E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net BIBLIOTECA de LA NACIN EUGENIO FROMENTIN FIEBRE DE AMOR TRADUCCIN DE "DOMINIQUE" POR JUAN J. DE LA CERDA BUENOS AIRES 1913 Derechos reservados. Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires I --Ciertamente, no tengo por qu quejarme--me deca aquel cuyas confidencias referir en el relato muy sencillo y muy poco novelesco que voy a hacer,--porque, a Dios gracias, no soy ya _nada_, en el supuesto de que alguna vez fui algo, y a muchos ambiciosos les deseo que acaben de la misma manera. He encontrado la certidumbre y el reposo, que valen mucho ms que todas las hiptesis. Me he puesto de acuerdo conmigo mismo, que cifro la mayor victoria que podemos lograr sobre lo imposible. En fin, de intil para todos llego a ser til para algunos, y he realizado en mi vida, que no poda dar nada de lo que de ella se esperaba, el nico acto que, probablemente, no era esperado, un acto de modestia, de prudencia y de razn. No tengo, pues, por qu quejarme. Mi vida est hecha, y bien hecha, segn mis deseos y mis mritos. Es rstica, lo cual no deja de cuadrarle bien: como los rboles de corto crecimiento la he cortado por la copa; tiene menos alcance y menos gracia, menos relieve; se la ve slo de cerca, mas no por eso tendr races someras ni dejar de proyectar ms sombra en torno de ella. Existen ahora tres seres a quienes me debo y que me obligan por deberes bien definidos, por responsabilidades muy graves, pero que no me pesan, por vnculos libres de errores y de aoranzas. La misin es sencilla y me bastar para cumplirla. Y si es verdad que el objeto de toda existencia humana se cifra ms bien en la transmisin que en la evolucin personal, si la dicha consiste en la igualdad de los dems y de las fuerzas, marcho lo ms derechamente posible por la senda de la prudencia y podr usted afirmar que ha visto un hombre feliz. Aunque no era positivamente tan vulgar como pretenda y antes de relegarse a la oscuridad de su provincia hubiera alcanzado un comienzo de celebridad, gustaba confundirse entre la multitud de desconocidos que llamaba _cantidades negativas_. A los que le hablaban de su juventud y le recordaban los resplandores bastante vivos que durante ella haba lanzado, les replicaba que era sin duda una ilusin de los dems y suya propia, que en realidad l no era _nadie_, y lo demostraba el que en lo presente se pareca a todo el mundo, resultado de absoluta equidad, que aplauda considerndolo como una restitucin legtima a la opinin pblica. Con este motivo repeta que son muy pocos los que merecen ser considerados como excepcin, que el papel de privilegiado es muy ridculo, el menos excusable y el ms vano cuando no est justificado por dones superiores: que el deseo audaz de distinguirse entre el comn de las gentes no es, por lo general, ms que una falsa cometida en contra de la sociedad y una imperdonable injuria a todas las personas modestas que no son nada: que atribuirse lustre al cual no se tiene derecho es usurpar ttulos de otro y correr el riesgo de hacerse tomar, ms tarde o ms temprano, en flagrante delito de pillaje en el tesoro pblico de la fama. Quizs se deprima l as para explicar su retirada y para alejar el ms leve pretexto de reincidencia en las propias aoranzas y en las de los amigos. Era sincero? Muchas veces me lo he preguntado, y algunas he llegado a dudar que un espritu como el suyo, tendiente al perfeccionamiento, estuviera tan completamente resignado con la derrota. Pero son tan variados los matices de la sinceridad ms leal! Hay tantas maneras de decir la verdad sin expresarla por entero! El absoluto desprendimiento de ciertas cosas, no permitira alguna mirada sobre las lejanas de lo que no se confiesa? Y cul ser el corazn bastante seguro de s mismo para responder de que nunca se deslizar un recuerdo penoso entre la resignacin, que depende de uno mismo, y el olvido, que slo llega al cabo del tiempo? Como quiera que fuese este juicio sobre lo pasado--que no se concordaba muy bien con la vida presente,--en la poca a que me refiero por lo menos haba llegado a un punto tal de negacin de s mismo y de oscuridad, que parecan darle la razn ms completa. As, pues, no hago ms que tomarle por su palabra, al tratarle casi como a un desconocido. Si algo le distingua de un gran nmero de hombres que en l deberan ver la propia imagen, era que por rara excepcin haba tenido el valor--bastante raro--de examinarse en lo ntimo con frecuencia y la severidad--ms rara an--de estimarse mediocre. Era el otoo la primera vez que le encontr. La casualidad me le hizo conocer en esa poca del ao que le es gratsima, de la cual habl frecuentemente, acaso porque ella resume bastante bien toda existencia moderada que se desenvuelve o se acaba en un cuadro natural de serenidad, de silencio y de recuerdos. Soy un ejemplo--me dijo muchas veces--de ciertas afinidades desgraciadas que nunca se logra ver conjuradas por completo. He hecho lo imposible por no ser un melanclico, porque nada hay ms ridculo que eso, en cualquier edad, pero sobre todo en la ma; pero hay en el alma de ciertos hombres no s yo qu especie de bruma elegaca siempre dispuesta a condensarse en lluvia sobre las ideas. Tanto peor para quienes nacieron entre las nieblas de octubre!--aadi sonriendo a la vez por lo pretencioso de la metfora y por lo que en el fondo le humillaba aquella enfermedad congnita. Aquel da cazaba yo en los alrededores del pueblo en donde l habita. Haba llegado el da anterior y no tena en la localidad ms conocimientos que el doctor ***, avecindado all tan slo desde pocos aos antes. En el punto de salir nosotros del poblado otro cazador apareci sobre una pendiente plantada de via que limita el horizonte de Villanueva por levante. Caminaba con lentitud ms bien como quien pasea, acompaado de dos hermosos perros de muestra, el uno _pagneul_ de lana color leonado y el otro _braque_ de pelo negro que recorran el viedo en torno de su amo. Ordinariamente--segn supe luego,--eran los nicos compaeros que admita cuando realizaba sus expediciones, casi diarias, en las cuales la caza no era ms que pretexto para gozar otros placeres: el de vivir al aire libre y sobre todo el de satisfacer la necesidad de estar solo. --He ah al seor Domingo que caza--exclam el doctor, reconociendo a lo lejos a su vecino. A poco reson un disparo de escopeta y el doctor me dijo: --El seor Domingo ha tirado. El cazador aquel describa en torno de Villanueva anloga evolucin que nosotros, determinada por la direccin del viento que soplaba del este y por las querencias, bastante seguras y conocidas de la caza. Durante todo el resto del da le tuvimos a la vista, y aunque separados por algunos centenares de metros, podamos seguir la misma ruta que l como l poda seguir la nuestra. El terreno era llano, el ambiente en calma, y los ruidos alcanzaban tan lejos en aquella estacin del ao que, aun despus de haberle perdido de vista, continubamos oyendo cada detonacin de su escopeta y hasta el eco de su voz cuando azuzaba a sus perros o los llamaba. Pero fuera por discrecin o porque, segn se desprenda de una frase del doctor, era poco aficionado a ceder su compaa, aquel a quien su compaero llamaba el seor Domingo no se nos acerc hasta muy entrada la tarde; y la cordial amistad que despus nos uni deba tener fundamento aquel da en un hecho de los ms vulgares. Nos separaba apenas medio tiro de escopeta cuando mi perro movi una perdiz. Estaba l a mi izquierda y la pieza vol hacia l. --Ah le va, seor!--le grit. En el breve tiempo que emple en echarse la escopeta a la cara pude advertir que nos mir y apreci si el doctor y yo estbamos bastante cerca para tirar, y slo luego de convencerse que era pieza perdida si l no tiraba apunt y dispar. El pjaro cay como fulminado y rebot con sordo ruido sobre la seca tierra de la via. Era un magnfico macho de perdiz, de color vivo, rojos y duros como el coral el pico y las patas, armado de espolones como un gallo, casi tan ancha la pechuga como la de un pollo cebado. --Caballero--me dijo el seor Domingo adelantando en direccin a nosotros,--excuse el haber tirado sobre la muestra de su perro. Pero me cre obligado a sustituirle a usted para no perder una hermosa pieza, rara en este terreno. Le pertenece por derecho. No me permito, pues, ofrecrsela: se la devuelvo. Aadi algunas frases ms para obligarme y acept el obsequio del seor Domingo como deuda de galantera dispuesto a pagarla. Era hombre en apariencia joven todava, aunque haba ya cumplido los cuarenta aos; bastante alto; la tez morena, la fisonoma agradable, palabra grave y andar lento, con cierta dejadez, y en todo su aspecto cierta severidad elegante. Vesta blusa y llevaba polainas al estilo de los campesinos cazadores. Su rica escopeta, tan slo, revelaba al hombre acomodado. Los dos perros llevaban anchos collares y en ellos cada uno una chapa de plata con un monograma. Estrech cortsmente la mano del doctor y se separ de nosotros casi en seguida para ir, nos dijo, a reunirse con sus vendimiadores que aquella tarde misma terminaban la faena de recoleccin. Eran los primeros das de octubre. La vendimia tocaba a su trmino; nada quedaba ya en el campo--vuelto en parte a su silencio--ms que dos o tres grupos de vendimiadores--que en el pas llaman _brigadas_,--y un mstil con una bandera de fiesta, plantado en la via misma en que se recogan los ltimos racimos, anunciaba, en efecto, que la brigada del seor Domingo se aprestaba alegremente a _comer el ganso_, es decir, a llevar a cabo la comida de clausura y de adis, en la cual, para celebrar el fin de las faenas, es costumbre tradicional que entre otros manjares figure en primer trmino el _ganso asado_. Caa la tarde. Slo algunos minutos faltaban para que el sol alcanzase la lnea del horizonte; lanzaba sus resplandores, trazando lneas dilatadas de luz y sombra, sobre la llanura tristemente salpicada por las vias y las marismas, sin rboles, apenas ondulada, abrindose de distancia en distancia por una lejana sobre el mar. Uno o dos pueblos blanquecinos, con sus iglesias de azotea y sus campanarios sajones se destacaban sobre leves prominencias del terreno y algunas granjas, pequeas, aisladas, rodeadas de raquticos bosquecillos y enormes almiares de heno animaban apenas aquel montono paisaje cuya indigencia pintoresca habra parecido completa sin la singular belleza que le prestaban el clima, la hora y la estacin. Solamente a la parte opuesta de Villanueva y en un repliegue del llano haba algunos rboles ms numerosos formando a la manera de pequeo parque en derredor de una vivienda de cierta apariencia. Era una construccin de estilo flamenco, alta, estrecha, salpicada de raras ventanas irregulares y flanqueada de torrecillas con aguda techumbre de pizarras. En torno de aquella casa estaban agrupadas otras construcciones ms modernas, casa de labor y locales diversos de explotacin agrcola, todo muy modesto. Una tenue nube de azulada neblina que se remontaba entre las copas de los rboles indicaba que haba excepcionalmente en aquel bajo fondo del llano algo semejante a una corriente de agua; una larga avenida, especie de prado pantanoso rodeado de sauces se extenda desde la casa hasta la orilla del mar. --Esa vivienda--me dijo el doctor sealando aquel islote de verdura en medio de la rida desnudez de los viedos--es el castillo de Trembles, domicilio del seor Domingo. Entretanto el seor Domingo iba a reunirse con sus vendimiadores y se alejaba lentamente, la escopeta descargada, seguido de los perros cansados; mas apenas hubo dado algunos pasos en el sendero que conduca a sus vias fuimos testigos de un encuentro que me encant. Dos nios cuyas voces llegaban hasta nosotros y una mujer joven de la cual slo veamos el vestido de tela ligera y una manteleta roja se adelantaban hacia el cazador. Los nios le hacan graciosas seas reveladoras de su alegra, corriendo lo ms veloces que sus piernecitas permitan: la madre avanzaba ms despacio y con una mano agitaba una punta de su manteleta color de prpura. Vimos al seor Domingo tomar en sus brazos sucesivamente a los dos nios. Aquel grupo animado de brillantes colores permaneci parado un momento en el verde sendero, destacndose en medio de la tranquila campia iluminado por el fuego de la tarde, como envuelto de toda la placidez del da que acababa. Despus, toda la familia emprendi el camino de Trembles y los pstumos rayos del sol poniente acompaaron hasta su hogar al feliz matrimonio. Me explic el doctor que el seor Domingo de Bray--a quien todos llamaban el seor Domingo a secas en virtud de una costumbre amistosa adoptada por las familiaridades del pas--era un caballero, alcalde de la comuna, ms bien que por su influencia personal--pues no la ejerca ya desde algunos aos,--por la antigua estima que estaba vinculada a su nombre: que era decidido protector de los desgraciados, muy querido y muy bien mirado de todo el mundo, aunque no tena ms semejanzas con sus administrados que la blusa, cuando la vesta. --Es un hombre amable--aadi el doctor;--un poco hurao, excelente, sencillo y discreto, prdigo en servicios y muy parco en palabras. Todo lo que puedo decirle a usted es que conozco tantas personas obligadas a l como habitantes hay en la comuna. La noche que sigui a aquel da de campo fue tan hermosa y tan esplndidamente lmpida que no pareca si no que an estbamos en pleno verano. La recuerdo especialmente porque conservo de ella ciertas impresiones de esas que se fijan en todos los puntos sensibles de la memoria no obstante carecer de gravedad los hechos que las motivan. Haba luna, una luna deslumbrante y el gredoso camino de Villanueva y las casas blancas estaban alumbrados como si fuera pleno medioda, con reflejos ms dulces pero con igual precisin. La gran calle recta que cruza el pueblo estaba desierta. Al pasar por delante de las puertas apenas se oa el rumor de las conversaciones de los vecinos que cenaban en familia detrs de las ventanas ya cerradas. De distancia en distancia, en donde los habitantes no dorman, ya un estrecho rayo de luz se filtraba por las cerraduras o sala por las _gateras_ y titilaba como una raya roja a travs de la fra blancura de la noche. Slo estaban abiertos los lagares para ventilarlos, y de un extremo al otro del pueblo el olor a uva pisada, la clida exhalacin del vino que fermenta se mezclaban al tufo de los establos y de los gallineros. En el campo ya no se perciba ruido alguno, aparte el grito de los gallos que despertaban del primer sueo y cantaban anunciando que la noche sera hmeda. Los zorzales--aves de paso que emigraban del norte al sur,--atravesaban el aire por encima del pueblo y se llamaban constantemente como viajeros nocturnos. Entre ocho y nueve una especie de rumor alegre vibr en el fondo de la llanura haciendo ladrar a un tiempo a todos los perros de las granjas vecinas: era el son agrio y cadencioso de la cornamusa tocando una contradanza. --Se baila en casa del seor Domingo--me dijo el doctor.--Buena ocasin para hacerle una visita, si a usted le parece, puesto que le debe usted agradecimiento. Cuando se baila al son del _biniou_[A] en casa de un propietario que hace la vendimia, ha de saber usted que la fiesta tiene casi carcter pblico. [A: Especie de cornamusa] Tomamos el camino de Trembles a travs de los viedos, dulcemente emocionados por la influencia de aquella noche magnfica. El doctor, que senta a su manera aquella emocin, se puso a mirar las raras estrellas que el vivo resplandor de la luna no alcanzaba a eclipsar y se perdi en disquisiciones astronmicas, los nicos ensueos que un tal espritu poda permitirse. El baile se haba organizado delante de la verja de la granja sobre una explanada en forma de era rodeada de grandes rboles y de abundante hierba mojada como si hubiese llovido. La luna iluminaba tan bien el improvisado baile que no eran menester otras luces. No haba ms bailadores que los peones empleados en la vendimia y uno o dos jvenes de los alrededores a quienes haba atrado el son de la cornamusa. No sabra yo decir si el msico que tocaba el _biniou_ hacalo con arte, pero a lo menos tocaba con tales bros, arrancaba al instrumento sonidos tan ampliamente prolongados, tan penetrantes y que desgarraban con tal acritud el aire sonoro y encalmado de la noche, que no me causaba asombro ya el que semejante ruido nos hubiese llegado desde tan lejos: en media legua a la redonda poda ser odo, y las muchachas del llano deban, sin duda, soar contradanzas en sus respectivos lechos. Los jvenes se haban quitado las blusas; las mozas haban cambiado sus cofias y remangdose los delantales; todos conservaban puestos los zuecos--los _bots_ que dicen ellos--sin duda para procurarse ms aplomo y marcar mejor el comps de los saltos de la burda pantomima llamada la _bourre_. Entretanto, en el patio de la granja pasaban y repasaban las criadas, con una luz en la mano, de la cocina al comedor, y cuando el msico cesaba de tocar para tomar aliento, escuchbase el crujir de la prensa que estrujaba los racimos. Hallamos al seor Domingo junto al lagar; en aquel singular laboratorio lleno de ruedas en movimiento. Dos o tres lmparas dispersas en el extenso local alumbraban tanto como era necesario nada ms el amplio espacio ocupado por las voluminosas mquinas. En aquel momento comenzaba el corte de la _treuille_: es decir, se amontonaba la uva ya exprimida y se extenda en forma de poder extraer de ella por nueva presin de mquina el jugo que an contena. El mosto que chorreaba dbilmente caa con ruido de fuente escasa en los recipientes de piedra, y un largo tubo de cuero, semejante a una manga de incendio, lo tomaba de las pilas y lo conduca al fondo del lagar en donde el sabor azucarado de las uvas aplastadas se converta en olor a vino y en cuya proximidad era la temperatura muy alta. Todo chorreaba vino nuevo: los muros transpiraban humedad de vendimia; pesados vapores formaban niebla en derredor de las luces. El seor Domingo estaba entre los peones ocupados en la faena de prensar y alumbraba sosteniendo una lmpara de mano a cuya luz le descubrimos en aquella semioscuridad. Conservaba su vestido de caza y nadie le hubiera distinguido de los trabajadores si stos no le llamasen seor nostramo. --No se disculpe usted--le dijo al doctor que peda excusa por la hora y el momento elegidos para nuestra visita,--porque de otro modo tendra yo sobrados motivos para pedir disculpa a mi vez. Y creo bien--tan desembarazadamente y con tanta finura nos hizo los honores de su lagar,--que no tuvo ms fastidio que el de la dificultad de procurarnos cmodo asiento en aquel sitio. Nada dir de nuestra conversacin--la primera que sostuve con un hombre con quien he hablado mucho despus.--Slo recuerdo que despus de haber discutido sobre vendimia, cosechas, caza y otros asuntos de campo, el nombre de Pars surgi de pronto como inevitable anttesis de todas las simplicidades y todas las rusticidades de la vida. --Ah, eran aqullos los buenos tiempos!--dijo el doctor, en quien el nombre de Pars despertaba siempre cierto sobresalto. --Todava aoranzas!--replic el seor Domingo. Y dijo esta frase con un acento particular,--ms expresivo que las mismas palabras, cuyo verdadero sentido hubiese querido penetrar. Salimos cuando los vendimiadores iban a cenar. Era ya tarde y slo nos restaba regresar a Villanueva. l seor Domingo nos gui por una avenida que rodeaba el jardn, cuyos lmites se confundan vagamente con los rboles del parque, y despus por una ancha terraza que abarcaba toda la fachada de la casa. Al pasar por delante de una habitacin alumbrada, cuya ventana estaba abierta al tibio ambiente de la noche, vi a la joven esposa bordando sentada cerca de dos lechos gemelos. Nos separamos en la verja de entrada. La luna alumbraba de lleno el patio de honor a donde no llegaba el movimiento de la granja. Los perros, cansados despus de un da de caza, con la cadena al cuello, dorman delante de sus respectivos nichos, tendidos cuan largos eran sobre la arena. En los grupos de lilas removanse los pajarillos como si la esplndida claridad de la noche les hiciera creer que amaneca. Ya nada se oa del baile interrumpido por la cena en la casa de Trembles y los alrededores, todo reposaba ya en el ms grande silencio, y esta absoluta ausencia de ruidos aliviaba la impresin del que acompaaba, al _biniou_. Pocos das despus, al regresar a casa encontramos dos tarjetas del seor de Bray, que haba ido a visitarnos, y al siguiente nos lleg una invitacin a nombre de la seora de Bray, pero escrita por su marido: se trataba de una comida en familia ofrecida a los vecinos, la cual se rogaba amablemente fuera aceptada. Esta nueva entrevista--la primera, puede decirse, que me dio entrada en el castillo de Trembles--tampoco ofreci nada memorable, y de ella no hablara, a no ser porque me cumple decir dos palabras con respecto a la familia del seor Domingo. Se compona de tres personas cuyas siluetas fugitivas haba ya visto desde lejos en medio de las vias: una nia morena, llamada Clemencia, un nio rubio, delgadito, que creca demasiado de prisa y que ya prometa llevar el nombre mitad feudal y campesino de Juan de Bray, con ms distincin que vigor. En cuanto a la madre era una esposa y una madre en la ms elevada acepcin de las dos palabras: ni matrona, ni jovenzuela; de pocos aos, pero con una madurez y una dignidad perfectas apoyadas en el sentimiento bien comprendido de su doble papel; hermosos ojos en un rostro indeciso; mucha dulzura en su gesto mezclada con cierta expresin sombra, debida acaso al constante aislamiento; porte gentil y maneras elegantes. Aquel ao nuestras relaciones no fueron muy lejos: una o dos partidas de caza a las cuales me invit el seor de Bray; algunas visitas recibidas y devueltas que me hicieron conocer mejor los caminos del castillo, pero no me abrieron las avenidas discretas de su amistad. Llegado noviembre, abandon, pues, Villanueva sin haber penetrado en la intimidad del feliz matrimonio, que as resolvimos designar el doctor y yo a los dichosos castellanos de Trembles. II La ausencia causa efectos singulares. Lo comprob durante aquel primer ao de alejamiento que me separ del seor Bray sin que el ms leve motivo directo pareciese evocar en uno el recuerdo del otro. La ausencia une y desune: tanto acerca como aleja: hace recordar y olvidar; relaja ciertos vnculos muy slidos, los distiende a veces hasta romperlos: hay alianzas reconocidas indestructibles en las cuales ocasiona irremediables averas: acumula mundos de indiferencia sobre promesas de eterna recordacin. Y al mismo tiempo, de un germen imperceptible, de un vnculo inadvertido, de un adis, seor, que no deba tener ningn alcance compone, con una insignificancia, tejindolos yo no s cmo, una de esas tramas tan vigorosas sobre las cuales dos amistades masculinas pueden muy bien subsistir por todo el resto de la vida, porque tales lazos son de imperecedera duracin. Las cadenas formadas de ese modo, sin saberlo nosotros, con la sustancia ms pura y ms vivaz de nuestros sentimientos, por aquella misteriosa obrera son a la manera de un intangible rayo de luz que va del uno al otro sin que lo interrumpan ni desven la distancia ni el tiempo: el tiempo las fortifica y la distancia puede prolongarlas indefinidamente sin romperlas. La aoranza no es en tales casos ms que el movimiento un poco ms rudo de esos hilos invisibles anudados en las profundidades del corazn y del alma, cuya extrema tensin hace sufrir. Pasa un ao: la separacin fue sin decirse hasta la vista: se produce un reencuentro inesperado: y durante ese tiempo la amistad ha hecho en nosotros tales progresos que todas las barreras han cado, todas las precauciones han desaparecido. Aquel largo intervalo de doce meses, gran espacio de vida y de olvido, no ha contado un solo da intil: y esos doce meses de silencio han determinado la necesidad mutua de confidencias con el derecho ms sorprendente aun de confiar. Un ao justo haca que haba ido por vez primera a Villanueva cuando volv a l atrado por una carta del doctor, en la cual me deca: En la vecindad se habla de usted y el otoo es soberbio; venga usted. Llegu sin hacerme esperar, y cuando una noche de vendimia, despus de un da tibio, de esplndido sol, en medio de iguales ruidos que antao, traspuse, sin anunciarme, los umbrales de Trembles, vi que la unin de que he hablado estaba formada y que la ingeniosa ausencia la haba operado sin nosotros y para nosotros. Era yo un husped esperado que volva, que deba volver, y que una vieja costumbre haba hecho familiar de la casa. No me encontraba a mi vez completamente a mi satisfaccin? Aquella intimidad, que comenzaba apenas, era antigua o nueva? No podra afirmarlo: de tal modo la intuicin de las cosas me haba hecho vivir largamente en medio de ellos: tanto la sospecha que de ellos tena asemejaba la costumbre. Muy pronto la servidumbre me conoci: los dos perros no ladraban cuando llegaba al patio: la pequea Clemencia, y Juan se habituaron a verme y no fueron por cierto los ltimos en experimentar el grato efecto del regreso y la inevitable relacin de los hechos que se repiten. Ms adelante se me llam ya por mi nombre sin suprimir en absoluto la frmula de precederlo por la palabra _seor_, pero olvidndola con mucha frecuencia. Sucedi despus que el seor de Bray--yo deca ordinariamente seor de Bray--no estuvo de acuerdo con el tono de nuestras conversaciones: y cada uno de nosotros lo advirti como nota desafinada que hiere el odo. En realidad nada pareca haber cambiado en Trembles: ni los lugares ni nosotros mismos: y tenamos el aspecto--de tal modo era todo tan idntico a lo de antes, las cosas, la poca, la estacin y hasta los pequeos incidentes de la vida--de festejar da tras da el aniversario de una amistad que no tena data. La vendimia se hizo y se termin igual que los aos precedentes, con las mismas fiestas, iguales danzas, al son de la misma cornamusa manejada por el mismo msico. Despus, arrumbada la cornamusa, desiertas las vias, cerrados los lagares, la casa torn a su calma ordinaria. Durante un mes los brazos descansaron y los campos se cubrieron de verdura: fue ese mes de reposo especie de vacacin rural que dura de octubre a noviembre--despus de la ltima recoleccin hasta la siembra,--que resume los das buenos, que trae, como un desfallecimiento de la estacin, calores tardos precursores de los primeros fros. Por fin, una maana salieron los arados; pero nada menos parecido al ruido de la vendimia que el triste y silencioso monlogo del labriego conduciendo los bueyes de labor y el gesto sempiterno del sembrador distribuyendo el grano en la tierra roturada. Trembles era una hermosa propiedad, de la cual Domingo sacaba una buena parte de su fortuna y que le haca rico. La explotaba por s mismo con ayuda de su esposa, quien--segn de Bray afirmaba--posea todo el espritu de los nmeros y de administracin que a l le faltaba. Como auxiliar secundario--con menor importancia y tanta accin casi como ella en el complicado mecanismo de una explotacin agrcola,--tena un viejo servidor, por encima del rango de los criados, que desempeaba funciones de mayordomo e intendente. Este hombre--cuyo nombre figurar ms adelante en este relato--se llamaba Andrs, y en su calidad de hijo del pas y casi de hijo de la casa, tena con respecto a su amo tanta privanza como ternura. Cuando de l o con l hablaba deca seor nostramo, y de Bray le tuteaba por costumbre adquirida durante la niez que perpetuaba una tradicin domstica de suyo emotiva en las relaciones del joven patrono y el viejo Andrs, el personaje principal en Trembles despus de los dueos de la casa. El resto del personal--bastante numeroso--se distribua en las mltiples dependencias del castillo y de la granja. Muchas veces todo pareca vaco, menos el corral, en donde se agitaba constantemente una multitud de gallinas; el gran jardn, en el cual las muchachas de la granja recogan la hierba, y la terraza expuesta al medioda en la que la seora de Bray y sus hijos estaban a la sombra de las parras, cada da menos compactas por la cada rpida de los pmpanos secos. A veces pasaban das enteros sin que se percibiese un ruido revelador de la vida en aquella casa habitada por tanta gente que exista entregada a la actividad del trabajo domstico y agrcola. La alcalda no estaba en Trembles, aunque por tres o cuatro generaciones los de Bray hubieron desempeado aquel cargo como por derecho propio. El archivo se quedaba en Villanueva; una vivienda de labriegos serva de escuela y de casa consistorial. El alcalde, dos veces por mes, acuda para presidir el concejo municipal, y de cuando en cuando para celebrar algn matrimonio. Esos das parta de Trembles con la banda en el bolsillo y se la cea al entrar en la sala de sesiones y acompaaba de buena voluntad las formalidades legales de una pequea arenga que produca excelentes efectos. Dos veces en una misma semana, tuve ocasin de presenciar esa escena en la poca de que hablo. Las vendimias atraen infaliblemente los matrimonios: es la estacin del ao que hace emprendedores a los mozos, enternece el corazn de las muchachas y forma los noviazgos. La distribucin de la beneficencia estaba a cargo de la seora de Bray. Tena las llaves de la farmacia, de los depsitos de ropas, de lea gruesa, de sarmientos; los bonos de pan firmados por el alcalde iban escritos de mano de ella; si aada de lo suyo a la liberalidad comunal, nadie se enteraba, y los pobres reciban el beneficio sin saber nunca la mano que se lo daba. Gracias a esto, verdaderos pobres indigentes haba muy pocos en la comuna: los recursos que procuraba el mar en ayuda de la caridad pblica, los de las marismas y algunos prados inferiores en los que los ms apurados apacentaban sus vacas, un clima dulcsimo que haca muy soportables los inviernos, contribuan a que los aos se sucedieran sin penurias excesivas y eran factores que daban margen a que nadie pudiera lamentar la suerte de haber nacido en Villanueva. Tal era, sobre poco ms o menos, la parte que a Domingo le corresponda en la vida pblica de su pas natal: administrar una pequea comuna perdida en las lejanas de todo gran centro, encerrada entre marismas, apretada contra el mar que roa sus costas y le devoraba cada ao algunas pulgadas del territorio; velar por la conservacin de los caminos y procurar la desecacin de los terrenos inundados peridicamente; preocuparse de los intereses de muchas personas para las cuales eran necesarios a las veces el arbitrio benfico, el consejo o el juez; impedir las disputas y poner bice a los pleitos, causa y efecto de discordias; prevenir los delitos; cuidar con sus propias manos y ayudar con recursos de la propia gaveta; dar buenos ejemplos en materia agrcola; hacer ensayos ruinosos para animar a los tmidos en la senda de los progresos tiles; experimentar a todo riesgo en tierra propia y con dinero propio como un mdico ensaya en su cuerpo un medicamento a riesgo de la salud; y todo eso hacerlo con la mayor naturalidad, no como una servidumbre, sino como un deber de posicin social, de fortuna y de nacimiento. Alejbase lo menos posible del estrecho crculo de aquella existencia activa e ignorada cuyo radio no exceda de una legua. En Trembles se reciban pocas visitas; algunos amigos que llegaban para cazar, desde lejanos lmites del Departamento, y el doctor y el prroco de Villanueva invitados regularmente a comer todos los domingos. Cuando--despus de levantarse--tena despachados todos los asuntos de la comuna, si le quedaban un par de horas para ocuparse de los propios, pasaba revista a sus mquinas agrcolas, distribua el trigo de semilla, haca acopiar los forrajes o bien montaba a caballo cuando una necesidad de vigilancia le reclamaba ms lejos. A las once la campana de Trembles anunciaba el almuerzo; era el primer momento del da en que se reuna la familia y pona a los dos nios bajo la mirada del padre. Uno y otra aprendan a leer, modesto comienzo, sobre todo para el muchacho, en quien Domingo cifraba, creo yo, la ambicin de ver realizado un xito en oposicin diametral del fracaso de su propia vida. El ao era abundante de caza y en ella ocupbamos la mayor parte de las tardes cuando no emprendamos una rpida jira por la rida campia sin otro fin que costear el mar. Observaba yo que esas cabalgatas, durante las cuales pasaban largos espacios del ms absoluto silencio, a travs de un territorio cuya aridez nada tena de risueo, le ponan ms serio que de ordinario sola estar. Caminbamos al paso de nuestras cabalgaduras; muchas veces pareca que se olvidaba l que yo le acompaaba, para seguir como adormecido el montono andar de su caballo escuchando el golpeteo de las herraduras sobre los cantos rodados de la costa. Gentes de Villanueva u otros pueblos que solan cruzar nuestro camino le saludaban llamndole unas veces seor alcalde y otras seor Domingo; la frmula cambiaba segn el domicilio de los transentes, de conformidad con la clase de relacin o el grado de dependencia. --Buenos das, seor Domingo--le decan a travs del campo. Eran labriegos, gente de trabajo, agachados sobre los surcos. Con ms o menos esfuerzos desplegaban la cintura, fatigados los riones, y descubran grandes frentes cubiertas de cortos cabellos, cuya blancura se destacaba sobre el rostro atezado por el sol. Alguna vez una frase cuyo sentido no estaba definido para m, un recuerdo de otros tiempos, evocado por alguno de aquellos que le haban visto nacer y le decan:--Se acuerda, seor?--algunas veces, una frase bastaba para hacerle cambiar el gesto y sumirle en embarazoso silencio. Haba un viejo pastor de carneros, un buen hombre, que todos los das a la misma hora llevaba su rebao a apacentarse con la hierba salobre de la vertiente sobre el mar. Hiciera buen o mal tiempo, veasele a dos pasos de la quebrada, derecho como un centinela, el sombrero de fieltro encasquetado hasta las orejas, los pies en los gruesos zuecos rellenos de paja, abrigada la espalda con un capotn de pao pardo. --Cuando pienso--me haba dicho Domingo--que hace treinta y cinco aos que le conozco y le veo siempre ah... Era gran hablador, como hombre que slo en raras ocasiones puede aliviarse del prolongado silencio y sabe aprovecharlas. Casi siempre se pona delante de nuestros caballos cerrndoles el paso, y con gran ingenuidad nos obligaba a escucharle. Ms que ningn otro tena la mana del se acuerda, seor?, como si los recuerdos de su dilatada vida de guardin de carneros no constituyeran ms que una serie no interrumpida de bienandanzas. No era, por cierto--ya lo haba yo advertido,--el encuentro que ms agradaba a Domingo. La repeticin de aquella imagen siempre en el mismo lugar; la renovacin de cosas muertas, intiles, olvidadas, todos los das a la misma hora puestas indiscretamente ante sus ojos le molestaba realmente. As, a despecho de su indulgencia para todos los que le amaban--y mucho le quera el anciano pastor,--Domingo le trataba un poco como a un viejo cuervo charlatn: Est bien, est bien, to Jacobo, le deca, hasta maana, y trataba de continuar el paseo. Pero la estpida obstinacin del to Jacobo era tal, que no quedaba ms recurso que resignarse y dejar que tomasen aliento los caballos en tanto que el viejo pastor hablaba. Un da Jacobo, como de costumbre, luego que nos vio a lo lejos, baj la pendiente de la quebrada, y plantado como un mojn en medio del estrecho sendero que debamos seguir nos detuvo. Estaba ms ganoso que nunca de hablar de los tiempos que fueron, de recordar fechas; los recuerdos de lo pasado se le suban al cerebro como una borrachera. --Salud, seor Domingo, salud, seores--nos dijo mostrndonos todas las arrugas de su rostro devastado, dilatadas por la satisfaccin de vivir.--He aqu un tiempo como se ve pocas veces, como no se ha visto desde hace veinte aos. Se acuerda usted, seor Domingo, de hace veinte aos? Ah, qu vendimias aqullas, qu calor para recoger... y qu modo de gotear los racimos como esponjas, y cmo eran dulces como azcar las uvas!... No haba gente bastante para cortar todo lo que los sarmientos tenan... Domingo escuchaba impaciente y su caballo piafaba como si las moscas le atormentaran. --Era el ao que haba tanta gente en el castillo, se acuerda? Ah, como...! Pero una huida del caballo cort la frase y dej al to Jacobo con la boca abierta. Aquella vez a todo trance haba pasado adelante Domingo y su cabalgadura galopaba fustigada con el ltigo como si el jinete le castigara por algn resabio sbito o por haber tenido miedo. Durante el rato del paseo Domingo estuvo distrado y el mayor tiempo posible mantuvo su caballo al galope largo. Era Domingo poco aficionado al mar; haba crecido--deca--escuchando sus gemidos y recordaba aquel tiempo con desagrado; slo a falta de ms risueos caminos para pasear habamos adoptado aquel rumbo. No obstante, visto desde lo alto de la quebrada que seguamos el horizonte plano de la tierra y el del mar, resultaban de una grandeza sorprendente a fuerza de estar vacos. Por otra parte el continuo movimiento de las olas y la inmovilidad de la llanura; el contraste de los barcos que pasaban, con las casas que estaban inmviles, de la vida aventurera y de la vida determinada por analoga, deba impresionarle muy vivamente y lo saboreaba secretamente, sin duda, con el placer acre propio de las voluptuosidades del espritu que hacen sufrir. Al caer la tarde volvamos a paso corto por los caminos pedregosos enclavados entre los campos recientemente labrados cuya tierra era negruzca. Las alondras volaban al nivel del suelo huyendo con un postrer estremecimiento de da sobre las alas. As llegbamos a las vias y nos abandonaba el aire salado de la costa. Del fondo de la llanura se elevaba un hlito ms tibio. Poco despus entrbamos bajo la sombra azulada de los grandes rboles y muchas veces estaba ya cerrada la noche cuando echbamos pie a tierra en el patio de Trembles. Por la noche nos reunamos nuevamente en un gran saln provisto de antiguos muebles; un ancho reloj sealaba la hora, y tan vibrante era su sonera que alcanzaba a ser oda hasta de las habitaciones altas. Era imposible substraerse a aquel montono ruido que nos despertaba con slo el ritmo de su pndulo, y muchas veces Domingo y yo nos sorprendamos recprocamente escuchando en silencio el severo murmullo que segundo a segundo nos conduca de un da al otro. Asistamos a la faena de acostar a los nios cuyo tocado de noche se haca por indulgencia en el saln, y a quienes la madre llevaba a la cama, todos envueltos en tela blanca, los brazos colgantes y los ojos cerrados ya por el sueo. A eso de las diez nos separbamos. Yo retornaba a Villanueva, o bien, ms adelante, cuando las noches eran lluviosas y ms oscuras y los caminos menos transitables, me retenan en Trembles. Tena mi alojamiento en el segundo piso en un ngulo del edificio tocando a una de las torrecillas. Otro tiempo, durante su juventud, haba ocupado Domingo aquella misma habitacin. Desde la ventana se descubra toda la llanura, toda Villanueva y hasta la alta mar, y me dorma escuchando el rumor del viento en los rboles y el ronquido de las olas que haba arrullado a Domingo en la niez. Al da siguiente todo recomenzaba como el anterior, con la misma plenitud de vida, la misma exactitud en las distracciones y en el trabajo. Los nicos accidentes domsticos que tuve ocasin de presenciar fueron propios de la estacin, que turbaban la simetra de las costumbres; como, por ejemplo, un da de lluvia que modificaba las disposiciones adoptadas contando con el buen tiempo. En das tales, Domingo suba a su despacho. Pido perdn al lector por estos pequeos detalles y de otros que les seguirn; pero ellos le permitirn penetrarse poco a poco y por las mismas vas indirectas que a m mismo me condujeron, de la vida del caballero labriego en la conciencia misma del hombre, y quizs en ella encontrarn particularidades menos vulgares. Esos das, deca, Domingo suba a su despacho; es decir, retrogradaba veinticinco o treinta aos y reviva su pasado durante algunas horas. Haba en aquella habitacin algunas miniaturas de familia, un retrato suyo, de cuando era muy joven y tena el rostro sonrosado y rodeado de bucles castaos; un retrato en el cual no haba un rasgo fisonmico semejante a los del hombre de lo presente; algunos legajos rotulados en un montn de papeles y dos bibliotecas: una antigua, la otra enteramente moderna que manifestaba por la seleccin especial de libros, las predilecciones que de hecho aplicaba en su vida. Un pequeo mueble cubierto de polvo contena los libros de colegio nicamente; volmenes de estudio y de premio. Adase a todo esto un viejo escritorio acribillado de manchas de tinta y de golpes de cortaplumas y un hermoso mapa-mundi datando de medio siglo en el cual estaban trazados a mano los ms quimricos itinerarios a travs de todos los pases de la tierra. Adems de aquellos testimonios de su vida de estudiante, respetados y conservados con verdadero cario por un hombre que se senta envejecer, haba otras diversas cosas que correspondan a su vida ntima reveladoras de lo que haba sido, lo que haba pensado, que me cumple dar a conocer, aunque en ellas haya mucha puerilidad. Refirome a lo que se vea sobre las paredes, en las estanteras, en los vidrios, innumerables confidencias fciles de descifrar. Leanse sobre todo fechas completas--da, mes y ao.--Era frecuente la indicacin reproducida en serie, con sucesin de datos de diverso ao, como si muchos seguidos se hubiera dedicado a constatar algo idntico, ya sea su presencia material en algn sitio o la del pensamiento sobre el mismo objeto. Era rara su firma al pie de las inscripciones; mas no por annimas eran menos reveladoras de la personalidad que las haba concebido y grabado. Haba adems una sola figura geomtrica elemental. Encima, la misma figura estaba reproducida con una o dos lneas ms que modificaban el sentido sin cambiar el principio y repetida con nuevas modificaciones llegaba a corresponder a significados particulares que implicaban el tringulo o el crculo originario, pero con resultados diferentes. En medio de stas alegoras, cuyo significado no era difcil adivinar, estaban escritas algunas mximas muy concisas y muchos versos, todos contemporneos de aquel trabajo de reflexin sobre la identidad humana en el progreso. La mayor parte estaban escritos con lpiz, porque el poeta los estamp tmidamente o porque desde prestarles demasiada permanencia trazndolos en forma que los perpetuase sobre el muro. Monogramas, en los cuales la misma mayscula se enlazaba con una D, se destacaban sobre el primer verso de muchas de aquellas poesas de acepcin ms definida, recuerdos de poca ms reciente sin duda. De pronto, como revelacin de una recada hacia un misticismo ms doloroso o ms elevado, haba escrito--seguramente por una coincidencia fortuita con el poeta Longfelow--_Excelsior, Excelsior, Excelsior_, repetido entre una porcin de signos de admiracin. Despus, a contar de una poca que se poda calcular en torno de la fecha de su matrimonio, advertase evidentemente que sea por indiferencia o tal vez resultado de una enrgica determinacin, haba adoptado el partido de no escribir ms. Juzgaba que se haba completado ya la pstuma evolucin de su existencia? O pensaba, con razn, que nada poda temer en adelante respecto de aquella identidad de s mismo que tanto haba cuidado establecer hasta entonces? Una sola y ltima fecha muy visible segua a todas las dems y coincida exactamente con la edad de Juan, el primer hijo que le haba nacido. Una gran concentracin de espritu; una activa e intensa observacin de s mismo, el instinto de elevarse muy alto cada vez ms, y de dominarse no perdindose de vista nunca; las transformaciones arrastradoras de la vida con la voluntad de reconocerse en cada nueva faz; la naturaleza que se hace comprender; sentimientos que nacen y enternecen un joven corazn nutrido de su propia sustancia; aquel nombre que se enlaza con otro y versos que se escapan de l como el aroma de una flor en primavera; los esfuerzos fracasados hacia las altas cumbres del ideal; la paz, en fin, que se hace en un espritu borrascoso, tal vez ambicioso, y de seguro martirizado por quimeras; he ah, si no me engao, lo que se poda leer en aquel registro mudo, ms significativo en su confusa nemotecnia que muchas memorias escritas. El alma de treinta aos de existencia an conmovida, palpitaba en aquel estrecho gabinete; y cuando Domingo estaba en l, delante de m, asomado a la ventana, un poco distrado y tal vez perseguido an por el eco de antiguos rumores, era cosa de saber si haba venido para evocar lo que l llamaba la sombra de l mismo o para olvidarla. Un da tom un paquete de libros colocado en un oscuro rincn de la biblioteca; me hizo sentar, abri uno de los volmenes y sin ms prembulo se puso a leer a media voz. Eran poesas sobre asuntos demasiado gastados despus de muchos aos de vida campestre, de sentimientos heridos o de pasiones tristes. Los versos eran buenos, de un mecanismo ingenioso, libre, imprevisto, pero poco lricos en resumen, aunque las intenciones del autor lo fueran mucho. Los sentimientos eran delicados, pero vulgares, y las ideas dbiles. Aparte la forma que, lo repito, por sus raras cualidades discordaba notablemente con la indiscutible debilidad del fondo, pareca aquello ensayo de un hombre joven que se expansiona en versos y se cree poeta porque cierta msica interior le pone en el camino de las cadencias y le impulsa a hablar con palabras rimadas. Tal era, a lo menos, mi opinin, y no teniendo por qu guardar consideraciones al autor, cuyo nombre ignoraba, se la di a conocer a Domingo con la misma crudeza que ahora la escribo. --He ah juzgado al poeta, y bien juzgado, ni ms ni menos que por l mismo. Hubiera usted usado igual bravura si hubiese sabido que los versos eran mos? --Absolutamente--repliqu un poco desconcertado. --Tanto mejor. Eso me demuestra--continu Domingo,--que lo mismo en bien que en mal me estima usted en lo que valgo. Hay otros dos volmenes de fuerza semejante a la de este otro. Tambin son mos. Tendra el derecho de negarlo puesto que en ellos no figura mi nombre; pero no sera usted, por cierto, la persona a quien ocultara yo debilidades que tarde o temprano conocer usted en totalidad. Yo, como tantos otros, les debo acaso a esos ensayos fracasados alivio y enseanzas tiles. Demostrndome que no soy nada, lo que he hecho me ha dado la medida de los que son algo. Esto que digo es modestia a medias; pero no le extraar a usted que no distinga la modestia del orgullo cuando sepa hasta qu punto me es permitido confundirlos. Haba dos hombres en Domingo: eso no era difcil adivinarlo. Todo hombre lleva en s mismo uno o muchos muertos, me haba dicho sentenciosamente el doctor, que tambin sospechaba un gran renunciamiento en la vida del campesino de Trembles. Pero el que no exista ya, haba, siquiera, dado seales de vida? Y en qu medida? En qu poca? Haba traicionado alguna vez su incgnito con algo ms que dos libros annimos e ignorados?... Tom los dos libros que Domingo no haba abierto; el ttulo me era conocido. El autor, cuyo nombre no haba tenido tiempo de penetrar muy hondo en la memoria de la gente que lee, ocupaba con honor un puesto de mediano rango en la literatura poltica de quince aos atrs. Ninguna publicacin ms reciente me haba hecho saber que viva y escriba an. Formaba parte del pequeo nmero de escritores discretos que nunca son conocidos ms qu por el ttulo de sus obras, cuyo nombre alcanza fama sin que ellas salgan de la sombra, y que pueden desaparecer o retirarse del mundo sin que el pblico, que no se comunica con ellos ms que por sus escritos, llegue a saber lo que de ellos ha sido. Repeta yo los ttulos de los libros y el nombre del autor; miraba a Domingo, y comprendiendo que le adivinaba, sonri y me dijo: --Sobre todo no linsonjee usted al publicista para consolar al poeta. La ms real diferencia que entre los dos hay consiste en que la prensa se ha ocupado del primero y no ha hecho igual honor al segundo. Si razn ha tenido para callar respecto del uno, no se ha equivocado al acoger bien al otro? Tena muchos motivos--continu--para cambiar de nombre como antes tuve graves razones para mantener el annimo; razones que no emanaban tan slo de consideraciones de prudencia literaria y de modestia bien entendida. Ya ve usted que hice bien, puesto que nadie sabe hoy da que aquel que firmaba mis libros ha concluido prosaicamente por hacerse alcalde de su pueblo y cultivador de vias. --Y ya no escribe usted?--le pregunt. --Ah, no!... Eso se acab. Por otra parte, desde que no tengo nada que hacer, puedo decir que no me queda tiempo para nada. En cuanto a mi hijo, he aqu lo que pienso acerca de l. Si yo hubiera llegado a ser lo que no soy, considerara que la familia de los de Bray haba producido bastante, que su misin estaba cumplida, que mi hijo slo tena que procurarse descanso. Pero la Providencia ha dispuesto otra cosa: los papeles se han trocado. Es esto mejor o peor para l? Le dejo el esbozo de una vida incompleta que l completar, si no me equivoco. Nada acaba; todo se transmite, hasta las ambiciones. Luego que abandonaba aquella habitacin peligrosa poblada de fantasmas en la cual se comprenda que una multitud de tentaciones deban acosarle, Domingo tornaba a ser el campesino de Trembles. Diriga una frase cariosa a su esposa y a sus hijos, tomaba la escopeta, llamaba a los perros, y si el cielo sonrea bamos a terminar el da en el campo empapado de agua. Hasta noviembre dur aquella vida fcil, familiar, sin grandes expansiones, pero con el abandono sobrio y confiado que Domingo saba poner en todo lo que no estaba mezclado con asuntos de su vida ntima. Gustaba del campo como un nio y no lo ocultaba; pero hablaba de l como hombre que en el campo habita, no como literato que lo canta. Haba palabras que nunca pronunciaban sus labios, porque jams conoc hombre que fuese ms pudoroso que l en cierto orden de ideas, y la confesin de sentimientos llamados poticos era un suplicio que estaba muy por encima de sus fuerzas. Tena por el campo una pasin tan sincera, aunque contenida en la forma, que le llenaba de voluntarias ilusiones y le impulsaba a perdonar muchas cosas a los aldeanos aunque les reconociera ignorantes y cargados de defectos y aun de vicios. Viva en perenne contacto con ellos, pero no comparta ni sus costumbres, ni sus gustos ni uno solo de sus prejuicios. La extrema sencillez de su traje, de sus maneras y de su vida todo era excusa de superioridades que ninguno de los que le trataban hubiera sospechado. Todos en Villanueva le haban visto nacer, crecer, y despus de algunos aos de ausencia tornar al pas natal y arraigarse en l. Haba viejos para quienes con sus cuarenta y cinco aos ya era siempre Dominguito; pero de todos los que a diario pasaban cerca del castillo de Trembles y reconocan en el segundo piso, a mano derecha, aquel cuarto que fue su habitacin de nio adolescente, ni uno solo sospechaba, por cierto, el mundo de ideas y de sentimientos que le separaba de ellos. He hablado de las visitas que Domingo reciba y me cumple volver sobre ese asunto por razn de un suceso del cual fui, hasta cierto punto, testigo, y que le impresion hondamente. Entre los amigos que segn costumbre se reunieron en Trembles para festejar a San Huberto, estaba uno de los ms viejos camaradas de Domingo, llamado D'Orsel, muy rico, que viva retirado, segn se deca, sin familia, en un castillo situado a una docena de leguas de Villanueva. Era D'Orsel de la misma edad que su antiguo camarada, aunque su cabello rubio y su rostro afeitado eran parte a que representara algunos aos menos. Tena buen tipo, vesta muy bien, distinguanle maneras seductoras por lo cultas, y un _dandismo_ inveterado en los gestos y en las palabras, que constituan un atractivo real. Haba en todo su ser moral mucho abandono o mucha indiferencia o mucho fingimiento. Era entusiasta de la caza y de los caballos, y despus de haber adorado los viajes no viajaba ya. Parisiense por adopcin, casi por nacimiento, un buen da se supo que haba abandonado Pars sin que nadie fuera capaz de determinar la causa de aquella retirada, y que haba ido a encerrarse en su castillo de Orsel absolutamente solo. Su vida era verdaderamente extraa. Como en un lugar de refugio y de olvido dejndose ver muy poco, no recibiendo a nadie, no se explicaba su conducta ms que por causa de desesperacin, puesto que se trataba de un hombre todava joven, rico, en quien era razonable suponer, si no grandes pasiones, a lo menos vivos ardores de carcter muy diverso. Poco instruido, aunque haba adquirido _de odas_ cierto grado de cultura intelectual, manifestaba altivo menosprecio por los libros y profunda conmiseracin por aquellos que a escribirlos se consagraban. Para qu eso! Despus de todo la existencia es sobradamente corta y no merece la pena de tomarse tantas preocupaciones... Y sostena con ms ingenio que lgica la tesis vulgar de los descorazonados, por ms que nada justificara el que se considerase uno de ellos. Lo que haba de ms sensible en aquel carcter--un poco difuso, como si estuviera cubierto de una capa de polvo de soledad, y cuyos rasgos originales comenzaban a desgastarse,--era una especie de pasin indecisa y no extinguida al mismo tiempo, por el gran lujo, los grandes placeres y las vanidades artificiales de la vida. Y la hipocondra fra y elegante que dominaba todo su ser demostraba que si algo subsista despus del desaliento ante tales ambiciones tan vulgares, era el disgusto de s mismo y al propio tiempo el excesivo apego al bienestar. En Trembles siempre era recibido con mucho cario, y Domingo le perdonaba la mayor parte de sus rarezas en gracia a la vieja amistad que les una, y en la cual D'Orsel pona, por cierto, todo lo que le quedaba de corazn. Durante los pocos das que pas en Trembles, tal como saba ser en sociedad, es decir, un compaero amable de agradabilsima conversacin y aparte, alguna que otra salida de la ordinaria reserva, nada revel hasta qu punto el fastidio dominaba en su espritu. La seora de Bray se haba impuesto la tarea de casarlo: quimrica empresa, pues nada era ms difcil que llevarle a discutir razonablemente sobre tales ideas. Su respuesta ordinaria era que ya haba pasado la edad en que uno se casa por inclinacin, y que el matrimonio, como todos los actos capitales y peligrosos de la vida, reclama un gran impulso de entusiasmo. --Es el ms aleatorio de los juegos--deca,--que slo tiene excusa por el valor, el nmero, el ardor y la sinceridad de las ilusiones que en l se ponen y que no resulta divertido ms que cuando de una y otra parte se juega fuerte. Y como causaba asombro verle encerrarse en Orsel abandonado a una inaccin de la cual se lamentaban sus amigos, a esta observacin, que no era nueva, replicaba: --Cada uno procede segn sus fuerzas. Alguien dijo: --Eso es prudencia. --Puede ser--repuso D'Orsel.--En todo caso, nadie podra decir que sea una locura vivir tranquilamente en una finca propia y encontrarse a gusto. --Eso depende...--dijo la seora de Bray. --De qu, seora? --De la opinin que se tiene sobre los mritos de la soledad y sobre todo de la mayor o menor importancia que uno da a la familia--aada ella mirando involuntariamente a sus hijos y a su marido. --Ha de tenerse en cuenta--interrumpi Domingo,--que mi mujer considera cierta costumbre social, con frecuencia discutida por hombres de talento superior, como un caso de conciencia y un acto obligatorio. Pretende que el hombre no es libre e incurre en culpa cuando no procura labrar la dicha de alguien pudiendo hacerlo. --Entonces, nunca se casar usted?--insisti la seora de Bray. --Es lo ms probable--dijo D'Orsel en tono mucho ms serio.--Son tantas las cosas que he debido hacer y no he hecho, con menos riesgos para otros y menos temores de mi parte... Arriesgar la propia existencia no vale nada; comprometer la libertad es algo ms grave; pero casarse y ser rbitro de la libertad y de la dicha de una mujer!... Hace ya muchos aos reflexion sobre ese asunto y la conclusin fue que me abstendra. La tarde misma en que mantuvo esta conversacin, D'Orsel parti de Trembles a caballo y acompaado de un sirviente. La noche fue clara y fra. --Pobre Oliverio!--murmur Domingo luego que le vio alejarse al galope corto de su caballo con direccin a Orsel. Pocos das despus lleg del castillo un correo que vena a escape y traa para Domingo una carta enlutada, cuya lectura le anonad a pesar del gran dominio que tena sobre s mismo en materia de emociones. Oliverio haba sido vctima de un grave accidente. De qu clase? No lo expresaba la carta, o Domingo tena sus razones para no explicarlo ms que a medias. Sin perder momento mand enganchar su carruaje, hizo venir al doctor rogndole que le acompaara, y an no haba pasado una hora desde la llegada del mensajero de la triste nueva, cuando de Bray y el mdico partieron a toda prisa camino del castillo de Orsel. Tardaron varios das en volver; ya a mediados de noviembre y de noche regresaron. El doctor, que fue el primero que me dio noticias del enfermo, se encerr en la ms absoluta reserva como cumple a los hombres de su profesin. Slo pude saber que la vida de Oliverio ya no corra peligro, que se haba ausentado, que su convalecencia sera larga y exigira su permanencia en pas de clima clido. Aadi el mdico que el accidente sufrido por D'Orsel acarreaba el resultado de arrancar al incorregible solitario del espantoso aislamiento que se haba impuesto en su castillo hacindole cambiar de residencia, de aires y acaso de costumbres. Encontr a Domingo muy abatido y la ms viva expresin de pena se pint en su rostro cuando me permit dirigirle algunas preguntas acerca de la salud de su amigo. --Creo intil engaarle a usted--me dijo.--Tarde o temprano ser conocida la verdad de una catstrofe muy fcil de prever y, desgraciadamente, inevitable. Y me entreg la carta misma de Oliverio. Orsel noviembre de 18... Mi querido Domingo: Es verdaderamente un muerto quien te escribe. Mi vida no serva para nadie--demasiado me lo han repetido,--y no poda menos de humillar a todos los que me aman. Es tiempo de acabar por m mismo. Esta idea, que no data de ayer, volvi a mi mente el otro da al separarme de ti. La madur por el camino, la encontr razonable, sin inconvenientes para ninguno, y el regreso a mi vivienda, de noche y en una tierra que t conoces, no era, por cierto, distraccin capaz de hacerme cambiar de propsito. Me falt habilidad y slo he logrado desfigurarme. No importa: he matado a _Oliverio_ y ya le llegar su hora a lo poco que queda de l. Me marcho de Orsel y no volver ms. Nunca olvidar que has sido, no mi mejor amigo, el nico amigo. Eres la excusa de mi vida. Atestiguaros por ella. Adis, s feliz, y si alguna vez hablas a tu hijo de m, sea para que a m no se parezca. OLIVERIO. Hacia medioda comenz a llover. Domingo se retir a su gabinete y yo le segu. Aquella semimuerte de un compaero de la juventud, del nico antiguo amigo que le conoc, haba reanimado amargamente ciertos recuerdos que slo esperaban una circunstancia propicia para esparcirse. Yo no le ped confidencias; fue l quien me las ofreci. Y como si no hiciera ms que traducir en palabras las memorias cifradas que tena a la vista, me refiri sin disfraces, pero no sin emocin, la historia siguiente: III Lo que de m tengo que decirle es poca cosa, y podra reducirse a algunas palabras nada ms: un campesino que se aleja un momento de su aldea, un escritor descontento de s mismo que renuncia a la mana de escribir; y el techo de la casa nativa destacndose sobre el comienzo y el final de su historia. El prosaico desenlace que usted conoce, es lo mejor que resultar de mi historia en cuanto a moralidad y quizs lo ms novelesco como aventura. Lo dems no es instructivo para nadie, y slo sabra conmover mis recuerdos. No he tratado de hacer misterio, crame, pero hablo de ello lo menos posible por razones particulares que en nada se parecen al deseo de hacerme ms interesante que lo que soy en realidad. Varias personas estn mezcladas en los hechos que voy a referirle: una es un amigo muy antiguo--difcil de definir y todava ms difcil de juzgar sin amargura,--del cual acaba usted de leer la carta de despedida y de luto. Jams se explic acerca de una existencia que no pudo agradarle. Mezclarle en estas confidencias es casi rehabilitarle. Otra, no tengo porque referirme a ella poniendo discrecin en mis palabras; figura en situaciones que hacen de l un hombre pblico; o le conoce usted o probablemente llegar a conocerle, y no creo disminuir en lo ms mnimo sus mritos revelndole a usted la modestia de su linaje. En cuanto a la tercera persona, cuyo contacto ejerci vivsima influencia en mi juventud, est colocada ahora en condiciones de seguridad, de dicha y de olvido capaces de imposibilitar toda comparacin entre los recuerdos del que de ella le hablar y los suyos. Puede decirse que no tuve familia; menester ha sido que mis hijos me dieran medios para apreciar la dulzura, la firmeza que caracterizan a los vnculos que me faltaron cuando yo era nio como ellos. Mi madre apenas tuvo fuerzas para amamantarme y muri. Mi padre vivi algunos aos ms que ella; pero en tan msero estado de salud, que dej de sentir el influjo de su presencia muchos aos antes de perderle. Su muerte es un hecho que para m se produjo en puridad mucho antes de su fallecimiento. Realmente, pues, no conoc a la una ni al otro, y el da que me qued solo llevando luto por mi padre, no apreci ningn cambio que me hiciera sufrir. La palabra _hurfano_, que oa repetir en torno mo, como expresin de desventura, tena para m un sentido muy vago: viendo que las personas dedicadas a mi servicio me compadecan, llorando, me daba cuenta de que era digno de compasin, pero nada ms. En medio de aquellas buenas gentes crec vigilado de lejos por una hermana de mi padre, la seora Ceyssac, que no vino a establecerse en Trembles, hasta que el cuidado de mi fortuna y de mi educacin reclamaron decididamente su presencia. Encontr en mi un nio salvaje, inculto, en plena ignorancia, fcil de someter, difcil de convencer, vagabundo en toda la extensin de la palabra, sin la menor idea de disciplina y de trabajo y que se qued con la boca abierta la primera vez que le hablaron de estudio y empleo del tiempo, asombrado ante la idea de que la vida no estuviera reducida al hecho de corretear de ac para all por el campo. Hasta entonces no haba hecho yo nada ms que eso. Los nicos recuerdos que me quedaban de la existencia de mi padre eran stos: en los escasos momentos en que le daba un poco de reposo la enfermedad que le consuma, sala, ganaba a pie el muro exterior del parque y se paseaba horas y horas tomando el sol, marchando penosamente apoyado en un grueso bastn, dndome la impresin de la ancianidad decrpita. Entretanto corra yo por el campo entretenido en tender lazos a los pjaros. No habiendo recibido otras lecciones, crea yo imitar, poco ms o menos exactamente, lo que haba visto hacer a mi padre. Mis camaradas eran todos hijos de campesinos de la vecindad o muy perezosos para ir a la escuela o demasiado pequeos para trabajar la tierra, y todos ellos me animaban con su ejemplo a vivir sin preocuparme lo ms mnimo del porvenir. La educacin que me resultaba agradable, la sola enseanza que no me impulsaba a rebelarme, y fjese usted bien, lo nico que deba dar frutos durables y positivos me vena de ellos. Llegaba a m confusamente, por rutina, el conocimiento de esa porcin de hechos y pequeeces que constituyen la ciencia y el encanto de la vida campesina; y para aprovechar tales enseanzas posea yo todas las aptitudes deseables: salud robusta, ojos de aldeano, es decir, una vista admirable, el odo acostumbrado desde muy temprano a percibir los ruidos ms leves, piernas infatigables, y con todo esto gran aficin a las cosas que suceden al aire libre, que se observan, que se escuchan, poco gusto por lo que se lee y una curiosidad insaciable por lo que se refiere: las historias maravillosas contenidas en libros me interesaban mucho menos que las consejas y pona las supersticiones locales muy por encima de los cuentos de hadas. A los diez aos me pareca a todos los chicos de Villanueva: saba tanto como cualquiera de ellos, y algo menos que sus padres; pero entre ellos y yo haba una diferencia imperceptible entonces, que se determin de pronto ms adelante: la existencia y los hechos que nos eran comunes me causaban sensaciones que ellos no sentan. As, es evidente para m, cuando me acuerdo, que el placer de poner trampas tendidas a lo largo de las enramadas, de espiar a los pjaros, no era lo que ms me cautivaba en la caza; y lo prueba que el nico testimonio un poco vivo que me queda de aquellas emboscadas continuas es la visin neta de ciertos lugares, la nocin exacta de la hora y de la estacin y hasta la percepcin de ciertos ruidos. Acaso juzgue usted demasiado pueril el que me acuerde de que, hace treinta y cinco aos, un da que levantaba mis trampas en un terreno recientemente labrado, haca este o el otro tiempo, que las trtolas de septiembre cruzaban con un batir de alas muy sonoro, y que en torno del llano los molinos de viento esperaban con las aspas desnudas el viento que no llegaba. No sabra decir yo, cmo es que una particularidad de tan nimio valor pudo fijarse en mi memoria con la data precisa del ao y hasta del da, hasta el punto de hallar su lugar en este instante en la conversacin de un hombre ms que maduro ya; y al citar este hecho--como podra hacerlo con otros muchos,--slo me propongo hacerle notar a usted que algo se desprenda ya de mi vida externa y se formaba en m cierta memoria especial muy poco sensible a la impresin de los hechos, pero de singular aptitud para fijar el recuerdo de las sensaciones. Lo que haba de ms positivo--sobre todo para quienes mi porvenir hubiera podido ser objeto de atencin,--es que aquella manera de vivir mal llamada sana y vigorizadora, constitua una psima forma de educacin. Por muy despreocupado que yo fuese, tutendome y codendome con camaradas de aldea, en el fondo estaba solo: porque era solo de mi raza, solo de mi rango, y en desacuerdo, por mltiples conceptos, con el porvenir que me esperaba. Me ligaba a gentes que podan ser mis servidores, no mis amigos; me arraigaba sin advertirlo, sabe Dios con qu resistentes fibras, en lugares que habra de abandonar lo ms pronto posible; adquira, en fin, costumbres que no conduciran ms que a hacer de m la persona ambigua que usted conocer ms adelante, mitad campesino y mitad _dilettante_, tan pronto lo uno como lo otro, y muchas veces uno y otro sin que jams ninguno de los dos prevaleciera. Mi ignorancia, como queda dicho, era extrema: mi ta se dio cuenta de ello y se apresur a traer a Trembles un preceptor, joven maestro del colegio de Ormessn. Era un espritu bien conformado: sencillo, discreto, preciso, nutrido de lecturas, teniendo una opinin sobre todas las cosas, dispuesto a proceder, pero nunca antes de haber discutido los motivos de sus actos, muy prctico y por fuerza muy ambicioso. A nadie como a l he visto entrar en la vida con menos ideal y ms sangre fra, ni apreciar su destino con visual ms firme contando con menos recursos. Tena la mirada franca, el gesto libre, la palabra neta; y exactamente el atractivo, el tipo y el talento que son necesarios para deslizarse insensiblemente en las masas e imponerse. Un carcter semejante, en oposicin absoluta con el mo, era el ms apropiado para hacerme sufrir; pero debo aadir que, adems de ser realmente bueno, posea una rectitud de espritu a toda prueba. Aparentaba ms de treinta aos, aunque slo contaba veinticuatro, y se llamaba Agustn, nombre que usar para designarlo, hasta nueva orden. Tan pronto como se instal entre nosotros cambi mi vida, en el sentido a lo menos de que de ella hicieron dos partes. No renunci a las costumbres adquiridas, pero me fueron impuestas otras. Tuve libros, cuadernos de estudio, horas de trabajo; con eso se acrecent mi aficin a las distracciones permitidas en los intervalos dedicados al recreo, y lo que bien puedo llamar mi pasin por el campo aument con la necesidad de diversiones. La casa de Trembles era entonces igual que usted la ve. Ms alegre o ms triste?... Los nios tienen la predisposicin a alegrar y engrandecer lo que les rodea en trminos que ms tarde todo se empequeece y se torna triste sin causa aparente y tan slo porque el punto de mira no es el mismo. Andrs--a quien usted conoce y que no ha salido de la casa desde hace sesenta aos, me ha repetido muchas veces que entonces todo suceda poco ms o menos como ahora. La mana que contraje muy temprano de escribir mis iniciales y de estampar sellos conmemorativos por cualquier cosa, podra servirme para rectificar mis recuerdos si ellos no fueran completos e infalibles. En algunos momentos, como usted comprender, los largos aos que me separan de la poca de que estoy hablando desaparecen, olvido que he vivido despus, que el tiempo y las circunstancias me han impuesto cuidados ms graves, han creado causas diferentes de alegra y de tristeza y establecido razones de enternecimiento mucho ms serias: es como una antigua trampa en que se cae de nuevo, y permtame usted esta imagen en gracia a que est un poco ms conforme con lo que siento; como una vieja llaga ya completamente curada, pero sensible, que de pronto se reanima, y al tocarla duele y hace gritar. Imagine usted que antes de ingresar en el colegio, al que fui ms tarde, ni un solo da dej de ver aquel campanario que se distingue all lejos, viviendo en los mismos lugares y observando las mismas costumbres, y comprender que al encontrar hoy las cosas de entonces en igual ser y estado que las conoc y las am, siga amndolas. Sepa usted que ni uno solo de los recuerdos de aquella poca se ha borrado--dir ms an,--ninguno de ellos se ha debilitado y no le causar asombro el que divague hablndole de reminiscencias que tienen el poder de rejuvenecerme al punto de volverme nio. Hay nombres de lugares especialmente, que nunca he podido pronunciar a sangre fra, y el de Trembles es uno de ellos. Aun conociendo usted estos lugares tan bien como yo, es dificilsimo que llegue a comprender hasta qu punto yo los hallaba deliciosos: todos lo eran para m, hasta el jardn que, ya lo ve usted, es bien modesto. Haba en l rboles, cosa rara en todo el contorno, y muchos pjaros en ellos, porque el arbolado los atrae y no los podran hallar en otra parte; haba tambin en l, orden y desorden, paseos enarenados que conducan a las verjas de entrada y que halagaban cierto afn que siempre tuve por los sitios en que puede uno discurrir con cierto aparato; paseos en los cuales las damas de otra poca habran podido desplegar sus vestidos de ceremonia; oscuros rincones, bosquecillos hmedos, apenas penetrados por el sol, en los cuales todo el ao creca el verdoso csped sobre la tierra esponjosa, lugares solitarios visitados slo por m, que ofrecan cierto aspecto de vejez y de abandono y estaban llenos de recuerdos. Gustbame sentarme en los macizos que limitan las sendas e informarme de la edad de los arbustos que los poblaban, todos muy viejos; tanto, que aseguraba Andrs que ni mi padre, ni mi abuelo, ni mi bisabuelo los haban visto plantar. Por las tardes, desde lo alto de la casa contemplaba el jardn; en el ngulo del parque los almendros, los primeros rboles cuyas hojas arrancaba el viento de septiembre, formando raro transparente sobre el fondo llameante del cielo teido por los rojos destellos del sol poniente. En el parque haba muchos rboles blancos, los fresnos y los laureles en los cuales habitaba una multitud de zorzales y de mirlos durante todo el otoo; y ms lejos se destacaba un grupo de aosas encinas--el rbol que se despoja el ltimo y reverdece el primero; que hasta en diciembre conservaba su rojiza hojarasca, cuando todo el bosque pareca muerto; que asilaba en sus nidos a las urracas y ofreca elevado lugar de reposo a las aves de alto vuelo; en cuyas ramas se posaban los primeros cuervos que el invierno atraa al pas. Cada estacin nos traa sus huspedes y cada uno de ellos elega el ms adecuado alojamiento: los pjaros de primavera en los rboles en flor; los de otoo un poco ms alto; los del invierno en la espesura, en los grupos de rboles de hoja perenne, en las encinas y en los laureles. Algunas veces, en pleno invierno, por la maana, un ave ms rara volaba en algn rincn muy solitario del bosque; su vuelo era ruidoso, torpe, pero rpido; era una chocha-perdiz llegada por la noche; suba chocando las alas con las ramas desnudas de los rboles y se deslizaba entre ellos; apenas se le vea un momento, el tiempo preciso para mostrar su pico largo y recto. Despus ya no se volva a encontrarla hasta el ao siguiente por la misma poca y en el sitio mismo, al punto que pareca ser el mismo emigrante que retornaba. Las trtolas llegaban en mayo, al mismo tiempo que las abubillas o cucos. En las noches serenas y tibias oase su arrullo, suave y lento, cuando en el aire haba un hlito de juventud que pareca exhalarse de la activa expansin de la savia nueva. En las profundidades de la espesura, sobre el lmite del jardn, en los cerezos blancos, en las alheas en flor, en los tilos cargados de aromosos ramos, toda la noche--durante aquellas largas noches en que yo dorma poco, cuando brillaba la luna o a veces caa la lluvia, lenta, caliente, silenciosa, como lgrimas de gozo,--para mi delicia y mi tormento gorjeaban o no los ruiseores. Callaban si el tiempo era triste; y si brillaba el sol recomenzaban sus trinos prometiendo el prximo verano. Despus de la cra ya no se les oa. Y muchas veces, a fines de junio, cuando el sol abrasaba, en la espesura del bosque sola encontrar un pajarito mudo, de color oscuro, azorado, que erraba slo revoloteando de rama en rama: era la avecilla de primavera que nos abandonaba. En la campia, los prados, prximos a madurar, amarilleaban; los sarmientos ms viejos crepitaban; las vias mostraban sus primeros botones. Las mieses, aun verdes, se extendan a lo lejos por todo el llano, ondulantes, teidas de amaranto y de rojo. Un mundo sin fin de insectos, de mariposas, de pjaros se agitaba, se multiplicaba bajo aquel sol de junio en indescriptible expansin de vida. Las golondrinas surcaban el aire, y por las noches, cuando los vencejos cesaban de perseguirse lanzando agudos chillidos, salan los murcilagos, y aquel raro enjambre que pareca resucitado en las clidas noches, comenzaba su incierto revoloteo en derredor de las viviendas. Desde que comenzaba la recoleccin del heno la vida del campo era de constante fiesta. Era el primer trabajo colectivo que obligaba a reunirse en el mismo sitio numerosos grupos de trabajadores. Estaba yo presente cuando se guadaaban los prados, cuando se hacinaba el heno, y gozaba dejndome llevar sobre alguna carreta que regresaba al poblado. Tendido en lo ms alto de la enorme carga como nio en un gran lecho, mecido por el dulce movimiento del vehculo rodando sobre la hierba cortada, miraba desde ms alto que de ordinario un horizonte que me pareca infinito. Vea el mar extendindose hasta perderse de vista, por encima de la lnea verdosa de los campos cultivados; los pjaros pasaban volando ms cerca de m; experimentaba la sensacin de un ambiente ms amplio, de una extensin ms vasta que me haca perder por un momento la nocin de la vida real. Apenas recolectados los forrajes comenzaban a amarillear los trigos. Y se reproducan el mismo trabajo, igual movimiento en estacin ms clida, bajo sol ms vivo, con alternativas de fuertes vientos o calma atmosfrica que produca jornadas de espantoso calor y noches como auroras, precursoras de das de tormenta en que el ambiente, cargado de irritante electricidad, reaccionaba aparatosamente. Menos embriaguez y ms abundancia: haces de mies cayendo sobre la tierra cansada de producir y consumida por el sol: he ah el verano. El otoo de nuestro pas ya lo conoce usted; es la estacin bendita. Despus el invierno; el crculo del ao cerrndose sobre l. Entonces habitaba ms en mi cuarto; mis ojos, siempre despiertos, se ejercitaban en penetrar las nieblas de diciembre y las tupidas cortinas de lluvia que cubran la campia de un lato ms sombro que la escarcha. Cuando los rboles quedaban del todo despojados de sus hojas abarcaba yo mejor la extensin del parque. Nada lo engrandeca tanto como la bruma invernal cubriendo de un velo azulado la lejana y falseando la nocin exacta de la distancia. Ninguno o muy escaso ruido, pero cada nota ms perceptible; por la noche, sobre todo, extrema sonoridad en el aire. El canto de un pinzn se prolongaba infinitamente en las alamedas desiertas y mudas, sin obstculos a la vibracin, embebidas de aire hmedo y penetradas de silencio. El recogimiento que caa entonces sobre Trembles era inexplicable; durante cuatro meses de invierno condensaba, concentraba, grababa con caracteres indelebles en mi espritu aquel mundo alado, sutil, de visiones y de dones, de ruido y de imgenes que haba vivido durante los otros ocho meses del ao con una actividad que tanto asemejaba a un ensueo. Entonces se apoderaba Agustn de m. La estacin le ayudaba: en ella le perteneca casi del todo y expiaba lo mejor posible el largo olvido de tantos das sin empleo. Pero, tambin sin provecho?... Muy poco sensible a las cosas que nos rodeaban, mientras su discpulo estaba a tal punto absorbido en ellas; bastante indiferente al curso de las estaciones para equivocarse de mes como poda tergiversar la hora; invulnerable a tantas sensaciones de las cuales estaba yo acribillado, deliciosamente herido en todo mi ser; fro, metdico y tan correcto y regular de humor como era desigual el mo, Agustn viva a mi lado sin preocuparse de lo que pasaba en m ni sospecharlo siquiera. Sala poco, raras veces abandonaba su habitacin en la cual trabajaba desde la maana a la noche y slo se permita reposo en las noches de esto que no se velaba y porque le faltaba la luz del da. Lea, tomaba notas; por espacio de meses y meses le vea yo escribir en prosa y las ms veces muchas cosillas en dilogo. Un calendario le serva para elegir series de nombres propios. Los estampaba en forma de lista con anotaciones; les asignaba una edad, sealaba los rasgos fisonmicos de cada uno, su carcter, alguna originalidad, una rareza, algo ridculo. Era el personal imaginado para los dramas o las comedias. Escriba muy de prisa, con una caligrafa simtrica, muy clara, y pareca dictarse los escritos a media voz. Algunas veces, cuando una observacin ms aguda surga de la pluma, sonrea; y despus de un prrafo largo y compacto en el cual alguno de sus personajes haba hablado largo y tendido, reflexionaba un instante, como si tomara aliento, y oale yo murmurar: Vamos a ver, qu replicamos? Y cuando le vena el deseo de hacer confidencias, me llamaba y me deca: Oiga esto, seorito Domingo. Raras veces llegaba a comprenderle. Cmo era posible que me interesara por asuntos de personas a quienes no conoca, a las cuales jams haba visto? Todas aquellas complicaciones de diversas existencias tan perfectamente extraas a la ma, me pareca que pertenecan a una sociedad imaginaria en la cual maldito si deseaba penetrar. --Ya lo comprender usted ms tarde--deca Agustn. Bien se me alcanzaba que lo que tanto deleite encerraba para mi joven preceptor, era el espectculo del juego de la vida, el mecanismo de los sentimientos, el conflicto de intereses, de ambiciones, de vicios; pero, lo repito, para m era indiferente que el mundo fuese como un gran tablero de ajedrez--segn deca Agustn,--que la vida fuese una partida mejor o peor jugada y que hubiese reglas para ese juego. Con frecuencia Agustn escriba cartas y las reciba, muchas timbradas en Pars. Estas eran las que abra con ms prisa y lea con mayor inters, animado el rostro por la emocin--l que de ordinario se mostraba tan discreto,--y la llegada de aquellas cartas estaba siempre seguida por cierto abatimiento que slo duraba algunas horas o por una animacin y una verbosidad extraordinaria que persista por muchas semanas. Una o dos veces le vi hacer un paquete de ciertos papeles, encerrarlo en un sobre con direccin a Pars y entregarlo con especial recomendacin al encargado del correo en Villanueva. Luego notbase que esperaba con febril ansiedad una respuesta que no llegaba siempre, por lo visto. Despus, otra vez comenzaba a llenar cuartillas, como un roturador que pasa de uno a otro surco. Se levantaba muy temprano, y se apresuraba a emprender el trabajo como si alguien le obligara o hubiese tomado un destajo, se acostaba muy tarde y jams se acercaba a la ventana para averiguar si llova o haca sol; seguro estoy de que se march de Trembles ignorando que en las torrecillas haba veletas, sin cesar agitadas, que sealaban los cambios de direccin del viento y la alternada vuelta de ciertas influencias atmosfricas. --Qu le importa a usted eso?--sola decirme cuando vea que me preocupaba del viento. Gracias a una prodigiosa actividad por la cual no se afectaba su salud y que pareca ser su natural elemento, a todo provea: a su trabajo y al mo. Me sumerga en el estudio, me obligaba a leer y releer los libros, me exiga interpretar, analizar, copiar, y no me dejaba salir al aire libre ms que cuando adverta que estaba aturdido por causa de aquella violenta inmersin en un mar de palabras. Bajo su direccin y su cuidado aprend rpidamente--y en verdad sin grandes fatigas--todo lo que debe saber un nio cuyo porvenir todava no est definido, pero de quien se pretende hacer, por lo pronto, un colegial. Su propsito era abreviar los aos de colegio preparndome lo ms de prisa posible para los estudios superiores. As pasaron cuatro aos, al cabo de los cuales consider que estaba ya en condiciones de abordar la segunda enseanza, y con inconcebible espanto vea yo acercarse el instante de abandonar mi casa de Trembles. Jams olvidar los das que precedieron a mi prxima partida: fue como un acceso de sentimentalismo enfermizo, sin la ms leve apariencia de razonamiento, tanto, que una verdadera desventura no lo hubiese ocasionado ms vivamente. Haba llegado el otoo y todo lo que me rodeaba concurra a determinar aquel estado de mi alma. Un solo detalle le dar a usted idea de esto. Agustn me haba impuesto como prueba definitiva de mi preparacin, una composicin latina sobre el tema de la partida de Anbal cuando abandon Italia. Baj a la terraza sombreada por las parras, y al aire libre, sobre el parapeto mismo que bordea el jardn, me puse a escribir. Aquel tema formaba parte del escaso nmero de hechos histricos que me interesaban y, por excepcin, era de todos ellos el que tena la virtud de conmoverme profundamente. La batalla de Zama me haba siempre causado la ms personal emocin como catstrofe en la cual vea yo tan slo el herosmo sin preocuparme del derecho. Me acordaba de todo lo que haba ledo, trataba de representarme al hombre detenido por la fortuna adversa, a su pas cediendo ms bien a fatalidades de raza que no a contrastes militares, descendiendo a la costa, no abandonndole sin pena, lanzndole un postrer adis de desesperacin y de reto, y bien que mal trataba de expresar lo que me pareca ser la verdad, sino histrica, lrica al menos. La piedra que me serva de pupitre estaba tibia; los lagartos se paseaban casi al alcance de mi mano tomando el sol. Los rboles, que ya no eran del todo verdes, el da menos caluroso, las sombras ms dilatadas, el ambiente tranquilo, todo hablaba con el encanto del otoo, poca de declinacin, de desfallecimiento y de odios. Los pmpanos amarillentos caan uno a uno sin que el ms leve soplo de viento agitara los sarmientos. El parque estaba silencioso. Los pajarillos cantaban con un acento que me llegaba hasta lo ms hondo del corazn. Una conmocin profundsima, indescribible, indominable me dominaba como ola prxima a romper, extraa mezcla de amargura y de satisfaccin ntima. Cuando Agustn baj a la terraza hallome llorando. --Qu tiene usted?--me dijo.--Es Anbal quien le hace llorar? Por toda respuesta le present las pginas que haba escrito. Me mir con cierta sorpresa, se asegur de que nada haba en torno de nosotros que pudiera explicar el efecto de tan gran emocin, lanz una mirada rpida y distrada sobre el parque, el jardn, el cielo, y aadi: --Pero, qu le pasa a usted?... Despus se puso a leer mi trabajo. --Est bien--me dijo luego que hubo ledo la composicin;--pero es un poco inspido. Puede usted hacer algo mucho mejor, aunque este escrito le colocara a usted en un buen rango de cualquier clase de cierta importancia. Anbal experiment demasiada pesadumbre; no tuvo bastante confianza en el pueblo que le esperaba en armas al otro lado del mar. Adivinaba el contraste de Zama--me dir usted.--Pero su derrota no se debi a su impericia. Habra ganado la batalla si hubiese tenido el sol a la espalda. Por otra parte le quedaba Antiocus; y despus de Prusias traidor, el veneno. Nada est perdido para un hombre en tanto que no ha dicho su ltima palabra. Llevaba en la mano, abierta ya, una carta de Pars que haca pocos minutos haba recibido. Estaba ms animado que de ordinario; cierta excitacin fuerte, alegre, resuelta, brillaba en sus ojos, cuyo mirar era siempre muy directo, pero que por lo comn se iluminaba poco. --Mi querido Domingo--continu, paseando a mi lado por la terraza,--tengo que participarle a usted una buena noticia, una noticia que le ser grata, creo, porque s la amistad que me profesa. El da que usted entre en el colegio partir yo a Pars. Hace largo tiempo he venido preparndome. Todo est ya dispuesto para asegurar la vida que all he de llevar. Soy esperado. He aqu la prueba. Y as diciendo me mostr la carta. --El xito slo depende de un pequeo esfuerzo y los he hecho ms grandes por cierto. Usted que me ha visto trabajar lo puede decir bien. Esccheme, mi querido Domingo; dentro de tres das ser usted un alumno de segunda enseanza, es decir, algo menos que un hombre y mucho ms que un nio. La edad es lo de menos. Usted tiene diez y seis aos; pero, si usted quiere, dentro de seis meses puede contar diez y ocho. Abandone usted Trembles y olvdelo. No lo recuerde hasta ms tarde, cuando se trate de arreglar las cuentas de su fortuna. El campo no es para usted; su aislamiento le matara. Mira usted siempre o demasiado alto o demasiado bajo: en lo demasiado alto est lo imposible y en lo demasiado bajo las hojas secas. La vida no es as; mire siempre adelante y a la altura de sus ojos y la ver tal cual es. Es usted muy inteligente, tiene un buen patrimonio y un nombre que le abona; con semejante lote en su ajuar del colegio se llega a todo. Un ltimo consejo: espere no ser muy feliz durante los aos de estudio. Cuente usted que la sumisin a nada compromete en lo porvenir y que la disciplina impuesta no es nada cuando se tiene el buen sentido de imponerla por s mismo. No cuente usted demasiado con las amistades de colegio, a menos que tenga usted libertad para elegirlas; y en cuanto a las envidias de que ser usted objeto, si tiene xito, como espero, esprelas y srvanle a manera de aprendizaje. Por ltimo, no deje pasar un solo da sin repetirse que slo trabajando se logra el objeto que se persigue, y que ninguna noche le tome el sueo sin pensar en Pars que le espera y en donde nos volveremos a ver. Me estrech la mano con una autoridad de gesto completamente varonil, y de un salto gan la escalera que conduca a su cuarto. Yo baj al jardn, en el cual el viejo Andrs cavaba los arriates. --Qu hay, seor Domingo?--me pregunt advirtiendo mi turbacin. --Hay que de aqu a tres das partir a encerrarme en el colegio, mi buen Andrs. Corr a ocultarme en el fondo del parque y all estuve hasta que se hizo de noche. IV Tres das despus abandon Trembles en compaa de la seora Ceyssac y de Agustn. Era por la maana, muy temprano. Todos estaban levantados y nos rodeaban: Andrs, junto al carruaje, ms triste que nunca le haba visto desde el ltimo suceso que enlut la casa; luego subi al pescante, aunque no era costumbre que hiciera oficio de cochero, y los caballos partieron al trote largo. Al atravesar el poblado de Villanueva--en el cual todos los rostros me eran tan conocidos--vi a dos o tres de mis antiguos camaradas, crecidos ya, casi hombres, que se encaminaban al campo con los tiles del trabajo al hombro. Volvieron la cabeza al percibir el ruido del carruaje, y comprendiendo que se trataba de algo ms que un paseo me hicieron expresivas seas para desearme un feliz viaje. El sol se elevaba. Entramos en plena campia; dej de reconocer los lugares que cruzbamos; vi rostros nuevos; mi ta me contemplaba con bondadosa mirada. La fisonoma de Agustn estaba radiante; yo senta, tanto encogimiento como pena. Todo un largo da invertimos en recorrer las doce leguas que nos separaban de Ormessn, y ya llegaba el sol al ocaso cuando Agustn, que no cesaba de mirar por la ventanilla, le dijo a mi ta: --Seora, ya se distinguen las torres de San Pedro. El paisaje era llano, plido, montono y hmedo: una ciudad baja, erizada de campanarios comenzaba a destacarse detrs de una cortina de rboles. Los mimbrerales alternaban con los prados, los lamos blancos con los sauces amarillentos. A la derecha corra lentamente un ro deslizando sus aguas turbias entre las riberas manchadas de limo. A la orilla haba barcos cargados de maderas y viejas chalanas rajados en el fondo como si jams hubiesen flotado. Algunos gansos que bajaban de los prados al ro corran delante del carruaje lanzando salvajes graznidos. Llegamos a un puente que cruz el carruaje al paso; despus entramos en un largo bulevar en que la oscuridad era completa, y luego el ruido de las herraduras de los caballos, chocando sobre un pavimento ms duro, me advirti que entrbamos en la ciudad. Calculaba yo que doce horas habran transcurrido desde el momento de la partida, que doce leguas me separaban de Trembles; pensaba que todo haba concluido, que todo estaba irremisiblemente acabado, y entr en casa de mi ta como quien franquea el umbral de una crcel. Era una casa muy grande, situada, si no en el barrio ms desierto, en el ms serio de la ciudad, rodeada de conventos y dotada de un jardincito que languideca en la sombra de las altas paredes que lo circundaban. Haba amplias habitaciones sin aire y con escasa luz, severos vestbulos, una escalera de piedra que giraba en oscuro hueco y muy poca gente para animar todo aquello. Sentase la frialdad de las viejas costumbres y la rigidez de los habitantes de provincia, la ley de la etiqueta, el desahogo, un gran bienestar material y el aburrimiento. El piso alto tena vistas sobre cierta porcin de la ciudad, es decir, humeantes techumbres, los dormitorios del convento vecino y los campanarios; y en aquella parte de la casa estaba la habitacin en que fui alojado. Dorm mal; mejor dicho, no dorm. Los relojes de las torres hacan vibrar sus campanas cada cuarto o cada media hora, todos con distinto timbre; ni uno solo recordaba el de la rstica iglesia de Villanueva tan reconocible por su ronco sonido. De pronto percibase rumor de pasos en la calle. Una especie de ruido semejante a una carraca agitada violentamente, resonaba en medio de aquel silencio particular de las ciudades que pudiera llamarse el sueo del ruido, y llegaba a mis odos una singular voz de hombre, lenta, temblona, que canturreaba detenindose en cada slaba: La una, las dos, las tres!... Agustn entr en mi cuarto muy de maana. --Deseo presentarle a usted en el colegio y decirle al provisor el buen concepto que de usted tengo formado. Esa recomendacin sera nula--aadi con modestia,--si no fuera dirigida a un hombre que en otro tiempo me demostr tener en m mucha confianza y pareca apreciar mi celo. La visita se efectu tal como l haba dicho. Pero yo estaba fuera de m mismo: me dej llevar y traer, atraves patios y vi las aulas con absoluta indiferencia por aquellas nuevas sensaciones. Aquel mismo da, a las cuatro, Agustn, en traje de camino se traslad a la plaza, en donde esperaba ya el coche de Pars, llevando por s mismo todo su equipaje contenido en una pequea valija de cuero. --Seora--le dijo a mi ta, que conmigo le acompaaba.--Una vez ms le agradezco el inters que no se ha desmentido por espacio de cuatro aos. He procurado lo mejor que he podido despertar en Domingo el amor al estudio y las aficiones que corresponden a un hombre. Puede estar seguro de encontrarme en Pars cuando venga, siempre fiel a la amistad, en cualquier momento, igual que hoy. Escrbame usted--aadi estrechndome entre los brazos con verdadera emocin.--De mi parte prometo hacer otro tanto. Animo y buena suerte. Todo le favorece para alcanzarla. Apenas haba ocupado su asiento en la alta banqueta, cuando el mayoral tom las riendas. --Adis!--repiti con una expresin en el rostro que revelaba a la vez ternura y satisfaccin. El mayoral hizo chasquear la fusta sobre los cuatro caballos del tiro y el carruaje parti camino de Pars. El da siguiente a las ocho de la maana estaba ya instalado en el colegio. Entr el ltimo para evitar la oleada de alumnos y no hacerme examinar en el patio con esa mirada no siempre benevolente que son observados los recin llegados. Caminaba resueltamente fijos los ojos en una puerta pintada de amarillo, sobre cuyo marco haba un letrero que deca: Segunda. Junto a ella estaba un hombre de cabello entrecano, plido y serio, cuyo semblante no expresaba ni dureza ni bondad. --Vamos, vamos, un poco ms de prisa. Aquella excitacin a la puntualidad, la primera, palabra de disciplina que me diriga un desconocido, me impresion: alc la vista y le examin. Tena aspecto de fastidio, reflejaba indiferencia, y ni se acordaba ya de lo que me haba dicho. Record la recomendacin de Agustn. Un relmpago de estoicismo y de decisin ilumin mi espritu. --Tiene razn--pens;--me he retrasado medio minuto.--Y entr. El profesor subi a la ctedra y empez a dictar. Era una composicin preliminar. Por primera vez mi amor propio tena que luchar con ambiciones rivales. Observ a mis nuevos camaradas y me sent perfectamente solo. A travs de la ventana de pequeos cristales vea los rboles agitados por el viento, cuyas ramas rozaban contra las oscuras paredes del edificio. Aquel rumor familiar del viento hmedo cruzando entre las hojas creca y disminua a intervalos en medio del silencio de los patios. Yo lo escuchaba sin demasiada amargura, con una especie de triste arrobamiento cuya dulzura era extremada algunos momentos. --No trabaja usted?--me dijo de pronto el profesor.--Est bien... All usted... Callose luego y ya no lleg a mis odos nada ms que el ruido de las plumas corriendo sobre el papel. Un poco ms tarde el alumno a cuyo lado estaba mi puesto, me desliz hbilmente un papelito; contena una frase del dictado con estas palabras: Aydeme, si puede; trate de evitarme decir un disparate. En seguida le pas la traduccin, buena o mala, pero copiada de mi propia versin con un signo de interrogacin que quera expresar: No respondo de nada; examnela usted. Me dirigi una sonrisa de agradecimiento, y sin ms continu escribiendo. Algunos instantes despus me dirigi un segundo mensaje que deca: Es usted nuevo? La pregunta me demostraba que tambin lo era l. Tuve un momento de alegra contestando s a mi compaero de soledad. Era un muchacho de mi edad poco ms o menos, pero de complexin dbil, rubio, delgado, con hermosos ojos azules de dulce mirar, la tez plida y delicada, como suelen tenerla los nios criados en las ciudades. Vesta con elegancia y su traje tena una forma particular en la cual no reconoca yo la mano de nuestros sastres provincianos. Salimos juntos. --Le estoy muy agradecido--me dijo mi nuevo amigo.--Tengo horror al colegio y me tiene sin cuidado. Hay en l un montn de hijos de tenderos que llevan las manos sucias, a quienes nunca mirar como amigos. Nos tomarn entre ojos, pero me es igual. Estando unidos llegaremos al objeto. Cuanto ms se les deprime ms le respetan a uno. Disponga de m para todo lo que quiera, menos para encontrar el sentido de las frases. El latn me aburre, y si no fuera porque es necesario para ser uno recibido bachiller, en la vida me ocupara de l. Luego me explic que se llamaba Oliverio D'Orsel, que haba venido de Pars porque razones de familia le trajeron a Ormessn en donde acabara los estudios, que viva en la calle de los Carmelitas con su to y dos primas y que a pocas leguas de la ciudad posea una propiedad de la cual le vena el apellido D'Orsel. --Vaya--aadi,--tenemos ya una clase en tiempo pasado. No pensemos en ella hasta la noche. Y nos separamos. Caminaba con soltura haciendo crujir su calzado finsimo, buscando con cuidado los sitios ms secos del suelo para no ensuciarse de barro y balanceando su paquete de libros al extremo de una estrecha correa con hebillas como una brida inglesa. Apunt aquellas primeras horas, que ya usted ve la relacin que tienen con los recuerdos pstumos de una amistad nacida aquel da y triste y definitivamente muerta hoy, el resto de mi vida de estudiante no nos entretendr. Si los tres aos que siguieron me inspiran en este momento algn inters, l es de otra ndole y no influyen para nada en ese inters mis sentimientos de colegial. Sin pretenderlo ni molestar a nadie llegu a ser un buen alumno y me auguraban grandes xitos futuros: una continua desconfianza en m mismo, muy sincera y muy ostensible, produjo efectos anlogos a los de la modestia y dio margen a que me fueran perdonados muchos puntos de superioridad de la cual yo mismo no haca caso; finalmente aquella falta completa de estima personal presagiaba ya las indiferencias y las severidades de un espritu que deba observarse desde muy temprano, apreciarse en su justo valor y condensarse. La casa de mi ta no era alegre, ya se lo he dicho, y lo era menos an la existencia que llevaba yo en Ormessn. Imagine usted una ciudad pequea, devota, vetusta, olvidada en el rincn de una provincia que no era paso para ninguna parte, no sirviendo para nada, de la cual iba retirndose la vida a medida que invada la campia; sin industria, muerto el comercio, habitada por burgueses reducidos a escasos recursos y de aristcratas empobrecidos; durante el da, las calles sin movimiento; de noche, las avenidas en tinieblas, reinando un silencio solamente interrumpido por las soneras de los relojes de las iglesias, y a las diez por el lgubre taido de la gran campana de San Pedro recordando la necesidad del descanso al vecindario, del cual tres cuartas partes estaban ya entregados al sueo ms bien de puro fastidio que por cansancio. Muchos bulevares flanqueados de olmos hermossimos, muy frondosos, rodeaban aquella ciudad de severa sombra. Cuatro veces al da para ir y volver al colegio los cruzaba yo. No era el camino ms directo, pero s el ms apropiado a mis aficiones, porque me acercaba algo a la campia. Algunas veces llegaba hasta el ro, pero no ofreca variantes el espectculo: el agua amarillenta siempre estaba removida en sentido contrario a la corriente, por la marea que hasta aquella regin alcanzaba; el aire cargado de humedad, saturado de las emanaciones de la brea, del camo y de las tablas de pino. Todo aquello era montono y feo y, en el fondo, nada me consolaba del alejamiento de Trembles. Mi ta tena el genio de su provincia, el amor por las cosas cargadas de aos, el miedo a los cambios, el horror a las innovaciones ruidosas. Piadosa y mundana, muy sencilla, pero muy preocupada, perfecta en todo--hasta en sus leves rarezas--haba arreglado su vida en concordancia con dos principios que, segn deca, eran virtudes de familia: la devocin a las leyes de la Iglesia y el respeto a las del mundo; y tal era la fcil naturalidad que pona en el cumplimiento de esos deberes, que su piedad, muy sincera, pareca no ser otra cosa que un nuevo ejemplo de la correccin de su trato. Su saln--como todas sus costumbres,--era una especie de asilo abierto a sus reminiscencias o sus afecciones hereditarias, cada da ms amenazadas. Reuna en l, particularmente los domingos por la noche, los escasos sobrevivientes de su antigua sociedad. Todos eran adictos a la monarqua derrocada y se haban retirado del mundo como ella. La revolucin, que haban visto muy de cerca y que les procuraba un fondo comn de recuerdos y de agravios, les haba impuesto un matiz idntico, una manera de ser comn, empapndolos en una misma prueba. Recordaban los crudos inviernos que pasaron reunidos en la ciudadela de ***, faltos de combustible, durmiendo en cuadras de cuartel sin un mal lecho, abrigando a los nios con restos de cortinajes, comiendo pan negro que era comprado a escondidas. Se refera, sonriendo, lo que en otro tiempo fue terrible. La mansedumbre de la edad haba calmado las iras ms acerbas. La vida haba recobrado su curso regular, cicatrizando las heridas, reparando los desastres, amortiguando la amargura de las aoranzas. Ya no se conspiraba, se censuraba apenas; se esperaba. Finalmente, en un ngulo del saln haba una mesa de juego para los hijos, y all cuchicheaba, mientras se barajaban los naipes, el grupo joven, los representantes de lo porvenir, es decir, de lo desconocido. El mismo da de mi encuentro con Oliverio, al regresar del colegio, me apresur a decirle a mi ta que ya tena un amigo. --Un amigo?--exclam.--Te apresuras un poco tal vez, mi querido Domingo. Sabes su nombre, su edad? Le refer cuanto saba de Oliverio, pintndole con los colores amables que a primera vista me haban seducido; pero slo el nombre bast para tranquilizar a mi ta. --Es uno de los nombres ms antiguos y mejores de nuestro pas--me dijo;--y es llevado por una persona a la cual estimo mucho y profeso amistad. Pocas semanas despus de este nuevo vnculo la unin de las dos familias era completa, y el primer da del invierno se inauguraron las reuniones que se celebraban unas veces en casa de mi ta y otras en el _hotel D'Orsel_ que era el nombre con que Oliverio designaba la casa de la calle de los Carmelitas, que habitaban, sin gran aparato, su to y sus primas. De estas dos primas, la una, Julia, era todava nia; la otra contaba apenas un ao ms que nosotros, se llamaba Magdalena y acababa de salir del convento en que se haba educado. Conservaba cierto encogimiento, cierta cortedad en el gesto y en las maneras; an vesta el modesto uniforme, vestidos tristes, estrechos, rados en el cuerpo por el roce de los pupitres y deformados a la altura de las rodillas por las genuflexiones sobre el pavimento de la capilla del convento. Su tez blanca tena una palidez, una frialdad de colorido que delataba la vida en la sombra, la ausencia de toda emocin; sus ojos se abran mal, como si despertaran de un largo sueo; no era ni alta ni pequea, ni delgada ni gruesa; con un talle indeciso que necesitaba definirse y formarse; se le deca ya que era muy bonita y yo lo repeta de buena voluntad sin fijarme y sin creerlo. En cuanto a Oliverio--a quien slo le he presentado en los escaos del aula,--imagine usted un mozo amable, un poco raro, muy ignorante en materia de lecturas, muy precoz en todas las cosas de la vida, de aire desenvuelto en sus actitudes y en sus palabras, no sabiendo nada del mundo y adivinndolo todo, copiando sus formas y adoptando ya sus prejuicios; figrese usted algo inusitado, un afn singular, jams risible, de anticiparse a su edad y ser todo un hombre improvisado a los diez y seis aos escasos; algo naciente y maduro, artificial y seductor, y comprender cmo mi ta pudo encantarse de mi amigo, hasta el punto de disimularle ciertos defectos de escolar, atendiendo que eran el nico resto de niez que an conservaba. Adems, Oliverio proceda de Pars, y en ese hecho se apoyaba la gran superioridad con que a los otros venca, y que, si no para mi ta, para nosotros las resuma todas. Por mucho que retroceda a travs de esos recuerdos tan insignificantes en su origen, tan tumultuosos ms adelante, cuyo curso remonto no sin cierta dificultad, encuentro siempre en sus acostumbrados sitios, alrededor de la mesa de tapete verde, a la luz de las lmparas, aquellos tres rostros juveniles sonrientes entonces, sin la ms leve sombra de una preocupacin real, y que tanto y de tan diversas maneras deban entristecer algn da, pasiones y pesadumbres; la pequea Julia con salvajismos de nio mimado; Magdalena todava colegiala a medias; Oliverio conversador, distrado, elegante sin pretenderlo, atildado, vestido con gusto en una poca y en un medio en donde los muchachos eran ataviados lo peor posible, manejando las cartas con viveza, rpidamente, con el aplomo de un hombre que ha de jugar mucho, sabiendo lo que hace, y de pronto--diez veces en dos horas--tirando los naipes bostezando, diciendo: me aburro y yendo a ocultarse en un rincn cualquiera. Se le llamaba y no se mova. En qu piensas, Oliverio?, le preguntbamos; no contestaba a nadie y continuaba mirando sin decir palabra con aquella movilidad que constitua uno de sus atractivos, y aquella mirada extraa que flotaba en la semioscuridad del saln como una chispa imposible de fijar. De costumbres muy irregulares, ya discreto como si tuviese que ocultar grandes misterios, inexacto en nuestras reuniones, activo, callejero, era imposible hallarle seguramente en su casa a ninguna hora; aquel pjaro enjaulado a su pesar estaba en todas partes y en ninguna, haba encontrado el medio de crear lo imprevisto en la vida de provincia y revoloteaba como si estuviera al aire libre dentro de su prisin. Considerbase desterrado; y como si hubiese abandonado la Roma de Augusto para dar en Tracia, se haba aprendido de memoria algunos trozos en latn decadente y con eso se consolaba--segn deca--de habitar entre los pastores. Con semejante compaero estaba yo muy solo. Me faltaba aire, me ahogaba en mi habitacin estrecha, sin horizonte, sin alegra, sin ms vistas que la alta barrera de muros grises, almenados, bajo los cuales apenas se vea volar, por rara casualidad, alguna gaviota. Era invierno, llova o nevaba por espacio de semanas enteras, y cuando un rpido deshielo liquidaba la nieve, pareca an ms negra la ciudad despus del breve deslumbramiento que la haba envuelto un instante. Pasada la dura estacin, una maana abranse las ventanas, renacan los ruidos, oanse voces de llamada de una a otra casa; pjaros enjaulados que eran expuestos al aire libre hacan or sus trinos; brillaba el sol, miraba desde arriba por el estrecho embudo que formaba nuestro jardincillo; los brotes de las hojas nuevas salpicaban las ramas de las plantas color de holln. Un pavo real, que no se haba dejado ver en todo el invierno, escalaba lentamente el caballete de un tejado, sobre todo a la tarde, como si prefiriese para sus paseos la tibieza moderada de un sol bajo; abra sobre el fondo azul del cielo la enorme cola y lanzaba penetrante grito, enronquecido como todos los ruidos que se oyen en las ciudades. As adverta que cambiaba la estacin. El deseo de escapar no alcanzaba muy lejos. Tambin yo haba ledo en los _Tristes_ dsticos que recitaba en voz baja, pensando en Villanueva, la nica tierra que yo conoca y que me haba dejado aoranzas que escocan. Estaba atormentado, agitado, ms an, desmoralizado hasta en las horas de pleno trabajo, porque ya no lo contaba para nada en mi vida. Haba adquirido varias manas, entre otras, la de las categoras y la de las fechas. Consista la primera en hacer cierta especie de seleccin de mis das--todos semejantes al parecer y sin ningn incidente notable que pudiera hacerlos mejores ni peores,--y clasificarlos, segn su mrito. Ahora bien, el nico mrito de aquellos das de puro fastidio era el grado de ms o de menos en los movimientos de vida que senta en m. Toda circunstancia en que me reconoca con ms amplitud de fuerzas, ms sensibilidad, mayor memoria en que mi conciencia, por decir as, tena mejor timbre y resonaba ms, todo momento de concentracin ms intensa o de expansin ms tierna era un da para no ser olvidado nunca. De ah la otra mana de las fechas, los nmeros, los smbolos, los jeroglficos, de la cual tiene usted la prueba aqu igual que en cualquiera otra parte en que he considerado necesario imprimir la huella de un momento de plenitud o de exaltacin. El resto de mi vida, el que se disipaba en tibiezas, en sequedades, lo comparaba a esos bajos fondos que se descubren en el mar a cada baja marea y que son como la muerte del movimiento. Tal alternativa asemejaba mucho a la luz y al eclipse de los faros giratorios; esperaba yo siempre un despertamiento de mi ser, como navegante extraviado que aguardara la aparicin de la seal sobre la costa. Lo referido en pocas palabras es claro que corresponde slo a un breve resumen de muy largos, muy oscuros y muy diversos sufrimientos. El da que hall en los libros--que en aquel entonces no conoca--el poema o la explicacin dramtica de esos fenmenos tan espontneos, no tuve ms que un sentimiento: el de parodiar, quizs repitindolo, lo mismo que hombres de gran talento haban experimentado antes que yo. Su ejemplo nada me ense: sus conclusiones, cuando a ellas llegu, no me corrigieren. Si puede calificarse de mal la facultad cruel de presenciar la propia existencia como si ella constituyera un espectculo parecido por otro, aquel mal estaba hecho y entr en la vida sin odiarla, aunque mucho me ha hecho padecer, con un enemigo inseparable, muy ntimo y positivamente mortal, que era yo mismo. V Todo un ao transcurri de aquella manera. Desde el fondo de la ciudad vi el otoo que amarilleaba los rboles y reverdeca los prados, y el da de la reapertura del colegio, llev a l un ser agitado, infeliz, una especie de alma plegada en dos, como un faquir entristecido que se reconoce. Aquella perpetua crtica ejercida sobre m mismo, aquel mirar implacable, tan pronto amigo como enemigo, siempre molesto como un testigo y desconfiado como un juez, aquel estado de permanente indiscrecin respecto a los actos ms inocentes de una edad en la que se reflexiona poco, todo aquello me sumi en una serie de angustias, de dudas, de estupores o excitaciones que me conduca directamente a una crisis. Esa crisis se oper hacia la primavera, en el momento mismo de cumplir los diez y siete aos. Un da--a fines de abril, y deba ser jueves, porque tuvimos asueto los colegiales--sal muy temprano de la ciudad, a pasear al azar por los grandes caminos. Aun no tenan hojas los olmos, pero ya estaban cubiertos de brotes; los prados asemejaban un vasto jardn cubierto de margaritas; las setas de espino estaban en flor; el sol vivo y clido haca cantar a las alondras y pareca atraerlas hacia el cielo, de tal modo suban en lnea recta y volaban alto. Haba por doquier insectos recin nacidos que el viento balanceaba como tomos de luz a la punta de las altas hierbas, y muchas parejas de pajarillos cruzaban rpidamente en direccin a los prados, a los campos de trigo, a las espesuras, en demanda de sus nidos. De cuando en cuando vease pasar algn anciano o algn enfermo que paseaban, a quienes la primavera rejuveneca o devolva la salud, respectivamente; y en los puntos ms abiertos al viento, grupos de nios soltaban cometas con largas colas temblorosas y las contemplaban casi perdidos de vista, fijos sobre el azul del cielo semejantes a blancos blasones salpicados de puntos de colores vivos. Caminaba yo rpidamente penetrado y como estimulado por aquel bao de luz, por aquellos aromas de vegetacin naciente, por aquella vivaz corriente de pubertad primaveral que impregnaba la atmsfera. Lo que yo experimentaba era a la vez muy dulce y muy ardiente. Me senta emocionado hasta las lgrimas, pero sin languidez ni empalagosa ternura. Me dominaba tan activa necesidad de andar, de ir lejos, de quebrantarme de puro cansancio, que no me permita tomarme un minuto de reposo. En cuanto vea a cualquiera que pudiese conocerme cambiaba de rumbo, y me lanzaba a travs de los campos de trigo por cualquiera de las estrechas sendas que los cruzan, marchando a paso de carga hasta que llegaba a donde no vea a nadie. Yo no s qu sentimiento salvaje, ms imperioso que nunca, me incitaba a perderme en el seno mismo de aquella extensa campia en plena explosin de savia. Recuerdo que all lejos divis a los seminaristas desfilando dos a dos a lo largo de las setas floridas, conducidos por viejos sacerdotes que al tiempo que caminaban lean sus breviarios. Haba entre ellos altos adolescentes a quienes la estrecha sotana que les cea el cuerpo les prestaba cierto aspecto raro, pareca adelgazarlos; al pasar arrancaban flores de los espinos y se marchaban con aquellas flores rotas en la mano. No es que busco contrastes imaginarios, recuerdo la sensacin que hizo nacer en mi nimo, en semejante circunstancia, en semejante hora, en semejante lugar, la vista de aquellos jvenes, vestidos de luto y ya en todo semejantes a viudos. De tiempo en tiempo, volva el rostro a la ciudad, ya slo se distingua sobre el lejano lmite de las praderas, la lnea un poco oscura de sus bulevares y las extremidades de sus campanarios. Me pregunt entonces cmo haba hecho yo para permanecer en ella tan largo tiempo y cmo haba sido posible que all me consumiera sin morir; luego o el toque de vsperas, y el taido de las campanas, acompaado de mil recuerdos, me entristeci como llamado que era a compromisos severos. Pens que era necesario volver antes de la noche, encerrarme de nuevo, y emprend con ms ahinco todava el camino del ro. Regres; no estaba rendido, sino muy al contrario, ms excitado por aquel vagabundear durante varias horas, al aire libre, a travs de los caminos, respirando un ambiente tibio bajo la accin spera y mordiente del sol de abril. Experimentaba una especie de embriaguez, iba saturado de emociones extraordinarias, que francamente se manifestaban en mi rostro, en el aspecto de toda mi persona. --Qu tienes, mi hijo querido?--dijo mi ta al verme. --He caminado muy de prisa--le contest con cierto desvo. Me examin de nuevo, y con un ademn de madre inquieta me atrajo bajo el fuego de sus ojos claros y profundos. Me turb horriblemente; no pude soportar ni la dulzura de aquella mirada ni la penetracin de su ternura; no s qu confusin se apoder de m ante la vaga interrogacin insoportable que ella expresaba. --Djeme, se lo ruego, querida ta--le dije. Y sub precipitadamente a mi habitacin. La encontr iluminada por los oblicuos rayos del sol poniente y qued como deslumbrado por el resplandor de aquella luz caliente y rojiza que la invada como una oleada de vida. Sin embargo, me sent ms tranquilo vindome solo y me asom a la ventana esperando la hora saludable en que aquel torrente de claridad iba a extinguirse. Poco a poco fueron enrojecindose las paredes de los altos campanarios, los ruidos se hicieron ms perceptibles a travs del aire algo ms hmedo, anchas franjas de fuego se formaron sobre el ocaso hacia el lado en donde se alzaban por encima de las casas los mstiles de los barcos amarrados a la orilla del ro. As permanec hasta la noche, preguntndome lo que experimentaba; y no sabiendo qu contestar, oyendo, viendo, sintiendo, ahogado por las pulsaciones de una vitalidad extraordinaria, ms emocionante, ms fuerte, ms activa, ms incomprensible que nunca. Deseaba que alguien estuviese all; mas por qu? No hubiera sabido explicarlo. Y quin? Lo saba menos an. Si hubiera tenido que escoger un confidente entre todos los seres que entonces me eran ms queridos, me habra sido imposible nombrar a ninguno. Slo cuando faltaban algunos minutos para que se extinguiera el ltimo resplandor del da volv a salir. Me deslic por las calles que saba eran menos frecuentadas hasta los lugares del bulevar en que la hierba brotaba en plena soledad. Cruc la plaza en donde resonaban los primeros sones de la retreta militar. Luego el ruido de las cornetas se alej y yo segu la marcha desde lejos, por las calles ms sinuosas, guindome por el eco de ellas ms claro o ms confuso segn la anchura del espacio en que se desplegaba el sonido a travs del aire, en completa quietud aquella noche. Solo, completamente solo, en el crepsculo azul que descenda del cielo sobre los olmos cuajados de ligero follaje, a la luz de las primeras estrellas que se filtraba a travs de las ramas de los rboles como chispas sembradas sobre el encaje de las hojas, caminaba por la ancha avenida escuchando aquella msica tan bien acompasada y dejndome guiar por sus cadencias. Iba marcando el comps, mentalmente la tarareaba cuando dej de orla; me qued en el alma como un movimiento que se contina, y vino a ser una especie de ritmo y una meloda sobre la cual involuntariamente adapt una letra. No conservo el recuerdo de las palabras, ni del asunto, ni del sentido de las frases; tan slo s que aquella singular exhalacin sali de m primero como simple ritmo, despus con palabras rimadas, y que aquella medida interior se tradujo de repente no solamente por la simetra de las slabas sino por la repeticin doble o mltiple de algunas de ellas, sordas o sonoras, correspondindose y haciendo las unas eco a las otras. No me atrevera a decirle a usted que aquello fuese una composicin potica, pero lo cierto es que la combinacin sonora de los vocablos se pareca mucho a los versos. En el mismo momento en que llegaba yo a ese punto de mis reflexiones, apareci delante de m, en la misma avenida que yo recorra, nuestro amigo de siempre, el seor D'Orsel, acompaado de sus dos hijas. Tan cerca estaban que no poda evitar el encuentro, y la misma preocupacin que me dominaba me lo hubiera impedido. Me encontraba, pues, cara a cara con la tranquila mirada y el plido rostro de Magdalena. --Cmo por aqu?--me dijo. Aun me parece or su voz neta, area, con cierto acento del Medioda que me hizo estremecer. Tom maquinalmente la mano que me tenda, una mano pequea, fina y fresca, cuya frialdad me dio la nocin de que la ma abrasaba. Estbamos tan cerca que distingu con toda exactitud sus facciones y me espant la idea de que a su vez deba verme como yo a ella. --Le hemos causado miedo?--aadi. En el cambio de tono de su voz conoc que mi horrible turbacin era apreciable, y como por nada del mundo habra aceptado permanecer un solo segundo ms en aquella situacin sin salida, balbuc algo tan fuera de razn, que me acobard, perd la cabeza y, atolondrado, neciamente me di a la fuga. Aquella noche desert del saln de mi ta y me encerr en mi cuarto de miedo de ser sorprendido. All, sin reflexionar nada, sin pretenderlo tampoco, absolutamente como hombre fascinado por alguna empresa que tanto le asusta como le seduce, de una tirada, sin releer, casi sin vacilar, escrib una porcin de cosas inesperadas que parecan caer del cielo. Fue a la manera de un exceso de carga que sali de mi corazn, de cuyo peso se senta aliviado a medida que de ella se iba desembarazando. Aquel trabajo febril me ocup hasta hora muy avanzada de la noche. Por fin pareciome que haba terminado una tarea ineludible; todas las fibras irritadas se relajaron, y ya al amanecer, cuando despertaban los pajarillos, me dorm presa de la ms deliciosa languidez. Al otro da Oliverio me habl de mi encuentro con sus primas, de mi turbacin, de mi huida. --Haces misterio--me dijo,--y te equivocas. Si yo tuviese algn secreto lo compartira contigo. Dud un momento si le dira o no la verdad. Era lo ms sencillo y positivamente habra valido ms que ocultarla; pero a mi declaracin se oponan mil obstculos reales o imaginarios que me la presentaban como cosa imposible. En qu trminos iba yo a darle a entender lo que senta desde tiempo atrs sin que nadie lo hubiera sospechado? Cmo hablarle, a sangre fra, de aquellos extraos pudores que ofuscaban la luz del da, que no soportaban examen mo ni ajeno, y que semejantes a una herida fresca y demasiado sensible exigan no ser tocados ni siquiera con la mirada? Cmo referirle aquella crisis de sensibilidad inexplicable y aquella especie de encantamiento por la noche cuyo testimonio escrito hall por la maana? Repliqu con una mentira: desde varios das antes me senta enfermo, el calor de la vspera me haba causado una especie de vrtigo y rogaba a Magdalena que me excusara la triste figura que hice al encontrarla. --Magdalena?...--continu Oliverio.--Pero nosotros no tenemos cuentas que arreglar con Magdalena... Hay cosas que no le incumben... Al decir eso sonrea de un modo singular y me dirigi una mirada de las ms penetrantes y ms vivas. Por mucho que se esforzara para leer lo que haba en mi alma, estaba bien seguro de que nada descubrira; pero comprendiendo que algo buscaba, y aunque no acababa de adivinar cules podan ser los sentimientos, muy presumibles, que Oliverio me supona, vindome objeto de tal investigacin reflexion y surgi en m una sospecha que me llen de turbacin. Era tan perfectamente cndido e ignorante, que el primer despertar de ciertos impulsos en medio de mis ingenuidades me fue sealado por una inquieta mirada de mi ta y una equvoca y curiosa sonrisa de Oliverio. Pens que era vigilado y me vino el deseo de averiguar la causa de aquella vigilancia. Fue una falsa sospecha que por primera vez en la vida me hizo ruborizar. No s qu indefinible instinto hinch mi corazn con una emocin absolutamente nueva. De pronto, un extrao resplandor ilumin ese verbo infantil, el primero que todos hemos conjugado en francs o en latn estudiando la gramtica. Y dos das despus de aquella advertencia hecha por una madre prudente y por un camarada emancipado, no estaba lejos de admitir--tanto estaba llena mi mente de escrpulos, de curiosidades y de inquietudes,--que mi ta y Oliverio tenan razn sospechando que estaba yo enamorado; pero, de quin?... El domingo prximo por la noche nos reunimos todos como de ordinario en el saln de mi ta. Cuando lleg Magdalena experiment cierta turbacin; no la haba vuelto a ver desde el jueves ltimo por la tarde. Era indudable que esperaba ella una explicacin; pero me senta incapaz de drsela y call. Estaba espantosamente confuso y distrado. Oliverio--que no crea que existiera ninguna razn para ser caritativo conmigo--me acribillaba con sus epigramas. Era inofensivo lo que deca; pero, desde muchos das antes, era tan extraordinaria la irritabilidad de mis nervios que cualquier cosa me hera y me causaba inmotivado sufrimiento. Estaba sentado junto a Magdalena por razn de una costumbre adquirida sin que la voluntad de ninguno de los dos hubiese dado margen a ella por ningn concepto. De pronto experiment el deseo de cambiar de sitio. Por qu? No hubiera sido capaz de decirlo. Me pareca, tan slo, que la luz de las lmparas me incomodaba y que en otro lugar me encontrara mejor. Cuando Magdalena levant los ojos que tena bajos mirando el juego y me vio sentado al otro lado de la mesa, precisamente en frente de ella, dijo con cierto aire de sorpresa: Y bien...? Pero nuestras miradas se encontraron y algo extraordinario debi advertir en la ma que la turb levemente y le impidi terminar la frase. Cerca de ao y medio haca ya que viva cerca de ella y por primera vez aquella noche la mir como se mira cuando se desea ver. Magdalena era encantadora, mucho ms encantadora que no se deca, muy diferente de como yo la haba considerado hasta aquel momento. Adems tena diez y ocho aos. Aquella apreciacin repentina, lejos de iluminar mi espritu poco a poco, en medio segundo me ense todo lo que yo ignoraba de ella y de m mismo. Fue como una revelacin definitiva que complet las de los das precedentes, reunindolas en un montn de evidencias y creo que explicndolas todas. VI Algunas semanas despus, el seor D'Orsel se traslad a un establecimiento de baos termales pretextando motivo de salud y de recreo, pero en realidad por razones particulares de las cuales me enter ms tarde. Magdalena y Julia le acompaaron. Aquella separacin--de la que cualquier otro se hubiera lamentado como de un desgarramiento--me libert de un gran apuro. Ya no me era posible vivir cerca de Magdalena siempre cohibido por la invencible timidez que su presencia me causaba. Hua de ella. El hecho de mirarla cara a cara constitua para m un verdadero desplante de audacia. Vindola tan tranquila, cuando yo estaba tan turbado, encontrndola tan perfectamente bella, cuando tantos motivos tena yo para reconocerme desagradable con mi traje de colegial y mi aspecto de campesino desgalichado, invada todo mi ser un sentimiento de inferioridad humillante que me llenaba de desconfianzas, transformando la ms sencilla familiaridad en sumisin sin dulzura, en ruin servidumbre con asomos de esclavitud. En una palabra, Magdalena me daba miedo, me dominaba antes de seducirme: el corazn tiene las mismas ingenuidades que la fe: todos los cultos apasionados empiezan as. El da que sigui al de la partida de Magdalena me apresur a ir a la calle de los Carmelitas. Oliverio ocupaba un cuarto, pequeo, perdido en un alto pabelln del hotel. Ordinariamente iba yo a buscarle a la hora de entrar al colegio, le llamaba desde el jardn para que bajase. Me acord que a aquella hora, casi todas las maanas me responda otra voz, que Magdalena se asomaba a la ventana y me saludaba; pens en la emocin que me causaba aquella entrevista cuotidiana, antes sin encanto ni peligros y que luego se haba convertido en verdadero suplicio, y entr, atrevidamente, casi contento como si algo que en m haba de temeroso y vigilado, tomara sus vacaciones. La casa estaba vaca. Los sirvientes iban y venan, como asombrados, tambin ellos, de no tener ya que reportarse. Haban abierto todas las ventanas y el sol de mayo jugueteaba libremente en las habitaciones, en las cuales cada cosa estaba en su sitio. No era el abandono, era la ausencia. Suspir. Calcul lo que aquella ausencia deba durar. Dos meses. El plazo tan pronto me pareca muy corto como se me antojaba muy largo. Creo que hubiera deseado--tanto experimentaba la necesidad de pertenecerme--que aquel exiguo respiro nunca tuviera fin. Volv el otro da y los siguientes y hall el mismo reposo y la misma seguridad. Recorr toda la casa, visit el jardn, senda por senda; Magdalena estaba por doquier. Me atrev hasta entretenerme libremente con su recuerdo. Mir la ventana de su cuarto y en ella vi su encantador semblante. O su voz en los paseos del parque y me puse a tararear para encontrar en aquel murmullo el eco de las canciones que le gustaba entonar al aire libre, que el viento haca tan fluidas y que eran acompaadas por el susurro de las hojas. Volv a ver en el recuerdo mil cosas de ella que me eran ignoradas o que no me haban impresionado, ciertos gestos que sin ser nada resultaban encantadores, reconoc llena de gracia la costumbre que tena de retorcerse la cabellera sobre la nuca y atarla por medio formando negro haz. Las ms insignificantes particularidades de su traje o de sus ademanes, el aroma extico de que se perfumaba y que me habra hecho reconocerla a ojos cerrados, hasta los colores que haba adoptado ltimamente, el azul que le estaba tan bien y que tanto haca resaltar la ntida blancura de su tez. Todo aquello reviva en mi memoria con sorprendente lucidez; pero causndome una emocin muy diversa de la que me produca cuando ella estaba presente, algo as como una aoranza que me era grato acariciar, dulce recuerdo de cosas amables que ya no estaban all. Poco a poco, sin gran calor, pero con perenne ternura, me satur de aquellas reminiscencias, el solo atractivo casi vivo que de ella me quedaba, y aun no haban pasado quince das desde la partida de Magdalena cuando aquel recuerdo invasor no se apartaba de mi mente ni un instante. Una tarde sub al cuarto de Oliverio y, como siempre, pas por delante del de Magdalena. Muchas veces haba hallado abierta de par en par la puerta sin que me viniese el deseo de entrar. Aquella tarde me detuve en seco, y despus de muchas vacilaciones concordantes con escrpulos tan nuevos como todos los otros sentimientos que me embargaban, ced a una verdadera tentacin y entr. La habitacin estaba casi a oscuras. Apenas se distinguan los muebles, antiguos, de maderas de color atezado y los dorados de las marqueteras brillaban dbilmente. Telas de colores sobrios, blancas muselinas flotantes completaban un conjunto de tonos plidos y dulces, impregnando de tranquilidad y recogimiento en la semioscuridad de un suave crepsculo. El aire tibio llegaba del jardn saturado del aroma de las flores; pero predominaba un sutil perfume, ms vivo que los otros, que ms que ninguno me impresionaba al percibirlo, recuerdo inequvoco de Magdalena. Llegu hasta la ventana: a ella tena costumbre de asomarse Magdalena. Me dej caer sobre un silloncito en que ella sola sentarse y permanec all algunos minutos presa de la ms viva ansiedad, retenido a mi pesar por el deseo de saborear impresiones cuya novedad me pareca exquisita. No miraba nada; por nada del mundo habra osado poner la mano sobre ninguno de los objetos que me rodeaban; inmvil, atento slo a penetrarme de aquella indiscreta emocin, senta agitarse convulsivamente mi corazn, y tan precipitados eran sus movimientos, que instintivamente me apretaba el pecho con ambas manos para ahogar en lo posible los incmodos latidos. De sbito reson en el corredor el ruido seco de los pasos de Oliverio y apenas me qued tiempo para deslizarme hasta la puerta antes de que llegase. --Te esperaba--me dijo sencillamente para persuadirme de que no me haba visto salir del cuarto de Magdalena o que nada que objetar tena por el hecho. Iba ataviado con mucha elegancia, la corbata anudada con abandono y el traje, de tela ligera, tan holgado como era su gusto usar la ropa, sobre todo en verano. Tena un modo de andar tan desenvuelto, una manera tan libre de moverse, vestido de ropa flotante que en ciertos momentos, de todo en todo asemejaba un joven extranjero, ingls o americano. Constitua esto uno de los atractivos de su persona, y yo, que he tenido ocasin de apreciar lo mismo sus altas cualidades que sus debilidades, no podra decir que pusiera demasiadas pretensiones en el modo de vestir, aunque de l hiciera verdadero estudio. Crea l que la composicin del indumento, la eleccin de los colores, las proporciones de un traje eran cosa muy digna de ser tenida en cuenta por un hombre de buen tono; pero, una vez adquirida aquella combinacin, ya no pensaba ms en ella, y habra sido hacerle gran injusticia, el suponer que de su atavo se preocupara ms tiempo que el necesario para los ingeniosos cuidados que en l pona. --Vamos hasta los bulevares--me dijo tomndome por un brazo.--Deseo que me acompaes y ya es casi de noche. Caminaba de prisa y me arrastraba como si estuviese apremiado por la hora. Tom por el camino ms corto, atraves las alamedas desiertas y me llev derecho al lugar en que se acostumbraba pasear durante el verano al caer la tarde. Haba bastante gente, todo cuanto una pequea ciudad como Ormessn poda reunir de mundano, rico y elegante. Oliverio sigui andando siempre de prisa, distrada la mirada, tan absorbido y excitado por secreta impaciencia que se olvidaba de que me tena a su lado. De pronto retard el paso, se apoy ms en mi brazo como si tratara de buscar un apoyo para dominarse y moderar cierta efervescencia que tenda a desbordarse. Me di cuenta de que haba llegado al trmino de una pesquisa. Dos mujeres se dirigan hacia nosotros siguiendo el borde de la avenida, misteriosamente abrigadas por la sombra de los olmos. Una de ellas era joven y notablemente bella; mi reciente experiencia me haba formado el gusto respecto de aquellas definiciones delicadas y ya no me equivocaba. Me fij en la manera de hollar con paso leve y corto el csped que creca al pie de los rboles, como si caminara sobre la flexible pelusa de una alfombra. Nos miraba fijamente, con menos gracia que Magdalena, pero con una desenvoltura que jams ella hubiera osado permitirse y todava lejos, preparbase ya a contestar con una sonrisa especialsima al saludo de Oliverio. Este saludo fue cambiado lo ms cerca posible, con mucha gracia y un poco de abandono; y luego que el rostro de la joven rubia, todava sonriente, qued oculto por las puntillas del sombrero, mi amigo volvi el suyo hacia m, y con un acento de interrogacin lleno de audacia me dijo: --Conoces t a la seora de X...? Tratbase de una persona de quien se hablaba un poco en el mundo al cual acompaaba yo a mi ta algunas veces. Nada tena de particular que Oliverio le hubiera sido presentado; y con toda ingenuidad se lo dije. --Precisamente--aadi,--bail una noche con ella el invierno pasado y desde... Interrumpiose, y tras breve silencio continu: --Mi querido Domingo, ya sabes t que no tengo padre ni madre; no soy ms que el sobrino de mi to, y de esa parte no espero ms afecto que el que me es debido como tal pariente, es decir, muy poca porcin del patrimonio de ternura que por derecho corresponde a mis dos primas. Tengo, pues, la necesidad de ser amado, en distinta forma que la de una amistad de colegio... No protestes; te estoy muy agradecido por la adhesin que me demuestras y que no dudo me conservars, suceda lo que quiera. Tambin me cumple decirte que te quiero mucho. Pero has de permitirme que considere un poco tibias las afecciones que me han tocado en suerte. Dos meses hace, una noche, en un baile, habl poco ms o menos del mismo modo sobre este mismo asunto con la persona a quien acabamos de encontrar. Al principio la divert no dando a mis palabras ms valor que el de lamentaciones de un estudiante a quien el colegio aburre; pero como tena la firme voluntad de ser escuchado seriamente, puesto que en serio hablaba yo y como tambin estaba seguro de que sera credo si me empeaba, le dije: Seora, si le place dar a mis palabras el valor de una splica, sea; si no ellas sern expresin de una pena de la cual no volver a or hablar. Me dio dos golpecitos con el abanico con objeto de interrumpirme, sin duda; pero nada ms tena que decirle, y para no desmentirme abandon el baile en seguida. Desde entonces mantengo mi palabra y no he aadido ni una frase que pudiera hacerle suponer que abrigo la ms leve esperanza ni la duda ms pequea. No me oir nunca ni lamentarme ni suplicar. Siento que en semejante caso tendr mucha paciencia y esperar. Mientras as me hablaba pareca Oliverio muy tranquilo. Un poco ms de brusquedad en su gesto y un acento ms vibrante en la voz eran los nicos sntomas perceptibles que delataban un estremecimiento interno, si realmente se agitaba su corazn, que mucho lo dudo. Cuanto a m, le escuchaba con real y profunda angustia. Aquel lenguaje me resultaba tan nuevo, era tal la naturaleza de sus confidencias, que desde luego experiment una gran confusin, como al contacto de una idea completamente incomprensible. --Y bien!--le dije, porque no hall en mi mente ms que esa exclamacin de ingenuo. --Pues nada ms. Es todo lo que tena que comunicarte, Domingo. Cuando a tu vez me pidas que te escuche, sabr hacerlo. Le contest ms lacnicamente an, le estrech tiernamente la mano y nos separarnos. Me sucedi con estas confidencias de Oliverio igual que con todas las lecciones demasiado bruscas o fuertes por exceso; aquella iniciacin embriagadora me llen de confusiones y hube menester de largas y penosas meditaciones para seleccionar las verdades tiles o intiles que contenan declaraciones tan graves. En el estado de nimo en que me encontraba, es decir, atrevindome apenas a aquilatar sin emocin la ms inocente y la ms usual de las palabras del lenguaje del corazn, mis previsiones ms atrevidas jams habran llegado por s solas a sobrepasar la idea de un sentimiento mudo y desinteresado. Partir de tan poco para llegar a las ardientes hiptesis en que me lanzaban las temeridades de Oliverio; pasar del silencio absoluto a la manera aquella, tan libre, de expresarse respecto de la mujer; seguirle, en fin, hasta el objeto marcado para su espera eran evoluciones capaces de hacerme envejecer en pocas horas. Llev a cabo aquella gigantesca zancada, pero a trueque de temores y de deslumbramientos que no son para descritos; y lo que me asombr ms, luego que hube alcanzado el punto de lucidez necesario para comprender a fondo las lecciones de Oliverio fue el resultado de la comparacin del valoramiento que ponan en mi mente, con la frialdad del calculismo de aquel que se deca enamorado. Pocos das despus me mostr una carta sin firma. --Os escribs?--le pregunt. --Esta carta--me dijo--es la nica que de ella he recibido y no he contestado. La carta estaba concebida, poco ms o menos, en los siguientes trminos: * * * Es usted un nio que pretende obrar como un hombre y yerra usted doblemente al envejecerse. Haga lo que quiera, los hombres sern siempre mejores o peores que usted. Creo que es digno de lstima porque est solo, y le estimo bastante para admitir que debe usted sufrir privado de una amistad vigilante y tierna; pero procedera usted mejor hablando con el corazn en la mano, que no confindose un da, de sbito, a alguien que le aprecia, y callar despus. No alcanzo el bien que le pude hacer escuchando sus confidencias ni el fin que persigue no renovndolas. Razona usted demasiado para una edad en que la ingenuidad es a la vez principal atractivo y nica excusa, y si tuviera usted tanto abandono como sangre fra sera ms interesante y sobre todo ms feliz. * * * No obstante algunos raros arranques de franqueza a los cuales ceda por capricho, no entenda yo ms que a medias las confidencias de Oliverio. Aunque tena la misma edad que yo, sobre poco ms o menos, y era sin duda inferior a m en muchas cosas, me consideraba demasiado joven, segn deca, para apreciar las cuestiones de conducta que se agitaban en su alma. A duras penas poda yo aceptar la primera palabra del propsito que pretenda mantener hasta alcanzar la plena satisfaccin del amor propio o de su placer. Le vea siempre tan tranquilo, tan sereno, tan dispuesto a todo, con su fisonoma amable, de rasgos un poco fros, la mirada impertinente para todos los que no eran sus amigos, y aquella sonrisa rpida y seductora de la cual saba hacer oportunamente tan pronto una caricia como un arma ofensiva. No estaba triste ni siquiera preocupado ni aun en los momentos en que, segn confesin propia, su imperturbable confianza haba sufrido un poco. El despecho no se manifestaba en l ms que por una especie de irritabilidad ms aguda, y no haca ms, por decir as, que aadir un resorte de temple ms seco a su audacia. --Si te parece que voy a sufrir, te equivocas--me deca algn tiempo despus en uno de esos momentos de breve vacilacin en los cuales pareca complacerse en dar a sus palabras una expresin de hostilidad malvada.--Si un da llega a amarme, ms tarde o ms temprano, esto de ahora no es nada. Si no... --Si no?...--repet yo. No contest; como si hubiera querido cortar algo hendiendo el aire hizo girar silbando alrededor de su cabeza un fino junco que llevaba en la mano. Luego, continu fustigando en el vaco con vehemencia extrema y aadi: --Si pudiera leer en sus ojos un s o un no!... Jams he visto otros ni ms atormentadores ni ms bellos, excepto los de mis dos primas que no me dicen nada. Otros das, cualquier incidente halageo le volva a su ser. Se tornaba sensible, notbase que estaba agitado y se mostraba ligeramente entusiasta, con mucha ms naturalidad. Pona cierta dulzura en sus gestos y en sus palabras y, aunque reservado como siempre, mucho me daba a entender respecto de sus esperanzas. --Ests bien seguro de que la amas?--le pregunt por fin, tanto me pareca esa condicin primordial aunque dudosa para que se mostrara exigente. Oliverio me mir fijamente y como si mi pregunta le pareciese el colmo de la imbecilidad o de la locura, solt una carcajada tan insolente que me quit las ganas de continuar. La ausencia de Magdalena dur el tiempo convenido. Algunos das antes de su regreso, pensando en ella--y eso me suceda cada minuto,--recapitul los cambios que se haban operado en mi nimo y me qued estupefacto. El corazn lleno de secretos, el espritu conmovido por atrevidos impulsos, el nimo cargado de experiencia antes de haber conocido nada, me reconoc absolutamente diverso de como era cuando de m se haba separado ella. Me persuad de que aquello me servira para aminorar otro tanto la curiosa sumisin a que haba estado sujeto, y aquel leve tinte de corrupcin difundido en todos mis sentimientos perfectamente cndidos antes, me prest un algo semejante a la desvergenza, mejor dicho, la suficiente bravura para correr al encuentro de Magdalena sin temblar demasiado. Lleg ella a fines de julio. Desde muy lejos percib el ruido de los cascabeles de los caballos, y vi acercarse encuadrada en la verde cortina que formaban los setos vivos, la silla de posta, blanca de polvo, que cruz el jardn y se detuvo delante del portal. Lo primero que impresion mis ojos fue el velo azul de Magdalena que flotaba detrs de la portezuela del carruaje. Baj ligera y se abraz a Oliverio. Al contacto de sus pequeas manos que estrechaban las mas con fraternal cordialidad la realidad de mis ensueos renaci; luego, apoyndose en el brazo de Oliverio y en el mo con la familiaridad propia de una hermana, con igual presin sobre el uno que sobre el otro y derramando sobre ambos, como un verdadero rayo de sol la lmpida luz de su mirada directa y franca, como quien siente un poco de cansancio subi las escaleras del saln. La velada estuvo saturada de efusin. Tena Magdalena tantas cosas que referirnos! Haba contemplado hermosos paisajes, haba admirado toda clase de novedades, de costumbres, de ideas, de trajes. Hablaba revelando el desorden en la memoria abarrotada de recuerdos tumultuosos con la volubilidad de un alma impaciente por referir en algunos minutos una multitud de adquisiciones hechas en dos meses. De cuando en cuando se interrumpa, para tomar aliento, como si todava hubiese de subir y bajar muchos escalones de la montaa por donde su relacin nos conduca. Se pasaba la mano por la frente, por los ojos, mesaba hacia atrs de las sienes los rizos de la espesa cabellera un poco erizada por el polvo del viaje. Hubirase dicho que aquellas actitudes semejantes a las de una persona que marcha y tiene calor, refrescaban su memoria. Buscaba un nombre, una fecha, perda y recobraba sin cesar el hilo enredado de un itinerario y se rea a carcajadas cuando la confusin de su relato era tan grande que se vea obligada a pedir ayuda a la clara y firme memoria de Julia. Exhalaba vida, el goce de ensear, las curiosidades satisfechas. A pesar de estar rendida por el largo viaje en coche, conservaba todava la costumbre del repetido cambio rpido de lugar que la haca levantarse a cada momento, accionar, mudar de asiento, lanzar una ojeada de bienvenida tan pronto al jardn como a los muebles, reconocindolo todo y acaricindolo. Luego fijaba atentamente los ojos en Oliverio y en m como para estar bien segura de reconocernos y constatar mejor su regreso y su presencia entre nosotros; pero sea que nos encontrara un poco cambiados al uno y al otro, sea que dos meses de separacin y la vista de tantas cosas nuevas la hubiesen deshabituado de las nuestras notaba yo en su fisonoma cierta expresin de vaga sorpresa. --Y bien--le dijo Oliverio,--nos reconoces? --No del todo--replic ella ingenuamente.--Cuando estaba lejos de vosotros os vea de otra manera. Yo estaba como clavado en mi asiento. La miraba, la escuchaba y por mucho que ella notara en nosotros un cambio, el que yo adverta en ella era an ms efectivo y sin duda ms completo, ya que no ms profundo. Estaba ms morena. Su tez, reanimada por suave tono rosado, traa de las caminatas al aire libre como un reflejo de luz y de calor que lo doraba. Tena la mirada ms rpida y la cara un poco ms delgada, las pupilas como manchadas por el esfuerzo de una vida muy activa y la costumbre de abarcar dilatados horizontes. Su decir siempre acariciador y notado por el uso de expresiones tiernas haba adquirido yo no s qu nueva plenitud que le prestaba acentos ms enrgicos. Andaba con ms soltura, su pie mismo se haba achicado ejercitndose en largas excursiones por difciles senderos. Toda su persona pareca haber disminuido el volumen tomando aspecto ms firme y ms preciso; y el vestido de viaje, que saba llevarlo maravillosamente, completaba la fina y robusta metamorfosis. Era la misma Magdalena, embellecida, transformada por la independencia, por el placer, por los mil accidentes de una existencia imprevista, por el ejercicio de todas las fuerzas, por el contacto con elementos ms activos, por el espectculo de una naturaleza grandiosa. Era la misma juventud de una criatura selecta, con algo ms nervioso, ms elegante, ms definido, que sealaba un progreso en la belleza y un paso decidido en la vida. No recuerdo bien si entonces me di exacta cuenta de todo lo que ahora digo; pero lo que s de cierto es que adivin la superioridad ms y ms determinada de ella sobre m porque en aquel momento med con absoluta certeza y con una emocin que nunca haba experimentado, la enorme distancia que separa a una joven que frisa en los diez y ocho aos, de un estudiante que apenas cuenta diez y siete. Adems un indicio ms positivo todava debiera haberme abierto los ojos aquella misma noche. Entre los bultos del equipaje haba un admirable rododendro, arrancado de raz en torno de las cuales una mano previsora haba rodeado puados de helecho y de plantas alpinas, todava chorreando el agua de las montaas. Aquella planta, trada de tan lejos y por la cual demostraba especial inters el padre de Magdalena, deca ella que le haba sido enviada en recuerdo de una expedicin al pico de *** por un compaero de viaje a quien se atribua vagamente mucha amabilidad, mucha cultura y previsin y muchas consideraciones respecto al seor D'Orsel. Cuando Julia deshaca las envolturas se desliz una tarjeta que Oliverio vio caer y de la cual se apoder rpidamente; despus de darle dos o tres vueltas como si tratara de apreciar los detalles fisonmicos, por decir as, de aquella blanca cartulina, ley en voz alta: _El conde Alfredo de Nivres_. Nadie se dio por entendido de aquel nombre que reson secamente en medio de un silencio absoluto y resuelto. Magdalena aparent no haber odo; Julia ni siquiera pestae; Oliverio call; el seor D'Orsel tom la tarjeta y la desgarr sin decir palabra. En cuanto a m, el ms interesado en precisar los ms insignificantes detalles de aquel viaje, qu le dir a usted? Tena necesidad de sentirme dichoso, y en eso se cifra el enigma de muchas cegueras menos explicables an que la ma. Entre Magdalena casi mujer y el adolescente apenas emancipado que voy retratando, entre sus brillantes aos y los mos, haba mil obstculos conocidos o desconocidos, patentes u ocultos, nacidos o por nacer. Sin embargo, yo me obstinaba en no ver ninguno. Haba echado mucho de menos a Magdalena, la haba deseado, esperado, y ya usted habr adivinado que despus de su partida haba cien veces maldecido el censurable espritu de rebelin que me revolva contra la ms envidiable, la ms dulce, la menos calculada de las servidumbres. Volva al fin tan afectuosa que me encantaba, seductora hasta el punto de maravillarme; la poesa; y como les sucede a quienes un exceso de luz les perturba la vista, nada adverta yo ms all del confuso deslumbramiento que me encegueca. Gracias a la ausencia de razonamiento, mejor dicho, a mi ceguera, me sumerg en los meses siguientes como si hubiera entrado en lo infinito. Figrese usted una primavera, rpida y muy calurosa, llena de rientes amores, de impulsos generosos, de imprevisiones, de alegras perfectas. Tan enrgica fue mi expansin como cobarde haba sido el replegamiento sobre m mismo antes de aquella sbita floracin que me sorprenda en el embotamiento propio de la verdadera infancia. No preguntaba si me era permitido ofrecerme, me daba sin reservas con efusiones en las cuales pona cuanto en m haba de sinceridad inteligente, lo mejor de mi ser moral, sobre todo lo ms inflamable. No me considero capaz de pintar con exactitud aquel breve momento de desinters total, que bien puede servir de excusa a muchos accesos de egosmo, en que luego ca, y durante el cual mi existencia pursima, saturada de buenas intenciones, ardi por entero a modo de ofrenda y llame a los pies de Magdalena como fuego sagrado ante un altar. Recobramos las antiguas costumbres. Era el mismo cuadro de antes embellecido por el prodigioso brillo de una nueva vida. Causbame asombro encontrarlo todo tan incomparable y que una sola influencia hubiera tenido el poder de cambiar el aspecto de las cosas hasta el extremo de rejuvenecer tantas decrepitudes y reemplazar aspectos tan morosos por semejantes alegras. Las noches eran cortas, las tardes calurosas. Ya no nos reunamos en el saln; se velaba bajo los rboles del jardn del seor D'Orsel o en pleno campo sobre los linderos de los prados hmedos. Muchas veces daba yo el brazo a Magdalena durante las lentas caminatas realizadas en grupo. Las personas mayores nos seguan. Llegaba la noche y haca descender sobre nosotros el silencio, en aquellas horas en que se habla menos y en voz muy baja. La ciudad cerraba el horizonte con sus graves siluetas, el taido de las campanas y el de las soneras de los gticos relojes de torre acompaaban aquellos paseos alemanes en los que yo no era Werther, aunque creo que Magdalena vala una Carlota, porque jams le habl de Klopstock y si alguna vez mi mano se pos en la suya fue siempre obedeciendo a un impulso fraternal. Por las noches continuaba escribiendo con furor, porque nada haca yo a medias. Me pareca a veces--tal era el cmulo de ilusiones que se reunan en mi cabeza,--que estaba a punto de dar a luz alguna obra maestra. Obedeca a una fuerza ajena a mi voluntad como todas las que me posean. Si con los recuerdos de aquella poca hubiese conservado la ms leve de las ignorancias que la hicieron tan bella y tan estril, dira que aquella facultad singular, siempre dominadora y jams sumisa, desigual, indisciplinable, llegando en cierto momento y alejndose como haba venido, asemejaba a lo que los poetas llaman inspiracin y personifican en su Musa. Era imperiosa e infiel, dos rasgos salientes que me hicieron tomarla por la inspiradora ordinariamente de los espritus dotados. Pero un da, ms adelante, comprend que la visitante que me caus tantas alegras primero y luego tanta decepcin, no tena nada de lo caracterstico de la Musa sino mucha inconstancia y mucha crueldad. Esta doble vida de fiebre del corazn, de fiebre del espritu, hacan de m un ser muy equvoco. Notbalo yo. Haba en ella ms de un peligro que trat de conjurar y cre llegado el momento de desembarazarme de un secreto sin valor para poner a salvo otro ms precioso. --Es singular...--me dijo Oliverio.--A dnde te conducir eso? Despus de todo, tienes razn si ese trabajo te divierte. Breve respuesta que encerraba no poco desdn y quizs mucho asombro. En medio de estas distracciones mis estudios iban bastante bien. Continuaba obteniendo xitos que despreciaba comparndolos con la grandeza de los sentimientos que hacan que fuese un hombre pequeo y, segn mi juicio, un corazn tan grande. De tarde en tarde reciba de lejos un impulso que me obligaba a considerar aquellos xitos menos desdeables. Desde el da que nos separamos, Agustn no me haba olvidado. En cuanto lo permita la distancia que nos separaba continuaba procurndome las enseanzas que haban comenzado en Trembles. Con la superioridad que le prestaba la experiencia de la vida abordada por los lados ms dificultosos, en el ms grande de los escenarios, y segn el progreso moral que supona en su discpulo, haba elevado poco a poco el tono de sus consejos. Sus lecciones se convertan ya casi en conversaciones de hombre a hombre. Me hablaba poco de l mismo y slo en trminos vagos para decirme que trabajaba, que hallaba grandes obstculos, pero que esperaba llegar a buen trmino. Algunas veces una rpida descripcin, bosquejo del mundo en que viva, de los hechos, de las ambiciones que le rodeaban, segua a la expresin de los buenos nimos que tena para luchar, como para experimentarme con tiempo y prepararme a las enseanzas que ms tarde deba sacar de las ms brutales realidades. Se preocupaba de lo que yo pensaba, de lo que haca y sin cesar me preguntaba qu era lo que en fin haba resuelto emprender despus que saliera de mi provincia. * * * He sabido--me deca,--que es usted el primero de la clase. Est muy bien. Pero no se envanezca por semejantes ventajas. La emulacin en el colegio es la forma ingenua de una ambicin que usted conocer ms tarde. Acostmbrese a permanecer en primera lnea para que nunca se sienta satisfecho de usted mismo si llegase a ocupar tan slo la segunda en lo sucesivo. Sobre todo no equivoque el mvil de su esfuerzo, no confunda el orgullo con la modesta apreciacin de lo que puede hacer. No le preocupe nunca, sobre todo en el orden moral, ms que la extrema altura del objeto y la necesidad de acercarse a l lo ms posible; eso le prestar a usted mucha humildad y mucha fortaleza. La imposibilidad casi general, de alcanzar lo extremo de ciertos ensueos har que considere estimable y digno de piedad, el esfuerzo que cualquier hombre de buena fe intente hacia la perfeccin. Si se siente ms cerca que l, calcule de nuevo lo que le queda por hacer y los acobardamientos valdrn ms, desde el punto de vista moral, que no las vanidades. * * * Permtame que le muestre algunos extractos de cartas de Agustn y suponiendo mis contestaciones le ser fcil comprender el espritu general de nuestra correspondencia y ver usted ms exactamente cules eran entonces su vida y la ma. Pars 18... Diez y ocho meses hace ya que estoy aqu! S, mi querido Domingo, diez y ocho meses han transcurrido desde que nos separamos en aquella pequea plaza diciendo _hasta la vista_. Veinticuatro horas despus, cada uno de nosotros pusimos manos a la obra. Deseole, mi querido amigo, que est ms satisfecho de s mismo que yo lo estoy de m. La vida slo es fcil para quienes la espigan sin penetrarla. Para sos Pars es el lugar del mundo en donde ms cmodamente se puede tener la creencia de que se existe. Basta dejarse arrastrar por la corriente como un nadador en una masa de agua pesada y rpida; se flota en ella, y no se ahoga uno. Ver usted eso algn da y ser testigo de muchos xitos debidos tan slo a la ligereza de los caracteres y de muchas catstrofes que no se habran padecido con diferente peso en las convicciones. Es bueno familiarizarse desde temprano con el espectculo verdadero de las causas y de los efectos. No s qu ideas tiene usted de todo esto, si es que las tiene. En todo caso es poco probable que sean precisas y lo ms triste del caso es que tiene usted razn. El mundo deba ser en todo semejante a lo que usted imagina. Si usted supiera cun diferente es! Mientras no pueda juzgarlo por s mismo, habitese a estas dos ideas: que hay verdades y existen hombres. Jams cambie usted respecto del sentimiento nativo que tiene usted tocante a las unas; y cuanto a los otros espere que llegue el da en que los conozca. Escrbame con ms frecuencia. No me diga que ya conozco su vida y que no tiene nada que referirme. A los aos que usted tiene y en un alma como la suya cada da hay algo nuevo. Recuerda la poca en que meda usted las hojas que nacan y me comunicaba el nmero de lneas que haban crecido bajo la accin de una noche de escarcha o un da de sol fuerte? Pues lo mismo sucede con los instantes de un mozo de su edad. No se asombre de ese desenvolvimiento rpido que, conocindole a usted, imagino que ha de sorprenderle y acaso asustarle. Deje actuar fuerzas que tratndose de usted no tienen nada de peligrosas; hbleme para que le conozca, permtame verle tal cual es y a m vez le dir a usted cunto ha crecido. Sobre todo sea ingenuo en sus sensaciones. Acaso tiene necesidad de estudiarlas? No es bastante sentirse emocionado? La sensibilidad es un don admirable; en el orden de las creaciones que usted debe producir puede llegar a ser una fuerza extraordinaria, pero con una condicin: que no la revuelva usted contra s mismo. Si de una facultad creadora eminentemente espontnea y sutil, hace usted un elemento de observacin, si refina, si examina, si no le basta el sentir y experimenta la necesidad de estudiar el mecanismo, si el espectculo de un alma emocionada es lo que ms le satisface de la emocin, si se rodea de espejos convergentes para multiplicar la imagen hasta lo infinito, si mezcla usted el anlisis humano a los dones divinos, si de sensible se convierte usted en sensual, no hay lmites para semejantes perversidades y, se lo advierto, eso es muy grave. Hay una fbula muy antigua que es encantadora, se presta a muchas interpretaciones y se la recomiendo. Narciso se enamor de su propia imagen; no pudo apartarla de sus ojos; no era posible que llegase a apoderarse de ella y muri vctima de la misma ilusin que le haba seducido. Piense usted en esto y si llega a sucederle sufriendo, amando, viviendo, por mucho que le parezca seductor el fantasma de usted mismo, aprtese de l. * * * Me dice usted que se fastidia. Eso vale tanto como declarar que sufre; el aburrimiento no cabe ms que en los cerebros vacos o en los corazones incapaces de ser heridos por nada. Pero, por qu sufre? Es cosa que pueda usted decrmelo? Si estuviese yo cerca de usted lo sabra. Cuando me otorgue el derecho de interrogarle ms positivamente le dir lo que imagino. Si no me engao y si es verdad que usted mismo no sabe lo que empieza a causarle sufrimiento, tanto mejor, porque es prueba de que su corazn ha conservado toda la inocencia que en su cerebro no existe ya. No me pida que le hable de m; mi _yo_ no es nada hasta lo presente. Quin lo conoce, aparte de usted? No es verdaderamente interesante para nadie. Trabaja, se esfuerza, no se cuida nada, nada se divierte, espera alguna vez y a pesar de todo contina queriendo. Basta con eso? Ya veremos. Vivo en un barrio que no ser probablemente el que usted habite, porque tiene usted el derecho de elegir. Todos aquellos que al igual que yo salen de la nada para llegar a ser algo, vienen a donde yo estoy, a la ciudad de los libros, en un rincn desierto, consagrado por cuatro o cinco siglos de herosmos, de trabajos, de penurias, de sacrificios, de esperanzas abortadas, de suicidio y de gloria. Es una residencia muy triste, pero muy bella. Si hubiera tenido libertad para elegir, no habra preferido otra. No me compadezca usted porque en ella vivo: estoy en mi sitio. * * * Escribe usted y eso lo hace porque deba ser. Que guarde usted secreto para quienes le rodean es una timidez que comprendo; y seguro estoy de que ha de sentir el deseo de confiarse a m. El da en que la necesidad de confidencias le lleve a ese punto, enveme los fragmentos que pueda comunicarme, sin alarmar demasiado sus pudores de escritor... Otra cosa que me gustara saber: qu es de aquel amigo de quien apenas me habla usted ya? El retrato que de l me hizo era seductor. Si comprend bien debe ser un mozo encantador, psimo estudiante. Tomar la vida por el lado fcil y brillante. En tal caso aconsjele que viva sin ambiciones, porque las que tendra seran de la peor especie. Y dgale adems, que no tiene otra cosa que hacer en el mundo sino ser feliz. Sera imperdonable introducir quimeras en satisfacciones tan positivas y mezclar lo que usted llama ideal con apetitos de pura vanidad. Su Oliverio no me desagrada, me inquieta. Es evidente que ese mozo precoz, positivo, elegante, resuelto, puede equivocar el camino y pasar junto a la dicha sin sospecharlo. Tambin l ha de tener sus fantasmagoras y se crear imposibilidades. Qu locura! Quiero creer que tiene corazn; pero, qu uso hace de l? No me ha dicho usted que tiene dos primas ese Querubn que aspira a convertirse en un don Juan? Pero olvido, citndole esos dos nombres, que quizs no conoce usted ni el uno ni el otro. Le ha permitido ya su profesor de retrica leer a Beaumarchais y _El Convidado de piedra_? En cuanto a Byron, lo dudo y puede usted esperar sin inconveniente. * * * Haban pasado muchos meses sin ninguna alteracin; el invierno se acercaba cuando cre notar en la fisonoma de Magdalena una sombra, una preocupacin que jams haba manifestado. Su cordialidad, siempre igual, revelaba los mismos afectos, pero haba ms gravedad en ella. Una aprensin, quizs una aoranza, algo slo apreciable en los efectos, comenzaba a interponerse entre nosotros como sntoma primero de desilusin. Nada en concreto, slo un conjunto de discordancias, de desigualdades, de diferencias, que la transfiguraban de cierta manera, y le prestaban el singular encanto de las cosas que el tiempo o la razn nos disputan y que se van. Por cierta reserva, por sbitas reacciones, por mltiples reticencias, que lentamente relajaban vnculos sin romperlos, se comprenda que con extrema delicadeza, pona empeo en desatar lazos que la familiaridad de nuestras costumbres haba apretado demasiado. De pronto surgi un recuerdo, se repiti un nombre olvidado, que yo haba odo pronunciar slo una vez, y en mi mente brot una suposicin fundada y amenazadora que me laceraba el corazn; sensacin aguda que se disipaba por s misma al menor indicio de seguridad para renacer en seguida con la vivacidad de una evidencia. Un domingo esperamos vanamente a Magdalena y Julia. Al otro da Oliverio no vino al colegio. Pasaron tres das sin noticias. La inquietud me apenaba horriblemente. Por la noche corr a la calle de los Carmelitas y pregunt por Oliverio. --Est en el saln--me dijo el sirviente. --Solo? --No, hay otras personas. --Entonces le esperar. Apenas haba empezado a subir la escalera que conduca al cuarto de Oliverio me detuvo no s qu extrao presentimiento confuso. El corazn me lata violentamente. Baj, atraves sin hacer ruido la antesala que estaba desierta, y me deslic por uno de los caminos que conducan del patio al jardn. El saln, situado en el piso bajo, tena tres ventanas sobre el parterre a la altura de la escalinata y delante de cada una haba un banco de piedra. Me encaram en uno de ellos. La noche estaba oscursima y nadie poda sospechar que yo estuviera all; dirig ansioso la mirada hacia aquella habitacin y vi a toda la familia reunida: Oliverio, vestido de negro, de pie delante de la chimenea. Junto al hogar estaban el seor D'Orsel y un hombre joven an, alto, bien parecido, ataviado irreprochablemente. Advert las actitudes un poco lentas con que acompaaba sus palabras y la manera seria y graciosa con que de cuando en cuando volva el rostro hacia Magdalena. Estaba ella sentada junto a una mesita de labor y todava me parece verla inclinada la cabeza sobre un bordado, el rostro cubierto de la sombra de los rizos que adornaban su frente, envuelta en el reflejo rojizo de la luz de las lmparas. Julia, puestas las manos sobre las rodillas, inmvil, con expresin de intensa curiosidad en el semblante, tena sus grandes ojos taciturnos fijos en el desconocido. En pocos segundos me di cuenta de todo lo que he dicho. Luego pareciome que las luces se apagaban, mis piernas se doblaron y me desplom sobre el banco. Un espantoso temblor agitaba mi cuerpo de la cabeza a los pies. Presa de acerbo dolor sollozaba y me retorca las manos murmurando: Magdalena est perdida para m y yo la amo... VII Magdalena era cosa perdida para m y yo la amaba. Una sacudida algo menos violenta quizs no me hubiese revelado ms que a medias la extensin de aquella doble desventura, pero la presencia del seor De Nivres hasta tal punto me impresion, que de todo me di cuenta. Me qued anonadado; sin ms consuelo que aceptar la fatalidad de un hecho que haba de producirse, comprendiendo demasiado que no tena el derecho de modificarlo en lo ms mnimo ni el poder de retrasarlo una hora siquiera. Ya le he dicho a usted de qu modo amaba a Magdalena: con aturdimiento, con absoluta inconsciencia, sin fundamento de ninguna esperanza concreta. La idea del matrimonio, aparte ser cien veces absurda, ni siquiera haba prestado alientos al inocente impulso de un afecto que se bastaba a s mismo para ser, se daba para difundirse y constitua un culto sin otro mvil que adorar. Cules eran los sentimientos de Magdalena? Nunca me haba preocupado de ellos. Con razn o sin ella, le atribua indiferencias e imposibilidades de dolo; la supona extraa a cualquiera de las adhesiones que inspiraba; la colocaba en un aislamiento quimrico; y esto bastaba para satisfacer al secreto instinto que, a pesar de todo, existe en el fondo de los corazones menos ocupados de ellos mismos, a la necesidad de imaginar que Magdalena era invencible y no amaba a nadie. Estaba yo seguro de que Magdalena no poda sentir ningn inters por un extrao que el acaso haba arrojado en su camino como mero accidente. Era posible que aorando la vida de soltera no viese sin temores que se acercaba el instante de adoptar un partido tan serio. Pero indudablemente--an admitiendo que estuviera libre de todo afecto serio,--la voluntad de su padre, consideraciones de rango, de posicin social y de fortuna, la decidiran a aceptar una alianza a la cual el seor De Nivres aportaba, adems de mucha conveniencia, altas calidades de otra ndole. No senta resentimiento, ni clera ni celos por el hombre que me haca tan desventurado. Antes de personificar el imperio del derecho representaba ya el de la razn. Por eso el da que el padre de Magdalena nos present recprocamente en casa de mi ta dicindole que era yo el mejor amigo de su hija, recuerdo que al estrechar la mano del seor De Nivres pens lealmente: Pues bien, si ella le ama, que le ame l tambin! Y en seguida fui a sentarme al fondo del saln y los contempl bien convencido de mi impotencia, ms que nunca obligado a callar, sin irritacin contra el hombre que nada me quitaba puesto que nada me haban dado, reivindicando el derecho de amar como inherente al derecho de vivir y dicindome con desesperacin: Y yo? En lo sucesivo me aisl mucho. Menos que a nadie me corresponda a m interrumpir coloquios de los cuales deba resultar la inteligencia de dos corazones muy lejos sin duda de conocerse. Iba lo menos posible al hotel D'Orsel; era tan insignificante ya el papel que yo representaba en medio de los altos intereses que all se cruzaban que no ofreca ningn inconveniente el hacerme olvidadizo. Ninguno de aquellos cambios de conducta se ocult seguramente a la perspicacia de Oliverio; pero fingi hallarlos muy naturales y nada me dijo, de nada se mostr extraado y ninguna explicacin me dio de las cosas que pasaban en su familia. Una sola vez, por todas, con una habilidad que me dispensaba casi de una declaracin, me dio a entender que estbamos de acuerdo respecto al seor De Nivres. --No te preguntar qu te parece mi futuro primo. Todo hombre que de un grupo tan pequeo y tan unido como el que nosotros formamos, viene a tomar una mujer, es decir, a quitarnos una hermana, una prima, una amiga, acarrea una perturbacin, hace una brecha en nuestras amistades y nunca puede ser bien venido. Por mi parte, te declaro que no es se precisamente el marido que habra querido para Magdalena. Ella es de su provincia. El seor De Nivres se me figura que no es de ninguna parte, como les sucede a muchos parisienses: la transportar, pero no la fijar. Aparte eso, me parece bien. --Muy bien--le dije.--Estoy convencido de que har feliz a Magdalena... y despus de todo... --Sin duda--interrumpi Oliverio en tono de afectada indiferencia.--Sin duda y con desinters. Es todo lo que podemos desear. La boda se haba concertado para fines del prximo invierno y esa poca estaba ya muy cerca. Magdalena estaba seria; pero aquella actitud por mera conveniencia social, no era para dar margen a dudas en punto a su resolucin; la mantena tan slo para limitar con la delicadeza que le era peculiar la expresin de los sentimientos ms ntimos. Esperaba con plena independencia, en medio de leales deliberaciones, el acontecimiento que deba ligarla para siempre y por su propia declaracin. Por su parte el seor De Nivres, durante aquel perodo de prueba tan difcil de dirigir como de soportar, haba ayudado mucho desplegando recursos que le acreditaron de ser hombre de trato tan correcto como corresponde a la calidad de los que son cumplidos caballeros. Una noche, mientras sostena con Magdalena animada conversacin a media voz, visele ofrecerle ambas manos en actitud de cordial amistad. Ella mir en torno suyo como si quisiera tomarnos a todos por testigos de lo que iba a hacer, se puso de pie y sin pronunciar palabra, pero acompaando su ademn de la ms cndida y graciosa de las sonrisas, pos a su vez ambas manos desnudas en las del Conde. Aquella noche me llam junto a ella y como si estando ya definida tan concretamente su situacin, le fuera dado en adelante manifestar con toda franqueza los afectos secundarios, me dijo: --Tenemos que hablar, sintese usted a mi lado. Hace ya mucho tiempo que apenas le veo. Ha credo usted, sin duda, que deba apartarse un poco de nosotros y lo siento, porque resulta ahora que no conoce usted al seor De Nivres. Dentro de ocho das me caso y es ste el momento oportuno de que nos entendamos. El seor De Nivres le estima a usted, sabe muy bien el valor de todas sus afecciones, es su amigo de usted y usted lo ser suyo; se trata de un compromiso que he adquirido en nombre de usted y que estoy segura mantendr... Sencillamente, con toda libertad, sin ambigedades, habl del pasado, concretando los intereses de nuestra futura amistad, no para imponer condiciones, sino para convencerse de que los vnculos de ella seran ms estrechos--y mezclando el nombre de su prometido, que, aseguraba, no slo no desuna nada sino que consolidaba relaciones que otro enlace acaso hubiese podido romper.--Evidentemente se propona obtener de m algo parecido a una protesta de conformidad con la eleccin que haba hecho y convencerse de que su determinacin, adoptada fuera del alcance de todo consejo de amigo, no me desagradaba. De mi parte hice lo mejor que pude todo lo que me pareci que poda conducir a satisfacer su deseo; le promet que nada sera cambiado entre nosotros y le jur conservarme fiel a sentimientos mal expresados, era posible, pero demasiado evidentes para que acerca de ellos pudiera abrigar la menor duda. Por primera vez tuve serenidad, audacia, y logr mentir y ser credo. Verdad es que mis palabras se prestaban a tantas interpretaciones y las ideas a tales equvocos, que en otras circunstancias aquellas mismas protestas habran podido significar mucho ms. Ella las tom en el sentido ms sencillo y tan calurosamente me expres su agradecimiento que en poco estuvo no diera en tierra con todo mi valor. --En buen hora!--dijo.--Me gusta orle hablar as. Reptamelo usted para que yo escuche todava las buenas palabras que me consuelan de los ingratos silencios y reparan no pocos olvidos que heran sin que usted lo supiera. Hablaba de prisa, con efusin en los gestos y en las frases, con un ardor en el semblante que haca nuestra conversacin muy peligrosa. --De modo--continu,--que es cosa convenida el que nuestra antigua amistad nada tiene que temer. Usted responde de ello en lo que le corresponde. Es menester que ella nos siga y no se pierda en ese gran Pars que, segn dicen, dispersa los ms tiernos afectos y pone olvido en los corazones ms firmes. Ya sabe usted que el seor De Nivres tiene el propsito de que pasemos a lo menos los meses del invierno. Oliverio y usted vendrn a fin de ao. Mi padre y Julia vienen conmigo. All casar a mi hermana. Oh! tengo para ella toda suerte de ambiciones, las mismas poco ms o menos, que para usted--y al expresar esa idea se ruboriz ligeramente.--Nadie conoce a Julia: es todava un carcter cerrado; yo s que la conozco. Ahora que ya sabe todo lo que tena que decirle, slo me resta recomendarle una cosa: vigile a Oliverio; tiene el mejor corazn del mundo; que lo economice y lo reserve para las grandes ocasiones. He ah mi testamento de soltera--concluy en voz ms alta, para que el seor De Nivres la oyera, y le invit a acercarse. Pocos das despus se celebr la boda. El invierno se despeda con una rigurosa helada. El recuerdo de un dolor fsico se mezcla an hoy como sufrimiento ridculo, al sentimiento de mi pena. Apoyada Julia en mi brazo, la conduje todo lo largo de la iglesia, atestada de gente, segn costumbre provinciana. Estaba plida como un cadver, temblorosa de fro y de emocin. En el momento de ser pronunciado el s irrevocable que decida la suerte de Magdalena y la ma, el rumor de un suspiro ahogado me arranc del estupor en que estaba sumido. Era que Julia sollozaba, oculto el rostro con el pauelo. Por la noche estaba ms triste an, si cabe, pero haca esfuerzos sobrehumanos para disimular delante de su hermana. Qu nia tan extraa era entonces! Morena, menuda, nerviosa, con su aire impenetrable de joven esfinge, su mirada que alguna vez interrogaba pero no responda nunca, sus ojos absorbentes. Eran los ojos ms admirables y menos seductores que jams vi, el rasgo ms impresionante de la fisonoma de aquel joven ser sombro, doliente y altivo. Grandes, anchos, con largas cejas que no dejaban nunca aparecer un punto brillante, velados de un azul sombro que les prestaba el indefinible color de las noches del esto, aquellos ojos enigmticos se delataban sin luz y todos los resplandores de la vida se concentraban en ellos para no brillar ms. --Mucho cuidado con Magdalena--me deca en medio de una angustia en la cual se destacaban perspicacias que me atormentaban. Despus, enjugaba sus mejillas con rabia, y me culpaba de aquel exceso de invencible debilidad contra la cual se rebelaban los vigorosos instintos de su naturaleza. --Tambin tiene usted la culpa de que yo llore. Vea qu sereno est Oliverio. Comparaba aquel inocente dolor con el mo, le envidiaba amargamente el derecho que tena de manifestarlo y no hallaba ni una palabra para consolarla. El dolor de Julia, el mo, lo largo de la ceremonia, la vieja iglesia en la cual tanta gente cuchicheaba alegremente en torno de mi pena, la transformacin de la casa D'Orsel adornada de flores para aquella fiesta extraordinaria, los trajes femeniles de inusitado lujo, un exceso de luz y de olores que me causaban vrtigo, ciertas sensaciones dolorosas cuyo sentimiento perdur por mucho tiempo como huella de incurables pinchazos, en una palabra, los recuerdos incoherentes de un mal sueo, es lo nico que me queda hoy de aquella jornada, una de las ms ciertas desventuras de mi vida. En el fondo de este cuadro casi imaginario ya, se destaca una figura: es la imagen de Magdalena, con su traje y su velo blanco y su corona de desposada. Algunas veces--tanto contrasta la tenuidad de esta visin con las realidades ms crudas que la preceden y la siguen--la confundo, por decir as, con el fantasma de mi propia juventud, virgen, velada desaparecida. Fui el nico que no se atrevi a besar a la seora De Nivres al volver de la iglesia. Lo not ella? Hubo en su nimo un movimiento de despecho o cedi simplemente al impulso de una amistad acerca de la cual, pocos das antes, quiso establecer por s misma compromisos muy sinceros? Lo ignoro; pero ello fue, que durante la velada el seor D'Orsel vino, me tom por el brazo, y, ms muerto que vivo, me arrastr hasta ponerme cara a cara con Magdalena. Estaba en medio del saln, en pie cerca de su marido, con aquel traje deslumbrador que la transfiguraba. --Seora...--le dije. Sonri al orse llamar de aquel modo tan nuevo y--perdneme la memoria de un corazn irreprochable, incapaz de doblez ni de traicin--su sonrisa, sin que ella lo advirtiera, tena significado tan cruel que acab de desconcertarme. Se inclin hacia m... y no s ni lo que le dije ni lo que dijo ella: vi sus ojos rebosantes de dulzura cerca de los mos... Luego todo dej de ser inteligible para m. Cuando volv en m y me repuse hallme en medio de un grupo de hombres y de mujeres que me contemplaban con indulgente inters capaz de matarme; sent que alguien me agarraba rudamente, volv la cabeza y vi que era Oliverio. --No ves que ests dando un espectculo? Ests loco?--murmur en voz bastante baja para que slo de m fuera oda, pero con una vivacidad en la expresin que me llen de espanto. Aun estuve algunos momentos retenido por sus brazos; luego gan la puerta con l y al llegar a ella me desprend de su violento abrazo. --No me retengas--exclam,--y en nombre del Cielo, por lo ms sagrado, no me hables nunca de lo que has visto. Siguiome hasta el patio empeado en hablarme. --Calla!--le dije, y escap. Luego que estuve en mi habitacin y pude reflexionar tuve un acceso de vergenza, de desesperacin y de locura amorosa que no fue parte a consolarme pero me alivi. Difcil me sera contarle a usted lo que pas por m durante aquellas pocas horas de horrible tumulto en mi alma, las primeras que me hicieron conocer, con un mundo de presunciones, de delicias, una inmensidad de horribles sufrimientos: desde los ms confesables hasta los ms vulgares. Sensacin de lo ms dulce que poda soar, espantoso temor de haberme inutilizado para siempre, angustiosos presagios para lo futuro, sentimiento de humillacin por mi vida presente; todo, absolutamente todo, lo conoc, inclusive un inesperado dolor, muy irritante, que se pareca mucho al rudo escalofro del amor propio herido. Era muy avanzada la noche. Ya le he hablado a usted de mi habitacin situada en el ltimo piso, especie de observatorio en el que me haba creado, como en Trembles, continuas inteligencias con todo lo que me rodeaba, por medio de la vista o por la costumbre constante de escuchar. Largo tiempo estuve paseando de arriba abajo--en este punto mi recuerdo es preciso--presa de un abatimiento que no sabra pintarle a usted. Amo a una mujer casada!, me deca, aferrado a esta idea, vagamente aguijoneado por lo que ella tena de irritante, lleno de terror, sobre todo, como fascinado por lo que ella implicaba lo imposible; me asombraba el ver que, sin quererlo, repeta la frase que tanta sorpresa me caus en boca de Oliverio: esperar, y en seguida me preguntaba: pero qu? A esto no era dable responder ms que con suposiciones abominables que me resultaban profanadoras de la imagen de Magdalena. Luego se me apareca Pars en lo futuro, y en la lejana, fuera de toda certidumbre, la oculta mano del destino que poda simplificar de tantas maneras aquella terrible trama de problemas y como la espada del griego, cortarlos ya que no resolverlos. Aceptaba hasta una catstrofe con la condicin de que ella representara una salida y, puede ser, si hubiera tenido algunos aos ms, hubiera buscado cobardemente el medio de poner fin a una vida que poda perjudicar a tantas otras. A eso de media noche o a travs del lecho, a larga distancia, un chillido breve y agudo que en medio de tantas convulsiones reson en mi alma como el grito de un amigo. Abr la ventana y escuch. Era una bandada de patos que haba levantado el vuelo al venir la marea alta y se diriga a toda prisa hacia el ro. El mismo chillido reson una o dos veces ms, me fue necesario sorprenderlo al paso, y ya no lo percib ms. Todo estaba inmvil y somnoliento. Un pequeo nmero de estrellas, muy brillantes, vibraban en el firmamento. Apenas se notaba la sensacin del fro aunque era ms intenso por la limpidez del cielo y la ausencia de viento. Me acord de Trembles. Haca tanto tiempo que no pensaba en aquellos lugares! Fue como el destello de un saludo, y cosa rara, por un sbito retroceso a impresiones tan lejanas record los aspectos ms austeros y calmantes de mi vida campestre. Volv a ver Villanueva con su larga lnea de casas blancas, apenas ms altas que los ribazos. Los techos humeantes, su campia ensombrecida por el invierno, sus bosquecillos de ciruelos enrojecidos por las escarchas, bordeando los caminos helados. Con la lucidez de una imaginacin sobreexcitada hasta lo extraordinario, en algunos minutos tuve la rpida percepcin de todo lo que haba rodeado de encantos mi primera infancia. Por doquiera que haba yo agotado agitaciones slo hallaba invariable paz. Todo era dulzura y quietud en aquello que otrora causara las primeras perturbaciones de mi espritu. Qu cambio!, pensaba y bajo la incandescencia de la cual estaba abrasado, hallaba ms fresca que nunca la fuente de mis primeras afecciones. El corazn es tan cobarde, tiene tanta necesidad de reposo que por un momento me abandon a la esperanza, tan quimrica como todas las dems, de absoluto retiro en mi casa de Trembles. Nadie a mi alrededor, aos enteros de soledad, con un consuelo seguro, mis libros, un paisaje adorado y el trabajo, cosas todas irrealizables; y, sin embargo, esta hiptesis era la ms dulce y hallaba un poco de calma acaricindola. Por fin sonaron las primeras horas de la maana. Dos relojes las repitieron juntos, casi al unsono, como si las campanadas del segundo fueran eco inmediato de las del primero: eran el del seminario y el del colegio. Aquella brusca llamada a las realidades irrisorias del da siguiente aplast mi dolor bajo una sensacin de pequeez, y me alcanz en plena desesperacin como un golpe de frula. VIII Seguramente es menester que haya usted sufrido mucho--me escriba Agustn, contestando a las declamaciones muy exaltadas que le dirig pocos das despus de la partida de Magdalena y su marido;--pero, por qu? por quin? Contino proponindome cuestiones que nunca quiere usted resolver. Oigo en usted la vibracin de _algo_ muy parecido a emociones muy conocidas, bien definidas, nicas y sin semejanza con otras para quien las experimenta; pero es ello cosa que no tiene nombre en sus cartas de usted y me obliga a compadecerle ms que tan vagamente como usted se lamenta. Y no es eso lo que me gustara hacer. Nada me es penoso--ya lo sabe--cuando de usted se trata; y est usted en una situacin de corazn o de espritu, que reclama algo ms activo y ms eficaz, que simples palabras, por muy compasivas que ellas sean. Debe usted necesitar consejos. Soy yo mdico de poco fuste, tratndose de males coma los que entiendo que padece usted. No obstante, le aconsejar un tratamiento que se aplica a todo, incluso las enfermedades de la imaginacin, que conozco muy mal: higiene. Parceme que le ira bien el uso de ideas justas, sentimientos lgicos, afecciones posibles; en una palabra, empleo juicioso de las fuerzas y de las actividades de la vida. La vida, crame; se es el remedio heroico de todos los sufrimientos cuya base es un error. El da que usted ponga el pie en la senda de la vida, pero la vida real, entendmonos, el da que usted la conozca bien, con sus leyes, sus necesidades, sus rigores, sus deberes y sus cadenas, sus dificultades y sus penas, sus verdaderos dolores y sus encantos, ver usted cmo ella es sana, bella, fuerte y fecunda en virtud de sus mismas exactitudes. En cuanto a su recomendacin la atender. Visitar a los seores De Nivres con mucho gusto ya que me procura la oportunidad de ocuparme de usted con amigos que supongo no son extraos a las agitaciones que deploro. Est tranquilo: adems tengo la ms grande de las razones para ser discreto: lo ignoro todo. * * * Un poco ms adelante me escribi de nuevo: He visto a la seora De Nivres--me deca,--y ha tenido la complacencia de considerarme como de los mejores amigos de usted. Con ese motivo me ha dicho cosas afectuosas que me demuestran que le quiere a usted mucho, pero que no le conoce muy bien. Ahora bien, si la recproca amistad no ha sido parte a darle a cada uno perfecto conocimiento del otro, debe haber sido por culpa de usted y no de ella, bien entendido que eso no prueba que haya usted errado manifestndose slo a medias: lo ms que puedo creer es que si tal ha hecho ha sido porque ha querido. Este razonamiento me conduce a conclusiones que me inquietan. Todava una vez ms, mi querido Domingo, la vida, lo posible, lo razonable... Yo se lo ruego, no crea usted a los que le sealen lo razonable como enemigo de lo bueno, porque es inseparable amigo de la justicia y de la verdad. * * * Le doy cuenta de una parte de los consejos que Agustn me daba, sin saber exactamente a qu aplicarlos, pero adivinndolo. En cuanto a Oliverio, el da que sigui a la noche en que deba hacer innecesarias muchas declaraciones, a la misma hora que Magdalena y su marido partan con direccin a Pars, entr en mi cuarto. --Parti ya?--le pregunt apenas le vi. --S--me contest;--pero volver; es casi mi hermana, t eres ms que mi amigo; hay que preverlo todo. Iba a continuar, pero el lamentable estado de abatimiento en que me vio le desarm, sin duda, y le impuls a diferir sus explicaciones. --Pero, en fin, de eso ya hablaremos--dijo tan slo. Luego sac el reloj y como viese que eran ya cerca de las ocho, aadi: --Eh, Domingo, vamos al colegio! Es lo ms prudente que podemos hacer. Haba de suceder que ni los consejos de Agustn ni las advertencias de Oliverio prevalecieran contra una tendencia irresistible, arrastradora, demasiado poderosa para ser cohibida por razonamientos ni amonestaciones. Comprendindolo me imitaron: esperaban mi rescate o mi prdida definitiva, ltimo recurso que les queda a los hombres sin voluntad cuando agotan todas las combinaciones imaginables: lo desconocido. Agustn me escribi una o dos veces ms dndome noticias de Magdalena: haba ido a visitar la propiedad, cerca de Pars, en donde el seor De Nivres tena intencin de que pasaran el verano. Era un hermoso castillo en un bosque, la ms romntica residencia, para una mujer, que acaso comparte con usted, a su manera, las aoranzas del campo y sus aficiones de solitario. Por su parte Magdalena le escriba a Julia, sin duda con fraternales expansiones que no llegaban hasta m. Una sola vez, durante aquellos meses de ausencia, recib una breve carta suya hablndome de Agustn. Me agradeca el habrselo hecho conocer y me deca la buena opinin que de l haba formado: que era todo voluntad, todo rectitud, todo noble energa, y me daba a entender que, aparte necesidades del corazn, jams encontrara en nadie ms firme ni mejor apoyo. En aquella misma carta, firmada con su nombre nada ms, me enviaba afectuosos recuerdos de su marido. No volvieron hasta la poca de vacaciones, pocos das antes del da de la distribucin de premios, ltimo acto de mi vida dependiente que me emancipaba. Mucho ms me hubiera gustado, como usted comprender, que Magdalena no hubiese asistido a aquella ceremonia. Haba en m muchas disparidades, mi condicin de estudiante estaba en ridculo desacuerdo con mis disposiciones morales, evitaba como una nueva humillacin todo hecho que pudiera recordarnos a los dos aquellos contrastes. Desde haca algn tiempo mi susceptibilidad, en punto a ellos, se haba hecho vivsima. Era--ya lo he dicho--el punto de vista menos noble y menos confesable de mis dolores, y si vuelvo sobre l es por razn de un incidente que de nuevo puso en tensin mi vanidad y que le pondr de manifiesto con un detalle ms la singular irona de aquella situacin. La ceremonia se verificaba en una antigua capilla abandonada desde largo tiempo que slo era abierta y decorada una vez cada ao para aquel objeto. La referida capilla estaba situada en el fondo del patio principal del colegio, se llegaba a ella recorriendo, la doble hilera de tilos cuyo abundante verdor alegraba un poco aquel triste paseo. Desde lejos vi entrar a Magdalena en compaa de varias seoras jvenes amigas, todas con trajes de verano de colores claros y las sombrillas abiertas sobre las cuales jugueteaban la luz del sol y la sombra de las hojas de los rboles. Fino polvo, levantado por el movimiento de las faldas las acompaaba semejante a una ligera nube y por causa del calor, de las extremidades de las ramas que ya amarilleaban, caa en torno de ellas hojas y flores maduras y se prendan a la larga manteleta de muselina en que Magdalena estaba envuelta. Pero sonriente, dichosa, el rostro animado por la marcha y lo volva para examinar curiosamente nuestro batalln de escolares formados en dos filas y conservando la lnea como jvenes reclutas. Todas las curiosidades mujeriles, y aqulla sobre todo, se proyectaban hacia m y las senta como otras tantas quemaduras. Estbamos a mediados de agosto y el tiempo era magnfico. Los pjaros familiares haban huido de los rboles y piaban sobre los tejados en donde vibraba el sol. Murmullos de multitud quebrantaban el largo silencio de doce meses, alegras extraordinarias dilataban la fisonoma del viejo colegio, los tilos lo perfumaban con agrestes aromas. Cunto habra dado por ser libre y dichoso! Los preliminares fueron muy largos y yo contaba los minutos que an me separaban de mi libertad. Por fin se oy la seal. A ttulo de laureado de filosofa fui llamado el primero. Sub al estrado y cuando tuve mi corona en una mano, en la otra un grueso volumen, de pie junto a la escalinata, cara a cara del pblico que aplauda, buscaba los ojos de la seora de Ceyssac; la primera mirada que encontr con la de mi ta, el primer rostro amigo que reconoc, precisamente debajo de m, en la primera fila, fue el de Magdalena. Experiment ella tambin un poco de confusin vindome en aquella actitud espantosamente desairada que trato de pintarle a usted? Repercuti en ella el encogimiento que me dominaba? Sufri su amistad al verme risible o slo adivinando que sufra? Cules fueron, exactamente, sus sentimientos durante aquella rpida pero custica prueba que pareci alcanzarnos a los dos al mismo tiempo y en igual sentido? Lo ignoro. Pero ella se puso muy encarnada y creci su rubor cuando vio que yo bajaba y me acercaba a ellas. Y cuando mi ta, despus de darme un beso, le pas mi corona invitndola a felicitarme, se desconcert por completo. No estoy bien seguro de lo que me dijo para atestiguar que experimentaba una gran satisfaccin y me felicit en los trminos que son de uso. Su mano temblaba levemente. Me parece que trat de decirme: Estoy orgullosa, mi querido Domingo o est bien. Velaba sus ojos una lgrima; era de inters, de compasin o solamente efecto de involuntaria conmocin de joven tmida? Quin lo sabe! Muchas veces me lo he preguntado sin lograr concretarlo. Salimos. Yo arroj mis coronas en el patio de las aulas antes de franquear la puerta por ltima vez. Ni siquiera volva atrs los ojos para romper ms pronto con un pasado que me exasperaba. Y si hubiera podido deshacerme de mis recuerdos del colegio tan de prisa como me despojaba del uniforme, hubiera tenido seguramente en aquel momento, una incomparable sensacin de independencia y de virilidad. --Y ahora--me pregunt mi ta algunas horas despus,--qu piensas hacer? --Ahora?--le repliqu.--Pues no lo s. Y deca verdad, porque la incertidumbre que me dominaba lo abarcaba todo, desde la eleccin de una carrera, que ella, deseaba que fuese brillantsima, hasta el empleo de una gran parte de mis afanes ardorosos, en algo que ignoraba. Estaba convencido que Magdalena ira primero a establecerse en Nivres y luego volvera a Pars para acabar all el invierno. Nosotros debamos trasladarnos directamente a aquella capital, de modo que ella nos encontrara instalados y trabajando en la forma y modo que eligiramos, pero bajo la direccin especial de Agustn. Los preparativos de viaje y aquellos prudentes proyectos nos ocuparon una parte de las vacaciones; pero la calidad del trabajo, el fin que debamos perseguir, aquel vago programa cuyo primer artculo an no estaba formulado, eran puntos por completo indefinidos lo mismo para Oliverio que para m. Desde el da siguiente al de mi libertad haba olvidado completamente mis aos de colegio; es la nica poca de mi vida que me dej el alma fra, el solo recuerdo de m mismo que no me ha hecho feliz. En cuanto a lo futuro, pensaba en Pars con el confuso recelo que va inherente a las necesidades previstas, inevitables, pero poco sonrientes que siempre sern bien conocidas demasiado pronto. Oliverio, con gran sorpresa de mi parte, no manifestaba la ms leve contrariedad ante la idea de alejarse de Ormessn. --Ahora--me dijo con mucha calma pocos das antes de nuestra partida,--ya no tengo nada que me retenga aqu. Tan pronto haba agotado todas las alegras? IX Entramos en Pars de noche. Pero, aunque hubisemos llegado a otra hora, siempre habra resultado tarde. Llova y haca mucho fro. Al principio slo vi calles fangosas, aceras mojadas que relucan al resplandor de las luces de las tiendas, el rpido y continuo relampagueo de los carruajes cruzndose, salpicndose de lodo, una infinidad de luces chispeantes, como alumbrado sin simetra en largas avenidas formadas de casas negras cuya altura me pareca prodigiosa. Recuerdo que me choc el olor a gas que denunciaba una ciudad en la cual se viva de noche lo mismo que de da, y la palidez de los rostros que no parecan sino de enfermos. Reconoc en aquel matiz el de Oliverio, y comprend mejor que antes que tena distinto origen que yo. En un momento que abr mi ventana para or mejor el rumor extrao que retumbaba en aquella poblacin tan llena de vida abajo y cuyas alturas estaban ya sumidas en la noche, vi pasar por la estrecha calle dos filas de gentes que llevaban antorchas en las manos, escoltando una hilera de carruajes con relumbrantes linternas, tirados todos por cuatro caballos que marchaban casi al galope. --Mira pronto--me dijo Oliverio,--es el rey. Confusamente vi reflejos de la luz sobre cascos y sobre hojas de sables, y aquel desfile de hombres armados y de caballos herrados, reson brevemente sobre el empedrado con eco metlico, perdindose luego cada vez con ruido menos perceptible, en la luminosa niebla de las antorchas. Oliverio observ la direccin que llevaban los carruajes y luego que el ltimo hubo desaparecido, dijo, revelando la satisfaccin de un hombre que conoce su Pars y que al volver lo encuentra igual que siempre: --S, el rey va esta noche a los Italianos. Y no obstante la lluvia y el fro de la noche, permaneci todava algn tiempo inclinado sobre aquel hormigueo de desconocidos que pasaban de prisa, renovndose sin cesar y a quienes pareca que intereses apremiantes dirigan en pos de objetos contrarios. --Ests contento?--le pregunt. Lanz un poderoso suspiro como si el contacto de aquella vida extraordinaria le hubiera llenado sbitamente de aspiraciones desmesuradas y me dijo, sin contestarme: --Y t? Luego, sin esperar mi contestacin, continu: --Ah, caramba! T miras atrs; no ests en Pars ms que estaba yo en Ormessn. Tu suerte es aorar siempre y no desear nunca. Sera cosa de adoptar tu sistema. Aqu se enva, luego que son mayores, a los muchachos cuando se desea hacerlos hombres. T perteneces a ese nmero, y no te compadezco: eres rico, no eres un cualquiera... y amas!--aadi bajando la voz lo ms posible. Y con una efusin que jams haba observado en l me estrech entre sus brazos y aadi: --Hasta maana, querido amigo, hasta siempre! Una hora despus, el silencio era tan profundo como en el campo. Aquella suspensin de la vida, el amodorramiento sbito y absoluto de aquella ciudad encerrando un milln de hombres, me asombr ms todava que su tumulto. Hice a la manera de un resumen de los desfallecimientos, del cansancio que representaba aquel gigantesco sueo y fui acometido de verdadero miedo, no por falta de bravura, sino por una especie de desmayo de la voluntad. Volv a ver a Agustn con verdadera satisfaccin. Al estrechar su mano sent que tena un punto de apoyo. Pareca viejo, aunque todava era joven. Sus pupilas eran ms anchas y brillaban ms. Su mano muy blanca y de cutis muy fino, se haba purificado y aguzado, por decir as, dedicada exclusivamente al trabajo de manejar la pluma. Al ver su porte nadie hubiera podido decir si era rico o pobre. Gastaba ropas muy sencillas y las llevaba modestamente, pero con la confianza y el desahogo que procede de la conviccin de que el traje no tiene importancia. Acogi a Oliverio, ms bien que como a un amigo, como a un mozo a quien es necesario vigilar y respecto del cual conviene esperar antes de colocarle de lleno en la ms estrecha intimidad. Por su parte, Oliverio no se dio ms que muy a medias, ya sea porque la envoltura del hombre le pareci chocante, ya fuese porque advirti en l, por dentro, la resistencia de una voluntad tan bien templada como la suya, pero formada de metal ms puro. --Haba adivinado a su amigo de usted--me dijo Agustn,--en el orden fsico y en el moral. Es seductor. No dir que haga ninguna fullera, porque me parece incapaz de indignidad; pero vctimas, en el ms alto sentido de la palabra, las har. Es peligroso para los seres ms dbiles que l y que han nacido bajo la misma estrella. Cuando le ped a Oliverio su juicio sobre Agustn, se limit a responder: --Siempre habr en l algo de preceptor y algo de advenedizo. Nunca dejar de ser pedante y afanoso, como todos los que no cuentan con ms recursos que la voluntad de llegar y llegan a fuerza de trabajo. Prefiero los dones de talento o de cuna, y no siendo eso no quiero nada. Ms tarde esas dos opiniones se modificaron. Agustn lleg a querer a Oliverio, pero sin estimarlo en mucho, y Oliverio tuvo a Agustn en altsima estima sin llegar a tomarle cario. Nuestra vida se regulariz muy pronto. Ocupbamos dos departamentos contiguos, pero independientes. Nuestra amistad muy estrecha y la independencia de cada uno deban concordarse perfectamente en aquel orden de cosas. Nuestras costumbres eran las de estudiantes libres a quienes sus aficiones o su posicin permiten elegir, instruirse un poco, al azar, y beber en muchas fuentes antes de determinar en cul de ellas debe el espritu sentar sus reales en definitiva. Pocos das despus, Oliverio recibi una carta de su prima, en la cual se nos invitaba a los dos a trasladarnos a Nivres. Era una vivienda antigua perdida sobre espesos bosques de castaos y de encinas. Pas all una semana de hermosos das fros y severos, en medio del monte, casi despojado de hojas, contemplando horizontes que, si no me hicieron olvidar los de Trembles, no me permitieron echarlos de menos, tan hermosos eran, y que parecan destinados, como grandioso cuadro, a contener una existencia ms robusta y luchas mucho ms serias. El castillo--cuyas torrecillas descollaban muy poco sobre las viejas encinas que le rodeaban, y que slo era visible por cortes hechos a travs del bosque, con su vieja fachada gris, sus altas chimeneas coronadas de humo, sus invernaderos cerrados, sus avenidas alfombradas de hojas muertas,--resuma, en algunos detalles de su aspecto, el carcter triste de la estacin y la melancola de los lugares. Era aqulla una existencia nueva para Magdalena, y tambin para m haba algo muy nuevo en el hecho de verla tan bruscamente colocada en condiciones ms vastas, con la libertad de actitudes, la amplitud de costumbres, ese algo indefinible superior y muy imponente que prestan el uso y las responsabilidades que implica el poseer una gran fortuna. Una persona pareca aorar todava en el castillo de Nivres la calle de los Carmelitas: el seor D'Orsel. Cuanto a m, los lugares nada me importaban. Un mismo atractivo confunda en aquella poca mi presente y mi pasado: entre Magdalena y la condesa De Nivres no haba ms diferencia que entre un amor imposible y un amor culpable, y cuando abandon Nivres, estaba persuadido de que aquel amor nacido en la calle de los Carmelitas, sucediera lo que quisiera, all deba ser enterrado. Retardada la instalacin de la vivienda que el seor De Nivres se haba propuesto establecer en Pars, Magdalena no vino en todo el invierno. Sentase dichosa rodeada de todos los suyos: tena a Julia y a su padre; menester haba cierto espacio de tiempo para pasar sin sacudidas de la modestia y la regularidad de la vida de provincia a las sorpresas que le esperaban en el gran mundo, y aquella semisoledad de Nivres era una especie de noviciado que estaba muy lejos de desagradarle. La volv a ver una o dos veces aquel verano, con largos intervalos y por breves momentos, cobardemente robados al deber que me impona huir de ella. Haba abrigado el propsito de aprovechar aquel alejamiento, muy oportuno para intentar francamente ser heroico y para curarme. Ya era mucho el resistir a las invitaciones que constantemente nos llegaban de Nivres. Aun hice ms: procur no pensar ms en ella. Me sumerga en el trabajo. El ejemplo de Agustn me hubiera causado emulacin si naturalmente no hubiese tenido gusto en ello. Pars desarrolla ese ambiente peculiar de los grandes centros de actividad, sobre todo en el orden de las actividades intelectuales; y, a poco que me mezclara en el movimiento de los hechos, era lgico que no rehusara vivir en aquella atmsfera. En cuanto a la vida de Pars, tal como Oliverio la entenda, no me haca ilusiones y no la consideraba como un socorro. Un poco contaba con ella para distraerme, pero de ningn modo para aturdirme y menos an para consolarme. Por otro lado, el campesino persista en m y no poda resolverse a despojarse de s mismo, porque haba cambiado de medio. Mal que pese a los que pretenden negar la influencia del terruo, senta yo que haba en mi ser algo local, resistente, que no abandonara jams por completo; y, si el deseo de aclimatarme se hubiera manifestado en m, seguro estoy de que los mil vnculos de los orgenes--que no es dable desarraigar,--me habran advertido por medio de continuos sufrimientos, que sera la ma tarea intil. Viva en Pars como en una hospedera: era posible que permaneciera mucho tiempo en ella, y hasta que en ella muriese; pero siempre me considerara husped y estara como de paso. Sombro, retirado, sociable slo con los compaeros de costumbre, en constante desconfianza de contactos nuevos, evitaba en cuanto era dable ese terrible frotamiento de la vida parisiense que pulimenta los caracteres y los aplana, hasta raerlos. No fui demasiado ciego para lo que ella tiene de deslumbrante, no me perturb lo que ofrece de contradictorio, no me sedujo por lo que ofrece a los apetitos de la juventud y a las ambiciones de los ingenuos. Para ponerme a cubierto de sus asechanzas tena yo un defecto que equivala, por sus efectos, a una virtud, y era el miedo a lo desconocido; y aquel incorregible terror por los ensayos me prestaba, por decir as, la perspicacia que poseen los experimentados. Estaba solo o poco menos, porque Agustn no se perteneca y desde el primer momento me di cuenta de que lo que es Oliverio no era hombre para pertenecerme mucho tiempo. En seguida adquiri hbitos que en nada contrariaban mis costumbres, pero que en nada se parecan a ellas. Registraba bibliotecas, tiritaba de fro en los severos anfiteatros y me meta por las noches en los gabinetes de lectura en donde los condenados a morirse de hambre, pintada la fiebre en sus rostros, escriban libros que no haban de darles fama, ni enriquecerlos. Adivinaba en ellos impotencias, miserias fsicas y morales cuya vecindad no me confortaba por cierto. Sala de aquellos lugares afligido. Me encerraba en mi casa, abra otros libros y velaba. As sent pasar bajo mis ventanas las fiestas nocturnas de Carnaval. Algunas veces, en plena noche, Oliverio llamaba a mi puerta. En seguida reconoca yo el golpe seco del puo de oro de su bastn. Me hallaba sentado a mi mesa de trabajo, me estrechaba la mano y ganaba su cuarto tarareando algn fragmento de pera. Al otro da volva a empezar sin ostentacin, ingenuamente convencido de que era excelente aquel austero rgimen de vida. Al cabo de algunos meses ya no poda ms. Mis esfuerzos estaban agotados y como un edificio levantado por milagro, una maana, al despertar, sent que mi valor se derrumbaba. Pretend recordar una idea perseguida el da antes: imposible! Vanamente me repeta ciertas frases de disciplina que me aguijoneaban alguna vez, como se estimula a los caballos de tiro que se plantan. Haba llegado el verano. En las calles brillaba un hermoso sol. Los vencejos volaban satisfechos alrededor de un agudo campanario que desde mi ventana se distingua. Sin vacilar un instante y sin reflexionar que iba a perder en un momento el beneficio de tantos meses de prudencia, escrib a Magdalena. Lo que le deca era insignificante. Los breves billetes que de ella recibiera en varias ocasiones, haban determinado, de una vez para siempre, el tono de nuestra correspondencia. No puse en aqul ni ms ni menos y sin embargo, expedida la carta, esper la respuesta como un acontecimiento. Hay en Pars un gran jardn hecho para los aburridos: hllanse en l relativa soledad, rboles, verde csped, floridas platabandas, alamedas sombras y una turba de pajarillos que parecen estar all tan a su placer como en pleno campo. A ese jardn fui y por l err todo el resto del da, asombrado de haber sacudido mi yugo y ms admirado todava de la extremada intensidad de un recuerdo que haba credo de buena fe que estaba adormecido. Poco a poco, como una hoguera que se reanima, sent en todo mi ser aquel ardoroso despertar. Caminaba bajo los rboles, hablando slo y haciendo involuntariamente ademanes propios de un hombre largo tiempo encadenado que rompe las cadenas: --Cmo!--pensaba.--Y no ha de saber siquiera que la he amado? ha de ignorar que por causa de ella he gastado mi vida, sacrificado todo, hasta la dicha inocente, de hacerle ver lo que he realizado para su reposo? Creer que he pasado junto a ella sin verla, que nuestras existencias han corrido paralelas sin confundirse ni tocarse siquiera, ni ms ni menos que dos indiferentes arroyos? Y el da que le diga sabe usted, Magdalena, que la he amado mucho? Me replicar: Es posible?... Y ya no estar en la edad en que hubiera podido creerme. Luego reconoc que, en efecto, nuestros destinos eran paralelos, muy prximos, pero inconfundibles; que era necesario vivir uno al lado del otro y separados, y que todo estaba concluido para m. Entonces me perda en hiptesis: emanaba de ellas un repetido Quin sabe? con todo el alcance de una tentacin. Y a esa condicional replicaba mi conciencia: No, eso no ser nunca! Pero de aquellas insensatas suposiciones me quedaba un sabor horriblemente dulce y de l estaba embriagada la dbil voluntad que aun me quedaba; pensaba adems que no vala la pena de haber luchado tanto para llegar a semejante extremo. Notaba en m tal ausencia de energa y senta un desprecio tan hondo de m mismo, que aquel da desesper de mi vida. No me pareca buena para nada: ni siquiera para aplicarla a los trabajos ms vulgares. Nadie la quera y a m no me importaba ya nada de ella. Unos nios se pusieron a jugar bajo los rboles. Parejas dichosas pasaron estrechamente enlazadas; evitaba su aproximacin y me alejaba, buscando, en mi mente, qu lugar haba en donde no estuviese solo. Regres por las calles ms desiertas. Haba en ellas grandes talleres industriales amurallados y ruidosos, fbricas cuyas chimeneas humeaban, oase hervir de calderas, estruendo de engranajes. Pensaba yo en la tensin que me consuma desde muchos meses, en aquel hogar interior siempre encendido, siempre abrasador esperando una aplicacin que no estaba prevista. Miraba los negros cristales, vea el reflejo de los hornos, escuchaba el ruido de las mquinas. --Qu harn ah dentro?--me deca.--Quin sabe lo que de esos talleres saldr, madera o metal, lo grande o lo pequeo, lo til o lo superfluo? Y la idea de que igual pasaba en mi espritu nada adicion a mi desaliento ya completo, no hizo ms que confirmarlo. Sobre mi mesa de trabajo haba una montaa de resmas de papel manuscrito. Nunca la miraba con orgullo; por lo comn evitaba fijarme en ella muy de cerca, y as pasaba cada da de las ilusiones de la vspera. Desde el siguiente al de mi resolucin suprema me hice justicia: le al azar mltiples fragmentos; un marcado sabor de mediocridad me revolvi el corazn. Agarr todos los papeles y los ech al fuego. Estaba muy tranquilo mientras ejecutaba aquella obra que en cualesquiera otras circunstancias me habra costado algn pesar. En aquel mismo instante lleg la carta de Magdalena. Era como deba ser, cordial, tierna, delicada y sin embargo, me qued estupefacto viendo desvanecerse una esperanza. El centelleo de muchos papelotes todava ardiendo, alumbraba mi cuarto; yo estaba de pie con la carta en la mano, como un hombre que se ahoga y aferra a una cuerda rota; por casualidad entr Oliverio. Al ver aquel montn de cenizas humeantes comprendi y dirigi una rpida mirada a la carta. --Estn buenos en Nivres?--me pregunt framente. En previsin de la ms leve sospecha le entregu la carta; l afect no leerla y como si hubiera decidido que era aquel momento oportuno para hablarme a la razn y desbridar anchamente una llaga que languideca sin resultado, comenz: --Pero, a qu extremos has llegado? Hace seis meses pasas las noches escribiendo y consumindote, llevas una vida de seminarista que ya hizo sus votos o de benedictino que toma baos de ciencia para calmar la carne. Y adonde te ha conducido todo eso? --A ninguna parte--repliqu. --Tanto peor; porque toda decepcin prueba, a lo menos, una cosa: que se ha errado en cuanto a los medios de triunfar. Has credo que la soledad es el mejor de los consejeros. Y ahora qu opinas? Qu consejo te ha dado, qu opinin que te sirva, qu leccin de conducta? --Callar siempre!--dije con acento de desesperacin. --Si sa es tu resolucin definitiva, te invito a cambiar de sistema. Si todo lo esperas de ti mismo, si tienes bastante orgullo para suponer que llevars a trmino una situacin que ha desanimado a otros muchos ms fuertes y que podrs permanecer sin tambalearte, en pie sobre una dificultad espantosa, ante la cual tantos corazones han desfallecido, tanto peor, repito una vez ms, porque te creo en grave peligro, y te juro que ya no dormir tranquilo. --No tengo ni orgullo ni confianza, lo sabes tan bien como yo. No soy yo el que quiere: es, como dices t, la situacin la que se me impone. No est en mi mano impedir lo que es, no puedo prever lo que debe ser. Me quedo en donde estoy, sobre un peligro, porque me est prohibido irme a otra parte. No amar a Magdalena, me es imposible; amarla de otro modo tampoco puedo. El da que sobre esta dificultad, de la cual no puedo descender, me venza el vrtigo... me llorars como hombre muerto. --Muerto no, cado de muy alto. No importa, de todos modos, el hecho es fnebre. Y no es as como entiendo que debes acabar. Baste con que la vida nos mate todos los das un poco; por Dios, no la ayudemos a concluir ms de prisa con nosotros. Preprate, te ruego, a or cosas muy duras, y si Pars te causa miedo como una mentira, acostmbrate, a lo menos, a conversar mano a mano con la verdad. --Habla--le dije,--habla. No me dirs nada que yo mismo no me haya repetido un millar de veces. --Ests en un error. Afirmo que nunca has usado el siguiente lenguaje: Magdalena es feliz; est casada; una a una tendr todas las legtimas alegras de la familia, sin faltarle ni una sola, as lo deseo y as lo espero. Puede muy bien, pues, pasar sin ti. No es para ti ms que una tierna amiga y no puede considerarte ms que como un camarada excelente, cuya prdida lamentara mucho, pero a quien sera imperdonable tomar por amante. Lo que os junta es, pues, un lazo, encantador como vinculacin noble, que sera horrible si se trocara en cadena. T le eres necesario en la medida que la amistad cuenta y pesa en la vida: en ningn caso tienes el derecho de convertirte en carga pesada. No hablemos de mi primo, el cual, si fuera consultado, hara valer sus derechos de conformidad con las formas establecidas, usando los argumentos que cumplen a la defensa de los maridos amenazados en su honor--que es cosa grave,--y en su felicidad, que todava es ms serio. Por lo que a ti respecta, la situacin no es ms complicada. El acaso te acerc a Magdalena y l tambin te hizo nacer seis o siete aos demasiado tarde; esto, que para ti representa una desgracia, quizs es tambin un accidente lamentable para ella. Si otro ha llegado y casdose con ella, no ha hecho ms que tomar lo que a nadie perteneca; por eso, t que tienes muy buen sentido, a pesar de poseer un gran corazn, nunca has protestado. Despus de haber declinado toda pretensin respecto de Magdalena, como marido, puedes y quieres aspirar a otra cosa? Sin embargo, sigues amndola. No eres digno de censura, porque un afecto como el tuyo no es censurable; pero no ests en buen terreno, porque un callejn sin salida a ninguna parte conduce. Ahora bien, cuando en la vida se cae en la desgracia de extraviarse en una encrucijada, lo razonable es procurar salir de ella por un lado o por otro; y en este caso saldrs de tu atolladero, si no libre de averas, a lo menos sin dejarte en l nada esencial, ni el honor ni la vida. Todava dos palabras, y no te ofendan: Magdalena no es la nica mujer buena, bonita, sensible y capaz de comprenderte y estimarte, que hay en el mundo. Imagina que otra mujer, pues, y no Magdalena, fuese la que t amases exactamente lo mismo y de la cual dijeras: Ella o ninguna. Niegas la posibilidad? Entonces lo necesario, lo absoluto en estos casos es la necesidad de amar y la capacidad de sentir el amor. No te pares a averiguar si lo que afirmo es lgico o no y no digas que mis doctrinas son espantosas. T amas y debes amar: lo dems es cuestin de suerte. No creo que pueda existir mujer, digna de ti por supuesto, que no tenga el derecho de decirte: El verdadero y nico objeto de tus sentimientos soy yo. --De modo--exclam,--que ser necesario no amar. --Nada de eso. Se trata slo de amar a otra. --Entonces habr de olvidarla. --No, reemplazarla. --Nunca!... --No digas nunca; di mejor no por ahora. Y en seguida Oliverio se march. Tena los ojos secos y un atroz sufrimiento me oprima el corazn. Volv a leer la carta de Magdalena. De ella se exhalaba una vaga tibieza de las amistades vulgares, que causa desesperacin cuando se desea mucho ms. Tiene razn, mucha razn, pens recordando la abrumadora argumentacin de Oliverio, rechazando sus conclusiones con todo el horror natural en un corazn apasionadsimo, pero reconociendo esta verdad irrefutable: No soy nada para Magdalena, nada ms que un obstculo, una amenaza, un ente intil o peligroso. Contempl mi mesa vaca. Un montn de cenizas negras llenaba el hogar. Aquella destruccin de una parte de m mismo, aquella total ruina de mis esfuerzos y de mi dicha me abati bajo la incomparable sensacin de la nada ms completa. --Para qu sirvo, pues?--exclam. Y oculto el rostro entre las manos, la mirada en el vaco, teniendo ante mi vista toda mi existencia, dudosa, sin fondo, como un precipicio, qudeme absorto. Al cabo de una hora volvi Oliverio y me encontr en el mismo estado: inerte, inmvil, consternado. Cariosamente me toc en el hombro y me dijo: --Quieres acompaarme esta noche al teatro? --Vas solo?--le pregunt. --No--replic sonriendo. --Entonces no me necesitas para nada. --Est bien!--exclam con impaciencia. Pero cambiando sbitamente de intencin, se me puso resueltamente delante y con ruda energa me increp: --Eres estpido, injusto e insolente. Qu te has credo?... que pretendo sorprenderte? Bonito oficio me atribuyes! No, querido! No soy capaz de prepararte ninguna emboscada en la cual pueda correr riesgo la probidad de tu corazn. Sera calcular mal y proceder torpemente. Lo que yo quiero es que salgas de tu cubil, pobre alma entristecida! infeliz corazn herido!... Te figuras que la tierra est de luto, que la belleza se ha cubierto de un velo, que todos los rostros estn baados en lgrimas, que ya no existen esperanzas ni alegras, ni afanes colmados porque la suerte te es adversa. Pero mira en torno de ti, mzclate entre la multitud de hombres y mujeres que son felices o creen serlo. No les envidies la despreocupacin, pero aprende de ellos esta doctrina: que la Providencia--en la cual t crees,--a todo atiende, que todo lo proporciona y que ella ha creado inagotables recursos para satisfacer la necesidad de los corazones hambrientos. No me caus vacilacin aquel flujo de palabras, pero acab por escucharlas. La afectuosa exasperacin de Oliverio actu como un calmante sobre mis nervios, espantosamente excitados y templ su tensin. Le ped que me perdonara aquel arranque, efecto de mi estado de aturdimiento, asegurndole que en mis palabras no haba ni asomos de desconfianza. Le rogu que dejara pasar aquella crisis de flaqueza, resultado de penas y cansancio y le promet cambiar de gnero de vida. Vivamos en el mismo medio social y reconoc que era un error de mi parte no frecuentarlo. Tena el deber, sin duda, de no singularizarme con un sistemtico alejamiento. Le dije una porcin de cosas sensatas, como si de repente hubiera recobrado la razn. Y como tambin l echaba de menos la expansin en nuestra intimidad, que nos haca ms flexibles, ms conciliadores, mejores, estando juntos, le habl de l, de su vida que pasaba casi enteramente apartado de m, y lament el no saber lo que se haca y si tena o no razones para estar satisfecho. --Satisfecho. He ah la palabra--me dijo con una expresin casi cmica.--Cada hombre tiene un vocabulario particular para sus ambiciones. S, estoy casi satisfecho en este momento, y si me conformo con satisfacciones que no tengan informacin de quimricas, mi vida discurrir en perfecto equilibrio y ser dichosa hasta la saciedad. --Tienes noticias de Ormessn? --Ninguna. Ya sabes cmo acab aquella historia. --Por una ruptura? --No, por una ausencia, que no es lo mismo, porque de lo pasado guardamos el uno y la otra la nica memoria que nunca ensucia los recuerdos. --Y ahora? --Ahora!... Sabes algo?... --Nada s; pero imagino que habrs hecho lo que hace poco me recomendabas. --En efecto--dijo Oliverio sonriendo. Luego se puso serio y continu: --En otro momento te contar. Ahora no hay oportunidad. El ambiente de este cuarto est impregnado de una emocin muy respetable. No cabe promiscuidad entre la mujer de la cual te hablar y aquella otra cuyo nombre no debe ser pronunciado siquiera mientras de la otra nos ocupamos. Ruido de pasos en la antesala interrumpi nuestra conversacin. Mi criado anunci a Agustn que raras veces vena a aquella hora. La vista de aquella enrgica e inflexible fisonoma me devolvi hasta cierto punto un poco de energa. Me pareca como si la suerte me enviase un refuerzo en aquel momento que tanto lo necesitaba. --Llega usted en buen momento--le dije procurando mostrarme animado.--No mereca la pena de tomarme tanto trabajo, verdad? Vea usted, todo lo he destruido. Hablbale siempre como cumple a un ex discpulo respecto de su maestro, y le reconoca el derecho de interrogarme acerca de mis tareas. --Es cuestin de volver a empezar--me contest, sin asombrarse por lo que vea.--S lo que es eso!... Oliverio callaba. Despus de algunos minutos de silencio, bostez suavemente, atus con la mano su rizada cabellera y nos dijo: --Me aburro y voy a dar un paseo por el Bosque... X --Trabaja?--me pregunt Agustn cuando Oliverio nos dej. --Muy poco; y, sin embargo, aprende como si trabajara. --Tanto mejor. Ha seducido a la suerte. Si la vida fuese una lotera, ese mozo soara los nmeros que iban a salir premiados. Agustn no era ni de los que inducen a la suerte ni de aquellos a quienes debe enriquecer un nmero soado. Lo que de l llevo ya dicho, debe haberle hecho comprender, que no haba nacido para los favores del acaso y que en todas las partidas en que haba hecho parada de su voluntad, la puesta vala ms que la ganancia. Desde el da que le ha visto usted salir de Trembles, con una letra llegada de Pars en el bolsillo, como un soldado con su itinerario en la mano, sus esperanzas haban recibido ms de un jaque, pero ello no haba disminuido su fe robusta ni le haba hecho dudar, por un minuto tan slo, que el xito, si no la gloria, estaban en Pars al fin del camino que l emprenda. No se quejaba, no acusaba a nadie, no desesperaba por nada. Sin ninguna ilusin tena la tenacidad de las esperanzas ciegas y lo que en otros habra parecido orgullo, no exista en l ms que como sentimiento muy exactamente determinado de su derecho. Apreciaba las cosas con la serenidad de un joyero que ensaya alhajas de calidad dudosa, y rara vez se engaaba al elegir las que merecan la pena de consagrarlas tiempo y trabajo. Haba tenido protectores. No consideraba que fuera deshonor solicitar apoyo, porque l slo propona un trueque de valores equivalentes. Y tales contrastes--deca,--no humillan nunca al que aporta a la sociedad el contingente de su inteligencia, su celo y su talento. No afectaba el desprecio del dinero--del cual tena gran necesidad.--Sabalo yo sin que l me lo dijese. No desdeaba los resultados, pero los colocaba muy por debajo de un capital de ideas que, segn l, nadie sabra representar ni pagar. Soy--deca--un obrero que trabaja con herramientas de poco costo, es verdad; pero lo que producen no tiene precio, cuando es bueno. No se considera, pues, agradecido a nadie. Los servicios que le haban hecho los haba comprado y pagdolos bien. Y en esa especie de ventas--que de su parte excluan si no el convencionalismo del trato social, toda humillacin por lo menos,--tena su modo de ofrecer, que determinaba concretamente el alto precio que a su entender era lo justo. --Desde el momento en que media el dinero--deca,--ya no hay ms que un negocio en el cual el corazn no entra para nada y que no compromete, de ningn modo, al agradecimiento. Doy y das. El talento mismo, en tales casos, no es ms que una obligacin de probidad. Haba ensayado muchas posiciones e intentado diversas empresas, no por aficin, sino por necesidad. No pudiendo elegir los medios, posea el don de la aplicacin ms bien que la flexibilidad que permite aplicarlos todos. A fuerza de voluntad, de clarividencia, de ardor supla casi las facultades naturales de que se reconoca privado. Su voluntad, apoyada sobre extraordinario buen sentido y una rectitud perfecta, haca milagros. Tomaba todas las formas ms elevadas, ms nobles, algunas veces brillantes. No lo senta todo, pero nada haba que l no comprendiese. Tambin se aproximaba a las manifestaciones de pura imaginacin por un esfuerzo de tensin de su espritu, en contacto siempre con todo lo que el mundo de las ideas contiene de mejor y ms bello y rayaba en lo pattico por el perfecto conocimiento de las asperezas de la vida y por la devorante ambicin de alcanzar legtimas satisfacciones, aunque ello fuese a trueque de mucho luchar. Despus de haber abordado el teatro--para el cual no se consideraba suficientemente recomendado, ni con preparacin bastante,--se lanz al periodismo. Cuando digo que se lanz, no empleo la palabra exacta para exponer la idea; porque ella no corresponde a la accin de un hombre que, siendo incapaz de aturdimiento, se present en la palestra con esa valenta informada de prudencia que no arriesga mucho ms que para lograr xito favorable. Por ltimo, poco haca que haba entrado al servicio de un hombre pblico eminente, en calidad de secretario. --Estoy--me deca--en medio de un movimiento que no me seduce, pero que me interesa y me ilustra. La poltica, en estos tiempos, abarca tantas ideas, elabora tantos problemas, que constituye el medio de estudio ms instructivo y la encrucijada ms apropsito para una ambicin que busca salida. Su situacin material me era desconocida. La supona difcil; pero era se un asunto acerca del cual me pareca imprudente hablarle. Tan slo algunas veces el continente de aquel incansable luchador delataba a su pesar, no vacilaciones, pero s sufrimiento. El estoico Agustn no deca palabra. Su actitud era la misma de siempre, su manera de razonar no haba perdido ni un pice de la fuerza habitual. Obraba, pensaba, resolva como si jams hubiera sufrido el ms leve embate de la suerte; pero haba en l un no s qu indefinible, algo as como las manchas rojas que aparecen en las vestiduras de un soldado herido. Por mucho tiempo me haba preguntado qu parte vulnerable de aquella organizacin de hierro haba podido ser lacerada, y al fin advert que Agustn, al igual que todo el mundo, tena corazn y comprend que era aquel noble y animoso corazn lo que sangraba. Luego que se sent y as que le vi cruzar las piernas una sobre otra, con la actitud de un hombre que nada tiene que decir y entra en casa de un amigo olvidando el objeto de su visita, me di cuenta de que tampoco l estaba con nimo y disposiciones alegres. --Tampoco usted es feliz, mi querido Agustn?--le pregunt. --Ha adivinado usted!--replic con un acento que revelaba amargura. --Menester es adivinar cuando usted tiene el orgullo de no declararlo. --Hijo mo--continu, usando siempre aquella forma paternal que prestaba cierto encanto a la rudeza de sus consejos,--el problema no est en saber si uno es feliz, lo que importa es averiguar si se ha hecho todo para llegar a serlo. Un hombre de bien merece, indudablemente, ser dichoso; pero no siempre tiene el derecho de lamentarse porque no lo es todava. Es cuestin de tiempo, del instante, de oportunidad. Hay muchas maneras de sufrir: unos sufren por error, otros por impaciencia. Perdneme un desplante de modestia. Yo quizs soy tan slo un poco impaciente. --Impaciente? y de qu? Se puede saber? --De no estar solo--me dijo con singular emocin,--con objeto de que si algn da alcanzo un nombre no me vea reducido al triste resultado de coronar mi egosmo. Despus aadi: --No hablemos de estas cosas demasiado pronto. Usted ser el primero a quien dar cuenta de ellas cuando llegue el momento. Guard silencio un instante y ponindose de pie me dijo: --No estemos aqu: esto huele a derrota. Y no es que eso me fastidie, pero da ganas de abandonarse. Salimos juntos y andando, andando le puse al corriente de los motivos particulares de fastidio y de desaliento que tena. Mis cartas le haban advertido y el resto lo presumi el da que Magdalena y l se vieron. No hall, pues, dificultad ninguna para ponerle al corriente de las graves circunstancias de una situacin que conoca tan bien como yo, ni para explicarle las perplejidades de mi alma en la cual haba l medido todas las resistencias y todas las debilidades. --Desde hace cuatro aos le conozco a usted enamorado--me dijo a la primera palabra que pronunci. --Cuatro aos? Pero si entonces no conoca yo a Magdalena! --Recuerda usted, amigo mo, el da que le sorprend llorando las desventuras de Anbal? Pues bien, al principio me sorprend, no pudiendo admitir que una composicin de colegio pudiera conmover a nadie de aquel modo. Despus razon que nada tena que ver con Anbal su emocin. De modo que leda la primera de sus cartas de usted pens: Ya lo saba, y en cuanto vi a la seora De Nivres comprend que se trataba de ella. En cuanto a mis procederes juzgaba que era difcil, pero no imposible dirigirlos. Considerando el asunto desde puntos de vista diferentes de los que adoptara Oliverio, me aconsej curarme, pero usando procedimientos que consideraba ser los nicos dignos de m. Nos separamos despus de dar muchas vueltas en torno a las murallas del Sena. La noche se acercaba. Me encontr solo en medio de Pars a una hora desusada, sin rumbo, falto de costumbres cotidianas, sin vinculaciones, sin obligaciones, pensando con ansiedad: --Qu voy a hacer esta noche? Qu har maana?... Olvidaba absolutamente que desde muchos meses, durante todo un largo invierno, no haba tenido compaa. Parecame que habindome abandonado aquel que actuaba en m, ya no me quedaba ningn auxiliar para encargarse de una vida que en lo sucesivo iba a abandonarme en el vaco de la ociosidad. La idea de volverme a mi casa no me pas siquiera por la mente y el pensamiento de irme a hojear libros me hubiera puesto enfermo de asco. Record que Oliverio deba estar en el teatro: saba cul era y quin le acompaaba. No teniendo por qu resistir a una cobarda ms, ocup un coche y me hice conducir. Tom un palco oscuro desde el cual esperaba ver a Oliverio sin ser notado. No estaba en ninguno de los otros palcos que haba enfrente del mo. Calcul que habra cambiado de proyecto o estara en alguna de las localidades altas encima de la que yo ocupaba y no me era dado verlas. Habiendo fracasado el plan de sorprenderle en aventura galante, me preguntaba qu era lo que all tena que hacer. Me qued, sin embargo, y difcil sera que le explicara a usted el por qu: tal era el desorden de mi espritu en el cual se barajaban con el aburrimiento, las penas y el desfallecimiento con perversas curiosidades. Hunda la mirada en todos los palcos ocupados por mujeres; vistas desde abajo formaban una irritante exposicin de bustos casi sin cuerpos y de brazos desnudos, cubiertos slo en parte por los guantes. Examinaba las cabelleras, los ojos, las sonrisas y buscaba comparaciones persuasivas capaces de perjudicar el perfecto recuerdo de Magdalena. No tena ms que un afn: el impetuoso deseo de substraerme de cualquier modo a la persecucin de aquel nico recuerdo. Lo envileca a mi sabor, y lo desdoraba esperando, por ese medio, tornarlo indigno de ella, librarme de l a fuerza de ensuciarlo. Al salir del teatro, cuando atravesaba el vestbulo o entre un grupo de gente la voz de Oliverio. Pas cerca de m y no me vio. Apenas pude ver a la persona de aspecto distinguido, muy elegante, que le acompaaba. Entramos en nuestros respectivos departamentos casi al mismo tiempo y todava estaba yo en traje de calle, cuando apareci a la puerta de mi cuarto. --De dnde vienes?--me dijo. --Del teatro. Y le dije cul. --Me buscaste? --No fui con intencin de buscarte, slo quera verte--le repliqu. --No te comprendo. En cualquier caso sas son nieras o quisquillas que si fueras otro no te las perdonara. Pero t ests malo y te compadezco. No le vi ms durante dos o tres das. Tuvo la severidad de tratarme con rigor. Se inform de m por mi criado y supe que se preocupaba de mi estado y me vigilaba sin aparentarlo. Cada da de inaccin me agotaba ms y ms me desmoralizaba. No tomaba ningn partido decisivo, pero me pareca que mi debilidad iba a abatirse al primer accidente que la conmoviera. Tres das despus, en una avenida del Bosque por la cual me paseaba desesperado, vi venir despacio un carruaje muy bien atalajado. Iban en l tres personas: dos mujeres jvenes y Oliverio. En cuanto este ltimo me reconoci, salt rpido a tierra, me agarr por un brazo, y sin pronunciar palabra me hizo subir al carruaje y luego que estuvo sentado junto a m, como si se tratara de un rapto le dijo al cochero: Adelante. Me sent perdido y lo estaba, en efecto, por algn tiempo al menos. Respecto de los dos meses que dur aquel extravo--que slo dur ese tiempo a lo ms,--le referir tan slo el incidente fcil de prever que lo termin. Al principio cre olvidar a Magdalena, porque cada vez que su recuerdo vena a mi mente, le deca: Huye! como se oculta a los ojos respetados la vista de ciertos cuadros hirientes o vergonzosos. Ni una sola vez pronunciaba su nombre. Puse entre los dos un mundo de obstculos y de indignidades. Un momento Oliverio lleg a creer que aquello haba concluido; pero la persona con quien trataba yo de matar aquella importuna memoria no se enga. Un da, por ligereza de mi amigo, que se reportaba algo menos a medida que crea ms firme mi razn, supe que sus negocios reclamaban la presencia del seor D'Orsel en su provincia y que todos los habitantes de Nivres iban a trasladarse muy pronto a Ormessn. En aquel mismo instante qued adoptada una resolucin y resolv romper. --Vengo a decir adis--dije al entrar en una habitacin en que nunca ms deba poner los pies. --Eso mismo habra hecho yo algo ms adelante, pero muy pronto--me dijo ella sin manifestar sorpresa, ni contrariedad. --Entonces no me guardar rencor? --De ningn modo. Usted no se pertenece. Sentose delante del tocador y aadi: Adis, sin volver la cabeza. Pero me mir en el espejo y sonri. Me separ de ella sin ms explicaciones. --Otra necedad ms--me dijo Oliverio cuando se enter de lo que haba yo hecho. --Necedad o no heme libre--repuse.--Me voy a Trembles y te llevo conmigo. No ser difcil que se resuelvan a venir a pasar las vacaciones. --A Trembles contigo? Magdalena en Trembles?--repeta Oliverio cuyos planes haba desbaratado mi resolucin brusca y temeraria. --Querido amigo--le dije arrojndome enajenado en sus brazos,--no me digas nada, nada objetes. Ser prudente, muy prudente, pero ser tambin dichoso; concdeme esos dos meses, que no volvern, que no tornar a encontrar; es corto tiempo y tal vez el nico perodo de dicha que lograr en toda mi vida. Le hablaba arrastrado por tan ardiente deseo, me vio tan reanimado, tan cambiado ante la perspectiva inesperada de aquel viaje, que se dej seducir y tuvo la debilidad y la generosidad de asentir a todo. --Sea--dijo.--En definitiva, eso a vosotros solos os incumbe. No soy ngel de la guarda. Despus de todo bastante hago guiando slo los pasos de dos locos de atar como t y yo. XI Aquellos dos meses de residencia con Magdalena en nuestra solitaria casa, en pleno campo, a orillas de nuestro mar, tan bello en semejante estacin, fue una causa de constantes delicias, mezcladas con tormentos que me purificaban. No hubo un solo da que no est sealado por alguna tentacin grande o pequea, ni un minuto al cual no corresponda un latido de mi corazn, un escalofro, una esperanza, una decepcin. Podra decirle a usted hoy, la fecha y el lugar preciso de mil emociones muy dbiles cuya huella ha quedado en mi memoria, no obstante la pequeez del hecho: le mostrara a usted tal rincn del parque, tal escalera de la terraza, tal sitio del campo, del pueblo, de la escarpa, en donde el alma de las cosas insensibles ha conservado tan bien el recuerdo de Magdalena y el mo, que si lo buscara--Dios no lo quiera,--lo encontrara tan reconocible como al da siguiente de nuestra partida. Magdalena nunca haba estado en Trembles y aquella residencia, aunque un poco triste y muy mediana le gustaba. Por ms que no tena las mismas razones que yo para haber depositado en ella cario, me haba odo hablar de ella tan frecuentemente, que mis propios recuerdos se la haban dado a conocer perfectamente v ayudaban a que se sintiera bien all. --Su tierra tiene semejanza con usted--me deca.--Me haba figurado cmo es, con slo verle a usted. Es un paisaje melanclico, tranquilo, de suave calor. La vida tiene que ser en ese medio apacible y reflexiva. Ahora me explico mucho mejor ciertas particularidades de su carcter, porque corresponde a los rasgos caractersticos de su pas natal. Hallaba yo gran placer en hacerla penetrarse as de la intimidad de tantas y tantas cosas estrechamente ligadas a mi vida. Era como una serie de sutiles confidencias que la iniciaban en lo que yo haba sido y la conducan a comprender lo que era. Aparte el deseo de rodearla de bienestar, de distracciones y de cuidados, estaba tambin aquel secreto afn de establecer entre nosotros vnculos de educacin, de inteligencia, de sensibilidad, casi de nacimiento y parentesco, que deban hacer nuestra amistad ms legtima, prestndole quin sabe cuntos aos de antigedad. Complacame ensayar en Magdalena el efecto de ciertas influencias, ms bien fsicas que morales, a las cuales yo estaba sujeto continuamente. Pona delante de sus ojos ciertos cuadros naturales, elegidos entre los que, invariablemente compuestos de un poco de vegetacin, mucho sol y una inmensa extensin de mar, tena el don infalible de conmoverme. Observaba en qu sentido podan impresionarla, por qu aspectos de indigencia o de grandeza podra agradarle aquel horizonte siempre triste. En cuanto me era dado la interrogaba sobre estos detalles de sensibilidad en todo exterior. Y cuando la encontraba de acuerdo conmigo--que suceda con mucha ms frecuencia que nunca hubiese esperado,--cuando perciba en ella el eco completamente exacto, y como al unsono de la fibra conmovida que vibraba en m, constataba una conformidad ms de la cual me congratulaba como de una nueva alianza. As comenc a dejarme ver bajo muchos aspectos que ella habra podido sospechar sin comprenderlos. Juzgando sobre poco ms o menos los hbitos normales de mi existencia iba conociendo con bastante exactitud cul era el fondo oculto de mi natural. Mis predilecciones le revelaban una parte de mis inquietudes, y lo que ella calificaba de singularidades le iba pareciendo ms claro a medida que descubra los orgenes. Nada de eso era efecto de clculo: ceda a ello con bastante ingenuidad para no dejar margen a tener que reprocharme nada si algo haba que se asemejara a la ms leve apariencia de seduccin; pero inocentemente o no ello es que yo ceda. Ella pareca dichosa. Por mi parte, merced a tales continuas comunicaciones que creaban entre nosotros innumerables puntos de relacin, tornbame ms libre, ms firme, ms seguro de m mismo en todos sentidos; y eso representaba un gran progreso porque Magdalena vea en ello un paso dado en la senda de la franqueza. Esta fusin completa, constante y progresiva dur sin ningn accidente dos meses largos. Hago omisin de las heridas secretas, innumerables, infinitas: no eran nada comparadas con los consuelos que en seguida las curaban. En resumen, era feliz o me pareca serlo si la dicha consiste en vivir rpidamente, en amar con todas sus fuerzas sin causa alguna de arrepentimiento y sin esperanza. El seor De Nivres era cazador, y a l se debe el que yo haya llegado a serlo. Me dirigi con mucha cordialidad en los primeros ensayos de una clase de ejercicio que despus me ha gustado hasta el apasionamiento. Algunas veces Magdalena y Julia nos acompaaban a distancia o nos esperaban sobre la ribera en tanto que nosotros hacamos largas batidas en direccin al mar. Distinguaselas desde lejos como florecitas brillantes posadas sobre los cantos rodados al borde mismo de las olas azules. Cuando los incidentes de la cacera nos llevaban demasiado lejos o nos retenan hasta tarde, oamos la voz de Magdalena que nos invitaba a volver. Tan pronto nombraba a su marido o a Oliverio como a m. El viento nos traa aquellas llamadas en que se alternaban nuestros tres nombres. Las notas perladas de aquella voz, lanzada a gran espacio desde la orilla del mar se debilitaban a medida que volaban sobre aquel terreno sin eco; llegaban a nosotros como un soplo levemente sonoro y cuando distingua mi nombre no es decible la sensacin de dulzura y de tristeza infinitas que experimentaba. Algunas veces, ya se ocultaba el sol cuando todava estbamos nosotros sentados sobre la parte alta de la costa, ocupados en ver morir a nuestros pies las largas olas que venan de Amrica. Cruzaban embarcaciones cubiertas de los purpreos reflejos del sol, a flor de agua se encendan luces, las de los faros, con destellos e intervalos de relmpago, fijas y amarillentas las de los buques fondeados en la rada, resinosas las de las barcas pescadoras. Y el vasto movimiento de las aguas, que continuaba a travs de la noche y ya no se revelaba ms que por sus rumores, nos suma en un silencio del cual para cada uno de nosotros brotaba un nmero incalculable de ensueos. Al extremo de la tierra firme, en una especie, de pennsula, pedregosa, batida del mar por tres lados haba un faro, hoy da destruido, rodeado de un jardincito, con setos de tamarindos tan cerca de la orilla, que cada marea un poco fuerte quedaban hundidos en espuma. Era aqul el punto de cita elegido ordinariamente para reunirnos, como he dicho, despus de las caceras. El lugar era solitario, la ribera ms alta en aquel sitio, la mar ms vasta y ms conforme con la idea que se ha formado de ese azul desierto sin lmites y de aquella soledad agitada. El horizonte circular que se abarcaba desde aquel punto culminante de la costa, aun sin apartarse del pie de la torre, ofreca una grandiosa sorpresa en una zona tan pobremente accidentada que no presenta casi en ninguna porcin de ella ni contornos ni perspectivas. Recuerdo que un da Magdalena y el seor De Nivres quisieron subir a lo alto del faro. Haca viento. El ruido del aire que no se perciba abajo, aumentaba a medida que subamos, ruga como un trueno en la escalera espiral y haca temblar encima de nosotros las paredes de cristal de la linterna. Cuando desembocamos a cien pies del suelo, un verdadero huracn nos azot el rostro y de todo el horizonte se alz no s qu murmullo irritado del cual nada puede dar idea cuando no se ha escuchado el mar desde muy alto. El cielo estaba nublado. La marea baja permita ver en el lmite espumoso de las olas y el ltimo escaln de la ribera, el triste lecho del Ocano pavimentado de rocas y tapizado de vegetaciones negruzcas. Charcos de agua reflejaban la luz a lo lejos, y dos o tres hombres que buscaban cangrejos, tan pequeos que podan ser confundidos con pjaros pescadores, vagaban, casi imperceptibles alrededor de las limosas lagunas. Ms all comenzaba la alta mar, movediza y gris, cuyo lmite se perda en la bruma. Menester era mirar con mucha atencin para apreciar dnde terminaba el mar y dnde comenzaba el cielo, tan dudoso era el lmite y tanto la una y el otro tenan la misma palidez incierta, la misma palpitacin tempestuosa y el mismo infinito. No puedo decirle a usted hasta qu punto resultaba extraordinario aquel espectculo de la inmensidad dos veces repetida, de extensin doble por lo tanto, tan alta como profunda--vista desde la plataforma del faro,--ni es tampoco descriptible la emocin que a todos nos embargaba. Cada uno fue impresionado de diversa manera, sin duda; pero recuerdo que tuvo por efecto suspender toda conversacin y que el mismo vrtigo fsico nos hizo palidecer de pronto y nos puso serios. Una especie de grito de angustia se escap de los labios de Magdalena y sin pronunciar una palabra, puestos los codos sobre el balconcillo que nos separaba del abismo, sintiendo que la enorme torre oscilaba bajo nuestros pies a cada embate del viento, atrados por el inmenso peligro y como solicitados desde abajo por el clamor de la marea que iba subiendo, permanecimos largo tiempo en el ms grande estupor, semejantes a personas que teniendo los pies apoyados en la frgil vida, un da, por milagro, corrieran la nunca oda aventura de mirar y de ver el ms all. Comprend perfectamente que al influjo de aquella sensacin alguna fibra humana haba de romperse: era menester que cediera uno de nosotros, si no el ms emocionado, el ms frgil. Fue Julia. Estaba inmvil junto a Oliverio, la manecita temblorosa al lado de la mano del joven, crispada sobre el pasamano de la balaustrada, la cabeza inclinada sobre el mar, los ojos entreabiertos, con esa expresin de extravo que caracteriza al vrtigo, el rostro plido, como el de un nio moribundo. Oliverio fue el primero que advirti que iba a desmayarse y la tom en los brazos. Algunos segundos despus volvi en s lanzando un suspiro angustioso que levant su delgado talle. --No es nada--dijo reaccionando en seguida contra el irresistible acceso de desfallecimiento, y bajamos. No se habl ms de aquel incidente que fue olvidado, sin duda, como otros muchos. Y si yo lo recuerdo hoy al referirle nuestros paseos al faro, dbese a que l fue la primera indicacin de ciertos hechos oscuros qu deban tener un desenlace ms tarde. Algunas veces, cuando estaban la mar en completa calma y el cielo sereno, una embarcacin vena a buscarnos a la costa, al extremo de los prados, y nos llevaba mar adentro. Era una barca de pesca y tan luego como tomaba el largo se tenda la vela; despus, en una mar lenta, plana, blanca al reflejar el sol, como si fuera de estao, el patrn tenda las redes. De hora en hora eran recogidas y veamos enredados en ellas toda clase de peces, de brillantes escamas, y extraos productos del mar, sorprendidos en las profundidades del agua o arrancados, revueltos con algas, a sus escondites submarinos. Cada redada nos traa una nueva sorpresa: despus otra vez se echaban al mar los aparejos y la barca derivaba mantenida slo por el timn y ligeramente inclinada del lado de las redes. As pasbamos das enteros contemplando el mar, viendo adelgazarse o engrosar la lnea de tierra en la lejana, midiendo la sombra que giraba alrededor del mstil como en torno de la larga aguja de un cuadrante, lnguidos por la pesadez del da y el silencio, deslumbrados por la luz del sol, privados de conciencia y, por decir as, invadidos de olvido por aquel prolongado columpio sobre las aguas encalmadas. El da acababa y en algunas ocasiones era ya noche cerrada cuando la marea nos volva a la costa y nos depositaba a pie llano sobre los guijarros de la playa. Nada poda ser ms inocente para todos, y sin embargo, recuerdo hoy aquellas horas de pretendido reposo y de languidez, como las ms bellas y acaso las ms peligrosas de mi vida. Un da, como otros muchos, la barca apenas haca camino: arrastrbanla imperceptibles corrientes y casi no oscilaba. Filaba en lnea recta y muy lentamente, como si se deslizara por un plano slido; el rumor de la estela no se notaba, tal era la suavidad con que el agua se desgarraba bajo la quilla. Las marismas reunidas sobre la cubierta a proa callaban y mis compaeros, excepto Julia, dormitaban sobre las tablas caldeadas, al abrigo de la vela extendida a popa formando carpa. Nadie se mova a bordo. La mar estaba quieta como una masa de plomo a medio fundir. El cielo lmpido y descolorido por el resplandor del sol de medioda reflejaba sobre el agua como en un espejo empaado. No haba a la vista ni una sola barca pescadora. Solamente muy lejos y ya casi cortado por la lnea del horizonte un buque con todas las velas desplegadas esperaba la vuelta de la brisa de tierra y se preparaba a aprovecharla, semejante a un ave de alto vuelo abriendo las blancas alas. Magdalena dorma recostada. Sus manos inertes y entreabiertas se haban desprendido de las del Conde. Tena la actitud de abandono que presta el sueo. El calor concentrado bajo la carpa animaba sus mejillas de ardores un poco ms vivos y entre los labios medio abiertos vea yo brillar la extremidad de sus dientes blancos como los dos bordes de una concha de ncar. Nadie ms que yo asista al sueo de aquel ser encantador. Julia, distrada yo no s en qu confusa aspiracin, pareca observar atentamente la partida del barco que maniobraba para hacer rumbo. Trat de cerrar los ojos, no quera mirar ms, hice sinceros esfuerzos por olvidar. Me fui a sentarme a proa, sin sombra, apoyada la cabeza en el bauprs que abrasaba. Pero a mi pesar mis ojos se volvan hacia donde Magdalena dorma, vestida de ligera muselina, acostada sobre la spera tela que le serva de alfombra. Estaba encantado? Estaba torturado? Trabajo me costara decir si deseaba algo ms all de aquella visin decente y exquisita que reuna todas las circunspecciones y todos los atractivos. Por nada del mundo hubiera hecho el ms leve movimiento capaz de romper el encanto. No s cunto dur aqul, verdadero xtasis, quizs varias horas, acaso tan slo algunos minutos; pero tuve tiempo de reflexionar mucho, tanto como puede hacerlo un cerebro cuando est en lucha con un corazn privado absolutamente de sangre fra. Cuando mis compaeros despertaron hallronme ocupado en mirar la estela. --Qu hermoso tiempo!--exclam Magdalena con una efusin que la revelaba dichosa. --Capaz de hacer olvidarlo todo--aadi Oliverio.--Que no me causara pena... --Sera usted hombre como para tener preocupaciones?--le pregunt el Conde sonriendo. --Quin sabe?--repuso Oliverio. El viento no se levant. La mar, absolutamente muerta, nos retuvo hasta el anochecer. Seran ya las siete en el momento de aparecer la luna llena, redonda, envuelta en caliente neblina que la enrojeca; a falta de brisa, menester fue armar los remos. Todo esto que le refiero a usted, all, cuando yo era joven, ms de una vez me pas por la cabeza la idea de escribirlo o como entonces se deca, contarlo. En aquella poca me pareca que slo haba un lenguaje para fijar dignamente lo que tales recuerdos tenan de inexpresable, a mi entender. Hoy, cuando he hallado mi historia en los libros de otros, de los cuales algunos son _inmortales_, qu dir?... Regresamos cuando ya brillaban las estrellas, al acompasado ruido de los remos, manejados, creo yo, por los bateleros de Elvira. Eran aqullas los saludos de despedida de la estacin; casi en seguida llegaron las primeras nieblas, luego las lluvias que nos advirtieron que se acercaba el invierno. El da que el sol, que tanto se nos haba prodigado, desapareci para no mostrarse ms que de tarde en tarde con la palidez propia de su declinacin, hice un triste presagio que me aprision el corazn. Aquel mismo da, como si la misma advertencia de partida hubiera sido recibida por cada uno de nosotros, Magdalena me dijo: --Es tiempo de que pensemos en las cosas serias. Los pjaros a los cuales deberamos imitar se han marchado hace ya ms de un mes. Hagamos como ellos, crame usted. Estamos a fines del otoo. Regresemos a Pars. --Ya?--le dije con una expresin de pena que no pude evitar. Ella se qued pasmada, como quien por vez primera advierte una cosa que le extraa. Por la noche me pareci que estaba ms seria que de ordinario y que con extrema habilidad me vigilaba de cerca. Arregl mi actitud de conformidad con aquellos indicios, muy leves, sin duda, pero no por eso menos alarmantes. Los das siguientes me report ms an y tuve la dicha de ver que tornaba a merecer la confianza de Magdalena y llegu a tranquilizarme por completo. Pas los ltimos momentos ocupado en reunir y poner en orden, para lo futuro, todas las emociones tan confusamente amontonadas en mi memoria. Fue como si compusiera un cuadro poniendo en l todo lo mejor y menos perecedero que en ellas haba. Aparte esta nube ltima hubirase dicho--vindolos desde lejos,--que aquellos das, aunque llenos de muchas preocupaciones, no presentaban ninguna sombra. La misma adoracin tranquila y ardorosa los inundaba de continuos resplandores. Una vez, sorprendiome Magdalena en las alamedas del parque, en medio de mis reminiscencias; acompabala Julia llevando un enorme fajo de crisantemos que haba cogido para ponerlos en los jarrones del saln. Un macizo, poco espeso, de laureles, nos separaba. --Est usted componiendo algn soneto?--me dijo a travs de los rboles. --Un soneto? A propsito de qu? --Oh, por lo que he odo!...--aadi lanzando una carcajada que reson como el trino de un ruiseor. --Oliverio es un charlatn--exclam. --De ninguna manera charlatn. Ha hecho bien en advertrmelo; sin l le atribuira a usted una pasin desgraciada, y ahora ya s lo que le preocupa: se trata de _rimas_--aadi cargando la voz sobre la ltima palabra, que reson de lejos como una alegre impertinencia. Nos acercbamos al momento de partir y yo no acababa de decidirme. Pars me inspiraba ms miedo que nunca. Magdalena ira tambin, podra verla, pero, a qu precio? Estando ella presente no corra riesgo de desfallecer, al menos de no caer tan abajo; mas a trueque de un peligro menos cuntos otros surgiran. La vida que aqu habamos hecho, aquella vida de ocio, de imprevisin, silenciosa y exaltada tan constantemente y tan diversamente emotiva, aquella vida de reminiscencias y de pasiones, calcada por entero sobre antiguas costumbres, retornadas a sus orgenes y renovadas por emociones de otra edad, aquellos dos meses de ensueo, en una palabra, me haban vuelto a sumergir--mucho ms hondo que nunca,--en el olvido de las cosas y en el temor a los cambios. Cuatro aos haban transcurrido, despus de mi primera salida de Trembles, y los recuerdos de aquel primer adis a tantos objetos amados se reanimaban en mi nimo, en idntica poca, en el mismo lugar, en condiciones exteriores parecidas poco ms o menos, pero esta vez combinadas con sentimientos nuevos que las hacan ms punzantes por razones de otra ndole muy diversa. Propuse, la vspera misma de la partida, un paseo que fue aceptado. Deba ser el ltimo, y sin prever lo porvenir, supona yo, no s por qu, que los caminos de mi aldea jams volveran a vernos reunidos. El tiempo estaba medio lluvioso, y con ese motivo, deca Magdalena, a quien la educacin en su provincia haba acostumbrado a tales excursiones, que era el ms apropiado para las visitas de despedida. Caan las ltimas hojas, despojos rojizos se mezclaban tristemente en la rigidez de las ramas desnudas. La llanura desnuda y severa no tena ya ni una pizca de rastrojo seco que recordara el verano ni el otoo y no mostraba ni una sola hierba nueva que hiciera esperar la vuelta de las estaciones frtiles. En la lejana distinguanse muchas parejas de bueyes de pelo bermejo, arrastrando los arados, hundidos en la tierra negruzca, con movimiento lentamente uniforme. Por doquiera resonaba la voz de los mozos de labor estimulando a las yuntas y aquel grito especialmente local, quejumbroso, se prolongaba indefinidamente en la calma absoluta de aquel da gris. De vez en cuando, a travs de la atmsfera caa la lluvia fina y caliente, semejante a una cortina de ligera gasa. El mar comenzaba a rugir en los estrechos de las escarpas. Seguimos la costa. Las marismas estaban llenas de agua, la alta marea haba sumergido en parte el jardn del faro, batiendo tranquilamente la base de la torre que se asentaba ya sobre un islote. Magdalena caminaba gilmente por los caminos mojados. Cada paso sealaba en la tierra blanda la huella de su calzado estrecho, con altos tacones. Miraba yo aquella traza tan leve y tan frgil, la segua comparndola y distinguindola de las que nosotros dejbamos, calculaba cunto era posible que durase. Habra deseado que aquellas pisadas permanecieran incrustadas, como testimonio de su presencia, todo el tiempo indeterminado que pasara sin ella; luego pensaba que el primero que pasara despus, las borrara, que un poco de lluvia las hara desaparecer, y me detena para contemplar una vez ms en las sinuosidades del sendero aquella singular estela dejada por el ser que ms amaba, en la misma tierra donde yo haba nacido. Cuando ya nos acercbamos a Villanueva seal a lo lejos la carretera, blanquecina que saliendo del pueblo se extiende en lnea recta hasta el horizonte. --He ah la carretera de Ormessn. Aquella palabra, Ormessn, pareci despertar en ella una serie de recuerdos debilitados ya; sigui atentamente con la vista la dilatada avenida plantada de olmos, todos torcidos hacia el mismo lado por los vientos de la parte del mar, y sobre la cul se cruzaban muy distantes an, carromatos que rodaban, los unos acercndose a Villanueva y alejndose los otros. --Esta vez--dijo,--ya no viajar usted solo por ella. --Y ser ms feliz?--le repliqu.--Estar ms seguro de no aorar nada? En dnde volver a encontrar lo que aqu deje? Entonces Magdalena se apoy en mi brazo en actitud de completo abandono y me dijo esta sola frase: --Amigo mo, es usted un ingrato! A mediados de noviembre, en una fra maana de blanca helada, abandonamos mi casa de Trembles. Los carruajes siguieron por la carretera, atravesaron Villanueva como otra vez hiciera yo. Alternativamente mis ojos recorran la campia que desapareca detrs de nosotros y el hermoso rostro de Magdalena sentada enfrente de m. XII Haban concluido los das felices; acabada aquella corta temporada pastoral, volv a caer en profundas preocupaciones. Apenas instalados en el hotelito que deba servirles de apeadero en Pars, Magdalena y el seor De Nivres comenzaron a recibir y el movimiento del mundo hizo irrupcin en nuestra vida. --Me quedar en casa una vez por semana para los extraos--me dijo Magdalena;--para usted estar siempre. La prxima semana doy un baile, vendr usted? --Un baile?... No me seduce... --Por qu? Le da miedo la gente? --Absolutamente, como un enemigo. --Y cree usted que a m me atrae mucho? --Sea. Me da usted ejemplo y lo seguir. La noche indicada llegu temprano. Haba tan slo un escaso nmero de invitados rodeando a Magdalena cerca de la chimenea del primer saln. Cuando oy anunciar mi nombre, por un impulso de familiaridad que no tena por qu reprimir, volviose hacia m apartndose un poco de los que la rodeaban y se me mostr, de pies a cabeza, como imprevista imagen de todas las seducciones. Era la primera vez que la vea as, en traje esplndido e indiscreto de baile. Not que cambiaba de color y en vez de contestar a su mirada tranquila mis ojos se detuvieron torpemente sobre un lazo de diamantes que fulguraba en lo alto del cuerpo escotado. Un instante estuvimos frente a frente, ella cortada, yo turbadsimo. Seguramente nadie sospech el rpido cambio de impresiones que nos advirti a los dos que haban sido heridos delicados pudores. Ella se ruboriz levemente, un ligero estremecimiento agit sus hombros como si de sbito sintiera fro e interrumpindose en medio de una frase insignificante, se acerc a la butaca que antes ocupaba y con la mayor naturalidad del mundo tom una manteleta de encaje y se cubri con ella. Aquella actitud poda significar muchas cosas, pero yo quise ver en ella tan slo un acto ingenuo de condescendencia y de bondad que aun me la present ms adorable y me desconcert para todo el resto de la velada. Ella conserv cierto encogimiento por espacio de algunos minutos. La conoca yo demasiado para poder equivocarme. Dos o tres veces la sorprend mirndome sin motivo, como si aun estuviese bajo el dominio de una sensacin persistente: luego las obligaciones de cortesa le devolvieron poco a poco el aplomo. El movimiento del baile actu sobre ella y sobre m en sentido contrario: ella recobr su libertad y se puso contenta; yo me entristec tanto ms cuanto ms alegre la vea y mi desasosiego creci a medida que iba descubriendo en ella atractivos exteriores que trocaban una criatura casi angelical en una perfecta mujer de buen tono. Estaba admirablemente bella y la idea de que otros lo saban tan bien como yo no tard en oprimirme agriamente el corazn. Hasta entonces mis sentimientos respecto a Magdalena haban escapado a la mordedura de sensaciones ponzoosas. Un tormento ms, me dije. Crea haber agotado toda suerte de desfallecimientos. Evidentemente mi cario no estaba completo: le faltaba uno de los tributos del amor, no el ms peligroso, pero s el ms feo. La vi asediada y me acerqu a ella. O en torno mo frases que me abrasaban: senta celos. Nunca se confiesa estar celoso; sin embargo, no eran aqullas sensaciones que pudiera yo confundir. Es bueno hacer provechosa toda humillacin, y aqulla me ilumin acerca de muchas verdades: me hubiera advertido, si hubiese sido capaz de olvidarlo, que aquel amor exaltado, contrariado, germen de desventura, levemente carnal, pero muy cerca de infestarse de orgullo, no se elevaba mucho por encima del nivel de las pasiones ordinarias, que no era peor ni mejor y que el nico aspecto que le haca diferente de aqullas era debido al hecho de ser menos posible que muchas otras. Algunas facilidades habranle hecho caer infaliblemente de su pedestal ambicioso, y como tantas cosas de este mundo cuya nica superioridad emana de un defecto de lgica o de plenitud, quin sabe en qu habra llegado a convertirse si hubiera sido menos absurdo o ms venturoso! --No baila usted?--me pregunt Magdalena algo ms tarde encontrndome a su paso sin haberlo yo procurado. --No, no bailar--le repliqu. --Ni siquiera conmigo?--exclam con cierto asombro. --Ni con usted ni con nadie. --Haga como guste--concluy con cierta sequedad. No le habl ms en toda la noche y la rehua perdindola de vista lo menos posible. Oliverio lleg pasada ya la media noche. Yo conversaba con Julia que haba bailado de mala gana y ya no bailaba ms, cuando entr en el saln tranquilo, con mucho desahogo, sonriente, con aquella expresin en la mirada de que se armaba como de una espada tendida, cada vez que se encontraba con caras nuevas, sobre todo de mujeres. Se acerc a Magdalena, le estrech la mano y o que se disculpaba por haber llegado tan tarde. Despus dio una vuelta por el saln, se detuvo a saludar a dos o tres mujeres de quienes era conocido, y por fin sentose familiarmente al lado de Julia. --Magdalena est muy bien. Y t tambin ests muy bien, mi pequea Julia--dijo a su prima casi sin haber puesto atencin en su tocado.--Solamente--aadi en el mismo tono de abandono,--llevas dos lazos de color de rosa que te hacen un poco morena. Julia no se movi. Primero fingi no haber odo. Despus fij lentamente en Oliverio el esmalte azul oscuro de sus pupilas sin llama, y luego que le hubo mirado por algunos segundos de una manera capaz de desarraigar hasta la firme constancia de su primo, me dijo ponindose de pie: --Quiere usted acompaarme junto a mi hermana? Hice lo que ella quera y me apresur a reunirme con Oliverio. --La has ofendido!--le dije. --Es posible. Julia me angustia. Y as diciendo me volvi la espalda resuelto a cortar por lo sano toda insistencia. Tuve el valor, fue valor?, de quedarme hasta que termin el baile. Tena necesidad de volver a ver a Magdalena a solas, de poseerla ms estrechamente luego que se marcharan tantas personas que se la haban repartido, por decir as. Haba rogado a Oliverio que me aguardase hacindole ver que deba reparar la falta de haber llegado tan tarde. Buena o mala, esta razn, acerca de la cual no poda abrigar sospecha de engao, pareci decidirle. Estbamos frente a frente, en una de esas rachas de secreteo que haca de nuestra amistad siempre clarividente, la cosa ms desigual y ms rara. Despus de nuestro viaje a Trembles, y sobre todo desde nuestro regreso a Pars, haba adoptado el temperamento de dejarme proceder sin tutela fuera la que quisiera su opinin respecto de mi conducta. Eran ya las tres o las cuatro de la madrugada. Estbamos como olvidados en un saloncito en donde algunos jugadores obstinados se retardaban todava. Cuando por fin salimos advirtiendo que no se perciba ya ruido alguno, ya no haba ni msicos ni bailarines, nadie. Magdalena, sentada en el fondo del gran saln vaco hablaba animadamente con Julia, acurrucada como una gatita en una butaca. Lanz una exclamacin de sorpresa al vernos aparecer en aquel desierto a semejante hora, despus de aquella interminable noche tan mal empleada. Estaba fatigada. Las huellas del cansancio rodeaban sus ojos prestndoles ese brillo extraordinario que causa el insomnio despus de las fiestas nocturnas. El seor De Nivres y el seor D'Orsel seguan jugando. Ella estaba sola con Julia y yo delante de ella apoyado en el brazo de Oliverio. La media luz rojiza que de arriba se proyectaba, formaba una especie de neblina compuesta de finsimo polvo oloroso y por los vapores de la fiesta. Encima de los muebles, sobre la alfombra, despojos de flores, ramilletes pisoteados, abanicos olvidados, _carnets_ con anotaciones de baile. Los ltimos carruajes rodaban sobre las losas del patio del hotel y a mis odos llegaba el ruido de los estribos al ser plegados y el golpeteo de las portezuelas al cerrarse. No s yo qu rpido retroceso hacia otra poca en la cual nos habamos encontrado los cuatro en semejante reunin--pero en situacin diferente, cada uno bajo el influjo de una sencillez del corazn, para siempre desvanecida,--me hizo mirar en torno mo y resumir en una nica sensacin todo lo que ya he dicho. Me desprenda de m mismo lo bastante para considerar, como espectador en un teatro, aquel cuadro singular compuesto por cuatro personas ntimamente agrupadas despus de un baile, examinndose unas a otras, silenciosas, deseando acercarse en la misma forma que en otro tiempo y hallando un obstculo; tratando de entenderse como otrora y no pudiendo conseguirlo. Me daba perfecta cuenta del sombro drama que entre nosotros se desarrollaba. Cada uno tenamos nuestro papel; pero, en qu medida? No alcanzaba a concretarlo; pero, en adelante, tendra bastante serenidad para arrostrar los peligros del mo, triste, el ms peligroso de todos, a mi entender, por lo menos, y audazmente me dispona a revivir los recuerdos de lo pasado proponiendo que acabramos la noche con un juego que nos diverta mucho en casa de mi ta, cuando, despus de haberse marchado los ltimos jugadores, llegaron al saln el esposo de Magdalena y el seor D'Orsel. El seor D'Orsel nos trataba a todos como a nios, incluyendo a su hija mayor, a la cual rejuveneca por un clculo de ternura complacindose en aplicarle nombres que recordaban el convento. La entrada del seor De Nivres fue ms fra y la vista de aquel _cuatuor_ ntimo pareci causarle un efecto muy opuesto. No s si fue realidad o aprensin, pero me pareci hallarle fatuo, seco, hiriente. Su conversacin me desagrad. Con la corbata un poco alta, su vestido irreprochable, con un aire especial de hombre en traje de etiqueta que acaba de ofrecer una fiesta y se siente dueo de su casa, se pareca poco al cazador amable y sencillo que haba sido mi husped en Trembles; pareciome tambin que Magdalena, con el deslumbrante broche que llevaba sobre el pecho, con la cabellera salpicada de diamantes, no se asemejaba a la modesta e intrpida andarina, que un mes antes nos segua recibiendo la lluvia y caminando con los pies metidos en el mar. Se trataba de una simple diferencia de indumento o era aquello ms bien un verdadero cambio de las almas? l haba recobrado el aspecto demasiado circunspecto, sobre todo el tono de superioridad que tan hondamente me haba impresionado la noche que por vez primera le sorprend en el saln de casa de D'Orsel, hacindole la corte solemnemente a Magdalena. Cre notar en l una frialdad que antes no haba notado y cierta firmeza orgullosa en su posicin de marido que una vez ms me pona de manifiesto que Magdalena era su mujer y yo no era nadie all. Fuera o no suspicacia, error de un espritu enfermo, hubo un instante en que aquella ltima visin me pareci tan clara que no me dej lugar a la ms pequea duda. La despedida fue breve. Salimos y nos acomodamos en un carruaje. Fing dormir y Oliverio hizo como yo. Con los ojos cerrados recapitul lo que haba pasado durante aquella noche y sin saber por qu antojbaseme que haba en todo aquello grmenes de muchas tempestades; luego pens en el seor De Nivres--a quien crea, sinceramente haber perdonado para siempre--y hube de reconocer que le detestaba. Varios das, una semana lo menos, pas sin darle a Magdalena seales de vida. Aprovechaba el momento en que era seguro no hallarla en casa para ir a dejar una tarjeta. Cumplida esta frmula de urbanidad, consider que estbamos en paz el seor De Nivres y yo. En cuanto a su mujer estaba enojado con ella; por qu? no hallaba motivo; pero el cruel despecho que me embargaba me dio fuerzas por el momento para evitar su presencia. A partir desde aquel da, el movimiento de Pars nos envolvi y fuimos arrastrados por aquel torbellino en el cual corren riesgo de aturdirse las cabezas ms fuertes y tienen muchas probabilidades de naufragio los corazones ms firmes. No saba yo casi nada del mundo y despus de haber huido de l durante un ao me encontraba de pronto en el saln de la seora De Nivres; es decir, con todas las razones posibles para tener que frecuentarlo. Intil consideraba repetirle que no estaba yo hecho para aquel gnero de vida; slo hubiera podido contestarme: Vyase usted; pero acaso aquel consejo le hubiese costado trabajo y adems yo no lo habra seguido. Tena el propsito de presentarme en casi todos los salones que ella frecuentaba. Pretenda que fuera tan exacto en el cumplimiento de los deberes totalmente artificiales de la sociedad, como cumpla a un hombre bien nacido y amparado bajo su patrocinio. Muchas veces expresaba ella un simple deseo sin ms fundamento que el de serme grata y mi imaginacin, dispuesta a transformarlo todo, le asignaba alcances de mandato. Herido por doquier, desventurado sin reposo, la segua constantemente y cuando eso no me era posible la echaba de menos desolado, maldeca a los que me disputaban su presencia y me desesperaba. Algunas veces me rebelaba sinceramente contra costumbres en las cuales me disipaba sin fruto, que no contribuan gran cosa a mi felicidad y me quitaban un resto de razn. Odiaba cordialmente a las personas de las cuales me serva, sin embargo, para llegar hasta cuando la prudencia u otros motivos me alejaban de su casa. Pensaba, no sin fundamento, que eran tan enemigos suyos como mos. Aquel eterno secreto sera trado y llevado en semejantes medios, porque al igual que una hoguera al aire libre tena, sin duda, que despedir imprudentes chispas que lo delatasen; si no era ya conocido, a lo menos era fcil que llegara a saberse. Haba, una porcin de personas que al verlas, me deca con furor: todos esos deben ser mis confidentes. Y qu poda yo esperar de ellas? Consejos? Ya los haba recibido de la nica cuya amistad me los hizo soportables: de Oliverio. Complicidad o complacencia? No y cien veces no. Ms me asustaba an que el pensamiento de que existiera una conspiracin dirigida contra mi dicha, la idea de que aquella menguada y famlica dicha hubiera podido ser objeto de envidia para quienquiera que fuese. A Magdalena nada ms le deca una parte de la verdad. No le ocultaba nada de mi aversin a la sociedad, disparando tan slo el motivo personalsimo de ciertos agravios. Cuando se trataba de juzgar al mundo de manera ms general, aparte la perenne idea de que deba considerarlo como un ladrn de mi ventura, prodigaba las invectivas con feroz alegra. Lo pintaba hostil a todo lo que me era amado, indiferente a todo lo que es bueno y lleno de desprecio por todo lo ms respetable, tanto en cuanto a opiniones como respecto a los sentimientos. Aduca repetidos hechos reales, por los que todo hombre de buen criterio deba sentirse herido; censuraba la ligereza de los preceptos sociales y ms todava la de las pasiones; condenaba la facilidad de las conciencias cualesquiera que fueran las causas, ambicin, gloria o vanidad. Hacale notar la manera libre como suele entenderse, no ya el concepto del deber, sino todos los deberes, el abuso de las palabras, la confusin de todas las medidas, que da margen a la perversin de las ideas ms sencillas, a que nadie llegue a entenderse en cuanto a lo bueno, lo verdadero, lo malo, lo peor, resultando que no existe diferencia apreciable entre la gloria y el prestigio--en el sentido propio de la palabra,--ni delimitacin exacta de las acciones malvadas y de los hechos simplemente irreflexivos. Me empeaba en demostrarle que la adoracin tan decantada por la mujer, mezclada con patente burla, ocultaba en el fondo el ms completo desprecio de ella y que las mujeres obraban bien tontamente, por cierto, reservndoles a los hombres apariencias siquiera de virtud, desde el punto en que no les guardaban a ellas ni tan slo aparente estima. --Todo eso es horroroso--le dije un da,--tanto, que si hubiera de salvar yo alguna casa de esta ciudad de rprobos, slo una sealara en blanco. --La de usted?--pregunt Magdalena. --La ma precisamente para salvarme con usted. Al or tales y tan rudos anatemas, Magdalena sola sonrer tristemente. Estaba seguro de que opinaba como yo, ella que era prototipo de prudencia, de rectitud, de sinceridad, y no obstante vacilaba en darme la razn porque se preguntaba, sin duda, si cuando yo deca muchas cosas verdaderas no ocultaba alguna. Desde tiempo ya procuraba no hablarme sin cierta reserva de aquella porcin de mi vida de adolescente que no haba tenido vinculaciones con la suya pero que no por eso estaba menos limpia de misterios. Apenas saba mi domicilio o cuando menos pona empeo en ignorarlo o en olvidarlo. Nunca me preguntaba cul era el empleo de las veladas que no le pertenecan y sobre las cuales, le convena, por decir as, dejar vagar algunas dudas. En medio de mis costumbres estrambticas que reducan a muy poco mi sueo y me mantenan en un estado de fiebre, conservaba ciertas energas, insaciable hambre del espritu que haba acrecentado el afn por el trabajo, haciendo ms sabroso el placer que l me procuraba. En pocos meses haba recobrado el tiempo perdido y sobre mi escritorio haba como un montn de haces en una era, nueva cosecha ya recogida de la cual slo era dudoso el producto. Era el solo asunto del cual me hablaba Magdalena sin reserva; pero en aquel punto era yo el que opona vallas. Tocante a mis ocupaciones, lecturas, trabajo intelectual--aunque slo Dios sabe con qu orgullosa solicitud ella segua el curso de mis tareas,--slo le daba yo noticia de un detalle, siempre el mismo: que no estaba satisfecho. Este absoluto descontento de los otros y de m mismo expresaba mucho ms de lo necesario para que ella viese claro. Si alguna circunstancia quedaba an oscurecida, fuera del alcance de una amistad que--aparte un secreto inmenso, no tena ninguno,--era porque Magdalena consideraba la explicacin intil o imprudente. Haba entre nosotros un punto delicado, unas veces en la duda y otras en plena certeza, que, al igual que todas las verdades peligrosas, exiga no ser aclarado. Magdalena estaba advertida: era imposible que no lo estuviera. Pero, desde cundo? Acaso desde el da que, respirando ella tambin un aire ms agitado, haba sentido rfagas calurosas que no estaban a la temperatura de nuestra antigua y serena amistad. El da que me pareci tener la certeza de este hecho, no me bast la mera creencia. Dese una prueba y quise obligar a drmela a Magdalena. Ni un instante me detuve a reflexionar sobre aquel plan que era detestable, malvado, odioso. La asediaba con mil capciosidades. Tratndose de personas que nos conocamos muy a fondos nos bastaba para entendernos slo media palabra; pero yo aun aada una ms precisa. Caminbamos sobre un terreno sembrado de artimaas y yo tenda una ms a cada paso. No s qu perverso afn de sitiarla, de oprimirla, de acorralarla en la ltima reserva. Quera vengarme de aquel prolongado silencio impuesto primero por la timidez, luego por consideracin, ms adelante por respeto y ltimamente por piedad. Aquella mscara que llevaba puesta haca ya tres aos se me haba hecho insoportable y la arranqu sin reparo. Ya no me importaba que se hiciera la luz entre los dos. Deseaba casi una explosin aunque ella hubiera de aterrarla; cuanto a su tranquilidad, que una ciega y mortfera indiscrecin poda destruir, la tena olvidada por completo. Fue aqulla una crisis humillante, que me costara mucho trabajo referirle a usted. Apenas sufra, de tal modo estaba imbuido de una idea fija. Proceda en sentido directo, con la inteligencia clara, la conciencia cerrada, como si se tratara de un asalto de esgrima en el cual no hubiera arriesgado ms que el amor propio. A mi estrategia insensata Magdalena opuso de repente medios de defensa inesperados. Contest a ella con calma perfecta, con total ausencia de disimulos, con ingenuidades que en nada podan perjudicar su reputacin. Levant poco a poco entre los dos a la manera de un muro de acero, de una resistencia, de una frialdad impenetrables. Yo me irritaba ante aquel nuevo obstculo y no poda vencerlo. Trataba nuevamente de hacerme entender: toda inteligencia haba cesado. Aguzaba las frases y no llegaban a ella. Las tomaba, las levantaba, las desarmaba con una respuesta sin rplica: como hubiera hecho con una flecha hbilmente esquivada a la cual le quitaba el hierro acerado que poda herir. El resumen de su continente, de su acogida, de sus afectuosos apretones de mano, de sus miradas excelentes, pero corteses y sin alcance, del conjunto de su proceder admirable y desesperante, por su firmeza, por su sencillez, por su prudencia, era ste: Nada s, y si ha credo que he adivinado algo se equivoca usted. Entonces desapareca yo por cierto tiempo, avergonzado de m mismo, furioso de impotencia y cuando volva a ella con mejores ideas e intenciones de arrepentimiento, pareca no comprenderlas al igual que no haba advertido las otras. Todo esto suceda en medio del torbellino del gran mundo que aquel ao se prolong hasta muy entrada ya la primavera. Algunas veces contaba con los accidentes de aquel gnero de vida debilitante para sorprender en falta a Magdalena y apoderarme de un espritu tan seguro de s mismo, pero eso no sucedi: Estaba yo casi enfermo de impaciencia. Ya no estaba seguro, casi, de amar a Magdalena, a tal extremo la idea de nuestro antagonismo--que me obligaba a ver en ella un adversario,--substitua a toda otra emocin y me llenaba el corazn de malas pasiones. Hay das, en pleno verano, polvorientos, nebulosos, en que la luz del sol es blanquecina y velada de nubes por el lado del Norte, que se parecen mucho a aquel violento perodo tan pronto abrasador como helado, en el cual llegu a creer que mi pasin por Magdalena iba a extinguirse de la manera ms triste, por el despecho. Varias semanas haca ya que no la vea. Haba gastado mis rencores engolfndome en el trabajo. Esperaba de ella que me diera la seal de reaparecer. Una vez haba encontrado al seor De Nivres y me haba dicho: Qu es de usted? o Ya no se le ve a usted. Cualquiera de esas dos frmulas--no recuerdo cul fue la que emple--envolva una invitacin apremiante a volver. Aun me sostuve algunos das ms; pero semejante alejamiento constitua un orden de cosas negativo que poda durar indefinidamente sin resolver nada decisivo. Por fin me decid a forzar la situacin. Corr a casa de Magdalena: estaba sola. Entr rpidamente sin haber formado una idea definida de lo que iba a decir o hacer, pero formalmente decidido a romper aquella armadura de hielo y ver si debajo de ella viva an el corazn de mi antigua amiga. La encontr en su gabinete particular--en el cual no haba ms lujo que de flores,--vestida muy sencillamente, bordando sentada cerca de un veladorcito. Estaba seria, tena los ojos enrojecidos como si no hubiera dormido la noche anterior o hubiera llorado algunos minutos antes de llegar yo. Tena el aspecto de tranquilidad y recogimiento que le era propio muchas veces, en momentos de distraccin que revivan en ella la colegiala de otros tiempos. Con su vestido modesto, rodeada de flores, abiertas las ventanas sobre los rboles, hubirase dicho que estaba en su jardn de Ormessn. Aquella completa transfiguracin, aquella actitud de tristeza, sumisa, medio vencida, por decir as, me quit todo afn de triunfar y dio en tierra sbitamente con toda mi audacia. --He cado en culpa, respecto de usted--le dije,--y vengo a excusarme. --Culpable? A excusarse?--exclam, procurando reponerse de la sorpresa. --S, soy un loco, un amigo cruel y desolado que viene a ponerse a sus pies y pedirle perdn... --Pero, qu tengo que perdonarle?--aadi, un poco asustada por aquella calurosa invasin en la tranquilidad de su retiro. --Mi conducta pasada, todo lo que he hecho, todo lo que he dicho, con la estpida intencin de herirla a usted. Ella haba recobrado la calma. --Se imagina usted cosas que no existen o por lo menos se trata de leves errores de los cuales no me acordar ms el da que reconozca que usted tambin los olvida. Sabe usted cul ha sido su nico error? El de abandonarme desde hace un mes. Porque hoy hace un mes--dijo, no ocultndome que se fijaba en las fechas,--que nos separamos una noche diciendo usted hasta maana al despedirse. --Y no he vuelto, es verdad; pero no es de eso de lo que me acuso con pena, no, de lo que me acuso mortalmente... --De nada!--interrumpi ella imperiosamente.--Y desde entonces--continu en seguida,--qu ha sido de usted? Qu ha hecho? --Muchas cosas y muy poco; depende del resultado. --Y despus? --Eso es todo--dije queriendo hacer lo mismo que ella y cortar la conversacin por donde me convena. Pasaron algunos momentos de embarazoso silencio y luego Magdalena empez a hablar en un tono del todo natural y muy dulce. --Tiene usted un carcter desagradecido y difcil--me dijo.--Cuesta trabajo entenderle a usted y ms an socorrerle. Cuando se desea animarle, sostenerle, a veces compadecerle, se le pregunta y usted se encierra en la ms absoluta reserva. --Qu quiere que diga, como no sea que aquel en quien usted confa, no es capaz de causar asombro a nadie y mucho me temo que defraude las esperanzas de sus buenos amigos? --Y por qu defraudara las esperanzas de los buenos amigos que slo desean para usted una posicin que merece?--continu Magdalena tranquila ya, al ver que nos colocbamos en un terreno que le pareca mucho ms seguro. --Pues, por una razn muy sencilla: porque nada ambiciono. --Y esa fogosidad por el trabajo que se apodera a lo mejor de usted?... --Dura muy poco: es fuego que llamea con extraordinaria rapidez y en seguida se extingue. Subsistir, creo, algunos aos todava, hasta que se desvanezca la ilusin cuando pase la juventud y vea yo claro que es cosa de acabar de una vez con tales engaos. Entonces llevar la vida nica que me cuadra, vida agradable de _dilletantismo_, en algn rincn de la provincia al cual no me lleguen ni los estimulantes ni los remordimientos de Pars, consagrndome a admirar el talento ajeno, que debe bastar, despus de todo, para, ocupar los ocios de un hombre modesto que no es tonto. --Lo que acaba usted de decir es insostenible--exclam con gran vivacidad.--Tiene usted gusto en atormentar a los que le estiman... y miente usted... --Nada es ms cierto, se lo juro. Ya le he dicho en otra ocasin, y no hace mucho tiempo, que me senta atrado, no por la idea de ser _alguien_, que me pareca sin sentido prctico, pero s por el deseo de producir _algo_, nica excusa, a mi juicio, de nuestra msera existencia. Lo dije y trat de realizarlo. Pero nunca con el fin de que saque de ello provecho ni mi dignidad de hombre, ni mi gusto, ni mi vanidad, ni los otros ni yo mismo. Ser sin ms propsito que el de expulsar de mi cerebro algo que me molesta. Sonri al or la curiosa y vulgar explicacin que daba yo a un fenmeno bastante noble. --Qu hombre tan singular resulta usted con sus paradojas! Lo sutiliza usted todo hasta el extremo de cambiar el sentido de las palabras y el valor de las ideas. Halagbame la creencia de que era usted un alma mejor organizada que muchas otras y ms buena, por diversos conceptos. Le crea tambin, dbil de voluntad, pero dotado de cierta tendencia a la inspiracin. Y ahora resulta que deber usted carecer de voluntad y convierte la inspiracin en simple exorcismo. --Llame usted las cosas por el nombre que quiera--dije, y le supliqu que cambisemos de conversacin. Cambiar de conversacin no era posible; haba que volver al punto de partida o continuar. Le pareci ms seguro razonar y yo la dej decir sin replicar ms que con una frase: Para qu? --Habla en esta ocasin, como Oliverio, y, sin embargo, no hay nadie que se parezca a l menos que usted. --Le parece a usted?--dije mirndola apasionadamente para dominarla de nuevo,--en verdad cree usted que somos tan diferentes? Pues yo creo, por lo contrario, que nos parecemos mucho. Obedecemos el uno y el otro, exclusivamente, ciegamente, a lo que nos encanta; lo que nos encanta es, tanto para l como para m, imposible o poco menos, lograrlo; es una quimera o representa lo prohibido. Eso hace que siguiendo caminos muy opuestos, nos encontremos un da en el mismo punto, acobardados y sin familia--aad, usando la frase sin familia en vez de otra mucho ms clara que se me vino a los labios. Magdalena tena los ojos fijos en el bordado, pero clavaba la aguja al azar, sin poner atencin. La expresin de su rostro haba cambiado, su continente, una vez ms, sumiso y desarmado, me enterneci hasta el extremo de hacerme olvidar el objeto de mi visita. --Comprendera usted bien--dijo con cierta turbacin.--Hay para todo el mundo, creo yo... (vacilaba un poco al elegir las palabras) un momento difcil en el cual se duda de uno mismo y hasta de los dems. Lo que importa entonces es aclarar la duda y tomar una resolucin. Algunas veces, el corazn tiene necesidad de decir: Quiero. A lo menos me lo figuro por haberme sucedido ya una vez--continu, titubeando ms todava en torno de un recuerdo que a los dos nos traa a la mente la historia de su casamiento.--Dicen que una marquesa de principios de siglo pretenda que por fuerza de la voluntad poda evitarse la muerte. Acaso si muri fue porque se distrajo. Hay as muchos accidentes que se presume que son involuntarios; quin sabe si la dicha no depende en gran parte de la voluntad de ser dichoso!... --Dios la oiga, mi querida Magdalena--dije, usando una expresin que no haba vuelto a emplear haca ya tres aos. Pronunciando estas ltimas palabras me levant embargado de un enternecimiento que no era dueo de ocultar. El movimiento que hice fue tan rpido, tan imprevisto, aadi tanto ardor a mi acento, de por s muy decisivo ya, que Magdalena sinti que l llegaba a su corazn y lo conmova y palideci. O yo en lo ms hondo de su pecho como una dolorosa exclamacin angustiosa que expir en sus labios. Muchas veces me haba yo preguntado qu sucedera si, para desembarazarme de la carga demasiado pesada que me aplastaba, sencillamente y como si mi amiga Magdalena pudiera or con indulgencia la declaracin de un sentimiento que se refera a la condesa De Nivres, le dijera que la amaba. Me representaba la escena de esta tan grave explicacin. La supona sola, en estado de escucharme y en una situacin que exclua todo peligro. Tomaba la palabra y sin prembulo, sin rebozo, sin subterfugios, sin palabrera, y, con la misma franqueza que si se tratara de un confidente muy ntimo desde mi juventud, le refiriese la historia de mi pasin, nacida de una amistad de nio de sbito trocada en amor. La explicaba cmo una serie de transiciones invencibles me haba conducido poco a poco desde la indiferencia a la atraccin, del temor al vasallaje, de la aoranza en la ausencia a la necesidad de no separarme nunca de ella, de la visin de que iba a perderla a la certidumbre de que la adoraba, del afn por su tranquilidad a la mentira, en fin, de la voluntad de callar siempre al afn irresistible de confesrselo todo y de pedirle perdn despus. Le deca que haba resistido, luchado, que haba sufrido mucho: mi proceder era el mejor testimonio. No exageraba nada, muy al contrario, no haca ms que mostrarle a medias el cuadro de mis dolores para mejor convencerla de que pona medida en mis palabras y era sincero. Le deca, en una palabra, que la amaba con desesperacin, en otros trminos que no esperaba de ella ms que la absolucin de mis debilidades que en ellas mismas llevaban la penitencia y su piedad para aquellos males irremediables. Tan grande era mi confianza en la bondad de Magdalena, que la idea de semejante confesin me pareca an ms natural en medio de las ideas locas o culpables que me asediaban. Veala entonces--o por lo menos as me gustaba verla,--triste y muy sinceramente afligida, pero no colrica, escuchndome con la compasin de una amiga impotente para consolarme y por elevacin de espritu y por indulgencia, dispuesta a compadecerse de aquellos grandes males efectivamente irremediables. Y, cosa singular! aquel pensamiento de ser comprendido, que siempre me haba impuesto verdadero terror antes, no me causaba ni siquiera el ms leve embarazo en lo presente. Trabajo me costara explicarle a usted hasta qu punto era posible que semejante propsito, absurdo por atrevido, cupiera en mi espritu cuya pusilanimidad natural le he puesto a usted en evidencia; pero tantas pruebas haban acabado por avezarme. Ya no temblaba delante de Magdalena, por lo menos de miedo como en otra poca; me pareca que deba desaparecer toda irresolucin desde que descaradamente iba en pos de la verdad. Tuve un momento de suprema angustia durante el cual la idea de acabar de una vez me asalt de nuevo, como tentacin ms fuerte e irresistible que nunca. Pensaba que para eso haba venido y jams ocasin ms propicia se me presentara. Estbamos solos, la casualidad nos colocaba exactamente en la situacin que tena elegida. La mitad de la confesin estaba ya hecha. Uno y otra alcanzbamos un grado de emocin que nos colocaba en aptitud de atreverme mucho a m y de orlo todo a ella. No tena que decir yo ms que una palabra, romper aquel horrible cerrojo del silencio que me estrangulaba cada vez que pensaba en ella. Buscaba slo una frmula, una frase inicial: estaba muy sereno, a lo menos tal me pareca estar; hasta me pareca que mi semblante no reflejaba demasiado la extraordinaria controversia que dentro de m se mantena. Iba a hablar cuando, para darme ms nimos, alc los ojos y mir a Magdalena. Conservaba la humilde actitud que ya le he descrito a usted, clavada en su asiento, abandonada la labor, con las manos cruzadas por un esfuerzo de voluntad para disminuir el temblor que las agitaba al igual que el resto del cuerpo, plida hasta dar lstima, las mejillas como la cera, los ojos muy abiertos velados de lgrimas, clavados en m con la luminosa fijeza de dos estrellas. Aquella mirada brillante y dulce empapada en llanto, tena una expresin de reproche, de dulzura, de indecible perspicacia. Hubirase dicho que estaba menos asombrada de una confesin ya hecha, que espantada de la intil ansiedad que adverta en m. Y si le hubiera sido posible hablar en un momento en que todas las energas de su ternura y de su orgullo me suplicaban o me ordenaban que callase, me haba dicho una sola cosa, que yo saba demasiado: que la confidencia estaba hecha y mi proceder era el de un cobarde. Pero continuaba inmvil, sin expresin, sin voz, los labios cerrados, los ojos fijos en los mos, las mejillas baadas de llanto, sublime de angustia, de pena y de firmeza. --Magdalena--gem cayendo a sus pies,--Magdalena, perdneme usted!... A su vez levantose ella con un movimiento de mujer indignada que jams olvidar; dio algunos pasos hacia su habitacin, y como me arrastrara yo en pos de ella, siguindola, buscando una palabra que no fuese ofensiva, un postrer adis, para decirle al menos que era ngel de previsin y de bondad, para agradecerle el haberme ahorrado una locura, con una expresin ms abrumadora todava, de lstima, de indulgencia y de autoridad, alzada la mano como si desde lejos tratara de ponerla sobre mi boca, repiti la sea que me impona el silencio y desapareci. XIII Durante muchos das--y bien podra decir por espacio de muchos meses,--la imagen de Magdalena ofendida y tan llena de angustia me persigui como un remordimiento y me hizo expiar cruelmente mis faltas. No cesaba de ver el brillo de sus lgrimas que un olvido de toda prudencia haba hecho correr y permaneca como prosternado en obediencia incondicional, como embrutecido, bajo el imperio de aquella dulzura tan imperiosa, de aquella actitud que me haba impuesto sellar para siempre el labio indiscreto que estuvo a punto de causarle tanto mal. Estaba avergonzado de m mismo. Me redima de aquel loco y culpable atrevimiento por la ms sincera contricin. El torpe orgullo que me haba animado contra Magdalena y me haba prestado armas para combatir contra mi propio amor, aquel deseo malevolente de hallar un adversario en el ser inofensivo y generoso a quien adoraba, las acritudes, las protestas de un corazn enfermo, la doblez de un espritu entristecido, todo lo que aquella crisis morbosa haba extravasado, por decir as, en mis sentimientos ms puros, se haba disipado como por encanto. Ya no tema declararme vencido, verme humillado, sentir que el pie de una mujer hollaba al demonio que me posea. La primera vez que volv a ver a Magdalena, y me obligu a ello, desde los primeros das hubo de reconocer en m una mudanza tan radical que la tranquiliz absolutamente. No me cost trabajo probarle con qu intenciones de sumisin tornaba a ella; las comprendi a la primera mirada que cambiamos. Esper un poco para asegurarse de la solidez de mis propsitos; y tan luego como vio que persista y me conservaba firme en mi puesto en ciertos instantes de difcil prueba, abandon su actitud defensiva y aparent no acordarse de nada, que era la ms caritativa de todas las maneras de otorgarme perdn y la nica que le estaba permitida. Algn tiempo despus, un da, recobrada la calma, pasado todo peligro, y no habiendo ya gran inconveniente en hablarle del arrepentimiento que no me abandonaba, le dije: --Le he hecho a usted mucho dao y lo expo. --Basta--me replic,--no hablemos ms de eso; procure slo curarse, yo le ayudar. A partir desde aquel momento Magdalena se consagr a m. Con un valor, con una caridad sin lmites, me toleraba cerca de ella, me vigilaba, me socorra por su continua presencia. Inventaba medios para distraerme, para aturdirme, para interesarme en ocupaciones serias que me absorbieran. No pareca sino que se reconoca culpable a medias de los efectos que en m haba hecho nacer y que una especie de deber heroico le aconsejaba sufrirlos, le recomendaba, sobre todo, procurar la curacin de ellos. Siempre serena, discreta, resuelta, me animaba a luchar; y cuando estaba satisfecha de m, es decir, cuando yo me haba destrozado el corazn para forzarle a latir ms despacio, me recompensaba con frases calmantes que me hacan verter lgrimas o con expresiones consoladoras que valan una caricia. Viva as en contacto con la llama que me abrasaba, al abrigo de las sensaciones ms abrasadoras, envuelto, por decir as, en un ropaje de inocencia y de lealtad que la haca invulnerable a los ardores que de m partan como a las sospechas que de la sociedad podan emanar. Nada ms delicioso y al mismo tiempo aflictivo y temible que aquella singular colaboracin en que Magdalena gastaba fuerzas en pro de mi curacin sin lograr devolverme la salud. Dur aquel orden de cosas muchos meses, tal vez un ao; no podra determinarlo porque corresponde a un perodo de mi vida, de tal modo confuso y agitado, que de l no me ha quedado ms que el sentimiento vago de una gran perturbacin que continuaba sin ningn accidente notable que sirviera para establecer una medida. Abandon Pars para ir a los baos de Alemania. --Supongo que no me seguir usted--me dijo.--Eso ofrecera mil inconvenientes para usted y para m. Era la primera vez que la vea preocuparse de poner a salvo su propia seguridad. Ocho das despus de su partida recib de ella una carta admirablemente seria y buena. No le contest en atencin a que me lo rogaba. Le har a usted compaa desde lejos--me escriba,--tanta como me sea posible. Y durante todo el tiempo que dur su ausencia, con intervalos regulares puso la misma paciencia en escribirme; as me recompensaba por mi obediencia al no seguirla. Saba muy bien que el aburrimiento y la soledad son malos consejeros: no quera dejarme solo con su recuerdo sin intervenir de tiempo en tiempo con un indicio de su presencia. Saba la fecha del regreso, y el da aquel me apresur a ir a su casa. Fui recibido por el seor De Nivres, a quien no encontraba ya sin un vivo desagrado. Era quizs perfectamente injusto, quiero creer que ningn fundamento tenan las suposiciones descorteses que haba hecho; pero vea en l al marido de la condesa De Nivres, a travs de suspicacias muy poco lcidas, y con razn o sin ella, aquellas suspicacias me lo presentaban reservado, sospechoso, casi hostil. Haban llegado por la maana. Julia, indispuesta y cansada, dorma. Magdalena no poda recibirme. Apareci cuando escuchaba yo tales explicaciones y el seor De Nivres se march en seguida. Una sbita idea cruz por mi mente, como sano consejo de prudencia al estrechar la mano de aquella mujer tan animosa y a la cual pona en tantos peligros: --Tengo intencin de viajar durante algn tiempo--le dije tras breves palabras de gratitud por sus bondades.--Qu le parece a usted? --Si le parece que eso puede serle til, hgalo--repuso, manifestndose tan slo un poco sorprendida. --Util! Quin sabe? En todo caso merece la pena de hacer un ensayo. --S, quizs convenga probar--continu Magdalena con acento bastante grave.--Pero entonces, cmo tendremos noticias de usted? --Cmo? Por los mismos medios si usted lo permite. --Oh, no! Eso no ser, no puede ser. Escribirle a usted de Alemania a Pars era posible, pero de Pars... al azar, comprender usted que no sera razonable. La dura perspectiva de pasar muchos meses absolutamente privado de todo contacto, siquiera fuese indirecto, con Magdalena, me hizo vacilar un instante. Otra reflexin me decidi a hacer la prueba ms radical y le dije: --Sea. Ya no oir hablar de usted ms que por medio de Oliverio que no es el ms exacto de los corresponsales. Me tiene usted dadas muchas pruebas de generosidad y slo puedo mostrarme digno de ellas resignndome. Puede usted imaginar lo que este esfuerzo debe costarme. --De modo que se marcha usted seguramente?--interrog Magdalena que quera dudarlo an. --Maana mismo. Adis. --Vaya usted con Dios--exclam con un fruncimiento de cejas que prestaba a su semblante una expresin singular.--Vaya con Dios y que l le aconseje! Al otro da, efectivamente, estaba en camino. Oliverio, que bajo palabra de honor se haba comprometido a escribirme, mantuvo su promesa tan lealmente como permita su habitual inercia. Por l supe el estado de salud de Magdalena, y ella, sin duda, supo tambin que nada tena que temer en cuanto a la vida del viajero; pero eso fue todo. Nada le dir a usted de aquel viaje, el ms hermoso y el menos aprovechable que jams he hecho. Sintome, como humillado, cuando pienso que hay pases en el mundo en los cuales he paseado tristezas tan vulgares y vertido lgrimas tan poco viriles. Me acuerdo de un da en que llor sinceramente, con amargura, como un nio a quien las lgrimas no hacen que se ruborice, a la orilla de un mar que ha presenciado milagros, no divinos, sino humanos. Estaba solo, los pies en la arena, sentado en una roca entre muchas que tenan argollas de bronce a las cuales en otros tiempos se haban amarrado navos. Nadie haba ni en la playa abandonada por la historia, ni en la mar sobre la cual no se vea pasar ni una vela. Un pjaro blanco volaba entre cielo y agua dibujando su movido plumaje sobre el cielo azul y reproducindolo sobre las mansas aguas. Estaba solo para representar en aquella hora, en un lugar nico, la pequeez y las grandezas de un hombre vivo. Lanzaba el nombre de Magdalena, gritando con todas mis fuerzas para que lo repitieran las sonoras rocas de la costa; luego un sollozo ahog mi voz, y lleno el corazn de confusiones me preguntaba si los hombres de hace dos mil aos, tan intrpidos, tan fuertes, haban amado tanto como nosotros. Aunque haba dicho que mi ausencia durara muchos meses, regres al cabo de algunas semanas. Nada en el mundo me hubiera hecho prolongar mi viaje un solo da ms. Magdalena me crea an a cuatrocientas o quinientas leguas de ella cuando una noche entr en un saln en que estaba seguro de que la encontrara. Al verme hizo un movimiento que implicaba una imprudencia. Muy pocos haban tenido noticia de mi ausencia. Se desaparece tan cmodamente en nuestro gran Pars, que cualquier hombre tendra tiempo de dar la vuelta al mundo antes de que nadie hubiese notado su partida. Salud a Magdalena igual que si la hubiera visto el da antes. A la primera mirada comprendi que volva a ella totalmente agotado, hambriento de verla y con el corazn intacto. --Me ha inquietado usted mucho--dijo. Y exhal un suspiro. Hubirase dicho que mi regreso en lugar de causarle espanto la desembarazaba, por el contrario, de una preocupacin ms amarga que todas las dems. Volvi a aplicarse en su tarea aplastadora. Los medios empleados para curarme (era la nica palabra de que se sirvi para definir una empresa en la cual se trataba, en efecto, de su salvacin y de la ma) todos eran malos cuando no emanaban directamente de su apoyo. En adelante quera intervenir ella sola en aquella lucha de la cual ella era la causa. --Lo que he hecho lo deshar--me dijo un da de orgulloso reto llevado hasta la locura. Toda su sangre fra la haba abandonado. Cometi ligerezas sublimes que trascendan a desesperacin. Ya no era bastante para ella socorrerme lo ms cerca posible, prestarme nimo cuando desfalleca, calmarme si me exasperaba. Notaba ella que su recurso mismo contena llamas, y se empe en apagarlas vigilando hora tras hora mis pensamientos ms secretos. Para eso habra sido menester multiplicar hasta lo infinito visitas que ya se repetan con demasiada frecuencia. Entonces fue cuando imagin medios para verme fuera de su casa. Puso en esto aquel espantable atrevimiento que slo es permitido a las mujeres que arriesgan el honor y a las que obran con indiscutible inocencia. Bravamente me dio citas. El lugar elegido era siempre desierto, aunque poco lejano de su casa. Y no vaya usted a figurarse que aprovechaba para esas expediciones peligrosas las frecuentes ocasiones en que el conde De Nivres se ausentaba. No; estando l en Pars, a riesgo de encontrarle, de perderse, acuda a la hora sealada y casi siempre tan duea de s misma, tan resuelta como si todo lo hubiese sacrificado. Su primera ojeada era todo un examen. Me envolva en aquella amplia y deslumbradora mirada que quera sondear mi conciencia y reconocer en el fondo de mi corazn las tempestades formadas o resignadas desde el da anterior. Su primera frase era una interrogacin: Cmo le va a usted? Aquel _Cmo le va a usted?_ significaba: Es usted ms razonable? A las veces le responda yo valientemente con una semimentira, que nunca alcanzaba a engaarla, pero que despertaba en su nimo curiosidades e inquietudes de otro gnero. Se apoyaba en mi brazo y caminbamos bajo los rboles, callando a intervalos o hablando con la aparente calma de dos amigos que se han encontrado por casualidad. Ella me descubra, durante aquellas horas de abrasadora compenetracin, me revelaba--como otras tantas maravillas,--tesoros de desinters, de abnegacin, remedios de previsin casi iguales a las profundidas de su caridad. Ordenaba mi vida mal arreglada, o mejor dicho en completo desarreglo, dedicada sin medida tan pronto a las mayores exageraciones de trabajo asiduo, como a los excesos de la mayor inercia. Censuraba mis cobardas, se indignaba de mis desfallecimientos y me reprochaba las invectivas que me complaca en prodigarme, porque afirmaba que en ellas vea las inquietudes de un espritu mal equilibrado y ms perplejo que equitativo. Si hubiera yo sido capaz de concebir las ms leves ambiciones un poco llevadas con el verdadero valor que ella me infunda, se hubieran desarrollado en mi nimo con llamaradas de incendio. --Quiero verle dichoso--me deca.--Si usted supiera con qu fervor lo deseo! Vacilaba ordinariamente ante la palabra porvenir, que a los dos nos hera con augurios ay! demasiado razonables. Qu perspectiva, qu salida descubra ella ms all del da prximo que limitaba nuestros ensueos? Ninguna sin duda. Las sustituira por algo vago y quimrico, como esa postrera esperanza que les queda a los que nada esperan ni tienen ya que esperar. Cuando le ocurra el tener que faltar a aquella misin de casi todos los das, que ella cumpla con el entusiasmo de un mdico que se sacrifica, al otro da me peda excusa como si se tratara de una falta. Haba llegado a no saber si deba aceptar la dulzura de tan terrible socorro. Senta deslizarse en m tales perfidias que ya no me era dado discernir en qu medida era culpable o desgraciado. A mi pesar tramaba planes abominables, y cada da Magdalena, sin saberlo, hallaba una traicin. No estaba yo en condicin de ignorar que no hay valor que resista ciertas pruebas, que la virtud ms invencible minada a cada instante corre grave riesgo y que de todas las enfermedades la que se pretenda curarme era la ms contagiosa. Habindose ausentado sbitamente el conde De Nivres, Magdalena me hizo saber que nuestros paseos deban ser suspendidos. Los reanudamos luego que su marido volvi con ms decisin y mayor entusiasmo. El perpetuo _me, me adsum qui feci_--yo, yo slo soy la causa,--volva bajo todas las formas en paroxismos de generosidad que me colmaban de vergenza y de felicidad. As lleg hasta el punto ms escarpado de una tentativa a la cual ninguna mujer heroica ha podido alcanzar sin despearse. Se mantuvo todava algn tiempo intrpidamente y sin desfallecer demasiado, como un ser poseedor de recursos sobrenaturales a quien el vrtigo hubiese privado del sentido y el exceso del peligro retuviera al borde del abismo paralizando de pronto su razn. En ese momento me di cuenta de que tena agotadas las fuerzas. Aquella milagrosa organizacin se defendi de ella misma. No se lament. No confes nada que pudiera delatar debilidad. Reconocerse impotente y desanimada era ponerlo todo en manos del azar, y el azar le causaba miedo como el ms incierto de todos los auxiliares, el ms prfido, acaso el ms amenazador. Declararse extenuada, era abrirme su corazn a dos manos y mostrarme el mal que en l haba hecho yo. No lanz ni un gemido de angustia. Se desplom desfallecida. Un da le dije: --Me ha curado usted, Magdalena; ya no la amo. Ella se qued parada, se puso horriblemente plida y vacil como espantada por una maldad que la penetraba hasta el fondo del alma. --Oh, tranquilcese usted, el da que eso sucediera!...--aad. --El da que eso sucediera...--repiti ella. Y le falt la voz y rompi a llorar. Al da siguiente, no obstante, volvi. La vi apearse de su carruaje tan cambiada, tan abatida que me asust. --Qu tiene usted?--le dije corriendo a su encuentro, tanto me pareci prxima a desmayarse. Se repuso un poco, gracias a un prodigioso esfuerzo, que no pudo ocultar, y me respondi solamente: --Estoy muy cansada. Entonces me asalt un horrible remordimiento. --Soy un miserable--exclam,--sin corazn y sin sentimientos honrados. No supe salvarme; viene usted a m y la pierdo. Magdalena, ya no necesito de usted, no quiero ms ayuda ni ms nada... No quiero un socorro, comprado tan caro, a costa de una amistad que he hecho demasiado pesada y que acabara por matarla a usted. Que sufra o no, a m solo importa. Mi alivio emanar de m mismo, mis miserias me conciernen a m solo, y cualquiera que fuera el final de ellas ya no alcanzar a nadie ms que a m. Me escuch al principio sin responder, como reducida a ese estado de abatimiento enfermizo o de fragilidad infantil que nos hace incapaces de comprender la dureza de ciertas ideas y de tomar una resolucin. --Separmonos--le dije--por completo. S, separmonos, ser lo mejor. No nos veamos ms, olvidmosnos... Pars nos desunir sobradamente sin que pongamos entre nosotros muchas leguas de distancia. A la primera palabra que usted pronuncie advirtindome que necesita de m me volver usted a encontrar. De lo contrario... --De lo contrario...--murmur saliendo lentamente de su embotamiento. Emple algunos segundos para analizar en el fondo de su alma aquella frase que para los dos encerraba la amenaza de un adis definitivo. Al principio pareca como si no alcanzara a darle un sentido comprensible. --Es verdad--prosigui,--soy un punto de apoyo bien dbil, verdad? un razonador que cansa, un amigo, quizs, intil... Luego se vea que buscaba solucin menos ruda. Y como advirtiera que yo aguardaba una respuesta ahogndome la ansiedad, hizo ese gesto peculiar de los enfermos aniquilados por el dolor, a quienes se atormenta hablndoles de asuntos graves y me dijo: --Por qu, pues, ha venido usted a proponerme cosas imposibles? Me acosaba usted a su placer... Vyase amigo... Vyase, se lo ruego. Hoy estoy enferma. No se me ocurre ni una palabra de consejo que darle. Mejor que yo sabe usted qu azar se corre en este partido... El que usted tome ser el nico razonable: la estima que yo le doy y la amistad que usted me profesa no permiten dudarlo. Me separ de ella desconcertado y renunci, desde luego, a ciertos extremos que nos separaran para siempre cuando ninguno de los dos lo deseaba. Solamente arregl mi conducta mirando a procurar un apartamiento continuo, suave, que poda, acaso, llevarnos a establecer entre nosotros acuerdos ms tibios y pacificarlo todo sin demasiado sacrificio. Dej de amenazarla con aquella frase de olvido, harto desesperado para ser sincero, y que la habra hecho sonrer de piedad, si ella hubiera tenido a su vez un poco de serenidad el da que se lo propuse como un medio. Continu viviendo bastante cerca de ella para demostrarle que el partido que adoptaba era menos extremado y suficientemente lejos para dejarla libre y no imponerle complicidades de las cuales me ruborizaba. Qu sucedi entonces en el espritu de Magdalena? Juzgue usted. Apenas relevada del papel extraordinario de confidente y de salvadora, se transform de sbito. Su genio, su continente, la dulzura de su mirada, la perfecta igualdad de su carcter compuesto de oro maleable y de acero, es decir, indulgencia y verdadera virtud, aquel natural resistente sin dureza, paciente, unido, siempre en el equilibrio de un lago abrigado del viento; aquella amiga tan ingeniosa para hallar recursos de consuelo, aquella boca inagotable en frases exquisitas, todo cambi. Vi aparecer un ser nuevo, extravagante, incoherente, inexplicable y fugaz, agriado, entristecido, hiriente y sombro, como si hubiera estado rodeado de insidias, precisamente cuando yo me sacrificaba sin reservas consagrado a allanar su existencia y a apartar de ella hasta la sombra de una preocupacin. Algunas veces la encontraba anegada en lgrimas. Las devoraba en seguida, se pasaba la mano por los ojos haciendo un gesto de resignacin y de fastidio y se las enjugaba como hubiera hecho con una mancha repugnante. Por nada se sonrojaba como si hubiera sido sorprendida en la contemplacin de una mala idea. Observ que se acercaba a su hermana ms estrechamente que nunca, que sala con mucha frecuencia apoyndose en el brazo de su padre, que la adoraba, pero que no tena ni las mismas aficiones que ella ni las costumbres de la alta sociedad. Un da que fui a su casa, y mis visitas eran contadas, me dijo: --Quiere usted ver al seor De Nivres? Me parece que est en su gabinete. Llam, hizo avisar al seor De Nivres y lo interpuso entre nosotros. Estuvo extraordinariamente hbil durante aquella visita, la primera quizs que le haba hecho en actitud de ceremonia. El seor De Nivres se mostr ms flexible, sin abandonar cierta reserva, que se adverta ms evidente a medida que se iba haciendo ms sistemtica. Casi ella sola sostuvo el peso de una conversacin que a cada momento amenazaba agotarse y dejarnos con la boca abierta. Merced a aquel esfuerzo de habilidad y de voluntad la comedia que representbamos lleg hasta el final sin decaer, y no dio margen a ningn incidente que le hiciera demasiado chocante. Recapitul a mi presencia el empleo de sus noches de toda la semana, pero sin mi presencia, por supuesto. -- Me acompaars esta noche?--le pregunt a su marido. --Me pides una cosa que creo no haberte negado nunca--replic el seor De Nivres con bastante frialdad. Me sigui hasta la puerta de su gabinete, apoyada en el brazo de su marido, erguida, confiada en aquel slido apoyo. Yo la salud respondiendo exactamente al tono cordial pero fro de su despedida. --Pobre y querida mujer--pensaba mientras de ella me iba alejando.--Querida conciencia en que tantos temores he hecho nacer! Y por una de esas reacciones que deshonran en un instante los mejores impulsos, record esas estatuas apoyadas en un soporte que las mantiene en equilibrio y que caeran inevitablemente si les faltara aquel punto de sustentacin. XIV Por entonces me comunic Agustn la realizacin de un proyecto que aquel honrado corazn acariciaba desde largo tiempo; ya recordar usted que lo tena anunciado. Continuaba yo viendo a Agustn, no en momentos perdidos; le buscaba por el contrario, y le hallaba a mi disposicin cada vez--y eran frecuentes--que experimentaba la necesidad de sumergirme en aguas ms sanas. No poda darme consejos mejores, ni era dable que me procurase consuelos ms eficaces. Nunca le hablaba de m--aunque mi pena egosta transpiraba a travs de todas mis palabras;--pero su manera de vivir por s misma constitua un ejemplo ms edificante que muchas lecciones. Cuando estaba yo muy fatigado, muy desanimado, muy humillado por alguna nueva cobarda, iba a l y observaba su vida, como se va a tomar idea de la fuerza fsica asistiendo a un asalto de luchadores. No era feliz. El xito no haba recompensado an aquel rgido y laborioso valor, ms que con ruines favores; pero a lo menos poda confesar sus desfallecimientos y las dificultades que se le oponan en aquellas luchas tan activas no eran de esas que hacen subir el rubor al semblante. Supe un da que no estaba solo. Agustn me particip aquella novedad--que por muchas razones asuma la gravedad de un secreto--en una larga noche de convalecencia que pas a la cabecera de mi lecho. Recuerdo que era a fines de invierno: las noches eran todava largas y fras, y el fastidio de volverse a su casa tan tarde le decidi a esperar el da en mi cuarto. A media noche vino a interrumpirnos Oliverio. Vena de un baile; traa en los vestidos como un olor de lujo, de los ramilletes de las mujeres y del placer, y en su semblante, un poco plegado por la vigilia, llevaba resplandores de fiesta y cierta palidez, cierta emocin que le prestaba una elegancia infinitamente seductora. Recuerdo que le observ durante los breves momentos que estuvo, de pie en frente de Agustn, acabando un cigarro y contando los luises que haba ganado entre dos valses, y acaso no hago bien confesndole a usted que el contraste del aspecto, del traje y de la rigidez un poco escolsticos de Agustn me entristeci por razones casi vulgares. Me vino a la memoria lo que Oliverio haba dicho en cierta ocasin, respecto de las personas que tienen el trabajo y la voluntad como nico patrimonio, y detrs del espectculo indiscutiblemente hermoso del herosmo desplegado por un hombre _que quiere_, adverta mediocridades de existencia que me hacan temblar. Felizmente para l, Agustn notaba poco esas diferencias y la ambicin que tena de alcanzar posiciones elevadas, no deba nunca complicarse con la aspiracin--nula en l--de vestirse bien, de vivir y respirar elegancia como Oliverio. Luego que Oliverio se fue, Agustn continu hablando de su situacin. Era la primera vez que me haca confidencias tan amplias. No me deca quin era la persona que en adelante llamara su compaera y objeto de su existencia, en espera de otros deberes que en lo porvenir vea y a los cuales sonrea codicioso. Comenz su relato en trminos tan vagos que al principio no comprend bien cul era exactamente la calidad de aquellos vnculos que le hacan a la vez tan preciso en cuanto a esperanzas y tan mentalmente dichoso. --Estoy solo, soy el nico miembro que resta de una familia que la miseria, la desventura y muchas muertes prematuras han dispersado o destruido. Slo me quedan parientes muy lejanos que no habitan en Francia y sabe Dios en dnde estn. En situacin semejante, Oliverio esperara que algn da le llegara una herencia: la descontara por adelantado bajo la garanta de su buena estrella, y la herencia esperada llegara a hora fija. Yo no espero nada y obro prudentemente. En una palabra, yo no tena necesidad de acudir a nadie por motivo de un consentimiento que tal vez habra creado algunas dificultades. He reflexionado, he calculado las ventajas, las obligaciones, he medido el alcance de todas las responsabilidades, he previsto los inconvenientes--que los tienen todas las cosas, incluso la felicidad,--me he tomado el pulso para saber si mi buena salud, si mis fuerzas y mis nimos alcanzaran suficientemente para dos, algn da para tres y puede ser que para varios ms; no me ha parecido que era caro pagar con un poco ms de esfuerzo, la tranquilidad, la alegra, la plenitud de mi porvenir y me he decidido. --De modo que se ha casado usted?--le dije comprendiendo que se trataba de una alianza seria y definitiva. --Sin duda. Crea usted que le hablaba de mi querida? Amigo querido, no tengo bastante tiempo, ni bastante dinero, ni bastante ingenio para atender a los gastos de semejantes vinculaciones. Adems, con la mana que ya usted me conoce de tomarlo todo en serio, las considero como un matrimonio tan caro como los legales, que satisfacen menos aunque suelen ser ms felices y a veces ms difciles de romper: lo que prueba una vez ms hasta qu punto somos los hombres aficionados a los vnculos viciosos. Son muchos los que se van para evitar el matrimonio y que, por lo contrario, deberan casarse para romper cadenas. Tema yo ese peligro--al cual me senta demasiado expuesto--y he tomado, como usted ve, el buen partido. He establecido a mi mujer en el campo, cerca de Pars, pobremente--debo decirlo,--aadi con aire de comparar la instalacin de su casa con la de la ma, aunque ella era muy modesta--y un poco tristemente, que por ella lo temo. Por eso apenas me atrevo a invitarle para que venga a visitarnos. --Cuando usted quiera--le repliqu estrechndole tiernamente la mano,--tan pronto como consienta en presentarme a la seora de...--iba a decir su apellido. --He cambiado de nombre--me dijo interrumpindome.--He solicitado y obtenido autorizacin para usar el apellido de mi madre, una excelente y respetable mujer, cuyo recuerdo--porque la perd demasiado pronto,--vale ms que el de mi padre a quien slo debo el accidente de mi nacimiento. Jams se me haba ocurrido averiguar si Agustn tena familia, hasta, tal punto tena la manera de ser de los hurfanos, es decir, el aire de independencia y abandono, o en otros trminos el carcter de una vida individual, sin orgenes, ni deberes, ni vinculaciones, ni dulzuras. Se ruboriz levemente al pronunciar la frase accidente de mi nacimiento y comprend que era ms an que hurfano. --Le ruego--continu,--que hasta nueva orden, no me traiga a su amigo Oliverio. No hallara en mi casa nada de lo que a l le agrada, sino una mujer muy buena y perfectamente abnegada, que todos los das me agradece el haberme casado con ella, que, gracias a m, ve lo porvenir de color de rosa, que no tiene ms ambicin que verme dichoso por ahora y que se complacer de mis xitos el da en que se los haga apreciar. Amaneca ya y Agustn hablaba todava; apenas la claridad del crepsculo empalideca la luz de la lmpara y haca visibles los objetos se acerc a la ventana para baar su rostro en el aire helado de la maana. Vea su rostro anguloso y descolorido dibujarse como una mascarilla de sufrimiento sobre la extensin del cielo mal alumbrado por inciertos reflejos. Su vestido era de color oscuro, toda su persona tena ese aspecto reducido, comprimido, disminuido, por decir as, de las personas que trabajan mucho sin moverse, y aunque estaba por encima de todo cansancio, estiraba los flacos brazos como un obrero adormecido entre dos tareas que se despierta al or el canto de los gallos. --Duerma--me dijo.--He abusado con exceso de su complacencia en escucharme. Pero permtame quedarme aqu una hora ms. Y se sent a mi mesa para preparar un trabajo que deba quedar terminado aquella maana misma. No advert cundo sali de mi cuarto. Desapareci con tanto silencio que al despertarme parecame haber soado toda una historia austera y conmovedora cuya moraleja se diriga a m. Aquella misma maana volvi. --Estoy libre hoy--me dijo radiante de alegra,--y aprovecho el da para ir a mi casa. El tiempo est muy feo, se siente usted con nimos para acompaarme? Haca, muchos das ya que no haba visto a Magdalena. Todo motivo para evitar encuentros que slo daban margen a equivocaciones hirientes o susceptibilidades desolantes, me pareca digno de ser aprovechado. --Nada tengo que me detenga hoy en Pars--le dije.--Estoy a la disposicin de usted. Habitaba una casa aislada en el extremo de un pueblo, pero lo ms cerca posible del campo. La habitacin era muy pequea, provista de persianas verdes y de espalderas entre las ventanas, todo limpio, sencillo, modesto como el dueo, con esa falta de comodidad que nada habra hecho presumir tratndose de la casa de Agustn soltero, pero que estando casado delataban desde luego la penuria. Su mujer era--como l me haba dicho--una mujer joven y agradable: hasta puedo decir que me caus sorpresa encontrarla ms bella que lo que me haba figurado atendiendo a las opiniones sistemticas de Agustn sobre los atractivos exteriores de las cosas. Con alegre sorpresa abraz a su marido a quien no esperaba aquel da y con manera graciosa y la timidez propia de una persona a la cual se toma desprevenida, me hizo los honores de su pequeo jardn en el cual los jacintos comenzaban apenas a florecer. Haca fro y yo no estaba alegre. El lugar, la estacin, la manifiesta pobreza que trascenda de todo lo que me rodeaba y la dificultad misma de ocupar aquel largo da lluvioso en un medio tan poco apropiado para ofrecer comodidades, me envolvan en un ambiente de hielo. Recuerdo que desde las ventanas se vean dos grandes molinos de viento que sobresalan sobre las tapias del jardn, cuyas aspas grises cruzadas de rayas oscuras giraban sin cesar delante de los ojos con una monotona adormecedora en aquel movimiento. Agustn mismo se ocup en una porcin de cuidados domsticos y de detalles de casa, de donde coleg que su mujer no tena sirvienta y que ella y su marido atendan a todas las necesidades del hogar. l se preocup de lo que poda hacer falta para los das siguientes. Ya sabes--le dijo a su esposa,--que no volver hasta el domingo. Ech una ojeada a la leera; la provisin de combustible estaba agotada. Soy con usted al momento, me dijo. Se quit la levita, tom una sierra y puso manos a la obra. Le propuse ayudarle, acept dicindome simplemente: Con mucho gusto, mi querido amigo; entre los dos terminaremos ms pronto. Puse empeo en aquel trabajo que ejecut con mucha torpeza. A los cinco minutos estaba rendido; no lo advirti, y daba yo el ltimo golpe de sierra cuando Agustn a su vez terminaba la faena. Muchas obligaciones he cumplido en mi vida, pero no recuerdo que ninguna me haya causado mayor satisfaccin. Aquel pequeo esfuerzo muscular me ense lo que puede la conciencia, ejercida en el orden de los actos morales, mantenindose recta. Por la tarde hubo un rato de buen tiempo que me permiti salir. Un sendero resbaladizo a travs del monte desembocaba en el bosque que cubra una parte del horizonte con sus sombros colores. A la parte opuesta entre grises brumas percibase la informe masa de la ciudad, compacta, extendida en semicrculo entre las colinas, amontonada y humeante, manchada an por una parte de los suburbios. Por todos los caminos que cruzaban el terreno dirigindose al gran centro de poblacin como los rayos de una rueda convergen en el cubo, oanse el campanilleo de los collares de los caballos, el rodar de los carros, el chasquido de los ltigos y el eco de voces brutales. Era el feo lmite en donde comienza la actividad del torbellino de la vida de Pars. --Todo eso que usted ve no es bello--me dijo Agustn.--Pero, qu quiere usted? No hay que considerar esto como una residencia de placer, sino como un lugar de espera. Regresamos por la noche. Las necesidades de su puesto le reclamaban. Menester fue que gansemos a pie el lugar en donde se detena el carruaje pblico que deba conducirnos a Pars. Por el camino Agustn me hablaba de sus esperanzas, deca mi mujer con un aire de posesin tranquila y segura que me haca olvidar todas las asperezas de su carrera y me ofreca la ms perfecta expresin de la felicidad. Le acompa, no a su alojamiento situado en la parte de Pars que l llamaba el barrio de los libros, sino al hotel mismo del personaje de quien, como ya le he dicho a usted, era secretario. Llam como persona acostumbrada a considerarse hasta cierto punto en la propia casa y cuando le vi entrar en el amplio y suntuoso patio, subir lentamente la escalera y desaparecer en la antecmara del palacete, comprend mejor que nunca por qu aquel joven flaco, de aspecto tan modesto y de actitudes tan resueltas no sera en ningn caso lacayo de nadie y tuve el sentimiento neto de su destino. Entr en mi casa menos contristado por la impresin de las secretas llagas que haba tenido ocasin de ver, que humillado de m mismo, por mi impotencia para llegar a nada prctico. Hall a Oliverio esperndome; estaba cansado y aburrido. --Vengo de casa de Agustn--le dije. Examin mi ropa manchada de barro, y comprendiendo que no se daba cuenta de dnde poda salir yo en semejante estado, aad: --Se ha casado Agustn. --Casado...?--exclam Oliverio. --Y por qu no? --Eso deba suceder. Un hombre como l deba empezar por eso. Has observado t--continu seriamente,--que hay dos categoras de hombres que tienen furia por casarse pronto aunque su posicin los coloque en la imposibilidad de vivir cerca de las mujeres o de mantenerlas? Te hablo de los marinos y de los que no tienen un cntimo. Y la seora de Agustn? --Su mujer no se llama la seora de Agustn y vive en el campo. Hoy ha tenido la complacencia de presentarme a ella. Y en pocas palabras le puse al corriente de lo que me convena hacerle conocer de la vida domstica de Agustn. --De modo que has visto cosas que te han edificado? Aquella resistencia a dejarse impresionar por un tal ejemplo de valerosa probidad me desagrad y nada le contest. --Est bueno--continu Oliverio con la amarga impertinencia que caracterizaba sus momentos de mal humor.--Pero qu es lo que han hecho ustedes encerrados entre aquellas cuatro paredes? --Pues hemos serrado lea--le dije mostrndole que no bromeaba. --Debes tener fro--dijo levantndose para dejarme;--has andado bajo la lluvia, tus ropas mojadas transpiran los odiosos rigores de la vida precaria y del invierno, vienes empapado de estoicismo, de miseria y de orgullo. Aguardemos a maana para hablar ms razonablemente. Le dej salir sin pronunciar ni una palabra ms y advert que cerr la puerta con impaciencia. Cre comprender que tena sin duda penas ntimas que le hacan injusto y de aquellas penas, si no saba yo cul era el verdadero motivo, poda a lo menos adivinar la naturaleza. Figurbame que se trataba de nuevas aventuras o de accidentes de una alianza muy antigua y cuya duracin era ya poco probable. Saba la facilidad que tena para desprenderse de las cosas y la impaciencia enfermiza que le llevaba, por el contrario, a precipitarse hacia las novedades. Entre las dos hiptesis de una ruptura o de una inconstancia, me inclinaba a aceptar la segunda. Estaba en racha de indulgencia: la visita a casa de Agustn me haba puesto en temple de mansedumbre. Por eso al da siguiente por la maana entr en casa de Oliverio. Dorma o finga dormir. --Qu tienes?--le dije tomndole la mano como a un amigo cuyas reservas se quiere quebrantar. --Nada--me contest volviendo a m el rostro con seales del cansancio de una noche de insomnio o de penosos ensueos. --Ests aburrido? --Siempre. --Y qu es lo que te aburre? --Todo--replic con evidente sinceridad.--He llegado a detestar a todo el mundo y a m mismo ms que a nadie. Estaba dispuesto a callar y comprend que toda pregunta no lograra ms que subterfugios y le irritara ms sin satisfacerme. --Cre--le dije,--que tenas algn motivo accidental de preocupacin o de apuro y vena a poner a tu disposicin mis servicios o mis consejos. Sonri al or esta ltima frase, que le pareci con razn irrisoria, puesto que todos los consejos que nos habamos dado mutuamente tan poco haban servido hasta entonces. --Si te prestas a hacerme un servicio lo acepto--dijo.--Puedes realizarlo sin mucho trabajo. Basta con ir a casa de Magdalena y reparar lo mejor que puedas una necedad que comet ayer presentndome en un lugar pblico en el que estaban ella y Julia con mi to. No iba solo yo... Es muy posible que me hayan visto, porque Julia tiene unos ojos que me encontraran en donde no estuviera. Te agradecera que te aseguraras del hecho interrogando hbilmente a una y a otra. Si lo que temo hubiera sucedido, inventa una explicacin verosmil que a nadie comprometa, suponiendo un nombre, relaciones, costumbres, algo en fin que recomiende a la persona que me acompaaba, pero de modo que ni mi caro primo ni Magdalena puedan contratorcer la informacin, si por casualidad entraran en ganas de verificarla. Aquella misma noche vi a Magdalena. Era uno de sus viernes, da de visitas. Me propuse cumplir nicamente la misin que Oliverio me haba encomendado. Su nombre no fue pronunciado. No averig, pues, nada positivo. Julia estaba un poco indispuesta. La noche antes haba tenido un ligero acceso de fiebre a consecuencia del cual estaba todava dbil y nerviosa. Debo advertirle a usted que ya haca tiempo el estado de Julia me inquietaba. Haba hecho respecto de ella muchas reflexiones que he pasado en silencio porque el inters por la preocupacin de aquella personita, siendo muy verdadera mi afeccin por ella, desapareca--lo confieso--envuelto en el movimiento egosta de mis propios rompederos de cabeza. Recordar usted quizs que la vspera misma de su boda, hablndome solemnemente de lo que ella designaba con el calificativo de ltimas voluntades de soltera, Magdalena haba introducido el nombre de Julia y lo haba barajado con el mo bajo esperanzas comunes cuyo sentido era claro. Despus, en Nivres y en Pars haba renovado la misma insinuacin sin que Julia ni yo mostrramos la menor idea de darle acogida. Un da, delante de su padre que sonrea dulcemente observando aquellas ingeniosas nieras tom el brazo de su hermana, lo enlaz al mo y luego nos contempl con expresin de verdadera alegra. Nos mantuvo delante de ella en aquella actitud que resultaba extremadamente embarazosa, y que no me parece que fuera ms grata para Julia; luego, sin adivinar que entre su hermana y yo haba ms de un obstculo ya formado que anulaba sus proyectos de unin, como habra hecho una madre, la bes tiernamente y muchas veces dicindole: No nos separemos, mi hermanita querida; ojal podamos no separarnos nunca! Luego--desde el da que la atencin de Magdalena pudo despertarse en punto al verdadero estado de mis sentimientos,--no se haba vuelto a decir palabra sobre aquel asunto y jams tuve ni el indicio ms leve de que Magdalena pensara en l todava. Por lo contrario, si por casualidad surga la idea de un proyecto que sin duda la haba ocupado en otro tiempo, pareca haberlo dado al olvido enteramente o no haberlo tenido nunca. Algunas veces, solamente, contemplaba a Julia con una expresin ms tierna que revelaba tristeza. Sacaba yo en consecuencia que se haban desvanecido esperanzas que se haban hecho imposibles, y que el porvenir de su hermana cifrado un momento en combinaciones quimricas, la preocupaba y constitua una dificultad nueva que resolver. En cuanto a Julia, no haba tenido que ir tan lejos. Sus sentimientos, determinados desde un principio e invariablemente dirigidos al mismo objeto no haban cejado. Solamente las susceptibilidades de que se lamentaba Oliverio se acercaban ms y ms cada da y coincidan invariablemente con una ausencia considerada larga, una palabra demasiado viva o un aspecto ms distrado de su primo. Su salud se alteraba. Tena la misma digna valenta que su hermana que le impeda quejarse; pero no posea el don maravilloso de ser caritativa con los que la lastimaban, que daba margen a que los martirios de Magdalena se convirtieran en sacrificios. Hubirase dicho que la contrariaba el inters que quienquiera que fuese le mostraba, excepto el de Oliverio que de todos los intereses que pudiera esperar era el ms escaso. Antes hubiese aceptado el implacable desdn de este ltimo que someterse a una conmiseracin que la ofenda. Su carcter sombro hasta el exceso presentaba de da en da ngulos ms vivos; su rostro, gesto ms impenetrable; y en toda su persona se defina mejor el aspecto de empecinamiento y de obstinacin en una idea fija. Hablaba cada vez menos, sus ojos, que ya no interrogaban casi para evitar ms que nunca el responder, pareca que hubiesen replegado la nica llama un poco viva que los mezclaba al pensamiento de los deseos. --No estoy satisfecha de la salud de Julia--me haba dicho Magdalena repetidas veces.--Indudablemente est delicada y de un humor que se disgusta con todos, hasta con los que ms la quieren. Dios sabe, no obstante, que no es que le falte la facultad de aficionarse a la gente. En otra poca, Magdalena no me habra hablado, ciertamente, de su hermana en semejantes trminos. Por lo dems esta atribucin de excesiva ternura y aquellas cualidades afectuosas puestas de relieve por Magdalena, no se concordaban muy bien con la frialdad de las apariencias que resultaban de las heladas maneras de Julia. Estaba cansado de hacer conjeturas cuando diversos incidentes que no le digo a usted me abrieron los ojos por completo. La diligencia que Oliverio me encargara tena, pues, para m una significacin muy grave, aunque l no me haba revelado ms que la mitad, como se hace con un agente diplomtico a quien no se quiere enterar a fondo de ciertos secretos. Me inform con particular cuidado del origen y de la hora de la indisposicin de Julia. Lo que averig estaba en completa conformidad con los informes dados por Oliverio. Magdalena era imperturbablemente duea de sus contestaciones y hablaba de la fiebre de su hermana como un mdico hubiera hablado. Volv a mi casa muy tarde y hall a Oliverio levantado esperndome. --Y bien?--me dijo vivamente como si su impaciencia se hubiera acrecentado de pronto durante mi visita. --Nada he averiguado--le contest.--Todo lo que s es que Julia volvi ayer del concierto con fiebre, que la fiebre es muy alta y que est enferma. --La has visto?--me pregunt Oliverio. --No--le dije usando de una mentira, porque la necesitaba para interesarle un poco ms en la indisposicin de Julia, muy leve por cierto. Hizo un gesto de clera y exclam: --Estaba seguro, me vio. --Lo temo--dije yo. Dio dos o tres vueltas alrededor de su cuarto caminando muy de prisa; despus se detuvo, golpe el suelo con el pie jurando. --Eh, bien! Tanto peor--exclam.--Tanto peor para ella! Soy libre y hago lo que me place. Conoca yo todos los matices del espritu de Oliverio; era raro que el despecho llegara en l hasta la exasperacin de la clera. No cre, pues, engaarme abordando un asunto en el que estaba comprometido el corazn de una joven. --Oliverio--le dije,--qu pasa entre Julia y t? --Sucede que Julia est enamorada de m y que yo no la amo. --Lo saba--continu yo,--y por inters de los dos... --Te lo agradezco. No tienes que atormentarte en cuanto a m por una cosa que no he querido, que no he fomentado, ni acogido, que no me interesar jams, que me es tan indiferente como esto--dijo sacudiendo en el aire la ceniza de su cigarro.--En lo que a Julia se refiere, te permito compadecerla, porque se empea en una idea loca... Hace su desgracia a su placer... Estaba exasperado, hablaba muy alto y por la primera vez en su vida, quizs, usaba de hiprboles en donde por lo ordinario sola emplear diminutivos de palabras o de ideas. --Qu quieres que le haga yo, despus de todo?--continu.--Es una situacin absurda: hay otras situaciones que lo son por lo menos tanto como sta. --No hablemos de m--le dije, hacindole comprender que mis asuntos propios no estaban en juego y que recriminar no era prueba de tener razn. --Sea; corresponde al que se ve en apuros salir de ellos sin tomar ejemplo de otros ni consultar a nadie. Pues, bien, yo no tengo ms que un recurso para salir de este en que estoy y es decir no, no, y siempre no. --Lo que no remediar nada, porque t dices no desde que te conozco y desde que conozco a Julia quiere ser tu mujer. Al or esta ltima frase hizo un movimiento y un gesto de verdadero terror; despus lanz una carcajada que hubiera dejado muerta a Julia si hubiese podido escucharla. --Mi mujer!--exclam con una expresin de inconcebible desprecio por una idea que le pareca insensata.--Yo el marido de Julia! Ah!... Pero, entonces, Domingo, es que t no me conoces mejor que si nos hubiramos encontrado por vez primera hace una hora nada ms? Primero te dir por qu jams me casar con Julia y luego te explicar por qu nunca me casara con ninguna otra, quienquiera que fuese. Julia es mi prima, razn quizs, para que me guste un poco menos que cualquiera mujer extraa. La conozco de toda mi vida; puede decirse que hemos dormido en la misma cuna. Hay personas a las cuales esta casi fraternidad las seducira. A m la sola idea de casarme con una mujer a la cual he visto jugar con las muecas me parece tan cmica como la de acoplar dos juguetes. Es bonita, no es tonta, tiene tan buenas cualidades como quieras. Adorndome a pesar de todo--y Dios sabe si me hago adorable yo!--sera constante a toda prueba, me rendira verdadero culto, sera la mejor de las esposas. Estando satisfecha sera todo dulzura; sintindose feliz se tornara encantadora. Pero no la amo, no la amo y no quiero nada de ella... Si esto contina llegar a odiarla--dijo exasperndose de nuevo.--Por otra parte, la hara desdichada, horriblemente desdichada; vaya un porvenir! Al da siguiente de la boda estara celosa y no tendra razn. Pero seis meses despus la tendra y le sobrara. Y la plantara en ese punto: sera implacable. Me conozco y estoy seguro de eso. Si esto contina, me marchar: huir al fin del mundo. Se me vigila, se me siguen los pasos, se averigua que tengo queridas, y mi futura mujer es mi espa. --No tienes razn, Oliverio--le dije interrumpindole vivamente.--Nadie espa tus pasos. Nadie conspira con la pobre Julia para apoderarse de tu voluntad y llevarla atada de pies y manos. Yo no he hecho ms que formular un deseo: el de que Julia y t os entendierais un da; en eso vea para ella una dicha segura y para ti ventajas que no veo en ninguna otra parte. --Dicha segura para Julia y para m ventajas nada ms! Maravilloso!... Si eso pudiera ser tus conclusiones representaran mi salvacin. Pues, bueno, te declaro una vez ms que te conviertes en instrumento de la desventura de Julia ya que para evitarle una decepcin definitiva seras capaz de convertirme en un cobarde criminal y la mataras. No la amo! Lo quieres ms claro? Ahora bien, sabes t lo que se entiende por amor o desamor: son dos ideas contrarias que corresponden a iguales energas, a la misma imposibilidad de ser gobernados. Prueba a olvidar a Magdalena, yo intentar adorar a Julia y veremos quin de los dos llegar antes al fin propuesto. Registra mi corazn por arriba, por abajo, escarba en l con el ms curioso afn, breme las venas, y si encuentras una sola pulsacin que se asemeje a la simpata, el ms leve rudimento del cual se pueda decir que puede ser amor algn da, llvame a Julia sin esperar un momento y me caso con ella; si no, no me hables ms de esa nia que me es insoportable y... Se detuvo, no porque haba agotado sus argumentos--que los elega en un arsenal inagotable--como si se calmara de sbito por una reaccin instantnea sobre s mismo. Nada igualaba en Oliverio al temor de parecer ridculo, al cuidado que posea en no decir mucho o demasiado poco, al sentido riguroso de la medida. Escuchndose advirti que haca un cuarto de hora que estaba divagando. --Palabra de honor--exclam,--me vuelves imbcil, me haces perder la cabeza. Ests delante de m con la sangre fra de un confidente de comedia y yo parece que te estoy dando el espectculo de un sainete trgico. Despus se acomod en una butaca, se coloc en la posicin de un hombre que se prepara no ya a perorar, sino a discurrir sobre ideas ligeras y cambiando de tono tan pronto y tan completamente como habra cambiado de actitudes y parpadeando un poco, con la sonrisa en los labios, prosigui: --Es posible que llegue a casarme. No lo creo, pero hablando con prudencia te dir, si quieres, que en lo porvenir todo puede ser admitido: se han visto conversiones ms asombrosas. Corro en pos de algo que no encuentro. Si alguna vez ese algo se me apareciera en forma que me sedujese, ornado de un nombre que constituyera una alianza agradable con el mo, cualquiera que fuera, por otra parte, la fortuna, podra suceder que hiciera una locura, porque lo sera en cualquier caso; pero sta, a lo menos, sera a mi gusto y no me habra sido inspirada ms que por mi capricho. Por el momento me propongo vivir a mi modo. Toda la cuestin est en eso: encontrar lo que conviene a nuestra manera de ser y no copiar la dicha de nadie. Si nos propusiramos los dos cambiar los papeles t no querras nunca representar el mo y yo aun me vera ms apurado para interpretar el tuyo. Por ms que digas, a ti te gustan las novelas, las complicaciones, las situaciones escabrosas; tienes exactamente la fuerza necesaria para rozar las dificultades sin averas y bastante debilidad para saborear delicadamente las angustias. T te procuras todas las emociones extremas, desde el miedo de ser un mal hombre hasta el placer orgulloso de reconocerte casi hroe. Tu existencia est trazada y yo la veo desde aqu: irs hasta el fin, llevars tu aventura tan lejos como se pueda ir sin cometer una infamia, acariciars siempre la deliciosa idea de verte a dos dedos de una falta y evitarla. Quieres que te lo diga todo?... Magdalena un da caer en tus brazos pidindote gracia, t tendrs la alegra sin igual de ver a una santa criatura desvanecerse de languidez a tus pies; t la evitars--seguro estoy--y con la muerte en el alma te alejars y llorars su prdida durante aos enteros. --Oliverio--le dije,--calla por respeto a Magdalena si no lo haces por piedad de m. --He concluido--replic sin la ms leve emocin;--lo que te digo no es un reproche, ni una amenaza, ni una profeca, porque de ti depende hacer que me equivoque. Quiero slo mostrarte en qu diferimos y convencerte de que la razn no est de ningn lado. A m me gusta ser muy claro en mi vida; he sabido siempre en casos semejantes lo que otros arriesgaban y lo que yo mismo pona en riesgo. Por fortuna, ni de una ni de otra parte se expona nada muy preciado. Me gustan las cosas que se deciden prontamente y en igual forma se desenlazan. La felicidad, la verdadera dicha, es en m una leyenda. El paraso de este mundo se cerr sobre los pasos de nuestros primeros padres; he ah cuarenta y cinco mil aos que viene el hombre conformndose con semiperfecciones, semifelicidades y semimedios. Conozco la verdad de los apetitos y de las alegras de mis semejantes. Soy modesto, estoy profundamente humillado por no ser ms que un hombre, pero me resigno. Sabes cul es mi gran preocupacin? Matar el aburrimiento. Quien fuera capaz de hacerle ese servicio a la humanidad sera el verdadero destructor de monstruos. Lo vulgar y lo fastidioso, toda la mitologa de los paganos groseros no ha imaginado nada ms sutil ni ms espantoso. Se asemejan mucho en que el uno y el otro son feos, chatos y plidos aunque multiformes y que ellos dan de la vida ideas capaces de hacerla repugnante desde el primer da que en ella se pone el pie. Adems, son inseparables y forman una pareja horrorosa que no todo el mundo ve. Desgraciados aquellos que siendo an jvenes se dan cuenta de que existen!... Yo los he conocido siempre: estaban en el colegio; all pudiste conocerlos tambin t; no dejaron de habitarlo ni un slo da durante los tres aos de vulgaridad y de mezquindades que en l pas. Perdona que te lo diga: a veces iban a casa de tu ta y a la de mis primas. Haba olvidado casi que habitaban en Pars y contino huyendo de ellos, lanzndome al bullicio en pos de lo imprevisto, del lujo con la idea de que esos dos pequeos espectros burgueses, parsimoniosos, tmidos, rutinarios, no me seguirn por ese camino. Ellos dos solos han hecho ms vctimas que muchas pasiones calificadas de mortales: conozco sus costumbres homicidas y les tengo miedo... As continu hablando en tono semiserio, exponiendo ideas que equivalan a la confesin de errores insanables y hacindome temer vagamente desanimaciones cuya solidez ya conoce usted. --Irs a saber noticias de Julia?--le pregunt. --S, en la antesala. --La volvers a ver? --Lo menos posible. --Has previsto lo que te espera? --He previsto que se casar con otro o se quedar soltera. --Adis--le dije, aunque todava no haba salido de mi cuarto. --Adis--me replic. Y nos separamos despus de esta ltima palabra que no afect en el fondo a nuestra amistad, pero que quebr todo, sin ms ruido, secamente, como se rompe un vaso. XV Haca ms de un mes que no haba visto a Magdalena cinco minutos seguidos sin testigos y ms tiempo todava que no haba obtenido de ella nada que se pareciera a sus amenidades de otra poca. Un da la hall por casualidad en una calle desierta del barrio en que yo habitaba. Estaba sola e iba a pie. Toda la sangre de su corazn refluy hacia sus mejillas cuando me vio, y tuve necesidad, por cierto, de toda mi resolucin, para no correr a su encuentro y estrecharla entre los brazos en plena calle. --De dnde viene y a dnde va? Esta fue la primera pregunta que le dirig vindola extraviada y como aventurndose en una parte de Pars, que deba ser el fin del mundo para la condesa De Nivres. --Voy a dos pasos de aqu--me respondi con un poco de cortedad,--a hacer una visita. Y nombr a la persona a cuya casa iba. --Que sea o no recibida--aadi,--separmonos. Es bueno que no se nos vea juntos. No hay nada de insolente en sus procederes. Ha hecho usted tales locuras que en lo sucesivo me corresponde a m el ser prudente. --La dejo a usted--dije saludndola. --A propsito--continu Magdalena en el instante que me alejaba.--Esta noche voy al teatro con mi padre y mi hermana. Hay un lugar para usted si lo quiere. --Permtame usted...--dije fingiendo reflexionar sobre compromisos que no tena.--Esta noche no estoy libre. --Haba pensado--aadi con la dulzura de nio tomado en falta.--Esperaba... --Me es absolutamente imposible--respond con una sangre fra cruel. Hubirase dicho que me causaba placer devolvindole capricho por capricho y torturndola. Por la noche, a las ocho y media entraba yo en su palco. Empuj la puerta lo ms suavemente posible; ella tuvo la sensacin de que era yo porque afect el no volver siquiera la cabeza. Permaneci por entero ocupada de la msica, los ojos fijos en el escenario. Slo cuando lleg el primer descanso de los cantantes pude acercarme a ella y obligarla a recibir mi saludo. --Vengo a pedirle un lugar en su palco--le dije ponindola a medias en una mentira,--a menos que ese puesto no est destinado al seor De Nivres. --El seor De Nivres no vendr--respondi Magdalena volvindose del lado de la platea. Se pona en escena una obra maestra, inmortal. Cantantes incomparables, que ya han desaparecido, ponan en ella transportes de entusiasmo. El auditorio estallaba en aplausos frenticos. Aquella maravillosa electricidad de la msica apasionada, remova como con la mano, la musa de cerebros pesados o de corazones distrados y comunicaba al ms insensible de los espectadores aires de inspirado. Un tenor, cuyo nombre por s solo era un prestigio, lleg cerca del proscenio, a dos pasos de nosotros. Se mantuvo un momento en la actitud recogida, un poco torpe del ruiseor que va a cantar. Era feo, gordo, estaba mal vestido, sin atractivo, otra semejanza con el _virtuoso_ alado. Desde las primeras notas hubo en la sala un ligero estremecimiento, como en un bosque en donde las hojas palpitan. Jams me pareci tan extraordinario como aquella noche, velada nica y ltima en que quise orle. Todo era selecto, hasta el idioma fluido, ondulante y rimado que presta a la idea choques sonoros y hace del vocabulario italiano un libro de msica. Cantaba el himno eternamente tierno y lamentoso de los amantes que esperan. Una a una en melodas nunca odas, desarrollaba todas las tristezas, todos los ardores, y todas las esperanzas de los corazones muy enamorados. Hubirase dicho que se diriga a Magdalena, tan directamente nos llegaba su voz penetrante, emocionada, discreta como si aquel cantor sin entraas hubiera sido confidente de mis propios dolores. Cien aos habra yo buscado en el fondo de mi pecho torturado y abrasado, antes de encontrar una sola palabra que valiese un suspiro de aquel melodioso instrumento que deca tantas cosas y no senta ninguna. Magdalena le escuchaba anhelante. Yo estaba detrs de ella tan cerca como permita el respaldo de su butaca, en el cual me apoyaba. De cuando en cuando se echaba atrs hasta el punto de que sus cabellos me barran los labios. No poda hacer un gesto de mi lado, que yo no sintiera en seguida su aliento desigual y lo respiraba como un ardor ms. Tena los dos brazos cruzados sobre el pecho, acaso para contener los latidos de su corazn. Todo su cuerpo inclinado hacia atrs obedeca a palpitaciones irresistibles, y cada inspiracin de su pecho comunicndose de su asiento a mi brazo me imprima un movimiento convulsivo en todo parecido al de mi propia vida. Era para creer que el mismo aliento nos animaba a la vez en una existencia indivisible y que la sangre de Magdalena, no la ma ya, circulaba en mi corazn enteramente desposedo por amor. En aquel instante sintiose un poco de ruido en un palco situado al otro extremo de la sala y en l entraron dos mujeres solas, vestidas con gran lujo y llegando tarde para causar ms efecto. Apenas sentadas, empezaron a manejar los gemelos y sus ojos se detuvieron en Magdalena. Esta, involuntariamente, hizo como ellas. Hubo por un segundo un cambio de observacin escudriadora que me hel de espanto, porque al primer golpe de vista haba reconocido un rostro testigo de antiguas debilidades y al encontrarlo de nuevo causa de recuerdos detestados. Al fijarme en aquellos ojos fijos en nosotros, tuvo Magdalena una sospecha? Lo creo, porque se volvi de pronto como para sorprenderme. Yo sostuve el fuego de su mirada, el ms inmediato y ms clarividente que jams he afrontado. Si se hubiese tratado de su vida no habra yo estado ms resuelto a un acto de temeridad que me exigi el mayor esfuerzo. El resto de la velada se pas mal. Magdalena pareca menos ocupada de la msica, distrada por una idea molesta, como si aquel encuentro y aquella permanencia cara a cara la importunasen. Una o dos veces todava, trat de aclarar las dudas; despus qued extraa a todo lo que en torno de ella suceda y comprend que se retiraba al fondo de su pensamiento. La conduje hasta su coche y llegados a l, el estribo bajo y Magdalena envuelta en su abrigo de pieles, le dije: --Me permite usted acompaarla? No haba contestacin que darme sobre todo a presencia del seor D'Orsel y de Julia. La pregunta era, por otra parte, de las ms sencillas. Sub casi antes que ella me lo permitiera. No se pronunci ni una palabra durante el trayecto sobre el pavimento ruidoso al paso rpido y sonoro de los caballos. El seor D'Orsel tarareaba recordando la obra. Julia me observaba con disimulo y luego pegaba el rostro a los cristales y miraba a la calle. Magdalena, medio acostada como habra estado sobre una silla larga, ajaba con mano nerviosa un enorme ramillete de violetas que toda la noche me haba embriagado. Vea yo el extrao fulgor febril de sus ojos fijos. Sentame presa de profunda turbacin, senta distintamente que haba de ella a m algo muy grave, como un decisivo debate. Baj la ltima y aun tena su mano en la ma cuando ya el seor D'Orsel y Julia suban la escalera del hotel. Dio un paso para seguirlos y dej caer el ramillete. Fing no advertirlo. --Mi ramo, hace usted el favor? Se lo tend sin decir ni una palabra: hubiera sollozado. Lo tom, lo llev rpidamente a sus labios, lo mordi con furor como si quisiera despedazarlo. --Me martiriza usted y me desgarra--dijo en voz baja con un acento de suprema desesperacin; luego, con un movimiento que no puedo describir, arranc las dos mitades del ramillete, se qued con una y me arroj, por decirlo as, la otra mitad a la cara. Yo ech a correr como un loco, en plena noche, llevando como un jirn del corazn de Magdalena aquel manojillo de flores en que haba ella puesto sus labios e impreso mordeduras que yo saboreaba como besos. Caminaba al azar, ebrio de alegra, repitindome una frase que me deslumbraba como la luz de un sol naciente. No me preocupaba ni de la hora ni de las calles. Despus de haberme extraviado diez veces en el barrio de Pars que conoca mejor llegu a los muelles. No encontr en ellos a nadie. Pars entero dorma como duerme de tres a seis de la maana. La luna alumbraba los muelles desiertos, huyendo hasta perderse de vista. Apenas haca fro: estbamos en marzo. El ro tena estremecimientos de luz que lo blanqueaban y corra sin hacer el ms leve ruido entre sus altas riberas pobladas de rboles y de palacios. A lo lejos se hunda la ciudad populosa con sus torres, sus medias naranjas, sus flechas, en las cuales pareca que estaban encendidas las estrellas como faros, y el Pars central dormitaba confusamente extendido bajo las brumas. Aquel silencio y aquella soledad elevaron hasta el colmo el sentimiento sbito que me vena de la vida, de su grandeza, de su plenitud y de su intensidad. Record lo que haba sufrido, entre las multitudes o en mi casa, siempre aislado y sintindome perdido, en la mediana, y continuamente abandonado. Comprend que aquella larga enfermedad no dependa de m, que toda pequeez era el hecho de la falta de felicidad. Un hombre es todo o no es nada--me deca.--El ms pequeo se torna el ms grande, el ms msero puede dar envidia... Y me pareca que mi dicha y mi orgullo llenaba Pars. Forj ensueos insensatos, proyectos monstruosos que no tendran excusa si no hubieran sido concebidos en un acceso de fiebre. Quera ver a Magdalena aquel da, a todo trance. Ya no habr--me deca--subterfugios, ni disfraces, ni habilidad, ni barreras que prevalezcan sobre lo que yo quiero y contra la certidumbre que tengo. Llevaba en la mano las flores rotas, las miraba y las cubra de besos, las interrogaba como si guardasen el secreto de Magdalena, las preguntaba qu haba dicho ella cuando las desgarraba, si eran caricias o insultos... Y no s qu sensacin desenfrenada me replicaba que Magdalena estaba perdida y que ya no tena ms que atreverme. Al da siguiente corr a casa de Magdalena. Haba salido. Volv los das siguientes: no haba medio de encontrarla. Adquir la conviccin de que no responda de s misma y recurra a medios de defensa que fuesen a toda prueba. Tres semanas, sobre poco ms o menos, transcurrieron as, en lucha contra puertas cerradas y en un estado de exasperacin que me pona al nivel de una bestia extraviada obstinndose en salvar vallas. Una tarde me lleg un billete. Lo mantuve un momento cerrado, suspendido delante de mis ojos, como si l contuviera mi destino. * * * Si tiene usted la ms leve amistad para m--me deca Magdalena,--no se obstine en perseguirme; me hace usted mal intilmente. Mientras tuve la esperanza de salvarle de un error y de una locura, nada que pudiera dar resultado economic. Hoy me debo a otros cuidados que haba abandonado con exceso. Proceda como si no habitara usted en Pars a lo menos por algn tiempo. De usted depende que le diga adis o hasta la vista. * * * Aquella despedida trivial, de una sequedad perfecta, me caus el efecto de un derrumbe. Despus, al abatimiento sucedi la clera. Y acaso la clera fue lo que me salv. Ella me prest energas para reaccionar y adoptar un partido extremo. Aquel mismo da escrib dos o tres cartas diciendo que me ausentaba de Pars. Me mud de casa, fui a ocultarme en un barrio alejado, llam en mi auxilio lo que me quedaba de razn, de inteligencia y de amor al bien, y volv a empezar una nueva prueba cuya duracin no saba, pero que en cualquier caso deba ser la ltima. XVI Este cambio se oper de la noche a la maana y fue radical. No era ya el momento de vacilar y enfriarse. Tena horror a las medias tintas. Me gustaba la lucha. La energa superabundaba en m. Rechazada en una parte, mi voluntad tena necesidad de revolverse en otro sentido, de buscar un nuevo obstculo que vencer, en pocas horas, por decir as, y lanzarse sobre l. El tiempo se me haca eterno. Aparte toda cuestin de tiempo me senta, si no envejecido, a lo menos muy maduro. No era yo un adolescente a quien el menor pesar clava, todo dolorido, sobre las blandas pendientes de la juventud. Era un hombre orgulloso, impaciente, herido, aguijoneado por los deseos y las pesadumbres, que caa, de repente, en lo mejor de su vida--como un soldado al medioda de la jornada decisiva,--con el corazn henchido de agravios, el alma amargada por la impotencia, el cerebro en plena explosin de proyectos. No volv a poner los pies en el mundo, a lo menos en aquella parte de la sociedad en donde arriesgaba hacerme notar y encontrar recuerdos, que me hubieran tentado. No me encerr tampoco demasiado estrecho porque hubiera muerto ahogado; pero me circunscrib en un crculo de hombres activos, estudiosos, especiales, absortos, enemigos de quimeras, que se dedicaban a la ciencia, a la erudicin o al arte como aquel ingenuo Florentn que cre la perspectiva y por las noches despertaba a su mujer para decirle: Qu dulce son es la perspectiva! Desconfiaba de los extravos de la imaginacin y la puse en orden. En cuanto a mis nervios, que yo haba cuidado tan voluptuosamente hasta entonces, los castigaba de la manera ms ruda por el desprecio a todo lo que es enfermizo y el propsito firme de no estimar ms que lo que es robusto y sano. La claridad de la luna a orillas del Sena, el sol dulce, los ensueos asomado a la ventana, los paseos bajo los rboles, el malestar o el bienestar causados por un rayo de sol o por una gota de lluvia, las asperezas del genio que me ocasionaba el aire un poco vivo y los buenos pensamientos que me inspiraba la ausencia de viento, todas esas blanduras de corazn, esa esclavitud del espritu, esas sensaciones exorbitantes fueron examinadas y del examen result decretar que eran indignas de un hombre, y romp todos aquellos hielos que me envolvan en un tejido de influencias y de fragilidades. Haca una vida muy activa. Lea enormemente. No me malgastaba, me economizaba. El sentimiento repulsivo de un sacrificio se combinaba con el atractivo de un deber que tena que llenar con respecto a m mismo. Obtena de esto cierta satisfaccin sombra que no era alegra, menos an plenitud, pero que mucho se asemejaba a lo que debe ser el altanero placer de un voto monacal bien cumplido. No juzgaba que hubiera nada pueril en una reforma que tena causa tan grave y que poda tener un resultado muy serio. Hice de mis lecturas lo mismo que haba hecho de otras mil cosas: considerndolas como alimento importantsimo de mi espritu, las expurgaba. Ya no senta la necesidad de aclaraciones en asuntos del corazn. No mereca la pena de reconocerme en libros conmovedores cuando hua de m mismo. Tena que encontrarme mejor o peor; si mejor, la eleccin era superflua y, si peor, era un ejemplo que no deba ser buscado. Me formaba, por decir as, una especie de coleccin saludable entre lo que el talento humano ha dejado de ms fortificante, ms puro, desde el punto de vista moral, ms ejemplar en materia de raciocinio. En fin, le haba prometido a Magdalena poner a prueba mis fuerzas y quera mantener mi promesa aunque slo fuera para demostrarle que haba en m potencialidad sin empleo y para que pudiese medir bien la duracin y la energa de una ambicin que no era en el fondo ms que amor convertido. Al cabo de algunos meses de este rgimen inflexible, llegu a un estado de salud artificial y de solidez de espritu que me pareca apropiada para emprender mucho. Comenc por saldar mis cuentas con el pasado. Ya sabe usted que haba tenido la mana de los versos. Sea por complacencia involuntaria de los das amables y aorados, sea por avaricia, no quise que aquella parte viviente de mi juventud fuera enteramente destruida. Me impuse la tarea de revolver aquel viejo repertorio de cosas infantiles y de sensaciones apenas despertadas. Fue una especie de confesin general indulgente, pero firme, sin ningn peligro para una conciencia que se juzga. De aquellos innumerables pecados de otra edad compuse dos tomos. Les puse un ttulo que determinaba el carcter un poco primaveral de la obra. Los encabec con un prefacio ingenioso que deba, por lo menos, ponerlos a cubierto del ridculo y los publiqu sin firma. Aparecieron y desaparecieron. No esperaba ms de ellos. Nada hice para salvarlos del total olvido, convencido de que toda cosa que es abandonada merece serlo y que no hay un solo rayo de verdadero sol perdido en todo el universo. Hecho este barrido de conciencia, me ocup de tareas menos frvolas. Se haca entonces mucha poltica por doquier y particularmente en el medio observador en que yo actuaba. Haba en el ambiente de aquella poca una multitud de ideas en estado de nebulosa, problemas en estado de esperanzas, generosidades en movimiento que deban condensarse ms tarde y formar lo que ahora se llama el cielo tempestuoso de la poltica moderna. Mi imaginacin casi desarbolada, pero no del todo apagada, encontraba en aquel objetivo algo que la seduca. La posicin de hombre de Estado era--en la poca de que le hablo a usted,--el coronamiento necesario, hasta cierto punto, el advenimiento al ttulo de hombre til para todo aquel que tena gran capacidad intelectual, talento o sencillamente ingenio. Me enamor de la idea de llegar a ser til despus de haber sido daino tanto tiempo. Y la ambicin de ser ilustre tambin me invadi poco a poco--pero, sabe Dios por qu!--Comenc por hacer una especie de estada en la antecmara misma de los asuntos pblicos, es decir en medio de un pequeo parlamento compuesto de jvenes voluntades ambiciosas, de muy jvenes abnegaciones dispuestas a ofrecerse, en el cual se reproducan en diminutivo una parte de las polmicas que agotaban entonces a toda Europa. Alcanc xitos, puedo decirlo sin orgullo hoy que nuestro parlamento mismo est olvidado. Me pareca que mi camino estaba trazado. En l hallaba medio de desplegar la actividad devoradora que me consuma. No s qu insuperable esperanza me quedaba de volver a encontrar a Magdalena. No me haba dicho adis o hasta la vista? Entenda que me vera mejor transformado, con un brillo ms vivo para ennoblecer mi posicin. Todo se mezclaba as entre los estmulos que me aguijoneaban. El encarnizado recuerdo de Magdalena zumbaba en el fondo de mis ambiciones y momentos haba en que no me era dado distinguir en mis prematuros ensueos de podero, lo que emanaba del filntropo y lo que proceda del enamorado. Todas aquellas ideas y sentimientos las resum en un libro que apareci bajo un nombre supuesto. Pocos meses despus publiqu otro. Los dos tuvieron ms resonancia que la que yo esperaba. En poco tiempo estuve a punto de ver trocada en celebridad la oscuridad en que estaba. Saboreaba con delicia el placer vanidoso, furtivo y absolutamente ntimo, de orme alabado en la personalidad de mi pseudnimo. El da que el xito fue indiscutible le llev mis dos libros a Agustn. Me abraz de todo corazn, me declar que tena un gran talento, se asombr de que se hubiera revelado de golpe y tan pronto y me predijo como cosa infalible, una posicin moral, capaz de enloquecerme. Me propuse que Magdalena gozase los primeros augurios de mi celebridad y le mand mis libros al seor De Nivres. Le rogaba que no me hiciera traicin; le daba explicaciones plausibles de mi retirada: era excusable desde el momento que estaba demostrado que haba tenido un objeto. La contestacin del seor De Nivres no contena ms que frases de agradecimiento y elogios calcados sobre los que corran en el pblico. Magdalena no aada ni una palabra a las de su marido. La leve turbacin de mi espritu que sigui al dichoso comienzo de mi vida literaria se desvaneci muy de prisa. A la efervescencia excitada por una produccin pronta, arrastradora, casi irreflexiva, sucedi una gran calma, es decir, un momento de serenidad y de examen singularmente lcido. Haba en m un antiguo _yo mismo_ de quien ya hace largo tiempo que no le hablo a usted, que callaba pero que sobreviva. Aprovech aquel momento de reposo para reaparecer usando un severo lenguaje. Con los avasallamientos de mi corazn me haba emancipado por completo. l volvi a ocupar su alta posicin en cuanto se trat de asuntos ms discutibles y se dio a deliberar framente los intereses ms positivos de mi espritu. En otros trminos: analic con calma lo que de legtimo haba en el fondo de mi xito, y preciso era que en conclusin estimara si en ello exista razn para animarme. Hice el balance--muy definitivo--de mi saber, es decir, de los recursos adquiridos y de mis dones, o lo que es igual, de mis fuerzas vivas, compar lo ficticio con lo nativo, pes lo que perteneca a todo el mundo y lo poco que haba mo propio. El resultado de esta crtica imparcial, hecha tan metdicamente como una liquidacin de negocios, fue que yo era un hombre distinguido y mediocre. Haba sufrido decepciones ms crueles: aquella otra no me caus la ms leve amargura. Por otra parte, apenas si era tal decepcin. Para muchos habra sido ms que satisfactoria aquella situacin. Yo la consideraba de muy diferente modo. Ese pequeo monstruo moderno que Oliverio llamaba lo vulgar, que le causaba tanto horror y que le condujo ya sabe usted a dnde, lo conoca yo tan bien como l bajo otro nombre. Habitaba tan bien en la regin de las ideas como en el mundo inferior de los hechos. Haba sido el genio malhechor de todos los tiempos y era una llaga del nuestro. Haba en derredor mo una perversin de ideas con respecto a la cual nunca me haba dejado engaar. No me revolva contra las adulaciones que, despus de todo, no podan ya hacerme cambiar de opinin en ningn caso: las acoga como inocente expresin del juicio pblico en una poca en que la abundancia de lo mediocre haba tornado indulgente al gusto embotando el sentido acerado de las cosas superiores. La opinin me pareca perfectamente equitativa en cuanto a m, aunque hiciera yo a la vez que mi proceso tambin el suyo. Recuerdo que un da ensay una prueba ms convincente que todas las dems. Tom de mi biblioteca cierto nmero de libros contemporneos y procediendo poco ms o menos como la posteridad proceder antes de acabarse el siglo, ped a cada uno cuenta de sus ttulos a la duracin y sobre todo del derecho que tenan para llamarse tiles. Advert que llenaban muy poco la primera condicin que hace vivir una obra, eran muy poco necesarios. Muchos haban servido de pasajera diversin a sus contemporneos sin ms resultado que agradar y caer en el olvido. Algunos tenan un falso aspecto de necesidad que engaaba, vistos de cerca, pero que lo futuro se encargar de definir. Un nmero muy pequeo--me qued asustado--posean ese raro, absoluto e indudable carcter, en el cual se reconoce toda una creacin divina y humana, de poder ser imitada pero no suplida y de hacer falta a las necesidades de las gentes si se la supone ausente. Aquella especie de juicio pstumo, ejercido por el ms indigno sobre tantos espritus elegidos, me demostr que no sera yo nunca del nmero de los absueltos de culpa y pena. Aquel que tomaba en su barca los hombres meritorios me habra dejado ciertamente en la otra orilla del ro: y en ella me qued. Otra vez ms atrajo la atencin del pblico mi nombre o por lo menos el de mi imaginario personaje, y fue la ltima. Me pregunt entonces qu era lo que me quedaba que hacer y me cost algn tiempo resolverlo. Haba para eso una dificultad de primer orden. Mi existencia desligada de muchas vinculaciones--como usted ha visto--y desengaada de muchos errores ya no penda ms que de un hilo, el cual aunque horriblemente estirado y ms resistente que nunca, segua sujetndome y no imaginaba que nada pudiera quebrarlo. Ya apenas oa a nadie hablar de Magdalena aparte Oliverio a quien vea muy poco, y Agustn a quien ella haba atrado a su casa, sobre todo despus que yo desaparec. Saba vagamente cul era el empleo de su vida exterior: que haba viajado y despus vivido algn tiempo en Nivres; que luego haba recobrado dos o tres veces sus costumbres en Pars, para abandonarlas otra vez casi sin motivo y como bajo el imperio de un malestar que se traduca en una perpetua inestabilidad de carcter y como una necesidad de cambiar de lugares. Algunas veces la haba visto, pero tan furtivamente y a travs de tan gran turbacin, que en cada una de aquellas ocasiones me haba parecido que era vctima de un ensueo penoso. De aquellas fugaces apariciones me quedaba la impresin de una imagen extraa, de un rostro ajado como si los negros colores de mi alma se hubieran desteido sobre aquella radiante fisonoma. Por aquella poca tuve una gran emocin. Haba una exposicin de pintura moderna. Aunque muy ignorante de una bella arte en punto a la cual tena el instinto sin la ms leve cultura, y de la que hablaba tanto menos cuanto ms la respetaba, iba algunas veces a perseguir observaciones de otros que me enseaban a conocer bien mi poca y hacer comparaciones que no me alegraban nada. Un da vi un grupito de personas--que deban ser conocedoras--discutiendo delante de un cuadro. Era un retrato de medio cuerpo concebido en un estilo antiguo, con fondo oscuro: el vestido indeciso y sin ningn accesorio, dos manos esplndidas, la cabellera medio perdida, la cabeza presentada de frente, firme de contornos, grabada sobre el lienzo con la precisin de un esmalte y modelada yo no s de qu manera sobria, amplia y sin embargo velada, que daba a la fisonoma incertidumbres extraordinarias y haca palpitar un alma emocionada en el vigoroso dibujo de las facciones tan firme y resuelto como el grabado de una medalla. Me qued anonadado delante de aquella efigie espantosa de realidad y de tristeza. La firma era la de un ilustre pintor. Recorr el catlogo y encontr las iniciales de la seora De Nivres. No haba yo menester de aquel testimonio. Magdalena estaba all, delante de m, fija en m la mirada; pero, con qu ojos, en qu actitud, con qu palidez y qu misteriosa expresin de espera y de amarga pena! En poco estuvo que no lanzara un grito y no s cmo logr contenerme lo bastante para no darle a la gente el espectculo de una locura. Me coloqu en primera fila apartando a todos aquellos curiosos que nada tenan que hacer entre aquel retrato y yo. Para tener el derecho de examinarlo desde ms cerca y ms largo tiempo imit el gesto, las actitudes, la manera de mirar y hasta las pequeas exclamaciones de aprobacin de los aficionados prcticos en la materia de arte pictrico. Fing apasionarme por la obra del pintor cuando en realidad no apreciaba ni adoraba otra cosa que el modelo. Volv al siguiente da y los sucesivos, me deslizaba muy temprano a lo largo de las galeras desiertas, vea el retrato desde lejos como a travs de una nube tomando vida a cada paso que yo avanzaba hacia l. Llegaba, todo artificio apreciable desapareca: era Magdalena ms y ms triste, ms y ms fija en no s qu terrible ansiedad henchida de ensueos. Le hablaba, le refera todas las cosas fuera de razn que me torturaban el alma desde haca cerca de dos aos, le peda gracia para ella y para m. Le suplicaba que me recibiera, que me permitiese volver a ella. Le contaba mi vida entera con el ms lamentable y el ms legtimo de los orgullos. Haba momentos en que el fugitivo modelado de las mejillas, el brillo de los ojos, el indefinible dibujo de la boca daban a la muda efigie movilidades que me causaban miedo. Hubirase dicho que me escuchaba, me comprenda, y que el implacable y sabio buril que la haba aprisionado en un rasgo tan rgido, era lo nico que la impeda conmoverse y contestarme. Algunas veces me vino a las mientes la idea de que Magdalena haba previsto lo que suceda, es decir, que la reconocera yo y me volvera loco de dolor y de alegra en aquel fantstico coloquio de un hombre vivo con una pintura. Y segn vea yo en ese hecho malicia o compasin, aquella idea me exasperaba la clera o me haca verter lgrimas de agradecimiento. Lo que le refiero a usted dur casi dos meses; pasados que fueron, al otro da el que le di un adis verdaderamente fnebre, los salones fueron clausurados y desaparecido el retrato qued ms solo que nunca. Pasado algn tiempo, recib una visita de Oliverio. Estaba serio, notaba en l cierto embarazo, algo as como si el peso de un caso de conciencia le pesara en el alma. Apenas le vi me puse a temblar. --Yo no s qu sucede en Nivres--me dijo;--pero todo parece que va mal. --Magdalena?--le pregunt espantado. --Julia est enferma, bastante enferma para causar inquietudes. Magdalena misma no est buena. Me gustara ir, pero la situacin no sera sostenible. Mi to me escribe cartas muy desoladas. --Pero Magdalena...?--volv a preguntar temeroso de que aun sucediera otra desgracia que l me ocultaba. --Te repito que Magdalena est en un muy triste estado de salud. No ha empeorado de algn tiempo a esta parte, pero contina mal. --Oliverio--exclam,--vayas t o no a Nivres yo estar all maana. Nadie me ha despedido de la casa de Magdalena, me alej de ella voluntariamente. Le haba dicho a Magdalena que me escribiera el da que tuviera necesidad de m; si ella tiene motivos para callar, yo los tengo para correr a su lado. --Hars absolutamente lo que quieras. En semejante caso obrara como t, dejando a salvo el arrepentimiento si el remedio era peor que la enfermedad. --Adis. --Adis. XVII El da siguiente estaba yo en Nivres. Llegu por la tarde un poco antes de cerrar la noche. Era el mes de noviembre. Me ape a cierta distancia de la verja, en pleno bosque. Atraves el patio de entrada sin ser notado. Al extremo de las habitaciones de servicio a la derecha brillaba luz en las cocinas. Dos ventanas se destacaban luminosas sobre la fachada del castillo. Me fui en derechura al vestbulo cuya puerta estaba slo entornada; alguien lo cruzaba cuando yo entr, estaba oscuro. La seora De Nivres? dije creyendo que hablaba con alguna doncella de la servidumbre. La persona a quien me haba dirigido se volvi bruscamente, vino hacia m y lanz un grito: era Magdalena. Se qued petrificada por la sorpresa y yo le tom la mano sin hallar fuerzas para articular una sola palabra. La escasa, claridad que vena de fuera le prestaba la blancura de una estatua: sus dedos completamente inertes y helados se desprendan insensiblemente de mi mano como si fueran las de una muerta. La vi tambalearse, pero al movimiento que hice para sostenerla se desprendi por un impulso de inconcebible terror, abri desmesuradamente los ojos extraviados y exclam: Domingo!... como si despertara de un mal sueo que hubiese durado aquellos dos aos; luego dio algunos pasos hacia la escalera arrastrndome en pos de ella sin conciencia de lo que haca. Subimos juntos, el uno al lado del otro, siempre juntas nuestras manos. Al llegar a la antesala del primer piso tuvo como una llamarada de presencia de espritu. --Entre usted aqu--me dijo,--voy a avisar a mi padre. La vi que llamaba a su padre y encaminarse al cuarto de Julia. Las primeras palabras del seor D'Orsel fueron stas: --Mi querido hijo, tengo mucha pena. Aquella frase deca ms que todas las recriminaciones y me penetr en el corazn como una estocada. --He sabido que Julia estaba enferma--le dije sin hacer ningn esfuerzo para disfrazar el temblor de mi voz que desfalleca.--Supe tambin que la seora De Nivres estaba delicada y vine a verles a ustedes. Hace tanto tiempo... --Es verdad--repuso el seor D'Orsel,--hace mucho tiempo. La vida se pasa: cada cual tiene sus deberes y sus preocupaciones... Llam, mand encender las luces, me examin rpidamente como si quisiera comprobar en m un cambio anlogo a las alteraciones que los dos aos transcurridos haban producido en sus hijas. --Tambin usted ha envejecido--continu con cierta especie de benevolencia y de inters muy afectuoso.--Ha trabajado usted mucho, tenemos la prueba... Despus me habl de Julia, de las vivas inquietudes que haban tenido, pero que, por fortuna, se haban disipado desde algunos das. Julia entraba en la convalecencia; ya todo era cuestin de cuidado, de atenciones y de algunos das de reposo. De nuevo pas de un asunto a otro. --He ah que es usted todo un hombre ya clebre--continu.--Hemos puesto atencin en sus cosas con el ms sincero inters. Se paseaba de arriba abajo, hablndome as, sin hilacin. Tena los cabellos totalmente blancos, su alto cuerpo un poco encorvado ofreca un aspecto singularmente noble, de vejez prematura o de abatimiento. Magdalena vino a interrumpirnos al cabo de cinco minutos. Iba vestida de oscuro y se pareca mucho, con la animacin de la vida adems, al retrato que tanto me haba impresionado. Me levant, le sal al paso, balbuce dos o tres frases incoherentes que no tenan ningn sentido; ya no saba ni cmo explicar mi visita, ni cmo llenar de golpe el enorme vaco de dos aos que pona entre nosotros como un abismo de secretos, de reticencias y de oscuridades. Me repuse, sin embargo, al verla ms duea de s misma y le habl lo ms sosegadamente que pude de la alarma que me haba dado Oliverio. Cuando pronunci ese nombre me interrumpi. --Vendr?--dijo. --No lo creo--repliqu.--Por lo menos en unos cuantos das. Hizo un gesto de desanimacin absoluta y los tres camos en el ms penoso silencio. Pregunt en dnde estaba el seor De Nivres, como si fuera posible que Oliverio no me hubiera informado de su viaje y me mostr sorprendido al saber que estaba ausente. --Oh, estamos en un gran abandono!--dijo Magdalena.--Todos estamos enfermos o poco menos. Hay en el ambiente malas influencias, la estacin es malsana y no tiene nada de alegre--aadi dirigiendo la mirada a las altas ventanas de antiguas vidrieras de colores en las cuales se reflejaba todava un resto de luz del da casi del todo extinguido. Para huir de una conversacin imposible por embarazosa habl de la deplorable situacin de algunas personas, que amenazaba aumentar en el prximo invierno, por enfermedades en unos casos y por miseria en otros; de un nio que se mora en el pueblo y que Julia haba asistido y cuidado hasta el da en que, gravemente enferma ella misma, hubo de encomendar a otros su papel, impotente contra la muerte, de hermana de la caridad. Pareca complacerse con aquellos relatos de lamentables desgracias y enumerar, con no s yo qu sombra avidez, todas las calamidades vecinas que formaban en torno de su existencia un concurso de causas de tristeza. Luego, al igual que haba hecho el seor D'Orsel, me habl de m, tan pronto con cierta reserva como con un abandono admirablemente calculado para facilitar la posicin de cada uno. Mi propsito era hacerle una visita y luego ganar la posada del pueblo en la cual haba comprometido una habitacin; pero Magdalena dispuso otra cosa: advert que haba dado las rdenes oportunas para que me alojasen en el piso segundo del castillo, en un cuarto que ya haba ocupado yo la primera vez que pas una temporada en Nivres. Aquella misma noche, antes de separarnos, estando yo presente, le escribi a su marido. --Le aviso al seor de Nivres que est usted aqu--me dijo. Y me di cuenta de lo que semejante precaucin, tomada en mi presencia, implicaba de escrpulos y resoluciones leales. No haba visto a Julia. Estaba dbil y agitada. La noticia de mi llegada, a pesar de la prudencia con que se le comunic, le haba causado una sacudida muy viva. Cuando al otro da me fue permitido entrar en su habitacin, encontr a la enferma acostada en un sof, envuelta en un ancho peinador que disimulaba la exigidad de sus formas y le prestaba aspecto de mujer. Haba cambiado mucho, pero mucho ms que podan apreciar quienes estaban cerca de ella a todas las horas del da. Un perrito _pagneul_ dorma a sus pies con la cabeza apoyada sobre la punta de sus pantuflas. Tena al alcance de la mano, sobre un velador adornado de flores, pjaros enjaulados, que ella cuidaba, y cantaban alegremente en medio de aquel jardn de invierno. Contempl aquel diminuto rostro minado por la fiebre, enflaquecido y azulado en derredor de las sienes, aquellos ojos hundidos, ms abiertos y ms negros que nunca, en cuyas pupilas se adverta un brillo sombro e inextinguible, y aquella pobre nia, enamorada, medio muerta bajo la accin, del desprecio de Oliverio me dio una lstima horrible. --Crela usted, slvela--le dije a Magdalena cuando nos separamos;--pero no la engae usted ms. Magdalena hizo un gesto de duda como si le quedara un dbil residuo de esperanza, el cual se esforzaba por mantener. --No piense usted en Oliverio y no le acuse ms de lo que es razn--aad resueltamente. Le di a conocer los motivos buenos o malos que decidan la suerte de su hermana. Le expliqu el carcter de Oliverio, su repugnancia absoluta por el matrimonio. Insist sobre su creencia--quizs poco razonable, pero sin rplica,--de que hara infeliz a cualquier mujer, no slo a una determinada, sino a todas sin excepcin. As trataba yo de atenuar lo que de hiriente poda tener su resistencia. --Lo hace cuestin de probidad--dije a Magdalena, como ltimo argumento. Sonri tristemente al or la palabra probidad que tan mal concordaba con la irreparable desventura cuya responsabilidad pesaba, a sus ojos, sobre Oliverio. --Es el ms feliz de todos nosotros--dijo. Y gruesas lgrimas rodaron por sus mejillas. Dos das despus Julia pudo ya dar algunos paseos por su habitacin. El indomable vigor de aquel pequeo ser, ejercitado secretamente en tan duras pruebas, se reanim no lentamente sino en pocas horas. Apenas en convalecencia, visela enderezarse contra el recuerdo humillante de haber sido sorprendida, por decir as, en debilidad, trabar pelea con el mal fsico, el sueo que poda vencer, y dominarlo. Dos das ms tarde tuvo fuerzas para bajar sola al saln, rechazando todo apoyo, aunque la debilidad cubriera de sudor la adelgazada piel de su frente y por ms que sucesivos accesos de desfallecimiento la hicieran vacilar a cada paso. Aquel mismo da se empe en subir en coche. La llevaron por los caminos ms suaves del bosque. Haca buen tiempo. Regres reanimada, slo por haber respirado el olor de las encinas calentadas por un sol claro. Entr en el castillo desconocida, casi sonrosada, conmovida por un escalofro febril, pero de buen augurio que no era ms que el efecto del retorno activo de la sangre en sus venas empobrecidas. Estaba consternado vindola renacer de aquel modo, por tan poco, por un rayo de sol de invierno y un poco de olor resinoso de madera cortada, y comprend que se empecinara en vivir con una obstinacin que le prometa largos das miserables. --Habla alguna vez de Oliverio?--le pregunt a Magdalena. --Jams. --Piensa en l constantemente? --Constantemente. --Y cree usted que eso durar? --Siempre--replic Magdalena. Libre de la preocupacin que desde haca tres semanas la tena encadenada a la cabecera del lecho de Julia, no pareca sino que Magdalena hubiera perdido la razn. Se apoder de ella un aturdimiento que la torn extraordinaria y positivamente loca de imprevisin, de exaltacin y de atrevimiento. Reconoc aquella mirada que en el teatro me advirti que estbamos en peligro; y llevndolo todo hasta el extremo, pedazo a pedazo me arroj, por decir as, su corazn a la cabeza, como haba hecho aquella noche con su ramillete. Pasamos tres das dando paseos y haciendo expediciones temerarias; tres das de inaudita felicidad, s tal puede llamarse a un sentimiento rabioso de destruccin de su reposo, especie de luna de miel descarada y desesperada, sin ejemplo, ni por las emociones ni por los arrepentimientos y que a nada se parece como no sea a esas horas de copiosas y fnebres satisfacciones durante las cuales todo se permite a los sentenciados a morir al otro da. El tercer da, a pesar de mi resistencia, me exigi que montara uno de los caballos de su marido. --Me acompaar usted--me dijo;--tengo necesidad de ir de prisa y de ponerme lejos. Corri a vestirse; mand ensillar un caballo que el seor De Nivres haba amaestrado para ella y como si tratara de hacerse raptar delante de sus criados, en pleno da, partamos, dijo. Apenas llegamos al bosque puso su caballo al galope. Yo hice como ella y la segu. Cuando advirti que le iba a los alcances aceler la marcha, fustig a su caballo y sin motivo lo lanz a escape. Tom el mismo aire que ella y cuando ya la alcanzaba, hizo un nuevo esfuerzo que me dej atrs. Aquella persecucin irritante, desenfrenada, me puso fuera de m. Montaba ella un animal muy ligero y lo manejaba de modo que decuplaba su velocidad. Apenas sentada, levantado todo el cuerpo para disminuir an ms el peso, sin un grito, sin un gesto, corra locamente como llevada por un pjaro. A mi vez haca yo galopar a mi caballo a todo escape, inmvil, secos los labios con la fijeza maquinal de un _jockey_ en una carrera a fondo. Segua ella por en medio de un sendero estrecho un poco cerrado, por los bordes, de suerte que no caban dos caballos de frente a menos que uno no se ladeara. Vindola obstinada en cerrarme el paso, trep sobre el bosque y la acompa algn tiempo as con riesgo constante de romperme la cabeza contra los rboles, y llegado el momento oportuno de cerrarle el paso, franque de un salto el declive y cayendo en lo hondo del camino detuve mi caballo y lo cuarte. Hubo, pues, de parar en seco a dos pasos de m y los dos caballos, jadeantes, cubiertos de espuma se encabritaron como si hubieran tenido el sentimiento de que sus jinetes queran pelear. Creo en verdad que Magdalena y yo nos miramos con clera, a tal punto aquel juego extravagante mezclaba la excitacin y el reto respecto de otros sentimientos intraducibles. Se qued delante de m, el ltigo con mango de concha entre los dientes, lvidas las mejillas, los ojos inyectados, salpicndome de sangrientos resplandores; luego dej or una o dos carcajadas convulsivas que me helaron. Su caballo volvi a partir a escape tendido. Lo menos durante un minuto, como Bernardo de Mauprat atrado por los pasos de Edma, la mir huir bajo las verdes ramas de encinas, el velo al viento, su larga amazona oscura ondulante con la sobrenatural agilidad de un diablillo negro. Cuando hubo alcanzado la extremidad del sendero y ya no la vea ms que como un punto sobre el fondo rojizo del bosque volv a lanzar mi caballo a escape exhalando, a mi pesar, un grito de desesperacin. Llegado al lugar preciso en donde la haba visto desaparecer, la encontr en el cruce de dos caminos, parada, anhelante, esperndome con la sonrisa en los labios. --Magdalena--le dije, precipitndome hacia ella y agarrndola por un brazo.--Cese usted en este juego cruel, detngase usted o me hago matar. Slo me contest con una mirada directa que me hizo subir el rubor a la cara y tom ms despacio por el camino del castillo. Regresamos al paso, sin cruzar una sola palabra, nuestros caballos emparejados, restregndose las quijadas y cubrindose recprocamente de espuma. Ech pie a tierra en la verja, atraves a pie el patio fustigando la arena del suelo con el ltigo, subi en derechura a su cuarto y no reapareci hasta la noche. A las ocho nos trajeron la correspondencia. Haba una carta del seor De Nivres. Magdalena al romper el sobre cambi de color. --El seor De Nivres est bueno. No volver hasta el mes prximo--dijo. Luego se quej de mucho cansancio y se retir. No fue aquella noche como las precedentes. La pas levantado y sin sueo. La carta del seor De Nivres, aunque insignificante, intervena entre nosotros como una reivindicacin de mil cosas olvidadas. Aunque slo hubiera escrito esta frase: Estoy vivo, la advertencia no hubiera sido ms clara. Resolv marcharme de Nivres al otro da, absolutamente como haba resuelto ir, sin ms reflexin ni ms clculo. A media noche aun haba luz en el cuarto de Magdalena. Un grupo de arces plantados cerca del castillo enfrente de las ventanas de su habitacin reciba un reflejo rojizo que todas las noches me indicaba la hora en que ella terminaba la vigilia. Con frecuencia era muy tarde. Una hora despus de la media noche aun se perciba aquel resplandor. Me puse un calzado ligero y baj la escalera a tientas. As fui hasta la puerta del departamento de Magdalena situado a la parte opuesta del de Julia a la extremidad de un interminable corredor. En ausencia de su marido una sola doncella de servicio dorma cerca de ella. Escuch, dos o tres veces me pareci or el rumor seco de la tosecilla nerviosa que le era habitual a Magdalena, en momentos de despecho o de viva contrariedad. Apoy la mano en la cerradura: estaba puesta la llave. Me alej, volv, torn a alejarme. El corazn me lata hasta romperse, estaba como embrutecido y temblaba de pies a cabeza. Vagu por el corredor en completa oscuridad; luego me qued como clavado en un sitio sin ninguna idea de lo que iba a hacer. El mismo sobresalto que un buen da, al influjo de vivsima alarma, me haba empujado maquinalmente hacia Nivres y me haba hecho caer all como un accidente, puede ser como una catstrofe, me haca vagar, en medio de la noche, por aquella casa confiada y dormida, me conduca a la alcoba de Magdalena y a ella llegaba como un sonmbulo. Era yo un desventurado en el colmo del sacrificio, enceguecido por el deseo, ni mejor ni peor que mis semejantes? era un malvado? Esta cuestin capital me trabajaba la mente, pero sin determinar en ella la ms leve decisin precisa que se pareciese ni a la honradez, ni al proyecto formal de cometer una infamia. Lo nico acerca de lo cual no tena duda--y sin embargo permaneca indeciso,--era que una cada matara a Magdalena y que estaba fuera de toda posible discusin, el que yo no le sobrevivira ni una hora. No sabr decir a usted qu fue lo que me salv. Me encontr en el parque sin saber ni por qu ni cmo all haba ido. En comparacin con la oscuridad de los corredores, al aire libre se vea claro por ms que me parece no haba luna ni estrellas. La masa compacta de rboles formaba como encrespadas sierras largas y negras al pie de las cuales se distinguan las sinuosidades de los paseos blanquecinos. Caminaba al azar costeando los estanques. Los pjaros se despertaban y revoloteaban en la espesura. Mucho despus una sensacin de fro interno me volvi un poco en m. Volv a entrar, cerr las puertas con la destreza de un sonmbulo o de un ladrn y vestido como estaba me dej caer sobre mi lecho. Al amanecer estaba levantado acordndome apenas de la pesadilla que me haba hecho errar toda la noche dicindome: Hoy partir. Y de ese propsito inform a Magdalena tan luego como la vi. --Como usted quiera--me contest. Estaba horriblemente quebrantada y era presa de una agitacin de cuerpo y de alma que me haca dao. --Vamos a ver a nuestros enfermos--me dijo un poco despus de medioda. La acompa y fuimos al pueblo. El nio que Julia cuidaba y que haba, por decir as, adoptado, haba muerto el da antes por la noche. Magdalena se hizo conducir cerca del atad que contena el pequeo cadver y quiso besarlo; al regresar llor abundantemente y repiti la frase _mi hijo_ con dolor tan agudo que me dio a conocer hasta muy lejos el alcance de una pena que roa su existencia y de la cual estaba implacablemente celoso. Muy temprano me desped de Julia y dirig al seor D'Orsel palabras de agradecimiento que procur decir con la mayor serenidad posible. Despus, no sabiendo en qu ocupar el da y no teniendo inters, por decir as, en el empleo de una vida que senta desprenderse de m minuto a minuto, fui a ponerme de codos en la balaustrada que caa sobre los fosos y all permanec no s cunto tiempo. No saba en donde estaba Magdalena. De cuando en cuando me pareca or su voz en los corredores o verla pasar de un patio a otro, vagando tambin ella, sin ms objeto que moverse. Haba en la base de una de las torrecillas a la manera de una covacha medio obstruida que en otros tiempos serva de puerta de escape. El puente que la una a los paseos del parque estaba destruido. No quedaban de l ms que tres pilastras, en parte sumergidas, que el agua cenagosa del foso ensuciaba de residuos espumosos. No s qu idea me vino de esconderme all por el resto del da. Pas del uno al otro pilar y me escond en aquel recinto ruinoso, los pies tocando la corriente en la semioscuridad lgubre del vasto y profundo foso por donde corran las aguas del lavadero. Dos o tres veces vi a Magdalena que sala y marchaba hacia las alamedas como quien busca a alguien. Desapareci y volvi otra vez, vacil entre tres o cuatro caminos que conducan del parterre a los confines del parque y al fin tom por uno de ellos, cubierto de olmos, que terminaba en los estanques. De un salto pas de una a otra orilla y la segu. Iba de prisa, su sombrero de campo mal asegurado sobre las orejas, envuelta en un amplio _cachemira_ que cea al cuerpo como si tuviera mucho fro. Volvi la cabeza al advertir que me acercaba, de pronto se volvi, desanduvo lo andado, pas junto a m sin mirarme, gan la escalinata del parterre y subi. La alcanc cuando llegaba a la puerta del saloncito que le serva de tocador en el cual acostumbraba pasar el da. --Aydeme usted a plegar mi chal--me dijo. Tena el alma y los ojos en otra parte. La ancha tela multicolor estaba entre nosotros plegada en el sentido de su longitud y ya no formaba ms que una banda estrecha de la cual cada uno sostenamos un extremo. Sea por torpeza o por desfallecimiento, la prenda se escap de las manos de Magdalena. Dio un paso, se tambale primero hacia atrs, luego hacia adelante y cay en mis brazos desvanecida. La agarr, la sostuve algunos segundos as, pegada contra mi pecho, la cabeza vuelta, los ojos cerrados, los labios fros, medio muerta y enajenada al influjo de mis besos. De pronto una terrible contraccin la estremeci, abri los ojos, se enderez sobre la punta de los pies para llegar a mi altura y arrojndose a mi cuello con toda su fuerza fue ella a su vez la que me bes. La agarr de nuevo, la reduje a defenderse como una presa que se debate contra un abrazo desesperado. Tuvo la nocin de que estbamos perdidos y lanz un grito. Vergenza me da el decirlo: aquel grito de verdadera agona despert en m el slo instinto que me quedaba de hombre: la piedad. Comprend que la mataba; no distingua bien si se trataba de su honor o de su vida. No tengo por qu vanagloriarme de un acto de generosidad que fue casi involuntario, tan poca parte le correspondi en l a la verdadera conciencia humana. Solt la presa como una bestia que ha dejado de morder. La querida vctima hizo un supremo esfuerzo. Era trabajo intil: yo no la tena ya. Entonces con un extravo que me ha hecho estimar lo que es el remordimiento de una mujer honrada, con un espanto que me habra probado, si hubiera estado en situacin de reflexionar, a qu grado de relajamiento me vea ella reducido, como si instintivamente hubiera comprendido que ya no haba para nosotros ni discernimiento del deber, ni consideraciones, ni respeto, que aquella conmiseracin de puro instinto era slo un accidente que poda desmentirse, con un gesto que me espant, que aun envuelve estos viejos recuerdos en un mundo de terrores y de vergenza, Magdalena se dirigi rpidamente hacia la puerta andando de espaldas sin apartar de m los ojos, como se procede con un malhechor, gan el pasillo y una vez en l se volvi y ech a correr. Yo tena perdido el conocimiento aunque me mantena de pie. Como pude me arrastr hasta mi habitacin; slo tena un afn, que no me encontraran desmayado en la escalera. Llegado que hube delante de mi puerta, aun antes de poder abrirla, ya no me fue posible sostenerme ms. Maquinalmente me asegur de que nadie haba en el corredor. El ltimo sentimiento que aun conserv un instante fue el de que Magdalena estaba en salvo, y me desplom sobre el suelo. All mismo me recobr una o dos horas despus, ya de noche, con el recuerdo incoherente de una escena espantosa. La campana anunciaba que la comida estaba pronta y hube de bajar. Me mova, tena las piernas libres, pero me pareca como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Gracias a aquella parlisis, muy real, experimentaba una sensacin general de gran dolor, pero no pensaba en ello. El primer espejo al cual me mir, me puso de manifiesto la faz extraamente demudada de un fantasma, algo parecido a m que apenas poda reconocer. Magdalena no acudi al comedor y me era casi indiferente que estuviera en l o en otra parte. Julia, cansada, apesadumbrada o inquieta por su hermana, y muy probablemente llena de sospechas, porque tratndose de aquella singular nia clarividente y reservada todas las suposiciones eran permitidas. Julia no deba tampoco reunirse con nosotros en el saln. Pas, pues, solo con el seor D'Orsel, casi la mitad de la velada; estaba inerte, insensible, y como si se me hubiera helado la sangre; tan poco sentido me quedaba para reflexionar y tan exhausto de fuerzas estaba para moverme. Eran cerca de las diez cuando entr Magdalena, cambiada hasta dar miedo, desconocida, con el aspecto de un convaleciente a quien la muerte ha tocado de cerca. --Padre mo--dijo con acento de inflexible audacia.--Necesito estar sola un momento con el seor de Bray. El seor D'Orsel se levant sin vacilar, bes fraternalmente a su hija y sali. --Usted partir maana?--me dijo, permaneciendo de pie como yo estaba tambin. --S--le contest. --Y no volveremos a vernos ms! Nada repliqu. --Jams--continu,--lo entiende usted? jams. He puesto entre nosotros el nico obstculo que puede separarnos sin idea de retorno. Me arroj a sus pies, la tom las manos sin que resistiera, sollozando. Tuvo un momento de debilidad que le cort la palabra, retir las manos y me las volvi a dar tan pronto como hubo recobrado su firmeza. --Yo har todo lo posible por olvidarle. Usted olvdeme. Eso le ser ms fcil todava. Csese, ms adelante, cuando usted quiera. No imagine que su esposa pueda tener celos de m, porque cuando eso pudiera suceder yo estar muerta o ser feliz--concluy, con un estremecimiento que en poco estuvo no la hiciera caer.--Adis. Yo estaba de rodillas, los brazos extendidos, esperando una frase ms dulce que ella no pronunciaba. Una postrera reaccin de debilidad o de lstima se la arranc. --Mi pobre amigo! Era fatal llegar a esto. Si supiera usted cunto le amo! No se lo habra dicho a usted ayer: hoy puedo confesarlo puesto que es la palabra prohibida que nos separa. Ella, extenuada poco haca, haba hallado por milagro no s yo qu recurso de virtud que le prestaba fuerza suficiente. Yo no tena ninguna. Me parece que an aadi dos o tres palabras que no entend; luego se alej dulcemente como una visin que se desvanece y no la volv a ver, ni aquella noche, ni al siguiente da, ni nunca ms. Part al romper el da sin ver a nadie. Evit atravesar Pars y me hice llevar directamente a la casa que en un extremo suburbio habitaba Agustn. Era domingo y le hall con su familia. Al primer golpe de vista comprendi que me haba sucedido alguna desgracia. Supuso que haba muerto Magdalena porque en su perfecta honradez de hombre y de marido, no conceba mayor desventura. Cuando le refer el verdadero accidente que me reduca a una de esas situaciones que no se confiesan nunca, me dijo: --Desconozco esa clase de penas, pero le compadezco con toda el alma. Y nunca he dudado que me compadeci desde el fondo del corazn, a poco que razonara sobre los peores desastres que poda presumir en el porvenir incierto de su propia vida. Trabajaba cuando le sorprend. Su mujer estaba cerca de l y tena en el regazo un niito de seis meses que les haba nacido durante mi destierro. Eran dichosos. Su situacin prosperaba: pude advertirlo en diversas seales de relativa opulencia. La noche fue espantosa: una tempestad de fin de otoo dur sin interrupcin desde la tarde hasta despus del amanecer. En el montono arrullo de aquel constante y largo rumor del viento y de la lluvia, no hice ms que pensar en el tumulto que produciran en torno a la alcoba y al sueo de Magdalena, si es que dorma. Mi fuerza de reflexin no iba ms all de esa sensacin pueril y puramente fsica. Disipada la tempestad, Agustn me oblig a salir desde por la maana. Poda disponer de una hora antes de volverse a Pars. Me llev al bosque, devastado por el viento de la noche; el agua corra an por los senderos anegados y arrastraba las ltimas hojas del ao. Caminamos as largo rato antes de que yo pudiera recoger la sombra de una idea lcida entre las determinaciones urgentes que me haban conducido a casa de Agustn. Me acord al fin de que tena que despedirme de l. Al principio crey que se trataba de una resolucin desesperada nacida del insomnio, que no resistira a la accin de prudentes consideraciones; pero; cuando se convenci de que mi determinacin databa de ms lejos, que era el resultado de reflexiones sin rplica y que la llevara a cabo ms tarde o ms temprano, ya no discuti ni la opinin que de m mismo tena yo formada, ni el juicio que haba formado respecto de mi poca y me dijo sencillamente: --Pienso y razono sobre poco ms o menos como usted. Me reconozco poca cosa aunque no me considero muy inferior a la mayora de las gentes; pero no tengo el derecho que usted tiene de ser consecuente hasta lo extremo. Usted deserta modestamente; yo me quedo, no por fanfarronera sino por necesidad y antes que eso por deber. --Estoy muy cansado y de todos modos necesito reposo. Nos separamos en Pars dicindonos hasta la vista como se hace por lo general cuando costara mucho esfuerzo pronunciar un adis definitivo, pero sin prever ni el lugar ni el tiempo en que podramos encontrarnos otra vez. Yo tena pocos asuntos que arreglar y de ellos se encarg mi criado. Fui tan slo a despedirme de Oliverio. Se preparaba a abandonar Francia. No me interrog acerca de mi permanencia en Nivres: con slo verme haba adivinado que todo estaba concluido. No haba motivo para hablarle de Julia; l no tena por qu decirme nada respecto a Magdalena. Los lazos que nos haban unido por espacio de ms de diez aos acababan de romperse a la vez, a lo menos para largo tiempo. --Trata de ser feliz--me dijo, como si no contara con eso ni para m ni para l. Tres das despus de mi partida de Nivres estaba en Ormessn. Pas la noche cerca de la seora de Ceyssac, para la cual mi regreso puso en claro muchas cosas, y me dio a entender que haba lamentado mis errores frecuentemente con la tierna lstima de mujer piadosa y casi madre. Al otro da, sin tomarme una hora de verdadero descanso en aquella deplorable carrera que me conduca a la yacija como animal herido que se desangra y no quiere desfallecer en medio del camino; al otro da por la tarde, casi entrada la noche, llegu a Villanueva. Me ape prximo ya a la aldea: el coche sigui por la carretera y yo tom un camino de travesa que me condujo a mi casa por las marismas. Haca cuatro das y cuatro noches que un dolor fijo refrenaba mi corazn y me tena los ojos tan secos como si jams hubiera llorado. Al dar el primer paso en el camino de Trembles tuve como un recrudecimiento de recuerdos que hizo ms acerbo aquel dolor, pero menos tirante. Haca mucho fro. La tierra estaba dura, la noche casi haba cerrado, de modo que la lnea de las costas y el mar formaban un solo horizonte compacto y casi negro. Un postrer residuo de luz rojiza se extingua poco a poco y palideca de minuto en minuto. A lo lejos, cerca de la escarpa, pas un carromato; percibase el traqueteo y el chirrido de las ruedas sobre el suelo congelado. El agua de las marismas estaba helada; slo en algunos sitios, anchos charcos de agua dulce que no se haba helado todava, continuaban movindose suavemente y permanecan blanquecinos. Dio las seis el reloj de la iglesia de Villanueva. Tan profundos eran ya el silencio y la oscuridad, que pareca la media noche. Caminaba por encima de los caballones de la tierra anegada y no s por qu me vino a la memoria que otro tiempo en aquellos sitios mismos y en noches semejantes haba cazado patos. Oa por encima de mi cabeza el rpido susurro que producen esas aves volando muy de prisa. Vi un fogonazo y la explosin de un disparo me detuvo. Un cazador sali de su escondite, baj hacia la marisma y o el chapotear de sus pies en el agua; otro le habl. En aquel cambio de palabras breves y pronunciadas en voz baja, pero que la noche haca muy claras, distingu un timbre de voz que me impresion. --Andrs!--grit. Hubo un momento de silencio. --Andrs!--grit de nuevo. --Qu?--me replic el cazador. Y ya no pude dudar. Andrs dio algunos pasos hacia donde yo estaba. Le vea apenas aunque sobrepasaba casi con todo su cuerpo la oscura barranca. Avanzaba lentamente, casi a tientas, por aquel camino hollado por las patas de los animales, repitiendo: Quin est ah? Quin me llama? con creciente emocin y como si cada momento vacilara menos para reconocer al que le llamaba cuando le crea tan lejos. --Andrs!--le dije por tercera vez cuando ya no le quedaba dar ms que dos o tres pasos. --Cmo? Qu?... Ah, seor, seor Domingo!--dijo dejando caer su escopeta. --S, soy yo, yo mismo, mi viejo Andrs. Me arroj en brazos de mi viejo servidor. Al fin de tanta compresin mi corazn, por s mismo, estall v se dilat libremente en sollozos. XVIII Domingo haba terminado su relato. Se detuvo despus de estas ltimas palabras, pronunciadas con la precipitacin de un hombre que se apresura, y aquella expresin de pudor entristecido que sigue generalmente a las expansiones demasiado ntimas. Lo que semejantes confidencias debieron costarle a una conciencia sombra y por tan largo tiempo cerrada, adivinbalo yo y se lo agradeca con un ademn conmovido al cual slo responda l con una inclinacin de cabeza. Haba abierto la carta de Oliverio cuya fnebre despedida presida, por decir as, a esta relacin y estaba de pie, los ojos vueltos a la ventana en la cual se encuadraba un tranquilo horizonte de llanura y de aguas. Permaneci as algn tiempo guardando embarazoso silencio que no quise romper. Estaba plido, su fisonoma ligeramente alterada por el cansancio o rejuvenecida por los resplandores apasionados de otra poca, recobraba poco a poco su edad, su expresin peculiar y su aspecto de gran serenidad. El da avanzaba a medida que la paz de los recuerdos se estableca tambin en su rostro. Las sombras iban invadiendo el interior polvoriento y ahogado de la pequea habitacin en donde se terminaba aquella larga serie de evocaciones de las cuales ms de una haba sido dolorosa. De las inscripciones de la pared ya no se distingua casi nada. La imagen interior lo mismo que la anterior palidecan al mismo tiempo como si todo aquel pasado resucitado por casualidad volviese a entrar en el mismo instante y para no volver a salir, en el vago desvanecimiento de la noche y del olvido. Las voces de los labradores que pasaban a lo largo de las paredes del parque nos sacaron a los dos de un apuro real, la duda de callar o reanudar una conversacin truncada. --He aqu la hora de bajar--dijo Domingo, y le segu hasta la granja en la cual todas las tardes a aquella misma hora tena cuidados de vigilancia que llenar. Los bueyes volvan del trabajo y aqul era el momento en que la granja se animaba. Uncidos por dos o tres parejas, porque a causa de la pesadez de las tierras mojadas se haca necesario triplicar las yuntas, llegaban arrastrando el timn del arado, el hocico hinchado y hmedo, los cuernos bajos, las fauces agitadas, con barro hasta en el vientre. Los animales de reserva que no haban trabajado aquel da, mugan en los establos esperando la llegada de sus activos compaeros. Ms all el rebao de ovejas, ya encerrado, se remova en el corral, los caballos piafaban y relinchaban al sentir que el forraje caa en las escalerillas por encima de los pesebres. Los trabajadores se alinearon junto al amo, las cabezas descubiertas y con aspecto cansado. Domingo inquiri minuciosamente si algunos instrumentos de labranza de nueva aplicacin haban dado los resultados que se esperaba; despus dio sus rdenes para el da siguiente; las multiplic, sobre todo, con referencia a las semillas, y comprend que no todo el grano cuya distribucin sealaba, estaba destinado a sus propios campos: haba mucho perdido, adelantos que haca o limosnas. Tomadas estas precauciones, me llev a la terraza. El tiempo haba aclarado. La alternativa de sol y lluvia y la temperatura notablemente dulce, aunque habamos pasado ya la mitad del mes de noviembre, eran muy apropiadas para alegrar los espritus vinculados al campo por todo gnero de intereses. La jornada, muy nebulosa al medioda, terminaba en una tarde de oro. Los nios jugaban en el parque mientras la seora de Bray iba y vena por el paseo que conduca al bosque vigilndolos de cerca. Se perseguan a travs de las espesuras, con gritos que imitaban los de quimricos animales y los ms a propsito para asustarlos. Los mirlos, esos pjaros que se hacen or los ltimos en aquella hora avanzada les contestaban con sus silbidos extraos y entrecortados, semejantes a ruidosas carcajadas. Un resto de luz solar alumbraba dbilmente el largo emparrado; los pmpanos ya muy ralos dibujaban sobre el cielo muy plido multitud de recortes agudos y algunos ratones de campo que merodeaban con grandes precauciones a lo largo de los tirantes del emparrado, desgranaban los pocos racimos de uva marchita que haban quedado olvidados por los recolectores. Aquel tranquilo declinar de un da nebuloso, precursor de otros ms serenos, la seguridad del cielo que se despejaba y se embelleca, aquella alegra de los nios para animar el parque ya casi despojado de hojas y de verdor, una madre confiada y feliz sirviendo de vnculo de unin del padre con los hijos, este ltimo grave, llena la mente de pensamientos, confortado, recorriendo a paso lento la rica y fecunda alameda cubierta de parra, aquella abundancia en medio de aquella paz, aquel colmo del deber en la felicidad, todo, en fin, lo que estaba en torno de nosotros constitua, despus de nuestra conversacin, un desenlace tan noble, tan legtimo, tan evidente, que conmovido le tom el brazo a Domingo y se lo apret an ms afectuosamente que de costumbre. --S--me dijo,--amigo mo. He llegado. Pero usted sabe a qu precio y con cunta seguridad, lo est usted viendo. Haba en su mente un movimiento de ideas que continuaba; y como si hubiese querido explicarse ms claramente con respecto a las resoluciones, que por otra parte de por s se manifestaban, continu, lentamente y con un tono completamente distinto: --Muchos aos han transcurrido desde el da que volv a mi rincn. Si alguien no ha olvidado los sucesos que le he relatado, nadie por lo menos los recuerda. El silencio que el alejamiento y el tiempo han acarreado imponindolo para siempre, entre ciertas personas de esta historia, les ha permitido considerarse mutuamente perdonados, rehabilitados y felices. Oliverio es el nico, quiero suponerlo, que se ha obstinado hasta ltima hora en sus sistemas y en sus preocupaciones. Haba sealado, ya lo recordar usted, el enemigo mortal a quien tema ms que a ningn otro: puede decirse que ha sucumbido en un duelo con el fastidio. --Y Agustn-?--le pregunt. --Es el solo sobreviviente de mis mejores amigos. Est al final de su carrera. Ha llegado en lnea recta como rudo andarn al trmino de un largo y difcil viaje. No es un grande hombre, es una gran voluntad. Es hoy punto de mira y ejemplo de muchos contemporneos y es cosa rara una tal honradez, llegando bastante alto para dar a la buena gente ganas de imitarle. En cuanto a m--continu Domingo, he seguido, demasiado tarde, con menos mrito, menos valor, pero con igual fortuna, el ejemplo que ese corazn slido me haba dado casi en el comienzo de su vida. Haba comenzado por el reposo en las afecciones, sin turbulencias y ha terminado lo mismo que empez. Pero llevo yo en mi nueva existencia un sentimiento que l nunca ha conocido: el de expiar una antigua vida ciertamente nociva y rescatarme de errores de los cuales me considero an hoy responsable, porque entiendo que, entre todas las mujeres igualmente respetables, hay una solidaridad instintiva, de derechos, de honor y de virtudes. Por lo que mira a la resolucin de retirarme del mundo jams me he arrepentido de ella. Un hombre que emprende la retirada antes de los treinta aos y en ella persiste, atestigua con bastante franqueza que no haba nacido para la vida pblica ni para las pasiones. No creo, sin embargo, que la vida de actividad reducida que llevo, sea un mal punto de vista para juzgar a los hombres en movimiento. Advierto que el tiempo ha hecho justicia, en provecho de mis opiniones, respecto de muchas apariencias que antes hubieran podido causarme la sombra de una duda y como he verificado la mayor parte de mis suposiciones, es as mismo posible que tambin hubiese confirmado algunas de mis amarguras. Recuerdo haber sido severo para los dems a una edad en que consideraba que deba serlo mucho para conmigo mismo. Cada generacin, ms incierta, que sigue a generaciones ya fatigadas, cada gran talento que muere sin descendencia, son seales en que se reconoce, dicen, un rebajamiento en la temperatura moral de un pas. He odo decir que no hay grandes esperanzas que fundar sobre una poca en que las ambiciones tienen tantos mviles y tan pocas excusas, en que se toma comnmente lo vitalicio por durable, en que todo el mundo se queja de la rareza de las obras, en que nadie osa confesar la rareza de los hombres... --Y si la cosa fuera verdad?--le dije. --Estara dispuesto a creerla, pero nada digo sobre ese punto como sobre otros muchos. No corresponde a un desertor decirles fuera! a los innumerables valientes que luchan all mismo en donde l no supo mantenerse. Por otra parte, se trata de m, de m solo, y para acabar con el principal personaje de este cuento, le dir a usted que mi vida comienza. Nunca es demasiado tarde, porque si una obra cuesta largo tiempo hacerla, un buen ejemplo se da muy pronto. Tengo la aficin y la ciencia de la tierra, escaso amor propio que le ruego me perdone. Fertilizar mis campos mejor que supe hacerlo con mi espritu, con menos costo, menos angustias, y ms utilidad para el mayor provecho de todos los que me rodean. A punto he estado de mezclar la inevitable prosa de todas las naturalezas inferiores con producciones que no admitan ningn elemento vulgar. Hoy, muy felizmente para los placeres de mi espritu, que no est gastado, me ser permitido introducir alguna semilla de imaginacin en esta buena prosa de la agricultura y... Buscaba una palabra que expresara modestamente el espritu de su nueva misin. --Y de la beneficencia?--le dije. --Sea, acepto la palabra para la seora de Bray, porque eso le corresponde exclusivamente. En aquel momento la seora de Bray llegaba acompaada de los nios sofocados, empapados de sudor. Hubo un instante de completo silencio durante el cual, como al final de una sinfona que expira en un sin fin de pequeos acordes, no se oa ms que el cuchicheo de los mirlos que charlaban mucho, pero ya no rean. Pocos das despus de aquella conversacin que me haba hecho penetrar hasta la intimidad de un espritu en el cual era la originalidad ms real haber seguido estrictamente la antigua mxima de conocerse a s mismo, una silla de posta se detuvo en el patio de Trembles. Apeose de ella un hombre de cabello escaso, gris y cortado al rape, pequeo, nervioso con todo el exterior, la fisonoma, la madurez y la previsin de un hombre poco ordinario y preocupado de asuntos graves hasta en viaje. Perfectamente vestido, por otra parte, su aspecto revelaba costumbres elevadas de situacin, de mundo y de rango. Examin severamente lo que se vea del castillo, el emparrado, un rincn del parque, alz los ojos hasta las torrecillas y se volvi para contemplar las pequeas ventanas del antiguo departamento de Domingo. Domingo lleg a la terraza: se reconocieron. --Ah, qu sorpresa, mi amigo tan querido!--dijo Domingo avanzando hacia el visitante, las dos manos cordialmente abiertas. --Buenos das, de Bray--dijo ste con el acento puro y franco de un hombre a quien la verdad parece haber refrescado los labios toda la vida. Era Agustn. FIN License: Share Alike