Produced by Chuck Greif Cdiz Benito Prez Galds 1878 I En una maana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla, donde estaba de guarnicin, para ir a Cdiz, obedeciendo a un aviso tan discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El da era hermoso, claro y alegre cual de Andaluca, y recorr con otros compaeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban, el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de estar separado de Cdiz; examinamos al paso las obras admirables de Torregorda, la Cortadura y Puntales, charlamos con los frailes y personas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobre si se perciban claramente o no las posiciones de los franceses al otro lado de la baha; echamos unas caas en el fign de Poenco, junto a la Puerta de Tierra, y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan de Dios, para marchar cada cual a su destino. Repito que era en Febrero, y aunque no puedo precisar el da, s afirmo que corran los principios de dicho mes, pues an estaba calentita la famosa respuesta: La ciudad de Cdiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al seor D. Femando VII. 6 de Febrero de 1810. Cuando llegu a la calle de la Vernica, y a la casa de doa Flora, esta me dijo: --Cun impaciente est la seora condesa, caballerito, y cmo se conoce que se ha distrado usted mirando a las majas que van a alborotar a casa del seor Poenco en Puerta de Tierra! --Seora--le respond--juro a usted que fuera de Pepa Hgados, la Churriana, y Mara de las Nieves, la de Sevilla, no haba moza alguna en casa de Poenco. Tambin pongo a Dios por testigo de que no nos detuvimos ms que una hora y esto porque no nos llamaran descorteses y malos caballeros. --Me gusta la frescura con que lo dice--exclam con enfado doa Flora--. Caballerito, la condesa y yo estamos muy incomodadas con usted, s seor. Desde el mes pasado en que mi amiga acert a recoger en el Puerto esta oveja descarriada, no ha venido usted a visitarnos ms que dos o tres veces, prefiriendo en sus horas de vagar y esparcimiento la compaa de soldados y mozas alegres, al trato de personas graves y delicadas que tan necesario es a un jovenzuelo sin experiencia. Qu sera de ti--aadi reblandecida de improviso y en tono de confianza--, tierna criatura lanzada en tan temprana edad a los torbellinos del mundo, si nosotras, compadecidas de tu orfandad, no te agasajramos y cuidramos, fortalecindote a la vez el cuerpecito con sanos y gustosos platos, el alma con sabios consejos! Desgraciado nio... Vaya se acabaron los regaos, picarillo. Ests perdonado; desde hoy se acab el mirar a esas desvergonzadas muchachuelas que van a casa de Poenco y comprenders todo lo que vale un trato honesto y circunspecto con personas de peso y suposicin. Vamos, dime lo que quieres almorzar. Te quedars aqu hasta maana? Tienes alguna herida, contusin o rasguo, para currtelo en seguida? Si quieres dormir, ya sabes que junto a mi cuarto hay una alcobita muy linda. Diciendo esto, doa Flora desarrollaba ante mis ojos en toda su magnificencia y extensin el panorama de gestos, guios, saladas muecas, graciosos mohnes, arqueos de ceja, repulgos de labios y dems signos del lenguaje mudo que en su arrebolado y con cien menjurjes albardado rostro serva para dar mayor fuerza a la palabra. Luego que le di mis excusas, dichas mitad en serio mitad en broma, comenz a dictar rdenes severas para la obra de mi almuerzo, atronando la casa, y a este punto sali conteniendo la risa la seora condesa que haba odo la anterior retahla. --Tiene razn--me dijo despus que nos saludamos--; el Sr. D. Gabriel es un chiquilicuatro sin fundamento, y mi amiga hara muy bien en ponerle una calza al pie. Qu es eso de mirar a las chicas bonitas? Hase visto mayor desvergenza? Un barbilindo que debiera estar en la escuela o cosido a las faldas de alguna persona sentada y de libras que fuera un almacn de buenos consejos... cmo se entiende? Doa Flora, sintele usted la mano, dirija su corazn por el camino de los sentimientos circunspectos y solemnes, e infndale el respeto que todo caballero debe tener a los venerandos monumentos de la antigedad. Mientras esto deca, doa Flora haba trado luengas piezas de damasco amarillo y rojo y ayudada de su doncella empez a cortar unas como dalmticas o jubones a la antigua, que luego ribeteaban con galn de plata. Como era tan presumida y extravagante en su vestir, cre que doa Flora preparaba para su propio cuerpo aquellas vestimentas; pero luego conoc, viendo su gran nmero, que eran prendas de comparsa de teatro, cabalgata o cosa de este jaez. --Qu holgazana est usted, seora condesa!--dijo doa Flora--, y cmo teniendo tan buena mano para la aguja no me ayuda a hilvanar estos uniformes para la Cruzada del Obispado de Cdiz, que va a ser el terror de la Francia y del Rey Jos? --Yo no trabajo en mojigangas, amiguita--repuso mi antigua ama--y de picarme las manos con la aguja, prefiero ocuparme, como me ocupo, en la ropa de esos pobrecitos soldados que han venido con Alburquerque de Extremadura, tan destrozados y astrosos que da lstima verlos. Estos y otros como estos, amiga doa Flora, echarn a los franceses, si es que les echan, que no los monigotes de la Cruzada, con su D. Pedro del Congosto a la cabeza, el ms loco entre todos los locos de esta tierra, con perdn sea dicho de la que es su tiernsima Filis. --Niita ma, no diga usted tales cosas delante de este joven sin experiencia--indic con mal disimulada satisfaccin doa Flora--; pues podra creer que el ilustre jefe de la Cruzada, para quien doy estos puntos y comas, ha tenido conmigo ms relaciones que la de una aficin pursima y jams manchadas con nada de aquello que D. Quijote llamaba incitativo melindre. Conociome el Sr. D. Pedro en Vejer en casa de mi primo D. Alonso y desde entonces se prend de m de tal modo, que no ha vuelto a encontrar en toda la Andaluca mujer que le interesara. Ha sido desde entonces ac su devocin para m cada vez ms fina, espiritada y sublime, en tales trminos que jams me lo ha manifestado sino en palabras respetuossimas, temiendo ofenderme; y en los aos que nos conocemos ni una sola vez me ha tocado las puntas de los dedos. Mucho ha picoteado por ah la gente suponindonos inclinados a contraer matrimonio; pero sobre que yo he aborrecido siempre todo lo que sea obra de varn, el seor D. Pedro se pone encendido como la grana cuando tal le dicen, porque ve en esas habladuras una ofensa directa a su pudor y al mo. --No es tampoco D. Pedro--dijo Amaranta riendo--con sus sesenta aos a la espalda, hombre a propsito para una mujer fresca y lozana como usted, amiga ma. Y ya que de esto se trata, aunque le parezcan irrespetuosas y tal vez impdicas mis palabras, usted debiera apresurarse a tomar estado para no dejar que se extinga tan buena casta como es la de los Gutirrez de Cisniega; y de hacerlo, debe buscar varn a propsito, no por cierto un jamelgo empedernido y seco como D. Pedro, sino un cachorro tiernecito que alegre la casa, un joven, pongo por caso, como este Gabriel, que nos est oyendo, el cual se dara por muy bien servido, si lograra llevar a sus hombros carga tan dulce como usted. Yo, que almorzaba durante este gracioso dilogo, no pude menos de manifestarme conforme en todo y por todo con las indicaciones de Amaranta; y doa Flora sirvindome con singular finura y amabilidad, habl as: --Jess, amiga, qu malas cosas ensea usted a este pobrecito nio, que tiene la suerte de no saber todava ms que la tctica de cuatro en fondo. A qu viene el levantarle los cascos con...? Gabriel, no hagas caso. Cuidado con que te desmandes, y mal instruido por esta pcara condesa, vayas ahora a deshacerte en requiebros, y desbaratarte en suspiros y fundirte en lgrimas... Los nios a la escuela. Qu cosas tiene esta Amaranta! Criatura, acaso el muchacho es de bronce?... Su suerte consiste en que da con personas de tan buena pasta como yo, que s comprender los desvaros propios de la juventud, y estoy prevenida contra los vehementes arrebatos lo mismo que contra los lazos del enemigo. Calma y sosiego, Gabriel, y esperar con paciencia la suerte que Dios destina a las criaturas. Esperar s, pero sin fogosidades, sin exaltaciones, sin locuras juveniles, pues nada sienta tan bien a un joven delicado y caballeroso, como la circunspeccin. Y si no aprende de ese Sr. D. Pedro del Congosto, aprende de l; mrate en el espejo de su respetuosidad, de su severidad, de su aplomo, de su impasible y jams turbado platonismo; observa cmo enfrena sus pasiones; como enfra el ardor de los pensamientos con la estudiada urbanidad de las palabras; cmo reconcentra en la idea su aficin y pone freno a las manos y mordaza a la lengua y cadenas al corazn que quiere saltrsele del pecho. Amaranta y yo hacamos esfuerzos por contener la risa. De pronto oyose ruido de pasos, y la doncella entr a anunciar la visita de un caballero. --Es el ingls--dijo Amaranta--. Corra usted a recibirle. --Al instante voy, amiga ma. Ver si puedo averiguar algo de lo que usted desea. Nos quedamos solos la condesa y yo por largo rato, pudiendo sin testigos hablar tranquilamente lo que ver el lector a continuacin si tiene paciencia. II --Gabriel--me dijo--, te he llamado para decirte que ayer, en una embarcacin pequea, venida de Cartagena, ha llegado a Cdiz el sin par D. Diego, conde de Rumblar, hijo de nuestra parienta, la monumental y grandiosa seora doa Mara. --Ya sospechaba--respond--que ese perdido recalara por aqu. No trae en su compaa a un majo de las Vistillas o a algn cortesano de los de la tertulia del Sr. Mano de Mortero? --No s si viene solo o trae corte. Lo que s es que su mam ha recibido mucho gusto con la inesperada aparicin del nio, y que mi ta, ya sea por mortificarme, ya porque realmente haya encontrado variacin en el joven, ha dicho ayer delante de toda la familia: Si el seor conde se porta bien y es hombre formal, obtendr nuestros parabienes y se har acreedor a la ms dulce recompensa que pueden ofrecerle dos familias deseosas de formar una sola. --Seora condesa, yo a ser usted me reira de don Diego y de las mortificaciones de cuantas marquesas impertinentes peinan canas y guardan pergaminos en el mundo. --Ah, Gabriel; eso puede decirse; pero si t comprendieras bien lo que me pasa!--exclam con pena--. Creers que se han empeado en que mi hija no me tenga amor ni cario alguno? Para conseguirlo han principiado por apartarla perpetuamente de m. Desde hace algunos das han resuelto terminantemente que no venga a las tertulias de esta casa, y tampoco me reciben a m en la suya. De este modo, mi hija concluir por no amarme. La infeliz no tiene culpa de esto, ignora que soy su madre, me ve poco, las oye a ellas con ms frecuencia que a m... Sabe Dios lo que le dirn para que me aborrezca! Di si no es esto peor que cuantos castigos pueden padecerse en el mundo; di si no tengo razn para estar muerta de celos, s, y los peores, los ms dolorosos y desesperantes que pueden desgarrar el corazn de una mujer. Al ver que personas egostas quieren arrebatarme lo que es mo, y privarme del nico consuelo de mi vida, me siento tan rabiosa, que sera capaz de acciones indignas de mi categora y de mi nombre. --No me parece la situacin de usted--le dije--ni tan triste ni tan desesperada como la ha pintado. Usted puede reclamar a su hija, llevndosela para siempre consigo. --Eso es difcil, muy difcil. No ves que aparentemente y segn la ley carezco de derechos para reclamarla y traerla a mi lado? Me han jurado una guerra a muerte. Han hecho los imposibles por desterrarme, no vacilando hasta en denunciarme como afrancesada. Hace poco, como sabes, proyectaron marcharse a Portugal sin darme noticia de ello, y si lo imped presentndome aquella noche en tu compaa, me fue preciso amenazar con un gran escndalo para obligarlas a que se detuvieran. La de Rumblar me cobr un aborrecimiento profundo, desde que supo mi oposicin a que Ins se desposase con el tunantuelo de su hijo. Mi ta con su idea del decoro de la casa y de la honra de la familia me mortifica ms que la otra con su enojo, que tiene por mvil una desmedida avaricia. Si me encontrara en Madrid, donde mis muchas relaciones me ofrecen abundantes recursos para todo, tal vez vencera estos y otros mayores obstculos; pero nos hallamos en Cdiz, en una plaza que casi est rigurosamente sitiada, donde tengo pocos amigos, mientras que mi ta y la de Rumblar, por su exagerado espaolismo cuentan con el favor de todas las personas de poder. Suponte que me obliguen a embarcarme, que me destierren, que durante mi forzada ausencia engaen a la pobre muchacha y la casen contra su voluntad; figrate que esto suceda, y... --Oh!, seora--exclam con vehemencia--eso no suceder mientras usted y yo vivamos para impedirlo. Hablemos a Ins, revelmosle lo que ya debiera saber... --Dselo t, si te atreves... --Pues no me he de atrever?... --Debo advertirte otra cosa que ignoras, Gabriel; una cosa que tal vez te cause tristeza; pero que debes saber... T crees conservar sobre ella el ascendiente que tuviste hace algn tiempo y que conservaste aun despus de haber mudado tan bruscamente de fortuna? --Seora--repuse--, no puedo concebir que haya perdido ese ascendiente. Perdneseme la vanidad. --Desgraciado muchacho!--me dijo en tono de dulce compasin--. La vida consiste en mil mudanzas dolorosas, y el que confa en la perpetuidad de los sentimientos que le halagan, es como el iluso que viendo las nubes en el horizonte, las cree montaas, hasta que un rayo de luz las desfigura o un soplo de viento las desbarata. Hace dos aos, mi hija y t erais dos nios desvalidos y abandonados. El apartamiento en que vivais y la comn desgracia, aumentando la natural inclinacin, hicieron que os amarais. Despus todo cambi. Para qu repetir lo que sabes tan bien? Ins en su nueva posicin no quiso olvidar al fiel compaero de su infortunio. Hermoso sentimiento que nadie ms que yo supo apreciar en su valor! Aprovechndome de l, casi llegu hasta tolerarle y autorizarle, impulsada por el despecho y por mortificar a mi orgullosa parienta; pero yo saba que aquella corazonada infantil concluira con el tiempo y la distancia, como en efecto ha concluido. O con estupor las palabras de la condesa, que iban esparciendo densas oscuridades delante de mis ojos. Pero la razn me indicaba que no deba dar entero crdito a las palabras de mujer tan experta en ingeniosos engaos, y esper aparentando conformarme con su opinin y mi desaire. --Te acuerdas de la noche en que nos presentamos aqu viniendo del Puerto de Santa Mara? En esta misma sala nos recibi doa Flora. Llamamos a Ins, te vio, le hablaste. La pobrecita estaba tan turbada que no acert a contestar derechamente a lo que le dijiste. Indudablemente te conserva un noble y fraternal afecto; pero nada ms. No lo comprendiste? No se ofreci a tus ojos o a tus odos algn dato para conocer que ya Ins no te ama? --Seora--respond con perplejidad--, aquel instante fue tan breve y usted me suplic con tanta precipitacin que saliese de la casa, que nada observ que me disgustara. --Pues s, puedes creerlo. Yo s que Ins no te ama ya--afirm con una entereza tal que se me hizo aborrecible en un momento mi hermosa interlocutora. --Lo sabe usted? --Yo lo s. --Tal vez se equivoque. --No: Ins no te ama. --Por qu?--pregunt bruscamente y con desabrimiento. --Porque ama a otro--me respondi con calma. --A otro!--exclam tan asombrado que por largo rato no me di cuenta de lo que senta--. A otro! No puede ser, seora condesa. Y quin es ese otro? Sepmoslo. Diciendo esto, en mi interior se retorcan dolorosamente unas como culebras, que me estrujaban el corazn mordindolo y apretndolo con estrechos nudos. Yo quera aparentar serenidad; pero mis palabras balbucientes y cierta invencible sofocacin de mi aliento descubran la flaqueza de mi espritu cado desde la cumbre de su mayor orgullo. --Quieres saberlo? Pues te lo dir. Es un ingls. --Ese?--pregunt con sobresalto sealando hacia la sala donde resonaba lejanamente el eco de las voces de doa Flora y de su visitante. --Ese mismo! --Seora, no puede ser!, usted se equivoca--exclam sin poder contener la fogosa clera que desarrollndose en m como sbito incendio, no admita razn que la refrenara, ni urbanidad que la reprimiera--. Usted se burla de m; usted me humilla y me pisotea como siempre lo ha hecho. --Qu furioso te has puesto--me dijo sonriendo--. Clmate y no seas loco. --Perdneme usted si la he ofendido con mi brusca respuesta--dije reponindome--; pero yo no puedo creer eso que he odo. Todo cuanto hay en m que hable y palpite con seales de vida, protesta contra tal idea. Si ella misma me lo dice, lo creer; de otro modo no. Soy un ciego estpido tal vez, seora ma, pero yo detesto la luz que pueda hacerme ver la soledad espantosa que usted quiere ponerme delante. Pero no me ha dicho usted quin es ese ingls ni en qu se funda para pensar... --Ese ingls vino aqu hace seis meses, acompaando a otro que se llama lord Byron, el cual parti para Levante al poco tiempo. Este que aqu est, se llama lord Gray. Quieres saber ms? Quieres saber en qu me fundo para pensar que Ins le ama? Hay mil indicios que ni engaan ni pueden engaar a una mujer experimentada como yo. Y eso te asombra? Eres un mozo sin experiencia, y crees que el mundo se ha hecho para tu regalo y satisfaccin. Es todo lo contrario, nio. En qu te fundabas para esperar que Ins estuviera querindote toda la vida, luchando con la ausencia, que en esta edad es lo mismo que el olvido? Pues no pedas poco en verdad! Sabes que eres modestito? Que pasaran aos y ms aos, y ella siempre querindote... Vamos, pide por esa boca. Es preciso que te acostumbres a creer que hay adems de ti, otros hombres en el mundo, y que las muchachas tienen ojos para ver y odos para escuchar. Con estas palabras que encerraban profunda verdad, la condesa me estaba matando. Parecame que mi alma era una hermosa tela, y que ella con sus finas tijeras me la estaba cortando en pedacitos para arrojarla al viento. --Pues s. Ha pasado mucho tiempo--continu--. Ese ingls se apareci en Cdiz; nos visit. Visita hoy con mucha frecuencia la otra casa, y en ella es amado... Esto te parece increble, absurdo. Pues es la cosa ms sencilla del mundo. Tambin creers que el ingls es un hombre antiptico, desabrido, brusco, colorado, tieso y borracho como algunos que viste y trataste en la plaza de San Juan de Dios cuando eras nio. No: lord Gray es un hombre finsimo, de hermosa presencia y vasta instruccin. Pertenece a una de las mejores familias de Inglaterra, y es ms rico que un perulero... Ya... t creste que estas y otras eminentes cualidades nadie las posea ms que el Sr. D. Gabriel de Tres-al-Cuarto! Lucido ests... Pues oye otra cosa. Lord Gray cautiva a las muchachas con su amena conversacin. Figrate, que con ser tan joven, ha tenido ya tiempo para viajar por toda el Asia y parte de Amrica. Sus conocimientos son inmensos; las noticias que da de los muchos y diversos pueblos que ha visto, curiossimas. Es hombre adems de extraordinario valor; hase visto en mil peligros luchando con la naturaleza y con los hombres, y cuando los relata con tanta elocuencia como modestia, procurando rebajar su propio mrito y disimular su arrojo, los que le oyen no pueden contener el llanto. Tiene un gran libro lleno de dibujos, representando paisajes, ruinas, trajes, tipos, edificios que ha pintado en esas lejanas tierras; y en varias hojas ha escrito en verso y prosa mil hermosos pensamientos, observaciones y descripciones llenas de grandiosa y elocuente poesa. Comprendes que pueda y sepa hacerse amar? Llega a la tertulia, las muchachas le rodean; l les cuenta sus viajes con tanta verdad y animacin, que vemos las grandes montaas, los inmensos ros, los enormes rboles de Asia, los bosques llenos de peligros; vemos al intrpido europeo defendindose del len que le asalta, del tigre que le acecha; nos describe luego las tempestades del mar de la China, con aquellos vientos que arrastran como pluma la embarcacin, y le vemos salvndose de la muerte por un esfuerzo de su naturaleza gil y poderosa; nos describe los desiertos de Egipto, con sus noches claras como el da, con las pirmides, los templos derribados, el Nilo y los pobres rabes que arrastran miserable vida en aquellas soledades; nos pinta luego los lugares santos de Jerusaln y Beln, el sepulcro del Seor, hablndonos de los millares de peregrinos que le visitan, de los buenos frailes que dan hospitalidad al europeo; nos dice cmo son los olivares a cuya sombra oraba el Seor cuando fue Judas con los soldados a prenderle, y nos refiere punto por punto cmo es el monte Calvario y el sitio donde levantaron la santa Cruz. Despus nos habla de la incomparable Venecia, ciudad fabricada dentro del mar, de tal modo, que las calles son de agua y los coches unas lanchitas que llaman gndolas; y all se pasean de noche los amantes, solos en aquella serena laguna, sin ruido y sin testigos. Tambin ha visitado la Amrica, donde hay unos salvajes muy mansos que agasajan a los viajeros, y donde los ros, grandsimos como todo lo de aquel pas, se precipitan desde lo alto de una roca formando lo que llaman cataratas, es decir, un salto de agua como si medio mar se arrojase sobre el otro medio, formando mundos de espuma y un ruido que se oye a muchsimas leguas de distancia. Todo lo relata, todo lo pinta con tan vivos colores, que parece que lo estamos viendo. Cuenta sus acciones heroicas sin fanfarronera, y jams ha mortificado el orgullo de los hombres que le oyen con tanta atencin, si no con tanta complacencia como las mujeres. Ahora bien, Gabriel, desgraciado joven, por lo que digo comprendes que ese ingls tiene atractivos suficientes para cautivar a una muchacha de tanta sensibilidad como imaginacin, que instintivamente vuelve los ojos hacia todo lo que se distingue del vulgo enfatuado? Adems, lord Gray es riqusimo, y aunque las riquezas no bastan a suplir en los hombres la falta de ciertas cualidades, cuando estas se poseen, las riquezas las avaloran y realzan ms. Lord Gray viste elegantemente; gasta con profusin en su persona y en obsequiar dignamente a sus amigos, y su esplendidez no es el derroche del joven calavera y voluntarioso, sino la gala y generosidad del rico de alta cuna, que emplea sabiamente su dinero en alegrar la existencia de cuantos le rodean. Es galante sin afectacin, y ms bien serio que jovial. Ay, pobrecito! Lo comprendes ahora? Llegars a entender que hay en el mundo alguien que puede ponerse en parangn con el Sr. D. Gabriel Tres-al-Cuarto? Reflexiona bien, hijo; reflexiona bien quin eres t. Un buen muchacho y nada ms. Excelente corazn, despejo natural, y aqu paz y despus gloria. En punto a posicin oficialito del ejrcito... bien ganado, eso s... pero qu vale eso? Figura... no mala; conversacin, tolerable; nacimiento humildsimo, aunque bien pudieras figurarlo como de los ms alcurniados y coruscantes. Valor, no lo negar; al contrario, creo que lo tienes en alto grado, pero sin brillo ni lucimiento. Literatura, escasa... cortesa, buena... Pero, hijo, a pesar de tus mritos, que son muchos, dada tu pobreza y humildad, insistirs en hacerte indestronable, como se lo crey el buen D. Carlos IV que hered la corona de su padre? No, Gabriel; ten calma y resgnate. El efecto que me caus la relacin de mi antigua ama fue terrible. Figrense ustedes cmo me habra quedado yo, si Amaranta hubiera cogido el pico de Mulhacn, es decir, el monte ms alto de Espaa... y me lo hubiese echado encima. Pues lo mismo, seores, lo mismo me qued. III Qu poda yo decir? Nada. Qu deba hacer? Callarme y sufrir. Pero el hombre aplastado por cualquiera de las diversas montaas que le caen encima en el mundo, aun cuando conozca que hay justicia y lgica en su situacin, rara vez se conforma, y elevando las manecitas pugna por quitarse de encima la colosal pea. No s si fue un sentimiento de noble dignidad, o por el contrario un vano y pueril orgullo, lo que me impuls a contestar con entereza, afectando no slo conformidad sino indiferencia ante el golpe recibido. --Seora condesa--dije--, comprendo mi inferioridad. Hace tiempo que pensaba en esto, y nada me asombra. Realmente, seora, era un atrevimiento que un pobretn como yo, que jams he estado en la India ni he visto otras cataratas que las del Tajo en Aranjuez, tenga pretensiones nada menos que de ser amado por una mujer de posicin. Los que no somos nobles ni ricos, qu hemos de hacer ms que ofrecer nuestro corazn a las fregatrices y damas del estropajo, no siempre con la seguridad de que se dignen aceptarlo? Por eso nos llenamos de resignacin, seora, y cuando recibimos golpes como el que usted se ha servido darme, nos encogemos de hombros y decimos: paciencia. Luego seguimos viviendo, y comemos y dormimos tan tranquilos... Es una tontera morirse por quien tan pronto nos olvida. --Ests hecho un basilisco de rabia--me dijo la condesa en tono de burla--, y quieres aparecer tranquilo. Si despides fuego... toma mi abanico y refrscate con l. Antes que yo lo tomara, la condesa me dio aire con su abanico precipitadamente. Sin ninguna gana me rea yo, y ella despus de un rato de silencio, me habl as: --Me falta decirte otra cosa que tal vez te disguste; pero es forzoso tener paciencia. Es que estoy contenta de que mi hija corresponda al amor del ingls. --Lo creo seora--respond apretando con convulsa fuerza los dientes, ni ms ni menos que si entre ellos tuviera toda la Gran Bretaa. --S--prosigui--, todo suceso que me d esperanzas de ver a mi hija fuera de la tutela y direccin de la marquesa y la condesa, es para m lisonjero. --Pero ese ingls ser protestante. --S--repuso--, mas no quiero pensar en eso. Puede que se haga catlico. De todos modos, ese es punto grave y delicado. Pero no reparo en nada. Vea yo a mi hija libre, hllese en situacin tal que yo pueda verla, hablarla como y cuando se me antoje, y lo dems... Cmo rabiara doa Mara si llegara a comprender...! Mucho sigilo, Gabriel; cuento con tu discrecin. Si lord Gray fuera catlico, no creo que mi ta se opusiera a que se casase Ins con l. Ay!, luego nos marcharamos los tres a Inglaterra, lejos, lejos de aqu, a un pas donde yo no viera pariente de ninguna clase. Qu felicidad tan grande! Ay! Quisiera ser Papa para permitir que una mujer catlica se casara con un hombre hereje. --Creo que usted ver satisfechos sus deseos. --Oh!, desconfo mucho. El ingls aparte de su gran mrito es bastante raro. A nadie ha confiado el secreto de sus amores, y slo tenemos noticias de l por indicios primero y despus por pruebas irrecusables obtenidas mediante largo y minucioso espionaje. --Ins lo habr revelado a usted. --No, despus de esto, ni una sola vez he conseguido verla. Qu desesperacin! Las tres muchachas no salen de casa, sino custodiadas por la autoridad de doa Mara. Aqu doa Flora y yo hemos trabajado lo que no es decible para que lord Gray se franquease con nosotras, y nos lo revelara; pero es tan prudente y callado, que guarda su secreto como un avaro su tesoro. Lo sabemos por las criadas, por la murmuracin de algunas, muy pocas personas de las que van a la casa. No hay duda de que es cierto, hijo mo. Ten resignacin y no nos des un disgusto. Cuidado con el suicidio. --Yo?--dije afectando indiferencia. --Toma, toma aire, que te incendias por todos lados--me dijo agitando delante de m su abanico--. Don Rodrigo en la horca no tiene ms orgullo que este general en agraz. Cuando esto deca, sent la voz de doa Flora y los pasos de un hombre. Doa Flora dijo: --Pase usted milord, que aqu est la condesa. --Mrale... vers--me dijo Amaranta con crueldad--y juzgars por ti mismo si la nia ha tenido mal gusto. Entr doa Flora seguida del ingls. Este tena la ms hermosa figura de hombre que he visto en mi vida. Era de alta estatura, con el color blanqusimo pero tostado que abunda en los marinos y viajeros del Norte. El cabello rubio, desordenadamente peinado y suelto segn el gusto de la poca, le caa en bucles sobre el cuello. Su edad no pareca exceder de treinta o treinta y tres aos. Era grave y triste pero sin la pesadez acartonada y tardanza de modales que suelen ser comunes en la gente inglesa. Su rostro estaba bronceado, mejor dicho, dorado por el sol, desde la mitad de la frente hasta el cuello, conservando en la huella del sombrero y en la garganta una blancura como la de la ms pura y delicada cera. Esmeradamente limpia de pelo la cara, su barba era como la de una mujer, y sus facciones realzadas por la luz del Medioda dbanle el aspecto de una hermosa estatua de cincelado oro. Yo he visto en alguna parte un busto del Dios Brahma, que muchos aos despus me hizo recordar a lord Gray. Vesta con elegancia y cierta negligencia no estudiada, traje azul de pao muy fino, medio oculto por una prenda que llamaban sort, y llevaba sombrero redondo, de los primeros que empezaban a usarse. Brillaban sobre su persona algunas joyas de valor, pues los hombres entonces se ensortijaban ms que ahora, y luca adems los sellos de dos relojes. Su figura en general era simptica. Yo le mir y observ vidamente, buscndole imperfecciones por todos lados; pero ay!, no le encontr ninguna. Mas me disgust orle hablar con rara correccin el castellano, cuando yo esperaba que se expresase en trminos ridculos y con yerros de los que desfiguran y afean el lenguaje; pero consolome la esperanza de que soltase algunas tonteras. Sin embargo no dijo ninguna. Entabl conversacin con Amaranta, procurando esquivar el tema que impertinentemente haba tocado doa Flora al entrar. --Querida amiga--dijo la vieja--, lord Gray nos va a contar algo de sus amores en Cdiz, que es mejor tratado que el de los viajes por Asia y frica. Amaranta me present gravemente a l, dicindole que yo era un gran militar, una especie de Julio Csar por la estrategia y un segundo Cid por el valor; que haba hecho mi carrera de un modo gloriossimo, y que haba estado en el sitio de Zaragoza, asombrando con mis hechos heroicos a espaoles y franceses. El extranjero pareci or con suma complacencia mi elogio, y me dijo despus de hacerme varias preguntas sobre la guerra, que tendra grandsimo contento en ser mi amigo. Sus refinadas cortesanas me tenan frita la sangre por la violencia y fingimiento con que me vea precisado a responder a ellas. La maligna Amaranta rease a hurtadillas de mi embarazo, y ms atizaba con sus artificiosas palabras la inclinacin y repentino afecto del ingls hacia mi persona. --Hoy--dijo lord Gray--hay en Cdiz gran cuestin entre espaoles e ingleses. --No saba nada--exclam Amaranta--. En esto ha venido a parar la alianza? --No ser nada, seora. Nosotros somos algo rudos, y los espaoles un poco vanagloriosos y excesivamente confiados en sus propias fuerzas, casi siempre con razn. --Los franceses estn sobre Cdiz--dijo doa Flora--, y ahora salimos con que no hay aqu bastante gente para defender la plaza. --As parece. Pero Wellesley--aadi el ingls--ha pedido permiso a la Junta para que desembarque la marinera de nuestros buques y defienda algunos castillos. --Que desembarquen; si vienen, que vengan--exclam Amaranta--. No crees lo mismo, Gabriel? --Esa es la cuestin que no se puede resolver--dijo lord Gray--, porque las autoridades espaolas se oponen a que nuestra gente les ayude. Toda persona que conozca la guerra ha de convenir conmigo en que los ingleses deben desembarcar. Seguro estoy de que este seor militar que me oye es de la misma opinin. --Oh, no seor; precisamente soy de la opinin contraria--repuse con la mayor viveza, anhelando que la disconformidad de pareceres alejase de m la intolerable y odiossima amistad que quera manifestarme el ingls--. Creo que las autoridades espaolas hacen bien en no consentir que desembarquen los ingleses. En Cdiz hay guarnicin suficiente para defender la plaza. --Lo cree usted?--me pregunt. --Lo creo--respond procurando quitar a mis palabras la dureza y sequedad que quera infundirles el corazn--. Nosotros agradecemos el auxilio que nos estn dando nuestros aliados, ms por odio al comn enemigo que por amor a nosotros; esa es la verdad. Juntos pelean ambos ejrcitos; pero si en las acciones campales es necesaria esta alianza, porque carecemos de tropas regulares que oponer a las de Napolen, en la defensa de plazas fuertes harto se ha probado que no necesitamos ayuda. Adems, las plazas fuertes que como esta son al mismo tiempo magnficas plazas comerciales, no deben entregarse nunca a un aliado por leal que sea; y como los paisanos de usted son tan comerciantes, quizs gustaran demasiado de esta ciudad, que no es ms que un buque anclado a vista de tierra. Gibraltar casi nos est oyendo y lo puede decir. Al decir esto, observaba atentamente al ingls, suponindole prximo a dar rienda suelta al furor, provocado por mi irreverente censura; pero con gran sorpresa ma, lejos de ver encendida en sus ojos la ira, not en su sonrisa no slo benevolencia, sino conformidad con mis opiniones. --Caballero--dijo tomndome la mano--, me permitir usted que le importune repitindole que deseo mucho su amistad? Yo estaba absorto, seores. --Pero milord--pregunt doa Flora--; en qu consiste que aborrece usted tanto a sus paisanos? --Seora--dijo lord Gray--, desgraciadamente he nacido con un carcter que si en algunos puntos concuerda con el de la generalidad de mis compatriotas, en otros es tan diferente como lo es un griego de un noruego. Aborrezco el comercio, aborrezco a Londres, mostrador nauseabundo de las drogas de todo el mundo; y cuando oigo decir que todas las altas instituciones de la vieja Inglaterra, el rgimen colonial y nuestra gran marina tienen por objeto el sostenimiento del comercio y la proteccin de la srdida avaricia de los negociantes que baan sus cabezas redondas como quesos con el agua negra del Tmesis, siento un crispamiento de nervios insoportable y me avergenzo de ser ingls. El carcter ingls es egosta, seco, duro como el bronce, formado en el ejrcito del clculo y refractario a la poesa. La imaginacin es en aquellas cabezas una cavidad lbrega y fra donde jams entra un rayo de luz ni resuena un eco melodioso. No comprenden nada que no sea una cuenta, y al que les hable de otra cosa que del precio del camo, le llaman mala cabeza, holgazn y enemigo de la prosperidad de su pas. Se precian mucho de su libertad, pero no les importa que haya millones de esclavos en las colonias. Quieren que el pabelln ingls ondee en todos los mares, cuidndose mucho de que sea respetado; pero siempre que hablan de la dignidad nacional, debe entenderse que la quincalla inglesa es la mejor del mundo. Cuando sale una expedicin diciendo que va a vengar un agravio inferido al orgulloso leopardo, es que se quiere castigar a un pueblo asitico o africano que no compra bastante trapo de algodn. --Jess, Mara y Jos!--exclam horrorizada doa Flora--. No puedo or a un hombre de tanto talento como milord hablando as de sus compatriotas. --Siempre he dicho lo mismo, seora--prosigui lord Gray--, y no ceso de repetirlo a mis paisanos. Y no digo nada cuando quieren echrsela de guerreros y dan al viento el estandarte con el gato monts que ellos llaman leopardo. Aqu en Espaa me ha llenado de asombro el ver que mis paisanos han ganado batallas. Cuando los comerciantes y mercachifles de Londres sepan por las Gacetas que los ingleses han dado batallas y las han ganado, bufarn de orgullo creyndose dueos de la tierra como lo son del mar, y empezarn a tomar la medida del planeta para hacerle un gorro de algodn que lo cubra todo. As son mis paisanos, seoras. Desde que este caballero evoc el recuerdo de Gibraltar, traidoramente ocupado para convertirle en almacn de contrabando, vinieron a mi mente estas ideas, y concluyo modificando mi primera opinin respecto al desembarco de los ingleses en Cdiz. Seor oficial, opino como usted: que se queden en los barcos. --Celebro que al fin concuerden sus ideas con las mas, milord--dije creyendo haber encontrado la mejor coyuntura para chocar con aquel hombre que me era, sin poderlo remediar, tan aborrecible--. Es cierto que los ingleses son comerciantes, egostas, interesados, prosaicos; pero es natural que esto lo diga exagerndolo hasta lo sumo un hombre que ha nacido de mujer inglesa y en tierra inglesa? He odo hablar de hombres que en momentos de extravo o despecho han hecho traicin a su patria; pero esos mismos que por inters la vendieron, jams la denigraron en presencia de personas extraas. De buenos hijos es ocultar los defectos de sus padres. --No es lo mismo--dijo el ingls--. Yo concepto ms compatriota mo a cualquier espaol, italiano, griego o francs que muestre aficiones iguales a las mas, sepa interpretar mis sentimientos y corresponder a ellos, que a un ingls spero, seco y con un alma sorda a todo rumor que no sea el son del oro contra la plata, y de la plata contra el cobre. Qu me importa que ese hombre hable mi lengua, si por ms que charlemos l y yo no podemos comprendernos? Qu me importa que hayamos nacido en un mismo suelo, quizs en una misma calle, si entre los dos hay distancias ms enormes que las que separan un polo de otro? --La patria, seor ingls, es la madre comn, que lo mismo cra y agasaja al hijo deforme y feo que al hermoso y robusto. Olvidarla es de ingratos; pero menospreciarla en pblico indica sentimientos quizs peores que la ingratitud. --Esos sentimientos, peores que la ingratitud, los tengo yo, segn usted--dijo el ingls. --Antes que pregonar delante de extranjeros los defectos de mis compatriotas, me arrancara la lengua--afirm con energa, esperando por momentos la explosin de la clera de lord Gray. Pero este, tan sereno cual si se oyese nombrar en los trminos ms lisonjeros, me dirigi con gravedad las siguientes palabras: --Caballero, el carcter de usted y la viveza y espontaneidad de sus contradicciones y rplicas, me seducen de tal manera, que me siento inclinado hacia usted, no ya por la simpata, sino por un afecto profundo. Amaranta y doa Flora no estaban menos asombradas que yo. --No acostumbro tolerar que nadie se burle de m, milord--dije, creyendo efectivamente que era objeto de burlas. --Caballero--repuso framente el ingls--, no tardar en probar a usted que una extraordinaria conformidad entre su carcter y el mo ha engendrado en m vivsimo deseo de entablar con usted sincera amistad. igame usted un momento. Uno de los principales martirios de mi vida, el mayor quizs, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante m todas las personas que trato. No s si consistir en mi posicin o en mis grandes riquezas; pero es lo cierto que en donde quiera que me presento, no hallo sino personas que me enfadan con sus degradantes cumplidos. Apenas me permito expresar una opinin cualquiera, todos los que me oyen aseguran ser de igual modo de pensar. Precisamente mi carcter ama la controversia y las disputas. Cuando vine a Espaa, hcelo con la ilusin de encontrar aqu gran nmero de gente pendenciera, ruda y primitiva, hombres de corazn borrascoso y apasionado, no embadurnados con el vano charol de la cortesana. Mi sorpresa fue grande al encontrarme atendido y agasajado, cual lo pudiera estar en Londres, sin hallar obstculos a la satisfaccin de mi voluntad, en medio de una vida montona, regular, acompasada, no expuesto a sensaciones terribles, ni a choques violentos con hombres ni con cosas, mimado, obsequiado, adulado... Oh, amigo mo! Nada aborrezco tanto como la adulacin. El que me adula es mi irreconciliable enemigo. Yo gozo extraordinariamente al ver frente a m los caracteres altivos, que no se doblegan sonriendo cobardemente ante una palabra ma; gusto de ver bullir la sangre impetuosa del que no quiere ser domado ni aun por el pensamiento de otro hombre; me cautivan los que hacen alarde de una independencia intransigente y enrgica, por lo cual asisto con jbilo a la guerra de Espaa. Pienso ahora internarme en el pas, y unirme a los guerrilleros. Esos generales que no saben leer ni escribir, y que eran ayer arrieros, taberneros y mozos de labranza, exaltan mi admiracin hasta lo sumo. He estado en academias militares y aborrezco a los pedantes que han prostituido y afeminado el arte salvaje de la guerra, reducindolo a reglas necias, y decorndose a s mismos con plumas y colorines para disimular su nulidad. Ha militado usted a las rdenes de algn guerrillero? Conoce usted al Empecinado, a Mina, a Tabuenca, a Porlier? Cmo son? Cmo visten? Se me figura ver en ellos a los hroes de Atenas y del Lacio. Amigo mo, si no recuerdo mal, la seora condesa dijo hace un momento que usted deba sus rpidos adelantamientos en la carrera de las armas a su propio mrito, pues sin el favor de nadie ha adquirido un honroso puesto en la milicia. Oh, caballero!, usted me interesa vivamente, usted ser mi amigo, quiralo o no. Adoro a los hombres que no han recibido nada de la suerte ni de la cuna, y que luchan contra este oleaje. Seremos muy amigos. Est usted de guarnicin en la Isla? Pues venga a vivir a mi casa siempre que pase a Cdiz. En dnde reside usted para ir a visitarle todos los das...? Sin atreverme a rechazar tan vehementes pruebas de benevolencia, me excus como pude. --Hoy, caballero--aadi--es preciso que venga usted a comer conmigo. No admito excusas. Seora condesa, usted me present a este caballero. Si me desara, cuente usted como que ha recibido la ofensa. --Creo--dijo la condesa--que ambos se congratularn bien pronto de haber entablado amistad. --Milord, estoy a la orden de usted--dije levantndome cuando l se dispona a partir. Y despus de despedirnos de las dos damas, sal con el ingls. Pareca que me llevaba el demonio. IV Lord Gray viva cerca de las Barquillas de Lope. Su casa, demasiado grande para un hombre solo, estaba en gran parte vaca. Servanle varios criados, espaoles todos a excepcin del ayuda de cmara que era ingls. Dbase trato de prncipe en la comida, y durante toda ella no tenan un momento de sosiego los vasos, llenos con la mejor sangre de las cepas de Montilla, Jerez y Sanlcar. Durante la comida no hablamos ms que de la guerra, y despus, cuando los generosos vinos de Andaluca hicieron su efecto en la insigne cabeza del mister, se empe en darme algunas lecciones de esgrima. Era gran tirador segn observ a los primeros golpes; y como yo no posea en tal alto grado los secretos del arte y l no tena entonces en su cerebro todo aquel buen asiento y equilibrio que indican una organizacin educada en la sobriedad, jugaba con gran pesadez de brazo, hacindome ms dao del que corresponda a un simple entretenimiento. --Suplico a milord que no se entusiasme demasiado--dije conteniendo sus bros--. Me ha desarmado ya repetidas veces para gozarse como un nio en darme estocadas a fondo que no puedo parar. Ese botn est mal y puedo ser atravesado fcilmente! --As es como se aprende--repuso--. O no he de poder nada, o ser usted un consumado tirador. Despus que nos batimos a satisfaccin, y cuando se despejaron un tanto las densas nubes que oscurecan y turbaban su entendimiento, me march a la Isla, a donde me acompa deseoso, segn dijo, de visitar nuestro campamento. En los das sucesivos casi ninguno dej de visitarme. Su afectuosidad me contrariaba, y cuanto ms le aborreca, ms desarmaba l mi clera a fuerza de atenciones. Mis respuestas bruscas, mi mal humor, y la terquedad con que le rebata, lejos de enemistarle conmigo, apretaban ms los lazos de aquella simpata que desde el primer da me manifest; y al fin no puedo negar que me senta inclinado hacia hombre tan raro, verificndose el fenmeno de considerar en l como dos personas distintas y un solo lord Gray verdadero, dos personas, s, una aborrecida y otra amada; pero de tal manera confundidas, que me era imposible deslindar dnde empezaba el amigo y dnde acababa el rival. rale sumamente agradable estar en mi compaa y en la de los dems oficiales mis camaradas. Durante las operaciones nos segua armado de fusil, sable y pistolas, y en los ratos de vagar iba con nosotros a los ventorrillos de Cortadura o Matagorda, donde nos obsequiaba de un modo esplndido con todo lo que podan dar de s aquellos establecimientos. Ms de una vez se hizo acompaar al venir desde Cdiz por dos o tres calesas cargadas con las ms ricas provisiones que por entonces traan los buques ingleses y los costeros del Condado y Algeciras; y en cierta ocasin en que no podamos salir de las trincheras del puente Suazo, transport all con rapidez parecida a la de los tiempos que despus han venido, al Sr. Poenco con toda su tienda y brtulos y squito mujeril y guitarril, para improvisar una fiesta. A los quince das de estos rumbos y generosidades no haba en la Isla quien no conociese a lord Gray; y como entonces estbamos en buenas relaciones con la Gran Bretaa, y se cantaba aquello de La trompeta de la Gloria dice al mundo Velintn... (lo mismo que est escrito) nuestro mister era popularsimo en toda la extensin que inunda con sus canales el cao de Sancti-Petri. Su mayor confianza era conmigo; pero debo indicar aqu una circunstancia, que a todos llamar la atencin, y es que aunque repetidas veces procur sondear su nimo en el asunto que ms me interesaba, jams pude conseguirlo. Hablbamos de amores, nombraba yo la casa y la familia de Ins, y l, volvindose taciturno, mudaba la conversacin. Sin embargo, yo saba que visitaba todas las noches a doa Mara; pero su reserva en este punto era una reserva sepulcral. Slo una vez dej traslucir algo y voy a decir cmo. Durante muchos das estuve sin poder ir a Cdiz, a causa de las ocupaciones del servicio, y esta esclavitud me daba tanto fastidio como pesadumbre. Reciba algunas esquelas de la condesa suplicndome que pasase a verla, y yo me desesperaba no pudiendo acudir. Al fin logr una licencia a principios de Marzo y corr a Cdiz. Lord Gray y yo atravesamos la Cortadura precisamente el da del furioso temporal que por muchos aos dej memoria en los gaditanos de aquel tiempo. Las olas de fuera, agitadas por el Levante, saltaban por encima del estrecho istmo para abrazarse con las olas de la baha. Los bancos de arena eran arrastrados y deshechos, desfigurando la angosta playa; el horroroso viento se llevaba todo en sus alas veloces, y su ruido nos permita formar idea de las mil trompetas del Juicio, tocadas por los ngeles de la justicia. Veinte buques mercantes y algunos navos de guerra espaoles e ingleses estrellronse aquel da contra la costa de Poniente; y en el placer de Rota, la Puntilla y las rocas donde se cimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadveres y los despojos de los cascos rotos y de las jarcias y rboles deshechos. Lord Gray, contemplando por el camino tan gran desolacin, el furor del viento, los horrores del revuelto cielo, ora negro, ora iluminado por la siniestra amarillez de los relmpagos, la agitacin de las olas verdosas y turbias, en cuyas cspides, relucientes como filos de cuchillos, se alcanzaban a ver restos de alguna nave que se hunda luego en los cncavos senos para reaparecer despus; contemplando lord Gray, repito, aquel desorden, no menos admirable que la armona de lo creado, aspiraba con delicia el aire hmedo de la tempestad y me deca: --Cun grato es a mi alma este espectculo! Mi vida se centuplica ante esta fiesta sublime de la Naturaleza, y se regocija de haber salido de la nada, tomando la execrable forma que hoy tiene. Para esto te han criado oh mar! Escupe las naves comerciantes que te profanan, y prohbe la entrada en tus dominios al srdido mercachifle, vido de oro, saqueador de los pueblos inocentes que no se han corrompido todava y adoran a Dios en el ara de los bosques. Este ruido de invisibles montaas que ruedan por los espacios, chocndose y redondendose como los guijos que arrastra un ro; estas lenguazas de fuego que lamen el cielo y llegan a tocar el mar con sus afiladas puntas; este cielo que se revuelca desesperado; este mar que anhela ser cielo, abandonando su lecho eterno para volar; este hlito que nos arrastra, esta confusin armoniosa, esta msica, amigo, y ritmo sublime que lo llena todo, encontrando eco en nuestra alma, me extasan, me cautivan, y con fuerza irresistible me arrastran a confundirme con lo que veo... Esta alteracin se repite en mi alma; esta rabia y desesperado anhelo de salir de su centro, propiedad es tambin de mi alma; este rumor, donde caben todos los rumores de cielo y tierra, ha tiempo que tambin ensordece mi alma; este delirio es mi delirio, y este afn con que vuelan nubes y olas hacia un punto a que no llegan nunca, es mi propio afn. Yo pens que estaba loco, y cuando le vi bajar del calesn, acercarse a la playa e internarse por ella hasta que el agua le cubri las botas, corr tras l lleno de zozobra, temiendo que en su enajenacin se arrojase, como haba dicho, en medio de las olas. --Milord--le dije--volvmonos al coche, pues no hay para qu convertirse ahora en ola ni nube, como usted desea, y sigamos hacia Cdiz, que para agua bastante tenemos con la que llueve, y para viento, harto nos azota por el camino. Pero l no me haca caso, y empez a gritar en su lengua. El calesero, que era muy pillo, hizo gestos significativos para indicar que lord Gray haba abusado del Montilla; pero a m me constaba que no lo haba probado aquel da. --Quiero nadar--dijo lacnicamente lord Gray, haciendo ademn de desnudarse. Y al punto forcejeamos con l el calesero y yo, pues aunque sabamos que era gran nadador, en aquel sitio y hora no habra vivido diez minutos dentro del agua. Al fin le convencimos de su locura, hacindole volver a la calesa. --Contenta se pondra, milord, la seora de sus pensamientos si le viera a usted con inclinaciones a matarse desde que suena un trueno. Lord Gray rompi a rer jovialmente, y cambiando de aspecto y tono, dijo: --Calesero, apresura el paso, que deseo llegar pronto a Cdiz. --El lamparn no quiere andar. --Qu lamparn? --El caballo. Le han salido callos en la jerrara. Ay s! Este caballo es muy respetoso. --Por qu? --Muy respetoso con los amigos. Cuando se ve con Pelatas, se hacen cortesas y se preguntan cmo ha ido de viaje. --Quin es Pelatas? --El violn del Sr. Poenco. Ay s! Si usted le dice a mi caballo: vas a descansar en casa de Poenco, mientras tu amo come una aceituna y bebe un par de copas, correr tanto, que tendremos que darle palos para que pare, no sea que con la fuerza del golpe abra un boquete en la muralla de Puerta Tierra. Gray prometi al calesero refrescarle en casa de Poenco, y al or esto pareca mentira!, el lamparn aviv el paso. --Pronto llegaremos--dijo el ingls--. No s por qu el hombre no ha inventado algo para correr tanto como el viento. --En Cdiz le aguarda a usted una muchacha bonita. No una, muchas tal vez. --Una sola. Las dems no valen nada, seor de Araceli... Su alma es grande como el mar. Nadie lo sabe ms que yo, porque en apariencia es una florecita humilde que vive casi a escondidas dentro del jardn. Yo la descubr y encontr en ella lo que hombre alguno no supo encontrar. Para m solo, pues, relampaguean los rayos de sus ojos y braman las tempestades de su pecho... Est rodeada de misterios encantadores, y las imposibilidades que la cercan y guardan como crceles inaccesibles ms estimulan mi amor... Separados nos oscurecemos; pero juntos llenamos todo lo creado con las deslumbradoras claridades de nuestro pensamiento. Si mi conciencia no dominara casi siempre en m los arrebatos de la pasin, habra cogido a lord Gray y le habra arrojado al mar... Hcele luego mil preguntas, di vueltas y giros sobre el mismo tema para provocar su locuacidad; nombr a innumerables personas, pero no me fue posible sacarle una palabra ms. Despus de dejarme entrever un rayo de su felicidad, call y su boca cerrose como una tumba. --Es usted feliz?--le dije al fin. --En este momento s--respondi. Sent de nuevo impulsos de arrojarle al mar. --Lord Gray--exclam sbitamente--vamos a nadar? --Oh! Qu es eso? Usted tambin? --S, arrojmonos al agua! Me pasa a m algo de lo que a usted pasaba antes. Se me ha antojado nadar. --Est loco--contest riendo y abrazndome--. No, no permito yo que tan buen amigo perezca por una temeridad. La vida es hermosa, y quien pensase lo contrario, es un imbcil. Ya llegamos a Cdiz. To Hgados, eche aceite a la lamparilla, que ya estamos cerca de la taberna de Poenco. Al anochecer llegamos a Cdiz. Lord Gray me llev a su casa, donde nos mudamos de ropa, y cenamos despus. Debamos ir a la tertulia de doa Flora, y mientras llegaba la hora, mi amigo, que quise que no, hubo de darme nuevas lecciones de esgrima. Con estos juegos iba, sin pensarlo, adiestrndome en un arte en el cual poco antes careca de habilidad consumada, y aquella tarde tuve la suerte de probar la sabidura de mi maestro dndole una estocada a fondo con tan buen empuje y limpieza, que a no tener botn el estoque, hubiralo atravesado de parte a parte. --Oh, amigo Araceli!--exclam lord Gray con asombro--. Usted adelanta mucho. Tendremos aqu un espadachn temible. Luego, tira usted con mucha rabia... En efecto; yo tiraba con rabia, con verdadero afn de acribillarle. V Por la noche fuimos a casa de doa Flora; pero lord Gray, a poco de llegar, despidiose diciendo que volvera. La sala estaba bien iluminada, pero an no muy llena de gente, por ser temprano. En un gabinete inmediato aguardaban las mesas de juego el dinero de los apasionados tertuliantes, y ms adentro tres o cuatro desaforadas bandejas llenas de dulces nos prometan agradable refrigerio para cuando todo acabase. Haba pocas damas, por ser costumbre en los saraos de doa Flora que descollasen los hombres, no acompaados por lo general ms que de una media docena de beldades venerables del siglo anterior, que, cual castillos gloriosos, pero ya intiles, no pretendan ser conquistables ni conquistadas. Amaranta representaba sola la juventud unida a la hermosura. Saludaba yo a la condesa, cuando se me acerc doa Flora, y pellizcndome bonitamente con todo disimulo el brazo por punto cercano al codo, me dijo: --Se est usted portando, caballerito. Casi un mes sin parecer por aqu. Ya s que se divirti usted en el puente de Suazo con las buenas piezas que llev all el Sr. Poenco hace ocho das... Bonita conducta! Yo empeada en apartarle a usted del camino de la perdicin, y usted cada vez ms inclinado a seguir por l... Ya se sabe que la juventud ha de tener sus trapicheos; pero los muchachos decentes y bien nacidos desfogan sus pasiones con compostura, antes buscando el trato honesto de personas graves y juiciosas que el de la gentezuela maja y tabernaria. La condesa afect estar conforme con la reprimenda y la repiti, dndola ms fuerza con sus irnicos donaires. Despus, ablandndose doa Flora y llevndome adentro, me dio a probar de unos dulces finsimos que no se repartan sino entre los amigos de confianza. Cuando volvimos a la sala, Amaranta me dijo: --Desde que doa Mara y la marquesa decidieron que no viniera Ins, parece que falta algo en esta tertulia. --Aqu no hacen falta nias, y menos la condesa de Rumblar, que con sus remilgos impeda toda diversin. Nadie se haba de acercar a la nia, ni hablar con la nia, ni bailar con la nia, ni dar un dulce a la nia. Dejmonos de nias: hombres, hombres quiero en mi tertulia; literatos que lean versos, currutacos que sepan de corrido las modas de Pars, diaristas que nos cuenten todo lo escrito en tres meses por las Gacetas de Amberes, Londres, Augsburgo y Rotterdam; generales que nos hablen de las batallas que se van a ganar; gente alegre que hable mal de la regencia y critique la cosa pblica, ensayando discursos para cuando se abran esas saladsimas Cortes que van a venir. --Yo no creo que haya tales Cortes--dijo Amaranta--porque las Cortes no son ms que una cosa de figurn, que hace el rey para cumplir un antiguo uso. Como ahora estamos sin rey... --Pues no ha de haber? Nada; vengan esas Cortes. Cortes nos han prometido, y Cortes nos han de dar. Pues poco bonito ser este espectculo. Como que es un conjunto de predicadores, y no baja de ocho a diez sermones los que se oyen por da, todos sobre la cosa pblica, amiga ma, y criticando, criticando, que es lo que a m me gusta. --Habr Cortes--dije yo--porque en la Isla estn pintando y arreglando el teatro para saln de sesiones. --Pero es en un teatro? Yo pens que en una iglesia--dijo doa Flora. --El estamento de prceres y clrigos se reunir en una iglesia--indic Amaranta--y el de procuradores en un teatro. --No, no hay ms que un estamento, seoras. Al principio se pens en tres; pero ahora se ha visto que uno solo es ms sencillo. --Ser el de la nobleza. --No, hija, sern todos clrigos. Esto parece lo ms propio. --No hay ms estamento que el de procuradores, en que entrarn todas las clases de la sociedad. --Y dices que estn pintando el teatro? --S, seora. Le han puesto unas cenefas amarillas y encarnadas que hacen una vista as como de escenario de titiriteros en feria... En fin, monsimo. --Para esta festividad quiere sin duda el Sr. D. Pedro los cincuenta uniformes amarillos y encarnados que le estamos haciendo, todos galoneados de plata y cortados en forma que llaman de espaola antigua. --Me temo mucho--dijo Amaranta riendo--que D. Pedro y otros tan extravagantes y locos como l, pongan en ridculo a Cortes y procuradores, pues hay personas que convierten en mojiganga todo aquello en que ponen la mano. --Ya principia a venir gente. Aqu est Quintana. Tambin vienen Bea y D. Pablo de Xrica. Quintana salud a mis dos amigas. Yo le haba visto y odo hablar en Madrid en las tertulias de las libreras, pero sin tener hasta entonces el placer de tratar a poeta tan insigne. Su fama entonces era grande, y entre los patriotas exaltados gozaba de mucha popularidad, conquistada por sus artculos polticos y proclamas patriticas. Era de fisonoma dura y basta, moreno, con vivos ojos y gruesos labios, signo claro esto, as como su frente lobulosa, de la viril energa de su espritu. Rea poco, y en sus ademanes y tono, lo mismo que en sus escritos, dominaba la severidad. Tal vez esta severidad, ms que propia, fuera atribuida y supuesta por los que conocan sus obras, pues en aquella poca ya haban salido a luz las principales odas, las tragedias y algunas de las Vidas; Pndaro, Tirteo y Plutarco a la vez, estaba orgulloso de su papel, y este orgullo se le conoca en el trato. Quintana era entusiasta de la causa espaola y liberal ardiente con vislumbres de filsofo francs o ginebrino. Ms beneficios recibi de su valiente pluma la causa liberal que de la espada de otros, y si la defensa de ciertas ideas, que l enalteca con todas las galas del estilo y todos los recursos de un talento superior y valiente cual ninguno; si la defensa de ciertas ideas, repito, no hubiera corrido despus por cuenta de otras manos y de grrulas plumas, diferente sera hoy la suerte de Espaa. Ms simptico en el trato que Quintana, por carecer de aquella grandlocua y solemne severidad, era D. Francisco Martnez de la Rosa, recin llegado entonces de Londres, y que no era clebre todava ms que por su comedia Lo que puede un empleo, obra muy elogiada en aquellos inocentes tiempos. Las gracias, la finura, la encantadora cortesa, la amabilidad, el talento social sin afectacin, amaneramiento ni empalago, nadie lo tena entonces, ni lo tuvo despus, como Martnez de la Rosa. Pero hablo aqu de una persona a quien todos han conocido, y a quien vida tan larga no imprimi gran mudanza en genio y figura. Lo mismo que le vieron ustedes hacia 1857, salvo el detrimento de los aos, era Martnez de la Rosa cuando joven. Si en sus ideas haba alguna diferencia, no as en su carcter, que fue en la forma festivamente afable hasta la vejez, y en el fondo grave, entero y formal desde la juventud. No s por qu me he ocupado aqu de este eminente hombre, pues la verdad es que no concurri aquella noche a la tertulia de doa Flora, que estoy con mucho gusto describiendo. Fueron, s, como he dicho, Xrica y Bea, poetas menores de que me acuerdo poco, sin duda porque su fama problemtica y la mediocridad de su mrito hicieron que no fijase mucho en ellos la atencin. De quien me acuerdo es de Arriaza, y no porque me fuera muy simptico, pues la ndole adamada y aduladora de sus versos serios y la mordacidad de sus stiras me hacan poca gracia, sino porque siempre le vi en todas partes, en tertulias, cafs, libreras y reuniones de diversas clases. Este lleg ms tarde a la tertulia. Despus de los que he mencionado, vimos aparecer a un hombre como de unos cincuenta aos, flaco, alto, desgarbado y tieso. Tena como D. Quijote los bigotes negros, largos y cados, los brazos y piernas como palitroques, el cuerpo enjutsimo, el color moreno, el pelo entrecano, aguilea la nariz, los ojos ya dulces, ya fieros, segn a quien miraba, y los ademanes un tanto embarazados y torpes. Pero lo ms singular de aquel singularsimo hombre era su vestido, a la manera de los de Carnaval, consistente en pantalones a la turquesca, atacados a la rodilla, jubn amarillo y capa corta encarnada o herreruelo, calzas negras, sombrero de plumas como el de los alguaciles de la plaza de toros y en el cinto un tremendo chafarote, que iba golpeando en el suelo, y haca con el ruido de las pisadas un comps triple, cual si el personaje anduviese con tres pies. Parecer a algunos que es invencin ma esto del figurn que pongo a los ojos de mis lectores; pero abran la historia, y hallarn ms al vivo que yo lo hago pintadas las hazaas de un personaje, a quien llamo D. Pedro, para no ridiculizar como l lo hizo, un ttulo ilustre, que despus han llevado personas muy cuerdas. S; vestido estaba como he pintado, y no fue l solo quien dio por aquel tiempo en la mana de vestir y calzar a la antigua; que otro marqus, jerezano por cierto, y el clebre Jimnez Guazo y un escocs llamado lord Downie, hicieron lo mismo; pero yo por no aburrir a mis lectores presentndoles uno tras otro a estos tipos tan caractersticos como extraos, he hecho con las personas lo que hacen los partidos, es decir, una fusin, y me he permitido recoger las extravagancias de los tres y engalanar con tales atributos a uno solo de ellos, al ms gracioso sin disputa, al ms clebre de todos. Al punto que entr D. Pedro, oyronse estrepitosas risas en la sala; pero doa Flora sali al punto a la defensa de su amigo, diciendo: --No hay que criticarle, pues hace muy bien en vestirse a la antigua; y si todos los espaoles, como l dice, hicieran lo mismo, con la costumbre de vestir a la antigua vendra el pensar a la antigua, y con el pensar el obrar, que es lo que hace falta. D. Pedro hizo profundas reverencias y se sent junto a las damas, antes satisfecho que corrido por el recibimiento que le hicieron. --No me importan burlas de gente afrancesada--dijo mirando de soslayo a los que le contemplbamos--ni de filosofillos irreligiosos, ni de ateos, ni de francmasones, ni de democratistas, enemigos encubiertos de la religin y del rey. Cada uno viste como quiere, y si yo prefiero este traje a los franceses que venimos usando hace tiempo, y cio esta espada que fue la que llev Francisco Pizarro al Per, es porque quiero ser espaol por los cuatro costados y ataviar mi persona segn la usanza espaola en todo el mundo, antes de que vinieran los franchutes con sus corbatas, chupetines, pelucas, polvos, casacas de cola de abadejo y dems porqueras que quitan al hombre su natural fiereza. Ya pueden los que me escuchan rerse cuanto quieran del traje, si bien no lo harn de la persona porque saben que no lo tolero. --Est muy bien--dijo Amaranta--. Est muy bien ese traje, y slo las personas de mal gusto pueden criticarlo. Seores, cmo quieren ustedes ser buenos espaoles sin vestir a la antigua? --Pero seor marqus (D. Pedro era marqus, aunque me callo su ttulo)--dijo Quintana con benevolencia--por qu un hombre formal y honrado como usted, se ha de vestir de esta manera, para divertir a los chicos de la calle? Ha de tener el patriotismo por funda un jubn, y no ha de poder guarecerse en una chupa? --Las modas francesas han corrompido las costumbres--repuso D. Pedro atusndose los bigotes--y con las modas, es decir, con las pelucas y los colores, han venido la falsedad del trato, la deshonestidad, la irreligin, el descaro de la juventud, la falta de respeto a los mayores, el mucho jurar y votar, el descoco e impudor, el atrevimiento, el robo, la mentira, y con estos males los no menos graves de la filosofa, el atesmo, el democratismo, y eso de la soberana de la nacin que ahora han sacado para colmo de la fiesta. --Pues bien--repuso Quintana--si todos esos males han venido con las pelucas y los polvos, usted cree que los va a echar de aqu vistindose de amarillo? Los males se quedarn en casa, y el seor marqus har rer a las gentes. --Sr. D. Manolo, si todos fueran como usted que se empea en combatir a los franceses, imitndolos en usos y costumbres, lucidos estbamos. --Si las costumbres se han modificado, ellas sabrn por qu lo han hecho. Se lucha y se puede luchar contra un ejrcito por grande que sea; pero contra las costumbres hijas del tiempo, no es posible alzar las manos, y me dejo cortar las dos que tengo, si hay cuatro personas que le imiten a usted. --Cuatro?--exclam con orgullo D. Pedro--. Cuatrocientas estn ya filiadas en la Cruzada del obispado de Cdiz, y aunque todava no hay uniformes para todos, ya cuento con cincuenta o sesenta, gracias al celo de respetables damas, alguna de las cuales me oye. Y no nos vestimos as, seores mos, para andar charlando en los cafs y metiendo bulla por las calles, ni imprimiendo papeles que aumenten la desvergenza e irrespetuosidad del pueblo hacia lo ms sagrado, ni para convocar Cortes ni cortijos, ni para echar sermones a lo dmine Lucas, sino para salir por esos campos hendiendo cabezas de filsofos y acuchillando enemigos de la Iglesia y del rey. Ranse del traje en buena hora, que en cuanto sean despachados los mosquitos que zumban ms all del cao de Sancti-Petri, volveremos ac y haremos que los redactores del Semanario Patritico se vistan de papel impreso, que es la moda francesa que ms les cuadra. Dicho esto, D. Pedro celebr mucho con risas su propio chiste, y luego tom Bea la palabra para sostener la conveniencia de vestir a la antigua. Verdad que era graciosa la mana? Para que no se dude de mi veracidad, quiero trasladar aqu un prrafo del Conciso que conservo en la memoria: Otro de los medios indirectos--deca--pero muy poderoso, para renovar el entusiasmo, sera volver a usar el antiguo traje espaol. No es decible lo que esto podra influir en la felicidad de la nacin. Oh, padres de la patria, diputados del augusto congreso! A vosotros dirijo mi humilde voz: vosotros podis renovar los das de nuestra antigua prosperidad; vestos con el traje de nuestros padres, y la nacin entera seguir vuestro ejemplo. Esto lo escriba poco despus aquel mismo Sr. Bea, poeta de circunstancias, a quien yo vi en casa de doa Flora. Y recomendaba a los padres de la patria que imitasen en su atavo al gran D. Pedro, pasmo de los chicos y alboroto de paseantes! Qu bonitos habran estado Argelles, Muoz Torrero, Garca Herreros, Ruiz Padrn, Inguanzo, Meja, Gallego, Quintana, Toreno y dems insignes varones, vestidos de arlequines! Y aquel Bea era liberal y pasaba por cuerdo; verdad es que los liberales como los absolutistas, han tenido aqu desde el principio de su aparicin en el mundo ocurrencias graciossimas. Quintana pregunt a D. Pedro si la Cruzada del obispado de Cdiz pensaba presentarse a las futuras Cortes en aquel talante el da de la apertura. --Yo no quiero nada con Cortes--repuso--. Pero usted es de los bolos que creen habr tal novedad? La regencia est decidida a echar la tropa a la calle para hacer polvo a los vocingleros que ahora no pueden pasarse sin Cortes. Angelitos! Dseles la novedad de este juguete para que se diviertan. --La regencia--repuso el poeta--har lo que la manden. Callar y aguantar. Aunque carezco de la perspicacia que distingue al seor D. Pedro, me parece que la nacin es algo ms que el seor obispo de Orense. --Verdaderamente, Sr. D. Manuel--dijo Amaranta--eso de la soberana de la nacin que han inventado ahora... anoche estaban explicndolo en casa de la Morl, y por cierto que nadie lo entenda; eso de la soberana de la nacin si se llega a establecer va a traernos aqu otra revolucin como la francesa, con su guillotina y sus atrocidades. No lo cree usted? --No, seora; no creo ni puedo creer tal cosa. --Que pongan lo que quieran con tal que sea nuevo--dijo doa Flora--; no es verdad, Sr. de Xrica? --Justo, y afuera religin, afuera rey, afuera todo--vocifer D. Pedro. --Denme trescientos aos de soberana, de la nacin--dijo Quintana--y veremos si se cometen tantos excesos, arbitrariedades y desafueros como en trescientos aos que no la ha habido. Habr revolucin que contenga tantas iniquidades e injusticias como el solo perodo de la privanza de D. Manuel Godoy? --Nada, nada, seores--dijo D. Pedro con irona--. Si ahora vamos a estar muy bien; si vamos a ver aqu el siglo de oro; si no va a haber injusticias, ni crmenes, ni borracheras, ni miserias, ni cosa mala alguna, pues para que nada nos falte, en vez de padres de la Iglesia; tenemos periodistas; en vez de santos, filsofos; en vez de telogos, ateos. --Justamente; el Sr. de Congosto tiene razn--replic Quintana--. La maldad no ha existido en el mundo hasta que no la hemos trado nosotros con nuestros endiablados libros... Pero todo se va a remediar con vestirnos de mojiganga. --Pero en ltimo resultado--pregunt la condesa--hay Cortes o no? --S, seora, las habr. --Los espaoles no sirven para eso. --Eso no lo hemos probado. --Ay, qu ilusin tiene usted, Sr. D. Manuel! Ver usted qu escenas tan graciosas habr en las sesiones... y digo graciosas por no decir terribles y escandalosas. --El terror y el escndalo no nos son desconocidos, seora, ni los traern por primera vez las Cortes a esta tierra de la paz y de la religiosidad. La conspiracin del Escorial, los tumultos de Aranjuez, las vergonzosas escenas de Bayona, la abdicacin de los reyes padres, las torpezas de Godoy, las repugnantes inmoralidades de la ltima Corte, los tratados con Bonaparte, los convenios indignos que han permitido la invasin, todo esto, seora amiga ma, que es el colmo del horror y del escndalo, lo han trado por ventura las Cortes? --Pero el rey gobierna, y las Cortes, segn el uso antiguo, votan y callan. --Nosotros hemos cado en la cuenta de que el rey existe para la nacin y no la nacin para el rey. --Eso es--dijo D. Pedro--el rey para la nacin, y la nacin para los filsofos. --Si las Cortes no salen adelante--aadi Quintana--lo debern a la perfidia y mala fe de sus enemigos; pues estas majaderas de vestir a la antigua y convertir en sainete las ms respetables cosas, es vicio muy comn en los espaoles de uno y otro partido. Ya hay quien dice que los diputados deben vestirse como los alguaciles en da de pregn de Bula, y no falta quien sostiene que todo cuanto se hable, proponga y discuta en la Asamblea, debe decirse en verso. --Pues de ese modo sera precioso--afirm doa Flora. --En efecto--dijo Amaranta--y como se renen en un teatro la ilusin sera perfecta. Prometo asistir a la inauguracin. --Yo no faltar. Sr. de Quintana, usted me proporcionar un palco o un par de lunetas. Y se paga, se paga? --No, amiga ma--dijo Amaranta burlndose--. La nacin ensea y pone al pblico gratis sus locuras. --Usted--le dijo Quintana sonriendo--ser de nuestro partido. --Ay, no, amigo mo!--repuso la dama--. Prefiero afiliarme a la Cruzada del obispado. Me espantan los revolucionarios, desde que he ledo lo que pas en Francia. Ay, Sr. Quintana! Qu lstima que usted se haya hecho estadista y poltico! Por qu no hace usted versos? --No estn los tiempos para versos. Sin embargo, ya usted ve cmo los hacen mis amigos; Arriaza, Bea, Xrica, Snchez Barbero no dejan descansar a las prensas de Cdiz. Bea y Xrica se haban apartado del grupo. --Ay, amigo mo!, que no oiga yo aquello de Oh! Velintn, nombre amable grande alumno del dios Marte. --Es horrible la poesa de estos tiempos, porque los cisnes callan, entristecidos por el luto de la patria, y de su silencio se aprovechan los grajos para chillar. Y dnde me deja usted aquello de Resuene el tambor; veloces marchemos...? --Arriaza--indic Quintana--ha hecho ltimamente una stira preciosa. Esta noche la leer aqu. --Nombren al ruin...--dijo Amaranta, viendo aparecer en el saln al poeta de los chistes. --Arriaza, Arriaza--exclamaron diferentes voces salidas de distintos lados de la estancia--. A ver, lanos usted la oda A Pepillo. --Atencin, seores. --Es de lo ms gracioso que se ha escrito en lengua castellana. --Si el gran Botella la leyera, de puro avergonzado se volvera a Francia. Arriaza, hombre de cierta fatuidad, se gallardeaba con la ovacin hecha a los productos de su numen. Como su fuerte eran los versos de circunstancias y su popularidad por esta clase de trabajos extraordinaria, no se hizo de rogar, y sacando un largo papel, y ponindose en medio de la sala, ley con muchsima gracia aquellos versos clebres que ustedes conocern y cuyo principio es de este modo: Al nclito Sr. Pepe, Rey (en deseo) de las Espaas y (en visin) de sus Indias. Salud, gran rey de la rebelde gente, salud, salud, Pepillo, diligente protector del cultivo de las uvas y catador experto de las cubas. . . . . . . . . . . . . . . . . A cada instante era el poeta interrumpido por los aplausos, las felicitaciones, las alabanzas, y vierais all cmo por arte mgico habanse confundido todas las opiniones en el unnime sentimiento de desprecio y burla hacia nuestro rey pegadizo. Por instantes hasta el gran D. Pedro y D. Manuel Jos Quintana parecieron conformes. La composicin de Pepillo corri manuscrita por todo Cdiz. Despus la refundi su autor, y fue publicada en 1812. Dividiose despus la tertulia. Los polticos se agruparon a un lado, y el atractivo de las mesas de juego llev a la sala contigua a una buena porcin de los concurrentes. Amaranta y la condesa permanecieron all, y D. Pedro, como hombre galante no las dejaba de la mano. VI --Gabriel--me dijo Amaranta--es preciso que te decidas a trocar tu uniforme a la francesa por este espaol que lleva nuestro amigo. Adems, la orden de la Cruzada tiene la ventaja de que cada cual se encaja encima el grado que ms le cuadra, como por ejemplo D. Pedro, que se ha puesto la faja de capitn general. En efecto, D. Pedro no se haba andado con chiquitas para subirse por sus propios pasos al ltimo escaln de la milicia. --Es el caso--dijo sin modestia el hroe--que necesita uno condecorarse a s propio, puesto que nadie se toma el trabajo de hacerlo. En cuanto a la entrada de este caballerito en la orden, venga en buen hora; pero sepa que los nuestros hacen vida asctica durmiendo en una tarima y teniendo por almohada una buena piedra. De este modo se fortalece el hombre para las fatigas de la guerra. --Me parece muy bien--afirm Amaranta--y si a esto aaden una comida sobria, como por ejemplo, dos raciones de obleas al da, sern los mejores soldados de la tierra. nimo, pues, Gabriel, y hazte caballero del obispado de Cdiz. --De buena gana lo hara, seores, si me encontrara con fuerzas para cumplir las leyes de un instituto tan riguroso. Para esa Cruzada del obispado se necesitan hombres virtuossimos y llenos de fe. --Ha hablado perfectamente--repuso con solemne acento D. Pedro. --Disculpas, hijo--aadi Amaranta con malicia--. La verdadera causa de la resistencia de este mozuelo a ingresar en la orden gloriosa es no slo la holgazanera, sino tambin que las distracciones de un amor tan violento como bien correspondido, le tienen embebecido y trastornado. No se permiten enamorados en la orden, verdad, Sr. D. Pedro? --Segn y conforme--respondi el grave personaje tomndose la barba con dos dedos y mirando al techo--. Segn y conforme. Si los catecmenos estn dominados por un amor respetuoso y circunspecto hacia persona de peso y formalidad, lejos de ser rechazados, con ms gusto son admitidos. --Pues el amor de este no tiene nada de respetuoso--dijo Amaranta, mirando con picaresca atencin a doa Flora--. Mi amiga, que me est oyendo, es testigo de la impetuosidad y desconsideracin de este violento joven. D. Pedro fij sus ojos en doa Flora. --Por Dios, querida condesa--dijo esta--usted con sus imprudencias es la que ha echado a perder a este muchacho, ensendole cosas que an no est en edad de saber. Por mi parte la conciencia no me acusa palabra ni accin que haya dado motivo a que un joven apasionado se extralimitase alguna vez. La juventud, Sr. D. Pedro, tiene arrebatos; pero son disculpables, porque la juventud... --En una palabra, amiga ma--dijo Amaranta dirigindose a doa Flora--. Ante una persona tan de confianza como el Sr. D. Pedro, puede usted dejar a un lado el disimulo, confesando que las ternuras y patticas declaraciones de este joven no le causan desagrado. --Jess, amiga ma--exclam mudando de color la duea de la casa--, qu est usted diciendo? --La verdad. A qu andar con tapujos? No es verdad, seor de Congosto, que hago bien en poner las cosas en su verdadero lugar? Si nuestra amiga siente una amorosa inclinacin hacia alguien, por qu ocultarlo? Es acaso algn pecado? Es acaso un crimen que dos personas se amen? Yo tengo derecho a permitirme estas libertades por la amistad que les tengo a los dos, y porque ha tiempo que les vengo aconsejando se decidan a dejar a un lado los misterios, secreticos y trampantojos que a nada conducen, s seor, y que por lo general suelen redundar en desdoro de la persona. En cuanto a mi amiga, harto la he exhortado, condenando su insistente celibato, y se me figura que al fin mis prdicas no sern intiles. No lo niegue usted. Su voluntad est vacilante, y en aquello de si caigo o no caigo; de modo que si una persona tan respetable como el Sr. D. Pedro uniera sus amonestaciones a las mas... D. Pedro estaba verde, amarillo, jaspeado. Yo, sin decir nada, procuraba al mismo tiempo que contena la risa, corroborar con mis actitudes y miradas lo que la condesa deca. Doa Flora, confundida entre la turbacin y la ira, miraba a Amaranta y al esperpento, y como viera a este con el color mudado y los ojos chispeantes de enojo, turbose ms y dijo: --Qu bromas tiene la condesa, Sr. D. Pedro quiere usted tomar un dulcecito? --Seora--repuso con iracunda voz el estafermo--, los hombres como yo se endulzan con acbar la lengua, y el corazn con desengaos. Doa Flora quiso rer, pero no pudo. --Con desengaos, s seora--aadi D. Pedro--, y con agravios recibidos de quien menos deban esperarse. Cada uno es dueo de dirigir sus impulsos amorosos al punto que ms le conviene. Yo en edad temprana los dirig a una ingrata persona, que al fin... mas no quiero afear su conducta, ni pregonar su deslealtad, y guardareme para m solo las penas como me guard las alegras. Y no se diga para disculpar esta ingratitud, que yo falt una sola vez en veinticinco aos al respeto, a la circunspeccin, a la severidad que la cultura y dignidad de entrambos me impona, pues ni palabra incitativa pronunciaron mis labios, ni gesto indecoroso hicieron mis manos, ni idea impdica turb la pureza de mi pensamiento, ni nombr la palabra matrimonio, a la cual se asocian imgenes contrarias al pudor, ni mir de mal modo, ni fij los ojos en las partes que la moda francesa tena mal cubiertas, ni hice nada, en fin, que pudiera ofender, rebajar o menoscabar el santo objeto de mi culto. Pero ay!, en estos tiempos corrompidos no hay flor que no se aje, ni pureza que no se manche, ni resplandor que no se oscurezca con alguna nubecilla. Est dicho todo, y con esto, seoras, pido a ustedes licencia para retirarme. Levantbase para partir, cuando doa Flora le detuvo diciendo: --Qu es eso, Sr. D. Pedro? Qu arrebato le ha dado? Hace usted caso de las bromas de Amaranta? Es una calumnia, s seor, una calumnia. --Pero qu es esto?--dijo Amaranta fingiendo la mayor estupefaccin--. Mis palabras han podido causar el disgusto del Sr. D. Pedro? Jess, ahora caigo en que he cometido una gran imprudencia. Dios mo, qu dao he causado! Sr. D. Pedro, yo no saba nada, yo ignoraba... Desunir por una palabra indiscreta dos voluntades... Este mozalbete tiene la culpa. Ahora recuerdo que mi amiga le est recomendando siempre que le imite a usted en las formas respetuosas para manifestar su amor. --Y le reprendo sus atrevimientos--dijo doa Flora... --Y le tira de las orejas cuando se extralimita de palabra u obra, y le pellizca en el brazo cuando salen juntos a paseo. --Seoras, perdnenme ustedes--dijo don Pedro--pero me retiro. --Tan pronto? --Amaranta con sus majaderas le ha amoscado a usted. --Tengo que ir a casa de la seora condesa de Rumblar. --Eso es un desaire, Sr. D. Pedro. Dejar mi casa por la de otra. --La condesa es una persona respetabilsima que tiene alta idea del decoro. --Pero no hace vestidos para los Cruzados. --La de Rumblar tiene el buen gusto de no admitir en su casa a los politiquillos y diaristas que infestan a Cdiz. --Ya. --All no se juega tampoco. All no van Quintana el fatuo, ni Martnez de la Rosa el pedante, ni Gallego el clerizonte ateo, ni Gallardo el demonio filosfico, ni Arriaza el relamido, ni Capmany el loco, ni Argelles el jacobino, sino multitud de personas deferentes con la religin y con el rey. Y dicho esto, el estafermo hizo una reverencia que medio le descoyunt, marchndose despus con paso reposado y ademn orgulloso. --Amiga ma--dijo doa Flora--, qu imprudente es usted! No es verdad, Gabriel, que ha sido muy imprudente? --Ya lo creo; contarlo todo en sus propias barbas! --Yo temblaba por ti, niito, temiendo que te ensartara con el chafarote. --La condesa nos ha comprometido--afirm con afectado enojo. --Es un diablillo. --Amiga ma--dijo Amaranta--, lo hice con la mayor inocencia. Despus de lo que he descubierto, me pongo de parte del desairado don Pedro. La verdad, seora doa Flora; es una gran picarda lo que ha hecho usted. Trocarle, despus de veinticinco aos, por este mozuelo sin respetabilidad... --Calle usted, calle usted, picaruela--repuso la duea--. Por mi parte ni a uno ni a otro. Si usted no hubiera incitado a este joven con sus provocaciones... --De aqu en adelante--dije yo--ser respetuoso, comedido y circunspecto, como don Pedro. Doa Flora me ofreci un dulce, pero viose obligada a poner punto en la cuestin, porque otras damas, que como ella pertenecan a la clase de plazas desmanteladas y con artillera antigua, intervinieron inoportunamente en nuestro dilogo. He referido la anterior burlesca escena, que parece insignificante y slo digna de momentnea atencin, porque con ser pura broma, influy mucho en acontecimientos que luego contar, proporcionndome sinsabores y contrariedades. De este modo los ms frvolos sucesos, que no parecen tener fuerza bastante para alterar con su dbil paso la serenidad de la vida, la conmueven hondamente de sbito y cuando menos se espera. VII Poco despus entr en la sala el memorable D. Diego, conde de Rumblar y de Pea Horadada, y con gran sorpresa ma, ni salud a la condesa, ni esta tuvo a bien dirigirle mirada alguna. Reconocindome al punto, llegose a m, y con la mayor afabilidad me salud y felicit por mi rpido adelantamiento en la carrera de las armas, de que ya tena noticias. No nos habamos visto desde mi aventura famosa en el palacio del Pardo. Yo le encontr bastante desfigurado, sin duda por recientes enfermedades y molestias. --Aqu sers mi amigo, lo mismo que en Madrid--me dijo entrando juntos en la sala de juego--. Si ests en la Isla, te visitar. Quiero que vengas a las tertulias de mi casa. Dime, cuando vienes a Cdiz, paras aqu en casa de la condesa? --Suelo venir aqu. --Sabes que mi parienta aprecia la lealtad de los que fueron sus pajes?... Ya sabrs que de esta me caso. --La condesa me lo ha dicho. --La condesa ya no priva. Hay divorcio absoluto entre ella y los dems de la familia... oh!, ahora me acuerdo de cuando te encontramos en el Pardo... Cuando le preguntaron a Amaranta que qu hacas all, no supo contestar. Lo que hacas, t lo podrs decir... Juegas, o no? --Jugaremos. --Aqu al menos se respira, chico. Vengo huyendo de las tertulias de mi casa, que ms que tertulias son un cnclave de clrigos, frailucos y enemigos de la libertad. All no se va ms que a hablar mal de los periodistas y de los que quieren Constitucin. No se juega, Gabriel, ni se baila, ni se refresca, ni se hablan ms que sosadas y boberas... De todos modos, es preciso que vengas a mi casa. Mis hermanas me han dicho que quieren conocerte; s, me lo han dicho. Las pobres estn muy aburridas. Si no fuese porque lord Gray distrae un poco a las tres muchachas... Vendrs a casa. Pero cuidado con echrtela de liberal y de jacobino. No abras la boca sino para decir mil pestes de las futuras Cortes, de la libertad de la imprenta, de la revolucin francesa, y ten cuidado de hacer una reverencia cuando se nombre al rey, y de decir algo en latn al modo de conjuro siempre que citen a Bonaparte, a Robespierre o a otro monstruo cualquiera. Si as no lo haces, mi mam te echar al punto a la calle, y mis hermanas no podrn rogarte que vuelvas. --Muy bien; tendr cuidado de cumplir el programa. En dnde nos veremos? --Yo ir a la Isla o nos veremos aqu, aunque la verdad... Tal vez no vuelva. Mi mam me tiene prohibido poner los pies en esta casa. Vete a la ma, y pregunta por tu amigo don Diego, el que gan la batalla de Bailn. Yo le he hecho creer a mi mam que entre t y yo ganamos aquella clebre batalla. --Y Santorcaz? --En Madrid sigue de comisario de polica. Nadie le puede ver; pero l se re de todos y cumple con su obligacin. Con que juguemos. Yo voy al caballo. El juego, antes fro y mal sostenido por personas sin entusiasmo, se anim con la presencia de Amaranta, que fue a poner su dinero en la balanza de la suerte. Para que todo marchase a pedir de boca, lleg en aquel crtico punto lord Gray, de quien dije haba desaparecido al comienzo de la tertulia. Como de costumbre, el esplndido ingls reclam para s las preeminencias de banquero, y tallando l con serenidad, apuntando nosotros con zozobra y emocin, le desvalijamos a toda prisa. Sobre todo Amaranta y yo tuvimos una suerte loca. Doa Flora, por el contrario, vea mermados con rapidez sus exiguos capitales y D. Diego se mantuvo en tabla con vaivenes de desgracia y fortuna. Indiferente a su ruina el ingls, ms sacaba cuanto ms perda, y todo lo que de sus bolsillos se traseg al montn, vena despus del montn a visitar los mos, que se asombraban de una abundancia jams por ellos conocida. La funcin no concluy sino cuando lord Gray no dio ms de s, acabndose la tertulia. Los polticos, sin embargo, continuaban disputando en la sala vecina, aun despus de retirada la ltima moneda de la mesa de juego. Cuando salimos para continuar el monte en casa de lord Gray, D. Diego me dijo: --Mi mam cree a estas horas que duermo como un talego. En casa nos retiramos a las diez. Mi mam, despus de cenar, nos echa la bendicin, rezamos varias oraciones y nos manda a la cama. Yo me retiro a la alcoba, fingiendo tener mucho sueo, apago la luz y cuando todo est en silencio, escpome bonitamente a la calle. Muy de madrugada vuelvo, abro mis puertas con llaves a propsito, y me meto en el lecho. Slo mis hermanitas estn en el secreto y favorecen la evasin. Lord Gray nos obsequi en su casa con una esplndida cena; sacamos luego el libro de las cuarenta hojas y con sus textos pasamos febrilmente entretenidos la noche. D. Diego en tabla, el ingls perdiendo las entraas, y yo ganando hasta que cansados los tres y siempre invariable y terca la fortuna, dimos por terminada la partida. Oh!, en los gloriosos aos de 1810, 1811 y 1812 se jugaba mucho, pero mucho. Desde aquella noche no pude volver a Cdiz hasta la tarde del 28 de Mayo, formando parte de las fuerzas que se enviaron para hacer los honores a la Regencia, que al da siguiente deba instalarse en el palacio de la Aduana. Esta ceremonia de la instalacin fue muy divertida y animada tanto el da 29 como el 30, por ser en este los de nuestro seor rey D. Fernando VII. Cuando estbamos en la Aduana, haciendo guardia de honor a la Regencia, reunida dentro en sesin solemne, omos decir que en aquel mismo da se presentaran en Cdiz al pie de cien coraceros a la antigua que queran ofrecer sus respetos al poder central. Al punto que tal o, acordeme del insigne D. Pedro, y no dud que l fuese autor de la diversin que se nos preparaba. Las doce seran, cuando una gran turba de chicos desembocando por las calles de Pedro Conde y de la Manzana, anunci que algo muy extraordinario y divertido se aproximaba; y con efecto, tras el infantil escuadrn, que de mil diversos modos y con variedad de chillidos manifestaba su regocijo, vierais all aparecer una falange de cien a caballo vestidos todos con el mismo traje amarillo y rojo que yo haba visto en las secas carnes del gran D. Pedro. Este vena delante con faja de capitn general sobre el arlequinado traje, y tan estirado, satisfecho y orgulloso, que no se cambiara por Godofredo de Bouilln entrando triunfante en Jerusaln. Ni l ni los dems llevaban corazas, pero s cruces en el pecho; y en cuanto a armas, cul llevaba sable, cul espadn de etiqueta. Como diversin de Carnestolendas, aquello poda tolerarse; pero como Cruzada del obispado de Cdiz para acabar con los franceses, era de lo ms grotesco que en los anales de la historia se puede en ningn tiempo encontrar. La multitud les victoreaba, por la sencilla razn de que se diverta; ellos, con los aplausos, se crean no menos dignos de admiracin que las huestes de Csar o Anbal; y por fortuna nuestra, desde el Puerto de Santa Mara, donde estaban los franceses, no poda verse ni con telescopio semejante fiesta, que si la vieran, de buena gana habran hecho ms ruido las risas que los caones. Llegaron a la Aduana, pidi permiso el que los mandaba para entrar a saludar a la Regencia, se lo negamos, creyendo que los de la Junta no habran perdido el juicio; insisti D. Pedro, golpeando el suelo con el sable y profiriendo amenazas y bravatas; entramos a notificar a los seores qu clase de estantiguas queran colarse en el palacio del gobierno, y este al fin consinti en ser felicitado por los caballeros a la antigua, temiendo despopularizarse si no lo haca. Debilidad propia de autoridades espaolas! Entr, pues, Congosto, seguido de cinco de los suyos, escogidos entre los ms granados, atraves el saln de corte, y al encarar con los de la Regencia hizo una profunda cortesa, irguiose despus, pase su orgullosa vista de un confn a otro de la sala, meti la mano en el bolsillo de los gregescos y con gran sorpresa de todos los que le veamos, sac unos anteojos de gruesa armadura, que se cal sobre la martilluda nariz. Tal facha y vestido con anteojos era de lo ms ridculo que puede imaginarse. Los de la Regencia fluctuaban entre el enojo y la risa, y los extraos que presenciaban aquello, no disimulaban su contento por disfrutar de escena tan chusca. Luego que se ensart los espejuelos y los acomod bien, enganchados en las orejas y apoyados en la nariz, meti la otra mano en el otro bolsillo y saco un papel, pero qu papel! Lo menos tena una vara. Todos cremos que sera un discurso; pero no, seores, eran unos versos. Entonces, para hablar al Rey o al pblico o a las autoridades, privaban los malos versos sobre la mala prosa. Desdobl, pues, el luengo papel, tosi limpiando el gaznate, se atus los largos bigotes, y con voz cavernosa y retumbante dio principio a la lectura de una sarta de endecaslabos cojos, mancos y lisiados, tan rematadamente malos como obra que eran del mismo personaje que los lea. Siento no poder dar a mis amigos una muestra de aquella literatura, porque ni se imprimieron ni puedo recordarlos; pero si no la forma, tengo presente el sentido, que se reduca a encomiar la necesidad de que todo el mundo se vistiera a la antigua, nico modo de resucitar el ya muerto y enterrado herosmo de los antiguos tiempos. Durante la lectura haba sacado D. Pedro la espada, y todas las frases fuertes las acompaaba de tajos, mandobles y cuchilladas en el aire, volteando el arma por encima de su cabeza, lo cual remat el grotesco papel que estaba haciendo. Luego que acabara de leer los malhadados versos, guard el cartapacio, descolg de la nariz los anteojos, y envainando la espada, hizo otra profunda reverencia y sali del saln seguido de los suyos. Seores, que es verdad lo que digo! Me ofenden esas muestras de incredulidad de los que me escuchan. brase la historia, no las que andan en manos de todos, sino otras algo ntimas, y que testigos presenciales dictaron. Pues qu, se ha olvidado ya la condicin sainetesca y un tanto arlequinada de nuestros partidos polticos en el perodo de su incubacin? Verdad pursima, santa verdad es lo que he referido, aunque parece inverosmil, y an me callo otras cositas por no ofender el decoro nacional. Despus, la graciosa procesin recorri las calles de Cdiz con grande alegra de todo el pueblo, que se regocijaba con tal motivo extraordinariamente, sin decidirse por eso a vestir a la antigua... Tan grande era su buen sentido! Los balcones y miradores se poblaban de damas, y en la calle la multitud segua a los cruzados. Sobre todo los chicos tuvieron un da felicsimo. No falt ms para que aquello se pareciese a la entrada de D. Quijote en Barcelona, sino que los muchachos aplicaran a ciertas partes del caballo que montaba don Pedro las clebres aliagas, y aun creo que algo de esto aconteci al fin del triunfal paseo y cuando se volvan a la Isla. Despus del acontecimiento referido, ciertos sucesos tristsimos determinan un parntesis no corto en esta parte de la historia de mi vida que voy refiriendo. El 1 de Junio sentame enfermo y ca con la fiebre amarilla, cual otros tantos que en aquella temporada fueron vctimas del terrible tifus, con menos suerte que un servidor de ustedes, el cual escap de las garras de la muerte, despus de verse en estado tal que vislumbraba los horizontes del otro mundo. Mi mal (ya me haba atacado en la niez con distinto carcter) no fue muy largo. Yo estaba en la Isla. Asistironme mis amigos cariosamente; visitbame lord Gray todos los das, y Amaranta y doa Flora hicieron largas guardias y vigilias en la cabecera de mi lecho. Cuando me vieron fuera de peligro las dos lloraban de alegra. Durante la convalecencia, D. Diego fue a visitarme, y me dijo: --Maana mismo vendrs a mi casa. Mis hermanas y mi novia me preguntan por ti todos los das. Qu susto se han llevado! --Ir maana--le respond. Pero yo estaba muy lejos de esperar la orden militar e inapelable que por algn tiempo me desterrara de mi ciudad querida. Es el caso que D. Mariano Renovales, aquel soldado atrevido que tan heroicas hazaas realiz en Zaragoza, fue destinado a mandar una expedicin que deba salir de Cdiz para desembarcar en el Norte. Renovales era un hombre muy bravo; pero con esta bravura salvaje de nuestros grandes hombres de guerra: valor desnudo de conocimientos militares y de todos los dems talentos que enaltecen al buen general. Haba publicado el guerrillero una proclama extravagantsima, en cuya cabeza se vea un grabado representando a Pepe Botellas cayndose de borracho y con un jarro de vino en la mano, y el estilo del tal documento corresponda a lo innoble y ridculo de la estampa. Sin embargo, por esto mismo le elogiaron mucho y le dieron un mando. Achaques de Espaa! Estos majaderos suelen hacer fortuna. Pues seor, como deca, diose a Renovales un pequeo cuerpo de ejrcito, y en este cuerpo de ejrcito me incluyeron a m, obligndome, casi enfermo todava, a seguir al loco guerrillero en su ms loca expedicin. Obedec y embarqueme con l, despidindome de mis amigos. Oh, qu aventura tan penosa, tan desairada, tan funesta, tan estril! Fiad empresas delicadas a hombres ignorantes y populacheros que no tienen ms cualidad que un valor ciego y frentico. No quiero contar los repetidos desastres de la expedicin. Sufrimos tempestades, aguantamos todo gnero de desdichas, y para colmo de desgracia, lejos de hacer cosa alguna de provecho, parte de las tropas desembarcadas en Asturias cayeron en poder de los franceses. Gracias dimos a Dios los pocos que despus de tres meses y medio de angustiosas penas, pudimos regresar a Cdiz, avergonzados por el infausto xito de la aventura. Yo compar a mis compaeros de entonces con los individuos de la Cruzada en la falta de sentido comn. Regresamos a Cdiz. Algunos fueron a recibirnos con jbilo creyendo que volvamos cubiertos de gloria, y en breves palabras contamos lo ocurrido. La gente entusiasta y patriotera no quera creer que el valiente Renovales fuese un majadero. Por desgracia, de esta clase de hroes hemos tenido muchos. Luego que descansamos un poco, despus de poner el pie en tierra, fuimos a presentarnos a las autoridades de la Isla. Era el 24 de Setiembre. VIII Una gran novedad, una hermosa fiesta haba aquel da en la Isla. Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares y edificios pblicos, y endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, de gala la Naturaleza a causa de la hermosura de la maana y esplendente claridad del sol, todo respiraba alegra. Por el camino de Cdiz a la Isla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie; y en la plaza de San Juan de Dios los caleseros gritaban, llamando viajeros:--A las Cortes, a las Cortes! Pareca aquello preliminar de funcin de toros. Las clases todas de la sociedad concurran a la fiesta, y los antiguos bales de la casa del rico y del pobre habanse quedado casi vacos. Vesta el poderoso comerciante su mejor pao, la dama elegante su mejor seda, y los muchachos artesanos, lo mismo que los hombres del pueblo, ataviados con sus pintorescos trajes salpicaban de vivos colores la masa de la multitud. Movanse en el aire los abanicos, reflejando en mil rpidos matices la luz del sol, y los millones de lentejuelas irradiaban sus esplendores sobre el negro terciopelo. En los rostros haba tanta alegra, que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no haca falta que unos a otros se preguntasen a dnde iban, porque un zumbido perenne deca sin cesar:--A las Cortes, a las Cortes! Las calesas partan a cada instante. Los pobres iban a pie, con sus meriendas a la espalda y la guitarra pendiente del hombro. Los chicos de las plazuelas, de la Caleta y la Via, no queran que la ceremonia estuviese privada del honor de su asistencia, y arreglndose sus andrajos, emprendan con sus palitos al hombro el camino de la Isla, dndose aire de un ejrcito en marcha, y entre sus chillidos y bufidos y algazara se distingua claramente el grito general:--A las Cortes, a las Cortes! Tronaban los caones de los navos fondeados en la baha; y entre el blanco humo las mil banderas semejaban fantsticas bandadas de pjaros de colores arremolinndose en torno a los mstiles. Los militares y marinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas y veneras en sus pechos, orgullo y jbilo en los semblantes. Abrazbanse paisanos y militares congratulndose de aquel da, que todos crean el primero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores y periodistas, rebosaban satisfaccin, dando y admitiendo plcemes por la aparicin de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquella felicidad desconocida que todos nombraban con el grito placentero de:--Las Cortes, las Cortes! En la taberna del Sr. Poenco no se pensaba ms que en libaciones en honor del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos, picadores, carniceros y chalanes, haban diferido sus querellas para que la majestad de tan gran da no se turbara con ataques a la paz, a la concordia y buena armona entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaron sus puestos corriendo hacia la Cortadura que se inund de mancos, cojos y lisiados, ganosos de recoger abundante cosecha de limosnas entre la mucha gente, y enseando sus llagas, no pedan en nombre de Dios y la caridad, sino de aquella otra deidad nueva y santa y sublime, diciendo:--Por las Cortes, por las Cortes! Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza, juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurri al gran acto, los ms por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros porque haban odo hablar de las Cortes y queran saber lo que eran. La general alegra me record la entrada de Fernando VII en Madrid en Abril de 1808, despus de los sucesos de Aranjuez. Cuando llegu a la Isla, las calles estaban intransitables por la mucha gente. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver una procesin. En los miradores apenas caban los ramilletes de seoras; clamaban a voz en grito las campanas y gritaba el pueblo, y se estrujaban hombres y mujeres contra las paredes, y los chiquillos trepaban por las rejas, y los soldados formados en dos filas pugnaban por dejar el paso franco a la comitiva. Todo el mundo quera ver, y no era posible que vieran todos. Aquella procesin no era una procesin de santas imgenes, ni de reyes ni de prncipes, cosa en verdad muy vista en Espaa para que as llamara la atencin: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos de negro, jvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los ms. Precedales el clero con el infante de Borbn de pontifical y los individuos de la Regencia, y les segua gran concurso de generales, cortesanos antao de la corona y hoy del pueblo, altos empleados, consejeros de Castilla, prceres y gentileshombres, muchos de los cuales ignoraban qu era aquello. La procesin vena de la iglesia mayor donde se haba dicho solemne misa y cantado un Te Deum. El pueblo no cesaba de gritar Viva la nacin!, como pudiera gritar viva el rey!, y un coro que se haba colocado en cierto entarimado detrs de una esquina enton el himno, muy laudable sin duda, pero muy malo como poesa y msica; que deca: Del tiempo borrascoso que Espaa est sufriendo va el horizonte viendo alguna claridad. La aurora son las Cortes que con sabios vocales remediarn los males dndonos libertad. El msico haba sido tan inhbil al componer el discurso musical, y tan poco conoca el arte de las cadencias, que los cantantes se vean obligados a repetir cuatro veces que con sabios, que con sabios, etc. Pero esto no quita su mrito a la inocente y espontnea alegra popular. Cuando pas la comitiva encontr a Andrs Marijun, el cual me dijo: --Me han magullado un brazo dentro de la iglesia. Qu gento! Pero me propuse ver todo y lo vi. Lindsimo ha estado. --Pero ya empezaron los discursos? --Hombre no. Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo, y luego los regentes tomaron juramento a los procuradores, dicindoles:--Juris conservar la religin catlica? Juris conservar la integridad de la nacin espaola? Juris conservar en el trono a nuestro amado rey D. Fernando? Juris desempear fielmente este cargo?, a lo cual ellos iban contestando que s, que s y que s. Despus echaron un golpe de rgano y canto llano y se acab. Gabriel, a ver si podemos entrar en el saln de sesiones. Yo no cre prudente intentarlo; pero fui hacia all, codeando a diestro y siniestro, cuando al llegar junto al teatro, ante cuyas puertas se agolpaban masas de gente y no pocos coches, sent que vivamente me llamaban, diciendo:--Gabriel, Araceli, Gabriel, seor D. Gabriel, Sr. de Araceli. Mir a todos lados, y entre el gento vi dos abanicos que me hacan seas y dos caras que me sonrean. Eran las de Amaranta y doa Flora. Al punto me un a ellas, y despus que me saludaron y felicitaron cariosamente por mi feliz llegada, Amaranta dijo: --Ven con nosotras, tenemos papeletas para entrar en la galera reservada. Subimos todos, y por la escalera pregunt a la condesa si algn acontecimiento haba modificado la situacin de nuestros asuntos, durante mi ausencia, a lo que me contest: --Todo sigue lo mismo. La nica novedad es que mi ta padece ahora un reumatismo que la tiene baldada. Doa Mara la domina completamente y es quien manda en la casa y quien dispone todo... No he podido ni una vez sola ver a Ins, ni ellas salen a la calle, ni es posible escribirle. Yo esperaba con ansia tu llegada, porque D. Diego prometi llevarte all. Cuando vayas espero grandes resultados de tu celosa tercera. A lord Gray no hay quien le saque una palabra; pero los indicios de lo que te dije aumentan. Por la criada sabemos que doa Mara est con una oreja alta y otra baja, y que el mismo D. Diego, con ser tan estpido, lo ha descubierto y rabia de celos. Maana mismo es preciso que vayas all, aunque yo dudo mucho que la de Rumblar quiera recibirte. No hablamos ms del asunto porque el Congreso Nacional ocup toda nuestra atencin. Estbamos en el palco de un teatro; a nuestro lado en localidades iguales veamos a multitud de seoras y caballeros, a los embajadores y otros personajes. Abajo en lo que llamamos patio, los diputados ocupaban sus asientos en dos alas de bancos: en el escenario haba un trono, ocupado por un obispo y cuatro seores ms y delante los secretarios del despacho. Poco haban unos y otros calentado los asientos, cuando los de la Regencia se levantaron y se fueron como diciendo: Ah queda eso. --Esta pobre gente--me dijo Amaranta--no sabe lo que trae entre manos. Mrales cmo estn desconcertados y aturdidos sin saber qu hacer. --Se ha marchado el venerable obispo de Orense--dijo doa Flora--. Por ah se susurra que no le hacen maldita gracia las dichosas Cortes. --Por lo que oigo, estn eligiendo quien las presida--dije--. Hay aqu un traer y llevar de papeletas que es seal de votacin. --Buenas cosas vamos a ver hoy aqu--aadi Amaranta con el regocijo que da la esperanza de una diversin. --Yo lo que quiero es que prediquen pronto--aadi doa Flora--. Prontito, seores. Veo que hay muchos clrigos, lo cual es prueba de que no faltarn picos de oro. --Pero estos clrigos filsofos son torpes de lengua--afirm Amaranta--. Aqu hablarn ms los seglares, y ser tal el barullo, que veremos escenas tan graciosas como las de un concejo de pueblo con fuero. Amiga, preparmonos a rer. --Ya parece que tienen presidente. Oigamos lo que lee aquel caballerito que est en el escenario y que parece un mal actor que no sabe el papel. --Est conmovido por la majestad del acto--repuso Amaranta--. Me parece que estos seores daran algo ahora porque les mandasen a sus casas. Verdaderamente las fachas no son malas. --Desde aqu veo al vizconde de Matarrosa--indic doa Flora--. Es aquel mozalbete rubio. Le he visto en casa de Morl, y es chico despejado... Como que sabe ingls. --Ese angelito debiera estar mamando, y le van a dispensar la edad para que sea diputado--repuso la condesa--. Como que no tiene ms aos que t, Gabriel. Vaya unos legisladores que nos hemos echado. Aqu tenemos Solones de veinte abriles. --Querida condesa--dijo la otra--desde aqu veo todas las narices y toda la boca de D. Juan Nicasio Gallego. Est abajo entre los diputados. --S, all est. De un bocado se tragar Cortes y Regencia. Es el hombre de mejores ocurrencias que he visto en mi vida, y de seguro ha venido aqu a rerse de sus compaeros de procuradura. No es aquel que est a su lado D. Antonio Capmany? Miren qu facha! No se puede estar quieto un instante y baila como una ardilla. --Ese que se sienta en este momento es Meja. --Tambin veo la cara serfica de Agustinito Argelles. Dicen que este predica muy bien. Ve usted a Borrull? Cuentan que este no quiere Cortes. Pero empiece de una vez la funcin qu pesados son! --Aqu como no se paga la entrada, no hay derecho a impacientarse. --Ya est dispuesta la presidencia. Tocarn un pito para empezar? --Yo tengo una curiosidad por or lo que digan... --Y yo. --Ser un disputar graciossimo--dijo Amaranta--porque cada cual pedir esto y lo otro y lo de ms all. --Conque salga uno diciendo: Yo quiero tal cosa, y otro responda: Pues no me da la gana, se animar esta desabrida reunin. --Cundo las habrn visto ms gordas! Ser gracioso or a los clrigos gritar: Fuera los filsofos, y a los seglares: Fuera los curas. Veo con sorpresa que el presidente no tiene ltigo. --Es que guardarn las formas, amiga ma. --En dnde han aprendido ellos a guardar formas? --Silencio, que va a hablar un diputado. --Qu dir? Nadie lo entiende. --Se vuelve a sentar. --En el escenario hay uno que lee. --Se levantarn algunos de sus asientos. --Ya. Acaban de decir que quedan enterados. --Nosotros tambin. Tanto ruido para nada. --Silencio, seores, que vamos a or un discurso. --Un discurso! Oigamos. Qu ruido en los palcos! Si no calla el pblico, el presidente mandar bajar el teln. --Es aquel clrigo que est all enfrente quien va a hablar? --Se ha levantado, se arregla el solideo, echa atrs la capa. Le conoce usted? --Yo no. --Ni yo. Oigamos qu dice. --Dice que sera prudente adoptar una serie de proposiciones que tiene escritas en un papelito. --Bueno: lanos usted ese papelito, seor cura. --Parece que hablar primero. --Pero quin es? --Parece un santo varn. En los palcos inmediatos corra de boca en boca un nombre que lleg hasta el nuestro. El orador era D. Diego Muoz Torrero. Seores oyentes o lectores, estas orejas mas oyeron el primer discurso que se pronunci en asambleas espaolas en el siglo XIX. An retumba en mi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras glorias parlamentarias, emitida por un clrigo sencillo y apacible, de nimo sereno, talento claro, continente humilde y simptico. Si al principio los murmullos de arriba y abajo no permitan or claramente su voz, poco a poco fueron acallndose los ruidos y sigui claro y solemne el discurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso, fijndose de tal modo en la mente que parecan esculpirse. La atencin era profunda, y jams voz alguna fue oda con ms respeto. --Sabe usted, amiga ma--dijo en un momento de descanso doa Flora--que este cleriguito no lo hace mal? --Muy bien. Si todos hablaran as, esto no sera malo. An no me he enterado bien de lo que propone. --Pues a m me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razn. Ya sigue. Atendamos. El discurso no fue largo, pero s sentencioso, elocuente y erudito. En un cuarto de hora Muoz Torrero haba lanzado a la faz de la nacin el programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la ltima palabra expir en sus labios, y se sent recibiendo las felicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo dcimo octavo haba concluido. El reloj de la historia seal con campanada, no por todos oda, su ltima hora, y realizose en Espaa uno de los principales dobleces del tiempo. IX --Atencin, que van a leer el papelito. D. Manuel Luxn ley. --Se ha enterado usted, amiga doa Flora? --Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la Soberana de la Nacin. --Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII... --Que quedan separadas las tres potestades... no s qu terminachos ha dicho. --Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste juramento. --Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con decirlo, sobraba lo dems. --Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga ma. --Van a disputar sobre eso. Pues no levantar mal cisco el cleriguito. Cmo se llama?... --D. Diego Muoz Torrero. --Parece que vuelve a hablar. En efecto, Muoz Torrero pronunci un segundo discurso en apoyo de sus proposiciones. --Ahora me ha gustado ms, mucho ms, seora condesa--dijo la de Cisniega--. A este hombre le hara yo obispo. No es justo y razonable lo que ha dicho? --S, que las Cortes mandan y el rey obedece. --De modo, que segn la Soberana de la Nacin, el gobierno del reino est dentro de este teatro. --Ahora le toca a Argelles, amiga ma. Lo que me gusta es que todos dicen que estn de acuerdo. Para cundo dejan el disputar? --Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer acto. --Ahora habla Argelles. --Oh, qu bien! Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atencin del orador, encantndose igualmente con su presencia y voz, la vista y el odo? --Cosa incomparable es esta!--expres con entusiasmo doa Flora--. Diga usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a Espaa esta novedad. As todas las picardas que cometan en el gobierno se harn pblicas, y el nmero de los tunantes tendr que ser menor. --Sospecho que esto va a ser ms brillante que til--repuso la condesa--. Oradores creo que no faltarn. Hoy todos han hablado bien; pero acaso es tan fcil la obra como la palabra? Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muoz Torrero, los cuales alargaban tanto la sesin, que bien pronto se hizo de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectculo que hoy a pocos cautiva por ser muy comn, pero que entonces se presentaba a la imaginacin con los mayores atractivos. Los discursos de aquel da memorable dejaron indeleble impresin en el nimo de cuantos los escucharon. Quin podra olvidarlos? An hoy, despus que he visto pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los de aquel da fueron los ms elocuentes, los ms sublimes, los ms severos, los ms superiores entre todos los que han fatigado con sus palabras la atencin de la madre Espaa. Qu claridad la de aquel da! Qu oscuridades despus, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberana de la nacin tard mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer da, oh, siglo! Procura que sea lo mismo el ltimo. Ya avanzada la noche, corri un rumor por las tribunas. Los regentes iban a jurar, obligados a ello por las Cortes. Era aquello el primer golpe de orgullo de la recin nacida soberana, anhelosa de que se le hincaran delante los que se conceptuaban reflejo del mismo Rey. En los palcos unos decan: Los regentes no juran: y otros: Vaya si jurarn. --Yo creo que unos jurarn y otros no--dijo Amaranta--. Ellos han intentado tener de su parte el pueblo y la tropa; pero no han encontrado simpatas en ninguna parte. Los que tengan un poco de valor, mandarn a las Cortes a paseo. Los dbiles se arrastrarn en ese escenario, donde me parece que resuena todava la voz del gracioso Querol y de la Carambilla, y besarn el escabel donde se sienta ese vejete verde, que es, si no me engao, don Ramn Lzaro de Dou. --Que juren! Con eso no habr conflictos. Parece que hay tumulto abajo. --Y tambin arriba, en el paraso. El pueblo cree que est viendo representar el sainete de Castillo La casa de vecindad, y quiere tomar parte en la funcin. No es verdad, Araceli? --S seora. Ese nuevo actor que se mete donde no le llaman, dar disgustos a las Cortes. --El pueblo quiere que juren--dijo Flora. --Y querr tambin que se les ponga una soga al cuello y se les cuelgue de las bambalinas. --Y fuera tambin hay marejadita. --Me parece que esos que han entrado en el escenario son los regentes. --Los mismos. No ve usted a Castaos, al viejo Saavedra? --Detrs vienen Escao y Lardizbal. --Cmo!--exclam la condesa con asombro--. Tambin jura Lardizbal? Ese es el ms orgulloso enemigo de las Cortes, y andaba por ah diciendo a todo el mundo que l se guardara las Cortes en el bolsillo. --Pues parece que jura. --Ya no hay vergenza en Espaa... Pero no veo al obispo de Orense. --El obispo de Orense no jura--murmuraron las tribunas en rumoroso coro. Y en efecto, el obispo de Orense no jur. Hicironlo humildemente los otros cuatro, con mala gana sin duda. La opinin pblica en general estaba muy pronunciada contra ellos. Levantose la sesin, y salimos todos, oyendo a nuestro paso las opiniones del pblico sobre el suceso que haba puesto fin al solemne da. Casi todos decan: --Ese testarudo vejete no ha querido jurar! Pero el juramento con sangre entra. --Que lo cuelguen. No acatar el decreto que se llamar de 24 de Setiembre, es dar a entender que las Cortes son cosa de broma. --Yo me quitaba de cuentos, y al que no bajara la cabeza, le mandara prender, y despus... --Si esos seores no quieren ms que gobierno absoluto... En cambio otros, los menos por cierto, se expresaban as: --Magnfico ejemplo de dignidad ha dado el obispo a sus compaeros! Humillar el poder real ante cuatro charlatanes... --Veremos quin puede ms--decan unos. --Veremos quin ms puede--respondan los otros. Los dos bandos que haban nacido aos antes y crecan lentamente, aunque todava dbiles, torpes y sin bro, iban sacudiendo los andadores, soltaban el pecho y la papilla y se llevaban las manos a la boca, sintiendo que les nacan los dientes. X Despedime de Amaranta y su amiga, prometiendo visitarlas al da siguiente, como en efecto lo hice. En un caf de Cdiz juntseme D. Diego, quien al punto renov sus promesas de llevarme a la casa materna, en lo cual le di tanta prisa, que fijamos para el prximo da la visita. Tambin hice una a lord Gray, al cual hall sin variacin alguna, y como le dijese que yo pensaba ir a casa de doa Mara, se sorprendi, asegurndome despus que l iba todas las noches. Cuando lleg el anochecer del da indicado, fuimos Rumblar y yo, previa repeticin de las advertencias que el caso requera. --Ten mucho cuidado--me dijo--de fingirte mojigato, si no quieres que te echen a la calle. Mis hermanas, a quien dije que estabas aqu, desean que vayas; pero no te la eches de galante con ellas. Mucho cuidado con aludir a mis salidas de noche, porque lo hago a escondidas de mi seora mam. A los seores que veas all, trtales cual si fueran lumbreras de la patria y prodigios de talento y virtudes. En fin, confo en tu buen sentido. Llegamos a la casa, que estaba en la calle de la Amargura y era de hermosa apariencia. Viva en el piso alto la de Leiva y en el principal la de Rumblar, quien por el reciente reumatismo de su ilustre parienta, ejerca el cargo de jefe y director supremo de la familia con toda la extensin propia de su carcter. Al entrar y subir detvonos un lejano y solemne rumor de rezos, y D. Diego dijo: --Aguardemos aqu; que estn rezando el rosario con Ostolaza, Tenreyro y D. Paco. A este ya le conoces. Los otros son diputados, que vienen aqu todas las noches. Mientras aguardbamos observ la casa, que era alegre y bonita como todas las de Cdiz. Espaciosas vidrieras cerraban el corredor por el patio, y en las paredes no se vea un palmo de superficie desocupado de cuadros al leo, representando asuntos diversos, y confundidos los religiosos con los profanos. Al fin, concluido el rezo, tuve el honor de entrar en la sala, donde estaba doa Mara con sus dos nias, D. Paco y tres caballeros ms que yo no conoca. Recibiome la de Rumblar con cierta cortesana ceremoniosa y un tanto finchada, pero afablemente y mostrndome benevolencia de alto a bajo, es decir, entre generosa y compasiva. Las nias, observando el ritual a que estaban acostumbradas, me hicieron una reverencia, sin desplegar los labios; D. Paco, tan pedante en Cdiz como en Bailn, hzome grandilocuentes cumplidos y los dems personajes mirronme con recelosa prevencin, sin mostrarme urbanidad ms que con algunas rgidas inclinaciones de cabeza. --Has llegado tarde al rosario--dijo doa Mara a D. Diego despus que me indic un asiento. --Pero no dije a usted--respondi el joven--que lo rezaba esta tarde en el Carmen Calzado? De all vengo ahora, junto con Gabriel, que volva de confesarse con el padre Pedro Advncula. --Qu excelente sujeto es el padre Pedro Advncula!--me dijo en tono sumamente ponderativo doa Mara. --No existe otro en toda la redondez de Cdiz--respond--con especialidad para lo tocante al confesonario. Pues y en el plpito? Y quin le echar la zancadilla a cantar una epstola? --Es verdad. --A m me cautiva orle cantar la epstola--repiti D. Diego. --Yo celebro mucho--me dijo doa Mara--los grandes adelantamientos que ha hecho usted en su carrera. Me inclin ante la matrona con el mayor respeto. --Toda persona de rectitud y caballerosidad, atenta al buen servicio de la religin y del rey--continu--no puede menos de encontrar premio a su trabajo. Yo sent mucho que mi hijo no siguiese en el ejrcito algn tiempo ms... --Harto trabajamos Gabriel y yo junto al puente de Herrumblar--dijo D. Diego--. Verdaderamente, seora madre, si no es por nosotros... Ello fue que hicimos un movimiento con nuestro escuadrn en tales trminos que... te acuerdas, Gabriel? Francamente, si no es por nosotros... --Calla, vanidoso--dijo doa Mara--. Ms ha hecho el seor que t y no se alaba de ello. La propia alabanza es cosa ruin e indigna de personas bien nacidas. Estar mucho en Cdiz el Sr. D. Gabriel? --Hasta que concluya el sitio, seora. Despus pienso dejar las armas y seguir en mi ardiente vocacin, que me impele a la carrera de la Iglesia. --Alabo mucho su resolucin, y esclarecidos santos tiene el cielo, que primero fueron valientes soldados, como San Ignacio de Loyola, San Sebastin, San Fernando, San Luis y otros. --Ha estudiado usted teologa?--me pregunt un seor de los presentes. --Mi maleta de campaa no contiene ms que libros de teologa, y desde que tengo un rato de vagar, entre batalla y batalla, me harto de leer una materia que es para m ms grata que las mejores novelas. Las tristes horas de la guardia me dan espacio y tiempo para mis meditaciones. --Asuncin, Presentacin--dijo doa Mara con entusiasmo--, aqu tenis un ejemplo que debe sorprenderos y admiraros. Asuncin y Presentacin, al or que yo era una especie de santo, me contemplaron con admiradas. Yo las mir tambin. Estaban tan bonitas, ms bonitas que en Bailn; pero oprimidas bajo la exagerada pesadumbre de la autoridad materna, sus hermosos ojos estaban llenos de tristeza. Sin que su madre lo advirtiera, dijronse algunas palabras por lo bajo. --Y qu nuevas nos trae usted de la Isla?--me pregunt doa Mara. --Seora, ayer se inaugur esa jaula de locos. Ya sabr usted que el seor obispo de Orense se ha negado, con pretexto de enfermedad, a jurar ante las Cortes. --Y ha hecho perfectamente. En verdad no se concibe que haya gente tan loca... Antes del rosario nos explicaba el Sr. Ostolaza lo que entienden ellos por la soberana de la nacin, y nos hemos horripilado. Verdad, nias? --Dios nos tenga en su mano!--exclam yo--. Y ahora se susurra que nos van a dar lo que llaman libertad de la imprenta, que consiste en permitir a cada uno escribir todas las maldades que quiera. --Y luego hablan de vencer al francs. --Los excesos de nuestros polticos--dijo Ostolaza--excedern con mucho a los de la revolucin francesa. Acurdese usted de lo que le digo. Observ entonces a aquel hombre, el mismo que tanto figur despus en la camarilla del rey, durante la segunda poca constitucional, y puedo decir que era grueso, de cara redonda, coloradota y reluciente, mirar provocativo, hablar chilln y ademanes desembarazados y casi siempre descompuestos. Junto a l estaba el llamado Teneyro, diputado tambin, cura de Algeciras, hombre con pretensiones y fama de gracioso, aunque ms que a la agudeza de los conceptos, deba esta al ceceo con que hablaba; de cuerpo mezquino, de ideas estrafalarias, tan pronto demagogo furibundo, como absolutista rabioso; sin instruccin, sin principios ni ms conocimientos que los del toque del rgano, cuyo arte medianamente posea. El tercero, D. Pablo Valiente, no era ridculo, ni en el trato ordinario se distingua por cosa alguna chocante, en maneras o en lenguaje. Contestando a Ostolaza, dije yo con el acento ms grave que me era posible: --El cielo se apiade de nuestra infortunada nacin, y nos traiga pronto a nuestro amado monarca D. Fernando el VII! El nombre del soberano lo acompa de una reverencia tan exagerada que casi hube de besarme las rodillas. --Pues se dice por ah--indic Teneyro--que van a procesar al obispo de Orense. --No se atrevern a ello--repuso Valiente, sacando su caja de tabaco y ofreciendo del oloroso polvo a los circunstantes. --A qu no se atrever, seores... seores, a qu no se atrever esta desalmada grey de filsofos y atestas?--exclam yo mirando al techo. --Seor oficial--me dijo doa Mara--, es indudable que ustedes los militares tienen la culpa de que los cortesanos... as los llamo yo... estn tan ensoberbecidos. Dicen que la Regencia tante a la tropa para dar un golpe, pero la tropa no quiso ponerse de su parte. --La tropa--dijo Ostolaza--ha cometido la falta de inclinarse al populacho. --Lo que no se ha hecho, seores--dije yo con proftico tono--se har. Y repet varias veces, mirando a todos lados, el enrgico se har. --Si todos fueran como t, Gabriel--me dijo don Diego--pronto acabaran las picardas que estamos viendo. --Durarn las Cortes hasta el mes que viene, seor de Valiente?--pregunt la de Rumblar. --Durarn algo ms, seora. A no ser que los franceses envalentonados con nuestras discordias, entren en Cdiz, y hagan con todos los que aqu estamos un picadillo. Yo he dicho que la soberana de la nacin por un lado y la libertad de la imprenta por otro, son dos obuses cargados de horrorosos proyectiles que nos harn ms dao que los que ha inventado Villantroys. --Caballero--dije yo afeminadamente--, esa comparacioncita es exacta y procurar retenerla en la memoria. --Deploro tantos errores--dijo la duea de la casa--. Pero aqu, Sr. D. Gabriel, no tomamos a pecho la poltica, y los que en casa se renen no hacen ms que departir discretamente sobre el mal gobierno y los filosofastros. Yo no me ocupo ms que del matrimonio de mi querido hijo, que se efectuar en breve, y de completar la educacin religiosa de mi hija--seal a Asuncin--que debe entrar muy pronto en un convento de Recoletas, siguiendo su decidida e inquebrantable inclinacin. Ocupaciones son estas que llenan alegremente mi cansada vida, y a las que me consagro con el mayor celo. Asuncin haba bajado los ojos, y Presentacin me miraba, queriendo leer en mi cara el efecto que me producan las palabras de su mam. --Enviasteis recado a Ins?--pregunt doa Mara--. Diego, tu futura esposa estar sin duda enojada contigo, por tu mal comportamiento y desaplicacin. Necesario es que vares de conducta. Ahora, cuando baje, puedes manifestarle con palabras tiernas tu propsito de no ofenderla ms, como lo has hecho saliendo a la calle por las tardes en la hora que tengo dispuesto hables con ella y le recites alguna fbula bonita o poesa instructiva. Yo, seor D. Gabriel--y se dirigi a m de nuevo--, no gusto de tiranizar a la juventud. Conozco que es preciso ser tolerante con los muchachos, sobre todo cuando llegan a cierta edad, y s muy bien que los tiempos presentes exigen algo ms de holgura que los pasados en los lazos que atan a los jvenes con sus familias. Con estos principios, permito a mi nuera que baje a la tertulia y platique con personas finas y juiciosas sobre asuntos profanos, porque una muchacha destinada al siglo y a dar lustre a una gran casa como la suya, no debe ser criada con aquel encogimiento y estrechez que tan bien sienta en la que slo ha de vivir en su casa, bien reducida a un decoroso celibato, bien instruyndose para servir a Dios en el mejor y ms perfecto de los estados. Mis dos nias viven aqu gozosas sin apetecer bailes, ni paseos, ni teatros. No soy yo enemiga tampoco de que se diviertan, ni crea usted que estoy siempre con el rosario en la mano, hacindolas rezar y aburrindolas con un excesivo manoseo de las cosas santas, no. Tambin aqu se habla de cosas mundanas, siempre con el debido comedimiento. A veces tengo que imponer silencio, mandando que cesen las controversias sobre teologa, porque lord Gray, que viene aqu muy a menudo, gusta de tratar con desenvoltura asuntos muy delicados. --Como que anoche--dijo D. Paco inoportunsimamente--dio en afirmar que no comprenda el misterio de la Encarnacin, para que la seorita Asuncin se lo explicara. --Estoy hablando yo, Sr. D. Paco--dijo con firmeza y enojo la condesa--. Nada importa ahora lo que lord Gray hiciera o dejase de hacer anoche... Pues como deca, aqu viene lord Gray, un sujeto respetabilsimo y tan formal y circunspecto, que no hay otro que se le iguale. Ellas se entretienen oyndole contar sus aventuras. Conoce usted a lord Gray? --S, seora. Es un hombre muy digno y temeroso de Dios. Pero no saben ustedes que parece inclinado a convertirse al catolicismo? --Jess y qu me dice usted!--exclam con asombro y jbilo doa Mara--. Aqu se ha tratado algunas veces este punto, y las nias y yo le hemos exhortado a que tome tan saludable determinacin. --Como suelo pasarme las horas muertas en el Carmen Calzado--dije yo--he visto entrar varias veces a lord Gray en busca del padre Florencio, que es el mejor catequizador de ingleses que hay en todo Cdiz. --Lord Gray no ha de faltar esta noche--dijo doa Mara--. Y usted, Sr. D. Gabriel, no nos acompaar algunos ratitos? --Seora--respond--de buen grado lo hara; pero mis ocupaciones militares y la necesidad que tengo de despachar de una vez todo el captulo de prescientia, que es el ms difcil de todos, me retendrn en la Isla. --Y qu opina usted de la prescientia?--me pregunt Ostolaza cuando yo estaba muy lejos de esperar semejante embestida. --Qu opino yo de la prescientia?--dije tratando de no turbarme para contestar alguna ingeniosa vulgaridad que me sacase del compromiso. --Opinar lo mismo que San Agustn, secundum Augustinus--indic oficiosamente D. Paco, que anhelaba mostrar su erudicin. --Ya estn las nias con cada ojo...--dijo doa Mara observando que sus hijas atendan a la planteada discusin con demasiado inters--. Nias, dejad a los hombres que debatan estas cosas tan intrincadas. Ellos se sabrn lo que se dicen. No abrir tales ojazos, y miren los cuadros y las pinturas del techo, o hablen conmigo, preguntndome si se me alivia el dolor del hombro. --Lo mismo que San Agustn--indic don Diego--. Opinar como San Agustn y como yo. --Segn y conforme--dije recapacitando--. Ustedes piensan como San Agustn? Ostolaza, Teneyro y D. Paco se desconcertaron. --Nosotros... --Supongo que conocern los nuevos tratados... A este punto llegaba la controversia, cuando entr lord Gray a sacarme del apuro. No pudiera llegar en mejor ocasin. Recibironle doa Mara y sus tertulios con la mayor cordialidad y agasajo, y l salud a todos con afectado encogimiento. Tal vez extraar alguno de los que me oyen o me leen, que con tan buena amistad fuera recibido un extranjero protestante en casa donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio; pero a esto les contestar que en aquel tiempo eran los ingleses objeto de cariosas atenciones, a causa del auxilio que la nacin britnica nos daba en la guerra; y como era opinin o si no opinin, deseo de muchos, que los ingleses, y mayormente los hermanos Wellesley, no vean con buenos ojos la novedad de la proyectada Constitucin, de aqu que los partidarios del rgimen absoluto trajeran y llevaran con palio a nuestros aliados. Lord Gray adems con su ingeniossima labia, su simptico carcter, y tambin poniendo en prctica estudiadas artimaas y mojigateras, como yo, haba conseguido hacerse respetar y querer vivamente de doa Mara. Adems sola ridiculizar con gran desenfado las ceremonias protestantes. Mientras lord Gray responda a ciertas enfadosas preguntas que le hizo Ostolaza, doa Mara llam a sus hijas y dijo a Asuncin, no tan por lo bajo que yo dejase de orlo: --Mira, Asuncin, habla con lord Gray un ratito; coge con disimulo el tema de la religin y sondale, a ver si es cierto que est dispuesto a abjurar sus errores, por abrazarse a nuestra santa doctrina. En aquel instante sent ruido de pasos y entr Ins. Dios mo, qu guapa estaba, pero qu guapa! No recuerdo si en el libro anterior habl a ustedes de la soltura, de la elegancia, de la armoniosa proporcionalidad que el completo desarrollo haba dado a su bella figura. Adems de esto, encontrbale mayor animacin en el rostro, y una grata expresin de conformidad y satisfaccin, no menos simptica que su antigua tristeza, resto de la miserable y ruin vida de la infancia. Observndola, consider cunto haba ganado en encantos y atractivos aquella criatura, aadiendo a sus bellezas naturales, a su discrecin e ingnito saber, la dulce cortesana y las gracias que infunde el trato frecuente con personas distinguidas y superiores. En su cara advert el extrao realce que da la conciencia del propio mrito, lo cual no es lo mismo que vanidad. No pareca haber perdido la hermosa modestia que la haca tan simptica; pero s aquella especie de encogimiento, aquel desmedido amor a la oscuridad, que emanaban del malestar hallado en su repentino cambio de fortuna. Haba adquirido lo que le faltaba cuando la vi en Crdoba y en el Pardo, el perfecto conocimiento de su posicin y las mil menudencias personales, accidentes casi imperceptibles de la voz, del gesto, de la mirada con que el individuo da a entender claramente que se halla donde debe hallarse. Estaba ms alta, un poco ms gruesa, con el color menos plido, la boca ms risuea, los ojos no menos seductores y arrebatadores que los de su madre, clebres en toda la redondez de Espaa, la voz ms segura, sonora y grave, y el conjunto de su persona respirando firmeza, vida, soltura y nobleza. Oh imagen tan perfecta vista como soada! Fue suerte o desgracia haberte conocido? XI Ins, no indiferente a mi presencia, segn comprend, pero tampoco sorprendida, deba saber que yo estaba all. --Ah!--exclam con despecho para mis adentros--. La muy pcara aunque la llamaron, no baj hasta que vino el maldito ingls. Doa Mara me present ceremoniosamente a ella diciendo: --A este caballero le conocimos en nuestra casa de Bailn cuando la clebre batalla. Es amigo del que va a ser tu marido; all pelearon juntos con tan buena suerte, que, segn afirma Diego, si no es por ellos... --Gabriel es un gran militar--dijo don Diego--. Pero no le conoces t? Es amigo de tu prima la condesa. Doa Mara frunci el ceo. --En efecto--dije yo--tuve el honor de conocer en Madrid a la seora condesa. Ambos tenamos un mismo confesor. Yo solicit de la seora condesa que me consiguiese una beca en el arzobispado de Toledo; pero despus me vi obligado a servir al rey, y sal de la corte. --Este joven--aadi doa Mara--nos acompaar algunas noches, robando tal cual rato a sus estudios religiosos y a las meditaciones msticas que le traen tan absorbido. Hoy el servicio de las armas le obliga a sofocar su ardiente vocacin; pero cantar misa despus de la guerra. Noble ejemplo que debieran imitar la mayor parte de los militares! Yo me complazco, hija ma, en que se renan aqu personas formales y de excelentes y slidos principios. Caballero--aadi encarando conmigo--, esta damisela es mi futura nuera, prometida esposa de este mi amado hijo don Diego. Ins me hizo una profunda reverencia. Se sonri al mismo tiempo, comprendiendo el astuto ardid de mi fingida religiosidad. En tanto dnde estaba lord Gray? Extend la vista y le vi tras el respaldo del monumental silln de doa Mara, muy enfrascado en estrecha pltica con Asuncin, que sin duda le estaba convenciendo de la superioridad del catolicismo con respecto al protestantismo. A cada paso apartaba l los ojos de su interlocutora para mirar a Ins. --Bien deca el tunante--observ para m--que se vala de las discretas amigas. La otra con su santidad es quien les lleva y trae los recaditos. Ins me dijo con dulce irona: --Celebro mucho que est usted tan decidido a seguir la carrera eclesistica. Hace usted bien, porque hoy no hacen falta militares, sino buenos clrigos. El mundo est tan pervertido, que no lo curarn las espadas sino las oraciones. --Esta aficin la tengo desde muy nio--repuse--y nadie puede apartarla de m porque sobrevive a todas mis alternativas y desgracias. Ins miraba a cada instante el grupo formado por el ingls y Asuncin. Tambin doa Mara volvi all los ojos, y dijo: --Hija, basta ya. No marees al buen lord Gray. Ven a mi lado. La muchacha acudi al lado de su madre, y al mismo tiempo Ins, por indicacin muda de la condesa, pas al lado del ingls. Yo estaba asombrado de aquel ir y venir y del incomprensible dilogo de expresivas miradas que las muchachas tenan constantemente, trabado entre s. Me propuse observar atentamente, para descubrir los misterios que all pudieran existir; pero doa Mara distrajo mi atencin, dicindome: --Sr. D. Gabriel, usted, como persona casi divorciada del siglo, aunque en su continente y rostro no se advierte nada que lo indique, comprender que en estas recatadas tertulias de mi casa no se puede tener con las muchachas la licenciosa tolerancia que madres inadvertidas y ciegas tienen con sus hijas en otras familias. Por eso ver usted que apenas permito a mis nias hablar un poco con Ostolaza, con lord Gray o con usted, si bien ha habido noches en que les he consentido conversaciones de quince minutos en distintas horas. Comprendo que mi sistema, aunque no es riguroso, ser criticado por los que dan rienda suelta a los impulsos naturales de la juventud. Pero no me importa. Usted me hace justicia sin duda y alaba la prudencia de mi proceder. --Seguramente, seora--respond con afectacin y pedantera--qu cosa ms sabia, ni ms prudente puede haber que prohibir en absoluto a las nias toda conversacin, dilogo, mirada o sea con hombre que no sea su confesor? Oh, seora condesa, parece que ha adivinado usted mi pensamiento! Como usted, yo he observado la corrupcin de las costumbres, hija de la desenvoltura francesa; como usted, he observado el descuido de las madres, la ceguera de los padres, la malicia de las tas, la complicidad de las primas y la debilidad de las abuelas; y he dicho: orden, rigor, cautela, reclusin, tirana, o si no dentro de poco la sociedad se precipitar en los abismos del pecado. Nada, nada, seora condesa, yo lo aconsejo a todas las madres de familia que conozco, y les digo: mucho cuidado con las nias mientras sean solteras. Despus de casadas, all se entiendan ellas, y si quieren tener dos docenas de cortejos, hganlo. --En todo estamos de acuerdo--dijo doa Mara--menos en esto ltimo, pues ni de solteras ni de casadas, les tolero la inmoralidad. Ay, yo tengo ideas muy raras, Sr. D. Gabriel! Me asombro de ver por ah madres muy cristianas, que celando hasta lo sumo las hijas solteras, ven con indiferencia los pecadillos de las casadas. Yo no soy as; por eso no quiero que se casen mis nias; no, jams, jams. Casadas estaran libres de mi autoridad, y aunque no las creo capaces de nada malo, la idea de que pueden cometer una falta, sindome imposible castigarla, me horripila. --El gran sistema es el mo, seora; este sistema que no ceso de recomendar a todas las madres que conozco. Orden, rigor, silencio, encierro perpetuo y esclavitud constante. Mis lecturas y meditaciones me han inspirado estas ideas. --Son tambin las mas. Mi hija Asuncin entrar pronto en un convento, y Presentacin est destinada a ser soltera, porque as lo he resuelto yo. --Cosa justsima y naturalsima que usted haya resuelto eso. --Siendo el destino de la una el claustro y de la otra el celibato, a qu viene el consentirles conversaciones con los jvenes? --Es claro... a qu viene... No aprenderan ms que cosas malas, pecados... y qu pecados! --Pero como es preciso transigir un poquito con las costumbres, que exigen cierta licencia, suele rseme la mano en esto del rigor. Ya ve usted, a casa suelen venir algunas personas muy distinguidas, honestas y prudentes, s, pero de mundo. Necesito contemporizar con ellas, por no aparecer gazmoa, intolerante y extremada. Felizmente baja todas las noches a mi tertulia, Ins, a quien como muy prxima a ser mujer casada, puede permitirse que sostenga coloquios tirados con tal cual persona decente y bien nacida. Si no fuera por ella, lord Gray se aburrira grandemente en casa. No cree usted, que a una muchacha que va a ser mayorazga y que ocupar posicin muy encumbrada en la corte, se le debe dar cierta libertad? --Todas las libertades, seora, todas. Una mayorazga! Pues digo; si me la hacen camarista de reina, o dama de honor de emperatrices, qu ha de hacer sin la desenvoltura, el desenfado, la astucia que el buen servicio y concierto de los palacios exige? --Cierto; a cada cual se le debe educar segn su destino. En posiciones elevadsimas no puede sostenerse todo el rigor de los principios, segn dice la gente, aunque ciertas leyes s deben regir en todas partes. Sin embargo, como as viene de atrs, debemos respetar la obra de nuestros mayores, quienes harto supieron lo que se hacan. --Justamente. --Pero me parece que se prolonga demasiado la conversacin de Ins con lord Gray, y voy a hacer que hablen en corrillo donde les oigamos todos. Sr. D. Gabriel, ni un momento debe abandonarse el ejercicio de la prolija autoridad materna. La autoridad! Qu sera del mundo sin la autoridad? --En efecto, qu sera? El caos, el abismo! Doa Mara, que reglamentaba los dilogos de sus tertulias como mueve y ordena un general experto los movimientos de una batalla campal, dispuso que Ins continuase hablando con lord Gray, y que Presentacin pegase la hebra con Ostolaza. En tanto Asuncin charlaba en voz bastante alta con su hermano, dicindole cosas cuyo sentido no pude entender. Ostolaza, Teneyro y D. Paco estaban muy metidos en lenguas disertando sobre los grandes males de la educacin a la moderna, y forzosamente me enredaron en su coloquio, teniendo ocasin de lucir mi intolerancia, y un poco de cierta erudicioncilla trasnochada que yo tena para el caso. Poco despus volv al lado de doa Mara a punto que don Diego, apartndose de su hermana, haca lo mismo, y le o decir: --Seora madre, a ser usted, yo no permitira a Ins tantas intimidades con lord Gray. Francamente, seora, esto no me gusta, y menos cuando veo que la que va a ser mi mujer, se est los minutos de Dios oyndole y contestndole sin pestaear. --Diego--manifest doa Mara con severo acento--. Me enfada la bajeza de tus conceptos, que indican la ruindad de tus juicios. Si Ins fuera tu hermana, podras tener esos escrpulos; pero siendo tu futura esposa, cuanto has dicho es ridculo. Una gran seora, ha de ser encogida y corta de genio como una novicia de convento? D. Diego, odo esto, se acerc de muy mal talante a sus hermanas. --Sr. de Araceli--me dijo doa Mara--la juventud es as. Comprendo los celillos de mi hijo. Verdaderamente Ins se alarga demasiado con lord Gray. Aunque le supongo a usted poco aficionado a perder el tiempo conversando con muchachas frvolas, hgame el favor de departir un rato con mi futura nuera. Doa Mara mir a Ins con enojo, y dirigindose luego a lord Gray, le llam con afectuosa splica. Ins qued sola y acud hacia ella. Por primera vez durante la tertulia hallaba ocasin de poderle hablar lejos de los dems, y la aprovech con presteza. Ella, anticipndose al afn con que yo iba a hablarle, me dijo: --Mi prima te ha mandado aqu? Me traes algn recado de ella? --No--respond--. No me ha mandado tu prima. No he venido por traerte recado alguno. He venido porque he querido, y por el deseo de verte y de saber por m mismo que me has olvidado. --Por Dios--me contest disimulando su emocin--. Repara dnde ests. La condesa no cesa de observarme. Aqu es preciso fingir a todas horas, y disimular los pensamientos. Por qu no has venido antes? Pero di: mi prima no te ha dado ningn recado? --Qu me importa tu prima?--exclam con enfado--. T no sospechabas que viniera a sorprenderte. --Pero ests loco?, doa Mara no me quita los ojos. --Vaya al diantre doa Mara. Respndeme, Ins, a lo que te pregunto, o gritar y escandalizar para que nos oigan hasta los sordos. --Pero si no me has preguntado nada. --S te he preguntado. Pero t haces que no oyes, y no quieres responderme. --No nos entendemos--repuso llena de confusiones, y mortificada por la observacin tenaz de doa Mara--. Vendrs todas las noches? Aqu es preciso mucha cautela. Para respirar necesito pedir la venia a la seora. Ten prudencia, Gabriel; tambin D. Diego nos mira. Haz de modo que doa Mara y los murcilagos crean que estamos a hablando de religin, o de los cuadros de la pared o de esa gran grieta que hay en el techo. Aqu es preciso hacerlo todo as. No te expreses con vehemencia. Ponte risueo y mira a las paredes diciendo: Qu bonitas lminas! All estn Dafne y Apolo. --Pero es preciso ser cmico para entrar aqu? --S; es preciso estar siempre sobre las tablas, Gabriel; fingiendo y enredando. Esto es muy triste. --Pues lord Gray no disimula. --Eres amigo de lord Gray? --S, y me lo ha contado todo. --Te lo ha dicho...--exclam confusa--. Qu hombre tan indiscreto! Y yo le haba encargado la mayor prudencia... Por Dios, Gabriel, no pronuncies una palabra, ni un gesto que puedan dar a conocer lo que te ha contado lord Gray. Qu indiscrecin! Hazme el favor de olvidar lo que te ha dicho. l te ha trado aqu? --No; he venido con D. Diego. He querido saber por ti misma que ya no me amas. --Qu ests diciendo? --Lo que oyes. Ya lo saba; pero a m me haca falta orlo de tus propios labios. --Pues no lo oirs. --Ya lo he odo. --Por Dios, disimula. Ahora, Gabriel, alza la vista y di: Qu terrible grieta se ha abierto en el techo!. Con que no te quiero yo? Sabes que no lo haba advertido? Y en tanto tiempo qu has hecho t? Has estado en el sitio de Zaragoza? Aquello sera un paraso; no estaba all doa Mara. --No he vivido ms que para ti; y si alguna vez he hecho un esfuerzo para subir un peldao en la escala del mundo, hcelo slo con el deseo de llegar, si no a valer tanto como t, al menos a ponerme en condicin tal, que no se rieran de m cuando te miraba. --Mentiroso, t tambin has aprendido a disimular. Ni una sola vez te has acordado de m en tanto tiempo... Pero no te acerques tanto. Cuidado, no me tomes la mano. Parece que tienes fuego dentro de los guantes. Doa Mara nos observa. --Yo no s disimular como t. Te he querido con toda mi alma, Inesilla, y con veinte almas ms, porque una sola no basta para quererte como te quiero... Dime con la mano puesta sobre el corazn si lo mereces t; dmelo. --Pues no lo he de merecer--me contest sonriendo--. Merezco eso y mucho ms, porque me lo tengo ganado y pagado con inters y anticipacin. Pero no ve usted, Sr. D. Gabriel--aadi alzando la voz--qu hendidura tan grande es esa que hay en el techo? --Ins, si es verdad lo que me dices, dmelo otra vez, y alza la voz. Quiero que lo oigan doa Mara, D. Diego y los murcilagos. --Calla; por haber estado tanto tiempo sin verme, mereceras... a ver, que mereceras? --Bastante castigado estoy por los celos, por unos terribles celos que me han estado mordiendo el corazn, y me lo muerden todava. --Celos! De quin? --Me lo preguntas t? De lord Gray. --T has perdido el juicio--dijo con precipitacin y atropellndose en sus labios frases rpidas y confusas--. l lo dice!... Tal vez... Ese hombre me causar grandes pesadumbres. --T le amas? --Por Dios, habla bajo, disimula. --Yo no puedo disimular. Yo no estoy, como t, educado en esta escuela de los fingimientos. Yo no puedo decir ms que la verdad. --Has dicho que yo amo a lord Gray? Jams he pensado en tal cosa. --Oh! Qu har para creerlo? Bajo la autoridad de doa Mara has aprendido de tal modo a disfrazar los pensamientos, que hasta se ocultan a mis ojos, tan acostumbrados, no slo a leerlos, sino a adivinarlos. Ha desaparecido aquella claridad que te rodeaba, y que te haca doblemente hermosa ante m. Ya no hablas aquella palabra divina que ningn mortal, y menos yo, poda poner en duda. Ahora, Ins, me asegurars una cosa, me la jurars, y... qu quieres t?, no lo creer. Maldita sea mil veces doa Mara que te ha enseado a disimular! --Si te alteras de ese modo, no podremos hablar--repuso con agitacin en voz baja; y luego, en voz alta, aadi--: Sr. D. Gabriel, estas estampas de Dafne y Apolo, de Jpiter y Europa son indecorosas, y hemos encargado a Sevilla una coleccin de santos para sustituirlas. Pero qu has dicho de lord Gray?--prosigui quedamente--. Que le amo yo? Oh, ese hombre me traer alguna desgracia! No repara en nada. Qu loca he sido! Me encuentro comprometida! Gabriel, te suplico que olvides lo que te haya dicho lord Gray. Olvdalo, y a nadie, ni a tu confesor, hables de eso. T reconocers que est lleno de seducciones y que no es extrao que su fantasa acalore y agite el alma de una... Pero no hables de eso. Calla, por favor. --De veras no le amas? --No. --Ama a alguna otra de esta casa? --No s... calla... no, a nadie de esta casa--respondi turbada--. Pero no merezco que me creas? --No, casi no. --Me has conocido mentirosa? --No s qu tiene esta casa y todos los que la viven. Me parece que en esta morada del disimulo y la mentira, ninguna cosa es como aparece. Mienten los que aqu moran; mienten los que aqu viven, y hasta yo he necesitado mentir para que me admitieran. Esta atmsfera est formada de falsedad y engao. Los corazones, oprimidos por una autoridad insoportable, necesitan desfigurarse para que se les permita vivir. Esta casa, esta familia, a quien preside desde su silln doa Mara, como el genio de la tristeza, no es para m. Me ahogo, y deseo huir de este sitio. Veo aqu mil misterios, y sobre todos mis sentimientos domina uno, que es el ms antiptico y desagradable de todos: la desconfianza. El corazn se me oprime cuando considero que t, Inesilla, t me dices una cosa, me la juras y yo no la puedo creer. --Ten calma. Doa Mara no nos quita los ojos. D. Diego tampoco. Yo me muero de pena... Pero, por Dios, Sr. D. Gabriel--aadi en voz alta--. Un hombre que va a tomar el hbito cuando acabe la guerra, no debe entusiasmarse tanto al hablar de una batalla. Doa Mara, desde su trono, me interpel pompossimamente de esta manera: --Pero, Sr. D. Gabriel, que oigamos todos esas maravillas que est usted contando con tanta vehemencia, con tanto ardor. --Me contaba--dijo Ins con una naturalidad que me asombr--que en cierta ocasin, estando l en una casa del arrabal de Zaragoza, los franceses abrieron una mina, pusieron no s cuntos barriles de plvora, no fue as?, y luego pegaron fuego. --Y luego, Sr. D. Gabriel? --Y luego volamos todos hasta el quinto cielo--repuse--. Siento que usted no hubiera estado all... pues... para que lo hubiera visto. --Gracias. Los vencejos me tomaron por su cuenta para que les explicase cmo fue aquello de mis vuelos y cabriolas por el aire, y en tanto llegose Ins junto al silln de doa Mara, llamado por esta; y yo con disimulo (tambin aprenda) prest atencin a lo que dijeron. --Ha sido demasiado larga tu conversacin con el militarcito--le dijo con desabrimiento la seora--. Veinte minutos! Has estado en coloquio con l veinte minutos! --Seora madre--repuso Ins--si se empe en contarme sus hazaas... Yo buscaba ocasin de poner punto; pero l, dale que dale. Me refiri siete sitios, cinco batallas y no s cuntas escaramuzas. --Cmo finge, cmo miente, cmo engaa!--exclam para m ciego de rabia--. La ahogara! Lord Gray se junt despus con Ins y hablaron largamente. Mi rabia, motivada por una duda cruel, era tanta, que apenas poda disimularla, hablando pestes de las Cortes ante doa Mara, Ostolaza y Valiente. Avanzaba la hora y doa Mara indic con majestuosa gravedad el fin de la tertulia. Despedime de Ins, que a hurtadillas me dijo: --Cuidado con lo que te he encargado. Y luego tard en despedirse de lord Gray ms de diez minutos. Por mi parte anhelaba salir para no volver ms a aquella casa, y saludando a la condesa, echeme fuera, juntndose conmigo en la escalera lord Gray, que sali un poco despus. --Amigo--le dije cuando estbamos en la calle--en todas partes es usted el favorecido de las damas. No se dign contestarme. Iba con la cabeza inclinada, fruncido el ceo y mudo como una estatua. Repetidas veces me esforc por hacerle hablar; pero sus labios no articularon una slaba, y slo en la calle Ancha, al despedirse de m, me dijo sombramente: --El amigo que sorprende un secreto mo y usa de l sin mi licencia, no es mi amigo. Usted me conoce? --Un poco. --Pues suelo reir con los amigos. --Antes de reir nosotros, quiere usted acabar de perfeccionarme en la esgrima? --Con mucho gusto. Adis. --Adis. XII Pasaron das, muchos das. Yo tan pronto deseaba volver a casa de Rumblar, como haca intencin de no poner ms los pies en aquella casa, porque me repugnaban los artificios que hacan de las tertulias una completa representacin de teatro. Durante algn tiempo no vi a lord Gray ni en la Isla ni en Cdiz, y cuando pregunt por l en su casa, el criado me neg la entrada, dicindome que su amo no quera recibir a nadie. Ocurri esto el da de la bomba. Saben ustedes lo que quiero decir? Pues me refiero a un da memorable porque en l cay sobre Cdiz y junto a la torre de Tavira la primera bomba que arrojaron contra la plaza los franceses. Ha de saberse que aquel proyectil, como los que le siguieron en el mismo mes tuvo la singular gracia de no reventar; as es que lo que vena a producir dolor, llanto y muertes, produjo risas y burlas. Los muchachos sacaron de la bomba el plomo que contena y se lo repartan llevndolo a todos lados de la ciudad. Entonces usaban las mujeres un peinado en forma de saca-corchos, cuyas ensortijadas guedejas se sostenan con plomo, y de esta moda y de las bombas francesas que provean a las muchachas de un artculo de tocador, naci el famossimo cantar: Con las bombas que tiran los fanfarrones, hacen las gaditanas tirabuzones. Pues como deca, el da de la bomba, despus de tocar intilmente a la puerta del noble ingls, llevome el destino segunda vez a casa de la seora doa Mara, disponindose las cosas de modo que cuando me encaminaba a casa de dona Flora, tropezase con el seor D. Diego, el cual me habl as: --Vienes de casa de lord Gray? Dicen que est con la morria. Nadie le ve por ninguna parte. Por fin, he conseguido de mi madre que no le reciba ms en casa. --Por qu? --Porque es muy aficionado a las muchachas, y no me gusta verle hablar con mi novia. Mam no quera; pero me plant, chico. O lord Gray o yo--dije--y no hubo ms remedio. --Segn eso, le han puesto en la puerta de la calle. --Con cortesa y disimulo. Mi mam ha dicho que hallndose un poco enferma, suspende por ahora las tertulias. --Y no salen? --A misa van las cuatro los domingos muy temprano. Pero puedes ir a casa cuando gustes. Mam te aprecia y siempre est preguntando por ti. Ahora precisamente, te ruego vengas conmigo para servirme de testigo. --De testigo? --S. Mi mam quiere castigarme porque le han dicho que me vieron ayer en un caf. Es verdad que estaba, pero yo lo he negado, y para dar ms fuerza a mis argumentos he dicho: Pregntele usted al Sr. D. Gabriel, y como no diga que estuvimos juntos viendo sacar agua de la noria.... --Pues vamos all. Entramos, pues, y en la reja del patio, el criado nos dijo que la seora doa Mara haba salido. --Viva la libertad!--exclam D. Diego haciendo un par de cabriolas--. Gabriel, estamos solos. Hermanillas, alegrmonos y regocijmonos. La chillona algazara que desde los aposentos vino a mis odos, indicome que las hembras estaban libres tambin de la ominosa esclavitud. Cuando entramos en la estancia de D. Diego, al punto se nos present D. Paco, aturdido, sofocado, balbuciente, con unas disciplinas en la mano, el vestido menos puesto en orden que de ordinario, y ostentando algunas desgreaduras en lo alto de su peluqun. --Seorito D. Diego--exclam con furia semejante a la de esos perrillos que ladran mucho sin que jams el transente se detenga a mirarlos--, la seora mand que no saliese usted de casa. Se lo dir cuando venga. El condesito tom un palo que frontero a la cama y en lugar medio oculto tena, y esgrimindolo de un modo alarmante por las costillas del ayo, grit: --Canalla, pedantn... Si dices una palabra... no te dejar un hueso en su lugar. --Esto no puede tolerarse--dijo D. Paco, no ya enfurecido sino lloroso--. Dios eterno, y t, Virgen Santsima del Carmen, tened compasin de m! Este nio y sus hermanas van a quitarme los pocos das que me restan de vida. Si les permito hacer su gusto, la seora me rie, y ms quisiera ver al sol apagado que a la seora colrica. Si quiero sujetarlos, palos, rasguos, araazos, tijeretazos y otros mil martirios espantosos... Pues s, seor D. Dieguito: se lo dir a la seora, yo no puedo aguantar ms... Pues no digo nada de lo de las saliditas por las noches! Yo no puedo acallar la voz de mi conciencia que me dice: Malvado!, servidor desleal!, traidor!... No; se lo dir a la seora, se lo dir al ama, y entre tanto, orden, silencio, obediencia, todo el mundo a su sitio. D. Diego, ciego de enojo, enarbol el palo, y a comps con los movimientos de su brazo que apuntaban impamente a las costillas del pobre ayo, iba diciendo: --Orden, silencio, obediencia. Tuve que imponerme para que no acabara con el desdichado perceptor, que aun vapuleado de aquel modo, tena la prudencia de no gritar, porque no se enterase la vecindad del escndalo, y con voz sofocada deca llorando: --Que me mata este caribe! Favor, seor D. Gabriel, favor! Huy D. Paco por el pasillo adelante buscando refugio, y siguiendo tras l, dimos los tres en una gran pieza, desde la cual se pasaba a otra con espaciosas rejas a la calle, donde vimos el espectculo de la ms horrenda anarqua que pueden ofrecer en el interior de una honesta casa las demasas de la libertad. Asuncin, Presentacin, Ins, las tres estaban all, libres, sueltas, en posesin completa de sus gracias, donaires, iniciativa y travesura. Pero antes de deciros lo que hacan aquellos pajaritos aprisionados a quienes se permita por un momento dar vueltas holgadamente por la jaula, voy a indicaros cmo era esta. Varias cestas de labores y algunos bastidores de bordados indicaban que all tena la seora condesa el taller de educacin y trabajo de sus nias. Una pequea pero anchsima silla, de fondo hundido por el peso constante de corpulenta humanidad, denotaba el lugar de la presidencia. Tambin haba una mesilla con libros, al parecer devotos, y en las paredes no caban ya ms estampas y lminas bordadas, entre las cuales el mayor nmero era una variada serie de perritos con el rabo tieso y los ojos de cuentas negras. Un pequeo altar ostentaba mil figuras de bulto y realce, alternando con estampas que sin duda haban pertenecido a libros, y en la delantera algunos pares de candelabros de plata antigua, sostenan velas de picada y filigranada cera, adornadas con papelitos, festones y otros primores de tijera. Pomposos ramos de flores de trapo, que a cien mil leguas declaraban haber sido hechos por manos de monjas, completaban el ajuar del altarejo, juntamente con algunos pequesimos objetos de plomo, representando sagrados adminculos, tales como clices y custodias, lmparas y misales. Estos juguetes los hacan entonces los veloneros para los nios buenos y que no lloraban. Vi asimismo objetos de un orden enteramente distinto, es decir, trajes hermossimos de mujer, arrojados en desorden por el suelo, y tambin escofietas, moos, lazos, abanicos, quirotecas, zapatillas de raso y luengos encajes de aquellos finsimos y hereditarios, que eran, como los diamantes, orgullo y riqueza de las familias. Los bordados, las cestas de costura, rellenas de fastidiosas telas blancas de indiana y cotona, pertenecan a Presentacin; los libros, el altar con todo lo que en l haba de mstico e infantil, eran de Asuncin; y los lujosos trajes y adornos eran de Ins, que los haba bajado para que los viesen sus primas. Estaban las tres vestidas segn lo que entonces el vulgo, no menos galicista que ahora, llamaba un savill. Con semejante traje, que era, por exigirlo la moda, la menos cantidad posible de traje, y lo absolutamente necesario para que las lindas personas no anduvieran desnudas, ni la madre ms tolerante y descuidada habra permitido que se presentasen delante de un hombre, aunque fuese pariente cercano. Estaban las tres, como digo, graciossimas y sin comparacin ms guapas que en las tertulias. La libertad permitindoles una alegre y bulliciosa agitacin, haba impreso en sus mejillas frescos y risueos colores, y las lenguas charlatanas de las dos hermanitas llenaban con dulce y picotera msica el mbito de la estancia. La voz de Ins apenas se oa. Os dir lo que hacan y esto es reservado, reservadsimo, pues si doa Mara supiese que ojos humanos haban visto a sus nias en tales arreos, y que orejas de varn haban odo cantar seguidillas a una de ellas, reventara de pesadumbre, o se sepultara para siempre, antes avergonzada que muerta en el sarcfago de sus mayores. Pero seamos indiscretos y contemos lo que vimos, ocultos en la estancia inmediata y sin ser vistos por ellas. Ins, en quien primeramente se fijaron mis ojos desde la puerta, estaba en la reja, como en acecho, mirando ora a la calle, ora adentro, sin duda para dar la voz de alarma en cuanto el pomposo perfil y los pomposos y temidos espejuelos de doa Mara volviesen la esquina de la calle Ancha. Le o decir claramente: --No seis locas... que va a venir. Presentacin, la ms pequea de las dos hermanas, estaba en medio de la pieza. Creern ustedes que rezando, cosiendo u ocupada en algn otro grave menester? Nada de eso, pues no estaba sino bailando, s, seores, bailando. Y qu zorongo, qu zapateado tan hechicero! Quedeme absorto al ver cmo aquella criatura haba aprendido a mover caderas, piernas y brazos con tanta sal y arte tan divino cual las ms graciosas majas de Triana. Agitada por la danza, chasqueando los dedos para imitar el ruido de las castauelas, su vocecita sonora y dulce deca con lnguida y soolienta msica: Toma, nia, esta naranja que he cogido de mi huerto, no la partas con cuchillo que est mi corazn dentro. Asuncin, que era la mayor, de una hermosura menos picante y graciosa que su hermana, pero ms acabada, ms interesante, ms seria, digmoslo as, en una palabra, mucho ms hermosa, se haba puesto algunas de las joyas y preseas de Ins. Cogi una gran rosa de papel de las que adornaban el altar, y psosela orgullosamente en el moo; tom despus tres varas de aquellos encajes finsimos de Brujas, de tan sutil urdimbre que parecen hechos por moscas o araas, plidos ya y amarilleados por el tiempo, y agitndolos en las manos, los ech hacia arriba, dejndolos caer sobre su cabeza y hombros, con tanta, con tantsima gracia, seores, cual si toda su vida hubiese estado midiendo en las tardes de primavera las baldosas de la calle Ancha, plaza de San Antonio y alameda del Carmen. Yo estaba asombrado contemplando tales transformaciones y me sorprenda su extraordinaria belleza de la muchacha, cuando la vi realzada con los atractivos que el arte presta tan hbilmente a la hermosura. Y qu bien saba ella aplicarlos a su persona! Qu singular talento el suyo para poner cada objeto en el sitio donde deba estar, y donde las leyes ms rigurosas de la esttica queran y mandaban que estuviese! Despus de rodear su cabeza con las blondas, colgose de las orejitas los ms hermosos pendientes que creo han salido de manos de artfice platero. Luego estuvo mirndose un rato en el vidrio que cubra cierta estampa del Purgatorio, llena toda de nimas, diablos, llamas, culebrones, sapos, cocodrilos, ruedas, sartenes, peroles, etc..., y contempl all su imagen confusa, por no haber en la estancia espejo, ni vidrio azogado que hiciese sus veces. Despus volvi la cabeza para verse la cada de faldas por detrs, tom un abanico, dio el meneo a las varillas, que chillaron desarrollando un vasto paisaje poblado de amorcitos, y echndose aire con l, comenz a pasear por la habitacin, rindose de s misma y de la risa que a las otras dos causaba. Viendo tal profanacin, escndalo y desacato, penetr el insigne D. Paco en la pieza, y exclam: --Qu alboroto es este? Asuncioncita, Presentacioncita, todo se lo contar a mam cuando venga, todo, todito. Presentacin ces de cantar, y tomando al preceptor por un brazo, le dijo: --Sr. D. Paquito mo, si no le dices nada a mam, te doy un beso. Y en el acto se lo dio en sus secas y arrugadas mejillas. --A m no se me seduce con besitos, nias--repuso el viejo vacilando entre el rigor y la tolerancia--. Cada una a su puesto, a leer, a coser. Asuncioncita de todos los demonios, qu descaro es ese? --Calle usted, so bruto--dijo Asuncin con muchsima sal. --Si es un animal--aadi Presentacin dndole un sopapo con su suave manecita. --Ms respeto a mis canas, nias--exclam afligido el anciano--. Si no fuera porque las he visto nacer, porque las he criado a mis pechos, porque las he cantado el ro-ro... Presentacin haciendo gestos de delicada urbanidad, remedando a una persona que durante el paseo encuentra en la calle a un conocido, parose ante D. Paco, hizo una graciosa reverencia y le dijo: --Oh! Sr. D. Protocolo, usted por aqu? Cmo est la seora doa Circunspecta? Va usted al baile del barn de Simiringande? Qu dice hoy la Gaceta de Pliquisburgo?... --Eh... eh...--exclam D. Paco, queriendo contener la risa que le embobaba--. Miren la mocosa cmo habla, hacindose la seora mayor. Buena pieza tenemos en casa. Qu escndalo, qu profanidad! De dnde habr sacado esta nia tales picardas? Y luego insistiendo ella en llevar adelante el chistoso papel que estaba desempeando, llegose a Ins, que tambin se mora de risa, y le dijo: --Ola, madama! Cmo la porta bu...? Ha visto bu a la condesa? Qu magnfico ha estado el concierto y la pera de Mitrdates! Oh!, madama... andiamo a tocare il forte piano... Aqu viene il maestro sior D. Paquitini... tan, taral, tan tin, tan. Y se puso a bailar un minueto. --Vaya--exclam D. Paco, echndosela de benvolo, pero afectando mucha seriedad--les perdono lo que ha pasado si se acaba este jaleo, y va cada una a su puesto. La seora viene. Ins continuaba en la reja atisbando afuera, y tambin a ratos deca: --Que va a llegar! Presentacin volvi a cantar, y luego dijo: --Paquito de mi alma, si bailas conmigo te doy otro beso. Y sin esperar respuesta del anciano, le tom por los brazos, hacindole dar rpidas vueltas. --Que me atonta, que me mata esta condenada--exclamaba el maestro, describiendo curvas sin poderse defender, ni soltar. --Ay, Paquito de mi alma y de mi vida, cunto te quiero!--deca Presentacin. El preceptor, abandonado de los giles brazos de su pareja, cay al suelo, pidiendo al cielo justicia; la muchacha le enred una flor entre las blancas guedejas de su peluca de ala de pichn, y dijo as: --Toma, amor mo, esta flor en memoria de lo que te quiero. Quiso levantarse, y empujado por Asuncin, cay al suelo. Quiso tirar de l Presentacin y quedose con un pedazo de solapa en la mano. Levantose al fin, y persiguindole las dos con risas y festejo, trat una de ellas de darle un latigazo con una varita de sacudir telas; mas lo hizo con tan mala suerte que dando un cachiporrazo al altar, toda la mquina de santos, velas y juguetes se vino al suelo con estrpito. Mientras acuda a remediar el desperfecto, D. Paco estaba en tierra de rodillas, con los brazos en cruz y la mirada fija en el techo y con voz compungida y entrecortada, mientras gruesos lagrimones lustraban sus mejillas, deca: --Seor Omnipotente y Misericordioso: que estas agonas sean en descargo de mis pecados! Mucho padeciste en la cruz; pero y esto, Seor, esto no es cruz, estos no son clavos?, estas no son espinas?, estos no son bofetones y hiel y vinagre? Castigo es este del gran pecado que comet ocultando a mi seora las travesuras de estas nias, y las mil picardas que han aprendido sin que nadie se las ensease; pero por la lanzada que te dieron, Seor, juro que ser leal y fiel con mi querida ama, y que no he de ocultarle ni tanto as de lo que pasa. D. Diego y yo, que habamos permanecido observando aquel espectculo sin ser vistos, quisimos entrar; pero vimos que Ins se apart vivamente de la reja, y en el mismo instante pas por la calle una figura, una sombra, en quien reconocimos a lord Gray. Apenas habamos tenido tiempo de reconocerle, cuando un objeto, entrando por la reja, vino a caer en medio de la sala. Al punto se abalanz hacia el pequeo bulto D. Paco, y observndolo y recogindolo, dijo: --Una cartita, eh? La ha arrojado un hombre. Ins, que se acerc de nuevo a la reja, exclam con terror: --Doa Mara, doa Mara viene ya! XIII Se quedaron muertas, petrificadas; pero con presteza extraordinaria las tres empezaron a ordenar los objetos, para que cada cosa estuviese en su sitio. Arreglaron el altar atropelladamente; despojose la una de los atavos que se haba puesto; compuso la otra su vestido en desorden; pero por ms prisa que se daban, tales eran la confusin y desconcierto producidos all por la anarqua, que no haba medio de volverlo todo a su primitivo estado. D. Diego me dijo, al ver que las muchachas iban a ser sorprendidas antes de poder borrar las huellas de su rebelin: --Amigo, huyamos. --A dnde? --A la Patagonia, a las Antpodas. T no adivinas lo que va a pasar aqu? --Quedmonos, amigo, y tal vez hagamos una buena obra defendiendo a estas infelices, si el preceptor las delata. --Viste que pas un hombre y arroj dentro un billete? --Era lord Gray. Veamos en qu para esto. --Pero mi madre viene; y si te ve aqu en acecho... Ni esta consideracin me hizo apartar de la estancia que nos serva de observatorio; pero afortunadamente doa Mara no entr por all, y pasando primero a su alcoba, penetr por esta a la funesta habitacin donde ocurriera el sainete que iba a terminar en tragedia. Nosotros nos pusimos en disposicin de poder orlo todo sin ser vistos, aunque tambin sin ver nada. Sepulcral silencio rein por breve tiempo en la pieza, y al fin interrumpiole la condesa, diciendo con la mayor severidad: --Qu desorden es este? Ins, Asuncin, Presentacin... ese altar destrozado, esos vestidos por el suelo... Nias, por qu estis tan sofocadas, por qu tenis tan encendido el rostro?... Temblis... Vamos a ver; Sr. D. Paco, qu ha pasado aqu?... Pero qu veo? Seor D. Paco, seor preceptor, por qu tiene usted destrozada la ropa?... Pues y ese gran cardenal en el carrillo...? Ha estado usted quitando telaraas con la peluca? --Se... se... seora doa Mara de mi alma--dijo el ayo con voz trmula y cierto hipo producido por su gran zozobra y la lucha que diversos sentimientos sostenan sin duda entonces en su pobre alma--yo no puedo callar ms... Mi conciencia no me lo permite. Yo... hace cuarenta aos que co... co... como el pan de esta casa... y no puedo... No pudiendo seguir, prorrumpi en llanto copiossimo. --Pero a qu vienen esos lloros?... Qu han hecho las nias? --Seora--dijo al fin D. Paco entre sollozos, hipidos y babeos--; me han pegado, me han arrastrado, me han... Asuncioncita se puso a imitar a la gente de los paseos. Presentacioncita bail el zorongo, el bran de Inglaterra y la zarabanda... Luego pas por la calle un caballerito, mir adentro y les arroj este billete. Hubo un momento de silencio, de esos silencios angustiosos como el que precede al caonazo, despus que se ha visto la mecha prxima al cebo. Durante aquel intervalo de mudo terror, que desde la escena donde tal drama pasaba se comunic a nosotros, hacindonos temblar como quien aguarda un terremoto, se sintieron los tenues chasquidos de un papel que se desdobla, y luego una exclamacin de sorpresa, asombro o no s si de fiereza inaudita, que sali del tempestuoso seno de doa Mara. --Esta letra es de lord Gray...--exclam--. Qu desvergonzado atrevimiento! A quin de vosotras se dirige la carta? Dice: Idolatrado amor mo: si tus promesas no son vanas.... Pero una persona como yo no puede leer tales indecencias!... A quin de vosotras dirige lord Gray esta esquela? Continu el silencio, uno de esos silencios que parecen anunciar el desplome del mundo. --Presentacin, es a ti? Asuncin, es a ti? Ins, es a ti? Responded al momento. Seor misericordioso! Si alguna de mis hijas, si alguien nacido de mis entraas ha dado motivo para que un hombre le dirija estas palabras, prefiero que muera ahora mismo, y yo detrs, antes que tolerar tal deshonra! La imprecacin retumb en la sala como una voz de los pasados siglos que clamaba en defensa de cien generaciones ultrajadas. Oyronse luego llantos comprimidos y el resoplido de D. Paco, que as desfogaba los ardores de su corazn, inflamado ya por nobles impulsos de generosidad. --Seora--dijo moqueando y babeando--perdone usa a las nias. Eso no habr sido nada. Tal vez un tuno que pas por la calle. Ellas se han estado muy calladitas. --Se me figura--dijo doa Mara sin perder la dignidad en su clera--que no tendr que hacer grandes averiguaciones para saber quin ha motivado esta amorosa epstola. T, Ins, t has sido. Hace tiempo que sospechaba esto... Nuevo silencio. --Responde--prosigui doa Mara--. Yo tengo derecho a saber en qu emplea su tiempo la que va a casarse con mi hijo. Entonces o la voz de Ins, que claramente y no muy turbada responda: --S, seora doa Mara. Lord Gray escribi para m. Perdneme usted. --De modo que t!... --Yo no tengo culpa... Lord Gray... --Te ha trastornado el juicio--dijo doa Mara--. Bonita y ejemplar conducta de una nia de tu condicin, que representa una de las ms principales casas de Espaa! Ins, vuelve en ti, por Dios, repara quin eres! Es posible que una joven destinada?... Yo he observado que es tu natural de suyo profano a las mundanidades. Ya supieron lo que se hacan destinndote a ser casada y a ocupar alto puesto en la corte, que si por arte del demonio hubirante consagrado al claustro o a un decoroso celibato... pobre criatura!, tiemblo de pensarlo. La ansiedad y zozobra que yo experimentaba no me permitieron reflexionar sobre las peregrinas ideas de doa Mara. --No has sido t educada por m--prosigui esta--que de haberlo sido... otra sera tu conducta... --Seora madre--dijo Asuncin llorando--. Ins no volver a faltar ms. --Calla t, necia. Despus os ajustar a vosotras dos las cuentas, pues dijo D. Paco que habais bailado y cantado. --No, seora, no ha habido nada de baile ni de canto: fue broma ma--exclam muy sofocado el pobre preceptor, cuyo espritu se afliga con los crueles alardes de justicia de su seora. --Y para qu has bajado estas ropas?--pregunt la condesa a Ins. --Para que ellas las vieran. Las subir, seora, y no las volver a bajar ms--repuso Ins con humildad. --Qu fundamento de nia! No conoces que si a ti te cuadran estos trapos y adornos, a ellas ni aun debe permitrseles el mirarlos? Tu conducta no puede ser ms contraria al decoro. --Seora doa Mara--dijo D. Paco--permtame usa que la diga que la seora doa Inesita en lo ntimo de su corazn deplora el disgusto que la ha dado. No es verdad, seora doa Inesita? Vaya, seora doa Mara, perdn al canto, y todo se acab. --No se meta usted en lo que no le importa, Sr. D. Paco--dijo la condesa--. Y t, Ins, ten entendido que sers perdonada, si las cosas no siguen adelante. Y no digo ms sobre el particular. Ya saben ustedes que soy benvola hasta la exageracin, tolerante hasta la debilidad. Cirrense esas rejas al punto, y vamos a trabajar y a rezar... Ins, te lo repito, respira tranquilamente. Con tal que no vuelva a repetirse... Oyronse voces de las muchachas, que si no de alegra y completa bonanza, indicaban que el temporal iba pasando. D. Diego me dijo: --Vmonos, no sea que mi madre quiera salir por aqu y nos sorprenda. Nos apartamos de all. --Qu te parece lo que hemos odo? --Una infamia, una alevosa, un crimen sin ejemplo--exclam no pudiendo contener la clera que me dominaba. --Qu te parece la Inesita?... Buena pieza en verdad... --Ese ingls de los demonios, ese monstruo que nos ha enviado aqu la Gran Bretaa es el ser ms odioso, ms abominable que existe en la tierra. Por mi parte, digo que le aborrezco, que le abomino; que sin piedad le matara, que me bebera su sangre... Adis, me voy. --Te vas? --S: no quiero estar ms en esta casa. --Pero hombre, t ests tonto. Si te he trado aqu para que me ampares. T no sabes que ahora mi seora mam, despus que ponga fin a la justiciada de all, ha de venir a emprenderla conmigo por la escapatoria de ayer tarde. Olvidas, hombre ligero y frvolo, que has de atestiguar que me viste ayer ocupado en dar vueltas a la noria? --No quiero farsas, ni falsos testimonios, ni tengo para qu ver a doa Mara... Adis. --Hombre cruel, detente. Mi madre sale. En efecto, en el corredor atrapome la seora condesa, la cual despus de mostrarse sorprendida y no muy agradablemente con mi presencia, me salud, obligndome a pasar a la sala. --Estabas aqu?--pregunt a su hijo. --S, seora: Gabriel y yo estbamos en mi cuarto leyendo unos libros de aritmtica, y l me enseaba a encontrar la quinta parte por un medio nuevo; y como ayer cuando estuvimos viendo dar vueltas a la noria, yo apost a que no poda ser tal cosa, vino hoy a demostrrmelo. --Conque estuvieron ustedes ayer tarde en la noria? --S, seora; dando vueltas a la noria... quiero decir, viendo. --Es un entretenimiento inofensivo... --S, seora... e instructivo. --Propio de jvenes de cabeza sentada--dijo doa Mara--. Sin embargo, he odo que a la noria va mucha gente de mal vivir. --No seora, de ninguna manera. Cannigos, militares de coronel para arriba, seoras mayores, frailes... --Mi hijo es algo distrado, y por eso temo... Pronto ser libre y dueo de sus acciones, porque en los asuntos de un hombre casado, sobre todo si est en cierta posicin, no deben entrometerse las madres. --Exactamente. Y cundo se casa D. Diego? --Ya no hay da seguro--respondi doa Mara, con firmeza. --Y en verdad, Sr. D. Diego--dije yo volvindome hacia mi amigo--que se lleva usted la ms hermosa muchacha que hay en todo Cdiz. --Lo que es eso...--dijo la condesa con afectacin--mi hijo puede estar satisfecho de la suerte que le ha cabido en su eleccin, mejor dicho, en nuestra eleccin, pues nosotras lo hemos arreglado todo. Para que nada falte a esa muchacha, tiene hasta aquellas sutiles cualidades de ingenio y amabilidad que la harn uno de los ms bellos adornos de la corte, cuando la haya. Y no se diga que a una joven mayorazga, destinada a casarse con otro mayorazgo, se la debe sujetar y comprimir para que ni hable, ni trate con personas de mundo. Eso no; eso sera ridculo, y nada hay ms contrario a la alteza y sonoridad de ciertas familias que verlas representadas en la corte por una damisela encogida, vergonzosa, que se asusta de la gente y no sabe decir ms que buenas tardes y buenas noches. --Pues maldita la gracia que me hace--dijo D. Diego con desabrimiento--ver a mi novia muy amartelada con lord Gray en este saln. Doa Mara se puso encendida. --Este joven--dije yo--no eleva su entendimiento hasta los altos principios de la educacin castiza. Pues acaso su mujer va a ser monja? A las que van a ser monjas o solteras, bueno que se las ensee a no levantar los ojos del suelo; pero a las que van a casarse y a ser grandes seoras... Pero hombre, est usted loco? Mi amigo es un necio, un caviloso, seora. Apostamos a que por estas y otras imaginaciones ridculas va a dar en la flor de decir que no se casa? --Cmo!--exclam la dama--. Mi hijo no ser capaz de tal simpleza. --S, seora, s ser capaz--dijo D. Diego sin poder contener el mpetu de sus celos. --Diego, hijo mo! --S, seora, lo que dice Gabriel es verdad, no quiero casarme, al menos hasta ver... --No puede darse necedad mayor--dije--. Porque lord Gray haya conseguido con su buena apostura, sus finos modales, su talento... --Mi hijo no me dar tan gran pesadumbre. La condesa, por hallarse en presencia de un extrao, no solt la ira que a borbotones quera escaprsele del pecho, al ver en su hijo la obstinada genialidad, que amenazaba echar por tierra todos sus proyectos; mas conociendo yo que aquel volcn necesitaba cumplido desahogo por el crter de la boca y quizs por el de las manos, juzgu prudente retirarme. --Se marcha usted?--me dijo--. Ya, una persona discreta no puede soportar las bachilleras y antojos de este inconsiderado nio. --Seora--repuse--D. Diego es un nio obediente y har lo que su madre le mande. Beso a usted los pies. Quiso D. Diego salir conmigo; pero la condesa le detuvo, diciendo con enojo: --Caballerito, tenemos que hablar. Yo anhelaba respirar fuera de aquella casa. XIV Al encontrarme en la calle mir a las rejas y las vi cerradas. Atormentado por el recuerdo de lo que haba visto y odo, revolviendo en mi cabeza pensamientos de venganza, proyectos de barbarie, y no s qu ideas impas y locas, dije para m: --Ya no me queda duda. Matar a ese maldito ingls. En las mil alternativas y vicisitudes de mi vida, baj, sub, ca y levanteme; cre tocar con mis manos fatigadas el fondo de aquel mar de la borrascosa desventura, donde transcurri mi niez, y fuerzas ignoradas me sacaron de nuevo a la superficie; luch y padec, dese la muerte y am la vida; grandes vaivenes y sacudidas experiment; pero cuando suba, y bajaba, y luchaba, y viva, y mora, jams dej de percibir aquella luz, encendida ante la desgracia, lejana estrella a quien consideraba como expresin de lo divino y sobrenatural que hay en la existencia. Pero ya la luz se haba apagado, y volviendo los ojos en derredor, yo no vea sino espantosas oscuridades. Lo que yo crea perfecto ya no lo era; lo que yo juzgu mo, tampoco era mo, y pensando en esto no cesaba de exclamar: --Matar a ese condenado lord Gray. Ahora comprendo la satisfaccin de matar a un hombre. Turbado por los celos, mi corazn, que hasta entonces haba como florecido, despidiendo un sentimiento apacible y contemplativo cual el de la religin, arda ahora con apasionado centelleo, y lo que haba amado, por extraordinaria contradiccin ms digno de ser amado le pareca. Senta ansia de destruccin, y mi amor propio, mi orgullo herido clamaban al cielo, haciendo a toda la creacin solidaria de mi agravio. Yo crea que el universo entero estaba ofendido, y que cielo y tierra respiraban anhelo de venganza. Cruc varias calles, repitiendo: --Matar a ese ingls, le matar. Al volver una esquina cre distinguirle y apresur el paso. S, era l. Dios me lo pona delante; le vi de espaldas y corr; mas cuando estaba junto a l y antes que me viera, pens que no era prudente precipitar un hecho que deba tener justificacin completa. Procurando serenarme, dije para m: --Tengo la seguridad de sorprenderle dentro de la casa. Entretanto, esperemos. Le toqu en el hombro, y l, al volverse, me mir impasible, sin mostrar ni alegra ni desagrado. --Lord Gray--le dije--ha tiempo que estoy esperando la ltima leccin de esgrima. --Hoy no tengo humor para lecciones. --La necesitar pronto. --Va usted a batirse? Qu felicidad! Hoy tengo yo un humor!... Deseo atravesar a cualquiera. --Yo tambin, lord Gray. --Amigo mo, proporcineme usted un hombre con quien romperme el alma. --Tiene usted spleen? --Horroroso. --Y yo. Los espaoles tambin solemos padecer esa enfermedad. --Es muy raro. En buena ocasin me ha salido usted hoy al encuentro. --Por qu? --Porque tena una mala tentacin. Estaba en lo ms negro de la negrura del spleen, y pas por m la idea de pegarme un tiro o de arrojarme de cabeza al mar. --Todo por un amor desgraciado. Cunteme usted eso y le dar buenos consejos. --No me hacen falta. Yo me entiendo solo. --Yo conozco a la mujer que le trae a usted a tan lastimoso estado. --Usted no conoce nada. Dejemos esa cuestin y no hablemos ms de ella. Aquella vez, como otras muchas, lord Gray esquivaba tratar el asunto. --Con que quiere usted que le d una leccin?--me dijo despus. --S; pero tal, que con ella aprenda de una vez todo lo que encierra el noble arte de la esgrima; porque, milord, tengo que matar a uno. --Es cosa fcil. Le matar usted. --Vamos a casa de milord? --No; vamos al ventorrillo de Poenco. Beberemos un poco. Y cundo va usted a matar a ese hombre? --Cuando tenga la certeza de su alevosa. Hasta hoy tengo indicios que casi son datos evidentes; de los cuales resultan sospechas que casi son la misma certidumbre. Pero necesito ms, porque mi alma, crdula hasta lo sumo, forja sutilezas y escrpulos. La pcara quiere prolongar su felicidad. l call y yo tambin. Silenciosamente llegamos a Puerta de Tierra. Haba en casa del seor Poenco gran remesa de majas y gente del bronce, y las coplas picantes, con el guitarreo y las palmadas, formaban estrepitosa msica dentro y fuera de la casa. --Entremos--me dijo lord Gray--. Esta graciosa canalla y sus costumbres me cautivan. Poenco, llvanos al cuarto de dentro. --Aqu viene lo geno--exclam Poenco--. Desapartarse todo el mundo. Abran calle; calle, seores... espejen, que pasa su majestad miloro. --Muchachos, viva miloro y las cortes de la Isla!--grit el to Lombrijn levantndose de su asiento y saludndonos, sombrero en mano, con aquel garbo majestuoso que es tan propio de gente andaluza--. Y en celebracin del santo del da, que es la santsima libertad de la imprenta, se Poenco, suelte usted la espita y que corra un mar de manzanilla. Todo lo que beba miloro y la compaa lo pago yo, que aqu est un caballero pa otro caballero. El to Lombrijn era un viejo robusto y poderoso, de voz bronca y gestos gallardos y caballerescos. Era traficante en vinos y gozaba opinin de hombre rico, as como de gran galanteador y mujeriego, a pesar de la madurez de sus aos. Lord Gray le dio las gracias, pero sin imitarle ni en el tono ni en los movimientos, diferencindose en esto de la mayor parte de los ingleses que visitan las Andalucas, los cuales tienen empeo en hablar y vestir como la gente del pas. --Oigast, to Lombrijn--dijo otro a quien llamaban Vejarruco, y que era joven y curtidor en el Puerto--. A m no me falta ningn hombre naco. --Por qu lo dices, camaraya y en qu te he faltado?--dijo Lombrijn. --Bien lo sabes, camaraya--repuso Vejarruco--. En que asina que vi venir a miloro y la compaa, dije al seor Poenco: Lo que beba miloro y la compaa, corre de mi cuenta; que aqu hay un caballero pa otro caballero. --Zorongo!--exclam Lombrijn--. Pero di, Vejarruco, eso es conmigo? --Cachirulo!, contigo es. --Estira ms esa estampa, que no te veo bien. --Alarga el jocico pa que te tome el molde de l. --Carambita! Ust no sabe que cuando me pica un mosquito le desmondongo al momento? --Sonsoniche! Ust no sabe que cuando le pego un pezco a un hombre tiene que pedir prestaos dientes y muelas para comer? --Basta ya, que se me van regolviendo los sentidos garrofales--dijo Lombrijn--. Seores, empiecen a cantar el requieternam por ese probesito Vejarruco. --Alentato est el viejo. --Pues all va la lezna. Lombrijn se llev la mano al cinturn en ademn de sacar la navaja, y todos los presentes, principalmente las mujeres, empezaron a gritar. --Seores, no temblar--indic Vejarruco. --No se batirn--me dijo lord Gray--. Todos los das hacen lo mismo y despus no hay nada. --No he trado el escarbador de dientes--dijo Lombrijn, encontrndose sin armas. --Pues ni yo tampoco--aadi Vejarruco. --Camaraya, por eso no ha de quedar. Ust est amarillo. Seores, cuando ech mano al cinturn me relucieron las uas, y pens que era jierro. --Zorongo! Camar, ust ha escondido la lezna para que no haya compromiso. --T te la habrs meto en el garguero. --Yo no la traigo, por humani--repuso Vejarruco--porque como tengo esta mano tan pes, se necesita mucha prudencia pa no matar caa momento. --Vaya, djenlo para despus--dijo Poenco--y a beber. --Lo que hace por m, no tengo prisa... Si Vejarruco se quiere confesar antes que le endie... --Lo que es por m... cuando Lombrijn quiera el pasaporte para la secula culorum, se lo dar. --Pelillos a la mar--dijo Poenco--; y pos que los dos han de morir, mueran amigos. --No hay por qu ofenderse, comparito. Ust se ha ofendo?--pregunt Lombrijn a su antagonista. --Cachirulo! Yo no, y ust? --Tampoco. --Pues vengan esos cinco mandamientos. --All van, y vivan las Cortes y viva miloro. --Para cortar la cuestin--dijo lord Gray--yo pagar a todo el mundo. Poenco, srvenos. Las majas que all haba obsequiaron a lord Gray con sonrisas y dichos graciosos; pero el ingls no tena humor de bromas. --Ha venido Mara de las Nieves?--pregunt a una. --Pesato est con Mara de las Nieves. Nosotras somos aljofifas? --Si miloro va esta noche a mi casa--dijo en voz baja otra, que era, si no me engao, Pepa Higadillos--ver lo bueno. Mi maro ha ido a comprar burros, y me divierto pa matar la sole. --A donde ir miloro esta noche es a mi casa--indic otra que era ya matrona--. A mi casa va toda la sal del mundo, y si miloro quiere poner un par de pesetas a un caballo, no tengo comeniente... Mi casa es muy principal... Lord Gray se apart con hasto de aquella gente, y entramos en un cuarto, donde el tabernero reciba tan slo a cierta clase de personas, y la mesa junto a la cual nos sentamos viose al punto cubierta del rico tributo de aquellas vias costaneras, que no tuvieron ni tienen igual en el mundo. XV --Hoy voy a beber mucho--me dijo el ingls--. Si Dios no hubiese hecho a Jerez, cun imperfecta sera su obra! En qu da lo hizo? Yo creo que debi de ser en el stimo, antes del descanso, pues cmo haba de descansar tranquilo si antes no rematara su obra? --As debi de ser. --No; me parece que fue en el clebre da, cuando dijo: Hgase la luz; porque esto es luz, amigo mo, y quien dice la luz, dice el entendimiento. --Se miloro--dijo Poenco acercndose a mi amigo para hablarle con oficioso sigilo--; Mara de las Nieves est ya loquita por vucencia. Se hizo todo, y ya tiene su paoln, sus zarcillos y su basquia. Si no hay nada que resista a ese jociquito rubio; y como vucencia siga aqu, nos vamos a quedar sin donceyas. --Poenco--dijo lord Gray--djame en paz con tus doncellas, y lrgate de aqu, si no quieres que te rompa una botella en la cara. --Pues najencia, me voy. No se enfade mi nio. Yo soy hombre discreto. Pero sabe vucencia que ofrec dos duros a la ta Higadillos que llev el paoln... ctera; ctera. Lord Gray sac dos duros y los tir al suelo sin mirar al tabernero, quien tomndolos, tuvo a bien dejarnos solos. --Amigo--me dijo el ingls--ya no me queda nada por ver en las negras profundidades del vicio. Todo lo que se ve all abajo es repugnante. Lo nico que vale algo es este vivfico licor, que no engaa jams, como proceda de buenas cepas. Su generoso fuego, encendiendo llamas de inteligencia en nuestra mente, nos sutiliza, elevndonos sobre la vulgar superficie en que vivimos. Lord Gray beba con arte y elegancia, idealizando el vicio como Anacreonte. Yo beba tambin, inducido por l, y por primera vez en la vida, senta aquel afn de adormecimiento, de olvido, de modificacin en las ideas, que impulsa en sus incontinencias a los buenos bebedores ingleses. Reson un caonazo en el fondo de la baha. --Los franceses arrecian el bombardeo--dije asomndome al ventanillo. --Y al son de esta msica los clrigos y los abogados de las Cortes se ocupan en demoler a Espaa para levantar otra nueva. Estn borrachos. --Me parece que los borrachos son otros, milord. --Quieren que haya igualdad. Muy bien. Lombrijn y Vejarruco sern ministros. --Si viene la igualdad y se acaba la religin, quin le impedir a usted casarse con una espaola?--dije regresando junto a la mesa. --Yo quiero que me lo impidan. --Para qu? --Para arrancarla de las garras que la sujetan; para romper las barreras que la religin y la nacionalidad ponen entre ella y yo; para rerme en las barbas de doce obispos y de cien nobles finchados, y derribar a puntapis ocho conventos, y hacer burla de la gloriosa historia de diez y siete siglos, y restablecer el estado primitivo. Deca esto en plena efervescencia, y no pude menos de rerme de l. --Hermoso pas es Espaa--continu--. Esa canalla de las Cortes lo va a echar a perder. Hu de Inglaterra para que mis paisanos no me rompieran los odos con sus chillidos en el Parlamento, con sus pregones del precio del algodn y de la harina, y aqu encontr las mayores delicias, porque no hay fbricas, ni fabricantes panzudos, sino graciosos majos; ni polizontes estirados, sino chusqusimos ladrones y contrabandistas; porque no haba boxeadores, sino toreros; porque no hay generales de academia, sino guerrilleros; porque no hay fondas, sino conventos llenos de poesa; y en vez de lores secos y amojamados por la etiqueta, estos nobles que van a las tabernas a emborracharse con las majas; y en vez de filsofos pedantes, frailes pacficos que no hacen nada; y en vez de amarga cerveza, vino que es fuego y luz, y sobrenatural espritu... Oh, amigo! Yo deb nacer en Espaa. Si yo hubiese nacido bajo este sol, habra sido guerrillero hoy y mendigo maana, y fraile al amanecer y torero por la tarde, y majo y sacristn de conventos de monjas, abate y petimetre contrabandista y salteador de caminos... Espaa es el pas de la naturaleza desnuda, de las pasiones exageradas, de los sentimientos enrgicos, del bien y el mal sueltos y libres, de los privilegios que traen las luchas, de la guerra continua, del nunca descansar... Amo todas esas fortalezas que ha ido levantando la historia, para tener yo el placer de escalarlas; amo los caracteres tenaces y testarudos para contrariarlos; amo los peligros para acometerlos; amo lo imposible para rerme de la lgica, facilitndolo; amo todo lo que es inaccesible y abrupto en el orden moral, para vencerlo; amo las tempestades todas para lanzarme en ellas, impelido por la curiosidad de ver si salgo sano y salvo de sus mortferos remolinos; gusto de que me digan de aqu no pasars, para contestar pasar. Yo senta inusitado ardor en mi cabeza, y la sangre se me inflamaba dentro de las venas. Oyendo a lord Gray, sentime inclinado a abatir su estupendo orgullo, y con altanera le dije: --Pues no, no pasar usted. --Pues pasar!--me contest. --Yo amo lo recto, lo justo, lo verdadero, y detesto los locos absurdos y las intenciones soberbias. All donde veo un orgulloso, le humillo; all donde veo un ladrn, le mato; all donde veo un intruso, le arrojo fuera. --Amigo--me dijo el ingls--me parece que a usted se le van los humos de la manzanilla a la cabeza. Yo le digo como Lombrijn a Vejarruco: Camarata, eso que ha dicho es conmigo?. --Con usted. --No somos amigos? --No: no somos ni podemos ser amigos--exclam con la exaltacin de la embriaguez--. Lord Gray, le odio a usted! --Otro traguito--dijo el ingls con socarronera--. Hoy est usted bravo. Antes de beber, habl de matar a un hombre. --S, s... Y ese hombre es usted. --Por qu he de morir, amigo? --Porque quiero, lord Gray; ahora mismo. Elija usted sitio y armas. --Armas? Un vaso de Pero Jimnez. Me levant fuera de m, y as una silla con resolucin hostil; pero lord Gray permaneci tan impasible, tan indiferente a mi clera, y al mismo tiempo tan sereno y risueo, que sentime sin bros para descargarle el golpe. --Despacio. Nos batiremos luego--dijo rompiendo a rer con expansiva jovialidad--. Ahora voy a declarar la causa de ese repentino enfado y anhelo de matarme. Pobrecito de m! --Cul es? --Cuestin de faldas. Una supuesta rivalidad, Sr. D. Gabriel. --Dgalo usted todo de una vez--exclam sintiendo que se redoblaba mi coraje. --Usted est celoso y ofendido, porque supone que le he quitado su dama. No le contest. --Pues no hay nada de eso, amigo mo.--aadi--. Respire usted tranquilo las auras del amor. Me parece haberle odo decir a Poenco que usted anda a caza de esa Mariquilla, que no de las Nieves, sino de los Fuegos debera llamarse. A usted le han dicho que yo... pues, dir como Poenco... ctera, ctera. Amigo mo, cierto es que me gustaba esa muchacha; pero basta que un camaraya haya puesto los ojos en ella para que yo no intente seguir adelante. Esto se llama generosidad; no es el primer caso que se encuentra en mi vida. En celebracin de paz, acabemos esta botella. Al frenes que antes haba yo sentido sucedi un entorpecimiento y oscuridad tal de mis facultades intelectuales, que no supe qu responder a lord Gray, ni realmente le respond nada. --Pero, amigo mo--prosigui l, menos afectado que yo por la bebida--hemos sabido que a Mariquilla de las Nieves la corteja... cortejar!, hermosa palabra que no tiene igual en ningn idioma... pues deca que la corteja un guapo de Jerez que se me figura es ms afortunado que nosotros. Sin duda a ese es a quien usted quiere matar. --A ese, a ese!--dije sintiendo que se me despejaban un tanto los aposentos altos. --Cuente usted conmigo. Currito Bez, que as se llama el jerezano, es un necio presumido y matasiete, que con todo el mundo arma camorra. Deseo tener cuestin con l. Le provocaremos. --Le provocaremos, s, seor; le provocaremos! --Le mataremos delante de toda la gente del bronce, para que vean cmo sucumbe un tonto a manos de un caballero... Pero no saba que estuviera usted enamorado. Desde cundo? --Desde hace mucho, mucho tiempo--respond viendo cmo daba vueltas la habitacin delante de mis ojos--. ramos nios; ella y yo estbamos abandonados y solos en el mundo. La desgracia nos impeli a compadecernos, y compadecindonos, sin saber cmo, nos amamos. Padecimos juntos grandes desventuras, y fiando en Dios y en nuestro amor vencimos inmensos peligros. Llegu a considerarla como indisolublemente unida a m por superior destino, y mi corazn fortalecido por una fe sin lmites, no padeci en mucho tiempo los martirios de celos, desconfianzas, temores ni amorosos sobresaltos. --Hombre: eso es extraordinario. Y todo por Mara de las Nieves!... --Pero todo se acab, amigo mo. El mundo se me ha cado encima. No lo ve usted, no lo ve usted caer a pedazos sobre mi cabeza? No ve usted estas montaas que me machacan los sesos? Mi cerebro hecho trizas salta en piltrafas mil y salpicando se esparce por las paredes... aqu... all... ms all. No lo ve usted? --Ya lo veo...--repuso lord Gray, rematando una botella. --El mundo se me cay encima. Se apag el sol... No lo ve usted, hombre; no advierte las horribles tinieblas que nos rodean? Todo se oscureci, cielo y tierra, y el sol y la luna cayeron, como ascuas de un cigarro... Ella y yo nos separamos: leguas y ms leguas, das y das y ms das se pusieron entre nosotros; yo alargaba los brazos ansiando tocarla con mis manos; pero mis manos no tocaban sino el vaco. Ella subi y yo me qued donde estaba. Yo miraba y no vea nada... estaba escondida: dnde?, dir usted... dentro de mi cerebro. Yo me meta las manos en la cabeza y escarbaba all dentro; pero no la poda coger. Era una burbuja, una partcula, un tomo bullicioso y movible que me atormentaba en sueos y despierto. Quise olvidarla y no pude. De noche cruzaba los brazos y deca: aqu la tengo; nadie me la quitar.... Cuando me dijeron que me haba olvidado, no lo quera creer. Sal a la calle y todo el mundo se rea de m. Espantosa noche! Escup al cielo y lo dej negro... Me met la mano en el pecho, saqu el corazn, lo estruj como una naranja y se lo arroj a los perros. --Qu inmenso e ideal amor!--exclam lord Gray--. Y todo eso por Mariquilla de las Nieves... Beba usted esa copa. --Supe que amaba a otro--aad sintiendo que mi cerebro despeda una lumbre vagorosa y desparramada, llama de alcohol que trazaba mil figuras en el espacio con sus lenguas azules--. Amaba a otro. Una noche se me apareci. Iba de brazo con su nuevo amante. Pasaron por delante de m y no me miraron. Yo me levant y tomando la espada, her en el vaco, y en el vaco surgi un manantial de sangre. La vi que se llegaba hacia m pidindome perdn. La manga de su vestido toc mi rostro, y me quem. Ve usted la quemadura, la ve usted? --S, la veo, la veo. Y todo por Mara de las Nieves!... Hombre es gracioso. A ver a qu sabe este Montilla. --Yo quiero matar a ese hombre, o que l me mate a m. --No, a l, a l. Pobre Currito Bez! --Le matar, le matar, s--exclamaba yo con furor, poniendo mi puo cerrado en el pecho de lord Gray--. No siente usted cmo baila el mundo bajo nuestros pies? El mar entra por esa ventana. Ahogumonos juntos y todo se concluir. --Ahogarme? No--dijo el ingls--. Yo tambin amo. A pesar de mi lastimoso estado intelectual prest atencin vivsima a sus palabras. --Yo tambin amo--prosigui--. Mi amor es secreto, misterioso y oculto, como las perlas, que adems de estar dentro de una concha estn en el fondo del mar. No tengo celos de nadie, porque su corazn es todo mo. No tengo celos ms que de la publicidad; odio de muerte a todo el que descubra y propale mi secreto. Antes me arrancar la lengua que pronunciar su nombre delante de otra persona. Su nombre, su casa, su familia, todo es misterioso. Yo me deslizo en la oscuridad, en oscuridad profunda que no proyecte sobra alguna, y abro mis brazos para recibirla, y los oscuros cuerpos se confunden en el negro espacio. Bullen tomos de luz, como estos que ahora nos rodean, y en las puntas de nuestros cabellos palpita con galvnica fuerza, embriagadora sensibilidad. No percibe usted estas ondas que vienen del cielo, no siente usted cmo se abre la tierra y despide cien mil vidas nuevas, creadas en esta corola donde estamos, y en cuyos bordes nos movemos a impulso de la suave y embalsamada brisa? --S, lo veo, lo veo!--respond llevando el vaso a mis labios. --Amigo mo, Dios hizo perfectamente al amasar este barro del mundo. Habra sido lstima que no lo hiciera. La materia vivificada por el amor es sin duda lo mejor que existe despus del espritu. Yo adoro el universo lleno de luz, pintado con lindos colores, sombreado por amorosas opacidades que cubren el discreto amor; yo adoro la naturaleza que todo lo hizo hermoso, y detesto a los hombres corruptores del elemento donde habitan, como ensucian los sapos la laguna. Mi alma se arroja fuera de este lodazal y busca los aires puros; huye de las infectas madrigueras de la civilizacin, abiertas en fango pestilente y se baa en los rayos de oro que cruzan los espacios. Olvidaba decir a usted que para hacer ms encantadora mi aventura, la historia, es decir, diez y siete siglos de guerras, de tratados de privilegios, de tirana, de fanatismo religioso, se oponen a que sea ma. Necesito demoler las torres del orgullo, abatir los alczares del fanatismo, burlarme de la fatuidad de cien familias que cifran su orgullo en descender de un rey asesino, D. Enrique II, y de una reina liviana, doa Urraca de Castilla; apalear cien frailes, azotar cien dueas, profanar la casa llena de pintarreados blasones, y hasta el mismo templo lleno de sepulcros, si la refugian en l. --La va usted a robar, milord?--pregunt en un instante de rpida lucidez. --S; la robar y me la llevar a Malta, donde tengo un palacio. He pedido un barco a Inglaterra. Sent sbito estremecimiento, como si mi conturbada naturaleza hiciera un esfuerzo colosal para recobrar su perdido aliento. --Lord Gray--dije--somos amigos. Soy discreto. Yo le ayudar a usted en esa empresa, que no ser fcil por desgracia. --No lo ser... veremos--repuso exaltado despus de beber con ardiente anhelo--. Yo le ayudar a usted a matar a Currito Bez. --S, le matar; as tuviera mil vidas. Pero permtame usted que le pague su auxilio, ofrecindole el mo para robar a esa mujer, y burlarnos de diez y siete siglos de guerras, de tratados, de privilegios, de fanatismo, de religin, de tirana. --Bien, amigo Gabriel; venga esa mano. Viva lo imposible! El placer de acometerlo es el nico placer real. --Yo quisiera estar en los secretos de usted, milord. --Lo estar usted. --Yo matar a mi hombre. --Y pronto. Venga esa mano. --Ah va. --Ahora bajemos--dijo lord Gray en el apogeo de su delirio. --A dnde? --Al mundo. --El mundo se ha hecho pedazos, no existe--dije yo. --Lo compondremos. Una vez se me rompi en mil pedazos un vaso etrusco que compr en Npoles. Yo recog los trozos uno a uno y los pegu perfectamente... Oh, amada ma! Dnde ests que no te veo? Este perfume de flores, esta msica me anuncian que no ests lejos. Sr. de Araceli, no la oye usted? --S, una msica encantadora--respond, y era verdad que cre orla. --Ella viene envuelta en la nube que la rodea. No advierte usted la deslumbradora claridad que entra en la pieza? --S, la veo. --Mi amada viene, Sr. de Araceli; ya entra; aqu est. Mir a la puerta y la vi; era ella misma, rodeada de una luz dorada y plida como la manzanilla y el Jerez que habamos bebido. Quise levantarme; pero mi cuerpo se hizo de plomo, mi cabeza pes ms que una montaa y cay entre mis brazos sobre la mesa, perdiendo de sbito toda nocin de existencia. XVI Al recobrarla lenta y oscura, la voz del seor Poenco fue el accidente que me dio a conocer que haba mundo. Lord Gray haba desaparecido. Reconocime y me encontr estpido; pero la vergenza, motivada por el recuerdo de mi envilecimiento, vino ms tarde. Y qu vergenza aquella, seores! Mucho tiempo tard en perdonarme. Pero echemos un velo, como dicen los historiadores, sobre el infausto suceso de mi embriaguez, y sigamos el cuento. Desde tal da, el servicio en la Cortadura y en Matagorda me entretuvo algn tiempo, y no me fueron posibles aquellas visitas, ya tristsimas, ya alegres, que haca a Cdiz; pero al fin, como el asedio no era penoso, disfrut de algn vagar, y un da pseme en camino de la calle Ancha, con intento de resolver all qu direccin tomar. En tiempos normales era la calle Ancha el sitio donde se reuna la caterva de mentirosos, desocupados, noveleros y toda la gente curiosa, alegre y holgazana. All iban tambin de paseo a la hora de medio da en invierno y por las tardes en verano las damas a la moda y los petimetres, abates y enamorados, ocurriendo con estos mil lances y escenas de que nos ha dejado retrato muy vivo D. Juan del Castillo en sus sainetes urbanos, no menos graciosos y verdaderos que los populares y consagrados a la majeza. Pero en 1811, y despus que las Cortes se trasladaron a Cdiz, la calle Ancha, adems de un paseo pblico, era, si se me permite el smil, el corazn de Espaa. All se conocan, antes que en ninguna parte, los sucesos de la guerra, las batallas ganadas o perdidas, los proyectos legislativos, los decretos del gobierno legtimo y las disposiciones del intruso, la poltica toda, desde la ms grande a la ms menuda, y lo que despus se ha llamado chismes polticos, marejada poltica, mar de fondo y cabildeos. Conocanse asimismo los cambios de empleados y el movimiento de aquella administracin que, con su enorme balumba de consejos, secretaras, contaduras, real sello, juntas superiores, superintendencias, real giro, real estampilla, renovacin de vales, medios, arbitrios, etc., se refugi en Cdiz despus de la invasin de las Andalucas. Cdiz reventaba de oficinas y estaba atestada de legajos. Adems, la calle Ancha obtena la primaca en la edicin y propaganda de los diferentes impresos y manuscritos con que entonces se apacentaba la opinin pblica; y lo mismo las rencillas de los literatos que las discordias de los polticos, lo mismo los epigramas que las diatribas, que los vejmenes, que las caricaturas, all salieron por primera vez a la copiosa luz de la publicidad. En la calle Ancha se recitaban, pasando de boca en boca, los malignos versos de Arriaza, y las biliosas diatribas de Capmany contra Quintana. All aparecieron, arrebatados de una mano a otra mano, los primeros nmeros de aquellos periodiquitos tan inocentes, mariposillas nacidas al tibio calor de la libertad de la imprenta, en su crepsculo matutino; aquellos periodiquitos que se llamaron El Revisor Poltico, El Telgrafo Americano, El Conciso, La Gaceta de la Regencia, El Robespierre Espaol, El Amigo de las Leyes, El Censor General, El Diario de la Tarde, La Abeja Espaola, El Duende de los Cafs y El Procurador general de la Nacin y del Rey; algunos, absolutistas y enemigos de las reformas; los ms, liberales y defensores de las nuevas leyes. All se trabaron las primeras disputas de las cuales hicieron luego escandalosa sntesis los autores respectivamente de los dos clebres libros Diccionario manual y Diccionario crtico-burlesco, ambos signo claro de la gran reyerta y cachetina que en el resto de siglo se haba de armar entre los dos fanatismos que ha tiempo vienen luchando y lucharn por largo espacio todava. En la calle Ancha, en suma, se congregaba todo el patriotismo con todo el fanatismo de los tiempos; all, la inocencia de aquella edad; all, su bullicioso deseo de novedades; all, la voluble petulancia espaola con el heroico espritu, la franqueza, el donaire, la fanfarronada, y tambin la virtud modesta y callada. Tena la calle Ancha mucho de lo que llamamos Saln de conferencias, de lo que hoy es Bolsa, Bolsn, Ateneo, Crculo, Tertulia, y era tambin un club. Cualquiera que entonces entrase en ella por las calles de la Vernica o Novena y la atravesase en direccin a la plaza de San Antonio, habrase credo transportado a la capital de un pueblo en pleno goce del ms acabado bienestar y aun de la paz ms completa, si no mostrara otra cosa la multitud de uniformes militares, tan varios como alegres, que abundantemente se vean. Gastaban las damas gaditanas ostentoso lujo, no slo por hacer alarde de tranquilidad ante las amenazas de los franceses, sino porque era Cdiz entonces ciudad de gran riqueza, guardadora de los tesoros de ambas Indias. Casi todos los petimetres y la juventud florida en masa, lo mismo de la aristocracia que del alto comercio, se haban instalado en los diferentes cuerpos de voluntarios que en Febrero de 1810 se formaron; y como en tales cuerpos ha dominado siempre, por lo comn, la vanidad de lucir uniformes y arreos de gran golpe de vista, aquello fue una bendicin de Dios para el lucimiento de sastres y costureras, y los milicianos de Cdiz estaban que ni pintados. Debo advertir que se portaron bien y con verdadero espritu militar en todo lo muy difcil y arriesgado que durante el sitio se les confi; pero su principal triunfo estaba en la calle Ancha entre muchachas solteras, casadas y viuditas. Llambanse unos los guacamayos, por haber elegido el color grana para su uniforme, y estos formaban cuatro batallones de lnea. Menos vistoso y deslumbrador era el vestido de los dos batallones de ligeros, a quienes llamaron cananeos, por usar cananas en vez de cartucheras. Otros, por haber aplicado profusamente a sus personas el color verde, fueron designados con el nombre de lechuguinos, si bien hay quien atribuye este apodo a la circunstancia de pertenecer los tales lechuguinos a los barrios de Puerta de Tierra y extramuros, donde se cran lechugas. Con los mozos de cuerda y trabajadores formose un regimiento de artillera, y como eligieran para decorarse el morado, el rojo y el verde, en episcopal combinacin, fueron llamados los obispos, y no hubo quien les quitara el nombre durante todo el transcurso de la guerra. Otros, que militaron en la infantera, y eran modestsimos en estatura y traje, fueron designados con el mote de perejiles, y a las personas graves que haban formado una milicia urbana y exorndose con un levitn negro y cuello encarnado, se les titul los pavos. Todos llevaban nombre contrahecho, y hasta el cuerpo que se form con los desertores polacos, no pudo llamarse nunca de los polacos, sino de las polacras. Todo este inmenso, variado y pintoresco personal de guacamayos, cananeos, obispos, perejiles y pavos discurra por la calle Ancha y plaza de San Antonio, llamada entonces Golfo de las damas, en las horas que dejaba libres el servicio, menos penoso y arriesgado all que en Zaragoza. Formaban los variados uniformes, a los cuales se aadan los nuestros y los de los ingleses, la ms animada y alegre mescolanza que puede ofrecerse a la vista; y como las seoras no llevaban sus guardapis y faldellinas de luto, sino por el contrario, de los ms brillantes rasos blancos, amarillos o rosa, con mantillas quier blancas, quier negras, y cintas emblemticas, y cucardas patriticas a falta de flores, jzguese de cun bonita sera aquella calle Ancha, la cual, como calle, y aun desierta y abandonada por el alegre gento, es, con slo el adorno de sus lindas casas, de sus balcones siempre pintados y de sus mil vidrios, lo ms bonito que existe en ciudades del Medioda. Desde que llegu hube de encontrar muchos amigos, y comenz el preguntar y el responder, de esta manera: --Qu dice hoy El Diario Mercantil? --Llama ladrones a todos los amigos de las reformas, y dice que llegar da en que el obispo de Orense ponga un grillete al pie a los pcaros que le encausaron por no querer jurar. --Pues para ser enemigo de la libertad de la imprenta, El Diario Mercantil no se muerde la lengua. --Pero qu bien le contesta hoy El Conciso! Le dice que los matacandelas de toda luz de la razn, no quisieran que alumbrase al mundo ms luz que la de las hogueras inquisitoriales. --Peor les trata El Robespierre Espaol, que dice: El antiguo edificio romanesco-gtico-moruno de las preocupaciones caer, y quedaranse a la luna de Valencia tanto vampiro, crabo y lechuzo como... Lmparas mata y el aceite chupa. --Pero veamos qu dice El Concisn. Y sacaron un diminuto papel, hmedo an como recin salido de la prensa, el cual era una especie de suplemento, hijuela y lugarteniente de El Conciso grande, y en su lenguaje figuraba un nio que vena a contarle a su pap lo que ocurra por las Cortes. --El Concisn dice: Despus del Sr. Argelles, que habl con tanta elocuencia como de costumbre, antojsele a Ostolaza dar al viento el repiqueteo de su voz clueca y becerril, y entre las risas de las tribunas y el alborozo del paraso, defendi a los uilargos y pancirrellenos que viven del arca-boba de la Iglesia. --Hombre, los trata con demasiada benevolencia. --Ellos nos llaman a nosotros herejotes y calabazones. --Si no se puede sufrir a esa canalla. Hay que poner una horca en el Golfo de las Damas para colgar serviles, empezando por los de capilla y acabando por los de faldn. --Deje usted que nos sacudamos a Soult, y los cananeos dejaremos a Espaa como una balsa de aceite. Y qu se sabe del lord? --Va sobre Badajoz. --Massena viene en retirada desde Portugal. --Los franceses han abandonado a Campomayor. --Pronto se unir Castaos a Wellington. --Seora doa Flora de Cisniega, tenga usted felices das. --Felices, seores guacamayos. Lord Gray, felices, y usted, Sr. de Araceli, tngalos muy buenos, aunque no sea sino por lo caro que se vende. Al mismo tiempo que doa Flora, se present ante m lord Gray. Hablome la dama con cierto sonsonete reprensivo que me hizo mucha gracia. Reciba al mismo tiempo plcemes y finezas de todos los del corrillo, y cortesa va, cortesa viene, la rodeamos llevndola calle adelante como en procesin, con cola de cortesanos. --Seores--dijo doa Flora--la libertad de la imprenta es cosa que ha de darnos muchas jaquecas. No han visto ustedes cmo se atreve El Revisor Poltico a ocuparse de mis tertulias, y de si van o no van a ellas filsofos y jacobinos? Pues acaso entra en mi casa persona que no sea digna del mayor respeto? No se han atrevido esos pcaros diaristas a nombrarme, pero harto se conoce a quin va dirigido el dardo. --Seora--dijo un guacamayo--la libertad de la imprenta, segn dijo Argelles en las Cortes, all donde tiene el veneno tiene tambin la triaca. Pues ellos andan con alusioncitas, devolvmoselas, y no pequeas como nueces, sino gordas como calabazas, y no rellenas de plomo fro cual las bombas de Villantroys, sino de fuego y metralla cual las nuestras. --Qu quiere decir eso, amiguito? --Que a nuestra disposicin tenemos El Robespierre Espaol, El Duende de los Cafs y al pcaro Concisn que se encargarn de poner cual no digan dueas a los apaga-candelas. --La alusin, seora doa Flora--dijo un obispo--ha salido sin duda de la tertulia de Paquita Larrea, la esposa del Sr. Bhl de Faber. --Qu ms que escribir una stira de la tal tertulia con mucha sal y pimienta, retratando a todos los que van a ella, y mandarla al Robespierre para que la estampe?--aadi un pavo. --No quiero que se diga que la stira se ha fraguado en mi casa--dijo doa Flora--. En paz con todo el mudo es mi mote, y si a mis tertulias van tantas personas honradas y discretas es por pasar el tiempo cultamente, y no para enredos e intriguillas. --Es preciso defender la libertad hasta en las tertulias--dijo un obispo, o un lechuguino, que esto no lo recuerdo bien. --En las trincheras es mejor--repuso doa Flora--. No quiero reir con Paquita Larrea, que si ella recibe a los Valientes, Ostolazas, Teneyros, a los Morros y Borrulles, yo tengo el gusto de que vayan a mi casa los Argelles, Torenos y Quintanas, y no porque los haya escogido en el haz de los que llaman liberales, sino porque casualmente concordaron en ideas. --No nos prive usted del placer de hacer una letrilla al menos en honor de los tertulios de la Larrea--dijo un perejil. --No, seor perejil--repuso ella--reprima usted sus bros liberales, que ya voy viendo que la dichosa libertad de la imprenta es un azote de Dios, y un castigo de nuestros pecados, como dice el Sr. D. Pedro del Congosto. Debo indicar, que doa Francisca Larrea, esposa del entendido y digno alemn Bhl de Faber, era mujer de mucho entendimiento, escritora, lo mismo que su marido a quien eran muy familiares los primores de la lengua castellana. De este matrimonio, naci Eliseo Bhl, a quien debemos las mejores y ms bellas pinturas de las costumbres de Andaluca, novelista sin igual y de fama tan grande como merecida dentro y fuera de Espaa. Luego que la nube de guacamayos, cananeos y dems tropa voluntaria descarg el nublado de sus adulaciones y cortesas, doa Flora, aprovechando un claro de la conversacin, me dijo: --Muy bien, Sr. D. Gabriel! Das y ms das sin pasar por casa. Despus de aquella tremenda y borrascosa escena con D. Pedro, pocas veces has ido por all. Y no qued poco comprometido mi honor... --Seora, francamente, temo que el seor D. Pedro me ensarte con su gran espadn, porque de que est celoso como un turco no me queda duda alguna. Su seora el gran cruzado, va a tomar una venganza terrible por el grandsimo agravio que le he hecho. Cont a lord Gray en breves palabras lo ocurrido. --No temas nada--dijo doa Flora--. Ahora te agradecer que vayas a casa a llevar a la seora condesa un recadito que me importa mucho. --Con mil amores. Pero est all D. Pedro? --Qu ha de estar! --Respiro. --Pues bien. Vas a casa al momento, y dices a Amaranta, que si quiere ver a Ins y aun hablarla, vaya a las Cortes. Ella tiene cdula para la tribuna. --Qu dice usted?--exclam con asombro--. Que Ins est en las Cortes? --S, se han plantado en San Felipe las tres nias beatas. Qu te parece? Hace un rato volva yo de la secretara de Consolidacin y Contadura general, en la plazuela de San Agustn, y me las encontr con D. Paco. Djome el buen preceptor, que las pobrecitas haca dos semanas que estaban suplicando a la seora doa Mara que las dejase salir a dar un pasello por la muralla; y por ltimo parece que los muchos ruegos y continuas lamentaciones ablandaron la roca de las terquedades de la condesa, que permiti a sus tres cautivas esparcirse un poco en el da de hoy, durante hora y media. Bajo la tutela de D. Paco, en quien tiene confianza sin lmites la seora, dejolas esta salir, despus de vestirlas a lo monjil en tales modos, que parece van pidiendo para la Archicofrada de los Clavos y Sagradas Espinas de Hermanas Siervitas con voto de pobreza. Dioles orden expresa de pasearse desde la Aduana hasta el baluarte de la Candelaria, yendo y viniendo tres veces, sin que por causa alguna infringiesen esta premtica paseantil, ni traspasasen la lnea indicada, ni menos se internasen en las calles de Cdiz, por donde despus que estn aqu las Cortes, discurren, como dice el Sr. Teneyro, todos los pecados y vicios en endemoniada procesin... Pero, qu hacen mis nias? Vers. En cuanto llegaron a la calle del Baluarte amotinronse, empendose en que D. Paco las haba de llevar a las Cortes, porque tenan gran curiosidad, sed devoradora de ver tan bonito espectculo; gru el pobre preceptor, chillaron ellas, se aferr l al programa que le trazara su ama, rebelronse las chicas, negndose a ir a la muralla, y luego le acribillaron a pellizcos y alfilerazos. Presentacin propuso a las otras dos arrojar a D. Paco al mar, y despus le quitaron el sombrero para guardarlo en rehenes y privarle de tan til prenda, si no las llevaba al Congreso Nacional. Una de ellas tena una papeleta de tribuna, que sin duda algn galn travieso le dio con el fin que puede suponerse. Antes los galanes, cuando no podan comunicarse con sus amadas, las citaban en las iglesias, donde la religiosa oscuridad protega el trasiego de las cartitas, el apretn de manos u otro desahogo de peor especie, mientras los padres embobados contemplaban las llamaradas del cuadro de nimas del Purgatorio. Hoy cuando no puede haber reja ni correo, los amantes se suelen citar en la tribuna de las Cortes. Es esta una invencin donossima, no es verdad, lord Gray? Sin duda est muy en boga en los parlamentos de Inglaterra, y ahora nos la introducen en Espaa para mejoramiento de las costumbres. Lord Gray, que haba puesto atencin a lo que doa Flora nos contaba, repuso con malicia: --Seora ma, deme usted licencia para retirarme, porque tengo una ocupacin, un quehacer imprescindible no lejos de aqu. --S, vaya usted, vaya usted. Ahora deben estar en la discusin de los seoros jurisdiccionales. Mucho ruido, mucho barullo en las tribunas. Usted entrar en la de los diplomticos, que est mano a mano con la de seoras. Corra usted, adis. Dejome lord Gray en las garras de doa Flora, la cual continu as: --El pobre D. Paco se defendi hasta que no pudo ms. Pobre seor! No tuvo ms remedio que bajar la cabeza ante el nmero y llevarlas a las Cortes. Cuando le encontr y me cont el lance, iba el pobre tan cari-entristecido, cual si lo llevaran a ajusticiar, y me dijo: Ay de m, si doa Mara llega a saber esto... Malditas sean las Cortes y el perro que las invent!. --Estarn todava all? --S; corre a avisrselo a la condesa. La pobrecita hace tiempo que est arando la tierra por ver a Ins dentro o fuera de su crcel, y no puede conseguirlo, pues a ella no la admiten all, y se pasan meses y meses sin que se les permita dar un paseo con el ayo. Conque ve a decrselo y t mismo la acompaars a San Felipe. No tardes, hijo, y en seguida a casa derechito que tengo que hablarte. Comers hoy con nosotros? Me desped con gran precipitacin de doa Flora, dejndola en poder de los guacamayos, y me alej de all; pero en vez de correr hacia la calle de la Vernica, mi curiosidad, mi pasin y un afn invencible me impulsaron hacia la plaza de San Felipe, olvidando a Amaranta y a doa Flora, fija el alma y la vida toda en las tres muchachas, en D. Paco, en lord Gray, en las Cortes, en los diputados y en la discusin sobre seoros jurisdiccionales. XVII Llegu, y en la pequea plazoleta que hay a la entrada de la iglesia, entonces convertida en Congreso, haba, como de costumbre, gran gento. Extend con avidez la vista por la multitud de caras que all se confundan, y no vi ninguna de las que buscaba. Pensando que estaran todos arriba, traspas la puertecilla que conduca a la escalera de las tribunas, pero en el vestbulo, o ms bien pasadizo, la gente que bajaba, tropezando con la que quera subir, formaba remolinos y marejada. Pugnaba yo por entrar cuando vi cerca de m a Presentacin, que estrujada por espaldas y hombros muy robustos, mostraba gran afliccin y pesadumbre de haberse metido en tal fregado. Las otras dos y D. Paco no estaban all. Al punto acud a sacarla de apreturas, y al reconocerme se alegr mucho y me dio las gracias. --Dnde estn las otras dos y D. Paco?--le pregunt. --Ay!, no s...--exclam con zozobra--. Entre el gento, Ins y Asuncin se separaron de m. Despus las vimos con lord Gray en el fondo de este pasadizo. D. Paco fue tras ellas y a ninguno veo. --Pues avancemos--dije resguardndola con mis brazos--. Ya parecern. Despejose algo el local con la salida de una fuerte masa de gente, cansada ya de or discursos, y entonces vi venir a D. Paco, como que bajaba de la escalera de las tribunas reservadas. --No estn--deca el pobre viejo con la mayor ansiedad--. Asuncioncita e Inesita han desaparecido. Deben de haber salido otra vez a la calle. Lord Gray se junt a ellas. Dios mo! Qu nueva tribulacin es esta? Seor de Araceli, las ha visto usted? --Subamos, que arriba han de estar. --Que no estn. En buena nos han metido!... El santo ngel de la Guarda me acompae. Estas nias me harn condenar, seor de Araceli... Se habrn metido abajo en el saln de sesiones? --Yo no he trado papeleta para las tribunas reservadas; pero subamos a la pblica y desde all veremos si estn. --Yo me muero de pena--exclam el buen profesor con lastimosos aspavientos--. Dnde estarn esas dos nias? El gento las separ de nosotros por casualidad... qu digo casualidad? El demonio ha andado aqu. --Yo subir con esta madamita a la tribuna pblica, y veremos si estn o no estn aqu. --Yo saldr a la calle... Yo buscar por todo el edificio; yo volver patas arriba Cortes y procuradores, y han de parecer, aunque se hayan metido dentro de la campanilla del presidente o en la urna donde se vota. Qu aprieto, qu compromiso, qu situacin! Y el pobre viejo se ech a llorar como un chiquillo. --Subamos, Sr. de Araceli--dijo resueltamente Presentacin--que tengo mucho deseo de ver eso. La muchacha, en su anhelo de ver las Cortes, no se cuidaba de la prdida de sus compaeras. --Suban ustedes a la tribuna pblica--dijo D. Paco--y agurdenme all, que voy a preguntar a los porteros. Presentacin se aferr a mi brazo, y lejos de hacer peso en l, pareca que me impulsaba y aligeraba, segn era su impaciencia y afn de subir pronto. Cuando llegamos arriba y entramos, no sin trabajo, en la tribuna, la pobre muchacha mostraba en sus asombrados ojos y en el encendido color de sus mejillas, la viva emocin que espectculo tan nuevo para ella le produjera. Al abarcar con la vista la iglesia-saln, observ la tribuna de seoras, la de diplomticos, y no vi a las dos muchachas ni a lord Gray. Asombrado de esto, pens retirarme para buscar fuera; pero Presentacin, arrobada y suspensa con la gravedad del Congreso y el hablar de los diputados, me dijo detenindome: --D. Paco las buscar. Yo he venido aqu para ver esto, Sr. de Araceli. Acompeme usted un momento. Mi hermana e Ins pueden parecer cuando quieran. Quin les mand separarse? --Pero no vio usted hacia qu parte fueron con lord Gray? --No s--repuso sin poder apartar su atencin de lo que estaba viendo--. Sabe usted, Sr. de Araceli, que esto es muy bonito? Me gusta tanto como los toros. Trat de acomodarla en un asiento, y para esto me fue forzoso molestar a algunas personas de las que se haban instalado all desde el principio de la sesin y asistan con devotsimo recogimiento a los debates. Grueron unos, murmuraron otros; pero al fin Presentacin obtuvo un puesto y yo otro a su lado; pero mi inquietud y ansiedad eran tales, que me levantaba con frecuencia para alargar el cuerpo fuera de las barandillas con objeto de examinar todo el mbito del saln y las pobladas tribunas. Fltame decir que el gento que nos acompaaba en la pblica, era compuesto, en parte, de gente de baja esfera; y en parte, de personas graves del comercio menudo, de tenderos, periodistas y tambin muchos vagos de la calle Ancha y algunas mozas de diferente estofa. La iglesia, convertida en saln, no era grande. Ocupaban los diputados el pavimento, la presidencia el presbiterio y los altares estaban cubiertos con cortinones de damasco, que los escondan, lo mismo que a las imgenes, de la vista del pblico, como objetos que no haban de tener aplicacin por el momento. El arquitecto Prast, reformador del edificio, discurri tambin sin duda que a los santos no les hara mucha gracia aquello. Algunos han credo que los diputados suban al plpito para hablar; pero no es cierto. Los diputados hablaban, como hoy, desde sus asientos; y los plpitos no servan para nada ms que para apolillarse. Tena la iglesia sus tribunas laterales, que fueron destinadas a los diplomticos, a las seoras y al pblico distinguido; y en los pies del edificio abrironse dos nuevas con barandal de madera, que se dedicaron al pueblo en general, y que ste invadi desde las primeras sesiones, alborotando ms de lo que pareca conveniente al decoro de su recin lograda soberana. Presentacin no tena ojos ms que para observar la presidencia, los diputados, y muy principalmente al que hablaba; las tribunas, los ujieres, el dosel, el retrato del rey; ni tena alma ms que para atender a aquellos indefinibles bullicios, propios de todo cuerpo deliberante, y que son como el aliento de la pasin que all por tan diferentes rganos habla, del noble entusiasmo, del vil egosmo; el sordo mugir de las mil ideas, siempre desacordes, que hierven dentro de ese cerebro calenturiento que se llama saln de sesiones. Yo observ la estupefaccin de la muchacha, y le dije: --Le gusta a usted este espectculo? --Muchsimo. Nos haban dicho que era muy feo, pero es bonito. Quin es aquel seor que est en medio del redondel? --Es el presidente. Es el que dirige esto. --Ya, ya... Y cuando quiera mandar una cosa, sacar el pauelo y lo agitar en el aire. --No, seora doa Presentacioncita. As pasa en los toros; pero aqu el presidente se vale de una campanilla. --Y el diputado que va a hablar, por dnde sale? Por detrs de aquella cortina o por esa puertecilla? --El diputado no sale por ninguna parte, que aqu no hay toril ni telones. El diputado est en su asiento, y cuando quiere hablar se levanta. Vea usted: todos esos que ah estn son diputados. La muchacha, a cada nueva conquista hecha por su inteligencia en el conocimiento de las cosas parlamentarias, ms sorpresa mostraba, y no distraa su atencin del Congreso sino para hacerme preguntas tan originales a veces, y a veces tan inocentes, que me era muy difcil contestarle. Careca en absoluto de toda idea exacta respecto de lo que estaba presenciando; y aquel espectculo la conmova hondamente, sin que las ideas polticas tuviesen ni aun parte mnima en tal emocin, hija slo de la fuerte impresionabilidad de una criatura educada en estrechos encierros y con ligaduras y cadenas, mas con poderosas alas para volar, si alguna vez rompa su esclavitud. Era tierna, sensible, voluble, traviesa, y por efecto de la educacin, disimuladora y comedianta como pocas; pero en ocasiones tan ingenua, que no haba pliegue de su corazn que ocultase, ni escondrijo de su alma que no descubriese. Por esto, que era sin duda efecto de un anhelo irresistible de libertad, apareca a veces descomedida y desenvuelta con exceso. Posea en alto grado el don de la fantasa; la falta de instruccin profana unida a aquella cualidad, la haca incurrir en desatinos encantadores. No slo en aquella ocasin, sino en otras varias, observ que al separarse de doa Mara y al sentirse libre del peso de aquella gran losa de la autoridad materna, desbordbanse en ella con desenfrenada impetuosidad, fantasa, sentimiento, ideas y deseos. Presenciando la sesin, no caba en s misma; tan inquieta estaba, y tan sublevados sus nervios y tan impresionados sus sentidos. --Seor de Araceli--me dijo despus que por un instante medit--y esto para qu es? --El Congreso? --S, eso es; quiero decir que para qu sirve el Congreso. --Sirve para gobernar a los pueblos, juntamente con el rey. --Comprendido, comprendido--repuso vivamente agitando su abaniquillo--. Quiere decir que todos estos caballeros vienen aqu a predicar, y as como los curas de las iglesias predican diciendo que seamos buenos, los procuradores de la nacin predican otras cosas; viene la gente, los oye y nada ms. Slo que, segn dicen los que van de noche a casa, los diputados predican que seamos malos, y esto es lo que no entiendo. --Esos discursos--le contest risueo--no son sermones, son debates. --Efectivamente; me ha parecido que no son sermones, sino que uno dice una cosa, otro otra, y parece como que disputan. --Justamente. Disputan; cada uno dice lo que cree ms conveniente, y despus... --El disputar me gusta mucho. Sabe usted que me estara aqu las horas muertas oyendo esto? Pero me agradara que hablaran fuerte y se insultaran, tirndose los bancos a la cabeza. --Alguna vez... --Pues yo quiero venir ese da. Se anunciar por carteles en las esquinas? --Nada de eso. La poltica no es una funcin de teatro. --Y qu es la poltica? --Esto. --Ahora me parece que lo entiendo menos. Pero quin es ese hombre alto, moreno y de aspecto temeroso, que est hablando ahora? Le aseguro a usted que ese modo de charlar me gusta. --Es el Sr. Garca Herreros, diputado por Soria. La atencin del Congreso estaba fija en el orador, uno de los ms severos y elocuentes de aquella primera fecunda hornada. Profundo silencio reinaba en el saln lo mismo que en las tribunas. Callamos Presentacin y yo, y atendimos tambin, ambos absortos y suspensos, porque la palabra de Garca Herreros, enrgica y sonora, era de las que imperiosamente se hacen or y acallan todos los rumores de una Asamblea. Combatiendo las servidumbres, exclamaba:--Qu dira de su representante aquel pueblo numantino, que por no sufrir la servidumbre quiso ser pbulo de la hoguera? Los padres y tiernas madres que arrojaban a ellas a sus hijos, me juzgaran digno del honor de representarles, si no lo sacrificase todo al dolo de la libertad? An conservo en mi pecho el calor de aquellas llamas, y l me inflama para asegurar que el pueblo numantino no reconocer ya ms seoro que el de la nacin. Quiere ser libre y sabe el camino de serlo. XVIII Ruidosos aplausos de abajo, y aplausos, patadas y gritos de arriba, ahogaron las ltimas palabras del orador. Presentacin me mir, y sus mejillas estaban inundadas de lgrimas. --Oh, Sr. de Araceli!--me dijo--. Ese hombre me ha hecho llorar. Qu hermoso es lo que ha dicho! --Seora doa Presentacioncita, no repara usted que ni su hermana, ni Ins, ni lord Gray parecen por ningn lado? --Ya parecern. D. Paco ha ido a buscarlas y dar con ellas... Ahora est hablando otro, y dice que aquel no tiene razn. Cmo entendemos esto? Otro orador us de la palabra, pero por poco tiempo. --Parece que ahora tratan de otro asunto--dijo la muchacha, observando siempre--. Y all se ha levantado uno que saca un papel y lo lee. --Se me figura que ese es D. Joaqun Lorenzo Villanueva, el diputado por Valencia. --Es clrigo. Parece que lee un papel impreso. --Es sin duda un peridico de los que ponen como chupa de dmine a las Cortes. Aqu acostumbran leer las picardas que los papeles pblicos dicen de los diputados, y las contestaciones que estos se sirven dirigirles. En efecto: Villanueva, furioso porque El Conciso se rea de sus proyectos de ley, lo denunciaba al Congreso Nacional, y luego nos regalaba la contestacin. Era esta una de las anomalas y rarezas de aquella nuestra primera Asamblea, bastante inocente para detenerse en disputar con los peridicos, dictando luego severas penas que contradecan la libertad de la imprenta. --Parece que va a haber tumulto--me dijo Presentacin--. Cielos divinos! Se levanta a hablar otro predicador... Pero si es Ostolaza... no le ve usted?, el mismo Ostolaza. No ve usted su cara redonda y encarnada?... Si su voz parece una matraca... y qu gestos, qu miradas!... Ostolaza empez a hablar, y con su discurso las risas y burlas, arriba y abajo, sin que el presidente pudiera acallarlas, ni el orador hacerse or con claridad. Volviose a las tribunas y con el gesto desenfadado las despreci, y crecieron tumultos y voces, sobre todo en nuestro balcn, donde varios individuos de sombrero gacho y marsells no podan convencerse de que estaban en lugar muy distinto de la plaza de toros. --Dice que nos desprecia--exclam Presentacin en voz muy baja--. Se ha puesto rojo como un tomate. Amenaza a las tribunas porque nos remos de su facha. S, Sr. Ostolaza, nos remos de usted... Miren el mamarracho, espantajo. Por qu no le retiran las licencias? Si es un predicador de aldea... Insulta a los dems. Usted qu sabe, so bruto? Porque en casa le omos con la boca abierta cuando nos sermonea, cree que le van a tolerar aqu?... Un individuo de las tribunas grit: --Afuera el apaga-candelas! Y el barullo y vocero tomaron proporciones tales que los porteros nos amenazaron con echarnos a todos a la calle. --Sr. de Araceli--me dijo Presentacin, encendida y agitada por el entusiasmo--tendra un grandsimo placer... en qu creer usted? Me regocijara muchsimo... de qu pensar usted? De que ahora se levantara de su asiento el seor presidente y le diera dos palos a Ostolaza. --Aqu no es costumbre que el presidente apalee a los diputados. --No?--exclam con extraeza--. Pues debiera hacerlo. Me estara riendo hasta maana: dos palos, s seor, o mejor cuatro. Los merece. Aborrezco a ese hombre con todo mi corazn. l es quien aconseja a mam que no nos deje salir, ni hablar, ni rer, ni pestaear. Asuncin dice que es un zopenco. No cree usted lo mismo? --Que le den morcilla!--grit una voz becerril en el fondo de la galera. --Comparito--dijo otra voz dirigindose al orador--todo ese enfao es verd o conversasin? --Seores--exclam volvindose a todos lados, un diarista almibarado, peli-crecido y amarillento--estos escndalos no son propios de un pueblo culto. Aqu se viene a or y no a gritar. --Camarata--preguntole con sorna un viejo chusco que all cerca haba--eso que ost ha dicho es jabla o rebuzno? --Splenme ese ojo--grit otro. --Seores, que el presidente nos va a echar a la calle y perderemos lo mejor de la sesin. --Seora doa Presentacioncita--dije yo a la muchacha--bueno ser que nos marchemos. La tribuna se alborota y no es prudente seguir aqu. Adems los extraviados no parecen y debemos buscarlos fuera. --Esperemos an... En suma, Sr. D. Gabriel--me dijo con encantadora inocencia--todos esos hombres para qu estn aqu, para qu hablan, para qu gritan? Le contest lo que me pareca y no me entendi. --Ostolaza sigue hablando. Sus brazos parecen aspas de molino... Todos se ren de l. Veo que las Cortes, como los teatros, tienen su gracioso. --As es en efecto. --Y el gracioso es Ostolaza... Pues me parece que junto a l est el Sr. Teneyro... Qu par! Si querr tambin hablar... Dgame usted otra cosa, quin es ese seor Preopinante de quien todos hablan tan mal? --El Preopinante es el que ha hablado antes. --Dgame usted. Y cuando tengamos rey, Su Majestad vendr tambin a predicar aqu? --No lo creo. --Y en qu consiste eso que dicen de que con Cortes hay libertad? --Es una cosa difcil de explicar en pocas palabras. --Pues yo lo entiendo de este modo... Pongo por caso... las Cortes dirn: ordeno y mando, que todos los espaoles salgan a paseo por las tardes, y vayan una vez al mes al teatro, y se asomen al balcn despus de haber hecho sus obligaciones... Prohbo que las familias recen ms de un rosario completo al da... Prohbo que se case a nadie contra su voluntad y que se descase a quien quiere hacerlo... Todo el mundo puede estar alegre siempre que no ofenda al decoro... --Las Cortes harn eso y mucho ms. --Oh, Sr. Araceli, yo estoy muy alegre! --Por qu? --No s por qu. Siento deseos de rer a carcajadas. Siempre que salgo de casa, y voy a alguna parte donde puedo estar con alguna libertad, me parece que el alma quiere salrseme del cuerpo y volar bailando y saltando por el mundo; me embriaga la atmsfera y la luz me embelesa. Todo cuanto veo me parece hermoso, cuanto oigo elocuente (menos lo de Ostolaza), todos los hombres justos y buenos, todas las mujeres guapas, y me parece que las casas, la calle, el cielo, las Cortes con su presidente y su preopinante me saludan sonriendo. Oh, qu bien estoy aqu! Ins y Asuncin no parecen, D. Paco tampoco. Cuanto ms tarde vengan mejor. Otra cosa..., por qu no ha seguido usted yendo a casa por las noches? Nosotras nos hemos redo de usted. --De m?--pregunt con turbacin. --S, porque se la echaba usted de devoto para agradar a mam. Qu bien haca usted su papel! Lo mismo, lo mismito hacemos nosotras. Me asombr de la frescura con que la infeliz nia deca claramente que engaaba a su mam. --Vaya usted a casa. A nosotras no nos dejaban hablar con usted, pero nos entretuvimos mirndole. --Mirndome! --S, s; a todo el que va a casa le examinamos y le medimos las facciones lnea por lnea. Despus, cuando nos quedamos solas, decimos cmo tiene el pelo, los ojos, la boca, los dientes, las orejas, y disputamos sobre cul de las tres se acuerda mejor. --Bonita ocupacin. --Las tres estamos siempre juntas. La seora marquesa de Leiva est muy enferma, y como mam dice que quiere tener a Ins bajo su vigilancia, ha mandado que viva en casa. Las tres dormimos en una misma alcoba y charlamos bajito por las noches. Ah! Sabe usted lo que me ha dicho Ins? Que usted est enamorado. --Qu bromazo! Tal cosa no es verdad. --S, nos lo dijo, y aunque no me lo dijera... Eso se conoce. --Lo conoce usted? --Al instante. En cuanto veo a una persona. --Dnde ha aprendido usted eso? Lee usted novelas? --Jams. No las leo; pero las invento. --Eso es peor. --Todas las noches saco de mi cabeza una distinta. --Las novelas inventadas son peores que las ledas, seora doa Presentacioncita. --Vuelva usted a casa por las noches. --Volver. Lord Gray las entretiene a ustedes bastante. --Lord Gray no va tampoco--dijo con pena. --Y si supiera doa Mara que usted ha venido aqu? --Creo que nos matara. Pero no lo sabr. Inventaremos algo muy gordo. Diremos que venimos del Carmen, donde fray Pedro Advncula nos entretuvo contndonos vidas de santos. Otras veces le hemos dicho esto, y luego fray Pedro Advncula no nos ha desmentido. Es un santo varn y yo le quiero mucho. Tiene las manos blancas y finas, los ojos dulces, la voz suave, el habla graciosa; sabe tocar el ole en un organito muy mono, y cuando no est mam delante, habla de cosas mundanas con tanta gracia como decencia. --Y fray Pedro Advncula, va a casa de usted? --S... es amigo de lord Gray. Es el que hace la preparacin espiritual de Ins para el matrimonio, y de Asuncin para el monjo... Se me figura (y esto es reservado) que l llev la papeleta de la tribuna. --Y a usted no la prepara para algo? --A m--contest la muchacha con profundo desconsuelo--a m, para nada. Yo estaba absorto, pasmado y lelo, contemplando la seductora ignorancia, la infantil malicia, la franqueza sin freno de aquella alma, a quien la falta de toda educacin mundana presentaba en la desnudez de su inocencia. Como era linda de rostro, y haba tal viveza en su hablar espontneo y armonioso, me encantaba verla y orla, y como vulgarmente se dice con respecto a los nios, me la hubiera comido. No hallo otra frase mejor para expresar la admiracin que aquel raudal de gracia y travesura, de sentimiento y de dulce ingenuidad me produca. Nombr antes a los nios, y aqu repito, aunque Presentacioncita haba dejado de serlo, a m me haca el efecto de uno de esos chiquillos sentenciosos, que con sus verdades como puos nos causan asombro y risa. Verdad es que la de Rumblar, aun hacindome rer, me causaba al mismo tiempo tristeza. XIX De pronto mir a la tribuna de seoras, que estaba al lado de la Epstola, en lo que podemos llamar el proscenio de la iglesia, y cre distinguir a las dos muchachas. --All estn, all estn!...--dije a mi acompaante. --S, y en la tribuna inmediata, que es la de los diplomticos, est lord Gray. No le ve usted?... Est con la cabeza entre las manos, pensativo y meditabundo. --No habla con ellas, ni puede hablar, porque una tabla les separa. Acaban de entrar en este momento. Lleg a la sazn D. Paco, rojo como un pimiento, y abrindose paso por entre la apiada muchedumbre de galerios (as llamaban a los devotos de aquella religin, y as les nombraron despus en son de remoquete en el tiempo de las persecuciones), acercsenos y nos dijo: --Gracias a Dios que han parecido!... Lord Gray las llev engaadas al campanario de la iglesia... despus adentro... despus a la calle... Hase visto infamia semejante?... Estoy bramando de furor!... Qu habrn hecho, seor de Araceli, qu habrn hecho?... La seora doa Inesita estaba ms plida que una muerta, y la seora doa Asuncioncita ms roja que una amapola... Vmonos, nia, vmonos de aqu. --S, vmonos--repet yo. --Yo no me muevo de aqu, Paquito. Esto me gusta mucho. Ya han acabado de leer peridicos y papeles y vuelven los discursos... Quin habla? --Es el Sr. de Argelles. Buen pjaro est! Pues bonitas cosas est oyendo la nia!--dijo D. Paco en voz ms alta que la que a la respetabilidad del sitio corresponda--. Tratar de abolir las jurisdicciones, los seoros, los fueros, el tormento y el derecho de poner la horca a la entrada del pueblo, y de nombrar jueces; quieren quitar las prestaciones y dems sabias prcticas en que consiste la grandeza de estos reinos. --Pues que lo supriman todo--dijo Presentacin con enfado--. De aqu no me muevo hasta que lo supriman todo. --La nia no sabe lo que habla--exclam D. Paco, suscitando los murmullos de los circunstantes con lo destemplado de su voz--. Ahora la seora doa Mara no podr nombrar el alcalde de Pea-Horadada, ni cobrar tanto de fanega en el molino de Herrumblar, ni las doce gallinas de Baeza, ni podr prohibir la pesca en el arroyo, ni los asnos de casa podrn meterse en las heredades del vecino a comerse lo que se les antoje. --Se abate--grit una voz, mientras una mano pesaba con formidable empuje sobre los hombros del preceptor--; sintese y calle. --Caballero--dijo otro--se podra saber quin es usted? --Soy D. Francisco Xavier de Jindama--repuso con timidez y urbanidad el viejo. --Lo digo porque en cuanto le vi a usted y le o, diome olor a lechucera. --Quiere decir que es usted de la hermandad de los bobos--aadi una moza que frontera a D. Paco estaba--. Con su voz de matraca no nos deja or los escursos. --Haya paz, seores--exclam un tercero--y silencio. Aqu no se viene a lamentarse de que los asnos no puedan entrar en la heredad ajena. --El asno ser l. --Orden y conveniencia!--grit el portero--. Si no, en nombre de Su Majestad les echo a todos a la calle. --Aqu no hay ninguna Majestad--dijo D. Paco. --La Majestad son las Cortes, seor esparavn--afirm con enfado un galerio. --Es de los que vienen a aplaudir cuando rebuzna Ostolaza--dijo otro sealando a don Paco. Viendo que la cuestin se agriaba, empeeme en romper por medio del gento, y esto caus nueva confusin y reconvenciones. Al mismo tiempo entre los diputados son rumor de disgusto por lo que pasaba en la tribuna, habl el presidente imponiendo silencio a los galerios, y acallados estos un tanto, el diputado Teneyro tom la palabra. Como si la primera pronunciada por el buen cura de Algeciras fuera seal convenida, desatose una tempestad de risas y demostraciones, y cuanto ms el orador alzaba la voz, ms la ahogaban entre su murmullo los de arriba. Repetir el sinnmero de dichos, agudezas y apodos que salieron como avalancha de la tribuna pblica, fuera imposible. Jams actor aborrecido o antiptico recibi tan atroz silba en corrales de Madrid. Lo extrao es que siempre pasaba lo mismo. Ya se saba: hablar Teneyro y alborotarse el pueblo soberano, eran una misma cosa. Y qu ceceo el suyo, qu ademanes tan graciosos, qu ira olmpica para apostrofar a las tribunas, qu lastimoso gesto, qu cruzar de brazos, qu arrugada cara, qu singular donaire para decir disparates, ya abogando por la Inquisicin, ya por una soberana popular a la moda, representada por una especie de concilio de prrocos y guerrilleros! Vamos, francamente, era cosa de morir de risa. El presidente saba que sesin en la cual Teneyro hablase, era sesin perdida, por no ser posible contener a las tribunas; trabbanse disputas inevitables entre ciertos procuradores y el pblico, y el escndalo obligaba a despejar los altos de la iglesia. Esto ocurri en aquel da, cuando el Cicern de Algeciras, volvindose hacia arriba con ademanes descompuestos y lengua balbuciente, grit: --Ya sabemos que esa es gente pagada. Al or esto, los denuestos, los improperios que lanz el pueblo llenaron el mbito de la iglesia en trminos que aquello pareca una jaula de locos. Agitbanse los diputados, echndose unos a otros la culpa del alboroto; nos apostrofaban tambin desde abajo llamndonos canalla soez, y los porteros dieron principio a la expulsin. Aqu de los apuros. Presentacin y yo queramos salir sin poder lograrlo, por tener delante una muralla de carne humana que resista la orden del presidente. Algunos se echaron fuera; mas no por eso se acall el tumulto, y lo peor fue que aparecieron de sbito dos o tres personas que tomaron el partido del orador silbado contra el silbante pueblo. --Que ustedes son unos servilones, mata candelas! --Que ustedes son unos afrancesados! --Que ustedes son...--imagnese el lector lo peor que haya odo en plazas, presenciado en tabernas y aprendido en garitos. Y no par aqu el desastre, sino que don Paco, viendo que alguien tomaba a pechos la defensa del pobre Teneyro, arriesgose, como leal amigo y contertulio, a ponerse de su parte. --Envidia, no es ms que envidia y rabia por las verdades como puos que dice--exclam. En mal hora lo dijera. Vimos desaparecer su enjuta figura entre una masa uniforme de brazos y manos. Presentacin grit con angustia: --Que matan al pobre D. Paco! Sali el infeliz, o lo sacaron, es decir, all se fue todo junto, vctima y verdugos, por la puerta afuera. Con esto se despej un tanto la tribuna y pudimos salir de los ltimos tras la oleada de gente que mal de su grado abandonaba la sesin. Quisimos auxiliar al maestro, pero no nos era posible por hallarse distante; y aunque el infeliz no recibi golpe de arma alguna, las herramientas de puos y codos le hacan mucho dao. Al fin, acosado por todos, huy, corriendo velozmente por la escalera abajo, dando no pocos tumbos y costaladas. Nuestra gran contrariedad consista en que nos separaba de l una masa enorme de gente que nunca acababa de salir; as es que, cuando llegamos abajo, en vano mirbamos a todos lados. D. Paco no estaba. Hacamos preguntas a todos, pero nadie nos daba razn satisfactoria. Quin deca; le han llevado adentro; quin le han llevado afuera. --Qu situacin, qu compromiso!--deca la muchacha--. Pero dnde est el pobre don Paco? Ahora tendr que ir a casa sola o con usted. En la calle haba tambin apiado gento, entre el cual vi a uno de esos individuos que se aparecen como llovidos en toda escena de agitacin popular, dispuestos a echar el peso, no de su autoridad, sino de sus garrotes, en la balanza de las contiendas polticas. Desgraciado Teneyro, desgraciado Ostolaza! Qu ovacin les esperaba! La hermandad de la porra no es tan antigua como el mundo, no; pero entradilla en aos es. --Busquemos, busquemos a ese infeliz--me deca mi linda pareja--. De modo que tengo que ir sola a casa... Y qu voy a decir?... Y mi hermana e Ins dnde estn?... Oh, seor de Araceli, ms vale que se abra la tierra y me trague! Al fin nos dio razn del desgraciado preceptor un soldado, dicindonos: --Se lo llevaron entre cuatro. --Pero a dnde, no se sabe a dnde? El soldado, encogindose de hombros, fij su vista en la puerta de San Felipe, por donde salan bastantes diputados. Felizmente y gracias a la intervencin de D. Juan Mara Villavicencio, los que se disponan a obsequiar a Teneyro y Ostolaza no pasaron a vas de hecho; mas con la agudeza de sus silbidos y el mugir de sus insultos fueron dando msica a ambos personajes por largo trecho de la calle. Fue aquel lance uno de los muchos que afearon la primera poca constitucional; pero no lleg a ser tan escandaloso como el ocurrido poco despus con motivo del famoso incidente Lardizbal, y que puso en gran peligro la vida de D. Jos Pablo Valiente, diputado absolutista, el cual hubiera sido despedazado por el pueblo si Villavicencio no le librara heroicamente de las garras de aquel, embarcndole al instante. --Virgen Santsima!--repeta Presentacin--. Y esas nias no parecen!... Vmonos al punto de aqu. All sale el Sr. Ostolaza... Me va a conocer. Marchamos por la calle de San Jos para tomar la del Jardinillo: pero no nos fue posible esquivar las miradas y la persecucin del Sr. Ostolaza, que llamndonos desde lejos nos oblig a detenernos. --Seora ma--dijo el taimado clrigo--eso est muy bien... En la calle con un mozalbete... Por fuerza ha muerto la seora condesa. --Por Dios y la Virgen--exclam la muchacha llorando--. Sr. de Ostolaza... no diga usted nada a mam... Yo le explicar a usted... Salimos a paseo y como nos perdiramos, pues... No diga usted nada a mam. Ay! Sr. de Ostolaza; usted es un buen sujeto y tendr lstima de m. --En efecto; siento lstima de la seorita. --Quiero decir... Llveme usted a casa... Amigo--aadi esforzndose en aparecer jovial--o su discurso y me pareci muy bonito. Qu bien habla usted, qu bien!... Da gusto... --Basta de lisonjas--dijo el clrigo; y luego mirndome aadi--: y usted, seor militar-telogo, de qu arteras se ha valido para sacar de su casa a esta seorita? --Yo no he sacado de su casa a esta seorita--repuse--; la acompao porque la he encontrado sola. --A causa del gento nos perdimos D. Paco y yo... quiero decir: se perdieron ellas. --Comprendido, comprendido. --Sabe usted, seor oficial-telogo--me dijo con aviesa mirada--que antes de poner esto en conocimiento de doa Mara voy a dar parte a la justicia? --Sabe usted--respond--seor clerign-entrometido, que si no se me quita de delante ahora mismo, le ensear a ser comedido y a no meterse en camisa de once varas? --Comprendido, comprendido--repuso ponindose como de almagre su abominable rostro, y echndome de lleno su insolente mirada--. Sigan los pimpollitos su camino. Adis... Marchose a toda prisa y cuando le perdimos de vista, Presentacin me dijo dando un suspiro. --Nos llam pimpollitos y cree que somos novios, y que nos hemos escapado... Ahora qu dir a mam cuando me vea entrar con usted? Necesito inventar algo muy ingenioso y bien urdido. --Lo mejor es decir la verdad clara y desnuda. Esto ofender menos a la seora que las invenciones con que usted pretenda engaarla. --La verdad!... est usted loco? Yo no digo la verdad aunque me maten... Corramos... Habrn llegado ya las otras dos? Jess divino! Si ellas dicen una mentira distinta de la ma... --Por eso lo mejor es decir la verdad. --Eso ni pensarlo. Mam nos matara... A ver qu le parece a usted mi proyecto. Yo entrar llorando, llorando mucho. --Malo... --Pues me desmayar, diciendo que usted es un traidor que quiso robarme. --Peor. Diga usted que se perdieron, que encontraron a lord Gray... --No nombrar al ingls; eso jams. --Por qu? --Porque ahora, nombrar en casa a lord Gray y nombrar al demonio es lo mismo. --Yo s la causa, lord Gray es amado por una de ustedes. --Oh, qu cosas dice usted!--exclam muy turbada--. Nosotras... --Usted. --No; ni mi hermana tampoco. --S que la seora Inesita est loca por l. --Oh! S... loca... loca!... Dios mo ya llegamos... Estoy medio muerta. Al entrar en la calle y acercarnos a la casa, alc la vista y detrs del vidrio de uno de los miradores, distingu un bulto siniestro, despus dos ojos terribles separados por el curvo filo de una nariz aguilea, despus un rayo de indignacin que parta de aquellos ojos. Presentacin vio tambin la fatdica imagen y estuvo a punto de desmayarse en mis brazos. --Mi mam nos ha visto--dijo--. Sr. de Araceli. Escpese usted, slvese usted, pues todava es tiempo. --Subamos, y diciendo la verdad nos salvaremos los dos. XX En el corredor Presentacin cay de rodillas ante su madre que al encuentro nos sala, y exclam con ahogada voz: --Seora madre perdn!, yo no he hecho nada. --Qu horas son estas de venir a casa!... Y D. Paco, y las otras dos nias?... --Seora madre...--continu con aturdimiento la muchacha--bamos por la muralla... cay una bomba, que parti en dos pedazos a D. Paco... no, no fue tanto... pero corrimos, nos separamos, nos perdimos, yo me desmay... --Cmo es eso?--dijo la madre con furor--. Si el Sr. de Ostolaza que acaba de llegar, dice que te vio en la tribuna de las Cortes... --Eso es... me desmay... me llevaron a las Cortes... Despus mataron a D. Paco... --Esto debe de ser obra de alguna infame maquinacin--exclam la condesa llevndonos a la sala--. Seores... ya no hay nada seguro... no pueden las personas decentes salir a la calle! En la sala estaban Ostolaza, D. Pedro del Congosto y un joven como de treinta y cuatro aos y de buena presencia, a quien yo no conoca. Mirome el primero con penetrante encono, el segundo con altanero desdn y el tercero con curiosidad. --Seora--dije a la condesa--usted se ha exaltado sin razn, interpretando mal un hecho que en s no tiene malicia alguna. Y le cont lo ocurrido, disfrazando de un modo discreto los accidentes que pudieran ser desfavorables a las pobres nias. --Caballero--me contest con acrimonia--dispnseme usted, pero no puedo darle crdito. Yo me entender despus con estas inconsideradas y locas nias; y en tanto no puedo menos de creer que usted y lord Gray han urdido un abominable complot para turbar la paz de mi casa. Seores, no hablo con razn? Estamos en una sociedad donde se hallan indefensos y desamparados el honor de las familias y el decoro de las personas mayores. No se puede vivir! Me quejar al gobierno, a la Regencia... pero a qu, si todo esto proviene de las altas regiones, donde no se alberga ms que alevosa, desvergenza, escndalo y despreocupacin! Los tres personajes, que cual tres estatuas exornaban con simtrica colocacin el testero de la sala, movieron sus venerables cabezas con ademn afirmativo, y alguno de ellos golpe con la maciza mano el brazo del silln. --Seor de Araceli, siento decir a usted que ya reconozco la lamentable equivocacin en que incurr respecto al carcter de usted. --Seora, usted puede juzgarme como guste, pero en el suceso de hoy, no ha habido malicia por mi parte. --Yo me vuelvo loca--repuso la seora--. Por todas partes asechanzas, celadas, inicuos planes. No hay defensa posible; son intiles las precauciones; de nada sirve el aislamiento; de nada sirve el apartarse de ese corruptor bullicio. En nuestro secreto asilo viene a buscarnos la traidora maldad que todo lo invade y hasta en lo ms recndito penetra. Los tres personajes dieron nuevas seales de su unnime asentimiento. --Basta de farsas--dijo Ostolaza--. La seora doa Mara no necesita que usted se disculpe ante ella, porque le conoce. Cmo va de teologa? --Con la poca que s--repuse--cualquier sacristn poda pronunciar en las Cortes discursos dignos de ser odos. --El seor es de los que van todos los das a alborotar a la tribuna. Es un oficio con el cual viven muchos. --Qu aberracin! Y desde tal sitio y desde tales tribunas se piensa gobernar el reino? --No quiero hacer aqu apologas de mi conducta--repuse con calma--ni las injurias de ese hombre me harn olvidar el hbito que viste y el respeto que debo a la casa en que estoy. Aqu est una persona que, si puede haber formado de m juicio desfavorable en ciertas cuestiones, conoce muy bien mis antecedentes y mi reputacin como hombre honrado. El Sr. D. Pedro del Congosto me oye, y yo apelo a su lealtad, para que doa Mara sepa si ha admitido en su casa a una persona indigna. Oyendo esto D. Pedro, que indolentemente se apoyaba en el respaldo del silln, irguiose, atus los largos bigotes y gravemente habl de esta manera: --Seora, seorita y caballeros: puesto que este joven apela a mi lealtad, probada en cien ocasiones, declaro que no una, sino muchsimas veces he odo elogiar su buen comportamiento, su caballerosidad, su valor como militar, con otras distinguidas prendas de paisano que le han creado abundante nmero de amigos en el ejrcito y fuera de l. --Pues qu duda tiene!--exclam Presentacin, descuidndose en manifestar sus sentimientos. --Calla t, necia--dijo la madre--. Tu cuenta se ajustar despus. --Nunca--continu el estafermo--ha llegado a mis odos noticia alguna de este joven que no le sea favorable. Bien quisto de todos, ha hecho su carrera por el mrito, no por la intriga; por el valor, no por la astucia; y como esto es verdad, y yo lo s, y me consta, y lo afirmo y lo sostengo, y soy hombre que sabe sostener lo que dice, estoy dispuesto a defenderle contra todo agravio que en este terreno se le haga. Seora, seorita y caballeros: como hombre que ama a ese don del cielo, esa inmaculada virgen de la verdad, que es norte de los buenos, he dicho todo lo que puede favorecer a este joven; ahora voy a decir lo que le desfavorece... Mientras D. Pedro tosa y sacaba el infinito pauelo encarnado y azul para limpiarse boca y narices, rein solemne silencio en la sala y todos me miraban con afanosa curiosidad. --Es, pues, el caso--continu el cruzado--que este joven, si bajo un aspecto es la misma virtud, bajo otro es un monstruo, seores, un monstruo; el mayor enemigo del sosiego domstico, el corruptor de las familias, el terror de la pudorosa amistad... Nueva pausa y asombro de todos. Presentacin me miraba con la mitad de su alma en cada ojo. --S; qu otro nombre merece quien posee un arte infernal para romper lazos de muy antiguo trabados entre dos personas, y que resistieran durante veinticinco aos a las asechanzas del mundo y a la persecucin de los ms diestros cortejos?... Permtanme los presentes que no nombre personas. Bsteles saber que este joven, poniendo en juego sus malas artes amorosas, embauc y enga y arrastr tras s a quien haba sido la misma firmeza, el pudor mismo y la mismsima lealtad, dejando burlada la ideal adoracin de un hombre que haba sido el dechado de la constancia y delicadeza. El desairado llora en silencio su desaire, y el victorioso mozalbete goza sin reparo de las incomparables delicias que puede ofrecer aquel tesoro de hermosura. Pero guay!, que no es bueno confiar en las delicias de un da; guay!, que en la hora menos pensada encontrarn uno y otro criminales amantes delante de s la aterradora imagen del hombre ofendido, que est dispuesto a vengar su afrenta... Conque dganme si el que tal ha hecho, si el que en la difcil conquista de esa humana fortaleza, jams antes rendida, ha probado su travesura, qu no har dirigindola contra inexpertas jovenzuelas? Abrirle las puertas de una casa es abrirlas a la liviandad, a la seduccin, a la imprudencia. Esto es todo lo que s acerca del Sr. de Araceli, sin quitar ni poner cosa alguna. Presentacin estaba absorta y doa Mara aterrada. --Seora, seorita y caballeros--repuse yo, no disimulando la risa--. Al Sr. D. Pedro del Congosto han informado mal respecto al suceso que ltimamente ha contado. Ese portento de hermosura habr cado en las redes de otra persona, que no en las mas. --Yo s lo que me digo--exclam D. Pedro con atronadora voz--y basta. Denme licencia para retirarme, que avanza la hora y esta tarde he de embarcarme con la expedicin que va al Condado de Niebla a operar contra los franceses. La ociosidad me enfada y deseo hacer algo en bien de la patria oprimida. No tenemos gobierno, no tenemos generales; las Cortes entregarn maniatado el reino al pcaro francs... Sr. de Araceli, va usted al Condado? --No seor; guarnecer a Matagorda en todo el mes que viene... Pero yo tambin me retiro, porque la seora doa Mara no ve con buenos ojos que entre en su casa. --La verdad, Sr. de Araceli, si hubiese sabido... Aprecio sus buenas prendas de militar y de caballero; pero... Presentacin, retrate. No te da vergenza or estas cosas?... Pues, como deca, deseo aclarar el punto oscursimo del encuentro de usted en la calle con mi hija. An creo que hay tribunales en Espaa, no es verdad, Sr. D. Tadeo Calomarde? Esto lo dijo dirigindose al joven que antes he mencionado. --Seora--repuso este desplegando para sonrer toda su boca, que era grandsima--; a fe de jurisconsulto dir a usted que an puede arreglarse. Hablemos con franqueza. Estoy acostumbrado a presenciar lances muy chuscos en mi carrera y nada me asusta. Ha habido noviazgo? --Jess!, qu abominacin--exclam con indecible trastorno doa Mara--. Noviazgo!... Presentacin, retrate al instante. La muchacha no obedeci. --Pues si ha habido noviazgo, y los dos se quieren, y han dado un paseto juntos, y el seor es un buen militar, a qu andar con farndulas y mojigatera, lo mejor es casarlos y en paz. Doa Mara, de roja que estaba volviose plida y cerr los ojos, y respir con fuerza, y el torbellino de su dignidad se le subi a la cabeza, y se mare, y estuvo a punto de caer desmayada. --No esperaba yo tales irreverencias del Sr. D. Tadeo Calomarde--dijo con voz entrecortada por la ira--. El Sr. D. Tadeo Calomarde no sabe quin soy; el Sr. D. Tadeo Calomarde recuerda los planes casamenteros que servan para hacer fortuna en los tiempos de Godoy. Mi dignidad no me permite seguir este asunto. Ruego al Sr. D. Tadeo Calomarde y al Sr. D. Gabriel de Araceli que se sirvan abandonar mi casa. Calomarde y yo nos levantamos. Presentacin me mir, y con toda su alma en los ojos, me dijo en mudo lenguaje: --Llveme usted consigo. Cuando nos retirbamos, entraron en la sala Ins y Asuncin, conducidas por un fraile. --Fray Pedro Advncula, qu es esto?--dijo doa Mara--. Me explicar usted al fin el singular suceso de la desaparicin de las nias? --Seora... nada ms natural--repuso jovialmente el fraile, que era joven por ms seas--. Una bomba... Pobre D. Paco!, no se ha sabido ms de l... Iban por la muralla!... Las dos nias corrieron, corrieron... pobrecitas... Las recogimos en casa... se les dio agua y vino... qu susto!, pobrecillas... a la seora doa Presentacioncita no se la pudo encontrar... --La pcara se fue a las Cortes con... Justicia, cielos divinos, justicia! No o ms porque sal de la casa. Desde aquel momento fui amigo de Calomarde. Hablar de l algn da? Creo que s. XXI Pasaron das y San Lorenzo de Puntales me vio ocupado en su defensa durante un mes, en compaa de los valientes canarios de Alburquerque. All ni un instante de reposo, all ni siquiera noticias de Cdiz, all ni la compaa de lord Gray, ni cartas de Amaranta, ni mimos de doa Flora, ni amenazas de D. Pedro del Congosto. Dentro de Cdiz, el sitio era una broma y los gaditanos se rean de las bombas. La alegre ciudad, cuyo aspecto es el de una perpetua sonrisa, miraba desde sus murallas el vuelo de aquellos mosquitos, y aunque picaran, los reciba con coplas donosas, como los bilbanos de la presente poca. Cuando el bombardeo hizo verdaderos estragos, los llantos y lgrimas perdironse en el bullicioso rumor de aquel hervidero de chistes. Pero eran contadas las desgracias. Una bomba mat a un ingls, y estuvo a punto de ser vctima de otra en los mismos brazos de su nodriza D. Dionisio Alcal Galiano, hijo de D. Antonio. Fuera de estos casos y otros que no recuerdo, los efectos de la artillera enemiga eran risibles. Un proyectil penetr en cierta iglesia, arrancando las narices a un ngel de madera que sostena la lmpara; otro destroz el lecho de un fraile de San Juan de Dios que afortunadamente se hallaba fuera en el instante crtico. Cuando, despus de ausencia tan larga, fui a visitar a Amaranta, la encontr desesperada, porque el aislamiento de Ins en la casa de la calle de la Amargura, haba tomado el carcter de una esclavitud horrorosa. Cerrada la puerta a los extraos con rigor inquisitorial, era locura aspirar ya a burlar vigilancias, y engaar suspicacias y menos a romper la fatal clausura. La desgraciada condesa me expres con estas palabras sus pensamientos: --Gabriel, no puedo vivir ms tiempo en esta triste soledad. La ausencia de lo que ms amo en el mundo, y ms que su ausencia, la consideracin de su desgracia, me causan un dolor inmenso. Estoy decidida a intentar, por cualquier medio, una entrevista con mi hija, en la cual, revelndole lo que ignora, espero conseguir que ella misma rompa espontneamente los hierros de su esclavitud y se decida a vivir, a huir conmigo. No me queda ya ms recurso que el de la violencia. Yo esper que t me sirvieras en este negocio; pero con la necedad de tus celos no has hecho nada. No sabes cul es mi proyecto ahora? Confiarme a lord Gray, revelarle todo, suplicndole que me facilite lo que tanto deseo. Ese ingls tiene una audacia sin lmites, en nada repara y ser capaz de traerme aqu la casa entera con doa Mara dentro, cual una cotorra en su jaula. No le crees t capaz de eso? --De eso y de mucho ms. --Pero lord Gray no parece. Nadie sabe su paradero. Fue a la expedicin del Condado, y aunque se cree que regres a Cdiz, no se le ve por ninguna parte. Bscamele por Dios, Gabriel, tremele aqu o dile de mi parte que me interesa hablar con l de un asunto que es de vida o muerte para m. Efectivamente, nadie saba el paradero del noble ingls, aunque se supona que estuviese en Cdiz. Haba tomado parte en la expedicin que fue al condado de Niebla con objeto de hostilizar a los franceses por su ala derecha, y que, si menos clebre, no fue menos lastimosa que la de Chiclana, con su clebre batalln del Cerro de la cabeza del Puerco. Acaeci en la jornada del Condado un suceso digno de pasar a la historia, y fue que en ella descalabraron del modo ms lamentable a nuestro heroico y por tantos ttulos famoso D. Pedro del Congosto, quien en lo ms recio de un combate que cerca de San Juan del Puerto trabaron con los nuestros los franceses, metiose denodadamente, llevando en pos a sus cruzados de rojo y amarillo, con lo cual dicen hubo gran risa en el campo francs. Trajronlo todo molido y quebrantado a Cdiz, donde deca que por haber perdido una herradura su caballo no se gan la batalla, pues cuando el maldito jaco tropez, ya empezaban a huir cual bandadas de conejos los batallones franceses; y fija esta idea en su acalorada mente, no cesaba de repetir: Si no me hubiese faltado la herradura!.... Lord Gray tambin fue al Condado, y se contaban de l maravillas; pero a su regreso desapareci su persona de todos los sitios pblicos, y aun hubo quien le creyese muerto. Fui a su casa y el criado me dijo: --Milord est vivo y sano, aunque no del juicio. Estuvo encerrado quince das sin querer ver a nadie. Despus me mand que reuniese a todos los mendigos de Cdiz, y cuando lo hice, juntolos en el comedor, y all les obsequi con un banquete como para reyes. Dioles a beber los mejores vinos; los pobres, se rean unos y lloraban otros; pero todos se emborracharon. Luego fue preciso echarles a puntapis de la casa, y trabajamos tres das para limpiarla, porque dejaron por fanegas las pulgas y otra cosa peor. --Pero dnde est en este momento milord? --Debe andar ahora all por el Carmen. Dirigime hacia el Carmen Calzado, cuyo gran prtico frontero a la Alameda, llama la atencin del forastero. No es una obra maestra de los buenos tiempos de nuestra arquitectura aquella fachada, pero los mil accidentes con que lujosamente la adorn la imaginacin del artista, le dan cierta belleza que el mar all cercano parece que fantasea a su antojo. No s por qu se me ha parecido siempre dicho frontispicio a las popas de los grandes navos antiguos; hasta parece que se mece gallardamente impulsado por el viento y las olas. Los santos que lo adornan semejan farolones gigantescos; las hornacinas troneras, los barandajes, los nichos, las mrbidas roscas de las columnas salomnicas, todo se me antoja como perteneciente al dominio de la antigua arquitectura naval. Caa la tarde. Entraban mansamente los buenos frailes, como ovejas que vuelven al aprisco; los pobres rboles de la Alameda apenas sombreaban el espacio que media entre el edificio y la muralla, y el sol iluminaba el frontis, dorndolo completamente. En lnea recta se extenda la pequea pared del convento; y en su extremo una puertecilla estrecha, que serva de ingreso al claustro, estaba completamente obstruida por un regular gento que hormigueaba all en formas oscuras y movedizas, acompaadas de un rumor sordo o gruido chilln, como de plebe menuda que se impacienta. Eran los pobres que esperaban la sopa boba. En Cdiz no han abundado tanto como en otros lugares los mendigos haraposos y medio desnudos, esos escuadrones de gente llagada, sarnosa e invlida que an hoy nos sale al encuentro en ciudades de Aragn y Castilla. Pueblo comercial de gran riqueza y cultura, Cdiz careca de esa lastimosa hez; pero en aquellos tiempos de guerra muchos pedigeos que pululaban en los caminos de Andaluca, refugironse en la improvisada corte. Para que nada faltase y fuese Cdiz en tales das compendio de la nacionalidad espaola, puso all sus reales hasta la hermandad de pan y piojos, que tanto ha figurado en nuestra historia social, y tanto, tantsimo ha dado que hablar a propios y extranjeros. Acerqueme a los infelices y los vi de todas clases; unos mutilados, otros entecos, demacrados y andrajosos los ms, y todos chillones, desenfadados, resueltos, como si la mendicidad, ms que la desgracia, fuese en ellos un oficio y gozasen a falta de rentas, del fuero inalienable y sagrado de pedir al resto del humano linaje. Sali el lego con el caldern de bazofia, y all era de ver cmo se empujaban y revolvan unos contra otros, disputndose la vez, y con qu bros y con qu altivo lenguaje alargaban el cazuelillo. Reparta el cogulla a diestro y siniestro golpes de cuchara, y ellos se aporreaban para quitarse la racin, y entre manotadas y coces iban logrando la parte correspondiente, para retirarse despus a un rincn, donde pacficamente se lo coman. Yo les miraba con lstima, cuando divis en el hueco de una puerta una figura que me hizo quedar perplejo y aturdido. No creyendo a mis ojos la mir y remir, sin convencerme de que era realidad lo que ante m tena. El mendigo que as llamaba mi atencin (pues mendigo era) vesta con los andrajos ms desgarrados, ms rotos, ms desordenados y extravagantes que puede darse. Aquel vestido no era vestido, sino una informe hilacha que se deshaca al comps de los movimientos del individuo. La capa no era capa sino un mosaico de diversas y descoloridas telas; pero tan mal hilvanadas que el aire se entraba por las mil puertas, ventanas y rejas, obra de la tosca aguja. Su sombrero no era sombrero, sino un mueble indefinido, una cosa entre plato y fuelle, entre forro y cojn vaco; y por este estilo las dems prendas de su cuerpo anunciaban el ltimo grado de la miseria y abandono, cual si todas hubiesen sido recogidas entre aquello que la misma mendicidad arroja de s, materias que se devuelven a la masa general de lo inorgnico, para que de nuevo tomen forma en las revoluciones del universo. Tambin me caus sorpresa ver el garbo con que el hi de mala mujer se terciaba la capita y echaba sobre la ceja el sombrerete y guiaba el ojo a los compaeros, y deca donaires al buen lego. Pero ay!, lo que ms que traje y sombrero me asombr, dejndome lelo delante de tan esclarecido concurso, fue la cara del mendigo, s seores, su cara; porque sepan ustedes que era la del mismsimo lord Gray. XXII Cre soar, le mir mejor, y hasta que no me llam saludndome, no me atrev a hablarle, temiendo padecer una equivocacin. --No s, milord--le dije--si debo rerme o enfadarme de ver a un hombre como usted, con ese traje, y llenando su escudilla en la puerta de un convento. --El mundo es as--me respondi--. Un da arriba y otro abajo. El hombre debe recorrer toda la escala. Muchas veces paseando por estos sitios, me detena a contemplar con envidia la pobre gente que me rodea. Su tranquilidad de espritu, su carencia absoluta de cuidados, de necesidades, de relaciones, de compromisos; despertaron en m el deseo de cambiar de estado, probando por algn tiempo la inefable satisfaccin que proporciona este eclipse de la personalidad, este verdadero sueo social. --Es verdad, milord, que tan descomunal extravagancia no la he visto jams en ningn ingls, ni en hombre nacido. --Parece esto una aberracin--me dijo--. La aberracin est en usted y en los que de ese modo piensan. Amigo, aunque parezca contradictorio, es cierto que para ponerse encima de todo lo creado, lo mejor es bajar aqu donde yo estoy... Lo explicar mejor. Yo tena la cabeza loca del ruido de los martillos de Londres, y vena maldiciendo la ingrata tierra en que el hombre para poder vivir necesita hacer clavos, bisagras y cacerolas. Bendita tierra esta, donde el sol alimenta y donde lleva la atmsfera en su inmensa masa ignoradas sustancias!... Mi cuerpo se rebela hace tiempo contra los repugnantes bodrios de nuestros cocineros, inmundos envenenadores del humano linaje. Yo senta ha tiempo profundo rencor hacia los sastres, que seran capaces de ponerle casaqun, chupa y corbata al Apolo de Fidias si se lo permitieran. Yo experimentaba profunda aversin hacia las casas y ciudades, que, segn vamos viendo en nuestra graciosa poca, slo sirven para que se luzcan y diviertan los artilleros destruyndolas. Yo detestaba cordialmente la sociedad de los hombres de hoy compuesta de multitud de casacas que hacen cortesas, y dentro de las cuales suele haber la persona de un hombre. Me horrorizaba al or hablar de naciones, de polticas, de diferencias religiosas, de guerras, de congresos; invenciones todas de la necedad humana que al mismo tiempo que ha establecido leyes, estados, privilegios, dogmas, ha inventado caones y fusiles para destruirlo todo. Yo detestaba los libros que se han creado para muestra de que no hay en todo el mundo dos hombres que piensen de la misma manera, y que nacieron en manos de un artesano, como en manos de un fraile la plvora, otra especie de libro que habla ms alto, pero que tampoco dice nada que no sea confusin. Lord Gray se expresaba con exaltado acento. Tom su mano y advert que quemaba. --Vi luego este pas bendito, y mi pensamiento agitado descans contemplando esta suprema estabilidad, este profundo reposo, este sueo benfico de la sociedad espaola. Mis ojos se deleitaron contemplando en la inmensidad de la tierra las siluetas de los grandes conventos, a cuyo amparo protector un pueblo, a quien todo se lo dan hecho, puede esparcir su gran fantasa por los espacios de lo soado y buscar lo ideal en la nica regin donde existe; sin cuidarse de desempear papeles ms o menos difciles en la sociedad, sin cuidarse de su persona, ni de los molestos accidentes del escenario humano, que se llaman posicin, representacin, nombre, fortuna, gloria... Quise saciar mi ardiente anhelo de conocer este beatfico estado, y aqu me tiene usted en l. Amigo mo, durante dos das he vivido tan lejos de la sociedad, cual si me hubiera transportado a otro planeta; he podido apreciar la rara hermosura de un da de sol, la pureza del ambiente, la profunda melancola de la noche, mar donde el pensamiento navega a su antojo sin llegar jams a ninguna orilla; he experimentado la indecible satisfaccin de que centenares de hombres con casaca, entorchados y sombreros de distintas formas, pero todos ms feos que los que en Egipto ponen al buey Apis, pasen junto a m sin saludarme; he conocido el pursimo deleite de ver pasar los minutos, las horas, los das, cual cortejo de dulces sombras que llevan en sus suaves manos la vida, a la manera de aquellas deidades hermossimas que pintaron los antiguos, transportando en sus brazos las almas de los justos al cielo; he saboreado las delicias de no ir a ninguna parte deliberadamente, de sentir mis hombros libres de toda obligacin, de no sentir en mi pensamiento ese hierro candente cuya quemadura significamos en el lenguaje con la palabra despus, y que encierra un mundo de deberes, de ocupaciones, de molestias sin fin. Despus de una breve pausa, prosigui as: --Esta gente que me rodea tiene las mismas pasiones que las de all arriba; pero no disimula nada. Es una ventaja. Prendas diversas les caracterizan, pero aqu todo es abrupto y primitivo como las rocas, donde no ha golpeado an el martillo del hombre para labrar un camino. Los hay ms crueles que Glocester, ms mentirosos que Walpole, ms orgullosos que Cromwell, ms poetas que Shakespeare, y casi todos son ladrones. Yo me deleito con la salvaje manifestacin de sus pasiones y me finjo ignorante de sus truhaneras. Aquel viejo que all se ve haciendo cruces encima de la escudilla, me ha robado todos los doblones de oro que yo llevaba en mi bolsillo. Juntos pasbamos largas horas por las noches en la muralla. l me contaba vidas de santos espaoles; yo finga dormitar, embelesado por los msticos encantos de su relato, y entonces meta bonitamente sus manos en mi bolsillo para sacarme el dinero. Yo lo observaba y callaba, gozndome en su avariciosa concupiscencia, como se goza viendo un abismo, una tempestad, un incendio o cualquier aparente desorden de la naturaleza. Aquellos gitanos que estn all rezando el rosario, me han entretenido dulcemente contndome sus ingeniosas maneras de robar. Amigo mo; aqu tambin hay una especie de alta sociedad, y se pasa el rato alegremente en conciertos, fiestas y representaciones. Los romances moriscos que recita aquella vieja que parece exacto traslado de la ta Fingida, y en efecto lo es, han producido en m mayor sensacin que las fanfarronadas de todos los cmicos modernos. Hay all una muchacha ciega, a quien llaman la Tiosa, la cual canta el jaleo y el ole con tanto primor, que oyndola he sentido emociones dulcsimas y me he trasportado a las ltimas, a las ms remotas regiones de lo ideal. Aquellos nios cojos y mancos, en cuyos grandes ojos negros parece centellear el genio del gran pueblo que guerre durante siete siglos con los moros y descubri, conquist y domin regiones y continentes hasta que ya no haba ms mundo para saciar su ambicin, aquellos nios, digo, son la ms graciosa pareja de pilletes que he visto en mi vida, y cuanta sal, ingenio y travesura ha derramado la Naturaleza en granujas de Madrid, lperos de Mjico, lazzaronis de Npoles, lipendes de Andaluca, pilluelos de Pars, pic-pockets de Londres, es nada en comparacin de su gran ciencia. Si les educaran, es decir, si les corrompieran torciendo el natural curso de sus instintos, yo quisiera ver dnde se quedaban Pitt, Talleyrand, Bonaparte, y todos los grandes polticos de la poca. --Amigo--le dije sin poder reprimir mi enfado--me da compasin verle a usted entre esta desgraciada gente, y ms an orle encomiar su triste estado. --No parece sino que nosotros somos mejores que ellos. Ah! Desde que hay en Espaa filsofos y polticos charlatanes y escritores con pujos de estadista, se ha empezado a declarar ominosa guerra a estos mis buenos amigos, lo mismo que a los salteadores de caminos, que no son otra cosa que una protesta viva contra los privilegios de los cosecheros; a los buenos frailes que son la piedra fundamental de esta armona envidiable, de este sistema benfico, en que todos viven modestamente sin molestarse unos a otros. Esto deca cuando una vieja que acababa de llenar la escudilla, llegose a nosotros y despus de pedirme una limosna, que le di, puso la descarnada mano sobre el hombro del par de Inglaterra y cariosamente le dijo: --Niito querido, qu buenas nuevas te traigo esta tarde! Algrate, picarn, y escupe otra moneda amarilla, otro pedazo de sol como el que ayer me diste en premio de mis desinteresados servicios. --Qu me cuentas, ta Alacrana, espejo de las busconas? --A m no se me han de decir esos feos vocablos. Pues qu? Acaso en mi vida he hecho algo que tenga olor de alcahuetera? Aqu donde me ven, yo, doa Eufrasia de Hinestrosa y Membrilleja soy muy principal y mi difunto fue empleado en la renta del noveno y el excusado. Pero vamos a lo que importa. --Fuiste all, brujita ma? --Por stima vez. Y qu buena que es mi doa Mara! Hemos brindado juntas muchos paternoster, a modo de copas de vino, en esta iglesia del Carmen y en obsequio de nuestros respectivos difuntos. Seora ms enseorada no la hay en todo Cdiz. En generosidad no, pero en principalidad se monta por encima de cuanta gente conozco, que es medio mundo. Me da algunos ochavos y lo que sobra de la olla que es (dicho sea sin incurrir en el feo vicio de la murmuracin) bien poco sustanciosa. Me ha comprado algunas crucecitas de los padres mendicantes, y huesecillos benditos para hacer rosarios. Hoy le llev mi comercio y la noble seora hizo que le contara mi historia; y como esta es de las ms patticas y conmovedoras, llor un tantico. Despus, como ella saliera de la sala para ir a sus quehaceres, quedeme sola con las tres nias, y all de las mas. En cuarenta aos de piadoso ejercicio en este ajetreo de ablandar muchachas, avivar inclinaciones, y hacer el recado, qu no habr aprendido, niito mo, qu trazas no tendr, qu maquinaciones no inventar, y qu sutilezas no me sern tan familiares como los dedos de la mano? As es que si me hallo con bros para pegrsela al mismo Satans, de quien estos pcaros dicen que soy sobrina carnal, cmo no he de poder pegrsela a doa Mara, que aunque principalota, se deja embobar por un credo bien rezado y por una parla sobre la gente antigua, siempre que cuide uno de adornar el rostro con dos lagrimones, de cruzar las manos y mirar al techo, diciendo: Seor, lbranos de las maldades y vicios de estos modernos tiempos!? --Tu charlatanera me enfada, Alacrana. Qu recado me traes? --Qu recado? Tres das de santa conferencia he empleado, mi nio. Qu ha de hacer la pobrecita? Creo que est dispuesta a echarse fuera y huir contigo a donde quieras llevarla. Para entrar en la casa y en el sagrado tabernculo de su alcoba, ya tienes las llavecitas que has forjado, gracias al molde de cera que te traje. Oh, dichoso, mil veces dichoso nio! Ya sabes que la doa Mara duerme en aquella alcobaza de la derecha y las tres nias en un cuarto interior. La sala y dos piezas ms separan un dormitorio de otro: no hay peligro ninguno. --Pero no te ha dado recado escrito o de palabra? --Me lo ha dado, s seor; a fe que es la nia poco corts para no contestarte. En esta hoja de libro que aqu traigo, marca, apunta y especifica el da, hora y punto en que caer en los brazos de este haraposo la ms... --Calla y dame. --Paciencia. Hoy me ha dicho doa Mara que tiene un dormir tan profundo como el de los muertos. Eso prueba una conciencia tranquila. Dios la bendiga!... Ahora, para darte el documento, deja caer sobre m el roco de esas monedas de oro que me fueron prometidas. Lord Gray dio algunas monedas a la vieja, recogiendo luego un papel que guard en el seno. Despus se levant, dispuesto a partir conmigo. --Vmonos--le dije--o estrangulo a esa maldita bruja. --Es una respetable seora esta doa Eufrasia--me contest con irona--. Admirable tipo que hace revivir a mi lado la incomparable tragicomedia de Rodrigo Cota y Fernando de Rojas. Y luego, volvindose hacia la miserable turba, con voz entre grave y burlona, le dijo: --Adis Espaa; adis soldados de Flandes, conquistadores de Europa y Amrica, cenizas animadas de una gente que tena el fuego por alma y se ha quemado en su propio calor; adis, poetas, hroes y autores del Romancero; adis, pcaros redomados que ilustrasteis, Almadrabas de Tarifa, Triana de Sevilla, Potro de Crdoba, Vistillas de Madrid, Azoguejo de Segovia, Mantera de Valladolid, Perchel de Mlaga, Zocodover de Toledo, Coso de Zaragoza, Zacatn de Granada y los dems que no recuerdo del mapa de la picaresca. Adis, holgazanes que en un siglo habis cansado a la historia. Adis, mendigos, aventureros, devotos, que vests con harapos el cuerpo y con prpura y oro la fantasa. Vosotros habis dado al mundo ms poesa y ms ideas que Inglaterra clavos, calderos, medias de lana y gorros de algodn. Adis, gente grave y orgullosa, traviesa y jovial, fecunda en artificios y trazas, tan pronto sublime como vil, llena de imaginacin, de dignidad, y con ms chispa en la mollera que lumbre tiene en su masa el sol. De vuestra pasta se han hecho santos, guerreros, poetas y mil hombres eminentes. Es esta una masa podrida que no sirve ya para nada? Debis desaparecer para siempre, dejando el puesto a otra cosa mejor, o sois capaces de echar fuera la levadura picaresca, oh nobles descendientes de Guzmn de Alfarache?... Adis, Sr. Monipodio, Celestina, Gardua, Justina, Estebanillo, Lzaro, adis. Indudablemente lord Gray estaba loco. Yo no pude menos de rer oyndole, en lo cual me imitaron los pilletes a quienes se diriga, y pens que las ideas expresadas por l eran frecuentes entre los extranjeros que venan a Espaa. Si eran exactas o no, mis lectores lo sabrn. --Amigo--me dijo el lord--uno de los placeres ms halageos de mi vida es pasar largas horas entre las ruinas. Marchbamos despacio por la muralla adelante hacia las Barquillas de Lope, cuando encontramos a dos padres del Carmen que volvan apresuradamente a su casa. --Adis, Sr. Advncula--dijo lord Gray. --San Simen bendito!--exclam perplejo uno de los frailes--. Es milord! Quin le haba de conocer en semejante traje! Uno y otro carmelita rieron a carcajada tendida. --Voy a soltar el manto real. --Creamos que milord se haba marchado a Inglaterra. --Y me alegr, s seor me alegr--dijo el ms joven--porque no quiero compromisos, y milord me est comprometiendo. Acabronse las condescendencias peligrosas. --Bueno--dijo Gray con desdn. El ms anciano pregunt: --Entr al fin milord en el seno de la iglesia catlica? --Para qu? --Ese traje--dijo fray Pedro Advncula con sorna--indica que milord se prepara a ello con dolorosas penitencias... Veo que ahora usted se las arregla usted por s mismo, y que no necesita amigos. --Sr. Advncula, ya no los necesito. Sabe usted que maana me marcho? --S? Para dnde? --Para Malta. Nada tengo que hacer en Cdiz. Vayan al diablo los gaditanos. --Me alegro. La seora se defiende bien. Su casa es una fortaleza a prueba de galanes. Sabe usted que lo ha hecho por consejo mo? --Picarn!... --De veras que ya no hay nada? --Nada. --Es una determinacin acertada. Hgase usted catlico y le prometo arreglarlo todo. --Ya es tarde. Advncula ri de muy buena gana, y apretando las manos al lord, ambos frailes se despidieron de l con cariosas demostraciones. XXIII Dos horas despus, lord Gray estaba en el saln de su casa, vestido como de costumbre, despus de haber borrado con abundantes abluciones la huella de sus barrabasadas picarescas. Vestido al fin con la elegancia y el lujo que le eran comunes, mand que pusiesen la cena, y en tanto que venan dos personas a quienes dirigi verbal invitacin por conducto de sus criados, pasebase muy agitado en la larga estancia. A ratos me diriga algunas palabras, preguntas incongruentes y sin sentido; a ratos se sentaba junto a m como intentando hablarme, pero sin decir nada. Como el oro improvisa maravillas en la casa del rico, la mesa (slo haba en ella cuatro cubiertos) ofreca esplendidez portentosa. Centenares de luces brillaban en dorados candelabros, reflejndose en mil chispas de varios colores sobre los vasos tallados y los vistosos jarros llenos de flores y frutas. El mismo desorden que all haba, como en todo lo perteneciente a lord Gray, haca ms deslumbradora la extraa perspectiva del preparado festn. Al fin, mostrando impaciencia, dijo el ingls: --Ya no pueden tardar. --Los amigos? --Son amigas. Dos muchachas. --Las que dan quehacer a la seora Alacrana? --Araceli--dijo con inquietud--usted oy el coloquio que conmigo tuvo aquella mujer?... Es una indiscrecin. Los buenos amigos cierran los odos al susurro de lo que no les importa. --Yo estaba tan cerca, y la seora Alacrana se cuidaba tan poco de la presencia de un extrao, que no pude cerrar los odos. Milord, lo o todo. --Pues muy mal, muy mal--exclam con acritud--. Todo aquel que se jacte de conocer lo que yo quiero ocultar hasta de Dios, es mi enemigo. No he dicho lo mismo otra vez? --Entonces reiremos, lord Gray. --Reiremos. --Por tan poca cosa?--dije afectando buen humor, pues no me convena chocar con l en ocasin tan inoportuna--. Yo soy el ms discreto y prudente de los hombres. Usted mismo me ha puesto al corriente de sus aventuras. Vamos, amigo mo, seamos francos. No me dijo usted mismo que pensaba llevrsela a Malta? Lord Gray sonri. --Yo no he dicho eso--exclam vacilando. --Usted... usted mismo. Y yo promet ayudarle en la empresa, a cambio de su auxilio para matar a mi aborrecido rival Currito Bez. --Es verdad--dijo riendo--. Bien, amigo mo. Mataremos a Currito y robaremos a la muchacha. En caso de que necesite ayuda puedo contar con usted? --Sin duda. Slo me falta saber para cundo se dispone el gran golpe. --Qu golpe? --El del rapto. Lord Gray medit largo rato. Sin duda vacilaba en fiarse de m. --Para el rapto no necesito de nadie--dijo al fin--. Necesitar s para huir de Cdiz, lo cual no es cosa fcil. --Yo sacar a usted del apuro. Sepamos cundo... --Cundo? --Para ayudar a usted necesito pedir licencia con anticipacin. --Es verdad. Pues bien. Antes me arrancar la lengua que revelarle a usted todava el lugar y la persona... --Ni yo quiero saberlo: lo que me importa es la hora... --Es cierto... Bien; repito que ni lugar ni persona los sabr usted. Dir nicamente... Sac un papel que reconoc como el mismo que le entregara la Alacrana, y aadi: --Este papel fija da y hora. Ser maana por la noche. --Basta. Es todo lo que necesito saber. Maana por la noche. --Lo dems no lo dir ni a mi sombra. Temo traiciones y emboscadas y desconfo hasta de mis mejores amigos. --Ni yo quiero ser indiscreto preguntando... No me importa. Me basta saber que maana a la noche tengo que venir a Cdiz para ponerme a disposicin de un amigo a quien estimo mucho. Yo pens que lord Gray escondera de mis ojos el papel que tan extraos avisos traa para l, pero con gran sorpresa ma, me lo mostr. Era una hoja de un libro, en cuyo margen haba algunas rayas con lpiz. --Esta es la carta? A fe que no puedo entender lo que dice, ni es fcil conocer el carcter de la escritura. --Yo lo entiendo bien... Estas rayas se refieren a determinadas letras de los renglones impresos y con un poco de paciencia se descifra. Pero me parece que sabe usted bastante. Silencio, pues, y no se nombre ms este asunto. Me mortifica, me pone nervioso y colrico el ver que hay alguien que posee una parte de mi secreto. Ahora no pensemos ms que en Currito Bez. Amigo, siento deseo irresistible, anhelo profundo de matar a un hombre. --Yo tambin. --Cundo le despachamos? --Maana por la noche se lo dir a usted. --Quiere usted que le ejercite un poco en la esgrima? --Nada ms oportuno. Vengan los floretes. Espero adquirir de aqu a maana tanta destreza como mi maestro. Empezamos a tirar. --Oh, qu fuerte est usted, amigo!--dijo al recibir una estocada medianilla. --No estoy mal, no. --Pobre Currito Bez! --S. Pobre Currito Bez! Maana veremos. Son en la escalera gran estrpito, suspendimos al punto el juego, permaneciendo con los floretes en la mano en actitud observadora, y he aqu que entran metiendo ruido y cual brazos de mar que todo lo arrollan e inundan delante de s, dos mozas de lo mejor que puede criar Andaluca. Las conocis? Eran Mara Encarnacin llamada la Churriana y Pepilla la Poenca, a quien nombraban as por ser sobrina del Sr. Poenco. --Endinote!--exclam una corriendo ligersima hacia mi amigo--. Cmo tanto tiempo sin verte? No sabas que esta probe se estaba muriendo? --Miloro est encalabrinao por aqu dentro, y ya no quiere nada con la gente de la Via. --Amable canalla--dijo el ingls--, sentaos. Sentaos y cenemos. Los cuatro tomamos asiento y no pas despus nada digno de contarse, por lo cual me abstengo de quitar espacio y atencin a asuntos de mayor importancia. XXIV D. Diego de Rumblar fue a despertarme a mi alojamiento en la tarde del siguiente da. No habiendo podido dormir en la noche, haba pasado en calenturientos sueos parte del da, y me hallaba al despertar afectado de gran postracin. Mi alma llena de tristeza se abata, incapaz del menor vuelo, y encontrndose inferior a s misma, hasta pareca perder aquella antigua pena que le producan sus propias faltas, y se adormeca en torpe indiferencia. Tolerante con los errores, con los extravos, con el mismo vicio, iba degradndose de hora en hora. D. Diego me dijo: --Te participo que el sbado de esta semana tendrn lugar en casa dos acontecimientos. Yo me caso y mi hermana entrar de novicia en las Capuchinas de Cdiz. --Lo celebro. --Ya he perdido aquellos escrpulos, hijos de una delicadeza excesiva y ridcula. Mi mam me dice que soy un asno si al punto no me decido. --Tiene razn. --Adems, chico, has de saber que mi mam me ha sitiado por hambre. --Por hambre! --S, hombre. Asegura que nuestra fortuna est por los suelos a causa de la guerra, y luego aade: Como no te cases, hijo, no s cmo podremos vivir!. A todas estas ni un real para mis gastos. Eminente joven, gloria de la patria, si le prestaras cuatro duros al seor conde de Rumblar, Europa entera te lo agradecera. Le di los cuatro duros. --Gracias, gracias, benemrito soldado. Te los pagar cuando me case. Dime, no te parece que hago bien en desechar vanos escrpulos? --Eso qu duda tiene? --Lord Gray no ha vuelto por casa; nadie sabe dnde est, y es probable, que haya marchado a Inglaterra. --Creo que en efecto se ha marchado a su pas. --Te advierto que mi novia no me puede ver ni pintado; pero eso no hace al caso. Mi madre me ha bloqueado por mar y tierra, y yo me rindo, chico, me rindo a discrecin. Con mi seora mam no hay burlas, amiguito. Si vieras qu coscorrones me da... He tenido que hacer llaves nuevas para poder salir de noche. Pues y mis hermanitas y mi novia? Hace lo menos dos meses que no saben de qu color es la calle. Ni siquiera salen a misa; en paseos no hay que pensar. Han sido clavados por dentro los cristales de los balcones, y no se les permite que tengan a la mano papel, tinta ni plumas. Las tres infelices estn que da lstima verlas de marchitas y acongojadas, y de seguro preferiran la peor vida del mundo a la que ahora llevan, aguantando con gusto palos de marido o rigores de abadesa, con tal de abandonar las sombras mazmorras de mi casa. No ven a otros hombres que a m y a D. Paco. Te parece que estarn divertidas? --Usted sale por las noches de su casa? --S; no sabes que ahora voy todas las noches a una reunin de hombres solos donde se trata de poltica? Encantadora, deliciosa es la poltica! Pues te dir: nos juntamos en una casa de la calle de la Santsima Trinidad y all estamos horas y ms horas hablando de la democracia y del servilismo, diciendo perreras de los frailes escribiendo a trozos el graciossimo papel satrico que se llama el Duende de los Cafs. Nos ocupamos de la vida y milagros de todo quisque, y criticamos sin piedad. Pero lo ms salado es aquella parte en la cual con mucho donaire nos burlamos de los clrigos, de la Inquisicin, del Papa, de la santa Iglesia y del Concilio de Trento. tame esa mosca... --Por fuerza anda en ese lo el gran Gallardo. --Si mi madre supiera esto, me colgara del techo de la sala, ya que no tenemos almenas en que hacer conmigo un escarmiento. Vamos ahora a la tertulia. Tambin nos reunimos de da. Hoy van a leer un folleto que ha escrito uno en contestacin al Diccionario manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocacin han nacido en Espaa. Conoces ese librito? Es una sarta de necedades. Ostolaza lo ha llevado a casa, y por las noches l, el Sr. Teneyro y mam lo leen y celebran mucho sus sandios chistes y groseras. Vers el que va a salir en contestacin. --Por pasar el rato iremos all--dije disponindome a salir. --Esta noche--aadi--iremos a casa de Poenco. Te convido a echar unas copas... --Magnfica idea. Cuando la seora doa Mara duerma sale usted, se mete la llave en el bolsillo, y a casa de Poenco... Pasaremos una buena noche. S que estarn all Mara Encarnacin y Pepilla y la Poenca. --Me chupo los dedos, amigo Araceli, con la noticia. All voy de cabeza. Mi seora madre duerme como una piedra, y no advierte mis escapatorias. --Pero lo advertirn las hermanitas. --Ellas lo saben, y me impulsan a salir para que les cuente lo que ocurre por ah durante la noche. Tambin voy al teatro. Las pobrecitas llevan una vida... Como duermen juntas las tres en una misma alcoba, se entretienen de noche contndose historias en voz baja. Llegamos a la calle de la Santsima Trinidad y en un cuarto bajo, oscuro y humildsimo, haba hasta dos docenas de personas de diferentes edades, aunque abundaban ms que los viejos los jvenes, todos alegres y bulliciosos, como grey estudiantil, vestidos de voluntarios los unos y con sotana un par de ellos, si no estoy trascordado. Describir la confusin y bulla que all reinaba fuera imposible; pintar la variedad de sus fachas, la movilidad de sus gestos y la comezn de hablar y rer que les posea, fuera prolijo. Unos se sentaban en desvencijadas sillas, otros de pie sobre las mesas haciendo de estas tribuna, se adiestraban en el ejercicio parlamentario; algunos disputaban furiosamente en los rincones, y no faltaba quien en las rodillas o sobre el breve espacio de mesa que dejaban libre los pies de los oradores, emborronaba cuartillas. Era aquello un nido, una hechura de polticos, de periodistas, de tribunos, de agitadores, de ministros, y daba gusto ver con cunto donaire rompan el cascarn los traviesos polluelos. Aquello era club incipiente, redaccin de peridico, academia parlamentaria, todo esto, y algo ms. Qu hervidero! Cuntas pasiones, cuntas crisis, cuntas revoluciones, cunta historia, en fin, bullan dentro da aquel pastel que acababa de ponerse al fuego! Los huevecillos que deposita la mariposa para dar vida al gusano no se abren, no echan fuera la diminuta criatura, ni esta se desarrolla con ms presteza al calor de la primavera que aquellos inocentes embriones de gente poltica. Su precocidad asombraba, y oyndoles hablar, se les crea capaces de dar guerra al universo entero. Al punto D. Diego y yo fuimos tratados como antiguos amigos. --Ahora va a venir ese insigne bibliotecario de las Cortes--dijo uno--y nos acabar de leer su obra. --Ya veo cmo tiemblan los frailes panzudos y los rollizos cannigos. Yo he dicho que debe grabarse letra por letra con oro y plata en las esquinas de las calles. --Aqu est, aqu est el insigne Gallardo! Era altsimo, flaco, desgarbado, amarillento, siendo de notar en su rostro la viveza de los ojos as como la regular longitud de las abanicadas orejas. Singular hombre! Cincuenta aos despus le habis visto en las calles de Madrid desfigurado por el medio siglo; pero siempre distinguindose muy bien por la prolongacin longitudinal de su persona; le habris visto siempre flaco, siempre amarillo, pero antes atrabiliario que jovial, marchando aprisa con los bolsillos de un como redingot gris llenos de libros viejos, con su sombrero de hule hecho a las injurias de aguas y soles; y si por acaso dirigisteis vuestros pasos a la Alberquilla, dehesa prxima a Toledo, le verais all sepultado en una biblioteca, donde le devoraba, como a D. Quijote la caballera, la estupenda locura de los apuntes; le verais encerrado semanas enteras, sin tomar otro alimento que el modestsimo de una diaria racin de sopas de leche. Algo haba en aquella cabeza, para ofrecer el fenmeno de que sabiendo cuanto haba que saber en materia de libros, y siendo el almacn de apuntes y datos y noticias ms colosal que ha existido en el mundo, jams hiciese cosa de provecho. Pero ustedes no conocieron a Gallardo como yo le conoc, en la plenitud de su frenes clerofbico; ustedes no le oyeron leer como yo las clebres pginas del Diccionario burlesco, el libro ms atroz y ms insolente que contra la religin y los religiosos se haba escrito en Espaa. Estaba posedo de un estro impo, y fue la primera musa de esa grrula poesa progresista que durante muchos aos atont a la juventud, persuadindola de que la libertad consiste en matar curas. --A leer, a leer!--gritaron seis o siete voces. --Has acabado el prrafo del cristianismo? --Calma y no me vuelvan loco--dijo Gallardo sacando unos papelotes--. No se puede ir tan aprisa. --Si ests a la mitad, insigne bibliotecario, habrs llegado al parrafillo de la Inquisicin que caer en la I. --No, porque pongo la Inquisicin en la y griega. Grandes y estrepitosas y retumbantes risas. --Atended un poco. A ver qu os parece esto de la Constitucin--dijo sentndose, mientras se formaba corrillo en torno suyo--. Ya sabis que el asno hilvanador del Diccionario manual deca que la Constitucin ser una taracea de prrafos de Condillac cosidos con hilo gordo... Pero mirad antes cmo defino el Cristianismo. Digo as: Amor ardiente a las rentas, honores y mandos de la Iglesia de Cristo. Los que poseen este amor saben unir todos los extremos y atar todos los cabos, y son tan diestros que a fuerza de amor a la esposa de Jesucristo, han logrado tener a su disposicin dos tesoreras, que son las del arca-boba de la corte de Espaa y la de los tesoreros de las gracias de la corte de Roma. Ya veis que he parafraseado lo que dijo el Manual en el prrafo del Patriotismo. --Bartolillo--pregunt uno--, y no le has contestado nada a aquello de que el alma es un huesecillo o ternilla que hay en el celebro, o segn otros en el diafragma, colocado as como el palitroquillo que se pone dentro de los violines? --Paciencia. All va lo que pongo a la voz Fanatismo... Enfermedad fsico-moral, cruel y desesperada, porque los que la padecen aborrecen ms la medicina que la enfermedad. Es una como rabia canina que abrasa las entraas, especialmente a los que arrastran holapandas. Los sntomas son bascas, convulsin, delirio, frenes; en su ltimo perodo degenera en licantropa y misantropa, en cuyo estado el enfermo se siente con arranques de hacer una gran hoguera para quemar a medio linaje humano. --Eso est bien dicho; pero algo fro, Bartolo. --Duro, ms duro en ellos. Veamos cmo te desenvuelves en la voz Fraile. --Frailes... Atencin--continu el lector--. Una especie de animales viles y despreciables que viven en la sociedad a costa de los sudores del vecino en una especie de caf-fonda, donde se entregan a todo gnero de placeres y deleites, sin ms que hacer que rascarse la barriga. Aqu no pudieron contener los mozalbetes su entusiasmo, y fue tal la algazara y el jaleo de pies y manos, que los transentes se detenan en la calle sorprendidos por el estentreo ruido. --Vaya, seores, que no leo ms--dijo Gallardo guardando sus papeles con orgullo--. Esto va a perder la novedad cuando se publique. --Bartolo, echa el Obispo. --Bartolo, lenos el Papa. --Eso se quedar para maana. --Ya andan por ah los Zampatortas con la cabeza inclinada como higo maduro desde que saben va a salir tu Diccionario. --Bartolo, escribes hoy algo contra Lardizbal? Lardizbal, individuo de la Regencia que haba dejado de funcionar el ao anterior, public en aquellos das un tremendo folleto contra las Cortes. --Yo? Jams le he echado paja ni cebada al seor Lardizbal. --Hombre, defendamos la soberana de la nacin. --Si no tiene ms enemigos que Lardizbal... Sopla, y vivo te lo doy... --Maana saldr bueno nuestro Duende. --Cuando sea diputado--dijo uno que por lo enteco pareca sietemesino--pedir que todos los frailes que hay en Espaa sean destinados a dar vueltas a las norias para sacar agua. --De ese modo se regar muy bien la Mancha. --Seores, no olvidarse de que maana habla Ostolaza y quizs D. Jos Pablo Valiente. --Hay que ir a la tribuna. --Yo esperar en la calle para ver la funcin de salida. --Eh... Antonio, chanos un discurso. --Un discurso como el de anoche, y sobre el mismo tema de la democracia. --Pero no digas, como el Diccionario manual, que la democracia es una especie de guarda-ropa en donde se amontonan confusamente medias, polainas, botas, zapatos, calzones y chupas, con fraques, levitas y chaquetas, casacas, sortes y capotes ridculos, sombreros redondos y tricornios, manteos y unos monstruos de la naturaleza que se llaman abates. --De ese modo ha querido pintar a las Cortes. --La democracia--dijo otro mozalbete con voz elocuente, aunque ceceosa--es aquella forma de gobierno en que el pueblo, en uso de su soberana, se rige por s mismo, siendo todos los ciudadanos tan iguales ante la ley que ellos se imponen, como lo somos los desterrados hijos de Eva a los ojos de Dios. --Hombre, repteme eso que es muy bonito, y quiero aprenderlo de memoria para decrselo a mi pap esta noche al tiempo de cenar. A mi pap, que es muy liberal, le gustan estas cosas. Yo me aburra entre aquella gente, sin poder sacar sustancia de tan inaguantable confusin de voces diversas, ni de aquel laberinto de opiniones, de insensateces, de puerilidades, manifestadas en coro inarmnico, cuyo susurro hubiera enloquecido la cabeza ms fuerte. Dije a D. Diego, que me marchaba, y l se empe en que le acompaase hasta el fin. --Yo oigo atentamente todo lo que hablan--me dijo--para aprendrmelo de memoria y soltarlo despus en los cafs y en los ventorrillos. De este modo voy adquiriendo fama de gran poltico, y cuando me acerco a la mesa del caf, todos me dicen: a ver, D. Diego, qu piensa usted de la sesin de hoy. Nos detuvimos un poco ms; pero al fin pude sacarle con grandes esfuerzos de all, y nos marchamos a tomar el fresco a la muralla. --Qu dira doa Mara--le pregunt--si ahora me presentase yo en la casa? --Hombre, se me figura que mi seora madre no te juzga del todo mal. Ostolaza dice de ti mil herejas; pero mam se opone a que hablen mal de nadie delante de ella... Sin embargo, tienes en casa fama de ser un terrible conquistador de hermosuras. Ms vale que no vayas all. Ah, pcaro!, ya s que te gusta mi hermanita Presentacin. Todos los das me pregunta por ti... Por mi parte si la quieres... yo s que eres un hombre honrado. --En efecto, me agrada. --Como que te la llevaste a las Cortes una tarde... S, cuando salieron y cay la bomba, y les dio auxilio el padre Pedro de Advncula... El pobre D. Paco estuvo enfermo cinco das... volvi a casa lleno de bizmas, porque el estallido de la bomba, asmbrate, chico!, le moli como si le hubieran dado una paliza. --Desgraciado preceptor!... No olvide usted, amiguito, que esta noche hemos de ir a casa de Poenco. --S; a olvidarme iba. Las carnes me tiemblan ya del gusto. Dices que va Pepilla la Poenca? --Y toda la flor de la majeza. --Me parece que no ha de llegar el momento en que mi seora mam cierre los ojos. --Aguardo en Puerta de Tierra. --Puerta del Cielo deba llamarse. Ir tambin la Churriana? --Tambin. --Pues aunque supiera que mi mam estaba en vela toda la noche... adis... me voy a cenar y a rezar el rosario. Dentro de hora y media estar all... Tunante, dir a Presentacin que te he visto. Qu contenta se va a poner! Cuando nos separamos visit de nuevo a lord Gray, y como le encontrara dispuesto a salir a la calle, le dije: --Milord, la seora condesa (Amaranta) me encarg ayer que rogase a usted pasase a verla. --Ahora mismo marchar all... Est usted libre esta noche? --Libre, y a la orden de usted. --Ser algo tarde cuando yo necesite de su auxilio. Dnde nos encontraremos? --No es preciso fijar sitio--repuse--. Yo tengo la seguridad de que nos encontraremos. Una splica tengo que hacer a usted. Mi espada no es buena. Quiere usted prestarme esa magnfica hoja toledana que est en la panoplia? --Con mil amores: ah va. Dimela, y cambi su arma por la ma. --Pobre Currito Bez!--dijo riendo--. Han fijado ustedes el duelo para esta noche. Pero, amigo mo, yo no puedo estar en todas partes. Esta noche no podr asistir a la muerte de ese hombre. --Pues no ha de poder? Hay tiempo para todo. --Fijemos horas. --No es preciso. Ya nos encontraremos. Adis. --Pues adis. Era de noche y corr al ventorrillo. Don Diego tard mucho; pas una hora, pasaron dos y yo no caba en m de ansiedad y afn. Por fin le vi aparecer y calmose mi febril impaciencia con su llegada. --Poenco--grit dando manotadas sobre la mesa--trae manzanilla. Hay algo de pescado para hacer sed?... Querido Gabriel, hombre benvolo y caritativo, pongo en tu conocimiento que ahora al pasar por la calle del Burro me dieron ganas de entrar en casa de Pepe Caifs, y all perd los cuatro duros que me diste esta tarde. Llevaras tu longanimidad hasta el extremo de darme otros cuatro? Ya sabes que me caso pronto. Le di lo que me peda. --Seor Poenco, dnde est Pepilla? --Ha ido a confesar y est haciendo penitencia. --A confesar! Tu hija se confiesa? No la dejes acercarse a ningn fraile. Ya sabes que los frailes son unos animales viles y despreciables que viven en la ociosidad y holganza en una especie de caf-fondas donde se entregan a todo gnero de placeres... --Todo lo que gastemos lo pago yo, to Poenco--dije--. Venga Jerez. --Gracias, gracias, valiente soldado. Siempre has sido generoso. De modo que podr emborracharme... Poenquillo, me sabrs decir dnde se puede ver esta noche a Mara Encarnacin? --Seorito D. Diego--dijo el pcaro--no me comprometer yo a decirle dnde est, manque me diera esos cuatro soles de plata mejicana, porque Mara Encarnacin sali de aqu con Currito Bez, y tomando hacia la calle del Torno de Santa Mara... ctera, ctera. Entraron varios majos ya de nosotros conocidos, y D. Diego les convid a beber, lo cual lejos de molestarles les caus muchsimo agrado. --Vienes de las Cortes, Vejarruco?--pregunt D. Diego a uno de ellos. --S... y qu borrasca han armado all con el pap de Lardizbal. --Toos, toos son unos pillos--exclam Lombrijn--. Qu gomitaeras tena aquel diputao alto, berrendo, querencioso, y qu cosas les dijo cuando le dio aquel spito, engrimpolndose too!... --Qu entiendes t de eso, Lombrijn?... Si lo que dijo fue que el puebro... --En las orejas tengo el voquible, Vejarruco. Fue lo de la mococrasia... --Apostad a cul es ms bruto--dijo don Diego con pedantera--. La democracia, y no la mococrasia es aquella forma de gobierno en que el pueblo, en uso de su soberana se rige por s mismo, siendo todos los ciudadanos iguales ante la ley... --Justo y cabal. Qu bien parla este angelito! Si en mi poder estuviera, maana sera diputado. --Algn da me votaris, amigos Vejarruco y Lombrijn--dijo mi amigo sintiendo ya en su cabeza con los vapores del generoso licor el humo de la vana ambicin. --Viva el puebro soberano!--grit Vejarruco. --Vivan las Cortes!--gru Lombrijn batiendo palmas con el ritmo de la malaguea--. Lo que igo es que un ruedo de muchachas bailando, con un par de guitarras y otros tantos mozos genos y un tonel de lo de Trebujena que d gelta a la reonda, me gustan ms que las Cortes, donde no hay otra msica que la del cencerro que toca el presiente y el romrom de los escursos. --Que vengan las muchachas, que vengan las guitarras--grit el de Rumblar, dueo ya tan slo de la mitad de su corto entendimiento. --Poenco, si las traes te hacemos... --Te hacemos diputao... --Qu es eso? Menistro! Viva la libertad de la imprenta y el menistro se Poenco! Mientras de este modo se enardeca el espritu y se exaltaban los sentidos de aquellos brbaros, iba pasando mucho tiempo, ms tiempo del que yo quera que pasase sin poner en ejecucin mi pensamiento. Haban sonado las nueve, las diez, casi las once. Ms fuerte que si tuviera algo dentro, la cabeza de mi amigo D. Diego resista a frecuentes trasiegos del ardiente lquido; pero cuando vinieron las mozas y comenz la msica, el noble vstago perdi los estribos y dio con su alma y su cuerpo en el torbellino de la ms grosera orga que ventorrillo andaluz puede ofrecer al sibaritismo. Bail, cant, pronunci discursos polticos sobre una mesa, imit el pavo y el cerdo, y por ltimo, ya muy tarde, cuando el afn me devoraba y la impaciencia me tena nervioso y aturdido, dio con su noble cuerpo en tierra, cayendo inerte, como un pellejo de vino. Las mozas formaban elegantes parejas con Vejarruco y Lombrijn; los guitarristas se divertan por su cuenta en otro extremo de la taberna, roncaba como una bestia enferma el gran Poenco y la ocasin era propicia para m. Tom las dos llaves que el durmiente D. Diego llevaba en su bolsillo, y corr como un insensato fuera de la taberna. La repugnante zambra habase alargado bastante, porque eran ya casi las doce. XXV Yo no corra, volaba, y en poco tiempo llegu a la calle de la Amargura, mortificado por el recelo de acudir tarde. Un hombre que se lanza desesperado al crimen no experimenta en el instante de perpetrar su primer robo, su primer asesinato, emocin tan viva como la que yo experiment cuando introduje la llave, cuando le di vueltas poco a poco para evitar todo ruido, cuando empujando la puerta ya abierta, esta cedi ante m sin rechinar, merced a las precauciones que con este fin haba tomado D. Diego. Entr, y por un rato halleme desorientado en la profunda oscuridad del zagun; pero a tientas y cuidadosamente pude llegar al patio, donde la claridad del cielo que por la cubierta de vidrios entraba, me permiti marchar con pie ms seguro. Abriendo la segunda puerta que daba paso a la escalera, sub muy despacio asido al barandal. El corazn me lata con loca presteza, parecindome tan desmesuradamente ensanchado, que experiment la sensacin de llevar dentro del pecho un objeto mayor que la casa en que estaba. Me tent la espada, por ver si estaba en mi cintura, y prob si sala con holgura de la vaina. En las sombras que me rodeaban, crea ver a cada instante la imagen de lord Gray y otra imagen, corriendo ambas fuera de la casa profanada. Verdaderamente, seores, discurriendo con serenidad, no poda darme cuenta del objeto de mi arriesgada expedicin all dentro. Iba a satisfacer en la persona de lord Gray mi anhelo de venganza, iba a gozarme en mi propio desaire o a impedir la violenta determinacin de los locos amantes? Yo no lo saba. En mi pecho bullan ardientes furores, y se quemaba mi frente circundada por anillo de candente hierro. Los celos me llevaban en sus alas negras llenas de agudas uas que desgarran el pecho, y dejndome arrastrar, no poda prever cul sera el trmino de mi viaje. Al llegar al corredor de cristales que daba vuelta a todo el patio, percib con claridad los objetos, por la mucha luz de la luna que all penetraba. Entonces medit, y formulando vagamente un plan, dije: --Aqu buscar un sitio donde ocultarme. Lord Gray no puede haber llegado todava. Le espero, y cuando venga le saldr al paso. Puse atento el odo, y cre sentir un rumor vago. Parecame ruido de faldas y pasos muy tenues. Aguardando un rato, al cabo distingu una forma de mujer que sala al corredor por la puerta menos prxima al sitio donde yo me encontraba. Haba all un alto, pesado y negro ropero que proyectaba sombra muy oscura sobre sus costados, y junto a l me guarec. Atisb la figura que se acercaba, y al punto la reconoc. Era Ins. Acercbase ms, y al fin pas por delante de m. Yo me aplast contra la pared: hubiera querido ser de papel para ocupar el menor espacio posible. A la escasa luz pude advertir en ella una gran confusin. Ins iba hacia la escalera, volva, tornaba a adelantar, retrocediendo despus. Sus ademanes indicaban zozobra vivsima, ms que zozobra, desesperacin. Exhalaba hondos suspiros, miraba al cielo como implorando misericordia, reflexionaba despus con la barba apoyada en la mano, y al fin volva a sus anteriores inquietudes. --Es que le espera--dije para m--. Lord Gray no ha venido. Ins entr de repente en las habitaciones y sali al poco rato con un largo mantn negro sobre la cabeza. Andaba con gran cautela, y sus delicados pies pareca que apenas esfloraban los ladrillos del piso. Volvi a pasar junto a m, dirigindose a la escalera, pero retrocedi otra vez. --Est loca--pens--se dispone a salir sola. Sin duda l le espera en la calle. La muchacha descendi dos o tres peldaos, y torn a subir. Entonces observ claramente su rostro; estaba muy inmutada. Balbuca o ceceaba, y su soliloquio, en que se le escapaban voces articuladas, era de los que indican una gran agitacin del alma. Algunas voces tenues y confusas que salan de sus labios, llegaron a mi odo y percib con toda claridad estas dos palabras: Tengo miedo. Al pasar cerca de m, no s si sinti mi respiracin o el roce de mi cuerpo contra la pared, porque me era imposible permanecer en absoluta quietud. Estremeciose toda, mir al rincn, y de seguro me vio, es decir, vio un bulto, un fantasma, un ladrn, cualquiera de esos vestigios o imaginarios duendes de la noche, que asustan a los nios y a las muchachas tmidas. En el paroxismo de su miedo, tuvo, sin embargo, bastante presencia de nimo para no gritar; quiso correr, mas le faltaron las fuerzas. Maquinalmente sal de mi escondite, dando algunos pasos hacia ella, la vi temblorosa con los ojos desencajados y las manos abiertas, acerqueme ms, y le dije en voz muy baja: --Soy yo; no me conoces? --Gabriel--dijo como quien despierta de un mal sueo--. Cmo has entrado aqu? Qu buscas? --No me esperabas sin duda. Su acento de profunda sorpresa no indicaba pesadumbre ni contrariedad. Despus aadi: --No parece sino que te ha enviado Dios en socorro mo. Acompame: tengo que salir a la calle. --A la calle!--exclam ms desconcertado an. --S--dijo recobrando la zozobra que al principio haba advertido en ella--; quiero traerla aunque sea arrastrada por los cabellos... Ay! Gabriel, estoy tan angustiada que no s cmo contarte lo que me pasa. Pero vamos, acompame. No me atreva a salir sola a estas horas. Diciendo esto tomaba mi brazo, y con impulso convulsivo me empujaba hacia la escalera. --Esta casa est deshonrada... Qu vergenza! Si maana despierta doa Mara y no la encuentra aqu... Vamos, vamos. Yo espero que me obedecer. --Quin? --Asuncin. Voy a buscarla. --En dnde est? --Se ha marchado... Ha huido... Vino lord Gray... En la calle te contar... Hablbamos tan bajo que nos decamos las palabras en el odo. En un instante y andando con toda la prisa que permita la oscuridad de la casa, bajamos, abrimos las puertas y nos encontramos en la calle. --Ay!--exclam al ver cerrar por fuera la puerta--. En mi atolondramiento se me olvidaba, al querer salir, que no tena llaves para abrir la puerta. --Pero a dnde vas t, a dnde vamos? --Corramos--dijo aferrndose a mi brazo. --A dnde? --A la casa de lord Gray. Aquel nombre encendi de nuevo mi sangre, y pregunt con desabrimiento: --Y a qu? --A buscar a Asuncin. Tal vez lleguemos a tiempo para impedir su fuga de Cdiz... Est loca esa muchacha, loca, loca, loca... Gabriel, con qu objeto entrabas esta noche en la casa? Ibas a buscarme?... Ibas de parte de mi prima? --Pero lord Gray... Explcame eso. --Lord Gray entr esta noche. Asuncin le esperaba... levantose callandito de su cama y se visti. Yo despert tambin... Asuncin se llega a mi cama cuando iba a partir, y besndome, en voz muy bajita me dijo: Ins de mi corazn, adis, me voy de esta casa. Yo salt de mi cama, quise detenerla, pero la pcara lo tena todo muy bien dispuesto y sali con gran ligereza. Quise gritar, pero tuve miedo... La idea de que despertase doa Mara en aquel instante me haca temblar... Se fueron muy despacito, y cuando me qued sola... Ay! La insensatez de esa muchacha, a quien todos tienen por santa, me enardeca la sangre. Lord Gray la ha engaado; lord Gray la abandonar... Vamos, vamos pronto. --Me parece que estoy soando! De modo que Asuncin... Pero qu vamos a hacer, qu vamos a decir a Asuncin y a lord Gray? --Y eso dice un hombre, un caballero, un militar que lleva una espada? Cuando les vi salir sent un impulso de clera... quise correr tras ellos... luego me ocurri llamar a los de la casa... pero despus, pensando que lo mejor sera impedir la fuga de Asuncin, discurr si podra traerla de nuevo a casa, con lo cual la condesa no se enterar de nada... Yo ped auxilio al cielo y dije: Dios mo, qu puede hacer una mujer, una pobre y desvalida mujer, contra la perfidia, la astucia y la fuerza de ese maldito ingls? Dios poderoso, aydame en esta empresa. Cuando yo deca esto te me presentaste t. --Y cul es tu intencin? --Yo dudaba si salir o no. Era una locura salir... Qu hubiera podido lograr sola? Nada. Ahora es distinto. Me presentar en casa de ese bandido; procurar convencer a esa desgraciada de la miserable suerte que le espera. Oh!, nunca la cre capaz de acto tan abominable... Har lo posible por trarmela conmigo. Un hombre me acompaa, no temo a lord Gray, y veremos si persiste en sus viles proyectos delante de m. --No persistir. Lo que est pasando es un plan admirable de la Providencia. --La pobre Asuncin es una tonta. Su fondo es bueno, pero con la santidad, con el encierro y con lord Gray se le ha convertido la imaginacin en un hervidero. Nos queremos mucho. Varias veces he conseguido de ella con mis cariosas amonestaciones ms que su madre con el rigor y toda la Iglesia catlica con sus santidades... Volver, volver con nosotros... Qu peligroso paso!... Ella y yo fuera de casa!... Corramos, corramos. La casa de ese hombre est en el fin del mundo. --Lord Gray abandonar su presa. Ya pronto llegamos. Lord Gray tendr el castigo que merece. --As te oyera Dios! Pobre Asuncin! Pobre amiga! Tan buena y tan loca! Se me parte el corazn al considerarla deshonrada y perdida para siempre. La arrancaremos de manos de su seductor... No, no huir de Cdiz... An faltan muchas horas para el da... Vamos, corramos pronto. XXVI Por fin llegamos a casa de lord Gray. Toqu fuertemente a la puerta y un criado sooliento y malhumorado baj a abrirnos. --El seor no est--nos dijo. Creyendo que nos engaaba, empuj puerta y portero para abrir paso, y entramos diciendo: --S est. Me consta que est. Como la casa de lord Gray era centro de aventuras, y all entraban con frecuencia hombres y mujeres a distintas horas del da y de la noche, el criado no puso obstculo a que invadiramos imperiosamente la casa, y guindonos a la sala, encendi luces, sin cesar de repetir: --El seor no est, el seor no ha venido esta noche. Ins, desfallecida, dejose caer en un silln. Yo recorr la casa toda, y en efecto, lord Gray no estaba. Despus de mis pesquisas Ins y yo nos miramos con angustiosa perplejidad, confundidos ante la inutilidad del arriesgado paso que habamos dado. --No estn, Ins. Lord Gray ha tomado sus precauciones y es intil pensar en impedir la fuga. --Intil!--exclam con dolor--. No s qu pensar. Llvame otra vez a mi casa. Dios mo santsimo, si me sienten llegar contigo!... Si doa Mara se levanta y ve que Asuncin y yo no estamos all!... Esto ha sido una locura! Desgraciada Asuncin! Tan buena y tan loca! Ins lloraba con vivo dolor la prdida de su amiga. --Para m es como si hubiera muerto--aadi--. Que Dios la perdone! --Engaado por su aparente santidad, jams cre que tuviera tan ciega pasin por un hombre. --Su hipocresa es superior a todo lo que puede concebirse. Ha aprendido a disimular con tal arte sus sentimientos, que todos se engaan respecto a ella. --Para decrtelo todo de una vez, Ins, yo cre que la que amaba a lord Gray eras t. Todos, incluso Amaranta, crean lo mismo. --Ya lo s. Yo misma tengo la culpa de esto, porque deseando evitar a mi amiga las crueles reprensiones y castigos de su madre, callaba y sufra siempre, y las sospechas caan sobre m. Conmigo tenan cierta tolerancia, y como slo se trataba de cartitas y tonteras, dej correr el engao, pasando por casquivana... Algunas veces me apropiaba deliberadamente las faltas de Asuncin, por el beneficio que me traan... no entiendes? Mi mayor gusto era ver rabiar a D. Diego, diciendo que no se casara nunca conmigo. --l espera que pronto le dars tu mano. Por primera vez en aquella noche la vi rer. --Yo saba--aadi despus--que todas las sospechas caan sobre m, y callaba. Jams hubiera delatado a la pobre Asuncin. Esperaba arrancarle de la cabeza esa locura, y en una ocasin cre conseguirlo. Lord Gray pona en juego mil ingeniosas estratagemas... T sabes todo lo que pas el da que fuimos a las Cortes?... Hombre ms original!... Yo esperaba que siguieras yendo a casa por la noche... te hubiera informado de todo... Pasaron das y meses, y entretanto, sola y abandonada de todos, necesitaba valerme de mis propios esfuerzos para ir prolongando, prolongando mi situacin, con la esperanza de verme libre algn da... Pero marchemos al punto de aqu. Dios mo, qu tarde! --Ins, te he recobrado, te he reconquistado despus de creerte perdida para siempre--afirm olvidando la situacin en que nos encontrbamos--. Has resucitado para m. Querida ma, imitemos la conducta de Asuncin y lord Gray, y vmonos por esos mundos! Me mir con severidad. --Deseas volver a aquella horrible prisin, ms cerrada y ms sombra que la casa de los Requejos?--le dije con exaltacin, estrujando sus manecitas entre las mas. --Ms vale esperar--me contest--. Llvame a mi casa. --Otra vez all!--exclam detenindola en su marcha con la barrera de mis brazos, que hubieran querido ser muralla indestructible para separarla del resto del mundo--. Otra vez all! Ya no te volver a ver ms. Se cerrarn las puertas de ese purgatorio presidido por doa Mara, y adis para siempre. Querida ma, vamos a casa de la condesa; all te convenceremos. Sabrs lo que importa ms que nada en el mundo. Ins demostraba gran impaciencia. --Pero un momento ms, un momento! Pasan meses sin verte. Sabe Dios hasta cundo no nos veremos. No sabes lo que me pasa? El gobierno ha dispuesto que salga una expedicin para desembarcar en Cartagena y socorrer a las partidas de Castilla. Me han designado para formar parte de ella. Pobre soldado, tengo que obedecer. Cundo nos volveremos a ver? Nunca. No te separes de m esta noche. Salgamos de aqu, y te llevar al lado de la condesa, tu prima. --No, a casa, a casa! --La puerta de aquella mansin me parece que es la losa de tu sepulcro. Cuando se cierre, dejndote dentro, todo se acab. --No, yo no quiero salir como Asuncin, acechando el sueo de su madre para escapar. Yo no quiero salir as de mi encierro, sino en pleno da, con las puertas abiertas y a la vista de todos. Vmonos. Qu locura he hecho esta noche, Dios mo! Asuncin, dnde ests? Has muerto ya para m y para los dems?... No puedo estar aqu ni un instante ms. Me parece que siento la voz de doa Mara llamndome, y los cabellos se me erizan de espanto. Ins se dirigi a la salida. En el mismo instante omos ruido de un coche en la calle. Aguardamos, sintiendo que alguien suba, y por fin abriose la puerta de la sala, y apareci lord Gray. Estaba sombro, fosco, agitado, nervioso. Nos mir con asombro, quiso rer, pero su colrico semblante no echaba de s ms que rayos. Temblaba de ira, iba de un lado para otro de la sala, como un tigre en su jaula, nos miraba, nos deca algo inconexo, risible, estpido, y luego hablaba consigo mismo en monoslabos incomprensibles, mezclando la lengua inglesa con la espaola. --Sr. de Araceli, buenas noches... Y usted, nia, qu hace aqu? Ah!, ya... Mi casa sirve de refugio a los amantes... Son ustedes ms afortunados que yo... Condenacin eterna para las nias mojigatas!... Un hombre como yo... No deb acceder... Por San Jorge y San Patricio!... --Lord Gray--dije--hemos venido a esta casa con mvil muy distinto del que usted supone. --En dnde est Asuncin?--exclam Ins con vehemencia--. No, no saldrn ustedes de Cdiz. Voy a alborotar toda la ciudad. --Asuncin?--repuso el ingls pateando con clera y elevando el puo--. He sido un necio... pero maana veremos... El demonio me lleve si cedo... Qu deca usted? Asuncin... es una nia honradita y formalita... Maldito bigotism!... Mucho lloro, mucho hipo, mucho suspirito... Mala peste!... Qu deca usted?... Perdone usted... Estoy nervioso... despido fuego y electricidad... Pues como deca, Asuncin... --S!, dnde est? Es usted un malvado. --La pobrecita nia est ya de vuelta en casa rezando el Confiteor con las manecitas cruzadas delante del altarejo... Malditas sean las nias piadosas!... Parece que su voluntad ha de ser de roca, y es cera de iglesia. Estn buenas para sacristanes... Pues s. En su casa est ya de vuelta. El serfico arcangelillo se asust al verse solo conmigo en lugar extrao... No les gusta ms que la sacrista!... Llor, rabi, quiso matarse, escandaliz la casa de aquella ilustre doa Mnica a donde la llev... Jams me ha pasado otra como esta... Pobre gatita, cmo mayaba! Qu lastimeros ayes! Qu gritos para clamar por su honor!... Nada; es preciso ser fraile o sacristn... En fin, ya est otra vez en su casa, a donde acabo de llevarla sigilosamente, lo mismo que la saqu... Seora doa Inesita, veo que es usted mujer resuelta... Usted se ha echado a la calle con este insigne mancebo... No hay que hacer aspavientos de honor y dems bambolla... La seora condesa me lo ha contado todo esta tarde desde la cruz a la fecha... Ella quera que yo me comprometiese a librarla a usted de su cautiverio, y convine en ello... Pero ustedes lo han sabido arreglar. As se hace... Esta noche las contrariedades y las desdichas son para m... Pero maana... tomar precauciones... O hizo Lucifer a las mojigatas para rerse de los enamorados, o las hizo Dios para castigarlos... Recapacitemos; las hizo Dios, Dios, Dios!... --Salgamos al instante de aqu--dijo Ins--. Este hombre est loco. Si es cierto que la infeliz ha vuelto a casa, pronto lo sabremos. Impulsado por una determinacin sbita, dije al ingls: --Milord, me presta usted su coche? --Est a la puerta. --Pues vamos. Bajamos. Cog a Ins en mis brazos, y subindola en la alta carroza (una de las singularidades del Cdiz de entonces, introducida por lord Gray) dije al cochero: --A casa de la seora de Cisniega, en la calle de la Vernica. XXVII --A dnde me llevas?--exclam Ins con espanto cuando me sent junto a ella dentro del coche que empez a rodar pesadamente. --Ya lo has odo. No me preguntes por qu. All lo sabrs. He tomado esta resolucin y no hay fuerza humana que me aparte de ella. No es una calaverada; es un deber. --Qu dices! Yo sal para salvar a mi amiga de la deshonra, y la deshonrada soy yo. --Ins, oye lo que te digo. Ests decidida a casarte con D. Diego? --Djate de simplezas. --Pues entonces calla y resgnate a ir a donde yo te lleve. Una serie de acontecimientos providenciales te ha puesto en mi poder y creera cometer un crimen si te llevara de nuevo a aquel aborrecido encierro, donde al fin seras vctima del egosmo fantico y de la insoportable autoridad de quien no tiene ningn derecho a martirizarte... Pobrecilla, graba en tu memoria lo que te estoy diciendo y ms tarde bendecirs esta locura ma. No, no volvers all. No pienses ms en doa Mara. Confa en m. Dime: te he engaado alguna vez? Desde que nos conocimos no has sido para m una criatura venerada a quien de ningn modo se puede ofender? No has visto siempre en m, junto con el cario ms vivo que jams se tuvo hacia persona alguna, un respeto, un culto superior a todas las debilidades humanas? Ins, t eres vctima de un gran error. Temes a doa Mara, temes a la de Leiva, temes a esas siniestras y medrosas figuras que constantemente te estn vigilando con sus ojos terribles? Pues bien; esas dos personas no son para ti otra cosa que dos figurones como los que asustan a los chicos. Acrcate, tcalos y vers cmo son cartn puro. --No s qu quieres decir. --Quiero decir--continu hablando con tanta vehemencia como rapidez--que te has forjado respetos de familia, consideraciones e ideas que son hijas de un error. Te han engaado, estn abusando de tu bondad, de tu dulzura para fines execrables, y no pudiendo amoldar tu hermosa condicin a la suya, te corrompen por grados, falsificndote, querida ma, con la escuela del disimulo. No hagas caso, no pienses en ellas, considrate libre. Vivirs al amparo de la nica persona que tiene derecho a mandar en ti; sers libre, disfrutars de los goces inocentes, de los nobles placeres de la Naturaleza; podrs mirar al cielo, admirar las obras de Dios, podrs ser buena sin hipocresa, alegre sin desenfado, vivir rodeada de personas que te adoren, y con la conciencia en paz y tranquila. No interrumpir tu sueo la cavilacin de los fingimientos que tendrs que hacer al da siguiente para que no te castiguen. No te vers en el doloroso caso de mentir; no te aterrar la idea de desposarte con un hombre aborrecido; no estars expuesta a la alternativa de que peligre tu virtud o seas desgraciada, desgraciadsima y digna de lstima en esta breve vida y luego condenada en la eternidad de la otra. --Gabriel--me dijo ella baado el rostro en lgrimas--no entiendo lo que me dices. No puedo creer que t seas capaz de engaarme. Lo que dices es una locura o qu es...? A dnde me llevas...? Por Dios, no hagas una locura. Cochero, cochero, a la calle de la Amargura. --El cochero ir donde yo le mande--exclam alzando la voz, porque el ruido del carruaje nos obligaba a hablar a gritos--. Regocjate, Ins, algrate, amiguita. El aspecto de tu existencia va a cambiar desde esta noche. Cuntas penas, pobrecita, cuntas alternativas y vaivenes en tan pocos aos! Por un lado t, por otro yo. Ambos sujetos a mil fatigas, mecidos y arrastrados por este oleaje terrible que ya nos sube, ya nos baja, ya nos junta, ya nos separa... --Es verdad, es verdad. --Pobre amiga ma! Quin haba de decirte que en tu grandeza seras tan desgraciada como en tu miseria! --S, es verdad, es verdad... Pero me dejo arrastrar por tu demencia. Llvame a mi casa, por Dios! Despus concertaremos... --Ya est concertado... --Pero mi familia... Yo tengo nombre y familia... --A eso voy. --No, no puedo consentirlo. Es imposible que me engaes... A casa, a casa! Qu dirn de m! Virgen Santsima! --No dirn nada. --Yo tengo imaginado un gran plan... --Este plan es el mejor... Tu prima acabar de drtelo a conocer. Al diablo doa Mara y la de Leiva. --Es el jefe de la familia. Ella manda. --Ahora mando yo, Ins. Obedece y calla. No recuerdas que en todos los instantes supremos de tu vida has necesitado de mi ayuda? Ahora es lo mismo. Hace tiempo que buscaba esta ocasin... te atisbaba con vigilante mirada... quera robarte, como te rob en casa de los Requejos, y al fin lo he conseguido... Que venga ac doa Mara a arrancarte de mi poder. Lo dems te lo dir tu prima. Ya llegamos. Fuera que confiaba en m entonces como en otras ocasiones de su vida, abandonndose a aquel destino suyo, de que yo haba sido tantas veces celoso ejecutor; fuera que un vago presentimiento la inclinaba a aprobar mi conducta, lo cierto es que no hizo esfuerzo para resistir cuando entr con ella en la casa y la conduje arriba, despertando con el estruendo de mi llegada a todos los habitantes de la casa. Gran susto tuvo Amaranta al sentir tan a deshora los golpes y voces con que yo me anunci. Al salir a mi encuentro, doa Flora y la condesa estaban aturdidas de puro asombradas. --Qu es esto? Cmo has salido de la casa?--exclam la condesa, besndola con ternura--. A Gabriel debemos sin duda esta buena obra. --Qu placer es estar junto a usted, querida primita--dijo Ins sentndose en el sof de la sala tan cerca de Amaranta, que casi estaba sobre sus rodillas--. Me olvido de la falta que he cometido huyendo de mi casa, y los gritos de mi conciencia son ahogados por la gran felicidad que ahora siento. Estar un ratito, un ratito nada ms. --Gabriel--dijo Amaranta con el rostro inundado de lgrimas--cundo sale la expedicin? Yo pedir permiso para marchar en ella y nos llevaremos a Ins. --Huir!--exclam la muchacha con terror--. Yo aparecer a los ojos de todos como una criatura sin pudor que deshonra y envilece a su familia... Volver a casa de doa Mara. --Fuera engaosas apariencias!--grit yo--. Por ms que vuelvas a todos lados la vista, no encontrars ms familia que la que en estos momentos te rodea. La condesa con su mirada penetrante quiso imponerme silencio; pero yo no poda callar, y los pensamientos que se agitaban con febril empuje en mi cerebro, afluan precipitadamente a mis labios, dndome una locuacidad que no poda contener. --El entraable amor que te ha manifestado siempre la persona en cuyos brazos ests, no te dice nada, Ins? Cuando pasaste de la humildad de tu niez a la grandeza de tu juventud, qu brazos te estrecharon con cario? Qu voz te consol? Qu corazn respondi al tuyo? Quin te hizo llevadera la soledad de tu nobleza? Seguramente has comprendido que entre ella y t existan lazos de parentesco ms estrechos que los que reconoce el mundo. T lo conoces, t lo sabes, tu corazn no puede haberse engaado en esto. Necesito decrtelo ms claro? La voz de la Naturaleza antes de ahora, en todas ocasiones, y ms que nunca ahora mismo clamar dentro de ti para declarrtelo. Seora condesa, abrcela usted, porque nadie vendr a arrancarla de manos de su verdadero dueo. Ins, descansa tranquila en ese seno, que no encierra egosmo ni intrigas contra ti, sino slo amor. Ella es para ti lo ms santo, lo ms noble, lo ms querido, porque es tu madre. Diciendo esto call; descans como Dios despus de haber hecho el mundo. Estaba tan satisfecho de haber hablado, que las lgrimas, la turbacin, la emocin silenciosa y profunda de las dos mujeres, abrazadas y oprimidas una contra otra como queriendo formar una sola persona, me halagaban ms que al orador elocuente los aplausos de la multitud y el delirio del triunfo. Las ltimas palabras las solt como se echa fuera algo que nos ahoga. XXVIII Mientras madre e hija espaciaban a sus anchas y a solas los sentimientos y ternezas de su corazn, yo me encontraba (seis horas despus de lo contado, y ya muy entrado el da) frente a frente de mi seora doa Flora, separada su persona de la ma tan slo por la breve superficie de una mesa, donde dos regulares tazones de chocolate nos servan de almuerzo. Hablamos un rato del acontecimiento que mis lectores conocen, y despus, arrimando con arte la conversacin hacia asunto ms de su gusto, me dijo: --Amaranta me asegura que no miras con malos ojos a esa jovenzuela que nos trajiste anoche. Bonita formalidad es la tuya! Y qu dirn de un chiquillo que en vez de inclinarse a buscar apoyo para sus inexperiencias en la compaa de personas mayores, se enloquece con las nias de su misma edad?... Vuelve en ti, hombre... oye la voz de la razn... pentrate bien de... --Vuelvo, oigo y penetro, seora doa Flora. Estoy arrepentido de mi locura... Tentome el demonio, y... Pero siento pasos, que se me figura son los del Sr. D. Pedro del Congosto. --Jess, Mara y Jos... Y t ah tan serio tomando chocolate conmigo!... Pero hombre, y el pudor y la decencia? No pudo continuar porque entr D. Pedro, todo lleno de bizmas y parches, fruto amargusimo de la brillante campaa del Condado. Levantose azorada doa Flora, y dijo: --Sr. D. Pedro... es una casualidad, cralo usted, que se encuentre aqu este mozuelo... Nunca est una libre de calumnias... Este chico es tan loco, tan imprudente... Congosto me mir con ira, y tomando asiento, habl as: --Dejemos a un lado esa cuestin. A su tiempo ser tratada... Ahora vengo a decir a usted que se prepare a recibir a la seora condesa de Rumblar, que viene seguida de respetables personas para que le sirvan de testigos. --Dios mo! La justicia en mi casa! --Parece que lord Gray rob anoche a la seora doa Inesita, depositndola aqu. --Es un error! Pero de veras viene doa Mara? Yo estoy temblando... Alguien ha entrado en la casa. No haba acabado de decirlo cuando sintiose gran ruido abajo y arriba gran conmocin. Apareci Amaranta, apareci Ins, emitironse distintos pareceres, pero prevaleci el de que se recibiese decorosamente a la de Rumblar, contestando a sus cargos en el terreno legal, si ella en el mismo los haca. Todos menos Ins nos reunimos en la sala, y a poco entr el lgubre cortejo, presidido por doa Mara, con una pompa y severa majestad que le habran envidiado reinas y emperatrices. Profundo silencio rein en la sala por un instante, mas rompiolo al fin, sin gastar tiempo en saludos, doa Mara, no pudiendo contener el volcn que bramaba dentro de las cavidades de su pecho. --Seora condesa--dijo--venimos a casa de usted en busca de una doncella puesta a mi cuidado, la cual ha sido robada esta noche de mi casa por un hombre que se supone sea lord Gray. --Aqu est, s, seora--repuso Amaranta--. Es Ins. Si estaba puesta al cuidado de personas extraas, yo la reclamo porque es mi hija. --Seora--dijo doa Mara temblando de clera--ciertas supercheras no producen efecto ante la declaracin categrica de la ley. La ley no la reconoce a usted por madre de esa joven. --Pues yo me reconozco y declaro aqu delante de los que me escuchan, para que conste con arreglo a derecho. Si usted alega una ley, yo alego otra, y entretanto mi hija no saldr de mi casa, porque a ella ha venido espontneamente y por su propia voluntad, no seducida por un cortejo, sino con deliberado propsito de vivir a mi lado, como hija obediente y cariosa. --No me sorprende la conducta de lord Gray--dijo doa Mara--. Los nobles de Inglaterra suelen corresponder de este modo a la hospitalidad que se les da en las casas honradas... Pero no debo culpar tan slo a l, hombre de mundo, privado de ideas religiosas y ciego ante la luz de la verdadera y nica Iglesia, no. Qu ha de hacer el ciego sino tropezar? A quien principalmente acuso es a ella; lo que ms que nada me asombra es la liviandad de esa muchacha casquivana... Verdaderamente, seora condesa, voy creyendo que tiene usted razn en llamarla su hija. rbol y fruto con iguales propiedades se distinguen. --Seora doa Mara--replic Amaranta con la voz tan temblorosa, a causa de la clera, que apenas se entendan sus palabras--no vino mi hija seducida por lord Gray. Vino acompaada por l o por otro, que esto no hace al caso, y movida de propia inspiracin y deseo. Me congratulo de ello, porque as la persona que ms amo en el mundo estar libre de corromperse con el mal ejemplo de dos conocidas nias mojigatas, que esconden a sus novios bajo las faldas de brocado de los santos que tienen en los altares de su casa. Doa Mara se levant como si el silln en que estaba sentada se sacudiera repelido por subterrnea explosin. Sus ojos fulminaban rayos, su curva nariz, afilndose y tindose de un verde lvido, pareca el cortante pico del guila majestuosa: moviose convulsivamente su barba picuda, reliquia de la antigua casta celtbera a que perteneca, hizo ademn de querer hablar; mas con gesto majestuoso semejante al de las reinas de la dinasta goda cuando mandaban hacer alguna gran justicia, seal a la otra condesa, y desdeosamente dijo: --Vmonos de aqu. No es este mi lugar. Me he equivocado. Seora condesa, quise que no se agriara esta cuestin; quise evitar a usted la visita de los emisarios de la ley. Pero usted no merece otra cosa, y no ser yo quien desempee en esta casa el papel que corresponde a alguaciles y polizontes. --Como experta en pleitos--repuso Amaranta--y conocedora de tal laya de gente, puede usted buscar en la familia de estos una esposa para su digno hijo el seor conde, varn insigne en las tabernas y garitos de Madrid. Jugando al monte podr restablecer el mermado patrimonio, sin verse en el caso de solicitar un enlace violento con una joven mayorazga. --Salgamos de aqu, seores; son ustedes testigos de lo que aqu ha pasado--dijo doa Mara dirigindose a la puerta. Y sin esperar a ms, resueltamente y bramando de ira, que expresaba con olmpico fruncimiento de cejas, sali de la sala y de la casa, seguida de los mismos que le haban acompaado, a cuya cola iba D. Paco. Por largo rato rein profundo silencio en la sala. Amaranta, despus de desahogar las antiguas cleras de su pecho, estaba meditabunda y aun dir que arrepentida de todo lo que haba dicho, doa Flora preocupada, y Congosto, con los ojos fijos en el suelo, revolva sin duda en su cabeza altos y caballerescos pensamientos. Sac a todos de su perplejidad una visita que nadie esperaba, y que causara general asombro. En la sala se present de improviso lord Gray. Advert en su fisonoma las huellas de la agitacin de la pasada noche, y lo turbado de su hablar indicaba que aquel singular espritu no haba recobrado su asiento. --En mal hora viene milord--le dijo secamente D. Pedro--. Ahora acaba de salir de aqu doa Mara, cuyo enojo por las picardas de usted es tan fuerte como justo. --La he visto salir--repuso el ingls--. Por eso he entrado. Deseo saber... Se sospecha de m, seora condesa, se me acusa?... --Pues no se le ha de acusar, hombre de Dios!...--dijo D. Pedro--. Pues a fe que ech requiebros la seora doa Mara... y con mucha razn por cierto. Pues qu, robar a la seora doa Inesita, aun con consentimiento de la que se llama su madre... --Vamos, estoy tranquilo--dijo lord Gray--. Veo que me imputan las hazaas de este pcaro Araceli, dejando en el olvido las mas propias. Desvanecer el engao, aunque en realidad, yo acepto todas las glorias de esta clase que me quieran adjudicar... La seora condesa estar ya contenta. Amaranta no contest. --Disimule usted--dijo D. Pedro--. Eche usted sobre el prjimo sus abominables culpas. --Veo con dolor--repuso lord Gray jovialmente--que en el rostro de usted, Sr. de Congosto, estn escritas con parches y ungentos las gloriosas pginas de la expedicin al Condado. --Milord--exclam el hroe con ira--, no es propio de un caballero zaherir desgracias motivadas por la casualidad. Antes que hacer tal cosa examinara yo mi conciencia por ver si est libre de faltas. La ma no me acusa de haber cometido en ningn tiempo bellaqueras como la de anoche. --Cul? --Ya lo sabe usted. Acabamos de or a la seora de Rumblar--aadi la estantigua enfurecindose gradualmente--. Digo y repito que es una gran bellaquera. --Eso va con usted, Araceli. --No, con usted, con usted, lord Gray. Usted es quien ha sacado a esa joven de aquella honesta casa, morada augusta de los buenos principios; usted quien la ha quitado de la proteccin y amparo de doa Mara, cuya santidad y nobleza engrandecen cuanto a su alcance se halla. --Con que es una gran bellaquera?--repiti lord Gray burlonamente--. Eso quiere decir que soy un gran bellaco. --S seor, un grandsimo bellaco!--repiti don Pedro, ponindose tan encendido que las arrugas de su rostro semejaban los pliegues y abolladuras de un pimiento riojano--. Y aqu est D. Pedro del Congosto, para sostener lo que ha dicho, aqu y fuera de aqu en la forma y manera que usted lo crea conveniente. --Oh, Sr. D. Pedro!--exclam lord Gray con jbilo--. Qu gran placer me proporciona usted! Desde que por primera vez visit esta noble tierra, he buscado ansiosamente al gran D. Quijote de la Mancha; yo quera verle, yo quera hablarle, yo quera medir la fuerza de mi brazo con la del suyo, pero ay!, hasta ahora lo he buscado en vano. He revuelto media pennsula buscando a D. Quijote, y D. Quijote no pareca por ninguna parte. Yo cre que tan noble tipo se haba extinguido, disipndose en la corruptora sociedad de los modernos tiempos; pero no, aqu est, al fin le encuentro con idntico traje y rostro, un Quijote algo degenerado en verdad, pero Quijote al fin, que no se encuentra ni puede encontrarse ms que en Espaa. --Si usted bromea, seor lord, yo soy hombre serio--repuso D. Pedro--. Yo tomo a mi cargo la defensa de esa ultrajada seora que acaba de salir; yo deshar su agravio y me tomo a pechos el castigar esta gran injuria que ha recibido limpiando con la sangre del traidor la infame mancha. Esto digo sin nada de quijotera. Ya se ve... en esta casa no me entienden. Es indudable que han entrado aqu las ideas filosficas, ateas y masnicas, segn las cuales ya se acab el honor y la grandeza, lo noble y lo justo, para que no haya ms que pillera, liberalismo, libertad de la imprenta, igualdad y dems corruptelas... Lo dicho, dicho. Este traje que visto prueba que he tomado a mi cargo la defensa de los principios en cuyo nombre se ha levantado la nacin contra Bonaparte. Oh, si todos me imitaran!... Si todos empezando por el traje acabaran por las obras!... Pero basta de palabras. Elija usted hora y sitio. Accin tan aleve no puede quedar sin castigo. --D. Quijote, s, es l mismo--dijo el ingls--. D. Quijote degenerado y nacido de cruzamientos, pero que algo conserva de la generosa sangre del padre, como el mulo lleva en s un poco de la dignidad y nobleza del caballo. --Cmo! Llama usted mulo a un hombre como yo?--exclam Congosto requiriendo colricamente la espada. --No, caballero insigne; deca que el quijotismo espaol de hoy se parece al antiguo, como se parece el mulo al caballo. Por lo dems acepto el reto de usted y nos batiremos a la jineta, a pie, con sable, espada, lanza, honda, ballesta, arcabuz, o como usted quiera. Pronto partir de Cdiz, quizs maana mismo. Disponga usted de m cuando guste. --De vers se marcha usted?--dijo Amaranta saliendo de su atona. --S, seora, estoy decidido... Vendr a despedirme de usted... Conque Sr. D. Pedro... --Lo dicho, dicho. Enviar mi padrino. --Lo dicho, dicho. Enviar el mo. D. Pedro sali mirndonos con altanera soberbia, que nos hizo sonrer a todos menos a doa Flora, la que reprendi al ingls su deseo de sujetar a nuevas pruebas la quebrantada osamenta del hroe del Condado. Despus la condesa, que no participaba de nuestro humor festivo por la escena cmica que haba seguido a la trgica, cual ordinariamente ocurre en el mundo, llevome aparte, y con afliccin me dijo: --Temo haberme dejado arrastrar demasiado lejos por la ira que me produjo la presencia de aquella mujer. Le dije cosas demasiado duras, y cada palabra me pesa sobre la conciencia. Exasperada por lo que le dije, tomar venganza de m, y si acude a la ley, no creo que la ley me sea favorable. Yo no tom precaucin alguna cuando se verific el reconocimiento de Ins. --Venceremos esas y otras dificultades, seora. --Yo transigira con ella y con mi ta, con tal que me dejaran a Ins. Creo que cediendo a doa Mara parte de mis derechos mayorazguiles, sera fcil aplacar esa furia. La de Leiva no es ni con mucho tan inconquistable. --Quiere usted que lo proponga a la seora doa Mara?... Nada se pierde... No s si me recibir; pero intentar hablarla. Me favorece el que no sospecha nada de m en el suceso de anoche. --Es una buena idea. S... tampoco sera malo que yo me mostrase arrepentida de las atrocidades que le dije... no... Oh, qu confusin, Dios mo! No s qu hacer... --Cualquiera de esos actos me parece aceptable. --Te parece que debo ir all? --Hoy no es conveniente. Se reanudara al punto la reyerta, porque aquel volcn en erupcin estar echando fuego, humo y lava por algn tiempo. Ser prudente que yo me anticipe e indique a doa Mara esa idea de transaccin que usted le propone, con tal que no la priven de su hija. --S, hazlo t primero. Yo me arriesgar a tratar con mi ta, que es el jefe de la familia, pero antes conviene tantear a la de Rumblar, a ver qu tal se presenta. --Ante todo debo indicar prudentemente a doa Mara que usted reconoce haber estado algo dura en la entrevista. --S... lo encomiendo a tu habilidad, y me quedo tranquila... Si te recibe mal, no te importe. Con tal que te deje hablar, aguanta desprecios y desaires. Hago mencin de este dilogo que tuvimos la condesa y yo, para que comprenda el lector la razn de la extraa visita que hice a doa Mara un da despus de aquel de tanto ruido en que ocurri lo que acabo de contar. XXIX En efecto, traslademe a hora que me pareci oportuna a casa de doa Mara, recelando no ser recibido, pero con el firme propsito de no salir de all sin intentar por todos los medios ver y hablar a la orgullosa dama. Encontr a D. Diego, quien, contra mi creencia, recibiome muy bien y me dijo: --Ya sabrs los escndalos de esta casa. Lord Gray es un canalla. Cuando yo dorma en casa de Poenco, fue all y me sac las llaves del bolsillo... No poda haber sido otro. Le viste t entrar? --Sr. D. Diego, quiero ver a la seora condesa para hablarle de un asunto que a esta familia, lo mismo que a la de Leiva, importa mucho. Tendr la seora la bondad de recibirme? Madre e hijo conferenciaron a solas un rato all dentro, y por fin la seora se dign ordenar que me llevaran a su presencia. Estaba la de Rumblar en la sala acompaada de sus dos hijas. La madre tena en el altanero semblante la huella de la gran pesadumbre y borrasca del da anterior, y la penosa impresin se trasluca en una especie de repentino envejecimiento. De las dos muchachas, Presentacin revelaba al verme cierta alegra infantil, que ni aun la proximidad de su madre poda domar, y Asuncin una tristeza, una decadencia, una languidez taciturna y sombra, seal propia de los muy msticos o muy apasionados. La seora de Rumblar, despus de ordenar a Presentacin que se alejase, me recibi con un exordio seversimo, y luego aadi: --No deba ocuparme de nada que se refiera a aquella casa donde ayer por mi desgracia estuve; pero la cortesa me obliga a orle a usted, nada ms que a orle por breve tiempo. --Seora--dije--yo me marchar pronto. Recuerdo que usted me rog que no volviese ms a su casa. Hoy me trae un deber, un deseo vehemente de restablecer la paz y armona entre personas de una misma familia, y... --Y a usted quin le mete en tales asuntos? --Seora, aunque extrao a la casa, me ha afectado tan profundamente el agravio recibido por esta augusta familia, a quien respeto y admiro (aunque mis enemigos calumniadores hayan hecho creer a usted lo contrario) que me sent vivamente inclinado a terciar de parte de usted. Seora doa Mara, vengo a decir a usted que la condesa se muestra hoy arrepentida de las duras palabras... --Arrepentimientos?... Yo no lo creo, caballero. Suplico a usted que no me hable de esa seora. Si es eso lo que usted quera decirme... La justicia est ya encargada de esto y de devolver a Ins al jefe de la familia. Asuncin alz la vista y mir a su madre. Pareca deseosa de hablarle, pero con tanto miedo como deseo. Al fin, cobrando valor, se expres de este modo con voz quejosa y tristsima, que produca en m extraa sensacin. --Seora madre, me permite usted que hable una palabra? --Hija ma, qu vas a decir? T no entiendes de esto. --Seora madre, djeme usted decirle una cosa que pienso. --Est delante una persona extraa y no puedo negrtelo. Habla. --Pues yo pienso, seora, que Ins es inocente. --He aqu, Sr. D. Gabriel, lo que es la limpieza de corazn. Esta tierna y piadosa criatura, a quien una celestial ignorancia de las maldades de la tierra eleva sobre el vulgo de los mortales, es incapaz de comprender que haya ruines pasiones en la sociedad. Hija ma, bendita sea tu ignorancia. --Ins es inocente, lo repito--afirm Asuncin--. Lord Gray no puede haberla sacado de esta casa, porque lord Gray no la quiere. --No la quiere porque no te lo ha dicho... Qu sabes t de eso, hija ma? Tienes acaso idea de los ardides, de la perfidia, de los disimulos y malignas artes que usa la seduccin? --Ins es inocente--repiti cruzando las manos--. Algn otro motivo la habr impulsado a abandonarnos, pero no el amor de lord Gray. No, lord Gray no la ama. Cree usted en los Evangelios? Pues tan verdad como los Evangelios es esto que estoy diciendo. --En otra ocasin me enfadara--dijo la madre--al ver la exageracin de tu benevolencia. Hoy mi espritu est quebrantado: anhelo la tranquilidad y te perdono. --No me deja usted decir otra cosita que me falta? --Acaba de una vez. --Yo quiero ver a Ins. --Verla!--exclam con enfado doa Mara--. Mis hijas no estiman sin duda su dignidad. --Seora, yo quiero verla y hablarla--prosigui Asuncin con suplicante acento--. Si hay en ella pecado, estoy segura de que me lo confesar. Si no le hay, como creo, tendr la dicha de descubrir la verdadera causa de su fuga, y reconciliarla con la familia. --No pienses en eso. Que cada cual se entienda con su conciencia. Si t a fuerza de devocin y reconcentracin, y gracias tambin al rigor de mi prudente autoridad has logrado elevar tu alma a cierto grado de beatitud, concedido a pocos, no te achiques empendote en disculpar a los dems. La perfecta virtud anda muy escasa por el mundo. Si en algunas honestas moradas, inaccesibles a las profanidades de hoy, se conserva encerrada como el ms precioso tesoro, no debe contaminarse con el roce de la desenvoltura. En infausta hora vino Ins a mi casa. Renuncia a verla y a hablar con ella, mientras est fuera de aqu. Tu sublimada virtud debe quedar satisfecha con perdonarla. --No, yo quiero verla, yo quiero ir all--exclam la joven derramando de sbito un torrente de lgrimas--. Yo quiero verla. Ins es una buena alma. Estamos engaados. Ella no puede haber cometido ninguna mala accin. Seora, lord Gray no la ama ni puede amarla. Quien lo dijese es un infame que merece arder en el infierno por toda la eternidad, traspasada la lengua con un hierro candente. --Asuncin, sosigate--dijo la madre con menos severidad, al notar que la infeliz muchacha padeca una febril excitacin, semejante a los primeros sntomas de una enfermedad grave--. A qu tanto empeo? Siempre eres lo mismo... Tus manos arden... los ojos se te quieren saltar de la cara; ests lvida... Hija, tu piedad exaltada de algn tiempo a esta parte te hace mucho dao, y es preciso no olvidar la salud del cuerpo. Tus largos insomnios cavilando en las cosas santas, tus meditaciones sin fin, la viva pasin que te consume por lo religioso, te han marchitado en pocos das. Y luego, dirigindose a m, aadi: --Yo no quisiera que se extremara tanto en sus devociones; pero no se la puede contener. Su alma es muy vehemente, y una vez que logr dirigirla al santo fin que me propona, hase inflamado en una piedad estupenda. Es un fuego abrasador su espritu, no un vano soplo, y la creo capaz de grandes cosas en la esfera de la vida mstica que tan celosamente ha abrazado. --Por Dios y todos los santos, ruego a usted, seora, que me permita ver a Ins. Es mi amiga, mi hermana. Yo tengo orgullo en su virtud, yo me siento ofendida y lastimada por la mala opinin que hoy se tiene de ella en esta casa. Quiero hacer una buena obra y volverle su honor. Por qu ha de intervenir en esto la justicia, si yo confo en que la traer a casa? La justicia es el escndalo... Yo quiero ver a Ins, y conseguir de ella con una palabra ms que toda la curia con una montaa de papeles. Seora madre, esto que digo es inspiracin de Dios, me salen estas palabras del fondo del alma, siento dentro de m un blando susurro, como si la voz de un ngel me las dictara. No se oponga usted a esta divina voluntad, pues voluntad divina es en este momento la ma. La seora de Rumblar reflexion, mir al techo, despus a m, luego a su hija, y al fin exhalando un hondo suspiro, dijo: --La dignidad y entereza tienen su lmite, y la razn no puede a veces resistir a las splicas del sentimiento y la piedad reunidos. Asuncin, puedes ir a ver a Ins. Te llevar D. Paco. La muchacha corri ligera a vestirse. --Pues como indiqu a usted, seora condesa...--dije, reanudando mi interrumpida conferencia diplomtica. --Haga usted cuenta de que no ha indicado nada, caballero. Todo es intil. Si el objeto de su visita es traerme recados o proposiciones de la condesa, puede usted retirarse. --La seora condesa se apresura a conceder a usted... --No quiero que me conceda nada. El jefe de la familia es la seora marquesa de Leiva, y a estas horas ha tomado todas las providencias necesarias para que todo vuelva a su lugar. Nada me corresponde hacer. --La seora condesa est tan arrepentida de aquellas palabras! --Que Dios la perdone... Mi responsabilidad est a cubierto... Pero a qu estos artificios, Sr. de Araceli? Cree usted que no le comprendo? --Seora, no hay artificio en lo que digo. --Vamos, que a m no se me engaa fcilmente. Me faltar entendimiento para comprender que todos esos supuestos recados de la condesa, son pretexto que usted toma para entrar aqu y ver a mi hija Presentacin, de quien est tan enamorado? --Seora, la verdad, no haba pensado... --Un ardid amoroso... en efecto, no es ningn crimen. Pero ha de saber usted que he destinado a mi hija al celibato. Ella no quiere casarse... Adems, aunque de mis repetidos informes resulta que no es usted mala persona, no basta... porque, veamos, quin es usted?... de dnde ha salido usted? --Creo que del vientre de mi madre. --Bueno ser, pues, que renuncie a sus locas esperanzas. --Seora, usted padece una equivocacin. --Yo s lo que digo. Ruego a usted que se retire. --Pero... si me permitiera usted que acabara de exponerle... --Ruego a usted que se retire--repiti con grave acento. Me retir, pues, y en el corredor, una puerta se entreabri para dejarme ver el lindo rostro de Presentacin y una blanca manecita que me saludaba. XXX Poco despus entraba en casa de doa Flora. Despus de enterar a la condesa del resultado de mi visita, dije a Ins: --Asuncin vendr aqu. Ahora sala con D. Paco. Un momento despus, Asuncin entr y las dos amigas se abrazaban llorando. Salimos del gabinete Amaranta y yo, dejndolas solas para que hablaran a su gusto; pero la condesa apostndose tras de la puerta, me dijo con malicioso acento: --Yo me quedo aqu para orlo todo. Ser curioso lo que hablen. Ya sabes que en palacio he realizado grandes cosas escuchando detrs de las cortinas. --No es ningn negocio de Estado lo que van a tratar. Yo me voy. --Qudate, necio, y oye... Por no querer or rompimos las amistades en el Escorial... Considera que han de hablar algo de ti... Verdad es que si la delicadeza me ordenaba cerrar los odos, la curiosidad me impulsaba a abrirlos. Venci la curiosidad, mejor dicho, venci la pcara Amaranta, que no poda dejar de ser cortesana. Las muchachas hablaban en alto y lo omos todo, y aun veamos algo. --No quera mam que te viera, Ins--exclam Asuncin--. Qu raro acontecimiento! Yo me desped creyendo no verte ms... y ahora yo estoy en casa y t fuera. Hipcrita, tan preparado lo tenas, y no me habas dicho nada. --Te equivocas--repuso Ins--yo no he salido como t... Pero no quiero acusarte ahora, puesto que arrepentida de tu gran falta, volviste a casa de tu madre. Has conocido tu error, has abierto los ojos comprendiendo el abismo de perdicin en que ibas a caer, en que quizs has cado ya? --No s lo que me pasa--exclam Asuncin apretando las manos de su amiga--. Estoy horrorizada de lo que hice. Me volv loca, se me encendieron en la imaginacin unas llamas que no me dejaban vivir, y conociendo el mal me era imposible evitarlo. Lord Gray ha tiempo que quera sacarme de la casa; yo me resista; mas al fin tanto pens en ello, tanto discurr sobre aquel gran pecado a que l me quera inducir, que se me clav dentro de la cabeza la idea de cometerle, y sin saber cmo lo comet. Por qu no te echaste en mis brazos para impedirme salir? Ahora vengo a que me fortalezcas. Yo no puedo vivir lejos de ti; y si desde mucho antes no ca en el lazo, lo debo a tu buena amistad. Nos separaremos ahora? Entonces voy a ser muy desgraciada, querida ma. Vuelve a casa, por Dios, y yo te juro que luchar con todas las fuerzas de mi alma para olvidar a lord Gray, como t deseas. --Yo no podr lograr ahora lo que antes no logr--repuso Ins--. Asuncin, entra en el convento maana mismo. Cuando traspases la puerta de la santa casa, deja fuera todos los pensamientos de este mundo, pide a Dios que te libre de la gran enfermedad que padece tu alma, procura formarte de nuevo y ser otra mujer diferente de la que hoy eres. --Ay!--exclam la otra con dolor, arrodillndose delante de su amiga--. Todo eso lo he intentado; pero cuanto ms he querido no pensar en l, ms he pensado. De qu me vale rezar, si no puedo representarme imagen ninguna de Dios ni de santo que sea distinta de la suya?... Ay, Ins! T sabes muy bien la vida que llevamos en casa de mi madre; t sabes muy bien la espantosa soledad, tristeza y fastidio de nuestra vida. T sabes muy bien que all quiere una rezar y no puede, quiere una trabajar y no puede, quiere una ser buena y no puede. Obligadas por el rigor de mi madre, trabajan las manos, pero no el entendimiento; reza la boca, pero no el alma; se ciegan y abaten los ojos, pero no el espritu... Las mil prohibiciones que por todas partes nos entorpecen, despiertan en nuestro pecho ardientes curiosidades. Ya sabes que todo lo queremos saber, todo lo averiguamos y de todo hacemos un objeto de afanes e inquietudes. Como sabemos disimular, vivimos en realidad con dos vidas, una para mam y otra para nosotras mismas; una vida, ac para una sola, y que tiene sus pesares y sus delicias... Como nos apartan del mundo, nosotras nos hacemos un mundito a nuestro modo, y echando fuego, mucho fuego al horno de la imaginacin, all forjamos todo lo que nos hace falta. Ya lo ves, amiga. Tengo yo la culpa? Si no lo podemos remediar, si se nos ha metido dentro un demonio, un demonio grandsimo, Ins, al cual no es posible echar fuera. --T y tu hermana seris muy desgraciadas. --S; desde que ramos chiquitas, mam nos asign a cada una el puesto que habamos de tener en la sociedad: yo monja, mi hermana nada. A m me educaron para el claustro; a mi hermana la criaron para no ser nada. Nuestro entendimiento, nuestra voluntad, no poda apartarse ni tanto as del camino que se les haba trazado; a m el camino del monjo, a Presentacin el camino de no ser nada. Ay, qu niez tan triste! No nos atrevamos a decir, ni a desear, ni siquiera a pensar cosa alguna que antes no estuviera previsto e indicado por mam. No respirbamos en su presencia, y nos infundan tanto, tanto pavor sus mandatos y reprimendas, que nos era imposible vivir. Ay, para poder vivir nos fue preciso engaarla, y la engaamos!... Dios, o no s quien, nos inspiraba un da y otro mil ingeniosidades, y se desarroll en las dos un talento superior para el engao. Yo me esforzaba, sin embargo, en tener devocin, y peda a Dios que me diera fuerzas para no mentir y que me hiciera santa; yo se lo peda todas las noches cuando me quedaba sola y poda rezar con el corazn. Delante de mam no rezaba sino con los labios... Pues bien; en cierta poca de mi vida llegu a conseguir lo que a Dios peda; llegu a aficionarme a las cosas santas; llegu a sentir un entusiasmo, una exaltacin religiosa semejante a la que ahora siento por muy distinto objeto. Me consideraba feliz y peda a la Virgen que conservara en m tan agradable estado. Entonces me perfeccion por algn tiempo, se acabaron los disimulos y tuve la gran satisfaccin de hablar repetidas veces con mi madre sin decir cosa alguna que no saliese de mi corazn. Raudales de verdad, de fe, de amor apacible y mstico a los santos y santas brotaban de l. Yo dije: Qu fortuna he tenido en que me destinaran al claustro!. Mis insomnios eran dulces y placenteros, y mi imaginacin era como un celaje poblado de angelitos. Cerraba los ojos y vea a Dios... s, a Dios, no te ras; a Dios mismo, con su barba blanca y su capa... pues, como le pintan... --Todo eso dur hasta que viste a lord Gray con su pelo rubio y su capa negra... pues, como es--dijo Ins. --Me lo has quitado de la boca--prosigui Asuncin, siempre de rodillas y con los brazos apoyados en los de su amiga--. Lord Gray fue a casa; yo le mir y dije para m que se pareca a un San Miguel que est pintado en mi devocionario. Le dijeron que yo era muy piadosa y l hizo demostraciones de gran admiracin. Despus, en las noches sucesivas, empez a contar las maravillosas aventuras de sus viajes, y yo le oa con ms religiosidad que si fuera el primer predicador del mundo narrando las hermosuras del cielo. En aquellas noches yo no vea alrededor de m ms que tigres del frica, cataratas de Amrica, pirmides de Egipto y lagunas de Venecia. Estaba encantada y bendeca a Dios por haber creado tantas cosas bellas, incluso a lord Gray. Oh! Lord Gray no se apartaba de mi imaginacin. Al sentir sus pasos me era difcil disimular la alegra; si tardaba me pona triste; si hablaba con vosotras, y no conmigo, me mora de rabia... Le decan siempre que yo era muy piadosa; ya recordars que l me alababa mucho por esto. Mam nos permita a las tres que hablramos con l. Con el pretexto de la piedad, me deca mil cosas sobre asuntos de religin delante de vosotras. Una noche que pudo hablarme a solas me dijo que me amaba... Yo sent un sacudimiento; me pareci que el mundo se haba abierto en dos pedazos debajo de nosotras. Le mir y l clavaba los ojos en m. Estaba fascinada y no acertaba a contestarle... Todas las noches hablaba, como sabes, de cosas santas; con dificultad me deca algunas palabras a solas; me pregunt durante tres noches seguidas si le amaba, y a la tercera noche le contest que s... T sabes muy bien cmo nos entendamos. Lord Gray me dijo: Yo hablar con Ins cerca de ti. Pon atencin a lo que le diga y haz cuenta de que te lo digo a ti. Habla t con tu hermano y procura contestarme con palabras dirigidas a l.... Tenamos adems mil seales. T eras tan buena que te conformaste con tu papel. Ojal no hubieras sido tan condescendiente. Cuando lord Gray me arrojaba cartas por la ventana y t te apropiabas la culpa para librarme de las crueles reprensiones, lejos de detenerme en la pendiente me hacas precipitar ms por ella. Nada conoci ni ha conocido mam; ojal lo conociera, aunque me hubiese matado!... Te acuerdas del da en que fui con ella al convento del Carmen, convidadas por fray Pedro Advncula para ver desde una tribuna la funcin de la Virgen? Ay! Despus de la funcin, un lego nos llev a ver la sala de captulo. No s cmo, ni por qu causa me encontr separada de los dems en una celdita sombra. Tuve miedo... de repente se me present lord Gray, quien me estrech en sus brazos repitindome con ardientes palabras que me quera mucho. Fue un segundo y nada ms, pero en aquel segundo lord Gray me dijo que me era forzoso partir con l, porque si no morira de desesperacin... --Nada de eso me habas dicho. --Te tena miedo. Vers lo dems. Me reun al instante con mi madre y con el lego. Aquella splica, o ms bien que splica mandato de huir con l, se me clav en el pensamiento como una espina. No dorma, no viva, no pensaba ms que en aquello. Me pareca un delito horroroso: echaba de m esta idea y cuando me encontraba sin ella sala volando a buscarla, porque sin ella no poda vivir... No creas que aborrec la devocin, al contrario. La meditacin era mi delicia y meditando era feliz... Ay! Lord Gray en todas partes; lord Gray en los altares de la iglesia, en el de mi casa; lord Gray en el breve espacio de calle y de mundo que se nos permita ver desde nuestro cuarto; lord Gray en mis rezos, en mi libro de oraciones, en la oscuridad, en la luz, en el bullicio y en el silencio. Las campanas tocando a misa me hablaban de l. La noche se llenaba toda con l. Oh, Ins de mi corazn! Cun desgraciada soy! Tener esta enfermedad en el espritu y no poderla desechar, tener esta fragua de pensamientos en el cerebro y no poder echarle agua para que se apague...! Breve rato permanecieron las dos amigas en silencio y despus Asuncin prosigui de este modo: --Nos comunicbamos al fin por un medio que t no conociste ni llegaste a sospechar. Parece imposible que por tanto tiempo pueda guardarse secreto tan peligroso sin que por nadie sea descubierto. Yo le haba dicho que si por indiscrecin o vanidad suya alguna persona, cualquiera que fuese, llegaba a conocer nuestro secreto, le aborrecera... Despus del da en que habl con l en las Cortes, cuando se empe en que le habamos de seguir a bordo de no s qu barco, y al fin nos envi a casa con fray Pedro Advncula; despus de aquel da, digo, no le haba vuelto a ver... Mi madre sospechaba de ti y le haba prohibido entrar en casa. Recuerdas aquella anciana pordiosera que iba a casa a vender rosarios? Pues ella me traa sus recados y le llevaba los mos. Yo le escriba poniendo ciertos signos con lpiz en una hoja arrancada de la Gua de Pecadores o del Tratado de la tribulacin; de modo que el gran fray Luis de Granada y el padre Rivadeneyra han sido nuestras estafetas. l me deca cosas hermossimas y apasionadas que ms me arrebataban y confundan. Me pintaba su infelicidad lejos de m y las grandes dichas que Dios nos tena reservadas. Por algn tiempo dud. Yo creo que vindole, hablndole, o distrayendo con el trato de diversas gentes mi espritu, se habra aplacado la efervescencia, el bullicio, la borrasca que yo senta dentro de m; pero ay!, el largo encierro, la soledad, la idea de sepultarme para siempre en el claustro me perdieron... Ins, figrate que el corazn se destroza y se oprime, que con la opresin de la naturaleza toda, alma y cuerpo estallan; figrate que se siente por dentro una iluminacin, una inquietud no comparable a las dems inquietudes, porque es la sed del espritu que quiere saciarse, una quemazn que crece por grados, un mareo que desfigura todo cuando nos rodea, un impulso, un frenes, una necesidad, porque necesidad es la de romper el cerco de hierro que nos estrecha; figrate esto, y me comprenders y me disculpars... Yo deca: S, Dios mo, me marchar con l, me marchar. Momentos de alegra loca sucedan a otros de tristeza ms negra que el purgatorio. Glorias e infiernos se sucedan rpidamente unos tras otros dentro de mi pecho. Dudaba, deseaba y tema, hasta que un da dije: S que me condenar, pero no me importa condenarme..., y despus me pona a llorar pensando en la deshonra de mi familia. Por ltimo, pudo ms mi amor que todas las consideraciones y me decid. Lord Gray por unos moldes de cera que le envi, falsific las llaves de la casa, le escrib fijando hora, fue... sal... Pero ay!, al verme fuera de casa, parece que se me cay el cielo encima con todas sus estrellas... lord Gray me llev a una casa que est muy cerca de la nuestra, en la calle de la Novena... No era aquella su vivienda. Sali una seora de edad a recibirnos. Yo me sent acongojada y aturdida, empec a llorar y ped ardientemente a lord Gray que me llevase otra vez a mi casa. Quiso consolarme; el sentimiento del honor se encendi en m con inusitada fuerza, y la vergenza me inflamaba el alma como momentos antes la pasin. Dese la muerte y busqu un arma para extinguir mi vida; lord Gray fingi enojarse o se enoj realmente. Djome algunas palabras duras. Promet amarle con ms vivo cario si me volva a mi casa. Viendo que no acceda a mis splicas, grit, acudi la seora anciana, diciendo que la vecindad se haba alarmado y que nos furamos a otra parte. Irritose lord Gray y amenaz a aquella seora con ahorcarla. Despus pareci conformarse con mi deseo, y dndome mil quejas llevome sin dilacin a mi casa. Por el camino me asegur que partira pronto para Inglaterra y que le concediera otra entrevista fuera de casa. Yo se lo promet, porque al paso que me aterraba la idea de mi deshonor, me haca muchsimo dao su determinacin de partir para Inglaterra... Ay, Ins qu noche! Entr en casa llena de miedo. Me pareca ver a mi madre esperndome en la escalera con una espada de fuego... sub temblando... Tard ms de una hora en volver a mi cuarto, porque no andaba, sino que me arrastraba lentamente para no hacer ruido. Al fin, llegando a la alcoba, corr a tu cama para confesrtelo todo y no estabas all. Figrate cul sera mi confusin. --Yo despert--dijo la otra--. Cre sentir pasos dentro de la casa. Te vi salir, y por un instante el temor no me permiti hacer ningn movimiento ni tomar resolucin alguna. Quise despus correr tras de ti; yo saba que tena poder bastante para destruir tu alucinacin, y fiaba en el cario que nos profesbamos, en lo que me debes, en la deuda que tienes conmigo por haberte librado de las sospechas de tu madre. La idea de tu deshonor me volva loca... Sal en busca tuya. Lo dems no necesitas saberlo. Yo no soy esclava de la autoridad de doa Mara como lo eres t; aquella casa no es la ma; mi casa es esta. Asuncin, querida amiga y hermana ma, nos separamos hoy quizs para siempre. --No te separes de m--exclam Asuncin abrazando a su amiga y besndola con ardiente cario--. Si te separas, no s qu ser de m. Recuerda lo que hice anoche... Ins, no me dejes. Vuelve a mi casa, y prometo no hacer cosa alguna sin tu permiso, esclavizando mi pensamiento al tuyo, y lograr adquirir una parte al menos de la santa serenidad que te distingue. He venido slo a rogarte que vuelvas a mi casa. Promteme que volvers. --Por distintos caminos nos lleva Dios a ti y a m, Asuncin. Por de pronto no admitas cartas, ni avisos, ni recados de lord Gray. Levntate a la altura de tu dignidad, abraza con resignacin la vida del claustro, y dentro de algn tiempo te vers libre de ese gran peso. --No, no puedo. La vida del claustro me aterra. Sabes por qu? Porque tengo la seguridad de que en el convento he de amarle ms, mucho ms. Lo s por experiencia, s: la soledad, el mucho rezar, las penitencias, las meditaciones, las vueltas y revueltas y dolorosos giros del pensamiento, ms y ms avivan en m la pasin que me quema. Lo s muy bien, lo veo, lo toco. Yo he amado a lord Gray porque en mis solitarias devociones se ha apoderado de mi espritu como el demonio tentador... No, no ir al claustro, porque s que lo tendr siempre delante, mezclado con aquella dulce poesa del coro y el altar. Ay, amiga ma! Creers esto que te digo? Creers esta profanacin horrible? Pues s, es verdad. En la iglesia ha tomado cuerpo esta insensata inclinacin. Tal efecto hace en mi espritu turbado todo lo que se refiere a devociones y piedades, que siempre que escucho el son de un rgano, tiemblo de emocin; las campanas de la iglesia hacen palpitar mi pecho con ardiente viveza; la oscuridad de los templos me marea, y Jesucristo crucificado no puede serme amable si no me lo presento con el mismo rostro que veo en todas partes... Esto espanta, no es verdad? Pero no puedo remediarlo. Yo creo que esto es una enfermedad. Tendr yo un mal incurable? Ojal me muera maana de l. As descansara... No, no quiero claustro. Quiero distraerme con el trato de multitud de gentes, ver diversidad de espectculos, visitar el mundo, la sociedad, asistir a tertulias donde se hable de muchas cosas que no sean lord Gray: quiero que mi pensamiento se enrede aqu y all, se desparrame pasando y repasando por distintos caminos, para dejarse un velln de lana en cada flor, en cada espina. Lo que me ha de curar es el mundo, amiga querida, es el mundo con todo lo bueno que encierra, la sociedad, la amistad, las artes, el viajar, el mucho ver y el mucho or; que verdaderamente, aunque mi madre crea lo contrario, la mayor parte de lo que se ve y oye en el mundo es honrado, lcito y provechoso... Aprtenme de la soledad, que es causa de mi perdicin; aprtenme de las meditaciones, del cavilar, de este perenne volteo y constante rodar sobre el eje de una sola idea. Si he de curarme, no me curarn los conventos. Querida amiga, segura estoy de que si entro en l, amar ms locamente a lord Gray, porque no habr cosa alguna que lo aparte de los vigilantes y calenturientos ojos de mi espritu; y si ese hombre se empea en perseguirme aun en la casa de Dios, como sabe hacerlo, no podr guardar la santidad de mis juramentos, y rompiendo rejas y votos, me asir a la primera cuerda que ponga en la ventana de mi celda para arrojarme a la calle. Yo me conozco, querida ma; s leer claramente en este oscuro libro de mi alma, y no me equivoco, no. Oyendo estas palabras en boca de la infeliz joven, al paso que compadeca su desventurada pasin, admiraba la gran perspicacia de su entendimiento. --Pues ten valor. Di a tu madre que no quieres ser monja--indic Ins. --Ayudada por tu amistad, podra hacerlo. Sola no me atrevo. Ella considerar esto como una deshonra, y entonces tendr el claustro en casa, porque me encerrar para siempre. --Todo eso puede vencerse. Principia por rechazar a lord Gray. --Lo har si no le veo, si no me persigue... Asuncin pronunciaba estas palabras, cuando sentimos los pasos de lord Gray. --Es l!--dijo con terror. --Ocltate y sal de la casa. Amaranta hizo pasar a lord Gray a una estancia inmediata y al instante me llam a su lado. El ingls afectaba tranquilidad; mas la condesa adivinando sus propsitos, le desconcert al momento. --Ya s a que viene usted--le dijo--. Sabe que Asuncin ha entrado en mi casa... Por Dios, lord Gray, retrese usted. No quiero tener nuevas ocasiones de disgusto con doa Mara. --Discreta amiga ma--repuso l con vehemencia--. Usted me juzgue mal. Impedir usted que me despida de ella? Dos palabras nada ms. Saben que me voy esta noche? --Es de veras? --Tan cierto como que nos alumbra el sol... Pobrecita Asuncin!... Tambin ella se alegrar de verme... Vamos, no salgo de aqu sin decirle adis... --Francamente, milord--indic Amaranta--. No creo en su partida. --Seora, aseguro a usted que partir de madrugada. Me ha detenido tan slo la broma que pensamos dar a Congosto... Sea testigo Araceli de lo que digo. La condesa sin aguardar ms, abri la mampara, y las dos muchachas aparecieron ante nosotros. Asuncin no poda ocultar la angustia que la dominaba y quiso retirarse. --Se marcha usted porque estoy aqu?--dijo secamente lord Gray--. Pronto saldr de Cdiz y de Espaa, para no pisar ms esta tierra de la ingratitud. Los desengaos que aqu he padecido me impelen con fuerza a huir, aunque mi corazn no ha de encontrar ya reposo en ninguna parte. --Asuncin no puede detenerse para orle a usted--dijo Ins--. Tiene que marcharse a su casa. --No merezco ya ni dos minutos de atencin?--afirm con amargura el noble lord--. Ya no se me concede ni el favor de una palabra?... Est bien, no me quejo. --Ahora parece indudable que parte--dijo Amaranta. --Seora, adis--exclam lord Gray con emocin profunda, verdadera o fingida--. Araceli, adis; Ins, amigos mos, procuren olvidar a este miserable. Y usted, Asuncin, a quien sin duda debo haber ofendido, segn el encono con que me mira, adis tambin. La infeliz se deshaca en lgrimas. --Haba solicitado de usted el ltimo favor, una entrevista para despedirme de la que tanto he amado, pero no espero conseguirlo. He sido un insensato... Ha hecho usted bien en cobrarme de pronto ese aborrecimiento que me estn revelando sus bellos ojos... Miserable de m, he aspirado a lo que me era tan superior! En mi demencia juzgu posible apartar esta noble alma de la piedad a que desde el nacer se inclina; aspir a lo imposible, a luchar con Dios, nico amante que cabe en la inconmensurable grandeza de ese corazn... Adis, vuelva usted a sus santidades, remntese usted a aquellas celestiales alturas, de donde este infame quiso hacerla descender. Entre usted en el claustro... entre usted... Perdneme Dios mis arrebatados pensamientos... cada cual a su puesto. ngeles al cielo, miseria y debilidad a la tierra... Antes amor, locura, ardientes arrebatos; ahora respeto, culto. Maana, como ayer, vivir usted en mi corazn; pero ahora, santa mujer, est usted dentro de l canonizada... Adis, adis. Y apretando calurosamente las manos de la joven, parti con tales modos, que todos le creamos con el corazn despedazado y tuvimos lstima de l. Poco despus Asuncin, acompaada de su ayo, sali a la calle, y la santa imagen, entrando en la casa materna, volvi a su altar. Mis lectores creern, juzgando a lord Gray por las palabras arriba reproducidas, que el astuto seductor parta realmente renunciando a la empresa frustrada en la clebre noche. Qu error! Sigan leyendo un poco ms, y vern que aquella despedida, admirable y hbil recurso estratgico empleado contra la alucinada muchacha, sirviole de preparacin para el hecho (catstrofe podemos llamarlo) consumado aquella misma noche, y con el cual da fin la curiosa aventura que estoy contando. XXXI Narrar punto por punto. Aconteci, pues, que cerca ya del oscurecer en el siguiente da entraba yo con toda tranquilidad en casa de doa Flora, cuando esta, Amaranta y su hija salironme al encuentro con gran sobresalto y alarma. --No sabes lo que ocurre?--dijo doa Flora--. El bribn de lord Gray ha cargado con la santa y la limosna. La Asuncioncita ha desaparecido anoche de la casa. --Pero ha sido violentamente--dijo Ins--porque D. Paco apareci atado al barandal de la escalera. Ella debi de resistir... A sus gritos despertose doa Mara, pero cuando salieron ya estaban fuera. Esta maana, Presentacin, hostigada por su madre, hizo confesin de los amores de su hermana. --No me digan a m que ha resistido--objet doa Flora--; lord Gray es muy galn y muy lindo mozo... A qu vienen con hipocresas?... La nia se march con l porque le dio la gana. --Doa Mara estar satisfecha de la formalidad de las nias...--dijo Amaranta riendo--. Ahora repetir su muletilla: Yo educo a mis hijas como me educaron a m. --Pero se ha marchado lord Gray con ella?--pregunt. --Se dispone a partir. --Ahora acaba de estar aqu un capitn de navo, el cual me ha dicho que milord ha fletado el bergantn ingls Deucalin, que sale maana. --Pero no corremos a impedirlo?--dijo Ins con gran zozobra--. An es tiempo. --Eso ser de cuenta de doa Mara. --Pero ser forzoso avisarle que el Deucalin sale esta noche y que lo ha fletado lord Gray. --S, es preciso avisrselo--repiti Ins con energa--. Ir yo misma. --Gabriel ir al momento. --Por qu no? Aunque doa Mara me arroj ayer de su casa, no tengo inconveniente en prestarle este servicio. --Pero no pierdas tiempo... Yo me muero de impaciencia--indic Ins. --Ve pronto, que la nia se impacienta. --All voy... De veras no cre volver a poner los pies en aquella casa... Conque el Deucalin?... Un bergantn ingls... Me parece que no les atraparn. Corr a la casa de Rumblar, y desde que entr todo me indic que reinaba all la consternacin ms profunda. D. Diego y D. Paco estaban sentados en el corredor, el uno frente al otro, mirndose como dos esfinges de la tristeza, y en las manos del ltimo los verdes cardenales indicaban el suplicio de que haba sido vctima. El infeliz anciano a ratos henda los aires con la rfaga de sus fuertes suspiros, que habran hecho navegar de largo a un navo de lnea. Cuando entr, levantronse los dos, y el ayo dijo: --Vamos a ver si la encontramos ahora. Es el stimo viaje... La condesa de Rumblar y su hija menor estaban escondiendo su dolor y vergenza en un gabinete inmediato a la sala, y en sta la marquesa de Leiva, atada por el reuma a un silln porttil; Ostolaza, Calomarde y Valiente sostenan viva polmica sobre el gran suceso. Cuando o la voz de la de Leiva, lleno de recelo, aunque sin arredrarme, dije para m: --Ahora va a ser la tuya, Gabriel. La marquesa te conocer, con lo cual, hijo, has hecho tu suerte. Entr, sin embargo, resueltamente. --De modo--deca la marquesa--que un ingls se puede burlar impunemente de toda Espaa... --En la embajada--indic Valiente--rieron mucho cuando les cont lo ocurrido, y dijeron: Cosas de lord Gray. --Yo he afirmado siempre--dijo Ostolaza con petulancia--que la alianza con los ingleses sera a Espaa muy funesta. Yo cort de sbito el coloquio, diciendo: --Traigo noticias de lord Gray. La marquesa examinome de pies a cabeza, y luego, sealndome impertinentemente con la muleta que sus doloridas piernas le obligaban a usar, pregunt: --Usted?... Y usted quin es? --Es el Sr. de Araceli--dijo Ostolaza con sonsonete desdeoso. --Ya... ya conozco a este caballero--dijo la de Leiva con malicia--. Sigue usted al servicio de mi sobrina? --Me honro en ello. --Viene usted de all? Ins est ya dispuesta a volver a su casa? Ya sabr que el gobernador de Cdiz va esta noche misma por ella... --No saben nada--repuse tan desconcertado como sorprendido. --Creo que bajo el punto legal, la cosa no ofrecer dificultad alguna, no es verdad, seor de Calomarde? --Absolutamente ninguna. La nia volver a casa de usted, que es el jefe de la familia, y cuantas sutilezas se aleguen en contrario no tienen fuerza de derecho. --Tal vez la seora condesa--dije--alegue algn motivo que no est previsto. --Todo est previsto; Sr. Calomarde, no es verdad? Y agradzcame mi sobrina que no he solicitado se dicte auto de prisin contra ella... Pero a esta fecha no nos ha dicho usted lo que anunciaba con respecto a lord Gray. En qu piensa usted, seor de... de qu? --De Araceli--repiti Ostolaza con el mismo sonsonete. Muy brevemente les dije lo que saba. --Pues hay que avisar a la Comandancia de Marina--replic la de Leiva con viveza--. Plumas, papel... En aquel instante entr en la sala un personaje grave, al cual saludaron todos con el mayor respeto. Era D. Juan Mara Villavicencio, gobernador de la ciudad, varn estimabilsimo, buen patriota, instruido, algo filsofo y hbil por dems en el conocimiento y trato de las gentes. --Ya tenemos datos, Sr. Villavicencio--dijo la marquesa, contndole lo del Deucalin. --En este negocio, seora--respondi el funcionario bajando la voz--hay que andar con prudencia... Antes de ocuparme de lord Gray voy a cumplir el acto legal, en cuya virtud la Inesita volver esta noche a su casa. El alma se me parti al or esto. --Pronto, pronto, amigo mo--dijo la reumtica--. Tambin temo que se me escapen. La gente de esta casa se marcha por el escotilln, y esto parece escenario de un teatro... Y cremos que haba sido robada por lord Gray. La pcara se march sola... --En cuanto a lord Gray--dijo Villavicencio en tono dubitativo y con cierto embarazo--me parece que no podemos hacer nada contra l... La Asuncioncita volver al lado de su madre o a donde la quieran llevar; pero eso de prender y castigar a milord... --Pero... --Seora, no podemos chocar con la embajada... Ya conoce usted las circunstancias; Wellesley es quisquilloso... la alianza... --Maldita sea la alianza! --Y esto lo dice una dama espaola--exclam Villavicencio con entusiasmo--el da en que nos llega la noticia de una gloriosa batalla, de esa gran victoria, seores, ganada por espaoles, ingleses y portugueses en los campos de Albuera! --Otra batalla!--exclam la marquesa con hasto--. Siempre batallas, y la guerra no se acaba nunca. --Creo que ha sido muy sangrienta--dijo Calomarde. --Como todas las que damos--repuso con orgullo Villavicencio--. Hemos perdido cinco mil hombres y matado a los franceses ms de diez mil... Precioso resultado!... Han muerto dos generales franceses, dos ingleses, y de los nuestros han quedado heridos D. Carlos Espaa y el insigne Blake. --De todo eso se deduce que no podemos hacer nada contra Gray--dijo con disgusto la de Leiva. --Nada, seora... Se va a erigir un monumento a Jorge III... La embajada inglesa... Wellesley... Oh!, esta batalla de la Albuera estrechar ms an las relaciones entre ambos pases. --Gran victoria!--dijo Valiente--. En Extremadura nos envalentonamos un poco. --Pero est muy mal de la parte del Ebro. Tortosa ha cado ya en poder del enemigo... --Traicin, pura traicin del conde de Alacha. --Tambin se han apoderado los franceses del fuerte de San Felipe en el Coll de Balaguer. --Pero an resiste Tarragona. --Y resistir ms todava. --Y de Manresa, qu se ha dicho hoy? --Ya es seguro que ha sido incendiada. --Nada de eso nos importa por ahora--dijo la marquesa, interrumpiendo la chispeante conversacin patritica--. En suma, Sr. Villavicencio, si milord se escapa... --Qu le hemos de hacer! Nadie sabe dnde est. --Creo que esta noche se le podr ver--dijo Valiente--porque a las diez se verificar, segn he odo, entre lord Gray y D. Pedro del Congosto una especie de desafo quijotesco con que espera rerse mucho la gente. --Bobadas... En fin, seora marquesa, Wellesley me ha prometido que la muchacha volver, pero hay que dejar en paz a lord Gray... Seora marquesa, me llama mucho la atencin este extrao caso. Soy experto en ciertos asuntos, y creo que en el lance de que nos ocupamos juega alguna persona que no es lord Gray. --Lo cree usted? Yo opino que Ins se ha marchado sola. --Pues yo creo que no. --O con lord Gray. Ese seor ingls se propone desocupar mi casa. --Algn otro pjaro, seora, algn otro pjaro ha enredado aqu, y no parar hasta averiguar quin es... Los dos raptos tienen entre s ntima conexin. --Busque usted, pues--dijo la marquesa--a ese cmplice desconocido, y haga caer sobre l todo el peso de la ley, si es que nada puede hacerse contra lord Gray. --Espero sacar mucho partido de mis averiguaciones esta noche. --Verdaderamente--dijo Calomarde--si ha de haber un choque con la embajada inglesa, lo mejor es dar fuerte sobre el pobre cmplice si se descubre, y decir: aqu que no peco. --As anda la justicia en Espaa--objet la de Leiva. --Veremos lo que saco en limpio--dijo Villavicencio--. Vaya, seora ma, me voy a hacer una visita de cumplido a la calle de la Vernica. Creo que bastar mi autoridad... De pronto presentose D. Paco en la sala sofocado y jadeante, y exclam: --Ah est, ah est ya!... al fin la encontramos. --Quin? --La seora doa Asuncioncita... Pobre nia de mi alma!... Est en la escalera... No quiere subir... parece medio muerta la pobrecita!... XXXII Rein sepulcral silencio, y miramos todos a la puerta del fondo por donde apareci doa Mara. Con decoroso silencio, que no con lgrimas, mostraba esta seora su honda pena. El color blanco de su cara habase convertido en una palidez pergaminosa; su frente estaba surcada de repentinas arrugas, y los secos ojos tan pronto irradiaban el fulgor de la ira como se abatan amortiguados. Pero otro incidente llam la atencin ms que el grave silencio y la amarillez y las arrugas, y fue que sus cabellos, entrecanos algunos das antes, estaban enteramente blancos. --Est ah!--repiti un sordo murmullo. --Te negars a recibirla?--dijo con emocin la marquesa, adivinando los pensamientos de doa Mara. --No... que venga aqu--repuso la madre con energa--. Ver a la que ha sido mi hija... La encontr usted? Estaba sola? --Sola, seora--exclam llorando D. Paco--. Y en qu triste y lastimoso estado! Los vestidos estn rotos, en su preciosa cabecita tiene varias heridas, y en su voz y ademanes demuestra el ms grande arrepentimiento. No ha querido subir, y yace exnime y sin fuerzas en la escalera. --Que entre--dijo la de Leiva--. La infeliz empieza a expiar su culpa. Mara, pas la ocasin del rigor y ha llegado el momento de la benevolencia. Recibe a tu hija, y si acab para el mundo, no acabe para ti. --Retirmonos para evitarle la vergenza de verse delante de nosotros--dijo Valiente. --No, queden todos aqu. --Sr. D. Francisco--dijo doa Mara al ayo--traiga usted a Asuncin. El ayo sali determinando fuertes corrientes atmosfricas con la violencia de sus suspiros. Bien pronto omos la voz de Asuncin que gritaba: --Mtenme, que me maten: no quiero que mi madre me vea. Por D. Diego y el ayo conducida, a intervalos suavemente arrastrada, casi trada a cuestas, entr la infeliz muchacha en la sala. En la puerta arrojose al suelo, y sus cabellos en desorden sueltos, le cubran la cara. Todos acudimos a ella, la levantamos, la consolamos con palabras cariosas; pero ella clamaba sin cesar: --Mtenme de una vez. No quiero vivir. --La seora doa Mara la perdonar a usted--le dijimos. --No, mi madre no me perdonar. Estoy condenada para siempre. Doa Mara, por largo tiempo llena de entereza y superioridad, comenz a declinar y su grande nimo se abati ante espectculo tan lamentable. Despus de mucho luchar con la sensibilidad y el cario materno, pugn por sobreponerse a este, y resueltamente exclam: --He dicho que la traigan aqu? No, me equivoqu. No quiero verla, no es mi hija. Vyase a los lugares de donde ha venido. Mi hija ha muerto. --Seora--exclam D. Paco ponindose de rodillas--si la seora doa Asuncioncita no se queda en la casa, usted se condenar. Pues qu ha hecho? Salir a dar un paseo. Verdad, nia ma? --No; mi madre no me perdona!--grit con desesperacin la muchacha--. Llvenme fuera de aqu. No merezco pisar esta casa... Mi madre no me perdona. Vale ms que me maten de una vez. --Sosigate, hija ma--dijo la de Leiva--. Grande es tu culpa; pero si no puedes reconquistar el cario de tu madre y la estimacin de todos, no sers abandonada a tu dolor. Levntate. Dnde est lord Gray? --No s. --Vino a buscarte con conocimiento y consentimiento tuyo? La desgraciada se cubra el rostro con las manos. --Habla, hija ma, es preciso saber la verdad--dijo la de Leiva--. Tal vez tu culpa no sea tan grande como parece. Saliste de buen grado? La presencia de doa Mara se conoca por su respiracin que era como un sordo mugido. Luego omos distintamente estas palabras que parecan salir de la cavernosa garganta de una leona: --S... de grado... de grado. --Lord Gray--dijo Asuncin--me jur que al da siguiente abrazara el catolicismo. --Y que se casara contigo, pobrecita!--dijo con benevolencia la marquesa. --Lo de siempre... historia vieja--balbuce Calomarde a mi odo. --Seores--dijo Villavicencio--retirmonos. Estamos aumentando con nuestra presencia la confusin de esta desgraciada nia. --Repito que se queden todos--dijo la de Rumblar con fnebre acento--. Quiero que asistan a los funerales del honor de mi casa. Asuncin, si quieres, no que te perdone, sino que tolere tu presencia aqu, confiesa todo. --Me prometi abrazar el catolicismo... me dijo que marchara de Cdiz para siempre, si no... Yo cre... --Basta--exclam Villavicencio--. Que se retire a buscar algn reposo esta criatura. --Pero ese infame hombre la ha abandonado... --La ha arrojado de su casa--dijo D. Paco. Mltiple exclamacin de horror reson en la sala. --Esta maana--aadi Asuncin sacando difcilmente de su pecho el aliento necesario para hablar--lord Gray sali dejndome sola en la casa. Yo temblaba de zozobra... Entraron luego unas mujeres, unas mujerzuelas... qu horrible gente!... Con sus gritos me desvanecieron y con sus manos me maltrataron. Todas se rean de m y me desgarraron los vestidos, dicindome palabras ignominiosas... Beban y coman en una mesa que el criado de milord les dispuso... disputaban unas con otras sobre cul de ellas era ms amada por l... Entonces comprend el abismo en que haba cado... Lord Gray volvi... Le increp por su vil conducta... Estaba taciturno y sombro... Tom una chinela y con ella les azot la cara a aquellas viles mujeres... Me colm de cuidados. Me dijo que me iba a llevar a Malta... Yo me negu a ello y empec a llorar amargamente invocando el nombre de Jess... Volvieron las mujeres acompaadas de hombres soeces; uno de ellos quiso ultrajarme. Lord Gray le rompi la cabeza con una silla... Corri la sangre... Dios mo, qu horror!... Detenase a cada rato, y luego con gran esfuerzo segua: --Lord Gray me dijo despus que l no poda hacerse catlico, y que se alegraba de que yo entrase en el convento para robarme. Quise salir y el criado anunci la llegada de una seora... Oh! Entr una seora principal que le llam ingrato... La seora se rea de m... Qu hora, Dios mo, qu hora!... La seora dijo que yo era la ms piadosa y devota seorita de todo Cdiz, y luego me rog que encomendase a lord Gray a Dios en mis oraciones... La vergenza me inflamaba, y busqu un cuchillo para matarme... Despus... Estbamos todos conmovidos y aterrados con la pattica relacin de la desgraciada nia, digna de mejor suerte. --Despus... entraron unos hombres; qu hombres! Vestan de cruzados como don Pedro del Congosto, y venan a recordar a lord Gray que este le haba desafiado... Entraron los amigos de lord Gray y todos se rieron mucho del desafo con D. Pedro. Luego... milord me rog de nuevo que partiese con l a Malta... Yo le deca que me hiciese el favor de matarme... Rease a carcajadas y jugando con un pual haca como que me quera matar... Me inspiraba tal horror que hu de su lado... Yo corr por la casa dando gritos... l se rea... un criado me dijo: milord me ha mandado que la acompae a usted a su casa. Salimos a la calle y en la puerta aadi: No tengo ganas de ir tan lejos: vaya usted sola, y cerr la puerta... Di algunos pasos... una mujer frentica que dijo haber perdido por m los favores de lord Gray, quiso castigarme... Ay!, yo estaba medio muerta y me dej castigar... Libre al fin recorr varias calles... me perd... yo buscaba la muralla para arrojarme al mar... al fin despus de dar mil vueltas volv junto a la casa de lord Gray... Encontrronme D. Paco y mi hermano... yo no quera venir aqu... pero me trajeron al fin a mi casa de donde sal culpable, y a donde vuelvo castigada, pues las penas todas del purgatorio y el infierno no son superiores a las que yo he padecido hoy... Aun as no merezco perdn. Mi falta es grande... No merezco ms que la muerte, y pido a Dios que me la conceda esta noche misma, para que ni un da ms soporte la vergenza y el deshonor que han cado sobre m. Seora madre ma, adis! Hermana ma, adis! No quiero vivir! No dijo ms y cay desmayada en el pavimento. Conmovidos y aterrados, contemplamos el semblante de doa Mara, que reclinada en el silln, con la barba apoyada en la mano, silenciosa, ceuda primero como una sibila de Miguel ngel, y conmovida despus, pues tambin las montaas se quebrantan al sacudimiento del rayo, derram lgrimas abundantes. Pareca que su rostro se quemaba. Su llanto era metal derretido. --Hija ma--dijo la marquesa--, retrate a descansar... Sr. D. Francisco, o t, Diego, llvala a su cuarto. El conmovedor espectculo de la infeliz Asuncin desapareci de nuestra vista. --Seoras--dijo Villavicencio--tengo el alma despedazada, y me retiro. --Siento mucho... pues...--murmur Ostolaza, y se retir tambin. --He tenido un verdadero sentimiento...--dijo Valiente, marchndose tras el anterior. --Por mi parte...--indic Calomarde saludando--. Si es preciso entablar recurso... Se fueron todos. Yo me qued, porque una fuerza irresistible me clavaba en aquella sala, y no poda apartar el pensamiento del desolado cuadro que haba visto. Delante de m estaba la de Rumblar en la misma actitud en que antes la he descrito. El fenmeno de su llanto me llenaba de asombro. A mi lado la marquesa de Leiva lloraba tambin. Pero no estbamos solos los tres. Acababa de entrar una figura estrambtica, un mamarracho de los antiguos tiempos, una caricatura de la caballera, de la nobleza, de la dignidad, del valor espaol de otras edades. Mirando aquella figura de sainete que se presentaba tan inoportunamente, dije para m: --Qu vendr a hacer aqu D. Pedro del Congosto? Si creer que sus caballeras ridculas sirven de alguna cosa en estas circunstancias? La de Leiva abri los ojos, vio al estafermo, y como si no diera importancia alguna a su persona, volviose a m y me dijo: --Qu piensa usted de lord Gray? --Que es un infame, seora. --Quedar sin castigo? --No quedar--exclam arrebatado por la ira. D. Pedro del Congosto dio algunos pasos, psose delante de doa Mara, y alzando el brazo, con voz y gesto que al mismo tiempo parecan trgicos y cmicos, habl as: --Seora doa Mara... esta noche!... a las once!... en la Caleta! --Oh! Gracias a Dios!--exclam la noble seora levantndose con mpetu--. Gracias a Dios que hay en Espaa un caballero... Cuatro personas han presenciado el lastimoso cuadro de la deshonra de mi hija, y a ninguno se le ha ocurrido tomar por su cuenta el castigo de ese miserable. --Seora--dijo Congosto con voz hueca, que antes que risa, como otras veces, me produjo un espanto indefinible--. Seora, lord Gray morir. Aquellas palabras retumbaron en mi cerebro. Mir a D. Pedro y me pareci trasfigurado. Aquel espantajo, recuerdo de los heroicos tiempos, dej de ser a mis ojos una caricatura desde el momento en que me lo represent como providencial brazo de la justicia. --No es usted, D. Pedro--dijo con incredulidad la de Leiva--quien ha de arreglar esto. --Seora doa Mara--repiti el estafermo sublimado por una alta idea de su propio papel, por la idea de la hidalgua, del honor, de la justicia--esta noche!... a las once!... en la Caleta! Todo est dispuesto. --Oh! Bendita sea mil veces la nica voz que ha sonado en mi defensa en esta sociedad indiferente. Abominables tiempos, an hay dentro de vosotros algo noble y sublime. Esto que en otras circunstancias hubiera sido ridculo, tratndose de D. Pedro, en aquellas me haca estremecer. --Bendito sea mil veces--continu doa Mara--el nico brazo que se ha alzado para vengar mi ultraje en esta generacin corrompida, incapaz de un sentimiento elevado. --Seora--dijo D. Pedro--adis... voy a prepararme. Y parti rpidamente de la sala. --Mara--dijo la de Leiva a su parienta--sosigate; debes procurar dormir... --No puedo sosegar--repuso la dama--. No puedo dormir... Oh Dios mo! Si permites que el miserable quede sin castigo... Si vieras, mujer... siento una salvaje complacencia al recordar aquellas palabras esta noche... a las once... en la Caleta. --No esperes de D. Pedro ms que ridiculeces... Sosigate... Han dicho aqu que el desafo de D. Pedro con lord Gray era una funcin quijotesca. No es verdad, caballero? --S, seora--repuse--. Son ya las diez... Soy amigo de lord Gray y no puedo faltar. Respetuosamente me desped de ellas y sal. Detvome en la escalera D. Diego, que a toda prisa y muy sofocado suba, y me dijo: --Gabriel, ah me traen otra vez a la buena alhaja de doa Inesita. --Quin? --El gobernador. Esta noche todas las ovejas descarriadas vuelven al redil... Vengo de all... si vieras. La condesa ha llorado mucho y se ha puesto de rodillas delante de Villavicencio; pero no pudo conseguir nada. La ley y siempre la ley. Si es lo que yo digo: la ley... Por supuesto, chico, no puedo negarte que me dio lstima de la pobre condesa. Lloraba tanto... Ins estaba ms serena y se conformaba. Agurdate y la vers llegar. Sin embargo, ms vale que no parezcas en tu vida por aqu. Villavicencio quiso averiguar el cmo y cundo de la fuga de Ins, y all le dijeron que la sacaste t de la casa. Te anda buscando porque no te conoce. Dice que eres cmplice de lord Gray y el verdadero criminal. Calumnia, pura calumnia; pero no te metas en vindicar tu honra mancillada y echa a correr, que Villavicencio tiene malas pulgas, y aunque te escuda el fuero militar... Conque en marcha y no vuelvas a Cdiz en tres meses. --Pues s; yo fui quien la sac de casa. --T!--exclam con tanto asombro como clera--. Ya no me acordaba que eres servidor de mi famosa parienta la condesa. Conque la sacaste t? --Y la volver a sacar. --T bromeas... no pienses que me apuro mucho... Crees que insisto en casarme con ella?... Pues ahora de mejores veras debes poner los pies en polvorosa, porque voy a contarle a mam tu hazaa... Francamente, yo cre que era una calumnia. Ahora me explico el furor de Villavicencio contra ti. Pues no dice que t eres el autor de todo y que es preciso sentarte la mano? --A m? --Y disculpaba a lord Gray... Se me figura que quieren hacer justicia en tu persona sin molestar para nada al seor milord. ndate con cuidado, pues se le ha puesto en la cabeza que t eres cmplice del maldito ingls y le ayudaste en esta gran bribonada que nos ha hecho. --Ha visto usted a lord Gray?--le pregunt--. Dnde se le podr encontrar? --Ahora mismo me han dicho que le acaban de ver paseando solo por la muralla. Maldito ingls! Las pagar todas juntas... Hace poco la Inesita me llam vil y cobarde por dejar sin castigo esto de anoche, y aseguraba que si ella fuera hombre... estaba furiosa la nia. Por supuesto, yo pienso buscar a lord Gray, y cuando le vea le he de decir so tunante..., pues... conque mrchate... t tambin eres buena pieza. Adis. No me poda detener a contestar sus majaderas, porque un pensamiento fijo me atormentaba, y dirigida mi voluntad a un punto invariable con arrebatadora fuerza; nada poda apartarme de aquella corriente por donde se precipitaba impetuosamente todo mi ser. XXXIII Un cuarto de hora despus tropezaba en la muralla, frente al Carmen, con lord Gray, el cual, deteniendo la velocidad de su paso, me habl as: --Oh, Sr. de Araceli... gracias a Dios que viene alguien a hacerme compaa!... He dado siete vueltas a Cdiz corriendo todo lo largo de la muralla... Aburrimiento y desesperacin!... Mi destino es dar vueltas... dar vueltas a la noria. --Est usted triste? --Mi alma est negra... ms negra que la noche--repuso con alucinacin--. Camino sin cesar buscando la claridad, y no hago ms que dar vueltas recorriendo un crculo fatal. Cdiz es una crcel redonda, cuya pared circular gira alrededor de nuestro cerebro... Me muero aqu. --Tan feliz ayer y tan desgraciado hoy!--le dije--. Cun limitada es la creacin que est a nuestro alcance! Cun pobre es el universo!... El Omnipotente se ha reservado para s lo mejor, dejndonos la escoria... No podemos salir de este maldito crculo... no hay escape por la tangente... El ansia de lo infinito quema nuestra alma, y no es posible dar un paso en busca de alivio... Vueltas y ms vueltas... Mula de noria... arre!... Otro circulito y otro y otro... --Lord Gray, Dios le ha dado a usted todo y usted malgasta y arroja las riquezas de su alma hacindose infortunado sin deber serlo. --Amigo--me dijo apretndome la mano tan fuertemente que cre me la deshaca--soy muy desgraciado. Tenga usted lstima de m. --Si eso es desgracia, qu nombre daremos a la horrenda agona de una criatura, a quien usted acaba de precipitar en la mayor deshonra y vergenza? --Usted la ha visto?... Infeliz muchacha!... Le he rogado que vaya conmigo a Malta y no quiere. --Y hace bien. --Pobre santita! Cuando la vi, ms que su hermosura que es mucha, ms que su talento que es grande, me cautiv su piedad... Todos decan que era perfecta, todos decan que mereca ser venerada en los altares... Esto me inflamaba ms. Penetrar los misterios de aquella arca santa; ver lo que exista dentro de aquel venerable estuche de recogimiento, de piedad, de silencio, de modestia, de santa uncin; acercarme y coger con mis manos aquella imagen celestial de mujer canonizable; alzarle el velo y mirar si haba algo de humano tras los celajes msticos que la envolvan; coger para m lo que no estaba destinado a ningn hombre y apropiarme lo que todos haban convenido en que fuese para Dios... Qu inefable delicia, qu sublime encanto!... Ay!, fing, enga, burl... Maldita familia... Luchar con ella es luchar con toda una nacin... Para atacarla toda la inteligencia y la astucia toda no bastan... Mil veces sea condenada la historia que crea estas fortalezas inexpugnables. --La audacia y la despreocupacin de un hombre son ms fuertes que la historia. --Pero cmo se desvanece todo... Aquello que ayer an vala, hoy no vale nada y su encanto desaparece como el humo, como la nave, como la sombra... El hermoso misterio se disip... La realidad todo lo mata... Ay! Yo buscaba algo extraordinario, profundamente grandioso y sublime en aquella encarnacin del principio religioso que caa en mis brazos; yo esperaba un tesoro de ideales delicias para mi alma, abrasada en sed inextinguible; yo esperaba recibir una impresin celeste que transportara mi alma a la esfera de las ms altas concepciones; pero maldita Naturaleza!, la criatura serfica que yo soaba rodeada de nubes y de angelitos en sobrenatural beatitud, se deshizo, se disip, se descompuso, como una imagen de mquina ptica cuya luz sopla el brbaro titiritero diciendo: buenas noches.... Todo desapareci... Las alas de ngel agitndose zumbaban en mi odo, pero yo me desencajaba los ojos mirando y no vea nada, absolutamente nada ms que una mujer... una mujer como otra cualquiera, como la de ayer, como la de anteayer... --Hay que conformarse con lo que Dios nos ha dado y no aspirar a ms. En resumen: usted sac a Asuncin de su casa, jurndole que abrazara el catolicismo y se casara con ella. --Es verdad. --Y lo cumplir usted. --No pienso casarme. --Entonces... --Ya le he dicho que venga conmigo a Malta. --Ella no ir. --Pues yo s. --Milord--dije dando a mis palabras toda la serenidad posible--usted debajo de ese humor melanclico, debajo de los oropeles de su imaginacin tan brillante como loca, guarda sin duda un profundo sentido y un corazn de legtimo oro, no de vil metal sobredorado como sus acciones. --Qu quiere usted decirme? --Que una persona honrada como usted sabr reparar la ms reciente y la ms grave de sus faltas. --Araceli--me dijo con mucha sequedad--es usted impertinente. Acaso es usted hermano, esposo o cortejo de la persona ofendida? --Lo mismo que si lo fuera--repuse, obligndole a detenerse en su marcha febril. --Qu sentimiento le impulsa a usted a meterse en lo que no le importa? Quijotismo, puro quijotismo. --Un sentimiento que no s definir y que me mueve a dar este paso con fuerza extraordinaria--repuse--. Un sentimiento que creo encierra algo de amor a la sociedad en que vivo y amor a la justicia que adoro... No le puedo contener ni sofocar. Quizs me equivoque; pero creo que usted es una peligrosa, aunque hermosa bestia, a quien es preciso perseguir y castigar. --Es usted doa Mara?--me dijo con los ojos extraviados y la faz descompuesta--es usted doa Mara que toma forma varonil para ponrseme delante? Slo a ella debo dar cuentas de mis acciones. --Yo soy quien soy. Por lo dems, si parte de la responsabilidad corresponde a la madre de la vctima, eso no aminora la culpa de usted... Pero no es una sola vctima; las vctimas somos varias. La salvaje pasin de una furia loca y desenfrenada para quien no hay en el mundo ni ley, ni sentimiento, ni costumbre respetables, alcanza en sus estragos a cuanto la rodea. Por la accin de usted personas inocentes estn expuestas a ser mortificadas y perseguidas, y yo mismo aparezco responsable de faltas que no he cometido. --En fin, Araceli, en qu viene a parar toda esa msica?--dijo con tono y modales que me recordaban el da de la borrachera en casa de Poenco. --Esto viene a parar--repuse con vehemencia--en que usted se me ha hecho profundamente aborrecible, en que me mortifica verle a usted delante de m, en que le odio a usted, lord Gray, y no necesito decir ms. Yo senta inusitado fuego circulando por mis venas. No me explicaba aquello. Deseaba sofocar aquel sentimiento exterminador y sanguinario; pero el recuerdo de la infeliz muchacha a quien poco antes haba visto, me haca crispar los nervios, apretar los puos, y el corazn se me quera saltar del pecho. No haba clculo en m. Todo lo que determinaba mi existencia en aquel momento era pasin pura. --Araceli--aadi respirando con fuerza--, esta noche no estoy para bromas. Crees que soy Currito Bez? --Lord Gray--repuse--tampoco yo estoy para bromas. --Todava--dijo con amargo desdn--no he gustado el placer de matar a un deshacedor de agravios propios y amparador de doncellas ajenas. --Maldito sea yo, si no es noble y nuevo lo que inflama mi espritu en este instante. --Araceli!--exclam con sbita furia--quieres que te mate? Deseo acabar con alguien. --Estoy dispuesto a darle a usted ese gusto. --Cundo? --Ahora mismo. --Ah!--dijo riendo a carcajadas--. Tiene la preferencia el Sr. D. Quijote de la Mancha. Espaa, me despido de ti luchando con tu hroe. --No importa. Despus de las burlas pueden venir las veras. --Nos batiremos... Quiere usted antes recibir las ltimas lecciones de esgrima? --Gracias, ya s lo bastante. --Pobre nio!... Le matar a usted!... Pero son las diez y media... mis amigos me esperan... --A la Caleta. --Nombramos padrinos? --No nos faltarn amigos para elegir. --Vamos pronto. --Ahora mismo. --Cre--dijo con espontnea fruicin--, que no haba en Cdiz ms Quijote que D. Pedro del Congosto... Oh, Espaa! Delicioso pas! XXXIV La noche era oscura y serena. Al acercarnos a la puerta de la Caleta vimos de lejos la iluminacin que haba en la plazuela de las Barquillas, junto al teatro y en las barracas. Inmensa multitud se apiaba en aquellos improvisados sitios de recreo, y oanse los gritos y vivas con que se celebraba el gran suceso de la Albuera. Aguardamos largo rato. Los amigos de lord Gray y D. Pedro esperaban en la muralla en dos grupos distintos. --Se han trado los garrotes?--pregunt sigilosamente uno de los de lord Gray. --S... son vergajos de cuero para que pueda ser vapuleado sin recibir golpes mortales... --Y las hachas de viento? --Y los cohetes? --Todo est--dijo uno sin poder disimular su gozo--. El figurn vestido de todas armas a la antigua que ha de presentarse en lugar de lord Gray aguarda en aquella casa. Mamarracho igual no le ha visto Cdiz. --Pero D. Pedro no parece... --All viene... sus amigos los cruzados le rodean. --Todo ha de hacerse como lo he dispuesto yo...--indic lord Gray--quiero despedirme de Cdiz con buen bromazo. --Lstima que esto no pudiera hacerse en el escenario del teatro. --Seores, se acerca la hora. Baja usted... Araceli? --Al instante voy. Bajaron todos, y me detuve deseando aislarme por breve rato para recoger mi espritu y dar alas a mi pensamiento. Habame paseado un poco entre la puerta y la plataforma de Capuchinos, cuando vi en la muralla una persona, un bulto negro, cuya forma y figura no poda distinguirse bien, y que se volva hacia la playa, siguiendo con la vista a los espectadores y hroes del burlesco desafo. Picbame la curiosidad por saber quin era; mas teniendo prisa, no me detuve y baj al instante. Dos grandes grupos se formaron en la playa, y los de uno y otro bando, excepto algunos bobalicones que vestan el traje de cruzados, estaban en el ajo. Entre los de lord Gray, vi un figurn armado de pies a cabeza, con peto y espaldar de latn, celada de encaje, rodela y con tantas plumas en la cabeza que ms que guerrero pareca salvaje de Amrica. Dbanle instrucciones los dems y l deca: --Ya s lo que tengo que hacer. Triste cosa es dejarse matar, manque sea de mentirijiyas... Yo le dir que me pongo en guardia, luego hablar ingls as: Pliquis miquis..., y despus dar un berrido, ctera, ctera... --Haz todo lo posible por imitar mis modales y mi voz--le dijo lord Gray. --Descuide miloro. Uno de los presentes acercose al otro grupo y dijo en voz alta: --Su excelencia lord Gray, duque de Gray, est dispuesto. Vamos a partir el sol; pero como no hay sol, se partirn las estrellas... Hagamos una raya en la arena. --Por mi parte, pronto estoy--dijo D. Pedro, viendo avanzar hacia el ruedo la espantable figura del caballero armado--. Me parece que tiembla usted, lord Gray. Y en efecto, el supuesto lord temblaba. --Dios venga en mi ayuda--exclam huecamente Congosto--y que este brazo, pronto a defender la justicia y a vengar un vergonzoso ultraje, sea ms fuerte que el del Cid... Lord Gray, reconoce usted su error y se dispone a reparar la afrenta que ha causado? El Sr. Poenco (pues no era otro) crey prudente contestar en ingls de esta manera: --Pliquis miquis... ay!, ooo!... Esperpentis Congosto... Nooo! --Pues sea!--dijo D Pedro sacando la espada--y a quien Dios se la d... Cruzronse los terribles aceros; daba don Pedro unos mandobles que habran hendido en dos mitades al Sr. Poenco, si este con prudencia suma no se retirara dando saltos hacia atrs. Los presentes aguantaban con gran trabajo la risa, porque el desafo era una especie de baile, en el cual vease a don Pedro saltando de aqu para all para atrapar bajo el filo de su espada al supuesto lord Gray. Por fin, despus de repetidas vueltas y revueltas, este exhal un rugido y cay en tierra, diciendo: --Muerto soy. Al punto D. Pedro viose rodeado por un lado y otro. Multitud de vergajos cayeron sobre sus lomos, y con loco estrpito repetan los circunstantes: --Viva el gran D. Pedro del Congosto, el ms valiente caballero de Espaa! Las hachas de viento se encendieron y comenz una especie de escena infernal. Este le empujaba de un lado, aquel del otro, queran llevarle en vilo; pero fue preciso arrastrarle, y en tanto llovan los palos sobre el infeliz caballero y los dos o tres cruzados que salieron en su defensa. --Viva el valiente, el invencible D. Pedro del Congosto, que ha matado a lord Gray! --Atrs canalla!--gritaba defendindose el estafermo--. Si le mat a l, har lo mismo con vosotros, gentuza vengativa y desvergonzada. Y apaleado, pinchado, empujado, arrastrado, fue conducido hacia la puerta como en grotesco triunfo, hasta que condolidos de tanta crueldad, le cargaron a cuestas, llevndole procesionalmente a la ciudad. Unos tocaban cuernos, otros golpeaban sartenes y cacharros, otros sonaban cencerros y esquilas, y con el ruido de tales instrumentos y el fulgor de las hachas, aquel cuadro pareca escena de brujas o fantstica asonada del tiempo en que haba encantadores en el mundo. Ya en lo alto de la muralla, dejaron de mortificar al hroe, y llevado en hombros, su paseo por delante de las barracas fue un verdadero triunfo. La espada de D. Pedro qued abandonada en el suelo. Era segn antes he dicho, la espada de Francisco Pizarro. A tal estado haban venido a parar las grandezas heroicas de Espaa. Lord Gray y yo con otros dos, nos habamos quedado en la playa. --Una segunda broma?--pregunt Figueroa, que era uno de los padrinos, sobre el terreno nombrados. --Acabemos de una vez--dijo lord Gray con impaciencia--. Tengo que arreglar mi viaje. --Dense explicaciones--dijo el otro--y se evitar un lance desagradable. --Araceli es quien tiene que darlas, no yo--afirm el ingls. --A lord Gray corresponde hablar, sincerndose de su vil conducta. --En guardia--exclam l con frenes--. Me despido de Cdiz matando a un amigo. --En guardia--exclam yo sacando la espada. Los preliminares duraron poco y los dos aceros culebrearon con luz de plata en la oscuridad de la noche. De pronto uno de los padrinos dijo: --Alto, alguien nos ve... Por all avanza una persona. --Un bulto negro... Maldito sea el curioso. --Si ser Villavicencio, que ha tenido noticia de la broma y creyendo venir a impedirla, sorprende las veras... --Parece una mujer. --Ms bien parece un hombre. Se detiene all... nos observa. --Adelante--dijo lord Gray--. Que venga el mundo entero a observarnos. --Adelante. Volvieron a cruzarse los aceros. Yo me senta fuerte en la segunda embestida; lord Gray era habilsimo tirador; pero estaba agitado, mientras que yo conservaba bastante serenidad. De pronto mi mano avanz con rpido empuje; sintiose el chirrido de un acero al resbalar contra el otro, y lord Gray articulando una exclamacin, cay en tierra. --Muero--dijo, llevndose la mano al pecho--. Araceli... buen discpulo... honra a su maestro. XXXV Arrojando la espada, mi primer impulso fue correr hacia el herido y auxiliarle; pero Figueroa lleno de turbacin, me dijo: --Esto es hecho... Araceli, huye... no pierdas tiempo. El gobernador... la embajada... Wellesley. Comprendiendo lo arriesgado de mi situacin, corr hacia la muralla. Turbado y hondamente impresionado y conmovido andaba hacia la puerta, cuando me detuvo una persona que avanzaba resueltamente hacia el lugar de la catstrofe. --El gobernador Villavicencio!--dije en el primer momento antes de distinguir con claridad el bulto de aquel extrao espectador del duelo. Mas reconociendo a la persona al acercarme a ella, exclam con asombro: --Seora doa Mara... Usted aqu a esta hora! --Ha cado--dijo mirando con viva atencin hacia donde estaba lord Gray--. Acert la marquesa al asegurar que no era D. Pedro hombre a propsito para llevar adelante esta grande empresa. Usted... --Seora--dije bruscamente--no alabe usted mi hazaa... Quiero olvidarla, quiera olvidar que esta mano... --Ha castigado usted la infamia de un malvado, y el alto principio del honor ha quedado triunfante. --Lo dudo mucho, seora. El orgullo de mi hazaa es una llama que me quema el corazn. --Quiero verlo--dijo bruscamente la seora. --A quin? --A lord Gray. --Yo no--exclam con espanto, deseando alejarme de all. Doa Mara se acerc al cuerpo y lo examin. --Una venda--dijo uno. Doa Mara arroj un pauelo sobre el cuerpo, y quitndose luego un chal negro que bajo el manto traa, hzolo jirones y lo tir sobre la arena. Lord Gray abriendo los ojos, con voz dbil habl as: --Doa Mara! Por qu tomaste la figura de este amigo?... Si tu hija entra en el convento, la sacar. La condesa de Rumblar se alej con presteza de all. Movido de un sentimiento compasivo, acerqueme a lord Gray. Aquella hermosa figura, arrojada en tierra, aquel semblante descolorido y cadavrico me inspiraba profundo dolor. El herido se incorpor al verme, y alzando su mano me dijo algunas palabras que resonaron en mi cerebro con eco que no pude nunca olvidar; extraas palabras! Aparteme rpidamente de all y entraba por la puerta de la Caleta, cuando la de Rumblar, andando a buen paso tras de m, me detuvo. --Llveme usted a mi casa. Si es preciso ocultarle a usted, yo me encargo. Villavicencio quiere prenderle a usted; pero no permito que tan buen caballero caiga en manos de la justicia. Ofrecile el brazo y anduvimos despacio. Yo no deca nada. --Caballero--prosigui--. Oh, cunto me complazco en dar a usted este nombre! La hermosa palabra rarsima vez tiene aplicacin en esta corrompida sociedad. No le contest. Seguimos andando, y por dos o tres veces me prodig los mismos elogios. Yo principiaba a cobrar aborrecimiento a mi estupenda caballerosidad. La sangre de lord Gray corra en surtidor espantoso delante de mis ojos. --Desde hoy, valeroso joven, ha adquirido usted el ltimo grado en mi estimacin, y le dar una prueba de ello. Tampoco dije nada. --Cuando mi hija se present en casa en el lastimoso estado en que usted pudo verla, invoqu a Dios, pidindole el castigo de ese verdugo de nuestra honra. Me indignaba ver que de tantos hombres como en casa se reunieron, ni uno solo comprendi los deberes que el honor impone a un caballero... Cuando vi al buen Congosto dispuesto a vengar mi ultraje, cre firmemente que Dios le haba hecho ejecutor de su justicia. Dicen que D. Pedro es ridculo; pero ay!, como la hidalgua, la nobleza y la elevacin de sentimientos son una excepcin en esta sociedad, las gentes llaman ridculo al que discrepa de su nauseabunda vulgaridad... Yo, no s por qu confiaba en el xito del valor de Congosto... Anhelaba ser hombre, y me consuma en mi profundo dolor. Yo crea que la armona del mundo no poda existir mientras lord Gray viviera, y una curiosidad intensa devoraba mi alma... No poda dormir, el velar me haca dao... no se apartaba de mi pensamiento la escena que despus he presenciado aqu, y cada minuto que pasaba sin saber el resultado de una contienda que yo cre seria, me pareca un siglo... --Seora doa Mara--dije procurando echar fuera el gran peso que tena sobre mi alma--el varonil espritu de usted me asombra. Pero si vuelve usted a nacer y vuelve a tener hijas... --Ya s lo que me quiere usted decir, s... que las tenga ms sujetas, que no les permita ni siquiera mirar a un hombre. He sido demasiado tolerante... Pero apartmonos de aqu... el ruido de esa canalla me hace dao. --Son los patriotas que celebran la victoria de Albuera y la Constitucin que se ha ledo hoy a las Cortes. Detvose un instante ante las barracas y al andar de nuevo, habl as lgubremente: --Yo he muerto, he muerto ya. El mundo acab para m. Le dejo entregado a los charlatanes. Al dirigirle la ltima mirada, mi espritu se recoge en s mismo, se alimenta de s mismo, y no necesita ms... Siento haber nacido en esta infame poca. Yo no soy de esta poca, no... Desde esta noche mi casa se cerrar como un sepulcro... Valeroso joven, al despedirme de usted para siempre, quiero darle una prueba de mi gratitud. Tampoco dije nada... Lord Gray continuaba delante de m. --Usted--prosigui--se presenta desde este instante a mis ojos rodeado de una aureola. Usted ha respondido a mis ideas como responde el brazo al pensamiento. --Maldita aureola--exclam para m--maldito brazo y maldito pensamiento. --Le premiar a usted del modo siguiente. Ya s que usted ama a la estudianta... me lo ha dicho la de Leiva. --Quin es la estudianta, seora? --La estudianta es Ins, hija como usted sabe... dejmonos de misterios... hija de la buena pieza de mi parienta la condesa y de un estudiantillo llamado D. Luis. He querido sacar algn partido de esa infeliz; pero no es posible. Su liviana condicin la hace incapaz de toda enmienda. Vale bien poco. Es cierto que la sac usted de casa? --S, seora. La saqu para llevarla al lado de su madre. Me vanaglorio de esta accin ms que de la que usted acaba de presenciar. --Y la ama usted? --S, seora. --Es una lstima. La estudianta es indigna de usted. Yo se la regalo. Puede usted divertirse con ella... Ser como su madre... le han dado una educacin lamentable, y criada entre gente humildsima, tuvo tiempo de aprender toda clase de malicias. O tales palabras con indignacin, pero call. --Me asombro de mi necedad. Oh! Mi hijo no puede casarse con tal chiquilla... La condesa la reclama, la llama su hija, desbarata la admirable trama de la familia para asegurar el porvenir de la hija y poner un velo al deshonor de la madre. La condesa la reclama... Qu nombre llevar? Desde este momento Ins es una desgraciada criatura esprea, a quien ningn caballero podr ofrecer dignamente su mano. Continu en silencio. Mi entendimiento estaba como paralizado y entumecido por el estupor. --S--prosigui--. Todo ha concluido. Pleitear... porque el mayorazgo me corresponde. La casa de Leiva no tiene sucesin... Supongo que usted no ser capaz de dar su nombre a una... Llvesela usted, llvesela pronto. No quiero tener en casa esa deshonra... Una muchacha sin nombre... una infeliz esprea. Qu horrible espectculo para mi pobrecita Presentacin, para mi nica hija!... Doa Mara exhal un suspiro en que pareca haberse desprendido de la mitad de su alma, y no dijo ms por el camino. Yo tampoco habl una palabra. Llegamos a la casa, donde con impaciencia y zozobra esperaba a su ama D. Paco. Subimos en silencio, aguard un instante en la sala, y doa Mara despus de pequea ausencia apareci trayendo a Ins de la mano, y me dijo: --Ah la tiene usted... Puede usted llevrsela, huir de Cdiz... divertirse, s, divertirse con ella. Le aseguro a usted que vale poco... Despus de la declaracin de su madre, yo aseguro que ni la marquesa de Leiva ni yo haremos nada por recobrarla. --Vamos, Ins--exclam--huyamos de aqu, huyamos para siempre de esta casa y de Cdiz. --Van ustedes a Malta?--me pregunt doa Mara con una sonrisa, de cuya expresin espantosa no puedo dar idea con las palabras de nuestra lengua. --No me deja usted--dijo Ins llorando--entrar en el cuarto donde est encerrada Asuncin, para despedirme de ella? Doa Mara por nica contestacin nos seal la puerta. Salimos y bajamos. Cuando la condesa de Rumblar se apart de nuestra vista; cuando la claridad de la lmpara que ella misma sostena en alto, dej de iluminar su rostro, me pareci que aquella figura se haba borrado de un lienzo, que haba desaparecido, como desaparece la vieta pintada en la hoja, al cerrarse bruscamente el libro que la contiene. --Huyamos, querida ma, huyamos de esta maldita casa y de Cdiz y de la Caleta--dije estrechando con mi brazo la mano de Ins. --Y lord Gray?--me pregunt. --Calla... no me preguntes nada--exclam con zozobra--. Aprtate de m. Mis manos estn manchadas de sangre. --Ya entiendo--dijo ella con viva emocin--. La infame conducta de ese hombre ha sido castigada... Ha muerto lord Gray. --No me preguntes nada--repet avivando el paso--. Lord Gray... Yo tuve ms suerte que l en el duelo. Maana dirn que el honor... pues... me pondrn por las nubes... Infeliz de m!... El desgraciado cay baado en sangre; acerqueme a l y me dijo: Crees que he muerto? Ilusin!... yo no muero... yo no puedo morir... yo soy inmortal.... --De modo que no ha muerto? --Huyamos... no te detengas... yo estoy loco. Esa figura que ha pasado delante de nosotros no es la de lord Gray? Ins estrechndose ms contra m, aadi: --Huyamos, s... quizs te persigan... Mi madre y yo te esconderemos y huiremos contigo. FIN Septiembre-Octubre, 1874. End of the Project Gutenberg EBook of Cdiz, by Benito Prez Galds License: Share Alike