Produced by Carlos Coln, University of Toronto and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries) Nota del Transcriptor: Errores obvios de imprenta han sido corregidos. Pginas en blanco han sido eliminadas. Letras itlicas son denotadas con _lneas_. Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas) han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal. DULCE NOMBRE Es propiedad de la autora. Derechos de reproduccin y traduccin reservados para todos los pases, comprendidos Suecia, Noruega y Rusia. Copyright 1921 by Concepcin Espina y Tagle. Hechos los depsitos que marca la ley para las repblicas americanas. ARTES DE LA ILUSTRACIN, Provisiones, 12.--Madrid CONCHA ESPINA DULCE NOMBRE (NOVELA) [Ilustracin] GIL BLAS RENACIMIENTO SAN MARCOS, 42 MADRID OBRAS DE CONCHA ESPINA _La Nia de Luzmela_ (novela, 2. edicin). _Despertar para morir_ (novela, 3. edicin). _Agua de nieve_ (novela, 3. edicin). _La Esfinge Maragata_ (novela premiada por la Real Academia Espaola, 3. edicin). _La Rosa de los Vientos_ (novela, 2. edicin). _Al amor de las estrellas_ (Mujeres del Quijote). _Ruecas de marfil_ (novela, 1. edicin). _El jayn_ (drama en tres actos premiado por la Real Academia Espaola). _Pastorelas._ _El metal de los muertos_ (novela, 2. edicin). _Dulce Nombre_ (novela). TRADUCCIONES Al ingls: _La Esfinge Maragata._ _La Rosa de los Vientos._ _El jayn_ (novela). _El metal de los muertos._ Al alemn: _La Esfinge Maragata._ _El jayn_ (drama). _El metal de los muertos._ Al italiano: _El jayn_ (drama y novela). _Al amor de las estrellas_ (mujeres del Quijote). _Pastorelas._ Al francs: _La Esfinge Maragata._ EN PREPARACIN _Vaqueiros de alzada_ (novela). PRIMERA PARTE I EL MOLINO DEL ANSAR --Oye, molinero! Volvise a escuchar Martn Rostro. --Qu hay? --Necesito hablarte. Como era don Ignacio Malgor el que le llamaba, y con acento un poco extrao, el molinero acab de erguirse sobre el _cimadal_. --Cuando quieras. --Dnde? --Pues... aqu. --No vamos a entendernos con este ruido. Observ Martn un instante al indiano, presintiendo algo inslito en la conferencia. Vigil con mirada solcita el local, y pregunt: --Es un asunto largo? --Segn... Una mujer, sosegada y madura, teje su calceta a un extremo del saln, sentada en un celemn puesto del revs. A pocos pasos de ella, una joven, nia por las trazas, endeble y menuda, se apoya en el muro, obstinada en mirar cmo surte la harina amarillenta desde el _estrangol_ hasta el cesto de baas, hondo y reluciente, a medio colmar. --Poco tienes que decir, Tomasa--pronuncia la tejedora: --Poco... y usted? --Yo, menos, hija; pero... no falta quien platique. --No. Se vuelven a un tiempo hacia los dos hombres acodados sobre el derrame de una ventana, en ntima conversacin, lo ms lejos posible de las muelas. --Se me hace--insina la moza con un gesto elocuente--que estn apalabrando a Dulce Nombre. --Mujer, tan de spito? --Vaya! --Pero, de verdad la quiere ste? --As dicen. --Con buen fin? --Ya lo veremos. --Y Manuel Jess? Se encoge Tomasa de hombros; por su semblante desgraciado y turbio pasa un temblor arisco. --Qu s yo! Alfonsa, que tiene cada en el regazo su labor, suspira levantndola; se le acerca la joven, y continan hablando, envuelto su murmullo en el ronco estrpito de la molienda. Anchurosa es la habitacin, clara y desnuda, con luces a tres fachadas; los aparatos molineros ocupan el cuarto muro alzando su maderaje de nogal, que se dora con el polvillo tenue del maz; algunos bancos toscos orillan las paredes, y clarean tambin, lo mismo que el solado de madera. Toda la cuadra se viste con el tul caliente y balsmico, producido por la trituracin. Este molino del ansar, el ms importante de la comarca, seero y orgulloso en la mies, tiene dos pisos. En el de arriba se oyen ahora pasos y trajines matinales: alguien canta y asea las habitaciones convertidas en hogar. Fuera, los rboles, densos y centenarios, se alejan del edificio y huyen por la lera del Salia, perdindose de vista camino de una hoz. El valle, estrecho y profundo, linda con las montaas eminentes, sin ms salida que el escobio por donde el ro baja hasta la mar: de aquel lado norteo suena el Cantbrico detrs de las cumbres, cuando las galernas enfurecen las playas y el viento del Norte rola devastador. A lo largo de esta serrana verde, alta y misteriosa, van los pueblecillos estirndose encima de la vega, comunicados entre s por un camino real: Paresa, Luzmela, Rucanto, Cintul, con otros vecindarios reducidos, labradores, apacibles, constituyen la vecindad comarcana, humedecen sus huertos en las mismas regonas montaraces y se tienden unos a otros, para ms ntima ayuda, los atajos y las camberas. Algunos solares infanzones, desmerecidos la riqueza y el poder, solivian el escudo en estas montaas ilustres por su historia independiente, que ha venido a ser para la raza un penacho y un blasn. Y todo el hechizo del paisaje, su hermosura y su altivez, circuyen al molino, como un halo, en esta maana del otoo, melanclica y tarda, mientras Ignacio Malgor le dice a Martn junto a la ventana: --Pues s, molinero; me gusta mucho tu hija y la quiero para m. --Como Dios manda? --Naturalmente! Turbado y seducido call Martn. La pausa le di tiempo a recordar su condicin cautelosa de montas; echse la boina a un lado con movimiento nervioso, y repuso: --Le doblas la edad. --Aun te quedas corto: he cumplido los cuarenta. --Ella diez y seis. --Por eso me gusta. --Y por lo galana, lista y noble. --Tambin. --Vale un Potos. --Yo soy rico... --Tendrs que esperar; la moza est en flor. --Traigo prisa, molinero. --Y si ella no te quiere? --Eso es cuenta tuya. --Cmo? --S; nadie mejor que t la puede convencer. --ndame aquerenciada con Manuel Jess. --Amoros de rapaces... bah! Hay otro silencio. Los dos hombres miran cmo fluye el agua de la presa debajo de la ventana. A la linde bulliciosa de la corriente un cauce ondula su cabellera en una inclinacin dulce y pensativa. --Qu me dices?--pregunta Malgor, cansado de aguardar. --Qu te voy a decir...? No lo s. Esta hija es lo nico que tengo...! Tiembla lacrimosa la voz del padre. Al indiano le roe la duda de si aquella ansiedad es marrullera o es emocin. --No te la quito--promete--; vivir cerca de ti. --Pero no la puedo obligar a que te quiera. Si buenamente lo consigues... --Aydame t. Hace Martn un gesto desanimado y recorre con la mirada el vero del cauce. --Te regalar el molino con todas sus pertenencias; dotar a la nia--murmura el pretendiente. --Esta fbrica--responde el molinero sin pestaear, con imperceptible inquietud--vale diez mil duros. --No importa. --Y la huerta dos mil. --As valiera ms. --Traes mucho dinero, eh? --Si me sirve para ser dichoso! Ahora es Martn el que observa a su amigo, dudando que el oro no contribuya siempre a la dicha. --Har lo que pueda en tu favor... sin ningn inters. --Pues vale mi palabra tanto como una escritura; ya lo sabes: el molino es tuyo si Dulce Nombre es ma. Se incorpora el aldeano, muy derecha la postura y entonada la voz. --Desde que me le arriendas, casi de balde me le das... Soy pobre y agradecido... Pero la hija no te la vendo! --Hombre, no lo tomes as! Te quise ayudar con la baratura de la finca sin conocer a la muchacha; juntos anduvimos a la escuela y siempre te guard ley. --Como yo a ti. --Si al procurar mi felicidad trato de hacer la tuya, no me parece que te ofendo. --Claro que no...! Pero la gente es muy sospechosa y a ninguno de los dos nos conviene que se trasluzca lo que hablamos aqu. Dirn, si a mano viene, que trafico yo con la hija, y eso ni por todo el oro del mundo...! Est el molinero muy arrogante, las manos en los bolsillos, la cabeza levantada, puestos los ojos con desdn en la espina del monte; es alto, cetrino, canoso, tiene la expresin cuidadosa y perspicaz, el aire displicente y seoril. A su lado, Malgor, de la misma estatura, ms grueso, la cara enrgica, muy plida, el cuerpo algo vencido, mira al campo, tambin, y siente que toda la melancola del paisaje resbala hasta su corazn. De la otra punta de la sala llega un aviso adelgazado bajo las palpitaciones de la faena: --Martn, ven a maquilar! --Ya voy. El indiano le detiene con visible anhelo. --Volver maana por la contestacin. --Tan pronto? --Lo que ha de ser, cuanto antes; no tengo paciencia. --Y de lo hablado, guardars el secreto? --Puedes estar tranquilo. Aun vacila Martn. --No vengas; ser mejor que nos veamos anochecido, en el ansar, junto al puente de Cintul. --Muy bien. Los garrotes de Tomasa y Alfonsa aguardan en colmo. Las dos mujeres reciben al molinero llenas de curiosidad, entre alusiones y sonrisas. Pero l, impvido y socarrn, se vuelve hacia el nio que ha llegado con su cesto de grano rubio, lo vierte en la tolva y hunde en ella el maquilero para cobrar. [Ilustracin] II DULCE NOMBRE All va el pretendiente, meditabundo, un poco triste; camina despacio y se detiene con frecuencia, como si tirase de l la voz juvenil que canta en el molino, una voz ardiente y pastosa de mujer que aduna su encanto con la endecha cristalina del ro, las vibraciones armoniosas del aire y el suspiro de las hojas holladas en el sendero. El acorde profundo y manso de este cantar sacude a Malgor en todas las fibras de su alma. Se vuelve desde la penumbra del arbolado a contemplar el molino, y ve cmo Dulce Nombre, sin soltar de los labios la cancin, procura dirigir el rumbo de una osada trepadora, dominante por las alturas del piso donde habita la molinera. Tal vez con el rabillo del ojo soslaya la nia su inters hacia el indiano, tan madrugador por los ambages de la selva. Ignora si aquel hombre sale de la fbrica, pero sospecha que ronda los contornos con enamorada intencin. Para esta clase de suspicacias ninguna mujer cabal suele ser torpe, y en la molinerita corren parejas la comprensin y la hermosura. No olvida la tarde estival, reciente an, de su conocimiento con Malgor. Estaba Dulce Nombre acompaando a su padrino en la torre de Luzmela cuando lleg el indiano. --Qu bonita ahijada tienes! --Ya lo creo... No la conocas? --La he visto de lejos, como a las estrellas. --Y ahora, qu te parece? --Incomparable! --Es hija de Martn. --Lo s: puede estar orgulloso. --Tambin yo, que la tuve en la pila bautismal y adivinando su belleza la llam Dulce Nombre. --Dulce Nombre!--repiti el indiano con embeleso. Poco tard la nia en retirarse, azorada bajo el chaparrn de los piropos y temiendo cohibir a los dos amigos con su presencia. Desde entonces recibe los homenajes del indiano, silenciosos, en miradas elocuentes y en paseos por las cercanas del molino. Oye decir que Malgor la juzga sin rival por lo hermosa en la comarca, y siente clavados en su vida los deseos de aquel hombre como un terrible aguijn. Hoy le ve, detenido, contemplndola desde la orilla del ansar, en rara actitud de tristeza y resolucin, y presiente, de una manera vaga, que existe en aquella hora toda la fuerza decisiva de su porvenir. Qudase inmvil, roto con la voz el cantar, angustiada por los presagios que le acuden aciagamente desde todas las lontananzas, en el viento caluroso que deshoja los rboles, en la altura de las nubes trasfloradas de luz, en la claridad verde que se difunde por el campo: la maana entera se le sube al corazn lleno de augurios y ansiedades. Nunca hubiera sospechado la joven cosa maligna de aquellos minutos apacibles, de aquel da luminoso en la ausencia del astro paternal, difano por s mismo, abierto poco a poco con una divina candidez; el celaje levantado y sonriente, los horizontes claros y sensibles como si quisieran estrechar el valle en amorosa intimidad: as los montes aprisionan la vaguada en una cadena suntuosa y azul, ms entonado y profundo el color bajo la palidez serena de las nubes. Es que el brego, sin arreciar, sorbe las neblinas, purifica el ambiente, le templa y le colma de perfumes. Y Dulce Nombre no sabe cul puede ser el engaoso camino por donde la maana le oculte su traicin. Buscndole est, al parecer, con los dedos entre los rizos anchos y trigueos que se le enrubian por la raz, en lo alto de la frente y en la sien. Ha ido apartndose de la ventana con lentitud y se sienta ahora en el borde de su lecho recin mullido, muy pomposo, al uso de la aldea, vestido con telliza de flores. Despus que ha enredado mucho su cabello, sin peinar todava, deja caer las manos sobre la falda y permanece absorta, en la actitud impaciente del que espera y escucha. Percibe los ruidos familiares: el trajn de las muelas, el murmullo del ro, la bravata de un gallo, los indefinibles rumores del viento en la selva y en la mies. No descubre la temerosa novedad que aguarda, y se abisma en una inquieta meditacin. Piensa en su niez melanclica, sin madre, privada de ntimas expansiones, renovando cada noche en el molino la inspida tertulia, acudiendo a la torre de Luzmela diariamente para recibir una leccin. El padrino, Nicols de Hornedo y Esquivel, solo y taciturno, ms diestro en pedir alegras que en ofrecerlas, ense a la nia a leer y escribir con algo ms de gramtica y un poco de otras disciplinas intelectuales; pero no la supo acompaar a sentir ni acert a ver el opulento corazn que tena entre las manos: para l la ahijada era un juguete, un motivo de orgullo y diversin. La mimaba y la quera ciego de egosmo, sordo a las voces de aquella alma henchida de ternuras, ansiosa de confidencias y generosidades. Hasta que, durante el verano, Manuel Jess Ayuso, el seminarista estudioso de Cintul, mir audazmente las flavas pupilas de Dulce Nombre, y anunci que dejaba los libros. En vano la madre del mozo, viuda y msera, puso el grito en el cielo, desolada; cuando terminaron las vacaciones el estudiante no quiso volver al seminario y afirm su propsito de convertirse en labrador. Sus cinco aos de carrera le daban entre la gente cierto lustre; pero le ayudaban poco al trabajo material, y la bienhechora que le haba pagado los estudios, una dama vecina, culpable de formar sacerdotes sin vocacin, tuvo motivos para decir que Manuel Jess era un holgazn. Entretanto, Dulce Nombre se entrega con furia al goce de querer. El relativo pulimento de su inteligencia sirve de estmulo a la romntica pasin, y vive la nia en plena fiebre sentimental, trasoada y vibrante, medio loca por el cortejador que le dice musa del bosque, le hace versos ripiosos, y ronda el molino a la luz de la luna. Maravilla se le antoja a la muchacha esta realidad. Su novio es fino y guapo, sabe humanidades y latn, compone rimas y la quiere con exquisito amor; qu puede ella temer de otro hombre que pase, la mire y la encuentre hermosa? En sus labios vuelve a cuajarse el capullo de una sonrisa. Acrcase de nuevo a la ventana. Ignacio Malgor ha desaparecido bajo la fronda a medio deshojar. Por cierto que el indiano tiene una expresin honda y fuerte, inolvidable, una mirada profunda y decidida, no exenta de dulzura, que absorbe las cosas con dominio de posesin. La moza se estremece al recordarlo as y queda envuelta en una racha del aire tibio. Se le alborotan los bucles; las entradas rubias del cabello le resplandecen como una corona sutil; el busto, inclinado y flexible, tiene la pura morbidez estatuaria. En el rostro, moreno y oval, no muestran las facciones una clsica perfeccin, pero se iluminan con los ojos pardos, magnficos, orlados de pestaas densas y oscuras, y luce en ellos el iris unas chispas de oro penetrantes como lanzas, unas variaciones rtilas y misteriosas que son el mayor encanto de la molinera. El aliento del Sur remueve los aromas de las plantas, concentrados y agudos. Hay en el huerto vecino menta verde, malva real, flores de maravilla, rosas de te, madreselva y jazmn, que reviven y trascienden mediante la benignidad de la tmpora. Y a Dulce Nombre le perturban aquellas ondas de perfumes, casi violentas, unidas a las de su habitacin que huele a espliego y a membrillos. Est impaciente la nia; su mirada primaveral se hunde en el campo de una manera delicada y temerosa. De pronto calla el molino: se ha parado el rbol trasmisor; brota el silencio del fondo de la casa y se extiende por los alrededores con secreta delicia. Este sigilo despierta con doble intensidad otros naturales murmullos: los saetines que borbollan y gorjean, el ro que se va melodioso, el alma del bosque gimiente en los rboles y en las hojas; y dentro de la fbrica el jadeo brusco de un reloj, el latido de unos pasos que suben la escalera y se adelantan por el gabinete. --Qu haces?--pregunta Martn a su hija, un poco trmulo. --Nada. --Cmo nada? --Estoy... escuchando. --Y qu escuchas? --Qu s yo...! Las voces del viento. --Pues oye una cosa que yo te diga. --S? Una cosa...? Ay! --Qu? --No; no la quiero saber. --Te da susto? --Calla, por Dios! Retrocede ante la noticia que augura. Trata de huir y el padre la sujeta con suavidad. Ella afronta la revelacin; hubiera querido que la hora se eternizara sin descubrir aquel secreto, y no obstante le desea conocer. Est blanca, temblorosa. Tiene marchito el color fuerte de los labios, calientes las yemas de los ojos. --Qu es?--murmura. Comienza Martn a susurrar, persuasivo y halagador; parece que suplica, y manda: no consulta las proposiciones del indiano, sino que las pondera a la vez que se entusiasma con la suerte envidiable de la novia. Una respuesta indiscutible se desprende de aquel discurso; pero Dulce Nombre, sin hablar, mueve la cabeza con obstinacin, mientras un trino melodioso rompe el silencio en el vano de la ventana: ligera y alegre cruza por el aire una golondrina. [Ilustracin] III LOS COPOS DE LAS HORAS Vuelve a andar el molino; crece el da muy despacio para la inquietud de la enamorada, que entra y sale cien veces en el local donde los humildes cosecheros se turnan esperando su molienda. Le parece a Dulce Nombre que en todos los semblantes hay una expresin reveladora, que los murmurios, apagados entre el ronquido de las piedras, estn llenos de insidias y averiguaciones. No se equivoca. Por los contornos del valle corre ya la noticia de que el indiano se quiere casar con la nia de Rostro. Nadie pone en duda que ella acepte o que el padre no la obligue al casamiento: menuda boda! Se habla de Manuel Jess con lstima y desdn: para eso ahorc los libros...? Pobre infeliz...! Y comntase la fortuna loca de la muchacha. --Bonita es, pero otras lo son ms... Criada sin madre y con poco rigor, muy hecha a satisfacer su gusto, enseada por don Nicols en libros y finuras que no le pertenecen... Para seorita, que hubiese elegido el indiano a la de Barreda. --Mujer, no compares!--protesta Gil, un pastor embelesado por la molinerita. --S comparo, s--replica Tomasa, muy tozuda--; la de Barreda no tiene dote, pero es una seora de principios. --Con treinta aos lo menos. --Para don Ignacio ms aparente que esta otra. --Por la edad. --Y por la educacin. --Mira, no le des vueltas: Dulce Nombre lo tiene todo. Es guapa, graciosa, tan aguda que siente crecer la lana de los corderos, brotar las flores en el campo y caer los copos de las horas. --Pues no has dicho t nada! --Sabe de lectura y de oraciones; sabe hablar y rer mejor que nadie en el mundo. --Echa, echa...! --Lo cierto es--interviene Alfonsa, sin levantar los ojos de su tejido--que esta chiquilla de Martn se lleva los corazones. Yo no entiendo de hermosuras, pero tiene un mirar que todo lo consigue. --Eso!--afirma Gil, impetuoso--yo he estado en Madrid... Imagnate si habr conocido mujeres...! Y en frica, al trato con las moras, que lucen los ojos ms atroces del mundo; pues no los he visto nunca, jams, como los de Dulce Nombre: las chispas de luz que le resplandecen a la vera de las nias no son cosa de criaturas humanas. --Ay, hijo, qu exageraciones!--interrumpe la envidiosa--. De todos modos, esa iluminacin que dices no se enciende para ti; la has visto por casualidad. --La he visto como t ves al sol, que tambin sale para las vboras. --Lagarto! --Vaya, vaya; no os acaloris, que est de Sur--recomienda Alfonsa, cachazuda, entre los dos porfiadores. Vuelve al molino, como Tomasa, con un deseo invencible de saber, y teme que la discusin malogre su curiosidad. Ambas mujeres han contado en Luzmela y Paresa la entrevista madrugadora del indiano con Martn, y se conjetura el secreto de aquella visita, vislumbrado al travs de muchos detalles elocuentes. Porque Malgor iba en su tlburi a media maana por la carretera, muy afanoso, y el chaval que le sirve dijo luego que su seor se haba detenido en Cintul para tener una larga conferencia con la madre del seminarista. Volvi a Luzmela el pretendiente, dej el cochecillo en su casa y subi a la torre, donde estuvo de palique con don Nicols hasta cerca de las dos. Rosaura, la mayordoma del hidalgo, le cont a la panadera que los amigos haban discutido con mucha tenacidad. Fuse Malgor desde all a ver al seor cura, sin permitirse un descanso para comer. El cartero le encontr en la rectoral; como ya estaba imbudo por los rumores populares, se fij en que don Ignacio tena los ojos febriles y muy acentuada la palidez, y le pareci conveniente divulgar tales observaciones mientras reparta la correspondencia.... Dirase que el brego, caliente y murmurador, aventaba en los poblados las noticias metindolas entre las ranuras de las ventanas, arrastrndolas por las mieses, alzndolas hasta los invernales. Del monte viene Gil y ya sabe de aquella novedad lo mismo que la gente del llano. Y parece que las suposiciones y los descubrimientos deben hoy arrumbar con las aguas del molino y patentizarse en las roncas espumas. As los labrantines que tienen un celemn de grano acuden a formar vido rolde en torno a los manaderos de la harina. Las palabras y las ruedas zumban en el saln bajo el polvo del maz; en el canal bulle el rebalaje y saltan las chispas del rodete poblando de sones extraos toda la fbrica; silbidos y cuchicheos, estertores y arrullos que se extienden como un canto fuerte y misterioso encima del edificio. Siente Dulce Nombre que todo aquel tumulto la persigue, busca, sin saber dnde, algn consuelo, y sube una vez ms a su dormitorio: en la incertidumbre de aquel da ha registrado los rincones familiares con loca impaciencia, sin que le sirvan de refugio. Se abre al ocaso una de sus ventanas sobre el ro y a ella se acoge, atrada desde el cielo por la hendedura roja que el occidente descubre. Est el aire templado y limpio, llena la hora de sublime placidez y recibe la nia una secreta esperanza de aquel celaje roto bajo el cual agoniza el sol: no sabe que la belleza de las cosas vive en ella misma como un reflejo inmortal; pero intuye, vagamente, el poder de la divina gracia, y se entrega a su influjo con anhelo sobrehumano. Las nubes luminosas del poniente levantan hacia s aquel abrumado corazn, y Dulce Nombre recobra un poco de serenidad. Est segura de que no ha prometido nada a su padre; no, al contrario, le dijo con mucha firmeza: --Soy novia de Manuel Jess; no quiero a _ese seor_--. Una y otra vez repiti la misma negativa, sin or las splicas ni las reflexiones, sin atender, siquiera, a los mandatos.--Soy novia de Manuel Jess; no quiero a _ese seor_. Martn no logr arrancarle otra respuesta. Depuso el tono autoritario, nuevo en l, y acudi a los reproches: --Es la primera cosa que te pido... Yo me he sacrificado por ti; me pude casar y por no darte madrastra vivo sin mujer en los aos mejores de mi vida... Habl lleno de pesadumbre y amargura, con esa propiedad sobria y certera que el pueblo montas infunde a su lenguaje. La muchacha le atenda con la penetracin abierta y sensible propia de la raza. Iba sintindose culpable de rebelin y de ingratitud, pero su bro cantbrico la obligaba siempre a responder: --No quiero a _ese seor_. Y sus mismas palabras al sonar le daban la certidumbre de un argumento irrebatible. Acaso al padre le causaban idntica impresin. Por eso no lleg a recaer en el enojo; se mantuvo serio en la tristeza y dej a la nia para entregarse al trabajo. Hasta la hora de comer no volvieron a verse. Ninguno de los dos tena apetito y cambiaron las frases justas, sin aludir a la gran preocupacin que les acongojaba. Torn despus cada uno a sus quehaceres, huyndose en lo posible, silenciosos, cohibidos, temiendo encontrarse delante de la cena. Nunca haba sucedido aqullo. El padre, solemne y reconcentrado, fu para la muchacha benvolo de continuo, la cuid con solicitud, la dej hacer su gusto con frecuencia, mientras ella le trataba como a un amigo hurao y servicial a quien se conoce poco y se le quiere mucho. Ahora no sabe si le empieza a conocer y va a dejar de quererle. Se asusta de aquella situacin tan repentina y extraa y gozara empujando al tiempo, que la ha de resolver. Por la noche hablar con su novio desde el portel del huerto; le ha mandado un aviso, impaciente por confiarle su ansiedad y apoyarla en el tesn varonil: necesita que Manuel Jess la socorra pronto. Y no le espera como de costumbre en la ventana, o en el umbral por donde cruzan los veceros del molino: quiere verle con reserva, prdiga hoy de la cita solitaria que nunca le concede. Cae su huerto por detrs de la casa a la orilla del cauce, lindando con el bosque: es un lugar escondido muy favorable al amor. Dulce Nombre suspira con oculta zozobra; luego sube la mirada desde el campo regado, muelle y jugoso, y la envuelve en el ropaje del crepsculo, donde se apaga el da. Una mano se posa en el hombro de la meditabunda, que se estremece como si la despertaran. --Dice tu padre que bajes a maquilar; l tiene que salir. --A esta hora? --Eso parece. Y Tomasa, que sirve de emisario con harta diligencia, se queda mirando fijamente a su amiga, traspasndola con los ojos aviesos. Dulce Nombre apenas la ve; tiene la imaginacin en tortura; adnde ir su padre? Nunca deja el molino hasta que, despus de cenar, sale un rato a la taberna, ya suspendido el trajn. --Y Camila, qu hace?--pregunta, resistindose con interior desgano a caer en el bullicio del saln. Sigue Tomasa clavando su curiosidad en la molinera. --No lo s--responde. Es feucha, nerviosa, chiquita; se mueve con una inquietud resbalosa de reptil, en tanto que Dulce Nombre decide: --All voy. Y aun se queda un instante contemplando desde la ventana el cielo misterioso del anochecer. IV ALMAS TORCACES Antes de volver a la sala busca Dulce Nombre a Camila, una solterona de medio siglo, criada y gobernadora al mismo tiempo en aquel hogar. La encuentra en el corredor que une a la cocina con la cuadra molinera, en el piso bajo. --Adnde va mi padre? --Al pueblo debe ir, porque me ha pedido una blusa limpia. Con relacin al ansar el pueblo es Luzmela, el vecindario ms prximo, cabeza de partido en el valle. Camila, al responder, se cruza de brazos muy preocupada. Tiene ella la costumbre de abismarse en hondas cavilaciones por cualquier motivo y aquel da estn sucediendo cosas muy extraas: oye la buena mujer palabras sueltas que la perturban, sufre con la desazn de Martn y de la nia, y anda torpe, recelosa, llena de inquietudes. All se queda, en la oscuridad del carrejo, mientras la joven, pensativa, define: --Va a consultar con mi padrino. Y entra en el saln. De cerca la sigue Tomasa, avizora y entrometida. El coro de veceros se distribuye en el local donde arden ya dos lmparas elctricas, altas y flojas, incapaces de prestar un servicio adecuado. Las mujeres que llevan labor se sientan en sus garrotes bajo aquellas lgrimas de luz, y tejen o zurcen con bastante dificultad, en tanto que las lenguas se despachan a su gusto; los chiquillos retozan; algn mozo que vuelve del trabajo se hace all el encontradizo con la muchacha de su predileccin; acaso alguna vieja, medio dormida junto al _cimadal_, pasa las cuentas del rosario entre los dedos marchitos: es la hora de las crticas, de las oraciones y los cortejos. Y en el molino se explayan bien estas costumbres pueblerinas al influjo de la ocasin. La presencia de Dulce Nombre cort un poco el hilo de las plticas. Fuse la nia derecha hacia las tolvas para hacerse cargo del maquilero, y se qued as al margen de la concurrencia, con semblante distrado, procurando estar sola en medio de la gente. Muelen hoy las tres piedras y cada pueblo comarcano tiene en el local su representacin; pocas tardes se ve la acea tan favorecida. Los que han recogido su porcin de molienda se detienen, ronceros, aguardando a los dems para tener compaa en el retorno o pretexto de or lo que se murmura. Vuelven a hilvanarse las conversaciones en la ms apartada orilla de las muelas; Tomasa refiere alguna cosa con todo el secreto posible, y en otro grupo se lamenta una mujer de Rucanto. --Ya son cortas las tardes! --S--dice una coloera de Cintul--; se hace noche en un vuelo y estn medrosos los caminos. --Pues, mira, ah tienes buena compaa. Llega muy presurosa Encarnacin, la madre de Manuel Jess, posa el canasto de maz y descubre en el gesto, en las alusiones y en la sonrisa, los deseos que tiene de contar algo muy importante. Es una mujer enfermiza y trabajada, con restos de hermosura: tiene el acento algo brusco y una propensin a ablandarle en forma de sollozo. Est muchas veces hablando con aspereza y al roce de una emocin se le convierten las frases en gemidos. Hoy se muestra exaltada y gozosa. Su aspecto y sus ademanes han atrado en seguida la atencin general. Sabe que produce inters, y enfilando su garrote con el ltimo que lleg, dice jovialmente: --Buenas horas de venir eh? No he podido ms: estuve de negocios. Se estrecha un crculo a su alrededor; la comentada visita del indiano a Cintul acude a la memoria de cada uno; desde las tolvas se acerca Dulce Nombre a su pesar, y Encarnacin, que la aborrece, segn dicen, pone en ella los ojos con dulzura. --Pues s--aade--, estuve tratando del viaje de Manuel Jess. --El viaje...? --Se va...? --Vuelve a los estudios? Estas preguntas simultneas y lgicas se interrumpen bajo el peso de la inesperada contestacin: --Embarca para las Amricas. --Cmo? --Cundo? --Pero es verdad? En el mpetu de las interrogaciones suena ronca la de la molinera murmurando: --Qu dice? Hay una perplejidad angustiosa en estas dos palabras, que se extravan entre el mugido de la faena. Y de pronto Gil, sin permiso, diligente y previsor, empuja el tosco resorte que detiene el trabajo. Una paz benigna se establece en el molino; bajo el suelo discurre el agua borbollante, sopla el viento en el vano oscuro de la puerta. Sonre Encarnacin, pasea la mirada con altivez por el auditorio, y repite, muy despacio, llena de solemnidad: --Se embarca para las Amricas. --Pero quin?--porfa incrdulo el pastor. --Manuel Jess. --Y cmo ha sido eso?--arguye Alfonsa, con los brazos en jarras, en el colmo de la sorpresa. Todos los semblantes, todas las averiguaciones denotan el asombro, mientras las miradas buscan inquisitivas a Dulce Nombre, que se apoya en la pared junto a la coloera de Cintul. Es demasiado joven la novia para disimular; abre los cndidos ojos con descubierta desolacin, y tiene deshojadas las rosas de las mejillas. La madre del viajero se explica al fin, recrendose en la expectacin que produce y suscitando una lluvia de nuevas exclamaciones. --Lo que sucede es que esta maana, de manos a boca, fu don Ignacio Malgor a proponerme el embarque del hijo para Cuba. Quiere mandarle all empleado a su casa de comercio, con muchsimos duros al mes, pagado el viaje, los vestidos y cuanto necesite... Quedme de una pieza. Por m--le contest--, de mil amores, que para el campo no sirve y ya sabe que me colg los hbitos.--S, s--dijo, muy al corriente de todo. Pero como estaba el muchacho en el monte no pudimos convenir nada y hablamos de otras cosas buenas para m. Este seor pretende sacarnos adelante... No hay mal que cien aos dure...; bastante desgraciada he sido... La voz se le iba rompiendo en un tono de llanto. Un aire de estupefaccin mantena en suspenso las interrupciones latentes en el concurso, hasta que Gil abri camino a la impaciencia de todos: --Y Manuel, consiente? --S. Dulce Nombre no se haba desmayado nunca. Sinti que se le hundan los ojos y las piernas se le doblaban; un fro intenso y hmedo le apretaba las sienes. --Me voy a caer--se dijo. Pestae muy de prisa, irgui el cuerpo sostenido en el muro, se pas la mano por la frente. Y permaneci derecha: el esfuerzo de su voluntad la oblig a sonrer, mientras Encarnacin responda, observando a la muchacha, de reojo: --S, consiente; los hombres son as, como las veletas: no se puede contar con ellos... Callaba, con insidia, que el joven slo se hubo resignado a partir despus de una larga y trabajosa conferencia con Malgor. --Entonces, cundo es la marcha?--pregunta la vecina de Cintul. --La marcha? A escape. Con dinero todo se arregla en seguida. El barco sale de Torremar el diez y nueve: estamos a quince... --Pues chale un galgo a Manuel Jess!--interrumpe Tomasa, certera y alusiva--las cosas que se ven! Y Dulce Nombre, silenciosa, algo insegura, deja el apoyo del hastial, atraviesa el saln y con las dos manos finas y giles empuja el mecanismo de la faena. Vuelve a manar el polvo de maz por los tres buzones harineros, y a la muchacha le parece que esconde su espantoso quebranto en el ruido estridente de la masticacin. A su lado est Gil muy servicial; la mira y habla, pero ella no le entiende; hunde los dedos en la masa olorosa de la harina, los ojos en una visin ausente, los pensamientos en una tristeza insondable. En la otra punta de la sala revive la murmuracin, crecen los comentarios, y los habladores acaban por relacionar la prxima ausencia de Manuel Jess con los viajeros de cada familia. No hay quien no recuerde all con lstima y angustia a su emigrante: las playas remotas de Ultramar conocen bien a los mozos de esta leva que no se acaba nunca, de esta huda loca y triste, lejos de los campos espaoles. Recapacita la mujer de Cintul y le dice a Encarnacin: --Puede que tenga tiempo de mandar a mi hijo por el tuyo alguna cosa. --No est en Buenos Aires?--inquiere Antn el campanero, que se ha detenido en la acea a fumar un cigarro. --S. --No es la misma nacin. --Pues adnde va ste? --A la Habana. --Bueno; pero tambin cae a la banda de all. --Muy distante. --No es todo ello una repblica?--averigua Alfonsa, intrigada. El campanero, algo dudoso, tarda en responder. --Claro!--afirma Encarnacin con aplomo--. Por eso se ganan tantos caudales. --Mis hermanos--dice Tomasa--no han ganado all ms que la muerte. --Porque estaban comalidos como t--replica la madre del viajero, molesta contra el tono sombro de la joven. La cual, sin despedirse, toma su canasto y sale bruscamente a la oscuridad de los senderos. Magdalena, una vecina de Paresa que est esperando a otra, habla de un muchacho que tiene en Chile y pregunta si le podr ver Manuel Jess. --Para mi cuenta, no--responde el campanero, y Alfonsa arguye: --Quedar ms arriba esa poblacin. Lena, como la llaman en el valle, insiste: --Dificulto yo que el mi chiquillo no haya traspuesto por all: l, despus de andar muchos das por el mar, anduvo tambin en los trenes. --Escrbele que baje a la Habana--resuelve Alfonsa. Y Antn mueve la cabeza con inseguridad. --Me parece que es distinto el pas. Suenan sus frases limpiamente porque ha terminado la molienda. Dulce Nombre, que llenaba las tolvas sin cesar con la ayuda del pastor, ha despachado el ltimo cesto de la harina: se acab la jornada. Est la moza plida y grave con el maquilero en la mano, los ojos distrados, los labios serios y desdeosos. Ya no hay motivo para retardar el desfile, que empieza lentamente. La coloera de Cintul, va a salir con Encarnacin, cuando retrocede sta, posa el canasto y se dirige a Dulce Nombre: --No tengo yo la culpa de lo que pasa--alude con el acento lloroso--, es el destino: t naciste para seora. Le da un abrazo; la joven, hiertica y muda, se estremece sin contestar ni corresponder. Han desaparecido los veceros en la tiniebla de la noche y aun se rebulle Gil por el saln; repite la despedida, ofrece sus servicios, sacude el celemn, hasta que la molinera pronuncia, inmvil y extraa: --Vete con Dios. V EL ETERNO MANANTIAL Estn inapetentes los tres comensales y la colacin, silenciosa y ligera, se despacha en cinco minutos. Sale Martn, como todas las noches, del molino, hermtico el rostro, mesurado el ademn. Camila recoge los cacharros de la cena y no pregunta a Dulce Nombre qu se le pierde fuera de casa a tales horas; la ve atravesar el cortil, oye quejarse a la vilorta del huerto, comprende que la muchacha acude a una cita de amor, y se cruza de brazos con su natural sentimiento de cavilacin y pesadumbre. Ella quiere a la nia con blando corazn de abuela; se puso a cuidarla desde que la madre la dej en la cuna, y se derrite en intil desvelo por aquella juventud solitaria y briosa, llena de pasin: la muchacha es para Camila un secreto inviolable, un misterioso hechizo, la nica razn de vivir y padecer... Es el huerto breve y humilde, asurcano del bosque; tiene un plantel de legumbres, una colonia de rosales; macetas con semilleros, trepadoras que suben a la casa; el cercado es de espinos, la portilla exterior de madera gimiente como la del corral. En aqulla se para Dulce Nombre midiendo la sombra con los ojos fijos y empaados, rotos los pensamientos por el dolor. Ya deba estar all Manuel Jess, que nunca se hace esperar. Tienden las nubes su dosel oscuro sin el raudal celeste de los astros; los hlitos del viento se han dormido y en las ramas curvas de los rboles desfallecen las hojas antes de caer. Dulce Nombre se agita en la soledad esperando al que no llega, anhelante de amor y desconsuelo. A cada segundo pierde una esperanza; aguza el odo con el afn de sorprender unos pasos en la trocha que desde el ansar conduce hasta Cintul. Pero el ritmo secreto de la noche late con los arroyos desgajados de las montaas, con el ro que huye serenado y el tiempo que se filtra en los arcanos de la eternidad. Ningn otro rumor tiembla en el aire, y la sensacin de un estado transitorio oprime la conciencia de la moza: siente que el augusto ensueo de su alma fluye tambin, en el continuo deslizarse de las corrientes de la vida. En el reloj de Luzmela se abren las horas con unas campanadas apacibles: son las diez. --Qu tarde!--murmura la nia, y rompe a llorar con desesperacin infantil; le parece que est sola en el mundo, no arde en la noche ms estrella que la de su corazn! En el egosmo de su quebranto olvida la muerte silenciosa de las flores deshojadas al lado suyo, el temblor de las plumas abandonadas por el otoo en el seno de los nidos: la muchedumbre de tristezas consumidas a cada instante en el eterno devenir. Se dobla sollozando, convulsa, desmayadas las trenzas en los hombros, con la frente escondida entre las manos, y su queja late por las costas del ro, perdida en el murmullo de las aguas: es un tomo nuevo del dolor que va a nutrir los rugidos misteriosos de la mar. Aun se resiste Dulce Nombre a su fracaso; escucha con avidez, registra la sombra, lleva los ojos a las nubes como si buscase en sus repliegues la clave del enigma, y al fin retorna al molino en la ms cruel desolacin, sin comprender una palabra del oscuro libro de los cielos. [Ilustracin] VI LA PENITENCIA A la misma hora, en Cintul un hombre enamorado y voluntarioso morda su dolor, campo afuera, por el vero del ansar. Muchas veces tom un camino y otras tantas desanduvo los pasos: aquel hombre era Manuel Jess. Haba ofrecido a don Ignacio Malgor partir a la maana siguiente, y embarcarse en Torremar para Cuba a los tres das. Deseaba cumplir su promesa y no senta remordimientos por haberla empeado, aunque envolviera una renuncia al amor de Dulce Nombre. Lleg a este acuerdo despus de una batalla dolorossima entre la conciencia y la pasin, frente a extrao rival que abordaba el asunto de una manera inslita: --Los dos pretendemos a esa nia: yo me puedo casar con ella inmediatamente, rodearla de comodidades y de halagos, poner a su alcance los bienes de la tierra, y t? --Puedo slo hacerla esperar, mientras aguardo a ser labrador. --Y entonces? --Ser mi labradora. --Atada al yugo de tu pobreza? --S. --Envejecida y doliente como tu madre? --No lo s! --Imagnala esclava de las mieses, lavandera, leadora, con la hermosura perdida, los hijos desnudos, el cansancio en el alma, el tedio al pan de maz. --Me quiere. --Bien--dijo el indiano; y trat de sonrer, herido como estaba por el spero aguijn de los celos--. Te quiere hoy, con un amor de nia que no resistir las vicisitudes de la miseria. --Pero que ni se compra ni se vende--replic el mozo con orgullo, algo vaca la entonacin. --Sin embargo, yo le vengo a comprar. Estas palabras no eran viles porque las redima la amargura, un duelo noble y puro, confesado con generosa modestia. --Tengo dinero--aadi el hombre rico--y voy a ver si le puedo convertir en un poco de felicidad; pero voy a este nico deseo de mi vida honradamente, abiertos los brazos y el corazn: escucha. Habl con transparentes frases, con el acento persuasivo y hondo. Su riqueza era un mrito adquirido en heroica lucha contra la suerte; l fu un emigrante desamparado y msero; hizo fortuna sin daar el inters ajeno, y aquel oro tena un valor tan estimable y lcito como el de los blasones o el de la juventud: le quera negociar. Iba derecho a su ilusin con energa y franqueza. No tena tiempo que perder. --Pero hay otras mujeres--protest Manuel Jess, cautivado, no obstante, por aquella intrepidez clara y singular. --No hay otra para m; es tan nia, que aun puedo modelar su alma; es tan despierta y sensible, que acaso llegue a confundir la gratitud con el amor. Sigui diciendo cmo la tratara, con qu delicadezas y ternuras, con qu intenciones de hacerse perdonar el atrevimiento de ser feliz. Haba sido joyero muchos aos; pas los das trabajosos de la emigracin en el comercio de las piedras preciosas, manejando esmeraldas y zafiros, perlas y brillantes: sus dedos tenan la costumbre de guardar tesoros, de conocer las cosas bellas y pulcras. El contacto de los metales finos, de los cristales resplandecientes, le haban hecho artista y cuidadoso. Dulce Nombre sera para l como una joya, la ms cara del mundo. Bajo el imperio de aquella fuerte voluntad, Manuel Jess vea a la novia lucir en el estuche de un esplendoroso destino, y la perda lejana, brillante y libre igual que un astro, mientras se abran inesperados horizontes para otras vidas tristes que tambin adoraba el mozo. Hasta seis hermanitos suyos podan librarse de la esclavitud labradora; la madre, enferma, tendra descanso y remedio; el hogar arruinado lograra restauracin, y aquel monte dursimo para los brazos del estudiante, aquella mies esquiva y rebelde, se cambiaran por el comercio de alhajas valiosas en el oficio ilustre de lapidario; sometido a la rauda evocacin sentase ya preso entre anillos y cadenas de oro y esmaltes, impulsado a una existencia remota allende la mar. Y de pronto la memoria le recordaba con ntima lucidez a Dulce Nombre. Se ergua la imagen, combatientes las agudas lanzas de las pupilas, llena la voz de cosas enamoradas y pueriles, el talante gallardo, el gesto luminoso... --Qu me contestas?--repeta Malgor, intranquilo, leyndole en la cara las vacilaciones. Pensaba el novio en la cita prxima, la primera obtenida en una cmplice soledad. --Nada!--repuso, ciego de codicia y tentacin; y se qued sombro, callado, irreductible. Haba recibido la visita fuera de su casa por no tener dentro adecuado lugar, y se paseaban los dos hombres por una llosa cercada de abietes, hecha ya la recoleccin de su mies, con almiares de paja y los portillos en abertal. El terreno sube por el monte como toda la aldea de Cintul, dominando los contornos de la serrana, el valle y la hoz. Dobleces de la propia montaa esconden los dems pueblos comarcanos; en la hondura blanquea el molino del ansar entre el boscaje roto por el viento de octubre. Don Ignacio Malgor no se daba por vencido. Con una tenacidad imperturbable segua diciendo sus propsitos de una manera llana y rotunda: la voz se le iba con el brego, mansamente, como un rezo de los caminos. Ya salan los chiquillos de la escuela y algunos se paraban ansiosos en la rotura de la sebe. Manuel Jess reconoci a tres de sus hermanos puestos en guardia, sorprendidos y avizores. Poco a poco fueron entrando en la cortina, para jugar con los zuros abandonados de las panojas. Estaban mal vestidos, enseando las carnes cenceas bajo el deterioro de la ropa: tenan descalzos los pies. Dos mujeres cruzaron entonces por la brecha del seto, con pesados coloos en la cabeza, y tambin se quedaron paradas, indiferentes a su cansancio abrumador, llamando a los nios, como un pretexto para observar a los rivales. Eran Encarnacin y su hija Clotilde, una moza tierna y endeble que segua en edad al estudiante fracasado. La carga de lea le cubra las facciones, y slo se adivinaba su juventud por las trenzas rubias y desbordantes como espigas reventonas, pendientes sobre la espalda. De sbito la madre tir al suelo el haz de fajina, sentse en l y empez a limpiarse el sudor de la frente con el delantal, mientras desde lejos procuraba descubrir alguna resolucin en el aire lbrego del hijo. La muchacha, inmvil, monstruosa bajo su coloo, pareca una esfinge. En ella pona el hermano su atencin, lleno de lstima por aquel esfuerzo silencioso, y seguro de que Dulce Nombre trabajara as, malograda y fallida hasta envejecer, si no la rescataba un gran milagro. Los nios se acercaron a las mujeres, obedeciendo algo remolones, y como dijo la madre que haba descansado ya, le ayudaron los tres a cargar de nuevo con la lea. Iba la tarde consumindose; el austro, muy cado, se acostaba en el rastrojo de los maces. Las nubes ensombrecan la sierra galopando sobre la hoz, y se confundan con el ro escribiendo silenciosos renglones en el agua. Segua Manuel Jess escuchando siempre a Malgor, transido, impenetrable, sin apartar los ojos del grupo que formaban las dos coloeras y los nios. Vi a su madre levantar la carga otra vez, y not que a Clotilde al andar se le cimbreaba la cintura con un temblor angustioso, como si fuera a romperse. Los rapaces se alejaban volviendo la cabeza hacia su hermano con una expresin que l tuvo por una splica infinita. Y de repente mir a su rival con altivez, levant las manos a la altura del pecho como si tirase de algo muy recndito, y dijo una frase poderosa, arrancada de su corazn: --Me embarco sin ver a Dulce Nombre: lo juro... por ella. Una hora ms tarde bajaba Encarnacin al molino con la noticia en los labios y el contento en el alma. No senta la separacin de su hijo, imbuda por el gozo de verle marchar hacia una suerte feliz, arrebatado a la novia pobre, devuelto a la obligacin de proteger a la familia como cuando estudiaba para cura. Luego que la madre tom su desquite, presurosa y vengativa, sinti que era suyo el dolor de la enamorada; tuvo arrepentimiento de haberla hecho sufrir; quiso abrazarla y pedirla perdn: ya Dulce Nombre estaba insensible a todo lo que no fuera el tormento de su desengao. De vuelta a Cintul aun tena que padecer Encarnacin por sus ilusiones maternales; el hijo no vena a cenar; andaba solo y amargo por la orilla del pueblo; alguien le vi camino de la acea: iba, sin duda, a faltar a su palabra, a romper su compromiso con Malgor. Y era cierto que el mozo estaba a punto de rendirse; su carne obedeca a un misterioso imn, llevndole por los senderos conocidos en violenta lucha con los propsitos espirituales. Desde los confines del lugar meda con obstinacin una sola ruta: el recuesto, las praderas, un puente, la selva, y all le esperaba Dulce Nombre, en el huerto solitario. Le pareca escuchar la risa fogosa de la muchacha, su voz caliente engarzada en el suave tejido de los tonos, sus promesas acendradas y puras. En aquel momento senta por su novia una pasin a la vez dulce y terrible. Y bajaba ansiosamente al valle, tocaba en el ansar, volva a subir, huyendo de s mismo. As estuvo hasta que cuaj la noche y las montaas ms erguidas se cubrieron con el manto de la sombra. Empujado por el soplo de la oscuridad rond el molino desde el bosque, vi palpitar sus luces en la honda tiniebla, y se detuvo en las cercanas del huerto; senta un brbaro deleite en mortificarse all a dos pasos de la dicha, cuando era ms fuerte que nunca el aroma del monte y el viento haba volado como un guila a dormirse en las cumbres. Acaso un suspiro hubiese bastado para romper entre los novios el negro muro de la noche, a pesar del juramento prestado por Manuel Jess. Pero el llanto del ro se llev los sollozos de la nia sin que el amante los recogiese. Y la penitencia de aquel amor fu un secreto de la temblorosa penumbra. [Ilustracin] VII CADA CUAL CON SU CRUZ La torre de Luzmela domina el valle, fincada en un alcor entre el monte y el ro, al acoso del arbolado. Es un solar ilustre, empobrecido por el tiempo, habitado por un hombre triste y receloso. Nicols de Hornedo y Esquivel tiene treinta y cinco aos; es alto, membrudo, extravagante, sensible. Desciende por lnea directa de un matrimonio advenedizo que di mucho que hablar en la comarca porque hered el palacio y los bienes anejos sin ostentar los apellidos del linaje fundador, ni tener, en apariencia, derecho ninguno sobre las fincas. Una historia de amor, oscura y extraa, fu el origen de la herencia, y al travs de dos generaciones viene a ser Nicols el nico representante de la nueva familia que ya luce timbres de otros blasones montaeses. Aquella pareja intrusa, puesta en posesin de la casa, inesperadamente, por testamento del soltern don Manuel de la Torre y Roldn, tuvo una sola hija a quien despos un Hornedo arruinado y desaprensivo; de la muchacha naci un varn que hizo bodas con una seorita de Esquivel: stos eran los padres de Nicols. Murieron jvenes, y dejaron tan mermada la fortuna, que el hurfano logr apenas hacer sus estudios de abogado y conocer un poco la vida de la ciudad. No lleg a ejercer la profesin; una rara melancola, con tintes de aburrimiento y pesadumbre, le fu apartando de la sociedad, y acab por encerrarle en su casa de Luzmela, achacosa y decada, pero capaz an de mantener con vergonzante decoro al hidalgo sombro. Algo morboso existe en la huraa de este hombre, que se enternece por cualquiera emocin y muchas veces llora sin causas conocidas, abandonado al desahogo de la pena ignorada que le consume. l no sabe por qu se esconde ni cul es el motivo de su tristeza; siente un descontento profundo que le amarga la juventud, y al mismo tiempo una infinita piedad por todo cuanto vive y sufre: es un espritu visionario y silencioso que arrastra como un estigma los fermentos de pasiones y ansiedades ajenas. De continuo invoca el recuerdo de aquellos novios sin nombre legtimo, seores del palacio por misteriosa virtud; l, hijo de una labrantina soltera, vivi siempre favorecido por don Manuel de la Torre, que le hizo mdico y le di un lustre sospechoso de bastardo; ella se apareci en el valle siendo muy chiquitina, sin saber decir su procedencia. Regres don Manuel de una de sus frecuentes excursiones con la desconocida criatura de la mano, y en su casa la tuvo como un tesoro: se la conoca con el nombre dulce y significativo de _la nia de Luzmela_ y nadie dudaba que no perteneciese a la misma sangre del aventurero seor, el cual, al morir, dej los caudales a sus protegidos, igual que si fuesen dos hermanos. Pero, despus de algunos episodios novelescos, la nia y el doctor se casaban con gran sorpresa de la gente, provocando un asombro y unas murmuraciones tan graves que no se han extinguido todava. Perduran los comentarios de aquella boda y aun se refieren sus detalles, con sigilo dramtico y escandaloso, a la vez que se envuelve a los protagonistas en un aura de reverencia y estimacin, y se guarda su memoria entre las ms queridas del pas. Vivieron enamorados y felices, seguros, al parecer, de su inocencia; fueron generosos y nobles con los tributarios del solar, y su recuerdo tiene un aroma de gratitud que se conserva entre las pginas remotas con interesante palidez, como en un libro una flor. Aquel perfume de simpata y de malignidad estremece al heredero de Luzmela con tenebroso delirio. Se juzga fruto de un pecado abominable y persigue con aciago deleite el secreto de la antigua pasin. Ha revuelto en centenares de ocasiones los viejos papeles de la casa, apuntes y escrituras, cartas de familia, alguna abandonada epstola de amor: el delito supuesto no parece. Y no obstante le busca Nicols en la sombra, a lo largo de su vida, obseso por la acidez insana de la tiniebla y el dolor, cautivo en su torre como un penitente de la enfermiza curiosidad. A nadie cierra su casa el solariego, y aun abre con demasa el flaco bolsillo a las necesidades de sus arrendatarios. La vecindad le quiere bien, le considera como a un amigo y le consulta en sus tribulaciones, aunque le mira con la vaga aprensin de que en l resurgen los remordimientos de una culpa lontana, acaso los vestigios de un crimen. Y Hornedo, al sorprender aquellas vacilantes suposiciones, se aisla cada vez ms, huye como un apestado, errabundo por el interior de su casa y por la soledad de sus huertos; si le visitan supone que le compadecen; si le abandonan siente el desdn como una herida mortal: as acrece su tragedia y se lastima la salud. Pero en la vida oscura del misntropo resplandece un rayo de sol. Es Dulce Nombre, la ahijada y protegida a quien adora Nicols desde que la vi crecer y aficionarse al palacio con una devocin humilde y alegre, a prueba de malos humores y de rostros ensombrecidos. Tena la nena el privilegio de no recoger ms que las sonrisas felices, de escuchar solamente las palabras suaves, y de poner las suyas como un blsamo en las tristezas del padrino. Su presencia en la casona era un consuelo y una luz, y muchas veces los servidores del hidalgo corrieron a buscar a la pequea como una medicina para las crisis angustiosas de su seor: si el molinero hubiese querido, la nia vivira siempre all, regalada por Nicols. Nunca el padre lo consinti; l no perda su derecho sobre la criatura propia, y slo por condescender la dejaba ir al palacio tan a menudo, y permita que el seorito la educara a su modo, con finuras exticas para una pobre molinera. Por su parte, Nicols, avaro de la chiquilla, con la gula de un hambriento, no pensaba ms que en el gozo de verla, ni pareca enterarse de que ya era una mujer y que l mismo le haba despertado la sensibilidad y la imaginacin con lecturas romnticas y lecciones poticas. Le dijeron que tena la muchacha relaciones amorosas y lo quiso ignorar, tmido ante una directa averiguacin que rompera la infancia de Dulce Nombre cuando el solariego pretende revivir con exaltados atavismos la historia paternal y romntica de don Manuel de la Torre y _la nia de Luzmela_... [Ilustracin] VIII LAS CUMBRES DEL DESEO El seorito y el indiano hicieron su amistad en la niez, con esa pueblerina democracia que junta a los nios en la escuela y en la calle, entregados a los placeres y al estudio bajo una sola disciplina y una misma libertad. Lecciones en el aula concejil, estmulos de un premio en el examen, escaramuzas por el monte, pedreas en el campo, unieron estrechamente aquellas vidas lozanas, exentas de vanidades y prejuicios. Nicols, que ya empezaba a ser irresoluto, senta predilecciones por Ignacio, mayor que l, atrevido y fuerte, con menos inclinacin a los libros que a las aventuras. Y el labriego, optimista y voluntarioso, le prestaba con frecuencia a su amigo los puos y el coraje, mientras el nio caviloso del palacio corresponda a la solicitud del camarada ensendole una leccin o resolvindole un problema aritmtico en el pizarrn. Por aquellos aos andaban a la escuela, tambin, con otros muchos galopines, Antn, hijo del campanero, y Martn Rostro, ya casi mozo, asistente a las clases nocturnas con aprovechada condicin: los dos tuvieron muy buenas amistades con Ignacio y Nicols. Pero no tard el seorito en marcharse a un colegio burgus, ni el futuro indiano en prevenir un camino a sus ambiciones, embarcndose para Cuba. Antes de aquella separacin Martn le dijo a Ignacio, medio en broma: --En cuanto hagas fortuna, compras a ste el molino del ansar y me le arriendas a m. ste era el nio infanzn, que iba a decir alguna cosa cuando el viajero repuso, con una certidumbre serena: --Dentro de diez aos. Y no habl una palabra Nicols, pensando con supersticioso terror que las fincas de Luzmela tendran que ser para su amigo. Entretanto Martn sonrea, seguro de un arriendo beneficioso que le diese preponderancia en el valle, y suspiraba Antn en el colmo de la codicia: --Para entonces ser yo campanero! Afrontaban su destino en aquella actitud inquiridora y vigilante, de cara al porvenir. Hoy se cumplen las profecas del pasado: Martn dispone del molino y Antn de las campanas; Ignacio compr hace tiempo muchas posesiones de Nicols; han vuelto a reunirse a la sombra de los mismos rboles de su niez, y ninguno de los cuatro es feliz: luchan y se afanan sin tocar las cumbres del deseo, ansiosos por la vida, cada cual con su cruz... En esta maana otoal, plida y dulce, lleg diligente el indiano a la torre de Luzmela para comunicarle a su amigo que se quera casar con la hija de Martn. Le mir Hornedo muy despacio, lleno de asombro, y dijo con temblorosa interrogacin: --Tambin...? --Cmo tambin? --S; te has llevado lo mejor de mis bienes... djame a Dulce Nombre! --Pero, la quieres t? --No lo ves? Alzse lvido, anhelante, asustando a Malgor, que confesaba: --Ahora lo veo... --Es mi hija, mi compaera, la nica amistad que me importa! --Ah!--el indiano comprenda y se tranquilizaba, teniendo en cuenta las exaltaciones frecuentes de Nicols--. Siendo as--acab--, bien puedo hacerla mi mujer sin estorbar a tu cario. --No! Me la quitas! --Otro te la quitar, no sabes que tiene novio? --Es una nia. --Es una moza. --Y si tiene novio--grit Hornedo, crespa la voz y la actitud--, cmo se ha de casar contigo? --A ti que ms te da...? O es que protestas slo contra m? --Que haga su gusto! --Se casara entonces con l. --Qu dices? --No me quiere; la compro. -Qu...? Tuvo que sentarse sin esperar contestacin porque se estremeca como una hoja, colrico y abatido a la vez, falto de palabras y de serenidad. Estaban en el fondo de un ancho gabinete descuidado y antiguo; el solariego se haba dejado caer en el sof y a su lado Malgor, sin levantarse de la silla, hablaba lmpidamente, con su acostumbrada manera superlativa y rotunda, desenvolviendo el mismo discurso que por la tarde necesitaba exponer a Manuel Jess. Iba a casarse en seguida con Dulce Nombre; lo tena dispuesto as y no poda esperar: la muchacha era su nica ilusin. Para el novio habra otros amores cuando estuviera en situacin de tomar estado, despus de trabajar con amplitud y bien protegido en el negocio de la joyera... El haber traficado con las piedras preciosas y los metales ricos serva de admirable educacin para tratar a una mujer: pendientes, sortijas, collares, rosarios, cruces, medallones... un comercio frgil y sutil que predispona a las dulzuras del hogar, a la paciencia suave del enamorado, a la esmerada pulcritud del esposo... Malgor estaba de pie: no se le ocurra nada que aadir. Cumpli el propsito de anunciar a su amigo la boda, como un acontecimiento seguro y razonable, y se marchaba porque tena mucho que hacer. Tendi la mano a Nicols que permaneca silencioso, inmvil, con la mirada fija en una tabla religiosa, puesta sin marco sobre la pared. Insisti el indiano, apremiante, en su despedida, hasta que el distrado alarg la diestra con un movimiento glacial, y quedse all mudo, atnito, mientras sala Malgor al travs de salones desmantelados y pasillos oscuros: iba derecho a la rectoral, sin acordarse de la hora de comer. Apenas sus pasos se dejaron de or en la casona, cuando Hornedo se levant del sof, entr en un dormitorio contiguo, que era el suyo, y se ech de bruces sobre la cama, baja y honda, cubierta de rado sobrecielo... Mora la tarde; ya estaba Malgor hablando con su rival en Cintul y el hidalgo de Luzmela segua tumbado en su lecho, sacudido por los sollozos. [Ilustracin] X LAS ALAS DE LA PALOMA Desvelada y madrugadora sale Dulce Nombre de la acea a buscar el refugio de su padrino: va de prisa, aunque le pesa con exceso el corazn. Y le quiere difundir en el paisaje con el inconsciente anhelo de aliviar su camino; le apoya en los montes, que levantan la frente hasta las nubes; le acuesta en el campo mullido y oloroso; no consigue menguar la fatiga; al contrario: redobla su pena cuanto ms la dilata por los horizontes y la extiende sobre el cielo que baja a mirarse en el ro. Se le agudiza as la sensibilidad con una fuerza misteriosa y percibe todos los rumores, hasta los ms ocultos y remotos; sabe hoy de una manera extraa que entre las cosas vivas no hay una sola que no cante, y oye a lo lejos resonar el bosque, escucha el sordo crujido de todas las semillas que pacen en la tierra, de todas las races que trituran su alimento en la oscuridad: es una vidente que descubre los enigmas terrenales porque los contempla con la mirada deshecha en llanto. Llega a la torre y le dicen que el seor anda malucho; aunque suele madrugar, todava no se ha levantado. --Esperar que despierte--responde, y pregunta: desde cuando est enfermo...? porque anteayer le vi. --Pero ayer--arguye Rosaura intrigante y curiosa--le marearon los amigos; el indiano primero; despus, ya de anochecida, tu padre: vinieron de consulta y negocio...: parece que se trata de ti... --Puede ser--murmura Dulce Nombre, disimulando apenas su inquietud. Siguen hablando las dos mujeres, de codos en la solana, viendo crecer el da, tibio y nublado como el anterior. La muchacha defiende sus graves preocupaciones, mal ocultas en un palique nervioso, mientras Rosaura la mira sonriendo. Es una mujer recia y calmosa que lleva muchos aos de guardiana en la torre; viste de oscuro, tiene el pelo gris y se le nubla la frente arrugada por la edad. Se abre de sbito una puerta en el ancho carasol y se asoma Hornedo bajo el dintel de su gabinete. Est palidsimo; un aliento de insomnio le rodea el semblante como un halo y se le hunde en la mirada con turbia densidad. Rosaura se retira discretamente con un paso macizo que repercute en todo el corredor, y Dulce Nombre aborda su confidencia sin reparar en la alteracin aguda del enfermo. --Sabes, padrino, lo que me sucede, verdad? --S. --Ha venido a decrtelo mi padre y tambin... ese seor? --Tambin. --Qu has contestado? Nicols apenas se puede sostener.--Entra--murmura, y va a sentarse en un silln. Cierra los ojos; no ha visto que la nia se acomoda junto a l en un escauelo, como de costumbre, y se estremece cuando ella le acaricia al repetir: --Qu respondiste? --Que estn locos! --Eso es...! Locos de remate. Y para salirse con la suya pretenden embarcar a Manuel Jess; le han engaado; dicen que le han convencido... No lo puedo creer... T me ayudars a detenerle, a salvarme! Le quiero lo indecible! Se haba levantado, intrpida, febril, y echaba los brazos al cuello del padrino con mimosa persuasin. El puso, extraviado, las inseguras pupilas en el florido cuerpo de la moza; la mir como nunca a la cara; le vi de un modo nuevo el color trasparente y rubio de los ojos, el terciopelo rojo de los labios, la cabellera oscura, la tez dorada. --Djame!--grita de improviso, alzndose tambin, con seales de incomprensible terror. Huye al otro lado del aposento, y la nia, que le debe slo una desvelada ternura, se asombra y aturde, sin comprender la causa de semejante dureza. Necesita el cario de aquel hombre, el apoyo de su autoridad para erguir una ltima esperanza, y va humilde a solicitarlo. --Padrino. Qu tienes...? Ests malo de veras? Se le aproxima, fijndose en el rostro doliente, trasojado, amarillo, y el enfermo, que logra dominarse, tiende las manos con una ansiedad lastimosa; no sabe l mismo si para asirse a algo que le sostenga o para recibir a la muchacha. Ella se las acoge muy ferviente y le habla con ntimo desvelo. --S, ests malo; tienes calentura. Una piedad repentina se desborda en el pecho de la joven con esa lucidez que despierta en el que sufre, para adivinar el ajeno dolor. Nicols ha vuelto a sentarse, dobla la cabeza arrullado por la dulzura de la voz que le compadece, y acaba por balbucir: --Estuve mal anoche: ya me siento mejor... --Pues mrame. Levanta l los ojos con trmulo parpadeo: --Qu me pides? --Aydame! --Cmo? --Haciendo que no se marche Manuel Jess; le obligan, le engaan, sin duda, y yo me voy a morir... --Tanto le quieres? --Ms que a todas las cosas de este mundo; mucho ms que a mi padre y que a la vida. Le quiero para toda la eternidad! Se remece, brusco, el solariego, clava las pupilas enigmticas en Dulce Nombre y pronuncia con torva lentitud: --No sabes lo que dices...! Si l se marcha es porque le conviene, y t debes casarte con Malgor. --Padrino! --Es un hombre formal y est enamorado de ti. --Ay! No lo entiendo; antes me diste la razn... Me dejas sola t tambin! Y la nia desconoce el plido mirar de su amigo, la esquivez adusta con que habla y rehuye el amparo que le va a pedir. --Estoy sola, sola...!--repite con afliccin, mientras Nicols cierra los ojos otra vez y esconde los dedos convulsos entre la melena alborotada. Llega del dormitorio un aire pesado que trasciende a medicamentos y a sudor; por la abertura de las cortinas se ve una cama revuelta. Est Dulce Nombre observando todo aquello de un modo singular, como si nunca lo hubiese visto: la estancia tiene un semblante de abandono y tristeza que conmueve; el hidalgo, ahora, quieto, mudo, lvido, parece un muerto. Al travs de las propias vicisitudes siente la muchacha una inmensa compasin, no sabe de qu. --Adis--dice con la despedida llena de lgrimas. --Adis--murmura como un eco el hombre inasequible. La molinera sale del gabinete por el carasol lo mismo que haba entrado, y all se para indecisa sin saber qu rumbo tomar, con el triste azoramiento de un ave que tuviera las alas rotas. [Ilustracin] XI LA CAUTIVA El viento del otoo ha segado ya todas las flores; Manuel Jess est muy lejos. La molinera llora, pero oculta sus lgrimas y permite que en la ciudad le confeccionen los atavos nupciales. Para las amigas, para los vecinos, la moza se casa contenta, orgullosa, al cabo, por merecer la predileccin del rumboso pretendiente. Ella disimula todo lo posible su interna cuita y logra engaar a los observadores, no muy perspicaces. Slo algunos ojos, los de Tomasa, por ejemplo, no se equivocan: muerden las apariencias de aquella conformidad y hunden su averiguacin hasta la pena viva de la abandonada. En el horizonte limitado de los hechos, Dulce Nombre ha sido vendida por su novio. Y le han dolido desesperadamente, primero el amor, despus la dignidad. No conoce las mudanzas del sentimiento y se abate al desengao sin comprenderle, enferma de zozobras, con un peso de plomo en el corazn. Su espritu, cndido y salvaje, tiene una sana rectitud; puesto que fu traicionada es preciso que olvide al traidor. Ningn medio ms prctico, a su parecer, que el de casarse con otro: quiere hacerlo en desquite y venganza. Est pronta a dejarse llevar por el destino, pero se revela pensando que los que la inducen a la boda son cmplices de su desdicha: el oro del pretendiente, la ambicin del padre, la terquedad incomprensible del padrino, la empujan al casamiento con demasiada violencia. Siente humillado el seoro de su persona, cautiva su alma en una red de pasiones oscuras. Otras fuerzas laten a su alrededor unidas tambin contra la infeliz en sorda complicidad: el paisaje transido de agua, la niebla torva de las cumbres, el sudor helado de las noches. Una voz poderosa zumba en el aire, se estremece la selva con la agitacin de un vuelo monstruoso: las ltimas hojas corren locamente por los caminos. Y la triste molinera abre los ojos en la soledad, inquietos como dos interrogaciones, desde que huyeron con las golondrinas sus esperanzas: as, entregada a los propios estmulos, se abandona al tiempo sin defensa, reduce su aspiracin a que pasen los das, y escuda su pesar con morboso egosmo en la coraza de los montes. Parece que est el valle ms hondo que nunca; la gasa de las nubes tiembla desde las cimas hasta el ro, sepultando la vaguada en una humedad neblinosa; muge la corriente, repican las abarcas en los senderos. Dulce Nombre recibe desde su habitacin toda la tristeza de noviembre; ya no sale a la tertulia de la acea ni arrostra la cellisca y el fro por los huertos y los abertales como las dems zagalas. Asiste a misa los domingos y se esconde en su hogar con obstinada reclusin, ensombrecida lo mismo que las horas, turbio el cristal dorado de los ojos igual que el de los cielos. Cuando tiene visita se esfuerza en hablar y sonrer, un poco nerviosa y acelerada, atajando las preguntas, rechazando las alusiones con su habilidad nativa de mujer, que no le llega hasta el alma virgen y ruda, incapaz de fingimientos y subterfugios. Por eso delante de Malgor descubre la nia el estado de su espritu, en franca desnudez, sin recelo ni crueldad. No consiente que su despecho se confunda con el olvido, muy distante de su corazn; reconoce que el indiano la compra porque la quiere, y considera que sera una infamia engaarle. Aunque el deseo de l la hace infeliz, se explica con una lgica irrebatible la conducta de aquel hombre; le comprende mejor que al padre y al amigo, empeados en sacrificarla, y est cerca de perdonarle, mientras no halla una sola disculpa contra la villana de Manuel Jess; traidor y vil, ella le adora a pesar suyo y un sentimiento de honradez la obliga a decirlo con los ojos y los labios cuando se lo pregunta Malgor. Aquellas contestaciones rotundas repercuten como un eco en la casona de Luzmela, donde el indiano calma las ansiedades desde que su amor recibe all un inesperado sostn. Atribuye el pretendiente a inconstancias del carcter este cambio de Nicols, y le utiliza en su provecho para acelerar la boda sin poner mucha atencin en las voraces impaciencias con que su amigo le pregunta a menudo: --Olvida al otro...? Consigues que te quiera a ti? --No olvida, no!--tiene que lamentar Ignacio, tan distrado en graves inquietudes, que no repara en la sonrisa brusca de su confidente. El cual no ha visto a la molinera hace un mes, desde la maana inolvidable en que la nia desconoci al hidalgo y sali de la torre sin esperanzas ni designios. XII LA MANO DE NIEVE No volvieron a encontrarse hasta el da de la boda. Parecile a Nicols que los encantos de su ahijada haban crecido de manera increble, y admiraba en ella, con extrasimo temor, la bruma de los ojos, el roco de las pestaas, la niebla de la sonrisa, todo el conjunto hechicero y singular de aquel rostro que trascenda al vaho de un corazn lleno de pena. Senta el padrino delante de la novia un doloroso remordimiento, clavado en la herida de sus pasiones inconfesadas y mordientes, mezcla de venganzas y ternuras, de celos y de amor, ponzoa de la sangre junto al propsito noble del espritu. Para absolverse pensaba que haba contribudo a darle un buen esposo, honrado, opulento y cabal, y se quera esconder a s mismo la intencin de su influencia triste y oscura, hirviente de codicias y tentaciones, nebulosa como un sueo heredado. Un fatalismo imperioso le induca a proteger la solicitud del rechazado pretendiente contra el mozo preferido, el temible rival. No premedita emboscada ninguna para daar al matrimonio que favorece; se contenta con impedir que la mujer deseada realice la plena dicha de otro hombre. Al quererla Malgor encel con su reclamo a un cario que dorma engaoso, disfrazado de paternidad, y que despertaba asustadizo y clarividente a la vez. La sorpresa del descubrimiento y la cobarda innata de Nicols ahogaron las voces de aquella revelacin: no tuvo el solariego nimos ni arrogancia ms que para huir de su propia conciencia y un ciego instinto para negar a Dulce Nombre los brazos de Manuel Jess. Procur ardorosamente el viaje del mozo; l mismo le condujo a Torremar y le dej en el buque, valido de su ascendiente con la pobre familia de Cintul, embriagando al viajero con razones de altrusmo y sensatez, gastando a manos llenas el dinero de Malgor. Despus de aquella pugna febril cay en una silenciosa pasividad y estuvo muchos das sin salir de su aposento, con el rostro hurao y la mirada calenturienta, hasta que hoy la boda le pone frente a la desposada. Y se le parte el corazn bajo el aura de inquietud que los envuelve a todos en la sombra de una maana decembrina, empeada en no amanecer. Se celebra el casamiento muy temprano y sin ninguna ostentacin; asisten Camila y Martn; la madre del novio, anciana y desapacible, mal conforme con la alianza de su hijo; Hornedo y el delegado del juez; Antn, que sirve de sacristn. Aunque se ha ocultado con sigilo la fecha del acontecimiento, por reiterada voluntad de la novia, algunos curiosos bullen alrededor del grupo, avisados por esas oficiosidades aldeanas que ningn secreto las evita. Da principio la ceremonia en el atrio de la Iglesia, abierto a las rfagas del aire, y culmina en el presbiterio, opacamente; las luces no logran romper toda la penumbra del altar; un soplo fro y lgubre corre por las naves anchas y vacas; los rezos del cura suenan como un zumbido arrinconado en la noche; callan a veces los latines y queda el silencio erguido igual que un ser inevitable. Nicols est dando diente con diente; los dolores de su vida, solitaria y medrosa, le penetran de pronto con angustia indecible; un profundo anonadamiento le invade. Y cuando el acto concluye, sigue la comitiva con el paso torpe, llega al molino con un esfuerzo maquinal. Todava est la maana oscura lo mismo que una cueva; plae el viento; la masa del paisaje se esfuma sin contornos en las derrotas. Malgor quiere llevarse a su mujer en cuanto cambie de vestido; pero ella permanece inmvil con su traje negro, envuelta en una mantilla que a Nicols le parece de luto. Una gran indecisin reina en cuanto sucede; ni el padre ni el marido saben ejercer su autoridad. Tratan a la muchacha compasivamente, igual que a una vctima a quien nada se niega en el momento aciago del sacrificio; y Dulce Nombre, aqu lo mismo que en la parroquia, habla como en tinieblas; dirase que no entiende las preguntas que le hacen ni las contestaciones que da; tiene el aire de olvidar en un segundo las palabras que oye y las que pronuncia. Al fin se abre el da, tardo y helado, perezoso. Con la luz desciende sobre la fbrica un poco de actividad. La joven se ha cambiado el vestido: luce uno elegante y seoril que pertenece a su nuevo estado de novia rica, y est dispuesta a seguir al esposo, desde cuya casa, despus de una comida familiar, saldr el matrimonio de viaje. En vano intenta Hornedo sustraerse al suplicio de la invitacin: el indiano recobra su energa y decide que el padrino les acompae. Se deja llevar, inseguro y macilento, siempre a remolque de la voluntad ajena, atado con mordiente hechizo a la ventura de su camarada. Ya cunden por el lugar noticias indudables del suceso, y los alrededores de la acea se van llenando de vecinos; algunos disimulan su curiosidad con el pretexto de moler; otros se detienen en las veredas, con un rumbo imaginario; los mozalbetes y la chiquillera se asoman sin rodeos a las ventanas del saln. Pero las ruedas estn dormidas; Martn, muy solemne, con un semblante de tristeza orgullosa, despide a los importunos, mientras el novio, ya dueo de s, procura dominar la incmoda situacin hablando a la gente con mucho agrado, dentro y fuera del molino, y Dulce Nombre lo mira todo con los ojos atentos, curiosa, al parecer, como los dems, en una actitud repentina de observacin. No puede esperarse que arribe un coche a los dominios de Martn, y la boda se resigna a llevar su cortejo creciente hasta Luzmela. Va por una ruta corva y delgada sobre la humedad del mantillo: el ramaje seco levanta sus brazos a la altura como si pidiera misericordia; cubre el Salia todos los rumores con su voz torrencial... La casa del indiano, restaurada y lujosa, con ms esplendidez que buen gusto, linda tambin con el bosque, seor de medio valle, y tiene una entrada por l; ms arriba, sin sustraerse al acoso del arbolado, se yergue solitaria la torre de Nicols... Esta es la primera vez que Dulce Nombre pisa las estancias que ahora son suyas; las contempla distrada, indolente; no consigue un poco de inters para cuanto la espera all. Y mientras resbala el da en un violento sinsabor, habla slo cuando la interrogan; huye de su padrino con involuntaria enemistad, sonre al esposo de una manera inquietante, como si no le conociese. El acaba por sentir el influjo de aquella extraeza, vuelve a perder el aplomo, sufre una lstima incurable cuando la nia deja or la aterciopelada dulzura de su acento. Le acompaaba Nicols tcitamente en sus compasiones, dolido del rencor de la moza, ansioso de consolarla, desesperado de perderla. Se le aproxima cuando puede y le dice una frase cariosa; ella le clava los ojos dorados y altivos, le detiene con una sonrisa hostil; despus se acerca al balcn y mira al campo a la altura fra de las montaas, al cielo crepuscular; todo la cohibe dentro de las habitaciones desconocidas; todo la requiere en el paisaje amigo. Le parece que la selva corre hasta all tendindole los brazos, y que se agita luego con un gran ruido de alas, como si echase a volar por encima del monte. Y presta una atencin supersticiosa a cuanto se mueve al otro lado de los cristales, a la blancura lejana del molino, al oropel inquieto de las nubes. Anochece, declina la tarde a los precarios fulgores de un sol invernal. Ha llegado el momento de partir: ya est el coche a la puerta con los equipajes cargados. Malgor no sabe cmo arrancar a su mujer de la incomprensible quietud, y l mismo la prolonga con pretextos pueriles, como si temiese que Dulce Nombre se resistiera a acompaarle. Adolece Martn de parecida intranquilidad y hasta la suegra se preocupa de la tardanza, mientras Camila gime por los rincones y Nicols comprende que la despedida no da treguas: es imposible detener al tiempo y han sonado los fatales minutos. --Vamos?--dice el marido vacilante, como si pidiese perdn. Tiene que repetir la pregunta junto a la esposa, que sigue con el rostro pegado a los vidrios. Se vuelve entonces sorprendida, y percibe toda la oscuridad de la habitacin. --Ya es de noche!--pronuncia. Se le ha entrado en el alma toda la esencia alarmante de la sombra. Dulce Nombre no es inocente como las pastoras idlicas de los libros. La naturaleza salvaje de los campos le ha hecho sus revelaciones, sin perfidias, con esa clara brutalidad que no estorba al ntimo candor de los espritus, y desde que la joven tuvo novio so estremecida con la hora misteriosa y tierna de las desposadas. --Vamos?--repite an el marido. La suegra enciende luces y empuja a la muchacha hacia un dormitorio donde ella recoge alguna cosa. Cuando sale de all, con un velo sobre la cabeza, est blanca igual que un lirio, le chocan los pensamientos unos con otros, sordamente, y se le desle la inquietud en el zumo claro de las pupilas. Bajan todos la escalera muy despacio, en silencio. Entra en el portal con la agitacin del aire el hlito de las hojas muertas y el bramido remoto de las olas. Alguien dice: --Cmo suena la mar! Es Gil, que a la puerta del indiano habla con el cochero y sonre de una manera absurda. En torno al carruaje hay un crculo de curiosos. Algunas mujeres abrazan a la novia, que se deja acariciar y despedir hasta que le llega el turno al padrino. Entonces, con un gesto mudo, le alarga la mano, fra como la nieve; l la recoge entre las suyas, devorando con los ojos a la moza, hambriento de su belleza intacta, y algo se le derrite en las venas que le hiela el corazn, cuando el esposo desde el coche pide aquella mano y la atrae hacia s. Pero ha subido la muchacha; se asoma a la ventanilla, habla trmulamente con su padre y con Gil, lleva con lentitud la mirada a los cielos donde riela la luna como un escalofro del paisaje. El rostro plido luce todava un segundo el resplandor triste de su gracia; cruje un fustazo, se mueve el coche y la novia desaparece en las negruras del valle, como una estrella que se hunde en su cada... XIII CENTELLA DE AMOR Al volver el matrimonio a la montaa, ya trasciende en los huertos con ntima dulzura el perfume suplicante de las violetas; han crecido los das y los caminos de la mies; un vaho primaveral sube de las campias a los montes y gana las cumbres como si buscase el cielo acogedor. Dulce Nombre mira las cosas con asombro incesante, sorprendida de encontrarlas en idntico lugar: all arriba las cabaas orlando los abismos; aqu el bosque en la hondura del valle, corriendo detrs del Salia, perdindose de vista con el ro por la hoz. Y los mismos horizontes estrechos, las mismas caras familiares en las personas y la Naturaleza, en las campanas iguales voces que claman y huyen como aves de paso: la vida rural atenta y sorda, hoy lo mismo que ayer. El propio semblante de la muchacha est retratado en el espejo con su aire de siempre, luminoso y juvenil. Y a ella le extraa mucho esta inmovilidad. No ha contado bien el tiempo de su ausencia: esperaba encontrar envejecidos a su padre y a Camila, variado el rostro de los parajes y las criaturas. En cambio practica sus nuevas costumbres sin gran extraeza: vestirse de seora, gustar manjares finos, pasearse en coche, son ventajas que no la sorprenden. Tuvo ella nativas inclinaciones de elegancia, aficin a lo bello y esmerado, noticia de todas estas comodidades que hoy disfruta con naturalidad algo desdeosa, como quien las merece y las paga. Su carcter, altivo por ser cntabro, la induce a no demostrar codicia ni admiracin hacia estas cosas que antes fueron ajenas a su vida. Ya la moda, con visos de cultura, ha nivelado mucho aqu el indumento de las clases, sobre todo en la mujer: las aldeanas cortan su traje festivo por un patrn de seorita y, salvo el coste de los gneros, la esposa del indiano se distingue muy poco de la antigua molinera. Pero en las intimidades del hogar teme Dulce Nombre no conseguir nunca la disciplina de su corazn: vive con los pensamientos desatados en una esperanza que a cada instante agoniza y torna a renacer; sufre y disimula; sonre con una tristeza rebelde; calla en un silencio orgulloso, y cobra todos los das nueva gratitud al marido que cumple fiel su propsito de tratarla delicadamente, con aquella blandura que tuvo para las gargantillas y las pulseras, los zarcillos y los broches. Verdadera mano de joyero es la suya, en las caricias y las solicitudes, mano temerosa del roce brutal, obediente a la resignacin, abierta a la ddiva y al homenaje: el hombre rico aspira a merecer, no a lograr, y tiene para su esposa todas las generosidades y las benevolencias. Ninguna traba, ningn reproche descubren en Malgor sus celos incurables, el calvario de un cario que slo consigue la recompensa del agradecimiento. Fu aplazando la hora de amar, se contuvo a la orilla de las pasiones con una sensatez indefinible, mezcla de incertidumbre y de pavor, y hoy, que desde la altura de su camino elige resueltamente una compaera, conoce que es tarde: se le ha ido la juventud. Ya toda la prisa, la decisin, la voluntad, son armas intiles frente al deseo de que una nia le adore. Pero aun confa vagamente en el milagro; piensa que a costa de muchos mritos pudiera la gratitud convertirse en pasin: quiere dejar a la muchacha en una absoluta libertad, que haga en todo su gusto, que triunfe en los caudales y en la casa como duea y seora de cuanto el marido tiene. No ha pensado nunca Malgor en abandonar a su madre: junto a l vive, estimada y con fueros propios, mas en distintas habitaciones, con servidumbre independiente y sin ninguna intervencin en el dominio de la nuera. Y grue un poco, escandalizada de las prerrogativas de la mocedad, a punto de rendirse bajo el encanto de la Intrusa, mientras ella hace uso de aquellos privilegios con una sobriedad tranquila y los aprovecha casi nicamente para irse al molino sola y a menudo. All reconstruye su existencia anterior embriagada en las memorias habituales, contando los minutos que se han muerto y empeada en no or cmo las horas nuevas desvanecen en el aire su meloda. El fragor del trabajo apaga todos los ruidos exteriores, y si callan las piedras, yergue el ro la frescura de su voz aturdiendo a la muchacha. Eso es lo que ella quiere: aislarse del tiempo, ensordecer la vida y mirar lo pasado como nica lontananza. Pocas veces se asoma Dulce Nombre a la sala molinera; slo de paso se detiene si alguien la saluda, habla un instante y se dirige a su querida habitacin, solitaria y evocadora, abiertas sobre el huerto y el ro las ventanas inolvidables. Cualquiera de las dos la seducen, porque desde ellas domina los recuerdos con un poco de serenidad. Abajo, al borde de la presa, siente una fascinacin dolorosa que la espanta, y en el humilde vergel sufre demasiado con una ternura inexplicable hacia todo lo que all se nutre y palpita. Nunca ha mirado as las primaveras, con esta compasin rara y ardiente que hoy la impide coger una rosa, pisar el trbol, rozar con los vestidos el cliz campanudo del arndano. Las azucenas le parecen de cristal: no se atreve a tocarlas por no herirlas, ni a sacudir, como otros aos, en la hiedra la flor azul, los haces verdosos en el espino cerval. En cambio, desde la altura de su habitacin todas las cosas le dan una respuesta ms lejana y apacible: el filo de los senderos, las espumas del ro, la cresta de las montaas, los rboles del bosque. Y se est all horas enteras, con el corazn entreabierto, devota y muda, esttica como el paisaje... En este mismo anochecer se despide la joven del molino con su acostumbrada pesadumbre. Camila sale hasta el umbral; Martn ha tirado de la paleta suspendiendo la trituracin, y se dispone a ensacar la harina: desde que la fbrica es suya se ha vuelto muy avaricioso y vigila con creciente solicitud la hacienda y el provecho. Ignora Dulce Nombre que su padre se haya convertido en propietario a expensas de ella, y no obstante le mira con menguada estimacin; a su lado se encuentra sola.--Est lejos de m!--se dice interiormente, y se extraa pensando:--Ser hija de un hombre se reduce a una casualidad! Ahora mismo l se queda all preocupado de su negocio, sin ver la angustia con que la muchacha afronta el camino del nuevo hogar. Marcha presurosa, con el paso a la medida del pensamiento, esquiva al roce de cuanto la rodea, como si temiese el contacto de las emociones. Y en un recodo del ansar alcanza a las ltimas veceras del molino, Tomasa y Clotilde, muy calmosas aquella tarde, con sus canastos de harina apoyados en la cintura. Es la primera vez que Dulce Nombre encuentra a la hermana de Manuel Jess, despus del casamiento: tampoco ha visto a su padrino, obstinada en rehuir las visitas y las curiosidades de la vecindad. Pero aqu Tomasa la obliga a la conversacin. --Qu, no quieres nada con nosotras...? Llevamos el mismo rumbo: te acompaar. --Y yo hasta la pontezuela--aade Clotilde con alguna cobarda. --S, s; me alegro mucho. --De verdad? --Ya lo creo. --Por qu no ha de alegrarse?--aduce Tomasa, aprovechando la ocasin--. Despus de todo, bien quiso a tu hermano, hasta el otro da, como quien dice. --Pobre Manuel!--pronuncia con lstima la nia de Cintul. Y baja la cabeza, que en la sombra, ya difusa, le brilla con un color dorado de trigal. --Pobre?--balbuce la de Rostro. --Pobre, s--confirma Tomasa con mucha indignacin: le engaaron con embustes y sermones; te le quitaron entre Malgor y tu padre. --l se quiso ir. --No es cierto; miente quien lo diga: pregntaselo a sta. Clotilde, ante el reclamo, se crece y asegura: --Le dijeron que si no se marchaba seras t siempre una infeliz, una miserable como las dems... Y se fu para darte la suerte; pero estuvo llorando toda la noche... Cremos que se volva loco, si vieras...! Corra a tientas por este lern, suba y bajaba a Cintul sin poderse detener... Daba miedo! --Ay!--dice solamente Dulce Nombre. Tomasa, vindola sufrir, insiste, maligna y gozosa: --Te le quitaron entre tu padre y Malgor. --Mi padre tambin? --Vaya...! Para cobrar la acea, que ya es suya. --No, por Dios! --Que te lo jure tu marido... --Calla! --Todo el mundo lo sabe. --Es imposible! --Y hasta don Nicols anduvo en el negocio con las pesetas del tu hombre: parece mentira! --Ay!--repite la engaada, con otro suspiro, ms largo, ms profundo; siente viva la centella de la pasin, aventada entre los escombros de la felicidad, y se olvida de las traiciones, de las miserias, de las realidades que la conducen lejos de su ventura... No desconoce los deberes de su nuevo destino porque ya le han temblado las entraas; pero se acuerda de un solo amor, del nico librrimo y consciente. Y le saluda con beatitud en la oscuridad: est all bajo la noche que llega cargada de aromas finos y penetrantes; est en el aire hmedo y tibio, en el fuerte arrullo del Salia, crecido con los manantiales de abril. Dulce Nombre, que ya no escucha a sus compaeras, se ha vuelto de repente muy asequible a todos los ruidos misteriosos, a todos los movimientos callados de la vida, y descubre el oculto latido de las plantas, oye cmo la raz de los rboles escarba por el suelo; atiende a la fuerza sonora del propio corazn, al vuelo claro de la luna que se levanta en las nubes con las alas abiertas... SEGUNDA PARTE I EL PUAL EN LA HERIDA Muchas horas tristes haba contado Dulce Nombre desde aquella de revelacin para su alma. Y cada ao salud impaciente a la lluvia gil y presurosa de abril, al campo reverdecido, a la nueva flor. Tena un presentimiento de libertad; confiaba en que el destino le cumplira sus promesas. Porque Manuel Jess no la haba olvidado; se relacionaba continuamente con Malgor y permaneca soltero, juicioso, muy solcito para su familia y sus memorias, expresando por cartas, emisarios y otras seales elocuentes, su deseo de volver a Cintul, sus ntimos propsitos de conseguir algn da la realizacin de una sola esperanza. Y Malgor viva muy enfermo, andaba tmido por la tierra, calmoso y vacilante, sin atreverse nunca a correr, ni a rer, ni a llorar; huyendo del dolor y llevndolo en s mismo, agazapado en el pecho con amenazas de muerte. A los pocos meses de casado padeci un ataque anginoso con la terrible contriccin retro esternal y la angustia suprema de la agona. El mdico del distrito, Mariano Esquivel, primo de Nicols Hornedo, llam en consulta a las eminencias de la regin, que diagnosticaron aciagamente como l. Oy Dulce Nombre muy sorprendida la sentencia de su marido: tena una angina de pecho, una lesin mortal de la que podra defenderse algunos aos si evitaba las emociones intensas, los cambios bruscos de temperatura, los ejercicios violentos. --Lo evitar!--prometi la muchacha seria y firme. --De esta suerte... quin sabe!--aadi Esquivel--podr ir viviendo... cinco..., diez..., hasta quince aos... Aunque es imposible precisar... --Quince aos!--pens Dulce Nombre muy adentro; y sin poderlo eludir, ech a volar la imaginacin por ignorados caminos, dudosa entre el gozo y la pesadumbre, anhelando saber si era preferible aguardar siempre en el cruce de los recuerdos, o sentarse a la orilla de una fecha con un poco de silencio en el corazn. Le tembl una sombra en los ojos, y una sonrisa en los labios. Iba a ser madre; un torrente nuevo circulaba por sus venas, una gracia desconocida entraaba su carne grvida del misterio: sintise valerosa y se jur una inviolable fidelidad al hombre sentenciado... Despus, a lo largo del tiempo, cuntas inquietudes y vacilaciones! Naci la criatura esperada, una nia graciosa y fuerte que llen la casa de alboroto y movimiento. El padre olvid su enfermedad, mostrse la abuela enternecida, un poco envidiosa, y all abajo, en el molino, robusteci Martn el orgullo de su alianza con la opulencia del valle, mientras Camila andaba ms cavilosa que nunca, suspirando sin cesar. Fu preciso que Hornedo saliera de su torre para sostener en los brazos a la nueva ahijada. No lo hizo sin resistencias ni disculpas; estaba secretamente reido con Dulce Nombre desde que ella le ech en cara su intervencin en la marcha violenta de Manuel Jess. En vano trat de defenderse: --Lo hice por ti, por tu bien. --No; eso est muy oscuro: primero me habas dicho que casarme con Malgor era una locura. --As, de repente, me lo pareci, porque te lleva mucha edad; luego pens que te convena. No es un viejo; est en la plenitud de los aos; es agradable, excelente, rico... --Yo te contest que quera al otro. --Y ahora?--pregunt Nicols ciego de impaciencia. --Ahora, tambin! Una rfaga de alegra ilumin el semblante de aquel hombre tortuoso. --Este--aludi con aparente censura--es tu marido. --Qu ms da...? Yo no le eleg... El molinero es mi padre y le he dejado de querer. --A tu padre? --Me vendi!--repuso Dulce Nombre, spera y triste--. T le ayudaste, sin duda para servir a tu amigo... el menos culpable de la infamia que habis cometido con nosotros. --Si hubo culpa--dijo Hornedo muy alterado--la menor es la ma, que nada gan... y todo lo perd. --Perdiste...? El hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, escondi los ojos delatores, apag la voz. --Perd tu amistad. Callaba la joven, a punto de conmoverse bajo aquel acento pesaroso lleno del antiguo cario; pero el hidalgo quera insistir en acusar a Malgor, y volvi a aludirle, entre dientes, aadiendo: --El que puso en ti la codicia ha causado todo el mal; no le defiendas: corrompi a tu padre; me oblig a ser injusto con Manuel Jess; levant la tempestad en tu vida... Quedse la moza desconcertada; por qu el padrino se volva ahora de pronto contra Malgor...? Era incomprensible. Le mir con insistencia sin conseguir hallarle claras las pupilas, sin recobrar junto a l la confianza y el aplomo de otras veces: algo desconocido y amargo se interpona entre los dos. Senta el padecimiento de l como una cosa tangible y dura que la desazonaba, y no se decida a consolarle. Acab por encogerse de hombros, todava rencorosa, distante, a pesar suyo, de aquel nico amigo de su niez. Pero Nicols no quera alarmarla con sospechas, y murmur, cauteloso el acento: --Tambin Manuel Jess gan algo al perderte: mejor de fortuna, cambi el arado y el dalle por las piedras preciosas... --Le hicisteis creer que con eso me haca feliz. --Todos nos equivocamos; yo solo padezco el castigo. --Y l se fu inconsolable; le habis echado; le impedisteis que me viera y me hablara... --Cmo te duelen sus cuitas! --Y me dolern siempre. Desde que las supe estoy contenta, porque s que le puedo querer, que sigue siendo mi novio. --Ests casada! --Qu importa? Nos separasteis con engaos, pero no podis separar nuestros corazones. Nicols palideci an: se abrasaba de envidia por el ausente. --Mucho confas en l--exclam sombro y hosco. Entonces palideci ella. Atravesaban el ansar, donde el seor se haba hecho el encontradizo cuando volva Dulce Nombre a su casa en un lento crepsculo de mayo, sola y pensativa. La duda solapada del padrino la oblig a detenerse llena de zozobra: --Confo en m--dijo con ardor--y por mi seguridad juzgo la suya. Estaba inmvil; se le estremeca en los ojos el candor del paisaje. De pronto sigui andando, muda y rpida, en el silencio campesino del anochecer, traspasado de rumores leves, saturado de perfumes indmitos. El ro pona en el ambiente su acorde incansable bajo un cejo de niebla azul; se perciba en el aire el temblor de las flores, el aleteo de los pjaros en su ltima ronda, el zumbido inescrutable de litros y murmullos recnditos. Iba Hornedo junto a la muchacha callado y vengativo, gozndose en verla sufrir de celos y de amor lo mismo que l, y seguro de que su nico rival era el ausente, lejano, perdido, inaccesible. Haba temido que el esposo, a fuerza de ternura y de bondad, conquistara el deseado corazn; por eso le culpaba, aun a costa de parecer inconsecuente. Ahora le convena fomentar los imaginarios derechos de Manuel Jess; que el riesgo de perder toda esperanza fuese para el hidalgo cuanto ms remoto. Y no tuvo un plan de conquista, no fraguaba un acecho ni una conspiracin contra el amigo. La moza le pareca sagrada; un miedo supersticioso le hubiese impedido extender la mano hacia ella; pero el instinto y la pasin le inducan a guardarla de otros amores, con un indefinible anhelo de ventura. Ya estaban en los linderos del indiano: una verja, un portel, y el ansar penetraba en la finca de Malgor sin torcer su rumbo, siempre encaminado por la ancha orilla del ro. --Adis--dijo Dulce Nombre nicamente; volvi apenas la cara y entr en su parque, ya cubierto de sombra. --Adis--repuso Nicols, amordazado por el enojo, perdiendo de vista a la muchacha en la espesura de la noche ciega y vigilante... Despus la vi muchas veces y la tuvo que hablar en distintas ocasiones, amigos en apariencia, escondiendo de un modo tcito su inexplicable disgusto. Hasta que la hora del bautizo les oblig a mayor intimidad y abland un poco la pesadumbre de aquel secreto raro y confuso para la joven. Mostrbase ella muy conmovida con el suceso de su maternidad, mirando con extraeza y uncin a su criatura, la carne inocente, el alma dormida, la iniciacin de un destino, el nuevo ser; todo en la nena le pareca inefable y milagroso, llegado de muy lejos, puesto en el mundo con una gracia pura y reverencial. Y las palabras, los sentimientos de la madre, eran cndidos y humildes tambin para el padrino, que se empe en llamar a esta ahijada Dulce Nombre de Mara, lo mismo que a la otra. --Le diremos slo Mara para no equivocarnos--propuso Martn. --O le diremos Dulce--opinaba Malgor, embelesado con el nombre de su mujer, radiante de optimismo y de ilusin en aquellos das. En tanto Nicols contempl a la amada con embriaguez, encontrndola ms hermosa con su clida blancura de convaleciente, y su adorable expresin de sorpresa y beatitud. [Ilustracin] II SURCOS Y TREGUAS Cunda la existencia de Dulce Nombre ruda y solitaria, por un solo cauce: la hija, el campo, el molino, la pena detenida en el corazn... As un ao y otro al atisbo del nico horizonte, emplazada la ventura, aguardando los soplos de la muerte como seuelo de la libertad. Ya casi nadie se acordaba del fracaso de aquella vida, sino en comentarios superficiales, en vagas conjeturas; la esposa de Malgor tena motivos para ser ms feliz que cualquiera otra mujer. Su carcter reconcentrado se achacaba a la poca salud del marido; y, por otra parte, se envidiaban su posicin, su belleza, las consideraciones que en torno suyo pona la fortuna. --Siempre ha sido algo orgullosa--solan decir, vindola esquivar las amistades del seoro. --Y algo rebelde, muy amiga de hacer su gusto--aadan, con ms inclinacin a la censura que a las alabanzas. Pero la historia de aquel amor que tanto di que hablar, haba pasado a la categora del susurro. De vez en cuando, se insinuaba que Manuel Jess poda volver y encontrar viuda a la que fu su novia. l, por de pronto, no se casaba, viva en constante comunicacin con el pas, y Malgor estaba desahuciado. Aquella posibilidad quedbase en el olvido meses enteros, y slo unas cuantas personas en la comarca la perseguan con inters. La madre del viajero una de ellas. Desde la tarde lejana en que anunci cruelmente a Dulce Nombre la partida del mozo, no olvida el pesar y el amor sorprendidos en el semblante de la molinera, y sufre agobiada por un remordimiento y una gratitud que no sabe cmo probar. Colmada por el hijo de regalos y de favores, cuanto disfruta piensa que es a costa de la nia engaada, de la pobre nia sin madre, a quien vi padecer un horrible trastorno, desolada y silenciosa como un ngel mudo. Despus de las revelaciones de Clotilde a la enamorada, procur Encarnacin acercarse a ella para hacerse perdonar sus antiguas hostilidades, y al descubrir en los ojos de la moza la pasin latente y oculta, acab por fomentrsela con promesas y augurios. --El que te compr no ha de anietar; est comalido... T eres una criatura que empiezas a vivir... Volver Manuel, rico, poderoso, y os casaris... l escribe a su hermana slo para nombrarte... cunto te quera...! Te sigue queriendo, no te puede olvidar! La muchacha la oy una vez con silencioso resentimiento, como a una cmplice de su rebelde esclavitud, halagada, no obstante, con el reclamo embaucador. Otro da, muy en contra de su altiva reserva, se dej atraer por la palabra ruin y maliciosa que le deca: --No habrs de aguardar mucho... Y sin saber cmo, nublada la razn por el empuje del instinto, se le escap a Dulce Nombre su ms hondo y callado pensamiento: --Quince aos!--respondi como si hablase a solas en lo interior de su conciencia turbada. Encarnacin se ech a rer con la ingenua crueldad de los rsticos y de los nios: --Quince aos...! Los ricos para todo encuentran bula. Si tu marido fuera pobre no le recetaran ni para quince meses... Pero es viejo y est picado del arca: no puede tirar mucho. --Yo no he de procurar que se muera. --Ni yo tampoco, vlgame Dios! --Le cuido y le preservo del mal. --Como buena cristiana... pero, le quieres? --Eso, no!--repuso Dulce Nombre con brbara sinceridad. Y la de Cintul, lejos ya de su pugna trabajosa, descansada y tranquila, hizo un arma de aquella ruda confesin, la puso a prueba, y en premeditados encuentros logr que la muchacha se acostumbrase a sus expansiones y las tuviese por lcitas y agradables. Varias veces le ense cartas de Manuel Jess dirigidas a Clotilde, llenas del recuerdo de sus amores y de la amargura de la ausencia, rebosando preguntas, inquietudes y propsitos; las misivas delataban una previa informacin de cuanto ocurra en el valle. Tambin sostena el viajero correspondencia con Malgor, como alto empleado de la joyera cubana, relaciones comerciales y ceremonias que le proporcionaron una nueva comunicacin con Dulce Nombre, aunque ella jams enviaba un recado definido para el ausente. --Quieres que te escriba, en el mayor secreto?--le lleg a decir Clotilde. --No; estoy casada con otro--protest, adusta, revestida de una inocencia ancestral que no celaba al sentimiento indomable, y slo a las acciones impona su recato. Despus de algn tiempo Clotilde Ayuso fu hastindose de aquella tercera; encontr novio, se consagr a los preparativos de la boda, y nicamente si le vena rodada la ocasin aventaba con mensajes y encomiendas el sigiloso culto de Dulce Nombre. Pero la madre no se cansaba nunca de encenderle, y ao tras ao le iba persiguiendo con una constancia que lleg a convertirse en obsesin. Mujer arisca y voluntariosa, tuvo siempre la antigua coloera un fondo de agudo sentimentalismo que la obligaba a llorar cuando rea y a desvanecer sus exaltaciones en lamentos: los que la trataban mucho saban que sus arrebatos no persistan jams en el encono, sino que se inclinaban a la benevolencia y la ternura. Esta propensin generosa, y el pesar de haber daado anteriormente a la nia de Rostro, la mantenan en constante solicitud para vigilarla y embairla con un continuo murmullo de seguridades y ofrecimientos. Y tal perseverancia, llena de desinters, algo tocada de una enfermiza sensibilidad, lleg a producir en la misma Encarnacin un extrao fruto: acab por creerse con derecho a disponer de aquella moza casada, para realizar las bodas del hijo. No haba otra en la regin que le mereciese; bella y educada, elegante ms que la de Barreda, ms que la de Esquivel, era muy cierto que haba nacido para esposa de Manuel Jess, el buen mozo con estudios y talento, con ganancias y virtudes. La miraba como algo propio, la sonrea en un acuerdo tcito de voluntades y designios, impaciente porque Malgor no acababa de morirse; y aunque ella no saba escribir, aguijaba a Clotilde para que se dirigiese al hermano, conminatoria y resuelta: necesitaba volver; que se pusiera en camino inmediatamente; don Ignacio estaba en la agona... As, la exacerbada vehemencia de la madre, unindose al amor y a la soledad al travs del tiempo, le conservaron a Dulce Nombre la esperanza, culpable, caliente y madura en el corazn. III CUALQUIERA TIEMPO PASADO FU MEJOR En la amenazada existencia del indiano creca el relieve doloroso como una ola desbordante de amargura. Y al influjo de cada martirio le parecan casi felices los primeros das de su matrimonio, cuando tena salud y esperaba un milagro cerca de su mujer. Fu en una lejana primavera, al regresar del viaje de novios; aun no saba Dulce Nombre los detalles del error que la inclin a la boda, y mostraba una tristeza pasiva, un orgulloso disimulo que al marido le daba algunas veces la apariencia de la conformidad; hasta que una noche le pregunt bruscamente la muchacha, agudas las pupilas, calurosa la voz: --Es cierto que le diste a mi padre el molino a cambio de mi persona? No supo de pronto qu contestar. --Es cierto que a Manuel Jess no le dejasteis verme antes de echarle de aqu? Al cabo, Malgor repuso, atravesado de zozobras: --Verdad es que yo slo dispona de mi oro para conseguirte... y lo di a manos llenas. --Me tendiste un lazo! --No!; te ofrec la vida... Qu har de ella si no la quieres t? Aguard palidsimo, extraamente honda la mirada; pero Dulce Nombre pareca cubierta por una fuerte lpida de silencio. --Qu har, di?--repiti anhelante el marido. Y aadi en seguida: --Me perdonas? La muchacha se encogi de hombros con el altivo gesto que le era familiar. --Responde algo: me perdonas? Ella le abrum entonces con una sorda y tarda contestacin, moviendo la cabeza negativamente. --Qu...? --No! El hombre rico sinti que una enorme dureza le gravitaba sobre el pecho y se le extenda por la garganta y el brazo hasta el dedo meique. De pie como estaba en el dormitorio, retrocedi un paso y se sostuvo inmvil contra la pared, sin atreverse a respirar, con el horror de la muerte en el semblante. Se le acercaba la mujer en desolada confusin, y l, con la vista empaada y angustiosa, pareca decirle: no me toques! Estaba seguro de que un aliento, un contacto, por leve que fuera, acabara de aplastarle. De repente, lo mismo que lleg aquel espantoso mal se le fu quitando de encima: le dejaba libre el movimiento y la respiracin y pudo ir hasta la cama, dejarse caer en ella agotado, rendido, pero con la sensacin de vivir. Y como Dulce Nombre segua inclinada hacia el enfermo con muda solicitud, volvi l a apoderarse de su primera ansiedad, juntando las palabras insistentes: --Me perdonas? Renov la pregunta con la voz casi extinta, aun dilatado por el miedo el vidrio turbio de los ojos. Y la esposa, fascinada por aquel sigilo terrible, llena de arrepentimiento y caridad, le apoy los labios en el odo, como si de otra manera no pudiese responder: --S! Fu la slaba igual que un escucho sin eco ni resonancia, una gota de compasin cada silenciosamente en la lgida tristeza de un espritu. Desde aquella noche estuvo Malgor condenado a muerte por la ciencia, libre de reproches y venganzas por la misericordia de una mujer. Pero sentase desamado; el perdn no era la correspondencia, ni deba engaarse con ilusiones transitorias luego de haber tocado vivas y florecientes las races del amor rival. No obstante, vinieron para el indiano das generosos; esperaba un hijo; Dulce Nombre, en el ensueo de su maternidad, ocultaba mejor la desventura y tena muy recientes sus buenos propsitos de enfermera. Hasta el valle y los montes se extenda la ponderacin de los desvelos que de su esposa mereca el indiano, y no faltaban rondas nocturnas que lo comentasen desde el ansar en noches de plenilunio. Ms de una vez la copla alusiva clam, vibrante, all: _La mujer en amores es lea verde, que llora, se resiste y al fin se enciende; luego, encendida, ni resiste ni llora, pero suspira..._ Decase que era Gil quien daba al aire su despecho con el cantar; y a Malgor le consolaban aquellas ingenuas interpretaciones que le suponan dichoso. Pero se le escaparon lentamente las ltimas esperanzas; iban hacindose frgiles: insostenibles, remotas, perdan hasta el contorno vago de la ensoacin, y se desvanecieron al fin: el pobre iluso qued frente a la realidad. Era un enfermo que slo hallaba ojos apiadables y cuidado caritativo donde l quera el amor y la salud. En vano procuraba dominar sus tribulaciones y sufrir menos para no empeorar; estaba advertido de los riesgos a que se expona en cada fuerte emocin, y por evitar la violencia de una sola iba amasndolas juntas en un continuo padecer. Debilitada por el duro ejercicio, se relaj algunas veces su paciencia; senta aplomado el corazn; una desesperada rebelda, un deseo inextinguible de vivir y de gozar, le llev en ocasiones a mostrarse receloso: clav las pupilas inquiridoras y desconfiadas donde antes las haba posado con extrema reverencia, y Dulce Nombre tuvo la certidumbre de que su sacrificio no serva siempre de consolacin. Ella, al roce de la vida y de los duelos, afirmaba su carcter recio y claro y se cumpla a s misma todas las promesas de silencio y de lealtad. En ocasiones, el amor le dola slo como un mal exquisito que la dejaba aguardar sin grave pena, atento a la confianza el corazn juvenil. Hallbase entonces mejor apercibida contra las impaciencias del esposo y aparentaba muy bien no cansarse a su lado, no ofenderse de su vigilancia, vivir en un sueo de olvido y de resignacin. Luego, de sbito, se le converta la espera en un castigo cruel, lloraba el malogro de su juventud, senta irrespirable el aire inerte de la casa; soportaba la cadena con demasiado esfuerzo, y el marido le vea su triste verdad inmvil en los ojos. Era el invierno muchas veces el causante de estos desmayos. Bajaba desde la espina fragorosa de la sierra con las nubes atormentadas por la tempestad, y se extenda en el valle como un viento de espanto, un mes y otro, cuajndose en lluvias y en nieblas, en cierzos y nieves. Si por casualidad cesaba de llover se endurecan los caminos bajo los cristales de la escarcha mientras el sol arda sin calentar; y en el trnsito fro de las noches se congelaba la luna recostada en las cumbres, extraa y despavorida, con una tristeza insufrible. Y Dulce Nombre volva a sentir en el alma un dolor conocido: el amargor del llanto de otros das. Lanzbase con intrepidez a las derrotas, duras, que parecan de piedra, se dejaba atravesar por las agujas del hielo, errante por el campo marchito, hasta que abran los astros sus flores amarillas. Entonces regresaba al hogar con un anhelo daoso, intilmente desechado: poda encontrar al marido agonizante, sin luz ya y sin voz la plida cabeza. Se estremeca indignada contra el maligno deseo.--No, no!--se deca--tiene que vivir; le debo cuidar; que no sufra...; que no sospeche... Le quedan muchos aos... hasta quince! Los contaba por los de su hija:--Uno, dos, tres...--llegaba a siete y gema:--Falta el doble! Unas lgrimas silenciosas, incesantes, seguan aumentando el agua profunda de su corazn... Cuando en el solsticio de diciembre haba reinado el Sur, poda suceder que apareciesen unos das templados y ventosos; y los reciba la muchacha con pnico, como a los ms evocadores de sus penas y sus presentimientos. Sentase agitadsima, con necesidad imperiosa de bajar al molino, de recorrer el bosque donde las ramas se retorcan igual que serpientes y el ro se iba largo y bullicioso, llevando al mar la nieve derretida de los montes. En aquella abertura estruendosa de la vega no haba un movimiento ni una resonancia que no sirviesen de conmemoracin a la hija de Martn, y revolva sus recuerdos con invencible atractivo, padecida y lastimera, hundindose en las voces amadas y temidas; el rugido de los rboles, el clamor de la corriente, la masticacin de las piedras moledoras, le producan crisis de llanto, accesos de terrible desesperanza. Recobraba de improviso las energas slo con sentir el primer soplo refrigerante de la primavera. Los pensamientos de Dulce Nombre hallaban una anchura consoladora en los surcos del campo abiertos como heridas, fugitivos por el valle en una cava olorosa y morena; y el abandonado gabinete del molino, abierto de par en par a la brisa de los montes, albergaba de nuevo la espera y la tortura de aquella mujer. --Necesitas menos sueo que un pjaro!--le solan decir los que la encontraban de vspera bajo el oscuro estremecimiento de la noche, y la vean madrugadora igual que el sol, despabilada y diligente, buscando los caminos de la hierba a lo largo del ansar. --S--responda, agitada con la palpitacin del aire, sonriendo sin saber por qu. Y, en la acea, besaba a Camila delicadamente, saludaba a su padre con amistad. No le haba perdonado nunca, de palabra, ni siquiera con una slaba como aquel susurro que una vez deposit en el odo del esposo: verdad era que a Martn no se lo hubiera ocurrido jams pedirle a su hija perdn. La muchacha dej de estimarle y de quererle, y consumidos los primeros tragos de su amargura, torn a recibirle con afable costumbre y a observarle con cierta curiosidad. --No le conozco--segua dicindose--; es un extrao para m! Le vea ajeno en absoluto a los dolores de ella, sometido a la ambicin de poseer caudales inanimados, cosas inertes, y le volva la espalda con un desprecio triste, algo compasivo: quera olvidar que era su padre aquel hombre serio y habilidoso a quien admiraba mucho el vecindario. Gustaba Dulce Nombre de repartir el tiempo de sus escapatorias entre la habitacin blanca y apacible del molino y el huertuco estallante, donde se henchan los botones y afloraban las hojas tiernas. Padeca y gozaba all una confusa turbacin latiendo con el sordo ritmo de las semillas, sintiendo en la mdula de su carne la escondida fuerza de las plantas. Como si cometiese un delito, se ocultaba con vergonzosa cautela celebrando el regreso de las golondrinas, sorprendiendo a las nacientes mariposas sobre la miel temprana de las flores. Todo el semblante de libacin y desposorio que adquiere la campia primaveral, enardeca de un modo intenso a la mujer, que volva a escuchar imperiosamente, en el misterio de su alma, la voz siempre oda, la promesa que el amor le deba cumplir. Pero sentase generosa y valiente; pensaba, estremecida, en el troje oscuro del cementerio, dolindose de la sentencia que acobardaba a Malgor, y se iba junto a l, muy solcita, cada tarde, paseando con lentitud a la orilla de la mies virginal. [Ilustracin] IV EL CABALLERO DE LA GLEBA Estas alternativas de sentimiento y de carcter no correspondan al cambio de las estaciones de una manera sistemtica, ni mucho menos; eran volubles, aunque Dulce Nombre, campesina y sensible por excelencia, viva entregada al influjo inmediato de la lluvia y del sol. La tierra, nuestra primera madre, haba criado como suya a la nia de Rostro, ensendola a sentir y a querer, y pocos discpulos aprendieron mejor las lecciones agrestes de la selva y el viento, el lenguaje de los astros y de las aguas, el murmullo de las simientes y las races. Hija del campo, sin otras experiencias que las de su vida rural, con una educacin cristiana harto somera y tosca, la esposa de Malgor no estaba dispuesta para una heroica lucha contra las pasiones. Tena de la virtud un concepto lgico por instinto de honradez, y renda a la justicia un tributo de rigurosa lealtad, sin grandes concesiones a las leyes humanas. La imaginacin, despierta bajo el cultivo extico de Nicols Hornedo, contribua a exacerbar las rebeliones innatas de la moza, y la naturaleza, brava y sentimental, la induca a preferir, entre todos los bienes posibles, el bien del amor: privada de l ms le quera y menos estimaba los otros beneficios de la suerte. Rehuy el trato con los seores del valle, temiendo ser por ellos admitida en condiciones de inferioridad, y segua comunicndose con la gente de la aldea como antes de la boda, aunque las especiales circunstancias de su nimo la obligasen a un aislamiento un poco arisco. As estuvo ms sola con las tentaciones, cada ao ms hondo el pual en la herida de su destino; y muchas veces, a despecho de su natural inclinacin a la ternura y la clemencia, sentase cruel; no bastaban las brisas del follaje reciente ni la dulzura generosa de los caminos para aquietar su destemplanza: todas las insinuaciones maternales de la tierra se le convertan en fuego y en pasin. De tal modo un da, de aquellos que a menudo fueron bienhechores para la triste enamorada, sucedi que el marido la recibi quejoso cuando ella volva sonriente de un paseo matinal. --Vives fuera de casa! --Vengo del molino--replic en tono de disculpa. --Y qu tienes que hacer all? --Nada--confes. --Yo estoy abandonado y tu hija tambin. --No es verdad! Salgo al bosque cuando amanece, quitndome del sueo las horas; vengo temprano, y al anochecer, si no me necesitas t, vuelvo a salir. --Y aunque te necesite... Yo te estorbo; a la nia la tendr que poner en un colegio... Slo te ocupas de vivir... y de esperar! El hombre rico hablaba con rencor, mirando airadamente a la mujer, envidioso de su salud, y ms avariento a cada instante de su hermosura. Ella redujo la indignacin a una opaca sonrisa, y sin descubrir los pensamientos sali de la estancia, muy desdeosa: nunca la haba tratado Malgor con tanta dureza. Aquella tarde no le acompa como de costumbre al diario paseo, y creyendo justo resarcirse del agravio recibido, se fu sola y autoritaria a la torre de Luzmela. Senta una brusca necesidad de expansin. Y precisamente el padrino andaba malucho desde su regreso: le hara una visita. Invernaba Hornedo en Torremar haca algunos aos, despus que una herencia le permiti abrirse un poco los horizontes, y las ntimas fiebres de su espritu le obligaron al movimiento y a la fuga. Pero aquella misma dolorosa inquietud le haca volver con frecuencia al solar, y cada primavera se le converta en pretexto de un viaje, motivo en ocasiones de mayor quebranto y de otra nueva huda. Estaba entonces all, recin llegado, endeble y taciturno, sin salir de la casona. Su retorno al valle le costaba siempre una desilusin con amago de enfermedad; traa el presagio remoto de cimentar una esperanza, y hallbase con la certidumbre de muchas cosas irremediables. Se encontraba ms viejo. En la ciudad apenas se vea a s mismo, empeado en distraerse con aventuras ms o menos permitidas, deseoso de engaar las horas y el corazn en simulacros de amores y de fiestas; all los espejos eran benignos en la penumbra de las habitaciones; a plena luz aldeana los alindes picados y algo turbios no saban mentir: Nicols estaba ms viejo. No obstante, con su dramtica palidez y su figura patricia, tena el caballero de la gleba un porte singular que interesaba mucho a las mujeres: mientras, a l le pareca Dulce Nombre hermosa entre las dems, imposible como ninguna. Aquella tarde no la esperaba. Aunque eran ya buenos amigos se trataban poco y prevaleca en medio de los dos una tristeza oculta, una reserva penosa: no conseguan volver a la distante serenidad de su cario. Cuando el solariego la vi de pronto en su gabinete, levantse a recibirla con una agitacin indecible. --No te muevas!--le suplic la joven al tenderle sus dos manos: ya no le abrazaba, no saba por qu, sofrenando los impulsos de la antigua cordialidad--. Ests mejor?; qu tienes? --Casi nada; un leve trastorno de mis nervios. Le oblig ella a sentarse y se acomod en un escabel al lado suyo, como en das ms felices. El padrino la miraba con avidez oyndola hablar, esquivando encontrarse con toda la luz cndida y fuerte de los ojos dorados. Y entregada al irresistible anhelo confidencial, cont Dulce Nombre sus cuitas matrimoniales. Malgor era injusto; le peda cuenta de sus pasos, de sus acciones... hasta de la ntima esperanza...! --Con tal que algn da la realices...! Pero... Dios sabe!--pronunci Hornedo con aquella mansa ferocidad que trascenda desde los abismos de su pasin--. Ese hombre compadecido y mimado, va a vivir ms que t, ms que yo..., acaso ms que el _otro_! Dulce Nombre callaba escondiendo su intensa desolacin. --S--aadi el padrino con una sonrisa de hiel--. Apurar todos los plazos que la ciencia le concede... Muchas personas tranquilas y saludables se han muerto desde que l se tena que morir... --Es cierto!--murmur la joven, sin poder reprimir las palabras. --Y t lo sientes, verdad?--pregunt el hidalgo con sutileza tenebrosa, dolido del afn que Dulce Nombre descubra por hallarse libre--. T lo deseas? --Desearlo?--musit indecisa, en lucha su rebelde candor con la brutalidad de la nica respuesta. --S; le deseas a tu marido la muerte. --No...! ni a l ni a nadie...! Quiero ser feliz: ya es hora...! Porque est enfermo hay que compadecerle y no contradecirle... Yo, aunque vivo sana, me consumo... y no tengo la culpa de querer a otro! Hornedo se consuma tambin, embriagado por la gracia madura y esencial de la moza, admirndose de la ingenua lealtad con que defenda su derecho a un solo amor. En los aos acerbos de su matrimonio, ningn hombre se atrevi a poner en ella con osada la mirada: ni la dolencia del marido, ni la desproporcin de las edades, ni aun el silvestre genio de la mujer, arbitrario de suyo, dieron motivo para que la daase un antojo malsano. No; seria y triste, aguardaba el cumplimiento de una promesa; estaba comprometida: tena novio. Si acaso la envolvi Gil, enamoradamente, en una copla o en un suspiro, fu aquello un homenaje rstico del pastor, consentido como de limosna al buen camarada que viva en el monte, solo con el cielo y la nieve, comiendo pan de maz y durmiendo en yacijas de piel. Sentase Nicols atormentado y orgulloso de que hubiera algo suyo en el carcter firme y transparente de la ahijada; se altiveca pensando que la vctima de los terrores ms absurdos haba contribudo a formar un alma tan segura y valerosa, y al mismo tiempo le martirizaba aquella reciedumbre que siempre se levantara inmutable contra l. Dulce Nombre meditaba, algo pesarosa de lo que dijo, confesndose que en realidad mereca algunos reproches de Malgor: no era una mujer casera y humilde, no era una madre habilidosa y paciente, ni saba corregir tales flaquezas. El hogar del marido le segua pareciendo extrao; la nia, despus que la cant el sueo y la ech a andar con deleite maravilloso, se le volvi tambin esquiva, hasta que perdi su influjo sobre ella: entre el dinero y los halagos, se la hicieron lejana, inclinndola a otros gustos, a otras aspiraciones ajenas a las suyas. Y un sentimiento horrible de soledad torn a ennegrecer la vida de la moza, abandonada a la quimera de su juventud. All, en el gabinete del padrino, olvidndose de todo para sosegar sus emociones, se reconoca culpable cerca de Malgor. --S, me estorba; es la verdad... me estorba!--susurraba con spero sufrimiento--. Qu le voy a hacer si es as? Ya aguard aos y aos... no puedo ms! Se le derramaba la pasin en el oro lquido de las pupilas, y una honda blancura la penetraba, como si un fuego interno hiciera traslcida su carne: tena en los labios sedientos el nombre de Manuel Jess. --Tanto le quieres?--aludi Nicols, celoso y adivinador. --Mucho! --Siempre lo mismo? --Siempre...! Ms no es posible. --Pues el plazo cada da es ms corto... Si l no se cansa de esperar...! Pero no. Cansarse...? Por una mujer como t! Le sonaba tan sorda y desconocida la voz, que la joven se volvi extraadamente hacia l. --Qu decas? --Que t--disimul apenas, tembloroso, apagando el acento--eres digna de que te esperen... no ya muchos aos... aunque fueran siglos! Y alej la mirada, loca de angustia, por el hueco del balcn, sobre la pompa inaugural de la selva. Se qued observndole Dulce Nombre con un asombro repentino: Qu triste estaba y qu solo en el mundo! Nunca se habra inclinado un gran amor sobre aquella vida callada y enferma...? Nunca!--se respondi con lstima, recordando las veces que le vi macilento y azaroso, errante por la casa y el ansar, como si buscase un refugio... Ella fu, acaso, la nica amiga del pobre solariego: evocaba su niez en la torre, sus escondites y travesuras aventando las melancolas de Nicols, el celo con que l le daba los regalos y las lecciones... No comprenda por qu se haba ensombrecido entre los dos la confianza y la ternura de aquel tiempo.--Debe ser--pensaba--que nuestro destino se cumple, que estamos sentenciados a sufrir a solas, cada uno con sus penas. Senta un mpetu vehemente de salvar el espacio medroso que la separaba del amigo, de ir hacia l con el alma abierta y asequible. Y le segua el vuelo de los ojos, afanosa de todas las miradas que se asoman con ansiedad al fondo de los cielos. All las recataba el hidalgo, en las nubes dormidas al sol, desesperndose al percibir tan cercana y sensible la adorable existencia que pudo ser suya. Por ceguedad y apocamiento, dej que a la nia de su corazn la enamorase un hombre decidido; consinti, despus, que se la llevara otro ms audaz: la abandon a una suerte adusta y peligrosa, sin ofrecerle un reinado de amor donde ya le ejerca con los ms puros derechos sentimentales. Tuvo en sus manos el alma ardorosa y despierta y la dej huir...--Me hubiera querido antes de volar!--se deca mil veces en la amargura de sus exaltaciones. Y le pareca una infamia que la mujer de Malgor no pudiera vivir en la torre de Luzmela como seora del valle... Un atractivo doloroso de pensamientos llev a la muchacha de repente junto a las ideas tormentosas de Nicols, rozndolas en una insinuante aproximacin.--Esta casa--se dijo suspirando--s que parece ma: aqu no me encuentro forastera como en la otra... Las imgenes de su infancia se levantaron entre los muebles conocidos, se extendan gozosas por los corredores y los camarines, bajaban a los huertos y al jardn. Dulce Nombre sacudi la cabeza hurtndose a la fascinacin de sus memorias.--S; este era mi nico hogar--se repeta sordamente. Reconcentr al cabo sus meditaciones en Hornedo, que continuaba inmvil, muy plido, sin atreverse a hablar. --Ya no puedo consolarle!--pens llena de solicitud--. Est solo como yo... pobre padrino...! Y qu guapo es!--aadi con orgullo, sorprendindole, en un atisbo certero, el fervor silencioso de las pupilas, la mano aristocrtica, el porte seoril. La conmova un profundo enternecimiento. Se levant para despedirse; doblse impulsiva y roz con los labios cariosos la frente de Nicols. --Adis, padrino! l la tuvo as tan confiada y devota que tembl intensamente. Haba recibido todo el bao de luz de aquellos ojos, el ardor de la boca purpurina... --Adis!--logr decir con desvado gesto, a punto de desmayarse. Y Dulce Nombre, por darle nimos, ofreci desde la puerta, con la voz clara y benigna: --Volver pronto! Minutos despus la vi Nicols perderse en el esplendor oscuro del bosque; baj los prpados, que le estampaban una sombra lvida en el rostro, y murmur con infinito desconsuelo: --Antes que vuelva tengo que huir... [Ilustracin] V LOS SENDEROS DE LA MUERTE Fu cierto que al da siguiente se march Nicols para no volver a Luzmela en mucho tiempo. Lo supo Dulce Nombre con un dolor parecido al desengao; sentase desairada en su intento de reconstruir un albergue a la ms noble amistad de su vida. No era posible: alguna razn inquebrantable se opona a este propsito. Y la muchacha, quejosa de su padrino, aun se dola de la grave tristeza que arrastraba l por el mundo, como una maldicin. Decase en el valle que el seor de la torre pensaba ir al extranjero y vivir muchos aos lejos del solar. Hubo desilusiones entre las seoritas que no perdan la esperanza de un buen casamiento: la prima de Esquivel y la talluda infanzona de Barreda se disputaron gratuitamente el honor de una romntica viudez. Pocos meses ms tarde se despeda Dulce Nombre de su hija sin protesta, con un sentimiento callado y acerbsimo. Decidi Malgor internarla en un colegio ciudadano, y la misma esposa la fu a llevar en un da de otoo hmedo y triste. La nia era ya una mujer de trece aos, arrogante y hermosa. Tena, como su madre, la figura gentil, los ojos dorados y profundos, la risa trinada, la voz caliente y musical; pero variaba un poco en la expresin, ms imperiosa y dura, espejo de una crianza llena de caprichos y satisfacciones. Mara ostentaba en las pupilas mayor oscuridad, ms sombras en el pelo, y careca de aquel nimbo rubio de la madre, cado en las sienes como finsima corona. Estuvo conforme en el colegio porque llegaba all el oro de su padre concedindole preferencia y garantas, y en tres aos, slo durante unas cortas vacaciones llev a su casa un poco de bullicio. Haba muerto la abuela; el indiano, envejecido y mustio, padeca una repeticin frecuente de los ataques anginosos, y contemplaba todas las cosas con una mirada yerta y fija, de ultratumba, ejercitndose en la virtud de acrecentar merecimientos para la vida eterna. El quera decirse:--_No tengo sed porque puse mi boca en el cielo_. Trataba de consolarse a s mismo, pensando, cmo la existencia del hombre es un soplo de aire que va y viene, mientras las almas perduran en su Dios con la fuerza indestructible de lo imperecedero. Mas, cada una de sus meditaciones, por grave y honda que la hiciese, le traa a morder la carne de la vida, a prevenirse, como ltimo recurso mundano, ese oleaje de memorias y bendiciones que verbera para los escogidos en las orillas de la fosa. Hizo su testamento mostrndose generoso hacia Dulce Nombre, con el extremado afn de sobrevivir en el nimo de ella por medio de la gratitud: como en vida procur dejarle independencia y expansin, para merecer sus favores, pretenda desde la sepultura solicitarlos an, seguir viviendo de una manera digna en la amada que jams logr enteramente poseer, de la que nunca tuvo lo ms codiciado y adorable en el amor. Le dispuso un cuantioso legado, sin traba ninguna, le aderez con frases muy laudatorias a la paciente compaera, y aun llev su magnanimidad hasta proteger de un modo considerable a Manuel Jess en los acuerdos relativos al negocio cubano, haciendo constar que el mozo le haba prestado en la joyera habanera servicios importantes, y que, por su honradez y provechosas gestiones, mereca del testador un trato carioso. No faltaban en este documento donativos a los pobres, mejoras para Luzmela, sufragios abundantes por el triste que se despeda con horrenda incertidumbre. Porque el hombre mortal no consegua desinteresarse de los bienes humanos, y a menudo una lumbre oscura de los ojos delataba su transitoria ambicin por los dulcsimos goces imposibles. En aquellas horas de codicia terrenal, vigilaba Malgor con paso de moribundo el semblante de su mujer, suponiendo que le contaba los das en espera del otro, entregada a un acecho irresistible. Un fro interior le haca temblar, su palidez se revesta de un tono gris que daba espanto, y aunque Dulce Nombre estuviese muy absorta en cuidarle, sin ninguna mala tentacin, perciba sobre el enfermo el hlito de la gran ciega como un aviso piadoso de la futura libertad, y era cierto que entonces agrandaba los ojos, olvidados en la visin luminosa de la dicha. As, frente a frente marido y mujer, solos con su irreparable inquietud, escucharon la transcendencia de cada rumor en las albas tardas del invierno, en el espacio tenebroso de las noches, y todava con mayor ansiedad cuando los hervores de la primavera estallaban silenciosos bajo el perfume del heno y de los lirios, cuando el verano hencha las venas del sol y echaba las mariposas a volar como flores enloquecidas. Y aquellas dos almas en tortura se teman sin odiarse, alejadas por el corte helado de un pensamiento, juntas en la trgica perturbacin de otear un ao y otro los senderos de la muerte... [Ilustracin] TERCERA PARTE I LA HIJA Ha vuelto a su casa la nia de Malgor. El padre la considera instruda tal como a una seora corresponde, y se enorgullece mirndola en plena posesin de un destino feliz. Es hermosa, rica, saludable, inteligente: sus alegras pasan floreciendo sobre el hogar oscurecido por un drama recndito que ella est muy lejos de comprender. Algunas veces, cuando era chiquitina, se quedaba suspensa entre sus padres, tan distanciados por la edad, y les haca esas cndidas preguntas de los nios que a menudo provocan un desolado rubor. Hoy les ve juntos con ms extraeza que antes, porque razona y entiende como una mujer. Pero nada les dice: ha puesto en la vida su mirada brillante y risuea que no quiere temblar. Tiene la muchacha un carcter enrgico, algo indmito; no ha sufrido nunca la disciplina de una severa educacin ni el peso de la contrariedad; sus antojos, de continuo satisfechos, se exacerban con las dificultades y crecen a medida que se logran: la costumbre de mandar y de exigir la inclina, en ocasiones, a las actitudes violentas, al gesto duro y la brusca determinacin. Verdad es que estos resabios de la mala crianza, puesta al servicio de una herencia impetuosa y ardiente, los atena la nia a cada paso con su expresin de inocencia y juventud, con la gracia de su melancola y el hechizo de su hermosura. As el egosta endiosamiento con que vive para s propia, con frecuente exclusin de los dems, se le ablanda en las pupilas refulgentes, llenas de curiosidades y de luz, en el encanto imperioso de las sonrisas y las palabras. Y aunque es meditativa y soadora al influjo de la raza y del pas, huye de la tristeza de sus padres como de un mal, y procura olvidarla en el sereno regocijo de su corazn. No han faltado lenguas torpes que le cuenten a Mara el noviazgo de la antigua molinera y hasta la razn de que el molino pertenezca al abuelo Martn. La aeja historia y las observaciones de la realidad, aseguran a la muchacha que su madre ha sido una vctima de la suerte, vctima voluntaria, puesto que se humill al sacrificio cuando pudo resistirse a l con todos los fueros humanos. Para la nia de Malgor no existen leyes por encima de las pasiones; ella juzga las cosas de un modo indiscutible y definitivo, divididas en dos clases: las que convienen y las que repugnan; es decir, las que se aceptan y las que se rechazan. Como no comprende la vida sin los beneficios del oro, discurre que, de seguro, la pobre molinera de antao, necesitada de escoger entre el dinero y el amor, se qued reflexivamente con el dinero; cambi el hbito miserable por la categora seoril y puso el ms firme cimiento a una existencia nueva, encaminada a las materiales ambiciones. Sintese la muchacha complacida por los bienes que disfruta como resultado de aquella lejana lucha sentimental, y slo reconoce en su madre una causa providente de que la hija est en el mundo, regalada y dichosa, arrostrando un envidiable porvenir. Pero las definiciones de Mara sobre este particular no son demasiado crueles, porque las hace a flor de pensamiento, con una niebla mentirosa en el alma, sin ahondar mucho en ninguna cavilacin. Los quince aos altivos y triunfantes le producen un deslumbramiento engaoso; todo lo percibe al travs de su tendencia dominadora, y aun se atribuye rasgos de suma generosidad. Cuando va por la calle y la miran con devocin, vuelve la cara sonriendo a la gente, como si dijera: --Vaya, os har el favor de consentir que me admiris un poco ms... Para mayor adorno suyo tiene la nia una madre bella y moza que parece una hermana, y a la que es fcil suplantar en cuanto significa dar rdenes, exigir tratamientos y revolver novedades. Es Mara la que decide ahora los menesteres decorativos de la casa, con el beneplcito del padre, muy orgulloso de tan buena disposicin. Y Dulce Nombre les deja hacer, algo intimidada y resentida, alejndose cada vez ms de la criatura, a quien tuvo en los brazos con franca adoracin. Una frialdad incomprensible las separa; se quieren y se desconocen: la madre siente el imperio de la hija como una nueva opresin, y se encuentra ms sola que nunca, perdida en desconsoladas confusiones ante el cario sagrado, que tambin se le resiste, con enemiga terquedad. Nada ms semejante en apariencia que estas dos mujeres. Vindolas juntas se distingue a la madre porque tiene la estatura ms elevada, el color ms plido y moreno, ms honda la brasa de las pupilas y los labios ms curvos. De cerca, su caliente madurez contrasta con la fragilidad de Mara; pero si hablan vuelven a ser iguales, de tal modo, que oye la una en la otra el rechazo de su propia voz. Estn unidas por la carne y la belleza, apartadas por un obstculo sombro; se miran a la entraa de los ojos sin estremecerse bajo la raz cordial del sentimiento, y Dulce Nombre piensa, conturbada, que un hijo de la sangre puede convertirse en un intruso cuando no le ha concebido tambin el corazn... [Ilustracin] II EL RETRATO Desde que la nia ha salido del colegio manifiesta el padre ms depurada y continua la virtud de la conformidad, aunque devora con ms pesadumbre todas las amarguras del remordimiento. Porque en la muchacha alegre y victoriosa vive la imagen de aquella otra nia que l arrastr al matrimonio con inquebrantable resolucin llena de egosmos. En aquel tiempo Dulce Nombre era corporalmente igual que esta colegiala moderna. As tuvo de lmpidos los ojos, que no saben olvidar el llanto de aquellos das! Nunca ri con toda la boca, no puso toda el alma feliz en un cantar, ni el inters en un capricho, ni la satisfaccin en un goce. Habit silenciosa y triste en la casa opulenta como si no fuera suya, prestando el odo a los rumores distintos, clavando la mirada en los rostros invisibles; dijo frases benignas, estimulada por la caridad, y di al marido el calor de su pecho juvenil que arda con la esperanza de otro amor... En ciertas horas demasiado turbias, sufri con el espritu martirizado y negro: era inocente y senta la conciencia nublada por el dolor y el pecado. Hoy la hija repite aquel aspecto infantil y gracioso de la madre, con idntica hermosura, con los mismos aos, pero en la plenitud de la ilusin, entre risas y promesas; domina y triunfa, es duea de su casa y de su libertad: pone los ojos sin lgrimas en todos los anhelos. Y las compara Malgor, arrepentido, medroso, temiendo purgar en la nia nueva el tormento de la nia desgraciada, volvindose hacia su mujer con el nimo penitente y el labio trmulo, ansioso de premiarla en desagravios y recompensas interminables. Pero la ve tan moza, la supone tan cercana al desquite soado, que se retrae dolido y mudo, encadenado a su despecho. Aunque languidece bajo un cansancio espantoso de la carne marchita, los deseos retoan en l con misteriosa fuerza primaveral. Y huye de Dulce Nombre disimuladamente, buscando a la nia como un lenitivo y un refugio que no siempre consigue. Porque Mara se aburre en su casa, y despus que dispone en ella alguna innovacin o la alborota con el revuelo de sus inquietudes, se marcha de visita por el valle, donde cada vecino la recibe con agasajo, y los mozos de fuste la rondan con admiracin. Ya sabe la colegiala coquetear y elegir con la fantasa el hombre presentido, uno que no ha llegado: ese que debe aparecer de un momento a otro... y siempre tarda. Durante sus paseos incansables por el campo le gusta mucho a Mara detenerse en la torre de Luzmela, escudriar la casa del padrino en los escondites ms curiosos y tener con el hidalgo un poco de conversacin. La seduce aquel hombre retrado y zahareo que vaga por sus jardines lo mismo que una sombra y ocupa la torre como un asceta. Hace un mes que regres de Madrid, donde estuvo dos aos sin decidirse a ir ms lejos. Viene muy arisco, pero el mal incurable de su misantropa interesa a cuantas mujeres le conocen y enamora a las que le celan con alguna esperanza. Un halo de romanticismo sublima la figura de Nicols, a quien su amor frentico y silencioso empuja a la Montaa. No olvida que los mdicos sealaron un plazo eventual a la vida de Malgor y acude, a pesar suyo, como las _ntiguas_, oteando la muerte. Y ha encontrado a su amigo en la misma actitud de espera y de zozobra, algo ms viejo y cobarde, ms desguarnecidas las sienes, ms apagado el acento; ha visto a Dulce Nombre con nueva sazn en la hermosura; ha escuchado, tembloroso, aquella palabra lenta y acariciadora que le recrimina: --Te marchaste sin decirme adis y no me has escrito en dos aos: ya no me quieres! Unas disculpas azoradas y torpes, una visita casi ceremoniosa, y Hornedo se ha escondido en su rincn, desesperado y adusto. All le suele buscar Mara, golosa de la rareza del solitario, atrada a la torre por la anchura resonante de las estancias, por la solemnidad de los muebles, por el aire pesaroso del tiempo detenido como en un remanso; la chiquilla es una mariposa que se embriaga y aturde cuando llega hasta el padrino al travs de corredores y gabinetes. Porque no ha tomado el gusto a la casa desde pequea, ni la ha descubierto y sentido con las primitivas imgenes de la niez como Dulce Nombre, sino que, extraa a este cario del solar viejo, irrumpe entre las cosas del pasado con una sorpresa fascinante, ms bien antojo, no exento de cierta impresin temerosa. Hay en el palacio de Nicols una mescolanza de lujo antiguo y de trastos intiles, conservados por desidia; aposentos vacos, con el solado crujiente, que no atraviesa la colegiala sin correr; ostugos donde en ocasiones encuentra el ama de llaves, sin saberlo, un trozo de madera con embutidos de ncar y marfil; un herraje valioso; una estofa deshilachada que ha valido un dineral. Los salones mejor compuestos son ridos, hostiles, fros aunque los bae el sol; algunos constituyen la torre, y en aquella parte de la casa habita Nicols, que ahora mismo recibe a Mara y la escucha cerrando los ojos. --No quieres mirarme? --S, mujer; es que has abierto el balcn y me estorba la luz. --Pues le vuelvo a cerrar. Dirigise hacia el fulgor dorado y rico de la solana, recibindole con intrepidez en el oro claro de las pupilas, mientras el hidalgo continuaba adormeciendo las suyas. Entorn las puertas, y por la nica rendija libre al soplo clido y ligero de la tarde, entr un haz de chispas animadas. La nia de Malgor sigue hablando, sentada otra vez en su escail; refiere historias pueriles del colegio y de la ciudad, noticias aldeanas que le han dado en el molino. Tiene un gracejo delicioso, una suave presuncin en cuanto dice y en la manera de expresarlo. Pero Nicols no atiende a las palabras sino al acento; le percibe absorto y le confunde con el de la otra ahijada. Es la misma voz, con iguales insinuaciones tnicas, un mtodo inconsciente que abre y cierra las clusulas en ntima sonoridad. Y, hambriento de engaarse, el enamorado se quiere sustraer a la hora presente y vivir la hora lejana; procura hallar en la nia de hoy a la de ayer, compaera inocente convertida en amor irremediable. Entretanto Mara se cansa de hablar sola: --Qu, no me contestas?--dice. Hornedo vuelve, con trabajo, de la consoladora ensoacin. --Ah, s...! Te contesto lo que t quieras. --Vaya! No me haces caso: me voy. l la detiene, extremoso, rendido: --Si te escucho con embeleso! Aunque la muchacha no comprende el sentido fervoroso de la protesta, nota su desconocida dulzura, y posa de nuevo en el banquillo: --Pues cuntame lo que has hecho en Madrid. Habla Nicols maquinalmente, slo por ver cerca de s aquel retrato vivo de la amada, que le fatiga el corazn. Quiere a la nia con morbosa ternura. Cuando la mira directamente le hace dao verla, un dao traducido en doloroso rencor, en odio a la dicha que tuvo el hombre rival. Pero si la contempla al travs de los deseos, bajo la sombra de las evocaciones, descubre a la criatura siempre adorada, y revive el calvario de su pasin entre las nieblas del encanto y del martirio, con un trastorno que le enloquece y abate. De estas escapadas a la quimera retorna Hornedo hasta la realidad ms enamorado cada da; para l Dulce Nombre contina siendo la mujer incomparable, con todos los prestigios de la belleza y el candor, con la aureola del sufrimiento y la honradez, y an con las gracias de la maternidad y el hechizo supremo de lo imposible... Podra elegir una esposa entre damas de alcurnia, y se da cuenta del misterioso cautiverio que padece; supone que el atavismo familiar, la infusin de sangre plebeya en sus antecesores, le obliga al culto de la moza ruda y selvtica lo mismo que el pas, recia en el amor y en el deber, subyugada a la tribulacin como la inolvidable _nia de Luzmela_. Y siente que se cumplen en l los augurios de un destino dramtico, con desgarradora fatalidad: es el heredero de una culpa, de una desgracia, de una pasin... --No sabes--dice Mara cuando se distrae Nicols--que me pretende tu sobrino, el hijo de Esquivel? --El mayor? --S... Qu te parece? --Muy bien. Y a ti? --Me gusta poco... No es mi tipo. El hidalgo sonre a la petulancia de la chiquilla, tan diferente a la sencillez de su madre, y, por no malograr la confidencia, pronuncia: --Mariano es buen mozo y lleva muy adelantada su carrera de mdico. --Ya, ya, pero... no es mi tipo. --Y tu tipo, cul es? --Qu s yo...! Es otro: el de un hombre que sepa ms del mundo, que no sea estudiante y que haya corrido muchas aventuras. Los ojos visionarios de Mara resplandecen de curiosidad. Est esperando al viajero que llegue con el polvo de las lontananzas, cabalgando en la bruma del porvenir. Y como si ya tardara en recibirle, se levanta nerviosa; presenta la frente al padrino, y sale cruzando la casa con el rumor ligero y menudo de sus tacones. [Ilustracin] III FRATERNIDAD Cansado Gil de las asperezas del monte, ha venido a ser criado de Nicols, hortelano y ganadero ms que sirviente fino de la casa. Permanece soltero el pastor, acaso porque no hubo en la vega una mujer resignada al yugo del matrimonio y a la separacin del marido, capaz de vivir triste y pobre frente a la montaa que le roba al compaero. Y cuando el montas ha bajado de las cumbres, piensa que es un poco tarde para buscar novia; est receloso y torpe, no atinara con las blanduras del cortejo y los cuidados de la eleccin. --Me quedar as--grue con pereza, contemplando la vida desde lejos, como si an remontase las alturas de la serrana, a una distancia forzosa del hogar y del amor. Pero hay un descontento en el alma de este hombre, una melancola que no le impide cantar a los sones del clsico rabel, durante las fiestas aldeanas, ni repetir en las tertulias de invierno, con rostro divertido, los romances pastoriles de envejecida memoria. La desazn de Gil, oscura, no muy sensible ni punzante, viene originada de un entusiasmo fiel y humilde por Dulce Nombre, aunque el mozo ignor siempre que no acertaba a sustituir por otra la imagen de la nia de Rostro. Y aquella devocin, apenas consentida por quien la profesa, devorada al travs de la juventud, persiste an, como el perfume de una rosa que se ha llevado el aire: es el astro ya muerto, cuyo resplandor alumbra todava. Nada de esto conoce definitivamente el criado de Nicols; pero tal vez, con ayuda del propio sentimiento, lo adivina el seor y sorprende la esencia y la luz del sosegado cario, que era un da el sueo ms hermoso de Gil, el cual sabe muy bien cmo el padrino adora a su ahijada y cunto sufre porque no es dichosa, arrepentido de haberle facilitado el casamiento. No comprende qu clase de adoracin es la del hidalgo y la juzga honda y paternal, no por eso menos viva que otra cualquiera. A Hornedo se le escapan a menudo frases crueles contra Malgor porque vive demasiado, para sacrificio de su esposa; y censuras contra Martn que no repara en los sinsabores de su hija. Y el pastor va recogiendo estas lstimas, las comenta y las glosa con indefinible semblante. --Yo cre que ella se haba acostumbrado al marido. --Nadie se acostumbra con gusto a lo que no ama. --Pens que a fuerza de tiempo... --Es peor. --Como tienen una chiquilla... --No es bastante. --La pobre se acordar del otro... le quera tanto...! No se me puede olvidar la cara que puso una noche en el molino cuando le dijeron que se marchaba. --S; se acuerda de l!--murmura Nicols con acerbo tono. As, entre amo y servidor, el culto a la muchacha es un lazo secreto, un motivo de fraternidad que nunca se deslinda: la mezclan en sus conversaciones sin nombrarla, aludindola de un modo tcito, indudable, y la sienten al lado suyo cuando estn callados y solos en la intimidad hospitalaria de la casona. Esto suceda muchas veces antes del viaje del seor y se repite ahora mientras Gil hace abarcas en el portal y Rosaura se oscurece en las honduras de la torre. El abarquero pule su tronco a horcajadas en el banquillo y Nicols se detiene junto a l cuando regresa del jardn, mediada la tarde calurosa y florida. Se abre el porche montas en la fachada principal, bajo el carasol ancho y tendido, con alero de gola y canalones ruidosos. La arcada, de dos curvas magnficas sobre un recio pilar, sirve a Gil de taller, en uno de sus extremos salpicado con el ripio. All azuela y taladra el pastor si no tiene ocupaciones ms importantes; la madera es del amo, las abarcas de quien las necesite, el importe de las mismas pertenece al obrero sin que nadie se lo dispute, que al amor de los buenos linajes es donde suele adquirir ms privilegios el seoro del trabajo. A la vera del picadero hay un silln desvencijado, amplio y noble, que sostiene bien a Nicols cuando gasta un rato de palique al son del taladro y de la legra. Teme el caballero que sus concesiones democrticas respondan nicamente a la levadura mezquina del instinto, y se deja llevar, con pesadumbre, de una virtud libre y generosa, como si obedeciese a un maleficio. En cada labrantn de Luzmela ve un pariente abandonado, un heredero posible de la torre, y a cuantos coloca cerca de l la casualidad, los trata con suma condescendencia, dentro de su extrao carcter, como a ste, a quien llaman todava el pastor. Juntos estn, silenciosos y pensativos, cuando se abre la portalada y aparece en el umbral Encarnacin la de Cintul, ligera y radiante, con una carta en la mano. --Vengo a decirle al seorito que ya sali Manuel de la Habana, segn lo que aqu me explica, y debe estar si toca o llega el barco que le trae. Gil da un respingo y se queda mirando al seor, que recoge la carta, forzosamente, la desdobla y la mira bajo la torsin violenta de los pensamientos, sin leer ni razonar. --Ya lo sabe Dulce Nombre--pronuncia muy despreocupada la madre feliz--; estaba ahora en el molino y se lo cont... Quedse ms blanca...! Pobretuca...! Se desazona para que no se entere don Ignacio, pero digo yo que siendo socios all entre s, le habr escrito dndole la noticia. Y de qu vale el secreto si cuando llegue Manuel le ha de visitar...? No le parece, seorito? --S, claro; es intil--balbuce Hornedo, atormentando la carta, que al fin devuelve a su duea. --Ay, Dios mo, quin lo haba de decir...! Mire que volver el mozo hecho un seor, con posibles y salud, y no _encontrarla_ viuda todava! --Mujer! --Yo deseo que la haga venturosa porque se lo debe todo, todo; si no es por ella nunca hubiese encontrado medios para llegar a rico. --Se lo debe a Malgor. --Por causa de ella... --Y de l. --Bueno, s; pero un individuo tan enfermo qu hace en el mundo? --Vivir. --Desengese, don Nicols, que usted mismo habr pensado ms de cuatro veces en lo mucho que se consume la esposa de un tsico viejo, cuando ella es joven... y la estn esperando. --Hoy la quieres porque es rica; nia y enamorada la despreciaste... --La quiero porque me hizo un gran bien y se lo debo pagar... La quiero porque la hice sufrir... Encarnacin reblandece su acento con unas lgrimas que pudieran convertirse en sollozos. --Ay!--alude siempre lastimosa--. Procura la infeliz que su marido no se altere; dice que le hara dao esa impresin... --Es la verdad. --Pues de algo nos tenemos que morir! --Cuando Dios quiera... --Si esto le mata... ser porque lo quiere Dios! Las palabras de la madre se han vuelto a endurecer. No le gusta que la contradigan. Y se despide con acritud al travs del corral, desplegando la carta como una bandera victoriosa. Sigue inmvil el barreno de Gil. Nicols hunde el bastn en la doladura de las abarcas; tose, muy agitado; est palidsimo y se le acentan las estras morenas de la piel. Tambin se acenta el color anglico de las nubes por encima de las montaas. La bveda suprema luce una santidad mstica y azul, evocadora: desde el porche no se ve ms paisaje que el de las cumbres y el cielo. El pastor suspira, toma la azuela y la clava, sauda, en el tronco de nogal. El hidalgo se pone de pie, afirma en el suelo la cachava y dice sombramente, con la voz un poco temblorosa: --Voy a dar una vuelta por ah... [Ilustracin] IV RENUNCIAMIENTO Sale irresoluto, con la necesidad imperiosa de moverse y desgastar su inquietud en un violento ejercicio. Y en cuanto abre la puerta blasonada del cortil, siente la caricia tnica del bosque, embravecido al acoso de la nueva vegetacin. Con el sombrero en la mano, el rostro descolorido y mudable, se deja Nicols prender en la maraa de la ruta. Anda muy de prisa y se detiene luego. Le parece que hay en la sombra un temblor misterioso. Por los claros del ramaje entra el sol aterciopelando los musgos, poniendo en el csped unas medallas de estremecida claridad. El hidalgo escucha como si temiese una asechanza o una persecucin, y no oye ms que esos rumores peculiares de la selva; zumbido de alas, susurro de hojas, derrame de simientes y de ptalos: el roce de la maravilla en los odos humanos. Se presienten las lontananzas al otro lado del bosque, libres del secreto de los rboles y de la espesura de los toldos; pero Nicols prefiere la reserva de estas entraas donde todo es abismo, como en su corazn. Tiene aqu la vida un sordo murmullo apasionado, muy conforme al espritu en tortura del caminante. Viene el silencio de afuera con la serenidad de la serrana y el calor de los horizontes: la tarde en el campo est callada bajo el inexorable azul. Y el eterno dilogo de los seres y las cosas se refugia en el ansar irruptor, lleno de voces arcanas y sensibles. Hay una ms fuerte y distinta, que se levanta sin descanso: la del Salia, desfallecido en el estiaje, pero siempre molinero y espumoso en el bosque de Luzmela. Esta voz, permanente y honda, gravita sobre el hidalgo y le lleva hacia la frescura cercana del ro, por el hilo frgil de los senderos. Ya no se puede sustraer al hallazgo de la corriente; sube por la orilla mazorral, palpitante y ligero como las aguas, abrindose paso con el bastn; se hunde en la maleza salvaje, se punza con los abietes, sin perder el rumbo ni moderar la marcha. El ro le saluda y recibe en cada meloda, rpido y voluble, siempre nuevo y extrao, recogiendo toda la gracia y la expresin de la tarde. Y el hombre siente aquella vida agitada en sus venas como una misteriosa trasfusin de eternidad. De pronto el Salia ahonda su lecho en la resonante zubia del molino, sobre una lera de matorrales, que saca del bosque uno de sus costados para extender la finca de Martn. Pasa el ro debajo de la acea, toca el huerto y las braas sativas, hoy tendidas de sbanas de flores, y se vuelve a meter entre los rboles a lo largo de la hoz. Hornedo se detiene con la selva, indeciso, como si le amedrentaran la anchura y la luz, y despus de un instante de vacilacin, sigue el vero del cauce hasta la presa, rozando las ventanas del edificio. Desde una, abierta y solitaria hace un momento, le llama Dulce Nombre. Y ha sonado su voz muy ansiosa bajo el claro estrpito de los saetines. --Adnde vas? El padrino levanta la cabeza vivamente, y responde, esforzndose en aparecer sereno: --Iba... paseando. --No entras? --Si t quieres... La muchacha no descubre la insinuacin inevitable de aquella actitud. Est preocupadsima. Reflexiona un poco y decide: --No: aguarda: voy a salir. Se asoma a la puerta despidindose de Camila con una urgente recomendacin, y no saluda a Nicols, se acerca a l como si acabara de hablarle y de verle mediante la franqueza de los tiempos dichosos: como si no hiciera muchos aos que vivan distantes y afligidos por una desconfianza irreductible. Ahora, de repente, sin que ella misma lo sepa, vuelve a ser la rapaza de antes, segura del buen amigo. Se le apoya en el brazo con abandono filial, y le pregunta: --Viste a Encarnacin la de Cintul? Al hidalgo le sobrecoge un gran estremecimiento. Trae la mujer consigo como una fragancia propia el olor suave y caliente de la molienda, tiene el incentivo y la sensualidad de una fruta, viene temblando de esperanza y de anhelo, empujada por el vendaval de su pasin. Y se le aproxima ciegamente, le clava las saetas de los ojos, le sacude, y repite: --La has visto? --S. --Te ense la carta? --S. --Y qu dices? --Qu voy a decir? --Me tienes que ayudar. --A qu? --A portarme como debo. --Eso, t... --Ah...! me huyes otra vez? --Nia...! Llevan el mismo derrotero que trajo Nicols, sin que l lo note. La muchacha le conduce a la selva porque es su camino acostumbrado; pero no busca la trocha brbara junto al ro, sino que se dirige a los senderos ms dciles y frecuentados por la gente, duros tambin, henchidos con el crecimiento lujurioso de las plantas. Y van despacio sobre la campia ardiente que da entrada al molino. Desde la puerta de Martn les mira Alfonsa la de Paresa, prsbita y curiosa, muy vencida por los achaques de la edad. En las ventanas se agrupan otras mujeres atisbando a la pareja, ensordecidas por la bataola del trabajo: han sorprendido el gozo y la carta de Encarnacin, como la palidez repentina de Dulce Nombre, y les aturde el soplo del adivinado secreto. --No s nada--responde Camila a las indiscretas consultas, sin que en realidad se haya enterado de lo que sucede. All fuera los que suscitan estos comentarios se paran en la linde de los rboles. Dulce Nombre ya no gua al padrino ni se estrecha contra l. Sofocada, ceuda, le hunde siempre en el rostro las lanzas de las pupilas, y repite, briosa, la ltima palabra que Nicols haba pronunciado en son de protesta: --Nia...? No soy una nia; soy una mujer, muy infeliz, sola en el mundo: contaba con tu apoyo... y me le niegas! --No ests sola: tienes padre. --Un hombre que me vende, que ni me acompaa ni me ayuda? --Tienes marido. --El que me disteis! --Y una hija. --Tampoco! --Eh? --Tengo un amor que me vuelve loca: eso es lo nico firme y seguro de mi vida... Nadie me lo ha impuesto; ha venido l de todas partes... no s por dnde... Sealaba la moza ampliamente a los confines, con gesto iluminado, como si abarcase en su ademn toda la mies engrandecida por los frutos; los montes solemnes, azules, sagrativos, y la tierra abrasada de los cielos. --Tena--dijo despus con torvo reproche--una amistad: la tuya... Me la has quitado y estoy sola con el amor, sola y desesperada. Ech a andar por el bosque sollozando. --Si te basta ese amor, de qu te quejas...? Yo no tengo ninguno!--murmur Nicols tan dolorido que la muchacha se volvi a mirarle. Ya les tomaba la penumbra del arbolado, olorosa y movible. Toda la selva, pujante, sacudida como un inmenso corazn iba hacia ellos acogedora y fraternal. Y aquella frescura, aquel abrazo recibido bajo el peso del sol, les produjo un inesperado consuelo. El vestido claro de Dulce Nombre, las caras descoloridas, recogieron la luz verde y serena del paraje. Andaban los dos amigos con lentitud uno al lado del otro. --No me basta el amor--pronuncia Dulce Nombre compasiva y humilde--puesto que necesito la amistad. Por qu no me tratas como antes, cuando no podas vivir sin m? --Ni puedo ahora!--dice el hidalgo con lgubre tristeza. Dulce Nombre, enternecida, avisada por un presentimiento insondable, robustece de nuevo su fe en el padrino. --Mira--le dice--no hablemos nunca ms de nosotros. Nos queremos como siempre, verdad? T me enseas y me ries lo mismo que si an fuera chiquitina... Oye, por Dios, atiende: Qu hago al llegar Manuel Jess? Quiero ser buena; que nadie sufra por m; que t prepares a Malgor para que la noticia no le perjudique... lo hars? --Pero, mujer! --S; lo haces; y me aconsejas, me sostienes en esta horrible lucha que no se acaba... Ya ves: todos los plazos se cumplen... menos el mo. --Cul?--pregunta Hornedo estremecindose. --El mo!--repite ella; la voz, encruelecida, se le queda sbitamente rota. Y despus de un silencio penoso, exclama--: Ni quiero que se cumpla!... No, yo no deseo nada malo... Parece que habla consigo misma, frente a su conciencia, rechazando la daosa tentacin. Nicols no la interrumpe. Acaso las palabras que pudiera decir se le ahogan en el sufrimiento. Asiste como nico testigo a los combates de aquella mujer, impulsiva y cndida, sin defensa contra su pasin. El abandono en que la ve le estimula a socorrerla por encima de los celos, con olvido de la propia desdicha: no es posible que deje a la amada sola en la pendiente, al borde de las malas ocasiones. La recuerda nia y curiosa, asomada con l a los misterios del espritu, llevada por su mano varonil al travs de los campos, en traza de exploradores los dos, sorprendiendo los ruidos inefables, hora por hora, desde el alba a la estrella, en los giles caminos del monte y en las sendas entraables de la mies. As aprendi la criatura a vivir alerta y sensible, escuchando la inquietud apasionada de las hojas en el bosque; la dilatacin de las races en la tierra; el estallido de los capullos en el rosal. Se hizo clarividente; reson como un arpa en las manos campesinas del solariego, para que todas sus percepciones y su avidez se convirtieran en un amor hondo y triste lo mismo que la gleba secular: el maestro no supo abrir a su discpula otro rumbo tramontano y redentor. Y hoy la sigue como un culpable de aquel delito, clavado con ella en una misma cruz. La quiere salvar y pide a este buen propsito el mayor esfuerzo de su vida: porque si l la defiende honrada y pura, ser para que la despose Manuel Jess en cuanto a Malgor le baste con un lecho de tierra. Ya est Dulce Nombre a la orilla de su casa. Con un sacrificio heroico de que se crea incapaz le promete Hornedo cuanto ella suplica. --S; maana vendr a visitar a tu marido y a decirle con precauciones que llega ese muchacho. --Y cuando se presente, estars aqu. --Estar. --Dios te lo pague. Le tiende las dos manos, efusiva y l corresponde lo mejor que puede al saludo. --Adis. --Hasta maana. Como en otra ocasin inolvidable la ve Nicols hundirse en la arboleda y permanece all extasiado, envuelto en el perfume que sale del jardn. Pero hoy no le desatinan el despecho y la venganza; su pena adquiere un matiz sabroso de ternura, y se honra con el orgullo consolador de las altas acciones; ha dominado el miserable instinto: encima del Amor ha puesto el Bien. Siente impulsos de rezar, miedo de no seguir con bastante arrogancia el abnegado camino. En la solemnidad religiosa de la tarde, caen unas horas como gotas cristalinas desde la copa metlica del campanario. Las recibe Hornedo en son de aviso: hay que llevar las pesadumbres adelante, como Dios manda. Y mira de frente la senda extendida a la torre: hacia el renunciamiento y la soledad. V ALBA DE LUNA Pleno mes de agosto; noche veraniega y radiante que parece moruna. Goza Cantabria los mejores das de su belleza, en que se lucen todos los prodigios de que son capaces aunados el calor y la humedad. Y esta plenitud de gracias tiene en el cielo un manto de centellas por donde sube la luna a desatar la sombra cuando se ha puesto el sol. Dulce Nombre acompaa a su esposo en el jardn, arrepentida de haberle dejado por la tarde mientras estuvo en el molino. Precisamente hoy la busca l con obstinada cautela, y la vigila de un modo tenaz; jurara que le ha visto los ojos ms impacientes que nunca, la expresin ms enervada y peligrosa. Hasta llega a decirla, suponiendo que esconde su cuidado: --Qu te sucede? --A m...? Nada... Qu me va a suceder? --Tem que estuvieras inquieta... esperando alguna cosa. --No, no. Quedan mudos y tristes, envueltos en la mutua desconfianza. l pone los ojos all arriba donde mueren los astros que nadie sabe cundo han nacido. Piensa con incertidumbre en la eternidad, como en algo inseguro, y nota que se miran, temblando, las estrellas: acaso tienen miedo de caerse, de apagarse, de extinguirse... Dulce Nombre las contempla a su vez soltando el vuelo de la imaginacin de unas a otras, como si pretendiera as llegar muy lejos, detenerse encima de un barco, descubrir un horizonte sobre el mar. Cuando fu al puerto a recoger a la nia hall crecidas la marea y la luna, soberbio y espumoso el oleaje; la galerna fermentaba sus cleras y un inmenso quejido recorra el Cantbrico. Anduvo la joven por la playa recelando de las olas y las nubes, castigado el rostro con el viento amenazador que retoza en las arenas. Ya se deca en el valle que estaba Manuel Jess a punto de regresar, y Dulce Nombre se volvi a su casa bajo la excitacin de un nuevo suplicio, desconfiando tambin de los temporales. Muchos das se agit alcanzada por toda suerte de preocupaciones; pero no aconteci el arribo que tanto la sobresaltaba, ni el tiempo borrascoso realiz sus anuncios. Y apenas la moza consegua un respiro en tales ansias, la iba a sorprender Encarnacin con la noticia indudable, comunicada a veces entre el ruido encubridor de la acea, con un secreto lleno de mmica y de claridad: la carta en la mano, la alegra y el orgullo en el semblante; la mirada y la sonrisa escapndose por el saln, reveladoras y enigmticas a la vez. Ahora Dulce Nombre sabe de cierto que el amado viene; acaso ya descubre la ribera a la luz de esta luna cismontana, aparecida en el valle amorosamente, como un regalo nupcial. Y le espera en la orilla una marejada apacible, jubiloso el despilfarro de las olas, convertido el sable rubio en un tapiz de honor. Se amortiguan como en un ensueo las tribulaciones de la moza: ya no desconfa del mar, aquel vecino indmito y gigante a quien oye a menudo rugir; todo es bonanza bajo la fantasa que en el viajero aguarda al novio, y en la luna recibe una joya de esponsales. Pero este encanto se rompe de improviso. Una voz fuerte y varonil, algo maligna y alterada, quiebra el silencio: _Es amor en la ausencia como la sombra, que cuanto ms se aleja ms cuerpo toma; amor es aire que apaga el fuego chico y aviva el grande._ El cantar, expresivo y certero, rasga el espacio igual que una saeta. Dulce Nombre se estremece como si despertara de un sueo esplendoroso, y ve a su marido acechndola, lvido y callado. Ella adivina en el cantor al antiguo rabadn, el habitante de la sierra vestido de zahones, camarada rudo y fiel de los tiempos alegres, un poco enamorado de la nia de Rostro. La constancia de aquella adhesin, que aun vive y se duele de las coplas nocturnas, incita a la muchacha a meditar sobre el presentimiento que por la tarde tuvo, sugerente y extrao, indeciso igual que un fantasma. Nicols Hornedo la haba querido siempre como un padre o como un hermano? Ella, tan perspicaz y conocedora en medio de su sencillez, nunca sospech de aquel hondo cario. No obstante, hoy se le ofrece la duda con insistencia, alumbrada por multitud de recuerdos y comprobaciones. Todas las veleidades del padrino con la ahijada a partir del casamiento, obtenan una explicacin rotunda a la claridad repentina de la sospecha. Y a Dulce Nombre le penetraba en el espritu cada memoria con punzante lucidez llena de admiracin. Senta una lstima aguda y tierna por el amigo triste, por el hombre solitario y doloroso. Otra cancin de Gil, ms distante, desvada en la sombra, punza en la sensibilidad de la mujer: la noche entera le habla de amor y se cie a su carne ardorosamente como una inmensa caricia. Entretanto el esposo enfermo ha recogido la copla intencionada y la rumia con desesperacin, lastimado por el hechizo de esta hora bella y dulce, tan propicia a la felicidad. Est el parque hecho de un pedazo del bosque: su brava tierra de ansar y de lern florece a las orillas de los rboles, cultivada con blanduras de jardn. Se desle en el suelo la sangre de las rosas que languidecen, mareadas por su propio perfume: llega del ro un suave murmullo; tiembla en el viento el alma vegetal de las plantas; un hlito de vida estalla silencioso a cada instante. Malgor piensa con terrible congoja en la cava profunda del sepulcro hasta donde no alcanzan los veranos. Y se levanta de la silla, plido y siniestro, para dirigirse a su casa. --Te quieres acostar?--le pregunta su mujer con distrada solicitud. Nada responde, como si ya tuviera la boca sellada con un puado de arcilla. [Ilustracin] VI EL PAPEL AZUL Entre la servidumbre del indiano ocupa Tomasa un caritativo lugar, acogida por Dulce Nombre con ms benevolencia que afecto. No se ha casado la antigua vecera del molino porque nunca hall un novio, y sigue viviendo enclenque, precaria de salud y de fortuna. Como no es agradecida se complace en espiar a su protectora, augurando los dolores que padece y las esperanzas que no consigue. Se alimenta del mal ajeno, goza con que otros sufran, sobre todo si la vctima es una mujer lozana y bella como la de Malgor. Esta noche ha sorprendido el aire extrao de los esposos, y mientras ellos se recluyen en su alcoba abierta al jardn, se desliza la intrigante como una alimaa en las habitaciones de abajo, prximas a la cuadra y al corral, para desde all recoger el soplo de los caminos escuchando a la gente que va por la carretera. Al caer la tarde ya se supo en el pueblo que Encarnacin haba llegado al molino con mucha prisa, portadora de una carta cuya secreta lectura conmovi a Dulce Nombre de un modo extraordinario. Otros detalles se aadan y se relacionaban con el anunciado viaje de Manuel Jess. Ahora Tomasuca intenta saber ms: asocia aquellos rumores con la turbacin que ha notado en los dueos de la casa, y pone atento el odo a lo que se diga en el establo o en el cortil, a las frases nuevas que lleguen con el oreo de la noche. Y no tarda en satisfacer la curiosidad, como si al conjuro de su perverso instinto se movieran en la sombra las voluntades para servirla. Es la propia Encarnacin la que aparece en el camino real, y se acerca a la casa muy despacio: lleva sin duda un oculto propsito. --Chis... oye...! Queras alguna cosa? --Acertaste. --Pues aqu me tienes--dice Tomasa desde un antepecho al nivel del portal. --No es el mensaje para ti. --Lo supongo. --Entonces? --Se le dar al ama. --Deseo hablar con ella. --Es imposible: el seor est hoy ms adusto que un juez, y al subir del parque los dos, se han cerrado muy serios en su dormitorio. Encarnacin sonre con sabidura maliciosa: --Vaya, a ese le pican los celos! --Sabr que viene tu hijo. --No lo digo por tanto... Quin se acuerda ya de aquellos amores?--soslaya la madre con raro disimulo. --Se acuerda la interesada. --Qu sabes t? --Se lo conozco. Leo en el giro de las aves y no voy a entender a las mujeres? --S que eres sutil! --No te burles; de sobra comprendes la verdad. --De qu? --De esa aficin. --Ni que fuera bruja! --Y te entiendes con la enamorada--pronuncia la chismosa, implacable, sin ofenderse por el retintn de las alusiones. Le reluce el tono claro y fro de las pupilas, que adquieren una dureza de metal: el alma torva ensea el plido color de su envidia--. Hay hombres--aade acerbamente--que no se cansan nunca de querer. Viendo el trastorno maligno de Tomasa olvida la de Cintul su inusitada prudencia. Conoce que no debe fiarse de aquella mujer, pero la quiere castigar aumentando el ruin despecho que la consume, y responde: --Uno de esos que dices es Manuel. --Y es cierto que viene? --Ha venido. --Cmo...? De veras? --Ha desembarcado en Torremar. --Cundo? --Esta tarde; maana estar aqu. --Tan pronto?--murmura la envidiosa, temiendo que se realicen los anhelos de Dulce Nombre. --Pronto...? Diez y seis aos lleva en Cuba... _sin cansarse de querer_--subraya Encarnacin. --Ese recado traas para ella? --Ese mismo. --Se le dar... Cunto se va a alegrar! La de Cintul vacila un momento; la idea del gozo que puede transmitir la enternece. --Mira--decide--no le hables de ello, que tal vez no le guste; sino que a solas, sin que nadie lo vea, le das este telegrama--y toma de su bolsillo un papel azul, con mucha solemnidad. Tomasa desaparece muda y presurosa, empuando la misiva como un arma siniestra, en tanto que la madre del viajero emprende la retirada un poco descontenta de su resolucin. Instantes despus una mano febril llama en la alcoba matrimonial. Abre la puerta Dulce Nombre y ve a su criada sonriendo con perfidia. --Qu quieres? --Este parte ha trado Encarnacin la de Ayuso. --Para m?--dice temblando la joven. --Naturalmente...! Es la noticia de que ha desembarcado Manuel y maana viene a Cintul. En vano Dulce Nombre intenta apagar aquellas frases dichas con una voz alta y dura. Ya estn clavadas en Malgor, que se yergue sobre el canap donde reposaba y estira el brazo maquinalmente, con un movimiento ansioso y defensivo, como si quisiera cerciorarse del anuncio y detenerle sin recibir su dao. --Trae!--balbuce. Su mujer se interpone entre la mano descolorida y el malvolo impulso de la sirviente; pero sta consigue entregar el telegrama. Entonces, bruscamente, sufre el indiano la presin terrible en el pecho, la repentina violencia de su grave enfermedad. Se le demuda el semblante de una manera angustiosa; entre los dedos flojos se desprende el papelillo azul y cae a los pies de Dulce Nombre. Ella se inclina consternada sobre el enfermo, recibe en los ojos el brillo opaco de unas pupilas que se hunden en la oscuridad, y le llama afanosa; no quiere que perezca as, empujado por una mala intencin, padeciendo la ltima desconfianza. --Ignacio, Ignacio, escucha... atiende...! Hace el moribundo un gesto espantoso, asoma entre los labios una hirviente espuma de color de rosa y queda rgido, inmvil. --Est muerto!--grue Tomasa con aspereza que no descubre ni un tomo de caridad. Se propuso nicamente hacerle sufrir, aventarle los celos y las dudas para que descargara su enojo en la esposa. Y el muy estpido la dejaba libre cuando la vena a buscar el amor, cuando ya poda ser a un tiempo honrada y feliz; aquel hombre la haba jugado una mala partida a su humilde servidora! Mirle con desdn, y extendi su despreciativa injuria a Dulce Nombre, que permaneca quieta, amarilla como un cirio, sin alcanzar toda la magnitud de las crudas palabras: est muerto! Mas, de sbito, se incorpor cautelosa, enconada por los ojos crueles de la vbora; fuese hacia ella, dominndola con el bro y la estatura, y la oblig a salir del aposento: --Vete, infame...! Sal ahora mismo de esta casa... fuera de aqu! La dej evadirse, escondida en la penumbra de los corredores. Cerr la puerta, acercse al cadver y le puso en la frente un beso lento y dulce, el nico espontneo y carioso de su vida conyugal. Despus, con una flexin cauta y ligera de la cintura, levant de la alfombra el papel azul, leylo vidamente y le ocult en el pecho, entre los frunces del vestido... VII LA LIBERTAD Toda la noche velaron a Malgor sus ntimos camaradas de la niez: Martn Rostro, Antn el campanero y el seor de Luzmela. Acudi este ltimo, como los dems, a la grave noticia de la desgracia, y permaneci all, atado por el deber, cohibido por diversas repulsiones. Le amedrentaba el difunto... Muy lejano el cario infantil que le uni al compaero en la escuela y en la mies, aquella memoria hubiese, no obstante, servido para tolerar con estimacin al hombre que le arrebataba el patrimonio: deba humillarse a la suerte; y nunca fu el indiano un logrero de escasa justicia, sino un rico de mucha fortuna. Pero Nicols, desinteresado en los bienes materiales, no le perdonaba al amigo que se hubiera apoderado tambin del alma de la torre, la nia prometedora hecha una adorable mujer. Y al llegar de improviso junto al muerto, slo senta la nusea y el terror que produce la carne agostada, a punto de corromperse. Tena el cadver la boca dura y entreabierta, las pupilas cuajadas en el contorno de las rbitas. Con las manos heladas, inflexibles, sostena un rosarito de coral, la ltima prenda entre los dedos siempre blandos, suaves como el algodn en los estuches de las joyas. Vestido segn le sorprendi la muerte, conservaba un sello de humanidad mucho ms expresivo que el de las mortajas prevenidas. Era el mismo hombre que poco antes viva y penaba adorando celoso a una mujer y que ya se deshaca insensible, ciego y mudo, sin preocuparse del cercano rival. Mirbale Hornedo muy absorto, acallando su invencible rencor para evocar el espritu errante de aquella criatura, oculto en el arcano de la otra vida: quisiera hundir los ojos en la eterna sombra que todo lo sabe y averiguar si el hlito incorruptible de Malgor segua ardiendo por Dulce Nombre mientras el cuerpo se le congelaba prximo a desmoronarse en espuma cenicienta. Y le pungan sensibles sus ms hondas tribulaciones, porque senta muy cerca los pasos de la amada, que no quiso acostarse, vigilando el gabinete mortuorio sin posar en l, solcita y respetuosa. Cuando lleg el padrino entre varias personas serviciales, procur decirle ella lo que haba pasado con el telegrama fatal. En un extremo del pasillo le habl reservadamente, bajo una turbacin nueva para el hidalgo. Se expresaba sin mirarle, franca y retrada a la vez; quera contrselo todo a la claridad de su genio translcido, y refera la vileza de Tomasa con mucha indignacin, mientras delataba un descanso gustoso para el tormento de su juventud. No hubo fingimiento hipcrita en la voz ni en el ademn: Dulce Nombre descubra, como siempre, su condicin intrpida, instintiva, afrontando los caminos libres, con ansia de vivir, de una manera luminosa, igual que antes abri el pecho a los sinsabores revelando su acidez. Pero sus frases difanas se envolvan en un recato especial y su actitud en un tenue rubor desconocido para Hornedo. Y la escuchaba l confuso, imaginando que la nube casi imperceptible de aquella expresin obedeca a la novedad y la sorpresa de las circunstancias; quiz al prurito de celar un poco la interna ventura. --Ya se cumpli tu plazo--le dijo, crudamente, viendo huir sus propsitos de renunciamiento. La tena a su alcance, hermossima y tentadora, libertada para otro hombre; y la mocedad que haba malogrado en las crisis de su pasin, le peda una cuenta apremiante al choque violento de aquella hora. Estaban junto a una ventana que transcenda a la esencia resinosa de los pinos y al vaho de la tierra caliente; remansaba la noche bajo el parpadeo fogoso de los astros, al arrullo del Salia, claro y vibrante como una lira de cristal. La viuda del indiano esconda los ojos trigueos sin responder a su padrino, que volvi a decir, honda y fuerte la entonacin: --Ya se cumpli tu plazo, no me oyes? --S. --Y el destino te devuelve a Manuel Jess. Era la voz tan dolida y entraable, que la joven alz la mirada, y all mismo, a la luz candorosa de la luna, se convenci del trgico secreto en las pupilas hambrientas de Nicols. --Ya hablaremos--silabe, azoradsima--. Tengo ahora mucho que hacer y no es buena ocasin... Antes de terminar esta vaga respuesta haba desaparecido en la sombra del carrejo para entrar en el cuarto de su hija y estarse al lado suyo consolndola, hasta que se durmi cansada de llorar. No se oyeron ms gemidos. Dulce Nombre, seria y diligente, atenda a las necesidades pstumas de su esposo, preparando las galas del entierro, la cuanta de los sufragios espirituales y otras cosas lgubres y precisas. Aunque tena ayuda, quera intervenir en cada gestin, y su vestido blanco, el mismo que luca por la tarde, rozaba a menudo las distintas habitaciones con aire volandero y fugaz. La servidumbre, las visitas oficiosas, y hasta los veladores del muerto, comentaban en voz chita, o en lo recndito de la conciencia, su observacin de que la viuda tuviese los prpados enjutos, y que en el rostro, hermtico y esquivo, no mostrase una huella solemne de pesar. --No llora!--se deca Martn, contrariado. --No grita!--pensaba Antn, con mucho asombro. Una vecina cuidadosa se acerc a decir a la interesada: --Quieres que te busque un traje de luto? --Maana me lo pondr--contest--, corre ms prisa lo que estoy haciendo. Y sigui trajinando, activa y perseverante. La vea Nicols de travs en los espejos, atisbndola detrs de las puertas, sorprendiendo su voz, canora y dulce, adelgazada en el pliegue de los escuchos; su andar rtmico y gentil, su figura armoniosa. Pasaba junto al dormitorio que haba compartido con Malgor, sin entrar en l, celndole al reflejo amarillo de los blandones, y se alejaba para volver ms tarde a detenerse un momento en el propio umbral, con extraa fascinacin... * * * * * Ya tramonta la luna, al caer moribundo de las estrellas. Se apagaron todas las luces de la casa menos las temblorosas de los cirios. Por los balcones, abiertos de par en par a la frescura de los campos, entra el remusgo del amanecer. En el triste camarn unas mujeres interrumpen sus rezos comentando la llegada de Manuel Jess. Saben que ha desembarcado, y no faltan alusiones a la situacin de su antigua novia. --Ah la tiene, linda y fresca lo mismo que la dej al marchar. --Ms en sazn; que entonces era demasiado rapaza. --Y con buenos miles que hereda hoy. --Ese muchacho naci de pie, como sea cierto que viene rico y gasta cabal salud. --Si les acuden a los dos todos los beneficios--dice Alfonsa la de Paresa, persignndose al acabar un responso--, ella bien lo merece: ha usado la humildad y la prudencia donde otras hubieran puesto la ufana y el abuso. --Tambin el amo era buena persona. --Nadie lo niega. --Honrado y dadivoso... --Y amigo de los pobres... --Pero con la enfermedad y los aos ha sacrificado a esta criatura, la mejor del mundo!--vuelve a insistir Alfonsa, ponderativa. --El padre tuvo la culpa. --Es el sino de cada cual. --Aun le queda a la moza tiempo de ser feliz. --Dios lo quiera. --No ha de crecer la hija tan llana y sin vanidad como la madre. --No! --Le gusta que la llamen seorita y se da mucho tono... Olvidados los padrenuestros, se critica, tambin, la ingratitud de Tomasa, que en el momento del infortunio abandona el hogar donde ha recibido tantos favores. --No tuvo ley ni a su propia madre. --Es descastada como ella sola. --Y medio hechicera: haba dicho que el crabo rondaba por aqu en barruntos de muerte. --Como tiene la sangre traidora no adivina ms que pesadumbres. --As medrar...! Los hombres de la velacin han salido de la estancia para tomar caf y marcharse luego. La viuda se decide a descansar un rato: es un pretexto para retirarse. En la pieza solitaria que ha elegido como albergue, se abre un antepecho dominando el ansar. Desde all, cuando la selva est desnuda, se distingue el molino, albo y luee, constante imn de los recuerdos que solicitan exaltados a la enamorada. Hoy no se descubre por este balcn ms que la gasa oscura del follaje, la silueta algariva de los montes, la curva plida de las nubes donde resplandece solitario un lucero imperial: todo ello entrevisto al claror naciente de la madrugada, cuando se agudizan todos los rumores y baja el cielo al ro con la primera luz. Corre una orilla fresca; se remecen las hojas y los musgos; una cancin inefable suena en el bosque, sube a las colinas y se extiende por los confines: est hecha con trinos de los pjaros y balbuceos de las aguas. Dulce Nombre tiene los ojos clavados en la aurora y recibe el saludo de cuanto renace a su lado. Ve cmo unos ampos de claridad rubia se posan en las calvas de la sierra; el valle parece de oro: a la mujer se le enciende toda la esperanza con el sol. De pronto una posa fnebre rompe con su tristeza el hechizo sagrado de aquellos minutos. Es que Antn, el campanero, cumple en la parroquia su deber. Las comadres que charlaban entre rezos junto a Malgor, han dicho en doliente despedida: --El Seor le tenga en la gloria... --Descanse en paz... Nicols se ha marchado; Martn se ha dormido en una cmoda butaca del comedor. Y el muerto est solo con las flores que la viuda ha cortado en el jardn, mientras ella, vvida y fuerte, sin atender a los toques lamentables del campanario, sigue en el balcn, entregada a un radiante abandono, dejando fluir los pensamientos sobre el da de su libertad. [Ilustracin] VIII EN LOS NIDOS DE ANTAO Despus del entierro, casi al anochecer, Mara le dice a su madre, aprovechando una tregua en los saludos de psame: --Voy un rato al molino. --Ahora? --S... por qu no? --Parecer mal. --Y qu me importa a m? Aquella es nuestra casa igual que sta. Salgo por el bosque y llego cuando han acabado de moler: no habr gente. --Se te har de noche para la vuelta. --Me acompaa el abuelo. Sin aguardar una aprobacin definitiva, parte la muchacha, ansiosa ya de moverse y recobrar el amable seoro de sus deseos, como si hubiera tolerado en aquel solo da una larga esclavitud. Se resiste al primer quebranto de la vida, que le arde en los ojos con fsico disgusto; le duele la cabeza: necesita huir de la casa silenciosa, hacer un poco de ejercicio, tomar el aire, secar el llanto. Va de luto; su elegancia nativa se amolda a todos los vestidos con un garbo especial. --Qu bonita es!--dice la madre, sonriente, recordando que en el espejo se ha visto muy parecida a la muchacha, esbeltsima con la ropa negra, interesante como nunca bajo la zarpa del insomnio y del amor. Piensa que la nia es ahora ms suya que antes; vivirn en comunicacin estrecha y la podr atraer a sus aficiones, crecida siempre la ternura entre ambas... El espritu se le engrandece imaginando un porvenir caudaloso en goces, sin atreverse a definirlos, derritindose en gratitudes a Malgor, como si voluntariamente hubiera muerto para libertarla. Y reza por l, lastimosa y enternecida, rindindole un callado tributo cada vez que se persuade de estar viuda, muy cerca de Manuel Jess, con un derecho indiscutible a la felicidad... Lleg el flamante indiano por la maana, en el mismo tren que conduca el atad lujoso de Malgor, pedido por telgrafo a la capital. Pasa el ferrocarril a dos kilmetros del valle, y aquel trozo de carretera, extendido desde la ltima estacin hasta los pueblos de la serrana, le emprendi el viajero tambin en el mismo coche pblico que llevaba en el cup, entre maletas y bales, el esquife pavoroso. Pero al saber a quin perteneca se ape Manuel Jess casi violentamente, anduvo a pie el camino real y subi por los atajos a Cintul. La familia, que le esperaba ms tarde, recibi una sorpresa jubilosa. Hubo en casa de Encarnacin muchas bienvenidas, bullicio y convite, expansiones amenizadas con mil conjeturas sobre la coincidencia rarsima de que volviese el mozo, al cabo de tantos aos, con el fretro de su antiguo rival. Y la desazn medrosa de esta circunstancia le amarg el ansiado viaje: acudir como los cuervos al olor de la carne muerta, le produca una impresin de maleficio y pesadumbre. Se retrajo de asistir al entierro del jefe y protector, alegando como disculpa el cansancio y las emociones. Pensaba con trastorno en lo que hara para no emular por completo a las aves siniestras, cebndose en los despojos mortales. Era preciso considerar el luto de Dulce Nombre, dejar correr los das con paciencia cautelosa, vivir a salvo de las censuras aldeanas. A las insinuaciones poco reflexivas de su madre, repuso: --Me he de portar como un caballero, aunque me cueste el mayor sacrificio. --Es que ella te est esperando--apoy Encarnacin alarmada. --Yo la espero tambin. En el fondo prudente de esta actitud exista una secreta repugnancia a heredar la mujer del bienhechor, rica y viuda, cuando haba renunciado a ella soltera y pobre: de lejos no le pareca difcil ni reprochable lo que de cerca hallaba casi monstruoso. Cuestin de perspectiva. All, la distancia agrand unos motivos ciegamente inventados para sustituir a Malgor en cuanto fuera posible, con premura que a veces tomaba el aspecto de una conminacin: cartas hubo entre la madre y el hijo henchidas de las ms implacables urgencias, colmadas de suposiciones diablicas. Aqu, frente a la ocasin, se achicaban las razones de Manuel Jess: la estrechez del valle, la cercana de todas las cosas, la misma posibilidad de realizarlas, causaron a este hombre, sbitamente, una opresin de angustia y de remordimiento. Su llegada haba sido inoportuna y cruel: un comporte gallardo hara que se olvidase la mala fortuna de aquel arribo. Y la mujer querida se esfumaba un poco bajo la nube de esta consideracin; perda las proporciones grandiosas del dolo para convertirse en una realidad algo trgica, en una novia fcil y sombra. Regresaba el joyero adinerado y joven; era buen mozo, apenas si unas canas prematuras le daban cierta respetable seriedad. Poda escoger compaera entre las seoritas del valle y emparentar con los blasones ms ilustres del terruo. Pero nunca haba pensado en una boda de conveniencia. Romntico, independiente como buen montas, supo vivir sin demasiados sacrificios, conociendo los placeres y las diversiones, defendindose de los grandes compromisos amorosos con el recuerdo de la que le aguardaba constante y fiel, cautiva en una dolorosa cadena que l mismo haba forjado, al impulso de una exaltacin sentimental. Porque fu Dulce Nombre la estrella de su destino, le dola como un sacrilegio aquel inexplicable desagrado con que ahora, de repente, vea la proximidad de cuantas ilusiones le estimulaban durante aos seguidos. Quera suponer que slo por el bien de ella juzgaba necesarios los temperamentos y las prrrogas; pero una interna comezn le avisaba de otro disgusto supersticioso, indefinible, una resistencia, muy vaga todava, al casamiento deseado con malvolos apuros: la gota de hiel caa inesperadamente en una aficin tan probada y madura. Todo ello es indeciso, alucinante, y lo atribuye Manuel Jess a la mala hora de su regreso bajo el toque funeral de las campanas: padece la obsesin de que ha llegado horrendo y vengativo con la guadaa al hombro y un atad a cuestas. Y sufre extraamente en el da esperado con inquietudes ardorosas, en este da luminoso y evocador, rebosante de membranzas para el viajero. Ya desde el camino le tom por suyo con aguda reclamacin la memoria de los goces juveniles, y se le encendieron todas las ansiedades cuando en la vasta soledad del Cantbrico descubri los contornos de la tierra nativa y vi el sol a ras de las aguas, detenindose en la clmide roja del crepsculo para besar la orilla montaesa. Un pensamiento raudo y henchido le condujo entonces a su valle, detrs de las montaas orgullosas por donde a la maana siguiente le llevara el tren apartando los rboles con su carrera... Pas la noche en un sueo intranquilo, madrug, diligente, a buscar el ferrocarril, muy lejos de suponer que arrastraba consigo el macabro estuche de don Ignacio Malgor: amaba en aquel instante a su nica novia con un denuedo heroico. Y, de repente, nace solapado el descontento junto a la caja negra, se levanta oscura una aversin donde pareca natural que surgiese la confianza victoriosa. Desconcertado por estas novedades, procura Manuel Jess estar solo y recoger en el torbellino de tantas sensaciones alguna idea clara; no es posible que en unas horas haya cambiado su corazn; necesita sondearle, llegar hasta lo ms profundo de sus movimientos, saber si lo que le enturbia no es ms que un poco de cansancio y de sorpresa. Cuando ya va la tarde muy cada se escabulle de su casa con disimulo y por los caminos seeros que reconoce y adora se deja conducir, pendiente abajo, hasta la lera del ansar. Es misterioso y largo este anochecer. El sol, al hundirse detrs de los montes, llev consigo todo el azul del firmamento; queda el celaje plido y remoto, se estremece la sombra del arbolado, pesan las flores con voluptuosa languidez. A Manuel Jess no se le escapa ningn ruido, ninguna observacin; marcha despacio, mira y escucha, sintindose volver a los tiempos distantes, embriagado con el rezumo de las memorias felices. Le han salido a recibir los cantares del Salia, dispersos en regueras y atanores, apagados en los cadosos de la corriente: una mansedumbre estival se esparce sigilosa por la Naturaleza. Est cumplida la luna. Cae la noche sombra en espera del astro. El caminante cruza un puente, se hunde en el secreto de la algaba, y poco despus toca en la linde viva de un huertecillo. Alguien se mueve all; hay en la semioscuridad una silueta de mujer. --Dulce Nombre! --Qu? --Ah...! Eres t...? T! --Soy Mara Dulce. --Cmo? --S. --Qu dices? --Soy la hija de esa que usted nombra. Manuel est junto a la muchacha atnito y conmovido. --No, no!--repite--. Eres la misma... eres t! Ella sonre, le divierte mucho la equivocacin. Comprende que habla con el antiguo novio de su madre, y observa que es guapo y distinguido. De pronto se aturde, sacudida por una idea vigorosa que se le arraiga inmediatamente en la imaginacin. Este es el viajero que ha dormido bajo cielos extraos; conoce los pases fabulosos, y arrib por los mares, con la espuma de las lontananzas. --Pase usted--balbuce, abriendo el portel, que gime como antao. Y entra Manuel Jess, cada vez ms absorto, mirando muy de cerca a la nia, sin convencerse de que no sea la suya. La voz, la sonrisa, las facciones... --Es ella!--insiste, obsesionado por el semblante de cuanto reconoce a su alrededor. No ha pasado el tiempo. Aqu estn crecidas y curiosas las madreselvas, las odorantes _lmparas de Jerusaln_; aqu reventando el pecho de los capullos en la altura del rosal; orillando los macizos de legumbres se esparcen la menta verde y el torongil; por el filo de las paredes medran las ortigas y los helechos en flor. El aire, los olores, los murmurios, son aquellos, tambin. Suben desde el ro partculas consoladoras de frescura, sones claros y melodiosos, llenos de lejanas alegras... As lo supone Manuel, sin razonarlo, sintiendo que se le nublan los ojos con el agua del corazn. Registra en la penumbra los perfiles tranquilos de la acea, las ventanas inolvidables, los muros blancos. Evoca la embalsamada habitacin donde se llenan de harina los alguarines al zumbido de las _piedras ardientes_, y se halla envuelto en el polvo rubio de la faena, en la algidez memorable del noviazgo. --Dulce Nombre!--pronuncia todava, negndose a creer que no es su novia la virgen que le escucha. --Soy Mara Dulce--vuelve a decir la muchacha, pensando: Se acuerda de mi madre! Pero no se le ocurre ni remotamente que la siga queriendo. Cuenta la nia de Malgor diez y seis aos por una vida entera, y en su indocilidad no concibe que se pueda someter un antojo al tormento de no realizarle. Ahora mismo quiere ella convencerse de que este hombre es uno que ella espera, el amador imaginario que viene de muy lejos y sabe muchas cosas. Clava en l los ojos candentes y expresivos. --Ha llegado usted hoy a Cintul, verdad?--murmura por decirle algo. Y aade melindrosa:--En un da bien triste para m! El mozo se estremece como si despertara. Aquella mujer no es la misma, no; le hace preguntas intiles, le mira con un talante desconocido: es igual que la otra... pero es distinta... Acaso en el huerto se ha renovado todo como _ella_! --Qu lstima!--prorrumpe en alta voz, atisbando con envidia la gracia de lo inerte, que no se muda: la casa, las piedras, el suelo... Entretanto yergue el ro sobre la noche un eterno murmullo de fugacidad, y Mara se duele, interpretando a su modo la frase que acaba de or: --S, una lstima...! Mi padre no era un viejo... y as, tan de repente! Sabe la joven un mohn de quebranto, lleno de coquetera; se lleva el paolito a los ojos, y aguarda. Manuel est viendo la caja fnebre, pesaroso como si realmente la hubiese trado l a Luzmela para encerrar a Malgor. Le parece que ha hecho dao a la nia y le dice con amabilidad: --No llores; eres muy hermosa; yo te quiero mucho. --Usted? --S. --Desde cuando? --Desde siempre. --Entonces, me conoca? --De nombre... y de fama. --Pero vena usted preguntando por mam. --Porque os llamis lo mismo. --S; es cierto; lo saba usted? --Claro...! Aunque me lo negabas t. --Cre que se acordaba usted de ella... como han sido novios! Ahora, asustado de que la muchacha interprete mal su conducta, niega l sin perfidia, con un desasosiego inquietante. --Quin va a pensar en ilusiones tan lejanas...? Slo me acuerdo de que somos amigos... Y siento mucho encontrarla viuda. --Se lo dir... Aunque usted ir a vernos. --Debo ir--responde, algo inseguro. --Porque esto no es una visita. --No; es una casualidad. Llegu aqu... sin saber cmo--afirma el paseante, lamentando que el instinto y la costumbre le hayan hecho traicin despus de largo tiempo. Agtase azorado como un ave que vuelve al nido y desconoce la nidada nueva. Hace un ademn para despedirse, y Mara le quiere retener. --Qudese un poco...! Estoy tan sola! --No hay nadie en la casa? --Est Camila... Usted la recuerda? --Ya lo creo. --Ser usted aqu el amigo de todos, verdad...? As es que ayer y hoy se hablaba tanto del regreso de Manuel Jess...! Yo me figuraba que era usted as, como es, y quera verle pronto... Cuando me llam desde la cerca le reconoc... El se conmueve al escuchar su nombre pronunciado con el mismo acento de la amada, en el engarce puro de aquella voz armoniosa y penetrativa. --Me reconociste...? Cmo? --No lo s. Manuel Jess tiende la mano y recoge la de la muchacha, tembloroso, apremiante, como si la despedida fuese a evitar un gran peligro. --Adis! Una sombra llena de perfumes los envuelve con su roce imperceptible, mientras arriba, en los espacios sinuosos, la luz de las estrellas hace ms profunda la oscuridad de lo infinito. --No se vaya usted!--ruega Mara con una insondable mirada de persuasin. Manuel siente en la suya el calor de la mano tersa que le oprime. Y una embriaguez insensata le confunde; quiere vivir el tiempo hudo, que esta nia sea su novia de antes, la misma que dej inocente y enamorada... No han transcurrido los das; no tuvo nunca dueo aquella mujer; le esperaba aqu, segura, inviolable... --Dulce Nombre! La tiene en sus brazos, la besa en los ojos, en la boca, furiosamente, le murmura un raudal hervoroso de palabras como un desquite de la separacin y el silencio padecidos. Ella recibe las caricias y las promesas, excitada por la locura fragante de la noche, creyendo que ha inspirado una sbita pasin, gozosa de sentirse prendada, a su vez, del hombre desconocido, el viajero de leyenda; vive su hora delirante, se convierte en la herona de un cuento de hadas. Hasta que Manuel Jess recobra un poco la serenidad, liberta a la nia, y siente ms urgente y angustiosa la tentacin de huir. --Adis--repite, consternado, desfallecido por la inquietud violenta del deseo, torpe en una confusa sensacin de realidades y quimeras. En el penacho augusto del celaje refulgen, misteriosas, _las siete llamas_; aqu, en el cngulo de los planteles, se cierran las flores, sensibles como pupilas. Manuel salta la cerca, desatinado igual que un ladrn, cuando sera tan fcil abrir el portillo. Se hiere un poco las manos con las espinas del seto; se acoge a la sombra del ansar, y anda a escape, enfebrecido: mira al cielo por los claros de la espesura y le parece que las estrellas corren detrs de l. Mara, al despedirse, ha dicho crdula y feliz: --Hasta maana... [Ilustracin] IX LA NOCHE ENCUBRIDORA Se han marchado las ltimas visitas, y Dulce Nombre, cansada, impaciente, se refugia en su balcn para recibir un poco de aire nuevo y estar un rato a solas. Todo el da esper a Manuel Jess.--Vendr ahora; vendr ms tarde--pensaba. No atin con las razones de delicadeza que le excusaron de asistir al entierro; su alma torcaz estaba muy distante a la complicacin de otros espritus ms cultivados y sutiles. Ella guard al marido muchos aos una fe dolorosa; su liberacin coincida, milagrosamente, con el regreso del hombre elegido: ya no haba que perder ni un minuto de felicidad. Slo algunos reparos de circunstancias se pudieran interponer entre los dos. Tal vez sera conveniente celebrar la primera entrevista en el molino, cuando se acaba el trajn y el bosque duerme solitario... Al viajero, sin duda, le cohibe presentarse en la casa de Malgor, llena hoy de gente curiosa y parlanchina... --S; algo de esto le retrae--se dice la joven, preocupada. Y no sabe por qu teme un rigor impreciso, una desventura que se ocultase para ella bajo la noche encubridora. Pero oye subir a Encarnacin, llamndola, y se le desvanece en seguida el triste pensamiento. --Aqu estoy; ven. Se abrazan las dos mujeres dentro de una franqueza gustosa para Dulce Nombre, que desembaraza sus impulsos con libre dominio despus de larga cautividad. Ya es duea de su vida; habla y pregunta lo que quiere: lleva en la mano el corazn. La de Cintul explica muchas cosas atropelladamente, empezando su relacin desde la entrega del parte telegrfico a Tomasa, de la cual desconfa. --Qu hizo con l? Cmo ocurri la muerte del amo? No es esto lo que la viuda quiere tratar. Palidece ante el recuerdo lgubre, reprime su emocin, y, sin descubrir a la perversa criada, pronuncia: --Hblame de Manuel Jess. Toma el relato Encarnacin desde muy lejos otra vez: el viaje, el arribo, las visitas... --Pero, qu dice?--interrumpe la enamorada con vehemencia. --Ah! Que tena muchsimas ganas de venir... Trae dinero Hay que ver lo guapo y mozo que est! --Te pregunto lo que dice de m. --Pues... figrate...! El te quiere de un modo atroz. La madre asoma una leve perplejidad en sus contestaciones; ella, tan categrica y ejecutiva, parece algo incierta de lo que asegura. Sorprende al vuelo Dulce Nombre aquella insignificante desanimacin, y pretende sonrer, embozando su zozobra. --Por qu no ha venido? --Mujer, estbais aqu de entierro...! Lleg tan cansado...! Se acost al medioda... -S? --Ya puedes suponer... Encarnacin ha perdido el aplomo; se embarulla, miente; y la muchacha, intranquila, anhelosa de seguridades y de arraigo para su amor, manifiesta con apresuramiento: --Necesito verle. --Claro... es natural! --Le dices que maana le espero en el molino, al anochecer. --Muy buena idea! --No hables a nadie de ello. --Ni una palabra... y ahora--concluye la de Cintul, siempre bajo una encubierta ansiedad--me voy: tengo mucha prisa. Se despide muy amable, exagerando los adioses, envolviendo en suspiros un torrente de frases innecesarias. Y se queda la joven cavilosa, sumergida en un desconcierto rarsimo. Presiente una amenaza; hunde los ojos con sospechas en la profundidad de la noche, imaginando que se mueven unos ruidos extraos en el aire... No es cierto: se adormece la brisa fatigada con su peso de aromas; cunde, mansamente, el rumor de los azutes que el ro consiente a la sed de los campos; fulgura altsimo el celaje clavado de soles. De pronto, ligera, vestida de luto como una rfaga de la oscuridad, entra Mara en la habitacin, echa los brazos al cuello de su madre y susurra una confidencia; nada omite en su orgullo de conquistadora: el encuentro, el entusiasmo, los besos delirantes, las protestas... --Me gusta mucho, mucho...; me quiero casar con l! Dulce Nombre permanece unos instantes ajena a la realidad, inmvil y dura lo mismo que una imagen de piedra. Casi desconoce a su hija; aquel traje negro..., la espantosa confesin...! quin es aquella criatura y qu dice...? Detrs de la nia aparece muy solcito el abuelo Martn, que viene acompandola y oy por el camino las primeras noticias del secreto. Como no est iluminado el gabinete, se distinguen apenas las figuras, alumbradas en el balcn por la claridad imprecisa del espacio, un poco ms insinuante segn alborea la luna a espaldas de los montes. Ni la chiquilla ni el viejo perciben el esfuerzo brbaro con que la madre procura dominar su estupor, sacudir el asombro infinito que la anonada; no logra comprender ni menos hablar. Entonces Martn, disimulando su alegra en consideracin al duelo reciente, expone con mesura: --En medio de todo hay que dar gracias a Dios; que por los barruntos, ya tenemos otro indiano en casa... Una estrella corta el cielo con raudo golpe de luz; Mara sonre en una radiosa abstraccin, y Dulce Nombre se desentumece de sbito, lvida, terrible; da unos pasos hacia su padre y le pone las manos en los hombros: --Qu ests diciendo?--ruge desafiadora. No sabes que ese hombre me pertenece? --A ti? --Pero, no lo sabas? --Manuel Jess? --S; Manuel Jess; ese, ese...! vivo esperndole. -T? --Yo!; hace un siglo... Ests sordo y ciego...? No me ves...? No me oyes? --Esta mujer se trastorna--grue Martn, asustado, mientras la nia, intimidada al principio de la escena, se convence de lo que pasa, recobra los bros y, con una prontitud alarmante, promulga tambin en reto: --Ese hombre es mi novio. --Mientes!--contesta Dulce Nombre sin mirarla, cados los brazos, con gesto de loca. --Pregntaselo a l. Ha ido a buscarme; ha jurado que me quiere: de ti no se acuerda. --Lo ha dicho? --S! El acento de Mara es afilado y rotundo; su madre, ahora, la mira con los ojos entenebrecidos, comprendiendo que dice la verdad. Y de una manera inslita se desprende del drama, recordando aquella noche cuando en el molino supo la traicin de Manuel Jess; la novia de aquel tiempo era una nia igual que sta de hoy: no tena madre... estaba sola en el mundo...! Dulce Nombre ha perdido otra vez la nocin de los hechos; se confunde con su propia hija y le da mucha lstima de ella: no sabe cmo sufrir el terror y la piedad que la destrozan. Vindola quieta y muda, le dice el padre, algo severo y ofendido: --Vaya, mujer, a ver si te sosiegas. T eres viuda, tuviste un buen esposo y no debes pensar en tonteras: aquello de Manuel fu una broma de rapaces; lo que te cumple es casar pronto y en condiciones a la muchacha: Ayuso es una proporcin magnfica y no hay que espantar a la suerte. Habla el molinero escuchndose, muy ufano de su elocuencia y sensatez; supone que ha conseguido el propsito de aquietar a su hija y le tiende la mano, conciliador. Apenas la toca, se resiste la infeliz y se estremece como si volviera a despertar; pone la atencin en torno suyo, juntando al viejo y a la nia en una mirada inmensurable, y se dirige hacia la sombra con rapidez. Su vestido negro se aduna a la tiniebla del gabinete... Ya no se oyen sus pasos. * * * * * Con la ciega necesidad de huir y de correr sale de la casa por el jardn, hollando las flores, sin reparar en el camino. Tiene el horizonte un marco de luz, porque ha resbalado sobre las cumbres la claridad fluda de la luna: se distinguen en el parque las rosas y los claveles encendidos como llamas. A Dulce Nombre la obligan tirantes los nervios mientras la querencia y el hbito la conducen al molino. Cruza desatinada el bosque, sin tropezar en las races vagabundas, sin detenerse en la aspereza de la gndara ni en el salvajismo de los recodos, herida, apenas, en el traje con las pas de algn zarzal. Dirase que todo la acompaa y la defiende all con un cario bravo: los palios de las hojas, el alma vegetal de las plantas, la voz de los cauchiles que surcan el terreno con hilos rumorosos. Ella marcha ajena a s misma, sin percibir la fragancia divina de las cosas. Sus pensamientos corren a la demencia; pisa con ahinco, en un empuje rudo y maquinal, y no agradece los aromas refrescados por las aguas, no sabe que la consuelan un poco la brisa y la noche. Slo al llegar junto al molino, en la anchura repentina de los senderos, recibe una sensacin nueva y punzante, como si le doliese en las entraas la trabajosa fecundidad de la mies. Porque viene de pronto hacia la fugitiva, con el oreo de los maces granados, una irremediable certeza de que toda maternidad es dolor. Y se detiene indcil, asaltada por el recuerdo de su hija, con insufrible congoja. La racha violenta de lucidez coloca bruscamente a la madre en contacto con el destino; pero su condicin rebelde pide a voces el cumplimiento de una promesa que no tiene a quin reclamar. X EL FARO ROJO Aqu est el molino; aqu el Salia, generoso, deshacindose en regajales al travs de las campias. Va subiendo la luna cimera y ancha por las nubes: toda la serenidad del cielo desciende benigna hasta la tierra. Y un aura de pavorosa inquietud conmueve a Dulce Nombre inclinada sobre el ro, viendo rodar a las estrellas en el cauce. Necesita moverse como las aguas; ir, lo mismo que van, a sumirse en la amargura de un abismo. Siempre le ha fascinado la corriente que huye y no pasa nunca, que es la misma y es otra, que se lleva luceros y paisajes sin cesar de copiarlos: as la transitoria belleza de estas espumas tiene hoy para la desdichada mujer un hechizo perdurable. Se arrodilla en el suelo para sentir ms cercano el flujo caudaloso de la vena, tal vez para entregarse al cristal que se desliza y no se acaba. Dentro de la carne sangunea y mrbida, el instinto le asegura a Dulce Nombre que sin amor no puede vivir, y la siniestra visin del suicidio est a su lado, como nico remedio. No encuentra la desesperada otro descanso a su fatiga. Para ella es el ro un buen compaero de la niez, y quisiera dormirse donde crecen los hervores del caz, sobre los brazos quietos del rbol transmisor, all, entre el polvo de diamantes que arroja la presada. Sumerge las manos en la frescura de las ondas y siente latir el corazn a la par del ro con vnculo fraternal... Pero tiene miedo... Si toda su tragedia no fuese ms que una pesadilla...! La muerte rechaza aquella juventud saludable y firme, llena de apasionadas virtudes: el propio vrtigo de la desesperacin infunde a la mujer un nimo insumiso. Y se levanta pujadora, desatada las trenzas, arrebolado el semblante, asindose a la vida en una actitud oscura y temible. Anda unos pasos ligeros y abre la puerta del molino, franca y dbil. All, en el fondo del saln, se rebulle Camila esperando a Martn, con las ventanas abiertas, dormilona y taciturna. --Qu te pasa? Cmo vienes as?--interroga con asombro al reconocer a la joven, observando que llega despeinada y transida. Ella se pone un dedo en los labios. --No grites; vengo a preguntarte muchas cosas--responde con la voz densa y extraa--. Estuvo aqu Manuel Jess, al anochecer, hablando con Mara? --Estuvo. --Dnde? --En el huerto... La corteja; le habl de amoros y locuras, abrazndola y todo, hecho un orate... --Lo has visto? --S; desde el ventano de la cuadra. --Y le oste? --Como te oigo ahora. --Ests segura? --Segursima: te lo puedo jurar... y te lo pensaba decir... No se haba acostado el viajero al medioda... Encarnacin tuvo motivos para mostrarse inquieta: exista el drama, insensato, palpitante, absurdo... Se revuelve Dulce Nombre por el saln registrando la tosca armadura del molino, como si no la conociera: los _cimadales_, las taravillas, las quebrantadoras... Pasa los dedos sobre el polvo claro del maz, empuja con el pie los garrotes panzudos, percibe el ronquido del reloj; va y viene, con intil solicitud, al reflejo amarillo de la lmpara, hasta que oye unos pasos en la lendera prxima y se dirige precipitadamente a la salida del huerto por el corral interior. --Si es tu padre!--clama la vieja, sin comprender aquella fuga--. Te vendr a buscar. --Por eso me voy. Camila, siguindola, susurra muy oficiosa: --Mira, atiende: aqu mismo se apalabr la chiquilla con Manuel; ella le dijo al despedirse: Hasta maana... Talmente pareca que eras t, en aquel tiempo... Dulce Nombre se ha ensombrecido ya bajo los rboles, y Camila, ignorante y pasmada, cierra el portel, murmurando: --Vlgame Dios...! Todos han pisado hoy la mala hierba...! En efecto; buscando a su hija, acude Martn; escucha contrariado lo que la anciana le refiere, y sale al ansar llamando a la desaparecida. Pero ella se oculta gil y alerta; conoce bien las derrotas y los confines de todo el lern, y, agachada entre unos matojos, ve a su padre seguir un huello equivocado por la orilla del ro. Entonces vuelve a caminar, decidida y valiente, sin ms propsito que el de alejarse y vivir. Una poderosa reaccin se verifica en su alma, campestre y honda como el paisaje, llena, tambin, de recursos y misterios. Despus de la suprema apelacin de sus dudas, revive Dulce Nombre al contacto decisivo de la verdad. El testimonio irrecusable de Camila es una sentencia y una confirmacin. Nada puede la moza esperar; y, no obstante, huye de la sombra y de la espuma que en la ribera cunde hirviendo de tentaciones: ya no quiere morir. Por qu? No lo sabe ni se lo pregunta; se recobra a s misma con ahincado sentimiento de egosmo, abandonada y miserable, sin ms patrimonio que sus derechos humanos. Carece de hogar y de afecciones; tena un corazn y se lo clavaron en la Cruz: as le lleva en el pecho, encendido de rojo como la antorcha providente de los faros... Adnde ir con l? Algo de esto ltimo discurre Dulce Nombre, mientras camina, agitndose con la tnica de la selva... Adnde ir? Siente hambre y sed; la rinden el cansancio y el sueo: es preciso llegar a alguna parte. Con la certidumbre de las cosas, adquiere, de nuevo, la sensacin de sus necesidades fsicas, y de un modo lgico viene a pensar: Necesito que Dios me ayude. Humilde y obediente a su manera, pronuncia con devocin el ingenuo fervorn de las nias aldeanas: _El nima sola que en el campo gime y llora, me tenga compasin en esta hora._ Padrenuestro... --Vas rezando?--le interrumpe de sbito un hombre, detenindola intrigadsimo. --Gil! --Lo que menos imaginaba yo era encontrarte en este lugar! La muchacha comprende que va a or una serie de interrogaciones penosas: --Nada me preguntes--suplica--; me he perdido... ando... extraviada... Pero, es inevitable la sorpresa del pastor. --Perderte en el ansar...? vamos...! si es tu casa, mismamente! --No tengo casa, Gil--dice, al cabo, la moza, obligada a fiarse de aquel hombre. La est contemplando l con arrobo y angustia, cada vez ms inquieto de verla sola y amarga, sin alio ni rumbo, orando como una penitente. No tienes casa?--repite en el colmo de la extraeza. --No. --Pues y la de tu marido, la de tu padre? --No tengo familia. --Qu...? Temo que padezcas de calentura... A mi ver, ests delirando. --Delirar...? La salud es lo nico que me queda... Cuando te encontr le peda socorro al cielo... Oye: sigues siendo mi amigo? --Mujer! me ofendes; qu pregunta! --Llevas razn; t eres bueno: perdona--murmura Dulce Nombre, comprensiva. Y aade con la voz tenebrosa:--Como nadie en el mundo me ha sido fiel! --Nadie...? --Escucha, Gil. Te aseguro que no puedo volver a casa de Malgor ni al molino; carezco de todo; busco un albergue... Dime, por caridad, adnde ir? --A la torre!--contesta el pastor, muy resoluto, erguido y caballeresco. Y la fugitiva, iluminado de repente un sombro rincn de su memoria, balbuce: --Es verdad! --Pues claro, mujer! Adnde mejor has de ir...? Aquel palacio es tuyo: all eres t la reina. --Vamos, anda... Un movimiento vigoroso de intensidad se reproduce en el espritu de la moza, como si se abriese ms engrandecido que nunca. Se agolpan en l las impresiones olvidadas, las evidencias esclarecidas, la muda historia de una triste juventud. Ve Dulce Nombre cmo se desenlaza, en un repente brusco, el largo proceso de su pasin, y no sabe si pertenecen a su vida estas horas febriles; los pensamientos, sordos y nublados, se le despiertan lentamente al sabor de su misma acidez; y de la confusin desgarradora surge de pronto el recuerdo de Nicols, del enamorado infeliz. --Vamos--repite acelerada la joven. Un soplo de alegra la conforta; ya no siente la pesadumbre material: va de prisa al lado del pastor, hollando los retales de luna que tiemblan en el suelo... * * * * * --El seor est en el jardn--les dice Rosaura, muy sorprendida cuando llegan a la casona. --Vete--ruega Dulce Nombre a su acompaante--y avsale que le llamo...; no le quiero asustar. Orea el solariego su martirio por una senda de acacias, desvelado a pesar de la vigilia reciente, y piensa con angustia indecible en la necesidad de un viaje sin retorno, una ausencia que dure; no podra resistir la pena cegadora de ver a la amada llenando de hermosura los das felices del rival. Mira, desfallecido, el dintorno ingente de su casa, la torre maciza, el escudo infanzn que de nada le sirven en su reciedumbre material. An le juzga originario de la velada dolencia que a l le consume, siempre encubierto con la pesadez de los blasones, amordazado para amar y vivir. Imagina otra vez que padece el maleficio de una herencia morbosa, llena de culpas y dolor. Y se vuelve con menos inquietud a contemplar la tierra amiga, extendiendo el cario a cuanto le rodea: las llosas de sembradura, las braas de pasturaje, los linderos del bosque, la huerta, el rebujal. Aunque no fuera suyo lo querra fatalmente, con sensuales apetitos de montas... Pero es necesario separarse del terruo y del solar. Hornedo es otra criatura que se dice esta noche, sin valor: --Adnde ir? Est muy indeciso. Ha fijado la vista en el cielo y la detiene con obstinacin, como si buscase hospitalidad en las montaas de la luna, cuando se acerca Gil a darle un recado incomprensible. Se trasmuta el semblante del caballero. Sonre el pastor enseando las encas; el gozo se le esparce por toda la cara al responder a Dulce Nombre un instante despus: --Ya viene. Ella concluye, fervorosa: --Gracias; Dios te bendiga. Y se dirige al encuentro del padrino, aunque ya no le llame as ni en el ltimo pliegue de su conciencia. Bajo el toldo de acacias se reunen, encima de esas flores castas y finas que nacen prdigas en los caminos. De lo que habla la mujer no se oye ms que un arrullo. Luego ella, con los labios heridos por la fiebre, se inclina sobre las manos de Nicols. La levanta l, deslumbrado, receloso. Es verdad todo aqullo...? Tanto se muda la suerte en el curso de pocas horas...? Viene Dulce Nombre a pedirle sostn y amparo; y viene desamorada, vencida... No la puede engaar. --Si t supieras...!--balbuce tembloroso. -Qu? --El gran secreto de mi vida. --Lo he sabido. --Cundo? --Hace mucho tiempo--supone la moza, engaada por la fantstica sucesin de las emociones. En seguida aade:--Ah, no, no...! Desde ayer. --Lo comprendes bien, en toda su magnitud? --S. --Y qu dices?--pugna el hidalgo, perdido de ansiedad. --Que yo te querr... --Como a un padre? --No--afirma ella resueltamente--; como a un hombre! La voz y el rostro de la muchacha han perdido su nube dolorosa; las palabras, entraables, se le encienden con una fuerza enorme y tranquila: su corazn se depura, enrgico, frente a la nueva esperanza. El seor de Luzmela, extenuado por las ambiciones, loco de ventura, est leyendo su destino en la altanera de aquellos ojos rubios que se le descubren inmensos y leales. Llega Dulce Nombre plenamente hasta el hidalgo con los aromas speros del ansar y el salvaje aliento de las montaas; acude envuelta en la divina armona de la noche; trae pegado a las sienes el cabello crecido por las races, que le brilla como una corona mojada de sudor. Y Nicols recibe en sus brazos a la mujer con silencioso frenes... [Ilustracin] NDICE PRIMERA PARTE Pginas El molino del ansar 7 Dulce Nombre 17 Los copos de las horas 27 Almas torcaces 37 El eterno manantial 49 La penitencia 53 Cada cual con su cruz 65 Las cumbres del deseo 73 Las alas de la paloma 81 La cautiva 89 La mano de nieve 95 Centella de amor 107 SEGUNDA PARTE El pual en la herida 119 Surcos y treguas 129 Cualquiera tiempo pasado fu mejor 137 El caballero de la gleba 149 Los senderos de la muerte 163 TERCERA PARTE La hija 171 El retrato 177 Fraternidad 187 Renunciamiento 197 Alba de luna 209 El papel azul 217 La libertad 225 En los nidos de antao 237 La noche encubridora 255 El faro rojo 265 End of the Project Gutenberg EBook of Dulce Nombre, by Concha Espina License: Share Alike