacin dbilmente alumbrada, aun con este aditamento de luz, por una lamparilla, cuyo escaso resplandor escribo. Las diez de la noche acababan de sonar en el antiguo reloj de pared, nico resto del mobiliario de los frailes, y solamente se oan, con breves intervalos de silencio profundo, esos ruidos apenas perceptibles y propios de un edificio deshabitado inmenso, que producen el aire que gime, los techos que crujen, las puertas que rechinan y los animaluchos de toda calaa que vagan su placer por los stanos, las bvedas y las galeras del monasterio, cuando despus de contarme la leyenda que corre ms vlida acerca de la fundacin del castillo, y que ya conocen ustedes, prosigui su relato, no sin haber hecho antes un momento de pausa para calcular el efecto que la primera parte de la historia me haba producido, y la cantidad de fe con que poda contar en su oyente para la segunda. He aqu la historia, poco ms menos, tal como me la refiri mi criada, aunque sin giros extraos y sin locuciones pintorescas y caractersticas del pas, que ni yo puedo recordar, ni caso que las recordase, ustedes podran entender. Ya haba pasado el castillo de Trasmoz poder de los cristianos, y stos su vez, terminadas las continuas guerras de Aragn y Castilla, haban concludo por abandonarle, cuando es fama que hubo en el lugar un cura tan exacto en el cumplimiento de sus deberes, tan humilde con sus inferiores, y tan lleno de ardiente caridad para con los infelices, que su nombre, al que iba unido una intachable reputacin de virtud, lleg hacerse conocido y venerado en todos los pueblos de la comarca. Muchos y muy sealados beneficios deban los habitantes de Trasmoz la inagotable bondad del buen cura, que ni para disfrutar de una canonga con que en repetidas ocasiones le brind el obispo de Tarazona, quiso abandonarlos; pero el mayor sin duda fu el libertarlos, merced sus santas plegarias y poderosos exorcismos, de la incmoda vecindad de las brujas, que desde los lugares ms remotos del reino venan reunirse ciertas noches del ao en las ruinas del castillo, que, quizs por deber su fundacin un nigromante, miraban como cosa propia y lugar el ms aparente para sus nocturnas zambras y diablicos conjuros. Como quiera que, antes de aquella poca, muchos otros exorcistas haban intentado desalojar de all los espritus infernales, y sus rezos y sus aspersiones fueron intiles, la fama de _mosn Gil el limosnero_ (que por este nombre era conocido nuestro cura) se hizo tanto ms grande cuanto ms difcil imposible se juzg hasta entonces dar cima la empresa que l haba acometido y llevado cabo con feliz xito, gracias la poderosa intercesin de sus plegarias y al mrito de sus buenas obras. Su popularidad y el respeto que los campesinos le profesaban, iban, pues, creciendo medida que la edad, cortando, por decirlo as, los ltimos lazos que pudieran ligarle las cosas terrestres, acendraba sus virtudes y el generoso desprendimiento con que siempre di los pobres hasta lo que l haba de menester para s; de modo que, cuando el venerable sacerdote, cargado de aos y de achaques, sala dar una vueltecita por el porche de su humilde iglesia, era de ver cmo los chicuelos corran desde lejos para venir besarle la mano, los hombres se descubran respetuosamente, y las mujeres llegaban pedirle su bendicin, considerndose dichosa la que poda alcanzar como reliquia y amuleto contra los maleficios un jirn de su rada sotana. As viva en paz y satisfecho con su suerte el bueno de mosn Gil; mas como no hay felicidad completa en el mundo, y el diablo anda de continuo buscando ocasin de hacer mal sus enemigos, ste sin duda dispuso que por muerte de una hermana menor, viuda y pobre, viniese parar casa del caritativo cura una sobrina que l recibi con los brazos abiertos, y la cual consider desde aquel punto como apoyo providencial deparado por la bondad divina para consuelo de su vejez. Dorotea, que as se llamaba la herona de esta verdica historia, contaba escasamente dieciocho abriles; pareca educada en un santo temor de Dios, un poco encogida en sus modales, melosa en el hablar y humilde en presencia de extraos, como todas las sobrinas de los curas que yo he conocido hasta ahora; pero tanto como la que ms, ms que ninguna, preciada del atractivo de sus ojos negros y traidores, y amiga de emperejilarse y componerse. Esta aficin _ los trapos_, segn nosotros los hombres solemos decir, tan general en las muchachas de todas las clases y de todos los siglos, y que en Dorotea predominaba exclusivamente sobre las dems aficiones, era causa continua de domsticos disturbios entre la sobrina y el to, que contando con muy pocos recursos en su pobre curato de aldea, y siempre en la mayor estrechez causa de su largueza para con los infelices, segn l deca con una ingenuidad admirable, andaba desde que recibi las primeras rdenes procurando hacerse un manteo nuevo, y an no haba encontrado ocasin oportuna. De vez en cuando las discusiones que daban lugar las peticiones de la sobrina solan agriarse, y sta le echaba en cara las muchas necesidades que estaban sujetos, y la desnudez en que ambos se vean por dar los pobres, no slo lo superfluo, sino hasta lo necesario. Mosn Gil entonces, echando mano de los ms deslumbradores argumentos de su cristiana oratoria, despus de repetir que cuanto los pobres se da Dios se presta, acostumbraba decirle que no se apurase por una saya de ms de menos para los cuatro das que se han de estar en este valle de lgrimas y miserias, pues mientras ms sufrimientos sobrellevase con resignacin, y ms desnuda anduviese por amor hacia el prjimo, ms pronto ira, no ya la hoguera que se enciende los domingos en la plaza del lugar, y emperejilada con una mezquina saya de pao rojo, franjada de vellor, sino gozar del Paraso eterno, danzando en torno de la lumbre inextinguible, y vestida de la gracia divina, que es el ms hermoso de todos los vestidos imaginables. Pero vyale usted con estas evanglicas filosofas una muchacha de dieciocho aos, amiga de parecer bien, aficionada perifollos, con sus ribetes de envidiosa y con unas vecinas en la casa de enfrente, que hoy estrenan un apretador amarillo, maana un jubn negro, y el otro una saya azul turqu con unas franjas rojas que deslumbran la vista y llaman la atencin de los mozos tres cuartos de hora de distancia. El bueno de mosn Gil poda considerar perdido su sermn, aunque no predicase en desierto, pues Dorotea, aunque callada y no convencida, segua mirando de mal ojo los pobres que continuamente asediaban la puerta de su to, y prefiriendo un buen jubn y unas agujetas azules de las que miraba suspirando en la _calle de Botigas_, cuando por casualidad iba Tarazona, todos los adornos y galas que en un futuro, ms menos cercano, pudieran prometerle en el Paraso en cambio de su presente resignacin y desprendimiento. En este estado las cosas, una tarde, vspera del da del santo patrono del lugar, y mientras el cura se ocupaba en la iglesia en tenerlo todo dispuesto para la funcin que iba verificarse la maana siguiente, Dorotea se sent triste y pensativa la puerta de su casa. Unas mucho, otras poco, todas las muchachas del pueblo haban trado algo de Tarazona para lucirse en el Mayo y en el baile de la hoguera, en particular sus vecinas, que sin duda, con intencin de aumentar su despecho, haban tenido el cuidado de sentarse en el portal coserse las sayas nuevas y arreglar los dijes que les haban feriado sus padres. Slo ella, la ms guapa y la ms presumida tambin, no participaba de esa alegre agitacin, esa prisa de costura, ese animado aturdimiento que preludian entre las jvenes, as en las aldeas como en las ciudades, la aproximacin de una solemnidad por largo tiempo esperada. Pero, digo mal, tambin Dorotea tena aquella noche su quehacer extraordinario; mosn Gil le haba dicho que amasase para el da siguiente veinte panes ms que los de costumbre, fin de distriburselos los pobres, despus de concluda la misa. Sentada estaba, pues, la puerta de su casa la malhumorada sobrina del cura, barajando en su imaginacin mil desagradables pensamientos, cuando acert pasar por la calle una vieja muy llena de jirones y de andrajos que, agobiada por el peso de la edad, caminaba apoyndose en un palito. --Hija ma--exclam al llegar junto Dorotea, con un tono compungido y doliente:--me quieres dar una limosnita, que Dios te lo pagar con usura en su santa gloria? Estas palabras tan naturales en los que imploran la caridad pblica, que son como una frmula consagrada por el tiempo y la costumbre, en aquella ocasin, y pronunciadas por aquella mujer, cuyos ojillos verdes y pequeos parecan reir con una expresin diablica, mientras el labio articulaba su acento ms plaidero y lastimoso, sonaron en el odo de Dorotea como un sarcasmo horrible, trayndole la memoria las magnficas promesas para ms all de la muerte con que mosn Gil sola responder sus exigencias continuas. Su primer impulso fu echar enhoramala la vieja; pero contenindose, por respetos ser su casa la del cura del lugar, se limit volverle la espalda con un gesto de desagrado y mal humor bastante significativo. La vieja, quien antes pareca complacer que no afligir esta repulsa, aproximse ms la joven, y procurando dulcificar todo lo posible su voz de carraca destemplada, prosigui de este modo, sonriendo siempre con sus ojillos verdosos, como sonreira la serpiente que sedujo Eva en el Paraso: --Hermosa nia, si no por el amor de Dios, por el tuyo propio, dame una limosna. Yo sirvo un seor que no se limita recompensar los que hacen bien los suyos en la otra vida, sino que les da en esta cuanto ambicionan. Primero te ped por el que t conoces; ahora torno demandarte socorro por el que yo reverencio. --Bah, bah! dejadme en paz, que no estoy de humor para oir disparates--dijo Dorotea, que juzg loca chocheando la haraposa vieja que le hablaba de un modo para ella incomprensible. Y sin volver siquiera el rostro, al despedirla tan bruscamente, hizo ademn de entrarse en el interior de la casa; pero su interlocutora, que no pareca dispuesta ceder con tanta facilidad en su empeo, asindola de la saya la detuvo un instante, y torn decirle: --T me juzgas fuera de mi juicio; pero te equivocas, porque no slo s bien lo que yo hablo, sino lo que t piensas, como conozco igualmente la ocasin de tus pesares. Y cual si su corazn fuese un libro y ste estuviera abierto ante sus ojos, repiti la sobrina del cura, que no acertaba volver en s de su asombro, cuantas ideas haban pasado por su mente, al comparar su triste situacin con la de las otras muchachas del pueblo. --Mas no te apures--continu la astuta arpa despus de darle esta prueba de su maravillosa perspicacia;--no te apures: hay un seor tan poderoso como el de mosn Gil, y en cuyo nombre me he acercado hablarte so pretexto de pedir una limosna; un seor que no slo no exige sacrificios penosos de los que le sirven, sino que se esmera y complace en secundar todos sus deseos; alegre como un juglar, rico como todos los judos de la tierra juntos, y sabio hasta el extremo de conocer los ms ignorados secretos de la ciencia, en cuyo estudio se afanan los hombres. Las que le adoran viven en una continua zambra, tienen cuantas joyas y dijes desean, y poseen filtros de una virtud tal, que con ellos llevan cabo cosas sobrenaturales, se hacen obedecer de los espritus, del sol y de la luna, de los peascos, de los montes y de las olas del mar, infunden el amor el aborrecimiento en quien mejor les cuadra. Si quieres ser de los suyos, si quieres gozar de cuanto ambicionas, muy poca costa puedes conseguirlo. T eres joven, t eres hermosa, t eres audaz, t no has nacido para consumirte al lado de un viejo achacoso impertinente, que al fin te dejar sola en el mundo y sumida en la miseria, merced su caridad extravagante. Dorotea, que al principio se prest de mala voluntad oir las palabras de la vieja, fu poco poco interesndose en aquella halagea pintura del brillante porvenir que poda ofrecerle, y aunque sin desplegar los labios, con una mirada entre crdula y dudosa, pareci preguntarle en qu consista lo que debiera hacer para alcanzar aquello que tanto deseaba. La vieja entonces, sacando una botija verde que traa oculta entre el harapiento delantal, le dijo: --Mosn Gil tiene la cabecera de su cama una pila de agua bendita de la que todas las noches, antes de acostarse, arroja algunas gotas, pronunciando una oracin, por la ventana que da frente al castillo. Si sustituyes aquella agua con esta, y despus de apagado el hogar dejas las tenazas envueltas en las cenizas, yo vendr verte por la chimenea al toque de nimas, y el seor quien obedezco, y que en muestra de su generosidad te enva este anillo, te dar cuanto desees. Esto diciendo le entreg la botija, no sin haberle puesto antes en el dedo de la misma mano con que la tomara un anillo de oro, con una piedra hermosa sobre toda ponderacin. La sobrina del cura, que maquinalmente dejaba hacer la vieja, permaneca an irresoluta y ms suspensa que convencida de sus razones; pero tanto le dijo sobre el asunto y con tan vivos colores supo pintarle el triunfo de su amor propio ajado, cuando al da siguiente, merced la obediencia, lograse ir la hoguera de la plaza vestida con un lujo desconocido, que al fin cedi sus sugestiones, prometiendo obedecerla en un todo. Pas la tarde, lleg la noche, llegando con ella la oscuridad y las horas aparentes para los misterios y los conjuros, y ya mosn Gil, sin caer en la cuenta de la sustitucin del agua con un brebaje maldito, haba hecho sus intiles aspersiones y dorma con el sueo reposado de los ngeles, cuando Dorotea, despus de apagar la lumbre del hogar y poner, segn frmula, las tenazas entre las cenizas, se sent esperar la bruja, pues bruja y no otra cosa poda ser la vieja miserable que dispona de joyas de tanto valor como el anillo, y visitaba sus amigos tales horas y entrando por la chimenea. Los habitantes de la aldea de Trasmoz dorman asimismo como lirones, excepto algunas muchachas que velaban, cosiendo sus vestidos para el da siguiente. Las campanas de la iglesia dieron al fin el toque de nimas, y sus golpes lentos y acompasados se perdieron dilatndose en las rfagas del aire para ir expirar entre las ruinas del castillo. Dorotea, que hasta aquel momento, y una vez adoptada su resolucin, haba conservado la firmeza y sangre fra suficientes para obedecer las rdenes de la bruja, no pudo menos de turbarse y fijar los ojos con inquietud en el can de la chimenea por donde haba de verla aparecer de un modo tan extraordinario. No se hizo esperar mucho, y apenas se perdi el eco de la ltima campanada, cay de golpe entre la ceniza en forma de gato gris y haciendo un ruido extrao y particular de estos animalitos, cuando, con la cola levantada y el cuerpo hecho un arco, van y vienen de un lado otro acaricindose contra nuestras piernas. Tras el gato gris cay otro rubio, y despus otro negro, ms otro de los que llaman moriscos, y hasta catorce quince de diferentes dimensiones y color, revueltos con una multitud de sapillos verdes y tripudos con un cascabel al cuello, y una manera de casaquilla roja. Una vez juntos los gatos, comenzaron ir y venir por la cocina, saltando de un lado otro; stos por los vasares, entre los pucheros y las fuentes, aqullos por el ala de la chimenea, los de ms all revolcndose entre la ceniza y levantando una gran polvareda, mientras que los sapillos, haciendo sonar su cascabel, se ponan de pie al borde de las marmitas, daban volteretas en el aire hacan equilibrios y dislocaciones pasmosas, como los clowns de nuestros circos ecuestres. Por ltimo, el gato gris, que pareca el jefe de la banda, y en cuyos ojillos verdosos y fosforescentes haba credo reconocer la sobrina del cura los de la vieja que le habl por la tarde, levantndose sobre las patas traseras en la silla en que se encontraba subido, le dirigi la palabra en estos trminos: --Has cumplido lo que prometiste, y aqu nos tienes tus rdenes. Si quieres vernos en nuestra primitiva forma y que comencemos ayudarte fraguar las galas para las fiestas y amasar los panes que te ha encargado tu to, haz tres veces la seal de la cruz con la mano izquierda invocando la trinidad de los infiernos, Belceb, Astarot y Belial. Dorotea, aunque temblando, hizo punto por punto lo que se le deca, y los gatos se convirtieron en otras tantas mujeres, de las cuales, unas comenzaron cortar y otras coser telas de mil colores, cual ms vistoso y llamativo, hilvanando y concluyendo sayas y jubones toda prisa, en tanto que los sapillos, diseminados por aqu y por all, con unas herramientas diminutas y brillantes, fabricaban pendientes de filigrana de oro para las orejas, anillos con piedras preciosas para los dedos, armados de su tirapi y su lezna en miniatura, cosan unas zapatillas de tafilete, tan monas y tan bien acabadas, que merecan calzar el pie de una hada. Todo era animacin y movimiento en derredor de Dorotea; hasta la llama del candil que alumbraba aquella escena extravagante, pareca danzar alegre en su piquera de hierro, chisporroteando y plegando y volviendo desplegar su abanico de luz, que se proyectaba en los muros en crculos movibles, ora oscuros, ora brillantes. Esto se prolong hasta rayar el da, en que el bullicioso repique de las campanas de la parroquia echadas vuelo en honor del santo patrono del lugar, y el agudo canto de los gallos, anunciaron el alba los habitantes de la aldea. Pas el da entre fiestas y regocijos. Mosn Gil, sin sospechar la parte que las brujas haban tomado en su elaboracin, reparti, terminada la misa, sus panes entre los pobres; las muchachas bailaron en las eras al son de la gaita y el tamboril, luciendo los dijes y las galas que haban trado de Tarazona y cosa particular! Dorotea, aunque al parecer fatigada de haber pasado la noche en claro amasando el pan de la limosna, con no pequeo asombro de su to, ni se quej de su suerte, ni hizo alto en las bandas de mozas y mozos que pasaban emperejilados por sus puertas, mientras ella permaneca aburrida y sola en su casa. Al fin lleg la noche, que la sobrina del cura pareci tardar ms que otras veces. Mosn Gil se meti en su cama al toque de oraciones, segn tena de costumbre, y la gente joven del lugar encendi la hoguera en la plaza donde deba continuar el baile. Dorotea, entonces, aprovechando el sueo de su to, se adorn apresuradamente con los hermosos vestidos, presente de las brujas, psose los pendientes de filigrana de oro, cuyas piedras blancas y luminosas semejaban sobre sus frescas mejillas gotas de roco sobre un melocotn dorado, y con sus zapatillas de tafilete y un anillo en cada dedo, se dirigi al punto en que los mozos y las mozas bailaban al son del tamboril y las vihuelas, al resplandor del fuego; cuyas lenguas rojas, coronadas de chispas de mil colores, se levantaban por cima de los tejados de las casas, arrojando lo lejos las prolongadas sombras de las chimeneas y la torre del lugar. Figrense ustedes el efecto que su aparicin producira. Sus rivales en hermosura, que hasta all la haban superado en lujo, quedaron oscurecidas y arrinconadas; los hombres se disputaban el honor de alcanzar una mirada de sus ojos, y las mujeres se mordan los labios de despecho. Como le haban anunciado las brujas, el triunfo de su vanidad no poda ser ms grande. Pasaron las fiestas del santo, y aunque Dorotea tuvo buen cuidado de guardar sus joyas y sus vestidos en el fondo del arca, durante un mes no se habl en el pueblo de otro asunto. --Vaya! Vaya!--decan sus feligreses mosn Gil;--tenis vuestra sobrina hecha un pimpollo de oro. Qu lujo! Quin haba de creer que, despus de dar lo que dais en limosnas, an os quedaba para esos rumbos! Pero mosn Gil, que era la bondad misma y que ni siquiera poda figurarse la verdad de lo que pasaba, creyendo que queran embromarle, aludiendo la pobreza y la humildad en el vestir de Dorotea, impropias de la sobrina de un cura, personaje de primer orden en los pueblos, se limitaba contestar sonriendo y como para seguir la broma: --Qu queris? Donde lo hay se luce. Las galas de Dorotea hacan entre tanto su efecto. Desde aquella noche en adelante no faltaron enramadas en sus ventanas, msica en sus puertas y rondadores en las esquinas. Estas rondas, estos cantares y estos ramos tuvieron el fin que era natural, y los dos meses la sobrina del cura se casaba con uno de los mozos mejor acomodados del pueblo; el cual, para que nada faltase su triunfo, hasta la famosa noche en que se present en la hoguera, haba sido novio de una de aquellas vecinas que tanto la hicieron rabiar en otras ocasiones, sentndose coser sus vestidos en el portal de la calle. Slo el pobre mosn Gil perdi desde aquella poca para siempre el latn de sus exorcismos y el trabajo de sus aspersiones. Las brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses, tornaron aposentarse en el castillo; sobre los ganados cayeron plagas sin cuento; las jvenes del lugar se vean atacadas de enfermedades incomprensibles; los nios eran azotados por las noches en sus cunas, y los sbados, despus que la campana de la iglesia dejaba oir el toque de nimas, unas sonando panderos, otras aafiles castauelas, y todas caballo sobre sus escobas, los habitantes de Trasmoz vean pasar una banda de viejas, espesa como las grullas, que iban celebrar sus endiablados ritos la sombra de los muros y de la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte. * * * * * Despus de oir esta historia, he tenido ocasin de conocer la _ta Casca_, hermana de la otra _Casca_ famosa, cuyo trgico fin he referido ustedes, y vstago de la dinasta de brujas de Trasmoz que comienza en la sobrina de mosn Gil y acabar no se sabe cundo ni dnde. Por ms que al decir de los revolucionarios furibundos, ha llegado la hora final de las dinastas seculares, sta, juzgar por el estado en que se hallan los espritus en el pas, promete prolongarse an mucho, pues teniendo en cuenta que la que vive no ser para largo en razn su avanzada edad, ya comienza decirse que la hija despunta en el oficio y que una netezuela tiene indudables disposiciones; tan arraigada est entre estas gentes la creencia de que de una en otra lo vienen heredando. Verdad es que, como ya creo haber dicho antes de ahora, hay aqu en todo cuanto uno le rodea un no s qu de agreste, misterioso y grande que impresiona profundamente el nimo y lo predispone creer en lo sobrenatural. De m puedo asegurarles que no he podido ver la actual bruja sin sentir un estremecimiento involuntario, como si, en efecto, la colrica mirada que me lanz observando la curiosidad impertinente con que expiaba sus acciones, hubiera podido hacerme dao. La vi hace pocos das, ya muy avanzada la tarde, y por una especie de tragaluz, al que se alcanza desde un pedrusco enorme de los que sirven de cimiento y apoyo las casas de Trasmoz. Es alta, seca, arrugada, y no lo querrn ustedes creer, pero hasta tiene sus barbillas blancuzcas y su nariz corva, de rigor en las brujas de todas las consejas. Estaba encogida y acurrucada junto al hogar entre un sinnmero de trastos viejos, pucherillos, cntaros, marmitas y cacerolas de cobre, en las que la luz de la llama pareca centuplicarse con sus brillantes y fantsticos reflejos. Al calor de la lumbre herva yo no s qu en un cacharro, que de tiempo en tiempo remova la vieja con una cuchara. Tal vez sera un guiso de patatas para la cena; pero impresionado su vista, y presente an la relacin que me haban hecho de sus antecesoras, no pude menos de recordar, oyendo el continuo hervidero del guiso, aquel pisto infernal, aquella horrible _cosa sin nombre_ de las brujas del _Macbeth_ de Shakespeare. [Ilustracin] [Ilustracin] CARTA NOVENA la seorita doa M. L. A. Apreciable amiga: Al enviarle una copia exacta, quizs la nica que de ella se ha sacado hasta hoy, promet usted referirle la peregrina historia de la imagen, en honor de la cual un prncipe poderoso levant el monasterio, desde una de cuyas celdas he escrito mis cartas anteriores. Es una historia que, aunque transmitida hasta nosotros por documentos de aquel siglo y testificada an por la presencia de un monumento material, prodigio del arte, elevado en su conmemoracin, no quisiera entregarla al fro y severo anlisis de la crtica filosfica, piedra de toque cuya prueba se someten hoy da todas las verdades. esa terrible crtica, que alentada con algunos ruidosos triunfos, comenz negando las tradiciones gloriosas y los hroes nacionales, y ha acabado por negar hasta el carcter divino de Jess, qu concepto le podra merecer esta, que desde luego calificara de conseja de nios? Yo escribo y dejo poner estas desaliadas lneas en letras de molde, porque la ma es mala, y slo as le ser posible entenderme; por lo dems, yo las escribo para usted, para usted exclusivamente, porque s que las delicadas flores de la tradicin slo puede tocarlas la mano de la piedad, y slo sta le es dado aspirar su religioso perfume sin marchitar sus hojas. * * * * * En el valle de Veruela, y como una media hora de distancia de su famoso monasterio, hay al fin de una larga alameda de chopos que se extiende por la falda del monte, un grueso pilar de argamasa y ladrillo. En la mitad ms alta de este pilar, cubierto ya de musgo, merced la continuada accin de las lluvias, y al que los aos han prestado su color oscuro indefinible, se ve una especie de nicho que en su tiempo debi de contener una imagen, y sobre el cnico capitel que lo remata, el asta de hierro de una cruz cuyos brazos han desaparecido. Al pie crecen y exhalan un penetrante y campesino perfume, entre una alfombra de menudas yerbas, las aliagas espinosas y amarillas, los altos romeros de flores azules, y otra gran porcin de plantas olorosas y saludables. Un arroyo de agua cristalina corre all con un ruido apacible, medio oculto entre el espeso festn de juncos y lirios blancos que dibuja sus orillas, y, en el verano, las ramas de los chopos, agitadas por el aire que continuamente sopla de la parte del Moncayo, dan la vez msica y sombra. Llaman este sitio _La Aparecida_, porque en l aconteci, har prximamente unos siete siglos, el suceso que di origen la fundacin del clebre monasterio de la Orden del Cister, conocido con el nombre de Santa Mara de Veruela. Refiere un antiguo cdice, y es tradicin constante en el pas, que, despus de haber renunciado la corona que le ofrecieron los aragoneses, poco de ocurrida la muerte de Don Alonso en la desgraciada empresa de Fraga, Don Pedro Atares, uno de los ms poderosos magnates de aquella poca, se retir al castillo de Borja, del que era seor, y donde en compaa de algunos de sus leales servidores, y como descanso de las continuas inquietudes, de las luchas palaciegas y del batallar de los campos, decidi pasar el resto de sus das entregado al ejercicio de la caza; ocupacin favorita de aquellos rudos y valientes caballeros, que slo hallaban gusto durante la paz en lo que tan propiamente se ha llamado simulacro imagen de la guerra. El valle en que est situado el monasterio, que dista tres leguas escasas de la ciudad de Borja, y la falda del Moncayo, que pertenece Aragn, eran entonces parte de su dilatado seoro; y como quiera que de los pueblecillos que ahora se ven salpicados aqu y all por entre las quiebras del terreno no existan ms que las atalayas y algunas miserables casucas, abrigo de pastores, que las tierras no se haban roturado, ni las crecientes necesidades de la poblacin haban hecho caer al golpe del hacha los aossimos rboles que lo cubran, el valle de Veruela, con sus bosques de encinas y carrascas seculares, y sus intrincados laberintos de vegetacin virgen y lozana, ofreca seguro abrigo los ciervos y jabales, que vagaban por aquellas soledades en nmero prodigioso. Aconteci una vez que, habiendo salido el seor de Borja, rodeado de sus ms hbiles ballesteros, sus pajes y sus ojeadores, recorrer esta parte de sus dominios, en busca de la caza en que era tan abundante, sobrevino la tarde sin que, cosa verdaderamente extraordinaria, dadas las condiciones del sitio, encontrasen una sola pieza que llevar la vuelta de la jornada como trofeo de la expedicin. Dbase todos los diablos Don Pedro Atares, y pesar de su natural prudencia, juraba y perjuraba que haba de colgar de una encina los cazadores furtivos, causa, sin duda, de la incomprensible escasez de reses que por vez primera notaba en sus cotos; los perros gruan cansados de permanecer tantas horas ociosos atados la tralla; los ojeadores, roncos de vocear en balde, volvan reunirse los mohinos ballesteros, y todos se disponan tomar la vuelta del castillo para salir de lo ms espeso del carrascal, antes que la noche cerrase tan oscura y tormentosa como lo auguraban las nubes suspendidas sobre la cumbre del vecino Moncayo, cuando de repente una cierva, que pareca haber estado oyendo la conversacin de los cazadores, oculta por el follaje, sali de entre las matas ms cercanas, y, como burlndose de ellos, desapareci su vista para ir perderse entre el laberinto del monte. No era aquella seguramente la hora ms propsito para darle caza, pues la oscuridad del crepsculo, aumentada por la sombra de las nubes que poco poco iban entoldando el cielo, se haca cada vez ms densa; pero el seor de Borja, quien desesperaba la idea de volverse con las manos vacas de tan lejana excursin, sin hacer alto en las observaciones de los ms experimentados, di apresuradamente la orden de arrancar en su seguimiento, y mandando los ojeadores por un lado y los ballesteros por otro, sali brida suelta y seguido de sus pajes, quienes pronto dej rezagados en la furia de su carrera, tras la imprudente res que de aquel modo pareca haber venido burlrsele en sus barbas. Como era de suponer, la cierva se perdi en lo ms intrincado del monte, y la media hora de correr en busca suya cada cual en una direccin diferente, as Don Pedro Atares, que se haba quedado completamente solo, como los menos conocedores del terreno de su comitiva, se encontraron perdidos en la espesura. En este intervalo cerr la noche, y la tormenta, que durante toda la tarde se estuvo amasando en la cumbre del Moncayo, comenz descender lentamente por su falda y tronar y relampaguear, cruzando las llanuras como en un majestuoso paseo. Los que las han presenciado pueden slo figurarse toda la terrible majestad de las repentinas tempestades que estallan aquella altura, donde los truenos, repercutidos por las concavidades de las peas, las ardientes exhalaciones, atradas por la frondosidad de los rboles, y el espeso turbin de granizo congelado por las corrientes de aire fro impetuoso, sobrecogen el nimo hasta el punto de hacernos creer que los montes se desquician, que la tierra va abrirse debajo de los pies, que el cielo, que cada vez parece estar ms bajo y ms pesado, nos oprime como con una capa de plomo. Don Pedro Atares, solo y perdido en aquellas inmensas soledades, conoci tarde su imprudencia y en vano se esforzaba para reunir en torno suyo su dispersa comitiva; el ruido de la tempestad, que cada vez se haca mayor, ahogaba sus voces. Ya su nimo, siempre esforzado y valeroso, comenzaba desfallecer ante la perspectiva de una noche eterna, perdido en aquellas soledades y expuesto al furor de los desencadenados elementos; ya su noble cabalgadura, aterrorizada y medrosa, se negaba proseguir adelante, inmvil y como clavada en la tierra, cuando, dirigiendo sus ojos al cielo, dej escapar involuntariamente de sus labios una piadosa oracin la Virgen, quien el cristiano caballero tena costumbre de invocar en los ms duros trances de la guerra, y que en ms de una ocasin le haba dado la victoria. La Madre de Dios oy sus palabras, y descendi la tierra para protegerle. Yo quisiera tener la fuerza de imaginacin bastante para poderme figurar cmo fu aquello. Yo he visto pintadas por nuestros ms grandes artistas algunas de esas msticas escenas; yo he visto, y usted habr visto tambin la misteriosa luz de la gtica catedral de Sevilla, uno de esos colosales lienzos en que Murillo, el pintor de las santas visiones, ha intentado fijar para pasmo de los hombres un rayo de esa difana atmsfera en que nadan los ngeles como en un ocano de luminoso vapor; pero all es necesaria la intensidad de las sombras en un punto del cuadro para dar mayor realce aquel en que se entreabren las nubes como con una explosin de claridad; all, pasada la primera impresin del momento, se ve el arte luchando con sus limitados recursos para dar idea de lo imposible. Yo me figuro algo ms, algo que no se puede decir con palabras ni traducir con sonidos con colores. Me figuro un esplendor vivsimo que todo lo rodea, todo lo abrillanta, que por decirlo as, se compenetra en todos los objetos y los hace aparecer como de cristal, y en su foco ardiente lo que pudiramos llamar la luz dentro de la luz. Me figuro cmo se ira descomponiendo el temeroso fragor de la tormenta en notas largas y suavsimas, en acordes distintos, en rumor de alas, en armonas extraas de ctaras y salterios; me figuro ramas inmviles, el viento suspendido, y la tierra, estremecida de gozo con un temblor ligersimo al sentirse hollada otra vez por la divina planta de la Madre de su Hacedor, absorta, atnita y muda, sostenerla por un instante sobre sus hombros. Me figuro, en fin, todos los esplendores del cielo y de la tierra reunidos en un solo esplendor, todas las armonas en una sola armona, y en mitad de aquel foco de luz y de sonidos, la celestial Seora, resplandeciendo como una llama ms viva que las otras resplandece entre las llamas de una hoguera, como dentro de nuestro sol brillara otro sol ms brillante. Tal debi de aparecer la Madre de Dios los ojos del piadoso caballero, que, bajando de su cabalgadura y postrndose hasta tocar el suelo con la frente, no os levantarlos mientras la celeste visin le hablaba, ordenndole que en aquel lugar erigiese un templo en honra y gloria suya. El divino xtasis dur cortos instantes; la luz se comenz debilitar como la de un astro que se eclipsa; la armona se apag, temblando sus notas en el aire, como el ltimo eco de una msica lejana, y Don Pedro Atares, lleno de un estupor indecible, corri tocar con sus labios el punto en que haba puesto sus pies la Virgen. Pero cul no sera su asombro al encontrar en l una milagrosa imagen, testimonio real de aquel prodigio, prenda sagrada que, para eterna memoria de tan sealado favor, le dejaba al desaparecer la celestial Seora! esta sazn, aquellos de sus servidores que haban logrado reunirse, y que despus de haber encendido algunas teas, recorran el monte en todas direcciones, haciendo seales con las trompas de ojeo fin de encontrar su seor por entre aquellas intrincadas revueltas, donde era de temer le hubiera acontecido una desgracia, llegaron al sitio en que acababa de tener lugar la maravillosa aparicin. Reunida, pues, la comitiva y conocedores todos del suceso, improvisronse unas andas con las ramas de los rboles, y en piadosa procesin, conduciendo los caballos del diestro iluminndola con el rojizo resplandor de las teas, llevaron consigo la milagrosa imagen hasta Borja, en cuyo histrico castillo entraron al mediar la noche. Como puede presumirse, Don Pedro Atares no dej pasar mucho tiempo sin realizar el deseo que haba manifestado la Virgen. Merced sus fabulosas riquezas, se allanaron todas las dificultades que parecan oponerse su ereccin, y el suntuoso monasterio con su magnfica iglesia, semejante una catedral, sus claustros imponentes y sus almenados muros, levantse como por encanto en medio de aquellas soledades. San Bernardo en persona vino establecer en l la comunidad de su Regla, y asistir la traslacin de la milagrosa imagen desde el castillo de Borja, donde haba estado custodiada, hasta su magnfico templo de Veruela, cuya solemne consagracin asistieron seis prelados y estuvieron presentes muchos magnates y prncipes poderosos, amigos y deudos de su ilustre fundador Don Pedro Atares, el cual para eterna memoria del sealado favor que haba obtenido de la Virgen, mand colocar una cruz y la copia de su divina imagen en el mismo lugar en que la haba visto descender del cielo. Este lugar es el mismo de que he hablado usted al principio de esta carta, y que todava se conoce con el nombre de _La Aparecida_. Yo o por primera vez referir la historia que mi vez he contado, al pie del humilde pilar que la recuerda, y antes de haber visto el monasterio que ocultaban an mis ojos las altas alamedas de rboles, entre cuyas copas se esconden sus puntiagudas torres. Puede usted, pues, figurarse con qu mezcla de curiosidad y veneracin traspasara luego los umbrales de aquel imponente recinto, maravilla del arte cristiano, que guarda an en su seno la misteriosa escultura, objeto de ardiente devocin por tantos siglos, y la que nuestros antepasados, de una generacin en otra, han tributado sucesivamente las honras ms sealadas y grandes. All, da y noche, y hasta hace poco, ardan delante del altar en que se encontraba la imagen, sobre un escabel de oro, doce lmparas de plata que brillaban, mecindose lentamente, entre las sombras del templo, como una constelacin de estrellas; all los piadosos monjes, vestidos de sus blancos hbitos, entonaban todas horas sus alabanzas en un canto grave y solemne, que se confunda con los amplios acordes del rgano; all los hombres de armas del monasterio, mitad templo, mitad fortaleza, los pajes del poderoso abad y sus innumerables servidores la saludaban con ruidosas aclamaciones de jbilo, como la hermosa castellana de aquel castillo, cuando, en los das clsicos, la sacaban un momento por sus patios, coronados de almenas, bajo un palio de tis y pedrera. Al penetrar en aquel anchuroso recinto, ahora mudo y solitario, al ver las almenas de sus altas torres cadas por el suelo, la hiedra serpenteando por las hendiduras de sus muros, y las ortigas y los jaramagos que crecen en montn por todas partes, se apodera del alma una profunda sensacin de involuntaria tristeza. Las enormes puertas de hierro de la torre se abren rechinando sobre sus enmohecidos goznes con un lamento agudo, siempre que un curioso viene turbar aquel alto silencio, y dejan ver el interior de la abada con sus calles de cipreses, su iglesia bizantina en el fondo y el severo palacio de los abades. Pero aquella otra gran puerta del templo, tan llena de smbolos incomprensibles y de esculturas extraas, en cuyos sillares han dejado impresos artfices de la Edad Media los signos misteriosos de su masnica hermandad; aquella gran puerta que se colgaba un tiempo de tapices y se abra de par en par en las grandes solemnidades, no volver abrirse, ni volver entrar por ella la multitud de los fieles, convocados al son de las campanas que volteaban alegres y ruidosas en la elevada torre. Para penetrar hoy en el templo es preciso cruzar nuevos patios, tan extensos, tan ruinosos y tan tristes como el primero, internarse en el claustro procesional, sombro y hmedo como un stano, y, dejando un lado las tumbas en que descansan los hijos del fundador, llegar hasta un pequeo arco que apenas si en mitad del da se distingue entre las sombras eternas de aquellos medrosos pasadizos, y donde una losa negra, sin inscripcin y con una espada groseramente esculpida, seala el humilde lugar en que el famoso Don Pedro Atares quiso que reposasen sus huesos. Figrese usted una iglesia tan grande y tan imponente como la ms imponente y ms grande de nuestras catedrales. En un rincn, sobre un magnfico pedestal labrado de figuras caprichosas y formando el ms extrao contraste, una pequea jofaina de loza de la ms basta de Valencia hace las veces de pila para el agua bendita; de las robustas bvedas cuelgan an las cadenas de metal que sostuvieron las lmparas, que ya han desaparecido; en los pilares se ven las estacas y las anillas de hierro de que pendan las colgaduras de terciopelo franjado de oro, de las que slo queda la memoria; entre dos arcos existe todava el hueco que ocupaba el rgano; no hay vidrios en las ojivas que dan paso la luz; no hay altares en las capillas; el coro est hecho pedazos; el aire, que penetra sin dificultad por todas partes, gime por los ngulos del templo, y los pasos resuenan de un modo tan particular que parece que se anda por el interior de una inmensa tumba. All, sobre un mezquino altar, hecho de los despedazados restos de otros altares, recogidos por alguna mano piadosa, y alumbrado por una lamparilla de cristal con ms agua que aceite, cuya luz chisporrotea prxima extinguirse, se descubre la santa imagen, objeto de tanta veneracin en otras edades, la sombra de cuyo altar duermen el sueo de la muerte tantos prceres ilustres, la puerta de cuyo monasterio dej su espada como en seal de vasallaje un monarca espaol, que, atrado por la fama de sus milagros, vino rendirle, en poca no muy remota, el tributo de sus oraciones. De tanto esplendor, de tanta grandeza, de tantos das de exaltacin y de gloria, slo queda ya un recuerdo en las antiguas crnicas del pas, y una piadosa tradicin entre los campesinos que de cuando en cuando atraviesan con temor los medrosos claustros del monasterio para ir arrodillarse ante Nuestra Seora de Veruela, que para ellos, as en la poca de su grandeza como en la de su abandono, es la santa protectora de su escondido valle. En cuanto m, puedo asegurar usted que en aquel templo, abandonado y desnudo, rodeado de tumbas silenciosas, donde descansan ilustres prceres, sin descubrir, al pie del ara que la sostiene, ms que las mudas inmviles figuras de los abades muertos, esculpidas groseramente sobre las losas sepulcrales del pavimento de la capilla, la milagrosa imagen, cuya historia conoca de antemano, me infundi ms hondo respeto, me pareci ms hermosa, ms rodeada de una atmsfera de solemnidad y grandeza indefinibles que otras muchas que haba visto antes en retablos churriguerescos, muy cargadas de joyas ridculas, muy alumbradas de luces en forma de pirmides y de estrellas, muy engalanadas con profusin de flores de papel y de trapo. usted, y todo el que sienta en su alma la verdadera poesa de la Religin, creo que le sucedera lo mismo. [Ilustracin] RIMAS [Ilustracin] I Yo s un himno gigante y extrao Que anuncia en la noche del alma una aurora, Y estas pginas son de ese himno Cadencias que el aire dilata en las sombras. Yo quisiera escribirlo, del hombre Domando el rebelde, mezquino idoma, Con palabras que fuesen un tiempo Suspiros y risas, colores y notas. Pero en vano es luchar; que no hay cifra Capaz de encerrarlo, y apenas oh hermosa! Si, teniendo en mis manos las tuyas, Pudiera, al odo, cantrtelo solas. II Saeta que voladora Cruza, arrojada al azar, Sin adivinarse dnde Temblando se clavar; Hoja que del rbol seca Arrebata el vendaval, Sin que nadie acierte el surco Donde caer volver; Gigante ola que el viento Riza y empuja en el mar, Y rueda y pasa, y no sabe Qu playa buscando va; Luz que en cercos temblorosos Brilla, prxima expirar, Ignorndose cul de ellos El ltimo brillar; Eso soy yo, que al acaso Cruzo el mundo, sin pensar De dnde vengo, ni adnde Mis pasos me llevarn. III Sacudimiento extrao Que agita las ideas, Como huracn que empuja Las olas en tropel; Murmullo que en el alma Se eleva y va creciendo, Como volcn que sordo Anuncia que va arder; Deformes siluetas De seres imposibles; Paisajes que aparecen Como travs de un tul; Colores que fundindose Remedan en el aire Los tomos del Iris, Que nadan en la luz; Ideas sin palabras, Palabras sin sentido; Cadencias que no tienen Ni ritmo ni comps; Memorias y deseos De cosas que no existen; Accesos de alegra, Impulsos de llorar; Actividad nerviosa Que no halla en qu emplearse; Sin rienda que lo gue Caballo volador; Locura que el espritu Exalta y enardece; Embriaguez divina Del genio creador... Tal es la inspiracin! * * * * * Gigante voz que el caos Ordena en el cerebro, Y entre las sombras hace La luz aparecer; Brillante rienda de oro Que poderosa enfrena De la exaltada mente El volador corcel; Hilo de luz que en haces Los pensamientos ata; Sol que las nubes rompe Y toca en el zenit; Inteligente mano Que en un collar de perlas Consigue las indciles Palabras reunir; Armonioso ritmo Que con cadencia y nmero Las fugitivas notas Encierra en el comps; Cincel que el bloque muerde La estatua modelando, Y la belleza plstica Aade la ideal; Atmsfera en que giran Con orden las ideas, Cual tomos que agrupa Recndita atraccin; Raudal en cuyas ondas Su sed la fiebre apaga; Oasis que al espritu Devuelve su vigor... Tal es nuestra razn! Con ambas siempre en lucha Y de ambas vencedor, Tan slo el genio puede A un yugo atar las dos. IV No digis que agotado su tesoro De asuntos falta, enmudeci la lira: Podr no haber poetas; pero siempre Habr poesa. Mientras las ondas de la luz al beso Palpiten encendidas; Mientras el sol las desgarradas nubes De fuego y oro vista; Mientras el aire en su regazo lleve Perfumes y armonas; Mientras haya en el mundo primavera, Habr poesa! Mientras la ciencia descubrir no alcance Las fuentes de la vida, Y en el mar en el cielo haya un abismo Que al clculo resista; Mientras la humanidad siempre avanzando No sepa do camina; Mientras haya un misterio para el hombre, Habr poesa! Mientras sintamos que se alegra el alma, Sin que los labios ran; Mientras se llore sin que el llanto acuda A nublar la pupila; Mientras el corazn y la cabeza Batallando prosigan; Mientras haya esperanzas y recuerdos, Habr poesa! Mientras haya unos ojos que reflejen Los ojos que los miran; Mientras responda el labio suspirando Al labio que suspira; Mientras sentirse puedan en un beso Dos almas confundidas; Mientras exista una mujer hermosa, Habr poesa! V Espritu sin nombre, Indefinible esencia, Yo vivo con la vida Sin formas de la idea. Yo nado en el vaco, Del sol tiemblo en la hoguera, Palpito entre las sombras Y floto con las nieblas. Yo soy el fleco de oro De la lejana estrella; Yo soy de la alta luna La luz tibia y serena. Yo soy la ardiente nube Que en el ocaso ondea; Yo soy del astro errante La luminosa estela. Yo soy nieve en las cumbres, Soy fuego en las arenas, Azul onda en los mares, Y espuma en las riberas. En el lad soy nota, Perfume en la violeta, Fugaz llama en las tumbas, Y en las ruinas hiedra. Yo atrueno en el torrente, Y silbo en la centella, Y ciego en el relmpago, Y rujo en la tormenta. Yo ro en los alcores, Susurro en la alta yerba, Suspiro en la onda pura, Y lloro en la hoja seca. Yo ondulo con los tomos Del humo que se eleva, Y al cielo lento sube En espiral inmensa. Yo, en los dorados hilos Que los insectos cuelgan, Me mezco entre los rboles En la ardorosa siesta. Yo corro tras las ninfas Que en la corriente fresca Del cristalino arroyo Desnudas juguetean. Yo, en bosques de corales, Que alfombran blancas perlas, Persigo en el Ocano Las nyades ligeras. Yo, en las cavernas cncavas, Do el sol nunca penetra, Mezclndome los gnomos, Contemplo sus riquezas. Yo busco de los siglos Las ya borradas huellas, Y s de esos imperios De que ni el nombre queda. Yo sigo en raudo vrtigo Los mundos que voltean, Y mi pupila abarca La creacin entera. Yo s de esas regiones do un rumor no llega, Y donde informes astros De vida un soplo esperan. Yo soy sobre el abismo El puente que atraviesa; Yo soy la ignota escala Que el cielo une la tierra. Yo soy el invisible Anillo que sujeta El mundo de la forma Al mundo de la idea. Yo, en fin, soy ese espritu, Desconocida esencia, Perfume misterioso, De que es vaso el poeta. VI Como la brisa que la sangre orea Sobre el oscuro campo de batalla, Cargada de perfumes y armonas En el silencio de la noche vaga; Smbolo del dolor y la ternura, Del bardo ingls en el horrible drama, La dulce Ofelia, la razn perdida, Cogiendo flores y cantando pasa. VII Del saln en el ngulo oscuro, De su dueo tal vez olvidada, Silenciosa y cubierta de polvo Vease el arpa. Cunta nota dorma en sus cuerdas, Como el pjaro duerme en las ramas, Esperando la mano de nieve Que sabe arrancarlas! Ay!--pens--cuntas veces el genio As duerme en el fondo del alma, Y una voz, como Lzaro, espera Que le diga: Levntate y anda! VIII Cuando miro el azul horizonte Perderse lo lejos, Al travs de una gasa de polvo Dorado inquieto, Me parece posible arrancarme Del msero suelo, Y flotar con la niebla dorada En tomos leves Cual ella deshecho. Cuando miro de noche en el fondo Oscuro del cielo Las estrellas temblar, como ardientes Pupilas de fuego, Me parece posible do brillan Subir en un vuelo, Y anegarme en su luz, y con ellas En lumbre encendido Fundirme en un beso. En el mar de la duda en que bogo Ni aun s lo que creo; Sin embargo, estas ansias me dicen Que yo llevo algo Divino aqu dentro!... IX Besa el aura que gime blandamente Las leves ondas que jugando riza; El sol besa la nube en Occidente Y de prpura y oro la matiza; La llama en derredor del tronco ardiente Por besar otra llama se desliza, Y hasta el sauce, inclinndose su peso, Al ro que le besa, vuelve un beso. X Los invisibles tomos del aire En derredor palpitan y se inflaman; El cielo se deshace en rayos de oro; La tierra se estremece alborozada; Oigo flotando en olas de armona Rumor de besos y batir de alas; Mis prpados se cierran... Qu sucede? --Es el amor que pasa! XI --Yo soy ardiente, yo soy morena, Yo soy el smbolo de la pasin; De ansia de goces mi alma est llena m me buscas?--No es ti; no. --Mi frente es plida; mis trenzas de oro: Puedo brindarte dichas sin fin; Yo de ternura guardo un tesoro. m me llamas?--No; no es ti. --Yo soy un sueo, un imposible, Vano fantasma de niebla y luz; Soy incorprea, soy intangible; No puedo amarte.--Oh, ven; ven t! XII Porque son, nia, tus ojos Verdes como el mar, te quejas; Verdes los tienen las nyades, Verdes los tuvo Minerva, Y verdes son las pupilas De las hurs del profeta. El verde es gala y ornato Del bosque en la primavera. Entre sus siete colores Brillante el Iris lo ostenta. Las esmeraldas son verdes, Verde el color del que espera, Y las ondas del Ocano, Y el laurel de los poetas. Es tu mejilla temprana Rosa de escarcha cubierta, En que el carmn de los ptalos Se ve al travs de las perlas. Y sin embargo, S que te quejas, Porque tus ojos Crees que la afean: Pues no lo creas; Que parecen tus pupilas, Hmedas, verdes inquietas, Tempranas hojas de almendro, Que al soplo del aire tiemblan. Es tu boca de rubes Purprea granada abierta, Que en el esto convida apagar la sed en ella. Y sin embargo, S que te quejas, Porque tus ojos Crees que la afean: Pues no lo creas; Que parecen, si enojada Tus pupilas centellean, Las olas del mar que rompen En las cantbricas peas. Es tu frente que corona Crespo el oro en ancha trenza, Nevada cumbre en que el da Su postrera luz refleja. Y sin embargo, S que te quejas, Porque tus ojos Crees que la afean: Pues no lo creas; Que, entre las rubias pestaas, Junto las sienes, semejan Broches de esmeralda y oro, Que un blanco armio sujetan. XIII Tu pupila es azul, y cuando res, Su claridad suave me recuerda El trmulo fulgor de la maana Que en el mar se refleja. _Tu pupila es azul, y cuando lloras,_ _Las transparentes lgrimas en ella_ _Se me figuran gotas de roco_ _Sobre una violeta._ Tu pupila es azul, y si en su fondo Como un punto de luz radia una idea, Me parece en el cielo de la tarde Una perdida estrella! XIV Te vi un punto, y, flotando ante mis ojos, La imagen de tus ojos se qued, Como la mancha oscura, orlada en fuego, Que flota y ciega, si se mira al sol. Adonde quiera que la vista fijo, Torno ver sus pupilas llamear; Mas no te encuentro ti; que es tu mirada: Unos ojos, los tuyos, nada ms. De mi alcoba en el ngulo los miro Desasidos fantsticos lucir: Cuando duermo los siento que se ciernen De par en par abiertos sobre m. Yo s que hay fuegos fatuos que en la noche Llevan al caminante perecer: Yo me siento arrastrado por tus ojos, Pero adnde me arrastran, no lo s. XV Cendal flotante de leve bruma, Rizada cinta de blanca espuma, Rumor sonoro De arpa de oro, Beso del aura, onda de luz, Eso eres t. T, sombra area, que cuantas veces Voy tocarte, te desvaneces Como la llama, como el sonido, Como la niebla, como el gemido Del lago azul. En mar sin playas onda sonante, En el vaco cometa errante, Largo lamento Del ronco viento, Ansia perpetua de algo mejor, Eso soy yo. Yo, que tus ojos en mi agona Los ojos vuelvo de noche y da; Yo, que incansable corro y demente Tras una sombra, tras la hija ardiente De una visin! XVI Si al mecer las azules campanillas De tu balcn, Crees que suspirando pasa el viento Murmurador, Sabe que, oculto entre las verdes hojas, Suspiro yo. Si al resonar confuso tus espaldas Vago rumor, Crees que por tu nombre te ha llamado Lejana voz, Sabe que, entre las sombras que te cercan, Te llamo yo. Si se turba medroso en la alta noche Tu corazn, Al sentir en tus labios un aliento Abrasador, Sabe que, aunque invisible, al lado tuyo Respiro yo. XVII Hoy la tierra y los cielos me sonren; Hoy llega al fondo de mi alma el sol; Hoy la he visto... la he visto y me ha mirado... Hoy creo en Dios! XVIII Fatigada del baile, Encendido el color, breve el aliento, Apoyada en mi brazo, Del saln se detuvo en un extremo. Entre la leve gasa Que levantaba el palpitante seno, Una flor se meca En compasado y dulce movimiento. Como en cuna de ncar Que empuja el mar y que acaricia el cfiro, Tal vez all dorma Al soplo de sus labios entreabiertos. --Oh! Quin as--pensaba-- Dejar pudiera deslizarse el tiempo? Oh, si las flores duermen, Qu dulcsimo sueo! XIX Cuando sobre el pecho inclinas La melanclica frente, Una azucena tronchada Me pareces. Porque al darte la pureza De que es smbolo celeste, Como ella te hizo Dios De oro y nieve. XX Sabe, si alguna vez tus labios rojos Quema invisible atmsfera abrasada, Que el alma que hablar puede con los ojos, Tambin puede besar con la mirada. XXI --Qu es poesa?--dices mientras clavas En mi pupila tu pupila azul;-- Qu es poesa? Y t me lo preguntas? Poesa... eres t. XXII Cmo vive esa rosa que has prendido Junto tu corazn? Nunca hasta ahora contempl en la tierra Sobre el volcn la flor. XXIII Por una mirada, un mundo; Por una sonrisa, un cielo; Por un beso... yo no s Qu te diera por un beso! XXIV Dos rojas lenguas de fuego Que un mismo tronco enlazadas, Se aproximan, y al besarse Forman una sola llama; Dos notas que del lad un tiempo la mano arranca, Y en el espacio se encuentran Y armoniosas se abrazan; Dos olas que vienen juntas morir sobre una playa, Y que al romper se coronan Con un penacho de plata; Dos jirones de vapor Que del lago se levantan, Y al juntarse all en el cielo Forman una nube blanca; Dos ideas que al par brotan, Dos besos que un tiempo estallan, Dos ecos que se confunden... Eso son nuestras dos almas. XXV Cuando en la noche te envuelven Las alas de tul del sueo, Y tus tendidas pestaas Semejan arcos de bano; Por escuchar los latidos De tu corazn inquieto, Y reclinar tu dormida Cabeza sobre mi pecho, Diera, alma ma, Cuanto poseo: La luz, el aire Y el pensamiento! Cuando se clavan tus ojos En un invisible objeto, Y tus labios ilumina De una sonrisa el reflejo; Por leer sobre tu frente El callado pensamiento Que pasa como la nube Del mar sobre el ancho espejo, Diera, alma ma, Cuanto deseo: La fama, el oro, La gloria, el genio! Cuando enmudece tu lengua, Y se apresura tu aliento, Y tus mejillas se encienden, Y entornas tus ojos negros; Por ver entre sus pestaas Brillar con hmedo fuego La ardiente chispa que brota Del volcn de los deseos, Diera, alma ma, Por cuanto espero, La fe, el espritu, La tierra, el cielo! XXVI Voy contra mi inters al confesarlo; Pero yo, amada ma, Pienso, cual t, que una oda slo es buena De un billete del Banco al dorso escrita. No faltar algn necio que al oirlo Se haga cruces y diga: Mujer al fin del siglo diez y nueve, Material y prosaica... Bobera! Voces que hacen correr cuatro poetas Que en invierno se embozan con la lira! Ladridos de los perros la luna! T sabes y yo s que en esta vida, Con genio, es muy contado quien la _escribe_; Y con oro, cualquiera _hace_ poesa. XXVII Despierta, tiemblo al mirarte; Dormida, me atrevo verte; Por eso, alma de mi alma, Yo velo mientras t duermes. Despierta, res, y al reir, tus labios Inquietos me parecen Relmpagos de grana que serpean Sobre un cielo de nieve Dormida, los extremos de tu boca Pliega sonrisa leve, Suave como el rastro luminoso Que deja un sol que muere... --Duerme! Despierta, miras, y al mirar, tus ojos Hmedos resplandecen Como la onda azul, en cuya cresta Chispeando el sol hiere. Al travs de tus prpados, dormida, Tranquilo fulgor viertes, Cual derrama de luz templado rayo Lmpara transparente... --Duerme! Despierta, hablas, y al hablar, vibrantes Tus palabras parecen Lluvia de perlas que en dorada copa Se derrama torrentes. Dormida, en el murmullo de tu aliento Acompasado y tenue, Escucho yo un poema, que mi alma Enamorada entiende... --Duerme! Sobre el corazn la mano Me he puesto, por que no suene Su latido, y de la noche Turbe la calma solemne. De tu balcn las persianas Cerr ya, por que no entre El resplandor enojoso De la aurora, y te despierte... --Duerme! XXVIII Cuando entre la sombra oscura Perdida una voz murmura Turbando su triste calma, Si en el fondo de mi alma La oigo dulce resonar; Dime: es que el viento en sus giros Se queja, que tus suspiros Me hablan de amor al pasar? Cuando el sol en mi ventana Rojo brilla la maana, Y mi amor tu sombra evoca, Si en mi boca de otra boca Sentir creo la impresin; Dime: es que ciego deliro, que un beso en un suspiro Me enva tu corazn? Si en el luminoso da Y en la alta noche sombra; Si en todo cuanto rodea Al alma que te desea Te creo sentir y ver; Dime: es que toco y respiro Soando, que en un suspiro Me das tu aliento beber? XXIX Sobre la falda tena El libro abierto; En mi mejilla tocaban Sus rizos negros; No veamos las letras Ninguno, creo; Mas guardbamos entrambos Hondo silencio. Cunto dur? Ni an entonces Pude saberlo; Slo s que no se oa Ms que el aliento, Que apresurado escapaba Del labio seco. Slo s que nos volvimos Los dos un tiempo, Y nuestros ojos se hallaron, Y son un beso. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Creacin de Dante era el libro. Era su _Infierno_. Cuando l bajamos los ojos, Yo dije trmulo: --Comprendes ya que un poema Cabe en un verso? Y ella respondi encendida: --Ya lo comprendo! XXX Asomaba sus ojos una lgrima Y mi labio una frase de perdn; Habl el orgullo y se enjug su llanto, Y la frase en mis labios expir. Yo voy por un camino, ella por otro; Pero al pensar en nuestro mutuo amor, Yo digo an: Por qu call aquel da? Y ella dir: Por qu no llor yo? XXXI Nuestra pasin fu un trgico sainete, En cuya absurda fbula Lo cmico y lo grave confundidos Risas y llanto arrancan. Pero fu lo peor de aquella historia, Que al fin de la jornada, A ella tocaron lgrimas y risas, Y m slo las lgrimas! XXXII Pasaba arrolladora en su hermosura, Y el paso le dej; Ni aun mirarla me volv, y no obstante Algo mi odo murmur: _esa es_. Quin reuni la tarde la maana? Lo ignoro: slo s Que en una breve noche de verano Se unieron los crepsculos, y... _fu_. XXXIII Es cuestin de palabras, y no obstante, Ni t ni yo jams, Despus de lo pasado, convendremos En quin la culpa est. Lstima que el amor un diccionario No tenga donde hallar Cundo el orgullo es simplemente orgullo, Y cundo es dignidad! XXXIV Cruza callada, y son sus movimientos Silenciosa armona; Suenan sus pasos, y al sonar, recuerdan Del himno alado la cadencia rtmica. Los ojos entreabre, aquellos ojos Tan claros como el da; Y la tierra y el cielo, cuanto abarcan, Arden con nueva luz en sus pupilas. Re, y su carcajada tiene notas Del agua fugitiva; Llora, y es cada lgrima un poema De ternura infinita. Ella tiene la luz, tiene el perfume, El color y la lnea, La forma, engendradora de deseos, La expresin, fuente eterna de poesa. Que es estpida?... Bah! mientras, callando, Guarde oscuro el enigma, Siempre valdr, mi ver, lo que ella calla Ms que lo que cualquiera otra me diga. XXXV No me admir tu olvido! Aunque de un da Me admir tu cario mucho ms; Porque lo que hay en m que vale algo, Eso... ni lo pudiste sospechar! XXXVI Si de nuestros agravios en un libro Se escribiese la historia, Y se borrase en nuestras almas cuanto Se borrase en sus hojas; Te quiero tanto an, dej en mi pecho Tu amor huellas tan hondas, Que slo con que t borrases una, Las borraba yo todas! XXXVII Antes que t me morir: escondido En las entraas ya El hierro llevo con que abri tu mano La ancha herida mortal. Antes que t me morir: y mi espritu, En su empeo tenaz, Sentndose las puertas de la muerte, All te esperar. Con las horas los das, con los das Los aos volarn, Y aquella puerta llamars al cabo... Quin deja de llamar? Entonces, que tu culpa y tus despojos La tierra guardar, Lavndote en las ondas de la muerte Como en otro Jordn; All, donde el murmullo de la vida Temblando morir va, Como la ola que la playa viene Silenciosa expirar; All, donde el sepulcro que se cierra Abre una eternidad... Todo cuanto los dos hemos callado Lo tenemos que hablar! XXXVIII Los suspiros son aire, y van al aire. Las lgrimas son agua, y van al mar. Dime, mujer: cuando el amor se olvida, Sabes t adnde va? XXXIX A qu me lo decs? Lo s: es mudable, Es altanera y vana y caprichosa; Antes que el sentimiento de su alma, Brotar el agua de la estril roca. S que en su corazn, nido de sierpes, No hay una fibra que al amor responda; Que es una estatua inanimada... pero... Es tan hermosa! XL Su mano entre mis manos, Sus ojos en mis ojos, La amorosa cabeza Apoyada en mi hombro, Dios sabe cuntas veces Con paso perezoso, Hemos vagado juntos Bajo los altos olmos Que de su casa prestan Misterio y sombra al prtico! Y ayer... un ao apenas Pasado como un soplo, Con qu exquisita gracia, Con qu admirable aplomo, Me dijo al presentarnos Un amigo oficioso: --Creo que en alguna parte He visto usted.--Ah! bobos, Que sois de los salones Comadres de buen tono, Y andis por all caza De galantes embrollos: Qu historia habis perdido! Qu manjar tan sabroso Para ser devorado _Sotto voce_ en un corro, Detrs del abanico De plumas y de oro! . . . . . . . . . . . . . . . . . . Discreta y casta luna, Copudos y altos olmos, Paredes de su casa, Umbrales de su prtico, Callad, y que el secreto No salga de vosotros! Callad; que por mi parte Lo he olvidado todo: Y ella... ella... no hay mscara Semejante su rostro! XLI T eras el huracn, y yo la alta Torre que desafa su poder: Tenas que estrellarte abatirme!... No pudo ser! T eras el Ocano y yo la enhiesta Roca que firme aguarda su vaivn: Tenas que romperte que arrancarme!... No pudo ser! Hermosa t, yo altivo; acostumbrados Uno arrollar, el otro no ceder; La senda estrecha, inevitable el choque... No pudo ser! XLII Cuando me lo contaron sent el fro De una hoja de acero en las entraas; Me apoy contra el muro, y un instante La conciencia perd de donde estaba. Cay sobre mi espritu la noche; En ira y en piedad se aneg el alma... Y entonces comprend por qu se llora, Y entonces comprend por qu se mata! Pas la nube de dolor... con pena Logr balbucear breves palabras... Quin me di la noticia?... Un fiel amigo... Me haca un gran favor!... Le di las gracias. XLIII Dej la luz un lado, y en el borde De la revuelta cama me sent, Mudo, sombro, la pupila inmvil Clavada en la pared. Qu tiempo estuve as? No s: al dejarme La embriaguez horrible del dolor, Expiraba la luz, y en mis balcones Rea el sol. Ni s tampoco en tan terribles horas En qu pensaba qu pas por m; Slo recuerdo que llor y maldije, Y que en aquella noche envejec. XLIV Como en un libro abierto Leo de tus pupilas en el fondo; qu fingir el labio Risas que se desmienten con los ojos? Llora! No te avergences De confesar que me quisiste un poco. Llora! Nadie nos mira. Ya ves; yo soy un hombre... y tambin lloro! XLV En la clave del arco mal seguro, Cuyas piedras el tiempo enrojeci, Obra de cincel rudo, campeaba El gtico blasn. Penacho de su yelmo de granito. La hiedra que colgaba en derredor Daba sombra al escudo, en que una mano Tena un corazn. contemplarlo en la desierta plaza Nos paramos los dos: Y se--me dijo--es el cabal emblema De mi constante amor. Ay! es verdad lo que me dijo entonces: Verdad que el corazn Lo llevar en la mano... en cualquier parte... Pero en el pecho, no. XLVI Me ha herido recatndose en las sombras, Sellando con un beso su traicin. Los brazos me ech al cuello, y por la espalda Partime sangre fra el corazn. Y ella prosigue alegre su camino, Feliz, risuea, impvida; y por qu? Porque no brota sangre de la herida... Porque el muerto est en pie! XLVII Yo me he asomado las profundas simas De la tierra y del cielo, Y les he visto el fin con los ojos con el pensamiento. Mas ay! de un corazn llegu al abismo, Y me inclin por verlo, Y mi alma y mis ojos se turbaron: Tan hondo era y tan negro! XLVIII Como se arranca el hierro de una herida Su amor de las entraas me arranqu, Aunque sent al hacerlo que la vida Me arrancaba con l. Del altar que le alc en el alma ma La voluntad su imagen arroj, y la luz de la fe que en ella arda Ante el ara desierta se apag. An para combatir mi firme empeo Tiene mi mente su visin tenaz... Cundo podr dormir con ese sueo En que acaba el soar! XLIX Alguna vez la encuentro por el mundo Y pasa junto m; Y pasa sonrindose, y yo digo: --Cmo puede reir? Luego asoma mi labio otra sonrisa, Mscara del dolor, Y entonces pienso:--Acaso ella se re Como me ro yo! L Lo que el salvaje que con torpe mano Hace de un tronco su capricho un dios, Y luego ante su obra se arrodilla, Eso hicimos t y yo. Dimos formas reales un fantasma, De la mente ridcula invencin, Y hecho el dolo ya, sacrificamos En su altar nuestro amor. LI De lo poco de vida que me resta Diera con gusto los mejores aos, Por saber lo que otros De m has hablado. Y esta vida mortal... y de la eterna Lo que me toque, si me toca algo, Por saber lo que solas De m has pensado. LII Olas gigantes, que os rompis bramando En las playas desiertas y remotas, Envuelto entre la sbana de espumas, Llevadme con vosotras! Rfagas de huracn, que arrebatis Del alto bosque las marchitas hojas, Arrastrado en el ciego torbellino, Llevadme con vosotras! Nubes de tempestad, que rompe el rayo Y en fuego ornis las desprendidas orlas, Arrebatado entre la niebla oscura, Llevadme con vosotras! Llevadme, por piedad, adonde el vrtigo Con la razn me arranque la memoria... Por piedad!... Tengo miedo de quedarme Con mi dolor solas! LIII Volvern las oscuras golondrinas En tu balcn sus nidos colgar, Y otra vez con el ala sus cristales Jugando llamarn; Pero aquellas que el vuelo refrenaban Tu hermosura y mi dicha al contemplar, Aquellas que aprendieron nuestros nombres... sas... no volvern! Volvern las tupidas madreselvas De tu jardn las tapias escalar, Y otra vez la tarde, an ms hermosas, Sus flores se abrirn; Pero aquellas cuajadas de roco, Cuyas gotas mirbamos temblar Y caer, como lgrimas del da... sas... no volvern! Volvern del amor en tus odos Las palabras ardientes sonar; Tu corazn de su profundo sueo Tal vez despertar; Pero mudo y absorto y de rodillas, Como se adora Dios ante su altar, Como yo te he querido... desengate, As no te querrn! LIV Cuando volvemos las fugaces horas Del pasado evocar, Temblando brilla en sus pestaas negras Una lgrima pronta resbalar. Y al fin resbala, y cae como gota De roco, al pensar Que, cual hoy por ayer, por hoy maana, Volveremos los dos suspirar. LV Entre el discorde estruendo de la orga Acarici mi odo, Como nota de msica lejana, El eco de un suspiro. El eco de un suspiro que conozco, Formado de un aliento que he bebido, Perfume de una flor, que oculta crece En un claustro sombro. Mi adorada de un da, cariosa, --En qu piensas?--me dijo. --En nada...--En nada, y lloras?--Es que tengo Alegre la tristeza y triste el vino. LVI Hoy como ayer, maana como hoy, Y siempre igual! un cielo gris, un horizonte eterno, Y andar... andar! Movindose comps, como una estpida Mquina, el corazn; La torpe inteligencia, del cerebro Dormida en un rincn. El alma, que ambiciona un paraso, Buscndolo sin fe; Fatiga sin objeto, ola que rueda Ignorando por qu. Voz que incesante con el mismo tono Canta el mismo cantar; Gota de agua montona que cae, Y cae sin cesar. As van deslizndose los das Unos de otros en pos, Hoy lo mismo que ayer... y todos ellos Sin goce ni dolor. Ay! veces me acuerdo suspirando Del antiguo sufrir... Amargo es el dolor; pero siquiera Padecer es vivir! LVII Este armazn de huesos y pellejo, De pasear una cabeza loca Cansado se halla al fin, y no lo extrao; Pues, aunque es la verdad que no soy viejo, De la parte de vida que me toca En la vida del mundo, por mi dao He hecho un uso tal, que jurara Que he condensado un siglo en cada da. As, aunque ahora muriera, No podra decir que no he vivido; Que el sayo, al parecer nuevo por fuera, Conozco que por dentro ha envejecido. Ha envejecido, s; pese mi estrella! Harto lo dice ya mi afn doliente; Que hay dolor que al pasar, su horrible huella Graba en el corazn, si no en la frente. LVIII Quieres que de ese nctar delicioso No te amargue la hez? Pues asprale, acrcale tus labios, Y djale despus. Quieres que conservemos una dulce Memoria de este amor? Pues ammonos hoy mucho, y maana Digmonos _adis!_ LIX Yo s cul el objeto De tus suspiros es; Yo conozco la causa de tu dulce Secreta languidez. Te res?... Algn da Sabrs, nia, por qu: T acaso lo sospechas, Y yo lo s. Yo s lo que t sueas, Y lo que en sueos ves; Como en un libro puedo lo que callas En tu frente leer. Te res?... Algn da Sabrs, nia, por qu: T acaso lo sospechas, Y yo lo s. Yo s por qu sonres Y lloras la vez; Yo penetro en los senos misteriosos De tu alma de mujer. Te res?... Algn da Sabrs, nia, por qu: Mientras t sientes mucho y nada sabes, Yo, que no siento ya, todo lo s. LX Mi vida es un erial: Flor que toco se deshoja; Que en mi camino fatal, Alguien va sembrando el mal Para que yo lo recoja. LXI Al ver mis horas de fiebre insomnio lentas pasar, la orilla de mi lecho, Quin se sentar? Cuando la trmula mano Tienda, prximo expirar, Buscando una mano amiga, Quin la estrechar? Cuando la muerte vidre De mis ojos el cristal, Mis prpados an abiertos, Quin los cerrar? Cuando la campana suene (Si suena en mi funeral), Una oracin al oirla, Quin murmurar? Cuando mis plidos restos Oprima la tierra ya, Sobre la olvidada fosa, Quin vendr llorar? Quin, en fin, al otro da, Cuando el sol vuelva brillar, De que pas por el mundo, Quin se acordar? LXII Primero es un albor trmulo y vago, Raya de inquieta luz que corta el mar; Luego chispea y crece y se dilata En ardiente explosin de claridad. La brilladora luz es la alegra; La temerosa sombra es el pesar: Ay! en la oscura noche de mi alma, Cundo amanecer? LXIII Como enjambre de abejas irritadas, De un oscuro rincn de la memoria Salen perseguirme los recuerdos De las pasadas horas. Yo los quiero ahuyentar. Esfuerzo intil! Me rodean, me acosan, Y unos tras otros clavarme vienen El agudo aguijn que el alma encona. LXIV Como guarda el avaro su tesoro, Guardaba mi dolor; Yo quera probar que hay algo eterno A la que eterno me jur su amor. Mas hoy le llamo en vano, y oigo al tiempo Que le agot, decir: --Ah, barro miserable, eternamente No podrs ni aun sufrir! LXV Lleg la noche y no encontr un asilo; Y tuve sed!... Mis lgrimas beb; Y tuve hambre! Los hinchados ojos Cerr para morir! Estaba en un desierto! Aunque mi odo De las turbas llegaba el ronco hervir, Yo era hurfano y pobre... El mundo estaba Desierto... para m! LXVI De dnde vengo?... El ms horrible y spero De los senderos busca: Las huellas de unos pies ensangrentados Sobre la roca dura; Los despojos de un alma hecha jirones En las zarzas agudas, Te dirn el camino Que conduce mi cuna. Adnde voy? El ms sombro y triste De los pramos cruza; Valle de eternas nieves y de eternas Melanclicas brumas. En donde est una piedra solitaria Sin inscripcin alguna, Donde habite el olvido, All estar mi tumba. LXVII Qu hermoso es ver el da Coronado de fuego levantarse, Y su beso de lumbre Brillar las olas y encenderse el aire! Qu hermoso es tras la lluvia Del triste otoo en la azulada tarde, De las hmedas flores El perfume aspirar hasta saciarse! Qu hermoso es cuando en copos La blanca nieve silenciosa cae, De las inquietas llamas Ver las rojizas lenguas agitarse! Qu hermoso es cuando hay sueo Dormir bien... y roncar como un sochantre... Y comer... y engordar!... y qu desgracia Que esto slo no baste! LXVIII No s lo que he soado En la noche pasada; Triste, muy triste debi ser el sueo, Pues despierto la angustia me duraba. Not, al incorporarme, Hmeda la almohada, Y por primera vez sent, al notarlo, De un amargo placer henchirse el alma. Triste cosa es el sueo Que llanto nos arranca; Mas tengo en mi tristeza una alegra... S que an me quedan lgrimas! LXIX Al brillar un relmpago nacemos, Y an dura su fulgor cuando morimos: Tan corto es el vivir! La gloria y el amor tras que corremos, Sombras de un sueo son que perseguimos: Despertar es morir! LXX Cuntas veces al pie de las musgosas Paredes que la guardan, O la esquila que al mediar la noche A los maitines llama! Cuntas veces traz mi triste sombra La luna plateada, Junto la del ciprs, que de su huerto Se asoma por las tapias! Cuando en sombras la iglesia se envolva, De su ojiva calada, Cuntas veces temblar sobre los vidrios Vi el fulgor de la lmpara! Aunque el viento en los ngulos oscuros De la torre silbara, Del coro entre las voces perciba Su voz vibrante y clara. En las noches de invierno, si un medroso Por la desierta plaza Se atreva cruzar, al divisarme El paso aceleraba. Y no falt una vieja que en el torno Dijese la maana, Que de algn sacristn muerto en pecado Acaso era yo el alma. A oscuras conoca los rincones Del atrio y la portada; De mis pies las ortigas que all crecen Las huellas tal vez guardan. Los buhos que espantados me seguan Con sus ojos de llamas, Llegaron mirarme con el tiempo Como un buen camarada. A mi lado sin miedo los reptiles Se movan rastras; Hasta los mudos santos de granito Vi que me saludaban! LXXI No dorma; vagaba en ese limbo En que cambian de forma los objetos, Misteriosos espacios que separan La vigilia del sueo. Las ideas, que en ronda silenciosa Daban vueltas en torno mi cerebro, Poco poco en su danza se movan Con un comps ms lento. De la luz que entra al alma por los ojos, Los prpados velaban el reflejo; Mas otra luz el mundo de visiones Alumbraba por dentro. En este punto reson en mi odo Un rumor semejante al que en el templo Vaga confuso, al terminar los fieles Con un _amn_ sus rezos. Y o como una voz delgada y triste Que por mi nombre me llam lo lejos, Y sent olor de cirios apagados, De humedad y de incienso. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Entr la noche, y del olvido en brazos Ca, cual piedra, en su profundo seno: Dorm, y al despertar exclam: Alguno Que yo quera ha muerto! LXXII PRIMERA VOZ --Las ondas tienen vaga armona, Las voletas suave olor, Brumas de plata la noche fra, Luz y oro el da, Yo algo mejor: Yo tengo _Amor_! SEGUNDA VOZ --Aura de aplausos, nube radiosa, Ola de envidia que besa el pie, Isla de sueos donde reposa El alma ansiosa, Dulce embriaguez La _Gloria_ es! TERCERA VOZ --Ascua encendida es el tesoro, Sombra que huye la vanidad. Todo es mentira: la gloria, el oro. Lo que yo adoro Slo es verdad: La _Libertad_! . . . . . . . . . . . . . . . . . . As los barqueros pasaban cantando La eterna cancin, Y al golpe del remo saltaba la espuma Y herala el sol. --Te embarcas?--gritaban;--y yo sonriendo Les dije al pasar: --Ha tiempo lo hice; por cierto que an tengo La ropa en la playa tendida secar. LXXIII Cerraron sus ojos Que an tena abiertos; Taparon su cara Con un blanco lienzo; Y unos sollozando, Otros en silencio, De la triste alcoba Todos se salieron. La luz, que en un vaso Arda en el suelo, Al muro arrojaba La sombra del lecho; Y entre aquella sombra Vease intervalos, Dibujarse rgida La forma del cuerpo. Despertaba el da, Y su albor primero, Con sus mil ruidos Despertaba el pueblo. Ante aquel contraste De vida y misterios, De luz y tinieblas, Medit un momento: _Dios mo, qu solos_ _se quedan los muertos!_ De la casa en hombros Llevronla al templo, Y en una capilla Dejaron el fretro. All rodearon Sus plidos restos De amarillas velas Y de paos negros. Al dar de las nimas El toque postrero, Acab una vieja Sus ltimos rezos; Cruz la ancha nave, Las puertas gimieron, Y el santo recinto Quedse desierto. De un reloj se oa Compasado el pndulo, Y de algunos cirios El chisporroteo. Tan medroso y triste, Tan oscuro y yerto Todo se encontraba... Que pens un momento: _Dios mo, qu solos_ _se quedan los muertos!_ De la alta campana La lengua de hierro, Le di volteando Su adis lastimero. El luto en las ropas, Amigos y deudos Cruzaron en fila, Formando el cortejo. Del ltimo asilo, Oscuro y estrecho, Abri la piqueta El nicho un extremo. All la acostaron, Tapironle luego, Y con un saludo Despidise el duelo. La piqueta al hombro, El sepulturero Cantando entre dientes Se perdi lo lejos. La noche se entraba, Reinaba el silencio; Perdido en las sombras. Medit un momento: _Dios mo, qu solos_ _se quedan los muertos!_ En las largas noches Del helado invierno, Cuando las maderas Crujir hace el viento Y azota los vidrios El fuerte aguacero, De la pobre nia A solas me acuerdo. All cae la lluvia Con un son eterno; All la combate El soplo del cierzo. Del hmedo muro Tendida en el hueco, Acaso de fro Se hielan sus huesos!... . . . . . . . . . . . . . . . Vuelve el polvo al polvo? Vuela el alma al cielo? Todo es vil materia, Podredumbre y cieno? No s; pero hay algo Que explicar no puedo, Que al par nos infunde Repugnancia y duelo, Al dejar tan tristes, Tan solos los muertos! LXXIV Las ropas desceidas, Desnudas las espadas, En el dintel de oro de la puerta, Dos ngeles velaban. Me aproxim los hierros Que defienden la entrada, Y de las dobles rejas en el fondo La vi confusa y blanca. La vi como la imagen Que en leve ensueo pasa, Como rayo de luz tenue y difuso, Que entre tinieblas nada. Me sent de un ardiente Deseo llena el alma: Como atrae un abismo, aquel misterio Hacia s me arrastraba! Mas ay! que de los ngeles Parecan decirme las miradas: --El umbral de esta puerta Slo Dios lo traspasa! LXXV Ser verdad que cuando toca el sueo Con sus dedos de rosa nuestros ojos, De la crcel que habita huye el espritu En vuelo presuroso? Ser verdad que, husped de las nieblas, De la brisa nocturna al tenue soplo, Alado sube la regin vaca encontrarse con otros? Y all, desnudo de la humana forma, All, los lazos terrenales rotos, Breves horas habita de la idea El mundo silencioso? Y re y llora, y aborrece y ama, Y guarda un rastro del dolor y el gozo, Semejante al que deja cuando cruza El cielo un meteoro? Yo no s si ese mundo de visiones Vive fuera va dentro de nosotros; Pero s que conozco muchas gentes A quienes no conozco! LXXVI En la imponente nave Del templo bizantino, Vi la gtica tumba, la indecisa Luz que temblaba en los pintados vidrios. Las manos sobre el pecho, Y en las manos un libro, Una mujer hermosa reposaba Sobre la urna, del cincel prodigio. Del cuerpo abandonado Al dulce peso hundido, Cual si de blanda pluma y raso fuera, Se plegaba su lecho de granito. De la postrer sonrisa, El resplandor divino Guardaba el rostro, como el cielo guarda Del sol que muere el rayo fugitivo. Del cabezal de piedra Sentados en el filo, Dos ngeles, el dedo sobre el labio, Imponan silencio en el recinto. No pareca muerta; De los arcos macizos Pareca dormir en la penumbra, Y que en sueos vea el paraso. Me acerqu de la nave Al ngulo sombro, Como quien llega con callada planta Junto la cuna donde duerme un nio. La contempl un momento, Y aquel resplandor tibio, Aquel lecho de piedra que ofreca Prximo al muro otro lugar vaco, En el alma avivaron La sed de lo infinito, El ansia de esa vida de la muerte, Para la que un instante son los siglos... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cansado del combate En que luchando vivo, Alguna vez recuerdo con envidia Aquel rincn oscuro y escondido. De aquella muda y plida Mujer, me acuerdo y digo: Oh, qu amor tan callado el de la muerte! Qu sueo el del sepulcro tan tranquilo! FIN NDICE _Pginas_ A MANERA DE PRLOGO. v INTRODUCCIN. 1 LEYENDAS Maese Prez el Organista. 7 Los Ojos Verdes. 25 El Rayo de Luna. 35 Tres Fechas. 47 La Corza Blanca. 69 La Rosa de Pasin. 91 La Promesa. 103 El Monte de las nimas. 117 El Gnomo. 127 El Miserere. 145 Las Hojas Secas. 157 La Venta de los Gatos. 163 DESDE MI CELDA.--CARTAS LITERARIAS Primera. 179 Segunda. 197 Tercera. 207 Cuarta. 221 Quinta. 231 Sexta. 241 Sptima. 255 Octava. 269 Novena. 283 RIMAS I. Yo s un himno gigante y extrao. 297 II. Saeta que voladora. 297 III. Sacudimiento extrao. 298 IV. No digis que agotado su tesoro. 301 V. Espritu sin nombre. 302 VI. Como la brisa que la sangre orea. 305 VII. Del saln en el ngulo oscuro. 305 VIII. Cuando miro el azul horizonte. 306 IX. Besa el aura que gime blandamente. 306 X. Los invisibles tomos del aire. 307 XI. Yo soy ardiente, yo soy morena. 307 XII. Porque son, nia, tus ojos. 308 XIII. Tu pupila es azul, y cuando res. 309 XIV. Te vi un punto, y, flotando ante mis ojos. 310 XV. Cendal flotante de leve bruma. 310 XVI. Si al mecer las azules campanillas. 311 XVII. Hoy la tierra y los cielos me sonren. 312 XVIII. Fatigada del baile. 312 XIX. Cuando sobre el pecho inclinas. 313 XX. Sabe, si alguna vez tus labios rojos. 313 XXI. Qu es poesa?--dices mientras clavas. 313 XXII. Cmo vive esa rosa que has prendido? 313 XXIII. Por una mirada, un mundo. 314 XXIV. Dos rojas lenguas de fuego. 314 XXV. Cuando en la noche te envuelven. 315 XXVI. Voy contra mi inters al confesarlo. 316 XXVII. Despierta, tiemblo al mirarte. 316 XXVIII. Cuando entre la sombra oscura. 318 XXIX. Sobre la falda tena. 319 XXX. Asomaba sus ojos una lgrima. 320 XXXI. Nuestra pasin fu un trgico sainete. 320 XXXII. Pasaba arrolladora en su hermosura. 320 XXXIII. Es cuestin de palabras, y no obstante. 321 XXXIV. Cruza callada, y son sus movimientos. 321 XXXV. No me admir tu olvido! Aunque de un da. 322 XXXVI. Si de nuestros agravios en un libro. 322 XXXVII. Antes que t me morir: escondido. 322 XXXVIII. Los suspiros son aire, y van al aire. 323 XXXIX. A qu me lo decs? Lo s: es mudable. 324 XL. Su mano entre mis manos. 324 XLI. T eras el huracn, y yo la alta. 325 XLII. Cuando me lo contaron sent el fro. 326 XLIII. Dej la luz un lado, y en el borde. 326 XLIV. Como en un libro abierto. 327 XLV. En la clave del arco mal seguro. 327 XLVI. Me ha herido recatndose en las sombras. 328 XLVII. Yo me he asomado las profundas simas. 328 XLVIII. Como se arranca el hierro de una herida. 328 XLIX. Alguna vez la encuentro por el mundo. 329 L. Lo que el salvaje que con torpe mano. 329 LI. De lo poco de vida que me resta. 330 LII. Olas gigantes, que os rompis bramando. 330 LIII. Volvern las oscuras golondrinas. 331 LIV. Cuando volvemos las fugaces horas. 332 LV. Entre el discorde estruendo de la orga. 332 LVI. Hoy como ayer, maana como hoy. 333 LVII. Este armazn de huesos y pellejo. 334 LVIII. Quieres que de ese nctar delicioso? 334 LIX. Yo s cul el objeto. 335 LX. Mi vida es un erial. 335 LXI. Al ver mis horas de fiebre. 336 LXII. Primero es un albor trmulo y vago. 337 LXIII. Como enjambre de abejas irritadas. 337 LXIV. Como guarda el avaro su tesoro. 337 LXV. Lleg la noche y no encontr un asilo. 338 LXVI. De dnde vengo?... El ms horrible y spero. 338 LXVII. Qu hermoso es ver el da! 339 LXVIII. No s lo que he soado. 339 LXIX. Al brillar un relmpago nacemos. 340 LXX. Cuntas veces al pie de las musgosas! 340 LXXI. No dorma; vagaba en ese limbo. 342 LXXII. Las ondas tienen vaga armona. 343 LXXIII. Cerraron sus ojos. 344 LXXIV. Las ropas desceidas. 347 LXXV. Ser verdad que cuando toca el sueo? 348 LXXVI. En la imponente nave. 349 * * * * * * NOTA DE TRANSCRIPCIN * Se ha respetado la ortografa original, que difiere de la utilizada actualmente. Las inconsistencias ortogrficas se han normalizado a la grafa de mayor frecuencia. * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. * Se han aadido ilustraciones de adorno al final de los captulos que, en el original impreso, carecen de ellas. License: Share Alike