Produced by Carlos Coln and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was created from images of public domain material made available by the University of Toronto Libraries (http://link.library.utoronto.ca/booksonline/).) Nota del Transcriptor: Errores obvios de imprenta han sido corregidos. Pginas en blanco han sido eliminadas. Letras itlicas son denotadas con _lneas_. Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas) han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal. Guillermo Daz-Caneja Escuela de humorismo Novelas.--Cuentos. MADRID Imprenta de Ricardo F. de Rojas. _Torija, 5.--Telfono 316._ 1913 Es propiedad. A los Excmos. Sres. Marqus de Ibarra y Marqus de Laurencn. Con el mayor cario tiene el honor de dedicarles esta modesta produccin. _El Autor._ Prlogo del autor En el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu Santo: eso dije al empezar este libro. Que sea lo que Dios quiera!--pens al concluirlo. Siempre he considerado un acto de soberbia, un atrevimiento enorme, la publicacin de todo _primer libro_; pero considero que ese atrevimiento llega su colmo al tratarse de este mo. Los que hoy son y valen, al publicar nuevas y mejores obras, han demostrado que la publicacin de su _primer libro_, ni fu acto de soberbia, ni atrevimiento inaudito: fu la consecuencia lgica de sus grandes dotes literarias. Yo, toda vez que mi anterior labor es demasiado modesta, no s si con el tiempo podr justificar la publicacin de mi _primer libro_. Dios lo haga! Al decidirme publicarlo, lo hago declarando de la manera ms solemne que es el peor de cuantos se han escrito, y que su autor es el ltimo de cuantos tomaron la pluma como intrprete de sus ideas. De cosas cortas lo compuse, pensando que para probar tu paciencia, caro lector, ellas se bastan. Si tu bondad es tanta que te permite leerlo; si tu paciencia no se agota antes de terminarlo, y si, en caso de hacerlo, sientes por su lectura alguna complacencia, ella me recompensar de las dudas y zozobras que me embargan; mas si sus pginas no lograron interesarte ni un solo momento, s indulgente con el que las compuso... Despus de todo, un libro ms, _qu importa al mundo?_ Escuela de humorismo El Jefe del Negociado 2.--el departamento no hace al caso--, sentado ante la mesa de su despacho, concluy, sin duda, el estudio de unos documentos que tena delante, por cuanto, colocndolos todos juntos, unos sobre otros, dej caer sobre ellos, modo de pisapapel, su gruesa mano derecha; recostse en el silln que le serva de asiento, contemporneo de Isabel II, como todos los dems muebles que haba en el despacho, y medit breves instantes; despus, inclinando la cabeza hacia la puertecilla, siempre abierta, que pona en comunicacin su despacho con el que ocupaban los oficiales, formul la siguiente pregunta, con recia voz de bajo profundo: --Quin tiene las _tripas_ de Antonio Rodrguez? Los oficiales, al oir la voz del Jefe, suspendieron su tarea y se miraron unos otros. --Qu ha dicho?--pregunt en voz baja el ms joven de ellos, llamado Gutirrez, su compaero Martnez, que estaba sentado ante una mesa frontera la suya. --Pregunta por las _tripas_ de no s quin--respondi el interpelado. Como quiera que el Jefe no obtuviese respuesta su pregunta, apareci en la puertecilla de comunicacin, con los antes citados papeles, formulndola de nuevo: --He preguntado, que quin tiene las _tripas_ de Antonio Rodrguez. --T, Pepe, no las tienes? --No, hombre, no; yo qu voy tener! --A que resulta que no las tiene nadie--refunfua el Jefe. --Yo no las tengo--vuelve repetir Pepe--; se las di Jacinto hace cinco das... T, Jacinto, t las tienes. --Ah! s, es verdad--replic el llamado Jacinto--; aqu las tengo, en el cajn. --Vamos... vamos--dice el Jefe, malhumorado por la tardanza en encontrar las susodichas _tripas_--. En qu estar usted pensando... En escribir algn cuentecito de esos que le ponen uno la carne de gallina!... Ni s cmo le admiten ninguno! Un coro de carcajadas sigui las palabras del Jefe. Jacinto, abochornado y corrido, buscaba en los cajones de la mesa los malditos documentos que constituan las _tripas_ del expediente de Antonio Rodrguez. --Tome usted--dijo el Jefe, echando los papeles que tena en la mano, sobre la mesa de Jacinto--. Csale usted la _cabeza_ y la nota, y tngalo listo para bajarlo luego la firma. Pero tenga usted cuidado, no vaya coser algn cuentecito de esos tan distrados, entre las _tripas_. Nueva explosin de risa, que fu en aumento al salir el Jefe, y que se prolong largo rato, aumentando el azoramiento de Jacinto. Al fin, ste, queriendo disimular, hubo de decir: --Qu barbaridad!... A ver si es que nos vamos reir todos! De tal modo di entender con la entonacin de sus palabras lo corrido que se hallaba, que las risas llegaron su colmo. Jacinto, de un humor rematado, doblaba los documentos que, por fin, haba encontrado, en forma adecuada para ser cosidos con el expediente. Cuando la hilaridad di lugar las palabras, dijo Gutirrez: --No te enfades, Jacinto... --No te enfades!--murmur ste--. Os creeris que voy servir de mono. --Pero si es que el Jefe tiene razn; si es que escribes cada cosa que le pones cualquiera los pelos de punta. --Pues no las leas! Nuevas carcajadas estallaron en el Negociado. --Si escribieras cosas cmicas, veras cmo ganabas ms. --Para escribir cosas cmicas estoy yo! Es que t te figuras que con 6.000 reales de sueldo, mujer y tres hijos, se pueden escribir cosas cmicas? --Anda se...--dice Pepe terciando en el dilogo--. Lo menos te has figurado t que los dems no tenemos familia... Bueno! --Yo no te digo que tengas familia que dejes de tenerla; lo que yo te digo es que cuando se llega casa y se ve lo que se ve... no se puede tener humor de escribir cosas cmicas. --Toma... toma...! Y me quieres decir m qu adelantas con ponerte fnebre? A mal tiempo, buena cara! Que te hace falta una cosa y no la puedes comprar? Pues te pasas sin ella! --Eso... eso...--grita Gutirrez.--Mira, m me haca falta haber comprado una cajetilla cuando he venido esta maana... --Y m tambin me haba hecho falta que la hubieras comprado--aadi vivamente Martnez--; as no te hubieras fumado los pocos pitillos que me quedaban. --No te apures, hombre, no te apures por eso... Oye, t, Pepe... echa un pitillo, que ste no tiene... y yo no he podido comprar... --Oye, t--contesta Pepe, remedando el tonillo de Gutirrez--: cuando uno le hace falta una cosa... y no la puede comprar, ya sabes lo que acabo de decir: se pasa uno sin ella. --Bueno, Pepito; pero antes se cuenta con los amigos... como t. --S, eh? Pues desde este momento puedes romper las amistades. --Vamos, no seas as, Pepe... Si ya sabemos que t eres un hormiguita que te llega el tabaco hasta fin de mes... Danos uno que sea gordo, y haremos dos. Me parece que no podemos hacer ms...! --Toma... ah tienes--dijo Pepe, tirando dos pitillos por el aire--; pero despdete, eh? despdete. Los dems protestan airadamente, y Pepe no tiene ms remedio que echar una ronda; lo cual le pone de un humor de todos los demonios. --Lo que es maana, como no os fumis los mangos de pluma... --Calla, burgus; no gruas. Jacinto, sin despegar los labios, y contento porque el giro de la conversacin se hubiera desviado de su persona, daba fin al cosido del expediente. --Verdaderamente, y yo lo declaro as,--dijo Montalbo, el oficial de ms categora del Negociado, que no haba despegado los labios hasta la fecha--, es deprimente para nosotros y es vergonzoso para el Estado, que unos funcionarios pblicos, como nosotros, no tengamos para fumar el da 26 de mes; porque yo, sin rubor lo manifiesto, tampoco tengo tabaco. --No tendrs tabaco, pero bien chupas--agrega Pepe, que tiene clavada en el corazn la ronda de pitillos. --Es vergonzoso que no tengamos para fumar. --Para fumar... eh?--mascull Jacinto... --Cllate t, Jacinto, y no nos amargues la vida--vocifera Gutirrez. --Sigue, sigue, Montalbo--exclama Martnez. --Deca que es deprimente para nosotros y para el Estado... Se oyen murmullos de aprobacin. --El Estado os va dar chocolate en la oficina--interrumpe Pepe con un tonillo socarrn que promueve un diluvio de protestas: --Que se calle. --Eso, cllate t, Pepe. --Bien se conoce que t te ganas otro sueldo por las tardes. --Y por qu no os las buscis vosotros tambin? Gutirrez, ponindose en pie y dando un puetazo sobre la mesa, increpa su compaero: --Ya nos las buscamos; pero no nos las encontramos! --Muy bien--ruge Martnez estrechando la mano de Gutirrez. --Que hable Montalbo--se atreve decir Bermdez, que, tmido como una alondra, no habla nunca, y se limita formar coro con los dems. --Yo, seores, pondra remedio todo esto de una manera muy sencilla--perora Montalbo con voz reposada. --Que lo ponga! --S seor, que lo ponga--dicen Gutirrez y Martnez, la vez. --Pues s seor que lo pondra... si me dejaran. Me queris m decir para qu nos deja el Estado las tardes libres? --Para que nos las busquemos. No has odo Pepe?--contesta Gutirrez. --O para que tengamos tiempo de elegir la forma mejor de suicidio--aade su compaero. --Pues yo hara una cosa muy sencilla: En este Negociado somos seis empleados no es verdad? Pues yo dejara tres, los hara venir por maana y tarde, y les dara doble sueldo... eh?... Qu tal? --Muy bien--contestan todos. --Bueno; pero t seras de los tres que se fueran eh?--pregunta Gutirrez. El Jefe, entrando en su despacho por la puertecilla particular, que daba un pasillo, puso trmino la pintoresca conversacin que sostenan los oficiales, y ya no se escuch en el despacho de stos ms que el rasguear de las plumas sobre el papel. Gutirrez y Martnez fueron los nicos que siguieron hablando, en voz baja, pues sabido era que no podan callar en toda la maana. El sol, filtrndose penosamente por los no muy limpios cristales de dos ventanas que un estrecho y negro patio tena el Negociado, pugnaba intilmente por llevar un poco de luz y de alegra al interior de aquella lbrega y pequea habitacin. Cada empleado tena junto su mesa un viejo perchero con dos colgadores: en el inferior colgaban las capas gabanes; en el superior, los sombreros. Aquellas prendas, en su mayora viejas, colgando escurridas y lacias, daban la triste sensacin de cuerpos all ajusticiados. Jacinto, que hora es ya de que fijemos su personalidad, era un muchacho de veinticinco aos, hijo de unos labradores ni mal ni bien acomodados, de la provincia de Cceres. Don Lesmes, el intrpido D. Lesmes, el representante de la instruccin en el pueblo, tom su cargo al muchacho, en sus tempranos aos, y, tras de las primeras letras, ensele la instruccin primaria; dndose el caso estupendo de que el chico, cuando la termin, saba escribir con ortografa y era propietario de una letra muy decentita. Terminada la primera enseanza, entr el cura en funciones; porque todas luces se vea que Jacinto iba para algo ms que para labrador. Empez, pues, la enseanza del latn, que corri por cuenta del cura, encargndose Don Lesmes de la Geografa y de la Historia de Espaa. Era el muchacho listo y despabilado, y pronto lleg al fondo de aquellos dos pozos de ciencia que se llamaban cura y maestro. Y qu hacer entonces con un muchacho que no se haba encallecido las manos con la mancera del arado; que dominaba el latn mejor que el cura; que se saba de corrido todos los ros de la tierra, con ser tantos; que conoca los puertos de todas las naciones mejor que las casas del pueblo donde haba chicas guapas? Qu hacer con una criatura que, con slo diez y seis aos, conoca fondo quin fu Carlos V y quin Felipe II; que saba que Enrique I lo mat una teja que cay de un tejado... y que Carlos IV se la pegaba su mujer... como si fuera un Carlos cualquiera sin numerar? Pues como quiera que el mandarlo Madrid para que estudiara ms era un dolor--con lo que ya tena en la cabeza!--, y cmo, adems, este gasto fuera demasiado grande para que pudiera resistirlo el presupuesto de la casa, se acord que lo que hacerse deba era proporcionarle un destino en la corte. El cuerpo electoral, en masa, que ya saba lo que Jacinto vala, tom su cargo lo del destino; y el destino se consigui, porque el diputado no tuvo ms remedio que escoger entre el destino para Jacinto, no volver salir diputado por aquella circunscripcin; y fcil es comprender que no hay diputado que opte por lo segundo. Fu, pues, Jacinto Madrid con un destino, para empezar, de 1.500 pesetas en Gobernacin. A Jacinto, al principio, le pareci este sueldo una fortuna; mas poco tard en comprender que aquellos veintids duros y medio que le daban todos los meses, no servan para otra cosa que para pasar apuros y privaciones; apuros y privaciones que se iban remediando con alguna cosilla que, de cuando en cuando, le mandaban los padres. El joven oficinista, quien no agradaba que los padres tuvieran que hacer aquellos pequeos desembolsos, pens en encontrar un remedio para sus apuros, y, al fin, di con l: resolvi casarse. Muchsimas veces haba odo decir que en la vida ordenada y tranquila del matrimonio se gasta mucho menos que en el desarreglo de la soltera. No le pareca l muy lgico esto; pero tanto y tanto oa repetir que con lo que gasta un hombre soltero vive una familia, que decidi constituirla. A los padres les pareci de perlas el proyecto, por aquello de que un muchacho solo, en Madrid, est expuesto muchos peligros. Jacinto, hecho ya un seorito, ni pens siquiera en alguna honrada muchacha de su pueblo, donde ms de una haba que le habra convenido; tampoco pens en que no estara de ms que la que eligiera por esposa en Madrid, llevara alguna cosilla al matrimonio; as es que, guindose slo de sus sentimientos, se cas con Claudia, bonita muchacha que posea bellas cualidades en muy alto grado, pero nada ms; lo cual, que si no es poco, ni mucho menos, no es lo bastante para que un matrimonio salga adelante. Al principio todo fu bien, porque el matrimonio viva con la mayor economa; y, aunque bien vean que no podan extralimitarse en lo ms mnimo, eran felices con su cario. Vino un chico, que antes viene esto en el matrimonio que cinco mil duros, y la alegra ms grande llen aquel modesto hogar; un chico no era ninguno, y cumpla el ardiente deseo de los padres. Pero es el caso que detrs vino el segundo... y dos ya son uno; y vino luego el tercero y con ste ya empez cambiar el aspecto de la casa: empezaron los apuros y las privaciones en el ms alto grado. La pobre Claudia no poda hacer ms milagros que los que haca con los veintids duros y medio. Jacinto, cada da se volva ms taciturno. Es que tu mujer no ser arreglada--le decan los compaeros casados de la oficina--. Y l pensaba: Mi mujer no ser arreglada, pero lo que es _arreglada_, vaya si la est la pobre.--Pero no, no era eso. Qu desarreglo poda haber con aquella miserable paga? Lo que suceda es que la infeliz seora no poda, no tena poder para hacer el milagro de los panes y los peces. Se trat primero, para ver de salirle al encuentro la mala situacin que se presentaba, de conseguir un ascenso para Jacinto; pero el diputado puso pies en pared y agarrndose al escalafn, dijo que no era posible saltar por encima de tanta gente. Se pens despus en hallar una segunda colocacin; pero... s... s...! buenas estaban las segundas colocaciones! Jacinto recurri al ltimo extremo, al que recurre la inmensa mayora de los espaoles, siquiera los resultados sean nulos en la mayora de los casos: escribi un cuentecito para un peridico; y, si bien no puede decirse que estaba mal escrito, s puede decirse que lo public... gratis. No obstante, algunos ms escribi, que consigui publicar y hasta cobrar; pero esto era tan de tarde en tarde, que nada pudo mejorar la situacin de la familia. Jacinto lleg preocuparse seriamente de la existencia de aquellos tres angelitos, que cada da le iba pareciendo ms problemtica. Su nimo empez ensombrecerse y su persona tom el aspecto tristn y retrado con que le hemos conocido. Sus cuentos llegaron ser verdaderamente espeluznantes. II Cuando Jacinto sali de la oficina, iba pensando en las palabras de sus compaeros. Que escriba artculos cmicos! Pero, es posible escribir artculos cmicos llevando una tragedia por dentro? Ser yo una excepcin de la regla? Estar yo preocupado sin motivo? Porque la verdad es que mis compaeros no debe sobrarles, y, sin embargo, ellos ren, estn contentos y, al parecer, son felices. Gutirrez tiene mujer y dos chicos; tiene el mismo sueldo que yo, y, que se sepa, los padres de ella, ya que l no los tiene, no le ayudan con nada. No obstante esto, difcil es encontrar un ser ms alegre. Ser que no le preocupen las estrecheces de su casa? No; lo que es, ya lo han dicho bien claro: mal tiempo, buena cara. Y tienen razn, qu caramba! Qu se adelanta con ponerse fnebre? Nada! El buen Jacinto, caminando hacia su casa, se haca todas estas reflexiones para convencerse s mismo de que sus compaeros tenan razn. S; es preciso estar alegre--se deca argumentndose an--; es preciso reir: la risa es al alma, lo que la ropa al cuerpo: hay que presentarse de un modo agradable, aunque por dentro se vaya hecho una lstima. A la gente alegre todo el mundo la busca y en todas partes es bien recibida. De tal manera se argument Jacinto, para convencerse de lo infundado de sus tristezas, que casi empez sentirse contento. Que escribiera artculos cmicos? Pues s seor que los escribira! Y no iba tardar mucho: aquella misma tarde, en cuanto almorzara, se pona escribir el primero. Que no tena asunto?... De sobra! Con que contara lo que pasaba en su casa, figurando que suceda en casa de un Fulano cualquiera, haba veinte artculos. Slo con relatar que una vez se le ocurri pesar sus tres hijos juntos, y se encontr con que entre los tres reunan 16 kilos de peso, haba para hartarse de reir. Pues, y si contaba las batallas campales que los chicos sostenan con el gato para quitarle los cinco cntimos de cordilla? Pobrecillos!... Aquel pobre gato cuyo espinazo era un serrucho--_tal era su gordura_--con el que se poda serrar toda la madera del mundo, era una verdadera ruina en la casa, con sus cinco cntimos diarios de gasto; porque, sobras en los platos... Dios las diera! Diversas veces haba querido Claudia regalrselo la portera; pero hablarse de esto y tirarse los tres chicos al suelo, berreando como desesperados, todo era uno. En vano les deca su madre que el animalito estara ms distrado en la portera, por aquello de que podra asomarse la calle ver la gente. Todo razonamiento era intil. Adems, que, quin les negaba aquel gusto los pobres nenes? Era tan raro poderles dar alguno! De tal peso fueron las razones que Jacinto se di, que cuando lleg su casa iba tan alegre, que ni l mismo se conoca. Cuando Claudia abri la puerta y le vi con aquel semblante tan placentero, qued muy sorprendida. --Qu te pasa, que vienes tan contento? --Que estoy muy alegre. No lo ves? --S; s que lo veo... Pero por qu ests tan alegre? --Porque ese, y no otro, es el estado natural del hombre; porque as es como se debe estar siempre: alegre, contento, satisfecho de la vida y de haber nacido. T tambin debes estar contenta. --No, por Dios; no me pidas que yo est contenta! --Por qu no? --Porque has de saber que, ya que era poco lo que tenamos encima, Luisito se ha puesto muy malito esta maana, poco de irte t la oficina. --Qu tiene?--pregunt Jacinto, sobresaltado. --No lo s--respondi Claudia, dejando correr las lgrimas, que, segn brotaban, iba enjugando con la punta de su delantalito. --Pues yo s lo s: lo que tiene Luisito es un empacho de tristeza. Y Jacinto, al decir esto, tir para la alcoba donde estaba el nio. Los dos mayorcitos haban ido ya al colegio. --Qu es eso, hombre?...--pregunt Jacinto al nio, acariciando su rubia cabecita. El nio, revolvindose en su camita, contest con un monoslabo que daba bien claro entender las pocas ganas que tena de conversacin. --He mandado la portera que vaya casa del mdico y que le diga que venga cuanto antes--suspir Claudia. --Has hecho muy bien. --S; pero ya ves, ahora ese gasto... --No te apures, mujer: los mdicos son unas bellas personas que esperan todo lo que se quiera para cobrar. Ah! si se pudiera avisar que trajeran un jamn, con la misma facilidad con que se avisa al mdico... Claudia, en medio de sus lloriqueos, no pudo menos de echarse reir al oir su marido. --Qu has hecho para ponerte de tan buen humor? --Nada, hija ma, nada: argumentarme, darme razones para convencerme de que el estado de funerario ambulante no me llevaba ningn lado bueno; y tantas, y tan buenas, me las he dado, que me convenc, y aqu me tienes... T debes hacer igual, te lo repito. --Cmo quieres que me ponga contenta, hombre, viendo lo que pasa! --Qu pasa?... Nada! --Te parece poco este gasto del mdico, siendo as que el mes que viene quera yo ver de arreglrmelas para comprarles botitas Paquito y Carlos, porque los pobrecitos casi van descalzos? --Pues se les compran: ya te he dicho que los mdicos aguardan mucho... --Y la botica? --La botica?... La botica... Pues mira, en ltimo caso, si no se pueden comprar el mes que viene... no se compran! Se las vas comprar con ponerte triste? La campanilla de la escalera, al sonar, impidi oir la respuesta de Claudia; sta, precipitadamente, pensando, con razn, que quien llamaba era el mdico, corri abrir la puerta. El doctor era, en efecto. Entr en la alcoba del nio, seguido de los padres, y tras de algunas preguntas stos, reconoci al enfermito detenidamente. Cuando hubo terminado el reconocimiento, salieron la habitacin contigua. --No hay que alarmarse, pero hay que tener mucho cuidado: el nio no tiene nada y tiene mucho--dijo el galeno.--El nio necesita una buena alimentacin: mucha leche, caldos de gallina y yemas de huevo para fortalecerle; despus, este verano, Santander, al Sardinero un par de meses, y... chico nuevo. Si me permite, voy poner una receta y adems el nombre de un reconstituyente que nos ayude un poco... El mdico tom asiento ante la mesa de Jacinto; ste y Claudia se miraban mientras el doctor escriba. Lo que haba dicho aquel hombre les haba paralizado la lengua. Extendida que fu la frmula, el doctor se despidi, advirtiendo que el tratamiento deba empezar en seguida; que l volvera al da siguiente. Cuando el doctor sali, Jacinto y Claudia, junto la misma puerta de la escalera, quedaron mirndose sin hablar un buen rato. --Leche... caldos... huevos... un reconstituyente... --Y este verano al Sardinero!--dijo Jacinto, continuando la relacin empezada por su esposa. --Todava ests alegre, Jacinto? ste, que al oir al mdico haba sentido que toda su alegra se le iba por los talones, al oir Claudia, y al verla prxima desfallecer, se rehizo, pensando que era preciso disimular para darla alientos, y dijo: --S, s; todava estoy alegre... y lo estar. Por qu no? Al nio se le dar leche, caldos, huevos... y reconstituyente; todo lo que sea necesario... --Pero con qu, Jacinto, con qu? --Con qu? No lo s, pero se le dar. Comeremos patatas, pan... duro; no comeremos! Mis padres, tal vez puedan hacer algo para ayudarnos... --Y mientras llega ese socorro... si llega? Ya has odo que el tratamiento ha de empezar en seguida. --Ahora mismo. Trae dinero, que voy la botica; y de paso le dir la portera que suba para que te traiga lo que necesites. --Dinero!!--murmur Claudia. Jacinto, al oir su mujer, sinti que la espalda se le quedaba como el hielo, y que los pelos se le ponan de punta. --No tienes?--pregunt conteniendo la angustia que senta. --A duras penas quedar para los cuatro das que faltan del mes. Jacinto qued con la cabeza inclinada sobre el pecho. No pensaba en su hijo, no pensaba en aquel grave contratiempo de no tener dinero: pensaba en lo que le haban dicho sus compaeros; pareca que los estaba oyendo:--Escribe artculos cmicos, hombre; escribe artculos cmicos. Cuando volvi la realidad, Claudia no no estaba all; pero poco tard en volver con un estuche en la mano. --Toma, Jacinto--dijo con la voz velada por la ms honda emocin. --Qu es eso? --Toma!--volvi repetir Claudia, cubrindose la cara con el delantalillo. --Tu pulsera de pedida!--exclam Jacinto cogiendo el estuche y abrindolo. --Qu le vamos hacer; es la nica alhaja que tenemos para empear. Llvala al Monte de Piedad; all llevan pocos rditos y estar mejor guardada. Jacinto guard el estuche en un bolsillo de su americana; acercse Claudia, y rodendola con los brazos, la estrech fuertemente contra su pecho y estamp un beso en su frente. --Anda, no te detengas, Jacinto, que el nio espera. III Apenas Jacinto se vi en la calle, solt un formidable resoplido que ensanch su corazn. Enfil la calle de Fuencarral, paso ligero; metise por la de Jacometrezo, atraves la plaza del Callao y, por el postigo de San Martn, desemboc en la plaza de las Descalzas. Al llegar all, su paso, antes rpido, se hizo tan lento, que frente la estatua de Piquer se detuvo. Di otro resoplido, semejante al anterior, y quedse mirando al ilustre fundador del piadoso establecimiento. --Francisco Piquer, yo te saludo--dijo Jacinto descubrindose--. Perdona que no lo haya hecho antes; pero mejor que yo sabes t, que nadie se acuerda de Santa Brbara hasta que truena. Aqu, donde todo el mundo conoce el nombre de Soriano, de Lerroux y otros, sin olvidar Melquiades lvarez, son pocos los que conocen el tuyo. En qu piensas, en qu meditas, ilustre bienhechor de los madrileos? Es que el escultor que te retrat te di esa actitud queriendo representar que meditas tu grande obra, es que pens en simbolizar as la actitud de media humanidad? No lo s; pero vive Dios! que el tal acert. Con el dedo en la frente nos pasamos la vida la inmensa mayora de los mortales; pero nada sacamos en limpio, y raro es el que no tiene que acudir lo que t sacaste de la tuya. T pensaste en los desvalidos, y stos, aunque no piensan en ti para nada, ni saben cmo te llamas, acuden recibir de tu obra el modesto prstamo que, momentneamente, enjuga sus lgrimas: con esto les basta. Pero es lo que t dirs: Qu me importa que ellos no sepan cmo me llamo yo, si yo s cmo se llaman ellos? Doscientas veces habr pasado por aqu, y otras tantas he cometido la ingratitud de no fijarme en ti; lo cual no debe extraarte, porque en este mundo, bien sabes que nadie se fija ms que en aquel que puede servir de algo; y yo, dicho sea con franqueza, no cre que nunca necesitara de ti para nada. Hoy me encuentro con que me haces falta, y aqu me tienes confesando mi error. Pero no creas que llego hasta ti acongojado y abatido, como otros, no; vengo pedirte unas pesetillas por esta pulsera, que me cost muchas privaciones poder comprar; pero vengo contento, alegre y con la esperanza de podrtelas devolver pronto. T crees que esto es motivo para entristecerme? Qui, hombre, qui! Mira t lo triste que yo estar, cuando en este momento estoy hilvanando un artculo cmico... que ya vers... ya vers. Adems, has de saber que tu obra caer pronto en ruinas; lo que tarden en llegar al Poder Soriano, Lerroux y otros... sin olvidar Melquiades lvarez, que nos tienen prometido formalmente hacer de Espaa y de los espaoles, el smbolo de la felicidad. A ti, Pontejos--dijo Jacinto, volvindose hacia la estatua del marqus,--ni te saludo, ni nada tengo que decirte, porque nunca te necesitar para nada. Jacinto, pensando que tal vez estaba llamando la atencin, interrumpi su monlogo, diciendo: --Vamos, hijo mo, vamos; los malos tragos, pasarlos pronto, y adems, que en casa te estn esperando. Y como si esta ltima reflexin diera nuevos bros su decada voluntad, avanz resueltamente hacia el benfico establecimiento. Cuando lleg frente la ventanilla del tasador, Jacinto, al pronto, se qued como petrificado; despus se puso sumamente encendido. Qu le haba sucedido ante aquella ventanilla, tras de la cual, un hombre alto y delgado, de mirar fro indiferente, esperaba que le alargaran la alhaja en cuestin? Aquel hombre alto y delgado era un empleado de la misma oficina de Jacinto, Negociado 4.; uno de los que _se las buscaban_ con otro empleo que, por ser por la tarde, era compatible con el del Estado. Saludronse rpidamente, pues el otro, fuerza de acostumbrado tales encuentros, era prudente; y tras del frotar en la piedra con la pulsera, de tal manera que Jacinto le pareca que le estaban frotando con lija en el corazn, y tras de probar con el cido la nobleza del metal, el de al lado de all de la ventanilla formul la frase sacramental: --Cuarenta pesetas. --Bueno... si... est bien--respondi Jacinto, que estaba deseando largarse de all cuanto antes. --Qu nombre...? --Nombre? Jacinto sinti que su cara se pona como la lumbre.--El caso es que la pulsera es de una vecina que est enferma... y..., pero pngalo usted al mo... --Es igual--replic el otro llenando un taln, con el que Jacinto tuvo que ir recorriendo ventanillas, que concluyeron de dar al traste con la poca serenidad que le quedaba. Cuando se vi en la calle con aquellas 40 pesetas que tantas angustias le costaron, di un tercer resoplido, que dej chiquititos los dos anteriores. Renegando de su suerte y de aquel maldito encuentro, dirigise precipitadamente, por la calle del Arenal, la Puerta del Sol; entr en un botica y compr lo recetado por el mdico; despus, en un Cuatro Caminos, por Fuencarral, fu su casa. Aquella noche, Jacinto oblig su esposa que se acostara, y l qued velando Luisn, para suministrarle la cucharada recetada, cada dos horas, combinada con la leche y los caldos. A la luz de un mal quinqu, pues en la casa no haba luz elctrica, que entonces costaba un ojo de la cara, porque las Compaas no se haban decidido darla _perdiendo dinero_, Jacinto prepar las cuartillas y se dispuso escribir su primer artculo cmico. _La ocasin era la ms propicia_: la quietud de la noche, el silencio, slo interrumpido por el dbil toser de alguno de los nios; la triste y amarillenta luz del quinqu, todo, en fin, era adecuado para poner el nimo de Jacinto _en condiciones_; y as debi ser, sin duda, por cuanto la pluma del pobre oficinista rasgueaba febrilmente, sin detenerse ni un instante, sobre el papel. Cuando por la maana tempranito se levant Claudia, lo encontr dormido, de bruces, sobre las cuartillas; despus de dar la ltima cucharada al nio, el sueo y el cansancio haban rendido al infeliz. Claudia, rodeando amorosamente con sus brazos el cuello de su marido, le di un apasionado beso, que le hizo despertar sobresaltado. --Acustate un poco; hasta la hora de la oficina puedes dormir tres horas--dijo Claudia con ternura. --Por qu no mandas recado de que no puedes ir? --No, no; para qu faltar; esta tarde dormir otro poco... Ah! pero no creas que le ha faltado nada al pequen sus horas... --Ya lo s--respondi Claudia, sonriendo tristemente. --No has dormido? Claudia respondi con un signo negativo de cabeza, y se fu hacia la cocina para preparar el desayuno Jacinto y los nios; ella, sin que Jacinto lo supiera, haca ya tiempo que no lo tomaba, para poder as aumentar las raciones de los dems. Al levantarse Jacinto, quedaron la vista las cuartillas; el artculo estaba terminado; sobre el satinado del papel veanse pequeos circulitos opacos... IV A los quince das fu publicado el artculo que Jacinto escribiera en su primera noche de escritor cmico. Cuando Martnez termin de leerlo, en alta voz para que todos los compaeros, incluso el Jefe, lo oyeran, el autor recibi una ovacin en toda regla. El Jefe, arrellanado en un silln, mova convulsivamente su enorme vientre impulso de la risa. --Eso, hombre, eso...--deca, entrecortadamente, mirando Jacinto.--ste, su vez, con una gran tristeza reflejada en el semblante, miraba todos y estaba como asustado ante aquella explosin de risa que haba causado su artculo. --Quin te ha cambiado chico?--dijo Pepe. --Si me lo dicen, no lo creo--agreg Gutirrez. --Hay que ver qu gracia tiene eso del encuentro con el compaero al ir empear la alhaja--refunfua el Jefe entre grandes carcajadas. --Y que eso es verdad, eh? Eso le sucede cualquiera. --Y lo de los chicos disputndole la cordilla al gato? Jacinto senta ganas de pegar, de morder todos aquellos que se rean de sus desdichas, bien que no supieran que eran suyas; senta una gran angustia que le ahogaba y ganas de llorar... de llorar mucho... Nunca hubiera credo que en la desgracia se pudiera aprender el difcil arte de hacer reir los dems. l, que nunca haba podido escribir nada cmico en sus tiempos de relativa felicidad, lo haba escrito cuando la amargura ms grande laceraba su corazn. Cuando sali de la oficina, le pareca que no llegaba nunca su casa; le tardaba el momento de verse en ella, de verse entre los suyos, entre aquellos nenes queridos y aquella dulce compaera, que no se rea de sus tristezas, sino que las comparta. V Pasaron das. Luisito no mejoraba gran cosa. Las cuarenta pesetas que dieron por la pulsera se acabaron; se acabaron las cincuenta que mandaron los padres de Jacinto, junto con una cariosa carta, en la que decan que, en cuanto el chico estuviera en condiciones, lo enviasen al pueblo; acabronse, en fin, tantas cosas, que no pareca sino que haba sonado la hora del Juicio final para aquella casa. Jacinto senta que le faltaba el valor para soportar _aquello_. Pens escribir algn otro artculo; pero esto era tan lento y produca tan poco, que no poda resolver nada por el momento. A tal punto lleg aquel estado, que un da ya no tuvo ms remedio que aceptar por bueno el nico camino que se abra ante sus ojos: empe la paga; total... nada: firmar mil pesetas por cuatrocientas, intereses _mdicos_, eso s. Aquella operacin, al pronto, di un respiro en la casa: se atendi con mayor holgura Luisn, y se compraron algunas cosas indispensables. Sin embargo, poco dur este comps de espera; y como enfermedad que remite para volver luego con ms mpetu, as volvieron los ahogos, con nuevas fuerzas y nuevos bros, la casa, pues, las escaseces ya habituales en ella, hubo que aadir la que originaba el tener que pagar aquellos _mdicos_ intereses, que restaban la quinta parte de la paga. Jacinto lleg dudar de lo divino y sentir desprecio por lo humano; su corazn, en el que la desgracia clavaba sus garras despiadadamente, empezaba manar sangre. Por primera vez pens que no deba haberse casado; que deba haber hecho lo que tantos otros que, despreciando los juicios de una sociedad que le da un hombre veintids duros y medio para que constituya un hogar, buscan por otros caminos, que ella llama inmorales, la satisfaccin de justos anhelos. Jacinto, que no fumaba para no gastar; Jacinto, que jams se permita la inocente distraccin de ir una noche al caf pasar un rato con los amigos, porque comprenda que aquellos dos reales hacan falta en su casa; Jacinto, que considerbase feliz con el amor de los suyos, sinti ganas de reir ante aquella avalancha que se le vena encima, ante la visin de aquella inhumana sociedad, creadora de muchos males y de pocos bienes, que caa sobre l aplastndole despiadadamente. El Destino, considerando que Jacinto estaba ya bastante entrenado en el sufrimiento, apret bruscamente el tornillo: Luisn empeor tan rpida inesperadamente, que el mdico lleg temer un desenlace funesto, si no se le sacaba de Madrid lo antes posible. Jacinto sinti agotarse sus energas y desvanecerse los restos de su entereza. El agua le llegaba al cuello y experiment verdadero terror al pensar que la salvacin se haca imposible. La situacin era de verdadero apuro: su paga, empeada; la casa, dos meses sin pagar; la tienda, no muy al corriente... y una falta absoluta de recursos, y, lo que era peor, de medios para arbitrarlos. Aquello era horrible! La pobre Claudia, imagen viviente y resignada del dolor, sufra en silencio, para no aumentar la pesadumbre de su esposo, y buscaba los rincones para desahogar su angustiado corazn, llorando sin que la vieran. Los hermanitos de Luisn, amedrentados por el triste ambiente que reinaba en la casa, iban y venan por ella como almas en pena, sin atreverse jugar, y si acaso lo hacan, en su adorable inocencia, metanse en el ltimo rincn de la casa para que no les rieran. Era preciso sacar Luisito de Madrid! Y cmo hacer esto? Cmo realizar aquel milagro indispensable? No obstante, era preciso, absolutamente preciso el realizarlo. Jacinto envejeci en un da, un ao. No tena amigos quienes pedir una cantidad como la que se precisaba; el prestamista se neg rotundamente ampliar el prstamo, porque la parte legal descontable no daba margen para ello. A quin recurrir? A los padres? Pero no era un crimen, un verdadero crimen, pedir los pobres viejos lo que no tenan para ellos mismos? Y, sin embargo, qu otro remedio quedaba? Jacinto, loco de dolor, desesperado... cogi la pluma y escribi; escribi una carta que era el llamamiento supremo de un sentenciado muerte, de un agonizante. Seis das horribles transcurrieron hasta que se recibi la contestacin Al fin lleg! Los padres de Jacinto respondan--qu padre no responder!--al supremo llamamiento de su hijo con un supremo sacrificio: la respuesta era un pliego de valores; el pliego contena el importe de una tierrecita, mal vendida, por la precipitacin, y una carta llena de trazos toscos y temblorosos, faltos de ortografa, pero llenos de amor y de ternura. Veniros con el chico inmediatamente, deca la carta en uno de sus ms torcidos renglones, que Jacinto y Claudia les pareci ser escalera que conduca la gloria. Jacinto sinti oprimrsele el corazn al leer aquella carta que rebosaba amor; Claudia murmur palabras que nadie oy, no ser Dios, por ir l dirigidas, y llor, llor mucho arrodillada ante la cuna de su hijo. Al da siguiente, Claudia y sus tres hijos salieron para el pueblo de los abuelos. Jacinto qued solo y con muy limitados recursos; pero esto era lo de menos, lo principal era que el chiquitn se salvara. Lleg la primera carta de Claudia. Para comprender la ansiedad con que Jacinto ley aquella carta, es preciso haber tenido un beb en trance de muerte; yo, por lo menos, renuncio describirla. Las noticias no eran malas: el nene, al parecer, con el cambio de aires, se haba reanimado algo; el mdico del pueblo no desesperaba de salvarle. Despus de estas noticias, qu poda importarle Jacinto el pasarse la mitad de los das sin comer para ir _estirando_ los recursos que le haban quedado? Nada! Aquel da fu para l un verdadero da de fiesta, y el principal festejo, la contestacin la carta de Claudia. Qu de palabras cariosas para todos; qu de besos para los chicos; qu prrafo para que lo leyera Luisn... que no saba leer!; qu de consejos Claudia para que no se dejara dominar por las pesadumbres; qu de conceptos para convencerla de que no se preocupara por l, que _nada le faltaba_, si no era ellos. La alegra que Jacinto experiment con la lectura de aquella carta, y el descubierto en que se hallaba con su estmago, incitronle darse aquella noche un _banquete_; as, pues, cosa de las ocho, metise en el caf de Levante, donde es fama que los dan grandes, y pidi un _beefteack_ con patatas. Jacinto, que haca ya mucho tiempo que no se vea _con una cosa semejante_ ante sus ojos, devor, ms bien que comi, aquella vianda; que no hay nada que excite tanto el apetito como la alegra. Aquella noche se meti en la cama, dispuesto dormir pierna suelta; no quera pensar, no quera sufrir, era preciso dar descanso al espritu, dando de mano las preocupaciones, aun cuando no fuera ms que por unas horas. Claudia sigui dando noticias diariamente del nio; noticias que, si no avanzaban en el sentido optimista, tampoco retrocedan al atroz pesimismo de los ltimos das de permanencia en Madrid. Jacinto contestaba cada dos tres das... _por mor de la franquicia_. La esperanza lleg germinar en el corazn del oficinista; mas, cuando sta echaba races ms hondas, una bomba vino estallar sobre el cerebro del pobre Jacinto, haciendo saltar los sesos, destrozando el corazn y desgarrando las carnes: la carta de aquel da, de Claudia, era una verdadera bomba. Luisito se muere, Jacinto mo, el nene se nos va todo escape--deca Claudia demostrando su dolor en lo tembloroso de su escritura.--El nene se nos va...--decan aquellos renglones, que parecan sollozar. Jacinto necesit leerlos veinte veces para convencerse de que lo escrito por Claudia quera decir eso... El nene se muere... el nene se nos va. Esta carta, recibida por Jacinto en la oficina, caus en todos los compaeros honda impresin. --Vyase usted hoy mismo--dijo el Jefe--, y no se preocupe de la vuelta; tmese los das que necesite. El permiso ya estaba; pero y el dinero para el viaje? Jacinto, como una exhalacin, dirigise en busca del habilitado; ste, enterado de lo que le ocurra Jacinto, se apresur facilitarle lo que peda: diez duros. El compaerismo es uno de los pocos instrumentos que, en el humano concierto, suele dar notas dulces y afinadas. Cuando el angustiado Jacinto lleg al pueblo, era tarde: el nene se haba ido ya. El pobrecito haba volado al cielo sin poder ver papa, por el que haba clamado incesantemente en sus ltimos momentos; su cuerpecito inmvil, rgido, plido como la cera, estaba all, encerrado en la cajita blanca, esperando los ltimos besos de _papa_; su almita, que haba salido de este mundo sin odios ni rencores, moraba ya en las regiones donde _los unos se aman los otros_... VI El tren corra con una velocidad espantosa; lo menos, as lo crea Jacinto, en su deseo de no llegar nunca Madrid. El matrimonio, con los dos nios, ocupaba un modesto departamento de tercera, el cual le ofreca la nica comodidad que poda ofrecer un cajn de madera: iban solos. Merced esta dichosa casualidad, se haban podido instalar desahogadamente. Los dos chiquitines, echados en opuesto sentido, ocupaban uno de los bancos, que el amor maternal haba procurado mullirles con algunas ropas; pero no eran ellos mozos que repararan en ciertas pequeeces y dorman pierna suelta, cubiertos ambos con una misma manta. Claudia, en uno de los extremos del banco opuesto, reclinaba la cabeza en la pared del coche, cuya dureza soportaba, merced le blandura que le proporcionaba su esplndida cabellera. Jacinto, en el otro extremo, daba vueltas y ms vueltas en su magn al pavoroso problema que ya llevaba planteado Madrid. Dentro de cinco das cobrara su paga; pero ella vendra sus manos mermada con el quinto del prestamista y los diez duros adelantados graciosamente por el habilitado. Con el resto, si es que resto poda llamarse lo que quedaba, haba que atender un sinfn de necesidades. Qu dira el casero, viendo que transcurra un mes ms sin pagarle? Jacinto sudaba copiosamente al pensar en este captulo... Para qu se empearon sus padres en que estudiara, en que fuera seorito? Por qu no le dejaron en el pueblo, entregado las faenas del campo, como su padre? Qu adelantaba l con saber, si ello no le serva ms que para sufrir? Llegaron Madrid, llegaron la silenciosa morada; corrieron los chicos en busca de sus juguetes, de sus cajas, de sus gorros de papel, de sus palitroques con cuerdas que hacan las veces de ltigos, y sus alegres vocecillas ahuyentaron las sombras, el silencio que reinaba en ella. Ya no se les rea porque jugaran; al contrario, los padres deseaban sus gritos, sus voces, sus carreras por el pasillo, sus lloriqueos, porque as les pareca ms risuea la vida. Descansaron aquel da sin contratiempo alguno; pero al siguiente, no bien se hubo levantado Jacinto para ir la oficina, la portera cay sobre ellos como maza de plomo que les machacara los crneos. El administrador haba estado, dejndole encargado que, cuando regresaran, les advirtiera que de no pagar, por lo menos, un mes de los atrasados, se procedera al desahucio. Jacinto sinti que el cielo se les desplomaba encima y le aplastaba. La portera, una buena mujer que quera mucho Claudia y los nios, viendo Jacinto tan apurado, se permiti darle un consejo. --El seorito--dijo--debe ir ver al propietario y hablar con l; tiene mejor corazn que el administrador, y quiz consiga un mes de plazo. Jacinto asi el consejo como tabla salvadora, y fuse la oficina, resuelto ponerlo en prctica al salir de ella. El recibimiento que le hicieron en la oficina fu por todo extremo carioso. Pepe dijo que el chico _ya no tena remedio y que, por lo tanto, haba que conformarse_: mal tiempo, buena cara. Las horas transcurrieron para Jacinto lenta y penosamente, oyendo aquellas frases de ritual. Quin les dira sus compaeros que l, Jacinto, tena que cometer la felona de olvidar al chiquitn para pensar en el enojoso asunto que tena que ventilar al salir de all? Lleg, por fin, el momento de abandonar aquel lbrego Negociado, y Jacinto, todo escape, sintiendo que el estmago se le suba la garganta, como el da que fu empear la pulsera, se encamin casa del propietario. Una doncellita de ojos alegres y vivarachos le introdujo en el despacho, dicindole que esperara... Terrible espera! Unos segundos despus, un caballero anciano, de rostro sonriente, penetr en la habitacin. A las primeras palabras de Jacinto diciendo quin era, el rostro del caballero se estir cuarta y media, adquiriendo una seriedad pavorosa. l no poda hacer nada en el asunto; su administrador era el encargado de todo lo concerniente las casas. Comprenda la crtica situacin en que se hallaba Jacinto; pero _eran tantos los que se hallaban en igualdad de circunstancias_... que, sintindolo mucho, no poda demorar ni un solo da el desahucio... Eran dos meses ya! Por aquel camino ira derechito la ruina, verse en el mismo estado en que se hallaba Jacinto, y eso...! Intiles fueron los ruegos y las splicas del pobre oficinista, que ya vea su mujer y sus hijos en la calle... Lentamente, limpindose el sudor que brotaba copiosamente de su frente, baj Jacinto las escaleras. En la puerta de la calle, detvose unos momentos; mir para arriba, para abajo, las casas de enfrente, como si se hallara en una ciudad desconocida, y, por fin, tom calle arriba con paso reposado, cual hombre feliz que pasea sus ocios. La espantosa crisis nerviosa que interiormente sacuda al infeliz dur algunos instantes; despus, su organismo, falto ya de energas, sufri un aplanamiento enorme; los nervios, que llegaron al mximum de tensin, amenazando romperse, aflojaron poco poco, dejando que se apoderara del cuerpo un enervamiento, una laxitud semejante al crepsculo del sueo. Jacinto, al llegar al final de la calle, se volvi mirar la casa de donde haba salido, como si quisiera fotografiarla en su memoria; despus reanud su marcha, hablando consigo mismo. --En verdad que hace falta cinismo--decase--para venir pedirle este pobre hombre que me esperara un mes... Pobrecillo! Pedirle un infeliz que no tiene ms que ocho casas una cosa as... es una infamia. Comprendo que al que no tiene ms que una, se le pida que espere, porque no va dar la casualidad que los cuatro inquilinos que tenga se vean en tan triste situacin; pero no un hombre que tiene ocho casas y ochenta inquilinos... Si todos les da por no pagar..., lo que l dice: la ruina! Pobre!--Suspendi Jacinto un momento su humorstico monlogo, para que no le oyeran unos que junto l pasaron, y despus lo reanud as: --Ah, Luisito, hijo mo: en verdad te digo que ahora pienso que has hecho bien en morirte! Qu desgracia tan grande para ti, si hubieras llegado ser hombre... y tener ocho casas...! Y qu desgracia tan horrible que hubieras tenido inquilinos como tu padre, que no puede pagar...! Me estremezco de horror al pensar que hubieras llegado tener ocho casas..., porque tu corazn hubiera tenido que llegar endurecerse como una piedra! El Seor te ha demostrado su particular afecto no dejndote llegar ser hombre, y llevndote consigo. Intercede, hijo mo, con l, por tus hermanitos y por tu pobre madre, porque yo... yo no s ya lo que podr hacer por ellos! Cuando Jacinto entr en su casa y Claudia supo lo ocurrido, hubo de exclamar, con angustiado acento: --Dios mo... qu poca caridad! --Poca?--replic Jacinto.--Poca, no: mucha, pero mal entendida. --Qu haremos, Jacinto, qu haremos! --Nada, hija ma, nada; no apurarse, sobre todo; mal tiempo buena cara, como dice mi compaero Pepe. Claudia movi la cabeza en son de duda y fuse hacia la alcoba. Jacinto, recorriendo el pasillo de una punta otra hablaba en alta voz, gesticulando la vez, como si discutiera con alguien. --Esto no es posible tomarlo en serio; no es posible dejarse llevar de la desesperacin... porque no es posible... no es posible! Esto que me pasa, fuerza de ser terrible, es cmico, s seor, esto es cmico. De pronto, dndose una sonora palmada en la coronilla, exclam: --Ya me haba yo olvidado de los sabios consejos de mis compaeros--: escribe artculos cmicos. Ya no me acordaba de la buena acogida que tuvo el primero. Esta misma noche escribo el segundo... Y que no estoy yo en punto de caramelo para escribir artculos cmicos! Y sigui paseando mientras hilvanaba su segundo artculo cmico. Claudia, entretanto, arrodillada junto al lecho, con las manos cruzadas, imploraba una imagen de Jess, colocada la cabecera. El Seor pareca contemplarla dulcemente y escuchar sus quejas. Caridad... caridad--parecan decirla sus amorosos ojos--; harto s yo, pobre mujer, que el amor y la caridad que prediqu, no se practica por mis ms fieles devotos. _Amaos los unos los otros_--dije--, y no parece sino que todos ponen especial empeo en destruirse. Les di una Ley para que se gobernaran, y ellos, creyndola insuficiente, no dejan de promulgarlas cientos, sin que logren otra cosa que entorpecer la existencia. Puse en la tierra todo lo necesario y lo superfluo para que el hombre viviera, obtenindolo con su trabajo, y he aqu que medio gnero humano perece por falta de lo ms indispensable. Cun grande es mi dolor al ver cmo deshonra mi obra el ser ms noble que yo cre. Muchos son los que me aman, muchos los que me adoran y reverencian; mas pocos sern los que, cuando la trompeta llame Juicio, puedan presentarse sin temor ante el Supremo Juez. Cuando Jacinto entr en la alcoba donde se hallaba Claudia, sta lloraba con gran congoja. Jacinto se apresur levantarla del suelo y prodigarla palabras llenas de dulces consuelos. --Todo se arreglar, Claudia; ten confianza en que todo se arreglar--deca el valeroso oficinista. Aquella noche, como en otra de antao, Jacinto escribi su segundo artculo cmico, que, en realidad, fu su primer artculo humorstico; un artculo humorstico de primer orden; al menos, as lo juzg el pblico, dispensndole una acogida entusiasta. Persever el humorista con nuevos artculos, que fueron igualmente bien acogidos. Sigui riendo, fustigando muchos de los primeros actores de la humana comedia, cuyos elevados puestos haban alcanzado sin que se supiera qu escala moral material les haba servido para lograrlo, y elogiando la labor y las grandes cualidades de muchos modestos racionistas y partiquinos. La sociedad que, como algunas hembras, ms ama quien ms la pega, lleg convertir Jacinto en su escritor favorito. La suerte, queriendo sin duda reirse de Jacinto y demostrarle que nadie ms humorista que ella, hizo que sus artculos fueran solicitados y casi... casi, bien pagados. El oficinista pudo llevar un relativo bienestar su casa. Cuntas veces pens el pobre humorista que aquella holgura no haba llegado tiempo de salvar al pobre Luisn! Pero... no sera el nene el que le mandaba aquel dinero que entonces ganaba, para que sus hermanitos se libraran de perecer de hambre como haba perecido l? Pobre Luisn! Lo que no pudo mandarle nunca su padre fu el vomitivo que le hiciera arrojar del corazn la materia que lo haba asqueado para siempre... Lo que le faltaba al to Un buen trecho llevaban andado por la mal llamada carretera to y sobrina, sin que se les oyera el metal de la voz, cuando ella, preciosa morena de diez y ocho aos, colgndose con ambas manos de uno de los brazos del to, dijo as, con tono zalamero: --Oye, to... --Qu quieres, sobrina? --Quisiera hablarte de una cosa... --Pues habla! Quin te lo impide? --Es que... vers... es una cosa un poco seria... Por qu pones esa cara de risa?... Es que yo no te puedo hablar de cosas serias? --S, chiquilla... por qu no? Tus diez y ocho aos no son muy propsito que digamos para tener cosas serias de que tratar; pero valga, en cambio, que, pesar de ser tan joven, eres muchacha de talento, y, por lo tanto... quin sabe las cosas serias que se te pueden ocurrir en tus pocos aos! Y al mismo tiempo que as hablaba, Don Sebastin, que ste era el nombre del to, miraba amorosamente su sobrina, acaricindola las manos suavemente. --Gracias, to, por tus alabanzas. --No hay de qu, Clotilde. En el corazn, sales tu difunto padre, mi pobre hermano, que en gloria est. --Vamos, quieres dejarte ya de floreos? --Carcter alegre, sano juicio, gran bondad de corazn, tacto exquisito para tratar las gentes... --Me vas dejar hablar? s no? --Habla todo lo que quieras; ya sabes que yo no hago ms que todo lo que t quieres. --Todo lo que yo quiero, no; no seas embustero, to. Si t hicieras lo que yo quiero, no estaras siempre tan tristn; la ta y t no estarais siempre como estis, en perpetuo desacuerdo; no pensara el uno negro cuando el otro piensa blanco. Qu mayor felicidad que estar en buena armona y pensar del mismo modo que la persona con quien hemos de vivir siempre? --Tienes razn, hija ma! Qu mayor felicidad que la de ver pensar y sentir igual que nosotros la persona que ha de vivir nuestro lado toda la vida? No pas inadvertido para Clotilde el cambio de lugar de las personas en el mismo pensamiento; pero nada dijo. Callaron un momento ambos interlocutores. El afable semblante de D. Sebastin, cuyo pelo y bigote entrecanos dejaban sospechar que su edad podra ser como de unos cuarenta aos, pareci ensombrecerse ligeramente. Clotilde mirbale disimuladamente y pudo observar aquel pequeo cambio en el semblante de su to. La carretera, que en aquel lugar era casi calle, por tener bastantes edificaciones en ambos lados, hallbase en aquel momento bastante animada. Un tranva elctrico circulaba por el lado derecho, llenando de polvo los peatones y poniendo en comunicacin Madrid con aquella barriada que, como todas las de la capital, era fea, sucia y polvorienta. En los solares donde aun no se haban edificado hotelitos, haba campos de trigo y de cebada, segados ya y que ostentaban el amarillento rastrojo. --T no eres feliz, to; algo te falta para serlo, que yo no s lo que es--dijo Clotilde adelantando un poco la cara para mirar D. Sebastin. --Por qu no he de serlo, chiquilla? Tenemos salud, tenemos un mediano pasar; tu ta... es buena... --S; pero t siempre ests pensativo, siempre con tus libros, con tu jardn...; casi nunca hablas, como no se te hable... --Qu quieres: cada cual tiene su modo de ser... Pero no se trata ahora de m. Volvamos al punto de partida de nuestra conversacin; arranquemos del momento mismo en que decas que tenas que hablarme de... --De una cosa muy seria--aadi Clotilde dando prueba de su tacto al no insistir sobre una conversacin que bien se vea que no era del agrado de D. Sebastin. --Pues mira, nia; si tan serio es lo que que tienes que decirme--respondi el to recobrando su tono jovial--, espera que lleguemos al recodito aquel de la carretera y nos sentaremos para no caerme del susto. Rieron to y sobrina, no sin que sta protestara del tono zumbn empleado por l, y llegado que hubieron al sitio indicado, tomaron asiento en el borde de la cuneta. Quitse el to su sombrero de paja, y pas el pauelo por su frente para limpiar el sudor que la empaaba. El mes de Julio tocaba su fin. La tarde declinaba; el sol haba traspuesto el horizonte, dejando ver solamente su rojo resplandor; una ligersima brisa arrancaba las flores de los diminutos jardines sus preciados perfumes. Don Sebastin esper que pasara un automvil con su ruido trepidante, y despus exclam: --Venga de ah. Vamos, qu aguardas? --Es que...--replic Clotilde ponindose algo colorada. --Sea lo que sea, habla. --Pero me prometes tomarlo en serio?--Y como viera que su to la miraba con cierta sorpresa, aadi vivamente:--No; si ya s que t me quieres mucho, tito; que todo lo que yo digo y hago, aunque sea lo peor del mundo, para ti es lo mejor; pero... --Vamos, chiquita, dme lo que sea, vas ponerme en cuidado--dijo D. Sebastin tomando entre sus manos una de Clotilde y revelando en su semblante alguna inquietud.--Qu cosa tan seria es esa que tienes que decirme? --Que tengo novio--exclam Clotilde bajando la vista y ponindose roja como una amapola. Don Sebastin, abriendo desmesuradamente los ojos, solt una sonora carcajada. --Ves como te res?--dijo Clotilde con infantil enfado. --Y qu quieres que haga, si lo que t llamas una cosa muy seria es la cosa ms divertida del mundo... y la ms lgica? --Es que no he concludo todava! --Que no has concludo!--dijo D. Sebastin suspendiendo la risa. --No. --Pues qu falta? --Lo principal: que mi novio quiere hablaros; quiere que formalicemos las relaciones... y que nos casemos muy pronto. --Mira t... mira t; eso ya es ms serio! --Eh?... Por qu no te res ahora? --Pero, desde cundo tienes t novio? --Pronto har ocho meses. --Ocho meses y tu ta no se haba enterado? --No; porque yo no quera que se enterara nadie hasta saber yo misma si mi novio era digno de llegar serlo oficialmente. --Ahora s que te digo que eres una chica de verdadero talento; tener novio ocho meses y no saberlo tu ta... porque me lo dices t lo creo! Bueno, y por qu no se lo dices ella todo eso? --Por nada... Es que como tiene ese modo de ser y esos prontos as, tan... pues he preferido decrtelo ti. --Eso; y que si hay voces... me las gane yo... verdad? --No, no; no es por eso; es que... vamos!, yo no s cmo decirte, to; es que contigo tengo ms confianza... Como t eres tan bueno para m! Sonri cariosamente D. Sebastin al oir su sobrina, la que adoraba como un padre. --Y despus de todo, por qu ha de haber voces? No es lo ms natural que t te cases, como se casan todas las muchachas que valen lo que t y menos tambin? --Cllate, to, cllate, que yo no valgo nada. --Bien, bien. Pero ahora, cuntame, dame detalles, dme quin es l, qu hace l, de dnde viene tu conocimiento con l... --Te lo voy contar todo. --Si te parece, emprenderemos el regreso; ya es casi de noche, y por el camino me lo puedes ir contando, eh? --S, s; no sea que la ta se enfade porque tardamos. Y en animado coloquio, to y sobrina emprendieron el regreso hacia la casa, no muy distante del lugar en que se hallaban. Clotilde haba conocido Felipe, que este era el nombre del novio, una tarde que fueron al teatro. l la sigui hasta casa; al da siguiente volvi y la tir una carta, cuando la vi en el jardn; ella le contest poniendo reparos; l volvi insistir, no dejando de ir una sola tarde; ante tal constancia, ella acept, en principio, las relaciones. No la pesaba haberlo hecho. Felipe no haba faltado ni una sola vez, pesar de la distancia y de lo molesto del camino; condicin mucho ms de apreciar por cuanto Felipe, que era comisionista, no paraba de andar en todo el da, y terminaba, como se suele decir, reventado. El muchacho era una joya: trabajador hasta un extremo verdaderamente exagerado, si es que en esto cabe exageracin; de un carcter apacible y bondadoso, no se enfadaba ms que cuando otro comisionista llegaba antes que l un comercio y le quitaba alguna _nota_; esto s, esto le sacaba de quicio completamente. Tena un amor por su profesin que rayaba en locura. Cuando llegaba, al atardecer, ver Clotilde por la verja del jardn, no saba hablar ms que de las operaciones que haba hecho en el da y de las que pensaba hacer en el siguiente. Donde haba una peseta que ganar, all caa Felipe como una bomba; y mal tenan que ponerse las cosas para que aquella peseta no pasara su bolsillo. En fin, Felipe era un muchacho que poda hacer feliz cualquier mujer. De tal modo elogi Clotilde su novio, que D. Sebastin hubo de exclamar: --De modo que t crees que Felipe tiene todas las condiciones necesarias para hacerte feliz? --Yo creo que s. Y ti qu te parece de lo que te he dicho? --A m... no me parece mal; pero has de tener en cuenta que yo no soy el que se ha de casar con l. Las palabras de D. Sebastin fueron recibidas por Clotilde con grandes risas. --Hija ma--continu diciendo D. Sebastin--, tanto los hombres como las mujeres, desde jovencillos, empezamos crear, all en nuestra imaginacin, en nuestra alma en nuestro corazn, que esto, punto fijo, no se sabe dnde se forma, un modelo de parte contraria, con arreglo nuestros gustos y deseos, y del cual decimos: _es mi tipo_. --Cierto! --T, sin duda alguna, tendrs tambin tu modelo creado; si tu novio se ajusta l, no debes dudar en casarte. --Y si no se ajusta? --En ese caso, t sabrs lo que le falta. --Pero es que encontrar el modelo completo, debe ser muy difcil; todos tendremos que hacer alguna concesin, to. --S, sin duda alguna, porque, por regla general, el tipo que nosotros imaginamos, como tontos, es de lo ms perfecto que puede darse; y sabido es que lo perfecto no existe. Hay, pues, que hacer concesiones; pero hay que ver cules sean stas, porque las concesiones son siempre peligrosas. T piensa bien si las que tengas que hacer en obsequio de tu novio no han de ir en detrimento de tu dicha, porque yo, en calidad de to, , mejor an, de padre tuyo, slo puedo pedirle que sea bueno, honrado y trabajador; y estas condiciones, segn t, las tiene. La noche se echaba encima por momentos, y to y sobrina, sin suspender el coloquio, hubieron de apresurar el paso para no incurrir en las iras de la ta, llegando tarde cenar. II --Ests oyendo, Micaela? --Qu... seora? --Qu! No ests oyendo que dan las ocho? --Lo dice usted por los seoritos? Ya deben estar al llegar. --Asmate, mujer, asmate, que me estoy consumiendo la sangre. Asomse Micaela, como la seora la mandaba, la ventana de la cocina, que daba la carretera. --Vienen? --No veo nadie, seora. --No, si estarn tan tranquilos. Mi marido, como hoy no se ha podido sentar bajo la acacia, segn costumbre, para ver ponerse el Sol, estar sentado en cualquier parte viendo salir las estrellas; y la pnfila de su sobrina, mientras tanto, estar haciendo el programa de las _latas_ que van tocar esta noche. Pero qu haces ah soplando y consumiendo la lumbre? --Seorita, estoy calentando el aceite para freir la carne. --Cmo quieres freir la carne sin que estn aqu? Buena andara la cocina como te dejaran ti sola...! Y buena andara mi paciencia, si Dios no me la aumentara diario! --Ver usted como no tardan ni cinco minutos. Bueno es el seor para no sentarse la mesa su hora! --S: cuando est en casa, muchas prisas y mucha puntualidad...; pero cuando no... Y luego tiene una mal genio... y no deja vivir nadie...! Arrima ese puchero la lumbre, mujer; no se te ocurre nada... Ay, qu cabezas ms descansadas...! As ya se puede llegar viejo, ya...! Adele agua: no ves que se ha consumido ya la mitad fuerza de estar cuece que te cuece? --Si por eso lo apart, seorita. El repiqueteo de la campanilla de la puerta del hotel cort el dilogo que sostenan ama y criada. --Ya estn ah... Lo ve usted, seorita? --S..., s... Pero echa la carne en la sartn y sopla, mujer, sopla; parece que te ests muriendo. Que son la campanilla de la puerta del hotel hemos dicho, y lo mantenemos, porque hotel era la vivienda que albergaba D. Sebastin y familia. Situado en las afueras de Madrid, en una de esas barriadas que llegan formar verdaderos pueblos, con todos los inconvenientes de estos y sin ninguna de las ventajas de la capital, cuyas puertas se hallan, no era ni mejor ni peor que otros que le rodeaban. Se compona de dos pisos, con tres huecos por fachada; tres de stas, ya que la cuarta daba la carretera, estaban rodeadas por una regular extensin de terreno, en la que abundaban los rboles, de ya respetable ancianidad, que demostraban haber sido aquel hotel de los primeros que se construyeron en la barriada. Aquel terreno, que por la distribucin de los rboles daba bien claro entender que en sus tiempos fu todo, la mayor parte, jardn, se hallaba la sazn dividido en dos partes, de las cuales, la ms pequea, que formaba cuesta, era la destinada jardn; la otra era un inmenso corral. Habitaban el citado hotel, D. Sebastin y su seora, Doa Andrea, la que hemos visto en la cocina, en calidad de propietarios; Clotilde, la sobrina, en calidad de hija, que no era menor el cario que sus tos la tenan, y Micaela, en calidad de criada. Como seres irracionales moraban, en distintas partes del hotel: _Minn_, en calidad de gato, que, listo tena que ser el ratn que l se la diera; la _Careta_ y la _Nia_, en calidad de cabras, cuyo cargo corra el proveer de leche los habitantes racionales de la casa; y un nmero de gallinas que oscilaba entre 50 60, en calidad de buenas ponedoras, que por algo unas eran castellanas negras, y otras, cordobesas de pura raza. Cuando la diosa fortuna en forma de herencia, puso aquel hotel, con ms unos ocho diez mil duros, en manos del matrimonio, ste, reunido en sesin permanente, acord por mayora de votos el inmediato traslado de residencia. Es verdad que D. Sebastin tendra que tomarse la molestia de ir desde tan lejos la oficina, y que esto traera consigo el gasto del tranva; pero bien echadas las cuentas, y mujer era Doa Andrea capaz de echrselas al mismsimo lucero del alba, resultaba que, descontada la molestia de los diarios viajes, ni el gasto del tranva, ni algunos otros que tambin le seguan, alcanzaba los 15 duros que pagaban de casa; luego el traslado era conveniente. No era muy grande la cantidad que se ahorraban; pero unida sta al nuevo ingreso que habra con la renta del capital en efectivo, heredado, vena formar un total que llevaba el bienestar la casa de D. Sebastin. Comprendindolo as, ste, espritu poco apegado la corteza terrestre y muy dado vagar por las regiones imaginarias, pens en realizar alguno de sus ensueos. Propuso D. Sebastin que del dinero heredado, y puesto que no tenan hijos--Clotilde aun viva con su padre--, se separara una cantidad prudencial, cuatro cinco mil pesetas, y que se emplearan en hacer un viajecito para ver alguna de las muchas cosas que hay que ver en el mundo. Un viajecito Pars, bajar luego Italia, ver algo de Suiza. Hacindolo con economa, 5.000 pesetas podan dar mucho de s. Era muy triste morirse sin haber visto ms que Madrid, Soria, Cadalso de los Vidrios y Carabanchel Bajo. Ante semejante proposicin, Doa Andrea puso el grito en el cielo y afirm rotundamente que ella no se mova de Madrid por nada del mundo. Qu era lo que haba que ver en todos aquellos sitios? Nada. En Francia, en Italia y Suiza, no poda haber ni ms ni menos que en todas partes: casas, gentes, tierra, rboles, montaas... Y qu? Eso vala la pena de gastarse 1.000 duros, de ir pases donde ni le entienden uno, ni se les entiende ellos? Vala la pena de ir padecer molestias y contratiempos, pudiendo estar tan ricamente en su casa por muchsimo menos dinero? Ni ella hara _el primo_, ni consentira que su marido lo hiciera. Intiles fueron todas las reflexiones que D. Sebastin pudo hacerla; intiles cuantos argumentos le sugiri su imaginacin para convencerla. En vano se esforz D. Sebastin en hacerla ver que si la Naturaleza es una, no en todas partes se muestra igual; que si en todos los pases hay hombres y mujeres, no todos tienen los mismos usos y costumbres; que sus caracteres varan mucho de unos pases otros y que, efecto de esta diversidad de idiosincrasias, son las diferentes obras que ellos han realizado y realizan: todo fu predicar en desierto. Doa Andrea no hizo ms concesin que la de ir Gijn en el prximo verano, pasar quince das. A esta concesin respondi D. Sebastin que para ir Gijn, ms vala no ir ninguna parte. Resolvise, pues, que en vista de que no se iba ningn lado, lo conveniente era que se hicieran cuanto antes algunas obrillas de menor cuanta que el hotel necesitaba, para trasladarse en seguida y pasar ya el verano en la nueva morada. Don Sebastin, que slo aparentemente haba renunciado sus proyectados viajes, iba todas las tardes, despus de almorzar, inspeccionar las obras y meter prisa los operarios, que, si sus ojos trabajaban con mucha lentitud, los de Doa Andrea no hacan nada; tal era el deseo que ambos cnyuges tenan de hacer su traslado; y era la tal prisa, porque cada uno tena sus proyectos, como pronto veremos. Terminaron las obras, que bien saba Dios que no estaban en consonancia con el tiempo invertido!, segn Doa Andrea, y lleg el momento solemne de despedir la antigua casa. Aquel da, Doa Andrea no caba en s de gozo. No ver ms al casero! Cuando D. Sebastin se puso el gabn y el sombrero para ir cumplir tan importante misin, haba que oir Doa Andrea:--Le dices que nos vamos nuestro hotel; que ahora puede subir el piso todo lo que le d la gana, y no blanquearle la cocina ni al mismsimo Jesucristo que lo alquile; y que me alegrar que no le paguen los que vengan, y que traigan 20 chicos y perro. Don Sebastin tuvo que dar su palabra de honor de que todas esas cosas y otras muchas le dira al to aqul, que porque tena una casucha de mala muerte, se crea el duque de Medinaceli. Verificado el traslado, surgieron algunos disgustillos, motivo de los ocultos pensamientos en el matrimonio. Juraba y perjuraba Doa Andrea que el jardn era una _lata_, palabra sta muy usual en ella. Haca falta mucha agua, y no la haba; haca falta mucho trabajo, si quera tenerlo regularmente, y no era cosa de pagar un jardinero. Aseguraba D. Sebastin que su mujer tena ms razn que un santo; pero que era una cosa fuera de duda, que las flores son tan necesarias la vida como el comer, y que, en lo que respecta al trabajo, l hara de jardinero. Replicaba Doa Andrea que las flores eran muy bonitas para que se las cuidaran uno y no tener que hacer ms que olerlas, y que, por lo tanto, era muchsimo mejor dejar aquel terreno para las gallinas y las cabras que se haban de comprar. Contestaba Don Sebastin que l no se opona lo de las gallinas y las cabras; muy al contrario; que nadie ms que l le gustaban los huevos frescos y la leche pura, aunque la prefera de vacas; pero que por nada del mundo, ya que haba conseguido su sueo dorado de tener jardn, consentira que ste se destruyera. Al fin, y tras de una lucha encarnizada, vnose un acuerdo: hacer una divisin con tela metlica. Hzose as, pero pronto empez D. Sebastin sufrir y renegar de su mala estrella: las gallinas, incitadas por el verdor de las plantas, saltaban la divisin y se daban opparos banquetes con las flores, tan amorosamente cuidadas. Ante sus enrgicas protestas, Doa Andrea deca que ella no lo poda remediar. Se procedi una corta general de alas, y as pudo remediarse en gran parte el mal. No obstante, D. Sebastin, que tambin profesaba gran cario los bichos, los cuidaba y procuraba obsequiarlos de cuando en cuando, dndoles un banquete de verde. Otro disgusto surgi con la instalacin del despacho de D. Sebastin; la eleccin de habitacin di lugar otra batalla; pero al fin triunf el esposo, escogiendo una que daba al Medioda y que Doa Andrea quera destinar cuarto de plancha. El despacho que tena el hotel daba al norte, y D. Sebastin no quera fros ni tristezas. Instalse, pues, en la pieza citada y compr grandes estantes para sus libros, que produjeron una serie de palabras admirativas de Doa Andrea, interminable. --Pero si t no tienes libros para un estante y compras tres? Pero qu vas hacer con esos armatostes? Pero para qu quieres esos estorbos? --Para libros--replicaba calmosamente D. Sebastin. --Si no los tienes! --No tengo todos los que quisiera, porque no los he podido comprar; pero ahora los comprar. --En librotes te vas gastar el dinero! --En mi dinero nadie tiene que meterse! Don Sebastin tena una cantidad mensual para sus gastos; cantidad que ahora, mayores ingresos, sera tambin mayor. Parecan ya deslindados los campos, y normalizada la vida en el hotel, cuando hete aqu, que una maana que Doa Andrea se ocupaba en mudar el agua las gallinas, llaman la puerta del jardn y se presenta una mujer preguntando si vendan huevos. Doa Andrea quedse algo sorprendida con la pregunta. --Quin le ha dicho usted que viniera aqu ver si vendamos huevos? --Nadie, seora, no se moleste usted por eso; es que yo me dedico comprar por todos estos sitios huevos frescos para venderlos en Madrid. Mire usted; estas cuatro docenas que llevo en esta cesta, las he comprado en aquel hotel _encarnao_ que ve usted all. Y la mujer sealaba con la mano uno no muy distante. --De modo--dijo Doa Andrea, como quien echa sus cuentas--, que en estos hoteles venden huevos? --S, seorita; en casi todos. --Y cmo los paga usted? --A seis reales... --A... seis... reales--dijo Doa Andrea, como hablando consigo misma.--Vuelva usted maana y le podr dar dos docenas. Y volvi la mujer al da siguiente; y aquella noche Doa Andrea ech sus cuentas..., y los dos das, D. Sebastin se llev el disgusto nmero uno: Doa Andrea reclam para s la mitad del jardn, haciendo de su peticin cuestin de gabinete: era una locura tener todo aquel terreno para recreo de los ojos, cuando se poda sacar una utilidad de l: Doa Andrea quera triplicar el nmero de gallinas, y, adems, necesitaba terreno para sembrar trigo, y que saliera mucho ms barato el pienso de aquellos animales. Don Sebastin puso el grito en el cielo; pero, al fin, como buen esposo, que vaya si lo era, tuvo que ceder, porque no dejaba de comprender que la peticin de su esposa era lo ms razonable del mundo: peda la mitad nada ms; era justo cederla. Pobres plantas las que cayeron... D. Sebastin pas casi una enfermedad. Un ao llevaba el matrimonio en aquella nueva vida, cuando la orfandad de Clotilde, sobrina carnal de D. Sebastin, la trajo vivir con ellos como una hija. Clotilde, muchacha de claro talento y despierta imaginacin, vino ser la bendicin de Dios en aquella casa. Ella saba ser la prosaica mujer de su casa para con su ta; ella saba acompaar su to en los viajes _areos_ que ste haca con el pensamiento. Con maestra admirable, ella saba dirimir las cuestiones que, por asuntos sin importancia, surgan entre el matrimonio, y con tal maa lo haca, que ella se las arreglaba de modo que, sin dar la razn ninguno, la daba los dos; con lo que los tos se les caa la baba. Por el da acompaaba la ta en las tareas de la casa, ayudaba cuidar las gallinas, cosa, planchaba y, en fin, haca por tres; por las noches, gustaba de que su to la hablara de lo que decan los libros, de otros pases y de otras gentes; gustbala bucear por sus pginas y pronto les fu tomando aficin. Una noche se decidi coger una novela, y hall ser _Gloria_, del insigne Galds. Sus padres nunca la haban dejado leer novelas, y slo haba podido leer algunos folletines del peridico. Aquella primera novela de la biblioteca de su to, que ley, produjo en ella hondsima impresin. Pianista notable, muchas noches hacan msica, tocando obras escogidas y trozos de pera... D. Sebastin se crey transportado al sptimo cielo con esta nueva expansin sus sentimientos. Tener libros para leer; tener una pianista en casa que pudiera hacerle oir los trozos de msica deseados; tener un jardn!... No era aquello una aproximacin la felicidad? Una aproximacin era; pero nada ms! La entrada del to y de la sobrina en casa fu amenizada por Doa Andrea con un chaparrn de dicterios. Como quiera que el crepitar de la carne en la sartn ahogara un tanto su voz, Doa Andrea hablaba voz en grito; cosa, por otra parte, no muy de extraar en ella, porque defecto suyo sealadsimo, era el creer que siempre hablaba con sordos. Don Sebastin y Clotilde dejaron que Doa Andrea se despachara su gusto, sin rechistar, medio nico para que se callara pronto, y sentronse la mesa, tras de un concienzudo cepillado de sus vestidos, y un minucioso lavatorio de manos. El comedor, sito en la planta baja, abra sus dos ventanas sobre el jardn, y por ellas penetraba el aroma de las flores que tantos sinsabores costaran D. Sebastin. Certsimo era que, al mismo tiempo que el perfume de las flores, colbanse sin pedir permiso los mosquitos, que, repartindose por la casa, iban parar las alcobas en espera de los inocentes durmientes, los que se coman vivos; pero todo no se poda compaginar, y sabido es que todo tiene su pro y su contra. --Qu bien huele!--dijo Clotilde aspirando con fuerza el ambiente. Sonri triunfalmente D. Sebastin; Doa Andrea tosi dos tres veces, y mir su sobrina como diciendo: Es lo nico que le hace falta tu to: que le ponderen su obra. --Y, propsito, ta: maana es domingo. --Y qu... --Que maana es el primer concierto, iremos. --En seguida me cogis m para el primer concierto... para la primera _lata_, como quieras... Si quieres ir, te vas con tu to, que tambin le gusta mucho la msica sabia! --Pero, mujer--dijo D. Sebastin--; es posible que nunca le tomes el gusto la buena msica? --No se lo tomo, no; lo sabes ya desde hace tiempo. --No, pues sin ti no vamos, ta. --Iremos la Comedia--dijo D. Sebastin. --O al Espaol, to. --Al cuerno, s que os podis ir--dijo Doa Andrea, tragndose entero un pedazo de carne, para poder hablar antes--. Vais buscando unos sitios para distraerse... que, ya... ya! --En el Espaol ponen _Doa Perfecta_, mujer. --Y en la Comedia, _Rosas de otoo_, ta. --Bueno, pues me alegro mucho. Yo me aburro con esas cosas, ea. Cunto ms vale una zarzuelita de esas que tienen tanta gracia y una msica tan bonita? --Preciosa!--dijo D. Sebastin con tono enftico. --No, si ti, no siendo obras de esas en que la dama, cuando se despide del galn, se lleva las manos al corazn, se estremece, como si tuviera fro, y se queda un cuarto de hora mirando al techo, sin hablar, ya sabemos que no te gustan. Don Sebastin rea bonachonamente al oir su mujer. --S, s, rete; ti, como tambin te gusta pasarte las horas muertas mirando al cielo, pues... encantado! --Claro! T crees que se puede mirar al cielo sin sentir admiracin por ese sublime espectculo que por las noches se ofrece nuestra vista? --Qu hay en ese infinito? Qu hay ms all? --Lo que ti no te importa! Qu quieres que haya sino el Cielo? Herejote! Eso es lo que te queda de tus tiempos de periodista: ideas raras y endemoniadas! Qu hubiera sido de ti, si yo no te hubiera obligado volver al buen camino! Don Sebastin di un profundo suspiro. --S, suspira, suspira... --Pero el to ha sido periodista?--pregunt Clotilde con curiosidad.--No haba odo hablar nunca de eso. --S, hija, s: ha sido periodista... y perda el tiempo lastimosamente haciendo versos la Luna, al Sol y todas las estrellas, y por eso sin duda ahora le gusta tanto mirar los astros. --Y por qu no has seguido, to? --T tambin? No sigui, porque yo le puse por condicin que lo dejara y se ocupara en algo prctico. Gracias m consigui un destino, por medio del director del peridico, y ah le tienes hoy, hecho un hombre con catorce mil realitos de sueldo. Prolongse la conversacin, mientras duraba la cena, asegurando Clotilde que el to tena que hacerle ella unos versos, y prometiendo Doa Andrea que, como volviera ver unos versos, se divorciaba. Don Sebastin, sintiendo tal vez la nostalgia de un pasado que hacan revivir en l con aquella conversacin, sonrea dulcemente y coma sin terciar en ella ms que con algn monoslabo. Agotado ya el asunto, y llegados los postres, Clotilde miraba su to con cierta impaciencia, como dicindole: Qu haces, to? A qu aguardas? Don Sebastin, mojando unos coscurros de pan en vino, contestaba por el mismo procedimiento su sobrina, dicindola: Espera, mujer, espera que me coma este pan; ahora voy, no tengas prisa. Don Sebastin buscaba en su magn el exordio con que haba de empezar su discurso, porque la cuestin era empezar; despus haba que dejar pasar el nublado, y, por fin, Doa Andrea vendra razones. Trazas llevaba D. Sebastin de no cumplir lo que con la vista le haba dicho Clotilde; pero, al fin, viendo que su mujer se dispona dejar la mesa, rompi hablar. No fu nublado, sino tormenta la que to y sobrina tuvieron que aguantar cuando Doa Andrea se hubo enterado del asunto. Ella era en la casa el ltimo mono, la ltima que se enteraba de todo... Es claro: como ella no era ms que _ta consorte_, mal poda Clotilde contarle ella primero las cosas! Pues, ya saba ella que su opinin no servira de nada, y que el consultarla no era ms que cuestin de pura frmula; pero, valiera por lo que... valiera, ella no daba su consentimiento y declaraba que era un proyecto digno de cabezas tan destornilladas como la del uno y la del otro, el pensar en casorios teniendo Clotilde tan pocos aos. Doa Andrea, exaltndose cada vez ms, concluy por decir que ella no se hara cmplice de la desgracia de Clotilde, y al decir esto se le cayeron un par de lagrimones sobre la mesa. Forzoso es aclarar que aquella actitud desabrida y destemplada de Doa Andrea, tena su verdadera causa en el entraable afecto que senta por Clotilde. Jams se le haba ocurrido pensar que la muchacha era lgico que pudiera casarse, como ella lo haba hecho, y la noticia de que un novio formal estaba la puerta con los papeles en la mano, fu para ella una descarga elctrica que puso en la mayor rebelin todos sus nervios. Preciso fu que Clotilde, con mil besos y abrazos y otras tantas caricias y moneras, la hiciera ver que no menos cario que su to la profesaba ella; y no menta al decirlo; preciso fu que D. Sebastin agotara toda su elocuencia para hacerla comprender que aquello era lo ms natural del mundo y que deban esperarlo; aunque l, ciertamente que no hubiera esperado nunca que hubiera un valiente capaz de ir tan lejos para ver la novia. Despus de un mrito como ste, sera cruel negar la entrada en casa al muchacho. Doa Andrea, ya ms tranquila, se enter de las bellas cualidades que adornaban Felipe, y su condicin de hombre trabajador hasta la ponderacin, acab por granjearle su buena voluntad. Qued, pues, convenido que Clotilde hara al da siguiente la presentacin de su novio, y que, todos juntos, iran al teatro por la tarde; D. Sebastin tomara las localidades en Apolo; no hubo ms remedio que acceder, en cuanto al teatro, que fu designado por Doa Andrea. Aquella noche no se hizo msica; D. Sebastin se agarr un libro, ponindose leer sobre la mesa del comedor; Clotilde se puso trabajar en una labor, y Doa Andrea se fu la cocina tomar la cuenta la Micaela. A buen seguro que si alguien le preguntara D. Sebastin lo que lea, no se lo pudiera decir, porque l mismo no lo saba; la idea de que Clotilde se casara, habale causado tanta ms impresin que su mujer, aunque no lo manifestara. Aquella chiquilla adorable era la nica con quien poda expansionar su espritu... y aquella chiquilla iba pasar poder de un hombre, que la querra para l solo, que se la llevara... En el comedor no se oa ni el ms leve ruido; en la cocina, Doa Andrea protestaba con voz destemplada de la cuenta que pona Micaela, que, aquel da, se haba propuesto dejar pequeito al Gran Capitn. Clotilde, de cuando en cuando, miraba su to, y en sus divinos ojos, de color verde, brillaba un chispazo de cario infinito que dulcemente le enviaba envuelto en una sonrisa; despus volva inclinarse sobre la labor; y, cosa rara, Clotilde, tan alegre momentos antes, sintise poco poco envuelta por una sombra de tristeza que la oprima el corazn. Separarse de los tos. III Los preparativos de la boda empezaron pronto y se llevaron cabo con la mayor rapidez posible. Doa Andrea y Clotilde se pasaban las maanas trabajando y las tardes las invertan en _ir Madrid_ para hacer compras. Felipe meta ms prisa que un dolor de tripas y no haba modo de oponerse sus deseos de que la boda se realizara en seguida. Doa Andrea haba llegado, en tan corto tiempo, tomarle tal cario, que no vea ms que por sus ojos. Felipe, por otra parte, no se haba descuidado en hacer lo posible por granjerselo, y al conocer el espritu mercantil de su futura ta, habala tomado tambin gran afecto. Un da, Felipe trat de la cuestin de buscar casa, para irla amueblando, y aqu fu Troya; ni D. Sebastin ni Doa Andrea se resignaban separarse de Clotilde... Vaya un conflicto!... Felipe deca que aquello _le coga_ muy lejos; D. Sebastin alegaba que si antes poda ir, despus de casado poda hacerlo igual; Doa Andrea dijo que ni tirones se separaba de Clotilde. Felipe se resista; la ta aseguraba que era una locura ir pagar casa, cuando tenan all habitaciones de sobra. Al fin, tanto hablaron y discutieron, que, con la intervencin de Clotilde, Felipe accedi vivir en el hotel, con lo que, no solamente consigui su propsito de ahorrarse la casa... y otras muchas cosas, segn ya tena pensado para sus adentros, sino que aun apareci como un gran favor que tuvieron que agradecerle. Lleg el da fijado para la boda, y sta se realiz en la iglesia de aquella barriada... Felipe no caba en s de gozo; Clotilde estaba radiante de hermosura... y los tos rebosaban de satisfaccin; aunque cualquiera que hubiera observado D. Sebastin, hubiera notado, en el fondo de aquella gran alegra, una gran tristeza. --Te quedas sin msica; pero pronto volveremos y te desquitars--dijo Clotilde, abrazando y besando amorosamente su to. --Que Dios te haga feliz, es lo que yo deseo--respondi ste. --Lo ser, to, lo ser. D. Sebastin sonri de un modo particular, como diciendo: quin sabe. Clotilde, llamada por unas amiguitas, no pudo ver el gesto hecho por su to. Aquella misma tarde salieron los recin casados para Toledo, ciudad donde empezaba el viaje de novios, que deba terminar en un pueblecillo de la provincia de Soria, donde resida una ta de Felipe, para que sta conociera Clotilde. Al da siguiente lleg un telegrama anunciando la feliz llegada la imperial ciudad; al otro, una carta muy corta, en la que Clotilde se limitaba decir que estaban buenos, que se acordaba mucho de ellos y que era muy feliz al lado de Felipe; un diluvio de besos y san se acab. Intil es decir que los tos se apresuraron contestar, diciendo miles de simplezas... y haciendo cientos de intiles recomendaciones. Cinco das despus lleg la segunda carta; sta era ms extensa que la primera... como que tena dos pliegos!... lo cual llen de jbilo los buenos tos, que sintieron humedecerse sus ojos de lgrimas. La carta se ley con toda solemnidad en el despacho de D. Sebastin. El primer prrafo, invertalo Clotilde en pedir sus tos que la perdonasen por su anterior, tan corta; pero no haba tenido tiempo de ms, porque se iba el correo, y no haba querido dejarles sin noticias. Concludo este exordio, entraba de lleno en sus expansiones infantiles. Una cosa que por lo visto le interesaba mucho saber, era si haba llovido por all. En Toledo haban cado dos chaparrones fenomenales! Pero ni aun con el agua haban dejado de corretear. Estaba encantada de las maravillas que all vea. Y pensar que estando tan cerca de Madrid, no las haba visto antes! No se lo perdonaba! Al llegar este prrafo, D. Sebastin dejaba caer, como quien dice, las palabras que lea, una una. Doa Andrea demostr su impaciencia por la lentitud que empleaba D. Sebastin en la lectura. Lo que le haba causado un poco de desilusin Clotilde, era la campana, la clebre campana de Toledo. No era tan grande como ella se haba figurado, por lo que decan; no caba un escuadrn debajo; pero, vamos, era una seora campana. Ella no se cansaba de ver aquellas cosas una y otra vez, y se rea mucho con Felipe, el que aseguraba que si le dejaran, tiraba todo _aquello_ y hacia una ciudad la moderna, de primera. Por las noches, sobre todo, senta un placer inexplicable en andar por aquellas calles tan estrechas y tan torcidas... Cunta poesa!... Qu dulce evocacin de tiempos que pasaron para no volver! Por las tardes, cuando bajaban hacia la estacin del ferrocarril, contemplando el Tajo, y pasaban junto al castillo, pareca que iban salir los moros y los iban coger prisioneros. Una noche lo so as; y so que ella la vendan un Sultn, y que Felipe lo compraron para llevar cubas de agua. Cunto se rean!... Felipe deca que estaba loca. Loca estaba, s; pero loca de contento. Qu bonito deba de ser viajar mucho y ver muchas cosas!... De Toledo saldran dentro de tres das, pues Felipe deca que aquello era aburridsimo y que, adems, no podan perder mucho tiempo, porque la estacin avanzaba y no poda desperdiciar la poca mejor para sus comisiones. Conclua la carta con un chaparrn de besos y una cantidad incalculable de abrazos. Al final, Felipe escriba tambin unas cuantas lneas cariosas. La carta de Clotilde se ley cien veces aquel da. Doa Andrea di doscientas vueltas por las habitaciones de _los chicos_, para ver si faltaba algo. El otoo se present fro y desapacible, y D. Sebastin tuvo que abandonar el _campo_, como l llamaba al jardn, y retirarse cuarteles de invierno. Nuevas cartas llegaron de Clotilde, que fueron ledas y reledas con tanto amor y alegra como la anterior. Pero la que produjo un jbilo delirante, la que caus una verdadera revolucin en el hotel, fu la que recibieron anunciando su salida para Madrid. Doa Andrea se pas haciendo _pucheros_ todo el da de tal manera, que su cara pareca fuente con dos caos. --Pero, hija ma--decale su marido--, no lloraste cuando se fueron, y lloras ahora, cuando vienen? A lo que Doa Andrea responda: --Qu quieres, yo soy as! As era, efectivamente: un poco rara, y un mucho esclava de sus nervios, que casi constantemente estaban en abierta rebelin con todos los centros habidos y por haber. IV El invierno se col de rondn, llevando consigo una cantidad horrorosa de catarros y pulmonas. Los rboles mostraban ya sus desnudas y esquelticas ramas; las plantas haban enmudecido y no daban flor. Llova mucho, y los moradores del hotel habanse confinado en las habitaciones. La vida en l haba recobrado su marcha acostumbrada, salvo las modificaciones introducidas por Felipe, que no eran pocas. Felipe, que no pensaba ms que en sus comisiones, sala por la maana, tempranito, en el segundo tercer tranva, y, con mucha frecuencia, no regresaba hasta la noche; cenaba, contando todos las _notas_ que haba hecho durante el da, y se acostaba con el bocado en la boca. Ah...! El no poda acompaar al to y Clotilde en sus reanudadas sesiones musicales; tena que madrugar. Con mucha frecuencia tenan stas que suspenderse, porque el ruido del piano no le dejaba dormir. En su apoyo vena Doa Andrea: Pobrecillo, con tanto como trabajaba, era un crimen no dejarle dormir. Y con los madrugones que se daba el infeliz! Es verdad que D. Sebastin tambin madrugaba; pero vaya una diferencia! D. Sebastin llegaba la oficina, se sentaba, tomaba caf, fumaba, charlaba con los compaeros... y pare usted de contar; en cambio, el pobre Felipe tena que trotar por las calles ms que penco de coche de alquiler, y recibir ms sofiones que novio en desgracia. Cmo no haba de molestarle el piano, y ms que el piano, las _latas_ que tocaba Clotilde? Aquel pron... porrorn... porrorn... pon pon... del Lohengrin... del Tannhausser y del Parsifal, le quitaban el sueo un lirn! Resignbanse Clotilde y su to, y entregbanse, l, los libros; ella, las labores, que alternaba con la lectura. Pasaron los meses. Felipe, apoyado siempre por la ta, volvase cada vez ms desptico, comercialmente hablando, y Clotilde slo escuchaba de l la diaria relacin de las _notas_ pedidos de las casas de comercio. Clotilde, sin dejar de estar alegre, pareca no ser la misma: su alegra era reposada, grave; no era aquella bulliciosa alegra que tena de soltera. D. Sebastin, nico en la casa que haba observado aquel cambio, como haba observado el modo de conducirse Felipe con su esposa, dise pensar en las causas de aquella transformacin. No tard mucho en dar con la clave; la cosa era indudable: Felipe y Clotilde haban escrito Pars y pronto se recibira el aviso de la llegada del beb. D. Sebastin sinti una alegra loca... Tanto como l le gustaban los nios! Ellos haban tenido dos, pero los dos se los haba llevado Dios. Ya estaba viendo un chiquitn rubio como el oro, porque seguramente sera rubio, correr y trotar por el jardn. Oh! pero ya se guardara muy bien de estropear las plantas y de tirar piedras todos aquellos pajarillos que tan confiadamente se aposentaban en los rboles, porque saban muy bien que nadie les hara dao. Esper, pues, D. Sebastin con verdadera impaciencia la feliz noticia; pero pasaban los das, la tristeza de Clotilde iba en aumento, y la noticia no llegaba. Un da, no pudiendo resistir ms, llam su esposa, y hacindola observar lo que l haba notado en Clotilde, le pregunt: --No te ha dicho nada Clotilde de si...? --Nada!--replic Doa Andrea. Y cuando D. Sebastin qued solo, hubo de refunfuar entre dientes:--Claro, hombre, claro: si un marido con tanta nota y tanto pedido..., no le puede quedar tiempo para nada! Volvi la primavera, y con ella la sublime explosin de vida y alegra de la Naturaleza. En todos los hotelitos colindantes se not el arribo de la estacin. Este plantaba claveles; aqul, gerneos; el otro de ms ac, que tena un trocito de huerta, haca sus siembras de hortalizas; aparecieron los pajarillos cantando alegremente; mostrbase ms perezoso el sol para acostarse y ms diligente para madrugar; arrinconronse estufas y braseros, y dironse conocer los que ocultaban su rostro entre subidos cuellos y liadas bufandas; volvi, en fin, el alegre vivir de la primavera. Don Sebastin resucit tambin. Con qu alegra vea revivir su muerto jardn! La savia, trepando por los troncos y encaramndose por las ramas, haca brotar en stas innumerables puntitos verdes, que habran de convertirse en nuevas ramas, en hojas, en flores, en frutos. Surgan de las plantas los capullos que, avaros, guardaban su tesoro; acaricibalos el sol amorosamente y las flores asomaban recibiendo temblorosas el primer rayo de sol, cual pdicas vrgenes que reciben en los labios el primer beso de amor; abranse lentamente, como temerosas de perder sus delicados colores y su dulce fragancia, hasta que, rendidas las caricias del ardoroso amante, ofrecanse l en toda su lozana, entregbanse sin rebozo sus besos de fuego que haban de matarlas. Clotilde ayudaba, siempre que poda, su to en aquellas tan agradables faenas. Felipe segua en su actividad comercial, no comprendiendo que un hombre que tiene toda la tarde libre no sepa emplearla en otra cosa ms provechosa que en cuidar flores y en leer librotes, sentado, la sombra de un rbol, en un silln de mimbres en un banco rstico. Valientes chifladuras, valientes tonteras las que decan _Heine_ y todos aquellos otros tontos por el estilo. l comenz leerlo y tuvo que dejarlo ms que de prisa. Que se gastara el dinero en comprar aquellas paparruchas! Si el to quisiera, podra dedicarse con l al comercio, y ganara ms--deca. Sonrea el to, y con la intervencin de Clotilde, se pona fin tan enojoso tema: --El to no tiene carcter para eso, Felipe; adems, el to tiene lo bastante para vivir, y no ambiciona ms: el dinero no es precisamente la felicidad.--Que no ambicionaba ms? Valiente tontera! Felipe no comprenda que nadie pudiera decir: ya tengo bastante Cristo!... Con el dinero que haba en el mundo! Los das que el mercantil Felipe se quedaba en casa por la tarde, cosa que suceda contadas veces, no por eso estaba ocioso: metase corral adentro, en compaa de Doa Andrea, y haciendo uso de sus conocimientos en esta materia, adquiridos de jovencillo en el pueblo, y teniendo en cuenta los informes de la ta, rara era la vez que entraba en el corral que no salieran dos tres de aquellos ovparos sentenciados muerte. Intil era que Clotilde y su to pusieran el grito en el cielo, intercediendo por aquellos animalitos: no haba apelacin posible contra los _mortferos_ decretos de Felipe. --Seor, para llegar formar un buen corral--deca ste--, la seleccin es lo primero. --Claro!--apoyaba Doa Andrea. --Las gallinas para qu son? Para que pongan huevos para comrselas; no es eso? --Naturalmente!--deca Doa Andrea.--No van ser para adorno. --Pobrecitas!--gema Clotilde. --Qu sensibleras ms tontas!--replicaba desdeosamente Felipe. --Pero, para qu se quiere tanto huevo?--alegaba D. Sebastin. --Para venderlos--contestaba Doa Andrea. --Pero, seor, eso es convertir esta casa en una huevera, y dar lugar que ti te llamen Doa Andrea _la huevera_, y m D. Sebastin _el huevero_. --T dame pan... y llmame tonto. --Si nosotros no tenemos necesidad de ese comercio para vivir. --Por mucho trigo nunca es mal ao. Ante este modo de razonar, D. Sebastin tena que callar... por no hablar. Y sea por la seleccin que Felipe haca porque las gallinas llegaron sentir verdadero terror ante aquel verdugo, es el caso que lleg da en que stas formaron cola para ir depositar el huevo en los ponederos; con lo cual Doa Andrea lleg venderlos por cientos, con harta satisfaccin suya y desesperacin de D. Sebastin. V Una tarde, era ya la hora del crepsculo, hallbase D. Sebastin en el jardn, sentado en su sitio de costumbre, contemplando una de las infinitas soberbias puestas de Sol que en Madrid se admiran, cuando Clotilde, avanzando lentamente por el jardn, lleg hasta donde su to estaba. Tan absorto se hallaba ste en la contemplacin del grandioso espectculo que se ofreca su vista, que no se di cuenta de la presencia de su sobrina. --To--dijo sta con dulce voz. --Clotilde! --Te molesto si me siento aqu, tu lado? --Qu disparate, hija ma!--dijo D. Sebastin corrindose un poco en el banco que le serva de asiento para dejar ms espacio Clotilde.--Pero, qu tienes? T has llorado! --No, no... no he llorado! --Cmo que no, si aun se notan las huellas en tus ojos? --Es que... Bueno, s, he llorado; pero por nada, por una tontera. Vers: estaba yo en mi habitacin concluyendo de coser unas cosillas, cuando sin saber por qu, empec ponerme triste, muy triste... una cosa sin fundamento! Como ya apenas se vea, dej la labor y me asom la ventana para que me diera un poco el aire. Yo no s lo que sent: el potico crepsculo que se ofreca mis ojos, el religioso recogimiento que estas horas parece reinar en toda la Naturaleza, el misterio con que el da se aleja de nosotros, sin que sepamos si hemos de volverle ver, me impresionaron vivamente; sent una angustia grande aqu, en el pecho, y ganas, muchas ganas de llorar... Ya ves qu cosa tan tonta! --Tus tristezas se resolvieron en llanto. --Pero si yo no he estado triste nunca. --Pobrecilla!--replic D. Sebastin sonriendo bondadosamente.--Hace tiempo que lo ests sin darte cuenta... Dnde est tu alegra de otros tiempos!... Dnde las risas con que todos nos alegrabas! --Es verdad que hace algn tiempo... --Algunos meses. --Bueno, s; hace meses que siento as como un malestar... una ansiedad... un _no s qu_... --Un _no s qu_: eso, eso es lo que se siente. --Al principio pens que la causa sera el que yo... --S; yo tambin cre que la causa sera el que t... Pero no era eso. --No, no era eso--dijo Clotilde con un leve suspiro. --La causa era otra. --Otra!... --La causa de todo eso era, y sigue siendo, el empacho que tienes de _notas_, de pedidos de camisetas, de calcetines... y dems gneros de punto. --To... --No, no te sorprendas... Si lo tengo yo, y no soy la mujer de tu marido!! --Felipe es bueno--dijo Clotilde sonriendo al oir el tono de conviccin de su to. --Quin lo duda! Pero es el caso que tu marido no habla ni deja hablar ms que de pedidos, de remesas y de tantos por ciento; que al casarse no pens, lo que se ve, en hallar la dulce compaera que sabe dar consuelo en los trances apurados y prestar aliento en los desfallecimientos que se sufren en la diaria lucha por la vida, sino al representante de una fbrica al encargado de un almacn quien comunicar _notas_ y ms _notas_, pedidos y ms pedidos. Es verdad que tu marido no necesita consuelos, porque no tiene aflicciones; ni alientos para colocarle una partida de camisetas de abrigo al mismsimo _Preste Juan_, porque le sobran; pero tampoco es para que llegue al extremo de suponer que tu nica aspiracin en este mundo es que te encargue de escribir sus cartas comerciales. Call breves momentos D. Sebastin, y Clotilde di un nuevo suspiro. --Pobre nia!--continu diciendo aqul.--T, tan buena, tan cariosa; t, cuyo corazn rebosa de amor, de ternura, de dulces anhelos de comunicacin espiritual con el ser amado, te ves privada de dar expansin esos bellos sentimientos que, acumulndose en tu pecho, te ahogan, te oprimen y te hacen sentir un _no s qu_... Ah!... Eres un bello libro de poesas que tu marido no se ha ocupado en hojear siquiera... Psch!... As es la vida!... En cambio, otros buscan con afn, aunque no sea ms que una sola poesa, una sola... y nada!, prosa, hija ma, prosa todas horas. Un silencio prolongado rein entre ambos. --Qu dulce bienestar se siente aqu, to--dijo al fin Clotilde. --La Naturaleza es manantial inagotable de poesa; l acudimos todos los que no tenemos _fuente_ en casa. Hoy acudes por primera vez ese manantial para mitigar tu sed, y l seguirs acudiendo. Hoy vienes junto m; maana, cuando yo falte, seguirs viniendo t sola! La luz del da habase extinguido por completo; lo lejos se vea el resplandor del alumbrado de Madrid. --T aun puedes esperar--continu Don Sebastin.--Sois jvenes, y tal vez tu marido cambie; aunque es de suponer que tarde, pues ya sabes que su opinin es, que mientras quede una peseta en poder de alguien, se debe trabajar para ganarla. Es posible, muy posible, que l llegue ser dueo de todas, y entonces quiz piense que se olvid de leerte... Puede que deje las lecturas para cuando ya no tenga nada que hacer! --Pobre to: ahora comprendo lo que te falta para ser feliz completamente. --No slo de pan vive el hombre, Clotilde...! --Ni la mujer, to...! --Caro te ha costado el saberlo, pobrecita ma. Recuerdas lo que te deca la tarde de nuestro paseo: todos tenemos que hacer concesiones _nuestro tipo_; pero hay que ver cules sean stas: las concesiones son muy peligrosas, porque una vez hechas, no tienen remedio. Yo tambin las hice _mi tipo_, creyendo que sera capaz de despertar sentimientos que supona dormidos... pero... s... s...! Quin es capaz de despertar lo que no duerme, ni cmo ha de dormir lo que no existe? Y no es esto lo malo; lo malo es que no hay derecho quejarse: ellos son buenos, tal vez mejor que nosotros, puesto que son ms humanos; toman la vida como es, sin preocuparse de reformarla, y as nos la dan. --Es verdad; pero es tan agradable un ratito de poesa en la vida... La campanilla de la puerta del jardn anunci que alguien abra sta violentamente; pero ni el to ni la sobrina repararon en ello: tan abstrados se hallaban. De aquel arrobamiento vino sacarles la voz mal entonada de Doa Andrea, que lleg hasta ellos sin ser sentida, y que, rompiendo hablar de pronto, les propin un susto morrocotudo. --Qu...? Ya estis viendo salir las estrellas? Hay alguna nueva, son las mismas? Al volver en s los dos soadores, hubieron de sentir, primero, dolor producido al chocar en su cada con la dura corteza terrestre, despus, risa al oir Doa Andrea. --Tu marido dice que vayas, que dnde diablos has metido la carta que recibi ayer de _Masnou y Compaa_, que no la encuentra. Clotilde, al oir que Felipe haba venido, cay en la cuenta de que, por primera vez, no haba salido esperarle la puerta del jardn. Qu le dira? Le reprochara en su falta? Clotilde sinti una gran alegra al pensar que as sucediera. La Luna iluminaba por completo el jardn. Clotilde se dirigi hacia el hotel, mientras D. Sebastin y su esposa quedaban discutiendo; por el camino, Clotilde fu cortando rosas hasta formar un hermoso ramo, que pensaba colocar en la mesa del comedor. Ligera como una corza subi las escaleras que conducan al piso principal, y compitiendo el color rojo de sus mejillas con el de las rosas que llevaba en la mano, entr en la habitacin en que se hallaba Felipe. ste, muy sofocado, revolva en un mueble papeles y cartas. Al ver Clotilde, prorrumpi en exclamaciones que denotaban claramente su enfado. --Dnde est la carta de Masnou, vamos ver: dnde est, que no la encuentro! Clotilde, al ver aquel recibimiento tan distinto del que ella se forjara en la imaginacin, acercse al mueble en que Felipe revolva, y abriendo un cajoncito, sac la carta y se la entreg. --Ya poda yo volverme loco buscando--gru Felipe cogiendo bruscamente la carta que le alargaba Clotilde, y sentndose ante su mesa.--Quin iba suponer que la habas puesto en un sitio donde no se ponen nunca! Felipe, sacando la carta del sobre, y un librito de notas del bolsillo interior de la americana, empez leer y tomar apuntes. Clotilde le miraba sin moverse del sitio y sin despegar los labios. As permaneci algunos instantes. Felipe, dejando un momento la tarea comenzada, dijo su esposa: --Qu haces ah? Dle la ta que ver si cenamos pronto, que tengo que madrugar maana y quiero acostarme en seguida. Y dicho esto, volvi reanudar su interrumpida tarea. Clotilde nada respondi; llev el ramo de rosas su rostro, aspir con deleite su aroma y, lentamente, sali de la habitacin dejando caer de sus ojos amargas lgrimas, que fueron perderse en los clices de aquellas flores... Los pescadores Despuntaba el da cuando Pedro lleg frente la casa de Julia. Acercse una de las dos ventanas que daban la carretera y escuch atentamente; despus llam con repetidos golpes de los nudillos. Como nadie respondiera, volvi escuchar y volvi llamar, esta vez, ms fuerte y con mejor fortuna: una voz fresca y juvenil respondi desde dentro con un--ya voy--dicho en tono un tanto desabrido. Pedro, metindose las manos en los bolsillos del pantaln, empez pasear, con la cabeza baja, por delante de la casa. Era Pedro un guapo mozo, pescador, como su padre, con quien viva; alto, robusto, ancho de hombros, de entre los cuales sala un recio cuello delator de no pocas fuerzas. Mirando su rostro, que aunque curtido por el sol y el aire del mar, bien claramente deca no ser ms de diez y ocho diez y nueve aos los que tena, sentase una viva simpata por aquel muchacho. Los ojos, grandes y azules, tenan un mirar noble y sincero, incapaz de expresar nada que fuera contrario al sentir de su dueo; nariz recta y afilada, boca grande, labios finos y pmulos un poco pronunciados; espesas cejas, abundante y rizada cabellera de color castao muy obscuro, que, desbordndose por debajo de la boina, encasquetada en la coronilla, serva de juguete al fuerte norte que reinaba. No tena pelo de barba, lo cual le daba una expresin un poco aniada, y el bigote apenas se revelaba por una ligersima sombra que aun no haba hecho necesaria la intervencin del barbero. Vesta pantaln y blusilla de lienzo; los pies los llevaba descalzos; las mangas de la blusa, remangadas hasta el codo, dejaban ver las de una camiseta rayas azules y blancas, que tambin asomaba por el pecho. Muy contrariado pareca el mozo, juzgar por la actitud meditabunda con que paseaba. Detvose haciendo intencin de repetir la llamada, cuando la llave, chirriando en la cerradura, anunci Pedro que la puerta se abra. Julia, hermosa aldeana, arrogante moza que apenas haca un mes cumpliera los diez y siete aos, apareci en ella pugnando por ahuyentar de sus ojos el perezoso sueo, que heroicamente se defenda para seguir acurrucado bajo aquellos prpados que durante la noche le cobijaran. --Buenos das!--dijo Pedro. --Buenos!...--respondi la muchacha en medio de un bostezo que dej ver su blanca dentadura. Retir con ambas manos algunos rizos de su hermoso pelo negro que acariciaban la tersa frente, y, dando un nuevo bostezo, retirse al interior de la casa, diciendo con tono seco: --Ahora vuelvo! --Bueno!--replic Pedro, reanudando su paseo. Dos aos hara para San Juan que Julia y Pedro tenan relaciones. Nada, hasta entonces, haba turbado la paz de aqullas; porque si es cierto que Julia, con su carcter altanero daba lugar frecuentes disgustillos, Pedro saba perdonarlos y suavizar las querellas. Pero he aqu que en aquellos ltimos tiempos habase metido el diablo por medio, y esta vez Pedro, por ms que haca, no encontraba forma de dar al olvido ni de disculpar las cosas que estaban pasando, y que muy pronto sabremos. Julia, en vida de su madre, que del padre nada podemos decir, por desconocerlo, como lo desconocan en la aldea, iba con ella al mercado de la ciudad, que de all poco ms de una legua se encuentra, vender leche, manteca y huevos; despus, cuando la madre muri, sigui ella sola con el comercio, no por voluntad, sino porque era el nico medio de ganar el sustento; medio que Julia le pareca harto incmodo y molesto. El rpido desarrollo de su exuberante hermosura hizo que, desde muy nia--catorce aos tena cuando muri la madre--se viera asediada y pretendida por todos los muchachos, en su mayora pescadores, de la aldea. Tampoco en la ciudad faltaban pretendientes la bella aldeana; y bien fuera esto, bien que en su predispuesto temperamento germinara demasiado pronto el envanecimiento, ello es que todos rechazaba, desdeosa indiferente. Tan slo Pedro, al cabo de mucho penar, y de repartir muchos golpes para quitar rivales de en medio, consigui ser recibido con buena cara; y esto hay quien dice que fu, no porque Julia pensara que aqul llenaba por completo sus deseos y ambiciones, sino por dejar con tres palmos de narices todas las mozas que en la aldea se pirraban por l; que pescador ms bueno, ms guapo, honrado y trabajador, no le haba en cien leguas la redonda de _Rodaleda_, que as se llama la aldea donde nos hallamos. Decir que Pedro quera Julia, sera no dar idea de la intensidad de su cario; Pedro la idolatraba, senta por ella una verdadera adoracin, y su solo deseo era casarse cuanto antes; pero ella siempre daba largas al asunto diciendo que haba tiempo. No tan gustoso como el muchacho era su padre en aquel matrimonio; mas viendo su hijo tan enamorado, si al principio le hizo algunas observaciones, pronto dej de sermonear, pensando que lo que fuera ello haba de ser. Pedro, siempre que el trabajo de la pesca, que haca con su padre, se lo permita, iba buscar Julia para acompaarla al mercado; si no poda hacerlo, sala esperarla al regreso; y, en fin, cuando ni una ni otra cosa era posible, aguantaba marea hasta el anochecer. Mostrbase l siempre carioso y solcito con ella; Julia, por el contrario, casi siempre apareca indiferente estas atenciones. Pedro, no obstante, no se quejaba, y si alguna vez ella se mostraba algo cariosa, crea haber alcanzado el reino de los cielos. Sali Julia de la casa llevando en sus manos un cntaro de barro y una cesta, objetos ambos que dej sobre una gran piedra rectangular que, adosada la fachada de la casa, haca las veces de asiento. Pedro cogi el cntaro y lo puso sobre el hombro; Julia, despus de cerrar la puerta con llave, se puso el cesto en la cabeza, sujetndolo con una mano para que el fuerte viento que reinaba no lo derribase. Operacin muy acostumbrada deba ser esta en ellos, por cuanto su ejecucin no di lugar discusin alguna. Emprendieron la marcha. Julia, desnuda de pie y pierna, caminaba rpidamente con paso menudito; el viento agitaba su falda de percal, cindola unas veces sobre los muslos, levantndola otras lo necesario para que se pudieran ver las soberbias pantorrillas de la muchacha. Completbase el traje de Julia con una chambrilla blanca, y, cruzada sobre el pecho, modelando los turgentes senos, una paoleta de vivos colores que enlazaba sus puntas sobre la cintura, en la espalda. El pelo, de un negro brillante, con reflejos acerados, caa peinado en dos grandes trenzas que unan sus extremos por una ancha cinta negra. En su rpido caminar, la pareja iba adelantando unos y otros que, ya solos, ya en grupos de dos tres, se dirigan tambin al mercado; sta, para vender lo que en la aldea sobraba; aqul, para comprar lo que no haba. Aqu encontraban una que, cantando, se acompaaba en su camino; ms all, un grupo alegre y contento, del que salan francas risas y frases intencionadas. Julia y Pedro saludaban todos al pasar. --Vaya con Dios, Julia y la _compaa_--dijo una fornida moza, que llevaba sobre la cabeza un cesto con algunas gallinas, cuyas cabecitas asomaban espantadas. --Vas al mercado, Pepa?--pregunt Julia por decir algo. --Voy vender media docena de gallinas que ya se van haciendo viejas. --A ver si tienes suerte y las vendes todas--aadi Pedro. --Quieres venir con nosotros?--interrog Julia sin detener su rpido andar. --Gracias. Bien acompaados vais los dos, sin necesidad de estorbos. --No, mujer; por eso no lo hagas... --Vosotros vais ms de prisa. --Pues hasta luego, Pepa. --Id con Dios. Sigui la pareja su marcha, y pronto dejaron Pepilla muy atrs. --S que se figurara la Pepa que nos iba estorbar la conversacin--dijo al fin Julia con tono irnico. --No ser por falta de asunto para sostenerla--contest Pedro. --Pues habla, hombre; mira que es malo dejar que las cosas se pudran en el cuerpo. --Peor es, veces, hablar de ellas. --No sern muy buenas. --Tampoco sern malas, cuando se da lugar que las haya. --Vamos, hombre; habla ya de una vez...; aunque de memoria me s el asunto que, desde ayer, te est recomiendo. --Mira cmo lo sabes! --Cmo no he de saberlo, si desde ayer tienes una cara que parece un libro abierto? --Porque no soy como otros que ocultan lo que sienten. --Eso no lo dirs por m. --Bien sabes que t eres la nica persona que me trae con cuidado en este mundo. --Y en qu te fundas para pensar de m de ese modo? --En que dices que me quieres y no es cierto! --Que no es cierto? Pues quin me iba obligar decrtelo, si ello no fuera mi voluntad? Si yo no te quisiera, por qu ibas estar ahora mi lado? --Bah!... Tambin estn tu lado otros... --Volvemos? --Ya lo creo que volvemos! --Pues s que es tormento! --Tormento, el que t me ests dando, Julia. --El que t te proporcionas por cosas que no tienen fundamento. --Que no tienen fundamento! --Ninguno! --De modo que no tiene fundamento el que ese seor que antes pasaba todas las tardes en el automvil, sin detenerse, de poco tiempo esta parte se haya parado tres veces frente tu casa... para verte y para hablarte? --Eso lo dices t! --Eso lo dice todo el mundo en la aldea! --En la aldea no se pierde la ocasin de hablar mal del primero que se presenta. --Difcil es hablar mal de nadie, cuando no hay algn motivo, por pequeo que sea. Al oir esto, Julia, parndose en seco y encarndose fieramente con Pedro, exclam: --Y cul es el motivo que he dado yo, si puede saberse?... Me lo quieres decir? --Yo no digo que t hayas dado motivo; pero s digo que t ves esas detenciones con agrado, que si as no fuera... ya sabras evitarlas! --Yo? Ni m me preocupan esas visitas, ni yo tengo por qu evitarlas... ni s cmo podra hacerlo.--Y al decir esto, Julia reanud la marcha. --Tampoco yo puedo decirte cmo; pero s puedo decirte que si t quisieras, te sera muy fcil evitar esa casualidad de que, siempre que pasa, ests en casa. --Demasiado sabes que no salgo casi nunca de ella; y, despus de todo, no creo que ese seor sea el _coco_, para que yo tenga miedo de que me coma. Pararon all el primer da, porque necesitaban agua; me la pidieron y yo se la di. Despus, las otras dos tres veces, sabiendo que yo venda leche, par para pedirme un vaso; se lo di y me lo pag de modo que con media docena de vasos que vendiera diarios ese precio, no necesitara darme esta caminata para ir al mercado. Tengo yo la culpa de esto? Voy negarme vender una cosa que es mi comercio? --Porque t quieres! --Porque yo quiero!--replic Julia con tono zumbn. --Ni ms ni menos; que si por ti no fuera, ya estaramos casados hace mucho tiempo. --Ya sali el casorio! Y qu hacemos con eso? --Que t no tengas que pensar en otra cosa que en tu marido. --Y que donde dos lo pasan malamente, seamos tres para empeorarlo. --Julia!... A ti nada ha de faltarte! La muchacha, comprendiendo que sus palabras haban sido demasiado crueles, trat de suavizarlas, y dulcificando un tanto el tono acre y destemplado que empleara, dijo: --No he querido yo decir que me vaya faltar lo ms indispensable; pero si porque m no me falte, ha de faltarle los dems, es lo mismo. --Y quin te dice que vaya faltarnos los dems? A mi madre nunca le falt lo necesario; y eso que entonces mi padre era solo ganarlo. --Siempre conformndose con lo indispensable--murmur Julia entre dientes, de modo que Pedro no pudo entenderla. --Qu dices?--pregunt ste. --Nada, nada; no digo nada, hombre, no digo nada... Que estoy muy cansada es lo que digo! --Como que ya estamos llegando. Ven, vamos sentarnos en aquellas piedras; no quiero separarme an de ti; siento deseos de hablarte, y, sobre todo, de que me hables, Julia; de oirte, de escucharte... --Se nos har tarde. --No. Sin darnos cuenta, hemos trado un paso tan rpido, que seguramente habremos ganado ms de quince minutos. Mira: el Sol aparece ahora por la cima del monte _Padruco_, y otros das ya est ms de una cuarta por encima de l. Ven, Julia, vamos sentarnos un poquito. Julia, no atrevindose contrariar Pedro, dejse llevar por l y fueron sentarse en unas grandes piedras que, algo distantes del camino y prximas al mar, bajo unos rboles estaban. Desde all vieron pasar, poco poco, todos los que en el camino haban dejado atrs. Pepilla, dndoles una voz, hubo de decirles con semblante risueo:--Eh!... Veis cmo no por mucho correr se llega antes?--Y dando una alegre carcajada, sigui adelante. Pedro, sin hacer caso de nadie, hablaba Julia. El viento haba calmado, y la maana se anunciaba tranquila y apacible. El mar, pocos metros de distancia, saltaba blandamente sobre las rocas formando blancas cascadas de espuma y humedeciendo el ambiente. El Sol, lentamente, con temor, como chico que jugando al escondite asmase tras de una esquina, apareca por detrs de la cima del monte _Padruco_, que separa _Rodaleda_ del _valle de Santa Feliciana_, y que forma el ltimo eslabn de la cadena de montaas que cubre aquella regin. Pedro hablaba cada vez ms apasionadamente; Julia, con la mirada perdida en el espacio, como si contemplara un _algo_ muy lejano que su imaginacin forjara, pareca no prestar atencin lo que Pedro le deca. --Tengo ya ahorrado lo que necesitamos para casarnos y an ms. Por qu retrasar nuestra felicidad?--deca Pedro. --Porque es cosa que debe pensarse mucho. --Que debe pensarse? Para qu dudar en coger la dicha, cuando slo depende de nuestra voluntad? No, Julia de mi alma, no esperemos ms; no hagas que ahonde en mi corazn la espina que llevo clavada en l, al pensar que no me quieres. --Pues si esas espinas se te clavan ahora, no son de temer las que se te puedan clavar luego? --Luego?--exclam Pedro con asombro.--Y por qu se me ha de clavar ninguna, siendo ya mi mujer? Si te casas conmigo, quin vas querer sino m? --Tampoco quiero nadie ahora ms que ti..., y sin embargo... --Ahora an eres libre para que yo pueda perderte, y la idea de que alguien pueda robarme tu cario me enloquece hasta el punto de hacerme pensar que el que lo lograra no gozara mucho tiempo de su robo. Y tal entonacin de fiereza di Pedro sus palabras, que Julia, asustada, hubo de exclamar: --Ay! Por Dios, Pedro, no pongas esa cara ni hables de ese modo..., que no viene cuento. --Es que t no sabes lo que te quiero, Julia; es que t no sabes que por ti ni vivo ni sosiego. --Pues vaya un modo de querer... Por Dios! --Si vieras, Julia, qu deseos tengo de verte all, en nuestra casita, en aquella que mi madre llen de felicidad y de alegra, mientras vivi; en aquella que ahora permanece triste y silenciosa, comunicndonos mi padre y m su tristeza y su silencio! Ven, Julia, ven all, nuestra casa, la que alberg el amor de mis padres y que dar albergue al nuestro; ven ocupar el puesto que dej vaco mi madre, ser el consuelo de mi padre y mi alegra. Julia, emocionada por las tiernas y cariosas palabras de su novio, haba inclinado la cabeza sobre el pecho. Pedro rode con un brazo la cintura de su novia y la estrech contra su pecho con amor. --No me respondes nada?--deca acercando su cara la de ella y acaricindola apasionadamente las manos que cruzadas sobre la falda tena. --Qu quieres que te responda, Pedro; ya ir, ya ser tuya..., ya te lo he dicho mil veces; pero qu falta hace precipitarse? --Pero me quieres?... Verdad que me quieres mucho? --Qu tonto!... Cuntas veces quieres que te lo diga? --Muchas, Julia querida, muchas; porque cuando te lo oigo, yo no puedo decirte qu es lo que siento, pero me dan ganas de reir, de bailar... --Qu chiquillo eres! Pero vmonos ya, que lo menos hemos estado aqu una hora, y voy llegar tarde casa de las parroquianas. --Espera un momento. --Para qu? --Para una cosa. Y Pedro, risueo, contento, alegre como un nio, sac con gran misterio un pequeo envoltorio del bolsillo del pantaln. --Qu es eso?--pregunt Julia con curiosidad. --Una cosa que tengo para ti hace varios das. --Hace varios das? Y por qu no me la has dado antes? --Porque... porque... --Porque ya estars convencido que eres un solemne tonto! Qu es? --Mira--dijo Pedro con aire de triunfo, desenvolviendo lentamente el paquetito. --Un collar de corales!--exclam la bella aldeana dando palmadas con infantil alegra. --De corales, eso; de corales finos; los mejores que pude encontrar, que por algo eran para ti. Hace tiempo que tena metido en la cabeza que su color rojo haba de sentar muy bien sobre la blancura de tu cuello, y el otro da los compr. --Trae... trae ac que me lo ponga. --No; te lo he de poner yo. --T no sabes. --Que no? Vulvete un poco. Julia volvise de espaldas Pedro y con ambas manos retir la paoleta, dejando al descubierto la blanca nuca. Pedro, pasando con una mano el collar por delante de Julia, lo abroch, ajustando el torneado cuello; al mismo tiempo, temblando de emocin y con sumo cuidado para que ella no lo advirtiese, se inclin, conteniendo la respiracin, y di un beso en aquellas divinas carnes. Julia, estremecindose, se levant rpidamente dando un ligero grito: era el primer beso que su novio se haba atrevido darla. Rojo, como los corales del collar, se puso el muchacho, quedando sin atreverse levantar la vista hasta Julia, de la que esperaba algn duro reproche; pero sta nada dijo. Despus de un breve silencio cogi la cestita, exclamando con alegre tono: --Vamos, Pedro, vmonos ya! Pedro, al ver que Julia no le rea por su atrevimiento, levantse alegremente, psose el cntaro de leche al hombro y empez caminar junto su novia. Al llegar la ciudad despidironse en el sitio acostumbrado. Pedro entreg el cantarillo Julia, y sta se fu recorrer las casas de los clientes, quedando en reunirse en el mercado, donde Julia iba vender los restos de su mercancas, cuando los haba, lo cual no sola suceder. Pedro, alegre, feliz, sintiendo an en sus labios el clido contacto de la carne de Julia, la vi marchar, dicindola adis con la mano. Cualquiera que hubiese estado mal con su pellejo, no tena ms que haberse puesto delante de Pedro y haberle dicho: Julia no te quiere. Que Julia no le quera! Poda habrselo dicho ms claro? Poda haberle dado una prueba mayor de su cario? Ella, que siempre se haba mostrado esquiva y despegada; ella, que nunca le haba consentido la menor confianza, no se haba incomodado, no haba protestado al sentirse besar... Qu ms prueba de cario? Es verdad que cuando ella hubiera querido protestar, ya no habra tenido remedio; pero, de todos modos, poda haberse enfadado, poda haber afeado la conducta traidora de su novio, y no lo haba hecho; luego seal era esto de que no le haba desagradado el atrevimiento de Pedro. Bendito collar, que haba dado lugar la realizacin de aquel deseo, por tanto tiempo anhelado... Si lo hubiera sabido, cunto tiempo no hara ya que lo llevara ella puesto? Y no uno, sino veinte; que si por collares era, por eso no haba de quedar; ahorrado tena l para poder estarse besando Julia una semana entera; y esto siendo pescador, que si fuera banquero, de brillantes como puos los comprara l para ponerlos en aquella garganta que... vamos!... no saba con qu compararla, porque l no haba estudiado ni saba de esas cosas; pero que apostaba la cabeza que no haba otra ms bonita ni ms blanca. Es que se poda pensar que el collar fuera la causa de la mansedumbre de Julia en aquel feliz momento? Ni Pedro lo pensaba, ni quisiera Dios que nadie se le ocurriera suponerlo; que haca falta ser todo lo mal pensado del mundo para poder suponer que por l no recibiera con disgusto el beso. Madre de Dios! Pues si tal contento y tanto desasosiego le haba producido aquel beso, qu no sera cuando se le diera en la boca, en aquellos labios ms rojos que los corales? Todo esto, y mucho ms, iba dicindose Pedro mientras se diriga hacia la tienda en que haba de comprar los menesteres de pesca que su padre le encargara el da antes. Gran sorpresa caus al mercader la actitud alegre y feliz de Pedro; pero cuando su asombro lleg al paroxismo, fu cuando vi que no regateaba y, sobre todo, que encontraba los artculos buenos, cosa inusitada en Pedro, que todo lo encontraba malo, no porque lo fuera, sino porque as procuraba sacarlo ms barato. Aquel da no slo lo encontraba todo de superior calidad, sino que lleg interesarse por la marcha del negocio, deseando que ste subiera como la espuma; porque qu menos mereca aquel honrado tendero que se pasaba la vida detrs del mostrador, trabajando sin descanso para mal vivir, sin disfrutar de la vida, sin tener novia--seguramente que no la tena--y sin saber lo que eran la alegra y la felicidad? Sali por fin de la tienda, y pocos pasos, un pobre tullido que por piernas tena un cajn con cuatro ruedas, le pidi limosna con voz quejumbrosa y lastimera. Pedro ech mano al bolsillo, y sacando una perra se la di, lamentando no ser rico para socorrerle con ms largueza... Parece mentira, habiendo gentes tan ricas!... Qu corazones ms duros! Y cunto tiempo llevaba as?... Veinte aos?... Qu atrocidad! Veinte aos en un cajn!... Y tena familia?... Claro!... El ser pobre y carecer de piernas no tena nada que ver para tener familia! Ya... ya... pobrecillo!... No era necesario que le contara sus desdichas, para hacerse cargo de ellas... Cunto senta no poderlas remediar! Si fuera banquero en vez de pescador, al mismo tiempo que compraba un collar de brillantes para Julia, le comprara l un silloncito con ruedas, para que fuera cmodamente pasear. Pedro, ya que aquello no era posible, sac otra moneda, se la di, y desendole muchos corazones blandos que se compadecieran de su desgracia, se alej con paso rpido. Apenas se haba separado del pobre, cuando tropezse con un marinero, el cual nunca casi nunca haba cruzado ms palabras con l que algn adis, Fulano, dicho con el tono de indiferencia propio de un conocimiento que no llega la categora de amistad. Verle y pararle, todo fu uno. Cmo van los negocios?... Y quieres refrescar? No?... Bueno, pues adis, chico; que te conserves tan bueno. Y Pedro sigui su camino sin poder explicarse que las gentes puedan pasar unas junto otras sin saludarse siquiera, por el solo hecho de que no se conocen... Qu falta hace conocerse para saludarse, para abrazarse... para decirse unos otros si son felices? A poca distancia suya acert pasar una parejita muy acaramelada. Mira se qu tonto--pens Pedro--; lo menos se ha figurado que su novia es guapa... Qu sabr se lo que es una mujer bonita! As divagando, Pedro lleg hasta el faro del puerto, que era el paseo que se daba siempre que acompaaba Julia, para entretener el tiempo y dar lugar que fuera la hora de ir recogerla. Aquel da, al llegar, descendi saltando por las rocas hasta una algo elevada, prxima al mar, y se sent en ella. Pedro, encariado con el mar como si fuera una segunda novia, contemplbalo con arrobamiento, sonrea al ver su obstinada terquedad de combatir la tierra como eterna enemiga, que le mantena encerrado dentro de sus lmites. El mar, como si quisiera demostrar Pedro la alegra que le causaba el verlo, arrojaba hasta l sus espumas, que le mojaban. Largo rato pasaba all Pedro otros das, que no menos de dos horas tardaba Julia en despachar sus parroquianas; pero aqul, la impaciencia hacale tomar por horas los minutos que pasaban, y pronto emprendi el regreso; ni siquiera fij su atencin en una airosa y fina goleta que con las cangrejas de sus dos palos desplegadas, enfilaba la entrada del puerto. En aquellos momentos Pedro no poda fijarse ms que en la imagen querida de Julia, que por todas partes se le representaba: reflejada en las aguas, en el ambiente, dibujada por las sombras de los rboles, de las hojas, que los rayos del Sol siluetaban en el suelo. El canto de los pajarillos, Julia deca; Julia, murmuraba el viento, y Julia, susurraba el mar; Julia, en fin, deca la Naturaleza toda, que luca aquel da sus ms bellas galas en honor de la bella aldeana. Un rayo no hubiera cruzado el espacio con ms rapidez que Pedro desanduvo lo andado. Lleg al punto de cita, jadeante, sin aliento y, claro est, la muchacha no solamente no haba llegado, sino que an tardara un buen rato, si es que el reloj de una tienda en que Pedro mir la hora, marchaba bien, cosa que l le pareci muy dudosa. Pedro empez pasear las calles mirando los escaparates de las tiendas, leyendo los letreros de las mismas y sacando mentalmente de ellos las letras que formaban el nombre de su novia; metise por el muelle, volvi la poblacin, pas veinte veces por el lugar de la cita y, al fin, vi Julia que con el cantarillo y el cesto se diriga airosa y gallardamente hacia el mencionado lugar. El corazn del pescador di dos tres volteretas en el pecho. --Cre que no venas nunca--dijo el muchacho haciendo un verdadero esfuerzo para despegar los labios. --He tardado? --No; pero es que los minutos hoy me han parecido siglos, siglos interminables que he pasado sin verte. Nada digno de mencin ocurri en el regreso Rodaleda, si no es la alegra creciente de Pedro al verse nuevamente al lado de ella, y un cierto azoramiento, algo as como inquietud y sobresalto, en Julia. Esto, bien se echaba de ver al primer golpe de vista; pero no se hallaba el enamorado pescador en condiciones de ver nada que pudiera ir en detrimento de su novia. Poco, nada, hablaron por el camino; pero, juicio de Pedro, esto era lgico: si l senta todava la vergenza de su atrevimiento, qu no le pasara ella? No obstante, no sera muy aventurado afirmar que el pensamiento de Julia hallbase muy distante de aquel acontecimiento. Su mirada dirigase constantemente hacia el mar, por el que vagaba con ensueos ignorados. Despidironse frente la casa de Julia, situada la entrada de la aldea entre la carretera y el mar, y Pedro se fu la suya dando saltos y cabriolas como un chiquillo; actitud que produjo no poco contento su padre, el seor Jaime, que desde haca tiempo siempre le vea triste y taciturno. Sentronse comer padre hijo; durante la comida, Pedro habl sin dar tregua ni descanso la lengua.--Haba que ir pensando en agrandar la casa y en arreglarla un poquillo, porque la boda sera ya pronto, muy pronto; slo era cuestin de un par de meses el que Julia estuviera all, entre ellos. Ahora que el to Roque, el albail, no tena nada que hacer, era cosa de aprovechar la ocasin para poner la casa blanca como una paloma que se hubiera posado en lo alto del acantilado en que aqulla se hallaba situada. Coma el padre lentamente, pensando para sus adentros sabe Dios qu cosas, y dejaba decir su hijo, asintiendo todo, gozoso de verle tan alegre y satisfecho. Aquel da fu para Pedro un da nico en su vida; jams, en sus pocos aos, haba pasado otro mejor ni ms risueo. Bien hemos hecho en decir que este da fu nico en la vida del pobre Pedro; porque es lo cierto que desde el siguiente empez para l una era de pesares y tormentos, que acab para siempre con su breve alegra. Al da siguiente le falt tiempo al hijo de la Pepona para irle con el cuento Pedro. El hijo de la Pepona, que aunque haba cumplido los once aos apenas representaba siete, segn lo encogido y raqutico que estaba, era el encargado de dar al pescador las malas noticias. El pilluelo, dedicado vagar todo el da por la aldea, sin ocupacin de ningn gnero, enterbase de todo lo que pasaba en ella, y era sabedor de lo que le ocurra todo bicho viviente. Su madre, dedicada unas veces lavar ropa, otras llevar pesadas cargas al mercado de la ciudad, otras, en fin, pedir limosna, no poda ocuparse gran cosa de l, y, atendiendo al aspecto enfermizo del mucho, mandbale la carretera implorar la caridad de los que pasaran; pero Pascualn, que este era el nombre del chico, no se tomaba esta molestia y agradbale ms enterarse de todo lo que no le importaba; por eso estaba tan al corriente de los asuntos de Pedro. El asunto de aquel da era un asunto que se repeta por cuarta quinta vez: el automvil haba estado parado frente la casa de Julia; el seor se haba apeado y haba estado sentado en la piedra aquella que estaba junto la casa, hablando con la muchacha y bebiendo un vaso de leche. Lo peor de todo esto es que ello suceda siempre cuando Pedro, con su padre, estaba en la mar... Pareca que alguien le avisaba al maldito seorn aquel! Aquella situacin no poda continuar, y Pedro, resuelto que terminara, se encamin casa de su novia. Se haca indispensable que ella fijara una fecha definitiva para la boda, Pedro no responda de tirarse de cabeza al mar, ya que no lograba echarle la vista encima al bandido que vena turbar su felicidad. Resistise la muchacha cuanto pudo la pretensin de Pedro; di evasivas que bien las claras demostraban la batalla que se libraba en su alma; pero Pedro estaba ciego. Por ltimo, vindose ya acorralada por la insistencia de su novio y no queriendo, al parecer, dar respuesta alguna categrica, en aquel da, qued acordado que al siguiente, cuando Pedro regresara de la pesca, resolvera en definitiva. Inquieto y nervioso durmi Pedro aquella noche; la bella aldeana no peg los ojos ni un solo momento. Lleg el nuevo da... y lleg el momento en que padre hijo regresaran de la pesca. Pedro, no bien puso el pie en tierra, dirigise precipitadamente casa de Julia. A pocos pasos de distancia, y sentado en el suelo, vi Pascualn que con un dedo haca exploraciones en las narices. Pedro no pudo reprimir el gesto de desagrado que provocara en l la vista de aquel chiquillo que siempre le anunciaba malas nuevas. Lleg la casa; la puerta estaba abierta; acercse ella y con voz apagada llam:--Julia... Julia...--Nadie le respondi.--Julia... Julia!--volvi llamar con voz ms recia. Por respuesta obtuvo el mismo anterior silencio. Pedro sinti que el corazn se le paralizaba y que la sangre, al huir de l, se le suba la cabeza. De pronto, sus espaldas, sinti el rezongar de una voz gangosa que le hizo girar rpidamente sobre los talones. Pascual, metindose en la boca el mismo dedo con que momentos antes hiciera atrevidas exploraciones en las narices, se hallaba en pie poca distancia de Pedro. --Qu dices, muchacho?--pregunt el marinero, sintiendo deseos irresistibles de lanzar Pascual por los aires, con un formidable puntapi. --Que Julia no est en casa--replic el muchacho sin sacar el dedo de la boca. --Qu has dicho?--volvi preguntar Pedro, con voz que aterroriz al pilluelo. --Que no est...--repiti ste, dando algunos pasos atrs. --Que no est? Has dicho que no est? --S--contest Pascual, que, al ver la actitud de Pedro, empezaba lamentar para sus adentros el haberse metido donde no le llamaban. --Ven aqu, hombre, ven aqu--dijo Pedro, al ver que Pascualn segua reculando disimuladamente--; ven aqu y no tengas miedo, que no te como. Tranquilizse con esto un poco el chiquillo, y, aunque tmidamente, avanz hacia Pedro. --Dme: ha salido comprar algo? --Yo no s... --No iba sola? --No, seor. --Pues con quin iba? --Con el seor _ese_ del automvil. --Eh!!--rugi Pedro. Pascual, al oir el grito de Pedro, peg un salto que hubiera envidiado el ms consumado mico, y se dispuso echar correr; pero no pudo pasar del ademn, porque las garras de Pedro cayeron sobre l y se lo llevaron por el aire la piedra que serva de asiento; una vez all, vise prisionero entre las piernas de Pedro, imposibilitado de intentar nuevamente la evasin. --Toma una perra... y no te asustes; me vas contar todo lo que ha pasado; pero sin que se te olvide ni el ms mnimo detalle: si as lo haces, te dar otra perra; de lo contrario, haz cuenta de que te tiro de cabeza al mar, para que no vuelvas envenenar nadie con tus historias. El chico, cobrando algunos nimos con el aliciente de la otra perra, y limpindose los mocos con el nico pauelo que tena, que era la manga de su camisilla, sucia y rota, dijo que s con la cabeza. --Vamos ver: hace mucho tiempo que sali Julia? --S. Vino el seor _ese_ en el automvil, se sentaron aqu y estuvieron hablando; despus, l la abraz... --Y ella?... ella...? --Ella no quera que la abrazara. --Y despus? Vamos, hombre; acaba ya de una vez... --Despus, l la llev al automvil... --Ella, Julia, iba contenta? --No quera, deca que no... --Y luego... --El automvil ech correr. --Por qu lado, por qu lado de la carretera? --Por all--dijo el muchacho sealando con la mano. --Hacia Madrid! --Yo no s... --Y qu ms, qu ms... No les oiste hablar nada? --No. Yo estaba all--dijo el chico sealando un sitio algo distante. --Ira de Dios!--exclam Pedro, soltando al muchacho y levantando los puos en alto. Pascual, al verse suelto, peg un brinco, y sin aguardar que le dieran la perra prometida, ech correr como alma que lleva el diablo, sin parar hasta la tienda de comestibles que haba en la aldea, en la que, con la primera perra que le diera Pedro, se compr higos, que era el manjar de su predileccin. Pedro, ni se di cuenta de la desaparicin de Pascual. Sentado en la piedra, con los codos apoyados en las rodillas y la cara hundida entre las manos, lloraba como un chico; verta lgrimas gordas como puos, como los brillantes de los collares que l hubiera comprado Julia, si en vez de pescador hubiera sido banquero. Se ha ido--gema el infeliz--; mas qu representa esta ausencia? Se march para no volver se ausent momentneamente? Esta puerta abierta lo mismo puede decir lo uno que lo otro; que si no piensa volver nunca, poco debe importarle la suerte que corra su hogar, al dejarlo as merced de las gentes. Ah!, pero esto es suponer un disparate. No haba dicho bien claro Pascual que ella no quera subir al automvil? Qu ms prueba de que Julia haba sido llevada la fuerza, con engaos, poco menos que robada? Cmo, si no, iba dejar as su casa, la casa donde naciera? Todos estos razonamientos se haca Pedro, encaminados demostrar que Julia era una vctima y no una culpable. Cmo poder suponer culpable una mujer que el da antes le prometa fijar en aquel en que se hallaban la fecha de su matrimonio? Cmo suponer en ella tamaa infamia como sera la de ofrecer lo que no estaba en su nimo cumplir? No habra subido al automvil alucinada por la idea de dar cumplimiento su harto conocido deseo _de saber cmo se iba_ en un coche de aquellos? Claro que, aunque esta fuera la causa de la ausencia de Julia, de nada poda servir para disculpar su conducta, y que no por ello vea Pedro aclararse los negros nubarrones de su alma; pero como buen enamorado, senta algn consuelo al pensar que todo poda quedar reducido una ligereza, una imprudencia, que no tena disculpa; pero al fin y al cabo, una imprudencia, y no otra falta mucho ms grave. Lo cierto y seguro es que lo ocurrido creaba una situacin dificilsima entre Julia y Pedro; porque ni l estaba dispuesto perdonar, ni su padre consentira ya jams en aquella boda.--Pero qu es lo ocurrido, Dios mo, qu es lo ocurrido, si yo no lo s, ni lo sabe nadie?--deca quitndose y ponindose la boina y enmaraando su ensortijado cabello. Nuevamente volvi hundir la cara entre las manos, como si quisiera recoger las ideas. Largo rato permaneci en aquella actitud. Por fin, levantndose, se acerc lentamente la puerta de la casa y, tras de alguna vacilacin, penetr en ella. La casuca componase de dos estancias: Pedro no haba pasado nunca de la primera. Sobre una mesa de pino vi el cantarillo y la cestita en que Julia llevaba sus mercancas al mercado. Sin poderse contener, sintindose dominado por un furor repentino, asi el cntaro con ambas manos y con gran violencia lo estrell contra el suelo. Cuando aquel ataque de ira se hubo calmado, Pedro, sintiendo honda emocin, mir hacia la segunda estancia, oculta por una cortina de percal rameado. Con religioso respeto se acerc aquella cortina, que apart con mano temblorosa, y, por primera vez, pudo contemplar el dormitorio de Julia. En aquella habitacin, como en la primera, todo era pobrsimo; pero todo estaba limpio y aseado, revelndose hasta en los detalles ms mnimos, no slo la mano de una mujer, sino la de una mujer pulcra y atildada hasta la exageracin. Una pequea cama de hierro, con colcha de percal rameado, como la cortina; los pies, y colgadas de una percha de madera, algunas ropas; debajo, un viejo y antiguo bal, y en un rincn un lavabo de hierro con jofaina de hojadelata; esto y una silla con asiento de enea constitua todo el ajuar de la alcoba. Despus de breves momentos de xtasis ante aquellos objetos, para Pedro los ms ricos y bellos del mundo, fij su atencin en un hilillo rojo que se destacaba sobre la nvea blancura de la almohada; se acerc y lo tom en sus manos; era su collar, el collar de corales que das antes regalara Julia. Su primer impulso fu hacerlo aicos, pisotearlo, hacerlo polvo; pens despus llevrselo...; por ltimo, resolvi dejarlo nuevamente donde lo hallara. El pobre Pedro sentase desfallecer, la angustia suba poco poco del corazn la garganta y all formaba un nudo que le ahogaba. No pudiendo resistir ms sali, lentamente de aquella habitacin la primera; cogi la llave de la puerta de la casa, que sobre la mesa de pino estaba, y sali cerrando con dos vueltas. Si vuelve--pens--, no podr entrar y... Andando muy despacio, con la cabeza baja y las manos cruzadas la espalda, encaminse hacia su casa, situada al otro extremo de la aldea. Aun buscaba la explicacin menos grave tan desdichado suceso! Cuando lleg su casa, el seor Jaime no estaba en ella; mir al fondeadero en que anclaban la _Carlota_, la lancha que tenan para la pesca, y lo vi que, sentado en uno de los bancos, se ocupaba en _achicarla_. Una vez terminada la operacin, el viejo marinero encaramse de pea en pea hasta llegar lo alto del acantilado. Al ver su hijo en tan triste estado, sinti gran inquietud; pero cuando supo lo ocurrido, se limit mover la cabeza como si quisiera decir: Si no era eso, una cosa parecida era lo que yo me estaba esperando hace tiempo. Despus procur por todos los medios hacer entrar en razn Pedro; pero todo fu intil: Pedro estaba desesperado. Sentronse cenar, y la cena qued intacta; ni el uno ni el otro pudieron atravesar bocado. Era el seor Jaime de pequea estatura y muy enjuto de cuerpo. Haba cumplido los sesenta y seis; pero los llevaba tan bien, que apenas representaba cincuenta. Su cara, de la cual era fiel reflejo la de Pedro, respiraba simpata; usaba sotabarba, que, al igual del pelo, haba ya encanecido por completo. Vesta pantaln de pao obscuro, camisa de rayas blancas y negras, desabrochada, y una faja azul que le daba mltiples vueltas la cintura. A los veintitrs aos se haba casado con Carlota, chica buena, como pocas, que le di un hijo todos los aos; hijo que, por desgracia, Dios se encargaba de quitrselo al siguiente del nacimiento, causando la desesperacin de los padres, que, al fin, y despus de mucho rogarlo, lograron conservar el ltimo, que fu Pedro. Al cumplir ste los siete aos, muri la madre. El seor Jaime no vivi desde entonces ms que para el chiquitn, y ni siquiera le pas por la imaginacin la idea de darle madrastra. Cuando el nio fu mayorcito, y despus que hubo aprendido leer y escribir en la escuela, lo asoci su trabajo; desde aquel da fueron siempre juntos la pesca, con gran alegra del padre, que slo se senta feliz al lado de su pequeo Pedrn. Pedro, por su parte, no tena ms amigos que su padre, y corresponda su cario con otro no menos grande. Solamente Julia haba logrado hacerse hueco en el corazn del muchacho, y esto haba sido en mal hora, segn deca el seor Jaime, porque nunca haba visto l en aquella muchacha las condiciones que hubiera querido para la que fuera mujer de su hijo; pero tan enamorado vi al chico, que, al fin, hubo de ceder, pensando que ello haba de ser gusto de Pedro, que era el que se casara, y no de l. Tan encariado lo vi con ella, que lleg el momento en que l mismo crey haberla tomado cario. Lo ocurrido vino demostrar al pobre viejo que no se haba equivocado en su juicio sobre la muchacha; y si no fuera por lo mucho que vea sufrir Pedro, buen seguro que se alegrara de lo ocurrido; que esto, al fin y al cabo, era dejarlo en libertad. Aquella noche, Pedro se obstin en volver casa de Julia, por si sta haba regresado. Intiles fueron las razones que le di su padre: --Si hubiese vuelto, al ver su casa cerrada, quien iba recurrir primeramente, si no era l? Todo fu en balde, y el seor Jaime, no queriendo dejar solo su hijo, se empe en acompaarle. Nada vieron al llegar; la casa estaba cerrada como la dejara Pedro; envuelta en la negrura de una noche sin luna, la tristeza que causaba era inmensa; ningn ruido se oa, no ser el sordo murmullo del mar; nadie haba en aquellos contornos. Tristes y apesadumbrados regresaron padre hijo su casa, y previas nuevas recomendaciones y cariosos consejos del viejo, echronse en sus respectivos camastros, no sin que antes el seor Jaime, quitara disimuladamente la llave de la puerta y la metiera debajo del suyo. II Un mes haba pasado desde que Julia desapareci de la aldea. El seor Jaime, sentado en un banquillo ante el hogar, cuidaba de unas patatas que en l se guisaban. Al quedar viudo tom para s el cargo de cocinero, y con l sigui en lo sucesivo. Pedro, sentado en un montn de cuerdas, con los brazos cruzados sobre el pecho, pareca abstrado en sus pensamientos. El seor Jaime, tan pronto atizaba la lumbre, como revolva las patatas se quedaba mirando su hijo. Slo se oa en la habitacin el gorgoteo de la cazuela. Aquella casuca en que padre hijo vivan, fu construda por los abuelos de ste. Estaba sola, en el borde de la costa, sobre un alto acantilado; en su mayora, haba sido construda con vigas y tablas, siendo la cal y el ladrillo los elementos que en menos cantidad haban entrado en su construccin. Se compona de tres habitaciones: la primera, donde se hallaban en aquel momento, serva de cocina, comedor y portal, todo un tiempo; las otras dos, que juntas ocupaban un espacio de terreno igual al de la primera, la una serva de dormitorio; la otra fu dedicada servir de almacn. Lo prolongado de su vida, la dbil construccin y los vendavales y tormentas que en aquella altura sufriera con harta frecuencia, desde largos aos, la tenan algo deteriorada; pero palacio sabales sus moradores. No era de los ms pequeos el temporal que en aquella ocasin se deba disponer resistir, juzgar por la fuerza del viento, lo encrespada que la mar se iba poniendo y lo ennegrecido que por los nubarrones se hallaba el cielo. Aquella tormenta que se echaba encima por momentos, era la primera de aquel otoo; el verano haba terminado poco de ausentarse Julia. Decamos que el seor Jaime se ocupaba alternativamente en mirar Pedro, en revolver las patatas y atizar la lumbre; pero ms justos hubiramos sido diciendo que no quitaba la vista de su hijo, pues que las dos ltimas operaciones hacalas sin dejar de mirarle. De tal manera le dola al pobre viejo verle de aquel modo, que, algunas veces, su rostro bondadoso se contraa de ira, y sus ojos miraban un punto imaginario, como si amenazaran un ser invisible. No pudiendo aguantar ms, el viejo rompi el silencio: --De veras te digo, Pedro, que en la vida podas pensar cosa mejor que la que ahora ests pensando... si es que piensas en olvidar ... esa mujer. --Olvidarla?--contest Pedro como si volviera de un sueo.--Vamos, padre, no diga usted eso! --Pues... coles!... qu quieres que diga?--mascull el seor Jaime quitando con un brusco movimiento la tapa de metal de la cazuela.--Es que quieres pasarte la vida as? Y al mismo tiempo peg un fuerte porrazo con la susodicha tapadera en la piedra del hogar, la par que retiraba la cara para huir la nube de vapor que sala de la cazuela. --No puedo olvidarla, padre; qu quiere usted que haga? --No puedes olvidarla porque no quieres, porque no te lo propones; probaras ello y ya veras si lo conseguas. --Me lo he propuesto, padre, me lo he propuesto muchas veces y no he podido conseguirlo; est muy metida en el corazn... --Voluntad... voluntad... y voluntad!--El seor Jaime, cogiendo una cuchara de palo, se puso revolver el guiso, que cada vez despeda mejor olorcillo.--Todo es cuestin de voluntad, creme m, Pedro. A estas horas, mientras t te ests haciendo los sesos agua, fuerza de pensar en ella, buen seguro que la chica estar divirtindose de lo lindo. --Padre!... --Pero es posible que sigas creyendo que Julia se la llevaron la fuerza? Es posible que en un mes que llevas de cavilar, ms que si fueras para sabio, no te hayan venido razones la cabeza que te demuestren lo contrario? --No, padre..., no! --Pues yo te digo y te repito, y no me pesa el decrtelo, aunque te haga dao el oirlo--que lo que daa cura--, que ella se fu por su gusto. Es que as como as se lleva una persona la fuerza y se la tiene oculta un mes sin que nadie sepa de ella? Pues floja voz tiene una mujer para gritar... cuando quiere que la oigan! --Un seorn como ese tiene medios para todo, padre. --Ya lo creo que tiene medios para todo; por eso se llev Julia sin necesidad de recurrir la fuerza. --Pero es que va usted suponerla tan mala y tan perversa que se fuera con un hombre al que no haca ms de quince veinte das que conoca? --Eso... que t supieras, que el tiempo que haca, ellos se lo sabran. Pero, de todos modos, te parecen pocos quince veinte das para convencer una mujer, cuando se sabe dar en el _quid?_ Bien pronto dara el seor ese con los argumentos que en Julia haban de hacer mella; no era muy difcil encontrarlos. --Qu quiere usted decir, padre? --Que Julia no haba pensado nunca en ser la mujer de un pescador. --No era mi novia? --Era tu novia porque saba muy bien que eres el mejor muchacho de la aldea; te guard para ella, porque si no lograba cosa ms de su gusto, t eras lo mejor de que aqu poda disponer; pero no porque te quisiera; no haba ms que observar su modo de mirar, siempre lo lejos... lo lejos, para comprender que no eras t el objeto de sus deseos. --Que Julia no me quera? --No. Julia no quera nadie; se quera s misma. An me parece estarla viendo con aquel aire desdeoso que tena para todo el mundo; la nia pareca una diosa. --Y lo era, padre; por algo naci tan hermosa. --No te lo niego. Pero no es lo malo que lo fuera, sino que lleg persuadirse de ello. Hermosa era tu madre, como hay pocas, y nunca la o una palabra que no fuera en alabanza de la hermosura ajena, que nunca repar en la suya propia; y con ella me cas sin tantos rodeos ni circunloquios como Julia empleaba contigo; y fu feliz, y no ser porque Dios le pareci bien el llevrselos, ms de diez hermanos tendras ahora contigo. Bien es verdad que mujeres de la casta de tu madre, de las que vienen al mundo para hacer la felicidad de aquellos que las rodean, son tan difciles de hallar como aguja en un pajar; que las ms son de la pasta de Julia; de las que se meten por los ojos de un hombre para zambullirse en el corazn y hacer jigote con l; de las que al risueo le vuelven triste, mudo al hablador, pobre al rico; de las que, en fin, truecan y trastornan el mundo de tal manera, que todo lo vuelven _patas arriba_; y stas, que, por ser tantas, son casi todas, hablan ms que cotorras para decir que son unas esclavas..., y que no hay hombre bueno..., y que quin hubiera nacido con pantalones, en vez de con faldas! Hermosa era Julia; pero estaba demasiado ufana de su hermosura, para que pudiera ser buena; que no hay bueno que de s mismo se ufane ni envanezca. Bien saba ella que su cuerpo era gentil y esbelto; que era pequea su cintura, redondas sus caderas y firme y no escaso su pecho; bien saba ella que en su cara de virgen haba una boca pequea con labios rojos como cerezas, por entre los cuales asomaban sus dientes iguales, pequeitos y blancos; que tena unos ojos grandes y una naricilla bien cortada y fina; que su pelo era negro y tan largo, que las dos trenzas en que lo peinaba le llegaban casi al suelo. No necesitaba ella que nadie le dijera que sus pies eran pequeos como los de una nia, que bien le gustaba bajar las rocas, para que el mar, acaricindolos mansamente, les quitara la tierra que los manchaba, dejndolos blancos como los copos de la nieve; y por eso que todo lo dicho se lo saba ella de memoria, algn da hubo de pensar que era mucha su hermosura para entregrsela un pobre pescador. --Pero qu supone usted, padre, qu supone usted? --Que ese seorn acert ofrecerla lo que ella haba soado, y con l se fu sin tenerle que dar cuentas nadie; porque, siendo sola en el mundo, nadie tiene que se las tome. --Y yo? --T no eras ms que su novio. --No bamos casarnos? --Tanto pensaba ella en casarse contigo, como yo en ser obispo. Desengate y piensa que mientras t ests penando, ellos se estarn divirtiendo. --Porque usted no me ha dejado ir Madrid!--replic Pedro apretando los dientes. --Ni te dejar... recoles!... Qu ibas lograr all? --Eso... yo me lo s! --Tambin lo s yo; por eso no te dejo. Olvida, Pedro; haz caso de mis consejos, que aunque las mujeres como tu madre sean en el mundo escasas, alguna puede que quede todava, y tal vez no sea muy difcil encontrarla para ti. Ah tienes la Pepita, que es mujer de buena pasta, y es limpia y hacendosa, sin que sea menester mentar lo de que es mujer honrada. Ella cuida de la casa de sus padres, que son viejos, y de sus hermanos, y an la ves que tiene tiempo para ir al mercado cuando hace falta vender gallinas pollos para allegar dineros con que atender las necesidades de la casa. --Ya lo s, padre, ya lo s; mas para mi ya no hay mujer ninguna en la tierra. --Buena tontera! A los veinte aos se olvida todo bien pronto..., y casndote con la Pepilla lo olvidaras mucho antes; conque nimo y ello. Trete t para ac la Pepilla, y triganos ella despus un par de chiquillos; que sea por la costumbre que de ellos tengo sea por... lo que sea, seguro estoy que mientras no vengan no saldr de esta casa la tristeza que la habita desde que muri tu pobre madre. Dispuesto pareca el seor Jaime seguir dando consejos; pero abstvose de hacerlo al ver el poco ningn efecto que los anteriores haban causado en Pedro, cuya actitud ms pareca de ausente que de presente. Renunci, pues, el seor Jaime, seguir predicando en desierto, y dando la ltima vuelta las patatas, que ya transcendan guisadas, las retir de la lumbre. --Ponte la mesa, Pedro, que esto ya est, y el comer y el dormir es un gran remedio para toda clase de males. Sin replicar palabra psose Pedro cumplir lo que su padre le haba mandado; aunque bien saba Dios que para l no era de gran necesidad el comer. Pronto estuvo la mesa dispuesta, porque en ella, que no era mesa sino banco, no haba que hacer otra cosa ms que poner ste en medio de la habitacin, y en l la cazuela con ms una libreta, ni muy blanca ni muy tierna; dos cucharas de madera, un cuchillo y un vaso de metal; en el suelo, una botella con vino; por asientos, los dos extremos del banco. La cena comenz amenizada por los bramidos del huracn que iba en aumento y que haca oscilar la luz del candil que alumbraba la habitacin, metindose dentro por las muchas rendijas que tena la casuca. Al pie del acantilado, el mar rompa sobre las rocas, escupiendo sobre ellas espumarajos blancos. El cielo, negro, amenazador, empezaba desplomarse convertido en torrentes de agua; el trueno dej oir su majestuoso y grandioso retumbar. --Atranca bien la puerta, Pedro, y acostmonos--dijo el seor Jaime as que hubieron acabado de cenar. --Mal se nos pone para la pesca... --Paciencia, hijo, y esperemos; por fortuna, no nos falta con qu. Asegur Pedro la puerta con una fuerte tranca, mientras el seor Jaime recorra las ventanas para ver si estaban bien cerradas, y despus ambos se recogieron la habitacin que les serva de dormitorio. Acostados ya, el viejo, haciendo abanico de su boina, apag el candil que haba colgado de un clavo. Un espantoso trueno reson en el espacio con estridente y prolongado tableteo; al extinguirse ste, se oy la sirena de un vapor que desesperadamente peda prctico para ganar el vecino puerto de la capital. --Muy apurado debe estar _se_--dijo el seor Jaime. --Me parece que no van poder darle prctico; tendr que poner proa la mar y capear el temporal hasta el amanecer--respondi Pedro. --Dios los ayude. El seor Jaime, catlico ferviente, como buen marinero, di principio sus oraciones acostumbradas por el alma de su mujer, _item_ ms las que en da de tormenta rezaba por los que estaban en el mar. Pedro, aunque buen cristiano, como su padre, haca tiempo que no rezaba por nada ni por nadie; nada haba que pudiera apartar su pensamiento de Julia, ni en su imaginacin caba otra idea que la de ir Madrid. III El seor Jaime, con una mano empuaba la caa del timn y con la otra la escota de la vela. Pedro, sentado proa, de espaldas su padre, pareca sumido en hondas preocupaciones. La _Carlota_ saltaba gallarda y airosamente sobre las pequeas olas que salan su encuentro. Ocho das haba permanecido anclada en su pequeo puerto causa del temporal, y, al salir nuevamente la mar, pareca querer demostrar su alegra en sus jugueteos con las olas. Su casco, bien cuidado y pintado de blanco, se inclinaba coquetonamente impulsos del viento que cea su vela triangular. Amaneca dulce y soadoramente. Nada hablaban en alta voz los dos pescadores; pero bien poda decirse que en su interior ms hablaban que polticos en la oposicin. --Diablo de muchacho--decase el padre--, qu fuerte le ha entrado. En mis tiempos no nos enamorbamos as. Que una muchacha nos deca que no? Pues otra! Bien enamorado estuve yo de la Gabriela, y, sin embargo, pues cuando me dej plantado por el _Bisojo_... pues... _na!_ Pas unos das malos... despus vinieron los buenos, me declar Carlota, me cas con ella... y bendita sea la hora en que lo hice; que sta me sali buena, y hay que ver cmo le sali la Gabriela al _Bisojo_... Pero anda, que ahora, se enamora un muchacho de una mujer... y ya parece que no hay otra en el mundo; cuando hay ms que pescados en la mar! --Me parece que debemos dar fondo--dijo Pedro, interrumpiendo el soliloquio de su padre. El seor Jaime mir hacia tierra para orientarse, y despus hizo virar la lancha y solt la escota de la vela. Pedro recogi sta sujetndola con la misma escota al palo; despus arroj al agua un pesado pedazo de hierro que, sujeto un _cabo_, haca las veces de ancla. El viejo, entretanto, sacaba de un cesto las _lias_ que haban de servir para la pesca del calamar; una vez preparadas, se situaron cada uno en una banda y empezaron la tarea que deba durar hasta el anochecer. --Parece que hoy se da bien--dijo al cabo de un rato el seor Jaime, tirando rpidamente de su aparejo para que no se desengancharan del anzuelo tres hermosos calamares que intilmente queran defenderse soltando fuertes chorros de tinta. --Bien hace falta, si hemos de llevar lo que el to Juan nos ha encargado--replic Pedro, tirando su vez de la lia. La pesca, que, como el seor Jaime haba dicho, se di bien, continu hasta las doce, sin que ni el uno ni el otro hablaran ms que lo indispensable. A las doce en punto se suspendi la pesca; recogironse los aparejos y se dispuso el almuerzo. Todos los esfuerzos que el padre hizo, durante aqul, para entrar en conversacin con el hijo, fueron intiles. Pedro no responda ms que un tema, y precisamente ese tema era el que su padre no quera tocar de ningn modo. El pobre enamorado, desde haca das iba volvindose cada vez ms taciturno y ms reservado. Mientras coma, sus ojos miraban hacia tierra. No saba l, punto fijo, hacia dnde caa Madrid; pero l miraba hacia all, muy lejos, y seguramente que alguna vez sus miradas pasaran sobre aquella maldita ciudad en la que se encontraba lo que l ms quera en el mundo; porque es lo cierto que, aun vindose traicionado, aun vindose insultado y ofendido como se vea, l segua queriendo Julia... Por qu no haba l de ir Madrid? Por qu su padre se obstinaba en no dejarle? No tena el dinero que con tanta alegra y tantos afanes ahorrara para casarse? Qu mejor empleo poda darle que en ir Madrid, buscar aquel hombre, arrancarle el corazn y hacrselo aicos, como l lo haba hecho con el suyo? Pedro miraba su padre cuando aqul no le vea, y despus tornaba reconcentrarse en s mismo. Concludo que fu el almuerzo, Pedro dijo su padre: --chese usted dormir un poco, que yo seguir pescando. --Echmonos los dos: el mar duerme tambin, y tiempo nos queda de sobra para pescar lo que nos falta. --Yo no tengo sueo, padre; chese usted. --Bueno; pero no me dejes dormir mucho; ya sabes que no me gusta. --No tenga usted cuidado, que yo le llamar. El viejo tumbse boca arriba en el fondo de la lancha; psose la boina sobre la cara, y, los pocos momentos, un rumor sordo, que fu aumentando hasta alcanzar la categora de formidable ronquido, anunci que dorma como un lirn. * * * * * Ms de dos horas haban pasado cuando el seor Jaime empez rebullir perezosamente. Llam su hijo en forma que apenas se le entenda y volvi quedar inmvil unos segundos; despus incorporse, como sobresaltado, y, restregndose los ojos, llam nuevamente:--Pedro--dijo pensando que ste se hallaba detrs de l.--Pedro--volvi repetir. Y como Pedro no le contestara ni l oyera ruido alguno su espalda, volvise precipitadamente, quedando plido como el marfil, por la emocin que sufri: Pedro no estaba en la lancha! --No est..., no est aqu!--dijo balbuciendo las palabras.--De pronto, como si un sbito ataque de locura le acometiera, psose en pie gritando con toda la fuerza de sus pulmones: --Pedro!... Pedro!... Pedro!--Nadie le contest. Los sollozos le ahogaron en la garganta el nombre de su hijo, de su Pedro... de su Pedrn!--Ah, maldita mujer... maldita, s!... Quin tena la culpa de lo que suceda, sino ella? Pedro no estaba en la lancha... Pedro se haba tirado al mar para matarse, como nico medio de olvidar la causante de sus desdichas... Y l que se haba echado dormir tan tranquilo!... Pero, Dios Santo!... Cmo suponer que Pedro abrigara aquellas intenciones? No, no era posible aquello; no era posible que su hijo se hubiera matado as... de aquella manera... estando junto su padre. El viejo recorri afanosamente con la vista todos los rincones de la embarcacin buscando un objeto... un papel...; algo, en fin, que aclarara sus dudas horribles. Una ronca exclamacin se escap de su oprimido pecho, al fijarse en la proa de la lancha: all, hechas un reguo, vi las ropas de Pedro. Un jbilo inmenso, una alegra delirante hizo temblar al seor Jaime, como un azogado. Abalanzse sobre aquella prendas, y entre risas y sollozos, entre palabras entrecortadas y suspiros ahogados, las estrech centra su pecho, besndolas con loco frenes.--Ya lo deca yo, ya lo deca... No se ha matado, no!... Si se hubiera tirado al mar para ahogarse, no se hubiera preocupado de quitarse la ropa. El dejarla aqu es indicio de que quiso ponerse en condiciones de poder nadar para llegar ... adnde, Dios, adnde? A tierra, sin duda; pero con qu objeto? Qu idea ha podido sugerirle el recuerdo de esa...? Habr querido poner en prctica su deseo de ir Madrid, de escaparse, puesto que en tierra sabe que yo lo vigilo? Lo que sea, no es aqu donde he de averiguarlo; y si es esto ltimo, como me figuro, quiz todava nada en direccin tierra, y en ese caso... pronto le alcanzar la _Carlota_. El seor Jaime, para no detenerse en levar el ancla, sac de la cesta de las provisiones un cuchillo de ancha y afilada hoja, y de un tajo cort el cabo de aqulla; luego hizo _virar_ la lancha con un remo y la _Carlota_, cabeceando un momento, como caballo que se impacienta, ci el viento con la vela y hendi con su afilada proa las tranquilas aguas. El viejo, entornando los ojos, miraba con creciente ansiedad; pero nada descubra. La distancia tierra, poco ms de una milla, era poca cosa para un nadador como Pedro, y no tena miedo de que le hubieran faltado las fuerzas; un calambre... tampoco era de temer.--Sin duda--pens--que se tirara al mar en cuanto yo me qued dormido... y, en ese caso, es seguro que lleg tierra hace tiempo; que se puso el traje nuevo; que cogi sus ahorros, y que carretera adelante camina ya en busca del ferrocarril. Poco faltaba la _Carlota_ para ganar la costa, cuando el seor Jaime crey distinguir un objeto informe que se mova impulsos del agua.--Qu es aquello que se ve all, Jaime?--se dijo sintiendo que el corazn le saltaba del pecho.--Aquello... aquello es... A ver: orza... orza un poco, Jaime... As... Qu el diablo me lleve si aquello que sube y baja en el agua no es...! Y el pobre viejo, con voz que la alegra haca parecer desesperada, empez gritar:--Pedro!... Pedro!... S, s; es Pedro, es mi Pedro... La _Carlota_, con su rpido andar, acortaba por momentos la distancia que la separaba del objeto que flotaba en las aguas. El seor Jaime, abandonando el timn y la vela, salt por encima de los bancos, hasta la proa de la lancha. La _Carlota_, falta del impulso del viento, y slo con la velocidad adquirida, lleg hasta el cuerpo del infortunado Pedro, que, ahogado, era mecido por el agua, dndole suavemente con la roda, como si quisiera acariciarlo. El desdichado padre, al ver que aquel cadver era el de su hijo, el de su Pedro... abri los brazos y, sin proferir ni una exclamacin, cay de espaldas en la lancha. La _Carlota_ sigui rozando el cuerpo del pobre Pedro, como si quisiera decirle que estaba all... que subiera su bordo para reanudar la marcha... IV Desde aquella terrible tarde en que, hombros, haba subido la casuca su pobre Pedro; desde aquella terrible noche que pas l solo velando el cadver de su hijo; desde que, al da siguiente, le hubo dejado enterrado junto su madre, el seor Jaime no haba vuelto entrar en su casa, la cual ya miraba como panten de su felicidad. Aquella noche espantosa, el pobre viejo crey volverse loco, y no aseguramos nosotros que su razn quedara muy completa. Tampoco volvi embarcarse en la _Carlota_; la vela, los remos y el timn fueron trasladados la habitacin que haca las veces de almacn, y ella fu amarrada en su pequeo puerto, al abrigo de unas elevadas rocas. Flaco, encorvado, perdidas por completo las energas, aniquilado, en suma, pasaba la mayor parte del da en el pequeo cementerio del pueblo, donde su mujer y su hijo estaban enterrados el uno junto al otro. Por las noches dbase vagar por los acantilados, y cuando el cansancio le renda, base hacia la casuca, se echaba junto ella y desde all contemplaba el mar, desde all miraba la _Carlota_, que, amarrada, pareca participar de las tristezas de su dueo. En el bolsillo guardaba la llave de su morada; pero un da que quiso entrar en ella, crey morir; no pudo atravesar el umbral de aquella puerta, no se atrevi turbar el silencio de muerte que all dentro reinaba. Gastadas las economas de Pedro en su entierro, el seor Jaime careca de recursos; pero no por eso, al pronto, le falt lo indispensable: los vecinos, los otros pescadores de la aldea y las mujeres, sobre todo, desvivanse por atender al pobre viejo... Era tan desgraciado! La una un poco de pan; la otra un pedazo de carne; aqu le hacan entrar hoy para que comiera caliente; all apartaban un poco de la cena, y Pepina, la chica mayor de la casa, echaba hacia l acantilado en busca del seor Jaime, para que se lo comiera. Pero poco poco, y medida que la terrible impresin que caus la muerte de Pedro se fu borrando de la memoria de las gentes, algunos dieron en observar que, unos ms, otros menos, todos tenan desgracias que contar; que haba que conformarse con ellas, y que ya iba siendo hora de que el seor Jaime se conformara con la suya: ni era el nico padre que haba perdido su hijo, ni lo sera. Tena casa, y si no entraba en ella, era porque no le daba la gana; porque todo aquello de que se morira de pena all dentro y dems cosas que deca, no eran ms que tonteras; todos tenan casas, y no porque se muriera alguno de la familia se iban los dems vivir al campo. Tena una hermosa lancha, que poda vender, ya que l era demasiado viejo para ir solo pescar; porque todo aquello de no quererse desprender de ella, porque la lancha era como algo suyo, de lo que no podra desprenderse sin perder la vida, no eran ms que chocheces de viejo. En el pueblo haba muchos que cuando vinieron mal dadas, tuvieron que vender la lancha y todo lo que fu preciso para poder subsistir, y por eso nadie se muri, que precisamente para no morirse es para lo que la vendieron. Y, sobre todo, qu caramba!, ellos eran pobres tambin y harto hacan con remediarse ellos mismos. En medio de la indiferencia que por todo senta, en medio del estado de idiotez en que el viejo cay, no dejaba de alcanzrsele que tenan razn; as, pues, para acabar con las murmuraciones, decidi aceptar el puesto que, para guardar las vacas, le ofreci el alcalde de la aldea, contemporneo suyo y amigo de la niez. Despus de todo, qu ms poda apetecer? Vivir siempre en el campo, entre aquellos animales, ms nobles que la mayora de las personas. Empez su nueva vida; el pescador trocse en apacentador de vacas. Todas las maanas, al amanecer, base hacia el monte con ellas, llevando en un zurroncillo el modesto yantar del da. Pero es el caso que, dondequiera que se hallaba, el pensamiento del viejo estaba siempre muy lejos, y, por lo tanto, poca ninguna atencin prestaba al ganado, que campaba por sus respetos; con frecuencia le ocurra que, llegada la noche, no se daba cuenta de que el ganado, cansado de esperar, se echaba dormir en el campo. Ms de una vez tuvo que ir el hijo del alcalde en su busca; y era de oir al muchacho: --Eh, seor Jaime!... Se ha quedado usted dormido es que est usted chocho? Volva en s, sobresaltado, el seor Jaime; sonrea dulcemente, por toda respuesta, las groseras palabras del pilluelo, y recogiendo el ganado volva casa, donde an haba de escuchar cosas ms desagradables. Estas y otras causas dieron lugar que el alcalde le tratara cada vez ms spera y desconsideradamente, diciendo que el abuelo estaba ya chiflado y no serva para nada. No recordaba, al hablar y al proceder como lo haca, que ambos haban jugado juntos siendo nios; no recordaba que se distinguieron, entre todos los chicos de la aldea, por el gran cario que se profesaban; por regla general, el corazn del hombre no se acuerda nunca de cuando fu corazn de nio... Qu lstima! Los pilluelos de la aldea le hacan burla y le tiraban piedras. l los miraba sin enojo y sonrea, sonrea tiernamente al contemplarlos y no se quejaba de las pedradas que reciba; l tambin haba tenido un nio, un precioso chiquillo, tan guapo como su madre... que sabe Dios si alguna vez habra tirado tambin piedras contra algn pobre viejo. Pero no; Pedro no haba tirado nunca piedras contra un desvalido, que ni su madre ni l le haban permitido nunca tal desmn. Un da, no pudiendo ya sobreponerse la angustia que le dominaba, el seor Jaime, despus que hubo encerrado el ganado y que hubo escuchado unos cuantos insultos de todos los de la casa, que ya le trataban como un idiota, salise sigilosamente de ella y se fu los acantilados, al lado de su querida casita, junto la cual durmi. Qu consuelo sinti junto ella! Momentos hubo en que crey oir rechinar la puerta y que su Carlota y su Pedro salan buscarle tendiendo sus amorosos brazos para aprisionarle en ellos. Pero todo fu un sueo! All abajo estaba la lancha amarrada en su puertecito. Al otro da, en toda la maana se movi del mismo sitio. Sentado en el suelo, con las piernas recogidas, los brazos cruzados sobre las rodillas y apoyada en ellos la cabeza, el seor Jaime pareca madurar algn proyecto, alguna resolucin extrema. Por la tarde visele por el campo recogiendo florecillas silvestres, que, ms tarde, fu depositar sobre las tumbas de los seres queridos, ante las que se le vi orar fervorosamente; al anochecer volvi al acantilado. V Seran las doce de la noche, cuando el seor Jaime, con paso vacilante, se acerc su antigua morada. Con mano temblorosa busc la llave en uno de los bolsillos de su derrotado pantaln, y no sin gran trabajo, la introdujo en la cerradura, que resisti al primer intento; cedi, por fin, al segundo, y la puerta se abri, no sin gran escndalo de sus mohosos goznes. Precipitse el anciano, ms bien por desfallecimiento de sus energas que por mandato de la voluntad, en la primera habitacin, y dejndose caer sobre el banco que en otro tiempo sirviera de mesa l y su hijo, prorrumpi en convulsivos sollozos. Largo rato permaneci en aquel estado. Cuando el caudal de sus lgrimas se hubo agotado, incorporse penosamente y con la vista recorri la estancia, mirando amorosamente los objetos que en ella haba: all estaba todo, todo lo que haba sido testigo de su felicidad. Un profundo suspiro, un quejido del alma desgarrada reson en aquel cuartucho. El seor Jaime, cambiando de aspecto y recobrando, al parecer, sus perdidas energas, di entender con su nueva actitud que alguna resolucin inquebrantable le haba llevado all. En efecto: empez recoger todos cuantos muebles y objetos de madera haba en la casa y con ellos form un montn junto uno de los tabiques, hecho de tablas; bajo ellos puso la vela de la _Carlota_, y sobre ella arroj el alquitrn que contena un pequeo cubo que en un rincn haba; recogi los remos y, arrastrndolos por uno de sus extremos, los sac fuera de la casa; descans unos momentos y despus los condujo, con no poco trabajo, hasta la embarcacin. Pobre _Carlota_! Despintada completamente, pareca haber envejecido tanto como el amo. Al sentir que aqul volva su bordo, mecise suavemente en el agua, sintindose revivir. El seor Jaime sufri una nueva congoja. Repuesto de ella y una vez embarcados los remos, empez una nueva tarea; la de lastrar la lancha con gruesos pedazos de roca desprendidos de las peas. Cuando el calado de la _Carlota_ hubo aumentado, juicio del seor Jaime, lo necesario, suspendi la operacin y regres la casuca. A lo lejos se sinti el reloj de la iglesia que daba dos campanadas lentas y solemnes... Entr el viejo en la casa; pas una ltima mirada por su recinto; cogi del hogar un cuchillo de afilada punta, que se puso en la faja, busc en sus bolsillos una mugrienta caja de fsforos, encendi uno y lo aplic la vela impregnada de alquitrn. Cuando vi que las llamas hacan presa en los objetos amontonados encima, sali de la casa, cuya puerta cerr con llave y descendi lo ms rpidamente que pudo hasta la _Carlota_. Una vez en ella, de pie, mirando hacia la casa, esper. El semblante fnebre, amarillo, del seor Jaime haba cambiado completamente de expresin: sonrea y pareca el ser ms feliz de la tierra; sus ojos haban recobrado el brillo y la viveza de la juventud, y un ligero tinte sonrosado cubra sus mejillas. Del interior de la casa empezaron salir por sus muchas grietas y rendijas, hilos de espeso y negro humo; poco despus vise brillar en el tejado un punto rojo. --Ahora!--exclam el viejo. Con el cuchillo cort las amarras de la lancha, y con un remo _finc_ con fuerza para sacar la _Carlota_ de su puertecito. Cuando sta sali al mar, el marinero coloc los remos en los toletes y empez bogar lentamente. El punto rojo que apareciera en la techumbre de la casa fuse bien pronto agrandando, hasta convertirse en un penacho de llamas. El seor Jaime, desde el banco en que remaba, vea cmo stas devoraban el hogar en que naci. Cuando por la intensidad del fuego comprendi que ya nada ni nadie podra salvarla, el viejo marinero dej de remar; quit los remos y los dej sobre los bancos. La _Carlota_, que navegaba perezosamente causa de la gran carga que llevaba y del poco impulso que le dieran los remos... ella, que siempre naveg rpida y gallarda con la vela!, se detuvo casi instantneamente. --Ahora nosotros, todos los que quedamos, un tiempo--murmur el seor Jaime. Con un pedazo de cuerda at los remos fuertemente uno de los bancos; despus, con otra cuerda, at sus pies al palo de la lancha. Mir nuevamente hacia tierra, y viendo que la intensidad de las llamas empezaba decrecer por falta de combustible, sac el cuchillo de la faja, y, arrodillndose, empez quitar madera de junto la quilla, con la afilada punta. Algunos nubarrones vagaban por el cielo ocultando la luna su paso. All, lo lejos, se vean las llamas que consuman los restos de la casuca; algunos vecinos se movan junto ella, como sombras proyectadas por una linterna mgica. El seor Jaime trabajaba con afn, y, por fin, el agua empez penetrar en la lancha: poco poco, primero; ms rpidamente, despus. El viejo, entonces, arrojando el cuchillo, se puso en pie, cruz las manos sobre el pecho y, mirando al cielo con amor infinito, exclam con voz entrecortada por los sollozos:--Al fin vamos reunirnos de nuevo. El agua, precipitndose por encima de las bordas de la _Carlota_, hundi sta rpidamente, ahogando las ltimas palabras del infeliz pescador. Bajo las aguas sintise al desgraciado agitarse desesperadamente durante unos segundos; despus... nada!... El agua recobr su alterada tranquilidad... El fuego habase ya extinguido... La luna, horrorizada, neg su luz al terrible cuadro, ocultndose tras un negro nubarrn... * * * * * Al amanecer, un vaporcito mercante pas por aquel lugar, revolviendo con las paletas de su hlice las tranquilas aguas, que amorosas guardaban en su seno al viejo pescador... Eplogo. Han pasado quince aos. Rodaleda, sintiendo el influjo de la vecina capital, que haba llegado ser uno de los principales puntos de veraneo, haba progresado de una manera notable. El pueblo, en s, permaneca el mismo; que en esto sucede con los pueblos lo que con las personas: unas se transforman con los aos, otras permanecen apegadas _su tiempo_ y sus ranciedades; pero, en cambio, toda la parte de la costa haba variado completamente de aspecto. La carretera haba sido arreglada. A lo largo de sta se haban edificado numerosos hoteles y casas de recreo, con bellos jardines y pequeos muelles, los que estaban en el lado del mar. Numerosos coches y automviles circulaban por aquel camino; un tranva elctrico corra por el lado izquierdo, hasta el monte _Padruco_, en el que se haba edificado un hermoso Hotel para viajeros y donde existan algunos _restaurants_ para recreo de los veraneantes que concurran ellos para comer, disfrutando de un panorama bellsimo. Un lujoso faetn, arrastrado por dos hermosos caballos bayos, avanzaba por la carretera en direccin Rodaleda. Ocupaban el pescante un seor gordo, mofletudo, ya encanecido, que era el que guiaba, y una hermosa mujer que, al parecer, haba entrado ya en el otoo de la vida; detrs de ellos un menudo lacayo avisaba con agudas voces los peatones que se interponan ante el coche. Al llegar la entrada de Rodaleda, frente por frente la casa que habitara Julia, el seor detuvo violentamente los caballos. El lacayo, saltando con ligereza al suelo, corri sujetar de las riendas los fogosos animales. Descendi el caballero trabajosamente, y di la mano la seora para que lo hiciera. --Es aqu?--pregunt el acompaante de la seora. --S!--replic ella, dirigindose rpidamente hacia la puerta de la casa. El seor, acercndose los caballos, diles algunas palmadas en el cuello, llamndolos al mismo tiempo por sus nombres; despus sigui la seora, que no era otra que Julia, la bella aldeana de otros tiempos. Hallbase sta perpleja indecisa ante la puerta cuando lleg l. --Qu pasa?--pregunt. --Que la puerta est cerrada! --Bah! Tante el caballero la resistencia que poda ofrecer aqulla, con un empujn, y viendo que sta no poda ser mucha, le aplic una fuerte patada; la puerta, medio carcomida por el tiempo, se abri de par en par. --Ya est abierta!... Ya puedes entrar... y despachar cuanto antes. Mira que es gusto venir recrearse en cosas viejas, feas... y desagradables. No comprendo que se tenga capricho en ver los lugares donde se han pasado miserias y privaciones. --Hombre... es la casa donde nac! --S, no digo que no; pero la casa donde naciste se halla en la actualidad con el techo hundido, cayndose de vieja... y llena de alimaas. --Pues no entres t!--dijo Julia algo contrariada. --De eso puedes estar bien segura. Por eso te he dicho que despaches pronto. Y el caballero volvi hacia el coche, mientras Julia, previo remangamiento de faldas, penetraba vivamente conmovida, en su antigua morada. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pedazos del cntaro; el cestito, completamente podrido y negro, estaba sobre la apolillada y derrengada mesa. Julia contempl los objetos de aquella estancia y acto continuo penetr en la alcoba. El primer objeto en que se fij su vista fu el collar que permaneca sobre la almohada tal y como Pedro lo haba dejado. Lo cogi con mano temblorosa y estuvo mirndolo largo rato. --Yo cre que lo haba perdido aquel da--dijo limpindolo con su fino pauelo de batista.--Pobre Pedro!... Pobre nio!...--murmur con emocin. Julia, sintiendo su corazn angustiado, guard en el seno el collar y sali la primera habitacin; pase su mirada por ella nuevamente... y en seguida traspuso la puerta de entrada. --Vamos, has terminado?--dijo al verla salir el caballero, con tono de aburrimiento. --S, hombre, s; ya he terminado--respondi Julia maquinalmente y absorbida, al parecer, por un pensamiento. --Qu te ocurre ahora? --Me ocurre... que hemos podido abrir la puerta, pero no s cmo podremos cerrarla. El caballero prorrumpi en ruidosas carcajadas; cuando hubo redo su gusto, exclam: --Ten cuidado no te vayan robar. --No tengo cuidado de que me roben, por desgracia; pero es mi casa y no quiero dejarla merced de nadie. Nueva explosin de risa en el seor gordo. Julia, encendida como la grana, mirbale con ira... con odio. En aquel momento, un jovenzuelo flaco, sucio y desarrapado, se acerc tmidamente, mirando fijamente Julia. --Ahora que esto se est poniendo de moda y que se est construyendo tanto por aqu, pronto harn desaparecer ese adefesio, para levantar en su lugar alguna buena finca. --Ese adefesio es mo, y nadie podr hacerlo desaparecer sin mi consentimiento; y el que quiera edificar una buena finca, no lo har seguramente en este solar. El caballero, sin parar su atencin en el tono agresivo de Julia, se encogi de hombros. Julia habase fijado en aquel jovenzuelo que, pocos pasos, estaba mirndola embelesado. Acercse l; aquel rostro no le era desconocido. --Cmo se llama usted?--pregunt Julia al individuo en cuestin. --Pascual--contest tmidamente el interrogado. --El hijo de la Pepona? El jovenzuelo contest que s con un movimiento de cabeza, sin dejar de mirar Julia ni un momento. --No te acuerdas de m?--pregunt sta. Movimiento de duda en el aludido. --Soy Julia... Julia... No te acuerdas? El muchacho asinti con otro movimiento de cabeza, pues el hablar pareca habrsele bajado los talones, y sigui mirando como si estuviera hipnotizado. Pens Julia un momento y luego, encarndose con Pascual, le dijo: --Te voy dar un encargo, lo cumplirs? S? Bueno, pues mira: toma este duro para ti, y con este otro te encargas de que arreglen la cerradura de esa puerta; echas la llave y la guardas hasta que yo vuelva dentro de dos tres das, me entiendes? No te pesar. He de hablar contigo y has de contarme muchas cosas. La voz del caballero reson malhumorada, diciendo: --A este paso nos tendremos que volver casa sin llegar al Padruco... Vaya una tardecita! Separse Julia de Pascual, despus de cambiar con l las ltimas palabras, y corri hacia el hombre gordo. --Qu impaciente eres, hijo mo!--dijo subiendo al carruaje. --Y t qu pesada!--replic l ocupando su asiento en el pescante, junto Julia.--Y quin es ese personaje con el que te has mostrado tan generosa? --Ese personaje era hace quince aos un rapacillo--respondi Julia dando un suspiro. --Te vas poner tierna ahora? --Y por qu no? Recordando aquellos tiempos... --Bueno; recuerda todo lo que quieras; pero no vuelvas contar la historia del imbcil del pescador que se mat... --T no te mataras, si yo te abandonara, verdad? --No, por cierto! --Porque t no me quieres como me quera aqul. --No s si te quiero ms menos; pero lo que si s, es que si todos los que has querido y has abandonado... te han abandonado, hasta _nuestros das_... se hubieran matado, excuso decirte. Julia, al oir las groseras palabras de aquel hombre, dichas con tono despectivo, sinti que la sangre se agolpaba en el corazn; sinti un arrebato de ira que la impulsaba insultarle; pero la dignidad, maltrecha, aniquilada por el servilismo y la sumisin _los amos_, durante tanto tiempo, no tuvo fuerzas para rebelarse. Los ojos de Julia se llenaron de lgrimas, y al travs de ellas vi la dulce imagen de Pedro. El seor gordo volvi la cabeza para mirar Julia, y al verla en aquella actitud, exclam con tono agrio: --Si vas tomarlo por lo dramtico, ms vale que te tires al mar, chiquilla. Julia comprendi que se la avisaba de que no era aquella su misin; su misin junto _al amo_ era la de sonreir y alegrarle la vida; si tena penas, all ella con las que fueran; l no tena nada que ver con eso. --Vas llamando la atencin... y la cosa no es muy agradable. Efectivamente: los ocupantes de otros carruajes que se cruzaban con el del seor gordo, fijbanse en Julia. Esta, comprendindolo, hizo un poderoso esfuerzo sobre s misma, y la sonriente mscara, eterna careta de su vida, volvi su rostro; trag su asco, su odio hacia aquel hombre que tan groseramente la haba tratado, que tan brutalmente le haba recordado su esclavitud, y las palabras alegres y cariosas volvieron brotar de sus labios para complacerle. Para qu disgustarle, para qu romper la cadena, si detrs de aqul tendra que venir otro que sera igual? El seor gordo, para desfogar su disgusto, fustig fuertemente los caballos, que, no acostumbrados un trato semejante, salieron al galope, arrastrando velozmente al carruaje, entre una densa polvareda, hacia el monte Padruco... Juan Pacheco La operacin fu laboriosa; pero al fin se consigui extraer la bala, que haba penetrado en la parte superior del muslo derecho del soldado Juan Pacheco, ms conocido por el sobrenombre de _Pelotn_ desde que, por su larga permanencia en el de _los torpes_, haba llegado ste estar constitudo por l solamente. Con sumo cuidado se le condujo desde la sala de operaciones del hospital militar en que se hallaba, una de las camas preparadas para recibir los heridos de la accin librada pocas horas antes. Cuando los efectos del cloroformo se extinguieron, _Pelotn_, causa de los violentos dolores que senta en la herida, pues la bala haba interesado el hueso, empez quejarse con toda la fuerza de sus pulmones, que era mucha, pues los tena capaces de dar cabida un cicln. Al oir los quejidos del herido, una hermana que prevencin haba quedado junto al lecho, trat de consolarle amorosamente: --Tenga paciencia, hermano, que otros han sufrido mucho ms... Qu sabe usted lo que son dolores fuertes?--decale como supremo argumento. Suspendi _Pelotn_ unos segundos sus lastimeros lamentos para mirar con ojos extraviados la hermana, como dando entender que no le pareca una razn muy convincente el que otros hubieran sufrido ms, para que l no estuviera viendo las estrellas. La fuerza del dolor y el estado de debilidad en que el herido se encontraba, pronto le dejaron sumido en un estado grande de postracin. Cuando _Pelotn_ abri los ojos nuevamente, el primer quejido de la serie que se dispona lanzar, qued contenido en sus labios por la sorpresa que experiment. Entre las muchas seoras que caritativa y generosamente desempeaban el cargo de enfermeras en aquel hospital, haba una, llamada Doa Amparo, que atraa la atencin de cuantos la vean, por su radiante hermosura. Se poda apostar, sin miedo perder, que no tena ms de veinticinco aos. Morena, de ojos grandes y negros, como su pelo, que cubra, en parte, con una cofia blanca como la nieve. Su semblante, algo aniado, tena una expresin dulce y bondadosa, la sonrisa, un poco tristona, jugueteaba continuamente en sus finos y rojos labios. Si hubiera sido ms alta, habra parecido delgada; pero, dada su mediana estatura, sus carnes estaban en lo justo para que las formas guardaran un admirable concierto. Era el tono de su voz tan suave y persuasivo, que, cuando suplicaba algo, era una orden para el que la oa. El aroma de todas las flores de la tierra pareca encerrado en aquella mujer, y no haba all herido alguno que no sintiera aliviarse sus sufrimientos cuando ella se acercaba: tal era la mujer que _Pelotn_ vi ante s. Doa Amparito, como la llamaban ms comnmente, enfriaba con la cuchara el caldo de una taza que tena en la mano. --Se siente usted ms aliviado?--pregunt _Pelotn_. Este, sintiendo que la lengua se le volva un estropajo, contest con un movimiento afirmativo de cabeza. --Pues tomar ahora este caldito y seguir descansando... verdad? Y deca aquello de una manera, con un tonillo, que no haba ms remedio que tomarse el caldo sin replicar. Desde aquel momento, Doa Amparito vino ser una obsesin para el pobre soldado, y ste convertirse en el punto negro de las hermanas de la Caridad y de las dems enfermeras; todas temblaban cuando tenan que acercarse la cama de _Pelotn_ para algo. El herido opona una resistencia heroica tomar nada que no viniera de manos de la bella enfermera. Qu culpa tena l de que los alimentos le nutrieran ms... de que las medicinas le produjesen mejor efecto cuando ella se las daba que cuando se las daban las otras? Y no es que las dems seoras, como las hermanas, no fueran cariosas con l... qu disparate!...; es que aqulla... aqulla tena un modo de hacer las cosas que... vamos!... l no se lo saba explicar, pero cuando ella se acercaba, con ella vena la salud, la vida, la alegra... Si daba gusto sufrir para que _ella_ consolara con sus palabras llenas de amor y de ternura! Es que tena l la culpa de tener fe en que con sus cuidados se haba de poner bueno? Que las hermanas se enfadaban? Que los mdicos le rean? Que ella misma le haba reprendido alguna vez por su terquedad? Ella, hasta regaando, daba gusto oirla, y en cuanto los dems... los dems, que le presentaran el artculo de las Ordenanzas en que se prohiba tener fe en una persona! Porque fe y nada ms era lo que l senta por aquella seora tan guapa! Y decan que era viuda de un capitn, muerto en la campaa aquella, y que por honrar la memoria de su esposo se haba consagrado cuidar los heridos mientras durara la guerra. --Viuda!--decase _Pelotn_.--Qu cochino enemigo habr sido el que ha matado al marido! Pobrecita! Lleg para _Pelotn_ el terrible momento: haba quedado cojo; pero estaba curado, dado de alta, con la licencia absoluta en el canuto y con una cruz en el pecho. * * * * * Mohino y cabizbajo sali Juan del hospital. No saba lo que le pasaba; iba triste, y no saba por qu. Al abandonar el hospital le pareca abandonar el lugar de toda alegra y de toda felicidad que pudiera haber en la tierra. De todos se haba despedido, y aunque an le sonaba en los odos el tono socarrn con que el mdico le haba dicho: Cudate, _Pelotn_, que aunque ests curado... no ests bueno, lo que an le pareca estar oyendo eran las palabras de ella:--Ya ha cumplido usted con la patria; ahora cumplir con los padres... y con la novia, porque usted tendr novia.--Congrio, si tena novia!... La moza ms garrida y ms guapa de _Cornejilla la Vieja_!... Y por cierto, que Dolores, que as se llamaba, no deba estar muy satisfecha del novio, porque, decir verdad, las cartas que la haba escrito desde el hospital haban sido bien cortas... y bien lacnicas. II Describir, qu digo describir!, dar idea, siquiera aproximada, del entusiasmo con que fu recibido _Pelotn_ en _Cornejilla la Vieja_, sera tarea punto menos que imposible. Chillando los chicos delante, gritando los hombres detrs, y saludando con los pauelos, desde puertas y ventanas, las mujeres, fu llevado en hombros hasta el Ayuntamiento, donde fu agasajado y festejado por dems. All, en el saln de sesiones, en medio de un gritero ensordecedor, el Alcalde propuso que se diera la plaza del pueblo el nombre de Juan Pacheco; un concejal dijo que era mucho mejor asignarle una pensin; otro, que hacer las dos cosas; por ltimo, se acord dejar el asunto para la primera sesin. En todo aquel da pudo Juan disponer cinco minutos de su persona; todos le asediaban con preguntas y ms preguntas, y ms de cien veces tuvo que repetir cmo haba recibido la herida. Y por la noche en casa de Dolores? Si apenas pudo preguntarla: --Hola!... Cmo ests, chica? Nada; contar de nuevo la accin, y decir cmo haba luchado contra dos... y cmo los dos los haba hecho polvo; cosa que no le pareca de mayor cuanta, porque es lo que deca l: --El que uno sea torpe _pa_ aprender la instruccin no es razn _pa_ no ser listo en dar lea antes que se la den uno. El caso es que _Pelotn_ segua siempre el relato hasta su salida del hospital, y que, si bien era parco en lo que al hecho de armas se refera, era de oir cmo se eternizaba hablando de Doa Amparito. Contemplbale Dolores con ojos fijos, y oale sin rechistar. No pareca muy contenta la moza, que digamos, y algn pesar oculto pareca dominarla. Los cinco seis primeros das fueron de ajetreo continuo para el hroe: hoy coma aqu, maana cenaba all... Y luego, casa de la novia, repetir el hecho ante los padres y las visitas, y entusiasmarse hablando de la linda enfermera. Dolores, que en los das transcurridos aun no haba escuchado de su novio ni una palabra cariosa, haca puntilla, sin levantar cabeza en todo el rato. Al sptimo da, el mozo decidi quitarse ya el uniforme y vestir, como antao, el pantaln de pana y el chaquetn de pao burdo; lo cual que fu como dar la seal para que empezara decaer el entusiasmo pblico, y para que el Ayuntamiento, que aun no se haba puesto de acuerdo, cesara en las discusiones de que si haba de ser el nombre la plaza, la pensin, las dos cosas la vez. Aquella noche hubo protestas por parte de los padres de la novia, porque se haba quitado las prendas militares. Dolores, que pareca muy nerviosa, nada dijo, y escuch por milsima vez los elogios que su novio haca de aquella tan decantada Amparito. A la hora de despedirse, y cuando le lleg el turno ella, djole _Pelotn_, muy bajito: --Juan, si quieres hacer el favor, espera junto la reja de mi cuarto, que he de hablarte sin que nadie nos oiga. Algo le sorprendi al mozo el encargo; pero cumplile y esper donde se le haba pedido. Poco tard Dolores en salir la ventana llevando un paquetito en las manos. Al verla Juan, exclam: --Ms impaciente me tenas, que el da que te esper aqu mismo _pa_ que me dijeras que s... que me queras... Qu te sucede? --Poca cosa--replic Dolores, con no poca sequedad--. Quera, en primer lugar, darte este paquete. Tom Juan el paquete que Dolores le alargaba, y examinando el contenido, lanz una exclamacin: --Congrio...! Estas son mis cartas! --Y todos cuantos regalos tengo tuyos--aadi Dolores. --Es que no tienes sitio _pa_ guardarlos? --Lo he tenido, y lo tengo... pero no s si lo tendr en lo sucesivo. --Qu _quis_ decir con eso? --Que todo tiene su lmite, Juan, y que mi paciencia ha llegado al suyo; que desde que has venido no sabes hablar ms que de tu bendita Doa Amparo, sin que hayas encontrado ocasin de decirme: Dolores, cunto he _penao_ porque no te vea. Que, sin saberlo, nos has enterado todos de que estabas _enamorao_ como un burro, que cada uno se enamora como lo que es, de tu Doa Amparito, y que, como yo soy moza que tiene derecho que el hombre que se case con ella no piense ms que en su mujer, pues se me ha ocurrido que t debes volverte la guerra que te den otro tiro, marcharte donde quieras... porque vamos! que t m... t m no me cuentas ms lo que te ha pasado con ella! Y la hermosa hembra, echando lumbre por la cara, cerr con fuerza la ventana. Juan, que pareca haberse quedado atontado con aquel discurso, quiso impedirlo con la mano; pero slo consigui que medio le pillara un dedo. Sacudi la mano con fuerza, y chupse despus el dedo para mitigar el dolor que, lo que parece, sirvi para devolverle el habla. --Recongrio...!! Pues no se atreve decir que estoy _enamorao_ de la otra...? Lo que t tienes es que ests enrabiada porque ves que yo... y que ella... y que t... Y que puedes esperar sentada, si piensas que yo he de venir rogarte...! A m con humos...! Y _Pelotn_, recogiendo el paquete que haba dejado caer al suelo por la fuerza del dolor del dedo, sali de all botando, y tan deprisa como le permita su cojera. III Sentados la sombra de un msero y solitario olivo, _Pelotn_ y _Meleno_ descansaban de la labor del campo y daban fin de un menguado almuerzo; mejor dicho, _Meleno_ era el que lo consuma casi por entero, porque la legua se vea que Juan no poda tragar bocado, segn lo tristn y cariacontecido que se hallaba. Su padre era el dueo de la nica tahona que haba en el pueblo, y l alternaba el trabajo de la fabricacin del pan con la labranza de algunas tierras que tenan, en las que sembraban trigo, que luego empleaban en el negocio. --Y nada ms te dijo?--pregunt _Meleno_, que as le llamaban por el horror que tena cortarse el pelo, engullendo un pedazo enorme de tortilla. --Nada ms!--suspir _Pelotn_.--Despus cerr la ventana con tanto aire, que me cogi este dedo... y mira cmo tengo la ua: parece de pez, por lo negra. --Pues... sabes lo que te digo?--respondi _Meleno_. --Qu? --Que la Dolores no te ha _obsequiao_ con las calabazas por lo que me has dicho. --Por qu iba ser, entonces? --Porque ella sabe muy bien que es la moza ms hermosa del pueblo; porque ella es muy presumidica... y razn tiene para serlo!..., y porque se me est figurando que desde que te ha visto cojo se le ha ido todo el amor por los talones. --Congrio!... T has _dao_ en el clavo, _Meleno_!--dijo _Pelotn_ dando un berrido.--Mira que confundir el amor con el agradecimiento!... Hay que ver! --Se comprende que te hubieras _enamorao_, si hubieras sido capitn, pongo por caso... --_Siqui_ teniente; hombre, _siqui_ teniente! --Pero siendo un triste _soldao_! --Y pensar que en estas tierras que labramos ha de nacer el trigo con que, en casa, he de amasar el pan que se ha de comer esa descastada! --Y el burro de su marido; porque es de suponer que no la faltar con quien casarse. --Si fuera _pa_ la _otra_, _Meleno_, con qu gusto lo amasara... y con qu gusto metera mi corazn dentro de una libreta _pa_ que _ella_ se lo comiera!--dijo Juan soltando unos lagrimones. --Eso es agradecimiento! Aqu quisiera yo ver la Dolores, ver si se atreva decir que estabas _enamorao_... Pero, en fin, lo hecho, pecho... y no pienses ms en ello! _Pelotn_, sin replicar palabra, clav el arado en la tierra, empu las riendas y la mancera y, arreando la yunta, empez de nuevo su trabajo abriendo profundos surcos en el suelo, que iba regando con lgrimas... * * * * * No obstante lo afirmado por _Meleno_, pas tiempo, y hay quien asegura que Dolores sigue soltera, y no por falta de pretendientes... Dolores (Segunda parte de Juan Pacheco.) Firme y decidido era el propsito que habamos hecho de no volver _Cornejilla la Vieja_ por nada de este mundo; pero tales y tan alarmantes son las noticias que llegan hasta nosotros acerca de nuestro antiguo amigo Juan Pacheco, que nos vemos obligados quebrantar nuestros propsitos, en gracia la antigua y buena amistad que con l nos une. Desesperado, en efecto, anda el bueno de _Pelotn_. La noche que Dolores le haba puesto de patitas en la calle, dndole aquellas tan grandes calabazas, firmemente haba credo Juan que aquello no haba sido sino hijo del orgullo y de la soberbia, del despecho que haba causado en la moza el oir ponderar tanto las excelencias de aquella Doa Amparito, que tan solcita y cariosamente le haba cuidado en el hospital; y por eso Juan, tachando aquel acto de arbitrario y falto de toda razn y fundamento, se haba ido su casa chupndose el dedo que medio le haba espachurrado con la ventana, y afirmando, con toda la entereza propia de un varn ofendido, que no sera l quien diera su brazo torcer, ni fuera doblar la cabeza en demanda de olvido y reconciliacin. --Que ella haba tomado el rbano por las hojas, confundiendo la gratitud con el amor? Bueno; pues mejor. S, estaba enamorado como un animal, segn ella misma haba dicho. Todo lo que quisiera! Pero ir l doblar la cabeza... congrio!... eso s que no... Pues estara bueno! Si eso pasaba de solteros, qu iba suceder despus de casados? No, no... y no! Mas no era ese el motivo por el que Dolores haba realizado aquel acto, todas luces injusto; eso no haba sido ms que un pretexto como otro cualquiera; _Meleno_ se lo haba hecho ver bien claro: el verdadero motivo era su cojera; esa, esa era la verdadera madre del cordero, y no otra. Bien claro se vea que aquella arrogante moza, cuya belleza era famosa, no slo en el pueblo, sino en todo el contorno, tena menos casarse con un cojo... Mala peste en ella y en todas las mujeres guapas! Por el solo hecho de ser bonitas, ya creen que todo se lo merecen. Pero es el caso, que como en cosas de amor ms entereza suele mostrar la mujer que el hombre, result que as como Dolores cada vez se mostraba ms firme en su resolucin, Juan, por el contrario, cada da flaqueaba ms en la suya; y fuera porque al no ver ya la Doa Amparo, que ojos que no ven, corazn que no siente, el recuerdo de ella y la impresin que le causaron se fuera borrando poco poco del corazn de Juan; fuera porque nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, fuera porque, en realidad, nunca haba dejado de querer Dolores, es lo cierto que el hombre empez sentir unos desfallecimientos y desmayos que bien pareca que la vida se le iba en ellos; que tan delante de los ojos tena siempre la imagen de ella, que en todo el da vea otra cosa, y que aquellos desmayos que senta, trocbanse veces en raptos de furor que le empujaban hacia casa de la moza para ver _con qu derecho_ le haba dado aquellas calabazas. Tomaba, en efecto, el camino de la casa; pero es el caso que siempre, al llegar, senta desfallecer su entereza y se vea asaltado por mil dudas y vacilaciones. Veinte veces avanzaba y otras tantas retroceda, hasta que, por ltimo, y renegando de todo lo renegable, base su casa y se pona trabajar, asegurando que lo menos que deban hacer con l era ahorcarlo, ya que no tena valor para ponerse enfrente de Dolores. El estado en que lleg verse Juan, repercuti en el pueblo, y no falt quien propusiera ir ver Dolores, para rogarla que volviera de su acuerdo; porque lo cierto era que, desde que Juan estaba tan desesperado, no haba Cristo que comprara un panecillo con el peso justo ni con el cocido en su punto. Recurrir al padre de Juan, dueo de la tahona, era cosa intil: aparte del cario paternal que profesaba su hijo, era tal la admiracin que senta por l, desde que volvi de la guerra en calidad de hroe, que se senta incapaz de reprender aquel vstago que tanto lustre daba la dinasta de los Pachecos de _Cornejilla la Vieja_. Se pens en acudir al Alcalde para que llamara al orden al panadero; pero como quiera que aqul era carnicero, y tambin se quedaba en el peso con lo que poda, result que su llamada al orden slo sirvi para que el padre de Juan lo mandara paseo; y como no haba ms panadera en el pueblo que aqulla, el problema del pan lleg convertirse en un problema sin solucin. Juan pasaba de los perodos de exaltacin los de un decaimiento profundo con la mayor rapidez; y eran tales sus lamentaciones, en estos ltimos, que buen seguro que de ser l un poco ms decidido, ya hubiera hecho un disparate gordo. Siempre que poda, procuraba hacerse el encontradizo con Dolores; pero de nada le serva, porque la chica le hua como si fuera el demonio. Es que Dolores le haba dado calabazas efectivamente porque tuviera menos casarse con un cojo? No! Dolores segua queriendo Juan lo mismo que antes, ms quiz, porque tambin ella admiraba un poquitillo el valor de que _Pelotn_ haba dado pruebas en la guerra; pero Dolores estaba herida en lo vivo, desde que se di cuenta de que su novio estaba enamorado, bien que sin saberlo, de aquella Doa Amparo; y no era ella mujer que sufriera esto. Sufra tanto ms que Juan; pero no se daba los arrebatos que ste: guardaba sus penas en el corazn, para ella sola, y mostrbase afable y cariosa con las gentes; al revs que Juan, que no haba guapo que se acercara decirle una palabra. No pas inadvertida, ni mucho menos, para la chica, la mudanza que se operaba en su ex novio, y que ste cada vez poda menos vivir sin ella; pero guardbase muy bien de que l encontrara ocasin de hablarla: muy segura tena que estar de que Juan haba vuelto la realidad para perdonarlo... aunque se estuviera muriendo por hacerlo. Que Juan sufra mucho? Ms haba sufrido ella oyendo aquellos interminables relatos de lo que le haba sucedido con aquella bendita seora! Al fin, sucedi lo que tena que suceder, tratndose de una moza tan hermosa como Dolores: los mozos del pueblo, que al principio se haban abstenido de decirla nada, pensando que la ria con Juan sera cosa pasajera, al ver que sta se prolongaba y que ello pareca cosa seria, empezaron cortejar la moza. Esquiva se mostr ella con todos, y no muy decididos ellos; pero al fin, hubo uno que se aventur espetarla su declaracin. Cuando esto lleg odos de Juan, crey que se volva loco; pero cuando crey rabiar, fu cuando supo que el atrevido haba sido _Meleno_... su mejor amigo! Saber esto, y echar correr hacia una tierra en la que el _Meleno_ se hallaba _binando_ tranquilamente, fu todo uno. Cuando _Meleno_ se vi venir Juan, en aquella actitud tan fiera, tembl por sus narices, pues demasiado saba lo que vena, y los puos que tena. Pero, no era libre la Dolores para hacer lo que quisiera, puesto que haban reido? No pudo seguir adelante en sus razonamientos, porque, lo mismo fu llegar Juan junto _Meleno_, y que caer sobre ste una lluvia horrible de puetazos. Y con tanta fuerza daba Juan, y tan malamente se defenda _Meleno_, que, no ser por otro mozo del pueblo que la sazn pasaba por la carretera, muy prxima al lugar del suceso, seguramente que all se pusiera el punto final la historia de _Meleno_. Trabajo, y no poco, le cost al otro mozo lograr separarlos; pero pudo conseguirlo, no tanto por la abundancia de sus fuerzas, como por agotamiento de las de Juan, fuerza de moler su contrario. Jadeantes y sudorosos, cada cual por su estilo, quedaron todos tres. --Pero, hombre!... Parece mentira que dos amigos tan... amigos como vosotros, hagis esto!--dijo el mozo, tercero en la refriega. --Amigo yo de ese... charrn?--replic Juan despreciativamente, lindose la cintura la cada faja. --Bueno. Se puede saber qu ha venido esto?--pregunt _Meleno_, arreglndose, su vez, los desperfectos. --_Demasiao_ sabes t lo que viene! Pero, mira, para que lo sepas mejor, te voy decir, para tu gobierno, que mientras yo viva, ni t, ni quien valga ms que t, le ha de decir _na_ la Dolores. Te has _enterao_? --Es que se va hacer monja? --Se har... lo que le d la gana; eso te tiene ti sin _cuidao_. Lo que no tienes que olvidar es que mientras yo aliente, no habr quien se acerque la Dolores _pa_ decirla buenos ojos tienes... Por stas! Y al decir esto, Juan hizo una cruz con los dedos ndice y pulgar de la mano derecha, dando en ella tan fuerte beso, que ms pareca besar en fresca boca de mujer que en dedos propios y no muy limpios. Ms gan Juan con este hecho, para su causa, que con todo lo que hasta entonces haba intentado; porque no bien supo Dolores lo ocurrido, cuando sinti que toda su entereza se vena tierra, y que se le deshaca la capa de hielo con que cubriera su corazn: ella conoca muy bien Juan, y, por lo tanto, saba muy bien que aquello no era bravuconera, sino cario puro y de la mejor ley. Decidi, pues, la moza, suavizar sus rigores para con Juan y hasta perdonarlo, como ya en su fuero interno lo haba hecho; pero antes se propuso hacerle rabiar un poco, y ello ajust desde entonces su conducta. Ya no hua las ocasiones de encontrarse con l; aunque procuraba no dar lugar que la hablara, porque saba que esto era lo que ms le desesperaba. La primera vez que se encontraron, que fu en la plaza, Dolores iba acompaada de una amiga. Al ver Juan, ambas cuchichearon un momento entre risas contenidas, lo cual caus en aqul un azoramiento terrible. Tentado estuvo de volver atrs para no cruzarse con ellas; pero comprendiendo que esto era una retirada vergonzosa, sigui avanzando. Al cruzarse con ellas, sinti decir Dolores, en voz alta y bien clara:--La verdad, chica, que hay hombres brutos.--Y rengln seguido, dos alegres carcajadas resonaron en sus odos, hacindole el efecto de un escopetazo. Juan, que al oir lo dicho por Dolores se haba quedado parado en seco, pensando que aquello de bruto iba por l, al oir las risas de las dos amigas, sali de estampa, ponindose colorado como un tomate. --Congrio! Qu duda haba de que Dolores le haba llamado bruto, y de que se iban riendo de l? Pero esto era una seal de que Dolores no le quera, y si Dolores no le quera, aquello era tambin seal de que l no poda vivir; porque esa era la verdad: l no poda vivir ya sin Dolorcicas. De tal manera se le meti corazn adentro la idea de que la moza no le quera ni pizca, que el hombre cay en la melancola ms terrible; y olvidndose del quehacer que se diriga, ech carretera adelante, deseoso de hallar algn sitio donde estar pudiera solas con sus ttricos pensamientos, sin ver ni hablar nadie; que no hay nada que haga tomar tanto asco las gentes, como las desgracias amorosas. Andando, andando, vino dar con sus huesos en _Fuente Nueva_, lugar algo distante del pueblo, donde se encuentran los tres nicos rboles que hay en el lugar, y que se mantienen expensas de la humedad que les presta la fuente que da nombre al sitio. Sentse en el suelo, apoyando la espalda en el tronco de uno de aquellos rboles, y sacando un interminable pauelo de entre los pliegues de la faja, lo pas repetidamente por sus hmedos ojos. Despus que hubo llorado un buen rato, quedse mirando la fuente, y luego los rboles. Cuando se hubo cansado de mirar todas partes, cuando hubo ablandado todas las piedras que por all haba con unos suspiros que para s los hubiera querido D. Quijote en su poca de penitencia, solt una serie de congrios interminable, y otra de recongrios ms larga an; aadi despus que se haca la _tal_ en _Meleno_ y que se iba hacer la _cual_ en todo el pueblo; solt tres bufidos que levantaron una nube de polvo de la carretera, y cay en honda meditacin. Aquella situacin era insostenible, y era preciso ponerle fin. Para lograr esto, lo primero que haca falta era encontrar ocasin de hablar con Dolores... y Juan crey haberla encontrado: Dolores se sentaba todas las tardes coser la puerta de su casa; ira all, y quieras que no, tendra que oirle. Para no demorar tal resolucin, decidi ponerla en prctica al siguiente da. Lleg, aunque muy despacio para _Pelotn_, el da siguiente, y lleg la tarde. Juan, contoneando la cojera ms de lo acostumbrado, y haciendo un acopio de energas inverosmil, lleg hasta la puerta de la casa de su tormento y qued parado en ella sin decir palabra. Dolores, en efecto, estaba cosiendo, en la puerta de la casa; Juana, la criada, cosa tambin, sentada al lado del ama, y ambas charlaban. Dolores, que inclinada sobre la costura vi la sombra de una persona que se paraba en la puerta, levant la cabeza para ver quin era. Al ver Juan y, sobre todo, al ver la cara tan compungida, la par que fiera, que traa, sinti grandes deseos de echarse reir; pero se contuvo. Quedse mirndole un momento, y despus, con el tono ms natural del mundo, dijo la Juana, la par que ella lo haca: --Recoge la costura, Juana, que vamos tener visita. --Que vamos tener visita ha dicho usted? --S, mujer. No sabes que en viendo un cojo es visita segura? Juan tosi dos veces seguidas; Dolores, con la mayor seriedad, metise portal adelante con el cestillo de la labor. Juana, mirando _Pelotn_ y no comprendiendo lo que pasaba, se encogi de hombros y sigui su ama. Al ver cmo le dejaban plantado, Juan solt un congrio formidable; el puo izquierdo lo llev las narices, apretando en ellas como si quisiera desgajarlas; con la mano derecha se ech la zarpa la gorra, y de tal modo comenz tirar de ella, que una de dos: soltaba la gorra, con ella se llevaba la cabeza. Dolores, desde una puerta entornada, vea Juan en aquella actitud desesperada, y gozaba en ello; que sabido es lo que agrada una mujer ver sufrir por ella al hombre quien quiere, y Dolores quera, y mucho, Juan. Al fin ste dej de tirar de la gorra, no sin que sta hubiera dado de s en forma que poda servir para cabeza mucho mayor, y dej quietas las narices; tosi fuerte varias veces, subise la faja con ambas manos, y soltando otro congrio, que hizo desternillarse de risa Dolores, se ausent de all, marcando la cojera de una manera espantosa. Al da siguiente, cuando el pan se puso la venta, hubo un motn en el pueblo, porque panecillo haba que no llegaba los cien gramos, ni mucho menos, y es lo que decan las mujerucas:--Por qu no le dar la locura por hacer los panecillos dobles? II Malamente pas aquella noche Juan Pacheco. Lo mismo fu meterse en la cama que empezar saltar en ella, como si el colchn estuviera sembrado de alfileres, y es el caso que, con tanto saltar, no haca ms que agitar en su cerebro la idea que aquella tarde haba nacido en su pensamiento: matarse. Qu poda esperar de Dolores despus de la burla que haba hecho de su cojera? Nada! Pues si no poda esperar nada de Dolores, l estaba de ms en la vida. Otras muchas cosas pens; pero todas renunci, por no encontrarlas viables; porque si en un principio le pareci una buena idea la de ponerle fuego por los cuatro costados al pueblo, luego pens que era una barbaridad, de la que poda resultar que se achicharraran los buenos y se pusieran en salvo los malos, como Dolores y _Meleno_. Sera la una de la madrugada cuando, despus de mucho deliberar, resolvi ser l solamente el que se quitara de en medio; lo que no pudo resolver fu el modo de hacerlo, porque se tuvo que levantar para hacer la hornada; pero esta idea se le coci l en la mollera, mientras el pan se coca en el horno: se quitara la vida segndose la garganta con la navaja barbera que tena su padre para afeitarse. Pero cortarse el cuello as, sin que aquella descastada lo viera, para que no le saliera el susto del cuerpo en toda la vida, era una tontera. Ira casa de Dolores y se dara el tajo delante de la familia? Bah! No le dejaran! Y cmo hacer? Estas dudas vino resolverlas, hacia las ocho de la maana, un amigote de Juan: Dolores haba ido _Cornejilla la Nueva_ haca un momento. Dolores, en efecto, iba muchos das comer con sus tos, labradores de _Cornejilla la Nueva_, que distaba de la Vieja cosa de un kilmetro, y regresaba por la tarde. Las dos _Cornejillas_ comunicaban por medio de un camino vecinal, por el que no podan transitar carros, causa de su angostura; este camino, poco antes de _Cornejilla la Vieja_, se vea cortado por un pequeo barranco de dos metros de ancho, que se salvaba por medio de unos tablones que no tenan otra sujecin que su propio peso, ni ms seguridad que la buena intencin de los caminantes; all mismo resolvi _Pelotn_ hacer la barbaridad. Cuando Dolores regresara, l, que estara esperando... zas!... se rebanara el cuello y se dejara la cabeza colgando de un pedacillo de carne, para que no hubiera duda en la identificacin. Ya vera aquella mujer sin corazn quin era Juan Pacheco! La impaciencia le tena de tal modo inquieto, que, no bien hizo que coma, pues no era cosa de atracarse, segn su costumbre, estando prximo morir, cogi la navaja, se la meti en el bolsillo y... hala para el barranco!... que desde aquel da sera clebre. Cuando lleg, mir la hora en un abultado reloj de plata, que bien pudiera hacer el oficio de tartera quitndole la mquina, y vi que aun faltaban dos horas largas para que Dolores regresara, segn la que tena por costumbre. Cuntas veces la haba acompaado por aquel camino... cuntas! Dise Juan meditar sobre todo lo ocurrido antes de la guerra, en la guerra y despus de la guerra, sacando en consecuencia qu extremos llegan los hombres por su mala cabeza; porque ahora que lo miraba framente, no dejaba de comprender que Dolores tena razn... hasta cierto punto. Lo cierto es que cuando l vino de la guerra no hablaba de otra cosa ms que de Doa Amparo, y, si es verdad que slo la gratitud era la que mova su lengua, el caso es que l no se haba ocupado de decirle su novia ni una palabrica dulce; y esto, con las cartas tan llenas de cario y de zozobra por el estado de su salud, que ella le haba escrito, la verdad era que no estaba bien, y le pareca natural que Dolores se hubiera enfadado; que mujer era, y, al fin y al cabo, las mujeres no pueden comprender que un hombre piense en otra sin estar enamorado de ella. Pero tambin aquel engao de citarle en la ventana, haciendo que l creyera que sera porque ella se estaba muriendo por decirle algo, y salir luego con aquella andanada, aquellos modales, aquel modo de cerrar la ventana dndole con ella en las narices y medio espachurrndole un dedo, que bien negra tuvo la ua das y ms das... tampoco aquello estaba bien! Que haba dado lugar ello? S, seor; si no lo negaba; pero no estaba bien aquello, congrio!, no estaba bien. Cuanto ms pensaba Juan, ms lo se haca con sus ideas, y vuelta con ellas, siempre vena parar al mismo punto: Dolores tena razn. Pero si tena razn, lo menos que poda, que deba hacer, antes de largarse el tajo, era decrselo y aun pedirle perdn. Y quin era el guapo que lo haca, si no haba un Dios que se acercara hablarla? Ah! Si l hubiera podido hablarla, no hubieran llegado las cosas al extremo que haban llegado; que moza que l le dejara hablar, era moza perdida, segn las cosas que saba decirle. La idea de hablarle antes de morir se aferr de tal modo su pensamiento, que ya no pens en otra cosa que en lograrlo. Cuando ya desesperaba de conseguirlo, se le ocurri un modo que consider como infalible: quitara las tablas que servan de puente y, as, no pudiendo pasar, no tendra ms remedio que detenerse y escucharle, bien que ello fuera desde la otra orilla. Y si se volva para atrs? Congrio! Si se volva para atrs, de un salto se pona al otro lado del barranco, la coga de un brazo, y quieras que no, tendra que oirle! En esto estaba Juan, cuando, lo lejos, vi avanzar una mujer por el camino vecinal: ella era sin duda alguna. Con gran entusiasmo puso _Pelotn_ manos la obra. Las tablas eran pesadas; pero fuerzas tena l ms que sobradas, y as, cuando Dolores, que ella era, lleg al barranco, se encontr con que no poda pasar. Juan, hacindose el desentendido, afilaba un palitroque con la navaja barbera, hacindose la ilusin de que, de un momento otro, iba sentir Dolores que le llamaba para que hiciera el favor de poner las tablas en su sitio. Dolores, que desde el primer momento comprendi lo que Juan haba hecho, y por qu lo haba hecho, sinti una gran alegra y sonri al pensar en el chasco que se iba llevar el mozo, si estaba esperando que ella le pidiera que franqueara el paso. Juan, ms nervioso que una damisela, y mirando de reojo Dolores, sacaba astillas y ms astillas del palitroque, de modo que pronto acabara con l, y no acabara con los dedos por milagro. Dolores, que se haba sentado en un montoncillo de tierra, tarareaba, por lo bajo, una cancin. El mozo, que tomaba aquella actitud de Dolores por la ms despreciativa que mujer alguna pudiera tomar para despreciar un hombre, empez sudar y trasudar y pensar que, en vista de que ella no deca nada, deba decirlo de l... pero que no se le ocurra nada. Y qu guapa estaba la condenada! Tambin tendra que ver eso de matarse y que viniera otro con sus manos lavadas y se llevara aquel pedazo de gloria! Recongrio!! Y tal era la cara que Juan pona, que Dolores, que de hito en hito le miraba, sinti ganas de reir y tuvo lstima del pobre Juan. No llevaba traza de terminar aquella situacin, por cuanto Dolores no tena intencin de despegar los labios, y l no se le ocurra por donde empezar. Tanto coraje le caus esto, que ello sirvi para desatarle la lengua. --Te vas estar as hasta la noche?--dijo. Volvi lentamente la cabeza Dolores, para mirarle, y contest con la mayor gravedad: --No s que te pueda importar mucho el que me est no me est; pero, de todos modos, bien se comprende que aqu me tengo que estar hasta que venga alguien que vuelva las tablas su sitio y se pueda pasar. --Y no estoy yo aqu para ponerlas?--replic Juan con creciente coraje. --Entonces, para qu te has tomado el trabajo de quitarlas? --Y si no hubiera sido yo? --No puede ser nadie ms que t, porque no hay otro en el pueblo que tenga ms mala sangre. --Que yo tengo mala sangre? Ahora mismo vas verlo--exclam Juan, que, como se ve, perda en seguida los estribos--. Yo he sido el que ha quitado las tablas, s, seor, yo he sido; pero no te creas que las he quitado para detenerte y estarme recreando en mirarte, que moza con tan mal corazn como el que t tienes, no es para que la mire nadie: las he _quitao pa_ que no tengas ms remedio que ver de lo que es capaz Juan Pacheco. Levantse Dolores, un tanto sobresaltada, al ver Juan esgrimir la navaja, y acercse al borde del barranco. --Las he _quitao, pa_ que veas cmo, por tu culpa, me rebano ahora mismo el pescuezo, y _pa_ que veas, de paso, si es mala la sangre que tengo. --Pero para qu quieres matarte, pedazo de brbaro?--replic Dolores muy azorada, al ver la fiera actitud de Juan. --_Pa_ no verte! --Pues tienes ms que no mirarme? --No mirarte sabiendo que te puedo ver? --Qu falta te hago yo para nada, si para ti no hay ms que una mujer en el mundo? --Eso, eso que t has dicho: una _na_ ms. --Tu Amparito! --No, congrio: mi Dolores! Y puesto que t ya no me quieres, ahora vas ver lo que hago. Y al decir esto, con tanta furia se llev la navaja al cuello, que Dolores, espantada, di un grito horrible y se tap la cara con las manos. Al oir el grito dado por Dolores, suspendi Juan la operacin del degello; pero no tan pronto que el filo de la navaja no causara un pequeo corte en la piel. Breves momentos permanecieron en aquella actitud. Descubri su cara temerosa Dolores, y, con enrgico acento, dijo: --Tira eso, Juan; tira eso ahora mismo. Lentamente baj el brazo Juan. --Que tires eso, te digo!--volvi repetir la moza. Juan mir la navaja, mir despus Dolores, y sintiendo sobre s el influjo del mirar de ella, arroj violentamente la navaja al fondo del barranco. Cuando Dolores le vi tirarla, dejse caer en el montoncillo de tierra y rompi llorar con gran desconsuelo. Ver Juan que Dolores lloraba y plantarse de un brinco su lado, fu cosa de un segundo. Sentse Juan junto Dolores, rode su cintura con un brazo, y, sacndola el pauelo, que asomaba en uno de los bolsillos del delantalillo, por no estar muy seguro del suyo, quiso secar aquellas lgrimas que se vertan por su culpa. --Quita de ah, bruto; djame en paz--deca Dolores con entrecortado acento, porque la accin de Juan habala conmovido muy de veras. --Dolores... Dolorcicas--deca ste, hecho pura jalea--; no llores bajo por la navaja, que bien merecido me tengo, por bruto, quitarme de en medio; no llores, Dolorcicas, y, mrame ya una vez con aquel cario con que me mirabas antes. --Como te lo mereces tanto--contestaba la moza sorbindose las lgrimas. --No me lo merezco, ni poco, ni mucho, ni _na_; pero t eres muy buena para negarlo. Mira que t no sabes lo que he _penao_ por ti en este tiempo. --Por m, por la otra? --No me hables ms de la otra, que ni tan siquiera por casualidad me acuerdo de ella. --Mal hecho--respondi Dolores, ya ms serena. --Congrio! Y por qu? --Porque no debe olvidarse nunca el bien que se nos hace. Yo ni la he olvidado, ni la olvidar. --T? --Cmo olvidar el cario con que te cuid y te atendi en el hospital? --_Mi_ que eres buena! Pero, entonces, dejando un _lao_ lo de mi cojera, que ya me barruntaba yo que era una aagaza del cochino de _Meleno_, no hiciste lo que hiciste por celos? --Por celos? En tan poco te crees que me tengo yo! --Tienes razn: ella, en su esfera, es un ngel; t, en la tuya, eres otro... y cada oveja con su pareja... y Dios con todos, Dolorcicas. --Sabes el placer ms grande que yo tendra? --Cul. --Conocer esa seora. Te aseguro que, como cayera en mis manos, dos besos en los que se llevara toda mi alma no se los quitaba nadie. --No se los quitara nadie; pero yo te aseguro que los que yo te voy dar, tampoco te los quita ti ni el mismsimo _Sursum corda_. Y Juan, abrazndose Dolores, como nufrago que se ahoga, busc su fresca boca con afn; huale Dolores, entre risas sofocadas; lucharon algunos momentos y, al fin, sucumbi la muchacha, que vi ahogadas sus risas por una lluvia de besos. Hay que hacer constar aqu, que aquella era la primera vez que Dolores consenta Juan propasarse. Tanto le haba visto sufrir al pobrecillo, que no pudo negarle aquella preciada recompensa. En aquel momento Dolores advirti que en el cuello de Juan haba sangre; sobresaltse al pronto, pero en seguida se convenci de que no era ms que un araazo. --Merecido tenas que te hubiera dejado matarte--dijo cariosamente la moza. --Esta ser la seal de mi felicidad, Dolores de mi alma. La noticia de la boda de Juan con Dolores corri por el pueblo como un reguero de plvora; aqulla se celebr los dos meses de lo ocurrido junto al barranco. Ah! el pueblo recobr la tranquilidad, porque el pan volvi tener su peso, con gran contentamiento del Alcalde, que ms de una vez vi peligrar la vara. Y nosotros, seguros ya de la felicidad de nuestro buen amigo Juan, salimos de _Cornejilla la Vieja_ para no volver ms, con gran satisfaccin nuestra; porque la verdad es que la mayora de los pueblos de Espaa convidan bien poco visitarlos. Yo me caso con ella! Muchas lgrimas le haba costado la seora Rita su hijo Ramn; pero ya no lloraba, ya no reprenda... ya no aconsejaba siquiera... Para qu? Ni ella con su cario de madre, ni Benito, hermano de Ramn, con sus reflexiones, haban conseguido traer ste al buen camino. Todo era intil! Ramn segua frecuentando la taberna y olvidando el trabajo. --Por qu no vas la fbrica?--decale Benito con tono bondadoso.--Mira que con mi jornal solamente no podemos atender las necesidades de la casa. --Yo no pido nada--responda Ramn secamente. --No pides nada, es verdad; pero no es la primera vez que he tenido que pagar deudas tuyas. --Has hecho mal. --Ya que madre y yo te seamos indiferentes, piensa, al menos, que ests comprometido con la Ins; que en el pueblo se murmura que no te portas con ella como un hombre de bien, y que es preciso que demuestres que lo eres. --Los del pueblo podan ocuparse en sus asuntos y dejar los dems en paz. Y, por regla general, Ramn, dando media vuelta, se alejaba dejando su hermano con la palabra en la boca. Estaba visto que no poda hacer carrera de su hermano, y que ni l ni su madre podan contar con Ramn para nada. Efectivamente: Ramn, dominado por sus ideas levantiscas y por su holgazanera, sobre todo, no estaba dispuesto escuchar razones ni seguir consejos. Cuanto sufra el pobre Benito!, muchacho honrado, trabajador y formal como pocos; amante de su madre y de su casa, como nadie. l no podra casarse nunca; l no podra decirle Rosa, aquella muchacha fornida y fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de pronunciado seno y recias caderas, que la quera con toda su alma. Cmo iba l crearse nuevas necesidades si apenas poda con las actuales? Cmo iba l exponerse que ella no quisiera su madre, la buena seora Rita y...? A l s que le quera, se lo deca con sus relucientes ojos siempre que se encontraban; pero dice el refrn que el casado casa quiere, y... No; l no abandonara nunca su madre! Ramn era el azote de todas aquellas personas las que, por ley natural, deba amar tanto. Intilmente la madre de Ins aconsejaba sta constantemente que dejara Ramn. --No puedo, madre, no puedo--responda la muchacha invariablemente.--Yo s que es malo, lo s... pero no puedo dejarlo. Bien saba ella que iba ser desgraciada, que lo era ya; pero el mal no tena remedio. --Si yo te quiero ahora ms que nada en el mundo--la dijo Ramn un da--, qu ser, Ins, si accedes ser ma? Entonces yo ser como vosotros queris que sea; trabajar y ahorrar para casarme en seguida, porque no podr vivir sin tenerte todas horas. La pobre Ins, creyendo en la sinceridad de aquellas palabras, y pensando que su sacrificio sera base de la redencin de su novio, fu dbil y entregle su honor inmaculado. Y es lo cierto que, desde entonces, la infeliz perdi todo el ascendiente que tena sobre Ramn y que lleg verse tratada brutalmente por aquel hombre. No fu esto lo peor; lo peor fu que en el pueblo se empez murmurar, porque Ramn se fu de la lengua ms de lo debido, y bien pronto comprendi la pobre muchacha que su falta era ya conocida de todos. Ins senta su alma hacerse pedazos al pensar en su madre. Qu sucedera cuando llegara el momento inevitable en que ella se enterara... Nada...! Si hubiese tenido padre, otra cosa hubiera sido; pero su madre... su madre no pudo hacer ms que llorar, llorar como ella, sin tregua ni consuelo, sentirse morir de pena, y adorar su hija tanto ms cuanto ms desgraciada la vea. Hubo conferencias con Ramn; splicas... ruegos... amenazas... Todo fu intil! El se casara cuando quisiera! Se suspendieron las recriminaciones para ver si por el camino de la dulzura se consegua algo de aquel hombre sin conciencia; pero nada se consigui, y Ramn fu, ms que nunca, el tirano de aquellos dos hogares, sumidos en la ms negra desesperacin, por su culpa. Un da sucedi lo que tena que suceder. El final de una partida de _mus_, fu el principio de una batalla campal. Insultos, imprecaciones... blasfemias... navajas, cuyas hojas brillan en el aire como relmpagos... y un cuerpo que cae desplomado al suelo... * * * * * Ms de un mes haba transcurrido desde el trgico fin de Ramn, y aun no haban cesado los comentarios que de l se hacan, sobre todo, en lo referente la pobre Ins. Por dondequiera que iba el bueno de Benito, siempre llegaban sus odos rumores de conversaciones, en las que su hermano no sala muy bien librado. Aquella situacin se iba haciendo intolerable; la falta cometida por su hermano la senta Benito pesar sobre su conciencia, como si fuera l quien la hubiera cometido. Pasbase las noches de claro en claro luchando con sus ideas; sostena vivos altercados con su conciencia, que, en verdad, nada le reprochaba; discuta acaloradamente con su madre y sostena largusimas conversaciones con Rosa, exponindola razones irrefutables para convencerla de que deba perdonarle la traicin que bulla en su cerebro, puesto que era en beneficio del descanso de Ramn y de la paz y el sosiego de la pobre Ins. Y tanto y tanto breg con la una, y tan elocuente se mostr con la otra, que al fin, aunque lo cierto es que nunca habl con ellas, sino consigo mismo, logr convencerlas, y Benito pudo poner en prctica el proyecto que haca das le tena en aquel estado tan lamentable. Una tarde, plido y tembloroso, posedo de una grande emocin, tanto por el acto que iba realizar como por la incertidumbre del acogimiento que pudiera tener, se present en el ancho portaln de la casa de Ins. La imagen de Rosa se le present all nuevamente ms hermosa que nunca; pero Benito dila las ltimas y ms poderosas razones que podan servirle de justificante para su conducta, y aqulla, anegada en llanto, desapareci para siempre. Las dos mujeres, sentadas una enfrente de otra, cosan cuando Benito hizo su aparicin. Al verle la seora Juana, madre de Ins, exclam con enojo: --T aqu! --Yo, seora Juana, yo mismo--respondi todo azorado Benito. --Cre que no nos volveramos ver ms. --Seora Juana!... --Madre--interrumpi Ins--, Benito es bueno... Por qu le habla usted as al pobre?... Qu culpa tiene l!... --Si l hubiera infludo lo necesario con su hermano... --No diga usted eso, por lo que ms quiera, seora Juana!--exclam Benito con fogosidad en l no acostumbrada. --Madre!... --Puede que me equivoque, tal vez...; pero vete, Benito, vete. Cmo quieres que te vea con calma viendo mi hija? Cmo quieres que hable, qu quieres que diga si me recuerdas al autor de nuestra desgracia? Ins, levantndose con presteza, fuse hacia su madre, besndola y acaricindola con ternura. --Qu ser de mi pobre hija--continu la seora Juana entre sollozos--; quin la amparar cuando yo falte, cuando quede sola en el mundo?... Mi pobre hija no tendr quien vele por ella; porque quin ha de casarse ya?... Benito, que estaba escuchando con la cabeza baja y dndole ms vueltas su gorra que rueda de molino, exclam al oir la madre de Ins: --Yo! Al escuchar aquella contestacin, quedaron ambas mujeres mudas y perplejas. --T?--dijo al fin la seora Juana. --Yo, s; yo me caso con ella. Miraba Ins Benito, sin acertar comprender sus palabras; sin duda haba odo mal. Benito, no queriendo dar lugar que el habla se le cortase, continu diciendo: --A tratar de eso vengo con usted y con ella. Es preciso que Ins recupere su honra, y es preciso que la gente deje ya tranquilo mi hermano en su sepultura. Si Ins quiere, ser mi esposa; es el nico medio que he encontrado para reparar el mal que mi hermano le caus. Ins mir con asombro Benito durante algunos instantes. --T sers el padre del hijo de tu hermano?--pregunt despus, ponindose ms plida que la cera. --Yo, Ins; yo ser el padre de esa criatura que ha de venir al mundo; yo ser tu marido y har cuanto est en mano para que seas feliz... si t me aceptas. Ins se acerc lentamente Benito, y cogindole una de sus manos, estamp en ella un beso, murmurando con los ojos arrasados en lgrimas: --Gracias, Benito! Y despus, echando los brazos al cuello de su madre, la estrech amorosamente contra su pecho. Benito, con la cabeza inclinada sobre el pecho, sinti que una mano misteriosa arrancaba de su corazn la imagen de Rosa, de aquella muchacha fornida y fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de pronunciado seno y recias caderas, la que nunca se haba atrevido decir: Te quiero con toda mi alma!... Ellas son ms tercas --Cmete este caramelo, Andrs!--dijo Luca su novio alargndole uno. --Ya sabes que no me gustan--replic ste. --Que te lo comas! --Que no me lo como! --Pues no me vuelvas dirigir la palabra! --No te la dirigir! --Hemos terminado! --Hemos concludo! Luca y Andrs continuaron el paseo muy serios y sin volver cruzar la palabra. Detrs de los novios, cierta distancia, iban las respectivas mams, hablando de _lo mal que est el servicio_; en ltimo trmino, los paps discutan acerca de _lo mal que est esto_. Ambas familias tenan estrecha amistad, desde muchos aos atrs, y puede decirse que Luca y Andrs eran novios desde que tuvieron edad para pensar en ello. Engolfados en la conversacin los progenitores, no se enteraron de lo ocurrido la enamorada pareja, hasta que, terminado el paseo y llegado el momento de despedirse, observaron la frialdad con que los muchachos lo hacan. --Ay... qu chicos estos!--dijeron las mams besuquendose en ambos carrillos. --Qu poca formalidad tenis!--agregaron los paps sentenciosamente. Cualquiera hubiera supuesto que la ria no pasara adelante, y que ello terminara en dulces y sabrosas paces; pero no fu as: el pcaro amor propio, la terquedad de los muchachos convirti en montaa inaccesible lo que slo era grano de arena. Andrs dej de ir ver Luca; sta, muchas veces cogi la pluma para escribir su novio dicindole: Perdname y ven. Pero otras tantas la volvi dejar, pensando que tanta razn haba para que ella le pidiera perdn l, como l ella: tan terco haba sido el uno como el otro. Y de este modo iban dejando pasar el tiempo, y dando lugar que la situacin se hiciera por momentos ms tirante. Andrs dbase todos los diablos y muchas veces lleg hasta muy cerca de la casa de Luca; pero otras tantas retrocedi, pensando que ella no deba quererle mucho, por cuanto no intentaba hacer las paces por medio de una cartita. Qu culpa tena l de que no le gustaran los caramelos? Viendo que la cosa no se arreglaba, mediaron las mams, y llegaron tomar cartas en el asunto los paps. Era una verdadera tontera que unos chicos que tanto se queran y que tan felices estaban llamados ser, rompieran las relaciones por un caramelo: esto era ridculo! Pero ningn resultado satisfactorio obtuvieron los mediadores; y no solamente no consiguieron nada, sino que la discordia acab por extenderse ellos mismos. El padre de Andrs dijo que l no volva decir una palabra ms sobre el asunto; que hicieran lo que quisieran. --Esa nia--deca--est demasiado consentida y mal educada; es demasiado terca, y una mujer terca no puede hacer feliz su marido... Vaya con la mueca! La madre de Luca concluy por asegurar que Andrs tena demasiados humos, y que ella _no se rebajaba_ ms. --Se habr figurado--deca cuantos la queran oir--que no hay ms hombre que l en el mundo y que Luca se va quedar para vestir imgenes. Total, porque tiene ocho mil reales de sueldo en el Banco de Espaa, ya se cree que es el _rey del petrleo_. Pues que se quede en su casa, que mi hija se est tan ricamente en la suya; y que tenga cuidado, que puede que vaya caer con alguna que en vez de caramelos le haga comer morcilla... El demonio del niito...! Pues no faltaba ms! Y las relaciones entre los padres fueron suspendindose poco poco, hasta romperse del todo. Pero si los padres se conformaron con esto, los hijos, no. Luca necesitaba _darle en la cabeza_ su ex novio, para ver si se le ablandaba, y, para ello, acept las relaciones de un comerciante, conocido de casa, que, si bien era cierto que tena muchos aos, tambin lo era que tena mucho dinero. No faltara algn alma caritativa que se lo contara Andrs, y seguramente que las condiciones del nuevo novio le haran rabiar ms. As sucedi. En cuanto Andrs supo que Luca tena novio... y qu novio...!, se declar una muchacha que viva en el principal de su misma casa, _para darle en las narices_ su ex novia. A los seis meses de esto, y al levantarse una maana Andrs, para ir la oficina, la criada le entreg un paquetito que, momentos antes, haban llevado para l. Desenvolvile, con no poca curiosidad, y, cul no sera su sorpresa al encontrarse con una cajita de caramelos y una cartulina plegada en tres dobleces, en la que Luca y su esposo le participaban el efectuado enlace. Averiguar dnde fueron parar los caramelos al salir por la ventana del cuarto de Andrs, es cosa bien difcil. A los tres meses, Andrs contraa matrimonio. II Dos aos pasaron. Andrs fu ascendido y trasladado la ventanilla de Caja, en el departamento de Cuentas corrientes. Cuatro cinco das llevara desempeando su nuevo cargo, cuando una maana quedse como petrificado al ver aparecer Luca ante la ventanilla. Mirbala Andrs, sin hacer el menor ademn para coger el _taln_ que aqulla le alargaba y que deba hacer efectivo. Al fin, Luca, hubo de exclamar: --Le ha dado usted un aire? Andrs, al oir que Luca le trataba de usted, pareci volver la realidad. --Me ha dado una alegra muy grande al verla. --S? Menos mal! De todos modos, no s qu santo se alegra usted de verme. --Porque siempre alegra ver una cara bonita. --Le advierto que yo he venido cobrar y no que me echen flores--dijo Luca agitando el triangulito de papel con la mano. --Contina usted con tan mal genio como antes? --Contino con el que tengo desde que nac! --Por muchos aos! --Y usted que lo vea! --Gracias! --No hay de qu! --Lo que parece mentira, es que su marido la deje sola siendo tan bonita. --Mi marido hace lo que le parece... y vuelvo repetirle que se deje de floreos... y que los guarde para su seora. --Soy viudo, hace un ao! --Ha enviudado usted? --Acabo de decirlo! --Lo creo: su pobre seora se morira como nico recurso, para no sufrir su marido. --Mi seora muri al darme un hijo. --Tiene usted un hijo? --S. --Pobre angelito, ms le vala haberse ido con su madre! --Me est usted ofendiendo! --Le hago justicia! --Y usted... no tiene familia?--pregunt Andrs con cierto retintn. --S, seor--replic Luca, ponindose encendida--: tengo padre, madre, esposo, tos, primos... y dems parientes. --Parece usted una esquela de defuncin. --Para usted... como si fuera el cadver! --Quiero decir que si no tiene usted hijos. --Ah! No, seor. --No me extraa; su marido debe estar para sopitas y buen vino. Luca, que comprendi que cada vez perda ms terreno, replic con cierta acritud: --Mi marido estar para lo que sea; pero yo no estoy para darle usted conversacin; conque pgueme y ponga punto final. --No sera mejor ponerlos suspensivos? --No, seor: final... final; porque ya me guardar yo muy bien de volver cobrar nada. Andrs, algo cortado por el tono seco empleado por Luca en sus ltimas palabras, empez contar billetes. Cogi Luca el dinero que Andrs le alargaba, y con un buenos das muy desabrido, se alej de la ventanilla, dejando su antiguo novio triste y pensativo. Luca, en efecto, no volvi ms, defraudando las esperanzas de Andrs; un dependiente fu el que, en lo sucesivo, se present cobrar. III Cierta tarde que Andrs iba de paseo por la calle de Alcal, llevando de la mano su hijo Abelardito, que la sazn contaba tres aos, al pasar por frente San Jos, quedse de pronto sin saber qu partido tomar: Luca y su madre avanzaban en direccin suya, y se hallaban muy poca distancia; ambas vestan de luto. Luca, al ver Andrs sonri, y, tanto ella como su madre, siguieron andando hasta llegar l. Saludlas Andrs con gran azoramiento. Luca, sin dejar de sonreir ni de mirarle, dijo: --Tienes un hijo bastante ms guapo que t. Psose Andrs sumamente colorado, y quiso responder algo; pero no acert decir palabra. Luca, cogiendo al nio en brazos, besle con apasionamiento. --Rico, monn... Cmo te llamas?... Tu pap es muy feo, verdad? Y al decir esto, juntaba su cara con la del nene y, siempre sonriente, miraba al padre. Por fin, quiso Dios que Andrs recobrara el habla, y hubo preguntas y explicaciones por ambas partes. Luca haba enviudado haca poco ms de un ao. Como la conversacin no llevara trazas de terminar, Doa Luisa propuso que Andrs las acompaara hasta su casa. Luca, cuando llegaron, insisti en que subieran, para darle unas galletas al beb... Era tan monn, tan salado... y tan chiquitn!... * * * * * Doa Luisa, la madre de Luca, se llev al nio al comedor, y sta y Andrs quedaron solos en la sala. Andrs miraba Luca sin decir palabra. --Te has quedado mudo?--pregunt ella. --Me he quedado asombrado al ver lo bonita que ests; eres una viudita lindsima. Luca se puso colorada. --Me quieres todava un poquitillo, Luca? --Y t m? --Con toda mi alma; ms que antes! Si t quisieras, aun podramos remediar pasados errores... Quieres ser mi mujer? Luca, cada vez ms colorada, y con voz algo velada por la emocin, respondi: --Eso depende de ti. --De m? --S. --Pero t, me quieres? --No he dejado de quererte nunca. --No obstante, aquella maanita del Banco... --Aquella maanita... yo era casada. --Es verdad. Pero, entonces, no comprendo... --Espera un momento. Luca, al decir esto, se levant y dirigise precipitadamente hacia un gabinete contiguo. Hacase Andrs intilmente reflexiones acerca de cul poda ser la causa que hiciera depender el matrimonio de l, cuando Luca reapareci en la sala, ocultando en sus manos un pequesimo objeto. Avanz resueltamente hacia Andrs, y, tomando asiento frente l, dijo as: --Dices que si quiero ser tu mujer? --S!--respondi el aludido, sin comprender en qu iba parar aquello. --Pues cmete esto--y Luca puso ante los ojos de Andrs el pequeo objeto que ocultaba. --Un caramelo!!--exclam Andrs. --Un caramelo, no; es el mismo caramelo de aquel da--dijo Luca, haciendo un delicioso mohn. Andrs vacil un momento, mir Luca, mir al caramelo... y, por ltimo, tom ste, que se hallaba en un estado lastimoso, de manos de Luca; le quit el papel, como Dios le di entender, y echndoselo la boca, lo masc con fuerza y se trag los pedazos. --Ests ya satisfecha? --S! Ahora te pido que perdones mi terquedad; era una cuestin de amor propio. Desde hoy mi voluntad ser la tuya, Andrs--dijo Luca, levantndose y bajando la vista al suelo. Andrs, levantndose tambin, se acerc Luca, la ex novia que recobraba, y estrechla amorosamente contra su pecho, tiempo que Doa Luisa, con Abelardn, apareca en la puerta de la sala. Indice Pgs. DEDICATORIA 5 PRLOGO DEL AUTOR 7 Escuela de humorismo 9 Lo que le faltaba al to 57 Los pescadores 109 Juan Pacheco 187 Dolores (Segunda parte de Juan Pacheco) 201 Yo me caso con ella! 227 Ellas son ms tercas 237 Obras del mismo autor. Teatro. =Un beneficio=, sainete (en colaboracin con D. Rafael de Santa Ana). En preparacin. =La Pecadora= (novela). End of Project Gutenberg's Escuela de Humorismo, by Guillermo Daz-Caneja License: Share Alike