Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net BIBLIOTECA DE LA NACIN JUAN DE LA BRTE MI TO Y MI CURA OBRA PREMIADA POR LA ACADEMIA FRANCESA [Illustration] BUENOS AIRES 1902 PROEMIO Las costumbres y usos de nuestros tiempos han convertido la novela, que antao fue mero pasatiempo y solaz, en una necesidad: todo el mundo lee, o quiere leer algo que llene los vacos de los ocios domsticos, o las treguas del trabajo. Pero no todas las novelas son aceptables. La novela, como todo lo humano, es bipolar, y consiguientemente de bien y mal susceptible. Si una novela buena es un beneficio, una mala o perniciosa es ms que un dao. Nuestra librera nacional carece en general de libros bien escritos e interesantes que puedan ir a manos de todo el mundo; las casas editoriales espaolas no se ocupan en traducir ms que las novelas de escndalo, vulgo: sensacin. Que hasta ese grado de incapacidad moral hemos llegado! Y si a alguien se le ocurre publicar alguna obra inofensiva, suele ser elegida con tan mal tino, que es las ms de las veces insulsa y anodina, y su falta de inters coopera al falso descrdito de las obras buenas. Pero si el naturalismo y mercantilismo modernos han hallado modo de fabricar, con el fango del vicio, muecos que, vidriados con un barniz de pseudociencia y dorados a fuego de pasin, llegan a encantar a un grupo de lectores, no desesperen por eso los que aun suean con la vida del arte humano, del verdadero arte, que sin desdear nuestras miserias de carne, asciende hasta las regiones del alma para implantar su trono. Ese arte existe todava. Aunque la sed comercial lo desdee, no por eso dejan sus cultores el trabajo, y las estatuas, complejas que forman y funden en sus cerebros esos artfices, surgen diariamente a la publicidad reflejando en un todo, lo reflejable de nuestra vida, es decir, lo que tiene luz. Ese arte existe. Y cmo! tal vez ms brillante y vigoroso que nunca. Francia, Espaa, Inglaterra y Rusia lo atestiguan; por ms que una conspiracin de silencio pretende ahogar ciertos nombres, su fuerza vital es mayor que la de los que pretenden sepultarlos. Llevan lo bello en las entraas. La presente novela de Juan de la Brte, coronada con el premio Montyon por la Academia Francesa, el mayor de los que dicha corporacin dispone para obras literarias, es una obra interesante, rica en vida y frescura, y atravesada por esa rfaga de poesa que orea los sudores de la vida, cuando la vida es vida. Baste decir en su elogio que en el breve lapso de dos aos el pblico parisiense ha exigido treinta y nueve ediciones de esta obra, lo que es mucho decir, respecto de un libro donde no hay olores acres, ni cuadros condenables, ni ms barro que el de la tierra, los das en que llueve. RAFAEL FRAGUEIRO. I. Soy tan chica, que bien pudiera drseme la calificacin de enana, si mi cabeza, mis pies y mis manos no estuviesen en perfecta proporcin con mi estatura. Mi rostro no tiene ni el desmesurado largo, ni la anchura ridcula que se atribuye a la cara de los enanos y en general a la de todos los seres diformes, y la finura y delicadeza de mis extremidades pueden ser codiciados por ms de una hermosa dama. Sin embargo, lo exiguo de mi tamao me ha hecho verter a hurtadillas bastantes lgrimas. Y digo a hurtadillas, porque mi liliputiense cuerpo ha encerrado una alma altiva y orgullosa, incapaz de mostrar a nadie el espectculo de sus debilidades... y menos a mi ta. Este era mi modo de sentir a los quince aos. Pero los acontecimientos, las penas, las preocupaciones, las alegras, en una palabra, el curso de la vida, ha flexibilizado caracteres mucho ms rgidos que el mo. Era mi ta la mujer ms desagradable del mundo y yo la hallaba psima, en la medida de lo que poda juzgar mi entendimiento que aun no haba visto ni comparado nada. Su fisonoma era angulosa y vulgar, su voz chillona, su andar pesado y su estatura ridculamente alta. A su lado, yo pareca un pulgn, una hormiga. Cuando le hablaba, tena que levantar la cabeza, tanto como si hubiese querido examinar la copa de un lamo. Era de origen plebeyo, y como la mayora de los de su raza, estimaba ms que cualquier otra cualidad la fuerza fsica y profesaba por mi mezquina persona un profundo desprecio. Sus cualidades morales eran una fiel reproduccin de las fsicas, y formaban un conjunto de rudeza y asperidades; ngulos agudos contra los cuales rompanse diariamente las narices los infortunados que vivan con ella. Mi to, hidalgo campesino, cuya tontera fue proverbial en la comarca, cas con ella, por falta de ingenio y por debilidad de carcter. Muri poco despus de su casamiento y yo no alcanc a conocerle. Cuando fui capaz de reflexin, atribu a mi ta esta muerte prematura, pues me pareca con fuerzas suficientes para dar rpidamente en tierra, no digo ya con un pobre to como el mo, sino con todo un regimiento de maridos. Tena yo dos aos, cuando mis padres se fueron al otro mundo, abandonndome al capricho de los acontecimientos de la vida, y de mi consejo de familia. Dejronme los restos, no del todo malos, de una fortuna: cerca de cuatrocientos mil francos en tierras que producan una buena renta. Mi ta consinti en educarme. No le gustaban los nios, pero como su marido haba sido mal administrador, se vio pobre, y calcul con satisfaccin, que la holgura entrara en su casa junto conmigo. Que casa ms fea! Grande, deteriorada y mal dirigida; en medio de un patio cuajado de estircol, fango, gallinas y conejos. Detrs de ella extendase un jardn en el que crecan entremezcladas y en desorden todas las plantas de la creacin y sin que nadie se preocupara de ellas. Creo que no haba recuerdos en memoria humana, de que se hubiera visto nunca por all, un jardinero que podase los rboles o arrancase las malezas, que brotaban a gusto, sin que ni a mi ta ni a mi se nos ocurriese ocuparnos de ello. Esta selva virgen me desagradaba, porque desde nia he tenido un gusto innato por el orden. La propiedad se llamaba de Zarzal. Estaba como perdida en el fondo de la campaa, a media legua de una iglesia y de una aldehuela compuesta de una veintena de chozas. No haba castillo, castillejo ni casa solariega en cinco leguas a la redonda. Vivamos en completo aislamiento. Mi ta iba algunas veces a C***, la ciudad ms prxima al Zarzal. Pero como yo deseaba ardientemente acompaarla, no me llevaba nunca. Los nicos acontecimientos de nuestra vida eran la llegada de los arrendatarios que venan a pagar censos y arrendamientos y las visitas del cura. Oh, qu excelente hombre era mi cura! Vena a casa tres veces por semana, pues en un arranque de celo, carg con la obligacin de atascar mi cerebro con cuanta ciencia le era conocida. Y continu en su empeo con perseverancia, por ms que yo ejercitaba su paciencia. No porque tuviese la cabeza dura, no: aprenda con facilidad. Pero la pereza era mi pecado favorito; la amaba y la mimaba a despecho de los derroches de elocuencia del cura y de sus mltiples esfuerzos para extirpar de mi alma esa planta malfica. Adems, y esto era lo ms grave, la facultad de raciocinar se desarroll en mi rpidamente. Entraba en discusiones que le volvan loco, y me permita apreciaciones que a menudo chocaban y heran sus ms caras opiniones. Contrariarle, fastidiarle, rebatirle sus ideas, sus gustos y sus afirmaciones, era para mi un placer inmenso. Me hizo arder la sangre y me avivaba el ingenio. Creo que l experimentaba la misma sensacin, y que lo hubiera desolado perdiendo mis hbitos ergotistas y la independencia de mis ideas. Mas yo no pensaba semejante cosa, porque llegaba al colmo de la satisfaccin, cuando le vea agitarse en la silla, desgrearse los cabellos con desesperacin, y embadurnarse la nariz con rap, olvidndose de todas las reglas del aseo, olvido que no se produca sino en los casos serios. Con todo, si hubiese sido por l solo, creo que hubiera resistido muchas veces al demonio tentador. Mi ta haba tomado la costumbre de asistir a las lecciones, aunque no comprendiese nada y bostezara diez veces por hora. Ahora bien, la contradiccin, aunque no fuera dirigida a ella, le causaba furor: furor tanto ms grande, cuanto que no se atreva a decir nada delante del cura. Por otra parte, el verme discutir le pareca una monstruosidad en el orden fsico y moral. As es que yo nunca la emprenda directamente con ella, porque era bruta y yo tena miedo que me pegara. Por ltimo, mi voz, dulce y musical no obstante (de lo que me jacto), produca sobre sus nervios auditivos un efecto desastroso. Con todo lo dicho, se comprender que me fuese imposible, absolutamente imposible, dejar de poner en obra mi malicia, para hacer rabiar a mi ta y atormentar a mi cura. Sin embargo, yo quera al pobre cura; le quera mucho, y saba que a pesar de mis absurdos razonamientos, los que a veces llegaban hasta la impertinencia, me profesaba el mayor cario. No slo era yo su oveja preferida, sino tambin el objeto de su predileccin, su obra, la hija de su corazn y de su inteligencia, y a este amor paternal se mezclaba un tinte de admiracin por mis aptitudes, mis palabras y por todas mis acciones. Haba tomado su tarea con gran ahnco; se haba propuesto instruirme, velar por mi como un ngel tutelar a pesar de mi mala cabeza, mi lgica y mis arranques. Adems, esta tarea pronto lleg a ser la cosa ms agradable de su vida, la mejor si no la nica distraccin de su montona existencia. Lloviera, ventease, nevase o granizara; con calor, con fro o con tormenta, vea yo aparecer al cura, enfaldada la sotana hasta las rodillas y el sombrero debajo del brazo. No s si lo he visto nunca con l puesto. Tena la mana de caminar con la cabeza al aire, sonriendo a los viandantes, a los pjaros, a los rboles, a las flores del campo. Robusto y regordete, pareca que rebotaba sobre la tierra, que hollaba con paso vivo y se hubiera pensado que le deca:--Eres buena y te amo!--Estaba contento de la vida, de s mismo, de todo el mundo. Su benvola cara, rosada y fresca, rodeada de cabellos blancos, recordbame esas rosas tardas que florecen an bajo las primeras nieves. Cuando entraba en el patio, gallinas y conejos acudan a su voz para mascullar algunos mendrugos de pan, que deslizaba en sus bolsillos antes de salir de la casa parroquial. Petrilla, la moza del corral, sala a hacerle su reverencia, luego Susana la cocinera, apresurbase a abrirle la puerta y a introducirle en el saln, donde me daba las lecciones. Mi ta plantada en un silln, con el donaire de un pararrayos algo grueso, levantbase al verle, saludbale con aire desabrido y se lanzaba a galope al captulo de mis fechoras. Hecho lo cual volva a sentarse lijeramente, tomaba la aguja de tejer, pona su gato favorito sobre las rodillas y esperaba (o no la esperaba) la ocasin de decirme algo desagradable. El bondadoso cura oa con paciencia aquella voz ronca que rompa el tmpano. Encorvaba las espaldas como si el chubasco hubiera sido para l y semisonriente amenazbame con el ndice. A Dios gracias conoca a mi ta desde haca mucho. Instalbamonos junto a una mesita, que habamos colocado cerca de la ventana. Esta posicin tena la doble ventaja de tenernos bastante alejados de mi ta entronizada al lado de la estufa, en el fondo de la habitacin, y luego, de permitirme seguir el vuelo de las golondrinas y las moscas, u observar en invierno los efectos de la escarcha y nieve en los rboles del jardn. El cura colocaba cerca de s la caja de rap, un gran pauelo a cuadros sobre el brazo del silln y la leccin comenzaba. Cuando no haba sido muy grande mi pereza, las cosas iban bien, mientras se tratase de deberes a corregir, porque aunque fuesen siempre de lo ms corto posible, por lo menos estaban hechos con prolijidad. Mi letra era clara y mi estilo fcil. El cura sacuda la cabeza con aire satisfecho, tomaba rap con entusiasmo y repeta en todos los tonos: --Bien, muy bien! Durante todo este tiempo entretename yo en contar las manchas de su sotana y en imaginarme lo que parecera con peluca negra, calzn corto y casaca de terciopelo rojo, como la que mi to abuelo ostentaba en su retrato. La idea del cura en trusas y de peluca era tan chistosa, que me haca rer a carcajadas. Entonces, exclamaba mi ta: --Tonta, bobeta! Y algunas otras lindezas por el estilo, que tenan el privilegio de ser tan parlamentarias como explcitas. El cura me miraba sonriendo y repeta dos o tres veces: --Ah juventud! hermosa juventud! Y un recuerdo retrospectivo de sus quince aos le haca esbozar un suspiro. Despus de esto pasbamos a la recitacin de memoria, y ya las cosas no marchaban tan bien. Era la hora crtica el momento de la conversacin, de las opiniones personales, de las discusiones y hasta tambin de las reyertas. El cura amaba los hombres de la antigedad, los hroes, las acciones casi fabulosas en las que ha sido actor importante el valor fsico. Esta preferencia era curiosa, porque, cabalmente, no haba sido formado con el barro de que se hace los hroes. Yo haba notado que no le gustaba volver a su casa de noche, y este descubrimiento, aunque me le haca ms simptico, porque yo misma era muy medrosa, no poda dejarme ninguna ilusin sobre su coraje. Adems, su buena alma plcida, tranquila, amiga del reposo, de la rutina, de sus ovejas y del cuerpo que la posea, no haba soado nunca con el martirio, y le vea palidecer, tanto cuanto sus rosadas mejillas le permitan, cuando lea el relato de los suplicios aplicados a los primeros cristianos. Hallaba muy hermoso el entrar en el Paraso de un salto heroico, pero pensaba que era muy dulce avanzar hacia la eternidad tranquilamente y sin prisa. Careca de los impulsos que inspiran el deseo de la muerte, para ver ms pronto a Dios. Absolutamente: estaba decidido a irse sin murmurar, cuando llegara su hora, pero deseaba sinceramente, que llegara lo ms tarde posible. Declaro que mi carcter, que no brilla por la cuerda heroica, est de acuerdo con esta moral fcil y dulce. Pero con todo, le daba por los hroes; los admiraba, los elogiaba y los amaba tanto ms cuanto que indudablemente senta que dado el caso, era incapaz de imitarlos. En cuanto a mi, yo no divida ni sus gustos, ni sus admiraciones. Experimentaba una pronunciada antipata por griegos y romanos. Haba resuelto por un trabajo sutil de mi imaginacin, que estos ltimos se parecan a mi ta... o que mi ta se les pareca, como se quiera, y desde el da en que hice esta comparacin, los romanos fueron juzgados, condenados y ejecutados en mi foro interno. Sin embargo, el cura se obstinaba en chapuzar conmigo en la historia romana, y yo por mi lado me encaprichaba en no interesarme en ella. Los hombres de la Repblica no me entusiasmaban y los emperadores confundanse en mi cabeza. Por ms que el cura lanzaba exclamaciones de sorpresa, se enfadaba y razonaba, era intil: nada modificaba mi insensibilidad y mi idea personal. Por ejemplo, narrando la historia de Mucio Scvola, yo terminaba as: --Quem su mano derecha para castigarla por haberse equivocado, lo que prueba que no era sino un imbcil. El cura que un momento antes me escuchaba con aire complacido, se estremeca de indignacin: --Un imbcil, seorita! y porqu? --Porque la prdida de su mano no reparaba su error--respondale,--que por ello Prsena no quedaba ni ms ni menos vivo, ni resucitaba el secretario. --Bien, chiquita; pero Prsena se asust y levant el sitio inmediatamente. --Eso, seor cura, no prueba sino que Prsena era un mandria. --Concedido. Pero Roma quedaba libre, y gracias a quin? gracias a Scvola, gracias a su acto heroico! Y el cura, que aunque temblaba ante la idea de quemarse la yema del dedo chico, no por eso dejaba de admirar a Mucio Scvola, se exaltaba y afanaba para hacerme apreciar a su hroe. --Sostengo lo que he dicho--replicaba yo tranquilamente;--no era ms que un imbcil y un gran imbcil. El cura exclamaba sofocado: --Muchas tonteras oyen los mortales, cuando los nios pretenden raciocinar. --Seor cura, vos mismo me habis enseado el otro da, que la razn es la ms bella facultad del hombre. --Sin duda, sin duda, cuando el hombre sabe servirse de ella. Por otra parte hablaba de los hombres hechos y no de las chiquilinas. --Seor cura, los pajaritos prueban sus fuerzas al borde del nido. Y el excelente hombre, un poco desconcertado, se desgreaba el pelo con energa, lo que daba a su cabeza el aspecto de la de un lobo, polvoreada de blanco. --Haces mal en discutir tanto, hijita ma--decame algunas veces;--es un pecado de orgullo. No ser siempre yo quien te conteste, y cuando ests en lucha con la vida sabrs que no se discute con ella, sino que se la sufre. Mas me importaba un bledo la vida. Tena un cura para ejercitar mi lgica y esto me bastaba. Cuando le haba fastidiado, hastiado y hostilizado mucho, esforzbase en dar a su fisonoma una severa expresin, pero se vea obligado a renunciar a su proyecto, porque su boca risuea siempre, rehusaba en absoluto obedecerle. Entonces me deca: --Seorita de Lavalle, repasar usted sus emperadores romanos, y trate de no confundir a Tiberio con Vespasiano. --Dejemos a esos individuos, seor cura--respondale yo;--me aburren. No sabis que si hubieseis vivido en sus tiempos os habran asado vivo, o arrancado la lengua y las uas, o picado en pedacitos menuditos, menuditos, como picadillo de pastel? Ante tan lgubre cuadro, estremecase ligeramente el cura y se iba a paso rpido y breve, sin dignarse responderme. Cuando su descontento llegaba al apogeo, me llamaba seorita de Lavalle. Este ceremonioso nombre era la ms viva manifestacin de su enojo, y yo senta remordimientos hasta que le volva a ver de nuevo con los cabellos al viento y la sonrisa en los labios. II. Mi ta me maltrat mientras fui chica y yo tena tal miedo de sus golpes que la obedeca sin discutir. Hasta el da en que cumpl diez y seis aos me peg an, pero fue por ltima vez. A partir de ese da, fecundo para mi en acontecimientos ntimos, estall de pronto una revolucin que ruga sordamente en mi espritu desde haca algunos meses, y cambi completamente mi modo de ser para con mi ta. Por aquel tiempo el cura y yo repasbamos la historia de Francia, que me jactaba de conocer muy bien. Si bien es cierto que dadas las lagunas y restricciones de mi texto, mi saber era el mayor posible. Profesaba el cura por sus reyes un amor rayano en la veneracin, y sin embargo, no quera a Francisco I. Esta antipata era tanto ms singular, cuanto que Francisco I fue valiente y se ha hecho popular. Pero no le gustaba al cura, que no desperdiciaba nunca la ocasin de criticarle; as es que por espritu de contradiccin lo eleg yo por favorito. El da a que me he referido ms arriba, deba yo dar la leccin concerniente a mi amigo. Largo tiempo revis la vspera buscando algn medio para hacerlo brillar a los ojos del cura. Desgraciadamente yo no poda hacer ms que citar las expresiones de mi historia, al emitir opiniones que se apoyaban ms en una impresin que no en un razonamiento. Haca una hora que me devanaba los sesos reflexionando, cuando atraves mi mente una brillante idea. --La biblioteca!--exclam. E inmediatamente atraves corriendo un largo pasadizo y penetr por primera vez en una pieza de regular tamao enteramente atestada de estantes verdes cubiertos de libros reunidos entre ellos por los tenues hilos de una multitud de telaraas. Esta pieza comunicaba con los departamentos que despus de la muerte de mi to, se haban cerrado para no abrirse ms, y ola de tal modo a tasto y moho que casi me asfixi. Apresureme a abrir la ventana, que era muy pequea, no tena postigos ni persianas y daba sobre el jardn; en seguida proced a mis investigaciones. Mas cmo descubrir a Francisco I en medio de todos aquellos volmenes? Ya iba a abandonar la partida, cuando el ttulo de un librito me hizo prorrumpir en un grito de alegra. Eran las biografas de los reyes de Francia hasta Enrique IV inclusive. Tena adjunto un grabado bastante bueno, representando a Francisco I, vestido con el esplndido traje de los Valois. Lo examin con asombro. --Y es posible--me dije,--que haya hombres tan lindos como ste? El bigrafo, que no participaba de la antipata del cura por mi hroe, haca sin ninguna restriccin el elogio de su belleza, de su valor, de su espritu caballeresco y de la inteligente proteccin que diera a las letras y a las artes. Terminaba con dos lneas sobre su vida privada y supe lo que ignoraba completamente y era que: Francisco I llevaba vida alegre y amaba prodigiosamente a las mujeres. Y que prefiri grande y sinceramente a la hermosa dama Ana de Pisseleu, a quien dio el condado de Etampes, que erigi en ducado para serle agradable. De estas pocas palabras, saqu yo las siguientes conclusiones: Primero, como haba descubierto desde haca un mes que mi existencia era montona, que me faltaban muchas cosas, que la posesin de un cura, una ta, conejos y gallinas no constituan la felicidad, coleg que una vida alegre era evidentemente el reverso de la ma, y por consiguiente Francisco I haba dado, eligindola, pruebas de mucho juicio. Segundo, que dicho rey profesaba ciertamente la santa virtud de la caridad predicada por mi cura, puesto que amaba tanto a las mujeres. Tercero, que Ana de Pisseleu era una persona muy feliz, y que a mi tambin me hubiera gustado mucho, que un rey me diera un condado erigido en ducado, para serme agradable. --Bravo!--exclam lanzando el libro hasta el techo y recogindolo inmediatamente. Ya tengo con qu confundir al cura y convertirlo a mi opinin. Por la noche rele en mi cama la pequea biografa. --Qu hombre tan simptico este Francisco I!--me dije.--Mas porqu el autor habla slo de su afecto a las mujeres? Porqu no ha puesto que quera tambin a los hombres? En fin, despus de todo, cada cual tiene sus gustos. Pero si voy a juzgar a las mujeres por mi ta, pienso que voy a preferir considerablemente a los hombres. Luego record que el bigrafo era de sexo masculino, y pens que sin duda habra tenido por corts, amable y modesto, dejarse en el tintero y pasar en silencio a sus congneres. Y me dorm sobre esta luminosa idea. Levanteme contentsima al da siguiente. En primer lugar tena diez y seis aos, despus la personita que se miraba al espejo, tena una carita que no le disgustaba; luego hice dos o tres piruetas pensando en la estupefaccin del cura ante mi nueva ciencia. Cuando lleg, rosado y risueo, haca mucho tiempo que llevada por mi impaciencia me haba instalado junto a la mesa. Al verle, me lati el corazn, como late el de los grandes capitanes la vspera de una batalla. Veamos, hija ma--me dijo as que hubo corregido los deberes y esbozado una mueca al notar su laconismo,--pasemos a Francisco I y examinmosle bajo todas sus faces. Arrellanose cmodamente en el silln, tom con una mano la tabaquera y con la otra su pauelo, y mirndome de soslayo, preparose a sostener la discusin que prevea. Yo me lanc de golpe a mi asunto; me agit, me anim, me entusiasm e hice incapi sobre las cualidades elogiadas en mi historia, tras de lo cual pas a mis conocimientos particulares. --Y qu hombre ms encantador seor cura! Su porte era majestuoso, su fisonoma noble y hermosa; tena una barba tan bonita, recortada en punta y unos ojos tan lindos! Me detuve un instante para tomar aliento, y el cura, espantado, enderesndose tieso como esos diablillos de resorte encerrados en cajas de cartn, exclam: --De dnde ha sacado usted todas esas tonteras, seorita? --Ese es mi secreto--repliqu yo con una sonrisita misteriosa. Y quemando mis navos: --Seor cura: yo no s lo que os puede haber hecho ese pobre Francisco I. No sabis que tena mucho juicio? Llevaba vida alegre, y amaba prodigiosamente a las mujeres. Y los ojos del cura se abrieron de tal modo que tuve miedo de verlos reventar. --San Miguel, San Bernab!--exclam dejando caer su tabaquera con un ruido tan seco, que el gato extendido en una poltrona salt a tierra con un desesperado maullido. Mi ta que dorma, se despert sobresaltada y grit: --Ah, bestia! Dirigindose a mi, y no al gato y sin saber de qu se trataba. Pero este epteto compona invariablemente el exordio y la peroracin de todos sus discursos. Esperaba por cierto producir un gran efecto; pero con todo, qued algo confusa ante la fisonoma, verdaderamente extraordinaria del cura. Pero no tard en continuar imperturbablemente: --Am especialmente a una linda dama a la que dio un ducado. Confesad, seor cura, que era muy bueno, y que hubiera sido muy agradable hallarse en lugar de Ana de Pisseleu! --Santa Madre de Dios!--murmur el cura con una voz sin fuerzas,--esta nia est poseda. --Qu hay?--grit mi ta, traspasndose el rodete con una de sus agujas de tejer.--chela afuera si se permite impertinencias. --Hijita ma--continu el cura--dnde has aprendido lo que acabas de decir? --En un libro--respond lacnicamente, sin nombrar la biblioteca. --Y cmo puedes repetir tales abominaciones? --Abominaciones!--interrump escandalizada;--qu seor cura, os parece abominable que Francisco I fuese generoso y amase a las mujeres? Que vos no las amis? --Que dice? rugi mi ta, que habindome escuchado atentamente desde haca unos instantes, sac de mi pregunta los pronsticos ms desastrosos. Desfachatada! sin... --Calma, seora, calma!--interrumpi el cura, a quien pareca que en aquel momento le hubiesen quitado de encima un peso enorme. --Djeme usted explicarme con Reina. Veamos, qu encuentras digno de alabanza en la conducta de Francisco I? --Caramba! pues es bien simple--respond con tono desdeoso, pensando que mi cura envejeca y empezaba a comprender con dificultad.--Todos los das me predicis el amor al prjimo, y me parece que Francisco I pona en prctica vuestro precepto preferido: Ama a tu prjimo como a ti mismo, por amor de Dios. No bien hube terminado mi frase, el cura enjugando su rostro, sobre el que gruesas gotas de sudor corran, echose hacia atrs en su silln y con ambas manos sobre el vientre, se entreg a una homrica risa, que dur tanto, que me hizo saltar lgrimas de contrariedad y de despecho. --Por cierto--aad, con temblorosa voz,--he sido bien tonta en fatigarme para estudiar mi leccin y haceros admirar a Francisco I. --Mi buena hijita--djome por fin, recobrando su seriedad y empleando su expresin favorita cuando estaba contento de mi,--lo que me extra mucho, mi buena hijita, no saba que profesaras tal admiracin por las personas que practican la caridad. --En todo caso, eso no es un motivo de risa--respondle bruscamente. --Vamos, vamos, no nos enojemos. Y el cura aplicndome una palmadita en la mejilla, abrevi mi leccin, me dijo que vendra al da siguiente y dirigiose a confiscar la llave de la biblioteca, que yo ignoraba conociese. No haba an el cura salido del patio, cuando mi ta se abalanz sobre mi sacudindome el hombro hasta la dislocacin. --Bachillera, atrevida!--voce,--qu has hecho para que el cura se haya ido tan pronto? --Por qu se enfada usted--le repliqu,--si no sabe de lo que se trata? --Ah! Conque yo no s? Conque no he odo lo que le decas al cura, desfachatada? Y juzgando que las palabras no bastaban para demostrar su clera, me dio una bofetada, me peg con fuerza, y me ech como a un perrillo. Corr a mi cuarto y me atrincher slidamente. Lo primero que hice fue quitarme la bata y comprobar por medio del espejo que los dedos secos y flacos de mi ta haban dejado marcas azules en mis hombros. --Ah, vil esclava!--me dije mostrndole los puos a mi imagen en el espejo,--soportars por ms tiempo semejantes cosas? Ser posible, que por cobarda, no te atrevas a sublevarte? Durante un rato me reprend duramente; vino luego la reaccin, ca sobre una silla y llor mucho. --Qu he hecho yo--pensaba, para que me trate as? Qu odiosa mujer!--Y en seguida:--por qu pona el cura una cara tan chusca, mientras yo recitaba mi leccin? Y me ech a rer mientras las lgrimas me rodaban por las mejillas. Pero por ms que intent profundizar este problema, no di con la solucin. Pseme despus a contemplar melanclicamente el jardn, por la ventana abierta, e iba ya recobrando mi sangre fra, cuando me pareci reconocer la voz de mi ta que conversaba con Susana. Me inclin un poco para escuchar la conversacin. --Usted hace mal--deca Susana,--la pequea ya no es una nia. Si usted la maltrata, se quejar al seor de Pavol, que se la llevar. --No faltaba ms. Pero cmo quiere usted que piense en su to? Apenas sabe que existe. --Bah! la pequea es avisada; le bastar un momento de memoria, para enviaros a paseo, si la mortificis, y sus buenas rentas desaparecern con ella. --Ah! tenis razn... No le pegar ms, pero...--Se alejaban y no o el final de la frase. Despus de la comida, a la que no quise asistir, sal en busca de Susana. Susana haba sido amiga de mi ta, antes de ser su cocinera. Rean diez veces al da, pero ninguna de las dos poda pasarse sin la otra. No se me creer con facilidad, si digo que Susana quera sinceramente a mi ta; sin embargo, es la pura verdad. Mas si perdonaba a mi ta su elevacin en la escala social, se desquitaba sin duda alguna con el prjimo, con las circunstancias y con la vida, porque refunfuaba siempre. Tena el semblante spero de un salteador de caminos, vesta constantemente zagalejo corto y calzaba zapatos bajos, aunque nunca fuera a la ciudad a vender leche, ni trotara su imaginacin como la de la lechera de la fbula. --Susana--djele colocndome delante de ella, con aire resuelto,--conque yo soy rica? --Quin os ha dicho tal sandez, seorita? --Eso no te importa, Susana; lo que quiero es que me contestes y me digas dnde vive mi to de Pavol. --Quiero, quiero!--rezong Susana,--se acab la nia a fe ma. dos a pasear, seorita; no os dir nada, porque nada s. --Mientes, Susana, y te prohbo que me contestes as. He odo lo que decas a mi ta, no hace mucho. --Pues bien, seorita, si habis odo no tenis necesidad de hacerme hablar. Susana me volvi la espalda y no quiso contestar a ninguna de mis preguntas. Regres a mi cuarto, muy exasperada, y permanec por mucho tiempo de codos en la ventana; desde all tom por testigos a la luna, las estrellas y los rboles, de que formaba la inquebrantable resolucin de no dejarme tocar ms, de no tener miedo de mi ta en adelante, y de emplear todo mi ingenio en desagradarla. Y dejando caer los ptalos de una flor, que deshojaba, arroj al mismo tiempo mis miedos, mi pusilanimidad y mis anteriores timideces. Comprend que ya no era la misma, y me dorm consolada. Esa noche so que mi ta, transformada en dragn, luchaba contra Francisco I, que la parta con una gran espada. Me tomaba entre sus brazos y hua conmigo, mientras que el cura nos contemplaba desolado, enjugndose el rostro con su pauelo a cuadros. Torcalo en seguida con todas sus fuerzas y caa el sudor a chorros, lo mismo que si lo hubiera empapado en el arroyo. III. No bien nos instalamos en nuestra mesa al da siguiente, el cura y yo, abriose con estrpito la puerta y vimos entrar a Petrilla, con la cofia en la nuca y los zuecos llenos de paja en la mano. --Qu hay? Fuego?--interrog mi ta. --No, seora; pero a buen seguro que est el diablo en casa. La vaca ha ido a dar al cebadal que creca tan hermoso y lo arrasa todo y yo no puedo darle alcance; los capones andan por los tejados y los conejos en la huerta. --En la huerta!--exclam mi ta que se levant lanzndome una colrica mirada, porque la tal huerta era un sitio sagrado para ella y el objeto de sus nicos amores. --Mis lindos capones!--gru Susana, que juzg oportuno aparecer y unir su nota sombra a la nota chillona de su ama. --Ah, piel de Judas!--grit mi ta. Y se precipit detrs de las sirvientes cerrando furiosa la puerta de un golpazo. --Seor cura--dije yo inmediatamente,--creis que en el universo entero haya otra mujer tan abominable como mi ta? --Qu es eso, qu es eso, mi hijita? Qu quiere decir eso? --Sabis lo que ha hecho ayer, seor cura? Me ha pegado! --Pegado!--repiti el cura con aire incrdulo, tan imposible le pareca que alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a un ser tan delicado como mi persona. --S, pegado! Y si no me creis, os voy a mostrar las marcas. Y ya empec a desprenderme la bata. El cura me mir con aire espantado. --Es intil, es intil, basta con que me lo digas, te creo--exclam precipitadamente, con el rostro carmes y bajando pdicamente los ojos hacia las puntas de sus zapatos. --Pegarme el da de mi santo, el da en que cumpla diez y seis aos!--y continu yo abrochando mi bata.--Sabis que la detesto? Y con el puo cerrado golpe sobre la mesa, lo que me doli bastante. --Veamos, veamos, mi buena hijita--djome conmovido el cura,--clmate y cuntame lo que t le hiciste. --Nada. En cuanto os fuisteis, me apellid desfachatada y se lanz sobre mi como una furia. Ah, qu odiosa! --Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las ofensas. --S, est fresca!--exclam empujando hacia atrs mi silla y ponindome a pasear a grandes pasos por la sala; no la perdonar jams, jams! Levantose tambin el cura y comenz a caminar en contra ma, de manera que continuamos la conversacin cruzndonos continuamente, como el Ogro y el Pulgarcillo, cuando el monstruo le persigue por haberle robado una de las botas de siete leguas. --Reina, Reina, es necesario que seas razonable y aceptes esta humillacin con espritu de penitencia, por tus pecados. --Mis pecados!--repliqu, detenindome y alzando levemente los hombros,--bien sabis vos, seor cura, que son tan pequeos, tan pequeos, que no vale la pena hablar de ellos. --De veras!--dijo el cura, no pudiendo contener una sonrisa.--Entonces, ya que eres una santa, recibe tus contrariedades con paciencia, por amor de Dios. --Oh, no, a fe ma!--le repliqu decididamente.--Quiero amar a Dios, pero creo que l me ama lo bastante para no estar contento al verme desgraciada. --Qu cabeza!--exclam el cura.--Bonita educacin la ma! --En fin--continu yo, emprendiendo la marcha nuevamente,--quiero vengarme, y me vengar. --Reina, eso est muy mal. Cllate y escchame. --La venganza es el placer de los dioses,--prosegu yo, dando un salto para cazar un moscardn que revoloteaba sobre mi cabeza. --Vamos, hijita, hablemos con seriedad. --Pero si yo hablo seriamente--respond, detenindome delante de un espejo, para comprobar con cierta complacencia, que la animacin me sentaba.--Ya veris, seor cura, empuar un sable y degollar a mi ta como Judith a Holofernes. --Esta chica est hidrfoba!--exclam desolado el cura.--Estese un momento quieta, seorita, y no diga disparates. --Convenido, seor cura; pero entonces declarad que Judith no vala ni un cntimo. Recostose el cura en la chimenea, e introdujo delicadamente una narigada de rap en sus fosas nasales. --Permteme, hijita, eso depende del punto de vista en que uno se coloque. --Qu poco lgico sois! Hallis esplndida la accin de Judith porque libert a unos cuantos ruines israelitas, que no valan seguramente lo que yo, y que no os deban interesar, puesto que hace tanto tiempo que estn muertos y enterrados... y os parece mal que haga lo mismo por mi propia libertad? Y eso que yo gracias a Dios, estoy viva!--aad, girando varias veces sobre mis talones. --Veo que tienes buena opinin de ti--respondi el cura, que haca esfuerzos por tomar severo aspecto. --Ah, excelente! --Bueno, y ahora; quieres o no quieres escucharme? --Estoy cierta--continu yo, siguiendo mi idea,--de que Holofernes era infinitamente ms simptico que mi ta, y de que me hubiera entendido con l perfectamente. Por lo tanto, no alcanzo a ver lo que me impedira imitar a Judith. --Reina!--exclam el cura, golpeando el suelo con el pie. --No os enojis, os ruego, mi querido cura; tranquilizaos, no matar a mi ta, tengo otro medio de vengarme. --Cuntame eso--dijo el excelente hombre apaciguado ya y dejndose caer sobre un canap. Yo me sent a su lado. --Bueno. Habis odo hablar de mi to de Pavol? --S, por cierto. Vive cerca de V*** --Muy bien. Cmo se llama su propiedad? --El Pavol. --Entonces, escribiendo a mi to al castillo de Pavol, cerca de V*** llegara la carta? --Sin duda. --Pues bien, seor cura; he hallado mi venganza. No sabis que si mi ta no me quiere, quiere en cambio muchsimo a mis pesos? --Pero, hija ma de dnde has sacado semejante cosa?--djome escandalizado el cura. --Se lo he odo decir a ella misma; as es que estoy segura de lo que afirmo. Y lo que teme, sobre todo, es que yo me queje al seor de Pavol, y le pida que me lleve a su casa. La amenazar con escribirle a mi to, y no estoy muy lejos--continu despus de un instante de reflexin,--de hacerlo el da menos pensado. --Bah! siquiera eso es una cosa inocente--dijo sonriendo el buen cura. --Veis, veis: vos mismo me aprobis!--exclam batiendo palmas. --S, hasta cierto punto, hija ma, porque es evidente que no se te debe pegar; pero te prohbo toda impertinencia. No te sirvas de tus armas sino en caso de legtima defensa, y recuerda que si tu ta tiene defectos, t en cambio, debes respetarla y no ser agresiva. Yo hice una mueca petulante. --No os prometo nada... o ms bien, mirad, hablando con franqueza, os prometo hacer justamente todo lo contrario de lo que acabis de decirme. --Esto es una verdadera insubordinacin!... Reina, concluir por enfadarme. --Es ms que una insubordinacin--repliqu gravemente,--es una revolucin. --Me va a hacer perder la paciencia y la vida!--murmur el cura.--Seorita de Lavalle, hacedme el favor de someteros a mi autoridad. --Escuchad--prosegu con zalamera,--os quiero con todo mi corazn, aun ms; sois la nica persona que quiero en el mundo. La faz del cura se dilat radiante. --Pero detesto, execro a mi ta; mis ideas no cambiarn a ese respecto. Tengo mucho ms talento que ella... Aqu, el cura, cuyo rostro se haba nublado, me interrumpi con una mordaz exclamacin. --No protestis--prosegu yo, mirndole de soslayo,--bien sabis que sois de m misma opinin. --Qu educacin, qu educacin!--murmur el cura con tono lastimero. --Seor cura, tranquilizaos, mi salvacin no peligra; tarde o temprano nos encontraremos en el cielo. Contino: teniendo, pues, mucho ms talento que mi ta, me ha de ser fcil atormentarla de palabra. Anoche me he comprometido conmigo misma a fastidiarla y he tomado a la luna y a las estrellas por testigo. --Hija ma--djome con seriedad el cura,--no me quieres or, y te arrepentirs. --Bah, lo veremos!... Ah viene mi ta; est furiosa, porque soy yo quien solt la vaca, los conejos y los capones, para quedar a solas con vos. Echadle una sobarbada; os garantizo que me ha pegado muy fuerte; tengo marcas negras en los hombros. Entr mi ta como un huracn, y el cura completamente estupefacto, no tuvo tiempo para contestarme. --Ven ac, Reina--grit ella, con la faz amoratada por la ira y la desordenada carrera que haba tenido que dar en pos de los conejos. Yo le hice un gran saludo, y le dije, dirigiendo un gesto de inteligencia a mi aliado. --Os dejo con el cura. Felizmente la ventana estaba abierta. Salt sobre una silla, trep al alfizar y me deslic hacia el jardn, con gran pasmo de mi ta, que se haba plantado en la puerta para cortarme la retirada. Declaro que fing escaparme, pero que en realidad me qued escondida detrs de un laurel y que ca en un acceso de jbilo sin igual, oyendo los reproches del cura y las furibundas exclamaciones de mi ta. Y a la tarde, durante la comida, ostent el benigno aspecto de un perro a quien se le arrebata un hueso. Rea a Susana, quien a su vez la enviaba a paseo, pegbale al gato, arrojaba sobre la mesa los cubiertos haciendo un barullo espantoso, y por ltimo, exasperada por mi actitud impasible y burlona, tom una botella y la tir por la ventana. Inmediatamente tom yo un plato de arroz, del que aun no se haba servido y lo lanc detrs de la botella. --Ah miserable pilla!--vocifer mi ta, lanzndose sobre m. --No se me acerque--le dije retrocediendo;--si me llega a tocar, esta noche misma escribo a mi to de Pavol. --Ah!...--dijo mi ta, quedando petrificada y con el brazo extendido. --Si no es esta noche--prosegu,--ser maana o pasado, porque no quiero que se me pegue. --Tu to no te creer--grit mi ta. --Ya lo creo que s! Los dedos de usted han dejado huella en mis hombros. S que es muy bueno y me ir con l. No tena por cierto ninguna nocin a cerca del carcter de mi to, puesto que slo contaba seis aos cuando lo vi por primera y ltima vez. Pero me pareci que deba hacerle creer que saba mucho a su respecto, y que de ese modo daba pruebas de una gran diplomacia. Y sal majestuosamente, dejando a mi ta desahogndose entre los brazos de Susana. IV. Declarada estaba la guerra y desde entonces pas todo mi tiempo en luchar con la seora de Lavalle. Antes de ello, apenas me atreva a abrir la boca delante de mi ta, excepcin hecha de las veces en que el cura se hallaba como tercero entre nosotros; me impona silencio antes de que hubiese concluido mi frase. Declaro que este proceder rame penoso en extremo, pues soy charlatana por naturaleza. Resarcame algo con el cura, pero esto era absolutamente insuficiente; tan es as que tom la costumbre de hablar en alta voz conmigo misma. Y muy a menudo acaeca, que me plantara delante del espejo, y conversase durante horas enteras con mi propia imagen. Oh, fiel amigo! mi querido espejo! amable confidente de mis pensamientos ntimos! No s si los hombres han reflexionado alguna vez sobre la influencia enorme que este mueblecito puede ejercer sobre un talento. Notad que no especifico el sexo de este talento, estando convencidsima de que los individuos barbudos se complacen tanto como nosotras en observar sus cualidades externas. Si escribiera una obra filosfica, desarrollara este tema: De la influencia del espejo sobre el corazn y la inteligencia del hombre. No niego que tal vez fuera mi tratado nico en su especie, y que de ninguna manera se asemejara a la filosofa en que Kant, Fichte, Schelling y otros, han gastado toda su vida, para su mayor gloria y gran felicidad de la posteridad que los lee con un placer tanto ms intenso, cuanto que absolutamente no la comprende. No, mi tratado no correra tras las obras de estos seores; sera claro, explcito, prctico con un tantico de causticidad, y sera preciso poseer en alto grado el gusto por la contradiccin para no convenir que estas cualidades no son la distintiva de las mencionadas filosofas. Mas no hallando suficientemente madura mi inteligencia para tamaa obra, contntome con profesar a mi espejo sincero afecto, y con mirarme largo tiempo en l todos los das por espritu de gratitud. Bien s, que ante tal declaracin, algunos de esos caracteres montaraces y bruscos que todo lo ven negro, insinuarn que la coquetera entra por mucho en la simpata que siento por mi espejo. Dios mo! nadie es perfecto; fijaos bien, querido lector, que si sois de buena fe, lo que no es muy seguro, confesaris que el inters personal, por no decir algo peor, ocupa el primer puesto en la mayora de vuestros sentimientos. Pero volviendo a mi asunto, dir que, habiendo roto completamente con mis antiguos terrores, no trat ya de moderar mi locuacidad delante de mi ta. No pas da en que no tuviramos a la hora de la comida discusiones que amenazaban degenerar en tempestades. Aunque no conociese yo su origen todava, no tard en descubrir que era ignorante como un topo y que experimentaba gran contrariedad cuando apoyaba mis opiniones en mi saber o en el del cura. Por otra parte, jams titubeaba yo en dar la calificacin de histricas a ideas sacadas de mi propia mente. Desgraciadamente, rame imposible luchar contra su experiencia personal, y cuando me afirmaba que las cosas se pasaban de tal o cual modo en el mundo, y los hombres no eran ms que pillos, unos agentes de Satans, me mora de rabia porque no poda contestarle nada. Que tena bastante buen sentido para comprender que los personajes con quienes viva, no podan darme ms que una imperfectsima idea del gnero humano, en las circunstancias comunes de la vida. Todos los domingos coma el cura en casa. Y sin duda tena sus motivos secretos para no elogiar delante de mi al rey de la Creacin (exceptuando sus hroes antiguos cuyas audacias no poda temer), pues no opona sino debilsimas protestas a las afirmaciones de mi ta. La comida del domingo constaba invariablemente de un pollo o de un capn, de una ensalada, de huevos duros y de leche cuajada en verano. El cura, que en su casa coma bastante mal y cuyo paladar saba apreciar el arte de Susana, llegaba restregndose las manos y proclamando su apetito. Pronto nos sentbamos a la mesa, y el principio de la conversacin era no menos invariable que la lista de la comida. --Hace buen tiempo--adelantaba mi ta, cuya frase, si llova, no se modificaba sino en el adjetivo. --Esplndido!--responda alegremente el cura,--da gusto caminar con un sol tan hermoso. Si hubiera llovido, nevado, helado o cado granizo, piedras o azufre, del mismo modo hubiese el cura manifestado su satisfaccin explayndose sobre lo agradable de un cuarto hermticamente cerrado o ya elogiando el encanto de un buen fuego. --Pero no hace calor--continuaba mi ta,--y es sorprendente! en mi tiempo, por Pascua, ya nos vestamos de blanco! --Os sentaban los trajes blancos?--preguntbale yo rpidamente. Mi ta que no dejaba de prever alguna impertinencia, me diriga una mirada preventiva antes de responder: --S, por cierto; bastante. --Oh!--exclamaba yo, con un tono que no permita ninguna duda a cerca de mi ntima conviccin. --Y en mi tiempo--continuaba,--las nias no hablaban sino cuando se les diriga la palabra. --Entonces usted no hablaba cuando joven, ta? --Cuando me hacan alguna pregunta y nada ms. --Y todas las nias se os asemejaban, ta? --S, por cierto, sobrina. --Qu poca horrible!--suspiraba yo, levantando los ojos al cielo. Mirbame el cura con aire de reproche, y la seora de Lavalle paseaba sus miradas sobre los diversos objetos que yacan sobre el mantel, evidentemente con la tentacin de tirarme con alguno a la cabeza. Llegada la conversacin a este punto... agudo, decaa de pronto, hasta el momento en que los acerbos sentimientos de mi ta, regolfados por los esfuerzos de su voluntad, estallaban de golpe, como una mquina sometida a excesiva presin. Su furia se desbordaba sobre la creacin entera. Hombres, mujeres, nios, todo caa. De los mseros hombres no quedaba, al final de la comida, ms que una horrible mezcla, no ya de carnes y huesos machacados, sino de monstruos de toda especie. --Los hombres no valen ni la soga para ahorcarles,--deca en el idioma armonioso y elegante que le era peculiar. El cura que estaba en la desoladora conviccin de no ser una mujer, bajaba la cabeza y pareca lleno de contricin. --Herejes, bandidos!--prosegua mirndome con un aire terrible, como si yo hubiese pertenecido a la especie en cuestin. --Hum!--haca el cura. --No piensan ms que en gozar y en comer!--continuaba mi ta, que se acordaba de la miseria que le haba legado su marido.--Agentes del diablo! --Hum, hum!--prosegua el cura, moviendo la cabeza. --Seor cura!--exclamaba yo impaciente--hum, hum! no es un argumento muy convincente. --Permitidme, permitidme--contestaba el buen hombre, perturbado en el saboreo de su comida;--creo que la seora de Lavalle va ms all de su idea al emplear esta expresin: agentes del diablo; pero tambin es cierto, que hay muchos hombres, que no son acreedores de una gran confianza. --Entonces vos sois como Francisco I, prefers las mujeres?--deca yo con mi airecito cndido. --Voto a bros!--exclamaba mi ta, que haba substituido algunas palabras demasiado enrgicas, por esta frase aprendida a su esposo y que le pareca muy aristocrtica--voto a bros! cllate, necia! Pero el cura le haca una sea misteriosa y la excelente seora se morda los labios. --Y vuestros hroes, seor cura? Y vuestros griegos? Y vuestros romanos? --Oh, los hombres de hoy no se parecen a los de antes!--replicaba el cura convencido de que deca una gran verdad. --Y los curas?--continuaba yo. --Los curas estn fuera de combate--respondame con bondadosa sonrisa. Esta clase de conversacin, sembrada de sobreentendidos, gozaba del privilegio de exasperarme enormemente. Tena conciencia de que un mundo de ideas y sentimientos, que por otra parte no tardara en descubrir, me estaba cerrado. Dudaba, que el juicio de mi ta sobre la humanidad fuese absolutamente justo, y comprenda que ignoraba muchas cosas, y que corra el riesgo de quedar por largo tiempo en mi ignorancia. Una maana, meditando sobre esta lamentable situacin, ocurriseme la idea de consultar a las tres personas que me era dado ver todos los das: Juan el quintero, Petrilla y Susana. Como esta ltima haba vivido en C***, decid que sus apreciaciones deban de estar basadas en una gran experiencia y por consiguiente la dej para postre. Arropndome en una capucha, tom mis zuecos y me dirig hacia la quinta, situada a un kilmetro de la casa. Chapuzando, chapoteando y enterrndome, llegu hasta donde estaba Juan que limpiaba su arado. --Buen da, Juan! --Buen da, seorita!--contest Juan, quitando su bonete de lana, lo que permiti a sus cabellos que se pararan tiesos sobre la cabeza. Esta era una peculiaridad de su temperamento; siempre que no estaban sometidos a presin, se entregaban a ese pequeo ejercicio. --Vengo a consultarle sobre una cosa muy, pero muy importante--djele, haciendo hincapi sobre el adverbio para despertar su inteligencia que yo saba dispuesta a andar a la briba, as que se la interrogaba. --Mande usted, seorita. --Dice mi ta, que todos los hombres son unos bandidos, qu piensa usted a este respecto, Juan? --Unos bandidos!--repiti Juan, que agrand los ojos como si percibiera un monstruo delante de s. --S, pero es la opinin de mi ta, y quiero tener la de usted. --Caramba! s, con todo, bien podra ser. --Pero eso no es una opinin, Juan. Vamos a ver, cree usted s o no, que los hombres sean generalmente unos bandidos? Juan apoy la punta de su nariz sobre el ndice de su mano derecha, lo que es signo seguro de profunda meditacin. Despus de haber reflexionado un minuto me dio esta respuesta, neta y decisiva: --igame seorita, le dir a usted: puede ser que sea as, y puede ser que no. --Cerncalo!--djele indignada al contemplar tal fenmeno de estupidez. Abri los ojos, abri la boca, abri las manos, y hubiera abierto toda su persona, si hubiese podido, para expresar ms su asombro. Volv al patio de el Zarzal, renegando del barro, de mis zuecos, de Juan y de m misma. --Petrilla, ven!--grit. Petrilla que limpiaba los cacharros de la lechera, acudi inmediatamente, con un manojo de ortigas en la mano, desnudos los brazos y roja la cara como una manzana, y la cofia en la nuca, segn su costumbre. --Cul es tu opinin acerca de los hombres?--pregunele de pronto. --Acerca de los hom... Y Petrilla, de manzana se volvi amapola, dej caer sus ortigas, tom una punta de su delantal, levant la pierna izquierda y qued posada sobre la derecha mirndome de un modo embobado. --Y? Responde! Qu piensas de los hombres? --Seorita, usted sin duda quiere jugar. --No, no. Hablo seriamente. Contesta pronto. --Caramba! seorita--respondiome Petrilla, parndose de nuevo sobre sus piernas,--si son buenos mozos, creo que se ven cosas algo ms desagradables. Este modo de examinar la cuestin, me dio que pensar. --No hablo de lo fsico--prosegu yo, alzando los hombros,--sino de lo moral. --Yo los encuentro muy simpticos, por cierto--respondi Petrilla, brillndole los ojos. --Cmo! no los tienes por herejes, bandidos y agentes del diablo? Petrilla se ech a rer a carcajadas. --Vea seorita, el modo de hablar de esos herejes es tan dulce, que... Aqu se interrumpi para darse un gran coscorrn en la cabeza. Torci su delantal, baj los ojos, y me pareci que estaba por tomar las de Villadiego. --Y despus? Termina! --Seguramente, seorita, me vais a hacer decir disparates... y me voy. Y dirigindome la ms hermosa de sus reverencias, desapareci en las profundidades de su lechera con cuya puerta me dio en la nariz. --Por qu dira disparates?... Vamos; no tengo ms que recurrir a Susana; lo que falta es que no quiera hablar. Entr a la cocina. Susana se preparaba, armada de una escoba, a hacerla funcionar activamente. Me pareci que estaba en uno de sus malos das, y pens que sera conveniente emplear algunas precauciones oratorias antes de plantear mi pregunta. --Qu lindas y brillantes estn tus cacerolas!--djele con amabilidad. --Se hace lo que se puede--refunfu Susana,--y a quien no le guste, que se queje. --Mira, Susana, t que haces tan bien el guiso de pollo, quieres ensearme a hacerlo? --Eso no os incumbe, seorita; quedaos en vuestros departamentos y dejadme tranquila en mi cocina. No surtiendo ningn efecto mis medios de corrupcin, enderec el fuego hacia otro punto. --Sabes una cosa, Susana? Sabes que debes haber sido muy linda en tu juventud? En tanto--pensaba, a parte, que si me hubiera tocado ser su marido, la hubiese puesto a asar en el horno para zafarme de ella. Haba tocado la cuerda sensible, porque Susana dignose sonrerme. --Todos tenemos nuestra primavera, seorita. --Susana--prosegu yo, aprovechando aquella repentina blandura para llegar ms rpidamente a mi objeto,--tengo ganas de hacerte una pregunta... --Cul es tu opinin sobre los hombres... y las mujeres?--aad pensando que era un rasgo de ingenio el extender mis estudios sobre ambos sexos. Apoyose Susana sobre su escoba, tom su aspecto ms avinagrado y me respondi con una conviccin contundente: --Seorita, las mujeres no valen mucho; pero los hombres no valen nada. --Oh!--protest yo, ests segura de ello? --Tan cierto, como que os lo digo, seorita. Y aplic un escobazo a los restos de legumbres que se hallaban por tierra, y los hizo desaparecer con tanta destreza, como si hubieran representado a los bpedos, blanco de su antipata. Retreme a mi cuarto a meditar el misantrpico axioma enunciado por Susana, bastante desalentada, pensando que yo no vala gran cosa, y que a mis desconocidos amigos, los hombres, se les daba el humillante valor del cero. V. Sin embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decid continuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca. Un lunes, da de feria, mi ta, el cura y Susana tuvieron que ir a C*** Mi ta decidi, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, y fue esta vez la primera, que en mi vida, me encant tal decisin. Estaba ms que segura de mi libertad de accin, puesto que Petrilla se ocupaba ms de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursiones traa el quintero al patio, a las ocho de la maana, una especie de carromato, que en el lugar llamaban _maringola_. Apareca mi ta de tiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltro negro, al que haba adicionado un barbiquejo de un color violeta desvado. Plantbaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera calor o fro, arropbase con pieles, pues haba adoptado desde su casamiento la idea de que una seora de distincin no deba ponerse en camino sin llevar sobre s el cuero de algn animal. Crea firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las mculas de su origen. Sentbase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se pona un almohadn, a fin de que no sufriera esa delicada porcin del individuo, cuyo nombre evita toda decente pola. Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo, colocbase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura suba a su lado. Y ya as, simultneamente, volvanse hacia m. --No hagas travesuras--deca mi ta,--y cuidadito con ir a la huerta! --No me revuelva la cocina!--gritaba Susana,--y para almorzar, contntese con la ternera fiambre. El cura no deca ni palabra, pero me sonrea con cario y haca un gesto que quera decir: --Lo que es por mi, de buena gana te llevara; pero ella no ha querido. Este memorable lunes, sucedi lo mismo de siempre. Di algunos pasos sobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados como rganas. Sin perder un segundo puse en ejecucin mi proyecto, desde tiempo atrs maduro. Tratbase de tomar posesin de la biblioteca, cuya llave ocurrisele confiscar malhadadamente al cura; pero no era nia yo para desalentarme por tan poco. Corr a buscar una escalera, que arrastr hasta la ventana de la biblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos consegu levantarla y apoyarla slidamente contra la pared. Trep con agilidad por los escalones, romp un cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego los pedazos de vidrios que quedaban an en el marco, pas por la abertura aquella la parte superior de mi cuerpo y me dej resbalar hacia adentro. Ca de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichn en la frente y al otro da me trajo el cura un ungento para disolverlo. As que me levant y despert del aturdimiento en que el golpe me haba sumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una vieja escribana, en busca de una llave igual a la que haba hecho desaparecer el cura. Mis pesquisas no duraron mucho; despus de dos o tres infructuosas experiencias di con lo que buscaba. Despus de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de la fractura de la ventana, me instal en un silln, y mientras reposaba de mis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas en frente de m. Tom al azar una de ellas, y me retir, llevando a mi cuarto, como si hubiera sido un tesoro, _La linda joven de Perth_. En mi vida haba ledo una novela, y ca en un xtasis, en un arrobamiento de que no podra dar idea. Aunque viviese novecientos sesenta y nueve aos como el buen Matusalm, no olvidara jams la impresin que me hizo la lectura de _La linda joven de Perth_. Experimentaba la misma alegra, que debe sentir un prisionero a quien se saca del calabozo y se transporta entre rboles, flores y sol; o ms bien el jbilo de un msico que oye ejecutar por primera vez y de un modo ideal la obra de su corazn y de su mente. El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelaba conocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entr la luz en mi inteligencia, que crea haber sido hasta entonces estpida e idiota. Me entusiasm, me embriagu con aquella novela repleta de color, de vida y de movimiento. Cuando baj por la noche al comedor, donde el cura, que coma con nosotros, me esperaba con impaciencia, baj soando. Mirome l con profunda lstima, y me pregunt con el mayor inters, cmo me haba pasado aquel accidente. --Accidente?--exclam sorprendida. --Tienes la frente amoratada, mi pequea Reina. --La tonta habr subido a algn rbol o a alguna escalera--observ mi ta. --S, a una escalera--respond,--es verdad. --Pobrecita!--exclam el cura desolado,--y caste de boca? Yo hice una inclinacin afirmativa. --Y te has puesto rnica, hijita? --Bah, no vale la pena!--prosigui mi ta;--comed vuestra sopa, seor cura, y no os ocupis de esa atolondrada; bien merecido le est. El cura no dijo, pues, nada, me hizo una sea amistosa y me examin furtivamente. Mas yo no prestaba mayor atencin a lo que suceda en torno mo. Pensaba en la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quien me haba enamorado, provisionalmente, y hete aqu, que sin el menor prembulo estall en sollozos. --Dios mo!--exclam el cura levantndose rpidamente.--Querida Reinita, mi buena hijita! --No le hagis caso est enojada porque no la hemos llevado a C***. Pero el cura, que saba que yo odiaba el llanto y que era bastante orgullosa como para demostrar delante de mi ta una pena causada por ella, se me acerc, me pregunt en secreto por qu lloraba y se esforz en consolarme. --No es nada, mi bueno y querido cura--djele yo enjugando mis lgrimas y echndome a rer.--Tengo horror del dolor fsico, me duele la cabeza y luego, debo estar horrorosa. --Como de costumbre--dijo mi ta. El cura me mir con aire preocupado. No estaba contento de mi explicacin; pensaba que algo anormal haba pasado durante el da. Me aconsej que me acostara sin prdida de tiempo; y lo hice con toda diligencia. Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto ms cuanto que yo misma no saba por qu haba llorado. Fue de placer o de fastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormec con la idea de que era intil tratar de analizarlo. Durante el mes que sigui, devor la mayor parte de las obras de Walter Scott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegras reales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabra decir si han sobrepujado mucho en intensidad a las que sent mientras mi inteligencia brotaba de su niebla, como de su crislida, una mariposa. Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de xtasis a xtasis. Y me olvidaba de todo, para no pensar ms que en mis novelas y en los personajes que excitaban mi imaginacin. Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quien haba dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una leccin de historia, vea desfilar ante mis ojos los encantadores hroes, entre los que mi corazn inconstante haba elegido ya una quincena de maridos, y cuando me reprenda, no le oa ni la mitad, hallndome ocupada en confeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de Amy Robsart. --Qu has estudiado hoy?--preguntbame al llegar. --Nada. --Cmo nada? --Me fastidia el estudio--deca yo con tono cansado. El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me los espetaba de un tirn, pero producan el mismo efecto que si los hubiera dirigido a un piel roja. Por ltimo sbitamente me volv triste. Si bien mi ta no me pegaba, desquitbase en cambio dicindome cosas chocantes. Haba adivinado que me dola ser tan pequea y no perda ocasin de herir ese punto vulnerable; me llamaba fenmeno y me repeta que era fea. Poco tiempo antes, hallbame yo misma muy linda y tena mucho ms confianza en mi opinin, que en la de mi ta. Pero trabando relacin con las heronas de Walter Scott, surgi en mi espritu la duda. Eran tan lindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecrseles para ser amada. El cura perda poco a poco su sonrisa y su color. Observbame con desconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rap, con olvido de todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, para lo que empleaba maquiavlicos medios; pero yo era impenetrable. Vile un da dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tena yo de no dejar la llave en la cerradura; volvi sobre sus pasos moviendo la cabeza y pasndose las manos entre el cabello que, ms alborotado que nunca, produca el efecto de un penacho. Yo me haba escondido tras una puerta y le o murmurar cuando pas cerca de mi: --Volver con la llave. Esta decisin me contrari profundamente. Con seguridad iba a descubrir mi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas. Inmediatamente corr a buscar otras novelas ms, que llev a mi cuarto y las reemplac en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesar de mis precauciones, tena, por cierto, que el cuadro de papel con que haba substituido al vidrio roto, era un indicio acusador. Ese da, examinando unas cartas halladas en la escribana, descubr el origen de mi ta. Era un arma contra ella, y resolv no tardar en usarla. Al da siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor. En tal disposicin de nimo, si no hallaba pretexto para provocarme, lo inventaba. Soaba yo con el amable Buckingham, que me pareca delicioso con su insolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y me preguntaba por qu causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse en su casa, cuando mi ta me dijo sin prembulos. --Qu fea est usted hoy, Reina! Yo salt en la silla. --Aqu tiene--le dije pasndole el salero. --No pido la sal, tonta. Se est volviendo tan estpida como fea. Es de notar que mi ta no me tuteaba nunca. Desde el da en que fue mujer de mi to, crey ponerse a la altura de su situacin, suprimiendo el t de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos. --No soy de su opinin--le repuse secamente,--me encuentro muy linda. --Qu disparate!--exclam mi ta.--Linda, usted! Un fenmeno del alto de la estufa! --Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombre malogrado--repliquele. Pero mi ta crea firmemente que haba sido una belleza y no soportaba bromas al respecto. --He sido linda, seorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinos nos llamaban unas diosas. --Su hermana se pareca a usted, mi ta? --Mucho; ramos mellizas. --Qu desgraciado sera su marido!--dije yo con tono convencido. Mi ta lanz una imprecacin, que no dejar repetir a mi pluma. --Al fin y al cabo--prosegu con calma,--usted tiene naturalmente el gusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo... Pero qued boquiabierta a mitad de la frase; mi ta acababa de romper un plato con el mango de su cuchillo. Lo que yo haba dicho, inutilizaba todos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamente de toda su maldad para conmigo. --Es usted una serpiente!--exclam con voz estrangulada. --No lo creo, mi ta. --Una serpiente! --Ya lo ha dicho,--respond tranquilamente. --Una serpiente cobijada en mi seno!--repiti mi ta, que estaba demasiado colrica para hacer gastos de imaginacin. Mov la cabeza, y pens que a ser yo serpiente, seguramente rehusara hallarme en semejante situacin. --Permitidme--prosegu,--he estudiado ese animal en mi historia natural, y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno de nadie. Mi ta, que se desconcertaba siempre que haca yo alusin a mis lecturas, no contest nada, pero la expresin de su fisonoma, me pareci tan poco tranquilizadora que me esquiv cantando a desgaitarme: --rase que se era, un to de Pavol, de Pavol, de Pavol! Nos hallbamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todas partes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes; en una palabra, el da me pareci tan esplndido que olvid mi prudencia ordinaria. Tom mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra de una parva de heno. Se me oprima el corazn pensando en las palabras de mi ta. La verdad es que era desolador el ser tan pequeita, tan pequeita. Quin podra amarme as? Pero me consolaba leyendo _Peveril del Pic_. Era esta una de mis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causa de Fenella, cuya altura era a buen seguro, ms exigua que la ma. Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porque le deca cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que se escapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar. --Ah, tontuela, un hombre tan delicioso! Al pronunciar estas palabras levant los ojos, y lanc un gran grito al ver al cura de pie, delante de m. Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Pareca tan consternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve sus diamantes trocados en avellanas. Me levant algo avergonzada, pues le haba engaado abominablemente. --Oh, Reina!...--comenz. --Mi querido cura--exclam yo estrechando a Peveril del Pic contra mi corazn,--dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico! --Reina, mi Reinita, nunca hubiera credo eso en ti. Esta dulzura me enterneci, tanto ms que no tena la conciencia muy limpia, mas con una tctica eminentemente femenina me apresur a cambiar de asunto. --Era una distraccin, seor cura, soy tan desgraciada. --Desgraciada, Reina? --Creis que sea divertido tener una ta como la ma? No me pega ya, es cierto, pero me dice cosas que me apenan mucho. Qu bien conoca a mi cura! Ya haba olvidado su resentimiento y sus sermones; tanto ms cuanto que en mis palabras haba un gran fondo de verdad. --Y es por eso, que ests tan triste, hijita? --S, por cierto, seor cura. Figuraos que mi ta me repite en todos los tonos que soy un fenmeno, que soy fea como un susto. Y mis ojos se llenaron de lgrimas, como que el tal tema me dola en el alma. El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muy distante estaba de participar de las ideas de mi ta a ese respecto y miraba el modo que podra emplear para disipar mi tristeza, sin despertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningn elemento de pecado. --Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto se desvanecen. --Entretanto, esas cosas existen--repliqu, coincidiendo, en el pensamiento, a dos siglos de distancia, con la ms linda mujer de Francia. --Por otra parte encontrars personas que no pensarn como la seora de Lavalle. --Es usted de esas personas seor cura? Me encuentra usted bonita? --Pero... s--respondi el cura, con aire lastimoso. --Muy bonita? --Pero... s--respondi en el mismo tono el cura. --Ah, qu contenta estoy!--exclam saltando.--Cmo os quiero, seor cura! --Todo esto est muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Te has introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has ledo libros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca. --Walter Scott, seor cura; son de Walter Scott! Mi literatura habla muy bien de l. Y le cont todas las impresiones. Habl con volubilidad y mucho tiempo, radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reirme, sino que escuchaba con inters lo que le refera. En vista de mi entusiasmo y mi alegra, reaparecidos como por encanto, le volvieron tambin sbitamente los colores y el aire risueo. --Bien--me dijo,--te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismo lo reeler para hablar de ello contigo, pero promteme no volver a hacer ms travesuras. Se lo promet de todo corazn, y desde entonces tuvimos nuevo asunto para discusiones y porfas, porque naturalmente, nunca fuimos de la misma opinin. Con todo, pronto el inters que me inspiraban mis novelas, fue desvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeci en el Zarzal, algunas semanas despus. Uno de esos acontecimientos que no conmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones en el corazn o en la imaginacin de las jvenes. VI. Era un domingo. Los domingos asistamos regularmente a la misa cantada, que era el nico oficio de la maana, pues el cura no tena teniente. Mi ta entraba primero en nuestro banco blasonado; seguala yo, Susana luego y Petrilla cerraba la marcha. Nuestra iglesia era vieja y pobre. El primitivo color de las paredes desapareca bajo una especie de moho verdoso producto de la humedad; el piso en vez de ser unido, estaba formado por una cantidad de baches y montculos que invitaban a los fieles a romperse la nuca y a aprovechar de su presencia en un sitio santificado, para subir ms pronto al cielo; el altar estaba adornado con figuras de ngeles, pintadas por el carretero de la aldea quien se las echaba de artistas; dos o tres santos se contemplaban con sorpresa, admirados de verse tan feos. Cuantas veces he pensado, mirndolos, que a ser yo santa y representarme los mortales de tan odiosa manera, sera absolutamente sorda a sus plegarias; pero tal vez los santos no tienen mi carcter. Por una ventana sin vidrios mostraba una rosa su frente perfumada, y con su frescura y belleza pareca protestar del mal gusto del hombre. Poseamos un harmonium, del que vibraban slo tres notas; a veces el nmero creca hasta cinco, pues este instrumento era caprichoso y andaba segn la temperatura, como los romadizos de nuestro sochantre, quien ruga durante dos horas con una conviccin tan ingenua y profunda de que posea una hermosa voz, que era imposible criticarle. El sitial del celebrante estaba colocado en el fondo de un precipicio, de modo, que desde mi asiento no se vea ms que la cabeza y el busto del cura que pareca estar en penitencia. Los monaguillos se hacan mueca detrs de l sin que se le ocurriera sospecharlo. Despus del Evangelio, se quitaba delante de nosotros la casulla, como que las cosas pasaban en familia, y despus de tropezar en algunos pozos, llegaba al plpito. Creo que no hay entre todos los seres humanos, que se agitan en la superficie del globo, ninguno que no haya soado, una vez por lo menos, en el curso de su existencia. Sea de elevada o nfima posicin, no puede el hombre vivir sin deseos, y el cura sufriendo la ley comn, haba soado durante treinta aos de su vida la posesin de un plpito. Desgraciadamente, era muy pobre, ranlo igualmente sus feligreses y mi ta que era la nica que le hubiera podido ayudar, no responda a sus tmidas insinuaciones; a ms de ser srdidamente avara cuando se trataba de dar, no profesaba la menor consideracin por los antojos de su prjimo. A fuerza de economas, encontrose al fin el cura con doscientos francos en su poder. Y entonces resolvi realizar su sueo del modo que pudiera. Una maana le vi llegar fuera de s. --Mi Reinita, ven, ven conmigo--exclam. --A dnde, seor cura? --A la iglesia; ven pronto. --Pero a estas horas no hay misa. --Ya lo s; pero quiero que veas algo esplndido. Tena un aspecto tan radiante, su dulce fisonoma respiraba tal contento, que todava me ro al recordarlo, y su jbilo es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel tiempo. No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia. Acabbase de colocar el plpito, y el cura, en xtasis ante l, me dijo en baja voz: --Mira Reinita, mira! No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos un plpito. No tiene aspecto muy slido, pero sin embargo es bastante bueno. He realizado el sueo de mi vida. Nunca se debe desesperar de nada, hijita, nunca. Mirbalo yo, un tanto desconcertada, porque no poda negarme que mi imaginacin me haba representado un plpito, como algo de grande y monumental. Y lo que yo tena a la vista era una especie de caja de madera blanca apoyada en soportes de hierro tan poco elevados que, hablando en puridad, se hubiera podido prescindir de peldaos para entrar en ella. Pero un plpito sin escalera no se ha visto nunca; as es que para salvaguardar el honor se haba logrado colocar dos gradas, de quince centmetros de alto cada una. --Mira, Reina, mira qu buen efecto produce--decame el cura.--Cuando tenga un poco de plata, le har dar una mano de pintura, o ms bien, lo pintar yo mismo; eso me divertir y ser ms econmico. La verdad es que pudiera ser un poco ms alto, pero bueno es no tener demasiada ambicin. Y el sencillo y excelente hombre, giraba con admiracin, alrededor del plpito. Y no se hubiese sentido ms feliz aunque sus tableros hubieran sido pintados por Rafael o esculpidos por Miguel ngel. A l no se le ocurra que la realidad como siempre ay! no se pareca al ensueo; no se empeaba en hacer comparaciones y disfrutaba de su felicidad sin preocupacin alguna. --Yo he hecho el plano, hijita, y por cierto que he tenido una esplndida idea. Sin embargo, la medalla tiene un reverso, y debo declarar que me he endeudado un poco; me cobran algo ms de lo que haba supuesto, pero parece que siempre sucede eso cuando se manda hacer alguna cosa. Pensaba comprarme un abrigo este invierno; pues bien, Dios mo, haremos abstraccin de l; he ah todo. Oh, s! su alegra es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel tiempo. Nunca he visto un hombre tan feliz, ni adornar una dicha mediocre con la esplendidez que lo haca el cura con los reflejos de su buen natural, y de su espritu algo infantil. --Si es que parece exactamente un plpito!--deca riendo y restregndose las manos. Yo abrigaba algunas dudas al respecto, pero ocult mi decepcin, y me extasi lo mejor que pude ante aquel objeto extraordinario, que a causa de la forma irregular de la iglesia, hallbase colocado en un hueco, de tal suerte que cuando predicaba el cura, las tres cuartas partes del auditorio no vean ms que un brazo y un mechn de cabellos blancos que se agitaban con elocuencia, segn las diversas fases del discurso. Sentase tan contento el cura al decir: Voy a subir al plpito que tuvimos que resignarnos a tener sermn todos los domingos. No bien abra la boca, tomaban las feligreses una postura cmoda para echar un sueecito. Petrilla aprovechaba del sopor general para lanzar alguna ojeada al banco vecino al nuestro, y Reina de Lavalle se preparaba a meditar sobre las vicisitudes de la vida representadas por una ta y el aburrimiento de los sermones. No s por qu le gustaba al cura hablar sobre las pasiones humanas, pero un da que se haba dejado arrastrar por el calor de la improvisacin, le hice en la comida preguntas tan indiscretas y apuradas que se propuso no abordar ms tales asuntos delante de m. En adelante contentose en discurrir sobre la pereza, la embriaguez, la ira y otros vicios que no excitaban ni mi curiosidad ni mi charla. Durante una hora nos pona a la vista la gran iniquidad en que estbamos sumidos. Luego, cuando nuestro estado moral se haca completamente lamentable, bajaba con nosotros con aire radioso a los infiernos, y nos haca palpar los suplicios que merecan las almas manchadas por el pecado; tras de lo cual, pasando por un atrevido giro de frase a menos horribles ideas, emerga poco a poco de las regiones infernales, permaneca algunos instantes sobre la tierra, nos depositaba tranquilamente en el cielo, y descenda del plpito, con el paso triunfal de un conquistador que acaba de cortar algn nudo gordiano. El auditorio se despertaba entonces con sobresalto, excepto Susana que gozaba demasiado oyendo hablar mal de la humanidad, para dormirse, y que se baaba en agua de rosas, mientras el cura fustigaba a sus ovejas con sus flores retricas. Era, pues, un domingo. Haca un calor asfixiante y volviendo a casa, Susana nos dijo: --Tendremos tormenta antes de que concluya el da. Esta profeca me agrad; una tormenta era un feliz incidente en mi vida montona, y a pesar de mi miedo, me gustaban el trueno y los relmpagos, aunque sola temblar de pies a cabeza cuando los estallidos se sucedan con mucha rapidez. Durante la primera parte de la tarde, err como alma en pena, por el jardn y el bosquecillo. Me mora de aburrimiento y pensaba con melancola, en que nunca me pasara ninguna aventura, y en que estaba condenada a vivir perpetuamente al lado de mi ta. Cuando volv a casa, a eso de las cuatro, sub al corredor del primer piso, y con la cara pegada contra un vidrio, me entretuve en seguir con los ojos el movimiento de las nubes que se amontonaban sobre el Zarzal y nos traan la tormenta anunciada por Susana. Preguntbame de dnde venan y lo que haban visto en su curso, lo que me, podran contar, a mi que no saba nada de la vida y del mundo, a mi que ansiaba ver y conocer. Se haban formado tras aquel horizonte que yo nunca haba franqueado y que me esconda misterios, esplendores (a lo menos, as crea yo), alegras y goces sobre los que meditaba en silencio. Distrjeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en un rincn, se dejaba besar por un gran palurdo que le haba pasado un brazo alrededor del talle. Abr de golpe la ventana y grit batiendo las manos: --Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted seorita. Petrilla, espantada, tom sus zuecos en la mano y corri a guarecerse en el establo. El gran palurdo se quit el sombrero y me examin con una estpida sonrisa que le henda la boca hasta las orejas. Reame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no haba odo llegar entr en el patio. Baj de l un hombre, dijo algunas palabras al sirviente que le acompaaba, y mir en torno de s en busca de alguien a quien hablar. Pero Petrilla, cuyo bonete blanco vea yo asomar a travs de la abertura enrejada del establo, no se mova, y su enamorado se haba precipitado de bruces detrs de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por tal aparicin, haba entornado uno de los postigos de la ventana, y observaba los acontecimientos sin hacer un movimiento. De dos saltos salv el desconocido los deteriorados peldaos de la escalinata, y busc una campanilla que no haba existido jams; en vista de lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenz a dar golpes de puo contra la puerta. Mi ta y Susana surgieron delante de l, y certifico que desde ese instante tuve la ms favorable opinin a cerca de su valor, pues no demostr ningn espanto. Salud levemente, y luego comprend por sus gestos que habindole asustado el cielo amenazante, peda permiso para guarecerse en el Zarzal. En esos momentos, en efecto, estall con gran violencia la tormenta, y no dio ms tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche. Se ha dicho que la soledad nos hace tmidos, mas en ciertos casos produce el efecto contrario. No habindome rozado con nadie, no habiendo nunca comparado nada, tena la mayor confianza en m misma, e ignoraba por completo ese extrao sentimiento que anula las ms brillantes facultades y hace estpidos a los hombres superiores. Con todo, ante esta aventura, que pareca evocada por mis pensamientos, latiome el corazn con fuerza, y vacil tanto en entrar al saln, que estaba an en la puerta cuando lleg el cura hecho una sopa, pero contento. --Seor cura--exclam yo, corriendo hacia l,--hay un hombre en el saln. --Y qu hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo. --No, no seor cura, es un verdadero hombre. --Cmo, un verdadero hombre? --Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y est bien vestido. Entremos pronto. Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mi ta ostentaba una expresin genuinamente amable, y que sonrea agradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, pareca estar tan a sus anchas como en su propia casa. Bien es cierto que slo su aspecto bastaba para serenar el nimo ms hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tena bigotes de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una risa franca y natural enseaba a menudo. Toda su persona respiraba alegra y amor a la vida. Levantose al vernos entrar y aguard un instante que mi ta nos presentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, como para los habitantes de Greenlandia, y se present l mismo bajo el nombre de Pablo de Couprat. --De Couprat!--exclam el cura;--sois tal vez hijo del excelente comandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo? --Mi padre es, en efecto, comandante, seor cura. Le habis conocido? --Y me ha prestado servicios hace muchos aos. Qu noble y excelente hombre! --S que mi padre es querido por todo el mundo--respondi el seor de Couprat, con el rostro ms radiante que nunca.--Y el comprobarlo es siempre para mi una nueva dicha. --Pero--continu el cura,--no sois pariente del seor de Pavol? --Exactamente: primo en tercer grado. --Pues he aqu a su sobrina--dijo el cura presentndome. A pesar de mi inexperiencia not muy bien que la mirada del seor de Couprat expresaba alguna admiracin. --Me felicito de conocer tan encantadora prima--djome con aplomo y tendindome la mano. Esta lisonja provoc en mi un pequeo escalofro agradable y puse mi mano entre la suya sin la menor turbacin. --No primo, exactamente--dijo el cura narigueando su rap con jbilo;--el seor de Pavol es slo to poltico de Reina; su esposa era una seorita de Lavalle. --No importa--exclam el seor de Couprat,--no renuncio a nuestro parentesco. Mucho ms, cuanto que si se buscase bien, se encontraran matrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle. Pusmonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareci que siempre nos habamos visto, conocido y querido. Senta esa extraa impresin, que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, ha pasado ya en una poca remota, tan remota, que no se ha guardado de ello ms que un recuerdo vago y casi desvanecido. Pero por ms que en mi mente pasaba revista a todos los hroes de novela que conoca, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevo hroe. Era gordo, no haba la menor duda, pero tan bueno, tan alegre, tan gracioso, que pronto este defecto fsico se transform a mi vista en una cualidad trascendental. Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos mis imaginarios hroes. A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados, radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yo adoraba mentalmente como un tesoro de cualidades. Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia, y como se acercaba la hora de comer, mi ta invit a Pablo de Couprat a compartir nuestra mesa. Inmediatamente declar que tena una hambre de canbal y acept con un desenfado que me encant. Me esquiv un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana. --Susana--dije entrando con agitacin en la cocina,--el seor de Couprat come con nosotros. Tenemos algn pollo gordo, leche, fresas, cerezas? --Ah, Seor! cunta cosa!--refunfu Susana;--hay lo que hay y nada ms. --Has dicho una gran verdad, Susana; pero contstame. Un capn ser bastante? --No es un capn, seorita, es un pavo; mire usted. Y Susana, con un sensible mpetu de orgullo, abri el asador y me hizo admirar el ave que bien cebada por sus cuidados y los de Petrilla, pesaba por lo menos doce libras. La piel dorada levantbase de trecho en trecho, probando as la delicadeza y blandura de la carne que cubra, y ofreca a mis ojos un satisfactorio espectculo. --Bravo!--dije yo.--Pero Susana habr resultado bien la cuajada? Hay mucha? Y, mira, sazona bien la ensalada! --Tengo costumbre de hacer bien cuanto hago, seorita. Por otra parte ese seor no es ni un prncipe ni un emperador, segn pienso. Es un hombre como otro cualquiera y se conformar con lo que le den. --Susana, un hombre como otro cualquiera!--exclam indignada.--Entonces no lo has visto? --Ya lo creo que lo he visto, seorita, y hasta puedo afirmar que lo he odo. Acaso le es permitido a ningn cristiano aporrear de ese modo la puerta de una casa decente? Con todo, enamoriscaos de l si queris, que a m... Abr la boca para contestarle agriamente, pero contvome la prudencia, pues pens que por vengarse y contrariarme, era muy capaz Susana de chamuscar el pavo. Poco tiempo despus pasamos al comedor, y no pude menos que echar una mirada desolada sobre los tapices sucios y usados que caan en jirones. Y luego Susana tena un modo tan original de tender la mesa! Tres saleros a guisa de centro de mesa campeaban en medio del mantel, los cubiertos estaban colocados con descuido, las botellas en fila una tras otra, mientras que el nico botelln del agua hallbase colocado de tal modo que cada comensal tena seguramente que dislocarse para alcanzarlo, puesto que la mesa era enormemente ancha. Esa fue la primera vez que tuve en mi vida la conviccin de que el fantstico gusto de Susana violaba todas las leyes de la simetra. Pero el seor de Couprat tena uno de esos caracteres felices, que saben tomar todas las cosas por el lado mejor. Y adems posea la facultad de adaptarse al medio en que se hallaba. Inspeccion la mesa con aire alegre, tom la sopa sin cesar de hablar, felicit a Susana por su cocina y lanz verdaderos gritos de jbilo a la aparicin del pavo. --Es preciso convenir, seor cura--dijo,--que la vida es una dulce invencin y que Herclito era un estpido de marca mayor. --No hablemos mal de los filsofos--respondi el cura,--suelen tener algo bueno. --Usted es, seor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, si fuera gobierno, soltara a los locos y en su lugar encerrara a los filsofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para que as pudieran devorarse mejor. --Quin es Herclito?--pregunt mi ta. --Un imbcil, seora, que pasaba su tiempo en lloriquear. Puede darse Dios mo! una cosa ms ridcula? Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad... --Tal vez--insinu yo,--viviera con varias tas, y eso le habra agriado el carcter. El seor de Couprat se detuvo sorprendido y estall luego en una carcajada. El cura abri tamaos ojos, pero mi ta, en brega con el pavo, al que trinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oy. --La historia, primita, no dice nada al respecto. --En todo caso--continu yo,--libraos de atacar a los antiguos; el seor cura os arrancara los ojos. --Cunto me han hecho rabiar esos bandidos! Slo he guardado de ellos un recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado. --Permitid--dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla a sus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en mi opinin,--permitid; no podis negar algunas bellas virtudes, algunos actos heroicos que... --Ilusiones, ilusiones!--interrumpi Pablo de Couprat. Eran unos pilletes insoportables, pero hoy que estn muertos se les atava con increbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemos ms que ellos. Dios mo, qu ave ms esplndida! Y hablando sin cesar, coma con apetito y entusiasmo sin iguales. Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecan con una tan notable velocidad, que lleg un momento en el que mi ta, el cura y yo quedamos con el tenedor en el aire, contemplndole con honda admiracin. --Ya os haba prevenido--nos dijo riendo,--que tena una hambre de canbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por ao. --Cunto dinero debis gastar en comer!--exclam mi ta que tena la habilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que no deba decirse. --Veintitrs mil trescientos setenta y siete francos, seora--respondi con toda seriedad mi nuevo primo. --No es posible! murmur mi ta, estupefacta. --Parece que sois completamente feliz--le dijo el cura restregndose las manos. --Si soy feliz, seor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente, veamos, el ser desgraciado acaso es natural? --Algunas veces--respondi sonriendo el cura. --Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces, porque entienden la vida al revs. La desgracia no existe; lo que existe es la tontera humana. --Pues he ah una desgracia. --Bastante negativa, seor cura, y no porque mi vecino sea tonto he de deducir que se le deba imitar. --Os gustan las paradojas verdad? --No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causa de una enfermiza imaginacin. Me parece que esas personas no comen lo suficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y que descomponen el cerebro al mismo tiempo que el estmago. Amo la vida y pienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene ms que un defecto: el de acabarse tan pronto. El pavo, la ensalada y la cuajada, todo haba sido devorado, y mi ta miraba con expresin poco risuea la osamenta del voltil con la que haba contado para banquetear durante algunos das. bamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabri la puerta Susana y metiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia: --He hecho caf; lo traigo? --Quin te ha mandado...--comenz mi ta. --S, s--dije interrumpindola con vehemencia,--traelo en seguida. Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi ta no comparta mi opinin. Desapareci para ir a reir a Susana y slo la volvimos a ver en la sala. --Tenis una excelente cocinera, prima ma,--dijo Pablo de Couprat, paladeando su caf. --S, pero tan rezongona... --Eso no es ms que un detalle... --Y qu os parece mi ta?--le pregunt en tono confidencial. --Pero... bastante majestuosa--respondi de Couprat, algo en aprieto. --Ah, majestuosa!... queris decir... desagradable? --Reina!--murmur el cura. --Bueno. Hablemos de otra cosa, seor cura; pero la verdad es que yo quisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenas cualidades de mi ta. --Tened un poco de filosofa prctica, primita; eso es una slida base de felicidad, y la nica filosofa que me parece que tenga sentido comn. --Qu lstima que no seis mi ta! Cmo nos querramos! --En cunto a eso respondo de ello!--exclam riendo,--y no tendramos necesidad de filosofar para alcanzar tal resultado. Pero si os es lo mismo, preferira no cambiar de sexo y ser vuestro to. --No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo por las mujeres una acentuada antipata. --De veras?--pregunt riendo,--conocis los gustos de Francisco I? Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contest con una expresiva guiada, como dicindole: --No os asustis; ya comprendo. Esta pantomima me atac los nervios e hice un violento esfuerzo para interpretar su oculta significacin. --A propsito de to--dije luego--conocis mucho al seor de Pavol? --S, bastante; mi propiedad dista slo una legua de la suya. --Y qu tal es su hija? --Jugu a menudo con ella, mientras fuimos nios; pero desde hace cuatro aos la he perdido de vista. Dicen que es muy linda. --Cunto me gustara estar en Pavol!--exclam.--Nos veramos con frecuencia. --Quin sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocierais ms. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepcin de una gran pasin por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas, no s que tenga el ms mnimo vicio. --Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detesto las personas feas, a mi ta, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a una mujer bonita, no es cosa muy halagea para esta ltima, primo mo. --Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada. --Os lo perdono--le dije con vivacidad.--Segn eso, me hallis linda? Haca por lo menos dos horas que yo me deca en mi foro interno, que era preciso no dejar escapar la ocasin de aclarar, por medio de una opinin neta y competente, un asunto de tanto inters para m. Desde el principio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mi pregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero eso de orse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que no sea cura, que una es linda, vamos! eso es verdaderamente delicioso. --Linda, prima ma? Si sois encantadora! Nunca he visto ni ms bellos ojos ni boca ms bonita. --Qu dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mi ta. --Qu vuestra seora ta no ama a los hombres? La verdad es que ya pas para ella la edad de la coquetera. --La coquetera... Jams se me habla de eso. Os parece que se debe ser coqueta? --Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en el buen sentido de la palabra. --Vos no me habis enseado eso, seor cura--exclam. El desdichado cura pasaba durante esta conversacin por un adelanto de las penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragaba su caf, que le saba a amargura. --El seor de Couprat se burla de ti. --Es cierto eso, primo? --De ninguna manera--respondi Pablo, que pareca que se diverta grandemente.--Segn mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta no es una mujer. --Pues entonces tratar de serlo. --Seorita de Lavalle--dijo el cura levantndose,--pasemos al saln. --Bah!--pens,--ya est enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nada malo. La lluvia haba cesado, las nubes se haban dispersado e invit a Pablo a dar un paseo por el jardn. Y htenos escapados sin pedir permiso, seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lgubres pensando que su querida ovejita estaba en vas de descarrilarse. Corramos como nios por entre las hierbas hmedas, empapndonos los pies y las piernas y riendo a carcajadas. Conversbamos y charlbamos; sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mis pequeas tristezas, mis ensueos y mis antipatas. Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa! De Couprat trep a un cerezo, y el rbol violentamente sacudido dej caer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, y de lo alto de las ramas, exclam que las gotas de agua brillaban en mis hermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida haba visto nada ms lindo. --Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera--me deca yo,--cmo es posible ser tan tonta? Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos. Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamente nuestra conversacin. Mi ta asombrada de mi audacia y de la libertad y alegra que irradiaba en mis ojos, no deca nada. El cura, aunque arrobado vindome contenta, no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidase terciar entre nosotros. Qu velada tan agradable! Por ltimo, de Couprat levantose para despedirse y le acompaamos hasta el patio. Salud afectuosamente al cura y dio las gracias a mi ta; luego acercose a mi, me tom la mano y me dijo en voz baja: --Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima ma. --Y yo?... Pero volveris no es cierto? --Seguramente, y dentro de poco, segn espero. Aproxim mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humana tenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me caus un placer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropia de... Dios mo, lo dir! S, tuve la idea (que no ejecut) de arrojarme a su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi ta, y a pesar del cura que nos vigilaba como un dragn de nueva especie, como un excelente dragn regordete y bondadoso. VII. Despus de la partida del seor de Couprat viv varios das en una especie de beatitud que me sera difcil describir. Experimentaba mltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, pues fue este ltimo ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresar una cantidad de sensaciones. Despus que haba saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, y mirando al cielo discurra sobre una cantidad de cosas sin pensar absolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual el alma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soadora semejante al sueo, a pesar de que est bien despierta, me ha dejado un dulcsimo recuerdo. Tan es as, que de esa poca data mi pasin por la bveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna de hermanarse a mis pensamientos, sean stos tristes o alegres, serios o frvolos. Despus de permitir a mi imaginacin que se extraviara por senderos sombros, tanto, que galopaba a tropezones, dejbala volver a la luz y contemplar al seor de Couprat. Rea al recuerdo de su franca fisonoma, de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagbame el beso que haba estampado en mi mano y senta una alegra real, pensando en que si hubiera seguido mi impulso le habra besado las mejillas. Permanec largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensaciones hasta que lleg un da en que me pregunt por qu razn pasaba mi alma por tan diversas fases? Pero en llegando a este delicadsimo problema, comenzaba mi imaginacin a entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tan vaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensar directamente en una boca que me haba gustado, en unos ojos que me haban sonredo y en una expresin de fisonoma que haba decidido no olvidar jams. Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento de reposo, y a poco recaa en poder de ellas. Y as discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de comparar ciertas impresiones mas con otras de las de mis heronas preferidas, vi hacerse la luz sobre un importante punto. Descubr que estaba enamorada y que el amor es la cosa ms encantadora del mundo. Este descubrimiento me colm de la mayor alegra. Ante todo, porque vea embellecerse mi vida con un encanto, que no dejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramente correspondida. En efecto, amaba al seor de Couprat porque me haba parecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debi producir en su corazn el mismo sentimiento, puesto que l me hallaba encantadora. Mi lgica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a ms y por consiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz. Un descubrimiento trae otro, as es que llegu a pensar que podra muy bien la caridad no desempear ms que un papel muy secundario en la simpata de Francisco I por las mujeres en general y en particular por Ana de Pisseleu; que el amor no se pareca al cario, puesto que yo quera mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientras que no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo de Couprat, y por ltimo, que era ridculo emplear subterfugios y tonos misteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no haba ni sombra de mal. --Un cura--pensaba yo,--debe tener sobre el amor ideas errneas y extraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sin embargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, y tengo que saberlo. Exista tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeosas prevenciones a cerca de la opinin de mi cura, resolv dilucidar con l este escabroso asunto. El pobre cura comprenda perfectamente, que mi espritu se hallaba en una inmensa confusin, pero tena bastante talento y buen sentido para no aparecer dando importancia a impresiones que con slo la provocacin de una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraerme por todos los medios a su alcance y dndose el trabajo de venir todos los das al Zarzal, prolongaba indefinidamente la leccin. Estbamos sentados junto a la ventana. Mi ta, enferma desde algn tiempo, permaneca en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura se afanaba en explicarme mis problemas. --Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, y aqu, dados 2/5 multiplicados por... --Seor cura, a que no adivinis cul es la cosa ms arrobadora que hay sobre la tierra? --No, Reina, qu cosa? --El amor, seor cura. --De qu estis hablando hija ma?--exclam inquieto el buen anciano. --Oh! de algo que conozco perfectamente--respond, sacudiendo la cabeza con aire de suficiencia.--Lo que no me explic es por qu no me habis hablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los das. --He ah el efecto de las novelas, seorita; toma usted a lo serio cosas que son puramente imaginarias. --Qu mal hacis en hablar contra vuestra conviccin; bien sabis que se ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora! --Ese es un asunto que no atae a las jvenes, Reina, y no debis hablar de l. --Qu no atae a las jvenes? Y son ellas las que aman y son amadas! --Desgraciado de mi--exclam el cura,--que tengo que habrmelas con semejante cabeza. --No hablis mal de mi cabeza, seor cura; la quiero mucho, sobre todo, desde que el seor de Couprat la ha hallado tan bonita. --El seor de Couprat se ha redo de ti, Reina. Est segura que te ha tomado por una chiquilina sin importancia. --Nada de eso--repliqu ofendida,--nada de eso, puesto que me ha besado la mano. Y sabis qu se me ocurri en ese momento? --Vamos a ver--respondi el cura que estaba como sobre espinas. --Pues estuve a punto de saltarle al cuello. --Qu tontera! No se salta al cuello de nadie que no se conoce. --Ya s, ya s, pero l... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, no se me hubiera ocurrido eso. --Por qu, Reina! Ests diciendo sandeces. --Oh! porque... Sigui una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo de reojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rap para disimular y tomar una actitud que fuera conveniente. --Mi buen cura--le dije con voz insinuante,--si fueseis tan amable como... --Qu ms, Reina? --Digo... os hara algunas preguntitas ms sobre ciertos temas que me andan por la mente. Arrellanose el cura en su silln como hombre que toma sbitamente una gran resolucin. --Bueno, Reina; te escucho. Ms vale que hablemos franca y abiertamente de lo que te preocupa que no que andes quebrndote la cabeza con divagaciones. --Yo no me quiebro nada, seor cura, y no divago; nicamente pienso mucho en el amor porque... --Por qu? --No, nada. Ante todo, decidme por qu si vos me besarais la mano, lo hallara ridculo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero con todo mi corazn, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando se trata del seor de Couprat? --Cmo, cmo? Qu dices Reina? --Digo que me ha sido muy agradable el que el seor de Couprat besara mi mano, mientras que si fuerais vos... --Pero, hija ma, tu pregunta es absurda, y la impresin de que hablas nada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella. --Oh! esa no es mi opinin. Pienso a menudo en ello y he aqu lo que llevo descubierto; si la accin del seor de Couprat me ha sido grata, es porque es joven y podra ser mi marido, mientras que vos sois viejo, y luego un cura no se puede casar nunca. --S, s--respondi maquinalmente el cura. --Porque siempre se quiere a su marido verdad? --Sin duda alguna, sin duda. --Bueno. Ahora, seor cura, decidme si se da el caso de que los hombres amen a varias mujeres. --Yo no s eso--repsome fastidiado el cura. --S, s, debis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otra mujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu y era casado. --Francisco I era un perdido--exclam el cura exasperado,--y ese Buckingham, a quien quieres tanto, era otro. --Cada cual tiene su carcter--respondle,--y no s por qu se les hara un crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la seora de Buckingham, pareceranse sin duda a mi ta. Por otra parte he descubierto que no se gobierna al corazn, y ellos no podran dejar de amar, como yo no... --Qu, Reina? --Nada, seor cura. Lo que yo temo es tener una inclinacin a los perdidos, porque Buckingham es lo ms interesante... --Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado de hacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido intil. --Escuchad, seor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y hay tanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extrao--continu como soando.--Por ltimo, explicadme por qu el amor excita vuestra indignacin? --Basta, Reina--dijo el cura fuera de s.--Tienes un modo de formular las preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: hay temas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porque eres demasiado joven. Coloc el cura su sombrero bajo el brazo y se alej. Corr sobre sus pasos y le grit desde la puerta: --Podis decir todo cuanto queris, pero conozco bien el amor; es lo ms encantador que hay en el mundo! Viva el amor! En dos das no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberle fastidiado tanto, y el tercer da me encamin hacia la casa parroquial, para disculparme. Le hall en la cocina, frente a un frugal desayuno al que haca los honores con tantos bros como apetito. --Seor cura--le dije en tono relativamente humilde,--estis enojado? --Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca. --Os prometo seor cura, no volver a hablar ms del amor. --Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes. --Oh! que no comprendo...--exclam yo, estallando inmediatamente,--en cuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierra sostendr que... --Bah!--exclam desalentado el cura,--ya has faltado a tu promesa de hace un momento. --Es cierto, seor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada de todo esto. --Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego ir a darte leccin, hijita. As termin la discusin ms grave que he sostenido con mi cura. Entretanto pasaban los das y los das y como Pablo de Couprat no volviera, mi sistema nervioso se conmovi y dio muestras de una irritabilidad de mal augurio. Un mes despus de mi memorable aventura haba perdido todas mis esperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hasto llegu a una sombra tristeza. Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi ta y cuando sta le ech de casa. Sentada bajo la ventana del jardn, pude escuchar la siguiente conversacin: --Seora--dijo el cura, vengo a hablaros de Reina. --Sobre? --La nia se aburre, seora. La visita del seor de Couprat ha abierto a su espritu horizontes nuevos, que ya haban clareado con la lectura de algunas novelas. Le hace falta distraccin. --Distraccin! Y dnde queris que halle yo eso? No me puedo mover: estoy enferma. --Por eso, seora, no cuento con usted para distraerla. Es necesario escribir al seor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casa durante algn tiempo. --Escribir al seor de Pavol! No por cierto. Despus la chica no querra volver aqu. --Es probable, pero esa es una consideracin de segundo orden, de la que nos ocuparemos ms tarde. Luego, Reina est llamada a vivir en sociedad hoy o maana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y vea muchas cosas de las que no tiene la menor idea. --No soy de esa opinin, seor cura. Reina, no saldr de aqu. --Pero, seora--replic el cura que se acaloraba,--os repito, que es urgente. Reina est triste, su imaginacin es rpida y cavila mucho, estoy cierto que se cree enamorada del seor de Couprat. --Poco me importa eso--repuso mi ta, que era incapaz de comprender las razones del cura. --Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, seora, y es exactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace dao a Reina, y algunas distracciones le harn olvidar lo que al fin de cuentas no es ms que una niera. --Qu ideas ms extravagantes tiene un cura!--pens yo.--Tratar de niera una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algn da al seor de Couprat. --Seor cura--contest mi ta, con su voz ms spera,--ocupaos de lo que os concierne, que yo proceder a mi gusto, no al vuestro. --Seora, quiero a esta nia con todo mi corazn, y no puedo permitir que sufra--replic el cura con una entonacin que no le conoca. Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menor distraccin, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en la ignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Le repito que es preciso escribir al seor de Pavol. --Esto es demasiado--exclam mi ta, furiosa;--no soy yo el ama en mi casa? Salid, seor cura, y no volvis a poner los pies aqu. --Muy bien, seora; ahora s lo que debo hacer, y veo claramente que si no he tomado antes una determinacin, ha sido por el placer egosta de ver constantemente a mi Reinita. El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada. --Pero es posible, seor cura?... Echado a la calle por m... Qu va a ser de nosotros, si no nos vemos ms? --Qu has odo la discusin, hijita? --S, s, como que estaba junto a la ventana. Ah, qu mujer! qu... --Vamos, vamos, Reina, un poco de calma--prosigui el cura que estaba tembloroso y encendido.--Esta misma noche escribir a tu to. --Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga a buscarme en seguida. --Espermoslo--respondi al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad y con tristeza. Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al seor de Pavol esa misma noche, y al da siguiente, mi ta que luchaba desde algunas semanas con sus achaques, cay gravemente enferma. Cinco das despus, la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de mi existencia. VIII. Inmediatamente de la muerte de mi ta, que no me llam ni una sola vez durante su enfermedad, y a quien cuid con abnegacin Susana, me refugi en la casa parroquial. El cura haba escrito al seor de Pavol para notificarle que la seora de Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tan rpidos, que mi to recibi el despacho que le anunciaba el desenlace fatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nos telegrafi, en seguida, participndonos que no le era posible asistir al entierro. Al otro da recibimos una carta en la que deca, que no del todo repuesto despus de un ataque de gota, le era imposible trasladarse al Zarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos das ms tarde a C***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir a recibirme all. Mi ta fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y parti para el otro mundo sin gran cortejo de simpatas. Yo volv del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco de tristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reproches de mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza y en mi corazn. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de un hombre clebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamado en un soberbio arranque de misantropa: --No s lo que pasa en el corazn de un degradado, mas conozco el de una nia decente, y lo que veo me espanta. Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme de ella para satisfacer a los manes de mi ta. Mi to haba sealado para mi partida el 10 de Agosto; estbamos a 8 y pas esos dos das con el cura, cuya bondadosa fisonoma se demudaba de hora en hora ante la idea de nuestra separacin. El martes por la maana, hizome preparar un buen almuerzo, y nos instalamos por ltima vez, el uno frente al otro, con intencin de reponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfo contener el llanto. El pobre cura haba pasado una noche de insomnio. Estaba demasiado triste para poder dormir y por otra parte como no le era posible acompaarme hasta C***, haba escrito esa noche a mi to una carta de diez y siete carillas en la que, segn supe despus, le enumeraba todas mis cualidades pequeas, grandes y medianas. Los defectos brillaban por su ausencia. --Mi hijita querida--me dijo despus de un largo silencio,--no te olvidars de tu viejo cura? --Jams, jams--respondile con vehemencia. --No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfa de tu imaginacin, Reinita. Comprola a una hermosa llama que alumbra y vivifica una inteligencia cuando se la alimenta con discrecin; pero si se le da mucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y los incendios no dejan tras de s ms que escorias y cenizas. --Tratar, seor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguro que me gustan mucho las fogatas. --Pues cuidado con el incendio! No juguemos con el fuego, Reinita! --Nada ms que una fogatita, seor cura; si es de lo ms lindo que puede darse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fra sobre el fuego... --Mas, dnde encontrars el agua fra, mi hijita? --Ah! todava lo ignoro, pero puede que lo sepa algn da. --Quiera Dios, que no sea as--exclam el cura.--El agua fra, mi hijita querida, son los desengaos y los pesares, y rogar da a da, ardientemente, para que sean alejados de tu senda. Asaltbame el llanto oyendo hablar as al cura, y beb un gran vaso de agua para calmar mi emocin. --Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muy marcado por la coquetera. --S, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,--me dijo el cura con su bondadosa sonrisa;--pero no es bueno abusar, Reina. Por otra parte el trato social te ensear a equilibrar tus sentimientos, sin contar con que tu to te sabr guiar bien. --Qu cosa hermosa debe ser la sociedad, seor cura! Estoy cierta de que agradar, siendo tan linda... --Sin duda, s, sin duda, pero desconfa de los cumplimientos exagerados y de la vanidad. --Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello. --Hum! he ah una moral de manga algo ancha respondi el cura revolvindose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tu edad, y a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar con el Eclesiasts: Todo es vanidad y nada ms que vanidad! --Qu exagerado es ese Eclesiasts! Y luego es tan viejo. Se me ocurre que sus ideas han de andar fuera de moda. --Vamos, vamos, callmonos. Bien s que las Santas Escrituras y los pensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos por una seorita joven y linda y bastante enamorada de s misma. Y me mir sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba la hora de la partida. --Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina. --Pero, seor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse. --Cierto es--respondi el cura, que con la preocupacin perda la cabeza.--Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfres. Nos levantamos de la mesa despus de haber hecho infructuosos esfuerzos para mascullar algunas migas de pan y pastel. --Ah!, cunto siento--exclam, estallando en sollozos,--cunto siento dejaros, mi querido cura! --No lloremos, no lloremos; es absurdo--dijo el cura, sin darse cuenta que por sus mejillas rodaban dos lagrimones. --Ah! seor cura--continu yo, presa de un repentino remordimiento, cmo os he hecho enojar! --No, no; has sido la alegra de mi vida, toda mi felicidad. --Qu va a ser de vos sin mi, mi pobre cura? No respondi. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza y logr dominar la emocin que oprima su garganta y que estuvo prxima a reventar en sollozos. El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala deba acompaarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi to. Conducanos el arrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permaneca provisionalmente al cuidado del Zarzal. Orden a Juan que marchara, y el cura y yo seguimos detrs a pie, por un buen trecho, con el objeto de estar juntos un poco ms. --Os escribir todos los das, seor cura. --No te pido tanto, hijita ma: Escrbeme solamente una vez por mes; pero con toda intimidad. --Os escribir todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor. --Veremos--replic el cura con sonrisa incrdula.--Hars una vida tan nueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tu exactitud. Juan haba detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir. Llorando con toda mi alma tom las manos del cura y exclam: --Seor cura, la vida tiene momentos bastante malos. --Eso pasar, pasar--respondi con voz entrecortada.--Adis, mi hijita querida; no me olvides y precvete, precvete... Y me ayud a subir precipitadamente al carromato. Coloqueme en el antiguo sitio de mi ta, aplastado de un lado por un bal sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componan mi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas. --Adis, mi cura, adis mi viejo cura!--exclam. Hizo un gesto carioso y se volvi rpidamente. Vile, a travs de mis lgrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, prueba irrecusable de que se encontraba su nimo no solamente en la ms violenta agitacin, sino completamente trastornado. Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgu a propsito seguir el consejo de Petrilla, que me repeta en todos los tonos: --Es preciso ser razonable, seorita, es preciso ser razonable. Met mi pauelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar. Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. Quin habra dicho, quince das antes, que mis sueos se realizaran tan pronto, y que iba a ver tan pronto al seor de Couprat? Esta halagadora idea, dispers las ltimas nubes que obscurecan mi nimo, y pens en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de la vida y en el talento que tienen las tas cuando se van al otro mundo. Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi to. Preocupbame mucho de la impresin que iba a producirle, pues tena perfecta conciencia de que el vestido negro y el original sombrero con que me haba ataviado Susana, eran muy ridculos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderas torturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespn que databa de la muerte del seor de Lavalle, tena el aspecto de una galleta elegida por las babosas para teatro de sus correras. Evidentemente me afeaba, y como tal idea no era soportable, me lo quit de la cabeza, hice de l un envoltijo y me lo ech al bolsillo, cuya amplitud y profundidad hacan honor al talento prctico de Susana. Atormentbame tambin el temor de parecer estpida, pues bien saba yo que muchas cosas que pareceran naturales para todo el mundo, seran para mi un manantial de sorpresas y admiraciones. As es que resolv, para no poner en riesgo de burla mi amor propio, disimular cuidadosamente mis asombros. Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y me crea an muy lejos de C*** cuando nos hallbamos en sus puertas. Nos dirigimos directamente a la estacin, atravesando la ciudad con toda la rapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo. Como mi to, no era ni corpulento ni delgado, habamelo figurado alto y enjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extraeza, cuando vi un hombrecillo de andar pesado acercarse al carricoche y exclamar: --Buen da, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido que esperar. Diome la mano para bajar del coche, y me bes cordialmente, tras de lo cual, midindome de pies a cabeza me dijo: --No ms alta que una elfa, pero terriblemente linda. --Es tambin mi opinin, mi to,--djele bajando los ojos con modestia. --Ah esa es tu opinin! --Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aqu tenis una carta que me ha dado el cura para vos, mi to. --Y porqu no ha venido? --No poda: algunas ceremonias religiosas le retenan en su parroquia. --Lo siento; me hubiera alegrado mucho vindole. No tienes sombrero, sobrina? --S, to; est en mi bolsillo. --En tu bolsillo? Y porqu? --Porque es espantoso. --Buena razn! A quin se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo? No se viaja sin sombrero, hijita. Pntelo pronto, en tanto que yo hago registrar tu equipaje. Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqu el sombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo era muy poco higinico para tal producto de la industria humana. Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla. --Ah, seorita--djome Petrilla,--siento tanto dejaros, como sentira si dejase la mejor de mis vacas. --Mil gracias!--repsele entre risa y lloro. Besmonos y adis. Bes las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, segn me temo, algn patn de dulce charla haba depositado ya algunos besos furtivos y sonoros. --Adis, Juan! --Hasta la vista seorita--dijo Juan, riendo estpidamente, lo que es un modo de demostrar emocin como cualquier otro. Pocos minutos despus, hallbame en el tren, sentada frente a mi to, completamente desorientada y aturdida por el movimiento del trfico y por la novedad de mi posicin. As que me repuse algo, examin al seor de Pavol. Mi to, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manos gruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofreca a primera vista un aspecto aristocrtico. No hablaba mucho y siempre hacalo con lentitud. Complacase a veces en usar expresiones enrgicas que producan un efecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No tena ms de sesenta aos; sin embargo, como era vctima de frecuentes ataques de gota, su nimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento fsico. Mas, si no tena ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por un movimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existen entre la irona, la astucia y la burla franca o solapada, y he visto gente pulverizada por mi to antes de que sus labios pronunciaran la palabra. No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tan pronto un estudio profundo del seor de Pavol, pero le observaba con el mayor inters. l, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre mi una mirada de observacin, mientras lea la carta que yo le haba trado, como para comprobar que mi fisonoma no contradeca los datos del cura. --Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, me encuentras tal vez buen mozo? --De ningn modo. Mi to hizo una ligera mueca. --Eso es franqueza, o yo no entiendo jota. Y por qu ests tan plida? --Porque me muero de miedo, to. --Miedo, y de qu? --Marchamos tan rpidamente. Es espantoso! --Comprendo; es la primera vez que viajas. Tranquilzate, no hay ningn peligro. --Y mi prima, to, est en el Pavol? --Por cierto, y est muy deseosa de conocerte. Dirigiome mi to algunas preguntas acerca de mi ta, y de mi vida en el Zarzal; luego tom un diario y no abri la boca hasta llegar a V***. Subimos entonces en un land tirado por dos caballos, que deba conducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groseros de mi equipaje, los que, entre parntesis, me tenan vejada con la triste figura que hacan en tan elegante vehculo. Apenas instalada en l, me dio mi to una bolsa de golosinas para confortarme, y se sumi en la lectura de un nuevo diario. Esta manera de conducirse comenz a fastidiarme. A ms de que no es de mi carcter el poder permanecer callada mucho tiempo, tena una gran cantidad de preguntas que satisfacer. De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruaje hermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio. --To--le dije,--si quisierais no leer ms, podramos conversar un poco. --Con mucho gusto, sobrina--respondi mi to doblando inmediatamente su diario.--Cre serte grato dejndote entregada a tus pensamientos. De qu vamos a disertar? De la cuestin de Oriente, de economa poltica, de trajes de muecas o de las costumbres de los cafres? --Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres, creo, to, que s tanto como vos. --Es muy posible--replic el seor de Pavol, sorprendido de mi aplomo.--Pues bien, elige tema. --Decidme, to, no sois algo impo? --Eh! qu diablo dices, sobrina? --Os pregunto, to, si no sois algo hereje y tarambana. --Te burlas de mi? exclam mi to. --No os enojis, mi to; comienzo un estudio de costumbres ms interesante que el de los cafres. Quiero saber si mi ta tena razn al decir que todos los hombres eran unos herejes. --Que, le faltaba el sentido comn? --Tuvo mucho el da que se fue al otro mundo; pero fue la nica vez--respond con calma. El seor de Pavol me mir con evidente sorpresa. --Ah, sobrina! Tienes una claridad para expresarte! Qu, no te llevabas bien con la seora de Lavalle? --Cabal. Me era muy antiptica y me ha pegado ms de una vez. Preguntdselo al cura, a quien ech a la calle porque me defenda. Y cmo es posible, to, que me hayis dejado tanto tiempo con ella? Era una mujer de baja estofa, y vos no la querais mucho que digamos. --Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y me felicit de que mi cuada se hubiera querido encargar de t. Te volv a ver cuando tenas seis aos; te encontr entonces alegre, y bien tratada y despus, a fe, casi, casi te olvid; lo que siento profundamente hoy, puesto que no eras feliz. --Me tendris siempre a vuestro lado, desde ahora, to? --S, por cierto--respondi el seor de Pavol, con vivacidad. --Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casar pronto. --Te casars pronto! Cmo es eso? tienes an la leche en los labios y hablas de casarte. Las jvenes del da tienen furia por casarse. --Que mi prima no es de mis mismas ideas? --S--respondi mi to, algo ceudo. --Tanto mejor--dije restregndome las manos.--Y mi prima es alta? --Alta y linda--respondi complacido el seor de Pavol,--una diosa en carne y hueso y la alegra de mis ojos. De aqu a un instante te convencers de ello, pues ya llegamos. En efecto, entrbamos a una gran calle de olmos que conduca al castillo. Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata. Me recibi en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorga una gracia a un sbdito. --Dios mo, qu hermosa sois!--le dije, contemplndola con sorpresa. Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi prima se impona y no poda ser discutida. No gustaba siempre, porque su fisonoma era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos la admiraban, veanse obligados a decir con mi to: Es terriblemente linda. Tena cabellos castaos, que le nacan desde el borde de la frente; un perfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules con pestaas obscuras y bien trazadas cejas. De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado ms de diez y ocho aos, si su boca, a pesar de un arco algo desdeoso que amenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenido movimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo al descuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del seor de Pavol dijo en broma un da que a los veinticinco aos se parecera rasgo a rasgo a Juno; el nombre le qued. Mi admiracin por mi esplndida prima se troc en verdadera pasin y mi to se diverta con mi encariamiento y mi entusiasmo. --No has visto nunca mujeres lindas, sobrina? --No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto. --Podas mirarte al espejo, Reina; el seor de Couprat te haba dicho que eras linda. --Pablo de Couprat?--exclam. --Cierto--dijo mi to,--me he olvidado hablarte de l. Parece que se guareci en el Zarzal un da de tormenta. --Bien lo recuerdo--respond ruborizndome. --Vendr a almorzar el lunes, Blanca? --S, pap, el comandante ha escrito aceptando la invitacin. Quin te ha vestido as, Reina? --Susana, una reduccin de mi ta en cuestin de mal gusto y estupidez--contest con fastidio. --Desde maana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten, sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la seora de Lavalle. No la queras, pero ha muerto: descanse en paz! Vamos a comer; en seguida Juno te acompaar a tus habitaciones. Una parte de la noche, me la pas en la ventana, soando deliciosamente, y contemplando las masas sombras de los elevados rboles de aquel Pavol, donde yo deba rer, llorar, divertirme, desolarme y ver cumplirse mi destino. Me sent tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdos ms que un punto imperceptible. IX. Mas, suplico que no se me crea de corazn liviano e inconstante, porque este olvido fue solamente momentneo y tres das despus de mi llegada al Pavol, escriba a mi cura la siguiente carta: Mi querido cura: Tengo tantas cosas que deciros, tantos descubrimientos que participaros, tantas confidencias que haceros, que no s por dnde empezar. Figuraos que aqu es el cielo ms lindo que en el Zarzal, que los rboles son ms altos, las flores ms frescas, que todo es risueo, que un to es una feliz invencin de la naturaleza, y que mi prima es bella como una hada. Por ms que me digis, me riis y me prediquis, mi querido cura, no me quitaris de la cabeza que si Francisco I amaba mujeres tan lindas como Blanca de Pavol, tena por cierto, mucho juicio. Vos mismo, seor cura, os enamorarais de ella, si la vierais. Sin embargo, os declaro, sus modales de reina me intimidan algo, a mi, a quien nada intimida. Y luego es alta... me hubiera gustado mucho ms que fuera baja... me hubiese consolado. No os hablar de mi to, porque s que lo conocis, pero me parece desde luego que lo voy a querer mucho y l lo mismo a m. Es una gran dicha tener linda cara, seor cura, mucho mayor de lo que vos me decais; se agrada a todo el mundo. Cuando sea abuela, les contar a mis nietecillos, que se fue el primer descubrimiento delicioso que hice al entrar a la vida. Pero de aqu a all, hay tiempo. Aunque mi vida sea aqu una continua sorpresa, ya estoy, con todo, bastante acostumbrada al Pavol y al lujo que me rodea. Sin embargo, muchas veces lanzara exclamaciones de asombro si no me retuviera el miedo de quedar en ridculo; oculto mis impresiones, pero a vos, querido cura, bien puedo deciros que a menudo me sorprendo y embeleso. Anteayer fuimos a V*** para comprarme un ajuar, puesto que los trabajos de Susana son decididamente unas atrocidades. No nos hagamos ilusiones, mi pobre cura; a pesar de vuestra admiracin por ciertos vestidos mos, he llegado aqu hecha un mamarracho, un mamarracho horrible. Cun agradable cosa es una ciudad! Me he extasiado y maravillado ante las calles, las tiendas, las casas, las iglesias, y Blanca se ha redo de mi, porque ella llama a V*** una bicoca. Qu dira del Zarzal! Despus de una sesin de tres horas en casa de la modista, mi prima, que es muy devota, se fue a confesar; mientras yo acompaada de la sirvienta hice algunas compras. Mi to habame dado dinero para que lo gastara en cosas tiles y prcticas; pero querris creer que no s darme cuenta de lo til ni de lo prctico? Empec por entrar a una confitera y llenarme de masas y pastelillos; humildemente acsome. Mi cura: tengo una gran pasin por las masas y los pastelillos. Entregada estaba a este ejercicio tan agradable como provechoso (con lo que estaris de acuerdo, porque al fin y al cabo, tenemos obligacin de alimentar este cuerpo de barro), cuando not en una tienda de enfrente unos objetos muy bonitos. Atraves en seguida y me compr cuarenta y dos hombrecillos de terracota: todos los que haba en la casa. Despus de tal compra, no slo no me qued un cntimo, sino que me haba endeudado; pero qu importa? puesto que soy rica. Mi prima ri mucho; pero mi to me reprendi. Pretendi hacerme comprender que la razn debe ser el lastre de la cabeza humana; que sirve en todo tiempo, y que sin ella no se hace ms que tonteras. Por ejemplo: se compra cuarenta y dos hombrecillos de terracota, en vez de proveerse de medias y camisas. Escuch su discurso en actitud contrita y humillada, querido cura, pero al final, que fue muy bien dicho, mi carcter indmito dio a la razn un cuerpo desairado, una nariz larga, romana, y una fisonoma seca y desabrida: este personaje se pareca a mi ta de tal modo, que incontinenti tom ojeriza a la razn. Tal ha sido el resultado de la elocuencia desplegada por mi to. El caso es que tengo diseminados en mi cuarto cuarenta y dos hombrecillos que lloran, ren y gesticulan, y que por lo menos estoy contenta. Ayer por la noche he hablado con Blanca, del amor, seor cura. Cmo me decais que no exista sino en los libros y que no tena nada que ver con las jvenes? Ah, mi cura, mi cura; mucho me temo que me hayis engaado muchas veces como a una tonta! Frecuentaremos la sociedad as que pasen las primeras semanas de luto. Mi to dice que soy muy joven todava; pero tampoco puedo quedar sola en el Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabis, seor cura, que no me quedaran ms que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana o prender fuego al castillo. Parece que tengo mucha razn en creer en un gran xito, pues adems de ser linda, poseo un buen dote. Blanca me ha enseado que una linda cara sin dote vale poco; pero que las dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy, pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que ser codiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es que lo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitir; no lo permitir a menos que... Pero chist! Por ltimo, seor cura, os dir sin explicaros el por qu, que aguardo el lunes con impaciencia. Ese da suceder algo que har latir mi corazn, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a ms no poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras. Dios mo, que cosa linda es la vida! Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estis aqu, y os extrao mucho. No puedo deciros cunto os extrao, mi pobre cura! Me gustara tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bien arregladitos y tan poco parecidos al Zarzal. Todo est en orden, hasta en sus ms mnimos detalles, y de veras, me creo en el paraso terrenal. A cada momento tengo nuevos motivos de alegra y admiracin, y a cada instante tambin quisiera haceros partcipe de ellos; os busco, os llamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos. Adis, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no s porqu); pero os envo todo cuanto hay para vos en mi corazn, y ese todo est lleno de cario. Os quiero con toda el alma, seor cura.--_Reina_. Una maana, hallbame an en mi lecho, semidormida, morrongueando con beatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuarto alegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los rboles que vea por la ventana abierta, cuando entr Blanca, de bata, cabellos sueltos y cara preocupada. --Ests tan linda como la ms linda de las heronas de Walter Scott--le dije contemplndola con admiracin. --Reinita me dijo sentndose a los pies de mi cama,--vengo a charlar contigo. --Me alegro. Pero no estoy bien despierta todava y puede que mis ideas... --Aun cuando se trate de casamiento?--prosigui Blanca, que ya conoca mi opinin sobre tema tan serio. --De casamiento? Ya estoy despierta--exclam, incorporndome rpidamente. --Deseas casarte, Reina? --Si deseo casarme! Vaya con la pregunta! Ya lo creo, y lo ms pronto posible. Amo a los hombres, los quiero mucho ms que a las mujeres, excepto cuando las mujeres son tan lindas como t. --No se debe decir que se ama a los hombres--dijo Blanca con tono severo. --Por qu? --No s bien el por qu, pero te aseguro que el decirlo no es propio de una nia. --Tanto peor!... Yo pienso as; respond hundindome en mis frazadas. --Qu nia!--exclam Blanca, mirndome con una especie de piedad que me pareci chocante.--He venido a hablarte de pap, Reina. --Qu pasa? -Escucha: Yo, como t, quiero casarme hoy o maana. Pap ha rechazado ya varios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa. Esperara tranquilamente hasta los veinte aos; pero deseara saber si siempre se opondr a que me case. --Pregntaselo. --Ah! ah est el busilis--prosigui Blanca, algo turbada;--te declaro que pap me da miedo, o ms bien dicho, me intimida. Me levant, apoyndome en el codo, y sorprendida separ los cabellos que me caan sobre la cara, para ver mejor a mi prima. Desde aquel instante, Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olmpicas en que la haba colocado, y descubr bajo aquel cuerpo de Juno, una nia que no volvera jams a intimidarme. --A mi no me asusta nadie--exclam, tomando mi almohada y largndola de paseo al medio del cuarto. Blanca me mir con asombro. --Qu haces, Reina? --Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mi almohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo de proceder sacaba de quicio. --Como Susana no est aqu, te aconsejo que renuncies a tal costumbre. Pero, volviendo a lo que decamos, dime, te sientes con valor como para tener con mi padre una discusin sobre el matrimonio, que tan sin cesar critica? --S, s; mi especialidad es la discusin. Ya vers. Hoy mismo ataco a mi to y arreglo todo. Durante la comida dirig a mi prima toda una serie de gestos para notificarle que iba a entrar en batalla. Mi to, que presenta un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, ya desconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yo ech pelillos al mar, tos con fuerza, y salt resueltamente al palenque. --To, se puede tener hijos sin casarse? --No por cierto--respondiome el to, a quien hizo gracia la pregunta. --Sera una desgracia, si desapareciera la humanidad? --Hum! he ah una cuestin difcil de resolver. Los filntropos responderan: s; los misntropos: no. --Con todo su opinin, to? --No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que la Providencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuacin de la humana especie. --Entonces, to, no sois consecuente con vuestras ideas, cuando criticis el matrimonio. --Ah, s?--dijo mi to. --Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votis al mismo tiempo por la propagacin del gnero humano, se deduce de ah que debis aceptar el matrimonio para todo el mundo. --Caramba!--prosigui el seor de Pavol moviendo los labios con tal expresin de burla, que Blanca se enrojeci, eso se llama argumentar! Qu es; pues, segn t, el matrimonio, sobrina? --El matrimonio--exclam entusiasmada,--es la ms hermosa de las instituciones que existen en la tierra. La unin perpetua con la persona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... Ah, s, es encantador! --Se besan la mano? Por qu la mano, sobrina? --Porque yo... en fin, yo pienso as--exclam dedicando a mi pasado una sonrisa llena de misterios. --El matrimonio entrega una vctima al verdugo--murmur mi to. --Ah! Juno y yo protestamos con la mayor energa. --Y quin es la vctima, pap? --El hombre, canarios! --Pues, peor para los hombres--repliqu, que se defiendan. Lo que es yo, estoy decidida a volverme verdugo. --Pero a qu quieren venir a parar ustedes, seoritas? --A esto, mi to: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras del matrimonio, y que hemos resuelto poner en prctica nuestras teoras. Y yo, deseo que sea cuanto antes. --Reina!--grit mi prima estupefacta con mi audacia. --No digo, sino la verdad, Blanca; nicamente dir que t, te resuelves a esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia. --De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinacin por nadie. --S, por cierto--dijo Blanca riendo,--a quin conoce? Desde que estaba en el Pavol, mucho haba pensado en mi amor y en Pablo de Couprat, y ms de una vez habame preguntado si deba o no revelar tal secreto a mi prima. Pero despus de madurar bien la cosa, llegu a resolver con el rabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, al escuchar la afirmacin de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sin embargo, logr dominarme. --En todo caso, amar a alguien, maana o pasado; porque no se puede vivir sin amar. --Y de dnde has sacado, esas ideas, Reina? --Pero, de la vida, to--le respond tranquilamente.--Recordad las heronas de Walter Scott: recordad cunto aman y cmo son amadas. --Ah!... y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dado conferencias sobre el amor? --Pobre cura! Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso! Y en cuanto a las novelas, to, no quera dejrmelas leer de ningn modo. Lleg hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo un vidrio, entr por la ventana. --Pues ya prometas! Y en seguida te diste a soar y divagar acerca del amor? --Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque s bien de lo que trato. --Canarios!--dijo mi to riendo.--Sin embargo, acabas de decirnos que no quieres a nadie. --Es cierto!--repliqu rpidamente, medio turbada con mi indiscrecin.--Pero no creis to, que la reflexin pueda suplir a la experiencia? --Cmo no! Ya lo creo! sobre todo, tratndose de semejante asunto. Y luego me parece que t tienes buena cabeza. --Tengo lgica, to, de ah todo. Decid y no se ama a ms hombre que al marido? --A ningn otro--respondi sonriendo el seor de Pavol. --Pues bien, si no se ama ms que a su marido; como si se ama al marido, naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sin amar, concluyo, que es necesario casarse. --S, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, seoritas. --Oh, eso no me importa!--respondi Blanca. --Pero a mi si me importa! De ningn modo aguardar cinco aos. --Aguardars cinco aos, Reina, a no ser que se d algn caso extraordinario. --Y qu llamis un caso extraordinario, to? --Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo. Esta modificacin del programa del to me dio tanta alegra, que me levant para brincar. --Entonces, no esperar!--exclam escapndome. Y corr a mi cuarto, en donde no tard Juno en aparecer con su aire majestuoso. --Qu desfachatada eres, Reina! --Desfachatada! As es como agradeces el que haya hecho lo que t misma me has pedido? --Es que dices las cosas muy pan, pan... --As es mi modo: al pan, pan; y al vino, vino. --Y despus, se hubiera dicho que te gozabas en mortificar a pap. --Oh, no! me dolera mucho contrariarle; su cara burlona me gusta y lo quiero con locura. Conque, as no cambiemos las cosas, Blanca; el que nos ha hecho rabiar es l, atacando el matrimonio, y t no puedes quejarte de mi, por que al fin y al cabo sabes lo que queras saber. --Eso es cierto! dijo Blanca con aire soador. Pronto, y a sus expensas, supo el seor de Pavol, que si las mujeres hechas no valen nada, menos valen an las jvenes, pues pisotean sin pestaear las ideas de sus padres y sus tos. X. El lunes, me levant lo ms contenta. Haba soado esa noche con Pablo de Couprat, y me despert lanzando un grito de alegra. Aumentaba mi jbilo el placer de estrenar un vestido como jams haba usado, y as que estuve ataviada, me contempl largo rato en silenciosa admiracin. Y en seguida me ech a brincar y saltar en un acceso de exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi to contra el suelo. --A donde vas as, sobrina? --A todos los cuartos, to, para mirarme en todos los espejos. No veis qu bien estoy? --S, en efecto, no ests mal. --No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle? --Lindsimo!--respondi el seor de Pavol, besndome en las mejillas y encantado con mi alegra. --Ah! to, qu feliz soy! Opino que el caso extraordinario se presentar muy pronto. Tras esto segu mi camino y me precipit como una tromba marina en el cuarto de Juno. --Mira!--exclam, girando con tanta rapidez sobre m misma, que mi prima no poda ver ms que un torbellino. --Pero sosigate, Reina--me dijo ella con su calma de siempre.--Cundo sers medida en tus movimientos? S, tu traje te sienta. --Mira, qu piececito. --Ah, presuntuosa de nacimiento! Quin dira que una campesina como t, llegara tan pronto a tanta coquetera? --Ya te admirars ms. S que la coquetera es una cualidad muy seria. --Es la primera vez que lo oigo. Quin te ha enseado eso? Supongo que no habr sido el cura. --No, no; una persona que entenda algo en la materia. Vendr a almorzar alguien ms que los de Couprat, Blanca? --S, el cura y dos amigos de mi padre. Nos instalamos en el saln en espera de nuestros invitados y pronto apareci mi to acompaado del comandante de Couprat, al que me present. Dios mo, qu aspecto tan simptico, el del comandante! Sus ojos eran lmpidos como los de un nio y sus cabellos y bigotes blancos como nieve. Su fisonoma era tan bondadosa y benvola, que me record la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera semejanza. Inmediatamente me sent atrada hacia l y comprend tambin que la simpata era recproca. --Una parientita, de quien ya he odo hablarme dijo, tomndome las manos:--deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre. Me dej besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera sido mucho mejor que en tan delicada operacin le hubiese reemplazado su hijo. Por fin entr... De buena gana habra dado todo mi dote y mi hermoso vestido a ms, por el derecho de correr a l y abrazarle con todas mis fuerzas. Dio un apretn de manos a mi prima, y me salud tan ceremoniosamente, que qued cortada. --Dadme la mano--le dije,--bien sabis que nos conocemos. --No me atreva a... --Qu tontera! --Qu es eso, Reina?--refunfu mi to. --Una flor algo silvestre--dijo el comandante mirndome con cario,--pero una hermosa flor. Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que senta sin saber por qu, y permanec por algn tiempo silenciosa y quieta en mi asiento, observando al seor de Couprat que conversaba risueamente con Blanca. Ah, cmo me gustaba! Cmo me lata el corazn mientras lo vea rer con aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos francos con los que haba soado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi ta, mi cura, Susana, el jardn hmedo de lluvia, y el cerezo a que se haba trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas. No tard en tomar parte en la conversacin, y ya haba recobrado una parte de mi buena alegra cuando pasamos al comedor. Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirig inmediatamente a ste, preguntndole: --Por qu no volvisteis al Zarzal? --No he podido disponer de mis acciones, seorita. --Y habis, por lo menos, deseado ir? --Muchsimo, os lo aseguro. --Y entonces por qu no me disteis la mano al entrar? --Es que segn la etiqueta la iniciativa os corresponda, seorita. --Ah! la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de ella. --Estbamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por cierto,--respondi sonriendo. --A caso la sociedad prohbe que seamos amables? --No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los mpetus del cario. --Pues es una tontera--dije secamente. Pero su explicacin me satisfizo y recobr todos mis bros. Sin embargo, conversando con l, not que no daba la misma importancia que yo a las palabras que me haba dicho en el Zarzal. Pero me senta tan feliz, vindole y habindole, que en aquel momento, esta pequea decepcin pas por mi alma sin herirla. El seor de Couprat nos hizo saber que habra varios bailes en el mes de Octubre. --Me alegro--respondi Juno. --Me ensears a bailar--le dije saltando sobre mi silla. --Pido que se me permita ser el profesor--exclam Pablo de Couprat. --Pablo es un notable bailarn--dijo el comandante,--todas las seoras desean bailar con l. --Y luego es tan buen mozo--aad yo. El comandante y su hijo echronse a rer; el cura y los dos amigos de mi to me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el rostro de mi to tom una expresin de descontento y mi prima levant las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su disgusto; movimiento tan lleno de desdn, que estuve por creer que haba dicho una necedad. Despus del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Haba vuelto a encontrar mi alegra y hablaba sin cesar, divertindome en imitar el modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me haban llamado la atencin. --Reina, eres muy mal educada--deca Blanca. --Habla as--respond, apretndome la nariz para imitar la voz de mi vctima. El seor de Couprat rea, pero Juno se envolva en una imponente dignidad que no me infunda respeto. Llego un momento en que me hall junto a l, mientras que mi prima caminaba delante de nosotros con aire distrado. Not que l la miraba mucho, y le interrogu con la mayor inocencia de corazn: --Es muy linda verdad? --Linda, muy linda!--respondiome con una voz tan apagada que me hizo estremecer. Un presentimiento y una duda atravesaron mi espritu; pero a los diez y seis aos, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las mariposas que revolotean en torno de nosotros, as es que estuve lo ms alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del seor de Pavol. As que se fueron, retirose mi to a su gabinete y me hizo comparecer ante l. --Reina, has estado ridcula. --Por qu, to? --No se le dice a un joven, que es buen mozo. --Pero si me parece que lo es. --Motivo de ms, para no decrselo. --Cmo!--contest yo sorprendida.--Entonces deba decirle que lo hallaba feo? --No debas de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinin, pero gurdala para ti. --Sin embargo, mi to, lo ms natural es decir lo que se piensa. --No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo que no se piensa y ocultar lo que se piensa. --Qu horrible mxima!--exclam asustada.--No la podr poner en prctica jams. --Ya llegars a ello; mientras tanto, observa la etiqueta. --Y dale con la etiqueta!--respond, marchndome de mal humor. Por la noche cuando me puse a soar en la ventana como tena por costumbre, una inquietud indefinible y oculta turb mis ensueos. Pens en aquel da, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las cosas no haban pasado segn mis deseos. Qu era lo que yo haba esperado? Lo ignoraba, pero me espet yo misma un discurso para convencerme de que el seor de Couprat estaba enamorado de mi, y la peroracin dio trmino con un enternecimiento de mal augurio. Al da siguiente, mis inquietudes haban desaparecido a pesar de todo, pero por la tarde recib una larga misiva de mi cura, llena de buenos consejos y con este final: Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te ruego que no te canses de escribirme. No s que hacerme sin ti, y no voy al Zarzal, de miedo de llorar como un nio. Me reprocho mi egosmo, puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es dbil, y mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte todava. Adis, querida y buena hijita ma, terminar esta carta dicindote: desconfa de la imaginacin. Y esta frase, produjo una impresin desagradable en mi nimo agitado. XI. Haca tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi to pretenda que en ese lapso de tiempo, haba embellecido tanto, que s me llegara a encontrar el cura, no le fuera posible reconocerme. Comparbame a esas plantas de mucha savia, que brotan hermosas en terreno ingrato, porque son lozanas de por s, pero que trasplantadas a tierras propicias a su naturaleza, se desarrollan de pronto de un modo increble. Cuando me miraba al espejo, convencame de que mis ojos pardos tenan nuevo brillo, mi boca ms frescura, y de que mi tez de meridional, adquira matices rseos y delicados, que me producan vivsima satisfaccin. Sin embargo, algunos das despus del almuerzo de que he hablado, descubr de un modo cierto que me haba engaado groseramente, creyendo con toda simpleza, que el seor de Couprat estuviese enamorado m. Sin embargo, como nunca he sido pesimista, me apresur a argir para consolarme. Djeme que los corazones no deben estar precisamente formados de la misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otros tienen la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si el seor de Couprat no me amaba an, eso tena que suceder hoy o maana, dado que era evidente, que exista entre nuestros gustos y caracteres respectivos una innegable semejanza. De modo que aunque la decepcin hubiese sido grande, no conmovi profundamente mi tranquilidad por buen nmero de das. Me expanda en un ambiente simptico a todos mis gustos y me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al resplandor del sol. Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era fantico por la msica vena al Pavol varias veces por semana y su hijo le acompaaba siempre. De todos modos, siempre tena la puerta franca, pues lo autorizaban para ello el haber sido compaero de infancia de Blanca y los vnculos del parentesco que unan a las dos familias. A ms, mi to miraba esta intimidad con buenos ojos, porque de acuerdo con el comandante y a pesar de sus paradojas sobre el matrimonio, deseaba ardientemente, casar a su hija con el seor de Couprat, pues hallaba y con razn, que entraba en la categora de los casos extraordinarios. Slo ms tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo tiempo que de otras cosas, que me hubiera sido fcil comprender antes si hubiese tenido ms experiencia. Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado del apetito que sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba slidamente a las tres. Despus de esto, Blanca me daba una leccin de baile, mientras l ejecutaba con bro un vals propio. Otras veces el profesor era l; mi prima iba al piano, y el comandante y mi to nos contemplaban con complacencia, mientras yo giraba en brazos del seor de Couprat, en medio de una alegra indecible. Qu lindos das! No hacamos un proyecto en que l no estuviera incluido. Su comunicativa alegra, su espritu conciliador, y el talento para organizar e inventar travesuras, que posea en grado sumo, hacan de l un irreemplazable compaero, amenizaban nuestra existencia y alimentaban mi amor. Diestro, hbil, complaciente, se prestaba a todo, y todo saba hacer. Cuando descomponamos un reloj o rompamos una pulsera o cualquier otro objeto, Blanca y yo decamos: --Cuando venga Pablo, lo compondr. Pintaba a menudo y nos enseaba sus trabajos. Es el nico punto en que nunca hemos podido estar de acuerdo. Yo experimentaba una intensa antipata por las artes, pero sobre todo, por la msica, puesto que la maldita etiqueta no permite taparse los odos, mientras que es lo ms fcil no mirar un cuadro o darle la espalda. Con todo, cuando el seor de Couprat tocaba valses, lo escuchaba con gusto y largo rato; mas, era l lo que me gustaba y no los valses. Anoto de paso este sentimiento, porque analizndole, un da llegu a un terrible descubrimiento. --Para qu pintis rboles, primo? El rbol ms feo, es mucho mejor que todas esas manchas verdes que echis sobre el lienzo. --De ese modo comprendis el arte, prima? --No pensis que Juno es mil veces ms linda que su retrato? --S, por cierto, lo creo. --Y esas florecitas azules que ponis en los rboles, qu son? --Eso es un pedazo de cielo, prima. Hice una pirueta y exclam con aire pattico: --Oh cielos, oh rboles, oh naturaleza!, cuntos crmenes se cometen en vuestro nombre! Mi to tena muchos amigos en V***, estaba emparentado con la mayor parte de las familias de la regin y tena mesa puesta para todos. Raro era el da que no tuvisemos algunos invitados a almorzar o a comer. Esto era para mi un medio de conocer las maneras sociales y aprender, como me haba dicho el cura, a equilibrar mis sentimientos. Pero debo advertir, que no equilibraba mucho que digamos, y que no lograba nunca disimular pensamientos e impresiones tan chocantes como impertinentes. Mi to y Juno, completamente rgidos en cuanto al captulo de las conveniencias sociales, me dirigan algunas reprimendas elocuentes; pero se las llevaba el viento. Con una tenacidad verdaderamente desoladora no perda la ocasin de hacer un disparate o decir alguna majadera. --Has estado muy inconveniente con la seora de A***, Reina. --En qu, hipcrita Juno? Le he dejado ver, que no me gustaba, y nada ms. --Cabalmente, en eso consiste la inconveniencia, sobrina. --Es tan fea, to. Y de veras, no siento mucha afeccin por las mujeres; son burlonas, malas, y miden de pies a cabeza a la gente, como si en vez de ser personas fueran animales curiosos. --Cmo te atreves t a reprocharlos el que sean burlonas, Reina, cuando no te ocupas en otra cosa sino en remedar las ridiculeces de los dems? --S, pero soy linda; por consiguiente, me est permitido hacerlo. El seor de C..., me lo dijo el otro da. --No alcanzo a ver la consecuencia... Y por otra parte, crees que los hombres no te midan tambin de pies a cabeza? --S, pero es para admirarme, mientras que las mujeres, si me miran, es buscando defectos, y si no los hallan, los inventan. Ya ves, como he observado una porcin de cosas. --Ya lo vemos, sobrina. Pero trata de observar tambin, que la correccin es una apreciable cualidad. Cuando nuestros invitados masculinos eran jvenes, nos hacan la corte a Blanca y a mi, y lo que es yo me diverta bastante; pero cuando eran viejos... Dios mo! surga siempre la poltica a darme jaqueca. Oh! Cunto me ha aburrido la poltica! Llegaban irritadsimos contra las tropelas del gobierno, pero hablaban de ellas con cierta discrecin hasta que algn bonapartista fogoso exclamaba, que deba fusilarse a todos los republicanos, para aterrorizarles. La ingenuidad de la frase haca rer, pero esta hecatombe imaginaria era la seal de zafarrancho para las exageraciones y desatinos. Ya nos metamos de cabeza en la poltica y no salamos hasta el fin de la comida. Todos estaban de acuerdo en cuanto a abominar a la repblica y a los republicanos, pero en el momento en que algunos de los convidados desembolsaba la formita de gobierno que tena buen cuidado de llevar siempre consigo, no pasaba mucho, no, sin que se cambiaran miradas furibundas y se pusieran las caras a modo de tomates. Envolvase el legitimista en la dignidad de sus tradiciones, de su fidelidad y de sus anhelos y trataba de revolucionario al imperialista; mientras que ste, en su foro interno, trataba de imbcil al legitimista. Pero como la urbanidad no le permita emitir su opinin gritaba para resarcirse como un desesperado. En seguida se caa a plomo sobre los republicanos; se les abrumaba de invectivas, se les deportaba, se les fusilaba, se les decapitaba y se les haca picadillo; pues bonapartistas y legitimistas se unan en un odio comn, para barrer de la faz de la tierra a tales bpedos. Se peroraba apasionadamente, se gesticulaba, se salvaba a la patria y se ponan como remolachas... lo que no obstaba ay! para que las cosas siguieran su camino. Mi to, de tiempo en tiempo, lanzaba en medio de estas divagaciones, una salida ingeniosa, o una frase sensata y colocaba la discusin en un terreno ms elevado que el del inters personal y las simpatas individuales. Nada legitimista, y sin tener opinin determinada, no dejaba de ver que la Francia, desde haca un siglo, marcha con la cabeza baja, y que siendo esa una postura anormal, concluir por perder el equilibrio y caer en un precipicio en el que la enterraran. Se rea de las ruindades y estupideces de todos los partidos, pero a menudo era presa de desalientos, que se reflejaban en alguna ocurrencia chistosa. Jams lo vi exaltarse; se conservaba en calma, en medio a los variados rugidos de sus huspedes, seguro siempre, de que suya sera la ltima palabra, pues vea claro y lejos. Sin embargo, sus antipatas eran vehementes y execraba a los republicanos. No quiero decir con esto, que fuese tan apasionado como para no saber guardar un justo medio: hubiese aceptado una repblica, si la hubiese credo posible, y se inclinaba ante la constancia de ciertos hombres, que luchan de buena fe por una utopa. Algunas veces le oa llamar a nuestros gobernantes, jugadores de raqueta, comparando las leyes que las dos cmaras se envan diariamente una a otra, a volantes que los franceses, boquiabiertos, miran pasar con ojos plcidos, hasta el momento en que caen sobre sus respetables narices y se las aplastan. De donde saqu yo, para mi gobierno, algunas deducciones que referir a su tiempo. Al seor de Pavol le agradaba conversar y aun discutir. Y aunque hablaba poco, escuchaba con inters. Bajo una corteza rstica esconda conocimientos generales, elevado buen gusto y gran criterio unido a una altura de vistas especial. No era ni un santo, ni un devoto. Supongo que, como la mayora de los hombres, habra tenido sus flaquezas y sus errores; pero crea en un Dios, en el alma, en la virtud, y no consideraba la incredulidad, la mala fe y el espritu de impiedad y difamacin como signo de virilidad intelectual. Gustbale or desarrollar sus sistemas a los materialistas y librepensadores, y su silencio burln hablaba elocuentemente, mientras observaba a su interlocutor juntando las cejas de tal modo que le ocultaban los ojos casi por completo. Y luego con la mayor tranquilidad, les replicaba: --Caramba! seor, sabis que os admiro? Habis llegado casi a la perfecta humildad del Evangelio. Me avergenzo de no poder seguir vuestras huellas, pero mi orgullo es tan endiablado, que me impedir siempre parangonarme con la oruga que se arrastra a mis pies o al cerdo que se revuelca en mi corral. Estaba siempre en guerra con el consejo municipal de su distrito; no le gustaban los aldeanos, y pretenda que no hay nada ms pillo y canalla que un campesino. As, aunque se le estimaba y respetaba, no era querido. Sin embargo, haca grandes limosnas y no desperdiciaba ocasin para ejercitar su bondad; pero jams se dejaba envolver por la malicia y astucia de los buenos labriegos. Por ltimo, si mi to no haba seguido carrera alguna, si no haba sido ni mdico, ni abogado, ni ingeniero, ni soldado, ni diplomtico, ni aun ministro, llenaba su cometido en la vida, conservando las sanas tradiciones, respetando lo que es respetable, no dejndose arrastrar por las divagaciones de la poca, y usando de su influencia para encaminar al bien y a la justicia algunos corazones. En una palabra, mi to era un hombre de talento, de corazn y de bien. Yo le quera mucho, y si no hubiese hablado nunca de poltica, le hubiera credo sin defectos. En la vida privada era ejemplar. Quera con locura a su hija, y en cuanto a mi, pronto me tom cario. --Qu cosa horrible son los gobiernos!--deca yo al seor de Couprat.--Sera necesario suprimirlos todos; por lo menos as no se oira hablar de poltica. Hay que suprimir dos cosas: el piano y la poltica. --S, por cierto, y soy de vuestra opinin--me respondi riendo. --Ah... qu no os gusta el piano? Sin embargo, cuando Blanca toca la escuchis con placer; por lo menos, o as parece. --Es que Blanca tiene mucho talento. Esta explicacin me produjo la fastidiosa sensacin, que causan los mosquitos rondando alrededor de nuestros odos cuando dormimos: nos incomodan sin turbarnos completamente el sueo. Evidentemente, la razn que me daba no era aceptable, porque a pesar del talento de Juno, yo que no amaba el piano, senta ganas de gritar y de escaparme cada vez que ella ejecutaba alguna sonata de Mozart o de Beethoven. Qu dos hombres que pueden vanagloriarse de haber aburrido a la humanidad! Yo me desesperaba pensando en sus mujeres. En medio de esta dulce vida de esperanzas, y pequeas inquietudes desvanecidas por una amabilidad, o por las distracciones de una existencia tan nueva para mi, llegamos al fin de Septiembre. Y entonces mi to, con el aspecto fnebre de un hombre que va al cadalso, se prepar a llevarnos a las tertulias anunciadas por el seor de Couprat. XII. Puedo asegurar que mi espritu de observacin no se ejercit en mi primer baile. Slo me queda de esa fiesta algo as como la impresin de un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso porque me costaron una buena reprimenda al da siguiente. De cuando en cuando, Juno golpebame el brazo con su abanico y me deca al odo, que me pona en ridculo; pero era como hablar con una tapia; pues yo me alejaba sin orla, revoloteando con mis compaeros. A veces, mi caballero crea oportuno entablar conversacin. --No hace mucho que vivs aqu, seorita? --No seor; seis semanas, ms o menos. --Y dnde vivais antes de venir al Pavol? --En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa ta que gracias a Dios! ha muerto. --En todo caso, vuestro nombre seorita es de los ms conocidos; en 1423 haba un caballero de Lavalle que se parapet en el monte de San Miguel. --S? Y qu haca all ese caballero? --Defender el monte atacado por los ingleses. --En lugar de bailar? Qu tonto! --Tratis as, seorita, a vuestros abuelos y al herosmo? --Mis abuelos! Nunca he pensado en ellos! y del herosmo se me da un bledo. --Pero qu os ha hecho el pobre herosmo? --Es que como los romanos eran heroicos, segn parece y yo detesto a los romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar. Y partamos, girando. Mi felicidad lleg a su apogeo al verme, danzando con el seor de Couprat, en aquel saln lleno de luces, a la vista de tantas seoras riqusimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los dems. Aunque fuese alto y pequesima yo, sola acariciarme las mejillas su lindo bigote rubio y retorcido, y sent algunas tentaciones de las que no hablar por no escandalizar al prjimo. Embriagada por la alegra y las lisonjas que zumbaban a mi derredor, dije todas las tonteras inimaginables; pero conquist a todos los hombres y desesper a todas las muchachas. El cotilln despert en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi to, que tena todo el aire de un mrtir, nos hizo seas de que era hora de partir, exclam, desde el extremo del saln: --To, no me sacaris de aqu, sino por la fuerza armada. Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y correcta, como de costumbre, se apresur a obedecer a su padre, sin hacer caso de mis recriminaciones. Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tom mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda voz. Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mo, acudi semiasustada. --Reina! qu haces? --Ya ves, bailar! --Dios, mo! qu nia eres! --Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, da y noche bailara. --Vamos, Reina, hace fro y puedes resfriarte; acustate. Arroj mi almohada a un rincn y me met en la cama. Blanca sentose a los pies e improvis una arenga. Esforzose en probarme que la calma es una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe hacerse a su tiempo y lugar, y que, despus de todo, no le pareca que una almohada fuese un compaero de danza muy agradable y... --En cuanto a eso estoy conforme! djele interrumpindola,--slo son agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la mejilla al bailar ah! de veras, es deli... En esto me dorm, y no despert hasta las tres de la tarde. As que estuve vestida, me mand llamar el seor de Pavol. Acud inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi to germinaba un sermn. Al ver su aire solemne comprend lo acertado de mis conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los sermones, como en las dems circunstancias de la vida, aproxim un silln y me arrellan en l, confortablemente; entrelac las manos sobre mis rodillas y cerr los ojos con aire de profundo recogimiento. Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclam: --Y? Empezad, pues, to! --Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud ms respetuosa. --Pero to--repuse abriendo los ojos, asombrada;--no ha sido mi intencin faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para oros mejor. --Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza. --Puede ser, to, respond tranquilamente, mi cura tambin me deca muchas veces que le hara morir de pesar. --Hablando francamente crees que tenga ganas de que me lleve el diablo por causa de una chicuela mal educada, como t? --Os dir primero, que no creo que nunca os llevar el diablo, y segundo, que me desolara si os perdiera, pues os quiero con todo mi corazn. --Hum!... es una suerte! Quieres decirme ahora porqu a pesar de mis lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan inconveniente? --Especificad las acusaciones, to. --Sera cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido inconveniente; parecas una loca. Entre muchas necedades, has llamado por su nombre de pila al seor de Couprat, as que le viste; yo estaba cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el brazo, le pareci muy chocante. --Oh, eso s! lo creo capaz de todo; pareca un ganso! --Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia. --Pero, to, es nuestro primo, lo vemos todos los das. Blanca y yo le llamamos siempre Pablo cuando hablamos de l, y aun cuando nos dirigimos a l directamente. --Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie est obligado a conocer el parentesco ni el grado de relacin de las personas. --As es que, segn vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de otro delante de gente? --Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina. --Pues, eso es ni ms ni menos, una hipocresa. --En nombre del cielo, s hipcrita, no te pido otra cosa. Parece adems, que has dicho a cinco o seis jvenes que eran muy buenos mozos. --Cierto, ya lo creo!--exclam en un mpetu de simpata al recordar a mis compaeros.--Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte les haba trampeado piezas y para que no se contrariaran... --Por el momento, a quien contraras mucho es a mi, Reina; hace siete semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegras, y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y... --Al fin y al cabo!--interrump, satisfecha,--as es como me gustan los sermones. --No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente. --Vamos a ver, to, razonemos: la primera vez que me visteis, me dijisteis: eres terriblemente linda. --Y qu hay con eso, sobrina? --Qu hay? Que con ello veris, que uno no puede refrenar siempre un movimiento primo. --Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo, hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te corresponde. --La dignidad!--exclam,--y para qu? --Cmo para qu? --No comprendo, to. Cmo me predicis dignidad, cuando el gobierno tiene tan poca? --No veo la relacin... Qu nueva locura es esa? --No decs to, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y entonces, por qu los simples particulares hemos de tener ms que los ministros y los senadores? Mi to se ech a rer. --Difcil es reirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te dejar ir ms a ninguna tertulia. --Oh, si hicieseis semejante cosa, merecerais las torturas de la Inquisicin! --Como la Inquisicin est abolida no se me torturar; pero tu me obedecers, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina ma adquiera hbitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos aos, maana la podrn hacer pasar por... hum! --Por qu, to? El seor de Pavol tuvo un violento ataque de tos. --Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo. --Y tal apreciacin no ira muy descaminada, puesto que el Zarzal y una selva son la misma cosa. --En fin, sobrina, convncete de que te he hablado seriamente; vete y reflexiona. Comprend que no se poda tomar a broma este formidable reto. Me encerr en mi cuarto donde reflexion veintiocho minutos y medio, durante los cuales sent germinar en mi corazn el loable deseo de trabar relacin con la mesura. XIII. Muy pronto llegu a descubrir que muchas veces la fama de sabidura de que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es poder y que con un poquito de buena voluntad me sera fcil poner en prctica los consejos de mi to. No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde entonces, oh, no! eso suceda an, bastante a menudo, pero logr volverme seria y adquirir un sosiego relativo. Por otra parte, si mi to me haba reprendido haba sido en previsin del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesa, y en las que contaba sin saberlo con gran nmero de parientes y allegados. En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote furonme perdonados muchsimos pecados. Era la nia mimada de las matronas, que narraban con cario ancdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados cuyos hechos y proezas deban haber sido muy notables, para que aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo. Comprend, con satisfaccin, que para algo sirven en la vida los abuelos, y que su gida polvorosa defiende las osadas y caprichos de las nietecillas criadas en el fondo de los bosques. Era la nia mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos ojos, vean brillar mi dote; la nia mimada de los bailarines, a quienes mi coquetera diverta, y confieso en voz baja, muy baja, que senta una felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las cabezas en veletas. Oh, coquetera, qu encanto en cada letra de tu nombre! Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque despus de asistir a dos o tres reuniones conoca todos sus detalles, astucias y matices. Quisiera ser predicador, nada ms que para predicar la coquetera a mi auditorio y rehusar la absolucin a las penitentes sin talento para dedicarse a tan encantador pasatiempo. Con tales ideas, quiz no permanecera mucho tiempo en el seno de la iglesia, pero en mi corta carrera, creo que hara bastantes proslitos. Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres ms finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios. Mientras que yo me zarandeaba y hera corazones, Blanca pasaba hermosa y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y pilleras que hacan mi felicidad. Sin embargo, as que la primera efervescencia se calm, me di cuenta de que el seor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de m. Me vea bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle, coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces, melanclica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que ahuyentaban la monotona, no slo no se me declaraba, sino que pareca tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: Est cierta de que te ha tomado por una chiquilina sin consecuencia, comenzaba a preocuparme enormemente. A pesar de mi coquetera y mis numerosas distracciones, ni un solo instante, decay mi amor. La animacin de mi vida impedame, sin duda, pensar en l constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero nunca se me ocurri poder hallar otro hombre ms encantador que Pablo de Couprat. Sin embargo, en la corte que me circua, muchos cortesanos ofrecan una semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto haba admirado. Y muchas veces me he preguntado cmo haba podido conmoverme mi hroe, alegre y regordete, cuando mi imaginacin estaba bajo la influencia de personajes quimricos, que tan poco se le parecan. He aqu un tema psicolgico que abandono a la meditacin de los filsofos, porque yo, no tengo tiempo para profundizarlo; sealo el hecho, saludo a la filosofa y paso. El 25 de Octubre, asistimos al ltimo baile, en un castillo situado cerca del Pavol. Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente linda y tuve un xito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y contra mi costumbre, no me goc en el delirio que causaba mi belleza. Aguardaba al seor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compaa de tres o cuatro jvenes que componan la alta sociedad a la moda de la regin. Estos jvenes hastiados desde la ms tierna edad, tenan por muy aburrido, fatigoso e incmodo el baile; contentbanse con hacer algunas invitaciones con dejadez e impertinencia. No as Pablo de Couprat, demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y satisfecho que las circunstancias requeran. Con todo, debo decir que mi bro disipaba el tedio de aquellas vctimas de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Saba agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi to deca: --Si tiene el diablo en el cuerpo. Sea tenido por infame el que mal piense! Con despecho, not que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia. Redobl mi coquetera para atraer su atencin; pero poco se le import. Su corazn y su mente estaban lejos de mi, y me arrincon en un ngulo de la sala, negndome rotundamente a bailar ms. Ocultbame casi tras unos tapices que separaban el saln de una salita, y desde all sorprend la conversacin de dos respetables matronas, cuyas simpatas me haba conquistado. --Reina est muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del baile. --Sin embargo, Blanca de Pavol es ms linda. --S, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la seorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas. --Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que chocara en otras, en ella es encantador. --Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el seor de Couprat. --As he odo decir. Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a mis ojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de las colgaduras que me ocultaban. Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante saln me pareca velado por un crespn negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarle que nos furamos inmediatamente, sin aguardar el cotilln. Mientras regresbamos al Pavol, yo me deca: --No es cierto, estoy segura de que no es cierto. A qu afligirme tanto? Con todo, me desnud llorando y con el presentimiento de que una gran desgracia se cerna sobre m. Sin embargo, como no hay nada ms voluble que una cabeza de diez y seis aos, al siguiente da volviome la experanza, y clasifiqu la charla de aquellas dos seoras de murmuraciones sin alcance. Resolv observar cuidadosamente al seor de Couprat y me hall en tal disposicin de espritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo a las ms fugitivas impresiones. En la tarde de aquel da nefasto, nos encontrbamos todos en el saln. El comandante y mi to jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata de Beethoven, y yo, recostada en un silln espiaba con los prpados entornados la actitud y la fisonoma de Pablo Couprat. Sentado junto al piano, algo atrs de Juno, escuchaba con gravedad, sin cesar de mirarla. Aquella impresin seria no le sentaba, y hubiera podido decirse, que estaba aburrido. Me confirm en esta opinin, observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos. Entonces fue cuando me acord de pronto, de la satisfaccin que yo senta siempre que l tocaba sus valses y sus danzas. Comprend que no me gustaba la msica sino el msico, y que a l le pasaba lo mismo respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipticas le gustaban en la mujer amada. Juno termin su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de entusiasmo, cuyo oculto motivo comprend: --Qu genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretis maravillosamente. --Pues lo que es vos, Pablo, habis bostezado y bien!--exclam ponindome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez, lanzaron un gruido furibundo. --Creo que dormas, Reina. --No, no dorma, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras t interpretabas tu maldito Beethoven. --Reina detesta tanto la msica, que atribuye a los dems, sus propias impresiones. --Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias impresiones!--respond con voz temblona. --Qu te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido anoche. --No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresa, y repito y sostengo y sostendr hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un gusto. Despus de esta salida, me escap del saln con la tranquilidad de un torbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en l. Me encerr en mi cuarto, y pasendome de largo a largo, renegu de mi ceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla, cuando se hallaba en algn aprieto. Pero los coscorrones a ms de que pueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio de amores degradados, y me dej caer sobre un sof profundamente desalentada. Como en otras circunstancias anlogas, me acord de frases y detalles, que segn yo me deca, deban de haberme dado luz, no digo, una vez, sino veinte. El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era una viva clera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocera mi dolor. En aquel momento fui sincera, y cre que me sera fcil disimular mis impresiones, cuando tena por costumbre lo contrario. Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo ms manso siente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquier cosa. Los nervios que no se pueden calmar con lgrimas, tienen que estallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos de terracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas y ridculas. Inmediatamente los arroj por la ventana, sintiendo un extrao placer al orlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda. Tocole uno a la veneranda cabeza de mi to que pasaba por all. La suerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando este procedimiento fuera de todas las leyes de la buena educacin, no pudo contenerse y respondi con una expresiva exclamacin. --En qu, demonios, te ocupas, sobrina? --Tiro mis hombrecillos por la ventana, to--respondle, aproximndome al alfizar, del que haba permanecido retirada para arrojar con mayor fuerza mis proyectiles. --Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza! --Os pido perdn, to, pero no os haba visto. --Que te has vuelto loca repentinamente? Por qu rompes as tus chucheras? --Me incomodan, me aburren, me impacientan... Mirad, ah va el resto! Envi cinco de una vez, cerr la ventana de pronto y dej al seor de Pavol refunfuando contra las sobrinas y sus caprichos. A la noche me sermone, pero le escuch con la mayor impasibilidad, pues en medio de mis graves preocupaciones, aquella msera reprimenda era un globo de jabn que estallaba sobre mi cabeza. Despus de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacan lastimosamente en la alameda. Rotos, pulverizados! lo mismo que mis ilusiones y mi felicidad, que crea perdidos para siempre. XIV. Tal vez os admiris de mi falta de perspicacia, pero quin, aun sin tener la excusa de mis diez y seis aos, no ha demostrado una ceguedad increble, por lo menos una vez en la vida? Quisiera saber si existe un solo hombre que no se haya tratado de imbcil, descubriendo un hecho, que aunque muy visible, no llegaba a ver. Ah! es muy fcil llamarse perspicaz, como tambin es fcil parecerlo, cuando se nos ponen los puntos sobre las es. Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al seor de Couprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba a Blanca. Cunto lloraba en silencio! pero eso s, nunca, nunca sent celos de Juno. Dios mo! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente, pero sin que la ms mnima sombra de pasin feroz se mezclase a mi amor. Contra el nico que senta una ira continua era contra el seor de Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas. No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echndome discursos. Oh, qu talento, enamorarse de una mujer cuyo carcter no se le parece en nada! l, tan alegre, tan charlatn, tan charlatn como yo, por cierto! Blanca es seria, silenciosa e idlatra de la etiqueta, mientras que a l estoy segura, que lo desespera. En cambio nosotros armonizbamos tan bien! Cmo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazn no se le ordena... Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban. De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueos, y a pesar de la firme resolucin de ocultar mis impresiones, al cabo de quince das todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras caprichosas. Por la maana estaba tan alegre que rea horas y, horas; pero por la tarde, sentbame a la mesa con aspecto sombro y no despegaba los labios durante toda la comida. Este silencio tan en oposicin con mis hbitos, preocupaba bastante al seor de Pavol. --Qu es lo que pasa en tu cabecita, Reina? --Nada, to. --Te aburres? Quieres viajar? --Oh no, no, to! Por nada dejara el Pavol. --Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un tirano. Te pesaran las negativas con que has acogido las propuestas de matrimonio que se han sucedido en estos ltimos das? --No, no, to, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero casarme. Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no poda or hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el seor de Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insista algo, para que yo por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados. Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente haca, no fue la inconsecuencia de mi to, uno de los que menos me llamaron la atencin. Aqu para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la sobrina que le haba cado en suerte. Me dej completamente libre para elegir y se content con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a mis pretendientes. --Y no eras t la que tenas tanta prisa por casarte, Reina?--me pregunt Blanca. --No me casar, si no encuentro lo que deseo. --Ah! y qu deseas? --No lo s an--respondile con la garganta oprimida. Blanca me tom la cara con ambas manos y me mir con atencin. --Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. Amas a alguien? A Pablo? --Te juro, que no--djele, zafndome de su caricia,--no quiero a nadie, y cuando quiera, lo sabrs en seguida. Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un hombre que amaba a otra y mucho ms siendo sta prima ma. Felizmente no se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en presencia de ellas, probablemente habra flaqueado mi estoicismo. --Hago lo mismo que t, Blanca, espero. --Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal--respondiome sonriendo,--cinco pedidos a la vez: figrate! --No me hables ms de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me oprime, me asfixia. Por desgracia a un sexto pretendiente que reuna las cualidades ms raras, extraordinarias y completas, se le antoj de improviso colocarse en el nmero de mis adoradores. Ay! cosechaba yo lo que haba sembrado! pues desde mi entrada en la sociedad no haba hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo ms pronto posible. Hzome llamar mi to y tuvimos una larga conferencia. --Reina, el seor de Le Maltour, solicita tu mano. --Que le aproveche, to. --Te gusta? --Al contrario. --Por qu? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del otro da que no valan nada. --Tampoco vuestros partidos no eran presentables, to. --Vamos al seor P. muy bien... --Oh, un hombre de treinta aos, casi un patriarca! --Y el seor de C.? --Un hombre espantoso! --Y el seor de N... mozo de mrito y muy inteligente. --Bah! le cont los cabellos y no tena ms que catorce! A los veintisis aos! --Ah!... y el pequeo D?... --No me gustan los trigueos. Y luego, es una nulidad completa. Una vez casado, querra a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada ms. --Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barn de Le Maltour; qu le reprochas? --Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no s valsar a tres tiempos--exclam con indignacin. --Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volvers a hallar jams un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las mejores informaciones respecto a su moralidad y su carcter, fortuna inmensa, familia honorable y muy antigua. --Ah, s, abuelos! como dice Blanca--interrump con desdn. Tengo horror a los abuelos, to. --Por qu? --Gente que no pensaba ms que en pelear y romperse la cabeza. Qu idiotez! --Ah! pues mira, s tambin que el escribiente del tribunal de V... gusta de ti; no tiene abuelos, quieres que le diga que en vista de ello, la seorita de Lavalle est dispuesta a casarse con l? --No os burlis de mi, to; bien sabis que soy aristcrata hasta la punta de los dedos--respond, aprovechndome de la ocasin para admirar mis afiladas manos. --Es lo que creo, si no engaa tu aspecto. Y ahora, sobrina, yeme bien. Aun no conoces al seor de Le Maltour, para formar opinin de l, y quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una contestacin definitiva. Voy a escribirle a la seora de Le Maltour, que la resolucin depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente en el Pavol cuando le plazca. --Muy bien, mi to, haced lo que queris. Cinco minutos despus paseaba yo por el bosque, presa de la ms violenta agitacin. --Ah, quiere salir con la suya!--decame mordiendo el pauelo para ahogar los sollozos;--ya ver cmo recibo a su Le Maltour. Quiero que en cuatro das desaparezca de mi vista. Mi to no ve ni comprende nada. Me engaaba. Mi to, a pesar de mi repentina resolucin de disimulo, vea claramente, pero se conduca con prudencia. No poda impedir al seor de Couprat que amara a su hija, ni renunciar al proyecto que tanto l como el comandante acariciaban desde haca tiempo. Por otra parte, convencidsimo que mi cario no era profundo y que era ms bien una niada, pensaba que el mejor remedio para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre que enamorado de mi, se hiciera amar, fundndose en este axioma: el amor atrae al amor. Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido perfecto. Dos das ms tarde llegaron al Pavol la seora de Le Maltour y su hijo, con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente seora me dijo cien amabilidades a las que contest con la cara ceuda de un portero de jesuitas. El barn era un buen muchacho... aguardad, no quiero decir con esto que fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tena ms que veintitrs aos. Era tmido y estaba muy enamorado, circunstancia que no le despejaba la mente, pero que sera una ingratitud de mi parte, el criticarla. Al da siguiente volvi sin su madre y trat de conversar conmigo. --Sents, seorita, que se haya terminado la temporada de los bailes? --S--le respond en un tono tan brusco como el de Susana. --Os divertisteis la otra noche en casa de los C?... --No. --Sin embargo, me pareci una fiesta brillante. Qu lindo vestido llevabais! Os gusta el azul? --Puesto que lo uso... El seor de Le Maltour tosi levemente, para darse valor. --Os gustan los viajes, seorita? --No. -Es sorprendente. Os hubiera credo de carcter emprendedor y viajero. --Qu idiotez! Tengo miedo a todo! La conversacin dur un poco ms en este tono. Desconcertado por mi laconismo y el inters con que con la mayor impertinencia del mundo, segua yo las evoluciones de una mosca que se paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barn, algo cortado y abrevi la visita. Acompaole mi to hasta la puerta del jardn, y volvi enojado en busca ma. --Esto no puede continuar as, Reina. Es una insolencia caramba! tanto para mi como para ese pobre mozo, que es tmido y a quien desconciertas por completo. El seor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda tratar como a un ttere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con l, pero quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda maana; el seor de Le Maltour almorzar con nosotros. --Bueno, to, hablar, perded cuidado. --Pero no vayas a decir tonteras. --Me inspirar en la ciencia, to--le contest majestuosamente. --Cmo? en... --No os aflijis, har lo que me exigs, hablar sin cesar. --No, sobrina, no se trata de... Dej que mi to confiara sus pensamientos a los muebles del saln, y corr a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en prctica la idea que acababa de ocurrrseme. Y llev a mi cuarto la filosofa de Malebranche y un estudio sobre la Tartaria. El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dej para arrojarme sobre la Tartaria, que me ofreci ms recursos. Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con nombres tan extravagantes. Sin embargo, consegu recordar algunos detalles del pas y varias palabras extraas, cuya significacin ignoraba por completo. Me acost restregndome las manos. --Veremos--me deca,--si Le Maltour resiste a esta prueba. Ah mi querido to, convenceos de que he de salir con la ma y de que de aqu a pocas horas me habr deshecho de ese intruso! Al da siguiente el barn se present con el aspecto desconcertado, del que camina sobre vidrios. Yo le recib tan amablemente, que se repuso, al mismo tiempo que se disiparon los temores del seor de Pavol. Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimaseme el corazn al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me hallaba condenada a soportar las atenciones tmidas del seor Le Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios. --He cambiado de idea desde ayer--le dije repentinamente;--me gustan muchsimo los viajes. --Comparto vuestro gusto, seorita; viajar es la ms interesante distraccin. --Y vos habis viajado? --S, algo. --Conocis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies, los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?--le interrogu de un tirn mezclando razas, clases y dignidades. --Y qu es todo eso?--pregunt aturdido el barn. --Cmo! no habis ido nunca a Tartaria? --No, jams. --No haber estado en Tartaria!--exclam con desdn.--A lo menos conoceris a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y el diablo a cuatro? Aad algunas slabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldra de la tumba a echrmelo en cara. Mi to y los invitados mordanse los labios para no rerse al ver la fisonoma del seor de Le Maltour, que delataba el mayor desconcierto y Blanca exclam: --Has perdido la cabeza, Reina? --No, absolutamente. Le pregunto al seor si comparte mi simpata por Nasr-Ullah, un hombre que segn parece, posea todos los vicios. Pasaba la vida degollando al prjimo, sumiendo a los embajadores en calabozos donde los dejaba pudrir, y por ltimo, era un hombre de energa, que ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su pas qu pas! All reinan todas las enfermedades y por eso mismo me gustara llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vmitos que duran seis meses, lceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las personas, y para extirparlo se... --Basta, Reina, basta. Djanos almorzar tranquilos. --Qu queris to? La Tartaria me atrae. Y a vos?--pregunt al barn. --Lo que decs de ella, no es muy halageo. --Para los que no tienen sangre en las venas--respond despreciativamente.--Cuando me case, ir a Tartaria. --A Dios gracias, no depender de ti, sobrina. --Ya lo creo que s, to; har mi voluntad, no la de mi marido, a quien llevar a Bukharia para que le coman los gusanos. --Cmo? Comido por...--murmur tmidamente el barn. --S seor, lo que habis odo. He dicho: comido por los gusanos, porque segn mi modo de ver la ms encantadora luz de la vida de una mujer, es la de la viudez... El alto y poderoso barn Le Maltour, aunque de raza de hroes, no resisti a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis caprichos _trtaros_, se fue y no volvi ms. Mi to se enoj, pero no se me import. Hice una pirueta y le dije con aire sentencioso: --To, quien quiere el fin pone los medios. XV. Siempre cumpl la promesa que hice al cura, y le escriba con puntualidad dos veces por semana. Esta costumbre le pareci tan dulce y halagadora, que cuando interrump de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, qued sumergido en inquietudes y tristeza. Absorta por mis quebrantos, permanec quince das sin darle seales de vida; despus, cediendo a sus instancias, comenc a expedirle misivas por el estilo de sta: Seor Cura:--Acabo de descubrir que los hombres son estpidos. No os parece as? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo. O de esta otra: Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fra, de que hablbamos tres meses ha! La felicidad no existe, es un engao, un mito; todo lo que queris, menos realidad! Adis! Si la muerte no nos volviese tan feos, querra morir! Morir, s, mi cura! Habis ledo bien! l me contestaba correo por correo. Hijita querida:--Qu significa el tono de tus ltimas cartas? Hace tres semanas parecas tan feliz en medio de la gloria y la alegra de tus xitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y ser tu herencia; pero en este momento la imaginacin te domina, te ofusca, y por consiguiente, impdete ver con claridad. No has seguido mi consejo, Reina; has abusado de tus fogatas, verdad? Pobre hijita; venme a ver, y conversaremos de tus preocupaciones. Yo le respond: Seor Cura:--La imaginacin es una tonta, la vida un estropajo, y la sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado, no sirve para nada, a no ser para colocarla en un rbol a guisa de espantapjaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. Ah! si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitira bailar con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto que ira a refugiarme all y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero creo que este gnero de distracciones no est muy de acuerdo con la regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, seor cura, y convenceos de que no sois sino un soador optimista al pretender que la felicidad existe y que me est destinada. Vivs como un ratn dentro de un queso, no porque seis egosta, e ignoris las catstrofes que pueden estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo. Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada, apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy, estoy ms linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que no espera nada, y que no se da cuenta de cmo la tierra es tan tonta, como para seguir girando todava, cuando mis ensueos y quimeras estn destrozados, pulverizados y reducidos a tomos imperceptibles. Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne, que, estoy de acuerdo en ello, engaa al ojo del observador, mi persona moral digo, no sera ms que un esqueleto, un rbol muerto, completamente muerto, sin savia y sin hojas, un rbol que tiende hacia el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral no arruine a lo fsico... Ah, seor cura, tiemblo con slo pensarlo! No es cierto que es terrible no abrigar la menor ilusin a los diez y seis aos? Hasta la vista, mi viejo cura. Dos das despus de haber expedido esta epstola, que deba dar al cura la ms triste idea del estado de mi alma, decidi mi to llevarnos a paseo al monte San Miguel. Ese da haba algo nefasto en el ambiente; lo present. Mi to y el comandante haban celebrado la vspera una conferencia secreta y prolongada. Pablo pareca inquieto, nervioso y mi prima tena aspecto soador. Mi to y Juno, que tenan pasin por el monte San Miguel, me lo hicieron conocer con fruicin; y en cuanto a mi, tras de no importrseme mucho el arte arquitectnico, miraba todo a travs del sombro velo de mi mal humor positivamente insoportable. --Cmo cansa el trepar por tantos escalones!--deca yo, quejndome a cada paso. --No son ms que seiscientos, prima. --Oh! entonces me quedo aqu. --Vamos, sobrina, caramba! al fin y al cabo no estis enferma de reumatismo. Y mi to, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery, mientras subamos por aquellos peldaos hollados por tantas generaciones. Pero qu se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la maravillosa abada, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que duerme all desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos, puesto que tena que observar cosas cien veces ms interesantes en el rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y cumplidos, sin pensar siquiera en m. Qu estpida haba sido yo! No ver antes su amor. Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se dignaba notarlas. --Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, qu dices de ella? --Digo, to, que si los caballeros estuviesen en ella, tendra algn encanto. --Que no lo encuentras en ella misma? --De ningn modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... bah, todo eso no sirve para nada! --Nunca se me haba ocurrido este modo de apreciar la arquitectura feudal--exclam, riendo, mi to. Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron. --Nos vamos a romper la mollera--gema yo, aferrndome al brazo del comandante, mientras que Pablo ofreca el suyo a Blanca. --Estamos tristes, Reinita?--me pregunt quedo el comandante. --Hablis como mi cura--respond emocionada. --Vamos a ver: Queris tener confianza en mi? --Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie--contest de mal modo.--Susana deca que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto las opiniones de Susana. --Oh, oh!--dijo el comandante, mirndome con un aire tan bondadoso, que tuve miedo de estallar en sollozos;--tanta misantropa en tanta juventud! No contest nada, y como en aquel momento llegbamos a una espaciosa terraza, me escap de su brazo y corr a esconderme tras una enorme arcada. Apoy la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me ech a llorar. --Ah!--pensaba,--cunta razn tena mi cura, al decirme, hace mucho tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda mi lgica no vale nada ante las circunstancias. Qu triste es, Dios mo, qu triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia! Y miraba a travs de mis lgrimas, aquellos arenales tan clebres, que me parecan desolados, y aquel monumento cuya mole me oprima y causaba vrtigos; pero sin darme cuenta de ello, senta una especie de alivio en la afinidad misteriosa que haba entre aquella naturaleza triste y mis propios pensamientos; en la contemplacin de aquellos murallones que arrojaban su sombra melanclica sobre la tierra y el pasado. De vuelta a casa y ya en el tren, me interrog mi to. --Y bien, Reina, en resumidas cuentas, cul es tu impresin sobre el monte San Miguel? --Que all, ser muy fcil morir de miedo, y enfermar de reumatismo. En el trayecto de la estacin de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la poca duracin de las cosas de la tierra. No haca an tres meses que recorra el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueos de felicidad, y con la embriaguez de mis hiptesis alegres a cerca del porvenir, que cra tan bello!... mientras que entonces, me pareci el camino cubierto con jirones de mi dicha. Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi to llam a Blanca a su despacho dicindole que tena que hablar con ella muy seriamente. Y yo me acost, llorando con todas mis fuerzas, y con la conviccin de que la espada de Damocles penda sobre mi cabeza. Desde algn tiempo atrs, Juno se haba hecho ms ntima conmigo. Todas las maanas vena a sentarse a mi cama y conversbamos indefinidamente. Al da siguiente a las siete, entr en mi cuarto con aspecto sereno, tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera fisonoma, y que tal vez slo yo conoca bien. --Reina--djome sin prembulos--Pablo ha pedido mi mano. El hilo se haba roto y la espada de Damocles me cay sobre el corazn. Qu poco sentido comn el de ese rey! Atar una espada de tanto peso con un hilo tan dbil! No dice la historia que fue de un cabello? estoy por creerlo. Sin duda alguna, yo esperaba esta revelacin, pero mientras los hechos no se verifican, qu criatura humana no abriga en el fondo de su corazn un poco de esperanza? Palidec tanto, que Blanca lo not, por ms que la alcoba estaba sumida en una media sombra. --Qu tienes, Reina? Ests enferma? --Un calambre--murmur con voz dbil. --Voy a buscar ter--dijo, levantndose diligentemente. --No, no--prosegu, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi altivez que se desvaneca.--Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado. --Sufres de eso a menudo, Reinita? --No... algunas veces. No es nada; no hablemos ms de ello. Blanca se pas la mano por la frente, como quien quiere arrojar un importuno pensamiento, pero yo continu conversando con tanta entereza, que en breve pareci libre de su preocupacin. --Y t, Juno, qu piensas decidir? --Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmara todas sus aspiraciones. --Y a ti te gusta? --Esa unin me gusta, por cierto; rene todas las conveniencias, pero hasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo. --Qu defecto le encuentras? --No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es un excelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, y luego ese apetito normando que le caracteriza... Preciso te ser convenir conmigo que est desprovisto de poesa! --Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muy natural--respond conteniendo mis lgrimas. --En fin qu quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen. --Entonces, lo desairas, Juno? --He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; pues temo causar una decepcin a mi padre. Por otra parte, ese casamiento rene bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fin es un cumplido caballero. --Mas, supuesto que no le amas, Blanca... --Mi padre me asegura que le amar despus, y que para ser felices en el hogar, no es necesario el amor. --Cmo puedes creer semejante cosa?--exclam saltando de indignacin.--De veras que mi to profesa doctrinas abominables. A esto Blanca me respondi con toda calma, que su padre era el buen sentido en persona y que haba notado siempre que rara vez se equivocaba en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle odos. --Pablo te quiere mucho, Juno--murmur yo casi sin voz. --S, desde hace tiempo. --Lo sabas? --Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y t, no lo habas notado? --S... algo--le contest, enviando a mi pasada estupidez un suspiro lleno de melancola. Blanca no dej despus de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su mano; aquella demora no obedeca ms que al temor de una negativa. Yo pensaba lo mismo y me vest febrilmente, pensando que influida por su padre, concluira por dar su consentimiento. Yo en su lugar, habra dicho que s en un segundo, y me hubiera casado quince das despus. Ay! mis sueos se haban desvanecido... y ca en un enorme desaliento. XVI. Convnose en que Pablo pasara algn tiempo sin venir al Pavol, y cosa increble, inaudita! desde el da en que Blanca dej de verle, pareci casi decidida a otorgarle su mano. Hablbamos de l constantemente, hasta combinbamos los trajes de boda, y yo daba pruebas de una resignacin estoica, digna de los antiguos hombres. Pero esta resignacin era slo aparente. Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuan de ojeras, y conclu por pensar que no sindome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo ms sencillo era irme al otro mundo. Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferr a l con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegra casi enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jams se me pas por la idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las gentes de nuestra poca. No; le no s en qu libro, que una joven haba muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decret que seguira su ejemplo. Tomada esta resolucin, y confirmndome mi desmejorada cara en mis pensamientos lgubres, pens que sera correcto y conveniente advertir al cura, y que por otra parte no poda morir sin estrecharle la mano. Bien determinada a ello, entr una maana en el despacho de mi to y le ped permiso para ir al Zarzal. --Ms vale escribir al cura que venga, Reina. --No podr, to; nunca tiene un cntimo. --Es que no es nada divertido el viaje. --No es preciso que vos me acompais, to, por eso os ruego que no lo hagis, me estorbarais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si es que me lo permits. --Haz como quieras. Mi carruaje, te llevar hasta C***, donde te ser fcil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. Cundo quieres ir? --Maana temprano, to; deseo sorprender al cura. Ah! me quedar a dormir en la casa parroquial. --Bueno. Te mandar el coche a C***, de aqu dos das. Trata, pues, de hallarte all de vuelta, pasado maana a las tres. Y me mir atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregndose la barba con aire preocupado. --Ests enferma, Reina? --No, to. --Sobrinita--djome atrayndome a s, he llegado casi a desear que no se cumplan mis deseos. Le mir asombrada, porque tena la firme conviccin de que no habra visto nada. Contesele con mucha sangre fra, que ignoraba lo que quera decirme, que era muy feliz, y que haca votos para que todos sus proyectos tuvieran xito. Me abraz con cario y se retir. Part, pues, al siguiente da de maana, sin querer aceptar la compaa de Blanca que deseaba ir conmigo. En el camino medit en las palabras de mi to. --Lo sabe todo--pens.--Dios mo, cun poco perspicaz soy, a pesar de mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, de qu me servira, si Pablo est enamorado de ella? Ahora, ya no puede querer a otra. No entiendo a mi to. Ya no crea como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez. Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su vida, sin ofrecer al mundo el espectculo de un fenmeno extraordinario. Una vez reglamentados as los latidos del corazn de la gente barbuda, mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocij con la idea de ver a mi cura. Y decid saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que profesaba a la etiqueta. Una vez en la casa parroquial, no entr por la puerta, sino por el claro de una empalizada, que conoca desde tiempo inmemorial y me dirig a paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura deba estar almorzando. Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia adentro de la habitacin tuve que subirme a un tronco de rbol que coloqu contra el muro a modo de banco. Pas la cabeza con toda precaucin por entre medio de la yedra, que formaba espeso marco a la ventana, y descubr a mi cura. Estaba en la mesa y coma con aire triste. Sus lozanas mejillas haban perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre el crneo, con indecible desolacin. --Ah, mi pobre y bondadoso cura! Salt del tronco, corr a la puerta, perd mi sombrero en la carrera, y me precipit en el comedor, como una bomba. El cura se levant sorprendido. Su dulce y amable fisonoma resplandeci de jbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la etiqueta, sino en un mpetu de ternura y emocin, me arroj en sus brazos y llor largo rato sobre su pecho. S que no hay nada ms impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de un cura, que mi to, Juno y todas las matronas de la tierra se habran cubierto la faz ante tan escandaloso espectculo; pero mi ingreso en la escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que slo los tontos, los farsantes y las personas sin corazn pueden tener la pretensin de no sacrificar jams las leyes de la conveniencia social ante un sentimiento sincero y profundo. --La vida es un harapo, mi cura, un msero harapo--exclam sollozando. --Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, has llegado ya a tal conclusin? No, no; no es posible. Y el pobre cura, que a la vez lloraba y rea, mirbame con enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con caricias y frases cariosas. --Vamos, Reina, vamos hijita querida, clmate un poquito, clmate--me dijo separndome con dulzura. --Tenis razn--respondle, relegando el pauelo al fondo de mi bolsillo.--Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos. Comamos, seor cura! Me quit los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos, desde algn tiempo frecuentes en mi, me ech a rer y me sent a la mesa alegremente. --Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de hambre. --Y no tengo casi nada que darte. --Oh! aqu hay judas; a mi me gustan mucho las judas! Y pan casero! Es un banquete! --Y has venido sola, Reina? --Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, seor cura, y que de paso le digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardn. El buen cura fue a dar sus rdenes y volvi a sentarse enfrente de m. Mientras que yo coma con excelente apetito, a pesar de m... tisis y mis penas, l, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una admiracin que trataba de disimular, pero infructuosamente. --Me hallis linda, no es verdad, seor cura? --Digo... s, algo, Reina. --Ah, mi cura, si me confesase ahora cuntos pecadazos tendra de que acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocais tan bien. Y sin dejar de comer, le describa mis complacencias vanidosas, mis impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. l rea, tomaba rap continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por cierto, sin pensar en reirme. --No voy camino del infierno, seor cura? --No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven. --Joven, mi pobre cura? Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os he escrito, que no era ms que un esqueleto, y es la verdad. --En todo caso, no lo pareces. --Ya hablaremos de ello de aqu a un rato, seor cura, y os convenceris. As que saci mi apetito, levant la mesa la sirvienta, se encendi un esplndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a un lado de la chimenea. --Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. Qu tienes que contarme? Adelant mis piececitos hacia las llamas del hogar y respond tranquilamente. --Mi cura, me muero. Algo impresionado, cerr el cura bruscamente la entreabierta tabaquera, en la que estaba a punto de introducir los dedos. --No tienes aspecto de eso, hijita. --Cmo! no me veis ojerosa y con mis labios plidos? --No, Reina; al contrario, tus labios estn rosados y tu rostro denota una floreciente salud. Pero de qu te mueres? Antes de contestarle, mir en torno mo pensando en que iba a pronunciar una palabra, que jams haba odo pronunciar aquella modesta sala; una palabra tan rara, que probablemente hara caer sobre mi cabeza en un movimiento de sorpresa e indignacin al viejo reloj sin mquina que se incrustaba en un rincn, y a las imgenes piadosas de las paredes. --Y bien, Reina? --Pues bien, seor cura, me muero de... amor. El reloj, las imgenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el mismo cura no dio ms que un salto pequeito. --Estaba seguro de ello--dijo pasndose la mano por la cabellera blanca, que haba reconquistado su revuelta actitud de los buenos tiempos,--estaba seguro. Tu imaginacin ha hecho de las suyas, Reina. --No se trata de la imaginacin, seor cura, sino del corazn, puesto que amo. --Oh tan joven, tan nia! --Qu tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el seor de Couprat. --Ah! conque es l? --Qu me tomis por una veleta, mi cura? --Pero, Reinita, en vez de morir, sera mejor que te casaras con l. --Eso sera lgico, querido cura, muy lgico; pero por desgracia, no le gusto. Esta asercin le pareci tan extraordinaria, que permaneci algunos instante como petrificado. --Eso no es posible!--exclam y con tal conviccin que no pude ahogar la risa. --No slo no me ama, sino que ama a otra; est enamorado de Blanca y ha pedido su mano. Le cont lo que haba pasado en el Pavol pocos das antes; mis descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coron esta narracin llorando a lgrima viva, como que mi tristeza era real y verdadera. El cura, que hasta entonces no haba podido decidirse a tomar en serio mis penas y mis palabras, ofreca en aquel instante la imagen viva de la consternacin. Aproxim su silla a la ma, me tom de la mano y se esforz en hacerme entrar en razn. --Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento. --Y que me importara eso, si la ama? No se puede querer dos veces. --Sin embargo, sucede. --Oh, no lo creo; sera espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada. --Se lo has dicho a tu to? --No; pero ha adivinado lo que pasaba por m. Y de todos modos para qu? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no quisiera que supiese que le amo; preferira morir. Un largo silencio sucedi a este arranque de orgullo. Ambos mirbamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos. Mas, llamas y carbones permanecan mudos y yo lloraba silenciosamente, cuando el cura prosigui semisonriendo. --Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham. -Ah! seor cura--repliqu rpidamente,--si Francisco I y Buckingham estuvieran aqu, no se haran rogar mucho para amarme, y yo estara contentsima. Hum! El cura hall la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso tema, me aconsej resignacin. --Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasar y que tienes delante de ti una larga vida. --Sabed, mi cura, que no soy de carcter resignado. Si vivo, no me casar nunca; mas no vivir: estoy tsica. Escuchad! Y trat de toser de un modo cavernoso. --No juegues con tu salud. A Dios gracias, ests muy bien. --Bueno--dije levantndome,--veo que no queris creerme. Aprovechemos del buen tiempo y de los ltimos momentos de vida que me quedan, para ir al Zarzal, seor cura. Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol de Noviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cario y el rostro del cura. Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andar ligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde la ventana de la galera, mientras que la lluvia azotaba los vidrios y muga y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetusta casa! Despus de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorr la casa de arriba abajo. De veras, no debiramos medir el tiempo por la cantidad de das pasados sino por el nmero y vivacidad de las impresiones! Pocas semanas antes sala de la antigua morada, y sin embargo, si se me hubiese asegurado que en vez de das eran aos los que haban pasado por mi, lo hubiera credo sin dificultad. Conduje al cura al jardn. Pobre selva virgen! Me recordaba das tristes; sin embargo, sent cierto placer recorrindolo en todo sentido. Y luego, asedibame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas, recuerdo todava encantador para mi, a pesar de la amargura de las decepciones que haban sucedido a un instante de felicidad. --Os acordis, seor cura?--djele indicndole el cerezo, a que haba trepado Pablo. --Pensemos en otra cosa, Reinita. --Acaso me es dable, seor cura? Si supierais cunto le quiero! Os aseguro que no tiene defectos. Una vez en este terreno ningn poder humano me hubiera podido detener, tanto ms cuanto que en el Pavol me vea obligada a ocultar mis impresiones. Habl por tanto rato, que el cura qued como aturdido. Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura despleg todo su talento oratorio, para probarme que la resignacin es una virtud llena de sabidura y fcil de alcanzar. --Ah, mi cura--le responda con toda seriedad,--no sabis lo que es el amor! --Creme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidars y te sobrepondrs fcilmente a esta prueba. Eres tan joven. Tan joven... Este era su estribillo. No se sufre lo mismo a los diez y seis aos como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son incomprensibles. Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza: --No comprendis, mi cura, no comprendis! Al da siguiente, mientras nos pasebamos por el jardn, le dije: --Seor cura, esta noche he concebido una idea. --Veamos la idea, hijita. --Tengo ganas de que seis cura del Pavol. --No se puede quitar a otro su puesto, Reina. --El que est actualmente, es muy viejo, seor cura; espo con tierna atencin los sntomas de su decrepitud. No os gustara reemplazarle? --S, evidentemente. No obstante, sentira abandonar mi parroquia; treinta aos hace que estoy en ella, y he concluido por amarla. --Habis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre. --No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado en que yo tambin he sido joven. Mis sueos no eran por el estilo de los tuyos, hijita, pero he soado con una vida activa; hubiera deseado ver y or muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursos intelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, no tena cario ni amistad en torno mo. Pero uno se sobrepone al fastidio y a los pesares, Reina; todo est en quererlo. Era muy feliz desde haca tiempo, antes de tu partida del Zarzal; haba olvidado los largos das tan tristes de mi juventud. El buen cura me miraba con aire soador, y yo que, vindole siempre alegre y satisfecho, no haba pensado nunca en que hubiera podido sufrir alguna vez, me sent enternecida ante una resignacin tan verdadera, tan dulce y tan sin hiel. --Sois un santo, mi cura--le dije tomndole la mano. --Chut! No digamos tonteras, mi hijita. Esa vida algo estrecha me ha hecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carcter joven y activo. Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puede soportar, y que la felicidad y la alegra se encuentran siempre, cuando se sufren con valor las pruebas y tribulaciones. Todo lo comprenda perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicaba en desierto. Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con toda conviccin, que en cuestin de pesares, nada es comparable a un amor desgraciado. --Si el curato del Pavol se ve vacante algn da, Reina, lo aceptar con jbilo; desgraciadamente este cambio no depende de m. --Lo s, lo s, pero mi to conoce mucho al seor obispo, y arreglara todo. El cura me acompa hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante _landeau_ de mi to, exclam: --Cunto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! Qu diferencia entre este coche y el carromato de Juan! --Pronto me veris en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena para que el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa, puesto que est decrpito y enfermo. Tendris una esplndida iglesia y un plpito, seor cura, pero un verdadero y espacioso plpito. Arrancaron los caballos, y me asom a la ventanilla para poder ver por ms tiempo a mi viejo cura, que me haca seales de cariosa despedida, sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanza haba nacido en su corazn. XVII. Esta visita al cura slo me hizo un bien pasajero. El saludable efecto de sus palabras se desvaneci rpidamente, y reca en mis negros pensamientos: mi to, protestando siempre contra las mujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba de conducirnos a Pars para distraerme, cuando felizmente se precipitaron los acontecimientos. Pocos das antes del proyectado viaje, el seor de Pavol recibi carta de un amigo que le peda permiso para conducir al castillo a uno de sus parientes, un cierto seor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada. Mi to contest con premura que le sera muy grato recibir al seor de Kerveloch, y le invit a almorzar, sin presumir que sala al paso a un acontecimiento que, desvaneciendo sus sueos, deba resucitarme la esperanza. El segundo da despus de escrita esta carta (tengo mis motivos para acordarme eternamente de tan clebre da)--el segundo da, haca un tiempo espantoso. Segn nuestra costumbre, nos hallbamos reunidos en el saln. Blanca preocupada y sentada cerca del fuego, responda con monoslabos al seor de Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar su destierro, haba reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas. Mi to lea el diario, y yo me haba refugiado en el hueco de una ventana. Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tena pasin por las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y la lluvia que caa sin interrupcin; escuchaba el rugido del viento, de ese viento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me senta fatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellos instantes acuda a mi la felicidad arrastrada por el rpido trote de dos briosos corceles. De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo. Miraba a Blanca con una expresin tal, que me daban ganas de estrangularla. --Qu aire de idiota tiene!--decame yo, mirndola as, con los ojazos fijos y casi atontados. --S!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara del mismo modo, lo encontrara encantador y ms lindo que nunca! Oh, inconsecuencia humana! Y clav mi aguja con tanta rabia, que la quebr. En ese momento, omos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo. Mi to dobl su diario, Juno aplic el odo diciendo:--Tenemos visitas!--Y algunos segundos despus eran introducidos en la sala, el amigo de mi to y su agregado de embajada. No s porqu tal ttulo estaba unido en mi mente a la vejez y a la calvicie. Sin embargo, el seor de Kerveloch, no slo no era ni viejo ni calvo, sino que, excepcin hecha de Francisco I (en su retrato), yo no haba visto jams ningn hombre tan bello. As que entr se me ocurri que en su hermosa cabeza bullan ideas matrimoniales. Tena treinta aos; su estatura era suficientemente elevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era su expresin inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado la aureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Fro, pero corts hasta en los menores detalles, tena maneras elegantsimas y una posesin de s que inmediatamente subyugaron a Blanca. l por su parte, la contempl con admiracin, y cuando a la despedida, le vi cerca de ella, comprob con secreta alegra que era imposible imaginar una pareja ms bella. Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dej con cara entristecida. Juno toc diez veces seguidas el ltimo pensamiento de Weber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de gran preocupacin, mientras que mi to nos observaba de un modo perspicaz y burln. El seor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente da; tres despus peda la mano de Blanca, y apenas haban pasado dos semanas de esto, cuando yo escriba al cura. Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable y caprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginacin y de las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidad entera, porque es mi persona el animalito a que me refiero. Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura. Me parece que el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir me reserva alegras, y que es una suerte que el universo exista. Blanca se casa, seor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch. Dios mo, qu pareja tan linda! Y decir que no ha faltado ms que un tomo, una lnea, para que aceptase al seor de Couprat. Un hombre a quien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... Qu consideracin tan absurda! No es natural y lgico comer bien, cuando se tiene salud? Si me preguntis cmo han podido variar tan bruscamente las cosas en el Pavol, difcilmente os lo podra explicar. Todo lo que s es que un da, un hermoso da, no, llova a torrentes, pero no importa. Un da, digo, lleg el seor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi to. Vindole entrar, adivin que traa intenciones, y supuse tambin que le gustara a Blanca, porque tena todas las cualidades que ella pretende en un marido. El seor de Kerveloch la contempl como hombre que sabe apreciar la belleza y pocos das despus solicitaba el honor de unirse a ella, como dicen mi to y la etiqueta. Juno sali de su habitual indiferencia, y declar con entusiasmo, que jams le haba gustado tanto un apuesto caballero y que se negaba redondamente a dar su mano al seor de Couprat. Y ah tenis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto como antes, a soar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginacin y la dejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en mi cuarto, que es un gusto. Ah, mi querido cura, no s porqu os quiero hoy ocho o diez veces ms que de costumbre! Vuestra dulce fisonoma me parece hoy ms risuea que nunca, vuestro cario ms tierno y vuestros hermosos cabellos blancos ms delicados. Esta maana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecido verdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me he reconciliado de pronto, con la imaginacin. Toda mi vida me arrepentir de haberla tratado tan duramente como lo hice el otro da. Es una hada, mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesa, que al tocar con su varilla mgica las cosas ms insignificantes y feas las engalana con su propia belleza. Qu voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. En qu estriban la esperanza y la alegra? A qu desesperarse, cuando se resuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en el arreglo? Pero por qu estoy tan alegre cuando mi porvenir no est decidido todava, y cuando creo que es imposible amar dos veces? Qu caos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismo insondable. Creo que alguien, no s dnde, ha emitido esta idea; tal vez la haya ledo ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar. No obstante, as que mi imaginacin se apacigua, un pnico irresistible se apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan y desaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas. Porque al fin, seor cura, l la ama. Qu horrible frase, aplicada como la aplico en este instante! Me habis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en la vida, seor cura; estis bien seguro? Estis convencido de ello? Dicen que el amor atrae al amor; si conociera mi secreto me querra? Vos que sois un hombre de criterio, seor cura, no hallis que los conocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastara una declaracin ma para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, he aqu, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, me prohben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos ntimos, y declarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que tambin en el fondo de mi corazn siento un cierto no s qu, que me obligara a guardar silencio y... cundo os digo que el alma es un abismo insondable! Mi querido cura, veo una procesin de ideas lgubres que avanzan hacia mi Dios mo, que mal equilibrado est el hombre! Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi to va ms lejos y pretende que slo los imbciles no cambian de opinin; pero sucede con el corazn lo mismo que con la cabeza? Dadme luz, mi viejo cura. Cuando el seor de Pavol decida algo, to tardaba en ejecutarlo. Partiendo de este principio, seal el 15 de Enero para verificar el matrimonio de Blanca. Fuerte haba sido para l la decepcin; pero no pens en contrariar a su hija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato e incapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo la felicidad de una sobrina. Pablo soport su desgracia con gran serenidad. No senta ninguna veleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tan entraablemente sin que siquiera lo sospechara. Certifico que jams se le pas por la mente envenenar a su rival, ni atravesarlo de parte a parte en ningn claro de bosque solitario y potico. Cuando vio sus ilusiones hechas humo, vino de visita con el comandante. Tendi la mano a Blanca, y le dijo con voz franca y natural: --Prima, no deseo ms que vuestra felicidad, y espero que seguiremos siendo siempre buenos amigos. Pero este comportamiento de hroe de comedia, no le libraba de sentir hondo pesar. Sus visitas al Pavol, furonse haciendo cada da ms raras, y le notaba muy cambiado, moral y fsicamente. Entonces volva a llorar a escondidas, y me enojaba con l. Le hubiera sido tan fcil quererme! Era tan lgico y racional comprender que nuestras dos naturalezas armonizaban y que yo le quera con locura! De veras, si los hombres fueran siempre lgicos, el mundo andara mejor. XVIII. El quince de Enero el tiempo estuvo soberbio, aunque hizo un fro seco y pronunciado. El campo, cubierto de escarcha, tena un aspecto encantado. Juno, extremadamente plida, estaba tan linda con su traje blanco que no me cansaba de mirarla. Y la comparaba a aquella naturaleza fra y esplndida que ataviada con brillante blancura, pareca haberse puesto al unsono de su belleza. Despus de almorzar subi a su cuarto para cambiar de vestido. Baj muy emocionada; nos abrazamos todos patticamente y... camino de Italia. --Qu lindo viaje! qu lindo viaje!-pensaba yo. Mis mltiples emociones me haban cansado y tena sed de soledad. Dej, pues, a mi to entenderse con sus invitados como pudiera, tom una capa de pieles y me dirig hacia un sitio del parque, por el que senta especial preferencia. El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rpido, y a cierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que al caer entre piedras hbilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente y pintoresco. A pocos pasos de la cascada, cay una vez un rbol con las races en una margen y la copa en otra. Qued algn tiempo en esa posicin y cuando en la siguiente primavera quiso mi to hacerle sacar de all, se apercibi que el rbol haba brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizo colocar otro al lado de aqul y entrelazar sus ramas, plantar lianas entre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compacta como para que mi to se jactara de tener un original puente rstico, que se poda atravesar sin ms peligro que el de enredarse en los gajos y caer al agua. Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar que haba escogido yo para mis meditaciones. Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir y a admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al ser sorprendidos en su lquido curso por el hielo. No s cuanto tiempo hara que me hallaba all, sin preocuparme del fro que me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de mi ternura, como dira el poeta. El tal objeto pareca melanclico y de muy mal humor. Vena apaleando los rboles con un bastn que haba tomado en un momento de distraccin del cuarto de mi to, y la polvareda blanca que los cubra, saltaba y se esparca sobre l. Yo le daba la espalda a medias, pero es de pblica notoriedad que las mujeres vemos de espaldas; as es, que yo no perda ni uno solo de sus movimientos. Ya cerca de mi, cruz los brazos, mir la cascada inmvil, el puente, los rboles, y no abri la boca. Yo, en tanto, retena el aliento y me haca la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sin que l se fijara, le miraba de soslayo. --Prima... --Primo...? Esper unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que se atascaba en el exordio, me dign dar una media vuelta hacia el orador para alentarle. Frunci las cejas y exclam con ansia: --Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos. --Muy buena idea!--repsele yo con tono seco,--ir a vuestro entierro. Esta repuesta le caus tanta sorpresa, que dej caer los brazos y me mir con fijeza. --Y no harais nada por evitar que me suicidase, prima? -No por cierto-respond muy tranquila. A qu entrometerme en lo que no me importa? Me gusta la libertad, y si tenis ganas de abandonar este valle de lgrimas... oh, Dios mo! no movera un dedo para impedroslo. Que cada cual haga su gusto en vida. Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto de mi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo su lgubre proyecto, quedaba desconcertado. --Pens, prima, que abrigarais algn cario por m. La primera vez que nos vimos me encontrasteis tan amable. --Ay, primo! de qu vale la opinin de una campesinilla, reducida a la sociedad de un cura, una ta spera y una cocinera dscola? --Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatas nada ms que por no ser cura, y tener una cara menos marchita que la de la seora de Lavalle? --Lo habis dicho, primo. l me miraba furioso, retorcindose el bigote con despecho, y ponindose, mal humorado el sombrero, ech a andar por el puente. Oh, cmo comprenda yo los movimientos de su alma! Se senta feliz, feliz de encontrar un pretexto para reir, y la pegaba conmigo y del mismo modo que me haba desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos de barro y con el infortunado barn de Le Maltour. --Vuestra ta era horrible, seorita,--me dijo volvindose bruscamente. --Mis lindos ojos compensaban su fealdad,--respond en igual tono. --Qu buena mesa! Qu buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza. --S; pero qu pavo! Cmo no moristeis de una indigestin? Lo cre sinceramente, hasta el da en que os volv a ver aqu, Dios mo... en perfecta salud. --S que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos, con la ltima palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. Qu os he hecho? --Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometindoos acompaar vuestro cuerpo a la ltima mansin. --Mi cuerpo!--exclam con doloroso escalofro.--Aun no estoy muerto, seorita. Sabed que no me matar y que parto para Rusia. --Buen viaje, primo! Se haba alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, cruc las manos con desaliento y dej correr mis lgrimas, cuando le vi volver sobre sus pasos. --Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qu nos enoja... Pero qu... estis llorando? --Pensaba en Juno--repuse logrando hacerlo con voz segura. --Tenis razn, primita. Os quedis muy sola. Queris tenderme la mano? --Con mucho gusto, Pablo. Ay! no la bes, pero la oprimi con melancola; pensaba en una mano ms bella, que haba soado poseer. Y parti para no volver. A pesar del fro, que ni senta, me sent llorando junto al puente y contemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lgrimas sobre el hielo. Decir que se iba a saltar la tapa de los sesos! Para eso es necesario que la quiera prodigiosamente. Bien s que no lo har, pero es muy posible que est tan enamorado de ella, como yo de l, y veo que no le podr olvidar jams. No es una intrepidez enamorarse as de una mujer que no le convena, mientras que cerca de l, una almita?... --Qu haces ah, Reina?--me interrog mi to, que haba venido sin que yo le sintiese. Me levant rpidamente, avergonzada de no poder ocultar mi emocin. --Cmo! Lloramos? --Qu tontos son los hombres, to! --Gran verdad, sobrina. Y por eso lloras? --Pablo dice que va a levantarse la tapa de los sesos,--prosegu llorando. --Le crees capaz de semejante crimen? --No,--contest sonriendo, a despecho de mis lgrimas.--Tal atrocidad es incompatible con su carcter, pero ya la idea slo prueba que... --Ya s, ya s sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme, la olvidar muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazn no se equivoque ms. --Entonces, to, pensis, que un hombre puede querer dos veces en su vida sin ser un fenmeno? El seor de Pavol me acarici las mejillas, mirndome con una conmiseracin provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia. --Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son ms raros que el Pico de la Aguja Verde. --Entonces, to, el hombre es un animal indigno. Sin embargo, yo estaba ms contenta que escandalizada, y no peda ms que poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana. --Con todo, Juno es tan linda. --Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas y plantas que lo cubran hayan retoado, Pablo la habr olvidado y antes de que las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habr vuelto al Pavol y... Sonri expresivamente, y se march sin terminar su frase. Yo le mir alejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tos que predicen el porvenir con tanto aplomo. --Todo est muy bien,--me dije encaminndome lentamente hacia el castillo,--pero si su corazn cambia, puede enamorarse de otra mujer durante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Ser preciso mandarle a Laponia. Ech a correr con todas mis fuerzas y llegu a la puerta del castillo en momentos en que el comandante suba a su carruaje. Le tom del brazo y llevndole a parte le dije: --Comandante Pablo se va a Rusia? --S, su viaje est decidido. --He pensado... si quisierais que... En fin, sera mejor... Sin duda alguna, la cosa era mucho ms difcil de decir que lo que yo me haba imaginado. Mi altivez pona obstculos y me aconsejaba callar. -Y qu, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aqu. --Los dados estn echados--exclam en voz alta golpeando el suelo con el pie. Mi altivez y yo saltamos el Rubicn y dije bajando los ojos: --Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre los esquimales, os lo suplico. --Y por qu entre los esquimales? --Porque las mujeres de por all son espantosas--balbuce,--mientras que las rusas son lindsimas. El buen comandante me levant la cara, roja de confusin, y me contest sencillamente: --Est bien, le aconsejar, que vaya a Laponia. --Cunto os quiero!--exclam con los ojos llenos de lgrimas y estrechndole la mano.--Decidle que no permanezca mucho tiempo en las chozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan. Mi to llegaba. Al verle me separ diciendo: --Comandante, un hombre de honor no tiene ms que una palabra; mantened la vuestra. Sub a mi cuarto, con la desagradable conviccin de que haba seguido por completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principios de la dignidad. Pero bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, cmo podramos salir del paso? Esta reflexin acall mis remordimientos. Me sent en mi escritorio y escrib: Todo ha concluido, seor cura. Se han casado y se han ido felices, encantados. Hubiera dado diez aos de mi vida por hallarme en lugar de Juno. Con quien, vos sabis. Cundo ser eso? Sabis lo que me ha dicho mi to? Me ha asegurado que los hombres que aman slo una vez son tan raros como el Pico de la Aguja Verde. Mi cura, mi querido cura, os lo suplico, aplicad maana vuestra misa para que el seor de Couprat no sea el Pico de la Aguja Verde. Hasta la vista, seor cura; espero que pronto seris cura de Pavol. XIX. El nico acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto la instalacin del cura en la parroquia del Pavol, y me parece intil demostrar con palabras el jbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temor de prxima separacin. Con qu delicia le vea subir al plpito y predicar contra la iniquidad de los hombres! Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotana remangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento. Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas. Me pareca que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Juno que respiraban la ms completa felicidad, no eran a propsito para darme paciencia. As es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle mis cuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me vea obligada a soportar. Saba, que el objeto de mi amor ay! no haba hallado de su gusto el viaje a Laponia. Pasebase tranquilamente en San Petersburgo, y las hermosas eslavas me daban un miedo horrible. --Estis seguro de que no se enamorar de una rusa, seor cura? --Es de esperarse, Reinita. --Es de esperarse... Contestadme de un modo ms categrico, mi cura. En qu pensis? Oh! no es posible que se enamore de una extranjera; decidme que no es posible y que pronto me querr. --Lo deseo ardientemente, pobre hijita ma; pero haras bien en suponer lo contrario y prepararte de antemano. --Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignacin, seor cura. --Cun poco juiciosa eres, Reina! --El juicio, segn mi opinin, consiste en querer la felicidad. Decidme que me querr, seor cura, decdmelo. --No deseo otra cosa, hijita querida,--respondame el cura, quien a pesar de su horror al sufrimiento fsico hubiera sido capaz de seguir el ejemplo de Mucio Scvola, si la realizacin de mis anhelos hubiese dependido de semejante sacrificio. Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi to y de la de todos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente da por da. Gustbame recorrer sola los senderos del bosque y permaneca durante horas enteras junto a la cascada, recordando nuestra ltima entrevista y pensando en lo que hara si me le viese aparecer alegre y encantador, con aquella expresin en los ojos que me haba agradado tanto en el Zarzal y que despus no haba vuelto a ver brillar para m. Este amor por la soledad, creca diariamente en razn directa de mi melancola. En fin, poco a poco perd toda mi locuacidad, y si el seor de Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde haca tiempo, este solo hecho habra bastado para probarle su intensidad. Seis meses pasronse as. Un da, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallbame sentada en el jardn de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrn haba refrescado la atmsfera y regado las flores del cura. Entretenase l en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influencia de dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejaba arrebatar por risueas esperanzas. Slo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua que doblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra hmeda que me recordaba las mejores horas de mi vida. De tiempo en tiempo, decame el cura: --Pero sabes que es curioso. Qu cantidad de babosas! Creers, Reina, que he encontrado ya ms de quinientas? Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buen cura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volva a mis quimeras y conclua por quedar sumida en una vaga somnolencia. Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardn y el sonido de una voz llena de alegra que me caus el ms recio sacudimiento que sent en mi vida. --Buen da, seor cura! Cmo estis? Cunto me alegro de veros! Reina dnde est? Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una palabra. --Ah, all est!--exclam Pablo, acercndose a mi a grandes pasos. --Querida primita, estoy contento! Dios mo! Cun contento estoy de volver a veros! Tom mi mano y la bes. Aseguro que lo que pas en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debis pensar mal de m. Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentacin; pero cuando sent sus labios sobre mi mano, cuando comprend que no inspiraba esta accin una banal cortesa sino un sentimiento ms profundo, cuando le vi inclinarse hacia mi con una expresin inquieta, afectuosa, especial, cien veces ms arrebatadora que la que me haba hecho pensar tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era ms poderoso que mi energa, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arroj en sus brazos. Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondi a mi impulso. Avergonzada y confusa ca sobre el banco, ocultando el rostro entre las manos, no sin haber entrevisto la fisonoma del cura, cuyo aspecto, a la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto despus muchas veces a mi mente. --Querida Reina--murmur Pablo a mi odo;--si hubiese conocido antes vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo. Yo no respond, porque lloraba. Tom por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras que yo, dominada por una timidez que no haba sentido jams, volv a un lado la cara y haca esfuerzos por librarme. --Djame esta mano tan pequeita y linda; me pertenece. Vuelve la cara hacia ac, Reina. Mir de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonrean, y exclam: --Alabado sea Dios! Mi to tena razn; no sois el Pico de la Aguja Verde. --El Pico de la Aguja Verde?--pregunt sorprendido. --S, mi to pretenda... pero qu importa eso? Quin os ha dicho lo que ignorabais al partir? --Mi padre, el seor de Pavol, y un montn de cosas que he venido recordando desde hace dos meses. --Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor? --Nada es ms cierto, mi querida novia. Oh, qu dulce nombre! S, ramos novios y guardamos silencio, mientras que el cura lloraba de alegra. Aturdan con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la prisin en que las haba puesto el cura. Por cierto que el gorrin no es un pjaro muy agradable que digamos; su plumaje es incoloro y feo, su canto carece de meloda y algunas personas lo acusan de ladrn y de inmoral, lo que me resisto a creer. No s tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poticos, y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por gorriones y babosas. Yo estaba en vilo, crea soar... No me cansaba de mirarle, de escuchar su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin embargo, el recuerdo de aqulla que l haba amado me trabajaba el espritu, y me turbaba mi jbilo, pero con todo no me atreva a nombrrsela. --Sabe mi to, que estis aqu, Pablo? --Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir slo a buscarte. No te recuerda nada este jardn humedecido, Reina? No respond directamente a su pregunta; slo le dije: --Pero vos... tenis un triste recuerdo del Zarzal... --Cmo! Nunca he pasado rato ms delicioso. --Oh--repuse mirndole solapadamente,--si mi ta era horrible. --No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecais ms encantadora... --Y la mesa tan mal puesta. Todo tan... --Nunca he comido tan bien. Aquella mansin desmantelada te haca valer como si fueras una flor hermosa que parece ms delicada, cuando ms fea e inculta es la tierra en que brota. --Os habis vuelto poeta en vuestro viaje. --Oh! no, absolutamente, Reinita. Pas mi brazo bajo el suyo y me llev hacia un lado. --No poeta, pero s enamorado de ti, prima. Escchame bien: te amo con toda la sinceridad de mi corazn. Sabore la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompaaba, pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes. Como semejante cambio me pareca inaudito, no pude evitar el preguntarle: --Pero es cierto: ya no la queris nada, nada? --Te hablara del modo que lo hago, si no fuera as?--replic seriamente.--No tienes confianza en mi lealtad? --Oh, s!--dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un mpetu de cario. Era muy cierto; porque despus de tal respuesta no me turb ms la imagen de Blanca. Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y mereca tan perfecta confianza. --Mira, ah vienen mi padre y el seor de Pavol. --Qu tal, sobrina? Qu dices de mis predicciones? --Sois muy poco discreto to--le dije,--ruborizndome. --Fue el comandante quien revel el secreto; haca mucho tiempo que lo conoca. --Oh! mucho no; desde hace ocho meses. --No, desde la primera vez que te vi, querida hijita. --Es posible. --Y Pablo no ha ido a Laponia--continu, rindose, mi to. Qu gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sent esa felicidad al ver de qu modo gozaban todos con mi alegra, y con cunta delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin saberlo, haba divulgado a todo viento. Entonces comenz esa hermosa poca de noviazgo, exquisita, poca sin igual en la vida. Nada tan delicioso como esos das de amor ingenuo, de fe, de ilusiones completas y de nieras. Ah, cunto compadezco a los que no han amado as! Cunto compadezco a los que se dejan arrastrar por sus locuras lejos del hogar comn y del amor legtimo! En fin, nunca, nunca, por ms elocuencia que se despliegue para probrmelo, nadie me convencer de que pueda haber verdadero amor, sin tener la estimacin por base. Pasbamos los das ms agradables del mundo en la casa parroquial, bajo la vigilancia del cura. Le mirbamos recorrer su jardn de un lado a otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dainas y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor formal. A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con l admirando una flor, un fruto, un arbusto y sola decirle: --Os acordis, mi cura, del tiempo en que me querais persuadir de que el amor no es la cosa ms encantadora del mundo? --Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido convencerte. --Y, no tena razn? --As parece--y sonrea bondadosamente. El da de mi casamiento amaneci radiante; nunca me pareci ms azul la bveda del cielo. Despus me han dicho que estaba nublado, pero no lo creo. Una muchedumbre simptica y amiga se apiaba en la iglesia. Y murmuraba: --Qu linda novia! Qu tranquila est! Qu cara de felicidad! La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila. Y porqu me iba a agitar? No se realizaba mi sueo ms querido? No se abra para mi un porvenir que no empaaba la ms leve nubecilla. As, confusamente repar en algunas seoras de edad que me sonrean al pasar, y sent una inmensa lstima por ellas, al ver que eran demasiado viejas para casarse. El rgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqu algo mis ideas acerca de la msica. El altar estaba cuajado de flores, deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el gusto artstico de Blanca, me encantaban los ojos. Mi marido me coloc en el dedo el anillo nupcial con trmula mano, y mordindose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios. Estaba ms emocionado que yo y su mirada me deca lo que deseo que me repita eternamente... Y tambin la cara de mi cura estaba radiante de felicidad. End of the Project Gutenberg EBook of Mi tio y mi cura, by Alice Cherbonnel License: Share Alike