Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net "LA CULTURA ARGENTINA" MIGUEL CAN EN VIAJE (1881-1882) Precedido por un juicio crtico de ERNESTO QUESADA BUENOS AIRES La Cultura Argentina--Avenida de Mayo 646 1917 INDICE Miguel Can Juicio crtico de Ernesto Quesada Dos palabras Introduccin CAPITULO I De Buenos Aires a Burdeos. De nuevo en el mar.--La baha de Ro de Janeiro.--La rada y la ciudad.--Tijuca.--Las costas de frica.--La hermana de caridad.--El Tajo.--La cuarentena en el Gironde.--Burdeos. CAPITULO II En Pars. En viaje para Pars.--De Bolivia a Ro de Janeiro en mula.--La Turena.--En Pars.--El Louvre y el Luxemburgo.--Cmo debe visitarse un museo.--La Cmara de Diputados: Gambetta.--El Senado: Simon y Pelletn.--El 14 de Julio en Pars.--La revista militar: M. Grvy.--Las plazas y las calles por la noche.--La Marsellesa.--La sesin anual del Instituto.--M. Renn. CAPITULO III Quince das en Londres. De Pars a Londres.--Merry England.--La llegada--Impresiones en Covent-Garden.--El foyer.--Mi vecina.--Westminster.--La Cmara de los Comunes.--Las sombras del pasado.--El ltimo romano.--Gladstone orador.--Una ojeada al British Museum.--El Brown en Greendy. CAPITULO IV Las antillas francesas. Adis a Pars.--La Vende.--Saint-Nazaire.--"La ville de Brest".--Las islas Azores.--El bautismo en los trpicos.--La Guadalupe.--Pointe--Pitre.--Las frutas tropicales.--Basse-Terre y Saint-Pierre.--La Martinica.--Fort-de-France.--Una fiesta en la Sabane.--Las negras.--Las hurs de bano.--El embarque del carbn.--El tambor alentador.--La "bamboula" a la luz elctrica.--La danza lasciva.--El azote de la Martinica.--Una opinin cruda.--El antagonismo de raza.--Triste porvenir. CAPITULO V En Venezuela. La despedida.--Costa-Firme.--La Guayra.--Detencin forzosa.--La cara de Venezuela.--De La Guayra a Caracas.--La Montaa.--Una necesidad suprema.--Ojeada sobre Venezuela.--Su situacin y productos.--El coloniaje.--La guerra de la independencia.--El decreto de Trujillo.--La anarqua.--Gente de paz!--La leccin del pasado.--La ciudad de Caracas.--Los temblores.--El Calvario.--La plaza de toros.--El pueblo soberano.--La cultura venezolana. CAPITULO VI En el mar Caribe. Mal presagio.--El Avila.--De nuevo en la Guayra.--El hotel Neptuno.--Cmo se come y cmo se duerme.--Cinco das mortales.--La rada de la Guayra.--El embarco.--Macuto.--Una compaa de pera.--El "Saint-Simon".--Puerto Cabello.--La fortaleza.--Las bvedas.--El general Miranda.--Una sombra sobre Bolvar.--Las bocas del Magdalena.--La hospitalidad colombiana. CAPITULO VII El ro Magdalena. De Salgar a Barranquilla.--La vegetacin.--El manzanillo.--Cabras y yanquis.--La fiebre.--Barranquilla.--La "brisa".--La atmsfera enervante.--El fatal retardo.--Preparativos.--El ro Magdalena.--Su navegacin.--Regaderos y chorros.--Los "champanes".--Cmo se navegaba en el pasado.--El "Antioqua".--"Jupiter dementat..."--Los vapores del Magdalena.--La voluntad.--Cmo se come y cmo se bebe.--Los bogas del Magdalena.--Samarios y cartageneros.--El embarque de la lea.--El "burro".--Las costas desiertas.--Mompox.--Magang.--Colombia y el Plata. CAPITULO VIII Cuadros de viaje Una hiptesis filolgica!--La vida del boga y sus peligros.--Principio del viaje.--Consejos e instrucciones.--Los vapores.--Las chozas.--Aspecto de la naturaleza.--Las tardes del Magdalena.--Calma soberana.--Los mosquitos.--La confeccin del lecho.--Bao ruso.--El sondaje.--Das horribles.--Los compaeros de a bordo.--Un vapor!--Decepcin.--Agona lenta.--Por fin!--El Montoya.--Los caimanes.--Sus costumbres.--La plaga del Magdalena.--Combates.--Madres sensibles.--Guerra al caimn. CAPITULO IX Cuadros de viaje (continuacin). Angostura.--La naturaleza salvaje y esplndida.--Los bosques vrgenes.--Aves y micos.--Nare.--Aspectos.--Los chorros.--El "Guarin".--Cmo se pasa un chorro.--El capitn Maal.--Su teora.--El "Mesuno".--La cosa apura.--Cabo a tierra.--Pasamos.--Bodegas de Bogot.--La cuestin mulas.--Recepcin afectuosa.--Dificultades con que lucha Colombia.--La aventura de M. Andr. CAPITULO X La noche de Consuelo. En camino.--El orden de la marcha.--Mim y Dizzy.--Los compaeros.--Little Georgy.--They are gone!--La noche cae.--Los peligros.--"Consuelo".--El dormitorio comn.--El cuadro.--Viena y Pars.--El grillo.--La alpargata.--El gallo de mi vecino.--La noche de consuelo.--La maana.--La naturaleza.--La temperatura.--El guarapo.--El valle de Guaduas.--El caf.--Los indios portadores.--El eterno piano.--El porquero.--Las indias viajeras.--La chicha. CAPITULO XI Las ltimas jornadas. El hotel del Valle.--De Guaduas a Villeta.--Ruda jornada.--La mula.--El hotel de Villeta.--Hospitalidad cariosa.--Parlamento con un indio.--Consigo un caballo.--Chimbe.--La eterna ascensin.--Un recuerdo de Schiller.--El fro avanza.--Despedida.--Un recuerdo al que parti.--Agua Larga.--La calzada.--El "Alto del Roble".--La sabana de Bogot.--Manzanos.--Facatativ.--En Bogot. CAPITULO XII Una ojeada sobre Colombia. El pas.--Su configuracin.--Ros y montaas.--Clima.--Divisin poltica.--Plano intelectual.--El Cauca.--Porvenir de Colombia.--Organizacin poltica.--La capital.--La constitucin.--Libertades absolutas.--La Prensa.--La palabra.--En el Senado.--El elemento militar.--Los conatos de dictadura.--Bolvar.--Melo.--Los partidos.--Conservadores.--Radicales.--Independientes.--Ideas extremas.--La asamblea constituyente. CAPITULO XIII Bogot. Primera impresin.--La plazuela de San Victorino.--El mercado de Bogot.--La Espaa de Cervantes.--El cao.--La higiene.--Las literas.--Las serenatas.--Las plazas.--Poblacin.--La elefantasis.--El Dr. Vargas.--Las iglesias.--Un cura colorista.--El Capitolio.--El pueblo es religioso.--Las procesiones.--El Altozano.--Los polticos.--Algunos nombres.--La crnica social.--La nostalgia del Altozano. CAPITULO XIV La sociedad. Cordialidad.--La primer comida.--La juventud.--Su corte intelectual.--El "cachaco" bogotano.--Las casas por fuera y por dentro.--La vida social.--Un "asalto".--Las mujeres americanas.--Las bogotanas.--"Donde" el Sr. Surez.--La msica.--Las seoritas de Caicedo Rojas y de Tanco.--El "bambuco".--Carcter del pueblo.--El duelo en Amrica.--Encuentros a mano armada.--Lances de muerte.--Virilidad.--Ricardo Becerra y Carlos Holgun.--Una respuesta de Holgun.--Resumen. CAPITULO XV El salto de Tequendama. La partida.--Los compaeros.--Los caballos de la sabana.--El traje de viaje.--Rosa.--Soacha.--La hacienda de San Benito.--Una noche toledana.--La leyenda del Tequendama.--Humboldt.--El brazo de Neuquetheba.--El ro Funza.--Formacin del Salto.--La hacienda de Cincha.--Paisajes.--La cascada vista de frente.--Impresin serena.--En busca de otro aspecto.--Cara a cara con el Salto.--El torrente.--Impresin violenta.--La muerte bajo esa faz.--La hazaa de Bolvar.--La altura del Salto.--Una opinin de Humboldt.--Discusin.--El Salto al pie.--El Dr. Cuervo.--Regreso. CAPITULO XVI La inteligencia. Desarrollo intelectual.--La tierra de la poesa.--Gregorio Gutirrez Gonzlez.--La felicidad.--Improvisaciones.--Rafael Pombo.--Edda la bogotana.--Impromptus.--El tresillo.--Un trance amargo.--El volumen.--Diego Fallon.--Su charla.--El verso fcil.--Clair de lune.--El canto "a la luna".--D. Jos M. Marroqun.--Carrasquilla.--Jos M. Samper.--Los Mosaicos.--Miguel A. Caro.--Su traduccin de Virgilio.--El pasado.--Rufino Cuervo.--Su diccionario.--Resumen. CAPITULO XVII En regreso. Simpata de Colombia por la Argentina.--Sus causas.--Rivalidades de argentinos y colombianos en el Per.--Carcter de los oficiales de la Independencia.--La conferencia de Guayaquil.--Bolvar y San Martn.--Una hiptesis.--El recuerdo recproco.--Analogas entre colombianos y argentinos.--Caracteres y tipos.--La partida.--En Manzanos.--Las mulas de Piqauillo.--El almuerzo.--El tuerto sabanero.--Una gran lluvia en los trpicos.--En Guaduas.--Encuentros.--En busca de mi tuerto.--Un entierro.--Recuerdo de los Andes.--Viajando en la montaa.--El viajero de la armadura de oro.--D. Salvador.--Su historia.--Su famosa aventura.--Pobre D. Juan!--Una costumbre quichua. CAPITULO XVIII Aguas abajo--Coln. El lbum de Consuelo.--Una ruda jornada.--Los patitos del sabanero.--El "Confianza".--La bajada de Magdalena.--Otra vez los cuadros soberbios.--Los caimanes.--Las tardes.--La msica en la noche.--En Barranquilla.--Cambio de itinerario.--La Ville de Pars.--La travesa.--Coln.--Un puerto franco.--Bar-rooms y hoteles.--Un da ingrato.--Aspectos por la noche.--El juego al aire libre.--Bacanal.--Resolucin. CAPITULO XIX El Canal de Panam. Corinto, Suez y Panam.--Las viejas rutas.--Importancia geogrfica de Panam.--Resultados econmicos del canal.--Dificultades de su ejecucin.--La mortalidad.--El clima.--Europeos, chinos y nativos.--Fuerzas mecnicas.--Se har el canal?--La oposicin norteamericana.--M. Blaine.--Qu representa?--El tratado Clayton-Bulwer.--La cuestin de la garanta.--Opinin de Colombia.--La doctrina de Monroe.--Qu significa en la actualidad.--Las ideas de la Europa.--Cul debe ser la poltica sudamericana.--Eficacia de las garantas.--La garanta colectiva de la Amrica.--Nuestro inters.--Conclusin.--El principal comercio de Panam.--Los pltanos.--Cifra enorme.--El porvenir. CAPITULO XX En Nueva York. El Alene.--El Turpial.--El prctico.--El puerto de Nueva York.--Primera impresin.--Los reyes de Nueva York.--Las mujeres.--Los hombres.--El prurito aristocrtico.--La industria y el arte.--Un mundo "sui generis".--Mrs. X...--La prensa.--Hoffmann House.--Los teatros.--Los hoteles.--El lujo.--La calle.--Tipos.--La vida galante.--Una tumba.--Confesin. CAPITULO XXI En el Nigara. La excursin obligada.--El palace-car.--La compaera de viaje.--Costumbres americanas.--Una opinin yanqui.--Nigara Fall's.--La Catarata.--Al pie de la cascada.--La profanacin del Nigara.--El Nigara y el Tequendama.--Regreso.--El Hudson.--Conclusin. 270 MIGUEL CAN Naci en Montevideo, en 1851, durante la emigracin. Estudi en el Colegio Nacional de Buenos Aires y se gradu en Derecho en la Universidad el ao 1872. Perteneci al grupo de espritus selectos que form la "generacin del ochenta", en momentos en que la cultura argentina se renovaba substancialmente en el orden cientfico y literario. Su actividad fue solicitada alternativamente por la poltica, la diplomacia y la vida universitaria; pero siempre se mantuvo fiel cultor de las buenas letras, con aticismo exquisito. Nadie pudo ser ms representativo para ocupar el primer decanato de nuestra Facultad de Filosofa y Letras, a cuya existencia qued para siempre vinculado su nombre. Inici su carrera de escritor en "La Tribuna" y "El Nacional". En 1875 fue diputado al Congreso; en 1880 director general de correos y telgrafos; despus de 1881 ministro plenipotenciario en Colombia, Austria, Alemania, Espaa y Francia. En 1892 fue Intendente de Buenos Aires y poco despus Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores. Public los siguientes libros, que le asignan un puesto eminente en nuestra historia literaria: "Ensayos" (1877), "Juvenilia" (1882), "En viaje" (1884), "Charlas literarias" (1885), Traduccin de "Enrique IV" (1900), "Notas e impresiones" (1901), "Prosa ligera" (1903). Ha dejado numerosos "Escritos y Discursos" que pueden ser reunidos en un volumen tan interesante como los anteriores. Con excelente gusto crtico y ductilidad de estilo, cualidades que educ en todo tiempo, logr ser el ms ledo de nuestros "chroniqueurs", igualando los buenos modelos de este gnero esencialmente francs. Ms se preocup de la gracia sonriente que de la disciplina adusta, prefiriendo la lnea esbelta a la pesada robustez, como que fue en sus aficiones un griego de Pars. Falleci en Buenos Aires el 5 de Septiembre de 1905. JUICIO CRTICO DE ERNESTO QUESADA Tarde parece para hablar del libro del Sr. Miguel Can, resultado de su excursin a Colombia y Venezuela en el carcter de Ministro Residente de la Repblica Argentina. Hoy el autor se encuentra en Viena, de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de nuestro pas cerca del gobierno austro-hngaro. Habr quizs extraado que la _Nueva Revista de Buenos Aires_ haya guardado silencio sobre su ltimo libro, tanto ms cuanto que--rara casualidad!--a pesar de ser el seor Can conocidsimo entre nosotros, jams lo ha sido, puede decirse, sino de vista por el que esto escribe. Y eso que siempre ha tenido los mayores deseos de tratarle personalmente, por las simpatas ardientes que su carcter, sus prendas y--sobre todo--sus escritos me merecan. De ah, pues, que estuviera obligado a hablar de este libro. Digo esto para demostrar que la demora en hacerlo ha sido del todo ajena a mis deseos. El seor Can, periodista de raza, sabe, por experiencia, cun absorbente es el periodismo, mxime cuando es preciso hacerlo todo personalmente, como sucede en empresas, del gnero de la _Nueva Revista_. Haba ledo el espiritual artculo que sobre este mismo libro public en _El Diario_, tiempo ha, M. Groussac--otro escritor a quien todava no me ha sido dado tratar. El sabor francs disfrazado de chispa castellana, me encant en ese artculo, en el cual se decan al seor Can verdades de a puo, terminando a la postre con un merecido elogio. Posteriormente, y en el mismo diario, publicose una carta del criticado autor, en la que se defenda con gracia infinita, y con finsimo desparpajo reproduca el bblico precepto del ojo por ojo, diente por diente. Oda la acusacin y la defensa, puede, pues, abrirse juicio sobre el valor del libro. Crtico y criticado parecen estar de acuerdo acerca de algunos defectillos, disienten en otros, y parecen no haber querido recordar el verso clsico: _Ni cet excs d'honneur, ni cette indignit_ Can es un estilista consumado. Dice en su carta que don Pedro Goyena se intrigaba buscando su filiacin literaria, y M. Groussac formalmente declara haberla encontrado en Taine. Error completo en mi concepto. Si de alguien parece derivar directamente Can, es de Merime, y el autor de _Colomba_ comparte su influencia en esto con lo que ha dado en llamarse el _beylismo_. No dir que tuviera la altiva escrupulosidad de Merime en limar hasta diez y siete veces un mismo trabajo, para no chocar con su concepto artstico, sin importrsele mucho de la popularidad; pero s que est impregnado de la desdeosa filosofa del autor del _Rouge et Noir_. Pero el autor de los _Ensayos_, como de _En Viaje_, es ms bien de la raza de Th. Gautier, de P. de Saint-Victor, y--por qu no decirlo?--del escritor italiano a quien tanto festjase ahora en Buenos Aires: De Amicis. Es ante todo y sobre todo, estilista. No dir que para l la naturaleza, las cosas y los acontecimientos son simplemente temas para desplegar una difcil _virtuosit_ (para echar mano del idioma que tanto prefiere el autor de _En Viaje_). No!, se ha dicho de De Amicis que es el ingenio ms equilibrado de la moderna literatura italiana: su pensamiento es variado y de un colorido potente; pero atrado por su ndole generosa y corts, prefiere las descripciones que se amoldan mayormente con su carcter: se conmueve y admira. Creo que hay mucho de eso en Can, pero por cierto no es el sentimentalismo lo que campea en su libro, sino que hay mucha--demasiada?--grima en juzgar lo que ve y hasta lo que hace. Can lo confiesa en su carta. Pero, en cambio, qu facilidad!, cmo brotan de su pluma las descripciones brillantes, los cuadros elegantes! El lector nota que se encuentra en presencia de un artista del estilo, y arrullado por el encanto que le produce la magia de la frase, se deja llevar por donde quiere el autor, y prefiere ver por sus ojos y or por sus odos. He odo decir que el carcter del seor Can es tan jovial como bondadoso y franco: en su libro ha querido, sin duda, hacer gala de escepticismo, y deja entrever con mucha--demasiada?--frecuencia, la nota siempre igual del eterno fastidio. Y, sin embargo, qu amargo contrasentido encierra ese original deseo de aparecer fastidiado! Fastidiado el seor Can, cuando, en la flor de la edad ha recorrido las ms altas posiciones de su pas, no encontrando por doquier sino sonrisas, no pisando sino sobre flores, nio mimado de la diosa Fortuna! No ser quiz ese aparente fastidio un verdadero lujo de felicidad?... * * * * * Estamos en presencia de un libro de viajes escrito por una persona que, a pesar de haber viajado mucho, no es verdaderamente un viajero. El autor no siente la pasin de los viajes: soporta a su pesar las incomodidades materiales, se traslada de un punto a otro, pero maldice los fastidios del viaje de mar, el cambio de trenes, los psimos hoteles, etc., etc. Habla de sus viajes con una frialdad que hiela: adopta cierto estilo semiescptico, semiburln, para rerse de los que pretenden tener esa pasin tan horripilante. Cuntas veces--dice--en un saln, brillante de luz, o en una mesa elegante y delicada, he odo decir a un hombre, culto, fino, bien puesto: tengo pasin por los viajes, y tomar su rostro la expresin vaga de un espritu que flota en la perspectiva de horizontes lejanos; me ha venido a la memoria el camarote, el compaero, el rdago, la pipa, las miserias todas de la vida de mar, y he deseado ver al potico viajero entregado a los encantos que suea!. Ah!, el placer de los viajes por los mismos, sin preocupacin alguna, buscando contentar la curiosidad intelectual siempre aguzada, jams satisfecha No hay nada en el mundo que pueda compararse a la satisfaccin de la necesidad de ver y conocer: la impresin es de una nitidez, de una sinceridad, de una fuerza tal, que la descripcin que la encarna involuntariamente transmite al lector aquella sensacin, y al leer esas pginas parece verdaderamente que se recorren las comarcas en ellas descriptas. Esa vivacidad de la emocin, ese placer extraordinario que se experimenta, lo comprende slo el viajero verdadero, el que siente nostalgia de los viajes cuando se encuentra en su rincn, el que vive con la vida retrospectiva e intensa de los aos en que recorriera el mundo. Y para un espritu culto, para una inteligencia despierta y con una curiosidad inquieta, qu maldicin es ese don de la pasin de los viajes! El horizonte le parece estrecho cuando tiene que renunciar a satisfacer aquella amiga tirnica; la atmsfera de la existencia rutinaria, tranquila, de esos mil encantos de la vida burguesa, lo sofoca: suea despierto con pases exticos, con lneas, con colores locales, con costumbres que desaparecen, con ciudades que se transforman, con el placer de recorrer el mundo observando, analizando y comparando! Y el maldito cosmopolitismo contemporneo, con su furia igualadora, por doquier invade con su sempiterno _cant_, su horrible vestimenta, la superficialidad de costumbres incoloras--haciendo desaparecer, merced al adelanto de las vas de comunicacin, el encanto de lo natural, de lo local, el hombre con su historia y sus costumbres, segn la latitud en que se encuentra. El placer de los viajes es un don divino: requiere en sus adeptos un conjunto de condiciones que no se encuentran en cada boca-calle, y de ah que el criterio comn o la platitud burguesa no alcanzan a comprender que pueda haber en los viajes y en las emigraciones goce alguno; slo ven en la traslacin de un punto a otro la interrupcin de la vida diaria y rutinera, las incomodidades materiales; tienen que encontrarse con cosas desconocidas y eso los irrita, los incomoda, porque tienen el intelecto perezoso y acostumbrado ya a su trabajo mecnico y conocido. Pero los pocos que saben apreciar y comprender lo que significan los viajes, viven de una doble vida, pues les basta cerrar un instante los ojos, evocar un paisaje contemplado, y ste revive con una intensidad de vida, con un vigor de colorido, con una precisin de los detalles que parece transportarnos al momento mismo en que lo contemplamos por vez primera y borrar as la nocin del tiempo transcurrido desde entonces. La vida es tan fugaz, que no es posible repetir las impresiones; ms bien dicho, que no conviene repetirlas. En la existencia del viajero, el recuerdo de una localidad determinada, reviste el colorido que le trasmite la edad y el criterio del observador: si, con el correr del tiempo, regresa y quiere hacer revivir _in natura_ la impresin de antao, slo cosechar desilusiones, porque pasan los aos, se modifica el criterio y las cosas cambian. Mejor es no volver a ver: conservar la ilusin del recuerdo, que fue una realidad. As se vive doblemente. El seor Can parece tener pocas simpatas por esa vida, quiz porque la encuentra contemplativa, y considera que restringe la accin y la lucha. Error! El viajero, cuyo temperamento lo lleve a la lucha, se servir de sus viajes para combatir en su puesto, y lo har quiz con mejor criterio, con armas de mejor precisin que el que jams abandon su tertulia sempiterna! Es lstima que el autor de _En Viaje_ no tenga el fuego sagrado del viajero, porque habra podido llegar al mximum de intensidad en la observacin y en la descripcin de sus viajes. No puedo resistir al placer de transcribir algunos prrafos, verdadera excepcin en el tono general del libro, y en los que describe a _Fort-de-France_, en la Martinica: Las fantasas ms atrevidas de Goya, las audacias coloristas de Fortuny o de Daz, no podran dar idea de aquel curiossimo cuadro. El joven pintor venezolano que iba conmigo, se cubra con frecuencia los ojos y me sostena que no podra recuperar por mucho tiempo la percepcin _dei rapporti_, esto es, de las medias tintas y las gradaciones insensibles de la luz, por el deslumbramiento de aquella brutal crudeza. Haba en la plaza unas 500 negras, casi todas jvenes, vestidas con trajes de percal de los colores ms chillones, rojos, rosados, blancos. Todas escotadas y con los robustos brazos al aire; los talles fijados debajo del xila y oprimiendo el saliente pecho, recordaban el aspecto de las _merveilleuses_ del Directorio. La cabeza cubierta con un pauelo de seda, cuyas dos puntas, tradas sobre la frente, formaban como dos pequeos cuernos. Esos pauelos eran precisamente los que heran los ojos; todos eran de diversos colores, pero predominando siempre aquel rojo lacre, ardiente, ms intenso an que ese llamado en Europa _lava del Vesubio_; luego, un amarillo rugiente, un violeta tornasolado, qu se yo! En las orejas, unas gruesas arracadas de oro, en forma de tubos de rgano, que caen hasta la mitad de la mejilla. Los vestidos de larga cola y cortos por delante, dejando ver los pies... siempre desnudos. Puedo asegurar que, a pesar de la distancia que separa ese tipo de nuestro ideal esttico, no poda menos de detenerme por momentos a contemplar la elegancia nativa, el andar gracioso y salvaje de las negras martiniqueas. Pero cuando esas condiciones sobresalen realmente, es cuando se las ve, despojadas de sus lujos y cubiertas con el corto y sucio traje del trabajo, balancearse sobre la tabla que une al buque con la tierra, bajo el peso de la enorme canasta de carbn que traen en la cabeza... Al pie del buque y sobre la ribera, hormigueaba una muchedumbre confusa y negra, iluminada por las ondas del fanal elctrico. Eran mujeres que traan carbn a bordo, trepando sobre una plancha inclinada las que venan cargadas, mientras las que haban depositado su carga descendan por otra tabla contigua, haciendo el efecto de esas interminables filas de hormigas que se cruzan en silencio. Pero aqu todas cantaban el mismo canto plaidero, spero, de meloda entrecortada. En tierra, sentado sobre un trozo de carbn, un negro viejo, sobre cuyo rostro en xtasis caa un rayo de luz, mova la cabeza con un deleite indecible, mientras bata con ambas manos, y de una manera vertiginosa, el parche de un tambor que oprima entre las piernas, colocadas horizontalmente. Era un redoble permanente, montono, idntico, a cuyo comps se trabajaba. Aquel hombre, retorcindose de placer, insensible al cansancio, me pareci loco... Y termina el seor Can su descripcin de _Fort-de-France_ con estas lneas en que trasmite la impresin que le caus un _bamboula_: ...Me ser difcil olvidar el cuadro caracterstico de aquel montn informe de negros cubiertos de carbn, harapientos, sudorosos, bailando con un entusiasmo febril bajo los rayos de la luz elctrica. El tambor ha cambiado ligeramente el ritmo, y bajo l, los presentes que no bailan entonan una melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombres y cada pareja empieza a hacer contorsiones lbricas, movimientos ondeantes, en los que la cabeza queda inmvil, mientras las caderas, casi dislocadas, culebrean sin cesar. La msica y la propia imaginacin las embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un paroxismo ms intenso an, y las mujeres, enloquecidas, pierden todo pudor. Cada oscilacin es una invitacin a la sensualidad, que aparece all bajo la forma ms brutal que he visto en mi vida; se acercan al compaero, se estrechan, se refriegan contra l, y el negro, como los animales enardecidos, levanta la cabeza al aire y echndola en la espalda, muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay cansancio; parece increble que esas mujeres lleven diez horas de un rudo trabajo. La _bamboula_ las ha transfigurado. Gritan, gruen, se estremecen, y por momentos se cree que esas fieras van a tomarse a mordiscos. Es la bacanal ms bestial que es posible idear, porque falta aquel elemento que purificaba hasta las ms inmundas orgas de las fiestas griegas: la belleza... * * * * * El libro del seor Can, es, en apariencia, una sencilla relacin de viaje. Dedica sucesivamente seis captulos a la travesa de Buenos Aires a Burdeos, a su estada en Pars y en Londres, y a la navegacin desde Saint-Nazaire a La Guayra. Entonces, en un captulo--cuya demasiada brevedad se deplora--habla de Venezuela, pero ms de su pasado que de su presente. En seguida, en seis nutridos y chispeantes captulos, describe su pintoresco viaje de Caracas a Bogot; su paso por el mar Caribe; el viaje en el ro Magdalena, y las ltimas jornadas hasta llegar a la capital de Colombia. A esta simptica repblica presta preferentsima atencin el autor: no slo se ocupa de su historia, describe a su capital, sino que pinta a la sociedad bogotana, sin olvidar--como lo ha dicho M. Groussac--el obligado prrafo sobre el Tequendama. Detinese el autor en estudiar la vida intelectual colombiana en el captulo, en mi concepto, ms interesante de su libro, y sobre el cual volver ms adelante. El regreso le da tema para varios captulos en que se ocupa de Coln, el canal de Panam, y sobre todo de Nueva York. Y aqu vuelve de nuevo la clsica descripcin del Nigara. Tal es en esqueleto el libro de Can. Prescindo de los primeros captulos, a pesar de que insistir sobre el de Pars, porque si bien su lectura es fcil, las aventuras a bordo del _Ville de Brest_ no ofrecen extraordinario inters. Poco tema da el autor sobre Venezuela: ms bien dicho, deja al lector con su curiosidad integra, sobreexcitada, pero no satisfecha. Sus pinceladas son vagas; parece como si quisiera concluir pronto, como si tuviera entre manos brasas ardientes. Por qu? En cambio, sus pinturas de Bogot, de la sociedad y de los literatos colombianos, es realmente seductora: nos hace penetrar en un recinto hasta ahora casi desconocido por la generalidad, especie de _gyneceo_ original causado por el relativo aislamiento de la vida de Colombia. No me cansar de ponderar esta parte del libro de Can. Pocas lecturas ms fructferas, pocas ms agradables; ejerce sobre el lector algo como una fascinacin. Hay ah una mezcla sapientsima del _utile cum dulci_. Por lo dems, el libro entero est salpicado de juicios atrevidos, de observaciones profundas. La superficialidad aparente es rebuscada: el autor, sin quererlo, se olvida con frecuencia de que se ha prometido ser tan slo un jovial a la vez que quejumbroso compaero de viaje. Al correr de la pluma, ha emitido juicios de una precisin y exactitud admirables. Otras veces ha lanzado ideas que van contra la corriente general. El lector no se detiene mucho en los captulos sobre Pars y Londres, cuando en la rpida lectura encuentra tal o cual opinin sobre Francia o Inglaterra. Pero poco a poco comprende que hay all intencin preconcebida, y cuando llega a los captulos sobre Colombia, se encuentra insensiblemente engolfado en un anlisis sutil de aquella constitucin, que, segn el dicho de Castelar, ha realizado todos los milagros del individualismo moderno. Entonces se refriega los ojos, vuelve a leer, y con asombro halla que el autor critica--y critica con fuerza--el rgimen federal de gobierno. Y no es la nica pgina en que el libro ejerce una influencia sugestiva, forzando a meditar. Hay prrafos, al tratar del canal de Panam y de los Estados Unidos, que hacen abrir tamaos ojos de asombro. Pero sobre algunas cuestiones tuvo ya el autor un cambio de cartas con el seor Pedro S. Lamas, como puede verse en la _Revue Sud-Americaine_. No volver, pues, sobre ello, siquiera por el vulgarsimo precepto de _non bis in dem_. Imposible me sera analizar con detencin todas y cada una de las partes de este libro. Y ya que he dicho con franqueza cul es la opinin que sobre l he formado, same permitido ocuparme de algunos de los variadsimos tpicos que han merecido la atencin del autor. * * * * * Corto es el captulo que dedica a su estada en Pars el seor Can. Y es lstima. En esas breves pginas, hay dos o tres cuadros verdaderamente de mano maestra. Pero el autor ha sido demasiado parco: su pluma apenas se detiene: la Cmara, el Senado, la Academia: he ah lo nico que ha merecido su particular atencin. Los prrafos dedicados a las Cmaras son bellsimos: los retratos de Gambetta, de Julio Simon y de Pelletn, perfectamente hechos. Es, en efecto, en sumo grado interesante, asistir a los debates de las Cmaras francesas. Cuando an estudiaba el que esto escribe en Pars (1879-1880), acostumbraba asistir con la regularidad que le era posible, a las discusiones parlamentarias. Entonces era necesario ir expresamente por ferrocarril hasta Versailles, donde an funcionaba el Poder Legislativo. Gracias a la nunca desmentida amabilidad del seor Balcarce, nuestro digno Ministro en Pars, consegua con frecuencia entradas para la tribuna diplomtica, donde, entonces como hoy, era necesario--son palabras del doctor Can--llegar temprano para obtener un buen sitio. La sala de sesiones de la Cmara de Diputados era realmente esplndida. Hace parte del gran palacio de Luis XIV y es cuadrilonga. El presidente estaba enfrente de la tribuna diplomtica, en un pupitre elevado, teniendo a la misma altura, pero a su espalda, de un lado a varios escribientes, de otro a varios ordenanzas. Una escalera conduca a su asiento. Ms abajo, la celebrada tribuna parlamentaria, a la que se sube por dos escaleras laterales. Detrs de sta, y a ambos lados, una serie de secretarios escribiendo o consultando libros o papeles, sea para recordar al presidente qu es lo que se hizo en tal circunstancia, o los antecedentes del asunto, o cualquier dato necesario. Al pie de la tribuna parlamentaria estaba el cuerpo de taqugrafos. Entre ellos y el resto de la sala exista un espacio por donde circulaba un mundo de diputados, ujieres, ordenanzas, etctera. En seguida, formando un anfiteatro en semicrculo, estn los asientos de los diputados, con pequeas calles de trecho en trecho. Cada diputado tiene un silln rojo y en el respaldo del silln que se encuentra adelante hay una mesita saliente para colocar la carpeta en la que lleva sus papeles, apuntes, etctera. La derecha, entonces, como hoy, era minora; el centro y la izquierda, la gran mayora. Frente al cuerpo de taqugrafos encontrbanse los asientos ministeriales y para los subsecretarios de Estado. Las fracciones parlamentarias, perfectamente organizadas, tienen sus espadas como sus soldados en lugares adecuados, los unos ms cerca, los otros ms alejados del medio. El primero con quien tropezaba al entrar por la puerta de la derecha era... M. Paul de Cassagnac. El primero con quien se encontraba uno al entrar por la puerta de la izquierda era el gran orador M. Clemenceau. El duelista de la derecha: M. de Cassagnac; el de la izquierda: M. Perrin. La tribuna de la prensa estaba debajo de la del cuerpo diplomtico. En la misma fila estn las destinadas a la presidencia de la Repblica, a los presidentes de la Cmara y Senado, a los miembros del Parlamento, etc: todos los dignatarios tienen su tribuna especial. Ms arriba estaban las llamadas galeras, donde es admitido el pblico, siempre que presente sus tarjetas especiales. Las sesiones son tumultuossimas. Se camina, se habla, se grita, se gesticula, se re, se golpea, se vocifera, mientras habla el orador, al unsono. En presencia de semejante mar desencadenado, se comprende que el orador no slo debe tener talento sino sangre fra, golpe de vista y audacia a toda prueba. La mmica le es indispensable, y la voz tiene que ser tonante y poderosa para dominar aquella vociferacin infernal. Tiene que apostrofar con viveza, que conmover, que hacerse escuchar. He asistido a sesiones agitadsimas, a la del incidente Cassagnac-Goblet, a la de la interpelacin Brame, y a la de la interpelacin Lockroy, que tanto conmovi a Pars en mayo del 79. Tiempo hace de esto, pero mis recuerdos son tan frescos que podran describir aquellos debates como si recin los presenciara. He odo, o ms bien dicho: visto, oradores que no pudieron hacerse escuchar y que bajaron de la tribuna entre los silbidos de los contrarios y las protestas de los amigos; otros, como el bonapartista Brame, en su fogosa interpelacin contra el Ministro del Interior, M. Lepre, dominaban el tumulto; M. Lepre en la tribuna, estuvo un cuarto de hora sin poder imponer silencio, en medio de una desordenada vociferacin de la derecha, y de los aplausos y aprobacin de la izquierda, hasta que, haciendo un esfuerzo poderoso, gritando como un energmeno, acall momentneamente el tumulto, para apostrofar a la derecha, diciendo: vociferad, gritad, puesto que las interpelaciones no son para vosotros sino pretexto de ruidos y exclamaciones. No bajar de la tribuna hasta la que os callis!... Qu tumulto espantoso! Presida M. Senard, el viejo atleta del foro y del parlamento francs, pero tan viejo ya que su voz dbil y sus movimientos penosos eran impotentes: agitaba continuamente una enorme campana (pues no es aquello una campanilla) de plata con una mano, y con la otra golpeaba la mesa con una regla. Los ujieres, con gritos estentreos de un poco de silencio, seores--_s'il vous plait, du silence_, no lograban tampoco dominar la agitacin. La derecha vociferaba y haca un ruido ensordecedor con los pies; la izquierda peda a gritos: la censura, la censura. Fue preciso amonestar seriamente a un imperialista, el barn Dufour, para que se restableciese el silencio... Concluye el ministro su discurso, y salta (materialmente: salta) sobre la tribuna el interpelante; vuelve a contestar el ministro, y torna de nuevo el interpelante... qu vida la de un ministro con semejantes parlamentos! El da entero lo pasa en esas batallas parlamentarias... supongo que el verdadero ministro es el subsecretario. Gambetta, el tan llorado y popular tribuno, presida cuando M. de Cassagnac desafi en plena Cmara a M. Goblet, subsecretario de Estado. Estaba yo presente ese da. Qu escndalo maysculo! Pero Gambetta domin el tumulto, hizo bajar de la tribuna a Cassagnac, lo censur, y calm la agitacin. He odo varias veces a M. Clemenceau, el gran orador radical. Le o defendiendo a Blanqui, el condenado comunista, que haba sido electo diputado por Burdeos. Es uno de los oradores que mejor habla y que posee dotes ms notables. Como uno de los contrarios (hay que advertir que la izquierda estaba en ese caso en contra de la extrema izquierda) le gritara: Basta!, l contest sin inmutarse: Mi querido colega, cuando vos nos fastidiis, os omos con paciencia. Nadie es juez en saber si he concluido, salvo yo mismo, y despus de este apstrofe tranquilo, continu su discurso...! Esa interpelacin dio origen a una respuesta sumamente enrgica por parte de M. Le Royer, entonces Ministro de Justicia. La organizacin administrativa es adems admirable. Las Cmaras se renen diariamente de 2 a 6-1/2, y el cuerpo de taqugrafos da los originales de la traduccin estenogrfica a las 8 p. m. A las 12 p. m. se reparten las pruebas de la impresin y a las 6 de la maana siguiente todo Pars puede leer _ntegra_ la sesin de la tarde anterior en el _Journal Officiel_. Y todo esto sin contratos especiales, sin que cueste un solo cntimo ms, sin que las Cmaras voten remuneraciones especiales al cuerpo de taqugrafos y sin ninguna de esas demostraciones ridculas para aquellos que estn habituados a la vida europea. Recurdese lo que pas en 1877 entre nosotros, cuando se debati la cuestin Corrientes: _La Tribuna_ public las sesiones al da siguiente, y todos creyeron que era un... milagro. Con el rgimen parlamentario francs, la tarea es pesadsima para los diputados (no tanto para los senadores), pero insostenible para los oradores. Y los ministros, que tienen que despachar los asuntos de ministerios centralizados, que atender a lo que pasa en la Francia entera, que proyectar reformas, que estudiar leyes, que contestar interpelaciones, que preparar y corregir discursos: cmo pueden hacer todo esto? A un hombre slo le es materialmente imposible, y adase a eso que tiene la obligacin de dar reuniones peridicas, bailes oficiales, etc. Qu vida! Se comprende que sera ella imposible sin una numerosa legin de consejeros de Estado, de subsecretarios, de secretarios, de directores, etc., que no cambian con los ministros, sino que estn adscriptos a los ministerios. Qu diferencia con nuestro modo de ser! Entre nosotros, por regla general, los ministros estn solos, pues los empleados, en vez de ser cooperadores de confianza, son meros escribientes, salvo, bien entendido, honrosas excepciones. Cuando se reflexiona sobre la existencia que lleva un ministro en pases de aquella vida parlamentaria, parece difcil explicarse cmo pueden atender, despachar, contestar todo; y al mismo tiempo pensar y realizar grandes cosas. * * * * * En el libro que motiva estas pginas, el autor, segn lo declara, ha procurado contar, y contar ligeramente, sin bagajes pesados. Este propsito, probablemente, ha hecho que no profundice nada de lo que observa, sino que se contente con rozar la superficie. Uno de los rasgos ms caractersticos de Colombia, es su poderosa literatura. La raza colombiana es raza de literatos, de sabios, de profundos conocedores del idioma: all la literatura es un culto verdadero, y no se sacrifican en su altar sino producciones castizas, pulidas, perfectas casi. El seor Can, a pesar de su malhadado propsito de marchar con paso igual y suelto, y de su afectado desdn por los estudios serios y concienzudos, llegando hasta decir: Que nada, resiste en el da a la perseverante consulta de las enciclopedias, no ha podido resistir, sin embargo, al deseo o a la necesidad de ocuparse de la faz literaria de Colombia. Condensa en 24 pginas un captulo que modestamente Titula: La Inteligencia, y en el cual, protestando que no es tal su intencin, el autor trata de perfilar a los primeros literatos colombianos contemporneos, en prrafos de redaccin suelta, _a la diable_, para usar su propia expresin. Habla de la facilidad peligrosa del numen potico en los colombianos; se ocupa de don Diego Pombo, de Gutirrez, Gonzlez, de Diego Fallon, de Jos M. Marroqun, de Ricardo Carrasquilla, de Jos M. Samper, de Miguel A. Caro, y por ltimo, de Rufino Cuervo. Tal es el contenido de ese captulo, interesantsimo, sin duda, pero incompleto y demasiado a _vuelo de pjaro_. Le con avidez esa parte del libro: cre encontrar mucho nuevo: los recuerdos de un hombre que ha estado en contacto con la flor y nata de los literatos de aquella nacin privilegiada; las picantes observaciones que presagiaba el sostenido prurito de escepticismo y cierta sal andaluza que campea con galana finura en muchos pasajes de este libro. Mi curiosidad, sin embargo, no fue del todo satisfecha. La _Nueva Revista_ haba publicado ya (1881) un interesante artculo de D. Jos Caicedo Rojas, sobre la _poesa pica americana_ y sobre todo colombiana[1]; un importante y cruditsimo (1882) estudio de D. Salvador Camacho Roldn, sobre la _poesa colombiana_, a propsito de Gregorio Gutirrez Gonzlez[2]; y finalmente (1883) un notable juicio de D. Adriano Pez, sobre Jos David Guarin[3]. En esos artculos se entrev la riqusima y fecunda vida intelectual de aquel pueblo; pasan ante los ojos atnitos del lector centenares de poetas, literatos, historiadores, crticos, etc.; se descubre una produccin asombrosa, una pltora verdadera de diarios, peridicos, folletos y libros. Y el que est algo al cabo de las letras en Colombia, aunque resida en Buenos Aires, conoce su numerossima prensa, sus peridicos, sus revistas, sus escuelas literarias; la lucha entre conservadores y liberales, entre los grupos respectivamente encabezados por el _Repertorio Colombiano_ y _La Patria_. Y por poco numerosas que sean las relaciones que se cultiven con gente bogotana, a poco el bufete se llena con _El Pasatiempo_, _El Papel Peridico Ilustrado_, etc. Nada de eso se encuentra en el libro de Can. l, periodista, ha olvidado a la prensa. Y eso que la prensa de Colombia es especial, distinta bajo todos conceptos de la nuestra. Pero se busca en vano el rastro de Julio Arboleda, de Jos E. Caro, de Madiedo, de Lzaro Mara Prez, de... en una palabra, de todos los que sobreviven de la exuberante generacin de 1844 y 1846: Restrepo, y tantos otros. Y si esa poca parece ya muy echada en olvido, queda la de 1855 a 1858, en que tanto florecieron las letras colombianas: de esa poca datan Jos Joaqun Ortiz, Camacho Roldn, Ancizar, Ricardo Silva, Salgar, Vergara y tantos otros...! Verdad es que el seor Can declara que no es su propsito hacer un resumen de la historia literaria de Colombia. Bien est; pero cuando se dedica un captulo a la _inteligencia_ de un pas, preciso es presentarla bajo todas sus faces, mostrar su filiacin, recordar sus ms ilustres representantes... El autor de _En viaje_ aade, sin embargo, a rengln seguido: si he consignado algunos nombres, si me he detenido en el de algunas de las personalidades ms notables en la actualidad, es porque, habiendo tenido la suerte de tratarlas, entran en mi cuadro de recuerdos. Valga como excusa, pero es lstima, y grande, que no se haya decidido a examinar con mayor detencin tema tan rico como interesante. En ese captulo falta, pues, una exposicin metdica, no digo de la historia literaria de Colombia, sino del estado actual de la literatura en aquel pas; ni se mencionan nombres como los de Borda, Arrieta, Isaacs, Obeso y tantos otros descollantes; nada sobre la Academia, sus trabajos, y, sobre todo, ese inexplicable silencio acerca del periodismo bogotano! Quiz haya tenido el Sr. Can alguna razn para incurrir en esas omisiones: sea, pero confieso que no alcanzo cul puede ser. Lo deploro tanto ms cuanto que por las pginas escritas, se deduce con qu _humour_--para emplear esa intraducible locucin--se habra ocupado de toda aquella literatura. Hay, pues, que contentarse con los rpidos bocetos que nos traza. Pero el Sr. Can, con esa redaccin _a la diable_--como l mismo la califica--se deja arrastrar de su predileccin: acaba de decirnos que slo se ocupa de las personalidades que ha tenido la suerte de tratar, y sin embargo, su entusiasmo lo lleva a dedicar gran parte del captulo a Gutirrez Gonzlez, poeta notabilsimo, es cierto, pero que muri en Medelln, el 6 de julio de 1872... Se ocupa largamente de Rafael Pombo, el famoso autor del canto de _Edda_, que dio la vuelta a Amrica, y que mereci entre la avalancha de contestaciones, una hermossima de Carlos Guido y Spano, Pombo--segn el Sr. Can--es feo, atrozmente feo. Una cabecita pequea, boca gruesa, bigote y perilla rubia, ojos saltones y miopes, tras unas enormes gafas... Feo, muy feo. l lo sabe y le importa un pito. Refiere el autor una aventura de la Sra. Eduarda Mansilla de Garca con Pombo, y a fe que lo hace con chiste y oportunidad. Dice el Sr. Can que Rafael Pombo, a pesar de las reiteradas instancias de sus amigos y de ventajosas propuestas de editores, nunca ha querido publicar sus versos coleccionados. Y hace con este motivo una observacin que, por cierto, ha de causar alguna extraeza entre nosotros, porque la costumbre que se observa es diametralmente opuesta. He aqu esa curiosa observacin: Cuntas reputaciones poticas ha muerto la mana del volumen, y cuntos arrepentimientos para el porvenir se crean los jvenes que, cediendo a una vanidad pueril, se apresuran a coleccionar prematuramente las primeras e inspidas florecencias del espritu, _ensayos_ en prosa o verso... Pero el Sr. Can es, a la verdad, un espritu observador. Vase si no el siguiente chispeante retrato de Diego Fallon, cuyos cantos _A las ruinas de Suesca y A la luna_ son de tan extraordinario mrito. Figuraos una cabeza correcta, con dos grandes ojos negros, _deux trous qui lui vont jusq' l'me_, pelo negro, largo, echado hacia atrs; nariz y labios finos; un rostro de aquellos tantas veces reproducidos por el pincel de Van Dyck; un cuerpo delgado, siempre en movimiento, saltando sobre la silla en sus rpidos momentos de descanso. Odlo, porque es difcil hablar con l, y bien tonto es el que lo pretende, cuando tiene la incomparable suerte de ver desenvolverse en la charla del poeta el ms maravilloso kaleidoscopio que los ojos de la inteligencia puedan contemplar... hasta que el reloj da la hora y el visionario, el poeta, el inimitable colorista, baja de un salto de la nube dorada donde estaba a punto de creerse rey, y toma lastimosamente su Ollendorff para ir a dar su clase de ingls, en la Universidad, en tres o cuatro colegios y qu se yo dnde ms... El que eso ha escrito no es slo un estilista, un Vanderbilt del idioma, es ms an; es un _humorista_, legtimo discpulo de Sterne, lector asiduo quiz del _Tristam Shandy_. Esa fcil irona, ese buen humor inagotable, esa fuerza superior de sarcasmo, por momentos alegre, sonriente, burln, en una palabra esa rapidez de impresiones y esos contrastes siempre nuevos, son el secreto del _humorista_. Y cuando pinta a Rufino Cuervo, el sapientsimo autor de las _Apuntaciones crticas sobre el lenguaje bogotano_, trabajando con tranquilidad, sin interrumpirse sino para despachar un cajn de cerveza...,--porque Cuervo no es ni ms ni menos que cervecero. Yo mismo he embotellado y tapado, me deca Rufino agrega el seor Can... Hablando de Carlos Holgun, dice que ...y esto sea dicho aqu entre nosotros, Holgun fue uno de los _cachacos_ ms queridos de Bogot, que le ha conservado siempre el viejo cario. Ahora bien, quiere saberse lo que es un _cachaco_? El autor se encarga de explicarlo, y lo hace con exquisita claridad. El _cachaco_ es el calavera de buen tono, decidor, con entusiasmo comunicativo, capaz de hacer bailar a diez esfinges egipcias, organizador de cuadrillas de a caballo en la plaza, el da nacional, dispuesto a hacer trepar su caballo a un balcn para alcanzar una sonrisa; jugador de altura, dejando hasta el ltimo peso en una mesa de juego, a propsito de una rifa; pronto a tomarse a tiros con el que le busque, bravo hasta la temeridad... Y aplquese esa retrato al respetable seor Holgun! De don Jos Mara Samper, trae un rpido boceto: ha escrito, dice, 6 u 8 tomos de historia, 3 o 4 de versos, 10 o 12 de novelas, otros tantos de viajes, de discursos, estudios polticos, memorias, polmicas... qu s yo!... Naturalmente en esa mole de libros sera intil buscar el pulimento del artista, la correccin de lneas y de tonos. Es un ro americano que corre tumultuoso, arrastrando troncos, detritus, arenas y peascos.... En fin, largo sera seguir al autor en estos retratos, gnero literario en que evidentemente descuella. Me he detenido en este punto, porque parece que ah se revela una nueva faz del talento del seor Can. Tiene el don de daguerreotipar a una personalidad en pocas lneas, presenta la luz, la sombra, el claro oscuro que iluminan el retrato, poniendo de relieve su lado serio y su lado cmico. Busca siempre el efecto del contraste. Y esto es lo que me mueve a decir que tiene tendencias a ser un verdadero _humorista_. Qu es efectivamente el _humour_? Un crtico clebre lo ha definido magistralmente. Es, dice, el mpetu de un espritu dotado de la aptitud ms exquisita para sentir, comprender y explicar todo; es el movimiento libre, irregular y audaz de un pensamiento siempre dispuesto, que ama esas trampas tan temidas de los retricos; las digresiones, y que se abandona con gracia a ellas cuando por casualidad encuentra un misterio del corazn para aclararlo, una contradiccin de nuestra naturaleza para estudiarla, una verdad despreciada para enaltecerla: un pensamiento al cual atrae lo desconocido por un secreto magnetismo, y que, bajo apariencias ligeras, penetra en las ms oscuras sinuosidades del mundo moral, da a todo lo que inventa, a todo lo que reproduce, el colorido del capricho, y crea por el poder de la fantasa, una imagen mvil de la realidad, ms mvil an. Ahora bien; lase con atencin el ltimo libro del seor Can y se encontrar confirmada la exactitud de esa pintura en muchos y repetidos pasajes. Y casi me atrevera a asegurar que es justamente en los pasajes en que el autor se ha abandonado con ms naturalidad a esa tendencia, que el lector con ms justicia se complace. Edmundo De Amicis, en algunos de sus libros afortunados, ha hablado de la pgina magistral, la pgina clsica, la pgina estupenda que todo escritor debe tener conciencia de haber escrito o poder escribir, para poder as llegar a la posteridad. Una de esas pginas, por ejemplo, es la que se refiere a la ria de gallos en el libro sobre _Espaa_. En aquellas 5 o 6 pginas, dice un crtico, se hallan reunidas, amalgamadas hasta la cuarta potencia, todas las cualidades de De Amicis: la sutileza del observador, el vigor del colorido, la elegancia del estilista, y, junto con todo esto, aquella variedad, abundancia y riqueza archimillonaria del idioma, por lo cual es verdaderamente descollante. Pueden aplicarse estas palabras de Barrili al seor Can? El autor de _En viaje_ ha condensado ya todas sus cualidades, ha dado su nota ms alta? En cada libro que escribe el seor Can, se revela una faz distinta de su espritu: esto hace difcil en extremo la tarea del crtico severo, fcil a lo sumo la del benvolo, pues en justicia hay tanto que alabar! Por eso, una crtica justa--a pesar de que el seor Can ha dicho que es la que ms difcilmente se perdona, como los palos que ms se sienten son los que caen donde duele--en este caso, puede con leal imparcialidad tributar cumplido elogio al escritor que se ha revelado _humorista_ de buena ley, confirmando su vieja reputacin de estilista brillante. * * * * * Y es lstima grande que con tan brillantes cualidades, no sea el seor Can ms que un _dilettante_ en las letras. Se nota que aquel autor no siente en s la vocacin del escritor; escribe como un _pis aller_. Dotado como pocos para ello, jams ha considerado a las letras sino como un accesorio, y en el fondo se me ocurre que es el hombre ms desprovisto de vanidad literaria. Las letras son para l queridas pasajeras, que se toman y se dejan rehuyendo compromisos, y a las que no se pide sino el placer del momento, sin la preocupacin del maana. Su temperamento, sus ms vehementes inclinaciones, lo llevan a la vida poltica, a la accin; es hombre de parlamento, orador nato, a quien el ejercicio del poder, sea en ministerios o a la cabeza de cualquier administracin, parece producir una satisfaccin que degenera en dulce embriaguez. Es un literato que desdea las letras, y a quien la poltica, como Minotauro implacable, ha devorado sin remedio. Escribir an de vez en cuando, quiz, pero lo har con la sonrisa de escepticismo en los labios, y como calaverada de gran seor. La poltica es la gran culpable en la vida americana: fascina a los talentos jvenes, los seduce y los esteriliza para la produccin intelectual serena y elevada; los embriaga con la accin efmera, los gasta y los deja desencantados, imposibilitndolos para volver al culto de las letras, y esclavizados por la fascinacin de la vida pblica. Sacrifican as, esos espritus escogidos, una gloria seria y permanente, por una gloria inconsistente y del momento. Can principi por dejarse seducir por el diarismo poltico y derroch un esplndido talento en escribir artculos de combate que, deslumbradores fuegos de artificio, vivieron lo que viven las rosas, el espacio de unas horas. Quin se acuerda hoy de ellos? Su propio autor los ha olvidado quiz, y con razn, porque son producciones condenadas de antemano a muerte prematura. Pero, si bien se explica que un hombre de ese temple sacrifique las letras por la poltica, no se comprende cmo sacrifica la vida pblica activa por la tranquilidad del ocio diplomtico. Puede que el temperamento un tanto epicreo del autor de _En Viaje_ algo haya influido en este sbito cambio de frente; pero renunciar a la vida parlamentaria, a la prensa poltica, al gobierno activo, para refugiarse en un retiro diplomtico, cuando se encontraba en plena juventud, sin haber llegado siquiera a la mitad de la vida, lleno de vigor, de aspiraciones, de sangre bullidora...! Misterio! La vida diplomtica tiene, es cierto, nobilsima esfera de accin, pero para un hombre de esas condiciones se asemeja a un suicidio moral. Porque si las funciones diplomticas permiten disponer de ocios, es preciso llenarlos, y si no se les llena con la labor literaria, un temperamento demasiado activo corre peligro de emplearlos en apurar hasta las heces el cliz de Capua,--y ese cliz es fatal. Me hace acordar el seor Can a la figura tan simptica y tan anloga de aquel brillantsimo espritu francs que se llam Prevost-Paradol; tambin fue un escritor que pudo haber fcilmente traspuesto las ms altas cumbres: dotes, preparacin, ambicin, todo posea. El xito le sonri siempre... Pero abandon las letras por la poltica, y cambi la lucha activa por el reposo diplomtico. Aquel bello talento se esteriliz por completo. Se me viene a la memoria un incidente verdaderamente grfico en la vida de Prevost-Paradol. Un da, un amigo le deca: Por qu no escribe usted la historia de las ideas parlamentarias? Hay ah un libro interesante y digno de tentar su talento. Y l respondi: Qu feliz es usted de creer todava en los libros, en las frases, y de encariarse con todos esos juguetes intiles que sirven de pasatiempo a los desocupados!... Y aadi: Slo el poder es verdadero. Conducir a los hombres, dirigir sus destinos, llevarlos a la grandeza por caminos que no se les indica, preparar los acontecimientos, dominar a los hechos, forzar a la fortuna a obedecer, he ah el objetivo que es preciso tener y que slo alcanzan las voluntades fuertes y las inteligencias elevadas! Se me figura que el diplomtico Can ms de una vez pensar con melancola en esas palabras. Si es cierto que el epicuresmo le ha hecho desertar de la lucha ardiente, se ha vengado de tal cobarda moral ahogndolo en ese fastidio que eternamente pone de manifiesto el autor de _En viaje._ An es tiempo, sin embargo, de que reaccione; y si la voz aislada de un extrao pudiera servir de suficiente profeca, que no la considere como viniendo de una Casandra de aldea, sino que trate de no justificar aquel verso famoso: _L'armure qu'il portait n'allait pas a sa taille._ _Elle tait bonne au plus pour un jour de bataille_ _Et ce jour-l fut court comme une nuit d't._ ERNESTO QUESADA. Mayo de 1884. EN VIAJE (1881-1882) Al pueblo colombiano, en estos momentos de amargura, dedica la reedicin de este libro, como homenaje de respeto y cario MIGUEL CAN. Diciembre de 1903. DOS PALABRAS Las pginas de este libro han sido escritas a medida que he ido recorriendo los pases a que se refieren. No tengo por lo tanto la pretensin de presentar una obra rigurosamente sujeta a un plan de unidad, sino una sucesin de cuadros tomados en el momento de reflejarse en mi espritu por la impresin. Habindome el gobierno de mi pas hecho el honor de nombrarme su representante cerca de los de Colombia y Venezuela, pens que una simple narracin de mi viaje ofrecera algn inters a los lectores americanos, ms al cabo generalmente de lo que sucede en cualquier rincn de Europa, que de los acontecimientos que se desenvuelven en las capitales de la Amrica espaola. Puedo hoy asegurar que las molestias y sufrimientos del viaje han sido compensados con usura por los admirables panoramas que me ha sido dado contemplar, as como por los puros goces intelectuales que he encontrado en el seno de sociedades cultas e ilustradas, a las que el aislamiento material a que las condena la naturaleza del suelo que habitan, las impulsa a aplicar toda su actividad al levantamiento del espritu. He procurado contar y contar ligeramente; pienso que un libro de viajes debe marchar con paso igual y suelto, sin bagajes pesados, con buen humor para contrarrestar las inevitables molestias de la travesa, con cultura, porque se trata de hablar de aqullos que nos dieron hospitalidad, y, sobre todo, sin ms luz fija, sin ms gua que la verdad. Cuando la pintura exacta de ciertas cosas me ha sido imposible por altsimas consideraciones que tocan a la delicadeza, he preferido omitir los hechos antes que arreglarlos a las exigencias de mi situacin. Rara vez se me ha ofrecido ese caso; por el contrario, ha sido con vivo placer cmo he llenado estas pginas que me recordarn siempre una poca que por tantos motivos ha determinado una transicin definitiva de mi vida. En esta reedicin, nica que se ha hecho desde la publicacin de _En viaje_, en 1883, se ha suprimido bastante en los primeros captulos, de los que slo se han conservado algunos contornos trazados al pasar, que, como los de Gambetta, Gladstone y Renn, pueden interesar an. El autor no ha agregado _una sola palabra_ a su primera redaccin. El lector podr ver as si el tiempo ha sancionado o corregido los juicios que los hombres y las cosas de aquel tiempo y en aquella parte de Amrica sugirieron al autor. Diciembre, 1903. INTRODUCCIN Creo poder asegurar que el nmero total de argentinos que han llegado a la ciudad de Bogot desde el siglo XVI hasta la fecha, no exceder de diez, inclusive el personal de la legacin que iba por primera vez en 1881 a saludar al pueblo en cuyo seno se desenvolvi la accin de Bolvar. Ese aislamiento terrible, consecuencia de las dificultades de comunicacin y causa principal, tal vez, de los tristes das por que ha pasado la Amrica espaola antes de su organizacin definitiva, no ha sido tenido en cuenta por la Europa al formular sobre nuestro desgraciado continente el juicio severo que an no ha cesado de pesar sobre nosotros. Nos ha faltado la solidaridad, la gravitacin recproca, que une a los pueblos europeos en una responsabilidad colectiva, que los mantiene en un diapasn poltico casi uniforme, y que alienta y sostiene de una manera indirecta, en los momentos de prueba, al que flaquea en la ruta. Las leyes histricas que presiden la formacin de las sociedades, se han desenvuelto en todo su rigor en nuestras vastas comarcas. El esfuerzo del grupo intelectual se ha estrellado estrilmente durante largos aos contra la masa brbara, representando el nmero y la fuerza. La anarqua, esa cscara amarga que envuelve la semilla fecunda de la libertad, ha reinado de una manera uniforme en toda la Amrica y por procedimientos anlogos en cada uno de los pueblos que la componen, porque las causas originarias eran las mismas. Para algunos pases americanos, esos aos sombros son hoy un mal sueo, una pesadilla que no volver, porque ha desaparecido el estado enfermizo que la produca. Qu extranjero podr creer, al encontrarse en el seno de la culta Buenos Aires, en medio de la actividad febril del comercio y de todos los halagos del arte, que en 1820 los caudillos semibrbaros ataban sus potros en las rejas de la plaza de Mayo, o que en 1840 nuestras madres eran vilmente insultadas al salir de las iglesias? Si el camino material que hemos hecho es enorme, nuestra marcha moral es inaudita. A mis ojos, el progreso en las ideas de la sociedad argentina es uno de los fenmenos intelectuales ms curiosos de nuestro siglo. Y al hablar de las ideas argentinas, me refiero a las de toda la Amrica, aunque el fenmeno, por causas que responden a la situacin geogrfica, a la naturaleza del suelo y a la poderosa corriente de emigracin europea, no presenta en ninguna parte el grado de intensidad que en el Plata. Los americanos del Norte recibieron por herencia un mundo moral hecho de todas piezas: el ms perfecto que la inteligencia humana haya creado. En religin, el libre examen; en poltica, el parlamentarismo; en organizacin municipal, la comuna; en legislacin, el _habeas corpus_ y el jurado; en ciencias, en industria, en comercio... el genio ingls. En el Sur, la herencia fatal para cuyo repudio hemos necesitado medio siglo, fue la teologa de Felipe II, con sus aplicaciones temporales, la poltica de Carlos V y aquel curioso sistema comercial que, dejando inerte el fecundo suelo americano, trajo la decadencia de la Espaa, ese descenso sin ejemplo que puede encerrarse en dos nombres: de Pava al Trocadero. As, cuando en 1810 la Amrica se levantaba, no ya tan slo contra la dominacin espaola, sino contra el absurdo, contra la inmovilidad cadavrica impuesta por un rgimen cuya primer vctima fue la madre patria misma, se encontr sin tradiciones, sin esa conciencia latente de las cosas de gobierno que fueron el lote feliz de los pueblos que la haban precedido en la ruta de la emancipacin. De los americanos del Norte hemos hablado ya; hicieron una revolucin inglesa, fundados en el derecho ingls. Por menos de las vejaciones sufridas, Carlos I muri en el cadalso y Guillermo III subi al trono en 1688. Los habitantes de los Pases Bajos, al emprender su revolucin gigantesca contra la Espaa absolutista y claustral, al trazar en la historia del mundo la pgina que honra ms tal vez a la especie humana, tenan precedentes, se apoyaban en tradiciones, en la Joyeuse Entre, en las viejas cartas de Borgoa. La Francia, en 89 tena mil aos de existencia nacional, y si bien destruy un rgimen poltico absurdo, conservaba los cimientos del organismo social--93 fue un momento de fiebre;--vuelta la calma, la libertad conquistada se apoy en el orden tradicional. Nosotros, qu sabamos? Difcil es hoy al espritu darse cuenta de la situacin intelectual de una sociedad sudamericana hasta principios de nuestro siglo. No tenamos la tradicin monrquica, que implica por lo menos un ideal, un respeto, algo arriba de la controversia minadora de la vida real. Jams un rey de Espaa pis el suelo de la Amrica para mostrar en su persona el smbolo, la forma encarnada del derecho divino. Virreyes ridculos, vidos, sin valor a veces para ponerse al frente de pueblos entusiastas por la dinasta, acabaron de borrar en la conciencia americana el ltimo vestigio de la veneracin por el personaje fabuloso que reinaba ms all de los mares desconocidos, que peda siempre oro y que negaba hasta la libertad del trabajo! No sabamos nada, ni cmo se gobierna un pueblo, ni cmo se organiza la libertad; ms an, la masa popular conceba la libertad como una vuelta al estado natural, como la cesacin del impuesto, la abolicin de la cultura intelectual, el campo abierto a la satisfaccin de todos los apetitos, sin ms lmites que la fuerza del que marcha al lado, esto es, del antagonista. La revolucin americana fue hecha por el grupo de hombres que haban conseguido levantarse sobre el nivel de profunda ignorancia de sus compatriotas. Las masas los siguieron para destruir, y en el impulso recibido pasaron todos los lmites. Al da siguiente de la revolucin, nada qued en pie y los hombres de pensamiento que haban procedido a la accin, fueron quedando tendidos a lo largo del camino, impotentes para detener el huracn que haban desencadenado en su generoso impulso. Entonces aparecieron el gobierno primitivo, la fuerza, el prestigio, la audacia, reivindicando todos los derechos. Formas, tradiciones, respetos humanos? La lanza de Quiroga, la influencia del comandante de campaa, la astucia gaucha de Rosas. Y as, con simples diferencias de estilo e intensidad, del Plata al Caribe. Recibimos un mundo nuevo, brbaro, despoblado, sin el menor sntoma de organizacin racional[4]: mrese la Amrica de hoy, cuntense los centenares de millares de extranjeros que viven felices en su suelo, nuestra industria, la explotacin de nuestras riquezas, el refinamiento de nuestros gustos, las formas definitivas de nuestro organismo poltico, y dgasenos qu pedazo del mundo ha hecho una evolucin semejante en medio siglo! Quiere esto decir que todo est hecho? Ah! no. Comenzamos. Pero las conquistas alcanzadas no son de carcter transitorio, porque determinan modos humanos, cuya excelencia, aprobada por la razn y sustentada por el bienestar comn, tiende a hacerlos perpetuos. El primer escollo ha sido para nosotros, no ya la forma de gobierno, que fue fatalmente determinada por la historia y las ideas predominantes de la revolucin, sino la naturaleza del gobierno republicano, su aplicacin prctica. La absurda concepcin de la libertad en los primeros tiempos origin la constitucin de gobiernos dbiles, sin medios legales para defenderse contra las explosiones de pueblos sin educacin poltica, habituados a ver la autoridad bajo el prisma exclusivo del gendarme. Esa debilidad produjo la anarqua, hasta que la reaccin contra ideas falsas y disolventes, ayudada por el cansancio de las eternas luchas intestinas, trajo por consecuencia inmediata los gobiernos fuertes, esto es, las dictaduras. Y as han vivido la mayor parte de los pueblos americanos, de la dictadura a la anarqua, de la agitacin incesante al marasmo sombro. Es hoy tan slo, cuando empieza a incrustarse en la conciencia popular la concepcin exacta del gobierno, que se dota a los poderes organizados de todos los medios de hacer imposible la anarqua, conservando en manos del pueblo las garantas necesarias para alejar todo temor de dictadura. En ese sentido, la Amrica ha dado ya pasos definitivos en una va inmejorable, abandonando tanto el viejo gusto por los prestigios personales, como por las utopas generosas pero efmeras de una organizacin poltica basada en teoras seductoras al espritu, pero en completa oposicin con las exigencias positivas de la naturaleza humana. Slo as podremos salvarnos y asegurar el progreso en el orden poltico. Soar con la implantacin de una edad de oro desconocida en la historia, consagrar en las instituciones el ideal de los poetas y de los filsofos publicistas de la escuela de Clarke, que escriba en su gabinete una constitucin para un pueblo que no conoca, es simplemente pretender substraernos a la ley que determina la accin constante de nuestro organismo moral, idntico en Europa y en Amrica. Reformar, lentamente, evitar las sacudidas de las innovaciones bruscas e impremeditadas conservar todo lo que no sea incompatible con las exigencias del espritu moderno; he ah el nico programa posible para, los americanos. Puede hoy decirse con razn que el triste empleo de intendente de finanzas, en las viejas monarquas, se ha convertido en el primer cargo del gobierno en nuestras jvenes sociedades. El estudio de las necesidades del comercio, la solicitud previsora que ayuda al desarrollo de la industria, la economa y la pureza administrativas, son hoy las fuentes vivas de la poltica de un pas. Hacedme buena poltica y yo os har buenas finanzas, deca el barn Louis a Napolen. En el mundo actual, una inversin de la frase debiera constituir el verdadero catecismo gubernamental. En cuanto a la situacin de la Amrica en el momento en que escribo estas lneas, puede decirse en general que, salvo algunos pases como la Repblica Argentina y Mjico, que marchan abiertamente en la va del progreso, est pasando por una crisis seria, cuyas consecuencias tendrn indiscutible influencia sobre sus destinos. Una guerra deplorable, por un lado, cuyo trmino no se entrev an, ha llevado la desolacin a las costas del Pacfico hasta el Ecuador. La patria de Olmedo es hoy el teatro de una de esas interminables guerras civiles cuya responsabilidad solidaria arroja el espritu europeo sobre la Amrica entera. La guerra del Pacfico fue el primero de los graves errores cometidos por Chile en los ltimos cuatro aos. No es este el momento, ni entra en mi propsito estudiar las causas que la originaron ni establecer las responsabilidades respectivas; pero no cabe duda que la influencia irresistible de Chile, la lenta invasin de su comercio y de su industria a lo largo de las costas del Ocano, desde Antofagasta a Panam, se habra ejercido de una manera fatal, dando por resultado la prosperidad chilena, ms seguramente que por la victoria alcanzada. En 1879 el que estas lneas escribe visit los pases que haban iniciado ya la larga contienda. Recorriendo mis apuntes de esa poca, algunos de los que han sido publicados, veo que los acontecimientos han justificado mis previsiones, cuando auguraba la victoria de Chile y no vea ms medio de poner trmino a la lucha que la interposicin amistosa de los pases que se encontraban en situacin de ser odos por los beligerantes. Chile, por la gravedad de sus exigencias, perdi dos ocasiones admirables de arribar a la paz: despus de la toma de Arica y despus de la ocupacin de Lima. La victoria no haba podido ser ms completa; Bolivia, en el hecho, se haba retirado de la lucha, y el Per estaba exnime a sus pies, desquiciado, sin formas orgnicas, sin gobierno. La desmembracin exigida, el vilipendio de un vasallaje disfrazado, la dura actitud del vencedor, hicieron imposible la formacin de un gobierno capaz de aceptar tales imposiciones. Actitudes semejantes traen obligaciones gravsimas; se necesita, para hacerlas fecundas, una rapidez de accin y una cantidad de elementos de que Chile no poda disponer. Despus de Chorrillos, era necesario marchar, sobre Arequipa, ocupar firmemente el Per entero, esto es, proceder a la prusiana. Chile se ha estrellado contra esa imposibilidad material; slo es dueo de la tierra que pisan sus soldados, pero sus soldados no son numerosos y en cada encuentro, aunque la victoria le quede fiel, sus filas clarean y no es ya posible reemplazar las bajas. Si se piensa que Chile no tiene inmigracin que trabaje, mientras sus hijos se baten, se comprender la penosa situacin de la agricultura y de la minera, los dos principales ramos de la industria chilena. Luego, la creacin de un elemento militar, cuyos males estn an sin conocerse por Chile, el desenvolvimiento de una inmensa burocracia por las necesidades de la ocupacin, los gastos enormes que sta importa, la corrupcin, que es una consecuencia fatal de tales situaciones, el decaimiento del comercio, son razones ms que suficientes para preocupar a los chilenos que aman a su pas y miran al porvenir. Chile, inspirado por un orgullo nacional mal entendido, ha dificultado la accin de los gobiernos que en nombre de sentimientos de humanidad y alta poltica hubieran deseado ofrecer sus buenos oficios para preparar una solucin. Fue un error cuyas consecuencias sufre en este momento. En cuanto al Per, su situacin es tan deplorable, que no se concibe que la prolongacin de la lucha pueda empeorarla. Rara vez se ha visto en la historia la desaparicin ms completa de un pas, en sus formas ostensibles. Pero esta larga y terrible crisis ha puesto de manifiesto la profunda debilidad de su organizacin y los vicios que la minaban. Cuando la paz se haga, y algn da se har, el Per saldr lentamente de su tumba, pensando en hacer vida nueva, en la paz, en el orden y el trabajo. Maldecir los raudales de oro del guano y el salitre, y slo se ocupar de cultivar su suelo admirable. La leccin ha sido sangrienta; pero la vida de los pueblos no es de un da, y pronto las amargas horas pasadas aparecern a los peruanos como el punto de partida de una poca de prosperidad. En las pginas que van a leerse, dedicadas en su mayor parte a Colombia y Venezuela, se ver cul es la situacin de ambos pases. He sido relativamente parco en mi apreciacin de la actualidad de Venezuela, porque se encuentra en un momento de plena evolucin. El hombre que hoy la gobierna, el general Guzmn Blanco, representa sin duda un rgimen al que los argentinos tenemos el derecho histrico de negar nuestras simpatas. Pero sera una torpeza confundirlo con los vulgares dictadores que han ensangrentado el suelo de la Amrica. El progreso material de Venezuela bajo su gobierno es indiscutible, y la paz, que ha sabido conservar en un pas donde la guerra hasta ahora diez aos era el estado normal, le ser contada como uno de sus mejores ttulos por el juicio de la posteridad. Pero, lo repito, no es este el momento de formular una opinin sobre Venezuela; ensaya sus nuevas instituciones, tantea la adaptacin de nuevas industrias a su suelo maravilloso y pasarn algunos aos antes que su reciente organizacin tome caracteres definitivos. Los pases americanos situados sobre el Atlntico han sentido ms rpida e intensamente la accin de la Europa, fuente indudable de todo progreso, y han conseguido emanciparse ms pronto de la rmora colonial. Es con legtimo orgullo cmo un argentino puede hablar hoy de su pas, porque no hay espectculo que levante y consuele ms el corazn de un hombre, que el de un pueblo laborioso, inteligente y vido de desenvolvimiento, marchando con firmeza, al amparo del orden y de la libertad, en el camino de sus grandes destinos. El ejemplo de prudencia admirable que en sus relaciones internacionales ha dado la Repblica Argentina, no ser infecundo para la Amrica. Con tradiciones guerreras, con un pueblo habituado a la lucha constante, para el que los combates, como para los viejos germanos, tienen atractivos irresistibles, sosteniendo causas consagradas por un derecho palmario, hemos sabido acallar los enrgicos mpetus del patriotismo entusiasta, para encerrarnos y perseverar en una poltica correcta y prudente que al fin, honorablemente, nos ha dada la ms grande de las victorias que puede alcanzar un pueblo americano: la paz. Erigido el principio de arbitraje en invariable lnea de conducta, resolvimos por ese medio las cuestiones que haba suscitado la guerra con el Paraguay, a la que tan brbaramente se nos provoc en 1865. Ms tarde, la larga controversia de lmites con Chile fue resuelta por una transaccin directa que, no slo satisfizo el honor de ambas naciones, sino que asegur al comercio universal la libre navegacin y la neutralidad del Estrecho de Magallanes. Slo tenemos pendiente en el da de la fijacin definitiva de nuestras fronteras con el Brasil. En documentos que han visto la luz pblica, el gobierno argentino ha propuesto ya al gabinete de San Cristbal la adopcin del arbitraje. Sea por este medio, sea por transaccin directa, hay el derecho de esperar que la cuestin ser resuelta sin necesidad de apelar a la guerra, cuyos resultados seran fatales seguramente a aquel de los dos pueblos cuya obstinacin la haga imprescindible. La era de las discordias civiles se ha cerrado tambin en el suelo argentino, porque las causas que la producan han cesado, con la organizacin definitiva de la nacin. Desde los extremos de la Patagonia a los lmites con Bolivia, desde los mrgenes del Plata al pie de los Andes, no se oye hoy sino el ruido alentador de la industria humana, no se ven sino movimientos de tierra, colocacin de rieles, canalizaciones, instalaciones de mquinas, cambios diormicos de suelos vrgenes en campos labrados. Las ciudades se transforman ante los ojos de sus propios hijos que miran absortos el fenmeno; las rentas pblicas se duplican; el oro europeo acude a raudales, para convertirse en obras de progreso; el crdito se extiende y se afirma; la emigracin aumenta. Tenemos motivos de pura satisfaccin, pero al mismo tiempo graves responsabilidades. Es necesario conservar la paz interna a todo trance y hacer una verdad constante de nuestras instituciones; en una palabra: seguir la ruta en que marchamos. Si hay algn pas americano en estos momentos cuya situacin requiera calma, prudencia sabia, en una palabra, es indudablemente el Brasil; gobernado por un prncipe que ha sabido conquistar el cario de sus sbditos y el respeto del mundo, tiene elementos en su seno para conjurar los graves peligros que lo amenazan. Su situacin financiera no es tranquilizadora; el aumento de los gastos sin una progresin anloga en los ingresos, los emprstitos sucesivos en vista de la adquisicin de elementos de guerra y las deficiencias dolorosamente comprobadas en el sistema administrativo: he ah las causas principales de una crisis que no tardar en tomar proporciones alarmantes. Por otro lado, pronto desaparecer--y para siempre--de la constitucin brasilea la triste sombra de la esclavitud. Sea falta de previsin en el gobierno, sea enceguecimiento sistemtico de los propietarios rurales, el hecho es que, si bien esa liberacin ser un honor para el Brasil, su industria va a pasar por un momento angustioso cuando sea necesario acudir al trabajo libre para reemplazar al trabajo esclavo. La aparicin de la cuestin de salarios, de las huelgas, la escasez de brazos por la insignificante inmigracin, la difcil vigilancia policial sobre el milln y medio de negros que de la noche a la maana van a recuperar su libertad, muchos de ellos lleno el corazn de odios, todas las dificultados de un cambio radical van a constituir una crisis econmica formidable. Por otro lado, la situacin poltica amenaza perturbaciones, el espritu democrtico gana camino cada da, as como los sntomas de segregacin en un porvenir no lejano. Falta homogeneidad en ese vasto y despoblado territorio; las aspiraciones de los tres grupos del Norte, Centro y Sur, no siguen rutas paralelas. Una agitacin sorda trabaja las provincias del Imperio, y la dinasta, personificada en absoluto en el Emperador dignsimo que rige los destinos de este pueblo, corre grandes riesgos de desaparecer el da, que Dios aleje, de la muerte de Don Pedro II. Pueden fcilmente adivinarse el resultado y las consecuencias para el Brasil, si su mala estrella lo lleva en las actuales circunstancias a suscitar una guerra americana. Hay, indudablemente, un partido que la desea, sea guiado por sentimientos de un egosmo antipatritico, sea en la esperanza de romper el nudo de dificultades por el sistema de Alejandro. Bueno es no olvidar que el instrumento indispensable para esa operacin es, ante todo, la espada del hroe macedonio. El Brasil, lo repito, puede conjurar sus peligros con una poltica internacional franca y pacfica, con reformas radicales en su sistema financiero, y con una aplicacin ms prctica y verdadera del rgimen parlamentario. De l, exclusivamente de l, depende vivir en paz con todos los pueblos de Amrica, que aplaudiran sus progresos, pero que opondran una muralla de acero a lodo acto inspirado por ambicin de engrandecimiento territorial. El Uruguay no ha salido an de la poca difcil; el militarismo impera all y el elemento inteligente ha sido diezmado en el esfuerzo generoso por implantar la libertad. Los destinos de ese pedazo de tierra maravillosamente dotado, constituyen hoy uno de los problemas ms graves de la Amrica. Antigua provincia del virreinato del Ro de la Plata, el pueblo oriental tiene la misma sangre, las mismas tradiciones, el mismo idioma, que el que a su lado marcha al progreso a pasos de gigante. Las leyes histricas de atraccin parecen dibujar una solucin mirada con ojos simpticos a ambas mrgenes del inmenso estuario comn, pero que ningn gobierno argentino provocar por medios violentos. El da que los orientales pidan, por la voz de un congreso, volver a ocupar su puesto en el seno de la gran familia, sern recibidos con los brazos abiertos y ocuparn un sitio de honor en la marcha del progreso, como lo ocuparon siempre en las batallas donde corri mezclada su sangre con la argentina. Entretanto, el que atribuya al gabinete de Buenos Aires propsitos anexionistas, se engaa por completo. En primer lugar, nuestro sistema federal no permite sino incorporaciones de Estados federativos, y en segundo trmino, la poltica argentina tiene por base inmutable el respeto a la voluntad popular. Jams, por la violencia, se aumentar en un palmo el territorio argentino. Amo mi buena tierra americana sobre todas las regiones de la tierra. Es porque en ella se extienden los campos de mi patria, de la que mi alma vive cerca, aunque de lejos mi cerebro se consuma por ella en el anhelo ardiente de servirla? Es porque en la colectividad moral de los hombres que la habitan, veo brillar la altura del carcter, la abnegacin de la vida, la lealtad y el honor? No lo s; pero en mis momentos de duda amarga, cuando mis faros simpticos se oscurecen, cuando la corrupcin yanqui me subleva el corazn o la demagogia de media calle me enluta el espritu en Pars, reposo en una confianza serena y me dejo adormecer por la suave visin del porvenir de la Amrica del Sur; parceme que all brillar de nuevo el genio latino rejuvenecido, el que recogi la herencia del arte en Grecia, del gobierno en Roma, del que tantas cosas grandes ha hecho en el mundo, que ha fatigado la historia! Si es una ilusin, perseveremos en ella y hagmonos dignos de que nos visite con frecuencia; slo pensando en cosas grandes se prepara el alma a ejecutarlas. Que un americano descienda a lo ms ntimo de su ser, donde palpita un tomo del alma de su pueblo, que la consulte, y luego de comprobadas sus pulsaciones vigorosas, se atreva a negar que est pronto a todas las evoluciones que puedan llevar a la cumbre. Los hombres no son nada, las ideas lo son todo. Las rencillas locales son nfimas miserias que enferman y esterilizan el espritu de aquel que de ellas se ocupa; hay algo ms arriba, es el porvenir, es la suerte de nuestros hijos, es el honor de nuestra raza. Al trabajo, pues; el tiempo vuela y a su amparo las transformaciones se operan como si la mano de Dios las produjera. Septiembre, 1883. CAPITULO I De Buenos Aires a Burdeos. De nuevo en el mar.--La baha de Ro de Janeiro.--La rada y la ciudad.--Tijuca.--Las costas de frica.--La hermana de caridad.--El Tajo.--La cuarentena en el Gironde.--Burdeos. _Once more upon the waters;_ _Yet once more!_ (BYRON, Ch. II. III.) * * * * * Eternamente bello ese arco triunfal del suelo americano! Parece que el mar hubiera sido atrado a aquella ensenada por un canto irresistible y que, al besar el pie de esas montaas cubiertas de bosques, al reflejar en sus aguas los rboles del trpico y los elegantes contornos de los cerros, cuyas almas dibujan sobre un cielo profundo y puro, lneas de una delicadeza exquisita, el mismo ocano hubiera sonredo desarmado, perdiendo su ceo adusto, para caer adormecido en el seno de la armona que lo rodeaba. Jams se contempla sin emocin ese cuadro, y no se concibe cmo los hombres que viven constantemente con ese espectculo al frente, no tengan el espritu modelado para expresar en altas ideas todas las cosas grandes del cielo y de la tierra. Tal as, la naturaleza helnica, con sus montaas armoniosas y serenas, como la marcha de un astro, su cielo azul y transparente, las aguas generosas de sus golfos, que revelan los secretos todos de su seno, arroj en el alma de los griegos ese sentimiento inefable del ideal, esa concepcin sin igual de la belleza, que respira en las estrofas de sus poetas y se estremece en las lneas de sus mrmoles esculpidos. Pero el suelo de la Grecia est envuelto, como en un manto carioso, por una atmsfera templada y sana, que excita las fuerzas fsicas y da actividad al cerebro. Sobre las costas que baa la baha de Ro de Janeiro, el sol cae a plomo en capas de fuego, el aire corre abrasado, los despojos de una vegetacin lujuriosa fermentan sin reposo y la savia de la vida se empobrece en el organismo animal. As, bajad del barco que se mece en las aguas de la baha; habis visto en la tierra los cocoteros y las palmeras, los bananos y los dtiles, toda esa flora caracterstica de los trpicos, que hace entrar por los ojos la sensacin de un mundo nuevo; creis encontrar en la ciudad una atmsfera de flores y perfumes, algo como lo que se siente al aproximarse a Tucumn, por entre bosques de laureles y naranjales, o al pisar el suelo de la bendecida isla de Tahit... Y bien, quedos siempre en el puerto! Saciad vuestras miradas con ese cuadro incomparable y no bajis a perder la ilusin en la aglomeracin confusa de casas raquticas, calles estrechas y sucias, olores nauseabundos y atmsfera de plomo!... Pronto, cruzad el lago, trepad los cerros y a Petrpolis. Si no, a Tijuca. Petrpolis es ms grandiosa y los cuadros que se desenvuelven en la magnfica ascencin no tienen igual en la Suiza o en los Pirineos. Pero prefiero aquel punto perdido en el declive de dos montaas que se recuestan perezosamente una en brazos de la otra, prefiero Tijuca con su silencio delicioso, sus brisas frescas, sus cascadas cantando entre los rboles y aquellos rpidos golpes de vista que de pronto surgen entre la solucin de los cerros, en los que pasa rpidamente, como en un diorama gigantesco, la baha entera con sus ondas de un azul intenso, la cadena caprichosa de la ribera izquierda, las islas verdes y elegantes, la ciudad entera, bellsima desde la altura. No llega all ruido humano, y esa calma callada hace que el corazn busque instintivamente algo que all falta: el espritu simptico que goce a la par nuestra, la voz que acaricie el odo con su timbre delicado, la cabeza querida que busque en nuestro seno un refugio contra la melancola ntima de la soledad... Proa al Norte, proa al Norte! Una que otra, bella noche de luna a la altura de los trpicos. El mar tranquilo arrastra con pereza sus olas pequeas y numerosas; los horizontes se ensanchan bajo un cielo sereno. La soledad por todas partes y un silencio grande y solemne, que interrumpe slo la eterna hlice o el fatigado respirar de la mquina. A proa, cantan los marineros; a popa, aislados, algunos hombres que piensan, sufren y recuerdan, hablando con la noche, fijos los ojos en el espacio abierto, y siguiendo sin conciencia el arco maravilloso de un meteoro de incomparable brillo que, a lo lejos, parece sumergirse en las calladas aguas del Ocano. Abajo, en el comedor, el rechinar de un piano agrio y destemplado, la sonora y brutal carcajada de un jugador de rdago, el ruido de botellas que se destapan, la vocera inspida de un juego de prendas. Sobre el puente, el joven oficial de guardia, inmvil, recostado sobre la baranda, mecindose en los infinitos sueos del marino y reposando en la calma segura de los vientos dormidos. De pronto, cuatro pipas encendidas como hogueras, aparecen seguidas de sus propietarios. Hablan todos a la vez: cueros, lanas, gneros o aceites... El encanto est roto; en vano la luna los baa cariosa, los envuelve en su encaje, como pidindoles decoro ante la simple majestad de su belleza. Hay que dar un adis al fantaseo solitario e ir a hundirse en la infame prisin del camarote... He aqu las costas de frica, Goroa, con su vulgar aspecto europeo; Dakar, con sus arenales de un brillo insoportable, sus palmas raquticas, su aire de miseria y tristeza infinita, sus negrillos en sus piraguas primitivas o nadando alrededor del buque como cetceos. La falange de a bordo se aumenta; todos esos pioneers del frica vienen quebrantados, macilentos, exhaustos. Las mujeres transparentes, deshechas, y aun las ms jvenes, con el sello de la muerte prematura. As subi en 1874 aquella dulce y triste criatura, aquella hermana de caridad de 20 aos, que volva a Francia despus de haber cumplido su tiempo en los hospitales del Senegal. Silenciosa y tmida, quiso marchar sola al pisar la cubierta; sus fuerzas flaquearon, vacil y todas las seoras que a bordo se encontraban, corrieron a sostenerla. Todos los das era conducida al puente, para respirar y absorber el aire vivificante del Ocano: los nios la rodeaban, se echaban a sus pies y permanecan quietecitos, mientras ella les hablaba con voz dbil como un soplo e impregnada de ese eco ntimo y profundo que anuncia ya la liberacin. Jams mujer alguna me ha inspirado un sentimiento ms complejo que esa joven desgraciada; mezcla de lstima, respeto, cario, irritacin por los que la lanzaron a esa va de dolor, indignacin contra ese destino miserable! Pareca confundida por los cuidados que le prodigaban; hablaba, con los ojos hmedos, de los seres queridos que iba a volver a ver, si Dios lo permita... A la cada de una tarde serena se abri ante nuestras miradas vidas el bello cuadro de la Gironde, rodeado de encantos por las sensaciones de la llegada. La alegra reinaba a bordo; se cambiaban apretones de manos, haba sonrisas hasta para los indiferentes. Cuando salvamos la barra y aparecieron las risueas riberas de Paulliac, con sus castillos baados por el ltimo rayo de sol, sus viedos trepando alegres colinas... la hermana de caridad llevaba sus dos manos al pecho, oprima la cruz y levantando los ojos al cielo, renda la vida en una suprema y muda oracin... Cuando la noticia, que corri a bordo apagando todos los ruidos y extinguiendo todas las alegras, lleg a mis odos, sent el corazn oprimido, y mis ojos cayeron sobre estas palabras de un libro de Dickens, que, por una coincidencia admirable, acababa de leer en ese mismo instante: No es sobre el suelo donde concluye la justicia del cielo. Pensad en lo que es la tierra, comparada al mundo hacia el cual esa alma angelical acaba de remontar su vuelo prematuro, y decidme, si os fuere posible, por el ardor de un voto solemne, pronunciado sobre ese cadver, llamarlo de nuevo a la vida, decidme si alguno de vosotros se atrevera a hacerlo or... Salud al Tajo _mezzo-cuale_! Qu orillas encantadas! Es una perspectiva como la de esos juguetes de Nuremberg, con sus campos verdes y cultivados, sus casillas caprichosas en las cimas y los millares de molinos de viento que, agitando sus brazos ingenuos, dan movimiento y vida al paisaje. He ah la torre de Beln, que saludo por quinta vez. Cmo es posible filigranar la piedra a la par del oro y la plata? De dnde sacaban los algarbes el ideal de esa arquitectura esbelta, transparente, impalpable? Hemos perdido el secreto; el espritu moderno va a la utilidad y la obra maestra es hoy el cubo macizo y pesado de Regent's Street o de la Avenida de la Opera. Un albail rabe ideaba y construa un corredor de la Alhambra o del Generalife, con sus pilares invisibles, sus arcos calados; todos los ingenieros de Francia se renen en concurso, y el triunfador, el representante del arte moderno, construye el teatro de la Opera, esto es, un aerolito pesado, informe, dorado en todas las costuras! El ancla cae; una lancha se aproxima, dentro de la cual hay dos o tres hombres ticos y srdidos; se les alargan unos papeles en la punta de una tenaza. Apruebo la tenaza, que garantiza la salud de a bordo, probablemente comprometida con el contacto de aquellos caballeros. Estamos en cuarentena. Los viajeros flamantes se irritan y blasfeman; los veteranos nos limitamos a citarles el caso de aquel barco de vela salido de San Francisco de California con patente limpia y llegado a Lisboa, habiendo doblado el Cabo Hornos y despus de nueve meses de navegacin, sin hacer una sola escala y que fue puesto gravemente en cuarentena, a causa de haber arribado en mala estacin. Porque es necesario saber que en Lisboa la cuarentena se impone durante los primeros nueve meses del ao y se abre el puerto en los ltimos tres, haya o no epidemias en los puntos de donde vinieron los buques que arriban a esa rada hospitalaria. Esta suspensin de hostilidades tiene por objeto sacar a licitacin la empresa del lazareto, fuente principal de las rentas de Portugal. Estamos? Bajan veinte personas; cada una pagar en el lazareto dos pesos fuertes diarios, es decir, todas, en diez das, dos mil francos. Venimos a bordo ms de 300 pasajeros, que descenderamos todos si no hubiese cuarentena, pasaramos medio da y una noche en Lisboa, gastando cada uno, trmino medio, en hotel, teatro, carruaje, compras, etc., 15 pesos fuertes; total, unos 20.000 francos, aproximadamente, de los que cinco o seis entraran por derechos, impuestos, alcabalas, patentes y dems, en las arcas fiscales. Economa portuguesa. Qu rpida y curiosa decadencia la de Portugal! La naturaleza parece haber designado a Lisboa para ser la puerta de todo el comercio europeo con la Amrica. Su suelo es admirablemente frtil y sus productos buscados por el mundo entero. En los grandes das, tuvo el sol constantemente sobre sus posesiones. Sus hazaas en Asia fueron tiles a la Inglaterra. Vasco dobl el cabo para los ingleses, y los esfuerzos para colonizar las costas africanas tuvieron igual resultado. La independencia del Brasil fue el golpe de gracia, y en el da... nadie lee a Camens! El golfo de Vizcaya nos ha recibido bien y la Gironde agita sus flancos, cruje, vuela, para echar su ancla frente a Pauillac antes de anochecer. A lo lejos, entre las mrgenes del ro que empiezan a borrarse envueltas en la sombra, vemos venir dos lanchas a vapor. Desde hace dos horas, la mitad de los pasajeros estn con su saco en la mano y cubiertos con el sombrero alto, al que un mes de licencia ha hecho recuperar la forma circular y que, al volver al servicio, deja en la frente aquella raya cruel, rojiza, que el famoso capitn Cutler, de Dombey and Son, ostentaba eternamente. Una lancha, es la de la agencia. Pero, la otra? Para nosotros, oh, infelices, que hemos hecho un telegrama a Lisboa, pidindola, a fin de proporcionarnos dos placeres inefables; primero, evitar ir con todos ustedes, sus bales enormes, sus loros, sus pipas, etc., y segundo, para pisar tierra veinte horas antes que el comn de los mortales. El patrn del vaporcito lanza un nombre; respondo, reno los compaeros, me acerco a algunas seoras para ofrecerles un sitio en mi nave, que rehsan pesarosas; un apretn de manos a algunos oficiales de la Gironde que han hecho grata la travesa, y en viaje. Es un sensualismo animal, si se quiere, pero no vivo en las alturas etreas de la inmaterialidad y aquella cama ancha, vasta, las sbanas de un hilo suave y fresco, el silencio de las calles, el suelo inmvil, me dan una sensacin delicada. Al abrir los ojos a la maana, entra mi secretario. Conoce Burdeos al revs y al derecho; ha visto el teatro, los Quinquonces, ha trepado a las torres, ha bajado a las criptas y visitado las momias, ha estado en la aduana y sabe qu funcin se da esa noche en todos los teatros. Y entretanto, yo dorma! El no lo concibe, pero yo s. A la tarde, le anuncio que me quedar a reposar un par de das en Burdeos y una nube cubre su cara juvenil. Tiene la obsesin de Pars; le parece que lo van a sacar de donde est, que va a llegar tarde, que es mentira, un sueo de convencin, ajustado entre los nombres para dar vuelta la cabeza a media humanidad... As, qu brillo en aquellos ojos, cuando le propongo que se vaya a Pars esa misma noche, con algunos compaeros, y que me espere all! Titubea un momento; yendo de noche, no ver las campias de la Turena, Angulema, Poitiers, Blois, pero Pars! Y vibrante, ardoroso como un pjaro a quien dan la libertad, se embarca con el alma rebosando llena de himnos! CAPITULO II En Pars. En viaje para Pars.--De Bolivia a Ro de Janeiro en mula.--La Turena.--En Pars.--El Louvre y el Luxemburgo.--Cmo debe visitarse un museo.--La Cmara de Diputados: Gambetta.--El Senado: Simon y Pelletn.--El 14 de Julio en Pars.--La revista militar: M. Grvy.--Las plazas y las calles por la noche.--La Marsellesa.--La sesin anual del Instituto.--M. Renn. A mi vez, pero con toda tranquilidad, tomo el tren una linda maana, y empezamos a correr por aquellos campos admirables. Los viajeros americanos conocemos ya la Francia, Pars y una que otra gran ciudad del litoral. La vida de la campia nos es completamente desconocida. Es uno de los inconvenientes del ferrocarril, cuya rapidez y comodidad ha destruido para siempre el carcter pintoresco de las travesas. Mi padre viaj todo el Medioda de la Francia y la Italia entera en una pequea calesa, proveyndose de caballos en las postas. Slo de esa manera se hace conocimiento ntimo con el pas que se recorre, se pueden estudiar sus costumbres y encontrar curiosidades a cada paso. Pero entre los extremos, el romanticismo no puedo llegar nunca a preferir una mula a un _express_. Uno de mis tos, el coronel don Antonio Can, despus de la muerte del general Lavalle, en Jujuy, acompa el cuerpo de su general hasta la frontera de Bolivia, junto con los Ramos Mexa, Madero, Fras, etc. Qued enfermo en uno de los pueblos fronterizos, y cuando sus compaeros se dispersaron, unos para tomar servicio en el ejrcito boliviano, otros en direccin a Chile o Montevideo, l tom una mula y se dirigi al Brasil, que atraves de oeste a este, llegando a Ro de Janeiro despus de seis u ocho meses, habiendo recorrido no menos de 600 leguas. Ms tarde, su cuado don Florencio Varela, le interrogaba sin cesar, deplorando que la educacin y los gustos del viajero no le hubieran permitido anotar sus impresiones. Can haba realizado ese viaje estupendo, detenindose en todos los puntos en que encontraba buena acogida... y buenas mozas. Pasado el capricho, volva a montar su mula, y as, de etapa en etapa, fue a parar a las costas del Atlntico. Admiro, pero prefiero la lnea de Orleans, sobre la que volamos en este momento, desenvolvindose a ambos lados del camino los campos luminosos de la Turena, admirablemente cultivados y revelando, en su solo aspecto, el secreto de la prosperidad extraordinaria de la Francia. Los canales de irrigacin, caprichosos y alegres como arroyos naturales, se suceden sin interrupcin. De pronto caemos a un valle profundo, que serpea entre dos elevadas colinas cubiertas de bosques; por entre los rboles, aparece en la altura un castillo feudal, de toscas piedras grises, cuya vetustez caracterstica contrasta con la blancura del humilde _hameau_ que duerme a su sombra; las perspectivas cambian constantemente, y los nombres que van llegando al odo, Angulema, Bois, Amboise, Chatellerault, Poitiers, etc., hacen revivir los cuadros soberbios de la vieja historia de Francia... Ya las aldeas y villorrios aumentan a cada instante, se aglomeran y precipitan, con sus calles estrechas y limpias, sus casas de ladrillo quemado, sus techos de pizarra y teja. Los caminos carreteros son anchos, y el pavimento duro y compacto, resuena al paso de la pesada carreta, tirada por el majestuoso perchern, que arrastra sin esfuerzo cuatro grandes piedras de construccin, con sus nmeros rojizos. Luego, tneles, puentes, viaductos, calles anchas, aereadas, multitud de obreros, movimiento y vida. Estamos en Pars. * * * * * A medioda, una visita a los viejos amigos queridos, que esperan dulce y pacientemente y que, para recibiros, toman la sonrisa de la Joconda, se envuelven en los tules luminosos de la Concepcin, o despojndose de sus ropas, ostentan las carnes deslumbrantes de Rubens. Al Louvre, al Luxemburgo; un da el mrmol, otro el color, un da a la Grecia, otro al Renacimiento, otro a nuestro siglo soberbio. Pero lentamente, mis amigos; no como un condenado, que empieza con la Balsa de la Medusa y acaba con los Monjes de Lesueur y sale del Museo con la retina fatigada, sin saber a punto fijo si el Espaoleto pintaba Vrgenes; Murillo, batallas; Rafael, paisajes, o Miguel ngel, pastorales. Dulce, suavemente; te gusta un cuadro? Nadie te apura; gozars ms confundiendo voluptuosamente tus ojos en sus lneas y color, que en la frentica y bulliciosa carrera que te impone el gua de una sala a otra. El catlogo en la mano, pero cerrado; camina lentamente por el centro de los salones: de pronto una cara anglica te sonre. La miras despacio; tiene cabellos de oro y cuyo perfume parece sentirse; los ojos, claros y profundos, dejan ver en el fondo los latidos tranquilos de una alma armoniosa. Si te retiene, qudate; piensa en el autor, en el estado de su espritu cuando pint esa figura celeste, en el ideal flotante de su poca, y luego, vuelve los ojos a lo ntimo de tu propio ser, anima los recuerdos tmidos que al amparo de una vaga semejanza asoman sus cabecitas y temiendo ser importunos, no se yerguen por entero. Luego, olvdate del cuadro, del arte, y mientras la mirada se pasea inconsciente por la tela, cruza los mares, remonta el tiempo, da rienda suelta a la fantasa, suea con la riqueza, la gloria o el poder, siente en tus labios la vibracin del ltimo beso, habla con fantasmas. Slo as puede producir la pintura la sensacin profunda de la msica; slo as, las lneas esculturales, ondeando en la gradacin inimitable de las formas humanas, en el esbozo de un cuello de mujer, en las curvas pursimas, y entre los griegos castas, del seno; en los hombros contorneados de una virgen de mrmol o en el vigor armnico de un efebo; slo as, da la piedra el placer del ritmo y la meloda. Naturalmente, la materialidad de la causa limita el campo; una cabeza del Ticiano, una bacanal de Rubens, un interior de Rembrandt, un monje de Zurbarn, darn una serie de impresiones definidas, vinculadas al asunto de la tela. He ah por qu el mrmol y el lienzo son inferiores a la msica, que abre horizontes infinitos, dibuja catedrales medioevales, envuelve en nubes de blanca luz sideral, lleva en sus ondas invisibles mujeres de una belleza soada, os convierte en hroes, trae lgrimas a los ojos, pensamientos serenos al cerebro, recorre, en fin, la gama entera e infinita de la imaginacin... A las dos de la tarde, a la Cmara o al Senado. En la primera preside Gambetta, con su eterno espritu chispeante, levantando un debate de los bajos fondos del fastidio como una palabra que trae sonrisas hasta a los labios legitimistas. Un ruido infernal, una democracia viva y palpitante, un movimiento extraordinario; en la tribuna, elocuencia de mala ley, verbosa y vaca unas veces, metdica y abrumadora otras. He ah que la trepa una nueva edicin de los ministros de guerra argentinos, de antes de la expedicin al Ro Negro; oigmosle: La razn por la cual no ha sido posible batir hasta ahora a Alboumena, es simplemente la falta de caballos. El rabe, veloz, ligero, sin los tiles que la vida civilizada hace indispensables al soldado francs, vuela sobre las llanuras, mientras el pesado jinete europeo lo persigue intilmente. Conozco, conozco el refrn. He aqu un comunista melenudo que acaba de despearse desde la cspide de la extrema izquierda para tomar la tribuna por asalto, donde gesticula y vocifera pidiendo la abolicin del presupuesto de cultos. Las izquierdas aplauden; el centro escribe, lee, conversa, se pasea, perfectamente indiferente; la derecha atruena el aire con interrupciones. Un hombre delgado reemplaza al fantico y lo sucede con la misma intemperancia, intransigencia, procacidad vulgar: es el obispo de Angers. Las izquierdas ren a carcajadas, el centro sonre, la derecha protesta, aplaude con frenes. Gambetta lee tranquilamente, de tiempo en tiempo, sin apartar los ojos del libro, estira la mano y busca a tanteo la campanilla y la hace vibrar: _Silence, Messieurs, s'il vous plait!_--repiten cuatro ujieres, con voz desde soprano hasta bajo subterrneo. Nadie hace caso; el ruido aumenta, se hace tormenta, luego el caos. El orador se detiene y la ausencia de su letana llama a la vida real a Gambetta, que levanta la cabeza, ve las olas alborotadas, destroza una regla contra la mesa, da un campanilleo de cinco minutos, adopta un aire furibundo, se pone de pie y grita: _Mais c'est intolrable! Veuillez couter, Messieurs!_ Luego, toma el anteojo de teatro, recorre las tribunas pobladas de seoras, hace sus saludos con la mano, recibe veinte cartas, habla con cuarenta diputados que suben a su asiento para apretarle la mano; y mientras lee, mira, habla, escribe o bosteza, agita sin reposo la incansable regla contra la mesa, y repite, de rato en rato, como para satisfaccin de conciencia, su eterno _Veuillez couter, Messieurs!_, que los ujieres, como un eco, propagan por los cuatro mbitos del semicrculo. Entretanto, abajo se desenvuelven escenas de un cmico acabado; el intransigente Raspail da de tiempo en tiempo un grito y Gambetta lo invita a acercarse a la tribuna a fin de poder ser odo en sus interrupciones sin sacrificio de su garganta. Baudry-d'Asson, un nulo de la derecha, cuyo faldn izquierdo est en manos del obispo de Angers, lanza improperios a cada instante, a pesar de los reiterados tirones de su mentor; a despecho del orador, se traban dilogos particulares insoportables; los ministros, en los bancos centrales, conversan con animacin, mientras son vehemente y personalmente interpelados en la tribuna, y sobre toda aquella vocera, movimiento, exasperaciones, risas, gritos y denuestos, las tribunas silenciosas, graves, inmviles en su perfecto decoro. En el Senado, el ideal de Sarmiento. Desde las altas tribunas, la Cmara parece un campo de nieve. Cabezas blancas por todas partes. Preside Len Say, con su insoportable voz de tiple, gangosa y nasal. Ancianos que entran apoyndose en sus bastones y cuyos nombres vuelan por la barra. Son las viejas ilustraciones de la Francia, en las letras, en las artes, en la industria, en la ciencia y en la poltica. Bulliciosos tambin los viejecitos; los aos no les pueden hacer olvidar que son franceses. La regla y la campanilla del presidente estn en continuo movimiento. El espectador tiene gana de exclamar: _Fi donc, Messieurs; a votre ge!_ Nadie escucha al orador, hasta que la orden del da llama a la discusin de la ley de imprenta, en revisin de la Cmara de Diputados. Por un artculo se impone a los funcionarios pblicos la acusacin de calumnia. Julio Simon se dirige a la tribuna; distinguidsima figura de anciano, cara inteligente, voz dbil y una habilidad parlamentaria portentosa. Protesta contra el espritu del artculo; a su juicio, los funcionarios tienen el derecho de ser calumniados; su nica accin, la nica defensa a que deben acudir, es su conducta, irreprochable, sin sombras. En cuestiones de prensa quiere la libertad hasta la licencia. Se le oye con atencin y respeto; pero los republicanos de la situacin creen que el propsito del adversario de Gambetta es destruir la bondad de la ley, llevando las concesiones hasta los ltimos lmites y hacindola odiosa a las clases conservadoras. Simon est en pleno triunfo; hace pocos das, con motivo de la ley de educacin, ha conseguido introducir por asalto el nombre de Dios en la cola de un artculo. Por el momento, desenvuelve una lgica de hierro, y ocupando audazmente el terreno de sus contrarios, hace flamear con ms vigor su propio estandarte. La derecha aplaude y vota con l. Un hombre de fisonoma adusta, entrecano, voz fuerte, sucede en la tribuna al eminente filsofo. Es Pelletn, el riguroso contendor del imperio, el compaero de Simon en el Cuerpo Legislativo, el autor de aquellos panfletos candescentes de _La profesin de fe del siglo XIX_, el _Mundo marcha_, etc. No habla, pontifica; no arguye, declama. Se agita como sobre un trpode y sus palabras se arrastran o retumban con acentos profticos. Destruye, no obstante, la sofstica de Simon, y sin injuriarlo por su intencin, hace ver el caos que sobrevendra a la prensa sin ningn gnero de moderador. El voto le da el triunfo. Luego, la sesin se arrastra, levntome y tomo mi sombrero para trasladarme al Palacio Borbn. En el Senado encuentro siempre vaca la tribuna diplomtica; en la Cmara tengo que llegar temprano, para obtener un buen sitio. Es que aqu, Gambetta por s solo, es un espectculo, y todos los extranjeros de distincin que llegan a Pars, obtienen tarjetas de sus ministros respectivos, se instalan en la tribuna diplomtica y se hacen insoportables por sus preguntas en ingls, alemn, turco, italiano o griego, sobre quin es el que habla, si Gambetta hablar, cul es Paul de Cassagnac, cul Clemenceau, dnde est Ferry, por qu se ren, cul es la derecha, etc., etc. Estaba en Pars el 14 de julio y presenci la fiesta nacional. La revista militar en Longchamps fue pequea: 15.000 hombres a lo sumo. He ah los altos dignatarios del Estado. El aspecto de M. Grvy me trae a la memoria un pensamiento de La Bruyre, que l sin duda ha meditado: Los franceses aman la seriedad en sus prncipes. Aquel rostro es de piedra; las facciones tienen una inmovilidad de dolo, los ojos no expresan nada y miran siempre a lo lejos, los labios no tienen color ni expresin. Movimientos de una cultura glacial, de una rigidez automtica, aunque sin afectacin. Es el tipo de la severa seriedad republicana, como Luis XIV lo fue de la pomposa seriedad monrquica. El director Posadas deca en 1814: No conseguiremos vivir tranquilamente y en orden mientras seamos gobernados por personas con quienes nos familiaricemos. Es una verdad profunda que puede aplicarse a todos los pueblos; el poder requiere formas exteriores, graves, serenas, y el que lo ejerce debo rodearse, no ya de la majestad deslumbradora de una corte real, pero s de cierto decoro que imponga a las masas. M. Grvy, no slo es querido y respetado hoy por todos los republicanos franceses, sino que los partidos extremos, hasta las irascibles duquesas del viejo rgimen, tienen por l alta consideracin. Gambetta, casi obeso, rubicundo, entrecano, lo acompaa, as como Len Say y los ministros. Todos los anteojos se clavan en el grupo, pero la primera mirada es para Gambetta. El prestigio del poder atrae y fascina. Qu fuertes son los hombres que consiguen sobreponerse a esa atmsfera de embriaguez en que viene envuelta la popularidad!... Llega la noche; la circulacin de carruajes se ha prohibido en las arterias principales. Por calles traviesas me hago conducir hasta la altura del Arco de Triunfo, echo pie a tierra, enciendo un buen cigarro, trabajo por la moral pblica ocultando mi reloj para evitar tentaciones a los patriotas extranjeros y heme al pie del monumento, teniendo por delante la Avenida de los Campos Elseos, con su bellsima ondulacin, literalmente cuajada de gente e iluminada _a giorno_ por millares de picos de gas y haces de luz elctrica. Me pongo en marcha entre el tumulto. Del lado del bosque, el cielo est cubierto de miriadas de luces de colores, cohetes, bombas que estallan en las alturas y caen en lluvias chispeantes, violetas, rojizas, azules, blancas, anaranjadas. Al frente, en el extremo, sobre la multitud que culebrea en la Avenida, la plaza de la Concordia parece un incendio. A mi lado, por delante, hacia atrs, el grupo constante, eternamente reproducido, aquel grupo admirable de Gautier en su monografa del _bourgeois_ parisiense, el padre, empeoso y lleno de empuje, remolcando a su legtima con un brazo, mientras del otro pende el heredero cuyos pies tocan en el suela de tarde en tarde. La mam arrastra otro como una fragata a un bote. Se extasan, abren la boca, rien a los muchachos, alejan con ceo adusto al _marchand de coco_, al de _pain d'pices_, que pasa su mercanca por las narices infantiles tentndolas desesperadamente. Un movimiento se hace al frente; un cordn de obreros, blusa azul, _casquette_ sobre la oreja, se ha formado de lado a lado de la Avenida. Avanzan en columna cerrada cantando en coro la Marsellesa. Algunos llevan banderas nacionales en la gorra o en la mano. Chocan con un grupo de soldados, stos, ms circunspectos, pero cantando la Marsellesa. Una colisin es inevitable; espero ver trompadas, bastonazos y _coups de savate_. Por el contrario, fraternizan, se abrazan, _Vive la Rpublique!_ y vuelta a la Marsellesa. Ms adelante, un grupo de obreros, blusa blanca, del brazo, dos a dos, cantas la Marsellesa y pasan sin fraternizar junto a los de blusa azul. Algunos mnibus y carruajes desembocan por las calles laterales; el cochero, que no trae bandera, es interpelado, saludado con los eptetos de _mauvais citoyen_, de _rac_, etc. Me detengo con fruicin debajo de un rbol, porque espero que aquel cochero va a ser triturado, lo que ser para mi un espectculo de incomparable dulzura, una venganza ligera contra toda la especie infame de los cocheros de Pars. Pero aqul es un _engueuleur_ de primera fuerza. Habla al pueblo con acento vinoso, dice mil gracejos insolentes, en el _argot_ ms puro del _voyou_ ms canalla, y por fin... canta la Marsellesa. La muchedumbre se hace ms compacta a cada momento y empiezo a respirar con dificultad. Llegamos a la plaza de la Concordia: el cuadro es maravilloso. Al frente, la rue Royale, deslumbrando y baada por las ondas de un poderoso foco de luz elctrica que irradia desde la esquina de la Magdalena. A la derecha, los jardines de las Tulleras, claros como en medio del da, con sus juegos de agua y las estatuas con animacin vital bajo el reflejo. Un muchacho se me acerca: _Pour un sou, Monsieur, la Marseillaise, avec des nouveaux couplets_. Compro el papel, leo la primer copla de circunstancias y lo arrojo con asco. Ms tarde, otro y otro. Todos tienen versos obscenos. _Achetez le Boulevardier, vingt centimes!_ Compro el _Boulevardier_; las aventuras de _ces dames_ de Mabille y del Bosque, con sus nombres y apellidos, sus calles y nmeros, sobre todo, los actos y gestos de la Barronne d'Ange... Indigno, innoble! Entro un instante en el jardn; imposible caminar! Regreso, y, paso a paso, consigo tomar la lnea de los boulevares. La misma animacin, el mismo gento, con ms bullicio, porque los cafs han extendido sus mesas hasta el medio de la calle. La Marsellesa atruena el aire. Adis, mi pasin por ese canto de guerra palpitante de entusiasmo, smbolo de la ms profunda sacudida del rebao humano! Me persigue, me aturde, me penetra, me desespera! Tomo la primer calle lateral y marcho durante diez minutos con rapidez. El ruido se va alejando, la calma vuelve, hay un calor sofocante, pero respiro libremente bajo el silencio. Dejo pasar una hora, porque me sera imposible dormir: mi cuarto da sobre el bulevar! Al fin me decido y vuelvo al bullicio: las 12 de la noche han sonado y no queda ya en las anchas veredas, desde el bulevar Montmartre hasta la plaza de la Opera, sino uno que otro grupo de retardatarios, y aquellas sombras lvidas, flacas y mseras, que corren a lo largo del muro y os detienen con la falsa sonrisa que inspira una piedad profunda... Todo ha pasado, el pueblo se ha divertido y M. Prud'homme, calndose el gorro de noche, dice a su esposa: _Madame Prud'homme, on a beau dire: nous sommes dans la dcadence. Sous Sa Majest Louis-Philippe!_ Otro aspecto de ese mundo infinito de Pars, en el que se confunden todas las grandezas y miserias de la vida, desde las alturas intelectuales que los hombres veneran, hasta los nfimos fondos de corrupcin cuyos miasmas se esparcen por la superficie entera de la tierra, es la sesin anual del Instituto para la distribucin de premios. Renn, no slo debe presidir, lo que es ya un atractivo inmenso, sino que pronunciar el discurso sobre el premio Monthyon, destinado a recompensar la virtud. El pequeo semicrculo est rebosando de gente; pero la concurrencia no es selecta. Falta el atractivo picante de una recepcin; slo se ven las familias de aquellos que la Academia ha sido bastante indiscreta para designar a la opinin como los futuros laureados. Pero reina en aquel recinto un aire tal de serenidad, se respira una atmsfera intelectual tan suave y tranquila, que es necesario hacer un esfuerzo para persuadirse de que se est en pleno Pars y en la sala de sesiones del cuerpo que agita al mundo con sus ideas y progresos. Los ujieres son polticos, afables, hablan gramaticalmente, como corresponde a cerebros acadmicos, y cuando el extranjero les pregunta el nombre de alguno de los inmortales cuya fisonoma le ha llamado la atencin, responden con suma familiaridad, como si se tratara de un amigo ntimo; _Mais c'est Simon, Monsieur!--Pardon; et celui-l?--Ah! celui-l, c'est Labiche: drle de tte, hein?_ A las dos en punto de la tarde, las bancas se llenan y los miembros del Instituto llegan con trabajo a sus asientos, invadidos por las seoras, que obstruyen los pasadizos con sus colas y crinolinas. M. Renn ocupa la presidencia, teniendo a su derecha a M. Gaston Boissier, y a su izquierda a M. Camille Doucet, uno que agitar poco la posteridad. Los tres ostentan la clsica casaca de palmas verdes, que les da cierto aspecto de loros, aquella casaca tan anhelada por de Vigny, que el da de su recepcin, encontrando en los corredores de la Academia a Spontini, con palmas hasta en la franja del pantaln, se ech en sus brazos exclamando: _Ah! mon cher Spontini, l'uniforme est dans la nature!_ Dejemos pasar un largo y correcto discurso de M. Doncet, que el anciano lee en voz tan baja, que es penoso alcanzarla. Un gran movimiento se hace, el silencio se restablece y una voz fuerte, ligeramente spera, empieza as: Hay un da en el ao, seores, en que la virtud es recompensada. Es M. Renn quien habla. Un vago enjambre de recuerdos vienen a mi memoria y agitan mi corazn. La influencia de aquel hombre sobre mis ideas juveniles, la transformacin completa operada en mi ideal de arte literario por sus libros maravillosos, la msica inefable de su prosa serena y radiante, aquella _Vida de Jess_, libro demoledor que envuelve ms poesa cristiana que los _Mrtires_, de Chateaubriand, libro de panegrico; sus narraciones de historia, sus fantasas, sus discursos filosficos, toda su labor gigante, haba forjado en mi imaginacin un tipo fsico caracterstico. Ese hombre tan odiado, contra el cual truena la voz de millares de frailes, desde millares de plpitos, deba tener algo del aspecto satnico de Dante cruzando solitario y sombro las calles de Ravena; alto, delgado, grave y severo, con ojos de mirar intenso, cuerpo consumido por la constante excitacin intelectual... Era un prior de convento del siglo XV el que hablaba! Su ancha silla no poda contener aquellos miembros voluminosos, repletos; un tronco obeso y prosaico, un vientre enorme, pantagrulico... y la risa rabelesiana, franca, sonora, que sacude todo el cuerpo. La cara ancha, sin barba, reposando sobre un cuello robusto, con una triple papada, la mirada viva y maliciosa, los ademanes sueltos y cmodos. Qu espritu, qu chispa! Habl dos horas sobre la virtud, sencilla y alegremente, con elevacin, con irresistible elocuencia por momentos. Pero cada diez minutos asomaba su cabeza juguetona _le mot pour rire_; l daba el ejemplo, dejaba el manuscrito, comenzaba por sonrer, miraba a Julio Simon, que se retorca a carcajadas en un banco prximo, sobre todo cuando el _trait_ haba rozado de cerca la poltica y todo el voluminoso cuerpo de Renn se agitaba como si Momo le hiciese cosquillas. Reamos todos a la par y los ujieres mismos se unan al gozoso coro. Cuando concluy, dndonos las gracias por haber ido a orlo bajo aquella temperatura, lo que constitua un acto de verdadera virtud, cuando se disip la triple salva de nutridos aplausos y me encontr en la calle tena todava en el odo la voz jocosa y en los ojos las ondulaciones tumultuosas de aquel vientre que se agitaba con el ltimo soplo de la risa, gala del cura de Meudon, ms franca y comunicativa que el inextinguible rer de los dioses de Homero. CAPITULO III Quince das en Londres. De Pars a Londres.--Merry England.--La llegada.--Impresiones en Covent-Garden.--El foyer.--Mi vecina.--Westminster.--La Cmara de los Comunes.--Las sombras del pasado.--El ltimo romano.--Gladstone orador.--Una ojeada al British Museum.--El Brown en Greendy. Oh, portentosa comodidad de la vida europea! Luego al hotel, paso un momento al saln de lectura, tomo el _Times_ para buscar si hay telegramas de Buenos Aires, leo la buena noticia de la organizacin definitiva de la compaa del ferrocarril Andino y me pongo de buen humor, pensando que en breve, la dulce y querida Mendoza estar ligada al Plata por la arteria de hierro. Antes de dejar el diario, echo una mirada a los anuncios de teatro: Covent-Garden: sbado, ltima representacin del _Demonio_, de Rubinstein, con la Albani, Lasalle, etc.; lunes, _Don Juan_; mircoles, _Dinorah_; viernes, _Etoile du Nord_, por la Patti. Dispongo de quince das libres antes de tomar el vapor de Amrica; he ledo el anuncio el viernes a la tarde; tengo hambre de msica; Pars est insoportable... Un telegrama a Londres a un amigo para que me retenga localidades y a la maana siguiente, heme volando en el tren del Norte en direccin a Calais. Mis nicos compaeros de vagn son dos jvenes franceses de Marsella, recin casados, que van a pasar una semana en Londres, como viaje de boda. No hablan palabra de ingls, no tienen la menor idea de lo que es Londres, ni dnde irn a parar, ni qu harn. Victimas predestinadas del gua, su porvenir me horroriza. Henos en Calais; aquel mar infame, que en 1870, en una larga travesa entre Dover y Ostende, me hizo conocer por primera y ltima vez el mareo, parece un lago de la Suiza. Piloteo a mis amigos del tren, atravesamos el canal en hora y tres cuartos, sobre un soberbio vapor, y tomamos de nuevo el tren en Dover. Bellsimas las campias de aquel suelo que en los buenos tiempos del pasado, an en medio de la salvaje tragedia de las dos Rosas, se llam _Merry England_, tiempo de que los alegres cuentos de Chaucer dan un reflejo brillante y que desaparecieron para siempre bajo la atmsfera glacial de los puritanos. Los alrededores de Chatham son admirables, y la ciudad, coquetamente tendida sobre las mrgenes del ro, levanta su fresca cabeza sobre los raudales de esmeralda que la rodean. Todos los campos cultivados; bosques, colinas, canales. Un verde ms claro que en las campias de la Normanda que acabo de atravesar. Estaciones a cada paso, que adivinamos por el ruido al cruzar como el rayo su frente, sin distinguir ms que una masa informe. El tren ondea y a favor de la curva, vemos a lo lejos una mole inmensa, coronada de humo opaco. Empezamos a entrar en Londres, estamos ya en ella y la mquina no disminuye su velocidad; a nuestros pies, millares de casas, idnticas, rojizas; vemos venir un tren contra nosotros; pasa rugiendo bajo el viaducto, sobre el que corremos. Otro cruza encima de nuestras cabezas, todos con inmensa velocidad. Y andamos, cruzamos un ro, nos detenemos un momento en una estacin, volvemos a ponernos en camino, atravesamos de nuevo el mismo ro sobre otro puente. La francesita, atnita, se estrecha contra el marido, que a su vez tiene la fisonoma inquieta y preocupada. Es la inevitable y primera sensacin que causa Londres; la inmensidad, el ruido, el tumulto, producen los efectos del desierto; uno se siente solo, abandonado, en aquel momento adusto y de un aspecto severo... Charing-Cross! Al fin; me despido de los compaeros, un abrazo al amigo que espera en la estacin, un salto al cab, que sale como una saeta, cruzamos doscientas calles serpeando entre millares de carruajes, saludo al pasar Waterloo Place y compruebo que el pobre Nelson tiene an, en lo alto de su columna, aquel deplorable rollo de cuerda, que hace tan equvoca la ocupacin a que se entrega; enfilamos Regent's Street, veo el eterno Morning-House de Oxford Corner, que me orienta, y un momento despus me detengo en la puerta del Langham-Hotel. Son las seis y media de la tarde; a las siete y media se alza el teln en Covent-Garden. Covent-Garden, en los grandes das de la _season_, tiene un aspecto especial. El mundo que all se reune pertenece a las clases elevadas de la sociedad, por su nombre, su talento o su riqueza. Dos mil personas elegidas entre los cuatro millones de habitantes de Londres, un centenar de extranjeros distinguidos, venidos de todos los puntos de la tierra: he ah la concurrencia. Se nota una comodidad incomparable; la animacin discreta del gran mundo, temperada an por la correccin nativa del carcter ingls; una civilidad serena, sin las bulliciosas manifestaciones de los latinos; la tranquila conciencia de estar _in the right place_... Corren por la sala, ms que los nombres, rpidas miradas que indican la presencia de una persona que ocupa las alturas de la vida; en aquel palco a la derecha, se ve a la princesa de Gales con su fisonoma fina y pensativa; aqu y all, los grandes nombres de Inglaterra, que al sonar en el odo, despiertan recuerdos de glorias pasadas, generaciones de hombres famosos en las luchas de la inteligencia y de la accin. No hay un murmullo ms fuerte que otro; los aplausos son sinceros, pero amortiguados por el buen gusto. El aspecto de la platea es admirable: ms de la mitad est ocupada por seoras cuyos trajes de colores rompen aquella desesperante monotona del frac negro en los teatros del continente. Pero lo que arrastra mis ojos y los detienen, son aquellas deliciosas cabezas de mujeres; no hablo an de los rostros, que pueden ser bellos e irregulares. Me refiero a la cabeza, levantndose, suelta, desprendida, el pelo partido al medio, cayendo en dos hondas tupidas que se recogen sobre la nuca, jams lisa, como en aquellos largos pescuezos de las vrgenes alemanas. El cabello, rubio, castao, negro, tiene reflejos encantadores; pueden contarse sus hilos uno a uno, y la sencillez severa y elegante del peinado, saliendo de la rueda trivial y caprichosa, que cambia a cada instante, hace pensar que el dominio del arte no tiene lmites en lo creado. Henos en el foyer. Qu vale ms, este espactculo de media hora o el encanto de la msica, intenso y soberano bajo una interpretacin maravillosa? Quedmonos en este rincn y veamos desfilar todas esas mujeres de una belleza sorprendente. Marchan con firmeza; la estatura elevada, el aire de una distincin suprema, los trajes de un gusto exquisito y simple. Pero sobre todo, qu color incomparable en aquellos rostros, en cuyo cutis parece haberse disuelto la luz del da; con qu tranquilidad pasan mostrando los hombros torneados, el seno firme, los brazos de un tejido blanco y unido, la mirada serena, los labios rosados, la frescura de una boca hmeda y un tanto altiva!... Tengo a mi lado, en el _stall_ contiguo, una seora que no me deja or la msica con el recogimiento necesario. Debe tener treinta aos y el correcto gentleman que la acompaa es indudablemente su marido. Han cambiado pocas, pero afectuosas palabras durante la noche. Por mi parte, tengo clavado el anteojo en la escena... pero los ojos en las manos de mi vecina, largas, blancas, transparentes, de uas arqueadas y color de rosa. Sostiene sobre sus rodillas una pequea partitura de _Don Juan_, deliciosamente encuadernada. La lee sin cesar, y sus pestaas negras y largas proyectan una sombra impalpable sobre el prpado inferior. El pelo es de aquel rubio oscuro con reflejos de caoba que tiene perfumes para la mirada... La Patti acaba de cantar su do con Mazzetto; aplaudimos todos, incluso mi vecina, que deja caer su _Don Juan_. Al inclinarme a tomarlo, al mismo tiempo que ella, roz casi con mis labios su cabello... Recojo el libro, se lo entrego y obtengo en premio una sonrisa silenciosa. Cotogni est cantando con inefable dulzura la serenata, mientras en la orquesta los violines ren a _mezza voce_, como _les lutins_ en la sombra de los bosques... Pero el ingls que acompaa a mi vecina, debe ser un hombre feliz! De nuevo en el foyer; he ah el lado bello e incomparable de la aristocracia, cuando es sinnimo de suprema distincin, de belleza y de cultura, cuando crea esta atmsfera delicada, en la que el espritu y la forma se armonizan de una manera perfecta. La tradicin de raza, la seleccin secular, la conciencia de una alta posicin social que es necesario mantener irreprochable, la fortuna que aleja de las pequeas miserias que marchitan el cuerpo y el alma, he ah los elementos que se combinan para producir las mujeres que pasan ante mis ojos y aquellos hombres fuertes, esbeltos, correctos, que admiraba ayer en Hyde Park Corner. La aristocracia, bajo ese prisma, es una elegancia de la naturaleza. El sentimiento predominante en el viajero que penetra en las ruinas de los templos vdicos de la India, pasea sus ojos por las soberbias reliquias de Saqqarah o de Boulaq, ms an que visita los restos del Coliseo de Roma; es una mezcla de recogimiento y de asombro, una sensacin puramente objetiva, si puedo expresarme as. Nuestra naturaleza moral no est comprometida en la impresin, porque los mundos aquellos se han desvanecido por completo y su influencia es imperceptible en los modos humanos del presente. No as cuando se marcha bajo las bvedas de Westminster; no as cuando se asciende silenciosamente a ocupar un sitio en la barra de aquella Cmara de los Comunes cuyas paredes conservan el eco de los acentos ms generosos y ms altos que hayan salido de boca de los hombres en beneficio de la especie entera. En vano advierto el espritu, alarmado por la emocin intensa, que la memoria despierta en el corazn ofuscando el juicio; en vano advierte que la historia inglesa no es sino el desenvolvimiento del egosmo ingls, que esas libertades pblicas, tan caramente conquistadas, eran slo para el pueblo ingls, que por siglos enteros vivieron amuralladas en la isla britnica, sin influencia ninguna sobre los destinos de la Europa y del mundo. El pensamiento se levanta sobre ese criterio estrecho y aparta con resolucin el detalle para contemplar el conjunto. Entonces se ve claro que la lenta elaboracin de las instituciones libres se ha efectuado en aquel recinto y que la palabra de luz ha salido de su seno, en el momento preciso, para iluminar a todos los hombres... Penetra la claridad por el techo de cristal; la sala es pequea e incmoda, con cierto aire de templo y de colegio. Los diputados se sientan en largos bancos estrechos, sin divisiones ni mesas por delante. El speaker est metido en un nicho anlogo a aquellos en cuyo fondo brilla una divinidad monglica. A su derecha, en el primer banco, los ministros... Miro con profunda atencin eso escao humilde. Cuntos hombres grandes lo han ocupado en lodos los tiempos! Cuntos espritus poderosos, inquietos, sutiles, hbiles, han brillado desde all! Me parece ver la sonrisa sardnica de Walpole, mirando con sus ojos maliciosos a aquel mundo que domina degradndolo; el aire elegante de Bolingbroke, la majestad teatral de Chatham, la inquietud, la insuficiencia de Addington, la indiferencia de gran tono de North, la cara pensativa y fatigada de Pitt, la noble fisonoma de Fox, la rigidez de un Perceval o de un Castlereagh, la viril figura de Canning, la honesta y grave de Peel, el rostro fino y audaz de Palmerston, la astuta cara de Disraeli, y tantos, tantos otros cuyos nombres vienen a millares, cada uno con su squito propio. En eso otro banco estaba sentado Burke, el da sombro para Fox, en que el huracn de la Revolucin Francesa, salvando el estrecho, rompi para siempre los vnculos de amistad sagrada que unan a los dos tribunos. All caa Sheridan, rendido, con la mirada opaca, el rostro lvido por los excesos de la orga, y all se levantaba para gritar a Pitt, para azotarle el rostro con esta frase que cimbra como un ltigo: S, no ha corrido sangre inglesa en Quiberon, pero el honor ingls ha corrido por todos los poros! All Wilberforce, ms all Mackintosch... Cmo recordar a todos? Pero ah estn: su espritu flota sobre esa reunin de hombres, y el extranjero que no tiene el hbito de ese espectculo, cree verlos, cree orlos an con sus voces humanas. En el banco de los ministros, Gladstone, Bright, Forster... Pero el ltimo romano domina a todos. En l concluye por el momento la larga serie de los grandes hombres de estado en Inglaterra. La herencia de Beaconsfield est an vacante entre los tories: cul es el whig que va a cubrirse con la armadura del anciano Gladstone, que se inclina ya sobre la tumba? Cul es el brazo que va a mover esa espada abrumadora? No lo hay en el suelo britnico, como no hay en la casa de Brunswick un prncipe capaz de levantar el escudo de un Plantagenet. La Inglaterra lo sabe y sigue con pasin los ltimos aos, los ltimos relmpagos de ese espritu de incomparable intensidad, los ltimos esfuerzos de esa inteligencia extraordinaria que ha salvado los lmites marcados por la naturaleza. Helo ah: ha trabajado en su despacho 12 horas consecutivas, en las finanzas, en la poltica externa, teniendo los ojos fijos en el interior del Asia, donde el protegido de la Inglaterra cede en este momento el campo a un rival afortunado; en el extremo austral del frica, donde los toscos paisanos holandeses desafan de nuevo el poder ingls; una hora para comer, y en seguida a la Cmara. Su cabeza de guila est reclinada sobre el pecho. Reposa? Medita? No; escucha al adversario que impugna su obra magna, su testamento poltico, ese bill de Irlanda con l que ha querido contrarrestar el torrente enriquecido por tres siglos de dolores y amarguras, el bill con que quiere modificar en un da un rgimen petrificado ya, como el generoso Turgot quera modificar el antiguo rgimen en Francia, con sus asambleas provinciales... De pronto, un estremecimiento agita su cuerpo; levanta la cabeza, mira a todos lados, y al fin, inclina el cuerpo, para ponerse rpidamente de pie, as que el impugnador haya concluido. Un soplo nervioso corre por la asamblea. _Hear, hear_! _Gladstone_! M. Gladstone, dice a su vez el speaker. El primer ministro toma el primer sombrero que tiene a mano, pues nadie puede hablar descubierto y se pone de pie. Cmo se apian los irlandeses en su escaso grupo de la izquierda! La pequea figura de Biggar, una especie de Pope, se hace notar por su movilidad. Parnell est all; ha hablado ya. Si la herencia poltica de O'Connell es pesada, la tradicin de su elocuencia es abrumadora... Oigamos a Gladstone: ante todo, la autoridad moral, incontrastable de aquel hombre sobre la asamblea. Liberales, conservadores, radicales, independientes, irlandeses, todo el mundo le escucha con respeto. Habla claro y alto: su exordio tiene corte griego y el sarcasmo va envuelto en la amargura sombra de haber vivido tantos aos para alcanzar los tiempos en que bajo las bvedas de Westminster se oyen las palabras que acaban de herir dolorosamente su odo. Poco a poco, su tono va descendiendo, y por fin toma cuerpo a cuerpo a su adversario, lo estrecha, lo hostiliza, lo modela entre sus manos, y dndole una figura deforme y raqutica, lo presenta a la burla de la Cmara, como Gulliver a un liliputiense. La vctima lucha; interrumpe con un sarcasmo acerado; Gladstone, en seal de acceder a la interrupcin, toma asiento rpidamente; pero, al ver caer el dardo a sus pies, como si hubiese sido arrojado por la mano cansada del viejo Priamo, lo toma a su vez, y, con el brazo de Aquiles, lo lanza contra aquel que deja clavado e inmvil por muchas horas. Oh! la palabra! Sublime manifestacin de la fuerza humana, nico elemento capaz de sacudir, guiar, enloquecer, los rebaos de hombres sobre el polvo de la tierra! Tiene la armona del verso, la influencia penetrante del ritmo musical, la forma de los mrmoles artsticos, el color de los lienzos divinos. Y entre los raudales de su luz, las olas de meloda, las formas armoniosas como el metro griego, van el sarcasmo de Juvenal, la flecha de Marcial, la punta incisiva de Swift, o el golpe contundente de Junius el sublime annimo!... Hay ms profunda diferencia entre la vida social y los aspectos urbanos de Pars y Londres, que entre Lima y Teheran. Parece increble que baste una hora y media de navegacin, el espacio que un hombre atraviesa a nado, para operar una transformacin tan completa. Salir de una calle de Pars para entrar diez horas despus en una de Londres, observar el aspecto, la fisonoma moral del Tmesis, despus de haber pasado un par de horas estudiando el movimiento del Sena, da la sensacin de haberse transportado en el hipgrifo de Ariosto a la regin de los antpodas. Nunca me ha fatigado la _flnerie_ en las calles de Londres; no hay libro ms elocuente e instructivo sobre la organizacin poltica y social del pueblo ingls. No intento hacer una descripcin de lo que en ellas he visto, sentido, porque las pginas se suceden a medida que los recuerdos se agolpan, y tengo ya prisa por dejar la Europa y hundirme en las regiones lejanas de los trpicos. Pero an tengo presente aquella rpida recorrida del British Museum, en que empleamos tres o cuatro horas con Emilio Mitre, cuya ilustracin excepcional e inteligencia elevada, hacen de l un compaero admirable para excursiones. Qu lucha aquella, de uno contra otro, pero casi siempre de ambos contra nosotros mismos! Metidos en Nnive y Babilonia, el tiempo corra insensible, mientras el Egipto, a dos pasos, nos miraba gravemente con los grandes ojos de sus esfinges de piedra o nos pareca or piafar los caballos del Parthenn en los mrmoles de lord Elguin... Qu impresin causan, no ya la inscripcin grandiosa que conserva en pomposo estilo la memoria de los gloriosos hechos de un Rhamss o de un Sennachrib, sino esos simples ladrillos rojizos, donde, ahora quince o veinte mil aos, un asirio humilde consign en caracteres cuneiformes las clusulas de un oscuro contrato de venta o la escritura de una hipoteca! Los detalles de la vida humana en aquellos tiempos en que los hombres tenan hasta una configuracin de crneo distinta a la nuestra, y por lo tanto, movan su espritu dentro de diversa atmsfera, nos llamaban ms la atencin que las narraciones del diluvio, que los sabios han desterrado de los viejos muros de Nnive con gritos de entusiasmo. Luego, la Grecia inimitable, y en ella, el inimitable Fidias. Abajo, los soberanos trozos del Parthenn; arriba, las areas figurinas de terracotta encontradas en Tanagra. No tienen ms que diez o doce centmetros de altura; pero qu perfeccin, qu delicadeza exquisita! Cmo, bajo aquellos velos que las cubren como mantos de vestal, se ve, se siente el movimiento armnico del cuerpo! Unas encogidas, otras en marcha y aqullas... recuerdas, Emilio, la rfaga criolla que nos envolvi?... jugando a la taba! S; encorvada, una deliciosa estatuta sigue con avidez los giros del pequeo hueso, mientras su partner espera paciente el turno. Miramos con atencin y pudimos comprobar que la taba haba _echado_ lo contrario a suerte. Y los autgrafos? Cmo desprenderse de las vidrieras que los contienen, cmo arrancar los ojos de ese vivo retrato de los grandes hombres, cuya mano parece palpitar an en el trozo de esas lneas incorrectas pero firmes?... Y todo ese museo portentoso, centro, ncleo, panorama, del espritu humano en el tiempo y el espacio! No hay una fuente de sensacin ms pura, ms alta, que la contemplacin de esas riquezas artsticas y cientficas; penetra en el alma, es cierto, un hondo desconsuelo, cuando la deficiencia de la preparacin intelectual hace que un mrmol sea mudo para nosotros; pero, sin duda alguna, los horizontes de la inteligencia se ensanchan en cada visita a un mundo semejante. Una visita al Brown, que se mece gallardamente en las aguas del Tmesis, a la altura de Greenyde. Uno de los objetos de mi viaje a Inglaterra ha sido ver la gran nave argentina. El pabelln flotando en la popa me llen de indecible emocin, que se aument por la cordial acogida que recib de la oficialidad argentina, con su digno comodoro a la cabeza. Visitamos el buque en todas las direcciones, se me explican sus maravillas, se me narra la curiosidad europea que ha despertado por su nueva construccin y mientras contemplo sus caones poderosos, sus flancos de acero, su lanzatorpedos, sus ametralladoras, todos esos brbaros elementos de destruccin, recuerdo con alegra que, hace ya muchos aos, buques de guerra argentinos surcan los mares, sin que la paz, que es nuestra aspiracin y nuestra riqueza, haya sido turbada. Sea igual el destino del Brown; que sus caones no truenen sino los das de ejercicio, que su bandera respetada y amada por todos los pueblos de la tierra, no se ize jams a su mstil en son de guerra, y si la agresin la hace inevitable, que el pecho de los hombres que lo dirijan sea tan fuerte como sus escamas de hierro, que lo sepulten en el Ocano antes de arriar el pabelln blanco y celeste! CAPITULO IV Las Antillas francesas. Adis a Pars.--La Vende.--Saint-Nazaire.--"La ville de Brest".--Las Islas Azores.--El bautismo en los trpicos.--La Guadalupe.--Pointe--Pitre.--Las frutas tropicales.--Basse-Terre y Saint-Pierre.--La Martinica.--Fort-de-France.--Una fiesta en la Sabane.--Las negras.--Las hurs de bano.--El embarque del carbn.--El tambor alentador.--La "bamboula" a la luz elctrica.--La danza lasciva.--El azote de la Martinica.--Una opinin cruda.--El antagonismo de raza.--Triste porvenir. Pas unos pocos das en Pars preparndome para la larga travesa y despidindome de las comodidades de aquella vida que, una vez que se ha probado, con todas sus delicadezas intelectuales y con todo su confort material, aparece como la nica existencia lgica para el hombre sobre la tierra. Qu error, qu triste error el de aquellos que no ven a Pars sino bajo el prisma de sus placeres brutales y enervantes! Lo que tiene precisamente de irresistible ese centro, es su atmsfera elevada y pursima, donde el espritu respira el aire vigoroso de las alturas. La ciencia, las artes, las letras, tienen all sus ms nobles representantes, y una hora en la Sorbona, en el colegio de Francia o en la Escuela Normal, hacen ms por nuestra educacin intelectual que un mes de lectura... Volamos sobre los campos de la Vende, la patria de Larochefoucauld y d'Elbe, de Cadoudal y Stofflet, la tierra de los _chouans_, donde Marceau hizo sus primeras armas, donde Hoche se cubri de gloria. Se nos ha hecho cambiar de tren dos o tres veces, lo que nos pone de un humor infernal, y en la maana llegbamos a Nantes, que el tren atraviesa a lento paso. He ah las paisanas bretonas con sus caractersticas tocas blancas, con sus talles espesos; he ah el ro famoso, teatro de las _noyades_ de Carrier, recuerdo brbaro que horroriza a travs del tiempo. Somos aves de paso, y por mi parte, lamento no tener un par de das que dedicar a Nantes; pero, como no he hecho sino cruzarlo, desisto de ir a pedir fastidiosos datos a una gua cualquiera y me apresuro a llegar al antiptico puerto de St.-Nazaire, la Guayra francesa, como le llam el secretario cuando hubo conocido el smil en las costas del mar Caribe. En la lnea de Orleans, habramos llegado a las cinco de la maana; en la del Oeste, despus de un fastidiossimo viaje, llegamos a las diez. Perdimos ms de dos horas en obtener nuestros equipajes, y por fin, todo en regla, nos trasladamos al vapor Villa de Brest, que esperaba, amarrado al Dock y con las calderas calientes, el momento de la partida. Siento placer an en recordar aquel mundo de a bordo, tan heterogneo, tan complejo y tan diferente del que estaba habituado a encontrar en los mares que baan la parte oriental de la Amrica. La travesa es larga, pues de St.-Nazaire a la Point--Pitre, en la Guadalupe, no se emplean menos de quince das. Pero durante esas dos semanas la animacin no desmay un momento en el Ville de Brest, y el buen humor supo convertir en motivo de broma hasta la detestable comida que se nos daba. He ah las Azores, ltimas perlas vacilantes en la antigua y esplndida corona portuguesa. El capitn, por una galantera, se aparta ligeramente de la ruta y lanza el buque entre dos islas, cuyo aspecto verde, alegre, rompiendo la matadora monotona del Ocano, encanta la mirada y levanta el corazn. Ambas estn cultivadas prolijamente, y el esfuerzo humano se ostenta en todas las faldas de la montaa. Aspiramos un momento con delicia la atmsfera cargada de emanaciones vegetales, y luego el grupo de islas empieza a perderse en el horizonte, desvanecindose como una ilusin. Estamos en los trpicos; el calor comienza a ser sofocante y las largas horas que se extienden del almuerzo a la comida, son realmente insoportables. La mayor parte de los pasajeros, aun el nuevo gobernador de la Martinica, cruzan el mar por primera vez, y la tripulacin, con el permiso del comandante, organiza la clsica funcin del bautismo tropical. No he podido averiguar de dnde viene esa fiesta caracterstica; algunos suponen que fue un recurso empleado por Coln para distraer el conturbado espritu de sus compaeros. El hecho es que alegra el nimo decado por la monotona de la navegacin. Relatarla sera muy largo, desde el momento en que, trepado en lo alto del cordaje, un mensajero del padre Trpico dirige sus preguntas al comandante, hasta el da siguiente en que la funcin se desenvuelve y aparece el mencionado personaje cabalgando en dos marineros encorvados, cubiertos con una piel de toro, que se mantienen en esa actitud durante horas enteras. Los discursos son originales y chispean de la gruesa sal gala; luego viene el bautismo que consiste en recibir sobre la cabeza una poca de agua sacada de una enorme pila de goma y sufrir un simulacro de afeite. Pero en seguida la cubierta se convierte en la azotea de nuestros antiguos cantones de carnaval. El agua corre a torrentes, los golpes se suceden, la algazara llega a su colmo. En mi calidad de viejo marino, me abstuve por completo y di mis poderes al abate Mazdel, que, en un traje ligersimo y con unos enormes bigotes pintados con betn, se debata denodadamente contra los infinitos agresores que lo cubran de agua y harina. El comandante no puede recuperar el mando del buque hasta el momento en que hace dar la campana la seal de haber terminado la fiesta. Como por encanto todo desaparece y le pre Tropique, le pre Neptune y dems personajes fabulosos, despojados de sus atributos fantsticos, se dedican con resignacin a lavar el puente y frotar los bronces... Despus de una larga travesa de quince das, avistamos las pintorescas costas de la Guadalupe y el vapor arroja el ancla en la baha de la Pointe--Pitre. El efecto ptico es admirable; la lujuriosa vegetacin de los trpicos, tan caracterstica siempre, se ostenta ante los ojos extticos de los europeos, que contemplan en silenciosa admiracin los elegantes cocoteros con sus frutos apiados en la altura y los bananos de anchas y perezosas ramas, lentamente mecidas por el viento. El calor es violento y todos anhelamos saltar a tierra, cuando se nos anuncia que la Pointe--Pitre est en cuarentena porque hace all estragos la fiebre amarilla. Para nosotros no habra inconveniente en descender, por cuanto en los puertos de la costa del Caribe, a donde nos dirigimos, habita con tanta frecuencia ese husped temible, que lo consideran ya como de la casa. Pero, como de la Guadalupe sale el anexo que debe conducir a sus destinos a los pasajeros para Cayena y en este punto seran sujetados a cuarentena, se evita el contacto en su obsequio. Este aislamiento no impide--lo que me hace sonrer sobre la eficacia de las cuarentenas en todas partes del mundo--que nos proveamos de vveres en abundancia, especialmente de frutas. Vuelvo a ver el sabroso aguacate, que los franceses llaman avocat, los peruanos palta, que vara de denominacin en cada estado de Colombia y que Humboldt llam tan exactamente manteca vegetal. Aparece la chirimoya, el clsico fruto tropical, con su gusto a pomada, y el mango indigesto, que trasciende desde lejos a esencia de trementina. Los miramos con ojos vidos, porque el calor incita, pero la prudencia vence y abstenindonos, nos evitamos una fiebre segura. Por la tarde levamos anclas nuevamente, y dos horas despus nos detenemos en Basse-Terre, en el costado opuesto de la isla. El aspecto es menos brillante que el de la Pointe--Pitre, y tampoco nos es posible bajar a tierra. Al caer la noche continuamos viaje, y al alba tocamos por breves momentos en Saint-Pierre, la capital comercial de la Martinica, como Fort-de-France es su capital poltica. Apenas clareaba, seguimos la marcha, de manera que me sera imposible dar la menor idea de ese puerto, que aseguran ofrece un bellsimo cuadro a la mirada. Por fin, henos en Fort-de-France, el antiguo Port-Royal, el teatro de tantas y tenaces luchas entre ingleses y franceses, la patria de la dulce Josefina Beauharnais, cuya estatua, en el lascivo traje del Directorio, se levanta en la plaza; he ah el punto donde pas su juventud aquella mademoiselle d'Aubign, que deba casarse en primeras nupcias con un rimador paraltico y mendicante y en segundas con un seor Borbn, que rein sesenta aos en Francia bajo el nombre de Luis XIV. De un lado de la baha, el viejo fuerte Real, grave aun con el equvoco reflejo de su importancia pasada, pues rara vez consigui detener los desembarcos ingleses. Del otro, inmensos depsitos de carbn. Atrs, montaas ridas y tristes. Es del otro lado de la isla, en la tierra alta, donde se vuelven a ver los extensos cafetales y las llanuras verdeadas por la robusta caa de azcar. All la naturaleza es tan bella como fecunda y sustenta la reputacin admirable de la soberbia Antilla francesa. Los pasajeros para las Guayanas nos han dejado ya, y estamos en completa libertad para bajar o no a tierra. Preguntamos si hay fiebre, deseando secretamente una respuesta negativa; pero, a pesar de cerciorarnos de que la enfermedad fatal reina en Fort-de-France, nos resolvemos a descender, persuadidos de que el buque, inmvil y pegado a tierra, bajo un calor de 37, no es el refugio ms seguro para evitar el contagio. El nuevo gobernador ha bajado pomposamente hace dos horas. No olvidar nunca el aspecto de la plaza, la _sabane_, como all le llaman, en el momento que penetramos en ella, despus de ascender una ligera cuesta. Toda la poblacin baja, el soberano pueblo, est reunido, con motivo de la recepcin del gobernador, que en ese momento pasaba en un land, vestido de toda etiqueta, con un funcionario negro como las penas a su lado, y otro no ms rubio al frente. Cmo comprend aquella mirada que me dirigi, aquel saludo corts, pero tan impregnado de profunda desolacin! Me saqu el sombrero y salud con respeto a aquel mrtir, que sala de los salones de Pars, para ir a reinar sobre la isla tropical. Las fantasas ms atrevidas de Goya, las audacias coloristas de Fortuny o de Daz, no podran dar una idea de aquel curiossimo cuadro. El joven pintor venezolano, que iba conmigo, se cubra con frecuencia los ojos y me sostena que no podra recuperar por mucho tiempo la percepcin _dei rapporti_, esto es, de las medias tintas y las gradaciones insensibles de la luz, por el deslumbramiento de aquella brutal crudeza. Haba en la plaza unas quinientas negras, casi todas jvenes, vestidas con trajes de percal de los colores ms chillones: rojos, rosados, blancos. Todas escotadas y con los robustos brazos al aire; los talles, fijados debajo del xila y oprimiendo el saliente pecho, recordaban el aspecto de las _merveilleuses_ del Directorio. La cabeza cubierta con un pauelo de seda, cuyas dos puntas, tradas sobre la frente, formaban como dos pequeos cuernos. Esos pauelos eran precisamente los que heran los ojos; todos eran de diversos colores, pero predominando siempre aquel rojo lacre ardiente, ms intenso an que el llamado en Europa lava del Vesubio; luego, un amarillo rugiente, un violeta tornasolado, qu s yo! En las orejas, unas gruesas arracadas de oro, en forma de tubos de rgano, que caen hasta la mitad de la mejilla. Los vestidos de larga cola y cortos por delante, dejando ver los pies... siempre desnudos. Puedo asegurar que, a pesar de la distancia que separa ese tipo de nuestro ideal esttico, no poda menos de detenerme por momentos a contemplar la elegancia nativa, el andar gracioso y salvaje de las negras martiniqueas. Pero cuando esas condiciones sobresalen realmente, es cuando se las ve despojadas de sus lujos y cubiertas con el corto y sucio traje del trabajo, balancearse sobre la tabla que une al buque con la tierra, bajo el peso de la enorme canasta de carbn que traen en la cabeza... Una noche de las que permanecimos en Fort-de-France, encontr mi lecho en el hotel tan inhabitable o tan habitado, que me vest en silencio, gan la calle, y a riesgo de perderme, me puse en camino hacia el vapor. Declaro que hay que resistir menos asaltos desde la porte Saint-Martin hasta la Avenida de la Opera, a las 11 de la noche en los bulevares de Pars, o de 11 a 12 en la vereda del Critrium en Londres, que en aquella marcha incierta bajo una noche oscura. Las hurs africanas se suceden unas a otras y en un francs imposible, grotesco, os invitan a pasar el puente del Sirat; basta, para no sucumbir, recordar el procedimiento de Ulises y taparse, no ya los odos, sino las narices, lo que es ms eficaz. Pululan, salen de todas partes, hasta que es necesario apartarlas con violencia. Por fin llegu a bordo, guiado por una luz elctrica, colocada sobre el puente... As que sub, el oficial de guardia me llam y me mostr el cuadro ms original que es posible concebir. Al pie del buque y sobre la ribera, hormigueaba una muchedumbre confusa y negra, iluminada por las ondas del fanal elctrico. Eran mujeres que traan carbn a bordo, trepando sobre una plancha inclinada las que venan cargadas, mientras las que haban depositado su carga, descendan por otra tabla contigua, haciendo el efecto de esas interminables filas de hormigas que se cruzan en silencio. Pero aqu todas cantaban el mismo canto plaidero, spero, de meloda entrecortada. En tierra, sentado sobre un trozo de carbn, un negro viejo, sobre cuyo rostro en xtasis caa un rayo de luz, mova la cabeza, como en un deleite indecible, mientras bata, con ambas manos y de una manera vertiginosa, el parche de un tambor que oprima entre las piernas colocadas horizontalmente. Era un redoble permanente, montono, idntico, a cuyo comps se trabajaba. Aquel hombre, retorcindose de placer, insensible al cansancio, me pareci loco. Es simplemente un empleado de la compaa, a sueldo como cualquiera de nosotros;--me dijo el joven oficial--hace cuatro horas que est tocando y tocar hasta el alba con brevsimos momentos de reposo. Una vez quisimos suprimirlo; pero cuando lleg el da, no se haba hecho la mitad de la faena de costumbre. Por otra parte, usted mismo ya a advertirlo. Llam a un marinero, le dio una orden, y ste descendi en direccin al negro del tambor. Ve usted el movimiento, el entusiasmo con que todas esas negras trabajan? Mire aquella especialmente; tiene 18 aos y pasa, no slo por una de las ms bellas, sino de las ms altivas y pendencieras. Vala usted mecer las caderas lascivamente mientras sube; ha bebido un poco de _cachol_, pero lo que ms la embriaga es su propio canto, al comps del eterno redoblar. En esto se hizo el silencio; las negras todas se miraron unas a otras, los cantos empezaron a morir en sus labios; algunas se detenan, colocaban el canasto en tierra, se sentaban sobre l y cruzando sus piernas, inclinaban la cabeza como perdidas en una melancola nostlgica. Las hormigas que viajaban sobre las tablas se hacan raras; el movimiento cesaba en tierra, cuando por uno de los boquetes de la cubierta apareci la cara sudorosa y ennegrecida de uno de los contramaestres, quien, levantando en alto un candil, grit con voz de trueno: Du charbon, sang-Dieu! Et toi, cr nom d'un fainant, fais donc rouler ton machin! El oficial sonri, el tambor se hizo or de nuevo y el trabajo empez a recuperar su animacin anterior. Un momento despus se dio la seal de reposo que deba durar media hora. Por indicacin del oficial, tir una moneda al negro del tambor y grit recio: Vamos, muchachas, una _bamboula_ endemoniada! Me ser difcil olvidar el cuadro caracterstico de aquel montn informe de negros cubiertos de carbn, harapientos, sudorosos, bailando con un entusiasmo febril bajo los rayos de la luz elctrica. El tambor ha cambiado ligeramente el ritmo y bajo l, los presentes que no bailan entonan una melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombres y cada pareja empieza a hacer contorsiones lbricas, movimientos ondeantes, en los que la cabeza queda inmvil; culebrean sin cesar. La msica y la propia animacin los embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un paroxismo ms intenso an y las mujeres, enloquecidas, pierden todo pudor. Cada oscilacin es una invitacin a la sensualidad, que aparece all bajo la forma ms brutal que he visto en mi vida; se acercan al compaero, se estrechan, se refriegan contra l, y el negro, como los animales enardecidos, levanta la cabeza al aire y mira echndola a la espalda, muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay cansancio; parece increble que esas mujeres lleven diez horas de un rudo trabajo. La _bamboula_ las ha transfigurado. Gritan, gruen, se estremecen y por momentos se cree que esas fieras van a tomarse a mordiscos. Es la bacanal ms bestial que es posible idear, porque falta aquel elemento que purificaba hasta las ms inmundas orgas de las fiestas griegas: la belleza. No he visto nada ms feo, ms repulsivo, que esos negros sudorosos; me daban la idea de orangutanes bramando de lascivia... Por fin, a un nuevo grito del contramaestre, el baile ces, restablecindose el silencio como por encanto, y las hormigas volvieron, un momento despus, a trepar laboriosamente las tablas, cargadas con sus pesados canastos y proyectando, bajo las ondas de luz, las negras figuras de sus cuerpos sobre la vaga sombra que cubra el suelo. * * * * * Los negros!, he ah el mal terrible de la Martinica. Explotada por los valerosos plantadores del pasado, no tard, como todas las Antillas, como las dos Amricas, en ser uno de los principales mercados para el comercio de bano animal; las costas de la Senegambia, de la Guinea y del Cabo, suministraban esclavos en abundancia a los atrevidos corsarios de las interminables guerras de los siglos XVI, XVII y XVIII. Estos, cuando las presas faltaban, ponan rumbo al frica y volvan con las bodegas repletas de la negra mercanca... Recuerdo que una noche, a bordo del Ville-de-Brest, conversaba con un mdico que se diriga a Panam, contratado para el servicio sanitario de los trabajos del canal. Era un escptico absoluto, un hombre de teoras hechas e intransigentes. Hablamos de la esclavitud, y sin ascender a la regin suprema de la moral, manifest simplemente la repugnancia esttica que me causaba la explotacin del hombre por el hombre. Su rplica fue caracterstica: comenz declarndome que, si juzgaba la cuestin desde el punto de vista de la filosofa religiosa, nada tendra que objetarme, porque todo sera intil. Pero que, si por el contrario, era yo un positivista convencido, creyendo en la evolucin constante y por lo tanto en el encadenamiento de los seres organizados, tendra que ser lgico admitiendo que el negro, como el caballo, como el toro o las aves se encontraba a un nivel bien inferior al nuestro y podamos, en consecuencia, utilizarlo legtimamente en la satisfaccin de nuestras necesidades--Pero a eso paso, usted aceptara hasta la prctica de comernos a los negros!--No, porque la carne de vaca es mejor y las vacas no pueden cortar la caa ni recoger el tabaco!--Aquel hombre era un socialista en absoluto y no caan de sus labios sino planes de reforma con vistas a la felicidad humana sobre la tierra!... Fue en 1848, a favor de la revolucin de febrero y por los esfuerzos de M. Schelder, director de colonias entonces y actual senador inamovible, cuando los negros de la Martinica y de la Guadalupe se emanciparon. Pero el verdadero antagonismo, la lucha terrible entre los blancos, reducidos a un nmero insignificante, y la gente de color, estall en 1870, cuando la revolucin del 4 de septiembre fij el sufragio universal como base del nuevo organismo poltico de la Francia. Los blancos, descendientes de los seores feudales del pasado, dueos de las capitales, de la fuerza inicial, de la cultura, pretendieron dirigir la masa oscura y tratarla, poco ms o menos, como en nuestras pampas trata el estanciero a los gauchos, en todo lo que a poltica se refiere. Pero fue entonces cuando apareci el gremio terrible de los mulatos, zambos y cuarterones, herederos de los malos instintos de las dos razas que representan, y habiendo bebido en las escuelas el barniz de ilustracin necesaria para fundar peridicos incendiarios y proclamar en las plazas pblicas, delante de un auditorio imbcil y fantico, el exterminio de los antiguos seores. En la actualidad, todos los diputados a las cmaras francesas por la Martinica, Guadalupe y la Guayana, son mulatos; pero la lucha social se ha circunscrito a la Martinica. Es a muerte: el blanco no tiene ms garantas que la guarnicin militar, enviada de la metrpoli, y su valor personal, que lo hace respetable. Hace diez aos que los blancos, nicos propietarios territoriales, nicos industriales, nicos hombres de progreso en la isla, no se acercan a las urnas. No tienen voz ni voto, como durante veinte aos no lo tuvieron los hombres honrados en la circunscripcin de Nueva York. Se vengan con su altivez, con su orgullo desmedido. El jefe de uno de los buques de estacin naval en las Antillas, era un completo caballero, estimado, inteligente y bravo, pero hombre de color; jams pis un saln de Fort-de-France o de Saint-Pierre. Ese mismo oficial francs, encontrndose en la Habana, fue expulsado, en un caf, del punto destinado exclusivamente a los blancos. Sus oficiales hicieron propia la causa y estuvo a punto de estallar un deplorable conflicto... Ese antagonismo entre los hombres de progreso y la raza, que no ha hecho, no hace, ni podr hacer jams nada en ese sentido, es la principal causa de la decadencia actual de la Martinica. Como se ha agitado en las cmaras francesas la idea de imponer el servicio militar obligatorio a las colonias, pues estaban exentas hasta ahora, los blancos de la Martinica temen que los contingentes que all se levanten, se empleen en la guarnicin de la isla, en cuyo caso perdern la ltima garanta que les quedaba en los soldados europeos. Ahora bien; no hay negro que no sea comunista, como no hay cannigo que no sea conservador. El da que suceda lo que se teme, habr una invasin a las propiedades de los blancos que, reprimida o no, traer seguramente la ruina. En esa expectativa, los grandes propietarios de los ingenios han tomado la determinacin de deshacerse de los mismos, organizando en Francia sociedades annimas con un capital tres o cuatro veces mayor que aquel que representaba el ingenio para su propietario primitivo. Por lo tanto, debiendo la finca rendir un inters triple al anterior, no slo los salarios disminuyen en relacin, sino tambin la riqueza pblica. Tal es la situacin de esa antigua y rica colonia; los hombres de estado empiezan a preocuparse seriamente de ella; pero, dada la naturaleza de las causas que determinan el malestar, es bien difcil encontrar el remedio sin ir contra las ideas absolutas de igualdad que hoy imperan en Francia. CAPITULO V En Venezuela. La despedida.--Costa-Firme.--La Guayra.--Detencin forzosa.--La cara de Venezuela.--De la Guayra a Caracas.--La Montaa.--Una necesidad suprema.--Ojeada sobre Venezuela.--Su situacin y productos.--El coloniaje.--La guerra de la independencia.--El decreto de Trujillo.--La anarqua.--Gente de paz!--La leccin del pasado.--La ciudad de Caracas.--Los temblores.--El Calvario.--La plaza de toros.--El pueblo soberano.--La cultura venezolana. Pasamos tres das en la Martinica dndonos el inefable placer de pisar tierra y respirar otra atmsfera que la de a bordo. La fiebre amarilla reinaba, aunque no con violencia, y debo declarar que se condujo con nosotros de una manera bastante decorosa, pues, despreciando los sanos consejos de la experiencia, no slo tomamos algunas frutas, sino que pasamos los tres das bebiendo licores y refrescos helados. Por fin, al caer la tarde del 21 de agosto, levamos anclas, y despus de despedirnos a caonazos del gobernador, que desde la linda eminencia en que est situada su casa, agitaba el pabelln, nos pusimos en viaje, rumbo a Costa Firme. Navegamos esa noche, todo el da siguiente y en la maana del tercero apareci la lista negruzca de la tierra. Pronto fondeamos frente al puerto de La Guayra, pequea ciudad recostada sobre los ltimos tramos de la montaa y que, a lo lejos, con sus cocoteros y palmas variadas, presenta un aspecto simptico a la mirada. All nos despedamos de aquellos que haban concluido su viaje, cuando un viejo amigo de Buenos Aires, el Dr. Dubreil, se me present a bordo, junto con el cnsul general de la Repblica Argentina en Venezuela, D. Carlos R. Rohl, uno de los jvenes ms simpticos que es posible encontrar. Es difcil formarse una idea del placer con que se ve una cara conocida en regiones de cuya vida social no se puede formar concepto. Una sola fisonoma es una evocacin de una multitud de recuerdos... Les comuniqu mi proyecto de continuar viaje hasta Sabanilla, en las costas de Colombia, remontar el Magdalena y luego dirigirme a Bogot, por donde deba dar principio a mi misin. A una voz me informaron que ese plan era irrealizable, por cuanto el ro Magdalena no tena agua en ese momento. Si segua viaje, o me vea obligado a retroceder desde Barranquilla, en la boca del ro, o si persista en remontarlo, corra riesgo de quedar varado en l, sabe Dios qu tiempo, bajo un calor infernal y una plaga de mosquitos capaz de dar fiebre en cinco minutos. Resolv, en consecuencia, descender en La Guayra y comenzar mi tarea por Caracas. El mar estaba como una balsa de aceite, lo que llamaba la atencin de los venezolanos, poco habituados a esa mansedumbre, tan inslita en aquella rada de detestable reputacin. Bajamos, pues, y una vez en tierra, todo el encanto fantasmagrico de la ciudad, vista desde el mar, se desvaneci para dar lugar a una impresin penosa. Venezuela tiene la cara muy fea, me deca un caraqueo, aludiendo al aspecto sombro, desaseado, triste, mortal, de aquel hacinamiento de casas en estrechsimas calles que parecen oprimidas entre la montaa y el mar. El calor era insoportable; La Guayra semeja una marmita dentro de la cual cayeran, derretidos, los rayos del sol. Nos sofocbamos materialmente dentro de aquel infame hotel Neptuno, en el que, en poca no lejana, deba pasar tan atroces tormentos. Contengo mi indignacin para entonces y prometo no escasearla, en la seguridad de que todos los venezolanos han de unir su voz a la ma en un coro expresivo. A las dos de la tarde tomamos un carruaje, pasamos por la aldea de Maiquetia, situada a pocas cuadras de La Guayra, a orillas del mar, y comenzamos la ascensin de la montaa. El camino, en el que se emplean seis horas, es realmente pintoresco. El eterno aspecto de la montaa, pero realzado aqu por la vegetacin, los cafetales cubriendo las laderas, y aquellas gigantescas escalinatas talladas en el cerro a fin de obtener planos para la cultura, que recuerdan los curiosos sistemas de los indios peruanos bajo la monarqua incsica. Se sube, se baja, se vuelve a subir, y a cada momento una nueva perspectiva se presenta a la mirada. Todo ese camino de La Guayra a Caracas est regado por sangre venezolana, derramada alguna en la larga lucha de la independencia, pero la ms en las terribles guerras civiles que han asolado ese hermoso pas, impidindole tomar el puesto que corresponde a la extraordinaria riqueza de su suelo. Nada ms delicioso que el cambio de temperatura a medida que se asciende. Desde la lnea tropical venimos respirando una atmsfera abrasadora que se ha hecho en La Guayra casi candescente. En la montaa, el aire puro refresca a cada instante y los pulmones, no habituados a esa sensacin exquisita, respiran acelerados, con la misma alegra con que los pjaros baten las alas en la maana. El viaje en coche es pesado y mortificante, por las continuas sacudidas del camino que est destruido constantemente por las lluvias y la frecuencia del trnsito. Miro al porvenir con envidia observando los trabajos que se hacen, en medio de tantas dificultades, para trazar una lnea frrea. Se llevar sta a cabo? Por lo menos, me consta que es una aspiracin colectiva en Venezuela, porque de ella, como de algunas otras no muy extensas, depende la transformacin de aquel pas[5]. A las ocho y media de la noche llegamos por fin a aquel valle delicioso tantas veces regado por sangre y en cuyo seno se ostenta Caracas, la noble ciudad que fue cuna y que es tumba de Bolvar. Antes de pasar adelante, conviene arrojar una mirada de conjunto sobre el maravilloso pas que acabo de pisar, asombrado por las mil circunstancias especiales que hacen de l una de las regiones ms favorecidas del suelo americano. El Ocano baa las costas de Venezuela en una extensin inmensa y sus entraas estn regadas por ros colosales como el Orinoco, el Meta y dems afluentes, que cruzan territorios que, como el de la Guayana, tienen an ms oro en su seno que el que buscaban los conquistadores en las vetas fabulosas del Eldorado... Qu productos de aquellos que la necesidad humana ha hecho precisos no brotan abundantes de esa tierra fecundada por el sol de los trpicos? El caf, el cacao, el ail, el tabaco, la vainilla, cereales de toda clase, y en los dilatados llanos ganados en tanta abundancia como en nuestras pampas. Aadid su proximidad providencial de los Estados Unidos y de Europa, los dos ltimos focos en la evolucin del progreso humano sobre la tierra, puertos naturales, estupendos, como el de Puerto Cabello y el futuro de Carenero, y miraris con el asombro del viajero la postracin actual de ese pas, no comprendiendo cmo la obra de los hombres ha podido contrarrestar hasta tal punto la accin vigorosa de las fuerzas naturales. Una vez ms tenemos los argentinos que bendecir la aridez aparente de nuestras llanuras, el abandono colonial en que se nos dej, el aislamiento completo en que vivimos durante siglos y que dio lugar a la formacin de una sociedad democrtica, pobre pero activa, humilde pero laboriosa. Entre todos los pueblos sudamericanos, somos el nico que ha tenido remotas afinidades con las colonias del Norte, fundadas por los puritanos del siglo XVII. Tampoco haba oro all y la vida se obtena por la labor diaria y constante. Entretanto el Per, cuya jurisdiccin alcanzaba hasta las provincias septentrionales de la Argentina, Quito, el virreinato de Santa Fe, la capitana general de Venezuela, eran teatro de las horribles escenas suscitadas por la codicia gigante de los reyes de Espaa, tan ferozmente secundada por sus agentes. La suerte de Venezuela fue ms triste aun que la del Per; vendida esa regin por Carlos V, en un apuro de dinero, a una compaa alemana, vironse aparecer sobre el suelo americano aquellos brbaros germanos que se llamaron Alfinger, Seyler, Spira, Federmann, Urre; y que no encontrando oro a montones, segn soaban, vendan a los indios como esclavos para Cuba y Costa Rica, llegando Alfinger hasta alimentar a sus soldados con la carne del infeliz indgena. En aquellas brbaras correras que duraban cuatro y cinco aos, desde las orillas del mar Caribe a las ms altas mesetas andinas, la marcha de los conquistadores quedaba grabada por huellas de incendio y de sangre. Fue en una de esas excursiones gigantescas que el viajero moderno, recorriendo las mismas regiones con todos los elementos necesarios, apenas alcanza a comprender, dnde Federmann, partiendo de Maracaibo y recorriendo las llanuras de Ccuta y Casanare, mortales aun en el da, apareci en lo alto de la sabana de Bogot, a 2.700 metros sobre el nivel del mar, al tiempo que Benalczar, salido de Quito, plantaba sus reales en la parte opuesta de la planicie, formando simultneamente el tringulo Quesada que, despus de remontar el Magdalena, haba trepado, con un puado de hombres, las tres gradas gigantes que se levantan entre el ro y la altiplanicie. Cmo tenderan vidos los ojos los tres conquistadores sobre la sabana maravillosa donde pululan millares de chipchas, entregados a la agricultura, tan desarrollada como en el Per!... Fue en Venezuela, en aquella costa de Cuman, de horrible memoria, donde se levant la voz de Las Casas, llena de sentimiento de humanidad ms profundo. El que haya ledo el libro del sublime fraile, que es el comentario ms noble del Evangelio que se haya hecho sobre la tierra, sabe que ningn pueblo de la Amrica ha sufrido como aqul. Ms tarde, la independencia, pero la independencia a la manera del Alto Per, con sus desolaciones intermitentes, con sus Goyeneche, con su Cochabamba, con los cadalsos de Padilla, de Warnes, etc. Es aqu donde la lucha tom sus caracteres ms sombros y salvajes; es aqu donde Monteverde, Boves, el asombroso Boves, aquella mezcla de valor indomable, de tenacidad de hierro y de inaudita crueldad, Morales, y al fin Murillo, el mulo de Bolvar, arrasaban, como en las escenas bblicas, los pueblos y los campos y pasaban al filo de la espada hombres, mujeres, nios y ancianos. Es aqu donde el Libertador lanz el decreto de Trujillo, la guerra a muerte, sin piedad, sin cuartel, sin ley. Leer esa historia es un vrtigo; cada batalla, en que brilla la lanza de Pez, de Piar, Cedeo y mil otros, es un canto de Homero; cada entrada de ciudad es una pgina de Moiss. Caracas es saqueada varias veces, y en medio de la lucha se derrumba sobre s misma, al golpe del terremoto de 1812. Sus hijos ms selectos estn en los ejrcitos o en la tumba; pocos de los que se inmortalizaron en la cumbre de San Mateo, alcanzaron a ver el da glorioso de Carabobo. Si alguna vez ha podido decirse con razn que la lucha de la independencia fue una guerra civil, es refirindose a Venezuela y Colombia. De llaneros se componan las hordas de Boves y Morales, as como las de Pez y Saraza. El empuje es igual, idntica la resistencia. La disciplina, los elementos blicos, estn del lado de Espaa; pero los americanos tienen, adems de su entusiasmo, adems de los hbitos de vida dura, jefes como Bolvar, Piar, Urdaneta, Pez y ms tarde Sucre, Santander, etc. Crueldad? Idntica tambin, pese a nosotros. Al degello responda el degello, a la piedad, rara, rara vez la piedad. El batallar continuo, la vista de la sangre, la irritacin por el hermano muerto, inerme, exaltaban esos organismos morales hasta la locura. Bolvar hace sus tres campaas fabulosas y a lomo de mula recorre Venezuela en todas direcciones, hace varias veces el viaje de Caracas a Bogot, de Bogot a Quito, al Per, a los confines de Bolivia! Veinte veces ha visto la muerte ya en la batalla, ya en el brazo de un asesino. Pez combate como combata Pez, en primera fila, enrojecida la lanza hasta la cuja, en ciento trece batallas! Qu soldado de Csar o de Napolen podra decir otro tanto?... * * * * * Como resultado de una guerra semejante, la destruccin de todas las instituciones coloniales, ms o menos completas, pero instituciones al fin, el abandono absoluto de la industria agrcola y ganadera, el enrarecimiento de la poblacin, la ruina de los archivos pblicos, la desaparicin de las fortunas particulares, la debilitacin profunda de todas las fuerzas sociales. Recurdese nuestra lucha de la independencia; jams un ejrcito espaol pas al sur de Tucumn; jams en nuestros campos reclutaron hombres los realistas. Ms an: en medio de la lucha se observaban las leyes de la guerra, y despus de nuestros desastres, como despus de nuestros triunfos, el respeto por la vida del vencido era una ley sagrada. Ni las matanzas de Monteverde y Boves se han visto en tierra argentina, ni sobre ella ha lanzado sus fnebres resplandores el decreto de Trujillo. Despus... la triste noche de la anarqua cay sobre nosotros. La guerra civil con todos sus horrores, Artigas, Carreras, Ramrez, Lpez; ms tarde, Quiroga, Rosas, Oribe, acabaron de postrarnos. Pero Venezuela tom tambin su parte en ese amargo lote de los pueblos que se emancipan. Nuestros dolores terminaron en 1852 y pudimos aprovechar la mitad de este siglo de movimiento y de vida para ingresar con energa en la lnea de marcha de las naciones civilizadas. Hasta 1870 Venezuela ha sido presa de las discordias intestinas. Y qu guerras! La lucha de la independencia hizo escuela; en las contiendas fratricidas, el partidario vivi sobre el bien del enemigo, y al fin, la riqueza pblica entera desapareci en la vorgine de sangre y fuego. Llegad a una habitacin de las campaas venezolanas y llamad: en la voz que os responde, notis an el ligero temblor de la inquietud vaga y secreta, y slo gira la puerta para daros entrada, cuando habis contestado con tranquilo acento: Gente de paz![6]. Gente de paz! He ah la necesidad suprema de Venezuela. El sueo est virgen an: sus montaas repletas de oro, sus valles hmedos de savia vigorosa, las faldas de sus cerros ostentan al pie el pltano y el cocotero, el rubio maz en sus declives y el robusto caf en las cumbres. Gente de paz! El pueblo es laborioso, manso, dcil, honrado proverbialmente. Dejadle trabajar, no lo cercenis con el can o con la espada, hacedlo simptico a la Europa, para que la emigracin venga espontneamente a mezclarse con l, a ensearle la industria y vigorizar su sangre! Gente de paz para los pueblos de Amrica! Aquellos tiempos pasaron: pas la conquista, pas la independencia, y la Amrica y la Espaa se tienden hoy los brazos a travs de los mares, porque ambas marchan por la misma senda, en pos de la libertad y del progreso. Tomo dos frases en los _Opsculos_, de Bello, la primera sobre la conquista, la segunda sobre la independencia, que, en mi opinin, concretan y formulan el juicio definitivo de los americanos que piensan y meditan sobre esos dos graves acontecimientos: No tenemos la menor inclinacin a vituperar la conquista. Atroz o no atroz, a ella debemos el origen de nuestros derechos y de nuestra existencia, y mediante ella vino a nuestro suelo Aquella parte de la civilizacin europea que pudo pasar por el tamiz de las preocupaciones y de la tirana de Espaa[7]. Jams un pueblo profundamente envilecido ha sido capaz de ejecutar los grandes hechos que ilustraron las campaas de los patriotas. El que observe con ojos filosficos la historia de nuestra lucha con la metrpoli, reconocer sin dificultad que lo que nos ha hecho prevalecer en ella, es cabalmente el elemento ibrico. Los capitanes y las legiones veteranas de la Iberia transatlntica fueron vencidos por los caudillos y los ejrcitos improvisados de otra Iberia joven que, abjurando el nombre, conserva el aliento indomable de la antigua. La constancia espaola se ha estrellado contra s misma[8]. He ah cmo debemos pensar respecto a la Espaa, abandonando los temas retricos, las declamaciones ampulosas sobre la tirana de la metrpoli, sobre su absurdo sistema comercial, que le fue ms perjudicial que a nosotros mismos, y recordando slo que la historia humana gravita sobre la solidaridad humana. El pasado es una leccin y no una fuente de eterno encono. La ciudad de Caracas est situada en el valle que lleva su nombre y que es uno de los ms bellos que se encuentran en aquellas regiones. Bajo un clima templado y suave, la naturaleza toma un aire tal de lozana, que el viajero que despunta por la cumbre de Avila, cree siempre hallarse en el seno de una eterna primavera. El verde ondulante de los vastos plantos de caa, claro y luminoso, contrasta con los reflejos intensos de los cafetales que crecen en la altura. Dos o tres imperceptibles hilos de agua cruzan la estrecha llanura, y aunque el corte de los cerros sobre el horizonte es algo montono, hay tal profusin de rboles en sus declives, la baja vegetacin es tan espesa y compacta, que la mirada encuentra siempre nuevas y agradables sensaciones ante el cuadro. La ciudad, como todas las americanas fundadas por los espaoles, es de calles estrechas y rectangulares. Sera en vano buscar en ellas los suntuosos edificios de Buenos Aires o Santiago de Chile; al mismo tiempo que las conmociones humanas han impedido el desarrollo material, los sacudimientos intermitentes de la tierra, temblando a cada borrasca que agita las venas de la montaa, hacen imposibles las construcciones vastas y slidas. Todo es all ligero, como en Lima, y el aspecto interior de las casas, sus paredes delgadas, sus tabiques tenues, revelan constantemente la temida expectativa de un terremoto. Durante mi permanencia en Caracas tuve ocasin de observar uno de esos fenmenos a los que el hombre no puede nunca habituarse y que hacen temblar los corazones mejor puestos. Lea, tendido en un sof de mi escritorio y en el momento en que Garca Mrou se inclinaba a mostrarme un pasaje del libro que recorra; se lo vi vacilar entre las manos, mientras senta en todo mi cuerpo un estremecimiento curioso. Nos miramos un momento, sin comprender, el tiempo suficiente para que los techos, cayendo sobre nosotros, nos hubieran reducido a una forma meramente superficial. Cuando notamos que la tierra temblaba, corrimos, primero al jardn; pero venciendo la curiosidad, salimos a la calle y observamos a todo el mundo en las puertas de sus casas; caras llenas de espanto, gente que corra, mujeres arrodilladas, un pavor desatentado vibrando en la atmsfera. Una o dos paredes de nuestra casa se rajaron, y aunque sin peligro para nosotros, no as para aquellos que la habiten en el momento de la repeticin del fenmeno. La ciudad, en s misma, tiene un aspecto sumamente triste, sobre todo para aquellos que hemos nacido en las llanuras y que no podemos habituarnos a vivir rodeados de montaas que limitan el horizonte en todos sentidos y parecen enrarecer el aire. Hay, sin embargo, dos puntos que podran figurar con honor en cualquier ciudad europea: la plaza Bolvar, perfectamente enlosada, con la estatua del Libertador en el centro, llena de rboles corpulentos, limpia, bien tenida, delicioso sitio de recreo para pasar un par de horas oyendo la msica de la retreta, y el Calvario. El Calvario es un cerro pintoresco y poco elevado, a cuyo pie se extiende Caracas. En todas las guerras civiles pasadas, la fraccin que ha conseguido hacerse duea del Calvario, lo ha sido inmediatamente de la ciudad. De all se domina Caracas por completo, y ni un pjaro podra jactarse de contemplarla ms cmodamente que el que se encuentra en el lindo cerro. Se sube en carruaje o a pie, por numerosos caminos en zigzags, muy bien tenidos, rodeados de rboles y plantas tropicales, hasta llegar a la meseta de la altura, donde, en el centro de un jardn frondoso, se levanta la estatua del general Guzmn Blanco, actual presidente de los Estados Unidos de Venezuela. Se nota en todos los trabajos del Calvario la ausencia completa de un plan preconcebido; parece que se han ido trazando caminos a medida que las desigualdades del terreno lo permitan. Aqu una fuente, ms adelante un banco cubierto de bambs rumorosos, all una gruta, y por todas partes flores, agua corriendo con ruido apagado, silencio delicioso, vistas admirables y un ambiente fresco y perfumado. A pesar del cansancio de la subida, pocos han sido los das que he dejado de hacer mi paseo al pintoresco cerro. Siempre solo, como el Santa Luca en Santiago de Chile, como la Exposicin en Lima, como el Botnico en Ro, como el Prado en Montevideo, como Palermo en Buenos Aires. Slo los domingos, los atroces y antipticos domingos, se llenaba aquello de gente, paqueta, prendida con cuatro alfileres, oliendo a pomada y suspirando por la hora de volver a casa y sacarse el botn ajustado. Nunca fui un domingo; pero las tardes serenas de entre semana, la quieta y callada soledad, el sol tras el Avila, sonriente en la promesa del retorno, las mujeres del pueblo trepando lentamente a buscar el agua pura de la fuente, para bajar ms tarde con el cntaro en la cabeza como las hijas del pas de Canan, los pjaros armoniosos, buscando a prisa sus nidos al caer la noche, el camino de la Guayra, esto es, la senda por donde se va a la luz y al amor, a Europa y a la patria, perdindose en la montaa, cruzada por la silenciosa y paciente recua cuya marcha glacial, indiferente, parece ser un reproche contra las vagas agitaciones del alma humana; todo ese cuadro delicado persiste en mi memoria en el marco carioso de los recuerdos simpticos. La ciudad tiene algunos edificios notables, como el teatro, el palacio federal del Capitolio, etc. Me llam mucho la atencin la limpieza de la gente del pueblo bajo, cuya elegancia dominguera consiste en vestirse de blanco irreprochable. Es humilde, respetuoso y honesto. En Venezuela es proverbial la seguridad de las campias, por las que transitan frecuentemente arrias conductoras de fuertes sumas de dinero, sin que haya noticia de haber sido jams asaltadas. La diversin caracterstica del pueblo de Caracas es la plaza de toros, que funciona todos los domingos. El pobre caraqueo (me refiero al _lowpeople_), que no tiene los reales suficientes para pagar la funcin, se considera ms desgraciado que si le faltara que comer. Mis sirvientes, haraganes y perezosos, adquiran cierta actividad a contar del viernes--y cuando quera hacerles andar listos en un mandado, me bastaba anunciarles que a la primera tardanza no habra toros, para verlos volar. En la plaza, que no es mala, se aglomeran, gritan, patean, juegan los golpes, hacen espritu, gozan como los espaoles en idntico caso, atestiguando su filiacin ms con su algaraba que con su idioma. Pero las corridas de toros en Venezuela se diferencia en dos puntos esenciales de las de Espaa. En el primer punto, el toro, de mala raza, medio atontado por los golpes con que lo martirizan una hora en el toril, antes de entrar a la plaza, trae los dos cuernos despuntados. Toda la lucha consiste en capearlo y ponerle banderillas, de fuego para los poltrones, sencillas para los bravos. Una vez que el bicho ha cumplido ms o menos bien su deber, sea pegando serios sustos a los toreadores, sea huyendo sin cesar con el aire imbcil, se abre un portn y es arrojado a un potrero contiguo. En cuanto a los artistas que tuve ocasin de ver, todos ellos criollos, eran, aunque de valor extraordinario, deplorablemente chambones. Cada vez que el toro se fastidiaba y arremeta a uno de ellos, era seguro ver al pobre capeador por los aires o hecho tortilla contra las barandas, lo que no causa mucho placer que digamos. Cuando el toro es bravo y el hombre hbil y valeroso, las simpatas se inclinan siempre al hombre; a m me suceda lo contrario. La verdadera diversin consiste, pues, en la observacin del pblico ingenuo, alegre, bullicioso como los nios de un colegio en la hora de recreo. Vena de Londres, donde, aun en las ms grandes aglomeraciones de pueblo, se nota ese aire acompasado, fro, metdico, del carcter ingls; la tumultuosa espontaneidad de los caraqueos contrastaban curiosamente con ese recuerdo, pintando la raza de una manera enrgica, as como la varonil arrogancia de los muchachos corriendo con sus diminutas _ruanas_ el novillo de postre. Fuera de los toros, no hay otra diversin pblica en Caracas, salvo los meses de pera, al alcance slo de las altas clases. Pero el pueblo no pide ms, y si no escaseara tanto el _panem_, sera completamente feliz con el _circenses_. Desde la poca colonial Caracas fue renombrada por su cultura intelectual y citada como uno de los centros sociales ms brillantes de la Amrica Espaola. Su universidad famosa ha producido ms de un ilustre ingenio cuya accin ha salvado los lmites de Venezuela. An en el da posee distinguidos hombres de letras, historiadores, poetas y jurisconsultos, algunos de los cuales, arrastrados desgraciadamente por la vorgine poltica, han vivido alejados de su pas, privndolo as de la gloria que sus trabajos le hubieran reportado. El tono general de la cultura venezolana es de una delicadeza exquisita. Nunca olvidar la generosa hospitalidad recibida en el seno de algunas familias que conservan la vieja y honrosa tradicin de la sociedad caraquea. Pago aqu mi deuda de agradecimiento, no slo personal, sino tambin como argentino. El nombre de mi patria, querido y respetado, fue el origen de la viva simpata con que se me recibi. Nada impone ms la gratitud que el afecto y consideracin manifestados por la patria lejana. CAPITULO VI En el mar Caribe. Mal presagio.--El Avila.--De nuevo en la Guayra.--El hotel Neptuno.--Cmo se come y cmo se duerme.--Cinco das mortales.--La rada de la Guayra.--El embarco.--Macuto.--Una compaa de pera.--El "Saint-Simon".--Puerto Cabello.--La fortaleza.--Las bvedas.--El general Miranda.--Una sombra sobre Bolvar.--Las bocas del Magdalena.--Salgar.--La hospitalidad colombiana. Sal de Caracas el martes, 13 de diciembre; el da y la fecha no podan ser ms lgubres. Pero, como en cada da de la semana y en cada uno de los del mes he tenido momentos amargos, he perdido por completo la preocupacin que aconseja no ponerse en viaje el martes, ni iniciar nada en 13. En esta ocasin, sin embargo, he estado a punto de volver a creer en brujas, tantas y tan repetidas fueron las contrariedades que encontr en el camino. Una vez ms volv a cruzar el Avila, buscando el mar por las laderas de las montaas, desiguales, abruptas, caprichosas en sus direcciones, con sus valles estrechos y profundos. Los trabajos del ferrocarril se proseguan, pero sin actividad; es una obra gigante que me trajo a la memoria los esfuerzos de Weelright para unir a Santiago de Chile con Valparaso, los de Meiggs para trepar hasta la Oroya, y los que esperan en un futuro prximo a los ingenieros que se encarguen de cruzar los Andes con el riel y unir Mendoza con Santa Rosa. El ferrocarril de la Guayra a Caracas, es, a mi juicio, obra de trascendencia vital para el porvenir de Venezuela, as como el de la magnfica baha de Puerto Cabello a Valencia. La nacin entera deba endeudarse para dar fin a esas dos vas que se pagaran por si mismas en poco tiempo. Al fin llegamos a la Guayra, despus de seis horas de coche realmente agobiadoras, por las continuas ascensiones y descensos, como por el deplorable estado del camino. Apenas divisamos la rada, tendimos, vidos, la mirada, buscando en ella el vapor francs que deba conducirnos a Sabanilla y que era esperado el referido da 13. Me entr fro mortal, porque, al notar la ausencia del ansiado Saint-Simon, pens en el Hotel Neptuno, en el que tena forzosamente que descender, por la sencilla razn de que no hay otro en la Guayra. All nos empuj nuestro negro destino y all quedamos varados durante cinco das, cuyo recuerdo opera an sobre mi diafragma como en el momento en que respiraba su atmsfera. Los venezolanos dicen, y con razn, que Venezuela tiene la cara muy fea, refirindose a la impresin que recibe el extranjero al desembarcar en la Guayra. En efecto, la pobreza, la suciedad de aquel pequeo pueblo, su insoportable calor, pues el sol, reflejndose sobre la montaa, reverberando en las aguas y cayendo a plomo, eleva la temperatura hasta 36 y 38 grados, y el abandono completo en que se encuentra, hacen de la permanencia en l un martirio verdadero. Pero todo, todo lo perdono a la Guayra, menos el Hotel Neptuno. Creo tener una vigorosa experiencia de hoteles y posadas; conozco en la materia desde los palacios que bajo ese nombre se encuentran en Nueva York, hasta las chozas miserables que en los desiertos argentinos se disfrazan con esa denominacin. Me he alojado en los hoteles de nuestra campaa, en cuyos cuartos los himnos de la noche son entonados por animales microscpicos y carnvoros; he llegado, en medio de la Cordillera, camino de Chile, a posadas en cuya puerta el dueo, compadecido sin duda de mi juventud, me ha dado el consejo de dormir a cielo abierto, en vez de ocupar una pieza en su morada; he dormido algunas noches en las postas esparcidas en la larga travesa entre Villa Mercedes y Mendoza; he pernoctado en Consuelo, comido en Villeta y almorzado en Chimbe, camino de Bogot... pero nada, nada puede compararse con aquel Hotel Neptuno que, como una venganza, enclavaron las potencias infernales en la ttrica Guayra. Describirlo? Imposible; necesitara, ms que la pluma, el estmago de Zola, y al lado de mi narracin, la ltima pgina de _Nana_ tendra perfumes de azahar. Baste decir que el mueblaje de cada cuarto consiste en un aparato sobre el que jinetea una palangana (que en Venezuela se llama ponchera) con una media naranja de mugre invertida en el fondo. Luego, una silla, y por fin, un catre. Pero un catre pelado, sin colchn, sin sbanas, sin cobertores y con una almohada que, en un apuro, podra servir para cerrar una carta en vez de oblea. El piso est alfombrado...de arena! No pensis en aquella arenilla blanca y dulce a la mirada, que tapiza los cuartos en las aldeas alemanas y flamencas, perfectamente cuidada, el piso en que se marcaba el paso furtivo de Fausto al penetrar en la habitacin de Margarita; el piso hollado por los pies de Hermann y Dorotea. No; una arena negra, impalpable y abundante, que se anida presurosa en los pliegues de nuestras ropas, en el cabello y que espa el instante en que el prpado se levanta para entrar en son de guerra a irritar la pupila. All se duerme. El comedor es un largo saln, inmenso, con una sola mesa, cubierta con un mantel indescriptible. Si el perdn penetrara en mi alma, comparara eso mantel con un mapa mal pintado, en el que los colores se hubieran confundido en tintas opacas y confusas; pero, como no puedo, no quiero perdonar, dir la verdad: las manchas de vino, de un rojo plido, alternan con los rastros de las salsas; las placas de aceite suceden a los vestigios grasosos... Basta. Sobre esa mesa se coloca un gran nmero de platos: carne salada en diversas formas, carne a la llanera, cocido y pltanos, pltanos fritos, pltanos asados, cocidos, en rebanadas, rellenos, en sopa, en guiso y en dulce. Luego que todos esos elementos estn sobre la mesa, se espera religiosamente a que se enfren, y cuando todo se ha puesto al diapasn termomtrico de la atmsfera, se toca una campana y todo el mundo toma asiento. As se come. As pasamos cinco das, fijos los ojos en el viga que desde la altura anuncia por medio de seales la aproximacin de los vapores. De pronto, al tercer da, suena la campana de alarma. Un vapor a la vista! Viene de Oriente!...Francs! Qu sonrisas! Qu apretones de mano! Qu meter aprisa y con forceps todos los efectos en la valija repleta, que se resiste bajo pretexto de que no caben! Un paredn maldito frente al hotel quita la vista del mar; esperamos pacientemente y slo vemos el buque cuando est a punto de fondear... No es el nuestro! Pasbamos el da entero en el muelle, presenciando un espectculo que no cansa, produciendo la punzante impresin de los combates de toros. El puerto de la Guayra no es un puerto, ni cosa que se le parezca; es una rada abierta, batida furiosamente por las olas, que al llegar a los bajos fondos de la costa, adquieren una impetuosidad y violencia increbles. Hay das, muy frecuentes, en que todo el trfico martimo se interrumpe, porque no es materialmente posible embarcarse. Por lo regular, el embarco no se hace nunca sin peligro. En vano se han construido extensos tajamares: la ola toma la direccin que se le deja libre y avanza irresistible. Ay de aquel bote o canoa que al entrar o salir al espacio comprendido entre el muelle y la muralla de piedra, es alcanzado por una ola que revienta bajo l! Nunca me ha sido dado observar mejor esos curiosos movimientos del agua, que parecen dirigidos por un espritu consciente y libre. Qu fuerzas forman, impulsan, guan la onda, es an cuestin ardua; pero aquel avance mecnico de esa faja lquida que viene rodando en la llanura y que, al sentir la proximidad de la arena, gira sobre s misma como un cilindro alrededor de un eje, es un fenmeno admirable. Al reventar, un mar de espuma se desprende de su cspide y cae bullicioso y revuelto como el caudal de una catarata. Si en ese momento una embarcacin flota sobre la ola, es irremisiblemente sumergida. As, durante das enteros, hemos presenciado el cuadro conmovedor de aquellos robustos pescadores, volviendo de su tarea ennoblecida por el peligro y zozobrando al tocar la orilla. Saltan al mar as que comprenden la inmensidad de la catstrofe y nadan con vigor a pisar tierra, huyendo de los tiburones y tintoreras que abundan en esas costas. El embarco de pasajeros es ms terrible an; hay que esperar el momento preciso, cuando, despus de una serie de olas formidables, aquellos que desde la altura del muelle dominan el mar, anuncian el instante de reposo y con gritos de aliento impulsan al que trata de zarpar. Qu emocin cuando los vigorosos marineros, tendidos como un arco sobre el remo, huyen delante de la ola que los persigue bramando! Es intil; llega, los envuelve, levanta el bote en alto, lo sacude frentica, lo tumba y pasa rugiente a estrellarse impotente contra las peas! Consigno un recuerdo al lindo pueblo de Macuto, situado a un cuarto de hora de la Guayra, perdido entre rboles colosales, adormecido al rumor de un arroyo cristalino que baja de la montaa inmediata. Es un sitio de recreo, donde las familias de Caracas van a tomar baos, pero no tiene ms atractivo que su belleza natural. El lujo de las moradas de campaa, tan comn en Buenos Aires, Lima y Santiago, no ha entrado an en Venezuela ni en Colombia. Siempre que nos encontramos con estas deficiencias del progreso material, es un deber traer a la memoria, no slo las dificultades que ofrece la naturaleza, sino tambin la terrible historia de esos pueblos desgraciados, presa hasta hace poco de sangrientas e interminables guerras civiles. Al fin del quinto da el viga anunci nuevamente un vapor que asomaba en el horizonte oriental; esta vez no fuimos chasqueados. Pero, como el Saint-Simon no deba partir hasta el da siguiente, empleamos la tarde, en unin con la casi totalidad de la poblacin de la Guayra, en presenciar el desembarco de la compaa lrica de deba funcionar en el lindo teatro de Caracas. El mar estaba agitado, vena mucha agua, segn la expresin de los viejos marineros de la playa, y los conductores de las lanchas ocupadas por los ruiseores exticos iban a poner a prueba su habilidad. Al menor descuido la ola estrellaba la embarcacin contra las rocas o el muelle y el mundo perda algunos millares de _sis_ bemoles. En el fondo de la primer lancha, vi a un hombre de elevada estatura, con calas, en posicin de Conde de Luna cuando pregunta desde cuando ac los muertos vuelven a la tierra; era el bartono, seguramente. A su lado, una mujer rubia, y buena moza, apretaba un perrito contra el seno y tena los ojos agitados por el terror. Perrito? Contralto. En el segundo bote, la prima donna, gruesa, ancha, robusta, nariz trgica, talle de campesina suiza; junto a ella, el primo donno, su esposo o algo as, ese utilsimo mueble de las divas, que firma los contratos, regatea, busca alojamiento y presenta a la Signora los _habitus_ distinguidos. Por ltimo, tras el formidable bajo, que tena todo el aire de Leporello, en el ltimo acto de _Don Juan_, el tenor, el sublime tenor, que el empresario, segn anunci en los diarios de Caracas, haba arrebatado a fuerza de oro al Real de Madrid. El referido empresario vena a su lado, sostenindolo a cada vaivn, interponindose entre su armonioso cuerpo y el agua imprudente que penetraba sin reparo, mensajera del resfro. Cul no sera mi sorpresa al reconocer en el melodioso artista, que se dejaba cuidar con un aplomo regio, a nuestro antiguo conocido el tenor Abrugnedo! Mir con jbilo al Saint-Simon, que se meca sobre las aguas y que deba partir al da siguiente. Ms tarde, vi toda la compaa reunida, comiendo, los desgraciados, en la mesa del Hotel Neptuno. El pltano proteiforme, la yuca, el ame y dems manjares indgenas, les llamaban la atencin, y el bajo italiano que se hallaba entre bastidores sonaba en agudezas de carbonero, mientras algunos jvenes de Caracas, casualmente all, analizaban los contornos de la contralto con una detencin que revelaba, o aficin a la anatoma o designios menos cientficos. Yo, entretanto, dejaba a mi espritu flotar en el recuerdo de un delicioso romance de George Sand, aquel _Pierre quiroule_, en el que el artista sin igual pinta la vida vagabunda y caprichosa de una compaa de cmicos de la legua, para detenerme ante esta ligera insinuacin de mi conciencia: En cuanto a vagabundo!... Al da siguiente, por fin, procedimos al embarco. Cuestin seria; una de las lanchas que nos precedan y que, como la nuestra, espiaba el instante propicio para echarse afuera, no quiso or los gritos del muelle viene agua!, e intentando salir, fue tomada por una ola que la arroj con violencia contra los pilotes. La lancha resisti felizmente; pero iban seoras y nios dentro, cuyos gritos de terror me llegaron al alma.--No se asuste, blanco,--me dijo uno de mis marineros, negro viejo que no haca nada, mientras sus compaeros se encorvaban sobre el remo. Sonro hoy al recordar la clera pueril que me caus esa observacin, y creo que me propas en la manera de manifestrsela al pobre negro. Fuimos ms felices que nuestros precursores y llegamos con felicidad a bordo del vapor en que debamos continuar la peregrinacin a los lejanos pueblos cuyas costas baa el mar Caribe. Encontrar piedad en las almas ideales que viven de ilusiones, si hago la confesin sincera de haber sentido un placer inefable, en unin con mi joven secretario, cuando nos sentamos a la mesa del Saint-Simon, que se nos dio una servilleta blanca como la nieve y recorr con complacidos ojos un _men_ delicado, cuya perfeccin radicaba en el exiguo nmero de pasajeros? Creo que es la primera vez, en mis largas travesas, que he deseado una ligera prolongacin en el viaje. La oficialidad de a bordo, distinguida, el joven mdico que no crea en la eficacia de la quinina contra la fiebre y que me indicaba preservativos para la malaria del Magdalena, que me hacan preferir el mal al remedio; un distinguido caballero de la Martinica que me daba los datos sobre la situacin social de la isla que he consignado anteriormente, su linda y amable mujer, y por fin, un joven suizo de 22 aos, que se diriga a Bogot, contratado por el gobierno de Colombia para dictar una ctedra de historia general y que, no hablando el espaol, se sonrojaba de alegra cuando supo que debamos ser compaeros de viaje. Inspectores de la Compaa Transatlntica que iban a Mjico y Centro Amrica, guatemaltecos, costariqueos, peruanos, todo ese mundo del Norte, tan diferente del nuestro, que no nos hace el honor de conocernos y a quienes pagamos con religiosa reciprocidad. A la maana siguiente de la salida de la Guayra, llegamos a Puerto Cabello, cuya rada me hizo suspirar de envidia. El mar forma all una profunda ensenada, que se prolonga muy adentro en la tierra y los buques de mayor calado atracan a sus orillas. Hay una comodidad inmensa para el comercio, y ese puerto est destinado, no slo a engrandecer a Valencia, la ciudad interior a que corresponde, como la Guayra a Caracas y el Callao a Lima, sino que por la fuerza de las cosas se convertir en breve en el principal emporio de la riqueza venezolana. Las cantidades de caf y cacao que se exportan por Puerto Cabello, son ya inmensas, y una vez que el cultivo se difunda en el estado de Carabobo y limtrofes, su importancia crecer notablemente. Frente al puerto, se levanta la maciza fortaleza, el cuadriltero de piedra que ha desempeado un papel tan importante en la historia de la colonia, en la lucha de la independencia y en todas las guerras civiles que se han sucedido desde entonces. En sus bvedas, como en las de la Guayra, han pasado largos aos muchos hombres generosos, actores principales en el drama de la Revolucin. De all sali, viejo, enfermo, quebrado, el famoso general Miranda, aquel curioso tipo histrico que vemos brillar en la corte de Catalina II, sensible a su gallarda apostura y que lo recomienda a su partida a todas las cortes de Europa; que encontramos ligado con los principales hombres de Estado del continente, que acepta con jbilo los principios de 1789, ofrece su espada a la Francia, manda la derecha del ejrcito de Dumouriez en la funesta jornada de Neerwinde, cuyo resultado es la prdida de la Blgica y el desamparo de las fronteras del Norte; que volvemos a encontrar en el banco de los acusados, frente a aquel terrible tribunal donde acusa Fouquier-Tinville y que acaba de voltear las cabezas de Custine y de Houdard, el vencedor de Hoschoote. Con una maravillosa presencia de espritu, Miranda logra ser absuelto (el nico tal vez de los generales de esa poca, porque Hoche debi la vida al Trece Vendimiario) por medio de un sistema de defensa original, consistente en formar de cada cargo un proceso separado y no pasar a uno nuevo antes de destruir por completo la importancia del anterior en el nimo de los jueces. Salvado, Miranda se alej de Francia, pero lleno ya de la idea de la Independencia Americana. Hasta 1810, se acerca a todos los gobiernos que las oscilaciones de la poltica europea ponen en pugna con la Espaa. Los Estados Unidos lo alientan, pero su concurso se limita a promesas. La Inglaterra lo acoge un da con calor, despus de la paz de Ble, lo trata con indiferencia despus de la de Amiens, le escucha a su ruptura, y el incansable Miranda persigue con admirable perseverancia su obra. Arma dos o tres expediciones en las Antillas contra Venezuela, sin resultado, y por fin, cuando Caracas lanza el grito de independencia, vuela a su patria, es recibido en triunfo y se pone al frente del ejrcito patriota. Nunca fue Miranda un militar afortunado; debilitadas sus facultades por los aos, amargado por rencillas internas, su papel como general en esta lucha es deplorable, y vencido, abandonado, cae prisionero de los espaoles, que lo encierran en Puerto Cabello, de donde se le saca para ser trasladado a Espaa, entregado por Bolvar. Esta es una de las negras pginas del Libertador, a mi juicio, que nunca debi olvidar los servicios y las desgracias de ese hombre abnegado. Miranda muri prisionero en la Carraca, frente a Cdiz, y todos los esfuerzos que ha hecho el gobierno de Venezuela para encontrar sus restos y darles un hogar eterno en el panten patrio, han sido intiles... Pero mientras se me ha ido la pluma hablando de Miranda, el buque avanza, y al fin, dos das despus de haber dejado Puerto Cabello, notamos que las aguas del mar, verdes y cristalinas en el Caribe, han tomado un tinte opaco, ms terroso an que el de las del Plata. Es que cruzamos frente a la desembocadura del Magdalena, que viene arrastrando arenas, troncos, hojas, detritus de toda especie, durante centenares de leguas y que se precipita al Ocano con vehemencia. Henos al fin en el pequeo desembarcadero de Salgar, donde debemos tomar tierra. No hay ms que cuatro o seis casas, entro ellas la estacin del ferrocarril que debe conducirnos a Barranquilla. Se me anuncia que el vapor Victoria debe salir para Honda, en el alto Magdalena, dentro de una hora, y slo entonces comprendo las graves consecuencias que va a tener para mi el retardo del Saint-Simon, al que ya debo los atroces das de la Guayra. Todo el mundo nos recibe bien en Salgar y el himno de gratitud a la tierra colombiana empieza en mi alma. CAPITULO VII El ro Magdalena. De Salgar a Barranquilla.--La vegetacin.--El manzanillo.--Cabras y yanquis.--La fiebre.--Barranquilla.--La "brisa".--La atmsfera enervante.--El fatal retardo.--Preparativos.--El ro Magdalena.--Su navegacin.--Regaderos y chorros.--Los "champanes".--Cmo se navegaba, en el pasado.--El "Antioqua".--"Jupiter dementat..."--Los vapores del Magdalena.--La voluntad.--Cmo se come y cmo se bebe.--Los bogas del Magdalena.--Samarios y Cartageneros.--El embarque de la lea.--El "burro".--Las costas desiertas.--Mompox.--Magang.--Colombia y el Plata. Un ferrocarril de corta extensin (veinte y tantas millas) une a Salgar con Barranquilla. Es de trocha angosta y su slo aspecto me trae a la memoria aquella nuestra lnea argentina que, partiendo de Crdoba, va buscando las entraas de la Amrica Meridional, que dentro de poco estar en Bolivia y en la que, viejos, hemos de llegar hasta el Per. El breve trayecto de Salgar a Barranquilla es pintoresco, no slo por los espectculos inesperados que presenta el mar que penetra audazmente al interior formando lagunas cuya poca profundidad no las hace benficas para el comercio, sino tambin por la naturaleza de la flora de aquellas regiones. A ambos lados de la va se extienden bosques de rboles vigorosos, cuyo desenvolvimiento mayor veremos ms tarde en las maravillosas riberas del Magdalena. Pero la especie que ms abunda es el manzanillo, que la naturaleza, prdiga en carios supremos para todo lo que se agita bajo la vida animal, ha plantado al borde de los mares, colocando as el antdoto junto al veneno. El manzanillo es aquel mismo rbol de la India cuya influencia mortal es el tema de ms de una leyenda potica de Oriente. Su ms popular reflejo en el mundo europeo es el disparatado poema de Scribe, que Meyerbeer ha fijado para siempre en la memoria de los hombres, adornndolo con el lujo de su inspiracin poderosa. Debo decir desde luego que, desde el momento que pis estas tierras queridas del sol, el frica suena en mis odos a todo momento, sea en las quejas da Selica al pie de los rboles matadores, sea en sus cantos adormecedores, sea en el cuadro opulento de aquel indostn sagrado donde el sol abrillanta la tierra. Es un hecho positivo que el manzanillo tiene propiedades fatales para el hombre. Sus frutas atraen por su perfume exquisito, sus flores embalsaman la atmsfera, y su sombra, fresca y aromtica, invita al reposo, como las sirenas fascinaban a los vagabundos de la Odisea. Los animales, especialmente las cabras, resisten rara vez a esa dulce y enervante atraccin, se acogen al suave cario de sus hojas tupidas y comen del fruto embalsamado. All se adormecen, y cuando, al despertar, sienten venir la muerte en los primeros efectos del tsigo, renen sus fuerzas, se arrastran hasta la orilla del mar y absorben con avidez las ondas saladas que les devuelven la vida. Se conserva el recuerdo de unos jvenes norteamericanos que, echndose el fusil al hombro, resolvieron hacer a pie el camino de Salgar a Barranquilla. El sol quema en esos parajes y el manzanillo incita con su sombra voluptuosa, cargada de perfumes. Los jvenes yanquis se acogieron a ella, unos por ignorancia de sus efectos funestos, otros porque, en su calidad de hombres positivos, crean puramente legendaria la reputacin del rbol. No slo durmieron a su sombra, sino que aspiraron sus flores y comieron sus frutos prematuros. Llegaron a Barranquilla completamente envenenados, y si bien lograron salvar la vida, no fue sin quedar sujetos por mucho tiempo a fiebres intermitentes tenacsimas. He ah el enemigo contra el que tenemos que luchar a cada instante: la fiebre. La riqueza vegetal de aquellas costas, baadas por un sol de fuego que hace fomentar los infinitos detritus de los bosques, la abundancia de frutas tropicales, a las que el estmago del hombre de Occidente no est habituado, los cambios rpidos de la temperatura, la falta forzosa de precaucin, la sed inextinguible que origina transpiracin de la que aquel que vive en regiones templadas no tiene idea, la imprudencia natural al extranjero, son otros tantos elementos de probabilidad de caer bajo las terribles fiebres paldicas de las orillas del Magdalena. Y lo ms triste es que los preservativos toman todos, en aquel clima, caracteres de insoportables privaciones. Las frutas, el agua, las bebidas fras, todo lo que puede ser agradable al desgraciado que se derrite en una atmsfera semejante, es estrictamente prohibido por el amistoso consejo del nativo. Llegamos a Barranquilla, pequea ciudad de unas veinte mil almas, a la izquierda del Magdalena y sobre uno de sus brazos o caos, como all llaman a las bifurcaciones inferiores del gran ro. Barranquilla ha adquirido importancia hace poco tiempo, desde que, construido el ferrocarril que la liga con el mar se ha hecho la va obligada para penetrar en Colombia por el Atlntico, quitando, por consiguiente, todo comercio y el trnsito a la vieja y colonial Cartagena y a Santa Mara. No tiene nada de particular su edificacin, pues la mayor parte, casi la totalidad de sus casas, tienen techo de paja y ofrecen la forma de lo que en nuestra tierra llamamos ranchos. Pero indudablemente ese pequeo centro progresa a la par de Colombia entera. Las calles todas son de una arena finsima y espesa, que levanta en torbellinos lo que all llaman la brisa del mar y que frecuentemente toma las proporciones de un verdadero vendaval. En cuanto a la temperatura, es insoportable. Un francs, M. Andrieux, que ha escrito para _Le tour du Monde_ una prolija descripcin de sus viajes en Colombia, asegura que desde las nueve de la maana hasta las cinco de la tarde no se ve en las calles de Barranquilla, sino perros y alguno que otro francs, que persiste en sostener la reputacin de la salamandra, que se les ha dado en el Cairo. Es un poco exagerado; pero el hecho es que se necesita una apremiante necesidad o una imprudencia infantil para aventurarse bajo aquel sol canicular que, reverberando en la arena blanca y ardiente, quema los ojos, tuesta el cutis y derrama plomo en el cerebro. Se espera la brisa con ansia, a pesar de los inconvenientes del polvo impalpable que se levanta en nubes. Todo el mundo anda en coche cuando se ve obligado a salir, y el pueblo tiene por vehculo un burrito microscpico, sobre el cual el jinete va sentado, con los pies apoyados en el pescuezo y animndolo con un pequeo palo cuya punta, ligeramente afilada, se insina con frecuencia en el anca esculida del bravo y paciente cuadrpedo. El aspecto de la ciudad es anlogo al de las colonias europeas en las costas africanas; pesa sobre el espritu una influencia enervante, agobiadora, y para la menor accin es necesario un esfuerzo poderoso. Desde que he pisado las costas de Colombia, he comprendido la anomala de haber concentrado la civilizacin nacional en las altiplanicies andinas, a trescientas leguas del mar. La raza europea necesita tiempo para aclimatarse en las orillas del Magdalena y en las riberas que baan el Caribe y el Pacfico. Llegu a Barranquilla el 20 de diciembre a las tres y media de la tarde, en momentos en que parta para el alto Magdalena el vapor Victoria, el mejor que surca las aguas del ro. Fue entonces cuando comprend todo el mal que me haba hecho el retardo de cuatro das del Saint-Simon, sin contar con la permanencia en la Guayra, que, en calidad de sufrimiento pasado, empezaba a debilitarse en la memoria, sobre todo, ante la expectativa de los que me reservaba el porvenir. Si el Saint-Simon hubiera llegado a Salgar en el da de su itinerario, habramos tenido tiempo sobrado de hacer en Barranquilla todos los preparativos necesarios, y embarcndonos en el Victoria, nos hubiramos librado de las amarguras sufridas en el Magdalena. Porque los preparativos es una cuestin seria, que exige un cuidado extremo. Desde luego, es necesario proveerse de ropas impalpables; adems de una buena cantidad de vino y algunos comestibles, porque en las desiertas orillas del ro no hay recursos de ningn gnero, y por fin, que es lo principal, de un petate y un mosquitero. Petate significa estera, y el doble objeto de ese mueble es, en primer lugar, colocarlo sobre la lona del catre, por sus condiciones de frescura, y en seguida, sujetar bajo l los cuatro lados del mosquitero, para evitar la irrupcin de zancudos y jejenes. Perdido el Victoria, tena que esperar hasta el prximo vapor-correo, que slo sala el 30; es decir, diez das intiles en Barranquilla. Supe entonces que el 24 sala un vapor extraordinario, pero cuyas condiciones lo hacan temible para los viajeros. Es necesario explicar ligeramente lo que es la navegacin del ro Magdalena, para darse cuenta de las precauciones que es indispensable para emprenderla. Como no hago un libro de geografa ni pretendo escribir un viaje cientfico, siendo mi nico y exclusivo objeto consignar simplemente mis recuerdos e impresiones en estas pginas ligeras, me bastar decir que el Magdalena, junto con el Cauca, forman uno de los cuatro grandes sistemas fluviales de la Amrica del Sur, determinados por las diversas bifurcaciones de la cordillera de los Andes; los otros tres son: el Orinoco y sus afluentes, el Amazonas y los suyos, y por fin el Plata, donde se derraman el Uruguay y el Paran. Todos los dems sistemas son secundarios. Los espaoles, al descubrir los dos ros que nacan juntos y se apartaban luego para regar inmensas y feraces regiones y volvan a unirse poco antes de llegar al mar para entregarle sus aguas confundidas, les llamaron Marta y Magdalena, en recuerdo de las dos hermanas del Evangelio; slo predomin el nombre del segundo, mientras el primero conserv el bello y eufnico de Cauca, que los indios le haban dado. De ambos, el Magdalena es ms navegable; pero aunque su caudal de agua es inmenso, slo en las pocas de grandes lluvias no ofrece dificultad. La naturaleza de su lecho arenoso y movible que forma bancos con asombrosa rapidez sobre los troncos inmensos que arrastra en su curso, arrebatados por la corriente a sus orillas socavadas; su anchura extraordinaria en algunos puntos, que hace extender las aguas, en lo que se llama regaderos, sin profundidad ninguna, pues rara vez tienen ms de cuatro pies; la variacin constante en la direccin de los canales, determinada por el movimiento de las arenas de que he hablado antes; los rpidos, violentos, llamados chorros, donde la corriente alcanza hasta catorce y quince millas: he ah, y slo consigno los principales, los inconvenientes con que se ha tenido que luchar para establecer de una manera regular la navegacin del Magdalena, nica va para penetrar al interior. Hasta hace treinta aos, el ro se remontaba por medio de _champanes_, esto es, grandes canoas sobre cuya cubierta pajiza los negros bogas, tendidos sobre los largos botadores que empujaban con el pecho, conducan la embarcacin por la orilla, en medio de gritos, denuestos y obscenidades con que se animaban al trabajo. El viaje, de esta manera, duraba en general tres meses, al fin de los cuales el paciente llegaba a Honda; con treinta libras menos de peso, hecho pedazos por los mosquitos, hambriento y paralizado por la inmovilidad de una postura de dolo azteca. El general Zrraga, uno de los ancianos ms honorables que he conocido, y padre del Dr. Simon Zrraga, que ha hecho de la tierra argentina su segunda patria, me contaba en Caracas, que en 1826, siendo ayudante de Bolvar, fue enviado por el Libertador a la costa para conducir a Bogot dos caballeros franceses que venan en misin diplomtica cerca de l. Uno de ellos era el hijo del famoso duque de Montebello. Cuando supieron que era necesario entrar al _champan_, tenderse en el fondo, en la misma actitud de un cadver y permanecer as durante dos o tres meses, uno de los diplomticos inici una enrgica resistencia, que Montebello slo pudo vencer recordando el deber y la necesidad. Despus de haber hecho ese viaje, cada vez que un anciano me refiere haberlo llevado a cabo en su juventud, y no pocas veces, en _champan_, lo miro con el respeto y veneracin con que los italianos jvenes de 1831 deban saludar a Maroncelli, cruzando las calles sobre su pierna de palo, o al plido Silvio Pellico con el sello de sus diez aos de Spielberg grabado en la frente. Ahora ser fcil comprender la importancia que tiene la eleccin del vapor en que se debe tentar la aventura. Se necesita un buque de poco calado, para no vararse, y de mucha fuerza para vencer los chorros. El Victoria tena todas esas condiciones, pero... El que sala el 24, era nada menos que el Antioqua, el barco ms pesado, ms grande y de mayor calado que hay en el ro. Todo el mundo nos aconsejaba no tomarlo, hasta que se supo, y me lo garantiz el empresario, que el Antioqua slo remontara el Magdalena durante cuatro das, siendo transbordados sus pasajeros al Roberto Calixto, vapor microscpico y muy veloz, que nos permitira llegar a Honda en el trmino de todo viaje normal, esto es, ocho o nueve das. Con estas seguridades, reforzadas por la orden que llevaba el Victoria de que as que llegase a Honda volviese en nuestra busca, y animado por la ventaja de ganar los cinco das que me habra sido necesario esperar para tomar el vapor del 30, resolv bravamente el embarco en el Antioqua. Jpiter quera perderme sin duda, y me enloqueci en ese momento. Dos pasajeros tan slo se animaron a seguirnos: un joven de Bogot y el profesor suizo que haca su estreno en Amrica de tan peregrina manera. Es necesario no olvidar que, cuando hablo de los vapores del Magdalena, me refiero a una clase de buques de que no se tiene idea en nuestro pas, donde los ros navegables son profundos. En primer lugar, no tienen quilla, y su fondo presenta el mismo aspecto que el de las canoas; luego, tienen tres pisos, abiertos a todos vientos y sostenidos en pilares. El primero forma la cubierta propiamente dicha y es donde estn todos los aparejos del buque: la mquina; las cocinas, la tripulacin y sobre todo, la lea. Arriba, viene el sitio destinado a los pasajeros, los camarotes, que nadie ocupa sino las seoras, quienes, para evitarse dormir al aire libre, al lado de los masculinos, se asan vivas en las cabinas; el comedor, etc. En el techo de esta seccin, la cmara del capitn, con vista a todas direcciones, y arriba, all en la cspide, como un _mangrullo_ de nuestra frontera, como un nido en la copa de un lamo, la casucha del timonel, donde el prctico, fijos los ojos en las aguas, para adivinar el fondo de sus arrugas, dirige el barco y tiene en sus manos la suerte de los que van dentro. Toda esta mquina se mueve por medio de un propulsor que sale de los sistemas conocidas de la hlice y de las ruedas laterales; las ruedas van atrs del buque, girando sobre un eje fijo a un metro de la popa: as, el barco concluye, en su parte posterior, en una pared lisa, perpendicular a las aguas, donde stas se estrellan ruidosas, cuando las potentes paletas las agitan. El Antioqua, adems de los inconvenientes que antes mencion, tiene el de llevar sus ruedas a los costados; stas, adems de producir un fragor que hara creer se va navegando en una catarata movible, impiden, por las oscilaciones que imprimen al buque en los pasajes difciles, que ste se sobe en los regaderos, esto es, que se deslice sobre las arenas. Adems, la mitad de la enorme caldera llega a la cubierta de pasajeros y el comedor est situado precisamente arriba de las hornallas. Agrguese que el vapor es de carga, que no hay bao a bordo, que el servicio es detestable, y se tendr una idea del simptico esquife que se deslizaba por el cao de Barranquilla en busca del ancho Magdalena. Debo decir, en honor de mi proftico corazn, como dira Hamlet, que la primera impresin me hizo entrever el negro porvenir. Pero la suerte estaba echada y la voluntad, serena y persistente, velaba para impedir todo desfallecimiento. Apenas salimos del cao y entramos en el brazo principal del ro, ancho, correntoso, soberbio, nos amarramos a la orilla, para esperar las ltimas rdenes de la agencia. Fue all, durante aquellas seis o siete horas, cuando comprend la necesidad de echar llave a mi estmago, y olvidar mis gustos gastronmicos hasta nueva orden. La comida que se sirve en esos vapores es muy mala para un colombiano, pero para un extranjero es realmente insoportable. En primer lugar, se sirve todo a un tiempo incluso, la sopa, esto es, un plato de carne, generalmente salada, y cuando es fresca, dura como la piel de un hipoptamo; una fuente de lentejas o frjoles, y pltanos, cocidos, asados, fritos, en rebanadas... vase el Hotel Neptuno. Cuando todo se ha enfriado, la campana llama a la mesa, y entonces empieza la lucha ms terrible por la existencia de las que ofrece el vasto cuadro de la creacin animal. De un lado, la necesidad imperiosa, brutal, de comer; del otro, el estmago que se resiste, implora, se debate, auxiliado por el reflejo de la caldera que eleva la temperatura hasta el punto de asar una ave que se atreviese a cruzar esa atmsfera. Los sirvientes parecen salidos de las aguas y no enjugados; las ruedas, que estn contiguas, hacen un ruido infernal, que impide or una palabra, la sed devoradora slo puede aplacarse con el agua tibia o el vino ms caliente an... Imposible! Se abandona la empresa, y cuando la debilidad empieza a producir calambres en el estmago, se acude al brandy, que engaa por el momento, pero al que se vuelve a apelar as que ese momento ha pasado. All tambin empec a estudiar la curiosa organizacin de los bogas del Magdalena, que sirven de marineros en los vapores, contratados especialmente para cada viaje. La mayor parte son negros o mulatos, pero los hay tambin catires (blancos) cuya tez cobriza, sombrada por la fuerza de aquel sol, es ms oscura que la de nuestros gauchos. As que se embarcan, son divididos en dos secciones, samarios y cartageneros, esto es, de Santa Marta y de Cartagena, no respondiendo al punto originario de cada uno, sino por las mismas razones que en los buques de ultramar, en obsequio del servicio interior, hacen separar a la tripulacin en la banda de babor y en la de estribor. La resistencia de aquellos hombres para los trabajos agobiadores que se les imponen, especialmente bajo ese clima, su frugalidad increble, la manera cmo duermen, desnudos, tirados sobre la cubierta, insensibles a los millares de mosquitos que los cubren; su alegra constante, su espontaneidad para el trabajo, me causaba una admiracin a cada instante creciente. La ms dura de sus tareas es el embarque de la lea. Ningn vapor del Magdalena navega a carbn; los bosques inmensos de sus orillas dan abundante combustible desde hace treinta aos, y la mina est lejos de agotarse. La lea se coloca en las orillas desiertas, el buque se acerca, amarra a la costa y toma el nmero de burros que necesita. El burro es la unidad de medida y consiste en una columna de astillas, a la altura de un hombre, que contiene, poco ms o menos, setenta trozos de madera de 0.75 centmetros de largo. Me llam la atencin que cada burro costase un peso fuerte, pero me expliqu ese precio exorbitante donde la lea no vale nada, por la escasez de brazos. Aquellas tierras esplndidas, que hacen brotar a raudales de su seno cuanto la fantasa humana ha soado en los cuadros ideales de los trpicos, podran ser llamadas, en anttesis a la frase de Alfieri, el suelo donde el hombre nace ms dbil y escaso. Todo a lo largo del ro no se encuentra sino pequeas y miserables poblaciones, donde las gentes viren en chozas abiertas, sin ms recurso que un rbol de pltanos que los alimenta, una totuma, cuyas frutas, especie de calabazas, les suministran todos los utensilios necesarios para la vida, y uno o dos cocoteros. Los nios, desnudos, tienen el vientre prominente, por la costumbre de comer tierra. El pescado es raro, el bao desconocido, por los feroces caimanes; la vida, en una palabra, imposible de comprender para un europeo. Los pocos blancos que he observado en la costa, tienen un color lvido, terroso y parecen espectros ambulantes. Las fiebres los han consumido. Los pueblos que hay sobre el ro, aun los ms importantes: Mompox, famoso en la vida colonial, como en las luchas de la independencia; Magang, cuyas clebres ferias extienden su fama a lo lejos, estn estacionarios eternamente, mientras el ro carcome la tierra sobre que se apoyan. Qu vale esa feracidad maravillosa, si el clima no permite el desenvolvimiento de la raza humana que debe explotarla? Mientras mis ojos miran con asombro el cuadro deslumbrante de aquel suelo, el espritu observa tristemente que esa grandeza no es ms que una mortaja tropical. As, Colombia se refugia en las alturas, lejos, muy lejos del mar y de la Europa, tras los riscos escarpados que dificultan el acceso y trata de hacer all su centro de civilizacin. La poesa la ha baado con su luz, en el momento de la ltima formacin geolgica del mundo, mientras las tierras que baa el Plata parecen haber surgido bajo el golpe del caduceo de mercurio. All, las llanuras, la templanza del clima, la proximidad al mar, el contacto casi inmediato con los centros de civilizacin; aqu, la muerte en las costas, el aislamiento en las alturas. Bendigamos el azar que tan benfico nos fue en el reparto americano, que nos dio las regiones clidas donde el sol dora el caf y empapa las fibras de la caa, los campos donde el trigo brota robusto y abundante. Las faldas andinas que la vid trepa juguetona y vigorosa, los cerros que tienen venas de oro y carne de mrmol, y por fin, las pampas fecundas que se extienden hasta el ltimo punto al sur del mundo que el hombre habita. Bendigamos esa fortuna, pero que el orgullo de nuestro progreso no nos impida mirar con respeto profundo los esfuerzos generosos que hacen nuestros hermanos del Norte por alcanzarlo, venciendo a la naturaleza, esplndida y terrible como una virgen salvaje. CAPITULO VIII Cuadros de viaje. Una hiptesis filolgica!--La vida del boga y sus peligros.--Principio del viaje.--Consejos e instrucciones.--Los vapores.--Las chozas.--Aspecto de la naturaleza.--Las tardes del Magdalena.--Calma soberana.--Los mosquitos.--La confeccin del lecho.--Bao ruso.--El sondaje.--Das horribles.--Los compaeros de a bordo.--Un vapor!--Decepcin.--Agona lenta.--Por fin!--El Montoya.--Los caimanes.--Sus costumbres.--La plaga del Magdalena.--Combates.--Madres sensibles.--Guerra al caimn. Me inclino a creer que el nombre de burro dado a la unidad de medida de la lea, responda al principio a la cantidad de la misma que uno de esos simpticos animales poda cargar. En cuanto a hoy, no hay burro que pudiera moverse bajo uno de sus homnimos. Un vapor cualquiera en el Magdalena gasta de cuarenta a cincuenta burros de lea diarios; el Antioqua consume el doble, pero en cambio anda la mitad menos que los dems. Es, pues, muy dura la vida de los marineros a bordo del insaciable vapor, que cada dos horas se arrima a la orilla, se amarra fuertemente para poder resistir a la corriente que lo arrastra y empieza a absorber lea con una voracidad increble. Cuando la operacin se practica en las deliciosas horas de la maana, los pobres bogas saltan de contento; pero, repetida durante el da con frecuencia, en aquella atmsfera candescente, bajo un sol de que en nuestras regiones es difcil formar idea, constituye un martirio real. Una larga plancha une al buque con la orilla, a guisa de puente. Los marineros, desnudos de medio cuerpo, con una bolsa sujeta en la cabeza, cayndoles sobre la espalda como un inmenso capuchn, bajan a tierra, reciben en el espacio comprendido entre el cuello, el hombro y el brazo izquierdo, una cantidad increble de astillas, las sujetan con una cuerda amarrada en la mueca de la mano libre, y cediendo bajo el peso, trepan laboriosamente al vapor y arrojan su carga junto a las hornallas. Los que alimentan a stas se llaman candeleros, por una curiosa analoga. A veces el ro ha crecido y los depsitos de lea se encuentran bajo las aguas, teniendo los bogas que trabajar con la mitad del cuerpo sumergido. Rara es la ocasin, cuando trabajan en seco, que no se interrumpan para matar las vboras sumamente venenosas que se ocultan entre la lea. Pero, cuando sta se encuentra bajo el agua, no tienen defensa, estando adems expuestos a las picaduras de las rayas... Por fin, despachados, nos pusimos en movimiento. Empezaba el duro viaje bajo una sensacin compleja que mantena mi espritu en esa inquietud nerviosa que precede a un examen en la adolescencia, a un duelo en la juventud, a un momento largamente esperado, en todas las edades. En primer lugar, una curiosidad vivaz y ardiente; luego, la idea de que cada hora de marcha me alejaba tres de la patria; y arriba de los estremecimientos del cuerpo por los martirios fsicos que entrevea, graves preocupaciones que respondan a mi posicin oficial, que no tienen nada que ver con estas pginas ntimas. As que supieron nuestra posicin y destino, algunos pasajeros que iban a puntos prximos me dejaron ver una franca y sincera conmiseracin. Uno de ellos, caballero colombiano, perfectamente culto y corts, como todos los que he encontrado en mi camino, me pregunt, inquieto, si yo tena noticia de lo que era la navegacin del Magdalena, y como, en caso afirmativo, haba cometido la chambonada de embarcarme en el Antioqua. Porque ha de saber usted--prosigui--que cada uno de los vapores que recorren el ro, desde Barranquilla a Honda, tiene su reputacin particular, sus condiciones propias, perfectamente conocidas de todo el mundo. As, yo no me embarcara en el Antioqua ni en el Mosquera por nada del mundo, si tuviera que hacer un viaje largo. Para eso tenemos el Victoria, el Montoya, el Ins Clarke, el Stephenson Clarke, cuyo silbato le ha merecido el popular apoyo de Qui-qui-ri-qu, el Roberto Calixto, etc. Esos pasan siempre, aun sobre los regaderos ms temibles, a causa de su poco calado; y en los chorros, con un simple cable estn del otro lado. En cuanto al transbordo que les han prometido, le confieso que no tengo esperanzas, porque aqu los directores proponen y el ro dispone. Ya est usted embarcado y no hay remedio: preprese a pasar das muy duros, no tome agua pura, no coma frutas, no abuse del brandy y trate de tener el espritu sereno. Las ltimas recomendaciones, especialmente aquella que deba apartarme del brandy, mi nico alimento, y la que me impona la serenidad intelectual, eran tan difciles de cumplir como fciles de hacer. Me prepar lo mejor que pude a afrontar el porvenir y puse en juego todos los resortes de mi energa. No me fatigar recordando, uno a uno, los puntos donde el vapor se detuvo durante los tres primeros das, fuese para tomar la eterna lea, fuese para pasar all la noche. He dicho ya, y lo repito, que las orillas del Magdalena presentan un aspecto esencialmente primitivo; los pequeos caseros que se encuentran, no dan la ms ligera idea de la vida civilizada. En chozas abiertas a todos los vientos, viven hacinados, padres, hijos, mujeres, hombres y animales muchas veces. Los nios, corriendo por las mrgenes, completamente desnudos, tienen un aspecto salvaje. No hay all recursos de ninguna clase; muchas veces he bajado, y viendo huevos frescos, he querido adquirirlos a cualquier precio. Con una calma desesperante, con apata increble, contestan: No son para vender, y es necesario renunciar a toda resistencia, porque el dinero no tiene atractivo para esa gente sin necesidades. La naturaleza cambia lentamente, a medida que avanzamos: al principio, el ro, ancho y majestuoso, corre entre orillas de un verde intenso, pero la vegetacin, si bien tupida y exuberante, no alcanza las proporciones con que empieza a presentarse a nuestros ojos. A la izquierda, vemos el cuadro inimitable de la Sierra Nevada, que, cruzando el Estado de Magdalena, va a extinguirse cerca del mar. Sus picos, de un blanco intenso e inmaculado, se envuelven al caer la tarde en una nube rosada de indecible pureza. A occidente, el espacio, libre de montaas, nos deja ver las puestas de sol ms maravillosas que he contemplado en mi vida. Imposible describir ese grupo de nubes incandescentes y atormentadas, con sus franjas luminosas como una hoguera, su fondo de un dorado plido, inmviles sobre el horizonte, disolviendo su forma y su color con una lentitud que hace soar. Todos los tonos del iris se producen all, desde el violeta profundo, que arroja su nota con vigor sobre el amarillo transparente, hasta el blanco que hiere la pupila interrumpiendo la serenidad del azul intenso de los cielos. Nunca, lo repito, me fue dado contemplar cuadro tan soberanamente bello, ni aun en el Ocano, cuando se sigue al sol en su descenso, formando uno de los vrtices de aquel tringulo glorioso de Chateaubriand, ni aun entre las gargantas de los Andes, sobre las que cae la noche con asombrosa rapidez y que quedan envueltas en la sombra, mientras las cumbres vecinas brillan bajo los rayos del sol, lejos aun de dar su adis a nuestro hemisferio. Qu calma admirable la que sucede a ese instante solemne! La naturaleza parece recogerse para entrar en la regin serena del sueo. El ro sigue corriendo silenciosamente; en los bosques impenetrables de la orilla, donde el buque acaba de detenerse, no se oyen sino los apagados silbidos metdicos del turpial que llama a su compaero; hasta las enormes y vistosas guacamayas, con su plumaje irisado, llegan en silencio y buscan entre las ramas el nido que pende de la copa de un inmenso caracol, mecido por las lianas que lo sujetan. De tiempo en tiempo, el rumor de un eco en el interior de la selva, y luego de nuevo la paz callada extendiendo su imperio sobre todo lo creado... La suave y deliciosa quietud dura poco; un ejrcito invisible avanza en silencio, y un instante despus se sienten picaduras intensas en las manos, la cara, en el cuerpo mismo al travs de las ropas. Son los terribles mosquitos del Magdalena que hacen su temida aparicin. No corre un hlito de aire, y es necesario buscar un refugio, a riesgo de sofocarse, contra aquellos animales, que en media hora ms os postraran bajo la fiebre. He ah uno de los momentos de mayor sufrimiento. Se tiende el catre en cubierta, y sobre l, un espeso mosquitero, cuyos bordes se sujetan sobre la estera que sirve de colchn. En seguida, con precauciones infinitas, se desliza uno dentro de aquel horno, teniendo cuidado de ser el nico habitante de la regin comprendida entre el petate y el ligero lienzo protector. Luego, se enciende una panetela de puro Ambalema, cigarro de una forma anloga a los de pajita y hecho del exquisito tabaco que se encuentra en el punto indicado, y que, en la categora jerrquica viene inmediatamente despus del de la Habana. All empieza un indescriptible bao ruso; el calor sofocante, pesado, mortal, aleja el sueo e impide a la imaginacin esos viajes maravillosos que suelen compensar el insomnio y a los que excita all la bella y serena majestad de la noche. A la maana siguiente, apenas apunta el alba, de nuevo en camino. A la hora de marcha, se oye la campana del prctico, la mquina se detiene y los contramaestres a proa comienzan a sondar. El Antioqua necesita para pasar cinco pies y medio por lo menos. Nos precipitamos todos ansiosos a proa y tendemos vidamente el odo a los gritos de los sondeadores: No hay fondo! Nueve pies! Ocho escasos! Seis largos! Las fisonomas empiezan a oscurecerse. Seis fallos! Malo, malo! Cinco pies y medio! El buque empieza a sobarse, esto es, a deslizarse lentamente sobre la arena y de pronto se detiene. Para atrs! Desandamos lo andado, hacemos una, dos, tres nuevas tentativas: intil! El ro se ha regado de una manera extraordinaria y el canal debe haber variado de direccin con el movimiento de las arenas. De nuevo a la costa y a amarrar. El prctico toma una canoa y se lanza a buscar pacientemente el paso por medio de sondajes. Qu das horribles aquellos en que, arrimados a la orilla, con el sol tropical cayendo a plomo, sin el ms leve movimiento del aire y bajo una temperatura que a la sombra alcanzaba a 38 y 39 grados centigrados, vagbamos desesperados, sin un sitio donde ampararnos, tostados por la irradiacin de la caldera, transpirando a raudales, con el rostro candescente, los ojos saltados, la sangre agitada... y sin ms recurso que un vaso de agua tibia con panela[9] o brandy! Nunca se me borrar el recuerdo de aquellas horas que no crea pudiera soportar el cuerpo humano... Los das se sucedan en esa agradable existencia, sin que el pequeo vapor que deba transbordarnos y arrancarnos a aquel infierno, dejase ver sus humos en el horizonte. Habamos avanzado algo, gracias a la habilidad del prctico que logr encontrar un pequeo paso, pero fue para detenernos un poco ms arriba de Barranca Bermejo, donde definitivamente nos amarramos con cadenas a los troncos enormes de la orilla, se apagaron los fuegos y quedamos a la gracia de Dios. As estuvimos tres das. Los pocos pasajeros a quienes tan ruda jornada haba tocado, ramos, como creo haberlo dicho ya, el profesor suizo, un joven de Bogot, Garca Mrou y yo. Adems, vena una rarsima mujer, colombiana, de buena familia, pero que en Francia habra pasado por tener una coleccin de araas _au plafond_. No sala para nada de su camarote, y a veces entreveamos su cara, horrible y roja por el calor, asomarse a la puerta, respirar un momento y volver al antro. Volv a encontrarla ms tarde a poca distancia de Honda; haba emprendido a pie el camino de Bogot, y me cost un triunfo el hacerle aceptar lo necesario para procurarse una mula. --Un vapor, un vapor!--grit azorado un muchacho, sealando, detrs de un recodo del ro, una dbil columna de humo que se dibujaba en el azul transparente del cielo. Fue una revolucin a bordo; en vano procur detener al suizo, explicndole que, aun cuando el buque anunciado fuera el que con tanta ansia esperbamos, tendramos un da y medio o dos que pasar en aquel punto, mientras se haca el transbordo de las mercaderas. En vano! El suizo se haba precipitado a su camarote y haca sus maletas con una velocidad increble... El vapor apareci; pero como todos tienen un corte igual, es necesario esperar a or el silbato para distinguirlos. Sera el Victoria? Sera el Calixto? En ambos casos estbamos salvados. Algo como la tos prolongada de un gigante resfriado, algo como debe ser el quejido de una foca a la que arrebatan sus chicuelos, lleg a nuestros odos, y todos los muchachos del servicio de a bordo gritaron en coro: El Montoya! Es necesario saber que, siendo el Montoya de la misma compaa y teniendo nosotros la bandera a media asta en popa, lo que era pedirle se detuviera, ranos lcito regocijarnos en la esperanza del transbordo. En un instante el Montoya, deslizndose sobre las aguas a favor de la corriente, con una velocidad de 15 16 millas por hora, lleg a nuestro lado, y mantenindose sobre la mquina, entabl correspondencia. Transbordo imposible. Cargado hasta el tope de bultos de quina. Victoria viene atrs. Y de nuevo en marcha, perdindose en el primer recodo del ro, hacindome or, como una carcajada su antiptico silbido. Nos miramos a las caras: nunca he visto la desesperacin ms profundamente marcada en rostros humanos... A qu insistir en la agona de aquellos das como no he pasado, como no volver a pasar jams semejantes en la vida? Haca dos semanas que estbamos en el Antioqua, con la mirada invariable al Norte, esperando, esperando siempre, cuando la misma tos de gigante resfriado, el mismo quejido de foca desolada, se hizo or al Sur. Era el Montoya, que haba tenido tiempo de llegar hasta cerca de Barranquilla, dejar su carga en un puerto y tomar los pasajeros del Confianza que, temeroso de la suerte del Antioqua, no se atreva a remontar el ro. Esta vez respiramos libremente; y una hora despus estbamos en la cubierta del Montoya, en cuyo centro una gran mesa, cargada de rifles, escopetas, remingtons, anteojos y rodeada de cmodas sillas, nos produjo la sensacin de encontrarnos en el seno del ms refinado sibaritismo. Los grandes sufrimientos del viaje haban pasado. El Montoya era un vapor chico, pero limpio, ms fresco que el Antioqua, y aunque el inmenso nmero de pasajeros que venan en l nos impidi tener camarotes, esto es, un sitio donde lavarnos y mudarnos, era tal la satisfaccin de poder continuar el viaje, que no nos hizo mayor extorsin la toilette obligada al aire libre y un poco en comn. Haba una coleccin completa de pasajeros, gente agradable en su mayor parte. Senadores y diputados que iban a Bogot a la apertura del Congreso; jvenes ingenieros americanos, a los trabajos de los ferrocarriles de la Antioqua, uno de los cuales, hombre robusto, sin embargo, vena doblado por la fiebre paldica contrada en el viaje; negociantes franceses e ingleses; _touristes_ de vuelta y por fin, la familia entera del ministro ingls, compuesta de su seora, tres nios, dos jvenes _maids_ inglesas, _chef_, _maitre d'htel_, qu se yo! La armona, las buenas amistades, se entablaron pronto, y slo entonces empec realmente a gozar de las bellezas indescriptibles de aquella naturaleza estupenda. Pasbamos el da guerreando a muerte con los caimanes. No he hablado an de esos huspedes caractersticos del Magdalena, porque, durante mi inolvidable permanencia en el Antioqua, creo no haberles dispensado una mirada. Es el alligator, el cocodrilo del Nilo y de algunos ros de la India, el yacar de los nuestros, pero de dimensiones colosales. Parecame una exageracin la longitud de cinco a seis metros que asigna a algunos un viajero francs, M. Andr; pero, despus de haber observado millares de caimanes, puedo asegurar que, en realidad, hay no pocos que alcanzan ese enorme tamao. He visto a algunos cruzar lentamente las aguas del ro; vienen precedidos de una nube constante de pescados saltando, fuera del agua como en el mar, a la aproximacin de un tiburn o de una tintorera. Pero en general slo se les ve en las playas arenosas que deja el ro en descubierto cuando desciende. Estn tendidos en gran nmero: he contado hasta sesenta en un pedazo de playa que no tendra ms de unos cien metros cuadrados. Inmviles como si se hubieran desprendido de la cornisa de un templo egipcio, mantienen la boca abierta, cuan grande es, hacia arriba. En esa posicin, la boca forma un ngulo cuyos lados no tienen menos de medio metro. Los he visto permanecer as durante horas enteras; el olor nauseabundo de su aliento atrae a los mosquitos que se aglomeran por millones sobre la lengua; cuando una _fourne_ est completa, el caimn cierra las fauces con rapidez, absorbe los inocentes visitantes, y de nuevo presenta al espacio el temible e inmundo ngulo. El caimn es la plaga del Magdalena; cuando algn desgraciado boga, bandose o cayendo de su canoa, ha permitido a uno de sus monstruos probar el perfume de la carne humana, la comarca entera tiembla ante el caimn cebado; anfibio como es, salta a la playa, se desliza por las arenas con las que confunde su piel escamosa y pasa horas enteras acechando a un nio o a una mujer. Cuntas historias terribles me contaban en el Magdalena de las luchas feroces contra el caimn, del valor salvaje de los bogas que, semejantes a nuestros indios correntinos, se arrojan al ro con un pual y cuerpo a cuerpo lo vencen! A su vez, el caimn suele ser sorprendido en sus siestas de la playa por los tigres y pumas de los bosques vecinos. Entonces se traba una lucha admirable, como aquellas que los romanos, los hombres que han gozado ms sobre la tierra, contemplaban en sus circos. El caimn es generalmente vencedor, pues su piel paquidrmica lo hace invulnerable a la garra y al diente agresor. Pero lo que un tigre no puede, lo consigue una vaca o un novillo; cuando stos atraviesan a nado el ro, pasando, en el bajo Magdalena, del Estado de Bolvar al que lleva el nombre del ro y que ocupa la margen derecha, o viceversa, si el caimn los ataca, levantan un poco la parte anterior del cuerpo y hacen llover sobre el agresor una lluvia de puetazos con sus crneas pezuas, que lo detiene, lo atonta y acaba por ponerlo en fuga... Se ha hecho el clculo que, si todos los huevos de bacalao que anualmente ponen las hembras de esos antipticos animales, se consiguieran, la seccin entera del Atlntico comprendida entre la Amrica del Norte y la Europa, se convertira en una masa slida. Otro tanto podra suceder en el Magdalena con los caimanes. El caimn es ovparo; la hembra pone una inmensa cantidad de huevos, grandes y duros como piedra, que entierra entre la arena. Llegada la poca conveniente, la sensible madre se coloca con la enorme boca abierta al lado del sitio que empieza a escarbar; los pequeuelos, que ya han abandonado la cscara, saltan a medida que se despeja la arena que los cubra. Unos dan el brinco directamente al ro; otros, perjeos ignorantes de las costumbres de su raza, saltan del lado de la enorme boca maternal que los recibe y engulle en un segundo. Se calcula que la caimana se come la mitad de sus hijos. Luego, la piedad maternal la invade, y semejante a la Niobe antigua, deja correr dos lgrimas por sus hijos tan prematuramente muertos. Una vez en el agua, reune la prole salvada y no hay madre ms cariosa![10]. Qu odio por el caimn! Con qu alegra los bogas marineros, descubriendo con su mirada avezada una turba de cocodrilos sobre un arenal lejano, nos daban el grito de alerta! Cada uno toma su fusil, elige su blanco y a un tiempo se hace fuego. Las armas que se emplean son carabinas Rmington, Spncer, Winchester, etc. Nada resiste a la bala; el caimn herido, abre la boca ms grande aun, si es posible, que cuando se ocupa en cazar mosquitos, levanta la cabeza, la sacude frentico, y se arrastra, muchas veces moribundo y cubierto de heridas--pues la lentitud de sus movimientos permite hacerle fuego repetidas veces--para ir a morir en el seno de las aguas o en su cueva misteriosa. CAPITULO IX Cuadros de un viaje (continuacin). Angostura.--La naturaleza salvaje y esplndida.--Los bosques vrgenes.--Aves y micos.--Nare.--Aspectos.--Los chorros.--El "Guarin".--Cmo se pasa un chorro.--El capitn Maal.--Su teora.--El "Mesuno".--La cosa apura.--Cabo a tierra.--Pasamos.--Bodegas de Bogot.--La cuestin mulas.--Recepcin afectuosa.--Dificultades con que lucha Colombia.--La aventura de M. Andr. Qu espectculo admirable! Entramos en la seccin del ro llamada Angostura. El enorme caudal de agua, esparcido antes en extensos regaderos, corre silencioso y rpido entre las dos orillas que se han aproximado como aspirando a que las flotantes cabelleras de los rboles que las adornan confundan sus perfumes. Jams aquel espejo de plata, corriendo entre marcos de esmeralda del poeta, tuvo ms esplndido reflejo grfico. Se olvidan las fatigas del viaje, se olvidan los caimanes y se cae absorto en la contemplacin de aquella escena maravillosa que el alma absorbe, mientras el cuerpo goza con delicia de la temperatura que por momentos se va haciendo menos intensa. Sobre las orillas, casi a flor de agua, se levanta una vegetacin gigantesca. Para formarse una idea de aquel tejido vigoroso de troncos, parsitos, lianas, enredaderas, todo ese mundo annimo que brota del suelo de los trpicos con la misma profusin que los pensamientos e ideas confusas en un cerebro bajo la accin del opio, es necesario traer a la memoria, no ya los bosques seculares del Paraguay o del Norte de la Argentina, no ya la India misma con sus eternas galas, sino aquellas riberas estupendas del Amazonas, que los compaeros de Orellana miraban estupefactos como el reflejo de otro mundo desconocido a los sentidos humanos. Qu hay adentro? Qu vida misteriosa y activa se desenvuelve tras esa cortina de cedros seculares, de caracoles, de palmeras enhiestas y perezosas, inclinndose para dar lugar a que las guaduas gigantescas levanten sus flexibles tallos, entretejidos por delgados bejuquillos cubiertos de flores? Qu velo nupcial para los amores secretos de la selva! Sobre el oscuro tejido se yergue de pronto la gallarda melena del cocotero, con sus frutos apiados en la cumbre, buscando al padre sol para dorarse: el mango presenta su follaje redondo y amplio, dando sombra al mamey, que crece a su lado; por todas partes cactus multiformes; la atrevida liana que se aferra al coloso jugueteando, las mil fibrillas audaces que unen en un lazo de amor a los hijos todos del bosque, el mbar amarillo, la pequea palma que da la tagua, ese maravilloso marfil vegetal, tan blanco, unido y grave, como la enorme defensa del rey de las selvas indias! He ah por fin los bosques vrgenes de la Amrica, cuyo perfume viene desde la poca de la conquista embalsamando las estrofas de los poetas y exaltando la soadora fantasa de los hijos del Norte! Helos ah en todo su esplendor! En su seno, los zainos, los tapiros, los papuares, hacen or de tiempo en tiempo sus gritos de guerra o sus quejidos de amor. Junto a la orilla, bandadas de micos saltan de rbol en rbol, y suspendidos de la cola, en posturas imposibles, miran con sus pequeos ojos candescentes, el vapor que vence la corriente con fatiga. Los aires estn poblados de mosaicos animados. Son los pericos, los papagayos, las guacamayas, la torcaz, el turpial, las aves enormes y pintadas cuyo nombre cambia de legua en legua, bulliciosas todas, alegres, tranquilas, en la seguridad de su invulnerable independencia. La impresin ante el cuadro no tiene aquella intensidad soberana de la que nace bajo el espectculo de la montaa; el clima, las aguas, la verdura constante, el muelle columpiar de los rboles dan un desfallecimiento voluptuoso, lnguido y secreto, como el que se siente en las fantasas de las noches de verano, cuando todos los sensualismos de la tierra vienen a acariciarnos los prpados entreabiertos... Henos en la pequea poblacin de Nare, punto final de los compaeros de viaje que se dirigen hacia Medelln, la capital del Estado de Antioqua. All nos despedimos al caer la tarde, despus de haberlos depositado en un sitio llamado Bodegas, para llegar al cual hemos tenido que remontar por algunas cuadras el pintoresco ro Nare, afluente del Magdalena. Nos saludan haciendo descargas al aire con sus revlvers, y luego trepan la cuesta silenciosos, pensando sin duda en los ocho das de mula que les faltan para llegar a su destino. El aspecto de la naturaleza cambia visiblemente, revelando que nos acercamos a la regin de las montaas. La roca eruptiva presenta sus lineamientos rojizos o grises en los cortes de la orilla, y la vegetacin se hace ms tosca. Las riberas se alzan poco a poco, y pronto, navegando en lechos profundamente encajonados, nos damos cuenta, por la extraordinaria velocidad de la corriente, de que las aguas corren hacia el mar sobre un plano inclinado. Estamos en la regin de los chorros, o rpidos. Para explicarse las dificultades de la escensin, basta recordar que la ciudad de Honda, de la que estamos a pocas horas, situada en la orilla izquierda del Magdalena, est a 210 metros sobre el nivel del mar. Tal es la inclinacin del lecho del ro, inclinacin que no es regular y constante, pues en el punto en que nos encontramos, el descenso de las aguas es tan violento que su curso alcanza a veces a diez y seis y diez y ocho millas por hora. He aqu el chorro de Guarin, el ms temido de todos por su impetuosidad. Se hacen los preparativos a bordo, y el capitn Maal, nuestro simptico jefe, redobla su actividad, si es posible. Es un viejo marino, natural de Curaao; tiene en el cuerpo 30 aos de navegacin del Magdalena. Est en todas partes, siempre de un humor encantador; habla con las damas, tiene una palabra agradable para todo el mundo, echa pie a tierra para activar el embarque de la lea, est al alba al lado del observatorio del prctico, anima a todo el mundo, confa en su estrella feliz y se re un poco de los chorros y dems espantajos de las noveles. Guarin! Guarin! Nos precipitamos todos a la proa, temiendo que las aguas se rompiesen con estruendo en el filo del buque, como hemos notado en puntos donde la corriente era menor. Nos chasqueamos; no hay fenmeno exterior, a no ser la lentitud de la marcha, que revele encontrarnos en el seno de aquel torbellino. --Bah! cuestin de treinta o cuarenta libras ms de vapor!--dice el capitn. Me voy a la mquina; las calderas empiezan a rugir y las vlvulas de seguridad dejan ya escapar, silbando, un hilo de vapor poco tranquilizador. --Estamos an en el terreno legal?--pregunto al joven maquinista, que no quita sus ojos del medidor. --Tenemos an cincuenta libras para hacer calaveradas, seor; pero no quisiera emplearlas. El capitn Maal tiene horror a echar cabo a tierra, y pretende a toda fuerza pasar slo con el auxilio de la mquina. Y as diciendo, tocaba desesperadamente una campana aguda pidiendo lea, ms lea, en las hornallas. Los candeleros (fogoneros) se haban duplicado y aquello era un infierno de calor. Sub a cubierta; tomando como mira un punto cualquiera de la costa y otro del buque, distinguamos que ste avanzaba con la misma lentitud que el minutero sobre el cuadrante de un reloj; pero avanzaba, lo que era la cuestin. Desde la altura, el capitn Maal peda vapor, ms vapor. Mir a mi alrededor; muchos pasajeros haban empalidecido y observaban silenciosos, pero con la mirada un tanto extraviada, los extremecimientos del barco, bajo el jadeante batir de la rueda... De pronto, un hondo suspiro de satisfaccin sali de todos los pechos: habamos vencido, en media hora de esfuerzos, al temido chorro y avanzbamos francamente. Sub a donde se encontraba el capitn y lo felicit. --Tiene razn, capitn; es una ignominia silgar al Montoya desde la orilla, como si fuera un champan cargado de harina o de taguas. El vapor se ha inventado para vencer dificultades, y el elemento de un buque es el agua y no la tierra. --Usted me comprende; adems, el cabo, a mi juicio, es de un auxilio dudoso. Pero mi maquinista es muy prudente. No crea usted que hemos salvado todas las dificultades. Cuando el Guarin est tan manso, tengo miedo del Mesuno. Pero con unas libras ms de vapor!... --Y no hay peligro de volar!... --Quin piensa en eso, seor? Declaro que yo empezaba a pensar, porque me pareci que el buen capitn se haba forjado un ideal, respecto a la capacidad de resistencia de las calderas de su Montaya, muy superior a la garantizada por los ingenieros constructores. Pronto estuvimos en el Mesuno; los semblantes, que haban recobrado los rosados colores de la vida, volvieron a cubrirse de un tinte mortuorio. De nuevo el buque se estremeci, de nuevo se oy la estridente campana del maquinista pidiendo lea, y de nuevo Maal, desde la altura, exigi vapor, vapor, ms vapor. Intil esta vez. Nos dimos cuenta que, en vez de avanzar, retrocedamos, lo que importaba el ms serio de los peligros, pues, si la corriente consegua tomar el barco cruzado, lo estrellaba seguramente contra las peas de la orilla. --Dos hombres ms al timn! Vapor, vapor! Hice una rpida reflexin: Si esto vuela, participar de ese agradable fenmeno, sea estando sobre cubierta, sea al lado de la mquina. Adems, all la cosa ser ms rpida. Mir en torno; haba un miedo tan francamente repugnante en algunas caras, que resolv ceder a la curiosidad, y despus de haberme cerciorado de que, si bien no avanzbamos, no retrocedamos ya, descend a la regin infernal. Las hornallas estaban rojas y las calderas geman como Enclado bajo la tierra. El maquinista se resisti a dar ms presin, la rueda giraba con esfuerzos estupendos... Aquello se pona feo, muy feo, cuando o la voz de Maal que, con el acento desesperado de un oficial de Tristn rindiendo su espada en Salta, gritaba: Cabo! Sub al lado de Maal; haba tenido que ceder tristemente a la insinuacin de algunos pasajeros y a la prudencia del maquinista que no le daba la cantidad de vapor que l peda. Me indign con l, oh _vanitas_!, pero confieso que contempl con cierto contento ntimo el desembarco de diez o doce bogas que se lanzaron a tierra con un enorme calabrote (nuevecito, como me hizo notar Maal con indecible orgullo por no haberlo empleado antes), y treparon por las breas de la orilla como cabras, y por fin, a una cuadra de distancia, fueron a amarrarlo en el tronco de un soberbio caracol. Fue entonces cuando empez a funcionar un potente cabrestante movido a vapor (lo que hice notar a Maal para su consuelo), enroscando en su poderoso cilindro la enorme cuerda que tres hombres humedecan sin reposo, para que no se inflamase con el roce. Fuese la accin del cabo, lo que me inclin a creer, aunque participando ostensiblemente de la opinin contraria del capitn, fuese, como ste lo crea, que por los simples esfuerzos de la mquina hubisemos salido del atolladero, el hecho fue que el buque se puso en movimiento, y en breve, habiendo salvado todos los chorros secundarios, como el Perico, avistamos las dos o tres casas de un lugar situado en la margen derecha del ro, frente a Caracol, poco antes de Honda, llamado Bodegas de Bogot, punto final de nuestro viaje martimo. * * * * * Eran las 2 de la tarde del 8 de enero de 1882, y habamos empleado quince das desde Barranquilla, remontando el Magdalena. De la orilla del ro, donde el vapor se detuvo, se sube por una cuesta sumamente pendiente al punto llamado Bodegas, compuesto de dos o tres casas. No hay all recursos de ningn gnero, y bien triste momento pasa el desgraciado que no ha tomado sus precauciones de antemano. Por mi parte, no slo haba pedido mis mulas por carta desde Caracas, sino que, al llegar a Puerto Nacional, lugar sobre el Magdalena, de donde arranca el telgrafo para Bogot, puse un despacho recomendando la inmediata remisin de las bestias a Honda. Cuando descendimos a Bodegas y ped noticias de mis elementos de transporte, se me contest que probablemente estaran en los potreros de Ro Seco, pues a orillas del ro no haba punto donde hacerles pastar. Despach inmediatamente un propio, que dos horas ms tarde volvi dicindome que no haba mulas de ningn gnero para mi Excelencia. La cuestin se pona ardua, no porque me fuera imposible encontrarlas all, sino porque, como deca Molire, _qu'il y a fagots et fagots_, hay mulas y mulas. Las que yo esperaba, pedidas a un amigo, que despus supe fue engaado por un chaln que le asegur haberlas remitido, deban ser bestias escogidas, de buen paso, liberales y seguras, mientras que aquellas que podra conseguir en Honda, eran entidades desconocidas, y en estos casos la incgnita se resuelve generalmente de una manera deplorable. Pronto llegaron al vapor tres o cuatro caballeros de Honda, el seor Hallam, el Sr. Montero y varios otros, que se pusieron en el acto a nuestra disposicin con una fineza y buena voluntad que agradezco aqu pblicamente, animado de la esperanza de que estas lneas tengan la suerte feliz de caer bajo sus ojos. Por otra parte, digo aqu lo que tendr que repetir un centenar de veces: en tierra colombiana, todos los obstculos que la topografa de aquel pas ofrece al viajero, se me han hecho leves por la incansable amabilidad de cuantas personas he encontrado, desde la gente culta, hasta el indio miserable, que en medio del camino me ha proporcionado un caballo para reemplazar mi mula cansada, sin pretender explotarme y dejando a mi voluntad la remuneracin del servicio. Se sufre, s, se sufre mucho, pero es por las cosas y no por los hombres; Colombia ha nacido ayer y se forma valientemente luchando contra las dificultades infinitas de su naturaleza abrupta, caprichosa, rica, pero salvaje. En sus montaas, una milla de camino de herradura vale tanto como una milla de ferrocarril en nuestras pampas. No nos quejemos, pues, y adelante. Gracias a la obsequiosidad del Sr. Hallam, obtuve mulas, que me fueron prometidas para la maana del da siguiente. Todo ese da, pasado en angustiosa expectativa, bajo una temperatura de fuego, fue realmente insoportable. Los pasajeros, numerosos, como he dicho antes, se ocupaban en los preparativos de viaje, unos con sus mulas a la mano, otros tratndolas con los arrieros. Record entonces lo que cuenta M. Andr, en su interesante descripcin de este mismo viaje, publicado en _Le Tour du Monde_. Parece que fue explotado o crey serlo por aquel que le alquil las mulas, y al trazar sus recuerdos de viaje, lo anatematiz, lanzando su nombre a la execracin humana. Pero he aqu que el caballero tan duramente tratado, era un hombre de honor que aprovech su primer viaje a Europa para obtener de M. Andr, que no contaba seguramente con la huspeda, una explicacin completa, poco en consonancia con la altivez del insulto. Entretanto, el ministro ingls, con su numerosa familia y servidumbre, haca tambin sus preparativos para partir al da siguiente. Contaba hacer el viaje con lentitud; y como yo, por el contrario, tena la idea de volar por la montaa, resolvimos despedirnos en la maana. Las cosas deban pasar de otro modo. CAPITULO X La noche de Consuelo En camino.--El orden de la marcha.--Mim y Dizzy.--Los compaeros.--Little Georgy.--They are gone!--La noche cae.--Los peligros.--"Consuelo".--El dormitorio comn.--El cuadro.--Viena y Pars.--El grillo.--La alpargata.--El gallo de mi vecino.--La noche de consuelo.--La maana.--La naturaleza.--La temperatura.--El guarapo.--El valle de Guaduas.--El caf.--Los indios portadores.--El eterno piano.--El porquero.--Las indias viajeras.--La chicha. Pasaron las primeras horas de la maana y las segundas y las terceras, sin que las mulas apareciesen. Por fin, despus de momentos en que no brill la paciencia cristiana, vimos aparecer nuestras bestias, que, bien pronto ensilladas, nos permitieron emprender viaje. Partimos todos juntos. Rompan la marcha las dos hijitas del ministro ingls, Mim, de 6 aos y Dizzy de 5, dos de aquellas criaturas ideales que justifican el nombre de Nido de cisnes, que el poeta dio a la isla britnica. Nada ms delicioso que esas caritas blancas, puras, sonrosadas, con sus ojitos azules, profundos como el cielo y limpios como l, los cabellos rubios cayendo en ondas a los lados, la boca graciosa e inmaculada, mostrando los dientecitos sonrientes. Nada ms suave, nada ms dulce. Jams una queja, siempre alegres y obedientes abordo; cada vez que posaba mis labios sobre una de esas frentecitas delicadas, se me serenaba el alma al resplandor del recuerdo de mis nios queridos, que haban quedado en la patria, lejos, bien lejos de mi cuerpo, cerca, bien cerca de mi corazn... Mim y Dizzy, con sus grandes sombreros de paja y sus trajecitos de percal rosado, sentaditas en un silln armado en parihuela y conducido a hombros por cuatro indios, parecan dos ngeles en el fondo de un altar. Haban tomado la delantera al paso vigoroso de los portadores y muy pronto las perdimos de vista. Vena en seguida la seora del ministro, joven, elegante, y respirando an la atmsfera aristocrtica de los salones de Viena, ltima de las residencias diplomticas de su marido. Pocas mujeres he visto en mi vida ms valerosas y serenas; jams una queja, y en aquellos momentos que hacen perder la calma al hombre de temperamento ms tranquilo, una leve sonrisa siempre o una palabra de aliento. Recuerdo que en momento de llegar a Consuelo, en las circunstancias que dentro de poco dir, hablbamos de Viena y ella me contaba alguna de las ancdotas caractersticas de la princesa de Metternich... Luego segua la marcha el ministro ingls, plcido, tranquilo, culto y resignado, llevando a little Georgy en los brazos. Porque little Georgy se haba resistido con una tenacidad britnica, increble en sus dos aos de edad, a aceptar todos los medios nacionales de transporte que se le haba indicado, tales como los brazos de un indio a pie, una canasta sobre una mula, a la que hara contrapeso una piedra del otro costado, un catre llevado a hombros y sobre el cual lo acompaara su _bonne_, los brazos del _maitre d'htel_... nada, little Georgy quera ir con su padre, y con su padre fue casi todo el camino, sin que ste, bueno, bondadoso, tuviera una palabra agria contra el nio. Slo un momento little Georgy consinti en ir conmigo, seducido por mi poncho mendocino, que me fue necesario apenas llegamos a las alturas. Luego, el servicio; el _maitre d'htel_, ingls, tan rgido sobre su mula como cuando ms tarde murmuraba a m odo: Margaux, 1868, el _chef_ francs, riendo y dndose cada golpe que las piedras se estremecan de compasin, y por fin, las dos pobres muchachas inglesas, que jams haban montado a caballo y que miraban el porvenir con horror. Habramos andado una hora, charlando amigablemente, en medio de las dificultades de un camino espantoso, descendiendo casi a pico por gradas imposibles en la montaa, donde las mulas hacan prodigios de estabilidad, cuando comprend que a aquel paso, no slo no llegaramos a Consuelo, sino que jams a Bogot. Mis compaeros personales haban tomado la delantera ya; vea yo a mi colega con el cnsul ingls de Hoda, tranquilo sobre su suerte, me desped, piqu mi mula y emprend solo y rpidamente la marcha hacia adelante. Despus de media hora de camino, al doblar un recodo de la senda, veo el palanqun donde iban Mim y Dizzy, solo, abandonado en medio del camino, y a las dos dulcsimas criaturas dentro, sonriendo al verme y tomaditas de las manos. Ech pie a tierra, y abrazndolas, les pregunt por los conductores. _They are gone_! me dijeron simplemente. Mir alrededor y vi una especie de choza que tena aspecto de venta; los indios haban abandonado all a las nias para irse a tomar guarapo. Y el sol rajante caa sobre ellas y sus ojitos empezaban a tener la fosforescencia de la fiebre! At mi mula, saqu del horno a las pobres criaturas, las coloqu a la sombra de una roca saliente y tomando el ltigo por la sotera, me entr a la venta con la sana intencin de pegar una tunda a aquella canalla a la menor observacin... Pero en la humildad con que me contestaron, en los ojos llenos de asombro que clavaban en m, me di cuenta bien pronto de que no sospechaban ni remotamente la causa de mi enojo, parecindoles lo ms natural que los nios pasaran su vida entera bajo los rayos del sol. Evit discusiones, les hice salir, coloqu a mis angelitos en el palanqun, y ordenando la marcha, comprend que me sera ms fcil arrojarme a un despeadero a uno de los lados del camino, antes que dejar solitas a Mim y Dizzy. En el primer punto a propsito hice alto, y all esperamos la reunin de la caravana que tan atrs haba quedado. Entretanto, la noche comenzaba a venir, y juzgu que por mayores esfuerzos que hiciramos no nos sera materialmente posible llegar a Guaduas, como era el programa. Lo comuniqu as apenas llegaron los amigos, de quienes se haba separado ya el cnsul ingls, y de comn acuerdo resolvimos seguir adelante hasta donde fuera posible. Bien pronto las sombras cayeron por completo, el camino se nos hizo invisible y las subidas y bajadas, abruptas, rgidas, capaces de dar vrtigo, ms frecuentes. Las mulas marchaban lenta, lentamente, fijando el pie con profunda prudencia, pero destrozndonos a veces las rodillas contra las rocas que no veamos en la intensidad oscura. El ministro ingls pretenda echar pie a tierra por el peligro que corra su hijo; le hice observar que las piernas de la mula eran ms seguras que las suyas y no se desmont. Puse un mozo de pie a la brida de la seora y me encargu personalmente de mis amiguitas del palanqun. Un ligero ruido a la espalda de la columna y algunas risas ahogadas me hicieron saber que el _chef_ acababa de caer, pero con felicidad. Acordndome de un consejo de nuestros gauchos cuando marchan por la pampa en las tinieblas de la noche, encargu a Mounsey no fumar y sobre todo no encender fsforos. As marchamos hasta las nueve de la noche; las mulas, trabajando en la oscuridad, comenzaban a fatigarse, y el riesgo de una cada se haca por momentos ms inminente. Debamos haber subido algunos centenares de pies porque el fro comenzaba a hacerse sentir, as como el hambre, que no olvida jams sus derechos. La situacin, en una palabra, se haca tan insostenible, que yo mismo crea or un vago y bajo rumor de reproche por mi sacrificio en el fondo de mi egosmo, cuando una voz de los portadores del palanqun, se hizo or en el silencio del cansancio, diciendo simplemente: Aqu es Consuelo! Dudo que la dulce palabra haya jams llegado a odos humanos ms impregnada de promesas. Todos hablaron a un tiempo, sin orse, porque el tono elevado del coro era dominado por un enorme perro que nos ladraba de una manera desaforada y que divida mi inspiracin entre los deseos de atraerlo con buenas palabras o el de pegarle un tiro. Echamos pie a tierra, dimos, en medio de la oscuridad, con una puerta que se abri a fuerza de golpes y penetramos todos en una pieza cuadrada, dbilmente iluminada por algunos candiles y dentro de la cual haba unas quince personas, algunas preparando sus lechos y otras alrededor de una mesa, hurfana an de comestibles. Aquella avalancha puso perplejo al dueo de casa que nos declar le era imposible darnos comodidades, pero que, si hubiramos avisado!... La gran pieza comunicaba por una puerta, a la derecha, con una especie de pulpera donde una mujer, con la mejor voluntad del mundo, despachaba una cantidad inconcebible de tragos. A la izquierda se presentaba otra puertita, que daba a un cuarto de dos metros de ancho por tres de largo. La tom por asalto, desalojando a dos o tres viajeros que estaban all y que la cedieron gentilmente e instalamos en ella a Missis Mounsey, los tres nios y las dos _maids_. Luego, tratamos de buscar algo que cenar; haba huevos y chocolate, y aunque un roastbeef habra venido mejor, aquello nos supo a cielo, condimentado con la salsa del Eurotas. Una vez arregladas la seora y la gente menuda, pensamos un momento en nosotros. No haba ms pieza que la que ocupbamos, y en ella, dentro de aquella atmsfera saturada de comida y humo de tabaco, debamos dormir no menos de veinte personas. Conseguimos con Mounsey dos catres, atrancamos con ellos la puerta del cuartito, nos tomamos un enorme trago de brandy, y envolvindonos en nuestras mantas, y sin sacarnos ni la corbata, nos tendimos sobre la lona dura y desnivelada. Aqu comenzaron las aventuras de aquella noche memorable, que recuerdo siempre como una irona bajo el nombre de la noche del Consuelo, y cuyas peripecias quiero consignar, porque persisten siempre en mi memoria y no de una manera ingrata. El cuadro era caracterstico: los cohabitantes de la pieza eran de todas las jerarquas sociales. Algunos compaeros de viaje, comerciantes, diputados, arrieros, sirvientes, cocineros, ministros, diplomticos, etc. Unos en el suelo, otros en catres, dos o tres hamacas pendientes del techo, aqu un desvelado, all un hombre feliz, dormido ya como una piedra, aquel que prolongaba su toilette de noche a la luz de un candil mortecino por cuya extincin suspirbamos, y al travs de la puerta de la pulpera, el confuso ruido de nuestros portadores y sirvientes, que pretendan matar la noche alegremente. Nos mirbamos con Mounsey y no podamos menos que rernos. --Dnde viva usted en Europa antes de embarcarse? me preguntaba. --En el Grand Htel, en Pars. --Dnde cen por ltima vez? --_Chez Bignon, avenue de l'Opra._ --A ver el _men_. Le narraba una de esas pequeas cenas deliciosas en que todo es delicado, y luego, en venganza, le haca contar una soire en casa de algn embajador en Viena. Al fin se hizo la oscuridad, nos dimos las buenas noches, todo qued en silencio y mientras, con los ojos abiertos como ascuas, mirbamos el techo invisible, el espritu comenz a vagar por mundos lejanos, a recordar, a esperar, a echar globos, segn la frase caracterstica de los colombianos. Fue en ese momento cuando, precisamente bajo la cama de Mounsey, que estaba pegada a la ma, empez a hacerse or el grillo ms atenorado que he escuchado en mi vida; el falsete atroz y montono me crispaba el alma. Lo sufrimos cinco minutos; pero, como el miserable anunciaba en la valenta de su entonacin el propsito de continuar la noche entera, organizamos una caza que no dio resultado. Un vecino, declarndose competente en la materia, pidi permiso para echar su cuarto a espada, cogi el candil, y aunque tambin dio un fiasco absoluto, me permiti ver vagando por el cuarto de una venta, en las montaas andinas, la vera efigie de Don Quijote, cuando abandonaba el lecho a altas horas de la noche y paseaba su escueta figura, gesticulando a la lectura de las famosas hazaas de Galaor. Por fin, el dueo de casa entreabri la puerta de la pulpera, tendi el odo, y como hombre habituado a esos pequeos incidentes de la vida, se dio vuelta tranquilamente y dijo a la mujer que despachaba en el mostrador: --Ruperta, dame _la_ alpargata. Si aquel hombre hubiera dicho: dame _una_ alpargata, no me habra llamado la atencin. Pero aquel _la_, esa especificacin concreta de un individuo de la especie, me hizo incorporar en el lecho y mirar por la puerta entreabierta. Ruperta se dirigi a un rincn, que estaba al alcance de mi mirada, y descolg de un clavo un aparato chato, que un ligero examen posterior revel ser una, o mejor dicho, _la_ alpargata. El ventero la tom, se arm de un candil, vino recto a la cama de Mounsey y tendi el odo. El infame grillo, por una intuicin del genio, como se llaman en la vida las casualidades, haba callado un momento. Nada le vali! Al primer gorjeo, rpido, enrgico, sin vacilacin, como el memorista que hace un clculo ante la concurrencia absorta, el ventero, de un golpe, lo aplast contra la pared. Ruperta tom _la_ alpargata. Y el instrumento de muerte, terrible a los colepteros en manos de aquel hombre, volvi a reposar suspendido en el clavo tradicional. Las horas pasaban lentas en el insomnio, rebelde al cansancio. Al travs de la puerta oa el respirar puro y sereno de los nios, y lejano, el ruido de un cencerro en el cuello de una mula, que me traa el recuerdo de aquellas noches pasadas entre las gargantas de los Andes argentinos. Si el que lea estas lneas ha pasado alguna noche semejante lejos de su patria, bajo las mil circunstancias que excitan el espritu, sabr que es uno de los nicos momentos de la vida en que el insomnio no es una amargura insoportable. Se piensa en tantas cosas! Pasan stas tan rpidas y encantadoras! Y as, la imaginacin mece al alma y el cuerpo en silencio, como el carcelero, conmovido ante los juegos inocentes de los nios que custodia, acepta la vigilia para contemplar las rondas armoniosas de sus huspedes sublimes... Por fin la honda laxitud venci. El sueo impalpable comenzaba a bajar sobre mis prpados, cuando al pie mismo de mi cama, casi a mi odo, reson el canto de gallo ms histrico y estridente que me haya rasgado el tmpano sobre la tierra. Qued aniquilado! Adems de comprender que _la_ alpargata sera inocua contra semejante enemigo, vi que todos dorman. Tres minutos despus, nueva edicin, ms spera an, si es posible. Qu hacer? Me incorpor en el lecho, me orient un momento y lanc el brazo a vagar por la oscuridad en la esperanza de que chocase con el cuello del maldecido animal, lo que me permitira convertir mis dedos en un garrote vil. --Qu busca, doctor?--dijo una voz a mi izquierda, que reconoc por la de uno de mis compaeros de viaje. --Psit! Trato de echar mano a este maldito gallo que no nos deja dormir y retorcerlo el pescuezo. --Pido a usted mil perdones, seor, pero la culpa la tiene mi muchacho, a quien encargu anoche me colocase el gallo en sitio seguro; el animal lo ha trado aqu. --Ah! con qu es suyo? --Y de mucho mrito, seor. Lo traigo desde Panam y espero ganar mucho con l en la gallera de Bogot. Pido gracia. Y en obsequio a los intereses de mi vecino, pasamos el resto de la noche en blanco, con los odos destrozados y esperando ansiosos el alba, que al fin apareci. Tal fue la noche de Consuelo. CAPITULO XI Las ltimas jornadas En hotel del Valle.--De Guaduas a Villeta.--Ruda jornada.--La mula.--El hotel de Villeta.--Hospitalidad cariosa.--Parlamento con un indio.--Consigo un caballo.--Chimbe.--La eterna ascensin.--Un recuerdo de Schiller.--El fro avanza.--Despedida.--Un recuerdo al que parti.--Agua Larga.--La calzada.--El "Alto del Roble".--La sabana de Bogot.--Manzanos.--Facatativ.--En Bogot. No fue poco trabajo por la maana reunir todos los elementos de viaje, desde las mulas a los indios portadores. Pero no nos dbamos prisa, porque habamos resuelto hacer ese da una jornada corta, para dar descanso a las seoras y a los nios. No me olvidar de una niita de 7 aos, de Panam, que un caballero llevaba a Bogot para entregarla a sus padres. Silenciosa, sonriendo siempre, trepadita en una mula caprichosa, hizo toda la marcha sin manifestar el menor cansancio. En la cabeza slo llevaba un sombrerito de paja, de alas estrechas. En los duros momentos del medioda, cuando el sol caa a plomo, abrasndome el crneo protegido por el _helmuth_, sola acercarme a ella. Qu tal vamos, amiguita?--Muy bien, seor.--No est cansada, no quiere un quitasol?--No, seor; gracias.--La mulita tiene buen paso.--Y yo vea a la pobre criatura sacudirse sobre la silla a impulso del endemoniado trote mular! Pueden las desventuras de la vida caer sobre esa nia, me deca; encontrar con quien hablar. Fue a la salida de Consuelo cuando nos dimos cuenta del sitio en que nos encontrbamos y de su estupenda belleza. Nuestro albergue nocturno estaba situado en la cspide de la primer cadena montaosa que hay que atravesar para llegar a Bogot. A todos lados, valles profundos cuyo fondo se entrevea a travs de la bruma flotante que se columpiaba a nuestros pies. A la espalda, la cinta ancha y brillante del Magdalena, extendindose hasta donde la vista alcanzaba; al frente, una serie de montaas imponentes y sombras. Cuntas veces, al traspasar esos cerros monumentales y al aparecer a lo lejos otros ms altos an, miraba mi mula, cuyas orejas batan montonas y cadenciosas; preguntndome si esa tortuga me llevara a la regin de las guilas! La marcha era lenta, porque no podamos desprender nuestras miradas de la vegetacin soberana que se levantaba, como una sinfona poderosa, en la falda de la montaa. Qu rboles eran aquellos? Qu nombres llevan en la clasificacin de Linneo esas infinitas fibrillas que entrelazan sus troncos, defendindolos del sol y conservndoles una atmsfera de eterna fescura? Cmo nombrar esas mil flores, ostentando los colores del iris, que se inclina sobre la senda estrecha y mecen sus racimos sobre la frente del viajero? No lo saba, no quera saberlo, no lo sabr nunca. Se necesita acaso conocer las leyes fsicas que determinan la tempestad para gozar de su aspecto soberbio? Aquello era una mezcla de la violenta vegetacin alpina y de la exuberante florescencia tropical. Costebamos la montaa por una estrecha senda practicada en su flanco. A la izquierda, el abismo, adivinado por la razn, ms que visto por los ojos. Los rboles, que arraigaban sus troncos all en el perdido fondo, levantaban sus copas hasta nosotros, las confundan y formaban un amplio toldo unido e impenetrable. De pronto, una cascada juguetona bajaba de la montaa e iba a alimentar el hilo de agua imperceptible que serpeaba en el valle. Esa seccin del camino es tal vez la ms cmoda; salvo unas cuantas pendientes sumamente inclinadas y que fatigan en extremo por la penosa posicin que hay que conservar sobre la mula; la mayor parte de la ruta est bien conservada. Desde las 11 de la maana, el sol comenz a molestarnos vivamente; las bestias se hacen reacias, la vista se fatiga con la lejana y constante reverberacin y una sed implacable empieza a devorarnos. Nos acercamos a una o dos chozas encontradas en el trnsito; pero las buenas mujeres que las ocupaban, nos invitaron a tomar el agua que pedamos y que nos sera nociva. Fue entonces cuando acudimos al guarapo, el jugo de la caa, ligeramente fermentado, que constituye una bebida sana y fortificante. A la una y media de la tarde estuvimos en la cumbre de una montaa que trepbamos desde temprano y que nos pareca inacabable. Desde all dominamos el precioso valle de Guaduas (caas), el ms pintoresco de los que he encontrado en mi camino y en cuyo centro brilla por su blancura la aldea que lleva su nombre. Es esa una de las regiones ms privilegiadas de Colombia para el cultivo del caf, cuyo grano rojo, destacndose de entre el verde follaje de los extensos cafetales que nos rodeaban, daba animacin al paisaje. El caf de Guaduas, como el de otros puntos de Colombia igualmente reputados, es infinitamente superior a las marcas mejor cotizadas en el comercio. Lo distingue, como al Yungas, un sabor incomparable, aunque no tiene el perfume sin igual del Moca. Creo que una mezcla de tres partes de Guaduas y una de Moca hara una bebida capaz de estremecer al viejo Voltaire en su tumba. Otra particularidad del valle son las caas que le han dado el nombre. Algunas alcanzan a muchos metros de altura, con un dimetro de 20 a 25 centmetros. Los indios las emplean, por su resistencia y poco peso, para hacer las parihuelas en que transportan a hombros todo aquello que no puede ser conducido por una mula, como pianos, espejos, maquinarias, muebles, etc. Vamos encontrando a cada paso caravanas de indios portadores, conduciendo el eterno piano. Rara es la casa de Bogot, que no lo tiene, aun las ms humildes. Las familias hacen sacrificios de todo gnero para comprar el instrumento, que les cuesta tres veces ms que en toda otra parte del mundo. Figuraos el recargo de flete que pesa sobre un piano; transporte de la fbrica a Saint-Nazaire, de all a Barranquilla, veinte o treinta das, de all a Honda, quince o veinte, si el Magdalena lo permite; luego, ocho o diez hombres para llevarlo a hombros durante dos o tres semanas! Encorvados, sudorosos, apoyndose en los grandes bastones que les sirven para sostener el piano en sus momentos de descanso, esos pobres indios trepan declives de una inclinacin casi imposible para la mula. En esos casos, el peso cae sobre los cuatro de atrs, que es necesario relevar cada cinco minutos. A veces las fuerzas se agotan, el piano se viene al suelo y queda en medio del camino. As hemos encontrado calderas para motores fijos, muebles pesados, etctera. Nadie los toca, y no hay ejemplo que se haya perdido uno solo de esos depsitos entregados a la buena fe general. Muchas veces oamos el grito gutural de un conductor de cerdos que empujaba su manada hacia adelante. Con todos trababa conversacin; rasgo curioso: van generalmente descalzos, pero llevan en la cintura, a guisa de pual, un par de alpargatas nuevecitas. Adems, al flanco, la eterna peinilla, el facn de nuestros gauchos, hoja larga, chata y filosa. El aspecto de esos hombres, cubiertos de polvo y sudor, medio desnudos, desgreados, enronquecidos por la produccin continua de un grito gutural, spero e intenso, es realmente salvaje. Son humildes y pacientes.--Buen da, amigo.--Buenos das, su merced.--De qu parte viene?--Del Tolima (o de Antioqua).--Cuntos das trae de viaje?--Treinta (o cuarenta).--Por dnde pas el Magdalena?--Frente a Ambalema (o a a Nare), etc. Nunca deja de pedir el cuartillo, que, una vez en su poder, se convierte inmediatamente en chicha o guarapo, sobre todo en chicha (el azote de Colombia) en la prxima parada. Se encuentra a centenares indias encorvadas bajo el peso y el volumen de las ollas, cntaros, hornallas, etc., de barro cocido, que llevan a la espalda; vienen solas, de ms lejos an que los porqueros, y despus de dos o tres meses de marcha, vuelven a su pueblo con un beneficio de un par de pesos fuertes! Pueblo rudo, trabajador, paciente, con aquel fatalismo indio, ms intenso y callado que el rabe, ser un elemento de rpido progreso para Colombia el da que se implanten en su suelo las industrias europeas. Pero ante todo, hay que desarraigar en los indios el hbito de la chicha, funesta fermentacin del maz, cuyo uso constante acaba por atrofiar el cerebro. En Bogot he notado con asombro la viveza chispeante de los cachifos de la calle (pilluelos), cuyas respuestas en nada desmereceran de la ocurrencia de un _gamin_ del bulevar. Entretanto, los nios adultos tienen la fisonoma muerta y el espritu embotado. Los estragos de la chicha son terribles, sobre todo en las mujeres, aglomeradas siempre en las puertas de los inmundos almacenes donde se expende la bebida fatal. Abotagadas, sucias, vacilantes en la marcha, hasta las ms jvenes presentan el aspecto de una decrepitud prematura. El ajenjo, veneno lento, da por lo menos cierta excitacin artificial; la chicha enbrutece como el opio... Henos por fin en el bonito Hotel del Valle, situado a la entrada del pueblo de Guaduas y nico albergue decente en todo el camino de Honda a Bogot. Hay, sin embargo, mucha gente y es necesario contentarse con poco. All pasamos todo ese da, porque resueltamente haba decidido no separarme de mis compaeros de viaje. Ya somos buenos amigos con Mim y Dizzy, y Little Georgy empieza a tenderme los bracitos. La tercera jornada que emprendemos como siempre, a las ocho de la maana, habindonos dado cita para las seis, ser, tambin muy corta, pues pensamos detenernos en Villeta, adonde llegaremos a las tres de la tarde. Fue, sin embargo, sumamente dura, porque la temperatura, que en Guaduas era deliciosa, se elevaba constantemente a medida que descendamos al fondo de embudo en que est situada Villeta. Ese descenso interminable, por un camino que la calzada de piedra destruida hace imposible, el sol, que caa a plomo, la mula, cansada, afirmando el pie lentamente en las puntas de los guijarros sueltos, todo empezaba a darnos fiebre. Adems, veamos a Villeta all en el fondo, casi al alcance de la mano, tal era el efecto de perspectiva, y marchbamos tras la aldea que pareca alejarse a medida que avanzbamos. Como la senda es estrecha, no hay ni aun el recurso de la conversacin, pues es necesario marchar uno a uno. Tan pronto atrs, tan pronto adelante, en todas partes mal. En el momento en que escribo estas lneas, aunque bien lejos de mi tierra, no veo ya mulas en el porvenir de mi vida. Slo el cielo sabe las peregrinaciones que an me esperan, pero no ser jams por un acto espontneo de mi voluntad el volver a treparme en una mula. Cada vez que en mis largos viajes de ferrocarril, cuando despus de veinte o treinta horas de inmovilidad, no se tiene ya postura, entra en mi espritu aquel mal humor que todos conocen, no tengo ms que acordarme de la mula... para sentirme fresco, alegre y dispuesto. La que yo llevaba en ese momento era detestable, reacia, lerda, con una cojera endemoniada. Adems, con una costumbre de las ms amenas. Como la senda es estrecha, segn he dicho, cada vez que viene en direccin contraria una arria de mulas cargadas, hay que tomar precauciones infinitas, a fin de no destrozarse las rodillas contra los costales o no ir a dar al abismo. Pues mi mula tena la mana de acercarse, de estrecharse contra todos los congneres que encontraba en su paso. No le escaseaba reprimendas; pero la vctima era yo, que tena las piernas y los brazos dislocados. Las mulas de carga, rendidas por una ascensin penosa, se echan al suelo inmediatamente que los arrieros, que las guan a pie y a gritos, dan la voz de alto. As, cuando mi amigo el poeta chileno Soffia, que representa a su pas en Colombia, lleg a Honda, visto su volumen considerable y para mayor seguridad, se le dio una robusta mula de carga, que, sin el menor discernimiento entre un cajn de loza y un diplomtico, se echaba al suelo en el acto que el jinete la detena, lo que no contribua, para ste, a aumentar los encantos del viaje. Las autoridades locales de Villeta, con algunos amables vecinos que se haban unido, salieron a recibirnos y a conducirnos al hotel. Al hotel! Un bogotano se pone plido al or mencionar el hotel de Villeta: qu haramos nosotros cuando contemplamos la realidad! Felizmente para m, se me avis que un amigo me haba hecho preparar alojamiento en una casa particular. Fui all y recib la ms cariosa acogida de parte de la seora Mauri, que, junto con las aguas termales y un inmenso rbol de la plaza, constituye lo nico bueno que hay en Villeta, segn aseguran las malas lenguas de Bogot. Qu delicioso me pareci aquel cuartito, limpio como un campo, sereno, silencioso! Haba una cama! Una cama, con almohada, sbanas y cobijas! Haca un mes que no conoca ese lujo asitico. La dulce anciana, cariosa, rodendome de todas las imaginables atenciones, me traa a la memoria el hogar lejano y otra cabeza blanqueda como la suya, haciendo el bien sobre la tierra. Cuando a la maana siguiente llegu al hotel, fresco, baado, rozagante, mi colega ingls me mir con unos ojos feroces. Haban pasado una noche infernal, compartiendo las camas (?) con una cantidad tal de bichos desconocidos, que las dos o tres cajas de polvo insecticida que haban esparcido por precaucin, slo haban servido para abrirles el apetito! Part adelante, slo, para hacer preparar el almuerzo en Chimbe. A la hora de camino, la mula se me cans definitivamente; ni la espuela ni el ltigo eran suficientes. Me encontraba, en un terreno desconocido, al pie de una cuesta de una inclinacin absurda. Qu hacer? Busqu la sombra de un rbol, me tend, encend filosficamente un cigarro y esper, mientras los grillos cantaban a mi alrededor y el sol se levantaba ardiente como una ascua en un cielo de una pureza profunda. Un cuarto de hora despus, algunas piedras pequeas que rodaban, me indicaron que alguien bajaba la cuesta. No tard en aparecer un indio montado en un caballito alazn, flaco, pero de piernas delgadas y nerviosas. Me par en medio del camino y a veinte pasos mi hombre se detuvo intrigado, sin duda por mi traje extico en aquellos parajes. An no llevaba el traje colombiano de viaje, que ms tarde adopt por comodidad. Un casco de los que los oficiales ingleses usan en la India, un poncho largo de guanaco (el carioso compaero que me acompa de Mendoza a Chile y que hoy ha descendido a las humildes funciones de _couvrepieds_ en los ferrocarriles), y unas botas granaderas constituan mi toilette del momento. El indio abri tamaos ojos cuando oy salir del fondo de aquella aparicin una voz que hablaba espaol con claridad bastante, para hacerle comprender que mi modesto deseo era cambiar mi mula cansada por su caballo fresco. No s si habra llegado hasta el crimen, si aquel hombre se resiste; pero, por lo menos, estaba dispuesto a todos los sacrificios. El indio medit largamente, ech pie a tierra, hizo un trueque de monturas y me encarg que entregase el caballo a Fulano, en Agua Larga. Mi criado, que vena atrs, al pie de la mula que llevaba a una de las niitas, se encargara de mi exhausta montura. Ahora, amigo, arreglemos el alquiler. Daba vueltas al sombrero de paja, sacaba y volva a meter en la cintura el inevitable par de alpargatas nuevas, me hablaba largamente de las condiciones de su alazn, que tena galope, cosa rara en los caballos de montaa, etc. Por fin revent: quera tres pesos fuertes! Oh indio ingenuo, descendiente del que daba al espaol un puado de oro por una cuenta de vidrio! Fui magnnimo y le di cinco, lo que me vali algunos consejos sobre la manera de acelerar la marcha del alazn. Por fin llegu a Chimbe, despus de transponer montaas y montaas. Cuando, vencida una cumbre, se me presentaba otra ms elevada an, sola detenerme y preguntarme si no era juguete de alguna travesura colosal. A dnde voy? Cmo es posible que all, tras esos cerros gigantes, en esas cimas que se pierden en las nubes, habite un pueblo, exista una ciudad, una sociedad civilizada? Slo me renda ante el piano eterno que pasaba a mi lado sobre el hombro dolorido de diez indios jadeantes. Arriba, pues. No s si a alguno de los hijos de Buenos Aires, nacidos y educados con el espectculo de la pampa siempre abierta, le habr ocurrido en su primer viaje en pases montaosos el mismo fenmeno que a m, esto es, serme necesario un esfuerzo para persuadirme de que en los estrechos valles, en las cuestas inclinadas, vive un pueblo, de hbitos sedentarios y con un organismo social anlogo al nuestro. Recuerdo que viajando en Suiza por primera vez (vena de las llanuras lombardas), me preguntaba cmo los hombres podan apegarse a las rocas fras y estriles, tan rebeldes a la labor humana, en vez de ir a sentar sus reales en las tierras fecundas y generosas, donde la azada se pierde sin esfuerzo. Esa misma noche, Schiller me contestaba en este dilogo admirablemente entre Tell y su hijo: _Walther_, mostrando el Bannberg.--Padre, es cierto que sobre esa montaa, los rboles sangran cuando se les hiere con el hacha? _Tell_--Quin te ha dicho eso, nio? _Walther_--El pastor cuenta que hay una magia en esos rboles, y que, cuando un hombre los ha maltratado, su mano sale de la fosa despus de su muerte. _Tell_--Hay una magia en esos rboles, es cierto. Ves all, a lo lejos, esas altas montaas cuya punta blanca se levanta hasta el cielo? _Walther_--Son los nevados que durante la noche resuenan como el trueno y de donde caen las avalanchas. _Tell_--S, hijo mo; hace mucho tiempo que las avalanchas habran enterrado la aldea de Altdorf, si la selva que est ah, arriba de nosotros, no le sirviera de baluarte. _Walther_, despus de un momento de reflexin:--Padre, hay comarcas donde no se ven montaas? _Tell_--Cuando se desciende de nuestras montaas y se va siempre hacia abajo siguiendo el curso del ro, se llega a una vasta comarca abierta, donde los torrentes no espuman, donde los ros corren lentos y tranquilos. All, de todos lados, el trigo crece libremente en bellas llanuras y el pas es como un jardn. _Walther_--Y bien, padre mo, por qu no descendemos a prisa hacia ese bello pas, en vez de vivir aqu en el tormento y en la ansiedad? _Tell_--Ese pas es bueno y bello como el cielo, pero los que lo cultivan no gozan de la cosecha que han sembrado![11]. Y Tell explica a su hijo lo que es la libertad. No falta, por cierto, en Colombia. Cmo comprendo hoy el afecto tenaz y duro de los montaeses por su patria! Hay all, indudablemente, una comunidad ms ntima y constante entre el hombre y la naturaleza, que en nuestras pampas dilatadas, solemnes y montonas, llenas de vigor al alba, deslumbrantes al medioda, tristes al caer la tarde, jams ntimas y comunicativas. La montaa suele sonrer y consolar; la pampa llora con nosotros, pero llora como por un dolor gigante y solemne, arriba de nuestras pequeeces humanas. La montaa es forma, es color; da el placer de la pintura, de la estatuaria o de la arquitectura, concreto siempre; la pampa empapa el alma en la sensacin vaga y profunda de la msica, infinita, pero informe!... Tambin se ama la llanura, tambin en ella, oh, poeta, echa su raz vivaz y vigorosa el rbol de la libertad!... Chimbe es un punto del camino donde se levantan dos o tres casas, en una de las cuales hay algo a manera de hostera, en la que, despus de un largo parlamento con la duea, se obtiene un almuerzo compuesto de un caldo con papas, las papas duras y el caldo flaco, seguido por un trozo de carne salada, el trozo chico y la carne paquidrmica. Es otra de las regiones privilegiadas para el caf. La temperatura, determinada no ya por la latitud, sino por la elevacin, empieza a variar; la transpiracin se detiene, rfagas frescas comienzan a acariciar el rostro, y la presin atmosfrica, hacindose ms leve, dificulta un tanto la respiracin para el pulmn habituado al aire compacto de la tierra caliente. All me desped de la familia de mi colega, el ministro ingls, que pensaba pasar la noche algo ms adelante, en Agua Larga, mientras yo, gracias a mi alazn, tena la esperanza de arribar a la sabana, avanzar hasta Facatativ y tomar all el carruaje, que, segn mis clculos, me estara esperando desde la vspera. Nunca hubiera sospechado que aquel hombre robusto a quien estrechaba la mano con cario y que me contestaba lleno de gratitud, sucumbira tres meses despus, casi en mis brazos, derribado por un soplo helado que fue a paralizar la vida en sus pulmones. No me olvidar jams la profunda y callada desesperacin de aquella mujer joven, bella y elegante, que se haba sacrificado buscando un avance en la carrera de su marido, sola, rodeada de sus hijitos, en el punto ms lejano casi del mundo, emprendiendo la triste ruta del regreso, mientras el cuerpo del compaero dorma el sueo de la muerte, all en la remota altura! Tenamos el alma sombra delante de aquel cadver, pensando cada uno en la patria, en el hogar tan lejos y en las vicisitudes de esta carrera vagabunda... Reposa el amigo en el seno de un pueblo hospitalario que mezcl sus lgrimas a las de los suyos, y segn la bella frase de Soffia, el mismo cielo que habra cubierto sus restos en suelo ingls, los cubre en tierra colombiana! Emprend la marcha, llevando conmigo un muchacho montado, pues en Chimbe desped al mozo de a pie, cuya utilidad durante el viaje haba sido bastante problemtica. Los equipajes iban delante, y segn mi clculo, deban ya encontrarse en Bogot. Slo llevaba una valija con mis papeles y valores. El camino ascendente hasta Agua Larga es encantador; mi alazn marchaba noblemente, trepando con la seguridad de la mula, pero sin su andar infernal. Seran las cuatro de la tarde cuando llegu a Agua Larga, punto de donde parte una excelente calzada hasta la sabana, transitable an para carruajes. Como no encontrase all ni noticias del mo, orden a mi infantil escudero siguiese adelante, para esperarme en Manzanos, primer punto de la sabana, mientras yo conversaba un rato con algunos distinguidos caballeros de la localidad que haban venido a saludarme. Cuando segu viaje, senta un fro intenso. Agua Larga tiene reputacin de ser el sitio ms glacial de la montaa. La altura contribuye mucho, pero sobre todo, su exposicin a los vientos que entran silbando por dos o tres aberturas de los cerros circunvecinos. Con qu placer lanc mi caballo al galope por la extensa calzada! Es una fruicin sin igual para el que viene deshecho por el paso de la mula. Pero, una hora despus, ni sombra de mi muchacho, al que haca mucho tiempo deba haber alcanzado. Se lo haba tragado la tierra? No me convena, porque llevaba todo lo que me interesaba. Desand mi camino, pregunt en todas partes; nadie lo haba visto; realmente inquieto, me detuve a meditar sobre el partido que deba tomar, cuando un indio que pasaba me sugiri la probabilidad de que el cachifo hubiese tomado el camino de abajo, que acortaba mucho la distancia. Tranquilo continu. Suba, suba constantemente, y de nuevo me preguntaba cundo concluira aquella ascensin interminable donde se encontraba la tierra prometida. La naturaleza haba variado, y ahora se extendan a mi vista extensos y frondosos bosques de variados pinos. Al frente, altos picos inaccesibles. Habra tambin que transponerlos? De pronto, un grito de asombro se me escap del pecho. Al doblar un recodo, una anchura llana, plana, baada por el sol, se dilat ante mis ojos. Estaba en el Alto del Roble, la soberbia puerta que da ingreso a la sabana de Bogot. Miraba a mi espalda y vea escalonarse a lo lejos la serie de montaas que haba transpuesto para llegar a aquella altura: estaba a 2700 metros sobre el nivel del mar! Qu capricho de la naturaleza tendi esa pampa en las cumbres? Cmo ve el ojo ms ignorante que aquello debi ser en los tiempos primitivos el lecho de un inmenso lago superior! La impresin es profunda por el contraste; en vano viene el espritu preparado, el hecho ultrapasa toda expectativa. La sabana presenta a la entrada el aspecto de una inmensa circunferencia limitada por una cadena circular de cerros de poca elevacin. Es una planicie sin atractivos pintorescos, y al entrar en ella, es necesario despedirse de las vistas encantadoras que he dejado atrs. En Manzanos, al acercarme al hotel para averiguar algo de mi carruaje, vi... mis pobres equipajes, abandonados bajo un corredor! Me fueron necesarios algo ms que ruegos para determinar a los arrieros a conducirlos hasta la prxima aldea de Facatativ, a la que llegu tarde ya, encontrando en la puerta del hotel al secretario, que, a pesar de sus dos das de avance, no haba conseguido an el carruaje para llegar a Bogot. Pasamos all la noche en un detestable hotel, fro como una tumba, y al da siguiente, despus de cinco horas de marcha por la sabana, entramos por fin en la capital de los Estados Unidos de Colombia. Era el 13 de enero de 1882, y haca justo un mes que nos habamos puesto en viaje de Caracas. De Viena a Pars se va en 28 horas! Verdad que, cuando yo tena diez aos, empleaba con mi familia un da en hacer las dos leguas de pantanos que separaban a Flores de Buenos Aires. Tambin... empieza a hacer rato que yo tena diez aos! CAPITULO XII Una ojeada sobre Colombia. El pas.--Su configuracin.--Ros y montaas.--Clima.--Divisin poltica.--Plano intelectual.--El Cauca.--Porvenir de Colombia.--Organizacin poltica.--La capital.--La constitucin.--Libertades absolutas.--La prensa.--La palabra.--En el Senado.--El elemento militar.--Los conatos de dictadura.--Bolvar.--Melo.--Los partidos.--Conservadores.--Radicales.--Independientes.--Ideas extremadas.--La asamblea constituyente. Ha llegado el momento de echar una mirada de conjunto sobre esta inmensa regin de la Amrica Meridional que se extiende desde el Istmo de Panam a las tierras vrgenes e inexploradas donde comienza a correr el Amazonas, que se llam virreinato de Santa Fe, bajo la dominacin espaola, Nueva Granada ms tarde, y que hoy ha reivindicado para s el glorioso nombre de Colombia, que cobij la reunin de tres repblicas del Norte, confederadas bajo la inspiracin de Bolvar, separadas al da siguiente de su muerte. El suelo colombiano se extiende entre los grados 73 y 84 de longitud occidental y 12 de latitud Norte, 5 de latitud Sur (meridiano de Pars), cubriendo una superficie de 13.300 mirimetros cuadrados, sobre la que vive una poblacin de poco ms de tres millones de almas. La nacin est dividida polticamente en nueve estados soberanos, que son: Antioqua (capital Medelln), Bolvar (Cartagena), Boyac (Tunja), Cauca (Popayn), Cundinamarca (Bogot, capital de la Unin, pero no federalizada), Magdalena (Santa Marta), Panam (Panam), Santander (Socorro), Tolima (Neiva). A partir del Ecuador, los Andes, dividindose en tres grandes brazos, determinan el sistema orogrfico de Colombia, formando tres extensos valles: el del Magdalena, el del Atrato y el del Cauca, regados por los tres ros que le dan su nombre. El clima, ardiente y malsano en las tierras bajas, sobre todo a inmediaciones de los cursos de agua, es fresco y saludable en las alturas... No es mi intencin hacer una descripcin geogrfica de Colombia, que fcilmente puede encontrarse en cualquier tratado. Por una coincidencia que viene a corroborar las leyes histricas de Vico, Montesquieu y Herder, se podra fcilmente levantar el plano topogrfico de Colombia estudiando el carcter de los hijos de sus distintas secciones. Aqu, inquietos, vagabundos, aventureros; all, sedentarios, rudos para la labor, econmicos y perseverantes. Ms all, sombros, desconfiados, ttricos; en el Cauca, poetas, soadores, vibrantes; en Bogot, cultos, eruditos, decidores, eminentemente sociales. Y sobre el conjunto, un lazo de unin ntima que les comunica el carcter de vigorosa personalidad que distingue ms a un colombiano de un hijo de Venezuela o del Ecuador, que a un ruso de un persa. Qu hay dentro de esos millares de leguas? En la exigua parte conocida, todo lo que la imaginacin ms ambiciosa puede pedir a la corteza de la tierra, desde los productos tropicales ms valiosos hasta los frutos de las zonas templadas. El Cauca, ese territorio tan anlogo a nuestro Chaco por su misteriosa oscuridad; el Cauca, que linda al Noroeste con el istmo de Panam y va a confinar con los desiertos del Brasil en el extremo Sudeste, slo es conocido, y no totalmente, en la parte que se extiende paralela al Pacfico; el inmenso y vago territorio del Sur es tan frtil, que los escasos datos trados por raros viajeros, semejan leyendas; es y ser por mucho tiempo una incgnita. El porvenir de Colombia es inmenso, pero desgraciadamente remoto. Ser necesario que el exceso de la poblacin europea llene primero las vastas regiones americanas an despobladas, que atraen la emigracin en primer trmino, por la analoga del clima y las facilidades de transporte, para que la corriente tome el rumbo de Colombia. Cuntos aos pasarn antes que se llene el far-west del Norte o las dilatadas pampas argentinas, sin contar con la Australia y el Norte de frica? Pero, si ese porvenir es remoto en el sentido de una transformacin definitiva, no lo es respecto a los progresos inmediatos que lo acelerarn. Colombia, despus de sus largas y sangrientas luchas, aspira hoy a la paz, cuyo sentimiento empieza a arraigarse de una manera profunda en el corazn del pueblo. Los gobiernos se preocupan ya de la necesidad de hacer todo gnero de sacrificios para dotar al pas de un sistema regular de vas de comunicacin, sin las cuales las riquezas nacionales sern eternamente desconocidas. La organizacin poltica actual de Colombia es sumamente defectuosa; y esta opinin que avanzo despus de un estudio detenido, con cuyos detalles no recargar estas pginas, es compartida hoy por muchos colombianos ilustrados. El sistema republicano, representativo, federal, es all llevado a sus extremos. Cada estado es soberano, con una autonoma legal incompatible con el desenvolvimiento de la idea nacional. Mientras entre nosotros no hay ms soberano que el pueblo argentino, que los gobernadores de provincia son agentes naturales del P. E. N., que la autoridad del Congreso est arriba de todas, sin ms limitacin que la determinada por la Constitucin, atribuyendo a los ciudadanos el recurso de inconstitucionalidad ante la Corte Suprema de Justicia, en Colombia, como he dicho, cada estado es soberano, gobernado por un presidente y participando del gobierno general por medio de dos plenipotenciarios que delega al Senado, especie de consejo anfictinico. Las leyes del Congreso pueden ser vetadas por la mayora de las Legislaturas de los Estados y no tienen fuerza ejecutiva hasta tanto que hayan merecido la aprobacin de las mismas. Aadid que el Presidente de la Unin dura slo dos aos, mientras el perodo presidencial en algunos estados es mucho mayor; pensad en la incomunicacin constante de las diversas secciones de ese organismo tan vasto y decid si es posible que se desarrolle y eche races el sentimiento nacional. Luego, la falta de una capital federal, smbolo vivo de la unin, que irradie sobre la nacin entera. Bogot, capital de Colombia y del Estado de Cundinamarca, hospeda en su seno a las autoridades locales y a las de la nacin. No es a los argentinos a quienes hay que recordar los inconvenientes y los peligros de esa coexistencia; ellos saben que basta en esos casos la mala digestin de un gobernador para traer conflictos que pueden poner en cuestin todo lo que hay de ms grave, la existencia nacional misma. As, en Bogot, el Congreso se ha visto escarnecido, insultado, apedreado por las barras iracundas... y seguras de la impunidad. Tenemos tambin entre nosotros tristes y anlogos recuerdos! Comprendo que la rivalidad determinada por el prurito de soberana y autonomismo absoluto entre los Estados de Colombia, haga necesaria por mucho tiempo la capital en Bogot, aceptada y preferida precisamente por la debilidad de su accin lejana. Pero, fuera de su posicin topogrfica, defecto que una va frrea, difcil pero posible, puede salvar, Bogot rene las condiciones todas para, una vez federalizada, ser la capital de un pueblo como Colombia. Tiene el clima, tiene la tradicin de la conquista, la ilustracin, el brillo intelectual; pero los hijos del Cauca y de Boyac son all huspedes. En la nacin no hay un centro nacional. Lo repito: feliz Colombia si consiguiera levantar su capital en las orillas del mar, el eterno vehculo de la civilizacin, en vez de mantenerla perdida en la regin de las nubes, sin contacto con el mundo y sin accin directa sobre su progreso colectivo. Pero, en tanto que eso es imposible, y lo ser por muchos aos, necesario es que los colombianos se persuadan de la necesidad de dar fuerza y cohesin al sentimiento nacional, de convertir esa especie de liga que un soplo puede hacer periclitar, en una agrupacin humana, compacta, con un ideal, con una concepcin idntica al patriotismo. Tal ha sido la labor de los argentinos en los ltimos treinta aos, y todos los hombres que han gobernado, surgiendo de partidos diferentes, han seguido la misma senda. Ese progreso, nacional, esa obliteracin de las pasiones localistas, antes tan vivaces, se ve claro y neto en el abandono casi completo que hemos hecho de la denominacin Confederacin Argentina, para designar a nuestro pas. Hoy decimos Repblica Argentina, y muy pronto diremos, como ya lo hacen los chilenos y peruanos, la Argentina, esto es, la unidad, la patria, el pueblo uno. El sistema federal es excelente por su descentralizacin administrativa, por las facilidades que da al progreso local, trazndole rutas en armona con las condiciones propias al clima, al carcter, a la tradicin y a la costumbre, por la ponderacin constante de los poderes polticos, que la alternativa completa; pero, entendido como en Colombia, no tengo embarazo en declarar que es un germen de muerte. No, la federacin no puede, no es, no debe ser un contrato civil, susceptible de liquidarse, como una sociedad comercial; no es un tratado para cuya cesacin basta la denuncia de una de las altas partes contratantes, como en las prcticas internacionales: es un hecho, un hecho nico y solemne, emanado, no ya de la voluntad de dos o tres agrupaciones, sino de la del nico soberano: el pueblo... Colombia, como la Argentina, se regir siempre por el sistema federal, porque as lo exige la naturaleza de las cosas; pero sus esfuerzos deben tender sin descanso a combatir los excesos del sistema, a habilitar a sus hijos, para dar una forma concreta a mi pensamiento, a decir Colombia, en vez de los Estados Unidos de Colombia. La lectura de la Constitucin de Colombia hace soar. Nunca ha producido la mente humana una obra ms idealmente generosa. Todo a cuanto los poetas y los filsofos, los publicistas y los tribunos han aspirado para aumentar la libertad del hombre en sociedad, est all consignado y amparado por la ley. No hay pena de muerte, y el trmino mayor de presidio a que los jueces pueden condenar a un criminal es el de ocho aos. Derecho de reunin absoluto y absoluta libertad de la palabra escrita y oral. Absoluta, entendis? Si maana un hombre me dice que yo, funcionario pblico o general del ejrcito, he substrado los fondos de la caja o vendido al enemigo el estado de las fuerzas nacionales; si en una hoja suelta o en un diario se me acusa de haber asesinado a mi hermano o de negar alimentos a mis hijos, la ley no me da accin ninguna contra el que as me infama. No hay ley de imprenta. Parece a primera vista inconcebible la posibilidad de la permanencia de un estado semejante; pero el exceso ha llevado en s mismo su propio remedio, y puedo asegurar hoy que la prensa de Colombia no es ni ms ni menos culta que la de Francia, la de los Estados Unidos o la nuestra. El que escribe una lnea sabe bien que el asunto no ir a los tribunales, eternizndose en el procedimiento o dando motivo ante el jurado a interminables discursos retricos; le consta que el damnificado se echar un revlver al bolsillo y buscar el medio de hacerse justicia por su mano. Lejos de m la idea de aplaudir semejante sistema; hago constar simplemente el hecho de que el grave peso de la responsabilidad individual ha generalizado la prudencia y la cultura. Qu no dicen aquellos muros de Bogot! El obrero, el estudiante, el cachifo de media calle que tiene que vengarse del policiano, como el aspirante, del Presidente o de un Ministro, tienen en las paredes su prensa libre. A veces la ortografa padece, y en la forma de la letra se descubre la ruda mano de un hombre del pueblo. Pero qu lujo de expresiones, qu cantidad de insultos! El presidente es ladrn, asesino, inmoral, cobarde, cuanto hay en el mundo de detestable y bajo... Al lado, un carbn, no menos robusto y convencido, establece que el mismo funcionario es un dechado de virtudes. De tiempo en tiempo, los policianos borran esas expresiones grficas del ingenio popular, operacin que no da ms resultado que preparar nuevamente los lienzos a los pintores annimos. Nadie, por otra parte, hace caso. Acaso en Pars no atruenan por la noche en los bulevares una nube de muchachos que venden boletines con la noticia del asesinato de Gambetta o el _accouchement_ de M. Grvy, como lo he odo frecuentes veces? No es raro or en Bogot: Fulano me ha echado hoja. Es decir, Fulano ha escrito contra m una hoja suelta, que ha hecho imprimir y fijar en las esquinas. Si contiene insultos graves, el procedimiento es terrible, como dir ms adelante. Si no, el damnificado se contenta a su vez con echarle hoja a su adversario, para mayor contento de los impresores, que realizan buenos beneficios, y solaz de los vagos, que se pasan las horas muertas en las esquinas con la nariz al aire. La libertad de la palabra no tiene lmites, y en el Parlamento mismo no tiene ni aun las limitaciones econmicas del reglamento. Las funciones del Presidente se limitan a concederla al que la ha solicitado, a abrir y cerrar la sesin, a firmar las actas y a hacer de tiempo en tiempo desalojar la barra, prima hermana de la nuestra. Por lo dems, es una esfinge silenciosa, que jams despliega sus labios para llamar a la cuestin o al orden. El colombiano es orador; la frase sale elegante, con vida propia, llena de movimiento y garbo. En teatros ms vastos, Esguerra, Becerra, Galindo, Arosemena, tendran una reputacin universal. La fluidez, la abundancia, es inimitable; suben, se ciernen en las alturas de la elocuencia y all se mueven con la facilidad del guila en las nubes... Puede concebirse el uso que harn esos hombres, para quienes hablar es una fruicin, del derecho ilimitado de expresar sus ideas. Ms de una vez he asistido a sesiones del Senado de plenipotenciarios, he odo durante tres horas a un ciudadano que tena la palabra, que quedaba con ella al levantarse la sesin, sin poder darme cuenta del asunto que se discuta. Cada orador tiene el derecho, si as le conviene, de relatar las campaas de Alejandro, a propsito del establecimiento de una herrera en Boyac. Muchos lo hacen; se les oye con gusto, pero se deplora el tiempo perdido para la tramitacin de los asuntos de inters general. La comprobacin de estos hechos, y las crticas que hago, inspiradas en mi educacin cvica, tan distinta de la que impera en Colombia, fueron ms de una vez compartidas en Bogot por hombres ilustres que vean con ms claridad que yo los inconvenientes de esas prcticas viciosas. Pero dejemos de lado esas irregularidades que no son sino consecuencias extremas de ideas sanas y fecundas, y podremos afirmar que pocos pueblos viven al amparo de instituciones ms liberales que Colombia. El caudillaje militar ha muerto hace mucho tiempo; hay algo que recuerda los tiempos libres de la Grecia en la prctica del Senado de elegir anualmente un nmero determinado de ciudadanos, militares o no, de entre los que el Presidente debe nombrar los generales necesarios para el comando del ejrcito. En una tierra donde de la noche a la maana un hombre es general, durante un ao, los generales no tienen el prestigio que puede convertirlos en una amenaza para las libertades pblicas. No faltan, por cierto, militares de carrera, como los generales Trujillo, Salgar, Camargo, Sarmiento, etc., que han hecho sus pruebas y que en la presidencia han sido los primeros en respetar la Constitucin; pero va desapareciendo el general de barrio, el cacique de charreteras, que es un azote en otras secciones de Amrica. Los dictadores gozan generalmente de mala salud en Colombia; Bolvar lo fue... o pretendi serlo, y an se muestra en el Palacio de Gobierno, en Bogot, el balcn por donde salt escapando al grupo de jvenes que, fanticos por la libertad, como los romanos del tiempo de Bruto, crean accin santa matar al tirano. Entre ellos estaba Florentino Gonzlez, cuyos restos reposan hoy en suelo argentino. La intrepidez de la soberbia Manuela, la querida de Bolvar, cerrando con su cuerpo el paso a los conjurados, y las ideas caballerescas de stos, que les impedan matar una mujer, salvaron la vida del Libertador. Me figuro con repugnancia, a Bolvar saltando por el balcn, y sobre todo, pasando la noche bajo el arco de aquel puente raqutico, entre barro e inmundicias, para salir por la maana, plido, desencajado y sucio. Vale ms la esplndida figura de Pizarro, arrojando en su impaciencia la coraza cuyos broches no ajustan, para salir al encuentro de sus asesinos y combatir hasta el ltimo aliento y morir trazando en el suelo la seal de la cruz con su propia sangre. Es muy probable que cualquiera de nosotros, en caso semejante, se hubiese felicitado de encontrar el puente salvador... Pero no somos Bolvar. Cuando se me vuela el sombrero en la calle, corro tras l, como un simple M. Pickwick; os figuris a Napolen desalado tras su sombrero de dos picos, que el viento arrebata y cubre de polvo? El empleo del hroe tiene exigencias que os necesario respetar. El segundo conato de dictadura en Colombia fue el del general Melo, que sucumbi en breve ante los esfuerzos aunados de liberales y conservadores, que es el rasgo ms profundo de amor a la libertad que puede encontrarse, conociendo las ideas de esos dos partidos extremos. Las divisiones polticas fundamentales de Colombia son hoy tres: conservadores, liberales e independientes. Los ltimos forman un partido nuevo, que pugna por crearse adeptos a favor de las ideas sanas y moderadas que sostiene. Es indispensable olvidar la tradicin de nuestros partidos argentinos desde 1852 a la fecha, para formarse una idea exacta de los de Colombia. Un demagogo de los nuestros pasa all por un conservador y un conservador argentino es un comunista para los colombianos de ese tinte. No creo que hoy se encuentren frente a frente, en parte alguna del mundo, principios ms radicalmente opuestos, opiniones ms encontradas, creencias ms antagnicas. El partido conservador que estuvo en el gobierno hasta 1860, siendo entonces derribado por una revolucin liberal que conserva hasta hoy el poder, cuenta en sus filas, segn confesin de los mismos liberales, ms de las tres cuartas partes de la poblacin de Colombia. Por qu no ha triunfado en las urnas o cuando el acceso a stas le ha sido negado, en los campos de batalla donde frecuentemente ha sido batido por las huestes liberales? Porque el exceso mismo de sus ideas, que envuelven la negacin ms absoluta del progreso, les quita esa fuerza, ese mpetu que la violenta aspiracin a la libertad, a la emancipacin de la conciencia humana comunica a sus adversarios. Se lee mal, cuando se lee de rodillas, ha dicho Renn, refirindose a la interpretacin de los textos bblicos; se combate mal, cuando se combate de rodillas, diremos a nuestro turno. Los conservadores puros de Colombia (y apelo a la declaracin de sus hombres de letras, que son los ms distinguidos del pas) parece que, como Luis XVIII, no han aprendido ni olvidado nada... desde el siglo XVI. Fanticos, intransigentes en materia de religin, no ocultan en poltica su preferencia por la monarqua, y aun creo que no son muy ardientes partidarios de aquellas que tienen por base el rgimen parlamentario. Ms de una vez he visto procesiones insignificantes en Bogot, a propsito de fiestas secundarias de la iglesia; el pendn era siempre llevado por miembros conspicuos del partido conservador, por hombres cuyo apellido, no slo recuerda las tradiciones de los buenos tiempos, sino que estn vinculados a la historia nacional: los Mallarino, los Arboleda, etc. Para ellos la palabra bblica es una sentencia que no puede ni debe cambiar el tiempo: fuera de la Iglesia, no hay salvacin. Viven en el seno de ella, que costean noblemente con sus sacrificios, que honran con el cumplimiento de las prcticas religiosas, pudiendo estar legtimamente orgullosos del clero colombiano que es puro, ilustrado y digno, en su difcil situacin. Conservara el partido conservador sus idas actuales si llegase a gobernar? El poder es una experiencia peligrosa para la lgica de los principios. Pero la oposicin tiene tambin el inconveniente de presentar un plano inclinado por el que stos se deslizan insensiblemente. Las exigencias de la polmica, el talento desplegado por una y otra parte en Colombia, la buena fe recproca, han llevado a conservadores y liberales a aceptar las consecuencias ms forzadas de sus sistemas y a hacer declaraciones que envuelven de ambos lados, las unas por su absolutismo, las otras por su tendencia anrquica, la negacin ms completa de los buenos principios de gobierno que imperan hoy en el mundo civilizado. Empujados por la gravitacin conservadora que se hunde en lo pasado, los liberales se lanzan al porvenir con una vehemencia terrible. No contentos con la separacin de la Iglesia del Estado, que a mi juicio es un beneficio para el Estado, y para la Iglesia, la mayor parte son individualmente ateos. Ms de una vez he comprobado con asombro y tristeza los extremos a que los ha conducido la lgica implacable de sus adversarios y que ellos han aceptado con lealtad y entereza. En el centro de ese campo donde combaten huestes tan opuestas, los independientes, antiguos liberales, se han segregado de la masa, procurando encontrar, al abrigo de la moderacin en las ideas, un _modus vivendi_ razonable para la colectividad. De un liberalismo templado, manifiestan pblicamente un serio respeto por la religin, y en materia poltica trabajan por introducir cierta reglamentacin indispensable para hacer fecundas las libertades y derechos garantizados por la Constitucin. Pero por el momento, el partido independiente, no slo es poco numeroso en Colombia, sino que carece de autoridad moral, a pesar de las condiciones, realmente distinguidas, de algunos de sus miembros. Partido nuevo, ha tenido que echar mano de todos los elementos que se le ofrecan; cuando se busca la cantidad, la percepcin de la calidad se embota. Frecuentemente, al contemplar la lucha de esas tres entidades, me ha venido a la memoria la Asamblea Legislativa francesa en 1790; de un lado, la intransigencia del antiguo rgimen, los restos del feudalismo seorial y eclesistico, representado por la alta nobleza y el clero de casta; en frente, el grupo de los innovadores, con los terribles cuadernos de quejas en las manos, el espritu nutrido de Rousseau, grupo encarnado en esos oscuros abogados de provincia, sin la menor nocin de gobierno, y con la misin nica y fatal de derribar. En el centro, Mirabeau, Barnave, los Lameth, Lafayette, Lally-Tollendal... queriendo unir en un abrazo de conciliacin el pasado y el porvenir, regenerar la monarqua por medio de la libertad, ponderar la libertad por medio de la institucin monrquica... No es acaso ese juego de los partidos colombianos la marcha constante de las sociedades humanas hacia el progreso, y no est revelando la existencia de un pueblo libro y enrgico en la defensa de sus derechos?[12]. CAPITULO XIII Bogot. Primera impresin.--La plazuela de San Victorino.--El mercado de Bogot.--La Espaa de Cervantes.--El cao.--La higiene.--Las literas.--Las serenatas.--Las plazas.--Poblacin.--La elefantasis.--El Dr. Vargas.--Las iglesias.--Un cura colorista.--El Capitolio.--El pueblo es religioso.--Las procesiones.--El Altozano.--Los polticos.--Algunos nombres.--La crnica social.--La nostalgia del Altozano. La primera impresin que recib de la ciudad de Bogot, fue ms curiosa que desagradable. Naturalmente, no me era permitida la esperanza de encontrar en aquellas alturas, a centenares de leguas del mar, un centro humano de primer orden. Iba con el nimo hecho a todos los contrastes, a todas las aberraciones imaginables, y con la decidida voluntad de sobrellevar con energa los inconvenientes que se me presentasen en mi nueva vida. Por una evolucin curiosa de mi espritu, mi primer pensamiento, cuando el carruaje comenz a rodar en las calles de la ciudad, fue para el regreso. Qu lejos me encontraba de todo lo mo! Atrs quedaban las duras jornadas de mula, los sofocantes das del Magdalena y la pasada travesa en el mar. Habra que rehacer esa larga ruta nuevamente! Confieso que esa idea me haca desfallecer. La calle por donde el carruaje avanzaba con dificultad, estaba materialmente cuajada de indios. Acababa de cruzar la plazuela de San Victorino, donde haba encontrado un cuadro que no se me borrar nunca. En el centro, una fuente tosca, arrojando el agua por numerosos conductos colocados circularmente. Sobre una grada, un gran nmero de mujeres del pueblo, armadas de una caa hueca, en cuya punta haba un trozo de cuerno que ajustaban al pico del agua que corra por el cao as formado, siendo recogida en una nfora tosca de tierra cocida. Todas esas mujeres tenan el tipo indio marcado en la fisonoma; su traje era una camisa, dejando libres el tostado seno y los brazos, y una saya de un pao burdo y oscuro. En la cabeza un pequeo sombrero de paja; todas descalzas. Los indios, que impedan el trnsito del carruaje, tal era su nmero, presentaban el mismo aspecto. Mirar uno, es mirar a todos. El eterno sombrero de paja, el poncho corto, hasta la cintura, pantalones anchos, a media pierna y descalzos. Algunos, con el par de alpargatas nuevas ya mencionado, cruzado a la cintura. Una inmensa cantidad de pequeos burros cargados de frutas y legumbres... y una atmsfera pesada y de equvoco perfume. Los bogotanos se rean ms tarde cuando les narraba la impresin de mi entrada y me explicaban la razn. Haba llegado en viernes, que es da de mercado. Aunque ste est abierto toda la semana, es en los jueves y viernes cuando los indios agricultores de la sabana, de la tierra caliente y de los pequeos valles allende la montaa que abriga a Bogot, vienen con sus productos a la capital. El mercado de Bogot, por donde paso en este momento y del que dir algunas palabras para no ocuparme ms de l, es seguramente nico en el mundo, por la variedad de los productos que all se encuentran todo el ao. Figuran al lado de las frutas de las zonas templadas, la naranja, el melocotn, la manzana, la pera, uvas, melones, sandas, albaricoques, toda la infinita variedad de las frutas tropicales, la guanbana, el mango, el aguacate, la chirimoya, la gramilla, el pltano... y doscientos ms cuyo nombre no me es posible recordar. Las primeras crecen en las sabanas y en los valles elevados, cuya temperatura constante (de 13 a 15 grados centigrados) es anloga a la de Europa y a la nuestra. Las segundas brotan en la tierra caliente, para llegar a la cual no hay ms que descender de la sabana unas pocas horas. As todas las frutas de la tierra ofrecidas simultneamente, todas frescas, deliciosas y casi sin valor nominal. No es un fenmeno nico en el mundo? Un indio de la sabana puede darse en su comida el lujo a que slo alcanzan los ms poderosos magnates rusos a costa de sumas inmensas, y ms completo an... Al fin llego a las piezas que me han sido retenidas en el Jockey Club y tomo posesin de aquella sala desnuda, a la que me ligan hoy tantos recuerdos y que no entreveo en mi memoria sin una emocin de cario y gratitud por los que me hicieron tan grata la vida en el suelo colombiano. La ciudad... Me est saltando la pluma en la mano por hacer un cuadro engaador, mentir a boca llena y decir despus a los que no me crean: _allez y voir_! Pero es necesario vencer el afecto que conservo a Bogot y decir todo lo malo, sobre todo, lo curioso que tiene. En los primeros das me cre transportado a la Espaa del tiempo de Cervantes. Las calles, estrechas y rectas como las de todas las ciudades americanas, por lo dems; las casas bajas y de tejas, con aquellos balcones de madera que an se ven en nuestra Crdoba, salientes, como excrecencias del muro, pero muchos labrados primorosamente, como los de la casa solariega de los marqueses de Torretagle, en Lima; las puertas, enormes, de madera tosca, cerradas por adentro en virtud de un mecanismo, en el que, una piedra atada al extremo de una cuerda, hace el primer papel; el pavimento de las calles, de piedra no pulida, y por fin, el arroyo que corre por el centro, que viene de la montaa y cruza la ciudad con su eterno ruido montono, triste y adormecedor. Ms de un momento de melancola debo al cao desolado, que parece murmurar una queja constante; es algo como el rumor del aire en los meandros de un caracol aplicado al odo. Aunque de poca profundidad, el cao basta para dificultar en extremo el uso de los carruajes en las calles de Bogot. Al mismo tiempo, comparte con los chulos (los gallinazos del Per) las importantes funciones de limpieza e higiene pblica, que la Municipalidad le entrega con un desprendimiento deplorable. El da que, por una obstruccin momentnea (y son desgraciadamente frecuentes), el cao cesa de correr en una calle, la alarma cunde en las familias que la habitan, porque todos los residuos domsticos que las aguas generosas arrastraban, se aglomeran, se descomponen bajo la accin del sol, sin que su plcida fermentacin sea interrumpida por la accin municipal, deslumbrante en su eterna ausencia. El vecino de Bogot, como todos los vecinos de las ciudades americanas y de algunas europeas, paga un fuerte impuesto de limpieza, que en su totalidad no da menos de 150.000 pesos fuertes, cantidad que bastara para mantener a Bogot en inmejorable condicin higinica. Pero, desde cundo ac los impuestos municipales se emplean entre nosotros, nobles hijos de los espaoles, en el objeto que determina su percepcin? Cunto pagaba hasta hace poco un honrado vecino de los suburbios de Buenos Aires por impuesto de empedrado, luz y seguridad, para tener el derecho de llegar a su casa sin un peso en el bolsillo, tropezando en las tinieblas y con el barro a la rodilla? S, la Espaa del siglo XVII... En las esquinas, de lado a lado, la cuerda que sujeta, por la noche, el farol de luz mortecina, que una piedra reemplaza durante el da. Al caer la tarde, el sereno lo enciende, y con pausado brazo lo eleva hasta su triste posicin de ahorcado. Cuntas veces, cuando las sombras cubran el suelo, me he echado a vagar por las calles! Un silencio absoluto, algo como la apagada calma veneciana, sin el grito natural y montono de los gondoleros que se dan la voz de alerta. A veces, a lo lejos, un farol cuyo reflejo va dibujando caprichosos arabescos en el suelo, alumbra y precede... una silla de manos, que oscila cadenciosa al andar de los hombros que la llevan. Es una seora que va a una fiesta. Me detengo y busco en mi ilusin los pajes con antorchas o el escudero armado que cierra la marcha. Ha pasado; mis ojos siguen inconscientes al farol que se va alejando; su incierto resplandor oscila an, disminuye, se disipa... Una sombra, algo que no he odo llegar, pasa a mi lado, pegndose a la pared y produciendo el ruido especial de las plantas desnudas batiendo temerosas la vereda; si la detenis, os dir siempre que va muy apurada a la botica, porque la seora o la prima est enferma... Esas aves que cruzan a la sombra y que uno mira con atencin para descubrir si van montadas en un palo de escoba, rumbo al _sabbat_, llevan en Bogot el caracterstico nombre de nocheras. El _nochiero_ llama el Dante al sombro pasante de las almas perdidas... Siento un rumor lejano, un apagado murmurar, el tenue choque de maderas contra las piedras. Avancemos; al doblar una esquina, aparecen unos quince o veinte hombres, ocupados en colocar los atriles de una orquesta frente a los balcones desiertos de una casa envuelta en la oscuridad. Hablan quedo; un hombre cuya juventud vibra en su andar firme y erguido, da sus ltimas instrucciones en voz baja y va a perderse en la sombra de un portal, frente al balcn que devora con los ojos. Lo imito y observo. Qu efecto profundo y penetrante el de los primeros acordes, y cmo esas notas han de ir dulcemente a acariciar a la virgen que duerme y que despierta continuando el sueo en que crea or una voz impregnada de ternura, hablndole con el acento de los cielos, de los amores de la tierra! Qu tocan? Oh, el bogotano es hombre de buen gusto y conoce a los maestros divinos que han trazado las rutas ms seguras para llegar al corazn de la mujer! Es el _Adis_ o la _Serenata_ de Schubert, el preludio de la _Traviata_, que, surgiendo en el silencio con su acento tenue y vago, produce un efecto admirable; son, sobre todo, los tristes, los desolados bambucos colombianos, con toda la poesa de la msica errante de nuestras pampas. Luego, al concluir, un vals brillante de Strauss, para recordar sin duda algn momento pasado, cuando, los cuerpos unidos y los brazos entrelazados en el rpido girar, el labio derram al odo la primera palabra del poema que la msica est interpretando... Al principio, la casa duerme; cuando empieza la segunda pieza, un postigo se entreabre de una manera casi invisible en el balcn desierto, y un rayo imperceptible de luz, brotando de la oscura fachada, anuncia discretamente que hay un odo atento y un pecho agitado. Luego, nada ms. Los msicos han partido, los pocos transentes atrados se alejan, el silencio y las sombras recuperan su dominio y slo queda all el guardin de noche que ha gozado de la serenata, pensando tal vez en su nido calentito. No es la Espaa del pasado, lo repito? Id a dar una serenata en Buenos Aires, bajo la luz elctrica, en medio de un millar de transentes y en combinacin con las cornetas de los tranvas! Uno de mis amigos de Bogot, queriendo organizar una serenata para la noche siguiente, llam a un director de orquesta especialista y le pidi su presupuesto. Este indic un precio respetable, algo como cien pesos fuertes; mi amigo le observ que era muy caro, que as no podra repetirlas. El artista, con la conviccin de un zapatero de bulevar, diciendo al cliente reacio: Fjese en la suela, contest imperturbable: --Oh!, de las que yo doy, con una basta! A diferencia de Caracas, que ostenta su Calvario y su linda plaza Bolvar, Bogot no tiene paseos de ningn gnero. La plaza principal es un cuadrado de una manzana, sin un rbol, sin bancos, fro y desierto, algo como nuestra antigua plaza Once de Septiembre. En el centro se levanta una pequea estatua del Libertador, de pie, de un mrito artstico excepcional en esa clase de monumentos. Fue regalada al Congreso de Colombia por el general Pars, que la encarg a uno de los artistas italianos ms famosos de la poca. Hay el pequeo _square_ Santander, muy bien cuidado, lleno de rboles y en cuyo centro se encuentra la estatua del clebre general, pero que, en valor artstico, est muy por debajo de la de su ilustre amigo y jefe. Desgraciadamente, ese punto, que podra ser un agradable sitio de reunin, est generalmente desierto, como sucede con la ancha calle de las Nieves y plazuela de San Diego, que en lo futuro sern un desahogo para Bogot, cuya poblacin aumenta sin cesar, sin que la edificacin progrese en la misma relacin. Los libros en general dan 60.000 almas a Bogot. Puedo afirmar que hoy la capital de Colombia tiene seguramente ms de 100.000. Me ha bastado ver las enormes masas de gente aglomerada con motivo de festividades religiosas o civiles, para fijar el nmero que avanzo como mnimum. Pero, como he dicho, la ciudad no se extiende a medida que la poblacin acrece, lo que empeora gravemente las condiciones higinicas. As, la gente baja vive de una manera deplorable. Hay cuartos estrechos en que duermen cinco o seis personas por tierra; la bondad de aquel clima, fuerte y sano, salva slo a la ciudad de una epidemia. Colombia tiene, sin embargo, su azote terrible, cuyo rpido desenvolvimiento en los ltimos tiempos ha hecho que muchos hombres generosos hayan dado la voz de alerta, obligando a los poderes pblicos a ocuparse de tan grave asunto. Es la espantosa elefantasis de los griegos, cuya marcha fatal nada detiene; la lepra temida, que asla al hombre de la sociedad, lo convierte en un espectculo de horror aun para los suyos y pesa sobre ciertas familias como una maldicin bblica. Los Estados de Boyac y Santander son los ms azotados, pero el mal, favorecido por la ausencia absoluta de limpieza en el indio, comienza a propagarse en la sabana. No es slo en las clases miserables donde se ceba; ms de una familia distinguida tiene la herencia terrible, sin que jams las pobres criaturas que la componen conozcan los goces del hogar, porque el hombre que quiere formarlo se aleja con horror de su umbral. Qu fuerza de voluntad se necesita para luchar contra el mal! En algunas pginas que producen una emocin profunda, el doctor Vargas, que hoy ha dedicado su vida al alivio de esa desventura, ha contado cmo fue atacado por el mal en plena juventud, al terminar sus estudios de medicina. Abandon la vida social, la ciudad, y solo, errante en los clidos valles de Tocaima, o cerca de las riberas del Magdalena, l combati al enemigo, hora por hora, sin un momento de desaliento. El cielo le sonri y encontr una mujer generosa que quiso compartir su miseria. Al leer ese relato, que parece una pgina arrancada al _Infierno_, de Dante, la mano busca inconsciente el puo de un revlver. Oh! es ah donde Schopenhauer habra podido maldecir la voluntad persistente y obstinada de vivir, que amarra al hombre a tales miserias. La energa indomable del doctor Vargas lo salv; pero, cuando sali de la lucha, la juventud haba pasado, y slo quedaba en el alma un cario inmenso por los que sufran lo que l haba sufrido. Siempre he mirado con un supremo respeto al distinguido escritor colombiano que tiene, como Prometeo, la cadena que lo aferra y el buitre que lo devora, sin que su espritu decaiga un instante. En su soledad, vive la vida intelectual del mundo entero, y con el cuerpo marchitado para siempre, conserva la frescura de la inteligencia. Benditas sean las lepras que as suavizan los dolores de la existencia! El gobierno de Colombia, como lo he dicho, se preocupa seriamente de ese mal que amenaza comprometer el porvenir del pas. Es de esperar que sus progresos sern detenidos y que al fin ceder a los esfuerzos perseverantes de la ciencia. De las capitales sudamericanas que conozco (y la nica que me falta es Quito), Buenos Aires es la menos bien dotada respecto a la arquitectura de los templos, que datan de la dominacin espaola. San Francisco y Santo Domingo son deplorables, y nuestra Catedral, a pesar de sus reformas modernas, me hace el efecto de un galpn de ferrocarril al que se hubiera puesto un frontispicio pseudogriego. Nunca he podido comprender tampoco por qu las iglesias que se construyen actualmente, se hacen pesadas, sin majestad y sin gracia, cuando se tienen modelos como esa maravillosa iglesia Votiva de Viena, a la que el desgraciado Maximiliano ha vinculado su nombre. Las iglesias de Bogot son superiores a las nuestras de la misma poca, si no en tamao, seguramente en arquitectura. La Catedral es severa y elegante; pero, a mi juicio, se lleva la palma el frente de la pequea capilla que tiene al lado, sencillo, desnudo casi, con sus dos pequeos campanarios en la altura, que acentan la inimitable armona del conjunto. En el camino a las Nieves hay una iglesia, cuyo nombre no recuerdo, totalmente cubierta al interior de madera labrada. Se cree entrar en la Catedral de Burgos, donde el Berruguete ha prodigado los tesoros de su cincel maravilloso, filigranando el tosco palo y dndole la expresin y la vida del mrmor o del bronce. Slo una vez fui all y sal indignado, jurando no volver. Figuraos que han pintado de azul el admirable artesonado del techo! Un hombre con alma de artista ha pasado muchos aos tallando esas maderas, el tiempo carioso ha venido a contemplar su obra, comunicndoles el tinte opaco y lustroso, el aspecto de vetusto que las hace inimitables... para que un cura imbcil y colorista arroje sobre ellas un tarro de ail diluido, encontrado en un rincn de la sacrista! Otro de los monumentos de Bogot, el ms importante por su tamao, es el Capitolio, o Palacio Federal. Fue empezado hace diez aos, ha tragado ya cerca de un milln de pesos fuertes, y no slo no est concluido, sino que creo no se concluir jams. El autor del plano debe haber tenido por ideal un dado gigantesco. Algo cuadrado, informe, plantado all como un monolito de la poca de los cataclismos siderales. A la entrada, pero dentro de la lnea de edificacin, una docena de enormes columnas que concluyen truncas... en el vaco. No sostienen nada, no tienen misin de sostener nada, no sostendrn jams nada. Mi amigo Rafael Pombo, uno de los primeros poetas del habla espaola, pasa su vida mirando al Capitolio y haciendo proyectos de reformas. Los ministros le tiemblan cuando lo ven aparecer en el despacho con su rollo bajo el brazo. Pombo quiere sacar las columnas a la calle, hacer un peristilo, algo razonable y elegante. Un joven arquitecto, italiano, que el gobierno ha contratado para concluir la obra, se ha comido ya todas las uas y el bigote mirando la esfinge. Mi humilde opinin es que ha llegado el momento de llamar al homepata, para satisfaccin de la familia, porque el Capitolio est muy enfermo y no le veo mejora posible. Puesto que de iglesias he hablado antes, dir que el pueblo de Bogot es sumamente religioso y practicante. El clero, cuyos bienes han sido secularizados, vive bien, como en los Estados Unidos, con los subsidios de los creyentes. Cuntas y cun serias ventajas ofrece ese sistema sobre el de la subvencin oficial! La Iglesia adquiere mayor autoridad moral, realzada por la espontaneidad de la ofrenda, y no se viola el principio de justicia que exige el empleo del impuesto comn, en beneficio comn. Las seoras, aunque pertenezcan a familias radicales acrrimas, son de una devocin ejemplar y hacen a veces la religin amable para los ms indiferentes. Recuerdo haber hecho, bajo una lluvia torrencial, un gran nmero de estaciones un Viernes Santo, en adorable compaa; el paraguas era una farsa, el viento nos azotaba la cara... pero con qu delicia hunda mi pie en los numerosos charcos de la vereda! Jams adquir un resfro con ms ttulos a mi respeto y consideracin. No es raro saber en Bogot que tal caballero, liberal exaltado, ateo y casi anarquista, tiene sus hijos en la escuela de Carrasquilla o en la de Mallarino, dos conservadores marca Felipe II. Qu quiere usted! Las mujeres!..., dicen. Y un poquito ellos mismos, agregar; siempre es bueno tener amigos que estn bien con el cielo, porque... si por casualidad todas esas paparruchas fueran ciertas? Se han visto tantas cosas en este pcaro mundo! El bajo pueblo es fantico; los das de las grandes fiestas la puerta de la Catedral est sitiada por grupos inmensos, que ondean impacientes. Por fin la puerta se abre y es entonces una de hombreo y codo para ganar los buenos sitios, que permite a los ms robustos ponerse al alcance de la voz del predicador. Aunque de algn tiempo a esta parte se han suprimido muchsimos detalles grotescos de las antiguas procesiones, an he visto figurar la representacin plstica de las escenas de _La Pasin_, el Seor bajo la cruz, las santas doloridas... y el judo, el pcaro judo, vestido a la romana, de nariz encorvada, frente estrecha, gran abundancia de pelo y ojos torvos, a quien el pueblo ensea el puo y que pasara por cierto un mal rato, si los guardianes, vestidos como los penitentes de la Santa Hermandad, con el sombrero de pico y el rostro cubierto, no estuvieran prontos a la defensa. Pero, me diris, los bogotanos no pasean, no tienen un punto de reunin, un club, una calle predilecta, algo como los bulevares, nuestra calle Florida, el Ring de Viena, el Unter den Linden de Berln, el Corso de Roma, el Broadway de Nueva York o el Park-Corner de Londres? S, pero todo en uno: tienen el Altozano. Altozano es una palabra bogotana para designar simplemente el atrio de la Catedral, que ocupa todo un lado de la plaza Bolvar, colocado sobre cinco o seis gradas y de un ancho de diez a quince metros. All, por la maana, tomando el sol, cuyo ardor mitiga la fresca atmsfera de la altura; por la tarde, de las 6 a las 7 despus de comer (el bogotano come a las 4), todo cuanto la ciudad tiene de notable, en poltica en letras o en posicin, se reune diariamente. La prensa, que es peridica, tiene poco alimento para el reportaje en la vida regular y montona de Bogot; con frecuencia el Magdalena se ha rezagado con exceso, los vapores que traen la correspondencia se varan y se pasan dos o tres semanas sin tener noticias del mundo. Dnde ir a tomar la nota del momento, el chisme corriente, la probable evolucin poltica, el comentario de la sesin del Senado donde el macho Alvarez ha dicho incendios contra el Presidente Nez, que Becerra ha defendido con valor y elocuencia? Dnde ir a saber si Restrepo est en Antioqua de buena fe con los independientes, o lo que Wilches piensa hacer en Santander? Al Altozano. Todo el mundo se pasea de lado a lado. All un grupo de polticos discutiendo inflamados. El comit de salud pblica (una asociacin poltica de tinte radical) se ha reunido por la tarde, ha habido discursos incendiarios, Felipe Zapata prepara un folleto formidable contra el ltimo emprstito enajenando las rentas del ferrocarril de Panam; es acaso posible que Nez se vindique? Parece que en Popayn no estn contentos con el gobierno, lo que ha determinado, por antagonismo, la adhesin de Call; qu hay de Cipaquir? Dicen que los peones de las salinas se estn moviendo... Pasemos. Quin es ese hombre que cruza el Altozano, apurado, mirando eternamente el reloj, con el sombrero alto a la nuca, delgado, moreno, con unos ojos brillantes como carbunclos, saludando a todo el mundo y por todos saludado con cario? Lo sigo con mirada afectuosa y llena de respeto, porque en ese crneo se anida una de las fuerzas poticas ms vigorosas que han brotado en el suelo americano... Es Diego Fallon[13], el inimitable cantor de la luna vaga y misteriosa, de quien ms adelante hablar. Va a dar una leccin de ingls; hay que comer y el tiempo es oro. Quin tiene la palabra, o ms bien dicho, quin contina con la palabra en el seno de aquel grupo? Es Jos Mara Samper, que est hablando un volumen, lo que no impide que escriba otro apenas entre en su casa. All viene un cuerpo enjuto, una cara que no deja ver sino un bigote rubio, una perilla y un par de anteojos... Es un hombre que ha hecho soar a todas las mujeres americanas con unas cuantas cuartetas vibrantes como la queja de Safo... es Rafael Pombo, y Camacho Roldn y Zapata, Manuel A. Caro y Silva, Carrasquilla y Marroqun, Salgar y Trujillo, Esguerra y Escobar... todo cuanto la ciudad encierra de ilustraciones en la poltica, las letras y las armas. Ms all, un grupo de jvenes, la crme de la crme, segn la expresin vienesa que han adoptado. Hay programa para esta noche? Y los mil comentarios de la vida social, los ltimos ecos de lo que se ha dicho o hecho durante el da en la calle Florin o en la calle Real, cmo estn los papeles, si es cierto que se vende tal hato en la sabana, que Fulano ha vuelto de Fusugasug, donde estaba veraneando, que Zutano se va maana a pasar un mes en Tocaima, y por qu ser, y que a Pedro lo han partido con la hoja suelta que le han echado; se la atribuyen a Diego; maana hay rifa en tal parte; qu buena la ltima caricatura de Alberto Urdaneta! Cundo acabar de escribir X. vidas de prceres? Se est organizando un paseo al Salto, de ambos sexos. Quin lo da? Saben la descrestada de Fulano?... Una bolsa, un crculo literario, un arepago, una _cotere_, un saln de solterones, una _coulisse_ de teatro, un _forum_, toda la actividad de Bogot en un centenar de metros cuadrados: tal es el Altozano. Si los muros silenciosos de esa iglesia pudieran hablar, qu bien contaran la historia de Colombia, desde las luchas de precedencia y etiqueta de los oidores y obispos de la colonia, desde las crnicas del _Carnero_ bogotano, hasta las ltimas conspiraciones y levantamientos! Ms de una vez tambin la sangre ha manchado esas losas, ms de una vez han sido teatro de luchas salvajes. El bogotano tiene apego a su Altozano, por la atmsfera intelectual que all se respira, porque all encuentra mil odos capaces de saborear una ocurrencia espiritual y de darle curso a los cuatro vientos. Ma. de Stal en Coppet, suspirando por el sucio arroyo de la rue du Bac o Frou-frou en Venecia, soando con el bulevar, no son ms desgraciados que el bogotano que la suerte aleja de su ciudad natal y sobre todo... del Altozano. CAPITULO XIV La sociedad. Cordialidad.--La primer comida.--La juventud.--Su corte intelectual.--El "cachaco" bogotano.--Las casas por fuera y por dentro.--La vida social.--Un "asalto".--Las mujeres americanas.--Las bogotanas.--"Donde" el Sr. Surez.--La Msica.--Las seoritas, de Caicedo Rojas y de Tanco.--El "bambuco".--Carcter del pueblo.--El duelo en Amrica.--Encuentros a mano armada.--Lances de muerte.--Virilidad.--Ricardo Becerra y Carlos Holgun.--Una respuesta de Holgun.--Resumen. Para el viajero en general, nada es ms difcil que vivir la vida de la sociedad en cuyo seno se encuentra. Cuntos de nosotros hemos visitado la Europa entera (no hablo de aquellos a quienes una posicin excepcional facilita todo) sin conocer, de los pases que recorramos, ms que los teatros, los hoteles y el mundo equvoco de las calles! As son tambin las ideas que se forman. Algunas veces son los escritores del pas mismo los encargados de pintar la sociedad con los colores ms repugnantes. Quin se resolvera a llevar su familia a Francia, si los cuadros sociales del Pot-Bouille de Zola fueran exactos, si la _bourgeoisie_ francesa fuera el modelo de podredumbre que pinta vilipendiando y calumniando a su patria? En Amrica se abren las puertas con ms facilidad. A los dos o tres das de mi llegada, despus de haber sido visitado por un gran nmero de caballeros y cuando volva de la afectuosa recepcin oficial, donde se me haba ensanchado el corazn ante la manifestacin de viva simpata por mi pas, me encontr con una atenta invitacin a comer del Sr. D. Carlos Senz. Fue en esa primera e inolvidable comida donde empec a conocer lo que era la sociedad bogotana. Pocos momentos ms difciles y ms gratos al mismo tiempo. La reunin era selecta, y cada uno, en su amabilidad y alegra, se esforzaba en darme la bienvenida. Estaba all bien representada la juventud de Colombia en aquellos hombres cultos, de una correccin social perfecta, de maneras sueltas y elegantes. El corte intelectual del bogotano joven es caracterstico. Desde luego, una viveza de inteligencia sorprendente, elctrica en su rapidez de percepcin. Adems, slidamente ilustrados, sobre todo con aquel barniz incomparable que dan el cultivo de las letras y el amor a las artes. Flotando siempre en las ideas extremas del partido a que pertenecen, nada ms curioso que las discusiones humorsticas que se traban entre ellos sobre poltica. Las divisiones de partido, terribles, salvajes durante la lucha, se disipan al da siguiente y no salvan nunca los lmites de la vida social. Y las cosas que se dicen y la manera cmo un conservador me presentaba a un radical, su amigo ntimo, que le oa plcidamente decir iniquidades para, a su vez, pintarme a los godos a travs de sus pasiones! El _esprit_ chispea en la conversacin; una mesa es un fuego de artificio constante; el chiste, la ocurrencia, la observacin fina, la cuarteta improvisada, la dcima escrita al dorso del _men_, el aplastamiento de un tipo en una frase, la maravillosa facilidad de palabra... no tienen igual en ninguna otra agrupacin americana. El bogotano es esencialmente escptico; capaz de todos los entusiasmos, tiene cierto desdn de hombre de mundo por la declamacin patriotera de media calle. A un colombiano _pur sang_ se le crispan los nervios cuando se traba ante l una discusin sobre prceres, sobre si Bolvar hizo sto o Santander aqullo, si Racaurte en San Mateo, etc., cuando se cae, en fin, en el eterno dado americano, de la independencia, del yugo espaol. Tiene sobre eso frases excelentes. Una noche, despus de una cena en un baile, acompa a una seora que no haba tenido inactivo el tenedor, a su asiento, donde se acomod con voluptuosidad, saboreando una exquisita taza de caf. Se encuentra usted bien, seora?--Perfectamente; para eso pelearon nuestros padres!. La repblica es bogotana pura. El fondo de escepticismo abraza tambin las cuestiones religiosas; raro es el bogotano del buen mundo que se lance, en una declamacin contra los frailes, etc. Tienen la epidermis intelectual nerviosa y cualquier rasgo de mal gusto los irrita. Pero al mismo tiempo, hiperblicos, exagerados, extremosos en todo. Tienen una antipata? El infeliz que a veces no sospechaba haberla inspirado, es un pillo, un canalla, un ladrn, un asesino, un... el diccionario entero de denuestos. Ya s lo que quiere decir, habra dicho P. L. Courrier: es que tenemos opiniones diferentes. Lo que los espaoles y nosotros llamamos calavera, se llama cachaco en Bogot. El cachaco es el calavera de buen tono, alegre, decidor, con entusiasmo comunicativo, capaz de hacer bailar una ronda infernal a diez esfinges egipcias, organizador de las cuadrillas de a caballo en la plaza el da nacional, dispuesto a hacer trepar su caballo a un balcn para alcanzar una sonrisa, jugador de altura, dejando hasta el ltimo peso en una mesa de juego a propsito de una rifa, pronto a tomarse a tiros con el que lo busque, bravo hasta la temeridad... y que concluye generalmente, despus de uno o dos viajes a Europa, desencantando de la vida, en alguna hacienda de la sabana, de donde slo hace raras apariciones en Bogot. El cachaco es el tipo simptico, popular, bien nacido (como en todas las repblicas, hay all mucha preocupacin de casta), con su ligero tinte de soberbia, mano y corazn abiertos. Pero el cachaco se va; ya los de la generacin actual reconocen estar muy lejos de la cachaquera clsica del tiempo de sus padres, pero se consuelan pensando en que las generaciones que vienen tras ellos, valen mucho menos. La vida social no es muy activa respecto a fiestas. Viene por rfagas. De pronto, sin razn ostensible, cinco o seis familias fijan su da de recepcin, donde se baila, se conversa, se pasan noches deliciosas. De tiempo en tiempo, un gran baile, tan lujoso y brillante como en cualquiera capital europea, o entre nosotros. Mis primeras impresiones al aceptar invitaciones de ese gnero o pagar visitas, fueron realmente curiosas. Llegaba al frente de una casa, de pobre y triste aspecto, en una calle mal empedrada, por cuyo centro corre el eterno cao; salvado el umbral, qu transformacin! Miraba aquel mobiliario lujoso, los espesos tapices, el piano de cola de Erhard o Chickering, y sobre todo, los inmensos espejos, de lujosos marcos dorados, que tapizaban las paredes, y pensaba en el camino de Honda a Bogot, en los indios portadores, en la carga abandonada en la montaa, bajo la intemperie y la lluvia, en los golpes a que estaban expuestos todos esos objetos tan frgiles. En Bogot, para obtener un espejo, si bien se pide un marco, hay que encargar cuatro lunas, de las que slo una llega sana. Se comprende hasta cmo deben haberse devuelto las necesidades de comodidad por la cultura social, para que las familias se resuelvan a los sacrificios que instalaciones semejantes imponen. En las reuniones, una cordialidad, una _aisance_ de buen tono, inimitables. Se baila bien, con esa gracia de las mujeres americanas que no tiene igual en el mundo; las mujeres bailan mejor que los hombres. Me recordaban la limea flexible como una palmera, con sus ojos resplandecientes y su ondulacin enloquecedora. Cuando la reunin es ntima, una linda criatura toma un tiple (especie de guitarra, pero ms penetrante), tres o cuatro la rodean para hacer la segunda voz, y como un murmullo impregnado de quejidos se levanta la triste meloda de un bambuco. Se comprende fcilmente que los jvenes se resistan a conformarse con la privacin de esas fiestas tan gratas. Cuando llega una poca de calma (que viene y se va sin saber por qu, puesto que las estaciones del ao se suceden insensiblemente, sin variacin notable en la temperatura), qu combinaciones de genio para determinar a un patricio reacio a abrir sus salones! La intriga se arma en la calle Florin, preguntando a ste y a aqul, si estn invitados a la tertulia en casa de X... y cuando llega la hora del Altozano, toda la cachaquera no habla de otra cosa. Al fin, la especie llega a odos de la vctima elegida, que, si es hombre de buen gusto, sonre e invita. Cuando la maquinaria no da resultado, entra a funcionar la gruesa artillera y se organiza un asalto. Se elige una casa de confianza, se pasa la voz entre diez o doce familias, y todo el mundo cae de visita, a la misma hora, por casualidad. Mientras la duea de casa se toma la cabeza entre las manos, ste ha abierto el piano, aqullos han apartado la mesa del centro, uno, trepado en una silla, se ocupa de encender las velas de la araa superior, bien pronto suena un vals, la animacin cunde, y cuando el dueo de casa vuelve de su partida de tresillo en lo de Silva o el Jockey, se le sale al encuentro agradecindole la amable fiesta que ha dado sin saberlo. En los ltimos tiempos se ha introducido una ligera reforma al sistema de asaltos: se avisa un par de horas antes al propietario o a la seora de la casa designada, no para darle tiempo de defenderse, sino por pura cuestin de sibaritismo: es para que el champagne est helado y los sandwichs frescos. Cmo comprendo hoy que el extranjero se enloquezca con nuestras mujeres americanas, del Caribe al Plata! Es un ser distinto a la mujer europea; lo renen todo: el aire elegante y distinguido de la francesa, el cuerpo modelado a la griega de la hija de Nueva York o de Viena, la gracia espaola, el vigor de alma italiano, las lneas correctas de una fisonoma inglesa... Pero tienen la indecible movilidad de espritu que les es propia, esa msica en la voz que embriaga, los acentos profundos inspirados por la pasin, y cuando aman, se dan, se dan con el olvido del pasado, con la _non curanza_ suprema del porvenir, absorbidas, confundidas en el amor soberbio que las exalta! Qu agitacin misteriosa, intensa, debo hacer latir como una ola el corazn del alemn que se siente entrelazado por dos brazos que hablan en su presin suave, en su contacto tibio y estremecido! Todo lo que ha soado bajo la influencia de un _lieder_ de Heine, cuando ha podido vislumbrar en el mundo delicioso que crea la imaginacin, baada el alma de una meloda de Mendelssohn lo ve palpitante ante sus ojos, irradiando la santa voluptuosidad que atrae los cuerpos en la tierra, bajo la ley constante del amor!... Estas condiciones que nos distinguen entre la raza humana, y que el da en que la Amrica ocupe su sitio definitivo en la tierra, brillarn ante el mundo, la altivez, el desprendimiento, el valor, la planta firme para alcanzar la abnegacin, el desprecio profundo por las cosas bajas y rastreras, todo nos viene de la mujer americana, todo nos lo ha dado en germen la madre, todo lo desarrolla la mujer querida con la pureza serena de su mirada. No le hablis de dinero, no pretendis ofuscarla con el brillo vano de la posicin; buscad el camino del alma, si queris llegar a ella; sed digno, generoso y bravo... Slo as se llega a la puerta del templo, pero cuando sta se abre, cerrad los ojos y pedir la muerte en ese instante, porque habis respirado una atmsfera sobrehumana, porque todo lo dems que la vida os guarde, ser raqutico ante ese recuerdo!... Las mujeres bogotanas no desmerecen, por cierto, de sus hermanas de Amrica. Son generalmente pequeas, muy bien formadas, atrayentes por la pureza de su color, y sobre todo, para uno de nosotros, por el encanto irresistible de la manera de hablar. Tienen una msica cadenciosa en la voz, menos pronunciada que la que se observa en nuestras provincias del Norte. El idioma, por otra parte, tan distinto del nuestro en sus giros y locuciones, produce en aquellos labios frescos una impresin indecible. Hay entre ellas tipos de belleza completos, pero en la colectividad, es la gracia la condicin primordial, el suave fuego de los ojos, la elegante ondulacin de la cabeza, el movimiento, el _entrain_ continuo, lo que convierte una pequea sala en un foco de vida y animacin. Casi todas las familias principales han viajado, y al entrar en un saln y contemplar las toilettes que parecen salidas la vspera del reputado taller de una modista de Pars, nadie creera que se encontraba en la cumbre de un cerro perdido en las entraas de la Amrica. No me olvidar nunca de aquellas deliciosas comidas en casa de D. Diego Surez, cuyo hogar hospitalario me fue abierto con tanto cario. Nunca ramos menos de quince o veinte, y desde el primer plato, la mesa era una arena para el espritu de los concurrentes. Qu animacin! Cmo se cruzaban las ocurrencias ms originales e inesperadas! Tambin, cmo esperar que en Bogot encontrara una obra maestra como la bodega del Sr. Surez! Los vinos, elegidos por l en Europa, haban triplicado de valor en su larga travesa, y cuando los degustbamos, sentamos que aquel chisporroteo de espritus nos impeda entregarnos a esa grave tarea con la seriedad necesaria. Poro, cmo hacer? Los postres servidos, todo el mundo saltaba por dejar la mesa. Cuando llegbamos al saln, una joven estaba ya sentada al piano (cul de ellas no es msica?), los balcones abiertos nos invitaban a gozar de la cada de una de esas tardes frescas y serenas de la sabana, los grupos se organizaban, llegaba el momento de las charlitas ntimas y deliciosas, y cuando las sombras venan, comenzaba la _sauterie_ improvisada, el bambuco en coro, la buena msica, todos los encantos sociales, en una atmsfera delicada de cordialidad y buen tono. Y los recibos donde[14] Vengoechea, Restrepo, Tanco, Koppel, Soffia, Mier, Samper!, etc. He dicho ya la aficin inmensa que hay en Bogot por la msica. No hay casi una nia que no toque bien el piano, y recuerdo entre ellas a dos de la naturaleza ms profundamente artstica que he encontrado en mi vida. En cualquier parte del mundo habran llamado la atencin. Una de ellas, la seorita de Caicedo Rojas, tiene la intuicin maravillosa de los grandes maestros. La intuicin, porgue nunca ha salido de Bogot y no ha podido, por consiguiente, asimilarse la tradicin de los conservatorios europeos respecto a la interpretacin de los clsicos. Es indudable: se necesita nacer con un organismo musical para distinguir en los tintes del estilo las obras de los poetas clsicos del sonido. Con qu solemne majestad traduca a Beethoven! Qu ligereza elegante y delicada adquira su mano para bordar sobre el teclado uno de esos tejidos areos de Mozart, tan tenues como los hilos invisibles con que diriga su carro la reina Mah! Solloza con Schubert, canta y suea con Mendelssohn, brilla y gime con Chopn, vibra y arrebata con Rubinstein, conservando siempre, arriba de todo, el carcter expresivo de su personalidad. Me perdonar estas lneas la suave y modesta criatura, a quien debo un momento inolvidable? Me perdonar la Sta. Teresa Tanco, mi simptica compaera del Magdalena, si le repito en estas pginas lo que tantas veces ley en mis ojos, esto es, que tienen razn los bogotanos de estar orgullosos de ella por su espritu, la altura de su carcter y su talento musical incomparable? Sentada al piano, moviendo el arco de su violn, haciendo gemir un oboe o las cuerdas del arpa o el tiple, cantando bambucos con su voz delicada y justa, componiendo trozos como el _Alba_, que es una perla, siempre est en la regin superior del arte. No conoce la poesa sencilla e ntima de nuestra naturaleza americana aquel que no ha odo cantar a do un bambuco colombiano a las Stas. Tanco. El bambuco es el _triste_ de nuestra campaa, pero ms musical, ms artstico. La misma meloda primitiva, el mismo acento de tristeza y queja, porque la msica, en todas las regiones sociales, es el eterno consolador de las amarguras humanas. A ella acuden las sociedades cultas para alcanzar un reflejo de ese ideal que va muriendo bajo el pie de hierro del positivismo actual, a ella, el habitante de los campos y de las montaas para traducir las penas que turban su corazn simple, pero corazn de hombre. Transcribo aqu dos bambucos[15]. Como se ver, el verso en s mismo no vale nada; es la msica que lo acompaa, la expresin con que se dice, lo que constituye todo su mrito. Tal _triste_, odo una noche en un pobre rancho de nuestros campos con profunda emocin, no resiste a la tentativa de trasladarlo a una orquesta como motivo de sinfona. Los ensayos que se han hecho en ese sentido, no han dado nunca resultado... Flor la ms bella De entre mis flores, Lucero hermoso De un cielo azul, Precioso emblema De mis amores, Nuncio querido De horas mejores... Esa eres t Ave que gime Lejos del nido, Lejos del bosque Donde naci, Pjaro errante Que sorprendido Por las tinieblas Vaga perdido... Ese soy yo... Cruzo la senda Sola y oscura, Dame un destello De tu alba luz. Soy rbol mustio, Quiero frescura, Soy desgraciado, Quiero ventura... Dmela t. Como se ve, son simples cantares populares, ecos melanclicos y tristes, como si ese tinte del espritu fuera el nico rasgo que identifica a la especie humana bajo todos los climas y en todas las latitudes. Repito, una vez ms, que el encanto est en la msica y en la suavidad de la expresin al cantarla. Es muy frecuente, por las noches, or, en los sitios de los suburbios donde el pueblo se rene, bambucos en coro, cantados con voces toscas, pero con un acento de tristeza que hace soar. Si no fuera la influencia terrible de la chicha, que ya he mencionado, el pueblo colombiano--hablo de la masa proletaria y errante,--con su maravillosa predisposicin artstica, se elevara rpidamente en la escala de la civilizacin. Como raza indgena, la considero superior, no slo a la nuestra, que es la primera en barbarie y atrofa intelectual[16], sino tambin a la del Per, que no tiene los instintos de dignidad que caracterizan a la colombiana. El valor de los indios de Colombia, sobre todo de aqullos que viven en regiones montaosas--pues el clima terrible de la tierra caliente enerva a los que nacen y se forman dentro de esa atmsfera de fuego,--es hoy tradicional en aquella parte de Amrica. En la guerra de la independencia, como en las largas y cruentas luchas civiles que se han sucedido hasta 1876, cada batalla ha sido una hecatombe. En una de las ltimas, despus de un da entero de batallar, con las mortferas armas modernas, la victoria qued indecisa y perdi cada uno de los ejrcitos ms del 50 % de su efectivo. [imagen: partitura de Casta Paloma— Casta paloma tranquila fuente de mis amores rayo de luz. Grato perfume de rico ambiente. Bianca azucena, nia inocente. Esa eres t. Ave que gime lejos del nido, lejos del bosque donde naci pjaro errante que sorprendido. Por las tinieblas vaga perdido. Ese soy yo, Ese soy yo. La que corriendo en el llano saltando por las peas. Trepaba sobre las breas tendiendo su blanca mano para llamarme por seas. La que viendo me a sus pies rob la calma a mi mecho no tiene nign derecho para olvidarme despus. La que viendo me a sus pies rob la calma a mi mecho no tiene nign derecho para olvidarme despus.] Tengo la seguridad de que, si alguna vez la independencia de Colombia es amenazada o su honor ultrajado, podr contar para defenderse con un ejrcito de ms de 100.000 hombres, bravo, paciente y entusiasta. De todos los pases de la Amrica del Sur, slo en las regiones que baa el Plata se ha desenvuelto y reina soberana la institucin social del duelo. En Chile y el Per son tan raros los encuentros individuales, que se citan y recuerdan los pocos que han tenido lugar. Es la influencia de la sociabilidad francesa la que, hacindose sentir entre nosotros por medio de su literatura corriente, ha hecho persistir en nuestros hbitos la mana del duelo? Responde acaso esa prctica a una vaga presin etnogrfica, si puedo expresarme as, puesto que la vemos imperar en nuestros campos, convertida en una ley ineludible para el gaucho? Tenemos, es cierto, la sangre ardiente, el punto de honor de una susceptibilidad a veces excesiva, la vanidad del valor llevada a la altura de la pasin; pero sera ridculo pretender que esos caracteres no distinguan tambin a los dems pueblos americanos. En Colombia, el duelo, aunque ms frecuente que en Chile y el Per, no es comn. En cambio, reina desgraciadamente una costumbre que los mismos colombianos califican de salvaje. A pesar de toda mi simpata y cario por ellos, no puedo desmentirlos. Un hombre insultado en su honor o en su reputacin, hace lealmente decir a su enemigo que se arme, porque lo atacar donde lo encuentre. Ahora bien, en Bogot, la gente de cierta clase social (porque es desgraciadamente entre el alto mundo donde tienen lugar esas escenas deplorables), slo se encuentra durante el da en las calles Florin o Real, y por la maana y a la tarde en el Altozano. Yo mismo he presenciado, en la primera de las calles mencionadas, a las cuatro de la tarde, hora en que se agrupa all una numerosa concurrencia, un encuentro de ese gnero entre dos hombres pertenecientes a la ms alta sociedad bogotana. Revlver en mano, separados slo por el cao, se atacaron con violencia, disparando uno sobre el otro casi todas las balas de su arma. Cmo no se hirieron? La excitacin natural, el movimiento recproco lo explican suficientemente. Lo que me llam la atencin, fue que ninguno de los circunstantes (la mayor parte de los cuales, la verdad sea dicha, tomaron una prudente y precipitada retirada), no saliera con un balazo en el cuerpo. Los proyectiles se haban enterrado a la altura de un hombre en las dos paredes opuestas a los combatientes que concluyeron por venirse a las manos, siendo entonces separados por algunas personas. Por desgracia, raro es el incidente de ese gnero que se termina de una manera tan feliz. Ms de un joven brillante, ms de un hombre de mrito han muerto en uno de esos combates, leales, es cierto, porque no hay jams traicin ni sorpresa, pero, lo repito, no por eso menos salvajes. No citar ninguno de esos casos; pero, quin no recuerda en Bogot la historia terrible de aquel anciano que habiendo ofendido involuntariamente a un hombre joven y de pasiones profundas, le pidi pblicamente perdn, se arrodill a los pies del arzobispo para que ste evitara el encuentro a que su adversario lo incitaba de una manera implacable; hizo, en una palabra, cuanto es dado hacer a un hombre para aplacar a otro? Todo fue intil y un da el anciano se vio atacado bajo el portal de una iglesia; march recto a su enemigo, sufriendo el fuego continuo de su revlver, lleg junto a l, lo tendi de un balazo, y luego le enterr una daga en el corazn hasta la empuadura.... No lancis la primera piedra contra ese hombre de cabellos blancos, dbil, creyente y devoto, que se haba humillado, hundido la frente entre el polvo a los pies de su adversario y que haba vivido la vida amarga y angustiosa del peligro a todas horas y en todos los momentos! Ese anciano vive an, legtimamente rodeado del respeto colectivo, pero sus labios no han vuelto a sonrer. Y aquel joven deslumbrante, que en un encuentro, tal vez suscitado por l, muere entre los brazos de una mujer abnegada, que quiere defenderlo con su cuerpo contra los golpes de su matador implacable?... Y el matador, poco despus, cae en una plaza pblica, bajo las primeras balas de un motn insignificante.... S, brbara, esa tradicin de otros tiempos, persistiendo como un fenmeno en nuestros das, dentro de la cultura de nuestra atmsfera social; brbara, pero que revela la virilidad de ese pueblo. Nada ms vulgar y comn que el valor necesario para un duelo; pero esa expectativa de todos los instantes, esa sobreexcitacin continua de los sentidos, olfateando, como la bestia, un peligro en cada sombra, un enemigo en cada hombre que avanza, requiere una firmeza moral inquebrantable. Hay tambin los duelos famosos, entre otros el de Ricardo Becerra y Carlos Holgun, dos de las cabezas ms brillantes y dos de los corazones ms generosos que tiene Colombia; la poltica los llev al terreno, la sangre corri... pero el rencor no penetr en las almas tan hechas para comprenderse, Holgun, jefe de una de las secciones ms importantes del partido conservador, acaba de representar a su pas en varias cortes europeas, con dignidad, brillo y talento. Ser siempre un timbre de honor para el gobierno del doctor Nez haber destruido la barrera de la intransigencia poltica, llamando a los altos puestos diplomticos a conservadores de la talla de Holgun... Verdad es, y esto sea dicho aqu entre nosotros, que Holgun fue uno de los cachacos ms queridos de Bogot, que le ha conservado siempre el viejo cario. Tiene un espritu y una sangre fra incomparables. Despus de la revolucin de 1876, los conservadores, cuyas propiedades haban soportado todo el peso de la dura ley de la guerra, quedaron vencidos, agobiados, ms an, achatados. Una tarde, Holgun se paseaba melanclicamente en Bogot, cuando del seno de un grupo liberal, sali el grito de: Abajo los conservadores!. Holgun se dio vuelta tranquilamente y encarndose con el gritn, le dijo con su acento ms culto: Tendra usted la bondad de indicarme cmo es posible colocarnos ms abajo aun de lo que estamos? Los _rieurs_ se pusieron de su lado y sigui plcidamente su camino. Resumiendo, una sociedad culta, inteligente, instruida y caracterstica. He dicho antes que Colombia se ha refugiado en las alturas, huyendo de la penosa vida de las costas, indemnizndose, por una cultura intelectual incomparable, de la falta completa de progresos materiales. Es, por cierto, curioso llegar sobre una mula, por sendas primitivas en la montaa, durmiendo en posadas de la Edad Media, a una ciudad de refinado gusto literario, de exquisita civilidad social y donde se habla de los ltimos progresos de la ciencia como en el seno de una academia europea. No se figuran por cierto en Espaa, cuando sus hombres de letras ms distinguidos aplauden sin reserva los grandes trabajos de un Caro o de un Cuervo, que sus autores viven en la regin del cndor, en las entraas de la Amrica; a veces, y por largos das, sin comunicacin con el mundo civilizado... El extranjero vive mal en Bogot, sobre todo, cuando su permanencia es transitoria. Los hoteles son deplorables y no pueden ser de otra manera. Bogot no es punto de trnsito para ninguna parte. El que llega all, es porque viene a Bogot, y los que a Bogot van, no son tan numerosos que puedan sostener un buen establecimiento de ese gnero. Pero, cmo se allanan las dificultades materiales de la vida en el seno de aquella cultura simptica y hospitalaria! Cmo os abren los brazos y el corazn aquellos hombres inteligentes, varoniles y despreocupados! He pasado seis meses en Bogot; no s si una vez ms volver a remontar el Magdalena y a cruzar los Andes al montono paso de la mula; pero, si el destino me reserva esa nueva peregrinacin, siempre ver con jbilo los puntos de la ruta que conduce a la ciudad querida, cuyo recuerdo est iluminado por la gratitud de mi alma! CAPITULO XV El Salto de Tequendama. La partida.--Los compaeros.--Los caballos de la sabana.--El traje de viaje.--Rosa.--Soacha.--La hacienda de San Benito.--Una noche toledana.--La leyenda del Tequendama.--El mito chiboha.--Humboldt.--El brazo de Neuquetheba.--El ro Funza.--Formacin del Salto.--La hacienda de Cincha.--Paisajes.--La cascada vista de frente.--Impresin serena.--En busca de otro aspecto.--Cara a cara con el Salto.--El torrente.--Impresin violenta.--La muerte bajo esa faz.--La hazaa de Bolvar.--La altura del Salto.--Una opinin de Humboldt.--Discusin.--El Salto al pie.--El Dr. Cuervo.--Regreso. Al fin lleg el da tan deseado del paseo clsico de Colombia, la visita al Salto de Tequendama, la maravilla natural ms estupenda que es posible encontrar en la corteza de la tierra. Desde que he puesto el pie en la altiplanicie andina, sueo con la catarata, y cuando, al cansado paso de mi mula, llegu a aquel punto admirable que se llama el Alto de Robe, desde el cual vi desenvolverse a mis ojos atnitos, la inmensa sabana, pareciome or ya del Tequendama el retemblar profundo. Ha llegado el momento de ponernos en marcha; el da est claro y sereno, lo que nos promete una atmsfera transparente al borde del Salto. A las tres de la tarde, la caravana se pone en movimiento. Somos ocho amigos, sanos, contentos, jvenes y respirando alegremente el aire de los campos, viendo la vida en esos momentos color de rosa, bajo la impresin de la profunda cordialidad que impera y ante la perspectiva de las hondas emociones del da siguiente. Son Emilio Pardo, tan culto, tan alegre y simptico; Eugenio Umaa, el seor feudal del Tequendama, en una de cuyas haciendas vamos a dormir, caballeroso, con todos los refinamientos de la vida europea por la que suspira sin cesar, msico consumado; Emilio del Perojo, Encargado de Negocios de Espaa, jinete, decididor, pronto para toda empresa, con un cuerpo de hierro contra el que se embota la fatiga; Roberto Surez, varonil, utpico, trepado eternamente en los extremos, exagerado, pintoresco en sus arranques, incapaz de concebir la vida bajo su chata y positiva monotona, apasionado, inteligente e instruido; Carlos Senz, poeta de una galanura exquisita y de una facilidad vertiginosa, chispeante, sereno, igual en el carcter a un cielo sin nubes; Julio Mallarino, hijo del dignsimo hombre de Estado que fue presidente de Colombia, espiritual, hbil, emprendedor, literato en sus ratos perdidos; Martn Garca Mrou, meditando su oda obligada al Salto, y por fin, yo, en uno de los mejores instantes de mi espritu, nadando en la conciencia de un bienestar profundo, con buenas cartas de mi tierra recibidas en el momento de partir y con la tranquilidad que comunican los pequeos xitos de la vida. Volbamos sobre la tendida sabana, gozando de aquella indecible fruicin fsica que se siente cuando se corre por los campos sobre un caballo de fuego y sangre, estremecindose al menor ademn que adivina en el jinete, la boca llena de espuma, el cuello encorvado y pidiendo libertad, para correr, volar, saltar en el espacio como un pjaro. No he montado en mi vida un animal ms noble y generoso que aquel bayo soberbio que mi amigo J. M. de Francisco tuvo la amabilidad de enviarme a la puerta de mi casa, aparejado a la orejn, como si dijramos a la gaucha. Verdad que el caballo de la sabana de Bogot es una especialidad; todos ellos son de paseo, y es imposible formarse una idea de la comodidad de aquel andar sereno, cuya suavidad de movimientos no se pierde, ni aun en los instantes de mayor agitacin del animal. No tienen aquel ridculo braceo de los caballos chilenos, tan contrarios a la naturaleza; pero su bro elegante es incomparable. Encorvan la cabeza, levantan el pecho, pisan con sus frreos cascos con una firmeza que parte la piedra y fatigan el brazo del jinete que tiene que llevarlos con la rienda rgida. La espuela o el ltigo son intiles; basta una ligera inclinacin del cuerpo para que el animal salte, y como dicen nuestros paisanos, pida rienda. Y as marchan das enteros; despus de un violento viaje de diez y seis leguas, con sus carreras, saltos, etc. He entrado en Bogot con los brazos muertos y casi sin poder contener mi caballo, que, embriagndose con el resonar de sus cascos herrados sobre las piedras, aumentaba su bro, saltaba el arroyo como en un circo y daba muestras inequvocas de tener veleidades de treparse a los balcones. Todos los animales que montbamos, eran por el estilo; en el camino llano que va a Soacha, slo una nube de polvo revelaba nuestra presencia. Volbamos por l, y los caballos, excitndose mutuamente, tascaban frenticos los frenos, y cuando algn jinete los precipitaba contra una pared baja de adobes o contra un foso, salvaban el obstculo con indecible elegancia. El traje que llevbamos es tambin digno de mencin, porque era el que usa todo colombiano en viaje. En la cabeza, el enorme sombrero suaza, de paja, de anchas alas que protegen contra el sol, y de elevada copa que mantienen fresco el crneo. Al cuello, un amplio pauelo de seda que abriga la garganta contra la fra atmsfera de la sabana al caer la noche; luego, nuestro poncho, la ruana colombiana, de pao azul e impermeable, corta, llegando por ambos lados slo basta la cintura. Por fin, los zamarros nacionales, indispensables, sin los cuales nadie monta, que yo crea, antes de ensayarlos, el aparato ms intil que los hombres hubieran inventado para mortificacin propia, opinin sobre la que, ms tarde, hice enmienda honorable. Los zamarros son dos piernas de calzn, de media vara de ancho, cerradas a lo largo, pero abiertas en su punto de unin, de manera que slo protegen las extremidades. Cayendo sobre el pie metido en el estribo morisco que semeja un escarpn, dan al jinete un aire elegante y seguro sobre la silla. Son generalmente de caoutchouc, pero los orejones verdaderos, la gente de campo, los usan de cuero de vaca con pelo, simplemente sobados[17]. Si se tiene en cuenta que en aquellas regiones los aguaceros torrenciales persisten las tres cuartas partes del ao, se comprender que estas precauciones son indispensables para los viajeros en la montaa, en climas donde una mojadura puede costar la vida. Pronto estuvimos en Bosa, distrito del departamento de Bogot, antiqusimo pueblo chibcha, que fue el cuartel general de Gonzalo Jimnez de Quesada, antes de la fundacin de Bogot, y lugar de recreo del virrey Sols, que poda all dar rienda suelta a su pasin por la caza de patos. Una hora ms tarde cruzbamos bulliciosamente las muertas calles de la triste aldea de Soacha, de dos mil quinientos habitantes y con un metro de elevacin sobre el nivel del mar por habitante. En las inmediaciones de Soacha, y a 2660 metros de elevacin, dice Humboldt que encontr huesos de mastodonte. Deben esos restos de un mundo desvanecido haber reposado all muchos millares de aos antes de ser hollados por la planta del viajero alemn! Los visitantes comunes del Salto hacen noche en Soacha, para madrugar al da siguiente y llegar a la catarata antes que las nieblas la hagan invisible. Pero nosotros bamos con el seor de la comarca, pues la regin del Tequendama, pertenece a la familia Umaa, por concesin del rey de Espaa, otorgada hace doscientos y tantos aos. Nos dirigamos a una de las numerosas haciendas en que est subdividida, la de San Benito, a la que llegamos cuando la noche caa y el viento fresco de la sabana abierta empezaba a hacernos bendecir los zamarros y la ruana cariosa. All nos esperaba una verdadera sorpresa, en la mesa luculiana que nos present el anfitrin, con un _men_ digno del Caf Anglais, y unos vinos, especialmente un Oporto feudal, que habra hecho honor a las bodegas de Rothschild. All pasamos la noche, es decir, all la pasaron los que, como Pardo, Perojo y yo, tuvimos la buena idea de dar un largo paseo despus de comer. Mientras, tendidos en el declive de una parva, hablbamos de la patria ausente y contemplbamos la sabana, dbilmente iluminada por la claridad de la noche y las cimas caprichosas de las pequeas montaas que la limitan, llegaban a nuestros odos ruidos confusos desde el interior de la casa, rumor de duro batallar, gritos de victoria, imprecaciones, himnos. Cuando, dos horas ms tarde, entramos en demanda de nuestros lechos, los campos de la Moskowa, de Eylau o de Sedn, eran idilios al lado del cuadro que se nos ofreci a la vista. An recuerdo una almohada que era un poema. Como aquellos sables que en el furor del combate se convierten en tirabuzones, la almohada, abierta de par en par, dejaba escapar la lana por las anchas heridas, mientras que un dbil pedazo de funda procuraba retenerla en su forma pristina. Mesas derribadas, sillas desvencijadas, botines solitarios en medio del cuarto y en los rincones, sobre los revueltos lechos, los combatientes inertes, exhaustos. El cuarto diplomtico haba sido respetado, y ganamos nuestras camas con la sensacin deliciosa del peligro evitado. Como al amanecer debemos ponernos en camino del Salto, ha llegado el momento de explicar su formacin, buscando previamente su fe de bautismo, su filiacin en la teogona chibcha. La imaginacin de los americanos primitivos, que ha creado las leyendas originarias del Mjico y del Per, tiene que brillar tambin en estas alturas, donde la proximidad de los cielos debe haberle comunicado mayor intensidad y esplendor. No fatigar exponiendo aqu toda la mitologa chibcha, raza principal de las que poblaban las alturas de lo que hoy se llama Colombia, cuando en 1535 llegaban por tres rumbos distintos los conquistadores espaoles. Entre stos, Quesada, el ms notable, recogi las principales leyendas, y aunque desgraciadamente su manuscrito se perdi, los historiadores primitivos del nuevo reino de Granada las han conservado salvndolas del olvido. Humboldt, refirindose a las tradiciones religiosas de los indios respecto al origen del Salto de Tequendama, dice as: Segn ellas, en los ms remotos tiempos, antes que la Luna acompaase a la Tierra, los habitantes de la meseta de Bogot vivan como brbaros, desnudos y sin agricultura, ni leyes, ni culto alguno, segn la mitologa de los indios muscas o moscas. De improviso se aparece entre ellos un anciano que vena de las llanuras situadas al este de la Cordillera de Chingasa, cuya barba, larga y espesa, le haca de raza distinta de la de los indgenas. Conocase a este anciano por los tres nombres de Bochica, Neuquetheba y Zuh, y asemejbase a Manco Capac. Ense a los hombres el modo de vestirse, a construir cabaas, a cultivar la tierra y reunirse en sociedad; acompabalo una mujer a quien tambin la tradicin da tres nombres: Chia, Yubecahiguava y Huitaca. De rara belleza, aunque de una excesiva malignidad, contrari esta mujer a su esposo en cuanto l emprenda para favorecer la dicha de los hombres. A su arte mgico se debe el crecimiento del ro Funza, cuyas aguas inundaron todo el valle de Bogot, pereciendo en este diluvio la mayora de los habitantes, de los que se salvaron unos pocos sobre la cima de las montaas cercanas. Irritado el anciano, arroj a la hermosa Huitaca lejos de la Tierra; convirtiose en Luna entonces, comenzando a iluminar nuestro planeta durante la noche. Bochica, despus, movido a piedad de la situacin de los hombres dispersos por las montaas, rompi con mano potente las rocas que cerraban el valle por el lado de Canoas y Tequendama, haciendo que por esta abertura corrieran las aguas del lago de Funza, reuniendo nuevamente a los pueblos en el valle de Bogot. Construy ciudades, introdujo el culto del Sol y nombr dos jefes a quienes confiri el poder eclesistico y secular, retirndose luego, bajo el nombre de Idacanzas, al valle Santo de Iraca, cerca de Tunja, donde vivi en los ejercicios de la ms austera penitencia, por espacio de 2000 aos. Es necesario haber visto aquella solucin de la montaa por donde el Funza penetra bullicioso y violento, aquellas rocas enormes, suspendidas sobre el camino, como si hubieran sido demasiado pesadas para el brazo de los titanes en su lucha con los dioses, para apreciar el mito chibcha en todo su valor. Hay all algo como el rastro de una voluntad inteligente y de la tutela eterna y profunda de la naturaleza sobre el hombre, tiene que haber sido personificada por el indio cndido en la fuerza sobrehumana de uno de esos personajes que aparecen en el albor de las teogonas indgenas como emanaciones directas de la divinidad. La maana estaba bellsima, y el aire fresco y puro de los campos exalta la energa de los animales que nos llevan a escape por la sabana. Pronto llegamos a la hacienda de Tequendama, situada al pie del cerro, en una posicin sumamente pintoresca. Pasamos sin detenernos, entramos en las gargantas y pronto costeamos el Funza, que como el hilo de la virgen griega, nos gua por entre aquel laberinto de rocas, piedras sueltas ciclpeas, desfiladeros y riscos. El ro Funza o Bogot se forma en la sabana del mismo nombre de las vertientes de las montaas, y toma pronto caudal con la infinidad de afluentes que arrojan en l sus aguas. Despus de haber atravesado las aldeas de Fontibon y Cipaquir, tiene, al acercarse a Canoas, una anchura de 44 metros. Pero, a medida que se aproxima al Salto se va encajonando y, por lo tanto, su ancho se reduce hasta 12 y 10 metros. Desde que abandona la sabana, corre por un violento plano inclinado, estrellndose contra las rocas y guijarros que le salen al paso como para detenerlo y advertirle que a cierta distancia est el temido despeadero. El ro parece enfurecerse, aumenta su rapidez, brama, bate las riberas, y de pronto la inmensa mole se enrosca sobre s misma y se precipita furiosa en el vaco, cayendo a la profundidad de un llano que se extiende a lo lejos, a 200 metros[18] del cauce primitivo. Tal es la formacin de Salto de Tequendama. Luego de haber seguido el ro por espacio de media hora, gozando de los panoramas ms variados y grandiosos que pueden soarse, nos apartamos de la senda y comenzamos a trepar la montaa. El ruido de la cascada, que empezbamos ya a or distintamente, se fue debilitando poco a poco. No haba duda que nos alejbamos del Salto. Era simplemente una nueva galantera de Umaa que quera mostrarnos la maravilla, primero, bajo su aspecto puramente artstico, idealmente bello, para ms tarde llevarnos al punto donde ese sentimiento de suave armona que despierta el cuadro incomparable, cediera el paso a la profunda impresin de terror y que invade el alma, la sacude, se fija all y persiste por largo tiempo. Oh!, por largo tiempo! Han pasado algunos meses desde que mis ojos y mi espritu contemplaron aquel espectculo estupendo, y an, durante la noche, suelo despertarme sobresaltado con la sensacin del vrtigo, creyndome despeado al profundo abismo... De improviso apareci, en una altura, la potica hacienda de Cincha, desde la que se distingue una vista hermossima. A la izquierda, la curiosa altiplanicie llamada la Mesa, que se levanta sobre la tierra caliente. A la derecha, Canoas, con las faldas de sus cerros, verdes y lisas, donde se corre el venado, soberbio y abundante all. Abajo, San Antonio de Tena, medio perdido entre las sombras de la llanura y las luminosas ondas solares. Todo esto, contemplado por entre la abertura de un bosque y al borde de un precipicio, donde el caballo se detiene estremecido, prepara el alma dignamente para las poderosas sensaciones que le esperan. Empezamos el descenso por sendas imposibles y en medio de la vigorosa vegetacin de la tierra fra, pues respiramos una atmsfera de 13 grados centigrados. Pronto dejamos los caballos y continuarnos a pie, guiados por entre la maleza, las lianas y los parsitos que obstruyen el paso, por dos o tres muchachos de la hacienda que van saltando sobre las rocas gregarias y los troncos enormes tendidos en el suelo, con tanta soltura y elegancia como las cabras del Tyrol. As marchamos un cuarto de hora, conmovidos ya por un ruido profundo, solemne, imponente, que suena a la distancia. Es un himno grave y montono, algo como el coro de titanes impotentes al pie de la roca de Prometeo, levantando sus cantos de dolor para consolar el alma del vencido... --Preparad el alma, amigo! Quedamos estticos, inmviles, y la palabra humilde ante la idea, se refugi en el silencio. Silencio imprescindible, fecundo, porque a su amparo el espritu tiende sus alas calladas y vuela, vuela, lejos de la tierra, lejos de los mundos, a esas regiones vagas y desconocidas, que se atraviesan sin conciencia y de las que se retorna sin recuerdo. Cmo pintar el cuadro que tenamos delante? Cmo dar la sensacin de aquella grandeza sin igual sobre la tierra? Oh! cuntas veces he estado a punto de romper estas plidas y fras pginas, en las que no puedo, en las que no s traducir este mundo de sentimientos levantados bajo la evocacin de ese espectculo a que los hombres no estamos habituados! Figuraos un inmenso semicrculo casi completo, cuyos dos lados reposan sobre la cuerda formada por la lnea de la cascada. Nos encontrbamos en el vrtice opuesto, a mucha distancia, por consiguiente. Las paredes granticas, de una altura de 180 metros, estn cortadas a pico y ostentan mil colores diferentes, por la variedad de capas que el ojo descubre a la simple vista. De sus intersticios a la par que brotan chorros de agua formados por vertientes naturales y por la condensacin de la enorme masa de vapores que se desprenden del Salto, arrancan rboles de diversas clases, creciendo sobre el abismo con tranquila serenidad. En la altura, pinos y robles, las plantas todas de la regin andina: en el fondo, all en el valle que se descubre entre el vrtigo, la lujosa vegetacin de los trpicos, la savia generosa de la tierra caliente, la palmera, la caa, y revoloteando en los aires que miramos desde lo alto, como el guila las nubes, bandadas de loros y guacamayos que juguetean entre los vapores irisados, salen, desaparecen y dan la nota de las regiones clidas al que los mira desde las regiones fras. Figuraos que desde la cumbre del Mont-Blanc tendis la mirada buscando la eterna mar de hielo, como un sudario de las aguas muertas y que veis de pronto surgir un valle tropical, riente, lujoso, lascivo, frente a frente a aquella naturaleza severa, rgida e imperturbable. Quitad de all el Salto si queris, suprimid el mito, dejad en reposo el brazo potente de Neuquetheba: siempre aquellas murallas profundas y rectas, aquel abismo abierto, insaciable en el vrtigo que causa, siempre aquella llanura que la mirada contempla y que el espritu persiste en creer una ficcin, siempre ese espectculo ser uno de los ms bellos creados por Dios sobre la cscara de la tierra. Ahora, apartad los ojos de cuanto os rodea: y mirad al frente, con fuerza, con avidez, para grabar esa visin y poder evocarla en lo futuro. La maana, clara y luminosa, nos ha sido propicia y el sol, elevndose soberano en un cielo sin nubes, derrama sus capas de oro sobre la regin de los que en otro tiempo lo adoraron. Las temibles nieblas del Salto se disipan ante l y las brumas cndidas se tornasolan en los infinitos cambiantes de un iris vvido y esplendoroso. Las aguas del Salto caen a lo lejos, desde la altura en que nos encontramos, hasta el valle que se extiende en la profundidad, en una ancha cinta de una blancura inmaculada, impalpable. Todo es vapor y espuma, ntida, nvea. Hay una armona celeste en la pureza del color, en la elegancia suprema de los copos que juguetean un instante ante los reflejos dorados del sol y se disuelven luego en un vapor tenue, transparente, que se eleva en los aires, acoge el iris en su seno y se disipa como un sueo en las alturas. Por fin, de la nube que se forma al chocar las espuman en el fondo, se ve salir, alegre y sonriente, como gozoso de la aventura, el ro que empieza a fecundar, en su paso caprichoso, tierras para l desconocidas, en medio de la templada atmsfera que suaviza la crudeza de sus aguas. Nada de espanto ni de ese profundo sobrecogimiento que causan los espectculos de una grave intensidad; nada de bullicio en el alma tampoco, como el que se levanta ante un cuadro de las llanuras lombardas. Una sensacin armoniosa, la impresin de la belleza pura. No es posible apartar los ojos de la blanca franja que lleva disueltos los mil colores del prisma; una calma deliciosa; una quieta suavidad que aferra, al punto que lo hace olvidar de todo. La ptica produce aqu un fenmeno puramente musical, la atraccin, el olvido de las cosas inmediatas de la vida, el tenue empuje hacia las fantasas interminables. El ruido mismo, sordo y sereno, acompaa, con su nota profunda y velada, el himno interior. Es entonces cuando se aman la luz, los cielos, los campos, los aspectos todos de la naturaleza. Y por una reaccin generosa e inconsciente, se piensa en aquellos que viven en la eterna sombra, sin ms poesa en el alma que la que all se condensa en el sueo ntimo, sin esos momentos que serenan, sin esos cuadros que ensanchan la inteligencia, y al pasar fugitivos en su grandeza, ante el espritu tendido y vido, le comunican algo de su esencia. As permanecimos largo rato sin cambiar ms palabras que las necesarias para indicarnos un nuevo aspecto del paisaje, cuando son la voz tranquila de Umaa, invitndonos a desprendernos del cuadro, porque el da avanzaba y nos faltaba an ver el Salto. --Pero no es posible, amigo, encontrar un punto de mira ms propio que ste--le dije con el acento suave del que pide un instante ms. --Usted ha visto un panorama maravilloso; pero le falta an la visita ntima, cara a cara con el torrente, la visita que hicieron Bolvar, Humboldt, Gros, Zea, Caldas, uno de los Napoleones, y en el remoto pasado, Gonzalo Jimnez de Quesada y los conquistadores, atnitos. Nos pusimos en marcha, trepando a pie la misma senda que con tanta dificultad habamos descendido. Una vez montados, recorrimos de nuevo el camino hecho, pero en vez de subir a Cincha, bajamos nuevamente por una senda ms abrupta an que la anterior. La vegetacin era formidable, como la de todo el suelo que se avecina al Salto, fecundado eternamente por la enorme cantidad de vapores que se desprenden de la cascada, se condensan en el aire y caen en formas de finsima e impalpable lluvia. El ruido era atronador; la nota grave y solemne de que he hablado antes, haba desaparecido en las vibraciones de un alarido salvaje y profundo, el quejido de las aguas atormentadas, el chocar violento contra las peas y el grito de angustia al abandonar el lveo y precipitarse en el vaco. Marchbamos con el corazn agitado, abrindonos paso por entre los troncos tendidos, verdaderas barreras de un metro de altura que nos era forzoso trepar. No habituado an el odo al rumor colosal, las palabras cambiadas eran perdidas. De improviso camos en una pequea explanada y dimos un grito: las aguas del Salto nos salpicaban el rostro. Estbamos al lado de la cada, en su seno mismo, envueltos en los leves vapores que suban del abismo, frente a frente al ro tumultuoso que ruga. La apertura de la cascada, formando la cuerda que unira los dos extremos de la inmensa herradura o semicrculo de que antes habl, tienen una extensin de 20 metros. Las aguas del ro se encajonan, en su mayor parte, en un canal de cuatro o cinco metros, practicado en el centro, y por l se precipitan sobre un escaln de todo el ancho de la catarata, a cinco o seis metros ms abajo, donde rebotan con una violencia indecible y caen al abismo profundo con un fragor horrible. Sobre el Salto mismo existe una piedra pulida e inclinada, que uno trepa con facilidad, y dejando todo el cuerpo reposado en su declive, asoma la cabeza por el borde. As, dominbamos el ro, el Salto, gran parte de la proyeccin de la masa de agua, el hondo valle inferior y de nuevo el Funza, serpeando entre las palmas, en las felices regiones de la tierra templada. Aquel que penetra en los inmensos y silenciosos claustros de San Pedro de Roma, en uno de esos tristes das sin luz en los cielos y sin movimiento en la tierra, siente que se infiltra lentamente en su alma un sentimiento nuevo, por lo menos en su intensidad. El de la nada, el de la pequeez humana, al lado de la idea grandiosa que aquellos muros colosales, esas cpulas que parecen contener el espacio, representan sobre el mundo. Puedo hoy asegurar que no hay templo, no hay salida de manos de los hombres, ideada por aquellos cerebros que honran la especie, que pueda compararse a uno de estos espectculos de la naturaleza. Para aqullos que viviendo tristemente alejados del beneficio inefable de la fe, nos refugiamos, en las horas amargas, en el seno de ese sentimiento vago de religiosidad, que en todos nosotros duerme o suea, estas sensaciones profundas toman los caracteres de la oracin. Qu estupor inmenso! Qu agitacin creciente en el fondo del ser moral, mientras el cuerpo se estremece, tiembla y aspira, mudo y angustioso, a separarse de la fascinacin del abismo! Las aguas toman vida; aquel que una vez tan slo las ha visto venir rugiendo por el declive violento del ro, enroscarse sobre s mismas, caer atormentadas y frenticas al peldao gigante, y de all lanzarse al abismo, en medio del estertor que resuena en la montaa y va a herir el odo del viajero que cruza silencioso las cumbres, aquel que ha visto ese cuadro, no lo olvida jams, aunque vuelva a habitar las llanuras serenas, los campos sonrientes o las vegas llenas de flores. Las olas se precipitan unas sobre otras, blancas y vaporosas ya: al caer al vaco, la transformacin es completa. Una nube tenue, impalpable, se levanta, el iris la esmalta, brilla un segundo, y de nuevo otra nube de diversa forma, caprichosa, cubriendo como un velo los tormentos de la cada, la reemplaza para desaparecer a su vez un instante despus. Qu triste palidez en mi palabra! Qu desaliento el de aquel que siente y no alcanza a expresar! Veo el cuadro entero, vivo, palpitante, ah, delante de mis ojos; retorno con el alma a la sensacin del momento, al terror vago que me invadi, a aquel grito de amenaza y ruego con que hice retirar a un nio que se inclinaba curioso a mirar el abismo y que qued absorto contemplndome sin comprender ni mi angustia ni su peligro; veo el hondo, hondo valle all abajo, llega an a mis odos el romper de las aguas contra las rocas de la llanura, escena terrible que se desenvuelve misteriosa, sin que el ojo humano jams la observe, envuelta en la nube difana de los vapores irisados: veo las ciclpeas murallas de granito, severas en su inmovilidad, sus florescencias gigantescas, el agua que parece brotar de sus entraas pletricas de savia en chorros violentos, como la sangre saltando de una ancha herida... y me revuelvo en la impotencia para pintar ese espectculo sin igual en esta nfima porcin de lo creado que nos fue dado conocer! Cuando nos dejamos deslizar por la suave pendiente de la piedra y nos reunimos alrededor del almuerzo que estaba ya preparado all mismo, nos notamos los rostros plidos y el respirar fatigoso. Una grave pesadez nos invada, un deseo imperioso de dejarnos caer al suelo y dormir, dormir largas horas. Es el fenmeno constante despus de toda emocin profunda, consejo instintivo de la naturaleza, que exige la reparacin de la enorme cantidad de fuerza gastada. El almuerzo fue sereno, casi severo; la alegra haba desaparecido en su forma bulliciosa, y algo como una solemnidad inquieta reinaba en los espritus. Por momentos, alguno de los compaeros beba una copa de vino, se levantaba en silencio e iba de nuevo a tenderse sobre la pea y hundirse en la muda contemplacin. As qued largo rato; las voces humanas que sonaban a mi espalda, apartaban de m la sensacin de soledad que habra sido terrible en ese momento. Creo que pocos hombres sobre la tierra tendrn una atrofia tan absoluta del sistema nervioso, un dominio tan completo sobre su imaginacin y una firmeza tal de cabeza, que les permita pasar impasibles una noche, slo, al lado del Salto. Por mi parte, declaro con toda sinceridad que, si tal cosa me pasara, habra un loco ms sobre el mundo a la maana siguiente... --Desde que los conquistadores pisaron la sabana de Bogot hasta la fecha, deca Roberto Surez con voz grave, se habrn suicidado en estas inmediaciones no menos de diez mil personas. Entre ese nmero infinito de causas que hacen la vida imposible, cuntas, radicando en la imaginacin, la exaltan, la enloquecen! Y, sin embargo, hasta hoy, no se sabe de un solo hombre, que dando un grito de orgullo satnico, se haya arrojado desde esa pea al abismo. Al fin, morir as o partido el crneo de un balazo, todo es morir! Pero cuando se est frente al Salto, viviendo en su atmsfera, contemplando su grandeza soberbia, se comprende que la cantidad de valor necesaria para pegarse un tiro o hundirse un pual en el corazn, es un tomo insignificante, al lado de la resolucin soberbia e impasible que animaba a Manfredo en la cumbre del Jung-Frau y que se desvaneca ante la grandiosa serenidad de la muerte bajo esa forma. Slo en aquel momento pude comprender la verdad profunda del poema de Byron; el cazador que detiene a Manfredo cuando tiene ya un pie en el vaco, es el instinto miserable del cuerpo, es la debilidad ingnita de nuestra naturaleza, que nos aferra al lodo de la tierra en el instante en que el alma, bajo una inspeccin alta y vigorosa, quiere mostrar que en vano pretende una patria celeste... No habra a mis ojos hroe mayor en el tiempo, en el espacio que aquel que, sereno y consciente, de pie en el borde del abismo mirara un instante sin vrtigo el vaco extendido a sus pies, y luego... --Cul de ustedes renovara la hazaa de Bolvar, mis amigos?--dijo una voz. El Libertador, en una de sus visitas al Salto, encontrndose con numerosa comitiva, precisamente frente a frente del punto en que nos hallbamos, del lado opuesto del torrente, oy que uno de los circunstantes deca: Dnde ira, general, si vinieran los espaoles?--Aqu!--dijo Bolvar,--y antes de que pudieran detenerlo, ni aun lanzar un grito, dio un salto y qued de pie, a pico sobre el abismo, sobre una piedra de dos metros cuadrados, por cuyo costado pasaba, vertiginoso y fascinante, el enorme caudal de agua que, medio segundo despus, cae al vaco. La piedra se encuentra an en su mismo sitio; dar un salto hasta ella, desde la orilla opuesta, no requiere por cierto un esfuerzo extraordinario; cualquier hombre que trace sobre una llanura una senda de un pie de ancho, caminara por ella sin dificultad; pero colocad una tabla de idntica dimensin a cien metros de altura, y os ruego que ensayis... Despus de una leve discusin, quedamos todos sinceramente de acuerdo en que, para llevar a cabo ese rasgo, se requiere una organizacin especial, una ausencia de nervios o un dominio sobre la materia, de que ninguno de los humildes presentes estbamos dotados[19]. Nos consolamos pensando en que los Bolvar son raros, y en que, si ninguno de nosotros lo era, no haba motivos plausibles para imponernos la responsabilidad de esa omisin. La cuestin de la altura del Salto no est an definitivamente resuelta, tal es la dificultad que hay en medir la distancia que separa el valle inferior del punto en que las aguas abandonan el lecho del ro y tal tambin la autoridad de los hombres de ciencia que han dado cada uno una cifra arbitraria. La primera dimensin que encuentro consignada, es la del buen obispo Piedrahita, que, despus de narrar la leyenda del Bochica, que ya he transcripto, segn Humboldt, agrega con aquel acento de sinceridad que hace inimitable a nuestro Barco de Centenera, el M. Prud'homme de la Conquista: ...El Salto de Tequendama, tan celebrado por una de las maravillas del mundo, que lo hace el ro Funza cayendo de la canal que se forma entre dos peascos de ms de media legua de alto, hasta lo profundo de otras peas que lo reciben con tan violento curso, que el ruido del golpe se oye a siete leguas de distancia[20]. Cunta razn tena Voltaire para criticar en el Eldorado las funestas exageraciones de los viajeros de Amrica que abultaban desde las cascadas hasta los yacimientos de oro, produciendo aquellas decepciones que se traducan en crueldades de todo gnero sobre el pobre indio! No hay tal media legua de altura, lo que no permitira la formacin del ro inferior por la evaporacin completa de las aguas. No hay tal ruido que se perciba desde siete leguas, porque, en ese caso, la proximidad inmediata del Salto hara estallar todo tmpano humano. Humboldt, que es necesario citar siempre que uno lo encuentre en su camino, dice que el ro se precipita a 175 metros de profundidad, agregando, al terminar su descripcin: Acaban de dejarse campos labrados y abundantes en trigo y cebada; mranse por todos lados aralia, alstonia theoformis, begonia y cinchona cordifolia y tambin encinas y lamos y multitud de plantas que recuerdan por su parte la vegetacin europea, y de repente se descubre, desde un sitio elevado, a los pies puede decirse, un hermoso pas donde crecen la palmera, el pltano y la caa de azcar. Y como el abismo en que se arroja el ro Bogot, comunica con las llanuras de la tierra caliente, alguna palmera se adelanta hasta la cascada misma; circunstancia que permite decir a los habitantes de Santa Fe que la cascada de Tequendama es tan alta, que el agua salta de la tierra fra a la caliente. Comprndese fcilmente que una diferencia de altura de 175 metros no es suficiente para influir de una manera sensible en la temperatura del aire. He ah precisamente lo que no comprendo, ni aun fcilmente, con la asercin del ilustre viajero. El mismo hace constar la presencia de palmeras, pltanos y caa de azcar en el valle inferior, y afirma que una que otra palmera avanza hasta el pie del abismo. No son acaso esas plantas esencialmente caractersticas de la tierra caliente? No necesitan para crecer, como los loros y guacamayos que revolotean a su alrededor, para vivir, de una temperatura superior a 25 grados centigrados? Indudablemente que 175 metros de diferencia en la altura, no bastan para determinar esta variacin de clima; pero encontrndose el hecho brutal, indiscutible y patente, no hay ms recurso que creer en algn error por parte del seor barn en la operacin que le dio por resultado la cifra indicada. Pido perdn por esta audacia, tratndose de una opinin del ms grande de los naturalistas; pero el sentido comn tiene exigencias y es necesario satisfacerlas. El ingeniero D. Domingo Esquiaqui, citado por el seor Ortiz, midi la catarata con la sondalesa y el barmetro, y hall que su altura, desde el nivel del ro hasta las piedras que sirven de recipiente a sus aguas, es de 264 varas castellanas o 792 pies. Tenemos ya una opinin cientfica que aumenta en un tercio la cifra de Humboldt. El seor Esguerra[21] da la cifra de 139 metros de altura perpendicular. El seor Prez (Felipe)[22] da 146. Ninguno de ellos cita su autoridad. Se asegura que, descendiendo de la sabana y buscando por San Antonio de Tena la entrada al valle por donde corre el Funza, despus de su derrumbamiento, es posible llegar al pie de la cascada y contemplarla como ciertos pedazos del Nigara o de Pissenvache, en Suiza, detrs de la enorme cortina de agua. Formamos el proyecto de hacer esa excursin penosa, pero mucha gente conocedora de la localidad nos hizo desistir de la idea, persuadindonos de que aquella enorme masa de vapores desprendidos del choque, haca la tierra tan sumamente permeable y pantanosa, que corramos riesgo de hundirnos, o en todo caso, de no llegar al punto deseado. Entre las tradiciones del Salto se cuenta aquel rasgo de maravillosa sangre fra del doctor Cuervo, que, atado al extremo de un cable, se hizo descender al abismo por medio de un torno, dice que deposit una botella con un documento a unos sesenta metros ms abajo del nivel de la catarata, y luego de gozar largo rato el espectculo soberano de las aguas en medio de su cada, volvi a subir, llegando a la altura sano y salvo. Cuando, a orillas del mismo Salto, me narraron la hazaa, cerr los ojos bajo un secreto terror y sent algo como antipata por dicho seor Cuervo, a quien no reconozco el derecho de humillar de esa manera a sus semejantes. Lleg el momento del regreso y emprendimos la vuelta con un cansancio extremo. Las sensaciones intensas que nos haban dominado por algunas horas, el profundo asombro que an estremeca el alma por instantes, nos dieron una laxitud tal, que al llegar a la hacienda de Tequendama, nos desmontamos, y encontrando en un corredor algunas pieles, nos tendimos sobre ellas, quedndonos casi instantneamente dormidos. Un tanto reposados, nos pusimos en camino, entrando en Bogot al caer la tarde. Durante muchos das tuve en el espritu el cuadro soberano que acababa de contemplar, tan bello, como creo no me ser dado ver otro sobre la tierra. CAPITULO XVI La inteligencia Desarrollo intelectual.--La tierra de la poesa.--Gregorio Gutirrez Gonzlez.--La facilidad.--Improvisaciones.--Rafael Pombo.--Edda la bogotana.--Impromptus.--El tresillo.--Un trance amargo.--El volumen.--Diego Fallon.--Su charla.--El verso fcil.--Clair de lune.--El canto "a la luna".--D. Jos M. Marroqun.--Carrasquilla.--Jos M. Samper.--Los mosaicos.--Miguel A. Caro.--Su traduccin de Virgilio.--El pasado.--Rufino Cuervo.--Su diccionario.--Resumen. He dicho ya que el desenvolvimiento intelectual de la sociedad bogotana es de una superioridad incontestable. No es por cierto mi intencin trazar aqu un bosquejo histrico de la literatura colombiana, bien conocida en Amrica y apreciada en alto grado por los crticos ms ilustrados de la madre patria. Colombia ha producido, desde los primeros das de su vida independiente hasta hoy, poetas galanos, prosistas pensadores y hombres de ciencia, de los que con justo ttulo est orgullosa. Hay all un gran respeto por la altura intelectual; la primera queja que formula un colombiano, aun en el da, contra las crueldades de la Espaa y los horrores de la lucha de la independencia, creis que se refiere a la secular dominacin colonial? No; es la muerte de Caldas, lo que no se perdona, del sabio Caldas, de ese Humboldt americano que, sin elementos, sin recursos, sin gua ni modelo, haba emprendido la obra inmensa de clasificar la flora y la fauna infinita de su patria y explorar su cielo cubierto de astros innumerables... Es la tierra de la poesa; desde el hombre de mundo, el poltico, el militar, hasta el humilde campesino, todos tienen un verso en los labios, todos saben de memoria las composiciones poticas de los poetas populares. Entre ellos, el dulce cisne antioquino Gutirrez Gonzlez, se lleva la palma. Es en sus versos donde la criatura que entreabre su alma a las primeras emociones de la vida, encuentra la frmula que expresa la vaguedad de sus aspiraciones. En ellos vibra la nota melanclica y profunda de esas dulces noches de la tierra caliente que exaltan la imaginacin, turban el alma y adormecen los dolores humanos. A Gutirrez Gonzlez no se discute, y es una grave impresin de respeto por ese hombre la que siente el extranjero al contemplar la adoracin serena de un pueblo por el intrprete armnico de sus cosas ms ntimas... As recitaba la Francia las primeras meditaciones de Lamartine; as suena an en los hogares de Escocia el eco tierno de Burns... Nacido en tierra americana, respirando la atmsfera de nuestra poca, enfermo de las mismas nostalgias mortales que sombrean el espritu de casi todos nuestros poetas, cantando en nuestra lengua... en qu puede fundarse un colombiano para sotenernos que, slo para ellos, Gutirrez Gonzlez es un gran poeta? En qu se fundaba la generacin anterior a la nuestra para encontrar las imprecaciones de Mrmol contra Rosas, dignas de Juvenal o de Hugo, o para extasiarse ante las laboriosas estrofas de Indarte? Cuando hoy leemos esos versos, la monotona del ritmo, la violencia de las imgenes, la exaltacin continua y cierta ingenuidad chocante con nuestro intelecto refinado, nos hacen admirar el entusiasmo de nuestros padres y atriburlo simplemente a las circunstancias. Algo as sucede con Gutirrez Gonzlez, aunque sus versos se leen hoy y se leern siempre con placer. Es sensible y real; ve las bellezas de la naturaleza con una claridad incomparable y las refleja en estrofas felices, fciles y armoniosas. Fciles!... He ah el rasgo caracterstico intelectual de los colombianos. No es posible imaginarse una espontaneidad semejante. Aturden, confunden. En una mesa, cuando, a los postres, el vino aviva la inteligencia y la alegra comn hace chispear el cerebro, qu irrupcin aquella de cuartetas, dcimas, quintillas! Se dan pies forzados, eligiendo voces extraas, que envuelven siempre anttesis inconciliables. El tiempo material de llenar los renglones, y he ah una composicin completa, llena de chispa, sabrosa de oportunidad. Uno la recita, y al concluir, ya se ha puesto otro de pie y comienza la suya tomando las rimas forzadas en el orden contrario. En los primeros das, acud a mi secretario, Martn Garca Mrou, el ms distinguido de los poetas argentinos de su edad y cuya fcil espontaneidad es bien conocida entre nosotros, pidindole que supliera mi inhabilidad absoluta en la mtrica, haciendo frente a aquella avalancha. Lo intent; tom sus rimas obligadas, e inclin la frente sobre el dorso del _men_. No haba an concluido el primer verso, cuando cinco o seis levantaban en alto la dcima completa. Es imposible, son unos brbaros!... deca Martn. Bien pronto dejan a un lado el lpiz y empieza la improvisacin oral, vertiginosa, inacabable. Al fin todos hablan en verso, y es tal su facilidad de ritmo y consonante, que he odo a Carlos Senz hacer versos durante un cuarto de hora, sin detenerse un instante. Disparates sin sentido, con frecuencia, pero jams un verso cojo ni una rima pobre. En general, el espritu corre a raudales; una palabra, una frase, dan el pie a una improvisacin admirable... Si eso es la generalidad, es fcil concebir la altura de los grandes poetas colombianos. No quiero hablar del pasado; pero no puedo resistir al deseo de recordar aqu dos hombres cuya mano he estrechado con respeto y cario: Rafael Pombo y Diego Fallon. Un da, en un saln de Nueva York, una dama argentina, que tiene un sitio elevado y merecido en la jerarqua intelectual de nuestro pas, reciba una numerosa sociedad sudamericana. Rafael Pombo estaba all. Qu haca en los Estados Unidos? Haba ido como cnsul, creo; un cambio de poltica lo dej sin el empleo, que era su nico recurso, y como no quera volver a Colombia, donde imperaban ideas diametralmente opuestas a las suyas, tuvo que ingeniarse para encontrar medios de vivir. Vivir, un poeta, en Nueva York! Me figuro a Carlos Guido en Manchester! Pombo, como Guido, nunca ha tenido la nocin del negocio, y tengo para m, que all en el fondo de su espritu, ha de haber una slida admiracin por esos personajes opacos que logran, tras un mostrador, labrarse, con la fortuna, la deseada independencia de la vida. Qu hacer? Hombre de pluma, vivi de la pluma. No creis que como periodista o corresponsal. Con ms suerte que Prez Bonalde, el admirable poeta venezolano, el nico que ha vertido a Heine dignamente al espaol y que hoy redacta con toda tranquilidad en Nueva York los avisos de la casa Lamman y Kemp en siete idiomas, Pombo se puso al habla con los editores Appleton & Co., que entonces publicaban esos cuadernos ilustrados, con cuentos morales, que todos hemos visto en manos de los nios de la Amrica entera. Antes de ir a Bogot, no saba yo por cierto que aquel gracioso e ingenuo cuentecito: rase una viejecita Sin nadita que comer. que mi hijita de cuatro aos me recitaba, era nada menos que del inmortal autor del canto al Nigara!. Ms de una vez, al pasar, haba admirado la maravillosa facilidad de esas composiciones puras y cndidas como los espritus angelicales que deban entretener; ms de una vez pens vagamente en el caudal de ternura que deba existir en el alma de ese dulce y familiar poeta annimo, iluminando, desde la sombra, millares de rostros infantiles, era Pombo, era uno de los ms grandes poetas que hayan escrito en espaol... Pombo, pues, como la mejor parte de los sudamericanos residentes en Nueva York, iba con frecuencia a gozar de la charla elegante y erudita de nuestra compatriota, que sostena con xito las ms difciles cuestiones literarias. Una noche se encar con Pombo y le pregunt quin era esa poetisa desconocida, esa famosa Edda la Bogotana, cuyos versos, impregnados de una pasin profunda y absorbente, le recordaban los inimitables acentos de Saffo, llamando con el mpetu del alma y el estremecimiento de la carne al hombre de sus sueos y de sus deseos. Era mi vida el lbrego vaco, Era mi corazn la estril nada... Pero me viste t, dulce bien mo Y creome un universo tu mirada... --Encuentra usted esos versos dignos de atencin, seora?--dijo Pombo. --Esos versos, en que vibra un alma apasionada, esos versos tan de mujer, envueltos en la adoracin, en el misticismo misterioso de Santa Teresa?... He ah los hombres! Cul de ustedes sera capaz de escribirlos?... --Pues Edda est actualmente en Nueva York, y si usted quiere conocerla... --Que si quiero conocerla?--dijo nuestra compatriota con su mpetu caracterstico.--Ahora mismo me dice usted dnde vive, cmo se llama, y maana sin falta la visito. Me la voy a comer a besos! --Pues empiece usted, seora... Edda... soy yo! Si Byron cruzara hoy las calles con el traje estrecho de brin, polainas y anteojos verdes, con que nos lo pinta Lady Blessingthon, que lo vio en Venecia, no sera mayor nuestro desencanto que el de nuestra compatriota, que no tuvo ms recurso que dar un adis a Edda, desvanecida... en la forma de una palmada en la mejilla de Pombo... Pombo es feo, atrozmente feo. Una cabecita pequea, boca gruesa, bigote y perilla rubios, ojos saltones y miopes, tras unas enormes gafas... Feo, muy feo. El lo sabe y le importa un pito. Brilla en su cerebro la eterna, la incomparable belleza intelectual, y podra contestar como Ricardo Gutirrez, un da, en Italia, a un amigo que le criticaba su indiferencia por el corte de una levita... Yo soy paquete por dentro. Pombo es bello por dentro, por la elevacin suprema de su espritu y la dulzura de su carcter... He ah la inspirada bogotana cuyos versos sabe la Amrica entera de memoria... Un capricho hizo a Pombo tomar el nombre de Edda, y Edda es hoy inmortal!... Muchas veces, me deca sonriendo, he tenido la idea de reunir en un volumen (que no sera pequeo) todos los cantos de amor, los ecos de simpata, los gritos apasionados de confraternidad en el dolor, que han sido dedicados a Edda desde la Argentina a Mjico, y publicarlo... con mi retrato al frente! Una tarde encuentro a Pombo en la calle Florin y entre la charla, le digo que padezco de insomnio, que no s si el aire de la altura me quita el sueo, etc.--Yo he tenido un amigo, el seor Guerra, que sufra tambin de eso; pero se cur... con qu? No me acuerdo. Maana lo sabr y se lo dir; mire que me ha prometido ir a ver mis cuadros, no lo olvide.--Al da siguiente, al entrar en casa, supe que Pombo acababa de salir; sobre el escritorio encontr una hoja de papel suelta, un viejo borrador mo, con este verso: Cumplo, amigo, mi palabra; Cmplala usted como yo. Ramn Guerra se cur Tomando leche de cabra. Eso es bogotano puro. La facilidad, la precisin, la soltura del verso... Por ejemplo, los que sepan jugar al tresillo, el rey de los juegos y el juego de los reyes, apreciarn la extraordinaria exactitud de los siguientes, tomados de una composicin de Gutirrez Gonzlez, la _Visita_: Yo perd este solo de oros El ms grande que se ve: Seis de cuatro matadores Rey de copas, cuatro y tres; Por consiguiente, dos fallos... --Pero hombre, no puede ser! Lo perdiste?...--Lo perd. --Por mal jugado?--Tal vez! Me recomieron los triunfos Que en los dos fallos jugu, Me asentaron los chiquitos Y me fallaron el rey. Y esta discusin grfica, despus de que el enterrador se la lleva?: .........Si yo he podido Agachrmele a su tres! --No, seor, con un triunfito De los mos que tenga usted! --O que usted vuelva sus bastos! --O que no vuelva a oros l!... --Es puesta!--Le doy codillo!... --Si era ms grande!--Da Andrs. Un parntesis, ya que de tresillo he hablado. Es el juego favorito de Bogot; pero, a diferencia del Per, slo lo juegan los hombres. Sabido es que en Lima, todas las noches hay, en una o en otra casa, la clsica partida de Rocambole (tresillo), en que toman parte las seoras. En los tiempos de opulencia, durante la estacin de baos en Chorrillos, se ha llegado a jugar hasta... a chino la ficha. El contrato de un chino, por tres o cuatro aos, importaba 300 400 pesos fuertes. El que perda, generalmente hacendado, pasaba al da siguiente a la hacienda de su ganador, el nmero de fichas-chinois que haba perdido la vspera... En Bogot no se hila tan grueso... y en el Per pasaron tambin esos tiempos. Pero los bogotanos son famosos por su habilidad en el tresillo. Martn, Holgun, De Francisco... no tienen rivales. Carlos Holgun, durante su permanencia en Espaa, donde no son mancos, ha asombrado a los ms fuertes espadas del Veloz... No he podido menos de sonrer al encontrar, en el admirable estudio del seor Camacho Roldn, uno de los hombres ms sabios y distinguidos de Colombia, sobre el poeta Gutirrez Gonzlez, este caracterstico comentario a los versos sobre el tresillo que he transcrito en primer trmino: La exposicin de la partida es tan clara y la explicacin de los azares que determinaron la prdida de ella tan completa, que cualquier aficionado, sin ser un Miguel ngel en ese arte divino, puede comprender en el acto que se perdi de puesta en la que el pie, que indudablemente tena caballo y siete de copas, hizo las cuatro bazas, y el mano el fallo del rey, habiendo sido atravesado el hombre[23]. No es un maestro el que habla?... Esa facilidad de Gutirrez Gonzlez no se desmenta un solo momento. Un da, su amigo Vicente X., lo encuentra a media noche, inclinado sobre el cao, expiando duramente las numerosas libaciones de una comida de donde sala. El que ha pasado por ese trance, sabe que no es el ms a propsito para entregarse a la improvisacin potica... Sin darse cuenta de lo que Gutirrez Gonzlez haca, pero reconocindolo, el amigo se le acerca y le pregunta naturalmente: --Qu ests haciendo, Gregorio? --Djame, por Dios, Vicente, Que estoy pasando actualmente Las penas del Purgatorio! --contesta en el acto el incorregible poeta. Rafael Pombo, a pesar de las reiteradas instancias de sus amigos y de ventajosas propuestas de editores, nunca ha querido publicar sus versos coleccionados. Tiene horror por la masa, y cree que pocos son los poetas que resisten a un anlisis del conjunto de sus obras. En cambio, Diego Fallon, acaba de publicar sus poesas en un volumen (Bogot, 1882). Sabis cuntas son? Dos! Un canto a Las ruinas de Suesca y otro A la luna. He ah todo su _bilan_ como composiciones de aliento. Figuraos una cabeza correcta, con dos grandes ojos negros, deux trous qui lui vont jusqu' l'me, pelo negro, largo, echado hacia atrs, nariz y labios finos, un rostro de aquellos tantas veces reproducidos por el pincel de Van Dyck. Un cuerpo delgado, siempre en movimiento, saltando sobre la silla en sus rpidos momentos de descanso. Odlo, porque es difcil hablar con l, y bien tonto es el que lo pretende, cuando tiene la incomparable suerte de ver desenvolverse en la charla del poeta el ms maravilloso kaleidoscopio que los ojos de la inteligencia puedan contemplar. De qu habla? De todo lo que hay en la tierra y en los cielos, de todas esas cosas ms de que Hamlet habla a Horacio y que slo los poetas ven. Qu lujo, qu prodigalidad! Yo no s con qu ojos ese diablo de hombre mira los aspectos de la vida, pero el hecho es que jams uno ha observado el lado curioso, la faz bella o grotesca que l seala. Aquello es una orga intelectual, un torrente, una avalancha... hasta que el reloj da una hora y el visionario, el poeta, el inimitable colorista, baja de un salto de la nube dorada donde estaba a punto de creerse rey, y toma lastimosamente su Ollendorff para ir a dar su clase de ingls, en la Universidad, en tres o cuatro colegios y qu se yo donde ms. Fallon es hijo de ingls y lo educaron en Inglaterra para ingeniero! Ese calavera, ese despilfarrador de su savia latina, ha escrito en su vida, lo repito, dos composiciones. Impotencia? Hablara en verso un da entero. Desidia? Necesita ms actividad moral para una charla de una hora que para un poema. No; una concepcin altsima y respetuosa del arte, la idea de que el poeta debe cuidar su obra hasta llevarla al grado de perfeccin que es dado alcanzar al hombre. Fallon confiesa que hay cuarteta que le ha costado meses; quera encerrar en cuatro versos una idea, y, o el ritmo la desfiguraba o el verso reventaba. As, qu jbilos ntimos, qu francas y abiertas alegras, cuando, al fin, al ltimo golpe de cincel, la estatua apareca pura, tal como la so el maestro! Si hay un arte en el que la espontaneidad, la facilidad de la forma importa un gravo peligro, es la poesa. Hay odos musicales de nacimiento, como hay retinas que ven ms hondo que el ojo humano comn. Estos privilegiados son portentos hasta los quince aos, vulgaridades hasta los veinticinco, cero despus. La labor fcil les ha hecho perder el sentimiento de lo bello, de lo concluido, de lo verdadero y expresivo. Cuntas noches ha costado a Byron cierta estrofa que hoy vemos desenvolverse con una soltura y elegancia tal, que parece haber nacido de una pieza, como la Minerva griega! Un manuscrito de Goethe o Schiller impone un grave respeto: qu esfuerzo, qu tenacidad en la lucha contra la forma rebelde que no expresa, que no quiere expresar el pensamiento! Quin creera que el maestro tpico de la espontaneidad, el cantor de Vauclusa, el divino Petrarca, que ha escrito ms sonetos que estrellas tiene el cielo, labrase el verso como Gioberti el bronce![24]. Y Musset y Hugo mismo? Y Manzoni y Leopardi... y todo lo que vale y todo lo que queda?... Haca quince das que Branger estaba preso, cuando un amigo que lo visitaba le pregunt cuntas canciones haba hecho en ese tiempo: Aun no he concluido la primera; creis que una cancin se hace como un poema pico? La prosa vulgar se traga como el pan comn; pero una crme fouette, inspida... no. Detesto el mal verso, y me es una fatiga enorme la lectura de esos volmenes rimados que no dejan preocupacin ni agitacin; prefiero las dos composiciones de Fallon a la mayor parte de los gruesos tomos de versos que han hecho gemir las prensas de la Amrica Espaola y de la Espaa misma... Quin de entre nosotros no tiene perdida en la memoria la sensacin deliciosa de una noche de luna, cuando, con el espritu tranquilo, bajo la plcida influencia de esas horas silenciosas, se sigue el rayo de luz entre los rboles, en los campos y en los cerros, poblndolo, como el haz luminoso sobre la cuna de Betlhem bajo el mstico pincel de Drer, de visiones tenues y flotantes, de sueos y recuerdos?... Cul es aquel que, impotente para crear, no ha pedido al arte un reflejo, en el verso o en el color, encontrndolo a veces en la msica, de esos dilogos ntimos entre el alma y las escenas de la noche, bajo la blanca luz de la luna? He ah el motivo de mi predileccin por la dulce poesa de Fallon; nadie como l, hasta ahora, me ha hecho leer con mayor claridad dentro de m mismo, dando forma y vida a las ideas y sensaciones confusas que en otro tiempo, en los das de entusiasmo, la luna serena haca brotar en mi alma... Od, quiero citar algunas estrofas. Reclinad la cabeza sobre el cmodo respaldo del silln, all, bajo el corredor, frente a los rboles que una brisa imperceptible mueve apenas, a favor de ese silencio profundo e ntimo de las noches en el campo, dejad venir los recuerdos, cantar las esperanzas... Pero, con los ojos entreabiertos bajo el prpado que la quietud adormece, mirad el cuadro... Ya del Oriente en el confn profundo La luna aparta el nebuloso velo Y leve sienta, en el dormido mundo, Su casto pie con virginal recelo.... Absorta all la inmensidad saluda, Su faz humilde al cielo levantada Y el hondo azul con elocuencia muda Orbes sin fin ofrece a su mirada. Un lucero, no ms, lleva por gua; Por himno funeral silencio santo; Por slo rumbo la regin vaca Y la insondable soledad por manto. * * * * * De all desciende tu callada lumbre Y en argentinas gasas se despliega De la nevada sierra por la cumbre Y por los senos de la umbrosa vega. Con sesgo rayo por la falda oscura A largos trechos el follaje tocas, Y tu albo resplandor sobre la altura En mrmol torna las desnudas rocas. * * * * * Y yo en tu lumbre difundido oh luna! Vuelvo al travs de solitarias breas A los lejanos valles, de en su cuna De umbrosos bosques y encumbradas peas El lago del desierto reverbera, Adormecido, ntido, sereno, Sus montaas pintando la ribera Y el lujo de los cielos en su seno. Oh! y stas son tus mgicas regiones Donde la humana voz jams se escucha, Laberintos de selvas y peones En que tu rayo con las sombras lucha. Porque las sombras odian tu mirada; Hijas del Caos, por el mundo errantes, Nufragos restos de la antiga Nada, Que en el mar de la luz vagan flotantes. * * * * * A tu mirada suspendido el viento, Ni rbol ni flor el desierto agita; No hay en los seres voz ni movimiento;... El corazn del mundo no palpita... Se acerca el centinela de la muerte! He aqu el silencio! Slo en su presencia Su propia desnudez el alma advierte, Su propia voz escucha la conciencia. Y pienso an y con pavor medito Que del Silencio la insondable calma De los sepulcros es tremendo grito Que no oye el cuerpo y estremece el alma! * * * * * El que visti de nieve la alta sierra, De oscuridad las selvas seculares, De hielo el polo, de verdor la tierra, Y de fondo azul los cielos y los mares, Ech tambin sobre tu faz un velo, Templando tu fulgor para que el hombre Pueda los orbes numerar del cielo Tiemble ante Dios y su poder le asombre. Cruzo perdido el vasto firmamento, A sumergirme torno entre m mismo Y se pierde otra vez mi pensamiento De mi propia existencia en el abismo... Delirios siento que mi mente aterran: Los Andes, a lo lejos, enlutados, Pienso que son las tumbas do se encierran Las cenizas de mundos ya juzgados... * * * * * El ltimo lucero en el Levante Asoma y triste tu partida llora: Cay de tu diadema ese diamante Y adornar la frente de la Aurora. Oh, luna adis! Quisiera en mi despecho, El vil lenguaje maldecir del hombre. Que tantas emociones en su pecho Deja que broten y les niega un nombre Se agita mi alma, desesperada y gime, Sintindose en la carne prisionera; Recuerda al verte su misin sublime Y el frgil polvo sacudir quisiera. Mas si del polvo libre se lanzara, Esta que siento, imagen de Dios mismo, Para tender su vuelo no bastara Del firmamento el infinito abismo! Porque esos astros, cuya luz desmaya, Ante el brillo del alma, hija del cielo No son siquiera arenas de la playa, Del mar que se abre a su futuro vuelo!... No he podido rendir un homenaje ms digno a las letras de Colombia, que la transcripcin de esos versos de Diego Fallon. Vencer las mayores dificultades del verso, sea en la forma, en la transposicin o en la rima, derramar la gracia, el chiste, la fina irona en sus composiciones, es un juego para D. Jos M. Marroqun. Ha hecho una glosa rimada de los primeros libros de Tito Livio, que no vacilo en considerar como uno de los trabajos ms perfectos que en ese gnero se hayan escrito en nuestro idioma. Castizo, correcto, parece que buscara los trances ms difciles de la sintaxis, como para probar que los tesoros del espaol son inagotables. Qu galana facilidad y qu facilidad de pincel! Sus versos quedan en la memoria, y siempre su recuerdo trae una sonrisa. Quin que haya ledo _El Cazador y la Perrilla_, no ver siempre aquella perra enteca, flaca, que Era, otros, derrengada, La derribaba un resuello... Puede decirse que aquello No era perra ni era nada. D. Ricardo Cascarilla tiene tambin composiciones felicsimas de ese gnero; sobre todo, a mi juicio, un curiossimo dilogo con el Salto de Tequendama, a quien presenta un literato espaol, de paso por Colombia. Siento no poder transcribirlo aqu; pero, si fuera a reproducir todo lo bueno que ha producido la literatura colombiana contempornea, no me bastara por cierto un volumen. Jos Mara Samper ha escrito seis u ocho tomos de historia, tres o cuatro de versos, diez o doce de novelas, otros tantos de viajes, de discursos, estudios polticos, memorias, polmicas... qu s yo! Es una de esas facilidades que asombran por su incansable actividad. Jams un instante de reposo para el espritu; cuando la pluma no est en movimiento, lo est la lengua. Sale del Congreso, donde ha hablado tres horas, contina la perorata en el Altozano hasta que cae la noche, y luego a casa, a escribir hasta el alba. Y eso todos los das, desde hace largos aos. Ha sido periodista en el Per, ha viajado por toda la Europa, ha producido ms que un centenar de hombres... y an es joven y lo alienta un vigor ms intenso que nunca. Naturalmente, en esa mole de libros sera intil buscar el pulimento del artista, la correccin de lneas y de tomos. Es un ro americano que corre tumultuoso, arrastrando troncos, detritus, arenas y peascos, pero tambin partculas de oro, como dice Marius Topin refirindose al viejo Dumas. En Bogot hay mucha aficin por las veladas literarias, que all llaman Mosaicos, tal vez por la variedad de temas que se tratan. Los jvenes bogotanos comparan un mosaico a un concierto clsico a puerta cerrada... y son capaces de montar a caballo y largarse a la hacienda al menor anuncio de un festival semejante. Pero ya he dicho que los jvenes all son unos escpticos empedernidos, que no creen en nada, ni aun en las dulzuras de la rima con te. Por mi parte, no tuve el placer de asistir a ninguna de esas reuniones; pero poco antes de mi llegada, el seor Soffia, ministro de Chile, que es un poeta distinguidsimo, haba invitado a un mosaico, en un soneto esdrjulo de una dificultad de factura agobiadora. Al da siguiente, tena cuarenta sonetos, con las mismas rimas, aceptando la invitacin. La lectura deba constituir el mosaico. Samper mand cuatro, disminuyendo una slaba en cada uno!... Puede Colombia a justo ttulo estar orgullosa de dos hombres, jvenes an, pero cuya reputacin de sabios y profundos literatos ha salvado los mares y extenddose en la pennsula espaola. El primero es don Miguel Antonio Caro, hijo del inspirado poeta don Jos E. Caro, cuyas nobles estrofas _En boca del ltimo Inca_ son conocidas por todos los americanos. M. A. Caro es el autor de la soberbia traduccin de Virgilio, en verso espaol, de una fidelidad aterradora; se siente fro al pensar en la labor perseverante que ha sido necesaria para encerrar cada verso latino, de la rica lengua virgiliana, en el correspondiente espaol. As, los que leen la traduccin de Caro, encuentran en ella el mismo sabor delicioso que se desprende de la lira del cisne de Mantua, la misma fuerza y aquella suavidad exquisita e insuperable que ha hecho de Virgilio el prncipe de los poetas latinos. Ese trabajo ha sido ya juzgado por la crtica eminente de Espaa, y el nombre de su autor se pronuncia hoy en la Academia Real con el mismo respeto que el de los ms grandes peninsulares...[25]. Las introducciones de Caro a la _Historia General_... de Piedrahita, a las _Poesas_ de Bello, etc., son simplemente obras maestras, en las que se encuentra, a la par de una riqueza y galanura de lenguaje a que estamos poco habituados en nuestra Amrica, la vasta y slida erudicin de un fillogo que no ignora uno slo de los progresos de esa ciencia nueva en el mundo moderno. Los trabajos del seor Caro imponen respeto, y es precisamente en nombre de ese sentimiento, porque, despus del elogio sincero y altsimo, quiero consignar la impresin ingrata que me han dejado algunas de sus pginas. El seor Caro es en poltica, en religin y en literatura, el tipo ms acabado del conservador, dando a esa palabra toda la extensin de que es susceptible. Nada tengo que ver con sus ideas sobre la marcha de las cosas en Colombia, ni con las respetabilsimas inspiraciones de su conciencia; pero cae bajo el dominio de la crtica su apasionamiento ilimitado por las cosas que fueron la glorificacin constante del pasado, del pasado espaol, contra todas las aspiraciones del presente, aun del presente espaol. Si la casualidad ha hecho que el cuerpo del seor Caro ha venido a aumentar la falange humana en suelo colombiano, su espritu ha nacido, se ha formado y vive en pleno Madrid del siglo XVI. All respira, all se reconoce entre los suyos, all se apasiona y discute. Hay hombres que se detienen en un momento de la historia y por nada pasan el lmite marcado por su predileccin, casi dira por su monomana. No leen ya, releen, como deca Royer Collard. En ellos es disculpable esa obstinacin apasionada; no conocen sino ese mundo, y por tanto, no pueden compararlo al presente. Pero el seor Caro ha ledo cuanto es posible leer en treinta aos de vida intelectual; su alta inteligencia ha entrado a fondo en la literatura moderna y pocos como l podran hablar con tal autoridad de lo que en materia de ciencias y letras se ha hecho en el mundo en los ltimos cien aos. Esa ria inconciliable con el presente, es, pues, un fenmeno curioso en un espritu de esa altura, y nos sera lcito esperar que la influencia de tales ideas se limitase al respeto de la forma y no alcanzase a obrar sobre la percepcin de las cosas. Qu acentos de indignacin encuentra Caro para increpar a Quintana su grito generoso, humano, cuando, reconociendo las crueldades de la conquista, quiere alejar de su patria la maldicin de un mundo y echar la responsabilidad sobre la poca! Un monje fantico, apoderado de Valverde en la Corte de Espaa, no habra hablado con mayor vehemencia y encono... Comprendo, y soy el primero en seguir al seor Caro en ese camino, que es tiempo de poner trmino a la estril declamacin contra la conquista, que ha dado alimento sin vigor a la literatura americana durante veinticinco aos. Pero eso de llegar a la santificacin del pasado, comprendiendo la Inquisicin y el rgimen colonial, parceme que es un prurito retrospectivo inconciliable con la luz natural de esa alta inteligencia... Rufino Cuervo es el autor de ese libro tan popular hoy: _Apuntaciones crticas sobre el lenguaje bogotano_. Es otro sacerdote del pasado, aunque menos inflexible que el seor Caro, por el que profesa, con razn, una admiracin sin lmites. La ciencia, los largos aos de estudio que ese volumen de Cuervo revela, prueban que, tambin en Amrica, tenemos nuestros benedictinos infatigables. Todas las locuciones vulgares, todas las alteraciones que el pueblo americano, bajo la influencia de las cosas y de su propia estructura intelectual, ha introducido en el espaol, son all prolijamente estudiadas, corregidas y... limpiadas. (Limpia y fija!) Actualmente, Cuervo se encuentra en Pars, metido en su nicho de cartujo, levantando, piedra a piedra, el monumento ms vasto que en todos los tiempos se haya emprendido para honor de la lengua de Castilla. Es un _Diccionario de regmenes, filolgico, etimolgico_... Qu s yo! Aquello asusta; cuando Cuervo me mostraba, en Bogot, las enormes pilas de paquetes, cada uno conteniendo centenares de hojas sueltas, cada una con la historia, la filiacin y el rastro de una palabra en los autores antiguos y modernos... senta un vivo deseo de bendecir a la naturaleza por no haberme inculcado en el alma, al nacer, tendencias filolgicas. Ya estn reunidos casi todos los ejemplos, me deca Cuervo; ahora falta lo menos, la redaccin. Redactar cuatro, o diez, o sabe Dios cuntos volmenes de diccionarios... lo menos! Y cmo redacta Cuervo, con una sobriedad, una precisin y elegancia que obligan a cincelar la frase! Si uno de nosotros, despus de tres horas de redaccin suelta, incorrecta, _ la diable_, tira la pluma con disgusto, qu sera, si se levantara ante nuestros ojos, como en una pesadilla, la columna de papel blanco que hay que llenar para concluir el Diccionario de Cuervo?... Y sabis dnde han sido concebidas, meditadas y escritas esas obras? En una cervecera. Rufino y ngel Cuervo son hijos de un distinguido hombre de Estado, que fue presidente de Colombia. Quedaron sin fortuna. Qu haran? Politiquear, chicanear en el foro, morirse de hambre declamando en el jurado?... _Pouah_! Fundaron una cervecera en Bogot, sin recursos, sin elementos, y lo peor, sin probabilidades de xito, porque haba que luchar con la chicha, predilecta del indio. Yo mismo he embotellado y tapado, me deca Rufino. En seis aos, no he tenido un da de reposo, ni aun los domingos, me deca ngel. En diez aos, lograron la fortuna y la independencia... Para qu? Para gozar, para vivir en Pars, en el bulevar, perdiendo la vida, la savia intelectual en el caf y en el _boudoir_? No; simplemente para trabajar con tranquilidad, sin interrumpirse sino para despachar un cajn de cerveza, para adquirir el derecho de perder el pelo y la vista sobre viejos infolios cuyo aspecto da fro!... Pero la obra de Rufino Cuervo ser un timbre de honor para su patria y para nuestra raza. Repito que no es mi propsito (ni sera ste el sitio adecuado) para hacer un resumen de la historia literaria de Colombia. Si he consignado algunos nombres, si me he detenido en algunas de las personalidades ms notables en la actualidad, es porque, habiendo tenido la suerte de tratarlas, entran en mi cuadro de recuerdos. De todas maneras basta con lo que he dicho para hacer comprender la altura intelectual en que se encuentra Colombia y justificar la reputacin que tiene en la Amrica entera. Pas de libertad, pas de tolerancia, pas ilustrado, tiene felizmente la iniciativa y la fuerza perseverante necesaria para vencer las dificultades de su topografa y corregir las direcciones viciosas que su historia le ha impuesto. CAPITULO XVII El regreso Simpata de Colombia por la Argentina.--Sus causas.--Rivalidades de argentinos y colombianos en el Per.--Carcter de los oficiales de la Independencia.--La conferencia de Guayaquil.--Bolvar y San Martn.--Una hiptesis.--El recuerdo recproco.--Analogas entre colombianos y argentinos.--Caracteres y tipos.--La partida.--En Manzanos.--Las mulas de Piquillo.--El almuerzo.--El tuerto sabanero.--Una gran lluvia en los trpicos.--En Guaduas.--Encuentros.--En busca de mi tuerto.--Un entierro.--Recuerdo de los Andes.--Viajando en la montaa.--El viajero de la armadura de oro.--D. Salvador.--Su historia.--Su famosa aventura.--Pobre D. Juan!--Una costumbre quichua. Mi permanencia en Colombia haba concluido, debiendo pasar, por disposicin de mi gobierno, a ocupar una de las legaciones argentinas en Europa. Fue entonces, en medio de la agitacin que siempre producen las nuevas perspectivas, los cambios radicales en el curso de la vida, cuando me di cuenta de mi cario por el pueblo que tan abierta y generosa hospitalidad me haba dado. Y no era por cierto el sentimiento exclusivo de mi gratitud personal: era algo ms alto, era el afecto profundo por aquella sociedad que hablaba de mi patria con una predileccin marcada sobre todas las naciones del continente y que haba querido honrar en m al representante de la tierra argentina. Es la primera vez que hago una referencia a mi posicin oficial en Colombia; pero quiero que, si algn argentino lee este libro, sepa que en Bogot, desde los altos poderes pblicos, hasta el pueblo mismo en sus ingenuas manifestaciones, no han cesado un momento de demostrarme su viva simpata por nuestra patria, el contento generoso por sus progresos y el deseo de estrechar con ella relaciones ntimas y cordiales, en beneficio del progreso y de la paz americanos. Esa simpata responde a varias causas. En primer lugar, los recuerdos de la lucha de la Independencia. Todos conocernos aquella rivalidad caballerosa, que tena por teatro la vieja Lima, entre los oficiales colombianos y los argentinos, entre los vencedores de Boyac y los vencedores de Chacabuco. Antagonismo de hroes, combates de cortesa, como habra dicho un heraldo de armas del siglo XV. Los colombianos tenan por jefe a Bolvar, los argentinos a San Martn, y todos comprendan que esas dos glorias no caban en el continente. Los colombianos traan marcadas en las heridas de la carne, y muchos en las del corazn, las huellas del largo batallar en las llanuras de Venezuela y en los Cerros granadinos, contra la fuerza, la arrogancia y el valor espaoles. Los argentinos recordaban la incomparable hazaa del paso de los Andes, cuando en las alturas donde mora el cndor haban librado combates inmortales. Unos y otros miraban al Per como tierra conquistada, propia; unos y otros hacan resonar sus espuelas en el pavimento de la ciudad de los reyes con la altivez de triunfadores, y tal vez con la conciencia de la superioridad sobre los que acababan de libertar. Y qu hombres! Sucre, Crdoba... de un lado; Lavalle, Necochea... del otro. Nubes en presencia, cargadas de electricidad! No estall el rayo, pero el relmpago ilumin ms de una vez los varoniles rostros. Tanto los oficiales de Bolvar como los de San Martn, pertenecan a la clase ms elevada de las sociedades de Colombia y del Ro de la Plata. La altivez nativa se una a la jactancia castellana del valor. Habituados a jugar la vida a cada instante, a los triunfos fciles en amor, al amparo de su maravilloso prestigio en Amrica, el antagonismo no se concretaba a la reputacin militar, sino que revesta sus formas ms irritantes en el estrado donde la limea haca brillar sus ojos tras el abanico de encaje. All, la voz de bronce de la disciplina tuvo que sonar ms de una vez para impedir que el rpido cruzar de palabras irnicas en el saln se convirtiese, en la calle, en el centellear de las espadas. Antagonismo de cabezas ligeras y corazones calientes, como fueron todos esos oficiales de la guerra de la Independencia, aristocrticos hasta la mdula, desprendidos, generosos, con el sentimiento ms que con la razn de la causa por que jugaban la vida, enardecidos por la lucha y siguiendo la bandera de su jefe con la ciega obstinacin de un oficial de Wallenstein en la guerra de treinta aos. El largo alejamiento de la patria, la tenaz persistencia de la lucha, la efmera ocupacin del suelo que reduca con frecuencia esa misma patria a los lmites del campamento y en los das de batalla a la tierra del combate, la influencia, por fin, de la vida militar prolongada, haban hecho de los oficiales argentinos y colombianos el prototipo de los hombres ligeros en el pensamiento y en la accin, brillantes en la despreocupacin del porvenir, viviendo _au jour le jour_, sabiendo que con valor pagaban, y seguros de que el caudal no concluira. Al fin, uno cedi. El ms patriota, el ms razonable? Cunto se ha dicho sobre esa entrevista de Guayaquil, que algunos historiadores, para quienes las cosas de la independencia estn siempre al diapasn de la tragedia, han querido cubrir con un velo misterioso y levantar al nivel de los grandes problemas histricos! Al norte del Ecuador, el acto de San Martn no fue sino el acatamiento respetuoso del genio y del derecho de su rival; al sur, la abnegacin suprema de un gran corazn, la inspiracin del patriotismo, en generoso sacrificio de s mismo en obsequio de la causa americana. A mis ojos (y bien osado me encuentro para hablar de estas cosas, despus de voces tan altas y autorizadas); no hubo sacrificio personal en el retiro del general San Martn. Todo es cuestin de organizacin moral; Bolvar, retirndose a la vida privada, o San Martn, manteniendo a sangre y fuego su primaca en el Per, habran sido hechos tan fuera de la lgica, tan contrarios a su carcter como naturales fueron los papeles diversos que les tocaron en el drama. Bolvar...--se me ocurre suponer a Bolvar nacido en suelo argentino, miembro de la logia Lautaro (all Alvear habra encontrado su maestro)--vencedor en San Lorenzo, general transitorio del ejrcito del Norte, organizador, en fin, del ejrcito de los Andes. Cul habra sido su actitud ante la situacin interna del pas bajo el directorio de Rondeau? Habra, como San Martn, desobedecido, cruzado la montaa, y dando la espalda a la anarqua, ms an, a la agona de la patria nueva, ido a libertar al Per? Habra, una vez vencedor en el Per, cedido el puesto a San Martn viniendo del norte, embarcdose, y llegado frente a las playas de su tierra, negdose a pisarlas, porque la guerra civil la asolaba, para ir a terminar en la vida de un _bourgeois_ meditabundo, su carrera de accin y de luz? Y all, en la casita de los arrabales de Bruselas, Bolvar, en 1830, cuando un pueblo golpeaba a su puerta, pidindole que se pusiera al frente de la insurreccin contra un opresor tan odiado como el espaol... habra contestado a los belgas con la seca lgica de San Martn? A mi juicio, los rumbos de la historia americana habran cambiado profundamente; el espritu se pierde en la conjetura, pero el estudio de los caracteres de esos dos hombres permite asegurar que su accin, en medios idnticos, habra sido diversa. Bolvar ansiaba algo ms que la gloria militar, que lo era todo para San Martn (me refiero a las ambiciones y no a los sentimientos patriticos de los dos libertadores). Bolvar vea ms alto y ms lejos, pero San Martn vea ms recto. El uno haba nacido para dominar, el otro para vencer. Bolvar tena la tela de aquellos generales romanos que se hacan proclamar emperadores por las legiones que marchaban en el fondo de la Germania o en las montaas de _Hispania_. San Martn era un general del tiempo de la repblica; habra cavado gustoso la tierra... pero despus de vencer. Para Bolvar la tarea empezaba despus de la batalla; para San Martn conclua. En 1826 Bolvar peda an una coalicin americana contra el Brasil, ms an, la ofreca... con tal que se le diera el mando supremo. San Martn quedaba silencioso en Boulogne. Insaciable el uno, por temperamento, por vibracin intelectual, por el correr violento de la sangre; fro, sereno, reposado el otro, por la glacial y predominante fuerza de la razn. Caudillo, tribuno, ora cacique de barrio, ora diplomtico de alto vuelo el primero; el segundo, soldado. Soldado, con la religin del deber; el primero, bajo la disciplina, soldado, segn la idea moderna y exacta? No lo s; pero, s, soldado en su corte moral, en sus propsitos, en sus ambiciones, en el ideal de su vida, trazada de antemano como la trayectoria de una bala de can. Qu tena que hacer semejante hombre en el Per, despus de la victoria? La independencia era un hecho ya y su consagracin definitiva, Junn, Ayacucho, cuestin de das ms. Y luego? Ser dictador del Per, crear, por un movimiento de orgullo, ese absurdo de Bolivia, rotulndolo con su nombre, volver a Buenos Aires, hacerse dictador en el hecho, saltar una tarde por la ventana ante la conspiracin que avanza, salvado por su querida, para ir a pasar la noche bajo el arco de un puente miserable y salir al alba con el rostro lvido y el traje maculado?... No, San Martn no era el hombre de ese corte. Haba concluido su misin. Lo invadi, adems, el desencanto profundo de los que llegan a la meta, y all, fra el alma, repiten el triste gemido del salmista? Tal vez... Pero el hecho es que era un hombre concluido. Volver a su patria, hundirse en la estril abnegacin de Belgrano, deshojar uno a uno sus laureles, luchando, como el vencedor de Tucumn, contra oscuros gauchos que lo vencan... o verse, en un consejo militar, burlado por un Moldes o un Dorrego, petulantes, irritables y escpticos, bolvares pequeos, turbulentos e implacables por trepar al poder? No era ese su corte, lo repito, y eso, felizmente para su gloria. Tengo, pues, para m, que San Martn, al embarcarse en el Callao para Guayaquil, y al sentarse en aquel sof al lado de Bolvar, dominndolo con su alta talla, tena ya resuelto en el fondo de su espritu todo el problema. No hubo misterio, no hubo la abnegacin desgarradora que se dice; hablaron un cuarto de hora sobre el tema, una hora sobre s mismos... y todo qued arreglado. Un fisilogo hubiera previsto el retiro de San Martn, como un astrnomo el regreso de tal o cual cometa, siguiendo ambos las leyes de la naturaleza, inmutables en los cielos como en el microcosmos humano... Despus de la partida de San Martn, el antagonismo entre colombianos y argentinos se acentu ms an; la arrogancia recproca dio origen a la triste pgina de Arequito, lo que no impidi ms tarde las heroicidades de los granadinos y de los hijos del Plata en los campos de Junn y Ayacucho. Pero, cuando son la hora del regreso, para volver a la patria, a morir, casi todos ellos, en las oscuras guerras civiles, salvo los elegidos que hallaron tumba gloriosa en Ituzaing... cmo se tendieron y estrecharon esas manos varoniles encallecidas por la espada y cmo se humedecieron esos ojos iluminados siempre en la batalla! Trepando en la spera senda de la gloria, llegaron simultneamente a la cumbre, y all, con la cara torva, se miraron como debieron hacerlo Jimnez de Quezada y Belalczar, al encontrarse frente a frente en la sabana de Bogot, partidos, el uno del norte y el otro del sur, despus de largos meses de martirio... Ms tarde, los colombianos contaban a sus hijos el duro batallar de la Independencia, la figura de Necochea, del Murat argentino, abrindose camino, con su sable entre el muro espaol... y a su vez, los argentinos, los pocos que vegetaban an en las largas y tristes veladas de la tirana, narraban en voz baja las hazaas pasadas, cuando Crdoba avanzaba como un hroe legendario, a la voz de Paso de vencedores! Y los dos pueblos que haban dado libertad a la Amrica y confundido su sangre en la batalla, dejaban a la generacin que los segua, ese legado de cario, de simptica respeto que hoy muestra Colombia para la Argentina y la Argentina para Colombia. No nos volvimos a encontrar en las rutas de la historia. Harto que hacer tenamos con nosotros mismos, ocupados en sangrarnos hasta la extenuacin, como si hubiramos querido fecundar la tierra patria con el jugo de nuestras venas. Pasaron los aos, y un da, da feliz para m, me toca en suerte ir a decir a Colombia que el pueblo argentino no se haba olvidado del pasado y que le tenda su mano, no ya para batallar, sino para avanzar unidos en la paz y en el progreso. Cmo fue recibida esa palabra, no lo olvidar nunca, como tampoco la sensacin inefable, grave y profunda, que se siente cuando el destino nos llama, en uno de esos momentos, a representar a la patria en el extranjero. En el extranjero?... Deba tener nuestro idioma otra palabra para designar los pueblos idnticos a nosotros. No puedo habituarme a designar con la misma voz a un uruguayo o a un colombiano, que a un alemn o a un ruso. En el corte moral somos iguales, como en el tipo fsico, en las maneras, en el calor de los carios, en la rapidez del entusiasmo, y lo dir?, en la ligereza con que nos formamos opinin sobre las cosas y sobre los hombres. Concebimos bajo las mismas leyes intelectuales, como aspiramos a la fortuna con idntico propsito, as como, con igual desenfado, la echamos por la ventana, una vez conseguida. Un bogotano, un cachaco exquisito, pobre como Adn, haba tenido la suerte de ser designado por el gobierno para conducir a Quito no s qu piedra conmemorativa de la independencia. Como es natural, recibi de antemano su vitico, suma bastante redonda. Cuando llegu, era tal su cario por la Repblica Argentina y tal su deseo de manifestrmelo, que supe estaba resuelto en emplear todo su vitico en darme un baile! Me cost un triunfo disuadirlo por medio de un amigo. Es el mismo cachaco que deca, no s en qu ocasin solemne en que haba de celebrar algo grande: Vamos a calaverear la repblica!... No os parece or hablar a un compatriota? Luego, la sociabilidad, las mujeres... Idnticas, mis amigos! Caprichosas, dominantes, ocupando en la sociedad aquel puesto de la Argentina que asombraba al escritor brasileo Quintino Bocayuva y le haca atribuir, en gran parte, nuestro desenvolvimiento. Y la historia? Una noche, el doctor Nez, a quien haba pedido me explicase la filiacin de algunas aberraciones en la organizacin poltica de Colombia, lo haca de tal manera, que me oblig a preguntarle: Pero dnde ha aprendido usted tan a fondo la historia argentina? Las mismas luchas entre las ideas y las cosas, entre las teoras y los hechos fatales, nacidos del estado social; las mismas aspiraciones vagas del ncleo inteligente, estrellndose contra la atona de la masa, como entre nosotros, contra el empuje semibrbaro del caudillaje. Agregad la identidad de origen, la petulancia andaluza, que no perdi nada al pasar el mar, unida al vago fatalismo rabe que empuja al abandono, recordad que jams argentinos y colombianos discutieron un palmo de tierra ni cambiaron una nota agria por las mil ftiles causas que la diplomacia desocupada inventa, y comprenderis porqu vive vigorosa y creciente esa simpata entre los dos pueblos, que nada puede cambiar y que llevaba a la accin ser un da la garanta ms firme, la nica, de la anhelada paz del continente sudamericano. Hay que partir; el carruaje espera a la puerta, y los buenos amigos que van a acompaarme hasta el confn de la sabana, estn listos. Rueda el coche por las angostas calles, pasamos la plaza de San Victorino, y en las ltimas casas de la ciudad me vuelvo para darle la mirada de adis. Siempre he dejado un sitio con la seguridad de volver... pero Bogot! Las cinco horas que empleamos hasta llegar a Manzanos fueron para m tristes, a posar de la charla animada y espiritual de Roberto Surez, Carlos Senz y Julio Mallarino, que me acompaaban. Una vez en la posada donde debamos pasar la noche, nos preocupamos de la forzosa restauracin de _dessous le nez_, como dice Rabelais. Mallarino haba sostenido que en Manzanos haba vino, lo que haca intil el trabajo de llevarlo desde Bogot. Una vez en la mesa, supimos que no haba ms que cerveza de Cuervo (a quien respeto como fillogo, como sabio, como todo, menos como cervecero) y.... Champaa! Pero, qu Champaa, mis amigos! Surez sostena que era de la casa de Mallarino, y ste lo amenazaba con un juicio por difamacin, olvidando que en Colombia no los hay. Al fin, nos tendimos en unas camas flacas como las vacas de Faran, pobladas de magros insectos que bien pronto entraron en campaa. No pude dormir; al alba me levant, hice ensillar tranquilamente mi mula; mi compaero de viaje, un simptico y respetable caballero establecido en Honda, hizo otro tanto y antes de partir, entr en el cuarto de mis amigos para darles el abrazo del estribo. Dorman y respet su sueo. Al bajar, encontr a Senz, con quien me indemnic. Me arregl mis zamarros y unas espuelas oregonas de media vara que me haba regalado l mismo, me envuelvo bien en mi ruana, y apretando por ltima vez la mano a aquel amigo, que sabe el cielo si lo volver a encontrar en los azares de la vida, nos pusimos en marcha. Eran las seis y media de la maana. Con decir que las bestias que llevbamos eran de Piquillo, he dicho su calidad superior. Del mismo modo que M. Andr, en la _Tour du Monde_, como creo que ya he contado, entreg a la execracin universal al que le alquil mulas en Honda, a mi vez, impulsado por un sentimiento humanitario y cumpliendo un acto de justicia, recomiendo a todo el que hacia aquellos mundos se lance, emplear las mulas de Piquillo. Mulitas valerosas, trepando la cuesta empinada con su pasito menudo pero incansable, nos hicieron el viaje delicioso. Marchar por la montaa en las primeras horas de la maana, sanos de cuerpo y espritu, bien montados y en medio de los cuadros de una naturaleza que va cambiando lentamente sus perspectivas, es una sensacin de las ms gratas que conozco. Al llegar al Alto de Robles, nos detuvimos un instante y mir largo e intenso la tendida sabana rodeada de montes; y all en el tendido fondo, entre las nubes de la maana, el Monserrat, a cuyo pie duerme Bogot... Y en marcha. Descendamos de la sabana hacia la tierra caliente; he ah Agua Larga. Una mirada al pasar, y adelante. A ambos lados del camino, entre la espesa vegetacin que cubre la falda de la montaa, y all en el fondo del profundo valle hacia el que bajamos en cigzac, empieza a orse esa sinfona peculiar de la regin trrida, a la que nuestros odos se haban deshabituado en la altura. Eran los grillos, las chicharras, qu s yo de los nombres que llevan las estridentes tribus que cantan al sol entre el tupido follaje de la tierra clida! Los abrigos se hacan pesados, y--fenmeno curioso del que se me haba advertido!--los odos comenzaban a zumbarme ligeramente. Parece que es efecto del rpido cambio de temperatura, pero pasa pronto. A poco se nos agreg un hermano del poeta Pombo, librero de Bogot, _amateur_ botnico, que saludaba por su nombre, como antiguos conocidos, a los yuyos del camino. Iba a Chimbe, no s a qu. Costbale trabajo seguirnos, porque nuestras mulitas devoraban la ruta. Con su paso igual y parejo, bajaban, suban, avanzando siempre con una rapidez que me asombraba. No las economizbamos, porque, ms previsor que a la venida, haba hecho preparar, como el compaero, bestias de repuesto en Villeta. La sola idea de pasar ligero por aquel horno me alegraba el alma. Hola!, he ah a Chimbe, donde nos calafatearon el almuerzo famoso de la venida; ah est el rbol a cuyo pie, tendido, con la rienda de mi mula cansada en la mano, se me apareci la Providencia bajo la forma de un indio montado en un alazn, y all en el fondo de su eterno embudo, Villeta, la dulce al dejarla. Hace rato que nos ha dejado Pombo; miramos el reloj. Son apenas las 11; hemos marchado ms rpidamente que el correo. Nos detenemos un instante en un casero, donde mi compaero tiene relacin, y parlamentamos hasta conseguir un almuerzo que nos evita detenernos en Villeta. Qu apetito aqul! La buena sopa de papas y el duro trozo de carne salada desaparecieron en el acto. Quin nos hubiera dado, ms tarde, esa _fourchette_ en Nueva York o en Pars, para hacer honor a Delmnico o Bignon, o a los renombrados _chefs_ de Mde. B... o de Mde. S...! Y de nuevo en camino. Poco antes de llegar a Villeta, nos detenemos en algo que deba ser casa de Piquillo, porque all cambiamos de bestias... Me he olvidado de dos personajes importantes que nos seguan o pretendan seguirnos en nuestra marcha vertiginosa; nuestros sirvientes, montados como tales. El mo, un rubio, tuerto, sabanero, como lo indicaba su tipo, especie de letrero para la gente del camino, de la que me informaba ms tarde sobre su destino, pues acab por perdrseme; mi sirviente, repito, montaba una mulita baja, escueta, regaona, canalla, y el sabanero no llevaba espuelas! El espectculo de aquel taloneo angustioso e incesante me haca mal, porque me recordaba las peripecias de la venida, y me vea, no bajo un prisma halagador, muy de _helmuth_ y de poncho de guanaco, blasfemando contra mi bestia rehacia. Resolvimos dejarlos atrs y seguimos la marcha, cruzando Villeta como una tromba. Me haban dado un excelente caballo, habituado a la montaa, y el compaero montaba una mula escogida. Cada vez que divisbamos un camino medianamente plano, galopbamos hasta que la subida sofocaba a la bestia o el descenso nos adverta que no estaba lejano el momento de rompernos la nuca. Qu cuesta aqulla para salir del valle profundo de Villeta y transponer la montaa que lo rodea! Parece imposible conseguirlo sin alas; el camino es malsimo, poco ms o menos como el nuestro de Mendoza a Uspallata, en los Andes argentinos; pero, en cambio, el lujo salvaje de la vegetacin reposa la vista, y los hilos de agua que descienden entre flores y follaje, alegran el paisaje. El diferente andar de los animales nos haba hecho separar unos cincuenta metros del compaero, cuando ste me alcanz rpidamente y dndome la voz de alarma, me mostr un denso nubarrn que avanzaba cubriendo el cielo, pocos momentos antes sereno y deslumbrador como una placa reflectora. No tuvimos tiempo ms que para desprender la inmensa capa de cautchut que arrollada llevbamos a la grupa y envolvernos en ella, levantando el capuchn. La lluvia se descolg, una de esas lluvias torrenciales de los trpicos que dan una idea de lo que debi ser el formidable cataclismo que inund el mundo primitivo. Avanzbamos siempre, las bestias con la cabeza entre las piernas, y nosotros, silenciosos, inclinados sobre la cruz, enceguecidos por el agua que nos bata el rostro como por bandas, y mecidos, ms que aturdidos, por el chocar de la lluvia contra los rboles. No eran gotas, era un caudal seguido y espeso; las piedras del camino, lavadas y pulidas, se hacan resbalosas y las bestias marchaban con una prudencia infinita. El diluvio dur un cuarto de hora; de pronto, el sol brill de nuevo, los rboles sacudieron las ltimas perlas suspendidas en su cabellera, el azul del cielo apareci ms intonso, y el coro de los insectos enton _da capo_ su eterna sinfona.... Eran las tres y cuarto de la tarde cuando llegamos a la plaza de Guaduas, que an aguarda la estatua de la Pola[26], la ms noble entre las hijas del valle. En media jornada habamos hecho el camino en que yo empleara dos a la venida; verdad que habamos andado como chasques y que la gente a quien comunicbamos la hora de nuestra salida de Manzanos, no poda creernos. Mi compaero me propuso llevar a cabo la hazaa de ponernos en un da desde la sabana en Honda, lo que hara nuestro viaje legendario. Acept por pura botaratera, porque no slo me era igual sino preferible, llegar al Magdalena un da despus, para tomar inmediatamente el vapor, evitndome as una noche en Bodegas de Bogot, noche que se me presentaba bajo un aspecto poco risueo. Pero en el momento de resolverlo, alcanzamos una numerosa caravana que, en orden de uno por fila, caminaba lenta y pausadamente bajo aquel sol de fuego que impulsaba a acelerar la marcha. Eran los seores Cuervo, de uno de los que he hablado ya, que iban a tomar el vapor, acompaados de varios amigos. Pensaban pasar la noche en Guadua. Adems, al llegar al bonito Hotel del Valle, del nico que tena buenos recuerdos de todos los de la ruta, vi en la puerta a las seoritas Tanco que tambin iban a Europa. Ante la perspectiva de una buena noche en agradable compaa, renunci a mi intil y quijotesco propsito de llegar a Honda en el mismo da. Mi compaero, que iba a reunirse con su familia, insisti y sigui viaje. Despus supe que haba tenido que hacer noche en una choza prxima al Magdalena, pues la oscuridad lo haba obligado a detenerse. Entretanto, pas el da, lleg la tarde y mi rubio tuerto, mi sabanero, portador de mi maleta ms importante, no apareca. Cuando a la maana siguiente, todo el mundo en pie, despus de una noche de reposo, se preparaba para montar a caballo, comprob con una clera indecible que mi tuerto maldecido brillaba an por su ausencia. Resolv continuar el viaje, porque retroceder era intil, y adems de indagar en el camino si me haba precedido, hacer jugar el telgrafo, una vez llegado a Honda. Mientras marchbamos por los duros despeaderos, no poda menos de admirar la resolucin y la voluntad de aquellas tres criaturas delicadas, habituadas a todas las comodidades de la vida, que iban a mi lado sonrientes y conversadoras, bajo un sol de fuego, al insoportable movimiento de la mula. El seor Tanco sonrea y me recordaba que en su juventud salir a la costa era una cuestin mucho ms grave que hoy. En vez del vapor que bamos a encontrar en Honda, haba que meterse bajo el toldo de paja de un champan, toldo de media vara de alto, que slo permita la posicin horizontal. Los negros bogas corran sobre l, medio desnudos, soeces, salvajes en sus costumbres... y esa vida, sobre todo cuando se trataba de subir el ro, duraba, meses enteros! Cada cuarto de hora me detena en la puerta de ranchos extendidos sobre el camino y comenzaba mi eterna cantilena: Ha visto pasar un mozo rubio sobre una mula baya? En una de esas tentativas, una buena mujer me contest que en la tarde del da anterior haba pasado un sabanero, tuerto, con la mula cansada. No caba duda, era el mo. Pero, para mayor tranquilidad (tena todo mi dinero y papeles en la maleta que llevaba mi sirviente, lo que creo explicar mi inquietud), resolv adelantarme solo y piqu mi caballo. El sol caa a plomo, y prximos ya al valle del Magdalena, el calor se haca insoportable. A pesar de sus excelentes condiciones, mi caballo empezaba a fatigarse y me detuve un cuarto de hora bajo un rbol. All vi pasar un entierro de las campias colombianas, cuyo recuerdo an me hace mal. El muerto, descubierto, con la cara al sol, era llevado sobre una tabla, a hombros de cuatro indios. En Bogot haba visto ya entierros de nios en iguales condiciones, cuadro que deja una impresin negra y persistente... Pero ya que estoy descansando bajo este rbol de grata sombra, voy a contar a ustedes uno de los recuerdos de los Andes argentinos, que cierta correlacin de ideas me trae a la memoria. Es la historia famosa de don Salvador, el correo. Si es algo larga, clpese a la marcha lenta en la montaa que da tiempo para narrar. Viajaba en la Cordillera; haca tres das que estaba separado de los ltimos vestigios de la civilizacin, y, montado en mi mula, de paso igual y firme, atenta al peligro, ajena a la fatiga, avanzaba entre las gargantas de los Andes argentinos, ya trepando un cerro en cuya cumbre rugan los vientos de los pramos, ya siguiendo lentamente el cauce seco de un ro que esperaba el deshielo para convertirse en torrente. La senda era nica e inerrable; la brjula, consultada con frecuencia por mera curiosidad, me haca ver las caprichosas direcciones del camino. Tan pronto la bestia marchaba al norte tan pronto al sur, y casi nunca al oeste que era el objetivo. Avanzbamos derivando. Como, al levantar el campamento antes de llegar el alba, mi mula era la primera que estaba lista, tomaba siempre la delantera, mientras el gua y el mozo de mano arreglaban los cargueros. As marchaba hasta la mitad del da, solo, perdido en mis pensamientos y dejando a veces escapar exclamaciones de sorpresa ante un cuadro cuya salvaje grandeza me haca detener a mi pesar. Era un cerro desnudo y esbelto, brillando al sol como una placa de metal bruido; una garganta, estrecha y sombra como una profunda herida de estileto en el corazn de la montaa; una cascada cayendo de golpe de una altura enorme, sin gracia y sin majestad, con una brutalidad feroz; un ro corriendo silencioso y libre a cien metros bajo mis pies, en el seno de un cauce inmenso, de orillas torturadas por el torrente pasado, o por fin, un valle muerto y helado, sin una planta, sin un arbusto, sin un eco. Cuando el calor se haca insoportable, me detena a la sombra de un peasco saliente que nos abrigaba amenazando, y esperaba all a los peones. Una hora despus senta a lo lejos el rumor del cencerro de las bestias de carga, que no tardaban en aparecer en la cumbre vecina que yo mismo vena de cruzar, detena all un momento su paso cansado, levantaban la cabeza al viento y volvan a emprender la marcha resignadas. En un instante el almuerzo estaba pronto; salan a luz el charqui y los fiambres, el buen vino de Mendoza, el mate haca los honores de postres, y luego de pasadas las fuertes horas de sol, emprendamos nuevamente la marcha de la tarde. Los guas hablaban poco; de tiempo en tiempo una observacin sobre tal mula que se iba haciendo vieja, o una consulta para arreglar los sobornos de un carguero. A veces un canto plaidero y montono, una triste vidalita, pero en general, un silencio completo. Una tarde, el sol acababa de desaparecer detrs de una cumbre, y a pesar de que la noche estaba lejos, las sombras caan rpidamente sobre el valle profundo en que marchaba. No haba hasta entonces encontrado un solo viajero viniendo de Chile, y, como estaba completamente separado de la vida activa de los hombres, deseaba saber las cosas que haban ocurrido en el mundo durante mi secuestro voluntario. As, con viva satisfaccin vi aparecer en la cumbre de un cerro un tanto alejado del punto en que me encontraba, un hombre que me pareci cubierto de una armadura de oro y jinete en un caballo resplandeciente. Yo lo miraba desde la oscuridad, que a cada instante se haca ms densa, y l reciba, en ese momento de reposo en la altura, los rayos vivos del sol que lo iluminaban, dndole la apariencia que produca esa viva ilusin a mis ojos. Aceler cuanto pude el paso de mi cabalgadura, asombrado de aquella transgresin de nuestro contrato, en la esperanza de unirme cuanto antes al viajero que deba darme las noticias tan deseadas. Pero el cerro estaba lejos y l lo descenda lentamente al paso mesurado de la mula prudente que afianzaba su pie con firmeza para reconocer la solidez de la senda. Los que viajan en las montaas tienen siempre un sentimiento de gratitud a la mula, cuyo esfuerzo y vigilancia contribuyen, en su vanidad, al respeto y cario por la vida del hombre que conducen. No podra la mula contestarles, como el marinero de Shakespeare: _None than I love more than myself?_[27]. Haba llegado al trmino de mi jornada de aquel da y al punto que mi gua haba designado para pasar la noche, pues de comn acuerdo habamos resuelto evitar las detestables casuchas llenas de insectos que a largas distancias figuran como posadas en la Cordillera. De todas maneras, como el camino era nico, mi hombre de Chile tena forzosamente que pasar por l. Primero llegaron mis guas, descargaron las bestias, las aseguraron bien y con las tablas de un cajn de comestibles, al que diramos fin esa tarde, hicieron un buen fuego. Nos preparbamos a cenar, yo un tanto retirado de los peones, que nunca pudieron vencer su humildad y cenar junto conmigo, a pesar de mi invitacin, cuando desemboc por un recodo mi caballero de la ardiente armadura. Los arrieros se levantaron inmediatamente y saludando al recin venido por el nombre de don Salvador, salieron a su encuentro. Nada de transportes; se dieron sencillamente la mano, a la manera gaucha, casi sin oprimirla, contentndose con un contacto fugitivo. Por las miradas de don Salvador, comprend que el gua haca mi presentacin y narraba las circunstancias por las cuales haba sido l mi acompaante principal. A mi vez, yo estudiaba un poco al don Salvador que acababa de echar pie a tierra, aunque conversando an en la mano las riendas de su mula, pequea, fuerte, de un color casi negro y vuelta ya a la vulgaridad de su especie, despus de los pasajeros resplandores de la cumbre. Era don Salvador un hombre alto, delgado, con toda la barba canosa y representando unos cincuenta aos, lo que serva de base para calcularle diez o quince ms. Tena los ojos grandes y claros; su traje era el que usa generalmente el arriero de los Andes, un fuerte poncho, botas, un pauelo al cuello y otro cubriendo la cabeza y parte del rostro, y sobre l un sombrero de paja. Se acerc a m, me salud descubrindose, me dio todas las noticias que conoca, y me dijo que era correo entre Mendoza y Santa Rosa de los Andes. Siempre me han inspirado una simpata profunda esos hombres valerosos cuyas filas clarea cada rudo invierno de la Cordillera. Sus sueldos son mezquinos, y hasta ahora han sido acusados de una sola infidelidad, llevando generalmente serios valores en sus valijas. Durante los largos meses que la Cordillera est cerrada por las nieves, emprenden su viaje a pie; algunos, despus de quince das de luchas tenaces, llegan a su destino, extenuados, sin voz, hechos pedazos y desnudos. Se han abierto camino a fuerza de perseverancia, desplegando ese valor solitario contra los elementos, que es el timbre ms alto del hombre, evitando los ventisqueros, guarecindose tras una roca contra la avalancha que cae rugiendo, pasando a veces la noche bajo una mortaja de nieve. Otros quedan sepultados en las cumbres lvidas y al primer deshielo, sus compaeros entierran piadosamente los restos de aquel que les muestra cmo acaba la triste ruta de la vida. Don Salvador era uno de esos hombres; su voz, ligeramente ronca, revelaba que haba pasado ms de una noche terrible entre los hielos. Lo invit a cenar y a pasar la noche con nosotros, puesto que su jornada haba concluido tambin. Al alba nos separaramos y yo le dara cartas para mi tierra. Acept gustoso, desensill su mula, que uni a las nuestras, puso las valijas en un punto seguro, junto al cual tendi su cama, y en seguida se acerc al fogn y sentado en una piedra empez a charlar, siguiendo atentamente los progresos del fuego. Entretanto, mi lecho de campaa haba sido tambin preparado; despus de cenar me tend en el vestido, como tena por costumbre, y encendiendo un buen cigarro, placer inefable en la Cordillera como en todos los sitios salvajes donde las delicadezas de la civilizacin adquieren un mrito extraordinario, dej vagar la mirada por los cielos y el alma por el inmenso mundo moral, ms grande an que esa bveda que me cubra. Pocas noches de mi vida recuerdo ms serenas y ms bellas. Era un portento de calma; no corra el menor viento y el silencio solemne slo se interrumpa a momentos por uno de esos ruidos misteriosos y lejanos de la montaa, que el eco suave reviste del acento de una queja apagada. A pocos metros corra con imperceptible rumor un hilo de agua. Las estrellas tenan una claridad inmensa, y el ojo se detena extasiado ante su rpido y fugitivo fulgor. Los recuerdos venan y el sueo se alejaba... El gua se me acerc y me dijo: No puede dormir, seor?--No, pero no lo siento. La noche est muy linda.--Por qu no toma un mate y hace hablar a don Salvador? Es un viejo que conoce medio mundo y sabe ms que Licurgo. Ha andado por Chile, Bolivia y el Per, y conoce palmo a palmo el terreno donde a estas horas han de estar peleando los ejrcitos. Me pic la curiosidad; me incorpor en la cama y dije en voz alta:--Don Salvador, si no tiene mucho sueo, quiere acercarse un poco? Tomaremos un mate y charlaremos.--Don Salvador se levant inmediatamente, hizo rodar la piedra en que se sentaba hasta cerca de m, y sonriendo se sent nuevamente. --Figrese, Don Salvador, que hace tres das largos que ando entre los cerros, solo y sin desplegar los labios, porque los otros se quedan siempre atrs. --Nosotros estamos acostumbrados, seor. Pero una vez, hace ya muchos aos, yo tambin, en un viaje largo, me fastidi de andar solo, encontr un compaero (que ms valiera no lo hubiese encontrado!), y me puso en un caso del que no me he de olvidar nunca. --Era un bandido? --No, seor; pero, si tiene paciencia, le contar cmo fue aquello, para que despus usted lo cuente, aunque no se lo crean. Pero le juro que es cierto, y si no, pregntelo en el Per, adonde dicen los amigos que usted va. Fue entonces cuando don Salvador me narr la curiosa aventura, que a mi vez puse por escrito apenas me fue posible, en mi estilo llano y simple, no atrevindome a imitar el lenguaje especial y pintoresco con que el narrador lo adorn. Don Salvador era de San Juan; en su juventud, como pen, haba recorrido casi todo el territorio de la Repblica conduciendo mulas de un punto a otro, a las rdenes de un capataz. Fue as como se encontr en Salta, donde entr a servir a un arriero viejo y conocido. All se qued algunos aos, y luego, siempre en su oficio, pas al Per, se hizo un pequeo capital que bien pronto el juego disip; obligado a volver al trabajo, tom la profesin de _chasqui_ o propio, para la que lo haca idneo su fuerza infatigable para andar a caballo, o ms propiamente, en mula. Pero ese oficio, en una tierra donde el indio marcha ms rpidamente que la bestia y puede pasar por sitios donde aqulla no se arriesga, no era por cierto muy lucrativo. No es mi objeto narrar las peripecias de la vida de don Salvador, cmo del interior del Per pas a la costa, como se hizo ms tarde minero en Copiap, pasando luego de nuevo a la Repblica Argentina y ocupando por fin el honroso puesto de correo que desempeaba haca diez aos. Fue en uno de esos viajes como chasqui cuando le ocurri el caso a que l se refera. Estaba en la provincia de Cuzco y volva de un pequeo lugar, al norte, cerca de la raya de Junn, que se llama Inchacate. El camino es generalmente desigual hasta llegar a la vieja capital de los Incas, pero no ofrece dificultades de ningn gnero. Es una senda seguida y angosta, que trepa los cerros, se hunde en los valles y costea los montes altos. Hay pocos ros y torrentes que atravesar. El clima es dulce y la naturaleza prdiga en esas regiones predilectas de la vieja raza. Una maana, al romper el da, D. Salvador, que haba hecho noche entre Santa Ana y Chinche, despus de haber dejado a su izquierda una pequea poblacin llamada Buenos Aires, cerca de Chancamayo, la que, segn me deca, le haba hecho acordarse de los porteos; una maana, pues, se puso nuevamente en camino, con el espritu alegre, la mula descansada y caliente el estmago con un trago de aguardiente. D. Salvador silbaba, cantaba vidalitas, pero se aburra, porque D. Salvador era hombre social y le gustaba en extremo echar su prrafo. A eso de las 8 de la maana, le pareci distinguir bastante lejos, como a una legua larga, a un viajero que, montado como l en una mula, trepaba una cuesta. Aunque el desconocido marchaba a paso vivo y le llevaba bastante delantera, D. Salvador no desesper de alcanzarlo, y con tal objeto, empez a apurar su mulita. De tiempo en tiempo el viajero desapareca a sus ojos, para reaparecer ms tarde, segn lo desigual del camino, sin que D. Salvador ganase sensiblemente terreno. As march hasta la parada del medioda, que no dudaba hara tambin su hombre, pues slo un loco poda seguir viaje bajo aquel sol abrasador. A eso de las tres se puso de nuevo en camino, y fuese que el desconocido hubiese prolongado ms su regreso o que su mula empezase a fatigarse, el hecho fue que, poco despus de las cinco, al caer a un valle, vio al viajero como a unas dos cuadras delante de l. D. Salvador ahuec la voz, hizo bocina con sus manos y empez a gritar lo ms fuerte que pudo: Prese, amigo!. El amigo segua impertrrito su marcha, pero la distancia que los separaba disminua rpidamente. D. Salvador gritaba, silbaba, produca todos los ruidos imaginables sin xito ninguno. Era imposible que aquel hombre, por ms sordo que fuese, no hubiera odo el tumulto que se haca a su espalda. D. Salvador comenz a enojarse, y dejando de gritar, consider al altivo viajero con atencin. Montaba una mulita baya, pobremente ensillada, a lo que poda ver, y que marchaba con su paso montono, llevando la cabeza casi entre las piernas. El jinete, que D. Salvador slo distingua de espaldas, era un hombre sumamente alto y erguido; llevaba un pesado poncho azul oscuro que le cubra todo el cuerpo y que descenda hasta ms abajo de las rodillas. La cabeza, adems de un sombrero de fieltro y de anchas alas cadas, estaba cubierta por un pauelo colorado. Unas grandes botas completaban el traje. D. Salvador consigui alcanzarlo, porque la mulita baya haba aflojado considerablemente el paso. Cuando estuvo cerca de l, vio que traa la cara casi completamente cubierta con el pauelo, como quien busca ocultarse. Aunque a D. Salvador le pareci que el que as viajaba no deba andar en cosas buenas, como estaba caliente por su ronquera adquirida intilmente, al pasar a su lado, le dijo: Buenas tardes le d Dios. Sabe que haba sido sordo?. El viajero no contest una palabra. Cuando un cristiano habla, se le contesta, aadi don Salvador, sin obtener respuesta alguna. Un momento titube entre armarla, como l deca, o seguir tranquilamente su viaje. Su buen sentido triunf, y lanzando, de paso, al viajero su flecha en un sarcasmo, pic su mula y sigui adelante. Al caer la noche lleg a Huiro, un pueblito miserable, y se detuvo en una posada muy pobre que haba a la entrada, tenida por un lindo indio viejo. Despus que desensill la mula, se sent en la puerta con el indio y se pusieron a charlar, cuando apareci, como a una cuadra, el viajero silencioso. --Ah viene D. Juan en la baya--dijo el indio viejo. --Y quin es ese D. Juan?--pregunt D. Salvador con una curiosidad mezclada de irona. --D. Juan Amachi, mi compadre, un indio viejo de Paucartambo. All tiene su familia y siempre que va al norte, pasa la noche en casa. --Y qu tal hombre es? --Excelente y servicial con todo el mundo. D. Salvador se masc el bigote y puso una cara altanera, porque D. Juan llegaba en ese momento. Su mula, fatigada, se detuvo a la puerta, y el indio posadero sali a recibirlo. Llegado junto al viajero, le habl, lo toc y dndose vuelta, dijo sencillamente a D. Salvador: --Pobre D. Juan, viene difunto! Ms tarde, en el Per, pude verificar la exactitud de la narracin de D. Salvador. Hasta no ha mucho, se encontraban en los caminos del interior algunas mulas llevando la fnebre carga. La huella es nica, la mula marcha a su voluntad, no haba otro medio de transporte, y el indio, que durante la monarqua incsica viva y mora en el mismo pedazo de suelo, como el siervo feudal, encargaba siempre, por la tradicin, de su raza, que en caso de muerte, lo confiasen a su mula fiel, que lo llevara a reposar entre los suyos. D. Salvador ensill de nuevo su mula y se puso en marcha sin demora. Desde entonces, jams hace esfuerzos por alcanzar a los viajeros que le preceden en las rutas de la tierra. CAPITULO XVIII Aguas abajo.--Coln El lbum de Consuelo.--Una ruda jornada.--Los patitos del sabanero.--El "Confianza".--La bajada del Magdalena.--Otra vez los cuadros soberbios.--Los caimanes.--Las tardes.--La msica en la noche.--En Barranquilla.--Cambio de itinerario.--La Ville de Pars.--La travesa.--Coln.--Un puerto franco.--Bar-rooms y hoteles.--Un da ingrato.--Aspectos por la noche.--El juego al aire libre.--Bacanal.--Resolucin. Me detuve un instante a almorzar en Consuelo, volv a ver el famoso cuarto en que habamos pasado la noche a la venida, con los Mounsey y la numerosa y heterognea compaa de que habl. En el mismo sitio, la mesa a cuyo pie haban atado el gallo del panameo en su clavo invariable, la alpargata no menos renombrada, instrumento de suplicio de grillos y chicharras. Oh vanidad humana, idntica en la cumbre de los desiertos cerros de Amrica como en lo alto de los campanarios de Italia! En Consuelo se me present... un lbum! para que consignase un recuerdo o por lo menos dejase mi nombre. Haba composiciones de seis pginas. Para lo que cuesta a un colombiano hacer versos una vez que tiene la pluma en la mano! No era aquello por cierto un manual de trozos selectos, y en ms de un ditirambo a la _Montaa_, o al _Magdalena_, la ortografa se cubra el rostro en su abandono, cuando no era el sentido comn... Pero el dueo de _Consuelo_ no se fija en esas pequeeces; tiene su lbum y eso le basta. El trayecto entre Consuelo y Bodegas me fue tan duro como los peores momentos de la subida. El calor era sofocante, y el sol, brillando insoportable, me recordaba la exclamacin de aquel pobre oficial prisionero que haca tres das marchaba amarrado a una mula y que en un momento desesperado mir al sol y dijo con un acento indefinible: Parece que lo espabilan! Algo le haca, de seguro, la mano oculta que alimentaba las lmparas de los cielos, porque, a medida que me alejaba de l, puesto que descenda, redoblaba su fuerza penetrante. No es posible formarse idea de esos calores sin haberlos sufrido; las rocas parecen inflamadas, la tierra enrojecida calienta el aire que abrasa la cara, irrita los ojos, turba el cerebro. Se siente una sed desesperada que nada aplaca, y se avanza, se avanza viendo el Magdalena a los pies, casi al alcance de la mano, alejarse indefinidamente entre las vueltas y revueltas del camino. Mi cabalgadura no poda ms, la rapidez de la marcha y la atmsfera sofocante la haban agotado. Por fin, a las tres de la tarde, deshecho, llegu a una de las casuchas de Bodegas, me dej caer, abandonando la bestia a su destino y ped agua, ms agua. La pulpera me oblig a tomar panela, que me pareci, por primera y ltima vez, una bebida deliciosa. Frente a m, con la cara roja como una amapola, con los ojos alzados, estaba una inglesa, algo como una nodriza o sirvienta de alguna familia inglesa de Bogot; trab en el acto conversacin conmigo, y aunque yo, fastidiado, irritado en ese instante, no le contestaba una palabra, encontr medio de contarme que haba hecho sola todo el camino de Bogot a Bodegas porque, como los peones que la acompaaban lo causaban ms aprensin que confianza, les daba plata para que se fueran a beber chicha o guarapo en todas las botilleras de la ruta, sistema cuyo resultado fue que quedasen tendidos en el camino. Un tanto reposado, pas a la orilla del ro para ver qu vapores haba; sabis cual fue mi primer encuentro? Mi tuerto sabanero, sentado melanclicamente en una piedra, con mi maleta terciada a la espalda, al rayo del sol y entregado a la plcida tarea de hacer patitos en el agua con guijarros que elega cuidadosamente. Oh, santa paciencia! T haces trepar a los hombres la spera ruta de la vida, t apartas el obstculo, t acercas el xito, t sostienes en la lucha y haces fecunda la victoria, t consuelas en la cada... y t salvas la vida a los tuertos sabaneros que hacen patitos a orillas de los ros caudalosos! Qu decir a aquel desgraciado que me contaba cmo, a media noche y con la mula casi en hombros, pues ni an cabestrear quera, haba llegado a Bodegas? La vista de mi maleta, abierta por mi descuido y de la que no faltaba ni un papel ni un peso, me predispuso, por otra parte, a la clemencia. Slo a la tarde llegaron la familia Tanco y los seores Cuervo. Las nias no haban podido resistir aquel sol de fuego y se haban refugiado varias horas bajo un rbol. Con qu desaliento profundo se dejaron caer de la mula! Cuntas impresiones gratas les deba la Europa para indemnizarlas de esas horas de martirio! Adems, el dulce nido no estaba all, tras los mares, entre el estruendo de Pars, sino a la espalda, en la tendida sabana, al pie del Monserrat. El Confianza, el ms rpido de los vapores del Magdalena, parta a la maana siguiente. Esa misma tarde nos instalamos todos a bordo. ramos veinte o treinta pasajeros, la mayor parte conocidos, gente fina, culta, que prometa un viaje delicioso. Bajar el Magdalena es una bendicin en comparacin a la subida; el descenso, sobre todo en el Confianza y con la cantidad de agua que tena el ro, no dura ms que cuatro das, mientras yo haba empleado quince o diez y seis a la venida. Esa misma rapidez de la marcha establece una corriente de aire cuya frescura suaviza los rigores de aquella temperatura de hoguera. Los bogas, que vuelven a Barranquilla, su cuartel general, estn alegres, redoblan la actividad y la lea se embarca en un instante. Si bien aguas abajo las consecuencias de una varadura son ms graves que a la subida, no temamos tal aventura en ese momento, porque la creciente era extraordinaria. Adems, y para colmo de contento, como slo dos noches pasaramos amarrados a la orilla, los mosquitos no tendran sino la ltima para entrar en campaa. Y al fin del ro, no nos esperaba ya la mula, sino un cmodo transatlntico y ms all... la Europa! Vamos, la situacin era llevadera. As, las caras estaban alegres en la maana siguiente, cuando, soltando los cables, el vapor se puso en movimiento. Slo unos ojos, llenos de lgrimas, seguan la marcha oblicua de una pequea canoa que acababa de separarse del Confianza y en la que iba un hombre joven, con el corazn no ms sereno que aquel que asomaba a los llorosos ojos y se difunda en la ltima mirada... No repetir la narracin del viaje, tan diferente, sin embargo, del primero. Cmo bajbamos aquellos chorros temidos, Perico, Mezuno, Guarin, que tantas dificultades presentaron a la subida! El Confianza se deslizaba como una exhalacin por la rpida pendiente; la rueda apenas bata las aguas y volbamos sobre ellas; mientras all arriba, en la casucha del timonel, seis manos robustas mantenan la direccin del barco. Un aire fresco y grato nos bata el rostro, y el espritu, ligero bajo el ayuno (la comida es la misma), se entregaba con delicia a gozar de aquellos cuadros estupendos del Magdalena, que a la venida haba entrevisto bajo el prisma ingrato de los sufrimientos fsicos. De nuevo ante mis ojos el incomparable espectculo de los bosques vrgenes, con sus rboles inmaculados de la herida del hacha, sus flotantes cabelleras de bejucos, sus lianas mecedoras, llevando el ritmo de la sinfona profunda de la selva, perfumando sus fibras con la savia de la tierra generosa o aspirando la fresca humedad en el vaso de un cactus que vive en la altura, guardando como un tesoro en su seno el roco fecundo de las noches tropicales! De nuevo los enhiestos cocoteros, lisos en su tronco coronado por la diadema de apiados frutos; el banano, cuyas ramas ceden al grave peso del racimo; el frondoso caracol, cubriendo con su ramaje dilatado, el mundo annimo que crece a sus pies, se ampara de l y duerme tranquilo a su sombra, como las humildes aldeas bajo la guarda del castillo feudal que clava la garra de sus cimientos en la roca y resiste inmutable al empujo de los hombres y al embate del huracn! De nuevo, por fin, las pintadas aves que cubren los cielos, tendiendo en el espacio sin nubes sus rojas alas fulgurantes bajo el sol, o agitando el prismtico penacho con que la naturaleza las dot. Y de rama en rama, con sus caras de ingenua malicia, sus pequeos ojos brillantes y curiosos, suspendidos de la cola mientras devoran, aun en la fuga, el sabroso y amarillo mango que la mano tenaz no suelta, millares de micos, monos, macacos, tits, que desaparecen en las profundidades del bosque, para mostrarse de nuevo en el primer clareo de la espesura. Duermen los caimanes a lo largo de la playa, sobre las blancas arenas doradas por el sol, tendidos, las fauces abiertas, inmutables como aquellos que ahora quince mil aos reinaban, seres divinos, sobre la crdula imaginacin de los egipcios. Son el reflejo vivo del arte primitivo del pueblo del Nilo; he ah la inmovilidad de las caritides, el aplomo bestial de la esfinge, la lnea grosera del cuerpo, la escama saliente y spera de la piel, la garra tendida, fija, cimiento del grave peso que soporta, el ojo entrecerrado como si el alma que palpita dentro de la inmunda mole, estuviera embargada por la visin del ms all! No me explico ese constante fenmeno de mi espritu; pero un buitre, con las alas abiertas, cernindose sobre el pico de un peasco, hace siempre surgir en mi memoria el mito soberbio de Prometeo, como un caimn durmiendo en las arenas rehace para m el mundo faranico... Cae la tarde; la cumbre del firmamento empieza a oscurecerse, mientras las nubes errantes que se han inclinado al horizonte, franjan su contorno en el iris rosado del adis del da, cubren el disco solar en su descenso majestuoso y quedan impregnadas de su reflejo soberano cuando, concluida su tarea, se hunde tras la lnea de la tierra que los ojos alcanzan, para ser fiel a la eterna cita de los que en el otro hemisferio lo esperan como al alto dispensador de la vida. Nada, nada se sobrepone a esa sensacin poderosa a que el cuerpo cede en la dulce quietud de la tarde y que el espritu sigue anhelante, porque le abre las regiones indefinibles de la fantasa, donde la personalidad se agiganta en el sueo de todas las grandezas y en la concepcin de destinos maravillosos superiores a toda realidad. Suaves y bellsimas tardes! La selva contigua, inmensa arpa elica cuyas cuerdas bate el viento con ternura, arrancando esa meloda profunda e indecisa, con sus notas speras de lucha y sus murientes cadencias de amor, que se levanta ante el odo del alma como una nube armoniosa; la selva ntima se extiendo a nuestro lado, mientras todos, a bordo, desde el que deja la patria atrs o marcha hacia ella, hasta el boga que vive en la indiferencia suprema de la bestia que gime en el bosque, todos caen bajo la influencia invencible de la hora solemne en que las agrias cuitas del da callan, para dar paso al cortejo celeste de los recuerdos! No olvidar nunca la primera noche que pasamos, amarrado el buque a la costa. An no habamos llegado a la regin del Magdalena, donde, bajo un calor insoportable, los mosquitos hacen su temida aparicin. Una fresca brisa, en la que creamos sentir ya tenuamente las emanaciones del Ocano, corra sobre las aguas del ro, rozando su superficie, que jugueteaba bajo el blanco clarear de la luna. La suave corriente sin rumor arrastraba enormes troncos de rboles, que avanzaban en silencio, mecidos por el imperceptible oleaje, atravesaban rpidamente la faja luminosa, sobre la placa del ro e iban a perderse de nuevo en la oscuridad, viajeros errantes que nos precedan en la ruta. Nos habamos reunido sobre la tolda; hablbamos todos en voz baja, coma si temiramos romper el prisma delicioso tras el que veamos la naturaleza y las cosas al espritu. As, uno de nosotros, casi murmurndola, recit la meloda de Fallon a la Luna, que en ese instante se levantaba bajo un cielo de incomparable pureza. Jams los versos del dulce poeta fueron a herir corazones ms abiertos e indefensos contra el encanto de la poesa. Al concluir, ni una palabra de comentario, sino el tmido estremecimiento de un acorde musical, y pronto, a dos voces delicadas, imperceptibles en su exquisita dulzura, los recuerdos de la patria que atrs quedaba, en un bambuco que tambin traa para mi alma la nota de la errante msica de mis pampas argentinas. Y otro, y diez ms, y las melodas de los grandes maestros ms cariosos al odo, y por fin, el vagar potico de una mano de artista sobre las tristes cuerdas de una guitarra, que responden a la caricia acariciando... Y la noche avanzaba, el silencio del bosque se haca ms profundo, las estrellas palidecan, sin que nos disemos cuenta del rpido correr de las horas... Dnde, dnde encontrar en esta vida sin reposo, ni aun en las cumbres del arte humano, algo que iguale la impresin soberana de la naturaleza, en los instantes en que se entreabre y deja, como la Diana griega, caer sus velos a sus pies y se muestra en toda su belleza?... Empleamos slo cuatro das entre Honda y Barranquilla; en los dos ltimos, el calor se hizo sumamente intenso, aunque no como a la subida, porque la rapidez misma de la marcha avivaba la corriente de aire que vena fresca an de su contacto con el mar. Con qu indecible placer, al llegar a la costa, regal magnnimamente a uno de los muchachos de a bordo mi petate, mi almohada y mi mosquitero! Pero en la misma lona encerada en que haba hecho envolver mi traje de viaje de la montaa, conservo religiosamente el suaza, la ruana y los zamarros que me acompaaron en la dura travesa. No olvidar la cara de un joven diplomtico que vino a verme en Viena, habiendo sido nombrado en Bogot, y a quien mostraba esos pertrechos indispensables en los Andes colombianos. Clavaba su _lorgnon_ en los zamarros, sobre todo, como si tuviera delante una momia frescamente salida de su hipogea. Se los puso y no poda dar un paso; trabajo me cost hacerle comprender su utilidad, una vez a caballo. _Oui mais vous tes amricain!_, me contestaba, tal vez con razn, en el fondo. Era mi proyecto tomar en Barranquilla un vapor espaol del marqus de Campo, pasar a la Habana y de all a Nueva York. Pero lo avanzado de la estacin, que me auguraba das terribles en Cuba y el deseo de visitar el istmo de Panam, me hicieron desistir. Adems, habiendo llegado a la tarde, supe que a la maana siguiente sala el transatlntico francs La Ville de Paris, de Salgar para Coln y resolv embarcarme en l. Me desped de los compaeros a quienes ms tarde encontrara en Europa, y heme en viaje para Salgar, acompaado del excelente cnsul argentino en Barranquilla, seor Conn. Pronto estuvimos en Salgar, y a poco a bordo, llegando precisamente en el momento en que desembarcaba un nuevo obispo para Cartagena. Salud respetuosamente al prelado, que vena del fondo del Asia, como a un colega en peregrinacin, y en breve el barco, bastante malo por cierto, surcaba las aguas del mar Caribe, siguiendo el derrotero tantas veces cruzado por las naves espaolas en los tiempos en que las costas del Pacfico despoblaban a Espaa, atrayendo a sus hijos con el imn del oro. Pocos pasajeros a bordo, signo constante de buena comida. No puedo ocultar la viva satisfaccin con que me sent delante del blanco mantel, cubierto de los mil _hors-d'oeuvre_ que nadie toma, pero que la culinaria francesa califica con razn de aperitivos plsticos. Comerciantes en viaje para Guayaquil y Costa Rica, _commis-voyageurs_, y sobre todo, empleados para los trabajos del Canal de Panam: he ah el mundo de a bordo. Tres o cuatro francesas, unidas morganticamente a subinspectores e ingenieros de sptima clase, que iban al Istmo a tentar bravamente la fortuna, porque saban que probablemente slo encontraran la muerte. Miraba a esas mujeres alegres, cantando todo el da, apasionadas en el baccar de la noche, con un sentimiento de real compasin simptica. No iban al infierno de Panam, arrastrados por la sed del oro, porque, si sus amantes hubieran tenido dinero, no habran por cierto dejado la Francia; no ignoraban los peligros que corran, porque M. Blanchet, el ingeniero en jefe del canal, acababa de morir. Las guiaba el cario por sus hombres, que a veces las trataban con una rudeza que tal vez explique el afecto que inspiraban a esas pobres criaturas. Ms de una ha de dormir hoy el sueo eterno en el poblado cementerio de la compaa del canal; pero bah!, entre morir a los veinticinco aos en el delirio de la fiebre, o sobre un colchn de hospital a los cuarenta, qu es preferible?... Empleamos treinta y seis horas entre Salgar y Coln, pero cuando llegamos, era ya tan entrada la noche, que nos vimos obligados a esperar a la maana siguiente para el desembarco. En efecto, al otro da, poco despus de las diez, pis la tierra del Istmo, o para ser ms exacto, el barro del Istmo. Os habis alguna vez forjado la idea de lo que debieron ser aquellas ciudades de Levante en el siglo XVI, donde se aglomeraba el comercio de dos mundos? Os figuris el aspecto de los bajos barrios de Shanghai en el da? Algo confuso, las razas de los cuatro vientos aglomeradas, multitud de idiomas que se entrechocan en sus trminos ms soeces, los vicios de oriente codeando a los de occidente y asombrndose tal vez de su analoga, la vida brutal del que quiere indemnizarse en diez das del largo secuestro de la travesa, las innobles mujeres, nicas capaces de sonrer a los hombres que all vienen a caer de todos los rumbos, como en un profundo _gout_... He ah la impresin que me hizo Coln. Los americanos y los ingleses designan este punto en sus cartas y obras geogrficas con el nombre de Aspinwall, como si el vulgar yanqui que construy la lnea frrea a travs del Istmo, fuera capaz de oscurecer el nombre del ilustre genovs y tuviera ms ttulo a la gloria pstuma. Coln es un hacinamiento de casas sin orden ni plan; su simple aspecto acusa su naturaleza de ciudad transitoria, plantada all por una necesidad geogrfica, pero sin porvenir propio de ningn gnero. El clima es mortfero para el europeo, que escapa difcilmente a las fiebres paldicas formadas por las emanaciones continuas que un sol de fuego hace brotar de las aguas estancadas en todo el trayecto de Coln a Panam. La villa se form durante la construccin del camino de hierro que atraviesa el Istmo; los yanquis derramaron el oro en grande, pero, como los franceses de hoy, poblaron tambin los cementerios. Al primer golpe de vista se ve la intencin de sus habitantes, el deseo de lucro rpido, flotar ante los ojos. Toda esa gente vive all en la condena de la necesidad, sin apego al suelo, detenida, en su mayor parte por el hbito que embota y es capaz de ligar al hombre hasta con la prisin. Coln, como Panam, son puertos francos, a la manera de Hamburgo o Trieste. Por all pasa el inmenso comercio de trnsito que se dirige a las costas occidentales de Colombia: al Per, al Ecuador, a Chile, a California y a numerosas islas del Pacfico. Por all pasan tambin los retornos, los minerales de Chile y California, los azcares, guanos y salitres del Per, las taguas del Ecuador, los escasos productos colombianos que encuentran salida por Buenaventura. De uno y otro lado del Istmo hay una selva de mstiles; los buques, apiados, se estrechan, se chocan; sus tripulaciones venidas de los cuatro ngulos del mundo, se miran con antagonismo en el primer momento, las cuchillas de a bordo relucen con frecuencia y por fin se amalgaman en la baja e inmunda vida colectiva. Mi impresin, al descender a tierra, solo, sin conocer a nadie, en medio de aquella atmsfera pestilencial, fue la ms desagradable que he sentido en todos mis viajes. A los diez minutos tuve el mpetu de volverme a bordo, instalarme de nuevo en mi cabina y seguir a los pocos das viaje para Europa. Reaccion recordando el deber de estudiar de cerca el Canal de Panam para informar a quien corresponda, y segu adelante. Una sola calle habitable; a cada dos pasos, un bar-room americano, los mostradores de estao, las llaves de cerveza, botellas, vasos de toda forma, manojos de canutos pajizos y la lista interminable de las bebidas heladas inventadas por los yanquis. Todas esas casas, cuajadas de marineros ebrios, soeces, tambalendose. Aqu, un hotel; entro y a los pocos instantes salgo a la calle asfixiado. Adelante; he ah el mejor de Coln. Entro en el bar-room que ocupa toda la sala baja; hay dos billares donde juegan marineros en mangas de camisa y mascando tabaco. Me dirijo al mulatillo de cara canalla que est fabricando un whysky-coktail y le pregunto con quin me entiendo para obtener cuarto. El infame zambo, sin quitarse el pucho de la jeta, me contesta, en ingls, a pesar de ser panameo, que arriba est la duea y que con ella me entender. Fue en vano buscarla: una negra vieja, inmunda, casi desnuda, que me pareca esperar ansiosa la noche para enorquetrsele al palo de escoba, tuvo compasin de m y me llev a un cuarto... Qu cuarto aqul! La nica ventana daba a un pantano pestfero; la cerr. La cama tena esas sbanas crudas, fras, hmedas, que dan un asco supremo. A los cinco minutos de entrar senta ya una picazn, un malestar nervioso insoportables... Vamos, coraje. _Tu l'as voulu_, Georges Dandn! En peores me he visto y sabe el cielo si en peores no me ver an. Almorcemos. Paso sobre el _men_ por decoro. Y ahora? Son las 12 del da, qu hacer? El distinguido seor Cspedes, cnsul argentino en Coln, que est all labrando su fortuna con un herosmo incomparable, se encuentra, por mi desgracia, en cama. Qu hacer? Visitar la ciudad? Veinte minutos y _c'est fait_. Barro y casas de madera; nada. Ponerme a leer... en mi cuarto? Prefiero la muerte! Y aqu me tienen ustedes, tal como lo oyen, instalado en una mesa del bar-room de mi hotel, con un cocktail _pro_ forma, por delante, estudiando, durante seis horas consecutivas, a los marineros que jugaban al billar y a los numerosos parroquianos del mostrador. Uno de ellos, un capitn mercante yanqui, entr a la una, ligeramente punteado y se absorbi medio vaso de una bebida que tena que rodear los bordes de azcar quemada para evitar el contacto de los labios. Durante cuatro horas, el yanqui entr regularmente cada veinte minutos y se ingurgit una dosis de idnticas proporciones. Bajo el insoportable calor del da y en la lucha con los vapores internos que estaban a punto de hacerle estallar, los ojos del yanqui saltaban rojos... A las cuatro de la tardo cay ebrio, muerto; dos marineros lo arrastraron a un rincn y all qued. En una de las esquinas de la pieza, ocupando a lo sumo un espacio de metro y medio cuadrado, un joven suizo haba instalado su vidriera y su mesita de relojero. Lo tena frente a m; durante media hora frot con una gamuza un resorte de reloj; luego dej caer la cabeza entre las manos, y cuando al final del da lo observ (no haba llegado un solo cliente!) vi correr dos grandes lgrimas por sus mejillas. Ms de una vez tuve el impulso de ir a conversar con el pobre relojero; pero a mi vez, estaba tan nervioso e irascible, que acab por fastidiarme hasta del infeliz que tena delante. Los que no han viajado o los que slo lo han hecho en los grandes centros europeos, no pueden darse cuenta exacta de una situacin de nimo como aquella en que me encontraba. El espritu se forma la quimera de que es imposible salir de ella, que ese martirio se va a prolongar indefinidamente. A cada instante, y para cobrar valor, es necesario echar mano a la cartera (nunca la he cuidado como all), decirse que hay medios para partir en cualquier momento, que los vapores esperan, y en fin, que, si uno se encuentra en ese centro, es por un acto libro y premeditado de la voluntad. Por fin vino la noche, y cuando la recuerdo, declaro que siento una viva satisfaccin por haber contemplado ese cuadro nico y caracterstico. He dicho ya que Coln se compone casi en su totalidad de una sola calle, pero he olvidado mencionar que a lo largo de la misma corre una especie de recoba para proteger las entradas contra las lluvias frecuentes. Me paseaba bajo ella al caer las primeras sombras y me llam la atencin que delante de cada hotel, de cada bar-room, de cada puerta, un individuo sacaba una pequea mesa de tijera, se instalaba ante ella, encenda un farol, arreglaba en un semicrculo artstico algunas docenas de pesos fuertes en plata, y comenzaba a batir con estruendo un enorme cuerno provisto de dados. De los buques amarrados a la orilla, una vez que dieron las siete, empez a salir una nube de marineros y oficiales, contramaestres, etc., que pronto obstruyeron la va, formando grupos compactos delante de cada mesa. Como si un soplo hubiera animado el barro y formado con l cuerpos de mujeres, brotaron del suelo en un instante centenares de negras, mulatas, cuarteronas lvidas, descalzas en su mayor parte, ebrias, inmundas, que a su vez, atradas por la fascinacin del juego, se agolpaban alrededor de las mesas, rechinaban los dientes cuando perdan y saltaban a los marineros tambaleantes, pidindoles, en un idioma que no era ingls ni francs, ni espaol, ni nada conocido, una de esas monedas de a real que los americanos llaman _a dime_. Los bar-rooms estaban llenos; no se oa ms que la voz ronca y gutural de los negros de Jamaica, la eterna blasfemia del marinero ingls y el hablar soez de algunos gaditanos. Salan y en la primera mesa arrojaban una moneda, luego otra y, una vez exhaustos, la emprendan con el vecino, las navajas relucan y slo con esfuerzo era posible separarlos. Uno rodaba en el barro, dos o tres mujeres ebrias bailaban al son de un rgano en el que un italiano con cara de mrtir, tocaba un cancn desenfrenado. Un calor sofocante y una atmsfera insoportable, como el ruido, las maldiciones, el sarcasmo, la eterna pelea con el banquero que iba ms aprisa a medida que vea a sus parroquianos ms en punto... y yo reclinado en mi pilar, preguntndome qu haca entre aquel mundo, verdadero _sabat_ moderno y tantendome para persuadirme que no soaba. He ah Coln; una licencia, una libertad absoluta para todos los vicios y las degradaciones humanas. El que paga un pequeo impuesto tiene el derecho de establecer su tapete al aire libre, y qu tapete! La explotacin, el robo ms escandaloso al marinero ignorante como una bestia y que, bajo los vapores del aguardiente, se deja despojar del premio de un ao de labor, jugando su vida en las tormentas. Esas mujeres, sobre todo, esas mujeres, asquerosas arpas, negras y angulosas, esparciendo a su alrededor la mezcla de su olor ingnito y de un pachol que hace dar vuelta al estmago!... _Pouah_!... Llegado a mi cuarto, sofocndome, sin poderme desnudar por asco a la cama, me sent en un silln y me llam a cuentas. Haba resuelto pasar diez das en el Istmo y ese mismo da haba casi retenido mi pasaje en el City of Para, que sala para Nueva York en el trmino indicado. All mismo, con toda solemnidad, me impuse el juramento de dejar Coln, renunciando a Panam, al canal, al mundo entero, en el primer barco que zarpase, sin importarme para dnde. Cmo pas esa noche, a qu decirlo? Al alba estaba en pie, me pona en campaa y saba que dos das despus parta para Nueva York el vapor Alene, de la compaa Atlas. Tom en el acto mi billete e hice transportar a bordo mi equipaje, felicitndome de tener el tiempo suficiente para ir a una de las prximas estaciones del canal y poder apreciar por mis ojos la marcha de las obras y el porvenir de la empresa. Pagu mi cuenta al infame mulatillo, y cuando me encontr a bordo, en un vapor pequeo e incmodo, cre que entraba solemnemente en el paraso. CAPITULO XIX El Canal de Panam. Corinto, Suez y Panam.--Las viejas rutas.--Importancia geogrfica de Panam.--Resultados econmicos del canal.--Dificultades de su ejecucin.--La mortalidad.--El clima.--Europeos, chinos y nativos.--Fuerzas mecnicas.--Se har el Canal?--La oposicin norteamericana.--M. Blaine.--Qu representa?--El tratado Clayton-Bulwer.--La cuestin de la garanta.--Opinin de Colombia.--La doctrina Monroe.--Qu significa en la actualidad.--Las ideas de la Europa.--Cul debe ser la poltica sudamericana.--Eficacia de las garantas.--La garanta colectiva de la Amrica.--Nuestro inters.--Conclusin.--El principal comercio de Panam.--Los pltanos.--Cifra enorme.--El porvenir. Una simple mirada a la carta geogrfica de la tierra ha hecho nacer en el espritu de los hombres la idea de corregir ciertos caprichos de la naturaleza en el momento de la formacin geolgica del mundo. Los Istmos de Corinto, de Suez y de Panam, han sido sucesivamente, en el tiempo y en el espacio, objeto de preocupacin para todos aquellos que buscaban los medios de aumentar el bienestar de la raza humana. Los griegos, con sus ideas religiosas que los impulsaban a la personificacin de todos los elementos, consideraban un sacrilegio el solo intento de modificar los aspectos del mundo conocido, y Esquilo atribuye el desastre de Jerjes a la venganza divina, por la altiva manera con que el monarca persa trat al Helesponto. Los romanos, poco navegadores, ni aun fijaron su mirada en el Istmo de Suez, porque sus legiones estaban habituadas a recorrer la tierra entera con su paso marcial. Ha sido necesario el portentoso desenvolvimiento comercial del mundo de Occidente, para que el sueo de abrir rutas martimas nuevas y econmicas se convirtiese en realidad. La vieja va terrestre que conduca al Oriente, fue abandonada cuando Vasco de Gama dobl el Cabo de las Tempestades, y a su vez el itinerario del ilustre portugus cedi el paso al que traz el ingenio moderno tan admirablemente personificado en el Gran Francs, como se ha llamado a M. de Lesseps. Lo que impone respeto en la obra de este hombre, no es la concepcin de la idea, que corra haca ya muchos aos en el campo intelectual. Es la perseverancia para habituar el espritu pblico a encarar una empresa de tal magnitud con serenidad, con las vistas positivas de un negocio fcil y rpido; es la tenacidad de su lucha contra Inglaterra, que cree ver en ella comprometidos sus intereses. La experiencia de Suez se ha embotado contra la implacable resistencia britnica, y dentro de diez aos se leer con indecible asombra el libro que acaba de publicarse, en el que los hombres ms notables de Inglaterra declaran un peligro para su independencia la perforacin del tnel de la Mancha! Tal as, vemos hoy el artculo sarcstico del _Times_, burlndose de Stephenson que pretenda recorrer con su locomotora una distancia de veinte millas por hora! El Istmo de Panam es uno de esos puntos geogrficos que, como Constantinopla, estn llamados a una importancia de todos los tiempos. Punto cntrico de dos continentes, paso obligado para el comercio de Europa con cinco o seis naciones americanas, natural es que haya llamado la atencin del gran perforador. Los americanos, construyendo el ferrocarril que lo atraviesa y estableciendo las tarifas ms leoninas que se conocen en la tierra[28], creyeron innecesaria la excavacin del canal, que, dignos hijos de los ingleses, nunca miraron con buenos ojos. La perseverancia de Lesseps triunf una vez ms, y la nueva ruta recibi su trazo elemental[29]. Cul ser el resultado econmico del Canal de Panam? Desde luego, la aproximacin, por la baratura del transporte, de todas las tierras que baa el Pacfico, desde el Estrecho de Behring hasta Chile mismo, con los grandes centros europeos. La ruta de Magallanes ser abandonada por la misma e idntica causa que se abandon la de Vasco de Gama, y la importancia comercial de ese estrecho que ha estado a punto de encender la guerra en el extremo Sur de la Amrica, habr desaparecido por completo. Aun en el da, el comercio entero del Per y el movimiento de pasajeros, se hace por Panam, a pesar de las incomodidades y retardos del trasbordo y la enormidad del flete del ferrocarril istmeo. Los chilenos mismos suelen preferir esa va, que les evita los rudos mares del Sur y el cansancio de esa navegacin montona, mientras la ruta del norte presenta mares tranquilos y las frecuentes escalas que aligeran la pesadez del viaje. Una vez abierto el canal, raro ser, pues, el buque que vaya a buscar el Estrecho de Magallanes para entrar en el Pacfico. Para los chilenos, y tal vez para los peruanos, slo un camino luchar con ventaja contra la va de Panam; ser el ferrocarril que una a Buenos Aires con Chile. Esa ser la ruta obligada de la mayor parte de los americanos del Pacfico, en trnsito para Europa, porque ser ms corta, ms rpida y ms agradable. Ahora bien, se har el canal, con el presupuesto sancionado y en el tiempo indicado en el programa de M. de Lesseps? Avanzo con profunda conviccin mi opinin negativa. No se trata aqu, y M. de Lesseps empieza a comprenderlo ya, de una obra como la de Suez. Falta el Khedive, faltan los centenares de miles de _fellahs_, que moran en la tarea, como sus antepasados de ahora cuarenta siglos en la construccin de las pirmides que quedan fijas sobre las arenas, como monumentos de esas insensatas hecatombes humanas. El pasajero que hoy cruza el Canal de Suez, bostezando ante el montono paisaje de arenas y palos de telgrafo, no piensa nunca--y hace bien, porque no hay motivo para agitarse la sangre en un sentimentalismo retrospectivo--en los cadveres que quedaron tendidos a lo largo de esos ridos malecones. Eran _fellahs_, esclavos sin voz ni derecho, y nadie habl de ellos. Pero en Panam no hay khedives ni fellahs y las condiciones generales de salubridad son an inferiores a las de Suez. Basta conocer el nombre de algunos puntos del trayecto del Istmo, nombres que vienen de la conquista, como el de Mata cristianos, para darse cuenta del ameno clima de esas localidades. No resiste el europeo a ese sol abrasador que inflama el crneo, no puede luchar contra la emanacin que exhala la tierra removida, tierra hmeda, pantanosa, lacustre. Cuntos han muerto hasta hoy de los que fueron contratados, desde el comienzo de la empresa? No busquis en las estadsticas oficiales, que ocultan esas cosas, sin duda para no turbar la digestin de los accionistas europeos. Buscadlos en las cruces de los cementerios, en las fosas comunes repletas, y formaos una idea del nmero de bajas en ese pequeo ejrcito de trabajadores, recordando que muchos ingenieros, con el principal a la cabeza, gente toda cuya higiene personal les serva de preservativo, han sido de los primeros en caer bajo las fiebres del Istmo. Se ha detenido ya la corriente de europeos, y un momento se ha pensado en los chinos. Pero, como stos son ms hbiles que fuertes, y como, a pesar de chinos, son mortales, creo que se ha desistido de ese proyecto. Hay adems una razn econmica, en todas esas grandes empresas: el dinero de los peones, en sus tres cuartas partes, reingresa en la caja, por conducto de las cantinas numerosas y provisiones de todo gnero que se establecen sobre el terreno. Los chinos no consumen nada, lo que no los hace por cierto muy simpticos a la empresa. Por fin, se ha echado mano de los nativos, eso es, de los que, estando habituados al clima, podran resistirlo, y se ha contratado un gran nmero de panameos, samarios, cartageneros, costarriquenses, buscando reclutas hasta en las Antillas prximas. Pero toda esa gente sin necesidades, habituada a vivir un da con un pltano, no es ni fuerte, ni laboriosa, ni se somete a la disciplina militar indispensable en compaas de esa magnitud. Falto de hombres, M. de Lesseps apel a la industria y contrat la construccin en Estados Unidos de enormes mquinas de excavacin, cuyos dientes de hierro deban reemplazar el brazo humano. Es necesario ver trabajar esos monstruos para saber hasta dnde puede llegar la potencia mecnica. El ingeniero constructor del motor fijo que daba movimiento a las infinitas poleas de la Exposicin Universal de Filadelfia, deca que, si tuviera un punto fuera del mundo para colocar su mquina, sacara a la Tierra de su rbita. Tena razn, como la tena Arquimedes. Pero no hay mquina que pueda luchar contra las lluvias torrenciales que en Panam se suceden casi sin interrupcin durante nueve meses del ao. Abierto un foso, en cualquier punto de la lnea, cavado hasta tres y cuatro metros de profundidad, viene un aguacero, lo colma y derrumba dentro la tierra laboriosamente extrada un momento antes. Es intil pensar en agotarlo, porque cinco minutos despus estar de nuevo lleno. Viene el sol al da siguiente, abrasador, inflamado, se remueve el barro para continuar los trabajos, y los miasmas deletreos infeccionan la atmsfera. Se har el canal? Sin duda alguna, porque no es una obra imposible y los recursos con que hoy cuenta la industria humana son inagotables. Pero, en vista de las dificultades que he apuntado y que me es permitido creer no se tuvieran en vista al plantear los lineamientos generales de la obra, me es lcito pensar, de acuerdo con todas las personas que han visitado los trabajos, observando imparcialmente, que el canal no estar abierto al comercio universal antes de 10 aos y despus de haber consumido algo ms del doble de la suma presupuesta (seiscientos millones de francos). No veo sino a M. de Lesseps capaz de llevar a cabo la empresa que tan dignamente coronar su vida. Quiera el cielo prolongar los das del ilustre anciano para su gloria propia y para el beneficio del mundo entero! Son conocidas las dificultades suscitadas por los Estados Unidos a la empresa del Canal de Panam, los ardientes debates a que esta cuestin dio origen en el Congreso de Wshington y la idea, un momento acariciada, de proteger con todo el poder de la gran nacin, el proyecto rival de practicar el canal interocenico a travs de Nicaragua. La entereza y tenacidad de M. de Lesseps triunfaron una vez ms contra el nuevo inconveniente; pero los Estados Unidos, lejos de declararse vencidos, reanimaron la cuestin bajo la forma diplomtica, tocando el papel primordial en el memorable debate que en el momento de escribir estas lneas aun no se ha agotado, a M. Blaine, cuyo rpido paso por el Gobierno de la Unin ha marcado una huella tan profunda, y cuya reputacin, despus de la cada, ha sido desgarrada tan sin piedad por sus adversarios. Para stos, M. Blaine no ha sido sino un poltico aventurero e impuro, que ha pretendido variar la corriente de vida internacional que durante un siglo haba conducido sin tropiezo la nave de la Unin. Los asuntos del Pacfico; el engao inexcusable de un pueblo en agona que tiende sus brazos desesperados a una promesa falaz; los misterios de la Peruvian Guano Company; la palinodia vergonzosa de los seores Trescott y Blaine en Santiago de Chile, han suministrado no escasos elementos de acusacin contra el primer ministro del presidente Garfield. Parceme, sin embargo, que si un extranjero imparcial estudia un poco el pueblo americano actual, encontrar que es muy posible que el juicio del momento sobre M. Blaine no sea corroborado por la opinin pblica dentro de diez aos. Es innegable que hay hoy en Estados Unidos una corriente de poderosa reaccin contra la poltica de aislamiento, que ha sido la base del sistema americano y tal vez de su prosperidad. Sueos y ambiciones patriticas de un lado, vistas profundas sobre el porvenir, del otro, y en el centro, la ponderacin, siempre grave, de intereses mezquinos, de lucro rpido y fcil, han determinado la iniciacin de la propaganda de que M. Blaine se hizo eco en el Gobierno. Una nacin compacta de ms de cincuenta millones de almas, con elementos de riqueza, ingenio, cultura, iguales por lo menos a las primeras naciones de Europa, no puede ni debe, dicen, permanecer indiferente a la poltica europea. Por de pronto, los asuntos todos de la Amrica deben ser de su exclusivo resorte, ejerciendo la legtima hegemona a que su importancia le da derecho. Desde el Cabo de Hornos a los lmites del Canad no debe existir otra influencia que la de los Estados Unidos, ni escucharse otra voz que la que se levante en Wshington. Tal es la idea fundamental, que pronto dar vida y servir de lbaro a un partido, a cuyo frente no dudo ver an a M. Blaine, a pesar del estruendo de su cada. Y tal es la influencia que ejerce sobre el espritu colectivo, que a ella se debe el ltimo recrudecimiento de la doctrina de Monroe, que en estos momentos sostiene M. Frelinghysen con igual perseverancia que su antecesor. El debate iniciado entre lord Grenwille y M. Blaine se contina en el da, sin que se vea hasta ahora probabilidades de que ninguna de las dos partes ceda. No historiar el tratado Clayton-Bulwer, conocido por todos los que en estas cuestiones se interesan; recordar solamente que fue una transaccin, un _modus vivendi_ mejor dicho, que permitiese extenderse las influencias inglesa y americana en las Antillas y las costas de Centro Amrica, de una manera paralela que no diese lugar a conflictos. Pero, si los americanos encontraban cmodo el tratado cuando se trataba de factoras insignificantes o islotes diminutos, no juzgaron lo mismo respecto al futuro Canal de Panam y denunciaron listamente el tratado, reclamando la garanta exclusiva de la libre navegacin y neutralidad del Istmo, para s mismos. Los ingleses, como es natural, rechazaron la denuncia y propusieron, en vez de esa garanta exclusiva, la de todas las potencias de Europa, en unin con los Estados Unidos. Tal es la cuestin; volmenes de notas se han cambiado, sin que aun se vea un paso positivo. Entretanto, cul es la opinin de Colombia, que al fin y al cabo, teniendo la soberana territorial y la jurisdiccin directa, parceme que puede reclamar algn derecho a ser oda? Desde luego, es bueno recordar que Colombia ha tenido ms de una vez que interponer reclamaciones serias contra los avances de los Estados Unidos en las costas atlnticas del Istmo. A veces ha necesitado gritar muy fuerte para ser oda en Europa, y slo as, los americanos han largado la presa de que perentoriamente, con el derecho del len, se haban apoderado, saltando sobre el tratado Clayton-Bulwer mismo. Pero un ministro colombiano, de paso para Europa, pues ni aun en Wshington estaba acreditado, tuvo la ocurrencia de firmar con el Gabinete americano, un protocolo, por el cual Colombia declaraba satisfacerse y preferir la garanta exclusiva de los Estados Unidos. Esa convencin fue solemnemente desaprobada en Bogot; pero Colombia, comprendiendo, a mi juicio bien, sus conveniencias, _tira son pingle du jeu_, y dej frente a frente a la Inglaterra y a la Unin, manifestando, por lo dems, merced a la voz de su prensa y a la palabra de sus oradores en el Congreso, sus simpatas indudables por la garanta unida, propuesta por la Inglaterra. En el fondo, la doctrina Monroe no es sino una opinin, un _desideratum_, el anhelo de un pueblo, que formula as sus intereses generales. Pero de ah a convertir esa opinin en un principio de derecho pblico, hay distancia y mucha. Adems de que los principios de derecho, no slo en nuestro siglo, sino en todos los tiempos, han influido muy dbilmente en la solucin de las cuestiones de hecho, los americanos ni aun pueden pretender que la doctrina Monroe sea admitida por el consenso universal. Lejos de eso; desde el presidente que le dio su nombre hasta el actual, ninguno la ha formulado con sus variantes en el tiempo, sin que la Inglaterra, y en muchos casos la Europa, haya dejado de protestar. El pobre Monroe ha hecho muchas veces el papel del lobo! el lobo! de la fbula; pero, como los americanos jams mostraron la garra, ni cuando la expedicin de Mjico, ni cuando el bombardeo de Valparaso, en el que las balas espaolas pasaban casi sobre buques que llevaban la bandera estrellada, nadie cree ya en eso espantajo. La Inglaterra contesta que, teniendo indiscutibles intereses en el Pacfico, y siendo el Canal de Panam una ruta para la India, es natural que quiera tomar parte en la garanta. Entonces reclamo mi parte tambin, contestan los Estados Unidos, en la garanta del canal de Suez. La Inglaterra sonre... e insiste. Es seguro que la intencin de M. Blaine, al convocar el Congreso americano, que deba reunirse en Wshington en noviembre de 1882, con el pretexto de buscar medios para evitar la guerra entre las naciones americanas (_sic_), era simplemente echar sobre el tapete la cuestin de la garanta del Istmo, y tal vez, ante la perseverancia de la Inglaterra, que no cede, proponer, en lugar de su garanta exclusiva, la de todos los Estados que componen ambas Amricas. Qu actitud aconsejaba a stas la inteligencia clara de sus intereses? Qu habra dicho la Europa a semejante proposicin? Vamos por partes. Noto que salgo por un momento del tono general de este libro de impresiones, en el que slo he querido consignar lo que he visto y sentido en pases casi desconocidos para nosotros. Pero como la cuestin en primer lugar, refirindose a Colombia, entra en mi cuadro, y toca por otra parte, no ya a un inters del momento, sino a la marcha constante de la poltica americana, no creo inoportuno consignar aqu las ideas que un estudio detenido me permite considerar como las ms sanas y convenientes para todos. Amrica para los americanos; he ah la frmula precisa y clara de Monroe. Si por ella se entiende que la Europa debe renunciar para siempre a todo predominio poltico en las regiones que se emanciparon de las coronas britnica, espaola y portuguesa, respetando eternamente, no slo la fe de los tratados pblicos, sino tambin la voluntad libremente manifestada de los pueblos americanos; si ese alcance de la doctrina, estamos perfectamente de acuerdo, y ningn hombre nacido en nuestro mundo dejar de repetir con igual conviccin que Monroe: _America for the americans_. Pero... se trata de eso? Piensa hoy seriamente algn gobierno europeo en reivindicar sus viejos ttulos coloniales; pasa por la imaginacin de algn estadista espaol, por ms visionario que sea, la reconstruccin de los antiguos virreinatos y capitanas generales de la Amrica? Puede la Gran Bretaa acariciar la idea de volver a atraer las colonias emancipadas en 1776? Portugal, un pigmeo, absorbe al Brasil, gigante a su lado? Seamos sinceros y prcticos reposando en la conviccin de que no slo la independencia americana es un hecho y un derecho, sino que nadie tiene la idea de atentar contra las cosas consumadas. Espaa se reorganiza y an tiene mucho que hacer para recuperar una sombra de su importancia en el siglo XVI. La Francia, desgarrada, fijos sus ojos en el Rhin, mantiene a duras penas sus posesiones del frica... y sus mismos lmites europeos. La Inglaterra mira crecer con zozobra la India, desenvolverse el Canad, y avanzar sordamente la democracia, que considera una amenaza de disolucin. La Alemania se forma, endurece sus cimientos, trata de homogeneizarse mientras el Austria, perdido su viejo prestigio europeo, comprende, bajo la experiencia de la desgracia, que la verdadera ruta de su grandeza es hacia Oriente, a la cabecera del hombre enfermo. El Portugal!... Seamos serios, lo repito; nadie atenta contra la independencia de Amrica, y para los ms desatinados aventureros o ilusos est vivo an el recuerdo de Maximiliano, que pag con su vida una concepcin absurda y un negocio indigno, ignorado de su espritu caballeroso. Puede la Amrica inflamarse en una guerra continental, comprometiendo graves intereses europeos como los que tanto han sufrido en la inacabable guerra del Pacfico; la Europa no desprender un soldado de sus cuadros ni un buque de su reserva. Pasaron los tiempos de la intervencin anglofrancesa en el Plata o en Mjico, y la Europa poda, y esta vez con razn, variar la frmula de Monroe repitiendo: _Europe for the europeans_! Qu significado actual, real, positivo, tiene hoy, pues, la famosa doctrina? Simplemente ste: la influencia norteamericana en vez de la influencia europea, el comercio americano en vez del europeo, la industria americana en vez de la de Europa. Es ese un deseo legtimo? Indudablemente, pero es una simple aspiracin nacional, egosta en su patriotismo, exclusiva en su ambicin, pero que no est revestida, como antes dije, de los caracteres de un principio de justicia, de derecho natural, que sea capaz de imponerse a la Amrica entera. Que dentro de cinco aos el desenvolvimiento pasmoso de la Repblica Argentina, su industria desbordante, los inagotables recursos de su suelo, inspiren a nuestros hombres de Estado la resurreccin de la doctrina Monroe en beneficio del pueblo argentino, nada ms natural. Pero qu contestarn entonces las nacionalidades americanas que no hayan alcanzado su grado de progreso, ms an, que la geografa coloque fuera de la rbita de influencia argentina? Precisamente lo que debemos contestar hoy a los Estados Unidos franca y abiertamente, sea en la mesa de un Congreso americano, sea por la discreta voz de las cancilleras, y eso no slo nosotros, sino todos los pases desde Panam a Buenos Aires: No debemos, no queremos, no nos conviene romper con la Europa en beneficio de una teora sin sentido poltico en el momento actual; de la Europa nos vienen la vida intelectual y la vida material. Ella y slo ella puebla nuestros desiertos, compra y consume nuestros productos, reemplaza las deficiencias de nuestra industria, nos presta su dinero, su genio y su ciencia; es, en una palabra, el artfice de nuestro progreso. En cambio, qu recibimos de ustedes, seores? La jurisprudencia institucional, que en medio de sus ventajas, nos trae la fuente de todos nuestros conflictos institucionales, porque imitamos sin discernimiento, y el mal resultado, que all se pierde bajo la imponente ponderacin de la masa, nos desequilibra y nos arroja en sendas funestas. Respecto a industria? Maderas de pino y balas de algodn. Venid a comprar nuestras lanas y nuestros cueros; vendemos, a precios ms bajos que la Europa, tejidos y artefactos; abridnos vuestros mercados monetarios; ayudadnos a hacer ferrocarriles y canales; estableced, en una palabra, el intercambio comercial e intelectual que hoy mantenemos con el Viejo Mundo, desbancadlo, qu diablos! bajo las leyes que rigen la economa de las naciones, y entonces... oh! entonces no tendramos, ni ustedes ni nosotros, necesidad de desgaitarnos gritando: _America for the americans_, sino que la frmula sera un hecho indestructible por la fuerza misma de las cosas. Tales son las ideas que impone la ms ligera observacin de nuestro estado actual; la ms leve desviacin slo podra ser momentnea, y el retorno a la inicua Va costar tal vez a nuestros hermanos de Mjico (vecinos, sin embargo), no pocos sacrificios. Ahora bien, cul debe ser nuestra actitud sudamericana respecto a la cuestin de la garanta del Canal de Panam? Se desprende claramente de las premisas anteriores: la preferencia indiscutible de la garanta colectiva de la Europa y la Amrica sobre la garanta exclusiva de la Unin. Debo declarar, sin merecer a mi juicio el reproche de escptico, que fundo hoy poca importancia en esta cuestin de garantas, tratados que se lleva el viento cuando hincha la vela de los intereses[30]. Y en ese rumbo de positivismo marcha hoy el espritu humano; los publicistas gritan, pero la Europa se encoge de hombros cuando Wolseley echa mano del Canal de Suez, y en obsequio de una operacin militar interrumpe el trnsito, no a la bandera insurreccional de Arab, sino al comercio universal. Echar mano y luego cambiar notas, he ah toda la poltica. Es la buena, es la moral, es la justa? No lo s, pero es la nica que da resultados, y por lo tanto, todo hombre de Estado, gimiendo por la depravacin de las ideas, la seguir siempre que ame a su patria, tenga el corazn bien puesto y vea un poco claro. Con todas las garantas de la tierra o con la suya propia, los Estados Unidos, en el momento preciso, han de apoderarse del Canal de Panam. Lo devolvern sin duda; s, despus de la paz y de mucho cambio de notas. La importancia de la cuestin para los pases sudamericanos radica, por consiguiente, en rechazar indirectamente, por medio de su adhesin a la garanta colectiva, toda solidaridad con la doctrina de Monroe, tal cual la entienden y la practican los americanos. No habra razn, ni justicia, ni sentido comn, en seguir estpidamente a los Estados Unidos, que pretenden dictar una nueva bula de Alejandro VI, dividiendo los dos mundos en provecho propio. Nuestro porvenir est en Europa y con ella debemos estrechar cada da nuestras relaciones, confundir, si es posible, nuestra vida con la suya, ms an, aspirar sus ideas de orden, de conservacin, de pureza administrativa, que han de fecundar nuestra democracia vigorosa... Me he preguntado qu contestara la Inglaterra si los Estados Unidos le propusieran la substitucin de su garanta exclusiva por la garanta colectiva de todos los pases de ambas Amricas. Se reira simplemente; qu podramos hacer nosotros en el caso probable de que a nuestro enorme aliado se le ocurriese hacer lo que se le diera la gana? La verdadera poltica sudamericana, pues, en el caso de la convocacin del Congreso proyectado por los Estados Unidos, o en toda ocasin propicia, es manifestar firmemente sus deseos de no apartarse de la Europa, tratando al mismo tiempo de insinuarse en el concierto general, reclamando un modesto asiento en toda conferencia en que de intereses americanos se trate. El conde de Cavour meti 15.000 hombres por una rendija en Crimea, y luego los maniobr tan bien, que hizo la unidad italiana. Nuestros nacientes pases no tienen hoy un propsito tan vital que perseguir; pero los resultados de una aproximacin general y las ventajas de marchar en la misma lnea de las grandes naciones, tan slo sea una vez, pueden ser de incalculable importancia... Pido ahora perdn por estas ltimas pginas; pero, como el fin de la jornada se acerca y pronto vamos a separarnos, cuento con que sern ledas con aquella paciencia, llena de vagas esperanzas, con que se oye el ltimo prrafo de un fastidioso que tiene el sombrero en una mano y la otra en el picaporte. * * * * * Cuando me dirig al Alene, que deba partir a la maana siguiente, encontr un sinnmero de hombres y mujeres descargando cerca de cincuenta vagones que una locomotora acababa de dejar al costado del vapor, al que transbordaban el contenido. Sabis lo que era? Pltanos! Jams he visto una cantidad semejante de bananas. Millares, millones de racimos se apilaban en las vastas bodegas de tres vapores que cargaban simultneamente. Ha tomado tal desenvolvimiento esa industria en el Istmo, que se han fundado compaas de vapores exclusivamente destinadas al transporte de pltanos. Ms tarde, en Nueva York, me expliqu ese consumo extraordinario. Las calles estn plagadas de vendedores de frutas, y raro es el yanqui que al pasar no compra un par de bananas, que pela bravamente con los dientes y engulle sin disminuir su paso gimnstico. Ha llegado hasta tal punto la cosa que ha sido necesario un edicto de polica penando con una fuerte multa a los que arrojan cscaras de banana en la calle, suministrando as ocasin a ms de un desgraciado para romperse la crisma. Ahora, sabis a cunto ha ascendido el valor de la exportacin de pltanos por el puerto de Coln en el ao 1881? A un milln doscientos mil pesos inertes, esto es, seis millones de francos o sea treinta millones de pesos moneda corriente (Buenos Aires). Doy la cifra en varios tipos monetarios para que su enormidad no se atribuya a un error[31]. Os figuris la pirmide de racimos de pltanos que se necesita, pagados a nfimo precio, para alcanzar esa suma? Y, sin embargo, uno de los ms fuertes exportadores, el iniciador de la idea, cuenta doblar la exportacin en dos aos ms, habituando a la banana a toda la regin central de los Estados Unidos que aun no ha mordido la blanda fruta. Es bueno advertir que el pltano de Panam, que es el mejor del mundo, se da todo el ao. Poro, como al principio las plantas existentes estaban lejos de bastar a las necesidades de la exportacin, los propietarios han contratado inmensos plantos, y en el da no se ven sino bananeros repletos de fruta a lo largo del ferrocarril de Coln a Panam. El pltano se embarca verde, empieza a dorarse a los cuatro o cinco das, y llega en completa sazn a Nueva York, donde pronto desaparece ante el formidable consumo. Si, como se espera, los cincuenta millones de habitantes de los Estados Unidos se habitan a comer bananas en la proporcin que hoy lo hacen los neoyorquinos y en general la gente del litoral, el porvenir de Panam est asegurado. Dejando a la savia tropical trepar gozosa a la palma e hinchar el dorado fruto, puede convertirse ese Estado en el ms rico de Colombia. CAPITULO XX En Nueva York. El Alene.--El Turpial.--El prctico.--El puerto de Nueva York.--Primera impresin.--Los reyes de Nueva York.--Las mujeres.--Los hombres.--El prurito aristocrtico.--La Industria y el arte.--Un mundo "sui generis".--Mrs. X...--La prensa.--Hoffmann House.--Los teatros.--Los hoteles.--El lujo.--La calle.--Tipos.--La vida galante.--Una tumba.--Confesin. Era el Alene un pequeo vapor construido en Glasgow, fuerte, slido y marinero. Encontr a su bordo algunas familias colombianas que se dirigan a Nueva York, as como numerosos americanos e ingleses procedentes de California o de los puertos del Pacfico sudamericano. Cruzamos a la vista de la isla de Cuba, enfrentamos las Bahamas y nos detuvimos a tomar carbn en una de las islas Barbadas: tales fueron todos los accidentes del viaje. Mi nico entretenimiento a bordo era cuidar un _turpial_ que traa una nia de Colombia. El ave melodiosa me pagaba sus atenciones con su silbo de una dulzura melanclica y profunda. La garganta del turpial no posee esa _virtuosit_ extraordinario del ruiseor o del canario; la agilidad le es desconocida. Pero su canto, igual y montono, es como esos trozos delicados de msica que siempre despiertan sensaciones nuevas... Conclu por tomar verdadero cario al turpial, lo que fue para m una fuente de amargura. Cuando fondeamos, un marinero a quien la jaula incomodaba para alguna maniobra, la coloc impensadamente sobre la parte de la caldera que sobresala en la cubierta. En el momento de bajar a tierra, la pobre nia, con la alegra expansiva de la llegada, vino corriendo, tomada de mi mano a buscar el turpial... El pobre animal agonizaba; medio asado por el calor de la caldera, haba tenido el instinto de refugiarse dentro del receptculo del agua que todas las maanas se le colocaba en la jaula. Desde dos mdicos que venan a bordo, basta el ltimo pasajero, todos ideamos veinte remedios diferentes sin resultado. El pobre pjaro muri un instante despus. La niita lloraba sin consuelo y no poda desprenderse del turpial, que tena apretado contra el seno, como queriendo darle su vida... Yo me paseaba como un imbcil en el puente, renegando contra m mismo y mi estpido sentimentalismo que me haca pasar un mal rato por la muerte de un turpial, cuando anualmente me absorba un sinnmero de aves, muertas para mi uso particular, con la ms perfecta tranquilidad de conciencia. Hago una salvedad, sin embargo, aunque no se refiere a una ave. Hace cerca de dos aos que no como tortuga. He aqu por qu: una maana, remontando el Magdalena, los bogas haban cogido una tortuga inmensa, cuya concha, a lo largo, no tendra menos de medio metro. Por una casualidad haba descendido a la cocina, cuando me encontr a uno de los ayudantes en va de matar a la tortuga; pero aquel brbaro, a fuerza de hacha y machete, trataba de separar el cuerpo de su cscara sin pensar en matar previamente al pobre animal, cuya cabeza penda y cuyos ojos se entrecerraban a cada golpe de hacha... Se la quit de entre las manos, lo obligu a matarla en el acto, pero no he vuelto a probar tortuga! * * * * * En la maana del octavo da, vimos, lejos aun, cinco o seis pequeas velas al norte y al oeste. Eran los prcticos, en sus pequeos y veloces yates, con los que se aventuran a veces hasta dos y trescientas millas de Nueva York, corriendo un verdadero _steeple-chase_ en busca de navos que conducir al puerto. Hay dos compaas rivales, felizmente, lo que explica esa solicitud. En realidad, el puerto de Nueva York es tan conocido y est tan bien balizado, que los capitanes no necesitan del auxilio del piloto para entrar con seguridad. Pero, como en caso de un contraste, siempre posible, las compaas de seguros no pagan si no se han tomado todas las precauciones, el personaje se hace indispensable. Como el viento les era contrario, pasamos un buen rato observando las habilsimas maniobras, las maravillosas bordadas que hacan para ganar terreno, aproximndose al vapor. Por fin, uno de los yates, cuando su rival estaba slo a veinte brazas, logr coger una amarra que se le ech por babor; el otro vir de bordo en el acto, sin hacer la menor observacin y puso la proa a un punto negro que se divisaba en el horizonte, algn buque sin duda que segua nuestra ruta. Un hombre, con toda la barba, pero sin bigote, de levita y sombrero alto, grave y solemne, apareci en la cubierta del yate, con un diario en la mano. Es el ltimo nmero del _New York Herald_ que han tomado antes de partir, para obsequiar al capitn. El que olvida ese requisito est seguro de ser evitado por el capitn en el prximo viaje, por medio de una simple maniobra, si el nmero de su yate (pintado en la vela), se ve entre los candidatos probables. La llegada del prctico es siempre un acontecimiento a bordo; parece tener un aire de ciudad, cierto aspecto de tierra que alegra el espritu. Viene de entre los vivos, sabe lo que ha pasado en el mundo, es la encarnacin de esa esperanza de la llegada que en los ltimos das se hace spera y violenta... Estbamos todos apiados en la escalera. El prctico salud gravemente Qu hay de nuevo?--pregunt alguno. _Garibaldi is died_. As tuve la primer noticia de la muerte del hroe de San Antonio. No s qu me hizo ms impresin, si la noticia en s misma o la manera cmo la recib. En 1870, al subir a bordo el prctico que deba introducirnos en el puerto de Southampton, nos dijo, al ser interrogado sobre las novedades: Carlos Dickens ha muerto. A mi regreso, en 1871, supe tambin por un prctico, en un puerto de trnsito, la muerte de Alejandro Dumas. Estas curiosas coincidencias me impresionaron de una manera inexplicable, y desde entonces miro a los prcticos como aves de mal agero. Ahora bien, quin obtendra el _New York Herald_, despus del capitn? Cuestin grave. El lobo se encerr en su cuarto, y creo que, no slo ley hasta los avisos el muy miserable, sino que corrigi hasta las faltas tipogrficas. Cuando lo conseguimos, no encontramos nada capaz de satisfacer nuestra curiosidad. Parece mentira que las cosas humanas marchen de una manera tan montona, que haya tan pocos choques de ferrocarriles, dada la extensin de lneas frreas y tan raros crmenes horribles, dadas las condiciones de nuestra amable especie. He ah, por fin, el famoso puerto de Nueva York. Indudablemente, esa ensenada profunda, bordeada por colinas caprichosas, salpicadas de montes, chalets relucientes, aldeas y castillos modernos, presenta un aspecto encantador. Pero no, no es la baha de Ro de Janeiro, ese orgullo de la zona tropical, con su cielo de un azul intenso como sus aguas, sus montaas, sus palmares y cocoteros, sus islas sonrientes. No es tampoco la calma potica y serena del golfo de Npoles, reflejo del alma de Virgilio, que se impregn de ese cuadro de celeste tranquilidad. Pero, a la verdad, la baha de Nueva York sorprende gratamente al que pisa el suelo de la gran nacin americana con el espritu dispuesto slo a la contemplacin del lado positivo de la vida humana, a los espectculos estupendos de la industria, y no a las bellezas naturales... Todo nuevo, todo fresco y rozagante. Los techos y las paredes de los elegantes chalets relucen como si los limpiaran cada maana. En las construcciones de piedra, imitando lo antiguo, el tono gris oscuro de la pintura que pugna por ser vetusta, no consigue engaar la mirada, como las artistas jvenes que creen hacerse viejas en las tablas blanquendose el cabello y conservando la lozana del cutis, no alcanza a producirnos la ilusin buscada... A lo lejos, en el confuso dibujo de la ciudad, algo inmenso que se extiende entre dos pilares colosales, casi perdidos en la bruma, es el puente de Brooklin. Pero el ojo vido no descubre una torre de forma arcaica, un monumento, una columna, algo que hable del pasado... Es que ese pueblo ha confundido en una las tres edades histricas; no busquemos el arte en esas costas, sino lo que en ellas, hay... Pero, lo repito, la baha es realmente bella. Mil vapores la cruzan en todas direcciones, ostentando sus formas poco esbeltas de palacios flotantes que traen a mi memoria el triste recuerdo de la Amrica y la catstrofe en que sucumbi. Los primeros elementos del juicio que form de Nueva York, despus de una corta permanencia, al calificar la inmensa ciudad de paraso de las mujeres y de los nios, fueron recogidos en la maana de mi desembarco. Mand mi equipaje anticipadamente al hotel, es decir, lo entregu a una de esas agencias comodsimas que reemplazan en todo lo que es molesto la accin individual, y me ech a vagar por las calles. Eran las 8 de la maana de un esplndido da de julio. El sol iluminaba las anchas avenidas, y ya numerosos grupos de hombres fatigados buscaban reposo a la sombra de los rboles corpulentos que bordan las aceras y pueblan los squares. Por todas partes, mujeres y nios, solos, tranquilos, con su cartera de colegiales a la espalda, rosados, rozagantes de vigor. Marchan con el paso firme de soberanos. Al llegar a una esquina, donde la afluencia del trfico hace imposible el trnsito, se detienen y miran simplemente al policemn, que de pie en medio de la calle, con la gravedad de una estatua, vigila con ojo activo cuanto pasa a su alrededor. El policemn espera la reunin de cinco o seis criaturas, toma la ms pequeita sobre su brazo izquierdo, y rodeado de la bulliciosa tribu, se lanza al pilago, levantando en la diestra el bastn, smbolo de la autoridad. Tranvas, carros, fiacres, carruajes de lujo, todo vehculo se detiene en el acto y los nios atraviesan tranquilos y sin peligro la calzada, guiados por el amor del pueblo, representado en ese momento por el correcto funcionario. Llegados a buen puerto, el policemn deposita en tierra su graciosa carga, sonre a sus diminutos clientes que se despiden de l como de un amigo y rehace el camino andado al frente de una expedicin anloga. Ms de una vez me he detenido por largo rato a contemplar ese cuadro. Es la nica ciudad del mundo en que he visto esa vigilante tutela de la autoridad sobre los dbiles y los enfermos. Quin no recuerda las angustias de las madres, teniendo a sus hijos convulsivamente de la mano y tratando de salvar estos torrentes de Oxford-Street, de la City, de los bulevares, de la plaza de la Opera o de la avenida de los Campos Elseos? A cada instante, los diarios de Londres, Pars o Viena, anuncian desgracias ocurridas a nios derribados por vehculos. En Nueva York la infancia es sagrada. Para ella los parques dilatados, cubiertos de rboles, tapizados de csped, no de simple ornamentacin, sino para que el nio corra sobre l sin peligro, pruebe sus fuerzas y las desenvuelva. Para l un square en cada esquina, donde las nieras se instalan con el alegre escuadrn, armado de palos, picos y azadas, para remover la arena, hacer fosos y murallas, cubrirse de tierra hasta los ojos, moverse, agitarse, jugar, en una palabra, que es la vida de los nios, como el vuelo es la vida de los pjaros. Cuntas veces, al atravesar Madison Square o los espacios sin fin del Central-Park, al verme rodeado de innumerables criaturas rubias, rosadas, respirando a pleno pulmn ese aire vivificante, encarnizadas en todos los juegos infantiles conocidos, he pensado en nuestros hijos, metidos entre los cuatro muros de la casa, creciendo sin color, como flores de invernculo, sin ms recurso que ir a sentarse sobre un triste banco de plaza, para ser retado por el gendarme apenas su piececito travieso pisa el csped amarillo y sediento! Cuntas veces he envidiado esa educacin fsica, desenvuelta a favor de las garantas y seguridad que arraigan la conciencia del derecho y comunican la confianza en la propia fuerza! Es ese, indudablemente, el principal secreto de la fabulosa prosperidad americana; el cuerpo se desarrolla en toda la intensidad de que es susceptible, el espritu toma el aplomo y equilibrio caracterstico de los yanquis, y cuando llegan a la virilidad, hace luego largo tiempo que son hombres. En cuanto a la mujer, no hay parte alguna del mundo en que sea ms respetada. Esas costumbres de independencia femenil, que nos asombran a los latinos y que en los ltimos tiempos han empezado a ser fuente de preocupacin para los mismos yanquis, han dado por resultado la confianza tranquila que sostiene a las mujeres en todos los sitios pblicos. La moral neoyorquina no es ni ms severa ni menos lata que la de cualquier centro europeo; pero es un hecho, que cualquier extranjero habr podido observar, que, ni aun en las horas de la noche, en el seno de las grandes corrientes de Broadway o de la calle 18 o de la Tercera Avenida, se notan esas solicitaciones repugnantes que hacen imposible a las familias el acceso a los bulevares de Pars o de ciertas calles de Londres. La _tenue_ de las mujeres, aun en aquellas que un no s qu vago revela a ojos experimentados pertenecer al gremio tan caractersticamente llamado en Francia de las horizontales, es siempre correcta y digna. La mscara caer al pisar la puerta de calle; pero todo hombre puede pasearse con su mujer o sus hijas sin temor de presenciar escenas escandalosas. Nada ms brillante que los puntos de reunin en las calles de Nueva York a las horas de tono. La belleza de las mujeres asombra; las correctas lneas britnicas, templadas por una gracia indecible, la elegancia de los trajes, el aire suelto y fcil con que son llevados, hacen de la neoyorquina un tipo especial. Dicen los que han vivido mucho tiempo en el seno de esa sociedad, que la atraccin invencible del exterior nada es al lado de los encantos del espritu y de la dulzura exquisita del corazn. No lo s, ave de paso, extranjero, he pasado ms de una hora en la interseccin de la Quinta Avenida y Broadway, con ese aire imbcil que tiene un husped instalado en la puerta del hotel que habita, saciando mis ojos con el cuadro encantador que se renovaba sin cesar. No puedo decir que los hombres me hayan seducido tan francamente; el tipo general es de una vulgaridad aplastadora. Parece faltarles el pulimento final de la educacin, las formas cultas que slo se adquieren por un largo comercio con ideas ajenas a la preocupacin de la vida positiva. No critico ni exalto el modo de civilizacin yanqui; me limito a hacer constar que, fuera de las mujeres, se puede recorrer la gran ciudad en todo sentido sin encontrar nada que despierte las ideas altas que el aspecto del arte suscita. Calles espaciosas, cmodas, muy bellas algunas, como Broadway o la Tercera Avenida, parques suntuosos, iglesias monumentales, de todos los estilos conocidos, pero nuevecitas, en hoja, acabadas de salir de la caja, edificios soberbios, regulares, todos los progresos de la edilidad moderna, teatros pequeos pero elegantes, ferrocarriles y tranvas en todas direcciones... pero jams aquellas encrucijadas de Pars, de Viena y de las ciudades italianas, en las que un viejo balcn saliente detiene la mirada, o un mrmol ennegrecido por el tiempo serena el espritu con la armona de sus lneas. Puede haber nada ms abominable que ese ferrocarril elevado que corre sobre un puente tendido en todo el ancho de la calle, de tercer piso a tercer piso? Debajo, un crepsculo constante, la falda eterna del sol. Ay de los infelices que all viven! Pero se va ms ligero!! Ninguna polica europea permitira el embarco de los pasajeros en el tren elevado de la manera que se hace; pero aqu cada uno se cuida a s mismo, y si hay alguna desgracia, las compaas pagan. Transporte democrtico, smbolo perfecto de la igualdad, convencido. Entretanto, en la aristocrtica Tercera Avenida no hay elevado, ni tranvas, y al Central Park no entran los humildes fiacres que estamos habituados a ver en el Bois de Boulogne. No critico la medida, pero hago constar la falta de lgica. Puedo asegurar que no hay pueblo sobre la tierra que apegue ms importancia a las preocupaciones humanas que radican en la vanidad. En eso, todas nuestras repblicas se parecen, pero ninguna ultrapasa la de los buenos yanquis. El prurito de la aristocracia es curioso entre ellos. No hablo del Sur, donde se conserva an la tradicin de la aristocracia de raza; me refiero al Norte, a ese mundo de financistas, industriales y comerciantes. Es curiosa la influencia que tiene entre ellos un ttulo nobiliario; en el centenario de Yorkstown los miembros de la comisin francesa, casi todos titulados, eran objeto de un estudio detenido para todo el mundo. Una cinta, una decoracin, un botn multicolor con que hacer florecer el ojal de la levita, es su sueo constante. Hay algo de ingenua puerilidad en eso. Ay, mis amigos! Si aristocracia quiere decir distincin, delicadeza, tacto exquisito, preparacin intelectual para apreciar los tintes vagos en las relaciones de la vida, fuerza moral para elevarse sobre el utilitarismo, pasarn an muchos siglos antes que la correcta husped descienda sobre el suelo americano! Contentos con el lote conquistado, con ese admirable sentido prctico que os distingue entre los hombres; multiplicad los productos de Chicago y las balas de algodn; vivid libres y felices bajo el amparo de la Constitucin que os rige; poblad, edificad, trazad rutas nuevas; pero no olvidis nunca a aquel general romano que amenazaba a los encargados de llevar una estatua de Fidias, de Atenas a Roma, con hacrsela rehacer si llegaban a destruirla. La concepcin de la vida, tal cual los americanos del Norte la comprenden, puede proporcionar quiz la mayor suma de bienestar material sobre la tierra. Pero las naciones son como los hombres: para brillar incomparablemente en la historia, necesitan desgarrarse el seno en una gestacin dolorosa; para crear el arte, es indispensable esa actividad intelectual, lrica, fantstica, reida con la prctica, que trae las fatales confusiones entre el sueo y la realidad, que determinan la guerra del Peloponeso, l torbellino italiano del siglo XVI o la monstruosa sacudida del 89. Rousseau no ha sido ni es posible en los Estados Unidos; ese pueblo seguir a un hombre que le muestre el becerro de oro como la meta suprema; jams el estilo, la teora, el calor del sentimiento, el arte en sus formas ms elevadas, estremecern esa masa flemtica, embotada por una educacin tradicional. Mi permanencia en Norte Amrica fue muy corta; circunstancias especiales me hicieron abreviar el tiempo que pens consagrar a la gran repblica. No me es, pues, posible hablar con detalle de un pas que he visitado tan rpidamente. La impresin predominante es que uno se encuentra en un mundo nuevo, extrao, diferente a aquel en que estamos acostumbrados a vivir. Juzgo que para un latino cuya vida ha pasado en el seno de sociedades cultas y educadas, ser difcil connaturalizarse con el modo de ser yanqui, spero y egosta en sus formas. La preocupacin del dinero predomina sobre todas; el pblico sabe casi diariamente, por la publicidad de los peridicos, el estado de fortuna de un Vanderbilt o de un Stewart, lo que gastan en su mesa, la materia de que se componen los utensilios ms insignificantes o caractersticos del hogar. Aqullos que gimen sobre los abusos de la prensa en Sud Amrica o en Francia, podran difcilmente citarnos el ejemplo de los Estados Unidos. No he visto jams una injuria ms sangrienta lanzada a la faz de una sociedad entera, que una caricatura que se me mostr. Hay un esplndido palacio en la Tercera Avenida, que es el Faubourg Saint-Germain de Nueva York, que fue construido por una famosa partera, cuya habilidad y discrecin le haban valido esa opulenta clientela. Las malas lenguas aseguran que los procedimientos secretos de Missis X. han impedido de una manera notable el aumento de la poblacin neoyorquina. Muerta la dama, un diario de caricaturas public un dibujo representando la Tercera Avenida llena de nios, que corran de un lado a otro jugueteando. Al pie, esta leyenda: La Tercera Avenida, dos aos despus de la muerte de Missis X.. Parceme que en cualquier otro pas del mundo las costillas del caricaturista no habran quedado intactas. Si en alguna parte el aforismo de Girardin sobre la impotencia de la prensa tiene aplicacin, es en Norte Amrica. Los diarios se tiran a centenares de millares y constituyen uno de los gneros de empresa industrial que reportan ms beneficio. Pero es el anuncio y la informacin lo que les da vida y no la opinin poltica. Qu le importa a un yanqui lo que piensa un diario? Lo compra, lee los telegramas y luego los avisos. La verdad es que en el da la prensa universal tiende a tomar ese carcter. El valor e importancia del _Times_ consiste en su preocupacin incesante de reflejar la opinin, con todas sus aberraciones y cambios, en vez de pretender dirigirla. Uno de los establecimientos ms caractersticamente yanquis que he visto, es el opulento bar-room llamado Hoffmann House y situado frente a Madisson Square. Se me ha asegurado que su propietario pas diez aos en una penitenciara por haber dado muerte a un hombre en un momento de celos. Tiempo tuvo para madurar su idea, que en realidad le sali excelente. Debe haber empleado sumas enormes en construir aquellos lujossimos salones, cuyas paredes estn tapizadas de obras maestras de la pintura moderna. Slo Las ninfas sorprendidas por faunos, de Bouguereau, le ha costado diez mil dlares, y poco menos la Visin de Fausto y otras telas de un mrito igualmente excepcional. Estatuas, bustos, autmatas, todo lo que puede atraer la mirada humana. Salas de lectura, de correspondencia, posta, telgrafo, y en un vestbulo especial, tres aparatos de ese maravilloso telgrafo automtico que va desenvolviendo constantemente la cinta de papel en que estn consignadas, minuto por minuto, las noticias polticas, el movimiento de la Bolsa, y la oscilacin en el precio de los cereales, algodones, etc. En el fondo del bar-room, un inmenso mostrador, cubierto de todo lo que un buen gastrnomo puede apetecer para hacer un lunch delicado y suculento. Entris all como en una plaza pblica, leis los diarios, los telegramas, escribs vuestra correspondencia, y si os sents con apetito, elegs lo que se os antoje, que os es servido inmediatamente con toda civilidad. Todo, absolutamente gratuito. Pero dnde est el negocio, diris? Simplemente en las bebidas. No es obligatorio pedirlas, ni son ms caras que en otras partes. Pero es tal la cantidad de gente que se sucede sin cesar, que el pequeo beneficio de cada whisky cocktail o de cada vaso de cerveza, no slo cubre los gastos de las vituallas que se dan gratis, sino que al fin del da dejan una ganancia considerable. Preguntando a uno de los directores del establecimiento cmo se explicaba que el bajo pueblo no hiciese irrupcin y se instalase a almorzar, comer y cenar diariamente y de balde, me contest que M. Hoffmann conoca mucho el corazn humano, que saba que en los centros lujosos y brillantes slo se encuentra cmoda la gente de las clases elevadas, aquella que, si pellizcaba, un sandwich, se cree moralmente obligada a tomarse tres cocktails, sacrificio a que se resigna con bastante facilidad. Estuve en dos o tres teatros. Son de estilo ingls, generalmente pequeos y bonitos. En uno de ellos vi la famosa opereta _Patience_, crtica acerba de la ltima plaga de la literatura inglesa, el estetismo; esto es, la lnguida aspiracin al ideal, traducida en maneras vaporosas, en posturas de virgen roscea, en grupos de un helenismo rococ. La msica es trivial y agradable, pero como comedia, la pieza se arrastra de una manera matadora. El jefe de la escuela esttica viajaba entonces en los Estados Unidos, contratado por un empresario como un simple tenor y obligado a producir frases estticas bien limadas, en sitios como Mount-Vernon, el Nigara, el Capitolio, etc. Su presencia en el suelo americano daba sabor de actualidad a la crtica. En otro teatro la eterna _Mascotte_, en ingls, arreglada, como hacen los directores en Londres, al gusto britnico. Aqu era al gusto yanqui. Los calembours, los coq--l'ne, se referan siempre a incidentes locales. Naturalmente, Lorenzo XVII y Rocco se convierten en irlandeses en el ltimo acto y hablan con el rudo acento de los hijos de la verde Erin, segn la designacin que ha prevalecido, como si la Inglaterra fuera amarilla y la Escocia violeta. Un gigante de seis pies que haca el papel de Pippo, haba tomado la cosa a lo serio, y en el balido del gracioso do crea or el estentreo aullar de un cuadrpedo antidiluviano. En farsas americanas, prefiero las dislocaciones y el bango de los minstrels a todas las imitaciones francesas. O tambin una vez al clebre trgico Edwin Booth, de la familia del asesino de Lincoln; ms tarde tuve ocasin de seguir sus interpretaciones de Shakespeare en Berln, donde trabajaba con una compaa que le daba la rplica en alemn. La analoga de idiomas evitaba aquel defecto deplorable que desgarraba los odos de mi querido Rossi, cuando en Londres daba el _Hamlet_ en italiano con una compaa inglesa. Encuentro a Booth inferior a Rossi y a Salvini en sus grandes papeles saquesperianos. Su cuerpo se presta admirablemente para el _Hamlet_, pero el estetismo lo preocupa demasiado, y yo vena de ver Patience! Viajeros latinos, no descendis jams en Nueva York en un hotel de los llamados de plan americano, esto es, en los que es obligatorio pagar la comida junto con el departamento. Se est bien, los cuartos son cmodos, limpios; el agua sale, en todos los tonos de la temperatura, de un sinnmero de bitoques; hay profusin de campanillas elctricas... pero la mesa es deplorable. Salmn cocido y rosbeef crudo; he ah el _men_. Si queris un cambio, tomad primero el rosbeef y luego el salmn, si es que no prefers principiar por la eterna compota que cierra la marcha y que hasta ahora no he podido averiguar si pertenece a la familia de las sopas o a la de los postres. En cambio, tenis el restaurant Delmnico o el Brunswich que no le ceden en nada a Bignon, al London House de Niza o al Bristol de Londres. Delmnico est lleno siempre y sus precios son exorbitantes. Quisieron los propietarios disminuirlos, pero la clientela yanqui declar que el da que un cotelette valiera menos de un dlar, o una botella de Mumm _extra dry_ menos de diez fuertes, abandonaran la casa. Obligados por la ley a sufrir la presencia de la gente de color en los tranvas y paseos, no tienen ms valla que oponer a la invasin democrtica que el bolsillo. Y lo emplean largamente. Hay que hacer justicia, y plena, a los yanquis a este respecto. No hay un punto de la tierra ms gastador, ms generoso, ms abierto. El oro rueda a rodos; para ellos, lo ms caro de la Europa: sus vinos ms exquisitos, sus joyas, sus brillantes, sus artistas ms aplaudidos. El lujo es inaudito; en ninguna parte del mundo la impresin de la pobreza se siente con ms intensidad. Pero un hombre de gusto, con la mirada habituada a la percepcin de las delicadezas europeas, nota al instante cierto tinte especial: el sello del advenedizo, que no ha tenido tiempo de completar esa dificilsima educacin del hombre de mundo de nuestro tiempo, capaz de distinguir, al golpe de vista, un bronco japons de uno chino, un Svres de un Saxe; una vieja tapicera de una moderna. Hay un inexplicable _rococ_ aun en los centros mejor frecuentados. Un francs del buen mundo, con treinta mil francos de renta, hace maravillas, a las que un yanqui con doscientos mil no alcanzara. La calle, un museo de artes incoherentes. Qu tipos maravillosos exhibindose con una tranquilidad y un aplomo inconcebibles! Qu sombreros piramidales, vastos como necrpolis, unos invisibles, otros izados a lo alto de un crneo puntiagudo por un milagro de equilibrio! Qu corbatas! El pueblo que usa esas corbatas no producir jams un colorista de genio. Debe haber un daltonismo hereditario en la masa. Es imposible que vean el rojo con el mismo tinte que se nos ofrece. El verde los seduce; es necesario haber vivido un ao entre cotorras para habituarse a aquellos _plastrons_ imposibles. En cambio, el grupo de los _swell_ se viste con una elegancia slo comparable a la alta clase inglesa. Los dandys de Broadway no les ceden en nada a los de Hyde Park Corner... Pero de pronto pasa un pantaln al tobillo, a cuadros habana, con un jacquet invisible, a manera de cornisa, que os arroja en la ms profunda desolacin. En general, los hombres parecen de viaje, camino de la estacin, con cierto temor vago de perder el tren. Cada uno lleva lo que ha comprado: un cacho de bananas, un conejo, un salmn, una canasta de frutas, un cuadro o un bao de asiento. El _beg your pardon_ es menos comn aun que en Inglaterra. No piden ni dan cuartel; os pisan y empujan con la misma calma que sufren la recproca. No se levantan para ceder su asiento a una seora, porque sostienen que una seora no debe entrar en un tranva donde no hay asiento. Pero que un hombre insulte a una mujer, que un nio pida auxilio, y veris toda esa indiferencia desaparecer en el acto. Poco poltico, si queris, pero, una vez amigos podis contar con ellos como un ingls que os ha estrechado la mano. Morales? Ni ms ni menos que el comn de los mortales. La vida galante de Nueva York no es por cierto lo que ofrece menos encantos en este triste mundo donde ese culto tiene tantos adeptos. En general, los pases donde se bebe mucho champaa dejan bastante que desear desde el punto de vista de la austeridad de costumbres. Ahora bien, en ninguna parte se bebe ms champaa que en Norte Amrica. La Francia entera, desde Cherbourgo a Mentn, y desde Bayona a Belfort, cubierta de vias, no bastara para el consumo de un ao. As, fuera, naturalmente, de los grandes centros, nada ms fantstico que las bebidas que all se expenden bajo el nombre de champaa. S, les gustan las mujeres, como les gustan a los ingleses, an los domingos. Cerrado el escritorio, preparado el espritu para una pequea sesin, suelen armar algunas... al lado de las que las explosiones latinas son idilios. Es que tambin, para un hombre joven y aficionado, el teatro no puede ser ms agradable. La contribucin a la flora neoyorkina es universal, desde los productos franceses de _serre-chaude_, hasta esas rosas robustas que slo brotan en la tierra de los madgiares. En el alto mundo, el _flirt_, el abominable, el odioso _flirt_, inventado por alguna americana sin temperamento, la vanidad disfrazada de Cupido, el ridculo en vez del placer, la vanagloria en vez de la pasin, el _flirt_, mezcla del viejo _patitismo_ italiano y del _cant_ britnico, gimnasia del cretinismo social, obliteracin de la naturaleza, traduccin grotesca de un canto divino. La nica justificacin del _flirt_, como la del Dios de Stendhal, es que en general no existe. Empiezan las cosas por ah, porque de algn modo hay que empezar; pero pronto la naturaleza hace or su voz, y la mano, que atrae furtivamente la mano, el pie que roza el zapato de raso... semejan esas flores que brotan en los rboles, precediendo en la vida a la fruta que las reemplaza. Son yanquis, pero son hombres. Las obras de ante, maravillosas; High Bridge recuerda los trabajos romanos y el puente suspendido de Brooklyn parece una fantasa de cuento rabe. El cementerio de Brooklyn es la necrpolis ms lujosa que he visto en mi vida. No vale el de Pisa como arte, ni los muertos surgen a vuestro paso con todo su cortejo de gloria como en el Pre-Lachaise. Sin embargo, un simple monumento, levantado por una suscripcin pblica, me hizo latir el corazn ms aprisa que el aspecto de todas las grandes tumbas de la tierra. Es el de un bombero; ni an su nombre recuerdo, pero en su alma brill un instante la nica chispa que puede llamarse un reflejo divino. En un incendio terrible, un nio de cuatro aos, hijo de obreros, haba quedado solo en una pieza del cuarto piso. Las llamas rodeaban el edificio entero; el bombero toma una escalera y despus de esfuerzos inauditos, medio abrasado, alcanza la ventana desde la que el nio, enloquecido por el terror, peda auxilio. Pero el fuego consumi la escala. El bombero tom al nio en sus brazos y lanz una mirada ansiosa a todos lados; las llamas entraban ya por la ventana. Entonces, delante de una muchedumbre que presenciaba la horrible escena con el corazn apretado, algo como una luz divina inund el alma de aquel hombre, grande en ese instante como la del Cristo en la cruz. Bes al nio en la frente, lo levant en alto en sus brazos, se puso de pie sobre el borde de la ventana y se dej caer de una altura de cuarenta metros. Su cuerpo se estrell contra las piedras; el nio, sostenido en sus brazos, no haba tocado el suelo, cuando fue recogido por los asistentes. No conozco una muerte ms bella en los anales de la historia humana, ni una tumba que merezca descubrirse ante ella con ms profunda veneracin. No cerrar estas lneas trenzadas a la ligera, sin hacer una confesin que no se refiere slo a Nueva York, sino al mundo americano todo que he conocido: mi impresin ha quedado ms abajo de la ilusin formada por el dato recogido. Mirado de cerca, el organismo norteamericano presenta los mismos sntomas de enfermedad que el de las ms viejas sociedades europeas. Su rgimen poltico ha sido fuente de progreso, indudablemente; pero las ideas republicanas estn lejos de practicarse con la pureza que generalmente se les atribuye. La corrupcin administrativa es mayor que la de cualquier pas europeo y aun sudamericano, medianamente organizado. El fraude electoral se practica en una escala que asombrara a la misma Inglaterra y de la que no hay remotos rasgos en Francia, nico pas en el mundo actual donde el sufragio universal se aproxime a la verdad. El espritu de secta, la anarqua religiosa, si bien se ejerce fuera de los lmites del gobierno, no produce menos serias perturbaciones sociales. En una palabra, si yo buscara en el mundo un ideal poltico, correra an tras l. Cincuenta millones de hombres en el afn de la produccin, son una masa tan imponente, que puede ser batida sin peligro por los vicios de una organizacin incorrecta. Pero los Estados Unidos tienen slo un poco ms de un siglo de existencia, y eso es un instante en la vida de las naciones. Qu guarda el porvenir? Tal vez una potencia monstruo, pero no espero una luz que esparza sus raudales de claridad sobre la humanidad entera. Una fragmentacin del imperio americano es probable en poca no lejana, o las leyes histricas fallarn. Ser el momento de prueba; en cuanto a la libertad, formando hoy la base de la concepcin humana de la vida, no peligrar la desaparicin del modo yanqui. Si un faro hay, persiste an bajo las bvedas de Westminster y el egosmo ingls es su mejor guardin. CAPITULO XXI En el Nigara. La excursin obligada.--El palace-car.--La compaera de viaje.--Costumbres americanas.--Una opinin yanqui.--Nigara Fall's.--La catarata.--Al pie de la cascada.--La profanacin del Nigara.--El Nigara y el Tequendama.--Regreso.--El Hudson.--Conclusin. No me era posible pensar en excursiones; el tiempo me faltaba. Pero hay una que se impone moralmente a todo el que pisa el suelo de los Estados Unidos; la visita al Nigara. Tena indudablemente vivos deseos de contemplar la inmensa catarata, pero una mezcla de cansancio fsico y de lasitud moral, me quitaban el entusiasmo que en otros tiempos me haca andar centenares de de leguas por gozar de un nuevo aspecto de la naturaleza. Adems, el raudal del Tequendama viva en mi memoria, y mi alma le era fiel. Me pareca imposible que la impresin grabada se desvaneciese ante ninguna otra. El Nigara, por otra parte, con su notoriedad, con su fcil acceso, con la consagracin universal de su belleza tiene algo de esos _lieux communs_ de las literaturas clsicas, que, admirados por los hombres de todos los tiempos, concluyen por convertirse en estribillos. En fin, estaba a una noche de distancia y tena an por delante cinco o seis das; me puse en camino. Resolv irme por la lnea del Erye que va a Bffalo y a Nigara Fall's, correr las fronteras del Canad hasta Albany, y luego de all descender a Nueva York por el Hudson. A las siete y media de la noche entr en uno de esos soberbios _palace-car_, que slo se encuentran en las lneas americanas y tom posesin del compartimento reservado de antemano. Los _sleeping-car_ americanos, arreglados con ms lujo que los europeos, son incontestablemente ms cmodos. Un corredor al centro, y a ambos lados, pequeas divisiones que se aslan fcilmente por medio de cortinas y tabiques ligeros; las camas estn colocadas en el sentido del vagn. Anchas, limpias y abrigadas. En cada compartimento hay dos, una abajo y otra arriba; pero mientras no se tienden, los dos sofs, vis-a-vis, pueden contener cuatro personas. Yo haba retenido el lecho de abajo; as, me llam la atencin, al llegar a la divisin que me corresponda, ver instaladas ya dos personas. Eran un hombre de barba blanca, de unos 60 aos de edad, y una nia de 20, esbelta, de facciones agradables y finas. Faltaba an un cuarto de hora para la partida del tren, y yo empezaba a alarmarme por la noche que me esperaba en caso de que hubiera habido error en la asignacin de las piezas. --Perdn, seor--dije en mi mal ingls;--en este compartimento no hay ms que dos camas, y yo tengo el billete de una de ellas. Como calculo que habr error, sera bueno corregirlo antes de que el tren se ponga en marcha. --No, seor--me contest el yanqui;--yo desciendo. Mi hija va sola hasta Utica. Me inclin en silencio, ligeramente intrigado. Padre e hija continuaron conversando, sin cuidarse de mi presencia, sobre asuntos del hogar, recomendaciones para la salud, recuerdos de familia, etc. Un hombre que ha corrido un poco el mundo se engaa difcilmente: aquella criatura era pura y honesta. Dos fuertes besos, un largo abrazo, un saludo para m, y el padre descendi, mientras el tren se pona en movimiento, tomando pronto aquella marcha vertiginosa que slo en las lneas americanas se ve. La noche haba cado y cada una de las veinte o treinta personas que ocupaban el _sleeping_, comenz a hacer lentamente sus preparativos. Sin poder leer, me puse naturalmente a contemplar a la que tan ntimamente iba a ser mi compaera de viaje. Era indudablemente bonita, grandes ojos pardos, pelo castao, un cuerpo modelado y un pie fino y bien calzado asomaba la puntita por debajo del vestido. No pude vencer mi curiosidad; en Europa me habra abstenido de dirigirle la palabra; extranjero y en Amrica... bah! Su itinerario cay; el pretexto estaba encontrado. Aqu de mi ingls, me dije, y comenc: --Seorita, segn lo que he odo al caballero que acaba de bajar, y creo que es su padre de usted, usted tiene el billete de una de las dos camas de esta divisin. Ahora bien, como yo tengo el de la de abajo, que por muchos motivos es la ms cmoda, suplico a usted quiera permitirme que le proponga un cambio. En el momento en que usted desee recogerse, me retirar, y le prometo--aad sonriendo--incomodarla lo menos posible. --Mil gracias, seor. El conductor ha prometido a mi padre darme un _low bed_, si queda alguno vacante. En caso contrario, acepto agradecida su amable invitacin. Tengo el sueo plcido y podr usted dormir tranquilo. Declaro que, a pesar de toda mi buena voluntad, no pude encontrar un tomo de malicia en la expresin con que fue dicha la frase. Pero tena ya bastante para llegar a mi objeto, y prosegu: --Mi deplorable acento le habr hecho comprender hace rato que soy extranjero. Con ese ttulo, me permite usted que le haga una pregunta y que hablemos como dos buenos amigos para matar una o dos horas? --_With pleasure, Sir._ --Conozco un poco las costumbres americanas; pero no puedo habituarme a ellas, porque me parecen, en ciertos casos, contrarias a la naturaleza. No se encuentra usted incmoda entre toda esta gente desconocida, que puede ser educada o grosera al azar, en este dormitorio comn, en el que cada uno se conduce segn sus hbitos ms o menos discretos? En una palabra, no tiene usted miedo? --Miedo? Y de qu? --De viajar sola, expuesta a que algn individuo ordinario le falte al respeto. --Sola? (Y sonrea mirndome con asombro). Qu hara usted si uno de esos caballeros me dijera algo impertinente? No tomara usted mi defensa? --Naturalmente. --Est usted seguro que, si yo diese una voz, todas las personas que ocupan el vagn, se lanzaran a un tiempo y haran pasar un mal rato al cobarde que pretendiese insultar a una mujer. --Perfectamente; pero lo que me admira es ese triunfo admirable de la razn sobre el instinto. Las mujeres son miedosas, pusilnimes por naturaleza. Si razonaran, seran tan bravas como nosotros, que a veces afrontamos peligros serios nicamente sostenidos por la voluntad. --La educacin lo hace todo. Ustedes los europeos (me crea espaol), educan mal a las mujeres. Las costumbres americanas... Y aqu todos los argumentos conocidos en favor de la emancipacin social de la mujer, expuestos con un orden que revelaba la frecuencia de ese gnero de disertaciones. Luego, empez a hacerme preguntas sobre la Europa, hasta que el conductor vino a decirle que la cama baja del compartimento frente al mo, separado simplemente por el corredor de una vara, estaba a su disposicin. Le dese buena noche y me fui a recorrer el tren de un extremo a otro. Nada ms cmodo que esa facilidad que permite estirar las piernas y distraerse con el cambio de aspectos. Cmo volaba aquel monstruo para cuya carrera la tierra pareca ser pequea! Vista desde el ltimo vagn, la va daba vrtigo. La claridad de la noche permita ver las llanuras cultivadas, los bosques y colinas, los canales que rayaban el paisaje con sus lneas blancas y caprichosas. Fume un cigarro, me puse a echar globos, como llaman en Bogot al fantaseo indefinido del espritu, y volv en busca de mi cama. Mi vecina acababa de desaparecer tras las cortinas de la suya; al sentir mis pasos, sac la cabecita y me larg un _good evening, sir!_ que esta vez no me pareci del todo exento de picarda. Qu mujer no tiene un grano de malicia, a veces inconsciente, esparcido en la sangre? Yo cre que se recostara simplemente, vestida como estaba. Me haba engaado, porque, a poco rato, la cortina se entreabri de nuevo, y una mano apareci sosteniendo dos botines largos y delgados, que dej caer sobre el piso. Luego, una o dos vueltas, la inmovilidad y el respirar sereno e igual. Buenas noches. Ms tarde contaba en Nueva York la aventura a un amigo mo, americano, y el buen yanqui mova tristemente la cabeza. --No tengo la menor duda--me deca,--que su compaera era una mujer honesta. Pero, para ella, era usted un hombre cualquiera, un desconocido. Figrese que un muchacho audaz que hubiese sabido encontrar el camino de su corazn, se hubiera arreglado de manera para reservarse... su sitio de usted. Cree usted que las cosas habran pasado de la misma manera? Es necesario tener siempre en cuenta la materia de que somos formados y la poca influencia que tienen sobre ella, en momentos especiales, los hbitos y convenciones nacionales. Nuestras costumbres de independencia femenil eran perfectamente aceptables hace cincuenta aos; pero, crame, la vida europea que conquista terreno diariamente entre nosotros, los espectculos teatrales que ensean ms de lo que se cree, las novelas francesas, ledas hoy con avidez, las gacetas de los tribunales, las revistas de polica con sus ilustraciones iconogrficas, han abierto nuevos rumbos en el espritu de las mujeres americanas. No creo que hoy sea un timbre de honor para las costumbres de nuestro pas esa independencia social de la mujer, sino una causa de decadencia en el nivel moral. Es muy cmodo convenir en que nunca se abusa; pero la realidad empieza a desalentar a los ms obstinados sostenedores de tal rgimen. Ms de un hombre piensa hoy como mi amigo yanqui en los Estados Unidos. Por mi parte, no he tenido pruebas... personales. Sea porque largo tiempo haca que no viajaba en ferrocarril, sea porque el ir y venir de los compaeros de vagn me incomodaba, sea, en fin, porque la lucha eterna entre el sentido comn y el sentido... a secas, hubiera convertido mi cabeza en un campo de batalla, el hecho es que el sueo huy de m. Me envolv en mi manta, vestido, corr las cortinas que cubran los cristales, la luna inund mi cuartujo, y en compaa de un punch organizado a la ligera y de una serie de cigarros, esper tranquilo la maana. A las 5 a. m. mi vecina se levant, humedeci una esponja diminuta, se refresc la cara, sac el reloj, consult su itinerario, arregl sus maletas, y como yo hiciera mi aparicin en ese momento, me tendi la mano, dndome un gracioso _good morning_. Nos salimos a la plataforma; media hora despus (el da empezaba a clarear), el tren se detena en Utica; mi compaera me daba el ltimo adis, en la vida tal vez, y descenda en una estacin solitaria, con un paso tan firme y sereno como si fuese acompaada por toda su familia. Cuando el tren se puso en marcha nuevamente, volvi la cabeza y me hizo un saludo con la mano. Me volv al vagn de mal humor. Nigara Fall's es una aldea que vivo exclusivamente de la atraccin del torrente. Eternamente mecida por el ruido atronador de la cascada, parceme que, si una mano omnipotente detuviera un instante las aguas en su cada, el silencio hara levantar hasta los muertos de sus tumbas. Desde la llegada, se oye a lo lejos el rumor inmenso, como un eco de la catstrofe suprema, que sin cesar se reproduce en el despeadero salvaje. En el estado de mi espritu hubiera dado un mundo por poder entregarme a m mismo, llegar a la catarata sin ms gua que su gemido cesante, y solo, en medio de la naturaleza, detenerme de pronto frente a frente y entregarme sinceramente a la impresin... Veinte, cuarenta mnibus, estaban alineados en la estacin, y otros tantos individuos gritaban a voz en cuello el nombre de sus hoteles, encomiando sus golpes de vista, la maravilla de sus panoramas exclusivos, la baratura de sus precios! Cinco o seis empleados me pedan el boleto de mi equipaje, otros me metan tarjetas de casas de comercio, aqul me incitaba a no olvidar el Burning Spring, ste los rpidos, etc. Aqu y all, una chimenea, la fatigosa actividad de una fbrica, trfico por todas partes, merceras, bar-rooms, tiendas, la calle moderna, con sus enormes anuncios, sus letreros, sus reclamos, un inmenso cuadro de madera _Take the Erye Railroad!_, el hormiguero humano en el afn del lucro... y el Nigara bramando a lo lejos! O mi soberbio Tequendama, dnde ests, con tu acceso difcil, tus bosques vrgenes, tus sendas abruptas, tus rocas salvajes! Heme instalado en un hotel trivial, el ms prximo a la cada. Consulto mis instrucciones y recuerdos y hago mi plan. Me echo a la calle, contrato un carruaje para dentro de una hora, por verme libre del asedio de los cocheros, me guo por el estruendo, y de improviso, heme frente a la catarata. Qued absorto? No, no comprend. Aquello es inmenso, inaudito. Todo el esfuerzo de la imaginacin no alcanza a dar una imagen de la realidad, una vez que la serena y lenta contemplacin ha dado tiempo a que el espritu se sature de la belleza del cuadro. En centenares de grutas y en millares de libros corre la descripcin del Nigara: su formacin, su origen, su destino, el volumen de sus aguas, su bifurcacin en el momento de la cada, etc. No intentar, ni es mi propsito, rehacerla; cuento mi impresin y basta. Si en el Tequendama he sido ms prolijo, es porque el gran salto, perdido en las entraas de la Amrica, es casi desconocido por las dificultades que hay para llegar hasta l. Cada segundo, cada momento de contemplacin aumenta en m el asombro, la fascinacin irresistible. Como grandeza, no hay nada igual. Aquella masa de agua colosal que se arrastra rugiendo por un plano ligeramente inclinado, que confluye en dos raudales anchos y profundos, para caer de pronto, con indecible majestad, en el cauce inferior, produce la impresin de un dislocamiento general del orden creado. No es la altura de la cada (80 a 100 pies) lo que impone; es el volumen de las aguas, el espesor titnico de la curva enorme que se forma al borde de la catarata. Del lado del Canad--pues el ro determina la lnea divisoria con los Estados Unidos,--la cada se extiende a todo el ancho del curso, formando una herradura cuya parte cncava queda al centro; en tierra de la Unin, el brazo es mucho ms angosto, y la cada, sin la imponente solemnidad de la canadiense, tiene cierta gracia esbelta, una armona de formas que seduce la mirada. He dicho que las aguas, al precipitarse, proyectan una curva que se quiebra en el plano horizontal, unido y espeso, especie de cortina que cubre eternamente el corte vertical de la roca. Uno de los aspectos recomendados es al pie de la catarata, en el abismo de fragor y tinieblas que existe entre la base de la roca y la columna de agua que cae rugiendo. Preferira mil veces el aspecto grandioso y soberbio de la cascada, desenvolviendo su fuerza salvaje bajo los cielos. Pero es necesario verlo todo, y as, sin entusiasmo, sin conviccin, tom el ferrocarril hidrulico que conduce al pie de la catarata, del lado de la Unin. Excusado es decir que ya haba pagado al entrar en el parque general que rodea al Nigara, que a cada paso que daba para mirar de un lado a otro, se me aparecan empleados con sus _tiskets_ y talones, etc. Con cunto placer habra dado una suma redonda, superior al monto de las pequeas y sucesivas contribuciones con que me incomodaban sin cesar! Una vez en el fondo, a orillas del ro que se forma despus de la cada y cuyas aguas tranquilas parecen an absortas de la catstrofe reciente, manifest mi deseo, me indicaron un cuarto y procedieron a envolverme, pies, cuerpo y cabeza, en zapatos, traje y sombrero de, caoutchout, con el objeto de preservarme de una mojadura. Sofocaba all dentro, y estaba a punto de desistir, cuando mi compaero desconocido, pues el gua toma dos personas, una de cada mano, sali de su cuarto vestido con un ligersimo traje de bao. Su idea me sedujo y a mi vez me coloqu en condiciones de desear el agua en vez de temerla. Nos hicimos un saludo cordial y nos lanzamos. Para llegar al pie de la roca, detrs de la esplndida tapicera lquida que en ese instante brillaba bajo el sol con mil reflejos irisados que jams alcanzaron las ms ricas telas de Persia o la China, era necesario marchar paso a paso, saltando de piedra en piedra o pasando por pequeos puentes de madera que se deshacen con frecuencia. Estamos an a un centenar de varas de la cada, y las espumas nos azotan el rostro, mientras el ruido nos aturde. El gua nos habla a gritos, pero yo me limitaba a aferrarme firmemente a su mano. A cada paso, la marcha se haca ms difcil; pero en los momentos en que el vapor de agua, los torbellinos de espuma y los cambiantes prismticos, sucedindose con una rapidez elctrica, no nos enceguecan, el cuadro que tenamos por delante, el reventar de la mole inmensa contra la roca, el torbellino nveo que se levantaba, el fragor de ese trueno constante, eran compensaciones ms que suficientes a las angustias de la marcha. Un instante nos concertamos con el compaero, un joven alemn, para detenernos; nos bast un minuto de reposo dando la espalda al torrente y con el corazn inquieto seguimos avanzando. Henos detrs de las aguas. Un ruido infernal atruena mis odos, algo as como cien mil caones disparados a un tiempo y sin discontinuar, y una honda y densa oscuridad me rodea. El alemn repite a cada instante el clsico _Donnerwetter!_ con voz apagada, y otras interjecciones que empiezan o terminan con el _teufel_! Yo procuro entreabrir los ojos, hago un esfuerzo y veo un momento, un dcimo de segundo, la profunda pared lquida, veteada por fugitivos rayos de luz. Un instante ms, y nos asfixibamos. Con qu delicia respiramos a la salida! Tenamos las caras rojas, candescentes y los ojos saltados. Nos tendimos con deleite entre las mansas ondas del ro, dejando reposar el cuerpo y teniendo por delante el ms estupendo cuadro de la naturaleza. He visto al Nigara, desde todos sus aspectos oficiales, he descendido a los rpidos, all donde el capitn Webb, ese suicida sublime, con un corazn digno de la tumba que encierra, acaba de caer vencido en su lucha insensata con el gigante americano. Lo repito: a cada instante la impresin crece. Se opera en el espritu un fenmeno anlogo al que produce la contemplacin de las bvedas de San Pedro, que van creciendo lentamente a medida que la mirada se habita a la percepcin de la inmensidad. Pero los americanos han echado a perder esa maravilla que la naturaleza arroj en su suelo. Arrancad de la capilla Sixtina la figura de Isaas y ponedle un marco esculpido por Dor, pequeos Amores trepando gozosos por la via ensortijada, faunos diminutos persiguiendo a ninfas cocottes y tendris una idea del efecto que produce ese Nigara inmenso, severo, rugiendo como un titn enfurecido, y rodeado de pequeas villas coquetas, chalets suizos en ladrillo rojo, surcado por puentes de ferrocarril, rodeado de molinos, bar-rooms, albergues cubiertos de anuncios de Lanmann y Kemp, de la Marfilina, de la Almohadilla de Parry, ultrajado, profanado, como el Coliseo romano por las lpidas de mrmol blanco y letras doradas que pretenden consagrar glorias efmeras y raquticas. Otra vez, dnde est mi Tequendama? El volumen de sus aguas es infinitamente inferior al del Nigara, pero se precipita de una altura ocho veces mayor. Su voz poderosa reina solitaria y altiva entre las gargantas de la montaa, sin confundirse con el rechinar de las mquinas a vapor o con el crujir de las ruedas de molino. En el Salto, el espritu ve palpitante una escena de la formacin primitiva del mundo, y la visin, por largo tiempo, reproduce el vrtigo. Su acceso est defendido vigorosamente por la naturaleza, y la transicin de la flora de las cumbres a la lujuria tropical del hondo valle no tiene igual sobre la tierra. El Nigara es mil veces ms grande, ms imponente; para m, la palma de la belleza queda al Tequendama. Qu sera el Nigara cuando por primera vez lo contemplaron los ojos atnitos de los conquistadores? La leyenda dice que los grandes jefes indios, despus de la batalla suprema en que caa la tribu entera, se echaban en sus canoas que abandonaban al rpido correr del ro, y, fijos los ojos en el sol, desaparecan en el abismo. Los primeros europeos que hayan contemplado ese cuadro necesitan haber tenido el corazn de acero para no caer fulminados por la violencia de la impresin! Qued slo un da en el Nigara. A la noche tom el ferrocarril y amanec en Albany, de donde descend el Hudson hasta medio camino de Nueva York, haciendo el resto de la ruta en un _drawingcar_, en el delicioso ferrocarril que corro sobre las aguas mismas del ro. El Hudson tiene un aspecto especial; sin el encanto poderoso de los grandes ros americanos de orillas desiertas, sin la belleza melanclica que la historia da al Rhin, cmo cubrindolo de un encaje de recuerdos, los panoramas del Hudson, en la estacin estival, tienen una gracia fresca y suave que serena la mirada. Pero los palacios, las villas y chalets que cubren sus bordes, no tienen carcter alguno... y no hay cuadro que resista cuando hacen su aparicin esos comodsimos y horribles vapores, blancos y cuadrados, tortugas rpidas, smbolo del arte americano. En Nueva York permanec an una semana, y por fin, a bordo del Labrador, despus de un viaje agradable, llegu al Havre, pisando tierra europea, justo un ao despus de haberme embarcado en Saint-Nazaire con rumbo a las costas septentrionales del continente sudamericano. En mi larga narracin he tenido que describir pases, costumbres y aspectos sociales. Desde el punto de vista literario, la crtica me dir el mrito de mi trabajo; pero, en lo que se refiere a la veracidad de los hechos, afirmo una vez ms que no he tenido otro gua fijo y constante en mi relato. La descripcin caracterstica de mi viaje por Colombia habra sido sumamente difcil tratndose de otro pueblo; pero la inteligencia clara y elevada de los granadinos sabr apreciar el conjunto de mi impresin, la ms grata que haya sentido hasta hoy en tierra extranjera. Cierro estas pginas saludando con gratitud a aquel que hasta aqu me haya acompaado. Quin sabe si aun no haremos otro viaje juntos? Mi destino, por mil combinaciones diversas, parece imponerme el movimiento continuo; y mi pasin por la pluma es incorregible. Tall. Grf. L. J. Rosso y Cia. Belgrano 475--Buenos Aires * * * * * "La Cultura Argentina" _Biblioteca formato mayor: $2 m/n._ Mariano Moreno--Escritos polticos y econmicos. Domingo F. Sarmiento--Conflicto y armona de las razas. Juan M. Gutirrez--Origen y Desarrollo de la Enseanza Pblica Superior. Florentino Ameghino--Filogenia. Jos M. Ramos Meja--Las Neurosis de los Hombres clebres. Martn Garca Mrou--Alberdi-Ensayo crtico. Bartolom Mitre--Rimas. Amancio Alcorta--La instruccin secundaria. Vicente Fidel Lpez--Manual de la Historia Argentina. Juan B. Alberdi--Estudios econmicos. Gral. Jas Mara Paz--Campaas de la Independencia--Memorias Pstumas--Primera Parte. Gral. Jos Mara Paz--Guerras Civiles--Memorias Pstumas--Segunda Parte. _Biblioteca formato menor: $ 1 m/n._ Esteban Echeverra--Dogma Socialista y Plan Econmico. Bernardo Monteagudo--Escritos polticos. Juan B. Alberdi--El crimen de la guerra. Juan B. Alberdi--Bases. Juan B. Alberdi--Luz del da. Juan B. Alberdi--Cartas Quillotanas. Domingo F. Sarmiento--Facundo. Domingo F. Sarmiento--Recuerdos de Provincia. Domingo F. Sarmiento--Acrpolis. Domingo F. Sarmiento--Las ciento y una. Andrs Lamas--Rivadavia. Olegario V. Andrade--Poesas completas. Lucio V. Lpez--Recuerdos de viaje. Ricardo Gutirrez--Poemas. Ricardo Gutirrez--Poesas Lricas. Hernndez, Ascasubi y Del Campo--Martn Fierro, Santos Vega y Fausto. Nicols Avellaneda--Escritos literarios. Francisco Ramos Meja--El Federalismo Argentino. Florentino Ameghino--Doctrinas y descubrimientos. Agustn Alvarez--La Creacin del mundo moral. Agustn Alvarez--Adnde vamos? Agustn Alvarez--Manual de patologa poltica. Vicente G. Quesada--Historia colonial argentina. Martn Garca Mrou--Recuerdos literarios. Martn Garca Mrou--Estudios Americanos. J. M. de Gorriti--Reflexiones. Juan Cruz Varela--Poesas completas. Francisco J. Muiz--Escritos cientficos. Raquel Camaa--Pedagoga Social. Florencio Snchez--Barranca abajo--Los Muertos. Esteban Echeverra--La cautiva--La guitarra--Elvira. Miguel Can--Juvenilia--Prosa ligera. Jos Mrmol--Armonas. Jos Manuel Estrada--La poltica liberal bajo la Tirana de Rosas. Miguel Can--Charlas Literarias. Evaristo Carriego--Misas Herejes--La Cancin del Barrio. Agustn Alvarez--Educacin moral--Tres Repiques. Miguel Can--En Viaje (1331-1882). Pedidos a la Administracin general: CASA VACCARO--Av. de Mayo 646 BUENOS AIRES NOTAS: [1] Vase primera serie, tomo III, pg. 350-377. [2] Vase primera serie, tomo IV, pg. 225-290. [3] Vase primera serie, tomo VI, pg. 161-181. [4] La generosa tentativa de Carlos III y sus ministros en el sentido de dotar a la Amrica de instituciones que favorecieran su desenvolvimiento, desapareci con la muerte del ilustre monarca. Bajo Carlos IV, la Amrica y la Espaa misma haban vuelto a caer en la tristsima situacin en que se encontraban bajo el reinado del ltimo de los Hapsburgos. El Dr. D. Vicente F. Lpez, en su magistral introduccin a la "Historia Argentina" nos ha sabido trazar un cuadro brillante de la elevada poltica de Aranda y Florida-Blanca bajo Carlos III; pero l mismo se ha encargado de probarnos, con su incontestable autoridad, que las leyes que nos regan eran simples mecanismos administrativos, cuya accin se concretaba a las ciudades, cuando no eran abortos impracticables, como la famosa "Ordenanza de Intendentes", cuyos ensayos de aplicacin fueron un desastre. No es mi nimo, ni lo fue nunca, vilipendiar a la Espaa, que nos dio lo que poda darnos. El "motn de Esquilache", que es una pgina de la historia de Rusia bajo Pedro el Grande, nos da la nota del estado intelectual del pueblo espaol a fines del siglo pasado. Puede juzgarse cul sera el de la ms humilde de las colonias americanas. [5] En el momento de poner en prensa este libro se inaugura el ferrocarril de la Guayra a Caracas. La decisin y actividad del general Guzmn Blanco han hecho milagros. No ser por cierto ste uno de sus menores ttulos a la gratitud de sus compatriotas. Esa lnea frrea va a transformar la ciudad de Caracas, convirtindola en una de las ms brillantes de la Amrica. (1883.) [6] Este cuadro, escrito hace 20 aos como un reflejo del pasado de Venezuela, es tristemente una pintura concreta de su estado actual. (1903.) [7] "Repertorio Americano", tomo III, pg. 191. Tomo esta cita y la siguiente de la admirable introduccin de D. Manuel A. Caro, honor de las letras americanas, a la "Historia general de la conquista del nuevo Reino de Granada", del obispo Piedrahita. Edicin de Bogot, 1881. [8] Bello, "Opsculo". [9] "Panela", el azcar sin clarificar, una masa negra, algo como nuestro "masacote", y uno de los principales alimentos en la costa. [10] Esta es la leyenda local: hay que confesar que los naturalistas no estn muy de acuerdo con ella. [11] Schiller, "Guillermo Tell", acto III, esc. III. [12] En los 20 aos transcurridos desde la publicacin de este libro, la constitucin de Colombia ha sido profunda y frecuentemente modificada y la guerra civil ha ensangrentado y desolado al pas; el ltimo golpe, el ms rudo y terrible, ha sido la separacin de Panam, debida tanto a la descabellada poltica del gobierno de Colombia, como a la violenta prepotencia de la del gobierno de Wshington. Las consecuencias de este acto no pueden an medirse en el momento en que se pone en prensa esta edicin; pero pienso que afectarn no slo a Colombia, sino a toda aquella parte de Amrica. (Diciembre 1903). [13] Exijo que pronuncien Falan. [14] Locucin comn a toda la Amrica espaola, excepto el Plata y que reemplaza nuestro antigramatical "en lo de". [15] Debo la transcripcin de estos dos "bambucos", que es imposible encontrar escritos en Colombia, a la amabilidad y al talento de la Srta. Teresa Tanco. [16] Me refiero al indio puro. [17] Los elegantes de Bogot los usan de cuero de len. [18] Como se ver ms adelante, no hay dato exacto a este respecto. [19] "En 1826, el general Bolvar, entusiasmado con tan magnfica escena, no pudo contenerse y salt a una piedra, de dos metros cuadrados, que forma como un diente en la horrorosa boca del abismo. A la misma piedra salt yo en una de mis excursiones; pero con esta diferencia: que el Libertador llevaba botas con el tacn herrado, y yo tuve la precaucin de descalzarme previamente; yo estaba en la fuerza de mis 18 aos y esto excusa en parte mi temeridad. Un paso en falso, un resbaln, habran bastado para que no estuviese contando el cuento. Veces hay en que se me erizan los cabellos al pensar en aquella barbaridad.--Juan Francisco Ortiz." [20] Piedrahita. "Hist. Gral. de la Conq. del nuevo Reino de Granada", lib. II, cap. I, pg. 13. Ed. de 1881. [21] Diccionario geogrfico de Colombia. [22] Geografa Fsica y Poltica de Cundinamarca. [23] Gregorio Gutirrez Gonzlez, por S. Roldn. (Repert. Colombiano.) [24] "He empezado este soneto con la ayuda de Dios, el 10 de septiembre, desde el alba, despus de mis oraciones matinales. Ser necesario rehacer estos dos versos, cantndolos e invertir el orden.--Tres de la maana, 19 de octubre.--Esto me agrada, 30 de octubre, 10 de la maana.--No, esto no me agrada.--20 de diciembre, a la tarde.--Ser necesario volver sobre esto; me llaman a comer.--18 de febrero, hacia las 9: Ahora va bien: ser preciso volver a ver an... (Manuscrito de Petrarca, cit. por J. Klaczko.--"Causeries Florentines"). [25] Menndez Pelayo en su obra "Traductores de la Eneida", juzga la traduccin de Caro como "la mejor que existe en espaol". Madrid, 1879. [26] Policarpa Salavarrieta. [27] Tempest. I, sec. 1. [28] La lnea de Coln a Panam tiene setenta y cinco kilmetros y el pasaje de primera clase cuesta 5 libras esterlinas, oro! La empresa del Canal se ha visto obligada a adquirir la mayor parte de las acciones de la va frrea, lo que le ha permitido imponer una rebaja de un 80% para el transporte de los materiales de excavacin y del personal. [29] La poltica y la opinin en Estados Unidos respecto al Canal de Panam variaron por completo despus de la guerra con Espaa, que les hizo ver el peligro que podran correr en una lucha internacional, por el retardo en reunir sus elementos navales, obligados a doblar la punta sur de Amrica para venir del Pacfico al Atlntico. Si se agrega a esto la persuasin adquirida de que la ejecucin del canal interocenico por Nicaragua es impracticable, fcilmente se explicarn los sucesos ocurridos ltimamente en el Istmo. Pero en 1883 los americanos eran tan opuestos al Canal de Panam, como los ingleses lo haban sido al de Suez hasta despus de iniciados los trabajos de ste. [30] Los Estados Unidos, por tratado, garantizaron la integridad territorial de Colombia! (1903). [31] Ese comercio es hoy diez veces mayor. (1903). [31] Ese comercio es hoy diez veces mayor. (1903). End of the Project Gutenberg EBook of En viaje (1881-1882), by Miguel Can License: Share Alike