Produced by Carlos Coln and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive) Nota del Transcriptor: Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original. Errores obvios de imprenta han sido corregidos. Pginas en blanco han sido eliminadas. Letras itlicas son denotadas con _lneas_. Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas) han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal. URBANO MANINI, EDITOR, MADRID LA GENTE CURSI NOVELA DE COSTUMBRES RIDCULAS ORIGINAL DE D. RAMON ORTEGA Y FRIAS [Ilustracin] ADMINISTRACION CALLE DE SERRANO, NM. 14, BARRIO DE SALAMANCA MADRID.--1872 Esta obra es propiedad de D. Urbano Manini, y nadie sin su consentimiento podr reimprimirla ni traducirla. Queda hecho el depsito que marca la ley. IMPRENTA DE JOS A. MUOZ, ALMIRANTE, 7 CAPTULO I La mujer casamentera. Hay quien tiene al ridculo ms miedo que la muerte, as como hay quien pone todo su empeo en caer en el ridculo ms lastimoso. Sabemos que es trabajo perdido hacer advertencias los tontos y los ncios; pero de estos los hay de dos clases: los que lo son por naturaleza, y los que pudiramos llamar contagiados. Si los primeros son incurables, porque no puede modificarse su organizacion, para los segundos hay remedio, y h aqu por qu escribimos este libro. No temas, lector, que te fatiguemos con disertaciones morales cientficas, pues sabemos demasiado bien que una obra como la presente es preciso que ante todo encierre el inters del drama, y que si se escribe con el buen fin de ensear, de corregir vicios sociales, es preciso que ensee recreando, que corrija deleitando. Por ms que los tipos que vamos presentarte, amado lector, estn copiados del natural, y aunque son verdaderos casi todos los episodios que vamos darte conocer, este libro es al fin una novela, que unas veces te har reir y otras llorar; una novela cuyo artificio habrs de seguir detalle por detalle, paso paso, hasta el desenlace, que de seguro desears conocer. Lela como quien no piensa ms que en solazarse y en matar el tiempo, que es cosa que saben hacer muy bien los espaoles, y aunque no quieras habrs de pensar alguna vez en lo que nunca has pensado; tal vez comprenders lo que no has comprendido, porque no te has tomado la molestia de examinarlo, y tambien suceder que al leer alguna pgina digas: Esto ya lo sabia yo; lo cual no ha de desagradarme, pues es precisamente lo que busco, lo que deseo, lo que me propongo. Lo que no es de todos tiempos, lo que no es un vicio social engendrado por las pasiones inherentes nuestra naturaleza, sino consecuencia de las costumbres de una poca de los extravos de una generacion, no tiene nombre en ningun idioma, y como es preciso que lo tenga, se le pone, y esto no lo hacen las academias literarias, ni los sbios aisladamente, ni siquiera los hombres de mediana ilustracion, sino la masa popular, el vulgo, y entre el vulgo el ms ignorante quiz de sus indivduos. La nueva palabra, rechazada primero porque no reconoce una etimologa griega, ni siquiera latina, hace fortuna despecho de las eminencias cientficas, se acepta, y todos la usan como absolutamente indispensable para hacerse comprender. Decimos esto, para justificar el ttulo de la presente obra. Hay en la sociedad un crecido nmero de indivduos que han llegado formar verdadera _clase_, y que no tenian calificacion. Este tipo, que no se parece ninguno, es digno de ser estudiado. Como no tenia nombre, se le puso. Quin? No lo sabemos, aunque s tenemos la seguridad de que se fragu en la cabeza de un hijo de la risuea Andaluca. Qu significa este nombre? Nada por su etimologa, y sin embargo, dice mucho al oido y es preciso reconocerle un gran mrito. La combinacion y sonido de las slabas de una palabra expresa por s una idea triste alegre, una cosa sublime grotesca, delicada ruda, y esto sucede con el calificativo de las gentes que nos proponemos pintar. Los que no conozcan nuestro idioma, no pueden comprender lo que significa la palabra _cursi_; pero al oirla pronunciar no ha de quedarles duda de que se refiere algo que es ridculo, grotesco cosa por el estilo, y en esto precisamente consiste el mrito de la calificacion. No busqueis otra, porque no la tenemos en nuestra rica lengua, y en vano le buscarn equivalente en otro idioma los que quieran honrar una vez ms nuestro ingenio y traducir este libro. El tipo que nos ocupa lo encontrareis en todas las clases de la sociedad; pero donde abunda es en esa clase desgraciada que est entre el obrero y el aristcrata, entre el capitalista y el mendigo; esa clase que es rica y se muere de hambre; que es pobre y gasta como los ricos; que tiene todas las necesidades y ningun recurso, y que disponiendo de grandes recursos, sabe hacer abstraccion de todas las necesidades. El _cursi_ no puede equivocarse, no puede confundirse, no puede pasar desapercibido. Se distingue por sus maneras, por su lenguaje, por sus gustos, por sus inclinaciones y hasta por su aspecto, y si no hubiera de acusrsenos de exagerados, diramos que se les conoce hasta en la sombra que proyectan. No es esto verdad? Serian dignos de compasion si no fuesen dichosos, porque pesar de lo mucho que en ocasiones sufren, creen que representan un gran papel, sienten halagado su amor propio, y son as felices. Los que no tienen talento, ni corazon, ni vergenza, son dichosos; esto nadie lo ignora. La criatura cursi tiene corazon, pero nada ms, y el corazon, sin el compensador unas veces de la inteligencia, y otras de la dignidad de la voluntad, sin algunas virtudes; el corazon, repetimos, es como la barquilla sin timon, velas ni remos, que flota merced del revuelto oleaje y concluye por sumergirse estrellarse en las rocas. Vamos concluir, porque ya hemos dicho bastante para advertencia aclaracion. Particularmente la mujer de la clase que intentamos retratar, tiene un porvenir bien triste, pues por las condiciones de su carcter y por las circunstancias de su manera de vivir, se acerca, aunque lentamente, un abismo, sin que de ello se aperciba hasta que est en el fondo de donde no puede salir. El nio que corre tras la mariposa, cree que un paso ms no tiene importancia, y paso tras paso se aleja tanto, que cuando quiere volver su hogar no encuentra el camino. As van, lo mismo el hombre que la mujer, hasta el ltimo extremo de todos los extravos, y hasta el crmen. Y aqu principia nuestra historia. Las nueve de la noche habian dado. El mes de Julio principiaba. En Madrid, en Julio y las nueve de la noche, el calor sofoca bastante para que se comprenda cmo los que habitan cerca del Ecuador pasan la existencia en dulcsima ociosidad, y trueque de no moverse se resignan no comer. Dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios; pero nos parece que este refran no es aplicable con exactitud todos los climas. Permtasenos creer que en los pases donde la temperatura es muy elevada, la ociosidad, en vez de ser madre de todos los vicios, es fuente de todas las delicias. Salvo algunas calles, no ms que algunas del centro de la Villa tres veces coronada, se veian en las dems muchas criaturas que se habian acomodado en las aceras para aspirar el ambiente, si no fresco, al mnos puro de la noche, y decimos puro, en cuanto es posible en una poblacion como Madrid, donde respiran y bullen sin cesar ms de trescientas mil personas. Abiertos estaban todos los balcones, y abiertas de par en par las puertas de los cafs y horchateras. Los afortunados que pueden ir en coche, recostbanse indolentemente sobre los blandos almohadones de sus vehculos, y los que no tienen otros medios de locomocion que sus pis, iban y venian flojamente, y de vez en cuando sacaban el pauelo para limpiar el sudor que corria por sus rostros. Ya estaba el Prado lleno de paseantes, jvenes en su mayora, exhibiendo las mujeres sus encantos y mirando los hombres como si con los ojos dijesen: --Cualquiera de esos me conviene para marido, pues lo que importa es casarse. Por desgracia, son muchas las mujeres que no piensan de otra manera en el casamiento. En cambio ellos, la vez que se extasian contemplando tanta belleza, parece como que andan recelosos y sobrecogidos por el temor de que alguna de aquellas mujeres consiga lo que desea. Tambien vagaban algunas personas por los jardines de Recoletos, y algunas parejas, buscando la soledad y la sombra, entregbanse las delicias de un amor misterioso. Todo esto y mucho ms tendremos ocasion de examinarlo detenidamente; pero ahora es preciso que abandonemos las calles y paseos, para introducirnos en la vivienda de doa Robustiana del Peral, tipo que por ser raro es digno de nuestra atencion. No habeis visto nunca personas que se complacen en que se casen sus amigos, y trabajan sin descanso para conseguirlo as? De seguro habreis visto alguna, y si habeis sospechado que algun mezquino inters las movia, os equivocsteis. Hay personas, particularmente mujeres, que no teniendo otra cosa que hacer, se ocupan en arreglar casamientos, y cada vez que arreglan uno, gozan y se consideran felices. Como no se ocupan de otro asunto, como todas horas piensan en lo mismo, acaban por ser maestros consumados, tienen habilidad prodigiosa para vencer todos los inconvenientes, y rara vez sufren una derrota. Doa Robustiana era el tipo perfecto de las casamenteras, y ocupaba la posicion social que casi todas las casamenteras ocupan. Tenia cincuenta y ocho aos, era viuda, y no habia conseguido encontrar segundo esposo. Parece que despechada debi complacerse en que ninguna mujer se casase; pero le sucedi todo lo contrario y se hizo casamentera, obteniendo grandes triunfos, pesar de que habia tenido que luchar con hombres opuestos al matrimonio hasta por instinto. Disfrutaba la viuda una pension de seis mil reales, y era duea adems de algunos bienes, con lo cual podia vivir cmoda y decorosamente, y as vivia, y su fortuna era por muchos envidiada. Aseguraban todos los amigos de doa Robustiana, que el trato de esta era el ms agradable del mundo. La verdad es que ella tenia para todos palabras muy benvolas, y ponia todo su cuidado en prodigar alabanzas cuantas personas conocia. Estaba algo envanecida con lo que ella llamaba su talento, con su posicion, y sobre todo con sus antecedentes, de que hablaba con frecuencia. Tenia doa Robustiana una hija, quien no hay que decir que habia conseguido casar; pero la hija se encontraba en el archipilago Filipino, adonde habia ido con un regular empleo su esposo. De vez en cuando suspiraba tristemente la viuda, y se lamentaba de su soledad; pero se consolaba con sus muchos amigos. Como se habia propuesto pasar la vida todo lo ms agradablemente posible, en vez de frecuentar los teatros y los paseos, habia hecho todo lo posible para que su casa fuese el punto de reunion de unas cuantas familias. All pasaban estas el tiempo sin sentir, segun decian, entregndose unas veces la inocente distraccion de los juegos de prendas, otras la lotera, y tambien las delicias de la msica, pues doa Robustiana, entre otras cosas de sus buenos tiempos y de sus pasadas glorias, conservaba un piano. El armonioso instrumento contaba una respetable antigedad; estaba desafinado casi siempre, pero bueno era para las manos que habian de mover sus teclas. Con este sistema de vida, la viuda tenia muchas ocasiones para entregarse su goce favorito de hacer casamientos. Esto, ms que nada, era un atractivo para las jvenes que aspiraban al lazo del matrimonio, y atractivo tambien para las madres que toda costa querian casar sus hijas, aunque fuese con el moro Muza y slo por el placer de poder decir que habian tenido bastante habilidad para casarlas. Despues tocaban los inconvenientes; pero qu importaba esto? Las habian casado, y si el matrimonio constituia la desgracia de los dos cnyuges, arreglbase todo muy bien con lamentarse, sin que la madre quisiese aceptar la responsabilidad de la desgracia de la hija, sino que, por el contrario, decia: --No es mia la culpa, pues nunca me agrad que se casase con semejante hombre; pero ella se empe, y consent para evitar escndalos y que la justicia tuviese que intervenir para que el resultado fuese el mismo. Tampoco esto menguaba el crdito de la casamentera, pues de todos modos quedaba probado que en aquella casa se hacian casamientos, y esto era lo ms interesante para las que toda costa querian marido. Si cuando las mujeres cumplen veinticinco aos no ejerciese gran influencia en sus resoluciones el amor propio, se evitarian muchas desgracias; pero los veinticinco aos, y particularmente los treinta, muchas mujeres se casan con cualquier hombre, slo por casarse, para probar que ha habido quien fije en ellas la atencion, para no representar, en fin, el papel de solteras rancias, papel que les hace sufrir ms que todas las desgracias, ms que todos los tormentos. Si no para todas, para algunas mujeres el celibato cierta edad es mil veces peor y ms horrible que la deshonra, de otro modo, es para ellas una deshonra de cierto gnero, deshonra que pueden sufrir, pero que no aceptan y con la que jams se resignan. A cierta edad, dice una mujer: Soy casada, soy viuda. Pero decir que es soltera, tener que pronunciar esta palabra terrible, le cuesta ms trabajo que hubiese podido costarle Luis XIV decir que se habia equivocado. Por supuesto, que todas ellas aseguran que no se han casado porque no han querido, y que les parece preferible su estado honesto, la pcara doncellez que las agobia como una montaa de plomo. Esto dicen, porque la boca ha de servir para algo, siquiera para mentir. Consiste todo esto en que muchas mujeres no han comprendido que pueden representar un gran papel sin casarse, porque en este mundo hay algo ms que hacer que entregarse las dulzuras y amarguras del matrimonio. No es la culpa de ellas solamente, sino tambien de la sociedad, que ha querido echar sobre la mujer la carga de todos los deberes, sin reconocerle ningun derecho. Debemos ser justos y reconocer que es bien triste la suerte de la mujer. Esta tiene inteligencia y sobrado corazon; pero de qu le sirve? Dadme dinero y prohibidme que lo gaste, y como si no me lo diseis. A la mujer todo le est prohibido, absolutamente todo. No se la permite ms que casarse, y aun esto cuando la solicitan, y por consiguiente no puede pensar en otra cosa, nada ms aspira, y es capaz de cometer todo gnero de locuras para ver realizada su nica aspiracion. No, no escribimos contra vosotras, pobres mujeres, sino contra la sociedad, que es la verdadera responsable de casi todas vuestras faltas, vuestras debilidades extravos; pero si en ciertas cuestiones llegais la exageracion, si en momentos de ceguedad sacrificais vuestra dignidad vuestro amor propio, si descendeis desde la sublimidad de vuestros delicados sentimientos la triste realidad de todas las vulgaridades, de todas las pequeeces, de todas las necedades, entonces cumplimos nuestro deber y os advertimos que os extraviais, por ms que la advertencia os desagrade. Habeis nacido para representar un gran papel, para ejercer en los destinos del hombre una gran influencia, y nos duele mucho que no aprovecheis vuestra ventajosa situacion, pues no parece sino que en muchas ocasiones se empea en ser esclava la que ha nacido para seora absoluta. Hemos dicho que doa Robustiana del Peral tenia cincuenta y ocho aos, y si ms tenia, ella no confesaba ms. Ahora completaremos su retrato, pues no lo hemos hecho ms que de la parte moral, y es preciso que lo hagamos tambien de la fsica. De escasa estatura era doa Robustiana; pero en compensacion era excesivamente gruesa, y el exceso de robustez, ayudando al tiempo en sus naturales estragos, habia hecho que desapareciesen las primitivas formas de la viuda. Entre sus abultadas megillas desaparecia casi completamente su nariz, corta, ancha y aplastada, y escondanse sus ojos, muy pequeos, redondos y, que ya habian perdido el brillo del fuego de la juventud. Escassima era la cabellera, en otro tiempo de color castaa, de la viuda; pero todo se arregla en este mundo, y con un aadido en la parte posterior de la cabeza y algunos otros mechones convenientemente colocados, quedaba la viuda peinada admirablemente por mano de su peinadora. En la forma del peinado veanse lo que pudiramos llamar reminiscencias de pasadas y olvidadas modas; pues doa Robustiana no transigia fcilmente con todo lo moderno. An conservaba algunos vestidos de los ltimos aos de su matrimonio, y aunque reformados, tenian el sello inequvoco de la antigedad, resultando, que cuando la viuda queria vestirse bien en los dias de fiesta, ciertas noches para recibir sus amigos, presentaba una figura bien extraa por cierto, extravagante, casi grotesca, y pudiera decirse que sin ms trabajo que retratarla con toda exactitud, se hubiera tenido una caricatura. Era muy aficionada cargarse de adornos, y se los ponia de todas clases. La cofia toquilla, como quiera llamarse, que cubria su cabeza, estaba cubierta de encajes y lazos de vivos colores. Adornaban su cuello y su pecho, cintas y relumbrantes cadenas, grandes medallones y el reloj de repeticion que le habia regalado su difunto esposo durante la luna de miel. As ataviada, sentbase la viuda en un ancho sillon, y mientras que con la mano derecha agitaba un abanico, con la izquierda acariciaba el ancho lomo de un gatazo rubio, que se le colocaba en el regazo, durmiendo all y contagiando con su sueo su seora. El gato no servia para cazar ratones; pero doa Robustiana lo tenia en gran estimacion, siquiera porque el invierno al acostarse lo colocaba en su cama para que le calentase los pis. Los muebles eran tan antiguos como la ropa y como las costumbres de doa Robustiana, pues esta, sin querer transigir con lo moderno, almorzaba, lo mismo que habian hecho sus padres, antes de las ocho de la maana, comia las dos de la tarde y cenaba apenas anochecia. Lo nico moderno que habia en aquella casa era la sirviente, que no tenia ms de veinte aos, y era bonita, alegre, demasiado alegre quiz, viva, habladora, aficionada toda clase de enredos y embustera hasta lo inconcebible. Si estas cualidades hubieran podido ser apreciadas por la viuda, la sirviente habria tenido que buscar nuevo acomodo; pero esta era muy hbil para fingir, y aquella no pudo comprender la verdad. Juana, que as se llamaba la sirviente, tenia un novio, del que nos ocuparemos oportunamente, y aspiraba casarse, aunque para conseguirlo as no llevaba el mejor camino. Cuando el ama y la criada estaban solas, no se oia en la casa ms ruido que el de la voz fresca y aguda de la sirviente, que cantaba con envidiable alegra y como quien es completamente feliz. No falta decir sino que la casa en que habitaba la viuda estaba en la calle del Ave-Mara. Recordaremos que habian dado las nueve y que el calor era sofocante. CAPTULO II Los amigos de doa Robustiana. Encontrbase la seora del Peral en un gabinete y sentada junto al balcon, agitando su abanico, sudando y contemplando el puro horizonte cuajado de estrellas. Apoyaba los pis en un pequeo taburete, y all habia hecho que se colocase su amado _Morito_, lo que es igual, el gatazo rubio, porque en la falda le daba demasiado calor. En el centro de la habitacion habia una mesa con cubierta de pao verde, y sobre la mesa un quinqu con pantalla bastante grande y de color oscuro. Debajo de aquella mesa, y en las noches de invierno, colocbase el brasero, los tertulianos de doa Robustiana introducian las piernas por debajo del luengo tapete, apoyaban los brazos en la mesa y jugaban la lotera, cuando no se tocaba el piano no habia quien propusiese algun juego de prendas. En el verano hacian lo mismo, aunque no tenian que buscar el calor del brasero. Doa Robustiana habia cenado, es decir, estaba bien preparada para toda la noche, y aguardaba con impaciencia sus amigos. Una campanilla reson. Juana, que en el balcon de otro aposento se deleitaba en aspirar el ambiente de la noche, corri hasta llegar la puerta, abri y dej el paso libre dos personas. Eran dos mujeres. La una vieja y la otra jven. La primera flaca, consumida, asmtica y de color bilioso. La segunda tampoco tenia que deplorar el exceso de robustez; pero gracias los algodones, crinolinas, aceros y ballenas, presentaba formas medianamente regulares de mujer. Lo mismo que sus formas, era mentira su color, pues la naturaleza le habia parecido bien hacerla morena, y ella se habia convertido en blanca. Si la jven no era lo que parecia, parecia algo bastante agradable, pues en realidad no carecia de belleza, y sobre todo de gracia, y tenia suficientes atractivos para hacer que en ella se fijasen las miradas de los hombres. Sonreia constantemente, no sabemos si para hacerse agradable para lucir la blanca dentadura que le habia dado la naturaleza. No era menester ms que mirarla para comprender que era de carcter vivo y alegre. Donde ella se encontrase, segun doa Robustiana y sus amigos decian, no era posible la tristeza. Con tales condiciones, debia suponerse que encontraria pronto un marido, con tanta ms razon, cuanto que la viuda se habia declarado sobre este punto su protectora. Tenia adems muchas habilidades, pues cantaba, aunque sin saber msica, graciosas canciones del gnero andaluz, y con pretensiones de actriz recitaba los mejores trozos de las comedias sentimentales. Adems, ella tenia la pretension de vestir con mucho gusto, con mucha elegancia, y creia firmemente que por todas partes iba encendiendo corazones. Sus padres habian tenido la desgraciada ocurrencia de bautizarla con el nombre de Francisca; pero todos la llamaban Paquita, y slo as pudo ella resignarse con nombre tan vulgar. Llevaba un vestido de una de esas telas que no tienen nombre, que son muy vistosas, que cuestan muy poco, y que en realidad valen mucho mnos de lo que cuestan. No sabemos con cuntos volantes, rizados, lazos y otros adornos, iba cubierto el vestido. Lo habia estrenado aquella tarde, lo habia lucido en el Prado, y luego en el caf, y pensaba dar el ltimo golpe de efecto en la tertulia. Para conseguirlo as se presentaba ms tarde que de costumbre, suponiendo que encontraria ya reunidos todos los amigos de la viuda. Ya sabemos que Paquita se equivocaba y que tenia que sufrir un desengao, puesto que no habia de encontrar ms que doa Robustiana y su _Morito_. La madre de Paquita, medio ahogada por haber subido la escalera, empez toser, y como si perdiese el equilibrio, extendi un brazo y se apoy en uno de los hombros de su hija. --Jess, mam!--exclam esta, desvindose bruscamente. --Qu te pasa?--pregunt la madre cuando pudo hablar. --Pues no parece sino que yo sea un guardacanton... Mira cmo me has puesto la puntilla del fich. --Pues, hija mia, con los viejos hay que tener paciencia, y debes considerar que primero es tu madre que tus moos y pelendengues. Por t sufro todo esto, pues yo estaria mejor en casa, aunque all tampoco me falta que rabiar con la calma de tu padre. --Piensas armarme una escena? --Mira, nia, si has creido que voy tolerar todas tus desvergenzas... --Pero, mam, con tu genio nos pones en ridculo. --Eso es, porque no dejo que me maltrates. Este delicioso dilogo sostenian en el recibimiento y mientras se quitaban y colgaban en una percha las mantillas. Juana, con una lamparilla en la mano, permanecia inmvil, sonreia maliciosamente, y como no podia estar mucho tiempo callada, dijo Paquita: --Vamos, seorita, no se enfade usted con su mam. --Pues esto no es nada,--repuso la biliosa madre;--habia usted de verla en casa. --Ahora puedes decir que soy una fria, y con la buena fama que t me des... --La que mereces. --Ha venido alguien?--pregunt Paquita la sirviente. --Nadie todava. Hizo la jven un gesto de disgusto; pero como tenia la costumbre de decir siempre lo contrario de lo que sentia, murmur: --Me alegro. Y haciendo crugir la pomposa falda y balanceando la cabeza, atraves con paso firme y altivo continente algunas habitaciones, hasta llegar al gabinete donde se encontraba doa Robustiana con su amado _Morito_. La madre sigui como mejor pudo la hija. --Ah!...--exclam la viuda, ponindose en pi. El gato levant la cabeza perezosamente, relamise, cambi de postura, y volvi dormirse. Resonaron no sabemos cuntos besos, cruzronse las palabras ms cariosas, y las tres amigas se sentaron. Doa Robustiana, cumpliendo su deber, principi por dirigir mil alabanzas Paquita, hablndole adems del vestido nuevo, preguntndole cuntas varas de tela habia empleado y cunto le habia costado: Paquita respondi todo, mintiendo segun su antigua costumbre. La madre se quej del calor, de los nervios y de la imperturbable calma de su marido, y como cosa que viene de molde, habl del genio insufrible de su hija. A tal punto llegaban de la conversacion, cuando nuevamente reson la campanilla. --Quin ser?--pregunt la madre de Paquita. --Siento que nos interrumpan,--dijo doa Robustiana,--porque ahora iba darles ustedes una noticia de inters. --Tendremos paciencia, y luego ser. Otras dos seoras se presentaron: otra madre con su hija, tipos opuestos las que hemos dado conocer. La primera, que apenas tendria cincuenta aos, era excesivamente robusta y con formas tambien excesivamente desarrolladas. La cara, de color rojo amoratado, era ms ancha que larga, y estrecha y deprimida su frente, grande su boca, y extremadamente gruesos los labios. La nariz casi no merecia este nombre, pues ms que nariz parecia un trozo de remolacha colocado sobre la boca. Sus pequeos ojos, de color indefinible, carecian de pestaas. Copioso sudor corria por sus megillas. Apenas podia respirar, y muy trabajosamente agitaba el abanico de descomunal tamao y de vivos colores. A pesar de su fealdad, no era desagradable, pues sin cesar sonreia como pueden sonreir los querubines, y en su semblante se revelaba una candidez y una benevolencia sin igual. Vestia lujosamente, pues toda su ropa y adornos eran de bastante valor; pero al mirarla era preciso acordarse de la fbula de la mona que se visti de seda. La segunda, es decir, la hija, se parecia mucho la madre, era tambien rechoncha, prodigiosamente desarrollada y de abultadas formas, que es lo mismo que decir que era una mujer compuesta de diversos y grandes bultos, sin que el emballenado cors pudiese apenas contener disimular tan colosales protuberancias. Esto era una desgracia de gran consideracion, porque entre otros inconvenientes, presentaba el de que slo con mucho trabajo podia mirarse los pis la jven. Tambien la candidez se pintaba en su semblante. La robustez no tiene que ver nada con la sensibilidad, y por ms que el lector se sorprenda, debemos decir que la mofletuda nia era sensible como una heroina de melodrama. Hablaba poco y suspiraba mucho y con tanta languidez, que no podian escucharse con indiferencia sus tiernos suspiros. Impresionable y tmida hasta el ltimo grado de la timidez, era muy fcil producir en ella un trastorno, y ms de una vez se la habia visto desfallecer como la mujer ms delicada. Habia leido muchas novelas del gnero romntico, y queria toda costa ser una mujer sublime. Al oirla suspirar, al ver cmo languidecia, se hubiera creido que, pesar de su temperamento sanguneo, era una de esas criaturas de organizacion dbil, en que los nervios representan el principal papel. No hay que decir que en su envidiable organizacion sucedia todo lo contrario. Comia poco, muy poco, segun ella aseguraba; pero la verdad Dios la sabia. Era desgraciada, y su desgracia consistia en la ruda franqueza de su madre, que aunque con la mejor buena fe del mundo queria complacer su hija y representar la comedia, olvidbase con frecuencia de su papel y hablaba de los tiempos en que vivia su esposo y ella bajaba al obrador y vigilaba para que los trabajadores cumpliesen su deber. Cuando la madre decia esto cosas por el estilo, su hija, que no se separaba de ella un instante, le tiraba del vestido guisa de advertencia y le dirigia miradas angustiosas. Llambase la madre Cecilia, y la hija le habian puesto el sublime nombre de Adela. El padre de esta, que ya no existia, habia tenido un gran taller de cerrajera, y habia conseguido hacer una respetable fortuna. La viuda y la hija del cerrajero podian, por consiguiente, gastar mucho y presentarse con verdadero lujo. Aspiraba la nia casarse con un gran seor, por lo mnos con un hombre que algo tuviese de aristcrata, y algo tambien de romntico, borrando ella as sus plebeyos antecedentes. En los paseos, en los teatros, en los cafs y en todos los sitios pblicos, vease siempre la sensible Adela en compaa de su madre; pero hasta entonces no habia conseguido su objeto, si bien abrigaba la esperanza de conseguirlo, porque habia fijado en ella sus miradas cierto caballero de ilustre cuna, que la semana anterior habia sido presentado doa Robustiana del Peral, y que ya formaba parte de la tertulia. Como se ve, Adela y Paquita eran dos tipos opuestos. La primera aspiraba la realizacion de sublimidades, y la segunda queria toda costa un esposo rico, que pudiera gastar mucho dinero, engalanarla, llevarla en coche, emprender viajes los veranos y otras cosas por el estilo. Cruzronse nuevos saludos, y otra vez cambi el gato de postura, y se entabl conversacion sobre los baos, lo cual di doa Cecilia ocasion para decir: --Cuando vivia mi Mateo, las costumbres eran distintas. Todas las tardes bajbamos al rio... Interrumpise, porque sinti que Adela le tiraba del vestido. --El rio!--exclam Paquita con acento de repugnancia.--Jess! --Pap era caprichoso,--dijo entonces la jven mofletuda. --S, mucho debia serlo. --Pero era un hombre muy honrado,--replic doa Cecilia. --Y quin ha puesto en duda su honradez?--dijo la esculida madre de Paquita con su natural acritud. Doa Robustiana crey conveniente tomar parte en la conversacion, y dirigindose la sensible Adela, le dijo: --Creo que esta noche no se olvidar de nosotras Eduardo. Psose Adela colorada como un tomate, y exhal un lnguido suspiro. Paquita despleg una sonrisa burlona. Por tercera vez son la campanilla. Pocos momentos despues se present un hombre sencillamente vestido, y cuya raida levita revelaba una situacion demasiado triste. Era alto, muy delgado, moreno y de mirada viva y penetrante; pero al entrar di su rostro una expresion melanclica muy profunda. Era el que poco antes habia sido nombrado por doa Robustiana. No se le conocian Eduardo bienes de fortuna, ni habia seguido ninguna carrera ni aprendido ningun oficio. Aseguraba l que vivia con el escaso producto de algunos bienes que habia heredado de sus padres, y se resignaba con su pobreza, aunque esta debia tener un trmino, pues un tio suyo, ricachon avaro que vegetaba en las montaas de Galicia, tenia otorgado testamento legando toda su fortuna su sobrino. Si esto era verdad, Dios lo sabia. Eduardo habia leido mucho, decia que era un hombre de corazon, miraba con desprecio los bienes mundanos, no habia tenido ms amor que el de las musas, y sabia suspirar tan lnguidamente como Adela. A esta le habia dedicado algunos versos, donde se hablaba del espritu, del corazon, de las regiones etreas, del aroma de las flores, de los resplandores de la luna, de los pensiles, de las suaves auras de la noche y de la eternidad. Eduardo era, pues, un hombre sublime, espritu puro, que apenas se concebia cmo podia vivir en el inmundo lodazal de pasiones y ruindades de este valle de lgrimas. Y si no era as, por lo mnos as lo habia creido Adela. La verdad la sabemos nosotros. Eduardo era un bribon consumado, que vivia de las farsas y que sabia representar admirablemente todos los papeles. Comprendi que Adela era una mina de oro, y se propuso explotarla. Si para conseguirlo era preciso casarse, se casaria, pues nada le importan los lazos y compromisos al que no tiene intencion de respetarlos. Si lo hubisemos visto cinco minutos antes, no lo habramos reconocido. Salud cortsmente, y pareci turbarse cuando estrech la robusta mano de Adela. Ella se estremeci, y no hay que decir que los estremecimientos no puede disimularlos una criatura de las formas de la romntica nia que nos ocupa. Eduardo dijo que estaba sofocado, que era insoportable la atmsfera de Madrid y que no deseaba ser rico ms que para vivir largas temporadas en el campo, en la callada soledad, la sombra de los frondosos rboles, orillas de los murmuradores arroyos, contemplando el puro horizonte, escuchando los armoniosos cantares de los inocentes pajarillos, y amando y siendo amado, y pudiendo as olvidar al mundo egoista con todas sus pasiones y debilidades. Suspir Adela. --Pues, hijo,--replic doa Cecilia,--yo estoy acostumbrada la animacion, y no podria vivir as. --Hay almas que nacen para la soledad, para el misterioso silencio. --Es verdad,--repuso tmidamente la mofletuda nia. --Est usted muy sublime esta noche,--dijo Paquita. --Hay criaturas que mueren sin que el mundo las haya comprendido,--murmur tristemente Eduardo. Y dirigi una mirada elocuente la sensible Adela. Esta se ruboriz y baj los ojos. Doa Robustiana crey la ocasion oportuna, y le dijo al truhan. --Eduardo, tenemos que hablar, y lo haremos en la primera ocasion. Presentse otro tertuliano. Era un jven imberbe, plido y enteco, que apenas se atrevia moverse por temor de que se estropease su ropa. Llevaba corbata de vivos colores, grandes botones en la camisa, guantes amarillos y un baston muy delgado con puo reluciente y que sin cesar le servia de entretenimiento. No queria este aparecer sublime, ni pobre, ni tmido; sino todo lo contrario, pues tenia pretensiones de hombre de mundo, de calavera, de desalmado, y con frecuencia hablaba de orgas, de aventuras amorosas, de desafos y de otras cosas del mismo jaez. Vivia con el producto de un modesto empleo; pero l aseguraba que recibia de sus parientes cantidades de consideracion, que se disipaban sobre el tapete verde y en otros excesos. Llambase Juan, y por su desgracia no tenia derecho al apellido de Tenorio, sino al de Gonzalez. No era posible que el imberbe Juanito engaase al mundo, pues ninguna habilidad tenia para representar su papel. Ni siquiera habia sospechado que al hacerse el calavera se ponia en ridculo, sino que, por el contrario, creia firmemente que todos lo miraban como puede mirarse un verdadero don Juan. A pesar de esto, escuchaba humildemente las rdenes que sus jefes le daban, no se atrevia faltar la oficina, y con la mayor prudencia evitaba cualquiera cuestion que pudiera tener un trmino desagradable. A Juanito le sucedia lo que desgraciadamente le sucede muchas criaturas, empendose en ser todo lo contrario de aquello para que han nacido, con lo cual resulta que no se llega ser nada. Los que tienen el buen talento de aprovechar sus disposiciones naturales, consiguen ms mnos tarde hacer su fortuna. El jven era dbil, y se empeaba en ser fuerte; era tmido, y queria aparecer valeroso; tenia un corazon sensible, y se esforzaba para obrar como descorazonado. Qu habia de conseguir en el mundo? Empearse en ir contra la naturaleza, es una estupidez una locura. Despues de Juanito fueron otras personas. Casi todas ellas llevaban el bolsillo, vaco y la cabeza llena de tonteras. El piano se abri para que tocase un jven que hacia sus estudios en el Conservatorio, y que tenia pretensiones de artista. Despues de muchos ruegos se dign Paquita cantar, moviendo mucho la cabeza y poniendo los ojos en blanco. Eduardo habl con Adela. Doa Cecilia se ocup de la honradez de su difunto marido. La madre de Paquita murmur sin cesar, y por fin se decidi jugar la lotera. Esto les pareci muy bien los unos y muy mal los otros; pero todos se colocaron al rededor de la mesa, y sobre esta se extendieron los cartones. No queremos describir con todos sus detalles esta escena. Doa Robustiana los observaba todos con disimulo y atencion profunda, no para coartar la libertad de nadie, sino para recoger datos que podian serle de mucha utilidad. Ms de una vez vironse las mejillas de Adela rojas como si fuese brotar la sangre. Eduardo, como todo hombre pensador, se distraia muy menudo y dejaba de apuntar, con perjuicio de sus intereses. Paquita, excesivamente nerviosa, arrugaba con frecuencia el entrecejo, palidecia, hablaba con voz insegura, y habia momentos en que parecia que era presa de un malestar inexplicable. El jven que estaba su lado se turbaba tambien. Y doa Robustiana, que se habia puesto sus lentes, continuaba imperturbable sacando bolas y diciendo nmeros. Combinronse ambos y ternos, ganaron los unos y perdieron los otros, y como el calor era sofocante, todos acabaron por languidecer y el juego termin. Otra vez se abri el piano. Doa Robustiana aprovech entonces la ocasion para hablar en voz baja con Eduardo, ponderando las cualidades de Adela. A las doce de la noche se disolvi la reunion. Al salir Eduardo dirigi la criada picantes galanteras. Cuando estuvieron en la calle, suspir Adela y exclam: --Ay, mam! --Qu te sucede?--pregunt doa Cecilia. --No le parece usted que Eduardo es un hombre sublime? --S; pero habla de una manera que no lo entiendo. --Su elocuencia no puede estar al alcance de usted. --Ya ves, hija mia, yo me he criado entre otra clase de gente. --Es preciso que olvide usted eso, mam. --T has pasado bien la noche, y esto es lo que me importa. --S, muy bien... Qu noche!... No la olvidar jams. Y Adela suspir, no suavemente, sino pon toda la fuerza de sus vigorosos pulmones. Entre tanto, Paquita y su madre sostenian un dilogo de muy distinto gnero. --Te advierto,--decia esta con tono de muy mal humor,--que no quiero que te distraigas cuando juegas. --No s si me he distraido. --Y qu te decia el seor de Montalban cuando temblabas? --Mam, yo no he temblado. --Paca, hay ciertas cosas... --Djame en paz. --Tendr paciencia como siempre. --Yo tambien necesito mucha. --De qu puedes quejarte? --De mi pcara suerte, porque paso el dia trabajando y sufriendo tu genio, y cuando llega la hora del descanso se me presenta esa tonta de Adela cargada de joyas para recordarme mi pobreza; pero poco he de poder, tomar venganza. --Si tienes esperanza en la lotera lo mismo que tu padre... --La tengo en mi talento. --Entiendo, Paca, entiendo: lo dices por ese buen mozo que antes nos ha seguido. --No ha sido esta noche la primera vez. --Pero quin es ese hombre? --Un capitalista. --Un capitalista! --Y Dios mediante, no se me escapar. --Siempre ests soando con el dinero. --Quieres que me resigne vivir como vivo? --Me parece que tienes que comer, que te presentas decentemente... --S, con un vestido de relumbron, con algunos lazos que no valen una peseta... --Pero... --Y poco mnos que sin camisa, pues ya sabes que no me queda ms que una, y para lavarla tengo que pasar una noche sin dormir. --Ms vale pobreza con honra, que riquezas con deshonra. --No me parece deshonra el casarse con un hombre rico. --Si lo consiguieras... --All veremos. --Por de pronto tenemos que pensar... --S, en el casero, que no nos deja vivir; en el carbonero, que se desvergenza cada dia, y en el aguador, que armar veinte escndalos. --La culpa la tiene tu padre con su cachaza. Como l nadie le molesta... --La culpa la tiene la pobreza con honra que t te parece tan bella. --Cuidado, Paca... --Antes que seguir representando el papel que represento, prefiero la muerte. Paca y su madre llegaron su casa. Abrieron, encendieron un fsforo y subieron hasta el cuarto piso. No tenian criados, y en cambio Adela tenia tres. Entraron en su pobre habitacion, cuyo miserable aspecto contrastaba con los volantes, puntillas y lazos que adornaban la jven. El padre cachazudo, que se habia quedado en casa, dormia ya profundamente y con la tranquilidad de las almas justas. Una jcara de chocolate sirvi de cena la madre y la hija. Esta se desnud, arregl su cama con un pobre colchon en el suelo, y se acost para soar con el dinero del capitalista buen mozo. Despues de sueo tan agradable, la realidad debia ser bien triste, debia parecerle doblemente horrible. Entre tanto, Adela y su madre habian devorado un trozo de jamon y dos chorizos, y se habian acostado en mullidos lechos, para roncar estrepitosamente. Si Adela soaba, veia al sublime Eduardo junto una mesa y escribiendo sentidos versos. En cuanto la mesa, no se debia equivocar la sensible jven, porque efectivamente, Eduardo se encontraba entonces junto una mesa, entre una docena de tahures, viendo cmo los naipes caian sobre el tapete y esperando la ocasion de _levantar un muerto_, que le permitiese almorzar al otro dia. El fingido calavera habia dicho que pensaba ir al casino y pasar all jugando el resto de la noche; pero se fu su pobre morada, desnudse, se santigu devotamente y se acost, para poder levantarse al otro dia la hora de ir su trabajo. La verdad es, que si Juanito se hubiese casado con Paquita, tal vez habrian sido dichosos; pero ella queria un hombre rico y l soaba con novelescas aventuras, cuyo trmino fuese el amor de alguna ilustre dama. Doa Robustiana cen en compaa de su gato, y traz su plan para que al mnos Adela consiguiese casarse con el sentimental Eduardo. Todo esto, que parece poco, entraaba mucho y debia producir las ms graves consecuencias. Qu suerte estaba reservada las dos jvenes en quienes particularmente hemos fijado la atencion? Ambas estaban, como suele decirse, fuera de su centro, se habian empeado en realizar un absurdo, y no debian esperar nada bueno. En cuanto Juanito, era tambien digno de compasion, porque sus estpidas pretensiones debian producirle ms de un srio disgusto. CAPTULO III La paloma y el gabilan. El buen mozo de quien habia hablado Paquita, era efectivamente dueo de una gran fortuna, que habia heredado y que disfrutaba, ms bien disipaba para sostener toda clase de vicios, para satisfacer todas sus pasiones. Se habia educado, como por desgracia se educan en Espaa muchos de los que nacen en la opulencia, acostumbrndose la ociosidad y sin contrariarse una sola vez en su vida. Pertenecia una familia ilustre, estaba relacionado con lo que se llama el gran mundo, y representaba, en fin, un papel deslumbrador. Todo esto significa que era uno de esos calaveras de buen tono, que por ms que hayan llegado al ltimo punto de la depravacion, como son ricos, son respetados por todo el mundo, y fcilmente consiguen, no slo la indulgencia de la sociedad, sino el perdon absoluto de sus criminales extravos. Si el capricho de muchas mujeres le habia obligado derramar el oro manos llenas, los caprichos suyos habian hecho derramar muchas lgrimas otras infelices. --As se compensa todo,--decia indiferentemente el aristocrtico calavera,--pues lo que me cuestan las unas me lo pagan las otras, y si me acusan las que han sufrido por m, yo tengo el derecho de acusar las que me han explotado, y tal vez me arruinen algun dia. No es menester decir ms para dar conocer con toda exactitud al opulento jven. Por lo dems, sus ideas eran las del ms perfecto caballero del siglo XVI, y creia que el hombre no se deshonra sino unindose una mujer de plebeyo orgen. Estaba dotado de muy clara inteligencia, era fecundo su ingenio, y en cuanto su valor lo habia probado muchas veces con la ms fria serenidad, y ante el peligro de perder la existencia. Batirse era para l una cosa muy sencilla, y la disputa de mnos importancia la hacia cuestion de honor. Pobre Paquita! Qu debia sucederle con un hombre as? El calavera, hijo mimado de la fortuna, para que nada pudiese desear, estaba dotado de una belleza varonil nada comun, y que en ciertas situaciones debia ejercer grandsima influencia en las mujeres. Jven, hermoso, rico y valiente, cmo habia de resistirle ninguna infeliz? Tenia la guerra declarada las mujeres de cierta clase, esas que se empean en salir de su centro, en aparentar que son lo que ni siquiera pueden ser, y que estn mal avenidas con la modestia, que las sublimaria si ellas tuviesen bastante entendimiento para hacer uso de la belleza de las virtudes. Ya hemos dicho que esas infelices se las conoce al primer golpe de vista. No hay ms que verlas en la calle, examinar su atavo, fijar la atencion en sus gestos y en sus ademanes, y si esto no es suficiente, cualquier hombre har la ltima prueba dicindolas una galantera, quedndose detrs y observando cmo vuelven la cabeza, suben y bajan los hombros y se mueven como si estuviesen atacadas de una enfermedad nerviosa. Pues y las sonrisas? Y el abrir y cerrar los ojos y volverlos y revolverlos en sus rbitas como si estuviesen mal avenidos con encontrarse all aprisionados? Otra seal: nunca hablan en voz baja, apuran el diccionario de las palabras ms cultas y su acento no se parece ninguno. Lo que todo el mundo conoce, claro es que habia de conocerlo el ilustre calavera. Encontrbase este alguna vez en los corrillos que en sitios determinados de la crte y ciertas horas forman los desocupados; pasaba una de esas mujeres tan dignas de compasion, y alguno de aquellos vagos decia: --Una _cursi_. Nuestro jven la miraba con insolencia, la dirigia frases ingeniosas y agradables, y si estaba de buen humor la designaba como una de sus vctimas. Paquita fu una maana al Prado ver una formacion de tropa, porque la tropa le encantaba, y para ella la msica ms agradable era la de los figles, los serpentones y las trompetas. Iba y venia mirando los soldados que por lo mnos tenian el empleo de capitan, y el calavera, que paseaba caballo, dijo para s: --Es graciosa. Ms le hubiera valido la desgraciada Paquita quedar all muerta bajo la curea de un caon. El calavera hizo que su cabalgadura se encabritase y caracolease, y cuando hubo llamado la atencion de la jven, le dirigi una mirada ardiente, se alej, entreg su lacayo el hermoso cuadrpedo, y volvi al sitio donde Paquita se encontraba. La madre de esta tosia, y el calavera aprovech aquellos momentos para decir la morena blanqueada. --Ahora comprendo que algunos hombres pierden el juicio por las mujeres. Paquita baj los ojos como si se avergonzase; pero bien pronto los levant para mirar frente frente al que por ella sentia trastornado el juicio. Cmo palpit el corazon de Paquita! El calavera, que hemos olvidado decir que se llamaba Alfredo de Saavedra, averigu fcilmente quin era la nia de los hermosos ojos. Varias veces la encontr como por casualidad, la sigui y le dijo con las miradas mucho ms de lo que hubiera podido decirle con los labios. Entre tanto, Paquita tuvo ocasion de averiguar tambien quin era su galanteador, y cuando supo que era rico, acab de perder la cabeza, discurriendo as: --Por qu no ha de quererme de buena fe? Acaso no se ven todos los dias casamientos de hombres ricos con mujeres pobres? El verdadero amor no repara en estas pequeeces. Yo soy jven, bella y elegante, y esto es todo lo que necesito. Desde que estas reflexiones se hizo Paquita, triplic el nmero de sus adornos, porque crey que as su belleza seria ms interesante, y algunos dias disminuy considerablemente su alimento para poder comprarse una cinta cualquiera bagatela por el estilo. --La ropa se ve,--decia,--y lo que uno ha comido nadie lo sabe. En este pcaro mundo las apariencias lo hacen todo. No pens Paquita que por el hilo se saca el ovillo, y que hay ciertas cosas que no pueden ocultarse la mirada inteligente de los hombres que conocen el mundo. Alfredo crey llegado el instante de hacer una prueba decisiva, y al dia siguiente del en que hemos asistido la agradable reunion de los amigos de doa Robustiana, Paquita tuvo la satisfaccion de que el hombre rico la siguiese desde el Prado por la calle de Alcal. --Mam,--dijo la nia,--es preciso absolutamente hacer un sacrificio ms, porque tal vez de este sacrificio depende mi porvenir. --Siempre me pedirs algo que cueste dinero. --Pero que hemos de disfrutar las dos. --Y qu deseas? --Entrar en el caf. --Y no has pensado?... --He pensado en todo. --Ya veo que te sigue ese hombre. --Quiero hacer una prueba, mam. --Y luego tu padre... --No hables tan alto, que todo el mundo te oye. --Iremos al caf; pero habrs de contentarte con un chico de leche merengada. --Eso es muy ordinario, y cuando Alfredo lo vea... --Pues, hija, el sorbete cuesta dos reales, y si adems te empeas en tomar barquillos... --Pues es claro. --Sabes cunto dinero llevo en el bolsillo? --Ni me importa saberlo,--replic la jven con aspereza. Y luego se volvi, despleg una sonrisa, y lanz al calavera una mirada que hubiera podido calcinar una piedra. Ya ves, lector, que somos justos, y reconocemos Paquita el mrito de sus tentadores ojos. La madre seguia refunfuando; pero entraron en el caf del Iris. Con aire casi majestuoso atraves Paquita el primer departamento. Todos los hombres la miraban, pero ella no miraba ninguno, porque suponia que Alfredo la seguia y la observaba. Paquita llev su severidad hasta el punto de hacer un gesto de desagrado cuando algun atrevido le decia que era bella que con sus ojos iba esclavizando corazones. A la madre le desagradaba mucho que los hombres fuesen tan audaces. Sentronse. Pocos momentos despues, y junto la mesa inmediata, se sent Alfredo. Entonces fu cuando la madre de Paquita pudo examinar al pretendiente, y sin que ella supiese por qu, la desagrad mucho. No era un hombre rico, segun ella misma ambicionaba para su hija, y adems de buena educacion y distinguidas maneras? Esta pregunta se la hizo la buena seora; pero no fu bastante para que se tranquilizara. El instinto de madre le decia la verdad. En los ojos de Alfredo habia algo repulsivo para la madre de Paquita. Las miradas del seductor eran para la jven halageas hasta el ltimo extremo: pero la madre le producian el mismo efecto que la mirada fascinadora de la culebra. El mozo se acerc. Las dos mujeres pidieron helados, y mientras los saboreaban dijo la madre: --Ese hombre no me gusta. --Y por qu?--pregunt Paquita. --No acierto explicarlo. --Basta que me guste m para que t lo encuentres mal. --Si estuviese aqu tu padre... --Seria de tu opinion y de la mia, porque ya conoces su sistema. --S, lo conozco demasiado bien. --Djame ahora, que necesito observar. La madre se resign y call. Entre Paquita y Alfredo cruzronse miradas elocuentes, tan elocuentes que se entendieron sin necesidad de hablarse. As pasaron ms de una hora. Eran cerca de las diez, y determinaron volver su casa, porque la jven no queria mortificarse contemplando los vestidos y adornos de gran valor de doa Cecilia y Adela. Adems, la visita no tenia ningun objeto de verdadero inters, pues desde que el nuevo pretendiente se habia presentado, para nada necesitaba Paquita los buenos oficios de doa Robustiana. Sin necesidad de esta, aquella tendria marido. Tambien se evitaria el disgusto de que la casamentera le hablase de las grandes ventajas que le ofrecia su union con Juanito. Aunque este contase con recursos para vivir desahogadamente, segun l decia, no era tan rico como Alfredo, ni pertenecia al gran mundo. Brillar en el gran mundo! Esto era la suprema dicha. Mientras Paquita lanzaba miradas ardientes al seductor, hacia lo mismo que la lechera de la fbula, y ya le parecia verse en los salones de la alta sociedad, cubierta de seda y de joyas, siendo la envidia de las mujeres y la admiracion de los hombres, y mirando con desden todos los tertulianos de doa Robustiana. Llamaron al mozo para pagar; pero este dijo que ya habia cobrado. Figrese el lector la sorpresa de las dos mujeres. Mostrronse muy disgustadas, y la madre insisti para que el mozo cobrase. El mozo volvi la espalda y se alej. No habia que preguntar quin se habia tomado la libertad de obsequiarlas. El deber de ellas era dejar sobre la mesa el dinero y salir sin dirigir siquiera una mirada al galanteador, y revelando en sus semblantes que se consideraban ofendidas; pero les faltaba el valor para hacerlo as. No les parecia conveniente disgustar al rico caballero, porque entonces el casamiento se hubiera desbaratado. As aprecian las situaciones y juzgan esta clase de mujeres. Tienen la pretension de ser grandes, verdaderas seoras en el sentido moral de esta palabra, y les falta energa para hacer lo que hacen las que tienen el verdadero sentimiento de la dignidad y del decoro. Sentanse turbadas bajo una influencia que no podian contrarestar. Alfredo, como quien est seguro de lo que vale y de lo que puede, acercse ellas, las salud con una finura encantadora y le dijo la madre: --Seora, reconozco que he cometido una gravsima falta, y le debo usted una satisfaccion, esperando que sea indulgente y me perdone, en gracia siquiera de mi buena fe. --Caballero,--balbuce la madre de Paquita,--yo no s... por qu... --Hay momentos en que los hombres se vuelven locos estpidos, y es natural que entonces, no hagan ms que torpezas. Esto lo comprender usted fcilmente, porque tiene usted talento sobrado para comprenderlo. Yo necesitaba un pretexto para tener la honra de hablar con usted, y no me ha ocurrido otro medio que el de cometer una falta, porque as se conseguia mi deseo, siquiera fuese para pedirle perdon. No era este un lenguaje completamente desconocido para las dos mujeres? Y qu lenguaje tan bello! Por primera vez en su vida se veia la madre adulada con tanta delicadeza y tan ingeniosamente. No hay nadie invulnerable la adulacion. Cmo despedia con dureza al hombre que se mostraba tan atento y tan corts? Esto hubiera sido una grosera, esto era indigno de una seora. Movise de un lado para otro la madre de Paquita como si el asiento estuviera lleno de alfileres. No sabia qu decir. Quiso hablar, y la lengua no la obedeci. Para disimular apel al recurso de toser, sacar el pauelo y limpiarse la boca. Alfredo, quien las respuestas le interesaban muy poco, sigui hablando. No hay para qu repetir sus palabras, pues basta decir que manifest el vivo deseo de sostener con ellas cariosas relaciones. Con mucha habilidad y gran disimulo hizo comprender que la desigualdad de fortunas no podia ser un inconveniente, pues l no miraba ms que las virtudes, y todo lo ms los antecedentes en cuanto la clase de educacion de cada persona. La cndida madre acab por escuchar encantada al hbil seductor. Paquita sinti lo que siente la paloma cuando se ve perseguida por el gavilan: estaba fascinada; pero su fascinacion era dulce y agradable hasta lo inconcebible. As pasaron otra hora, que fu para ellas un minuto. Salieron los tres del caf, y paso entre paso fueron hasta la calle de San Lorenzo, que era donde habitaban las dos mujeres. La madre habl largamente de su esposo, que era un empleado antiguo, que no habia podido pasar de seis mil reales de sueldo pesar de su aplicacion y su honradez. --Todo eso se arregla fcilmente,--dijo Alfredo con indiferencia. Lo cual equivalia declararse protector del padre de Paquita. Adems del matrimonio, habia, pues, un ascenso en el horizonte. Lo que esto es para un empleado de poca categora, no lo comprenden sino los que lo son. Sigui hablando la madre y culp su marido de encontrarse tan atrasado en su carrera. --Con su carcter,--decia,--no puede suceder otra cosa. Le prometen, no le cumplen, y l se queda impasible. Trabaja mucho, no pide nada y nunca le ocurre hablar mal de sus jefes, de lo cual resulta que ni le tienen miedo, ni lo respetan, y hasta lo miran con desden. Si yo estuviera en su pellejo, otro gallo nos cantaria. Mil veces le he dado consejos para que se meta en poltica, porque as es nicamente como se medra; pero ni siquiera ha querido ser miliciano, y cuando llegan las elecciones va como un borrego votar por quien sus jefes le mandan. No sirve mi marido ms que para una cosa, para una no ms, para quemarme la sangre con su cachaza. Mire usted qu suerte le esperaria mi pobre Paca si yo no estuviera en el mundo. --Seora, no todas las criaturas tienen el talento de usted, su energa, su grandeza de alma. Si esta seorita se parece usted... --Es mi retrato, usted lo ver. --No del todo, mam,--se apresur decir Paquita,--porque tu carcter violento... --Seorita,--interrumpi Alfredo,--usted confunde la rara energa de su mam con lo que puede llamarse genio irascible, y debe usted tener en cuenta la diferencia de situaciones, de circunstancias... --Eso es, las circunstancias,--dijo la madre. Llegaron la casa. Alfredo les prometi una visita, rogando lo pusiesen las rdenes del seor don Pascual Bonacha, que este era el nombre del padre de Paquita, y aadiendo que desde luego podian entregarle una nota en que se expresaran las vicisitudes del antiguo empleado. Despidironse. Di Alfredo algunos pasos, detvose, y vi cmo las dos mujeres abrian la puerta, encendian un fsforo y desaparecian. El trastorno de Paquita habia llegado al ltimo punto. --Y qu dirs ahora?--le pregunt su madre. --Confieso que me habia equivocado. Es todo un caballero. Y qu lenguaje tan fino! Y cmo comprende las cosas media palabra que se le diga!... Ya lo has visto, me reconoce talento, me hace justicia... Pues y el ascenso?... Es un hombre como hay pocos. Te felicito, hija mia, y bien puedes hacer de manera que no te se escape, porque si pierdes esta ocasion, no encontrars otra. Cuida mucho de ocultar los pcaros defectos que tienes, porque si se apercibe de ellos, todo se perder. --Y en qu consisten mis defectos? --Lo sabes demasiado bien. Don Pascual dormia profundamente como la noche anterior. Paquita arregl su cama despues que hubieron cenado con la jcara de chocolate, segun costumbre. Qu dulce debia ser su sueo! No temia que se le escapase el novio, porque ella se creia con sobrados encantos y con habilidad sobrada para retenerlo. A la maana siguiente limpi y arregl la jven el aposento como mejor pudo, y se visti con ms esmero que nunca. Don Pascual, que era un hombre de escasa estatura, bastante grueso, de abultado abdmen y de temperamento linftico, escuch, mientras sonreia cndidamente, el relato de lo sucedido la noche anterior. No di muestras de pesar ni de alegra, de agrado ni de disgusto, ni dijo ms que... --Bueno. Semejante frialdad, segun siempre sucedia, hizo montar en clera su mujer; pero el buen marido, sin enfadarse, sin alterarse en lo ms leve, se puso escribir la nota, rompiendo con mucha calma la primera, porque no le pareci bien, haciendo lo mismo con la segunda y utilizando al fin la tercera. Luego se puso su levita y su sombrero, tom su baston, y sali para ir su oficina cumplir sus deberes. Iria aquel mismo dia Alfredo? Paquita suponia que s; pero su madre lo dudaba. La jven acert, pues las dos de la tarde reson la campanilla, abri la madre y se encontr frente frente con el aristocrtico calavera. El gavilan estaba ya en el nido de la paloma. CAPTULO IV Turbaciones. La esposa de don Pascual sinti como si le hiciesen cosquillas en todo su cuerpo, y ni vi, ni oy, ni acert darse clara cuenta de lo que sentia. Quiso saludar al caballero, y no hizo ms que tartamudear algunas palabras incoherentes; quiso dejarle el paso libre, y se lo estorb, y pensando abrir ms la puerta, la cerr violentamente y tan fuera de tiempo, que cogi uno de los faldones de la levita del calavera. Quiso este adelantar y no pudo, porque se encontraba preso, y tuvo que retroceder y quedar inmvil, diciendo mientras sonreia dulcemente: --Perdone usted, seora, pero... --Perdonar!... Y de qu?... La visita de usted nos honra... Pase usted, pase usted... --Es que... --Con franqueza, pues m me desagradan los cumplimientos. --A m tambien; pero es el caso que no puedo moverme. Cuando una persona se ofusca, es difcil hacerle recobrar la calma, y mucho ms difcil devolver la lucidez su entendimiento. En todo pens la esposa de don Pascual mnos en que habia cogido con la puerta el faldon de la levita del amoroso pretendiente, y suponiendo que este habia sentido repentinamente alguna indisposicion, dijo: --Si se ha puesto usted malo, tendr cuanto necesite. --Estoy bien... --Si alguna urgente necesidad... --Seora. --Parece que est usted violento, y la verdad, lo que ms me hace sufrir es que no hable usted con franqueza, porque nosotras somos muy francas. Difcilmente contenia su impaciencia Alfredo. No podia volverse para abrir la puerta y quedar libre, porque su levita se hubiera roto, y no le importaba el valor de la prenda, sino la situacion ridcula en que debia quedar. Las preguntas, contestaciones y rplicas acabaron por poner en gran cuidado Paquita, y no pudiendo contenerse, corri y se present su amante, diciendo con voz angustiosa: --Dios mio!... Pero qu sucede?... Pierde usted las fuerzas, no puede negarlo... --Lo que pierdo es la paciencia,--interrumpi Alfredo, que quiso terminar aquella escena aun trueque de renunciar su amorosa conquista.--Si no me muevo, es porque no puedo moverme... Abran ustedes la puerta, y se lo agradecer como el ms sealado favor. --Abrir la puerta!--exclam la madre de Paquita con acento de sorpresa profunda.--Pues por qu piensa usted irse apenas ha puesto el pi en nuestra pobre casa? --Seora, estoy preso... --Preso!... --Mi levita... --Qu quiere usted decir?... Aqu no aprisionamos nadie, nadie violentamos... --Mire usted, mire usted,--dijo desesperadamente el calavera. Y al mismo tiempo llev una mano hcia el dorso de su vientre para llamar la atencion al punto que le presentaba el obstculo. Este movimiento se prestaba interpretaciones que no tenemos para qu mencionar. Paquita baj los ojos, y haciendo un esfuerzo consigui ponerse colorada como un tomate. La madre arrug el entrecejo. Supuso que Alfredo se burlaba de ellas, llevando su audacia hasta el punto de traspasar los lmites de la decencia. Y Alfredo era digno de lstima en aquellos momentos crticos, pues de espaldas contra la pared y junto al marco de la puerta, no podia mover ms que los brazos. --Y qu hemos de ver ah?--pregunt la madre con severo tono y aludiendo las seas que el aristocrtico jven acababa de hacer. --Mi levita, mi levita,--grit por fin el calavera. An no entendieron las dos mujeres; pero quiso la casualidad que llamasen otra vez, y abriendo la esposa de don Pascual, qued Alfredo libre, y libre tambien qued el paso para el aguador. --Gracias Dios al diablo!--exclam el jven. Y ense arrugado y medio destrozado el faldon de su levita. --Ah!--exclam la madre. --Eres torpe, mam, muy torpe,--dijo Paquita.--Qu pensar este caballero de nosotras?... Ahora no creer que tienes mucho talento, pues lo que acaba de suceder... --Esto no es nada,--dijo Alfredo, que bien pronto recobr la calma.--Una casualidad... y tal vez la torpeza es mia, por no haberme explicado bastante bien. --Jess, estoy sofocada y... --Olvidemos lo que no merece la pena de mencionarse. Quiso la madre de Paquita remediar la falta, y corri en busca de un cepillo para quitar el polvo que habia quedado en la levita. Alfredo se dej limpiar, porque estaba convencido de que era lo mejor que podia hacer. Entraron en la sala, donde no habia ms muebles que una mesa con tapete de hule, algunas sillas con asiento de paja y un pequeo espejo. Paquita, que era de esas criaturas ncias hasta el punto de avergonzarse de la pobreza, como si la pobreza fuera un crmen, cometi la insigne tontera de decir que si la casa se encontraba en tan humilde estado, consistia en que se estaba renovando el mueblaje y los adornos, y se habian puesto provisionalmente aquellas sillas. Con toda su alma estaba convencida la jven de que Alfredo creeria que aquella pobreza era transitoria, interina, pudiera decirse. Asegur el calavera que l tenia su habitacion amueblada, poco ms mnos, lo mismo, y con esto quedaron las dos mujeres completamente tranquilas. Dise principio la conversacion, hablando Paquita de lo desagradable que le era pasar el verano en Madrid, y quejndose de su padre, porque no queria pedir un par de meses de licencia para llevarla siquiera San Sebastian, ya que no fuese Biarritz las pintorescas montaas de Suiza. --Yo pasaria la vida viajando,--decia la jven con tono sentimental.--En unos sitios admiraria la naturaleza, en otros estudiaria el arte, y por donde quiera se me presentarian ocasiones para observar y apreciar las costumbres. --No le agrada usted la vida de Madrid?--pregunt Alfredo. --En invierno, no ms que en invierno. --Es usted aficionada la msica? --Ah!... La msica!... Es el lenguaje del alma... Y los grandes artistas... Verdi, Rossini... La Penco, Tamberlikc... --Te olvidas de Arderus y Caltaazor, que nos han dado tan buenos ratos?--interrumpi la madre. --Mam, t no entiendes de eso. --Que no entiendo!... Pues no tengo ojos para ver todo lo que hacen en la _Bella Elena_ y en los _Dioses del Olimpo_? Y la zarzuela _Por seguir una mujer_? Y la otra de _Los Magiares_, donde sale aquel soldadote que no habla, y Caltaazor se presenta vestido de fraile? Pues t bien te reias, y luego estabas todas horas aturdindome con la cancion de _la punta del pi_. Paquita hubiera querido ser basilisco para aniquilar su madre con una mirada. --Perdone usted,--le dijo Alfredo;--pero yo tengo el mismo gusto que su mam, y por una vez que voy la pera, voy diez los bufos. --Lo nico que me desagrada,--repuso la esposa de don Pascual,--son los trajes de las suripantas. --A m tambien; pero no las miro, y as todo se remedia. --Pues yo,--aadi Paquita,--tengo pasion por la msica alemana, y por eso hablo de Verdi y de Rossini. Mucho tuvo que esforzarse Alfredo para no soltar la carcajada al oir Paquita; pero si esta decia desatino tras desatino, no era por eso mnos interesante su belleza, pues sus palabras nada tenian que ver con sus miradas de fuego y los dems hechizos con que habia querido dotarla la naturaleza. Si era tonta, mucho mejor, y si ncia, bien merecia duro castigo por su culpa. Lo mismo que de msica, habl la jven de comedias, de novelas y hasta de poltica, y no hay que decir que de su boca salian tantos disparates como palabras. Despues de media hora, pidi el calavera la nota relativa la situacion de don Pascual. Se la entregaron, la ley y la guard. Llamaron otra vez. --Con permiso de usted,--dijo la madre de Paquita. Y sali para abrir. --Ayer mismo se fu la criada,--dijo la jven,--y esperbamos una que no ha venido. Quin visitaba las seoras de Bonacha? Era Juanito, que se present, salud como mejor pudo y se sent. Paquita cumpli su deber, haciendo la presentacion mtua de los dos caballeros. A los pocos minutos despidise el seductor, prometiendo ocuparse del asunto que expresaba la nota, y como luego Juanito mostrase extraeza por haber encontrado all una persona de tan elevada clase, la esposa de don Pascual le dijo speramente: --Pues qu habia usted creido, que no conociamos ms que gente pobre, como la que hace la tertulia doa Robustiana? Pues se habia usted equivocado. A Juanito no se le ocult que Paquita y Alfredo se miraban con cierto inters, y entonces se arrepinti de no haber seguido los consejos de la viuda casamentera. Si Paquita tenia novio, tenia un atractivo ms. Sabrosa fruta del cercado ajeno! No estaba Juanito enamorado de Paca, y sin embargo sintise despechado y muy cerca de los celos. Derrotar al jven aristcrata era un imposible. Cmo habia de competir un pobre diablo con un capitalista? Y sobre todo, en caso de rivalidad era posible que el capitalista se enfadase y que quisiese llevar la cuestion un terreno que Juanito le hacia temblar. Disimul el pobre como mejor pudo, trag saliva, dirigi algunas frases irnicas la jven, y se fu. No le quedaba ms consuelo, ms desahogo que la murmuracion, y apenas lleg la noche fu casa de la viuda, y en plena reunion di la noticia de los amores de Paca. Hicironse comentarios que no queremos repetir. Doa Robustiana acarici su gato mientras decia: --No me agrada ese asunto. Doa Cecilia, agitando el abanico como si estuviera sofocada, exclam: --Quin habia de pensarlo!... Verdad es que Paquita, como tiene el pico tan suelto y mueve los ojos con tanta habilidad... En fin, ya lo ves, Adela, para que una mujer haga fortuna, es menester que sea desvergonzada. --Jess!--murmur la nia mofletuda. Y baj los ojos, aunque bien pronto los levant para cruzar con Eduardo una mirada tiernsima. Al tahur le pareci conveniente dar aquella misma noche el paso decisivo, y si dud algunos momentos, sus vacilaciones terminaron al decirle doa Robustiana: --Deje usted pasar algunos dias, y se quedar la luna de Valencia, lo mismo que Juanito. --Antes la muerte,--respondi Eduardo con trgica entonacion. --Y para que no peque usted de ignorancia, le advierto que hay moros en la costa. --Seora!... --Lo dicho. --Esta misma noche pasar el Rubicon, y si no triunfo como Csar, morir como el caballero Bayardo, sin volver la espalda al enemigo. --No entiendo eso; pero me parece bien, y puesto que est usted tan decidido, le proporcionar la ocasion, haciendo que los unos se distraigan con la msica, y entreteniendo yo doa Cecilia. --Cunto le debo usted, doa Robustiana! --Recompensada me considerar si consiguen ustedes ser dichosos. Dispuso la viuda que se tocase el piano y ella se sent al lado de doa Cecilia, mientras que por una hbil maniobra, y perdnesenos la palabra, quedaba Eduardo al lado de Adela. Podian hablar los dos jvenes con todo descuido, puesto que su voz debia quedar ahogada por el ruido del armonioso instrumento. Adela pareci temerosa de no encontrarse junto su mam, aunque la verdad es que aquella evolucion le habia parecido muy agradable. Baj los ojos, fijando la mirada en el abanico, y esper sin articular una slaba y como el reo que en presencia de su juez aguarda la sentencia. Eduardo quiso probar una vez ms que sabia representar admirablemente su papel, y despues de exhalar tres suspiros, que gradualmente fueron ms lnguidos, exclam: --Adela, Adela!... Hubirase dicho que la voz se ahogaba en su garganta, lo que es igual, que se le atragantaba el amor y que no podia salirle del pecho para comunicarlo la sensible jven. Esta se estremeci, y bajando ms la cabeza, murmur dolientemente: --Eduardo!... --Si todo lo que se siente pudiera expresarse, si cuando el corazon, abrasado y destrozado, y el alma... Oh!... perdone usted, Adela... estoy trastornado, estoy loco. --Ay!... --Sufro mucho, Adela. --Que sufre usted!--replic la robusta jven, levantando al fin la cabeza y mirando al tahur. --Es posible que usted no lo haya comprendido? --Ay!--volvi decir Adela. --No puedo ms, no puedo ms... --Eduardo!... --Tal vez para terminar mi vida vengo en busca de la luz de los ojos de usted, como la mariposa que busca la llama donde ha de abrasarse; pero la muerte es preferible mi situacion, porque la muerte es el descanso, es el olvido... --La muerte!... Pero est usted loco? --Loco estoy, s, ya lo he dicho. --Ay!... --Y la culpa es de la negra fatalidad que me persigue, la negra fatalidad contra la que es intil toda lucha. Ya s que usted no me ama, y que para otro ms feliz guardar el tesoro de sus encantos, de sus hechizos arrebatadores; el tesoro de sus virtudes y de su angelical ternura... --No, no. --Pero quiero salir de dudas, quiero sucumbir de una vez bajo el peso de la espantosa realidad que me espera. Adela se movi con seales de gran desasosiego. Suspir una y otra vez, abri y cerr el abanico, y al fin exclam: --Dios mio!... --Pronuncie usted la sentencia. --Pero... --Pronnciela usted... oh!... las vacilaciones de usted son demasiado elocuentes; usted no me ama, no es usted duea de su corazon... --Se equivoca usted... --Pues si otro dichoso mortal no ha encendido en su pecho la llama inextinguible de una pasion... --Le digo que se equivoca. --No me ama usted, Adela. --Ay!... s. --Ah!... venga la muerte, venga todo... --No hable usted de cosas tan tristes... --Me ama usted!... Es posible tanta dicha? No estoy soando? No he perdido la razon? --Pero mam... --No ser tan cruel que me destroce el alma. --Djeme usted sosegarme, se lo suplico. --Dejarla!... --Nos miran... --Y qu me importa? --Luego murmurarn... --No pueden decir sino que nos amamos, que somos felices. No tenemos para qu seguir repitiendo las palabras de los dos amantes. Adela consigui despues de algunos minutos recobrar la calma, y Eduardo hizo una pintura de su amor, llegando hasta el ltimo punto de la sublimidad y prometiendo escribir aquella misma noche unos versos que expresasen su dicha y los goces infinitos que le aguardaban en union de la hermosa rubia. Una hora despues volvi Adela al lado de su madre, y esta le pregunt: --Qu te ha dicho? --Ay, mam! --Se ha explicado al fin? --Qu feliz soy! --Ahora no se dar importancia Paquita y nada tendrs que envidiarle. --Con el amor de Eduardo no hay nada que envidiar ninguna mujer. Cunta ternura, cunta delicadeza!... Y dice que quiere que nos casemos en seguida, muy pronto. --Te casars antes que Paquita, yo te lo prometo. --Jura que no puede vivir as, y yo... Ay! Aquella noche cen ms que nunca la mofletuda nia, porque la felicidad abre el apetito; pero lo que no consigui fu soar como Paquita soaba, porque no era tan nerviosa como esta. Al dia siguiente, todas sus amigas supieron que el matrimonio debia realizarse en un breve plazo. Juanito llev la noticia la morada de don Pascual. Paquita escuch desdeosamente, y dijo con irona: --Me alegrar que Dios los haga felices. Doa Robustiana estaba loca de contenta, porque habia conseguido hacer un matrimonio ms. La nica persona que sufria era Juanito, porque no podia resignarse que la hija de don Pascual se casase con Alfredo. Si le hubiera sido posible, habria estorbado semejante casamiento, y si se le presentaba la ocasion para hacerlo as, no debia dejarla pasar. Los celos trastornan, y Juanito debia cometer ms de una locura que lo pusiese en grandsimo apuro. La situacion de todos iba cambiar en breve. CAPTULO V El protector. Cun dulcemente pasaron los dias para las dos parejas de enamorados! Sin sentir se resbalaban las horas entre delicias inagotables, y la felicidad hubiera sido completa para aquellas cuatro criaturas, si dos de ellas no les robase el sosiego un temor, que hasta cierto punto era bien fundado. Tenia miedo Eduardo de que se descubriesen los misterios de su vida y que no se realizase el casamiento que de la noche la maana debia hacerlo rico, permitindole disfrutar de la vida como hasta entonces no habia disfrutado. Paquita tambien temia que Alfredo se arrepintiese se desencantase y le volviese la espalda, pues aun le parecia mentira que se casase con ella un hombre como aquel. As trascurri una semana, y Alfredo se present, sacando un papel, entregndolo la madre de Paquita y diciendo: --Ya se ha hecho justicia su esposo de usted. --Qu es esto? --La credencial que esta maana me ha enviado el ministro. No ha hecho todo lo que le ped; pero formalmente me ha prometido que lo har en un breve plazo. --No somos ambiciosos, y con el ascenso ocho mil reales estamos satisfechos. --Ocho mil reales!--replic desdeosamente Alfredo.--Yo no hubiera aceptado jams esa miseria para el padre de la mujer quien amo. Estas palabras produjeron un efecto indescriptible. A la madre le hizo temblar la alegra. La hija tom el papel y ley, dejando escapar un grito de sorpresa al ver que su padre, en lugar de un ascenso, se le daban tres, lo que es igual, doce mil reales, duplicando as el sueldo que tenia. Esto era demasiado. La esposa de don Pascual se sinti trastornada hasta el punto de que tuvo que beber agua y vinagre, y Paquita dirigi al calavera palabras de gratitud y miradas de fuego. Aquellas dos infelices acababan de esclavizarse. La jven se creia feliz, y nunca habia sido tan desdichada, puesto que acababa de perder el ltimo resto de fuerza moral que le quedaba para poner salvo su pureza. Qu podia negar Paquita su amante? Si este se mostraba demasiado exigente, ella tendria que ceder todo, pues otra cosa podia parecer una ingratitud. Ya no necesitaba ms Alfredo para terminar en pocos dias su obra. Cuando don Pascual volvi su casa y vi la credencial, despleg una sonrisa y dijo cndidamente: --Me alegro. --Todo esto,--grit su esposa,--me lo debes m. --No lo dudo. --Y tu pobre hija. --Lo reconozco as. --Y me parece que ahora no tendrs inconveniente en pedir una licencia para que pasemos el calor fuera de Madrid. --Y qu adelantaremos con tener la licencia? Para viajar se necesita dinero, y no ignoras... --El dinero se busca, se pide. --A quin? --A un prestamista. --Nos harian pagar de inters el ciento por ciento. --Y qu importa si se han duplicado nuestros recursos? --Si los gastamos as, nos quedaremos como estbamos. Don Pascual hablaba juiciosamente; pero de nada le sirvi, porque entre la madre y la hija lo aturdieron, obligndole que al fin prometiese acudir un prestamista. No termin aquel dia sin que la esposa y la hija de don Pascual fuesen visitar todos sus amigos, para participarles el feliz suceso. Doce mil reales! Ni siquiera habian podido soar tanta fortuna. Si don Pascual abrigaba alguna duda en cuanto la elevada posicion y la gran influencia de Alfredo, disipse completamente al ver que en pocos dias y con poqusimo trabajo, habia conseguido lo que para cualquier pobre empleado debia parecer un imposible. El calavera era ya como el ngel bueno para la familia Bonacha. Cuando hablaba era escuchado con respeto profundo, y si se tomaba la libertad de dar algun consejo, se ponia inmediatamente en prctica, pues de no hacerlo as hubiera parecido inferir una grave ofensa al generoso protector. Tampoco se adoptaba resolucion alguna sin conocer la opinion del calavera. Tanto respeto, tanta sumision, debilit algunas veces el valor de Alfredo para consumar el abuso con que intentaba coronar su obra. No era una cobarda herir mortalmente los que no podian luchar ni oponer la ms leve resistencia? As lo pens el depravado jven alguna vez; pero discurriendo torpemente, crey que retroceder era una cobarda. Paquita habia sido ya objeto de las burlas y de las conversaciones de Alfredo, con sus amigos. Ella no sospechaba nada de esto, sino que creia que representaba un gran papel. A quin debia exigirse la responsabilidad de las desgracias que amenazaban la familia de don Pascual? A este le parecia que su esposa y su hija iban por mal camino; pero le falt el valor para oponerse las contnuas locuras que las dos mujeres intentaban. Paquita, sin conocimiento del mundo, ni mucho mnos del corazon humano, se habia dejado deslumbrar, habia soado imposibles, y con la tranquilidad de su ignorancia habase colocado en la resbaladiza pendiente que debia conducirla al abismo. No sabia la infeliz, con cunta facilidad se desprestigia una mujer, y tampoco se le alcanzaba cmo es objeto de desprecio y burla cuando ha perdido el prestigio. Ningun hombre que estimase en algo su dignidad, podia decidirse ser esposo de la jven. Y sin embargo, ella no habia cometido ninguna grave falta, y podia envanecerse con la pureza de su honra. Empero sobre ella habia caido el ridculo, y esto era lo peor que podia sucederla. Todos los hombres se creen con derecho para hablar en cierto lenguaje y para atreverse todo, cuando se trata de una de esas infelices que se encuentran en la misma situacion que Paquita. Quin respeta la que no sabe hacerse respetar? No basta que una mujer sea virtuosa, es preciso que sea digna, porque la dignidad es lo que infunde respeto. Y la dignidad no est reida con la pobreza. A los ricos se les perdona todo fcilmente, mientras que los pobres no se les perdona nada. Por eso los pobres tienen que mirar ms cuidadosamente lo que hacen. Una mujer rica puede siempre abrigar la esperanza de hacerse estimar por su dinero y por su elevada posicion; pero las pobres que carecen de estos recursos, qu les queda si olvidan el decoro? Hablaron las dos mujeres al calavera del sacrificio que habian exigido de don Pascual. Alfredo di otra prueba ms de entendimiento y astucia, diciendo que el padre de Paquita pensaba cuerdamente, pues no siempre conviene hacer lo que se desea, sino lo que debe hacerse, y siguiendo sobre este punto la conversacion, acab por decir: --Yo tampoco, seora, podr salir de Madrid este ao. --En ese caso nos quedamos,--se apresur responder Paquita. --No se quedarn ustedes, porque me complacern aceptando lo que ya he querido ofrecerles ms de una vez. --Caballero... --No imaginen ustedes que voy poner mi bolsillo su disposicion; pero s mi casa de recreo en las cercanas de Hortaleza. El sitio es delicioso, y me parece que se encontrarn ustedes all muy bien. Al mismo tiempo me prestarn ustedes un gran servicio, porque la casa est en un lastimoso abandono y los criados que hay all hacen lo que se les antoja. Yo podr ir visitarlas ustedes casi todos los dias, y as no me privar de la dicha de verlas. La proposicion era deslumbradora. Alfredo prob, como dos y dos son cuatro, que la madre y la hija tendrian all cuanto necesitasen, sin que esto representase para l ningun sacrificio. Las seoras de Bonacha no necesitaban dinero para hacer este viaje, y don Pascual podria muy bien pasarse solo una temporada, aprovechando los domingos para ir dar un abrazo su esposa y su hija. Sinti esta que el alma le retozaba alegremente en el cuerpo, y le cost mucho trabajo disimular la turbacion de su inmenso jbilo. A la madre le parecia tambien delicioso habitar en una casa magnfica, y estar servida por un ejrcito de criados y tener todas las comodidades que tienen los ricos. Por qu habia de morirse sin disfrutar todo esto? Su marido jams habia de proporcionrselo, y era una tontera desaprovechar la ocasion. Respondieron que no mil veces; pero se dejaron convencer, y al fin aceptaron como si quisieran dar una prueba de gratitud. Apenas se fu Alfredo, entregse Paquita los trasportes de su jbilo, y se ocup en revisar y arreglar su pobre equipaje. Cuando don Pascual supo lo que sucedia, hizo un gesto de desagrado. --No te parece bien?--le pregunt su esposa. --Tanto me disgusta lo mucho como lo poco. --Est visto, has nacido para ser pobre, y todo lo grande te asusta. --Me parece que nuestra modesta posicion... --Calla, Pascual, y no digas tonteras... Pues qu, no somos tan seoras como la primera? Siempre ests hacindote el humilde, y por eso no has medrado, ni medrars. --La humildad nada tiene que ver con que mi hija vaya vivir precisamente la casa de su novio, porque el mundo siempre piensa mal, y puede suceder... --El novio se queda en Madrid. --No importa. --Y sobre todo, no podemos hacer un desaire al hombre quien le debemos toda nuestra fortuna. Qu sucederia si se enfadase? Nuestra hija perderia el ms brillante porvenir, y tendria que resignarse ser esposa de un hambriento como Juanito, si es que alguno queria casarse con ella. Lo mismo que siempre, don Pascual le falt el valor para oponerse los deseos de su mujer y de su hija. Tres dias despues se despidieron de doa Robustiana y sus amigos, y las diez de la maana siguiente se detuvo un lujoso faeton la puerta de la casa de don Pascual. El faeton era de Alfredo. Un criado con librea subi para decir las seoras que el carruaje esperaba. Se baj el equipaje, que se encerraba todo en un cofre de respetable antigedad. Paquita estaba ataviada vistosamente, y su madre se habia puesto el mejor de sus vestidos. Don Pascual iba y venia por la habitacion sin pronunciar una palabra. Lleg el momento feliz. Bajaron los tres. Las dos mujeres se acomodaron en el carruaje, con asombro de los vecinos, que las contemplaban y hacian toda clase de comentarios. Don Pascual tenia que ir su oficina. El faeton se puso en movimiento, y desapareci en pocos instantes. Exhal un triste suspiro el infeliz Bonacha. Sentia oprimido el corazon. Su instinto no le engaaba. Pobre Paquita! Caras habian de costarle sus necedades. CAPTULO VI Juanito representa un triste papel. Juanito estaba desesperado, porque habia concluido por enamorarse ciegamente de Paquita. A todas horas se le veia triste y meditabundo, y en vano doa Robustiana intent consolarlo, abrindole camino para un nuevo amor. Pasaron los dias y las semanas con una lentitud horrible para el jven. Hay un refran que dice: Bien vengas mal, si vienes solo. El refran debia cumplirse, y una maana, al presentarse en su oficina, supo Juanito que estaba cesante. El golpe no podia ser ms terrible. Habia perdido el objeto de su amor, y perdia tambien su empleo, que era lo mismo que perder la comida, puesto que no tenia otro recurso para vivir. El fingido calavera qued anonadado. Le perseguia la ms negra fatalidad, mientras que la fortuna sonreia la mujer que lo miraba desdeosamente y lo rechazaba con espantosa crueldad. Qu le era posible hacer en tan triste situacion? Nada tenia que hacer ms que acudir los que otras veces lo habian protegido, para que empleasen su influencia y lo repusiesen en su empleo. En hacerlo as se ocup Juanito, y despues de dos semanas consigui que le diesen una carta, recomendndolo al conde de Romeral, que necesitaba los servicios de un jven honrado, bien educado y de mediana inteligencia. No le ofrecian otra cosa Juanito, y le fu preciso aceptar, pidindole Dios que el conde lo encontrase de su agrado. Eran las tres de la tarde cuando nuestro jven, despues de ponerse su corbata ms vistosa y sus guantes de color de perla, fu la suntuosa morada del conde de Romeral. Tenia este una hija jven y hermosa, y que debia heredar su ttulo y sus riquezas, y Juanito, pensando como Paquita pensaba, soando como habia soado siempre, supuso que era posible que su persona interesase la hija del conde, en cuyo caso debia considerar hecha su fortuna. El mes de Agosto corria, y debemos advertir que las seoras de Bonacha debian muy pronto regresar su humilde vivienda de la calle de San Lorenzo. Lo que habia sucedido en la deliciosa casa de recreo, lo sabremos despues; pero ahora es preciso que fijemos toda nuestra atencion en el desdichado pretendiente. --El seor conde?--pregunt. --Tiene visita,--le respondieron. --No importa, esperar, porque he de entregarle una carta da su amigo el seor don Pedro de Almendares. --El seor de Almendares!... Eso es otra cosa. Se pasar recado su excelencia, porque la visita que tiene es de mucha confianza, y tal vez no haya inconveniente para que sea usted recibido. El criado desapareci, volviendo un minuto despues para decir: --Pase usted, caballero. Sigui Juanito al sirviente, y despues de atravesar muchas habitaciones ricamente amuebladas, entr en una donde habia tres personas: el conde, su hija y el amigo de tanta confianza quien habia aludido el criado. El conde de Romeral tenia sesenta y cinco aos: era de escasa estatura, enjuto de carnes, de rostro aguileo, plido y enfermizo, y ojos pequeos, redondos y hundidos. Recostado en un ancho sillon y envuelto en su bata, apenas podia distingursele, pues estaba colocado en el sitio ms oscuro de la habitacion. Indolente por carcter y por costumbre, era uno de esos hombres que hacen un gran sacrificio cuando tienen que ocuparse de algun negocio, y aunque para los suyos tenia ms servidores de los que en realidad necesitaba, faltbale todava uno que todas horas se encontrase su disposicion y que se ocupase de ciertas pequeeces en que no podian entender los dems. No tenia el conde ms hijos ni parientes que la bellsima jven que su lado se encontraba, y en ella habia concentrado todo su cario. El conde de Romeral era un hombre honrado en todos sentidos, y puede decirse que no tenia ms defecto que su pereza. En cuanto su carcter, presentaba contrastes dignos de mencion, pues mientras unas veces se le veia caer en una melancola profunda, otras veces hablaba, bromeaba y reia como un nio. Si se enfadaba, no duraba su arrebato ms de medio minuto, y luego parecia muy pesaroso de haberse dejado llevar por la clera. Con semejante padre, era la jven completamente feliz, y ella disponia su antojo y como absoluta duea, pues el anciano no queria tomarse la molestia de mandar. Adems de estas cualidades, era el conde muy sencillo, lo mismo en su lenguaje que en sus costumbres, pues lo nico que le daba valor en el mundo era la honra. Dotado de un gran fondo de benevolencia, juzgaba favorablemente todo el mundo, y por consiguiente no habia nada ms fcil que engaarlo. Su hija, que tenia veintidos aos, era un verdadero prodigio de belleza, y aunque habia heredado muchos de los nobles sentimientos de su padre, estaba muy lejos de ser tan benvola y tan sencilla como este. Juanito la contempl admirado mientras saludaba, y al fijar la atencion en la otra persona que se encontraba all, no pudo el jven pretendiente contener una exclamacion de sorpresa y de disgusto. Habia reconocido al dichoso Alfredo, su odiado rival. Alfredo salud ceremoniosamente Juanito, pero como se saluda la persona quien ya se conoce. Vise Juanito obligado corresponder cortsmente al saludo, y el conde, con su llaneza caracterstica, dijo: --Segun veo, se conocen ustedes? --S,--respondi el pretendiente. Y para que no se le acusase de grosero mal educado, aadi: --Tengo ese honor. Contentse Alfredo con hacer un movimiento de cabeza. El anciano tom la carta que le present Juanito, y con mucha dulzura le dijo que se sentase. Luego entreg su hija el papel, mandndole que leyese, so pretexto de que la debilidad de sus ojos no se lo permitia l. En aquellos momentos la situacion de Juanito era un tanto peligrosa, y sobre todo muy penosa. Las veces que por casualidad se habia encontrado con Alfredo en la vivienda de la familia Bonacha, el jven empleado, siguiendo su costumbre de aparecer el hombre rico y calavera, habl de los muchos recursos con que contaba para vivir desahogadamente, para satisfacer todos sus caprichos y para pagar todas sus locuras. Y despues de haberse dado tan impremeditadamente los aires de gran seor, solicitaba una ocupacion muy subalterna y mezquinamente retribuida, alegando como ttulo principal la circunstancia de no contar con recursos para atender ni aun sus ms urgentes necesidades. Todo esto tenia que hacerlo en presencia de Alfredo, que por aadidura era su afortunado rival. Pens tambien el infeliz jven que tal vez valia ms que la que llevaba, la recomendacion del aristocrtico calavera, y que quizs de este dependia el resultado de la pretension, pues era amigo ntimo del conde y de su hija, y debia ejercer en aquella casa grandsima influencia. Se concibe humillacion igual? Y Juanito no podia quejarse de la fortuna, puesto que lo que entonces le sucedia era obra suya exclusivamente: eran consecuencias inevitables de la srie de necedades y tonteras que habia cometido. No comprenden esto los desdichados que se dejan extraviar? Alfredo se recost indolentemente en el sillon que ocupaba, y mir al desdichado Juanito con un si es no es de irnica burla, capaz de hacer perder la paciencia aun al hombre que tuviese tanta calma como don Pascual. Juanito experimentaba un malestar inexplicable, y era posible que cometiese muchas torpezas. Alternativamente se ponia su rostro plido como el de un cadver, colorado como una cereza. Para colmo de desdichas, la hija del conde tenia que leer en voz alta, y por consiguiente Alfredo se enteraria del contenido de aquella carta, en que se presentaba al pretendiente como un pobre infeliz en todos sentidos. Hubiera querido Juanito que en aquellos momentos se lo tragase la tierra, y serle posible habria recogido aquella carta y renunciado la colocacion que debia darle de comer. Nada de esto le hubiera sucedido presentarse toda su vida modesto, aunque con dignidad y enorgullecindose, no con las corbatas de vivos colores y el dinero que no tenia, sino con su honradez y su pobreza. Clotilde, que as se llamaba la hija del conde, ley lo siguiente: Seor conde de Romeral. Mi estimado amigo: El dador, don Juan Gonzalez, es un jven muy desgraciado, pues acaba de quedar cesante, perdiendo as el nico recurso con que contaba para comer. Lo conozco hace algunos aos, y de muy buena voluntad lo he protegido en cuanto me ha sido posible, pues as lo merece por sus buenas costumbres y su triste situacion. Si usted acepta sus servicios, no creo que se arrepentir, porque me parece que tiene bastante inteligencia para los asuntos en que usted ha de emplearlo, y con todos sus jefes ha probado ser obediente y discreto. Tiene muy buena letra, y conoce bastante bien la ortografa. Me intereso mucho por su suerte, y le agradecer que le dispense su proteccion. Ruego usted haga presente mis cariosos recuerdos Clotilde, y usted disponga de su mejor amigo, Q. B. S. M.--PEDRO DE ALMENDARES. P. S. No he visto estos dias nuestro amigo Alfredo, y por esta razon no he podido rogarle que una su recomendacion la mia, para que el jven Gonzalez quede al servicio de usted. Este ltimo detalle era un golpe ms terrible que ninguno. Cuando el seor de Almendares hacia mencion de Alfredo, era porque la recomendacion de este tenia muchsima importancia, y ya no podia dudarse de que, si Juanito obtenia el empleo de que tanto necesitaba, lo deberia en gran parte al rival quien tanto odiaba, al hombre quien habia querido tratar de potencia potencia. El pretendiente no conocia el contenido de la carta, porque esta la habia recibido cerrada: si la hubiese leido, tal vez no la habria entregado. La sorpresa le aturdi. Apenas acertaba darse cuenta de lo que le sucedia, y hubo momentos en que crey que estaba soando. --Vean ustedes una coincidencia bien rara,--dijo el conde. --Ciertamente,--aadi su hija. Y dirigi Saavedra una mirada, que queria decir: --Decide sobre la suerte de este desgraciado. Alfredo volvi cambiar de postura. Despleg una dulce sonrisa, y le dijo al conde: --Ya ha visto usted que este caballero no me es desconocido, y por consiguiente no necesito que me lo recomiende el seor de Almendares. Le agradecer usted mucho que lo tome su servicio, y si por cualquiera razon no le conviene hacerlo as, le hablar al ministro para que sea nuevamente colocado con un ascenso. Juanito, para cumplir los deberes que impone la buena educacion, debi dar las gracias su rival; pero tal era su turbacion, que no pudo articular una silaba. --Seor Gonzalez,--dijo el conde,--bien puede usted asegurar que es el hombre ms afortunado del mundo. Se quedar usted mi servicio, si es que le conviene, y yo har por usted cuanto me sea posible. Si prefiere usted una posicion oficial, nuestro amigo Saavedra se la ofrece; pero en esta poca de agitacion y revueltas polticas, ningun empleado puede considerarse seguro, aunque cumpla su deber, mientras que en mi casa tendr usted asegurado su porvenir. --Gracias, seor conde,--dijo por fin Juanito. --Cunto sueldo tenia usted? --Cuatro mil reales. --Es una miseria, y no comprendo cmo podia usted atender todas sus necesidades. Bien es verdad, que con su buena conducta ha podido hacer milagros. Yo le hubiera ofrecido usted doble de lo que tenia; pero ahora le ofrezco triple, es decir, cincuenta duros cada mes, porque tengo la obligacion de complacer al mismo tiempo dos de mis mejores amigos, al seor de Almendares y al seor de Saavedra. Soy muy caprichoso, como todos los viejos, y mi hija la sucede casi lo mismo, y para ciertos asuntos, que no tienen ms importancia que la que nosotros les damos, es para lo que tenemos necesidad de los servicios de usted. Ser usted, como si dijsemos, nuestro secretario ntimo, y si se pasa un mes sin que tenga usted que hacer nada, en cambio llegar un dia que trabaje usted con exceso. Le parece usted bien? Creo que s, y por consiguiente nada tenemos que hablar. Maana vendr usted las diez, se instalar en mi despacho, y luego veremos si hay algo que hacer. Lo que mi hija disponga, aunque sea un desatino, est bien dispuesta, y si yo doy una rden y ella otra contraria, hay que obedecer ante todo lo que ella mande, porque si no se enfadaria, y yo no quiero que mi lado nadie se disguste. Ya ir usted conociendo las interioridades de la casa, y en cuanto nuestros amigos, le advierto que el seor de Saavedra es el nico verdaderamente ntimo, porque sus relaciones con nosotros tienen un carcter y un fin distinto de las relaciones con los dems. No necesitaba Juanito ms explicaciones para comprender que Alfredo amaba Clotilde y era correspondido con conocimiento y aprobacion del conde. Hasta cierto punto, era esto muy agradable para el infeliz pretendiente, pues le daba la seguridad de que, ms mnos tarde, Paquita recibiria un desengao. Adems, se le presentaba la ocasion de vengarse terriblemente, sin provocar un lance con su rival. Las heridas abiertas en el amor propio producen vrtigos. Mucho odiaba Juanito Saavedra; pero su dio se encendi ms y ms desde que se vi humillado y represent el ms triste de los papeles. Le atormentaba horriblemente la sola idea de que el pan que habia de comer, se lo debia precisamente su afortunado rival. Mal que le pesase, tenia que reconocer su pequeez en comparacion de Alfredo, y como no tenia valor para rechazar abiertamente lo que se le ofrecia, era forzoso que pensara en vengarse. Maquinalmente pronunci Juanito algunas frases de gratitud, y prometiendo cumplir su deber como mejor pudiera, despidise y sali. Cuando se encontr en la calle, mir todos lados como si no reconociese el sitio. Su cabeza se abrasaba, y apenas podia respirar. El infeliz tuvo que volverse su casa para entregarse all con libertad completa sus amargas reflexiones. Una y otra vez acus Paquita, que lo despreciaba, que no hacia justicia sus nobles sentimientos y sanas intenciones. Se veia despreciado por un hombre que amaba otra. No reconoceria Paquita su error cuando recibiese el terrible desengao? No amaria entonces al que con la mejor buena fe le ofrecia su ternura? As crey Juanito que debia suceder; pero con esto no quedaba satisfecha, pues necesitaba que sufriese mucho su odioso rival. No hay enemigo pequeo, dice el adagio, y el ms pequeo es veces el ms temible. Acordse Juanito de la fbula del guila y el escarabajo. Si Alfredo era el guila, Juanito podia muy bien hacer lo que el escarabajo habia hecho. Sobre ser escasa la inteligencia de Juanito, hay que tener en cuenta que estaba profundamente trastornado. Lo que acababa de suceder habia sido muy desagradable tambien para Alfredo. No estaba este tranquilo, y con ansiedad aguardaba una ocasion en que poder advertirle Juanito, que ni una palabra dijese sobre sus relaciones con la familia Bonacha. Si el aristocrtico calavera hubiese comprendido que una tempestad horrorosa agitaba el alma del jven cursi, no habria perdido un instante para ir buscarlo y exigirle que guardase silencio. Empero no di Saavedra tanta importancia al asunto, y en esto consisti su torpeza. Lleg el dia siguiente. A las diez en punto de la maana entraba Juanito en la suntuosa morada del conde. Estaba el jven plido y ojeroso, porque la noche anterior apenas habia dormido. Los criados lo recibieron muy bien, y se instal en el despacho, segun las rdenes que tenia. CAPTULO VII Juanito empieza vengarse. No habian trascurrido quince minutos, cuando se present Clotilde envuelta en una ancha bata, que si no permitia que se dibujasen muchas de sus bellsimas formas, en cambio dejaba que otras se viesen tal vez ms de lo que convenia. Acababa de salir del lecho, y su rubia cabellera estaba en desrden. A pesar de esto, nunca habia parecido la jven tan arrebatadora. Salud Juanito como se saluda las personas de confianza, y le dijo que se sentase, mientras ella hacia lo mismo. No le faltaron Clotilde pretextos para justificar su presencia all, y con la habilidad de las mujeres del gran mundo, fu prolongando la conversacion y dndole el giro que le convenia. Juanito estaba como fascinado y sin querer contemplaba aquellos hechizos, preguntndose ms de una vez si Paquita merecia la pena de que ningun hombre sufriese por ella el ms leve disgusto. Pero estas reflexiones no podian hacerle cambiar de resolucion, sino que, por el contrario, ms que nunca estuvo decidido descargar el terrible golpe contra Alfredo, ocurrindosele adems que era posible que la hija del conde no perdonase jams al que la habia engaado y que pensase en otro hombre. Por qu Juanito no habia de conseguir algun dia interesar el corazon de Clotilde? As su venganza seria completa y le tocaria su vez de mirar desdeosamente Paquita. Era jven, creia que el cielo lo habia dotado de belleza personal, y le parecia que esto era suficiente para encender el corazon de una mujer. Se equivocaba, porque no sabia que de lo que mnos se enamora la mujer es de la belleza fsica, y que sobre este punto sus aspiraciones y sentimientos estn muy por encima de los del hombre. El talento, el valor, la gloria, la posicion social y otras circunstancias por el estilo, hacen que una mujer se enamore, ms que de la juventud la hermosura, del cuerpo. Su pobreza no le parecia un inconveniente Juanito, pues sobre este punto discurria como la hija de Bonacha, recordando los ejemplos de matrimonios entre personas de fortuna muy desigual. No hay que decir que ambos juzgaban por las apariencias, pues cuando habian visto casarse una mujer pobre con un hombre rico, una mujer rica con un pobre, no se habian tomado la molestia de examinar y buscar la verdadera causa, no habian tenido en cuenta las circunstancias de ms valor. Hacer un doble negocio, matar dos pjaros de un tiro, como suele decirse, es una cosa muy bella, y Juanito crey que esto era lo que iba conseguir. Sin saber cmo, acab Clotilde por hablar de Alfredo, y con la mayor indiferencia pregunt cmo este y Juanito se conocian. El jven vi el cielo abierto: la ocasion se le presentaba antes de que l la buscase, y quiso aprovecharla. Principi por desplegar una sonrisa maliciosa, y luego respondi: --Nos conocimos en cierta casa. --Cierta casa!--replic Clotilde.--Y qu quiere decir eso? Usted no piensa que semejantes palabras pueden traducirse de una manera nada favorable para Alfredo y para usted? --Seorita!... --Dicen que es usted un hombre de muy buenas costumbres. --No creo haber dado motivo para que se ponga en duda. --Cierta casa, con el tono que usted lo ha dicho, significa el lugar donde la honra no es lo que ms resplandece. --Siento mucho haber cometido la torpeza de expresarme mal. --Cuando uno se equivoca y rectifica, nada se ha perdido. --Hace bastante tiempo que conozco la familia de un empleado, cuya honradez raya en la exageracion, y en casa de esa familia es donde por primera vez v don Alfredo de Saavedra. --Y quin es ese empleado? --Un pobre que se llama don Pascual Bonacha, y que tenia seis mil reales de sueldo, aunque ahora tiene doce mil, gracias la proteccion que don Alfredo le dispensa. --Si esa familia es honrada, no ha podido emplear mejor su influencia nuestro amigo. --Vivian con bastante estrechez. --Tiene muchos hijos ese don Pascual? --Una hija que ha cumplido veinte aos, y de la que algunos dicen que es bastante bella. Por un instante palideci el rostro de Clotilde; pero acostumbrada disimular, despleg una sonrisa, acercse ms Juanito y le pregunt: --Usted no opina lo mismo en cuanto la belleza de esa jven? --Me parece graciosa, y nada ms. --Graciosa!... --Pero es algo vanidosa. Clotilde fij una mirada profunda y fascinadora en el jven, y dijo: --Y cmo Alfredo ha hecho relaciones con esa familia? --Lo ignoro, aunque, segun parece... En fin, estos asuntos son muy delicados, y no quiero mezclarme en ellos. Otra vez palideci la hija del conde; pero hizo nuevos esfuerzos para dominarse. --Comprendo,--murmur. --Si usted adivina, conste que yo nada he dicho. --Ocupando la posicion que usted ocupa en esta casa, creo que me debe hablar con franqueza. --Es que... --Sin embargo, no quiero averiguar vidas ajenas. Ya veo que Saavedra sostiene amorosas relaciones con la hija de don Pascual Bonacha, y que protege al padre... --Y ha hecho en favor de esa familia ms de lo que debia esperarse: Puedo ser ms franco?--aadi Juanito como quien se decide dar un paso peligroso.--Deseo para don Alfredo de Saavedra la tranquilidad y la dicha; pero ustedes son antes para m, y quiero darles pruebas de lealtad. As lleg la conversacion tomar el carcter que deseaba Juanito, lo mismo que Clotilde. Esta ya no intent disimular. Las explicaciones fueron interesantsimas desde aquel momento. Juanito dijo la verdad de todo lo que habia sucedido, sin olvidarse de la elocuente circunstancia de haber cedido Alfredo su casa de campo la familia Bonacha para que pasase all la fuerza del calor del esto. Despues hizo algunos comentarios con la peor intencion del mundo. Clotilde escuch con tanta ansiedad como angustia. Ms de una vez se torn lvido su rostro y sombra su mirada. Prometi no decir nadie quin le habia dado tan graves noticias, y atormentada por los celos y trastornada por la ira, sali del despacho. En su semblante se revelaba la borrasca espantosa que agitaba su espritu. Juanito empez sentirse poseido de terror ante su propia obra; pero ya no podia retroceder. Habia dado el primer paso, y le seria forzoso dar el ltimo. Algunas horas despues se present Alfredo de Saavedra. No tuvo necesidad de explicaciones, pues apenas mir Clotilde comprendi que algo muy grave sucedia, y reflexionando le fu fcil adivinar la verdad. Pobre Juanito! Desde aquel momento debia contarse el hombre ms desdichado del mundo. Alfredo no se dejaba arrebatar fcilmente; estaba dotado de gran fuerza de voluntad, y sabia dominarse. Buscar Juanito para pedirle cuenta de su proceder, le pareci Saavedra que era equivalente olvidar su dignidad y rebajarse hasta la pequeez de su ruin enemigo; pero como tampoco queria castigarlo slo con el desprecio, decidi su vez vengarse cruelmente y de tal manera, que Juanito no le quedase duda de la inmensa distancia que entre ambos habia. Por su parte, Clotilde no pensaba tampoco entablar una lucha para disputar Paquita el corazon de Alfredo, porque esto hubiese sido honrar demasiado la hija de Bonacha. No, no era posible que la hija del conde olvidase su orgullo de raza, porque antes preferia destrozarse ella misma el corazon y morir. No habia dado los amores de Alfredo con Paquita ms importancia que la que se da una locura de la juventud; pero que la mortificaba, porque heria su amor propio y porque podia tener muy graves consecuencias. El conde, recostado en un sillon, ocupbase en leer un peridico, y Clotilde y Alfredo, en otro extremo de la habitacion, ojeaban distraidamente un lbum, y pudieron hablar con entero descuido. --Nubes hay,--dijo Alfredo,--que empaan el cielo de tu alegara, y sentir que esas nubes entraen contra m una tormenta. --Se equivoca usted, caballero,--replic severamente Clotilde. Saavedra hizo un gesto, como si quisiese decir: --Mal principia la conversacion. --De mujeres como yo,--aadi la hija del conde,--no deben temerse tormentas, porque cierta clase de arrebatos iracundos se los prohibe la dignidad las seoras. --Y qu me importa que te domines y aparentes calma, si el resultado, ha de ser para m peor que si desahogases tu enojo con las palabras ms duras? --El resultado habia de ser el mismo siempre cuando se trata de un hombre que se olvida hasta de los deberes que le impone su distinguida clase. --Clotilde!... --He concluido. --Necesito explicaciones. --No las dar. --Sin duda un error... --El error es imposible cuando hay pruebas... --Tal vez alguna calumnia... --No. --Y en ltimo caso, creo que tengo el derecho de defenderme, y la defensa es imposible cuando ignoro de qu se me acusa. --Yo tambien tengo el derecho de disponer de mi corazon. --Ciertamente; pero cuando se han adquirido compromisos... --Basta, caballero. --Si no me das las explicaciones que necesito, acudir tu padre. --Y mi buen padre le echar usted en cara la fealdad de su proceder, y le preguntar si es un error una calumnia la desinteresada proteccion que usted dispensa cierta familia que hoy ocupa su casa de recreo de las cercanas de Hortaleza. Arrugse el entrecejo del jven. Por un instante relumbraron sus ojos con fulgor siniestro. --Est bien,--dijo con grave tono. --Consiste en eso la defensa de usted? --No me defiendo de lo que es absurdo, porque esto no lo hacen ms que los estpidos. Gente ruin ha querido herirme, suponiendo lo que no existe ni puede existir, porque para esa gente es inconcebible que se haga un beneficio sin otra mira que la satisfaccion de hacerlo. Clotilde despleg una sonrisa irnica. --Yo soy el ofendido,--aadi Alfredo. --Pues no espere usted de m la reparacion. --El tiempo lo pone todo en claro, y habr que hacerme justicia. --Pues bien; entre tanto... --Habr una vctima inocente. --De seguro no ser usted, caballero. --Lo ser esa honrada familia, porque me ser preciso volverle la espalda para probar as la pureza de mis intenciones, y cuando de esta ya no quede duda, creo que t misma sers la primera en proteger esos desgraciados. Crey Clotilde que no debia continuar la conversacion, y fu sentarse cerca de su padre. Disimul Alfredo como mejor pudo, y algunos momentos despues sali, fu su casa, y mand que para aquella noche se preparase su berlina, con objeto de ir la casa de campo. Cuando pas el dia sin que nadie lo hubiese molestado, empez tranquilizarse Juanito, suponiendo que Alfredo no habia podido adivinar de dnde habia partido el golpe. Ahora lector, si bien te parece, iremos la casa de campo para conocer la verdadera situacion de la infeliz Paquita. CAPTULO VIII Cmo se llega al fondo del abismo. La esposa y la hija de Bonacha habian estado tres cuatro dias como el que recibe un fuerte golpe en la cabeza. Grandes esfuerzos tenian que hacer sus facultades intelectuales, para darse cuenta de su nueva situacion. Se habian encontrado con tres cuatro sirvientes, que las agobiaban en fuerza de respeto y de toda clase de consideraciones, y en todo se vieron atendidas como no era posible que siquiera imaginasen. Para el que no tiene la costumbre de mandar, los criados son un estorbo, una gran molestia. La esposa de don Pascual hubiera preferido estar sola con su hija; pero sta, mintiendo como siempre, aseguraba encontrarse muy bien. No hay que decir que los criados conocieron bien pronto que aquellas dos mujeres no se habian visto nunca en situacion igual, pues no se atrevian dar rdenes, como quien est acostumbrado hacerlo as, y particularmente al comer cometian muchas torpezas. Al dia siguiente se present Alfredo para saber si sus buenas amigas habian descansado, y los dias siguientes les hizo tambien una visita, ya por la maana temprano al oscurecer. Cuando Alfredo iba se paseaban por el jardin, y si la madre se cansaba y se sentaba la sombra, los dos jvenes iban y venian hablando de su amor, cruzando miradas de fuego y permitindose algunas sencillas libertades, que para Paquita no tenian ninguna importancia. Algunos dias almorz all el calavera, y cuando pas una semana le dijo la jven que era un martirio insoportable hablar siempre en presencia de un testigo. Cmo podia remediarse esto? Para Saavedra era muy fcil, puesto que las diez las once, hora en que la madre dormia, la hija podia muy bien asomarse la ventana de su dormitorio, que daba al jardin, y all, aspirando el aire puro y fresco de la noche, contemplando el pursimo cielo y dejando que la imaginacion se remontase en alas de las ms risueas ilusiones, podian pasar dos tres horas de incomparable delicia. Para entrar Alfredo en el jardin, no encontraria ningun inconveniente, puesto que aquella era su casa. Paquita hizo alguna resistencia; pero se dej vencer. La ventana estaba tres pis del suelo, y bajo la misma habia un banco de piedra, de manera que los dos amantes se encontrarian bien cerca el uno del otro. Paquita, para acallar sus escrpulos, se hizo el siguiente razonamiento: --Si es peligroso hablar con el hombre quien se ama, igual es el peligro estando solas que con un testigo cualquiera. Cuando mi madre nos acompaa, no sabe lo que Alfredo me dice, y por consiguiente de nada sirve su presencia. Lo que Alfredo exige de m nada tiene de particular, y mientras yo quiera guardarme, es intil toda vigilancia, as como tambien lo seria si yo me propusiera olvidar mis deberes. A las diez de la noche estaba Paquita puesta la ventana, y Alfredo en el jardin, en pi y junto al asiento de piedra. Una hora despues, que la jven le habia parecido un minuto, Alfredo se coloc sobre la piedra. As podian hablar ms bajo y evitaban que algun curioso los escuchase. Qu se decian? Lo que se dicen siempre los enamorados. Era ms de la una de la madrugada cuando se separaron. Saavedra dijo que pensaba volverse Madrid; pero no se tom semejante molestia, pues se qued all en su dormitorio, y la maana siguiente represent el papel de que acababa de llegar para hacer su visita de costumbre. Tres noches despues, los dos enamorados pasaban sin sentir el tiempo, con las manos entrelazadas y cruzando frases de inmensa ternura. Luego se quej Alfredo del cansancio consiguiente permanecer en pi y parado tres cuatro horas, mostrando deseos de sentarse y que hiciese lo mismo su lado Paquita. Estar sentados en pi le pareci la jven completamente igual, y se atrevi salir de la casa, haciendo compaa en el jardin su amante. Lleg un dia en que se cansaban tambien de estar sentados, y paseaban cuando la luna esparcia sus nacarados resplandores. Paso tras paso se llega sin sentir la cumbre de la montaa que nos parece inaccesible, al fondo del abismo que habamos mirado con horror. Ninguna mujer se pierde en un solo dia, porque su perdicion es una obra lenta, de cuyos adelantos ella misma no se apercibe. Si desde el primer momento se le dijese adnde paso paso habia de llegar, retrocederia espantada; pero no se le exige ms que un paso, uno solo, y cuando ha dada el primero se le ruega que d el segundo, y as concluye insensiblemente por llegar adonde le parecia un imposible. Cuando comprende su verdadera situacion se horroriza y quiere retroceder; pero ya es tarde. La que no evita el primer paso, da el ltimo. Se comprende ahora la triste situacion de Paquita? No habia llegado al ltimo punto de su perdicion, pero llegaria. En la casa de recreo debia dejarse todas sus ilusiones, todas sus esperanzas, y algo ms, que ms que las esperanzas valia. Lo que sabemos ya que Juanito habia hecho para vengarse, acab de decidir al desalmado Alfredo. Si antes se habia detenido por algunos escrpulos, estos desaparecieron, y exclam: --Bonito papel represento!... Guardar consideraciones esta clase de gente, es una estupidez. Y decidido no reparar ya en nada, fu aquella noche la casa de campo. Paquita le sali al encuentro en el jardin. No comprendia la desdichada que su reputacion estaba ya perdida en opinion de los criados; no comprendia que un hombre como Alfredo, si podia casarse con la que hubiera olvidado sus deberes, no se casaria jams con la que olvidaba su decoro. Dice el adagio, que no basta ser buenos, sino que es menester parecerlo tambien. A la mujer se la perdona todo, mnos el escndalo. Hay cierta clase de faltas que la mujer le hacen ms mnos mal, segun se cometen. Una inconveniencia es veces para una mujer mucho peor que la deshonra. El mundo es muy celoso de su dignidad, y no perdona quien se olvida de cierta clase de consideraciones. De lo que aquella noche sucedi nada podemos decir, puesto que el resultado es lo que nos interesa, y hemos de verlo muy pronto. Alfredo volvi las cinco de la madrugada su casa de Madrid, y se acost. Cuando Paquita sali aquella maana de su dormitorio, estaba triste y preocupada. Alfredo no fu aquel dia, ni tampoco al siguiente, sino las once de la noche. Una semana despues se habl del regreso Madrid, porque el seor Bonacha decia que se encontraba muy mal sin los cuidados de su esposa. La madre y la hija volvieron, pues, la calle de San Lorenzo. Su antigua habitacion les parecia horrible. No hay nada peor que subir, si despues ha de descenderse. Todo les parecia muy malo all. Determinaron tomar una criada, porque ya no comprendian que sin criados pudiera vivirse. Adems, sus recursos habian triplicado, gracias la proteccion de Alfredo y los ahorros que hizo don Pascual mientras vivi solo. Fueron visitar doa Robustiana; pero ya Paquita no parecia envanecerse con el amor de Saavedra. La viuda pregunt cundo se verificaba el matrimonio, y la esposa de don Pascual respondi: --Veremos, porque ahora tiene Alfredo necesidad de hacer un viaje para arreglar asuntos de mucho inters, y no volver hasta el mes de Octubre. --Bien me parece eso,--repuso doa Robustiana,--muy bien, con tal que ese hombre cumpla sus promesas. --Si usted lo conociese, no dudaria. --Pues, hija, puedes decir que eres muy afortunada, si bien es verdad que t mereces eso y mucho ms. --Y Adela?--pregunt la esposa de Bonacha. --No tardar quince dias en casarse, pues ya estn arreglando los papeles. --Tan pronto!... --Eduardo queria esperar para que sus intereses estuviesen en rden, porque ya saben ustedes que es el hombre ms delicado del mundo; pero como ellas no miran el inters, porque el dinero les sobra, han querido que la boda se haga inmediatamente para emprender un largo viaje antes del otoo. --Tampoco Adela puede quejarse de la fortuna. --Eduardo la adora; pero no es tan rico como el seor de Saavedra, ni representa en la sociedad tan brillante papel. --Y qu ms puede pedir la hija de un cerrajero?--replic Paquita. --Si es honrada, puede pedir mucho. La jven palideci, y su madre se apresur decir: --Mi hija tambien es honrada. --Nadie lo ha puesto en duda. --Y es seora desde que naci, y su padre es un caballero, y por consiguiente pertenece otra clase. Buen papel haria la hija del cerrajero entre duques y marqueses, como estar mi hija cuando se case. --Yo deseo la dicha para las dos, y estoy satisfecha, porque me parece que las dos han conseguido lo que deseaban. Si la esposa de don Pascual hablaba de viajes de Alfredo, era porque este habia dicho que tenia necesidad absoluta de salir de Madrid. Esto no era un verdadero motivo de alarma, y sin embargo, Paquita empez perder la tranquilidad. Doa Robustiana, con la mejor intencion, le dijo la jven: --Pues los aires del campo no te han sentado muy bien, porque ests ms plida y ojerosa, y me parece que has perdido algo de tu alegra. Paquita hizo un gran esfuerzo para sonreir. --Me siento muy bien,--dijo. Y qu pensaba de todo esto don Pascual? Aunque parezca inverosmil, su carcter habia cambiado durante la ausencia de su familia. Ya no sonreia constantemente: se le veia con frecuencia muy preocupado, y algunas noches dejaba de leer _La Correspondencia_, lo cual sorprendi mucho su esposa. Tampoco dormia tantas horas como antes, y habia disminuido considerablemente su apetito. Sin embargo, don Pascual no estaba enfermo, aunque si hemos de hablar con exactitud, diremos que su enfermedad era moral. As como el instinto le habia dicho su esposa que Alfredo no era conveniente para su hija, el instinto tambien le hacia adivinar al honrado padre grandes desgracias. No encontraba nada malo en lo que habia visto, y sin embargo, le desagradaba mucho. Hizo algunas indicaciones; pero su esposa y su hija le contestaron con tantos razonamientos, que el infeliz se sinti aturdido, y tuvo que callar. Alfredo habia dicho que trabajaba para conseguir un nuevo ascenso, y tanto ascender asustaba ya don Pascual Bonacha. Era este de esos hombres que creen que lo que no se justifica con claridad, es sospechoso; ms an, que no puede ser bueno. As daba una prueba de recto juicio, que nada tiene que ver con el talento. Si don Pascual le hubiese tocado el premio grande de la lotera, antes de cobrar hubiera enseado el billete todo el mundo para que nadie dudase de que era verdad, y para que de todos fuese conocida la procedencia de aquel dinero. Lo mismo le sucedia en cuanto los adelantos tan rpidos y repentinos hechos en su carrera. Por qu le protegia tan decididamente un hombre quien apenas conocia? Esta pregunta debi hacrsela el mundo, y para explicarse el efecto intentaria buscar la causa. Para que esta fuese adivinada no era menester ms que una mediana sagacidad. Cuando Paquita estrenaba un vestido, don Pascual sufria, y tenia buen cuidado de hacer pblico que su hija trabajaba y ganaba cosiendo, y que el producto de su trabajo lo invertia en comprarse ropa. As no daba lugar que nadie preguntase de dnde salia el dinero que valian todos aquellos moos, volantes, pendientes y otros adornos por el estilo, pues era fcil que algun malicioso creyese que don Pascual explotaba los que iban rogarle que despachara pronto un expediente. El honrado Bonacha era, pues, una vctima de los extravos de su hija, as como esta debia ser al mismo tiempo vctima de Saavedra y de sus propias debilidades. De todos los personajes que hemos presentado, ninguno es digno de respetuosa consideracion y lstima sino don Pascual, y aun este debemos acusarlo, porque no tuvo valor para hacer cumplir sus deberes su esposa y su hija. Muchos padres hemos conocido as, y sobre haber sufrido ellos mucho, han hecho muy desgraciados sus hijos. Quien bien te quiera te har llorar, dice el adagio. Bonacha no habia tenido valor para hacer llorar su hija. Muchas veces se hace un beneficio haciendo sufrir, y esto es lo que tal vez no habia comprendido don Pascual. El hombre que no se considera con fuerzas para sobrellevar en todos sentidos la enorme carga de la familia, no debe crersela. Juanito no se descuid, y apenas supo que habian regresado la esposa y la hija de don Pascual, dispsose proseguir su obra, yendo casa de doa Robustiana precisamente media hora despues que habian salido la madre y la hija. A Juanito le faltaba el valor para arrostrar frente frente la tormenta, y busc un camino indirecto. CAPTULO IX Las primeras lgrimas. Juanito estaba ms flaco y ms plido que un mes antes, y esta alteracion no habia pasado desapercibida para la mirada investigadora de la mujer casamentera. Como no era la hora de la tertulia, podian hablar con entera libertad. Adems, Juanito era uno de los amigos ms antiguos de la casa, y la viuda le profesaba gran estimacion. --No est usted bien?--le dijo ella apenas lo vi. Una sonrisa leve y amarga fu la respuesta de Juanito. --Vamos ver si nos entendemos,--aadi la viuda;--sintese usted aqu, mi lado... Vte, _Morito_. El pobre gato tuvo que dejar la silla que ocupaba. --Seora,--dijo Juanito,--aseguran que la fortuna me sonrie. --Tenia usted cuatro mil reales de sueldo y dependia su suerte de la voluntad de un ministro, y ahora tiene doce mil, que puede conservar sin otras recomendaciones que las de su honradez. --Ciertamente. --Pero yo no puedo equivocarme como los dems. --Doa Robustiana, usted me conoce demasiado bien... --No quiero acusarlo porque no tom mis consejos oportunamente. --Harto me pesa,--respondi Juanito, suspirando tristemente. --No tiene usted madre, y yo quise serlo... --Tengo mucho que agradecerle usted, y mucho de qu acusarme. --Lo que ya se hizo no puede deshacerse; pero tampoco debe perderse la esperanza de que se remedie el mal. --Remedio!... no lo hay. --Y por qu? --Paquita se ha deslumbrado y creo que se ha enamorado ciegamente, y aun cuando no fuese as, no seria posible que rechazase un hombre como Saavedra para casarse con un hombre como yo, ni yo tampoco he de exigirle que por mi felicidad haga semejante sacrificio. La viuda despleg una sonrisa irnica, y pregunt: --Cree usted que don Alfredo de Saavedra se casar con Paquita? --Al mnos as parece que suceder. --Es usted muy jven, y yo soy vieja; conozco el mundo, y usted no lo conoce, aunque se ha empeado en hacernos creer que es un hombre muy corrido y casi cansado de la vida. Si yo no tuviese del corazon humano el conocimiento que tengo, no habrian salido de mi casa con marido muchas mujeres que entraron sin l y sin esperanzas de tenerlo. Y no vaya usted decirme que algunos de esos matrimonios son desgraciados, porque yo nada tengo que ver con eso. Si una mujer necesita marido, se lo proporciono, y ella le toca ver si le conviene, aunque si hemos de decir la verdad, tanta razon tendrian ellos para quejarse como ellas. --Adnde va usted parar, doa Robustiana? --Quiero convencerlo usted de que no me equivoco fcilmente en esta clase de asuntos. --Estoy convencido. --Paquita no se casar con Alfredo, porque yo s muy bien lo que una mujer tiene que hacer para casarse, y ella est haciendo todo lo contrario. --Tiene usted el don de adivinar. --Lo cree usted as? --Lo creo, porque conozco antecedentes de mucha importancia. --Explquese usted, porque hoy hemos de hablar con franqueza y hemos de combinar nuestro plan de campaa. --Le confiar usted un secreto. --Sepamos. --Don Alfredo de Saavedra ama otra mujer rica y de elevada clase. --Lo ve usted? --Y esa mujer le corresponde. --Ya pareci aquello. --Mis noticias son exactas, puesto que... --S, esa mujer amada por Saavedra debe ser la hija del conde de Romeral. --Exactamente. --Y es posible que pierda usted la esperanza?... Recobre usted la tranquilidad, que ms mnos tarde, Paquita se ver abandonada; comparar entonces el corazon de usted con el de Saavedra, y hacindole justicia, le amar. --Ah!--exclam Juanito, empezando reanimarse. --Deje usted este asunto mi cargo, que yo lo arreglar. --Pero el secreto que acabo de confiarle... --Lo explotar con habilidad... --Piense usted... --Es usted un nio. --Doa Robustiana... --Hemos terminado. --Pues bien; queda en manos de usted mi porvenir, mi felicidad, mi vida. --Ama usted de veras Paca? --Con frenes. --Pues ser usted su marido. En el colmo del entusiasmo bes con ternura filial Juanito las redondas manos de la viuda, y esta jur una y otra vez que cumpliria lo que habia prometido. El cumplimiento de esta promesa debia ser una nueva desgracia para Juanito. Separronse, y al dia siguiente la viuda fu visitar la familia Bonacha. La recibieron muy bien; pero con esa benevolencia que el superior dispensa al inferior. Disimul doa Robustiana y dijo para s: --Antes de cinco minutos me habreis pagado la ofensa. Y luego aadi en vez alta: --No pensaba venir hoy; pero he pasado por la esquina, y me parecia un crmen no subir. --Mucho le agradecemos usted sus demostraciones cariosas,--respondi la esposa de don Pascual. Doa Robustiana mir muy atentamente Paquita, y despues de algunos minutos le pregunt: --Conoces la hija del conde de Romeral? --No,--respondi la jven. --Pero la conocer cuando se case,--se apresur decir la esposa de Bonacha,--porque entonces se visitar con toda esa gente. --En cuanto la hija del conde... --Qu? --Nada, nada,--respondi la viuda. Sus reticencias, el tono con que hablaba y hasta sus gestos, daban mucho valor lo que acababa de decir, por ms que al parecer no hubiese dicho nada. Estremecise Paquita y densa palidez cubri su rostro. --Pero por qu,--dijo,--nombra usted ahora la hija del conde de Romeral? --Por nada, absolutamente por nada... es que me ha ocurrido... En fin, hablemos de tu prxima felicidad. --Doa Robustiana, las palabras de usted tienen mucha intencion, y se lo digo as, porque siempre hablo con mucha claridad. --Pues bien; ya que te empeas me explicar, aunque no pensaba hacerlo, porque estos asuntos son muy delicados. --Qu quiere usted decir?--pregunt la madre de Paquita, que empezaba dejarse arrebatar por la clera. --Digo lo que es verdad, y cuando sucede una cosa, la culpa no es mia, sino de quien la hace. Y basta con esto, porque el buen entendedor no necesita muchas palabras. Estoy mortificndote, no se me oculta; pero todo esto prueba que me intereso mucho por tu suerte. Ahora averigua, reflexiona y determina lo que te parezca mejor; pero me tomar la libertad de aconsejarte, que no dejes pasar mucho tiempo para hacer tu boda, pues me parece mejor sistema el de Adelita. Ya sabes aquel refran que dice, que pjaro en mano vale ms que ciento volando. No es posible que se comprenda el efecto que produjeron estas palabras. La madre y la hija hablaban la vez y le exigian doa Robustiana terminantes explicaciones. Qu ms podia decir la viuda? Sin embargo, tan apurada se vi, que acab por exclamar: --Hablar, hablar! --Ya escuchamos. --Don Alfredo de Saavedra est enamorado, por lo mnos es novio, de la hija del conde de Romeral, y ella lo ama, y el padre aprueba esos amores, y el casamiento es asunto tratado muy formalmente. Este compromiso no puede romperse sin producir un escndalo, y como las personas de cierta clase tienen al escndalo ms miedo que la muerte, debe suponerse que la hija del conde se casar con Saavedra aunque se odien. La madre y la hija quedaron anonadadas. La primera apenas podia respirar, y tal fu su trastorno, que tuvo que acudir su remedio favorito de beber agua y vinagre. Paquita tambien temblaba; pero no impulsos de la ira, sino del terror. Habia inclinado sobre el pecho la cabeza, y no se atrevia arrostrar la mirada de la viuda. Infeliz! Algunos dias antes le hubiera sobrado valor para soportar el golpe. Qu seria de ella, si Alfredo de Saavedra la abandonaba? Nosotros, que conocemos el terrible secreto de su amor, podemos apreciar sus mortales angustias. Doa Robustiana no crey conveniente prolongar aquella visita, y se dispuso salir. La jven, que pocos minutos antes se habia mostrado tan orgullosa, se acerc la viuda, la cogi las manos, se las estrech cariosamente, y le dijo con humilde tono: --Doa Robustiana, usted me quiere casi tanto como mi madre. --Creo que s. --No puede usted desear que yo me vea en ridculo. --Me parece que no tengo un alma tan depravada. --Pues bien; yo le suplico... --De lo que hemos hablado nada sabr Adela ni ninguno de los amigos que me visitan. --Gracias. --Hago excepcion de Juanito, porque ya sabes que este... --S, esta empleado en la misma casa del conde de Romeral, y supongo que por l habr usted tenido esas noticias. --Si lo vieses!... El pobre est que pueden ahogarlo con un cabello. Paquita suspir tristemente. --Te ama como no puede amarte ningun hombre. La esposa de don Pascual volvi tomar parte en la conversacion, y dijo: --Lo que tiene Juanito es rbia porque mi hija no lo ha querido, y para vengarse se ocupa en llevar y traer chismes y cuentos. --Si es verdad que Saavedra y la hija del conde se aman, lo que consecuencia de esto pueda suceder no es culpa de Juanito. Despidise y sali doa Robustiana, dejando en aquella casa el grmen de profundos trastornos. Cuando la madre y la hija quedaron solas, entregronse todos los trasportes de la desesperacion. La madre amenazaba terriblemente. La hija juraba que no cederia con facilidad, que disputaria palmo palmo el terreno, y que antes consentiria morir que declararse vencida. No habian trascurrido dos horas, cuando Alfredo se present. Lo mismo que le habia sucedido algunos dias antes en casa del conde, le sucedi al entrar en la vivienda de Bonacha, es decir, que al primer golpe de vista comprendi que algo muy grave sucedia. La esposa de don Pascual, con pretexto de atender sus faenas, fu y vino, dejando los dos enamorados en libertad completa para que hablasen. No era posible que Paquita se encerrase en su dignidad y se mostrase reservada lo mismo que Clotilde. Habia entre ambas grandsima diferencia, y sobre todo la hija de Bonacha habia perdido su fuerza moral, y su situacion la obligaba colocarse en otro terreno y seguir distinto sistema. Fij en Alfredo una mirada, que ms que severa era dolorosa, y le dijo: --Recuerdas todo lo que ha sucedido desde que tuve la debilidad de amarte ciegamente? --No lo he olvidado,--respondi Saavedra con una frialdad espantosa. --Pues bien; es preciso que yo sepa lo que debo esperar. --Debes esperar que yo te ame siempre. --Eso es muy vago. --Pues qu ms deseas? --Lo que exige mi honor, que he sacrificado por t. --Paca, te aconsejo que dejes ese tono trgico, porque... --Me engaas, Alfredo,--interrumpi la jven sin poder contenerse. --Que te engao!... --Amas otra. --No es verdad. --Tengo pruebas. --Todo lo adivino... Oh!... ese mozalbete estpido se ha empeado en que yo me rebaje hasta el punto de darle una leccion dursima. No te pido explicaciones, porque no las necesito. --No he visto Gonzalez hace ya mucho tiempo. --Pero l habr hecho llegar hasta t sus mentiras, porque est desesperado, y como el valor le falta para disputarme tu amor, hace lo posible para desunirnos. Ya se ha ocupado de t en casa del conde de Romeral, y ciertamente no te favorece mucho lo que ha dicho. Lo he despreciado y lo he perdonado; pero ahora veo que mi generosidad lo alienta, y me ser preciso adoptar otra resolucion. --Todo el mundo dice que es convenido tu casamiento con la hija del conde. --Todo el mundo puede decir lo que quiera; pero la verdad es que no pienso casarme. --Pues dame una prueba de tu amor, una prueba de la rectitud de tus intenciones; una de esas pruebas que no dejan lugar dudas y que me tranquilice para siempre. --En qu puede consistir esa prueba?--dijo Alfredo mientras encendia un cigarro. --Nuestros amores no pueden tener ms que un trmino: unirnos con lazos indisolubles... --Paca,--interrumpi Saavedra,--asuntos tan graves no pueden tratarse ligeramente. --Ahora no tenemos que hacer otra cosa,--repuso Paquita. --Te equivocas, porque esta misma noche debo partir. --Te vas!...--exclam Paquita con acento de terror. --Pero volver, descuida. --Te vas!...--volvi decir la jven. --He recibido una carta que me obliga ponerme en camino inmediatamente. --Y mi honra, Alfredo, y mi honra?--grit desesperadamente la infeliz. --De todo eso hablaremos oportunamente, pues debes pensar que irse de Madrid no es irse del mundo. La calma de Alfredo atorment la desgraciada jven como no puede imaginarse. Sinti la infeliz que le faltaban las fuerzas. Un raudal de lgrimas se escap de sus ojos. Saavedra hizo un gesto de disgusto, y se puso en pi, diciendo: --Si as te dejas arrebatar, jams nos entenderemos. --Estoy perdida!... --Te dejas dominar por la primera impresion; pero cuando reflexiones recobrars la calma. --Dios mio!... --No he venido para oirte llorar. --Oh!... --Adios... Creo que dentro de pocos dias volver; pero si mis asuntos me obligan detenerme, no pierdas por eso la tranquilidad, puesto que ya comprendes que ms mnos tarde he de venir. La jven quiso hablar, y no pudo. Sentase medio ahogada. Acudi la madre tomar parte en la conversacion, porque era imposible que permaneciese mucho tiempo callada. --Pero qu es esto?--dijo.--Me parece, don Alfredo, que un hombre de la clase de usted... --Seora, puede usted evitarse la molestia de darme lecciones que no estoy dispuesto recibir; y en cuanto lo dems, ya he dado explicaciones su hija de usted, y todo quedar arreglado. Quiso la madre replicar; pero Alfredo no escuch, y sali sin dar tiempo que le dirigiesen nuevas reconvenciones. --Ya lo ves,--dijo la madre;--este hombre no me gustaba... Seria la primera vez que yo me hubiese equivocado. Paquita guardaba silencio y lloraba. Su madre no podia comprender todava todo lo horrible de la situacion. Bien puede decirse que la suerte de la jven estaba decidida. A quien ms compadecemos es al honrado don Pascual. CAPTULO X Dos bribones que se entienden. Tenemos que presenciar una escena que en nada se parece las que ya hemos pintado, porque es preciso que el lector se convenga de que Eduardo era un mozo que valia mucho, y que, como decirse suele, servia lo mismo para un barrido que para un fregado. No hemos tenido ocasion de verlo ms que en la vivienda de doa Robustiana, ni de oirlo ms que cuando hablaba sublimemente con la sensible Adela. Era Eduardo uno de esos hombres que tienen habilidad para hablar cada uno en su lenguaje y para dar su rostro la expresion, ahora cndida, luego picaresca, ya triste como un entierro, ya alegre como una boda. Por esta razon tenemos que reconocerle el mrito que se reconoce un actor consumado. Lstima era que un hombre dotado de tan clara inteligencia se hubiese extraviado hasta el punto de llegar ser un miserable, tan digno de compasion como de castigo. Eduardo no tenia corazon, y sin embargo era dbil alguna vez; cuando se trataba del bello sexo, estaba sujeto caprichos, y estos le habian producido ya ms de un disgusto; pero cuando se trata de las pasiones, la criatura no escarmienta, ni es posible que se corrija, porque la causa est en su propia organizacion. Se recordar que el futuro esposo de Adela se permitia ser demasiado galante con la criada de la viuda, y sobre este punto vamos dar explicaciones. Juana era bonita, bastante bonita para llamar la atencion de cualquier hombre, y bien podia suceder que alguno se enamorase de ella, si no ciegamente, con inters sobrado para cometer alguna locura. En este caso se encontraba Eduardo, y como Juana, contra su costumbre, le pareci bien mostrarse esquiva, avivse ms lo que no sabemos si llamar pasion del amante de Adela, quedando as probado que los inconvenientes y los obstculos encienden el deseo, son combustible aadido la hoguera. Empese el truhan en satisfacer su anhelo, y como Juana se empe en resistir, defendindose hericamente en la antesala, los pasillos y la escalera, lo que primero fu un capricho sin importancia, lleg ser una cuestion grave, hasta de amor propio. No era posible que Eduardo se resignase verse derrotado cuando se trataba de una fregona; pero no le ocurri pensar que al empearse en aquella lucha iba quedar preso en las redes que l mismo tendia. Ablandse al fin Juana, aunque poco, y permiti ciertas franquezas, que del caso no son, cuando bajaba las doce de la noche para abrir la puerta de la calle al truhan, llevando en una mano la luz y en la otra la llave. Tenia Juana su novio, como ya sabemos, que la queria con las mejores intenciones y la mejor buena fe; pero ella no queria privarse de divertirse cuanto pudiera, porque decia que la juventud dura poco, y es preciso aprovecharla. Cuando era ya cosa convenida el casamiento de Eduardo, crey este que podia arriesgar algunas promesas deslumbradoras, puesto que dinero habia de sobrarle para cumplirlas con el dinero de su mujer. La sirviente necesitaba un dote, y para reunirlo no era bastante lo que ahorraba de su salario, resultando de todo esto que acab por escuchar al tahur y le di una cita para poder hablar despacio y tranquilamente. Cada quince dias gozaba Juana de completa libertad por algunas horas, y esta libertad la aprovech para el arreglo del asunto que nos ocupa. Las ocho acababan de dar, y el caf del Sur, situado en la Plaza del Progreso y esquina la calle de Lavapis, estaba ya ocupado hasta el ltimo rincon. En el caf del Sur se representan comedias, se baila, se canta, se fuma mucho tabaco virginia, se bebe mucho aguardiente, se oye un lenguaje que puede ruborizar un coracero y se respira una atmsfera pesada y nauseabunda, capaz de resentir los pulmones ms firmes. Esto no mengua en nada el crdito de que goza el caf del Sur, pues precisamente se ha establecido para hacer comedias que diviertan los concurrentes y para que all se beba y se fume, sin que nadie deba hacerse responsable de la mala calidad del tabaco, nadie ms que al gobierno, que no lo vende mejor. Junto una de las mesas encontrbase Eduardo. Habia bebido ya una copa de ron, y empezaba beber la segunda, en tanto que aspiraba con verdadera delicia el humo del tabaco que en su pipa se quemaba, pipa que se habia guardado muy bien de sacar en presencia de su futura. Juana entr en el caf. Se habia puesto su mejor ropa, y aunque el vestido era de percal, tenia mucho que ver cmo arrastraba una larga cola, que producia un ruido bastante desagradable, en tanto que con la mano izquierda levantaba la falda para no pisarla y lucir sus botas de color azul celeste, y con la diestra abria, cerraba y agitaba el abanico. Una lluvia de piropos cay sobre la sirviente; pero ella, sin tomar en consideracion tales atrevimientos, atraves el caf y fu sentarse frente Eduardo. --Ea,--dijo,--aqu me tiene usted, y ahora veremos si puede convencerme de lo que no se convenceria la ms tonta. Lo entiende usted? --Ante todo, es preciso que digas lo que quieres tomar. --Yo no soy cumplimentera, ni hago remilgos como ese talego con quien se va usted casar, porque ha de saber usted que nac en el barrio de Maravillas y all todo el mundo habla muy claro. Interrumpise Juana, porque el mozo se acerc, preguntando: --Qu se ofrece? --Caf con media tostada de abajo,--dijo la sirviente. Pocos momentos despues estaba complacida. --Mira, Juana, m no me vengas con msica celestial, porque yo te conozco demasiado bien. T necesitas hacer tu negocio; yo tengo necesidad de satisfacer mi capricho, y por consiguiente... --Poco poco. --Te ofendes? --No; pero... --Hablemos con claridad, como dices que hablan los de tu barrio. En este pcaro mundo los que andan con escrpulos de monjas. --Entiendo. --Todos van su negocio, y el que no lo hace... --Que no soy torpe. --Voy decir que te den una copita. --Mire usted, me gusta; pero la seora tiene el olfato ms fino que un perro. --No quiero que te comprometas, aunque muy pronto has de dejar doa Robustiana y cambiar de vida. --La que paso no puede ser peor. --No ignoras que voy casarme. --Y lo dice usted con tanto descaro! --S, porque tengo la seguridad de que t no crees que estoy enamorado de Adela. --Me parece que ni usted ni nadie puede enamorarse de semejante mujer; pero as dormir usted tranquilo. --Me caso con Adela... --Por el dinero, no es verdad? --S. --Y con ese dinero?... --Obsequiar otra que pueda satisfacer mi gusto. --Y eso es una picarda. --Puedes darle el nombre que mejor te parezca; pero es una cosa que me agrada, que me conviene. Una picarda parece tambien que t busques de cierta manera el dote que necesitas para casarte con tu Manolo, y sin embargo, lo hars feliz y t podrs ser tambien dichosa sin que la conciencia te atormente. Juana sigui tomando el caf, y aunque era muy habladora, guard silencio. Eduardo prosigui as: --Me casar dentro de una semana, y aunque Adela quiere emprender viajes lo gran seora, yo har que desista de su propsito, porque la vida de Madrid me agrada mucho ms que la que me espere por esos mundos de Dios. Apenas nos casemos me har cargo de cuanto posee mi robusta suegra, y t podrs inmediatamente dejar de servir. --Y qu dir Manolo? --No soy adivino; pero t eres sobradamente lista, y le hars ver que lo negro es blanco. --Bien, eso corre de mi cuenta. --Tendrs dinero abundante, aunque no me parece prudente que lo gastes en adornos, porque infundiria sospechas que no podrias desvanecer. --Y si algun dia se descubre el negocio? Eduardo se encogi de hombros con indiferencia, apur el contenido de la copa, dej escapar una bocanada de humo, y respondi: --Mi esposa har entonces lo que le parezca mejor, y t te arreglars con Manolo lo mejor que te parezca. --Considere usted que si ya estoy comprometida... --Jugars el albur como yo lo juego, en la inteligencia de que no he de abandonarte, y si te decides por m, nos reiremos de todo el mundo. --En ese caso, lo mejor que puede hacer Manolo... --Es arreglarse con mi mujer. La sirviente solt una carcajada, porque le parecia muy gracioso lo que acababa de decir Eduardo. Este aadi: --Los dos son tontos, y se entenderian perfectamente. --Eso no puede suceder. --Pero al mnos se contarn sus penas y se consolarn, mientras que nosotros pasaremos la vida lo mejor que nos sea posible. Ya sabes que la fortuna la pintan calva, y si pierdes la ocasion... --Es usted capaz de dar tentaciones un santo. --Como t no tienes de ngel ms que el rostro... --Te veo,--replic Juana, haciendo uno de esos mohines que caracterizan la gente de su clase. --Estamos conformes? --Que s. --Me parece que ahora no te mostrars tan esquiva, y por de pronto me tratars con la franqueza que debe haber entre nosotros. --Mientras estoy con doa Robustiana, es preciso que tengamos prudencia. --S, mucha prudencia; pero... --Djame en paz. --Siento que no te atrevas tomar una copa. --Ya lo har cuando nadie tenga derecho pedirme cuenta de mi conducta. --Sabes lo que pienso? --Lo sabr si me lo dices. --Si Manolo no fuese un estpido, me agradeceria lo que hago en su favor, puesto que de aqu un ao ser rico. --Para que veas lo que son las cosas. Yo hago un sacrificio para favorecer al pobre Manolo, y si l supiera la verdad, se pondria hecho una fria. --Ya te he dicho que es un estpido. As continuaron hablando hasta despues de las nueve. No habian fijado la atencion en la comedia que se representaba, ni siquiera se habian apercibido de que de vez en cuando resonaban aplausos estrepitosos, con los que el pblico demostraba su agrado por lo admirablemente bien que los actores trabajaban. --Ya es muy tarde,--dijo la sirviente. --Pues no te detengas, que pronto nos veremos otra vez. --Irs esta noche? --S. --Tambien ir tu novia, y aunque s que no la quieres... --Tienes celos? --No, pero... --Juana mia, deja que ruede la bola, pues al final de la funcion hemos de ser felices, y nos reiremos de todos. Llam Eduardo y pag, agotando todos sus recursos; pero esto no le hacia perder la tranquilidad, porque era uno de esos hombres que tienen un tesoro de esperanzas. Salieron del caf, y junto la puerta se despidieron cariosamente y se separaron, tomando en opuestas direcciones. No habia dado tres pasos Juana, cuando fu detenida por un hombre, que parecia ser un artesano. Era el llamado Manolo. --Adnde vas por aqu?--pregunt, mientras su entrecejo se arrugaba. --Pues ya lo ves, voy mi casa,--respondi ella. --Y de dnde vienes, paloma?--replic Manolo irnicamente. Juana, con el fin de tomarse algun tiempo para reflexionar, dijo: --No vengo del sermn, ya puedes figurrtelo. --S, me lo figuro. --Esta tarde he paseado por la Montaa del Prncipe Pio. --Mientras yo te esperaba en Chamber, segun lo convenido. --Sal tarde, porque la seora me entretuvo, y cre que ya no te encontraria. --Y despues de la Montaa... --Vindolo ests. --Pero en alguna parte te habrs detenido. --Detenerme... Pues tiene la seora buen genio para hacerla esperar! --Juana,--replic Manolo con tono que algo tenia de amenazador,--t has creido que puedes burlarte de m; pero te equivocas. --Y por qu dices eso? --Demasiado bien lo sabes. --Mira, si tienes mal humor, puedes romperte la cabeza contra una esquina, pues no es justo que yo lo pague. --Juana!... --No puedo detenerme. --Ahora tienes prisa, y cuando estabas en el caf... --Y qu?--interrumpi la sirviente, convencindose de que ya era intil negar.--T ves visiones. --Con que no sales ahora del caf? --S. --Pues entonces... --Ser menester decrtelo todo. --No necesito que me digas que has estado en conversacion con ese silbante que va de visita casa de tu seora. --Me ofendes, Manolo. --Yo no hago ms que decir lo que ha sucedido. --Pues bien; he venido buscar ese hombre, porque mi seora me lo ha mandado as, para decirle que no falte esta noche, pues no s lo que sucede con doa Adela, y hay miedo de que el casamiento se desbarate. Ahora,--aadi Juana, como si en realidad fuese la ofendida,--qujate cuanto quieras, acsame; pero no vuelvas mirarme en toda tu vida, porque yo no puedo querer un hombre que desconfia de m. Interrumpise como si no pudiese hablar, y llev el pauelo los ojos para enjugar sus lgrimas aparentar que las enjugaba. --Adios,--dijo con voz ahogada;--hasta el Valle de Josafat. Y di un paso para alejarse. Manolo la detuvo, diciendo: --Espera. --Djame. --Por qu lloras? --Por nada, puesto que no tengo motivos para llorar... Djame, y busca otra que te quiera ms que yo, otra que sea ms honrada... --No he puesto en duda tu cario ni tu honradez... --Despues de tanto tiempo y tantos sacrificios!... --Que la gente nos mira. --Pues djame. --No creo que he cometido ninguna gran falta; pero t tienes un genio:... --Si t te ofendiesen, veramos. --No hablemos ms de este asunto: mis quejas son siempre de cario... Se acab... Te acompaar, si es que mi compaa no te desagrada. Se limpi Juana los ojos y envolvi su amante en una mirada ardiente. Siguieron por la calle de la Magdalena, y entraron en la del Ave-Mara. Cuando llegaron la vivienda de la viuda, estaban los dos amantes reconciliados y se hablaban ms cariosamente que nunca. Despidironse y se separaron. Ya empiezas comprender, lector, hasta qu punto era afortunada la sensible Adela; pero su desgracia puede decirse que era obra de ella misma. Quiso casarse toda costa con un hombre de cierta clase, y acept el primero que se le habia presentado. Ni la madre ni la hija se cuidaron de averiguar si aquel hombre era lo que parecia. Era un marido, y con esto tenian bastante. Todo esto ser demasiado desagradable, tal vez horrible; pero desgraciadamente es verdad; pues no lo hemos inventado, sino que nos hemos concretado referir lo que hemos visto ms de una vez. Las novelas ms interesantes se encuentran en la vida real, y basta copiarlas para hacer un libro. Volvamos la familia Bonacha. CAPTULO XI Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer. Con una ansiedad indescriptible aguardaba Paquita carta de Alfredo; pero habia trascurrido una semana, y la carta no lleg. Durante este tiempo tuvo la jven motivo para comprender en toda su extension su desgracia. Esper otros cuatro dias, y como la situacion era la misma, decidi escribir su amante. H aqu la carta de Paquita: Mi querido Alfredo: Cuento los dias, cuento los minutos. Por qu no me escribes? Te ha sobrevenido alguna desgracia? Te has olvidado de m? No quiero creerlo, porque mi situacion es demasiado horrible. Mis presentimientos se han realizado, y bien pronto me ser imposible ocultar mi deshonra. Respetables intereses deben haberte obligado salir de Madrid, y esos mismos intereses te detendrn; pero hay algo que vale mucho ms que todos esos intereses, ms an que toda tu fortuna, y ese algo es mi honor. Preciso es que de todo te desentiendas, de todo te olvides, para acudir salvar mi honor, que debe ser el tuyo; para poner cubierto nuestras debilidades y la suerte de una criatura inocente, y que algun dia puede pedirnos cuenta de nuestra conducta. No te hablo de mi amor, porque has visto ya que no he reparado en sacrificios, y que para satisfacer hasta tus ms leves deseos, he olvidado todos mis deberes y mi propia conveniencia. Ha llegado tu vez, y ahora espero de t las pruebas; ahora ests t obligado consumar todos los sacrificios sin vacilaciones. No te exijo que olvides el honor ni quiero que eches sobre tu conciencia la carga enorme de graves faltas; sino que, por el contrario, lo que quiero es que cumplas tus promesas, lo cual es honrarse, y que evites que tu conciencia te acuse algun dia. El dolor me trastorna. Desde que nos separamos, el sueo huye de mis ojos. Lloro noche y dia. Cunto sufro, Alfredo, cunto sufro! Si no cumples tu deber, qu ser de m? Y cuando mi honrado padre conozca la deshonra de su hija, qu le suceder? No podr el infeliz soportar golpe tan terrible. Con todo se ha resignado; lo mismo con la pobreza que con los infinitos sinsabores de la vida. Estaba tranquila su conciencia y esperaba en la eternidad los goces que en este mundo le negaba la fortuna; pero con lo que no se hubiera resignado, con lo que no se resignar, es con la deshonra. Somos pobres; pero, no lo dudes, tenemos el sentimiento del honor como los ricos, y quiz ms an, porque es lo nico que tenemos. Si nos arrebatan el honor, qu nos queda? T me has arrojado al fondo de un abismo, y t eres la nica persona que puede salvarme. Alfredo, salva mi honor y qutame despues la vida. No me importa morir; pero que mi padre no conozca la horrible desgracia. Toda su vida ha sido un mrtir, y ya que no otra cosa, que pueda al mnos morir tranquilamente, que no me maldiga, porque slo Dios sabe lo que la maldicion de mi padre produciria en mi alma. No eres, no puedes ser un miserable depravado: tienes sentimientos generosos, y si no por cario, por compasion, Alfredo, siquiera por compasion, corre, ven, slvame, y luego huye de m, si es que mi presencia te enfada, que yo devorar en silencio mi dolor y mis amarguras, y no turbar tu dicha con la importunidad de mis quejas, sino que te dejar en completa libertad para que goces y seas dichoso. No puedo ms, Alfredo, no puedo ms... Ven y salva tu vctima infeliz, compadece mi padre, piensa que t tambien eres padre, y haz por tu hijo lo que por m no harias. El sentimiento habia sublimado la inteligencia de Paca. Nadie hubiera esperado semejante carta de la hija de don Pascual; pero el sentimiento, cuando llega cierto grado, iguala todas las inteligencias. No habia meditado Paca para escribir. Las elocuentes frases de su carta se habian escapado de su alma sin que ella misma pudiera apreciar todo su mrito en ningun sentido. Era posible que Alfredo leyese la carta con indiferencia? Era posible que abandonase la mujer que todo se lo habia sacrificado? S era posible, por ms que no lo parezca. Alfredo tenia que cumplir otro compromiso, que aunque no tan sagrado, era para l de mucha importancia. Adems, parecale horroroso casarse con Paquita, quien l mismo, en presencia de sus amigos, habia hecho objeto de las ms sangrientas burlas. No, Saavedra no podia ser esposo de la hija de don Pascual, no podia serlo sin deshonrarse, segun l mismo creia. Y entre su deshonra y la de aquella infeliz, no era dudosa la eleccion, tratndose de un hombre de sus circunstancias y carcter. Alfredo debia luchar, debia sufrir; pero al fin triunfaria su vanidad, su amor propio, su orgullo desmedido y su perversion moral. Debia pensar Alfredo que cuando se casase con Paquita, Clotilde lo miraria con profundo desden, y que en los crculos de lo que se llama gran mundo se aguzaria el ingenio para inventar epgramas. Lo repetimos, el demonio de la vanidad debia decidir la cuestion. Una vez escrita la carta, encontrse Paquita con que no sabia cmo dirigirla. Qu hacer para salir de este apuro? Consult con su madre, y despues de discurrir largamente, resolvieron ir la casa de Saavedra para preguntar los criados del mismo. Hicironlo as. Nunca lo hubieran hecho, porque fueron recibidas con mucha frialdad, casi con desden, pesar de que el mayordomo de Alfredo las conocia. --Ahora,--dijo el criado, que debia estar bien instruido por su seor,--se encuentra el seor don Alfredo en Santander; pero no estar all ms que tres cuatro dias, porque asuntos de inters lo llaman Francia. Volvieron su casa la madre y la hija, y aquel mismo dia qued la carta en el correo. Otra vez contaron los minutos con angustioso afan; pero el tiempo pas sin que recibiesen ninguna carta. Volvieron ver al mayordomo de Alfredo. El criado dijo: --Cuando el seor de Saavedra sale de Madrid no nos escribe sino en caso de absoluta necesidad, porque no cree que est obligado dar cuenta de sus acciones su servidumbre. --Pero dnde se encuentra?--pregunt Paquita. --No lo sabemos con seguridad, aunque suponemos que debe estar en Paris en Lndres. --Y cundo volver? --Tampoco el seor de Saavedra dice eso sus criados. Todas las preguntas, observaciones y razonamientos fueron completamente intiles. Habia recibido Alfredo la carta? Debia suponerse que s, pero esto no era ms que una suposicion. Despues de quince dias de mortal angustia, el mayordomo de Alfredo se present las seoras de Bonacha, dicindoles: --El seor de Saavedra me escribe desde Lndres, y me manda entregar esto ustedes y advertirles que recibi su carta. Y al mismo tiempo present el criado un pliego, que aunque no muy voluminoso, lo era ms que una carta cualquiera. La hija de don Pascual exhal un grito de alegra. Por fin Alfredo contestaba, y tal vez se justificaba y aun anunciaba su regreso. El criado aadi: --El mismo dia que el seor don Alfredo me escribi, debia salir de Lndres para Francia y Alemania; de manera, que ignoro dnde se encuentra en estos momentos. No bien hubo pronunciado estas palabras, sali. Paquita daba entre sus manos vueltas al pliego, como si tuviese miedo de abrirlo. Sus manos temblaban convulsivamente. --Acaba,--le dijo su madre. La jven rompi al fin el sobre. No era una carta lo que este contenia, sino cinco billetes de cuatro mil reales, es decir, mil duros. La madre dej escapar una exclamacion de sorpresa. La hija exhal un grito desgarrador, y perdi el conocimiento. No se necesitaban explicaciones. Alfredo habia tasado en mil duros el honor de la hija de don Pascual, y pagaba la deuda. Esto no necesita comentarios. La ltima esperanza se habia desvanecido. CAPTULO XII Otro celoso que quiere vengarse. Qu feliz era Adela! El sacerdote acababa de bendecir la union de la jven con Eduardo, con el hombre sensible, carioso y tierno, con el hombre sublime hasta el ltimo grado de la sublimidad. Eduardo habia conseguido que le prestasen algun dinero, y pudo presentarse con ropa nueva, llevando su audacia hasta el punto de poner en uno de los ojales de su frac una cruz de Isabel la _Catlica_. --Qu es eso?--le pregunt Adela. --Una de las condecoraciones que tengo. --Yo no sabia... --Ya me conoces,--repuso el tahur,--y sabes que no soy vanidoso. --Pero si tienes esas distinciones... --Hago uso de ellas en ciertas solemnidades y nada ms, y aun eso, ms que para dar importancia mi persona, para cumplir exigencias sociales, y sobre todo para que se vea que te has casado con un hombre que algo representa en el mundo. Lo que sinti Adela no puede explicarse. Casada con un hombre que tenia una cruz! No sospechaba la infeliz que debia ser crucificada. Se casaron al amanecer, descansaron hasta las once, y esta hora fueron almorzar la fonda del Cisne. Muchos de sus amigos habian sido convidados, y casi todo el dia se pas alegremente. Adela se sentia tan orgullosa, que no se hubiera cambiado por una reina. La esposa y la hija de Bonacha, aunque invitadas tambien la fiesta, no asistieron, porque no era posible que Paquita quisiera presenciar la dicha de Adela, ni mucho mnos exponerse que le preguntran cundo se casaba ella. Ocho dias antes habia recibido la infeliz los mil duros con que le pagaban su honor, y fcil es comprender el estado de su nimo. Habia aceptado el dinero? No; pero tuvo que guardarlo, porque al dia siguiente fu devolverlo al mayordomo, y se encontr con que este habia partido para ir reunirse su seor. Conserv Paquita aquellos billetes para hacer de ellos el uso que exigia su dignidad; pero le era preciso esperar hasta que volviese Alfredo. No ms que una semana trascurri, despues de haberse casado Adela con Eduardo, cuando una maana tuvo Juana por conveniente maltratar _Morito_. --Qu significa esto?--dijo la viuda con acento colrico. --Significa,--respondi la sirviente,--que yo estoy aqu para servirla usted; pero no para aguantar las impertinencias de un gato. --Pues si no quieres sufrirlas, tendrs que buscar nuevo acomodo. --Ahora mismo, porque ni un minuto quiero estar en una casa de donde me echen. --Puedes hacer lo que te parezca mejor. --Pues dme usted la cuenta, y tal dia har un ao. Cruzronse algunas frases ms, todas grias hasta el ltimo grado de acritud. Doa Robustiana pag su sirviente, y esta se fu. Aunque ya sabemos lo que significaba su despedida, diremos que el dia anterior habia recibido mil reales de Eduardo y debia irse vivir con una amiga suya. El tahur habia satisfecho as todos sus deseos, y se consideraba el hombre ms dichoso del mundo. Empero no bien habian pasado otros cuatro dias cuando sentia la necesidad de nuevas emociones, y se acord de su antigua vida, suspirando tristemente y pensando que era insoportable la monotona de su nueva existencia. Siempre Adela su lado, siempre su suegra frente l, y si conseguia dejarlas por espacio de una hora y con cualquiera pretexto, era para ver Juana. Juana y Adela debian, por consiguiente, constituir el martirio de Eduardo. Un hombre como l, no podia vivir as. Ya era dueo absoluto del dinero de aquellas dos infelices, dueo de una gran parte de la fortuna que poseian. Por qu habia de seguir guardando consideraciones? Crey que representaba un mal papel. Si encontraba sus amigos, se le burlaban, llamndole esposo manso y otras cosas por el estilo. Y Adela se mostraba cada dia ms exigente para que le guardasen cierta clase de consideraciones, porque ella se habia casado para verse halagada en su amor propio, y no para otra cosa necesitaba un marido. Por fin, una tarde, despues de haber comido, dijo Eduardo que tenia que hacer, y sali. Su esposa pensaba haber ido paseo, luego al caf, y por ltimo al teatro la tertulia de doa Robustiana. --Tardars mucho en volver?--le habia preguntado Adela su marido. --No lo s,--respondi l;--pero har lo posible para venir pronto. --Te aguardar vestida. --Como quieras. --Si ya no es hora de ir paseo, iremos desde luego al caf al teatro. Lleg la noche, y Eduardo no habia vuelto. Adela y su madre se vistieron cubrindose de adornos, y determinaron pasar la noche en el caf. Pero dieron las nueve y el infiel esposo no se presentaba. --Dios mio!...--exclam la jven.--Le habr sucedido alguna desgracia? Doa Cecilia se content con hacer un gesto de disgusto. A las nueve y media estaba la esposa profundamente abatida, y las diez se quit los guantes y las flores y los lazos que adornaban su cabeza. La madre seguia callada; pero no por prudencia, sino porque queria reunir toda la cantidad de bilis posible, para dejarla escapar de una vez. A las diez y media perdieron las esperanzas. Adela cambi su lujoso vestido por una bata, dejse caer en un sillon y empez llorar. --No tengas cuidado,--le decia entonces su madre,--que ninguna desgracia le habr sucedido. Luego lo vers entrar bueno y sano, y diciendo que sus negocios no le han permitido volver antes; pero si esto sucede otra vez, la culpa ser tuya. Te he dado consejos que no has querido seguir. A los hombres es menester tenerlos muy sujetos, porque si se les deja en libertad abusan. La cabra tira siempre al monte, y tu marido ser como todos. Si yo me hubiese descuidado, pobre de m! pero me mantuve siempre firme, y as consegu que tu padre anduviese siempre derecho. Si te muestras indulgente, puedes considerarte perdida. Verdad es que aqu estoy yo, que no permitir que tu marido se burle de t. --Tal vez... --Si le hubiera sucedido una desgracia, ya lo sabramos. --Sus quehaceres... --Y qu negocios tiene tu marido? Ningunos, porque no se ocupa ms que en comer y en pasear, y la buena vida que lleva te la debe t, puesto que tuyo es todo cuanto hay en la casa. No digo que Eduardo no te quiera; pero la verdad es que ha hecho un gran negocio al casarse contigo. --Piensa que no es ningun descamisado. --Pues qu tiene? Las esperanzas de heredar su tio, y si ste vive cien aos y quiere dejar otro su fortuna, ni aun eso tendr. Luego has de pensar que lo del tio gallego es una cosa muy oscura, pues parece natural que se le hubiese dado parte de vuestro casamiento, y que l hubiera contestado ponindose en relaciones contigo. Adela suspir tristemente. Empezaba comprender una verdad horrible. --Tarde temprano todo se descubre,--prosigui diciendo la madre,--y sabe Dios lo que al fin resultar. Haciendo estos y otros comentarios, siguieron la conversacion. Ya habian dado las once cuando son la campanilla y entr Eduardo, dejndose caer en una silla, limpindose el sudor que corria por su frente, y diciendo: --Cenamos ya? Era de ver el semblante de las dos mujeres. --Yo no quiero cenar,--dijo Adela. --Yo tampoco,--aadi su madre. Las dos esperaban explicaciones; pero Eduardo no tuvo por conveniente darlas. Su silencio las mortificaba horriblemente. --Ests mala?--pregunt el tahur su esposa. --Estoy buena. --Yo tambien, Dios gracias, muy buena,--dijo doa Cecilia con acento irnico. --Me alegro. No era posible que la madre se contuviese ms. Su clera estall. --Ya se conoce,--dijo,--que debias tener mucho cuidado por nuestra salud. --No habia motivos para abrigar ningun temor. --Te vas, te paseas, te diviertes, y vuelves tu casa la hora de dormir. Y entre tanto, tu mujer se viste, espera, representa un triste papel llorando, porque cree que te ha sucedido alguna desgracia, y cuando vienes no te se ocurre ms que pedir la cena. --Si he venido tarde, ha sido... --Porque te agradaba estar solo, porque ya te cansas de tu mujer. Adela dej escapar un raudal de lgrimas. --Bien, muy bien,--dijo Eduardo,--no me faltaba ms que una escena. --Caballero,--grit doa Cecilia con creciente arrebato,--no tolerar que trate usted as mi hija; y si esto se repite, adoptar una resolucion enrgica. Pens Eduardo que lo mejor era terminar de una vez aquella violenta situacion, y ponindose en pi, replic enrgicamente: --Seora, usted no es mi mujer, usted no es nada para m... --Que no soy nada!... --No tiene usted derecho pedirme cuentas de mi conducta, porque sobre este punto me entender con mi esposa. --Lo que usted quiere es abusar de su inocencia, de su candidez, de su bondad. Ha visto usted que la pobrecita le falta el valor para hablar fuerte... --Basta, seora. --Ahora es preciso que todo quede en claro. --Pues bien; se empean ustedes en ajustarme la cuenta del tiempo que estoy fuera de casa, y les probar que no soy uno de esos hombres que se dejan dominar. --Y es usted aquel que siempre estaba suspirando?... --Yo soy bondadoso, pero no dbil; estoy dispuesto ser un marido carioso, pero no un Juan Lanas; y si era esto lo que ustedes querian, han podido buscar otro. --Tenga usted entendido... --Est usted hiriendo mi dignidad,--grit Eduardo. --Usted est pasando buena vida con nuestro dinero... --El dinero de usted no lo necesito para nada, y puesto que se me trata as, puesto que las ofensas llegan tal punto, ahora mismo saldr de esta casa para no volver, y ustedes se quedarn con su dinero y yo con mi decencia, que vale mucho ms. Adela se atrevi al fin tomar parte en la conversacion, porque las amenazas de su marido eran demasiado terribles. --Eduardo, Eduardo, mio!...--exclam con acento de angustiosa splica. Y quiso acercarse l para abrazarle y hacerle salir de la habitacion. --Djame,--replic bruscamente el tahur. La madre estaba ciega de ira, y era ya imposible que se contuviese. --Que se ir con su decencia!--exclam irnicamente.--Miren la decencia con el bolsillo vaco!... --Tienen ustedes mucho dinero,--grit Eduardo;--pero deben ustedes considerarse honradas mi lado. --Honradas!... Y doa Cecilia, que no habia olvidado las costumbres de sus buenos tiempos, apoy las manos en las caderas y grit fuera de s: --Oiga usted, seor hambriento, es preciso que usted sepa... --Seora, antes de hablar conmigo es menester que se lave usted para que se le quiten las manchas del carbon de la fragua... --Silbante!... --Cursi!--grit Eduardo con toda la fuerza d sus pulmones. Esta palabra produjo un efecto inconcebible. Rugi doa Cecilia, y quiso arrojarse sobre el tahur. Grit Adela pidiendo socorro, mientras intentaba contener su madre. Los criados acudieron, y sujetaron Eduardo, que juraba y maldecia como si se encontrase en una taberna. Agitbanse todos, y todos hablaban la vez. Cruzbanse los improperios y las palabras ms groseras. La infernal gritera puso en conmocion todos los vecinos de la casa, y muchos acudieron y llamaron, los unos con el buen fin de prestar socorro, y los otros para averiguar lo que sucedia. --As se trata un caballero como yo!--exclamaba Eduardo. --Nos ha llamado cursis!--gritaba fuera de s doa Cecilia. --Qu escndalo, qu horror!--decia la pobre Adela. Y los criados suplicaban, y resonaba sin cesar la campanilla, agitada por los vecinos. Para poner trmino tan violenta escena, no qued ms recurso que sacar medio arrastrando la madre y encerrarla en otra habitacion; y Eduardo, queriendo tambien contribuir la paz, tom su sombrero y sali de la casa, jurando que no volveria si no le daban cumplida satisfaccion. Desmayse Adela. Los vecinos invadieron todas las habitaciones. Fueron en busca de un mdico, y eran ya ms de las dos de la madrugada cuando la calma se restableci completamente. Todas las ilusiones de Adela se habian desvanecido. Su situacion habia cambiado. Eran las diez de la maana, y Eduardo no habia vuelto. Entonces se entabl la discusion entre doa Cecilia y Adela. Esta lloraba, se desesperaba y acusaba su madre de cuanto sucedia. La madre empezaba tambien arrepentirse de haberse dejado arrebatar por la clera, porque temia que Eduardo cumpliese su propsito de no volver, en cuyo caso la jven se quedaria mucho peor que antes de haberse casado. Pero no queria doa Cecilia dar su brazo torcer, como suele decirse, y replic: --Olvidas que nos ha llamado cursis, y sobre ser esto una ofensa, es una injusticia. --Antes le llamaste t hambriento y perdido, y no s cuntas cosas ms. --Eso no es una razon. --Tenia que defenderse. --Y sobre todo, yo dije la verdad, porque hambriento es el que no cuenta con recursos para vivir, y antes de casarse no tenia Eduardo ms que la noche y el dia. Acurdate de la ropa que llevaba, mientras que ahora va vestido como un gran seor. Y entonces no se ocupaba ms que en escribir versos para t, y ahora... --Pues con decir todo eso he ganado mucho,--dijo Adela. --Djalo, que ya volver como vuelven los gorriones cuando se les corta el pico. --T no conoces Eduardo. --Pero ya voy conocindolo por mi desgracia. Dieron las once. Tampoco el marido parecia. Trascurrieron las horas con horrible lentitud. Era preciso adoptar una resolucion. Adela quiso ir buscar su marido. Doa Cecilia no se opuso, porque tenia ya por lo mnos tanto miedo como la hija. Pero dnde estaba Eduardo? H ah lo que no podian adivinar. Despues de mucho discurrir, decidieron ir pedir consejo doa Robustiana, porque esta clase de gente, como desconoce la verdadera dignidad; hace pblico cuanto ha de ponerla en ridculo. Vistironse, y ya iban salir, cuando se present un criado, diciendo que acababa de llegar un hombre que queria verlas. --No estamos para ver nadie. --Asegura que ha de tratar de un asunto de mucho inters, y segun se explica, trae noticias del seorito. Estas palabras, verdaderamente mgicas entonces, produjeron su efecto. El hombre en cuestion fu recibido. Era Manolo. CAPTULO XIII Borrascas matrimoniales. Adela no sabia quin era aquel hombre; pero le pregunt: --Tiene usted noticias de mi esposo? El novio de Juana apret los puos y respondi: --Por desgracia, s. --Dios mio!... --No se asusten ustedes, porque la nica persona que pierde en este juego soy yo, y he venido por si les parece bien emplear su influencia y hacer de modo que el asunto se ponga en claro. No digo que haya nada de particular; pero, en fin, cuando uno se le pone algo entre ceja y ceja... Yo conozco bien que pueden ustedes tener un disgusto; pero no me quedaban ms que dos caminos, el de hacer esto el de tomar la justicia por mi mano, y han de saber ustedes que aunque soy un hombre muy pacfico, cuando se me sube la sangre la cabeza cierro los ojos y hago una barbaridad con mucha frescura. Qu queria decir Manolo? Doa Cecilia y Adela le miraron sorprendidas. --Si no se explica usted con ms claridad... --Me explicar. --Qu le ha sucedido mi esposo? --A quien le ha sucedido es m. --Pero dnde est? --Con ella. --Con ella!--exclam Adela, en tanto que su rostro se cubria de mortal palidez. --Con ella!--grit doa Cecilia, de cuyos ojos se escaparon dos centellas. --Eso es. --Y quin es ella? --La Juanita. --Juana!... No sabemos... --Acaso no se acuerdan ustedes de una criada que tuvo doa Robustiana del Peral? --Aquella relamida! --Aquella desvergonzada! --Poco poco, seoras... --Aquella bribona!... --Aquella perdida!... --Cuidado con lo que se dice!--interrumpi Manolo, como si amenazase. --Concluya usted. --Juana no es desvergonzada, ni bribona, y mucho mnos perdida. --Eso ya lo veremos. --Y tanto como se ver, porque han de saber ustedes que yo soy su novio. --Pues ms le valiera usted haberse muerto,--dijo doa Cecilia. --Mi desgracia es haberlas conocido ustedes. --Si piensa usted desvergonzarse... --Lo que pienso es decir las cosas claras. --No se olvide usted de que somos unas seoras. --Y m qu? --Dice usted que mi marido est con esa mujer?... --S, pero yo tengo pruebas de la honradez de Juana. --Nos alegramos mucho. --Y no es que haya sucedido nada de particular; pero quiero evitar que suceda, porque al fin todos somos dbiles en el mundo, y como Juana es bonita, mucho ms bonita que todas esas seoras cursis que andan por ah... --No pronuncie usted palabras ofensivas. --A nadie ofendo con decir que Juana es bonita; pero tambien es pobre, y el dinero es mala tentacion, y como hace ms de un mes que est sin acomodo... --Entiendo,--interrumpi doa Cecilia. --He visto algunas cosas que no me han gustado; pero, en fin, no tenian nada de particular, y anoche sucedi que en la Plaza del Progreso v Juana hablando con su marido de usted. --Esos sern los negocios que lo tenian fuera de casa,--dijo doa Cecilia.--Ya lo ests viendo, Adela; eres tonta, y todo esto sucede porque t no tienes carcter. --Mam, pudo suceder que Eduardo se encontrase por casualidad con esa mujer, y si ella le habl, tuvo que escucharla. --As es como Juana se explica,--repuso Manolo,--pues asegura que al ver don Eduardo le ocurri encargarle que le proporcionase alguna casa donde servir. --Ya lo ves, mam. --S,--dijo irnicamente doa Cecilia;--y luego habr ido darle la contestacion. --Lo que me tiene con cuidado,--aadi Manolo,--es que don Eduardo, segun me ha dicho una vecina ha pasado toda la noche al lado de Juana, y todava no se ha separado de ella. Fu buscarla las doce. --No necesito ms,--grit fuera de s doa Cecilia.--Ahora veremos cmo se defiende; ahora veremos si se atreve llamarnos _cursis_... Vamos, Adela, vamos, si es que no ha de faltarte el valor. Coger Eduardo _in fraganti_ delito, era para doa Cecilia una complacencia sin igual. Con su encaso entendimiento, no comprendi que hacia un gran mal su hija y que en beneficio de esta debi buscar razones para justificar la conducta del infiel esposo. Adela, temblando convulsivamente, psose en pi. A toda costa queria salir de dudas, tener la prueba de lo que debia esperar de su esposo. La infeliz, como todas las que se encuentran en su situacion, no comprendia que por mucho que atormenten las dudas, atormenta doblemente la realidad. No hay nada tan amargo como los desengaos, y tras un desengao corria la jven. Manolo, por el contrario, se empeaba en hacerse ilusiones y en creer que Juana lo amaba y era la mujer ms honrada del mundo. Podria justificarse Eduardo? Cuando se separ de su esposa y de su suegra, se fu en busca de Juana, y en la vivienda de esta pas toda la noche, refirindole cuanto habia sucedido y ponindose con ella de acuerdo para estar prevenidos por lo que pudiera suceder. --As me gusta,--dijo Manolo, disponindose salir con las dos mujeres.--Don Eduardo se avergonzar, y con cuatro cosas que le digan ustedes, dejar tranquila Juana, y yo tambien vivir tranquilo. No hablaron entonces ms. Veinte minutos despues subian hasta el cuarto piso de una casa de la calle del Salitre. Adela apenas podia sostenerse. Doa Cecilia di algunos golpes en una puerta indicada por Manolo. --Quin es?--se oy preguntar. --Abra usted,--respondi la madre. Y la puerta se abri, apareciendo Juana. Dej esta escapar una exclamacion de sorpresa, y luego dijo: --Ustedes por aqu! --De seguro no nos esperaria usted, no es verdad? Pues aqu estamos para hacerle usted saber quines somos, y para anonadar al hombre que olvida sus deberes y hasta su decencia, dejando su casa para buscar refugio en este nido de gente perdida. --Jess!--exclam Juana con esa entonacion especial de la gente de su clase.--Pues no vienen ustedes poco fuertes. --Como podemos, lo entiende usted?--replic doa Cecilia. Se entreabrieron algunas de las puertas que habia en el pasillo, dejndose ver los rostros de vecinas curiosas, que al oir las voces se asomaban para averiguar lo que sucedia. Juana, que no se asustaba fcilmente, despleg una sonrisa burlona, y dijo: --Supongo que vienen ustedes buscar su hombre... Pues aqu est; no se ha perdido, ni le falta ningun pedazo, y por consiguiente pueden ustedes tranquilizarse. --Desvergonzada. --Mucho cuidado con lo que se dice, que aunque yo soy una pobre y no gasto seda, ni me pongo nada postizo, tengo muchsima alma para ponerle las peras cuarto al mismsimo rey en persona, est usted? --Mam, vmonos de aqu. --No se asuste usted, seorita; que yo no me como los nios crudos, y ya que ha venido usted buscar su marido, debe usted cogerlo de una oreja y llevrselo, porque m no me sirve ms que para estorbo; porque ha de saber usted que si yo quisiera ms hombres que mi Manolo, los tendria, porque puedo y porque s. Y no hay que tentarme mucho la ropa, pues si la sangre se me calienta... En fin, ms vale callar. --S,--replic doa Cecilia;--mejor es que calle usted, pues si se olvida de que habla con unas seoras... --Vaya un seoro!... Ustedes s que se han olvidado de la fragua donde hicieron el dinero con que se dan tanto tono, y ahora... --Que le arrancar la lengua. --A m!... Pues no faltaba ms sino que yo dejara que me pusiesen las manos encima unas silbantonas cursis como ustedes! Mont en clera doa Cecilia, y como Manolo, en un rincon del pasillo, permanecia inmvil y silencioso, Dios sabe lo que hubiera sucedido no adoptar Eduardo la determinacion de presentarse. Las vecinas salieron para divertirse con aquel espectculo. Adela se ponia alternativamente plida y colorada. Eduardo, grave y severamente, dijo su esposa y su suegra: --A esto se exponen ustedes, y ahora pueden blasonar de seoras. Si estoy aqu, es porque en alguna parte habia de pasar la noche. Y aqu estar el tiempo que necesite para buscar casa, puesto que ya les dije... --Eduardo!--exclam Adela con angustioso tono, cogiendo las manos del truhan. --Aparta... Me habeis puesto en ridculo, y para un hombre de mi clase el ridculo es peor que la muerte. Quin habia de creerlo de t? Siempre tan delicada, tan sublime... --No es mia la culpa; pero mam... --Eso es,--grit fuera de s doa Cecilia,--ahora yo tendr la culpa de todo, y vosotros hareis las paces y me mirareis como se mira un enemigo... Bien, muy bien... He querido defenderte, hija mia, y el pago que me das... --Ven, Eduardo mio, ven... --No. --Yo te juro no hacer caso de mam. --Qu ests diciendo, hija desnaturalizada? --Reconozco,--aadi Adela,--que he cometido una falta y que he sido demasiado exigente; pero no volver suceder, te lo prometo, lo juro por nuestro amor. Eduardo fingi que empezaba sentirse conmovido. Algunas lgrimas de Adela pusieron trmino las aparentes vacilaciones del tahur. --Por una sola vez, te perdono,--dijo. Las explicaciones que habia dado le parecieron muy satisfactorias la jven. Esta, su esposo y doa Cecilia salieron de la casa, con gran sentimiento de las vecinas, quienes pareci poco animada la escena que acababa de tener lugar. Manolo, turbado y confuso, pidi perdon Juana, y esta lo reconvino con la mayor dureza, dicindole que si no se curaba de aquellos celos estpidos, le volveria la espalda para siempre. Manolo prometi aprobar todo lo que hiciese Juana, y una y otra vez reconoci que merecia el ms duro castigo. Entre Adela y Eduardo qued restablecida la paz; pero l supo sacar partido de la situacion, y desde aquel dia cambi de conducta, saliendo cuando bien le parecia, volviendo su casa cuando se le antojaba, y faltando algunos dias la hora de comer. Todas las situaciones se aceptan cuando no hay otro remedio, y Adela acept la suya. Ya no podia ser feliz. Quedbase muchos dias sin ir paseo, y concluy por ir con su madre como antes de haberse casado. Por la noche, si no iban al teatro, concurrian la tertulia de doa Robustiana, y all iba, aunque no siempre, buscarlas Eduardo. Cuando pas un mes, empez el marido recogerse la madrugada. Adela no se atrevi quejarse. Debia ser madre muy pronto, y esta era una razon ms para que la infeliz jven guardase silencio. Aun no podia conocer su desgracia en toda su horrible extension. La mayor parte de la fortuna de las dos mujeres estaba representada por ttulos de la deuda del Estado. Tenian adems una casa en Madrid, que les producia unos quince mil reales de renta. Los ttulos habian sido torpe y cndidamente entregados al tahur, para que este se cuidara de cobrar los intereses. Si Adela hubiese sido ms sagaz, habrase apercibido de que su esposo empezaba estar muy preocupado, que comia poco, que se dejaba arrebatar por la clera muy fcilmente y que con frecuencia se quejaba de dolor incomodidad en el estmago. Qu significaba todo esto? Significaba simple y sencillamente, que los ttulos de la deuda iban pasando otras manos, y su valor iba quedando sobre el tapete verde en los garitos. Antes de un ao no quedaria de aquella fortuna ms que la casa, y esta se venderia tambien; es decir, que la miseria amenazaba las dos infelices, y que cuando reconociesen sus errores, seria demasiado tarde para remediar la desgracia. Eduardo nada habia perdido, pues ni aun su hijo le haria sufrir, porque hay que tener presente que en esta clase de hombres el vrtigo de sus vicios ahoga todos los sentimientos delicados, hasta el sentimiento del amor paternal. Dejaremos esta familia, para ocuparnos otra vez de la de Bonacha. CAPTULO XIV Otro esfuerzo. Habia principiado el mes de Octubre, y Alfredo no volvia, ni nadie tenia noticias de su paradero. Cada dia que pasaba era, por consiguiente, ms crtica la situacion de la desgraciada hija de don Pascual. Bien pronto le seria imposible ocultar su falta los ojos del mundo, y mucho mnos los de su padre, que por torpe que fuese era padre al fin, y debia penetrar con la mirada mucho ms que el mundo. Para la madre no era ya un secreto aquella espantosa desgracia, y por consiguiente habia empezado expiar sus debilidades y sufrir las consecuencias de sus necedades y extravos. La mayor parte de la responsabilidad debia caer sobre ella por no haber sabido evitar que su hija se perdiese, y aunque don Pascual era un hombre demasiado bueno, demasiado indulgente y tmido hasta la exageracion, su esposa temblaba. Nunca le habia tenido miedo su marido, y entonces se sentia poseida de terror. Este cambio consistia en que su conciencia la acusaba, y cuando la conciencia no est tranquila, el ms valeroso se vuelve cobarde, y tiembla y se aturde el que ha dado pruebas de ms serenidad. La madre y la hija pasaban el dia conferenciando y buscando medios para salir del apuro; pero cavilaban intilmente. Sin Alfredo nada podian hacer, y este no volvia, y ni siquiera se comprometia escribiendo una carta. El miserable debia tener bien meditado su plan, y no podia dudarse en cuanto sus intenciones desde el primer momento en que fij la atencion en Paquita. Ya lo hemos dicho: desgraciadamente referimos una historia que es algo ms que verosmil, puesto que es verdad. En los momentos de suprema angustia se trastorna la cabeza ms firme, se cometen todas las torpezas, se hace todo lo que es inconveniente, resultando que la situacion se agrava. Los que sienten demasiado no piensan como los que estn en completa calma, lo que es igual, cuando el sentimiento se excita hasta cierto grado, cambian las ideas, porque todo se ve travs de un prisma que con frecuencia nos engaa. La criatura es propensa creer que todo el mundo ha de tomar en consideracion sus sufrimientos, que estos son de ms importancia que los que agobian los dems, y de aqu resulta muchas veces el desengao el desencanto cuando se ve que el mundo escucha con fria indiferencia el relato de aquellos dolores. La esposa y la hija de Bonacha debian extraviarse en este sentido, y debian sufrir nuevos y terribles golpes que acrecentasen su martirio. Creyeron que ante todo debian averiguar toda costa dnde se encontraba Alfredo, para escribirle amenazndole con el escndalo. Quin podia darles la noticia que deseaban? Nadie mejor que el conde de Romeral, y h aqu cmo Juanito podia prestar un gran servicio la familia Bonacha. --Aunque Juanito lo sepa,--dijo la hija,--lo ocultar, porque como se ha empeado en que yo me case con l, no le conviene que continen mis relaciones con Alfredo. --Todo puede arreglarse. --Esto no. --Me ocurre una buena idea. --En qu consiste? --Acudiremos doa Robustiana, y ella se encargar de obligar Juanito decir cuanto sepa. --Pero cuando doa Robustiana vea nuestro empeo, sospechar lo que no es menester que sospeche. --Y por qu ha de sospecharlo? --Porque cualquiera le ocurre que cuando una mujer persigue un hombre con tanto empeo y tenacidad, es porque hay algo que la liga aquel hombre, y ese algo no puede ser ms que una cosa, no puede ser ms que mi situacion horrible. --Pues, hija mia, el que no se embarca no pasa el mar, y algo es preciso exponerse perder, si ha de ganarse algo. --Me horroriza la idea de que mi secreto... --Piensa que doa Robustiana tiene buen corazon, y aunque ella sepa la verdad, no hay miedo de que nadie se la diga. --No me atrevo. --Ir yo sola y le dir que t no sabes que doy semejante paso, sino que es cosa mia, porque te veo sufrir mucho y quiero hacer lo posible para devolverte la calma. --Siendo as... --Hoy mismo ir. Paquita suspir y guard silencio. Cunto hubiera dado por poder borrar de su memoria aquellos dias deliciosos que pas en la casa de campo! La esposa de don Pascual fu ver la viuda. --Y Paquita,--pregunt doa Robustiana,--est enferma? --No, aunque le sobran motivos para estarlo. --Supongo que alude usted... --S, ese perjuro que ha hecho creer mi hija que la adora y le vuelve repentinamente la espalda. --Les hice ustedes la advertencia... --Ya era tarde, porque mi pobre hija se habia enamorado. --Y no escribe? --Ni se sabe dnde est. --Pues ya es cosa de que den ustedes por terminadas esas relaciones. --Por terminadas las da Paquita, y jura que no perdonar al que la ha engaado, aunque ahora volviese arrepentido; pero como al mismo tiempo sufre mucho y yo soy su madre, quiero hacer todo lo posible para evitar que mi pobre hija pierda la salud. Se pasa las noches enteras sin dormir, apenas come, llora sin cesar y no sabe hablar sino de la muerte. Le aseguro usted, doa Robustiana, que estoy pasando lo que no ha pasado ninguna criatura, y todo esto, tengo tambien el tormento de mi marido, que no hace ms que decir que la culpa es mia, porque consent esos amores, y para que nada falte mi desesperacion, se ha empeado en hacer renuncia del empleo, diciendo que no quiere deber nada al que ha engaado su hija. --Nada de eso me sorprende, porque don Pascual es muy severo, muy delicado, y no transige con cierta clase de cosas. --Y en este apuro y no sabiendo qu hacer, acudo usted sin que Paquita lo sepa. --Si costa de cualquier sacrificio me es posible remediar su desgracia, ya pueden ustedes considerarse dichosas. --Hasta hoy me he concretado ver, oir y callar; pero ya estoy decidida tomar parte en este asunto, y quiero escribir ese hombre por si consigo ms que mi hija. --Pero si no saben ustedes dnde se encuentra... --En eso precisamente consiste el favor que usted puede hacerme. --No comprendo bien... --Voy explicarme. --S, sepamos. --No es posible que el conde de Romeral ignore dnde se encuentra el que, sobre ser su amigo ntimo, ha de casarse con su hija. --Empiezo entender. --Y si el conde lo sabe... --Debe saberlo Juanito, no es verdad? --Eso he querido decir. --Y usted desea que yo... --Le pregunte Juanito como mejor le parezca; porque si nosotras lo hacemos... --La comision es delicada. --Tiene usted con Juanito mucha influencia. --Me respeta bastante, no lo niego. --Entonces... --Intentar dejarlas ustedes complacidas, y abrigo la esperanza de conseguirlo as. Doa Robustiana, dando una prueba de delicadeza y de nobles sentimientos, no hizo ninguna pregunta ni alusion que pudiera mortificar la esposa de Bonacha. Despidise esta, y se fu tan satisfecha como podia estarlo en su situacion. --Pobre Paquita!--murmur la viuda. Habia adivinado la verdad, porque no era difcil adivinarla. Aquella misma noche fu Juanito algo ms temprano que de costumbre, y as pudo la viuda desempear con ms libertad su comision. --Amigo mio,--dijo doa Robustiana,--preciso es que me d usted otra prueba de franqueza y de generosidad. --Dispuesto estoy. --Acurdese usted que tengo ya su palabra. --Y la cumplir. --Quiero saber cmo puede dirigirse una carta don Alfredo de Saavedra. Palideci Juanito y qued, silencioso por algunos minutos. Le era muy fcil mentir sin que la mentira se descubriese; pero no quiso hacerlo, aunque ignoramos si al decidirse decir la verdad lo hacia para cumplir su palabra con daada intencion. --Seora,--contest al fin,--aunque nadie me obliga, ser franco. --No espero otra cosa de usted,--dijo doa Robustiana. --Don Alfredo de Saavedra est en Lndres. --Pero cmo debe dirigrsele una carta? Por toda contestacion sac Juanito su cartera, y con el lpiz escribi algunas lneas. Luego arranc la hoja, se la present la viuda, y le dijo: --Esas son las seas exactas, y si se le escribe y no contesta, la culpa no es mia. --Gracias. --He cumplido mi deber. --Su generosidad tendr algun dia la recompensa que merece. Juanito despleg una sonrisa amarga. --Me parece,--aadi la viuda,--que la hija de don Pascual dia ya don Alfredo de Saavedra. --Y por qu se afana tanto por l? --Esto es ya una cuestion de amor propio. --Cuestion que le costar muchos disgustos. --As lo creo; pero cuanto ms duro sea el desengao, ms probabilidades hay de que usted, sea correspondido. --El tiempo lo dir. Se presentaron otros amigos, y la conversacion fu interrumpida. A las once de la siguiente maana volvi la esposa de don Pascual ver su amiga, y esta le entreg el papel donde estaban las seas. Sin perder tiempo escribi Paquita, suplicando, amenazando, evocando recuerdos y pintando con los ms vivos colores su dolor y su desesperacion. Esta ltima carta era mucho ms elocuente que la que ya hemos dado conocer. La llevaron al correo y la certificaron, para que as no les quedase duda de que Alfredo la habria recibido. Otra vez contaron los dias con una ansiedad inconcebible. Apenas salian de casa. El honrado don Pascual continuaba triste y meditabundo, y de vez en cuando hablaba de su propsito de dejar el empleo que debia al que habia engaado su pobre hija. Qu resultado produciria esta carta? Suponemos que el mismo que las anteriores, pues desde que Alfredo di los mil duros debieron desvanecerse todas las esperanzas de Paquita. CAPTULO XV El ltimo esfuerzo. Pasaron quince dias, que era mucho ms tiempo del que se necesitaba para que Alfredo recibiese la carta y contestase; pero ni habia contestado, ni la situacion habia cambiado tampoco, y antes de adoptar una nueva resolucion, la madre y la hija creyeron conveniente ir la administracion de correos. Esperaban que les entregasen firmado por Alfredo el sobre de la carta; pero su sorpresa fu la ms profunda cuando les presentaron la carta misma intacta y con una nota en que se decia que se devolvia su procedencia, porque no habia querido recibirla la persona quien se habia dirigido. Las dos mujeres miraron al empleado como si no entendieran lo que este decia, y no acertaron pronunciar una palabra. --Les explicar ustedes lo que esto significa,--dijo el empleado.--Cualquiera persona est en su derecho de no recibir las cartas que se le dirigen, y cuando as sucede, se hace lo que est usted viendo. Ya sea porque al reconocer la letra del sobre haya comprendido que no le convenia, por otra razon cualquiera, ello es que la persona quien va dirigida la carta se ha negado recibirla, y aqu la tiene usted, y puede llevrsela, entregndome el recibo del certificado. Tampoco entonces acertaron responder las infelices. --Me han comprendido ustedes? --Si,--dijo al fin la esposa de Bonacha. --Pues me quedo con el recibo, y aqu est la carta. Lo que Paca sentia, no puede hacerse comprender. Como un autmata que obedece sus resortes, tom la carta y la guard en el bolsillo. Salieron de la administracion. La desdichada jven no hubiera podido decir dnde s encontraba. Apenas podia sostenerse, todo lo veia confuso y vago. Apoyndose en un brazo de su madre, pudo seguir hasta la calle de Atocha; pero all se detuvo, diciendo: --No puedo ms. --Te has puesto mala? --No; pero... entremos en un coche. Lo que sufria podia verse en su rostro, cadavricamente plido y desfigurado. No pudo entonces derramar una sola lgrima. Cuando estuvo en su casa, se sent, inclin la cabeza sobre el pecho, y qued inmvil como una estatua. La madre fu y vino, gritando sin cesar, amenazando y haciendo comentarios sobre su situacion. Esto no era ms que un desahogo, pero no un remedio. As pas casi todo el dia. Indudablemente Alfredo habia reconocido la letra, y para evitarse disgustos no quiso recibir la carta. Verdad es que si la hubiera recibido habria sido completamente igual el resultado. Lo que el tiempo vale, lo mucho que puede, lo sabia muy bien Saavedra, y tenia la seguridad de que con el tiempo la desdichada jven acabaria de perder la poca fuerza moral que le quedaba, y que se resignaria. Debia la infeliz encontrarse en ms de un apuro que la obligase gastar el dinero que hasta entonces no habia querido tocar, cuando esto hiciese debia renunciar todas sus aspiraciones. Uno de los medios que hay para que las personas se aburran y se desalienten, es dejar que el tiempo pase, y en fuerza de tiempo debia Paquita desalentarse, porque hacia demasiado uso de sus fuerzas, y por lo mismo estas debian concluir ms pronto. Empero todava no se habia resignado; todava le quedaban alientos para luchar, y lo nico que le faltaba eran los medios. Pens si debia arrostrarlo todo, dar conocer su desgracia su padre y emplear los mil duros en hacer un viaje en busca de Alfredo; pero esto presentaba el inconveniente de que el seductor iba de un punto otro sin cesar, y antes de encontrarlo podia haberse concluido el dinero. Adems, hubiera sido preciso dar un escndalo, confesar claramente la deshonra, porque un viaje como este no podia justificarse de otro modo. No era Clotilde el obstculo? Pues si Clotilde rechazaba enrgicamente Saavedra, debia ser ms fcil conseguir que este se casase con Paquita. No ideaba la jven ms que locuras. Ya lo hemos dicho: se encontraba en ese estado de trastorno en que el juicio se pervierte. Conferenci con su madre, y al fin decidi hacer el ltimo esfuerzo. Lleg el dia siguiente. La madre y la hija salieron las dos de la tarde de su casa, tomaron un coche, y fueron la suntuosa morada del conde de Romeral. Habase puesto Paquita su mejor ropa, habase adornado con el ms cuidadoso esmero. Esto era una torpeza, como otras muchas que habia cometido. Si Clotilde era bella y elegante, Paquita no queria aparecer mnos seductora. No pens que en sus adornos estaba el sello de su modesta clase, y que, ms que otra cosa, debia ponerse en ridculo. Entr en la morada del conde, quedando en el coche la esposa de don Pascual. H ah otra torpeza. La hija quiso evitar que su madre se dejase arrebatar por la clera, y no pens que debia formarse de su decoro una triste idea al presentarse sola, y con el fin que se presentaba. Encontr muchos inconvenientes en los criados, porque era ms difcil ver Clotilde que su padre; pero ella encareci tanto la importancia del asunto que la llevaba, que al fin uno de los sirvientes le dijo: --Espere usted, y veremos. Sentse Paquita en una antesala. A los pocos minutos se present una mujer jven y bella, y bastante bien vestida. Crey la hija de don Pascual que aquella era Clotilde, y se puso en pi y salud; pero era una doncella, que despues de contestar al saludo, pregunt: --Cmo se llama usted? --Soy la hija de don Pascual Bonacha. --Mi seorita no tiene costumbre de recibir nadie, porque como puede usted comprender... --Su seorita! --Eso he dicho. Paquita conoci su error, quedndose avergonzada. La doncella prosigui diciendo: --Pero tanto han encarecido el asunto que usted la trae... --S, es de mucha importancia, de mucha gravedad, y no creo que su seorita de usted se arrepienta de haberme recibido. --La ver usted. Desapareci la sirviente. Paquita volvi sentarse. Trascurrieron cinco minutos, que fueron para ella cinco siglos. Levantse una cortina, y Clotilde se present vestida sencillamente y sin ningun adorno. Su doncella la sigui, y se qued junto la puerta en actitud respetuosa. La hija del conde atraves la antesala, salud con un movimiento de cabeza la vctima de Alfredo, y le pregunt: --En qu puedo complacerla usted? Lo primero que Paquita le ocurri pensar, fu que Clotilde era excesivamente hermosa. Los celos la atormentaron horriblemente, y tambien se sinti trastornada, porque empez comprender que le seria imposible entrar en cierta clase de explicaciones, ni mucho mnos entablar una discusion en aquella antesala en presencia de la sirviente y cuando la actitud de Clotilde era una corts despedida. Sin embargo, ya no podia retroceder, y haciendo sobrehumanos esfuerzos para recobrar la calma y dominar su trastorno, dijo: --Debo suponer que no le es usted desconocido mi nombre. --No. --Pues bien; en la situacion en que me encuentro se hace preciso... --Seorita,--interrumpi Clotilde,--le evitar usted la molestia de explicarse. --Es que... --No ignoro que tiene usted, ha tenido, relaciones de cierta clase con Alfredo de Saavedra; pero cualquiera que sea el estado de esas relaciones, le advertir dos cosas: primera, que mi decoro no me permite escuchar el relato de historias sucesos de esa clase; y segunda, que hace ya algunos meses que devolv Saavedra su ms completa libertad, no habiendo entre l y yo ms relaciones que las de una buena amistad. De todo esto puede usted deducir que no tengo inters alguno en los amores de Saavedra, y que no puedo influir en ningun sentido para que adopte tal cual resolucion. Si es que Saavedra le ha vuelto usted la espalda, lo siento; pero la culpa no es mia, y sobre todo, como nada puedo hacer en favor de usted, no quiero saberlo. --A pesar de esas razones... --Repito que hablarme m de ese asunto es como hablar otra persona cualquiera, y perdneme usted que no la escuche ms, porque ya le he dicho que mi decoro me lo prohibe. Y no bien hubo pronunciado la hija del conde estas palabras, se inclin y se dirigi la puerta, mientras la sirviente levantaba la cortina. Paquita qued anonadada. La vergenza la hizo enrojecer. La ira produjo en ella el ms profundo trastorno. Clotilde atraves el umbral, y cay la cortina. La doncella qued inmvil. La desdichada hija de don Pascual se oprimi el pecho. Dej escapar un grito desgarrador. Sinti que repentinamente renacian sus fuerzas. Quiso seguir la hija del conde pero la sirviente se lo estorb, y le dijo: --Tranquilcese usted, seorita... Ya veo que sufre usted mucho; pero debe usted considerar que la culpa no es de nadie ms que de don Alfredo. Todos los hombres son lo mismo, y si quisiera usted tomar mi consejo, no le pesaria: engae usted al primero que se la presente, y as se vengar sin que le remuerda la conciencia por aquello de que paguen justos por pecadores, pues repito que todos ellos son iguales y merecen la misma pena. Cuando se tranquilice usted y reflexione, se convencer de que usted hubiera hecho lo mismo que mi seorita. Por fin el llanto corri por las mejillas de Paquita. --Viene usted sola?--pregunt la doncella. --No. --Me alegro, porque est usted muy agitada... la acompaar hasta la puerta. Paquita sigui maquinalmente la criada, entrando en el coche y dejndose caer pesadamente. El vehculo se puso en movimiento. Entre tanto, la hija del conde se preguntaba: --Cmo esta mujer se atreve dar este paso? Y luego pens que por Juanito le seria posible obtener explicaciones y hacerse bien cargo de su situacion. Ya sabemos que Juanito no podia descubrir el terrible secreto, porque lo ignoraba y ni siquiera lo sospechaba. Sin embargo, Clotilde podia hacer algunas deducciones, y adivinar lo que no se le decia claramente. Por de pronto, tenia ya una prueba de que Alfredo habia abandonado la hija de don Pascual, y esto halagaba el amor propio de Clotilde y facilitaba una reconciliacion con su antiguo amante. Cmo habia de suponer Paquita que iba favorecer su rival? Y as lo habia hecho. Y lo peor de todo era que contra su voluntad, y poco poco, iba ella misma publicando su deshonra. Cuando la madre y la hija estuvieron en su casa, exclamaron: --Ya no hay esperanza! No so equivocaban: Alfredo no se casaria con la hija de don Pascual. La infeliz jven habia hecho el ltimo esfuerzo. Ya le era forzoso resignarse. En vez de emplear el tiempo en lo que no habia de producirle ningun buen resultado, debia invertirlo en poner cubierto su honor en cuanto era posible que lo pusiese. Le convenia salir de Madrid; pero esto presentaba muchas dificultades: su padre y el dinero. En cuanto lo segundo, por qu no habian de hacer uso de los veinte mil reales? Si de todas maneras no habian de conseguir otra cosa de Alfredo, al mnos con aquella cantidad podian ms fcilmente poner en prctica cualquiera resolucion. Pensaba la madre que tan deshonrada quedaba su hija tomando los mil duros como devolvindolos. No hay que decir que esto era un error. Paquita mostr algunos escrpulos; pero al fin se convenci. Veinte mil reales son tentadores para los que de la verdadera dignidad no conocen ms que el nombre. Otra idea le ocurri la esposa de don Pascual. --Me parece,--dijo,--que debes tomar al pi de la letra el consejo que te di la doncella de tu rival. Los hombres todos son iguales, y ninguno merece compasion. Salgamos ahora de este apuro, y que luego Juanito pague lo que hizo Alfredo. --Pero eso... --T has sido demasiado crdula, has sido tonta y han abusado de tu buena fe, lo cual prueba que para los crdulos no hay compasion. Por qu has de tener escrpulos cuando no los han tenido para engaarte? Adems, engaando Juanito lo hars dichoso, porque te ama, mientras que al engaarte t te han hecho sufrir mucho. Y para que no te quede duda de que todos los hombres son iguales, piensa lo que le ha sucedido la pobre Adela, que se cas con un hombre que parecia un santo, que no tenia que comer, mientras que ella es rica, y antes de un mes ya ense las uas, y hoy lo tienes hecho un perdido, sin hacer caso de su pobre mujer y gastando el dinero de ella en divertirse y en obsequiar otras. --Todo eso est bien; pero pap... --Descuida, que tu padre tambien le haremos ver lo negro blanco. --Es imposible. --Para esto nos ayudar tambien doa Robustiana. --No s cmo. --Tengo mi plan, y triunfaremos. CAPTULO XVI La honradez y el corazon de don Pascual. Doa Robustiana debia dar una prueba ms de su buen corazon y de su ingenio, y sobre todo era preciso que se cumpliera su propsito de ser ella la que casase Paquita. Preciso era ya confesarle claramente lo que habia sucedido consecuencia de los amores de Alfredo, y la esposa de don Pascual dijo un dia: --Pecho al agua. Y sin ms ni ms fu ver la viuda. Como era consiguiente, la conversacion recay sobre la conducta de Alfredo de Saavedra, y cuando doa Robustiana dijo que nada de lo sucedido le sorprendia, exclam la madre de Paquita: --Ay!... pues no lo sabe usted todo; pero es usted nuestra mejor amiga, y ya no queremos ocultarle la verdad... Interrumpise, empezando llorar. Suspir tristemente la viuda, y dijo: --He adivinado lo que ustedes ocultaban, y por consiguiente no se mortifique usted en decrmelo. La desgracia es horrible; pero como ya no tiene remedio, lo que debe hacerse es ver cmo se repara. Nadie est libre de un momento de debilidad, y Paquita es digna de compasion ms que de castigo. --La pobrecita, tan inocente, tan crdula... hija de mi alma! De crdula ni de inocente habia tenido nada Paquita, y la causa de su perdicion habian sido sus necedades. --Pues veamos,--repuso la viuda,--en qu puedo yo ayudarles ustedes, pues an quedan muchos recursos para evitar que la falta sea conocida. --Nos ha ocurrido que un viaje seria lo mejor, y aunque puede justificarse para el mundo con la falta de salud, las dificultades son en cuanto mi marido... --Y que les seria ustedes preciso estar por lo mnos tres cuatro meses fuera de Madrid. --A Dios gracias, contamos con recursos bastantes en estos momentos. --No es poco, pues con el dinero todo se consigue. --Tambien mi marido es crdulo, y representando nosotras bien el papel, creo que todo se conseguiria. --Djeme usted reflexionar. Guard silencio y medit la viuda. --H aqu mi plan,--dijo despues de algunos minutos. --Veremos si le ha ocurrido usted lo mismo que m. --Paquita se ha desmejorado bastante. --Como que apenas duerme ni come. --Desde hoy debe quejarse todas horas, ya de dolores de cabeza, ya de malestar, y cuando pasen algunos dias se levantar tarde, se acostar temprano, y no querr salir, asegurando que le faltan las fuerzas. --Muy bien. --Entre tanto, yo hablar todos los amigos del triste estado de Paquita, y dir que me parece que tiene mala enfermedad y que temo que se desenvuelva una tsis, lo cual nadie debe sorprender, porque Paquita es de pocas carnes y de organizacion dbil, y ya sabe usted que los que estn robustos no creen que pueden vivir los que estn flacos. --Prosiga usted. --Irn todos los amigos visitar Paquita, y la encontrarn plida y ojerosa. Ella tendr buen cuidado de estar siempre mal vestida y despeinada, porque los enfermos no tienen ganas de adornarse. --Tiene usted mucho talento, doa Robustiana. --Suspirar tristemente, hablar muy poco y de vez en cuando toser, que yo le aseguro usted que apenas la hayan oido toser, han de darla por muerta. --No se equivoca usted. --Don Pascual querr que su hija la vea un mdico; pero ella se resistir, y yo entre tanto habr ponderado el talento y la ciencia de cierto mdico que ha hecho prodigiosas curaciones de esa clase de enfermedades. --Y ese mdico?... --Es persona de mi ms completa confianza, y adems debe usted tener entendido que cuando se trata de estos asuntos, no hay mdico que no sea honrado y reservado, siquiera por egoismo. --Tiene usted razon. --Desde el momento en que amenace un peligro Paquita, Juanito, que la ama, la adorar, y aqu est el punto grave de la cuestion. --Juanito es bueno. --El mdico asegurar que su hija de usted no puede salvarse si no pasa los rigores del frio en un clima ms templado, como el de Valencia Andaluca, y es imposible que don Pascual se oponga al viaje. --Y si intenta pedir una licencia para acompaarnos? --La licencia no han de drsela para tanto tiempo como ustedes han de estar fuera de Madrid. --Capaz es de dejar el destino. --No lo dejar, porque es el nico recurso con que cuenta para atender la curacion de su hija. --Y dice usted que Juanito?... --Convencido de que ya Paquita no ama don Alfredo de Saavedra, har su declaracion formal. --Y se escribirn... --Y cuando Paquita salga de su apuro y vuelva Madrid saludable y alegre... --Comprendo, comprendo. --Pues si le parece usted bien... --S, s. --Manos la obra, que Dios nos proteger. --Hoy mismo empezaremos. La esposa de don Pascual y doa Robustiana se abrazaron y se dirigieron las palabras ms cariosas. Aquel mismo dia, cuando don Pascual volvi su casa, se encontr acostada su hija. --Qu es esto?--pregunt. --Me duele mucho la cabeza; pero no es nada de cuidado,--respondi la jven. Hizo Bonacha un gesto de disgusto, y guard silencio. Paquita apenas tom alimento, asegurando que la comida le repugnaba. Cuando lleg la noche, la viuda habl sus tertulianos de la enfermedad de Paquita. Esta supo representar admirablemente su papel. Fueron visitarla sus amigos, y antes de una semana todos decian que la jven no podia vivir. Don Pascual se concretaba preguntar su hija si se sentia mejor; pero ni siquiera nombr los mdicos. Cmo se explicaba esto en un hombre tan carioso, y que siempre habia llevado hasta la exageracion los cuidados por su hija? Era inexplicable su conducta. Otra semana pas, y como don Pascual no parecia dispuesto cambiar de sistema, su mujer le dijo: --En qu piensas? --En trabajar lo mismo que siempre,--respondi Bonacha. --Nuestra pobre hija est cada dia peor. --Ya lo veo. --Y lo dices con esa calma!... --Sufro y me resigno, porque Dios lo manda as. --Pero resignarse no es abandonarse. --Y qu quieres decir?--replic don Pascual, mientras tomaba el sombrero para salir. --Quiero decir, que es preciso que nuestra hija la vea un mdico. --Un mdico!--exclam Bonacha con acento de profunda sorpresa. --S. --Y qu ha de hacer el mdico? --Curarla. Cambi de expresion el rostro de don Pascual. No era en aquellos momentos el hombre cndido y bonachon. Fij una mirada profunda en su esposa, y despues de algunos momentos dijo: --Me parece que el mdico nada puede hacer. Tembl la esposa de Bonacha y baj los ojos, como si no se atreviese arrostrar la mirada de su marido. Este se puso el sombrero, tom el baston y dijo sencillamente: --Hasta luego. Sospechaba la verdad? Su mujer hubiera querido averiguarlo; pero no se atrevi provocar explicaciones sobre este punto. Pasaron otros tres dias, y ya todos los amigos mostraban extraeza porque la jven la tuviesen en tal abandono, sin acudir los socorros de la ciencia. --Vindolo ests,--dijo la mujer al marido;--la gente murmura, y tiene sobrada razon. --Si es preciso llamar un mdico para que el mundo no se ocupe de mi hija, que el mdico venga. Y segun se habia convenido, fu visitar la enferma el mdico amigo de doa Robustiana. El honrado don Pascual continu encerrado en su reserva. Al cabo de una semana declar el mdico que era imposible que Paquita se salvase si no pasaba algunos meses bajo la influencia del clima benigno de alguna de las provincias del Medioda, y design los puntos que le parecian ms convenientes. No se opuso don Pascual al viaje, ni mucho mnos pens en pedir licencia para acompaar su familia. Guardando siempre su tenaz silencio, se fu en busca de un prestamista, tom dos mil reales, que debian servir para los primeros gastos del viaje, y firm un recibo de tres mil y quinientos, cantidad que debia descontrsele de su paga en virtud de providencia judicial y en el espacio de unos once meses. Entre tanto, su esposa quiso empezar hacer uso de los veinte mil reales pera comprar vestidos y adornos, pues hay que advertir que pesar de todas sus desgracias, no se habian curado radicalmente, ni habian escarmentado aquellas dos infelices. Abri el cofre en cuyo fondo guardaba el dinero; pero este habia desaparecido. Qued la esposa de don Pascual inmvil, sin aliento, con la mirada fija y abiertos los ojos como si fuesen saltar de sus rbitas. Hay que advertir que dos dias antes habian despedido la criada, y que despues de haberse ido esta, habia tenido en la mano los mil duros la esposa de don Pascual. No podia, por consiguiente, sospecharse un robo, y mucho mnos cuando no se veian en el cofre seales de violencia. Trascurrieron algunos minutos. --Me equivoco,--murmur por fin la mujer de Bonacha. Y empez sacar una por una cuantas prendas habia en el cofre. Los mil duros no parecian. --Paca, Paca!--grit la madre. --Qu quieres?--respondi la hija, que acostumbrada ya representar su papel de enferma, no se movia fcilmente. --Ven, ven... --Para qu? --Los mil duros... --Bien, traelos. --Pero... --Djame tranquila, mam. --Esto es horrible... --Debes tener en consideracion que estoy enferma. --Los mil duros, los mil duros... --No grites, no alborotes... --Han desaparecido. Levantse al fin la jven, mientras decia: --Mam, tienes la cabeza trastornada, lo cual debe consistir en tu edad. --Si alguna de las dos est loca, debes ser t, y si no piensa en lo que te ha sucedido. --Quieres armar un escndalo? --Lo que quiero es morirme,--dijo la madre, revolviendo una y otra vez las prendas, que del cofre habia sacado. La jven comprendi entonces toda la gravedad de lo que sucedia; pero abrig la esperanza de que su madre hubiese guardado en otro cajon el dinero y que no se acordase. Desde el cofre fueron una cmoda, y luego la nica mesa que tenia el cajon. No estaban los billetes en ninguna parte. Puede decirse que revolvieron la casa y registraron hasta el interior de los colchones. Quin las habia robado? Y todo estaba en su lugar, sin que pareciese que nadie habia tocado al contenido de los cajones. Hicieron todas las suposiciones imaginables; pero no adivinaron la verdad. Perder mil duros era una gran desgracia; pero habia que tomar tambien en consideracion cmo habia desaparecido aquel dinero. No podian decir una sola palabra don Pascual. --Y cmo podremos ahora hacer el viaje? --Tu padre no querr acudir un prestamista. --Y si acude le pedir una miseria. --Y tenemos muchos gastos que hacer. --Necesito por lo mnos tres vestidos. --Yo tambien. --Y un sombrero. --Y yo otra sombrilla. --Por t no tengo cuidado, porque puedes arreglarte ms fcilmente. --Es claro; yo aunque vaya llena de harapos, voy bien, no es verdad? --Pero tu edad... --Todava no soy ninguna vieja. --Mam, piensa que ya has cumplido cincuenta y un aos. --S; ya s que soy una jamona; pero me parece... --Jamona!... algo ms. --Mira, Paca, no me tientes la paciencia. --Bien dice el refran, que las verdades amargan. --Siempre te empeas en compararme tu padre, que es un viejo que no puede tenerse en pi. --Tiene cinco aos ms que t, y ya ves que no se pone ningun adorno, ni piensa en ciertas cosas propias de la juventud. --T tampoco deberias pensar, porque tu estado... --He cometido una falta; pero es menester que sepamos lo que t has hecho en tu juventud. --Paca, que soy tu madre... --El resultado es que has perdido los mil duros. --Ya sabes que estaban bien guardados. --Tan bien guardados, que han desaparecido sin saber cmo. --Oh!... daria lo que me queda de vida por saber quin los ha robado. Paquita se di una palmada en la frente, y exclam: --Ah!... --Qu te sucede? --Todo lo adivino. --Explcate. --Los mil duros los ha cogido pap. --Dios bendito!... --No lo dudes. --Y habia de estar callado? --S, porque se ha propuesto no decir una palabra respecto mis desgraciados amores. --Ahora recuerdo que cuando le dije que era preciso que viniese un mdico, me mir no s cmo... Jess!... estoy temblando. --Ya no me atrever mirar mi padre frente frente. No fu menester ms para que la madre perdiese instantneamente todo su valor. Ambas enmudecieron. Quedaron profundamente abatidas. Arreglaron los cajones, y esperaron que don Pascual llegara. Este se present la hora de costumbre. Ni la madre ni la hija se atrevieron mirarlo frente frente. --Quieres ya comer?...--le pregunt la primera. --S; pero antes me direis cundo pensais emprender el viaje. --Cuando sea posible, porque los pobres no hacen las cosas cuando quieren. Con mucha calma sac don Pascual los cien duros que habia tomado del prestamista, se los entreg su esposa, y le dijo: --Con ese dinero podreis atender los primeros gastos, y yo os enviar de la paga cada mes lo suficiente para cubrir con modestia vuestras atenciones. --Y este dinero?... --Son dos mil reales que he tomado de un prestamista, firmando un recibo de tres mil quinientos, y dejando que el juez embargue una parte de mi sueldo. --No tenias otro recurso? --Ninguno, y t misma lo sabes, puesto que en tus manos est cuanto poseemos,--dijo don Pascual. --Podia suceder que algun amigo...--repuso su esposa. --La amistad, con raras excepciones, no es bastante para abrir el bolsillo, y sobre todo, m no me gusta molestar nadie, y prefiero hacer un sacrificio. --Pero cien duros... --Es poco? --Hay que hacer tantos gastos... --Cuando se va en busca de la salud, no es menester vestidos ni adornos. --Siempre dices lo mismo. --Comamos,--repuso con calma don Pascual. Su esposa no se atrevi continuar hablando. Las dos mujeres supusieron que aquellos dos mil reales procedian de los veinte mil que habian desaparecido, y acusaron al pobre don Pascual, porque guardaba para s la mayor parte, sin consideracion las necesidades de su familia, necesidades imperiosas, como para ciertas mujeres lo son los relumbrantes adornos. CAPTULO XVII La declaracion. Aquella misma tarde se present Juanito. Pobre Juan! Paquita revelaba en su semblante el abatimiento y la tristeza ms profunda. Salud su amigo con dbil voz, tosi tres cuatro veces, y guard silencio. --Usted es de confianza,--dijo la madre,--y como tengo mucho que hacer, porque hemos de irnos maana... --Si he de estorbar, me ir. --Nada de eso... con su permiso. Y la esposa de don Pascual se fu la cocina. --Maana!--murmur tristemente Juanito. Paquita suspir, inclin la cabeza y tosi. --Se van ustedes... --Y Dios sabe si volveremos vernos,--respondi al fin la jven. --Qu dice usted? --Ah!... siento en el corazon el frio de la muerte... --Paca, Paca!--exclam con espanto el jven. --Estoy resignada, y casi espero con ansiedad el instante supremo de dejar este mundo. Qu es la vida? --La vida!--murmur maquinalmente Juanito. --Siempre luchando, siempre sufriendo, siempre corriendo tras un fantasma que se desvanece al tocarlo... --Es verdad. --Ilusiones que se desvanecen como el humo. --Ilusiones!... --Esperanzas que se pierden... --Las esperanzas!--dijo el jven, que parecia un eco de Paquita. El desdichado sufria mucho en aquellos momentos. --Y el corazon entre tanto se destroza --Pobre corazon mio! --Y as llega la vejez... --Yo quisiera ser viejo. --Pero no lo es usted. --Ni usted tampoco. --S,--dijo Paquita;--he llegado la decrepitud, cuando no tengo ms que veinte aos, porque he sufrido mucho, y vivir es sufrir, y cada dia representa para m un ao... --Y para m un siglo. Paca tosi. Juanito suspir lnguidamente. Mirronse, y bajaron los ojos. Ella se oprimi el pecho, y l apret los puos como si estuviese desesperado. Bonito papel estaba representando el pobre Juan! No sabemos en qu novela habia leido Paquita, lo que acababa de decir. Para las mujeres que no tienen entendimiento, las novelas son un gran recurso. Verdad es que Juanito se encontraba en el mismo caso. Ella guardaba silencio, y l le tocaba lucirse con otras cuantas frases de enamorado de melodrama. --Qu triste es la soledad!--exclam.--Y la soledad ms horrible es la del alma, la del corazon, en medio del bullicio del mundo. Qu es la vida sin amor y sin ilusiones? Un desierto donde por todas partes nos rodea el calcinado arenal, sin que la vista alcance descubrir el verde ramaje de una palmera, ni llegue al oido el dulce susurro del cristalino arroyo que ha de apagar nuestra sed devoradora. Paquita volvi toser. --Ah!...--prosigui diciendo Juanito.--Se va usted, y yo me quedo; se va usted... --En busca de la muerte, y usted se queda... --Muriendo entre los vivos y sin el consuelo de que nadie comprenda mi dolor... Oh!... Dnde habr un alma para mi alma, dnde para mi corazon habr un corazon? --Juanito, Juanito!... --Qu!... pues no digo la verdad? --Ay!... --Paquita!... --Las palabras de usted son horriblemente amargas. --Es que la hiel de que est impregnado mi espritu... --Es usted injusto. --Injusto! --Tiene usted vida... --Para qu me sirve? --Se queja usted de la soledad, no encuentra usted un corazon... --Hay alguno para m? --Tal vez; pero... Interrumpise Paquita, hizo un gesto doloroso, y luego aadi: --Debo resignarme, porque mia es la culpa. --Qu quiere usted decir? --Si nadie le comprende usted, quin puede apreciar lo que pasa en mi alma? No pudo ya Juanito contenerse, y cayendo de hinojos, cogi una de las manos de Paquita, la estrech fuertemente y exclam: --Compadzcame usted... --Ya es tarde! --Tarde!... --Usted no puede tener fe en mi amor, no puede usted comprender lo que los desengaos... --Me hace usted sufrir mucho. --Levntese usted... --Una sola palabra, una sola... --Que puede venir mi mam. --Y qu me importa?--replic Juanito fuera de s. Y apret ms y ms la mano de Paquita, y tal punto lleg su entusiasm que le produjo un vrtigo, y sin miramiento alguno, sin darse cuenta de lo que hacia, sin respeto la inmaculada pureza de Paquita, bes con frenes aquella mano, que temblaba, que abrasaba... --Jess!--se oy exclamar. Y la madre apareci. Turbado y confuso se levant Juanito, con el pantalon empolvado, los cabellos en desrden, la corbata desarreglada... Paquita se cubri el rostro con las manos. --Reconozca usted--dijo severamente la esposa de don Pascual,--que abusa usted indignamente de mi confianza. --Seora, todo mi delito consiste... --Ya lo he visto. --La pasion me trastorna... --As se excusan todos los que cometen cierta clase de faltas. --No es un crmen amar... --Pero s es un crmen hacer lo que usted estaba haciendo. --Me reconviene usted con demasiada dureza, me rechaza tal vez porque soy pobre... --Eso no. --Si su hija de usted acepta mi amor... --Quiere usted que se exponga otro desengao? Ya ve usted cmo se ha quebrantado su salud... --Yo soy ms pobre, pero ms honrado que ese otro miserable. --En fin, Paquita decidir; pero me parece... --Hable usted, hable usted,--dijo Juanito con acento suplicante la jven. Levant esta la cabeza, y como si estuviese profundamente conmovida, dijo: --Si Dios quiere conservarme la vida; le dar usted una prueba de que hay corazones que sientan como el suyo. Juanito jur que era el hombre ms dichoso del mundo, y continuando la conversacion, convinieron en escribirse diariamente, por lo mnos con la frecuencia que lo permitiese la salud de Paquita. Aquella noche Juanito, en el ltimo punto de su entusiasmo, abraz y bes doa Robustiana. Al dia siguiente pens que debia atenuar los efectos de todo lo que habia hecho contra Saavedra, y decidi hablar Clotilde para que esta se convenciese de que su antiguo amante no se ocupaba de otra mujer. Era posible que la hija del conde se le ocultase la verdad? No se le ocultaria, y de lo que se convenceria era de que Juanito lo habia hecho todo impulsado por los celos, y sin otro fin que el de hacer Saavedra todo el mal imaginable. Como se comprende, as se conseguia justificar al miserable seductor, y este no tendria que hacer ms que gozar del triunfo que sus mismos enemigos le habian proporcionado tan torpemente. Ya tenia Paquita novio, ya podia estar segura de casarse, y por consiguiente sufri mnos por no poder comprar los adornos que necesitaba para embellecerse. Lleg el momento de partir. El padre y la hija se abrazaron. El primero apenas pronunci algunas palabras. No podia dudarse de que conocia el terrible secreto, y nos inclinamos creer que en su poder estaban los mil duros que habian desaparecido del cofre. Juanito pas tres dias de mortal angustia. Cuando recibi la primera carta, de Paquita, la ley siete veces, la bes ms de mil, y luego fu dar parte de su dicha doa Robustiana. --Lo ve usted?--decia esta. --Todo lo debo al talento y la habilidad de usted. --Me felicitar si son ustedes ms dichosos que Adela y Eduardo. --Eduardo es un miserable. Nada ms sucedi entonces que sea digno de mencion. CAPTULO XVIII La fortuna vuelve la espalda Juanito. Pasaron tres meses. A don Pascual se le habia visto constantemente triste y meditabundo. A las nueve de la maana salia de su casa, iba tomar chocolate un caf, y despues se encaminaba su oficina. Una vez cumplidos sus deberes, dirigase una de esas fondas que casi merecen llamarse bodegones, y tomaba algun alimento, sin que nunca excediese el gasto de dos tres reales. Desde all volvia su casa para no salir hasta otro dia, y unas veces sentado y otras pasendose, miraba su alrededor, levantaba los ojos al cielo y suspiraba dolorosamente. Lo que pasaba en su alma no es posible hacerlo comprender. Su salud se quebrantaba visiblemente y sus fuerzas disminuian con rapidez; pero l aseguraba que se sentia completamente bueno. Distraase con mucha facilidad, y trabajando en su oficina se quedaba veces inmvil como si se hubiese petrificado, y pasaba as una dos horas. Un ruido cualquiera le hacia salir de su distraccion, estremecase como si despertase del ms profundo sueo, y continuaba su trabajo. Muchas veces le hablaban y no respondia, porque no habia oido. Creyeron algunos que don Pascual empezaba perder la razon. Lo que el infeliz perdia era la existencia en medio de una agona lenta y horrorosa. El golpe habia sido demasiado terrible, y no podia soportarlo. El extravo de su hija, la deshonra; habia caido sobre don Pascual como una montaa de plomo. Forzoso era que sucumbiese. Por fin recibi una carta en que su esposa le decia que Paquita estaba mejor, hasta el punto de que muy pronto podrian volver Madrid. Lo que esto significaba lo comprendi perfectamente don Pascual. Pens entonces que era preciso averiguar lo que su hija habia determinado en cuanto al fruto de su deshonra. Hombre de conciencia recta, no era posible que Bonacha consintiese que la madre abandonara al hijo inocente, que no le habia pedido la vida. Tal era la situacion de aquella familia desdichada, cuando Alfredo volvi por fin la crte. Entonces Clotilde se mostr ms dispuesta transigir. Qu hubiera sucedido si supiese la verdad en cuanto la deshonra de Paquita? No lo sabemos; pero s podemos asegurar que en semejante caso el conde no habria consentido que su hija se casara con Alfredo. De las explicaciones que mediaron entre este y Clotilde, result lo que debia resultar, que Juanito, despechado por los celos ms mnos fundados, habia querido herir alevosamente. Juanito fu desde aquel momento, y en opinion de Clotilde, un hombre ruin hasta el ltimo grado de la ruindad. Podia ella consentir que un hombre semejante continuara ocupando en su casa un puesto de confianza? No. La sentencia fu pronunciada, y Juanito debia encontrarse otra vez sin recursos para vivir. Esto era doblemente horrible en los momentos en que pensaba casarse. Pero qu le importaba Clotilde la suerte de Juanito? Lo que le importaba era su dignidad, que creia ofendida. Aquel hombre, que nada representaba en el mundo, que nada valia, habia querido hacerla instrumento de su venganza, de sus propios intereses, de sus ruines pasiones. Perdonar esto no parecia generosidad, sino estupidez y falta de decoro. Era aquella una cuestion de dignidad en opinion de Clotilde. No quiso hacer partcipe su padre de lo que sucedia, porque habiendo de ser el mismo el resultado, quiso evitarle disgustos. Cuando una mujer se empea en conseguir lo que parece imposible, triunfa ms mnos tarde. Clotilde empez por hablar de la falta de inteligencia de Juanito. Luego asegur que este tenia la mala costumbre de discutir sobre las rdenes que se le daban, y por ltimo lo acus de curioso, porque se habia tomado la libertad de hacer toda clase de averiguaciones para descubrir lo que habia querido ocultrsele. Y todo esto era verdad, todo lo habia hecho Juanito; pero no porque quisiese hacerlo, sino porque con una habilidad admirable lo habia puesto Clotilde en el resbaladero, sin que l viese el lazo que se le tendia. La curiosidad, llevada cierto punto, es una falta gravsima y hasta peligrosa, y el conde no podia perdonar Juanito. Adems, la jven estaba disgustada, y el padre lo sacrificaba todo para que su hija estuviese contenta. Tenia necesidad el conde de salir de Madrid por consejo de los mdicos, y aprovechando esta ocasion, despidi Juanito. Tan horrible desgracia la conoci el jven precisamente en los momentos en que acababa de recibir una carta de Paquita anunciando su completo restablecimiento y su vuelta Madrid. No podia llegar ms tiempo. Poco le falt Juanito para volverse loco. Sin empleo ni esperanzas de conseguir otro, temi que la familia Bonacha lo rechazase; pero aun cuando no sucediese as, cmo casarse sin medios de atender sus nuevas obligaciones? Acudi doa Robustiana, porque esta era, como suele decirse, el pao de lgrimas de Juanito. --Todo se arreglar,--respondi la viuda, que era optimista por naturaleza. --Cmo ha de arreglarse? --No lo s; pero ello es que se arreglar. --Al seor de Almendares no puedo acudir, porque creer que yo he dado motivos para que el conde me despida. --Por de pronto, puede usted contar con el amor de Paquita, y luego, como no hay bien ni mal que cien aos dure... --El remedio llegar tarde. --Deje usted rodar la bola, que la dicha viene cuando mnos se espera. --Ahora que Paquita habia recobrado la salud...--exclam Juanito. --Usted tambien recobrar su empleo. Algo se tranquiliz Juanito, por ms que las palabras de la viuda no tuviesen ningun valor. A las diez de aquella noche encontrbanse en la estacion del ferro-carril del Medioda don Pascual Bonacha y Juanito. Saludronse, y al jven le pareci conveniente hablar de su desgracia mientras llegaba el tren. --Tengo,--dijo,--que darle usted una noticia muy desagradable. --Desagradable!--replic Bonacha distraidamente. --S. --Qu sucede? --Me he quedado sin empleo. --Es una gran desgracia. --Adivino de dnde ha partido el golpe, y me vengar cuando se me presente la ocasion. --No estaba usted empleado en casa del conde de Romeral? --S. --Y no tiene ese conde una hija? --Veo que no necesita usted ms explicaciones. --No. --Ese miserable Alfredo de Saavedra... --Basta, basta. --Y mi situacion es doblemente terrible en estos momentos. --Siempre es horrible quedarse sin recursos para vivir. --Pero usted todava ignora que yo estaba decidido casarme muy pronto? --Casarse!... --S. --Entonces le han hecho usted un gran beneficio. --Don Pascual!... --De qu se admira usted? --Me sorprende que hable usted as, porque un hombre de las sanas ideas de usted no es posible que se muestre contrario al matrimonio. Ms de una vez le he oido usted dar su opinion sobre este punto, y... --Los hombres cambian de opinion. --Usted, que tiene una esposa modelo de virtudes... --Es verdad; pero empiezo comprender que la familia es una enorme carga, que no siempre puede soportarse, y en este sentido hablo contra el matrimonio. --Si usted supiese quin es la mujer elegida por mi corazon... --Cualquiera que sea. --Me parece que ya no est bien guardar este secreto. --Amigo mio, le advierto usted que no soy curioso. --La mujer que ha de participar de mi suerte, es su hija de usted. --Mi hija!--dijo don Pascual con asombro. --S. --Mi hija!... Imposible. --Acaso?... --No basta que usted la quiera. --Pues qu ms se necesita?--pregunt Juanito. --Que ella corresponda ese amor. --Y corresponde, y quiere ser mi esposa, y mientras ha estado ausente nos hemos escrito todos los dias. No se le alcanzaba al honrado don Pascual que su hija se casase con Juanito ni con ningun hombre, como no fuese Alfredo. Dud el anciano si soaba, y se pas las manos por la frente y se restreg los ojos. Juanito pens lo peor que podia pensar, es decir, que porque habia perdido su empleo se le miraba con desden. --Seor don Pascual, espero que Dios me abrir camino, y como soy honrado y trabajador, encontrar donde ganar el sustento. --Honrado!... --Me parece que no hay motivo para ponerlo en duda. --Peor para usted. --Peor para m? --Eso he dicho. Empez Juanito sospechar que Bonacha habia perdido la razon, y despues de algunos momentos, le dijo: --No puedo creer que la honradez sea una desgracia. --Yo tampoco creia otras cosas; pero el tiempo... En fin, si mi hija quiere casarse con usted, que se case; pero conste que yo no tomo parte en este asunto. No sabemos adnde hubieran ido parar en el trascurso de la conversacion; pero fueron interrumpidos por el silbido de la locomotora, y tuvieron que acudir para recibir las viajeras. Poco despues se presentaron estas. Hubo abrazos, saludos cariosos, sonrisas y lgrimas. Entraron en un coche y se alejaron de la estacion. Paquita parecia haber recobrado toda la alegra de otro tiempo. Lleg el instante de entrar en cierta clase de explicaciones, porque la jven pregunt su novio: --Y qu novedades hay por Madrid? --Ninguna buena,--respondi tristemente Juanito. --Pues qu sucede? --Hoy me he quedado sin empleo. --Sin empleo!--exclamaron la madre y la hija. --Y en estos momentos, en estas circunstancias... oh!... estoy desesperado. Todos guardaron silencio. Los semblantes, que estaban alegres, revelaron la ms profunda tristeza. Largo rato pas sin que se percibiese otro ruido que el que producia el coche al rodar sobre el empedrado de las calles. Por fin Juanito reanud la conversacion, para decir que ya no le parecia conveniente guardar el secreto de sus amores, y que lo habia dado conocer don Pascual. Al estupor sucedi la ira, y las dos mujeres se desataron en improperios contra Saavedra, acusndolo de la desgracia de Juanito. Don Pascual escuchaba y callaba, y cuando fu interpelado por su esposa, respondi: --Todo me parece bien, y as se lo he dicho este caballero. --Con que te parece bien que lo dejen sin destino? --Nadie sabe dnde est ni en qu consiste su fortuna. En vano habl la esposa de don Pascual, porque este continu guardando silencio. El carruaje lleg la calle de San Lorenzo. Las viajeras necesitaban descansar, y Juanito se despidi, prometiendo volver al siguiente dia. La madre y la hija, mientras cenaban, hablaron sin cesar de su viaje, de la nueva situacion de Juanito y de la maldad de Alfredo de Saavedra. Dos horas despues se habian acostado y dormian. Don Pascual no pudo conciliar el sueo, pensando en la inocente criatura fruto de la debilidad de su hija. CAPTULO XIX El hombre bueno sigue probando que no es bonachon. Don Pascual aprovech la ocasion de que era domingo, y cuando sali de su casa se encamin la de Alfredo. Qu intentaba el desgraciado? Tal vez iba verse tratado como su hija cuando se present Clotilde. El rostro de Bonacha estaba plido, y su mirada era sombra. Tampoco aquella maana se hubiera dicho que era el hombre bonachon y cndido hasta el ltimo grado de la candidez. Pregunt por Alfredo, y le contestaron que este acababa de levantarse. --Pues es absolutamente preciso que yo lo vea,--dijo don Pascual con una energa que nadie hubiera sospechado en l. --Su nombre de usted, caballero? --Bonacha. --El criado no se atrevi replicar; desapareci, y volvi muy pronto para decir: --Pase usted. --Entr don Pascual en un gabinete ricamente amueblado, y donde se encontraba Alfredo envuelto en una bata y recostado indolentemente en un sillon. Habia creido que el desdichado don Pascual iba exigirle que se casase con Paquita, pintndole la triste situacion de esta. Resuelto estaba el jven mostrarse inflexible y aun rechazar con dureza al infeliz padre; pero bien pronto se convenci de que se equivocaba. Presentse don Pascual con la cabeza erguida, detvose un momento, y luego dijo: --Caballero, no vengo pedirle usted nada, ni siquiera la honra que me ha robado, y se lo advierto as para que no se tome la molestia de calcular cmo saldr mejor del apuro. Tan sorprendido qued Alfredo, que no acert replicar. El anciano, con grave tono, prosigui diciendo: --Mi desgraciada hija ha guardado para m el secreto de su falta; pero yo la he adivinado fcilmente, he guardado silencio, he observado, he hecho todo lo que puede hacer un espa, y as he conseguido conocer hasta el ltimo detalle. --Entonces nada tengo que decirle usted. --No he venido para que me diga, sino para que me escuche. --Quiere usted echarme en cara la fealdad de mi conducta? --No, porque para los abusos como el que usted ha cometido, no hay calificacion. Cuando un hombre hiere despues de estar seguro de la impunidad, prueba que es un cobarde. --Caballero!--grit Saavedra, ponindose en pi como impulsado por un resorte y lanzando una mirada terrible don Pascual. Empero este permaneci impasible, y arrostr serenamente aquella mirada. --Le he llamado usted cobarde... --Si ha venido usted para ofenderme... --Aqu estoy para responder, porque yo, cuando ofendo, acepto la responsabilidad. --Si ha creido usted que sus canas han de ponerlo cubierto de mi enojo... --Justo seria, ya que mis canas y mi triste situacion le dieron usted antes la seguridad de que podia ofenderme sin recibir el castigo que merecia. De los ultrajes se queja usted, caballero, sin pensar que no hay ultraje mayor que el que usted ha hecho mi honra. --A pesar de todo eso, estoy en mi casa... --Yo estaba en la mia, y all fu usted para echar una mancha sobre mi honor; pero dejemos esto, porque lo que yo he querido, lo que deseo, es probarle usted que la honra puede perderse si uno se la arrebatan; pero que aun despues de perdida, es posible conservar la dignidad. --No pongo en duda la de usted, caballero. --No niego que mi pobre hija, tentada por el demonio de la vanidad, se habia extraviado; pero sus extravos no eran criminales. Usted comprendi que era muy fcil explotar las debilidades de mi hija, y las explot sin pensar que heria de muerte un desgraciado, que no tenia otro patrimonio ni otra dicha que su honradez, y que, por conservar esta inmaculada, habia trabajado toda su vida, habia hecho todos los sacrificios imaginables, habia aceptado todas las privaciones y se habia resignado con todas las desgracias. Descarg usted el golpe terrible, y con la conciencia tranquila se ocup usted en buscar la dicha por otros medios. Su vctima de usted pidi reparacion, recordando promesas y juramentos, porque no creia que fuese perjuro el que tanto se envanecia con su honor; pero usted crey que nada estaba obligado, porque se trataba de una pobre mujer que nada representaba en el mundo; la habia usted deshonrado, habia usted contraido una deuda, y queriendo pagarla como buen caballero, tas usted la honra de toda una familia en mil duros... Oh!... Relumbraron como dos carbunclos los ojos de don Pascual, y temblando convulsivamente impulsos de la ira, acercse ms Saavedra, y aadi con sarcstico tono: --S, pagando la deuda no tenia nadie derecho poner en duda que es usted un hombre bien nacido, un caballero, y que abriga usted un corazon grande y noble. Alfredo, pesar de toda su audacia, no se atrevi levantar la cabeza. El anciano, con voz ahogada por el coraje, prosigui diciendo: --Y el miserable que hace eso con una mujer indefensa y con un viejo dbil, el que as escarnece la virtud, abusa de la inocencia, explota las debilidades y se burla de todo lo que es ms respetable, de todo lo que es sagrado; el miserable que mancha el honor de una familia para satisfacer un capricho, un impuro deseo; el que se atreve tasar el valor de esa honra y el reposo, y hasta la vida de un honrado padre, se ofende luego, y se levanta airado y amenazador porque le llaman cobarde. --Oh!... --Poco vivir, porque la herida ha sido mortal; pero quiero que mi conciencia est tranquila; quiero probar que si la cobarda de usted me ha deshonrado, no he perdido el noble sentimiento de la dignidad. --Basta, basta;--murmur Alfredo con voz ronca. --Hoy mismo quedar hecha la renuncia de mi empleo. --Pero... --Y en cuanto al precio de la honra de mi hija, que es mi honra... Oh!... El infeliz don Pascual sac los mil duros en billetes, y con fuerza convulsiva los arroj al rostro de Saavedra. Rugi este como el leon cuando se siente herido. Volvi ponerse en pi. Centellas se escaparon de sus ojos. Sus mejillas habian enrojecido como si fuese brotar la sangre. --Yo,--grit don Pascual,--el infeliz que nada representa en el mundo y que nada vale, el anciano dbil, he tenido bastante valor para sellar las mejillas del miserable que manch mi honra. --Salga usted, salga usted!--exclam Alfredo, sin poder apenas contenerse. Empero don Pascual cruz los brazos, irgui la cabeza y dijo: --Aqu estoy... Puede usted vengarse... Aqu estoy, porque el valor me sobra para aceptar por completo la responsabilidad de mis acciones... Por qu se detiene usted?... Le he ofendido gravemente, est usted en su casa, y tiene derecho hasta para matarme... Oh!... pero en estos momentos es usted el que ha de temblar, porque m no hay nada, absolutamente nada que pueda infundirme terror. Cuando la vida es un tormento insoportable, no es posible tener miedo. Usted espera gozar, y yo no espero ms que sufrir... Una sola cosa habia que me hiciese agradable la existencia: la satisfaccion de mi propia honradez, el amor de mi pobre hija... Ah!... cuando sea usted padre... El infeliz anciano empezaba perder las fuerzas, y tuvo que interrumpirse. Despues de algunos momentos, y con voz que parecia llevarse tras s el alma, exclam: --Pobre hija mia!... Yo no tenia en el mundo ms que mi hija, y usted abus de su inocencia; la coloc usted en la pendiente que ha de llevarla hasta el fondo del abismo, y ya no hay poder humano que la detenga, porque dado el primer paso dar el ltimo, porque la desesperacion la ha trastornado... Pobre hija mia!... Hija de mi alma!... Desapareci la ira de Alfredo, y empez sentirse conmovido. No, no era posible mirar con indiferencia el dolor de aquel padre infeliz. Ya que otra cosa buena no hiciese, quiso Saavedra dirigir algunas palabras dulces y cariosas al anciano; pero este, recobrando por un momento la energa, retrocedi y dijo: --Hemos concluido... Ahora duerme la conciencia de usted, pero algun dia despertar. Y haciendo grandes esfuerzos para sostenerse, sali. Largo rato pas antes de que Alfredo pudiera desaturdirse. --Oh!... Ese hombre... me ha impresionado no s cmo... Pero nada puedo hacer... Me amenaza con mi propia conciencia... Pues es mia la culpa, si su hija ha sido dbil?... Me parece que doy este asunto una importancia que no tiene. Qu es esto ms que una calaverada como otra cualquiera?... Digno es de consideracion y lstima el padre; pero bien sabe Dios que no he querido hacerle mal alguno, sino, por el contrario, beneficios. Quin habia de creer que tuviese la energa que ha demostrado?... Y asegura que va dejar el empleo, y como no puede dejarlo medias, es decir, como no puede renunciar la parte que m me debe, se quedar sin nada, y tras la deshonra sufrir la miseria... Oh!... eso no, eso no, pues pesar de mis calaveradas, no soy un miserable, como me ha dicho, no lo soy, pues algo noble queda en mi alma. Llam Alfredo su mayordomo, y le dijo: --Recoge esos billetes, y ahora mismo corre y entrgalos al gobernador para que los distribuya como mejor le parezca en los establecimientos de beneficencia, y ten cuidado de no pronunciar mi nombre, porque no quiero que se sepa quin hace la obra de caridad. El criado obedeci. Entonces le ocurri Saavedra decir: --Y mi hijo?... Porque supongo que ya soy padre... Ni siquiera lo ha nombrado don Pascual... Oh!... no, no abandonar esa criatura inocente, que debe la existencia mis locuras. Nos parece que las locuras de Alfredo habian acabado, pues por ms que l se esforzase para desentenderse de su conciencia, no era posible que esta dejase de atormentarlo. CAPTULO XX Bonacha se explica con su mujer. Don Pascual cumpli su propsito, y renunci el destino. La renuncia, como era consiguiente, fu aceptada. Cuando ya no tenia remedio, fu cuando Bonacha dijo su familia que se habia quedado sin empleo. Mostrando tanta firmeza, compensaba la debilidad de toda su vida. Su esposa, dejndose arrebatar por la ira, acus y reconvino con las ms duras palabras al pobre anciano. La hija tambien puso el grito en el cielo, porque abrigaba la esperanza de casarse con Juanito, y que este viviese costa del suegro mientras otro recurso no habia. La situacion era en verdad bien crtica. Cesante el padre, cesante el futuro marido, qu iba suceder? Si al mnos uno de los dos hubiera contado con el recurso del empleo, no se habrian apurado tanto, ni la madre ni la hija. Esta podia otra vez trabajar; pero cosiendo diez doce horas diarias, apenas ganaria una peseta, con cuya cantidad no habia ni para cubrir la sexta parte de las atenciones, y eso contando vivir muy modestamente, con esa modestia que se parece mucho la miseria y que casi no es vivir. --Te has propuesto,--decia furiosa la esposa de Bonacha,--te has propuesto matar de hambre tu familia? Don Pascual sonri; pero no con la candidez que lo hemos visto sonreir otras veces, sino con una expresion indefinible. --No has pensado que tienes la obligacion de mantener tu familia? --S. --Pues ahora veremos cmo se hace el milagro. --Muy sencillamente. --Me picas la curiosidad, y quiero conocer el secreto. --Murindose, no es preciso comer,--dijo don Pascual. --Pascual, Pascual!... --Todas las necesidades,--dijo con dulzura el hombre bonachon,--concluyen en la sepultura. --Si no te has vuelto loco, quieres hacernos perder el juicio. --Os infunde miedo la muerte? --Ms vale que calles, porque se me apura la paciencia... --Te probar que no estoy loco,--repuso Bonacha. --Si la prueba consiste en alguna de tus necedades... --Puesto que te empeas, ser. Toda mi vida, y particularmente contigo, he sido dbil: ahora me habia propuesto demostrar energa; pero por una sola vez, hoy no ms, ser dbil como siempre lo he sido. --No te comprendo, y en cuanto tu debilidad... --Ten alguna paciencia, que voy explicarme. --Lo deseo. Don Pascual le dijo su hija: --Vte. --Que me vaya!... --S, yo te lo mando. --Y por qu ha de irse? --Porque no quiero que oiga lo que voy decir. --Pero... --Paca, te he mandado salir,--replic imperiosamente don Pascual. Su hija tembl y obedeci. Arrepintise la madre de haber provocado aquellas explicaciones, porque comprendi lo que debia suceder. Cuando marido y mujer quedaron solos, el rostro del primero cambi, volviendo ser el mismo hombre quien hemos visto ya frente Saavedra, y provocando la clera de este. --Pascual,--dijo tmidamente la esposa,--t ests trastornado... --Tal vez. --Sin duda tu salud... --Es buena. --No quiero que te incomodes, porque si caes enfermo ser peor. Reconozco que me he dejado arrebatar; pero es tan triste nuestra situacion... --Calla y escchame. --Te veo tan alterado que... --No perder la calma, descuida. --Maana hablaremos... --Ha de ser ahora. --Obedezco y te escucho. --Si toda tu fortuna, tu dicha, tu porvenir, consistiese en una joya que con ciega confianza depositases en manos de un amigo ntimo, de un pariente... --Pascual, Pascual,--interrumpi temblando la descuidada madre. --Y si esa persona, en vez de guardar cuidadosamente el depsito... --Basta, basta. --Mi hija era mi nica felicidad; mi honra, era mi nico tesoro... No se necesitaban ms explicaciones. La esposa de don Pascual, anonadada, cay de rodillas, cruz las manos y exclam: --Perdname, perdname!... --Yo te he perdonado; pero es menester que tambien te perdone Dios y que te perdone tu hija. --Compadceme, esposo mio!... --Ahora levanta la voz, pregntame por qu he dejado ese empleo que debia la proteccion del miserable que nos ha deshonrado; pregntame con qu hemos de cubrir las necesidades de la vida, y por ltimo, dme si todava te espanta la muerte. Un raudal de lgrimas corri por las mejillas de la esposa de don Pascual. La infeliz no pudo articular una slaba. --Si no tenemos que comer, moriremos sin exhalar una queja, que ya que hemos perdido la honra, debemos siquiera conservar la dignidad. Hace tres dias que arroj al rostro del miserable seductor los mil duros con que habia querido pagar nuestro honor, con que habia querido cicatrizar las heridas abiertas en mi alma. Y le llam cobarde y le hice temblar, y volv mi casa con la conciencia tranquila. --Mtame, Pascual, mtame!... --Te matar la conciencia con tormentos los ms horribles. --Dios mio! --Ahora quiero saber lo que habeis hecho con la criatura inocente que debia su existencia vuestras debilidades. --Esa criatura ha muerto. --Que ha muerto! --Mira. La esposa sac una carta, que aun no hacia dos horas que habia recibido, y en la que le participaban que la tierna criatura habia dejado de existir, pesar de los cuidados de su honrada nodriza. --H aqu con cunta facilidad,--murmur don Pascual,--resuelve la muerte las situaciones ms difciles! Dios lo ha dispuesto as; pero... ah!... siento no haber podido estampar un beso en la frente pura de ese ngel, porque al fin era el hijo de mi hija; era... No pudo proseguir, porque la voz se ahog en su garganta. Trascurrieron algunos minutos, durante los cuales no se percibi otro ruido que el de los sollozos de la esposa de don Pascual. Este rompi al fin el silencio para decir: --Nuestra hija piensa casarse con un hombre honrado, quiere engaar al que de buena fe le ofrece su ternura y deposita en ella su honor... --Exageras, Pascual. --Que exagero!... --Mientras nuestra hija sea una esposa fiel, de nada podr quejarse Juanito. Lo pasado pas, y as como ella no le pide cuentas de lo que ha podido hacer antes de casarse... --No prosigas. --Reflexiona bien... --Nuestra hija va cometer otra falta, quiz ms grave que la primera; pero no le pondr obstculos, porque no quiero ser responsable de su suerte. --Ya que se le presenta esa proporcion... --Hemos concluido. Y no quiso escuchar ms el desgraciado Bonacha, sino que tom el sombrero y sali. No necesit preguntar Paquita para saber lo que habia sucedido, pues curiosa en demasa, habia estado escuchando. Con el rostro lvido y descompuesto se present la jven su madre. --Todo lo sabe!--exclam esta. Paquita no quiso seguir la conversacion. Ya ves, lector, de lo que es capaz un hombre como Bonacha. Esas criaturas que parecen dbiles, son las ms fuertes en ciertas situaciones. CAPTULO XXI Alfredo se empea en hacer algo bueno. Un mes habia pasado. Eran las tres de la tarde. Disponase comer doa Robustiana, cuando son la campanilla y se present su sirviente, dicindole: --Un caballero quiere verla usted. --No lo conoces? --Dice que se llama don Alfredo de Saavedra. --Don Alfredo!... --Y es muy guapo y muy elegante... --Que entre, que entre,--dijo la viuda sorprendida. Alfredo se present, saludando con la delicadeza que su clase convenia, y diciendo despues: --Seora, hay situaciones en que es preciso apelar supremos recursos. --Caballero... --Ante todo le pido usted perdon, y le suplico... --Si en algo puedo serle til... --Para pedirle un favor he venido. --Pues ya escucho. --Supongo que conoce usted los secretos de la familia Bonacha. --S, conozco todas las desgracias de esas criaturas. --As me evito el disgusto de entrar en explicaciones enojosas, tanto ms enojosas para m, cuanto que tengo que reconocer que soy culpable; pero crea usted que estoy bien castigado con mi propia conciencia, y que ya no puedo ser completamente dichoso. --An tiene remedio el mal. --En su menor parte. --La infeliz Paca... --Ya s que piensa casarse, y yo, sin mengua de mi honor, no puedo dejar de ser esposo de la hija del conde de Romeral. --Pues si acaso intenta usted indemnizar con dinero esa pobre familia... --No, porque ya una vez con el dinero ha tenido valor para azotarme el rostro ese anciano que tan dbil parece. --Entonces... --Don Pascual dej su empleo, y yo he sido causa indirecta de que se quede tambien sin recursos para vivir ese jven que ha de casarse con Paquita. --Si les ofrece usted un destino... --No se lo ofrecer; pero lo necesitan, y si usted quiere ayudarme, har esos desgraciados un gran beneficio y tranquilizar mi conciencia en cuanto es posible que se tranquilice. --No comprendo... --Est usted bien relacionada. --Es cierto. --Nada tendria de particular que encontrase usted uno de los que fueron amigos de su difunto esposo. --Y algunos de ellos han hecho gran fortuna,--dijo doa Robustiana. --Ese amigo imaginario pudo deber la vida su esposo de usted. --Ahora entiendo. --Es agradecido... --S, pone mi disposicion su influencia, y yo le pido un empleo para Bonacha y otro para Juanito. --Y ser usted la madrina, y el regalo consistir en las dos credenciales... --No necesito ms explicaciones. --Puedo contar con el auxilio de usted? --S, caballero, porque para hacer un beneficio no debe nadie vacilar. --Gracias, seora, gracias. --Por supuesto, que es menester que no se sospeche la verdad, porque mi amigo Bonacha... --Lo conozco demasiado bien. --Estamos de acuerdo. --Ahora si usted quisiera decirme... --Qu? --Y mi hijo? --Hay un ngel ms en el cielo. --Oh! --Dios lo ha dispuesto as. La conversacion no podia prolongarse. Revelando en el semblante profunda tristeza, psose en pi el jven, ofreci la diestra la viuda, y le dijo: --Seora, no habian exagerado al hablarme del noble corazon y de la clarsima inteligencia de usted. --Caballero... --Si se me presentase la ocasion de prestarle usted algun servicio, me consideraria feliz. --Nada valgo, nada puedo... --Vale usted mucho, seora,--dijo Alfredo. Y saludando como hubiera podido saludar una duquesa, sali. --Lo corts no quita lo valiente,--dijo la viuda cuando estuvo sola.--Este hombre ha hecho una cosa muy mala; pero hay que reconocer que es muy fino, que tiene mucho talento y... qu bella figura!... ahora no me sorprende que Paquita perdiese la cabeza por l, porque, la verdad, si yo me hubiese encontrado en el lugar de Paquita... ay!... Suspir la viuda, y se consol pasando la mano por el lomo _Morito_. Desde aquel mismo dia empez doa Robustiana preparar el terreno, y lo hizo con tanta habilidad, que nada sospech el seor de Bonacha, aunque vivia muy sobreaviso. Sigui la viuda dando noticias del estado del asunto, y repitiendo las palabras de su imaginario amigo. Despues de quince dias volvi Alfredo presentarse la viuda, y le entreg dos credenciales que daban derecho al mismo sueldo, doce mil reales, la una para don Pascual y la otra para Juanito. --Seora,--dijo Saavedra,--ms hubiera pedido por mi voluntad y ms me hubieran dado; pero he temido infundir sospechas. --Ha procedido usted con mucho acierto. --Cuando pasen algunos meses, podr usted acudir nuevamente su amigo, y se mejorar la suerte de esa familia, en la inteligencia de que mientras yo represente algo en la sociedad y usted quiera ayudarme, ir ascendiendo el esposo de Paca hasta ocupar un puesto distinguido. No puedo hacer ms. --A pesar de la falta que ha cometido usted, hay que reconocerle nobleza de sentimientos y una delicadeza bien rara. --Usted nada necesita; pero si tiene algun otro amigo quien favorecer, aproveche usted la ocasion, pues ahora los ministros me servirn en cuanto yo les pida, y no sabemos lo que podr suceder maana si hay cambio poltico. As doa Robustiana, sin saber cmo, se encontr hecha mujer de gran influencia. Si el mundo hubiese visto cmo la trataba Alfredo, no habria podido adivinar la causa. Los agraciados recibieron las credenciales. Juanito quiso casarse inmediatamente. Infeliz! EPLOGO Habia trascurrido un ao desde los ltimos sucesos que hemos referido. Juanito se consideraba el hombre ms dichoso del mundo, y la verdad es que no tenia motivo para quejarse de su esposa. Esta cumplia sus deberes con religiosa exactitud, y creemos que los cumpliria siempre, pues en realidad no era mala. Tambien Juanito era un excelente esposo, que se parecia algo su suegro. Tenian un hijo, y esto lo consideraron una nueva felicidad, y adems del hijo habian conseguido un ascenso, gracias la proteccion de doa Robustiana del Peral. Don Pascual Bonacha no habia vuelto recuperar la alegra; su salud seguia quebrantndose, y parecia que habian trascurrido diez aos, segun lo que se avejentaba. No debia vivir mucho, porque el tiempo no calmaba su dolor. La herida que habia recibido era mortal, y forzosamente habia de sucumbir. Su esposa estaba tranquila y gozaba, porque la bondad del marido de su hija permiti la madre constituirse en jefe de todos. Ella disponia sin contradiccion, y no necesitaba ms para encontrarse bien. Lo nico que le desagradaba era que sus amigos le preguntasen por su nieto, que era lo mismo que llamarle abuela. La esposa de don Pascual, segun ya hemos visto, crease todava jven, y si no tenia pretensiones de enamorar, parecale que an podia ser mirada con agrado. Continuaban yendo la tertulia de doa Robustiana, y esta presentaba siempre como modelo de esposos Paquita y Juanito. No sucedia lo mismo con la desgraciada Adela, pues Eduardo habia dado fin al importe de todos los ttulos de la deuda que tenia en su poder, y quiso luego que se vendiese la casa. Era forzoso que esta situacion llegase, y lleg. No hay que decir que en las casas de juego habia quedado la mayor parte de aquella fortuna, adquirida en fuerza de tanto trabajo, de tanta honradez y hasta de muchas privaciones. Por de pronto, quiso el tahur justificar su conducta, diciendo que habia emprendido algunos negocios, y que en todos ellos habia sido desgraciado, ya porque las circunstancias no le favorecieron, ya porque habia sido vctima de la mala fe de criminales especuladores. Empero siempre resultaba lo mismo, es decir, que habian desaparecido muchos miles de duros, que producian una renta respetable. Les era preciso cambiar de sistema de vida las dos pobres mujeres, suprimiendo criados y todo aquello que no era de absoluta necesidad, puesto que ya no contaban con ms que con los catorce quince mil reales que la casa producia. A pesar de todo esto, no se atrevi Adela reconvenir su marido. La infeliz sufria y callaba. Su madre perdi al fin la paciencia y tom parte en el asunto, no solamente para decir lo que su hija callaba, sino para oponerse que la casa se vendiese hipotecase. Eduardo, con gran habilidad, hizo ver claramente que con el importe de la finca podian salvarse los negocios perdidos, recuperando el capital y mucho ms an; pero doa Cecilia replic: --No entiendo de negocios ni de cuentas. --Pues como yo entiendo, los explico,--repuso el esposo de Adela. --Todos los bienes que dej mi marido los adquiri despues que nos casamos, y por consiguiente la mitad de la herencia es mia. --Nadie lo niega. --La casa representa mnos que esa mitad, y por consiguiente me la apropio, y si esto no te parece bien, puedes acudir los tribunales. --Yo acudir los tribunales para una cuestion de dinero!... Me consideraria deshonrado. --Pues, hijo, yo no me deshonro por guardar lo que es mio. --Si pudiera usted comprender... --Comprendo muy bien que estamos arruinadas, y no niego que tendrs un gran talento para los negocios; pero es lo cierto que muy bonitamente ha desaparecido un capital. Ms valia que te hubieses ocupado en escribir versos como antes de casarte y en llevar tu mujer paseo. --Seora, mi delicadeza no me permite seguir esta discusion. --Y habla de delicadeza el que nos ha dejado poco mnos que sin recursos para comer!... --Si nos colocamos en el terreno de las ofensas... --Estoy resuelta decir las verdades, gritar, escandalizar... --Grite usted cuanto se le antoje. --No tenia usted sobre qu caerse muerto. --Pero yo soy un caballero, mientras ustedes... --Caballero!... Y el tio que estaba en Galicia?... Nos ha engaado usted, ha cometido un abuso, nos ha robado... --Que mi paciencia se apura. --Desde hoy mismo yo ser la duea de la casa, y aqu nadie manejar el dinero ms que yo, y no se obedecern ms rdenes que las mias, y si no le conviene usted as, buscar usted otros tontos que se dejen engaar. --Saldr de esta casa para no volver. --No cometeremos la torpeza de ir buscarlo. --Esta bien, seora: ya que usted adopta una resolucion... --Puede usted hacer lo que bien le parezca, que para tener semejante marido, mejor est mi hija sin ninguno. Por de pronto acept Eduardo la nueva situacion, porque le quedaba el recurso de hacer uso del crdito que el dinero de su mujer le habia dado. Tom, pues, algunas cantidades de consideracion, que se disiparon lo mismo que todas. Bien pronto lo acosaron los acreedores, y ms de una vez le amenazaron graves peligros. De dnde sacaria ms dinero? Se apoder de algunas prendas de valor que en la casa habia, como eran cubiertos y otras alhajas, que es lo mismo que decir que se rob s mismo. Doa Cecilia se puso hecha una fria y adopt las precauciones convenientes para que no se repitiesen estos abusos. Eduardo lleg al perodo de la desesperacion, trmino inevitable de la vida de estos hombres. No podia retroceder al punto de partida de su existencia, y sobre todo era insoportable el sufrimiento que lo agobiaba. Nunca habia reconocido ms ley que su capricho, y no era posible que se sometiese su suegra. La pobre Adela, quien no le habian quedado ms recursos que sus ruegos y sus lgrimas, llor y suplic, pero intilmente. Un vrtigo arrastraba Eduardo, y era imposible detenerlo. Sufria como padre? Decia que s; pero su conducta desmentia sus palabras. Le hablaban de la triste suerte que le esperaba su hijo, y se conmovia profundamente; pero algunos minutos despues salia de su casa y se entregaba con furor toda clase de desrdenes. Cuando le falt el dinero abandon Juana, ms bien ella lo dej por otro. Manolo, comprendiendo al fin la verdad, volvi la espalda para siempre la que habia querido tan de veras. Acostumbrada la holganza, ni siquiera volvi pensar Juana en ponerse servir. No habia hecho ahorros, porque esta clase de mujeres gastan cuanto tienen. Su segundo amante la dej tambien. Lleg para la jven el espantoso dia de la miseria. Vendi sus ropas y adornos. Al fin no tuvo que vender. Su belleza se habia marchitado. Sinti los tormentos del hambre, y entonces acept las proposiciones de una amiga suya, hundindose para siempre en el lodazal de los ms repugnantes vicios. Su existencia debia concluir en el hospital. Viendo Eduardo que no intimidaba su suegra con amenazas, hizo indicaciones para que comprendiesen que intentaba quitarse la vida. Tampoco este sistema le di el resultado que deseaba. --Cuando quieras,--le decia doa Cecilia,--puedes matarte; porque mi hija estar mucho mejor viuda que casada contigo. --Se ver usted perseguida por mi sombra. --Mejor es que me persiga una sombra que el hambre. Eduardo se dedic entonces trazar planes, que es la ocupacion favorita de todos los desocupados. Al fin decidi ir buscar la fortuna en Amrica. En vano intent su esposa disuadirlo de este propsito. Necesitaba el tahur dinero para emprender el viaje; pero doa Cecilia le dijo: --Bscalo. El miserable se dijo un dia: --Nada conseguir de estas mujeres. Y desapareci sin que pudiera averiguarse su paradero. Entonces fu cuando Adela pens que hubiera podido ser dichosa con un hombre trabajador y honrado como su padre. Y Alfredo? Se habia casado con la hija del conde. Sus amigos decian: --Est desconocido Saavedra. Efectivamente, su carcter habia cambiado. Semejante cambio lo atribuian todos al casamiento; pero se equivocaban. Alfredo no era tan dichoso como pudo ser. De vez en cuando lo atormentaba su conciencia. Si por casualidad se encontraba alguna vez con Juanito, este levantaba la cabeza con mucho orgullo, mientras decia para s: --Ya est viendo esa gente que para nada necesito su proteccion. Qu hubiera pensado si le dijesen que el pan que comia lo debia su antiguo rival? Y qu le hubiera sucedido al conocer los motivos que para protegerlo tenia el que le disput el corazon de Paca? La candidez de Juanito era verdaderamente lastimosa. Doa Robustiana del Peral continuaba lo mismo que siempre, y tenia ya en proyecto otras tres bodas, que debian hacer felices desgraciadas tres de las jvenes que formaban su tertulia. La extension de este libro no nos ha permitido dar conocer la gente cursi que hay en otras clases de la sociedad; pero ocasion tendremos para presentarlas, penetrando en su vida ntima y levantando el velo que cubre muchos misterios. Pobres mujeres, para vosotras he escrito este libro: no olvideis las provechosas lecciones que encierra, y preferidlo todo antes que el ridculo, teniendo presente que cuando los pobres no olvidan la dignidad, son tan respetados como los ricos. --FIN-- NDICE Pgs. CAP. I. La mujer casamentera. 5 -- II. Los amigos de doa Robustiana. 21 -- III. La paloma y el gavilan. 43 -- IV. Turbaciones. 59 -- V. El protector. 74 -- VI. Juanito representa un triste papel. 84 -- VII. Juanito empieza vengarse. 98 -- VIII. Cmo se llega al fondo del abismo. 109 -- IX. Las primeras lgrimas. 121 -- X. Dos bribones que se entienden. 135 -- XI. Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer. 149 -- XII. Otro celoso que quiere vengarse. 157 -- XIII. Borrascas matrimoniales. 171 -- XIV. Otro esfuerzo. 182 -- XV. El ltimo esfuerzo. 192 -- XVI. La honradez y el corazon de don Pascual. 204 -- XVII. La declaracion. 219 -- XVIII. La fortuna vuelve la espalda Juanito. 227 -- XIX. El hombre bueno sigue probando que no es bonachon. 238 -- XX. Bonacha se explica con su mujer. 247 -- XXI. Alfredo se empea en hacer algo bueno. 255 EPLOGO. 261 URBANO MANINI, EDITOR CALLE DE SERRANO, NM. 14. BARRIO DE SALAMANCA, MADRID OBRAS EN VENTA Rvn. =Abelardo y Eloisa=; _por D. Ramon Ortega y Frias_. Dos tomos en gran tamao. 40 =Don Quijote de la Mancha=; _por Cervantes_. Dos tomos ilustrados. Precio. 25 =Cristbal Colon= (_descubrimiento de las Amricas_). Cuatro tomos ilustrados. Precio. 50 =Hernan Corts= (_descubrimiento y conquista de Mjico_). Cuatro tomos ilustrados. Precio. 70 =El Pas del Oro= (_descubrimiento y conquista del Per_). Cuatro tomos ilustrados. Precio. 40 =El Motin de Esquilache=; _por D. Manuel Fernandez y Gonzalez_.--Dos abultadsimos tomos ilustrados. 40 =Mendigos y Ladrones=; _por D. Julio Nombela_. Cuatro tomos ilustrados. Precio. 40 =Los Miserables=; _por Vctor Hugo_. Cinco tomos ilustrados. Precio. 50 =La Fiebre de Riquezas= (_viaje California_); _por don Julio Nombela_.--Dos tomos ilustrados. Precio. 20 =Los Dramas de Paris=; _por Ponson du Terrail_. Tres tomos ilustrados. Precio. 62 =El Rey de Sierra-Morena=; _por D. Manuel Fernandez y Gonzalez_.--Cinco tomos ilustrados. Precio. 56 =D. Miguelito Capa-rota=; _por id._--Cuatro tomos id. 40 =La Candela de San Jaime=; _por id._--Un tomo. 4 =Las Cuatro Barras de Sangre=; _por id._--Un tomo. 4 =La Gente Cursi=; _por D. R. Ortega y Frias_.--Un tomo. 4 Para recibir cualquiera de estas obras por el correo y porte franco, remitir el precio marcado en libranzas, su editor =D. URBANO MANINI, calle de Serrano, 14, Madrid=. En caso de no haber libranzas, puede remitirse en sellos pero certificando la carta. End of the Project Gutenberg EBook of La Gente Cursi, by Ramn Ortega y Fras License: Share Alike