Produced by Chuck Greif Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas) por B. Prez Galds Parte primera -I- Juanito Santa Cruz --i-- Las noticias ms remotas que tengo de la persona que lleva este nombre me las ha dado Jacinto Mara Villalonga, y alcanzan al tiempo en que este amigo mo y el otro y el de ms all, Zalamero, Joaquinito Pez, Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos el mismo ao, y aunque se reunan en la ctedra de Cams, separbanse en la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discpulo de Novar, y Villalonga de Coronado. Ni tenan todos el mismo grado de aplicacin: Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas seales de asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y Villalonga se ponan siempre en la grada ms alta, envueltos en sus capas y ms parecidos a conspiradores que a estudiantes. All pasaban el rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o soplndose recprocamente la leccin cuando el catedrtico les preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un da una sartn (no s si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafsica) y frieron un par de huevos. Otras muchas tonteras de este jaez cuenta Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos, a excepcin de Miquis que se muri en el 64 soando con la gloria de Schiller, metieron infernal bulla en el clebre alboroto de la noche de San Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa ocasin, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se gan dos bofetadas de un guardia veterano, sin ms consecuencias. Pero Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibi un sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y llevado a la prevencin en una cuerda de presos, compuesta de varios estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra me lo tuvieron veinte y tantas horas, y an durara ms su cautiverio, si de l no le sacara el da 11 su pap, sujeto respetabilsimo y muy bien relacionado. Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es para contado. Qu noche de angustia la del 10 al 11! Ambos crean no volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser nico, se miraban y se recreaban con inefables goces de padres chochos de cario, aunque no eran viejos. Cuando el tal Juanito entr en su casa, plido y hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y oliendo a pueblo, su mam vacilaba entre reirle y comrsele a besos. El insigne Santa Cruz, que se haba enriquecido honradamente en el comercio de paos, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no era socio de la revoltosa _Tertulia_, porque las inclinaciones antidinsticas de Olzaga y Prim le hacan muy poca gracia. Su club era el saln de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D. Manuel Cantero, D. Cirilo lvarez y D. Joaqun Aguirre, y algunas D. Pascual Madoz. No poda ser, pues, D. Baldomero, por razn de afinidades personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompa a Gobernacin para ver a Gonzlez Bravo, y ste dio al punto la orden para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el descamisado Juanito. Cuando el nio estudiaba los ltimos aos de su carrera, verificose en l uno de esos cambiazos crticos que tan comunes son en la edad juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezn de cumplir religiosamente sus deberes escolsticos y aun de instruirse por su cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique declamatorio entre amiguitos. No slo iba a clase puntualsimo y cargado de apuntes, sino que se pona en la grada primera para mirar al profesor con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia, y aprobar con cabezadas la explicacin, como diciendo: yo tambin me s eso y algo ms. Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso al catedrtico para consultarle un punto oscuro del texto o que les resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda aplicacin. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traa muy desasosegado. Por aquellos das no era todava costumbre que fuesen al Ateneo los sabios de pecho que estn mamando la leche del conocimiento. Juanito se reuna con otros cachorros en la casa del chico de Tellera (Gustavito) y all armaban grandes peloteras. Los temas ms sutiles de Filosofa de la Historia y del Derecho, de Metafsica y de otras ciencias especulativas (pues an no estaban de moda los estudios experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para ellos, lo que para otros el trompo o la cometa. Qu gran progreso en los entretenimientos de la niez! Cuando uno piensa que aquellos mismos nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habran pasado el tiempo mamndose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberas...! Todos los dineros que su pap le daba, dejbalos Juanito en casa de Bailly-Baillire, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere Villalonga que un da fue Barbarita _reventando_ de gozo y orgullo a la librera, y despus de saldar los dbitos del nio, dio orden de que entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical seora quera poner un freno de modestia a la expresin de su vanidad maternal. Figurbase que ofenda a los dems, haciendo ver la supremaca de su hijo entre todos los hijos nacidos y por nacer. No quera tampoco profanar, hacindolo pblico, aquel encanto ntimo, aquel himno de la conciencia que podemos llamar los _misterios gozosos_ de Barbarita. nicamente se clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas razones: Ay qu chico!... cunto lee! Yo digo que esas cabezas tienen algo, algo, s seor, que no tienen las dems... En fin, ms vale que le d por ah. Concluy Santa Cruz la carrera de Derecho, y de aadidura la de Filosofa y Letras. Sus paps eran muy ricos y no queran que el nio fuese comerciante, ni haba para qu, pues ellos tampoco lo eran ya. Apenas terminados los estudios acadmicos, verificose en Juanito un nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el misterioso paso o transicin de edades en el desarrollo individual. Perdi bruscamente la aficin a aquellas furiosas broncas oratorias por un ms o un menos en cualquier punto de Filosofa o de Historia; empez a creer ridculos los sofocones que se haba tomado por probar que _en las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un poquito ms ilimitado que el de los reyes_, contra la opinin de Gustavito Tellera, el cual sostena, dando puetazos sobre la mesa, que lo era _un poquitn menos_. Dio tambin en pensar que maldito lo que le importaba que _la conciencia fuera la intimidad total del ser racional consigo mismo_, o bien otra cosa semejante, como quera probar, hinchndose de conviccin airada, Joaquinito Pez. No tard, pues, en aflojar la cuerda a la mana de las lecturas, hasta llegar a no leer absolutamente nada. Barbarita crea de buena fe que su hijo no lea ya porque haba agotado el pozo de la ciencia. Tena Juanito entonces veinticuatro aos. Le conoc un da en casa de Federico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha olvidado la fecha exacta; pero debi de ser esta hacia el 69, porque recuerdo que se habl mucho de Figuerola, de la capitacin y del derribo de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy bien parecido y adems muy simptico, de estos hombres que se recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que en una hora de conversacin ganan ms amigos que otros repartiendo favores positivos. Por lo bien que deca las cosas y la gracia de sus juicios, aparentaba saber ms de lo que saba, y en su boca las paradojas eran ms bonitas que las verdades. Vesta con elegancia y tena tan buena educacin, que se le perdonaba fcilmente el hablar demasiado. Su instruccin y su ingenio agudsimo le hacan descollar sobre todos los dems mozos de la partida, y aunque a primera vista tena cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratndoles se echaban de ver entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza de carcter y la garrulera de su entendimiento, era un verdadero botarate. Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que no se atreva a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas las dems seoras haban de tener celos de ella. Si esta pasin de madre daba a Barbarita inefables alegras, tambin era causa de zozobras y cavilaciones. Tema que Dios la castigase por su orgullo; tema que el adorado hijo enfermara de la noche a la maana y se muriera como tantos otros de menos mrito fsico y moral. Porque no haba que pensar que el mrito fuera una inmunidad. Al contrario, los ms brutos, los ms feos y los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su alma se defenda Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba, una voz interior, susurro dulcsimo como chismes trados por el ngel de la Guarda, le deca que su hijo no morira antes que ella. Los cuidados que al chico prodigaba eran esmeradsimos; pero no tena aquella buena seora las tonteras dengosas de algunas madres, que hacen de su cario una mana insoportable para los que la presencian, y corruptora para las criaturas que son objeto de l. No trataba a su hijo con mimo. Su ternura saba ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce. Y por qu le llamaba todo el mundo y le llama todava casi unnimemente _Juanito_ Santa Cruz? Esto s que no lo s. Hay en Madrid muchos casos de esta aplicacin del diminutivo o de la frmula familiar del nombre, aun tratndose de personas que han entrado en la madurez de la vida. Hasta hace pocos aos, al autor cien veces ilustre de _Pepita Jimnez_, le llamaban sus amigos y los que no lo eran, _Juanito_ Valera. En la sociedad madrilea, la ms amena del mundo porque ha sabido combinar la cortesa con la confianza, hay algunos _Pepes, Manolitos_ y _Pacos_ que, aun despus de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos, continan nombrados con esta familiaridad democrtica que demuestra la llaneza castiza del carcter espaol. El origen de esto habr que buscarlo quiz en ternuras domsticas o en hbitos de servidumbre que trascienden sin saber cmo a la vida social. En algunas personas, puede relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que nacieron predestinados para ser _Manolos_ toda su vida. Sea lo que quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doa Brbara Arnaiz le llamaban _Juanito_, y _Juanito_ le dicen y le dirn quiz hasta que las canas de l y la muerte de los que le conocieron nio vayan alterando poco a poco la campechana costumbre. Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprender fcilmente la direccin que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de xito. Ni extraar nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del arte de vestir, hijo nico de padres ricos, inteligente, instruido, de frase seductora en la conversacin, pronto en las respuestas, agudo y ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podra poner el rtulo social de _brillante_, considerara ocioso y hasta ridculo el meterse a averiguar si hubo o no un idioma nico primitivo, si el Egipto fue una colonia bracmnica, si la China es absolutamente independiente de tal o cual civilizacin asitica, con otras cosas que aos atrs le quitaban el sueo, pero que ya le tenan sin cuidado, mayormente si pensaba que lo que l no averiguase otro lo averiguara... Y por ltimo --deca--pongamos que no se averige nunca. Y qu...?. El mundo tangible y gustable le seduca ms que los incompletos conocimientos de vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas _sacadas a la fuerza_, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusin de la voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acab por declararse a s mismo que ms sabe el que vive _sin querer saber_ que el que _quiere saber sin vivir_, o sea aprendiendo en los libros y en las aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una funcin cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisicin de los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el trabajo. No paraban aqu las filosofas de Juanito, y haca una comparacin que no carece de exactitud. Deca que entre estas dos maneras de vivir, observaba l la diferencia que hay entre comerse una chuleta y que le vengan a contar a uno cmo y cundo se la ha comido otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la cara que pona, el gusto que le daba la masticacin, la gana con que tragaba y el reposo con que digera. --ii-- Empez entonces para Barbarita nueva poca de sobresaltos. Si antes sus oraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito para apartar de ella el tifus y las viruelas, despus intentaban librarle de otros enemigos no menos atroces. Tema los escndalos que ocasionan lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el alma, los despilfarros, el desorden moral, fsico y econmico. Resolviose la insigne seora a tener carcter y a vigilar a su hijo. Hzose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura, otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razn de todos los actos del joven, tundindole a preguntas: A dnde vas con ese cuerpo?... De dnde vienes ahora?... Por qu entraste anoche a las tres de la maana?... En qu has gastado los mil reales que ayer te di?... A ver, qu significa este perfume que se te ha pegado a la cara?.... Daba sus descargos el delincuente como poda, fatigando su imaginacin para procurarse respuestas que tuvieran visos de lgica, aunque estos fueran como fulgor de relmpago. Pona una de cal y otra de arena, mezclando las contestaciones categricas con los mimos y las zalameras. Bien saba cul era el flanco dbil del enemigo. Pero Barbarita, mujer de tanto espritu como corazn, se las tena muy tiesas y saba defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida de cariitos, que la mam estaba a punto de rendirse, fatigada de su entereza disciplinaria. Pero, quia!, no se renda; y vuelta al ajuste de cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que el predilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad, debo decir que los desvaros de Juanito no eran ninguna cosa del otro jueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, que las barrabasadas de aquel nio bonito hace quince aos, nos pareceran hoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa. Presentose en aquellos das al simptico joven la coyuntura de hacer su primer viaje a Pars, adonde iban Villalonga y Federico Ruiz comisionados por el Gobierno, el uno a comprar mquinas de agricultura, el otro a adquirir aparatos de astronoma. A D. Baldomero le pareci muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correra en la capital de Francia temporales ms recios que los de Madrid. A la pena de no verle unase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los jvenes ms juiciosos. Bien se saba ella que all hilaban muy fino en esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en esta materia con Pars de Francia, un lugar de abstinencia y mortificacin. Tan triste se puso un da pensando en estas cosas y tan al vivo se le representaban la prxima perdicin de su querido hijo y las redes en que inexperto caa, que sali de su casa resuelta a implorar la misericordia divina del modo ms solemne, conforme a sus grandes medios de fortuna. Primero se le ocurri encargar muchas misas al cura de San Gins, y no parecindole esto bastante, discurri mandar poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el nio estuviese en Pars. Ya dentro de la Iglesia, pens que lo del Manifiesto era un lujo desmedido y por lo mismo quiz irreverente. No, guardara el recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte. Pero en lo de las misas s que no se volvi atrs, y encarg la mar de ellas, repartiendo adems aquella semana ms limosnas que de costumbre. Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a rer y le deca: El chico es de buena ndole. Djale que se divierta y que la corra. Los jvenes del da necesitan despabilarse y ver mucho mundo. No son estos tiempos como los mos, en que no la corra ningn chico del comercio, y nos tenan a todos metidos en un puo hasta que nos casaban. Qu costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! La civilizacin, hija, es mucho cuento. Qu padre le dara hoy un par de bofetadas a un hijo de veinte aos por haberse puesto las botas nuevas en da de trabajo? Ni cmo te atreveras hoy a proponerle a un mocetn de estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jvenes disfrutan de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los de antao. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras, te dir que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. Dios mo, qu soso era! Ya tena veinticinco aos, y no saba decir a una mujer o seora sino _que usted lo pase bien_, y de ah no me sacaba nadie. Como que me haba pasado en la tienda y en el almacn toda la niez y lo mejor de mi juventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. As me cri, as sal yo, con unas ideas de rectitud y unos hbitos de trabajo, que ya ya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderos maestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mis padres no me permitan ms compaa que la de otros muchachones tan oos como yo, no saba ninguna suerte de travesuras, ni habia visto a una mujer ms que por el forro, ni entenda de ningn juego, ni poda hablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mam tena que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas las prendas del da de fiesta parecan querer escaprseme del cuerpo. T bien te acuerdas. Anda, que tambin te has redo de m. Cuando mis padres me hablaron... as, a boca de jarro, de que me iba a casar contigo, me corri un fro por todo el espinazo...! Todava me acuerdo del miedo que te tena. Nuestros padres nos dieron esto amasado y cocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Sali bien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias sale malditamente... Qu risa! Lo que me daba ms miedo cuando mi madre me habl de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo... No tena ms remedio que decirte algo... Caramba, qu sudores pas! 'Pero yo qu le voy a decir, si lo nico que s es _que usted lo pase bien_, y en saliendo de ah soy hombre perdido...?'. Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ay, Dios mo!, cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de pao negro para llevarme a tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba y de lo desmaado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir una palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros das me inspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cmo haba de entrar y qu cosas haba de decir, y discurriendo alguna triquiuela para hacer menos ridcula mi cortedad... Dgase lo que se quiera, hija, aquella educacin no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esa manera. Yo qu quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito no ha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de la sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales.... --No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porque la tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aqu de modales, sino de que me le coman esas bribonas... --Mira, mujer, para que los jvenes adquieran energa contra el vicio, es preciso que lo conozcan, que lo caten, s, hija, que lo caten. No hay peor situacin para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiando por probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya por esclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estos tipos que jams, ni antes ni despus de casados, tuvieron trapicheos, entran muchos en libra. Cada cual en su poca. Juanito, en la suya, no puede ser mejor de lo que es, y si te empeas en hacer de l un anacronismo o una rareza, un _non_ como su padre, puede que lo eches a perder. Estas razones no convencan a Barbarita, que segua con toda el alma fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque haba odo contar horrores de lo que all pasaba. Como que estaba infestada la gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto parecan duquesas, vestidas con los ms bonitos y los ms nuevos arreos de la moda. Mas cuando se las vea y oa de cerca, resultaban ser unas tiotas relajadas, comilonas, borrachas y vidas de dinero, que desplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caa. Contbale estas cosas el marqus de Casa-Muoz que casi todos los veranos iba al extranjero. Las inquietudes de aquella incomparable seora acabaron con el regreso de Juanito. Y quin lo dira! Volvi mejor de lo que fue. Tanto hablar de Pars, y cuando Barbarita crea ver entrar a su hijo hecho una lstima, todo rechupado y anmico, se le ve ms gordo y lucio que antes, con mejor color y los ojos ms vivos, muchsimo ms alegre, ms hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntera de juicio que a todos dejaba pasmados. Vaya con Pars!... El marqus de Casa-Muoz se lo deca a Barbarita: No hay que _involucrar_, Pars es muy malo; pero tambin es muy bueno. -II- Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histrico sobre el comercio matritense --i-- Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en el siglo pasado tuvo ya tienda de paos del Reino en la calle de la Sal, en el mismo local que despus ocup D. Mauro Requejo. Haba empezado el padre por la ms humilde jerarqua comercial, y a fuerza de trabajo, constancia y orden, el hortera de 1796 tena, por los aos del 10 al 15, uno de los ms reputados establecimientos de la Corte en paera nacional y extranjera. Don Baldomero II, que as es forzoso llamarle para distinguirle del fundador de la dinasta, hered en 1848 el copioso almacn, el slido crdito y la respetabilsima firma de D. Baldomero I, y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte aos ms, retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones de reales, despus de traspasar la casa a dos muchachos que servan en ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denomin desde entonces _Sobrinos de Santa Cruz_, y a estos sobrinos, D. Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente _los Chicos_. En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orgenes hasta 1848, la casa trabaj ms en gneros del pas que en los extranjeros. Escaray y Pradoluengo la surtan de paos, Brihuega de bayetas, Antequera de pauelos de lana. En las postrimeras de aquel reinado fue cuando la casa empez a trabajar en gneros _de fuera_, y la reforma arancelaria de 1849 lanz a D. Baldomero II a mayores empresas. No slo realiz contratos con las fbricas de Bjar y Alcoy para dar mejor salida a los productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos patencures, anascotes, cbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa historia de la sastrera moderna. Pero de lo que ms provecho sac la casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejrcito y la Milicia Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del _artculo para capas_, el abrigo propiamente espaol que resiste a todas las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la paera de Madrid y surtan a los tenderos de la calle de Atocha, de la Cruz y Toledo. En las contratas de vestuario para el Ejrcito y Milicia Nacional, ni Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Apareca como contratista un tal Albert, de origen belga, que haba empezado por introducir paos extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacsimo de Casarredonda en sus valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantaln blanco de los soldados de hace cuarenta aos ha sido origen de grandsimas riquezas. Los _fardos de Coruas y Viveros_ dieron a Casarredonda y al tal Albert ms dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y levitas militares de Bjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes no tenan por qu quejarse. Albert muri el 55, dejando una gran fortuna, que hered su hija casada con el sucesor de Muoz, el de la inmemorial ferretera de la calle de Tintoreros. En el reinado de D. Baldomero II, las prcticas y procedimientos comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. All no se supo nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para extender por las provincias limtrofes el negocio. El refrn de _el buen pao en el arca se vende_ era verdad como un templo en aquel slido y bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes charlatnicas. Demasiado saban todos el camino de la casa, y las metdicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los descuentos que se hacan por pronto pago, los plazos que se daban, y todo lo dems concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y parroquiano. El escritorio no alter jams ciertas tradiciones venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. All no se usaron nunca estos copiadores de cartas que son una aplicacin de la imprenta a la caligrafa. La correspondencia se copiaba _a pulso_ por un empleado que estuvo cuarenta aos sentado en la misma silla delante del mismo atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realiz el traspaso, no se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos aos antes del traspaso, no us Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre s mismas. No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su conocimiento de los negocios, sugeranle la idea de que cada hombre pertenece a su poca y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe exclusivamente actuar. Demasiado comprendi que el comercio iba a sufrir profunda transformacin, y que no era l el llamado a dirigirlo por los nuevos y ms anchos caminos que se le abran. Por eso, y porque ansiaba retirarse y descansar, traspas su establecimiento a los _Chicos_ que haban sido deudos y dependientes suyos durante veinte aos. Ambos eran trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero para buscar y traer las _novedades_, alma del trfico de telas. La concurrencia creca cada ao, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y expedir viajantes, mimar al pblico, contemporizar y abrir cuentas largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los _Chicos_ haban abarcado tambin el comercio de lanillas, merinos, telas ligeras para vestidos de seora, paolera, confecciones y otros artculos de uso femenino, y adems abrieron tienda al por menor y al _vareo_, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para ellos, la casa tena un crdito inmenso. La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se haba hecho paero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para indemnizarse de un prstamo que le hiciera en 1843. Trabajaba exclusivamente en gnero extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su traspaso a los Chicos, tambin Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo, porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quera trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos Compaas de seguros. Con esto tena lo bastante para no aburrirse. Era hombre que cuando se pona a toser haca temblar el edificio donde estaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglmano y soltern. Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes bien, se ayudaban cuanto podan. El gordo y D. Baldomero tratronse siempre como hermanos en la vida social y como compaeros queridsimos en la comercial, salvo alguna discusin demasiado agria sobre temas arancelarios, porque Arnaiz haba hecho la gracia de leer a Bastiat y concurra a los _meetings_ de la Bolsa, no precisamente para or y callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretenda que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria espaola. Si esos catalanes no fabrican ms que adefesios --deca Arnaiz entre tos y tos--, y reparten dividendos de sesenta por ciento a los accionistas.... --Dale!, ya pareci aquello--responda don Baldomero--Pues yo te probar... Sola no probar nada, ni el otro tampoco, quedndose cada cual con su opinin; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. Tambin haba entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque doa Brbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de Bonifacio Arnaiz, comerciante en paolera de la China. Y escudriando los troncos de estos linajes matritenses, sera fcil encontrar que los Arnaiz y los Santa Cruz tenan en sus diferentes ramas una savia comn, la savia de los Trujillos. Todos somos unos--dijo alguna vez el gordo en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades democrticas--, t por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos netos, _de patente_; descendemos de aquel Matas Trujillo que tuvo albardera en la calle de Toledo all por los tiempos del motn de capas y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramn Trujillo... ya sabis que me le han hecho conde... le he dicho que adopte por escudo un frontil y una jquima con un letrero que diga: _Pertenec a Babieca_.... --ii-- Naci Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejn de San Cristbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o casas de muecas. Los techos se cogan con la mano; las escaleras haba que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecan destinadas a la premeditacin de algn crimen. Haba moradas de estas, a las cuales se entraba por la cocina. Otras tenan los pisos en declive, y en todas ellas oase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se vean mezquinos arcos de fbrica para sostener el entramado de las escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construccin como escaseaban el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones de estos ltimos veinte aos; pero la estrechez de las viviendas subsiste. Creci Brbara en una atmsfera saturada de olor de sndalo, y las fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la paolera chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niez. Como se recuerda a las personas ms queridas de la familia, as vivieron y viven siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniqus de tamao natural vestidos de mandarn que haba en la tienda y en los cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excit la atencin naciente de la nia, cuando estaba en brazos de su niera, fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus magnficos trajes morados. Tambin haba por all una persona a quien la nia miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de candoroso chino. Era el retrato de Ayn, de cuerpo entero y tamao natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresin. Mal conocido es en Espaa el nombre de este peregrino artista, aunque sus obras han estado y estn a la vista de todo el mundo, y nos son familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los pauelos de Manila, el inventor del tipo de rameado ms vistoso y elegante, el poeta fecundsimo de esos madrigales de crespn compuestos con flores y rimados con pjaros. A este ilustre chino deben las espaolas el hermossimo y caracterstico chal que tanto favorece su belleza, el mantn de Manila, al mismo tiempo seoril y popular, pues lo han llevado en sus hombros la gran seora y la gitana. Envolverse en l es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventar nada que iguale a la ingenua poesa del mantn, salpicado de flores, flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos del sueo y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va desterrando, y slo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo saca de las arcas en las grandes pocas de la vida, en los bautizos y en las bodas, como se da al viento un himno de alegra en el cual hay una estrofa para la patria. El mantn sera una prenda vulgar si tuviera la ciencia del diseo; no lo es por conservar el carcter de las artes primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la infancia, candoroso y rico de color, fcilmente comprensible y refractario a los cambios de la moda. Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las panderetas o los toros, no es nuestra en realidad ms que por el uso; se la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayn, que consagr a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido era el buen hombre al comercio espaol, que enviaba a los de ac su retrato y los de sus catorce mujeres, unas seoras tiesas y plidas como las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increbles por lo chicos y las uas increbles tambin por lo largas. Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la contemplacin de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus sentidos, ninguna tan segura como la impresin de aquellas flores bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que pareca cuajarse en ellas el roco. En das de gran venta, cuando haba muchas seoras en la tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de pauelos, la lbrega tienda semejaba un jardn. Barbarita crea que se podran coger flores a puados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar canastillas y adornarse el pelo. Crea que se podran deshojar y tambin que tenan olor. Esto era verdad, porque despedan ese tufillo de los embalajes asiticos, mezcla de sndalo y de resinas exticas que nos trae a la mente los misterios budistas. Ms adelante pudo la nia apreciar la belleza y variedad de los abanicos que haba en la casa, y que eran una de las principales riquezas de ella. Quedbase pasmada cuando vea los dedos de su mam sacndolos de las perfumadas cajas y abrindolos como saben abrirlos los que comercian en este artculo, es decir, con un desgaire rpido que no los estropea y que hace ver al pblico la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de las varillas. Barbarita abra cada ojo como los de un ternero cuando su mam, sentndola sobre el mostrador, le enseaba abanicos sin dejrselos tocar; y se embebeca contemplando aquellas figuras tan monas, que no le parecan personas, sino _chinos_, con las caras redondas y tersas como hojitas de rosa, todos ellos risueos y estpidos, pero muy lindos, lo mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos rboles que parecan matitas de albahaca... Y pensar que los rboles eran el t nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor de barriga...! Ocuparon ms adelante el primer lugar en el tierno corazn de la hija de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueos inocentes, otras preciosidades que la mam sola mostrarle de vez en cuando, previa amonestacin de no tocarlos; objetos labrados en marfil y que deban de ser los juguetes con que los ngeles se divertan en el Cielo. Eran al modo de torres de muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por una y otra banda; tambin estuchitos, cajas para guantes y joyas, botones y juegos lindsimos de ajedrez. Por el respeto con que su mam los coga y los guardaba, crea Barbarita que contenan algo as como el Vitico para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le haban dejado satisfacer su anhelo de coger para s aquellas moneras. Hubirase contentado ella, en vista de prohibicin tan absoluta, con aproximar la yema del dedo ndice al pico de una de las torres; pero ni aun esto... Lo ms que se le permita era poner sobre el tablero de ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no haba escaparates), todas las piezas de un juego, no de los ms finos, a un lado las blancas, a otro las encarnadas. Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los nicos hijos de D. Bonifacio Arnaiz y de doa Asuncin Trujillo. Cuando tuvo edad para ello, fue a la escuela de una tal doa Calixta, sita en la calle Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las nias con quienes la de Arnaiz haca mejores migas, eran dos de su misma edad y vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueo de la droguera de la calle de Carretas, la otra de Muoz, el comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muoz era muy vanidosa, y deca que no haba casa como la suya y que daba gusto verla toda llena de unos pedazos de hierro _mu_ grandes, _del tamao de la caa de doa Calixta_, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos hombres los podan levantar. Luego haba un sin fin de martillos, garfios, peroles _mu grandes, mu grandes_... ms anchos que este cuarto. Pues, y los paquetes de clavos? Qu cosa haba ms bonita? Y las llaves que parecan de plata, y las planchas, y los anafres, y otras cosas lindsimas? Sostena que ella no necesitaba que sus paps le comprasen muecas, porque las haca con un martillo, vistindolo con una toalla. Pues y las agujas que haba en su casa? No se acertaban a contar. Como que todo Madrid iba all a comprar agujas, y su pap se carteaba con el fabricante... Su pap reciba miles de cartas al da, y las cartas olan a hierro... como que venan de Inglaterra, donde todo es de hierro, hasta los caminos... S, hija, s, mi pap me lo ha dicho. Los caminos estn embaldosados de hierro, y por all encima van los coches echando demonios. Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucheras, que mostraba para dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes, argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tena en ms estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos das, era su coleccin de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes inservibles, y que tenan el famoso escudo ingls, con la jarretiera, el leopardo y el unicornio. En todas ellas se lea: Birmingham. Veis... este seor _Bermingn_ es el que se cartea con mi pap todos los das, en ingls; y son tan amigos, que siempre le est diciendo que vaya all; y hace poco le mand, dentro de una caja de clavos, un jamn ahumado que ola como a chamusquina, y un pasteln as, mirad, del tamao del brasero de doa Calixta, que tena dentro muchas pasas chiquirrininas, y picaba como la guindilla; pero _mu_ rico, hijas, _mu_ rico. La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de pldoras, de barnices o de ingredientes para teirse el pelo. Los mostraba uno por uno, dejando para el final el gran efecto, que consista en sacar de sbito el pauelo y ponerlo en las narices de sus amigas, dicindoles: _goled_. Efectivamente, quedbanse las otras medio desvanecidas con el fuerte olor de agua de Colonia o de los _siete ladrones_, que el pauelo tena. Por un momento, la admiracin las haca enmudecer; pero poco a poco banse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con el cual deca que iba a hacer un espejo. Difcil era borrar la grata impresin y el xito del perfume. La ferretera, algo corrida, tena que guardar los trebejos, despus de or comentarios verdaderamente injustos. La de la droguera haca muchos ascos, diciendo: Uy, cmo apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!. Al siguiente da, Barbarita, que no quera dar su brazo a torcer, llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos chinescos. Despus de darse mucha importancia, haciendo que lo enseaba y volvindolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba al punto de la desazn nerviosa, de repente pona el papel en las narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: Y eso?. Quedbanse Castita y Eulalia atontadas con el aroma asitico, vacilando entre la admiracin y la envidia; pero al fin no tenan ms remedio que humillar su soberbia ante el olorcillo aquel de la nia de Arnaiz, y le pedan por Dios que las dejase catarlo ms. Barbarita no gustaba de prodigar su tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las otras, lo volva a retirar con movimiento de cautela y avaricia, temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus amigas, como se escapa el humo por el can de una chimenea. El tiro de aquellos olfatorios era tremendo. Por ltimo, las dos amiguitas y otras que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doa Calixta, que sola descender a la familiaridad con las alumnas ricas, reconocan, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna nia tena cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas. --iii-- Esta nia y otras del barrio, bien apaaditas por sus respectivas mams, peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre los hombros pauelo de Manila de los que llaman de talle, se reunan en un portal de la calle de Postas para pedir _el cuartito para la Cruz de Mayo_, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una mesilla forrada de damasco rojo. Los dueos de la casa llamada _del portal de la Virgen_, celebraban aquel da una simptica fiesta y ponan all, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todava existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de nacimiento. A la Virgen, que an se venera all, la enramaban tambin con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se pona la montera y el chaleco encarnado. Las pequeuelas, si los mayores se descuidaban, rompan la consigna y se echaban a la calle, en reida competencia con otras chiquillas pedigeas, correteando de una acera a otra, deteniendo a los seores que pasaban, y acosndoles hasta obtener el ochavito. Hemos odo contar a la propia Barbarita que para ella no haba dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros de entonces eran en esto mucho ms galantes que los de ahora, pues no desairaban a ninguna nia bien vestidita que se les colgara de los faldones. Ya haba completado la hija de Arnaiz su educacin (que era harto sencilla en aquellos tiempos y consista en leer sin acento, escribir sin ortografa, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con punto de marca el dechado), cuando perdi a su padre. Ocupaciones serias vinieron entonces a robustecer su espritu y a redondear su carcter. Su madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario de la casa, en la cual haba algn desorden. Sobre las existencias de paolera no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al contarlas apareci ms de lo que se crea. En el stano estaban, muertos de risa, varios fardos de cajas que an no haban sido abiertos. Adems de esto, las casas importadoras de Cdiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos remesas considerables que estaban ya en camino. No haba ms remedio que cargar con todo aquel exceso de gnero, lo que realmente era una contrariedad comercial en tiempos en que pareca iniciarse la generalizacin de los abrigos _confeccionados_, notndose adems en la clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia del mantn de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pauelos llamados de talle, que eran los ms baratos, se vendan bien en Madrid (mayormente el da de San Lorenzo, para la _parroquia de la chinche_) y tenan regular salida para Valencia y Mlaga, en cambio el gran mantn, los ricos chales de tres, cuatro y cinco mil reales se vendan muy poco, y pasaban meses sin que ninguna parroquiana se atreviera con ellos. Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que slo en aquel artculo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar, ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantn o remitidas por las casas de Cdiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no haba visto claro al hacer tantos pedidos; se ceg, deslumbrado por cierta alucinacin mercantil; tal vez sinti demasiado _el amor al artculo_ y fue ms artista que comerciante. Haba sido dependiente y socio de la Compaa de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por s el negocio de paolera de Cantn, crea conocerlo mejor que nadie. En verdad que lo conoca; pero tena una fe imprudente en la perpetuidad de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad del pueblo espaol con los esplndidos crespones rameados de mil colores. Mientras ms chillones--deca--, ms venta. En esto apareci en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que acab de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senqu, del cual puede decirse que representaba con respecto a Ayn, en aquel arte budista, lo que en la msica representaba Beethoven con respecto a Mozart. Senqu modific el estilo de Ayn, dndole ms amplitud, variando ms los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas, poticas y elegantes, sinfonas poderosas con derroche de vida, combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las primeras muestras del estilo de Senqu y chiflarse por completo, fue todo uno. Barstolis!, esto es la gloria divina--deca--; es mucho chino este...!. Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel excelente hombre, porque le cogi la muerte. El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de Madrs y objetos de marfil tambin arrojaba cifras muy altas, y se hizo minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las preciosidades que en su niez le parecan juguetes y que le haban producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no vio nunca con indiferencia tales chucheras, y hoy mismo declara que cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de marfil, le dan ganas de guardrselo en el seno y echar a correr. Cumplidos los quince aos, era Barbarita una chica bonitsima, torneadita, fresca y sonrosada, de carcter jovial, inquieto y un tanto burln. No haba tenido novio an, ni su madre se lo permita. Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La mam tena sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas lneas para realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad casi ntima, y adems tenan vnculos de parentesco con los Trujillos. La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de la calle de Toledo, cuya historia saba tan bien el gordo Arnaiz. Las dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra, asombrronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa... ya se ve, era tan natural... y aplaudindose recprocamente, resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del extremeo aquel de los aparejos borricales se distinguan siempre por su costumbre de trazar una lnea muy corta y muy recta entre la idea y el hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita. Muchas veces haba visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero nunca le pas por las mientes que sera su marido, porque el tal, no slo no le haba dicho nunca media palabra de amores, sino que ni siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortsimo de genio, sosn como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podan contar siempre que hablaba. Su timidez no deca bien con su corpulencia. Tena un mirar leal y carioso, _como el de un gran perro de aguas_. Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los das que lo mandaba la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas diarias o ms en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el dinero que le daban sus paps. A pesar de estas raras dotes, Barbarita, si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la casa, lo que aconteca muy pocas veces, le miraba con el mismo inters con que se puede mirar una saca de carbn o un fardo de tejidos. As es que se qued como quien ve visiones cuando su madre, cierto da de precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no emple para esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto con estilo llano y decidido. Ah, la lnea recta de los Trujillos...! Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y saba sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se qued algo mortecina y tuvo vergenza de decir a su mam que no quera maldita cosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madre pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la lnea corta y sin curvas, la barra de acero trujillesca, y la pobre nia sinti miedo, ay qu miedo! Bien conoci que su madre se haba de poner como una leona, si ella se sala con la inocentada de querer ms o menos. Callose, pues, como en misa, y a cuanto la mam le dijo aquel da y los subsiguientes sobre el mismo tema del casorio, responda con signos y palabras de humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazn, en el cual encontraba a la vez pena y consuelo. No saba lo que era amor; tan slo lo sospechaba. Verdad que no quera a su novio; pero tampoco quera a otro. En caso de querer a alguno, este alguno poda ser aquel. Lo ms particular era que Baldomero, despus de concertada la boda, y cuando vea regularmente a su novia, no le deca de cosas de amor ni una miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mam, que sola dejarles solos un ratito, le dieran ocasin de lucirse como galn. Pero nada... Aquel zagalote guapo y desabrido no saba salir en su conversacin de las rutinas ms triviales. Su timidez era tan ceremoniosa como su levita de pao negro, de lo mejor de Sedn, y que pareca, usada por l, como un reclamo del buen gnero de la casa. Hablaba de los reverberos que haba puesto el marqus de Pontejos, del clera del ao anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas casas magnficas que se iban a edificar en los solares de los derribados conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una tienda; pero sonaba a cencerrada en el corazn de una doncella, que no estando enamorada, tena ganas de estarlo. Tambin pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesin iba por dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandulln, no tena alma para sacarla fuera. Me querr? se preguntaba la novia. Pronto hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor explcitamente, era por pura cortedad y por no saber cmo arrancarse; pero que estaba enamorado hasta las gachas, reducindose a declararlo con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda el amor ms sublime es el ms discreto, y las bocas ms elocuentes aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la joven razonando as, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban vivir. Si tambin le estar yo queriendo sin saberlo! pensaba. Oh!, no; interrogndose y respondindose con toda lealtad, resultaba que no le quera absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborreca, y algo bamos ganando. Y en este desabridsimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los cuales Baldomero se solt y despabil algo. Su boca se fue desellando poquito a poco hasta que rompi, como un erizo de castaa que madura y se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue soltando las castaas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestacin. Lleg por fin el da sealado para la boda, que fue el 3 de Mayo de 1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalndose en la casa del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la Lea. --iv-- A los dos meses de casados, y despus de una temporadilla en que Barbarita estuvo algo distrada, melanclica y como con ganas de llorar, alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en tan malas condiciones hecho, sntomas de idilio. Baldomero pareca otro. En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la casa y decir una palabrita a su mujer, cogindola en los pasillos o donde la encontrase. Tambin sola equivocarse al sentar una partida, y cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional rbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa, terminando el rasgo final hacia arriba como una invocacin de gratitud dirigida al Cielo. Sala muy poco, y deca a sus amigos ntimos que no se cambiara por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no haba felicidad semejante a la suya. Brbara manifestaba a su madre con gozo discreto, que Baldomero no le daba el ms mnimo disgusto; que los dos caracteres se iban armonizando perfectamente, que l era bueno como el mejor pan y que tena mucho talento, un talento que se descubra donde y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos en la casa materna, ya no se la poda aguantar, porque se pona desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: Me voy, que est mi marido solo. El idilio se acentuaba cada da, hasta el punto de que la madre de Barbarita, disimulando su satisfaccin, deca a esta: Pero, hija, vais a dejar tamaitos a los _Amantes de Teruel_. Los esposos salan a paseo juntos todas las tardes. Jams se ha visto a D. Baldomero II en un teatro sin tener al lado a su mujer. Cada da, cada mes y cada ao, eran ms trtolos, y se queran y estimaban ms. Muchos aos despus de casados, pareca que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto siempre en su esposo el hombre ms completo y digno de ser amado que en el mundo existe. Cmo se compenetraron ambos caracteres, cmo se form la conjuncin inaudita de aquellas dos almas, sera muy largo de contar. El seor y la seora de Santa Cruz, que an viven y ojal vivieran mil aos, son el matrimonio ms feliz y ms admirable del presente siglo. Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipticos salones de la Vicara, para eterna ejemplaridad de las generaciones futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epstola de San Pablo, incluyeran algn parrafito, en latn o castellano, referente a estos excelsos casados. Doa Asuncin Trujillo, que falleci en 1841 en un da triste de Madrid, el da en que fusilaron al general Len, sali de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la bienaventuranza no necesitaba alegar ms ttulo que el de autora de aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana Trujillo, madre de Baldomero, la cual haba muerto el ao anterior, porque Asuncin probara ante todas las cancilleras celestiales que a ella se le haba ocurrido la sublime idea antes que a su prima. Ni los aos, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el profundsimo cario de estos benditos cnyuges. Ya tenan canas las cabezas de uno y otro, y D. Baldomero deca a todo el que quisiera orle que amaba a su mujer _como el primer da_. Juntos siempre en el paseo, juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la funcin si el otro no la ve tambin. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso para la familia, se hacen recprocamente sus regalitos, y para colmo de felicidad, ambos disfrutan de una salud esplndida. El deseo final del seor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo da y a la misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida. Les conoc en 1870. D. Baldomero tena ya sesenta aos, Barbarita cincuenta y dos. l era un seor de muy buena presencia, el pelo entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, ms joven que muchos hombres de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, gil y bien dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez, una mujer guapsima, casi estoy por decir monsima. Su cara tena la frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todava, y no usaba ms afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo que, aun sin cors, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas que andan por ah. Su cabello se haba puesto ya enteramente blanco, lo cual la favoreca ms que cuando lo tena entrecano. Pareca pelo empolvado a estilo Pompadour, y como lo tena tan rizoso y tan bien partido sobre la frente, muchos sostenan que ni all haba canas ni Cristo que lo fund. Si Barbarita presumiera, habra podido recortar muy bien los cincuenta y dos aos plantndose en los treinta y ocho, sin que nadie le sacara la cuenta, porque la fisonoma y la expresin eran de juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel... Pues si hubiera querido presumir con malicia, digo...!, a no ser lo que era, una matrona respetabilsima con toda la sal de Dios en su corazn, habra visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les chorrea por la corteza todo el azcar. Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer ao de aquel matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con l este mes, el que viene y el otro, y estaban vindole venir y desendole como los judos al Mesas. A veces se entristecan con la tardanza; pero la fe que tenan en l les reanimaba. Si tarde o temprano haba de venir... era cuestin de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres, porque se entretuvo diez aos por all, hacindoles rabiar. No se dejaba ver de Barbarita ms que en sueos, en diferentes aspectos infantiles, ya comindose los puos cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picarda en los ojos. Por fin Dios le mand en carne mortal, cuando los esposos empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les haba engaado. Da de jbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su puesto en el ms dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino del cro el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: A m no me la das t. Aqu ha habido matute. Este ternero lo has trado de la Inclusa para engarnos... Ah!, estos proteccionistas no son ms que contrabandistas disfrazados. Crironle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero no tena carcter para poner un freno a su estrepitoso cario paternal, ni para meterse en severidades de educacin y formar al chico como le formaron a l. Si su mujer lo permitiera, habra llevado Santa Cruz su indulgencia hasta consentir que el nio hiciera en todo su real gana. En qu consista que habiendo sido l educado tan rgidamente por D. Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? Efectos de la evolucin educativa, paralela de la evolucin poltica! Santa Cruz tena muy presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que le impona, y las privaciones que le haba hecho sufrir. Todas las noches del ao le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la casa; hasta que cumpli los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en corporacin con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino el da de Pascua, y le hacan un trajecito nuevo cada ao, el cual no se pona ms que los domingos. Tenanle trabajando en el escritorio o en el almacn desde las nueve de la maana a las ocho de la noche, y haba de servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir cartas. Al anochecer, sola su padre echarle los tiempos por encender el veln de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente dueas del local. En lo tocante a juegos, no conoci nunca ms que el mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho despus del tiempo en que empez a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo, sordidez. Pero lo ms particular era que creyendo D. Baldomero que tal sistema haba sido eficacsimo para formarle a l, lo tena por deplorable tratndose de su hijo. Esto no era una falta de lgica, sino la consagracin prctica de la idea madre de aquellos tiempos, el progreso. Qu sera del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al pensarlo senta ganas de dejar al chico entregado a sus propios instintos. Haba odo muchas veces a los economistas que iban de tertulia a casa de Cantero, la clebre frase _laissez aller, laissez passer_... El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenan que todos los grandes problemas se resuelven por s mismos, y D. Pedro Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la poltica el sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay ms que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del aire. El hombre se educa slo en virtud de las suscepciones constantes que determina en su espritu la conciencia, ayudada del ambiente social. D. Baldomero no lo deca as; pero sus vagas ideas sobre el asunto se condensaban en una expresin de moda y muy socorrida: el mundo marcha. Felizmente para Juanito, estaba all su madre, en quien se equilibraban maravillosamente el corazn y la inteligencia. Saba coger las disciplinas cuando era menester, y saba ser indulgente a tiempo. Si no le pas nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que iba a la Universidad y entraba en la ctedra de Salmern, en cambio no le dispens del cumplimiento de los deberes religiosos ms elementales. Bien saba el muchacho que si haca novillos a la misa de los domingos, no ira al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en Junio, no haba dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el campo con Estupi (luego hablar de este tipo) para cazar pjaros con red o liga, ni los dems divertimientos con que se recompensaba su aplicacin. Mientras estudi la segunda enseanza en el colegio de Masarnau, donde estaba a media pensin, su mam le repasaba las lecciones todas las noches, se las meta en el cerebro a puados y a empujones, como se mete la lana en un cojn. Ved por dnde aquella seora se convirti en sibila, intrprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al nio los puntos oscuros que en los libros haba, y aclaraba todas sus dudas, all como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta dnde llegaba la sabidura enciclopdica de doa Brbara, estimulada por el amor materno, baste decir que tambin le traduca los temas de latn, aunque en su vida haba ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que era traduccin libre, mejor dicho, liberal, casi demaggica. Pero Fedro y Cicern no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el discpulo saba. Tambin le cultivaba la memoria, descargndosela de frrago intil, y le haca ver claros los problemas de aritmtica elemental, valindose de garbanzos o judas, pues de otro modo no andaba ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural, sola la maestra llamar en su auxilio al len del Retiro, y nicamente en la Qumica se quedaban los dos parados, mirndose el uno al otro, concluyendo ella por meterle en la memoria las frmulas, despus de observar que estas cosas no las entienden ms que los boticarios, y que todo se reduce a si se pone ms o menos cantidad de agua del pozo. Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba riendo que con estos teje-manejes se haba vuelto, sin saberlo, una doa Beatriz Galindo para latines y una catedrtica universal. --v-- En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para ac, sufri la casa de Santa Cruz la transformacin impuesta por los tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo esencial. En el escritorio y en el almacn aparecieron los primeros mecheros de gas hacia el ao 49, y el famoso veln de cuatro luces recibi tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le volvi a ver ms por ninguna parte. En la caja haban entrado ya los primeros billetes del Banco de San Fernando, que slo se usaban para el pago de letras, pues el pblico los miraba an con malos ojos. Se hablaba an de talegas, y la operacin de contar cualquier cantidad era obra para que la desempeara Pitgoras u otro gran aritmtico, pues con los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros espaoles, los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las monedas macuquinas, se armaba un beln espantoso. An no se conocan el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas del citado progreso. Pero ya los dependientes haban empezado a sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D. Baldomero I, a quienes no se permita salir sino los domingos y en comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patrn nico, para que resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, segn las aficiones de cada uno. Pero en lo que no hubo variacin fue en aquel piadoso atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pas a la historia hasta la poca reciente del traspaso a _los Chicos_. Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvi en lo esencial de los ejes diamantinos sobre que la tena montada el padre, a quien se podra llamar _D. Baldomero el Grande_. Para que el progreso pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato, debido al pincel de D. Vicente Lpez, hemos contemplado con satisfaccin en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se transformase; que la desamortizacin edificara una ciudad nueva sobre los escombros de los conventos; que el Marqus de Pontejos adecentase este lugarn; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran patas arriba todo el comercio madrileo; que el grande ingenio de Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se _colocase_, por arte del vapor, a cuarenta horas de Pars, y por fin, que hubiera muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza individual. Tambin la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado por grandes crisis y mudanzas desde que muri D. Bonifacio. Dos aos despus del casamiento de su hermana con Santa Cruz, cas Gumersindo con Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposicin, que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de aquel acreditado establecimiento. Comprometido ste del 40 al 45, por los ltimos errores del difunto Arnaiz, se defendi con los _mahones_, aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El gnero de China decaa visiblemente. Las galeras aceleradas iban trayendo a Madrid cada da con ms presteza las novedades parisienses, y se apuntaba la invasin lenta y tirnica de los medios colores, que pretenden ser signo de cultura. La sociedad espaola empezaba a presumir de _seria_; es decir, a vestirse lgubremente, y el alegre imperio de los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se haban ido las capas rojas, se fueron los pauelos de Manila. La aristocracia los ceda con desdn a la clase media, y esta, que tambin quera ser aristcrata, entregbalos al pueblo, ltimo y fiel adepto de los matices vivos. Aquel encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza sonriente, encendida por el sol de Medioda, empez a perder terreno, aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defenda la prenda espaola como defendi el parque de Montelen y los reductos de Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres hermosas, porque la sociedad se empeaba en parecer grave, y para ser grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha respetabilidad a la fisonoma, y raro es el hombre que no se cree importante slo con llevar sobre la cabeza un can de chimenea. Las seoras no se tienen por tales si no van vestidas de color de holln, ceniza, rap, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermelln, el amarillo tila, el cadmio y el verde forraje; y est tan arraigado en la plebe el sentimiento del color, que la _seriedad_ no ha podido establecer su imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas, imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas, conservando las mantillas y los pauelos chillones para la cabeza; ha transigido con los gabanes y aun con el _polisn_, a cambio de las toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo de Npoles. El crespn es el que ha ido decayendo desde 1840, no slo por la citada evolucin de la _seriedad_ europea, que nos ha cogido de medio a medio, sino por causas econmicas a las que no podamos sustraernos. Las comunicaciones rpidas nos trajeron mensajeros de la potente industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todava no era moda ir a buscarlos al frica, y los venan a buscar aqu, cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas, cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevndose los brocados histricos de casullas y frontales, el tis y los terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riqusimas de la industria espaola. Al propio tiempo arramblaban por los esplndidos pauelos de Manila, que haban ido descendiendo hasta las gitanas. Tambin se dej sentir aqu, como en todas partes, el efecto de otro fenmeno comercial, hijo del progreso. Refirome a los grandes acaparamientos del comercio ingls, debidos al desarrollo de su inmensa marina. Esta influencia se manifest bien pronto en aquellos humildes rincones de la calle de Postas por la depreciacin sbita del gnero de la China. Nada ms sencillo que esta depreciacin. Al fundar los ingleses el gran depsito comercial de Singapore, monopolizaron el trfico del Asia y arruinaron el comercio que hacamos por la va de Cdiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayn y Senqu dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado King-Cheong se cartea en ingls con nuestros comerciantes y da sus precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareci en la geografa prctica, el gnero de Cantn y Shangai dej de venir en aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cdiz, los Fernndez de Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesa del Cabo pas a la historia como apndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de Alburquerque. La va nueva trazronla los vapores ingleses combinados con el ferrocarril de Suez. Ya en 1840 las casas que traan directamente el gnero de Cantn no podan competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier mercachifle de la calle de Postas se provea de este artculo sin ir a tomarlo en los dos o tres depsitos que en Madrid haba. Despus las corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos aos ha vuelto a traer Espaa directamente las obras de King-Cheong; mas para esto ha sido preciso que viniera la gran vigorizacin del comercio despus del 68 y la robustez de los capitales de nuestros das. El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina, porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o traspaso de la Compaa de Filipinas, no podan seguir monopolizando la paolera y dems artes chinescas. Madrid se inundaba de gnero a precio ms bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso realizar de cualquier modo. Para compensar las prdidas de la _quemazn_, urga plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aqu fue donde luci sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo, que tena ms pesquis que este. Sin saber pelotada de Geografa, comprenda que haba un Singapore y un istmo de Suez. Adivinaba el fenmeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de echar maldiciones contra los ingleses, como haca su marido, se dio a discurrir el mejor remedio. Qu corrientes seguiran? La ms marcada era la de las _novedades_, la de la influencia de la fabricacin francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte, invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco. El vestir se anticipaba al pensar y cuando an los versos no haban sido desterrados por la prosa, ya la lana haba hecho trizas a la seda. Pues apechuguemos con las _novedades_ dijo Isabel a su marido, observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afn que todos los madrileos sentan de ser elegantes _con seriedad_. Era, por aadidura, la poca en que la clase media entraba de lleno en el ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el nuevo sistema poltico y administrativo, comprando a plazos todas las fincas que haban sido de la Iglesia, constituyndose en propietaria del suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la levita. Claro es que la levita es el smbolo; pero lo ms interesante de tal imperio est en el vestir de las seoras, origen de energas poderosas, que de la vida privada salen a la pblica y determinan hechos grandes. Los trapos, ay! Quin no ve en ellos una de las principales energas de la poca presente, tal vez una causa generadora de movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad ms industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentar entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo mesocrtico, ingente pirmide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda la mquina poltica y administrativa, la deuda pblica y los ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el parlamentarismo socialista. Pero Gumersindo e Isabel haban llegado un poco tarde, porque las _novedades_ estaban en manos de mercaderes listos, que saban ya el camino de Pars. Arnaiz fue tambin all; mas no era hombre de gusto y trajo unos adefesios que no tuvieron aceptacin. La Cordero, sin embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a _ver claro_. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rpidamente, que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condicin de aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tena de metrpoli ms que el nombre y la vanidad ridcula. Era un payo con casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el paleto se dispona a ser seor de verdad. Isabel Cordero, que se anticipaba a su poca, presinti la trada de aguas del Lozoya, en aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano, pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse. La perspicaz mujer vio el porvenir, oy hablar del gran proyecto de Bravo Murillo, como de una cosa que ella haba sentido en su alma. Por fin Madrid, dentro de algunos aos, iba a tener raudales de agua distribuidos en las calles y plazas, y adquirira la costumbre de lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se lavara despus otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le represent con visiones de camisas limpias en todas las clases, de mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los das, y de seores que eran la misma pulcritud. De aqu naci la idea de dedicar la casa al gnero blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empez a traer batistas finsimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y madapolanes, _nansouk_ y cretonas de Alsacia, y la casa se fue levantando no sin trabajo de su postracin hasta llegar a adquirir una prosperidad relativa. Complemento de este negocio _en blanco_, fueron la damasquera gruesa, los cutes para colchones y la mantelera de Courtray que vino a ser _especialidad_ de la casa, como lo deca un rtulo aadido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y encajera mecnica vinieron ms tarde, siendo tan grandes los pedidos de Arnaiz, que una fbrica de Suiza trabajaba slo para l. Y por fin, las crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero, que haba presentido el Canal del Lozoya, presinti tambin el miriaque; que los franceses llamaban _Malakoff_, invencin absurda que pareca salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la direccin de los globos. De la paolera y artculos asiticos, slo quedaban en la casa por los aos del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. An haba alguna torrecilla de marfil, y buena porcin de mantones ricos de alto precio en cajas primorosas. Era quizs Gumersindo la persona que en Madrid tena ms arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un crespn era tarea tan difcil como hinchar un perro. No saban hacerlo sino los que de antiguo tenan la costumbre de manejar aquel artculo, por lo cual muchas damas, que en algn baile de mscaras se ponan el chal, lo mandaban al da siguiente, con la caja, a la tienda de Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase segn arte tradicional, es decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y visible en el cuartel superior el dibujo central. Tambin se conservaban en la tienda los dos maniqus vestidos de mandarines. Se pens en retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero Barbarita se opuso, porque dejar de verlos all haciendo juego con la fisonoma lela y honrada del Sr. de Ayn, era como si enterrasen a alguno de la familia; y asegur que si su hermano se obstinaba en quitarlos, ella se los llevara a su casa para ponerlos en el comedor, haciendo juego con los aparadores. --vi-- Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las agudezas del traficante y de todas las triquiuelas econmicas del ama de gobierno, fue agraciada adems por el Cielo con una fecundidad prodigiosa. En 1845, cuando naci Juanito, ya haba tenido ella cinco, y sigui pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada ao. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce ms en la cuenta; total, diez y siete partos, que recordaba asocindolos a fechas clebres del reinado de Isabel II. Mi primer hijo--deca--naci cuando vino la tropa carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta naci cuando se cas la Reina, con pocos das de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el da mismo en que el cura Merino le peg la pualada a Su Majestad, y tuve a Rupertito el da de San Juan del 58, el mismo da que se inaugur la trada de aguas. Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tom la muerte para mermar aquel bblico rebao. Si los diez y siete chiquillos hubieran vivido, habra sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya ms que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en tiempo se mora uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no s qu ao, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que rebasaron de los diez aos, se iban criando regularmente. He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras, siete correspondan al sexo femenino. Vaya una plaga que le haba cado al bueno de Gumersindo! Qu hacer con siete chiquillas? Para guardarlas cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ejrcito. Y cmo casarlas bien a todas? De dnde iban a salir siete maridos buenos? Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echbalo a broma, confiando en la buena mano que tena su mujer para todo. Vern--deca--, cmo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de primera. Pero la fecunda esposa no las tena todas consigo. Siempre que pensaba en el porvenir de sus hijas se pona triste; y senta como remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema econmico. Cuando hablaba de esto con su cuada Barbarita, lamentbase de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campaa prolfica, desde el 38 al 60, aconteca que a los cuatro o cinco meses de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se tomaba el trabajo de preguntrselo, y lo daba por hecho. Ahora--le deca--, vas a tener un muchacho. Y la otra, enojada, echando pestes contra su fecundidad, responda: Varn o hembra, estos regalos debieran ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los aos. Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos Arnaiz no podan llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte de hijos y aquel familin de hembras la casa no acababa de florecer como debiera. Aunque Isabel haca milagros de arreglo y economa, el considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia. Pero nunca dej de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si su capital no era grande, tampoco tena deudas. El _quid_ estaba en colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaa matrimoesca no fuera coronada por un xito brillante, en la casa no poda haber grandes ahorros. Isabel Cordero era, veinte aos ha, una mujer desmejorada, plida, deforme de talle, como esas personas que parece se estn desbaratando y que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se conoca que haba sido bonita. Los que la trataban no podan imaginrsela en estado distinto del que se llama interesante, porque el barrign pareca en ella cosa normal, como el color de la tez o la forma de la nariz. En tal situacin y en los breves periodos que tena libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el da de caer en la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el escritorio, y acabadita de poner la enorme sartn de migas para la cena o el caldern de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras. Cuidaba principalmente de que sus nias no estuviesen ociosas. Las ms pequeas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre. Alguna de ellas se daba maa para planchar; solan tambin lavar en el gran artesn de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que mayormente sobresalan todas era en el arte de arreglar sus propios perendengues. Los domingos, cuando su mam las sacaba a paseo, en larga procesin, iban tan bien apaaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa, desfilaban entre la admiracin de los fieles; porque conviene apuntar que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la ltima, que era una miniaturita, formaban un rebao interesantsimo que llamaba la atencin por el nmero y la escala gradual de las tallas. Los conocidos que las vean entrar, decan: ya est ah doa Isabel con el muestrario. La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningn adorno, flcida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebao, llevndolo por delante como los paveros en Navidad. Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel inmenso! A Barbarita le haca ordinariamente sus confidencias. Mira, hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no s qu hacer. Dios me protege, que si no... T no sabes lo que es vestir siete hijas. Los varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van tirando. Pero las nias!... Y con estas modas de ahora y este suponer!... Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve que traer diez varas ms. Nada te quiero decir del ramo de zapatos! Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea las alpargatitas de camo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este ao he suprimido los estofados. S que los dependientes refunfuan; pero no me importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. Creers que un quintal de carbn se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas de aceite, y a los pocos das... pif... parece que se lo han chupado las lechuzas. Encargo a Estupi dos o tres quintales de patatas, hija, y como si no trajera nada. En la casa haba dos mesas. En la primera coman el principal y su seora, las nias, el dependiente ms antiguo y algn pariente, como Primitivo Cordero cuando vena a Madrid de su finca de Toledo, donde resida. A la segunda se sentaban los dependientes menudos y los dos hijos, uno de los cuales haca su aprendizaje en la tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habra rendido a cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las nias iban creciendo, disminua para la madre parte del trabajo material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia para guardar el rebao, cada vez ms perseguido de lobos y expuesto a infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y ni Cristo Padre poda evitar los atisbos por el nico balcn de la casa o por la ventanucha que daba al callejn de San Cristbal. Empezaban a entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigelas inocentes que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Doa Isabel estaba siempre con cada ojo como un farol, y no las perda de vista un momento. A esta fatiga ruda del espionaje materno unase el trabajo de exhibir y airear el muestrario, por ver si caa algn parroquiano o por otro nombre, marido. Era forzoso _hacer el artculo_, y aquella gran mujer, negociante en hijas, no tena ms remedio que vestirse y concurrir con su _gnero_ a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo haca, ponan las nenas unos morros que no se las poda aguantar. Era tambin de rbrica el paseto los domingos, en corporacin, las nias muy bien arregladitas con cuatro pingos que parecan lo que no eran, la mam muy estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena cachemira. Sin ser vieja lo pareca. Dios, al fin, apreciando los mritos de aquella herona, que ni un punto se apartaba de su puesto en el combate social, ech una mirada de benevolencia sobre el muestrario y despus lo bendijo. La primera chica que se cas fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad, no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho, dependiente en la camisera de la viuda de Aparisi. Llambase Pepe Samaniego y no tena ms fortuna que sus deseos de trabajar y su honradez probada. Su apellido se vea mucho en los rtulos del comercio menudo. Un to suyo era boticario en la calle del Ave Mara. Tena un primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro prestamista, y los dems, lo mismo que sus hermanos, eran todos horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unin; mas pronto se hicieron esta cuenta: No estn los tiempos para hilar muy delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente, porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y trabajador. Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el hroe de Boteros. Esta s que fue buena boda. El novio era Ramn Villuendas, hijo mayor del clebre cambiante de la calle de Toledo; gran casa, fortuna slida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela ofreca variedad chocante en orden de riqueza. Su to D. Cayetano Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqus de Casa-Muoz, y posea muchos millones; en cambio, haba un Villuendas tabernero y otro que tena un tenducho de percales y bayetas llamado _El Buen Gusto_. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se vea muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se tuteaban. La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pesc marido al ao siguiente. Y qu marido!... Pero al llegar aqu, me veo precisado a cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a la boda de Jacinta. -III- Estupi --i-- En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San Cristbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las cuales sucedieron hace aos a un banco sin respaldo forrado de hule negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcn o caja vaca. Aqulla era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No haba tienda sin tertulia, como no poda haberla sin mostrador y santo tutelar. Era esto un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en tiempos en que no existan casinos, pues aunque haba sociedades secretas y clubs y cafs ms o menos patriticos, la gran mayora de los ciudadanos pacficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas. Barbarita tiene an reminiscencias vagas de la tertulia en los tiempos de su niez. Iba un fraile muy flaco que era el padre Alel, un seor pequeito con anteojos, que era el pap de Isabel, algunos militares y otros tipos que se confundan en su mente con las figuras de los dos mandarines. Y no slo se hablaba de asuntos polticos y de la guerra civil, sino de cosas del comercio. Recuerda la seora haber odo algo acerca de los primeros fsforos o mistos que vinieron al mercado, y aun haberlos visto. Era como una botellita en la cual se meta la cerilla, y sala echando lumbre. Tambin oy hablar de las primeras alfombras de moqueta, de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles, que alguno de los tertulios haba visto en el extranjero, pues aqu ni asomos de ellos haba todava. Algo se apunt all sobre el billete de Banco, que en Madrid no fue papel-moneda corriente hasta algunos aos despus, y slo se usaba entonces para los pagos fuertes de la banca. Doa Brbara se acuerda de haber visto el primer billete que llevaron a la tienda como un objeto de curiosidad, y todos convinieron en que era mejor una onza. El gas fue muy posterior a esto. La tienda se transformaba; pero la tertulia era siempre la misma en el curso lento de los aos. Unos habladores se iban y venan otros. No sabemos a qu poca fija se referiran estos prrafos sueltos que al vuelo coga Barbarita cuando, ya casada, entraba en la tienda a descansar un ratito, de vuelta de paseo o de compras: Qu hermosotes iban esta maana los del _tercero de fusileros_ con sus pompones nuevos!... El Duque ha odo misa hoy en las Calatravas. Iba con Linaje y con San Miguel... Sabe usted, Estupi, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses proyectan construir barcos de _fierro_. El llamado Estupi deba de ser indispensable en todas las tertulias de tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volva preguntar: Y Plcido, qu es de l?. Cuando entraba le reciban con exclamaciones de alegra, pues con su sola presencia animaba la conversacin. En 1871 conoc a este hombre, que fundaba su vanidad en _haber visto toda la historia de Espaa_ en el presente siglo. Haba venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado ao. Una sola frase suya probar su inmenso saber en esa historia viva que se aprende con los ojos: Vi a Jos I como le estoy viendo a usted ahora. Y pareca que se relama de gusto cuando le preguntaban: Vio usted al duque de Angulema, a lord Wellington?.... Pues ya lo creo. Su contestacin era siempre la misma: Como le estoy viendo a usted. Hasta llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. Que si vi entrar a Mara Cristina!... Hombre, si eso es de ayer.... Para completar su erudicin ocular, hablaba del _aspecto que presentaba Madrid_ el 1. de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana pasada. Haba visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, nada menos que sobre el propio patbulo, por ser l hermano de la Paz y Caridad; haba visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oy los tiritos, hallndose en la calle de las Velas; haba visto a Fernando VII el 7 de Julio cuando sali al balcn a decir a los milicianos que _sacudieran_ a los de la Guardia; haba visto a Rodil y al sargento Garca arengando desde otro balcn, el ao 36; haba visto a O'Donnell y Espartero abrazndose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo, todo esto en un balcn, y por fin, en un balcn haba visto tambin en fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se haban acabado los Reyes. La historia que Estupi saba estaba escrita en los balcones. La biografa mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Era muy joven cuando entr de hortera en casa de Arnaiz, y all sirvi muchos aos, siempre bien quisto del principal por su honradez acrisolada y el grandsimo inters con que miraba todo lo concerniente al establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupi no era un buen dependiente. Al despachar, entretena demasiado a los parroquianos, y si le mandaban con un recado o comisin a la Aduana, tardaba tanto en volver, que muchas veces crey D. Bonifacio que le haban llevado preso. La singularidad de que teniendo Plcido estas maas, no pudieran los dueos de la tienda prescindir de l, se explica por la ciega confianza que inspiraba, pues estando l al cuidado de la tienda y de la caja, ya podan Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande como su humildad, pues ya le podan reir y decirle cuantas perreras quisieran, sin que se incomodase. Por esto sinti mucho Arnaiz que Estupi dejara la casa en 1837, cuando se le antoj establecerse con los dineros de una pequea herencia. Su principal, que le conoca bien, haca lgubres profecas del porvenir comercial de Plcido, trabajando por su cuenta. Prometaselas l muy felices en la tienda de bayetas y paos del Reino que estableci en la Plaza Mayor, junto a la Panadera. No puso dependientes, porque la cortedad del negocio no lo consenta; pero su tertulia fue la ms animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aqu el secreto de lo poco que dio de s el establecimiento, y la justificacin de los vaticinios de D. Bonifacio. Estupi tena un vicio hereditario y crnico, contra el cual eran impotentes todas las dems energas de su alma; vicio tanto ms avasallador y terrible cuanto ms inofensivo pareca. No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni el lujo; era la conversacin. Por un rato de palique era Estupi capaz de dejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como l pegase la hebra con gana, ya poda venirse el cielo abajo, y antes le cortaran la lengua que la hebra. A su tienda iban los habladores ms frenticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo ms sabroso de su charla entraba alguien a comprar, Estupi le pona la cara que se pone a los que van a dar sablazos. Si el gnero pedido estaba sobre el mostrador, lo enseaba con gesto rpido, deseando que acabase pronto la interrupcin; pero si estaba en lo alto de la anaquelera, echaba hacia arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia, diciendo: Bayeta amarilla? Mrela usted. Me parece que es angosta para lo que usted la quiere. Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tena lo que le pedan. Gorritas para nio? Las quiere usted de visera de hule?... Sospecho que hay algunas, pero son de esas que no se usan ya.... Si estaba jugando al tute o al mus, nicos juegos que saba y en los que era maestro, primero se hunda el mundo que apartar l su atencin de las cartas. Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo peda el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores a la tienda no poda resistir la comezn del vicio, echaba la llave, se la meta en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor palabrero con que se embriagaba. Por Navidad, cuando se empezaban a armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tena valor para estarse metido en aquel cuchitril oscuro. El sonido de la voz humana, la luz y el rumor de la calle eran tan necesarios a su existencia como el aire. Cerraba, y se iba a dar conversacin a las mujeres de los puestos. A todas las conoca, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto ocurriera en la familia de cada una de ellas. Perteneca, pues, Estupi a aquella raza de tenderos, de la cual quedan an muy pocos ejemplares, cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuacin de los males causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al consumidor de la malsana inclinacin a gastar el dinero. D. Plcido, tiene usted pana azul?.--Pana azul!, y quin te mete a ti en esos lujos? S que la tengo; pero es cara para ti. --Ensemela usted... y a ver si me la arregla... Entonces haca el hombre un desmedido esfuerzo, como quien sacrifica al deber sus sentimientos y gustos ms queridos, y bajaba la pieza de tela. Vaya, aqu est la pana. Si no la has de comprar, si todo es gana de moler, para qu quieres verla? Crees que yo no tengo nada qu hacer?.--Lo que dije; estas mujeres marean a Cristo. Hay otra clase, s seora. La compras, s o no? A veinte y dos reales, ni un cuarto menos.--Pero djela ver... ay qu hombre! Cree que me voy a comer la pieza?... A veinte y dos realetes. --Ande y que lo parta un rayo!.--Que te parta a ti, mal criada, respondona, tarasca.... Era muy fino con las seoras de alto copete. Su afabilidad tena tonos como este: La cbica? S que la hay. Ve usted la pieza all arriba? Me parece, seora, que no es lo que usted busca... digo, me parece; no es que yo me quiera meter... Ahora se estilan rayaditas: de eso no tengo. Espero una remesa para el mes que entra. Ayer vi a las nias con el Sr. D. Cndido. Vaya, que estn creciditas. Y cmo sigue el seor mayor? No le he visto desde que bamos juntos a la bveda de San Gins!... Con este sistema de vender, a los cuatro aos de comercio se podan contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el dintel de la tienda. A los seis aos no entraban all ni las moscas. Estupi abra todas las maanas, barra y regaba la acera, se pona los manguitos verdes y se sentaba detrs del mostrador a leer el _Diario de Avisos_. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su alma, que en la soledad en que Plcido estaba le parecan algo como la paloma del arca, pues le traan en el pico algo ms que un ramo de oliva, le traan la palabra, el sabrossimo fruto y la flor de la vida, el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasbanse el da entero contando ancdotas, comentando sucesos polticos, tratando de t a Mendizbal, a Calatrava, a Mara Cristina y al mismo Dios, trazando con el dedo planes de campaa sobre el mostrador en extravagantes lneas tcticas; demostrando que Espartero deba ir necesariamente por aqu y Villarreal por all; refiriendo tambin sucedidos del comercio, llegadas de tal o cual gnero; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de la corte, con todo lo dems que cae bajo el dominio de la bachillera humana. A todas estas el cajn del dinero no se abra ni una sola vez, y a la vara de medir, sumida en plcida quietud, le faltaba poco para reverdecer y echar flores como la vara de San Jos. Y como pasaban meses y meses sin que se renovase el gnero, y all no haba ms que maulas y vejeces, el trueno fue gordo y repentino. Un da le embargaron todo, y Estupi sali de la tienda con tanta pena como dignidad. --ii-- Aquel gran filsofo no se entreg a la desesperacin. Vironle sus amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su semblante haba algo de Scrates, admitiendo que Scrates fuera hombre dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca. Plcido haba salvado el honor, que era lo importante, pagando religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se haba quedado con lo puesto y sin una mota. No salv ms mueble que la vara de medir. Era forzoso, pues, buscar algn modo de ganarse la vida. A qu se dedicara? En qu ramo del comercio empleara sus grandes dotes? Dndose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiaran muchos: las relaciones. Conoca a cuantos almacenistas y tenderos haba en Madrid; todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponan buena cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella bendita labia que Dios le haba dado. Sus relaciones y estas aptitudes le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de gneros. D. Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros almacenistas de paos, lienzos o novedades, le daban piezas para que las fuera enseando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisin por lo que venda. Mara Santsima, qu vida ms deliciosa y qu bien hizo en adoptarla, porque cosa ms adecuada a su temperamento no se poda imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas, aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la familia era su vida, y todo lo dems era muerte. Plcido no haba nacido para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre, la discusin, la contratacin, el recado, ir y venir, preguntar, cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Haba maana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a punta, y la Concepcin Jernima, Atocha y Carretas. As pasaron algunos aos. Como sus necesidades eran muy cortas, pues no tena familia que mantener ni ningn vicio como no fuera el de gastar saliva, bastbale para vivir lo poco que el corretaje le daba. Adems, muchos comerciantes ricos le protegan. Este, a lo mejor, le regalaba una capa; otro un corte de vestido; aquel un sombrero o bien comestibles y golosinas. Familias de las ms empingorotadas del comercio le sentaban a su mesa, no slo por amistad sino por egosmo, pues era una diversin orle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel esmero de detalles que encantaba. Dos caracteres principales tena su entretenida charla, y eran: que nunca se declaraba ignorante de cosa alguna, y que jams habl mal de nadie. Si por acaso se dejaba decir alguna palabra ofensiva, era contra la Aduana; pero sin individualizar sus acusaciones. Porque Estupi, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las piezas de Hamburgo de 26 hilos que pas por el portillo de Gilimn, valindose de ingeniosas maas, no son para contadas. No haba otro como l para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa, figurndose mendigo con un nio a cuestas. Ninguno como l posea el arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de peligro, y se entenda con ellos tan bien para este fregado, que las principales casas acudan a l para desatar sus los con la Hacienda. No hay medio de escribir en el Declogo los delitos fiscales. La moral del pueblo se rebelaba, ms entonces que ahora, a considerar las defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con este criterio, Estupi no senta alboroto en su conciencia cuando pona feliz remate a una de aquellas empresas. Segn l, lo que la Hacienda llama suyo no es suyo, sino de la nacin, es decir, de Juan Particular, y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha tenido tambin sus hroes y sus mrtires. Plcido la profesaba con no menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, slo que era de infantera, y adems no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestbase pura y luminosa en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar un ochavo que no fuese suyo, se habra estado callado un mes. Barbarita le quera mucho. Habale visto en su casa desde que tuvo el don de ver y apreciar las cosas; conoca bien, por opinin de su padre y por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador. Siendo nia, Estupi la llevaba a la escuela de la rinconada de la calle Imperial, y por Navidad iba con l a ver los nacimientos y los puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enferm para morirse, Plcido no se separ de l ni enfermo ni difunto hasta que le dej en la sepultura. En todas las penas y alegras de la casa era siempre el partcipe ms sincero. Su posicin junto a tan noble familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a su mesa muchos das, los ms del ao emplebale en recados y comisiones que l saba desempear con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a entenderse con los ordinarios que traan encargos, o bien a Maravillas, donde vivan la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente tena la seora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan ciega la respetaba y obedeca l, que si Barbarita le hubiera dicho: Plcido, hazme el favor de tirarte por el balcn a la calle, el infeliz no habra vacilado un momento en hacerlo. Andando los aos, y cuando ya Estupi iba para viejo y no haca corretaje ni contrabando, desempe en la casa de Santa Cruz un cargo muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y fiestas. Segura estaba la mam de que la vigilancia de Plcido era como la de un padre, y bien saba que se habra dejado matar cien veces antes que consentir que nadie tocase al _Delfn_ (as le sola llamar) en la punta del cabello. Ya era este un polluelo con nfulas de hombre cuando Estupi le llevaba a los Toros, inicindole en los misterios del arte, que se preciaba de entender como buen madrileo. El nio y el viejo se entusiasmaban por igual en el brbaro y pintoresco espectculo, y a la salida Plcido le contaba sus proezas taurmacas, pues tambin, all en su mocedad, haba echado sus quiebros y pases de muleta, y tena traje completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar ninguna regla... Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje, contestbale Plcido que haca muchos aos su hermana la sastra (que de Dios gozaba) lo haba convertido en tnica de un Nazareno, que est en la iglesia de Daganzo de Abajo. Fuera del platicar, Estupi no tena ningn vicio, ni se junt jams con personas ordinarias y de baja estofa. Una sola vez en su vida tuvo que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera. Entonces le ocurri un lance desagradable del cual se acord y avergonz toda su vida; y fue que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logr embriagarle, dndole subrepticiamente un Chinchn capaz de marear a una piedra. Fue una borrachera estpida, la primera y ltima de su vida; y el recuerdo de la degradacin de aquella noche le entristeca siempre que repuntaba en su memoria. Infames, burlar as a quien era la misma sobriedad! Me le hicieron beber con engao evidente aquellas nefandas copas, y despus no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como grosera. Pidironle que cantara la Pitita, y hay motivos para creer que la cant, aunque l lo niega en redondo. En medio del desconcierto de sus sentidos, tuvo conciencia del estado en que le haban puesto, y el decoro le sugiri la idea de la fuga. Echose fuera del local pensando que el aire de la noche le despejara la cabeza; pero aunque sinti algn alivio, sus facultades y sentidos continuaban sujetos a los ms garrafales errores. Al llegar a la esquina de la Cava de San Miguel, vio al sereno; mejor dicho, lo que vio fue el farol del sereno, que andaba hacia la rinconada de la calle de Cuchilleros. Crey que era el Vitico, y arrodillndose y descubrindose, segn tena por costumbre, rez una corta oracin y dijo: que Dios le d lo que mejor le convenga!. Las carcajadas de sus soeces burladores, que le haban seguido, le volvieron a su acuerdo, y conocido el error, se meti a escape en su casa, que a dos pasos estaba. Durmi, y al da siguiente como si tal cosa. Pero senta un remordimiento vivsimo que por algn tiempo le haca suspirar y quedarse meditabundo. Nada afliga tanto su honrado corazn como la idea de que Barbarita se enterara de aquel chasco del Vitico. Afortunadamente, o no lo supo, o si lo supo no se dio nunca por entendida. --iii-- Cuando conoc personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al ras con los sesenta aos; pero los llevaba muy bien. Era de estatura menos que mediana, regordete y algo encorvado hacia adelante. Los que quieran conocer su rostro, miren el de Rossini, ya viejo, como nos le han transmitido las estampas y fotografas del gran msico, y pueden decir que tienen delante el divino Estupi. La forma de la cabeza, la sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona, que con la acentuacin de las lneas en la vejez se aproximaba algo a la imagen de Polichinela. La edad iba dando al perfil de Estupi un cierto parentesco con el de las cotorras. En sus ltimos tiempos, del 70 en adelante, vesta con cierta originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz cuidaban de que nada le faltase, sino por espritu de tradicin, y por repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual perteneca a una poca que se haba borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa de pao verde, que no se le caa de los hombros sino en lo que va de Julio a Septiembre. Tena muy poco pelo, casi se puede decir ninguno; pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes fras de la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al entrar. Era gran madrugador, y por la maanita con la fresca se iba a Santa Cruz, luego a Santo Toms y por fin a San Gins. Despus de or varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la mano a las imgenes, como se saluda a un amigo que est en el balcn, y luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle. En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz, Estupi pas muy malos ratos. Ni el pjaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de la morada en que naci, ponen cara ms afligida que la que l pona viendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de ser hombre no lloraba. Barbarita, que se haba criado a la sombra de la venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrlego espectculo era porque estaba volada, y la ira no le permita derramar lgrimas. Ni acertaba a explicarse por qu deca su marido que D. Nicols Rivero era una gran persona. Cuando el templo desapareci; cuando fue arrasado el suelo, y andando los aos se edific una casa en el sagrado solar, Estupi no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios que reconocen los hechos consumados. Para l la iglesia estaba siempre all, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que corresponda al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el sombrero. Era Plcido hermano de la Paz y Caridad, cofrada cuyo domicilio estuvo en la derribada parroquia. Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en la capilla y a darles conversacin en la hora tremenda, hablndoles de lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que iban a estar en la gloria. Qu sera de los pobrecitos reos si no tuvieran quien les diera un poco de jarabe de pico antes de entregar su cuello al verdugo! A las diez de la maana conclua Estupi invariablemente lo que podramos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desapareca de su rostro rossiniano la seriedad ttrica que en la iglesia tena, y volva a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y si Barbarita no tena nada que mandarle, emprenda su tarea para _defender el garbanzo_, pues siempre haca el papel de que trabajaba como un negro. Su afectada ocupacin en tal poca era el corretaje de dependientes, y finga que los colocaba mediante un estipendio. Algo haca en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le preguntaban si iban bien los negocios, responda en el tono de comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pinges ganancias: Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja... Este mes he colocado lo menos treinta chicos... como no hayan sido cuarenta.... Viva Plcido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de ellas est mucho ms bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura imponente y una estribacin formidable, a modo de fortaleza. El piso en que el tal viva era cuarto por la Plaza y por la Cava sptimo. No existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso apechugar con ciento veinte escalones, _todos de piedra_, como deca Plcido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio. El ser _todas de piedra_, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las escaleras de aquellas casas un aspecto lgubre y monumental, como de castillo de leyendas, y Estupi no poda olvidar esta circunstancia que le haca interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles peldaos de palo, como cada hijo de vecino. El orgullo de trepar por aquellas gastadas berroqueas no exclua lo fatigoso del trnsito, por lo que mi amigo supo explotar sus buenas relaciones para abreviarlo. El dueo de una zapatera de la Plaza, llamado Dmaso Trujillo, le permita entrar por su tienda, cuyo rtulo era _Al ramo de azucenas_. Tena puerta para la escalera de la Cava, y usando esta puerta Plcido se ahorraba treinta escalones. El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie haba ido nunca a verle, por la sencilla razn de que D. Plcido no estaba en su casa sino cuando dorma. Jams haba tenido enfermedad que le impidiera salir durante el da. Era el hombre ms sano del mundo. Pero la vejez no haba de desmentirse, y un da de Diciembre del 69 fue notada la falta del grande hombre en los crculos a donde sola ir. Pronto corri la voz de que estaba malo, y cuantos le conocan sintieron vivsimo inters por l. Muchos dependientes de tiendas se lanzaron por aquellos escalones de piedra en busca de noticias del simptico enfermo, que padeca de un reuma agudo en la pierna derecha. Barbarita le mand en seguida su mdico, y no satisfecha con esto, orden a Juanito que fuese a visitarle, lo que el Delfn hizo de muy buen grado. Y sale a relucir aqu la visita del Delfn al anciano servidor y amigo de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella visita, esta historia no se habra escrito. Se hubiera escrito otra, eso s, porque por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela; pero esta no. --iv-- Juanito reconoci el nmero 11 en la puerta de una tienda de aves y huevos. Por all se haba de entrar sin duda, pisando plumas y aplastando cascarones. Pregunt a dos mujeres que pelaban gallinas y pollos, y le contestaron, sealando una mampara, que aquella era la entrada de la escalera del 11. Portal y tienda eran una misma cosa en aquel edificio caracterstico del Madrid primitivo. Y entonces se explic Juanito por qu llevaba muchos das Estupi, pegadas a las botas, plumas de diferentes aves. Las coga al salir, como las haba cogido l, por ms cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios en que haba plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomas de aquellos pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la cabeza, conservando la cola como un sarcasmo de su msero destino. A la izquierda de la entrada vio el Delfn cajones llenos de huevos, acopio de aquel comercio. La voracidad del hombre no tiene lmites, y sacrifica a su apetito no slo las presentes sino las futuras generaciones gallinceas. A la derecha, en la prolongacin de aquella cuadra lbrega, un sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorca los pescuezos con esa presteza y donaire que da el hbito, y apenas soltaba una vctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, coga otra para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes haba por todas partes, llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza roja por entre las caas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y aun all los infelices presos se daban de picotazos por aquello de _si t sacaste ms pico que yo... si ahora me toca a m sacar todo el pescuezo_. Habiendo apreciado este espectculo poco grato, el olor de corral que all haba, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta vctima, Juanito la emprendi con los famosos peldaos de granito, negros ya y gastados. Efectivamente, pareca la subida a un castillo o prisin de Estado. El paramento era de fbrica cubierta de yeso y este de rayas e inscripciones soeces o tontas. Por la parte ms prxima a la calle, fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo, Juanito la vio abierta y, lo que es natural, mir hacia dentro, pues todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su curiosidad. Pens no ver nada y vio algo que de pronto le impresion, una mujer bonita, joven, alta... Pareca estar en acecho, movida de una curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quin demonios suba a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tena pauelo azul claro por la cabeza y un mantn sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfn, se infl con l, quiero decir, que hizo ese caracterstico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileas del pueblo se agasajan dentro del mantn, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural. Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que era y lo bien calzada que estaba, dironle ganas de tomarse confianzas con ella. --Vive aqu--le pregunt--el Sr. de Estupi? --D. Plcido?... en lo _ms ltimo de arriba_ --contest la joven, dando algunos pasos hacia fuera. Y Juanito pens: T sales para que te vea el pie. Buena bota... Pensando esto, advirti que la muchacha sacaba del mantn una mano con mitn encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir: --Qu come usted, criatura? --No lo ve usted? --replic mostrndoselo--Un huevo. --Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llev a la boca por segunda vez el huevo roto y se atiz otro sorbo. --No s cmo puede usted comer esas babas crudas--dijo Santa Cruz, no hallando mejor modo de trabar conversacin. --Mejor que guisadas. Quiere usted?--replic ella ofreciendo al Delfn lo que en el cascarn quedaba. Por entre los dedos de la chica se escurran aquellas babas gelatinosas y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no; le repugnaban los huevos crudos. --No, gracias. Ella entonces se lo acab de sorber, y arroj el cascarn, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior. Estaba limpindose los dedos con el pauelo, y Juanito discurriendo por dnde pegara la hebra, cuando son abajo una voz terrible que dijo: _Fortunaa!_ Entonces la chica se inclin en el pasamanos y solt un _yia voy_ con chillido tan penetrante que Juanito crey se le desgarraba el tmpano. El _yia_ principalmente son como la vibracin agudsima de una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido, digno canto de tal ave, la moza se arroj con tanta presteza por las escaleras abajo, que pareca rodar por ellas. Juanito la vio desaparecer, oa el ruido de su ropa azotando los peldaos de piedra y crey que se mataba. Todo qued al fin en silencio, y de nuevo emprendi el joven su ascensin penosa. En la escalera no volvi a encontrar a nadie, ni una mosca siquiera, ni oy ms ruido que el de sus propios pasos. Cuando Estupi le vio entrar sinti tanta alegra, que a punto estuvo de ponerse bueno instantneamente por la sola virtud del contento. No estaba el hablador en la cama sino en un silln, porque el lecho le hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se vea porque estaba liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubra su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de la iglesia. Ms que los dolores reumticos molestaba al enfermo el no tener con quin hablar, pues la mujer que le serva, una tal doa Brgida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas palabras. No posea Estupi ningn libro, pues no necesitaba de ellos para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las saba de memoria. Lo impreso era para l msica, garabatos que no sirven de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plcido era Guttenberg. Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compaa de alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aqu, busca por all, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento arcn hall doa Brgida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado que mor en la misma casa all por el ao 40. Abriolo Estupi con respeto, y qu era? El tomo undcimo del _Boletn Eclesistico de la Dicesis de Lugo_. Apechug, pues, con aquello, pues no haba otra cosa. Y se lo atiz todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando correctamente las slabas en voz baja a estilo de rezo. Ningn tropiezo le detena en su lectura, pues cuando le sala al encuentro un latn largo y oscuro, le meta el diente sin vacilar. Las pastorales, sinodales, bulas y dems entretenidas cosas que el libro traa, fueron el nico remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que lleg a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos prrafos se los echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que a cualquier observador mal enterado le habra hecho creer que el tomazo era de Paul de Kock. Es cosa muy buena dijo Estupi, guardando el libro al ver que Juanito se rea. Y estaba tan agradecido a la visita del Delfn, que no haca ms que mirarle recrendose en su guapeza, en su juventud y elegancia. Si hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habra contemplado con ms amor. Dbale palmadas en la rodilla, y le interrogaba prolijamente por todos los de la familia, desde Barbarita, que era el nmero uno, hasta el gato. El Delfn, despus de satisfacer la curiosidad de su amigo, hzole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que estaba. Buena gente--respondi Estupi--; slo hay unos inquilinos que alborotan algo por las noches. La finca pertenece al Sr. de Moreno Isla, y puede que se la administre yo desde el ao que viene. l lo desea; ya me habl de ello tu mam, y he respondido que estoy a sus rdenes... Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria... escalera de piedra, ya habrs visto; slo que es un poquito larga. Cuando vuelvas, si quieres acortar treinta escalones, entras por el _Ramo de azucenas_, la zapatera que est en la Plaza. T conoces a Dmaso Trujillo. Y si no le conoces, con decir: voy a ver a Plcido te dejar pasar. Estupi sigui an ms de una semana sin salir de casa, y el Delfn iba todos los das a verle todos los das!, con lo que estaba mi hombre ms contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatera, Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el establecimiento de huevos de la Cava. -IV- Perdicin y salvamento del Delfn --i-- Pasados algunos das, cuando ya Estupi andaba por ah restablecido aunque algo cojo, Barbarita empez a notar en su hijo inclinaciones nuevas y algunas maas que le desagradaron. Observ que el Delfn, cuya edad se aproximaba a los veinticinco aos, tena horas de infantil alegra y das de tristeza y recogimiento sombros. Y no pararon aqu las novedades. La perspicacia de la madre crey descubrir un notable cambio en las costumbres y en las compaas del joven fuera de casa, y lo descubri con datos observados en ciertas inflexiones muy particulares de su voz y lenguaje. Daba a la _elle_ el tono arrastrado que la gente baja da a la _y_ consonante; y se le haban pegado modismos pintorescos y expresiones groseras que a la mam no le hacan maldita gracia. Habra dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con qu casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se conoca. Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empez a manifestarse en el vestido. El Delfn se encaj una capa de esclavina corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanera. Ponase por las noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caa muy bien, y se peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un da se present en la casa un sastre con facha de sacristn, que era de los que hacen ropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doa Brbara no le dej sacar la cinta de medir, y poco falt para que el pobre hombre fuera rodando por las escaleras. Es posible--dijo a su nio, sin disimular la ira--, que se te antoje tambin ponerte esos pantalones ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de cigea?. Y una vez roto el fuego, rompi la seora en acusaciones contra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. l se rea, buscando medios de eludir la cuestin; pero la inflexible mam le cortaba la retirada con preguntas contundentes. A dnde iba por las noches? Quines eran sus amigos? Responda l que los de siempre, lo cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que sala con l muy puesto tambin de capita corta y pavero, los antiguos condiscpulos no aportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chico de Tellera. Cmo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisiete aos, era ya diputado y subsecretario de Gobernacin, y se deca que Rivero quera dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavito haca cada artculo de crtica y cada estudio sobre los Orgenes de tal o cual cosa, que era una bendicin, y en tanto l y Villalonga en qu pasaban el tiempo?, en qu?, en adquirir hbitos ordinarios y en tratarse con znganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella poca del 70 se le desarroll de tal modo al Delfn la aficin a los toros, que no perda corrida, ni dejaba de ir al apartado ningn da y a veces se plantaba en la dehesa. Doa Brbara viva en la mayor intranquilidad, y cuando alguien le contaba que haba visto a su dolo en compaa de un individuo del arte del cuerno, se suba a la parra y... Mira, Juan, creo que t y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa a uno de esos tagarotes de calzn ajustado, chaqueta corta y botita de caa clara, te pego, s, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escoba y ambos sals de aqu pitando... Estos furores solan concluir con risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariosas, porque Juanito se pintaba solo para desenojar a su mam. Como supiera un da la dama que su hijo frecuentaba los barrios de Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encarg a Estupi que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevndole cuentos, dichos en voz baja y melodramtica: Anoche cen en la pastelera del sobrino de Botn, en la calle de Cuchilleros... sabe la seora? Tambin estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, un tipo as... cmo dir?, de estos de sombrero redondo y capa con esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un _randa_ que por un seorito disfrazado. --Mujeres...?--pregunt con ansiedad Barbarita. --Dos, seora, dos--dijo Plcido corroborando con igual nmero de dedos muy estirados lo que la voz denunciaba--. No les pude ver las estampas. Eran de estas de mantn pardo, delantal azul, buena bota y pauelo a la cabeza... en fin, un par de reses muy bravas. A la semana siguiente, otra delacin: Seora, seora.... --Qu? --Ayer y anteayer entr el nio en una tienda de la Concepcin Jernima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de cra... --Y qu? --Que pasa all largas horas de la tarde y de la noche. Lo s por Pepe Vallejo, el de la cordelera de enfrente, a quien he encargado que est con mucho ojo. --Tienda de filigranas y de corales? --S, seora; una de estas plateras de puntapi, que todo lo que tienen no vale seis duros. No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enterar. Aspecto de pobreza. Se entra por una puerta vidriera que tambin es entrada del portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: _Especialidad en regalos para amas_... Antes estaba all un relojero llamado Bravo, que muri de miserere. De pronto los cuentos de Estupi cesaron. A Barbarita todo se le volva preguntar y ms preguntar, y el dichoso hablador no saba nada. Y cuidado que tena mrito la discrecin de aquel hombre, porque era el mayor de los sacrificios; para l equivala a cortarse la lengua el tener que decir: no s nada, absolutamente nada. A veces pareca que sus insignificantes e inseguras revelaciones queran ocultar la verdad antes que esclarecerla. Pues nada, seora; he visto a Juanito en un simn, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del ngel... Iba con Villalonga... se rean mucho los dos... de algo que les haca gracia.... Y todas las denuncias eran como estas, bobadas, subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupi no saba nada, o si saba no quera decirlo por no disgustar a la seora. Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupi, y este no queriendo o no teniendo qu responder, hasta que all por Mayo del 70, Juanito empez a abandonar aquellos mismos hbitos groseros que tanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentsimamente, not los sntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes de la vida del joven. Cunto se regocijaba la seora con esto, no hay para qu decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable lleg un momento en que Barbarita dej de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los desvaros de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues, recobraba el Delfn su personalidad normal. Despus de una noche que entr tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vmitos, la mudanza pareci ms acentuada. La mam entrevea en aquella ignorada pgina de la existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgas de mal gusto, bromas y rias quizs; pero todo lo perdonaba, todo, todito, con tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de las edades. Es un sarampin de que no se libra ningn muchacho de estos tiempos--deca--. Ya sale el mo de l, y Dios quiera que salga en bien. Not tambin que el Delfn se preocupaba mucho de ciertos recados o esquelitas que a la casa traan para l, mostrndose ms bien temeroso de recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden de que le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algo inquieto, y su mam se dijo gozosa: Persecucin tenemos; pero l parece querer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien. Hablando de esto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que mereci la aprobacin de ella. Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandar ac una pareja de orden pblico, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza. Mejor que este plan era el que se le haba ocurrido a la seora. Tenan tomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando la fecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, con aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta las resoluciones salvadoras, se encar con Juanito, y de buenas a primeras le dijo: Maana mismo nos vamos a Plencia. Y al decirlo se fij en la cara que puso. Lo primero que expres el Delfn fue alegra. Despus se qued pensativo. Pero deme usted dos o tres das. Tengo que arreglar varios asuntos.... --Qu asuntos tienes t, hijo? Msica, msica. Y en caso de que tengas alguno, creme, vale ms que lo dejes como est. Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el da de San Pedro. Barbarita iba muy contenta, juzgndose ya vencedora, y se deca por el camino: Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me escape ms. Instalronse en su residencia de verano, que era como un palacio, y no hay palabras con qu ponderar lo contentos y saludables que todos estaban. El Delfn, que fue desmejoradillo, no tard en reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de sus carnes. La mam se la tena guardada. Esperaba ocasin propicia, y en cuanto esta lleg supo acometer la empresa aquella de la calza, como persona lista y conocedora de las maas del ave que era preciso aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no pareca muy dispuesto a la resistencia. Pues s--dijo ella, despus de una conversacin preparada con gracia--. Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un chiquillo, y a ti hay que drtelo todo hecho. Qu ser de ti el da en que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te ras, no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el botn que se te ha cado, que de elegirte la que ha de ser compaera de toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. A ti te cabe en la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues a callar, y pon tu porvenir en mis manos. No s qu instinto tenemos las madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos infalibles como el Papa. La esposa que Barbarita propona a su hijo era Jacinta, su prima, la tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. Y qu casualidad! Al da siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva menuda. Candelaria no sala de Madrid, y Benigna haba ido a Laredo. Juan no dijo que s ni que no. Limitose a responder por frmula que lo pensara; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y madre tena tratos con el Espritu Santo, y que su proyecto era un verdadero caso de infalibilidad. --ii-- Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada, cariosa y adems muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando la sazn de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar. Barbarita quera mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba; tenala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones y miramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudiera sospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela supona que los seores de Santa Cruz tenan puestas sus miras en alguna de las chicas de Casa-Muoz, de Casa-Trujillo o de otra familia rica y titulada. Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando revel sus planes a D. Baldomero, este sinti regocijo, pues tambin a l se le haba ocurrido lo mismo. Ya dije que el Delfn prometi pensarlo; mas esto significaba sin duda la necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia en los casos graves; en otros trminos, su amor propio, que le gobernaba ms que la conciencia, le exiga, ya que no una eleccin libre, el simulacro de ella. Por eso Juanito no slo lo deca, sino que pareca como que pensaba, yndose a pasear solo por aquellos peascales, y se engaaba a s mismo dicindose: qu pensativo estoy!. Porque estas cosas son muy serias, vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magn. Lo que haca el muy farsante era saborear de antemano lo que se le aproximaba y ver de qu manera deca a su madre con el aire ms grave y filosfico del mundo: Mam, he meditado profundsimamente sobre este problema, pesando con escrpulo las ventajas y los inconvenientes, y la verdad, aunque el caso tiene sus ms y sus menos, aqu me tiene usted dispuesto a complacerla. Todo esto era comedia, y querer echrselas de hombre reflexivo. Su madre haba recobrado sobre l aquel ascendiente omnmodo que tuvo antes de las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo prdigo a quien los reveses hacen ver cunto le daa el obrar y pensar por cuenta propia, descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y la voluntad de su madre. Lo peor del caso era que nunca le haba pasado por las mientes casarse con Jacinta, a quien siempre mir ms como hermana que como prima. Siendo ambos de muy corta edad (ella tena un ao y meses menos que l) haban dormido juntos, y haban derramado lgrimas y acusdose mutuamente por haber secuestrado l las muecas de ella, y haber ella arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de l. Juan la haca rabiar, descomponindole la casa de muecas, anda!, y Jacinta se vengaba arrojando en su barreo de agua los caballos de Juan para que se ahogaran... anda! Por un rey mago, negro por ms seas, hubo unos dramas que acabaron en lea por partida doble, es decir, que Barbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el que toca los timbales; y todo porque Jacinta le haba cortado la cola al camello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... Envidiosa. Acusn... Ya tenan ambos la edad en que un misterioso respeto les prohiba darse besos, y se trataban con vivo cario fraternal. Jacinta iba todos los martes y viernes a pasar el da entero en casa de Barbarita, y esta no tena inconveniente en dejar solos largos ratos a su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en s tena el desarrollo moral que era propio de sus veinte aos, uno frente a otro continuaban en la _edad del pavo_, muy lejos de sospechar que su destino les aproximara cuando menos lo pensasen. El paso de esta situacin fraternal a la de amantes no le pareca al joven Santa Cruz cosa fcil. l, que tan atrevido era lejos del hogar paterno, sentase acobardado delante de aquella flor criada en su propia casa, y tena por imposible que las cunitas de ambos, reunidas, se convirtieran en tlamo. Mas para todo hay remedio menos para la muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis, que las dificultades se deslean como la sal en el agua; que lo que a l le pareca montaa era como la palma de la mano, y que el trnsito de la fraternidad al enamoramiento se haca _como una seda_. La primita, hacindose tambin la sorprendida en los primeros momentos y aun la vergonzosa, dijo tambin que aquello deba pensarse. Hay motivos para creer que Barbarita se lo haba hecho pensar ya. Sea lo que quiera, ello es que a los cuatro das de romperse el hielo ya no haba que ensearles nada de noviazgo. Creerase que no haban hecho en su vida otra cosa ms que estar picoteando todo el santo da. El pas y el ambiente eran propicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa con caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos, helechos y lquenes, veredas cuyo trmino no se saba, caseros rsticos que al caer de la tarde despedan de sus abollados techos humaredas azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un da, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su humo, un aguacero en la montaa y otros accidentes de aquel admirable fondo potico, favorecan a los amantes, dndoles a cada momento un ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban cumpliendo. Jacinta era de estatura mediana, con ms gracia que belleza, lo que se llama en lenguaje corriente una mujer _mona_. Su tez finsima y sus ojos que despedan alegra y sentimiento componan un rostro sumamente agradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estaba callada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresin variadsima que saba poner en l. La estrechez relativa en que viva la numerosa familia de Arnaiz, no le permita variar sus galas; pero saba triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba en ella una mujer que, si lo quera, estaba llamada a ser elegantsima. Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas, revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede poco tiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primera pena de la vida o la maternidad. Barbarita, que la haba criado, conoca bien sus notables prendas morales, los tesoros de su corazn amante, que pagaba siempre con creces el cario que se le tena, y por todo esto se enorgulleca de su eleccin. Hasta que ciertas tenacidades de carcter que en la niez eran un defecto, agradbanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno que las hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva de energa para ciertas ocasiones difciles. La noticia del matrimonio de Juanito cay en la familia Arnaiz como una bomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza y dichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfn, por su fortuna, por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del cielo. Gumersindo Arnaiz no saba lo que le pasaba; lo estaba viendo y an le pareca mentira; y siendo el amartelamiento de los novios bastante empalagoso, a l le pareca que todava se quedaban cortos y que deban entortolarse mucho ms. Isabel era tan feliz que, de vuelta ya en Madrid, deca que le iba a dar algo, y que seguramente su empobrecida naturaleza no podra soportar tanta felicidad. Aquel matrimonio haba sido la ilusin de su vida durante los ltimos aos, ilusin que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se haba atrevido nunca a hablar de esto a su cuada, por temor de parecer excesivamente ambiciosa y atrevida. Faltbale tiempo a la buena seora para dar parte a sus amigas del feliz suceso; no saba hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos bros para entregarse con delirante actividad a los preparativos de boda, al equipo y dems cosas. Qu proyectos haca, qu cosas inventaba, qu previsin la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: Si me parece mentira!... Si yo no he de verlo!.... Y este presentimiento, por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegra inquieta fue como una combustin oculta que devor la poca vida que all quedaba. Una maana de los ltimos das de Diciembre, Isabel Cordero, hallndose en el comedor de su casa, cay redonda al suelo como herida de un rayo. Acometida de violentsimo ataque cerebral, falleci aquella misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos. No recobr el conocimiento despus del ataque, no dijo esta boca es ma, ni se quej. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de _un pajarito_. Decan los vecinos y amigos que haba _reventado de gusto_. Aquella gran mujer, herona y mrtir del deber, autora de diez y siete espaoles, se embriag de felicidad slo con el olor de ella, y sucumbi a su primera embriaguez. En su muerte la perseguan las fechas clebres, como la haban perseguido en sus partos, cual si la historia la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D. Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia. -V- Viaje de novios --i-- La boda se verific en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de recibir la bendicin, a correrla por esos mundos, no comprenda fuese de rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en Espaa tantos lugares dignos de ser vistos. l y Barbarita no haban ido ni siquiera a Chamber, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el nico espaol que se permita viajar era el duque de Osuna, D. Pedro. Qu diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de Correos haba hecho su viajecito a Pars... Juanito se manifest enteramente conforme con su pap, y recibida la bendicin nupcial, verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto, sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupi, cuya boca tap Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con sus lgrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la estacin. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a las tres de la maana, felices y locuaces, rindose de todo, del fro y de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegras no excluan un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del mnibus sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel fro invencible y aquella pavorosa expectacin que la hacan estremecer. Y tantsimo como quera a su marido!... Cmo compaginar dos deseos tan diferentes; que su marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que se pudiera ir, dejndola sola, era como la muerte, y la de que se acercaba y la coga en brazos con apasionado atrevimiento, tambin la pona temblorosa y asustada. Habra deseado que no se apartara de ella, pero que se estuviera quietecito. Al da siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, saba Jacinta una porcin de expresiones cariosas y de ntima confianza de amor que hasta entonces no haba pronunciado nunca, como no fuera en la vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a s mismo. No le causaba vergenza el decirle al otro que le idolatraba, as, as, clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si era verdad que l tambin estaba hecho un idlatra y que lo estara hasta el da del Juicio final. Y a la tal preguntita, que haba venido a ser tan frecuente como el pestaear, el que estaba de turno contestaba _Ch_, dando a esta slaba un tonillo de pronunciacin infantil. El _Ch_ se lo haba enseado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir, tambin en estilo mimoso, _me quieles?_, y otras tonteras y chiquilladas empalagosas, dichas de la manera ms grave del mundo. En la misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristn que les enseaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas, frente a la santidad de los altares consagrados o detrs de la estatua yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pilln, y un goloso y un atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las consenta y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que Este, al verlas, volvera la cabeza con aquella indulgencia propia del que es fuente de todo amor. Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se rean, lo mismo que de cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas; si el sacristn de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la seora abadesa se pona mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a ms de esto, todo cuanto Jacinta deca, aunque fuera la cosa ms seria del mundo, le haca a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier tontera que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de estilo popular y aflamencado que Santa Cruz deca alguna vez, divertanla ms que nada y las repeta tratando de fijarlas en su memoria. Cuando no son muy groseras, estas frmulas de hablar hacen gracia, como caricaturas que son del lenguaje. El tiempo se pasa sin sentir para los que estn en xtasis y para los enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las fugaces horas. Ella, principalmente, tena que pensar un poco para averiguar si tal da era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia. Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesin de los das, el amor aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente victorioso en lo presente, anhela hacerse dueo de lo pasado, indagando los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente, Jacinta empez a sentir el desconsuelo de no someter tambin el pasado de su marido, hacindose duea de cuanto este haba sentido y pensado antes de casarse. Como de aquella accin pretrita slo tena leves indicios, despertronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los mutuos carios creca la confianza, que empieza por ser inocente y va adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera haba tenido un novio de estos que no hacen ms que mirar y poner la cara afligida. Ella s que tena campo vastsimo en que ejercer su espritu crtico. Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de inquisidora. Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido _Nene_ (como l le haba enseado), no dej este de sentirse un tanto molesto. Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables, como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariosa, pero evasiva. Si lo que la _nena_ anhelaba saber era un devaneo, una tontera...!, cosas de muchachos. La educacin del hombre de nuestros das no puede ser completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las pasiones todas. Puro estudio y educacin pura... No se trataba de amor, porque lo que es amor, bien poda decirlo, l no lo haba sentido nunca hasta que le hizo tiln la que ya era su mujer. Jacinta crea esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No dudaba ni tanto as del amor de su marido; pero quera saber, s seor, quera enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber siempre la mayor confianza, no es eso? En cuanto hay secretos, adis paz del matrimonio. Pues bueno; ella quera leer de cabo a rabo ciertas paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. Como que estas historias ayudan bastante a la educacin matrimonial! Sabindolas de memoria, las mujeres viven ms avisadas, y a poquito que los maridos se deslicen... tras!, ya estn cogidos. Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir. Esto fue dicho en el tren, que corra y silbaba por las angosturas de Pancorvo. En el paisaje vea Juanito una imagen de su conciencia. La va que lo traspasaba, descubriendo las sombras revueltas, era la indagacin inteligente de Jacinta. El muy tuno se rea, prometiendo, eso s, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia. S, porque me engaas t a m!... A buena parte vienes... S ms de lo que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y o. Tu mam estaba muy disgustada, porque te nos habas hecho muy chu... la... pito; eso es. El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se enfadaba Jacinta. Bien le deca su sagacidad femenil que la obstinacin impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habra puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba su xito en la perseverancia combinada con el cario capcioso y diplomtico. Entrando en un tnel de la Rioja, dijo as: Apostamos a que sin decirme t una palabra, lo averiguo todo?. Y a la salida del tnel, el enamorado esposo, despus de estrujarla con un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al mugir de la mquina humeante, gritaba: Qu puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como. Curiosona, fisgona, fecha! T quieres saber? Pues te lo voy a contar, para que me quieras ms. --Ms? Qu gracia! Eso s que es difcil. --Esprate a que lleguemos a Zaragoza. --No, ahora. --Ahora mismo? --_Ch_. --No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa. --Mejor... Cuntala y luego veremos. --Te vas a rer de m. Pues seor... all por Diciembre del ao pasado... no, del otro... Ves?, ya te ests riendo. --Que no me ro, que estoy ms seria que el Papamoscas. --Pues bueno, all voy... Como te iba diciendo, conoc a una mujer... Cosas de muchachos. Pero djame que empiece por el principio. rase una vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado Estupi, el cual cay enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontr una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... Qu tal?... --ii-- --Un huevo crudo... qu asco!--exclam Jacinta escupiendo una salivita--. Qu se puede esperar de quien se enamora de una mujer que come huevos crudos?... --Hablando aqu con imparcialidad, te dir que era guapa. Te enfadas? --Qu me voy a enfadar, hombre! Sigue... Se coma el huevo, y te ofreca y t participaste... --No, aquel da no hubo nada. Volv al siguiente y me la encontr otra vez. --Vamos, que le caste en gracia y te estaba esperando. No quera el Delfn ser muy explcito, y contaba a grandes rasgos, suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de peligro. Pero Jacinta tena un arte instintivo para el manejo del gancho, y sacaba siempre algo de lo que quera saber. All sali a relucir parte de lo que Barbarita intilmente intent averiguar... Quin era la del huevo?... Pues una chica hurfana que viva con su ta, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. Ah! Segunda Izquierdo!... por otro nombre la _Melaera_, qu basilisco!... qu lengua!... qu rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, as se dice, con un picador. Pero basta de digresiones. La segunda vez que entr en la casa, me la encontr sentada en uno de aquellos peldaos de granito, llorando. --A la ta? --No, mujer, a la sobrina. La ta le acababa de echar los tiempos, y an se oan abajo los resoplidos de la fiera... Consol a la pobre chica con cuatro palabrillas y me sent a su lado en el escaln. --Qu poca vergenza! --Empezamos a hablar. No suba ni bajaba nadie. La chica era confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, as lo bueno como lo malo. Sigamos. Pues seor... al tercer da me la encontr en la calle. Desde lejos not que se sonrea al verme. Hablamos cuatro palabras nada ms; y volv y me col en la casa; y me hice amigo de la ta y hablamos; y una tarde sali el picador de entre un montn de banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y llegndose a m me ech la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y yo se la tom, y me convid a unas copas, y acept y bebimos. No tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella gente... No te ras... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a aquella vida, porque se encaprich por otra chica del barrio, como yo por la sobrina de Segunda. --Y cul era ms guapa? --La ma!--replic prontamente el Delfn, dejando entrever la fuerza de su amor propio--, la ma... un animalito muy mono, una salvaje que no saba leer ni escribir. Figrate, qu educacin! Pobre pueblo!, y luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... S, hija ma, hay que poner la mano sobre el corazn del pueblo, que es sano... s, pero a veces sus latidos no son latidos, sino patadas... Aquella infeliz chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazn, buen corazn... pobre _nena_! Al or esta expresin de cario, dicha por el Delfn tan espontneamente, Jacinta arrug el ceo. Ella haba heredado la aplicacin de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de una pasin anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y expres su disgusto dndole al pcaro de Juanito una bofetada, que para ser de mujer y en broma reson bastante. Ves?, ya ests enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como pasaron... Basta ya, basta de cuentos. --No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra. --No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que considero infamante; si no quiero tener ni memoria de l... Es un episodio que tiene sus lados ridculos y sus lados vergonzosos. Los pocos aos disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor puro y el corazn sano. Para qu me obligas a repetir lo que quiero olvidar, si slo con recordarlo parceme que no merezco este bien que hoy poseo, t, nia ma? --Ests perdonado--dijo la esposa, arreglndose el cabello que Santa Cruz le haba descompuesto al acentuar de un modo material aquellas expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de casarse. Te prevengo que ser muy celosa si me das motivo para serlo; pero celos retrospectivos no tendr nunca. Esto sera todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la curiosidad no disminua, antes bien aumentaba. Revivi con fuerza en Zaragoza, despus que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la Seo. Si me quisieras contar algo ms de aquello... indic Jacinta, cuando vagaban por las solitarias y romnticas calles que se extienden detrs de la catedral. Santa Cruz puso mala cara. Pero qu tontn! Si lo quiero saber para rerme, nada ms que para rerme. Qu creas t, que me iba a enfadar?... Ay, qu bobito!... No, es que me hacen gracia tus calaveradas. Tienen un _chic_. Anoche pens en ellas, y aun so un poquitito con la del huevo crudo y la ta y el mamarracho del to. No, si no me enojaba; me rea, crelo, me diverta vindote entre esa aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuacin de la historia. Pues seor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo admiti por lo basto. La sacaste de la casa de su ta y os fuisteis los dos a otro nido, en la Concepcin Jernima. Juanito mir fijamente a su mujer, y despus se ech a rer. Aquello no era adivinacin de Jacinta. Algo haba odo sin duda, por lo menos el nombre de la calle. Pensando que convena seguir el tono festivo, dijo as: T sabas el nombre de la calle; no vengas echndotelas de zahor... Es que Estupi me espiaba y le llevaba cuentos a mam. --Sigue con tu conquista. Pues seor... --Cuestin de pocos das. En el pueblo, hija ma, los procedimientos son breves. Ya ves cmo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un da le dije: Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo. Yo pens que me iba a decir que no. --Pensaste mal... sobre todo si en su casa haba... lea. --La respuesta fue coger el mantn, y decirme _vamos_. No poda salir por la Cava. Salimos por la zapatera que se llama _Al ramo de azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es as, sumamente ejecutivo y enemigo de trmites. Jacinta miraba al suelo ms que a su marido. --Y a rengln seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo mirndole de lleno y observndole indeciso en la respuesta. Aunque Jacinta no conoca personalmente a ninguna vctima de las palabras de casamiento, tena una clara idea de estos pactos diablicos por lo que de ellos haba visto en los dramas, en las piezas cortas y aun en las peras, presentados como recurso teatral, unas veces para hacer llorar al pblico y otras para hacerle rer. Volvi a mirar a su marido, y notando en l una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio un pellizco acompaado de estos conceptos, un tanto airados: S, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una burla, una estafa, una villana. Qu hombres!... Luego dicen... Y esa tonta no te sac los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido yo.... --Si hubieras sido t, tampoco me habras sacado los ojos. --Que s... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber ms, no me cuentes ms. --Para qu preguntas t? Si te digo que no la quera, te enfadas conmigo y tomas partido por ella... Y si te dijera que la quera, que al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurra la simpleza de cumplir la palabra de casamiento que le di? --Ah, tuno!--exclam Jacinta con ira cmica, aunque no enteramente cmica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te daba un par de repelones y de cada manotada me traa un mechn de pelo... Con que casarte... y me lo dices a m!... a m! La carcajada lanzada por Santa Cruz retumb en la cavidad de la plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraos, que los dos esposos se admiraron de orla. Formaban la rinconada aquella vetustos caserones de ladrillo modelado a estilo mudjar, en las puertas gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y tristsimo. No se vean ni seales de alma viviente por ninguna parte. Tras las rejas enmohecidas no apareca ningn resquicio de maderas entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana. Esto es tan solitario, hija ma--dijo el marido, quitndose el sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escndalo sin que se entere nadie. Juanito corra. Jacinta fue tras l con la sombrilla levantada. Que no me coges. --A que s.--Que te mato.... Y corrieron ambos por el desigual pavimento lleno de yerba, l riendo a carcajadas, ella coloradita y con los ojos hmedos. Por fin, pum!, le dio un sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes, sofocados por la risa. Por aqu dijo Santa Cruz sealando un arco que era la nica salida. Y cuando pasaban por aquel tnel, al extremo del cual se vea otra plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos, besuquendose por espacio de un buen minuto y dicindose al odo las palabras ms tiernas. Ya ves, esto es sabrossimo. Quin dira que en medio de la calle poda uno.... --Si alguien nos viera... --murmur Jacinta ruborizada, porque en verdad, aquel rincn de Zaragoza poda ser todo lo solitario que se quisiese, pero no era una alcoba. --Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro. Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel. --Por aqu no pasa un alma... --dijo l--. Es ms, creo que por aqu no ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por estas paredes una mirada humana... --Calla, me parece que siento pasos. --Pasos... a ver?... --S, pasos. En efecto, alguien vena. Oyose, sin poder determinar por dnde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del suelo. Por entre dos casas apareci de pronto una figura negra. Era un sacerdote viejo. Cogironse del brazo los consortes y avanzaron afectando la mayor compostura. El clrigo, al pasar junto a ellos, les mir mucho. Parceme--indic la esposa, agarrndose ms al brazo de su marido y pegndose mucho a l--, que nos lo ha conocido en la cara. --Qu nos ha conocido? --Que estbamos... tonteando. --Psch... y a m, qu? --Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me cuentes ms historias. No quiero saber ms. Punto final. Rompi a rer, a rer, y el Delfn tuvo que preguntarle muchas veces la causa de su hilaridad para obtener esta respuesta: Sabes de qu me ro? De pensar en la cara que habra puesto tu mam si le entras por la puerta una nuera de mantn, sortijillas y pauelo a la cabeza, una nuera que dice _diqui luego_ y no sabe leer. --iii-- Quedamos en que no hay ms cuentos. --No ms... Bastante me he redo ya de tu tontera. Francamente, yo cre que eras ms avisado... Adems, todo lo que me puedas contar me lo figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusin, y despus qu resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A l... como si lo viera... se le revuelve el estmago, y empiezan las cuestiones. El pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por ms que se lave el palmito, siempre es pueblo. No hay ms que ver las casas por dentro. Pues lo mismo estn los benditos cuerpos. Aquella misma tarde, despus de mirar la puerta del Carmen y los elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volver a ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo: Una sola cosa quiero saber, una sola. Despus punto en boca. Qu casa era esa de la Concepcin Jernima...?. --Pero, hija, qu te importa?... Bueno, te lo dir. No tiene nada de particular. Pues seor... viva en aquella casa un to de la tal, hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal ms grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo, presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y tratante en ganado. Ah! Jos Izquierdo!... te reiras si le vieras y le oyeras hablar. Este tal le sorbi los sesos a una pobre mujer, viuda de un platero y se cas con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja vala un imperio. Todo el santo da estaban riendo, de pico se entiende... Y qu tienda, hija, qu desorden, qu escenas! Primero se emborrachaba l solo, despus los dos a turno. Pregntale a Villalonga; l es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que all se armaban. Parceme mentira que yo me divirtiera con tales escndalos. Lo que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tena entonces la mana de lo popular. --Y su ta, cuando la vio deshonrada, se pondra hecha una furia, verdad? --Al principio s... te dir...--replic el Delfn buscando las callejuelas de una explicacin algo enojosa--. Pero ms que por la deshonra se enfureca por la fuga. Ella quera tener en su casa a la pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz. Qu moral tan extraa la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de moral. Segunda empez por presentarse todos los das en la tienda de la Concepcin Jernima, y armar un escndalo a su hermano y a su cuada. Que si t eres esto, si eres lo otro.... Parece mentira; Villalonga y yo, que oamos estos _jollines_ desde el entresuelo, no hacamos ms que rernos. A qu degradacin llega uno cuando se deja caer as! Estaba yo tan tonto, que me pareca que siempre haba de vivir entre semejante chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un da que se meti all el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo Izquierdo se tenan muy mala voluntad... Lo que all se dijeron!... Era cosa de alquilar balcones. --No s cmo te diverta tanto salvajismo. --Ni yo lo s tampoco. Creo que me volv otro de lo que era y de lo que volv a ser. Fue como un parntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma, fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no s qu de entusiasmo artstico, una demencia ocasional que no puedo explicar. --Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta. --Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razn tienes; t no eras entonces t. Trato de figurarme cmo eras y no lo puedo conseguir. Quererte yo y ser t como a ti mismo te pintas son dos cosas que no puedo juntar. --Dices bien, quireme mucho, y lo pasado pasado. Pero agurdate un poco: para dejar redondo el cuento, necesito aadir una cosa que te sorprender. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta bronca y de tanto escndalo entre los hermanos Izquierdo, y entre Izquierdo y el picador, y ta y sobrina, se reconciliaron todos, y se acabaron las rias y no hubo ms que finezas y apretones de manos. --S que es particular. Qu gente! --El pueblo no conoce la dignidad. Slo le mueven sus pasiones o el inters. Como Villalonga y yo tenamos dinero largo para _juergas_ y caas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto lleg un da en que all no se haca ms que beber, palmotear, tocar la guitarra, _venga de ah_, comer magras. Era una orga continua. En la tienda no se venda; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El da que no haba comida de campo haba cena en la casa hasta la madrugada. La vecindad estaba escandalizada. La polica rondaba. Villalonga y yo como dos insensatos... --Ay, qu par de apuntes!... Pero hijo, est lloviendo... a m me ha cado una gota en la punta de la nariz... Ves?... Aprisita, que nos mojamos. El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no ces de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la lluvia, aquella cortina de menudas lneas oblicuas que descendan del Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se senta el gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los estribos. Haca fro, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendran slo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los campesinos que venan a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las plataformas del tren de mercancas se formaban bolsas llenas de agua, pequeos lagos donde habran podido beber los pjaros, si los pjaros tuvieran sed aquel da. Jacinta estaba contenta, y su marido tambin, a pesar de la melancola llorona del paisaje; pero como haba otros viajeros en el vagn, los recin casados no podan entretener el tiempo con sus besuqueos y tonteras de amor. Al llegar, los dos se rean de la formalidad con que haban hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extraas no les dej ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distrada con la animacin y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres. Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fbricas de Batll y de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante tres das, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la familia de insensatos que se amansaban con orgas, qued completamente olvidada o perdida en un laberinto de mquinas ruidosas y ahumadas, o en el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles juegos de cartones agujereados tenan ocupada y suspensa la imaginacin de Jacinta, que vea aquel prodigio y no lo quera creer. Cosa estupenda! Est una viendo las cosas todos los das, y no piensa en cmo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver una oveja no pensamos que en ella estn nuestros gabanes. Y quin ha de decir que las chambras y enaguas han salido de un rbol? Toma, el algodn! Pues y los tintes? El carmn ha sido un bichito, y el negro una naranja agria, y los verdes y azules carbn de piedra. Pero lo ms raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que de l salen los tambores. Pues, y eso de que las cerillas se saquen de los huesos, y que el sonido del violn lo produzca la cola del caballo pasando por las tripas de la cabra?. Y no paraba aqu la observadora. En aquella excursin por el campo instructivo de la industria, su generoso corazn se desbordaba en sentimientos filantrpicos, y su claro juicio saba mirar cara a cara los problemas sociales. No puedes figurarte--deca a su marido, al salir de un taller--, cunta lstima me dan esas infelices muchachas que estn aqu ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para vestirse. No tienen educacin, son como mquinas, y se vuelven tan tontas... ms que tontera debe de ser aburrimiento... se vuelven tan tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale ms ser mujer mala que mquina buena'. --Filosfica est mi mujercita. --Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla ms de eso. Di si me quieres, s o no... pero pronto, pronto. Al otro da, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro resuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dej caer del lado de su marido y le dijo: Me vas a satisfacer una curiosidad... la ltima. Y en el momento que tal habl arrepintiose de ello, porque lo que deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, tambin le picaba algo el pudor. Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...! Revolvi en su mente todo lo que saba y no hallaba ninguna frmula que sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo haba pensado o lo haba soado la noche anterior; de eso no estaba segura; mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden de sus juicios era el siguiente: Cunto tiempo dur el enredo de mi marido con esa mujer?, no lo s. Pero durase ms o durase menos, bien podra suceder que... hubiera nacido algn chiquillo. Esta era la palabra difcil de pronunciar, _chiquillo!_, Jacinta no se atreva, y aunque intent sustituirla con _familia, sucesin_, tampoco sala. --No, no era nada. --T has dicho que me ibas a preguntar no s qu. --Era una tontera; no hagas caso. --No hay nada que ms me cargue que esto... decirle a uno que le van a preguntar una cosa y despus no preguntrsela. Se queda uno confuso y haciendo mil clculos. Eso, eso, gurdalo bien... No le caern moscas. Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta. --Ya tirar... tiempo hay, hijito. --Dmelo ahora... Qu ser, qu no ser? --Nada... no era nada. l la miraba y se pona serio. Pareca que le adivinaba el pensamiento, y ella tena tal expresin en sus ojos y en su sonrisilla picaresca, que casi casi se poda leer en su cara la palabra que andaba por dentro. Se miraban, se rean, y nada ms. Para s dijo la esposa: a su tiempo maduran las uvas. Vendrn das de mayor confianza, y hablaremos... y sabr si hay o no algn _hueverito_ por ah. --iv-- Jacinta no tena ninguna especie de erudicin. Haba ledo muy pocos libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografa artstica; y sin embargo, apreciaba la poesa de aquella regin costera mediterrnea que se desarroll ante sus ojos al ir de Barcelona a Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la va, colocados entre el mar azul y una vegetacin esplndida. A trozos, el paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; ms all las vias lo alegraban con la verde gala del pmpano. La vela triangular de las embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados puntiagudos y el predominio de la lnea horizontal en las construcciones, traan al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y naturaleza helnica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han ledo algunos libros, habl tambin de Constantino, de Grecia, de las barras de Aragn y de los pececillos que las tenan pintadas en el lomo. Era de cajn sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta no entenda palotada, ni le haca falta. Despus vinieron Prcida y las Vsperas Sicilianas, D. Jaime de Aragn, Roger de Flor y el Imperio de Oriente, el duque de Osuna y Npoles, Venecia y el marqus de Bedmar, Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los piratas, Cervantes y los padres de la Merced. Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la rpida visin de la costa mediterrnea, condensaba su ciencia en estas o parecidas expresiones: Y la gente que vive aqu, ser feliz o ser tan desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria? Porque los de aqu no apreciarn que viven en un paraso, y el pobre, tan pobre es en Grecia como en Getafe. Agradabilsimo da pasaron, viendo el risueo pas que a sus ojos se desenvolva, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la maravilla de la regin valenciana, la cual se anunci con grupos de algarrobos, que de todas partes parecan acudir bailando al encuentro del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondan tras un otero, para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al escondite con los palos del telgrafo. El tiempo, que no les haba sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona, mejor aquel da. Esplndido sol doraba los campos. Toda la luz del cielo pareca que se colaba dentro del corazn de los esposos. Jacinta se rea de la danza de los algarrobos, y de ver los pjaros posados en fila en los alambres telegrficos. Mralos, mralos all. Valientes pcaros! Se burlan del tren y de nosotros. --Fjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de msica. Mira cmo sube, mira cmo baja. Las cinco rayas parece que estn grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que se mueve como un teln de teatro no acabado de colgar. --Lo que yo digo--expres Jacinta riendo--Mucha poesa, mucha cosa bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma; tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo, me han abierto el apetito de par en par. --Yo no quera hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a una estacin de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o pan seco... El viajar tiene estas peripecias. nimo chica, y dame un beso, que las hambres con amor son menos. --All van tres, y en la primera estacin, mira bien, hijo, a ver si descubrimos algo. Sabes lo que yo me comera ahora? --Un bistec? --No. --Pues qu? --Uno y medio. --Ya te contentars con naranja y media. Pasaban estaciones, y la fonda no pareca. Por fin, en no s cul apareci una mujer, que tena delante una mesilla con licores, rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... qu era aquello? Pjaros fritos!--grit Jacinta a punto que Juan bajaba del vagn--. Trete una docena... No... oye, dos docenas. Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas, poniendo en medio el papel grasiento que contena aquel _montn de cadveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre les daba. Ay, qu ricos estn! Mira qu pechuga... Este para ti, que est muy gordito. --No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de l, y viceversa. Jacinta deca que en su vida haba hecho una comida que ms le supiese. Este s que est de buen ao... pobre ngel! El infeliz estara ayer con sus compaeros posado en el alambre tan contento, tan guapote, viendo pasar el tren y diciendo all van esos brutos... hasta que vino el ms bruto de todos, un cazador y... prum!... Todo para que nosotros nos regalramos hoy. Y a fe que estn sabrosos. Me ha gustado este almuerzo. --Y a m. Ahora veamos estos pasteles. El cido frmico es bueno para la digestin. --El cido qu...? --Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mteles el diente. Estn riqusimos. Restauradas las fuerzas, la alegra se desbordaba de aquellas almas. Ya no me marean los algarrobos--deca Jacinta--; bailad, bailad. Mira qu casas, qu emparrados! Y aquello, qu es?, naranjos. Cmo huelen!. Iban solos. Qu dicha, siempre solitos! Juan se sent junto a la ventana y Jacinta sobre sus rodillas. l le rodeaba la cintura con el brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cndidas sobre todo lo que vea. Pero despus transcurran algunos ratos sin que ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido, y echndole un brazo alrededor del cuello, le solt esta: No me has dicho cmo se llamaba. --Quin? --pregunt Santa Cruz algo atontado. --Tu adorado tormento, tu... Cmo se llamaba o cmo se llama... porque supongo que vivir. --No lo s... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora. --Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurri de repente. Sabes cmo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un arbusto. T dirs que qu tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a saber cmo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta maana me acord de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de equipajes. Anoche me acord, cundo creers? Cuando apagaste la luz. Me pareci que la llama era una mujer que deca ay!, y se caa muerta. Ya s que son tonteras, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares. Con que, _nenito_, desembuchas eso, s o no? --Qu? --El nombre. --Djame a m de nombres. --Qu poco amable es este seor!--dijo abrazndole--. Bueno, guarda el secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad. Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba. No creas que tengo gran inters en saberlo. Qu me meto yo en el bolsillo con saber un nombre ms? --Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero olvidar--replic Santa Cruz con hasto--No te digo una palabra, sabes? --Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener celos, te llevas chasco. Eso quisieras t para darte tono. No los tengo ni hay para qu. No s qu vieron que les distrajo de aquella conversacin. El paisaje era cada vez ms bonito, y el campo, convirtindose en jardn, revelaba los refinamientos de la civilizacin agrcola. Todo era all nobleza, o sea naranjos, los rboles de hoja perenne y brillante, de flores olorossimas y de frutas de oro, rbol ilustre que ha sido una de las ms socorridas muletillas de los poetas, y que en la regin valenciana est por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas encantan la vista con la correccin atildada de sus lneas. Las hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes semeja un caamazo. Los variados verdes, ms parece que los ha hecho el arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias gigantescas que extienden sus ramas sobre la va; los hombres con zaragelles y pauelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de pelo sobre las sienes. Y cul es --pregunt Jacinta deseosa de instruirse--el rbol de las chufas?. Juan no supo contestar, porque tampoco l saba de dnde diablos salan las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagn entraron algunas personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se vea el mar, tan azul, tan azul, que la retina padeca el engao de ver verde el cielo. Sagunto! Ay, qu nombre!, cuando se le ve escrito con las letras nuevas y acaso torcidas de una estacin, parece broma. No es de todos los das ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones ms retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las ocasiones de ser sabio sentimental, se pasm ms de lo conveniente de la aparicin de aquel letrero. Y qu, qu es?--pregunt Jacinta picada de la novelera--. Ah! Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aqu alguna marimorena. Pero habr llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tmalo con calma. A qu viene tanto _ah!, oh!_...? Todo porque aquellos brutos.... --Chica, qu ests ah diciendo? --S, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrs... hicieron una barbaridad. Bueno, llmalos hroes si quieres, y cierra esa boca que te me ests pareciendo al Papamoscas de Burgos. Vuelta a contemplar el jardn agrcola en cuyo verdor se destacaban las cabaas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio Jacinta unas plantas muy raras, de vstagos escuetos y pencas enormes, que llamaron su atencin. Mira, mira, qu esperpento de rbol. Ser el de los higos chumbos?. --No, hija ma, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta de unas palas erizadas de pas. Aquello otro es la pita, que da por fruto las sogas. --Y el esparto, dnde est? --Hasta eso no llega mi sabidura. Por ah debe de andar. El tren describa amplsima curva. Los viajeros distinguieron una gran masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de rboles la tapaban a trechos; despus la descubran. Ya estamos en Valencia, chiquilla; mrala all. Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, segn dijo un agudo observador, por estar construida en medio del campo. Poco despus, los esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles angostas y torcidas de la ciudad campestre. Pero qu pas, hijo!... Si esto parece un biombo... A dnde nos lleva este hombre?.--A la fonda sin duda. A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio despus de haber paseado por las calles y odo media _Africana_ en el teatro de la Princesa, Jacinta sinti que de repente, sin saber cmo ni por qu, la picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita disfrazada de curiosidad. Juan se resisti a satisfacerla, alegando razones diversas. No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero olvidar eso.... --Pero el nombre, _nene_, el nombre nada ms. Qu te cuesta abrir la boca un segundo?... No creas que te voy a reir, tontn. Hablando as se quitaba el sombrero, luego el abrigo, despus el cuerpo, la falda, el _polisn_, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas y sillas del aposento. Estaba rendida y no vea las santas horas de dar con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo tambin iba soltando ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las moneras de su mujer, no tuvo ms remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre las almohadas, cuando Santa Cruz ech perezoso de su boca estas palabras: Pues te lo voy a decir; pero con la condicin de que en tu vida ms... en tu vida ms me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor alusin... entiendes? Pues se llama.... --Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le ayudaba. --Se llama _For_... --_For_... _narina_. --No. _For_... _tuna_... --_Fortunata_. --Eso... Vamos, ya ests satisfecha. --Nada ms. Te has portado, has sido amable. As es como te quiero yo. Pasado un ratito, dorma como un ngel... dorman los dos. --v-- Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos das despus en la estacin de Valencia--. Me parece una tontera que vayamos tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondr un parte a casa. Al pronto Jacinta se entristeci. Ya tena deseos de ver a sus hermanas, a su pap y a sus tos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco aquel viaje tan divertido, conquist en breve su alma. Andar as, llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas jvenes, de dragn de fbula, era tan dulce, tan entretenido...! Vieron la opulenta ribera del Jcar, pasaron por Alcira, cubierta de azahares, por Jtiva la risuea; despus vino Montesa, de feudal aspecto, y luego Almansa en territorio fro y desnudo. Los campos de vias eran cada vez ms raros, hasta que la severidad del suelo les dijo que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo triste, como inmenso lebrel, olfateando la va y ladrando a la noche tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad, palos de telgrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el humo de la mquina alejndose en bocanadas majestuosas hacia el horizonte; las guardesas con la bandera verde sealando el paso libre, que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y las estaciones hacindose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno... Jacinta se durmi y Juanito tambin. Aquella dichosa Mancha era un narctico. Por fin bajaron en Alczar de San Juan, a media noche, muertos de fro. All esperaron el tren de Andaluca, tomaron chocolate, y vuelta a rodar por otra zona manchega, la ms ilustre de todas, la Argamasillesca. Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el fro muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a Crdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastndoles un da para ambas cosas. Ardan en deseos de verse en la sin par Sevilla... Otra vez al tren. Seran las nueve de la noche cuando se encontraron dentro de la romntica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron all creo que ocho o diez das, encantados, sin aburrirse ni un solo momento, viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando del buen humor que all se respira con el aire y se recoge de las miradas de los transentes. Una de las cosas que ms cautivaban a Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las teclas del piano, como si quisieran tocar. Tambin le gustaba a Jacinta ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas. Una tarde fueron a comer a un bodegn de Triana, porque deca Juanito que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalsimo pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que recibi del Cielo el don de una filosofa muy socorrida, que consiste en tomar todas las cosas por el lado humorstico, y as la vida, una vez convertida en broma, se hace ms llevadera. Bebi el Delfn muchas caas, porque opinaba con gran sentido prctico que para asimilarse a Andaluca y sentirla bien en s, es preciso introducir en el cuerpo toda la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no haca ms que probarla y la encontraba spera y acdula, sin conseguir apreciar el olorcillo a _pero de Ronda_ que dicen que tiene aquella bebida. Retirronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que en el comedor haba mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios eran espaoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; nicamente bebieron un poco de Champagne, por que no dijeran. Despus un ingls muy pesado, que chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados, como si quisiera mordiscar las palabras, se empe en que haban de tomar unas caas. De ninguna manera... muchas gracias. --Ooooh!, s... El comedor era un hervidero de alegra y de chistes, entre los cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz ms remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito ingls, y tomando de sus manos la copa, deca a media voz: Valiente _curdela_ tienes t. Pero el ingls no entenda... Jacinta vio que aquello se iba poniendo malo. El ingls llamaba al orden, diciendo a los ms jvenes con su boquita cerrada que tuvieran _fundamenta_. Nadie necesitaba tanto como l que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que ms falta le haca era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un embudo. Jacinta presinti la jarana, y tomando una resolucin sbita, tir del brazo a su marido y se lo llev, a punto que este empezaba a tomarle el pelo al ingls. Me alegro--dijo el Delfn, cuando su mujer le conduca por las escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de all, porque no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal ingls, con sus dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si sigo un minuto ms, le pego un par de trompadas... Ya se me suba la sangre a la cabeza.... Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equvocos que all se decan. Juan hablaba poco y pareca algo inquieto. De repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se opona. Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta. Tienes razn--dijo Santa Cruz dejndose caer a plomo sobre la silla.--Ms vale que me quede aqu... porque si bajo, y vuelve el _mister_ con sus finuras, le pego... Yo tambin s _boxear_. Hizo el ademn del _box_, y ya entonces su mujer le mir muy seria. --Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aqu de tertulia... s... t no tienes sueo? Yo tampoco. Acompaar a mi cara mitad. Ese es mi deber, y sabr cumplirlo, s seora. Porque yo soy esclavo del deber... Jacinta se haba quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sent sobre sus rodillas y empez a saltarla como a los nios cuando se les hace el caballo. Y dale con la tarabilla de que l era esclavo de su deber, y de que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba su marido empez a molestar a Jacinta, que se desmont y se fue a la silla en que antes estaba. l entonces se puso a dar paseos rpidos por la habitacin. --Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada _nena_--deca sin mirarla--. _Te amo con delirio_ como se dice en los dramas. Bendita sea mi madrecita... que me cas contigo... Hincsele delante y le bes las manos. Jacinta le observaba con atencin recelosa, sin pestaear, queriendo rerse y sin poderlo conseguir. Santa Cruz tom un tono muy plaidero para decirle: Y yo tan estpido que no conoc tu mrito!, yo que te estaba mirando todos los das, como mira el burro la flor sin atreverse a comrsela! Y me com el cardo!... Oh!, perdn, perdn... Estaba ciego, encanallado; era yo muy _ca_... esto quiere decir _gitano_, vida ma. El vicio y la grosera haban puesto una costra en mi corazn... llammosle _garlochn_... Jacintilla, no me mires as. Esto que te digo es la pura verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas las veo claras esta noche. No s lo que me pasa; estoy como inspirado... tengo ms espritu, cretelo... te quiero ms, cielito, paloma, y te voy a hacer un altar de oro para adorarte. Jess, qu fino est el tiempo!--exclam la esposa que ya no poda ocultar su disgusto--. Por qu no te acuestas?. --Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas, _chavala_!--aadi Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas, haba cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer--. Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergenza de revelarte ciertas cosas. Pero ya no puedo ms: mi conciencia se vuelca como una urna llena que se cae... as, as; y afuera todo... T me absolvers cuando me oigas, verdad? Di que s... Hay momentos en la vida de los pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma ma. T lo comprendes... Yo no te conoca entonces. Estaba como la humanidad antes de la venida del Mesas, a oscuras, apagado el gas... s. No me condenes, no, no, no me condenes sin orme... Jacinta no saba qu hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato, los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda: Si la hubieras visto...! Fortunata tena los ojos como dos estrellas, muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo Toms y ahora en San Gins. Pregntaselo a Estupi, pregntaselo si lo dudas... a ver... Fortunata tena las manos bastas de tanto trabajar, el corazn lleno de inocencia... Fortunata no tena educacin; aquella boca tan linda se coma muchas letras y otras las equivocaba. Deca _indilugencias, golver, asn._ Pas su niez cuidando el _ganado_. Sabes lo que es el ganado? Las gallinas. Despus criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino del pico de la madre, Fortunata se los meta en el seno, y si vieras t qu seno tan bonito!, slo que tena muchos rasguos que le hacan los palomos con los garfios de sus patas. Despus coga en la boca un buche de agua y algunos granos de algarroba, y metindose el pico en la boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les haca _rorroo_... les cantaba canciones de nodriza... Pobre Fortunata, pobre _Pitusa_!... Te he dicho que la llamaban la _Pitusa_? No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perd... s... que conste tambin; es preciso que cada cual cargue con su responsabilidad... Yo la perd, la enga, le dije mil mentiras, le hice creer que me iba a casar con ella. Has visto?... Si ser pilln!... Djame que me ra un poco... S, todas las papas que yo le deca, se las tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo cree con tal que se lo digan con palabras finas... La enga, le _garfi_ su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los seoritos, somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es cosa de juego... No me pongas esa cara, vida ma. Comprendo que tienes razn; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que t dirs, una mujer es siempre una criatura de Dios, verdad?... y yo, despus que me divert con ella, la dej abandonada en medio de las calles... justo... su destino es el destino de las perras... Di que s. --vi-- Jacinta estaba alarmadsima, medio muerta de miedo y de dolor. No saba qu hacer ni qu decir. Hijo mo--exclam limpiando el sudor de la frente de su marido--, cmo ests...! Clmate, por Mara Santsima. Ests delirando. --No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento--aadi Santa Cruz, quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el suelo--. Crees acaso que el vino...? Oh! no, hija ma, no me hagas ese disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aqu al cuello, a la cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio... Djame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... A dnde vas? No ves mi afliccin? --Lo que veo... Oh! Dios mo. Juan, por amor de Dios, sosigate; no digas ms disparates. Acustate. Yo te har una taza de t. --Y para qu quiero yo t, desventurada!...--dijo el otro en un tono tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lgrimas--. T...!, lo que quiero es tu perdn, el perdn de la humanidad, a quien he ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que s... Hay momentos en la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la, la, la... Sera uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me digas que no, no me lo digas... Jacinta advirti que su marido sollozaba. Pero de veras sollozaba o era broma? Juan, por Dios!, me ests atormentando. --No, nia de mi alma --replic l sentado en el suelo sin descubrir el rostro, que tena entre las manos--. No ves que lloro? Compadcete de este infeliz... He sido un perverso... Porque la _Pitusa_ me idolatraba... Seamos francos. Alz entonces la cabeza, y tom un aire ms tranquilo. --Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Crea que yo no era como los dems, que era la caballerosidad, la hidalgua, la decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... Nobleza, qu sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no, y que no. Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... Qu humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusin de lo pintoresco se iba pasando. La grosera con gracia seduce algn tiempo, despus marca... Cada da me pesaba ms la carga que me haba echado encima. El picor del ajo me repugnaba. Dese, puedes creerlo, que la _Pitusa_ fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por esas... Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por m, al fuego de cabeza! Todos los das jarana en la casa. Hoy acababa en bien, maana no... Cantos, guitarreo... Jos Izquierdo, a quien llaman _Platn_ porque coma en un plato como un barreo, arrojaba chinitas al picador... Villalonga y yo les echbamos a pelear o les reconcilibamos cuando nos convena... La _Pitusa_ temblaba de verlos alegres y de verlos enfurruados... Sabes lo que se me ocurra? No volver a aportar ms por aquella maldita casa... Por fin resolvimos Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver ms. Una noche se arm tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras: indecente, cabrn, _najabao, randa, murcia_...! No era posible semejante vida. Di que no. El hasto era ya irresistible. La misma _Pitusa_ me era odiosa, como las palabras inmundas... Un da dije _vuelvo_, y no volv ms... Lo que deca Villalonga: cortar por lo sano... Yo tena algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia all... Lo cort... Fortunata me persigui; tuve que jugar al escondite. Ella por aqu, yo por all... Yo me escurra como una anguila. No me coga, no. El ltimo a quien vi fue Izquierdo; le encontr un da subiendo la escalera de mi casa. Me amenaz; djome que la _Pitusa_ estaba _cambr_ de cinco meses... _Cambr de cinco meses...!_ Alc los hombros... Dos palabras l, dos palabras yo... alargu este brazo, y plaf... Izquierdo baj de golpe un tramo entero... Otro estirn, y plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo... Esto ltimo lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la silla. Jacinta temblaba. Le haba entrado mortal fro, y daba diente con diente. Permaneca en pie en medio de la habitacin, como una estatua, contemplando la figura lastimossima de su marido, sin atreverse a preguntarle nada ni a pedirle una aclaracin sobre las extraas cosas que revelaba. Por Dios y por tu madre! --dijo al fin movida del cario y del miedo--, no me cuentes ms. Es preciso que te acuestes y procures dormirte. Cllate ya. --Que me calle!... que me calle! Ah!, esposa ma, esposa adorada, ngel de mi salvacin... Mesas mo... Verdad que me perdonas?... di que s. Se levant de un salto y trat de andar... No poda. Dando una rpida vuelta fue a desplomarse sobre el sof, ponindose la mano sobre los ojos y diciendo con voz cavernosa: Qu horrible pesadilla!. Jacinta fue hacia l, le ech los brazos al cuello y le arrull como se arrulla a los nios cuando se les quiere dormir. Vencido al cabo de su propia excitacin, el cerebro del Delfn caa en estpido embrutecimiento. Y sus nervios, que haban empezado a calmarse, luchaban con la sedacin. De repente se mova, como si saltara algo en l y pronunciaba algunas slabas. Pero la sedacin venca, y al fin se qued profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cay en el sueo como en un pozo, y su mujer pas muy mala noche, atormentada por el desagradable recuerdo de lo que haba visto y odo. Al da siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tena conciencia vaga de los disparates que haba hecho la noche anterior, y su amor propio padeca horriblemente con la idea de haber estado ridculo. No se atreva a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma prudencia, adems de no decir una palabra, mostrbase tan afable y cariosa como de costumbre. Por ltimo, no pudo mi hombre resistir el afn de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de zalameras, le dijo: Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche... Deb ponerme muy pesadito... Qu malo estaba! En mi vida me ha pasado otra igual. Cuntame los disparates que te dije, porque yo no me acuerdo. --Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no haba ms pblico que yo. --Vamos, con franqueza... estuve inaguantable. --T lo has dicho... --Es que no s... En mi vida, puedes creerlo, he cogido una turca como la que cog anoche. El maldito ingls tuvo la culpa y me la ha de pagar. Dios mo, cmo me puse!... Y qu dije, qu dije?... No hagas caso, vida ma, porque seguramente dije mil cosas que no son verdad. Qu bochorno! Ests enfadada? No, si no hay para qu... --Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevi a decir borracho. La palabra horrible negbase a salir de su boca. --Dilo, hija. Di _ajumao_, que es ms bonito y atena un poco la gravedad de la falta. --Pues como estabas _ajumato_, no eras responsable de lo que decas. --Pero qu, se me escap alguna palabra que te pudiera ofender? --No; slo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta sociedad. No las entend bien. Lo dems bien clarito estaba, demasiado clarito. Lloraste por tu _Pitusa_ de tu alma, y te llamabas miserable por haberla abandonado. Crelo, te pusiste que no haba por dnde cogerte. --Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy. Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario banco, vueltos de cara al ro, charlaron un rato. Jacinta se quera comer con los ojos a su marido, adivinndole las palabras antes de que las dijera, y confrontndolas con la expresin de los ojos a ver si eran sinceras. Habl Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le permita la reproduccin fiel de los hechos. Pues seor... al volver de Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber qu vuelta llev Fortunata, de quien no haba tenido noticias en tanto tiempo. No le mova ningn sentimiento de ternura, sino la compasin y el deseo de socorrerla si se vea en un mal paso. _Platn_ estaba fuera de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se saba tampoco a dnde diantres haba ido a parar el picador; pero Segunda haba traspasado la huevera y tena en la misma Cava un poco ms abajo, cerca ya de la escalerilla, una covacha a que daba el nombre de _establecimiento_. En aquella caverna habitaba y haca el caf que venda por la maana a la gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componan el ajuar. En el resto del da prestaba servicios en la taberna del _pulpitillo_. Haba venido tan a menos en lo fsico y en lo econmico, que a su antiguo tertulio le cost trabajo reconocerla. Y la otra?.... porque esto era lo que importaba. --vii-- Santa Cruz tard algn tiempo en dar la debida respuesta. Haca rayas en el suelo con el bastn. Por fin se expres as: Supe que en efecto haba.... Jacinta tuvo la piedad de evitarle las ltimas palabras de la oracin, dicindolas ella. Al Delfn se le quit un peso de encima. Trat de verla..., la busqu por aqu y por all... y nada... Pero qu, no lo crees? Despus no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de tu mam. Transcurri algn tiempo sin que yo pensara en semejante cosa, y no debo ocultarte que senta cierto escozorcillo aqu, en la conciencia... Por Enero de este ao, cuando me preparaba a hacer diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la _Pitusa_ se haba marchado de Madrid. A dnde? Con quin? Ni entonces lo supe ni lo he sabido despus. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver ms ni he tenido noticias de ella. La esposa dio un gran suspiro. No saba por qu; pero tena sobre su alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para s parte de la responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta haba sin duda. Jacinta no poda considerar de otro modo el hecho del abandono, aunque este significara el triunfo del amor legtimo sobre el criminal, y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podan entretenerse ms en ociosas habladuras, porque pensaban irse a Cdiz aquella tarde y era preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucheras. De cada poblacin se haban de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la actividad propia de un da de viaje, las compras y algunas despedidas, se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos, que por la tarde ya estos se haban desvanecido. Hasta tres das despus no volvi a rebullir en la mente de Jacinta el gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no s qu, por esas misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dnde salen. Se acuerda uno de las cosas contra toda lgica, y a veces el encadenamiento de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. Quin creera que Jacinta se acord de Fortunata al or pregonar las _bocas de la Isla_? Porque dir el curioso, y con razn, que qu tienen que ver las bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada. Volvan los esposos de Cdiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya en ninguna parte, y llegaran a Madrid de un tirn. Iban muy gozosos, deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque picada del gusanillo aquel, haba resuelto no volver a hablar de tal asunto, dejndolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo borrara para siempre. Pero al llegar a la estacin de Jerez, ocurri algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos queran olvidar. Pues seor... de la cantina de la estacin vieron salir al condenado ingls de la noche de marras, el cual les conoci al punto y fue a saludarles muy fino y galante, y a ofrecerles unas caas. Cuando se vieron libres de l, Santa Cruz le ech mil pestes, y dijo que algn da haba de tener ocasin de darle el _par de galletas_ que se tena ganadas. Este danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y de que te contara aquellos horrores.... Por aqu empez a enredarse la conversacin hasta recaer otra vez en el _punto negro_. Jacinta no quera que se le quedara en el alma una idea que tena, y a la primera ocasin la ech fuera de s. Pobres mujeres! --exclam--. Siempre la peor parte para ellas. --Hija ma, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las circunstancias... ver el medio ambiente... --dijo Santa Cruz preparando todos los chirimbolos de esa dialctica convencional con la cual se prueba todo lo que se quiere. Jacinta se dej hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espritu ocurra un fenmeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se barajaban en su alma, sobreponindose el uno al otro alternativamente. Como adoraba a su marido, sentase orgullosa de que este hubiese despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y existir siempre aun en los seres ms perfectos. El otro sentimiento proceda del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la desconocida. Por ms que el Delfn lo atenuase, haba ultrajado a la humanidad. Jacinta no poda ocultrselo a s misma. Los triunfos de su amor propio no le impedan ver que debajo del trofeo de su victoria haba una vctima aplastada. Quizs la vctima mereca serlo; pero la vencedora no tena nada que ver con que lo mereciera o no, y en el altar de su alma le pona a la tal vctima una lucecita de compasin. Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendi, y trataba de librar a su esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo mereca. Para esto pona en funciones toda la maquinaria ms brillante que slida de su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en someras lecturas. Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna con las ideas puras. Buenos andaramos... No soy tan culpable como parece a primera vista; fjate bien. Las diferencias de educacin y de clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las relaciones humanas. Esto no lo dice el Declogo; lo dice la realidad. La conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte estn escritas; pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas comet, quin lo duda?, pero imagnate que hubiera seguido entre aquella gente, que _hubiera cumplido mis compromisos_ con la _Pitusa_... No te quiero decir ms. Veo que te res. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una locura recorrer lo que, visto de all, pareca el camino derecho. Visto de ac, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido son segn de donde se mire. No haba, pues, ms remedio que hacer lo que hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es as. Deba yo salvarme, s o no? Pues debiendo salvarme, no haba ms remedio que lanzarme fuera del barco que se sumerga. En los naufragios siempre hay alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay tambin mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por s. Hay que ver los hechos... Yo la busqu para socorrerla; ella no quiso parecer. Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la buscaba. Nadie dira que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil y paradjico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una bebida espirituosa, haba vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal y disparada que slo puede compararse al vmito fsico, producido por un emtico muy fuerte. Y despus, cuando el despejo de su cerebro le haca dueo de todas sus triquiuelas de hombre ledo y mundano, no volvi a salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad de aquellas que existan dentro de l, como existen los trapos de colorines en algn rincn de la casa del que ha sido cmico, aunque slo lo haya sido de aficin. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en aquel hombre que se haba emperejilado intelectualmente, cortndose una levita para las ideas y planchndole los cuellos al lenguaje. Jacinta, que an tena poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes seductoras de su marido. Y le quera tanto, quizs por aquellas mismas dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningn esfuerzo para creer cuanto le deca, si bien crea por fe, que es sentimiento, ms que por conviccin. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los carios discretos (por que en Sevilla entr gente en el coche y no haba que pensar en la _besadera_), y cuando vino la noche sobre Espaa, cuyo radio iban recorriendo, se durmieron all por Despeaperros, soaron con lo mucho que se queran, y despertaron al fin en Alczar con la idea placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y de repartir los regalos. A Estupi le llevaban un bastn que tena por puo la cabeza de una cotorra. -VI- Ms y ms pormenores referentes a esta ilustre familia --i-- Pasaban meses, pasaban aos, y en aquella dichosa casa todo era paz y armona. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una compatibilidad de caracteres como la que exista entre Barbarita y Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades. Barbarita conservaba a los cincuenta y tres aos una frescura maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que tena el cabello casi enteramente blanco; el cual ms pareca empolvado conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la haca ms joven era su afabilidad constante, aquel sonrer gracioso y benvolo con que iluminaba su rostro. De veras que no tenan por qu quejarse de su destino aquellas cuatro personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les debe nada; y sin embargo, piden y piden. Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos, estimados de todo el mundo y se queran entraablemente. Qu les haca falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del hombre gran cantidad de bienes, privndole de uno solo, la fatalidad de nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no satisfacan el alma de Jacinta; y al ao de casada, ms an a los dos aos, deseaba ardientemente lo que no tena. Pobre joven! Lo tena todo, menos chiquillos. Esta pena, que al principio fue desazn insignificante, impaciencia tan slo convirtiose pronto en dolorosa idea de vaco. Era poco cristiano, al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesin. Dios, que les diera tantos bienes, habales privado de aquel. No haba ms remedio que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su omnipotencia dando que quitando. De este modo consolaba a su nuera, que ms le pareca hija; pero all en sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparicin de un muchacho que perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atenda con ansia a todo lo que pudiera ser sntoma de esperanzas de sucesin. Pero quia! Pasaba un ao, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen palpitar el corazn de las que suean con la maternidad, y a veces les hacen decir y hacer muchas tonteras. No tengas prisa, hija --deca Barbarita a su sobrina--. Eres muy joven. No te apures por los chiquillos, que ya los tendrs, te cargars de familia, y te aburrirs como se aburri tu madre, y pedirs a Dios que no te d ms. Sabes una cosa? Mejor estamos as. Los muchachos lo revuelven todo y no dan ms que disgustos. El sarampin, el garrotillo... Pues nada te quiero decir de las amas!... qu calamidad!... Luego ests hecha una esclava... Que si comen, que si se indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen despus las inclinaciones que sacan. Si salen de mala ndole... si no estudian... qu s yo!.... Jacinta no se convenca. Quera canarios de alcoba a todo trance, aunque salieran raquticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas mayores paran todos los aos, como su madre. Y ella nada, ni esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con un pobre, haba tenido dos de un vientre. Y ella, que era rica, no tena ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda. Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilsima y rica, estaban muy bien relacionados y tenan amigos en todas las esferas, desde la ms alta a la ms baja. Es curioso observar cmo nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa confusin de todas las clases, mejor dicho, la concordia y reconciliacin de todas ellas. En esto aventaja nuestro pas a otros, donde estn pendientes de sentencia los graves pleitos histricos de la igualdad. Aqu se ha resuelto el problema sencilla y pacficamente, gracias al temple democrtico de los espaoles y a la escasa vehemencia de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la empleomana, tiene tambin su parte en esta gran conquista. Las oficinas han sido el tronco en que se han injertado las ramas histricas, y de ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por un ttulo universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes. Esta confusin es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la burocracia, de la pobreza y de la educacin acadmica que todos los espaoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversacin. No hay ms diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena o mala educacin, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del espritu, eternas como los atributos del espritu mismo. La otra determinacin positiva de clases, el dinero, est fundada en principios econmicos tan inmutables como las leyes fsicas, y querer impedirla viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar. Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas, quin es el guapo que se atreve a formar estadstica de las ramas de tan dilatado y laberntico rbol, que ms bien parece enredadera, cuyos vstagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un follaje denssimo? Slo se puede intentar tal empresa con la ayuda de Estupi, que sabe al dedillo la historia de todas las familias comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio siglo. Arnaiz el gordo tambin se pirra por hablar de linajes y por buscar parentescos, averiguando orgenes humildes de fortunas orgullosas, y haciendo hincapi en la desigualdad de ciertos matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formacin del terreno democrtico sobre que se asienta la sociedad espaola. De una conversacin entre Arnaiz y Estupi han salido las siguientes noticias: --ii-- Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y Barbarita Arnaiz eran parientes y venan del Trujillo extremeo y albardero. La actual casa de banca _Trujillo_ y _Fernndez_, de una respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco. Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo est casado con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo colosal fortuna vendiendo fardos de _Coruas_ y _Viveros_ para vestir a la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqus de Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aqu, perfectamente enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno. Pero existe en Cdiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvi como ninguna para enredar ms la madeja social. Las hijas del famoso Bonilla, importador de paolera y despus banquero y extractor de vinos, casaron: la una con Snchez Botn, propietario, de quien vino la generala Minio, la marquesa de Tellera y Alejandro Snchez Botn, la otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de donde vino Pepito Trastamara. El hijo nico de Bonilla cas con una Trujillo. Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las familias ms dilatadas y que ofrecen ms desigualdades y contrastes en sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupi disputan, sin llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una droguera o en una peletera. En esto reina cierta oscuridad, que no se disipar mientras no venga uno de estos averiguadores fanticos que son capaces de contarle a No los pelos que tena en la cabeza y el nmero de _eses_ que hizo cuando cogi la primera _ptima_ de que la historia tiene noticia. Lo que s se sabe es que un Moreno cas con una Isla-Bonilla a principios del siglo, viniendo de aqu la Casa de giro que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y despus en la plazuela de Pontejos. Por la misma poca hallamos un Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejrcito y otro en la Iglesia. La Casa de banca no era ya _Moreno_ en 1870, sino _Ruiz-Ochoa_ y _Compaa_, aunque uno de sus principales socios era don Manuel Moreno-Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotsimo de los Morenos. Hay los Moreno-Isla, los Moreno-Vallejo y los Moreno-Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines. Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la calle Imperial, haba nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se cas con un farmacutico de la interminable familia de los Samaniegos, que tambin tienen su puesto aqu. Una joven perteneciente a los Morenos ricos cas con un Pacheco, aristcrata segundn, hermano del duque de Gravelinas, y de esta unin vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora cmo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los Gravelinas, donde ya se engancha tambin el ramojo de los Trujillos, el cual vena ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de Cdiz, formando una maraa cuyos hilos no es posible seguir con la vista. An hay ms. D. Pascual Muoz, dueo de un acreditadsimo establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y poltica en Madrid, cas con una Moreno de no s qu rama, emparentada con Mendizbal y con Bonilla, de Cdiz. Su hijo, que despus fue marqus de Casa-Muoz, cas con la hija de Albert, el que daba la cara en las contratas de paos y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija tambin del D. Pascual y hermana del actual marqus, se uni a D. Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio. Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos ms adelante. Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del pas de Mena tambin son ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz, hermana de Jacinta, cas con Pepe Samaniego, hijo de un droguista arruinado de la Concepcin Jernima... Hay muchos Samaniegos en el comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rtulos de tiendas, se encuentra la _Farmacia de Samaniego_ en la calle del Ave Mara (cuyo dueo era el marido de Castita Moreno), y la _Carnicera de Samaniego_ en la de las Maldonadas. Sin rtulo hay un Samaniego prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de estos. La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se cas con Ramn Villuendas, ya viudo con dos hijos, clebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de Madrid que ms trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este cas con la hija de la viuda de Aparisi, dueo de la camisera en que fue dependiente Pepe Samaniego. El to de ambos, D. Cayetano Villuendas, progresistn y riqusimo casero, era el esposo de Eulalia Muoz, y su gran fortuna proceda del negocio de curtidos en una poca anterior a la de Cspedes. Ya se at el cabo que quedara pendiente poco ha. Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo estn. Pero quin podr descubrir su misterioso enlace con los revueltos y cruzados vstagos de esta colosal enredadera? Quin puede indagar si Dmaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatera _Al ramo de azucenas_, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes mencionados? Cul ser el averiguador que se lance a poner en claro si el dueo de _El Buen gusto_, un tenducho de mantas de la calle de la Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepcin Jernima, es primo hermano de D. Manuel Moreno-Isla, uno de los Morenos que atan perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo, es pariente de Barbarita. Hay un Muoz y Aparisi, tripicallero en las inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqus de Casa-Muoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en nuestra enredadera, y tambin hay que drsele al Ilustrsimo Obispo de Plasencia, fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su rbol el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de Gobernacin; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la distinguida persona que hoy est al frente de la banca de Moreno. Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado altos; a otros apenas les distingua por hallarse muy bajos. Sus amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran nmero, aunque s abarcaban un crculo muy extenso, en el cual se entremezclaban todas las jerarquas. En un mismo da, al salir de paseo o de compras, cambiaba saludos ms o menos afectuosos con la de Ruiz Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego, con la duquesa de Gravelinas, con un Moreno Vallejo magistrado, con un Moreno Rubio mdico, con un Moreno Juregui sombrerero, con un Aparisi cannigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra persona de menos tino habra trocado los nombres y tratamientos. La mente ms segura no es capaz de seguir en su laberntico enredo las direcciones de los vstagos de este colosal rbol de linajes matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se juntan, se separan, y de su empalme o bifurcacin salen nuevos enlaces, madejas y maraas nuevas. Cmo se tocan los extremos del inmenso ramaje es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cndido Samaniego, prestamista usurero, individuo de la _Sociedad protectora de seoritos necesitados_. --iii-- Los de Santa Cruz vivan en su casa propia de la calle de Pontejos, dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto Aparisi, uno de los socios de la Compaa de Filipinas. Ocupaban los dueos el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y estn adems abiertos a los cuatro vientos. All tena nmero sobrado de habitaciones, todas en un solo andar desde el saln a la cocina. Ni trocara tampoco su barrio, aquel _rin de Madrid_ en que haba nacido, por ninguno de los caseros flamantes que gozan fama de ms ventilados y alegres. Por ms que dijeran, el barrio de Salamanca es _campo_... Tan apegada era la buena seora al terruo de su arrabal nativo, que para ella no viva en Madrid quien no oyera por las maanas el ruido cncavo de las cubas de los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por maana y tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a todas horas el hlito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz; quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en procesin. Barbarita se haba acostumbrado a los ruidos de la vecindad, cual si fueran amigos, y no poda vivir sin ellos. La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivan en ella holgadamente y les sobraba espacio. Tenan un saln algo anticuado, con tres balcones. Segua por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego otro aposento, despus la alcoba. A la derecha del saln estaba el despacho de Juanito, as llamado no porque este tuviese nada que despachar all, sino porque haba mesa con tintero y dos hermosas libreras. Era una habitacin muy bien puesta y cmoda. El gabinetito de Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia ms bonita y elegante de la casa y la nica tapizada con tela; todas las dems lo estaban con colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y trtola con oro. Veanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas por Juanito, y dos o tres leos ligeros, todo selecto y de regulares firmas, porque Santa Cruz tena buen gusto dentro del gusto vigente. Los muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda, siendo de notar que lo que all se vea no chocaba por original ni tampoco por rutinario. Segua luego la alcoba del matrimonio joven, la cual se distingua principalmente de la paterna en que en esta haba lecho comn y los jvenes los tenan separados. Sus dos camas de palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los padres pareca un andamiaje de caoba con cabecera de morrin y columnas como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba _de los pollos_ se comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguan dos grandes piezas que Jacinta destinaba a los nios... cuando Dios se los diera. Hallbanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se ponan de nuevo, y su aspecto era por dems heterogneo. Pero el arreglo definitivo de estas habitaciones vacantes exista completo en la imaginacin de Jacinta, quien ya tena previstos hasta los ltimos detalles de todo lo que se haba de poner all cuando el caso llegara. El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y aparadores de nogal llenos de finsima loza de China, la consabida sillera de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble, listones claveteados tambin, y los bodegones al leo, no malos, con la invariable raja de sanda, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que de tan bien pintadas pareca que olan mal. Asimismo era interior el despacho de D. Baldomero. Estaban abonados los de Santa Cruz a un land. Se les vea en los paseos; pero su tren era de los que _no llaman la atencin_. Juan sola tener por temporadas un faetn o un tlburi, que guiaba muy bien, y tambin tena caballo de silla; mas le picaba tanto la comezn de la variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle defectos y quera venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de sealarse y de que los peridicos les llamaran _anfitriones_. Coman bien; en su casa haba muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que haban venido a menos. No tenan cocinero de estos de gorro blanco, sino una cocinera antigua muy bien amaada, que poda medir sus talentos con cualquier _jefe_; y la ayudaban dos _pinchas_, que ms bien eran alumnas. Todos los primeros de mes reciba Barbarita de su esposo mil duretes. D. Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de Espaa y lo dems de la participacin que conservaba en su antiguo almacn. Daba adems a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos particulares, y en diferentes ocasiones le ofreci un pequeo capital para que emprendiera negocios por s; pero al chico le iba bien con su dorada indolencia y no quera quebraderos de cabeza. El resto de su renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo ms acciones cada ao, bien amasando para hacerse con una casa ms. De aquellos mil duros que la seora coga cada mes, daba al Delfn dos o tres mil reales, que con esto y lo que del pap reciba estaba como en la gloria; y los diez y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para los de ambas damas, que all se las arreglaban muy bien en la distribucin, sin que jams hubiese entre ellas el ms ligero pique por un duro de ms o de menos. Del gobierno domstico cuidaban las dos, pero ms particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al despotismo ilustrado. La nuera tena el delicado talento de respetar esto, y cuando vea que alguna disposicin suya era derogada por la autcrata, mostrbase conforme. Barbarita era administradora general de puertas adentro, y su marido mismo, despus que religiosamente le entregaba el dinero, no tena que pensar en nada de la casa, como no fuese en los viajes de verano. La seora lo pagaba todo, desde el alquiler del coche a la peseta de _El Imparcial_, sin que necesitara llevar cuentas para tan complicada distribucin, ni apuntar cifra alguna. Era tan admirable su tino aritmtico, que ni una sola vez pas ms all de la indecisa raya que tan fcilmente traspasan los ricos; llegaba el fin de mes y siempre haba un _supervit_ con el cual ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablar ms adelante. Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a las modistas. Los hbitos de economa adquiridos en su niez estaban tan arraigados que, aunque nunca le falt dinero, traa a casa una costurera para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras seoras menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tena que calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues all estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de familia. Sus hermanitas solteras tambin reciban de ella frecuentes ddivas; ya los sombreritos de moda, ya el _fich_ o la manteleta, y hasta vestidos completos acabados de venir de Pars. El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea de D. Baldomero quien no tena malditas ganas de or peras, pero quera que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o despus de acostados, todo lo que haba visto en el _Regio coliseo_. Result que a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas acept con gozo para que fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tena verdaderamente muchas ganas de teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas solteras, porque las pobrecillas, si no fuera as, no lo cataran nunca. Juan, que era muy aficionado a la msica, estaba abonado a diario, con seis amigos, a un palco alto de proscenio. Las de Santa Cruz no llamaban la atencin en el teatro, y si alguna mirada caa sobre el palco era para las pollas colocadas en primer trmino con simetra de escaparate. Barbarita sola ponerse en primera fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo ms que cosas de decoraciones y del argumento de la pera. Las dos hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi siempre; pero se diverta muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar ms sano, hermoso y tranquilo de este valle de lgrimas, sola decir en tono quejumbroso que _no tena gusto para nada_. La envidiada de todos, envidiaba a cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamn en brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los nios ricos, vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener uno solo, sino que quera verse rodeada de una _serie_, desde el pilln de cinco aos, hablador y travieso, hasta el rorr de meses que no hace ms que rer como un bobo, tragar leche y apretar los puos. Su desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lo de libros llenos de mugre, ya cuando le sala al paso algn precoz mendigo cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasin sus carnes sin abrigo y los pies descalzos, llenos de sabaones. Pues como viera los alumnos de la Escuela Pa, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecan caballeros chiquitos, se los coma con los ojos. Las nias vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda en el Prado y que parecen flores vivas que se han cado de los rboles; las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrndose a la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en las calles o en el solar vaco arrojndose piedras y rompindose la ropa para desesperacin de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastn y ganan premios en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde sueltan el grito en la escena ms interesante, distrayendo a los actores y enfureciendo al pblico... todos, en una palabra, le interesaban igualmente. --iv-- Y de tal modo se iba enseoreando de su alma el afn de la maternidad, que pronto empez a embotarse en ella la facultad de apreciar las ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la atmsfera. Pero qu haca Dios que no mandaba uno siquiera de los chiquillos que en nmero infinito tiene por all? En qu estaba pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tena con qu vivir, uno cada ao!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el Cielo... S; no est mala justicia la de arriba... s... ya lo estamos viendo... De tanto pensar en esto, pareca en ocasiones monomaniaca, y tena que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de su espritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. Y le ocurran cosas tan raras...! Su pena tena las intermitencias ms extraas, y despus de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda, como un mal crnico que est siempre en acecho para acometer cuando menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendan de sbito en la mente la llama de aquel tema, producindole opresiones en el pecho y un sobresalto inexplicable. Se distraa cuidando y mimando a los nios de sus hermanas, a los cuales quera entraablemente; pero siempre haba entre ella y sus sobrinitos una distancia que no poda llenar. No eran suyos, no los haba _tenido_ ella, no se los senta unidos a s por un hilo misterioso. Los verdaderamente unidos no existan ms que en su pensamiento, y tena que encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegras verdaderas de la maternidad. Una noche sali de la casa de Candelaria para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su hermana se haban puesto de puntas por una tontera, porque Jacinta mimaba demasiado a Pepito, nene de tres aos, el primognito de Samaniego. Le compraba juguetes caros, le pona en la mano, para que las rompiera, las figuras de china de la sala y le permita comer mil golosinas. Ah!, si fueras madre de verdad no haras esto.... --Pues si no lo soy, mejor... A ti qu te importa?. --A m nada. Dispensa, hija, qu genio!. --Si no me enfado....--Vaya, que ests mimadita!. Estas y otras tonteras no tenan consecuencias, y al cuarto de hora se echaban a rer, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, senta la Delfina ganas de llorar. Nunca se haba mostrado en su alma de un modo tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la haba humillado, su hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. Y aquello qu era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitira a nadie ni siquiera mirarle... Recorri el espacio desde la calle de las Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie. Llova un poco y ni siquiera se acord de abrir su paraguas. El gas de los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oy algo que la detuvo. Corriole un fro cortante por todo el cuerpo; quedose parada, el odo atento a un rumor que al parecer vena del suelo, de entre las mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que ms que voz de un ser viviente pareca el sonido de la prima de un violn herida tenuemente en lo ms alto de la escala. Sonaba de esta manera: _miiii_... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel vena de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entraas lo senta ella penetrar, traspasndole como una aguja el corazn. Busca por aqu, busca por all, vio al fin junto a la acera por la parte de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se llaman _absorbederos_ en el lenguaje municipal, y que sirven para dar entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De all, s, de all venan aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina, producindole un dolor, una efusin de piedad que a nada pueden compararse. Todo lo que en ella exista de presuncin materna, toda la ternura que los xtasis de madre soadora haban ido acumulando en su alma se hicieron fuerza activa para responder al _miiiii_ subterrneo con otro _miiii_ dicho a su manera. A quin pedira socorro? Deogracias grit llamando al portero. Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oy la voz de su seorita. En cuatro trancos se puso a su lado. Deogracias... eso... que ah suena... mira a ver... dijo la seorita temblando y plida. El portero prest atencin; despus se puso de cuatro pies, mirando a su ama con semblante de marrullera y jovialidad. Pues... esto... Ah!, son unos gatitos que han tirado a la alcantarilla. --Gatitos!... ests seguro... pero ests seguro de que son gatitos? --S, seorita; y deben ser de la gata de la librera de ah enfrente, que pari anoche y no los puede criar todos... Jacinta se inclin para or mejor. El _miiii_ sonaba ya tan profundo que apenas se perciba. Scalos dijo la dama con voz de autoridad indiscutible. Deogracias se volvi a poner en cuatro pies, se arremang el brazo y lo meti por aquel hueco. Jacinta no poda advertir en su rostro la expresin de incredulidad, casi de burla. Llova ms, y por el absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de freidera que apenas permita ya or el ahilado _miiii_. No obstante, la Delfina lo oa siempre bien claro. El portero volvi hacia arriba, como quien invoca al Cielo, su cara estpida, y dijo sonriendo: Seorita, no se puede. Estn muy hondos... pero muy hondos. --Y no se puede levantar esta baldosa?--indic ella, pisando fuerte en ella. --Esta baldosa?--repiti Deogracias, ponindose de pie y mirando a su ama como se mira a la persona de cuya razn se duda--. Por poderse... avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino de casa... Pero... Ambos aguzaban su odo. Ya no se oye nada --observ Deogracias, ponindose ms estpido--. Se han ahogado.... No saba el muy bruto la pualada que daba a su ama con estas palabras. Jacinta, sin embargo, crea or el gemido en lo profundo. Pero aquello no poda continuar. Empez a ver la inmensa desproporcin que haba entre la grandeza de su piedad y la pequeez del objeto a que la consagraba. Arreci la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda gruesa que haca gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel gaznate... Jacinta ech a correr hacia la casa y subi. Los nervios se le pusieron tan alborotados y el corazn tan oprimido, que sus suegros y su marido la creyeron enferma; y sufri toda la noche la molestia indecible de or constantemente el _miiii_ del absorbedero. En verdad que aquello era una tontera, quizs desorden nervioso; pero no lo poda remediar. Ah! Si su suegra saba por Deogracias lo ocurrido en la calle cunto se haba de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano, ponindose colorada, slo de considerar que entraba Barbarita dicindole con su maleante estilo: Pero hija, conque es cierto que mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos nios abandonados...?. Slo a su marido, _bajo palabra de secreto_, cont el lance de los gatitos. Jacinta no poda ocultarle nada, y tena un gusto particular en hacerle confianza hasta de las ms vanas tonteras que por su cabeza pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tena talento, era indulgente con estos desvaros del cario vacante o de la maternidad sin hijo. Aventurbase ella a contarle cuanto le pasaba, y muchas cosas que a la luz del da no osara decir, decalas en la intimidad y soledad conyugales, porque all venan como de molde, porque all se decan sin esfuerzo cual si se dijeran por s solas, porque, en fin, los comentarios sobre la sucesin tenan como una base en la renovacin de las probabilidades de ella. --v-- Haca mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la mana de su hija. Como si ella no tuviera tambin su mana, y buena! Por cierto que llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados, mientras que la nuera padeca horriblemente por no poseer nunca lo que anhelaba. La satisfaccin del deseo _chiflaba_ a la una tanto como a la otra la privacin del mismo. Barbarita tena la _chifladura_ de las compras. Cultivaba el arte por el arte, es decir, la compra por la compra. Adquira por el simple placer de adquirir, y para ella no haba mayor gusto que hacer una excursin de tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no estaban dems, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se sala nunca del lmite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente estaba su magistral arte de marchante rica. El vicio aquel tena sus depravaciones, porque la seora de Santa Cruz no slo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorra de punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las polleras de la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de Santiago. Era tan conocida _doa Barbarita_ en aquella zona, que las placeras se la disputaban y armaban entre s grandes ciscos por la preferencia de una tan ilustre parroquiana. Lo mismo en los mercados que en las tiendas tena un auxiliar inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le fuera la salvacin del alma. Este era Plcido Estupi. Como viva en la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del da, echaba una mirada de guila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando todava estaba la gente tomando la maana en las tabernas y en los cafs ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterndose del cariz del mercado y de las cotizaciones. Despus, bien embozado en la paosa, se iba a San Gins, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristn abriera la puerta. Echaba un prrafo con las beatas que le haban cogido la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y haca su desayuno en el mismo prtico de la iglesia. Abierta esta, se metan todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una funcin de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la vea entrar, Estupi se corra despacito hasta ella, deslizndose de banco en banco como una sombra, y se le pona al lado. La seora rezaba en voz baja moviendo los labios. Plcido tena que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo para irlas desembuchando. Va a salir la de D. Germn en la capilla de los Dolores... Hoy reciben congrio en la casa de Martnez; me han enseado los despachos de Laredo... llena eres de gracia; el Seor es contigo... coliflor no hay, porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los caminos... Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu vientre, Jess.... Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un extremo del banco, l a cierta distancia, detrs, ora de rodillas, ora sentados. Estupi se aburra algunas veces por ms que no lo declarase, y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobn le preguntara por la misa: Se alcanza esta?. Estupi responda que s o que no de la manera ms corts, aadiendo siempre en el caso negativo algo que consolara al interrogador: Pero est usted tranquilo; va a salir en seguida la del padre Quesada, que es una plvora.... Lo que l quera era ver si saltaba conversacin. Despus de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones, Barbarita se volva a l dicindole con altanera impropia de aquel santo lugar: Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena. --Por qu, seora? --Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y sabes lo que me mand?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse con los parroquianos. Nunca ms se le compra nada. La culpa la tienes t... Ah tienes lo que son tus _protegidos_... Dicho esto, Barbarita segua rezando y Plcido se pona a echar pestes mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien l... No le protega; era que _le haba recomendado_. Pero ya se las cantara l muy claras al tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejronse de que les haba dado _tapa del cencerro_, es decir, pescuezo, que es la carne peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no se puede recomendar a nadie. Otras maanas iba con esta monserga: Cmo est hoy el mercado de caza! Qu perdices, seora! Divinidades, verdaderas divinidades. --No ms perdiz. Hoy hemos de ver si Pantalen tiene buenos cabritos. Tambin quisiera una buena lengua de vaca, _cargada_, y ver si hay ternera fina. --La hay tan fina, seora, que parece _talmente_ merluza. --Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas rionadas. Ya sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro da. Conmigo no se juega. --Descuide usted... Tiene la seora convidados maana? --S; y de pescados qu hay? --He _apalabrado_ el salmn por si viene maana... Lo que tenemos hoy es peste de langosta. Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer. Repetidas veces llev Estupi cuentos como este: Seora, seora, no deje de ver las cretonas que han recibido los _chicos_ de Sobrino... Qu divinidad!. Barbarita interrumpa un _Padrenuestro_ para decir, todava con la expresin de la religiosidad en el rostro: Rameaditas?, s, y con golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora. Y en el prtico, donde ya estaba Plcido esperndola, deca: Vamos a casa de los _chicos_ de Sobrino. Los cuales enseaban a Barbarita, a ms de las cretonas, unos satenes de algodn floreados que eran la gran novedad del da; y a la viciosa le faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien sola pasarlo a alguna de sus hermanas. Otra embajada: Seora, seora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a salir la del sobrino del seor cura, que es otro padre Fuguilla por lo pronto que la despacha. Ya recibi Pla los quesitos aquellos... no recuerdo cmo se llaman. --Ahora y en la hora de nuestra muerte... s, ya... Si son como las rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro da y que olan a viejo...! Parecan de la boda de San Isidro. A pesar de este regao, al salir iban a casa de Pla con nimo de no comprar ms que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel ingls, y la seora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupi admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo universal de comestibles, dando su opinin pericial sobre todo, probando ya una galleta de almendra y coco, que pareca _talmente_ mazapn de Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del t o de las especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que era un Samaniego, y... adis mi dinero. A cada instante deca Barbarita que no ms, y tras de la coleccin de purs para sopas, iban las _perlas del Nizn_, el _gluten de la estrella_, las salsas inglesas, el _caldo de carne de tortuga de mar_, la docena de botellas de Saint-Emilion, que tanto le gustaba a Juanito, el bote de _champignons extra_, que agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, sala el importe, y como hubiera un pico en la suma, tombase la libertad de suprimirlo _por pronto pago_. --Ea, chicos, que lo mandis todo al momento _a casa_--deca con despotismo Estupi al despedirse, sealando las compras. --Vaya, quedaos con Dios--deca doa Barbarita, levantndose de la silla a punto que apareca el principal por la puerta de la trastienda, y saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitndose la gorra de seda. --Vamos pasando hijo... Ay, que _ladronicio_ el de esta casa!... No vuelvo a entrar ms aqu... Abur, abur. --_Hasta maana_, seora. A los pies de usted... Tantas cosas a D. Baldomero... Plcido, Dios le guarde. --Maestro... que haya salud. Ciertos artculos se compraban siempre al por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tena en la mdula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el gnero _arreglado_. Pero, cun distantes de la realidad habran quedado estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupi el Grande! Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traan en palmitas, y l se daba no poca importancia, dicindoles: o tenemos formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artculo, y despus se discutir... calma, hombre, calma. Y all era el mirar huevo por huevo al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable antigedad. Como alguno de aquellos tos le engaase, ya poda encomendarse a Dios, porque llegaba Estupi como una fiera amenazndole con el teniente alcalde, con la inspeccin municipal y hasta con la horca. Para el vino, Plcido se entenda con los vinateros de la Cava Baja, que van a hacer sus compras a Arganda, Tarancn o a la Sagra, y se pona de acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya conocido. Ello haba de ser gnero de confianza, _talmente_ moro. El chocolate era una de las cosas en que ms actividad y celo desplegaba Plcido, porque en cuanto Barbarita le daba rdenes ya no viva el hombre. Compraba el cacao superior, el azcar y la canela en casa de Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a la casa del que haca las tareas. Los de Santa Cruz no transigan con los chocolates industriales, y el que tomaban haba de ser hecho a brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupi se converta en mosca, quiero decir que estaba todo el da dando vueltas alrededor de la tarea para ver si se haca _a toda conciencia_, porque en estas cosas hay que andar con mucho ojo. Haba das de compras grandes y otros de menudencias; pero das sin comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchera de los bazares de _todo a real_. A su hijo le llevaba regalitos sin fin, corbatas que no usaba, botonaduras que no se pona nunca. Jacinta reciba con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo traspaso no le permitan. Por la ropa blanca y por la mantelera tena la seora de Santa Cruz verdadera pasin. De la tienda de su hermano traa piezas enteras de holanda finsima, de batistas y madapolanes. D. Baldomero II y D. Juan I tenan ropa para un siglo. A entrambos les surta de cigarros la propia Barbarita. El primero fumaba puros, el segundo papel. Estupi se encargaba de traer estos peligrosos artculos de la casa de un truchimn que los venda de _ocultis_, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo de su capa verde, el corazn le palpitaba de gozo, considerando la trastada que le jugaba a la Hacienda pblica y recordando sus hermosos tiempos juveniles. Pero en los liberalescos aos de 71 y 72 ya era otra cosa... La polica fiscal no se meta en muchos dibujos. El temerario contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la _Renta_ si se lo propona. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba, ola el tabaco, escoga lo que le pareca mejor y pagaba muy bien. Siempre tena D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el buen seor conservaba, entre ciertos hbitos tenaces del antiguo hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos. -VII- Guillermina, virgen y fundadora --i-- De cuantas personas entraban en aquella casa, la ms agasajada por toda la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que viva en la inmediata, ta de Moreno Isla y prima de Ruiz-Ochoa, los dos socios principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos casas estaban tan prximos, que por ellos se comunicaba doa Brbara con su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer la correspondencia. Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni cumplimiento alguno. Ya tena su lugar fijo en el gabinete de Barbarita, una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a coser. Llevaba siempre consigo un gran lo o cesto de labor, calbase los anteojos, coga las herramientas, y ya no paraba en toda la noche. Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se mova de all ni tena que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa, como el marqus de Casa-Muoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya como se mira lo que est siempre en un mismo sitio y no puede estar en otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con veneracin, a la ilustre seora, que era como una figurita de nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca risuea, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildsimo. Algunos das iba a comer all, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un poco de sopa, y en lo dems no haca ms que picar. D. Baldomero sola enfadarse y le deca: Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que ms te gusta. No me vengas a m con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te o decir muchas veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las tienes aqu y no las pruebas. Que no tienes gana!... Para esto siempre hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos las amistades.... Barbarita, que conoca bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero, dejndola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en la mesa el gordo Arnaiz, se permita algunas cuchufletas de buen gnero sobre aquellos antiqusimos estilos de santidad, consistentes en no comer. Lo que entra por la boca no daa al alma. Lo ha dicho San Francisco de Sales nada menos. La de Pacheco, que tena buenas despachaderas, no se quedaba callada, y responda con donaire a todas las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los comensales, unos a tomar caf al despacho y a jugar al tresillo, otros a formar grupos ms o menos animados y chismosos, y Guillermina a su sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le pona al lado y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpticas a su corazn. Guillermina haca camisolas, calzones y chambritas para sus ciento y pico de hijos de ambos sexos. Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que est casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido escribir la biografa de su excelsa pariente cuando se muera, y entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace veinticinco aos, la pasin de la beneficencia. Alguien ha dicho que amores desgraciados la empujaron a la devocin primero, a la caridad propagandista y militante despus. Mas Zalamero asegura que esta opinin es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su corazn. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la impresion tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, _no servir a ms seores que se le pudieran morir_. No naci aquella sin igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soador, activo y emprendedor; un espritu con ideas propias y con iniciativas varoniles. No se le haca cuesta arriba la disciplina en el terreno espiritual; pero en el material s, por lo cual no pens nunca en afiliarse a ninguna de las rdenes religiosas ms o menos severas que hay en el orbe catlico. No se reconoca con bastante paciencia para encerrarse y estar todo el santo da bostezando el _gori gori_, ni para ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La llama vivsima que en su pecho arda no le inspiraba la sumisin pasiva, sino actividades iniciadoras que deban desarrollarse en la libertad. Tena un carcter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de facultades de organizacin que ya quisieran para s algunos de los hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se propona algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y adelante, con los pies ensangrentados. Empez por unirse a unas cuantas seoras nobles amigas suyas que haban establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo Guillermina sobrepuj a sus compaeras. Estas lo hacan por vanidad, a veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energa, y en esto se le fue la mitad de su legtima. A los dos aos de vivir as, se la vio renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se ataven las seoras. Adopt el traje liso de merino negro, el manto, paoln oscuro cuando haca fro, y unos zapatones de pao holgados y feos. Tal haba de ser su empaque en todo el resto de sus das. La asociacin benfica a que perteneca no se acomodaba al nimo emprendedor de Guillermina, pues quera ella picar ms alto, intentando cosas verdaderamente difciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel seoro que no saba salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que estaba loca, porque demencia era pensar en la fundacin de un asilo para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo _fue hecho_, sostenindose en los tres primeros aos de su difcil existencia con parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de sus parientes ricos. Pero de pronto la institucin empez a crecer; se hinchaba y cunda como las miserias humanas, y sus necesidades suban en proporciones aterradoras. La dama pignor los restos de su legtima; despus tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que pidieran limosna para s y para la fundadora. Y al propio tiempo reparta peridicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los distritos de la Inclusa y Hospital; vesta muchos nios, daba ropa a los viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos. Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era forzoso buscar nuevos recursos. Dnde y cmo? Ya las amistades y parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco ms de la cuerda, era fcil que se rompiera. Los ms generosos empezaban a poner mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decan que no estaban en casa. Lleg un da --dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el caso a varios amigos de Barbarita--, en que las cosas se pusieron muy feas. Amaneci aquel da, y los veintitrs pequeuelos de Dios que yo haba recogido y que estaban en una casucha baja y hmeda de la calle de Zarzal, aposentados como conejos, no tenan qu comer. Tirando de aqu y de all, podan pasar aquel da; pero y el siguiente? Yo no tena ya ni dinero ni quien me lo diera. Deba no s cuntas fanegas de judas, doce docenas de alpargatas, tantsimas arrobas de aceite; no me quedaba que empear o que vender ms que el rosario. Los primos, que me sacaban de tantos apuros, ya haban hecho los imposibles... Me daba vergenza de volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que sola ser mi pao de lgrimas, estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis veintitrs bocas (y la ma veinticuatro) por unos cuantos das, cmo me arreglara despus? Nada, nada, era indispensable araar la tierra y buscar cuartos de otra manera y por otros medios. El da aquel fue da de pruebas para m. Era un viernes de Dolores, y las siete espadas, seores mos, estaban clavadas aqu... Me pasaban como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y ms que una idea, valor, s, valor para lanzarme... De repente not que aquel valor tan deseado entraba en m, pero un valor tremendo, como el de los soldados cuando se arrojan sobre los caones enemigos... Trinqu la mantilla y me ech a la calle. Ya estaba decidida, y no crean, alegre como unas Pascuas, porque saba lo que tena que hacer. Hasta entonces yo haba pedido a los amigos; desde aquel momento pedira a todo bicho viviente, ira de puerta en puerta con la mano as... Del primer tirn me plant en casa de una duquesa extranjera, a quien no haba visto en mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tom por una trapisondista; pero a m, qu me importaba? Diome la limosna y, en seguida, para alentarme y apurar el cliz de una vez, estuve dos das sin parar subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia me recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones, los portazos y los desaires que recib. Pero el dichoso man iba cayendo a gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo que yo esperaba. Algunos me reciban casi con palio; pero la mayor parte se quedaban fros, mascullando excusas y buscando pretextos para no darme un cntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra... el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les tranquilizaba. 'Un _perro chico_, un _perro chico_ es lo que me hace falta'. Y aqu me daban el _perro_, all el duro, en otra parte el billetito de cinco o de diez... o nada. Pero yo tan campante. Ah!, seores, este oficio tiene muchas quiebras. Un da sub a un cuarto segundo, que me haba recomendado no s quin. La tal recomendacin fue una broma estpida. Pues seor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro tarascas... Ay, Dios mo, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo aquello... lo primero que me ocurri fue echar a correr. 'Pero no--me dije--, no me voy. Veremos si les saco algo'. Hija, me llenaron de injurias, y una de ellas se fue hacia dentro y volvi con una escoba para pegarme. Qu creen ustedes que hice? Acobardarme? Quia. Me met ms adentro y les dije cuatro frescas... pero bien dichas... bonito genio tengo yo...! Pues creern ustedes que les saqu dinero! Psmense, psmense... la ms desvergonzada, la que me sali con la escoba fue a los dos das a mi casa a llevarme un napolen. Bueno... pues vern ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni s ya lo que son sonrojos. He perdido la vergenza. Mi piel no sabe ya lo que es ruborizarse, ni mis odos se escandalizan por una palabra ms o menos fina. Ya me pueden llamar _perra juda_; lo mismo que si me llamaran _la perla de Oriente_; todo me suena igual... No veo ms que mi objeto, y me voy derechita a l sin hacer caso de nada. Esto me da tantos nimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al ltimo de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un da dije: 'Voy a ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio. Yo imperturbable, le habl de mi asilo y le dije que esperaba algn auxilio de su real munificencia. 'Un asilo de ancianos?'--me pregunt. 'No seor, de nios'. --'Son muchos?'. Y no dijo ms. Me miraba con afabilidad. Qu hombre!, qu bocaza! Mand que me dieran seis mil _gueals_... Luego vi a doa Mara Victoria, qu excelente seora! Hzome sentar a su lado; tratbame como su igual; tuve que darle mil noticias del asilo, explicarle todo... Quera saber lo que comen los pequeos, qu ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas... Empeada en que fuera yo all todos los das... A la semana siguiente me mand montones de ropa, piezas de tela y suscribi a sus nios por una cantidad mensual. Con que ya ven ustedes cmo as, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre mi asilo el pan de cada da. La suscripcin fija creci tanto que al ao pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio y mucho desahogo. He puesto una zapatera para que los muchachos grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El ao pasado eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos viviendo. Un da andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo la despensa vaca, _me echo a la calle_, como dicen los revolucionarios, y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay das en que no les falta su extraordinario, qu crean ustedes? Hoy les he dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos si al fin me salgo con la ma, que es un grano de ans, nada menos que levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la holgura y la distribucin convenientes, todo muy propio, con departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan all doscientos o trescientos hurfanos, y puedan vivir bien y educarse y ser buenos cristianos. --ii- Un edificio _ad hoc_ dijo con incredulidad el marqus de Casa-Muoz, que era uno de los presentes. --_Ad... hoc_, s seor--replic Guillermina, acentuando las dos palabras latinas--. Pues est usted adelantado de noticias. No sabe que tengo el terreno y los planos, y que ya me estn haciendo el vaciado? Sabe usted el sitio? Ms abajo del que ocupan las _Micaelas_, esas que recogen y corrigen las mujeres prdidas. El arquitecto y los delineantes me trabajan gratis. Ahora no pido slo dinero, sino ladrillo recocho y pintn. Con que a ver... --Tiene usted ya la memoria de cantera? --pregunt con vivo inters Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de berroquea. --S, seor. Me quiere usted dar algo? --Le doy a usted--dijo Aparisi, acompaando su generosidad de un gesto imperial--, la friolera de sesenta metros cbicos de piedra sillar que tengo en la Guindalera. --A cmo? --pregunt Guillermina, mirndole con los ojos guiados y apuntndole con la aguja de media. --A nada... La piedra es de usted. --Gracias, Dios se lo pague. Y el marqus, qu me da? --Pues yo... Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me sobraron de la casa de la Carrera? --Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja, para cuando se acabe el edificio. Saben ustedes lo que me llev ayer a casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas. Todo sirve, amigos. Si en algn tejar me dan cuatro ladrillos, los acepto y a la obra con ellos. Ven ustedes cmo hacen los pjaros sus nidos? Pues yo construir mi palacio de hurfanos cogiendo aqu una pajita y all otra. Ya se lo he dicho a Brbara, no ha de tirar ni un clavo, aunque est torcido, ni una tabla, aunque est rota. Los sellos de correo se venden, las cajas de cerillas tambin... Con qu creen ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues juntando cabos de vela y vendindolos al peso. El otro da me ofrecieron una petaca de cuero de Rusia. Para qu le sirve eso? dirn estos seores. Pues me sirvi para hacer un regalo a uno de los delineantes que trabajan en el proyecto... Ven ustedes a este marqus de Casa-Muoz, que me est oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T? Bueno: cunto apuestan a que le saco algo ms? Pues qu, creen ustedes que el seor marqus tiene sus grandes yeseras de Vallecas para ver estos apuros mos y no acudir a ellos? --Guillermina--dijo Casa-Muoz algo conmovido--, cuente usted con doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales. --Qu dije yo? Bueno. Y este seor de Ruiz qu har por m? --Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro a usted por mi salvacin que un domingo me salgo por las afueras y robo una teja para llevrsela a usted... robar dos, tres, una docena de tejas... Y hay ms. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos sobre la _Unin ibrica_ y sobre la _Organizacin de los bomberos en Suiza_, mi obra de los _Castillos_, todo est a su disposicin. Diez ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una _tmbola_. --Lo ven ustedes? Cae el man, cae. Si en estas cosas no hay ms que ponerse a ello... Mi amigo Baldomero tambin dar algo. --Las campanas--dijo el insigne comerciante--, y si me apuran, el pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo Aparisi lo quiere empezar. --La primera piedra no hay quien me la quite--expres Aparisi con toda la hinchazn de su amor propio. --Algo ms daremos, verdad Baldomero?--apunt Barbarita--, por ejemplo, toda la capilla, con su rgano, altares, imgenes... --Todo lo que t quieras, hija. Y eso que las _Micaelas_ nos han llevado un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca a Guillermina. Ya sabe ella dnde estamos. El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos, creyendo sin duda que lo que all se trataba ms era broma que otra cosa, se fueron al saln a hablar _seriamente_ de poltica y negocios. D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el juego clsico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esper a que entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la partida. Durante un largo rato no se oa en el saln ms que _envido a la chica... envido a los pares... rdago_. Las tres seoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto de Guillermina, que segua cose que te cose, ayudada por Jacinta. Haca algn tiempo que a esta se le haba despertado vivo entusiasmo por las empresas de la Pacheco, y a ms de reservarle todo el dinero que poda, se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que senta un cierto consuelo en confeccionar ropas de nio y en suponer que aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya haba hecho dos visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompaado una vez a Guillermina en sus excursiones a las miserables zahrdas donde viven los pobres de la Inclusa y Hospital. Haba que orla cuando volvi a aquella su primera visita a los barrios del Sur. Qu desigualdades!--deca, desflorando sin saberlo el problema social--. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el mundo parece que se cae. Todo se arreglara si los que tienen mucho dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. Pero qu cosa sobra?... Vaya usted a saber. Guillermina aseguraba que se necesita mucha fe para no acobardarse ante los espectculos que la miseria ofrece. Porque se encuentran almas buenas, s--deca--; pero tambin mucha ingratitud. La falta de educacin es para el pobre una desventaja mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazn a muchos y se lo corrompe. A m me han insultado; me han arrojado puados de estircol y tronchos de berza; me han llamado _ta bruja_.... A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perda ripio. Entr a la sazn Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones de alegra. Llamole la seora y le dijo: Tiene usted cascote?. Las tres se rean viendo la sorpresa y confusin de Moreno, que era una excelente persona, como de cuarenta y cinco aos, clibe y riqusimo, de aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del ao; alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud. Que si tengo cascote. Es para usted?. --Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una pregunta hacen otra. Puesto que est usted de derribo, tiene cascote, s o no? --S que lo tengo... y pedernal magnfico. A sesenta reales el carro, todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... Ah, tonto de m! Ya s de qu se trata. La santurrona les est embaucando con las fantasmagoras del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevar a todos a San Bernardino. --Cllate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada, rooso, cicatero. Gurdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrn en la balanza el da del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas aquellas, s, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado de la avaricia, dirs: Seor, qutame estos carros de piedra y cascote que me hunden en el Infierno, y todos diremos: no, no, no... chenle carga, que es muy malo. --Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has sacado, me salvo--djole Moreno riendo y manosendole la cara. --No me hagas carantoas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran miserable, usurero, recocho en dinero--repiti Guillermina con tono y sonrisa de chanza benvola--. Qu hombres estos! Todava quieres ms, y ests derribando una manzana de casas viejas para hacer casas domingueras y sacarles las entraas a los pobres. --No hagan ustedes caso de esta _rata eclesistica_--indic Moreno, sentndose entre Barbarita y Jacinta--. Me est arruinando. Voy a tener que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo descuidar. Estoy en casa vistindome... siento un susurro, algo as como paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por pronto que acudo, ya mi querida ta me ha registrado la ropa que est en el perchero y se ha llevado todo lo que haba en el bolsillo del chaleco. La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se rea con toda su alma. --Pero ven ac, pillo--dijo secndose las lgrimas que la risa haba hecho brotar de sus ojos--, si contigo no valen buenos medios. Anda, hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrn... el que te roba a ti se va al Cielo derecho. --A donde vas t a ir es al _Modelo_... --Cllate la boca, bobn, y no me denuncies, que te traer peor cuenta... No sigui este dilogo, que prometa dar mucho juego, porque del saln llamaron a Moreno con enrgica insistencia. Oase desde el gabinete rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitacin de varias voces, entre las cuales se distinguan claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero, que acababan de entrar. Moreno fue all, y Guillermina, que an no haba acabado de rer, deca a sus amigas. Es un angeln... No tenis idea de la pasta celestial de que est formado el corazn de este hombre. Barbarita no tena sosiego hasta no enterarse del por qu de aquel tumulto que en el saln haba. Fue a ver y volvi con el cuento: Hijas, que el rey se marcha. --Qu dices, mujer! --Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la ventana y dice: Vayan ustedes a marcar al Demonio. --Todo sea por Dios! --exclam Guillermina dando un suspiro y volviendo imperturbable a su trabajo. Jacinta pas al saln, ms que por enterarse de las noticias, por ver a su marido que aquel da no haba comido en casa. Oye--le dijo en secreto Guillermina, detenindola, y ambas se miraban con picarda;--con veinte duros que le sonsaques hay bastante. --iii-- En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsn a las diez--dijo Villalonga--. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volv al Bolsn, se estaba haciendo el consolidado a 20. --Lo hemos de ver a 10, seores --dijo el marqus de Casa-Muoz en tono de Hamlet. --El Banco a 175...! --exclam D. Baldomero pasndose la mano por la cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fnebre. --Perdone usted, amigo --rectific Moreno Isla--. Est a 172, y si usted quiere comprarme las mas a 170, ahora mismo las largo. No quiero ms papel de la querida patria. Maana me vuelvo a Londres. --S--dijo Aparisi poniendo semblante proftico--; porque la que se va a armar ahora aqu, ser de rdago. --Seores, no seamos impresionables--indic el marqus de Casa-Muoz, que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta--. Ese buen seor se ha cansado; no era para menos; ha dicho: ah queda eso. Yo en su caso habra hecho lo mismo. Tendremos algn trastorno; habr su poco de Repblica; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren... --El golpe viene de fuera --manifest Aparisi--. Esto lo vea yo venir. Francia... --No _involucremos_ las cuestiones, seores --dijo Casa-Muoz poniendo una cara muy parlamentaria--. Y si he de hablar ingenuamente, dir a ustedes que a m no me asusta la Repblica, lo que me asusta es el republicanismo. Mir a todos para ver qu tal haba cado esta frase. No poda dudarse de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio. Seor Marqus --declar Aparisi picado de rivalidad--, el pueblo espaol es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe ponerse.... --Y qu tiene que ver una cosa con otra?...--salt el marqus incmodo, anonadando a su contrario con una mirada--. No _involucre_ usted las cuestiones. Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba de _poner los puntos sobre las es_; pero con el marqus de Casa-Muoz no le vala su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era capaz de poner puntos sobre las haches. Haba entre los dos una rivalidad tcita, que se manifestaba en la emulacin para lanzar observaciones sintticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda antipata era lo nico que a veces dejaba entrever el pugilato espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y Casa-Muoz un antagonismo o competencia en la emisin de palabras escogidas. Se desafiaban a cul hablaba ms por lo fino, y si el marqus daba muchas vueltas al _involucrar_, al _ad hoc_, al _sui generis_ y otros trminos latinos, en seguida se vea al otro poniendo en prensa el cerebro para obtener frases tan selectas como _la concatenacin de las ideas_. A veces pareca triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa era el _bello ideal_ de los pueblos; pero Casa-Muoz tomaba arranque y diciendo _el desidertum_, haca polvo a su contrario. Cuenta Villalonga que hace aos hablaba Casa-Muoz disparatadamente, y sostiene y jura haberle odo decir, cuando an no era marqus, que las _puertas estaban hermticamente_ _ abiertas_; pero esto no ha llegado a comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el marqus persona apreciabilsima, muy corriente, muy afable en su trato, excelente para su familia y amigos. Tena la misma edad que D. Baldomero; mas no llevaba tan bien los aos. Su dentadura era artificial y sus patillas teidas tenan un viso carminoso, contrastando con la cabeza sin pintar. Aparisi era mucho ms joven, hombre que presuma de pie pequeo y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castao cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo ms caracterstico en el concejal perpetuo era la expresin de su rostro, semejante a la de una persona que est oliendo algo muy desagradable, lo que provena de cierta contraccin de los msculos nasales y del labio superior. Por lo dems, buena persona, que no deba nada a nadie. Haba tenido almacn de maderas, y se contaba que en cierta poca les puso los puntos sobre las es a los pinares de Balsain. Era hombre sin instruccin, y... lo que pasa... por lo mismo que no la tena gustaba de aparentarla. Cuenta el tunante de Villalonga que hace aos usaba Aparisi el _e pur si muove_ de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretacin verdadera, y crea que aquel clebre dicho significaba _por si acaso_. As, se le oy decir ms de una vez: Parece que no llover; pero sacar el paraguas _e pur si muove_. Jacinta trinc a su marido por el brazo y le llev un poquito aparte: Y qu, _nene_, hay barricadas?. --No, hija, no hay nada. Tranquilzate. --No volvers a salir esta noche?... Mira que me asustar mucho si sales. --Pues no saldr... Qu... qu buscas? Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando el bolsillo del pecho. --Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses... --Vaya con la descuidera... --Quia!, si no s... Esto quien lo hace bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del bolsillo del chaleco sin que l lo sienta... A ver... Jacinta, duea ya de la cartera, la abri. --Te enfadaras si te quito este billete de veinte duros? Te hace falta? --No por cierto. Toma lo que quieras. --Es para Guillermina. Mam le dio dos, y le falta un pico para poder pagar maana el trimestre del alquiler del asilo. Contestole el Delfn apretndole con mucha efusin las dos manos y arrugando el billete que estaba en ellas. En cuanto Guillermina pesc lo que le faltaba para completar su cantidad, dej la costura y se puso el manto. Despidindose brevemente de las dos seoras, atraves el saln a prisa. A esa, a esa! --grit Moreno--, sin duda se lleva algo. Caballeros, vean ustedes si les falta el reloj. Brbara, que debajo de la mantilla de _la rata eclesistica_ veo un bulto... No haba aqu candeleros de plata?. En medio de la jovial algazara que estas bromas producan, sali Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que pareca una bendicin. En seguida, cebronse todos con furia en el tema suculento de la partida del Rey, y cada cual expona sus opiniones con nfulas de profeca, como si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando. Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqus de Casa-Muoz hablaba de _las exageraciones liberticidas_ de la demagogia roja y de la demagogia blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente; el ex-subsecretario de Gobernacin, Zalamero, lea clarito en el porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal deca que _el alfonsismo estaba an en la nebulosa de lo desconocido_. El mismo Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... Qu demonio! Ellos no se asustaban de la Repblica. Como si lo vieran... no iba a pasar nada. Es que aqu somos muy impresionables, y por cualquier contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. Yo les aseguro a ustedes --deca Aparisi, puesta la mano sobre el pecho--, que no pasar nada, pero nada. Aqu no se tiene idea de lo que es el pueblo espaol... Yo respondo de l, me atrevo a responder con la cabeza, vaya.... Moreno no vaticinaba; no haca ms que decir: Por si vienen mal dadas, me voy maana para Londres. Aquel ricacho soltero alardeaba de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan extranjerizado que nada espaol le pareca bueno. Los autores dramticos lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias menudas, todo le pareca de una inferioridad lamentable. Sola decir que aqu los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier cosa. Compra usted algo, y despus que le miden mal y le cobran caro, el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino. No hay que darle vueltas; somos una raza inhbil hasta no poder ms. Don Baldomero deca con acento de tristeza una cosa muy sensata: Si D. Juan Prim viviera...!. Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y charlaban con Jacinta y doa Brbara, tratando de quitarles el miedo. No habra tiros, ni jarana... no sera preciso hacer provisiones... Ah! Barbarita soaba ya con hacer provisiones. A la maana siguiente, si no haba barricadas, ella y Estupi se ocuparan de eso. Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muoz se fueron al Bolsn a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan excitado, que la contraccin de su hocico se acentuaba, como si el olor aquel imaginario fuera el de la aza ftida. Zalamero, que iba a Gobernacin, quiso llevarse al Delfn; pero este, a quien su mujer tena cogido del brazo, se neg a salir... Mi mujer no me deja. --Mi tocaya--dijo Villalonga--, se est volviendo muy anticonstitucional. Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su marido. -VIII- Escenas de la vida ntima --i-- A poco de acostarse not Jacinta que su marido dorma profundamente. Observbale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Crey que hablaba en sueos... pero no; era simplemente quejido sin articulacin que acostumbraba a lanzar cuando dorma, quiz por causa de una mala postura. Los pensamientos polticos nacidos de las conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta. Qu le importaba a ella que hubiese Repblica o Monarqua, ni que D. Amadeo se fuera o se quedase? Ms le importaba la conducta de aquel ingrato que a su lado dorma tan tranquilo. Porque no tena duda de que Juan andaba algo distrado, y esto no lo podan notar sus padres por la sencilla razn de que no le vean nunca tan cerca como su mujer. El prfido guardaba tan bien las apariencias, que nada haca ni deca _en familia_ que no revelara una conducta regular y correctsima. Trataba a su mujer con un cario tal, que... vamos, se le tomara por enamorado. Slo all, de aquella puerta para adentro, se descubran las trastadas; slo ella, fundndose en datos negativos, poda destruir la aureola que el pblico y la familia ponan al glorioso Delfn. Deca su mam que era el marido modelo. Valiente pillo! Y la esposa no poda contestar a su suegra cuando le vena con aquellas historias... Con qu cara le dira: Pues no hay tal modelo, no seora, no hay tal modelo, y cuando yo lo digo, bien sabido me lo tendr. Pensando en esto, pas Jacinta parte de aquella noche, atando cabos, como ella deca, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna afirmacin. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que digamos sobre lo que se quera demostrar. Tal da y a tal hora Juan haba salido bruscamente, despus de estar un rato muy pensativo, pero muy pensativo. Tal da y a tal hora Juan haba recibido una carta, que le haba puesto de mal humor. Por ms que ella hizo, no la haba podido encontrar. Tal da y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de Preciados, se encontraron a Juan que vena deprisa y muy abstrado. Al verlas, quedose algo cortado; pero saba dominarse pronto. Ninguno de estos datos probaba nada; pero no caba duda: su marido se la estaba pegando. De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan saba arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razn para estar descontenta. Como la herida a que se pone blsamo fresco, la pena de Jacinta se calmaba. Pero los das y las noches, sin saber cmo, traanla lentamente otra vez a la misma situacin penosa. Y era muy particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por cualquier incidente, por una palabra sin inters o referencia trivial, le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano y que vena a clavrsele en el cerebro. Era Jacinta observadora, prudente y sagaz. Los ms insignificantes gestos de su esposo, las inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando ms atenta estaba, escondiendo con mil zalameras su vigilancia, como los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el trabajo de las abejas. Saba hacer preguntas capciosas, verdaderas trampas cubiertas de follaje. Pero bueno era el otro para dejarse coger! Y para todo tena el ingenioso culpable palabras bonitas: La luna de miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridcula. El entusiasmo es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan ms como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija ma, hasta las palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen carios as... de una manera sesuda. Jacinta se rea con esto; pero no admita tales componendas. Lo ms gracioso era que l se las echaba de hombre ocupado. Valiente truhn! Si no tena absolutamente nada que hacer ms que pasear y divertirse...! Su padre haba trabajado toda la vida como un negro para asegurar la holgazanera dichosa del prncipe de la casa... En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se propona no abandonar jams su actitud de humildad y discrecin. Crea firmemente que Juan no dara nunca escndalos, y no habiendo escndalo, las cosas iran pasando as. No hay existencia sin gusanillo, un parsito interior que la roe y a sus expensas vive, y ella tena dos: los apartamientos de su marido y el desconsuelo de no ser madre. Llevara ambas penas con paciencia, con tal que no saltara algo ms fuerte. Por respeto a s misma, nunca haba hablado de esto a nadie, ni al mismo Delfn. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan pilln, que a Jacinta se le llen la boca de sinceridad, y palabra tras palabra, dio salida a todo lo que pensaba. T me ests engaando, y no es de ahora, es de hace tiempo. Si creers que soy tonta... El tonto eres t. La primera contestacin de Santa Cruz fue romper a rer. Su mujer le tapaba la boca para que no alborotase. Despus el muy tunante empez a razonar sus explicaciones, revistindolas de formas seductoras. Pero qu huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialcticas del corazn era ms maestra que l por saber amar de veras! Y a ella le toc rer despus y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueo, un sueo dulce y mutuo les cogi, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas, Juan se enmend, o al menos pareci enmendarse. Tena Santa Cruz en altsimo grado las triquiuelas del artista de la vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo los goces y ajustndolos a esas misteriosas mareas del humano apetito que, cuando se acentan, significan una organizacin viciosa. En el fondo de la naturaleza humana hay tambin, como en la superficie social, una sucesin de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos. Juan tena temporadas. En pocas peridicas y casi fijas se hastiaba de sus correras, y entonces su mujer, tan mona y cariosa, le ilusionaba como si fuera la mujer de otro. As lo muy antiguo y conocido se convierte en nuevo. Un texto desdeado de puro sabido vuelve a interesar cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula. Ayudaba a esto el tiernsimo amor que Jacinta le tena, pues all s que no haba farsa, ni vil inters ni estudio. Era, pues, para el Delfn una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto despus de mil borrascas. Pareca que se restauraba con un cario tan puro, tan leal y tan suyo, pues nadie en el mundo poda disputrselo. En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer. Ni aun en los das que ms viva estaba la marea de la infidelidad, dej de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazn que tena tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos exclua un sentimiento inamovible hacia su compaera por la ley y la religin. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las virtudes que l no tena y que segn su criterio, tampoco le hacan mucha falta. Por esta ltima razn no incurra en la humildad de confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por delante de todo, y tenase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y hombre de talento, aspirando a la erudicin de todos los goces y con bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no poda contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el donaire, la extravagancia; quera gustar tambin la virtud, no precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza misma tena para l su picante. --ii-- Por lo dicho se habr comprendido que el Delfn era un hombre enteramente desocupado. Cuando se cas, hzole proposiciones don Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya jugando a la Bolsa, ya en otra especulacin cualquiera. Acept el joven, mas no le satisfizo el ensayo, y renunci en absoluto a meterse en negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no haba podido sustraerse a esa preocupacin tan espaola de que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recrebase aquel buen seor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su obra, y ms la admira cuanto ms doloridas y fatigadas se le quedan las manos con que la ha hecho. Conviene decir tambin que el joven aquel no era derrochador. Gastaba, s, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando empezaban a exigirle algo de disipacin. En tales casos era cuando la virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tena cierto respeto ingnito al bolsillo, y si poda comprar una cosa con dos pesetas, no era l seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algn trabajo, al contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un peso de encima. Y como conoca tan bien el valor de la moneda, saba emplearla en la adquisicin de sus goces de una manera prudente y casi mercantil. Ninguno saba como l _sacar el jugo_ a un billete de cinco duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos. A fuer de hbil financiero, saba pasar por generoso cuando el caso lo exiga. Jams hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbaln. Una de las ms puras satisfacciones de los seores de Santa Cruz era saber a ciencia cierta que su hijo no tena trampas, como la mayora de los hijos de familia en estos depravados tiempos. Algo le habra gustado a D. Baldomero que el Delfn diera a conocer sus eximios talentos en la poltica. Oh!, si l se lanzara, seguramente descollara. Pero Barbarita le desanimaba. La poltica, la poltica! Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve habladuras y no hacer nada de provecho.... Lo que haca cavilar algo a D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que l tena, pues l pensaba el 73 lo mismo que haba pensado el 45; es decir, que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy buenas migas con la religin, y que conviene perseguir y escarmentar a todos los que van a la poltica a hacer chanchullos. Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim, manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. Es el hombre que conviene, desengaaos, un hombre que lleva al dedillo las cuentas de su casa, un modelo de padre de familia. Vino D. Amadeo, y el Delfn se hizo tan republicano que daba miedo orle. La Monarqua es imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el pas no est preparado para la Repblica; pues que lo preparen. Es como si se pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el agua. No hay ms remedio que pasar algn mal trago... La desgracia ensea... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia, ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones.... Pues seor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareci a Juan que todo iba a qu quieres boca. Es admirable. La Europa est atnita. Digan lo que quieran, el pueblo espaol tiene un gran sentido. Pero a los dos meses, las ideas pesimistas haban ganado ya por completo su nimo. Esto es una pillera, esto es una vergenza. Cada pas tiene el Gobierno que merece, y aqu no puede gobernar ms que un hombre que est siempre con una estaca en la mano. Por gradaciones lentas, Juanito lleg a defender con calor la idea alfonsina. Por Dios, hijo--deca D. Baldomero con inocencia--, si eso no puede ser y sacaba a relucir los _jamases_ de Prim. Ponase Barbarita de parte del desterrado prncipe, y como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas las mujeres apoyaban al prncipe y le defendan con argumentos sacados del corazn. Jacinta dejaba muy atrs a las ms entusiastas por D. Alfonso. Es un nio!... Y no daba ms razn. Tenase a s mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona. Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno. Porque yo--deca esforzndose en aliar la verdad con la modestia--, no soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a m, por ejemplo, mi mujer; pero cuntos hay inferiores, cuntos!. Sus atractivos fsicos eran realmente grandes, y l mismo lo declaraba en sus soliloquios ntimos: Qu guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay otro ms salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y en trato me parece... que somos algo. En la casa no haba ms opinin que la suya; era el orculo de la familia y les cautivaba a todos no slo por lo mucho que le queran y mimaban, sino por el sortilegio de su imaginacin, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse. La ms subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo sostena que es negro. Ambale con verdadera pasin, no teniendo poca parte en este sentimiento la buena facha de l y sus relumbrones intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia declaraba en Juan, Jacinta tena sus dudas. Vaya si las tena. Pero vindose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenbase de tristeza y deca: Me estar quejando de vicio? Ser yo, como aseguran, la ms feliz de las mujeres, y no habr cado en ello?. Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la obediencia del espritu. Con lo que no se conformaba era con no tener chiquillos, porque todo se puede ir conllevando --deca--, menos eso. Si yo tuviera un nio, me entretendra mucho con l, y no pensara en ciertas cosas. De tanto cavilar en esto, su mente padeca alucinaciones y desvaros. Algunas noches, en el primer periodo del sueo, senta sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los lengetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristsima impresin de que todo aquello era mentira, lanzaba un ay!, y su marido le deca desde la otra cama: Qu es eso, nenita?... pesadilla?.--S, hijo, un sueo muy malo. Pero no quera decir la verdad por temor de que Juan lo tomara a risa. Los pasillos de su gran casa le parecan lgubres, slo porque no sonaba en ellos el estrpito de las pataditas infantiles. Las habitaciones inservibles destinadas a la chiquillera, _cuando la hubiera_, infundanle tal tristeza, que los das en que se senta muy tocada de la mana, no pasaba por ellas. Cuando por las noches vea entrar de la calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de Pascua, vestido de finsimo pao negro y tan limpio y sonrosado, no poda menos de pensar en los nietos que aquel seor deba tener para que hubiera lgica en el mundo, y deca para s: Qu abuelito se estn perdiendo!. Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Haba estado todo el da y la noche anterior en casa de Candelaria que tena enferma a la nia pequea. Mal humorada y soolienta, deseaba que la pera se acabase pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga, msica excelente segn Juan y todas las personas de gusto, pero que a ella no le haca maldita gracia. No lo entenda, vamos. Para ella no haba ms msica que la italiana, mientras ms clarita y ms de organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se coloc en la ltima silla de atrs. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea, estaban muy gozosas, sintindose flechadas por mozalbetes del paraso y de palcos por asiento. Tambin de butacas vena algn anteojazo bueno. Doa Brbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sinti aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le vea. En dnde estaba? Pensando en esto, hizo una cortesa de respeto al gran Wagner, inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo ltimo que oy fue un trozo descriptivo en que la orquesta haca un rumor semejante al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las noches de verano. Al arrullo de esta msica, cay la dama en sueo profundsimo, uno de esos sueos intensos y breves en que el cerebro finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La impresin que estos letargos dejan suele ser ms honda que la que nos queda de muchos fenmenos externos y apreciados por los sentidos. Hallbase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo estaba forrado de un satn blanco con flores que el da anterior haba visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un _puff_ y por las rodillas se le suba un muchacho lindsimo, que primero le coga la cara, despus le meta la mano en el pecho. Quita, quita... eso es caca... qu asco!... cosa fea, es para el gato.... Pero el muchacho no se daba a partido. No tena ms que la camisa de finsima holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su mam. Era una bata color _azul gendarme_ que semanas antes haba regalado a su hermana Candelaria... No, no, eso no... quita... caca.... Y l insistiendo siempre, pesadito, monsimo. Quera desabotonar la bata, y meter mano. Despus dio cabezadas contra el seno. Viendo que nada consegua, se puso serio, tan extraordinariamente serio que pareca un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y hmedos, expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad cabe. Adn, echado del paraso, no mirara de otro modo el bien que perda. Jacinta quera rerse; pero no poda porque el pequeo le clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo as, el nio-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de ella con el rayo de sus ojos. Jacinta senta que se le desgajaba algo en sus entraas. Sin saber lo que haca solt un botn... Luego otro. Pero la cara del chico no perda su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera el tercer botn... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas, con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botn, el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la tela. Perdi la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad sospechosa. Jacinta, al fin, meti la mano en su seno, sac lo que el muchacho deseaba, y le mir segura de que se desenojara cuando viera una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogi entonces la cabeza del muchacho, la atrajo a s, y que quieras que no le meti en la boca... Pero la boca era insensible, y los labios no se movan. Toda la cara pareca de una estatua. El contacto que Jacinta sinti en parte tan delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de superficie spera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le produjo dejola por un rato atnita, despus abri los ojos, y se hizo cargo de que estaban all sus hermanas; vio los cortinones pintados de la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del paraso. Tard un rato en darse cuenta de dnde estaba y de los disparates que haba soado, y se ech mano al pecho con un movimiento de pudor y miedo. Oy la orquesta, que segua imitando a los mosquitos, y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melmano, con la cabeza echada hacia atrs, la boca entreabierta, oyendo y gustando con fruicin inmensa la deliciosa msica de los violines con sordina. Pareca que le caa dentro de la boca un hilo del clarificado ms fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro xtasis. Otros melmanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya haba concluido el cuarto acto y Juan no pareca. --iii-- Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una efemride, es fcil que en una hoja de calendario americano, correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: Da _tantos_: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos. Estaba sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta que pareca la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la mano un peridico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos peridicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y l, hallando distraccin en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la cogi por un brazo, le atenaz la barba con los dedos, le sacudi la cabeza, despus le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego muchsimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos o estocadas con el dedo ndice muy tieso. Despus de bien cosida a pualadas, le cort la cabeza segndole el pescuezo, y como si an no fuera bastante sevicia, la acribill con cruelsimas e inhumanas cosquillas, acompaando sus golpes de estas feroces palabras: Qu _guasoncita_ se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a ensear a mi payasa a dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas de.... Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfn hablando con un poco de seriedad, prosigui: Bien sabes que no soy callejero... A fe que te puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del tirn se estn tres das sin parecer por la casa. Estos podran tomarme a m por modelo. --Mariquita date tono--replic Jacinta secndose las lgrimas que la risa y las cosquillas le haban hecho derramar--. Ya s que hay otros peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el nmero uno. Juan mene la cabeza en seal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su alcance, por si se repetan las brbaras cosquillas. Es que t exiges demasiado dijo el marido, deplorando que su mujer no le tuviese por el ms perfecto de los seres creados. Jacinta hizo un mohn gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el cual quera decir: No me quiero meter en discusiones contigo, porque saldra con las manos en la cabeza. Y era verdad, porque el Delfn haca las prestidigitaciones del razonamiento con muchsima habilidad. Bueno--indic ella--. Dejmonos de tonteras. Qu quieres almorzar?. --Eso mismo vena yo a saber --dijo doa Brbara apareciendo en la puerta--. Almorzars lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para tu gobierno, que he trado unas calandrias riqusimas. _Divinidades_, como dice Estupi. --Triganme lo que quieran, que tengo ms hambre que un maestro de escuela. Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pens un ratito en su mujer, formulando un panegrico mental. Qu ngel! Todava no haba acabado l de cometer una falta, y ya estaba ella perdonndosela. En los das precursores del catarro, hallbase mi hombre en una de aquellas etapas o mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejndole de las aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas ms hechas a la vida ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se hallaba en esta situacin, llegaba hasta desear permanecer en ella; an ms, llegaba a creer que seguira. Y la Delfina estaba contenta. Otra vez ganado--pensaba--. Si la buena durara!... si yo pudiera ganarle de una vez para siempre y derrotar en toda la lnea a las _cantonales_...!. Don Baldomero entr a ver a su hijo antes de pasar al comedor. Qu es eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. Qu cosas tenis t y Villalonga! Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del Ministerio de la Gobernacin, que es otra punta del diamante! Te vi. Vena yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos desorientados. No se sabe a dnde ir a parar esta anarqua. Las acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a almorzar con nosotros. El concejal entr y salud a los dos Santa Cruz. --Qu peridicos has ledo?--pregunt el pap calndose los quevedos, que slo usaba para leer--. Toma _La poca_ y dame _El Imparcial_... Bueno, bueno va esto. Pobre Espaa! Las acciones a 138... el consolidado a 13. --Qu 13?... Eso quisiera usted--observ el eterno concejal--. Anoche lo ofrecan a 11 en el Bolsn y no lo quera nadie. Esto es el diluvio. Y acentuando de una manera notabilsima aquella expresin de oler una cosa muy mala, aadi que todo lo que estaba pasando lo haba previsto l, y que los sucesos no discrepaban ni tanto as de lo que _da por da_ haba venido l profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D. Baldomero ley en voz alta la noticia o estribillo de todos los das. La partida tal entr en tal pueblo, quem el archivo municipal, se racion, y volvi a salir... La columna tal persegua activamente al cabecilla cual, y despus de racionarse.... Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros. El marqus no viene. Ya no se le espera ms. En esto entr Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que haba de almorzar el enfermo. Poco despus apareci Jacinta trayendo platos. Despus de saludarla, Aparisi le dijo: Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay _odisea filantrpica_ a la _parroquia de la chinche_, porque anda en busca de ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros de limosna, aquel que ayuda medio da, el otro que va un par de horas, ello es que no le sale el metro cbico ni a cinco reales. Y no s qu tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las mulas de los carros la conocen y tiran ms fuerte para darle gusto... Francamente, yo que siempre cre que el tal edificio no era _factible_, voy viendo... Milagro, milagro apunt D. Baldomero en marcha hacia el comedor. --Y t?--pregunt Juan a su consorte al quedarse solos--. Almuerzas aqu o all? --Quieres que aqu? Almorzar en las dos partes. Dice tu mam que te estoy mimando mucho. --Toma, golosa--le dijo l alargndole un pedazo de tortilla en el tenedor. Despus de comrselo, la Delfina corri al comedor. Al poco rato volvi riendo. Aqu te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la boquita, nena. La nena cogi el tenedor, y despus de comerse la pechuga, volvi a rer. --Qu alegre est el tiempo! --Es que ha llegado el marqus, y desde que se sent en la mesa empezaron Aparisi y l a tirotearse. --Qu han dicho? --Aparisi afirm que la Monarqua no era _factible_, y despus larg un _ipso facto_, y otras cosas muy finas. Juan solt la carcajada. El marqus estar furioso. --Come en silencio, meditando una venganza. Te contar lo que ocurra. Quieres pescadilla?, quieres bistec? --Treme lo que quieras con tal que vengas pronto. Y no tard en volver, trayendo un plato de pescado. Hijo de mi vida, le mat. --Quin? --El marqus a Aparisi... le dej en el sitio. --Cuenta, cuenta. --Pues de primera intencin soltole a su enemigo un _delirium tremens_ a boca de jarro, y despus, sin darle tiempo de respirar, un _mane tegel fare_. El otro se ha quedado como atontado por el golpe. Veremos con lo que sale. --Qu clebre! Tomaremos caf juntos--dijo Santa Cruz--. Vente pronto para ac. Qu coloradita ests! --Es de tanto rerme. --Cuando digo que me ests haciendo tiln... --Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por all. Aparisi est indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmern es porque no ha seguido sus consejos... --Los consejos de Aparisi! --S, y al marqus lo que le tiene con el alma en un hilo es que se levante _la masa obrera_. Volvi Jacinta al comedor, y el ltimo cuento que trajo fue este: Chico, si ests all te mueres de risa. Pobre Muoz! El otro se ha rehecho y le est soltando unos primores... Figrate. Ahora est contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el fusil Berdan... No dice agujeros, sino _orificios_. Todo se vuelve _orificios_, y el marqus no sabe lo que le pasa.... No pudo seguir, porque entr Muoz, fumando un gran puro, a saludar al enfermo. Hola, Juann... Estamos _exclaustrados_?... Y qu es?... coriza? Eso es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin, yo me.... Iba a decir _me largo_; pero al ver entrar a Aparisi (tal creyeron Jacinta y su marido), dijo: me ausento. A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, l en el silln leyendo peridicos, ella arreglando la habitacin que estaba algo desordenada. Barbarita haba salido a comprar. El criado anunci a un hombre que quera hablar con el _seor joven_. --Ya sabes que no recibe--dijo la seorita, y tomando de manos de Blas una tarjeta que este traa ley: _Jos Ido del Sagrario, corredor de publicaciones nacionales y extranjeras_. --Que entre, que entre al instante --orden Santa Cruz, saltando en su asiento--. Es el loco ms divertido que puedes imaginar. Vers cmo nos remos... Cuando nos cansemos de orle, le echamos. Tipo ms clebre...! Le vi hace das en casa de Pez, y nos hizo morir de risa. Al poco rato entr en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza y toda llena de lbulos y carnculas, los pelos bermejos y muy tiesos, como crines de escobilln, la ropa prehistrica y muy rada, corbata roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traa el sombrero que era un _claque_ del ao en que esta prenda se invent, el primognito de los _claques _ sin gnero de duda, y en la otra un lo de carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales estaban tan sobadas, que la mugre no permita ver los dorados de la pasta. Impresion penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de miseria en traje de persona decente, y ms lstima tuvo cuando le vio saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato social. Hola, Sr. de Ido... cunto gusto de verle!--le dijo Santa Cruz con fingida seriedad--. Sintese, y dgame qu le trae por aqu. --Con permiso... Quiere usted _Mujeres clebres_? Jacinta y su marido se miraron. --O _Mujeres de la Biblia_--prosigui Ido, enseando carteras--. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro da en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las casas de Barcelona que tengo el honor de representar... O quiere usted _Cortesanas clebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo, Grandes inventos, Dioses del Paganismo_...? --iv-- Basta, basta, no cite usted ms obras ni me ensee ms carteras. Ya le dije que no me gustan libros por suscricin. Se extravan las entregas, y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga prisa. Estar usted cansado de tanto correr por ah. Quiere tomar una copita? --Muchsimas gracias. Nunca bebo. --No?, pues el otro da, cuando nos vimos en casa de Joaqun, deca este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre... --Perdone usted, Sr. de Santa Cruz --replic Ido avergonzado--. Yo no me embriago; no me he embriagado jams. Algunas veces, sin saber cmo ni por qu, me entra cierta excitacin, y me pongo as, nervioso y como echando chispas... me pongo elctrico. Ven ustedes?... ya lo estoy. Fjese usted, Sr. D. Juan, y observe cmo se me mueve el prpado izquierdo y el msculo este de la quijada en el mismo lado. Lo ve usted...?, ya est la funcin armada. Francamente, as no se puede vivir. Los mdicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor. Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me retiro... --Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasar. Quiere usted un vaso de agua? Jacinta sinti que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre aquel iba a caer all con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo. Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, djole a su esposa por lo bajo: Este infeliz lo que tiene es hambre. --A ver, Sr. de Ido--indic la dama--, se comera usted una chuletita? Don Jos respondi tcitamente, con la expresin de una incredulidad profunda. Cada vez pareca ms extrao su mirar y ms acentuado el temblor del prpado y la mejilla. --Perdneme usted, seora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme cargo de nada. Usted ha dicho que si me comera yo una... --Una chuletita. --Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de olvidos de nombres y cosas. A qu llama usted una chuleta?--aadi llevndose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la memoria y le entraba la electricidad--. Por ventura, lo que usted llama... no s cmo, es un pedazo de carne con un rabito que es de hueso? --Justo. Llamar para que se la traigan. --No se moleste, seora. Yo llamar. --Que le traigan dos--dijo el seorito gozando con la idea de ver comer a un hambriento. Jacinta sali, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte. En este pas, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he sido profesor de primera enseanza, yo que he escrito obras de amena literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en Francia, ya tendra _hotel_.... --Eso es indudable. No ve usted que aqu no hay quien lea, y los pocos que leen no tienen dinero?... --Naturalmente--deca Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en redondo por ver si apareca la chuleta. Jacinta entr con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo velador en que haba almorzado el seorito, un cubierto, servilleta, panecillo, copa y botella de vino. Mir estas cosas Ido con estupor famlico, no bien disimulado por la cortesa, y le entr una risa nerviosa, seal de hallarse prximo a la plenitud de aquel estado que llamaba elctrico. La Delfina se volvi a sentar junto a su marido y miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. Jos. Este dej en el suelo las carteras y el _claque_, que no se cerraba nunca, y cay sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salan de su boca palabras y frases desordenadas: Agradecidsimo... Francamente, habra sido falta de educacin desairar... No es que tenga apetito, naturalmente... He almorzado fuerte... pero cmo desairar? Agradecidsimo.... --Observo una cosa, querido D. Jos--dijo Santa Cruz. --Qu? --Que no masca usted lo que come. --Oh!, le interesa a usted que masque? --No, a m no. --Es que no tengo muelas... Como como los pavos. Naturalmente... as me sienta mejor. --Y no bebe usted? --Media copita nada ms... El vino no me hace provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...--y a medida que iba comiendo, le bailaban ms el prpado y el msculo, que parecan ya completamente declarados en huelga. Notbase en sus brazos y cuerpo estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas. Aqu donde le ves--dijo Santa Cruz--, se tiene una de las mujeres ms guapas de Madrid. Hizo un signo a Jacinta que quera decir: Esprate, que ahora viene lo bueno. --Es de veras? --S. No se la merece. Ya ves que l es feo adrede. --Mi mujer... Nicanora... --murmur Ido sordamente, ya en el ltimo bocado--, la Venus de Mdicis... carnes de raso... --Tengo unas ganas de conocer a esa clebre hermosura...!--afirm Juan. Don Jos no haba dejado nada en el plato ms que el hueso. Despus exhal un hondsimo suspiro, y llevndose la mano al pecho, dej escapar con bronca voz estas palabras: --La hermosura exterior nada ms... sepulcro blanqueado... corazn lleno de vboras. Su mirada infundi tanto terror a Jacinta, que dijo por seas a su marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato, hostig la demencia de aquel pobre hombre para que saltara. Venga ac, querido D. Jos. Qu tiene usted que decir de su esposa, si es una santa?. --Una santa!, una santa! --repiti Ido, con la barba pegada al pecho y echando al Delfn una mirada que en otra cara habra sido feroz--. Muy bien, seor mo. Y usted en qu se funda para asegurarlo sin pruebas? --La voz pblica lo dice. --Pues la voz pblica se engaa--grit Ido alargando el cuello y accionando con energa--. La voz pblica no sabe lo que se pesca. --Pero clmese usted, pobre hombre--se atrevi a expresar Jacinta--. A nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera. --Que no les importa!... --replic Ido con entonacin trgica de actor de la legua--. Ya s que estas cosas a nadie le importan ms que a m, al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de todas las cosas. --Es claro que a l le importa principalmente--dijo Santa Cruz hostigndole ms--. Y que tiene el genio blando este seor Ido. --Y para que usted, seora --aadi el desgraciado mirando a Jacinta de un modo que la hizo estremecer--, pueda apreciar la justa indignacin de un hombre de honor, sepa que mi esposa es... aduultera! Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantndose del asiento y extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de pera cuando echan una maldicin. Jacinta se llev las manos a la cabeza. Ya no poda resistir ms aquel desagradable espectculo. Llam al criado para que acompaara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan, queriendo divertirse ms, procuraba calmarle. Sintese, Sr. D. Jos, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas con paciencia. --Con paciencia, con paciencia! --exclam Ido, que en su estado elctrico repeta siempre la ltima frase que se le deca, como si la mascase, a pesar de no tener muelas. --S, hombre; estos tragos no hay ms remedio que irlos pasando. Amargan un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va _jaciendo_. --Se va _jaciendo_! Y el honor, seor de Santa Cruz?... Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio escondidos en el casco, y cerrndolos de sbito, como los toros que bajan el testuz para acometer. Las carnculas del cuello se le inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata. Pareca un pavo cuando la excitacin de la pelea con otro pavo le convierte en animal feroz. --El honor--expres Juan--. Bah!, el honor es un sentimiento convencional... Ido se acerc paso a paso a Santa Cruz y le toc en el hombro muy suavemente, clavndole sus ojos de pavo espantado. Despus de una larga pausa, durante la cual Jacinta se peg a su marido como para defenderle de una agresin, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera estentrea: Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Mdicis, la de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con frenes, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de Espaa, s seor, con el mismsimo duque de Tal. --Hombre, eso es muy grave, pero muy grave--afirm Juan, ponindose ms serio que un juez--. Est usted seguro de lo que dice? --Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto. Pronunci esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto. --Y usted, Sr. D. Jos de mi alma--dijo Santa Cruz fingindose, no ya serio sino consternado--, qu hace que no pide una satisfaccin al duque? --Duelos... duelitos a m!--replic Ido con sarcasmo--. Eso es para los tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo. Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos: Yo har justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos _in fraganti_ otra vez, _in fraganti_, Sr. D. Juan. Entonces aparecern los dos cadveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta es la ley... por una sola espada... Y me quedar tan fresco, como si tal cosa. Y podr salir por ah mostrando mis manos manchadas con la sangre de los adlteros y decir a gritos: 'Aprended de m, maridos, a defender vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y vendrn todos... toditos a besarme las manos. Y ser un besamanos, porque hay tantos, tantsimos.... Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no tena atadero. Gesticulaba en medio de la habitacin, iba de un lado para otro, parbase delante de los esposos sin ninguna muestra de respeto, daba rpidas vueltas sobre un tacn y tena todas las trazas de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una sea a Blas; y a su mujer le dijo por lo bajo: dale un par de duros. Dejose conducir hasta la puerta el pobre D. Jos sin decir una palabra, ni despedirse. Blas le puso en la cabeza el primognito de todos los _claques_, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros que para el caso le dio la seorita; la puerta se cerr y oyose el pesado, inseguro paso del hombre elctrico por las escaleras abajo. --A m no me divierte esto --opin Jacinta--. Me da miedo. Pobre hombre! La miseria, el no comer le habrn puesto as. --Es lo ms inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de Joaqun, le pinchamos para que hable de la aduultera. Su demencia es que su mujer se la pega con un grande de Espaa. Fuera de eso, es razonable y muy veraz en cuanto habla. De qu provendr esto, Dios mo? Lo que t dices, el no comer. Este hombre ha sido tambin autor de novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo ms que judas, se le reblandeci el cerebro. Y no se habl ms del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que conservaba la mugrienta tarjeta con las seas de Ido, se la dio a su amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia del corredor de obras (Mira el Ro 12), mereca que alguien se interesara por ella. Guillermina conoca la casa y tena en ella muchos parroquianos. Despus de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy pattica de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La esposa era una infeliz mujer, mrtir del trabajo y de la inanicin, humilde, estropeadsima, fea de encargo, mal pergeada. l ganaba poco, casi nada. Viva la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y la hija, polluela de buen ver que aprenda para peinadora. Una maana, dos das despus de la visita de Ido, Blas avis que en el recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quera hablar con la seorita. Vena muy pacfico. Jacinta fue all, y antes de llegar ya estaba abriendo su portamonedas. --Seora--le dijo Ido al tomar lo que se le daba--, estoy agradecidsimo a sus bondades; pero ay!, la seora no sabe que estoy desnudo... quiero decir, que esta ropa que llevo se me est deshaciendo sobre las carnes... Y naturalmente, si la seora tuviera unos pantaloncitos desechados del seor D. Juan... --Ah! S... buscar. Vuelva usted. --Porque la seora doa Guillermina, que es tan buena, nos socorri con bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como bendicin de Dios, porque en la cama nos abrigbamos con toda mi ropa y la suya puesta sobre las sbanas... --Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procurar alguna prenda en buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido. --Y a mucha honra... Agradecidsimo, seora; pero crame la seora, se lo digo con la mano puesta en el corazn: ms me convendra ropa de nios que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que mis chicos estn vestidos. No tengo ms que una camisa, que Nicanora, naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo, para ponrmela por la maana... pero no me importa. Anden mis nios abrigados, y a m que me parta una pulmona. --Yo no tengo nios--dijo la dama con tanta pena como el otro al decir no tengo camisa. Maravillbase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de obras. No advirti en l ningn indicio de las extravagancias de marras. La seora no tiene hijos... Qu lstima!--exclam Ido--. Dios no sabe lo que se hace... Y yo pregunto: si la seora no tiene nios, para quin son los nios? Lo que yo digo... ese seor Dios ser todo lo sabio que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas. Esto le pareci a la Delfina tan discreto, que crey tener delante al primer filsofo del mundo; y le dio ms limosna. Yo no tengo nios --repiti--, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los tienen.... --Mil y mil cuatrillones de gracias, seora. Algunas prendas de abrigo, como las que reparti el otro da doa Guillermina a los chicos de mis vecinos, no nos vendran mal. --Doa Guillermina reparti a los vecinos y a usted no?... Ah!, descuide usted; ya le echar yo un buen rspice. Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empez a tomar confianza. Avanz algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la seorita: Reparti doa Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras cosas; pero no nos toc nada. Lo mejor fue para los hijos de la se Joaquina y para el _Pitusn_, el nio ese... no sabe la seora?, ese chiquilln que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al _Pitusn_ la preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a l por ser de la familia. --Qu dice usted, hombre? De quin habla usted?--indic Jacinta sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, crey notar sntomas de temblor en el prpado. El _Pitusn_--prosigui Ido tomndose ms confianza y bajando ms la voz--, es un nene de tres aos, muy mono por cierto, hijo de una tal Fortunata, mala mujer, seora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo... Pues como deca, el pobre _Pitusn_ es muy salado... ms listo que Cachucha y ms malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le quiero como a mis hijos. El seor Pepe le recogi no s dnde, porque su madre le quera tirar.... Jacinta estaba aturdidsima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en la cabeza. Oa las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas terminantes. Fortunata, el _Pitusn_!... No sera esto una nueva extravagancia de aquel cerebro novelador? Pero, vamos a ver...--dijo la seorita al fin, comenzando a serenarse--. Todo eso que usted me cuenta, es verdad o es locura de usted?... Porque a m me han dicho que usted ha escrito novelas, y que por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta. --Yo le juro a la seora que lo que le he dicho es el Santsimo Evangelio--replic Ido ponindose la mano sobre el pecho--. Jos Izquierdo es persona formal. No s si la seora lo conocer. Tuvo platera en la Concepcin Jernima, un gran establecimiento... especialidad en regalos para amas... No s si fue all donde naci el _Pitusn_; lo que s s es que, naturalmente, es hijo de su esposo de usted, el seor D. Juanito de Santa Cruz. --Usted est loco --exclam la dama con arranque de enojo y despecho--. Usted es un embustero... Mrchese usted. Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si haba en el recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropsitos oyera. No haba nadie. D. Jos se deshizo en reverencias; pero no se turb porque le llamaran loco. Si la seora no me cree --se limit a decir--, puede enterarse en la vecindad.... Jacinta le retuvo entonces. Quera que hablase ms. Dice usted que ese Jos Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Vyase usted. Ido haba traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerr de golpe, a punto que l abra la boca para aadir quizs algn pormenor interesante a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurbase que al travs de la madera, cual si esta fuera un cristal, vea el prpado tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un animal daino. No, no abro... --pens--. Es una serpiente... Qu hombre! Se finge el loco para que le tengan lstima y le den dinero. Cuando le oy bajar las escaleras volvi a sentir deseos de ms explicaciones. En aquel mismo instante suban Barbarita y Estupi cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y huy despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre haba producido en su alma. --v-- Cmo estuvo aquel da la pobrecita! No se enteraba de lo que le decan, no vea ni oa nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi fsica. La culebra que se le haba enroscado dentro, desde el pecho al cerebro, le coma todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le estorbaba la vida exterior. Quera llorar; pero qu dira la familia al verla hecha un mar de lgrimas? Habra que decir el motivo... Las reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando aquella marca de consuelo vena, senta breve alivio. Si todo era un embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha gorda y no pudiendo ya escribirlas para el pblico, intentaba llevar a la vida real los productos de su imaginacin llena de tuberculosis. S, s, s: no poda ser otra cosa: tisis de la fantasa. Slo en las novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta para complicar el argumento. Pero si lo revelado poda ser una papa, tambin poda no serlo, y he aqu concluida la reaccin de alivio. La culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba ms sus duros anillos. Aquel da, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era el enfermo ms impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretenda que su mujer no se apartara de l, y notando en ella una tristeza que no le era habitual, decale con enojo: Pero qu tienes, qu te pasa, hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aqu hecho una plasta, aburrido y pasando las de Can, y te me vienes t ahora con esa cara de juez. Rete, por amor de Dios. Y Jacinta era tan buena, que al fin haca un esfuerzo para aparecer contenta. El Delfn no tena paciencia para soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le vena uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca. Empebase en despejar su cabeza de la pesada fluxin sonndose con estrpito y clera. Ten paciencia, hijo--le deca su madre--. Si fuera una enfermedad grave, qu haras?. --Pues pegarme un tiro, mam. Yo no puedo aguantar esto. Mientras ms me sueno, ms abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas. Demonio con las aguas! No quiero ms brebajes. Tengo el estmago como una charca. Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier da tengo yo paciencia. Maana me echo a la calle. --Falta que te dejemos. --Al menos ranse, cuntenme algo, distriganme. Jacinta, sintate a mi lado. Mrame. --Si ya te estoy mirando. Ests muy guapito con tu pauelo liado en la cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates... --Brlate; mejor. Eso me gusta... Ya te dara yo mi constipado. No, si no quiero ms caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como una confitera. Mam... --Qu? --Estar bueno maana? Por Dios, tengan compasin de m, hganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mam, Jacinta, distraedme; triganme a Estupi para rerme un rato con l. Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvi a sus pensamientos. Le mir por detrs de la butaca en que sentado estaba. Ah, cmo me has engaado!.... Porque empezaba a creer que el loco, con serlo tan rematado, haba dicho verdades. Las inequvocas adivinaciones del corazn humano decanle que la desagradable historia del _Pitusn_ era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre todo siendo cosas malas. Entrole de improviso a la pobrecita esposa una rabia...! Era como la clera de las palomas cuando se ponen a pelear. Viendo muy cerca de s la cabeza de su marido, sinti deseos de tirarle del cabello que por entre las vueltas del pauelo de seda sala. Qu rabia tengo! --pens Jacinta apretando sus bonitsimos dientes--, por haberme ocultado una cosa tan grave... Tener un hijo y abandonarlo as!... Se ceg; vio todo negro. Pareca que le entraban convulsiones. Aquel _Pitusn_ desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido, sin que fuese, como deba, hechura suya tambin, era la verdadera culebra que se enroscaba en su interior... Pero qu culpa tiene el pobre nio...? --pens despus transformndose por la piedad--. Este, este tunante...!. Miraba la cabeza, y qu ganas tena de arrancarle una mecha de pelo, de pegarle un coscorrn!... Quin dice uno?... dos, tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engaar a las personas. Pero mujer, qu haces ah detrs de m?--murmur l sin volver la cabeza--. Lo que digo, hoy parece que ests lela. Ven ac, hija. --Qu quieres? --Nia de mi vida, hazme un favorcito. Con aquellas ternuras se le pas a la Delfina todo su furor de coscorrones. Afloj los dientes y dio la vuelta hasta ponrsele delante. Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado algo. Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino deca: En Sevilla me cont que haba hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Muri mam, pas tiempo; no supo ms de ella... Como Dios es mi padre, yo he de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen en m le nacen en otra.... Al ponerle la manta le dijo: Abrgate bien, infame; y a Juanito no se le ocult la seriedad con que lo deca. Al poco rato volvi a tomar el acento mimoso: Jacintilla, nia de mi corazn, ngel de mi vida, llgate ac. Ya no haces caso del sinvergenza de tu maridillo. --Celebro que te conozcas. Qu quieres? --Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy as. Reconozco que no se me puede aguantar. Mira, treme agua azucarada... templadita, sabes? Tengo sed. Al darle el agua, Jacinta le toc la frente y las manos. Crees que tengo calentura?. --De pollo asado. No tienes ms que impertinencias. Eres peor que los chiquillos. --Mira, hijita, cordera; cuando venga _La Correspondencia_, me la leers. Tengo ganas de saber cmo se desenvuelve Salmern. Luego me leers _La poca_. Qu buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira que tenga yo por mujer a un serafn como t. Y que no hay quien me quite esta ganga... Qu sera de m sin ti... enfermo, postrado...! --Vaya una enfermedad! S; lo que es por quejarte no quedar... Doa Brbara entr diciendo con autoridad: A la cama, nio, a la cama. Ya es de noche y te enfriars en ese silln. --Bueno, mam; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago ms que obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., pero dnde se mete este condenado hombre? Mara Santsima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era que lo tomaban a broma. Jacinta, ponme un pauelo de seda en la garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, t no sabes. Mam, ponme t el pauelo... No, quitdmelo; ninguna de las dos sabe liar un pauelo. Pero qu gente ms intil!. Pasa un ratito. Mam, ha venido _La Correspondencia_?. --No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cbrele los brazos. --Bueno, bueno, ya estn metidos los brazos. Los meto ms? Eso es, se empean en que me ahogue. Me han puesto un bal mundo encima. Jacinta, quita _jierro_, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube ms arribita el edredn... tengo el pescuezo helado. Mam... lo que digo, hacen las cosas de mala gana. As no me pongo nunca bueno. Y ahora se van a comer. Y me voy a quedar solo con Blas? --No, tonto, Jacinta comer aqu contigo. Mientras su mujer coma, ni un momento dej de importunarla: T no comes, t ests desganada; a ti te pasa algo; t disimulas algo... A m no me la das t. Francamente, nunca est uno tranquilo... pensando siempre si te nos pondrs mala. Pues es preciso comer; haz un esfuerzo... Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven ac, tontuela, echa la cabecita aqu. Si no me enfado, si te quiero ms que a mi vida, si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... Qu buena est! Djame que te chupe el dedo.... Iban llegando los amigos de la casa que solan ir algunas noches. Mam, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas ac a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser _obvio... obvio_ por arriba, _obvio_ por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas. --Vaya, no digas tonteras. Puede que entre a saludarte; pero saldr en seguida. Quin ha entrado ahora?... Ah!, me parece que es Guillermina. --Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. Valiente chifladura! Esa mujer est loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que si sac las maderas de _seis_ a treinta y ocho reales, y las _carreras de pie y cuarto _ a diez y seis reales pie. Me arm un triquitraque de pies que me dej la cabeza pateada. No me la entren aqu. No me importa saber a cmo valen el ladrillo pintn y las alfargas... Mam, ponte de centinela y aqu no me entra ms que Estupi. Que venga Placidito, para que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimn a meter contrabando, y a la bveda de San Gins a abrirse las carnes con el zurriago... Que venga para decirle: lorito, daca la pata. --Pero, qu impertinente! Ya sabes que el pobre Plcido se acuesta entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la maana. Como que va a despertar al sacristn de San Gins, que tiene un sueo muy pesado. --Y porque el sacristn de San Gins sea un dormiln, me he de fastidiar yo? Que entre Estupi y me d tertulia. Es la nica persona que me divierte. --Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos. --Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera. Y entraba Plcido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no poder reproducir aqu. No contento con esto, quera divertirse a costa de l, y recordando un pasaje de la vida de Estupi que le haban contado, decale: A ver, Plcido, cuntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste delante del sereno, creyendo que era el Vitico.... Al or esto, el bondadoso y parlanchn anciano se desconcertaba. Responda torpemente, balbuciendo negativas y quin te ha contado esa paparrucha?. A lo mejor, saltaba Juan con esto: Pero di, Plcido, t no has tenido nunca novia?. --Vaya, vaya, este Juanito --deca Estupi levantndose para marcharse--, tiene hoy ganas de comedia. Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. Hijo, no te pongas tan pesado... deja marchar a Plcido. T, como te ests durmiendo hasta las once de la maana, no te acuerdas del que madruga. Jacinta, entre tanto, haba salido un rato de la alcoba. En el saln vio a varias personas, Casa-Muoz, Ramn Villuendas, D. Valeriano Ruiz-Ochoa y alguien ms, hablando de poltica con tal expresin de terror, que ms bien parecan conspiradores. En el gabinete de Barbarita y en el rincn de costumbre hall a Guillermina haciendo obra de media con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enter del plan que tena para la maana siguiente. Iran juntas a la calle de Mira el Ro, porque Jacinta tena un inters particular en socorrer a la familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. Ya le contar a usted; tenemos que hablar largo. Ambas estuvieron de cuchicheo un buen cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita. Hija, por Dios, ve all. Hace un rato que te est llamando. No te separes de l. Hay que tratarle como a los chiquillos. Pero mujer, te marchas y me dejas as... qu alma tienes!--grit el Delfn cuando vio entrar a su esposa--. Vaya una manera de cuidarle a uno. Nada... Lo mismo que a un perro. --Hijo de mi alma, si te dej con Plcido y tu mam... Perdname, ya estoy aqu. Jacinta pareca alegre, Dios sabra por qu... Inclinose sobre el lecho y empez a hacerle mimos a su marido, como podra hacrselos a un nio de tres aos. --Ay, qu maosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes... Toma, este por tu mam, este por tu pap y este grande... por tu parienta... --Rica! --Si no me quieres nada. --Anda, zalamera... quien no me quiere nada eres t. --Nada en gracia de Dios. --Cunto me quieres? --Tanto as. --Es poco. --Pues como de aqu a la Cibeles... no al Cielo... Ests satisfecho? --_Ch_. Jacinta se puso seria. Arrglame esta almohada. --As? --No, ms alta. --Ests bien? --No, ms bajita... Magnfico. Ahora, rscame aqu, en la paletilla. --Aqu? --Ms abajito... ms arribita... ah... fuerte... Ay, nia de mi vida, eres la gloria eterna!... Qu dicha la ma en poseerte!... Cuando ests malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagars todas juntas. --S, soy un pillo... Pgame. --Toma, toma. --Cmeme... --S, que te como, y te arranco un bocado... --Ay! ay!, no tanto, caramba. Si alguien nos viera!... --Creera que nos habamos vuelto tontos rematados--observ Jacinta rindose con cierta melancola. --Estas simplezas no son para que las vea nadie... --Cierras los ojos? Durmete, a... rorr... --Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa manitica de Guillermina. T eres responsable de que se chifle por completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya ests deseando que cierre yo los ojos para irte. Ms que estar conmigo te gusta el palique. Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar aqu, de centinela, para cuidar de que no me destape. --Bueno, hombre, bueno; me estar. Quedose aletargado; pero en seguida abri los ojos, y lo primero que vieron fue los de Jacinta, fijos en l con atencin amante. Cuando se durmi de veras, la centinela abandon su puesto para correr al lado de Guillermina con quien tena pendiente una interesantsima conferencia. -IX- Una visita al Cuarto Estado --i-- Al da siguiente, el Delfn estaba poco ms o menos lo mismo. Por la maana, mientras Barbarita y Plcido andaban por esas calles de tienda en tienda, entregados al deleite de las compras precursoras de Navidad, Jacinta sali acompaada de Guillermina. Haba dejado a su esposo con Villalonga, despus de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgen de la Paloma a or una misa que haba prometido. El atavo de las dos damas era tan distinto, que parecan ama y criada. Jacinta se puso su abrigo, sayo o _pardessus_ color de pasa, y Guillermina llevaba el traje modestsimo de costumbre. Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la distrajo de la atencin que a su propio interior prestaba. Los puestos a medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecan dentro de aquellos nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una apreciacin exacta de lo que eran. Reciba tan slo la imagen borrosa de los objetivos diversos que iban pasando, y lo digo as, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca va se corriese delante de ella como un teln. En aquel teln haba racimos de dtiles colgados de una percha; puntillas blancas que caan de un palo largo, en ondas, como los vstagos de una trepadora, pelmazos de higos pasados, en bloques, turrn en trozos como sillares que parecan acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, mostrando dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable pona obstculos sin fin, pilas de cntaros y vasijas, ante los pies del gento presuroso, y la vibracin de los adoquines al paso de los carros pareca hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de pauelos de diferentes colores se ponan delante del transente como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el odo con pregones enfticos, acosando al pblico y ponindole en la alternativa de comprar o morir. Jacinta vea las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas rbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa; el bermelln nativo, que parece rasguar los ojos; el carmn, que tiene la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire de poesa mezclado con la tisis, como en la _Traviatta_. Las bocas de las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de ellas tan abigarrado como la parte externa, los horteras de bruces en el mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si nadasen en un mar de pauelos. El sentimiento pintoresco de aquellos tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten de corss encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen graciosas combinaciones decorativas. Dio Jacinta de cara a diferentes personas muy ceremoniosas. Eran maniqus vestidos de seora con tremendos _polisones_, o de caballero con terno completo de lanilla. Despus gorras muchas gorras, posadas y alineadas en percheros del largo de toda una casa; chaquetas ahuecadas con un palo, zamarras y otras prendas que algo, s, algo tenan de seres humanos sin piernas ni cabeza. Jacinta, al fin, no miraba nada; nicamente se fij en unos hombres amarillos, completamente amarillos, que colgados de unas horcas se balanceaban a impulsos del aire. Eran juegos de calzn y camisa de bayeta, cosidas una pieza a otra, y que as, al pronto, parecan personajes de azufre. Los haba tambin encarnados. Oh!, el rojo abundaba tanto, que aquello pareca un pueblo que tiene la religin de la sangre. Telas rojas, arneses rojos, collarines y frontiles rojos con madroaje arabesco. Las puertas de las tabernas tambin de color de sangre. Y que no son ni tina ni dos. Jacinta se asustaba de ver tantas, y Guillermina no pudo menos de exclamar: Cunta perdicin!, una puerta s y otra no, taberna. De aqu salen todos los crmenes. Cuando se hall cerca del fin de su viaje, la Delfina fijaba exclusivamente su atencin en los chicos que iba encontrando. Pasmbase la seora de Santa Cruz de que hubiera tantsima madre por aquellos barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su cro en brazos, muy bien agasajado bajo el ala del mantn. A todos estos ciudadanos del porvenir no se les vea ms que la cabeza por encima del hombro de su madre. Algunos iban vueltos hacia atrs, mostrando la carita redonda dentro del crculo del gorro y los ojuelos vivos, y se rean con los transentes. Otros tenan el semblante mal humorado, como personas que se llaman a engao en los comienzos de la vida humana. Tambin vio Jacinta no uno, sino dos y hasta tres, camino del cementerio. Suponales muy tranquilos y de color de cera dentro de aquella caja que llevaba un to cualquiera al hombro, como se lleva una escopeta. Aqu es dijo Guillermina, despus de andar un trecho por la calle del Bastero y de doblar una esquina. No tardaron en encontrarse dentro de un patio cuadrilongo. Jacinta mir hacia arriba y vio dos filas de corredores con antepechos de fbrica y pilastrones de madera pintada de ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a secar, y oy un zumbido como de enjambre. En el patio, que era casi todo de tierra, empedrado slo a trechos, haba chiquillos de ambos sexos y de diferentes edades. Una zagalona tena en la cabeza toquilla roja con agujeros, o con _orificios_, como dira Aparisi; otra, toquilla blanca, y otra estaba con las greas al aire. Esta llevaba zapatillas de orillo, y aquella botitas finas de caa blanca, pero ajadas ya y con el tacn torcido. Los chicos eran de diversos tipos. Estaba el que va para la escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace ms que vagar. Por el vestido se diferenciaban poco, y menos an por el lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas. Chicooo... mia ste... Que te rompo la cara... sabeees...?. --Ves esa farolona?--dijo Guillermina a su amiga--, es una de las hijas de Ido... Esa, esa que est dando brincos como un saltamontes... Eh!, chiquilla... No oyen... venid ac. Todos los chicos, varones y hembras, se pusieron a mirar a las dos seoras, y callaban entre burlones y respetuosos, sin atreverse a acercarse. Las que se acercaban paso a paso eran seis u ocho palomas pardas, con reflejos irisados en el cuello; lindsimas, gordas. Venan muy confiadas meneando el cuerpo como las chulas, picoteando en el suelo lo que encontraban, y eran tan mansas, que llegaron sin asustarse hasta muy cerca de las seoras. De pronto levantaron el vuelo y se plantaron en el tejado. En algunas puertas haba mujeres que sacaban esteras a que se orearan, y sillas y mesas. Por otras sala como una humareda: era el polvo del barrido. Haba vecinas que se estaban peinando las trenzas negras y aceitosas, o las guedejas rubias, y tenan todo aquel matorral echado sobre la cara como un velo. Otras salan arrastrando zapatos en chancleta por aquellos empedrados de Dios, y al ver a las forasteras corran a sus guaridas a llamar a otras vecinas, y la noticia cunda, y aparecan por las enrejadas ventanas cabezas peinadas o a medio peinar. Eh!, chiquillos, venid ac repiti Guillermina; y se fueron acercando escalonados por secciones, como cuando se va a dar un ataque. Algunos, ms resueltos, las manos a la espalda, miraron a las dos damas del modo ms insolente. Pero uno de ellos, que sin duda tena instintos de caballero, se quit de la cabeza un andrajo que haca el papel de gorra y les pregunt que a quin buscaban. Eres t del seor de Ido?. El rapaz respondi que no, y al punto destacose del grupo la nia de las zancas largas, de las greas sueltas y de los zapatos de orillo, apartando a manotadas a todos los dems muchachos que se enracimaban ya en derredor de las seoras. Est tu padre arriba?. La chica respondi que s, y desde entonces convirtiose en individuo de Orden Pblico. No dejaba acercar a nadie; quera que todos los granujas se retiraran y ser ella sola la que guiase a las dos damas hasta arriba. Qu pesados, qu sobones!... En todo quieren meter las narices... Atrs, gateras, atrs... Quitarvos de en medio; dejar paso. Su anhelo era marchar delante. Habra deseado tener una campanilla para ir tocando por aquellos corredores a fin de que supieran todos qu gran visita vena a la casa. Nia, no es preciso que nos acompaes--dijo Guillermina que no gustaba de que nadie se sofocase tanto por ella--. Nos basta con saber que estn en casa. Pero la zancuda no haca caso. En el primer peldao de la escalera estaba sentada una mujer que venda higos pasados en una sereta, y por poco no la planta el zapato de orillo en mitad de la cara. Y todo porque no se apartaba de un salto para dejar el paso libre... Vaya dnde se va usted a poner, ta bruja!... Afuera o la reviento de una patada.... Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda la pillera que en el patio quedaba. All en el fondo haba divisado dos nios y una nia. Uno de ellos era rubio y como de tres aos. Estaban jugando con el fango, que es el juguete ms barato que se conoce. Amasbanlo para hacer tortas del tamao de _perros grandes_. La nia, que era de ms edad, haba construido un hornito con pedazos de ladrillo, y a la derecha de ella haba un montn de panes, bollos y tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba all. La seora de Santa Cruz observ este grupo desde lejos. Sera alguno de aquellos? El corazn le saltaba en el pecho y no se atreva a preguntar a la zancuda. En el ltimo peldao de la escalera encontraron otro obstculo: dos muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el paso. Estaban jugando con arena _fina_ de fregar. El mamn estaba fajado y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que nadie le hiciera caso. Las dos nias haban extendido la arena sobre el piso, y de trecho en trecho haban puesto diferentes palitos con cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente imitado. Qu tropa, Dios! --exclam la zancuda con indignacin de celador de ornato pblico, que no caus efecto--. Cuidado donde se van a poner... Fuera, fuera!... y t, _pitoja_, recoge a tu hermanillo, que le vamos a espachurrar. Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron odas con el ms insolente desdn. Uno de los mocosos arrastraba su panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro coga puados de arena y se lavaba la cara con ella, accin muy lgica, puesto que la arena representaba el agua. Vamos, hijos, quitaos de en medio--les dijo Guillermina a punto que la zancuda destrua con el pie el lavadero, gritando--: Sinvergenzonas, no tenis otro sitio donde jugar? Vaya con la canalla esta...!. y ech adelante resuelta a destruir cualquier obstculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los mocosos, como habran cogido una mueca, y ponindoselos al cuadril, volaron por aquellos corredores. Vamos--dijo Guillermina a su gua--, no las rias tanto, que tambin t eres buena.... --ii-- Avanzaron por el corredor, y a cada paso un estorbo. Bien era un brasero que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para hacer tiro; bien el montn de zaleas o de ruedos, ya una banasta de ropa; ya un cntaro de agua. De todas las puertas abiertas y de las ventanillas salan voces o de disputa, o de algazara festiva. Vean las cocinas con los pucheros armados sobre las ascuas, las artesas de lavar junto a la puerta, y all en el testero de las breves estancias la indispensable cmoda con su hule, el veln con pantalla verde y en la pared una especie de altarucho formado por diferentes estampas, alguna lmina al cromo de prospectos o peridicos satricos, y muchas fotografas. Pasaban por un domicilio que era taller de zapatera, y los golpazos que los zapateros daban a la suela, unidos a sus cantorrios, hacan una algazara de mil demonios. Ms all sonaba el convulsivo tiquitique de una mquina de coser, y acudan a las ventanas bustos y caras de mujeres curiosas. Por aqu se vea un enfermo tendido en un camastro, ms all un matrimonio que disputaba a gritos. Algunas vecinas conocieron a doa Guillermina y la saludaban con respeto. En otros crculos causaba admiracin el empaque elegante de Jacinta. Poco ms all cruzronse de una puerta a otra observaciones picantes e irrespetuosas. Se Mariana, ha visto que nos hemos trado el sof en la rabadilla? Ja, ja, ja!. Guillermina se par, mirando a su amiga: Esas chafalditas no van conmigo. No puedes figurarte el odio que esta gente tiene a los _polisones_, en lo cual demuestran un sentido... cmo se dice?, un sentido _esttico_ superior al de esos haraganes franceses que inventan tanto pegote estpido. Jacinta estaba algo corrida; pero tambin se rea, Guillermina dio dos pasos atrs, diciendo: Ea, seoras, cada una a su trabajo, y dejen en paz a quien no se mete con ustedes. Luego se detuvo junto a una de las puertas y toc en ella con los nudillos. La se Severiana no est--dijo una de las vecinas--. Quiere la seora dejar recado?.... --No; la ver otro da. Despus de recorrer dos lados del corredor principal, penetraron en una especie de tnel en que tambin haba puertas numeradas; subieron como unos seis peldaos, precedidas siempre de la zancuda, y se encontraron en el corredor de otro patio, mucho ms feo, sucio y triste que el anterior. Comparado con el segundo, el primero tena algo de aristocrtico y podra pasar por albergue de familias _distinguidas_. Entre uno y otro patio, que pertenecan a un mismo dueo y por eso estaban unidos, haba un escaln social, la distancia entre eso que se llama _capas_. Las viviendas, en aquella segunda _capa_, eran ms estrechas y miserables que en la primera; el revoco se caa a pedazos, y los rasguos trazados con un clavo en las paredes parecan hechos con ms saa, los versos escritos con lpiz en algunas puertas ms necios y groseros, las maderas ms despintadas y roosas, el aire ms viciado, el vaho que sala por puertas y ventanas ms espeso y repugnante. Jacinta, que haba visitado algunas casas de corredor, no haba visto ninguna tan ttrica y mal oliente. Qu, te asustas, nia bonita?--le dijo Guillermina--. Pues qu te creas t, que esto era el Teatro Real o la casa de Fernn-Nez? nimo. Para venir aqu se necesitan dos cosas: caridad y estmago. Echando una mirada a lo alto del tejado, vio la Delfina que por encima de este asomaba un tenderete en que haba muchos cueros, tripas u otros despojos, puestos a secar. De aquella regin vena, arrastrado por las ondas del aire, un olor nauseabundo. Por los desiguales tejados pasebanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas, los ojos dormilones, el pelo erizado. Otros bajaban a los corredores y se tendan al sol; pero los propiamente salvajes, vivan y aun se criaban arriba, persiguiendo el sabroso ratn de los secaderos. Pasaron junto a las dos damas figuras andrajosas, ciegos que iban dando palos en el suelo, lisiados con montera de pelo, pantaln de soldado, horribles caras. Jacinta se apretaba contra la pared para dejar paso franco. Encontraban mujeres con pauelo a la cabeza y mantn pardo, tapndose la boca con la mano envuelta en un pliegue del mismo mantn. Parecan moras; no se les vea ms que un ojo y parte de la nariz. Algunas eran agraciadas; pero la mayor parte eran flacas, plidas, tripudas y envejecidas antes de tiempo. Por los ventanuchos abiertos sala, con el olor a fritangas y el ambiente chinchoso, murmullo de conversaciones dejosas, arrastrando toscamente las slabas finales. Este modo de hablar de la tierra ha nacido en Madrid de una mixtura entre el deje andaluz, puesto de moda por los soldados, y el dejo aragons, que se asimilan todos los que quieren darse aires varoniles. Nueva barricada de chiquillos les cort el paso. Al verles, Jacinta y aun Guillermina, a pesar de su costumbre de ver cosas raras, quedronse pasmadas, y hubirales dado espanto lo que miraban, si las risas de ellos no disiparan toda impresin terrorfica. Era una manada de salvajes, compuesta de dos tagarotes como de diez y doce aos, una nia ms chica, y otros dos _chavales_, cuya edad y sexo no se poda saber. Tenan todos ellos la cara y las manos llenas de chafarrinones negros, hechos con algo que deba de ser betn o barniz japons del ms fuerte. Uno se haba pintado rayas en el rostro, otro anteojos, aqul bigotes, cejas y patillas con tan mala maa, que toda la cara pareca revuelta en heces de tintero. Los pequeuelos no parecan pertenecer a la raza humana, y con aquel maldito tizne extendido y resobado por la cara y las manos semejaban micos, diablillos o engendros infernales. Malditos seis... --grit la zancuda, cuando vio aquellas fachas horrorosas--. Pero cmo os habis puesto as, sinvergenzones, indecentes, puercos, marranos...!. --En el nombre del Padre... --exclam Guillermina persignndose--. Pero has visto...? Contemplaban ellos a las damas, mudos y con grandsima emocin, gozando ntimamente en la sorpresa y terror que sus espantables cataduras producan en aquellas seoriticas tan requetefinas. Uno de los pequeos intent echar la zarpa al abrigo de Jacinta; pero la zancuda empez a dar chillidos: Quitarvos all, desapartasos, gorrinos asquerosos... que manchis a estas seoras con esas manazas. Bendito Dios!... Si parecen canbales... No nos toquis... La culpa no tenis vosotros, sino vuestras madres, que tal os consienten... Y si no me engao, estos dos gandulones son tus hermanos, nia. Los dos aludidos, mostrando al sonrer sus dientes blancos como la leche y sus labios ms rojos que cerezas entre el negro que los rodeaba, contestaron que s con sus cabezas de salvaje. Empezaban a sentirse avergonzados y no saban por dnde tirar. En el mismo instante sali una mujeraza de la puerta ms prxima, y agarrando a una de las nias embadurnadas, le levant las enaguas y empez a darle tal solfa en salva la parte, que los castaetazos se oan desde el primer patio. No tard en aparecer otra madre furiosa, que ms que mujer pareca una loba, y la emprendi con otro de los mandingas a bofetada sucia, sin miedo a mancharse ella tambin. Canallas, cafres, cmo se han puesto!. Y al punto fueron saliendo ms madres irritadas. La que se arm! Pronto se vieron lgrimas resbalando sobre el betn, llanto que al punto se volva negro. Te voy a matar, grandsimo pillo, ladrn.... Estos son los condenados charoles que usa la se Nicanora. Pero, re--Dios!, se Nicanora, para qu deja ust que las criaturas...?. Una de las mujeres que ms alborotaban se aplac al ver a las dos damas. Era la seora de Ido del Sagrario, que tena en la cara sombrajos y manchurrones de aquel mismo betn de los caribes, y las manos enteramente negras. Turbose un poco ante la visita: Pasen las seoras... Me encuentran hecha una compasin. Guillermina y Jacinta entraron en la mansin de Ido, que se compona de una salita angosta y de dos alcobas interiores ms oprimidas y lbregas an, las cuales daban el _quin vive_ al que a ellas se asomaba. No faltaban all la cmoda y la lmina del Cristo del _Gran Poder_, ni las fotografas descoloridas de individuos de la familia y de nios muertos. La cocina era un cubil fro donde haba mucha ceniza, pucheros volcados, tinajas rotas y el artesn de lavar lleno de trapos secos y de polvo. En la salita, los ladrillos tecleaban bajo los pies. Las paredes eran como de carbonera, y en ciertos puntos haban recibido bofetadas de cal, por lo que resultaba un claro-oscuro muy fantstico. Creerase que andaban espectros por all, o al menos sombras de linterna mgica. El sof de Vitoria era uno de los muebles ms alarmantes que se pueden imaginar. No haba ms que verle para comprender que no responda de la seguridad de quien en l se sentase. Las dos o tres sillas eran tambin muy sospechosas. La que pareca mejor, seguramente la pegaba. Vio Jacinta, salteados por aquellos fantsticos muros, carteles de publicaciones ilustradas, de librillos de papel de fumar y cartones de almanaques americanos que ya no tenan hojas. Eran aos muertos. Pero lo que mayormente excit la curiosidad de ambas seoras fue un gran tablero que en el centro de la estancia haba, cogindola casi toda; una mesa armada sobre bancos como la que usan los papelistas, y encima de ella grandes paquetes o manos de pliegos de papel fino de escribir. A un extremo los cuadernillos apilados formaban compactas resmas blancas; a otro las mismas resmas ya con bordes negros, convertidas en papel de luto. Ido extenda sobre el tablero los pliegos de papel abiertos. Una muchacha, que deba de ser Rosita, contaba los pliegos ya enlutados y formaba los cuadernillos. Nicanora pidi permiso a las seoras para seguir trabajando. Era una mujer ms envejecida que vieja, y bien se conoca que nunca haba sido hermosa. Debi de tener en otro tiempo buenas carnes, pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras como un zurrn vaco. All, valga la verdad, no se saba lo que era pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Si algo expresaba era un genio muy malo y un carcter de vinagre; pero en esto engaaba aquel rostro como otros muchos que hacen creer lo que no es. Era Nicanora una infeliz mujer, de ms bondad que entendimiento, probada en las luchas de la vida, que haba sido para ella una batalla sin victorias ni respiro alguno. Ya no se defenda ms que con la paciencia, y de tanto mirarle la cara a la adversidad deba de provenirle aquel alargamiento de morros que la afeaba considerablemente. La _Venus de Mdicis_ tena los prpados enfermos, rojos y siempre hmedos, privados de pestaas, por lo cual decan de ella que _con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre_. Jacinta no saba a quin compadecer ms, si a Nicanora por ser como era, o a su marido por creerla Venus cuando se _electrizaba_. Ido estaba muy cohibido delante de las dos damas. Como la silla en que doa Guillermina se sent empezase a exhalar ciertos quejidos y a hacer desperezos, anunciando quizs que se iba a deshacer, D. Jos sali corriendo a traer una de la vecindad. Rosita era graciosa, pero desmedrada y clortica, de color de marfil. Llamaba la atencin su peinado en sortijillas, batido, engomado y puesto con muchsimo aquel. Pero qu hace usted, mujer, con esa pintura? pregunt Guillermina a Nicanora. _--Soy lutera_. --Somos _luteranos_--dijo Ido sonriendo, muy satisfecho por tener ocasin de soltar aquel chiste que era viejo y haba sido soltado sin nmero de veces. --Qu dice este hombre! --exclam la fundadora horrorizada. --Cllate t y no disparates--replic Nicanora--. Yo soy _lutera_, vamos al decir, pinto papel de luto. Cuando no tengo otro trabajo, me traigo a casa unas cuantas resmas, y las enluto mismamente como las seoras ven. El almacenista paga un real por resma. Yo pongo el tinte, y trabajando todo el da, me quedan seis o siete reales. Pero los tiempos estn malos, y hay poco papel que teir. Todas las luteras estn paradas, seora... porque, naturalmente, o se muere poca gente, o no les echan papeletas... Hombre--dijo a su marido, hacindole estremecer--, qu haces ah con la boca abierta? _Desmiente_. Ido, que estaba oyendo a su mujer, como se oye a un orador brillante, despert de su xtasis y se puso a _desmentir_. Llaman as al acto de colocar los pliegos de papel unos sobre otros, escalonados, dejando descubierta en todos una fajita igual, que es lo que se tie. Como Jacinta observaba atentamente el trabajo de D. Jos, este se esmer en hacerlo con desusada perfeccin y ligereza. Daba gusto ver aquellos bordes, que por lo iguales parecan hechos a comps. Rosita apilaba pliegos y resmas sin decir una palabra. Nicanora hizo a Jacinta, mirando a su marido, una sea que quera decir: Hoy est bueno. Despus empez a pasar rpidamente la brocha sobre el papel, como se hace con los estarcidos. --Y las suscriciones de entregas --pregunt Guillermina--, dan algo que comer? Ido abri la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta pregunta; pero su mujer tom rpidamente la palabra, quedndose l un buen rato con la boca abierta. --Las suscripciones--declar la _Venus de Mdicis_--, son una calamidad. Aqu Jos tiene poca suerte... es muy honrado y le engaa cualisquiera. El pblico es cosa mala, seoras, y suscritor hay que no paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdi _aqu_ (este aqu era D. Jos) un billete de cuatrocientos reales, el encargado de las obras se lo va cobrando, descontndole de las primas que le tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se apaa se lo birla el casero. Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvi a levantar los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si hubiera sido un delito. Pues lo primero que tienen ustedes que hacer--indic la Pacheco--, es poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su nia pequea. --No los mando, porque me da vergenza de que salgan a la calle con tanto pingajo. --No importa. Adems, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa para los muchachos. Y el mayor, gana algo? --Me gana cinco reales en una imprenta. Pero no tiene formalidad. Cuando le parece deja el trabajo, y se va a las becerradas de Getafe o de Legans, y no parece en tres das. Quiere ser torero y nos trae crucificados. Se va al matadero por las tardes, cuando degellan, y en casa, dormido, habla de que si puso las banderillas a _porta-gayola_... --Y usted--pregunt Jacinta a Rosita--, en qu se ocupa? Rosita se puso muy encarnada. Iba a contestar; pero su madre, que llevaba la palabra por toda la familia, respondi: Es peinadora... Est aprendiendo con una vecina maestra. Ya tiene algunas parroquianas. Pero no le pagan, naturalmente... Es una sosona, y como no le pongan los cuartos en la mano, no hay de qu. Yo le digo que no sea _panoli_ y que tenga genio; pero... ya usted la ve. Como su padre, que el da que no le engaa uno le engaan dos. Guillermina, despus de sacar varios bonos, como billetes de teatro, y dar a la infeliz familia los que necesitaba para proveerse de garbanzos, pan y carne por media semana, dijo que se marchaba. Pero Jacinta no se conform con salir tan pronto. Haba ido all con determinado fin, y por nada del mundo se retirara sin intentar al menos realizarlo. Varias veces tuvo la palabra en la boca para hacer una pregunta a D. Jos, y este la miraba como diciendo: estoy rabiando porque me pregunte usted por el _Pituso_. Por fin, decidiose la dama a romper el silencio sobre punto tan capital, y levantndose dio algunos pasos hacia donde Ido estaba. Este no necesit ms que verla venir; y saliendo rpidamente del cuarto, volvi al poco con una criatura de la mano. --iii-- El Dulce Nombre!... exclam la Pacheco viendo entrar aquel adefesio, y todos los dems lanzaron una exclamacin parecida al mirar al nio, con la cara tan completamente pintada de negro que no se vea el color de su carne por parte alguna. Sus manos chorreaban betn, y en el traje se haban limpiado las suyas asquerossimas los otros muchachos. El _Pitusn_ tena el cabello negro. Sus labios rojos sobre aquel chapapote superaban al coral ms puro. Los dientecillos le brillaban cual si fueran de cristal. La lengua que sacaba, por tener la creencia de que todo negrito, para ser tal negrito, debe estirar la lengua todo lo ms posible, pareca una hoja de rosa. Qu horror!... Ah!, tunantes... Bendito Dios!, cmo le han puesto!... Anda, que apaado ests!.... Las vecinas se enracimaban en las puertas riendo y alborotando. Jacinta estaba atnita y apenada. Pasronle por la mente ideas extraas; la mancha del pecado era tal, que aun a la misma inocencia extenda su sombra; y el maldito se rea detrs de su infernal careta, gozoso de ver que todos se ocupaban de l, aunque fuera para escarnecerle. Nicarona dej sus pinturas para correr detrs de los bergantes y de la zancuda, que tambin deba de tener alguna parte en aquel desaguisado. La osada del negrito no conoca lmites, y extendi sus manos pringadas hacia aquella seora tan maja que le miraba tanto. Quita all, demonio... quita all esas manos le gritaron. Viendo que no le dejaban tocar a nadie, y que su facha causaba risa, el chico daba patadas en medio del corro, sacando la lengua y presentando sus diez dedos como garras. De este modo tena, a su parecer, el aspecto de un bicho muy malo que se coma a la gente, o por lo menos que se la quera comer. Oyose el pie de paliza que Nicarona, hecha una veneno, estaba dando a sus hijos, y el gemir de ellos. El _Pituso_ empez a cansarse pronto de su papel de mico, porque eso de no poder pegarse a nadie tena poca gracia. Lo mejor que poda hacer en su situacin desairada, era meterse los dedos en la boca; pero saba tan mal aquel endiablo potaje negro, que pronto los hubo de retirar. Ser veneno eso? --observ Jacinta, alarmada--. Que lo laven, por qu no lo lavan?. --Pues ests bonito, Juann--djole Ido--. Y esta seora que te quera dar un beso! vida de tocarle, la Delfina le agarr un mechn de cabello, lo nico en que no haba pintura. Pobrecito, cmo est!.... De repente le entraron a Juann ganas de llorar. Ya no enseaba la lengua; lo que haca era dar suspiros. Pero ese Sr. Izquierdo, no est?--pregunt a Ido Jacinta llevndole aparte--. Yo tengo que hablar con l. Dnde vive?. --Seora--replic D. Jos con finura--, la puerta de su domicilio est cerrada... hermticamente, muy hermticamente. --Pues quiero verle, quiero hablar con l. --Yo lo pondr en su conocimiento--repuso el corredor de obras, que gustaba de emplear formas burocrticas cuando la ocasin lo peda. --Ea, vmonos, que es tarde --dijo impaciente Guillermina--. Otro da volveremos. --S, volveremos... Pero que lo laven... pobre nio! Debe de estar en un martirio horrible con ese emplasto en la cara. Di, tontn, quieres que te laven? El _Pituso_ dijo que s con la cabeza. Su afliccin creca, y poco le faltaba para romper a llorar. Todas las vecinas reconocieron la necesidad de lavarle; pero unas no tenan agua y otras no queran gastarla en tal objeto. Por fin una mujer agitanada y con faldas de percal rameado, el talle muy bajo, un pauelo cado por los hombros, el pelo lacio y la tez crasa y de color de _terra-cotta_, se pareci por all de repente, y quiso dar una leccin a las vecinas delante de las seoras, diciendo que ella tena agua de sobra para _despercudir_ y _chovelar_ a aquel ngel. Se le llevaron en burlesca procesin, l delante, aislado por su propio tizne, y ya con la dignidad tan por los suelos, que empezaba a dar _jipos_; los chicos detrs haciendo una bulla infernal, y la tarasca aquella del moo lacio amenazndolos con _endiarles_ si no se quitaban de en medio. Desapareci la comparsa por una puerqusima y angosta escalera que del ngulo del corredor parta. Jacinta hubiera querido subir tambin; pero Guillermina la sofocaba con sus prisas. Hija, sabes t la hora que es?. S, nos iremos... Lo que es por m, ya estamos andando deca la otra sin moverse del corredor, mirando a la techumbre, en la cual no vea otra cosa que el horrible tinglado donde colgaban los cueros puestos a secar. Entre tanto, la fundadora, a pesar de su mucha prisa, entablaba una rpida conversacin con D. Jos. No tiene usted ya nada que hacer en casa?. --Absolutamente nada, seora. Ya estn _desmentidas_ las ltimas resmas. Pensaba yo ahora irme a dar una vuelta y a tomar el aire. --Le conviene a usted el ejercicio... perfectamente. Pues oiga usted, al mismo tiempo que se orea un poco, me va a hacer un servicio. --Estoy a disposicin de la seora. --Se sale usted a la Ronda... tira usted para abajo, dejando a la izquierda la fbrica del gas. Entiende usted?... Sabe usted la estacin de las Pulgas? Bueno, pues antes de llegar a ella hay una casa en construccin... Est concluida la obra de fbrica y ahora estn armando una chimenea muy larga, porque va a ser _sierra mecnica_... Se va usted enterando? No tiene prdida. Pues entra usted y pregunta por el guarda de la obra, que se llama Pacheco... lo mismito que yo. Usted le dice: Vengo por los ladrillos de doa Guillermina. Ido repiti, como los chicos que aprenden una leccin: Vengo por los ladrillos, etc.... --El dueo de esa fbrica me ha dado unos setenta ladrillos, lo nico que le sobra... poca cosa, pero a m todo me sirve... Bueno; coge usted los ladrillos y me los lleva a la obra... son para mi obra. --A la obra?... Qu obra? --Hombre, en Chamber... mi asilo... Est usted lelo? --Ah! perdone la seora... cuando o la obra, cre al pronto que era una obra literaria. --Si no puede usted de un viaje, emplee dos. --O tres, o cuatro... tantsimo gusto en ello... Si necesario fuese, naturalmente, tantos viajes como ladrillos... --Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo... Me lo han dado ayer en una casa, y lo reservo para los amigos que me ayudan... Con que lo har usted? Hoy por ti y maana por m. Vaya, abur, abur. Ido y su mujer se deshacan en cumplidos y fueron escoltando a las seoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas un simn para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo que la fundadora le haba hecho. No era una misin _delicada_ ciertamente, como l deseara; pero el principio de caridad que entraaba aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la satisfaccin de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y provena su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en que le llev aparte, le haba dado un duro. No puso l la moneda en el bolsillo de su chaleco, donde la habra descubierto Nicanora, sino en la cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para abrigarse la boca del estmago. Porque conviene fijar bien las cosas... aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famlicas del resto de la familia, era exclusivamente para l. Tal haba sido la intencin de la seorita, y D. Jos habra credo ofender a su bienhechora interpretndola de otro modo. Guardara, pues, su tesoro, y se valdra de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de las uas de Nicanora... porque si esta lo descubra, Santo Cristo de los Guardias...! Pas la noche en grandsima intranquilidad. Tema que su mujer descubriese con ojo perspicaz el matute que l encerraba en su cintura. La maldita pareca que ola la plata. Por eso estaba tan azorado y no se daba por seguro en ninguna posicin, creyendo que al travs de la ropa se le iba a ver la moneda. Durante la cena estuvieron todos muy alegres; tiempo haca que no haban cenado tan bien. Pero al acostarse volvi Ido a ser atormentado por sus temores, y no tuvo ms remedio que estar toda la noche hecho un ovillo, con las manos cruzadas en la cintura, porque si en una de las revueltas que ambos daban sobre los accidentados jergones la mano de su mujer llegaba a tocar el duro, se lo quitaba, tan fijo como tres y dos son cinco. Durmi, pues, tan mal que en realidad dorma con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su contrabando. Lo peor fue que vindole su mujer tan retortijado y hecho todo una _ese_, crey que tena el dolor espasmdico que le sola dar; y como el mejor remedio para eso eran las friegas, Nicanora le propuso drselas, y al or tal proposicin, temblronle a Ido las carnes, vindose descubierto y perdido. Ahora s que la hemos hecho buena pens. Pero su talento le sugiri la respuesta, y dijo que no tena ni pizca de dolor, sino fro, y sin ms explicaciones se volvi contra la pared, pegndose a ella como un engrudo, y hacindose el dormido. Lleg por fin el da y con l la calma al corazn de Ido, quien se acical y se lav casi toda la cara, ponindose la corbata encarnada con cierta presuncin. Eran ya las diez de la maana, porque con aquello de lavarse _bien_ se haba ido bastante tiempo. Rosita tard mucho en traer el agua, y Nicanora se haba dado la inmensa satisfaccin de ir a la compra. Todos los individuos de la familia, cuando se encontraban uno frente a otro, se echaban a rer, y el ms risueo era D. Jos, porque... si supieran!... --iv-- Echose mi hombre a la calle, y tir por la de Mira el Ro baja, cuya cuesta es tan empinada que se necesita hacer algo de volatines para no ir rodando de cabeza por aquellos pedernales. Ido la baj, casi como la bajan los chiquillos, de un aliento, y una vez en la explanada que llaman el _Mundo Nuevo_, su espritu se espaci, como pjaro lanzado a los aires. Empez a dar resoplidos, cual si quisiera meter en sus pulmones ms aire del que caba, y sacudi el cuerpo como las gallinas. El picorcillo del sol le agradaba, y la contemplacin de aquel cielo azul, de incomparable limpieza y diafanidad, daba alas a su alma voladora. Candoroso e impresionable, D. Jos era como los nios o los poetas de verdad, y las sensaciones eran siempre en l vivsimas, las imgenes de un relieve extraordinario. Todo lo vea agrandado hiperblicamente o empequeecido, segn los casos. Cuando estaba alegre, los objetos se revestan a sus ojos de maravillosa hermosura; todo le _sonrea_, segn la expresin comn que le gustaba mucho usar. En cambio cuando estaba afligido, que era lo ms frecuente, las cosas ms bellas se afeaban volvindose negras, y se cubran de un velo... parecale ms propio decir _de un sudario_. Aquel da estaba el hombre de buenas, y la excitacin de la dicha hacale ms nio y ms poeta que otras veces. Por eso el campo del _Mundo Nuevo_, que es el sitio ms desamparado y ms feo del globo terrqueo, le pareci una bonita plaza. Sali a la Ronda y ech miradas de artista a una parte y otra. All la puerta de Toledo qu soberbia arquitectura! A la otra parte la fbrica del gas... oh prodigios de la industria!... Luego el cielo esplndido y aquellos lejos de Carabanchel, perdindose en la inmensidad, con remedos y aun con murmullos de Ocano... sublimidades de la Naturaleza!... Andando, andando, le entr de improviso un celo tan vehemente por la instruccin pblica, que le falt poco para caerse de espaldas ante los estlidos letreros que vea por todas partes. _No se premite tender rropa, y ni clabar clabos_, deca en una pared, y D. Jos exclam: Vaya una barbaridad!... Ignorantes!... emplear dos conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, no veis que la primera, naturalmente, junta las voces o clusulas en concepto afirmativo y la segunda en concepto negativo?... Y que no tenga qu comer un hombre que podra ensear la Gramtica a todo Madrid y corregir estos delitos del lenguaje!... Por qu no me haba de dar el Gobierno, vamos a ver, por qu no me haba de dar el encargo, mediante proporcionales emolumentos, de vigilar los rtulos?... Zoquetes, qu multas os pondra!... Pues tambin t ests bueno: _Se alquilan qartos_... muy bien, seor mo. Le gustan a usted tanto las _es_ que se las come con arroz? Ah!, si el Gobierno me nombrara _ortgrafo de la va pblica_, ya verais... Vamos, otro que tal: _se proive_... Se prohbe rebuznar, digo yo. Hallbase en lo ms entretenido de aquella crtica literaria, tan propia de su oficio, cuando vio que hacia l iban tres individuos de calzn ajustado, botas de caa, chaqueta corta, gorra, el pelo echadito _palante_, caras de poca vergenza. Eran los tales tipos muy madrileos y pertenecan al gremio de los _randas_. El uno era _descuidero_, el otro _tomador_, y el tercero haca a pelo y a pluma. Ido les conoca, porque vivan en su patio, siempre que no eran inquilinos de los del Saladero, y no gustaba de tratarse con semejante gentuza. De buena gana les habra dado una puntera en salva la parte; pero no se atreva. Una cosa es reformar la ortografa pblica, y otra aplicar ciertos correctivos a la especie humana. All van los buenos das le dijeron los chulos alegremente, y a Ido se le puso la carne como la de las gallinas, porque se acord del duro y temi que se lo _garfiaran_ si entraba en parola con ellos. Pasando de largo, les dijo con mucha cortesa: Dios les guarde, caballeros... Conservarse y apret a correr. No le volvi el alma al cuerpo hasta que les hubo perdido de vista. Es preciso que me convide a algo pensaba el pendolista; y haca la crtica mental de los manjares que ms le gustaban. Cerca de la puerta de Toledo se encontr con un mielero alcarreo que paraba en su misma casa. Estaban hablando, cuando pas un pintor de panderetas, tambin vecino, y ambos le convidaron a unas copas. Vyanse al rbano, ordinariotes... pens Ido, y les dio las gracias, separndose al punto de ellos. Andando ms vio un ventorro en la acera derecha de la Ronda... Comer de fonda!. Esta idea se le clav en el cerebro. Un rato estuvo Ido del Sagrario ante el establecimiento de _El Tartera_, que as se llamaba, mirando los dos tiestos de _bnibus_ llenos de polvo, las insignias de los bolos y la rayuela, la mano negra con el dedo tieso sealando la puerta, y no se decida a obedecer la indicacin de aquel dedo. Le sentaba tan mal la carne...! Desde que la coma le entraba aquel mal tan extrao y daba en la gracia estpida de creer que Nicanora era la Venus de Mdicis. Acordose, no obstante, de que el mdico le recetaba siempre comer carne, y cuanto ms cruda mejor. De lo ms hondo de su naturaleza sala un bramido que le peda carne, carne, carne! Era una voz, un prurito irresistible, una imperiosa necesidad orgnica, como la que sienten los borrachos cuando estn privados del fuego y de la picazn del alcohol. Por fin no pudo resistir; colose dentro del ventorrillo, y tomando asiento junto a una de aquellas despintadas mesas, empez a palmotear para que viniera el mozo, que era el mismo _Tartera_, un hombre gordsimo, con chaleco de Bayona y mandil de lanilla verde rayado de negro. No lejos de donde estaba Ido haba un rescoldo dentro de enorme brasern, y encima una parrilla casi tan grande como la reja de una ventana. All se asaban las chuletas de ternera, que con la chamusquina en tan viva lumbre, despedan un olor apetitoso. Chuletas dijo D. Jos, y a punto vio entrar a un amigo, el cual le haba visto a l y por eso sin duda entraba. Hola, amigo Izquierdo... Dios le guarde. --Le vi pasar, maestro y dije, digo: A cuenta que voy a echar un espotrique con mi tocayo... Sentose sin ceremonia el tal, y poniendo los codos sobre la mesa, mir fijamente a su tocayo. O las miradas no expresaban nada, o la de aquel sujeto era un memorial pidiendo que se le convidara. Ido era tan caballero que le falt tiempo para hacer la invitacin, aadiendo una frase muy prudente. Pero, tocayo, sepa que no tengo ms que un duro... Con que no se corra mucho.... Hizo el otro un gesto tranquilizador y cuando el _Tartera_ puso el servicio, si servicio puede llamarse un par de cuchillos con mango de cuerno, servilleta sucia y salero, y pidi rdenes acerca del vino, le dijo, dice: Pardillo yo?... pa chasco... Trete de la tierra. A todo esto asinti Ido del Sagrario, y sigui contemplando a su amigo, el cual pareca un grande hombre aburrido, carcter agriado por la continuidad de las luchas humanas. Jos Izquierdo representaba cincuenta aos, y era de arrogante estatura. Pocas veces se ve una cabeza tan hermosa como la suya y una mirada tan noble y varonil. Pareca ms bien italiano que espaol, y no es maravilla que haya sido, en poca posterior al 73, en plena Restauracin, el modelo predilecto de nuestros pintores ms afanados. Me alegro de verle a usted tocayo--le dijo Ido, a punto que las chuletas eran puestas sobre la mesa--, porque tena que comunicarle cosas de importancia. Es que ayer estuvo en casa doa Jacinta, la esposa del Sr. D. Juanito Santa Cruz, y pregunt por el chico y le vio... quiero decir, no le vio porque estaba todito dado de negro... y luego dijo que dnde estaba usted, y como usted no estaba, qued en volver.... Izquierdo deba de tener hambre atrasada, porque al ver las chuletas, les ech una mirada guerrera que quera decir: Santiago y a ellas! y sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embisti con furia. Ido empez a engullir comindose grandes pedazos sin masticarlos. Durante un rato, ambos guardaron silencio. Izquierdo lo rompi dando fuerte golpe en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo: Re-hostia con la Repblica!... Vaya una porquera!. Ido asinti con una cabezada. Repoblicanos de chanfaina... pillos, buleros, piores que serviles, moderaos, piores que moderaos!--prosigui Izquierdo con fiera exaltacin--. No colocarme a m, a m, que soy el endivido que ms breg por la Repblica en esta juda tierra... Es la que se dice: cra cuervos... Ah! Seor de Martos, seor de Figueras, seor de Pi... a cuenta que ahora no conocen a este pobrete de Izquierdo, porque lo ven maltrajeao... pero antes, cuando Izquierdo tena por s las afloencias de la Inclusa y cuando Bicerra le vena a ver pal cuento de echarnos a la calle, entonces... Hostia! Hamos venido a menos. Pero si por un es caso golvisemos a ms, yo les juro a esos figurones que tendremos una _yecin_. --v-- Ido segua corroborando, aunque no haba entendido aquello de la _yecin_, ni lo entendiera nadie. Con tal palabra Izquierdo expresaba una colisin sangrienta, una marimorena o cosa as. Beba vaso tras vaso sin que su cabeza se afectase, por ser muy resistente. Porque mirost, maestro, lo que les atufa es el aquel de haber estado mi endivido en Cartagena... Y yo digo que a mucha honra, re-hostia! All estbamos los verdicos liberales. Y a cuenta que yo, tocayo, toda mi vida no he hecho ms que derramar mi sangre por la juda libertad. El 54, qu hice?, batirme en las barricadas como una presona decente. Que se lo pregunten al difunto D. Pascual Muoz el de la tienda de jierros, padre del marqus de Casa-Muoz, que era el hombre de ms afloencias en estos arrabales, y me dijo mismamente aquel da: 'Amigo Platn, vengan esos cinco'. Y aluego jui con el propio D. Pascual a Palacio, y D. Pascual subi a pleticar con la Reina, y pronto baj con aquel pap firmado por la Reina en que les daba la gran pat a los moderaos. D. Pascual me dijo que pusiera un pauelo branco en la punta de un palo y que malchara delante diciendo: 'cese er fuego, cese er fuego...'. El 56, era yo teniente de melicianos, y O'Donnell me cogi miedo, y cuando pletic a la tropa dijo: 'si no hay quien me coja a Izquierdo, no hamos hecho na'. El 66, cuando la de los artilleros, mi compare Socorro y yo estuvimos pegando tiros en la esquina de la calle de Laganitos... El 68, cuando la santsima, estuve haciendo la guardia en el Banco, pa que no robaran, y le digo ast que si por un es caso llega a paicerse por all algn randa, lo suicido... Pues tocan luego a la recompensa, y a Pucheta me le hacen guarda de la Casa de Campo, a Mochila del Pardo... y a m una pat. A cuenta que yo no pido ms que un triste destino pa portear el correo a cualsiquiera parte, y na... Voy a ver a Bicerra, y piensast que me conoce?, pa chasco!... Le digo que soy Izquierdo, por mote _Platn_, y menea la cabeza. Es la que se dice: 'no se acuerdan del judo escaln dimpus que estn parriba...'. Dimpus me cas y juimos viviendo tal cual. Pero cuando vino la juda Repblica, se me haba muerto mi Dimetria, y yo no tena que comer; me jui a ver al seor de Pi, y le dije, digo: 'Seor de Pi, aqu vengo sobre una colocacin...'. Pa chasco! A cuenta de que el hombre me deba de tener tirria, porque se remont y dijo que l no tena colocaciones. Y un judo portero me puso en la calle! Re-contra-hostia!, si viviera Calvo Asensio!, aquel s era un endivido que saba las comenencias, y el tratamiento de las personas verdicas. Vaya un amigo que me perd! Toda la Inclusa era nuestra, y en tiempo leitoral, ni Dios nos tosa, ni Dios, hostia!... Aqul s, aqul s!... A cuenta que me coga del brazo y nos entrbamos en un caf, o en la taberna a tomar una angelita... porque era muy llano y ms liberal que la Virgen Santsima. Pero estos de ahora?... es la que dice; ni liberales ni repoblicanos, ni na. Mirost a ese Pi... un mequetrefe. Y Castelar?, otro mequetrefe. Y Salmern?, otro mequetrefe. Roque Barcia?, mismamente. Luego, si es caso, vendrn a pedir que les ayudemos, pero yo...? No me pienso menear; basta de _yeciones_. Si se junde la Repblica que se junda, y si se junde el judo pueblo, que se junda tambin. Apur de nuevo el vaso, y el otro Jos admiraba igualmente su facundia y su receptividad de bebedor. Izquierdo solt luego una risa sarcstica, prosiguiendo as: Dicen que les van a traer a Alifonso... Pa chasco! Por m que lo traigan. A cuenta que es como si verdicamente trajeran al Terso. Es la que se dice: pa m lo mismo es blanco que negro. igame lo bueno: El ao pasado, estando en Alcoy, los carcas me jonjabaron. Me corr a la partida de Callosa de Ensarri y tir montn de tiros a la Guardia Cevil. Qu _yecin_! Salta por aqu, salta por all. Pero pronto me llam andana porque me haban hecho contrata de medio duro diario, y los rumbeles solutamente no paican. Yo dije: 'Jos mo, glvete liberal, que lo de carca no tercia'. Una nochecita me escurr, y del tirn me jui a Barcelona, donde la carpanta fue tan grande, maestro, que por poco doy las boques. Ay!, tocayo, si no es porque se me terci encontrarme all con mi sobrina Fortunata, no la cuento. Socorriome... es buena chica, y con los cuartos que me dio, trinqu el judo tren, y a Madriz.... --Entonces--dijo Ido, fatigado de aquel relato incoherente, y de aquel vocabulario grotesco--, recogi usted a ese precioso nio... Buscaba Ido la novela dentro de aquella grrula pgina contempornea; pero Izquierdo, como hombre de ms seso, despreciaba la novela para volver a la grave historia. Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro: 'Pero seores, nos acantonamos o no nos acantonamos?... porque si no va a haber aqu una _yecin_. Se rean de m!... pillos! Como que estaban vendidos al moderasmo!... Sabust tocayo, con qu me motejaban aquellos mequetrefes? Pues na; con que yo no s leer ni escribir: No es todo lo verdico, hostia!, porque leer ya s, aunque no del todo lo seguo que se debe. Como escribir, no escribo porque se me corre la tinta por el dedo... Bah!, es la que se dice: los escribidores, los periodiqueros, y los publicantones son los que han perdo con sus tiologas a esta juda tierra, maestro. Ido tard mucho tiempo en apoyar esto, por ser quien era; pero Izquierdo le apret el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo ms remedio que asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que slo por la violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad. Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me queran meter en el estaribel y enredarme con los guras, tom el olivo y no juimos a Cartagena. Ay, qu vida aquella! Re-hostia! A m me queran hacer menistro de la Gubernacin; pero dije que nones. No me gustan suponeres. A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma. Y entonces, que quieras que no, me ensalzaron a tiniente de navo, y estaba mismamente a las rdenes del general Contreras, que me trataba de t. Ay qu hombre y qu buen avo el suyo! Pareca verdicamente el gran turco con su gorro colorao. Aquello era una gloria. Alicante, guilas! Pelotazo va, pelotazo viene. Si por un es caso nos dejan, tocayo, nos comemos el santsimo mundo y lo acantonamos toto... Orn! Ay qu mala sombra tiene Orn y aquel judo _vu_ de los franceses que no hay cristiano que lo pase!... Me najo de all, gelvo a mi Espaita, entro en Madriz mu callato, tan fresco... a m qu?... y me presento a estos tilogos, mequetrefes y les digo: 'Aqu me tenis, aqu tenis a la personalid del endivido verdico que se pas la santsima vida peleando como un gato tripa arriba por las judas libertades... Matarme, hostia, matarme; a cuenta que no me queris colocar...'. Ust me hizo caso? Pues ellos tampoco. Espotrica que te espotricars en las Cortes, y el santsimo pueblo que reviente. Y yo digo que es menester acantonar a Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judos ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al Dipsito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar, Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los dems, por moderaos, por moderaos.... --vi-- Dijo el _por moderaos_ hasta seis veces, subiendo gradualmente de tono, y la ltima repeticin debi de orse en el puente de Toledo. El otro Jos estaba muy aturdido con la brbara charla del grande hombre, el ms desgraciado de los hroes y el ms desconocido de los mrtires. Su mscara de misantropa y aquella displicencia de genio perseguido eran natural consecuencia de haber llegado al medio siglo sin encontrar su asiento, pues treinta aos de tentativas y de fracasos son para abatir el nimo ms entero. Izquierdo haba sido chaln, tratante en trigos, revolucionario, jefe de partidas, industrial, fabricante de velas, punto figurado en una casa de juego y dueo de una _chirlata_; haba casado dos veces con mujeres ricas, y en ninguno de estos diferentes estados y ocasiones obtuvo los favores de la voluble suerte. De una manera y otra, casado y soltero, trabajando por su cuenta y por la ajena, siempre mal, siempre mal, hostia! La vida inquieta, las sbitas apariciones y desapariciones que haca, y el haber estado en _gurapas_ algunas temporadillas rodearon de misterio su vida, dndole una reputacin deplorable. Se contaban de l horrores. Decan que haba matado a Demetria, su segunda mujer, y cometido otros nefandos crmenes, violencias y atropellos. Todo era falso. Hay que declarar que parte de su mala reputacin la deba a sus fanfarronadas y a toda aquella humareda revolucionaria que tena en la cabeza. La mayor parte de sus empresas polticas eran soadas, y slo las crean ya poqusimos oyentes, entre los cuales Ido del Sagrario era el de mayores tragaderas. Para completar su retrato, spase que no haba estado en Cartagena. De tanto pensar en el dichoso cantn, lleg sin duda a figurarse que haba estado en l, hablando por los codos de aquellas tremendas _yeciones_ y dando detalles que engaaban a muchos bobos. Lo de la partida de Callosa s parece cierto. Tambin se puede asegurar, sin temor de que ningn dato histrico pruebe lo contrario, que _Platn_ no era valiente, y que, a pesar de tanta baladronada, su reputacin de braveza empezaba a decaer como todas las glorias de fundamento inseguro. En los tiempos a que me refiero, el descrdito era tal que la propia vanidad _platnica_ estaba ya por los suelos. Principiaba a creerse una nulidad, y all en sus soliloquios desesperados, cuando le sala mal alguna de las bajezas con que se procuraba dinero, se escarneca sinceramente, dicindose: soy pior que una caballera; soy ms tonto que un cerrojo; no sirvo absolutamente para nada. El considerar que haba llegado a los cincuenta aos sin saber _plumear_ y leyendo slo a trangullones, le haca formar de su _endivido_ la idea ms desventajosa. No ocultaba su dolor por esto, y aquel da se lo expres a su tocayo con sentida ingenuidad: Es una gaita esto de no saber escribir... Hostia!, si yo supiera... Cralo: ese es el por qu de la tirria que me tiene Pi. Don Jos no le contest. Estaba doblado por la cintura, porque el digerir las dos enormes chuletas que se haba atizado, no se presentaba como un problema de fcil solucin. Izquierdo no repar que a su amigo le temblaba horriblemente el prpado, y que las carnculas del cuello y los berrugones de la cara, inyectados y turgentes, parecan prximos a reventar. Tampoco se fij en la inquietud de D. Jos, que se mova en el asiento como si este tuviese espinas; y volviendo a lamentarse de su destino, se dej decir: Porque no hacen solutamente estimacin de los verdicos hombres del mrito. Tanto mequetrefe colocao, y a nosotros, tocayo, a estos dos hombres de calid nadie les ensalza. A cuenta de ellos se lo pierden; porque usted, hostia!, sera un lince para la Destrucin pblica, y yo... yo. La vanidad de _Platn_ cay de golpe cuando ms se remontaba, y no encontrando aplicacin adecuada a su personalidad, se estrell en la conciencia de su estolidez. Yo... para tirar de un carromato--pens--. Despus dej caer la varonil y gallarda cabeza sobre el pecho y estuvo meditando un rato sobre _el por qu_ de su perra suerte. Ido permaneci completamente insensible a la lisonja que le soltara su amigo, y tena la imaginacin sumergida en sombro lago de tristezas, dudas, temores y desconfianzas. A Izquierdo le roa el pesimismo. La carga de la bebida en su estmago no tuvo poca parte en aquel desaliento horrible, durante el cual vio desfilar ante su mente los treinta aos de fracasos que formaban su historia activa... Lo ms singular fue que en su tristeza senta una dulce voz silbndole en el odo: T sirves para algo... no te amontones.... Mas no se convenca, no. Al que me dijera --pensaba--, cul es la juda cosa pa que sirve este piazo de hombre, le querra, si es caso, ms que a mi padre. Aquel desventurado era como otros muchos seres que se pasan la mayor parte de la vida fuera de su sitio, rodando, rodando, sin llegar a fijarse en la casilla que su destino les ha marcado. Algunos se mueren y no llegan nunca; Izquierdo deba llegar, a los cincuenta y un aos, al puesto que la Providencia le asignara en el mundo, y que bien podramos llamar glorioso. Un ao despus de lo que ahora se narra estaba ya aquel planeta errante, puedo dar fe de ello, en su sitio csmico. _Platn_ descubri al fin la ley de su sino, aquello para que exclusiva y _solutamente_ serva. Y tuvo sosiego y pan, fue til y desempe un gran papel, y hasta se hizo clebre y se lo disputaban y le traan en palmitas. No hay ser humano, por despreciable que parezca, que no pueda ser eminencia en algo, y aquel buscn sin suerte, despus de medio siglo de equivocaciones, ha venido a ser, por su hermossimo talante, el gran _modelo_ de la pintura histrica contempornea. Hay que ver la nobleza y arrogancia de su figura cuando me lo encasquetan una armadura fina, o ropillas y balandranes de raso, y me lo ponen _haciendo_ el duque de Ganda, al sentir la corazonada de hacerse santo, o el marqus de Bedmar ante el Consejo de Venecia, o Juan de Lanuza en el patbulo, o el gran Alba ponindoles las peras a cuarto a los flamencos. Lo ms peregrino es que aquella caballera, toda ignorancia y rudeza, tena un notable instinto de la postura, senta hondamente la facha del personaje, y saba traducirla con el gesto y la expresin de su admirable rostro. Pero en aquella sazn, todo esto era futuro y slo se presentaba a la mente embrutecida de _Platn_ como presentimiento indeciso de glorias y bienandanza. El hroe dio un suspiro, a que contest el poeta con otro suspiro ms tempestuoso. Mirando cara a cara a su amigo, Ido tosi dos o tres veces, y con una vocecilla que sonaba metlicamente, le dijo, ponindole la mano en el hombro: Usted es desgraciado porque no le hacen justicia; pero yo lo soy ms, tocayo, porque no hay mayor desdicha que el deshonor. --Repblica puerca, repblica cochina!--rebuzn _Platn_, dando en la mesa un porrazo tan recio, que todo el ventorro tembl. --Porque todo se puede conllevar--dijo Ido bajando la voz lgubremente--, menos la infidelidad conyugal. Terrible cosa es hablar de esto, querido tocayo, y que esta deshonrada boca pregone mi propia ignominia... pero hay momentos, francamente, naturalmente, en que no puede uno callar. El silencio es delito, s seor... Por qu ha de echar sobre m la sociedad esta befa, no siendo yo culpable? No soy modelo de esposos y padres de familia? Pues cundo he sido yo adltero?, cundo?... que me lo digan. De repente, y saltando cual si fuera de goma, el hombre elctrico se levant... Senta una ansiedad que le ahogaba, un furor que le pona los pelos de punta. En este excepcional desconcierto no se olvid de pagar, y dando su duro al _Tartera_, recogi la vuelta. Noble amigo--djole a Izquierdo al odo--, no me acompae usted... Estimo en lo que valen sus ofrecimientos de ayuda. Pero debo ir solo, enteramente solo, s seor; les coger _in _ _ fraganti_... Silencio...!, chis!... La ley me autoriza a hacer un escarmiento... pero horrible, tremendo... Silencio digo!. Y sali de estampa, como una saeta. Vindole correr, se rean Izquierdo y el _Tartera_. El infeliz Ido iba derecho a su camino sin reparar en ningn tropiezo. Por poco tumba a un ciego, y le volc a una mujer la cesta de los cacahuetes y piones. Atraves la Ronda, el Mundo Nuevo y entr en la calle de Mira el Ro baja, cuya cuesta se ech a pechos sin tomar aliento. Iba desatinado, gesticulando, los ojos fulminantes, el labio inferior muy echado para fuera. Sin reparar en nadie ni en nada, entr en la casa, subi las escaleras, y pasando de un corredor a otro, lleg pronto a su puerta. Estaba cerrada sin llave. Psose en acecho, el odo en el agujero de la llave, y empujando de improviso la abri con estrpito, y ech un vocerrn muy tremendo: Aduultera! Cristo!, ya le tenemos otra vez con el dichoso _dengue_...--chill Nicanora, reponindose al instante de aquel gran susto--. Pobrecito mo, hoy viene perdido.... Don Jos entr a pasos largos y marcados, con desplantes de cmico de la legua; los ojos saltndosele del casco; y repeta con un tono cavernoso la terrorfica palabra: aduultera! --Hombre de Dios--dijo la infeliz mujer, dejando a un lado el trabajo, que aquel da no era pintura, sino costura--, t has comido, verdad?... Buena la hemos hecho... Le miraba con ms lstima que enojo, y con cierta tranquilidad relativa, como se miran los males ya muy aejos y conocidos. --Fuertecillo es el ataque... Corazn, cmo ests hoy! Algn indino te ha convidado... Si le cojo... Mira, Jos, debes acostarte.... --Por Dios, pap--dijo Rosita, que haba entrado detrs de su padre--, no nos asustes... Qutate de la cabeza esas andrminas. Apartola l lejos de s con enrgico ademn, y sigui dando aquellos pasos tragicmicos sin orden ni concierto. Pareca registrar la casa; se asomaba a las ftidas alcobas, daba vueltas sobre un tacn, palpaba las paredes, miraba debajo de las sillas, revolviendo los ojos con fiereza y haciendo unos aspavientos que haran rer grandemente si la compasin no lo impidiera. La vecindad, que se diverta mucho con el _dengue_ del buen ido, empez a congregarse en el corredor. Nicanora sali a la puerta: Hoy est atroz... Si yo cogiera al lipendi que le convid a magras.... --Venga usted ac, dama infiel!--le dijo el frentico esposo, cogindola por un brazo. Hay que advertir que ni en lo ms fuerte del acceso era brutal. O porque tuviera muy poca fuerza o porque su natural blando no fuese nunca vencido de la fiebre de aquella increble desazn, ello es que sus manos apenas causaban ofensa. Nicanora le sujet por ambos brazos, y l, sacudindose y pateando, descargaba su ira con estas palabras roncas: No me lo negars ahora... Le he visto, le he visto yo. --A quin has visto, corazn?... Ah!, s, al duque. S, aqu le tengo... No me acordaba... Pcaro duque, que te quiere quitar esa recondenada prenda tuya! Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido volvi a sus mmicas, y Nicanora, sabiendo que no haba ms medio de aplacarle que dar rienda suelta a su insana mana para que el ataque pasara ms pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que all haban dejado los chicos, y empujndole por la espalda... Ya puedes escabecharnos--le dijo--, anda, anda; estamos all, en el camarn, tan agasajaditos... Fuerte, hijo; dale firme y scanos el mondongo.... Dando trompicones, entr Ido en una de las alcobas, y apoyando la rodilla en el camastro que all haba empez a dar golpes con el palillo, pronunciando torpemente estas palabras: Adlteros, expiad vuestro crimen. Los que desde el corredor le oan, reanse a todo trapo, y Nicanora arengaba al pblico diciendo: pronto se le pasar; cuanto ms fuerte, menos le dura. As, as... muertos los dos... charco de sangre... yo vengado, mi honra la... la... vadita murmuraba l dando golpes cada vez ms flojos, y al fin se desplom sobre el jergn boca abajo. Las piernas colgaban fuera, la cara se oprima contra la almohada, y en tal postura rumiaba expresiones oscuras que se apagaban resolvindose en ronquidos. Nicanora le volvi cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas dentro de la cama, manejndole como a un muerto, y le quit de la mano el palo. Arreglole las almohadas y le afloj la ropa. Haba entrado en el segundo periodo, que era el comtico, y aunque segua delirando, no mova ni un dedo, y apretaba fuertemente los prpados, temeroso de la luz. Dorma la mona de carne. Cuando la _Venus de Mdicis_ sali del cubil, vio que entre las personas que miraban por la ventana, estaba Jacinta, acompaada de su doncella. --vii-- Haba presenciado parte de la escena y estaba aterrada. Ya le pas lo peor--dijo Nicanora saliendo a recibirla--. Ataque muy fuerte... Pero no hace dao. Pobre ngel! Se pone de esta conformidad cuando come. --Cosa ms rara! --expres Jacinta entrando. --Cuando come carne... S seora. Dice el mdico que tiene el cerebro como pasmado, porque durante mucho tiempo estuvo escribiendo cosas de mujeres malas, sin comer nada ms que las condenadas judas... La miseria, seora, esta vida de perros. Y si supiera usted qu buen hombre es!... Cuando est tranquilo no hace cosa mala ni dice una mentira... Incapaz de matar una pulga. Se estar dos aos sin probar el pan, con tal que sus hijos lo coman. Ya ve la seora si soy desgraciada. Dos aos hace que Jos empez con estas incumbencias. Se pasaba las noches en vela, sacando de su cabeza unas fbulas...!, todo tocante a damas infieles, guapetonas, que se iban de picos pardos con unos duques muy adlteros... y los maridos trinando... Qu cosas inventaba! Y por la maana las pona en limpio en papel de marquilla con una letra que daba gusto verla. Luego le dio el tifus, y se puso tan malo que estuvo _suministrado_ y creamos que se iba. San y le quedaron estas calenturas de la sesera, este _dengue_ que le da siempre que toma sustancia. Tiene temporadas, seora; a veces el ataque es muy ligero, y otras se pone tan encalabrinado que slo de pasar por delante del Matadero le baila el prpado y empieza a decir disparates. Bien dicen, seora, que la carne es uno de los enemigos del alma... Cuidado con lo que saca... Que yo me adultero, y que se la pego con un duque!... Miren que yo con esta facha... No interesaba a Jacinta aquel triste relato tanto como crea Nicanora, y viendo que esta no pona punto, tuvo la dama que ponerlo. Perdone usted--dijo dulcificando su acento todo lo posible--, pero dispongo de poco tiempo. Quisiera hablar con ese seor que llaman _Don_... Jos Izquierdo. --Para servir a vuecencia--dijo una voz en la puerta, y al mirar, encar Jacinta con la arrogantsima figura de _Platn_, quien no le pareci tan fiero como se lo haban pintado. Djole la Delfina que deseaba hablarle, y l la invit con toda la cortesa de que era capaz a pasar a su habitacin. Ama y criada se pusieron en marcha hacia el 17, que era la vivienda de Izquierdo. En dnde est el _Pituso_? pregunt Jacinta a mitad del camino. Izquierdo mir al patio donde jugaban varios chicos, y no vindole por ninguna parte, solt un gruido. Cerca del 17, en uno de los ngulos del corredor haba un grupo de cinco o seis personas entre grandes y chicos, en el centro del cual estaba un nio como de diez aos, ciego, sentado en una banqueta y tocando la guitarra. Su brazo era muy pequeo para alcanzar el extremo del mango. Tocaba al revs, pisando las cuerdas con la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las rodillas, boca y cuerdas hacia arriba. La mano pequea y bonita del ceguezuelo hera con gracia las cuerdas, sacando de ellas arpegios dulcsimos y esos punteados graves que tan bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe. La cabeza del msico oscilaba como la de esos muecos que tienen por pescuezo una espiral de acero, y revolva de un lado para otro los globos muertos de sus ojos cuajados, sin descansar un punto. Despus de mucho y mucho puntear y rasguear, rompi con chillona voz el canto: _A Pepa la gitani... i... i..._ Aquel _iiii_ no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo como una rbrica trazada con el sonido. Ya les faltaba el aliento a los oyentes cuando el ciego se determin a posarse en el final de la frase: _lla-cuando la pari su madre..._ Expectacin, mientras el msico echaba de lo hondo del pecho unos ayes y gruidos como de un perrillo al que le estn pellizcando el rabo. _Ay, ay, ay!_... Por fin concluy: _slo para las narices_ _le dieron siete calambres._ Risas, algazara, pataleos... Junto al nio cantor haba otro ciego, viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y el cuerpo envuelto en capa parda con ms remiendos que tela. Su risilla de suficiencia le denunciaba como autor de la celebrada estrofa. Era tambin maestro, padre quizs, del ciego chico y le estaba enseando el oficio. Jacinta ech un vistazo a todo aquel conjunto, y entre las respetables personas que formaban el corro, distingui una cuya presencia la hizo estremecer. Era el _Pituso_, que asomando por entre el ciego grande y el chico, atenda con toda su alma a la msica, puesta una mano en la cintura y la otra en la boca. Ah est dijo al Sr. Izquierdo, que al punto le sac del grupo para llevarle consigo. Lo ms particular fue que si cuando la fisonoma del _Pituso_ estaba embadurnada crey Jacinta advertir en ella un gran parecido con Juanito Santa Cruz, al mirarla en su natural ser, aunque no efectivamente limpia, el parecido se haba desvanecido. No se parece pensaba entre alegre y desalentada, cuando Izquierdo le seal la puerta para que entrase. Cuentan Jacinta y su criada que al verse dentro de la reducida, inmunda y desamparada celda, y al observar que el llamado _Platn_ cerraba la puerta, les entr un miedo tan grande que a entrambas se les ocurri salir a la ventanilla a pedir socorro. Mir la seora de soslayo a la criada, por ver si esta mostraba entereza de nimo; pero Rafaela estaba ms muerta que viva. Este bandido--pens Jacinta--, nos va a retorcer el pescuezo sin dejarnos chistar. Algo se tranquilizaba oyendo muy cerca el guitarreo y el rum rum de la multitud que rodeaba a los dos ciegos. Izquierdo les ofreci las dos sillas que en la estancia haba, y l se sent sobre un bal, poniendo al _Pituso_ sobre sus rodillas. Rafaela cuenta que en aquel momento se le ocurri un plan infalible para defenderse del monstruo, si por acaso las atacaba. Desde el punto en que le viera hacer un ademn hostil, ella se le colgara de las barbas. Si en el mismo instante y muy de sopetn su seorita tena la destreza suficiente para coger un asador que muy cerca de su mano estaba y metrselo por los ojos, la cosa era hecha. No haba all ms muebles que las dos sillas y el bal. Ni cmoda, ni cama, ni nada. En la oscura alcoba deba de haber algn camastro. De la pared colgaba una grande y hermosa lmina detrs de cuyo cristal se vean dos trenzas negras de pelo, hermossimas, enroscadas al modo de culebras, y entre ellas una cinta de seda con este letrero: _Hija ma!_ De quin es ese pelo? pregunt Jacinta vivamente, y la curiosidad le alivi por un instante el miedo. --De la hija de mi mujer --replic _Platn_ con gravedad, echando una mirada de desdn al cuadro de las trenzas. --Yo cre que eran de... --balbuci la dama sin atreverse a acabar la frase--. Y la joven a quien perteneca ese pelo, dnde est? --En el cementerio--gru Izquierdo con acento ms propio de bestia que de hombre. Jacinta examin al _Pituso_ chico y... cosa rara, volvi a advertir parecido con el gran _Pituso_. Le mir ms, y mientras ms le miraba ms semejanza. Santo Dios! Llamole, y el seor Izquierdo dijo al nio con cierta aspereza atenuada que en l poda pasar por dulzura: Anda, piojn, y da un beso a esta seora. El nene, en pie, se resista a dar un paso hacia adelante. Estaba como asustado y clavaba en la seora las estrellas de sus ojos. Jacinta haba visto ojos lindos, pero como aquellos no los haba visto nunca. Eran como los del Nio Dios pintado por Murillo. Ven, ven le dijo llamndole con ese movimiento de las dos manos que haba aprendido de las madres. Y l tan serio, con las mejillas encendidas por la vergenza infantil, que tan fcilmente se resuelve en descaro. A cuenta que no es corto de genio; pero se espanta de las personas finas dijo Izquierdo empujndole hasta que Jacinta pudo cogerle. --Si es todo un caballero formal --declar la seorita dndole un beso en su cara sucia que an ola a la endiablada pintura--. Cmo ests hoy tan serio y ayer te reas tanto y me enseabas tu lengecita? Estas palabras rompieron el sello a la seriedad de Juann, porque lo mismo fue orlas que desplegar su boca en una sonrisa angelical. Riose tambin Jacinta; pero su corazn sinti como un repentino golpe, y se le nublaron los ojos. Con la risa del gracioso chiquillo resurga de un modo extraordinario el parecido que la dama crea encontrar en l. Figurose que la raza de Santa Cruz le sala a la cara como poco antes le haba salido el carmn del rubor infantil. Es, es... pens con profunda conviccin, comindose a miradas la cara del rapazuelo. Vela en ella las facciones que amaba; pero all haba adems otras desconocidas. Entrole entonces una de aquellas rabietinas que de tarde en tarde turbaban la placidez de su alma, y sus ojos, iluminados por aquel rencorcillo, queran interpretar en el rostro inocente del nio las aborrecidas y culpables bellezas de la madre. Habl, y su metal de voz haba cambiado completamente. Sonaba de un modo semejante a los bajos de la guitarra: Seor Izquierdo, tiene usted ah por casualidad el retrato de su sobrina?. Si Izquierdo hubiera respondido que s, cmo se habra lanzado Jacinta sobre l! Pero no haba tal retrato, y ms vala as. Durante un rato estuvo la dama silenciosa, sintiendo que se le haca en la garganta el nudo aquel, sntoma infalible de las grandes penas. En tanto, el _Pituso_ adelantaba rpidamente en el camino de la confianza. Empez por tocar con los dedos tmidamente una pulsera de monedas antiguas que Jacinta llevaba, y viendo que no le rean por este desacato, sino que la seora aquella tan guapa le apretaba contra s, se decidi a examinar el imperdible, los flecos del mantn y principalmente el manguito, aquella cosa de pelos suaves con un agujero, donde se meta la mano y estaba tan calentito. Jacinta le sent sobre sus rodillas y trat de ahogar su desconsuelo, estimulando en su alma la piedad y el cario que el desvalido nio le inspiraba. Un examen rpido sobre el vestido de l le reprodujo la pena. Que el hijo de su marido estuviese con las carnecitas al aire, los pies casi desnudos...! Le pas la mano por la cabeza rizosa, haciendo voto en su noble conciencia de querer al hijo de otra como si fuera suyo. El rapaz fijaba su atencin de salvaje en los guantes de la seora. No tena l ni idea remota de que existieran aquellas manos de mentira, dentro de las cuales estaban las manos verdaderas. Pobrecito! --exclam con vivo dolor Jacinta, observando que el msero traje del _Pituso_ era todo agujeros. Tena un hombro al aire, y una de las nalgas estaba tambin a la intemperie. Con cunto amor pas la mano por aquellas finsimas carnes, de las cuales pens que nunca haban conocido el calor de una mano materna, y que estaban tan heladas de noche como de da! Toca, toca--dijo a la criada--; muertecito de fro. Y al Sr. Izquierdo: Pero por qu tiene usted a este pobre nio tan desabrigado?. --Soy pobre, seora --refunfu Izquierdo con la sequedad de siempre--. No me quieren colocar... por decente... Iba a seguir espetando el relato de sus cuitas polticas; pero Jacinta no le hizo caso. Juann, cuya audacia creca por momentos, atrevase ya nada menos que a posarle la mano en la cara, con muchsimo respeto, eso s. Te voy a traer unas botas muy bonitas le dijo la que quera ser madre adoptiva, echndole las palabras con un beso en su odo sucio. El muchacho levant un pie. Y qu pie! Ms vala que ningn cristiano lo viera. Era una masa de informe esparto y de trapo asqueroso, llena de lodo y con un gran agujero, por el cual asomaba la fila de deditos rosados. Bendito Dios! --exclam Rafaela rompiendo a rer--. Pero Sr. Izquierdo, tan pobre es usted que no tiene para...?. --Solutamente... --Te voy a poner ms majo...!, vers. Te voy a poner un vestido muy precioso, tu sombrero, tus botas de charol. Comprendiendo aquello, el muy tuno abra cada ojo...! De todas las flaquezas humanas, la primera que apunta en el nio, anunciando el hombre, es la presuncin. Juann entendi que le iban a poner guapo y solt una carcajada. Pero las ideas y las sensaciones cambian rpidamente en esta edad, y de improviso el _Pituso_ dio una palmada y ech un gran suspiro. Es una manera especial que tienen los chicos de decir: Esto me aburre; de buena gana me marchara. Jacinta le retuvo a la fuerza. --Vamos a ver, Sr. de Izquierdo--dijo la dama, planteando decididamente la cuestin--. Ya s por su vecino de usted quin es la mam de este nio. Est visto que usted no lo puede criar ni educar. Yo me lo llevo. Izquierdo se prepar a la respuesta. --Dir a la seora... yo... verdicamente, le tengo ley. Le quiero, si a mano viene, como hijo... Socrrale la seora, por ser de la casta que es; colqueme a m, y yo lo criar. --No, estos tratos no me convienen. Seremos amigos; pero con la condicin de que me llevo este pobre ngel a mi casa. Para qu le quiere usted? Para que se cre en esos patios malsanos entre pilletes?... Yo le proteger a usted, qu quiere?, un destino?, una cantidad? --Si la seora--insinu Izquierdo torvamente, soltando las palabras despus de rumiarlas mucho--, me logra una cosa... --A ver qu cosa... --La seora se aboca con Castelar... que me tiene tanta tirria... o con el Sr. de Pi. --Djeme usted a m de _pi_ y de _pa_... Yo no le puedo dar a usted ningn destino. --Pues si no me dan la ministracin del Pardo, el hijo se queda aqu... hostia! --declar Izquierdo con la mayor aspereza, levantndose. Pareca responder con la exhibicin de su gallarda estatura ms que con las palabras. --La administracin del Pardo nada menos. S, para usted estaba. Hablar a mi esposo, el cual reconocer a Juann y le reclamar por la justicia, puesto que su madre le ha abandonado. Rafaela cuenta que al or esto, se desconcert un tanto _Platn_. Pero no se dio a partido, y cogiendo en brazos al nio le hizo caricias a su modo: Quin te quiere a ti, churumb?... A quin quieres t, piojn mo?. El chico le ech los brazos al cuello. Yo no le impido ni le impedir a usted que le siga queriendo, ni aun que le vea alguna vez --dijo la seora, contemplando a Juann como una tonta--. Volver maana y espero convencerle... y en cuanto a la administracin del Pardo, no crea usted que digo que no. Podra ser... no s.... Izquierdo se dulcific un poco. Nada, nada--pens Jacinta--, este hombre es un chaln. No s tratar con esta clase de gente. Maana vuelvo con Guillermina y entonces... aqu te quiero ver. Para usted--dijo luego en voz alta--, lo mejor sera una cantidad. Me parece que est la patria oprimida. Izquierdo dio un suspiro y puso al chico en el suelo. Un endivido, que se pas su santsima vida bregando porque los espaoles sean libres.... --Pero, hombre de Dios, todava les quiere usted ms libres? --No... es la que se dice... cra cuervos... Sepa ust que Bicerra, Castelar y otros mequetrefes, todo lo que son me lo deben a m. --Cosa ms particular. El ruido de la guitarra y de los cantos de los ciegos arreci considerablemente, unindose al estrpito de tambores de Navidad. Y t no tienes tambor? pregunt Jacinta al pequeuelo, que apenas oda la pregunta ya estaba diciendo que no con la cabeza. --Que barbaridad! Miren que no tener t un tambor...! Te lo voy a comprar hoy mismo, ahora mismo. Me das un beso? No se haca de rogar el _Pituso_. Empezaba a ser descarado. Jacinta sac un paquetito de caramelos, y l, con ese instinto de los golosos, se abalanz a ver lo que la seora sacaba de aquellos papeles. Cuando Jacinta le puso un caramelo dentro de la boca, Juann se rea de gusto. Cmo se dice? le pregunt Izquierdo. Intil pregunta, porque l no saba que cuando se recibe algo se dan las gracias. Jacinta le volvi a coger en brazos y a mirarle. Otra vez le pareci que el parecido se borraba. Si no sera...! Era conveniente averiguarlo y no proceder con precipitacin. Guillermina se encargara de esto. De repente el muy pillo la mir, y sacndose el caramelo de la boca, se lo ofreci para que chupase ella. No, tonto, si tengo ms. Despus, viendo que su galantera no era estimada, le ense la lengua. Grandsimo tuno, me haces burla, a m!.... Y l, entusiasmndose, volvi a sacar la lengua, y habl por primera vez en aquella conferencia, diciendo muy claro: Putona. Ama y criada rompieron a rer, y Juann lanz una carcajada graciossima, repitiendo la expresin, y dando palmadas como para aplaudirse. --Qu cosas le ensea usted!... --Vaya, hijo, no digas exprisiones... --Me quieres?--le dijo la Delfina apretndole contra s. El chico clav sus ojos en Izquierdo. Dile que s pero a cuenta que no te vas con ella... sabes?... que no te vas con ella, porque quieres ms a tu pap Pepe, piojn..., y que a tu pap le tien que dar la ministracin. Volvi el brbaro a cogerle, y Jacinta se despidi, haciendo propsito firme de volver con el refuerzo de su amiga. Adis, adis, Juann. Hasta maana; y le bes la mano, pues la cara era imposible por tenerla toda untada de caramelo. --Adis, rico--dijo Rafaela pellizcndole los dedos de un pie que asomaban por las claraboyas del calzado. Y salieron. Izquierdo, que aunque se tena por caballera, precibase de ser caballero, sali a despedirlas a la puerta de la calle, con el pequeo en brazos. Y le mova la manecita para hacerle saludar a las dos mujeres hasta que doblaron la esquina de la calle del Bastero. --viii-- A las nueve del da siguiente ya estaban all otra vez ama y doncella, esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto despachara ciertos quehaceres que tena en la estacin de las Pulgas. Haba recibido dos vagones de sillares y obtenido del director de la Compaa del Norte que le hicieran la descarga gratis con las gras de la empresa... los pasos que tuvo que dar para esto! Pero al fin se sali con la suya, y adems quera que del transporte se encargara la misma empresa, que bastante dinero ganaba, y bien poda dar a los hurfanos desvalidos unos cuantos viajes de camiones. En cuanto entraron Jacinta y Rafaela vieron a Juann jugando en el patio. Llamronle y no quiso venir. Las miraba desde lejos, riendo, con media mano metida dentro de la boca; pero en cuanto le ensearon el tambor que le traan, como se ensean al toro, azuzndole, las banderillas que se le han de clavar, vino corriendo como exhalacin. Su contento era tal que pareca que le iba a dar una pataleta, y estaba tan inquieto, que a Jacinta le cost trabajo colgarle el tambor. Cogidos los palillos uno en cada mano, empez a dar porrazos sobre el parche, corriendo por aquellos muladares, envidiado de los dems, y sin ocuparse de otra cosa que de meter toda la bulla posible. Jacinta y Rafaela subieron. La criada llevaba un lo de cosas, ddivas que la seora traa a los menesterosos de aquella pobrsima vecindad. Las mujeres salan a sus puertas movidas de la curiosidad; empezaba el chismorreo, y poco despus, en los murmurantes corros que se formaron, circulaban noticias y comentos: A la se Nicanora le ha trado un mantn borrego, al to _Dido_ un sombrero y un chaleco de Bayona, y a Rosa le ha puesto en la mano cinco duros como cinco soles.... --A la baldada del nmero 9 le ha trado una manta de cama, y a la se Encarnacin un aquel de franela para la reuma, y al to Manjavacas un ungento en un tarro largo que lo llaman _pitofufito_... sabe, lo que le di yo a mi nia el ao pasado, lo cual no le quit de morrseme....--Ya estoy viendo a Manjavacas empeando el tarro o cambindolo por gotas de aguardiente....--O que le quiere comprar el nio a se Pepe, y que le da treinta mil duros... y le hace gobernaor....--Gobernaor de qu?.... --Paicen bobas... pues tiene que ser de las caballerizas repoblicanas.... Jacinta empezaba a impacientarse porque no llegaba su amiga, y en tanto tres o cuatro mujeres, hablando a un tiempo, le exponan sus necesidades con hiperblico estilo. Esta tena a sus dos nios descalcitos; la otra no los tena descalzos ni calzados, porque se le moran todos, y a ella le haba quedado una angustia en el pecho que decan era una _erosma_. La de ms all tena cinco hijos y vsperas, de lo que daba fe el promontorio que le alzaba las faldas media vara del suelo. No poda ir en tal estado a la Fbrica de Tabacos, por lo cual estaba pasando la familia una _crujida_ buena. El pariente de estotra no trabajaba, porque se haba cado de un andamio y haca tres meses que estaba en el catre con un tolondrn en el pecho y muchos dolores, echando sangre por la boca. Tantas y tantas lstimas opriman el corazn de Jacinta, llevando a su mente ideas muy latas sobre la extensin de la miseria humana. En el seno de la prosperidad en que ella viva, no pudo darse nunca cuenta de lo grande que es el imperio de la pobreza, y ahora vea que, por mucho que se explore, no se llega nunca a los confines de este dilatado continente. A todos les daba alientos y prometa ampararles en la medida de sus alcances, que, si bien no cortos, eran quizs insuficientes para acudir a tanta y tanta necesidad. El crculo que la rodeaba se iba estrechando, y la dama empezaba a sofocarse. Dio algunos pasos; pero de cada una de sus pisadas brotaba una compasin nueva; delante de su caridad luminosa banse levantando las desdichas humanas, y reclamando el derecho a la misericordia. Despus de visitar varias casas, saliendo de ellas con el corazn desgarrado, hallbase otra vez en el corredor, ya muy intranquila por la tardanza de su amiga, cuando sinti que le tiraban suavemente de la cachemira. Volviose y vio una nia como de cinco o seis aos, lindsima, muy limpia, con una hoja de _bnibus_ en el pelo. Seora--le dijo la nia con voz dulce y tmida, pronunciando con la ms pura correccin--, ha visto usted mi delantal?. Cogiendo por los bordes el delantal, que era de cretona azul, recin planchado y sin una mota, lo mostraba a la seorita. S... ya lo veo--dijo sta admirada de tanta gracia y coquetera--. Ests muy guapa y el delantal es... magnfico. --Lo he estrenado hoy... no lo ensuciar, porque no bajo al patio--aadi la pequea, hinchando de gozo y vanidad sus naricillas. --De quin eres? Cmo te llamas? --Adoracin. --Qu mona eres... y qu simptica! --Esta nia--dijo una de las vecinas--, es hija de una mujer muy mala que la llaman _Mauricia la Dura_. Ha vivido aqu dos veces, porque la pusieron en las _Arrecogidas_, y se escap, y ahora no se sabe dnde anda. --Pobre nia!... su mam no la quiere. --Pero tiene por mam a su ta Severiana, que la ampara como si fuera hija y la va criando. No conoce la seorita a Severiana? --He odo hablar de ella a mi amiga. --S, la seorita Guillermina la quiere mucho... Como que ella y Mauricia son hijas de la planchadora de la casa... Severiana!... Dnde est esa mujer? --En la compra--replic Adoracin. --Vaya, que eres muy seorita. La otra, que se oy llamar seorita, no caba en s de satisfaccin. Seora--dijo, encantando a Jacinta con su metal de voz argentino y su pronunciacin celestial--. Yo no me pint la cara el otro da.... --T no...!, ya lo saba. Eres muy aseada. --No, no me pint --repiti acentuando tan fuertemente el no con la cabeza, que pareca que se le rompa el pescuezo--. Esos puercachones me queran pintar, pero no me dej. Jacinta y Rafaela estaban embelesadas. No haban visto una nia tan bonita, tan modosa y que se metiera por los ojos como aquella. Daba gusto ver la limpieza de su ropa. La falda la tena remendada, pero aseadsima; los zapatos eran viejos, pero bien defendidos, y el delantal una obra maestra de pulcritud. En esto lleg la ta y madre adoptiva de Adoracin. Era guapetona, alta y garbosa, mujer de un papelista, y la inquilina ms ordenada, o si se quiere, ms pudiente de aquella colmena. Viva en una de las habitaciones mejores del primer patio y no tena hijos propios, razn ms para que Jacinta simpatizase con ella. En cuanto se vieron se comprendieron. Severiana estim en lo que valan las bondades de la dama para con la pequea; hzola entrar en su casa, y le ofreci una silla de las que llaman de Viena, mueble que en aquellos tugurios pareciole a Jacinta el colmo de la opulencia. Y mi ama doa Guillermina?--pregunt Severiana--. Ya s que viene ahora todos los das. Usted no me conoce? Mi madre fue planchadora en casa de los seores de Pacheco... all nos criamos mi hermana Mauricia y yo. --He odo hablar de ustedes a Guillermina... Severiana dej el cesto de la compra, que bien repleto traa, arroj mantn y pauelo, y no pudo resistir un impulso de vanidad. Entre las habitantes de las casas domingueras es muy comn que la que viene de la plaza con abundante compra la exponga a la admiracin y a la envidia de las vecinas. Severiana empez a sacar su repuesto, y alargando la mano lo mostraba de la puerta afuera... Vean ustedes... una brecolera... un cuartern de carne de falda... un pico de carnero con carrilladas... escarola... y por ltimo sali la gran sensacin. Severiana la ense como un trofeo, reventando de orgullo. Un conejo! clamaron media docena de voces... Hija, cmo te has corrido!.--Hija, porque se puede, y lo he sacado por siete riales. Jacinta crey que la cortesa la obligaba a lisonjear a la duea de la casa, mirando con muchsimo inters las provisiones y elogiando su bondad y baratura. Hablose luego de Adoracin, que se haba cosido a las faldas de Jacinta, y Severiana empez a referir: Esta nia es de mi hermana Mauricia... La seora meti en las Micaelas a mi hermana, pero esta se fug, encaramndose por una tapia; y ahora la estamos buscando para volverla a encerrar all. --Conozco mucho esa Orden--dijo la de Santa Cruz--, y soy muy amiga de las madres Micaelas. All la enderezarn... Crea usted que hacen milagros... --Pero si es muy mala... seora, muy mala--replic Severiana dando un suspiro--. Aqu me dej esta criatura, y no nos pesa, porque me tira el alma como si la hubiera parido... lo cual que todos los mos me han nacido muertos; y mi Juan Antonio le ha tomado tal ley a la chica, que no se puede pasar sin ella. Es una pinturera, eso s, y me enreda mucho. Como que naci y se cri entre mujeres malas, que la ensearon a fantasiar y a ponerse polvos en la cara. Cuando va por la calle, hace unos meneos con el cuerpo que... ya le digo que la deslomo, si no se le quita esa maa... Ah!, vers t, vers, bribonaza! Lo bueno que tiene es que no me empuerca la ropa y le gusta lavarse manos, brazos, hocico, y hasta el cuerpo, seora, hasta el cuerpo. Como coja un pedazo de jabn de olor, pronto da cuenta de l. Pues el peinarse? Ya me ha roto tres espejos, y un da... que creer la seora que estaba haciendo?... pues pintndose las cejas con un corcho quemado. Adoracin psose como la grana, avergonzada de las perreras que se contaban de ella. No lo har ms --dijo la dama sin hartarse de acariciar aquella cara tan tersa y tan bonita; y variando la conversacin, lo que agradeci mucho la pequea, se puso a mirar y alabar el buen arreglo de la salita. Tiene usted una casa muy mona. --Para menestrales, talcualita. Ya sabe la seorita que est a su disposicin. Es muy grande para nosotros; pero tengo aqu una amiga que vive en compaa, doa Fuensanta, viuda de un seor comandante. Mi marido es bueno como los panes de Dios. Me gana catorce riales y no tiene ningn vicio. Vivimos tan ricamente. Jacinta admir la cmoda, bruida de tanto fregoteo, y el altar que sobre ella formaban mil baratijas, y las fotografas de gente de tropa, con los pantalones pintados de rojo y los botones de amarillo. El Cristo del Gran Poder y la Virgen de la Paloma, eran all dos hermosos cuadros; haba un gran cromo con la _Numancia_, navegando en un mar de musgo, y otro cuadrito bordado con _dos corazones amantes_, hechos a estilo de dechado, unidos con una cinta. Se haca tarde, y Jacinta no tena sosiego. Por fin, saliendo al corredor, vio venir a su amiga presurosa, acalorada... No me rias, hija; no sabes cmo me han marcado esos badulaques en la estacin de las Pulgas. Que no pueden hacer nada sin orden expresa del Consejo. No han hecho caso de la tarjeta que llev, y tengo que volver esta tarde, y los sillares all muertos de risa y la obra parada... Pero en fin, vamos a nuestro asunto. En dnde est ese que se come la gente? Adis, Severiana... Ahora no me puedo entretener contigo. Luego hablaremos. Avanzaron en busca de la guarida de Izquierdo, siempre rodeadas de vecinas. Adoracin iba detrs, cogida a la falda de Jacinta, como los pajes que llevan la cola de los reyes, y delante abriendo calle, como un batidor, la zancuda, que aquel da pareca tener las canillas ms desarrolladas y las greas ms sueltas. Jacinta le haba llevado unas botas, y estaba la chica muy incomodada porque su madre no se las dejaba poner hasta el domingo. Vieron entornada la puerta del 17, y Guillermina la empuj. Grande fue su sorpresa al encarar, no con el seor _Platn_ a quien esperaba encontrar all, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de colorines, el talle muy bajo, la cara como teida de ferruje, el pelo engrasado y de un negro que azuleaba. Echose a rer aquel vestiglo, enseando unos dientes cuya blancura con la nieve se podra comparar, y dijo a las seoras que _Don_ Pepe no estaba, pero que al momentico vendra. Era la vecina del bohardilln, llamada comnmente la _gallinejera_, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de la Arganzuela. Sola prestar servicios domsticos al decadente seor de aquel domicilio, barrerle el cuarto una vez al mes, apalearle el jergn, y darle una mano de refregones al _Pituso_, cuando la porquera le pona una costra demasiado espesa en su angelical rostro. Tambin sola preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada de escarola, bien cargada de ajo y comino. No tard en venir Izquierdo, y echose fuera la estantigua aquella gitanesca, a quien Rafaela miraba con verdadero espanto, rezando mentalmente un Padre-nuestro porque se marchara pronto. Vena el brbaro dando resoplidos, cual si le rindiera la fatiga de tanto negocio como entre manos traa, y arrojando su pavero en el rincn y limpindose con un pauelo en forma de pelota el sudor de la nobilsima frente, solt este gruido: Vengo de en ca Bicerra... Usts me recibieron? Pues l tampoco... el muy soplao, el muy...! La culpa tengo yo que me rebajo a endividos tan... disinificantes. --Clmese usted, Sr. Pepe --indic Jacinta, sintindose fuerte en compaa de su amiga. Como no haba ms que dos sillas, Rafaela tuvo que sentarse en el bal y el grande hombre no comprendido quedose en pie; mas luego tom una cesta vaca que all estaba, la puso boca abajo y acomod su respetable persona en ella. --ix-- Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que no dudo en llamar memorable, cay Izquierdo en la cuenta de que tena que habrselas con un diplomtico mucho ms fuerte que l. La tal doa Guillermina, con toda su opinin de santa y su carita de Pascua, se le atravesaba. Ya estaba seguro de que le volvera tarumba con sus _tiologas_ porque aquella seora deba de ser muy nea, y l, la verdad, no saba tratar con neos. Con que Sr. Izquierdo--propuso la fundadora sonriendo--, ya sabe usted... esta amiga ma quiere recoger a ese pobre nio, que tan mal se cra al lado de usted... Son dos obras de caridad, porque a usted le socorreremos tambin, siempre que no sea muy exigente.... --Hostia, con la ta bruja esta!--dijo para s _Platn_, revolviendo las palabras con mugidos; y luego en voz alta--: Pues como dije a la seora, si la seora quiere al _Pituso_, que se aboque con Castelar... --Eso s; para que le hagan a usted ministro... Sr. Izquierdo, no nos venga usted con sandeces. Cree que somos tontas? A buena parte viene... Usted no puede desempear ningn destino, porque no sabe leer. Recibi Izquierdo tan tremendo golpe en su vanidad, que no supo qu contestar. Tomando una actitud noble, puesta la mano en el pecho, repuso: Seora, eso de no saber no es todo lo verdico... digo que no es todo lo verdico... verbi gracia: que es mentira. A cuenta que nos moteja porque semos probes. La probeza no es deshonra. --No lo es, cierto, pero s; pero tampoco es honra, estamos? Conozco pobres muy honrados; pero tambin los hay que son buenos pjaros. --Yo soy todo lo decente... estamos? --Ah!, s... Todos nos llamamos personas decentes; pero facilillo es probarlo. Vamos a ver. Cmo se ha pasado usted la vida? Vendiendo burros y caballos, despus conspirando y armando barricadas... --Y a mucha honra, y a mucha honra!... re-hostia!--grit fuera de s el chaln, levantndose encolerizado--. Vaya con las tas estas...! Jacinta daba diente con diente. Rafaela quiso salir a llamar; pero su propio temor le haba paralizado las piernas. Ja, ja, ja... nos llama _tas_...--exclam Guillermina echndose a rer cual si hubiera odo un inocente chiste--. Vaya con el excelentsimo seor... Y piensa que nos vamos a enfadar por la flor que nos echa? Quia; yo estoy muy acostumbrada a estas finuras. Peores cosas le dijeron a Cristo. --Seora... seora... no me saque la dinid; mire que me estoy aguantando... aguantando... --Ms aguantamos nosotras. --Yo soy un endivido... tal y como... --Lo que es usted, bien lo sabemos: un holgazanote y un bruto... S hombre, no me desdigo... Piensa usted que le tengo miedo? A ver; saque pronto esa navaja... --No la gasto pa mujeres... --Ni para hombres... Si creer este fantasmn que nos va a acoquinar porque tiene esa fachada... Sintese usted y no haga visajes, que eso servir para asustar a chicos, pero no a m. Adems de bruto es usted un embustero, porque ni ha estado en Cartagena ni ese es el camino, y todo lo que cuenta de las revoluciones es gana de hablar. A m me ha enterado quien le conoce a usted bien... Ah!, pobre hombre, sabe usted lo que nos inspira? Pues lstima, una lstima que no puede ponderarle, por lo grande que es... Completamente aturdido, cual si le hubieran descargado una maza sobre el cuello, Izquierdo se sent sobre la cesta, y esparci sus miradas por el suelo. Rafaela y Jacinta respiraron, pasmadas del valor de su amiga, a quien vean como una criatura sobrenatural. --Con que vamos a ver--prosigui esta guiando los ojos, como siempre que expona un asunto importante--. Nosotras nos llevamos al niito, y le damos a usted una cantidad para que se remedie... --Y qu hago yo con un triste estipendio? Cree que yo me vendo? --Ay, qu delicados estn los tiempos!... Usted, qu se ha de vender? Falta que haya quien le compre. Y esto no es compra, sino socorro. No me dir usted que no lo necesita... --En fin, pa no cansar... --replic bruscamente Jos--, si me dan la ministracin... --Una cantidad y punto concluido... --Que no me da la gana, que no me da la santsima gana! --Bueno, bueno, no grite usted tanto, que no somos sordas. Y no sea usted tan fino, que tales finuras son impropias de un seor revolucionario tan... feroz. --Usted me quema la sangre... --Con que destino, y si no no? Tijeretas han de ser. A fe que est el hombre cortadito para administrador. Sr. Izquierdo, dejemos las bromas a un lado; me da mucha lstima de usted; porque, lo digo con sinceridad, no me parece tan mala persona como cree la gente. Quiere usted que le diga la verdad? Pues usted es un infelizote que no ha tenido parte en ningn crimen ni en la invencin de la plvora. Izquierdo alz la vista del suelo y mir a Guillermina sin ningn rencor. Pareca confirmar con una mirada de sinceridad lo que la fundadora declaraba. Y lo sostengo, este hijo de Dios no es un hombre malo. Dicen por ah que usted asesin a su segunda mujer... Patraa! Dicen que usted ha robado en los caminos... Mentira! Dicen por ah que usted ha dado muchos trabucazos en las barricadas... Paparrucha!. --Parola, parola, parola --murmur Izquierdo con amargura. --Usted se ha pasado la vida luchando por el pienso y no sabiendo nunca vencer. No ha tenido arreglo... La verdad, este vendehumos es hombre de poca disposicin: no sabe nada, no trabaja, no tiene pesquis ms que para echar fanfarronadas y decir que se come los nios crudos. Mucho hablar de la Repblica y de los cantones, y el hombre no sirve ni para los oficios ms toscos... Qu tal?, me equivoco? Es este el retrato de usted, s o no?... _Platn_ no deca nada, y pas y repas su hermosa mirada por los ladrillos del piso, como si los quisiera barrer con ella. Las palabras de Guillermina resonaban en su alma con el acento de esas verdades eternas contra las cuales nada pueden las argucias humanas. Despus --aadi la santa--, el pobre hombre ha tenido que valerse de mil arbitrios no muy limpios para poder vivir, porque es preciso vivir... Hay que ser indulgente con la miseria, y otorgarle un poquitn de licencia para el mal. Durante la breve pausa que sigui a los ltimos conceptos de Guillermina, el infeliz hombre cay en su conciencia como en un pozo, y all se vio tal cual era realmente, despojado de los trapos de oropel en que su amor propio le envolva; pens lo que otras veces haba pensado, y se dijo en sustancia: Si soy un verdico mulo, un buen Juan que no sabe matar un mosquito; y esta diabla de santa tiene dentro el cuerpo al Pae Eterno. Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guios se volvan picarescos. Era una maravilla cmo le adivinaba los pensamientos. Parece mentira, pero no lo es, que despus de otra pausa solemne, dijo la Pacheco estas palabras: Porque eso de que Castelar le coloque es cosa de labios afuera. Usted mismo no lo cree ni en sueos. Lo dice por embobar a Ido y otros tontos como l... Ni qu destino le van a dar a un hombre que firma con una cruz? Usted que alardea de haber hecho tantas revoluciones y de que nos ha trado la dichosa Repblica, y de que ha fundado el cantn de Cartagena... as ha salido l!... usted que se las echa de hombre perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ah que le van a hacer archipmpano, se contentar... dgalo con franqueza, se contentar con que le den una portera.... A Izquierdo le vibr el corazn, y este movimiento del nimo fue tan claramente advertido por Guillermina, que se ech a rer, y tocndole la rodilla con la mano, repiti: No es verdad que se contentar?... Vamos, hijo mo, confiselo por la pasin y muerte de nuestro Redentor, en quien todos creemos. Los ojos del chaln se iluminaron. Se le escap una sonrisilla y dijo con viveza: Portera de ministerio?. --No, hijo, no tanto... Espaol haba de ser. Siempre picando alto y queriendo servir al Estado... Hablo de portera de casa particular. Izquierdo frunci el ceo. Lo que l quera era ponerse uniforme con galones. Volvi a sumergirse de una zambullida en su conciencia, y all dio volteretas alrededor de la portera de casa particular. l, lo dicho dicho, estaba ya harto de tanto bregar por la perra existencia. Qu mejor descanso poda apetecer que lo que le ofreca aquella _ta_, que deba de ser sobrina de la Virgen Santsima?... Porque ya empezaba a ser viejo y no estaba para muchas bromas. La oferta significaba pitanza segura, poco trabajo; y si la portera era de casa grande, el uniforme no se lo quitaba nadie... Ya tena la boca abierta para soltar un _conforme_ ms grande que la casa de que deba ser portero, cuando el amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotin, y la fanfarronera cultivada en su mente armole una gritera espantosa. Hombre perdido. Empez a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdn a una parte y otra, dijo: Una portera!... es poco. --Ya se ve... no puede olvidar que ha sido ministro de la Gobernacin, es decir, que lo quisieron nombrar... aunque me parece que se convino en que todo ello fue invencin de esa gran cabeza. Veo que entre usted y D. Jos Ido, otro que tal, podran inventar lindas novelas. Ah!, la miseria, el mal comer, cmo hacen desvariar estos pobres cerebros!... En resumidas cuentas, Sr. Izquierdo... Este se haba levantado, y ponindose a dar paseos por la habitacin con las manos en los bolsillos, expres sus magnnimos pensamientos de esta manera: Mi dinid y sinificancia no me premiten... Es la que se dice: quisiera, pero no pu ser, no pu ser. Si quieren solutamente socorrerme por que me quitan a mi piojn de mi arma, me atengo al honorario. --Alabado sea Dios! Al fin caemos en la cantidad... Jacinta vea el cielo abierto... pero este cielo se nubl cuando el brbaro desde un rincn, donde su voz haca ecos siniestros, solt estas fatdicas palabras: Ea... pues... mil duros, y trato hecho. --Mil duros!--dijo Guillermina--. La Virgen nos acompae!, ya los quisiramos para nosotros. Siempre ser un poquito menos. --No bajo ni un chavo. --A que s? Porque si usted es chaln tambin yo soy chalana. Jacinta discurra ya cmo se las compondra para juntar los mil duros, que al principio le parecieron suma muy grande, despus pequea, y as estuvo un rato apreciando con diversos criterios de cantidad la cifra. Que no rebajo ni tanto as. Lo mismo me da monea metlica que ppiros del Banco. Pero ojo al guarismo, que no rebajo na. --Eso, eso, tengamos carcter... Pues no tiene pocas pretensiones! Ni usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto ms mil duros... Vaya, quiere dos mil reales? Izquierdo hizo un gesto de desprecio. Qu, se nos enfada?... Pues nada, qudese usted con su angelito. Pues qu se ha credo el muy majadero, que nos tragbamos la bola de que el _Pituso_ es hijo del esposo de esta seora? Cmo se prueba eso?.... --Yo na tengo que ver... pues bien claro est que es pae natural--replic Izquierdo de mal talante--, pae natural del hijo de mi sobrina, verbo y gracia, Juann. --Tiene usted la partida de bautismo? --La tengo--dijo el salvaje mirando al cofre sobre el que se sentaba Rafaela. --No, no saque usted papeles, que tampoco prueban nada. En cuanto a la paternidad _natural_, como usted dice, ser o no ser. Pediremos informes a quien pueda darlos. Izquierdo se rascaba la frente, como escarbando para extraer de ella una idea. La alusin a Juanito hzole recordar sin duda cuando rod ignominiosamente por la escalera de la casa de Santa Cruz. Jacinta, en tanto, quera llegar a un arreglo ofreciendo la mitad; mas Guillermina, que le adivin en el semblante sus deseos de conciliacin, le impuso silencio, y levantndose, dijo: Seor Izquierdo; gurdese usted su _churumb_, que lo que es este timo no le ha salido. --Seora... Hostia!, yo soy un hombre de bien, y conmigo no se queda ninguna nea, estamos? --replic l con aquella rabia superficial que no pasaba de las palabras. --Es usted muy amable... Con las finuras que usted gasta no es posible que nos entendamos. Si habr usted credo que esta seora tena un gran inters en apropiarse del nio! Es un capricho, nada ms que un capricho. Esta simple se ha empeado en tener chiquillos... mana tonta, porque cuando Dios no quiere darlos, l se sabr por qu... Vio al _Pituso_, le dio lstima, le gust... pero es muy caro el animalito. En estos dos patios los dan por nada, a escoger... por nada, s, alma de Dios, y con agradecimiento encima... Qu te creas, que no hay ms que tu piojn?... Ah est esa nia preciossima que llaman Adoracin... Pues nos la llevaremos cuando queramos, porque la voluntad de Severiana es la ma... Con que abur... Qu tienes que contestar? Ya te veo venir: que el _Pituso_ es de la propia sangre de los seores de Santa Cruz. Podr ser, y podr no ser... Ahora mismo nos vamos a contarle el caso al marido de mi amiga, que es hombre de mucha influencia y se tutea con Pi y almuerza con Castelar y es hermano de leche de Salmern... l ver lo que hace. Si el nio es suyo, te lo quitar; y si no lo es, aydame a sentir. En este caso, pedazo de brbaro, ni dinero, ni portera, ni nada. Izquierdo estaba como aturdido con esta rociada de palabras vivas y contundentes. Guillermina, en aquellas grandes crisis oratorias, tuteaba a todo el mundo... Despus de empujar hacia la puerta a Jacinta y a Rafaela, volviose al desgraciado, que no acertaba a decir palabra, y echndose a rer con anglica bondad, le habl en estos trminos: Perdname que te haya tratado duramente como mereces... Yo soy as. Y no te vayas a creer que me he enfadado. Pero no quiero irme sin darte una limosna y un consejo. La limosna en esta. Toma, para ayuda de un panecillo. Alarg la mano ofrecindole dos duros, y viendo que el otro no los tomaba, psolos sobre una de las sillas. El consejo all va. T no vales absolutamente para nada. No sabes ningn oficio, ni siquiera el de pen, porque eres haragn y no te gusta cargar pesos. No sirves ni para barrendero de las calles, ni siquiera para llevar un cartel con anuncios... Y sin embargo, desventurado, no hay hechura de Dios que no tenga su _para qu_ en este taller admirable del trabajo universal; t has nacido para un gran oficio, en el cual puedes alcanzar mucha gloria y el pan de cada da. Bobalicn, no has cado en ello?... Eres tan bruto!... Pero di, no te has mirado al espejo alguna vez? No se te ha ocurrido?... Pareces lelo... Pues te lo dir: para lo que t sirves es para modelo de pintores... no entiendes? Pues ellos te ponen vestido de santo, o de caballero, o de Padre Eterno, y te sacan el retrato... porque tienes la gran figura. Cara, cuerpo, expresin, todo lo que no es del alma es en ti noble y hermoso; llevas en tu persona un tesoro, un verdadero tesoro de lneas... Vamos, apuesto a que no lo entiendes. La vanidad aument la turbacin en que el bueno de Izquierdo estaba. Presunciones de gloria le pasaron con rfagas de hoguera por la frente... Entrevi un porvenir brillante... l, retratado por los pintores!... Y eso se pagaba! Y se ganaban cuartos por vestirse, ponerse y ah!... _Platn_ se mir en el vidrio del cuadro de las trenzas; pero no se vea bien... Con que no lo olvides... Presntate en cualquier estudio, y eres un hombre. Con tu piojn a cuestas, seras el San Cristbal ms hermoso que se podra ver. Adis, adis.... -X- Ms escenas de la vida ntima --i-- Saliendo por los corredores, deca Guillermina a su amiga: Eres una inocentona... t no sabes tratar con esta gente. Djame a m, y estate tranquila, que el _Pituso_ es tuyo. Yo me entiendo. Si ese bribn te coge por su cuenta, te saca ms de lo que valen todos los chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos. Qu pensabas t ofrecerle? Diez mil reales? Pues me los das, y si lo saco por menos, la diferencia es para mi obra. Despus de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujera de los dos patios. A Juann, por ms que Jacinta y Rafaela se desojaban buscndole, no le vieron por ninguna parte. Aquel da, que era el 22, empeor el Delfn a causa de su impaciencia y por aquel afn de querer anticiparse a la naturaleza, quitndole a esta los medios de su propia reparacin. A poco de levantarse tuvo que volverse a la cama, quejndose de molestias y dolores puramente ilusorios. Su familia, que ya conoca bien sus maas, no se alarmaba, y Barbarita recetbale sin cesar sbanas y resignacin. Pas la noche intranquilo; pero se estuvo durmiendo toda la maana del 23, por lo que pudo Jacinta dar otro salto, acompaada de Rafaela, a la calle de Mira el Ro. Esta visita fue de tan poca sustancia, que la dama volvi muy triste a su casa. No vio al _Pituso_ ni al Sr. Izquierdo. Djole Severiana que Guillermina haba estado antes y echado un largo parlamento con el _endivido_, quien tena al chico montado en el hombro, ensayndose sin duda para _hacer_ el San Cristbal. Lo nico que sac Jacinta en limpio de la excursin de aquel da fue un nuevo testimonio de la popularidad que empezaba a alcanzar en aquellas casas. Hombres y mujeres la rodeaban y poco falt para que la llevaran en volandas. Oyose una voz que gritaba: viva la simpata! y le echaron coplas de gusto dudoso, pero de muy buena intencin. Los de Ido llevaban la voz cantante en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a D. Jos tan elegante, con las prendas en buen uso que Jacinta le haba dado, y su hongo casi nuevo de color caf. El primognito de los _claques_ fue objeto de una serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquiri por dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tena la especialidad de hacer el _higu_ en los Carnavales. Adoracin se pegaba a doa Jacinta desde que la vea entrar. Era como una idolatra el cario de aquella chicuela. Quedbase esttica y lela delante de la seorita, devorndola con sus ojos, y si esta le coga la cara o le daba un beso, la pobre nia temblaba de emocin y pareca que le entraba fiebre. Su manera de expresar lo que senta era dar de cabezadas contra el cuerpo de su dolo, metiendo la cabeza entre los pliegues del mantn y apretando como si quisiera abrir con ella un hueco. Ver partir a _doa_ Jacinta era quedarse Adoracin sin alma, y Severiana tena que ponerse seria para hacerla entrar en razn. Aquel da le llev la dama unas botitas muy lindas, y prometi llevarle otras prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamao de un garbanzo; ms grande todava, del tamao de una avellana. Al volver a su casa, tena la Delfina vivos deseos de saber si Guillermina haba hecho algo. Llamola por el balcn; pero la fundadora no estaba. Probablemente, segn dijo la criada, no regresara hasta la noche porque haba tenido que ir por tercera vez a la estacin de las Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque. Aquel da ocurri en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entr D. Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con la mayor naturalidad del mundo que le haba cado la lotera. Oy Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de la suerte loca no le haca mucha gracia. La Providencia no haba andado en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la lotera para nada, y aun pareca que les estorbaba un premio que, en buena lgica, deba de ser para los infelices que juegan por mejorar de fortuna. Y haba tantas personas aquel da dadas a Barrabs por no haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista grande, Madrid pareca el pas de las desilusiones, porque... cosa ms particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer que hay agraciados. Don Baldomero estaba muy sereno, y el golpe de suerte no le daba calor ni fro. Todos los aos compraba un billete entero, por rutina o vicio, quizs por obligacin, como se toma la cdula de vecindad u otro documento que acredite la condicin de espaol neto, sin que nunca sacase ms que frusleras, algn reintegro o premios muy pequeos. Aquel ao le tocaron doscientos cincuenta mil reales. Haba dado, como siempre, muchas participaciones, por lo cual los doce mil quinientos duros se repartan entre la multitud de personas de diferente posicin y fortuna; pues si algunos ricos cogan buena breva, tambin muchos pobres pellizcaban algo. Santa Cruz llev la lista al comedor, y la iba leyendo mientras coma, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba. Se le oa como se oye a los nios del Colegio de San Ildefonso que sacan y cantan los nmeros en el acto de la extraccin. _Los Chicos_ jugaron dos dcimos y se calzan cincuenta mil reales. Villalonga un dcimo: veinticinco mil. Samaniego la mitad. Pepe Samaniego apareci en la puerta a punto que D. Baldomero pregonaba su nombre y su premio, y el favorecido no pudo contener su alegra y empez a dar abrazos a todos los presentes, incluso a los criados. Eulalia Muoz, un dcimo: veinticinco mil reales. Benignita, medio dcimo: doce mil quinientos reales. Federico Ruiz, dos duros: cinco mil reales. Ahora viene toda la morralla. Deogracias, Rafaela y Blas han jugado diez reales cada uno. Les tocan mil doscientos cincuenta. El carbonero, a ver el carbonero? dijo Barbarita que se interesaba por los jugadores de la ltima escala lotrica. --El carbonero ech diez reales; Juana, nuestra insigne cocinera, veinte, el carnicero quince... A ver, a ver: Pepa la pincha cinco reales, y su hermana otros cinco. A estas les tocan seiscientos cincuenta reales. --Qu miseria! --Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmtica. Los partcipes iban llegando a la casa atrados por el olor de la noticia, que se extendi rpidamente; y la cocinera, las pinchas y otras personas de la servidumbre se atrevan a quebrantar la etiqueta, llegndose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para or cantar al seor la cifra de aquellos dineros que les caan. La seorita Jacinta fue quien primero llev los parabienes a la cocina, y la pincha perdi el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco reales le haban cado lo menos tres millones. Estupi, en cuanto supo lo que pasaba, sali como un rayo por esas calles en busca de los agraciados para darles la noticia. l fue quien dio las albricias a Samaniego, y cuando ya no hall ningn interesado, daba la gran jaqueca a todos los conocidos que encontraba. Y l no se haba sacado nada! Sobre esto habl Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que el caso requera. Hijo, el pobre Plcido est muy desconsolado. No puede disimular su pena, y eso de salir a dar la noticia es para que no le conozcamos en la cara la hiel que est tragando. --Pues hija, yo no tengo la culpa... Te acordars que estuvo con el medio duro en la mano, ofrecindolo y retirndolo, hasta que al fin su avaricia pudo ms que la ambicin, y dijo: Para lo que yo me he de sacar, ms vale que emplee mi escudito en anises.... Toma anises! --Pobrecillo!... ponlo en la lista. Don Baldomero mir a su esposa con cierta severidad. Aquella infraccin de la aritmtica parecale una cosa muy grave. Ponlo, hombre, qu ms te da? Que estn todos contentos.... Don Baldomero II se sonri con aquella bondad patriarcal tan suya, y sacando otra vez lista y lpiz, dijo en alta voz: Rossini, diez reales: le tocan mil doscientos cincuenta. Todos los presentes se apresuraron a felicitar al favorecido, quedndose l tan parado y suspenso, que crey que le tomaban el pelo. No, si yo no.... Pero Barbarita le ech unas miradas que le cortaron el hilo de su discurso. Cuando la seora miraba de aquel modo no haba ms remedio que callarse. Si habr nacido de pie este bendito Plcido--dijo D. Baldomero a su nuera--, que hasta se saca la lotera sin jugar!. --Plcido--grit Jacinta rindose con mucha gana--, es el que nos ha trado la suerte. --Pero si yo...--murmur otra vez Estupi, en cuyo espritu las nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de contrabando. --Pero tonto... cmo tendrs esa cabeza--dijo Barbarita con mucho fuego--, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la lotera. --Yo... cuando usted lo dice... En fin... la verdad, mi cabeza anda, _talmente_, as un poco ida... Se me figura que Estupi lleg a creer a pie juntillas que haba dado el escudo. Cuando yo deca que el nmero era de los ms bonitos...!--manifest D. Baldomero con orgullo--. En cuanto el lotero me lo entreg, sent la corazonada. --Como bonito...--agreg Estupi--, no hay duda que lo es. --Si tena que salir, eso bien lo vea yo--afirm Samaniego con esa conviccin que es resultado del gozo--. Tres _cuatros_ seguidos, despus un _cero_, y acabar con un _ocho_...! Tena que salir. El mismo Samaniego fue quien discurri celebrar con panderetazos y villancicos el fausto suceso, y Estupi propuso que fueran todos los agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas. Mas Barbarita prohibi todo lo que fuera barullo, y viendo entrar a Federico Ruiz, a Eulalia Muoz y a uno de los _Chicos_, Ricardo Santa Cruz mand destapar media docena de botellas de _champagne_. Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretena oyendo contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el milagro del premio de Estupi. Lo que se ri con esto no hay para qu decirlo. La prisin en que tan a disgusto estaba volvale pronto a su mal humor y ponindose muy regan deca a su mujer: Eso, eso, djame solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas. La lotera!, qu atraso tan grande! Es de las cosas que debieran suprimirse; mata el ahorro; es la Providencia de las haraganes. Con la lotera no puede haber prosperidad pblica... Qu?, te marchas otra vez. Bonita manera de cuidar a un enfermo! Y vamos a ver, qu demonios tienes t que hacer por esas calles toda la maana? A ver, explcame, quiero saberlo; porque es ya lo de todos los das. Jacinta daba sus excusas risuea y sosegada. Pero le fue preciso soltar una mentirijilla. Haba salido por la maana a comprar nacimientos, velitas de color y otras chucheras para los nios de Candelaria. Pues entonces--replic Juanito revolvindose entre las sbanas--, yo quiero que me digan para qu sirven mam y Estupi, que se pasan la vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa Cruz... A ver, que me expliquen esto.... La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aument con la llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entr diciendo a voces: Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento para mi obra... Si no, Dios y San Jos les amargarn el premio. --El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda--dijo D. Baldomero--. Consltalo con San Jos y vers cmo me da la razn. --Hereje!...--replic la dama hacindose la enfadada--, herejote... despus que chupas el dinero de la Nacin, que es el dinero de la Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres... El veinticinco por ciento y t el cincuenta por ciento... Y punto en boca. Si no, lo gastars en botica. Con que elige. --No, hija ma; por m te lo dar todo... --Pues no hars nada de ms, avariento. Se estn poniendo bien las cosas, a fe ma... El ciento de _pintn_, que estaba la semana pasada a diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el _pardo_ a diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes... Samaniego se empe en que la santa haba de tomar una copa de _Champagne_. Pero t qu has credo de m, viciosote? Yo beber esas porqueras!... Cundo cobras, maana? Pues preprate. All me tendrs como la maza de Fraga. No te dejar vivir. Poco despus Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo odo indiscreto. Ya puedes vivir tranquila--le dijo la Pacheco--. El _Pituso_ es tuyo. He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregu con aquel Iscariote. Perd la cuenta de las hostias que me ech el muy blasfemo. All me sac del cofre la partida de bautismo, un papelejo que apestaba. Este documento no prueba nada. El chico ser o no ser... quin lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, all con Dios... Todo esto me parece irregular. Lo primero debi ser hablar del caso a tu marido. Pero t buscas la sorpresita y el efecto teatral. All lo veremos... Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios y ayuda hacer entrar en razn al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para m, que bien me lo he sabido ganar... Con que maana, yo ir despus de medio da; ve t tambin con los santos cuartos. Psose Jacinta muy contenga. Haba realizado su antojo; ya tena su juguete. Aquello podra ser muy bien una niera; pero ella tena sus razones para obrar as. El plan que concibi para presentar al _Pituso_ a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pens que nada deba decir por el pronto al Delfn. Depositara su hallazgo en casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Despus dira que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella... ni una palabra referente a quin pudiera ser la mam ni menos el pap de tal mueco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondra Juan al verle. Dirale algo la voz misteriosa de la sangre? Reconocera en las facciones del pobre nio las de...? Al inters dramtico de este lance sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de tal asunto. Imaginndose lo que iba a pasar, la turbacin del infiel, el perdn suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba, producase en su alma un goce semejante al del artista que crea o compone, y tambin un poco de venganza, tal y como en alma tan noble poda producirse esta pasin. --ii-- Cuando fue al cuarto del Delfn, Barbarita le haca tomar a este un tazn de t con coac. En el comedor continuaba la bulla; pero los nimos estaban ms serenos. Ahora--dijo la mam--, han pegado la hebra con la poltica. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o trescientas cabezas; no habr paz. El marqus no est por el derramamiento de sangre, y Estupi le preguntaba por qu no haba aceptado la diputacin que le ofrecieron... Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que l no quera meterse en... --No dijo eso--salt Juanito, suspendiendo la bebida. --Que s, hijo; dijo que no quera meterse en estos... no s qu. --Que no dijo eso, mam. No alteres t tambin la verdad de los textos. --Pero hijo, si lo he odo yo. --Aunque lo hayas odo, te sostengo que no pudo decir eso... vaya. --Pues qu? --El marqus no pudo decir _meterse_... yo pongo mi cabeza a que dijo _inmiscuirse_... Si sabr yo cmo hablan las personas finas. Barbarita solt la carcajada. --Pues s... tienes razn, as, as fue... que no quera _inmiscuirse_... --Lo ves?... Jacinta. --Qu quieres, nio mimoso? --Mndale un recado a Aparisi. Que venga al momento. --Para qu? Sabes la hora que es? --En cuanto sepa el motivo, se planta aqu de un salto. --Pero a qu? --Ah es nada! Crees que va a dejar pasar eso de _inmiscuirse_? Yo quiero saber cmo se sacude esa mosca... Las dos damas celebraron aquella broma mientras le arreglaban la cama. Guillermina haba salido de la casa sin despedirse, y poco a poco se fueron marchando los dems. Antes de las doce, todo estaba en silencio, y los paps se retiraron a su habitacin, despus de encargar a Jacinta que estuviese muy a la mira para que el Delfn no se desabrigara. Este pareca dormido profundamente, y su esposa se acost sin sueo, con el nimo ms dispuesto a la centinela que al descanso. No haba transcurrido una hora, cuando Juan despert intranquilo, rompiendo a hablar de una manera algo descompuesta. Crey Jacinta que deliraba, y se incorpor en su cama; mas no era delirio, sino inquietud con algo de impertinencia. Procur calmarle con palabras cariosas; pero l no se daba a partido. Quieres que llame?.--No; es tarde, y no quiero alarmar... Es que estoy nervioso. Se me ha espantado el sueo. Ya se ve; todo el da en este pozo del aburrimiento. Las sbanas arden y mi cuerpo est fro. Jacinta se ech la bata, y corri a sentarse al borde del lecho de su marido. Pareciole que tena algo de calentura. Lo peor era que sacaba los brazos y retiraba las mantas. Temerosa de que se enfriara, apur todas las razones para sosegarle, y viendo que no poda ser, quitose la bata y se meti con l en la cama, dispuesta a pasar la noche abrigndole por fuerza como a los nios, y arrullndole para que se durmiera. Y la verdad fue que con esto se soseg un tanto, porque le gustaban los mimos, y que se molestaran por l, y que le dieran tertulia cuando estaba desvelado. Y cmo se haca el nene, cuando su mujer, con deliciosa gentileza materna, le coga entre sus brazos y le apretaba contra s para agasajarle, prestndole su propio calor! No tard Juan en aletargarse con la virtud de estos melindres. Jacinta no quitaba sus ojos de los ojos de l, observando con atencin sostenida si se dorma, si murmuraba alguna queja, si sudaba. En esta situacin oy claramente la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta del Sol con tan claro timbre, que parecan sonar dentro de la casa. En la alcoba haba una luz dulce, colada por pantalla de porcelana. Y cuando pasaba un rato largo sin que l se moviera, Jacinta se entregaba a sus reflexiones. Sacaba sus ideas de la mente, como el avaro saca las monedas, cuando nadie le ve, y se pona a contarlas y a examinarlas y a mirar si entre ellas haba alguna falsa. De repente acordbase de la jugarreta que le tena preparada a su marido, y su alma se estremeca con el placer de su pueril venganza. El _Pituso_ se le meta al instante entre ceja y ceja. Le estaba viendo! La contemplacin ideal de lo que aquellas facciones tenan de desconocido, el trasunto de las facciones de la madre, era lo que ms trastornaba a Jacinta, enturbiando su piadosa alegra. Entonces senta las cosquillas, pues no merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que sola acometerla, sintiendo adems en sus brazos cierto prurito de apretar y apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que la dominaba. Pero la verdad era que no apretaba ni pizca, por miedo de turbarle el sueo. Si crea notar que se estremeca con escalofros, apretaba s dulcemente, lindose a l para comunicarle todo el calor posible. Cuando l gema o respiraba muy fuerte, le arrullaba dndole suaves palmadas en la espalda, y por no apartar sus manos de aquella obligacin, siempre que quera saber si sudaba o no, acercaba su nariz o su mejilla a la frente de l. Seran las tres cuando el Delfn abri los ojos, despabilndose completamente, y mir a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el espacio de dos o tres narices. Qu bien me encuentro ahora!--le dijo con dulzura--. Estoy sudando; ya no tengo fro. Y t no duermes? Ah! La gran lotera es la que me ha tocada a m. T eres mi premio gordo. Qu buena eres!. --Te duele la cabeza? --No me duele nada. Estoy bien; pero me he desvelado; no tengo sueo. Si no lo tienes t tampoco, cuntame algo. A ver dime a dnde fuiste esta maana. --A contar los frailes, que se ha perdido uno. As nos deca mam cuando mis hermanas y yo le preguntbamos dnde haba ido. --Respndeme al derecho. A dnde fuiste? Jacinta se rea, porque le ocurri dar a su marido un bromazo muy chusco. Qu alegre est el tiempo! De qu te res?. --Me ro de ti... Qu curiosos son estos hombres! Virgen Mara!, todo lo quieren saber. --Claro, y tenemos derecho a ello. --No puede una salir a compras... --Dale con las tiendas. Competencia con mam y Estupi; eso no puede ser. T no has ido a compras. --Que s. --Y qu has comprado? --Tela. --Para camisas mas? Si tengo... creo que son veintisiete docenas. --Para camisas tuyas, s; pero te las hago chiquititas. --Chiquititas! --S, y tambin te estoy haciendo unos baberos muy monos. --A m, baberos a m! --S, tonto; por si se te cae la baba. --Jacinta! --Anda... y se re el muy simple. Vers qu camisas! Slo que las mangas son as... no te cabe ms que un dedo en ellas. --De veras que t?... A ver ponte seria... Si te res no creo nada. --Ves que seria me pongo?... Es que me haces rer t... Vaya, te hablar con formalidad. Estoy haciendo un ajuar. --Vamos, no quiero orte... Qu guasoncita! --Que es verdad. --Pero. --Te lo digo? Di si te lo digo. Pas un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos pareca una sola, saltando de boca a boca. --Qu pesadez!... di pronto... --Pues all va... Voy a tener un nio. --Jacinta! Qu me cuentas?... Estas cosas no son para bromas--dijo Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura. --Eh, formalidad. Si te destapas me callo. --T bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habras cantado poco... con las ganitas que t tienes! Ya se lo habras dicho hasta a los sordos. Pero di, y mam lo sabe? --No, no lo sabe nadie todava. --Pero mujer... Djame, voy a tirar de la campanilla. --Tonto... loco... estate quieto o te pego. --Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, es farsa tuya? S, te lo conozco en los ojos. --Si no te ests quieto, no te digo ms... --Bueno, pues me estar quieto... Pero responde, es presuncin tuya o...? --Es certeza. --Ests segura? Tan segura como si le estuviera viendo, y le sintiera correr por los pasillos... Es ms salado, ms pilln...!, bonito como un ngel, y tan granuja como su pap. --Ave Mara Pursima, qu precocidad! Todava no ha nacido y ya sabes que es varn, y que es tan granuja como yo. La Delfina no poda tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro, que pareca que Jacinta se rea con los labios de su marido, y que este sudaba por los poros de las sienes de su mujer. Vaya con mi seora, lo que me tena guardado! aadi con incredulidad. --Te alegras? --Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo pona en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que pap se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar un nacimiento. Pero vamos a ver, explcate, cundo ser eso? --Pronto. --Dentro de seis meses? Dentro de cinco? --Ms pronto. --Dentro de tres? --Ms prontsimo... est al caer, al caer. --Bah!... Mira, esas bromas son impertinentes. Con que fuera de cuenta? Pues nada, no se te conoce. --Porque lo disimulo. --S; para disimular ests t. Lo que haras t, con las ganas que tienes de chiquillos, sera salir para que todo el mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a _La Correspondencia_. --Pues te digo que ya no hay da seguro. Nada, hombre, cuando le veas te convencers. --Pero a quin he de ver? --Al... a tu hijito, a tu nenn de tu alma. --Te digo formalmente que me llenas de confusin, porque para chanza me parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habras tenido tan guardado hasta ahora. Comprendiendo Jacinta que no poda sostener ms tiempo el bromazo, quiso recoger vela, y le incit a que se durmiera, porque la conversacin acalorada poda hacerle dao. Tiempo hay de que hablemos de esto--le dijo--; y ya... ya te irs convenciendo. --_Geno_ --replic l con puerilidad graciosa tomando el tono de un nio a quien arrullan. --A ver si te duermes... Cierra esos ojitos. Verdad que me quieres? --Ms que a mi vida. Pero, hija de mi alma, qu fuerza tienes! Cmo aprietas! --Si me engaas te cojo y... as, as... --Ay! --Te deshago como un bizcocho. --Qu gusto! --Y ahora, a _mimir_... Este y otros trminos que se dicen a los nios les hacan rer cada vez que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a ciertas expresiones que habran sido ridculas en pleno da y delante de gente. Pasado un ratito, Juan abri los ojos, diciendo en tono de hombre: Pero de veras que vas a tener un chico?.... --_Ch_... y a _mimir_... _ro_... _ro_... Entre dientes le cantaba una cancin de adormidera, dndole palmadas en la espalda. Qu gusto ser _beb_!--murmur el Delfn--, sentirse en los brazos de la mam, recibir el calor de su aliento y...!. Pas otro rato, y Juan, despabilndose y fingiendo el lloriqueo de un tierno infante en edad de lactancia, chill as: --Mama... mama... --Qu? --Teta. Jacinta sofoc una carcajada. --_Ahola_ no... teta caca... cosa fea... Ambos se divertan con tales simplezas. Era un medio de entretener el tiempo y de expresar su cario. --Toma teta--djole Jacinta metindole un dedo en la boca; y l se lo chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas, justificadas slo por la ocasin, la noche y la dulce intimidad. --Si alguien nos oyera, cmo se reira de nosotros! --Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: qu tarde! --Di qu temprano. Ya pronto se levantar Plcido para ir a despertar al sacristn de San Gins. Qu fro tendr!... --Cunto mejor nosotros aqu, tan abrigaditos! --Me parece que de esta me duermo, vida. --Y yo tambin, corazn. Se durmieron como dos ngeles, mejilla con mejilla. ---iii-- 24 de Diciembre. Por la maana encarg Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domsticos que la contrariaron; pero la misma retencin en la casa ofreci coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le haba inspirado inquietud. Djole Barbarita que no saliera en todo aquel da, y como tena que salir forzosamente, no hubo ms remedio que revelar a su suegra el lo que entre manos traa. Pidiole perdn por no haberle confiado aquel secreto, y advirti con grandsima pena que su suegra no se entusiasmaba con la idea de poseer a Juann. Pero t sabes lo grave que es eso?... as, sin ms ni ms... un hijo llovido. Y qu pruebas hay de que sea tal hijo?... No ser que te han querido estafar? Y crees t que se parece realmente? No ser ilusin tuya?... Porque todo eso es muy vago... Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela.... La Delfina se descorazon mucho. Esperaba una explosin de jbilo en su mam poltica. Pero no fue as. Barbarita, cejijunta y preocupada, le dijo con frialdad: No s qu pensar de ti; pero en fin, tretelo y escndelo hasta ver... la cosa es muy grave. Dir a tu marido que Benigna est enferma y has ido a visitarla. Despus de esta conversacin, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien tambin confi su secreto, concertando con ella el depositar el nio all hasta que Juan y D. Baldomero lo supieran. Veremos cmo lo toman aadi dando un gran suspiro. Estaba Jacinta aquella tarde fuera de s. Vea al _Pituso_ como si lo hubiera parido, y se haba acostumbrado tanto a la idea de poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que ella. Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aqu por la calle de Toledo abajo. Llevaban plata menuda para repartir a los pobres, y algunas chucheras, entre ellas la sortija que la seorita haba prometido a Adoracin. Era una soberbia alhaja, comprada aquella maana por Rafaela en los bazares de _Liquidacin por saldo, a real y medio la pieza_, y tena un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo Regente le dejara bizco con el fulgor de sus luces. En la fabricacin de esta soberbia piedra haba sido empleado el casco ms valioso de un fondo de vaso. Apenas llegaron a los corredores del primer patio, vironse rodeadas por pelotones de mujeres y chicos, y para evitar piques y celos, Jacinta tuvo que poner algo en todas las manos. Quin coga la peseta, quin el duro o el medio duro. Algunas, como Severiana, que, dicho sea entre parntesis, tena para aquella noche una magnfica lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con un saludo afectuoso. Otros no se daban por satisfechos con lo que reciban. A todos preguntaba Jacinta que qu tenan para aquella noche. Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas; otras no haban podido traer ms que cascajo. Vio a muchas subir con el jarro de leche de almendras, que les dieran en el caf de los Naranjeros, y de casi todas las cocinas sala tufo de fritangas y el campaneo de los almireces. Este besaba el duro que la seorita le daba, y el otro tirbalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo: Aire, aire, a la plaza!. Y salan por aquellas escaleras abajo camino de la tienda. Haba quien preparaba su banquete con un _hocico con carrilleras_, una libra de _tapa del cencerro_, u otras despreciadas partes de la res vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios an peores. Los ms opulentos dbanse tono con su pedazo de turrn del que se parte con martillo, y la que haba trado una granada tena buen cuidado de que la vieran. Pero ningn habitante de aquellas regiones de miseria era tan feliz como Adoracin, ni excitaba tanto la envidia entre las amigas, pues la rica alhaja que cea su dedo y que mostraba con el puo cerrado, era fina y de ley y haba costado unos grandes dinerales. Aun las pequeas que ostentaban zapatos nuevos, debidos a la caridad de _doa_ Jacinta, los habran cambiado por aquella monstruosa y relumbrante piedra. La poseedora de ella, despus que recorri ambos corredores ensendola, se peg otra vez a la seorita, frotndose el lomo contra ella como los gatos. No me olvidar de ti, Adoracin le dijo la seorita, que con esta frase pareca anunciar que no volvera pronto. En ambos patios haba tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la voz para hacerse or. Cuando a los tamborazos se una el estrpito de las latas de petrleo, pareca que se desplomaban las frgiles casas. En los breves momentos que la tocata cesaba, oase el canto de un mirlo silbando la frase del himno de Riego, lo nico que del tal himno queda ya. En la calle de Mira del Ro tocaba un pianillo de manubrio, y en la calle del Bastero otro, armndose entre los dos una zaragata musical, como si las dos piezas se estuvieran araando en feroz pelea con las uas de sus notas. Eran una polka y un andante pattico, enzarzados como dos gatos furibundos. Esto y los tambores, y los gritos de la vieja que venda higos, y el clamor de toda aquella vecindad alborotada, y la risa de los chicos, y el ladrar de los perros pusironle a Jacinta la cabeza como una grillera. Repartidas las limosnas, fue al 17, donde ya estaba Guillermina, impaciente por su tardanza. Izquierdo y el _Pituso_ estaban tambin; el primero fingindose muy apenado de la separacin del chico. Ya la fundadora haba entregado el _triste estipendio_. Vaya, abreviemos dijo esta cogiendo al muchacho que estaba como asustado. --Quieres venirte conmigo? --_Mela pa ti_... --replic el _Pituso_ con bro, y se ech a rer, alabando su propia gracia. Las tres mujeres se rieron mucho tambin de aquella salida tan fina, e Izquierdo, rascndose la noble frente, dijo as: La seorita... a cuenta que ahora le ensear a no soltar exprisiones. --Buena falta le hace... En fin, vmonos. Juann hizo alguna resistencia; pero al fin se dej llevar, seducido con la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas para que se las comiera todas. Ya le he prometido al Sr. de Izquierdo--dijo Guillermina--, que se le procurar una colocacin, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para que vaya a ver con ella a uno de los artistas de ms fama, que est pintando ahora un magnfico _Buen Ladrn_. Vaya... qudese con Dios. Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en l era posible, y salieron. Rafaela llevaba en brazos el chico. Como a fines de Diciembre son tan cortos los das, cuando salieron de la casa ya se echaba la noche encima. El fro era intenso, penetrante y traicionero como de helada, bajo un cielo bruido, inmensamente desnudo y con las estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecan escalofros. En la calle del Bastero se insurreccion el _Pituso_. Su bellsima frente ceuda indicaba esta idea: Pero a dnde me llevan estas tas?. Empez a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento: _Pae Pepe...._ --Qu te importa a ti tu pap Pepe? Quieres un rabel? Di lo que quieres. --_Quelo citunas_ --replic alargando la jeta--. No, _citunas_ no; un pez. --Un pez?... ahora mismo--le dijo su futura mam, que estaba nerviossima, sintiendo toda aquella vibracin glacial de las estrellas dentro de su alma. En la calle de Toledo volvieron a sonar los cansados pianitos, y tambin all se engarfiaron las dos piezas, una tonadilla de la _Mascota_ y la sinfona de _Semramis_. Estuvieron batindose con ferocidad, a distancia como de treinta pasos, tirndose de los pelos, dndose dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmnica de sus propios sonidos. Al fin venci _Semramis_, que resonaba orgullosa marcando sus nobles acentos, mientras se extinguan las notas de su rival, gimiendo cada vez ms lejos, confundidas con el tumulto de la calle. rales difcil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que vena calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar prximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres algn comistrajo recin comprado; los chicos, con sus bufandas enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad prehistrica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a la casa. Las nias iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en toquillas, charlando cada una por siete. Cul llevaba una botella de vino, cul el jarrito con leche de almendra; otras salan de las tiendas de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de panderetas, dndoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran. En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando las escamas sobre los transentes, mientras un ganapn vestido con los calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta: Al vivo de hoy, al vivito!... Enorme faroln con los cristales muy limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las canastas de almejas. En las carniceras sonaban los machetazos con sorda trepidacin, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, hacan contra el mrmol del mostrador los ruidos ms extraos, notas de misteriosa alegra. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de poseer, adems de gneros exquisitos, una imaginacin exuberante, y para detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales y fantsticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirmides de barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos con cajas de mazapn, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados con escobones de dtiles. Por arriba y por abajo banderas espaolas con poticas inscripciones que decan: el _Diluvio en mazapn, o Turrn del Paraso_ _ terrenal_... Ms all _Mantecadas de Astorga bendecidas por Su Santidad Po IX_. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos ridculamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el gnero y dndolo a probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrn haba discurrido un rtulo peregrino para anonadar a sus competidores los orgullosos tenderos de establecimiento. Qu pondra? Porque decir que el gnero era muy bueno no significaba nada. Mi hombre haba clavado en el ms gordo bloque de aquel almendrado una banderita que deca: _Turrn higinico_. Con que ya lo vea el pblico... El otro turrn sera todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era _higinico_. --_Quelo_ un pez... --gru el _Pituso_ frotndose con mal humor los ojos. --Mira--le deca Rafaela--, tu mam te va a comprar un pez de dulce. --_Pae Pepe_... --repiti el chico llorando. --Quieres una pandereta?... s, una pandereta grande, que suene mucho. Las tres hacan esfuerzos para acallarle, ofrecindole cuanto haba que ofrecer. Despus de comprada la pandereta, el chico dijo que quera una naranja. Le compraron tambin naranjas. La noche avanzaba, y el trnsito se haca difcil por la acera estrecha, resbaladiza y hmeda, tropezando a cada instante con la gente que la invada. Vers, vers, qu nacimiento tan bonito!--le deca Jacinta para calmarle--Y qu nios tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de mazapn, para que te lo comas entero. --_Gande, gande!_ A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba el berrinche y se pona a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una mujer de poqusimas fuerzas, ya no poda ms. Guillermina se lo quit de los brazos, diciendo: Dmele ac... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se ha dicho.... El _Pituso_ le dio un porrazo en la cabeza. Mira que te estrello... Vers la azotaina que te vas a llevar... Y qu gordo est el tunante!, parece mentira.... --_Quelo un batn_... hostia! --Un bastn?... tambin te lo compramos, hijo, si te ests calladito... A ver, dnde encontraremos bastones ahora... --Buena falta le hace--dijo Guillermina, y de los de acebuche, que escuecen bien, para ensearle a no ser maoso. De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se dej caer fatigadsima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al _Pituso_ le deposit Guillermina sobre un voluminoso fardo que contena... mil onzas! --iv-- Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metan en las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de Banco, sujetos con un elstico. Otro contaba sobre una mesa pesetas gastadas y las coga despus con una pala como si fueran lentejas. Manejaban el _gnero_ con absoluta indiferencia, cual si los sacos de monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de estraza. A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre all con cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de llevarse algn billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le pona nerviosa. Ramn Villuendas no estaba; pero Benigna baj al momento, y lo primero que hizo fue observar atentamente la cara sucia de aquel aguinaldo que su hermana le traa. Qu, no le encuentras parecido? djole Jacinta algo picada. --La verdad, hija... no s qu te diga... --Es el vivo retrato--afirm la otra, queriendo cerrar la puerta, con una opinin absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir. --Podr ser... Guillermina se despidi rogando a los dependientes que le cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. Pero me habis de dar premio--les dijo--. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la Lonja del Almidn, donde tienen ms caridad que vosotros. En esto entr el amo de la casa, y tomando las monedas, las mir sonriendo. Son falsas... tienen hoja. --Usted s que tiene hoja --replic la santa con gracia, y los dems se rean--. Una peseta de premio por cada una. --Cmo va subiendo!... Usted nos tira al degello. --Lo que merecis, publicanos. Villuendas tom de un cercano montn dos duros y los aadi a los billetes del cambio. Vaya... para que no diga.... --Gracias... Ya saba yo que usted... --A ver, doa Guillermina, espere un ratito--aadi Ramn--. Es cierto lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la suscricin para la obra, le cuelga a San Jos un ladrillo del pescuezo para que busque cuartos? --El seor San Jos no necesita de que le colguemos nada, pues hace siempre lo que nos conviene... Con que buenas noches; ah les queda ese caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se le ablande la mugre. Ramn mir al _Pituso_. Su semblante no expresaba tampoco una conviccin muy profunda respecto al parecido. Sonrea Benigna, y si no hubiera sido por consideracin a su querida hermana, habra dicho del _Pituso_ lo que de las monedas que no sonaban bien: _Es falso_, o por lo menos, _tiene hoja_. Lo primero es que le lavemos. --No se va a dejar--indic Jacinta--. Este no ha visto nunca el agua. Vamos, arriba. Subironle, y que quieras que no, le despojaron de los pingajos que vesta y trajeron un gran barreo de agua. Jacinta mojaba sus dedos en ella diciendo con temor: estar muy fra?, estar muy caliente? Pobre ngel, qu mal rato va a pasar!. Benigna no se andaba en tantos reparos, y pataplum!, le zambull dentro, sujetndole brazos y piernas. Cristo! Los chillidos del _Pituso_ se oan desde la Plaza Mayor. Enjabonronle y restregronle sin miramiento alguno, haciendo tanto caso de sus berridos como si fueran expresiones de alegra. Slo Jacinta, ms piadosa, agitaba el agua queriendo hacerle creer que aquello era muy divertido. Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sbana de bao, Jacinta le estrech contra su seno dicindole que ahora s que estaba guapo. El calorcillo calmaba la irritacin de sus chillidos, cambindolos en sollozos, y la reaccin, junto con la limpieza, le anim la cara, tindosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la infancia al salir del agua. Le frotaban para secarle y sus brazos torneados, su fina tez y hermossimo cuerpo producan a cada instante exclamaciones de admiracin. Es un nio Jess... es una divinidad este mueco!. Despus empezaron a vestirle. Una le pona las medias, otra le entraba una camisa finsima. Al sentir la molestia del vestir volviole el mal humor, y trajronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor propio y la presuncin acallaban su displicencia. Ahora, a cenar... Tienes ganita?. El _Pituso_ abra una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la medida aproximada de su gana de comer. Ay, qu ganitas tiene el nio! Vers... Vas a comer cosas ricas.... --Patata!--grit con ardor famlico. --Qu patatas, hombre? Mazapn, sopa de almendra... --Patata, hostia! --repiti l pataleando. --Bueno, patatitas, todo lo que t quieras. Ya estaba vestido. La buena ropa le caa tan bien que pareca haberla usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los nios de Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenan su nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, despus pareca que se alegraban; por fin determinronse los sentimientos de recelo y suspicacia. La familia menuda de aquella casa se compona de cinco cabezas, dos nias grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramn, y los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones. Juann se qued pasmado y lelo delante del nacimiento. La primera manifestacin que hizo de sus ideas acerca de la libertad humana y de la propiedad colectiva consisti en meter mano a las velas de colores. Una de las nias llev tan a mal aquella falta de respeto, y dio unos chillidos tan fuertes que por poco se arma all la de San Quintn. Ay Dios mo! --exclam Benigna--. Vamos a tener un disgusto con este salvajito.... --Yo le comprar a l muchas velas--afirm Jacinta--. Verdad, hijo, que t quieres velas? Lo que l quera principalmente era que le llenaran la barriga, porque volvi a dar aquellos bostezos que partan el alma. A comer, a comer dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda. Y los llev por delante como un hato de pavos. La comida estaba dispuesta para los nios, porque los paps cenaran aquella noche en casa del to Cayetano. Jacinta se haba olvidado de todo, hasta de marcharse a su casa, y no supo apreciar el tiempo mientras dur la operacin de lavar y vestir al _Pituso_. Al caer en la cuenta de lo tarde que era, psose precipitadamente el manto, y se despidi del _Pituso_, a quien dio muchos besos. Qu fuerte te da, hija! le dijo su hermana sonriendo. Y razn tena hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para echarse a llorar. Y Barbarita, qu haba hecho en la maana de aquel da 24? Vemoslo. Desde que entr en San Gins, corri hacia ella Estupi como perro de presa que embiste, y le dijo frotndose las manos: Llegaron las ostras gallegas. Buen susto me ha dado el salmn! Anoche no he dormido. Pero con seguridad le tenemos. Viene en el tren de hoy. Por ms que el gran Rossini sostenga que aquel da oy la misa con devocin, yo no lo creo. Es ms; se puede asegurar que ni cuando el sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plcido tan edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio retumbaban tanto como otros das en la caja del trax. El pensamiento se le escapaba hacia la liviandad de las compras, y la misa le pareci larga, tan larga, que se hubiera atrevido a decir al cura, en confianza, que se _menease_ ms. Por fin salieron la seora y su amigo. l se esforzaba en dar a lo que era gusto las apariencias del cumplimiento de un deber penoso. Se afanaba por todo, exagerando las dificultades. Se me figura--dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir al emperador Guillermo que desconfa de la Rusia--, que los pavos de la _escalerilla_ no estn todo lo bien cebados que debamos suponer. Al salir hoy de casa les he tomado el peso uno por uno, y francamente, mi parecer es que se los compremos a Gonzlez. Los capones de este son muy ricos... Tambin les tom el peso. En fin, usted lo ver. Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando animales, acosados por los vendedores, a quienes Plcido trataba a la baqueta. Echbaselas l de tener un pulso tan fino para apreciar el peso, que ni un adarme se le escapaba. Despus de dejarse all bastante dinero, tiraron para otro lado. Fueron a casa de Ranero para elegir algunas culebras del legtimo mazapn de Labrador, y an tuvieron tela para una hora ms. Lo que la seora deba haber hecho hoy--dijo Estupi sofocado, y fingindose ms sofocado de lo que estaba--, es traerse una lista de cosas, y as no se nos olvidaba nada. Volvieron a la casa a las diez y media, porque Barbarita quera enterarse de cmo haba pasado su hijo la noche, y entonces fue cuando Jacinta revel lo del _Pituso_ a su mam poltica, quedndose esta tan sorprendida como poco entusiasmada, segn antes se ha dicho. Sin cuidado ya con respecto a Juan, que estaba aquel da mucho mejor, doa Brbara volvi a echarse a la calle con su escudero y canciller. An faltaban algunas cosillas, la mayor parte de ellas para regalar a deudos y amigos de la familia. Del pensamiento de la gran seora no se apartaba lo que su nuera le haba dicho. Qu casta de nieto era aquel? Porque la cosa era grave... Un hijo del Delfn! Sera verdad? Virgen Santsima, qu novedad tan estupenda! Un nietecito por detrs de la Iglesia! Ah!, las resultas de los devaneos de marras... Ella se lo tema... Pero y si todo era hechura de la imaginacin exaltada de Jacinta y de su angelical corazn? Nada, nada, aquella misma noche al acostarse, le haba de contar todo a Baldomero. Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la maana, y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en la plazuela de Santa Cruz, mirando con atencin de compradora los nacimientos. Estupi se echaba a discurrir, y no comprenda por qu la seora examinaba con tanto inters los puestos, estando ya todos los chicos de la parentela de Santa Cruz _surtidos de aquel artculo_. Creci el asombro de Plcido cuando vio que la seora, despus de tratar como en broma un portal de los ms bonitos, lo compr. El respeto sell los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: Y para quin es este Beln, seora?. La confusin y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio: Dame esos paquetes, y mtete este armatoste debajo de la capa. Que no lo vea nadie cuando entremos. Qu significaban estos tapujos? Introducir un Beln cual si fuera matute! Y como expertsimo contrabandista, hizo Plcido su alijo con admirable limpieza. La seora lo tom de sus manos, y llevndolo a su alcoba con minuciosas precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondi, bien cubierto con un pauelo, en la tabla superior de su armario de luna. Todo el resto del da estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupi saliendo y entrando, pues cuando se crea que no faltaba nada, salamos con que se haba olvidado lo ms importante. Llegada la noche, inquiet a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadsima, el vestido mojado y toda hecha una lstima, se encerr un instante con ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad: Hija, pareces loca... Vaya por dnde te ha dado... por traerme nietos a casa... Esta tarde tuve la palabra en la boca para contarle a Baldomero tu calaverada; pero no me atrev... Ya debes suponer si la cosa me parece grave.... Era crueldad expresarse as, y deba mi seora doa Brbara considerar que all se iban compras con compras y manas con manas. Y no par aqu el rspice, pues a rengln seguido vino esta observacin, que dej helada a la infeliz Jacinta: Doy de barato que ese mueco sea mi nieto. Pues bien: no se te ocurre que el trasto de su madre puede reclamarlo y metemos en un pleitazo que nos vuelva locos?. --Cmo lo ha de reclamar si lo abandon?--contest la otra sofocada, queriendo aparentar un gran desprecio de las dificultades. --S, fate de eso... Eres una inocente. --Pues si lo reclama, no se lo dar--manifest Jacinta con una resolucin que tena algo de fiereza--. Dir que es hijo mo, que le he parido yo, y que prueben lo contrario... a ver, que me lo prueben. Exaltada y fuera de s, Jacinta, que se estaba vistiendo a toda prisa, solt la ropa para darse golpes en el pecho y en el vientre. Barbarita quiso ponerse seria; pero no pudo. No, t eres la que tienes que probar que lo has parido... Pero no pienses locuras, y tranquilzate ahora, que maana hablaremos. --Ay, mam!--dijo la nuera enternecindose--. Si usted le viera...! Barbarita, que ya tena la mano en el llamador de la puerta para marcharse, volvi junto a su nuera para decirle: Pero se parece?... Ests segura de que se parece?.... --Quiere usted verlo?, s o no. --Bueno, hija, le echaremos un vistazo... No es que yo crea... Necesito pruebas; pero pruebas muy claritas... No me fo yo de un parecido que puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguir creyendo que a donde debe ir tu _Pituso_ es a la Inclusa. --v-- Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos seores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caa dentro de la jurisdiccin de la vigilia ms rigurosa. Los pavos y capones eran para los das siguientes, y aquella noche cuanto se sirvi en la mesa perteneca a los reinos de Neptuno. Slo se sirvi carne a Juan, que estaba ya mejor y pudo ir a la mesa. Fue verdadero festn de cardenales, con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cra la mar, todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria. Veinticinco personas haba en la mesa, siendo de notar que el conjunto de los convidados ofreca perfecto muestrario de todas las clases sociales. La enredadera de que antes habl haba llevado all sus vstagos ms diversos. Estaba el marqus de Casa-Muoz, de la aristocracia monetaria, y un lvarez de Toledo, hermano del duque de Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo. Resultaba no s qu irnica armona de la conjuncin aquella de los dos nobles, oriundo el uno del gran Alba, y el otro sucesor de D. Pascual Muoz, dignsimo ferretero de la calle de Tintoreros. Por otro lado nos encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de Ruiz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento, Aparisi el Municipio, Joaqun Pez el Foro, y Federico Ruiz representaba muchas cosas a la vez: la Prensa, las Letras, la Filosofa, la Crtica musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Econmicas, la Arqueologa y los Abonos qumicos. Y Estupi, con su levita nueva de pao fino, qu representaba? El comercio antiguo, sin duda, las tradiciones de la calle de Postas, el contrabando, quizs _la religin de nuestros mayores_, por ser hombre tan sinceramente piadoso. D. Manuel Moreno Isla no fue aquella noche; pero s Arnaiz el gordo, y Gumersindo Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel; mas a sus tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapsima, con un vestido muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado. Tambin Barbarita tena buen ver. Desde su asiento al extremo de la mesa, Estupi la flechaba con sus miradas, siempre que corran de boca en boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de pescados. El gran Rossini, cuando no miraba a su dolo, charlaba sin tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado y otro su perfil de cotorra. Nada ocurri en la cena digno de contarse. Todo fue alegra sin nubes, y buen apetito sin ninguna desazn. El pcaro del Delfn haca beber a Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenan un vino muy divertido, y al fin consigui con el _Champagne_ lo que con el Jerez no haba conseguido. Aparisi, siempre que se pona peneque, mostraba un entusiasmo exaltado por las glorias nacionales. Sus _jumeras_ eran siempre una fuerte emersin de lgrimas patriticas, porque todo lo deca llorando. All brind por _los hroes de Trafalgar_, por _los hroes del Callao_ y por otros muchos hroes martimos; pero tan conmovido el hombre y con los msculos olfatorios tan respingados, que se creera que Churruca y Mndez Nez eran sus paps y que olan muy mal. A Ruiz tambin le daba por el patriotismo y por los hroes; pero inclinndose a lo terrestre y empleando un cierto tono de fiereza. All sac a Tetun y a Zaragoza poniendo al extranjero como chupa de dmine, diciendo, en fin, que _nuestro porvenir est en frica_, y que el Estrecho es un arroyo espaol. De repente levantose Estupi el grande, copa en mano, y no puede formarse idea de la expectacin y solemnsimo silencio que precedieron a su breve discurso. Conmovido y casi llorando, aunque no estaba _ajumao_, brind por la noble compaa, por los nobles seores de la casa y por... aqu una pausa de emocin y una cariosa mirada a Jacinta... y porque la noble familia tuviera pronto sucesin, como l esperaba... y sospechaba... y crea. Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el Delfn, celebraron mucho la gracia. Despus hubo gran tertulia en el saln; pero poco despus de las doce se haban retirado todos. Durmi Jacinta sin sosiego, y a la maana siguiente, cuando su marido no haba despertado an, sali para ir a misa. Oyola en San Gins, y despus fue a casa de Benigna, donde encontr escenas de desolacin. Todos los sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. Vaya con lo que haba hecho Juann!... Ah era nada en gracia de Dios! Empez por arrancarles la cabeza a las figuras del nacimiento... y lo peor era que se rea al hacerlo, como si fuera una gracia. Vaya una gracia! Era un sinvergenza, un desalmado, un asesino. As lo atestiguaban Isabel, Paquito y los dems, hablando confusa y atropelladamente, porque la indignacin no les permita expresarse con claridad. Disputbanse la palabra y se cogan a la tiita, empinndose sobre las puntas de los pies. Pero dnde estaba el muy bribn? Jacinta vio aparecer su cara inteligente y socarrona. Cuando l la vio, quedose algo turbado, y se arrim a la pared. Acercsele Jacinta, mostrndole severidad y conteniendo la risa... pidiole cuentas de sus horribles crmenes. Arrancar la cabeza a las figuras!... Esconda el _Pituso_ la cara muy avergonzado, y se meta el dedo en la nariz... La mam adoptiva no haba podido obtener de l una respuesta, y las acusaciones rayaban en frenes. Se le echaban en cara los delitos ms execrables, y se haca burla de l y de sus hbitos groseros. Tiita, no sabes? --deca Ramona riendo--. Se come las cscaras de naranja.... --Cochino! Otra voz infantil atestigu con la mayor solemnidad que haba visto ms. Aquella maana, Juann estaba en la cocina royendo cscaras de patata. Esto s que era marranada. Jacinta bes al delincuente, con gran estupefaccin de los otros chicos. Pues tienes bonito el delantal. Juann tena el delantal como si hubiera estado fregando los suelos con l. Toda la ropa estaba igualmente sucia. --Tiita--le dijo Isabelita hacindose la ofendida--. Si vieras... No hace ms que arrastrarse por los suelos y dar coces como los burros. Se va a la basura y coge los puados de ceniza para echrnosla por la cara... Entr Benigna, que vena de misa, y corrobor todas aquellas denuncias, aunque con tono indulgente. Hija, no he visto un salvaje igual. El pobrecito... bien se ve entre qu gentes se ha criado. --Mejor... As le domesticaremos. --Qu palabrotas dice!... Ramn se ha redo ms...! No sabes la gracia que le hace su lengua de arriero. Anoche nos dio malos ratos, porque llamaba a su _Pae Pepe_ y se acordaba de la pocilga en que ha vivido... Pobrecito! Esta maana se me orin en la sala. Llegu yo y me lo encontr con las enaguas levantadas... Gracias que no se le antoj hacerlo sobre el _puff_... lo hizo en la coquera... He tenido que cerrar la sala, porque me destrozaba todo. Has visto cmo ha puesto el nacimiento? A Ramn le hizo muchsima gracia... y sali a comprar ms figuras; porque si no, quin aguanta a esta patulea? No puedes figurarte la que se arm aqu anoche. Todos llorando en coro, y el otro cogiendo figuras y estrellndolas contra el suelo. --Pobrecillo!--exclam Jacinta prodigando caricias a su hijo adoptivo y a todos los dems, para evitar una tempestad de celos--. Pero no veis que l se ha criado de otra manera que vosotros? Ya ir aprendiendo a ser fino. Verdad, hijo mo? (Juan deca que s con la cabeza y examinaba un pendiente de Jacinta)... S; pero no me arranques la oreja... Es preciso que todos seis buenos amiguitos, y que os llevis como hermanos. Verdad, Juan, que t no vuelves a romper las figuras?... Verdad que no? Vaya, l es formal. Ramoncita, t que eres la mayor, ensale en vez de reirle. --Es muy fresco: tambin se quera comer una vela--dijo Ramoncita implacable. --Las velas no se comen, no. Son para encenderlas... Veris qu pronto aprende l todas las cosas... Si creeris que no tiene talento. --No hay medio de hacerle comer ms que con las manos--apunt Benigna riendo. --Pero mujer, cmo quieres que sepa...? Si en su vida ha visto l un tenedor... Pero ya aprender... No observas lo listo que es? Villuendas entr con las figuras. Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina. Mirbalas el _Pituso_ sonriendo con malicia, y los dems nios se apoderaron de ellas, tomando todo gnero de precauciones para librarlas de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella mientras en la casa estaba... Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las personas que le rodean, y se adhiere a l y le mima y acaricia. Crease Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entraas, estaba dispuesta a amar a aquel pobre nio con toda su alma. Verdad que era hijo de otra. Pero esta idea, que se interpona entre su dicha y Juann, iba perdiendo gradualmente su valor. Qu le importaba que fuera hijo de otra? Esa otra quiz haba muerto, y si viva lo mismo daba, porque le haba abandonado. Bastbale a Jacinta que fuera hijo de su marido para quererle ciegamente. No quera Benigna a los hijos de la primera mujer de su marido como si fueran hijos suyos? Pues ella quera a Juann como si le hubiera llevado en sus entraas. Y no haba ms que hablar! Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos. En la excitacin de su cario, la dama acariciaba en su mente un plan algo atrevido. Con ayuda de Guillermina--pensaba--, voy a hacer la pamema de que he sacado este nio de la Inclusa, para que en ningn tiempo me lo puedan quitar. Ella lo arreglar, y se har un documento en toda regla... Seremos falsarias y Dios bendecir nuestro fraude. Le dio muchos besos, recomendndole que fuera bueno, y no hiciese porqueras. Apenas se vio Juann en el suelo, agarr el bastn de Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud ms alarmante. Villuendas se rea sin atajarle, gritando: Adis, mi dinero!, eh!... socorro!, guardias...!. Chillido unnime de espanto y desolacin llen la casa. Ramoncita pensaba seriamente en que deba llamarse a la Guardia Civil. Pillo, ven ac; eso no se hace grit Jacinta corriendo a sujetarle. Una cosa agradaba mucho a la joven. Juann no obedeca a nadie ms que a ella. Pero la obedeca a medias, mirndola con malicia, y suspendiendo su movimiento de ataque. Ya me conoce--pensaba ella--. Ya sabe que soy su mam, que lo ser de veras... Ya, ya le educar yo como es debido. Lo ms particular fue que cuando se despidi, el _Pituso_ quera irse con ella. Volver, hijo de mi alma, volver... Veis cmo me quiere?, lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regaar. Al que sea malo, no le quiero yo.... --vi-- No se le coca el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo aquella alhaja que su hija le haba comprado, un nieto. Fuera este apcrifo o verdadero, la seora quera conocerle y examinarle; y en cuanto tuvo Juan compaa, buscaron suegra y nuera un pretexto para salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta explor otra vez el nimo de su ta, esperando que se hubieran disipado sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba tan severa y suspicaz como el da precedente. A Baldomero le ha sabido esto muy mal. Dice que es preciso garantas... y, francamente, yo creo que has obrado muy de ligero.... Cuando entr en la casa y vio al _Pituso_, la severidad, lejos de disminuir, pareca ms acentuada. Contempl Barbarita sin decir palabra al que le presentaban como nieto, y despus mir a su nuera, que estaba en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y cuando Jacinta se dispona a or denegaciones categricas, la abuela lanz una fuerte exclamacin de alegra, diciendo as: Hijo de mi alma!... amor mo!, ven, ven a mis brazos. Y lo apret contra s tan enrgicamente, que el _Pituso_ no pudo menos de protestar con un chillido. Hijo mo!... corazn... gloria, qu guapo eres!... Rico, tesoro; un beso a tu abuelita. --Se parece?--pregunt Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se le caa la baba, como vulgarmente se dice. --Que si se parece! --observ Barbarita tragndole con los ojos--. Clavado, hija, clavado... Pero qu duda tiene? Me parece que estoy mirando a Juan cuando tena cuatro aos. Jacinta se ech a llorar. Y por lo que hace a esa fantasmona...--agreg la seora examinando ms las facciones del chico--, bien se le conoce en este espejo que es guapa... Es una perfeccin este nio. Y vuelta a abrazarle y a darle besos. Pues nada, hija --aadi despus con resolucin--, a casa con l. Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigi al instante su propia espontaneidad, diciendo: No... no nos precipitemos. Hay que hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices t, y yo me encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero clavado.... --Y usted que dudaba! --Qu quieres... Era preciso dudar, porque estas cosas son muy delicadas. Pero la procesin me andaba por dentro. Creers que anoche he soado con este mueco? Ayer, sin saber lo que haca compr un nacimiento. Lo compr maquinalmente, por efecto de un no s qu... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba. --Bien saba yo que usted cuando le viera... --Dios mo! Y las tiendas cerradas hoy!--exclam Barbarita en tono de consternacin--. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un vestidito de marinero con su gorra en que diga: _Numancia_. Qu bien le estar! Hijo de mi corazn, ven ac... No te me escapes; si te quiero mucho, si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el camello del Rey negro. Bien, vida ma, bien roto est. Ya le comprar yo a mi nio una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos los colores. Jacinta tena ya celos. Pero consolbase de ellos viendo que Juann no quera estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de esta para buscar los de su mam verdadera. En aquel punto de la escena que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por Juann. Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando cada cual su queja en los trminos ms difamatorios. Vlganos Dios lo que haba hecho! Haba cogido una bota de Isabelita y tirdola dentro de la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. Ay, qu rico! clamaba Barbarita comindosele a besos. Despus se haba quitado su propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con las patas sobre el suelo. Ay, qu rico!.... Quitose tambin las medias y ech a correr detrs del gato, cogindolo por el rabo y dndole muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito... Luego se haba subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la lmpara... Ay, qu rico!. Cuidado que es desgracia!--repiti la seora de Santa Cruz dando un gran suspiro--, las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... ngel, ven, ven con tu abuelita... Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has hecho por l, y no quiere estar con nadie ms que contigo. --Ya lo creo...--indic Jacinta con orgullo--. Pero no; l es bueno s?, y quiere tambin a su abuelita, verdad? Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo dicho dicho: aquella misma noche hablaran las dos a sus respectivos maridos. Aquel da, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retir temprano de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevi a decirle nada, reservndose para el da siguiente. Tena bien preparado todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor tropiezo y sin turbarse. El 26 por la maana entr D. Baldomero en el cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron all encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de Barbarita no tenan nada de lisonjeras: Hija, Baldomero no se nos presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves t, probarlo; y que eso del parecido ser ilusin nuestra... Veremos lo que dice Juan. Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la alcoba por ver si pescaban alguna slaba de lo que el padre y el hijo hablaban. Pero no se perciba nada. La conversacin era sosegada, y a veces pareca que Juan se rea. Pero estaba de Dios que no pudieran salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareci que el mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del cuarto de su hijo, he aqu que se presentan en el despacho Villalonga y Federico Ruiz. El primero cay sobre Santa Cruz para hablarle de los prstamos al Tesoro que haca con dinero suyo y ajeno, ganndose el ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se meti de rondn en el cuarto del Delfn. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendi mucho de verle risueo y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que su marido le ech. Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que nunca como en aquella ocasin sinti ganas de dar a una persona de bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejn, se interpona entre ella y su marido. El maldito tena en aquella poca la demencia de _los castillos_; estaba haciendo averiguaciones sobre todos los que en Espaa existen ms o menos ruinosos, para escribir una gran obra herldica, arqueolgica y de castrametacin sentimental, que aunque estuviese bien hecha no haba de servir para nada. Mareaba a Cristo con sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudjares o lombardas con influencia mozrabe y perfiles romnicos. Oh!, el castillo de Coca!, pues y el de Turgano?... Pero ninguno llegaba a los del Bierzo... Ah!, el Bierzo!... la riqueza que hay en ese pas es un asombro. Luego resultaba que la tal _riqueza_ era de muros despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caan piedra a piedra. Pona los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la altura de las orejas para decir: hay una ventana en el Castillo de Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello.... Creerase que por la tal ventana se vea al Padre Eterno y a toda la Corte Celestial. Caramba con la ventana--pensaba Jacinta, a quien le estaba haciendo dao el almuerzo--. Me gustara de veras si sirviera para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos. Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atencin a los entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de ms sustancia. Porque, figrese usted... el Director del Tesoro acepta el prstamo en consolidado que est a 13... y extiende el pagar por todo el valor nominal... al inters del 12 por 100. Usted vaya atando cabos.... --Es escandaloso... Pobre pas!... Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tena preparada; pero l se anticip dejndola yerta con esta cruelsima frase, dicha en tono carioso: Nena, ven ac, con que hijitos tenemos?. Y no era posible explicarse ms, porque la tertulia se enzarz y vinieron otros amigos que empezaron a rer y a bromear, tomndole el pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntndole con seriedad si los haba estudiado todos sin que se le escapase alguno en la cuenta. Despus la conversacin recay en la poltica. Jacinta estaba desesperada, y en los ratos que poda cambiar una palabrita con su suegra, esta ponale una cara muy desconsolada, dicindole: Mal negocio, hija, mal negocio. Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta las doce dur aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno. Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudindoles con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y ella se quedaron solos, parecale la casa un paraso; pero sus ansiedades eran tan grandes que no poda saborear el dulce aislamiento. Solos en la alcoba! Al fin... Juan cogi a su mujer cual si fuera una mueca, y le dijo: Alma ma, tus sentimientos son de ngel; pero tu razn, all por esas nubes, se deja alucinar. Te han engaado; te han dado un soberbio timo. --Por Dios, no me digas eso --murmur Jacinta, despus de una pausa en que quiso hablar y no pudo. --Si desde el principio hubieras hablado conmigo...--aadi el Delfn muy carioso--. Pero aqu tienes el resultado de tus tapujos... Ah, las mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que imaginan no aparece en la vida, que es lo ms comn, sacan su composicioncita. Estaba la infeliz tan turbada que no saba qu decir: Ese Jos Izquierdo.... --Es un tunante. Te ha engaado de la manera ms chusca... Slo t, que eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto; pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invencin de esta clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurri l tan gracioso timo. O mucho me engao, o esto sali de la cabeza de un novelista que se alimenta con judas. --El pobre Ido es incapaz... --De engaar a sabiendas, eso s. Pero no te quepa duda. La primitiva idea de que ese nio es mi hijo debi ser suya. La concebira como sospecha, como inspiracin artstico-flatulenta, y el otro se dijo: Pues toma, aqu hay un negocio. Lo que es a _Platn_ no se le ocurre; de eso estoy seguro. Jacinta, anonadada, quera defender su tema a todo trance. Juann es tu hijo, no me lo niegues replic llorando. --Te juro que no... Cmo quieres que te lo jure?... Ay Dios mo!, ahora se me est ocurriendo que ese pobre nio es el hijo de la hijastra de Izquierdo. Pobre Nicolasa! Se muri de sobreparto. Era una excelente chica. Su nio tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que tendra el mo si viviese. --Si viviese! --Si viviese... s... Ya ves cmo te canto claro. Esto quiere decir que no vive. --No me has hablado nunca de eso --declar severamente Jacinta--. Lo ltimo que me contaste fue... qu s yo... No me gusta recordar esas cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. No la vi ms, no supe ms de ella; intent socorrerla y no la pude encontrar. A ver, fue esto lo que me dijiste? --S, y era la verdad, la pura verdad. Pero ms adelante hay otro episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no haba para qu. Cuando ocurri, haca ya un ao que estbamos casados; vivamos en la mejor armona... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa. Por discreta y prudente que sea una mujer, y t lo eres mucho, siempre alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni se fija en los mviles de las acciones. Entonces call, y creo firmemente que hice bien en callar. Lo que pas no es desfavorable para m. Poda habrtelo dicho; pero y si lo interpretabas mal? Ahora ha llegado la ocasin de contrtelo, y veremos qu juicio formas. Lo que s puedo asegurarte es que ya no hay ms. Esto que te voy a decir es el ltimo prrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se acab. Asunto agotado... Pero es tarde, hija ma, nos acostaremos, dormiremos y maana... --vii-- No, no, no--grit Jacinta ms bien airada que impaciente--. Ahora mismo... Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?. --Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto--dijo el Delfn, disponindose a hacerlo--. Si creers t que te voy a revelar algo que pone los pelos de punta. Si no es nada...!, te lo cuento porque es la prueba de que te han engaado. Veo que pones una cara muy ttrica. Pues si no fuera porque el lance es bastante triste, te dira que te rieras... Te has de quedar ms convencida...! Y no te apures por la _plancha_, hija. Ah tienes lo que las personas sacan de ser demasiado buenas. Los ngeles, como que estn acostumbrados a volar, no andan por la tierra sin dar un traspi a cada paso. Se haba acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a Juann, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo arrancado de s por una prueba, por un argumento en que intervena la aborrecida mujer aquella cuyo nombre quera olvidar. Lo ms particular era que segua queriendo al _Pituso_, y que su cario y su amor propio se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonara ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la tuvieran por loca y ridcula. Y ahora--sigui Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sbanas--, despdete de tu novela, de esa grande invencin de dos ingenios, Ido del Sagrario y Jos Izquierdo... Vamos all... Lo ltimo que te dije fue.... --Fue que se haba marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a dnde. Esto me lo contaste en Sevilla. --Qu memoria tienes! Pues pas tiempo, y al ao de casados, un da, de repente, plaf... entras t en mi cuarto y me das una carta. --Yo? --S, una cartita que trajeron para m. La abro, me quedo as un poco atontado... Me preguntas qu es, y te digo: Nada, es la madre del pobre Valledor que me pide una recomendacin para el alcalde.... Cojo mi sombrero y a la calle. --Volva a Madrid, te llamaba, te escriba!...--observ Jacinta, sentndose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz. --Es decir, haca que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe... Pues seor, no hay ms remedio que ir all. Cree que tu pobre marido iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la resurreccin de una cosa que crea muerta y desaparecida para siempre. Por dnde saldr ahora?... Para qu me llamar?. Yo deca tambin: De fijo que hay muchacho por en medio. Esta sucesin me cargaba. Pero en fin, qu remedio!... pensaba al subir por aquellas oscuras escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de huspedes. En el bajo hay tienda de atades. Y qu era?, que la infeliz haba venido a Madrid con su hijo, con el mo: por qu no decirlo claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre nio fue todo uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. A quin acudir? Era natural: a m. Yo se lo dije. Has hecho perfectamente.... La ms negra era que el garrotillo le cogi al pobrecillo nene tan de filo, que cuando yo llegu... te va a dar mucha pena, como me la dio a m... pues s, cuando llegu, el pobre nio estaba expirando. Lo que yo le deca al verla hecha un mar de lgrimas: Por qu no me avisaste antes?. Claro, yo habra llevado uno o dos buenos mdicos y quin sabe, quin sabe si le hubiramos salvado. Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra. Y t no lloraste? fue lo primero que se le ocurri decir. --Te aseguro que pas un rato... ay qu rato! Y tener que disimular en casa delante de ti! Aquella noche ibas t al Real. Yo fui tambin; pero te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza agarrada a mi alma. T no te acordars... No sabas nada. --Y... --Y nada ms. Le compr la cajita azul ms bonita que haba en la tienda de abajo, y se le llev al cementerio en un carro de lujo con dos caballos empenachados, sin ms compaa que la del hombre de Fortunata y el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo que son las casualidades, me encontr a mam... Djome: Qu plido ests!. Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado hoy la pierna. En efecto, le haban cortado la pierna, a consecuencia de la cada del caballo. Dicindolo, mir desaparecer por la calle de la Montera abajo el carro con la cajita azul... Cosas del mundo! Vamos a ver: si yo te hubiera contado esto, no habran sobrevenido mil disgustos, celos y cuestiones? --Quizs no--dijo la esposa dando un gran suspiro--. Segn lo que venga detrs. Qu pas despus? --Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeuelo, yo no tena otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes crermelo: no me interesaba nada. Lo nico que senta era compasin por sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel brbaro, un tiote grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. Pobre mujer! Yo le dije, mientras l estaba en el cementerio: Cmo es que vives con este animal y le aguantas?. Y respondiome: No tengo ms amparo que esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento.... Es triste cosa vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cunta desgracia, cunta miseria hay en este mundo, nia ma... Bueno, pues sigo dicindote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias, pretenda una plaza de contador de la depositara de un pueblo. Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y no tard en comprender que lo que quera era sacarme dinero. La pobre Fortunata no me deca nada. Aquel bestia no le permita que me viera y hablara sin estar l presente, y ella, delante de l, apenas alzaba del suelo los ojos; tan aterrorizada la tena. Una noche, segn me cont la patrona, la quiso matar el muy bruto. Sabes por qu?, porque me haba mirado. As lo deca l... Me puedes creer, como esta es noche, que Fortunata no me inspiraba sino lstima. Se haba desmejorado mucho de fsico, y en lo espiritual no haba ganado nada. Estaba flaca, sucia, vesta de pingos que olan mal, y la pobreza, la vida de perros y la compaa de aquel salvaje habanle quitado gran parte de sus atractivos. A los tres das se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera, y me avine a todo. No tuve ms remedio que decir: Al enemigo que huye, puente de plata; y con tal de verles marchar, no me importaba el sablazo que me dieron. Afloj los cuartos a condicin de que se haban de ir inmediatamente. Y aqu paz y despus gloria. Y se acab mi cuento, nia de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel respetable tronco, lo que me llena de contento. Jacinta tena su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido le tom una mano y se la apret mucho. Ella no deca ms que Pobre _Pituso_, pobre Juann!. De repente una idea hiri su mente como un latigazo, sacndola de aquel abatimiento en que estaba. Era la conviccin ltima que se revolva furiosa en las agonas del vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizs lo que con ms bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre de _plancha_, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas sac, pues, Jacinta el ltimo argumento, el ltimo; pero lo esgrimi con bro, quizs por lo mismo que ya no tena ms. Todo lo que has dicho ser verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: Y el parecido?. Lo mismo fue or esto el Delfn, que partirse de risa. El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Slo existe en tu imaginacin. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere el que los mira. Obsrvale bien ahora, examnale las facciones con imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, sabes?... y si despus de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujera en ello. Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan recomendada, y... la verdad... el parecido subsista... aunque un poquillo borroso y desvanecindose por grados. En la desesperacin de su inevitable derrota, encontr an la dama otro argumento. Tu mam tambin le encontr un gran parecido. --Porque t le calentaste la cabeza. T y mam sois dos buenas maniticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitn. Tambin yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupi debajo de la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convncete tontuela, no es ms que la exaltacin de tu pensamiento por causa de esa maldita novela del nio encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso es falso, como novela es cursi. Si no, fjate en las personas que te han ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; Jos Izquierdo, un loco de la clase de cabelleras; Guillermina, una loca santa, pero loca al fin. Luego viene mam, que al verte a ti chiflada, se chifla tambin. Su bondad le oscurece la razn, como a ti, porque sois tan buenas que a veces, crelo, es preciso ataros. No, no te ras; a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que no hay ms remedio que atarlas. Jacinta le sonrea con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias, afanndose por tranquilizarla. Tanto le rog que se acostara, que al fin accedi a ello. Maana--dijo ella--, irs conmigo a verle. --A quin... al chiquillo de Nicolasa?... Yo! --Aunque no sea ms que por curiosidad... Considralo como una compra que hemos hecho las dos maniticas. Si comprramos un perrito, no querras verle? --Bueno, pues ir. Falta que mam me deje salir maana... y bien podra, que este encierro me va cargando ya. Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observ que su esposo dorma. Ella tena poco sueo y pensaba en lo que acababa de or. Qu cuadro ms triste y qu visin aquella de la miseria humana! Tambin pens mucho en el _Pituso_. Se me figura que ahora le quiero ms. Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me confirmo en que se parece... Que es ilusin! Cmo ha de ser ilusin? No me vengan a m con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando se re... aquel entrecejo.... Y as estuvo hasta muy tarde. El 28 por la maana, ya de vuelta de misa, entr Barbarita en la alcoba del matrimonio joven a decirles que el da estaba muy bueno, y que el enfermo poda salir bien abrigado. Os cogis el coche y vais a dar una vuelta por el Retiro. Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfn tampoco. Slo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramn Villuendas. Hallbase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar subi con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que esperaba fuera pattica y teatral. Mucho se pasmaron l y Benigna de que Juan viera al pequeuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna demostracin de cario paternal. Hola, barbin--dijo Santa Cruz sentndose y cogiendo al chico por ambas manos--. Pues es guapo de veras. Lstima que no sea nuestro... No te apures, mujer, ya vendr el verdadero _Pituso_, el legtimo, de los propios cosecheros o de la propia ta Javiera. Benigna y Ramn miraban a Jacinta. Vamos a ver--prosigui el otro constituyndose en tribunal--. Vengan ustedes aqu y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de juicio, si este chico se parece a m. Silencio. Lo rompi Benigna para decir: Verdaderamente... yo... nunca encontr tal parecido. --Y t?--pregunt Juan a Ramn. --Yo... pues digo lo mismo que Benigna. Jacinta no saba disimular su turbacin. Ustedes dirn lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y en ltimo caso, vamos a ver, me negarn que es monsimo?. --Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien salir. Su padre fue primero empleado en el _gas_; despus punto figurado en la casa de juego del _pulpitillo_. --Punto figurado! Y qu es eso? --Oh!, una gran posicin... El pap de este nio, si no me engao, debe de estar ahora tomando aires en Ceuta. --Eso, eso no--indic Jacinta con rabia--. Tambin quieres t infamar a mi nio? Dmele ac... No es verdad, hijo, que tu pap no...? Todos se echaron a rer. Consolbase ella de su desairada situacin besndole y diciendo: Mirad cmo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo mande. Es mo. --Como que te ha costado tu dinero. --viii-- El chico le ech los brazos al cuello y mir a los dems con rencor, como indignado de la nota infamante que se quera arrojar sobre su estirpe. Los otros nios se le llevaron para jugar, no sin que antes le hiciera Jacinta muchas carantoas, por lo cual dijo Benigna que no _deba darle tan fuerte_. Cllate t... Digo que no le abandono. Me le llevar a casa. --Ests loca? --insinu el Delfn con severidad. --No, que estoy bien cuerda. --Vamos, ten discrecin... No digo yo tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien recomendado, no lo pasara mal. --En el Hospicio! --exclam Jacinta con la cara muy encendida--, para que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas bazofias...! --Pero t qu crees? Eres una criatura. De dnde sacas que as se toman nios ajenos? Chica, chica, ests en pleno romanticismo. Benigna y su marido manifestaron con enrgicos signos de cabeza que aquello del romanticismo estaba muy bien dicho. Pero si yo tambin le quiero proteger--afirm Juan apreciando los sentimientos de su mujer y disculpando su exageracin--. Ha sido una suerte para l haber cado en nuestras manos librndose de las de Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra llevrnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, verdad, Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es menester atarlas algunas veces. Esta es un ngel, y los ngeles caen en la tontera de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo, verdad, Ramn?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ngeles, como mi mujer, se llevara a la prctica, la vida sera imposible, absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien s que se debe aspirar a la perfeccin; pero no dando de puntapis a la armona del mundo, pues bueno estara!... a la armona del mundo, que es... para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones, admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido, s o no? --As, as --replic Jacinta muy triste, un poco aturdida por las paradojas de su marido. Jacinta tena idea tan alta de los talentos y de las sabias lecturas del Delfn, que rara vez dejaba de doblegarse ante ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios independientes que la modestia y la subordinacin no le permitan manifestar. No haban transcurrido diez segundos despus de aquel _as, as_, cuando se oy una gran chillera. Qu es, qu hay?. Qu haba de ser sino alguna barbaridad de Juann! As lo comprendi Benigna, corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrpito vena. --Bien por los chicos valientes! --dijo Santa Cruz, a punto que Ramn Villuendas se despeda para bajar al escritorio. Jacinta corri al comedor y a poco volvi aterrada. No sabes lo que ha hecho? Haba en el comedor una bandeja de arroz con leche. Juann se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con leche a puados... as, as, y despus de hartarse, lo tira por el suelo y se limpia las manos en las cortinas. Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: Te voy a matar... indecente!, cafre!. Los dems chicos aparecieron chillando. Jacinta les rega: Pero vosotros, tontainas, no veais lo que estaba haciendo? Por qu no avisasteis? Es que le dejis enredar para despus reros y armar estos alborotos?. --Mujer, llvate, llvate de una vez de mi casa este cachorro de tigre--dijo Benigna, entrando muy soliviantada--. Virgen del Carmen, mi bandeja de arroz con leche! Los chicos de Villuendas saltaban gozosos. Vosotros tenis la culpa, bobones; vosotros que le azuzis djoles la tiita, que en alguien tena que descargar su enfado. T le tienes que lavar --manifest Benigna, sin cejar en su clera--, t, t. Cmo me ha puesto las cortinas!. --Bueno, mujer, le lavar. No te apures. --Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los mos... Y nada ms. --Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa. Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue. Bien, bien por los hombres bravos--grit Juan en presencia de la fiera--. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho. --Te voy a matar, pillo--le dijo su mam adoptiva, arrodillndose ante l y conteniendo la risa--. Te has puesto bonito... vers que jabonadura te vas a llevar. Mientras dur el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en torno a su tiito, subindosele a las rodillas y colgndosele de los brazos para contarle las grandes cochinadas que haca el bruto de Juann. No slo se coma las velas, sino que lama los platos, y _dimpus_... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su pap Ramn le reprenda, le enseaba la lengua, diciendo _hostias_ y otras _isprisiones_ feas, y _dimpus_... haca una cosa muy indecente, vaya!, que era levantarse el vestido por detrs, dar media vuelta echndose a rer y ensear el culito. Santa Cruz no poda permanecer serio. Volvi al fin Jacinta, trayendo de la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entr Benigna, completamente aplacada, y encarndose con su cuado, le dijo con la mayor severidad: Tienes ah un duro? No tengo suelto. Juan se apresur a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo pona en la mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz cay de su burro. Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy da de Inocentes. Buena ha sido, buena. Ya me extra a mi un poco que en esta casa del dinero no hubiera suelto. --Tomad--dijo Benigna a los nios--; vuestro tiito os convida a dulces. --Para inocentadas--indic Juan riendo--, la que nos ha querido dar mi mujer. --A m no--replic Benigna--. Aqu hemos hablado mucho de esto, y la verdad, l podra ser autntico; pero la tostada del parecido no la encontrbamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitrmela de casa. Bastantes jaquecas me dan las mas. Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un da ms. Ya decidiran. Cosas muy crueles haba de or Jacinta aquel da, pero de cuanto oy nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras que Barbarita le dijo al odo: Baldomero est incomodado con tu bromazo. Juan le habl claro. No hay tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, t te precipitaste; y en cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada, pero nada. Era lo que le quedaba por or a Jacinta. Pero usted... por la Virgen santsima! tambin...--atreviose a decir cuando el espanto se lo permiti--, tambin usted crey.... --Es que se me pegaron tus ilusiones --replic la suegra esforzndose en disculpar su error--. Dice Juan que es mana; yo lo llamo ilusin, y las ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas. Por eso, mira t, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno est cerca de m y se pone a hacer visajes, me pongo tambin yo a hacer lo mismo. Somos monos de imitacin... Pues s, convncete, lo del parecido es ilusin, y las dos... lo dir muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. Y ahora, qu hacer? No se te pase por la cabeza traerle aqu. Baldomero no lo consiente, y tiene mucha razn. Yo... si he de decirte la verdad, le he tomado cario. Ay!, sus salvajadas me divierten. Es tan mono! Qu ojitos aquellos!, pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo. Ven ac y vers el nacimiento que le compr. Llev a Jacinta a su cuarto de vestir y despus de mostrarle el nacimiento, le dijo: Aqu hay ms contrabando. Mira. Esta maana fui a las tiendas, y... aqu tienes: medias de color, un traje de punto, azul, a estilo ingls. Mira la gorra que dice _Numancia_. Este es un capricho que yo tena. Estar saladsimo. Te juro que si no le veo con el letrero en la frente, voy a tener un disgusto. Jacinta oy y vio esto con melancola. Si supiera usted lo que hizo esta maana! dijo; y cont el lance del arroz con leche. --Ay, Dios mo, qu gracioso!... Es para comrselo... Yo, te digo la verdad, le traera a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les gustan estos tapujos... Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir sin tener algn ser pequeito a quien adorar. Hija de mi alma!, es una gran desgracia para todos que t no nos _des_ algo. A Jacinta se le clav esta frase en el corazn, y estuvo temblando un rato en l y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se han clavado bien. Pues s, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados. Cuando le hablo de esto a Baldomero, se re de m; pero bien se le conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies, con los chicos a la pela. --Puesto que Benigna no le quiere tener --dijo la nuera--, ni es posible tampoco tenerle aqu, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasar un tanto al mes a mi hermana para que el husped no sea una carga pesada... --Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Ests como las gatas paridas, escondiendo las cras hoy aqu, maana all. --Y qu remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no lo piensen... Qu cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a l no le han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia y el fro, le parece muy natural que el otro pobrecito se cre entre atades... S, est fresco. --Yo me encargo de pagarle la pensin en casa de Candelaria--dijo Barbarita, secretendose con su hija como los chiquillos que estn concertando una travesura--. Me parece que debo empezar por comprarle una camita. A ti qu te parece? Replic la otra que le pareca muy bien y se consol mucho con esta conversacin, dndose a forjar planes y a imaginar goces maternales. Pero quiso su mala suerte que aquel mismo da o el prximo cortase el vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llam a su despacho para echarle el siguiente sermn: Querida, me ha dicho Brbara que ests muy confusa por no saber qu hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglar. Porque t te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez, bueno ser que no te dejes llevar de tu buen corazn... tan a paso de carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes... Dice Juan, y est muy en lo justo, que los procedimientos angelicales trastornan la sociedad. Como nos empeemos todos en ser perfectos, no nos podremos aguantar unos a otros, y habra que andar a bofetadas... Bueno, pues te deca, que ese pobre nio queda bajo mi proteccin; pero no vendr a esta casa, porque sera indecoroso, ni a la casa de ninguna persona de la familia, porque parecera tapujo. No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre poltico le inspiraba le quit el resuello, imposibilitndola de expresar lo mucho y bueno que se le ocurra. Por consiguiente --prosigui el respetable seor tomndole a su nuera las dos manos--, ese caballerito que compraste ser puesto en el asilo de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. All estar como en la gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le d educacin y una crianza conveniente. Aprender un oficio, y quin sabe, quin sabe si una carrera. Todo est en que saque disposicin. Parceme que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y vers que no hay otro camino... All estar tan ricamente, bien comido, bien abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de pao del Reino para que les haga chaquetas. Vers que guapines les va a poner. Y que no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos nios, cuyos paps gastan levita y cuyas mams se zarandean por ah, estar tan lucidos y bien apaados como estn los de Guillermina. Jacinta se iba convenciendo, y cada vez senta menos fuerza para oponerse a las razones de aquel excelente hombre. S; aqu donde me ves--agreg Santa Cruz con jovialidad--, yo tambin le tengo cario a ese mueco... quiero decir que no me libr del contagio de vuestra mana de meter chicos en esta casa. Cuando Brbara me lo dijo, estaba ella tan creda de que era mi nieto, que yo tambin me lo tragu. Verdad que exig pruebas... pero mientras venan tales pruebas, perd la chaveta... cosas de viejo!, y estuve todo aquel da haciendo catlogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Brbara, ni dejarme arrastrar por ella, y me deca: Tengamos serenidad y no chocheemos hasta ver.... Pero pensando en ello, te lo digo ahora en confianza, sal a la calle, me rea solo, y sin saber lo que me haca, me met en el Bazar de la Unin y.... Don Baldomero, acentuando ms su sonrisa paternal, abri una gaveta de su mesa y sac un objeto envuelto en papeles. Y le compr esto... Es un acorden. Pensaba drselo cuando lo trajerais a casa... Vers qu instrumento tan bonito y qu buenas voces... veinticuatro reales. Cogiendo el acorden por las dos tapas, empez a estirarlo y a encogerlo, haciendo _flin flan_ repetidas veces. Jacinta se rea y al propio tiempo se le escaparon dos lgrimas. Entr entonces de improviso Barbarita, diciendo: Qu msica es esta?... A ver, a ver. --Nada, querida--declar el buen seor acusndose francamente--. Que a m tambin se me fue el santo al Cielo. No lo quera decir. Cuando t me saliste con que lo del nieto era una novela, _flin flan_, me dio la idea de tirar esta msica a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se compr para l, _flin flan_, que la disfrute... no os parece? --A ver, dame ac--indic Barbarita contentsima, ansiosa de taer el pueril instrumento--. Ah!, calavera, as me gastas el dinero en vicios. Dmelo... lo tocar yo... _flin flan_... Ay!, no s qu tiene esto... da un gusto orlo! Parece que alegra toda la casa. Y sali tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: Bonito juguete... verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a llevrselo, _flin flan_.... -XI- Final, que viene a ser principio --i-- Quien manda, manda. Resolviose la cuestin del _Pituso_ conforme a lo dispuesto por don Baldomero, y la propia Guillermina se lo llen una maanita a su asilo, donde qued instalado. Iba Jacinta a verle muy a menudo, y su suegra la acompaaba casi siempre. El nio estaban tan mimado, que la fundadora del establecimiento tuvo que tomar cartas en el asunto, amonestando severamente a sus amigas y cerrndoles la puerta no pocas veces. En los ltimos das de aquel infausto ao, entrronle a Jacinta melancolas, y no era para menos, pues el desairado y risible desenlace de la novela _Pitusiana_ hubiera abatido al ms pintado. Vinieron luego otras cosillas, menudencias si se quiere, pero como caan sobre un espritu ya quebrantado, resultaban con mayor pesadumbre de la que por s tenan. Porque Juan, desde que se puso bueno y tom calle, dej de estar tan expansivo, sobn y dengoso como en los das del encierro, y se acabaron aquellas escenas nocturnas en que la confianza imitaba el lenguaje de la inocencia. El Delfn afectaba una gravedad y un seso propios de su talento y reputacin; pero acentuaba tanto la postura, que pareca querer olvidar con una conducta sensata las chiquilladas del periodo catarral. Con su mujer mostrbase siempre afable y atento, pero fro, y a veces un tanto desdeoso. Jacinta se tragaba este acbar sin decir nada a nadie. Sus temores de marras empezaban a condensarse, y atando cabos y observando pormenores, trataba de personalizar las distracciones de su marido. Pensaba primero en la institutriz de las nias de Casa-Muoz, por ciertas cosillas que haba visto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de una conversacin de Juan con su confidente Villalonga. Despus tuvo esto por un disparate y se fij en una amiga suya, casada con Moreno Vallejo, tendero de novedades de muy reducido capital. Dicha seora gastaba un lujo estrepitoso, dando mucho que hablar. Haba, pues, un amante. A Jacinta se le puso en la cabeza que este era el Delfn, y andaba desalada tras una palabra, un acento, un detalle cualquiera que se lo confirmase. Ms de una vez sinti las cosquillas de aquella rabietina infantil que le entraba de sopetn, y daba patadillas en el suelo y tena que refrenarse mucho para no irse hacia l y tirarle del pelo dicindole: _pillo... farsante_, con todo lo dems que en su gresca matrimonial se acostumbra. Lo que ms la atormentaba era que le quera ms cuando l se pona tan juicioso haciendo el bonitsimo papel de una persona que est en la sociedad para dar ejemplo de moderacin y buen criterio. Y nunca estaba Jacinta ms celosa que cuando su marido se daba aquellos aires de formalidad, porque la experiencia le haba enseado a conocerle, y ya se saba, cuando el Delfn se mostraba muy decidor de frases sensatas, envolviendo a la familia en el incienso de su argumentacin paradjica, _picos pardos_ seguros. Vinieron das marcados en la historia patria por sucesos resonantes, y aquella familia feliz discuta estos sucesos como los discutamos todos. El 3 de Enero de 1874!... El golpe de Estado de Pava! No se hablaba de otra cosa, ni haba nada mejor de qu hablar. Era grato al temperamento espaol un cambio teatral de instituciones, y volcar una situacin como se vuelca un puchero electoral. Haba estado admirablemente hecho, segn D. Baldomero, y el ejrcito haba salvado _una vez ms_ a la desgraciada nacin espaola. El consolidado haba llegado a 11 y las acciones del Banco a 138. El crdito estaba hundido. La guerra y la anarqua no se acababan; habamos llegado al _perodo lgido del incendio_, como deca Aparisi, y pronto, muy pronto, el que tuviera una peseta la enseara como cosa rara. Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara la memorable sesin de la noche del 2 al 3, porque la haba presenciado en los escaos rojos. Pero el representante del pas no aportaba por all. Por fin se apareci el da de Reyes por la maana. Pasaba Jacinta por el recibimiento, cuando el amigo de la casa entr. Tocaya, buenos das... cmo estn por aqu? Y el monstruo, se ha levantado ya?. Jacinta no poda ver al dichoso tocayo. Fundbase esta antipata en la creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le arrastraba a la infidelidad. Pap ha salido --djole no muy risuea--. Cunto sentir no verle a usted para que le cuente eso!... Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que se meti usted debajo de un banco. --Ay, qu gracia! Ha salido tambin Juan? --No, se est vistiendo. Pase usted. Y fue detrs de l, porque siempre que los dos amigos se encerraban, haca ella los imposibles por or lo que decan, poniendo su orejita rosada en el resquicio de la mal cerrada puerta. Jacinto esper en el gabinete, y su tocaya entr a anunciarle. Pero qu, ha venido ya ese pelagatos?. --S... resalao... aqu estoy. --Pasa, danzante... Dichosos los ojos... El amigote entr. Jacinta notaba en los ojos de este algo de intencin picaresca. De buena gana se escondera detrs de una cortina para estafarles sus secretos a aquel par de tunantes. Desgraciadamente tena que ir al comedor a cumplir ciertas rdenes que Barbarita le haba dado... Pero dara una vueltecita, y tratara de pescar algo... Cuenta, chico, cuenta. Estbamos rabiando por verte. Y Villalonga dio principio a su relato delante de Jacinta; pero en cuanto esta se march, el semblante del narrador inundose de malicia. Miraron ambos a la puerta; cerciorose el compinche de que la esposa se haba retirado, y volvindose hacia el Delfn, le dijo con la voz temerosa que emplean los conspiradores domsticos: Chico, no sabes... la noticia que te traigo...? Si supieras a quin he visto! Nos oir tu mujer?. --No, hombre, pierde cuidado --replic Juan ponindose los botones de la pechera--. Clarate pronto. --Pues he visto a quien menos puedes figurarte... Est aqu. --Quin? --Fortunata... Pero no tienes idea de su transformacin. Vaya un cambiazo! Est guapsima, elegantsima. Chico, me qued turulato cuando la vi. Oyronse los pasos de Jacinta. Cuando apareci levantando la cortina, Villalonga dio una brusca retorcedura a su discurso: No, hombre, no me has entendido; la sesin empez por la tarde y se suspendi a las ocho. Durante la suspensin se trat de llegar a una inteligencia. Yo me acercaba a todos los grupos a oler aquel guisado... jum!, malo, malo; el ministerio Palanca se iba cociendo, se iba cociendo... A todas esas... figrate si estaran ciegos aquellos hombres!... a todas estas, fuera de las Cortes se estaba preparando la mquina para echarles la zancadilla. Zalamero y yo salamos y entrbamos a turno para llevar noticias a una casa de la calle de la Greda, donde estaban Serrano, Topete y otros. 'Mi general, no se entienden. Aquello es una balsa de aceite... hirviendo. Tumban a Castelar. En fin, se ha de ver ahora'. 'Vuelva usted all. Habr votacin?'.--'Creo que s'. --'Triganos usted el resultado'. --El resultado de la votacin --indic Santa Cruz--, fue contrario a Castelar. Di una cosa, y si hubiera sido favorable? --No se habra hecho nada. Tenlo por cierto. Pues como te deca, habl Castelar... Jacinta pona mucha atencin a esto; pero entr Rafaela a llamarla y tuvo que retirarse. Gracias a Dios que estamos solos otra vez--dijo el compinche despus que la vio salir--. Nos oir?. --Qu ha de or?... Qu medroso te has vuelto! Cuenta, pronto. Dnde la viste? --Pues anoche... estuve en el Suizo hasta las diez. Despus me fui un rato al Real, y al salir ocurriome pasar por _Praga_ a ver si estaba all Joaqun Pez, a quien tena que decir una cosa. Entro y lo primero que me veo es una pareja... en las mesas de la derecha... Quedeme mirando como un bobo... Eran un seor y una mujer vestida con una elegancia... cmo te dir?, con una elegancia improvisada. Yo conozco esa cara, fue lo primero que se me ocurri. Y al instante ca... Pero si es esa condenada de Fortunata!. Por mucho que yo te diga, no puedes formarte idea de la metamorfosis... Tendras que verla por tus propios ojos. Est de rechupete. De fijo que ha estado en Pars, porque sin pasar por all no se hacen ciertas transformaciones. Pseme todo lo cerca posible, esperando orla hablar. Cmo hablar? me deca yo. Porque el talle y el cors, cuando hay dentro calidad, los arreglan los modistos fcilmente; pero lo que es el lenguaje... Chico, habas de verla y te quedaras lelo, como yo. Diras que su elegancia es de lance y que no tiene aire de seora... Convenido; no tiene aire de seora; ni falta... pero eso no quita que tenga un aire seductor, capaz de... Vamos, que si la ves, tiras piedras. Te acordars de aquel cuerpo sin igual, de aquel busto estatuario, de esos que se dan en el pueblo y mueren en la oscuridad cuando la civilizacin no los busca y los _presenta_. Cuntas veces lo dijimos: Si este busto supiera explotarse...!. Pues hala!, ya lo tienes en perfecta explotacin. Te acuerdas de lo que sostenas?... El pueblo es la cantera. De l salen las grandes ideas y las grandes bellezas. Viene luego la inteligencia, el arte, la mano de obra, saca el bloque, lo talla... Pues chico, ah la tienes bien labrada... Qu lneas tan primorosas!... Por supuesto, hablando, de fijo que mete la pata. Yo me acercaba con disimulo. Comprend que me haba conocido y que mis miradas la cohiban... Pobrecilla! Lo elegante no le quitaba lo ordinario, aquel no s qu de pueblo, cierta timidez que se combina no s cmo con el descaro, la conciencia de valer muy poco, pero muy poco, moral e intelectualmente, unida a la seguridad de esclavizar... ah, bribonas!, a los que valemos ms que ellas... digo, no me atrevo a afirmar que valgamos ms, como no sea por la forma... En resumidas cuentas, chico, est que _ahuma_. Yo pensaba en la cantidad de agua que haba precedido a la transformacin. Pero ah!, las mujeres aprenden esto muy pronto. Son el mismo demonio para asimilarse todo lo que es del reino de la _toilette_. En cambio, yo apostara que no ha aprendido a leer... Son as; luego dicen que si las pervertimos. Pues volviendo a lo mismo, la metamorfosis es completa. Agua, figurines, la fcil costumbre de emperejilarse; despus seda, terciopelo, el sombrerito... --Sombrero!--exclam Juan en el colmo de la estupefaccin. --S; y no puedes figurarte lo bien que le cae. Parece que lo ha llevado toda la vida... Te acuerdas del paolito por la cabeza con el pico arriba y la lazada?... Quin lo dira! Qu transiciones!... Lo que te digo... Las que tienen genio, aprenden en un abrir y cerrar de ojos. La raza espaola es tremenda, chico, para la asimilacin de todo lo que pertenece a la forma... Pero si habas de verla t...! Yo, te lo confieso, estaba pasmado, absorto, embebe... Ay Dios mo!, entr Jacinta, y Villalonga tuvo que dar un quiebro violentsimo... Te digo que estaba embebecido. El discurso de Salmern fue admirable... pero de lo ms admirable... An me parece que estoy viendo aquella cara de _hijo del desierto_, y aquel movimiento horizontal de los ojos y la gallarda de los gestos. Gran hombre; pero yo pensaba: 'No te valen tus filosofas; en buena te has metido, y ya vers la que te tenemos armada'. Habl despus Castelar. Qu discursazo!, qu valor de hombre!, cmo se creca! Parecame que tocaba al techo. Cuando concluy: 'A votar, a votar...'. Jacinta volvi a salir sin decir nada. Sospechaba quizs que en su ausencia los tunantes hablaban de otro asunto, y se alej con nimo de volver y aproximarse cautelosa. Y aquel hombre... quin era? pregunt el Delfn que senta el ardor de una curiosidad febril. --ii-- Te dir... desde que le vi, me dije: Yo conozco esa cara. Pero no pude caer en quin era. Entr Pez y hablamos... l tambin quera reconocerle. Nos devanbamos los sesos. Por fin camos en la cuenta de que habamos visto a aquel sujeto das antes en el despacho del director del Tesoro. Creo que hablaba con este del pago de unos fusiles encargados a Inglaterra. Tiene acento cataln, gasta bigote y perilla... cincuenta aos... bastante antiptico. Pues vers; como Joaqun y yo la mirbamos tanto, el to aquel se escamaba. Ella no _se timaba_... pareca como vergonzosa... y qu mona estaba con su vergenza! Te acuerdas de aquel palmito descolorido con cabos negros? Pues ha mejorado mucho, porque est ms gruesa, ms llena de cara y de cuerpo. Santa Cruz estaba algo aturdido. Oyose la voz de Barbarita, que entraba con su nuera. Sal de estampa...--sigui Villalonga--a anunciar a los amigos que haba empezado la votacin... A los pies de usted, Barbarita... Yo bien, y usted? Aqu estaba contando... Pues deca que ech a correr.... --Hacia la calle de la Greda. --No... los amigos se haban trasladado a una casa de la calle de Alcal, la de Casa-Irujo, que tiene ventanas al parque del ministerio de la Guerra... Subo y me les encuentro muy desanimados. Me asom con ellos a las ventanas que dan a Buenavista, y no vi nada... Pero a cundo esperan? En qu estn pensando?.... Francamente, yo cre que el golpe se haba chafado y que Pava no se atreva a echar las tropas a la calle. Serrano, impaciente, limpiaba los cristales empaados, para mirar, y abajo no se vea nada. Mi general --le dije--, yo veo una faja negra, que as de pronto, en la oscuridad de la noche, parece un zcalo... Mire usted bien, no ser una fila de hombres?.--Y qu hacen ah pegados a la pared?.--Vea usted, vea usted, el zcalo se mueve. Parece una culebra que rodea todo el edificio y que ahora se desenrosca... Ve usted?... la punta se extiende hacia las rampas.--Soldados son--dijo en voz baja el general, y en el mismo instante entr Zalamero con medio palmo de lengua fuera, diciendo: La votacin sigue: la ventaja que llevaba al principio Salmern, la lleva ahora Castelar... nueve votos... Pero an falta por votar la mitad del Congreso.... Ansiedad en todas las caras... A m me tocaba entonces ir all, para traer el resultado final de la votacin... Tras, tras... cojo mi calle del Turco, y entrando en el Congreso, me encontr a un periodista que sala: La proposicin lleva diez votos de ventaja. Tendremos ministerio Palanca. Pobre Emilio!... Entr. En el saln estaban votando ya las filas de arriba. Ech un vistazo y sal. Di la vuelta por la curva, pensando lo que acababa de ver en Buenavista, la cinta negra enroscada en el edificio... Figueras sali por la escalerilla del reloj, y me dijo: Usted qu cree, habr trifulca esta noche?. Y le respond: Vyase usted tranquilo, maestro, que no habr nada.... Me parece--dijo con socarronera--que esto se lo lleva Pateta. Yo me re. Y a poco pasa un portero, y me dice con la mayor tranquilidad del mundo, que por la calle del Florn haba tropa. De veras? Visiones de usted. Qu tropa ni qu nio muerto!. Yo me haca de nuevas. Asom la jeta por la puerta del reloj. No me muevo de aqu--pens, mirando la mesa--. Ahora veris lo que es canela.... Estaban leyendo el resultado de la votacin. Lean los nombres de todos los votantes sin omitir uno. De repente aparecen por la puerta del rincn de Fernando el Catlico varios quintos mandados por un oficial, y se plantan junto a la escalera de la mesa. Parecan comparsas de teatro. Por la otra puerta entr un coronel viejo de la Guardia Civil. El coronel Iglesias--dijo Barbarita, que deseaba terminase el relato--. De buena escap el pas... Bien, Jacinto, supongo que almorzar usted con nosotros. --Pues ya lo creo--dijo el Delfn--. Hoy no le suelto; y pronto mam, que es tarde. Barbarita y Jacinta salieron. Y Salmern qu hizo?. --Yo puse toda mi atencin en Castelar, y le vi llevarse la mano a los ojos y decir: qu ignominia! En la mesa se arm un barullo espantoso... gritos, protestas. Desde el reloj vi una masa de gente, todos en pie... No distingua al presidente. Los quintos inmviles... De repente pum!, son un tiro en el pasillo... --Y empez la desbandada... Pero dime otra cosa, chico. No puedo apartar de mi pensamiento... Decas que llevaba sombrero? --Quin?... Ah, aquella! --S, sombrero, y de muchsimo gusto--dijo el compinche con tanto nfasis como si continuara narrando el suceso histrico--, y vestido azul elegantsimo y abrigo de terciopelo... --T ests de guasa? Abrigo de terciopelo. --Vaya... y con pieles, un abrigo soberbio. Le caa tan bien... que... Entr Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra manera. Villalonga gir sobre el ltimo concepto como una veleta impulsada por fuerte racha de viento. El abrigo que yo llevaba... mi gabn de pieles... quiero decir, que en aquella marimorena me arrancaron una solapa... la piel de una solapa quiero decir.... --Cuando se meti usted debajo del banco. --Yo no me met debajo de ningn banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme en salvo como los dems por lo que pudiera tronar. --Mira, mira, querida esposa--dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el chaleco, que se quit apenas puesto--. Mira cmo cuelga ese ltimo botn de abajo. Hazme el favor de pegrselo o decirle a Rafaela que se lo pegue, o en ltimo caso llamar al coronel Iglesias. --Venga ac--dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez. --En buen apuro me vi, camarata --dijo Villalonga conteniendo la risa--. Se enterara? Pues vers; otro detalle. Llevaba unos pendientes de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno plido. Ay, qu orejitas de Dios y qu turquesas! Te las hubieras comido. Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para averiguar dnde viva. Toda la gente que haba en Praga la miraba, y ella ms pareca corrida que orgullosa. Salimos... tras, tras... calle de Alcal, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros detrs. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al sereno, les abri, entraron. En una casa que est en la acera del Norte entre la tienda de figuras de yeso y el establecimiento de burras de leche... all. Entr Jacinta con el chaleco. --Vamos... a ver... Manda usa otra cosa? --Nada ms, hijita; muchas gracias. Dice este monstruo que no tuvo miedo y que se sali tan tranquilo... yo no lo creo. --Pero miedo a qu?... Si yo estaba en el ajo... Os dir el ltimo detalle para que os asombris. Los caones que puso Pava en las boca-calles estaban descargados. Y ya veis los que pas dentro. Dos tiros al aire, y lo mismo que se desbandan los pjaros posados en un rbol cuando dais debajo de l dos palmadas, as se desband la asamblea de la Repblica. --El almuerzo est en la mesa. Ya pueden ustedes venir--dijo la esposa, que sali delante de ellos muy preocupada. --Estmagos, a defenderse! Algunas palabras haba cogido la Delfina al vuelo que no tenan, a su parecer, ninguna relacin con aquello de las Cortes, el coronel Iglesias y el ministerio Palanca. Indudablemente haba moros por la costa. Era preciso descubrir, perseguir y aniquilar al corsario a todo trance. En la mesa vers la conversacin sobre el mismo asunto, y Villalonga, despus de volver a contar el caso con todos sus pelos y seales para que lo oyera D. Baldomero, aadi diferentes pormenores que daban color a la historia. --Ah! Castelar tuvo golpes admirables. Y la Constitucin federal?.... --La quemasteis en Cartagena. --Qu bien dicho! --El nico que se resista a dejar el local fue Daz Quintero, que empez a pegar gritos y a forcejear con los guardias civiles... Los diputados y el presidente abandonaron el saln por la puerta del reloj y aguardaron en la biblioteca a que les dejaran salir. Castelar se fue con dos amigos por la calle del Florn, y retirose a su casa, donde tuvo un fuerte ataque de bilis. Estas referencias o noticias sueltas eran en aquella triste historia como las uvas desgranadas que quedan en el fondo del cesto despus de sacar los racimos. Eran las ms maduras, y quizs por esto las ms sabrosas. --iii-- En los siguientes das, la observadora y suspicaz Jacinta not que su marido entraba en casa fatigado, como hombre que ha andado mucho. Era la perfecta imagen del corredor que va y viene y sube escaleras y recorre calles sin encontrar el negocio que busca. Estaba cabizbajo como los que pierden dinero, como el cazador impaciente que se desperna de monte en monte sin ver pasar alimaa cazable; como el artista desmemoriado a quien se le escapa del filo del entendimiento la idea feliz o la imagen que vale para l un mundo. Su mujer trataba de reconocerle, echando en l la sonda de la curiosidad cuyo plomo eran los celos; pero el Delfn guardaba sus pensamientos muy al fondo y cuando adverta conatos de sondaje, base ms abajo todava. Estaba el pobre Juanito Santa Cruz sometido al horroroso suplicio de la idea fija. Sali, investig, rebusc, y la mujer aquella, visin inverosmil que haba trastornado a Villalonga, no pareca por ninguna parte. Sera sueo, o ficcin vana de los sentidos de su amigo? La portera de la casa indicada por Jacinto se prest a dar cuantas noticias se le exigan, mas lo nico de provecho que Juan obtuvo de su indiscrecin complaciente fue que en la casa de huspedes del segundo haban vivido un seor y una seora, guapetona ella durante dos das nada ms. Despus haban desaparecido... La portera declaraba con notoria agudeza que, a su parecer, el seor se haba largado por el tren, y la _individua_, seora... o lo que fuera... _andaba por Madrid_. Pero dnde demonios andaba? Esto era lo que haba que averiguar. Con todo su talento no poda Juan darse explicacin satisfactoria del inters, de la curiosidad o afn amoroso que despertaba en l una persona a quien dos aos antes haba visto con indiferencia y hasta con repulsin. La forma, la pcara forma, alma del mundo, tena la culpa. Haba bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizs mal oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal, se trocaran en un afn ardiente de apreciar por s mismo aquella transformacin admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda. Si esto no es ms que curiosidad, pura curiosidad...--se deca Santa Cruz, caldeando su alma turbada--. Seguramente, cuando la vea me quedar como si tal cosa; pero quiero verla, quiero verla a todo trance... y mientras no la vea, no creer en la metamorfosis. Y esta idea le dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producale un dolor indecible, y se fue exaltando, y por ltimo figurbase que tena sobre s una grande, irreparable desgracia. Para acabar de aburrirle y trastornarle, un da fue Villalonga con nuevos cuentos. He averiguado que el hombre aquel es un trapisondista... Ya no est en Madrid. Lo de los fusiles era un timo... letras falsificadas. --Pero ella... --A ella la ha visto ayer Joaqun Pez... Sosigate, hombre, no te vaya a dar algo. Dnde dices? Pues por no s qu calle. La calle no importa. Iba vestida con la mayor humildad... T dirs como yo, y el abrigo de terciopelo?... y el sombrerito?... y las turquesas?... Parceme que me dijo Joaqun que an llevaba las turquesas... No, no, no dijo esto, porque si las hubiera llevado, no las habra visto. Iba de pauelo a la cabeza, bien anudado debajo de la barba, y con un mantn negro de mucho uso, y un gran lo de ropa en la mano... Te explicas esto? No? Pues yo s... En el lo iba el abrigo, y quizs otras prendas de ropa... --Como si lo viera--apunt Juanito con rpido discernimiento--. Joaqun la vio entrar en una casa de prstamos. --Hombre, qu talentazo tienes!... Verde y con asa... --Pero no la vio salir; no la sigui despus para ver dnde vive? --Eso te tocaba a ti... Tambin l lo habra hecho. Pero considera, alma cristiana, que Joaquinito es de la Junta de Aranceles y Valoraciones, y precisamente haba junta aquella tarde, y nuestro amigo iba al ministerio con la puntualidad de un Pez. Quedose Juan con esta noticia ms pensativo y peor humorado, sintiendo arreciar los sntomas del mal que padeca, y que principalmente se alojaba en su imaginacin, mal de nimo con mezcla de un desate nervioso acentuado por la contrariedad. Por qu la despreci cuando la tuvo como era, y la solicitaba cuando se volvi muy distinta de lo que haba sido?... El pcaro ideal, ay!, el eterno _cmo ser?_ Y la pobre Jacinta, a todas estas, descrismndose por averiguar qu demonches de antojo o mana embargaba el nimo de su inteligente esposo. Este se mostraba siempre considerado y afectuoso con ella; no quera darle motivo de queja; mas para conseguirlo, necesitaba apelar a su misma imaginacin daada, revestir a su mujer de formas que no tena, y suponrsela ms ancha de hombros, ms alta, ms mujer, ms plida... y con las turquesas aquellas en las orejas... Si Jacinta llega a descubrir este arcano escondidsimo del alma de Juanito Santa Cruz, de fijo pide el divorcio. Pero estas cosas estaban muy adentro, en cavernas ms hondas que el fondo de la mar, y no llegara a ella la sonda de Jacinta ni con todo el plomo del mundo. Cada da ms dominado por su frenes investigador, visit Santa Cruz diferentes casas, unas de peor fama que otras, misteriosas aquellas, estas al alcance de todo el pblico. No encontrando lo que buscaba en lo que parece ms alto, descendi de escaln en escaln, visit lugares donde haba estado algunas veces y otros donde no haba estado nunca. Hall caras conocidas y amigas, caras desconocidas y repugnantes, y a todas pidi noticias, buscando remedio al tifus de curiosidad que le consuma. No dej de tocar a ninguna puerta tras de la cual pudieran esconderse la vergenza perdida o la perdicin vergonzosa. Sus explicaciones parecan lo que no eran por el ardor con que las practicaba y el carcter humanitario de que las revesta. Pareca un padre, un hermano que desalado busca a la prenda querida que ha cado en los ddalos tenebrosos del vicio. Y quera cohonestar su inquietud con razones filantrpicas y aun cristianas que sacaba de su entendimiento rico en sofisteras. Es un caso de conciencia. No puedo consentir que caiga en la miseria y en la abyeccin, siendo, como soy, responsable... Oh!, mi mujer me perdone; pero una esposa, por inteligente que sea, no puede hacerse cargo de los motivos morales, s, morales que tengo para proceder de esta manera. Y siempre que iba de noche por las calles, todo bulto negro o pardo se le antojaba que era la que buscaba. Corra, miraba de cerca... y no era. A veces crea distinguirla de lejos, y la forma se perda en el gento como la gota en el agua. Las siluetas humanas que en el claro oscuro de la movible muchedumbre parecen escamoteadas por las esquinas y los portales, le traan descompuesto y sobresaltado. Mujeres vio muchas, a oscuras aqu, all iluminadas por la claridad de las tiendas; mas la suya no pareca. Entraba en todos los cafs, hasta en algunas tabernas entr, unas veces solo, otras acompaado de Villalonga. Iba con la certidumbre de encontrarla en tal o cual parte; pero al llegar, la imagen que llevaba consigo, como hechura de sus propios ojos, se desvaneca en la realidad. Parece que donde quiera que voy --deca con profundo tedio--llevo su desaparicin, y que estoy condenado a expulsarla de mi vista con mi deseo de verla!. Decale Villalonga que tuviera paciencia; pero su amigo no la tena; iba perdiendo la serenidad de su carcter, y se lamentaba de que a un hombre tan grave y bien equilibrado como l le trastornase tanto un mero capricho, una tenacidad del nimo, desazn de la curiosidad no satisfecha. Cosas de los nervios, verdad Jacintillo? Esta pcara imaginacin... Es como cuando t te ponas enfermo y delirante esperando ver salir una carta que no sala nunca. Francamente, yo me crea ms fuerte contra esta horrible neurosis de la carta que no sale. Una noche que haca mucho fro, entr el Delfn en su casa no muy tarde, en un estado lamentable. Se senta mal, sin poder precisar lo que era. Dejose caer en un silln y se inclin de un lado con muestras de intenssimo dolor. Acudi a l su amante esposa, muy asustada de verle as y de or los ayes lastimeros que de sus labios se escapaban, junto con una expresin fea que se perdona fcilmente a los hombres que padecen. Qu tienes, nenito?. El Delfn se oprima con la mano el costado izquierdo. Al pronto crey Jacinta que a su marido le haban pegado una pualada. Dio un grito... mir; no tena sangre... Ah! Es que te duele?... Pobrecito nio! Eso ser fro... Esprate, te pondr una bayeta caliente... te daremos friegas con... con rnica.... Entr Barbarita y mir alarmada a su hijo, pero antes de tomar ninguna disposicin, echole una buena reprimenda porque no se recataba del crudsimo viento seco del Norte que en aquellos das reinaba. Juan entonces se puso a tiritar, dando diente con diente. El fro que le acometi fue tan intenso que las palabras de queja salan de sus labios como pulverizadas. La madre y la esposa se miraron con terror consultndose recprocamente en silencio sobre la gravedad de aquellos sntomas... Es mucho Madrid este. Sale de caza un cristiano por esas calles, noche tras noche. En dnde estar la res? Tira por aqu, tira por all, y nada. La res no cae. Y cuando ms descuidado est el cazador, viene callandito por detrs una pulmona de la finas, le apunta, tira, y me le deja seco. Madrid.--Enero de 1886. FIN DE LA PRIMERA PARTE * * * * * Parte segunda -I- Maximiliano Rubn --i-- La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo en los soportales de Plateras, entre las calles de la Caza y San Felipe Neri, desapareci, si no estoy equivocado, en los primeros das de la revolucin del 68. En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua como la Monarqua espaola, ralo ms que los Borbones, pues su fundacin databa de 1640, como lo deca un letrero muy mal pintado en la anaquelera. Dicho establecimiento slo tena una puerta, y encima de ella este breve rtulo: _Rubn_. Federico Ruiz, que tuvo aos ha la mana de escribir artculos sobre los _Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna Espaa_ (con los cuales artculos le hicieron un folletito los editores de la Revista que los public gratis), sostena que el apellido de Rubn era judo y fue usado por algunos conversos que permanecieron aqu despus de la expulsin. En la calle de Milaneses, en la de Mesn de Paos y en Plateras se albergaban diferentes familias de _ex-deicidas_, cuyos ltimos vstagos han llegado hasta nosotros, ya sin carcter _fisonmico ni etnogrfico_. As lo deca el fecundo publicista, y dedicaba medio artculo a demostrar que el verdadero apellido de los Rubn era _Rubn_. Como nadie le contradeca, dbase l a probar cuanto le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen algunos sabios del da en ciertos trabajos de erudicin que el pblico no lee y que los editores no pagan. Bastante hacen con publicarlos. No quisiera equivocarme; pero me parece que todo aquel judasmo de mi amigo era pura fluxin de su acatarrado cerebro, el cual eliminaba aquellas enfadosas materias como otras muchas, segn el tiempo y las circunstancias. Y me consta que D. Nicols Rubn, ltimo poseedor de la mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa. La muerte de este D. Nicols Rubn y el acabamiento de la tienda fueron simultneos. Tiempo haca que las deudas socavaban la casa, y se sostena apuntalada por las consideraciones personales que los acreedores tenan a su dueo. El motivo de la ruina, segn opinin de todos los amigos de la familia, fue la mala conducta de la esposa de Nicols Rubn, mujer desarreglada y escandalosa, que viva con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que hablar por sus devaneos y trapisondas. Diversas e inexplicables alternativas hubo en aquel matrimonio, que tan pronto estaba unido como disuelto de hecho, y el marido pasaba de las violencias ms brbaras a las tolerancias ms vergonzosas. Cinco veces la ech de su casa y otras tantas volvi a admitirla, despus de pagarle todas sus trampas. Cuentan que Maximiliana Llorente era una mujer bella y deseosa de agradar, de esas que no caben en la estrechez vulgar de una tienda. Se la llev Dios en 1867, y al ao siguiente pas a mejor vida el pobre Nicols Rubn, de una rotura de varisis, no dejando a sus hijos ms herencia que la detestable reputacin domstica y comercial, y un pasivo enorme que difcilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda. Los acreedores arramblaron por todo, hasta por la anaquelera, que slo sirvi para lea. Era contempornea del Conde-Duque de Olivares. Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en sus nombres y en la edad que tenan cuando acaeci la muerte del padre. _Juan Pablo_, de veintiocho aos. _Nicols_, de veinticinco. _Maximiliano_, de diecinueve. Ninguno de los tres se pareca a los otros dos ni en el semblante ni en la complexin, y slo con muy buena voluntad se les encontraba el aire de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la maliciosa versin de que los tales eran hijos de diferentes padres. Poda ser calumnia, poda no serlo; pero debe decirse para que el lector vaya formando juicio. Algo tenan de comn, ahora que recuerdo, y era que todos padecan de fuertes y molestsimas jaquecas. Juan Pablo era guapo, simptico y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fcil en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicols era desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a causa de la viruela, y tan peludo, que le salan mechones por la nariz y por las orejas. Maximiliano era raqutico, de naturaleza pobre y linftica, absolutamente privado de gracias personales. Como que haba nacido de siete meses y luego se le criaron con bibern y con una cabra. Cuando muri el padre de estos tres mozos, Nicols, o sea el peludo (para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su to D. Mateo Zacaras Llorente, capelln de _Doncellas Nobles_, el cual le meti en el Seminario y le hizo sacerdote; Juan Pablo y Maximiliano se fueron a vivir con su ta paterna doa Guadalupe Rubn, viuda de Juregui, conocida vulgarmente por _Doa Lupe la de los pavos_, la cual vivi primero en el barrio de Salamanca y despus en Chamber, seora de tales circunstancias, que bien merece toda la atencin que le voy a consagrar ms adelante. En un pueblo de la Alcarria tenan los hermanos Rubn una ta materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba vendiendo vidas, la herencia de esta seora no era ms que una esperanza remota. No haba ms remedio que trabajar, y Juan Pablo empez a buscarse la vida. Odiaba de tal modo las tiendas de tiradores de oro, que cuando pasaba por alguna, pareca que le entraba la jaqueca. Metiose en un negocio de pescado, unindose a cierto individuo que lo reciba en comisin para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de escabeche en la misma estacin o en la plaza de la Cebada; pero en los primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan Pablo abandon la pesca y se dedic a viajante de comercio. Durante un par de aos estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de muestras. De Barcelona hasta Huelva, y desde Pontevedra a Almera no le qued rincn que no visitase, detenindose en Madrid todo el tiempo que poda. Trabaj en sombreros de fieltro, en calzado de Soldevilla, y derram por toda la Pennsula, como se esparce sobre el papel la arenilla de una salvadera, diferentes artculos de comercio. En otra temporada corri chocolates, pauelos y chales _galera_, conservas, devocionarios y hasta palillos de dientes. Por su diligencia, su honradez y por la puntualidad con que remita los fondos recaudados, sus comitentes le apreciaban mucho. Pero no se sabe cmo se las compona, que siempre estaba _ms pobre que las ratas_, y se lamentaba con amanerado pesimismo de su pcara suerte. Todas sus ganancias se le iban _por entre los dedos_, frecuentando mucho los cafs en sus ratos de descanso, convidando sin tasa a los amigos y dndose la mejor vida posible en las poblaciones que visitaba. A los funestos resultados de este sistema llamaba l _haber nacido con mala sombra_. La misma heterogeneidad y muchedumbre de artculos que corra merm pronto los resultados de sus viajes y algunas casas empezaron a retirarle su confianza, y el aburrido viajante, siempre de mal temple y echando maldiciones y ternos contra los mercachifles, aspiraba a un cambio de vida y a ocupacin ms lucrativa y noble. Da memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropez con un cierto amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro. El amigo era diputado de los que llamaban _cimbros_, y Juan Pablo, que era hombre de mucha labia, le encareci tanto su aburrimiento de la vida comercial y lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo crey, y hgote empleado. Rubn fue al mes siguiente inspector de polica en no s qu provincia. Pero su infame estrella se la haba jurado: a los tres meses cambi la situacin poltica, y mi Rubn cesante. Haba tomado el gusto a la carne de nmina, y ya no poda ser ms que empleado o pretendiente. No s qu hay en ello, pero es lo cierto que hasta la cesanta parece que es un goce amargo para ciertas naturalezas, porque las emociones del pretender las vigorizan y entonan, y por eso hay muchos que el da que les colocan se mueren. La irritabilidad les ha dado vida y la sedacin brusca les mata. Juan Pablo senta increbles deleites en ir al caf, hablar mal del Gobierno, anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar al protector en las esquinas de Gobernacin o a la salida del Congreso, dar el salto del tigre y caerle encima cuando le vea venir. Por fin sali la credencial. Pero, qu demonio!, siempre la condenada suerte persiguindole, porque todos los empleos que le daban eran de lo ms antiptico que imaginarse puede. Cuando no era algo de la polica secreta, era cosa de crceles o presidios. Entretanto cuidaba de su hermano pequeo, por quien senta un cario que se confunda con la lstima, a causa de las continuas enfermedades que el pobre chico padeca. Pasados los veinte aos, se vigoriz un poco, aunque siempre tena sus arrechuchos; y vindole ms entonado, Juan Pablo determin darle una carrera para que no se malograse como l se malogr, por falta de una direccin fija desde la edad en que se plantea el porvenir de los hombres. Achacaba el mayor de los Rubn su desgracia a la disparidad entre sus aptitudes innatas y los medios de exteriorizarse. Oh, si mi padre me hubiera dado una carrera!---pensaba---, yo sera hoy algo en el mundo.... No tard en recibir un nuevo golpe, pues cuando soaba con un ascenso le limpiaron otra vez el comedero. Y he aqu a mi hombre pasendose por Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las horas en este y el otro caf, hablando de la situacin siempre de la situacin, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que son los polticos espaoles! Duro en ellos! As se desahogan los espritus alborotados y tempestuosos. Y por aquella vez no haba esperanzas para Juan Pablo, porque los _suyos_, los que l llamaba con tanto nfasis los _mos_, estaban por los suelos, y haba lo que llaman _racha_ en las regiones burocrticas. A veces exploraba el msero cesante su conciencia, y se asombraba de no encontrar en ella nada en qu fundar terminantemente su filiacin poltica. Porque ideas fijas... Dios las diera; haba ledo muy poco y nutra su entendimiento de lo que en los cafs escuchaba y de lo que los peridicos le decan. No saba fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo llamaba _doctrinario_ a cualquiera sin saber lo que la palabra significaba. Tan pronto senta en su espritu, sin saber por qu ni por qu no, frentico entusiasmo por los derechos del hombre; tan pronto se le inundaba el alma de gozo oyendo decir que el Gobierno iba a dar mucho estacazo y a pasarse los tales derechos por las narices. En tal situacin, presentose inopinadamente en Madrid Nicols Rubn, el curita peludo, que tambin tena sus pretensiones de ingresar no s si en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras. De resultas de esto, Juan Pablo apareci un da en el caf con cierta animacin, mucho desenfado en sus juicios polticos, dndolas de profeta y expresando ms altaneramente que nunca su desprecio de la situacin dominante. A los que de esta manera se conducen, se les mira en los cafs con un poquillo de respeto y aun con cierta envidia, suponindoles conocedores de secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda. El amigo Rubn--dijo, en ausencia de l D. Basilio Andrs de la Caa, que era uno de los puntos fijos en la mesa--, me parece a m que no juega limpio con nosotros. Si le van a colocar que lo diga de una vez. Qu tenemos, viene _la federal_ o qu? _Misterios! Meditemos!_... O es que le lleva cuentos a don Prxedes? Bueno, seores, que se los lleve. No me importa el espionaje. Esto pasaba a fines de 1872. De pronto Rubn dijo que iba al extranjero a reanudar sus trabajos de viajante de comercio. Desapareci de Madrid, y al cabo de meses se susurr en la tertulia del caf que estaba en la faccin, y que D. Carlos le haba nombrado algo como contador o intendente en su Cuartel Real. Spose ms tarde que haba ido a Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que vino disfrazado a Madrid y pas a la Mancha y Andaluca en el verano del 73, cuando la Pennsula, ardiendo por los cuatro costados, era una inmensa pira a la cual cada espaol haba llevado su tea y el Gobierno soplaba. --ii-- Juan Pablo, que siempre se haba equivocado en lo referente a s mismo y andaba por caminos torcidos, acert al disponer que su hermano pequeo siguiese la carrera de Farmacia. Muchas personas que no hacen ms que disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la direccin de los dems, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los del prjimo. En tal decisin tuvo adems bastante parte un grande amigo del difunto Nicols Rubn y de toda la familia (el farmacutico Samaniego, dueo de la acreditada botica de la calle del Ave Mara), prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevrsele de mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase al frente del establecimiento. Empez Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su ta le ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras materias: agua del pozo, ceniza del fogn, tierra de los tiestos, etctera... El pobre chico, que era muy dcil, con todo se mostraba conforme. Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tena por esta carrera ni por otra alguna; no se haba despertado en l ningn afn grande ni esa curiosidad sedienta de que sale la sabidura. Era tan endeble que la mayor parte del ao estaba enfermo, y su entendimiento no vea nunca claro en los senos de la ciencia, ni se apoderaba de una idea sino despus de echarle muchas lazadas como si la amarrara. Usaba de su escasa memoria como de un ave de cetrera para cazar las ideas; pero el halcn se le marchaba a lo mejor, dejndole con la boca abierta y mirando al cielo. Fueron penossimos los primeros pasos en la carrera. La pereza y la debilidad le retenan en el lecho por las maanas ms tiempo del regular, y la pobre doa Lupe pasaba la pena negra para sacarle de las sbanas. Levantbase ella muy temprano, y se pona a dar golpes con el almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las ms de las veces no se daba por entendido de tal estruendo. Luego le haca cosquillas, acostaba al gato con l, le retiraba las sbanas con la debida precaucin para que no se enfriase. El sueo se cebaba de tal modo en aquel cuerpo, por las exigencias de la reparacin orgnica, que el despertar del estudiante era obra de romanos y una de las cosas en que ms energa y constancia desplegaba doa Lupe. El muchacho estudiaba y quera cumplir con su deber; pero no poda ir ms all de sus alcances. Doa Lupe le ayudaba a estudiar las lecciones, animbale en sus desfallecimientos, y cuando le vea apurado y temeroso por la proximidad de los exmenes, se pona la mantilla y se iba a hablar con los profesores. Tales cosas les deca, que el chico pasaba, aunque con malas notas. Como no estuviese enfermo, asista puntualmente a clase, y era de los que traan mayor trajn de notas, apuntes y cuadernos. Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no perda slaba de lo que el profesor deca. Era de cuerpo pequeo y no bien conformado, tan endeble que pareca que se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo. Cuando estaban juntos l y su hermano Nicols, a cualquiera que les viese se le ocurrira proponer al segundo que otorgase al primero los pelos que le sobraban. Nicols se haba llevado todo el cabello de la familia, y por esta usurpacin pilosa, la cabeza de Maximiliano anunciaba que tendra calva antes de los treinta aos. Su piel era lustrosa, fina, cutis de nio con transparencias de mujer desmedrada y clortica. Tena el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no slo fealdad sino obstrucciones de respiracin nasal, que eran sin duda la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura haba salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijramos, donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le molestaran nunca; pero si tena el pobrecito cada dolor de muelas que le haca poner el grito ms all del Cielo! Padeca tambin de corizas y las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crnico, con la pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea, demonios o no s qu. Dgase lo que se quiera, Rubn no tena ilusin ninguna con la Farmacia. Mas no estaba vaca de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan desfavorecido por la Naturaleza que fsica y moralmente pareca hecho de sobras. A los dos o tres aos de carrera, aquel molusco empez a sentir vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empez a entrever las fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Viva doa Lupe en aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban _Pajaritos_. Maximiliano vea desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de Serrano; y no hay idea de la admiracin que le causaban aquellos jvenes, ni del arrobamiento que le produca la franja azul en el pantaln, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el cuello, y la espada... tan chicos algunos y ya con espada! Algunas noches, Maximiliano soaba que tena su tizona, bigote y uniforme, y hablaba dormido. Despierto deliraba tambin, figurndose haber crecido una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan cado para adelante, imaginndose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el pelo y que se le pona un empaque marcial como el del ms pintado. Qu suerte tan negra! Si l no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran puesto a estudiar aquella carrera, cunto se habra aplicado! Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habra salido el talento, como se saca lumbre a la madera frotndola mucho. Los sbados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y la fascinacin de este espectculo durbale hasta el lunes. En la clase misma, que por la placidez del local y la monotona de la leccin convidaba a la somnolencia, se pona a jugar con la fantasa y a provocar y encender la ilusin. El resultado era un completo xtasis, y al travs de la explicacin sobre las propiedades teraputicas de las tinturas madres, vea a los alumnos militares en su estudio tctico de campo, como se puede ver un paisaje al travs de una vidriera de colores. Los chicos de la clase de Botnica se entretenan en ponerse motes semejantes a las nomenclaturas de Linneo. A un tal Anacleto que se las tiraba de muy fino y muy seorito, le llamaban _Anacletus obsequiosissimus_; a Encinas, que era de muy corta estatura, le llamaban _Quercus gigantea_. Olmedo era muy abandonado y le caa admirablemente el _Ulmus sylvestris_. Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente. Pusironle _Pseudo-Narcissus odoripherus_. A otro que era muy pobre y gozaba de un empleto, le pusieron _Christophorus oficinalis_ y por ltimo, a Maximiliano Rubn, que era fesimo, desmaado y de muy cortos alcances, se le llam durante toda la carrera _Rubinius vulgaris_. Al entrar el ao de 1874, tena Maximiliano veinticinco y no representaba an ms de veinte. Careca de bigote, pero no de granos que le salan en diferentes puntos de la cara. A los veintitrs aos tuvo una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida; pero cuando sali de ella pareca un poco ms fuerte; ya no era su respiracin tan fatigosa ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus muelas parecan ms civilizados. No usaba ya el ioduro tan a pasto ni el canuto de brea, y slo las jaquecas persistan, como esos amigos machacones cuya visita peridica causa espanto. Juan Pablo estaba entonces en el Cuartel Real, y doa Lupe dejaba a Maximiliano en libertad, porque le crea inaccesible a los vicios por razn de su pobreza fsica, de su natural aptico y de la timidez que era el resultado de aquellas desventajas. Y adems de libertad, dbale su ta algn dinero para sus placeres de mozo, segura de que no haba de gastarlo sino con mucho pulso. Inclinbase el chico a economizar, y tena una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y algn centn de oro que le daban sus hermanos cuando venan a Madrid. En la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda, que cuidaba como a las nias de sus ojos. De esto le sobrevino alguna presuncin, y gracias a ella su figura no pareca tan mala como era realmente. Tena su buena capa de embozos colorados; por la noche se liaba en ella, metase en el tranva y se iba a dar una vuelta hasta las once, rara vez hasta las doce. Por aquel tiempo se mud doa Lupe a Chamber, buscando siempre casas baratas, y Maximiliano fue perdiendo poco a poco la ilusin de los alumnos de Estado Mayor. Su timidez, lejos de disminuir con los aos, pareca que aumentaba. Crea que todos se burlaban de l considerndole insignificante y para poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le haca huir del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en que deba entrar imponale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Tema encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que haba de decir, aconteciendo las ms de las veces que no deca nada. Ciertas personas le infundan un respeto que casi casi era pnico, y al verlas venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le haban hecho dao alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de doa Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al caf con los amigos, estaba muy bien si no haba ms que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la lengua y se pona a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se reunieran seis u ocho personas, enmudeca, incapaz de tener una opinin sobre nada. Si se vea obligado a expresarse, o porque se queran _quedar con l_ o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi hombre como la grana y tartamudeando. Por esto le gustaba ms, cuando el tiempo no era muy fro, vagar por las calles, embozadito en su paosa, viendo escaparates y la gente que iba y vena, parndose en los corros en que cantaba un ciego, y mirando por las ventanas de los cafs. En estas excursiones poda muy bien emplear dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y coga impulso, el cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presin altsima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo aventuras y ser muy otro de lo que era. La calle con su bullicio y la diversidad de cosas que en ella se ven, ofreca gran incentivo a aquella imaginacin, que al desarrollarse tarde, sola desplegar los bros de que dan muestras algunos enfermos graves. Al principio no le llamaban la atencin las mujeres que encontraba; pero al poco tiempo empez a distinguir las guapas de las que no lo eran, y se iba en seguimiento de alguna, por puro xtasis de aventura, hasta que encontraba otra mejor y la segua tambin. Pronto supo distinguir de _clases_, es decir, lleg a tener tan buen ojo, que conoca al instante las que eran honradas y las que no. Su amigo _Ulmus sylvestris_, que a veces le acompaaba, indjole a romper la reserva que su encogimiento le impona, y Maximiliano conoci a algunas que haba visto ms de una vez y que le haban parecido muy guapetonas. Pero su alma permaneca serena en medio de sus tentativas viciosas: las mismas con quienes pas ratos agradables le repugnaban despus, y como las viera venir por la calle, les hua el bulto. Agradbale ms vagar solo que en compaa de Olmedo, porque este le distraa, y el goce de Maximiliano consista en pensar e imaginar libremente y a sus anchas, figurndose realidades y volando sin tropiezo por los espacios de lo posible, aunque fuera improbable. Andar, andar y soar al comps de las piernas, como si su alma repitiera una msica cuyo ritmo marcaban los pasos, era lo que a l le deleitaba. Y como encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a s mismo que _aquellas eran honradas_, y en seguirlas hasta ver a dnde iban. Una honrada! Que me quiera una honrada!. Tal era su ilusin... Pero no haba que pensar en tal cosa. Slo de pensar que le diriga la palabra a una honrada, le temblaban las carnes. Si cuando iba a su casa y estaban en ella Rufinita Torquemada o la seora de Samaniego con su hija Olimpia, se meta en la cocina por no verse obligado a saludarlas...! --iii-- De esta manera aquel misntropo lleg a vivir ms con la visin interna que con la externa. El que antes era como una ostra haba venido a ser algo como un poeta. Viva dos existencias, la del pan y la de las quimeras. Esta la haca a veces tan esplndida y tal alta, que cuando caa de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho. Tena Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos. Bien era oficial de ejrcito y tena una cuarta ms de alto, nariz aguilea, mucha fuerza muscular y una cabeza... una cabeza que no le dola nunca; o bien un paisano pudiente y muy galn, que hablaba por los codos sin turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer ms arisca, y que estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua. Pues como dije, se iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer. Y si aquello le durara, sera tan loco como cualquiera de los que estn en Legans. La suerte suya era que aquello se pasaba, como pasara una jaqueca; pero la alucinacin recobraba su imperio durante el sueo, y all eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, herosmos y otros fenmenos sublimes del alma. Al despertar, en ese momento en que los juicios de la realidad se confunden con las imgenes mentirosas del sueo y hay en el cerebro un crepsculo, una discusin vaga entre lo que es verdad y lo que no lo es, el engao persista un rato, y Maximiliano haca por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las imgenes que se dispersaban. Verdaderamente--deca l--, por qu ha de ser una cosa ms real que la otra? Por qu no ha de ser sueo lo del da y vida efectiva lo de la noche? Es cuestin de nombres y de que diramos en llamar _dormir_ a lo que llamamos _despertar_, y _acostarse_ al _levantarse_... Qu razn hay para que no diga yo ahora mientras me visto: 'Maximiliano, ahora te ests echando a dormir. Vas a pasar mala noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de _Materia farmacutica animal_...?'. El tal _Ulmus sylvestris_ era un chico simptico, buen mozo, alegre y de cabeza un tanto ligera. De todos los compaeros de _Rubinius vulgaris_, aquel era el que ms le quera, y Maximiliano le pagaba con un cario que tena algo de respeto. Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar, mudando cada mes de casa de huspedes, pasndose las noches en lugares pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si fueran un programa que haba que cumplir sin remedio. ltimamente viva con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dndose importancia con ello, como si el _entretener_ mujeres fuese una carrera en que haba que matricularse para ganar ttulo de hombre hecho y derecho. Dbale l lo poco que tena, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un da con estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupacin. Tomaba l en serio este gnero de vida, y cuando tena dinero, invitaba a sus amigos a _tomar un bacalao_ en su _hotel_, dndose unos aires de hombre de mundo y pilln, con cierta imitacin mala del desgaire parisiense que conoca por las novelas de Paul de Kock. Feliciana era de Valencia, y pona muy bien el arroz; pero el servicio de la mesa y la mesa misma tenan que ver. Y Olmedo lo haca todo tan al vivo y tan con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino, cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y haca todos los desatinos que, a su parecer, constituan el rito de perdido; pues a l se le antoj ser perdido, como otros son masones o caballeros cruzados, por el prurito de desempear papeles y de tener una significacin. Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera puesto con verdadero entusiasmo, y senta que no hubiese un distintivo cualquiera, cinta, plumacho o galn, para salir con l, diciendo tcitamente: Vean ustedes lo perdulario que soy. Y en el fondo era un infeliz. Aquello no era ms que una prolongacin viciosa de la _edad del pavo_. Maximiliano no iba nunca a las francachelas de su amigo, aunque este le convidaba siempre. Pero se informaba de la salud de Feliciana, como si fuera una seora, y Olmedo tambin tomaba esto en serio, diciendo: La tengo un poquillo delicada. Hoy le he dicho a Orfila que se pase por casa. Este Orfila era un estudiantillo de ltimo ao de Medicina, que se llamaba lo mismo que el clebre doctor, y curaba, es decir, recetaba a los amigos y a las amigas de los amigos. Un da, al salir de clase, dijo Olmedo a Rubn: Vete por casa si quieres ver una mujer... hasta all. Es una amiga de Feliciana, que se ha ido a nuestro _hotel_ unos das mientras encuentra colocacin. --Es honrada?--pregunt Rubn, mostrando en su tono la importancia que daba a la honradez. --Honrada!, qu narices!--exclam el perdis riendo--. Pero t crees que hay alguna mujer que sea... lo que se llama honrada? Esto lo dijo con aplomo filosfico, el sombrero inclinado sobre la sien derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravacin humana. Ya no haba mujeres honradas: lo deca un conocedor profundo de la sociedad y del vicio. El escepticismo de Olmedo era signo de infancia, un desorden de transicin fisiolgica, algo como una segunda denticin. Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con otras ideas y otra manera de ser. Con que no es honrada!... apunt Maximiliano, que habra deseado que todas las hembras lo fueran. --Qu ha de ser, hombre?... Buena pa est! Lleg a Madrid no hace mucho tiempo con un barbin... creo que tratante en fusiles. Traan un tren, chico!... La vi una noche... Te juro que daba el puro opio. Pareca del propio Pars... Pero yo no s lo que pas, narices! Aquel seor no jugaba limpio, y una maana se larg dejando un pico muy grande en la casa de huspedes, y otro pico no s dnde, y picos y picos... Total, que la pobre tuvo que empear todos sus trapos y se qued con lo puesto, nada ms que con lo puesto, cuando lo tiene puesto se entiende. Feliciana se la encontr no s dnde hecha un mar de lgrimas, y le dijo: vente a mi casa. All est! Hace sus saliditas, ojo al Cristo, para lo cual Feliciana le presta su ropa. No te creas; es una chica muy buena. Tiene un ngel...! Por la noche fue Maximiliano al _hotel_ de Feliciana, tercer piso en la calle de Pelayo, y al entrar, lo primero que vio... Es que junto a la puerta de entrada haba un cuartito pequeo, que era donde moraba la huspeda, y esta sala de su escondrijo cuando Rubn entraba. Feliciana haba salido a abrir con el quinqu en la mano, porque lo llevaba para la sala, y a la luz vivsima del petrleo sin pantalla, encar Maximiliano con la ms extraordinaria hermosura que hasta entonces haban visto sus ojos. Ella le mir a l como a una cosa rara, y l a ella como a sobrenatural aparicin. Pas Rubn a la salita, y dejando su capa, se sent en un silln de hule cuyos muelles asesinaban la parte del cuerpo que sobre ellos caa. Olmedo quera que su amigo jugase con l a la siete y media; pero como Maximiliano se negase a ello, empez a hacer solitarios. Puso Feliciana sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y despus se ech con indolencia en la butaca, abrigndose con su mantn alfombrado. Fortunata--grit llamando a su amiga, que daba vueltas por toda la casa como si buscara alguna cosa--. Qu se te ha perdido?. --Chica, mi toquilla azul.--Vas a salir ya?--S: qu hora es? Rubn se alegr de aquella ocasin que se le presentaba de prestar un servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad, dijo: Las nueve menos siete minutos... y medio. No poda decirse la hora con exactitud ms escrupulosa. Ya ves--dijo Feliciana--. tienes tiempo... Hasta las diez. Con que salgas de aqu a las diez menos cuarto... Pero esa toquilla?... Mrala, mrala en esa silla junto a la cmoda. --Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde. Se la puso, envolvindose la cabeza, echando miradas a un espejo de marco negro que sobre la cmoda estaba, y despus se sent en una silla a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la mir mejor. No se hartaba de mirarla, y una obstruccin singular se le fij en el pecho, cortndole la respiracin. Y qu decir? Porque haba que decir algo. El pobre joven se senta delante de aquella hermosura ms cortado que en la visita de ms campanillas. Bien puedes abrigarte indic Feliciana a su amiga; y Rubn vio el cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosfica: --S, est la noche fresquecita. --Llvate el llavn...--aadi Feliciana--. Ya sabes que el sereno se llama Paco. Suele estar en la taberna. La otra no desplegaba sus labios. Pareca que estaba de muy mal humor. Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo incomparable y aquella nariz perfecta, y habra dado algo de mucho precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se mira a los bichos raros. Qu lstima que no sea honrada!--pensaba--. Y quin sabe si lo ser, quiero decir que conserve la honradez del alma en medio de.... Estaba muy fija en l la idea aquella de las dos honradeces, en algunos casos armonizadas, en otros no. Habl Fortunata poco y vulgar; todo lo que dijo fue de lo menos digno de pasar a la historia: que haca mucho fro, que se le haba descosido un mitn, que aquel llavn pareca la _maza de Fraga_, que al volver a casa entrara en la botica a comprar unas pastillas para la tos. Maximiliano estaba encantado, y no atrevindose a desplegar los labios, daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extticos ojos de aquel semblante que le pareca angelical. Y cuanto ella dijo lo oy como si fuera una sarta de conceptos ingeniossimos. Si es un ngel!... No ha dicho ni una palabra malsonante... Y qu metal de voz! No he odo en mi vida msica tan grata... Cmo ser el decir esta mujer un _te quiero_, dicindolo con verdad y con alma?. Esta idea produjo en la mente de Rubn sacudidas que le duraron mediano rato. Le corri un fro por el espinazo y vnole cierto picor a la nariz como cuando se ha bebido gaseosa. Cansado de hacer solitarios, Olmedo se puso a contar cuentos indecentes, lo que a Maximiliano le pareci muy mal. Otras noches haba odo ancdotas parecidas y se haba redo; pero aquella noche se pona de todos colores deseando que a su condenado amigo se le secara la boca. Qu desvergenza contar aquellas marranadas delante de personas... de personas decentes, s seor!. Estaba Rubn tan desconcertado como si las dos mujeres all presentes fuesen remilgadas damas o alumnas de un colegio monjil; pero su timidez le impeda mandar callar a Olmedo. Fortunata no se rea tampoco de aquellos estpidos chistes; pero ms bien pareca indiferente que indignada de orlos. Estaba distrada pensando en sus cosas. Qu cosas seran aquellas? Diera Maximiliano por saberlas... su hucha con todo lo que contena. Al acordarse de su tesoro tuvo otra sacudida, y se removi en el asiento lastimndose mucho con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles. Pero el cuento ms salado narices!--dijo Olmedo--, es el del panadero. Lo sabes t? Cuando aquel obispo fue a la visita pastoral y se acost en la cama del cura... Veris.... Fortunata se levant para marcharse. Ocurriole a Maximiliano salir detrs de ella para ver dnde iba. Era la manera especial suya de hacer la corte. En su espritu soador exista la vaga creencia de que aquellos seguimientos entraaban una comunicacin misteriosa, quizs magntica. Seguir, mirando de lejos, era un lenguaje o telegrafa _sui generis_, y la persona seguida, aunque no volviese la vista atrs, deba de conocer en s los efectos del fluido de atraccin. Sali Fortunata despidindose muy framente, y a los dos minutos se despidi tambin Maximiliano con nimo de alcanzarla todava en el portal. Pero aquel condenado _Ulmus sylvestris_ le entretuvo a la fuerza, cogindole una mano y apretndosela con brbaros alardes de vigor muscular, para rerse con los chillidos de dolor que daba el pobre _Rubinius vulgaris_. Qu asno eres!--exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los dedos pegados unos a otros--. Vaya unas gracias!.. Esto y contar porqueras es tu fuerte. Mejor te pusieras a estudiar. --_Nio del mrito, papos-castos_, quieres hacer el favor de tocarme las narices? --No te hagas ordinario--dijo Rubn con bondad--. Si no lo eres, si aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir. Esto lastim el amor propio de Olmedo ms que si su amigo le hubiera llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se le rebajase un pelo de la graduacin de perdis que se haba dado. Le supo tan mal la indulgencia de Rubn, que sali tras l hasta la puerta, dicindole entre otras tonteras: Valiente hipcrita ests t... narices! Estos silfidones, a lo mejor la pegan. --iv-- Maximiliano baj la escalera como la baja uno cuando tiene ocho aos y se le ha cado el juguete de la ventana al patio. Lleg sin aliento al portal, y all dud si deba tomar a la derecha o a la izquierda de la calle. El corazn le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos. Apret el paso pensando que Fortunata no deba de andar muy a prisa y que la alcanzara pronto. Ser aquella?. Crey ver la toquilla azul; pero al acercarse not que no era la nube de su cielo. Cuando vea una mujer _que _ _ pudiera ser ella_, acortaba el paso por no aproximarse demasiado, pues acercndose mucho no eran tan misteriosos los encantos del seguimiento. Anduvo calles y ms calles, retrocedi, dio vueltas a esta y la otra manzana, y la _dama nocturna_ no pareca. Mayor desconsuelo no sinti en su vida. Si la encontrara era capaz hasta de hablarle y decirle algn amoroso atrevimiento. Se agit tanto en aquel paseo vagabundo, que a las once ya no se poda tener en pie, y se arrimaba a las paredes para descansar un rato. Irse a su casa sin encontrarla y darse un buen trote con ella... a distancia de treinta pasos, dbale mucha tristeza. Pero al fin se hizo tan tarde y estaba tan fatigado, que no tuvo ms remedio que coger el tranva de Chamber y retirarse. Lleg y se acost, deseando apagar la luz para pensar sobre la almohada. Su espritu estaba abatidsimo. Asaltronle pensamientos tristes, y sinti ganas de llorar. Apenas durmi aquella noche, y por la maana hizo propsito de ir al _hotel_ de Feliciana en cuanto saliera de clase. Hzolo como lo pens, y aquel da pudo vencer un poco su timidez. Feliciana le ayudaba, estimulndole con maa, y as logr Rubn decir a la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que fueran maliciosas. Tardecillo vino usted anoche. A las once no haba vuelto usted todava. Y por este estilo otras frases vulgares que Fortunata oa con indiferencia y que contestaba de un modo desdeoso. Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasin ms oportuna, y con feliz instinto haba determinado iniciarse como uno de tantos, como un cualquiera que no quera ms que divertirse un rato. Dejoles solos la tunanta de Feliciana, y Rubn se acobard al principio; pero de repente se rehzo. No era ya el mismo hombre. La fe que llenaba su alma, aquella pasin nacida en la inocencia y que se desarroll en una noche como rbol milagroso que surge de la tierra cargado de fruto, le remova y le transfiguraba. Hasta la maldita timidez quedaba reducida a un fenmeno puramente externo. Mir sin pestaear a Fortunata, y cogindole una mano, le dijo con voz temblorosa: Si usted me quiere querer, yo... la querr ms que a mi vida. Fortunata le mir tambin a l, sorprendida. Le pareca imposible que el _bicho raro_ se expresase as... Vio en sus ojos una lealtad y una honradez que la dejaron pasmada. Despus reflexion un instante, tratando de apoyarse en un juicio pesimista. Se haban burlado tanto de ella, que lo que estaba viendo no poda ser sino una nueva burla. Aquel era, sin duda, ms pillo y ms embustero que los dems. Consecuencia de tales ideas fue la sonora carcajada que solt la mujer aquella ante la faz compungida de un hombre que era todo espritu. Pero l no se desconcert, y la circunstancia de verse escuchado con atencin, dbale un valor desconocido. nimo! Si usted me quiere, yo la adorar, yo la idolatrar a usted.... Revelaba la tal mujer un gran escepticismo, y lo que haca la muy pcara era tomar a risa la pasin del joven. Y si lo probara?--dijo Maximiliano con seriedad que le dio, parece mentira!, un tornasol de hermosura--; si le probara a usted de un modo que no dejase lugar a dudas...?. --Qu?--Que la idolatrar!... no, que ya la estoy idolatrando. --_Tie_ gracia!... idolatrando!, ja, ja!--repiti la otra, y devolva la palabra como se devuelve una pelota en el juego. Maximiliano no insisti en emplear vocablos muy expresivos. Comprendi que lo ridculo se le vena encima. No dijo ms que: Bueno, seremos amigos... Me contento con eso por hoy. Yo soy un infeliz, quiero decir, soy bueno. Hasta ahora no he querido a ninguna mujer. Fortunata le miraba y, francamente, no poda acostumbrarse a aquella nariz chafada, a aquella boca tan sin gracia, al endeble cuerpo que pareca se iba a deshacer de un soplo. Que siempre se enamoraran de ella tipos as! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque en verdad no los haca muy bien, sigui la conversacin en aquel terreno. Esta noche quiero hablar con usted--dijo Rubn categricarnente--. Vendr a las ocho y media. Me da usted palabra de no salir... o de esperarme para salir conmigo?. Diole ella la palabra que con tanta necesidad le peda el joven, y as concluy la entrevista. Rubn se fue corriendo a su casa. Qu chico! Si pareca otro. l mismo notaba que algo se haba abierto dentro de s, como arca sellada que se rompe, soltando un mundo de cosas, antes comprimidas y ahogadas. Era la crisis, que en otros es larga o poco acentuada, y all fue violenta y explosiva. Si hasta le pareca que tena talento...! Como que aquella tarde se le ocurrieron pensamientos magnficos y juicios de una originalidad sorprendente. Haba formado de s mismo un concepto poco favorable como hombre de inteligencia; pero ya, por efecto del sbito amor, crease capaz de dar quince y raya a ms de cuatro. La modestia cedi el puesto a un cierto orgullo que tomaba posesin de su alma... Pero y si no me quiere?--pensaba desanimndose y cayendo a tierra con las alas rotas--. Es que me tendr que querer... No es el primer caso... Cuando me conozca.... Al mismo tiempo la apata y la pereza quedaban vencidas... Andbanle por dentro comezones y pruritos nuevos, un deseo de hacer algo, y de probar su voluntad en actos grandes y difciles... Iba por la calle sin ver a nadie, tropezando con los transentes, y a poco se estrella contra un rbol del paseo de Luchana. Al entrar en la calle de Raimundo Lulio vio a su ta en el balcn tomando el sol. Verla y sentir un miedo muy grande, pero muy grande, fue todo uno. Si mi ta lo sabe...!. Pero del miedo sali al instante la reaccin de valor, y apret los puos debajo de la capa, los apret tanto que le dolieron los dedos. Si mi ta se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios. Nunca, ni aun con el pensamiento, haba hablado Maximiliano de doa Lupe con tan poco respeto. Pero los antiguos moldes estaban rotos. Todo el mundo y toda la existencia anteriores a aquel estado novsimo se hundan o se disipaban como las tinieblas al salir el sol. Ya no haba ta, ni hermanos, ni familia, ni nada, y quien quiera que se le atravesase en su camino era declarado enemigo. Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se ofreci a su mente con caracteres odiosos la imagen de doa Lupe, de su segunda madre. Al subir las escaleras de la casa se seren, pensando que su ta no saba nada, y si lo saba, que lo supiera, ea!... Qu carcter estoy echando! se dijo al meterse en su cuarto. Cerr cuidadosamente la puerta y cogi la hucha. Su primer impulso fue estrellarla contra el suelo y romperla para sacar el dinero; y ya la tena en la mano para consumar tan antieconmico propsito, cuando le asaltaron temores de que su ta oyera el ruido y entrase y le armara un cisco. Acordose de lo orgullosa que estaba doa Lupe de la hucha de su sobrino. Cuando iban visitas a la casa la enseaba como una cosa rara, sonndola y dando a probar el peso, para que todos se pasmaran de lo arregladito y previsor que era el nio. Esto se llama formalidad. Hay pocos chicos que sean as.... Maximiliano discurri que para realizar su deseo, necesitaba comprar otra hucha de barro exactamente igual a aquella y llenarla de cuartos para que sonara y pesara... Se estuvo riendo a solas un rato, pensando en el chasco que le iba a dar a su ta... l, que no haba cometido nunca una travesura...!, lo nico que haba hecho, aos atrs, era robarle a su ta botones para coleccionarlos. Instintos de coleccionista, que son variantes de la avaricia! Alguna vez lleg hasta cortarle los botones de los vestidos; pero con un solfeo que le dieron no le quedaron ganas de repetirlo. Fuera de esto, nada; siempre haba sido la misma mansedumbre, y tan econmico que su ta le amaba ms quiz por la virtud del ahorro que por las otras. Pues seor; manos a la obra. En la cacharrera del paseo de Santa Engracia hay huchas exactamente iguales. Comprar una; mirar bien esta para tomarle bien las medidas. Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirndola por arriba y por abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abri la puerta y entr una chiquilla como de doce aos, delgada y espigadita, los brazos arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turb cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso. Qu buscas t aqu, chiquilla sin vergenza?. Por toda contestacin, la rapaza le ense medio palmo de lengua, plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo ms estrafalario y grotesco que se puede imaginar. --S, bonita te pones... Lrgate de aqu, o vers... Era la criada de la casa. Doa Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre tomaba a su servicio nias para educarlas y amoldarlas a su gusto y costumbres. Llambanla Papitos no s por qu. Era ms viva que la plvora, activa y trabajadora cuando quera, holgazana y maosa algunos das. Tena el cuerpo esbelto, las manos speras del trabajo y el agua fra, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho partido para hacer rer a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un juego de labios y unos dientes blanqusimos que eran como de encargo para producir las muecas ms extravagantes. Los dos dientes centrales superiores eran enormes, y se le vean siempre, porque ni cuando estaba de morros cerraba completamente la boca. Oda la conminacin que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonz ms. Ella las gastaba as. Cuanto ms la amenazaban ms pesadita se pona. Volvi a echar fuera una cantidad increble de lengua, y luego se puso a decir en voz baja: Feo, feo... hasta treinta o cuarenta veces. Esta apreciacin, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca haba inspirado a Rubn ms que desprecio; pero en aquella ocasin le indign tanto, vamos... que de buena gana le hubiera cortado a Papitos toda aquella lenguaza que sacaba. Si no te largas, de la patada que te doy...!. Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Pareca que volaba. Desde el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repeta sus burlas, haciendo con las manos gestos de mico. Volvi l a su cuarto muy incomodado y a poco entr ella otra vez. Qu buscas aqu?. --Vengo _a por_ la lmpara para aviarla... El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y serenidad, fue que se oyeron los pasos de doa Lupe, y su voz temerosa: Mira, Papitos, que voy all.... --Ta, venga usted... Est de jarana... --Acusn!--le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lmpara--, fen. --La culpa la tienes t--aadi severamente doa Lupe, en la puerta--, porque te pones a jugar con ella, le res las gracias, y ya ves. Cuando quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada. La ta y el sobrino hablaron un instante. Tambin vendrs tarde esta noche? Mira que las noches estn muy fras. Estas heladas son crueles. T no ests para valentas. --No, si no siento nada. Nunca he estado mejor--dijo Rubn, sintiendo que la timidez le ganaba otra vez. --No hagamos simplezas... Hace un fro horrible. Qu ao tan malo! Creers que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada? Y eso que me ech encima cuatro mantas. Qu atrocidad! Como que estamos entre las _Ctedras de Roma y Antioqua_, que es, segn deca mi Juregui, el peor tiempo de Madrid. --v-- Va usted esta noche a casa de doa Silvia?--preguntole Rubn. --Eso pienso. Si t sales me dejars all, y luego irs a buscarme a las once en punto. Esto contrariaba a Maximiliano, porque le tasaba el tiempo; pero no dijo nada. --Y esta tarde, sale usted?--pregunt luego deseando que su ta saliese antes de comer, para verificar, mientras ella estuviese fuera, la sustitucin de las huchas. --Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejn. Yo la acompaar a usted... Tengo que ir a ver a Narciso para que me preste unos apuntes. La dejar a usted en la calle de la Habana. Doa Lupe fue a la cocina y le arm una gran chillera a Papitos porque haba dejado quemar el principio. Pero la chica estaba muy acostumbrada a todo, y se quedaba tan fresca. Como que acabadita de orse llamar con las denominaciones ms injuriosas y de recibir un pellizco que le atenazaba la carne, ponase detrs de su ama a hacer visajes y a sacar la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido. Si creers t que no te estoy viendo, bribona deca doa Lupe sin volverse, entre risuea y enojada. Y no se poda pasar sin ella. Necesitaba tener una criatura a quien reprender y ensear por los procedimientos suyos. Psose la mantilla doa Lupe, y ta y sobrino salieron. La primera se qued en la calle de Arango, y el segundo se fue a comprar la hucha y torn a su casa. Haba llegado la ocasin de consumar el atentado, y el que durante la premeditacin se mostraba tan valeroso, cuando se aproximaba el instante crtico senta vivsima inquietud. Empez por asegurarse de la curiosidad de Papitos, echando la llave a la puerta despus de encender la luz; pero cmo asegurarse de su propia conciencia que se le alborotaba, pintndole la falta proyectada como nefando delito? Compar las dos huchas, observando con satisfaccin que eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro. No era posible que nadie adviniese la sustitucin. Manos a la obra. Lo primero era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva la calderilla, con ms de dos pesetas en _perros_ que al objeto haba cambiado en la tienda de comestibles. Romper la olla sin hacer ruido era cosa imposible. Permaneci un rato sentado en una silla junto a la cama, con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser vctima. Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea. La luz iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los libros de estudio, forrados con peridicos y muy bien ordenados por doa Lupe; dos o tres frascos de sustancias medicinales, el tintero y varios nmeros de _La Correspondencia_. La mirada del joven revolote por la estrecha cavidad del cuarto, como si siguiera las curvas del vuelo de una mosca, y fue de la mesa a la percha en que pendan aquellos moldes de s mismo, su ropa, el chaqu que reproduca su cuerpo y los pantalones que eran sus propias piernas colgadas como para que se estiraran. Mir despus la cmoda, el bal y las botas que sobre l estaban, sus propios pies cortados, pero dispuestos a andar. Un movimiento de alegra y la animacin de la cara indicaron que Maximiliano haba atrapado la idea. Bien lo deca l: con aquellas cosas se haba vuelto de repente hombre de talento. Levantose, y cogiendo una bota sali y fue a la cocina, donde estaba Papitos cantando. Chiquilla, me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo. Papitos cogi la mano del almirez, haciendo el ademn de machacar al seorito la cabeza. Vamos, nia, estate quieta. Mira que le cuento todo a la ta. Me encarg que tuviera cuidado contigo, y que si te movas de la cocina, te diera dos coscorrones. Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes. Y yo le dir--replic--, yo le dir lo que hace... el muy trapisondista.... Maximiliano se estremeci. Tonta, qu es lo que yo hago?... dijo sorteando su turbacin. --Encerrarse en su cuarto, _ay ol! ay ol!_... para que nadie le vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave... _ay ol! ay ol!_... --Qu?--Escribindole cartas a la novia. --Mentira... yo...? Quita all, enredadora... Volvi a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la llave, tap el agujero con un pauelo. Ella no mirar; pero por si se le ocurre.... El tiempo apremiaba y doa Lupe poda venir. Cuando cogi la hucha llena, el corazn le palpitaba y su respiracin era difcil. Dbale compasin de la vctima, y para evitar su enternecimiento, que podra frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenticos a dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia, impidindose el volver atrs. Cogi la hucha y con febril mano le atiz un porrazo. La vctima exhal un gemido seco. Se haba cascado, pero no estaba rota an. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le pareci a Maximiliano que haba retumbado mucho, y entonces puso sobre la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la hucha vaca en vez de hacerlo a la llena; pero se seren, diciendo: Qu tonto soy! Si esto es mo, por qu no he de disponer de ello cuando me d la gana?. Y lea, ms lea... La infeliz vctima, aquel antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimi a los fieros golpes, abrindose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era lo que ms abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas de un meln entre la pulpa blanca. Con mano trmula, el asesino lo recogi todo menos la calderilla, y se lo guard en el bolsillo del pantaln. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un crneo, y el polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del estropicio, pens en poner los cuartos en la hucha nueva, operacin verificada con tanta precipitacin que las piezas se atragantaban en la boca y algunas no queran pasar. Como que la boca era un poquitn ms estrecha que la de la muerta. Despus meti el cobre de las dos pesetas que haba cambiado. No haba tiempo que perder. Senta pasos. Subira ya doa Lupe? No, no era ella; pero pronto vendra y era forzoso despachar. Aquellos cascos, dnde los echara? He aqu un problema que le puso los pelos de punta al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un pauelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. Y la sangre? Limpi la colcha como pudo, soplando el polvo. Despus advirti que su mano derecha y el puo de la camisa conservaban algunas seales, y se ocup en borrarlas cuidadosamente. Tambin la mano del almirez necesit de un buen limpin. Tendra algo en la ropa? Se mir bien de pies a cabeza. No haba nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato acusador que ilumina a la justicia. Lo que desconcert a Rubn cuando crey concluida su faena, fue la aprensin de advertir que la hucha nueva no se pareca nada a la sacrificada. Cmo antes del crimen las vio tan iguales que parecan una misma? Error de los sentidos. Tambin poda ser error la diferencia que despus del crimen notaba. Se equivoc antes o se equivocaba despus? En la enorme turbacin de su nimo no poda decidir nada. Pero si, basta tener ojos--deca--, para conocer que esta hucha no es aquella... En esta el barro es ms recocho, de color ms oscuro, y tiene por aqu una mancha negra... A la simple vista se ve que no es la misma... Dios nos asista. A ver el peso?... Pues el peso me parece que es menor en esta... No, ms bien mayor, mucho mayor... Fatalidad!. Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doa Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: Pero esta hucha... no s... me parece... no es la misma. Dando un gran suspiro, envolvi rpidamente en un pauelo los destrozados restos de la vctima, y los guard en la cmoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el sitio de costumbre, que era el cajn alto de la cmoda, abri la puerta, quitando el pauelo que tapaba el agujero de la llave, y despus de llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvi a su cuarto con idea de contar el dinero... Pero si era suyo, a qu tanto miedo y zozobra? l no haba robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los ladrones. Ms derecho era referir a su ta lo que le pasaba, que no andar con tapujos. S, pues buena se pondra doa Lupe si l le contara su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Vala ms callar, y adelante. No pudo entretenerse en contar su tesoro, porque entr doa Lupe, dirigindose inmediatamente a la cocina. Maximiliano se paseaba en su cuarto esperando que le llamasen a comer, y haca clculos mentales sobre aquella desconocida suma que tanto le pesaba. Mucho debe de ser, pero mucho--calculaba--; porque en tal tiempo ech un dobloncito de cuatro, y en cual tiempo otro. Y cuando tom la medicina aquella que saba tan mal, me dio mi ta dos duritos, y cada vez que haba que tomar purga un durito o medio durito. Lo que es en monedas de a cinco, puede que pasen de quince. Sinti que le renaca el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue al comedor y se encar con su ta, pens que esta le iba a conocer en la cara lo que haba hecho. Mirbale ella lo mismo que el da infausto en que le robara los botones arrancndolos de la ropa... Y al sobrinito se le alborot la conciencia, hacindole ver peligros donde no los haba. Me parece--cavilaba, tragando la sopa--, que la colcha no ha quedado muy limpia... Caspitina, se me olvid una cosa; pero una cosa muy importante... ver si haban cado pedacitos de barro en alguna parte. Ahora recuerdo que o el _tin_, como si un casquillo saltara en el momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro. En el suelo quizs... y mi ta barre todos los das!... Cmo me mira! Si sospechar algo... Lo que ahora me faltaba era que mi ta hubiese pasado por la tienda al volver de casa de las de Morejn, y le hubiera dicho el tendero: Aqu estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla. El mirar escrutador de doa Lupe no tena nada de particular. Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cmo andaba de salud, y el tal semblante era un libro en que la buena seora haba aprendido ms Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos. Me parece que t no andas bien...--le dijo--. Cuando entr te sent toser... Estas heladas... Por Dios, ten mucho cuidado; no tengamos aqu otra como la del ao pasado, que empalmaste cuatro catarros y por poco pierdes el curso. No olvides de liarte un pauelo de seda en la cabeza, de noche, cuando te acuestes; y yo que t empezara a tomar el agua de brea... No hagas ascos. Es bueno curarse en salud. Por s o por no, maana te traigo las pastillas de Tol. Con esto se tranquiliz el joven comprendiendo que las miradas no eran ms que la inspeccin mdica de todos los das. Comieron y se prepararon para salir. El criminal se emboz bien en la capa y apag la luz de su cuarto para coger los restos de la vctima y sacarlos ocultamente. Como las monedas que en el bolsillo del pantaln llevaba no eran paja, se denunciaban sonando una contra otra. Por evitar este ruido inoportuno, Maximiliano se meti un pauelo en aquel bolsillo, atarugndolo bien para que las piezas de plata y oro no chistasen, y as fue en efecto, pues en todo el trayecto desde Chamber hasta la casa de Torquemada el odo de doa Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el odo de los gatos con los pasos del ratn, y hasta pareca que entiesaba las orejas, no percibi nada, absolutamente nada. El sobrinito, cuando crea que las monedas se movan, atarugaba el bolsillo como quien ataca un arma. Creerase que le haba salido un tumor en la pierna!... -II- Afanes y contratiempos de un redentor --i-- Grande fue el asombro de Fortunata aquella noche cuando vio que Maximiliano sacaba puados de monedas diferentes, y contaba con rapidez la suma, apartando el oro de la plata. A la sorpresa un tanto alegre de la joven, sigui pronto sospecha de que su improvisado amigo hubiese adquirido aquel caudal por medios no muy limpios. Crey ver en l un hijo de familia que, arrastrado de la pasin y cegado por la tontera, se haba incautado de la caja paterna. Esta idea la mortific mucho, hacindole ver la cruel insistencia con que su destino la maltrataba. Desde que fue lanzada a los azares de aquella vida, se haba visto siempre unida a hombres groseros, perversos o tramposos, _lo peor de cada casa_. No dej entrever a Maximiliano sus sospechas sobre la procedencia del dinero, que, viniera de donde viniese, no poda ser mal recibido, y poco a poco se fue tranquilizando al ver que el apreciable muchacho haca alarde de poseer ideas econmicas enteramente contrarias a las de sus predecesores. Esto--dijo mostrndole un grupito de monedas de oro--, es para que desempees la ropa que te sea ms necesaria... Los trajes de lujo, el abrigo de terciopelo, el sombrero y las alhajas se sacarn ms adelante, y se renovar el prstamo para que no se pierdan. Olvdate por ahora de todo lo que es pura ostentacin. Acabose el barullo. Se gastar nada ms que lo que se tenga, para no hacer ni una trampa, pero ni una sola trampa. Fjate bien. Esta sensatez era cosa nueva para Fortunata, y empez a corregir algo sus primeras ideas acerca de su amante y a considerarle mejor que los dems. En los das siguientes Olmedo confirm esta buena opinin, hablndole con vivos encarecimientos de la formalidad de aquel chico y de lo muy arregladito que era. Qued convenido entre Fortunata y su protector tomar un cuarto que estaba desalquilado en la misma casa. Rubn insisti mucho en la modestia y baratura de los muebles que se haban de poner, porque... (para que se vea si era juicioso) conviene empezar por poco. Despus se vera, y el humilde hogar ira creciendo y embellecindose gradualmente. Aceptaba ella todo sin entusiasmo ni ilusin alguna, ms bien _por probar_. Maximiliano le era poco simptico; pero en sus palabras y en sus acciones haba visto desde el primer momento la persona decente, novedad grande para ella. Vivir con una persona decente despertaba un poco su curiosidad. Dos das estuvo ocupada en instalarse. Los muebles se los alquil una vecina que haba levantado casa, y Rubn atendi a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de sus admirables dotes administrativas, pues no tena ni idea remota de aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni saba cmo se recorta un gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el excelente chico haba aprendido de doa Lupe. Tratando de medir el cario que senta por su amiga, Maximiliano hallaba plida e inexpresiva la palabra querer, teniendo que recurrir a las novelas y a la poesa en busca del verbo amar, tan usado en los ejercicios gramaticales como olvidado en el lenguaje corriente. Y aun aquel verbo le pareca desabrido para expresar la dulzura y ardor de su cario. Adorar, idolatrar y otros cumplan mejor su oficio de dar a conocer la pasin exaltada de un joven enclenque de cuerpo y robusto de espritu. Cuando el enamorado se iba a su casa, llevaba en s la impresin de Fortunata transfigurada. Porque no ha habido princesa de cuento oriental ni dama del teatro romntico que se ofreciera a la mente de un caballero con atributos ms ideales ni con rasgos ms puros y nobles. Dos Fortunatas existan entonces, una la de carne y hueso, otra la que Maximiliano llevaba estampada en su mente. De tal modo se sutilizaron los sentimientos del joven Rubn con aquel extraordinario amor, que este le inspiraba no slo las buenas acciones, el entusiasmo y la abnegacin, sino tambin la delicadeza llevada hasta la castidad. Su naturaleza pobre no tena exigencias; su espritu las tena grandes, y estas eran las que ms le apremiaban. Todo lo que en el alma humana puede existir de noble y hermoso brot en la suya, como los chorros de lava en el volcn activo. Soaba con redenciones y regeneraciones, con lavaduras de manchas y con sacar del pasado negro de su amada una vida de mritos. El generoso galn vea los ms sublimes problemas morales en la frente de aquella infeliz mujer, y resolverlos en sentido del bien parecale la ms grande empresa de la voluntad humana. Porque su loco entusiasmo le impulsaba a la salvacin social y moral de su dolo, y a poner en esta obra grandiosa todas las energas que alborotaban su alma. Las peripecias vergonzosas de la vida de ella no le desalentaban, y hasta meda con gozo la hondura del abismo del cual iba a sacar a su amiga; y la haba de sacar pura o purificada. En aquellas confidencias que ambos tenan, crea Maximiliano advertir en la pecadora un cierto fondo de rectitud y menos corrupcin de lo que a primera vista pareca. Se equivocara en esto? A veces lo sospechaba; pero su buena fe triunfaba al instante de esta sospecha. Lo que s poda sostener sin miedo a equivocarse era que Fortunata tena vivos deseos de mejorar su personalidad, es decir, de adecentarse y pulirse. Su ignorancia era, como puede suponerse, completa. Lea muy mal y a trompicones, y no saba escribir. Lo esencial del saber, lo que saben los nios y los paletos, ella lo ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su clase y aun de clase superior. Maximiliano se rea de aquella incultura rasa, tomando en serio la tarea de irla corrigiendo poco a poco. Y ella no disimulaba su barbarie; por el contrario, manifestaba con graciosa sinceridad sus ardientes deseos de adquirir ciertas ideas y de aprender palabras finas y decentes. Cada instante estaba preguntando el significado de tal o cual palabra, e informndose de mil cosas comunes. No saba lo que es el Norte y el Sur. Esto le sonaba a cosa de viento; pero nada ms. Crea que un senador es algo del Ayuntamiento. Tena sobre la imprenta ideas muy extraas, creyendo que los autores mismos ponan en las pginas aquellas letras tan iguales. No haba ledo jams libro ninguno, ni siquiera novela. Pensaba que Europa es un pueblo y que Inglaterra es un pas de acreedores. Respecto del sol, la luna y todo lo dems del firmamento, sus nociones pertenecan al orden de los pueblos primitivos. Confes un da que no saba quin fue Coln. Crea que era un general, as como O'Donnell o Prim. En lo religioso no estaba ms aventajada que en lo histrico. La poca doctrina cristiana que aprendi se le haba olvidado. Comprenda a la Virgen, a Jesucristo y a San Pedro; les tena por muy buenas personas, pero nada ms. Respecto a la inmortalidad y a la redencin, sus primeras ideas eran muy confusas. Saba que arrepintindose uno, bien arrepentido, se salva; eso no tena duda, y por ms que dijeran, nada que se relacionase con el amor era pecado. Sus defectos de pronunciacin eran atroces. No haba fuerza humana que le hiciera decir _fragmento, magnfico, enigma_ y otras palabras usuales. Se esforzaba en vencer esta dificultad, riendo y machacando en ella; pero no lo consegua. Las _eses_ finales se le convertan en _jotas_, sin que ella misma lo notase ni evitarlo pudiera, y se coma muchas slabas. Si supiera ella qu bonita boca se le pona al comrselas, no intentara enmendar su graciosa incorreccin. Pero Maximiliano se haba erigido en maestro, con rigores de dmine e nfulas de acadmico. No la dejaba vivir, y estaba en acecho de los solecismos para caer sobre ellos como el gato sobre el ratn. No se dice _diferiencia_, sino diferencia. No se dice _Jacometrenzo_, ni _Espiritui Santo_, ni _indilugencias_. Adems _escamn_ y _escamarse_ son palabras muy feas, y llamar _tiologas_ a todo lo que no se entiende es una barbaridad. Repetir a cada instante _pa chasco_ es costumbre ordinaria, etc... Lo mejorcito que aquella mujer tena era su ingenuidad. Repetidas veces sac Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy importante este punto en el plan de regeneracin. El inspirado y entusiasta mancebo haca hincapi en lo malos que son los seoritos y en la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas inocentes contra los seductores. Fortunata no entenda palotada de estas leyes. Lo nico que sostena era que el tal Juanito Santa Cruz era el nico hombre a quien haba querido de verdad, y que le amaba siempre. Por qu decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad que esta consecuencia era laudable, senta en su alma punzada de celos, que trastornaba por un instante sus planes de redencin. Y le quieres tanto, que si le vieras en algn peligro le salvaras?. --Claro que s... me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le sacara en bien, aunque me perdiera yo. No s decir ms que lo que me sale de _entre m_. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con salud. Se puso tan guapa al hacer esta declaracin, que Rubn la mir mucho antes de decir: No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora entrara por esa puerta y te dijera: 'Fortunata, ven' iras?. Fortunata mir a la puerta. Rubn tragaba saliva y buscaba en el sitio donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando slo unos pelos muy tenues, los martirizaba cruelmente. Eso... segn...--dijo ella plegando su entrecejo--. Me ira o no me ira.... --ii-- Maximiliano quera saberlo todo. Era como el buen mdico que le pide al enfermo las noticias ms insignificantes del mal que padece y de su historia para saber cmo ha de curarle. Fortunata no ocultaba nada, eso bueno tena, y el doctor amante se encontraba a veces con ms quizs de lo necesario para la prodigiosa cura. Y qu horrorizado se quedaba oyendo contar lo mal que se port el seductor de aquella hermosura! El honradsimo aprendiz de farmacutico no comprenda que pudieran existir hombres tan malos, y las penas todas del infierno parecanle pocas para castigarles. Criminal ms perverso que los asesinos y ladrones era, segn l, el seorito seductor de doncella pobre, que le haca creer que se iba a casar con ella, y despus la dejaba plantada en medio del arroyo con su chiquillo o con las vsperas. Por cunto hara esto l, Maximiliano Rubn?... El tal Juanito Santa Cruz era, pues, el hombre ms infame, ms execrable y vil que se poda imaginar. Pero la misma ofendida no extremaba mucho, como pareca natural, los anatemas contra el seductor, por cuya razn tuvo Maximiliano que redoblar su furia contra l, llamndole monstruo y otras cosas muy malas. Fortunata vease forzada a repetirlo; pero no haba medio de que pronunciara la palabra _monstruo_. Se le atravesaba como otras muchas, y al fin, despus de mil tentativas que parecan nuseas, la soltaba entre sus bonitsimos dientes y labios, como si la escupiera. Prefera contar particularidades de su infancia. Su difunto padre posea un cajn en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tena, como Segunda, su ta paterna, el trfico de huevos. Llambanla a ella desde nia la _Pitusa_, porque fue muy raqutica y encanijada hasta los doce aos; pero de repente dio un gran estirn y se hizo mujer de talla y de garbo. Sus padres se murieron cuando ella tena doce aos... Oa estas cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandbala que fuese al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que haba tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le falt poco para que se le saltaran las lgrimas. La tierna criatura sin ms amparo que su madre pobre, la afliccin de esta al verse abandonada, eran en verdad un cuadro tristsimo que parta el corazn. Por qu no le cit ante los tribunales? Es lo que deba haber hecho. A estos tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. Por qu no se le ocurri darle un escndalo, ir a la casa con el cro en brazos y presentarse a doa Brbara y a D. Baldomero y contarles all bien clarito la gracia que haba hecho su hijo?... Pero no, esto no hubiera sido muy conforme con la dignidad. Ms vala despreciarle, dejndole entregado a su conciencia, s, a su conciencia, que buen jaleo le haba de armar tarde o temprano. Fortunata, al or esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una mquina aquello de que lo mejor era el desprecio. S, despreciarle, repeta el otro, pues era ignominia solicitar su proteccin. Aunque le dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir _ignominia_. Maximiliano insisti en que haba sido una gran falta pedir amparo al mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvi ella a Madrid y le cay su nio enfermo. Pero, tontn, si no es por l, no hubiramos tenido con qu enterrarle dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo. --Primero le dejo yo insepulto, que recurrir... La dignidad, hija, es antes que todo. Fjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qu sujeto era ese con quien te uniste despus, el que te sac de Madrid y te llev de pueblo en pueblo como los trastos de una feria. --Era un hombre traicionero y malo--dijo Fortunata con desgana, como si el recuerdo de aquella parte de su vida le fuera muy desagradable--. Me fui con l porque me vi perdida, y no tena a dnde volverme. Era hermano de un vecino nuestro en la Cava de San Miguel. Primeramente tuvo un cajn de casquera en la plaza, y despus puso tienda de quincalla iba a todas las ferias con un sin fin de arcas llenas de baratijas, y armaba tiendas. Le llamaban _Jurez el negro_ por tener la color muy morena. Vindome tan mal, me ofreci el oro y el moro, y que iba a hacer y a acontecer. Mi ta me ech de la casa y mi to se desapareci. Yo estaba enferma, y Jurez me dijo que si me iba con l, me llevara a baos. Deca que ganaba montes y montones en las romeras, y que yo iba a estar como una reina. No se poda casar conmigo porque era casado, pero en cuantito que se muriera su mujer, que era una borrachona, cumplira, si seor, cumplira conmigo. Y sigui relatando con rapidez aquella pgina fea, deseando concluirla pronto. Lo del seorito Santa Cruz, siendo tan desastroso, lo refera con prolijidad y aun con cierta amarga complacencia; pero lo de _Jurez el negro_ sala de sus labios como una confesin forzada o testimonio ante tribunales, de esos que van quemando la boca a medida que salen. Cunto le pes ponerse en manos de aquel hombre! Era un perdido, un charrn, una mala persona. Hubirase resistido a seguirle, si no le empujaran a ello los parientes con quienes viva, los cuales no tenan maldita gana de mantenerle el pico. Pronto vio que todo lo que ofreca _Jurez el negro_ era conversacin. No ganaba un cuarto; con el mundo entero armaba camorra, y todo el veneno que iba amasando en su maldecida alma, por la mala suerte, lo descargaba sobre su querida... En fin, vida ms arrastrada no la haba pasado ella nunca ni esperaba volverla a pasar... Con el dinero que Juanito Santa Cruz les dio, cuando estuvieron en Madrid y se muri el niito, hubiera podido el muy bestia de Jurez arreglar su comercio; pero qu hizo? Beber y ms beber. El vinazo y el aguardientazo le remataron. Una maana despert ella oyndole dar unos grandes gruidos... as como si le estuvieran apretando el tragadero. Qu era? Que se estaba muriendo. Salt espantada de la cama, y llam a los vecinos. No hubo tiempo de _suministrarle_ y slo le cogi la Uncin. Esto pasaba en Lrida. A los dos das, vendi sus cuatro trastos y con los cuartos que pudo juntar plantose en Barcelona. Haba hecho juramento de no volver a tratar con animales. Libertad, libertad y libertad era lo que le pedan el cuerpo y el alma. La verdad ante todo. Para qu decir una cosa por otra? La franqueza es una virtud cuando no se tienen otras, y la franqueza obligaba a Fortunata a declarar que en la primera temporada de anarqua moral se haba divertido algo, olvidando sus penas como las olvidan los borrachos. Su xito fue grande, y su falta de educacin ayudaba a cegarla. Lleg a creer que encenegndose mucho se vengaba de los que la haban perdido, y sola pensar que si el pcaro Santa Cruz la vea hecha un brazo de mar, tan elegantona y triunfante, se le antojara quererla otra vez. Pero s, para l estaba...! Cont a rengln seguido tantas cosas, que Maximiliano se sinti lastimado. Tuvo precisin de _echar un velo, _ como dicen los retricos, sobre aquella parte de la historia de su amada. El velo tena que ser muy denso porque la franqueza de Fortunata arrojaba luz vivsima sobre los sucesos referidos, y su pintoresco lenguaje los haca reverberar... Dio ella entonces algunos cortes a su relacin, comindose no ya las letras sino prrafos y captulos enteros, y he aqu en sustancia lo que dijo: Torrellas, el clebre paisajista cataln, era tan celoso que no la dejaba vivir. Inventaba mil tormentos armndole trampas para ver si caa o no caa. Tan odioso lleg a serle aquel hombre, que al fin se dej ella caer. Metiose adrede en la trampa, conocindola, por gusto de jugarle una partida al muy majadero, porque as se vengaba de las muchas que le haban jugado a ella. Y nada ms... Total, que por poco la mata el condenado pintor de rboles... Lo que ms quemaba a este era que la infidelidad haba sido con un ntimo amigo suyo, pintor tambin, autor del cuadro de David mirando a... Fortunata no se acordaba del nombre, pero era una que estaba bandose... A ninguno de los dos artistas quera ella; por ninguno de los dos hubiera dado dos cuartos, si se compraran con dinero. Ms que ellos valan sus cuadros. Desde que enga al primero con el segundo, se le puso en la cabeza la idea de pegrsela a los dos con otro, y la satisfaccin de este deseo se la proporcion un empleado joven, pobre y algo simptico que se pareca mucho a Juanito Santa Cruz. Otro velo... Maximiliano se vio precisado a echar otro velo... Cllate, hazme el favor de callarte le dijo, pensando que, segn iba saliendo la historia, necesitaba lo menos una pieza de tul. Pero ella sigui narrando. Pues como iba diciendo, el tal joven sali tambin un buen punto. Una maana, mientras ella dorma, le empe todas sus alhajas, para jugar. Y aqu paz... Vino despus un viejo que le daba mucho dinero y la llev a Pars donde se engalan y afin extraordinariamente su gusto para vestirse. Viejo ms cuco!... Haba sido general carcunda en la otra guerra, y trataba mucho con gente de sotana. Era muy vicioso y le daba muchas jaquecas con _tantismas_ incumbencias como tena. Un da se quem ella y le plant en la calle. Sucesor, Camps, que le puso casa con gran rumbo. Pareca hombre muy rico; pero luego result que era un trampa-larga. Antes de venir a Madrid le dio a ella olor de chubasco, y a poco de estar aqu vio que se vena la tempestad encima. Camps traa recomendaciones para el director del Tesoro, y quiso cobrar unos pagars falsos de fusiles que se suponan comprados por el Gobierno. Una noche entr en casa muy enfurruado, trinc una maleta pequea, llenola de ropa, pidi a Fortunata todo el dinero que tena y dijo que iba al Escorial. Escorial fue, que no ha vuelto a parecer. Lo dems bien lo saba Maximiliano... El sucesor de Camps haba sido l, y ya se le conoca en cierto resplandor de sus ojos el orgullo que la herencia le produjera. Porque bien claro lo haba dicho Fortunata. Gracias a Dios que encontraba en su camino una persona decente! Sentase Maximiliano poseedor de una fuerza redentora, hermana de las fuerzas creadoras de la Naturaleza. Ya vera el mundo la irradiacin de bondad y de verdad que l iba a arrojar sobre aquella infeliz vctima del hombre! Desde que la conoci y sinti que el Cielo se le meta en su alma, todo en l fue idealismo, nobleza y buenas acciones. Qu diferencia entre l y los perdularios en cuyas manos estuvo aquella pobrecita! Por mucho que se buscara en la vida de Rubn, no se encontraran ms que dolores de cabeza y otras molestias fsicas; pero a ver, que le sacaran algn acto ignominioso, ni siquiera una falta. --iii-- Una de las cosas a que Maximiliano daba ms importancia para poner en ejecucin su plan redentorista era que Fortunata le amara, porque sin esto la sublime obra iba a tener sus dificultades. Si Fortunata se prendaba de l, aunque se prendara por lo moral, que es la menor cantidad de amor posible, no era tan difcil que l la convirtiera al bien por la atraccin de su alma. De esta necesidad de amor previo emanaba la insistencia con que Maximiliano le preguntaba a su dolo si le quera ya algo, si le iba queriendo. Algunas veces contestaba ella que s con esa facilidad mecnica y rutinaria de los nios aplicados que se saben la leccin; otras veces, ms sincera y reflexiva, responda que el cario no depende de la voluntad ni menos de la razn, y por esto acontece que una mujer, que no tiene pelo de tonta, se enamorisca de cualquier pelagatos, y da calabazas a las personas decentes. Aseguraba estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se haba portado con ella, y de aquella gratitud saldra, con el trato, el querer. Segn Rubn, el orden natural de las cosas en el mundo espiritual establece que el amor nazca del agradecimiento, aunque tambin nace de otros padres. El corazn le deca, como l dice las cosas, a la calladita, que Fortunata le haba de querer de firme; y esperaba con paciencia el cumplimiento de esta dulce profeca. Sin embargo, no las tena todas consigo, porque como se dan casos de que salga fallido lo que el corazn anuncia, pasaba el pobre chico horas de verdadera angustia, y a solas en su casa, se meta en unos clculos muy hondos para averiguar el estado de los sentimientos de su querida. Rpidamente pasaba de la duda ms cruel a las afirmaciones terminantes. Tan pronto pensaba que no le quera ni pizca, como que le empezaba a querer, y todo era discutir y analizar palabras, gestos y actos de ella, interpretndolos de una manera o de otra. Por qu me dijo tal o cual cosa? Qu querra expresar con aquella reticencia?... Y aquella carcajadita, qu significaba?... Ayer, cuando me abri la puerta, no me dijo nada... Pero cuando me march djome que me abrigara bien. La casa estaba en una de las muchas rinconadas de la antigua calle de San Antn. En el portal haba una relojera entre cristales, quedando tan poco espacio para la entrada, que los gordos tenan que pasar de medio lado; en el piso bajo y tienda una bollera que inundaba la casa de emanaciones de canela y azcar. En el piso principal radicaba una casa de prstamos con faroln a la calle, y en ciertos das haba en los balcones ventilacin de capas empeadas. Ms arriba los pisos estaban divididos en viviendas estrechas y de poco precio. Haba derecha, izquierda y dos interiores. Los vecinos eran de dos clases: mujeres sueltas, o familias que tenan su comercio en el prximo mercado de San Antn. Hueveras y verduleras poblaban aquellos reducidos aposentos, echando sus hijos a la escalera para que jugasen. En uno de los segundos exteriores viva Feliciana, y Fortunata en un tercero interior. Lo alquil Rubn por encontrarlo tan a mano, con intencin de tomar vivienda mejor cuando variaran las circunstancias. Pasaba Maximiliano all todo el tiempo de que poda disponer. Por la noche estaba hasta las doce y a veces hasta la una, no faltando ni aun cuando se vea acometido de sus terribles jaquecas. La sorpresa y confusin que a doa Lupe causaba esto no hay para qu decirlas, y no se satisfaca con las explicaciones que su sobrinito daba. Aqu hay gato encerrado--deca la astuta seora--, o en trminos ms claros, _gata encerrada_. Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le cuidaba casi tan bien como la propia doa Lupe, y haca los imposibles por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera. Esto lo agradeca tanto el enfermo que se le aumentaba el amor, si fuera capaz de aumento lo que ya era tan grande. Observ con satisfaccin que Fortunata sala a la calle lo menos posible. Por la maana bajaba a hacer su compra, con su cesto al brazo, y al cuarto de hora volva. Ella misma se haca la comida y limpiaba la casa, en cuyas operaciones se le iba casi todo el da. No reciba visitas de mujeres de conducta dudosa, y la suya era estrictamente ajustada a las prcticas de una vida regular. Tiene la honradez en la mdula de los huesos--deca Maximiliano rebosando alegra--. Le gusta tanto trabajar, que cuando tiene hecha una cosa la desbarata y la vuelve a hacer por no estar ociosa. El trabajo es el fundamento de la virtud. Lo que digo, esta mujer ha sido mala a la fuerza. En medio de estos dulcsimos ensueos de su alma arrebatada, senta Maximiliano unos saetazos que le hacan volver sobresaltado a la realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos empezando a dormirnos dulcemente... Por mucho que se estirase el dinero sacado de la hucha, al fin se tena que concluir, porque todo es finito en este mundo, y el metlico precisamente es una de las cosas ms finitas que se pueden imaginar... Mara Santsima!, cuando el temido momento llegase... cuando la ltima peseta del ltimo duro fuera cambiada...! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su cama dormido o preparndose a ello, incorporbase tan desvelado cual si fueran las doce del da, o se pona a dar vueltas en el lecho y a calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo con ntimo fervor de oracin. Esperaba que la obra generosa que haba emprendido pesase mucho en las recnditas intenciones de la Providencia para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer. l no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta echaba velos y ms velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tena en cuenta estas circunstancias, de qu le vala a uno portarse bien y ser un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata pensaba lo mismo, cuando l le confiaba sus temores. Tena que ser as, o todo lo que se habla de la Providencia es patraa. Pronto dir cmo se salieron con la suya, con lo cual se demostr que tenan all arriba, en los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protega. Bien ganada se tenan esta proteccin, porque l, enaltecido por su cario, ella, aspirando a la honradez y ensayndose en practicarla, eran dos seres que valan cualquier dinero, o en otros trminos, dignos de que se les facilitaran los medios de continuar su campaa virtuosa. --iv-- La nica visita que reciban era la de Feliciana y Olmedo. Ni una ni otro agradaban mucho a Maximiliano: ella por ser ordinaria y de sentimientos innobles, incapaz de apetecer la honradez como estado permanente; l por ser muy atropellado, muy hablador, muy amigo de contar cuentos sucios y de decir palabras indecentes. Entraba siempre con el sombrero echado atrs, afectando una grosera de maneras que no tena, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos, arrastrando las palabras, pero abstenindose de beber con disculpa de mal de estmago, en realidad porque se mareaba y embruteca a la segunda copa. En confianza dijo Maximiliano a Fortunata que deban mudarse de casa para no tener vecinos tan contrarios al mtodo de personas decentes que se haban impuesto. De todo lo que el enamorado pensaba hacer para la redencin de su querida, nada le pareca tan urgente como ensearla a escribir y a leer bien. Todas las maanas la tena media hora haciendo palotes. Fortunata deseaba aprender; pero ni con la paciencia ni con la atencin sostenida se desarrollaban sus talentos caligrficos. Estaban ya muy duros aquellos dedos para tales primores. El hbito del trabajo en su infancia haba dado robustez a sus manos, que eran bonitas, aunque bastas, cual manos de obrera. No tena pulso para escribir, se manchaba de tinta los dedos y sudaba mucho, ponindose sofocada y haciendo con los labios una graciosa trompeta en el momento de trazar el palote. Nada de hociquitos, hija de mi alma; eso es muy feo--le deca el profesor acaricindole la cabeza--. No agarrotes los dedos... Si es cosa sencillsima, y lo ms fcil.... Ya se ve, para l era fcil; pero ella, que en su vida las haba visto ms gordas, hallaba en la escritura una dificultad invencible. Deca con tristeza que no aprendera jams, y se lamentaba de que en su niez no la hubieran puesto a la escuela. La lectura la cansaba tambin y la aburra soberanamente, porque despus de estarse un mediano rato sacando las slabas como quien saca el agua de un pozo, resultaba que no entenda ni jota de lo que el texto deca. Arrojaba con desprecio el libro o peridico, diciendo que ya no estaba la Magdalena para tafetanes. Si en el orden literario no mostraba ninguna aplicacin, en lo tocante al arte social no slo era aplicadsima, sino que revelaba aptitudes notables. Las lecciones que Maximiliano le daba referentes a cosas de urbanidad y a conocimientos rudimentarios de los que exige la buena educacin eran tan provechosas, que le bastaban a veces indicaciones leves para asimilarse una idea o un conjunto de ideas. Aunque te estorbe lo negro--le deca l--, me parece que t tienes talento. En poco tiempo le ense todas las frmulas que se usan en una visita de cumplido, cmo se saluda al entrar y al despedirse, cmo se ofrece la casa y otras muchas particularidades del trato fino. Y tambin aprendi cosas tan importantes como la sucesin de los meses del ao, que no saba, y cul tiene treinta y cul treinta y un das. Aunque parezca mentira, este es uno de los rasgos caractersticos de la ignorancia espaola, ms en las ciudades que en las aldeas, y ms en las mujeres que en los hombres. Gustaba mucho de los trabajos domsticos, y no se cansaba nunca. Sus msculos eran de acero, y su sangre fogosa se avena mal con la quietud. Como pudiera, ms se cuidaba de prolongar los trabajos que de abreviarlos. Planchar y lavar le agradaba en extremo, y entregbase a estas faenas con delicia y ardor, desarrollando sin cansarse la fuerza de sus puos. Tena las carnes duras y apretadas, y la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la rudeza para componer la ms hermosa figura de salvaje que se pudiera imaginar. Su cuerpo no necesitaba cors para ser esbeltsimo. Vestido enorgulleca a las modistas; desnudo o a medio vestir, cuando andaba por aquella casa tendiendo ropa en el balcn, limpiando los muebles o cargando los colchones cual si fueran cojines, para sacarlos al aire, pareca una figura de otros tiempos; al menos, as lo pensaba Rubn, que slo haba visto belleza semejante en pinturas de amazonas o cosa tal. Otras veces le pareca mujer de la Biblia, la Betsabe aquella del bao, la Rebeca o la Samaritana, seoras que haba visto en una obra ilustrada, y que, con ser tan barbianas, todava se quedaban dos dedos ms abajo de la sana hermosura y de la gallarda de su amiga. En los comienzos de aquella vida, Maximiliano abandon mucho sus estudios; pero cuando fue metodizando su amor, la conciencia de la misin moral que se propona cumplir le estimul al estudio, para hacerse pronto hombre de carrera. Y era muy particular lo que le ocurra. Se notaba ms despierto, ms perspicaz para comprender, ms curioso de los secretos de la ciencia, y le interesaba ya lo que antes le aburriera. En sus meditaciones, sola decir que _le haba entrado talento_, como si dijese que le haba entrado calentura. Indudablemente no era ya el mismo. En media hora se aprenda una leccin que antes le llevaba dos horas y al fin no la saba. Creci su admiracin al observarse en clase contestando con relativa facilidad a las preguntas del profesor y al notar que se le ocurran apreciaciones muy juiciosas; y el profesor y los alumnos se pasmaban de que _Rubinius vulgaris_ se hubiera despabilado como por ensalmo. Al propio tiempo hallaba vivo placer en ciertas lecturas extraas a la Farmacia, y que antes le cautivaban poco. Algunos de sus compaeros solan llevar al aula, para leer a escondidas, obras literarias de las ms famosas. Rubn no fue nunca aficionado a introducir de contrabando en clase, entre las pginas de la _Farmacia qumico-orgnica_, el _Werther_ de Gothe o los dramas de Shakespeare. Pero despus de aquella sacudida que el amor le dio, entrole tal gusto por las grandes creaciones literarias, que se embebeca leyndolas. Devor el _Fausto_ y los poemas de Heine, con la particularidad de que la lengua francesa, que antes le estorbaba, se le hizo pronto fcil. En fin, que mi hombre haba pasado una gran crisis. El cataclismo amoroso vari su configuracin interna. Considerbase como si hubiera estado durmiendo hasta el momento en que su destino le puso delante la mujer aquella y el problema de la redencin. Cuando yo era tonto--deca sin ocultarse a s mismo el desprecio con que se miraba en aquella poca que bien podra llamarse antediluviana--, cuando yo era tonto, ralo por carecer de un objeto en la vida. Porque eso son los tontos, personas que no tienen misin alguna. Fortunata no tena criada. Deca que ella se bastaba y se sobraba para todos los quehaceres de casa tan reducida. Muchas tardes, mientras estaba en la cocina, Maximiliano estudiaba sus lecciones, tendido en el sof de la sala. Si no fuera porque el espectro de la hucha se le sola aparecer de vez en cuando anuncindole el acabamiento del dinero extrado de ella, cun feliz habra sido el pobre chico! A pesar de esto, la dicha le embargaba. Entrbale una embriaguez de amor que le haca ver todas las cosas teidas de optimismo. No haba dificultades, no haba peligros ni tropiezos. El dinero ya vendra de alguna parte. Fortunata era buena, y bien claros estaban ya sus propsitos de decencia. Todo iba a pedir de boca, y lo que faltaba era concluir la carrera y... Al llegar aqu, un pensamiento que desde el principio de aquellos amores tena muy guardadito, porque no quera manifestarlo sino en sazn oportuna, se le vino a los labios. No pudo retener ms tiempo aquel secreto que se le sala con empuje, y si no lo deca reventaba, s, reventaba; porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su espritu, la expresin de todo lo nuevo y sublime que en l haba, y no se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discrecin. Entr la pecadora en la sala, que haca tambin las veces de comedor, a poner la mesa, operacin en extremo sencilla y que quedaba hecha en cinco minutos. Maximiliano se abalanz a su querida con aquella especie de vrtigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besndole castamente un brazo que medio desnudo traa, cogindole despus la mano basta y estrechndola contra su corazn, le dijo: Fortunata, yo me caso contigo. Ella se ech a rer con incredulidad; pero Rubn repiti el _me caso contigo_ tan solemnemente, que Fortunata lo empez a creer. Hace tiempo--aadi l--, que lo haba pensado... Lo pens cuando te conoc, hace un mes... Pero me pareci bien no decirte nada hasta no tratarte un poco... O me caso contigo o me muero. Este es el dilema. --_Tie_ gracia... Y qu quiere decir _dilema_? --Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser ma ante Dios y los hombres. No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un nombre, ya est hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una persona decente y lo sers, lo sers si t quieres... Inclinose para coger los libros que se haban cado al suelo. Fortunata sali para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo: --Esas cosas se calculan bien... no por m, sino por ti. --Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado... Y a ti, te haba ocurrido esto? --No... no me pasaba por la imaginacin. Tu familia ha de hacer la contra. --Pronto ser mayor de edad--afirm Rubn con bro--. Opngase o no, lo mismo me da... Fortunata se sent a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella estaba como aturdida... poco risuea en verdad, esparciendo miradas de un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y contest a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la cocina, y en ella su pensamiento se balance en aquella idea del casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera... Casarme yo!... _pa chasco...!_, y con este encanijado...! Vivir siempre, siempre con l, todos los das... de da y de noche!... Pero calcula t, mujer... ser honrada, ser casada, seora de Tal... persona decente...!. --v-- Maximiliano sola contar algunos particulares de la familia de Rubn, por lo cual tena ella noticias de doa Lupe, de Juan Pablo y del cura. Con los detalles que el joven iba dando de sus parientes, ya Fortunata les conoca como si les hubiera tratado. Aquella noche, excitado por el entusiasmo que le produjo la resolucin de casamiento, se dej decir, tocante a su ta, algo que era quiz indiscreto. Doa Lupe prestaba dinero, por mediacin de un tal Torquemada, a militares, empleados y a todo el que cayese. Hablando con completa sinceridad, Maximiliano no _era partidario_ de aquella manera de constituirse una renta; pero l qu tena que ver con los actos de su seora ta? Esta le amaba mucho y probablemente le hara su heredero. Tena una papelera antigua, negra y muy grande, de hierro, frente a su cama, donde guardaba el dinero y los pagars de los prstamos. Gastaba lo preciso y de mes en mes su fortuna aumentaba, sabe Dios cunto. Deba de ser muy rica, pero muy rica, porque l vea que Torquemada le llevaba _resmas_ de billetes. En cuanto a su hermano Juan Pablo, ya se saba a ciencia cierta que estaba con los carlistas, y si estos triunfaban, ocupara una posicin muy alta. Su hermano Nicols haba de parar en cannigo, y quin sabe, quin sabe si en obispo... En fin, que por todos lados se ofreca a la joven pareja horizontes sonrosados. En estas y otras conversaciones se pasaron la primera noche, hasta que se retir Maximiliano a su casa, quedndose Fortunata tan pensativa y preocupada que se durmi muy tarde y pas la noche intranquila. El amante tambin estaba poco dispuesto al sueo; mas era porque el entusiasmo le haca cosquillas en el epigastrio, atravesndole un bulto en el vrtice de los pulmones, con lo que le pesaba el respirar, y adems ponale candelas encendidas en el cerebro. Por ms que l soplaba para apagarlas y poder dormirse, no lo poda conseguir. Su ta estaba con l un poco seria. Sin duda sospechaba algo, y como persona de mucho pesquis, no se tragaba ya aquellas bolas del estudiar fuera de casa y de los amigos enfermos a quienes era preciso velar. A los dos das de aquel en que el exaltado mozo se arranc a prometer su mano, doa Lupe tuvo con l una grave conferencia. El semblante de la seora no revelaba tan slo recelo, sino profunda pena, y cuando llam a su sobrino para encerrarse con l en el gabinete, este sinti desvanecerse su valor. Quitose la seora el manto y lo puso sobre la cmoda bien doblado. Despus de clavar en l los alfileres, mirando a su sobrino de un modo que le hizo estremecer, le dijo: Tengo que hablarte _detenidamente_. Siempre que su ta empleaba el _detenidamente_, era para echarle un rspice. Tienes hoy jaqueca? le pregunt despus doa Lupe. Maximiliano estaba muy bien de la cabeza; pero para colocarse en buena situacin, dijo que senta principios de jaqueca. As doa Lupe tendra compasin de l. Dejose caer en un silln y se comprimi la frente. Pues se trata de una mala noticia--asever la viuda de Juregui--, quiero decir, mala, precisamente mala no... aunque tampoco es buena. Rubn, sin comprender a qu poda referirse su ta, barrunt que nada tena que ver aquello con sus amores clandestinos, y respir. La opresin del epigastrio se le hizo ms ligera, y se acab de tranquilizar al or esto: La noticia no ha de afectarte mucho. Para qu tanto rodeo? Tu ta doa Melitona Llorente ha pasado a mejor vida. Mira la carta en que me lo dice el seor cura de Molina de Aragn. Muri como una santa, recibi todos los Sacramentos y dej treinta mil reales para misas. Maximiliano conoca muy poco a su ta materna. La haba visto slo dos o tres veces siendo muy nio, y no viva en su imaginacin sino por las rosquillas y el arrope que mandaba de regalo todos los aos en vida de D. Nicols Rubn. La noticia del fallecimiento de esta buena seora le afect poco. Todo sea por Dios murmur por decir algo. Doa Lupe se volvi de espaldas para abrir el cajn de la cmoda y en esta postura le dijo: T y tus hermanos heredis a Melitona, que por mis cuentas deba tener un capitalito sano de veinte o veinticinco mil duros. Maximiliano no oy bien por estar su ta de espaldas, y aquello le interesaba tanto que se levant, puso un codo sobre la cmoda y all se hizo repetir el concepto para enterarse bien. Esas son mis cuentas--agreg doa Lupe--; pero ya ves que en los pueblos no se sabe lo que se tiene y lo que no se tiene. Probablemente la difunta empleara algn dinero en prstamos, que es como tirarlo al viento. Se cobra tarde y mal, cuando se cobra. De modo que no os hagis muchas ilusiones. Cuando Juan Pablo venga a Madrid ir a Molina de Aragn a enterarse del testamento y recoger lo que es vuestro. --Pues que vaya inmediatamente--dijo Maximiliano dando una palmada sobre la cmoda--; pero aquello de llegar y en la misma estacin coger el billete y zas... al tren otra vez. --Hombre, no tanto. Tu hermano est en Bayona. Lo mejor es que se pase por Molina antes de venir a Madrid. Le escribir hoy mismo. Sosigate; t eres as, o la apata andando o la pura plvora... Eso es ahora, que antes, para mover un pie le pedas licencia al otro. Te has vuelto muy atropellado. Le mir de un modo tan indagador, que al pobre chico se le volvieron a abatir los nimos. Era hombre de carcter siempre que su ta no le clavase la flecha de sus ojuelos pardos y sagaces, y viose tan perdido que se apresur a variar la conversacin, preguntando a su ta cuntos aos tena doa Melitona. Estuvo la seora de Juregui un ratito haciendo cuentas, estirado el labio inferior, la cabeza oscilando como un pndulo y los ojos vueltos al techo, hasta que sali una cifra, de la cual Maximiliano no se hizo cargo. Volvi despus doa Lupe a tomar en boca la metamorfosis de su sobrino, deslizando algunas bromitas, que a este le supieron a cuerno quemado. Ya se ve, con esos estudios que haces ahora en casa de los amigos, te habrs vuelto un pozo de ciencia... A m no me vengas con fbulas. T te pasas el da y la mitad de la noche en alguna conspiracin... porque por el lado de las mujeres no temo nada, francamente. Ni a ti te gusta eso, ni puedes aunque te gustara.... Aquel _ni puedes_ incomodaba tanto al joven y le pareca tan humillante, que a punto estuvo de dar a su ta un ments como una casa. Pero no pas de aqu, pues doa Lupe tuvo que ocuparse de cosas ms graves que averiguar si su sobrino poda o no poda. Papitos fue quien le salv aquel da, atrayendo a s toda la atencin del ama de la casa. Porque la mona aquella tena das. Algunos lo haca todo tan bien y con tanta diligencia y aseo, que doa Lupe deca que era una perla. Pero otros no se la poda aguantar. Aquel da empez de los buenos y concluy siendo de los peores. Por la maana haba cumplido admirablemente; estuvo muy suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en cuanto la seora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era seal de prximos trastornos. En efecto, por la tarde dividi en dos la tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre. Cuando se enfurruaba creerase que haca las cosas mal adrede. Le mandaban esto y se sala con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometi en una hora. Bien deca doa Lupe que tena los demonios metidos en el cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergenza, una mal criada y una calamidad... _en toda la extensin de la palabra_. Y mientras ms repelones le daban, peor que peor. Pas tanta agua del puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta qued encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos amargaban como demonios. La sopa no haba cristiano que la pasara de tanta sal como le ech aquella condenada. Luego era una insolente, porque en vez de reconocer sus torpezas deca que la seora tena la culpa, y que ella, la muy piojosa, no estara all ni un da ms porque _mist... en cualsiquiera parte la trataran mejor_. Doa Lupe discuta con ella violentamente, argumentando con crueles pellizcos, y aadiendo que estaba autorizada por la madre para descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando lumbre por los ojos: Ay, hija, no me descuartice usted tanto!. Este sola ser el periodo culminante de la disputa, que conclua dndole la seora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar... Los disparates seguan, y al servir la mesa pona los platos sobre ella sin considerar que no eran de hierro. Doa Lupe la amenazaba con mandarla a la _galera_ o con llamar una pareja, con escabecharla y ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta que se quedaba como un guante. --vi-- Maximiliano, gozoso de ver que su ta con aquel gran alboroto, no se ocupaba de l, ponase de parte de la autoridad y en contra de Papitos. S, s; era muy mala, muy descarada, y haba que atarla corto. Azuzaba la clera de doa Lupe para que esta no se revolviese contra l hablndole de su cambio de costumbres y de lo que haca fuera de casa. Doa Lupe fue aquella noche a casa de las de la Caa, y se estuvo all las horas muertas. Maximiliano entr a las once. Haba dejado a Fortunata acostada y casi dormida, y se retir decidido a afrontar las chafalditas de su ta y a explicarse con ella. Porque despus del caso de la herencia, ya no poda dudar de que la Providencia le favoreca, abrindole camino. Nunca haba sido l muy religioso; pero aquella noche parecale desacato y aun ingratitud no consagrar a la divinidad un pensamiento, ya que no una oracin. Estaba como un demente. Por el camino miraba a las estrellas y las encontraba ms hermosas que nunca, y muy mironas y habladoras. A Fortunata, sin mentarle la herencia por respeto a la difunta, le dijo algo de sus fincas de Molina de Aragn, y de que si el dinero en hipotecas era el mejor dinero del mundo. A veces su imaginacin agrandaba las cifras de la herencia, aadindole ceros, porque esa gente de los pueblos no gasta un cuarto, y no hace ms que acumular, acumular.... Los faroles de la calle le parecan astros, los transentes excelentes personas, movidas de los mejores deseos y de sentimientos nobilsimos. Entr en su casa resuelto a espontanearse con su ta... Me atrever?--pensaba--. Si me atreviera... Y qu hay de malo en esto? En ltimo caso, qu puede hacer mi ta? Acaso me va a comer? Si me niega el derecho de casarme con quien me d la gana, ya le dir yo cuntas son cinco. No se conoce el genio de las personas hasta que no llega la ocasin de mostrarlo. A pesar de estas disposiciones belicosas, cuando Papitos le dijo que la seora no haba vuelto todava, quitsele de encima un gran peso, porque en verdad la revelacin del secreto y el cisco que haba de seguirle eran para acoquinar al ms pintado. No le arredraba el miedo de ser vencido, porque su amor y su misin le daran seguramente coraje; pero convena proceder con tacto y diplomacia, pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su ta, y, si era posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito. Se fue a la cocina detrs de Papitos, siguiendo una costumbre antigua de hacer tertulia y de entretenerse en plticas sabrosas cuando se encontraban solos. Un ao antes, la criadita y el estudiante se pasaban las horas muertas en la cocina, contndose cuentos o proponindose acertijos. En estos era fuerte la chiquilla. Sus carcajadas se oan desde la calle cuando repeta la adivinanza, sin que el otro la pudiera acertar. Maximiliano se rascaba la cabeza, aguzando su entendimiento; pero la solucin no sala. Papitos le llamaba zote, bruto y otras cosas peores sin que l se ofendiera. Tomaba su revancha en los cuentos, pues saba muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par en par y los ojos clavados en el narrador. Aquella noche estaba Papitos de muy mal temple por la soba que se haba llevado, y le tena mucha tirria al seorito porque no se puso de su parte en la contienda, como otras veces. Feo, tonto--le dijo aguzando la jeta cuando le vio sentarse en la mesilla de pino de la cocina--. Acusn, patoso... memo en polvo. Maximiliano buscaba una frmula para pedirle perdn sin menoscabo de su dignidad de seorito. Sentase con impulsos de proteccin hacia ella. Verdad que haban jugado juntos; que el ao anterior, a pesar de la diferencia de edades, eran tan nios el uno como el otro, y se entretenan en enredos inocentes. Pero ya las cosas haban cambiado. l era hombre, y qu hombre!, y Papitos una chiquilla retozona sin pizca de juicio. Pero tena buena ndole, y cuando sentara la cabeza y diera un estirn sera una criada inapreciable. La chiquilla, despus que le dijo todas aquellas injurias, se puso a repasar una media, en la cual tena metida la mano izquierda como en un guante. Sobre la mesa estaba su estuche de costura, que era una caja de tabacos. Dentro de ella haba carretes, cintajos, un canuto de agujas muy rooso, un pedazo de cera blanca, botones y otras cosas pertinentes al arte de la costura. La cartilla en que Papitos aprenda a leer estaba tambin all, con las hojas sucias y reviradas. El quinqu de la cocina con el tubo ahumado y sin pantalla, iluminaba la cara gitanesca de la criada, dndole un tono de bronce rojizo, y la cara plida y serosa del seorito con sus ojeras violadas y sus granulaciones alrededor de los labios. Quieres que te tome la leccin? dijo Rubn cogiendo la cartilla. --Ni falta... canijo, esptula, _paice_ un garabito... No quiero que me tome _licin_--replic la chica remedndole la voz y el tono. --No seas salvaje... Es preciso que aprendas a leer, para que seas mujer completa--dijo Rubn esforzndose en parecer juicioso--. Hoy has estado un poco salida de madre, pero ya eso pas. Teniendo juicio, se te mirar siempre como de la familia. --_Mia este!_... Me zampo yo a la familia...--chill la otra remedndole y haciendo las morisquetas diablicas de siempre. --No te abandonaremos nunca--manifest el joven henchido de deseos de proteccin--. Sabes lo que te digo?... Para que lo sepas, chica, para que lo sepas, ten entendido que cuando yo me case... cuando yo me case, te llevar conmigo para que seas la doncella de mi seora. Al soltar la carcajada se tendi Papitos para atrs con tanta fuerza, que el respaldo de la silla cruji como si se rompiera. --Casarse l, _vust_!... memo, ms que memo, casarse!--exclam--. Si la seorita dice que _vust_ no se puede casar... S, se lo deca a doa Silvia la otra noche. La indignacin que sinti Maximiliano al or este concepto fue tan viva, que de manifestarse en hechos habra ocurrido una catstrofe. Porque tal ultraje no poda contestarse sino agarrando a Papitos por el pescuezo y estrangulndola. El inconveniente de esto consista en que Papitos tena mucha ms fuerza que l. --Eres lo ms animal y lo ms grosero...--balbuci Rubn--, que he visto en mi vida. Si no te curas de esas tonteras, nunca sers nada. Papitos alarg el brazo izquierdo en que tena la media, y asomando sus dedos por los agujeros, le cogi la nariz al seorito y le tir de ella. --Que te ests quieta!... vaya!... T no te has llevado nunca una solfa buena, y soy yo quien te la va a dar... Y por qu son esas risas estpidas?... Porque he dicho que me caso? Pues s seor, me caso porque me da la gana. Tiempo haca que Maximiliano deseaba hablar de aquella manera con alguien, y manifestar su pensamiento libre y sin turbacin. La confidencia que tan difcil era con otra persona, resultaba fcil con la cocinerita, y el hombre se creci despus de dichas las primeras palabras. T eres una inocente--le dijo ponindole la mano en el hombro--, t no conoces el mundo, ni sabes lo que es una pasin verdadera. Al llegar a este punto, Papitos no entendi ni jota de lo que su seorito le deca... Era un lenguaje nuevo, como eran nuevas la expresin de l y la cara seria que puso. No pona aquella cara cuando contaba los cuentos. Porque vers t--continu Rubn, expresndose con alma--; el amor es la ley de las leyes, el amor gobierna el mundo. Si yo encuentro la mujer que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer que me transforme, inspirndome acciones nobles y dndome cualidades que antes no tena, por qu no me he de casar con ella? A ver, que me lo digan; que me den una razn, media razn siquiera... Porque t no me has de salir con argumentos tontos; t no has de participar de esas preocupaciones por las cuales.... Al llegar aqu, el orador se embarull algo, y no ciertamente por miedo a la dialctica de su contrario. Papitos, despus de asombrarse mucho de la solemnidad con que el seorito hablaba y de las cosas incomprensibles que le deca, empez a aburrirse. Sigui Maximiliano descargando su corazn, que otra coyuntura de desahogo como aquella no se le volvera a presentar, y por fin la nia estir el brazo izquierdo sobre la mesa, y como estaba tan fatigada del ajetreo de aquel da y de los coscorrones, hizo del brazo almohada y reclin su cabeza en ella. En aquel momento, Maximiliano, exaltado por su propia elocuencia, se dej decir: La nica razn que me dan es que si ha sido o no ha sido esto o lo otro. Respondo que es falso, falssimo. Si hay en su existencia das vergonzosos, y no dir tanto como vergonzosos, das borrascosos, das desventurados, ha sido por ley de la necesidad y de la pobreza, no por vicio... Los hombres, los seoritos, esa raza de Can, corrompida y miserable, tienen la culpa... Lo digo y lo repito. La responsabilidad de que tanta mujer se pierda recae sobre el hombre. Si se castigara a los seductores y a los petimetres... la sociedad.... Papitos dorma como un ngel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y conservando en la mano de l la media, por cuyos agujeros asomaban los dedos. Dorma con plcido reposo, la cara seria, como si aprobase inconscientemente las perreras que el otro deca de los seductores, y aprovechara la leccin para cuando le tocara. El propio calor de sus palabras llev a Maximiliano a una exaltacin que pareca insana. No poda estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba oscuro; pero l conoca tan bien todos los rincones, que andaba por ellos sin vacilacin ni tropiezo. Entr en la sala que tambin estaba a oscuras, penetr en el gabinete de su ta, que a la misma boca de lobo se igualara en lo tenebroso, y all se le redobl la facundia, y la energa de sus declamaciones rayaba en frenes. Apoyando las clusulas con enftico gesto, se le ocurran frases de admirable efecto contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos de la familia si las oyeran. Qu lstima que no estuviera all su ta...! Como si la estuviera viendo, le solt estas atrevidas expresiones: Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la conciencia no valen pamplinas, ni ese cmulo, ese cmulo, s seora, de... preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y me caso, porque soy dueo de mis actos, porque soy mayor de edad, porque me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y ser usted nuestra madre, nuestra consejera, nuestra gua.... Vamos, que senta de veras no estuviese delante de l en el silln de hule la propia viuda de Juregui en imagen corprea, porque de fijo le dira lo mismo que estaba diciendo ante su imagen figurada y supuesta. Despus sali otra vez al pasillo, donde continu la perorata, pasendose de un extremo a otro, y gesticulando a favor de la oscuridad. La soledad, el silencio de la noche y la poca luz favorecen a los tmidos para su comedia de osados y lenguaraces, tenindose a s mismos por pblico y envalentonndose con su fcil xito. Maximiliano hablaba quedito; sus fuertes manotadas no correspondan al diapasn bajo de las palabras, cuya vehemencia sofocada las haca parecer como un ensayo. Cuando doa Lupe llam a la puerta, su sobrino le abri, y pasmose ella de que estuviera en pie todava. Qu despabilado est el tiempo! dijo la seora con cierto retintn, que hizo estremecer al joven, limpiando sbitamente su espritu de toda idea de independencia, como se limpia de sombras un farol cuando aparece dentro de l la llama del gas. Al or la campanilla, acudi la chica dando traspis y restregndose los ojos. Doa Lupe no dijo ms que: a la cama todo Cristo. Era muy tarde y Papitos tena que madrugar. El sobrino y la cocinerita entraron sin hacer ruido en sus respectivas madrigueras, como los conejos cuando oyen los pasos del cazador. --vii-- La declaracin de Maximiliano haba puesto a Fortunata en perplejidad grande y penosa. Aquella noche y las siguientes durmi mal por la viveza del pensar y las contradictorias ideas que se le ocurran. Despus de acostada tuvo que levantarse y se arroj, liada en una manta, en el sof de la sala; pero no se quedaban las cavilaciones entre las sbanas, sino que iban con ella a donde quiera que iba. La primera noche dominaron al fin, tras largo debate, las ideas afirmativas. Casarme yo, y casarme con un hombre de bien, con _una persona decente_...!. Era lo ms que poda desear... Tener un nombre, no tratar ms con gentuza, sino con caballeros y seoras! Maximiliano era un bienaventurado, y seguramente la hara feliz. Esto pensaba por la maana, despus de lavarse y encender la lumbre, cuando coga la cesta para ir a la compra. Psose el manto y el pauelo por la cabeza, y baj a la calle. Lo mismo fue poner el pie en la va pblica que sus ideas variaron. Pero vivir siempre con este chico... tan feo como es! Me da por el hombro, y yo le levanto como una pluma. Un marido que tiene menor fuerza que la mujer no es, no puede ser marido. El pobrecillo es un bendito de Dios; pero no le podr querer aunque viva con l mil aos. Esto ser ingratitud, pero qu le vamos a hacer?, no lo puedo remediar.... Tan distrada estaba, que el carnicero le pregunt tres veces lo que quera sin obtener respuesta. Por fin se enter. Hoy no llevo ms que media libra de falda para el cocido y una chuletita de lomo. Seor Paco, psemelo bien. --Tome usted, simpata, y mande. Tambin compr dos onzas de tocino; luego una brecolera en el puesto de verduras de la carnicera, y en la tienda de la esquina, arroz, cuatro huevos y una lata de pimientos morrones. Al volver a su casa, revis la lumbre y se puso a limpiar y a barrer. Mientras quitaba el polvo a los muebles, volvi al tema: No se encuentra todos los das un hombre que quiera echarse encima una carga como esta. Hizo la cama y despus empez a peinarse. Al ver en el espejo su linda cara plida, diole por emplear argumentos comparativos: Porque Mara _Santisma_!, si Maximiliano apostaba a feo, no haba quien le ganara... Y qu mal huelen las boticas! Debi de haber seguido otra carrera... Dios me favorezca... Si tuviera algn hijo me acompaara con l; pero... quia!.... Despus de esta reticencia, que por lo terminante pareca hija de una conviccin profunda, sigui contemplando y admirando su belleza. Estaba orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, segn dictamen de ella misma, _le daban la pualada al Espiritui Santo_. La tez era una preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil recin labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la risa como en el enojo... Y luego unos dientes! Tengo los dientes--deca ella mostrndoselos--, como pedacitos de leche cuajada. La nariz era perfecta. Narices como la ma, pocas se ven... Y por fin, componindose la cabellera negra y abundante como los malos pensamientos, deca: Vaya un pelito que me ha dado Dios!. Cuando estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observacin, que no haca entonces por primera vez. Hacala todos los das, y era esta: Cunto ms guapa estoy ahora que... antes! He ganado mucho. Y despus se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le arm en el entrecejo como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba deca as: Si me viera ahora...!. Bajo el peso de esta consideracin estuvo un largo rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija. Despert al fin de aquello que pareca letargo, y volviendo a mirarse, animose con la reflexin de su buen palmito en el espejo. Digan lo que quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo... Hasta cuando me enfado es bonito... A ver cmo me pongo cuando me enfado? As, as... Ah, llaman!. El campanillazo de la puerta la oblig a dejar el tocador. Sali a abrir con la peineta en una mano y la toalla por los hombros. Era el redentor, que entr muy contento y le dijo que acabara de peinarse. Como faltaba tan poco, pronto qued todo hecho. Maximiliano la elogi por su resolucin de no tomar peinadoras. Por qu las mujeres no se han de peinar solas? La que no sabe que aprenda. Eso mismo deca Fortunata. El pobre chico no dejaba de expresar su admiracin por el buen arreglo y economa de su futura, haciendo por sus propias manos la tarea que desempean mal esas bergantas ladronas que llaman criadas de servir. Fortunata aseguraba que aquella costumbre suya no tena mrito porque el trabajo le gustaba. Eres una alhajita--le deca su amante con orgullo--. En cuanto a las peinadoras, todas son unas grandes alcahuetas, y en la casa donde entran no puede haber paz. Ms adelante tomaran alguna criada, porque no convena tampoco que ella se matase a trabajar. Estaran seguramente en buena posicin, y puede que algunos das tuvieran convidados a su mesa. La servidumbre es necesaria, y llegara un da seguramente en que no se podran pasar sin una niera. Al or esto, por poco suelta la risa Fortunata; pero se contuvo, concretndose a decir en su interior: Para qu querr nieras este desventurado...!. A rengln seguido, sac el joven a relucir el tema del casorio, y dijo tales cosas que Fortunata no pudo menos de rendir el espritu a tanta generosidad y nobleza de alma. Tu comportamiento decidir de su suerte--afirm l--, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle. Yo pongo sobre tu cabeza la corona de mujer honrada; t hars porque no se te caiga y por llevarla dignamente. Lo pasado, pasado est, y el arrepentimiento no deja ni rastro de mancha, pero ni rastro. Lo que diga el mundo no nos importe. Qu es el mundo? Fjate bien y vers que no es nada, cuando no es la conciencia. A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la emocin, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido generoso, se conmova aunque no entendiera bien ciertos conceptos. La enternecan el tono, el estilo y la expresin de los ojos. Crey entonces caso de conciencia hacer una observacin a su amigo. Piensa bien lo que haces--le dijo--, y no comprometas por m tu.... Quera decir dignidad; pero no dio con la palabra por el poco uso que en su vida haba hecho de vocablos de esta naturaleza. Pero se dio sus maas para expresar toscamente la idea, diciendo: Calcula que los que me conozcan te van a llamar _el marido de la Fortunata_, en vez de llamarte por tu nombre de pila. Yo te agradezco mucho lo que haces por m; pero como te estimo no quiero verte con.... Quera decir con un estigma en la frente; pero ni conoca la palabra ni aunque la conociera la habra podido decir correctamente. No quiero que te tomen el pelo por m, fue lo que dijo, y se qued tan fresca, esperando convencerle. Pero Maximiliano, fuerte en su idea y en su conciencia, como dentro de un doble baluarte inexpugnable, se ech a rer. Semejantes argumentos eran para l como sera para los poseedores de Gibraltar ver que les quisiera asaltar un enemigo armado con una caa. Valiente caso haca l de las estupideces del vulgo!... Cuando su conciencia le deca: mira, hijo, este es el camino del bien; vete por l, ya poda venir todo el gnero humano a detenerle; ya podan apuntarle con un can rayado. Porque l iba sacando un carcter de que an no se haba enterado la gente, un carcter de acero, y todo lo que se deca de su timidez era conversacin. Que t seas buena, honrada y leal es lo que importa: lo dems corre de mi cuenta, djame a m, t djame a m. Poco despus almorzaba Fortunata, y Maximiliano estudiaba, cambiando de vez en cuando algunas palabras. Toda aquella tarde dominaron en el espritu de la joven las ideas optimistas, porque l se dej decir algo de su herencia, de tierras e hipotecas en Molina de Aragn, asegurando que _sus vias podan darle tanto ms cuanto_. Por la noche avisaron para que les trajeran caf, y vino el mozo de _la Paz_ con l. Olmedo y Feliciana entraron de tertulia. Estaban de monos y apenas se hablaban, seal inequvoca de pelotera domstica. Y es que si los estados ms slidos se quebrantan cuando la hacienda no marcha con perfecta regularidad, aquella casa, hogar, familia o lo que fuera, no poda menos de resentirse de las anomalas de un presupuesto cuyo carcter permanente era el dficit. Feliciana tena ya pignorado lo mejorcito de su ropa, y Olmedo haba perdido el crdito de una manera absoluta. Por la falta de crdito se pierden las repblicas lo mismo que las monarquas. Y no se haca ya ilusiones el bueno de Olmedo acerca de la catstrofe prxima. Sus amigos, que le conocan bien, descubran en l menos entereza para desempear el papel de libertino, y a menudo se le clareaba la buena ndole al travs de la mscara. A Maximiliano le contaron que haban sorprendido a Olmedo en el Retiro estudiando a hurtadillas. Cuando le vieron sus amigos, escondi los libros entre el follaje, porque le saba mal que le descubrieran aquella flaqueza. Daba mucha importancia a la consecuencia en los actos humanos, y tena por deshonra el soltar de improviso la casaca e insignias de perdulario. Qu dira la gente, qu los amigos, qu los mocosos, ms jvenes que l, que le tomaban por modelo? Hallbase en la situacin de uno de esos chiquillos que para darse aires de hombres encienden un cigarro muy fuerte y se lo empiezan a fumar y se marean con l; pero tratan de dominar las nuseas para que no se diga que se han emborrachado. Olmedo no poda aguantar ms la horrible desazn, el asco y el vrtigo que senta; pero continuaba con el cigarro en la boca haciendo que tiraba de l, pero sin chupar cosa mayor. Feliciana, por su parte, haba empezado a campar por sus respetos. Lo dicho, la honradez y el amor eran cosas muy buenas; pero no daban de comer. El calavera de oficio no se permiti aquella noche ninguna barrabasada. Slo al entrar, y cuando los cuatro se sentaron a tomar caf dijo con su habitual desenfado: Narices, ya est reunido aqu toto el _Demi-Monde_. Fortunata y Feliciana no comprendieron; pero Rubn se puso encarnado y se incomod mucho; porque aplicar tales vocablos a personas dispuestas a unirse en santo vnculo le pareca una falta de respeto, una grosera y una cochinada, s seor, una cochinada... Mas se call por no armar camorra ni quitar a la reunin sus tonos de circunspeccin y formalidad. Acordose de que nada haba dicho a su amigo del casorio proyectado, siendo evidente que Olmedo habl en trminos tan _liberales_ por ignorancia. Determin, pues, revelarle su pensamiento en la primera ocasin, para que en lo sucesivo midiera y pesara mejor sus palabras. --viii-- Aquella noche fue tambin mala para Fortunata, pues se la pas casi toda cavilando, discurriendo sobre si _el otro_ se acordara o no de ella. Era muy particular que no le hubiese encontrado nunca en la calle. Y por falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente. Estara malo, estara fuera de Madrid? Ms adelante, cuando supo que en Febrero y Marzo haba estado Juanito Santa Cruz enfermo de pulmona, acordose de que aquella noche lo haba soado ella. Y fue verdad que lo so a la madrugada, cuando su caldeado cerebro se adormeci, cediendo a una como borrachera de cavilaciones. Al despertar ya de da, el reposo profundo aunque breve haba vuelto del revs las imgenes y los pensamientos en su mente. A mi boticarito me atengo--dijo despus que ech el Padre Nuestro por las nimas, de que no se olvidaba nunca--. Viviremos tan apaaditos. Levantose, encendi su lumbre, baj a la compra, y de tienda en tienda pensaba que Maximiliano poda dar un estirn, echar ms pecho y ms carnes, ser ms hombre, en una palabra, y curarse de aquel maldito romadizo crnico que le obligaba a estarse sonando constantemente. De la bondad de su corazn no haba nada que decir, porque era un santo, y como se casara de verdad, su mujer haba de hacer de l lo que quisiera. Con cuatro palabritas de miel, ya estaba l contento y achantado. Lo que importaba era no llevarle la contraria en todo aquello de la conciencia y de las misiones... aqu un adjetivo que Fortunata no recordaba. Era _sublimes_; pero lo mismo daba; ya se saba que era una cosa muy buena. Aquel da la compra dur algo ms, pues habindole anunciado Maximiliano que almorzara con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el arroz con menudillos. Lo haca tan ricamente, que era para chuparse los dedos. Lstima que no fuera tiempo de alcachofas, porque las hubiera trado para el arroz. Pero trajo un poco de cordero que le daba mucho aquel. Compr chuletas de ternera, dos reales de menudillos y unas sardinas escabechadas para segundo plato. De vuelta a su casa arm los tres pucheros con el minucioso cuidado que la cocina espaola exige, y empez a hacer su arroz en la cacerola. Aquel da no hubo en la cocina cacharro que no funcionara. Despus de frer la cebolla y de machacar el ajo y de picar el menudillo, cuando ninguna cosa importante quedaba olvidada, lavose la pecadora las manos y se fue a peinar, poniendo ms cuidado en ello que otros das. Pas el tiempo; la cocina despeda mltiples y confundidos olores. Dios, con la faena que en ella haba! Cuando lleg Rubn, a las doce, sali a abrirle su amiga con semblante risueo. Ya estaba la mesa puesta, porque la mujer aquella multiplicaba el tiempo, y como quisiera, todo lo hacia con facilidad y prontitud. Dijo el enamorado que tena mucha hambre, y ella le recomend una chispita de paciencia. Se le haba olvidado una cosa muy importante, el vino, y bajara a buscarlo. Pero Maximiliano se prest a desempear aquel servicio domstico, y baj ms pronto que la vista. Media hora despus estaban sentados a la mesa en amor y compaa; pero en aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos pensamientos tan extraos, que no saba lo que le pasaba. Ella misma compar su alma en aquellos das a una veleta. Tan pronto marcaba para un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte viento, la veleta daba la vuelta grande y pona la punta donde antes tena la cola. De estos cambiazos haba sentido ella muchos; pero ninguno como el de aquel momento, el momento en que meti la cuchara dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabra ella decir cmo fue ni cmo vino aquel sentimiento a su alma, ocupndola toda; no supo ms sino que le mir y sinti una antipata tan horrible hacia el pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla. Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del arroz; pero ella se call, echando para adentro, con las primeras cucharadas, aquel frrago amargo que se le quera salir del corazn. Muy _para entre s_, dijo: Primero me hacen a m en pedacitos como estos, que casarme con semejante hombre... Pero no le ven, no le ven que ni siquiera parece un hombre?... Hasta huele mal... Yo no quiero decir lo que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de m esa nariz de rabadilla. Parece que ests triste, mouca le dijo Rubn, que sola darle este carioso mote. Contest ella que el arroz no haba quedado tan bien como deseara. Cuando coman las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantera de dmine: Una de las cosas que tengo que ensearte es a comer con tenedor y cuchillo, no con tenedor slo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa y en otras cosas ms. Tambin le cargaba a ella tanta correccin. Deseaba hablar bien y ser persona fina y decente; pero cunto ms aprovechadas las lecciones si el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no pareca de carne, sino de cordilla! Esta antipata de Fortunata no estorbaba en ella la estimacin, y con la estimacin mezclbase una lstima profunda de aquel desgraciado, caballero del honor y de la virtud, tan superior moralmente a ella. El aprecio que le tena, la gratitud, y aquella conmiseracin inexplicable, porque no se compadece a los superiores, eran causa de que refrenase su repugnancia. No era ella muy fuerte en disimular, y otro menos alucinado que Rubn habra conocido que el lindsimo entrecejo ocultaba algo. Pero vea las cosas por el lente de sus ideas propias, y para l todo era como deba ser y no como era. Alegrose mucho Fortunata de que el almuerzo concluyese, porque eso de estar sosteniendo una conversacin seria y oyendo advertencias y correcciones no la diverta mucho. Gustbale ms el trajn de recoger la loza y levantar la mesa, operacin en que puso la mano no bien tomaron el caf. Y para estar ms tiempo en la cocina que en la sala, revis los pucheros, y se puso a picar la ensalada cuando an no haca falta. De rato en rato daba una vuelta por la sala, donde Maximiliano se haba puesto a estudiar. No le era fcil aquel da fijar su atencin en los libros. Estaba muy distrado, y cada vez que su amiga entraba, toda la ciencia farmacutica se desvaneca de su mente. A pesar de esto quera que estuviese all, y aun se enoj algo por lo mucho que prolongaba los ratos de cocina. Chica, no trabajes tanto, que te vas a cansar. Trae tu labor y sintate aqu. Es que si me pongo aqu no estudias, y lo que te conviene es estudiar para que no pierdas el ao--replic ella--. Pues si lo pierdes y tienes que volverlo a estudiar...!. Esta razn hizo efecto grande en el nimo de Rubn. No importa que ests aqu. Con tal que no me hables, estudiar. Vindote, parece que comprendo mejor las cosas, y que se me abren las compuertas del entendimiento. Te pones aqu, t a tu costura, yo a mis libros. Cuando me siento muy torpe, pim!, te miro y al momento me despabilo. Fortunata se ri un poco, y ausentndose un instante, trajo la costura. Sabes?--le dijo Rubn, apenas ella se sent--. Mi hermano Juan Pablo se fue a Molina a arreglar eso de la herencia de la ta Melitona. Mi ta Lupe le escribi y antes de venir a Madrid se plant all. Escribe diciendo que no habr grandes dificultades. --De veras?, vamos!... Ms vale as. --Como lo oyes. An no puedo decir lo que nos tocar a cada hermano. Lo que s te aseguro es que me alegro de esto por ti, exclusivamente por ti. Luego te quejars de la Providencia. Porque cuanto ms aseguradas estn las materialidades de la vida, ms segura es la conservacin del honor. La mitad de las deshonras que hay en la vida no son ms que pobreza, chica, pobreza. Crete que ha venido Dios a vernos, y si ahora no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren. Fortunata hubiera dicho para s: Vaya un moralista que me ha salido! pero no tena noticia de esta palabra, y lo que dijo fue: Ya estoy de _misionero_ hasta aqu, usando la palabra _misionero_ con un sentido doble, a saber: el de predicador y el de agente de aquello que Rubn llamaba _su misin_. --ix-- Maximiliano comunic a Olmedo sus planes de casamiento encargndole el mayor sigilo, porque no convena que se divulgasen antes de tiempo, para evitar maledicencias tontas. Crey el gran perdis que su amigo estaba loco, y en el fondo de su alma le compadeca, aunque admiraba el atrevimiento de Rubn para hacer la ms grande y escandalosa calaverada que se poda imaginar. Casarse con una...! Esto era un colmo, el colmo del _buen fin_, y en semejante acto haba una mezcla horrenda de ignominia y de abnegacin sublime, un no s qu de osada y al mismo tiempo de bajeza, que levant al bueno de Rubn, a sus ojos, de aquel fondo de vulgaridad en que estaba. Porque Rubn poda ser un tonto; pero no era un tonto vulgar, era uno de esos tontos que tocan lo sublime con la punta de los dedos. Verdad que no llegan a agarrarlo; pero ello es que lo tocan. Olmedo, al mismo tiempo que sondeaba la inmensa gravedad del propsito de su amigo, no pudo menos de reconocer que a l, Olmedo, al perdulario de oficio, no se le haba pasado nunca por la cabeza una majadera de aquel calibre. Descuida, chico, lo que es por m no lo sabr nadie, qu narices! Soy tu amigo s o no?, pues basta narices! Te doy mi palabra de honor; estate tranquilo. La palabra de _Ulmus sylvestris_, cuando se trataba de algo comprendido en la jurisdiccin de la picarda, era sagrada. Pero en aquella ocasin pudo ms el prurito chismogrfico que el fuero del honor picaresco, y el gran secreto fue revelado a Narciso Puerta _(Pseudo-Narcisus odoripherus)_ con la mayor reserva, y previo juramento de no transmitirlo a nadie. Te lo digo en confianza, porque s que ha de quedar de ti para m. Descuida, chico, no faltaba ms... Ya t me conoces. En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepcin. Porque, verdaderamente, qu importaba confiar el secretillo a una sola persona, a una sola, que de fijo no lo haba de propalar? Te lo digo a ti slo, porque s que eres muy discreto--murmur Narciso al odo de su amigo Encinas _(Quercus gigantea)_--. Cuidado con lo que te encargo... pero mucho cuidado. Slo t lo sabes. No tengamos un disgusto. --Hombre, no seas tonto... Parece que me conoces de ayer. Ya sabes que soy un sepulcro. Y el sepulcro se abri en casa de las de la Caa, con la mayor reserva se entiende, y despus de hacer jurar a todos de la manera ms solemne que guardaran aquel profundo arcano. Pero qu cosas tiene usted, Encinas! No nos haga usted tan poco favor. Ni que furamos chiquillas, para ir con el cuento y comprometerle a usted.... Pero una de aquellas seoras crea que era pecado mortal no indicar algo a doa Lupe, porque esta al fin lo tena que saber, y ms vala prepararla para tan tremendo golpe. Pobre seora! Era un dolor verla con aquella tranquilidad, tan ajena a la deshonra que la amenazaba. Total, que la noticia lleg a la sutil oreja de doa Lupe a los tres das de haber salido del labio tmido de _Rubinius vulgaris_. Cuentan que doa Lupe se qued un buen rato como quien ve visiones. Despus dio a entender que algo barruntaba ella, por la conducta anmala de su sobrino. Casarse con una que ha tenido que ver con muchos hombres! Bah!, no sera cierto quizs. Y si lo era, pronto se haba de saber; porque, eso s, a doa Lupe no se le apagara en el cuerpo la bomba, y aquella misma noche o al da siguiente por la maana, Maximiliano y ella se veran las caras... Que la seora viuda de Juregui estaba volada, lo prob la inseguridad de su paso al recorrer la distancia entre el domicilio de las de la Caa y el suyo. Hablaba sola, y se le cay el paraguas dos veces, y cuando se baj a recogerlo, se le cay el pauelo, y por fin, en vez de entrar en el portal de su casa, entr en el prximo. Como estuviera en casa el muy hipocritn, su ta le iba a poner verde! Pero no estara seguramente, porque eran las once de la noche, y el seoritingo no entraba ya nunca antes de las doce o la una... Quin lo haba de decir; pero quin lo haba de decir...!, aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan fulastre y para poco que no tena aliento para apagar una vela, y que a los dieciocho aos, s, bien lo poda asegurar doa Lupe, no saba lo que son mujeres y crea que los nios que nacen vienen de Pars; aquel hombre fallido enamorarse as, y de quin!, de una mujer perdida...!, pero perdida... en toda la extensin de la palabra. Ha venido el seorito? pregunt a su criada, y como esta le contestara que no, frunci los labios en seal de impaciencia. El desasosiego y la ira habran llegado qu s yo a dnde, si no se desahogaran un poco sobre la inocente cabeza de Papitos, y se dice la cabeza, porque esta fue lo que ms padeci en aquel achuchn. Ha de saberse que Papitos era un tanto presumida, y que siendo su principal belleza el cabello negro y abundante, en l pona sus cinco sentidos. Se peinaba con arte precoz, hacindose sortijillas y patillas, y para rizarse el fleco, no teniendo tenazas, empleaba un pedazo de alambre grueso, calentndolo hasta el rojo. Hubiera querido hacer estas cosas por la maana; pero como su ama se levantaba antes que ella, no poda ser. La noche, cuando estaba sola, era el mejor tiempo para dedicarse con entera libertad a la peluquera elegante. Un pedazo de espejo, un batidor desdentado, un poco de tragacanto y el alambre gordo le bastaban. Por mal de sus pecados, aquella noche se haba trabajado el pelo con tanta perfeccin, que... hija, ni que fueras a un baile! se haba dicho ella a s misma, con risa convulsiva, al mirarse en el espejo por secciones de cara, porque de una vez no se la poda mirar toda. Puerca, fantasmona, mamarracho--grit doa Lupe destruyendo con manotada furibunda todos aquellos perfiles que la chiquilla haba hecho en su cabeza--. En esto pasas el tiempo... No te da vergenza de andar con la ropa llena de agujeros, y en vez de ponerte a coser te da por atusarte las crines? Presumida, sinvergenza! Y la cartilla? Ni siquiera la habrs mirado... Ya, ya te dar yo pelitos. Voy a llevarte a la barbera y a raparte la cabeza, dejndotela como un huevo. Si le hubieran dicho que le cortaban la cabeza, no hubiera sentido la chica ms terror. Eso, ahora el moquito y la lagrimita, despus me envenenas la sangre con tus peinados indecentes. Pareces la mona del Retiro... Ests bonita... s... Pero qu, tambin te has echado pomada?. Doa Lupe se oli la mano con que haba estropeado impamente el criminal flequillo. Al acercar la mano a su nariz, hzolo con ademn tan majestuoso, que es lstima no lo reprodujera un buen maestro de escultura. Gorrina... me has pringado la mano... Uy, qu pestilencia!... De dnde has sacado esta porquera?. --Me la dio el _sito_ Maxi--respondi Papitos con humildad... Esto llev bruscamente las ideas de doa Lupe a la verdadera causa de su ira. Ocurrisele hacer un reconocimiento en el cuarto de su sobrino, lo que agradeci mucho Papitos, porque de este modo tena fin de inmediato el sofoco que estaba pasando. Vete a la cocina le dijo la seora; y no necesit repetrselo, porque se escabull como un ratoncillo que siente ruido. Doa Lupe encendi luz en el cuarto de Maximiliano, y empez a observar. Si encontrara alguna carta!--pens--. Pero quia! Ahora recuerdo que me han dicho que esa tarasca no sabe escribir. Es un animal en toda la extensin de la palabra. Registra por aqu, registra por all, nada encontraba que sirviera de comprobacin a la horrible noticia. Abri la cmoda, valindose de las llaves de la suya, y all tampoco haba nada. La hucha estaba en su sitio y llena, quizs ms pesada que antes. Retratos, no los vio por ninguna parte. Hallbase doa Lupe engolfada en su investigacin policaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entr Maximiliano. Papitos le abri la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz en l, y al encarar con su ta, que estaba revolviendo el tercer cajn de la cmoda, comprendi que su secreto haba sido descubierto, y le corrieron escalofros de muerte por todo el cuerpo. Doa Lupe supo contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazn, y para calentarle las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque seguramente ella haba de alzar la voz y no convena el escndalo. Tambin era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le sofocaban tan a deshora, y doa Lupe no quera martirizarle. Lelo y mudo estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su ta se volvi hacia l, y echndole una mirada muy significativa, le dijo: Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y maana te ajustar las cuentas.... Se fue hacia su alcoba; pero no haba dado diez pasos, cuando volvi airada amenazndole con la mano y con un grito: Grandsimo pillo!... Pero tente boca. Qudese esto para maana... A dormir se ha dicho. No durmi Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su ta. Su imaginacin agrandaba a veces el conflicto hacindolo tan hermosamente terrible como una escena de Shakespeare; otras lo reduca a proporciones menudas. Y qu, seora ta, y qu?--deca alzando los hombros dentro de la cama, como si estuviera en pie--. He conocido una mujer, me gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta... Pues estamos frescos... Soy yo alguna mquina?... no tengo mi libre albedro?... Qu se ha figurado usted de m?. A ratos se senta tan fuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a la alcoba de su ta, tirarle de un pie, despertarla y soltarle este jicarazo: Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si mi familia se empea en tratarme como a un chiquillo, yo le probar a mi familia que soy hombre. Pero se qued helado al suponer la contestacin de su ta, que seguramente sera esta: Qu habas t de ser hombre, qu habas de ser...?. Cuando el buen chico se levant al da siguiente, que era domingo, ya doa Lupe haba vuelto de misa. Entrole Papitos el chocolate, y, la verdad, no pudo pasarlo, porque se le haba puesto en el epigastrio la tirantez angustiosa, sntoma infalible de todas las situaciones apuradas, lo mismo por causa de exmenes que por otro temor o sobresalto cualquiera. Estaba lvido, y la seora debi de sentir lstima cuando le vio entrar en su gabinete, como el criminal que entra en la sala de juicio. La ventana estaba abierta, y doa Lupe la cerr para que el pobrecillo no se constipase, pues una cosa es la salud y otra la justicia. Vena el delincuente con las manos en los bolsillos y una gorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro de casa, tan mustio y abatido que era preciso ser de bronce para no compadecerle. Doa Lupe tena una falda de diario con muchos y grandes remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla oscura envolviendo el arrogante busto, pauelo negro en la cabeza, mitones colorados y borcegues de fieltro gruesos y blandos, tan blandos que sus pasos eran como los de un gato. El gabinetito era una pieza muy limpia. Una cmoda y el armario de luna de forma vulgar eran los principales muebles. El sof y sillera tenan forro de _crochet_ a estilo de casa de huspedes, todo hecho por la seora de la casa. Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retrato del difunto esposo de doa Lupe, colgado en el sitio presidencial, un cuadrngano al leo, perverso, que representaba a D. Pedro Manuel de Juregui, alias _el de los Pavos_, vestido de comandante de la Milicia Nacional, con su morrin en una mano y en otra el bastn de mando. Pintura ms chabacana no era posible imaginarla. El autor deba de ser una especialidad en las muestras de casas de vacas y de burras de leche. Sostena, no obstante, doa Lupe que el retrato de Juregui era una obra maestra, y a cuantos lo contemplaban les haca notar dos cosas sobresalientes en aquella pintura, a saber: que donde quiera que se pusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, y que la cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa del morrin, en una palabra, toda la parte metlica estaba pintada de la manera ms extraordinaria y magistral. Las fotografas que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, pero colgadas con tan poco sentimiento de la simetra, que se las creera seres animados que andaban a su arbitrio por la pared. Muy bien, Sr. D. Maximiliano, muy bien--dijo doa Lupe mirando seversimamente a su sobrino--. Sintate que hay para rato. --III-- Doa Lupe la de los Pavos --i-- Maximiliano no se sent, doa Lupe s, y en el centro del sof debajo del retrato, como para dar ms austeridad al juicio. Repiti el muy bien, Sr. D. Maximiliano con retintn sarcstico. Por lo general, siempre que su ta le daba tratamiento, llamndole _seor don_, el pobre chico vea la nube del pedrisco sobre su cabeza. Estarse una matando toda la vida--prosigui ella--, para sacar adelante al dichoso sobrinito, sortearle las enfermedades a fuerza de mimos y cuidados, darle una carrera quitndome yo el pan de la boca, hacer por l lo que no todas las madres hacen por sus hijos para que al fin!... Buen pago, bueno!... No, no me expliques nada, si estoy perfectamente informada. S quin es esa... dama ilustre con quien te quieres casar. Vamos, que buena doncella te canta... Y creers que vamos a consentir tal deshonra en la familia? Dime que todo es una chiquillada y no se hable ms del asunto. Maximiliano no poda decir tal cosa; pero tampoco poda decir otra, porque si en el fondo de su nimo empezaban a levantarse olas de entereza, esas olas reventaban y se descomponan antes de llegar a la orilla, o sea a los labios. Estaba tan cortado, que sintiendo dentro de s la energa no la poda mostrar por aquella pcara emocin nerviosa que le embargaba. Dej esparcir sus miradas por la pared testera, como buscando por all un apoyo. En ciertas situaciones apuradas y en los grandes estupores del alma, las miradas suelen fijarse en algo insignificante y que nada tiene que ver con la situacin. Maximiliano contempl un rato el grupo fotogrfico de las chicas de Samaniego, Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muy adusta, la otra sentimental. Por qu miraba aquello? Su turbacin le llevaba a colgar las miradas aqu y all, prendiendo el espritu en cualquier objeto, aunque fueran las cabezas de los clavos que sostenan los retratos. Explcate, hombre--aadi doa Lupe, que era viva de genio--. Es una niera?. --No, seora--respondi el acusado, y esta negacin, que era afirmacin, empez a darle nimos, aligerndole un poco la angustia aquella de la boca del estmago. --Ests seguro de que no es chiquillada? Valiente idea tienes t del mundo y de las mujeres, inocente!... Yo no puedo consentir que una pindonga de esas te coja y te enga para timarte tu nombre honrado, como otros timan el reloj. A ti hay que tratarte siempre como a los nios atrasaditos que estn a medio desarrollar. Hay que recordar que hace cinco aos todava iba yo por la maana a abrocharte los calzones, y que tenas miedo de dormir solo en tu cuarto. Idea tan desfavorable de su personalidad exasperaba al joven. Senta crecer dentro la bravura; pero le faltaban palabras. Dnde demonios estaban aquellas condenadas palabras que no se le ocurran en trance semejante? El maldito hbito de la timidez era la causa de aquel silencio estpido. Porque la mirada de doa Lupe ejerca sobre l fascinacin singularsima, y teniendo mucho que decir, no lograba decirlo. Pero qu dira yo?... Cmo empezara yo? pensaba fijando la vista en el retrato de Torquemada y su esposa, de bracete. --Todo se arreglar--indic doa Lupe en tono conciliador--, si consigo quitarte de la cabeza esas humaredas. Porque t tienes sentimientos honrados, tienes buen juicio... Pero sintate. Me da fatiga de verte en pie. --Es menester que usted se entere bien--dijo Maximiliano al sentarse en el silln, creyendo haber encontrado un buen cabo de discurso para empezar--; se entere bien de las cosas... Yo... pensaba hablar a usted... --Y por qu no lo hiciste? Qu tal sera ello!... Vaya, que un chico delicadito como t, meterse con esas viciosonas...! Y no te quepa duda... As, pronto entregars la pelleja. Si caes enfermo, no vengas a que te cuide tu ta, que para eso s sirvo yo, eh?, para eso s sirvo, ingrato, tunante... Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti ms que una madre; te parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una mujer de mala vida? Rubn se puso verde y le sali un amargor intenssimo del corazn a los labios. No es eso, ta, no es eso--sostuvo, entrando en posesin de s mismo--. No es mujer de mala vida. La han engaado a usted. --El que me ha engaado eres t con tus encogimientos y tus timideces... Pero ahora lo veremos. No creas que vas a jugar conmigo; no creas que te voy a dejar hacer tu gusto. Por quin me tomas, bobalicn?... Ah, si yo no hubiera tenido tanta confianza...! Pero si he sido una tonta; si me cre que t no eras capaz de mirar a una mujer! Buena me la has dado, buena. Eres un apunte... en toda la extensin de la palabra. Maximiliano, al or esto, estaba profundamente embebecido, mirando el retrato de Rufinita Torquemada. La vea y no la vea, y slo confusamente y con vaguedades de pesadilla, se haca cargo de la actitud de la seorita aquella, retratada sobre un fondo marino y figurando que estaba en una barca. Vuelto en s, pens en defenderse; pero no poda encontrar las armas, es decir, las palabras. Con todo, ni por un instante se le ocurra ceder. Flaqueaba su mquina nerviosa; pero la voluntad permaneca firme. A usted la han informado mal--insinu con torpeza--, respecto a la persona... que... Ni hay tal vida airada ni ese es el camino... Yo pensaba decirle a usted: 'Ta, pues yo... quiero a esta persona, y... mi conciencia...'. --Cllate, cllate y no me saques la clera, que al orte decir que quieres a una tiota chubasca, me dan ganas de ahogarte, ms por tonto que por malo... y al orte hablar de conciencia en este tratado, me dan ganas de... Dios me perdone... Sabes lo que te digo?--aadi alzando la voz--, sabes lo que te digo? Que desde este momento vuelvo a tratarte como cuando tenas doce aos. Hoy no me sales de casa. Ea, ya estoy yo en funciones con mis disciplinas... Y desde maana me vuelves a tomar el aceite de hgado de bacalao. Vete a tu cuarto y qutate las botas. Hoy no me pisas la calle. Dios sabe lo que iba a contestar el acusado. Qued suelta en el aire la primera palabra, porque lleg una visita. Era el Sr. de Torquemada, persona de confianza en la casa, que al entrar iba derecho al gabinete, a la cocina, al comedor o a donde quiera que la seora estuviese. La fisonoma de aquel hombre era difcil de entender. Slo doa Lupe, en virtud de una larga prctica, saba encontrar algunos jeroglficos en aquella cara ordinaria y enjuta, que tena ciertos rasgos de tipo militar con visos clericales. Torquemada haba sido alabardero en su mocedad, y conservando el bigote y perilla, que eran ya entrecanos, tena un no s qu de eclesistico, debido sin duda a la mansedumbre afectada y dulzona, y a un cierto subir y bajar de prpados con que adulteraba su grosera innata. La cabeza se le inclinaba siempre al lado derecho. Su estatura era alta, mas no arrogante; su cabeza calva, crasa y escamosa, con un enrejado de pelos mal extendidos para cubrirla. Por ser aquel da domingo, llevaba casi limpio el cuello de la camisa, pero la capa era el nmero dos, con las vueltas aceitosas y los ribetes deshilachados. Los pantalones, mermados por el crecimiento de las rodilleras, se le suban tanto que pareca haber montado a caballo sin trabillas. Sus botas, por ser domingo, estaban aquel da embetunadas y eran tan chillonas que se oan desde una legua. Y cmo est la familia? pregunt al tomar asiento, despus de dar su mano siempre sudorosa a doa Lupe y al sobrino. --Perfectamente bien--dijo la seora observando con ansiedad el semblante de Torquemada--. Y en casa? --No hay novedad, a Dios gracias. Doa Lupe esperaba aquel da noticia de un asunto que le interesaba mucho. Como siempre se pona en lo peor para que las desgracias no la cogieran desprevenida, pens, al ver entrar a su agente, que le traa malas nuevas. Temi preguntarle. La cara de militar adulterado no expresaba ms que un inters decidido por la familia. Al fin Torquemada, que no gustaba de perder el tiempo, dijo a su amiga: Vamos, doa Lupe, que hoy estamos de buena. A que no me acierta usted la peripecia que le traigo?. La fisonoma de la seora se ilumin, pues saba que su amigo llamaba peripecia a toda cobranza inesperada. Echose l a rer, y meti mano al bolsillo interior de su americana. Ay! No me lo diga usted, D. Francisco--exclam doa Lupe con incredulidad, cruzando las manos--. Ha pagado...?. --Lo va usted a ver... Yo... tampoco lo esperaba. Como que fui anoche a decirle que el lunes se le embargara. Hoy por la maana, cuando me estaba vistiendo para ir a misa, me le veo entrar. Cre que vena a pedirme ms prrrogas. Como siempre nos est engaando, que hoy, que maana... Yo no le creo ni la Biblia. Es muy fabulista. Pero en fin, pedradas de estas nos den todos los das. Seor de Torquemada--me dice muy serio--, vengo a pagarle a usted.... Me qued lo que llaman atnito. Como que no esperaba la peripecia. Finalmente, que me dio el _guano_, o sean ocho mil reales, cogi su pagar, y a vivir. --Lo que yo le deca a usted--observ doa Lupe casi sin poder hablar, con la alegra atravesada en la garganta--. El tal Joaquinito Pez es una persona decente. l pasa sus apurillos como todos esos hijos de familia que se dan buena vida, y un da tienen, otro no. De fijo que ser jugador... Torquemada hizo una separacin de billetes, dando la mayor parte a doa Lupe. Los seis mil reales de usted... dos mil mos. Buen chiripn ha sido este. Yo los contaba, como quien dice, perdidos, porque el tal Joaquinito est, segn o, con el agua al cuello. Quin ser el desgraciado a quien ha dado el sablazo? A bien que a nosotros no nos importa. --Como no le hemos de prestar ms... --Mire usted, doa Lupe--dijo Torquemada, haciendo una perfecta _o_ con los dedos pulgar e ndice y ensendosela a su interlocutora. --ii-- Doa Lupe contempl la _o_ con veneracin y escuch: Mire usted, seora, estos seoritos disolutos son buenos parroquianos, porque no reparan en el materialismo del premio y del plazo; pero al fin la dan, y la dan gorda. Hay que tener mucho ojo con ellos. Al principio, el embargo les asusta; pero como lleguen a perder el punto una vez, lo mismo les da _fu_ que _fa_. Aunque usted les ponga en la publicidad de la _Gaceta_, se quedan tan frescos. Vea usted al marquesito de Casa-Bojo; le embargu el mes pasado; le vend hasta la lmina en que tena el rbol genealgico. Pues, finalmente, a los tres das me le vi en un faetn, como si tal cosa, y pas por junto a m y las ruedas me salpicaron el barro de la calle... No es que me importe el materialismo del barro; lo digo para que se vea lo que son... Pues creer usted que encontr despus quien le prestara? Ello fue al cuatro mensual; pero aun al cinco sera, como quien dice, el todo por el todo. Verdad que no molestan, y si a mano viene, cuando piden prrroga, por tenerle a uno contento le dan un destinillo para un sobrino, como hizo el chico de Pez conmigo... pero el materialismo del destino no importa; a lo mejor la pegan y de canela fina, crame usted. Por eso, ya puede venir ahora a tocar a esta puerta, que le he de mandar a plantar cebollino. Al llegar aqu Torquemada sac su sebosa petaca. Como tena tanta confianza, iba a echar un cigarro; ofreci a Maximiliano, y doa Lupe respondi bruscamente por l diciendo con desdn: Este no fuma. Las operaciones previas de la fumada duraban un buen rato, porque Torquemada le variaba el papel al cigarrillo. Despus encendi el fsforo raspndolo en el muslo. Como seguro--prosigui--, aunque da mucho que hacer, el _chico_ de la tienda de ropas hechas, Jos Mara Vallejo. All me tiene todos los primeros de mes, como un perro de presa... Mil duros me tiene all, y no le cobro ms que veintisis todos los meses. Que se atrasa? Hijo, yo tengo un gran compromiso y no te puedo aguardar. Cojo media docena de capas, y me las llevo, y tan fresco... Y no lo hago por el materialismo de las capas, sino para que mire bien el plazo. Si no hay ms remedio, seora. Es menester tratarles as, porque no guardan consideracin. Se figuran que tiene uno el dinero para que ellos se diviertan. Se acuerda usted de aquellos estudiantes que nos dieron tanta guerra?, fue el primer dinero de usted que coloqu. Aquel Cienfuegos, aquel Arias Ortiz! Vaya unos peines. Si no es por m, no se les cobra... Y eran tan tunantes, que despus que iban a casa llorndome tocante a la prrroga, me los encontraba en el caf atizndose bisteques... y vengan copas de ron y marrasquino... Lo mismo que aquel tendero de la calle Mayor, aquel Rubio que tena peletera, se acuerda usted? Un da, finalmente, me trajo su reloj, los pendientes de su mujer, y doce cajas de pieles y manguitos, y aquella misma tarde, aquella mismsima tarde, seora, me le veo en la Puerta del Sol, encaramndose en un coche para ir a los Toros... Si son as... quieren el dinero, como quien dice, para el materialismo de tirarlo. Por eso estoy todo el santo da vigilando a Jos Mara Vallejo, que es un buen hombre, sin despreciar a nadie. Voy a la tienda y veo si hay gente, si hay movimiento; echo una guiada al cajn; me entero de si el chico que va a cobrar las cuentas trae _guano_; sermoneo al principal, le doy consejos, le recomiendo que al que paga no le crucifique. Si es la verdad, si no hay ms camino...! Finalmente, el que se hace de manteca pronto se lo meriendan. Y no lo agradecen, no seora, no agradecen el inters que me tomo por ellos. Cuando me ven entrar, si viera usted qu cara me ponen! No reparan que estn trabajando con mi dinero. Y finalmente, qu eran ellos? Unos pobres pelagatos. Les parece que porque me dan veintisis duros al mes, ya han cumplido... Dicen que es mucho y yo digo que me lo tienen que agradecer, porque los tiempos estn malos, pero muy malos. En toda la parte del siglo XIX que dur la largusima existencia usuraria de D. Francisco Torquemada, no se le oy decir una sola vez siquiera que los tiempos fueran buenos. Siempre eran malos, pero muy malos. Aun as, el 68 ya tena Torquemada dos casas en Madrid, y haba empezado sus negocios con doce mil reales que hered su mujer el 51. Los un da mezquinos capitales de doa Lupe, l se los haba centuplicado en un par de lustros, siendo esta la nica persona que asociaba a sus oscuros negocios. Cobrbale una comisin insignificante, y se tomaba por los asuntos de ella tanto inters como por los propios, en razn a la gran amistad que haba tenido con el difunto Juregui. Y con esta fecha y con esta facha me voy dijo levantndose y colgndose la capa que se le caa del hombro izquierdo. --Tan pronto?--Seora, que no he odo misa. Lo que le deca a usted, estaba vistindome para salir a orla, cuando entr Joaquinito a darme la gran peripecia. --Buena ha sido, buena!--exclam doa Lupe, oprimiendo contra su seno la mano en que tena los billetes, tan bien cogidos que no se vea el papel por entre los dedos. --Qudate con Dios--dijo Torquemada a Maximiliano que slo contest al saludo con un _ju ju_... Y sali al recibimiento, acompaado de doa Lupe. Maximiliano les sinti cuchicheando en la puerta. Por fin se oyeron las botas chillonas del ex-alabardero bajando la escalera, y doa Lupe reapareci en el gabinete. El jbilo que le causaba la cobranza de aquel dinero que crea perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucan como dos carbones encendidos, y su boca traa bosquejada una sonrisa. Desde que la vio entrar, conoci Maximiliano que su clera se haba aplacado. El _guano_, como deca Torquemada, no poda menos de dulcificarla; y llegndose a donde estaba el delincuente, que no se haba movido de la butaca, le puso una mano en el hombro, empuando fuertemente en la otra los billetes, y le dijo: No, no te sofoques... no es para tomarlo as. Yo te digo estas cosas por tu bien.... --Yo, realmente--repuso Maximiliano con serenidad, que ms le asombr a l mismo que a doa Lupe--, no me he sofocado... yo estoy tranquilo, porque mi conciencia... Aqu se volvi a embarullar. Doa Lupe no le dio tiempo a desenvolverse porque se meti en la alcoba, cerrando las vidrieras. Desde el gabinete la sinti Maximiliano trasteando. Guardaba el dinero. Abriendo despus la puerta, mas sin salir de la alcoba, la seora sigui hablando con su sobrino: Ya sabes lo que te he dicho. Hoy no me sales a la calle... Y desde maana empezars a tomarme el aceite de hgado de bacalao, porque todo eso que te da no es ms que debilidad del cerebro... Luego seguiremos con el fosfato, otra vez con el fosfato. No debiste dejar de tomarlo.... Maximiliano, como no tena delante a su ta, se permiti una sonrisa burlona. Miraba en aquel momento a su to el Sr. de Juregui, que le miraba tambin a l, como es consiguiente. No pudo menos de observar que el digno esposo de su ta era horrendo; ni comprenda cmo doa Lupe no se mora de miedo cuando se quedaba sola, de noche, en compaa de semejante espantajo. Con que ya sabes--dijo al aparecer en la puerta, abrochndose su cuerpo de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir--. Ya puedes ir a quitarte las botas. Ests preso. Fuese el joven a su cuarto sin decir nada, y doa Lupe se qued pensando en lo dcil que era. El rigor de su autoridad, que el muchacho acataba siempre con veneracin, sera remedio eficaz y pronto del desorden de aquella cabeza. Bien lo deca ella. En cuanto yo le doy cuatro gritos, le pongo como una liebre. Trabajo les mando a esas lobas que me le quieran trastornar. Papitos...! grit la seora, y al punto se oyeron las patadas de la chica en el pasillo como las de un caballo en el Hipdromo. Presentose con una patata en la mano y el cuchillo en la otra. Mira--le dijo su ama con voz queda--. Ten cuidado de ver lo que hace el seorito Maxi mientras yo estoy fuera. A ver si escribe alguna carta o qu hace. La mona se dio por enterada, y volvi a la cocina dando brincos. A ver--dijo la seora hablando consigo misma--, se me olvidar algo?.. Ah!, el portamonedas. Qu hay que traer?... Fideos, azcar... y nada ms. Ah!, el aceite de hgado de bacalao: lo que es eso no se lo perdono. A cucharetazos es como se cura esto. Y ahora no habr el realito de velln por cada toma. Ya es un hombre, quiero decir, ya no es un chiquillo. Figrese el lector cul sera el asombro de doa Lupe _la de los Pavos_, cuando vio entrar en la sala a su sobrino, no con zapatillas ni en tren de andar por casa, sino empaquetado para salir, con su capa de vueltas encarnadas, su chaqu azul y su honguito de color de caf. Tan estupefacta y colrica estaba por la desobediencia del mancebo, que apenas pudo balbucir una protesta: Pe... pero.... Ta--dijo Maximiliano con voz alterada y temblorosa--, no pue... no puedo obedecer a usted... Soy mayor de edad. He cumplido veinticinco aos... Yo la respeto a usted; respteme usted a m. Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y sali de la casa a toda prisa, temiendo sin duda que su ta le agarrase por los faldones. Bien claro explicaba l su conducta, chismorreando consigo mismo: Yo no s defenderme con palabras; yo no puedo hablar, y me aturullo y me turbo slo de que mi ta me mire; pero me defender con hechos. Mis nervios me venden; pero mi voluntad podr ms que mis nervios, y lo que es la voluntad, bien firme la tengo ahora. Que se metan conmigo; que venga todo el gnero humano a impedirme esta resolucin; yo no discutir, yo no dir una palabra; pero a donde voy, voy, y al que se me ponga por delante, sea quien sea, le piso y sigo mi camino. --iii-- Doa Lupe se qued que no saba lo que le pasaba. Papitos, Papitos!... No, no te llamo... vete... Pero has visto qu insolente? Si no es l, no es l... Es que me le han vuelto del revs, me le han embrujado. Habr tunante? Si estoy por seguirle y avisar a una pareja de Orden Pblico para que me le trinquen... Pero a la noche nos veremos las caras. Porque t has de volver, t tienes que volver, sietemesino hipcrita... Papitos, toma, toma; bjate por los fideos y el azcar. Yo no salgo, no puedo salir. Creo que me va a dar algo... Mira, te pasas por la botica y pides un frasco de aceite de hgado de bacalao, del que yo traa. Ya saben ellos. Dices que yo ir a pagarlo... Oye, oye, no traigas eso. Si no lo va a querer tomar...! Trete una vara. No, no traigas tampoco vara... Te pasas por la droguera y pides diez cntimos de sanguinaria. A m me va a dar algo.... Estaba en efecto amenazada de un arrebato de sangre, y la cosa no era para menos. Nunca haba visto en su sobrino un rasgo de independencia como el que acababa de ver. Haba sido siempre tan poquita cosa, que donde le ponan all se estaba. Voluntad propia, no la tuvo jams. En ningn tiempo fue preciso ponerle la mano encima, porque un fruncimiento de cejas bastaba para traerle a la obediencia. Qu haba pasado en aquel cordero para convertirle en algo as como un leoncillo? La mente de doa Lupe no poda descifrar misterio tan grande. Tras de la clera y la confusin vino el abatimiento, y se senta tan rendida fsicamente como si hubiera estado toda la maana ocupada en alguna faena penosa. Quitose con pausa los trapitos domingueros que se haba empezado a poner, y volvi a llamar a la mona para decirle: No hagas ms que unas sopas de ajo. El seoritingo no vendr a almorzar, y si viene le acusar las cuarenta. Tomando la sillita baja, que usaba cuando cosa, la coloc junto al balcn. Le dola la cintura y al sentarse exhal un ay! Para coser usaba siempre gafas. Se las puso, y sacando obra de su cesta de costura, empez a repasar unas sbanas. No le repugnaba a doa Lupe trabajar los domingos, porque sus escrpulos religiosos se los haba quitado Juregui en tantos aos de propaganda matrimonial progresista. Psose, pues, a zurcir en su sitio de costumbre, que era junto a la vidriera. En el balcn tena dos o tres tiestos, y por entre las secas ramas vea la calle. Como el cuarto era principal, desde aquel sitio se vera muy bien pasar gente en caso de que la gente quisiese pasar por all. Pero la calle de Raimundo Lulio y la de Don Juan de Austria, que hace ngulo con ella, son de muy poco trnsito. Parece aquello un pueblo. La nica distraccin de doa Lupe en sus horas solitarias era ver quin entraba en el taller de coches inmediato o en la imprenta de enfrente, y si pasaba o no doa Guillermina Pacheco en direccin del asilo de la calle de Alburquerque. Lugar y ocasin admirables eran aquellos para reflexionar, con los trapos sobre la falda, la aguja en la mano, los espejuelos calados, la cesta de la ropa al lado, el gato hecho una pelota de sueo a los pies de su ama. Aquel da doa Lupe tena, ms que nunca, materia larga de meditaciones. Que se est una sacrificada toda la vida para esto!... l no lo sabe, qu ha de saber, si es un tontn? Le ponen el plato delante, y qu sabe las agonas que ha costado ponrselo?... Pues si le dijera yo que cada garbanzo, algunos das, tiempo ha, tena el valor de una perla... segn lo que costaba traerlo a casa...! No s qu habra sido de m sin el Sr. de Torquemada, ni qu hubiera sido de Maxi sin m. Lucida existencia sera la suya si no hubiera tenido ms arrimo que el de sus hermanos! Dime, bobo de Coria, si yo no hubiera trabajado como una negra para defender el panecillo y poner esta casa en el pie que tiene; si no discurriera tanto como discurro, calentndome los sesos a todas horas y empleando en mil menudencias estas entendederas que Dios me ha dado, qu habra sido de ti, ingratuelo?... Ah! Si viviera mi Juregui!. El recuerdo de su difunto, que siempre se avivaba en la mente de doa Lupe cuando se vea en algn conflicto, la enterneci. En todas sus aflicciones se consolaba con la dulce memoria de su felicidad matrimonial, pues Juregui haba sido el mejor de los hombres y el nmero uno de los maridos. Ay, mi Juregui! exclamaba echando toda el alma en un suspiro. Don Pedro Manuel de Juregui haba servido en el Real Cuerpo de Alabarderos. Despus se dedic a negocios, y era tan honrado, pero tan sosamente honrado, que no dej al morir ms que cinco mil reales. Oriundo de la provincia de Len, reciba partidas de huevos y otros artculos de recoba. Todos los paveros leoneses, zamoranos y segovianos depositaban en sus manos el dinero que ganaban, para que lo girase a los pueblos productores del artculo, y de aqu vino el apodo que le dieron en Puerta Cerrada y que hered doa Lupe. Tambin reciba Juregui, por Navidad, remesas de mantecadas de Astorga, y a su casa iban a cobrar y a dejar fondos todos los ordinarios de la maragatera. En poltica hizo gran papel D. Pedro por ser uno de los corifeos de la Milicia Nacional, y era tan sensato, que la nica vez que se sublev lo hizo al grito mgico de Viva Isabel II! Falleci aquel bendito, y doa Lupe se hubiera muerto tambin si el dolor matara. Y no se vaya a creer que le faltaron pretendientes a la viudita, pues haba, entre otros, un D. Evaristo Feijoo, coronel de ejrcito, que le rondaba la calle y no la dejaba vivir. Pero la fidelidad a la memoria de su feo y honrado Juregui se sobrepona en doa Lupe a todos los intereses de la tierra. Despus vino la crianza y cuidado de su sobrinito, que le dieron esa distraccin tan saludable para las desazones del alma. Torquemada y los negocios ayudronla tambin a entretener su existencia y a conllevar su dolor... Pas tiempo, gan dinero, y lentamente vino la situacin en que la he descrito. Frisaba ya doa Lupe en los cincuenta aos, mas estaba tan bien conservada, que no pareca tener ms de cuarenta. Haba sido en su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tena cierto parecido remoto con Juan Pablo. Sus ojos pardos conservaban la viveza de la juventud; pero tena cierta adustez jurdica en la cara, acentuada de lneas y seca de color. Sobre el labio superior, fino y violado cual los bordes de una reciente herida, le corra un bozo tenue, muy tenue, como el de los chicos precoces, vello finsimo que no la afeaba ciertamente; por el contrario, era quizs la nica pincelada feliz de aquel rostro semejante a las pinturas de la Edad Media, y haca la gracia el tal bozo de ir a terminarse sobre el pico derecho de la boca con una verruguita muy mona, de la cual salan dos o tres pelos bermejos que a la luz brillaban retorcidos como hilillos de cobre. El busto era hermoso, aunque, como se ver ms adelante, haba en l algo y aun algos de falseamiento de la verdad. Descollaba doa Lupe por la inteligencia y por el prurito de mostrarla a cada instante. As como a otras el amor propio les inspira la presuncin, a la viuda de Juregui le infunda convicciones de superioridad intelectual y el deseo de dirigir la conducta ajena, resplandeciendo en el consejo y en todo lo que es prctico y gubernativo. Era una de esas personas que, no habiendo recibido educacin, parece que la han tenido cumplidsima, por lo bien que se expresan, por la firmeza con que se imponen un carcter y lo sostienen, y por lo bien que disfrazan con las retricas sociales las brutalidades del egosmo humano. De la memoria de su Juregui llev el pensamiento a su sobrino. Eran sus dos amores. Subindose las gafas que se le haban deslizado hasta la punta de la nariz, prosigui as: Pues conmigo no juega. Le pongo en la calle como tres y dos son cinco. Tendr que hacer un esfuerzo, porque le quiero como debe de quererse a los hijos... Yo que tena la ilusin de casarle con Rufina o al menos con Olimpia!... No, me gusta mucho ms Rufina Torquemada. Cuidado que soy tonta. Al verle tan hurao, y que se esconda cuando entraba doa Silvia con su hija, crea que hablarle a este chico de mujeres era como mentarle al diablo la cruz. Fese usted de apariencias. Y ahora resulta que hace meses sostiene a una mujer, y se pasa el da entero con ella y... Vamos, yo tengo que ver esto para creerlo... Y otra cosa: cmo se las arreglar para mantenerla?... La hucha est all con su peso de siempre.... Doa Lupe, al llegar aqu, se engolf en cavilaciones tan abstrusas que no es posible seguirla. Su mente se sumerga y sala a flote, como un madero arrojado en medio de las bravas olas. La buena seora estuvo as toda la tarde. Llegada la noche, deseaba ardientemente que el sobrino entrase de la calle para descargar sobre l todo el material de lavas que el volcn de su pecho no poda contener. Entr el sietemesino muy tarde, cuando su ta estaba ya comiendo y se haba servido el cocido. Maximiliano se sent a la mesa sin decir nada, muy grave y algo azorado. Empez a comer con apetito la sopa fra, echando miradas indagatorias e inquietas a su seora ta, que evitaba el mirarle... _por no romper_... Debo contenerme--pensaba ella--, hasta que coma... Y parece que tiene ganitas.... A ratos el joven daba hondos suspiros mirando a su ta, cual si deseara tener una explicacin con ella. Ms de una vez quiso doa Lupe romper en denuestos; pero el silencio y la compostura de su sobrino la contenan, hacindole temer que se repitiera el rasgo varonil de aquella maana. Por fin, apenas cat el joven unas pasas que de postre haba, se levant para ir a su cuarto; y apenas le vio doa Lupe de espalda, se le encendieron bruscamente los nimos y corri tras l, conteniendo las palabras que a la boca se le salan. Estaba el pobre chico encendiendo el quinqu de su cuarto, cuando la seora apareci en la puerta, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: Zascandil. No se inmut Maximiliano ni aun cuando doa Lupe, repitiendo su apstrofe, lleg al cuarto o al quinto _zascandil_. Y como si esta palabra fuera el tapn de su ira, tras ella corrieron en vena abundante las quejas por lo que el chico haba hecho aquella maana. Y no quiero hablar ahora del motivo--aadi ella--; de esa moza que te has echado... y que sin duda empieza por pegarte su mala educacin. Voy a la patochada de esta maana. Crees que tu ta es algn trapo viejo?. El muchacho se sent en la silla que junto a la cama estaba, y apoyando el codo en esta, aguant el achuchn, sin mirar a su juez. Tena un palillo entre los dientes, y lo llevaba de un lado para otro de la boca con nerviosa presteza. Ya se le haba quitado el gran temor que la hermana de su padre le infunda. Como ciertos cobardes se vuelven valientes desde que disparan el primer tiro, Maximiliano, una vez que rompi el fuego con la hombrada de aquella maana, senta su voluntad libre del freno que le pusiera la timidez. Dicha timidez era un fenmeno puramente nervioso, y en ella tenan no poca parte tambin sus rutinarios hbitos de subordinacin y apocamiento. Mientras no hubo en su alma una fuerza poderosa, aquellos hbitos y la ditesis nerviosa formaron la costra o apariencia de su carcter; pero surgi dentro la energa, que estuvo luchando durante algn tiempo por mostrarse, rompiendo la corteza. La timidez o falsa humildad endureca esta, y como la energa interior no encontraba un auxilio en la palabra, porque la sumisin consuetudinaria y la cortedad no le haban permitido educarla para discutir, pasaba tiempo sin que la costra se rompiera. Por fin, lo que no pudieron hacer las palabras, lo hizo un acto. Roto el cascarn, Maximiliano se encontr ms valiente y dispuesto a medirse con la fiera. Lo que antes era como levantar una montaa, parecale ya como alzar del suelo un pauelo. Oy en calma los desahogos de su ta. Cuntos argumentos se podan oponer a los que la buena seora disparaba con ms ardor que lgica! Pero lo que es en argumentar con palabras qu diablo!, todava no estaba l fuerte. Argumentaba con hechos. En esto s que se pintaba solo. Cuando su ta tom respiro dejndose caer sofocada en la silla prxima a la mesa, Maximiliano rompi a hablar a su vez; pero no era aquello razonar, era como si cogiera su corazn y lo volcara sobre la cama, lo mismo que haba volcado la hucha despus de cascarla. La quiero tanto--dijo sin mirar a su ta, y encontrando palabras relativamente fciles para expresar sus sentimientos--, la quiero tanto, que toda mi vida est en ella, y ni ley ni familia ni el mundo entero me pueden apartar de ella... Si me ponen en esta mano la muerte y en esta otra dejar de quererla y me obligan a escoger, preferir mil veces morirme, matarme o que me maten... La quise desde el momento en que la vi, y no puedo dejar de quererla, sino dejando de vivir... de modo que es tontera oponerse a lo que tengo pensado, porque salto por encima de todo y si me ponen delante una pared la paso... Ve usted cmo rompen los jinetes del Circo de Price los papeles que les ponen delante cuando saltan sobre los caballos? Pues as rompo yo una pared si me la ponen entre ella y yo. --iv-- Este smil hubo de impresionar vivamente a la gran doa Lupe, que contempl un rato a su sobrino con ms lstima que ira. Yo me he llevado chascos en mi vida--dijo meneando la cabeza como los muecos que tienen un alambre en el pescuezo--; pero un chasco como este no me lo he llevado nunca. Me la has dado completa, a fondo, de maestro... Cierto que no tengo poder sobre ti... Si te pierdes, bien perdido ests. No me vengas a m despus con arrumacos. Te cri, te eduqu, he sido para ti una madre. No te parece que debas haberme dicho: 'pues ta, esto hay'?. --Cierto que s--replic vivamente Maximiliano--, pero me daba reparo, ta. Ahora que me he soltado parceme la cosa ms fcil del mundo. De esta falta le pido a usted perdn, porque reconozco que me port mal. Pero se me trababa la lengua cuando quera decir algo, y me entraban sudores... Me acostumbr a no hablar a usted ms que de si me dola o no la cabeza, de que se me haba cado un botn, de si llova o estaba seco y otras tonteras as... Oiga usted ahora, que despus de callar tanto me parece que reviento si no le cuento a usted todo. La conoc hace tres meses. Estaba pobre, haba sido muy desgraciada... --S, s, me han dicho que es muy corrida. Tienes buenas tragaderas--afirm doa Lupe con crueldad. --No haga usted caso... los hombres son muy malos. No conviene usted conmigo en que los hombres son muy malos? Y dgame usted ahora. No es accin noble traer al buen camino a una alma buena que se ha descarriado? --Y t, t--chill la de Juregui con espanto, persignndose--, te has metido a pastor! --Pero agurdese usted, ta. No juzgue usted las cosas tan de ligero--insisti Maximiliano, apurado por no saber expresarse bien--. Si ella est arrepentida! Ni ha sido tampoco tan mala como a usted le han dicho. Si es un ngel... --De cornisa! Buen provecho. --Crame usted, y cuando la conozca... --Yo... conocerla yo! De eso est libre... Repito que buen provecho te haga tu oveja, mejor dicho, tu cabra descarriada. --Pero si no es eso... es que yo no me expreso bien. Dgame una cosa, el querer ser honrada no es lo mismo que serlo? Dice usted que no? Pues yo no lo veo as, yo no lo veo as. --Cmo ha de ser lo mismo querer ser una cosa que serlo? --En el terreno moral s... Si conmigo es honrada y sin m podra no serlo, cmo quiere usted que yo le diga, anda y vete a los demonios? No es ms natural y humano que la acoja y la salve? Pues qu, las obras grandes y cmo dir?... cristianas, se han de mirar por el lado del egosmo? Crey el pobre muchacho que haba puesto una pica en Flandes con este argumento, y observ el efecto que en su ta haba hecho. La verdad es que doa Lupe se qued un instante algo confusa sin saber qu responder. Al fin le contest con desdn: Ests loco. Esas cosas no se le ocurren a nadie que tenga sesos. Me voy, te dejo, porque si estoy aqu, te pego, no tengo ms remedio que romperte encima el palo de una escoba, y la verdad, si eres poco hombre para ese amor tan sublime, an lo eres menos para recibir una paliza. Maximiliano la sujet por el vestido y la oblig a sentarse otra vez. igame usted... ta. Yo la quiero a usted mucho; yo le debo a usted la vida, y aunque usted se empee en reir conmigo, no lo ha de conseguir... Vamos a ver. Lo que yo hago ahora, lo que la tiene a usted tan enojada es, segn voy viendo, una accin noble, y mi conciencia me la aprueba, y estoy satisfecho de ella como si tuviera a Dios dentro de m dicindome: _bien, bien_... Porque usted no me puede hacer creer que estamos en el mundo slo para comer, dormir, digerir la comida y pasearnos. No; estamos para otra cosa. Y si yo siento dentro de m una fuerza muy grande, pero muy grande, que me impulsa a la salvacin de otra alma lo he de realizar, aunque se hunda el mundo. --Lo que t tienes--afirm doa Lupe queriendo sostener su papel--, es la tontera que te rebosa por todo el cuerpo... y nada ms. No me engatusars con palabritas. Vaya que de la noche a la maana has aprendido unos trminos y unos floreos de frases que me tienen pasmada... Ests hecho un poeta... en toda la extensin de la palabra; yo siempre he tenido a los poetas por unos grandes embusteros... tontos de atar... T no eres ya el sobrinito que yo cri. Cmo me has engaado!... Una mujer, una manceba, un beln...!, y ahora viene la de me caso, y a Roma por todo. Anda, ya no te quiero; ya no soy tu tiita Lupe... No te echo de mi casa por lstima, porque espero que todava has de arrepentirte y me has de pedir perdn. Maximiliano, ya completamente sereno, movi la cabeza expresando duda. El perdn ya lo ped por haber callado, y ya no tengo que pedir ms perdones. Todava hay algo que usted no sabe y que le quiero decir. Cmo la he mantenido durante tres meses? Ay, ta! Romp la hucha; tena tres mil y pico de reales, lo bastante para que viva con modestia, porque es muy econmica, sumamente econmica, ta, y no gasta ms que lo preciso. Esta revelacin hizo vacilar un momento la ira de doa Lupe. Era econmica!... El joven sac la hucha, y mostrndola a su ta, revel el suceso como la cosa ms natural del mundo, reproducindolo a lo vivo. Mire usted, cog la hucha vieja, despus de traer esta, que es enteramente igual. Machaqu la llena; cog el oro y la plata y pas a esta el cobre, aadiendo dos pesetas en cuartos para que pesara lo mismo... Quiere usted verlo?. Antes que doa Lupe respondiera, Maximiliano estrell la hucha contra el suelo, y las piezas de cobre inundaron la habitacin. Ya veo, ya veo que no tienes desperdicio--observ doa Lupe recogiendo la calderilla--. Y cuando se te acabe el dinero? Vendrs a que yo te d? Ay, qu equivocado ests!. --Cuando se me acabe, Dios me socorrer por algn lado--dijo Maximiliano con fe. Estaba excitadsimo y tena el rostro encendido. Doa Lupe no haba visto nunca tanto brillo en aquellos ojos ni animacin semejante en aquella cara. Cuando entre los dos hubieron recogido las piezas, la ta las envolvi en un nmero de _La Correspondencia_, y arrojando el paquete sobre la cmoda, dijo con soberano menosprecio: Ah tienes para el regalo de boda. Maximiliano guard en la cmoda el pesado paquete, y despus se puso la capa. Doa Lupe no se atrevi a retenerle, pues aunque su corazn se llen de sentimientos de soberbia y autoridad, nada de esto pudo traducirse al exterior, porque en el momento de intentarlo, un freno inexplicable la contuvo. Senta desvanecida su autoridad sobre el enamorado joven; vea una fuerza efectiva y revolucionaria delante de su fuerza histrica, y si no le tena miedo, era innegable que aquel repentino tesn la infunda algn respeto. Aquella mujer que dorma a pierna suelta despus de haber estrangulado, en connivencia con Torquemada, a un infeliz deudor, estaba intranquila ante los problemas de conciencia que le haba planteado su sobrino tan candorosamente. Si quera tanto a esa mujer, con qu derecho oponerse a que se casara con ella? Y si tena la tal inclinaciones honradas, y buen sntoma de honradez era el ser tan econmica, quin cargaba con la responsabilidad de atajarla en el camino de la reforma? Doa Lupe empez a llenarse de escrpulos. Su corazn no era depravado sino en lo tocante a prstamos; era como los que tienen un vicio, que fuera de l, y cuando no estn atacados de fiebre, son razonables, prudentes y discretos. Al da siguiente, despus de otro altercado con su sobrino, apuntaron vagamente en su alma las ideas de transaccin. Ya no caba duda de que la pasin de Maximiliano era tenaz y profunda, y de que le prestaba energas incontrastables. Ponerse frente a ella era como ponerse delante de una ola muy hinchada en el momento de reventar. Doa Lupe reflexion mucho todo aquel da, y como tena un gran sentido de la realidad, empez a reconocer el poder que ejercen sobre nuestras acciones los hechos consumados, y el escaso valor de las ideas contra ellos. Lo de Maxi sera un disparate, ella segua creyendo que era una burrada atroz; mas era un hecho, y no haba otro remedio que admitirlo como tal. Pens entonces con admirable tino que cuando en el orden privado, lo mismo que en el pblico, se inicia un poderoso impulso revolucionario, lgico, motivado, que arranca de la naturaleza misma de las cosas y se fortifica en las circunstancias, es locura plantrsele delante; lo prctico es sortearlo y con l dejarse ir aspirando a dirigirlo y encauzarlo. Pues a sortear y dirigir aquella revolucin domstica; que atajarla era imposible, y el que se le pusiera delante, arrollado sera sin remedio... De esta idea provino la relativa tolerancia con que habl a su sobrino en la segunda noche de confianzas, la maa con que le fue sacando noticias y pormenores de su novia, sin aparentar curiosidad, aventurndose a darle algunos consejos. Verdad que entre col y col le soltaba ciertas frescuras; pero esto era muy estudiado para que Maxi no viera el juego. No cuentes conmigo para nada; all te las hayas... Ya te he dicho que no quiero saber si tu novia tiene los ojos negros o amarillos. A m no me vengas con zalameras. Te oigo por consideracin; pero no me importa. Que la vaya yo a ver? Ests t fresco...!. A Maximiliano le haba dado su metamorfosis una penetracin intermitente. En ocasiones posea la vista rpida y segura del ingenio superior; en ocasiones era tan ciego que no vea tres sobre un burro. Las pasiones exaltadas producen estas pasmosas diferencias en la eficacia de una facultad, y hacen a los hombres romos o agudos cual si estuviera el espritu sometido a una influencia luntica. Aquel da ley el joven en el corazn de doa Lupe y apreci sus disposiciones pacificadoras, a pesar de las frases estudiadas con que las quera disimular. Hizo adems un razonamiento que demuestra la agudeza genial que adquira en ciertos momentos de verdadero estro, adivinando por arte de inspiracin los arcanos del alma de sus semejantes. El razonamiento fue este: Mi ta se ablanda; mi ta se da a partido. Y como Fortunata no le debe dinero, ni se lo deber nunca, porque estoy yo para impedirlo, ha de llegar da en que sean amigas. --v-- Porque doa Lupe era tal y como su sobrino la pintaba en aquella breve consideracin; era juiciosa, razonable, se haca cargo de todo, miraba con ojos un tanto escpticos las flaquezas humanas, y saba perdonar las ofensas y hasta las injurias; pero lo que es una deuda no la perdonaba nunca. Haba en ella dos personas distintas, la mujer y la prestamista. El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca. Un simple pagar, extendido y firmado de la manera ms cordial del mundo, bastaba a convertir la amiga en basilisco, la mujer cristiana en inquisidora. La doble personalidad de esta seora tena un signo externo en su cuerpo, una representacin fatal, obra de la ciruga, que en este punto fue una ciencia justiciera y acusadora. A doa Lupe le faltaba un pecho, por amputacin a consecuencia del tumor scirroso de que padeci en vida de su marido. Como presuma de buen cuerpo y usaba cors dentro de casa, aquella parte que le faltaba la supli con una bien construida pelota de algodn en rama. A la vista, despus de vestida, ofreca gallardo conjunto; pero tras de la ropa, slo la mitad de su seno era de carne; la otra mitad era insensible y bien se le poda clavar un pual sin que le doliese. Lo mismo era su corazn; la mitad de carne, la mitad de algodn. La ndole de las relaciones que con las personas tuviese determinaba el predominio de tal o cual mitad. No mediando ningn pagar, daba gusto de tratar con aquella seora; mas como las circunstancias la hicieran _inglesa_, ya estaba fresco el que se metiese con ella. Y no haba sido as en vida de su marido. Verdad que en aquel tiempo venturoso, no manejaba ms dinero que el que Juregui le daba para el gasto de la casa. Despus de viuda, vindose con cuatro cachivaches y cinco mil reales, imagin fundar una casa de huspedes, pero Torquemada se lo quit de la cabeza, ofrecindose a colocarle sus dineros con buen inters y toda la seguridad posible. El xito y las ganancias engolosinaron a doa Lupe, que adquiri gradual y rpidamente todas las cualidades del perfecto usurero, y ech el medio pecho de algodn, hacindose insensible, implacable y dura cuando de la cobranza puntual de sus crditos se trataba. Los primeros aos de esta vida pas la seora grandes apuros, porque los rditos, aun con ser tan crecidos, no le bastaban al sostenimiento de su casa. Pero a fuerza de orden y economa fue saliendo adelante, y aun hizo verdaderos milagros atendiendo a las medicinas que Maximiliano necesitaba y a los considerables gastos de su carrera. Quera mucho a su sobrino y se afanaba porque nada le faltara. Este mrito grande no se le poda negar. Lo que dijo del garbanzo que tena el valor de una perla, es muy cierto. Pero no lo es que hubiese practicado la usura por el solo inters de dar carrera al sietemesino. Esto se lo deca ella a s propia en sus soliloquios; pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y ennoblecerse el egosmo humano. Doa Lupe _trabajaba en prstamos_ por pura aficin que le infundi Torquemada, y sin sobrino y sin necesidades habra hecho lo mismo. Cuando vinieron los aos bonancibles y el capitalito de la viuda ascendi a dos mil duros, iniciose un periodo de buena suerte que deba de ser pronto increble prosperidad. Cay en las combinadas redes de los dos prestamistas un pobre seor, ms desgraciado que perverso (que haba sido director general y viva con gran rumbo a pesar de estar a la cuarta pregunta), y no quiero decir cmo le pusieron. Los dos mil duros de doa Lupe crecieron como la espuma en el trmino de tres aos, renovando obligaciones, acumulando intereses y aumentando estos cada ao desde dos por ciento mensual, que era el tipo primitivo, a cuatro. A la pobre vctima le sac Torquemada mucho ms, porque se adjudic sus muebles riqusimos por un pedazo de pan; pero el tal se lo tena muy bien merecido. Despus se rehzo con un destino en la administracin de Cuba; se volvi a perder, torn a reponerse en Filipinas, y ahora est por cuarta vez en poder de los vampiros. Como ya no hay dinero en las colonias, parece difcil que este desventurado haga la quinta pella. Dicen que Amrica para los americanos. Vaya una tontera! Amrica para los usureros de Madrid. En la fecha en que nuestra narracin coge a doa Lupe, tena ya un caudalito de diez mil duros, parte asegurado en acciones del Banco y parte en prstamos con pagar legalizado, figurando mucha mayor cantidad de la percibida por el deudor. El ex-alabardero era enemigo _del materialismo_ de las hipotecas con seguridad legal y rdito prudente. Los prstamos arriesgados con premio muy subido eran su delicia y su arte predilecto, porque aun cuando alguno no se cobrase hasta la vspera del Juicio Final, la mayor parte de las vctimas caan atontadas por el miedo al escndalo, y se doblaba el dinero en poco tiempo. Tena olfato seguro para rastrear a las personas pundonorosas, de esas que entregan el pellejo antes que permitir andar en lenguas de la fama, y con estas se meta hasta el fondo, _se atracaba de deudor_. Poco a poco fue transmitiendo su manera de ser, de obrar y sentir a su compinche, como se pasa la imagen de un papel a otro por medio del calco o el estarcido. Cada vez que D. Francisco le llevaba dinero cobrado, un problema de usura resuelto y finiquito, se alegraba tanto la viudita que se le abran los poros, y por aquellas vas se le entraba el carcter de Torquemada a posesionarse del suyo e informarlo de nuevo. La esposa de Torquemada estaba hecha tan a semejanza de este, que doa Lupe la oa y la trataba como al propio don Francisco. Y con el trato frecuente que las dos seoras tenan, doa Silvia lleg tambin a ejercer gran influencia sobre su amiga, imprimiendo en esta algunos rasgos de su fisonoma moral. Era hombruna, descarada y cuando se pona en jarras haca temblar a medio mundo. Ms de una vez aguard en la calle a un acreedor, con acecho de asesino apostado, para insultarle sin piedad delante de la gente que pasaba. A esto no lleg ni poda llegar la de Juregui, porque tena ciertas delicadezas de ndole y de educacin que se sobreponan a sus enconos de usurera. Pero s fueron juntas alguna vez a la casa de una infeliz viuda que les deba dinero, y despus de apremiarla intilmente para que les pagara, echaron miradas codiciosas hacia los muebles. Las dos harpas cambiaron breves palabras frente a la vctima, que por poco se muere del susto. A usted le conviene esta copa-brasero--dijo doa Silvia--, y a m aquella cmoda. Hicieron subir a los mozos de cordel y se llevaron los citados objetos, despus de quitarle a la cmoda la ropa y a la copa el fuego. La deudora se avino a todo por perder de vista a las dos infernales mujeres que tanto pavor le causaban. La copa aquella estaba en la sala de doa Lupe; mas no se encenda nunca. Maximiliano saba su procedencia, as como la de un bargueo y un armario soberbio que en la alcoba estaban. La mesa en que el estudiante escriba entr en la casa de la misma manera, y la vajilla buena que se usaba en ciertos das fue adquirida por la quinta parte de su valor, en pago de un pico que adeudaba una amiga ntima. Doa Silvia haba hecho el negocio, que doa Lupe no se atreviera a tanto. Un centro de plata, dos bandejas del mismo metal y una tetera que la seora mostraba con orgullo, haban ido a la casa empeadas tambin por una amiga ntima y all se quedaron por insolvencia. Maximiliano se haba enterado de muchos pormenores concernientes a los manejos de su ta. Las alhajas, vestidos de seora, encajes y mantones de Manila que pasaban a ser suyos, tras largo cautiverio, vendalos por conducto de una corredora llamada Mauricia la Dura. Esta iba a la casa con frecuencia en otros tiempos; pero ya apenas _corra_, y doa Lupe la echaba muy de menos, porque aunque era muy alborotada y disoluta, cumpla siempre bien. Asimismo haba podido observar Maximiliano en su propia casa lo implacable que era su ta con los deudores, y de este conocimiento vino el inspirado juicio que formul de esta manera: Si me caso con Fortunata y si la suerte nos trae escaseces, antes pediremos limosna por las calles que pedir a mi ta un prstamo de dos pesetas... Mientras ms amigos, ms claros. -IV- Nicols y Juan Pablo Rubn.--Propnense nuevas artes y medios de redencin --i-- Hallbase doa Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transaccin lenta que imponan las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que viniese Juan Pablo y hablaran ta y sobrino de la inaudita novedad que haba en la familia. Una maana, cuando Maximiliano estaba an en la cama no bien dormido ni despierto, sinti ruido en la escalera y en los pasillos. Oy primero patadas y gritos de mozos que suban bales, despus la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue orla, que sentir renovado en su alma aquel pcaro miedo que pareca vencido. No tena malditas ganas de levantarse. Oy a su ta regateando con los mozos por si eran tres o eran dos y medio. Despus, le pareci que Juan Pablo y su ta hablaban en el comedor. Si le estara contando aquello...! Seguramente, porque su ta era muy novelera, y no le gustaba de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oy luego que su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doa Lupe entr para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calcul que probablemente hablaran de la herencia; pero no las tena todas consigo. Trataba de darse nimos considerando que su hermano era el ms simptico de la familia, el de ms talento y el que mejor se haca cargo de las cosas. Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doa Lupe toc a la puerta, y entonces ya no hubo ms remedio que salir. Estaba plido y daba lstima verle. Abraz a su hermano, y en el mirar de este, en el tono de sus palabras, conoci al punto que saba la grande, increble historia. No tena ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella hora, y como era un poco tarde se apresur a irse a la clase. Mas no tuvo sosiego en ella, ni ces de pensar en lo que su hermano dira y hara. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pcaro miedo era su principal enemigo. Convenale, pues, quitarse pronto la mscara ante su hermano como se la haba quitado ante doa Lupe, pues hasta que lo hiciera no se reintegrara en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo sala por la tremenda, quizs era mejor, porque as no estaba Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se pona en un pie de astucias diplomticas, fingiendo ceder para resistir con la inercia, entonces... Esto ay!, lo tema ms que nada. Pronto haba de salir de dudas. Cuando Maximiliano entr a almorzar, ya estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco lleg doa Lupe con una bandeja de huevos fritos y lonjas de jamn. Gozosa estaba aquel da la seora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que haba aumento de trabajo. Es tan novelera esta mona--deca--, que cuando tenemos mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse, y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco a poco le he ido quitando maas. Era golosa, y siempre que iba a la tienda por algo, lo haba de catar. Creers que se coma los fideos crudos?... La recog de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta, cubierta de andrajos. Sala a pedir y por eso tena todos los malos hbitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo va, porrazo viene, la verdad es que sacar de ella una mujer en toda la extensin de la palabra. --Est tan malo el servicio en Madrid--observ Juan Pablo--, que no debe usted mirarle mucho los defectos. Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decan miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observ que su hermano estaba serio con l, pero aquella seriedad indicaba que le reconoca hombre, pues hasta entonces le trat siempre como a un nio. El estudiante esperaba burlas, que era lo que ms tema, o una reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje indiferente y fro de Juan Pablo. Este, despus de almorzar, sintiose amagado de la jaqueca y se ech de muy mal humor en su cama. Toda la tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazn ms molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de Maximiliano, y generalmente le era fcil anegar el dolor hemicrneo en la onda del sueo. Ya saba que el cansancio de los viajes consecutivos le produca el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde, y al fin descans con sosegado sueo. En tanto, doa Lupe haca mil consideraciones sobre el aptico desdn con que Juan Pablo recibiera la noticia de _aquello_. Haba fruncido el ceo; despus haba opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando los hombros, dijo: Yo qu tengo que ver? Es mayor de edad. All se las haya. Lo mismo Maximiliano que su ta haban notado que Juan Pablo estaba triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que despus de las doce horas de sueo reparador, estaba ms triste an. No sostena ninguna conversacin. Pareca que nada le interesaba, ni aun la herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en trminos precisos. Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma? dijo doa Lupe a Maxi una noche. --Qu?--El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. Y sabes lo que hace? Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meique, y decir que ah se las den todas. El enamorado oa con jbilo estas palabras, que eran para l un gran consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de respetar los sentimientos y propsitos ajenos para que le respetaran los suyos. Hablaba tan poco, que doa Lupe tena que sacarle las palabras con cuchara. O est tambin haciendo el trovador--deca doa Lupe--, o le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos estn con murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere. Hubiera hurgado doa Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la causa de su tristeza; pero como presuma fuese cosa de poltica, no quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo, que era o haba sido carlista, al paso que doa Lupe era liberal, cosa extraa, liberal _en toda la extensin de la palabra_. Despus de servir a D. Carlos en una posicin militar administrativa, Rubn haba sido expulsado del Cuartel Real. Sus ntimos amigos le oyeron hablar de calumnias y de celadas traidoras; pero nada se saba concretamente. Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza y apstrofes de despecho contra s mismo. Bien merecido lo tengo por meterme con esa gente!. Cuando lleg a Madrid echado de la corte de D. Carlos, fue a casa de su ta, segn costumbre antigua; pero apenas paraba en la casa. Dorma fuera, coma tambin fuera, casi siempre en los cafs o en casa de alguna amiga, y doa Lupe se desazonaba juzgando con razn que semejante vida no se ajustaba a las buenas prcticas morales y econmicas. De repente, el misntropo volvi al Norte, diciendo que regresara pronto, y mientras estuvo fuera se supo la muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo Juan Pablo disela su ta paterna por una carta que le dirigi a Bayona. Preparbase a volver a Espaa, y la carta aquella con la noticia que llevaba aceler su vuelta. Entr por Santander, se fue a Zaragoza por Miranda y de all a Molina de Aragn. Diez das estuvo en esta villa, donde ninguna dificultad de importancia le ofreci la toma de posesin del caudal heredado. Este ascenda a unos treinta mil duros entre inmuebles y dinero dado a rdito sobre fincas; y descontadas las mandas y los derechos de traslacin de dominio, quedaban unos veintisiete mil duros. Cada hermano cobrara nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid, escribi a Nicols para que tambin viniese, con objeto de estar reunidos los tres hermanos y tratar de la particin. He dicho que doa Lupe rehua el hablar de poltica con Juan Pablo. En realidad, ella no entenda jota de poltica, y si era liberal, ralo por sentimiento, como tributo a la memoria de su Juregui y por respeto al uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos esenciales del dogma liberal, se habra visto muy apurada para responder. No saba ms sino que aquellos malditos _carcas_ eran unos indecentes que nos queran traer la Inquisicin y las _caenas_. Haba respirado aquella seora aires tan progresistas durante su niez y en los gloriosos veinte aos de su unin con Juregui, que no quera ni or hablar de absolutismo. No comprenda cmo su sobrino, un muchacho tan listo, haba cometido la borricada de hacerse sbdito de aquel zagaln de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un dspota _en toda la extensin de la palabra_. En la cuestin religiosa, las ideas de doa Lupe se adaptaban al criterio de su difunto esposo, que era el ms juicioso de los hombres y saba dar _a Dios lo que es de Dios y al Csar_, etc... Este estribillo lo repeta muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una oportunidad, aadiendo que crea cuanto la Santa Madre Iglesia manda creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oa su misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso regular no la sacaba nadie. Desde un da en que disputando con su sobrino sobre este tema, se amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no quiso doa Lupe volver a mentar a los _carcundas_ delante de Juan Pablo. Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la seora una alegra tal que con dificultad poda disimularla. Se acordaba de su Juregui y de las cosas oportunas y sapientsimas que este deca sobre todo desgraciado que se meta con curas, pues era lo mismo que acostarse con nios. Y no aprender--pensaba doa Lupe--; todava es capaz de volver a las andadas, y de ir all a quitarle motas al zngano de Carlos _Siete_. --ii-- Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Sntoma de conciliacin era que su ta no le hablaba ya con ira, y aun pareca tenerle en verdadero concepto de hombre o de varn. A veces, hasta pareca que la insigne seora le tena cierto respeto. Si no hay como mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo dems, doa Lupe haba vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le pona en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba satisfecho; senta que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se reconoca ms rbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal batalla que estaba dando a su familia. En cuanto a Juan Pablo, no haba nada que temer. Los dos hermanos no tenan ocasiones de hablar mucho, porque el primognito, despus de almorzar, se marchaba a uno de los cafs de la Puerta del Sol y all se estaba las horas muertas. Por la noche o vena muy tarde o no vena. La idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque ahora se ver--deca--, quin es ms juicioso, quin cumple mejor las leyes de la moral. Que no nos venga aqu echndosela de plancheta con su _nesmo_. En suma, que mi hombre se vea ms respetado y considerado desde que se las tuvo tiesas con su ta la maana de marras. La nica persona que no participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada da le trataba con familiaridad ms chocarrera. Feo, cara de pito, memo en polvo--decale sacando un trozo de lengua tal que casi pareca inverosmil--. Valiente mico est _vust_... Ver cmo no le dejan casar... S, para _vust_ estaba. Bobo, ms que bobo. Maximiliano la despreciaba y se lo deca: Lrgate de aqu, sinvergenza, o te quito todas las muelas de una bofetada. _Vust, vust?_, ja, ja. Si le cojo, del primer borleo va a parar al tejado. Ms vala no hacerle caso. Era una inocente que no saba lo que se deca. Estaba Papitos arreglando el cuarto de _sito_ Maxi, donde se puso la cama para el cura, que deba llegar al da siguiente por la maana. No vea el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que su hermano Nicols vena a Madrid y dorma en aquel cuarto le espantaba el sueo con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de Jeric con diferentes registros a cual peor. Maxi se pona tan nervioso, que a veces tena que salirse de la cama y del cuarto. Lo que ms le incomodaba era que a la maana siguiente el cura sostena que no haba dormido nada. Indic a doa Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicols en otra habitacin. Pero dnde, si no haba ms aposentos en la casa? La seora le prometi ponerle la cama en su propia alcoba si el cura roncaba mucho la primera noche. Pero ahora que me acuerdo, yo tambin ronco... En fin, ya se arreglar. Aunque sea en la sala te podrs quedar. Lleg Nicols Rubn a la maanita siguiente, y Maxi le vio entrar como un enemigo ms con quien tendra que batirse. El carcter sacerdotal de su hermano le impresionaba, pues por mucho que su ta y l hablaran contra el _nesmo_, un cura siempre es una autoridad en cualquier familia. A este hermano le quera Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda por haber vivido ausente de l durante su niez. Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada de poltica, por no chocar con doa Lupe. Precisamente Nicols fue quien meti a Juan Pablo por el aro carlista, prometindole villas y castillos. Habale dado recomendaciones para elevadas personas del Cuartel Real y para unos clrigos de caballera que residan en Bayona. Pero nada, como digo, se habl en la mesa. No se les ocultaba que su ta saba hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Juregui, presente siempre en la casa por ficcin mental, de que era smbolo el feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal que se viva en Toledo, de que el viento se haba llevado toda la flor del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen almuerzo. De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos, tratar algunos puntos de la herencia, que deban ponerse en claro. l no quera propiedad rstica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibira su parte en metlico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras seran para Nicols y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano propona, y a doa Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto; pero no se atrevi a intervenir en un negocio que no le incumba. No tuvo ms remedio que tragar saliva y callarse. Despus le dijo a Maximiliano: Habis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en metlico para gastarla en cuatro das. Es una mano rota. A m qu me va ni me viene? Pues ms te habra valido recibir lo tuyo en dinero contante, que bien colocado por m, te habra dado una rentita bien segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cmo te las vas t a gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicols; a todo deca que s. Por de pronto tendris que tomar un administrador que os robar los ojos, y os dar cada cuenta que Dios tirita. Qu par de zopencos sois! Yo te miraba y te quera comer con los ojos, dndote a entender que te resistieras; y t, hecho un marmolillo... Y luego quieres echrtela de hombre de carcter. Bonito camino, s seor, bonito camino tomas. Otra cosa haba propuesto tambin el primognito, a la que accedieron gustosos los otros dos hermanos. Cuando muri D. Nicols Rubn, todos los _ingleses_ cobraron con las existencias de la tienda, a excepcin de uno, que haba sido el mejor y ms fiel amigo del difunto en sus das buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle del Ave Mara, y su crdito ascenda, con el inters vencido de seis por ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre, y se vot afirmativamente por unanimidad. La misma doa Lupe aprob este acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto de lealtad y como una consagracin pstuma de la honradez de su infeliz hermano. Samaniego no haba reclamado nunca el pago de su deuda, y esta delicadeza pesaba ms en el nimo de los Rubn para pagarle. Ambas familias se visitaban a menudo, tratndose con la mayor cordialidad, y aun se lleg a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento y aptitud para el trabajo se haca toda lenguas doa Lupe. Aprobadas la particin propuesta por Juan Pablo y la cancelacin del crdito de Samaniego. Maximiliano, con estas cosas, se senta cada vez ms fuerte. Haba tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tena la personalidad legal, cmo no tener la otra? Figurbase que algo creca y se vigorizaba dentro de l, y hasta lleg a imaginar que si le pusieran en una bscula haba de pesar ms que antes de aquellas determinaciones. Sin duda tena tambin ms robustez fsica, ms dureza de msculos, ms plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su hermano el cleriguito no se explicase. Podra suceder muy bien que cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas _mistiqueras_ propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y alborotando la casa. La noche del mismo da en que se trat de la herencia, supo Nicols lo que pasaba, y no lo tom con tanta calma como Juan Pablo. Su primer arranque fue de indignacin. Tom una actitud consternada y meditabunda, haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicols y la viuda, que haban sido fras hasta un par de meses antes de los sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque ta y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta coincidencia en procederes econmicos que atenuaba la gran disparidad entre sus caracteres. Doa Lupe no haba simpatizado nunca con Nicols; primero, porque las sotanas en general no la hacan feliz; segundo, porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tena las seducciones personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeo. Su fisonoma no era agradable, distinguindose por lo peluda, como antes se indic. Bien deca doa Lupe que as como el primognito se llevara todos los talentos de la familia, Nicols se haba adjudicado todos los pelos de ella. Se afeitaba hoy, y maana tena toda la cara negra. Recin afeitado, sus mandbulas eran de color pizarra. El vello le creca en las manos y brazos como la yerba en un frtil campo, y por las orejas y narices le asomaban espesos mechones. Dirase que eran las ideas, que cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo. Cargbanle a doa Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosera entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro eran puramente de frmula, hasta que a Nicols, en uno de los viajes que hizo a Madrid, se le ocurri entregar a la ta sus ahorros para que se los colocara, y vase aqu cmo se estableci entre estas dos personas una corriente de simpata convencional que haba de producir la amistad. Era como dos pases separados por esenciales diferencias de raza y antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio. Lo contrario pas entre Juan Pablo y doa Lupe. Esta le tuvo en otro tiempo mucho cario y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hbitos de despilfarro y el poco aprecio que haca del dinero gastndolo tan sin sustancia. Ni una sola vez, ni una, le haba dado un pico para que se lo colocase a rdito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera sacarle a su ta alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la sangre con esto. Vase, pues, cmo se entenda mejor con el ms antiptico de sus sobrinos que con el ms simptico. --iii-- Conocedor Nicols de la tremenda noticia, le falt tiempo para pegar la hebra de su soporfero sermn, slo interrumpido cuando Papitos trajo la ensalada. Porque Nicols Rubn no poda dormir si no le ponan delante a punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, segn el tiempo, bien aliada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Haba comido muy bien el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria de que dejara de hacerlo cumplidamente ningn da del ao. Pero su estmago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado, haba que cargarlo otra vez. Esto no es ms que debilidad--deca poniendo una cara grave y a veces consternada--, y no hay idea de los esfuerzos que he hecho por corregirla. El mdico me manda que coma poco y a menudo. Cay sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba. Le dir a usted, ta--murmuraba con el gruido que la masticacin le permita--. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca. --Podas serlo ms. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo. --Le dir a usted, ta... No le dijo nada, porque la operacin aquella de mascar los jugosos tallos de la escarola absorba toda su atencin. Los gruesos labios le relucan con la pringue, y esta se le escurra por las comisuras de la boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la garganta si los caones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tena puesto un gorro negro de lana con borlita que le caa por delante al inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrs cuando la alzaba. A doa Lupe (no lo poda remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino, considerando que ms le vala saber menos de cosas teolgicas y un poquito ms de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dbale bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero l se apresur a variar la conversacin, llevndola al asunto de Maxi. Una cosa muy seria, ta, pero que muy seria. --S que lo es; pero creo muy difcil quitrsela de la cabeza. --Eso corre de mi cuenta... Oh! Si no tuviera yo otras montaas que levantar en vilo...--dijo el clrigo apartando de s la ensaladera, en la cual no quedaba ni una hebra--. Ver usted... ver usted si le vuelvo yo del revs como un calcetn. Para esas cosas me pinto... No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitacin, que doa Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicols se puso la palma de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era una de las pocas cosas relativamente finas que saba. ...me pinto solo--termin, cuando ya los fluidos se haban difundido por el comedor--. Ver usted, en cuanto llegue le echo el toro... Oh!, es mi fuerte. Me parece que ya est ah. Oyose la campanilla, y la misma doa Lupe abri a su sobrino. Lo mismo fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su hermano que ya saba _aquello_... No le dio Nicols tiempo a prepararse, porque de buenas a primeras le emboc de este modo: Sintese usted aqu, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me ha dejado fro lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que.... La mano tiesa volvi a ponerse delante de la boca, a punto que se atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidacin. Con que aqu hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la religin, de la dignidad de la familia.... Maximiliano, que al principiar el rspice, estaba anonadado, se rehzo de sbito, y todas las fuerzas de su espritu se pronunciaron con varonil arranque. Tal era el sntoma caracterstico del _hombre nuevo_ que en l haba surgido. Roto el hielo de la cortedad desde el momento en que la tremenda cuestin sala a _vista pblica_, le brotaban del fondo del alma aquellos alientos grandes para su defensa. Discutir, eso no; pero lo que es obrar, s, o al menos demostrar con palabras breves y enfticas su firme propsito de independencia... Bah!--exclam apartando la vista de su hermano con un movimiento desdeoso de la cabeza--. No quiero or sermones. Yo s bien lo que debo hacer. Dijo, y levantndose se march a su cuarto. --Bien, muy bien--murmur el cura quedndose corrido, mirando a doa Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que pareca una consulta--. Y qu mal educadito y que rabiosito se ha vuelto. Bien, muy bien; pero muy... Un metro cbico de gas se precipit a la boca con tanta violencia, que Nicols tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeara su obligacin. Doa Lupe tambin pareca indignada, aunque si se hubiera ido a examinar bien el interior de la digna seora, se habra visto que en medio del enojo que su dignidad le impona, naca tmidamente un sentimiento extrao de regocijo por aquella misma independencia de su sobrino. Si sera efectivamente un hombre, un carcter entero...! Siempre le disgust a ella que fuera tan encogido y para poco. Por qu no se haba de alegrar de ver en l un rasgo siquiera de personalidad rbitra de s misma? Hay que ver por dnde sale este demonches de chico--pensaba con cierta travesura--. Y qu geniazo va sacando!. Pero muy bien, perfectamente bien--dijo el cura apoyando las manos en los brazos del silln, para enderezar el cuerpo--. Vers ahora, grandsimo pirutano, cmo te pongo yo las peras a cuarto. Ta, buenas noches. Ahora va a ser la gorda. Acostados los dos, hablaremos. Encerrose Nicols en su alcoba, que era la de su hermano, y ambos se metieron en la cama. Doa Lupe se puso fuera a escuchar. Al principio no oy ms que el crujir de los hierros de la cama del clrigo, que era muy mala y endeble, y en cuanto se mova el desgraciado ocupador de ella volvase toda una pura msica, la que unida al ruido de los muelles del colchn veterano, hubiera quitado el sueo a todo hombre que no fuese Nicols Rubn. Despus oy doa Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera y firme. Nicols no le dejaba meter baza; pero el otro se las tena tiesas... Terrible duelo entre el sermn y el lenguaje sincero de los afectos! Pona singular atencin doa Lupe a la voz del sietemesino, y se hubiera alegrado de or algo estupendo, categrico y que se saliera de lo comn; pero no poda distinguir bien los conceptos, porque la voz de Maxi era muy apagada y pareca salir de la cavidad de una botella. En cambio los gritos del cura se oan claramente desde el pasillo. Miren por dnde sale ahora este...--pens doa Lupe volviendo la cara con desdn--. Qu tendrn que ver Santo Toms ni el padre Surez con...!. Al fin dej de orse la voz cavernosa del sacerdote, y en cambio se percibi un silbido rtmico, al que siguieron pronto mugidos como los del aire filtrndose por los huecos de un torren en ruinas. Ya est roncando ese...--dijo doa Lupe retirndose a su alcoba--. Qu noche va a pasar el otro pobre!. Seran las nueve de la maana siguiente, cuando Nicols pidi a Papitos su chocolate. Sali del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas partes de ella parecan no haber visto ms agua que la del bautismo. Ese chocolate? pregunt en el comedor, resobndose las manos una con otra, como si quisiera sacar fuego de ellas. --Ahora mismo. El chocolate haba de ser con canela, hecho con leche, por supuesto, y en racin de dos onzas. Le haban de acompaar un bollo de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo. Y an deca Nicols que tomaba chocolate no por tomarlo, sino nada ms que por fumarse un cigarrillo encima. --Y qu result anoche?--pregunt doa Lupe al ponerle delante todo aquel cargamento. --Pues nada, que no hay quien le apee--respondi el clrigo, sumergiendo el primer bizcochito en el espeso lquido--. Lo que usted deca: no es posible quitrselo de la cabeza. Una de dos, o matarle o dejarle, y como no le hemos de matar... Al fin convenimos en que yo vera hoy a esa... cabra loca. --No me parece mal.--Y segn la impresin que me haga, determinaremos. --Vais juntos?--No, yo solo, quiero ir solo. Adems l est hoy con jaqueca. --Con jaqueca? Pobrecito! Doa Lupe corri a ver a Maximiliano, que despus de empezar a vestirse, haba tenido que echarse otra vez en la cama. Provocado sin duda por las emociones de aquellos das, por el largo debate con su hermano Nicols, y ms an quizs por los insufribles ronquidos de este, apareci el temido acceso. Desde media noche sinti Maxi un entorpecimiento particular dentro de la cabeza, acompaado del presagio del mal. La atona sigui, con el deseo de sueo no satisfecho y luego una punzada detrs del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresin bajo la ceja. El paciente daba vueltas en la cama buscando posturas, sin encontrar la del alivio. Resolvase luego la punzada en dolor gravitativo, extendindose como un cerco de hierro por todo el crneo. El trastorno general no se haca esperar, ansiedad, nuseas, ganas de moverse, a las que seguan inmediatamente ganas ms vivas todava de estarse quieto. Esto no poda ser, y por fin le entraba aquella desazn epilptica, aquel maldito hormigueo por todo el cuerpo. Cuando trat de levantarse parecale que la cabeza se le abra en dos o tres cascos, como se haba abierto la hucha a los golpes de la mano del almirez. Sinti entrar a su ta. Doa Lupe conoca tan bien la enfermedad, que no tena ms que verle para comprender el periodo de ella en que estaba. Tienes ya el clavo?--le pregunt en voz muy baja--. Te pondr ludano. Haba aparecido el clavo, que era la sensacin de una baguetilla de hierro caliente atravesada desde el ojo izquierdo a la coronilla. Despus pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya. Doa Lupe, tan cariosa como siempre, le puso ludano, y arreglando la cama y cerrando bien las maderas, le dej para ir a hacer una taza de t, porque era preciso que tomase algo. El enfermo dijo a su ta que si iba Olmedo a buscarle para ir a clase, le dejase pasar para hacerle un encargo. Fue Olmedo, y Maximiliano le rog corriese a avisar a Fortunata la visita del clrigo, para que estuviese prevenida. Oye, advirtele que tenga mucho cuidado con lo que dice; que hable sin miedo y con sinceridad; basta con esto. Dile cmo estoy y que no la podr ver hasta maana. --iv-- El aviso, puntualmente transmitido por Olmedo, de la visita del cura puso a Fortunata en gran confusin. Pareciole al pronto un honor harto grande, luego compromiso, porque la visita de persona tan respetable indicaba que la cosa iba de veras. No se conceptuaba, adems, con bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad. Un seor eclesistico!... qu vergenza voy a pasar! Porque de seguro me preguntar cosas como cuando una se va a confesar... Y cmo me pondr? Me vestir con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?... Quizs sea mejor ponerme hecha un pingo, a lo pobre, para que no crea... No, no es propio. Me vestir decente y modestita. Despachados los ms urgentes quehaceres del da, peinose con mucha sencillez, se puso su vestido negro, las botas nuevas; psose tambin su pauelo de lana oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una golondrina, y mirndose al espejo, aprob su perfecta facha de mujer honesta. Antes de arreglarse haba almorzado precipitadamente, con poca gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni saba lo que en ellas haba de decir. La idea de soltar alguna barbaridad o de no responder derechamente a lo que se le preguntara, le quit el apetito... Y bien mirado, qu necesidad tena ella de visitas de curas? Pero no tuvo tiempo de pensar mucho en esto, porque de repente... tiln. Era prximamente la una y media. Corri a abrir la puerta. El corazn le saltaba en el pecho. La figura negra avanz por el pasillo para entrar en la salita. Fortunata estaba tan turbada que no acert a decirle que se sentase y dejara la canaleja. Maxi, que al hablar de la familia se dejaba guiar ms por el amor propio que por la sinceridad, le haba hecho mil cuentos hiperblicos de Nicols, pintndole como persona de mucha virtud y talento, y ella se los haba credo. Por esto se desilusion algo al ver aquella figura tosca de cura de pueblo, aquellas barbas mal rapadas y la abundancia de vello negro que pareca cultivado para formar cosecha. La cara era desagradable, la boca grande y muy separada de la nariz corva y chica; la frente espaciosa, pero sin nobleza; el cuerpo fornido, las manos largas, negras y poco familiarizadas con el jabn; la tez morena, spera y aceitosa. El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este detalle bien observado por Fortunata la ilusion otra vez respecto a la santidad del sujeto, porque en su ignorancia supona la limpieza reida con la virtud. Poco despus, notando que su futuro hermano poltico ola, y no a mbar, se confirm en aquella idea. Parece que est usted como asustada--dijo Nicols con fra sonrisa clerical--. No me tenga usted miedo. No me como a la gente. Se figura usted a lo que vengo?. --S seor... no... digo, me figuro. Maximiliano... --Maximiliano es un tarambana--afirm el clrigo con la seguridad burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado dbil--, y usted lo debe conocer como lo conozco yo. Ahora ha dado en la simpleza de casarse con usted... No, si no me enfado. No crea usted que la voy a reir. Yo soy moro de paz, amiga ma, y vengo aqu a tratar la cosa por las buenas. Mi idea es esta: ver si es usted una persona juiciosa, y si como persona juiciosa comprende que esto del casorio es una botaratada; ni ms ni menos... Y si lo reconoce as, pretendo, esta, esta es la cosa, que usted misma sea quien se lo quite de la cabeza... ni menos ni ms. Fortunata conoca _La Dama de las Camelias_, por haberla odo leer. Recordaba la escena aquella del padre suplicando a la _dama_ que le quite de la cabeza al chico la tontera de amor que le degrada, y sinti cierto orgullo de encontrarse en situacin semejante. Ms por coquetera de virtud que por abnegacin, acept aquel bonito papel que se le ofreca, y vaya si era bonito! Como no le costaba trabajo desempearlo por no estar enamorada ni mucho menos, respondi en tono dulce y grave: Yo estoy dispuesta a hacer todo lo que usted me mande. --Bien, muy bien, perfectamente bien--dijo Nicols, orgulloso de lo que crea un triunfo de su personalidad, que se impona slo con mostrarse--. As me gusta a m la gente. Y si le mando que no vuelva a ver ms a mi hermano, que se escape esta noche para que cuando l vuelva maana no la encuentre? Al or esto, Fortunata vacil. Lo har, s, seor--contest al fin, cuidando luego de buscar inconvenientes al plan del sacerdote--. Pero a dnde ir yo que l no venga tras de m? Al ltimo rincn de la tierra ha de ir a buscarme. Porque usted no sabe lo desatinado que est por... esta su servidora. --Oh!, lo s, lo s... A buena parte viene. De modo que usted cree que no adelantamos nada con darle esquinazo?... Esta es la cosa. --Nada, seor, pero nada--declar ella, disgustada ya del papel de _Dama de las Camelias_, porque si el casarse con Maximiliano era una solucin poco grata a su alma, la vida pblica la aterraba en tales trminos, que todo le pareca bien antes que volver a ella. --Bien, perfectamente bien--afirm Nicols dndose aires de persona que medita mucho las cosas, y razona a lo matemtico--. Ya tenemos un punto de partida, que es la buena disposicin de usted... esta es la cosa. Respndame ahora. No tiene usted quin la ampare si rompe con mi hermano? --No seor.--No tiene usted familia?--No seor.--Pues est usted aviada... De forma y manera--dijo cruzando los brazos y echando el cuerpo atrs--, que en tal caso no tiene ms remedio que... que echarse a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende. --S, seor, entiendo... no tengo ms camino--manifest la joven con humildad. --Tremenda responsabilidad para m!--exclam el curita moviendo la cabeza y mirando al suelo, y lo repiti hasta unas cinco veces en tono de plpito. En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que haba llevado a la visita, y ms conformes con su empinada soberbia clerical. Haba ido con el propsito de romper aquellos lazos, si la novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. He aqu una ocasin de lucirme--pens--. Si consigo este triunfo, ser el ms grande y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figrense ustedes que consigo hacer de esta samaritana una seora ejemplar y tan catlica como la primera... figrenselo ustedes.... Al pensar esto, Nicols crea estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio de pescador de gente, y la verdad, nunca se le haba presentado un pez como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupcin, qu victoria, seores, pero qu pesca!. En otros casos semejantes, aunque no de tanta importancia, en los cuales haba l mangoneado con todos sus ardides apostlicos, alcanz xitos de relumbrn que le hicieron objeto de envidia entre el clero toledano. S; el curita Rubn haba reconciliado dos matrimonios que andaban a la grea, haba salvado de la prostitucin a una nia bonita, haba obligado a casarse a tres seductores con las respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialctica... Soy de encargo para estas cosas fue lo ltimo que pens, hinchado de vanidad y alegra como caudillo valeroso que ve delante de s una gran batalla. Despus se frot mucho las manos, murmurando: Bien, bien; esta es la cosa. Era el movimiento inicial del obrero que se aligera las manos antes de empezar una ruda faena, o del cavador que se las escupe antes de coger la azada. Despus dijo bruscamente y sonriendo: Me permite usted echar un cigarrillo?. --S, seor, pues no faltaba ms...--replic Fortunata, que esperaba el resultado de aquel meditar y del frote de las manos. --Pues s--declar gravemente Nicols, chupando su cigarrillo--, me falta valor para lanzarla a usted al mundo malo; mejor dicho, la caridad y el ministerio que profeso me vedan hacerlo. Cuando un nufrago quiere salvarse, es humano darle una patada desde la orilla? No; lo humano es alargarle una mano o echarle un palo para que se agarre... esta es la cosa. --S, seor--indic Fortunata agradecida--, porque yo soy nu... Iba a decir _nufraga_; pero temiendo no pronunciar bien palabra tan difcil, la guard para otra ocasin, diciendo para s: No metamos la pata sin necesidad. Pues lo que yo necesito ahora--agreg Rubn tercindose el manteo sobre las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos libres para una gran faena--, es ver en usted seales claras de arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente; lo que yo necesito ahora es leer en su interior, en su corazn de usted. Vamos all. Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?. La Samaritana se puso colorada, porque le daba vergenza de decir que haca lo menos diez o doce aos que no se haba confesado. Por fin lo declar. Perfectamente--dijo Nicols, acercando su silln al sof en que la joven estaba--. Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto. Hace cinco aos que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo. Quiero decir que a m no hay mujer que me engae. Fortunata tuvo miedo y Nicols aproxim ms el silln. Aunque estaban solos, ciertas cosas deban decirse en voz baja. Vamos a ver, quin fue el primero? pregunt el presbtero llevndose la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta queran salir tambin ciertos gases. Cont ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergenza, y dando a conocer la triste historia incoherente. Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los s, como me s el Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue tan boba que se lo crey. Que un da la cogi descuidada y sola... Bah, bah... lo de siempre. Despus habr usted conocido a otros muchos hombres, a cuntos prximamente?. Fortunata mir al techo, haciendo un clculo numrico. Es difcil decir... Lo que es conocer.... El sacerdote se sonri. Quiero decir tratar con intimidad; hombres con quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendr despus. Pues sern... dijo ella pasando un rato muy malo. --Vamos, no se asuste usted del nmero. --Pues podrn ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien... --Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. Le repugna a usted la memoria de esos escndalos? --Oh!, s, seor... Crea usted que... --Que no los puede ver ni pintados. Lo creo... Valientes pillos! Sin embargo, dgame usted: No volvera a tener amistad con alguno de ellos, si la solicitara? Con ninguno...--dijo Fortunata.--De veras? Pinselo usted bien. Fortunata lo pens, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con que se confesaba mostrronse en esta declaracin: Con uno... qu s yo... Pero no puede ser. --Djese usted de que pueda o no pueda ser. Ese uno, esa excepcin de su hasto es el primero, ese tal D. Juanito. No necesita usted confirmarlo. Me s estas historias al dedillo. No ve usted, hija ma, que he sido confesor de las Arrepentidas de Toledo durante cinco aos largos de talle? --Pero no puede ser. Est casado, es muy feliz, y no se acuerda de m. --A saber, a saber... Pero en fin, usted confiesa que es el nico sujeto a quien de veras quiere, el nico por quien de veras siente apetito de amores y esa cosa, esa tontera que ustedes las mujeres... --El nico.--Y a los dems que los parta un rayo. --A los dems, nada.--Y a mi hermano?... esta es la cosa. Lo brusco de la pregunta aturdi a la penitente. No la esperaba, ni se acordaba para nada en aquel momento del pobre Maxi. Como era tan sincera no pens ni por un momento en alterar la verdad. Las cosas claras. Adems, el clrigo aquel parecale muy listo, y si le deca una cosa por otra conocera el embuste. Pues a su hermano de usted, tampoco. --Perfectamente--dijo el curita, acercando su silln todo lo ms que acercarse poda. --v-- Para que ningn malicioso interprete mal las bruscas aproximaciones del silln de Nicols Rubn al asiento de su interlocutora, conviene hacer constar de una vez que era hombre de temple fortsimo, o ms propiamente hablando, frigidsimo. La belleza femenina no le conmova o le conmova muy poco, razn por la cual su castidad careca de mrito. La carne que a l le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo ms, en buenas magras, chuletas rionadas o solomillo bien puesto con guisantes. Ms pronto se le iban los ojos detrs de un jamn que de una cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor _falda_ para l era la que da nombre al guisado. Jactbase de su inapetencia mujeril haciendo de ella una estupenda virtud; pero no necesitaba andar a cachetes con el demonio para triunfar. Las embestidas del silln eran simplemente un hbito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario. Lo que se llama querer...--dijo Fortunata haciendo esfuerzos para expresarse claramente--, querer, entiende usted?, no; pero aprecio, estimacin s. --De modo que no hay lo que llaman ilusin?... --No seor.--Pero hay esa aficin tranquila, que puede ser principio de una amistad constante, de ese afecto puro, honesto y reposado que hace la felicidad de los matrimonios. Fortunata no se atrevi a responder claro. Le pareca mucho lo que el eclesistico propona. Recortndolo algo se poda aceptar. Puedo llegar a quererle con el trato.... --Perfectamente... Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa: eso de la ilusin es pura monserga, eso es para bobas. Ilusionarse con un caballerete porque tenga los ojos as o asado, porque tenga el bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio de hembras salvajes. Amar de ese modo no es amar, es perversin, es vicio, hija ma. El verdadero amor es el espiritual, y la nica manera de amar es enamorarse de la persona por las prendas del alma. Las mujeres de estos tiempos se dejan pervertir por las novelas y por las ideas falsas que otras mujeres les imbuyen acerca del amor. Patraa y propaganda indecente que hace Satans por mediacin de los poetas, novelistas y otros holgazanes! Diranle a usted que el amor y la hermosura fsica son hermanos, y le hablarn a usted de Grecia y del naturalismo pagano. No haga usted caso de patraas, hija ma, no crea en otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatas de alma con alma... La prjima adivinaba ms que entenda esto, que era contrario a sus sentimientos; pero como lo deca un sabio, no haba ms remedio que contestar a todo que s. Viendo que haca indicaciones afirmativas con la cabeza, el cura se animaba, aadiendo con nfasis: Sostener otra cosa es renegar del catolicismo y volver a la mitologa... esta es la cosa. --Claro--apunt la joven; pero en su interior se preguntaba qu quera decir aquello de la mitologa... porque de seguro no sera cosa de mitones. Aquel clrigo, arreglador de conciencias, que se crea mdico de corazones daados de amor, era quizs la persona ms inepta para el oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estril y glacial, condicin negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus ojos a la realidad del alma humana. Practicaba su apostolado por frmulas rutinarias o rancios aforismos de libros escritos por santos a la manera de l, y haba hecho inmensos daos a la humanidad arrastrando a doncellas incautas a la soledad de un convento, tramando casamientos entre personas que no se queran, y desgobernando, en fin, la mquina admirable de las pasiones. Era como los mdicos que han estudiado el cuerpo humano en un atlas de Anatoma. Tena recetas charlatnicas para todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera que pasaba. De esta manera, hija ma--aadi lleno de fatuidad--, puede darse el caso de que una mujer hermosa llegue a amar entraablemente a un hombre feo. El verdadero amor, fjese usted en esto y estmpelo en su memoria, es el de alma por alma. Todo lo dems es obra de la imaginacin, la loca de la casa. A Fortunata le hizo gracia esta figura. Quin hace caso de la imaginacin?--prosigui l, oyndose, y muy satisfecho del efecto que crea causar--. Cuando la loca le alborote a usted, no se d por entendida, hija. Hara usted caso de una persona que pasara ahora por la calle diciendo disparates? Pues lo mismo es, exactamente lo mismo. A la imaginacin se la mira con desprecio, y se hace lo contrario de lo que ella inspira. Comprendo que usted, por la vida mala que ha llevado y por no haber tenido a su lado buenos ejemplos, no podr durante algn tiempo meter en cintura a la loca de la casa; pero aqu estamos para ensearla. Aqu me tiene a m, y me parece que s lo que traigo entre manos... Empecemos. Para que usted sea digna de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos a la religin, empezando por edificarse interiormente. --S seor--respondi humildemente la prjima, que entenda lo de la religin; pero no lo de la edificacin. Para ella edificar era lo mismo que hacer casas, --Bien. Est usted dispuesta a ponerse bajo mi direccin y a hacer todo lo que yo le mande?--propuso el cura con la hinchazn de vanidad que le daba aquel papel sublime de laador de almas cascadas. --S seor.--Y cmo estamos de doctrina cristiana? Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que dicen algunos mdicos: a ver la lengua. --Yo... la _dotrina_--replic la penitente temblando...--muy mal. No s nada. El capelln no hizo aspavientos. Al contrario, le gustaba que sus catecmenos estuvieran rasos y limpios de toda ciencia, para poder l enserselo todo. Despus medit un rato, las manos cruzadas y dando vuelta a los pulgares uno sobre otro. Fortunata le miraba en silencio. No poda dudar de que era hombre muy sabedor de cosas del mundo y de las flaquezas humanas, y pens que le convena ponerse bajo su direccin. En aquel momento hallbase bajo la influencia de ideas supersticiosas adquiridas en su infancia respecto a la religin y al clero. Su catecismo era harto elemental y se reduca a dos o tres nociones incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aqu para gozar all, o lo contrario. Su moral era puramente personal, intuitiva y no tena nada que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana. Form del hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y saba mucho y no rea a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofrecindoles el matrimonio, la salvacin, y hablndoles del alma y otras cosas muy bonitas. Todo depende de que usted sepa mandar a paseo a la loquilla--continu Nicols saliendo de su abstraccin--. Ya sabe usted lo que Jess le dijo a la samaritana cuando habl con ella en el pozo, en una situacin parecida a la que ahora tenemos usted y yo.... Fortunata se sonri, afectando entender la cita; pero se haba quedado a oscuras. Si usted quiere mejorar de vida y edificrsenos interiormente para adquirir la fuerza necesaria, aqu me tiene. Pues para qu estamos? Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizs no ponga tantos peros al casorio con mi hermano. El pobre est loco por usted; me dijo anoche que si no le dejamos casar se muere. Mi ta quiere quitrselo de la cabeza; mas yo le dije: Calma, calma, las cosas hay que verlas despacio. No nos precipitemos, ta, y por eso me vine aqu. Me comprometo a curarle a usted esa enfermedad de la imaginacin que consiste en tener cario al hombre indigno que la perdi. Conseguido esto, amar usted al que ha de ser su marido, y lo amar con ilusin espiritual, no de los sentidos... ni ms ni menos. Oh, he alcanzado yo tantos triunfos de estos; he salvado a tanta gente que se crea daada para siempre! Convnzase usted, en esto, como en otras cosas, todo es ponerse a ello, todo es empezar... Imagnese usted lo bien que estar cuando se nos reforme; vivir feliz y considerada, tendr un nombre respetable, y habr quien la adore, no por sus gracias personales, que maldito lo que significan, sino por las espirituales, que es lo que importa. Al principio tendr usted que hacer algunos esfuerzos; ser preciso que se olvide de su buen palmito. Esto es quizs lo ms difcil, pero hagmonos la cuenta de que la nica hermosura verdad es la del alma, hija ma, porque de la del cuerpo dan cuenta los gusanos.... Esto le pareci muy bien a la pecadora, y deca que s con la cabeza. Pues vamos a cuentas. Usted quiere que establezcamos la posibilidad, esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubn?. --S seor--respondi Fortunata con cierto miedo, espantada an por aquello de los gusanos. --Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba--dijo el cura, tapndose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habra tenido inconveniente en tomar una friolera--. Hay en Madrid una institucin religiosa de las ms tiles, la cual tiene por objeto recoger a las muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la oracin, del trabajo y del recogimiento. Unas, desengaadas de la poca sustancia que se saca al deleite, se quedan all para siempre; otras salen ya _edificadas_, bien para casarse, bien para servir en casas de personas respetabilsimas. Son muy pocas las que salen para volver a la perdicin. Tambin entran all seoras decentes a expiar sus pecados, esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio del mundo. Fortunata segua dando cabezadas. Haba odo hablar de aquella casa, que era el convento de las Micaelas. Perfectamente; as se llama. Bueno, usted va all y la tenemos encerradita durante tres, cuatro meses o ms. El capelln de la casa es tan amigo mo, que es como si fuera yo mismo. l la dirigir a usted espiritualmente, puesto que yo no puedo hacerlo porque tengo que volverme a Toledo. Pero siempre que venga a Madrid, he de ir a tomarle el pulso y a ver cmo anda esa educacin, sin perjuicio de que antes de entrar en el convento, le he de dar a usted un buen recorrido de doctrina cristiana para que no se nos vaya all enteramente cerril. Si pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposicin de espritu que yo la crea digna de ser mi hermana poltica, podra quizs llegar a serlo. Yo le respondo a usted de que, como este indigno capelln d el pase, toda la familia dir _amn_. Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura. Eran una de sus mejores y ms estudiadas recetas, y tena para ello un tonillo de conviccin que haca efecto grande en las inexpertas personas a quienes se dirigan. En Fortunata fue tan grande el efecto, que casi casi se le saltaron las lgrimas. Indudablemente era muy de agradecer el inters que aquel bondadoso apstol de Cristo se tomaba por ella. Y todo sin regaos, sin manotadas, tratndola como un buen pastor tratara a la ms querida de sus ovejas. A pesar de esta excelente disposicin de su nimo, la infeliz vacilaba un poco. De una parte le seduca la vida retirada, silenciosa y cristiana del claustro. Bien pudiera ser que all se cerrase por completo la herida de su corazn. Haba que probarlo al menos. De otra parte la aterraba lo desconocido, las monjas... cmo seran las monjas?, cmo la trataran? Pero Nicols se adelant a sus temores, dicindole que eran las seoras ms indulgentes y cariosas que se podan ver. A la samaritana se le aguaron los ojos, y pens en lo que sera ella convertida de _chica_ en seora, la imaginacin limpia de aquella maleza que la perda, la conciencia hecha de nuevo, el entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendera. La misma imaginacin, a quien el maestro haba puesto que no haba por donde cogerla, fue la que le encendi fuegos de entusiasmo en su alma, infundindole el orgullo de ser otra mujer distinta de lo que era. Pues s, pues s... quiero entrar en las Micaelas afirm con arranque. --Pues nada, a purificarse tocan. Ve usted cmo nos hemos entendido?--dijo el clrigo con alegra, levantndose--. Cansado ya de tanto discutir, yo le dije a mi hermano: Si tu pasin es tan fuerte que no la puedes combatir, pon el pleito en mis manos, tonto, que yo te lo arreglar. Si es mi oficio; si para eso estamos; si no s hacer otra cosa... Para qu servira yo si no sirviera para enderezar torceduras de estas? El orgullo se le rezuma por todos los poros como si fuera sudor; los ojos le brillaban. Cogi la canaleja, diciendo: Volver por aqu. Hablar a mi hermano y a mi ta. Tenemos ya una gran base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande este pobre sacerdote. Fortunata al darle la mano se la bes. Las ltimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que l no poda estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que tena Maximiliano aquel da. Es mal de familia. Yo tambin las padezco. Pero lo que principalmente me trae descompuesto ahora es un pcaro mal de estmago... debilidad, dicen que es debilidad... Tengo que comer muy a menudo y muy poca cantidad... esta es la cosa... Es efecto del excesivo trabajo... qu le vamos a hacer! Al llegar esta hora se me pone aqu un perrito... lo mismo que un perrito que me estuviera mordiendo. Y como no le eche algo al condenado, me da muy mal rato. --Si quiere usted... aguarde usted... yo...--dijo Fortunata pasando revista mental a su pobre despensa. --Quite usted all, criatura... No faltaba ms... Piensa que no me puedo pasar...? No es que yo apetezca nada; lo tomo hasta con asco; pero me sienta bien, conozco que me sienta bien. --Si quiere usted, traer... No tengo en casa; pero bajar a la tienda... --Quite usted all... no me lo diga ni en broma... Vaya, abur, abur... Y cuidarse, cuidarse mucho, eh?, que andan pulmonas. El clrigo sali y fue a casa de un amigo donde le solan dar, en aquella crtica hora, el remedio de su debilidad de estmago. --vi-- En la noche de aquel memorable da, y cuando la jaqueca se le calm, pudo enterarse Maxi de que su hermano haba ido a la calle de Pelayo, y de que sus impresiones no haban sido malas segn declaracin del propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le caa en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual, exageraba los peligros y dificultades para dar ms valor a su victoria. El otro se abrasaba en impaciencia; mas no consegua obtener de Nicols sino medias palabras. All veremos... estas no son cosas de juego... Ya tengo las manos en la masa... no es mala masa; pero hay que trabajarla a pulso... esta es la cosa. He de volver all... Es preciso que tengas paciencia... pues t qu te crees?. El pobre chico no vea las santas horas de que llegase el da para saber por ella pormenores de la conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, plido como la cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y fatiga general. Se ech en el sof; cubriole su amiga la mitad del cuerpo con una manta, psole almohadas para que recostase la cabeza, y a medida que esto haca, le aplacaba la curiosidad contndole precipitadamente todo. Aquella idea de llevarla al convento como a una casa de purificacin, pareciole a Maxi prueba estupenda del gran talento catequizador de su hermano. A l le haba pasado vagamente por la cabeza algo semejante; mas no supo formularlo. Qu insigne hombre era Nicols! Ocurrirle aquello!... Tamizada por la religin, Fortunata volvera a la sociedad limpia de polvo y paja, y entonces quin osara dudar de su honorabilidad? El espritu del sietemesino, revuelto desde el fondo a la superficie por la pasin, como un mar sacudido por furioso huracn, se corra, digmoslo as, de una parte a otra, explayndose en toda idea que se le pusiese delante. As, lo mismo fue presentrsele la idea religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y fresca onda. La religin, qu cosa tan buena!... Y l, tan torpe, que no haba cado en ello! No era torpeza sino distraccin. Es que andaba muy distrado. Y su manceba, que ms bien era ya novia, se le apareci entonces con aureola resplandeciente y se revisti de ideales atributos. Creerase que el amor que le inspiraba se iba a depurar an ms, hacindose tan sutil como aquel que dicen le tena a Beatriz el Dante, o el de Petrarca por Laura, que tambin era amor de lo ms fino. Nunca haba sido Maximiliano muy dado a lo religioso; pero en aquel instante le entraron de sopetn en el espritu unos ardores de piedad tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la Santsima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no saba lo que le pasaba. El amor le conduca a la devocin, como le habra conducido a la impiedad, si las cosas fuesen por aquel camino. Tan bien le pareci el plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque levemente. Comprimindose con dos dedos de la mano la ceja izquierda, habl a Fortunata de lo buenas que deban de ser aquellas madres Micaelas, de lo bonito que sera el convento, y de las preciosas y utilsimas cosas que all aprendera, soltando como por ensalmo la cscara amarga y trocndose en seora, s, en seora tan decente, que habra otras lo mismo, pero ms no... ms no. A Fortunata se le comunic el entusiasmo. La religin! Tampoco ella haba cado en esto. Cuidado que no ocurrrsele una cosa tan sencilla...! Lo particular era que vea su purificacin como se ve un milagro cuando se cree en ellos, como convertir el agua en vino o hacer de cuatro peces cuarenta. Dime una cosa--pregunt a Maxi, acordndose de que era bella--. Y me pondrn tocas blancas?. --Puede que s--replic l con seriedad--. No puedo asegurrtelo; pero es fcil que s te las pongan. Fortunata cogi una toalla y echndosela por la cabeza, se fue a mirar al espejo. Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la nueva existencia, la hermosura fsica no vala un pito y que lo que importaba y tena valor era la del alma. Observando la cara que tena Maxi aquel da y lo plido que estaba, consider que las prendas morales del joven empezaban a transparentarse en su rostro, hacindole menos desagradable... Entrevi una mudanza radical en su manera de ver las cosas. Quin sabe--se dijo--, lo que pasar despus de estar all tratando con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me volver otra sin sentirlo. Yo saco la cuenta de lo bueno que puede sucederme, por lo malo que me ha sucedido. Calculo que esto es como cuando una teme llegar a la cosa ms mala del mundo y dice una: 'jams llegar a eso'. Y qu pasa?, que luego llega una y se asombra de verse all, y dice: 'pareca mentira'. Pues lo mismo ser con lo bueno. Dice una: 'jams llegar tan arriba', y sin saber cmo, arriba se encuentra. Maximiliano se qued a almorzar; pero la irritacin de su estmago y la desgana hubieron de contenerle en la ms prudente frugalidad. Ella en cambio tena buen apetito, porque haba trabajado mucho aquella maana y quizs porque estaba contenta y excitada. De aqu tom pie el redentor para hablar de lo mucho que coma su hermano Nicols. Esto desilusion un poco a Fortunata, que se qued como lela, mirando a su amante, y deteniendo el tenedor a poca distancia de la boca. Crea ella que los curas de mucho saber y virtud deban de conocerse en el poco uso que hacan del agua y jabn, y tambin en que su alimento no poda ser sino yerbas cocidas y sin sal. Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y tambin sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia futura. En la particin--dijo con cierto nfasis Maximiliano--, me tocan fincas rsticas. Mi ta se enfad porque deseaba para m el dinero contante; pero yo no soy de su opinin; prefiero los inmuebles. Fortunata apoy esta idea con un signo de cabeza; mas no estaba segura de lo que significaba la palabra _inmueble_, ni quera tampoco preguntarlo. Ello deba de ser lo contrario de muebles. Maxi la sac de dudas ms tarde, hablando de sus olivares y vias y de la buena cosecha que se anunciaba; por lo cual vino a entender que inmuebles es lo mismo que decir rboles. Tambin ella prefera las propiedades de campo a todas las dems clases de riqueza. Despus que se retir su amante, se qued pensando en su fortuna, y todo aquel frrago de olivos, parrales y carrascales que tena metido en la cabeza le impidi dormir hasta muy tarde, enderezando an ms sus propsitos por la va de la honradez. A ver, qu tal?... cmo es?... es guapa? haba preguntado doa Lupe a Nicols con vivsima curiosidad. Aunque el insigne clrigo no tena cierta clase de pasiones, saba apreciar el gnero a la vista. Hizo con los dedos de su mano derecha un manojo, y llevndolos a la boca los apart al instante, diciendo: Es una mujer... hasta all. Doa Lupe se qued desconcertada. A los peligros ya conocidos deban unirse los que ofrece por s misma toda belleza superior dentro de la mquina del matrimonio. Las mujeres casadas _no deben_ ser muy hermosas dijo la seora promulgando la frase con acento de conviccin profunda. Hzole otras mil preguntas para aplacar su ardentsima curiosidad; cmo estaba vestida y peinada; qu tal se expresaba; cmo tena arreglada la casa, y Nicols responda echndoselas de observador. Sus impresiones no haban sido malas, y aunque no tena bastantes datos para formar juicio del verdadero carcter de la prjima, poda anticipar, fiado en su experiencia, en su buen ojo y en un cierto no s que, presunciones favorables. Con esto la curiosidad de doa Lupe se acaloraba ms, y ya no poda tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado. Visitar a la tal no le pareca digno, habiendo hecho tantos aspavientos en contra suya; pero estar muchos das sin verla y averiguarle las faltas, si las tena, era imposible. Hubiera deseado verla _por un agujerito_. Con el sobrinillo no quera la seora dar su brazo a torcer, y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego. Pareciole buena idea aquello de purificarla en las Micaelas, y aunque a nadie lo dijo, para s consideraba aquel camino como el nico que poda conducir a una solucin. Rabiaba por echarle la vista encima al _basilisco_, y como su sobrino no le deca que fuera a verla, este silencio hacala rabiar ms. Un da ya no pudo contenerse, y cogiendo descuidado a Maxi en su cuarto, le emboc esto de buenas a primeras: No creas que voy yo a rebajarme a eso.... --A qu, seora? --A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras. Me parece indecoroso que yo vaya all, a pesar de todos esos proyectos de lega eclesistica que le vais a dar. --Seora, si yo no he dicho a usted nada... --Te digo que no ir... no ir. --Pero ta...--No hay ta que valga. No me lo has dicho; pero lo deseas. Crees que no te leo yo los pensamientos? Qu podrs t disimular delante de m! Pues no, no te sales con la tuya. Yo no voy all sino en el caso de que me llevis atada de pies y manos. --Pues la llevaremos atada de manos y pies--dijo Maxi, riendo. Lo deseaba, s; pero como tena su criterio formado y su invariable lnea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la visita pudiera resultar. Vase por dnde la fuerza de las circunstancias haba puesto a doa Lupe en una situacin subalterna, y el pobre chico, que meses antes no se atreva a chistar delante de ella, miraba a su ta de igual a igual. La dignidad de su pasin haba hecho del nio un hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo autcrata con respeto, pero sin miedo. Como Nicols visitaba algunos das a Fortunata para ensearle la doctrina cristiana, doa Lupe se pona furiosa. Tantas idas y venidas deca ella que le tenan revuelto el estmago. Pero el sentimiento que verdaderamente la haca chillar era como envidia de que fuese Nicols y no pudiera ir ella. Por este motivo andaban ta y sobrino algo desavenidos. Corra Marzo, y el da de San Jos dijo Nicols en la mesa: Ta, ya hay fresa. Pero la indirecta no hizo efecto en la econmica viuda. Volvi a la carga el clrigo en diferentes ocasiones: Qu fresa ms rica he visto hoy! Ta, a cmo estar ahora la fresa?. --No lo s, ni me importa--replic ella--, porque como no la pienso traer hasta que no se ponga a tres reales... Nicols dio un suspiro, mientras doa Lupe deca para s: Como no comas ms fresa que la que yo te ponga, tragaldabas, aviado ests. Y como doa Lupe era algo golosa, trajo un da un cucurucho de fresa, bien escondido entre la mantilla; mas no lo puso en la mesa. Concluida la comida, y mientras Nicols lea _La Correspondencia _ o _ El Papelito_ en el comedor, doa Lupe se encerraba en su cuarto para comerse la fresa bien espolvoreada con azcar. En cuanto el cura se echaba a la calle, sala doa Lupe de su escondite para ofrecer a Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con el platito y la cucharilla. Agradeca mucho estas finezas el chico, y se coma la golosina. Mirbale comer su ta con expectante atencin, y cuando quedaban en el plato no ms que seis o siete fresas, se lo quitaba de las manos diciendo: Esto para Papitos que est con cada ojo como los de un besugo. La chiquilla se coma las fresas, y despus, con los lengetazos que le daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado. --vii-- Juan Pablo prestaba atencin muy escasa al asunto de Maximiliano y a todos los dems asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia. Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas. Entraba de noche muy tarde, y casi siempre coma fuera, lo que agradeca mucho doa Lupe, pues Nicols con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto de la casa. La misantropa que le entr a Juan Pablo desde su desairado regreso del Cuartel Real no se alter en aquellos das que sucedieron a la herencia. Hablaba muy poco, y cuando doa Lupe le nombraba el casorio de Maxi, como cuando se le pega a uno un alfilerazo para que no se duerma, alzaba los hombros, deca palabras de desdn hacia su hermano y nada ms. Con su pan se lo coma... Y a m qu?. De carlismo no se hablaba en la casa, porque doa Lupe no lo consenta. Pero una maana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en la conversacin, ms bien disputa, que no hicieron maldito caso de la seora. Juan Pablo estaba lavndose en su cuarto, entr Nicols a decirle no s qu, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco, se fueron enzarzando, enzarzando hasta que... Quieres que te diga una cosa?--gritaba el primognito, descomponindose--. Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra culpa, por culpa de los curas. Hay que ir all, como he ido yo, para hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo quiere para s, y no va ms que a desacreditar con calumnias y chismes a los que verdaderamente trabajan. Yo no poda estar all; me ahogaba. Le dije a Dorregaray: 'mi general, no s cmo usted aguanta esto', y l se alzaba de hombros, ponindome una cara...! No pasaba da sin que los lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos. Que Dorregaray andaba en tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le haba ofrecido diez millones de reales, en fin, mil indecencias. Cuando lleg a mi noticia que me acusaban de haber ido al Cuartel General de Moriones a llevar recados de mi jefe, me vol, y aquella misma tarde, habindome encontrado a la camarilla en el atrio de la iglesia de San Miguel, me li la manta a la cabeza, y por poco se arma all un Dos de Mayo. Aqu no hay ms traidores que ustedes. Lo que tienen es envidia del traidor, si le hubiera, por el provecho que saque de su traicin. No digo yo por diez millones; pero por diez mil ochavos venderan ustedes al Rey, y toda su descendencia; ladrones infames, tos de Judas. En fin, que si no acierta a pasar el coronel Goiri, que me quera mucho, y me coge a la fuerza y me arranca de all y me lleva a mi casa, aquella tarde sale el redao de un cura a ver la puesta del sol. Estuve tres das en cama con un amago de ataque cerebral. Cuando me levant, ped una audiencia a Su Majestad. Su contestacin fue ponerme en la mano el canuto y el pasaporte para la frontera. En fin, que los _engarza-rosarios_ dieron conmigo en tierra, porque no me prestaba a ayudarles en sus maquinaciones contra los leales y valientes. Por las sotanas se perdi don Carlos V, y al VII no le aprovech la leccin. All se las haya. No queras religin?, pues ah la tienes; atrcate de curas, indigstate y revienta. --Es una apreciacin tuya--dijo Nicols moderando su ira--, que no me parece muy fundada... esta es la cosa. --T qu sabes lo que es el mundo y la realidad? Ests en babia. --Y t, me parece que ests algo ido, porque cuidado que has dicho disparates. --Cllate la boca, estpido...--dijo Nicols, sulfurndose. --Sabes lo que te digo?--grit Juan Pablo, alzando arrogante la voz--, que a m no se me manda callar, estamos? He tenido el honor de decirle cuatro frescas al obispo de Perspolis, y quien no teme a las sotanas moradas, qu miedo ha de tener a las negras?... --Pues yo te digo...--agreg Nicols descompuesto, trmulo y no sabiendo si amenazar con los puos o simplemente con las palabras--, yo te digo que eres un chisgarabs. --Qu alboroto es este?--clam doa Lupe entrando a poner paz--. Vaya con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los seores ojalateros, que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle. En mi casa no quiero escndalos. --Es que con este bruto no se puede discutir...--dijo Nicols, que casi no poda respirar de tan sofocado como estaba. Juan Pablo no deca nada, y sigui vistindose, volviendo la espalda a su hermano. Vaya un genio que has echado!--le dijo doa Lupe, sin que l la mirara--. Podas considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo, no vengas echndotela de plancheta; porque si te sali mal el pase a _la infame faccin_, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza, qu culpa tenemos los dems?. Juan Pablo no se dign contestar. Doa Lupe cogi por un brazo al cura y se lo llev consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Haba odo la reyerta sin drsele una higa de lo que resultara. All ellos. A Nicols no le quit su berrinchn el apetito, pues ninguna turbacin del nimo, por grande que fuera, le poda privar de su ms caracterstica manifestacin orgnica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doa Lupe puso atencin, creyendo que era un _extraordinario_ de peridico anunciando triunfos del ejrcito liberal sobre los carlistas. En aquellos das del ao 1874, menudeaban los suplementos de peridico, manteniendo al vecindario en continua ansiedad. Papitos--dijo la seora--, toma dos cuartos y bjate a comprar el _extraordinario de la Gaceta_. Veris cmo habla de alguna buena tollina que les han dado a los _tersos_. Nicols que tena un odo sutilsimo, despus de callar un rato y hacer callar a todos, dijo: Pero, ta, no sea usted chiflada. Si no hay tal pregn de _extraordinario_. Lo que dice la voz, claramente se oye... El _freeeesero... fresa_. --Puede que as sea--replic doa Lupe, guardando su portamonedas ms pronto que la vista--. Pero est tan verde, que es un puro vinagre... --Todo sea por Dios--se dej decir Nicols suspirando--. Peor lo pas Jess, que pidi agua y le dieron hiel. Mascando el ltimo bocado, sali Maximiliano para irse a clase, llevando la carga de sus libros, y mucho despus almorz Juan Pablo solo. Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doa Lupe. Se crean sus sobrinos que aquella casa era una posada? El nico que tena consideracin, el que menos guerra daba y el que menos coma era Maxi, el de la pasta de ngel, siempre comedido, aun despus de que le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doa Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcn de la calle, sin ms compaa que la del gato. Dgase lo que se quiera, es el mejor de los tres--pensaba, metiendo y sacando la aguja--, mejor que el egoistn de Nicols, mejor que el tarambana de Juan Pablo... Que se quiere casar con una...? Hay que ver, hay que ver eso. No se puede juzgar sin or... Podra suceder que no fuera... Se dan casos... Vaya!... Y est enamorado como un tonto... Y qu le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano. Entr Nicols de la calle y preguntado por doa Lupe, dijo que vena de casa del _basilisco_. Aquel da se mostr ms satisfecho, llegando a asegurar que su catecmena comprenda bien las cosas de religin, y que en lo moral pareca ser _de buena madera_, con lo que lleg a su colmo la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por ms tiempo el papel desdeoso que representaba. Tanto te empears--dijo al estudiante aquella noche--, que al fin lo vas a conseguir. --Qu, ta?--Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si voy es contra mi voluntad. Maximiliano, que era bondadoso y quera estar bien con ella, no quiso manifestarle indiferencia. Pues s, ta, si usted va a verla, se lo agradeceremos toda nuestra vida. --Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos, si es que me decido a ir, que todava no lo s... --S, ta.--Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcis, sino por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te quieres arrojar, a ver si hallo an modo de apartarte de l. --Maana mismo, ta; yo la acompao a usted--dijo entusiasmado el chico--. Ver usted mi abismo, y cuando lo vea me empujar. Y fue al da siguiente doa Lupe, vestida con los trapitos de cristianar, porque antes haba ido a la gran funcin del asilo de doa Guillermina, por invitacin de esta, de lo que estaba muy satisfecha. Quera dar el golpe, y como tena tanto dominio sobre s y se expresaba con tanta soltura, juzgaba fcil darse mucho lustre en la visita. As fue en efecto. Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores das de Juregui, se dio doa Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues siendo el _basilisco_ tan poco fuerte en artes sociales y hallndose tan cohibida por su situacin y su mala fama, la otra se despach a su gusto y se empingorot hasta un extremo increble. Trataba doa Lupe a su presunta sobrina con urbanidad; pero guardando las distancias. Haba de conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de cscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la visitante una seora, y no una seora cualquiera, sino la seora de Juregui, el hombre ms honrado y de ms sanas costumbres que haba existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada. Y su condicin de dama se probaba en que despus de haber hecho todo lo posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad de principios, juzg en la segunda que vena bien caerse un poco del lado de la indulgencia. El verdadero seoro jams se complace en humillar a los inferiores. Doa Lupe se sinti con unas ganas tan vivas de proteccin con respecto a Fortunata, que no podra llevarse cuenta de los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvi trazarle. Es que se pirraba por proteger, dirigir, aconsejar y tener alguien sobre quien ejercer dominio... Una de las cosas que ms gracia le hicieron en Fortunata, fue su timidez para expresarse. Se le conoca en seguida que no hablaba como las personas finas, y que tena miedo y vergenza de decir disparates. Esto la favoreci en opinin de doa Lupe, porque el desenfado en el lenguaje habra sido seal de anarqua en la voluntad. No se apure usted--le deca la viuda, tocndole familiarmente la rodilla con su abanico--; que no es posible aprender en un da a expresarse como nosotras. Eso vendr con el tiempo y el uso y el trato. Pronunciar mal una palabra no es vergenza para nadie, y la que no ha recibido una educacin esmerada no tiene la culpa de ello. Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de _tantismo cumplido_, y un color se le iba y otro se le vena, sin saber cmo contestar a las preguntas de doa Lupe ni si sonrer o ponerse seria. Lo que deseaba era que se largara pronto. Hablaron de la ida al convento, resolucin que la ta de Maxi alab mucho, esforzndose en sacar de su cabeza los conceptos ms alambicados y los vocablos ms requetefinos. A tal extremo hubo de llegar en esto, que Fortunata quedose en ayunas de muchas cosas que le oy. Por fin lleg el instante de la despedida, que Fortunata deseaba con ansia y tema, considerndose incapaz de decir con claridad y sosiego todas aquellas frmulas ltimas y el ofrecimiento de la casa. La de Juregui lo hizo como persona corrida en esto; Fortunata tartamude, y todo lo dijo al revs. Maximiliano habl poco durante la visita. No haca ms que estar _al quite_, acudiendo con el capote all donde Fortunata se vea en peligro por torpeza de lenguaje. Cuando sali doa Lupe, crey que deba acompaarla hasta la calle, y as lo hizo. Si es una bobona...--dijo la viuda a su sobrino--; tal para cual... Parece que la han cogido con lazo. En manos de una persona inteligente, esta mujer podra enderezarse, porque no debe de tener mal fondo. Pero yo dudo que t.... --viii-- Doa Lupe era persona de buen gusto y apreci al instante la hermosura del _basilisco_ sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se resisten a proclamar la ajena. Es bonita de veras--deca para s la viuda, camino de su casa--, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje que necesita que la domestiquen. Los deseos de aprender que Fortunata manifestaba le agradaron mucho, y sinti que se agitaban en su alma, con pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de protectora y jefe de familia. Posea doa Lupe la aptitud y la vanidad educativas, y para ella no haba mayor gloria que tener alguien sobre quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y alumnos, porque la seora se haca siempre querer de los seres inferiores a quienes educaba. El mismo Juregui haba sido tambin, al decir de la gente, tan discpulo como marido. Volvi, pues, a su casa la ta de Maximiliano revolviendo en su mente planes soberbios. La pasin de domesticar se despertaba en ella delante de aquel magnfico animal que estaba pidiendo una mano hbil que lo desbravase. Y vase aqu cmo a impulsos de distintas pasiones, ta y sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; vase cmo la tirana de la casa concluy por mirar con ojos benvolos a la misma persona de quien haba dicho tantas perreras. Mucho agradeca esto el joven, y juzgando por s mismo, crea que la indulgencia de doa Lupe se derivaba de un afecto, cuando en rigor provena de esa imperiosa necesidad que sienten los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que poda sacar de Fortunata, desbastndola y pulindola hasta tallarla en seora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano pretenda alcanzar en otro orden. La cosa no sera fcil, porque el animal deba tener muchos resabios; pero mientras ms grandes fueran las dificultades, ms se lucira la maestra. De repente le entraban a la seora de Juregui recelos punzantes, y deca: Si no puede ser, si es mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito desequilibrio de sangre, l con su cario y yo con lo mucho que s, domaramos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor da, no hay duda de que se nos tuerce. Media semana estuvo en esta lucha, ya queriendo ceder para oficiar de maestra, ya perseverando en sus primitivos temores e inclinndose a no intervenir para nada... Pero con las amigas tena que representar otros papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer en situacin desairada o ridcula. Cuidaba mucho de ponerse siempre muy alta, para lo cual tena que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba. Era de esas personas que siempre alaban desmedidamente las cosas propias. Todo lo suyo era siempre bueno: su casa era la mejor de la calle, su calle la mejor del barrio, y su barrio el mejor de la villa. Cuando se mudaba de cuarto, esta supremaca domiciliaria iba con ella a donde quiera que fuese. Si algo desairado o ridculo le ocurra, lo guardaba en secreto; pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos que con repiques. Por esto cuando se corri entre las familias amigas que el sietemesino se quera casar con una tarasca, no saba _la de los Pavos_ cmo arreglarse para quedar bien. Dificilillo de componer era aquello, y no bastaba todo su talento a convertir en blanco lo negro, como otras veces haba hecho. Varias noches estuvo en la tertulia de las de la Caa completamente achantada y sin saber por dnde tirar. Pero desde el da en que vio a Fortunata, se sacudi la morria, creyendo haber encontrado un punto de apoyo para levantar de nuevo el mundo abatido de su optimismo. En qu creeris que se fund para volver a tomar aquellos aires de persona superior a todos los sucesos? Pues en la hermosura de Fortunata. Por mucho que se figuraran de su belleza, no tendran idea de la realidad. En fin, que haba visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna. Era una divinidad _en toda la extensin de la palabra_. Pasmadas estaban las amigas oyndola, y aprovech doa Lupe este asombro para acudir con el siguiente ardid estratgico: Y en cuanto a lo de su mala vida, hay mucho que hablar... No es tanto como se ha dicho. Yo me atrevo a asegurar que es muchsimo menos. Interrogada sobre la condicin moral y de carcter de la divinidad, hizo muchas salvedades y distingos: Eso no lo puedo decir... No he hablado con ella ms que una vez. Me ha parecido humilde, de un carcter apocado, de esas que son fciles de dominar por quien pueda y sepa hacerlo. Hablando luego de que la metan en las Micaelas, todas las presentes elogiaron esta resolucin, y doa Lupe se encastill ms en su vanidad, diciendo que haba sido idea suya y condicin que puso para transigir, que despus de una larga cuarentena religiosa poda ser admitida en la familia, pues las cosas no se podan llevar a punto de lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto se dice; pero hacerlo ya es otra cosa. Entre tanto, acercbase el da designado para llevar el _basilisco_ a las Micaelas. Nicols Rubn haba hablado al capelln, su compaero de Seminario, el cual habl a la Superiora, que era una dama ilustre, amiga ntima y pariente lejana de Guillermina Pacheco. Acordada la admisin en los trminos que marca el reglamento de la casa, slo se esperaba para realizarla a que pasasen los das de Semana Santa. El Jueves salieron Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito fueron a la Cara de Dios, dndose despus un largo paseo por San Bernardino. Fortunata estaba, con la religin, como chiquillo con zapatos nuevos, y quera que su amante le explicase lo que significan el Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y dems smbolos. Maxi sala del paso con dificultad, y all se las arreglaba de cualquier modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su inventiva. La religin que l senta en aquella crisis de su alma era demasiado alta y no poda inspirarle verdadero inters por ningn culto; pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no poda remontarse ms arriba del punto a donde alcanzan las torres de las iglesias catlicas. l s; l iba lejos, muy lejos, llevado del sentimiento ms que de la reflexin, y aunque no tena base de estudios en qu apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e imprimen al mundo fsico como al mundo moral movimiento solemne, regular y matemtico. Todo lo que debe pasar, pasa--deca--, y todo lo que debe ser, es. Le haba entrado fe ciega en la accin directa de la Providencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. La Providencia dictaba no slo la historia pblica sino tambin la privada. Por debajo de esto qu significaban los smbolos? Nada. Pero no quera quitarle a Fortunata su ilusin de las imgenes, del _gori gori_ y de las pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve... la pobrecilla no tena su inteligencia cultivada para comprender ciertas cosas, y a fuer de pecadora, convena conservarla durante algn tiempo sujeta a observacin, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que viene a ser algo como sanitarismo moral o polica religiosa. El entusiasmo que la joven senta era como los encantos de una moda que empieza. Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. A Rubn se le acab su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba a molestar un pie, a causa de la apretura de la bota. El calzado estrecho es gran suplicio, y la molestia fsica corta los vuelos de la mente. Haban pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron alto en los depsitos de agua; la samaritana se sent en un sillar y se quit la bota. Maximiliano le hizo notar lo bien que luca desde all el apretado casero de Madrid con tanta cpula y detrs un horizonte inmenso que pareca la mar. Despus le seal hacia el lado del Oriente una mole de ladrillo rojo, parte en construccin, y le dijo que aquel era el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar. Parecironle a Fortunata bonitos el edificio y su situacin, expresando el deseo de entrar pronto, aquel mismo da si era posible. Asalt entonces el pensamiento de Rubn una idea triste. Bueno era lo bueno, pero no lo demasiado. Tanta piedad poda llegar a ser una desgracia para l, porque si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religin y se volva santa de veras, y no quera ms cuentas con el mundo, sino quedarse all encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus das... Oh!, esta idea sofoc tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bien poda suceder, porque algunas que entraban all cargadas de pecados se corregan de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no queran salir ms, y hablarles de casarse era como hablarles del demonio... Pero no, Fortunata no sera as; no tena ella cariz de volverse santa _en toda la extensin de la palabra_, como dira doa Lupe. Si lo fuera, Maximiliano se morira de pena, se volvera entonces protestante, masn, judo, ateo. No manifest estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesin de hormigas. nicamente le dijo: Tiempo tienes de entrar. No conviene tampoco que te d muy fuerte. Era preciso seguir. Volvi a ponerse la bota y... ay!, qu dolor!, lo malo fue que aquel da, Viernes Santo, no haba coches, y no era posible volver a casa de otra manera que a pie. Nos hemos alejado mucho--dijo Maximiliano ofrecindole su brazo--. Apyate y as no cojears tanto... Sabes lo que pareces as, llevada a remolque?... pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre. No pudo menos de hacerla rer esta idea, y recordando que la noche anterior, Maximiliano, en las efusiones epilpticas de su cario, haba hablado algo de sucesin, dijo para su sayo: De eso s que ests t libre. El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas. -V- Las Micaelas por fuera --i-- Hay en Madrid tres conventos destinados a la correccin de mujeres. Dos de ellos estn en la poblacin antigua, uno en la ampliacin del Norte, que es la zona predilecta de los nuevos institutos religiosos y de las comunidades expulsadas del centro por la incautacin revolucionaria de sus histricas casas. En esta faja Norte son tantos los edificios religiosos que casi es difcil contarlos. Los hay para monjas reclusas, y para las religiosas que viven en comunicacin con el mundo y en batalla ruda con la miseria humana, en estas rdenes modernas derivadas de la de San Vicente de Pal, cuya mortificacin consiste en recoger ancianos, asistir enfermos o educar nios. Como por encanto hemos visto levantarse en aquella zona grandes pelmazos de ladrillo, de dudoso valer arquitectnico, que manifiestan cun positiva es an la propaganda religiosa, y qu resultados tan prcticos se obtienen del ahorro espiritual, o sea la limosna, cultivado por buena mano. Las _Hermanitas de los Pobres_, las _Siervas de Mara_ y otras, tan apreciadas en Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata. De institutos para clrigos slo hay uno, grandn, vulgar y triste como un falansterio. Las Salesas Reales, arrojadas del convento que les hizo doa Brbara, tienen tambin domicilio nuevo, y otras monjas histricas, las que recogieron y guardaron los huesos de D. Pedro el Cruel, acampan all sobre las alturas del barrio de Salamanca. La planicie de Chamber, desde los Pozos y Santa Brbara hasta ms all de Cuatro Caminos, es el sitio preferido de las rdenes nuevas. All hemos visto levantarse el asilo de Guillermina Pacheco, la mujer constante y extraordinaria, y all tambin la casa de las Micaelas. Estos edificios tienen cierto carcter de improvisacin, y en todos, combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al descubierto, con ciertos aires mudjares y pegotes de gtico a la francesa. Las iglesias afectan, en las frgiles escayolas que las decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de la baslica de Lourdes. Hay, pues, en ellas una impresin de aseo y arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectnica. La importacin de los nuevos estilos de piedad, como el del Sagrado Corazn, y esas manadas de curas de babero expulsados de Francia, nos han trado una cosa buena, el aseo de los lugares destinados al culto; y una cosa mala, la perversin del gusto en la decoracin religiosa. Verdad que Madrid apenas tena elementos de defensa contra esta invasin, porque las iglesias de esta villa, adems de muy sucias, son verdaderos adefesios como arte. As es que no podemos alzar mucho el gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas empolvadas y todo lo dems que constituye la vulgaridad indecorosa de los templos madrileos, no tiene que echar nada en cara a las cursileras de esta novsima monumentalidad, tambin armada en yesos deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabn. El casern que llamamos _Las Micaelas_ estaba situado ms arriba del de Guillermina, all donde las rarificaciones de la poblacin aumentan en trminos de que es mucho ms extenso el suelo baldo que el edificado. Por algunos huecos del casero se ven horizontes esteparios y luminosos, tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas de fbricas como palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno mal sembrado para pasto de las burras de leche y de las cabras. Las casas son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianera. El edificio de las Micaelas haba sido una casa particular, a la que se agreg un ala interior costeando dos lados de la huerta en forma de medio claustro, y a la sazn se le estaba aadiendo por el lado opuesto la iglesia, que era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revoco modelado a lo mudjar y cabos de cantera de Novelda labrada en ojival constructivo. Como la iglesia estaba an a medio hacer, el culto se celebraba en la capilla provisional, que era una gran cruja baja, a la izquierda de la puerta. En el arreglo de esta cruja para convertirla en templo interino, manifestbase el buen deseo, la pulcritud y la inocencia artstica de las excelentes seoras que componan la comunidad. Las paredes estaban estucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un gnero de decoracin barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En el fondo estaba el altar, que era, ya se sabe, blanco y oro, de un estilo tan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines. A derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamao, los dos Sagrados Corazones, y sobre ellos se abran dos ventanas enjutsimas, terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas modernas. Cerca de la puerta haba una reja de madera que separaba el pblico de las monjas los das en que el pblico entraba, que eran los jueves y domingos. De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a los costados de lo que bien podremos llamar nave haba dos filas de sillas reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muy grandes: la una conduca a la sacrista, la otra a la habitacin que haca de coro. De all venan los flauteados de un harmonium taido candorosamente en los acordes de la tnica y la dominante, y con las modulaciones ms elementales; de all venan tambin los exaltados acentos de las dos o tres monjas cantoras. La msica era digna de la arquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a cancin de las que se reparten como regalo a las suscritoras en los peridicos de modas. En esto ha venido a parar el grandioso canto eclesistico, por el abandono de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen permitiendo novedades en el severo culto catlico. La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos das despus de la Pascua de Resurreccin. Aquel da, desde que despert, se le puso a Maxi la obstruccin en la boca del estmago, pero tan fuerte como si tuviera entre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante senta en los das de exmenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata pareca contenta, y deseaba que la hora llegase pronto para abreviar la expectacin y perplejidad en que los dos amantes estaban, sin saber qu decirse. A ella por lo menos no se le ocurra nada que decirle, y aunque a l se le pasaban por el magn muchas cosas, tena cierta aversin innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones. Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel da a su novia un sentimiento de cario dulce y sosegado, con su poquillo de lstima. Y l procuraba dar a la conversacin tono familiar, hablando del tiempo o recomendando a la joven que tuviese cuidado de no olvidar alguna importante prenda de ropa. Nicols, que estaba presente, no habra permitido tampoco zalameras de amor ni besuqueo, y ayudaba a recoger y agrupar todas las cosas que haban de llevarse, aadiendo observaciones tan prcticas como esta: Ya sabe usted que ni perfumes ni joyas ni ringorrangos de ninguna clase entran en aquella casa. Todo el bagaje mundano se arroja a la puerta. Cuando vino el mozo que deba llevar el bal, Fortunata estaba ya dispuesta, vestida con la mayor sencillez. Maximiliano mir diferentes veces su reloj sin enterarse de la hora. Nicols, que estaba ms sereno, mir el suyo y dijo que era tarde. Bajaron los tres, y fueron pausadamente y sin hablar hacia la calle de Hortaleza a tomar un coche simn. Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las faldas de su futura esposa y la ropa talar del clrigo estorbaban lo que no es decible la entrada y la salida; y si el trayecto fuera ms largo, el martirio de aquellas seis piernas que no saban cmo colocarse habra sido muy grande. La nefita miraba por la ventanilla, atrada vagamente y sin inters su atencin por la gente que pasaba. Creerase que miraba hacia fuera por no mirar hacia dentro; Maximiliano se la coma con los ojos, mientras el presbtero procuraba en vano animar la conversacin con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas. Llegaron por fin al convento. En la puerta haba dos o tres mendigas viejas, que pidieron limosna, y a Maximiliano le falt tiempo para drsela. Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada sala de la garganta con interrupciones y sncopas como la de un asmtico. Su turbacin le obligaba a refugiarse en los temas vulgares... Vaya que son pesados estos pobres!... Parece que hay misa, porque se oye la campanilla de alzar... Es bonita la casa, y alegre, s seor, alegre. Entraron en una sala que hay a la derecha, en el lado opuesto a la capilla. En dicha sala reciban visitas las monjas, y las recogidas a quienes se permita ver a su familia los jueves por la tarde, durante hora y media, en presencia de dos madres. Adornada con sencillez rayana en pobreza, la tal sala no tena ms que algunas estampas de santos y un cuadrote de San Jos, al leo, que pareca hecho por la misma mano que pint el Juregui de la casa de doa Lupe. El piso era de baldosn, bien lavado y frotado, sin ms defensa contra el fro que dos esteritas de junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales. Dichos bancos, las sillas y un canap de patas curvas eran piezas diferentes, y bien se conoca que todo aquel pobre menaje provena de donativos o limosnas de esta y la otra casa. Ni cinco minutos tuvieron que esperar, porque al punto entraron dos madres que ya estaban avisadas, y casi pisndoles los talones entr el seor capelln, un hombrn muy campechano y que de todo se rea. Llambase D. Len Pintado, y en nada corresponda la persona al nombre. Nicols Rubn y aquel pasmarote tan grande y tan jovial se abrazaron y se saludaron tutendose. Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca agraciada y ojos que habran sido lindsimos si no adolecieran de estrabismo. La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien claramente a entender que tena en la casa ms autoridad que su compaera. A las palabras que dijeron, impregnadas de esa cortesa dulzona que informa el estilo y el metal de voz de las religiosas del da, iba la nefita a contestar alguna cosa apropiada al caso; pero se cort y de sus labios no pudo salir ms que un _ju ju_, que las otras no entendieron. La sesin fue breve. Sin duda las madres Micaelas no gustaban de perder el tiempo. Despdase usted le dijo la seca, tomndola por un brazo. Fortunata estrech la mano de Maxi y de Nicols, sin distinguir entre los dos, y dejose llevar. _Rubinius vulgaris_ dio un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogindose recprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada, a su dolo, a su ilusin, por la puerta aquella pintada de blanco, que comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada. Era una puerta como otra cualquiera; pero cuando se cerr otra vez, pareciole al enamorado chico cosa diferente de todo lo que contiene el mundo en el vastsimo reino de las puertas. --ii-- Ech a andar hacia Madrid por el polvoriento camino del antiguo Campo de Guardias, y volviendo a mirar su reloj por un movimiento maquinal, tampoco entonces se hizo cargo de la hora que era. No se dio cuenta de que su hermano y D. Len Pintado, entretenidos en una conversacin interesante y parndose cada diez palabras, se haban quedado atrs. Hablaban de las oposiciones a la lectoral de Sigenza y de las peloteras que ocurrieron en ella. El capelln, como candidato reventado, pona de oro y azul al obispo de la dicesis y a todo el cabildo. Maximiliano, sin advertir las paradas, sigui andando hasta que se encontr en su casa. Abriole doa Lupe la puerta y le hizo varias preguntas: Y qu tal, iba contenta?. Revelaban estas interrogaciones tanto inters como curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su ta observaba, departi con ella, arrancndose a mostrarle algunas de las afiladas pas que le rasguaban el corazn. Tena un presentimiento vago de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del convento y contagiada de la piedad de las monjas, poda chiflarse demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tiln. Esto lo expres irreverentemente con medias palabras; pero doa Lupe sac toda la sustancia a los conceptos. Bien podra suceder eso--le dijo con acento de conviccin, que turb ms a Maximiliano--, y no sera el primer caso de mujeres malas... quiero decir ligeras... que se han convertido en un abrir y cerrar de ojos, volvindose tan del revs, que luego no ha habido ms remedio que canonizarlas. El redentor sinti fro en el corazn. Fortunata canonizada! Esta idea, por lo muy absurda que era, le atorment toda la maana. Francamente --dijo al fin, despus de muchas meditaciones--, tanto como canonizar, no; pero bien podra darle por el misticismo y no querer salir, y quedarme yo _in albis_. Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal caso no tena ms remedio que volverse l santito tambin, dedicarse a la Iglesia y hacerse cura... Jess qu disparate! Cura!, y para qu? De vuelta en vuelta, su mente lleg a un torbellino doloroso en el cual no tuvo ya ms remedio que ahogar las ideas, para librarse del tormento que le ocasionaban. Intent estudiar... Imposible. Ocurriole escribir a Fortunata, encargndole que no hiciera caso alguno de lo que le dijesen las monjas acerca de la vida espiritual, la gracia y el amor mstico... Otro disparate. Por fin se fue calmando, y la razn se clareaba un poco tras aquellas nieblas. Las once seran ya, cuando desde su cuarto sinti un grande altercado entre doa Lupe y Papitos. El motivo de aquella domstica zaragata fue que a Nicols Rubn se le ocurri la idea trgica de convidar a almorzar a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan alto grado tena, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin ocuparse para nada de si en esta haba o no los bastimentos necesarios para dos bocas de tal naturaleza. Doa Lupe que tal vio y oy, no pudo decir nada, por estar el otro clrigo delante; pero tena la sangre requemada. Su orgullo no le permita desprestigiar la casa, ponindoles un artesn de bazofia para que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, deca para su sayo cosas que habran hecho saltar a toda la curia eclesistica. No s lo que se figura este heliogbalo... cree que mi casa es la posada del Peine. Despus que l me come un codo, trae a su compinche para que me coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estmago como las galeras del Depsito de aguas... Ay, Dios mo!, qu egostas son estos curas...! Lo que yo deba hacer era ponerle la cuentecita, y entonces... ah!, entonces s que no se volva a descolgar con invitados, porque es _Alejandro en puo_ y no le gusta ser rumboso sino con dinero ajeno. El volcn que ruga en el pecho de la seora de Juregui no poda arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba. Haba empezado aquel da la monilla por hacer bien las cosas; pero la ri su ama tan sin razn, que... diablo de chica!, concluy por hacerlo todo al revs. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba ms. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia; rompi una escudilla, y tantos disparates hizo que doa Lupe por poco le aporrea el crneo con la mano del almirez. De esto tengo la culpa yo, grandsima bestia, por empearme en domar acmilas y en hacer de ellas personas... Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que te cuadra.... Y por aqu segua la retahla... Pobre Papitos! Suspiraba y le corran las lgrimas por la cara abajo. Haba llegado ya a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola. Entre tanto los dos curas estaban en la sala, fumando cigarrillos, las canalejas sobre sillas, groseramente espatarrados ambos en los dos sillones principales, y hablando sin cesar del mismo tema de las oposiciones de Sigenza. La culpa de todo la tena el den, que era un trasto y quera la lectoral a todo trance para su sobrinito. Valientes perros estaban to y sobrino! Este haba hecho discursos racionalistas, y cuando la _Gloriosa_ dio vivas a Topete y a Prim en una reunin de demcratas. Doa Lupe entr al fin haciendo violentsimas contorsiones con los msculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el momento de decir que ya podan pasar... que tendran que dispensar muchas faltas, y que iban a hacer penitencia. Y mientras se sentaban, mir con terror al amigo de su sobrino, que era lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito corresponda al volumen, todo lo que en la mesa haba no bastara para llenar aquel inmenso estmago. Felizmente, Maxi estaba tan sin gana, que apenas prob bocado; doa Lupe se declar tambin inapetente, y de este modo se fue resolviendo el problema y no hubo conflicto que lamentar. El padre Pintado, a pesar de ser tan proceroso, no era hombre de mucho comer y ameniz la reunin contando otra vez... las oposiciones de Sigenza. Doa Lupe, por cortesa, afirmaba que era una barbaridad que no le hubieran dado a l la lectoral. La ira de la seora de Juregui no se calm con el feliz xito del almuerzo... y sigui machacando sobre la pobre Papitos. Esta, que tambin tena su genio, herva interiormente en despecho y deseos de revancha. Miren la ta bruja--deca para s, bebindose las lgrimas--, con su teta menos...! Mejor tuviera vergenza de ponerse la teta de trapo para que crea la gente que tiene las dos de verdad, como las tienen todas y como las tendr yo el da de maana.... Por la tarde, cuando la seora sali, encargando que le limpiara la ropa, ocurriole a la mona tomar de su ama una venganza terrible; pero una de esas venganzas que dejan eterna memoria. Se le ocurri poner, colgado en el balcn, el cuerpo de vestido que pegada tena la _cosa falsa_ con que doa Lupe engaaba al pblico. La malicia de Papitos imaginaba que puesto en el balcn el testimonio de la falta de su seora, la gente que pasase lo haba de ver y se haba de rer mucho. Pero no ocurrieron de este modo las cosas, porque ningn transente se fij en el pecho postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la chiquilla se apresur a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si doa Lupe al entrar vea colgado del balcn aquel acusador de su defecto, se haba de poner hecha una fiera, y sera capaz de cortarle a su criada _las dos cosas de verdad_ que pensaba tener. --iii-- A la maana siguiente, Maximiliano encamin sus pasos al convento, no por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras de las cuales respiraba la persona querida. La maana estaba deliciosa, el cielo despejadsimo, los rboles del paseo de Santa Engracia empezaban a echar la hoja. Detvose el joven frente a las Micaelas, mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las ojivas de la nave principal. Alejndose hasta ms all de la acera de enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se vea, por encima de la iglesia en construccin, un largo corredor del convento, y aun se podan distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por l andaban. Pero como la obra avanzaba rpidamente, cada da se vea menos. Observ Maxi en los das sucesivos que cada hilada de ladrillos iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas. Lleg un da en que slo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos que sostenan el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo tap todo, no quedando fuera ms que las chimeneas, y aun para columbrar estas era preciso tomar la visual desde muy lejos. Al Norte haba un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en el cual haba un poste con letrero anunciando venta de solares, caan las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un castao de Indias. Pero lo ms visible y lo que ms cautivaba la atencin del desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para noria, que se destacaba sobre altsimo aparato a mayor altura que los tejados del convento y de las casas prximas. El inmenso disco, semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o rpidamente, segn la fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observ, movase el disco con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en l los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba con la medianera de una fbrica de tintas de imprimir, y por el Este con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantera, donde se trabajaba mucho. As como los ojos de Maximiliano miraban con inexplicable simpata el disco de la noria, su odo estaba preso, por decirlo as, en la continua y siempre igual msica de los canteros, tallando con sus escoplos la dura berroquea. Creerase que grababan en lpidas inmortales la leyenda que el corazn de un inconsolable poeta les iba dictando letra por letra. Detrs de esta tocata reinaba el augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detrs de un grupo de estrellas. Tambin se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el convento; iba y vena por las veredas que el paso traza en los terrenos, matando la yerba, y a ratos sentbase al sol, cuando este no picaba mucho. Montones de estircol y paja rompan a lo lejos la uniformidad del suelo; aqu y all tapias de ladrillo de color de polvo, letreros industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un jardinillo sin poderlo conseguir; ms all tejares y las casetas plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca un sentimiento profundsimo de soledad expectante. Turbbala slo algn perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean por all sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volva al camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no tena ganas de ver gente y se echaba fuera, metindose otra vez por el campo hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la sierra lejana suspenda su atencin, y le encantaba un momento con aquellos brochazos de azul intenssimo y sus toques de nieve; pero muy luego volva los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las Micaelas, que se confunda con las casas ms excntricas de Chamber. Todas las maanas antes de ir a clase, haca Rubn esta excursin al campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida. Desde que pasaba de la iglesia de Chamber vea el disco de la noria, y ya no le quitaba los ojos hasta llegar prximo a l. Cuando el motor daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qu y obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No saba explicarse por qu oculta relacin de las cosas la velocidad de la mquina le deca: apresrate, ven, que hay novedades. Pero luego llegaba y no haba novedad ninguna, como no fuera que aquel da soplaba el viento con ms fuerza. Desde la tapia de la huerta oase el rumor blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentase el crujir del mecanismo que transmite la energa del viento al vstago de la bomba... Otros das le vea quieto, amodorrado en brazos del aire. Sin saber por qu, detenase el joven; pero luego segua andando despacio. Hubiera l lanzado al aire el mayor soplo posible de sus pulmones para hacer andar la mquina. Era una tontera; pero no lo poda remediar. El estar parado el motor parecale seal de desventura. Pero lo que ms tormento daba a Maximiliano era la distinta impresin que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura haca. Iba siempre acompaado de Nicols, y como adems no se apartaban de la recogida las dos monjas, no haba medio de expresarse con confianza. El primer jueves encontr a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba plida y algo triste. Como apenas se sonrea, faltbale aquel rasgo hechicero de la contraccin de los labios, que enloqueca a su amante. La conversacin fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogi mucho, encomiando los progresos que haca en la lectura y escritura, y jactndose del cario que le haban tomado las seoras. Como en uno de los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le haba gustado la fiesta de Pentecosts, la principal del ao en la comunidad, y despus recayera la conversacin sobre temas de iglesia y de culto, expresndose la nefita con bastante calor, Maximiliano volvi a sentirse atormentado por la idea aquella de que su querida se iba a volver mstica y a enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le ocurran cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de distraccin de las madres para secretearse con su amada y decirle que no creyera en aquello de la Pentecosts, figuracin alegrica nada ms, porque no hubo ni poda haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo fund; aadiendo, si poda, que la vida contemplativa es la ms estril que se puede imaginar, aun como preparacin para la inmortalidad, porque las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que ms purifica y ennoblece las almas. Ocioso es aadir que se guard para s estas doctrinas escandalosas porque era difcil expresarlas delante de las madres. -VI- Las Micaelas por dentro --i-- Cuando las dos madres aquellas, la bizca y la seca, la llevaron adentro, Fortunata estaba muy conmovida. Era aquella sensacin primera de miedo y vergenza de que se siente posedo el escolar cuando le ponen delante de sus compaeros, que han de ser pronto sus amigos, pero que al verle entrar le dirigen miradas de hostilidad y burla. Las recogidas que encontr al paso mirbanla con tanta impertinencia, que se puso muy colorada y no saba qu expresin dar a su cara. Las madres, que tantos y tan diversos rostros de pecadoras haban visto entrar all, no parecan dar importancia a la belleza de la nueva recogida. Eran como los mdicos que no se espantan ya de ningn horror patolgico que vean entrar en las clnicas. Hubo de pasar un buen rato antes de que la joven se serenase y pudiera cambiar algunas palabras con sus compaeras de lazareto. Pero entre mujeres se rompe ms pronto an que entre colegiales ese hielo de las primeras horas, y palabra tras palabra fueron brotando las simpatas, echando el cimiento de futuras amistades. Como ella esperaba y deseaba, pusironle una toca blanca; mas no haba en el convento espejos en que mirar si caa bien o mal. Luego le hicieron poner un vestido de lana burda y negra muy sencillo; pero aquellas prendas slo eran de indispensable uso al bajar a la capilla y en las horas de rezo, y poda quitrselas en las horas de trabajo, ponindose entonces una falda vieja de las de su propio ajuar y un cuerpo, tambin de lana, muy honesto, que reciban para tales casos. Las recogidas dividanse en dos clases, una llamada las _Filomenas_ y otra las _Josefinas_. Constituan la primera, las mujeres sujetas a correccin; la segunda componase de nias puestas all por sus padres, para que las educaran, y ms comnmente por madrastras que no queran tenerlas a su lado. Estos dos grupos o familias no se comunicaban en ninguna ocasin. Dicho se est que Fortunata perteneca a la clase de las _Filomenas_. Observ que buena parte del tiempo se dedicaba a ejercicios religiosos, rezos por la maana, doctrina por la tarde. Enterose luego de que los jueves y domingos haba adoracin del Sacramento, con largusimas y entretenidas devociones, acompaadas de msica. En este ejercicio y en la misa matinal, las recogidas, como las madres, entraban en la iglesia con un gran velo por la cabeza, el cual era casi tan grande como una sbana. Lo tomaban en la habitacin prxima a la entrada, y al salir lo volvan a dejar despus de doblarlo. Acostumbrada la prjima a levantarse a las nueve o las diez de la maana, ranle penosos aquellos madrugones que en el convento se usaban. A las cinco de la maana ya entraba Sor Antonia en los dormitorios tocando una campana que les desgarraba los odos a las pobres durmientes. El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y educacin empleados por las madres, y el velar a altas horas de la noche una mala costumbre que combatan con ahnco, como cosa igualmente nociva para el alma y para el cuerpo. Por esto, la monja que estaba de guardia pasaba revista a los dormitorios a diferentes horas de la noche, y como sorprendiese murmullos de secreteo, impona seversimos castigos. Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos. Ponan las maestras especial cuidado en desbastar aquellas naturalezas enviciadas o fogosas, mortificando las carnes y ennobleciendo los espritus con el cansancio. Las labores delicadas, como costura y bordados, de que haba taller en la casa, eran las que menos agradaban a Fortunata, que tena poca aficin a los primores de aguja y los dedos muy torpes. Ms le agradaba que la mandaran lavar, brochar los pisos de baldosn, limpiar las vidrieras y otros menesteres propios de criadas de escalera abajo. En cambio, como la tuvieran sentada en una silla haciendo trabajos de marca de ropa se aburra de lo lindo. Tambin era muy de su gusto que la pusieran en la cocina a las rdenes de la hermana cocinera, y era de ver cmo fregaba ella sola todo el material de cobre y loza, mejor y ms pronto que dos o tres de las ms diligentes. Mucho rigor y vigilancia desplegaban las madres en lo tocante a relaciones entre las llamadas arrepentidas, ya fuesen _Filomenas_ o _Josefinas_. Eran centinelas sagaces de las amistades que se pudieran entablar y de las parejas que formara la simpata. A las prjimas antiguas y ya conocidas y probadas por su sumisin, se las mandaba a acompaar a las nuevas y sospechosas. Haba algunas a quienes no se permita hablar con sus compaeras sino en el corro principal en las horas de recreo. A pesar de la severidad empleada para impedir las parejas ntimas o grupos, siempre haba alguna infraccin hipcrita de esta observancia. Era imposible evitar que entre cuarenta o cincuenta mujeres hubiese dos o tres que se pusieran al habla, aprovechando cualquier coyuntura oportuna en las varias ocupaciones de la casa. Un sbado por la maana Sor Natividad, que era la Superiora (por ms seas la madrecita seca que recibi a Fortunata el da de su entrada), mand a esta que brochase los baldosines de la sala de recibir. Era Sor Natividad vizcana, y tan celosa por el aseo del convento que lo tena siempre como tacita de plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad, ya estaba desatinada y fuera de s, poniendo el grito en el Cielo como si se tratara de una gran calamidad cada sobre el mundo, otro pecado original o cosa as. Apstol fantico de la limpieza, a la que segua sus doctrinas la agasajaba y mimaba mucho, arrojando tremendos anatemas sobre las que prevaricaban, aunque slo fuera venialmente, en aquella moral cerrada del aseo. Cierto da arm un escndalo porque no haban limpiado... qu creeris?, las cabezas doradas de los clavos que sostenan las estampas de la sala. En cuanto a los cuadros, haba que descolgarlos y limpiarlos por detrs lo mismo que por delante. Si no tenis alma, ni un adarme de gracia de Dios--les deca--, y no os habis de condenar por malas, sino por puercas. El sbado aquel mand, como digo, dar cera y brochado al piso de la sala, encargando a Fortunata y a otra compaera que se lo haban de dejar _lo mismo que la cara del Sol_. Era para Fortunata este trabajo no slo fcil, sino divertido. Gustbale calzarse en el pie derecho el grueso escobilln, y arrastrando el pao con el izquierdo, andar de un lado para otro en la vasta pieza, con paso de baile o de patinacin, puesta la mano en la cintura y ejercitando en grata gimnasia todos los msculos hasta sudar copiosamente, ponerse la cara como un pavo y sentir unos dulcsimos retozos de alegra por todo el cuerpo. La compaera que Sor Natividad le dio en aquella faena era una _filomena_ en cuyo rostro se haba fijado no pocas veces la nefita, creyendo reconocerlo. Indudablemente haba visto aquella cara en alguna parte, pero no recordaba dnde ni cundo. Ambas se haban mirado mucho, como deseando tener una explicacin; pero no se haban dirigido nunca la palabra. Lo que s saba Fortunata era que aquella mujer daba mucha guerra a las madres por su carcter alborotado y desigual. Desde que la Superiora las dej solas, la otra rompi a patinar y a hablar al mismo tiempo. Parndose despus ante Fortunata, le dijo: Porque nosotras nos conocemos, eh? A m me llaman _Mauricia la Dura_. No te acuerdas de haberme visto en casa de la Paca?. Ah... s!... indic Fortunata, y cargando sobre el pie derecho, tir para otro lado frotando el suelo con amaznica fuerza. Mauricia la Dura representaba treinta aos o poco ms, y su rostro era conocido de todo el que entendiese algo de iconografa histrica, pues era el mismo, exactamente el mismo de Napolen Bonaparte antes de ser Primer Cnsul. Aquella mujer singularsima, bella y varonil tena el pelo corto y lo llevaba siempre mal peinado y peor sujeto. Cuando se agitaba mucho trabajando, las melenas se le soltaban, llegndole hasta los hombros, y entonces la semejanza con el precoz caudillo de Italia y Egipto era perfecta. No inspiraba simpatas Mauricia a todos los que la vean; pero el que la viera una vez, no la olvidaba y senta deseos de volverla a mirar. Porque ejercan indecible fascinacin sobre el observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la pupila inquieta y vida, mucho hueso en los pmulos, poca carne en las mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada terminando en flexiones enrgicas, y la expresin, en fin, soadora y melanclica. Pero en cuanto Mauricia hablaba, adis ilusin. Su voz era bronca, ms de hombre que de mujer, y su lenguaje vulgarsimo, revelando una naturaleza desordenada, con alternativas misteriosas de depravacin y de afabilidad. --ii-- Despus que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con igual ahnco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces Mauricia, arrastrndose hasta llegar junto a su compaera, le dijo: Aquel da... sabes?, acabadita de marcharte t, estuvo en casa de la Paca Juanito Santa Cruz. Fortunata la mir aterrada. Qu da? fue lo nico que dijo. --No te acuerdas? El da que estuviste t, el da en que te conoc... _Paices_ boba. Yo me li con la Visitacin, que me rob un pauelo, la muy ladrona sinvergenza. Le met mano, y... ras!, le trinqu la oreja y me qued con el pendiente en la mano, partindole el pulpejo... por poco me traigo media cara. Ella me mordi un brazo, mira... todava est aqu la seal; pero yo le dej sellato un ojo... todava no lo ha abierto, y le saqu una tira de pellejo ras!, desde semejante parte, aqu por la sien... hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges t a m por la cintura, y Paca a ella, la reviento... cretelo. --Ya me acuerdo de aquella trifulca--dijo Fortunata mirando a su compaera con miedo. --A m, la que me la hace me la paga. No s si sabes que a la Matilde, aquella silfidona rubia... --No s, no la conozco.--Pues all se me vino con unos chismajos, porque yo _hablaba_ entonces con el chico de Tellera y... Pues la cog un da, la tir al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me dio la gana... y luego, cog una badila y del primer golpe le abr un ojal en la cabeza, del tamao de un duro... La llevaron al hospital... Dicen que por el boquete que le hice se le vea la sesada... Buen repaso le di. Pues otro da, estando en el Modelo... vers... me dijo una ta muy pindongona y muy facha que si yo era no s qu y no s cunto, y de la primer bofetada que le alumbr fue rodando por el suelo con las patas al aire. Nada, que tuvieron que atarme... Pues volviendo a lo que deca. Aquel da que tuve la zaragata con Visitacin... Sintieron venir a la Superiora, y rpidamente se levantaron y se pusieron a brochar otra vez. La monja mir el piso, ladeando la cara como los pjaros cuando miran al suelo, y se retir. Un rato despus, las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra. No aportaste ms por all. Yo le pregunt despus a la Paca si haba vuelto por all el _chico_ de Santa Cruz, y me contest: 'Calla hija, si han dicho aqu anoche que est con _plumona_...'. Pobrecito, por poco no lo cuenta. Estuvo si se las la, si no se las la... Por ti pregunt a la Feliciana una tarde que fui a ensearle los mantones de Manila que yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario... ya, el sobrino de doa Lupe _la de los Pavos_... Ah!, chica, si esa tal doa Lupe es lo que ms conozco... Pregntale por m. Le he vendido ms alhajas que pelos tengo en la cabeza. Ah!, entonces s que estaba yo bien; pero de repente me trastorn, y ca tan enferma del estmago, que no poda pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en l o gota de agua, que pareca que me encendan lumbre; y mi hermana Severiana, que vive en la calle de Mira el Ro, me llev a su casa, y all me entraron unos calambres que cre que espichaba; y una noche, viendo que aquello no se me quera calmar, sal de estampa, y en la taberna me atiz tres copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y sal, y en medio a medio de la calle came al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevencin. Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una seora que conocemos, esa doa Guillermina... la habrs odo nombrar... me cogi por su cuenta y me trajo a este _establecimiento_. La doa Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, sabes?, y pide limosna y est haciendo un palacin ah abajo para _los hurfanos_. Mi hermana y yo nos criamos en su casa, gran casa la de los seores de Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doa Guillermina, que siempre que me ve con miseria me socorre, y dice que mientras ms mala sea yo ms me ha de socorrer. Pues que quise que no, aqu me metieron... Ya me haban metido antes; pero no estuve ms que una semana, porque me escap subindome por la tapia de la huerta como los gatos. Esta historia, contada con tan aterradora sinceridad, impresion mucho a la otra _filomena_. Siguieron ambas bailando a lo largo de la sala, deslizndose sobre el ya pulimentado piso, como los patinadores sobre el hielo, y Fortunata, a quien le escarbaba en el interior lo que referente a ella habla dicho Mauricia la Dura, quiso aclarar un punto importante, dicindole: Yo no fui ms que dos veces a casa de la Paca, y por mi gusto no hubiera ido ninguna. La necesidad, hija... Despus no volv ms porque me salieron relaciones con el chico con quien me voy a casar. Despus de una pausa, durante la cual vinironle al pensamiento muchas cosas pasadas, crey oportuno decir algo, conforme a las ideas que aquella casa impona: Y para qu me buscaba a m ese hombre?... para qu? Para perderme otra vez. Con una basta. --Los hombres son muy caprichosos--dijo en tono de filosofa Mauricia la Dura--, y cuando la tienen a una a su disposicin, no le hacen ms caso que a un trasto viejo; pero si una habla con otro, ya el de antes quiere arrimarse, por el aquel de la golosina que otro se lleva. Pues digo... si una se pone a ser verbigracia honrada, los muy peines no pasan por eso, y si una se mete mucho a rezar y a confesar y comulgar, se les encienden ms a ellos las querencias, y se pirran por nosotras desde que nos convertimos por lo eclesistico... Pues qu, crees t que Juanito no viene a rondar este convento desde que sabe que ests aqu? _Paices_ boba. Tenlo por cierto, y alguno de los coches que se sienten por ah, crete que es el suyo. --No seas tonta... no digas burradas--replic la otra palideciendo--. No puede ser... Porque mira t, l cay con la pulmona en Febrero... --Bien enterada ests.--Lo s por Feliciana, a quien se lo cont, _das atrs_, un seor que es amigo de Villalonga. Pues vers, l cay con la pulmona en Febrero, y en este _entremedio_ conoc yo al chico con quien hablo... El otro estuvo dos meses muy malito... si se va si no se va. Por fin sali, y en Marzo se fue con su mujer a Valencia. --Y qu?--Que todava no habr vuelto. --_Paices_ boba... Esto es un decir. Y si no ha vuelto, volver... Quiere decirse que te har la rueda cuando venga y se entere de que ahora vas para santa. --T s que eres boba... djame en paz. Y suponiendo que venga y me ronde... A m qu? Sor Natividad examin el brochado y vio que era bueno. Satisfaccin de artista resplandeca en su carita seca. Mir al techo tratando de descubrir alguna mota producida por las moscas; pero no haba nada, y hasta las cabezas de los clavos de la pared, limpiados el da antes, resplandecan como estrellitas de oro. La Superiora volva las gafas a todas partes buscando algo que reprender; pero nada encontr que mereciese su crtica estrecha. Dispuso que antes de entrar los muebles los limpiasen y frotasen bien para que todo el polvo quedase fuera; pero encarg mucho que aquella operacin se hiciese _al hilo_ de la madera; y como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba, cogi ella misma un trapo y prcticamente les hizo ver con la mayor seriedad cul era su sistema. Cuando se quedaron solas otra vez, Mauricia dijo a su amiga: Hay que tener contenta a esta _ta chiflada_, que es buena persona, y como le froten los muebles _al hilo_, la tienes partiendo un pin. Mauricia tena das. Las monjas la consideraban luntica, porque si las ms de las veces la sometan fcilmente a la obediencia, hacindola trabajar, entrbale de golpe como una locura y rompa a decir y hacer los mayores desatinos. La primera vez que esto pas, las religiosas se alarmaron; mas domada la furia sin que fuese preciso apelar a la fuerza, cuando se repetan los accesos de indisciplina y procacidad no les daban gran importancia. Era un espectculo imponente y aun divertido el que de tiempo en tiempo, comnmente cada quince o veinte das, daba Mauricia a todo el personal del convento. La primera vez que lo presenci Fortunata, sinti verdadero terror. Inicibasele aquel trastorno a Mauricia como se inician las enfermedades, con sntomas leves, pero infalibles, los cuales se van acentuando y recorren despus todo el proceso morboso. El periodo prodrmico sola ser una cuestin con cualquier recogida por el chocolate del desayuno, o por si al salir le tropezaron y la otra lo hizo con mala intencin. Las madres intervenan, y Mauricia callaba al fin, quedndose durante dos o tres horas taciturna, rebelde al trato, hacindolo todo al revs de como se le mandaba. Su diligencia pasmosa trocbase en dejadez; y como las madres la reprendieran, no les responda nada cara a cara; pero en cuanto volvan la espalda, dejaba or gruidos, masticando entre ellos palabras soeces. A este periodo segua por lo comn una travesura ruidosa y carnavalesca, hecha de improviso para provocar la risa de algunas _Filomenas_ y la indignacin de las seoras. Mauricia aprovechaba el silencio de la sala de labores para lanzar en medio de ella un gato con una chocolatera amarrada a la cola, o hacer cualquier otro disparate ms propio de chiquillos que de mujeres formales. Sor Antonia, que era la bondad misma, mirbala con toda la severidad que caba en su carcter angelical, y Mauricia le devolva la mirada con insolente dureza, diciendo: Si no he sido _yio_... _amos_, si no he sido _yio_... Para qu me mira usted tantooo?... Es que me quiere retrataaar...?. Aquel da, Sor Antonia llam a la Superiora, que era una vizcana muy templada. Esta dijo al entrar: Ya est otra vez suelto el enemigo?.... Y decret que fuese encerrada en el cuarto que serva de prisin cuando alguna recogida se insubordinaba. Aqu fue el estallar la fiereza de aquella maldita mujer. Encerrarme a m!... De veee... ras? No me lo diga usted... prenda. --Mauricia--dijo con varonil entereza la monja, soltando una expresin de su tierra--, djese usted de _chnchirri-mncharras_, y obedezca. Ya sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas. Aqu no tenemos miedo a ninguna tarasca. Por compasin y caridad no la echamos a la calle, ya lo sabe usted... Vamos, hija, pocas palabras y a hacer lo que se le manda. A Mauricia le temblaba la quijada, y sus ojos tomaban esa opacidad siniestra de los ojos de los gatos cuando van a atacar. Las recogidas la miraban con miedo, y algunas monjas rodearon a la Superiora para hacerla respetar. Vaya con lo que sale ahora la ta chiflada... Encerrarme a m! A donde voy es a mi casa, hala...!, a mi casa, de donde me sacaron engaada estas indecentonas, s seor, engaada, porque yo era honrada como un sol, y aqu no nos ensean ms que peines y peinetas... Ja ja ja!... Vaya con las seoras virtuosas y _santifiqusimas_. Ja ja ja!.... Estos monoslabos guturales los emita con todo el grueso de su gruessima voz, y con tal acento de sarcasmo infame y de grosera, que habran sacado de quicio a personas de menos paciencia y flema que Sor Natividad y sus compaeras. Estaban tan hechas a ser tratadas de aquel modo y haban domado fieras tan espantables, que ya las injurias no les hacan efecto. Vamos--dijo la Superiora frunciendo el ceo--; callando, y baje usted al patio. --Pues me gusta la santidad de estas traviatonas de iglesia... Ja ja ja!...--grit la infame puesta en jarras y mirando en redondo a todo el concurso de recogidas--. Se encierran aqu para retozar a sus anchas con los curnganos de babero... Ja ja ja!... qu peines!... y con los que no son de babero. Muchas recogidas se tapaban los odos. Otras, suspensa la mano sobre el bastidor, miraban a las monjas y se pasmaban de su serenidad. En aquel instante apareci en la sala una figura extraa. Era Sor Marcela, una monja vieja, coja y casi enana, la ms desdichada estampa de mujer que puede imaginarse. Su cara, que pareca de cartn, era morena, dura, chata, de tipo monglico, los ojos expresivos y afables como los de algunas bestias de la raza cuadrumana. Su cuerpo no tena forma de mujer, y al andar pareca desbaratarse y hundirse del lado izquierdo, imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se saba si era de pie de palo o del propio mun del hueso roto. Su fealdad slo era igualada por la impavidez y el desdn compasivo con que mir a Mauricia. Sor Marcela traa en la mano derecha una gran llave, y apuntando con ella al esternn de la delincuente, hizo un castaeteo de lengua y no dijo ms que esto: Andando. Quitose la fiera con rpido movimiento su toca, sacudi las melenas y sali al corredor, echando por aquella boca insolencias terribles. La coja volvi a indicarle el camino, y Mauricia, moviendo los brazos como aspas de molino de viento, se puso a gritar: Peines y peinetas!... Pues no me quieren deshonrar y encerrarme como si yo fuera una _criminala_? Tunantas!... cuando si yo quisiera, de tres bofetadas las tumbaba a todas patas arriba.... A pesar de estas fierezas, la coja la llevaba por delante con la misma calma con que se conduce a un perro que ladra mucho, pero que se sabe no ha de morder. A mitad de la escalera se volvi la harpa, y mirando con inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les deca en un grito estridente: Ladronas, ms que ladronas!... Grandsimas pas!.... Dicho esto, la coja le pona suavemente la mano en la espalda, empujndola hacia adelante. En el patio tuvo que cogerla por un brazo, porque quera subir de nuevo. Si no te hacen caso, estpida--le dijo--, si no eres t la que hablas sino el demonio que te anda dentro de la boca. Cllate ya por amor de Dios y no marees ms. --El demonio eres t--replic la fiera, que pareca ya, por lo muy exaltada, irresponsable de los disparates que deca--. Facha, mamarracho, esperpento... --Echa, echa ms veneno--murmuraba Sor Marcela con tranquilidad, abriendo la puerta de la prisin--. As te pasar ms pronto el arrechucho. Vaya, adentro, y maana como un guante. A la noche te traer de comer. Paciencia, hija... Mauricia ladr un poco ms; pero con tanto furor de palabras no haca resistencia verdadera, de modo que aquella pobre vieja invlida la manejaba como a un nio. Bast que esta la cogiese por un brazo y la metiera dentro del encierro, para que la prisin se efectuase sin ningn inconveniente, despus de tanta bulla. Sor Marcela ech la llave dando dos vueltas, y la guard en su bolsillo. Su rostro, tan parecido a una mscara japonesa, continuaba imperturbable. Cuando atravesaba el patio en direccin a la escalera, oy el _ja ja ja_ de Mauricia, que estaba asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta tena en su parte superior. La monja no se detuvo a or las injurias que la fiera le deca. Eh!... coja... galpago, vuelve ac y vers qu morrazo te doy... Qu facha!, caamn, pata y media.... --iii-- La faz napolenica, lvida y con la melena suelta, volvi a asomar en la reja a la cada de la tarde. Y Sor Marcela pas repetidas veces por delante de la crcel, volviendo de registrar los nidos de las gallinas, por ver si tenan huevos, o de regar los pensamientos y francesillas que cultivaba en un rincn de la huerta. El patio, que era pequeo y se comunicaba con la huerta por una reja de madera casi siempre abierta, estaba muy mal empedrado, resultando tan irregular el paso de la coja, que los balanceos de su cuerpo semejaban los de una pequea embarcacin en un mar muy agitado. Muy a menudo andaba Sor Marcela por all, pues tena la llave de la leera y carbonera, la del calabozo y la de otra pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia. Ya cerca de la noche, como he dicho, Mauricia no se quitaba de la reja para hablar a la monja cuando pasaba. Su acento haba perdido la aspereza iracunda de por la maana, aunque estaba ms ronca y tena tonos de dolor y de miseria, implorando caridad. La fiera estaba domada. Fuertemente asida con ambas manos a los hierros, la cara pegada a estos, alargando la boca para ser mejor oda, deca con voz plaidera: Cojita ma... caamoncito de mi alma, cunto te quiero!... All va el patito con sus meneos; una, dos, tres... Lucero del convento, ven y escucha, que te quiero decir una cosita. A estas expresiones de ternura, mezcladas de burla cariosa, la monja no contestaba ni siquiera con una mirada. Y la otra segua: Ay, mi galapaguito de mi alma, qu enfadadito est conmigo, que le quiero tanto!... Sor Marcela, una palabrita, nada ms que una palabrita. Yo no quiero que me saques de aqu, porque me merezco la encerrona. Pero ay niita ma, si vieras qu mala me he puesto! _Paice_ que me estn arrancando el estmago con unas tenazas de fuego... Es de la tremolina de esta maana. Me dan tentaciones de ahorcarme colgndome de esta reja con un cordn hecho de tiras del refajo. Y lo voy a hacer, s, lo hago y me cuelgo si no me miras y me dices algo... Cojita graciosa, enanita remonona, mira, oye: si quieres que te quiera ms que a mi vida y te obedezca como un perro, hazme un favor que voy a pedirte; treme nada ms que una lagrimita de aquella gloria divina que t tienes, de aquello que te recet el mdico para tu mal de barriga... Anda, ngel, mira que te lo pido con toda mi alma, porque esta penita que tengo aqu no se me quiere quitar, y parece que me voy a morir. Anda, rica, caamn de los ngeles; treme lo que te pido, as Dios te d la vida celestial que te tienes ganada, y tres ms, y as te coronen los serafines cuando entres en el Cielo con tu patita coja.... La monja pasaba... trun, trun... hiriendo los guijarros con aquel pie duro que deba ser como la pata de una silla; y no conceda a la prisionera ni respuesta ni mirada. Al anochecer, baj con la cena para la presa, y abriendo la puerta penetr en el lbrego aposento. Por el pronto no vio a Mauricia, que estaba acurrucada sobre unas tablas, las rodillas junto al pecho, las manos cruzadas sobre las rodillas, y en las manos apoyada la barba. No veo. Dnde ests? murmur la coja sentndose sobre otro rimero de tablas. Contest Mauricia con un gruido, como el de un mastn a quien dan con el pie para que se despierte. Sor Marcela puso junto a s un plato de menestra y un pan. La Superiora--dijo--, no quera que te trajera ms que pan y agua; pero interced por ti... No te lo mereces. Aunque me proponga no tener entraas, no lo puedo conseguir. A ti te manejo yo a mi modo y s que mientras peor se te trate, ms rabiosa te pones... Y para que veas, hija, hasta dnde llevo mi condescendencia... aadi sacando de debajo del manto un objeto... Creyrase que Mauricia lo haba olido, porque de improviso alz la cabeza, adquiriendo tal animacin y vida su cara que pareca _mismamente_ la del otro cuando, sealando las pirmides, dijo lo de los _cuarenta siglos_. La mazmorra estaba oscura, mas por la puerta entraba la ltima claridad del da, y las dos mujeres all encerradas se podan ver y se vean, aunque ms bien como bultos que como personas. Mauricia alarg las manos con ansia hasta tocar la botella, pronunciando palabras truncadas y balbucientes para expresar su gratitud; pero la monja apartaba el codiciado objeto. Eh!... las manos quietas. Si no tenemos formalidad, me voy. Ya ves que no soy tirana, que llevo la caridad hasta un lmite que quizs sea imprudente. Pero yo digo: 'Dndole un poquito, nada ms que una miajita, la consuelo, y aqu no puede haber vicio'. Porque yo s lo que es la debilidad de estmago y cunto hace sufrir. Negar y negar siempre al preso pecador todo lo que pide, no es bueno. El Seor no puede negar esto. Tengamos misericordia y consolemos al triste. Diciendo esto sac un cortadillo y se prepar a escanciar corta porcin del precioso licor, el cual era un coac muy bueno que sola usar para combatir sus rebeldes dispepsias. Luego cay en la cuenta de que antes deba comerse Mauricia el plato de menestra. La presa lo comprendi as, apresurndose a devorar la cena para abreviar. Esto que te doy--aadi la monja--, es una reparacin de los nervios y un puntal del nimo desmayado. No creas que lo hago a escondidas de la Superiora, pues acaba de autorizarme para darte esta golosina, siempre que sea en la medida que separa la necesidad del apetito y el remedio del deleite. Yo s que esto te entona y te da la alegra necesaria para cumplir bien con los deberes. Mira t por dnde lo que algunos podran tener por malo, es bueno en medida razonable. Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud. La cojita ech en el cortadillo una cantidad, as como un dedo, inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera ms de lo conveniente; y al drselo a la presa, le repiti el sermn. Y cmo se relama la otra despus de beber, y qu bien le supo! Conoca muy bien al galapaguito para atreverse a pedir ms. Saba, por experiencia de casos anlogos, que no traspasaba jams el lmite que su bondad y su caridad le imponan. Era buena como un ngel para conceder, y firme como una roca para detenerse en el punto que deba. Ya s--dijo tapando cuidadosamente la botella--, que con este consuelo de tus nervios desmayados estars ms dispuesta, y la reparacin del cuerpo ayuda la del alma. En efecto, Mauricia empez a sentirse alegre, y con la alegra vnole una viva disposicin del nimo para la obediencia y el trabajo, y tantas ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de confesarse y de hacer devociones exageradas como las que haca Sor Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio. Dgale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me perdone... que yo cuando me da el toque y me pongo a despotricar soy un papagayo, y la lengua se lo dice sola. Squeme pronto de aqu, y trabajar como nunca, y si me mandan fregar toda la casa de arriba a abajo, la fregar. chenme penitencias gordas y las cumplir en un decir luz. --Me gusta verte tan entrada en razn--le dijo la madre, recogiendo el plato--; pero por esta noche no saldrs de aqu. Medita, medita en tus pecados, reza mucho y pdele al Seor y a la Santsima Virgen que te iluminen. Mauricia crea que estaba ya bastante iluminada, porque la excitacin encenda sus ideas dndole un cierto entusiasmo; y despus de hacer un poco de ejercicio corporal colgndose de la reja, porque sus miembros apetecan estirarse, se puso a rezar con toda la devocin de que era capaz, luchando con las varias distracciones que llevaban su mente de un lado para otro, y por fin se qued dormida sobre el duro lecho de tablas. Sacronla del encierro al da siguiente temprano, y al punto se puso a trabajar en la cocina, sumisa, callada y desplegando maravillosas actividades. Despus de cumplir una condena, lo que ocurra infaliblemente una vez cada treinta o cuarenta das, la mujer napolenica estaba cohibida y como avergonzada entre sus compaeras, poniendo toda su atencin en las obligaciones, demostrando un celo y obediencia que encantaban a las madres. Durante cuatro o cinco das desempeaba sin embarazo ni fatiga la tarea de tres mujeres. Pasadas dos semanas, advertan que se iba cansando; ya no haba en su trabajo aquella correccin y diligencia admirables; empezaban las omisiones, los olvidos, los descuidillos, y todo esto iba en aumento hasta que la repeticin de las faltas anunciaba la proximidad de otro estallido. Con Fortunata volvi a intimar despus de la escena violenta que he descrito, y juntas echaron largos prrafos en la cocina, mientras pelaban patatas o fregaban los peroles y cazuelas. All gozaban de cierta libertad, y estaban sin tocas y en traje de _mecnica_ como las criadas de cualquier casa. Yo tengo una nia--dijo Mauricia en una de sus confidencias--. La puse por nombre Adoracin. Es ms mona...! Est con mi hermana Severiana, porque yo, como gasto este geniazo, le doy malos ejemplos sin querer, t sabes?, y mejor vive el angelito con Severiana que conmigo. Esa doa Jacinta, esposa de tu seor, quiere mucho a mi nia, y le compra ropa y le da el toque por llevrsela consigo; como que est rabiando por tener chiquillos y el Seor no se los quiere dar. Mal hecho, verdad? Pues los hijos deben ser para los ricos y no para los pobres, que no los pueden mantener. Fortunata se manifest conforme con estas ideas. Algo haba odo ella contar del desmedido afn de aquella seora por tener hijos; pero Mauricia le dijo algo ms, contndole tambin el caso del _Pituso_, a quien Jacinta quiso recoger creyndolo hijo de su marido y de la propia Fortunata. Tal efecto hizo en esta la historia de aquel increble caso de delirio maternal y de pasin no satisfecha, que estuvo tres das sin poder apartarlo del pensamiento. --iv-- Desde el corredor alto se vea parte del Campo de Guardias, el Depsito de aguas del Lozoya, el cementerio de San Martn y el casero de Cuatro Caminos, y detrs de esto los tonos severos del paisaje de la Moncloa y el admirable horizonte que parece el mar, lneas ligeramente onduladas, en cuya aparente inquietud parece balancearse, como la vela de un barco, la torre de Aravaca o de Hmera. Al ponerse el sol, aquel magnfico cielo de Occidente se encenda en esplndidas llamas, y despus de puesto, apagbase con gracia infinita, fundindose en las palideces del palo. Las recortadas nubes oscuras hacan figuras extraas, acomodndose al pensamiento o a la melancola de los que las miraban, y cuando en las calles y en las casas era ya de noche, permaneca en aquella parte del cielo la claridad blanda, cola del da fugitivo, la cual lentamente tambin se iba. Estas hermosuras se ocultaran completamente a la vista de _Filomenas_ y _Josefinas_ cuando estuviera concluida la iglesia en que se trabajaba constantemente. Cada da, la creciente masa de ladrillos tapaba una lnea de paisaje. Pareca que los albailes, al poner cada hilada, no construan, sino que borraban. De abajo arriba, el panorama iba desapareciendo como un mundo que se anega. Hundironse las casas del paseo de Santa Engracia, el Depsito de aguas, despus el cementerio. Cuando los ladrillos rozaban ya la bellsima lnea del horizonte, an sobresalan las lejanas torres de Hmera y las puntas de los cipreses del Campo Santo. Lleg un da en que las recogidas se alzaban sobre las puntas de los pies o daban saltos para ver algo ms y despedirse de aquellos amigos que se iban para siempre. Por fin la techumbre de la iglesia se lo trag todo, y slo se pudo ver la claridad del crepsculo, la cola del da arrastrada por el cielo. Pero si ya no se vea nada, se oa, pues el tiqui tiqui del taller de canteros pareca formar parte de la atmsfera que rodeaba el convento. Era ya un fenmeno familiar, y los domingos, cuando cesaba, la falta de aquella msica era para todas las habitantes de la casa la mejor apreciacin de da de fiesta. Los domingos, empezaba a orse desde las dos el tambor que ameniza el To Vivo y balancines que estn junto al Depsito de aguas. Este bullicio y el de la muchedumbre que concurre a los merenderos de los Cuatro Caminos y de Tetun, duraba hasta muy entrada la noche. Mucho molest en los primeros tiempos a algunas monjas el tal tamboril, no slo por la pesadez de su toque, sino por la idea de lo mucho que se peca al son de aquel mundano instrumento. Pero se fueron acostumbrando, y por fin lo mismo oan el rumor del To Vivo los domingos, que el de los picapedreros los das de labor. Algunas tardes de da de fiesta, cuando las recogidas se paseaban por la huerta o el patio, la tolerancia de las madres llegaba hasta el extremo de permitirles bailar una chispita, con decencia se entiende, al son de aquellas msicas populares. Cuntas memorias evocadas, cuntas sensaciones reverdecidas en aquellos poquitos compases y vueltas de las pobres reclusas! Qu recuerdo tan vivo de las polkas bailadas con horteras en el saln de la Alhambra, de tarde, levantando mucho polvo del piso, las manos muy sudadas y chupando caramelos revenidos! Y lo peor de todo y lo que en definitiva las haba perdido era que aquellos benditos horteras iban todos con buen fin. El buen fin precisamente, disculpando los malos medios, era la ms negra. Porque despus, ni fin ni principio ni nada ms que vergenza y miseria. La monja que ms empeadamente abogaba porque se las dejase zarandearse un ratito era Sor Marcela, que por su cojera y su facha pareca incapaz de apreciar el sentimiento esttico de la danza. Pero la mujer aquella con su aplastada cara japonesa, saba mucho del mundo y de las pasiones humanas, tena el corazn rebosando tolerancia y caridad, y sostena esta tesis: que la privacin absoluta de los apetitos alimentados por la costumbre ms o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar la desesperacin, y que para curar aejos defectos es conveniente permitirlos de vez en cuando con mucha medida. Un da sorprendi a Mauricia en la carbonera fumndose un cigarrillo, cosa ciertamente fea e impropia de una mujer. La coja no se apresur a quitarle el cigarro de la boca, como pareca natural. Slo le dijo: Qu cochina eres! No s cmo te puede gustar eso. No te mareas?. Mauricia se rea; y cerrando fuertemente un ojo porque el humo se le haba metido en l, mir a la monja con el otro, y alargndole el cigarro, le dijo: Pruebe, seora. Cosa inaudita! Sor Marcela dio una chupada y despus arroj el cigarro, haciendo ascos, escupiendo mucho y poniendo una cara tan fea como la de esos fetiches monstruosos de las idolatras malayas. Mauricia lo recogi y sigui chupando, alternando un ojo con otro en el cerrarse y en el mirar. Despus hablaron de la procedencia del pitillo. La otra no quera confesarlo; pero la madrecita, que saba tanto, le dijo: Los albailes te lo han tirado desde la obra. No lo niegues. Ya te vi hacindoles garatusas. Si la Superiora sabe que andas en telgrafos con los albailes, buena te la arma... y con razn. Tira ya el tabacazo, indecente... Ay, qu asco! Me ha dejado la boca perdida. No comprendo cmo os puede gustar ese ardor, ese picor de mil demonios. Los hombres, como si no tuvieran bastantes vicios, los inventan cada da.... Mauricia tir el cigarro y apagolo con el pie. Fortunata, al mes de estar all, tuvo otra amiga con quien intim bastante. Doa Manolita era _seora_ en regla, puesto que era casada, ayudaba a las monjas en las clases de lectura y escritura, y pona un empeo particular en ensear a Fortunata, de lo que principalmente vino su amistad. Permitan las madres a aquella recogida cierta latitud en la observancia de las reglas; se la dejaba sola con una o dos _filomenas_ durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta; se le permita ir al departamento de _Josefinas_, y como tena habitacin aparte y pagaba buena pensin, gozaba de ms comodidad que sus compaeras de encierro. Fortunata y ella, una vez que se conocieron, no tardaron en referirse sus respectivas historias. La que ya conocemos sali descarnada; pero Manolita adorn la suya tanto y de tal modo la quiso hacer pattica, que no la conocera nadie. Segn su relato, no haba pecado, todo haba sido pura equivocacin; pero su marido, que era muy bruto y tena la culpa, s, l tena la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas tentaciones de ella, la haba metido all sin andarse con rodeos. Como aquella seora haba ocupado una regular posicin, contaba con embeleso cosas del mundo y sus pompas, de los saraos a que asista, de los muchos y buenos vestidos que usaba. Porque su marido era comerciante de novedades, hombre inferior a ella por el nacimiento; como que su pap era oficial primero de la Direccin de la Deuda. Oyendo estas ponderaciones orgullosas, Fortunata se echaba a pensar qu cosa tan empingorotada sera aquel destino del pap de su amiga. Pero lo mejor fue que en la conversacin sali de repente una cosa interesantsima. Manolita conoca a los de Santa Cruz. Vaya!, si su marido, Pepe Reoyos, era ntimo, pero ntimo, de D. Baldomero. Y ella, la propia Manolita, visitaba mucho a doa Brbara. De aqu salt la conversacin a hablar de Jacinta. Ah! Jacinta era una mujer muy mona: lo tena todo, bondad, belleza, talento y virtud. El danzante de Juan no mereca tal joya, por ser muy dado a picos pardos. Pero fuera de esto, era un excelente chico, y muy simptico, pero mucho. Ya sabr usted--dijo luego--, que cay malo con pulmona en Febrero de este ao. Por poco se muere. En esta casa, que debe mucha proteccin a los seores de Santa Cruz, pusieron al Seor de Manifiesto, y cuando estuvo fuera de peligro, Jacinta coste unas funciones solemnes. Como que vino el obispo auxiliar a decirnos la misa.... --De veras?... _tie_ gracia. --Como usted lo oye. Lo que usted se perdi! Jacinta es una de las seoras que ms han ayudado a sostener esta casa. Ya se ve, como no tiene hijos... no sabe en qu gastar el dinero. Se ha fijado usted en aquellos grandes ramos, monsimos, con flores de tis de oro y hojas de plata? --S--replic Fortunata que atenda con toda su alma--. Los que se pusieron en el altar el da de Pentecosts! --Los mismos. Pues los regal Jacinta. Y el manto de la Virgen, el manto de brocado con ramos... qu mono!, tambin es donativo suyo, en accin de gracias por haberse puesto bueno su marido. Fortunata lanz una exclamacin de pasmo y maravilla. Cosa ms rara! Y ella haba tenido en su mano, das antes, para limpiarle unas gotas de cera, aquel mismo manto que haba servido para pagar, digmoslo as, la salvacin del chico de Santa Cruz! Y no obstante, todo era muy natural, slo que a ella se le revolvan los pensamientos y le daba qu pensar, no el hecho en s, sino la casualidad, eso es, la casualidad, el haber tenido en su mano objetos relacionados, por medio de una curva social, con ella misma, sin que ella misma lo sospechara. --Pues no sabe usted lo mejor--aadi Manolita, gozndose en el asombro de la otra, el cual ms bien pareca espanto--. La custodia, sabe usted, la custodia en que se pone al propio Dios, tambin vino de all. Fue regalo de Barbarita, que hizo promesa de ofrecerla a estas monjas si su hijo se pona bueno. No vaya usted a creer que es de oro; es de plata sobredorada; pero muy _mona_, verdad? Fortunata tena sus pensamientos tan en lo hondo, que no par mientes en la increble tontera de llamar mona a una custodia. --v-- Y no pudo en muchos das apartar de su pensamiento las cosas que le refiri doa Manolita que, entre parntesis, no acababa de serle simptica, y lo que ms metida en reflexiones la traa no era precisamente que aquellos hechos de regalar la custodia y el manto se hubieran verificado, sino la casualidad... _Tie_ gracia. Si hubiera ella ido al convento algunos das antes, habra asistido a la solemne misa, con obispo y todo, que se dijo en accin de gracias por haberse puesto bueno el tal... Esto tena ms gracia. Y por su parte Fortunata, que saba perdonar las ofensas, no habra tenido inconveniente en unir sus votos a los de todo el personal de la casa... Esto tena ms gracia todava. Pero lo que produjo en su alma inmenso trastorno fue el ver a la propia Jacinta, viva, de carne y hueso. Ni la conoca ni vio nunca su retrato; pero de tanto pensar en ella haba llegado a formarse una imagen que, ante la realidad, result completamente mentirosa. Las seoras que protegan la casa sostenindola con cuotas en metlico o donativos, eran admitidas a visitar el interior del convento cuando quisieren; y en ciertos das solemnes se haca limpieza general y se pona toda la casa como una plata, sin desfigurarla ni ocultar las necesidades de ella, para que las protectoras vieran bien a qu orden de cosas deban aplicar su generosidad. El da de Corpus, despus de misa mayor, empezaron las visitas que duraron casi toda la tarde. Marquesas y duquesas, que haban venido en coches blasonados, y otras que no tenan ttulo pero s mucho dinero, desfilaron por aquellas salas y pasillos, en los cuales la direccin fantica de Sor Natividad y las manos rudas de las recogidas haban hecho tales prodigios de limpieza que, segn frase vulgar, se poda comer en el suelo sin necesidad de manteles. Las labores de bordado de las _Filomenas_, las planas de las _Josefinas_ y otros primores de ambas estaban expuestos en una sala, y todo era plcemes y felicitaciones. Las seoras entraban y salan, dejando en el ambiente de la casa un perfume mundano que algunas narices de reclusas aspiraban con avidez. Despertaban curiosidad en los grupos de muchachas los vestidos y sombreros de toda aquella muchedumbre elegante, libre, en la cual haba algunas, justo es decirlo, que haban pecado mucho ms, pero muchsimo ms que la peor de las que all estaban encerradas. Manolita no dej de hacer al odo de su amiga esta observacin picante. En medio de aquel desfile vio Fortunata a Jacinta, y Manolita (marcando esta sola excepcin en su crtica social), cuid de hacerle notar la gracia de la seora de Santa Cruz, la elegancia y sencillez de su traje, y aquel aire de modestia que se ganaba todos los corazones. Desde que Jacinta apareci al extremo del corredor, Fortunata no quit de ella sus ojos, examinndole con atencin ansiosa el rostro y el andar, los modales y el vestido. Confundida con otras compaeras en un grupo que estaba a la puerta del comedor, la sigui con sus miradas, y se puso en acecho junto a la escalera para verla de cerca cuando bajase, y se le qued, por fin, aquella simptica imagen vivamente estampada en la memoria. La impresin moral que recibi la samaritana era tan compleja, que ella misma no se daba cuenta de lo que senta. Indudablemente su natural rudo y apasionado la llev en el primer momento a la envidia. Aquella mujer le haba quitado lo suyo, lo que, a su parecer, le perteneca de derecho. Pero a este sentimiento mezclbase con extraa amalgama otro muy distinto y ms acentuado. Era un deseo ardentsimo de parecerse a Jacinta, de ser como ella, de tener su aire, su _aquel_ de dulzura y seoro. Porque de cuantas damas vio aquel da, ninguna le pareci a Fortunata tan seora como la de Santa Cruz, ninguna tena tan impresa en el rostro y en los ademanes la decencia. De modo que si le propusieran a la prjima, en aquel momento, transmigrar al cuerpo de otra persona, sin vacilar y a ojos cerrados habra dicho que quera ser Jacinta. Aquel resentimiento que se inici en su alma iba trocndose poco a poco en lstima, porque Manolita le repiti hasta la saciedad que Jacinta sufra desdenes y horribles desaires de su marido. Lleg a sentar como principio general que todos los maridos quieren ms a sus mujeres eventuales que a las fijas, aunque hay excepciones. De modo que Jacinta, al fin y al cabo y a pesar del Sacramento, era tan vctima como Fortunata. Cuando esta idea se cruz entre una y otra, el rencor de la pecadora fue ms dbil y su deseo de parecerse a aquella otra vctima ms intenso. En los das sucesivos figurbase que segua vindola o que se iba a aparecer por cualquier puerta cuando menos lo esperase... El mucho pensar en ella la llev, al amparo de la soledad del convento, a tener por las noches ensueos en que la seora de Santa Cruz apareca en su cerebro con el relieve de las cosas reales. Ya soaba que Jacinta se le presentaba a llorarle sus cuitas y a contarle las perradas de su marido, ya que las dos cuestionaban sobre cul era ms vctima; ya, en fin, que transmigraban recprocamente, tomando Jacinta el exterior de Fortunata y Fortunata el exterior de Jacinta. Estos disparates recalentaban de tal modo el cerebro de la reclusa, que despierta segua imaginando desvaros del mismo si no de mayor calibre. Cortaban estas cavilaciones las visitas de Maximiliano todos los jueves y domingos, entre las cuatro y seis de la tarde. Vea la joven con gusto llegar la ocasin de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba, porque Maximiliano era el nico lazo efectivo que con el mundo tena, y aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la haba desligado de los intereses y afectos mundanos. Por esta parte bien poda estar tranquilo el bueno de Rubn, porque ni una sola vez, en los momentos de mayor fervor piadoso, le pas a la pecadora por el magn la idea de volverse santa a machamartillo. Vea, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacan cortas las horas que en su compaa pasaba hablando de doa Lupe y de Papitos, o haciendo clculos honestos sobre sucesos que haban de venir. Cierto que fsicamente el apreciable chico le desagradaba; pero tambin es verdad que se iba acostumbrando a l, que sus defectos no le parecan ya tan grandes y que la gratitud iba ahondando mucho en su alma. Si haca examen de corazn, encontraba que en cuestin de amor a su redentor haba ganado muy poco; pero el aprecio y estimacin eran seguramente mayores, y sobre todo, lo que haba crecido y fortalecdose en su pensamiento era la conveniencia de casarse para ocupar un lugar honroso en el mundo. A ratos se preguntaba con sinceridad de dnde y cmo le haba venido el fortalecimiento de aquella idea; mas no acertaba a darse respuesta. Era quizs que el silencio y la paz de aquella vida hacan nacer y desarrollarse en ella la facultad del sentido comn? Si era as, no se daba cuenta de semejante fenmeno, y lo nico que su rudeza saba formular era esto: Es que de tanto pensar me ha entrado talento, como a Maximiliano le entr de tanto quererme, y este talento es el que me dice que me debo casar, que ser tonta de remate si no me caso. Feliz entre todos los mortales se crea el buen estudiante de Farmacia, viendo que su querida no rechazaba la idea de dar por concluida la cuarentena y apresurar el casamiento. Sin duda estaba ya su alma ms limpia que una patena. Lo malo era que el tontaina de Nicols, a los cinco meses de estar la pobre chica en el convento, deca que no era bastante y que por lo menos deban esperar al ao. Maximiliano se pona furioso, y doa Lupe, consultada sobre el particular, dio su dictamen favorable a la salida. Aunque dos o tres veces, llevada por su sobrino haba visitado al _basilisco_, no haba podido averiguar si estaba ya bien despercudida de las mculas de marras, pero ella quera ejercitar, como he dicho antes, su facultad educatriz, y todo lo que se tardase en tener a Fortunata bajo su jurisdiccin, se detena el gran experimento. Desconfiaba algo la buena seora de la eficacia de los institutos religiosos para enderezar a la gente torcida. Lo que all aprendan, deca, era el arte de disimular sus resabios con formas hipcritas. En el mundo, en el mundo, en medio de las circunstancias es donde se corrigen los defectos, bajo una direccin sabia. Muy santo y muy bueno que al raquitismo se apliquen los reconstituyentes; pero doa Lupe opinaba que de nada valen estos si no van acompaados del ejercicio al aire libre y de la gimnasia, y esto era lo que ella quera aplicar, el mundo, la vida y al mismo tiempo principios. --vi-- Con las _Josefinas_ no tena Fortunata relacin alguna. Eran todas nias de cinco a diez o doce aos, que vivan aparte ocupando las habitaciones de la fachada. Coman antes que las otras en el mismo comedor, y bajaban a la huerta a hora distinta que las _Filomenas_. Toda la maana estaban las nias diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y plaidero que se oa en toda la casa. Por la tarde cantaban tambin la doctrina. Para ir a la iglesia, salan de su departamento procesionalmente, de dos en dos, con su pauelo negro a la cabeza, y se ponan a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas maestras. Como Fortunata haca cada da nuevas relaciones de amistad entre las _Filomenas_, debo mencionar aqu a dos de estas, quizs las ms jvenes, que se distinguan por la exageracin de sus manifestaciones religiosas. Una de ellas era casi una nia, de tipo finsimo, rubia, y tena muy bonita voz. Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado. Llambase Beln, y en el tiempo que all haba pasado dio pruebas inequvocas de su deseo de enmienda. Sus pecados no deban de ser muchos, pues era muy joven; pero fueran como se quiera, la chica pareca dispuesta a no dejar en su alma ni rastro de ellos, segn la vida de perros que llevaba, las atroces penitencias que haca y el frenes con que se consagraba a las tareas de piedad. Decase que haba sido corista de zarzuela, pasando de all a peor vida, hasta que una mano caritativa la sac del cieno para ponerla en aquel seguro lugar. Inseparable de esta era Felisa, de alguna ms edad, tambin de tipo fino y como de seorita, sin serlo. Ambas se juntaban siempre que podan, trabajaban en el mismo bastidor y coman en el propio plato, formando pareja indisoluble en las horas de recreo. La procedencia de Felisa era muy distinta de la de su amiguita. No haba pertenecido al teatro ms que de una manera indirecta, por ser doncella de una actriz famosa, y en el teatro tuvo tambin su perdicin. Llevola a las Micaelas doa Guillermina Pacheco, que la caz, puede decirse, en las calles de Madrid, echndole una pareja de Orden Pblico, y sin ms razn que su voluntad, se apoder de ella. Guillermina las gastaba as, y lo que hizo con Felisa habalo hecho con otras muchas, sin dar explicaciones a nadie de aquel atentado contra los derechos individuales. Si queran ver incomodadas a Felisa y Beln, no haba ms que hablarles de volver al mundo. De buena se haban librado! All estaban tan ricamente, y no se acordaban de lo que dejaron atrs ms que para compadecer a las infelices que an seguan entre las uas del demonio. No haba en toda la casa, salvo las monjas, otras ms rezonas. Si las dejaran, no saldran de la capilla en todo el da. Los largos ejercicios piadosos de las distintas pocas del ao, como octava de Corpus, sermones de Cuaresma, flores de Mara, les saban siempre a poco. Beln pona con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantara hasta morir. Ambas confesaban a menudo y hacan preguntas al capelln sobre dudas muy sutiles de la conciencia, parecindose en esto a los estudiantes aplicaditos que acorralan al profesor a la salida de clase para que les aclare un punto difcil. Las monjas estaban contentas de ellas, y aunque les agradaba ver tanta piedad, como personas expertas que eran y conocedoras de la juventud, vigilaban mucho a la pareja, cuidando de que nunca estuviese sola. Felisa y Beln, juntas todo el da, se separaban por las noches, pues sus dormitorios eran distintos. Las madres desplegaban un celo escrupuloso en separar durante las horas de descanso a las que en las de trabajo propendan a juntarse, obedeciendo las naturales atracciones de la simpata y de la congenialidad. Los lazos de afecto que unan a Fortunata con Mauricia eran muy extraos, porque a la primera le inspiraba terror su amiga cuando estaba en el _ataque_; enojbanla sus audacias, y sin embargo, algn poder diablico deba de tener la Dura para conquistar corazones, pues la otra simpatizaba con ella ms que con las dems y gustaba extraordinariamente de su conversacin ntima. Cautivbale sin duda su franqueza y aquella prontitud de su entendimiento para encontrar razones que explicaran todas las cosas. La fisonoma de Mauricia, su expresin de tristeza y gravedad, aquella palidez hermosa, aquel mirar profundo y acechador la fascinaban, y de esto proceda que la tuviese por autoridad en cuestiones de amores y en la definicin de la moral rarsima que ambas profesaban. Un da las pusieron a lavar en la huerta. Estaban en traje de _mecnica_, sin tocas, sintiendo con gusto el picor del sol y el fresco del aire sobre sus cuellos robustos. Fortunata hizo a su amiga algunas confidencias acerca de su prxima salida y de la persona con quien iba a casarse. No me digas ms, chica... te conviene, te conviene. Peines y peinetas! A doa Lupe la conozco como si la hubiera parido. Cuando la veas, pregntale por Mauricia la Dura, y vers cmo me pone en las nubes. Ah!, cunta guita le he llevado! A m me llaman la _dura_; pero a ella debieran llamarla la _apretada_. Chica, es as... (diciendo esto mostraba a su amiga el puo fuertemente cerrado). Pero es mujer de mucho caletre y que se sabe timonear. Qu te crees t? Tiene millones escondidos en el Banco y en el Monte. Digo! Si sabe ms que Cnovas esa ta. Al sobrino le he visto algunas veces. O que es tonto y que no sirve para nada. Mejor para ti; ni de encargo, chica. No podas pedir a Dios que te cayera mejor breva. T bien puedes hacer caso de lo que yo te diga, pues tengo yo mucha linterna... _amos_, que veo mucho. Crelo porque yo te lo digo: si tu marido es un _alilao_, quiere decirse, si se deja gobernar por ti y te pones t los pantalones, puedes cantar el aleluya, porque eso y estar en la gloria es lo mismo. Hasta para ser _mismamente_ honrada te conviene. En el vivo inters que este dilogo tena para las dos mujeres, a veces los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenan, y las manos enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada, que chillaba con los hervores del jabn. Puestas una frente a otra a los dos lados de la artesa, mirbanse cara a cara en aquellos cortos intervalos de descanso, y despus volvan con furor al trabajo sin parar por eso la lengua. Hasta para ser honrada--repiti Fortunata, echando todo el peso de su cuerpo sobre las manos, para estrujar el rollo de tela como si lo amasara--. De eso no se hable, porque hazte cuenta... yo, una vez que me case, honrada tengo que ser. No quiero ms belenes. --S, es lo mejor para vivir una... tan ancha--dijo Mauricia--. Pero a saber cmo vienen las cosas... porque una dice: esto deseo, y despus se pone a hacerlo y tras!, lo que una quera que saliera pez sale rana. T ests en grande, chica, y te ha venido Dios a ver. Puedes hacer rabiar al chico de Santa Cruz, porque en cuanto te vea hecha una persona decente se ha de ir a ti como el gato a la carne. Cretelo porque te lo digo yo. --Quita, quita; si l no se acuerda ya ni del santo de mi nombre. --_Paices_ boba, qu apuestas a que en cuanto te echen el Sacramento, pierde pie...? No conoces t el peine. --Vers cmo no pasa eso. --Qu apuestas? S, porque creers que ahora mismo no te anda rondando. Como si lo viera. Y me hars creer t a m que no piensas en l!... Cuando una est encerrada entre tanta cosa de religin, misa va y misa viene, sermn por arriba y sermn por abajo, mirando siempre a la custodia, respirando tufo de monjas, vengan luces y tira de incensario, _paice_ que le salen a una _de entre s_ todas las cosas malas o buenas que ha pasado en el mundo, como las hormigas salen del agujero cuando se pone el Sol, y la religin lo que hace es refrescarle a una la entendedera y ponerle el corazn ms tierno. Alentada por esta declaracin arrancose Fortunata a revelar que, en efecto, pensaba algo, y que algunas noches tena sueos extravagantes. A lo mejor soaba que iba por los portales de la calle de la Fresa y plan!, se le encontraba de manos a boca. Otras veces le vea saliendo del Ministerio de Hacienda. Ninguno de estos sitios tena significacin en sus recuerdos. Despus soaba que era ella la esposa y Jacinta la querida del tal, unas veces abandonada, otras no. La manceba era la que deseaba los chiquillos y la esposa la que los tena. Hasta que un da... me daba tanta lstima que le dije, digo: 'Bueno, pues tome usted una criatura para que no llore ms'. --Ay, qu salado!--exclam Mauricia--. Es buen golpe. Lo que una suea tiene su aquel. --Vaya unos disparates! Como te lo digo, me pareca que lo estaba viendo. Yo era la seora por delante de la Iglesia, ella por detrs, y lo ms particular es que yo no le tena tirria, sino lstima, porque yo para un chiquillo todos los aos, y ella... ni esto... A la noche siguiente volva a soar lo mismo, y por el da a pensarlo. Vaya unas papas! Qu me importa que _la_ Jacinta beba los vientos por tener un chiquillo sin poderlo conseguir, mientras que yo?... --Mientras que t los tienes siempre y cuando te d la gana. Dilo tonta, y no te acobardes. --Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podra volverlo a tener. --Claro! Y que no rabiar poco la otra cuando vea que lo que ella no puede, para ti es coser y cantar... Chica, no seas tonta, no te rebajes, no le tengas lstima, que ella no la tuvo de ti cuando te birl lo que era tuyo y muy tuyo... Pero a la que nace pobre no se la respeta, y as anda este mundo pastelero. Siempre y cuando puedas darle un disgusto, dselo, por vida del santsimo peine... Que no se ran de ti porque naciste pobre. Qutale lo que ella te ha quitado, y adivina quin te dio. Fortunata no contest. Estas palabras y otras semejantes que Mauricia le sola decir, despertaban siempre en ella estmulos de amor o desconsuelos que dormitaban en lo ms escondido de su alma. Al orlas, un relmpago glacial le corra por todo el espinazo, y senta que las insinuaciones de su compaera concordaban con sentimientos que ella tena muy guardados, como se guardan las armas peligrosas. --vii-- Sorprendidas por una monja en esta sabrosa conversacin que las haca desmayar en el trabajo, tuvieron que callarse. Mauricia dio salida al agua sucia, y Fortunata abri el grifo para que se llenara la artesa con el agua limpia del depsito de palastro. Creerase que aquello simbolizaba la necesidad de llevar pensamientos claros al dilogo un tanto impuro de las dos amigas. La artesa tardaba mucho en llenarse, porque el depsito tena poca agua. El gran disco que transmita a la bomba la fuerza del viento, estaba aquel da muy perezoso, movindose tan slo a ratos con indolente majestad; y el aparato, despus de gemir un instante como si trabajara de mala gana, quedaba inactivo en medio del silencio del campo. Ganas tenan las dos recogidas de seguir charlando; pero la monja no las dejaba y quiso ver cmo aclaraban la ropa. Despus las amigas tuvieron que separarse, porque era jueves y Fortunata haba de vestirse para recibir la visita de los de Rubn. Mauricia se qued sola tendiendo la ropa. Maximiliano dijo categricamente aquella tarde que por acuerdo de la familia y con asentimiento de la Superiora, en el prximo mes de Setiembre se dara por concluida la reclusin de Fortunata, y esta saldra para casarse. Las madres no tenan queja de ella y alababan su humildad y obediencia. No se distingua, como Beln y Felisa, por su ardiente celo religioso, lo que indicaba falta de vocacin para la vida claustral; pero cumpla sus deberes puntualmente, y esto bastaba. Haba adelantado mucho en la lectura y escritura, y se saba de corrido la doctrina cristiana, con cuya luz las Micaelas reputaban a su discpula suficientemente alumbrada para guiarse en los senderos rectos o tortuosos del mundo; y tenan por cierto que la posesin de aquellos principios daba a sus alumnas increble fuerza para hacer frente a todas las dudas. En esto hay que contar con la ndole, con el esqueleto espiritual, con esa forma interna y perdurable de la persona, que suele sobreponerse a todas las transfiguraciones epidrmicas producidas por la enseanza; pero con respecto a Fortunata, ninguna de las madres, ni aun las que ms de cerca la haban tratado, tenan motivos para creer que fuera mala. Considerbanla de poco entendimiento, docilota y fcilmente gobernable. Verdad que en todo lo que corresponde al reino inmenso de las pasiones, las monjas apenas ejercitaban su facultad educatriz, bien porque no conocieran aquel reino, bien porque se asustaran de asomarse a sus fronteras. Debe decirse que aquella tarde, cuando Maximiliano habl a su futura de prxima salida, los sentimientos de ella experimentaron un retroceso. Salir, casarse!... En aquel instante parecale su dichoso novio ms antiptico que nunca, y advirti con miedo que aquellas regiones magnficas de la hermosura del alma no haban sido descubiertas por ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicols Rubn, a pesar de haber rezado tanto y de haber odo _tantismos_ sermones. Porque lo que el capelln deca en el plpito era que debemos hacer todo lo posible para salvarnos, que seamos buenos y que no pequemos; tambin deca que se debe amar a Dios sobre todas las cosas y que Dios es _hermosismo_ en s y tal como el alma le ve; pero a ella se le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazn para el amor mundano, que este entra por los ojos o por la simpata, y no tiene nada que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los santos. De este modo caa por tierra toda la doctrina del cura Rubn, el cual entenda tanto de amor como de herrar mosquitos. En resumen, que los sentimientos de la prjima hacia su marido futuro no haban cambiado en nada. No obstante, cuando Maximiliano le dijo que ya tena elegida la casita que iba a alquilar y le consult acerca de los muebles que comprara, aquella presuncin o sentimiento de su hogar honrado despert en el nimo de Fortunata la dignidad de la nueva vida, se sinti impulsada hacia aquel hombre que la redima y la regeneraba. De este modo vino a mostrarse complacidsima con la salida prxima, y dijo mil cosas oportunas acerca de los muebles, de la vajilla y hasta de la batera de cocina. Despidironse muy gozosos, y Fortunata se retir con la mente hecha a aquel orden de ideas. Un hogar honrado y tranquilo!... Si era lo que ella haba deseado toda su vida!... Si jams tuvo aficin al lujo ni a la vida de aparato y perdicin!... Si su gusto fue siempre la oscuridad y la paz, y su maldito destino la llevaba a la publicidad y a la inquietud!... Si ella haba soado siempre con verse rodeada de un corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!... Si fue lanzada a la vida mala por despecho y contra su voluntad, y no le gustaba, no seor, no le gustaba!... Despus de pensar mucho en esto hizo examen de conciencia, y se pregunt qu haba obtenido de la religin en aquella casa. Si en lo tocante a prendarse de las guapezas del alma haba adelantado poco, en otro orden algo iba ganando. Gozaba de cierta paz espiritual, desconocida para ella en pocas anteriores, paz que slo turbaba Mauricia arrojando en sus odos una maligna frase. Y no fue esto la nica conquista, pues tambin prendi en ella la idea de la resignacin y el convencimiento de que debemos tomar las cosas de la vida como vienen, recibir con alegra lo que se nos da, y no aspirar a la realizacin cumplida y total de nuestros deseos. Esto se lo deca aquella misma claridad esencial, aquella _idea blanca_ que sala de la custodia. Lo malo era que en aquellas largas horas, a veces aburridas, que pasaba de rodillas ante el Sacramento, la faz envuelta en un gran velo al modo de mosquitero, la pecadora sola fijarse ms en la custodia, marco y continente de la sagrada forma, que en la forma misma, por las asociaciones de ideas que aquella joya despertaba en su mente. Y llegaba a creerse la muy tonta que la forma, _la idea blanca_, le deca con familiar lenguaje semejante al suyo: No mires tanto este cerco de oro y piedras que me rodea, y mrame a m que soy la verdad. Yo te he dado el nico bien que puedes esperar. Con ser poco, es ms de lo que te mereces. Acptalo y no me pidas imposibles. Crees que estamos aqu para mandar, verbi gracia, que se altere la ley de la sociedad slo porque a una marmotona como t se le antoja? El hombre que me pides es un seor de muchas campanillas y t una pobre muchacha. Te parece fcil que Yo haga casar a los seoritos con las criadas o que a las muchachas del pueblo las convierta en seoras? Qu cosas se os ocurren, hijas! Y adems, tonta, no ves que es casado, casado por mi religin y en mis altares?, y con quin!, con uno de mis ngeles hembras. Te parece que no hay ms que enviudar a un hombre para satisfacer el antojito de una corrida como t? Cierto que lo que a m me conviene, como t has dicho, es traerme ac a Jacinta. Pero eso no es cuenta tuya. Y supn que la traigo, supn que se queda viudo. Bah! Crees que se va a casar contigo? S, para ti estaba. Pues no se casara si te hubieras conservado honrada, _cuanti ms_, sosona, habindote echado tan a perder! Si es lo que Yo digo: parece que estis locas rematadas, y que el vicio os ha secado la mollera. Me peds unos disparates que no s cmo los oigo. Lo que importa es dirigirse a M con el corazn limpio y la intencin recta, como os ha dicho ayer vuestro capelln, que no habr inventado la plvora; pero, en fin, es buen hombre y sabe su obligacin. A ti, Fortunata, te mir con _indilugencia_ entre las descarriadas, porque volvas a M tus ojos alguna vez, y Yo vi en ti deseos de enmienda; pero ahora, hija, me sales con que s, sers honrada, todo lo honrada que Yo quiera, siempre y cuando que te d el hombre de tu gusto... Vaya una gracia!... Pero en fin, no me quiero enfadar. Lo dicho, dicho: soy infinitamente misericordioso contigo, dndote un bien que no mereces, deparndote un marido honrado y que te adora, y todava refunfuas y pides ms, ms, ms... Ved aqu por qu se cansa Uno de decir que s a todo... No calculan, no se hacen cargo estas desgraciadas. Dispone Uno que a tal o cual hombre se le meta en la cabeza la idea de regenerarlas, y luego vienen ellas poniendo peros. Ya salen con que ha de ser bonito, ya con que ha de ser Fulano y si no, no. Hijas de mi alma, Yo no puedo alterar mis obras ni hacer mangas y capirotes de mis propias leyes. Para hombres bonitos est el tiempo! Con que resignarse, hijas mas, que por ser cabras no ha de abandonaros vuestro pastor; tomad ejemplo de las ovejas con quien vivs; y t, Fortunata, agradceme sinceramente el bien inmenso que te doy y que no te mereces, y djate de hacer melindres y de pedir golleras, porque entonces no te doy nada y tirars otra vez al monte. Con que, cuidadito.... Cuando las recogidas, al retirarse, se quitaban el velo, las ms prximas a Fortunata notaron que esta se sonrea. --viii-- Es cosa muy cargante para el historiador verse obligado a hacer mencin de muchos pormenores y circunstancias enteramente pueriles, y que ms bien han de excitar el desdn que la curiosidad del que lee, pues aunque luego resulte que estas nimiedades tienen su engranaje efectivo en la mquina de los acontecimientos, no por esto parecen dignas de que se las traiga a cuento en una relacin verdica y grave. Ved, pues, por qu pienso que se han de rer los que lean aqu ahora que Sor Marcela tena miedo a los ratones; y no valdr seguramente aadir que el miedo de la cojita era grande, espantoso, ocasionado a desagradables incidentes y aun a derivaciones trgicas. Como ella sintiera en la soledad de su celda el bulle bulle del maldecido animal, ya no pegaba los ojos en toda la noche. Le entraba tal rabia, que no poda ni siquiera rezar, y la rabia, ms que contra el ratn, era contra Sor Natividad, que se haba empeado en que no hubiera gatos en el convento, porque el ltimo que all existi no participaba de sus ideas en punto al aseo de todos los rincones de la casa. En una de aquellas noches de Agosto le dio el diminuto roedor tanta guerra a la madrecita, que esta se levant al amanecer con la firmsima resolucin de cazarlo y hacer el ms terrible de los escarmientos. Era tan insolente el tal, que despus de ser da claro se paseaba por la celda muy tranquilo y miraba a Sor Marcela con sus ojuelos negros y pillines. Vers, vers--dijo esta subindose con gran trabajo a la cama, porque la idea de que el ratn se acercase a uno de sus pies, aunque fuera el de palo, causbale terror--, lo que es hoy no te escapas... djate estar, que ya te compondremos. Llam a Fortunata y a Mauricia, y en breves palabras las puso al corriente de la situacin. Ambas recogidas, particularmente la Dura, no queran otra cosa. O se apoderaban del enemigo, o no eran ellas quienes eran. Baj Sor Marcela a la iglesia, y las dos mujeres emprendieron su campaa. No qued trasto que no removieran, y para separar de su sitio la cmoda, que era pesadsima, estuvieron haciendo esfuerzos varoniles cosa de un cuarto de hora, no acabando antes porque la risa les cortaba las fuerzas. Por fin, tanto trabajaron que cuando Sor Marcela sali de la iglesia, una monja le dio la feliz noticia de que el ratn haba sido cogido. Subi la enana a su celda, y la algazara de las recogidas le anunciaba por el camino las diabluras de Mauricia, que tena el ratn vivo en la mano y asustaba con l a sus compaeras. Cost algn trabajo restablecer el orden y que Mauricia diese muerte a la vctima y la arrojase. Sor Marcela dispuso que le volviesen a poner los trastos de la celda lo mismo que estaban, y acabose el cuento del ratn. El da siguiente fue uno de los ms calurosos de aquel verano. En las habitaciones que caan al Medioda era imposible parar, porque faltaba el aire respirable. Donde quiera que daba el sol, el ambiente seco, quieto y abrasado tostaba. Ni aun las ramas ms altas de los rboles de la huerta se movan, y el disco de Parson, inmvil, miraba a la inmensidad como una pupila cuajada y moribunda. De doce a tres, se suspenda todo trabajo en la casa, porque no haba cuerpo ni espritu que lo resistiera. Algunas monjas se retiraban a su celda a dormir la siesta; otras se iban a la iglesia que era lo ms fresco de la casa, y sentadas en las banquetas, apoyando en la pared su espalda, o rezaban con somnolencia, o descabezaban un sueecillo. Las _Filomenas_ caan tambin rendidas de cansancio. Algunas se iban a sus dormitorios, y otras tendanse en el suelo de la sala de labores o de la escuela. Las monjas que las vigilaban permitan aquella infraccin a la regla, porque ellas tampoco podan resistir, y cerrando dulcemente sus ojos y arrullndose en un plcido arrobo, conservaban en las facciones, como una careta, el mohn de la maestra, cuya obligacin es mantener la disciplina. En la sala de escuela haba dos o tres grupos de mujeres sentadas en los bancos, con la cabeza y el busto descansando sobre las mesas. Algunas roncaban con estrpito. La monja se haba dormido tambin con la cabeza echada hacia atrs y la boca abierta. En una de las carpetas de estudio, dos recogidas velaban: una era Beln, que lea en su libro de rezos, y la otra Mauricia la Dura, que tena la cabeza inclinada sobre la carpeta, apoyando la frente en un puo cerrado. Al principio, su vecina Beln crey que rezaba, porque oy cierto murmullo y algn silabeo fugaz. Pero luego observ que lo que haca Mauricia era llorar. Qu tienes, mujer? le dijo Beln, alzndole a viva fuerza la cabeza. La pecadora no contest nada; mas la otra pudo observar que su rostro estaba tan baado en lgrimas como si le hubiesen echado por la frente un cubo de agua, y sus ojos encendidos y aquella grandsima humedad igualaban el rostro de Mauricia al de la Magdalena; as al menos lo vio Beln. Tantas preguntas le hizo esta y tanto cario le mostr, que al fin obtuvo respuesta de la pobre mujer desolada, que no pareca tener consuelo ni hartarse nunca de llorar. Qu he de tener, desgraciada de m?--exclam al fin bebindose sus lgrimas--, sino que hoy, sin saber por qu ni por qu no, me veo tal y como soy; soy mala, mala, ms que mala, y se me vienen al filo del pensamiento toditos los pecados que he cometido, desde el primero hasta el ltimo.... --Pues, hija--arguy Beln con aquel sonsonete que haba aprendido y que tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos insinuantes--, ten entendido que aunque tus crmenes fueran tantos como las arenas de la mar, Dios te los perdonar si te arrepientes de ellos. Or esto Mauricia y dar un gran berrido y soltar otra catarata de lgrimas fue todo uno. No, no, no--murmur luego entre sollozos tales que pareca que se ahogaba--. A m no me puede perdonar, a m no, porque he sido muy arrastrada, pero mucho, y cuanto pecado hay, chica, lo he cometido yo... Y si no, di uno, nmbrame el que quieras, y de seguro que lo tengo metido aqu.... --Qu cosas tienes, mujer--observ Beln muy apurada, acordndose de cuando fue corista y representndose con terror el escenario de la Zarzuela--; otras han hecho tambin pecados feos, pero los han llorado como t, y ctalas perdonadas. Mauricia tena un pauelo en la mano; pero con la humedad del lloro y del sudor era ya como una pelota. Amasbalo en la mano y se lo pasaba por la angustiada frente. Pero cmo te ha dado as... tan de repente?--dijo la otra confusa. Ah!, es que Dios toca en el corazn cuando menos lo piensa una. Llora, hija, desahgate, y no te asustes... Sabes lo que vas a hacer? Maana te confiesas... Puede que se te haya quedado algo por decir y confesar, porque siempre se queda algo sin saber cmo, y esos pozos son lo que ms atormenta... pues dilo todo, rebaa bien... As lo hice yo, y hasta que lo hice no tuve tranquilidad. Luego el perro de Satans me atormentaba por vengarse, y cuando empezaba la misa, a m me pareca que alzaban el teln, y cuando yo rompa a cantar, se me vena a la boca aquello de _El _ _ Siglo_, que dice: _'Somos figurines vivos...'_. Y un da por poco no lo suelto... Pillinadas del diablo; pero no poda conmigo ni con mi fe, y tanto hice que lo met en un puo, y ahora, que se atreva, a que no se atreve?... Llora, hija, llora todo lo que quieras, que Dios te iluminar y te dar su gracia. Ni por esas. Mientras ms consuelos le daba Beln, ms inconsolable estaba la otra, y ms caudaloso era el ro de sus lgrimas. Sor Antonia, la madre que gobernaba all, se despert, y para disimular su descuido, dio una fuerte voz, sin incomodarse mucho con las durmientes y aadiendo que haca un calor horrible. Un instante despus, Beln y la monja cuchichearon, sin duda a propsito de Mauricia a quien miraban. Tena Beln vara alta con las seoras, por su humildad y devocin y por la diligencia con que iba a contarles cuanto hacan y decan sus compaeras. Era domingo, y a las cuatro toda la comunidad entr en la iglesia donde haba ejercicio y sermn. Las _Filomenas_ ocuparon su sitio detrs de las monjas, unas y otras con los velos por la cabeza. Las _Josefinas_ permanecan en la habitacin que haca de coro. Beln y las damas cantoras entonaban inocentes romanzas, mientras dur el Manifiesto, en las cuales se deca que tenan el _pecho ardiendo en llamas de amor_ y otras candideces por el estilo. La que tocaba el _harmonium_ haca en los descansos unos ritornellos muy cursis. Pero a pesar de estas profanaciones artsticas, la iglesita estaba muy mona, como dira Manolita, apacible, misteriosa y relativamente fresca, inundada de la fragancia de las flores naturales. A Fortunata le toc al lado Mauricia. Cuenta la que despus fue seora de Rubn que en una ocasin que mir a su compaera, hubo de observar al travs del velo suyo y del de ella una expresin tan particular que se qued atnita. Mauricia, al entrar, lloraba; pero al cabo de un rato ms bien pareca rerse con contenida y satnica risa. Fortunata no pudo comprender el motivo de esto, y crey que la oscuridad del velo le desfiguraba la realidad de la cara de su pareja. Volvi a mirar con disimulo, haciendo que se volva para ahuyentar una mosca, y... ello podra ser ilusin, pero los ojos de Mauricia parecan dos ascuas. En fin, todo sera aprensin. Subi D. Len Pintado al plpito y ech un sermonazo lleno de los amaneramientos que el tal usaba en su oratoria. Lo que aquella tarde dijo habalo dicho ya otras tardes, y ciertas frases no se le caan de la boca. Tron, como siempre, contra los librepensadores, a quienes llam _apstoles del error_ unas mil y quinientas veces. Al salir de la iglesia, Fortunata ech, como de costumbre, una mirada al pblico, que estaba tras de la verja de madera, y vio a Maximiliano, que no faltaba ningn domingo a aquella amorosa cita muda. Le vio con simpata. Notaba gozosa que empezaban a perder valor ante sus ojos los defectos fsicos del apreciable joven. Si seran aquellos los brotes del amor por la hermosura del alma! Lo que ms consolaba a Fortunata era la esperanza cada da ms firme, porque el capelln se lo haba dicho no pocas veces en el confesonario, de que cuando se casase y viviese santamente con su marido a la sombra de las leyes divinas y humanas, le haba de amar; pero no as de cualquier modo, sino con verdadero calor y arranque del alma. Tambin le deca esto la forma, _la idea blanca_ encerrada en la custodia. --ix-- Llegada la noche, y recogidas las _Josefinas_ a su dormitorio, las madres permitieron que las _Filomenas_ estuvieran en la huerta hasta ms tarde de lo reglamentario, por ver si sala un poco de fresco. Eran ya las nueve, y la tierra abrasaba; el aire no se mova; las estrellas parecan ms prximas segn el fulgor vivsimo con que brillaban, y vease entre las grandes y medianas mayor nmero, al parecer, de las pequeitas, tantas, tantas que era como un polvo de plata esparcido sobre aquel azul intenssimo. La luna nueva se puso temprano, bajando al horizonte como una hoz, rodeada de aureola blanquecina que anunciaba ms calor para el da siguiente. Las recogidas formaban diferentes grupos sentadas en el suelo y en la escalera de madera que comunica el corredor principal con la huerta, y se quitaban las tocas para disminuir el calor de la piel. Algunas miraban el motor de viento que segua inmvil. Al borde del estanque que est al pie del aparato, haba tres mujeres, Fortunata, Felisa y doa Manolita, sentadas sobre el muro de ladrillo, gozando de la frescura del agua prxima. Aquel era el mejor sitio; pero no lo decan, porque el egosmo les haca considerar que si se enracimaban all todas las mujeres, el escaso fresco del agua se repartira ms y tocaran a menos. En el opuesto lado de la huerta, que era el sitio ms apartado y feo, haba un tinglado, bajo el cual se vean tiestos vacos o rotos, un montn de mantillo que pareca caf molido, dos carretillas, regaderas y varios instrumentos de jardinera. En otro tiempo hubo all un cubil, y en el cubil un cerdo que se criaba con los desperdicios; pero el Ayuntamiento mand quitar el animal de San Antn, y el cubil estaba vaco. Desde el anochecer se puso all Mauricia la Dura, sola, sobre el montn de mantillo; y como era el sitio ms caldeado, nadie la quiso acompaar. Alguna se le aproxim en son de burla; pero no pudo obtener de ella una sola palabra. Estaba sentada a lo moro, con los brazos cados, la cabeza derecha, ms napolenica que nunca, la vista fija enfrente de s con dispersin vaga ms bien de persona soadora que meditabunda. Pareca lela o quizs tena semejanza con esos penitentes del Hindostn que se estn tantsimos das seguidos mirando al cielo sin pestaear, en un estado medio entre la modorra y el xtasis. Ya era tarde cuando se le acerc Beln sentndosele al lado. La mir atentamente, preguntndole que qu haca all y en qu pensaba, y por fin Mauricia despleg sus labios de esfinge, y dijo estas palabras que le produjeron a Belencita una corriente fra en el espinazo: He visto a Nuestra Seora. --Qu dices, mujer, qu te pasa?--le pregunt la ex-corista con ansiedad muy viva. --He visto a la Virgen--repiti Mauricia con una seguridad y aplomo que dejaron a la otra como quien no sabe lo que le pasa. --T ests segura de lo que dices? --Oh!... As me muera si no es verdad. Te lo juro por estas cruces--dijo la iluminada con voz trmula, besndose las manos--. La he visto... baj por all, donde est el abanicn de la noria... Bajaba en mitad de una luz... cmo te lo dir?... de una luz que no te puedes figurar... de una luz que era, verbi gracia como las puras mieles... --Como las mieles!--repiti Beln no comprendiendo. --Pues... tan dulce que... Despus vino andando, andando hacia ac y se puso all, delantito. Pas por entre vosotras y vosotras no la veais. Yo sola la vea... No traa el nio Dios en brazos. Dio dos o tres pasitos ms y se par otra vez. Mira, ves aquella piedrecita?, pues all... y me estuvo mirando... Yo no poda respirar. --Y te dijo algo, te dijo algo?--pregunt Beln toda ojos, plida como una muerta. --Nada... pero lloraba mirndome... Se le caan unos lagrimones...! No traa nene Dios; _paica_ que se lo haban quitado. Despus dio la vuelta para all y volvi a pasar entre vosotras sin que la vierais, hasta llegar _mismamente_ a aquel rbol... All vi muchos angelitos que suban y bajaban corre que corre del tronco a las ramas y... --Y de las ramas al tronco...--Y despus... ya no vi nada... Me qued como ciega... quiere decirse, enteramente ciega; estuve un rato sin ver gota, sin poder moverme. Senta aqu, entre m, una cosa... --Como una pena...--Como pena no, un gusto, un consuelo... Se acerc entonces Fortunata, y ambas callaron. --Si estn de secreto, me voy. --Yo creo--dijo Beln, despus de una grave pausa--, que eso debes consultarlo con el confesor. Mauricia se levant y andando lentamente retirose a la habitacin donde dorma y tena su ropa. Creyeron las otras dos que se haba ido a acostar, y quedronse all haciendo comentarios sobre el extrao caso, que Beln transmiti a Fortunata con todos sus pelos y seales. Beln lo crea o afectaba creerlo, Fortunata no. Pero de pronto vieron que la Dura volva y se sentaba de nuevo sobre el montn de mantillo. Mirronla con recelo y se alejaron. De pronto son en la huerta un ah! prolongado y gozoso, como los que lanza la multitud en presencia de los fuegos artificiales. Todas las recogidas miraban al disco, que se haba movido solemnemente, dando dos vueltas y parndose otra vez. Aire, aire gritaron varias voces. Pero el motor no dio despus ms que media vuelta, y otra vez quieto. El vstago de hierro chill un instante, y las que estaban junto al estanque oyeron en lo profundo de la bomba una regurgitacin tenue. El cao escupi un salivazo de agua, y todo qued despus en la misma quietud chicha y desesperante. Beln se haba puesto a charlar por lo bajo con una monja llamada Sor Facunda, que era la marisabidilla de la casa, muy leda y escribida, bondadosa e inocente hasta no ms, directora de todas las funciones extraordinarias, camarera de la Virgen y de todas las imgenes que tenan alguna ropa que ponerse, muy querida de las _Filomenas_ y an ms de las _Josefinas_, y persona tan candorosa, que cuanto le decan, sobre todo si era bueno, se lo crea como el Evangelio. Basta decir en elogio de la _sancta simplicitas_ de esta seora, que en sus confesiones jams tena nada de qu acusarse, pues ni con el pensamiento haba pecado nunca; mas como creyera que era muy desairado no ofrecer nada absolutamente ante el tribunal de la penitencia, revolva su magn buscando algo que pudiera tener siquiera un tufillo de maldad, y se rebaaba la conciencia para sacar unas cosas tan sutiles y sin sustancia, que el capelln se rea para su sotana. Como el pobre D. Len Pintado tena que vivir de aquello, lo oa seriamente, y haca que tomaba muy en consideracin aquellos pecados tan superfirolticos que no haba cristiano que los comprendiera... Y la monja se pona muy compungida, diciendo que no lo volvera a hacer; y l, que era muy tuno, deca que s, que era preciso tener cuidado para otra vez, y que patatn y que patatn... Tal era Sor Facunda, dama ilustre de la ms alta aristocracia, que dej riquezas y posicin por meterse en aquella vida, mujer pequeita, no bien parecida, afable y cariosa, muy aficionada a hacerse querer de las jvenes. Llevaba siempre tras s, en las horas de recreo, un hato de nias precozmente msticas, preguntonas, rezonas y cuya conducta, palabras y entusiasmos pertenecan a lo que podra llamarse _el pavo_ de la santidad. Difcil es averiguar lo que pas en el cotarro que formaban Sor Facunda y sus amiguitas. Ello fue que Beln, temblando de emocin y con la cara ansiosa, dijo a la monja: Mauricia ha visto a la Virgen.... Y poco despus repetan las otras con indefinible asombro: Ha visto a la Virgen!. Sor Facunda, seguida de su escolta, se acerc a Mauricia, a quien mir un buen rato sin decirle palabra. Estaba la infeliz mujer en la misma postura morisca, la cabeza apoyada sobre las rodillas. Pareca llorar. Mauricia--le dijo en tono lacrimoso la monja, con aquella buena fe que en ella equivala a la gracia divina--. Porque hayas sido muy mala no vayas a creerte que Dios te niega su perdn. Oyose un gran bramido, y la reclusa mostr su cara inundada de llanto. Dijo algunas palabras ininteligibles y estropajosas, a las que Sor Facunda y compaa no sacaron ninguna sustancia. De repente se levant. Su rostro, a la claridad de la luna, tena una belleza grandiosa que las circunstantes no supieron apreciar. Sus ojos despedan fulgor de inspiracin. Se apret el pecho con ambas manos en actitud semejante a las que la escultura ha puesto en algunas imgenes, y dijo con acento conmovedor estas palabras: Oh mi seora!... te lo traer, te lo traer.... Echando a correr hacia la escalera con gran presteza, pronto desapareci. Sor Facunda habl con las otras madres. Cuando toda la comunidad, a la voz de la Superiora, se recoga abandonando la huerta y subiendo lentamente a las habitaciones (la mayor parte de las mujeres de mala gana, porque el calor de la noche convidaba a estar al aire libre), corri la voz de que la visionaria se haba acostado. Fortunata, que pocos das antes fue trasladada al dormitorio en que estaba Mauricia, vio que esta se haba acostado vestida y descalza. Acercose a ella y por su bronca respiracin crey entender que dorma profundamente. Mucho le daba qu pensar el singular estado en que su amiga se haba puesto, y esperaba que le pasara pronto, como otros _toques_ semejantes aunque de diverso carcter. Largo tiempo estuvo desvelada, pensando en aquello y en otras cosas, y a eso de las doce, cuando en el dormitorio y en la casa toda reinaban el silencio y la paz, not que Mauricia se levantaba. Pero no se atrevi a hablarle ni a detenerla, por no turbar el silencio del dormitorio, iluminado por una luz tan dbil que le faltaba poco para extinguirse. Mauricia atraves la estancia sin hacer ruido, como sombra, y se fue. Poco despus Fortunata senta sueo y se aletargaba; mas en aquel estado indeciso entre el dormir y el velar, crey ver a su compaera entrar otra vez en el dormitorio sin que se le sintieran los pasos. Metiose debajo de la cama, donde tena un cofre; revolvi luego entre los colchones... Despus Fortunata no se hizo cargo de nada, porque se durmi de veras. Mauricia sali al corredor, y atravesndolo todo, se sent en el primer peldao de la escalera. Te digo que me atrever.... Con quin hablaba? Con nadie, porque estaba enteramente sola. No tena ms compaa en aquella soledad que las altas estrellas. Qu dices?--pregunt despus como quien sostiene un dilogo--. Habla ms alto, que con el ruido del rgano no se oye. Ah!, ya entiendo... Estate tranquila, que aunque me maten, yo te lo traer. Ya sabrn quin es Mauricia la Dura, que no teme ni a Dios... Ja ja ja... Maana, cuando venga el capelln y bajen esas tas pasteleras a la iglesia, qu chasco se van a llevar!. Soltando una risilla insolente, se precipit por la escalera abajo. Qu demonios pasaba en aquel cerebro?... Entr por la puerta pequea que comunica el patio con el largo pasillo interior del edificio, y una vez all pas sin obstculo al vestbulo, tentando la pared porque la oscuridad era completa. Se le oa un cierto rechinar de dientes y algn monoslabo gutural que lo mismo pudiera ser signo de risa que de clera. Por fin lleg palpando paredes a la puerta de la capilla, y buscando la cerradura con las manos, empez a rasguar en el hierro. La llave no estaba puesta... Peines y peinetas, dnde estar la condenada llave! murmur con un rugido de hondsimo despecho. Prob a abrir valindose de la fuerza y de la maa. Pero ni una ni otra valan en aquel caso. La puerta del sagrado recinto estaba bien cerrada. Sigui la infeliz mujer exhalando gemidos, como los de un perro que se ha quedado fuera de su casa y quiere que le abran. Despus de media hora de intiles esfuerzos, desplomose en el umbral de la puerta, e inclinando la cabeza se durmi. Fue uno de esos sueos que se parecen al morir instantneo. La cabeza dio contra el canto como una piedra que cae, y la torcida postura en que quedaba el cuerpo al caer doblndose con violencia, fue causa de que el resuello se le dificultara, producindose en los conductos de la respiracin silbidos agudsimos, a los que sigui un estertor como de lquidos que hierven. Aletargada profundamente, Mauricia hizo lo que no haba podido hacer despierta, y prosigui la accin interrumpida por una puerta bien cerrada. Falt el hecho real, pero no la realidad del mismo en la voluntad. Entr, pues, la tarasca en la iglesia y all pudo andar sin tropiezo, porque la lmpara del altar daba luz bastante para ver el camino. Sin vacilar dirigi sus pasos al altar mayor, diciendo por el camino: Si no te voy a hacer mal ninguno, Diosecito mo; si voy a llevarte con tu mam que est ah fuera llorando por ti y esperando a que yo te saque... Pero qu?... no quieres ir con tu mamata... Mira que te est esperando... tan guapetona, tan maja, con aquel manto todito lleno de estrellas y los pies encima del _biricornio_ de la luna... Vers, vers, qu bien te saco yo, monn... Si te quiero mucho; pero no me conoces?... Soy Mauricia la Dura, soy tu amiguita. Aunque andaba muy aprisa, tardaba mucho tiempo en llegar al altar, porque la capilla, que era tan chica, se haba vuelto muy grande. Lo menos haba media legua desde la puerta al altar... Y mientras ms andaba, ms lejos, ms lejos... Lleg por fin y subi los dos, tres, cuatro escalones, y le causaba tanta extraeza verse en aquel sitio mirando de cerca la mesa aquella cubierta con finsimo y albo lienzo, que un rato estuvo sin poder dar el ltimo paso. Le entr una risa convulsiva cuando puso su mano sobre el ara sagrada... Quin me haba de decir?... oh, mi re--Dios de mi alma que yo... ji ji ji!.... Apart el Crucifijo que est delante de la puerta del sagrario, alarg luego el brazo; pero como no alcanzaba, alargbalo ms y ms, hasta que lleg a dolerle mucho de tantos estirones... Por fin, gracias a Dios, pudo abrir la puerta que slo tocan las manos ungidas del sacerdote. Levantando la cortinilla, busc un momento en el misterioso, santo y venerado hueco... Oh!, no haba nada. Busca por aqu, busca por all y nada... Acordose de que no era aquel el sitio donde est la custodia, sino otro ms alto. Subi al altar, puso los pies en el ara santa... Busca por aqu, por all... Ah!, por fin tropezaron sus dedos con el metlico pie de la custodia. Pero qu fro estaba, tan fro que quemaba. El contacto del metal llev por todo lo largo del espinazo de Mauricia una corriente glacial... Vacil. Lo cogera, s o no? S, s mil veces; aunque muriera, era preciso cumplir. Con exquisito cuidado, ms con gran decisin, empu la custodia bajando con ella por una escalera que antes no estaba all. Orgullo y alegra inundaron el alma de la atrevida mujer al mirar en su propia mano la representacin visible de Dios... Cmo brillaban los rayos de oro que circundan el viril, y qu misteriosa y plcida majestad la de la hostia pursima, guardada tras el cristal, blanca, divina y con todo el aquel de persona, sin ser ms que una sustancia de delicado pan! Con increble arrogancia Mauricia descenda, sin sentir peso alguno. Alzaba la custodia como la alza el sacerdote para que la adoren los fieles... Veis cmo me he atrevido?--pensaba--. No decas que no poda ser?... Pues pudo ser, qu peine!. Segua por la iglesia adelante. La pursima hostia, con no tener cara, miraba cual si tuviera ojos... y la sacrlega, al llegar bajo el coro, empezaba a sentir miedo de aquella mirada. No, no te suelto, ya no vuelves all... A casa con tu mam...! s? Verdad que el nio no llora y quiere ir con su mam?.... Diciendo esto, atrevase a agasajar contra su pecho la sagrada forma. Entonces not que la sagrada forma no slo tena ya ojos profundos tan luminosos como el cielo, sino tambin voz, una voz que la tarasca oy resonar en su odo con lastimero son. Haba desaparecido toda sensacin de la materialidad de la custodia; no quedaba ms que lo esencial, la representacin, el smbolo puro, y esto era lo que Mauricia apretaba furiosamente contra s. Chica--le deca la voz--, no me saques, vuelve a ponerme donde estaba. No hagas locuras... Si me sueltas te perdonar tus pecados, que son tantos que no se pueden contar; pero si te obstinas en llevarme, te condenars. Sultame y no temas, que yo no le dir nada a D. Len ni a las monjas para que no te rian... Mauricia, chica, qu haces...? Me comes, me comes...?. Y nada ms... Qu desvaro! Por grande que sea un absurdo siempre tiene cabida en el inconmensurable hueco de la mente humana. --x-- Por la maana tempranito, la Superiora y Sor Facunda se tropezaron al salir de sus respectivas celdas. Crame usted--dijo Sor Facunda--, algo hay de extraordinario. Consultar ahora mismo con D. Len. El caso de Mauricia debe de examinarse detenidamente. Sor Natividad, que era mujer de mucho entendimiento y estaba acostumbrada a los pueriles entusiasmos de su compaera, no hizo ms que sonrer con bondad. Hubiera dicho a Sor Facunda: qu tonta es usted, hija; pero no le dijo nada; y sacando un manojo de llaves se fue hacia el guardarropa. Pero en dnde est esa loca? pregunt despus. --No parece por ninguna parte--dijo Fortunata, que por orden de Sor Marcela haba bajado en busca de su amiga--. Arriba no est. En los dormitorios de las _Filomenas_ haba gran trfago. Todas se lavaban la cara y las manos, riendo por el agua, cuestionando sobre si t me quitaste la toalla o si esa es mi agua. Que no, que mi agua es esta. Otra sacaba de debajo de la cama un zoquete de pan y empezaba a comrselo. Ay, qu hambre tengo...!, con estos calores, cuidado que suda una; no se puede vivir... Y ponerse ahora la toca!. Sor Antonia entraba, impona silencio y les daba prisa. Oase el esquiln de la capilla. El sacristn se haba asomado varias veces por la reja de la sacrista que da al vestbulo diciendo sucesivamente: Todava no ha venido don Len... ya est ah D. Len... ya se est vistiendo. Oanse en la parte alta los pasos de toda la comunidad que iba hacia el templo a or la primera misa. Delante fueron las _Josefinas_, soolientas an y dando bostezos, empujndose unas a otras. Seguan las _Filomenas_ con cierto orden, las ms diligentes dando prisa a las perezosas. Donde hay muchas mujeres, tiene que haber ese rumor de colegio, que se hace superior a la disciplina ms severa. Entre chacota y risas se oa el rumorcillo aquel: Mauricia... no sabis? Vio anoche la propia figura de la Virgen. --Mujer, quita all.--Mi palabra... Pregntaselo a Beln. --Bah!, ni que furamos tontas... --La cara de la Virgen?... Vaya... Sera la de Nuestra Seora del Aguardiente. Pero Sor Facunda y las de su cotarro iban por la escalera abajo diciendo que el hecho poda ser falso, y poda tambin no serlo; y que el ser Mauricia muy pecadora no significaba nada, porque de otras muchsimo ms perversas se haba valido Dios para sus fines. Dijo la misa D. Len, que pareca _el padre fuguilla_ por la presteza con que despachaba. Haba sido cura de tropa, y a las monjas no les acababa de gustar la marcial diligencia de su capelln. Ms tarde celebraba don Hildebrando, cura francs de los de babero, el cual era lo contrario que Pintado, pues estiraba la misa hasta lo increble. Cuando la comunidad sala de la capilla, doa Manolita, que haba entrado de las ltimas, sofocada, se acerc a la Superiora y le dijo que Mauricia estaba en la huerta sobre el montn de mantillo. --Ya... en la basura--replic Sor Natividad frunciendo el ceo--; es su sitio. Bajaron las recogidas al refectorio a tomar el chocolate con rebanada de pan. Animacin mundana reinaba en el frugal desayuno, y aunque las monjas se esforzaban por mantener un orden cuartelesco, no lo podan conseguir. Ese plato es el mo. Dame mi servilleta... Te digo que es la ma... Vaya! Ay, San Antonio, qu duro est el pan!... Este s que es de la boda de San Isidro. --A callar! Algunas tenan un apetito voraz; se habran comido triple racin, si se la dieran. Inmediatamente despus empezaba a distribuirse toda aquella tropa mujeril, como soldados que se incorporan a sus respectivos regimientos. Estas bajaban a la cocina, aquellas suban a la escuela y saln de costura, y otras, quitndose las tocas y ponindose la falda de _mecnica_, se dedicaban a la limpieza de la casa. Estaba la Superiora hablando con Sor Antonia en la puerta de una celda, cuando lleg muy apurada una reclusa, diciendo: Le he mandado que venga y no quiere venir. Me ha querido pegar. Si no echo a correr...! Despus cogi un montn de aquella basura y me lo tir. Mire usted.... La recogida ense a las madres su hombro manchado de mantillo. Tendr que ir yo... Ay, qu mujer!... qu guerra nos da!--dijo la Superiora...--. Dnde est Sor Marcela? Que traiga la llave de la perrera. Hoy tendremos _chnchirri-mncharras_... Est ms tocada que nunca. Dios nos d paciencia. --Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo--indic Sor Antonia con franca risa y bizcando ms los ojos--, que Mauricia haba visto a la Virgen! La Superiora respondi a aquella risa con otra menos franca. Tres o cuatro _Filomenas_ de las ms hombrunas bajaron a la huerta con orden expresa de traer a la visionaria. --Pobre mujer y qu perdida se pone!--observ Sor Natividad dentro del corrillo de monjas que se iba formando--. Males de nervios, y nada ms que males de nervios. Y al decirlo, sus miradas chocaron con las de Sor Facunda, que se acercaba con semblante extraordinariamente afligido. Pero no ha consultado usted este caso con el seor capelln? le dijo. --S--replic Sor Natividad con un poco de humorismo--, y el capelln me ha dicho que la meta en la perrera. --Encerrarla porque llora!...--exclam la otra que en su timidez no se atreva a contradecir a la Superiora--. El caso mereca examinarse. --Para preverlo todo--indic la vizcana--, avisaremos tambin al mdico. --Y qu tiene que ver el mdico...? En fin, yo no s. Quien manda, manda. Pero me pareca... Ello podr ser cosa fsica; pero si no lo fuera? Si efectivamente Mauricia... No es que yo lo afirme; pero tampoco me atrevo a negarlo. Aquel llorar continuo, qu puede ser sino arrepentimiento? A saber los medios que el Seor escoge... Y se retir a su celda. Casi casi se dieron un encontronazo Sor Facunda alejndose y Sor Marcela que al corrillo se acercaba, dando balances y golpeando el suelo duramente con su pie de madera. Su semblante descompuesto por la ira estaba ms feo que nunca; con la prisa que traa apenas poda respirar, y las primeras frases le salieron de la boca desmenuzadas por el enojo: Ya, ya sabemos... San Antonio!... bribona... parece mentira... Ay, Dios mo!, si es para volverse loca.... Habl algunas palabras en voz muy baja con la Superiora, quien al orlas puso una cara que daba miedo. Yo... bien lo sabe usted...--balbuci Sor Marcela--, lo tena para mi mal del estmago... coac superior. --Pero esa maldita cmo...? Si esto parece... Jess me valga! Estoy horrorizada. Pero cundo...? --Es muy sencillo... hgase usted cargo. Anteayer, San Antonio bendito!, cuando estuvo en mi celda moviendo los trastos para coger el ratn. A la Superiora se le escap, sin poderlo remediar, una ligera sonrisilla; mas al punto volvi a poner cara de palo. Y la enana corri hacia donde estaban las recogidas, y lo mismo que dijera a Sor Natividad se lo repiti a Fortunata, sin poner un freno a su ira: Habrase visto diablura semejante?... Qu te parece? Estamos todas horripiladas!. Fortunata no dijo nada y se puso muy seria. Quizs no la coga de nuevo la declaracin de la monja. Obedeciendo a esta subi al dormitorio en busca de pruebas del nefando crimen imputado a su amiga. Ah tienen ustedes--deca la Superiora a las que ms cerca de ella estaban--, cmo esa arrastrada ha visto visiones... Ya!, qu no vera ella!... Pero no viene al fin? Yo le juro que no vuelve a hacernos otra. Es preciso ajustarle bien las cuentas.... La cojita se present otra vez en el corrillo mostrando la enorme llave de la perrera; la esgrima como si fuera una pistola, con amenaza homicida. Realmente estaba furiosa, y el topetazo de su pie duro sobre el suelo tena una violencia y sonoridad excepcionales. En esto lleg Fortunata trayendo una botella, que al punto le arrebat Sor Marcela. Vaca, enteramente vaca!--exclam esta levantndola en alto y mirndola al trasluz--. Y estaba casi llena, pues apenas.... Aplic despus su nariz chafada a la boca de la botella, diciendo con lastimera entonacin: No ha dejado ms que el olor... Bribonaza!, ya te dara yo bebida.... De la nariz de la coja pas el cuerpo del delito a la de Sor Natividad y de esta a otras narices prximas, resultando, de la apreciacin del tufo, mayor severidad en el comentario del crimen. Qu asco! Buen pechugn se ha dado...--exclam la Superiora--. Ya, cmo estar aquel cuerpo con todo ese lquido ardiente! Nunca nos haba pasado otra... La arreglaremos, la arreglaremos. Pero viene o no?. Bajaba ya, decidida a abreviar la tardanza del acto de justicia, cuando se oy un gran tumulto. Las tres mujeronas que haban ido en busca de la delincuente, pasaban de la huerta al patio por la puertecilla verde, huyendo despavoridas y dando voces de pnico. Son en dicha puerta el estampido de un fuerte cantazo. Que nos mata, que nos mata! gritaban las tres, recogiendo sus faldas para correr ms fcilmente por la escalera arriba. Asomronse las madres al barandal del corredor que sobre el patio caa, y vieron aparecer a Mauricia, descalza, las melenas sueltas, la mirada ardiente y extraviada, y todas las apariencias, en fin, de una loca. La Superiora, que era mujer de genio fuerte, no se pudo contener y desde arriba grit: Trasto... infame, si no te ests quieta, vers. Una pareja, una pareja de Orden Pblico apuntaron varias voces de monjas. --No... veris... Si yo me basto y me sobro...--indic la Superiora, haciendo alarde de ser mujer para el caso--. Lo que es conmigo no juega. Psose Mauricia de un salto en el rincn frontero al corredor donde las madres estaban, y desde all las mir con insolencia, sacando y estirando la lengua, y haciendo muecas y gestos indecentsimos. Tiorras, so tiorras! gritaba, e inclinndose con rpido movimiento, cogi del suelo piedras y pedazos de ladrillo, y empez a dispararlos con tanto vigor como buena puntera. Las monjas y las recogidas, que al sentir el alboroto salieron en tropel a los corredores del principal y del segundo piso, prorrumpieron en chillidos. Pareca que se vena el mundo abajo. Dios mo, qu bulla! Y a las exclamaciones de arriba responda la tarasca con aullidos salvajes. Unas se agachaban resguardndose tras el barandal de fbrica cuando vena la pedrada; otras asomaban la cabeza un momento y la volvan a esconder. Los proyectiles menudeaban, y con ellos las voces de aquella endemoniada mujer. Pareca una amazona. Tena un pecho medio descubierto, el cuerpo del vestido hecho girones y las melenas cortas le azotaban la cara en aquellos movimientos del hondero que haca con el brazo derecho. Su catadura les pareca horrible a las seoras monjas; pero estaba bella en rigor de verdad, y ms arrogante, varonil y napolenica que nunca. Sor Marcela intent bajar valerosa, pero a los tres peldaos cogi miedo y vir para arriba. Su cara filipina se haba puesto de color de mostaza inglesa. Vers t si bajo, infame diablo! era su muletilla; pero ello es que no bajaba. Por una reja de la sacrista que da al patio, asom la cara del sacristn, y poco despus la de D. Len Pintado. Dos monjas que estaban de turno en la portera se asomaron tambin por otra ventana baja; pero lo mismo fue verlas Mauricia que empezar tambin a mandarles piedras. Nada, que tuvieron que retirarse. Asustadas las infelices, quisieron pedir auxilio. En aquel instante llam alguien a la puerta del convento, y a poco entr una seora, de visita, que pas al saln, y enterndose de lo que ocurra, asomose tambin a la ventana baja. Era Guillermina Pacheco, que se persign al ver la tragedia que all se haba armado. En el nombre del...! Pero t!... Mauricia!... cmo se entiende?... qu haces?... ests loca?. La portera y la otra monja no la pudieron contener, y Guillermina sali al patio por la puerta que lo comunica con el vestbulo. Guillermina--grit Sor Natividad desde arriba--, no salgas... Cuidado... mira que es una fiera... Ah tienes, ah tienes la alhaja que t nos has trado... Retrate por Dios, mira que est loca y no repara... Hazme el favor de llamar a una pareja de Orden Pblico. --Qu pareja ni pareja?--dijo Guillermina incomodadsima--. Mauricia!... cmo se entiende! Pero no haba tenido tiempo de decirlo cuando una peladilla de arroyo le roz la cara. Si le da de lleno la descalabra. Jess!... Pero no, no es nada. Y llevndose la mano a la parte dolorida, clam: Infame, a m, a m me has tirado!. A usted, s, y a todo el gnero mundano--grit con voz tan ronca, que apenas se entenda--, so ta pastelera... Vyase pronto de aqu. Las monjas horrorizadas elevaban sus manos al Cielo; algunas lloraban. En esto, D. Len Pintado haba abierto con no poco trabajo la reja de la sacrista; salt al patio, nica manera de comunicarse con el convento desde la sacrista, y abalanzndose a Mauricia le sujet ambos brazos. Sultame, Len, capelln de peinetas! rugi la visionaria... Pero Pintado tena manos de hierro, aunque era de pocos nimos, y una vez lanzado al herosmo, no slo sujet a Mauricia, sino que le aplic dos sonoras bofetadas. La escena era repugnante. Tras el capelln sali tambin su aclito, y mientras los dos arreglaban a la Dura, las monjas, viendo sojuzgado al enemigo, arriesgronse a bajar y acudieron a Guillermina, que con el pauelo se restaaba la sangre de su leve herida. Con cierta tranquilidad, y ms risuea que enojada, la fundadora dijo a sus amigas: Cuidado que pasan unas cosas...! Yo vena a que me dierais los ladrillos y el cascote que os sobran, y mirad qu pronto me he salido con la ma... Nada, ponedla ahora mismo en la calle, y que se vaya a los quintos infiernos, que es donde debe estar. Ahora mismo. D. Len, no la maltrate usted dijo la Superiora. --Zngano!... mala pualada te mate!...--bramaba Mauricia, que ya tena pocas fuerzas y haba cado al suelo--. Un sacerdote pegando a una... seora! --Que le traigan su ropa--grit Sor Natividad--. Pronto, pronto. Me parece mentira que la ver salir... Mauricia ya no se defenda. Haba perdido su salvaje fuerza; pero su semblante expresaba an ferocidad y desorden mental. Luego se vio que desde el corredor alto tiraban un par de botas, luego un mantn... --Bajarlo, hijas, bajarlo--dijo desde el patio la Superiora, mirando hacia arriba y ya recobrada la serenidad con que daba siempre sus rdenes. Fortunata baj un lo de ropa, y recogiendo las botas, se lo dio todo a Mauricia, es decir, se lo puso delante. La espantosa escena descrita haba impresionado desagradablemente a la joven, que sinti profunda compasin de su amiga. Si las monjas se lo hubieran permitido, quizs ella habra aplacado a la bestia. Toma tu ropa, tus botas--le dijo en voz baja y en tono apacible--. Pero, hija, cmo te has puesto!... No conoces ya que has estado trastornada?. --Qutate de ah, pendoncillo... qutate o te... --Dejarla, dejarla--dijo la Superiora--. No decirle una palabra ms. A la calle, y hemos concluido. Con gran dificultad se levant Mauricia del suelo y recogi su ropa. Al ponerse en pie pareci recobrar parte de su furor. Que se te queda este lo. --Las botas, las botas. La tarasca lo recogi todo. Ya sala sin decir nada, cuando Guillermina la mir severamente. Pero qu mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia. Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes. --Pngase usted las botas--le grit la Superiora. --No me da la gana. Abur... Son todas unas judas pasteleras...! --Paciencia, hija, paciencia... necesitamos mucha paciencia--dijo Sor Natividad a sus compaeras, tapndose los odos. Se le franquearon todas las puertas, abrindolas de par en par y resguardndose tras las hojas de ellas, como se abren las puertas del toril para que salga la fiera a la plaza. La ltima que cambi algunas palabras con ella fue Fortunata, que la sigui hasta el vestbulo movida de lstima y amistad, y an quiso arrancarle alguna declaracin de arrepentimiento. Pero la otra estaba ciega y sorda; no se enteraba de nada, y dio a su amiga tal empujn, que si no se apoya en la pared cae redonda al suelo. Sali triunfante, echando a una parte y otra miradas de altivez y desprecio. Cuando vio la calle, sus ojos se iluminaron con fulgores de jbilo y grit: Ay, mi querida calle de mi alma!. Extendi y cerr los brazos, cual si en ellos quisiera apretar amorosamente todo lo que vean sus ojos. Respir despus con fuerza, parose mirando azorada a todos lados, como el toro cuando sale al redondel. Luego, orientndose, tir muy decidida por el paseo abajo. Era cosa de ver aquella mujerona descalza, desgarrada, melenuda, despidiendo de sus ojos fiereza, con un lo bajo el brazo y las botas colgando de una mano. Las pocas personas que por all pasaban, mirronla con asombro. Al llegar junto a los almacenes de la Villa, pas junto a varios chicos, barrenderos, que estaban sentados en sus carretillas con las escobas en la mano. Tuvironla ellos por persona de poco ms o menos y se echaron a rer delante de su cara napolenica. Vaya, que buena _curda_ te llevas, olee!.... Y ella se les puso delante en actitud arrogantsima, alz el brazo que tena libre y les dijo: Apstoles del error!. Prorrumpiendo al mismo tiempo en estpida risa, pas de largo. A los barrenderos les hizo aquello mucha gracia, y ponindose en marcha con las carretillas por delante y las escobas sobre ellas, siguieron detrs de Mauricia, como una escolta de burlesca artillera, haciendo un ruido de mil demonios y disparndole bala rasa de groseras e injurias. -VII- La boda y la luna de miel --i-- Por fin se acord que Fortunata saldra del convento para casarse en la segunda quincena de Setiembre. El da sealado estaba ya muy prximo, y si el pensamiento de la reclusa no se haba familiarizado an de una manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tena duda de que le convena casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la Providencia nos toca. En las ltimas visitas, Maxi no hablaba ms que de la proximidad de su dicha. Contole un da que ya tena tomada la casa, un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su ta; otro la entretuvo refirindole pormenores deliciosos de la instalacin. Ya se haban comprado casi todos los muebles. Doa Lupe, que se pintaba sola para estas cosas, recorra diariamente las almonedas anunciadas en _La Correspondencia_, adquiriendo gangas y ms gangas. La cama de matrimonio fue lo nico que se tom en el almacn; pero doa Lupe la sac tan arreglada, que era como de lance. Y no slo tenan ya casa y muebles, sino tambin criada. Torquemada les recomend una que serva para todo y que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada. Bien poda decirse de ella que era tambin ganga como los muebles, porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrbase Patricia, pero Torquemada la llamaba _Patria_, pues era hombre tan econmico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escriba. Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entr en el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban empeadas quedaron en poder del joven, que hizo propsito de liberar aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya poda anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva casa, encontrara en ella las prendas de vestir y de adorno que la infeliz haba arrojado al mar el da de su naufragio. Por cierto que las alhajas le haban gustado mucho a doa Lupe por lo ricas y elegantes, y del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sera una pieza esplndida. Esto le llev naturalmente a hablar de la herencia. Ya haba cogido su parte, y con un pico que recibi en metlico haba redimido las prendas empeadas. Ya era propietario de inmuebles, y ms vala esto que el dinero contante. Y a propsito de la herencia, tambin le cont que entre su hermano mayor y doa Lupe haban surgido ruidosas desavenencias. Juan Pablo emple toda su parte en pagar las deudas que le devoraban y un descubierto que dejara en la administracin carlista. No bastndole el caudal de la herencia, haba tenido el atrevimiento de pedir prestada una cantidad a doa Lupe, la cual se vol y le dijo tantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde entonces no se hablaban ta y sobrino, y este se haba ido a vivir con una querida. Y viva la moralidad! Y tradicionalista me soy!. Charlaron otro da de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas. Como que del balcn del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del Depsito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila, poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y slo haba principal y segundo. A tantas ventajas se una la de estar todo muy a la mano: debajo carbonera, a cuatro pasos carnicera, y en la esquina prxima tienda de ultramarinos. No poda olvidrseles el importante asunto de la carrera de _Rubinius vulgaris_. A mediados de Setiembre se haba examinado de la nica clase que le faltaba para aprobar el ltimo ao, y lo ms pronto que le fuera posible tomara el grado. Desde luego entrara de practicante en la botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se mora, la viuda tendra que confiar a dos licenciados la explotacin de la farmacia. Maxi entrara seguramente de segundo, con el tiempo llegara a ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba bien y el porvenir les sonrea. Estas cosas daban a Fortunata alegra y esperanza, avivando los sentimientos de paz, orden y regularidad domstica que haban nacido en ella. Con ayuda de la razn, estimulaba en su propia voluntad la direccin aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro. Dos das antes de la salida, confes con el padre Pintado; expurgacin larga, repaso general de conciencia desde los tiempos ms remotos. La preparacin fue como la de un examen de grado, y el capelln tomo aquel caso con gran solicitud y atencin. All donde la penitente no poda llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tena nada de gazmoo, la confesin concluy por ser un dilogo de amigos. Diole consejos sanos y prcticos, hzole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden humorstico, la perdicin que trae a la criatura el dejarse mover de los sentidos, y le pint las ventajas de una vida de continencia y modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos. Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofa utilitaria, don Len demostr a su penitente que el portarse bien es siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompaado de triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles. Hgase usted la cuenta--le dijo tambin--, de que es otra mujer, de que se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algn da por ah a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la perdicin, figrese que son fantasmas, sombras, as como suena, y no las mire siquiera. Por fin, encomendole la devocin de la Santsima Virgen, como un ejercicio saludable del espritu y una predisposicin a las buenas acciones. La penitente se qued muy gozosa, y el da que hizo la comunin se observ con una tranquilidad que nunca haba tenido. La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se ech a llorar. Sus compaeras Beln y Felisa le dieron besos, regalronle estampitas y medallas, asegurndole que rezaran por ella. Doa Manolita mostrose envidiosa y desconsolada. Ella tambin saldra, pues slo estaba all por equivocacin; pronto se haban de ver claras las cosas, y el asno de su marido vendra a pedirle perdn y a sacarla de aquel encierro. Sor Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las dems madres mostrronse muy afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les haban dado menos que hacer. Despidironla con sentimiento de verla salir; pero dndole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusin haba tenido. En la sala esperaban Maximiliano y doa Lupe, que la recogieron y se la llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como ella no tena en Madrid parientes, al menos conocidos, doa Lupe no vio solucin mejor al problema de alojamiento. La boda se verificara el lunes 1. de Octubre, dos das despus de la salida de las Micaelas. Senta la seora de Juregui el goce inefable del escultor eminente a quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que sepa. Sus aptitudes educativas tenan ya materia blanda en quien emplearse. De una salvaje _en toda la extensin de la palabra_, formara una seora, hacindola a su imagen y semejanza. Tena que ensearle todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras ms pobreza de educacin revelaba la alumna, ms gozaba la maestra con las perspectivas e ilusiones de su plan. Aquella misma maana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasin, con tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a aplicar sus enseanzas. No se dice _armejas_ sino _almejas_. Hija, hay que irse acostumbrando a hablar como Dios manda. Quera doa Lupe que Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al pelo su obligacin. Destinsele una habitacin contigua a la alcoba de la seora, y que le serva a esta de guardarropa. Haba all tantos cachivaches y tanto trasto, que la huspeda apenas poda moverse; pero dos das se pasan de cualquier manera. Durante aquellos dos das, hallbase la joven muy cohibida delante de la que iba a ser su ta, porque esta no bajaba del trpode ni cesaba en sus correcciones; y rara vez abra la boca Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la pronunciacin, ya a la manera de conducirse, mostrndose siempre autoritaria, aunque con estudiada suavidad. En los conventos--deca--, se corrigen muchos defectos; pero tambin se adquieren modales encogidos. Sultese usted, y cuando salude a las visitas, hgalo con serenidad y sin atropellarse. Estas cosas ponan a Fortunata de mal humor, y su encogimiento creca. Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emancipara de aquella tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque adems doa Lupe le pareca mujer de gran utilidad, que saba mucho y aconsejaba algunas cosas muy puestas en razn. Molestaban a Fortunata las visitas que, segn ella, slo iban por curiosear. Doa Silvia no haba podido resistir la curiosidad y se plant en la casa el mismo da en que la novia sali del convento. Al otro da fue Paquita Morejn, esposa de D. Basilio Andrs de la Caa, y ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura resultole afectada, como de personas ordinarias que se empean en no parecerlo. Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se les lea este pensamiento: Vaya una ganga la de usted!. La seora de D. Basilio repiti la visita el segundo da. Iba vestida de pingajos de seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hzose muy pegajosa; quera intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de expresar las deficiencias de la misma en el orden moral. Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llev su hermano. Doa Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban despus de la marimorena que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia, Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creerase que intentaba hacer rabiar a su ta, concediendo su benevolencia a la persona de quien aquella haba dicho tantas perreras. Durante la visita, que no fue breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo atontada y no sabiendo qu decir para sostener la conversacin con un hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un fuerte apretn de manos, dicindole que asistira a la boda. Luego fueron ta y sobrina a ver la casa matrimonial. Doa Lupe le mostr uno por uno los muebles, hacindole notar lo buenos que eran, y que su colocacin, dispuesta por ella, no poda ser ms acertada. El juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribucin dbalo ya por anticipado doa Lupe, de modo que la otra no tuviese que decir ms que s... verdad.... De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se ocuparon en disponer varias cosas para el da siguiente. Maximiliano haba ido a invitar a algunos amigos, y doa Lupe sali tambin diciendo que volvera antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a hacer en su vestido de gro negro, que haba de lucir en la ceremonia, ciertos arreglos de escasa importancia. No tena ms compaa que la de Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la seorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal causa de la estupefaccin de la chiquilla, y habra dado esta un dedo de la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de contemplarla, llenndose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda, aunque slo fuera para lo ms insignificante. En esto llamaron a la puerta; corri a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura. --ii-- El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la inexplicable mescolanza de terror y atraccin prodjose en aquel instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infunda miedo y al propio tiempo una simpata irresistible y misteriosa, cual si le sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su corazn. Mir a su amiga sin hablarle, y esta se le acerc sonriendo, como si quisiera decir: Lo que menos esperabas t era verme aqu ahora.... --De veras eres t...? Y observ que Mauricia traa unos zapatos muy bonitos de cuero amarillo, atados con cordones azules terminados en madroos. --Y qu bien calzada!... --Qu te creas t? Despus le mir la cara. Estaba muy plida; los ojos parecan ms grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo la ceja recta y negra. La nariz pareca de marfil, la boca ms acentuada y los dos pliegues que la limitaban ms enrgicos. Todo el semblante revelaba melancola y profundidad de pensamiento, al menos as lo consider Fortunata sin poder expresar por qu. Traa Mauricia un mantn nuevo y a la cabeza un pauelo de seda de fajas azul-turqu y rojo vivo, delantal de cuadritos y falda de tartn, y en la mano un bulto atado con un pauelo por las cuatro puntas. No est doa Lupe? dijo sentndose sin ninguna ceremonia. --Ya le he dicho que no--replic Papitos con mal modo. --No te he preguntado a ti, refistolera, mtome-en-todo. Lrgate a tu cocina, y djanos en paz. Papitos se fue refunfuando. --Qu traes por aqu?--le pregunt Fortunata, que desde que la vio entrar, senta palpitaciones muy fuertes. --Pues nada... Estoy otra vez corriendo prendas, y aqu traigo unos mantones para que los vea esa ta pastelera... --Qu manera de hablar! Corrgete, mujer... Te has olvidado ya de la que hiciste en el convento? Vaya un escndalo! Lo sent mucho por ti. Aquel da me puse mala. --Chica, no me hables... Vaya, que me trastorn de veras. Pero una tentacin cualquiera la tiene. Y qu, dije muchas barbaridades? Yo no me acuerdo. No estaba en m, no saba lo que haca. Slo me acuerdo de que vi a la Pura y Limpia, y despus quise entrar en la iglesia y coger al Santsimo Sacramento... so que me coma la hostia... Nunca me ha dado un toque tan fuerte, chica... Qu cosas se le ocurren a una cuando se sube el mengue a la cabeza! Cremelo porque yo te lo digo: cuando se me seren el sentido, estaba abochornada... El nico a quien guardaba rencor era al to capelln. Me lo hubiera comido a bocados. A las seoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdn; pero por el aquel de la _dinid_ no fui. Lo que ms me escoca era haberle tirado un ladrillazo a doa Guillermina. Esto s que no me lo paso, no me lo paso... Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle, se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ves?, y que todava cuenta hacer algo por m. --Es que eres atroz...--le dijo Fortunata--. Si no te quitas ese vicio, vas a parar en mal. --Quita, mujer, y no me digas nada... Pues si desde que sal de las Micaelas no he vuelto a catarlo... Soy ahora, como quien dice, otra. No quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien; pero a persona decente no me gana nadie ahora. Cretelo porque yo te lo digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, t lo has de ver... Y pasando a otra cosa, ya s que te casas maana. --Por dnde lo has sabido? --Eso, ac yo... Todo se sabe--replic la Dura con malicia--. Vaya, que te ha cado la lotera. Yo me alegro, porque te quiero. En esto Mauricia se inclin bruscamente y recogi del suelo un objeto pequeo. Era un botn. Buen agero, mira--dijo mostrndolo a Fortunata--. Seal de que vas a ser dichosa. --No creas en brujeras.--Que no crea?... _Paices_ boba. Cuando una se encuentra un botn, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el botn es como este, blanco y con cuatro _ujeritos_, buena seal; pero si es negro y con tres, mala. --Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de veces. Ahora vas a estar en grande. Sabes una cosa? Dijo esto ltimo con tal intencin, que Fortunata, cuya ansiedad creca sin saber por qu, vio tras el _sabes una cosa_ una confidencia de extraordinaria gravedad. --Qu?--Que te quemas.--Cmo que me quemo? --Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las cosas claras, verdad?, pues all va. Volvi de Valencia muy bueno y muy enamoradito de ti. Lo que yo te deca, chica, lo mismo fue enterarse de que estabas en las Micaelas hacindote la catlica, que se le encendi el celo, y todas las tardes pasaba por all en su _featn_. Los hombres son as: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y candados, eso, eso es lo que se les antoja. --Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--. No me vengas con cuentos. --T lo has de ver.--Cmo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas cosas... Mauricia se ech a rer con aquel desparpajo que a su amiga le pareca el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal risa, brotaba esta frase que a Fortunata le pona los pelos de punta: Te lo digo?... te lo digo?. --Pero qu? Se miraron ambas. Dentro de los cncavos y amoratados huecos de los ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pjaro cazador. Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya, que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a caer... Como que ya has metido la patita dentro. --Yo...?--S... t. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha. --Bah!... no digas desatinos--replic Fortunata, queriendo echrselas de valiente. Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba arreglando. Como lo oyes, chica... All le tienes. Desde que entres en tu casa, le sentirs la respiracin. --Quita, quita... no quiero orte. --Si sabr yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que he estado hablando con l en casa de una amiga. Si no caes en la trampa, creo que el pobrecito revienta... tan dislocado est por ti. --El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mo a esta mano; de modo que... No me vuelvas loca... --Lo ha tomado por cuenta de l una que llaman Cirila... T no la conoces; yo s: ha sido tambin corredora de alhajas y tuvo casa de huspedes. Est casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu seor me le ha colocado en el tren. Fortunata sinti que se congestionaba. Su cabeza arda. Vaya, todo eso es cuento... Piensas que me voy a creer esas bolas?... Como no se acuerde l de m...!, ni falta. --T lo has de ver. Ay qu chico! Da pena verle... loquito por ti... y arrepentido de la partida serrana que te jug. Si la pudiera reparar, la reparara. Cretelo porque yo te lo digo. En esto entr Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la seorita, pero realmente con el nico objeto de curiosear. Lo mismo fue verla Mauricia que echarle los tiempos del modo ms desptico. Mira, chiquilla, si no te largas, vers. La amenaz con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada; pero la mona se le rebel, chillando as: No me da la gana... Y a usted qu?... Ma esta!.... Fortunata le dijo: Papitos, vete a la cocina, y obedeci la rapaza, aunque de muy mala gana. Pues yo...--prosigui Fortunata--, si es verdad, le dir a mi marido que tome otra casa. --Tendras que cantarle el motivo. --Se lo cantar... vaya.--Bonita escandalera armaras... Nada, hija, que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y pum!... dem de lienzo. --Pues ea... no me casar--dijo la novia en el colmo ya de la confusin. --Quia! Por tonta que te quieras volver, no hars tal... Crees que esas brevas caen todos los das? Que se te quite de la cabeza... Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la _comenencia_. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La que tiene un peine de marido, tiene bula para todo. Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en la mano. Qu miras?--dijo la Dura inclinndose--. Ah!, otro botn... y este es negro, con tres _ujeros_... Mala seal, chica. Esto quiere decir que si no te casas, mereces que te azoten. Recogiendo el botn, lo miraba de cerca. Anocheca, y la sala se iba quedando a oscuras. Poco despus Fortunata vea slo el bulto de su amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba que se marchase, sino que hablara ms y ms del mismo temeroso asunto. Te digo que no me caso repiti la joven, sintiendo que se renovaba en su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubn. Y las ideas tan trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente. Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la razn, se resquebrajaba como si le temblara el suelo. El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una puerta aqu, otra all.... --Lo que te digo, una patita en la trampa; slo te falta meter la otra. Y rompi a rer de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata le agradaba, cosa extraa, despertando en su alma instintos de dulce perversidad. Nada, yo no me caso, que no me caso, ea!--declar la novia levantndose y dando pasos de aqu para all, cual si movindose quisiera infundirse la energa que le faltaba. --Como lo vuelvas a decir...--aadi Mauricia haciendo un gesto de burlesca amenaza--. Piensas que una ganga como esta se encuentra detrs de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran verse otras. Y para acabar, chica, csate, y haz por no caer en la trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio: Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la oblig a sentarse otra vez a su lado. Nada, te casas... porque casarte es tu salvacin. Si no, vas a andar de mano en mano hasta la consuncin de los siglos. T no seas boba; si quieres ser honrada, _serlo_, hija. Descuida, que no te pondrn un pual al pecho para que peques. --Pues s--dijo Fortunata animndose--, qu me importa a m la trampa? Como yo no quiera caer... --Claro... El otro ah junto... pues que le parta un rayo. A ti qu? T di soy honrada, y de ah no te saca nadie. A los pocos das le dices a tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomis otra. --Di que s... tomamos otra, y se acab la trampa--observ la novia tomando en serio los consejos de su amiga. --Verdad que l no se acobardar, y a donde vayas, l detrs. Creme que est loco, Y te digo ms. La criada que tienes, esa Patricia que le recomend a doa Lupe el seor de Torquemada, est vendida. --Vendida!... Ah!...--exclam Fortunata con nuevo terror--. Mira t por qu esa mujer no me gust cuando la vi esta maana. Es muy adulona, muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentn... Pues nada, le dir a mi marido que no me gusta, y maana mismo la despido. --Eso... y viva el _caraiter_. T mira bien lo que te digo: siempre y cuando quieras ser honrada, _serlo_; pero dejarte de casar, dejar de casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma. Fortunata pareca recobrar la calma con esta exhortacin de su amiga, expresada de una manera cariosa y fraternal. Otra cosa se me ocurre--indic luego con la alegra del nufrago que ve flotar una tabla cerca de s--. Le dir a mi marido que estoy mala y que me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia. --Pueblo!... Y qu vas a hacer t en un pueblo?--dijo Mauricia con expresin de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su hija--. Mira t, y crelo porque yo te lo digo: ms difcil es ser honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay ms que dos o tres sujetos finos y siempre les ests viendo, qu peine!, acabas por encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el mdico y si no el juez, si lo hay, te hacen tiln, y no quiero decirte nada. En ltimo caso, tanto te aburres, que te da un _toque_ y caes con el seor cura... --Quita, quita, qu asco! --Pues chica, no pienses en salir de Madrid--agreg la tarasca cogindola por un brazo, atrayndola a s y sentndola sobre sus rodillas--. Hija de mi vida, a quin quiero yo? A ti nada ms. Lo que yo te diga es por tu bien. Djate llevar; csate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar, pasa... Deja correr y haz caso de m, que te he tomado cario y soy _mismamente_ como tu madre. Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunci que se aproximaba doa Lupe. Cuando esta penetr en la sala, ya saba por Papitos quin estaba all. --En dnde est esa loca?--entr diciendo--. Pero qu oscuridad! No veo gota. Mauricia... --Aqu estoy, mi seora doa Lupe. Ya nos podan traer una luz. Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora: Qu traes por ac? Cunto tiempo...! Y qu tal? Te has enmendado? Porque el padre Pintado le cont a Nicols horrores de ti.... --No haga caso, seora. D. Len es muy fabulista y boquea ms de la cuenta. Fue un pronto que tuve. --Vaya unos prontos!... Y qu traes ah? Entr Fortunata con la lmpara encendida, y la tarasca empez a mostrar mantones de Manila, un tapiz japons, una colcha de malla y felpilla. Mire, mire qu primores. Este paoln es de la se marquesa de Tellera. Lo da por un pedazo de pan. Anmese, seora, para que haga un regalo a su sobrina, el da de maana, que as sea el _escomienzo_ de todas las felicidades. --Quita all!... ni para qu quiere esta mantones. Buenos estn los tiempos! Y qu precio?... Cincuenta duros! Ajaj... qu gracia! Los tengo yo del propio Senqu, mucho ms floreados que ese y los doy a veinticinco. --Quisiera verlos... Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aqu mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he querido dar... Mire, por estas cruces. Y haciendo la cruz con dos dedos, se la bes. --A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones.... --Pero no sern como este.--Mejores, cien veces mejores... Pero me alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo corras. Y siguieron picoteando de este modo hasta que entr Maximiliano, y doa Lupe mand sacar la sopa. El novio, enterndose de que haba visita en la sala, acercose despacito a la puerta para ver quin era. Es Mauricia le dijo su prometida salindole al encuentro. Ambos se fueron al comedor, esperando all a que su ta despachase a la corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por temor de que dijese algo que la pudiera comprometer. --iii-- Maximiliano habl a su futura de las invitaciones que haba hecho, y ella le oa como quien oye llover; mas no repar el joven en esta distraccin por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista, quera hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratbala con aquellos miramientos que impone el pudor ms exquisito. No se decida ni a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas despus de recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias con la falsa ilusin de no habrselas hecho antes. Mientras coman, Fortunata se sinti anegada en tristeza, que le costaba trabajo disimular. Inspirbale el prximo estado tanto temor y repugnancia, que le pas por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo: No me llevan a la Iglesia ni atada. Doa Lupe, que gustaba tanto de hacer papeles y de poner en todos los actos la correccin social, no quera que los novios se quedasen solos ni un momento. Haba que emplear una ficcin moral como tributo a la moral misma y en prueba de la importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones. Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una Magdalena, y ponase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y el remedio de la devocin a la Santsima Virgen. Durmiose al fin rezando, y so que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despert sobresaltada, diciendo: Esto no es lo convenido. En el delirio de su febril insomnio, pens que D. Len la haba engaado y que la Virgen se pasaba al enemigo, Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro y tanta Ave Mara.... Por la maana rease de aquellos disparates, y sus ideas fueron ms reposadas. Vio claramente que era locura no seguir el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. Hala!, honrada a todo trance. Ya me defender de cuantas trampas se me quieran armar. Doa Lupe dej las ociosas plumas a las cinco de la maana cuando an no era de da, y arranc de la cama a Papitos, tirndole de una oreja, para que encendiera la lumbre. Flojita tarea la de aquel da; un almuerzo para doce personas! Llam a Fortunata para que se fuera arreglando, y acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el cesto ms grande que en la casa haba. Lo que doa Lupe llamaba el _menudo_ era excelente: riones salteados, sesos, merluza o pajeles, si los haba, chuletas de ternera, filete a la inglesa... Esto corra de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometi a hacer una paella. A las ocho ya estaba doa Lupe de vuelta, y pareca una plvora; tal era su actividad. Como que a las diez deban ir a la Iglesia. Pero no, no ir, porque si voy, de fijo me hace Papitos algn desaguisado. La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidi la seora a asistir a la ceremonia. Psose la novia su vestido de seda negro, y doa Lupe se empe en plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que s, que no. Pero la seora de D. Basilio haba trado el ramo y no se la poda desairar. Como que era el mismo ramo que ella se haba puesto el da de su boda. Fortunata estaba guapsima, y Papitos buscaba mil pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque slo fuera un instante. Esta s que no tiene algodn en la delantera pensaba. La de Juregui se puso su _visita_ adornada con abalorio, y doa Silvia se present con pauelo de Manila, lo que no agrad mucho a la viuda, porque pareca boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y en ella un alfiler con magnfica perla que haba sido de la marquesa de Casa-Bojo. El bastn de roten y las enormes rodilleras de los calzones le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorstico y tena una baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba diciendo: Hace un polvo atroz. Aquel da haca mucho calor y sequedad, motivo sobrado para que mi hombre se luciera: Vaya una nevada que est cayendo!. Estas gracias slo las rean doa Silvia y doa Lupe. Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel da se puso por primera vez. Extraaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo vea en la sombra, parecale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de casa, crea que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de chisteras, la ms notable era la de D. Basilio Andrs de la Caa, que lo menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al sombrero por el lustre que tena. Nicols Rubn presentose menos desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. Len. _Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea_, y _Pseudo Narcissus odoripherus_ presentronse muy guapetones, de levitn, y alguno de ellos con guantes acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le dieron bromas, vindose ella apuradsima para contestarles. Por fin, doa Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo. Fortunata tena la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sinti horrible miedo. Figurbase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si senta pasos, crea que eran los de l. La ceremonia verificose en la sacrista, y dur poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los smbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio tiempo senta en s una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque de la dignidad que entraba. La idea del seoro enderez su espritu, que estaba como columna inclinada y prxima a perder el equilibrio. Casada!, honrada o en disposicin de serlo! Se reconoca otra. Estas ideas, que quizs procedan de un fenmeno espasmdico, la confortaron; pero al salir volvi a sentirse acometida del miedo. Si por acaso el enemigo se le apareca...! Porque Mauricia le haba dicho que rondaba, que rondaba, que rondaba... Aqu de la Virgen! Pero qu cosas! Si Mara Santsima protega ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la poda echar de s. Cmo era posible que la Virgen defendiera el pecado? Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no haba medio de destruirlo. De regreso a la casa, doa Lupe no caba en su pellejo; de tal modo se creca y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con doa Silvia; ya corra al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con Papitos y con Patricia, y pareca que a la vez estaba en la cocina, en la sala, en la despensa y en los pasillos. Creerase que haba en la casa tres o cuatro viudas de Juregui funcionando a un tiempo. Su mente se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera mal. Pero si sala bien, qu triunfo! El corazn le lata con fuerza, comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de algodn pareca recibir tambin su parte de vida, palpitando y permitindose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no haba ido a la iglesia, pero que se haba unido a la comitiva al volver de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entr en el comedor cuando sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los comensales, y cont... Me voy--dijo--, para no hacer trece. Algunos protestaron de tal supersticin, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le pareca esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo crea doa Lupe; pero se guard muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que le tena, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la tranquilizadora cifra de doce. Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata sigui muy encogida, sin atreverse a hablar, o hacindolo con mucha torpeza cuando no tena ms remedio. Tema no comer con bastante finura y revelar demasiado su escasa educacin. El temor de parecer ordinaria era causa de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser pronunciadas. Doa Lupe, que la tena al lado, estaba al quite para auxiliarla si fuera menester, y en los ms de los casos responda por ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que deba de decir. A un tiempo notaron Fortunata y doa Lupe que Maximiliano no se senta bien. El pobrecito quera engaarse a s mismo, hacindose el valiente; mas al fin se entreg. T tienes jaqueca le dijo su ta. S que la tengo--replic l con desaliento, llevndose la mano a los ojos--; pero quera olvidarla a ver si no hacindole caso, se pasaba. Pero es intil; no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitacin de ayer, la mala noche, porque a las tres de la maana despert creyendo que era la hora, y no volv a dormir. Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigan al pobre jaquecoso miradas de lstima y algunos le proponan remedios extravagantes. Es mal de familia--observ Nicols--, y con nada se quita. Las mas han sido tan tremendas, que el da que me tocaba, no poda menos que compararme a San Pedro Mrtir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero de algn tiempo a esta parte se me alivian con jamn. --Cmo es eso?... aplicndose una tajada a la cabeza? --No, hija... comindolo...--Ah!, uso interno...--Vale ms que te retires--dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento creca por instantes. Doa Lupe fue de la misma opinin, y Maximiliano pidi permiso para retirarse, sindole concedido con otro coro de lamentaciones. El almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levant para acompaar a su marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de las miradas de tanta gente. Maxi se ech en su cama; su mujer le arrop bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un t. All tropez con doa Lupe, que le dijo: Primero es el caf. Ya lo estn esperando. Aydame, y luego hars el t para tu marido. Lo que l necesita ms es descanso. La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicols sobre el carlismo, la guerra y su solucin probable, y se arm una gran tremolina, porque intervinieron los farmacuticos, que eran atrozmente liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo con la bulla que hacan. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando, teniendo la desposada que or los plcemes empalagosos que le dirigan, confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vmitos y se vio acometido de aquel hormigueo epilptico que era lo que ms le molestaba. Al anochecer se empe en que se haba de ir a la nueva casa, y su mujer y su ta no podan quitrselo de la cabeza. Mira que te vas a poner peor. Duerme aqu, y maana.... --No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo ms malo pas ya. Ahora el dolor est como indeciso, y dentro de media hora aparecer en el lado derecho, dejndome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me acuesto entre sbanas y all pasar lo que me resta. Fortunata insista en que no se moviese, pero l se levant y se puso la capa. No hubo ms remedio que emprender la marcha para la otra casa. Ta--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de ludano. Cgelo t, Fortunata, y llvalo. Cuando me meta en la cama, tratar de dormir, y si no lo consigo, echars seis gotas, cuidado... seis gotas nada ms de esta medicina en un vaso de agua, y me las dars a beber. Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese fro, llevronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata crey ver... jurara... Le corri una exhalacin fra por todo el cuerpo. Pero no se atreva a mirar para atrs con objeto de cerciorarse. Probablemente no era ms que delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andrminas que le haba contado Mauricia. Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de menos. Slo se hablan olvidado unas bujas y Patricia baj a traerlas. Acostado Maxi, sucedi lo que se tema: que se puso peor, y vuelta a los vmitos y a la desazn espasmdica. T no quieres hacer caso de m... Cunto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ah tienes el resultado de tu terquedad. Despus de expresar su opinin autoritaria de esta manera, doa Lupe, viendo a su sobrino ms tranquilo y como vencido del sopor, empez a dar instrucciones a Fortunata sobre el gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que dispona. Por dar rdenes, hasta le dijo lo que haba de mandar traer de la plaza al da siguiente, y al otro y al otro. Y cuidado con dejar de tomarle la cuenta a la muchacha, al cntimo, pues Torquemada dice que no la abona y no hay que fiar... Si te falta algn cacharro en la cocina, no lo compres; yo te lo comprar, porque a ti te clavan... Nada de comprar petrleo en latas... el fuego me horripila. Desde maana vendr el petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el da... Patatas y jabn, una arroba de cada cosa. Cuidado cmo te sales de un diario de diecisis reales todo lo ms... El da que sea conveniente un extraordinario, me lo avisas... Yo ir con Papitos a la plaza de San Ildefonso, y te traer lo que me parezca bien... A Maxi le pones maana dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los dems das su chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamber. Papitos te la traer. Mucho ojo con este carnicero, que es ms ladrn que Judas. Si tienes alguna cuestin con l, nmbrame a m y le vers temblar.... Y por aqu sigui amonestando y apercibiendo con nfulas de verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se march. Seran las diez cuando la desposada se qued sola con su marido y con Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidi, dejando or una voz quejumbrosa que sala de entre las sbanas, y que por su tenuidad no pareca corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogi el cuenta gotas y acercando la luz prepar la pcima. En vez de siete gotas no puso ms que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que lo mismo poda ser de dolor que de irona. --iv-- Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba; encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que permitan ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas por los pasillos y por la sala, percibi rumor de voces. Si aplicara el odo a la pared, oira quizs claramente; pero no se atrevi a aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero, vease otra ventana igual con visillos en los cristales. All luca una lmpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras, borrosas imgenes de personas, cuyas caras no se podan distinguir. Despus de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la criada preparando los trastos para el da siguiente. Era tan hacendosa y tan corrida en el oficio, que la misma doa Lupe se sorprenda de verla trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jess, sin atropellarse. Pero a Fortunata le era antiptica por aquella amabilidad empalagosa tras de la cual vislumbraba la traicin. Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--. Sabe usted qu gente es esa del cuarto de al lado?. --Seorita--replic la criada sin dejarla concluir--; como estoy aqu desde el da antes de salir usted del convento, ya conozco a toda la vecindad... sabe? En ese cuarto vive una seora muy fina que la llaman doa Cirila. Su marido es no s qu del tren. Tiene una gorra con galones y letras. Esta noche, cuando baj por las bujas, me encontr a la vecina en la tienda y me pregunt por el seorito. Dijo que cualquier cosa que se ofreciera... sabe? Es muy amable. Ayer entr aqu a ver la casa, y yo pas a la suya... Dice que tiene muchas ganas de hacerle a usted la visita. --A m!--replic Fortunata sentndose en la silla de la cocina, junto a la mesa de pino blanco--. Qu confianzudo est el tiempo! Y usted, para qu se ha metido all, sin ms ni ms?... Qu saba usted si a m me gustaba o no me gustaba entrar en relaciones...? --Yo... seorita... calcul que... --Nada, estoy vendida...--pens Fortunata--, y esta mujer es el mismo demonio. Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras pona los garbanzos de remojo, la sac de su abstraccin con estas maosas palabras: Djome doa Cirila que es usted muy linda, sabe?... que esta maana la vio a usted en la iglesia y que le fue muy simptica. Ver usted, cuando la trate, que tambin ella se deja querer. Dice que se alegrar mucho de que usted pase a su casa cuando guste... con confianza, y que de noche estn jugando a la brisca hasta las doce. --Que pase yo all!... yo! --Claro... y esta noche misma puede pasar, puesto que el seorito duerme y no son ms que las diez... Digo, si quiere distraerse un rato. Pero qu est usted diciendo? Distraerme yo!. Fortunata se habra dejado llevar del primer impulso de clera, si en su alma no hubiera nacido otro impulso de tolerancia, unido a cierta relajacin de conciencia. Se call, y en aquel instante llamaron a la puerta. Llaman!... No abra usted, no abra usted dijo con presentimiento de un cercano peligro. --Por qu, seorita?... A qu esos miedos...? Mirar por el ventanillo. Y fue hacia el recibimiento. Desde la cocina oy Fortunata cuchicheo en la puerta. Dur poco, y la criada volvi diciendo: Los de al lado... la misma seorita Cirila fue la que llam. Nada; que si tenamos por casualidad azucarillos... Le he dicho que no. Me pregunt cmo segua el seorito. Le contest que duerme como un lirn. Fortunata sali de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios temblorosos. Fue a la alcoba y observ a su marido que dorma profundamente, pronunciando en su delirio opiceo palabras amorosas entremezcladas con trminos de farmacia: dolo... De acetato de morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoniaco, tres gramos... disulvase.... Volviendo a la cocina, mand a la criada que se acostase; pero la seora Patria no tena sueo. Mientras la seorita no se acueste, para qu me he de acostar yo? Podra ofrecerse algo. Y la muy picarona quera entablar conversacin con su ama; mas esta no le responda a nada. De pronto, el despierto odo de Fortunata, cuyo pensamiento estaba reconcentrado en la trampa que a su parecer se le armaba, crey sentir ruido en la puerta. Pareca como si cautelosamente probaran llaves desde fuera para abrirla. Fue all muerta de miedo, y al acercarse ces el ruido; ella no las tena todas consigo, y llam a Patria: Jurara que alguien anda en la puerta... Pero qu, no ha echado usted el cerrojo?. Observ entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corri con mucho cuidado para no hacer ruido. Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!... A ver, atencin... No siente usted un ruidito como si alguien estuviera tentando la cerradura?... Ve usted?, ahora empujan... qu es esto?. --Seorita... sabe?, es el viento que rebulle en la escalera. No sea usted tan medrosica... Lo ms particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con tanto cuidado, haba sentido, all en el ms apartado escondrijo de su alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podra ser ilusin suya; pero crea ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona que tras esta, a su parecer, estaba... Le conoca, cosa ms rara!, en la manera de empujar, en la manera de rasguar la fechadura en la manera de probar una llave que no serva. Durante un rato, seora y criada no se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro del crneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la seora sus ojos de gato, y su irnica sonrisa podra ser lo mismo el nico aspecto cmico de la escena que el ms terrible y dramtico. Pero de repente, sin saber cmo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada pareci que se entendieron. Patria le deca con sus ojuelos que araaban: Abra usted, tonta, y djese de remilgos. La seora deca: Le parece a usted bien que abra?... Cree usted que...?. Pero a Fortunata la gan de sbito el decoro, y tuvo un rechazo de honor y dignidad. Si esto sigue--dijo--, despertar a mi marido. Ah!, ya parece que se retira el ladrn, pues ladrn debe de ser.... Toc el cerrojo para cerciorarse de que estaba corrido, y se fue a la sala. Patricia volvi a la cocina. En todo caso, es demasiado pronto pens Fortunata sentndose en una silla y ponindose a pensar. Fue como una concesin a las ideas malas que con tanta presteza surgan de su cerebro, como salen del hormiguero las hormigas, en larga procesin, negras y diligentes. Despus trat de rehacerse de nuevo: Resueltamente, maana le digo a mi marido que la casa no me gusta y que es preciso que nos mudemos. Y a esta sinvergenza la planto en la calle. Qu cosas pasan! De improviso, obedeciendo a un movimiento irresistible, casi puramente mecnico y fatal, Fortunata se levant y saliendo de la sala, se acerc a la puerta. En aquel acto, todo lo que constituye la entidad moral haba desaparecido con total eclipse del alma de la infortunada mujer; no haba ms que el impulso fsico, y lo poco que de espiritual haba en ello, engabase a s mismo creyndose simple curiosidad. Aplic el odo a la rejilla... Pues s, la persona, el ladrn o lo que fuera, continuaba all. Instintivamente, como el suicida pone el dedo en el gatillo, llev la mano al cerrojo; pero as como el suicida, instintivamente tambin, se sobrecoge y no tira, apart su mano del cerrojo, el cual tena el mango tieso hacia adelante como un dedo que seala. Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un tamiz finsimo: Nena, nena... ahora s que no te me escapas. Fortunata no hizo movimiento alguno. Se haba convertido en estatua. Crea estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando como los gatos. No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y aquella boca que pareca que se estaba siempre relamiendo, deca: Seorita, abra usted y no haga ms papeles. Si al fin ha de abrir maana, por qu no abre esta noche?. Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondi la seora: No, no abro. --Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio sigui a esto. Despus sintieron que se abra y se cerraba la puerta del cuarto vecino. Fortunata respir. El _otro_, cansado de esperar, se retiraba. Vaya por Dios repiti Patria, como si dijera: Tanto repulgo para caerse luego.... Pasado un cuarto de hora, sintieron que se abra otra vez la puerta de la izquierda. Corri Fortunata al ventanillo, mir con cuidado y... el _otro_ sala embozado en su capa con vueltas encarnadas. La emocin que sinti al verle fue tan grande, que se qued como yerta, sin saber dnde estaba. Haca tres aos que no le haba visto... Observ un hecho muy desagradable: al salir el tal, no haba mirado a la puerta de la derecha, como pareca natural... Estaba enojado sin duda... Y movida del mismo impulso mecnico, la seora de Rubn corri al balcn de la sala, y abri quedamente la madera... En efecto, le vio atravesar la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria. Tampoco haba mirado para los balcones de la casa, como es natural mire el chasqueado expugnador de una plaza, al retirarse de sus muros. Patricia se permiti la confianza de poner su mano en el hombro de su ama, dicindole: Ahora s que nos podemos acostar. Qu susto hemos pasado!. Fortunata le respondi: Susto yo?... quia!. Todo esto se deca con un cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habran dicho aunque no hubiera all un enfermo cuyo sueo haba que respetar. La criada se desliz blandamente por los oscuros pasillos y el ama entr en la alcoba. Al ver a su marido, sinti como si lo que est a cien mil leguas de nosotros se nos pusiera al lado de repente. Maxi haba dado vueltas en el lecho y dorma como los pjaros, con la cabeza bajo el ala. El mezquino cuerpo se perda en la anchura de aquella cama tan grande, y all poda pasearse en sueos el esposo como en los inconmensurables espacios del Limbo. La esposa no se acost, y acercando una butaca a la cama, y echndose en ella, cerr los ojos. Y all de madrugada fue vencida del sueo, y se le arm en el cerebro un penoso tumulto de cerrojos que se descorran, de puertas que se franqueaban, de tabiques transparentes y de hombres que se colaban en su casa filtrndose por las paredes. --v-- A la maana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidsimo. Daba lstima verle. Su palidez era como la de un muerto; tena la lengua blanca, mucha debilidad y ningn apetito. Dironle algo de comer, y Fortunata opin que deba quedarse en la cama hasta la tarde. Esto no le disgustaba a Maxi, porque senta cierto alborozo infantil de verse en aquel lecho tan grandn y rodar por l. La mujer le cuidaba como se cuida a un nio, y se haba borrado de su mente la idea de que era un hombre. Vino doa Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empez a dar rdenes y ms rdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se haban hecho como ella mandara. Iba de la sala a la cocina y de la cocina a la sala, dictando reglas y pragmticas de buen gobierno. Maxi se quejaba de que su mujer estaba ms tiempo fuera de la alcoba que en ella, y la llamaba a cada instante. Gracias a Dios, hija, que pareces por aqu. Ni siquiera me has dado un beso. Qu da de boda, hija, y qu noche! Esta maldita jaqueca... pero ya pas, y ahora lo menos en quince das no me volver a dar... Vamos!, ya ests otra vez queriendo marcharte a la cocina. No est ah esa seora Patria?. --Ha ido a la compra. La que est es tu ta, por cierto dando _tantismas_ rdenes, que no sabe una a cul atender primero. --Pues djala. T, a todo di que s, y luego haces lo que quieras, pichona. Ven ac... Que trabaje Patria; para eso est. Qu bien sirve! verdad? Es una mujer muy lista. --Ya lo creo...--Te vas de veras?--S, porque si no, tu ta me va a echar los tiempos. --Pues me gusta!... Entonces me levanto, y me voy tambin a la cocina. Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien. Ahora eres ma; soy tu dueo nico, y mando en ti. --Vuelvo al momentito, rico...--Estos momentitos me cargan--dijo l nadando en las sbanas como si fueran olas. Toda la maana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina. Mientras almorzaba sola, miraba por la ventana del patio, pero no vio a nadie. Pareca vivienda deshabitada. Siempre que pasaba por la sala echaba la esposa de Rubn miradas furtivas a la calle. Ni un alma. Sin duda la trampa se armaba slo por las noches. A la tarde, hallndose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las palabras en la boca para preguntarle: y los de al lado?. Pero no despleg sus labios. Debi de penetrar la maldita gata aquella en el pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo de buenas a primeras: Pues ahorita, cuando baj a la carnicera, sabe?, encontreme a la seorita Cirila. Me pregunt por el seorito, y dijo que pasara a verla a usted, sin decir cundo ni cundo no. --No me venga usted con cuentos de... esa familiona--contest Fortunata, cuyo nimo estaba bastante aplacado para poder tomar aquella correcta actitud--. Ni qu me importa a m... me entiende usted? Maximiliano se levant, dio algunas vueltas; pero estaba tan dbil, que tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, segua observando. No se oa en la vecindad ningn rumor. Por la noche igual silencio. Pareca que a la doa Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los amigos que les visitaban, se les haba tragado la tierra. Por la noche, sinti Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no saba lo que le pasaba. Se habra podido creer que la contrariaba el no ver a nadie de la casa prxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada. Maximiliano, que desde media tarde haba vuelto a nadar entre las agitadas sbanas del lecho, y estaba tan impertinente como un nio enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca de las diez, que se acostase, y esta obedeci; mas la repugnancia y hasto que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo imperiosos, que le cost trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y con el corazn. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la mquina humana, impulsos de cario propiamente ideales, y de aqu no sala, es decir, no poda salir. Fortunata le dijo con expresin fraternal y consoladora: Mira, durmete, descansa y no te acalores. Anoche has estado muy malito, y necesitas unos das para reponerte. Hazte cuenta que no estoy aqu, y a dormir se ha dicho. Si lo tranquiliz, no se sabe; pero ello es que se qued dormida, y no despert hasta las siete de la maana. Maxi se qued ms tiempo en la cama, hartndose de sueo, aquel reparo que su desmedrada constitucin reclamaba. Psose Fortunata a arreglar la casa y mand a Patricia a la compra, cuando he aqu que entra doa Lupe toda descompuesta: No sabes lo que pasa? Pues una friolera. Djame sentar que vengo sofocadsima. Vaya que dan que hacer mis dichosos sobrinos. Anoche han puesto preso a Juan Pablo. Ha venido a decrmelo ahora mismo D. Basilio. Entraron los de la polica en la casa de esa mujer con quien vive ahora, te vas enterando?, y despus de registrar todo y de coger los papeles, trincaron a mi sobrino, y en el Saladero me le tienes... Vamos a ver, y qu hago yo ahora? Francamente, se ha portado muy mal conmigo; es un mal agradecido y un manirroto. Si slo se tratara de tenerle unos das en la crcel, hasta me alegrara, para que escarmiente y no vuelva a meterse donde no le llaman. Pero me ha dicho D. Basilio que a todos los presos de anoche... han cogido a mucha gente... les van a mandar nada menos que a las islas Marianas; y aunque Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad. Maxi, que oyera desde la alcoba algunas palabras de este relato, llam; y doa Lupe lo repiti en su presencia, aadiendo: Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene el achuchn, pero qu le hemos de hacer!... T vers a D. Len Pintado, para que te presente al Doctor Sedeo, el cual te presentar a D. Juan de Lantigua, que aunque es un seor muy _neo_, tiene influencia por su respetabilidad. Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con D. Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que est casado con la chica de Ruiz Ochoa. Cada uno por su lado, beberemos los vientos para impedir que le plantifiquen en las islas Marianas. Vistiose el joven a toda prisa, y doa Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para estar de este modo reunidos en da de tanto trajn. Maxi sali despus de desayunarse, y su mujer y su ta se fueron a la otra casa. Por el camino, doa Lupe deca: Es lstima que Nicols se haya ido a Toledo hace dos das, pues si estuviera aqu, l dara pasos por su hermano, y con seguridad le sacara hoy mismo de la crcel, porque los curas son los que ms conspiran y los que ms pueden con el Gobierno... Ellos la arman, y luego se dan buena maa para atarles las manos a los ministros cuando tocan a castigar. As est el pas que es un dolor... todo tan perdido... Hay ms miseria...!, y las patatas a seis reales arroba, cosa que no se ha visto nunca. Psose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le haba proporcionado tantos xitos en su vida, y Fortunata y Papitos quedaron encargadas de hacer el almuerzo. A la hora de este, volvi doa Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no poda hacerse nada. Casta no estaba en disposicin de acompaarla a ninguna parte. Tocara, pues, a otra puerta, yndose derechita a ver al Sr. de Feijoo, que era amigo suyo y haba sido su pretendiente, y tena gran amistad con don Jacinto Villalonga, ntimo del Ministro de la Gobernacin. A poco lleg don Basilio diciendo que Maxi no vena a almorzar. Ha ido con D. Len Pintado a ver a no s qu personaje, y tienen para un rato. Fortunata determin volverse a su casa, pues tena algo que hacer en ella, y repitindole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la autcrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantn y cogi calle. No tena prisa y se fue a dar un paseto, recrendose en la hermosura del da, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el To Vivo, dale que le dars, y torna y vira... Iba despacio por la calle de Santa Engracia, y se detuvo un instante en una tienda a comprar dtiles, que le gustaban mucho. Siguiendo luego su vagabundo camino, saboreaba el placer ntimo de la libertad, de estar sola y suelta siquiera poco tiempo. La idea de poder ir a donde gustase la excitaba haciendo circular su sangre con ms viveza. Tradjose esta disposicin de nimo en un sentimiento filantrpico, pues toda la calderilla que tena la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos... Y anda que andars, vino a hacerse la consideracin de que no senta malditas ganas de meterse en su casa. Qu iba ella a hacer en su casa? Nada. Convenale sacudirse, tomar el aire. Bastante esclavitud haba tenido dentro de las Micaelas. Qu gusto poder coger de punta a punta una calle tan larga como la de Santa Engracia! El principal goce del paseo era ir solita, libre. Ni Maxi ni doa Lupe ni Patricia ni nadie podan contarle los pasos, ni vigilarla ni detenerla. Se hubiera ido as... sabe Dios hasta dnde. Miraba todo con la curiosidad alborozada que las cosas ms insignificantes inspiran a la persona salida de un largo cautiverio. Su pensamiento se gallardeaba en aquella dulce libertad, recrendose con sus propias ideas. Qu bonita, _verbi gracia_, era la vida sin cuidados, al lado de personas que la quieren a una y a quien una quiere...! Fijose en las casas del barrio de las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre carioso inters. Las mujeres mal vestidas que salan a las puertas y los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraan sus miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con estrecheces, le causaba envidia. Semejante vida no poda ser para ella, porque estaba fuera de su centro natural, Haba nacido para menestrala; no le importaba trabajar _como el obispo_ con tal de poseer lo que por suyo tena. Pero alguien la sac de aquel su primer molde para lanzarla a vida distinta; despus la trajeron y la llevaron diferentes manos. Y por fin, otras manos emperonse en convertirla en seora. La ponan en un convento para moldearla de nuevo, despus la casaban... y tira y dale. Figurbase ser una mueca viva, con la cual jugaba una entidad invisible, desconocida, y a la cual no saba dar nombre. Ocurriole si no tendra ella _pecho_ alguna vez, quera decir iniciativa... si no hara alguna vez lo que le saliera _de entre s_. Embebecida en esta cavilacin lleg al Campo de Guardias, junto al Depsito. Haba all muchos sillares, y sentndose en uno de ellos, empez a comer dtiles. Siempre que arrojaba un hueso, pareca que lanzaba a la inmensidad del pensar general una idea suya, calentita, como se arroja la chispa al montn de paja para que arda. Todo va al revs para m... Dios no me hace caso. Cuidado que me pone las cosas mal... El hombre que quise, por qu no era un triste albail? Pues no; haba de ser seorito rico, para que me engaara y no se pudiera casar conmigo... Luego, lo natural era que yo le aborreciera... pues no seor, sale siempre la mala, sale que le quiero ms... Luego lo natural era que me dejara en paz, y as se me pasara esto; pues no seor, la mala otra vez; me anda rondando y me tiene armada una trampa... Tambin era natural que ninguna persona decente se quisiera casar conmigo; pues no seor, sale Maxi y... tras!, me pone en el disparadero de casarme, y nada, cuando apenas lo pienso, bendicin al canto... Pero es verdad que estoy casada yo?.... --vi-- Miraba el hueso del dtil que se acababa de comer, y como si el hueso le dijera que s, hizo ella un signo afirmativo y algo desconsolado... Vaya si lo estoy!. Quedose tan profundamente ensimismada, que olvid dnde estaba. Pero levantndose de repente, ech a andar hacia abajo, como los que llevan en el cerebro ese cascabel que se llama _idea fija_. Haba subido la luenga calle con aires de paseante, distrada, alegre, vago el mirar; bajbala como los monomaniacos. Al llegar frente a la iglesia, sacola de este embebecimiento un ruido de pasos que sinti tras s. Estos pasos son los suyos--pens--; pues lo que es yo no miro para atrs. Qu har? Aprisita, aprisita. La curiosidad pudo ms que nada y Fortunata mir; no era. Ms adelante sinti otra vez pasos persistentes y vio una sombra que se extenda por la calle, paralela a su sombra. Aquel s era... Mirara? No; ms vala no darse por entendida... Por fin, la pcara curiosidad... Mir y tampoco era. Al llegar a su casa estaba ms tranquila. Cuando Patria abri la puerta, le pregunt: Ha venido alguien? El seorito est?.... --El seorito no viene hasta la noche. Mand un recado para que no le esperase usted. Y la taimada gata se sonrea de un modo tan zalamero, que Fortunata no pudo menos de preguntarle: Quin est ah?. Volvi a sonrer Patricia con infernal malicia, y... Qu... pero qu...? balbuci la seora acercndose de puntillas a la puerta de la sala. Empujola suavemente hasta abrir un poquito. No vea nada. Abri ms, ms... Estaba plida como si se hubiera quedado sin sangre... Abri ms... acabramos. En el sof de la sala, tranquilamente sentado... Dios!, _el otro_. Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento. Le pas un no s qu por delante de los ojos, algo como un velo que baja o un velo que sube. No dijo nada. l, plido tambin, se levant y dijo claramente: Adelante, _nena_. Fortunata no daba un paso. De repente (el demonio explicara aquello), sinti una alegra insensata, un estallido de infinitas ansias que en su alma estaban contenidas. Y se precipit en los brazos del Delfn, lanzando este grito salvaje: Nene!... bendito Dios!. Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato. La prjima fue quien primero habl, diciendo: Nene, me muero por ti.... Ven ac dijo Santa Cruz cogindola por una brazo. Dejbase llevar ella, como la cosa ms natural del mundo. Franquearon la puerta de la casa, que estaba abierta. Y la del cuarto de la izquierda, qu casualidad!, abierta tambin. Luego que pasaron, alguien cerr. En aquella morada reinaba una discrecin alevosa. Juan la llev a una salita muy bien puesta, junto a la cual haba una alcoba perfectamente arreglada. Sentronse en el sof y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto desvaro en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda idea moral haba desaparecido como un sueo borrado del cerebro al despertar; su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se haba alejado y pustose a millones de leguas, en punto donde ni aun el pensamiento lo poda seguir. Su amante le dijo con simptica voz: cunto tenemos que hablar! y a ella le entr una risa convulsiva, que difcilmente poda expresarse: Ji ji ji... tres aos!... no, ms aos, ms porque ji ji ji... Ves cmo tiemblo? No s lo que me pasa... pues s, ms tiempo, porque cuando estuve aqu con ji ji ji... _Jurez el Negro_, te vi y no te vi... y siempre l delante, y un da que le dije que te quera, sac un cuchillo muy grande, ji ji ji... y me quiso matar... Yo murindome por hablarte y l que no... que no... Nuestro _nenn_ muerto, y yo ms muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza... besos por el aire... ji ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento, tambin... ji ji ji... besos por el aire... y t sin acordarte de m, malo.... --Sin acordarme! Desde que volv de Valencia te estoy dando caza... Lo que he pasado, hija! Ya te contar. Y al fin te he cogido... ah, buena pieza! Ahora me las pagars todas juntas... Cunto me has hecho sufrir!... Ms maldiciones le he echado a ese dichoso convento...! Pero qu guapa ests, nena. --_Chi_. --Ests hermossima.--_Chi_... para ti. El fro aquel de fiebre se troc de improviso en calor violentsimo, y la risa convulsiva en explosin de llanto. No es da de llorar, sino de estar alegre. --Sabes de qu me acuerdo? De mi _nenn_ tan gracioso... Si hubiera vivido, le habras querido t, verdad? Me parece que le veo, cuando se le llevaron en la cajita azul... Aquella misma noche fue cuando Jurez el Negro me sac un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrn: Brr... son las ocho; reza lo que tengas que rezar, porque antes de las nueve te mato. Estaba furioso de celos... Ay, qu miedo tan atroz! --Cunto tenemos que contar!... yo a ti, t a m. Ya s que te has casado. Has hecho bien. Este _has hecho bien_ le cay a la prjima como una gota fra en el corazn, trayndola bruscamente a la realidad. Enjugando sus lgrimas, se acord de Maxi, de su boda; y su casa, que se haba alejado cien millas de leguas, se puso all, a cuatro pasos, fnebre y antiptica. El rechazo de su alma ante este fenmeno le sec en un instante todas las lgrimas. Y por qu hice bien?. --Porque as eres ms libre y tienes un nombre. Puedes hacer lo que quieras, siempre que lo hagas con discrecin. He odo que tu marido es un buen chico, que ve visiones... Al or esto, vio Fortunata levantarse en su espritu la imagen ideal, o ms bien, el espectro de su perversidad. Lo que acababa de hacer era de lo que apenas tiene nombre, por lo muy extraordinario y anormal, en el registro de las maldades humanas. El lugar, la ocasin daban a su acto mayor fealdad, y as lo comprendi en un rpido examen de conciencia; pero tena la antigua y siempre nueva pasin tanto empuje y lozana, que el espectro huy sin dejar rastro de s. Se consideraba Fortunata en aquel caso como ciego mecanismo que recibe impulso de sobrenatural mano. Lo que haba hecho, hacalo, a juicio suyo, por disposicin de las misteriosas energas que ordenan las cosas ms grandes del universo, la salida del Sol y la cada de los cuerpos graves. Y ni poda dejar de hacerlo, ni discuta lo inevitable, ni intentaba atenuar su responsabilidad, porque esta no la vea muy clara, y aunque la viese, era persona tan firme en su direccin, que no se detena ante ninguna consecuencia, y se _conformaba_, tal era su idea, _con ir al infierno_. Esto de alquilar la casa prxima a la tuya--dijo Santa Cruz--, es una calaverada que no puede disculparse sino por la demencia en que yo estaba, nia ma, y por mi furor de verte y hablarte. Cuando supe que habas venido a Madrid, me entr un delirio...! Yo tena contigo una deuda del corazn, y el cario que te deba me pesaba en la conciencia. Me volv loco, te busqu como se busca lo que ms queremos en el mundo. No te encontr; a la vuelta de una esquina me acechaba una pulmona para darme el estacazo... ca. --Pobrecito mo!... Lo supe, s. Tambin supe que me buscaste. Dios te lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habras encontrado. Esparci sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que estaba puesta no la afect. En miserable bodegn, en un stano lleno de telaraas, en cualquier lugar subterrneo y ftido habra estado contenta con tal de tener al lado a quien entonces tena. No se hartaba de mirarle. Qu guapo ests!. --Pues y t? Ests preciossima!... Ests ahora mucho mejor que antes. --Ah!, no--repuso ella con cierta coquetera--. Lo dices porque me he civilizado algo? Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando t me echaste el lazo y me cogiste. --Pueblo!, eso es--observ Juan con un poquito de pedantera--; en otros trminos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque cuando la civilizacin deja perder los grandes sentimientos, las ideas matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo. Fortunata no entenda bien los conceptos; pero alguna idea vaga tena de aquello. Me parece mentira--dijo l--, que te tengo aqu, cogida otra vez con lazo, fierecita ma, y que puedo pedirte perdn por todo el mal que te he hecho.... --Quita all... perdn!--exclam la joven anegndose en su propia generosidad--. Si me quieres, qu importa lo pasado? En el mismo instante alz la frente, y con satnica conviccin, que tena cierta hermosura por ser conviccin y por ser satnica, se dej decir estas arrogantes palabras: Mi marido eres t... todo lo dems... papas!. Elstica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera cierto terror al or expresin tan atrevida. Por corresponder, iba l a decir _mi mujer eres t_; pero envain su mentira, como el hombre prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas. --vii-- Ya de noche pas Fortunata a su casa. Su marido no haba llegado an. Mientras le esperaba, la pecadora volvi a ver el espectro aquel de su perversidad; pero entonces le vio ms claro, y no pudo tan fcilmente hacerle huir de su espritu. Me han engaado--pensaba--, me han llevado al casorio, como llevan una res al matadero, y cuando quise recordar, ya estaba degollada... Qu culpa tengo yo?. La casa estaba a oscuras y encendi luz. Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cay encendida, y Fortunata la mir con vivo inters, recordando una de las supersticiones que le haban enseado en su juventud. Cuando la cerilla cae prendida--se dijo--y con la llama vuelta para una, buena suerte. Maxi entr cansado y meditabundo; pero al ver a su mujer se puso alegre. Todo un da sin verla! Le haba trado un paquete de rosquillas. Y Juan Pablo? Al fin se arreglara todo. Seguramente no iba a las islas Marianas, pero quizs le tendran en el Saladero quince o veinte das. Y merecido, hija. Para qu se mete a buscarle el pelo al huevo?. Mientras comieron, Fortunata contemplaba a su marido, ms que en la realidad, en s misma, y de este examen surga un tedio abrumador, y la antipata de marras, pero tan agrandada, tanto, que ya no caba ms. Y la perversa no trat de combatir aquel sentimiento; se recreaba en l como en una monstruosidad que tiene algo de seductora. Alma ma--le dijo su marido cuando acababan de comer--, veo con gusto que no te falta apetito. Quieres que nos vayamos ahora a un caf?. --No--replic ella secamente--. Estoy rendidsima. No ves que se me cierran los prpados? Lo que quiero es dormir. --Bueno, mejor; yo tambin lo deseo. Acostronse, y el tiempo que an estuvo despierta empleolo Fortunata en hacer comparaciones. El cuerpo desmedrado de Maxi le produca, al tocar el suyo, crispamientos nerviosos. Y tambin se dio a pensar en lo molesto y difcil que era para ella tener que vivir dos vidas diferentes, una verdadera, otra falsa, como las vidas de los que trabajan en el teatro. A ella le era muy difcil representar y fingir, por lo que su tormento se creca considerablemente. No podr, no podr--pensaba al dormirse--hacer esta comedia mucho tiempo. A la madrugada despert despus de un profundsimo y reparador sueo, y entonces le dio por llorar, haciendo clculos, representndose con gran poder de la mente escenas probables, y condolindose de no poder ver a su amante a todas horas. En los siguientes das, las escapadas al cuarto vecino tenan lugar a horas varias, cuando Maxi sala. Iba a estudiar con un amigo para tomar el grado, y adems sola ir a la farmacia de Samaniego. Ya estaba acordado que tendra plaza en el establecimiento. Aunque sus ausencias eran seguras, ambos criminales determinaron poner el nido ms lejos. En tanto, Patricia haca lo que le daba la gana. Las disposiciones de Fortunata y aun de la misma doa Lupe eran letra muerta. Robaba descaradamente, y su ama no se atreva a reprenderla. Santa Cruz, que era el autor de todo aquel fregado, no saba cmo arreglarlo, cuando su amiga le consultaba. El plan ms prudente era tomar otro cuarto y despedir luego a Patricia, dndole una buena propina para que se callara. Algunos das el Delfn ofreca regalos y dinero a su amante; pero esta no quera tomar nada. Se le haba encajado en la cabeza una mana estrambtica, de que ambos se rean mucho, cuando ella la contaba. Pues la mana era que Juanito _no deba_ ser rico. Para que las cosas fueran en regla, _deba_ ser pobre, y entonces ella trabajara _como una negra_ para mantenerle. Si t hubieras sido albail, carpintero o, pongo por caso, celador del resguardo, otro gallo me cantara.--Vaya por dnde te ha dado ahora.--Y nada ms. No haba medio de quitarle de la cabeza aquella correccin de las obras de la Providencia. En resumidas cuentas--le deca l--, eres una inocentona. Pero, di, no te gusta el lujo?. --Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda y percal todo es lo mismo. --Hblame con franqueza. No necesitas nada? --Nada; me lo puedes creer.--Ese alma de Dios te da todo lo que necesitas?.--Todo; me lo puedes creer.--Quiero regalarte un vestido.--No me lo pondr.--Y un sombrero.--Lo convertir en espuerta.--Has hecho voto de pobreza?.--Yo no he hecho voto de nada. Te quiero porque te quiero, y no s ms. Nada, enteramente primitiva pensaba el Delfn, el bloque del pueblo, al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilizacin deja perder por refinarlos demasiado. Un da hablaban de Maximiliano. Infeliz chico!--deca Fortunata--, el odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lstima. Siempre me fue muy antiptico. Me dej meter en las Micaelas y me dej casar... Sabes t cmo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que _manetizan_ a una persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una mueca... Y ahora, crete que me entran remordimientos de engaar a ese pobre chico. Es un angeln sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de desengaarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se me resiste, no est en mi natural. Le pido a la Virgen que me d fuerzas para cantar claro. --A la Virgen!... pero t crees?...--dijo Santa Cruz pasmado, pues tena a Fortunata por heterodoxa. --Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti... La tienes de tu parte, chiquillo... De qu te espantas? Pues digo; yo le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. Quin sabe lo que resultar de aqu, y si las cosas se volvern algn da lo que _deben_ ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea mala... s, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me vuelve ahora para aqu, despus para all; estoy dudando siempre, y al fin me hago este cargo: _querer a quien se quiere no puede ser cosa mala_. --Oye una cosa--dijo el Delfn, que se recreaba en las singularsimas nociones de aquel espritu--. Y si tu marido descubriera esto y me quisiera matar? --Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a l como una leona y le destrozaba... Ves cmo se coge un langostino y se le arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que tiene dentro?, pues as. --Pero vamos a ver, nena: No me guardas rencor por haberte abandonado, dejndote en la miseria, con tus _vsperas_ de chiquillo y en poder de _Jurez el Negro_? --Ningn rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa. La rabia y la miseria me llevaron con _Jurez el Negro_. Creers lo que te voy a decir? Pues me fui con l por lo mucho que le aborreca. Cosa rara, verdad?... Y como no tena un triste pedazo de pan que llevar a la boca, y l me lo daba, ah tienes... Yo dije: me vengar yndome con este animal. Cuando tuve a mi nio, me consolaba con l; pero luego se me muri; y cuando revent Jurez, como yo me pens que ya no me queras, dije: pues ahora me vengar siendo todo lo mala que pueda. --Pero qu ideas tienes t de las maneras de tomar venganza? --No me preguntes nada... no s... Vengarse es hacer lo que no se debe... lo ms feo, lo ms... --Y de quin te vengas as, criatura? --Pues de Dios, de... de qu s yo... no me preguntes, porque para explicrtelo, tendra que ser sabia como t, y yo no s jota, ni aprendo nada, aunque doa Lupe y las monjas, frota que frota, me hayan sacado algn lustre... ensendome a no decir tanto disparate. Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo. Un da hablaron tambin de Jacinta... No gustaba Juan que la conversacin fuese llevada a este terreno; pero Fortunata, siempre que tena ocasin, base a l derecha. A sus preguntas, contestaba el otro evasivamente. Mira, nena; deja a mi mujer en su casa. --Pues asegrame que no la quieres. --La quiero, s... a qu engaarte?... pero de una manera muy distinta que a ti. Le guardo todas las consideraciones que ella se merece, porque... no puedes figurarte lo buena que es. Fortunata sigui inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quera saber respecto a la intimidad de los esposos; pero el otro se escurra gallardamente, dejando a salvo, hasta donde era posible en aquel criminal coloquio, la personalidad sagrada de su mujer. La pobrecilla--dijo al fin--, tiene una pasin que la domina, mejor dicho, una mana que la trae trastornada. --Qu es?--La mana de los hijos. Dios no quiere y ella se empea en que s. De la pena que le causa su esterilidad, se ha desmejorado, ha enflaquecido, y hace algn tiempo que se est llenando de canas. Es ya pasin de nimo. Te enteraste de lo que pas? Pues le dieron el gran timo. Tu to Jos Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer que un chiquillo de tres aos que consigo tena, era nuestro Juann. Mi mujer perdi la chaveta, quiso adoptarlo y nada menos que llevrnoslo a casa. Por pronto que se descubri el enredo, no se pudo evitar que tu to le estafase seis mil reales. --_Tie_ gracia. Ya saba yo esa historia. El nio ese debe de ser el de Nicolasa, la entenada del to Pepe. Naci seis das despus que el nuestro, y era hijo de uno que encenda los faroles del gas... Pero no comprendo una cosa. A m me parece que tu mujer deba de querer a ese nene por creerlo tuyo y aborrecerlo por ser de otra madre. Yo juzgo por m. --Calla, tonta, mi mujer se vuelve loca por todos los nios del universo, sean de quien fueren. Y al supuesto Juann, bastara que le tuviera por mo, para que le adorara. Ella es as; si no tienes t idea de lo buena que es. Pues si pariera...! Santo Cristo, no quiero pensarlo. De seguro perda el juicio, y nos lo haca perder a todos. Querra a mi hijo ms que a m y ms que al mundo entero. Quedose Fortunata, al or esto, risuea y pensativa. Qu estaba tramando aquella cabeza llena de extravagancias? Pues esto: Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido. Una gran idea; vers. Le voy a proponer un trato a tu mujer. Dir que s?. --Veamos lo que es.--Muy sencillo. A ver qu te parece. Yo le cedo a ella un hijo tuyo y ella me cede a m su marido. Total, cambiar un nene chico por el nene grande. El Delfn se ri de aquel singular convenio, expresado con cierto donaire. --Dir que s?... Qu crees t?--pregunt Fortunata con la mayor buena fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir: --Pues mira, t te reirs todo lo que quieras; pero esto es una gran idea. El ilustrado joven se zambull en un mar de meditaciones. --viii-- Las visitas a la casa de Cirila prosiguieron durante dos semanas; pero bien se demostr en la prctica que aquello no poda seguir, y tomaron otro cuarto. Patricia se haba hecho insoportable, y doa Lupe, descolgndose en la casa a horas intempestivas, llevada de su afn de mangonear, dificultaba las escapatorias de su sobrina. En tanto, Fortunata no trataba a Maximiliano desconsideradamente; pero su frialdad sera capaz de helar el fuego mismo. Habra preferido l mil veces que su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella cortesa desdeosa y glacial. Rarsima vez se daba el caso de que ella le hiciese una caricia; para obtenerla, tena Maxi que echarle memoriales, y lo que lograba era como limosna. Es que Fortunata no serva para cortesana, y sus fingimientos eran tan torpes que daba lstima verla fingir. El joven farmacutico tena momentos de horrible tristeza, y cavilaba mucho. De tal estado pas a la observacin, desarrollndosele esta facultad de un modo pasmoso. Siempre que estaba en casa, no quitaba los ojos de su mujer, estudindole los movimientos, las miradas, los pasos y hasta el respirar. Cuando coman, le examinaba la manera de comer; cuando estaban en el lecho, la manera de dormir. Fortunata no le miraba nunca. Este hecho, cuidadosamente observado, produjo en el infeliz muchacho indecible melancola. Haber comprado aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en mirar a una silla antes que en mirarle a l! Esto era tremendo, pero tremendo, y cierto da agit su alma un furor insano; mas no quiso manifestarlo, y lo desahog a solas mordindose los puos. Por qu no me miras? le pregunt una noche, con semblante ceudo. --Porque... No dijo ms; se comi el resto de la frase. Dios sabe lo que iba a decir. Beba los vientos el desgraciado chico por hacerse querer, inventando cuantas sutilezas da de s la mana o enfermedad de amor. Indagaba con febril examen las causas recnditas del agradar, y no pudiendo conseguir cosa de provecho en el terreno fsico, escudriaba el mundo moral para pedirle su remedio. Imagin enamorar a su esposa por medios espirituales. Hallbase dispuesto, l que ya era bueno, a ser santo, y haca estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a cuantos pobres encontrase; pues l dara ms, mucho ms. Ella sola admirar los casos de abnegacin; pues l se buscara una coyuntura de ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues l se matara a trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo bueno, noble y hermoso para ofrecrselo a la ingrata, como quien tala un jardn para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles. Ya no me quieres--le dijo un da con inmensa tristeza--, ya tu corazn vol, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula. Ya no me quieres. Y ella le responda que s; pero de qu manera! Ms vala que dijese terminantemente que no. Por qu te vas tan lejos de m? Parece que te causo horror. Cuando entro, te pones seria; cuando crees que no me fijo en ti, ests ensimismada y te sonres como si en espritu hablaras con alguien. Otra cosa le mortificaba. Cuando salan juntos a paseo, todo el mundo se fijaba en Fortunata, admirando su hermosura; luego le miraban a l. Supona Maxi que todos hacan la observacin de que no era l hombre para tal hembra. Algunos se permitan examinarle de una manera insolente. Si iban al caf, estaban poco tiempo, porque los amigos se enracimaban alrededor de Fortunata sin hacer maldito caso de su marido, y este tragaba mucha bilis. Lo que desorientaba ms a Maxi era que ella no _tomaba varas_ con nadie, y siempre que l deca _vmonos_, estaba dispuesta a retirarse. Buscaba el farmacutico algo en qu fundar las conjeturas que empezaban a devorarle, y no lo encontraba. Ide consultar el caso con su ta; pero no quiso dar su brazo a torcer, y temblaba de que doa Lupe le dijese: Ves?, por no hacer caso de m!. Celos! Y de quin? Fortunata mostrbase con todos tan fra como con l. Sola esparcir melanclicamente sus miradas por la calle, entre el gento, sin fijarse en nadie, cual si buscaran a alguien que no quera dejarse ver. Y despus las miradas volvan a s misma con mayor tristeza. Tambin atormentaban al joven los elogios que sus amigos le hacan de ella. Qu mujer te tienes! le deca _Pseudo-Narcissus odoripherus_. Y _Quercus gigantea_ le silbaba en el odo estas fnebres palabras: Es mucha hembra para ti, barbin. ndate con mucho ojo. Pero doa Lupe le infunda ideas optimistas. Pareca mentira! La perspicaz, la sabia y experimentada seora de Juregui dijo ms de una vez a su sobrino: Qu trabajadora es tu mujer! Siempre que vengo aqu me la encuentro planchando o lavando. Francamente, no cre... Te ayudar, te ayudar. Y luego tan calladita... Hay das que no le oigo el metal de voz. Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas poda estudiar, y con mucho trabajo se preparaba para la licenciatura. El asunto de su colocacin se haba resuelto ya, porque habiendo fallecido Samaniego a fines de Octubre, su viuda organiz el personal de la botica, dando una plaza a Maximiliano. Se convino entre doa Casta Moreno y doa Lupe que cuando el chico tomara el grado, se le fijara sueldo, y que pasado un ao de prctica, tendra participacin en las ganancias. Por el lado econmico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el da de ganar con su profesin, poda vivir bien con la corta renta de la herencia. Lo malo era que desde que ingresara en la botica, serale preciso ausentarse de su casa das enteros, y esto le pona en ascuas. Ocurrisele entonces lo que se le ocurre a cualquier celoso, salir un da, diciendo que iba a la farmacia, y volver en seguida. Hzolo una vez, y no sorprendi nada: Fortunata estaba en la cocina. Repiti la treta, y lo mismo: estaba cosiendo. A la tercera, Fortunata haba salido. Dos horas despus entr, trayendo un paquete en la mano. Que de dnde vengo? Pues de comprar unas cosillas. No me dijiste que queras una corbata? Mrala. Una noche entr Maximiliano bastante excitado. Le tom la mano a su mujer, y hacindola sentar a su lado, le dijo a boca de jarro: Hoy he conocido a ese pillo que te deshonr. Fortunata se qued como muerta. Pues qu... no est enfermo?. Se le escap esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde. Haca una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le haba enviado, por medio de Cirila, un recadito. Se haba cado del caballo en la Casa de Campo, estropendose ligeramente un brazo. Enfermo?--dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado--. En efecto, tena un brazo en cabestrillo. Pero t por dnde sabes...?. --No, no, yo no saba nada--replic Fortunata enteramente aturdida. --T lo has dicho!--exclam Rubn con la mirada terrorfica--. Por dnde lo sabes? La prjima se puso como la grana; despus volvi a palidecer. Buscaba una salida de aquel compromiso, y al fin la encontr: Ah!. --Qu?--Dices que cmo lo s, tontn?... Pues muy sencillo. Si lo traa el peridico... Tu ta lo ley anoche. Mira, aqu est: que se cay del caballo paseando por la Casa de Campo. Y recobrando su serenidad, revolvi en la mesa y cogi _El Imparcial_ que, en efecto, traa la noticia: Mira... lo ves?... convncete. Maxi, despus de leer, sigui diciendo: Le vi en el Saladero; all debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le ense. Fue a ver a mi hermano; l iba a visitar a un tal Moreno Vallejo que tambin est preso por conspirar. Y el tal Santa Cruz es de lo ms cargante...!. Fortunata se tapaba la cara con el peridico, fingiendo que lea. Maxi le arrebat el papel de un manotazo. Te has quedado as como... estupefacta. --Djame en paz--replic ella con un despego que a su marido le lleg al alma. --Qu modales, hija! Ya ni consideracin. Fortunata pareca que tena sellada la boca. Comieron sin chistar; l se puso luego a estudiar y ella a coser, sin que el fnebre silencio se rompiera. Acostronse, y lo mismo. Ella volvi la espalda a su marido, insensible a los suspiros que daba. Desvelados estuvieron ambos largo rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero en espritu Fortunata se haba ido a los antpodas. Dos o tres das despus, volviendo del Saladero, a donde fue para decir a su hermano que pronto le soltaran, vio Maximiliano a Santa Cruz guiando un faetn por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tena el brazo bueno. Mir a Maxi, y este le mir a l. Desde lejos, porque el coche iba bastante a prisa, observ Rubn que este entraba por la calle de Raimundo Lulio. Pasara luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel momento sinti el exaltado chico ganas de tener alas. Apresur el paso todo lo que pudo, y al llegar a su calle... Dios!... lo que se tema... Fortunata en el balcn, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo de la Habana, por donde seguramente haba seguido el coche. Subi el joven farmacutico tan rpidamente la escalera, que al llegar arriba no poda respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones. Cayose ms bien que se sent en una silla, y su mujer y Patricia acudieron a l creyendo que le daba algn accidente. No poda hablar y se golpeaba la cabeza con los puos. Cuando su mujer se qued sola con l sinti Rubn que aquella furibunda clera se trocaba en un dolor cobarde. El alma se le desgajaba y sacuda resistindose a albergar en su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lgrimas, las rodillas se le doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuque las manos. Ten piedad de m--le dijo con afliccin ms de nio que de hombre--. Por tu vida... la verdad, la verdad. Ese seor... t esperndole... l pasaba por verte. T no me quieres, t me ests engaando... le quieres otra vez... le has visto en alguna parte. La verdad... Ms quiero morirme de pena que de vergenza. Fortunata, yo te saqu de las barreduras de la calle, y t me cubres a m de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de l una caricatura. El ltimo favor te pido... la verdad, dime la verdad. --ix-- Fortunata movi la lengua y agit los labios. En la punta de aquella tena la verdad, y por instantes dud si soltarla o meterla para adentro. La verdad quera salir. Las palabras se alinearon mudas y decan: S, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a l le quiero ms que a mi vida. La batalla fue breve, y Fortunata volvi la terrible verdad a los senos de su espritu. La afliccin de Maxi exiga la mentira, y su mujer tuvo que decrsela... mentiras de esas que inspiran viva compasin al que las dice y consuelan poco al que las oye. Echbalas de s como enfermera que administra la intil medicina al agonizante. Dmelo de otra manera y te creer--manifest Rubn--. Dilo con un poquito de calor, siquiera como me lo decas antes. T no sabes el dao que me haces. Me ests haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien y portarse mal todo es lo mismo. La compasin venci a la delincuente y se mostr tan afable aquella tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espritu reciba algn alivio, se le inici la jaqueca. La noche fue cruel, y Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefallgicos, el infortunado joven se caldeaba ms la mente arbitrando remedios o paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su mujer: Se me ocurre una idea que resolver las dificultades... Nos iremos a Molina de Aragn, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y me dedico a labrador... Quieres, s o no? All vivir con tranquilidad. Fortunata se mostr conforme, si bien recordaba lo que Mauricia le haba dicho de la vida de los pueblos. Slo descuartizada ira ella a vivir al campo; pero aquella noche no tena ms remedio que decir _s_ a todo. En los siguientes das notaba el pobre Maxi que su descaecimiento aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadsimo fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habra ordenado terminantemente el celibato. Esto redobl sus tristezas; mas cuando Miquis le propuso como nico remedio de su mal la rusticacin, cobr esperanzas, confirmndose en la idea de abandonar la corte y sepultarse para siempre en sus estados de Molina. La segunda vez que habl de esto a su mujer, no la encontr tan bien dispuesta. Y tus estudios, y tu carrera? Aconsjate con tu ta, y ella te dir que lo que ests pensando es un disparate. Maxi estaba muy caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Haca das que apenas levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran pesadumbre. De repente, una tarde que volva Rubn de la botica, al subir la escalera la oy cantar. Entr, y la cara de Fortunata resplandeca de contento y animacin. Qu haba pasado? Maxi no lo pudo penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban presunciones que bien podran contener la verdad. Esta era que la prjima haba recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una quincena. Esta alegra--pensaba Maxi--, por qu ser?. Y comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fra sobre aquel contento, dijo a Fortunata: Ya est decidido que nos iremos al pueblo. Lo he consultado con mi ta y ella lo aprueba. No era verdad que haba consultado con doa Lupe, mas lo deca para dar a su proposicin autoridad indiscutible. Te irs t... dijo ella sonriendo. --No--agreg l conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba--, los dos. --T te has vuelto loco--observ Fortunata riendo con cierto descaro--. Yo cre... Pero lo dices con formalidad? --Toma!... Y t no me dijiste que iras tambin y que queras ser paleta? --S; pero fue porque me pens que era conversacin. Encerrarme yo en un pueblo! Qu talento tienes! De tal modo se demud el rostro del joven, que Fortunata, que ya empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogi en s. Maxi no dijo una palabra, y de pronto sali disparado de la casa, cerr con estruendo la puerta y baj la escalera de cuatro en cuatro peldaos. Asustose Fortunata, y asomndose al balcn, viole recorrer apresuradamente la calle de Sagunto y despus tomar por la de Santa Engracia, hacia abajo. Ella sali despus, tomando por la misma calle, pero haca arriba, en direccin de Cuatro Caminos. Las seis de la tarde seran cuando Rubn volvi a su casa. Estaba lvido, y de lvido pas a verde, cuanto Patricia le dijo que la seorita haba salido a compras. Dejndose llevar de su insensato recelo, interrog a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a buena parte iba. Patricia tena la discrecin del traidor, y cuanto dijo fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entr, el marido haba mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de la sala. De dnde vienes? le pregunt.--Me parece--replic ella--, haberte dicho que iba a comprar este retor. Mostr un envoltorio, despus un paquetito, y otro. Ves?... la sopa Juliana que tanto te gusta.... --Yo tambin--dijo Maximiliano de una manera siniestra--, te he comprado a ti esta tarde un regalito... Mira. Alarg el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocult al entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubri lentamente, cuando ella se inclinaba risuea para verlo. A ver... qu es?... Ay!, un revlver.... --S, para matarte y matarme...--dijo Maxi en un tono que no pudo ser tan lgubre como l deseaba, pues el arma empez a causarle miedo, a causa de que en su vida haba tenido en las manos un chisme de tal clase... --Qu cosas tienes!--dijo ella palideciendo--. T no sabes lo que te pescas... Pareces tonto... Matarme a m, y por qu?... Le ech una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le haba hecho su esclavo. El pobre chico sinti como si le pusieran un grillete en el alma. Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo... Soy muy miedosa, y de slo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te quiera, s seor, bonita manera. Acerc tmidamente su mano al mango del arma. Puedes cogerlo, est descargado dijo Maxi, que de un salto se haba dejado caer del furor a la piedad. --Eres un nio--declar ella, cogiendo el arma--, y como nio hay que tratarte. Venga ac ese chisme: lo guardar para el caso de que entren ladrones en casa. Y se lo llev sin que l hiciese resistencia. Despus de guardarlo con llave en un bal lleno de cosas viejas, volvi al lado de su marido, que se haba quedado absorto, midiendo sin duda con azorado pensamiento la enorme distancia que en su ser haba entre los arranques de la voluntad y la ineficacia de su desmayada accin. Aquella noche no ocurri nada; pero a la tarde siguiente, _Pseudo-Narcissus odoripherus_, fue a buscarle a la botica de Samaniego, y le dijo que Fortunata tena citas con un seor en una casa del paseo de Santa Engracia, un poquito ms arriba de los almacenes de la Villa. --x-- Tom Maxi un coche para ir a Chamber y a su casa. Despus de entrar en ella e informarse de que la seorita no estaba, subi lentamente hacia la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que hay en el atrio, vnole al pensamiento la idea de que deba haberse trado el revlver. Retrocedi, y a mitad del camino acordose de que su mujer haba guardado el arma. Qu tonto estuvo l en permitrselo! Volvi a tomar la direccin Norte, sintiendo en su alma el suplicio indecible que produca la conjuncin de dos sentimientos tan opuestos como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se mova. Pas el joven ms all de los Almacenes de la Villa y examin las casas de un solo piso alto que all existen. Como ignoraba cul era la que serva de abrigo a los adlteros, resolvi vigilarlas todas. La noche se vena encima y Maxi deseaba que viniese ms aprisa para dejar de ver el disco, que le pareca el ojo de un bufn testigo, expresando todo el sarcasmo del mundo. Maldicin sacrlega escapose de sus labios, y reneg de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario donde le haban dorado la infame pldora de su ilusin. En otros trminos: l haba ido all en busca de una hostia, y le haban dado una rueda de molino... y lo peor era que se la haba tragado. Despus de mucho pasear vio el faetn de Santa Cruz, guiado por el lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos, donde se detuvo para encender las luces. Despus baj, y al llegar a los Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perda de vista. El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las vueltas del vehculo, Rubn sorprendi en aquel hombre una mirada dirigida a una de las casas. Aqu es... aqu est. Fijose cerca de all, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete. Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante distancia, a un hombre que sala de la casa. Era l, Santa Cruz, el mismo, vestido de americana y hongo. Detvose en la puerta buscando con la vista su carruaje. Las dos luces brillaban all arriba. Dirigiose hacia Cuatro Caminos... Detrs, avivando el paso, el odio personificado en Maximiliano. La va estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y haca bastante fro. El Delfn sinti aquellos pasos detrs de s, y una misteriosa aprensin, la conciencia tal vez, le dijo de quin eran. Volviose a punto que la temblorosa voz del otro deca: Oiga usted. Parose en firme Santa Cruz, y aunque no le conoca bien, le tuvo por quien era sin dudar un momento. Qu se le ofrece a usted?. --Canalla!... indecente!--exclam Rubn con ms fiereza en el tono que en la actitud. No esper Santa Cruz a or ms, ni su amor propio le permita dar explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechaz a su antagonista. Ms que bofetada fue un empujn; pero el endeble esqueleto de Rubn no pudo resistirlo; puso un pie en falso al retroceder y se cay al suelo, diciendo: Te voy a matar... y a ella tambin. Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a gatas, diciendo entre mugidos... ladrn, ratero... vers!.... Santa Cruz estuvo un rato contemplndole con la calma fra del ofuscado asesino, y cuando vio que al fin consegua levantarse, se fue hacia l y le cogi por el pescuezo, apretndole saudamente cual si quisiera ahogarle de veras... Retenindole contra el suelo, gritaba: Estpido... escuerzo... quieres que te patee...?. De la oprimida garganta del desdichado joven sala un gemido, estertor de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un centelleo elctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La nica defensa del que estaba debajo era clavar sus uas, afilndolas con el pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del vencedor; y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trat de hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharan quizs ms proporcionadamente. Pobre razn aplastada por la soberbia! Dnde est la justicia? dnde est la vindicta del dbil? En ninguna parte. El furor del Delfn no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar a un homicidio, abusando de su superioridad. Este al fin es un hombre, aunque parece un insecto pens. Y con desdn que tena algo de lstima, hubo de soltar su presa, que cay inerte a un lado del camino, en una especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sinti algo de miedo. Si le habr matado sin querer... Y en todo caso... ha sido en defensa propia. Pero la vctima exhal un mugido, y revolcndose como los epilpticos, repiti: Ladrn... asesino. El Delfn se acerc y ponindole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: Si no te callas, cucaracha, te aplasto. Levantose Rubn de un salto. Era todo uas y todo dientes; sacaba las armas del dbil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca la piel. Santa Cruz acudi pronto a la defensa. Te digo que te pateo... si vuelves.... Le levant como una pluma y le lanz violentamente donde antes haba cado. Era un solar o campo mal labrado, ms all de la ltima casa. La vctima no daba acuerdo de s, y aprovechando aquel momento el brbaro seorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose en l de un salto y hala!, partieron los caballos a escape. Un hombre se haba detenido ante los combatientes en el ltimo instante de la reyerta; acercose a Maxi y le mir con recelo. Creyendo que estaba mortalmente herido, no quera meterse en los con la justicia. Cuando le oy hablar, acercose ms. Buen hombre, qu es eso?... Pobre chico! Si no parece chico, sino un viejo... Vaya, que pegar as a un pobre anciano!. Luego lleg otro hombre, que se destac de un grupo de obreros que suban. Auxiliado por este, Maxi logr levantarse y corri un buen trecho por el camino abajo, gritando: Ladrn!... a ese!... al asesino!.... Pero el coche estaba ya ms all de la iglesia. Formose en torno a la vctima un corro de cuatro, seis, diez personas de ambos sexos. Mirbales como si fueran amigos que haban de darle la razn reconociendo en l a la justicia pateada y a la humanidad escarnecida. Pareca un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y su ahilada voz excitaba la mayor extraeza. Porque el ardor de la lucha haba determinado como una relajacin de la laringe, en trminos que la voz se le haba vuelto enteramente de falsete. Salan de su garganta las palabras como el acento de un impber. En dnde se ha metido?... en dnde?... No es verdad, seores, que es un miserable?... un secuestrador?... Me ha quitado lo mo, me ha robado... l la arroj a la basura... yo la recog y la limpi... l me la quit y la... volvi a arrojar... la volvi a arrojar. Trasto infame!... Pero yo tengo que hacer dos muertes. Ir al patbulo... no me importa ir al patbulo, seores... digo que quiero ir al palo... pero ellos por delante, ellos por delante.... Los que le rodeaban le tenan lstima. Desconociendo el motivo de la zaragata, cada cual deca lo que le pareca. _Sobre vino_ una pendencia.--No, cuestin de faldas; verdad?.--Quita all!, pero no ves que es marica?. Las mujeres le miraban con ms inters. Tiene usted sangre en la frente le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se haba dado cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retir manchada de sangre. Not que el brazo derecho le dola horriblemente. Vamos, vamos--le dijo uno--, vngase usted a la Casa de Socorro. --Gatera... miserable...--Vamos; ya eso se acab... En dnde tiene usted el sombrero? Maxi no dijo nada ni se cuid del sombrero. De repente rompi en aullidos, pues no parecan otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar a gritos. Los circunstantes podan orle difcilmente estos conceptos: Partirle el corazn es poco; es menester... machacrselo. Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrndole de un brazo, y l, mirando con estupidez a sus conductores, repeta:--machacrselo!--. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden Pblico, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal. Pensaron que era un pillete, y que los golpes que haba recibido le estaban muy bien merecidos... Le cogieron por el cuello de la americana con esa paternal zarpa de la justicia callejera. Qu tiene usted? le pregunt uno de ellos, mal humorado. Maxi contest con la misma risa insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apret la zarpa, como expresin de los rigores que la justicia humana debe emplear con los criminales. Y el agresor?. --Machacrselo!... Lleg a la Casa de Socorro, ya con una procesin de gente tras s. El mdico de guardia conoca a Maxi, y despus de curarle la contusin de la cabeza, que no tena importancia, le mand a su casa al cuidado de los guardias de Orden Pblico. --xi-- Cuando entr el malaventurado chico en su casa, Fortunata no haba aparecido an. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado, que correr a dar aviso a doa Lupe, la cual no tard en presentarse alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carcter, fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre y dictar atinadas rdenes preliminares, como acostar a Maximiliano, traer provisin de rnica, reconocerle bien las contusiones que tena y llamar un mdico. Pero y Fortunata?. --Sali a hacer unas compras--dijo Patricia. --Es particular! Las ocho y media de la noche. En vano intent doa Lupe saber lo que haba ocurrido de los propios labios del joven. Este no deca ms que machacrselo! con aquella voz de falsete, que era otra novedad para su ta. Acostronle con no poco trabajo, y le llenaron de bizmas. El mdico de la Casa de Socorro vino y orden el reposo. Tema que hubiese algo de conmocin cerebral; pero probablemente concluira todo con una fuerte jaqueca. Tambin propin el bromuro potsico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeci el herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en claro la seora de Juregui. Y a todas estas la otra sin parecer! Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el mdico se fue, sinti doa Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata haba entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la cual hasta entonces todo era confusin y vaguedades, empez a dar de s los juicios ms extraos, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo aterrador. Sali paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel secreteo. Fortunata entr, plida como un cirio y con ojos aterrados; mas doa Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete, que daba algunos pasos hacia la alcoba detenindose en la puerta, y que desde all alargaba el cuerpo para mirar a su marido. Por qu no entr? Qu temor la detena? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas llegaba a ella la claridad de la lmpara encendida en la sala. Doa Lupe llev al gabinete la luz. Quera observar lo que haca su sobrina, y por de pronto le llam la atencin su actitud extraa, no muy conforme con los sentimientos naturales en una esposa en situacin tan aflictiva. Una vez que le mir bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de persona tan respetable como su ta poltica, volvi a la sala, que ya estaba medio a oscuras, y se sent en una silla. Todava no se haba quitado el manto, y pareca que iba a volver a la calle. Apoyada la mejilla en la mano, permaneci inmvil como un cuarto de hora. El silencio que en las tres piezas reinaba slo se interrumpa con tal cual palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir rdenes de la nica persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo permitiera alzar la voz, ay!, doa Lupe hara retemblar la casa con el estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no poda ser. Qu cosas haba de or su sobrina! Resolvi, pues, la ta dejar la discusin para el da siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y decir a Fortunata, con voz oprimida: Explcame esto. --Esto?...--murmur la prjima, alzando la cara, como quien despierta. --Esto, s... Maximiliano maltratado... t entrando en casa tan tarde y con esos modos de traidora de melodrama. Fortunata, despus de mirar de hito en hito a doa Lupe por espacio como de un minuto, volvi a apoyar la mejilla en el puo sin decir una palabra. Pues me he enterado... Me gusta.... Y fue a la alcoba, porque se oy la voz de Maxi llamando. Poco despus se le sinti vomitar. Fortunata prest atencin a lo que all pasaba; pero sin abandonar su postura de esfinge. Cuando la viuda volvi a la sala, ya eran ms de las diez. Las diez dadas!--dijo con aquella voz tan severa que habra hecho estremecer a una piedra--. Y no te has quitado el manto. Es que piensas volver... de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me pregunt si habas venido, y le dije que no. Me dio vergenza de decirle que s, porque habra sido preciso aadir que slo con la manera de entrar te declaras culpable... l dijo: 'Ms vale que no venga...'. Y t no conoces que as no se puede seguir?... que es preciso que me expliques esto? Habla, hija, habla o yo ver lo que tengo que hacer. Fortunata, despus de mirarla con una emocin que doa Lupe no podra definir, volvi a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro, se acoraz dentro de aquel silencio lgubre, que desesperara a la misma paciencia. Esto es para volverse loca!...--expres doa Lupe con un gesto iracundo--. Creers t, creer usted que conmigo valen marrulleras? Sepa usted que.... La ira se le desbordaba, y para contenerla volvi a la alcoba. Su mente acalorada revolva estas ideas: Sali lo que yo me tema... Si lo dije, si esta mujer nos haba de dar al fin un disgusto... Ay, qu ojo tengo! A m no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'. Ah est, ah est, ah la tienen. Vean si acert; vean si eran preocupaciones mas.... Lo que ms ensoberbeca a doa Lupe era el chasco que se haba llevado, pues aunque dijera otra cosa, ello es que haba credo a Fortunata radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvi a la sala. Pero se explica usted, s o no?.... Repar entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba all. Sali doa Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la mujer de Maxi guardaba su ropa. Empuj la puerta. All estaba, ya sin mantilla, sacando ropa del armario y metindola en un mundo. Pero querr usted al fin sacarme de dudas?--dijo sin recatarse ya de alzar la voz--. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse, creer que la causante de toda esta tragedia es usted y nada ms que usted. Fortunata se volvi hacia ella. Su palidez era como la de un muerto. Vamos a ver--aadi la de Juregui manoteando--. Si mi sobrino me vuelve a preguntar si ha entrado usted, qu le digo?. --Dgale usted--replic la esposa en voz ms baja y expresndose con mucha dificultad--; dgale usted que no he venido, porque me marchar en cuanto sea de da. --Yo no entiendo una palabra... qu ha pasado, Santo Dios!... Quin maltrat a Maxi? Fortunata dio un gran suspiro. Qu farsa! Voy a dar parte a la justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es culpable, bien a la vista est. Si no, por qu se marcha usted?. --Porque me debo ir--replic la otra mirando al suelo. No dijo ms. Fuera de s, doa Lupe le ech la zarpa a un brazo y sacudindola fuertemente, le solt esta imprecacin: Ah!, maldita... bien claro se ve que es usted una bribona... una bribona en toda la extensin de la palabra... que lo ha sido siempre y lo ser mientras viva... A todos enga usted menos a m... a m no... Yo la vi venir. Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doa Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habra dejado castigar. Hace usted bien en largarse--aadi la otra ya en la puerta--. No ser yo quien la detenga... Viento fresco. Qu casa esta y qu matrimonio! Nada me coge de nuevo... porque, lo repito, a todos enga usted menos a m. Y era mentira, porque la primera engaada fue ella. Valiente fiasco haban tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso encenda su furor ms que el delito mismo que en su sobrina sospechaba. Volviendo a la sala, apoderose de la seora de Juregui el frenes de las disposiciones. La primera fue que se quedara all aquella noche. Despus mand a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicols, que aquel da haba llegado de Toledo. Que venga mi sobrino inmediatamente, y si est durmiendo, encargue usted a Papitos que le despierte. Fortunata segua en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmvil, sentada sobre un bal, mirando al suelo o a la vela, que arda con pbilo muy larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empez a faltar, no haba sentido remordimientos como los de aquella noche. El espectro de su maldad no haba hecho antes ms que presentarse como en broma, y rale a ella muy fcil espantarlo; pero ya no aconteca lo mismo. El espectro vena y se sentaba con ella y con ella se levantaba; cuando se pona a guardar ropa, la ayudaba; al suspirar, suspiraba; los ojos de ella eran los de l, y, en fin, la persona de ambos pareca una misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su conciencia, ansias de amor, deseos vivsimos de normalizar su vida dentro de la pasin que la dominaba. Acordose de que su amante le haba ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular dentro de la irregularidad. Pero esto podra ser? Las ansias amorosas se cruzaban en su espritu con temores vagos, y al fin vena a considerarse la persona ms desgraciada del mundo, no por culpa suya, sino por disposicin superior, por aquella mecnica espiritual que la empujaba de un modo irresistible. No pens en dormir aquella noche, y anhelaba que viniese el da para marcharse, porque el sentir la voz doliente de su marido producale atroz martirio. Habra dado diez aos de su vida porque lo que pas no hubiera pasado. Pero ya que no lo poda remediar, ojal que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia! Despus de esto, su ms vivo deseo era coger la puerta y huir para siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un matrimonio imposible. De estas meditaciones la sac doa Lupe, que despus de media noche volvi a entrar en el cuarto. Envolvase toda en una manta, lo que le daba cierto aspecto temeroso y lgubre como de alma del otro mundo. Al pobre Maxi--dijo--, le da ahora por llorar... No cesa de preguntarme si ha venido usted... Francamente, no s qu responderle. --Dgale usted que me he muerto--replic Fortunata. --Y positivamente sera lo mejor... Ha arreglado usted ya sus bales? --Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mo. --Y sus alhajas?--pregunt la viuda que custodiaba en su casa las de ms valor. --Mis alhajas?--observ la otra vacilando primero y asegurndose al fin--. No son mas. Son de l, de Maxi, que las desempe. Se las dejo todas. --De modo que no se lleva usted ms que su ropa? --Nada ms. Hasta el portamonedas, con el ltimo dinero que me dio, lo dejo aqu sobre la cmoda. Valo usted. Cogi la prudente seora el portamonedas que estaba an bien repleto y se lo guard. --xii-- Hay motivos para creer que cuando Papitos entr a media noche en el cuarto de Nicols Rubn y le dijo sacudindole fuertemente: Seor, seor, su ta que vaya all ahora mismo, el santo varn solt un bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueo. Es probable que a la segunda acometida de Papitos, el clrigo se desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido, agasajando en su empaado cerebro la idea de que su ta deba esperar hasta la maana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que Nicols no se present en la casa de su hermano Maxi hasta las siete dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doa Lupe, que poniendo el grito en el Cielo, deca: Estoy destinada a ser la vctima de estos tres idiotas... Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los tres juntos van a acabar conmigo... Qu familia, Seor, qu familia! Si me viera mi Juregui, otro gallo me cantara. Pero hombre de Dios, vaya que tienes una calma! No s cmo con ella y lo que comes no ests ms gordo... Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te descuelgas por aqu... T sabes lo que pasa?. Esto lo deca en la sala, al ver entrar a Nicols, cuyos ojos tenan an seales evidentes de lo bien que haba dormido. Al sentir el coloquio, sali la pecadora de su escondite, y acercndose a la puerta de la sala trat de escuchar. Pero ta y sobrino siguieron hablando muy bajito, y nada pudo percibir. Despus el clrigo, a instancias de su ta, sali al pasillo, y Fortunata metiose rpidamente en su escondite para esperarle all. El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras horas del da. Los que entraban no vean a quien dentro estuviera. La vela, que ardi gran parte de la noche, se haba consumido. Desde dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la puerta, y esper a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicols permaneci en la puerta, y desde ella lanz en medio de la oscuridad estas palabras: Mujer, est usted aqu?... No veo nada. --Aqu estoy, s seor--murmur ella. --Mi ta--aadi el clrigo--, me ha contado los horrores de esta noche... Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la armona conyugal y dejndonos a todos en la mayor confusin. Me querr usted explicar a m este turris-burris? --S seor--replic la voz con miedo y turbacin indecibles. --Y si ha tenido usted parte en esta infamia? --Yo... en lo de los golpes no he tenido parte--apunt con rpida frase la voz. --Vamos a cuentas--dijo el clrigo avanzando un poco, precedido de sus manos que palpaban en las tinieblas--. Hace algunos das... lo he sabido ayer por casualidad... mi hermano sospechaba que usted no le era fiel; esta es la cosa. Tena fundamento esta sospecha? La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa. Pero no contesta usted?--interrog Nicols con acento airado--. Por quin me toma? Hgase usted cargo de que est en el confesonario. No hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como sacerdote. Tena fundamento la sospecha?. Despus de otro ratito, que al cura se le hizo ms largo que el primero, la voz respondi tenuemente: S seor. --Ya veo--afirm Rubn con ira--, que nos ha engaado usted a todos, a m el primero, a las seoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi familia despus. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qu bonito papel hemos hecho. Y yo que respond...! En mi vida me ha pasado otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que es usted lo que se llama un monstruo. Dio entonces un paso ms, cerrando un poco la puerta, y tent la pared por si hallaba silla o banco en qu sentarse. Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... brete, conciencia. --No seor--dijo la voz prontamente y sin hacer ningn esfuerzo. --No le ha querido nunca... esta es la cosa. --No seor.--Pero usted me dijo que esperaba tomarle cario conforme le fuera tratando. --S lo dije.--Pero no ha resultado... No ha resultado. Chasco como este...! Se dan casos... De modo que nada. --Nada.--Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de pensamiento. Bonita plancha, s seor, bonita!... En mi vida me ha pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha prendado de cualquier pelagatos... ya se ve: su pasado licencioso le envenena el alma, y la purificacin fue una pamema. No haber visto esto, Seor, no haberlo visto! Estaba tan furioso el cura por lo mal que le haba salido aquella compostura, y su amor propio de arreglador padeca tanto, que no pudo menos de desahogar su despecho con estas colricas razones: Pues spase usted que est condenada, y no le d vueltas: condenada. No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque Fortunata no contest nada. La expresin de sus sentimientos acerca del tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna. Al menos, desdichada, confiese usted su delito--dijo Rubn, que deslizndose en las tinieblas haba encontrado un cajn en que sentarse--. No me oculte usted nada. Cuntas veces, cuntas veces ha faltado usted a su marido?. La contestacin tardaba. Nicols repiti la pregunta hasta tres veces suavizando el tono, y al fin oy un susurro que deca: Muchas. Cuenta el padre Rubn que aquel _muchas_ le dio escalofros, y que le pareci el rumorcillo que hacen las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes. --Con cuntos hombres? --Con uno solo...--Con uno slo!... De veras? Le conoci usted despus de casada? --No seor. Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre. --Ah! ya... la historia vieja... perfectamente--dijo el cura, cuyo amor propio se ergua al encontrar un medio de aparecer previsor--. Eso ya me lo tema yo. El amorcito primero...! No lo dije, no se lo dije a usted? Por ah est el peligro. He visto muchos casos. Bueno. Y ese pelafustn es el de marras? Fortunata contest que s, sin comprender lo que quera decir de marras. Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrat al pobre Maxi, dbil y enfermizo... Ay, mundo amargo!. --l fue... pero Maxi le provoc...--dijo la voz--. Esas cosas vienen sin saber cmo... Yo lo presenci desde la ventana. --Desde qu ventana? --De la casa aquella.--Casita tenemos?... S... s, lo de siempre. Lo haba previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. Casita y todo!... Cunta infamia! Y no siente usted remordimientos? Cualquier persona que tuviera alma estara en tal caso llena de tribulacin... pero usted tan fresca. --Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado. --Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la calladita. Y siga el fandango. Tambin esta clase de perversidad me la s de memoria. Fortunata se call. Fuera que los ojos del clrigo se acostumbraran a la oscuridad, fuera que entrase en el cuarto ms luz, ello es que Nicols empez a distinguir a su hermana poltica, sentada sobre el bal, con un pauelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus lgrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa de la aproximacin del pauelo a la cara era la necesidad en que la joven se vea de resguardar su olfato del olor desagradable que las ropas negras y muy usadas del clrigo despedan. Esas lgrimas que usted derrama, son de arrepentimiento sincero? A saber...! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con contricin ardiente, todava esto podra arreglarse. Pero sera preciso que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes... esta es la cosa. Volvera usted a las Micaelas?. --Oh!, no seor--replic la pecadora con prontitud. --Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio--grit el clrigo con gesto de menosprecio. --Le dir a usted... yo me arrepiento; pero... --Qu peros ni qu manzanas...--manifest Rubn, manoteando con groseros modales--. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue tambin del hombre malo que la tiene endemoniada. --Eso...--Eso qu?... Vaya con la muy...! Y me lo dice as, con ese cinismo. Fortunata no saba lo que quiere decir cinismo, y se call. Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay quien le quite de la cabeza esa maldita ilusin. El gran suspiro que dio la otra confirm esta suposicin mejor que las palabras. De modo que, aun vindose perdida y deshonrada por ese miserable, todava le quiere usted. Buen provecho le haga. --No lo puedo remediar. Ello est _entre_ m y no puedo vencerlo. --Ya... la historia de siempre. Si me la s de memoria... Que quieren slo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatn y que patatn... En fin, todo ello no es ms que falta de conciencia, podredumbre del corazn, subterfugios del pecado. Ay, qu mujeres! Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no seor, siempre aferradas a la ilusioncita... Tijeretas han de ser... En resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino de la regeneracin, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos de la cabra. Al monte, hija, al monte! Bueno; all se entender usted con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque ahora, como si lo viera, se lanzar otra vez a la vida libre. Divertirse... ea!... Por de pronto habr un arreglito, y ese tunante le dar alguna proteccin; tendr usted casa en que vivir... Y ahora que me acuerdo, ese hombre es casado? --S seor--dijo Fortunata con pena. --Ave Mara Pursima!--exclam el cura llevndose ambas manos a la cabeza--. Qu horror y qu sociedad! Otra vctima; la esposa de ese seor... Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde quiera que va... Esta frase de sermn aterr un poco a Fortunata. Tendr usted su castigo y pronto. La historia de siempre... Qu mujeres, Seor, qu mujeres! Vyase usted a correr aventuras, deshonre a su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendr, ya vendr el estallido. No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, despus la prostitucin, el abismo. S, ah lo tiene usted, mrelo abierto ya, con su boca negra, ms fea que la boca de un dragn. Y no hay remedio, a l va usted de cabeza... porque ese hombre la abandonar a usted... Son habas contadas. Fortunata tena la cabeza prxima a las rodillas. Estaba hecha un ovillo, y sus sollozos declaraban la agitacin de su alma. Ah, mujer infeliz!--aadi el clrigo con solemnidad, levantndose--; no slo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del deleite y all se van otra vez. T te lo quieres, pues t te lo ten. En el Infierno le ajustarn a usted las cuentas. Vyase usted luego all con sofismas y con zalameras de amor... Esto se acab. Ni yo tengo que hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa. Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aqu, y cuando se vaya, sahumaremos, s, sahumaremos... Perfec... tamente. Esto lo dijo en la puerta y luego se retir sin aadir una palabra ms. Doa Lupe le aguardaba en la sala para saber si haba sido ms afortunado que ella en la averiguacin de la verdad, y all se estuvieron picoteando un buen rato. Despus oyeron ruido, sintieron la voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, dicindole quizs cmo y cundo mandara a buscar su ropa. Ta y sobrino asomronse luego a los cristales del balcn y la vieron atravesar la calle presurosa, y doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para siempre. Nicols repeta una figura de que estaba satisfecho: Sahumar, sahumar y sahumar. Y a propsito de espliego, a l, fsicamente, tampoco le vendra mal... esto sin ofender a nadie. Madrid.--Mayo de 1886. FIN DE LA PARTE SEGUNDA * * * * * Parte tercera --I-- Costumbres turcas ---i--- Juan Pablo Rubn no poda vivir sin pasarse la mitad de las horas del da o casi todas ellas en el caf. Amoldada su naturaleza a este gnero de vida, habrase tenido por infeliz si el trabajo o las ocupaciones le obligaran a vivir de otro modo. Era un asesino implacable y reincidente del tiempo, y el nico goce de su alma consista en ver cmo expiraban las horas dando boqueadas, y cmo iban cayendo los periodos de fastidio para no volver a levantarse ms. Iba al caf al medio da, despus de almorzar, y se estaba hasta las cuatro o las cinco. Volva despus de comer, sobre las ocho, y no se retiraba hasta ms de media noche o hasta la madrugada, segn los casos. Como sus amigos no eran tan constantes, pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de poltica religin o filosofa, contemplando con incierto y sooliento mirar las escayolas de la escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes de hierro y las mediascaas doradas. Aquel recinto y aquella atmsfera ranle tan necesarios a la vida, por efecto de la costumbre, que slo all se senta en la plenitud de sus facultades. Hasta la memoria le faltaba fuera del caf, y como a veces se olvidara sbitamente en la calle de nombres o de hechos importantes, no se impacientaba por recordar, y deca muy tranquilo: En el caf me acordar. En efecto, apenas tomaba asiento en el divn, la influencia estimulante del local dejbase sentir en su organismo. Heridos el olfato y la vista, pronto se iban despertando las facultades espirituales, la memoria se le refrescaba y el entendimiento se le desentumeca. Proporcionbale el caf las sensaciones ntimas que son propias del hogar domstico, y al entrar le sonrean todos los objetos, como si fueran suyos. Las personas que all viera constantemente, los mozos y el encargado, ciertos parroquianos fijos, se le representaban como unidos estrechamente a l por lazos de familia. Hasta con la jorobadita que venda en la puerta fsforos y peridicos tena cierto parentesco espiritual. Pero aunque Juan Pablo se encariaba de este modo con el local, haba cambiado de caf bastantes veces en el espacio de cinco aos. Equivala esto a mudar de vivienda, y como todos los cafs de Madrid se parecen, lo mismo que se parecen las casas, Juan Pablo llevaba en s propio su domesticidad, y a los dos das de frecuentar un caf, ya se encontraba en l como en familia. Los cambios eran determinados por ciertas corrientes de emigracin que hay en la sociedad de los vagos y que no se sabe a qu obedecen. Unas veces el impulso parta de algunos amigos inconstantes, tocados de la mana de la variedad; otras la emigracin era motivada por una cuestin muy desagradable con _aquel seor de la mesa prxima_. Ya provena de que el amo del caf _se port cochinamente_ cobrando a la tertulia unas copas, que se haban roto al discutir las verdaderas causas de la muerte de Concha en Montemuru; ya, por fin, de un desmejoramiento progresivo e intolerable del _gnero_, razn por la cual desearan muchos estrenar los establecimientos nuevos o renovados. Juan Pablo no gustaba de iniciar ninguna corriente de emigracin; pero las segua casi siempre. En estas corrientes es fcil que se pierda alguno de la partida, o por rebelde a las mudanzas o porque las deudas le cautivan en el antiguo local y all le hipotecan la asistencia, pero en cambio siempre se gana algn tertulio nuevo que viene a refrescar las ideas y las bromas. Quien se hubiera tomado el trabajo de seguir los pasos de Rubn desde el 69 al 74, le habra visto parroquiano del caf de San Antonio en la Corredera de San Pablo, despus del Suizo Nuevo, luego de Plateras, del Siglo y de Levante; le vera, en cierta ocasin, prefiriendo los cafs cantantes y en otra abominando de ellos; concurriendo al de Gallo o al de la Concepcin Jernima cuando quera hacerse el invisible, y por fin, sentar sus reales en uno de los ms concurridos y bulliciosos de la Puerta del Sol. Al medio da era siempre de los retrasados, porque se levantaba tarde; por la noche era infaliblemente el primero. Rara vez, al entrar, encontraba ya all a D. Evaristo Gonzlez Feijoo o a Leopoldo Montes. La tertulia de la noche tena su personal distinto de la del da, y eran pocos los que asistan a una y otra. Slo Rubn era punto fijo en ambas. La pea aquella ocupaba tres mesas, y antes de que los parroquianos llegaran, el mozo les pona a todos el servicio. Juan Pablo entraba a las ocho, cuando an no haba en el local ms que tres o cuatro personas, y los mozos estaban de conversacin sentados junto al mostrador. En este, el amo o encargado preparaba los servicios, poniendo pilas de platillos de azcar. Cada instante se abra la puerta de cristales para dar paso a algn parroquiano (que entraba quitndose la bufanda o desembozndose), y luego se cerraba con fuerte batacazo, para volverse a abrir en seguida con estridente chirrido de goznes mohosos. Era un estribillo abrumador... _Chirris_... entrada del individuo con su puro de estanco en la boca... despus _pum_ y otra vez _chirris_... El amo saludaba desde el mostrador a algn parroquiano que le caa cerca. Los ms gustaban de que se les sirviera el caf sin ninguna tardanza, y daban palmadas si el chico no vena pronto. Juan Pablo entraba despacio y muy serio, como hombre que va a cumplir una obligacin sagrada. Diriga el paso gravemente hacia las mesas de la derecha y se sentaba siempre en el propio sitio con matemtica exactitud. El mozo le saludaba en el momento de dar un restregn con el pao a la mesa, y l, contestando con cierta dignidad, frotbase las manos, se acomodaba bien en el asiento, conservando la capa sobre los hombros; despus acercaba el vaso, poniendo a la derecha, a la discreta distancia a que se pone el tintero para escribir, el platillo del azcar, y luego atenda a la operacin de verter en el vaso la leche y el caf, poniendo mucho cuidado en que las proporciones de ambos lquidos fueran convenientes y en que el vaso se llenara sin rebosar. Esto era elemental. Despus coga la cuchara con la mano izquierda y con la derecha iba echando pausadamente los terrones, dirigiendo miradas indulgentes a todo el local y a las personas que entraban. Como veterano del caf saba tomarlo con aquella lentitud y arte que corresponden a todo acto importante. Imposible que la historia siga a este hombre en todos sus periodos cafeteros. Pero no se puede pasar en silencio la etapa aquella de la Puerta del Sol, en que Rubn tena por tertulios y amigos a D. Evaristo Gonzlez Feijoo, a don Basilio Andrs de la Caa; a Melchor de Relimpio y a Leopoldo Montes, personas todas muy dadas a la poltica, y que hablaban del pas como de cosa propia. Teniendo todos la misma mana, cada cual cultivaba una especialidad, pues Leopoldo Montes llevaba un da y otro infaliblemente, noticias de crisis; D. Basilio descenda siempre a menudencias de personal; Relimpio era procaz y malicioso en sus juicios; Rubn descollaba por suponerse que todo lo saba y que se anticipaba a los sucesos _vindolos venir_, y por ltimo, Feijoo era profundamente escptico, y tomaba a broma todas las cosas de la poltica. All brillaba esplndidamente esa fraternidad espaola en cuyo seno se dan mano de amigo el carlista y el republicano, el progresista de cabeza dura y el moderado implacable. Antiguamente, los partidos separados en pblico, estbanlo tambin en las relaciones privadas; pero el progreso de las costumbres trajo primero cierta suavidad en las relaciones personales, y por fin la suavidad se troc en blandura. Algunos creen que hemos pasado de un extremado mal a otro, sin detenernos en el medio conveniente, y ven en esta fraternidad una relajacin de los caracteres. Esto de que todo el mundo sea amigo particular de todo el mundo es sntoma de que las ideas van siendo tan slo un pretexto para conquistar o defender el pan. Existe una confabulacin tcita (no tan escondida que no se encuentre a poco que se rasque en los polticos), por la cual se establece el turno en el dominio. En esto consiste que no hay aspiracin, por extraviada que sea, que no se tenga por probable; en esto consiste la inseguridad, nica cosa que es constante entre nosotros, la ayuda masnica que se prestan todos los partidos desde el clerical al anarquista, lo mismo dndose una credencial vergonzante en tiempo de paces, que otorgndose perdones e indultos en las guerras y revoluciones. Hay algo de seguros mutuos contra el castigo, razn por la cual se miran los hechos de fuerza como la cosa ms natural del mundo. La moral poltica es como una capa con tantos remiendos, que no se sabe ya cul es el pao primitivo. Hablando de esto, Feijoo y Rubn achacaban la relajacin de los caracteres a los desengaos. Yo--deca Feijoo--, soy progresista desengaado, y usted tradicionalista arrepentido. Tenemos algo de comn: el creer que todo esto es una comedia y que slo se trata de saber a quin le toca mamar y a quin no. --ii-- Don Evaristo Gonzlez Feijoo merece algo ms que una mencin en este relato. Era hombre de edad, soltern, y viva desahogadamente de sus rentas y de su retiro de coronel del ejrcito. A poco de la guerra de frica, abandon el servicio activo. Era el nico individuo de la tertulia que no tena trampas ni apuros de dinero. Su existencia plcida y ordenada, reflejbase en su persona pulcra, robusta y simptica. Su facha denunciaba su profesin militar y su natural hidalgo; tena bigote blanco y marcial arrogancia, continente reposado, ojos vivos, sonrisa entre picaresca y bondadosa; vesta con mucho esmero y limpieza, y su palabra era sumamente instructiva, porque haba viajado y servido en Cuba y en Filipinas; haba tenido muchas aventuras y visto muchas y muy extraas cosas. No se alteraba cuando oa expresar las ideas ms exageradas y disolventes. Lo mismo al partidario de la inquisicin que al petrolero ms rabioso, les escuchaba Feijoo con frialdad benvola. Era indulgente con los entusiasmos, sin duda porque l tambin los haba _padecido_. Cuando alguno se expresaba ante l con fe y calor, oale con la paciencia compasiva con que se oye a los locos. Tambin l haba sido loco; pero ya haba recobrado la razn, y la razn en poltica era, segn l, la ausencia completa de fe. En las tertulias de los cafs hay siempre dos categoras de individuos, una es la de los que ponen la broza en la conversacin, llevando noticias absurdas o diciendo bromas groseras sobre personas y cosas; otra es la de los que dan la ltima palabra sobre lo que se debate, soltando un juicio doctoral y reduciendo a su verdadero valor las bromas y los dicharachos. Donde quiera que hay hombres, hay autoridad, y estas autoridades de caf, definiendo a veces, a veces profetizando y siempre influyendo, por la sensatez aparente de sus juicios, sobre la vulgar multitud, constituyen una especie de opinin, que suele traslucirse a la prensa, all donde no existe otra de mejor ley. Bueno. Los que ejercen autoridad en los crculos o tertulias de caf suelen sentarse en el divn, esto es, de espaldas a la pared, como si presidieran o constituyesen tribunal. Juan Pablo y Feijoo pertenecan a esta categora; pero el segundo no se sentaba nunca en el divn, porque le daba calor la pana, sino en una de las sillas de fuera, tomando caf en un ngulo de la mesa y volviendo la espalda a los individuos de la mesa inmediata. En cambio, D. Basilio Andrs de la Caa, que era vulgo, se sentaba siempre en el divn. Gustaba de ocupar posiciones superiores a las que mereca, y recostaba en el marco de los espejos su cabeza calva y lustrosa. Usaba gafas, y su nariz pequea podra pasar por signo o emblema de agudeza. Entornaba los ojos cuando daba una respuesta difcil, como hombre que quiere reconcentrar bien las ideas. Su frente era espaciossima y su fisonoma de esas que parecen revelar un entendimiento profundo y sinttico. Tena algn parecido con Cavour, de lo que provenan las bromas un tanto pesadas que le daban. Para juzgar su talento, acudiremos a un dicho de Melchor de Relimpio: El mejor negocio que se podra hacer en estos tiempos, a que no saben ustedes cul es? Pues abrirle la cabeza a D. Basilio y sacarle toda la paja que hay dentro para venderla. Y don Basilio, que tena ciertas marrulleras de asno viejo, sacaba partido de su fisonoma engaosa y de aquel aire de _hombre conspicuo_ que le daban su calva de calabaza, su frente abovedada, sus anteojos y su nariz chiquita y prismtica. Ms de una vez, los ministros a quienes se present experimentaron los efectos de fascinacin que aquella cartula ejerca sobre el vulgo, y le tomaron por una eminencia no comprendida. Crneo y entrecejo eran un timo frenoptico. Siempre que discuta tomaba un tono tan solemne, que muchos incautos le miraban con respeto. Consideraba la risa como un acto impropio de la dignidad humana, y habala desterrado casi en absoluto de su cara, tomando por modelo una pgina del Nomencltor o de la Memoria de la Deuda Pblica. Dos fases tena la vida de este hombre: el periodismo y la empleomana. En la prensa, siempre estuvo encargado de la parte extranjera y de las cuestiones de Hacienda. Ni para una ni para otra cosa se necesitaba en el periodismo antiguo saber escribir. Pero la Caa tomaba tan en serio estas dos ramas del conocimiento humano, que cuando trabajaba pareca que estaba escribiendo la _Crtica de la razn pura_. Su sueldo en las redacciones no pas nunca de treinta duros, cuando le pagaban. De las redacciones pasaba a las oficinas, y de las oficinas a las redacciones; de modo que cuando estaba cesante y la familia pereciendo, alegrbanse las Musas de la poltica extranjera y de la ciencia fiscal. Siempre fue mi hombre _arrimado a la cola_, como decan sus amigos; es decir, muy moderado, porque siempre le colocaban los doctrinarios. Su primer destino se lo dio Mon, y estuvo en Hacienda con ciertas alternativas hasta el periodo largo de la Unin Liberal. Esta poca fue su _cruja_ funesta, y vivi mseramente de la pluma, preguntando todos los das a la conclusin del artculo: qu har la Rusia? y respondindose con la ms deliciosa buena fe: no lo sabemos. A Inglaterra la llamaba siempre el _Gabinete de Saint-James_, y a Francia el _Gabinete de las Tulleras_. Durante el periodo revolucionario, pas el pobre D. Basilio una trinquetada horrible, porque no quiso venderse ni abdicar sus ideas. nicamente consinti en trabajar en un peridico liberal templado; pero... bien claro se lo dijo al director... nada ms que para tratar de las cuestiones financieras, con exclusin absoluta de toda idea poltica. Dicho y hecho: la Caa se largaba todos los das un articulazo que no lea nadie, criticando la gestin de la Hacienda; pero no as como se quiera, sino con nmeros. Con los nmeros no se juega deca l, y le meta mano al presupuesto y lo desmenuzaba como si fuera la cuenta de la lavandera. Si esta gente no comprende--deca en el caf inflado de autoridad--, que sin presupuesto no hay poltica posible, ni hay pas, ni nada. Estoy harto de decrselo todos los das. Y nada; como si se lo dijera a este mrmol. Seores, yo les juro que he examinado una por una todas las cifras, y cranmelo, parece mentira que ese buuelo haya salido de las oficinas de Hacienda. Pero si es lo que yo digo: ese seor (el Ministro del ramo) no sabe por dnde anda, ni en su vida las ha visto ms gordas... Cuidado que lo vengo demostrando como tres y dos son cinco! Pero nada... no lo quieren entender. Despus de expresar con un gran suspiro la lstima que tena de este pobre pas, segua tomando su caf con indolencia, pero con apetito, porque para D. Basilio era verdadero alimento, y lo tomaba colmado, en vaso, y dejando rebosar todo lo posible en el plato para trasegarlo despus fro al vaso. En los ltimos aos de la Revolucin, D. Manuel Pez diole un destinillo en el Gobierno civil, y l lo acept como ayuda hasta que vinieran tiempos mejores; pero estaba descontento, no slo por lo mezquino del sueldo, sino por razones de dignidad. Los amigos que le oan quejarse, comparando la exigidad de la paga con la muchedumbre de bocas que constituan su familia, le consolaban cada cual a su manera; pero l deca invariablemente: y sobre todo, me lo pueden creer, lo que ms me contrista es no estar _en mi ramo_. Su ramo era la Hacienda. La conversacin del crculo, que empezaba casi siempre con el tema de la guerra, pasaba insensiblemente al de los empleos. Leopoldo Montes, cesante eterno, Relimpio, y otros que tenan entre los dientes alguna piltrafa del presupuesto, se arrojaban con deleite famlico sobre aquel tema picante. Usted, cunto tiene?. --Yo _catorce_; pero me corresponden _diecisis_; Fulano, que estaba por debajo de m en la Ordenacin de pagos, tiene ya _veinte_, y yo llevo diez aos con _catorce_. --Pues yo--deca D. Basilio--, cuando estaba _en mi ramo_, llegu a _veinticuatro_ por mis pasos contados. Con este desbarajuste que hay ahora, no se sabe ya por dnde anda uno. El da que vuelva a _mi ramo_, no admito credencial que sea inferior a _treinta_. --Pero como aqu se hacen mangas y capirotes de los _derechos adquiridos_... qu pas! Yo entr en Penales con _ocho_, despus me pasaron a Instruccin Pblica con _diez_, luego cesante, y al fin, para no morirme de hambre, tuve que aceptar _seis_ en Loteras. --Pues yo--murmuraba una voz que pareca salida de una botella, voz correspondiente a una cara esculida y cadavrica, en la cual estaban impresas todas las tristezas de la Administracin espaola--, slo pido dos meses, dos meses ms de activo para poderme jubilar por Ultramar. He pasado el charco siete veces, estoy sin sangre, y ya me corresponde retirarme a descansar con _doce_. Maldita sea mi suerte! El cesante ms digno de conmiseracin es aquel que slo pide unos cuantos das ms de empleo para poder reclinar sobre la almohada de las Clases Pasivas una frente cargada de aos, de sustos y de servicios. --iii-- De ocho a diez estaba el caf completamente lleno, y los alientos, el vapor y el humo hacan un potaje atmosfrico que indigestaba los pulmones. A las nueve, cuando aparecan _La Correspondencia_ y los dems peridicos de la noche, aumentaba el bullicio. La jorobada y un su hermano, tambin algo cargado de espaldas, entraban con las manos de papel, y dando brazadas por entre las mesas del centro, iban alargando peridicos a todo el que los peda. Poco despus empezaba a clarear la concurrencia; algunos se iban al teatro, y las peas de estudiantes se disolvan, porque hay muchos que se van a estudiar temprano. En todos los cafs son bastantes los parroquianos que se retiran entre diez y once. A las doce vuelve a animarse el local con la gente que regresa del teatro y que tiene costumbre de tomar chocolate o de cenar antes de irse a la cama. Despus de la una slo quedan los enviciados con la conversacin, los adheridos al divn o a las sillas por una especie de solidificacin calcrea, las verdaderas ostras del caf. Juan Pablo no se iba hasta que cerraban las puertas, y de todos sus amigos el nico que tan a deshora le acompaaba era Melchor de Relimpio. Iban juntos hacia su barrio y a veces el uno dejaba al otro en la puerta de su casa, sin cesar de charlar hasta el momento en que vena el sereno a abrir. Si la noche estaba buena, solan darse una hora ms de palique vagando por las calles. De qu hablaban aquellos hombres durante tantas y tantas horas? El espaol es el ser ms charlatn que existe sobre la tierra, y cuando no tiene asunto de conversacin, habla de s mismo; dicho se est que ha de hablar mal. En nuestros cafs se habla de cuanto cae bajo la ley de la palabra humana desde el gran da de Babel, en que Dios hizo las opiniones. yense en tales sitios vulgaridades groseras, y tambin conceptos ingeniosos, discretos y oportunos. Porque no slo van al caf los perdidos y maldicientes; tambin van personas ilustradas y de buena conducta. Hay tertulias de militares, de ingenieros; las de empleados y estudiantes son las que ms abundan, y los provincianos forasteros llenan los huecos que aquellos dejan. En un caf se oyen las cosas ms necias y tambin las ms sublimes. Hay quien ha aprendido todo lo que sabe de filosofa en la mesa de un caf, de lo que se deduce que hay quien en la misma mesa pone ctedra amena de los sistemas filosficos. Hay notabilidades de la tribuna o de la prensa, que han aprendido en los cafs todo lo que saben. Hombres de poderosa asimilacin ostentan cierto caudal de conocimientos, sin haber abierto un libro, y es que se han apropiado ideas vertidas en esos crculos nocturnos por los estudiosos que se permiten una hora de esparcimiento en tertulias tan amenas y fraternales. Tambin van sabios a los cafs; tambin se oyen all observaciones elocuentes y llenas de sustancia, exposiciones sintticas de profundas doctrinas. No es todo frivolidad, ancdotas callejeras y mentiras. El caf es como una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano. Claro que dominan las baratijas; pero entre ellas corren, a veces sin que se las vea, joyas de inestimable precio. La mesa presidida por Juan Pablo Rubn era la segunda, entrando, a mano derecha. La inmediata perteneca al mismo crculo de amigos; despus segua la de los _curas de tropa_, llamada as porque a ella se arrimaban tres o cuatro sacerdotes, de estos que podramos llamar sueltos, y que durante la noche y parte del da hacan vida laica. A esta mesa sola ir Nicols Rubn, vestido de seglar como los otros, sirviendo de transicin entre aquel crculo y el prximo, donde su hermano estaba. Las dos tertulias vecinas vivan en excelentes relaciones, y a veces se entremezclaban los apreciables sujetos que las componan. A la mesa de los presbteros seguan dos de escritores, periodistas y autores dramticos. Federico Ruiz iba por all muy a menudo, y como era hombre tan comunicativo, meta baza con los curas, de lo que result que estos se familiarizaran por una banda con la gente de pluma, y por otra con los amigos de Rubn y Feijoo. A los escritores seguan los _chicos de caminos_, que ocupaban las tres mesas del ngulo. All empezaba lo que llamaban el _martillo_, o sea el crucero del vastsimo local. Dicho crucero era como un segundo departamento del caf, y estaba invadido por estudiantes, en su mayora gallegos y leoneses, que metan una bulla infernal. Como todo esto que cuento se refiere al ao 74, natural es que en el caf se hablara principalmente de la guerra civil. En aquel ao ocurrieron sucesos y lances muy notables, como el sitio de Bilbao, la muerte de Concha, y por fin, el pronunciamiento de Sagunto. Raro era el da que no echaban los peridicos un extraordinario anunciando batallas, desembarcos de armas, movimientos de tropas, cambios de generales y otras cosas que por lo comn daban pie a inacabables comentarios. Se ha enterado usted, Rubn?--deca Feijoo al tomar asiento junto al ngulo de la mesa, y quitando de la boca del vaso el platillo del azcar--. Parece que Mendiry se ha corrido hacia Viana. --Descuide usted--replicaba Juan Pablo con suficiencia. No saldrn del circulito de las Provincias Vascongadas y Navarra. Les conozco bien... Todos los jefes no van ms que a hacer su pella... El da en que haya un gobierno que les quiera comprar, se acab la guerra. --Pero, hombre...!--No hay ms que hablar. Pillera aqu, pillera all, y todo una gran pillera. --Aqu no hay ms que mucha hambre--deca uno de los curas de tropa alzando la voz en la mesa inmediata--. La guerra no se acaba porque los militares van muy a gusto en el machito. Los de ac y los de all no estn por la paz. Pero qu me dicen ustedes a m que he visto aquello? Yo he servido en el _cuarto montado_, he visto de cerca la guerra... y esta seguir jorobndonos mientras unos y otros mamen de ella. --Qu fuerte est el seor capelln!--dijo Feijoo sonriendo, y no dijo ms porque entr D. Basilio y en tono de gran misterio se expres de este modo: Cuando digo que hay novedades.... Despus que le sirvieron el caf, agach la cabeza, y en el crculo que formaban las cuatro o cinco cabezas de sus amigos que se alargaron para orle, hizo la confidencia: Se lo digo a ustedes en gran reserva. --Pero qu es?--_Misterios!_... Sagasta est disgustado. Me lo ha dicho su secretario particular. --Ah!, yo tambin lo o--indic Relimpio--. Es cierto... como que tiene dolor de muelas. --El motivo--aadi la Caa radiante--, no lo s. Cada uno piense como quiera. Yo lo nico que me permito decir es que esto est muy malo... pero muy malo, y que hay mar de fondo. --Pero no sabe usted ms?--le pregunt Feijoo de una manera apremiante--. Yo cre que nos iba usted a dar noticia de la conferencia del Duque con Elduayen... Y ahora sale con que Sagasta est malhumorado... Dios nos asista... Pero lo de la conferencia, es cierto o no? Don Basilio sola llevar en la boca un palillo de dientes, y tomndolo entre los dedos lo mostraba, accionando con l, como si formara parte del argumento. Lo que yo s--afirm con acento pattico, ofreciendo el palillo a la admiracin de sus amigos--, lo que yo s es que esto est muy malo. Digo con Lorenzana: _Meditemos_. El crculo de cabezas volvi a formarse, y en l ech D. Basilio su aliento, como los saludadores, antes de echar sus palabras. Era el tal aliento poco grato a la nariz de Feijoo, por lo cual este se retir discretamente. Don Basilio estuvo vacilando entre su conciencia, que le exiga callar, y el deseo de satisfacer la curiosidad de sus amigos. Por fin se violent un poco para decir: Esta tarde Romero Ortiz sali del ministerio a las cuatro, y al pasar en coche por la calle del Amor de Dios, vio a un amigo, par el coche, el amigo entr, y fueron.... --Pero quin era el amigo? --Todo no se ha de decir... Pues bien; all va: era _el pollo Romero_. Fueron... esta s que es gorda... a casa de D. Antonio Cnovas... Madera Baja, 1. Dicho esto, la Caa se qued muy serio, saboreando el efecto que deban causar sus palabras. Volvi a poner el palillo entre los dientes y miraba a sus amigos con cierta lstima. Y qu?--dijo Rubn con desabrimiento--. No veo la tostada. --Pues, amigo mo--replic D. Basilio en el tono de un hombre superior que no quiere incomodarse--, si usted no quiere ver la tostada, yo qu le voy a hacer? --Y qu ms da que vayan o no a casa de Cnovas? --Nada, nada... la cosa no tiene malicia. Flojilla cosa es... De qu pan hago las migas, compadre? Del tuyo que con el viento no se oye. Despus se permiti echarse a rer, cosa en l extrasima y desusada. Este D. Basilio....--Amigo--manifest Feijoo con su franqueza habitual--. Confiese usted que la noticia que nos ha trado podra ser una sandez. --Bueno, mi Sr. D. Evaristo, usted crea lo que quiera. Yo me lavo las manos. Esto de lavarse las manos lo repeta mucho la Caa; pero los hechos no correspondan a las palabras como lo demostraba la simple observacin. Ustedes podrn creer lo que les acomode--repeta el escritor de Hacienda, intentando elevar su dignidad de noticiero sobre la chacota de sus amigos--, pero lo que yo sostengo es que antes de un mes est el Prncipe Alfonso en el trono. Risa general. D. Basilio se pona colorado y despus palideca. Sus labios temblaban al aplicarse al borde del vaso. --A que no?--dijo con rabia Juan Pablo--. Eso, nunca. Antes que eso, que vuelvan los cantonales. Ni que furamos bobos en Espaa! Seores, a ustedes les cabe en la cabeza que venga aqu el Prncipe Alfonso? Y detrs doa Isabel. Bonito porvenir!... Otra vez el _moderantismo_. Pero yo pregunto--aadi con exaltacin, dejando caer la capa y echando atrs el sombrero--, yo pregunto: qu gente tiene a su lado el Prncipe? A ver; responderme. Don Basilio, no se atreva a responder. Contentbase con tomar aires de hombre profundo, que no se resuelve a soltar el enjambre de ideas que le zumban en el cerebro. --Responderme.--Nadie... cuatro gatos--dijo Montes. --Los que no supieron defender a su madre cuando la echamos, seores... Y ahora... Si quiere D. Basilio, pasaremos revista a todos los personajes del _alfonsismo_. Vamos, vengan ratas. Don Basilio, por su gusto, se habra metido debajo de la mesa. No haca ms que morder el palillo y gruir como un mastn que no se decide a ladrar ni quiere tampoco callarse. El _alfonsismo_ es un crimen afirm con la mayor suficiencia Leopoldo Montes, que no se paraba en barras para expresar una opinin. --Pero un crimen _de lesa nacin_--agreg Rubn--. Es lo que yo le deca anoche a Relimpio, que tambin se va cayendo de ese lado. En estos momentos, cuando no se sabe lo que saldr de la guerra...! Pues qu, si D. Carlos no fuera un necio, no estara ya en Madrid? --Pero, y eso qu prueba?--arguy al fin D. Basilio, viendo una salida favorable de la confusin en que su contrincante le meta--; qu tiene que ver...? Lgica, seores, lgica. --Nada, hombre, que no viene ac el nio ese... que no viene... Yo pongo mi cabeza. --Pero...--No hay pero... Que no viene, y no le d usted vueltas, Sr. de la Caa. --Deme usted razones.--Que no viene... Usted se convencer, usted lo ver... Al tiempo... --Pues al tiempo. --Que no, hombre, que no. Si hasta que venga el Prncipe no le llevan a usted _a su ramo_, menudo pelo va usted a echar... --Si no se trata aqu de que yo eche pelo ni de que no eche pelo--manifest D. Basilio incomodndose un poco y mostrando el palillo deshilachado. Pero Rubn se puso a hablar con Feijoo, que le preguntaba por aquel inexplicable casamiento de su hermano con una mujer maleada. Don Basilio peg la hebra con los curas de tropa y con Nicols Rubn. En aquel crculo le hacan ms caso que en el suyo, y se despachaba ms a su gusto. Divididas las opiniones, el capelln del _cuarto montado_ votaba por el Prncipe; pero el cura Rubn y otros dos que all haba bufaban slo de or hablar del _alfonsismo_. D. Basilio, inclinndose de aquel lado, apoyado en el codo, les revelaba secretos con muchsima reserva. Ya no faltaba ms que dar algunos perfiles a la cosa. Todo dispuesto, y el primerito que estaba en el ajo era Serrano. Lo que ustedes oyen... Al tiempo... Ustedes lo han de ver... y pronto, muy pronto. Despus se incautaba con disimulo de todos los terrones de azcar que poda, y se marchaba a su casa, despidindose de cada uno particularmente con apretn de manos a espaldarazo. --iv-- Rubn, despus de su fracaso en el campo y corte de D. Carlos, haba tomado en aborrecimiento a los hombres del bando absolutista; pero conservaba las ideas autoritarias y la opinin de que no se puede gobernar bien sino dando muchos palos. Toda la parte religiosa del programa carlista la descartaba, quedndose tan slo con la poltica, porque ya haba visto prcticamente que los curas lo echan todo a perder. Deca que su ideal era _un gobierno de lea_, que hiciera las leyes y nos las aplicara sin contemplaciones, mirando siempre a la justicia, con una tranca muy grande y siempre alzada en la mano. Este sistema autocrtico comprenda las maneras de gobernar ms que las ideas y soluciones tericas, porque entre las que profesaba Rubn habalas marcadamente avanzadas, populares y aun socialistas. Uno de sus temas era este: Conviene que todo el mundo coma... porque el hambre y la pobretera son lo que ms estorba la accin de los gobiernos, lo que da calor a las revoluciones, manteniendo a la nacin en la intranquilidad y el desbarajuste. Este socialismo sin libertad, combinado con el absolutismo sin religin, formaba en la cabeza de aquel buen hombre un revoltijo de mil demonios. Otro de sus temas era: _No ms pillos y pena de muerte al ladrn_. O ms claro: castigo inmediato y cruel a todos los que van al gobierno con el nico fin de hacer chanchullos. La rfaga de ambicin que pasa por la mente de todo espaol con ms o menos frecuencia hacindole decir _si yo fuera poder_, le soplaba a Rubn dos o tres veces cada da, ms bien como sueo que como esperanza; pero en sus horas de soledad se adormeca con aquella idea y la trabajaba, batindola, como se bate la clara de huevo para que crezca y se abulte y forme espumarajos. La conclusin de este meneo mental era que aqu lo que hace falta es un hombre de riones, un to de mucho talento con cada rin como la cpula del Escorial. Su prisin por sospechas de conspiracin acentuole la soberbia y la murria soadora, revolviendo ms al propio tiempo el pisto manchego de su programa poltico-social. Sali de la crcel con la cabeza ms aturullada y los nimos ms encendidos. Entrole entonces cierto afn por las lecturas, porque reconoca su ignorancia y la necesidad de entender las ideas de los grandes hombres y los sucesos notables que haban pasado en el mundo. Durante un par de semanas ley mucho, devorando obras diferentes, y como tena facilidad de asimilacin y mucha labia, lo que lea por las maanas lo desembuchaba por las noches en el caf convertido en pajaritas. Pajaritas eran sus conceptos; pero no por serlo, dejaban de cautivar a D. Basilio, a Leopoldo Montes y al mismo Feijoo. Un da se despert pensando que deba _empollar_ algo de sistemas filosficos y de historia de las religiones. El mvil de esto no era simplemente el amor al saber, sino un maligno deseo de tener argumentos con qu apabullar a los curas de la mesa prxima, que slo por ser curas, aunque sueltos, le eran antipticos, pues odiaba a la clase entera desde aquella trastada que los sotanas le hicieron en el Norte. Poco a poco, a medida que iba acopiando argumentos, fue Rubn corrindose a lo largo del divn, hasta que lleg a presidir la mesa de los capellanes. Eran estos tres, cuatro cuando iba Nicols Rubn, todos de buena sombra y muy echados para adelante. Ninguno de ellos se morda la lengua fuera cual fuese el tema de que se tratara. El ms calificado era un viejo catarroso, andaluz, gran narrador de ancdotas, mal hablado, y en el fondo buena persona. Retirbase a las once y deca sus misitas por la maana. El segundo era cura de tropa, echado del servicio por no s qu desafueros, y el tercero ex-capelln de un vapor correo expulsado porque le cogieron contrabando de tabaco. Estos dos eran buenos peines; haban corrido mucho mundo, y estaban sin licencias, ladrando de hambre, echados de todas las iglesias y sin encontrar amparo en parte alguna. Tal situacin les agriaba el carcter, hacindoles parecer peores de lo que eran. Jams se vestan de hbitos; pero conservaban la cara afeitada, como para estar disponibles en el caso de que los admitiesen otra vez en el oficio. No s cmo se llamaba el viejo catarroso, porque todos all le nombraban _Pater_; hasta el mozo que le serva, dbale este apodo. El ex-castrense se llamaba Quevedo y era del propio Perchel, feo como un susto, picado de viruelas, de mirada aviesa y con una cara de secuestrador, que dara espanto al infeliz que se la encontrase en mitad de un camino solitario. Beba aguardiente aquel clrigo como si fuera agua, y su lenguaje era un ceceo con gargarismos. Contaba hechos de armas y aventuras de cuartel con una gracia burda y una sinceridad zafia que levantaban ampolla. El otro se llamaba Pedernero y era del propio Ceuta, hijo de una _oficiala_ del Fijo, joven y simptico, de modales mucho ms finos que sus colegas, listo como un chorro de plvora, y con un pico de oro que daba gusto. Para l no tenan secretos la vida humana ni la juventud: Su compaero Quevedo sola envolverse en formas hipcritas; Pedernero no. Se presentaba sin mscara, tal como era, empezando por decir que el Superior haba hecho muy bien en quitarle las licencias. El llamado _Pater_ afectaba cierto magisterio episcopal con los otros dos; les reprenda cuando decan alguna barbaridad y les daba buenos consejos, profesando el principio de que todo era tolerable cuando se trataba en broma. l, por ejemplo, hablaba y oa, sobre todo oa, muchas cosas malas; pero su vida permaneca pura. Tena la cara redonda, blanca y risuea, y cuando estaba sin sombrero pareca una mujer cincuentona, ama de cannigo. No gustaba de que le armasen en la mesa disputas violentas, sino que se mantuviera la tertulia en el terreno de las hablillas sabrosas y de las chirigotas picantes, aunque fuesen sucias. Pues bien; en este crculo fue donde se col Juan Pablo, con su clerofobia y su pegadizo saber de teologa y filosofa catlica. Empez dando puntadas. Como al principio era su charla frvola y de gacetilla, todos se rean y el _Pater_ estaba en sus glorias. Pero poco a poco iba sacando Rubn proposiciones serias. El poder temporal del Papa fue puesto por los suelos, sin que ninguno de los tonsurados hiciese una defensa formal. El _Pater_ y Quevedo tomaban la cuestin con calma, oponiendo a los ataques de Rubn argumentos evasivos en estilo joco-serio. Pedernero lo echaba todo a chacota; pero una noche que llev Rubn, bien fresquecito y pegado con saliva, el tema de la pluralidad de mundos habitados, Pedernero empez a despabilarse. Era doctor en Teologa, y aunque haba ahorcado los libros haca mucho tiempo, algo recordaba, y tena adems grandes dotes de polemista. Rubn sali un tanto contuso; pero en retirada se defenda bien con su flexibilidad y agudeza. Ms adelante llev un arsenal de argumentos contra la revelacin. Esto no lo creen ya ms que los adoquines.... Todo el Viejo Testamento no era ms que un fraude, una imitacin de las teogonas india y persa. Bien se vea la reproduccin de los mismos mitos y smbolos. El pecado original, la expulsin del paraso, la encarnacin, la redencin, eran una serie de representaciones poticas y naturalistas que se reproducan al travs de los siglos, lo mismo a orillas del ufrates que del Nilo que del Jordn. S?, pues ahora lo vers. Esto se dijo Pedernero, cuyo amor propio de telogo contrabandista se pic extraordinariamente. En dos o tres das refresc sus lecturas, rehzo su erudicin descompuesta en los viajes y en la vida de libertino, y bien preparado acudi al torneo a que el otro le retaba con sabiduras de tercera mano, aprendidas en los libritos franceses de ciencia popular a treinta cntimos el tomo. Pues amigo, una noche el ex-capelln del vapor-correo se li la manta y le dio tal paliza a Rubn, que este hubo de salir con las manos en la cabeza. Haba que ver a Pedernero transfigurado, hecho un orador ardiente y lleno de arrogante facundia. El auditorio se estrechaba, y de las mesas prximas y de los veladores del centro acuda gente, apelmazndose en torno a los bravos contrincantes. Rubn era agudo, gil, guerrillero de la discusin; el otro dominaba el asunto y era firme y sobrio de palabras, seguro en la dialctica. No pararon aqu las cosas. Rubn, lleno de despecho, resobaba sus libritos de a treinta cntimos para buscar armas contra la Iglesia. Apenas las esgrima, Pedernero le reventaba. Su argumentacin era la maza de Fraga. El _Pater_ no caba en s de gozo y bailaba en el asiento; Quevedo alargaba el hocico, y hasta se atreva a decir _mu_, repitiendo las admirables razones de su amigo. Los dems tertulios se envalentonaban adhirindose algunos al bando de Pedernero, otros al de Rubn, no por conviccin, sino por divertirse y aumentar la jarana. Adems de los tres curas, eran parroquianos de aquella mesa las siguientes personas: un agente de Bolsa riqusimo que, con el _Pater_, llevaba diez aos de concurrir todas las noches a aquel mismo sitio, un bajo de pera retirado, un funcionario de poco sueldo y el dueo de un acreditado molino de chocolate. Los curas y estos cuatro seores formaban la partida ms fraternal que puede imaginarse. Llevando cada cual un bocado sabroso al festn de la murmuracin pasaban dulcemente las horas, amigos all, distantes unos de otros en el comercio de la vida ordinaria. Rubn, al verse vencido, pues hasta el agente de Bolsa, que era el ms libre-pensador de todos, se cay del lado de Pedernero, buscaba camorra, empleando argumentos de mala fe y personalizando la disputa. El bajo de pera se crea en el deber de apoyar la idea religiosa, por haberla expresado tantas veces con su sbana por la cabeza, haciendo el respetable papel de sumo sacerdote; y el del molino de chocolate azuzaba a los dos por ver si la cosa se enfurruaba y no quedaban ms que los rabos. Oanse en aquella parte del caf clusulas furibundas, proposiciones que parecan dichas en un plpito, y descollaba sobre el tumulto la valiente voz de Pedernero gritando: Yo le digo a usted que ningn Santo Padre ha podido sostener ese disparate. No jorobar. Yo le reto a usted a que me traiga el texto, y si no lo trae, es prueba de que lo inventa usted. Aquella noche qued la cosa mal, y el tono de los contendientes, as como la atmsfera caldeada que en la tertulia rein, hacan temer una escena desagradable. La catstrofe tuvo lugar a la noche siguiente, pues habindose permitido Rubn algunas reticencias desfavorables a la reputacin de la Virgen Mara, salt Pedernero de su asiento, trmulo y descompuesto, en estado de horrible agitacin, y lanz a su contrario anatema tan furibundo que los amigos tuvieron que sujetarles. Porque yo soy un lipendi. Yo reconozco--gritaba el capelln ahogndose--, que soy un mal sacerdote; pero delante de m no hay un judo sin vergenza que se atreva a hablar mal de la Virgen. O se traga usted esas infamias o le rompo el alma... ahora mismo. No puede describirse lo que all pas. Voces, gritos, patadas, capas rotas, vasos volcados, terrones por el suelo. Trincando una botella, Rubn apunt al cura con tal desacierto que qued descalabrado... el infeliz bajo de pera. El zipizape fue de lo ms clebre... D. Basilio tir de los faldones a Rubn y por poco se queda con ellos en la mano. Todo el caf se alborot. El amo intervino... Emigracin. Desde el da siguiente Juan Pablo traslad sus reales a otro caf. --v-- El primero que hubo de seguirle fue don Evaristo Gonzlez Feijoo, a quien era indiferente este o el otro establecimiento. Instalronse por el pronto en Fornos, y all esperaron. A la segunda noche fue Leopoldo Montes, y a la tercera D. Basilio, que les encontr discutiendo de qu caf se posesionaran definitivamente. El escritor de Hacienda se apresur a dar su opinin favorable al caf de Santo Toms, porque all daban ms azcar que en ninguna parte. Replic a esto Montes que no haba que mirar el caso _bajo el prisma exclusivo_ del azcar y que el gnero que ms importaba era el caf. El de la Aduana estuvo a punto de triunfar; pero lo desecharon por no estar siempre entre franceses, as como se excluy el Imperial por los toreros, y otro por las cursis que lo invadan. Feijoo se habra quedado all; pero a Rubn le eran antipticos los alumnos de escuelas preparatorias militares que iban a Fornos a primera hora. Molestbale tambin la costumbre que all haba de quitar gas a las diez de la noche cuando se iban los tales alumnos. El local se quedaba medio a oscuras, no volviendo a ser bien alumbrado hasta las doce, hora en que venan a cenar los bolsistas. A Rubn le cargaban tambin los dichosos bolsistas, que no hablaban ms que de dinero. Decidieron por fin establecerse en el Siglo de la calle Mayor, donde se encontraron bastantes personas conocidas. Rubn necesitaba algunos das para la aclimatacin en nuevo local. Al principio cambiaba frecuentemente de mesa, bien porque el sitio era expuesto a las corrientes de aire, bien por ciertas vecindades un poco molestas. Una de las primeras noches, cuando an no haban llegado los amigos, Rubn estaba solo en la mesa, y pona su atencin en dos grupos inmediatos a l. En ambos era vivo y animado el dilogo. En el de la derecha decan: Hoy he hecho yo unas cincuenta arrobas a veinticinco reales. Pero est la plaza perdida. Los paletos van aprendiendo mucho. Hoy han dicho que no traen ms escarola si no se la ponemos a diez. En el grupo de la izquierda, compuesto de tres individuos, oy Rubn lo siguiente: Te aseguro que yo admito la metempscosis, segn la entendan los egipcios y los caldeos. Comprendi Rubn que los de la derecha eran asentadores de vveres y los de la izquierda filsofos de caf. En el del Siglo haba una gran reunin de espiritistas, a la que concurra por aquella fecha Federico Ruiz. Viole Rubn, y se acerc a la tertulia, teniendo el gusto de discutir con los individuos ms entusiastas de aquella secta. Entenda Juan Pablo que esto de ir corrindola de mundo en mundo despus que uno se muere es muy aceptable; pero lo del _periespritu_ no lo tragaba, ni la guasa de que vengan Scrates y Cervantes a ponerse de chchara con nosotros cuando nos place. Vamos; esto es para bobos. Uno de los ms chiflados de la escuela se esforzaba en convencer a Rubn, tomando ese tonillo de uncin y ese amaneramiento de cuello torcido y ojos bajos en que cae todo propagandista de doctrina religiosa, cualquiera que sea. Feijoo aparentaba creer, por darles cuerda y orles desatinar. A aquel crculo iba Federico Ruiz siempre con prisa y con el tiempo tasado, porque a tal hora tena que asistir a una junta para tratar de la ereccin del monumento a Jovellanos; despus a otra para ocuparse del banquete que se haba de dar a los pescadores de provincias que vendran al Congreso de piscicultura. Hombre ms atareado no se vio jams en nuestro pas, y como tena tantas cosas en el caletre, para no olvidar muchas de ellas se vea obligado a apuntrselas con lpiz en los puos de la camisa. Cuando no tena que ir a la _Sociedad Econmica_ a defender su voto particular como individuo de la comisin informadora de reformas sociales, iba al _Fomento de las Ciencias_ a dar su conferencia sobre la utilidad de elevar a estudio serio el arte de la panificacin. Entre col y col, Ruiz pasaba un rato con sus amigos los espiritistas, y les alentaba a organizarse, a establecerse, a alquilar un local, y sobre todo a fundar un rgano en la prensa. Nada adelantaran sin rgano. Iba tambin a aquel corrillo Aparisi el concejal, a quien tenan ya medio trastornado los apstoles, Pepe Samaniego, que no se dejaba embaucar, y Dmaso Trujillo, el dueo de la zapatera titulada _Al ramo de azucenas_, que todo se lo crea como un bendito, y a solas en su casa haca experimentos con una banqueta de zapatero. En la mesa prxima haba empleados de Hacienda, Gobernacin y Ultramar, y una tanda de cesantes. Entre ellos vio Rubn al individuo a quien slo faltaban dos meses de empleo para poder pedir su jubilacin. Tena pintada en su cara la ansiedad ms terrible; su piel era como la cscara de un limn podrido, sus ojos de espectro, y cuando se acercaba a la mesa de los espiritistas, pareca uno de aquellos seres muertos hace miles de aos, que vienen ahora por estos barrios, llamados por el toque de la pata de un velador. El clima de Cuba y Filipinas le haba dejado en los huesos, y como era todo l una pura mojama, relumbraban en su cara las miradas de tal modo que pareca que se iba a comer a la gente. A un guasn se le ocurri llamarle Ramss II, y cay tan en gracia el mote, que Ramss II se qued. Pasando con desdn por junto a los espiritistas, se sentaba en el crculo de los empleados, oyendo ms bien que hablando, y permitindose hacer tal cual observacin con voz de ultratumba, que sala de su garganta como un eco de las fras cavernas de una pirmide egipcia. Dos meses, nada ms que dos meses me faltan, y todo se vuelve promesas, que hoy, que maana, que veremos, que no hay vacante.... Feijoo se arrimaba a l y le daba conversacin, por lstima, animndole y procurando distraerle de su tema; pero Ramss II, cuyo verdadero nombre era Villaamil, no tena ms consuelo que aplicar su oreja seca y amarilla a la conversacin, por si escuchaba algo de crisis o de trifulca prxima que diese patas arriba con todo. Lo que l quera era que se armase gorda, pero muy gorda, a ver si... Pero a usted quin le recomienda? le pregunt una noche Juan Pablo. --A m D. Claudio Moyano.--Pues entonces ya est usted fresco. --Dicen que traen al Prncipe...--indic Ramss II con timidez. --S; lo traern los rusos... por las ventas de Alcorcn. Aviado est usted si espera a que venga el Prncipe... Aqu lo que viene es la liquidacin social... y despus, sabe Dios. Saldr el hombre que hace falta, un to con un garrote muy grande y con cada rin... as. Ramss II bajaba la cabeza. D. Basilio era su nico amigo, porque tambin all pona el pao al plpito para anunciar la venida del Prncipe... Por supuesto--aada--, tiene que venir con la estaca de que habla el amigo Juan Pablo. Rubn se encontraba bien en aquel crculo, pero una noche acert a ver en las mesas de enfrente a un hombre que le desconcert por completo. Era un amigo suyo que le haba prestado dinero. La secreta antipata que inspira el acreedor manifestbase en el alma de Rubn en forma de un odio recndito, nacido quizs del sentimiento de humillacin que producen las deudas a toda persona de amor propio muy susceptible. El tal era Cndido Samaniego, hombre medio curial y medio negociante, en su trato afable, en sus negocios duro. Muchas veces renov a Juan Pablo sus pagars, y ltimamente le haba apremiado con cierta acritud. Rubn condensaba sus sentimientos respecto al prestamista en esta frase: Pagarle y despus romperle la cabeza. Desde que le vea en las mesas de enfrente, senta una desazn profundsima, mal de estmago y como ganas de enfadarse. Ponase tan nervioso, que le habra tirado un botellazo al primer espiritista que hablase de llamar a Epaminondas para consultarle sobre la marcha de los carlistas por el Baztn. Y el prfido _ingls_ se dejaba caer hacia aquellas mesas pretextando tener que hablar a su primo Pepe; pero con intencin de aproximarse a Juan Pablo, ver lo que haca y cruzar con l algunas palabras. El infeliz deudor haca de tripas corazn, y ponindole cara risuea, convidbale a tomar algo; mas el usurero le daba las gracias, y si tena ocasin le soltaba indirectas tan suaves como esta: Mire usted que no puedo ms. Siempre me est usted diciendo que la semana que entra, y francamente... sentir verme obligado a dar un paso que.... A Rubn se le haca acbar el caf y la tertulia un infierno. rale insoportable la presencia de aquel hombre a quien no poda mandar a paseo, imagen viva del desorden de su vida, que se le apareca como el espectro de una vctima cuando ms contento estaba. La nica delicia de su triste existencia era el caf. Aquel sueo plcido, Samaniego se lo trocaba en angustiosa pesadilla. No pudo ms, y una noche, sin decir nada, levant el vuelo hacia otras regiones. --vi-- En esta nueva emigracin, deseando estar lo ms lejos posible del Siglo, se fue a San Joaqun, en la calle de Fuencarral, y no se corri ms al Norte porque no haba cafs en las latitudes altas de Madrid. Pero en esta desercin, ya no le acompaaron ni D. Basilio Andrs de la Caa, ni Montes; ste porque San Joaqun estaba _donde Cristo dio las tres voces_, aqul porque ya se iba cargando de la pertinencia con que Rubn se burlaba de sus profecas sobre la proximidad de la Restauracin. El mismo D. Evaristo Feijoo le sigui de mal humor, dicindole con desabrimiento que no le gustaban los cafs de piano, y que el _gnero_ y la sociedad no deban ser de lo mejor en aquellas alturas. Estuvieron solos algunos das. No vean por all caras de amigos, hasta que una noche se apareci en el local una pareja conocida. Eran Feliciana y Olmedo, el estudiante de farmacia amigo de Maxi. Ya no vivan juntos, porque Olmedo haba dado un cambiazo en sus costumbres volvindose aplicadsimo a cara descubierta. No se recataba ya para estudiar, y haca pblico alarde, con la mayor desvergenza, de su decidida inclinacin a tomar el grado aquel mismo ao, llegando hasta la audacia de escribir un trabajo muy bueno sobre la dextrina, e ilusionndose con la idea de hacer oposicin a una ctedra. Pero no se haba encontrado a su antiguo amor, hecha un pingo, y la convid a tomar un caf en aquel apartado establecimiento. Ms de dos horas estuvieron charlando los que fueron amantes, y ella no paraba el pico refiriendo los malos tratos que le daba el hombre que a la sazn era su dueo. Volvieron dos noches despus a la misma mesa, y Rubn trab conversacin con ellos. Hablaron de la boda de Maximiliano y de los increbles sucesos que despus vinieron, diciendo Juan Pablo que su cuadita era una buena pieza. Pero, hombre--dijo Feijoo a su amigo--. Y usted, para qu dej casar a su hermano?. --A mi hermano le falta un tornillo... --Ah!, como guapa, ya lo es--agreg D. Evaristo con cierto entusiasmo--. La he visto ayer... mejor dicho, la he visto varias veces. --Dnde?--En su casa. Es largo de contar... dejmoslo para otra noche. Era sin duda cosa delicada para dicha delante de testigos, y estos eran: Olmedo con Feliciana, el pianista ciego, que en los descansos sola agregarse a aquella plcida tertulia, y una seora jamona, fiel parroquiana del caf de nueve a doce. La llamaban doa Mara de las Nieves, y era una de las figuras ms notables que presenta Madrid en la variadsima serie de los tipos de caf. Iba algunas veces sola, otras con una mujer de mantn borrego que pareca verdulera acomodada. Llevaba toquilla de color corinto, que se quitaba al sentarse, y al punto se le armaba en la mesa una tertulia de hombres, compuesta de los siguientes personajes: un portero del Colegio de Sordo-Mudos, un empleado del Tribunal de Cuentas, un teniente viejo, de la clase de tropa, retirado del servicio, y dos individuos que tenan puesto de carne y frutas en la plaza de San Ildefonso. En esta sociedad reinaba doa Nieves como en un saln, siendo ella la que pronunciaba las frases maliciosas y chispeantes sobre el suceso del da, y los otros los que las rean. Corrase algunas veces hacia la mesa inmediata, sobre todo a ltima hora, cuando sus amigos, gente que tena que madrugar, empezaba a desertar del local. Entonces se formaba una segunda pea. Doa Nieves, bien digerido el caf, tomaba chocolate, y acompabanla Juan Pablo, Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algn otro. El mozo mismo, que haba llegado a familiarizarse con aquella sociedad, se agregaba tambin, tomando asiento a un extremo del corro para escuchar y aplaudir. Doa Nieves era propietaria de algunos puestos del mercado y los arrendaba; por esto, as como por sus muchas relaciones, los diferentes tratos en que andaba y los anticipos que haca a las placeras, ejerca cierto caciquismo en la plazuela. Se haca respetar de los guindillas, protegiendo al dbil contra el fuerte y los contraventores de las Ordenanzas urbanas contra la tirana municipal. Al pianista ciego le daba el cafetero siete reales y la cena. Por el da se dedicaba a afinar. Era casado y con ocho de familia. Tocaba piezas de pera y de zarzuelas francesas como una mquina, con ejecucin fcil, aunque incorrecta, sin gusto ni sentimiento. A pesar de esto, en ciertos pasajes muy naturalistas en que imitaba una tempestad o _las campanadas de incendios_ que da cada parroquia, le aplauda mucho el pblico, y a ltima hora le pedan siempre habaneras. La verdad es que todo esto, doa Nieves y las placeras sus amigas, las mujeres de equvoca decencia que iban all acompaadas de madres postizas, el mozo y sus familiaridades, el pianista y sus habaneras, aburran a Juan Pablo soberanamente. Para colmo de hasto, Feijoo no era puntual y faltaba muchas noches. En cambio, Feliciana y Olmedo iban con ms frecuencia, llevando ella una amiguita que acababa de salir de San Juan de Dios. En las ltimas semanas del 74, Rubn volvi a sentir comezn de lecturas. Quera instruirse a todo trance, labor inmensa y difcil por carecer de base, pues su padre, con la idea de que al comerciante le estorba el latn, no le permiti aprender ms que las cuatro reglas y un poco de francs. No tena biblioteca, y un amigo le proporcionaba libros. Fue a verle, escogi los que ms despertaron su curiosidad por los ttulos, y consagr a la lectura todo el tiempo que le dejaban libre el caf y el sueo. Tantas ideas adquiri que se senta con vivas ansias de devolverlas por medio de la propaganda. O predicaba o reventaba. Lstima grande no volver a la tertulia de Pedernero para ponerle verde, porque ya saba lo bastante para pasarse a todos los telogos por la nariz. Las lecturas de Rubn fueron como un descubrimiento. Ya sospechaba l aquello; pero no se atreva a expresarlo. El hallazgo era negativo, es decir, haba descubierto que la mejor organizacin de los estados es la desorganizacin; la mejor de las leyes la que las anula todas, y el nico gobierno _serio_ el que tiene por misin no gobernar nada, dejando que las energas sociales se manifiesten como les da la gana. La anarqua absoluta produce el orden verdadero, el orden racional y propiamente humano. Las sociedades, claro, tienen sus edades como las personas: hay sociedades que estn mamando, sociedades que andan a gatas, sociedades pollas, sociedades jvenes, y por fin, las maduras y dueas de s; sociedades con barbas, en una palabra, y tambin con algunas canas. Tocante a religiones y prcticas sociales que de ellas se derivan, Juan Pablo iba muy lejos, pero muy lejos; como que no le costaba nada el billete para tan largo viaje. Slo en la edad pueril, cuando a la sociedad se le cae la baba y vive bajo la frula del dmine, se comprende que exista y tenga proslitos la institucin llamada matrimonio, unin perpetua de los sexos, contraviniendo la ley de Naturaleza... y a santo de qu?, vamos a ver... Eso s, por encima de todo la Naturaleza. Estudiando bien la vida total, el entendimiento se limpia de las telaraas que en l han tejido los siglos. La Naturaleza es la verdadera luz de las almas, el Verbo, el legtimo Mesas, no el que ha de venir sino el que est siempre viniendo. Ella se hizo a s propia, y en sus devoluciones eternas, concibiendo y naciendo sin cesar, es siempre hija y madre de s misma. Qu tal? Toma canela fina. Encontrbase mi hombre con fuerza dialctica y entusiasmo bastantes para predicar y extender por todo el mundo aquellas verdades. Pero como no tena ms pblico que la tertulia del caf, con ese inocente auditorio tuvo que contentarse. Y qu? Cunto mejor no era sembrar la nueva doctrina en entendimientos sencillos y absolutamente incultivados! Pues el mismo Jesucristo no escogi por discpulos a unos infelices pescadores, hombres rudos que no conocan ninguna letra, y a mujeres de mala vida? Ved aqu por dnde doa Nieves y las placeras sus amigas, Feliciana y la parroquiana de San Juan de Dios, el camarero, el pianista fueron escogidos para que Juan Pablo sembrara en ellos la primera simiente de aquel Evangelio al natural. Por espacio de muchas noches hizo propaganda acalorada. A veces se tena que incomodar, porque le hacan observaciones estpidas o socarronas. Como se expresaba muy bien, oanle todos con gran atencin, y las chicas del partido le ponan buenos ojos. El mozo era el ms entusiasmado y deca: Qu pico tiene este seor de Rubn!. Pasaba lo de la anarqua y aun lo del matrimonio; pero en llegando a que todo es Naturaleza, reinaba gran confusin en el auditorio, y doa Nieves, tomando el caso a broma, peda mayor claridad. Pero a ver, D. Juan Pablo, explquese mejor... porque eso de que todos seamos todo no lo calo yo bien.... --Lo primero, hijas mas--deca con uncin el expositor--, es limpiar el _intellectus_ de errores adquiridos en la infancia, de prejuicios y muletillas; lo primero es _querer entender_. No admito argumentos que no sean racionales. --Y cuando nos morimos--pregunt una de las samaritanas--, qu pasa? --Hija, cuando nos morimos, pasamos a fundirnos en el grandioso conjunto universal... --_Mia_ sta... Pues qu queras t, seguir gozando y divirtindote por all? --Y Dios?--Dios!... francamente, no me gusta, por consideraciones que se deben a toda gran idea histrica, no me gusta, digo, hablar mal de l... Me concreto, pues, a negarle... respetuosamente. --Otra!, qu cosas se le ocurren! De modo que la misa no es nada tampoco... --Mara Santsima!, con lo que sale usted ahora. La misa... es un rito, uno de tantos ritos. --Y lo mismo da orla que no? Y para qu son los funerales? --Otro rito... La que no pueda o no sepa dar a la Naturaleza lo que es de la Naturaleza y a la historia lo que es de la historia, que se calle... No hay tal muerte, hijas mas: la que tenga odos, oiga... Esta es la verdad; morirse es cumplir una ley de armona. --Vaya un lo que me arman ustedes! Una de las placeras que presentes estaban tena muy abultado el seno. En cierta ocasin, estando confesndose, le dijo el cura: sea usted modesta en el vestir y no haga ostentacin de esas _naturalezas_....--Qu, seor?.--Eso, la delantera. Por esto, al or hablar de Naturaleza y de pecado, crey que se referan a aquellas partes que debe cubrir el recato, y dijo escandalizada: Vaya unas conversaciones indecentes que sacan ustedes!. Indecentes no, hija. --Lo que yo dijo y sostengo--manifest una de las samaritanas, tirando por la calle de enmedio--, es que este D. Juan Pablo est _guillado_. Loco, tal vez no; pero fatigado s de sus intiles esfuerzos. Ni abriendo con martillo un boquete en aquellas cabezas de piedra, lograra meter la luz de la verdad. Corrindose al velador inmediato, donde estaba cenando el ciego, mand al mozo que le pusiese all su chocolate. El ciego volvi hacia l sus ojos vacos y muertos, su cara que pareca un quinqu sin encender, y le dijo con profundsima tristeza: Pero es verdad, D. Juan Pablo, lo que usted nos cuenta? Lo cree usted as, o es que quiere entretenerse y divertirse con nosotros, ignorantes? Me ha llenado usted de dudas. Ser verdad que cuando uno se muere se convierte en escarola?. Juan Pablo mir al ciego, y se helaron en sus labios las palabras con que iba a espetarle nuevamente su cruel filosofa. Era Rubn hombre de buen corazn, y le pareci poco humano aumentar las tinieblas de aquella triste y miserable vida. Pero al propio tiempo su conciencia no le permita desmentir lo que acababa de sostener. La dignidad por delante. Estuvo luchando un rato entre la piedad y el deber, y como el ciego volviese a preguntarle con insistente afn: pero es cierto que al morir nos convertimos en berzas...? le replic el apstol: Le dir a usted... hay opiniones... No haga caso. Si no fuera por estas bromas, cmo se pasaba el rato?. No siguieron estas conversaciones filosficas, porque sobrevino lo de Sagunto, y este suceso absorbi la atencin general en todos los cafs, desde el ms grande al ms chico. Rubn estaba furioso, y sostena que el Gobierno no tena vergenza si no fusilaba en el acto... pero en el acto... a Martnez Campos, a Jovellar y todos los dems que haban andado en aquel lo. Cuando sus amigos no le queran or sobre este particular, hablaba solo. Desmenta categricamente cuantas noticias llegaban al caf. Todo era falso. Antes que el Prncipe viniera, habra un levantamiento general, y los carlistas haran el ltimo esfuerzo. Negaba que D. Alfonso hubiera llegado a Marsella, que se embarcase para Barcelona en la _Navas de Tolosa_, y vindolo entrar en Madrid habra de negar que estaba entre nosotros. Pero una noche, despus de largas ausencias, lleg Feijoo al caf, y sentndose los dos aparte, le dijo: Hombre, he visto a Jacinto Villalonga; he hablado largamente con l. Ya sabe usted que es de la situacin y muy amigo mo. Por supuesto, no acepta la Direccin que se le ha ofrecido, porque prefiere andar suelto. Es ua y carne de Romero Robledo. Y voy a lo que iba... Le he hablado de usted.... --De m!--S; es preciso colocarse. Usted no puede continuar as. --Mire usted, amigo Feijoo--dijo Rubn masticando las palabras para salir de aquel atolladero--. Yo no puedo admitir... Y el decoro de los hombres? Yo he profesado toda mi vida...! --Msica, msica.--Yo no soy de esos que hablan mal de una situacin, y luego van a quitarles motas al que antes desollaron. --Msica, msica.--En fin, que yo agradezco... pero no puede ser... Me ofendera, s seor, me ofendera. --De modo--exclam Feijoo en voz alta, abriendo los brazos y tomando un tono que no se podra decir si era de indignacin o de burla--, de modo que ya no hay patriotismo. --Otra!... Patriotismo s hay; pero yo... --Usted har lo que yo le mande, y tendremos credencial. Rubn sigui toda la noche afectando mal humor, una severidad torva, el malestar de la persona a quien ponen un pual al pecho para que consume un acto contrario a sus convicciones. Al retirarse a casa, se comparaba con Wamba y deca para su sayo: Cmo ha de ser... paciencia. Tengo que ser alfonsino... a la fuerza. Vaya un compromiso... Re-Dios, qu compromiso...!. -II- La restauracin vencedora --i-- Me ha contado Jacinta que una noche lleg a tal grado su irritacin por causa de los celos, de la curiosidad no satisfecha y de la forzada reserva, que a punto estuvo de estallar y descubrirse, haciendo pedazos la mscara de tranquilidad que ante sus suegros se pona. Porque la peor de sus mortificaciones era tener que desempear el papel de mujer venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad de D. Baldomero y doa Brbara, tragndose en silencio su amargura. Ya no le quedaba duda de que su marido _entretena_, como se dice ahora, a una mujer, y de estos entretenimientos no tenan ni siquiera sospechas los bienaventurados paps. Saba que la tarasca que le robaba su marido era la misma con quien tuvo amores antes de casarse, la madre del _Pituso_ muerto, la condenada Fortunata que le haba dado tantas jaquecas. Deseaba verla... pero no; ms vala que no la viera jams, porque si la vea, de fijo se le iba el santo al Cielo. La noche a que Jacinta se refera, contando estas cosas, noche tristsima para ella por haber adquirido recientemente noticias fidedignas de la infidelidad de su marido, hubo en la casa gran regocijo. Aquel da haba entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y D. Baldomero estaba con la Restauracin como chiquillo con zapatos nuevos. Barbarita tambin reventaba de gozo y deca: Pero qu chico ms salado y ms simptico!. Jacinta tena que entusiasmarse tambin, a pesar de aquella procesin que por dentro le andaba, y poner cara de pascua a todos los que entraron felicitndose del suceso. El marqus de Casa-Muoz oficiaba de chambeln palatino. Haba tenido la dicha inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y el Rey habl con l... Contaba el caso el marqus, haciendo notar bien el tono familiar con que se haba expresado S. M. Hola, marqus, cmo va?. Nada, lo mismo que si me hubiera tratado toda la vida. Aparisi sostuvo poco despus que l haba previsto todo lo que estaba pasando. l no era partidario de la Restauracin; pero haba que respetar los hechos consumados. D. Baldomero no cesaba de exclamar: _Veremos a ver_ si ahora, qu dianches!, hacemos algo; si esta nacin entra por el aro.... Jacinta se indignaba en su interior. Tena un volcn en el pecho, y la alegra de los dems la mortificaba. Por su gusto se hubiera echado a llorar en medio de la reunin; mas rale forzoso contenerse y sonrer cuando su suegro la miraba. Retorciendo en su corazn la cuerda con que a s propia se ahogaba, se deca: Pero a este buen seor, qu le va ni le viene con el Rey?... qu les importa!... Yo estoy volada, y aqu mismo me pondra a dar chillidos, si no temiera escandalizar. Esto es horrible!.... Don Alfonso rale antiptico, porque su imagen estaba asociada a la horrible pena que la infeliz sufra. Aquella maana fue con Barbarita a casa de Eulalia Muoz, que viva en la Calle Mayor, a ver la entrada del Rey. Amalia Trujillo la tom por su cuenta, y la estuvo adulando antes de darle el gran susto. Hallbanse las dos solas en el balcn de la alcoba de Eulalia, y ya sonaban los clarines anunciando la proximidad del Rey, cuando Amalia, plum!, le solt el pistoletazo. Tu marido _entretiene_ a una mujer, a una tal Fortunata, guapsima... de pelo negro... Le ha puesto una casa muy lujosa, calle tal, nmero tantos... En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que t tambin lo sepas. Quedose yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada as con tales detalles, como el pelo negro, el nmero de la casa, era un jicarazo tremendo. Desde aquel aciago instante, ya no se enter de lo que en la calle ocurra. El Rey pas, y Jacinta le vio confusa y vagamente, entre la agitacin de la multitud y el _turur_ de tantas cornetas y msicas. Vio que se agitaban pauelos, y bien pudo suceder que ella agitara el suyo sin saber lo que haca... Todo el resto del da estuvo como una sonmbula. Entr Guillermina, que tambin hubo de llevar sus notas de alegra al concierto general. Ya era tiempo--dijo antes de meterse en el rincn en que sola estar--. No aguardo sino a que descanse del viaje para ir a echarle el toro... Me tiene que dar para concluir el piso bajo. Y lo har, porque le hemos trado con esa condicin: que favorezca la beneficencia y la religin. Dios le conserve. Jacinta la sigui al gabinete prximo, y all estuvieron las dos de chchara por espacio de una hora larga. Guillermina deca: Paciencia, hija, paciencia, y todo se arreglar; yo te lo prometo. Ya cerca de las doce entr Juan, y su mujer le mir con severidad sin decirle nada... Es que te voy a aborrecer--pens--, como no te enmiendes. Pues no faltaba otra cosa... Y lo que es esta noche te como... No me engatusars con tus zalameras. Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre y amigos, no se atrevi a ello, porque el empuje de aquella opinin era demasiado fuerte para luchar con l. Hasta los ltimos das del 74 haba defendido la Restauracin. Despus de hecha, encontr mal que la hicieran los militares, y en esto fund sus crticas del suceso consumado. Aqu siempre se han hecho las mudanzas de esa manera--dijo el seor de Santa Cruz con patriarcal buena fe--. Es nuestra manera de matar pulgas. Pues qu, queras t que las Cortes...? Ests fresco. Despus sostuvo el Delfn, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que ninguna Restauracin haba prevalecido; mas todos se negaron a seguirle por los vericuetos histricos. D. Baldomero, sin meterse en dibujos, dijo una cosa muy sensata, producto de su observacin de tanto tiempo: Yo no s lo que suceder dentro de viente, dentro de cincuenta aos. En la sociedad espaola no se puede nunca fiar tan largo. Lo nico que sabemos es que nuestro pas padece alternativas o fiebres intermitentes de revolucin y de paz. En ciertos periodos todos deseamos que haya mucha autoridad. Venga lea! Pero nos cansamos de ella y todos queremos echar el pie fuera del plato. Vuelven los das de jarana, y ya estamos suspirando otra vez porque se acorte la cuerda. As somos, y as creo que seremos hasta que se afeiten las ranas. --Es la condicin humana. As viven y se educan las sociedades--dijo el Delfn--. Lo que a m no me gusta es que esto se haga por otra va que la de la Ley. Pillo, tunante!--pensaba Jacinta comindose las palabras, y con las palabras la hiel que se le quera salir--. Qu sabes t lo que es ley? Farsante, demagogo, anarquista! Cmo se hace el purito... Quien no te conoce.... Cuando se retiraron a su alcoba, Jacinta se esforzaba en aumentar su furor; quera cultivarlo, o alimentarlo como se alimenta una llama, arrojando en ella ms combustible. Esta noche me le como. Quisiera estar ms furiosa de lo que estoy, para no dejarme engolosinar. Y eso que lo estoy bastante. Pero an me vendra bien un poquito ms de ira. Es un falso, un hipcrita, y si no le aborrezco, no tengo perdn de Dios. En esto, sinti que Juan la abrazaba por la cintura... Qutate, djame...--grit ella--. Estoy muy incomodada; pero no ves que estoy muy incomodada?. Juan la vio temblorosa y sin poder respirar. Perdone uste, seora replic bromeando. Jacinta tuvo ya en la punta de la lengua el _lo s todo_; pero se acord de que noches antes su marido y ella se haban redo mucho de esta frase, observndola repetida en todas las comedias de intriga. La irritada esposa crey ms del caso decir: Te aborrecer, ya te estoy aborreciendo. Santa Cruz, que estaba de buenas, repiti con buena sombra otra frase de las comedias: _Ahora lo comprendo todo_. Pero la verdad, chica, es que no comprendo nada. Turbada en sus propsitos de pelea por el buen genio y los cariosos modos que el prfido traa aquella noche, Jacinta rompi a llorar como un nio. Juan le hizo muchas caricias, besos por aqu y all, en el cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla; besos en un codo y en la barba, acompaados del lenguaje ms finamente tierno que se podra imaginar. No aguanto ms, no puedo aguantar ms era lo nico que ella deca con angustioso hipo, mojndole a l la cara y las manos con tanta y tanta lgrima. No poda tener consuelo. Todo aquel llanto era el disimulo de tantsimos das, sospechar callando, sentirse herida y no poder decir ni siquera ay! Esto es horrible, esto es espantoso; no hay mujer ms desgraciada que yo... Y lo que es ahora, te aborrecer de veras, porque yo no puedo querer a quien no me quiere. Te quera ms que a mi vida. Qu tonta he sido! A los hombres hay que tratarlos sin consideracin... Ya no ms, ya no ms... Estoy volada, y lo que es esta no te la perdono... digo que no te la perdono. Algn trabajo le cost a Santa Cruz que su mujer repitiese lo que le haba dicho una amiga aquella maana. Y cuando l lo negaba, la ofendida esposa, que senta en su alma la conviccin profundsima de la autenticidad del hecho, irritbase ms: No lo niegues, no me lo niegues, pues yo s que es cierto. Hace tiempo que te lo he conocido. --En qu...?--En muchas cosas.--Dmelas--indic l ponindose serio. --Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engaas ms. --Si no pienso engaarte...--Lo que Amalia me ha dicho--afirm Jacinta con sbita ira, llena de dignidad, ponindose en pie y afianzando con un gesto admirable su aseveracin--, es verdad. Yo digo que es verdad y basta. Grave y mirndola a los ojos, el anarquista replic en tono muy seguro: Bueno, pues es verdad. Yo te declaro que es verdad. --ii-- Quedose Jacinta como una estatua, y al fin, volviendo la espalda a su marido, hizo un ademn de salir. l la cogi por una mano, y quiso abrazarla. Ella no se dej. En medio del estrujn frustrado, slo pudo articular la esposa muy vagamente estas palabras: Me voy. Lo que ms la irritaba era que el tunante, despus de lo que haba dicho, tuviera todava humor de bromas y pusiera aquella cara de pilln, como si se tratara de una cosa de juego. Porque se sonrea, y tranquilo en apariencia, djole en tono de seriedad cmica: Seora, acustese usted. --Yo...?--Se lo mando a usted... Acustese usted al momento. No le fue a ella posible entonces librarse de un abrazo apretado, y en aquel segundo estrujn, oy estas cariosas palabras: No vale ms que nos expliquemos como buenos amigos? Hijita de mi alma, si te enfurruas, no llegaremos a entendernos. Jacinta fue bruscamente desarmada. Quedose como el combatiente de los cuentos de nios, a quien por obra de magia se le convierte la espada en alfiler y el escudo en dedal. El Delfn haba entrado, desde los ltimos das del 74, en aquel periodo sedante que segua infaliblemente a sus desvaros. En realidad no era aquello virtud, sino cansancio del pecado; no era el sentimiento puro y regular del orden, sino el hasto de la revolucin. Verificbase en l lo que D. Baldomero haba dicho del pas; que padeca fiebres alternativas de libertad y de paz. A los dos meses de una de las ms graves distracciones de su vida, su mujer empezaba a gustarle lo mismito que si fuera la mujer de otro. La bondad de ella favoreca este movimiento centrpeto, que se haba determinado por quinta o sexta vez desde que estaban casados. Ya en otras ocasiones pudo creer Jacinta que la vuelta a los deberes conyugales sera definitiva; pero se equivoc, porque el Delfn, que tena en el cuerpo el demonio malo de la variedad, cansbase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza centrfuga. Mas era tanta la alegra de la esposa al verle enmendado, que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para emprenderla despus con ms bro por esos mundos de Dios. Tambin esto concordaba con un pensamiento de D. Baldomero, que deca: Cuando el pas remite, y fortalece con su opinin la autoridad, no es que ame verdaderamente el orden y la ley, sino que se pone en cura y hace sangre para saciar despus con mejor gusto el apetito de las trifulcas. Qued, como he dicho, tan desarmada Jacinta, que no poda ser ms. Pero creyendo que su dignidad le ordenaba seguir muy colrica, dijo todas las palabras necesarias para mostrarlo, por ejemplo: Me acostar o no me acostar, segn me acomode. A ti qu te importa? No parece si no que... Conmigo no se juega, estamos?... Pues qu se ha figurado este tonto? Hemos concluido, te digo que hemos concluido... Bien, me acuesto porque quiero, no porque t me lo mandes... Vaya!.... Poco despus se oa en la alcoba lo siguiente: Que te ests quieto... No vayas a creerte que ahora te voy a perdonar. No, si no me engatusas... ni hay _tiln_ que valga. Ya van quince y raya. No estn los tiempos para perdones, caballerito. Haz el favor, te digo... No quiero verte, no quiero orte, ni me importa que me quieras o no. Si me quieres, rabia y rabia; mejor. Yo me reir vindote padecer. Con que lo dicho, djame en paz. Tengo un sueo espantoso... No ves cmo se me cierran los ojos?. Y era mentira. Lejos de tener ganas de dormir, estaba muy despabilada y nerviosa. T no tienes sueo; a que no lo tienes?--le deca l--. A que te despabilo y te pongo como un lucero?. --A que no? Cmo? --Contndote toda la verdad de lo que te dijo Amalia, haciendo una confesin general para que veas que no soy tan malo como crees. --Ah!, s; ven, ven, hijito--exclam ella alargando sus brazos desnudos--. Confisame todo; pero con nobleza. Nada de comedias... porque t eras muy comiquito. Gracias que yo te conozco ya las marrulleras, y algunas bolas me trago; pero otras no. De veras que vas a contrmelo todo? La idea de perdonar electrizaba a Jacinta, ponindola tan nerviosa que echaba chispas. No caba en s de inquietud, pensando en lo grande del perdn que tena que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le ofreca. Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se apart de ella para ir hacia la suya... Pero qu?--pens--, se arrepiente este tuno de lo que ha dicho?... Es que no quiere contarme nada?.... Abur, hombre dijo en alta voz con despecho. --Si vuelvo, si voy all en seguida... Mi mujer gasta un genio muy vivo. --Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme. No estoy yo aqu esperando a que al seorito le d la gana de tenerme en vela toda la noche. --Cllese usted, _so ta_...--Diciendo esto, volvi hacia ella, sentndose en el lecho y hacindole mil ternezas. --Ah!, esto est perdido--murmur Jacinta en los respiros que las caricias de su marido le dejaban, ahogndola...--. Mira, estate quieto y no me sofoques. No tengo yo gana de bromas. --Vamos al caso, niita ma. Para que yo te cuente lo que deseas saber, es preciso que t me cuentes antes a m otra cosa. Dices que t sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas. En qu te fundabas t para adivinarlo?... qu observaste y qu supiste? --Ay!... con lo que sale ahora este bobo...! Crees que una mujer celosa necesita ver nada? Lo olfatea, lo calcula y no se equivoca... Se lo dice el corazn. --El corazn no dice nada. Eso es una frase. --Cuando te vuelves faltn, la menor palabra, cualquier gesto tuyo me sirven para leerte los pensamientos. Y te parece que es poco dato el ver cmo me tratas a m? Hasta la manera de entrar aqu es un dato. Hasta una ternura, una palabra cariosa te venden, porque al punto se ve que son sobras de otra parte, tradas aqu por deber y para cubrir el expediente... Palabras y caricias vienen muy usadas. --Cunto sabes!--Ms sabes t... No, no, ms s yo. En la desgracia se aprende... Muchas veces me callo por no escandalizar; pero por dentro siento algo que me est rallando as, as... muele que te muele... Pues tengo yo un olfato...! Cuando ests faltoncito, si no lo conociera por otras cosas, lo conocera por el perfume que traes algunas veces en la ropa... Otro dato: Una noche traas en el pauelo de seda del cuello, qu crees?, pues un cabello negro, grande. Lo saqu con las puntas de los dedos y lo estuve mirando. Me daba tanto asco como si me lo hubiera encontrado en la sopa. No chist. Otra noche dijiste en sueos palabras de las que se dicen cuando un hombre se pega con otro. Yo me asust. Fue aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo. Tuve que ponerte rnica. Me contaste que viniendo no s por dnde te sali un borracho, y tuviste que andar a trompazos con l. Traas tierra en la americana azul. Toda la noche estuviste muy inquieto, no te acuerdas? --Me acuerdo, s--dijo el Delfn, renovando en su mente el lance con Maximiliano. --Pues vers. Otra noche, cuando te desnudabas, plin... cay al suelo un botn. Vino saltando hasta cerca de mi cama. Pareca que me miraba. Era de nquel, labrado, con muchos garabatos. Cuando te dormiste, me ech de la cama y lo cog. Era un botn de mujer, de los que se usan ahora en las chaquetillas. Lo tengo guardado. Estas ignominias se guardan para en su da sacarlas y decir: me negars esto?... Y t siempre tan comediante! Yo pasaba unas fatigas...!, pero nunca quise rebajarme al espionaje. Se me ocurri preguntar al cochero. Con una buena propinilla, Manuel no me habra ocultado lo que supiera. Pero por respeto a ti y a m misma y a la familia, no hice nada. Contarle a tu mam mis sospechas!... Para qu?, para disgustarla sin ventaja ninguna?... Guillermina, con quien nicamente me clareaba, decame siempre: paciencia, hija, paciencia. Y por fin llegaba yo a tenerla, y el molinillo que me daba vueltas en el corazn, mola, hacindomelo polvo, y yo aguanta que aguanta, siempre callada, poniendo cara de Pascua y tragando hiel, tragando hiel. Esta maana, cuando Amalia me dijo lo que me dijo, toda la sangre se me hizo como un veneno, y me propuse aborrecerte, pero aborrecerte en toda regla, no creas... y no perdonarte aunque te me pusieras delante de rodillas. Pero es una tan dbil...! Si merecemos todo lo que nos pasa...! Es la mayor desgracia ser as, tan simplona... Como que estamos a merced de esas... secuestradoras, que de tiempo en tiempo nos prestan a nuestros propios maridos para que no alborotemos... --iii-- Esta ltima queja puso al seorito de Santa Cruz un tanto pensativo y desconcertado. No desconoca l la situacin poco airosa en que estaba ante Jacinta, cuya grandeza moral se elevaba ante sus ojos para darle la medida de su pequeez. Era muy soberbio, y el amor propio descollaba en l sobre la conciencia y sobre los sentimientos todos; de manera que nada le molestaba tanto como verse y reconocerse inferior a su mujer. Cuando, media hora antes, prometi confesar sus faltas, hzolo movido de orgullo, para engalanarse con la sinceridad, a la manera del fatuo que se da tono con una cruz. La confesin de la culpa ennoblece siempre, y como demasiado saba l que todo lo noble hallaba eco en el gran corazn de Jacinta, se dijo: aqu me viene bien un _rasgo_. Pero el momento de la confesin se acercaba, y el pecador estaba algo confuso, sin saber cmo iba a salir de ella. Lo que l quera era quedar bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando sus faltas como mritos, y retocando toda la historia de modo que pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botn y el cabello era negro y deshonroso. No tena que calentarse mucho los sesos para salir del paso, porque para tales escamoteos tena su entendimiento una aptitud particular. Su imaginacin despiertsima se pintaba sola para hacer pasar de un cubilete a otro las ideas. Lo que l no poda sufrir era que se le tuviese por hombre vulgar, por uno de tantos. Hasta las acciones ms triviales y comunes, si eran suyas, quera que pasasen por actos deliberadamente admirables y que en nada se parecan a lo que hace todo el mundo. Rpidamente, con aquella presteza de juicio del artista improvisador, hizo su composicin, y all te van las confidencias... Jacinta se haba de quedar tamaita. Ya vera ella qu marido tena, qu ser superior, qu persona tan extraordinaria. Hay una moral gruesa, la que comprende todo el mundo, incluso los nios y las mujeres. Hay otra moral fina, exquisita, inapreciable para el vulgo: es la que slo pueden gustar los paladares muy sensibles... Vamos all. Preparmonos a or tus papas dijo ella. --De todo lo que has dicho, parece deducirse que yo soy un miserable, un cualquiera, uno de tantos. Pues ahora lo veremos. He guardado reserva contigo, porque cre que no me comprenderas. Veremos si me comprendes ahora. Es cierto que hace dos meses, me encontr otra vez a... --Haz el favor de no nombrarla--suplic Jacinta con viveza--. Ese nombre me hace el efecto de la picadura de una vbora. --Bueno, pues voy al grano... Encontrmela casada. --Casada!--S, con un simple. La metieron en un convento, la casaron despus como por sorpresa... Chica, una historia de intrigas, violencias y atrocidades que horroriza. --Pobre mujer!--exclam ella, respondiendo al intento de Juan, que empezaba por hacer a la otra digna de lstima--. Pero bien merecido le est por su mala conducta. --Esprate un poco, hija. Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido. --Ni ms mala tampoco.--Sobre eso hay mucho que decir. No es maldad lo que hay en ella, es falta de ideas morales. Si no ha visto nunca ms que malos ejemplos; si ha vivido siempre con tunantes...! Yo pongo en su lugar a la mujer ms perfecta, a ver lo que haca. No, no es lo que crees. Digo ms, sera muy buena, si la dirigieran al bien. Pero hazte cargo: despus de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta, la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser marido de nadie... Jacinta abri la boca; tan grande era su pasmo. Y ese majadero la martirizaba de tal modo desde el primer da de matrimonio, que la infeliz, prefiriendo la libertad en la ignominia a una esclavitud insoportable, se escapa de la casa, y se echa otra vez a la calle, como en sus peores tiempos. En esto me encuentra y me pide amparo. Jacinta no haba cerrado todava la boca. En tal situacin--prosigui Juan, hallndose ya en plena posesin de su tesis y con los cubiletes en la mano--, yo te planteo el problema a ti... vamos a ver... Figrate que eres hombre; figrate que te encuentras delante de aquella infeliz mujer, que te pide socorro, una defensa contra la miseria y la deshonra, y al verla delante, t te reconoces autor de todas sus desdichas, porque t la perdiste, porque de ti le vienen todos sus males. Yo quiero que me digas con lealtad qu haras, qu haras t en este trance. Pero cierra ya esa boca; basta ya de asombro y contstame. --Pues yo... qu hara? Echar mano al bolsillo, darle cuatro o cinco duros, y marcharme a mi casa. --Esa fue mi primera idea. Pero ciertas deudas, seora ma--dijo Santa Cruz triunfante--, no se saldan con cuatro ni con cinco duros. --Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos. --Tampoco. Yo pens que deba poner a aquella infeliz en camino de adquirir una posicin decente y estable. Buscarle un marido, no poda ser; estaba casada. Procurarle una manera de vivir con independencia y honradez... ah!, esto es muy difcil. No tiene educacin; no sabe trabajar en nada que produzca dinero. No hay para ella ms recurso que comer de su belleza. Pero en esto mismo hay distintos grados de ignominia. No empieces a hacerte cruces, hija. Las cosas hay que tomarlas como son; otra cosa es empearse en sostener una filosofa cursi. Yo le dije: bueno, pues te pongo una casa, y arrglatelas como puedas.... No, si no es para que hagas tantas cruces, lo repito. Hay que ponerse en la realidad, niita. No mires esto con ojos de mujer; ponte en mi caso; figrate que eres hombre... --Estoy asombrada de la vuelta que le das a tus caprichos, y de lo bien que te las compones para hacer pasar por proteccin desinteresada lo que en realidad es amor que tenas o tienes a esa maldita. --Pues a eso voy ahora. Aqu te quiero ver... Atencin. Yo te juro que no despertaba en m ni el amor ms insignificante, ni tan siquiera un capricho de momento. No hay ejemplo de una frialdad como la que yo senta ante ella. Bien me lo puedes creer. No slo no me inspiraba pasin, sino que hasta me repugnaba. --Eso--dijo la esposa--, que te lo crea otro, que lo que es yo... --Qu tonta eres! Tu incredulidad nace de la idea equivocada que tienes de esa mujer. Te la has figurado como un monstruo de seducciones, como una de esas que, sin tener pizca de educacin ni ningn atractivo moral, poseen un sin fin de artimaas para enloquecer a los hombres y esclavizarles volvindoles estpidos. Esta casta de perdidas que en Francia tanto abunda, como si hubiera all escuela para formarlas, apenas existe en Espaa, donde son contadas... todava, se entiende, porque ello al fin tiene que venir, como han venido los ferrocarriles... Pues digo que Fortunata no es de esas, no posee ms educacin que la cara bonita; por lo dems, es sosa, vulgar, no se le ocurre ninguna picarda de las que trastornan a los hombres; y en cuanto a formas... no hablo del cuerpo y talle... sigue tan tosca como cuando la conoc. No aprende; no se le pega nada. Y como para todo se necesita talento, una especialidad de talento, resulta que esa infeliz que tanto te da que pensar, no sirve absolutamente para diablo, me entiendes? Si todas fueran como ella, apenas habra escndalos en el mundo, y los matrimonios viviran en paz, y tendramos muchsima moralidad. En una palabra, chiquilla, no hay en ella complexin viciosa; tiene todo el corte de mujer honrada; naci para la vida oscura, para hacer calceta y cuidar muchachos. Al llegar aqu Juan se asust, creyendo que se le haba ido un poco la lengua, y cay en la cuenta de que si Fortunata era como l deca, si no tena _complexin viciosa_, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de l por haberla perdido. Jacinta hubo de pensar esto mismo, y no tard en manifestrselo. Pero el prestidigitador acudi a defender la suerte con la presteza de su flexible ingenio. Es verdad--le dijo--, y esto aumentaba mis remordimientos. No tena ms remedio que hacer en obsequio suyo lo que no habra hecho por otra. Ponte t en mi caso, figrate que eres yo, y que te ha pasado todo lo que me ha pasado a m. Puedes hacerte cargo de mi tormento, y de lo que yo sufrira teniendo que considerar y proteger, por escrpulo de conciencia, a una mujer que no me inspira ningn afecto, ninguno, y que ltimamente me inspiraba antipata, porque Fortunata, crelo como el Evangelio, es de tal condicin, que el hombre ms enamorado no la resiste un mes. Al mes, todos se rinden, es decir, echan a correr.... Jacinta haba empezado a dar pataditas, haciendo saltar el edredn que a los pies tena. Era su manera de expresar la alegra bulliciosa cuando estaba acostada. Porque siendo verdad lo que Juan deca, la temida rival era como los espantajos puestos en el campo, de los cuales se ren hasta los pjaros cuando los examinan de cerca. Pero an le quedaba una duda, Era aquello verdad o no? Para mentira estaba demasiado bien hiladito. --Y ella te quiere todava?--pregunt con la picarda de un juez de instruccin. El esposo se hizo repetir la pregunta, sin otro objeto que retrasar la respuesta, que deba ser muy pensada. --Pues te dir... que s. Tiene esa debilidad. Otras mujeres, las de complexin viciosa, son en sus pasiones tan vehementes como inconstantes. Pronto olvidan al que adoraron y cambian de ilusin como de moda. Esta no. --Esta no--repiti Jacinta, asustada de ver a su enemiga tan distinta de como ella se la figuraba. --No. Ha dado en la tontera de quererme siempre lo mismo, como antes, como la primera vez. Aqu tienes otra cosa que me anonada, que me obliga a ser indulgente. Ponte en mi lugar, hija. Porque si yo viera que coqueteaba con otros hombres, anda con Dios. Pero si no hay quien la apee de una fidelidad que no viene al caso. Fiel a m! a santo de qu? Te aseguro que me ha hecho cavilar ms esa sosona! Ha pasado por tantas manos, y siempre fiel, consecuente como un clavo, que se est donde le clavan. Ni el deshonor, ni el matrimonio la han curado de esta mana. No te parece a ti que es mana? A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no saba con cul quedarse, y estaba perpleja y muda. Hay tantos--exclam Santa Cruz en el tono que se da a las cosas muy filosficas--, hay tantos a quienes hace infelices la inconstancia de las mujeres, y a m me hace padecer una fidelidad que no solicito, que no me hace falta, que no me importa para nada!. Jacinta dio un gran suspiro.--Pero al tener conciencia, el tener un sentido moral muy elevado--aadi el Delfn dominando la suerte--, como lo tengo yo, me ha puesto en una situacin equvoca frente a ti. Yo necesitaba darte explicaciones. Ya te las he dado, y por ellas habrs visto que no se debe juzgar los actos de los hombres por lo que parece, sino que es preciso ir al fondo, hija, al fondo de las cosas. Con que te vas enterando? A lo mejor se lleva uno cada chasco... Cuntas veces pensamos mal de un sujeto, fundndonos en hablillas del vulgo o en cualquier dato inseguro, como por ejemplo, un pelo, un botn!... y despus de mirar bien el hecho, qu resulta?, que no basta para muestra un botn, que el que se cuelga de un cabello se cae; en una palabra, nia ma, que lo aparentemente deshonroso puede no serlo, y que la realidad, en vez de arrojar vergenza sobre el sujeto, lo que hace es enaltecerlo y quizs honrarle. --Poco a poco--dijo la esposa prontamente--, que para m sigue siendo turbio. Me parece que en todo lo que has dicho hay demasiada composicin. No me fo yo, no me fo, porque para fabricar estos arcos triunfales de frases y entrar por ellos dndote mucho tono, te pintas t solo. Lo cierto es que le has puesto la casa, la has visitado y te has divertido en grande con ella. Vaya una conciencia la tuya, vaya una manera de pagarle su fidelidad, tirando por el suelo la que me debes a m!... Qu moral es esta? No escamotees la verdad. Esa mujer es una bribona, y t seras un simple si no fueras tambin un solemnsimo pillo. --Prese usted un poco, _camarata_--replic Santa Cruz algo desconcertado--. Qu palabras usar yo para pintarte la situacin en que me encontraba? Es que el caso es de los ms raros que se pueden ofrecer... Para que veas que soy sincero y leal, te dir que hubo en m algo de flaqueza, s, flaqueza que naca de la compasin. No tuve valor para resistir a las... cmo dir?... a las sugestiones apasionadas de quien tiene por m una idolatra que yo no merezco. Pero te juro que lo hice sin ilusin, con fastidio, como el que cumple un deber, pensando en mi mujer, vindote a ti ms que a la que tan cerca tena, y deseando que aquella comedia concluyera. Ambos estuvieron callados un mediano rato. Crea Jacinta aquellas cosas, o aparentaba creerlas como Sancho las bolas que D. Quijote le cont de la cueva de Montesinos? Lo ltimo que Juan dijo fue esto: Ahora juzga t como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habr tambin. Yo me entrego a ti. --Romper, romper para siempre toda clase de relaciones con esa calamidad es lo que importa--manifest la Delfina inquietsima, dando vueltas en el lecho--. Que no la veas ms, que ni siquiera la saludes si te la encuentras por la calle... Oh, qu mujer!, es mi pesadilla. --Da por hecho el rompimiento, pero definitivo, absoluto. Lo deseo tanto como t; me lo puedes creer. Lo deca con tal expresin de ingenuidad, que Jacinta sinti grande alegra. S, hija, no aguanto ms. Que se vaya con su constancia a los quintos infiernos. --Y si da en perseguirte?--Ser capaz hasta de recurrir a la polica. --De modo que no vuelves ms a esa casa?... Di que no vuelves, dime que no la quieres. --Bah! Demasiado lo sabes. No volver ms que a despedirme. --No; escrbele una carta. Las despedidas cara a cara no son buenas para romper. --Har lo que t quieras, lo que t me mandes, niita de mi alma, monsima... ms salada que el terrn de los mares. --iv-- A la siguiente maana, Jacinta se levant muy gozosa, con los espritus avispados, y muchas ganitas de hablar y de rer sin motivo aparente. Barbarita, que entr de la calle a las diez, le dijo: Qu retozona ests hoy!... Oye. Al volver de San Gins, me encontr con Manolo Moreno, que lleg ayer de Londres. Le he convidado a almorzar. Jacinta fue a su tocador. An dorma su marido, y ella se empez a arreglar. A poco entr una visita, que Jacinta recibi en su gabinete. Era Severiana, que dos veces por semana llevaba a Adoracin a que la viese su protectora. Ya se sabe que la Delfina, no pudiendo adoptar al _Pituso_ y tomarlo por hijo, y sintiendo ms fuerte e imperioso en su alma el anhelo de la maternidad, dio en proteger a la preciossima y cariosa hija de Mauricia la Dura. Para Jacinta no haba goce ms grande y puro que acariciar un pequeuelo, darle calor y comunicarle aquel sentimiento de bondad que se desbordaba de su alma. Agradbale tanto la nia aquella, que se la habra llevado consigo si sus suegros y su marido lo permitieran; pero no siendo posible esto, se consolaba vistindola como una seorita, pagndole el colegio y pasando un ratito con ella. Gozaba en ver su belleza, en aspirar la fragancia de su inocencia y en examinarla para cerciorarse de sus adelantos. Hola, ven ac, mujer, dame un beso y un abrazo le dijo la seorita, atrayndola a s con maternal cario. Adoracin se frot bien la cara y el cuerpo contra la cintura y falda de su protectora. Dice que lo que le pide a la Virgen--declar Severiana con esa adulacin de los humildes muy favorecidos y que an quieren serlo ms--, es no separarse nunca, nunca de la seorita... para estarla mirando siempre. --Ya s que me quiere mucho, y yo la quiero a ella, si es buena y estudia. Qu elegante ests!... No te haba visto el vestido nuevo. --Anoche soaba con la ropa nueva--dijo Severiana--, y ayer, cuando se la puso, no haca ms que mirarse al espejo. Si la tocbamos ay!, nos quera pegar... Lo que ella deseaba era que la seorita la viera tan maja, verdad, rica? --No me gusta tanto afn por las composturas. Ahora lo que yo quiero es ver qu tal andan esas lecciones... Hoy no tengo tiempo de hacer preguntas; pero otro da, el jueves, veremos cmo est ese catecismo. --Ah!, seorita, se lo sabe de corrido. Nos tiene mareados con lo que hicieron aquellos que se coman el man y lo de No en el arca, con tantos animales como meti en ella. Pues y leer? Lee mejor que mi marido. --Eso me gusta... El mes que entra la pondremos en un colegio, interna. Ya es grandecita... es preciso que vaya aprendiendo los buenos modales... su poquito de francs, su poquito de piano... Quiero educarla para maestrita o institutriz, verdad? Adoracin la miraba como en xtasis. Y esa mujer? pregunt luego Jacinta a Severiana, refirindose a la madre de Adoracin. Seora, no me la nombre. A poco de salir de las Micaelas, pareca algo enmendada. Volvi a correr pauelos de Manila y algunas prendas; estaba en buena conformidad; pero ya la tenemos otra vez en danza con el maldito vicio. Anteanoche la recogieron tiesa en la calle de la Comadre... Qu vergenza...!. Jacinta hizo un gesto de pena. Pobrecita ma! exclam abrazando ms estrechamente a su protegida. --Por esto--aadi la otra--, yo quera hablar a la seorita para ver si doa Guillermina tena proporcin de meterla en cualquier parte donde la sujetaran. En las Micaelas no puede ser, a cuento de que all la tuvieron que echar por escandalosa... Pero bien la podran poner, si a mano viene, en un hospicio, o casa de orates, al menos para que no diera malos ejemplos. --Veremos...--dijo distrada Jacinta levantndose, porque haba odo el repique del timbre con que su marido llamaba. Faltaba algo antes de que Adoracin se despidiera. Su protectora le daba siempre una golosina, y aquel da hubo de olvidarse. Quedose parada la nia en medio del gabinete aun despus de los ltimos besos de la despedida. Jacinta cay en la cuenta de su distraccin. Esprate un momento. A poco volvi con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la recomendacin de portarse bien y estudiar mucho, acompaolas hasta la puerta. Cuando Severiana y su sobrinita salan, entraba Moreno-Isla, y Jacinta que le vio subir, se detuvo en el recibimiento. Suba despacio y jadeante, a causa de la afeccin al corazn que padeca. Estaba muy envejecido, de mal color, y con ms aire extranjero que antes. Oh, puerta del paraso!, qu manos te abren...! Dispense usted... Me canso horriblemente dijo Moreno, saludndola con tanta urbanidad como afecto. Estupi, que entraba detrs, le ech tambin un gran saludo a D. Manuel, permitindose abrazarle, porque eran antiguos amigos. Ests hecho un pollo le dijo Moreno, palmotendole en los hombros. --Vamos tirando... Y usted...? --As, as.--Siempre por esas tierras de extranjis!... Caramba, tambin es gusto, teniendo aqu tantos que le quieren bien... El forastero le contest con la benevolencia un tanto fra que saben emplear los superiores bien educados. Separronse en el pasillo, porque Estupi tena que ir hacia el comedor. Moreno sigui a Jacinta hasta el saln y de all al gabinete. No me haba dicho Guillermina que estaba usted en Madrid. Lo supe hoy por mam dijo ella por decir algo. --Guillermina? Buena tiene ella la cabeza para acordarse de anunciarme! Sabe usted que cada vez que vengo a Espaa me la encuentro ms tocada? Ayer, cuando entr en casa, lo primero que hizo, mientras me saludaba, fue un registro de todos los bolsillos de mi ropa. Me desplum. Lo que yo deca: apenas se pone el pie en Espaa, no se da un paso sin tropezar con bandoleros. Ahora pretende que entre todos los parientes le hagamos un piso... friolera. --Pobrecilla! Es una santa. Lleg entonces D. Baldomero, anuncindose antes de entrar con estas alegres voces: En dnde est ese anti-patriota?. Cuando apareci en la puerta, con los brazos abiertos, fue Moreno a dejarse estrechar en ellos. Bien, padrino; est usted hecho un muchacho. --Y t, perdido? Me dijeron que estabas algo delicado. --Me canso horriblemente--replic el forastero, tocndose el corazn--. Algo aqu... Pero dicen que es nervioso. --S, s, nervioso--afirm Santa Cruz como si tuviera en el dedillo toda la medicina. --Nervioso, claro--repiti Jacinta; y Barbarita, que a la sazn entraba, tambin dijo: Qu ha de ser sino nervioso...?. --Vaya, vaya con este perdis--deca D. Baldomero mirando mucho a su amigo y pariente y no atrevindose a decir que le encontraba muy desmejorado--. Siempre tan extranjerote. --No quiere nada con nosotros--dijo Barbarita, examinndole la ropa--. Mira, mira que levita gris cerrada... y botines blancos... Pero, Manolo, qu zapatones usan por all! Esos guantes pasaran aqu por guantes de cochero. Moreno se ech a rer. Su persona tena tal aire ingls, que quien le viera, tomarale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan por el mundo sacudindose la morria que les consume. Hasta cuando hablaba desmenta, no por afectacin, sino por hbito, su progenie espaola, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos vocablos de los menos usuales. Se haba educado en el clebre colegio de Eton; a los treinta aos volvi a Inglaterra y all viva de continuo, salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Posea el arte de la buena educacin en su forma ms exquisita, y una soltura de modales que cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto segua llamando _padrino_ a D. Baldomero II. --Ya saben ustedes que no transijo con la patria--dijo sonriendo--. Mientras ms la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me atrevo a decir ms. Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria mostraba, eran ocasin de empeadas reyertas entre l y D. Baldomero, que defenda todo _lo del Reino_ con sincero entusiasmo. A veces perda los estribos el buen espaol, sosteniendo que en todo lo _de fuera_ hay mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatas, sostena que en Espaa no hay ms que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de albillo y el Museo del Prado. Vamos a ver--dijo D. Baldomero con alegra, que le retozaba en la cara--. Qu me dices del Rey que hemos trado? Ahora s que vamos a estar en grande. Vers cmo prospera el pas y se acaban las guerras. --Es guapo chico. Varios espaoles residentes en Londres le acompaamos en el tren hasta Dover. Yo le regal un magnfico reloj... Es muy despejado chico, pero muy despejado. Lstima de Rey! Yo le dije: Vuestra Majestad va a gobernar el pas de la ingratitud; pero Vuestra Majestad vencer a la hidra. Esto lo dije por cortesa; pero yo no creo que pueda barajar a esta gente. l querr hacerlo bien; pero falta que le dejen. En esto entr Juan, y l y su pariente se dieron los abrazos de ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba ms que Villalonga. Pero qu?--dijo el Delfn--, le esperamos? Sabe Dios a qu hora vendr. Anoche se retirara a las tres de la tertulia del Ministro de la Gobernacin, y estar todava en la cama. Acordaron, pues, no aguardar ms, y durante el cordial almuerzo, que quieras que no, la conversacin vers sobre si en Espaa es todo malo, o si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos. Moreno-Isla no ceda una pulgada de terreno antipatritico en que su terquedad se encerraba. Miren ustedes... hablando ahora con toda seriedad--dijo, despus de apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura general--. Yo he hecho una observacin que nadie me desmentir. Desde que se pasa la frontera para all y se entra en Francia, no le pica a usted una pulga. _(Risas)_. Pero qu tendrn que ver las pulgas...!. --Y sostienes t que en Francia no hay pulgas? --No las hay, crame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted a San Sebastin. Se lo comen vivo... --Hombre, por Dios, qu argumentos!... Son la campanilla. Ah est! dijeron todos, y Barbarita mir al lugar vaco que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entr muy alegre, saludando a la familia, y dando un apretn de manos a Moreno. Indulgencia, seora. He venido volando por no hacerme esperar. --Amigo, desde que est usted en candelero, no hay quien le vea. Qu caro se cotiza! --Es que no me dejan vivir. Anoche dur el jubileo hasta las tres. Doscientas personas entrando y saliendo. Y que no pretenden nada... --Preparando las elecciones, eh? --Oh!, pues si pasamos al terreno poltico...--indic Moreno. --No, no pases--replic Santa Cruz--. En ese terreno concedo, concedo... Despus hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los del Reino son tambin muy buenos. Luego tratose de las casas, que Moreno calific de inhabitables. Por eso todo el mundo vive en la calle. Pues mire usted--dijo Villalonga--: las casas sern todo lo malas que usted quiera; pero hay en las del extranjero una costumbre que maldita la gracia que tiene. Me refiero a la falta de maderas en los balcones y ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede usted pegar los ojos. --Pero usted cree que por all hay alguien que se est durmiendo hasta el medio da? Sobre esto se habl mucho, y el forastero sac a relucir otras cosas. Yo de m s decir que cuando paso la frontera para ac recibo las ms tristes impresiones. Habr algo que admirar; a m se me esconde, y no veo ms que la grosera, los malos modos, la pobreza, hombres que parecen salvajes, liados en mantas; mujeres flacas... Lo que ms me choca es lo desmedrado de la casta. Rara vez ve usted un hombrachn robusto y una mujer fresca. No lo duden ustedes, nuestra raza est mal alimentada, y no es de ahora; viene pasando hambres desde hace siglos... Mi pas me es bastante antiptico, y desde que me meto en el _express_ de Irn ya estoy renegando. Por la maana, cuando despierto en la Sierra y oigo pregonar el _botijo e leche_, me siento mal; cranlo ustedes... Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones, las calles mal adoquinadas, y los caballos de los coches como esqueletos, no veo la hora de volverme a marchar. --Hombre, en qu tonteras te fijas!--observ D. Baldomero, continuando la apologa de la patria en trminos calurosos que el otro oa con benevolencia. Cuando tomaban el caf, notaron todos que Moreno se senta mal; pero l disimulaba, y llevndose la mano al corazn, deca otra vez: Algo aqu... No es nada. Nervioso quizs. Lo que ms me molesta es el ruido de la circulacin de la sangre. Por eso me gusta tanto viajar... Con el ruido del tren, no oigo el mo. Hubo un momento de silencio y tristeza en la mesa; pero aquello pas, y siguieron charlando. Jacinta observaba que alguien le haca telgrafos desde la puerta, alzando un poco el cortinn. Sali: era Guillermina. No, yo no paso. Tengo que irme al momento a la obra--le dijo con secreteo--. Vengo para encargarte que le hables. Saca la conversacin como puedas, y que se entere bien de la necesidad en que estamos. --Moreno ayudar--djole su amiguita, llevndola a otra pieza para hablar con ms libertad. --No s... est incomodado conmigo... Esta maana hemos reido... La verdad... me enfad, me tuve que enfadar. Figrate que esta vez viene ms hereje que nunca. Cada uno es dueo de condenarse; pero a qu viene decirme a m cosas contra la religin? --Qu malo!--Y tantas fueron sus burlas y sacrilegios que... Dios me lo perdone... me incomod. Le dije que no me haca falta su dinero para nada, y que tendra miedo de tomarlo en mis manos, por ser dinero de Satans. Pero esto es un dicho, sabes? --Claro.--Y aqu no ha hablado de religin? --No; ni jota. Mam no se lo tolerara. Ha hablado de que en Espaa hay ms pulgas que en Francia. --Dale! Qu importar que haya pulgas con tal que haya cristiandad! Las cosas que dicen estos herejotes nos indignaran si no las tomramos a risa. T no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora. Me horripil oyndole. Pero en fin, all se entender con Dios; y entre tanto, lo que importa es que afloje los cuartos para mi obra. Y que le ha de valer para su alma, aunque l no quiera... Con que a ver si me le catequizas. --Har lo que pueda... Veremos, le dir algo... --No vayas a olvidarte... Adis, hija de mi alma. Me voy; esta noche me contars lo que te diga. Creo que no nos dejar mal, porque en el fondo es un buenazo. A poco que se le raspe la corteza de hereje, sale aquella pasta de ngel de otros tiempos. Qudate con Dios. Volvi Jacinta al comedor. Si cumpli o no el encargo de Guillermina, lo veremos a su tiempo. Ms que reunir dinero para el asilo, preocupaba a la dama el ver resuelto segn su deseo lo que ella y su marido haban tratado la noche anterior. Movida de este afn, as que se marcharon Moreno y Villalonga, cogi por su cuenta al Delfn, y otra vez trataron ambos la cuestin de la ruptura. De acuerdo estaban en lo principal, discrepando slo en el procedimiento ms adecuado, pues ella opinaba por una carta y l por una entrevista de despedida. Al fin, tras laboriosa discusin, prevaleci este criterio, como ver el que siga leyendo. -III- La revolucin vencida --i-- Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas ms o menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el seorito de Santa Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontrara la seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra cosa que un profundsimo hasto de Fortunata y las ganas de perderla de vista lo ms pronto posible. Por qu lo que no se tiene se desea, y lo que se tiene se desprecia? Cuando ella sali del convento con corona de honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas de la purificacin religiosa y los azahares de la boda, parecale al Delfn digna y lucida hazaa arrancarla de aquella vida. Hzolo as con xito superior a sus esperanzas, pero su conquista le impona la obligacin de sostener indefinidamente a la vctima, y esto, pasado cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era l hombre perdido; lo tena en su naturaleza y no lo poda remediar. Haba que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba en repblica, le pareca la monarqua tan seductora...! Al salir de su casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando ms, mucho ms que aquella situacin revolucionaria que haba implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios. Quin duda--segua pensando--, que es prudente evitar el escndalo? Yo no puedo parecerme a este y el otro y el de ms all, que viven en la anarqua, sealados de todo el mundo. Hay otra razn, y es que se me est volviendo antiptica, lo mismo que la otra vez. La pobrecilla no aprende, no adelanta un solo paso en el arte de agradar; no tiene instintos de seduccin, desconoce las gateras que embelesan. Naci para hacer la felicidad de un apreciable albail, y no ve nada ms all de su nariz bonita. Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas? Buenas estaran!... Habla con sinceridad; pero sin gracia ni _esprit_. Qu diferente de Sofa la Ferrolana, que, cuando Pepito Trastamara la trajo del primer viaje a Pars, era una verdadera Dubarry espaolizada! Para todas las artes se necesitan facultades de asimilacin, y esta marmotona que me ha cado a m es siempre igual a s misma. Con decir que hace das le dio por estar rezando toda la tarde... y para qu?... para pedirle a Dios chiquillos... Al Demonio se le ocurre...! En fin, que no puedo ya ms, y hoy mismo se acaba esta irregularidad. Abajo la repblica!. Pensando de este modo, haba llegado a la casa de su querida, y en el momento de poner la mano en el llamador, un hecho extrao cort bruscamente el hilo de sus ideas. Antes de que llamara, se abri la puerta, dando paso a un seor mayor, de muy buena presencia, el cual sali, saludando a Santa Cruz con una corts inclinacin de cabeza. La misma Fortunata le haba abierto la puerta y le despeda. Juan entr. La salida de aquel seor le produjo en un instante dos sentimientos distintos que se sucedieron con brevedad. El primero fue algo de enojo, el segundo satisfaccin de que el acaso le proporcionase un buen apoyo para el rompimiento que deseaba... Me parece que yo conozco a este seor tan terne. Le he visto, le he visto en alguna parte--pensaba entrando hacia la sala--. Si tendremos gatuperio...! Estara bueno. Pero ms vale as. Y en alta voz y de mal modo, pregunt a Fortunata: Quin es ese viejo?. --Yo cre que le conocas. D. Evaristo Feijoo, coronel o no s qu de milicia... Es grande amigo de Juan Pablo. --Y quin es Juan Pablo? Vaya unos conocimientos que me quieres colgar...! --Mi cuado. --Y cundo he conocido yo a tu cuado, ni qu me importa?... Estamos bien. Y a qu vena aqu ese seor... Feijoo, dices? Me parece que es amigo de Villalonga. --Ha venido a visitarme, y esta es la tercera vez... Es un seor muy bueno y muy fino. Qu te crees, que viene a hacerme el amor? Qu tontito! Pero en resumidas cuentas, si te parece que no debo recibirle, no lo har ms. Y aqu paz... --No, no; recbele todo lo que quieras--dijo l variando de tctica con la rapidez del genio--. Si, como dices, es una persona formal, podra ser que te conviniera cultivar su amistad. Fortunata no comprendi bien, y l se envalenton con el silencio de ella. Porque, hija ma, yo debo decirte que no podemos seguir as. Pensaba el muy tuno que lo mejor era cortar por lo sano, planteando la cuestin desde el primer momento con limpieza y claridad. La salita en que estaba tena ese lujo allegadizo que sustituye al verdadero all donde el concubinato elegante vive an en condiciones de timidez y ms bien como ensayo. Haba muebles forrados de seda y cortinas hermosas; pero aquellos eran feotes, de amaranto combinado con verde-limn; las cortinas estaban torcidas, las guardamalletas mal colocadas, la alfombra mal casada; y las jardineras de bazar, con begonias de trapo, cojeaban. El reloj de la consola no haba sabido nunca lo que es dar la hora. Era dorado, con figuras como de pastores, haciendo juego con candelabros encerrados en guardabrisas. Haba laminitas compradas en baratillos, con marcos de cruceta, y otras mil porqueras con pretensiones de lujo y riqueza, todo ello anterior a la transformacin del gusto que se ha verificado de diez aos a esta parte. Santa Cruz miraba esta sala con cierto orgullo, viendo en ella como un testimonio de su esplendidez; pero al mismo tiempo sola ridiculizar a Fortunata por su mal gusto. Ciertamente que para vestirse tena instintos de elegancia; pero en muebles y decoracin de casa desbarraba. En suma, que ella tendra todas las cualidades que quisiera; pero lo que es _chic_ no tena. Sentado en el sof y con el sombrero puesto, Juan contempl aquel da todo lo que all haba, gozndose en la idea de que lo miraba por ltima vez. Fortunata estaba en pie, delante de l, y luego se sent en una banqueta, fijando los ojos en su amante, como en expectativa de algo muy grave que de l esperaba or. Si esta pavisosa--pens Santa Cruz mirndola tambin--, viera con qu donaire se sienta en un _puff_ Sofa la Ferrolana, tendra mucho que aprender. Lo que es esta, ni a palos aprender nunca esas blanduras de la gata, esos arqueos de un cuerpo pegadizo y sutil que acaricia el asiento Ah!, qu bestias nos hizo Dios!.... Y en alta voz: Dime, por qu no te has puesto la bata de seda, como te he mandado?. --Qu cosas tienes!... No la quiero estropear. --Eso es...--dijo el otro riendo sin delicadeza--, gurdala para los das de fiesta. As me gusta a m la gente, arregladita... Y cuando yo vengo aqu te pones la batita de lana, que unos das apesta a canela y otros a petrleo... --Mentira--replic Fortunata, oliendo su propio vestido--. Est bien limpia. Para qu dices lo que no es? --No, lo que es dentro de casa, t ests por aquello de _ya enga_. Eso; ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas. --Ay qu gracia!... pues hoy no me he puesto la bata de seda, porque he estado toda la maana en la cocina. --Haciendo qu?--Escabeche de besugo.--Bien; me gusta. _Jormiguita_ para cuando vengan los malos tiempos--dijo el Delfn con benvola irona--. Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad. Te quiero demasiado para andar en misterios contigo. T eres razonable, te haces cargo de las cosas y comprenders que tengo razn en lo que te voy a decir. Este lenguaje desconcert a Fortunata, porque le recordaba el otra vez usado para licenciarla. Pero l crey oportuno mostrarse carioso, y la hizo sentar a su lado para pasarle la mano por la cara y hacerle algunas zalameras de las que se emplean con los nios cuando se les quiere hacer tomar una medicina. Ven ac, y no te asustes. Yo no quiero ms que tu bien. No dirs que no he hecho por ti cuanto estaba en mi mano. Por mi parte, bien lo sabes t, seguiramos lo mismo; pero mi mujer se ha enterado... anoche hemos tenido una bronca espantosa, pero espantosa, chica; no puedes figurarte cmo se puso. Se desmay; tuvimos que llamar al mdico. La ms negra fue que mis paps se enteraron tambin del motivo, y... una chilla por aqu, otra por all; mi padre furioso... entre todos me queran comer. Fortunata estaba tan absorta y aterrada, que no poda pronunciar palabra alguna. Ya te he dicho que lo paso todo, menos dar un disgusto a mis padres. As es que anoche me plant conmigo mismo, y dije: 'Aunque me muera de pena, esto se tiene que acabar'. S que me costar una enfermedad. El golpe ser rudo. No se arranca fibra tan sensible sin que duela mucho. Pero es preciso, y para estos casos son los caracteres.... Mientras ella empezaba a lloriquear, Juan se deca: Ahora viene la lagrimita. Es infalible. Preparmonos. Tonta, no llores, no te aflijas--aadi besndola--. Mira que yo estoy con el alma en un hilo, y si te veo flaquear, soy hombre perdido. Procuraba mostrarse a dos dedos de romper en llanto, y pona una cara muy triste. No creas--balbuci la prjima entre sollozos--. Te vea venir. Hace das que la ests t tramando... Bueno, hemos concluido. --No, si yo te querr siempre, nena negra. Slo que no puedo visitarte ms. Alguna vez... no digo que no... Pero as, con esta manera de vivir... imposible. Madrid, que parece grande, es muy chico, es una aldea. Aqu todo se hace pblico, y al fin no hay ms remedio que bajar la cabeza. Yo soy casado, t tambin; estamos pateando todas las leyes divinas y humanas. Si hubiera muchos como nosotros, pronto la sociedad sera peor que un presidio, un verdadero infierno suelto. No has pensado t alguna vez en esto? Lo que Fortunata haba pensado era que el amor salva todas las irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que rectifica las leyes, derogando las que se le oponen. Lo haba dicho varias veces a su amante, expresndose de una manera ruda; pero en aquel lance, parecale ridculo volver sobre aquella idea verdadera o falsa del amor, porque en su buen instinto comprenda que toda aquella hojarasca de leyes divinas, principios, conciencia y dems, serva para ocultar el hueco que dejaba el amor fugitivo. Pero ella no lo seguira jams al terreno de la controversia, porque no saba desenvolverse con tanta palabra fina. Ya me lo deca el corazn exclamaba, apretando el pauelo contra sus ojos. --No se puede uno sustraer a los principios--prosigui l--. Las conveniencias sociales, nena ma, son ms fuertes que nosotros, y no puede uno estar rindose de ellas mucho tiempo, porque a lo mejor viene el garrotazo, y hay que bajar la cabeza. Yo quisiera que t te penetraras bien de esto... Nunca te he dicho nada; pero a veces, aqu mismo he sentido mi conciencia tan alborotada, que... Fortunata le mir de un modo que le hizo callar... A buenas horas y con sol!--quera decir aquella mirada--. Despus que hemos cometido todos los crmenes, ahora salimos con escrpulos... Y yo pago la falta de los dos.... Bien merecido me lo tengo--declar en un arranque de dolor combinado con la rabia--, porque los dos hemos sido malos; pero yo he sido ms mala que t... yo dejo tamaitas a todas... Dios, con la que yo hice!, portarme como me port con aquella familia! T me decas que no era nada, cuando yo me pona triste... pensando en lo que haba hecho, s, y te reas... te reas. --S... pero...--Repito que te reas... pero cmo!, a carcajadas, llamndome simple y qu s yo qu... Bien, bien; bastante hemos hablado... Te vas, pues muy santo y muy bueno. Lo sentir; calcula si lo sentir... pero ya me ir consolando. No hay mal que cien aos dure. Aire, aire! Se limpiaba rpidamente las lgrimas, fingiendo una fortaleza que no tena. Nos separaremos como amigos--dijo Santa Cruz tomndole una mano, que ella separ prontamente--, y me retiro dndote un buen consejo. --Cul?--pregunt ella ms airada que dolorida. --Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido. --Yo...!--exclam la seora de Rubn con indecible terror--. Despus de...! --Ya te serenars, hija. El tiempo! Sabes t los milagros que ese seor hace? T lo has dicho: no hay mal que cien aos dure, y cuando se tocan de cerca los grandes inconvenientes de vivir lejos de la ley, no hay ms remedio que volver a ella. Ahora te parece imposible; pero volvers. Si es lo natural, es lo fcil, lo fcil... Solemos decir: tal cosa no llega nunca. Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la suavidad con que ha venido. Levantose la joven disparada, y se meti en su gabinete. Estaba como una loca. Juan la sigui, temiendo que le acometiese un acceso de desesperacin. Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba. l entraba, ella sala. Sabes lo que te digo?...--grit Fortunata con la voz ronca de despecho y dolor--. Que ya ests dems aqu. --Pero no te irrites...--Fuera, fuera!--gritaba ella empujndole con ruda energa. Santa Cruz reconoci aquella fuerza casi superior a la suya, y no tena gran empeo en oponerse a ella. Por punto, hizo como que sus brazos intentaban someter a los de su querida. Esta pudo ms y cerr violentamente la puerta de la alcoba. El Delfn toc en los cristales, diciendo: Si no hay motivo para tanta bulla... Nena, nena negra, abre... Ten calma y no te sofoques... Bah!, siempre eres as.... Pero de dentro de la alcoba no vena ninguna respuesta, ni una voz siquiera. Juan aplic el odo, creyendo sentir sollozos... gemidos sofocados. Pronto comprendi que no poda apetecer mejor coyuntura para plantarse rpidamente en la calle y dar por terminado el enojoso trmite de la ruptura. Pero an me falta la ltima parte--pens echando mano a su cartera--. No puedo abandonarla as.... Despus de meditar un rato, volvi a guardar la cartera y se dijo: Mejor ser que me vaya... Se lo mandar en una carta... Adis. No dir Jacinta que.... Sali de puntillas, como se sale de la casa en que hay un enfermo grave. --ii-- En el resto de aquel aciago da, dicho se est que la pobre seora de Rubn se entreg a las mayores extravagancias, pues tal nombre merecen sin duda actos como no querer comer, estar llorando a moco y baba tres horas seguidas, encender la luz cuando an era da claro, apagarla despus que fue noche por gusto de la oscuridad, y decir mil disparates en alta voz, lo mismo que si delirara. La criada intent tranquilizarla; pero los consuelos verbales la irritaban ms. A eso de las nueve, la dolorida se levant con resolucin del sof en que se haba echado, y a tientas, porque el gabinete estaba oscursimo, busc su mantn. Ya vern, ya vern murmuraba en su agitacin epilptica; y a tientas busc tambin las botas y se las puso. Pauelo a la cabeza, mantn bien recogido sobre los hombros, y a la calle... Sali con rapidez y determinacin, como quien sabe a dnde va y obedece a uno de esos formidables impulsos en lnea recta que conducen a toda accin terminante. Ni tiempo dio a que Dorotea pudiera detenerla, porque cuando esta la vio, ya estaba abriendo la puerta y sala como una saeta. Eran las nueve de la noche. Fortunata atraves con paso ligero la calle de Hortaleza, la Red de San Luis. No deba de estar muy trastornada cuando en vez de tomar por la calle de la Montera, en la cual el gento estorbaba el trnsito, fue a buscar la de la Salud y baj por ella, considerando que por tal camino ganaba diez minutos. De la calle del Carmen pas a la de Preciados, sin perder ni un momento el instinto de la viabilidad. Atraves la Puerta del Sol por frente a la casa de Cordero, y ya la tenis subiendo por la calle de Correos hacia la plazuela de Pontejos. Ya llegaba, y a medida que vea ms cerca el objeto de su viaje, pareca como que se le iba acabando la cuerda epilptica que la impulsaba a la febril marcha. Vio el portal de la casa de Santa Cruz, y sus miradas se internaron con recelo por aquella cavidad ancha, de estucadas paredes, y alumbrada por mecheros de gas. Ver esto y pararse en firme, con cierta frialdad en el alma, sintiendo el choque interior de toda velocidad bruscamente enfrenada, fue todo uno. Ver el portal fue para la prjima, como para el pjaro, que ciego y disparado vuela, topar violentamente contra un muro. Los que obran bajo la accin de impulsos cerebrales, irresistibles y mecnicos, como los instintos que ataen a la conservacin, van muy bien en su carrera mientras no ven el fin ms que en la representacin falsa que de l les da su deseo; pero cuando la realidad de aquel fin se les pone delante, ofrecindoseles como accin sometida a las leyes generales, no hay velocidad que no tenga su rechazo. Cul era el intento de Fortunata y qu iba a hacer all? Friolera!... Pues nada ms que entrar en la casa sin pedir permiso a nadie, llamar, colarse de rondn, dando gritos y atropellando a todo el que encontrara, llegarse a Jacinta, cogerla por el moo y... Esto de cogerla por el moo no se determin bien en su voluntad; pero s que le dira mil cosas amargas y violentas. Tal pensaba cuando le entr aquel desatino de salir de su casa y correr hacia la plazuela de Pontejos. Y cuando bajaba por la calle de la Salud, iba pensando as: No se me quedar en el cuerpo nada, nada. Ella es la que me hace desgraciada, robndome a mi marido... Porque es mi marido: yo he tenido un hijo suyo y ella no... Vamos a ver, quin tiene ms derecho? Entraas por entraas, cules valen ms?. Estos enormes disparates, nacidos del trastorno que en su cerebro reinara, persistieron cuando estaba parada y atnita delante del portal de los de Santa Cruz. Pues no s por qu no entro y armo la escandalera que debo armar.... Pero la contena un cierto respeto que no acertaba a explicarse. Se alej, y desde la acera de enfrente mir hacia la casa, diciendo para s: Habr luz en el gabinete de Jacinta, donde estarn de tertulia. Pero no vio nada. Todo cerrado; todo a oscuras... Si habrn salido...! No, estarn ah burlndose de m, rindose de la trastada que me han hecho... Buenos son todos: tales hijos, tales padres!. Volvi a sentir el insensato anhelo de entrar en la casa, y dio tres o cuatro pasos hacia ella; pero retrocedi por segunda vez. A ver quin sale?. Era un viejo que se detena en el portal y echaba un prrafo con Deogracias. La joven reconoci a Estupi, que haba sido vecino suyo cuando ella viva en la Cava, donde tuvieron principio sus interminables desgracias. Plcido se emboz en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo. Siguiole Fortunata con la vista hasta verle desaparecer, y poco despus volvi a su acecho. Quin sala? Un caballero con botines blancos que pareca extranjero. El tal pas junto a ella, la mir, casi casi se detuvo un instante para verla mejor; despus sigui su camino. Otras personas salan o entraban. Aunque en el pensamiento de Fortunata iba condensndose la imposibilidad de entrar, continuaba all clavada sin saber por qu. No se poda marchar, aunque iba comprendiendo que la idea que a tal sitio la llev era una locura, como las que se hacen en sueos. Uno de los muchos desvaros que se sucedieron en su mente fue imaginar que tal o cual hombre de los que vio salir era amante de Jacinta. Porque a m no me digan que es virtuosa... Vaya unos embustes que corre la gente. No se puede creer nada. Virtuosa?, _tie_ gracia... Ninguna de estas casadas ricas lo es ni lo puede ser. Nosotras las del pueblo somos las nicas que tenemos virtud, cuando no nos engaan. Yo, por ejemplo... verbigracia, yo. Entrole una risa convulsiva. Y de qu te res, pnfila?--se dijo a s misma--. Ms honrada eres t que el sol, porque no has querido ni quieres ms que a uno. Pero estas... estas?... Ja ja ja. Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy. Por qu? Pues porque no dan escndalos, y todo se lo tapan unas con otras. Ah!, seora doa Jacinta, gurdese el mrito para quien lo crea; usted caer... tiene usted que caer, si no ha cado ya. De pronto vio que al portal se acercaba un coche. Traera gente o vena a tomarla? A tomarla porque no sali nadie; el lacayo entr en la casa, y Deogracias se puso a hablar con el cochero. Van a salirse dijo la infeliz, sintiendo otra vez los ardientes impulsos que la sacaron de su casa--. Ahora s que no se me escapan... Me voy encima, y a las dos las afrento... tal suegra para tal nuera... buen par de cuas estn!... Cunto tardan! La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda uas.... Salieron las seoras. Fortunata vio primero a una de pelo blanco, despus a Jacinta, despus a una pollita que deba de ser su hermana...; vio terciopelo, pieles blancas, sedas, joyas, todo rpidamente y como por magia. Las tres entraron en el coche, y el lacayo cerr la portezuela. Pero qu cosas! Lo mismo fue ver a las tres damas, que a Fortunata le entr un fuerte miedo. Y ella que pensaba clavarles las puntas de sus dedos como garfios de acero! Lo que sinti era ms bien terror, como el que infunde un sbito y horrendo peligro, y tan impotente se vio su voluntad ante aquel pnico, que ech a correr y alejose a escape, sin atreverse ni siquiera a mirar hacia atrs. Oy el ruido del coche que rodaba por la calle abajo, y an lo vio pasar por delante con tan rpida vuelta que por poco la arrolla. Eh!... grit el cochero, y la seora de Rubn dio un grito, saltando hacia atrs... Qu susto, pero qu susto, Seor!... Sigui hacia la Puerta del Sol, dndose cuenta de aquel miedo intenssimo que haba sentido y preguntndose si en l haba tambin algo de vergenza. Pero no le era difcil discernir si su espanto era como el del exaltado cristiano que ve al demonio, o como el de este cuando le presentan una cruz. Dejndose llevar de sus propios pasos, se encontr sin saber cmo en el centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sent en el brocal de la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de Orden Pblico la mir con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y continu all largo rato, viendo pasar tranvas y coches en derredor suyo como si estuviera en el eje de un To Vivo. El fro y la impresin de humedad la obligaron a ausentarse y se alej envolvindose bien en su mantn y tapndose la boca. Casi no se le vean ms que los ojos, y como estos eran tan bonitos, muchos se le ponan al lado y le pedan permiso para acompaarla, dicindole mil cuchufletas. Record entonces otros tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo dolor muy vivo, despejndole la cabeza de las quimeras que se le haban metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando su imperio. Mas la realidad rale odiosa y trataba de mantenerse en aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventur a detenerla en toda regla, llamndola por su nombre. Pero qu tapadita va usted!... Fortunata. Detvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quin podra ser, estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tena. Yo quiero conocer esta cara--se dijo--. Ah!, es D. Evaristo. --Hija, muy distraidita va usted... --Voy a mi casa. --Por aqu!--exclam Feijoo con asombro--. Pues el camino que lleva usted es el del Teatro Real. --Es que...--replic ella mirando las casas--me haba equivocado... No s lo que me pasa... --Vamos por aqu; la acompaar a usted--dijo D. Evaristo con bondad--. Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco. --Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo... --Qu?, hija ma. --Que yo soy honrada, que siempre lo he sido. Feijoo mir a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le haban hecho siempre muchsima gracia; pero no le haca maldita la exaltacin que en ellos notaba aquella noche. La abandonada se volvi a tapar la boca con el mantn, y su acompaante no chistaba. Mas como ella se detuviera de nuevo para repetir aquel concepto de la honradez, Feijoo, que era hombre muy franco, no pudo menos de decirle: Amiguita, usted no est buena, quiero decir, a usted le ha pasado algo muy gordo. Confiese usted a m, que soy un amigo leal, y le dar buenos consejos. --Pero duda usted--dijo Fortunata, apoyndose en la pared--, que yo haya sido siempre...? --Honrada? Cmo he de dudar eso, hija ma?, pues no faltaba ms. Lo que dudo es que usted tenga buena salud. Est usted fatigada, y me parece que debemos tomar un coche... Eh!, cochero... La de Rubn se dej llevar, y maquinalmente entr en el simn. Alguna vez haba hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle. Feijoo le habl dentro del coche con paternal cario; pero ella no contestaba de una manera completamente acorde. De pronto le mir en la oscuridad del vehculo, dicindole: Y t, quin eres?... A dnde me llevas? Por quin me has tomado? No sabes que soy honrada?. --Ay, Dios mo!--murmur el buen D. Evaristo con hondsimo disgusto--. Esa cabeza no est buena, ni medio buena... Por fin llegaron, y los dos subieron. La criada les abri. Ahora--dijo el simptico coronel retirado--, a acostarse. Quiere usted que le traiga un mdico?. Sin contestar, metiose ella en su alcoba. Feijoo la sigui, afligidsimo de verla en tan lastimoso estado. Despus, l y la criada, cuchichearon. --Rompimiento... Le ha dado otra vez el canuto ese bergante--deca D. Evaristo--. Si no es ms que eso, la trinquetada pasar. Despidiose hasta el da siguiente, y la dolorida se acost diciendo a la criada mientras la ayudaba a desnudarse: Honrada soy, y lo he sido siempre. Qu?... lo dudas t?. --Yo... no seorita; qu he de dudarlo?--replic la criada, volviendo la cara para disimular una sonrisa. Durmiose pronto la infeliz seora de Rubn; pero a la media hora ya estaba despierta y muy excitada. Dorotea, que se qued junto a ella, la oy cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas msticas de las Micaelas. -IV- Un curso de filosofa prctica --i-- Dos o tres veces fue D. Evaristo al siguiente da a enterarse de la salud de Fortunata; pero no la pudo ver. Dorotea le dijo que la seorita no quera ver a nadie, y que de tanto pensar que era honrada, le dola horriblemente la cabeza. Al otro da la seorita estaba un poco mejor, se haba levantado y apetecido un sopicaldo. Pero sigue con la misma idea--aadi no sin malicia la chica, que era graciosa y avisada--. Se lo prevengo, seor, para que le lleve el genio y le diga que s. --Descuida, hija--replic el caballero--, que por m no ha de quedar. Puedo verla? No la molestar mucho? Sabe que estoy aqu? --Ya lo sabe. Esprese un ratito y pasar. Quedose solo en el comedor mi hombre, y despus de quince minutos de espera, Dorotea le mand pasar. Estaba Fortunata en su gabinete, tendida en el sof, la cabeza reclinada sobre un almohadn de raso azul. Tena puesta la bata de seda y un pauelo blanco finsimo a la cabeza, tan ajustado, que no se le vea ms que el valo del rostro. Estaba ojerosa, plida y muy abatida. Como D. Evaristo se preciaba de saber algo de medicina, tomole el pulso. Si est usted como un reloj, hija. Si no tiene fiebre ni ese es el camino... Bah!, coqueteras... un poco de rabietina y nada ms. Y que est usted guapsima con ese paolito, ya, ya. No se le ven ni el pelo ni las orejas. Parece una hermana de la Caridad... Vaya con los males de esta seora!. --Ayer estuve muy malita--dijo ella con voz apagada--. La cabeza se me parta, y como no me poda quitar de _entre m_ aquella idea, y dale con lo mismo... Lo que una piensa!... Tengo que declarar que soy... --Honrada, s, hoy ms que ayer y maana ms que hoy. Por sabido se calla. --No, hombre, no digo eso.--Cmo que no?--Lo que soy es muy mala, la mujer ms mala que ha nacido. Pero usted sabe bien lo que yo he hecho? Lo que me pasa me lo tengo bien ganado, s, bien ganado me lo tengo, porque cuidado que he hecho yo perreras en este mundo...! --Quite usted all!... No habr sido tanto. --Vamos ahora a otra cosa--dijo la joven, sacando de debajo del manto una mano, en la que tena una carta--. Ayer me mand esto. --Quin? Ah! Santa Cruz. --No la he ledo hasta esta maana. Aqu se despide otra vez, dndome consejos y echndoselas de santo varn. Me manda dentro de la carta cuatro mil reales. --Vamos... No se ha corrido que digamos. --Quiero escribirle hoy mismo--indic ella animndose un poco--. Escribirle, no... nada ms que meter los dos billetes de dos mil reales dentro de un sobre y devolvrselos. --Hija ma, prese usted y piense bien lo que hace--dijo el amigo, acercndose cariosamente a ella--. Eso de devolver dinero es un romanticismo impropio de estos tiempos. Slo se devuelve el dinero que se ha robado, y usted tena derecho a que l le diera, no slo eso, sino muchsimo ms. Con que djese usted de _rasgos_ si no quiere que la silbe, porque esas simplezas no se ven ya ms que en las comedias malas. Nada, yo me he propuesto sacarla a usted del terreno de la tontera y ponerla slidamente sobre el terreno prctico. --Lo que es el dinero no lo tomo--declar la enferma del corazn, alargando los labios como los nios mimosos. --Ay, qu gracia!... Eso es, y coma usted mimitos--dijo el coronel, haciendo tambin con sus labios la trompeta ms larga que le fue posible--. Devolverle los santos cuartos! S, para que se ra ms. Eso es lo que l quiere... Tiene usted ahorros? --Tendr unos treinta duros. --Pues eso y nada... De qu va usted a vivir ahora? --Quiero ser honrada.--Magnfico... sublime. Lo que no veo tan claro es que para ser honrada sea preciso no comer... Acaso piensa usted trabajar? En qu?... Al menos, con esos cuatro mil reales tiene tiempo de pensarlo y vivir algunos meses. Con que a guardar los _monises_, y no se hable ms del asunto. No se convenci Fortunata, que era algo terca; pero aplaz la devolucin de los billetes para el da siguiente. Como tena clavada en su mente la injuria recibida, sin querer hablaba de ella. Vaya la que me ha hecho!--murmur despus de una pausa, mirando al suelo--. Qu manera de pagarme! Yo, que lo dej todo por l, y a los que me haban hecho decente les di una patada!... Perdone usted si hablo mal. Soy muy ordinaria. Es mi ser natural; y como a los que me queran afinar y hacerme honrada les di con su honradez en los hocicos... Qu ingrata, verdad?, qu indecente he sido! Todo por querer ms de lo que es debido, por querer como una leona. Y para que calcule usted si soy simple, aqu, donde usted me ve, si ese hombre me vuelve a decir tan siquiera media palabra, le perdono y le quiero otra vez. --S, ya se conoce que es usted ms tierna que el requesn--dijo D. Evaristo, meditando. --Es que los dems me parece que no son tales hombres. Para m hay dos clases de hombres; l a este lado, todos los dems al otro. No voy de aqu a esa puerta por todos ellos. Soy as, no lo puedo remediar. --No me dice usted nada que yo no sepa. He visto mucho mundo--afirm Feijoo, con tolerancia de sacerdote hecho al confesonario--. Las personas que son como usted suelen pasar una vida de perros. No hay mayor desgracia que tener el corazn demasiado grande. Cerebro grande, estmago grande, hgado grande, son males tambin; pero menores. Y yo he de poder poco o le he de recortar a usted el corazn, para que haya equilibrio. --Equi...?--Equilibrio.--Ya; no lo digo bien; pero comprendo lo que es. Y cmo me va usted a recortar? --Oh! Se necesitan muchas lecciones... es la nica manera de que usted no sea desgraciada toda la vida. Ah!, este mundo es una gaita con muchos agujeros, y hay que templar, templar para que suene bien. Usted no sabe de la misa la media. Parece que acaba de nacer, y que la han puesto de patitas en el mundo. Qu resulta?, que no sabe por dnde anda. Devuelve el dinero que le dan, y se chifla dos, tres veces por una misma persona. Bonito porvenir! Yo le voy a ensear a usted una cosa que no sabe. --Qu?--Vivir... Vivir es nuestra primera obligacin en este valle de lgrimas, y sin embargo... qu pocos hay que sepan desempearla!... Se lo dice a usted un hombre que ha visto mucho mundo, que ha tenido, como usted, un corazn del tamao de hoy y maana. Conque prepararse, que empiezo mis lecciones. --Y ser feliz?--dijo Fortunata con expectacin supersticiosa, como si le estuvieran echando las cartas. --Por de pronto, de lo que yo trato es de que sea usted prctica. --Prctica!--replic ella arrugando la nariz con salero, como haca siempre que afectaba no comprender una cosa y burlarse de ella al mismo tiempo--. Prctica, qu quiere decir eso? --Y no lo sabe?... No se haga usted ms tonta de lo que es!--indic D. Evaristo arrugando tambin su nariz. --Pues nos haremos _pliticas_--dijo la seora de Rubn, ridiculizando la palabra para ridiculizar la idea. Poco ms dur aquella visita, porque el seor de Feijoo no quera molestar. Despidiose, prometiendo volver pronto. Por l, volvera dentro de una hora. Amiguita, usted no puede estar mucho tiempo sola, porque esa cabeza se pone a trabajar... Como usted no me eche, aqu me tendr otra vez esta tarde. Y volvi cerca de anochecido trayendo un ramo de flores, y poco despus fue un mozo de cuerda con dos o tres tiestos. A Fortunata le gustaban mucho las flores, as vivas como cortadas; tena los balcones llenos de macetas y se pasaba buena parte de la maana cuidndolas. Mucho agradeci al buen caballero tales obsequios, que tenan mayor precio en la estacin que corra. Las flores del ramo eran de las ms bellas, raras y valiosas que hay en invierno. De lo que sobre plantas se habl aquella tarde, coligi D. Evaristo que su amiga tena gustos un poco desacordes con el gusto corriente. No le haca gracia ninguna flor que no tuviese fragancia, y particularmente las camelias le eran antipticas. Entre la mejor de las camelias y el ms amarillo y sosn de los girasoles, no hallaba gran diferencia en cuanto al mrito. Diranle a ella un buen clavel, un nardo, una rosa de la tierra, y en fin, todas aquellas flores que _ilusionan el sentido_ en cuanto uno se acerca a ellas... --Y qu tal nos encontramos esta tarde?--dijo D. Evaristo inclinndose para verle la cara. Echbaselas de mdico; pero examinaba la cara por lo bonita que le pareca, no por buscar en ella sntomas hipocrticos; y como avanzara la noche y no haba luz, tena que acercarse mucho para ver bien. Continuaba ella en el propio sitio y postura que por la maana. --Estoy lo mismo--replic sin moverse--. Desde que usted se fue, estuve llorando hasta ahorita. --Pues no hay que devanarse los sesos para encontrar el remedio. Con no moverme de aqu... Pero podra ser el remedio peor que la enfermedad, y al fin tendra usted que llorar para que me marchase... Vamos, hija, modere esos suspiros tan fuertes, que parece se le va a salir el alma por la boca. Ya nos iremos consolando. El tiempo es un mdico que se pinta solo para curar estas cosas; y todava he de ver yo a mi amiga ms contenta que unas Pascuas, sin acordarse para nada de lo que tanto la aflige hoy. Y pronto, muy pronto... Y es preciso distraerse. Sabe usted jugar al tresillo? --Yo? No s ms que el tute. _Ese_ quiso ensearme el tresillo; pero nunca lo pude aprender. No sabe usted bien lo torpe que soy. --Le gusta a usted el teatro? --Eso s, sobre todo los dramas en que hay cosas que la hacen llorar a una. --Ave Mara Pursima!... Esas obras en que sale aquello de hijo mo!... padre mo!.... --Esas, y otras en que hay pasos de mucha afliccin, y sacan las espadas, y se desmaya una actriz porque le quitan el hijo. --Alabado sea el Santsimo!...--dijo Feijoo con socarronera--. En eso s que son contrarios nuestros gustos, porque yo, en cuanto veo que los actores pegan gritos y las actrices principian a hacerme pucheritos, ya estoy bufando en mi butaca y mirando para la puerta... Nada de lgrimas. Lo que le conviene a usted ahora es rerse con las piececitas de Lara y Variedades. Para dramas, hija, los de la realidad... Le gustan a usted los bailes de mscaras? --Se va usted a rer--replic Fortunata incorporndose--. En el poco tiempo que anduve yo suelta en Barcelona, de la ceca a la meca, sola ir a bailes y divertirme algo; despus no... Este ao me llev Juan dos veces, y otra vez fui yo sola con una amiga, por ver si le sorprenda pegndomela con algn trasto... Creer usted que no me he divertido ni esto? La careta me da un calor que me abrasa... me la quiero quitar. Pues digo... si me pongo a dar bromas, yo misma me ro de mi poca gracia. No puede usted figurarse lo _desaborida_ que soy. No se me ocurre nada ms que sandeces. Juan me deca que no sirvo para nada, y que no me merezco el palmito que tengo. l se empeaba en que yo fuera de otro modo; pero la cabra siempre tira al monte. Pueblo nac y pueblo soy; quiero decir, ordinariota y salvaje... Ah, si viera usted lo furioso que se pona cuando le deca yo que me gusta un guisado de falda y pechos como los que se comen en los bodegones! Pues nada; que tena que esconderme para comer a mi gusto. Y cuando me sermoneaba porque no tengo ese aire de francesa que tiene la Antoita, esa que est con Villalonga, y otra que llaman Sofa la Ferrolana? Hasta en la manera de sentarse se diferencian de ti--me deca--. Fjate bien en aquel aire de abandono o de viveza segn los casos; en aquella gracia, en aquel modo de andar por la calle. T cuando vas por ah con tu velito y ese pasito reposado, sin mirar a nadie, parece que vas de casa en casa pidiendo para una misa. Ve usted lo que me deca? Y cuando se empeaba en que me pusiera yo esos cuerpos tan ceidos, tan ceidos que con ellos parece que ensea una todo lo que Dios le ha dado?... --Esta mujer me vuelve loco--pensaba Feijoo, experimentando, al or a Fortunata, una sensacin de inefable contento--. Si estoy chocho, si no s lo que me pasa... Ay Dios mo, a mi edad!... No hay remedio, me declaro... Pero no, refrnate, compaero, an no es tiempo... Al buen seor se le ponan los ojos encandilados oyndole contar aquellas cosas con tan encantadora sinceridad. Sonrisa de alegra y esperanza contraa sus labios, mostrando su dentadura intachable. Su cara, que era siempre sonrosada, ponasele encendida, con verdaderos ardores de juventud en las mejillas. Era, en suma, el viejo ms guapo, simptico y frescachn que se poda imaginar; limpio como los chorros del oro, el cabello rizado, el bigote como la pura plata; lo dems de la cara tan bien afeitadito, que daba gloria verle; la frente espaciosa y de color marfil, con las arrugas finas y bien rasgueadas. Pues de cuerpo, ya quisieran parecrsele la mayor parte de los muchachos de hoy. Otro ms derecho y bien plantado no haba. No, lo que es hoy no le digo nada--pensaba--. Temo hacer el bisoo. Calma, compaero, y repligate un poco; tiempo tienes de picar espuelas. Hoy lo recibira mal. Est muy reciente la herida. --ii-- Pues lo que es hoy s que no me quedo con esto dentro del cuerpo--pens mi hombre al otro da, entrando en la sala, hecho un sol de limpio y despidiendo, como todas las maanas al salir de su casa, un fuerte olor a _colonia_--. Y dnde est?, qu hace que no sale? Es un encanto esa mujer, y tengo al tal Santa Cruz por el gaznpiro ms grande que come pan... Cunto me hace esperar! Parceme que oigo trastazos como de dar con el zorro en los muebles. Estar de limpieza, aunque hoy no es sbado. Pero no importa que no sea sbado. Eso le conviene: trabajar, hacer ejercicio, distraerse, andar de aqu para all. Magnfico!... S, s, sin duda est de limpieza. Es un diamante en bruto esa mujer. Si hubiera cado en mis manos, en vez de caer en las de ese simpln, qu facetas, Dios mo, qu facetas le habra tallado yo!... Y sigue el traqueteo all dentro. Parece que arrastran muebles... Bien, muy bien, dale duro. Para cosas del corazn, sudar, sudar. Ay qu contento estoy hoy! Tiempo haca, compaero, mucho tiempo haca que no te sentas tan feliz como te sientes hoy. Desde que estuviste en Filipinas... Pues ahora parece que estn moviendo la cama de hierro. Cmo rechina el metal!... Ah!, por fin sale.... --Dispnseme usted, amigo D. Evaristo--dijo Fortunata apareciendo en la puerta del gabinete, con bata de diario, un delantal muy grande y pauelo liado a la cabeza--. Estoy de limpia. Tras ella se vea una atmsfera polvorienta, turbia y luminosa; el sol entraba por el balcn, de par en par abierto. Porque yo tengo esta costumbre... Cuando me siento con ganas de llorar y dada a todos los demonios, sabe usted qu hago?, pues coger el zorro, las escobas, una esponja grande y un cubo de agua. Siempre que tengo una pena muy grande le meto mano al polvo. --Pues ay, hija ma!, la compadezco a usted... porque la casa est como una plata... --Cmo ha de ser!... S, esta es mi nica distraccin. Y no s ninguna labor delicada; no s coser en fino; no bordo ni toco el piano. Tampoco pinto platos como esa Antonia, amiga de Villalonga, la cual est siempre de pinceles; yo apenas s leer y no le saco sentido a ningn libro... qu he de hacer?, fregar y limpiar. Con esto no me acuerdo de otras cosas. --Me la comera--pens D. Evaristo, que la contemplaba embobado, sin decir nada. --Conque lo mejor es que se vaya usted ahora, y vuelva ms tarde. Le vamos a llenar de polvo y basura. --No, hija, yo no me voy de aqu. --Uy!... Cmo huele usted a _colonia_. Ese olor s que me gusta... Pero le vamos a poner perdido. Mire que ahora empezaremos con la sala. --No me importa--replic el buen seor con sonrisa inefable--. Me empolva?, mejor. Yo me sacudir. --Como usted quiera... Pues ndese por ah... Yo no tengo aqu _lbumes_ ni libros para que se entretenga. --Maldita la falta que me hacen a m los _lbumes_... Siga, siga usted y trabaje firme. Eso, eso es lo que nos conviene. Luego hablaremos. Yo no tengo absolutamente nada que hacer... Y dos horas ms tarde estaban sentados ambos en el gabinete, uno frente a otro, ella en el mismo pergenio en que antes se presentara, y algo fatigada... Debo tener una facha...!--dijo levantndose para mirarse al espejo que sobre el sof estaba--. Mara Santsima! Ve usted las pestaas cmo las tengo, llenas de polvo?. --No estaran as sino fueran tan negras y tan grandes y hermosas... --Quisiera aviarme un poco. Es una falta recibir visitas con esta facha. --Por m no se apure usted... Me agrada ms verla as. Descanse ahora y echemos un parrafito. Voy a permitirme una pregunta. Qu piensa usted hacer ahora? Fortunata, que se inclinaba hacia adelante para or mejor, dej caer la cabeza sobre el respaldo; la mejor manera de expresar que no haba pensado nada sobre aquel punto. --Piensa usted pedir perdn a su marido y reconciliarse con l? --Jess! Y qu cosas se le ocurren!--exclam ella, llevndose las manos a la cabeza, cual si oyera el mayor de los absurdos. --Pues me parece que no he dicho ningn disparate. --Antes que volver con Maximiliano--afirm Fortunata poniendo la cara ms seria que saba poner--, todo lo paso, todo... --Incluso la miseria, la deshonra... --S seor.--Bueno. Pues quiere decir que cuando se acabe lo poquito que usted tiene... y supongo que no habr insistido en devolver los cuatro mil reales... pues cuando se acabe, no tendr usted ms remedio que buscarse la vida como pueda. Usted no sabe ningn trabajo honrado que produzca dinero; conque claro es... si me aciertas lo que llevo en la mano te doy un racimo. Fortunata frunci el ceo, y sin levantar las miradas del suelo, doblaba y desdoblaba un pico del delantal. --Eso no tiene vuelta de hoja, compaera. O a casa con su marido, o a la calle con Juan, Pedro y Diego, a ver si sale algn primo con quien ir tirando. De este camino malo parten varios senderos, y no todos concluyen en el hospital y en la abyeccin. De modo que pinselo usted. Por ms que se devane los sesos, no podr salir de este dilema. --De este qu?--Dilema; quiere decir que a fondo o a Flandes. --Yo quiero ser honrada--afirm la joven con la mayor seriedad del mundo, atormentando ms la punta del delantal. --Honrada?, me parece muy bien. Y dgame usted con toda franqueza: honrada comiendo o sin comer? Fortunata se sonri un poco. Aquella sonrisa ilumin su pena un instante; pero pronto qued su rostro envuelto otra vez en seriedad sombra, seal de la duda horrible que agitaba su alma. --Eso de la honradez es muy bonito--prosigui Feijoo--. No hay nada que se diga tan fcilmente y que luego resulte ms difcil en la prctica. Yo creo que usted ha querido decir honradez relativa... --No; yo quiero ser honrada a carta cabal, honrada, honrada. --Sin volver con su marido? --Sin volver con mi marido. Feijoo hizo con los labios, con los ojos, con todos los msculos de su cara un mohn muy humano y expresivo, signo perteneciente al lenguaje universal y a la mmica de todos los pases, el cual quera decir: Hija ma, no lo entiendo.... Ni Fortunata lo entenda tampoco, por lo cual estaba verdaderamente anonadada. Faltbale poco para echarse a llorar. Vamos, vamos--dijo el coronel sacudiendo toda aquella argumentacin capciosa, como se sacuden las moscas--; hablemos claro y seamos prcticos sin miedo a la situacin verdadera. Las cosas son como son, no como deseamos que sean. Qu ms quisiramos sino que usted pudiera ser tan honrada y pura como el sol! Pero _tarde piache_, como dijo el pjaro cuando se lo estaban comiendo. De lo que tratamos ahora es de que usted sea lo menos deshonrada posible. Porque me ro yo de las virtudes que slo estn en el pico de la lengua. Y el vivir y el comer? Usted, compaera, no tiene ahora ms remedio que aceptar el amparo de un hombre. Slo falta que la suerte le depare un buen hombre. Se echar usted a buscarlo por ah entre sus relaciones, o saldr a pescar un desconocido por las calles, teatros y paseos? A ver... Dgolo porque si quiere usted ahorrarse ese trabajo, figrese que aburrida ha salido por esos mundos, que ha echado el anzuelo, que le han picado, que tira para arriba, y que oh, sorpresa!, me ha pescado a m. Aqu me tiene usted fuera del agua dando coletazos de gusto por verme tan bien pescado. Soy algo viejo, pero sin vanidad creo que sirvo para todo, y por fuera y por dentro valgo ms que la mayora de los muchachos. No tengo nada que hacer, vivo de mis rentas, soy solo en el mundo, me doy buena vida y puedo drsela a quien me acomoda. Conque a decidirse. Modestia a un lado, dgole a usted que dificilillo le sera, en su situacin, encontrar un acomodo mejor. Bien lo comprender cuando le pasen las tristezas, que ojal sea pronto. Ahora no tiene la cabeza despejada. Y no vacilo en decirlo--agreg alzando la voz, como si se incomodara--. Le ha cado a usted la lotera, y no as un premio cualquiera, sino el gordo de Navidad. --Quiero ser honrada--repiti Fortunata sin mirarle, como los nios mimosos que insisten en decir la cosa fea por que les reprenden. --No ser yo quien le quite a usted eso de la cabeza--dijo el caballero sonriendo, sin dudar de su victoria--. Y bien podra ser que hubiera usted descubierto la cuadratura del crculo. --Qu dice?--Nada... Tambin se me ocurre que dentro de mi proposicin puede usted ser todo lo honrada que quiera. Mientras ms, mejor... En fin, no quiero marearla a usted ms, y la dejo sola para que piense en lo que le he dicho. Siga limpiando, trabaje, d bofetadas a los muebles, fregotee hasta que le escuezan los dedos; mecnica, mucha mecnica, y mientras tanto, piense bien en esto, y maana o pasado maana... no hay prisa... vengo por la _rimpuesta_, como dice el payo... --iii-- Como lo que debe suceder sucede, y no hay bromas con la realidad, las cosas vinieron y ocurrieron conforme a los deseos de D. Evaristo Gonzlez Feijoo. Bien saba l que no poda ser de otro modo, a menos que aquella mujer estuviese loca. Qu salida tena fuera de la propuesta por l? Ninguna. Qu honradez era aquella que apeteca, no sabiendo trabajar, no queriendo volver con su marido y no teniendo malditas ganas de irse a un yermo a comer races? Moraleja: Lo que tena que llegar, por la sucesin infalible de las necesidades humanas, lleg. Y para que veas si s yo hacer las cosas y me intereso por ti--le dijo un da D. Evaristo tutendola ya--; me propongo evitar el escndalo por ti y por m. Pondr singular cuidado en que ignore esto Juan Pablo Rubn, que fue quien me present a ti, en la calle, te acuerdas?, y de ah viene nuestro dichoso conocimiento. Estas relaciones las hemos de esconder y reservar hasta donde sea humanamente posible. Vers qu bien vamos a estar. Yo te ensear a ser prctica, y cuando pruebes el ser prctica, te ha de parecer mentira que hayas hecho en tu vida tantsimas tonteras contrarias a la ley de la realidad. Fortunata, preciso es decirlo, no estaba contenta, ni aun medianamente. Hallbase ms bien resignada y se consolaba con la idea de que dentro de su desgracia no haba solucin mejor que aquella, y de que vale ms caer sobre un montn de paja que sobre un montn de piedras. En los primeros das tuvo horas de melancola intenssima, en las cuales su conciencia, confabulada con la memoria, le representaba de un modo vivo todas las maldades que cometiera en su vida, singularmente la de casarse y ser adltera con pocas horas de diferencia. Pero de repente, sin saber cmo ni por qu, todo se le volva del revs all en las cavidades desconocidas de su espritu, y la conciencia se le presentaba limpia, clara y firme. Juzgbase entonces sin culpa alguna, inocente de todo el mal causado, como el que obra a impulsos de un mandato extrao y superior. Si yo no soy mala--pensaba--. Qu tengo yo de malo aqu _entre m_? Pues nada. Con estos diferentes estados de su espritu se relacionaban ciertas intermitencias de mana religiosa. En las horas en que se senta muy culpable, entrbale temor de los castigos temporales y eternos. Acordbase de cuanto le ensearon D. Len y las Micaelas, y volvan a su mente las impresiones de la vida del convento con frescura y claridad pasmosas. Cuando le daba por ah, iba a misa, y aun se le ocurra confesarse; pero de pronto le entraba miedo y lo dejaba para ms adelante. Luego vena la contraria, o sea el sentimiento de su inculpabilidad, como una reversin mecnica del estado anterior, y todas las somnolencias y aprensiones msticas huan de su mente. Se pasaba entonces dos o tres das en completa tranquilidad, sin rezar ms que los Padrenuestros que por rutina le salan de entre dientes todas las maanas. Su conciencia giraba sobre un pivote, presentndole, ya el lado blanco, ya el lado negro. A veces esta brusca revuelta dependa de una palabra, de una idea caprichosa que pasaba volando por su espritu, como pasa un pjaro fugaz por la inmensidad del Cielo. Entre creerse un monstruo de maldad o un ser inocente y desgraciado, mediaban a veces el lapso de tiempo ms breve o el accidente ms sencillo; que se desprendiese una hoja del tallo ya marchito de una planta cayendo sin ruido sobre la alfombra; que cantase el canario del vecino o que pasara un coche cualquiera por la calle, haciendo mucho ruido. Estaba muy agradecida al seor de Feijoo, que se portaba con ella como un caballero, y no tena nada de quisquilloso, ni las impertinencias que suelen gastar los hombres. El primer da le ley la cartilla, que era muy breve: Mira, yo te dejo en absoluta libertad. Puedes salir y entrar a la hora que quieras, y hacer lo que te d tu real gana. No soy partidario del sistema preventivo. Quiero que seas leal conmigo, como yo lo soy contigo. En cuanto te canses avisas... Aqu no me entres a ningn hombre, porque si algn da descubro gatuperio, me marcho tan calladito y no me vuelves a ver... Lo mismo har si lo descubro fuera. Si te portas bien, no dejar de protegerte, ni aun en el caso de que me fuera preciso dejarte. Lo que propiamente llamamos amor, la verdad, Fortunata no lo senta por su amigo; pero s le tena respeto, y el cario apacible a que era acreedor por su hidalgo comportamiento. Tenale ella por la persona ms decente que haba tratado en su vida. Y cunto saba! Qu experiencia del mundo la suya, y con qu habilidad se las gobernaba! Para poner en ejecucin aquel plan de reserva de que hablara al principio, mandole tomar un cuartito modesto. No por economa, pues bien poda l pagar una casa como la que Santa Cruz pagaba; era por recato. Lo de la honradez, que ella anhelaba ignorando el valor exacto de las palabras, no tena sentido; pero ya que no fuese honrada, al menos pareciralo, y esto iba ganando, que no era floja ganancia. Un cuartito modesto en un barrio apartado era ya seal de que al menos se evitaba el escndalo. A poco de instalada en su nuevo domicilio, D. Evaristo le compr una buena mquina de Singer, con lo que ella se entretena mucho. La visita del protector era diaria, pero sin hora fija. Unas veces iba de tarde, otras de noche. Pero siempre se retiraba a su casa a dormir. Convena que Fortunata tuviese una criada fiel, discreta y de cierta responsabilidad. Feijoo estuvo cosa de un mes buscndola y al fin pudo encontrarla. Si Fortunata, empezando por conformarse, acab por sentirse bien, D. Evaristo estuvo desde luego muy a gusto en aquella vida. Yo no soy celoso--le deca--, y aunque no pongo mi mano en el fuego por ninguna mujer, creo que no me faltars, como no se descuelgue otra vez el danzante de marras. A este s que le tengo miedo. Y ella declaraba con su sinceridad de siempre que, en efecto, le conservaba ley al maldito autor de sus desgracias... no lo poda remediar; pero que si la buscaba otra vez, ya sabra ella resistir y darle con toda la fuerza de su honradez en los hocicos, para que no volviera a ser pillo. Al or esto, Feijoo se mostraba benvolamente incrdulo y deca: Pidmosle a Dios que no te busque, por si acaso; que a Segura llevan preso. Vivan retiradamente, y no se presentaban juntos en ninguna parte. La calaverada de Feijoo no fue descubierta por sus amigos ms sagaces; Fortunata no daba que hablar a nadie, y la familia de su marido crea que haba desaparecido de Madrid. Con este sistema de cautela y recato, les iba tan bien que D. Evaristo no cesaba de congratularse. Ves, chulita, cmo de este modo estamos en el Paraso? As se consiguen dos cosas, la tranquilidad dentro, el decoro fuera. Qu necesidad tengo yo de que me llamen _viejo verde_? Y t, por qu has de andar en lenguas de la gente? Aqu tienes lo que yo te quera ensear, ser persona prctica. Al mundo hay que tratarlo siempre con muchsimo respeto. Yo bien s que lo mejor es que uno sea un santo; pero como esto es dificilillo, hay que tener formalidad y no dar nunca malos ejemplos. Fjate bien en esto; la dignidad siempre por delante, compaera. Hablando de esto, se animaba llegando hasta la elocuencia. Porque mira t, chulita, no predico yo la hipocresa. En cierta clase de faltas, la dignidad consiste en no cometerlas. No transijo, pues, con nada que sea apropiarse lo ajeno, ni con mentiras que daan al honor del prjimo, ni con nada que sea vil y cobarde; tampoco transijo con menospreciar la disciplina militar: en esto soy muy severo; pero en todo aquello que se relaciona con el amor, la dignidad consiste en guardar el decoro... porque no me entra ni me ha entrado nunca en la cabeza que sea pecado, ni delito, ni siquiera falta, ningn hecho derivado del amor verdadero. Por eso no me he querido casar... Claro, es preciso contener algo a la gente y asustar a los viciosos; por eso se hicieron diez mandamientos en vez de ocho, que son los legtimos; los otros dos no me entran a m. Ah!, chulita, dirs que yo tengo la moral muy rara. La verdad, si me dicen que Fulano hizo un robo, o que mat o calumni o arm cualquier gatera, me indigno, y si le cogiera, crelo, le ahogara; pero vienen y me cuentan que tal mujer le falt a su marido, que tal nia se fug de la casa paterna con el novio, y me quedo tan fresco. Verdad que por el decoro debido a la sociedad, hago que me espanto, y digo: Qu barbaridad, hombre, qu barbaridad!. Pero en mi interior me ro y digo: ande el mundo y crezca la especie, que para eso estamos.... Todo esto le pareci a Fortunata muy peregrino cuando lo oy por primera vez; pero a la segunda, encontrolo conforme con algo que ella haba pensado. Pero no sera un disparate? Porque era imposible que ella y Feijoo tuviesen razn contra el mundo entero. Conque ya sabes--aadi el coronel--; el da en que se te antoje faltarme, me lo dices. Yo no creo en las fidelidades absolutas. Yo soy indulgente, soy hombre, en una palabra, y s que decir _humanidad_ es lo mismo que decir _debilidad_... Pues vienes y me lo cuentas a m, en mis barbas; nada de tapujos... Creers que voy a venir con un revlver para pegarte un tirito y pegarme yo otro?... Valiente asno sera si lo hiciera! No. En nombre de la humanidad y de la especie te mirar con benevolencia... Cierto que me ha de escocer algo. Pero coger mi sombrero y me marchar de tu casa, sin que eso quiera decir que te abandone, pues lo que har ser jubilarte, sealndote media paga. --Pero qu hombre ms raro, y qu manera de querer!--pensaba Fortunata. --iv-- Aquel da comieron juntos; expansin que D. Evaristo se permita algunas veces. Dijo ella que saba _poner unas judas_ estofadas a estilo de taberna, que era lo que haba que comer. Quiso Feijoo probar tambin aquel plato, porque le gustaban algunas comidas espaolas. Fortunata tena una despensa admirablemente provista, y en ropa y trapos gastaba muy poco. l era tan listo y tan prctico, que supo sin esfuerzo hacerle disminuir el intil y ruinoso rengln de las modas. En la cuestin de _buclica_, s que no le pona tasa, y le recomendaba que trajese siempre lo mejor y ms adecuado a cada estacin. Pero ella no necesitaba que su seor le hiciera estas advertencias, porque, madrilea neta y de la Cava de San Miguel nada menos, saba lo que se debe comer en cada poca. No era glotona; pero s inteligente en vveres y en todo lo que concierne a la bien provista plaza de Madrid. Y la verdad era que con aquella vida tranquila y sosegada, eminentemente prctica, se iba poniendo tan lucida de carnes, tan guapa y hermosota que daba gloria verla. Siempre tuvo la de Rubn buena salud; pero nunca, como en aquella temporada, vio desarrollarse la existencia material con tanta plenitud y lozana. Feijoo, al contemplarla, no poda por menos de sentirse descorazonado. Cada da ms guapa--pensaba--, y yo cada da ms viejo. Y ella, cuando se miraba al espejo, no se resista a la admiracin de su propia imagen. Algunos das le pasaba por bajo del entrecejo la observacin aquella de otros tiempos: Si me viera ahora...!. Pero al punto trataba de alejar estas ideas, que no le traan ms que tristezas y cavilaciones. Viva en la calle de Tabernillas (Puerta de Moros), que para los madrileos del centro es _donde Cristo dio las tres voces y no le oyeron_. Es aquel barrio tan apartado, que parece _un pueblo_. Comuncase, de una parte con San Andrs, y de otra con el Rosario y la V.O.T. El vecindario es en su mayora pacfico y modestamente acomodado; asentadores, placeros, trajineros. Empleados no se encuentran all, por estar aquel casero lejos de toda oficina. Es el arrabal alegre y bien asoleado, y corrindose al Portillo de Gilimn, se ve la vega del Manzanares, y la Sierra, San Isidro y la Casa de Campo. Hacia los taludes del Rosario la vecindad no es muy distinguida, ni las vistas muy buenas, por caer contra aquella parte las prisiones militares y encontrarse a cada paso mujeres sueltas y soldados que se quieren soltar. Al fin de la calle del guila tambin desmerece mucho el vecindario, pues en la explanada de Gilimn, inundada de sol a todas las horas del da, suelen verse cuadros dignos del Potro de Crdoba y del Albaicn de Granada. Por la calle de la Solana, donde habita tanta pobretera, iba Fortunata a misa a la Paloma, y se pasmaba de no encontrar nunca en su camino ninguna cara conocida. Ciertamente, cuando un habitante del centro o del Norte de la Villa visita aquellos barrios, ni las casas ni los rostros le resultan Madrid. En un mes no pas Fortunata ms ac de Puerta de Moros, y una vez que lo hizo, detvose en Puerta Cerrada. Al sentir el mugido de la respiracin de la capital en sus senos centrales, volviose asustada a su pacfica y silenciosa calle de Tabernillas. Don Evaristo viva, desde que obtuvo el retiro, en el segundo piso de un casern aristocrtico de la calle de Don Pedro. Era uno de esos palacios grandones y sin arquitectura, construidos por la nobleza. En el principal haba una embajada, y cuando en ella se celebraba sarao, decoraban la escalera con tiestos y le ponan alfombra. Habase acostumbrado Feijoo a la amplitud desnuda de sus habitaciones, a las grandes vidrieras, a la altura de techos, y no poda vivir en _estas casas de cartn_ del Madrid moderno. Su domicilio tena algo de convento, y su vecino en el segundo de la izquierda era un arquelogo, poseedor de colecciones maravillosas. En toda la casa no se oa ni el ruido de una mosca, pues el Ministro Plenipotenciario del principal era hombre solo, y fuera de las noches de recepcin, que eran muy contadas, creerase que all no viva nada. Por la solitaria calle de las Aguas se comunicaba brevemente Feijoo con su dolo. No me vuelvo atrs de lo que esta expresin indica, pues el buen seor lleg a sentir por su protegida un amor entraable, no todo compuesto de fiebre de amante, sino tambin de un cierto cario paternal, que cada da se determinaba ms. Qu lstima, compaero!--pensaba--, que no tengas veinte aos menos... De veras que es una lstima. Si a esta la cojo yo antes...! As como otros estropearon con sus manos inhbiles esta preciossima _individua_, yo le hubiera dado una configuracin admirable. Qu espaola es, y qu chocho me estoy volviendo!. Al mes, ya Feijoo no poda vivir sin aumentar indefinidamente las horas que al lado de ella pasaba. Muchos das coman o almorzaban juntos, y como ambos amantes haban convenido en enaltecer y restaurar prcticamente la hispana cocina, haca la _individua_ unos guisotes y fritangas, cuyo olor llegaba ms all de San Francisco el Grande. De sobremesa, si no jugaban al tute, el buen seor le contaba a su querida aventuras y pasos estupendos de su dramtica vida militar. Haba estado en Cuba en tiempo de la expedicin de Narciso Lpez, y trabaj mucho en la persecucin y captura del famoso insurgente. Fortunata le oa embelesada, puestos los codos sobre la mesa, la cara sostenida en las manos, los ojos clavados en el narrador, quien bajo la influencia de la atencin ingenua de su amada, se senta ms elocuente, con la memoria ms fresca y las ideas ms claras. T no puedes hacerte cargo de aquellas noches de luna en Cuba, de aquella bveda de plata resplandeciente, de aquellos manglares que son jardines en medio de los espejos de la mar... Pues aquella noche de que te hablo, estbamos acechando junto a un ro, porque sabamos que por all haban de pasar los insurgentes. Omos un chapoteo en el agua; cremos que era un caimn que se escurra entre las caas bravas. De repente, pim... un tiro. Ellos!... Al instante toda nuestra gente se echa los fusiles a la cara. Ta-ra-ra-trap... Un negrazo salta sobre m, y zas, le meto el machete por el ombligo y se lo saco por el lomo... No me he visto en otra, hija. Tambin haba estado en la expedicin a Roma el 48. Oh, Roma! Aquello s que era cosa grande. Qu bonito aquel paso de Po IX bendiciendo a las tropas! Y la conversacin rodaba, sin saber cmo, de la bendicin papal a los amoros del narrador. En esto era la de no acabar, y de la cuenta total salan a siete aventuras por ao, con la particularidad de que eran en las cinco partes del mundo, porque Feijoo, que tambin haba estado en Filipinas, tuvo algo que ver con chinas, javanesas y hasta con joloanas. Una salvaje le haba trastornado el seso, demostrando que en las islas de la Polinesia se dan casos de coquetera no menos refinada que la de los salones europeos. Ay, qu bueno!--exclamaba Fortunata riendo con toda su alma, al or ciertos lances--. Si eso parece de ac...! Pero qu lista...! Has visto? Y luego dicen...!. De europeas no haba que hablar. Cont el ex-coronel aventuras con solteras y casadas, que a su amiga le parecan mentira, y no las habra credo si no las oyera de labios de persona tan verdica y formal. --Pero has visto? Si eso se dice, no se cree... Y si lo escriben, pensarn que es fbula mal inventada. Qu cosas hacen las mujeres! Bien dicen que somos el Demonio. Debo advertir que nada refera Feijoo que no fuese verdad, porque ni siquiera recargaba sus cuadros y retratos del natural. Lo mismo haca Fortunata, cuando le tocaba a ella ser narradora, incitada por su protector a mostrar algn captulo de la historia de su vida, que en corto tiempo ofreca lances dignos de ser contados y aun escritos. No se haca ella de rogar, y como tena la virtud de la franqueza, y no apreciaba bien, por rudeza de paladar moral, la significacin buena o mala de ciertos hechos, todo lo desembuchaba. A veces senta D. Evaristo gran regocijo oyndola, a veces verdadero terror; pero de todas estas sesiones sala al fin con impresiones de tristeza, y pensaba as: Si hubiera cado antes en mis manos, si yo la hubiera cogido antes, todas esas ignominias se habran evitado... Qu lstima, compaero, qu lstima!... Y lo ms raro es que despus de tanto manosear hayan quedado intactas ciertas prendas, como la sinceridad, que al fin es algo y la constancia en el amor a uno solo.... Ambos evitaban que en sus conversaciones surgieran ciertos nombres; pero una noche se habl, no s por qu, de Juanito Santa Cruz. Anda--dijo Fortunata--, que ya se habr cansado otra vez de la tonta de su mujer. A bien que ella se tomar la revancha.... --No lo creo...--Pues yo s...--afirm la prjima fingiendo conviccin--. Bah! No hay mujer casada que no peque... Ya saben tapar bien esas seoras ricas. --No me gusta, hija, que hables as de persona alguna y menos de esa. Yo me explico que no la quieras bien; pero observa que es inocente de las trastadas que te ha hecho su marido. Feijoo conoca a algunas personas de la familia de Santa Cruz. A Jacinta y a Juan no les haba hablado nunca; pero s a D. Baldomero y algo a Barbarita. Trataba al gordo Arnaiz, y a otros muy allegados a la familia, como el marqus de Casa-Muoz y Villalonga; y el mismo Plcido Estupi no era un desconocido para l. Es preciso que te acostumbres--prosigui con cierta severidad--, a no hacer juicios temerarios, huyendo de cuanto pueda herir o lastimar a una familia respetable. Dobla la hoja y hazte cuenta de que esa gente se ha ido a Ultramar, o se ha muerto. --Te dir una cosa que ha de pasmarte--indic Fortunata con la expresin grave que tomaba cuando haca una declaracin de extremada y casi increble sinceridad--. Pues el da en que vi por primera vez a Jacinta, me gust... sin que por gustarme dejara de aborrecerla. Una noche me acost con el corazn tan requemado de celos, que me senta capaz... hasta de matarla... mira t. --Bah!, no digas tonteras... No me hace gracia que te pongas as... Eso de matar a la rival es hasta cursi... --Pero si no he acabado... djame que te cuente lo mejor. La aborrezco y me agrada mirarla, quiere decirse, que me gustara parecerme a ella, ser como ella, y que se me cambiara todo mi ser natural hasta volverme tal y como ella es. --Eso s que no lo entiendo--dijo Feijoo cayendo en un mar de meditaciones--. Caprichos del corazn. Y al levantarse, apoyando las manos en los brazos del silln, not ay!, que el cuerpo le pesaba ms; pero mucho ms que antes. --v-- No pararon aqu las observaciones referentes a su decaimiento fsico. Una maana, al levantarse, not que la cabeza se le mareaba. Jams haba sentido cosa semejante. En la calle advirti que para andar completamente derecho, necesitaba pensarlo y proponrselo. Pasando junto a la carcomida puerta del convento de la Latina, no pudo menos que mirarse en ella como en un espejo. Se vio all bien claro, cual vestigio honroso conservado slo por indulgencia del tiempo. Todo envejece --pens--, y cuando las piedras se gastan, cmo no ha de gastarse el cuerpo del hombre!. Y los sntomas de decadencia aumentaban con rapidez aterradora. Dos das despus not Feijoo que no oa bien. El sonido se le escapaba, como si el mundo todo con su bulla y las palabras de los hombres se hubieran ido ms lejos. Fortunata tena que gritar para que l se enterase de lo que deca. A lo penoso de esta situacin unase lo que tiene de ridculo. Verdad que an andaba al paso de costumbre; pero el cansancio era mayor que antes, y cuando suba escaleras, el aliento le faltaba. Mirbase al espejo por las maanas, y en aquella consulta infalible notaba flccidas y amarillentas sus mejillas, antes lozanas; la frente se apergaminaba, y tena los ojos enrojecidos y llorones. Al ponerse las botas, la rodilla derecha le dola como si le metieran por la choquezuela una aguja caliente, y siempre que se inclinaba, un msculo de la espalda, cuyo nombre no saba l, producale molestia lacerante, que fuera terrible si no pasara pronto... Qu bajn tan grande, compaero--se deca--, pero qu bajn! Y esto va a escape. Ya se ve. La locurilla me ha cogido ya con los huesos duros y con muchas Navidades encima... Pero francamente, este bajoncito no me lo esperaba yo todava.... Esto le ocasion grandes tristezas que al principio trataba de disimular delante de su querida; pero una tarde que estaban sentados junto al balcn, se le abatieron tanto los espritus que no pudo contener su pena y la confi a su amiga: Chulita, habrs notado que yo... pues... habrs visto que mi salud no es buena. Y entre parntesis, qu edad me echas t?. --Sesenta--dijo ella seriamente con la reserva mental de que se quedaba algo corta. --Hace unos das que he entrado en lo sesenta y nueve... Dentro de nada setenta... Sabes que de quince das a esta parte me parece que he envejecido de golpe y porrazo veinte aos? Yo me conservaba en mis apariencias y en mis bros de cincuenta, cuando de improviso la naturaleza ha dicho: Que me voy... que no puedo ms...!. Fortunata haba notado el bajn; pero, como es natural, no hablaba de semejante cosa. Lo que ms me carga--dijo D. Evaristo con rabia, dando un puetazo en el brazo del silln--, es que la vista... Yo siempre he tenido una vista como un lince. Figrate que en la Habana vea, desde el castillo de Atars, las seales del viga del Morro, distinguiendo perfectamente los colores de las banderas. Pues desde ayer noto no s qu. Algunos objetos se me oscurecen completamente, y cuando me da el sol, me pican los ojos... Desde maana pienso usar gafas verdes. Estar bonito. En cuanto al odo, ya te habrs enterado. Hace das era el izquierdo, ahora es el derecho; he ascendido: era teniente y soy ya capitn. Te aseguro que estoy divertido. Pero es insigne majadera rebelarse contra la naturaleza. Tiene ella sus fueros, y el que los desconoce, lo paga. Yo he sido en esto poco prctico, sindolo tanto en otras cosas; pero ya que se me olvidaron los papeles en el caso este de hacer el pollo a los sesenta y nueve aos, voy a recogerlos para prevenir las malas consecuencias. Ahora es preciso que me ocupe ms de ti que de m. Yo, poco puedo durar.... --No... qu tontuna!--dijo Fortunata, aquella vez ms piadosa que sincera. --A m no me vengas t con zalameras. Por mucho que tire... pon que tire un ao, dos; eso si no me quedo el mejor da hecho un monigote y en tal estado que tengas t que sonarme y ponerme la cuchara en la boca. De todas maneras, ya tengo poca cuerda, chulita de mi alma, y tengo que pensar mucho en ti, que la tienes todava para rato, pues ahora ests en la flor de tus aos y en lo mejor de tu hermosura. Y otro da, subiendo la escalera, notaba que casi la suba ms con los brazos que con las piernas, pues tena que ampararse del pasamanos, haciendo mucha fuerza en l. Esto va por la posta. Si me descuido, no tengo tiempo ni de dejar a esta infeliz bien defendida de los pillos y de las propias debilidades de su carcter. Pobre chulita! Hay que mirar mucho cmo la dejo, porque esta al son que la tocan baila. Lo que se me ha ocurrido para asegurarla contra incendios, es decir, contra los _rasgos_ de todas clases, quizs no le guste; de fijo que no le gustar. Pero ya ir comprendiendo que no hay otro camino... Ay de m, que an me falta un tramo! Dios nos asista. Quin me haba de decir a m...!. Al entrar en la casa, pas insensiblemente del soliloquio al discurso, dando voz a sus meditaciones. Quin me haba de decir a m que llegara a ocuparme de que existan boticas en el mundo! Yo que jams cat pldora, ni pastilla, ni glbulo, tengo mi alcoba llena de potingues; y si fuera a hacer todo lo que el mdico me dice, no durara tres das. Y quin me haba de decir a m que le hara ascos a la comida, yo que jams le he preguntado a ningn plato por sus intenciones! El estmago se me quiere jubilar antes que lo dems del cuerpo, y ya debes suponer que faltando el jefe de la oficina... En fin, qu le hemos de hacer. Al llegar aqu, D. Evaristo tena que alzar mucho la voz para hacerse or, porque en la calle se situ un pianito de manubrio, tocando polkas y walses. Las del tercero, que eran las amas o sobrinas del ecnomo de San Andrs, que all viva, se pusieron a bailar, y al poco rato hicieron lo propio de los del segundo de la derecha. En el principal y segundo de la casa de enfrente armose igual jaleo, y como los chicos alborotaban tanto en la calle, la gritera era espantosa y D. Evaristo y su amiga tuvieron que callarse, mirndose y riendo. Pues sobre que estoy sordo--dijo el simptico viejo--, la vecindad no nos deja ornos. Callmonos, que tiempo hay de hablar. Fij sus tristes miradas en el suelo y Fortunata, con los brazos cruzados, mirbale atenta, contemplando los estragos de la degeneracin senil en su fisonoma, mientras se alejaban y extinguan en la calle los picantes ritmos del baile. La tarde caa; pronto iba a ser de noche, y como Feijoo tena horror a la oscuridad, su amiga encendi luz, que puso en la mesa de camilla, y cerr despus las maderas. En dnde has estado hoy? le pregunt D. Evaristo, que casi todas las noches le haca la misma pregunta, no por fiscalizar sus actos, sino porque de aquella interrogacin sala casi siempre una pltica agradable. --Pues hoy al medioda sub a casa de las del cura--dijo ella sonriendo y pasndole el brazo por encima de los hombros--. Son dos sobrinas o qu s yo qu, guapillas, y se parecen aunque no son hermanas. Ayer estuvieron aqu y me dijeron si les quera pespuntar y dobladillar unas tiras para tableado de vestidos. Se componen mucho y tienen arriba la mar de figurines. Estn haciendo dos trajes, y si vieras... no pude por menos de rerme; porque del terciopelo que les sobra hacen trajes para Nios Jess y para Vrgenes. Todo lo aprovechan, y hasta una hebilla de sombrero que no puedan gastar, se la plantan a cualquier santo en la cintura. Haba hecho Fortunata algunas relaciones en la vecindad ms prxima. Se visitaba con los inquilinos de la casa, y con alguna familia de la inmediata, gente muy llana, muy neta; como que a todas las visitas iba la prjima con mantn y pauelo a la cabeza. En el tiempo que dur aquella cmoda vida volvieron a determinarse en ella las primitivas maneras, que haba perdido con el roce de otra gente de ms afinadas costumbres. El ademn de llevarse las manos a la cintura en toda ocasin volvi a ser dominante en ella, y el hablar arrastrado, dejoso y prolongando ciertas vocales, reverdeci en su boca, como reverdece el idioma nativo en la de aquel que vuelve a la patria tras larga ausencia. La gente ms fina de aquella vecindad, o la que ms procuraba serlo, era la familia del cura, y estas dos sobrinas eclesisticas se esforzaban en hacer contrastar su lenguaje atildado con el de su hermosa vecina. Pero no sabes, _hijo_, lo que me han dicho hoy?--prosigui Fortunata conteniendo la risa--. Ay qu gracia!... Te lo contar para que te ras. La mayor, que es la ms estirada, levant las cejas, y mirndome como con lstima, y echando aquella voz tan fina, pero tan fina que parece que se la han hecho las araas, fue y me dijo, dice: 'Pero ese seor, no se casa con usted?'. Por poco suelto el trapo... Yo le contest 'puede' y sigui con el sermn. Para que me dejara en paz le dije al fin que s, que nos bamos a casar, que ya estbamos sacando los papeles y que pronto se echaran las proclamas. --Bien contestado... Qu ganas de meterse en lo que no les importa! --Y ahora te pregunto yo--dijo Fortunata ms cariosa, pero bastante ms seria--. Si yo fuera soltera, te casaras conmigo? --Sobre eso ya sabes cules son mis ideas--replic l de buen humor--. Crees que han variado desde que estoy enfermo, y que los hombres piensan de un modo cuando tienen el estmago como un reloj, y de otro cuando la maquina principia a descomponerse? Algo de esto pasa, chulita, y una cosa es hablar desde la altura de una salud perfecta y otra al borde del hoyo... Pero en esto del matrimonio te aseguro que no han variado mis ideas. Sigo creyendo que el casarse es estpido, y me ir para el otro barrio sin apearme de esto. Qu quieres! Yo he visto mucho mundo... A m no me la da nadie. S que es condicin precisa del amor la no duracin, y que todos los que se comprometen a adorarse mientras vivan, el noventa por ciento, cretelo, a los dos aos se consideran prisioneros el uno del otro, y daran algo por soltar el grillete. Lo que llaman infidelidad no es ms que el fuero de la naturaleza que quiere imponerse contra el despotismo social, y por eso vers que soy tan indulgente con los y las que se pronuncian. Por aqu sigui en su ingenioso tema; pero Fortunata no entenda bien estas teoras, sin duda por el lenguaje que empleaba su amigo. A poco de esto se puso ella a cenar. Feijoo no tomaba ms que un huevo pasado y despus chocolate, porque su estmago no le permita ya las cenas pesadas. Pero en su frugal colacin gozaba viendo comer a su protegida, cuyo apetito era una bendicin de Dios. Hija, tienes un apetito modelo. Te estoy mirando, y al paso que te envidio, me felicito de verte tan bien agarrada a la vida. As, as me gusta... No te d vergenza de comer bien, y puesto que lo hay, aplcate todo lo que puedas, que da vendr... ojal que no. Ya ves qu contraste; yo voy para abajo, t para arriba. Cuando digo que tienes lo mejor de la vida por delante...! Y buena tonta sers si no engordas todo lo que puedas, y te pones las carnes an ms duras y apretadas si es posible. Figrate si con esas tragaderas estars bien dispuesta para el amor. Despus de esto y mientras Fortunata se coma una cantidad inapreciable de pasas y almendras, cogindolas del plato una a una y llevndoselas a la boca sin mirarlas, el bondadoso anciano sigui sus habladuras con cierto desconcierto, y como desvariando. A ratos pareca incomodado, y expresndose cual si refutara opiniones que acabara de or, daba palmetazos en los brazos del silln: Si siempre he sostenido lo mismo, si no es de ahora esta opinin. El amor es la reclamacin de la especie que quiere perpetuarse, y al estmulo de esta necesidad tan conservadora como el comer, los sexos se buscan y las uniones se verifican por eleccin fatal, superior y extraa a todos los artificios de la Sociedad. Mranse un hombre y una mujer. Qu es? La exigencia de la especie que pide un nuevo ser, y este nuevo ser reclama de sus probables padres que le den vida. Todo lo dems es msica; fatuidad y palabrera de los que han querido hacer una Sociedad en sus gabinetes, fuera de las bases inmortales de la Naturaleza. Si esto es claro como el agua! Por eso me ro yo de ciertas leyes y de todo el cdigo penal social del amor, que es un frrago de tonteras inventadas por los feos, los mamarrachos y los sabios estpidos que jams han obtenido de una hembra el ms ligero favorcito. Fortunata le miraba con sorpresa mezclada de temor, el codo en la mesa, derecho el busto, en una actitud airosa y elegante, llevando pausadamente del plato a la boca, ahora una pasita, ahora una almendrita. Feijoo le cogi la barbilla entre sus dedos, dicindole con cario: Verdad, chulita, que tengo razn? Verdad que s?... Ay, qu ser de ti, chulita, cuando yo me muera!... Y en lo que me queda de vida, si esta se prolonga y voy ms para abajo todava...? Hay que preverlo todo, compaera. Me ha entrado un desasosiego...! Qu gruesa ests y qu hermosota, y yo... yo... concluido, absolutamente concluido! Soy un reloj que toc su ltima campanada, y aunque anda un poco todava, ya no da la hora. --No--murmur ella frotndole el pecho con su cabeza--, no... Todava... --Ay, qu ilusin! Yo acab. El estmago me pide el retiro. Hay algo en m que ha hecho dimisin; pero dimisin irrevocable; efectividad concluida, funciones que pasaron a la historia. Es preciso prevenir... mirar por ti, asegurarte contra la tontera. Fortunata se rea, y para calmarle aquel desasosiego que sus estrafalarios pensamientos y aprensiones le causaban, prodigole aquella noche, hasta que se separaron, los carios y cuidados de una hija amantsima con el mejor de los padres. --vi-- Al siguiente da, Feijoo le dijo al entrar: Hoy es la primera vez que he tenido que tomar un coche desde la Plaza Mayor aqu. Hasta ahora las piernas se han defendido; estas piernas que han hecho marchas de seis leguas en una noche... Tengo el simn a la puerta. Vente conmigo y vamos a dar una vuelta por las rondas del Sur. Fortunata no pensaba ms que en complacerle, y accedi con algn recelo, pues siempre que paseaban juntos, aunque fuera por sitios apartados, tema encontrarse a Maximiliano o a doa Lupe a la vuelta de una esquina. Esta idea le haca temblar. Pasearon un buen ratito, sin que tuvieran ningn encuentro desagradable. Dos das despus, don Evaristo no fue a verla, y en su lugar lleg el criado con una breve esquelita, llamndola. El seor haba pasado muy mala noche, y el mdico le haba ordenado que se quedase en la cama. Corri all Fortunata muy afligida, y le vio incorporado en el lecho, afectando tranquilidad y alegra. No es nada de particular--le dijo, hacindola sentar a su lado--. El mdico se empea en que no salga. Pero no estoy mal; casi casi estoy mejor que los das pasados. Slo que como no tengo costumbre de encamarme... Desde que pas la fiebre amarilla en Cuba hace cuarenta aos, no saba yo lo que son sbanas a las cuatro de la tarde. Qu ganas tena de verte! Anoche me entr como una angustia... Cre que me mora sin dejarte arreglada una vida prctica, esencialmente prctica. Por lo que pueda tronar, te voy a decir lo que desde hace das tengo pensado. Vers qu plan. Al principio puede que te escueza un poco; pero... no hay otro remedio, no hay otro remedio. Inclinose del lado en que la joven estaba, para poner su boca lo ms cerca posible del odo de ella, y le dispar cara a cara estas palabras: Resultado de lo mucho que cavilo por ti. Es preciso que te vuelvas a unir a tu marido. Contra lo que el simptico viejo esperaba Fortunata no hizo aspavientos de sorpresa. Puso, s, una carita muy monamente apenada, y alzando la voz, dijo: Pero eso, cabe en lo posible?. --No necesitas alzar mucho la voz. Hoy estoy mucho mejor de la sordera. Por este odo izquierdo me entra todo perfectamente, y no sale por el otro... Dices que si cabe en lo posible? De eso se trata; de hacerle hueco. Ya he tanteado el terreno. Esta maana estuvo Juan Pablo a verme y le ech una chinita. Has de saber que anteayer me encontr a doa Lupe en la calle y le arroj otra chinita. --Ellos saben...?--pregunt la seora de Rubn con los labios muy secos. --Esto?... Creo que no. Quizs lo sospechen; pero oficialmente no saben nada. --Ay!, no me podas decir nada--manifest la joven dndose un lengetazo en los labios, que se le secaban ms todava--, nada que me fuera ms antiptico, ms... --Yo lo comprendo...--Si t no te has de morir--dijo Fortunata irguindose con bro, en son de protesta--. Si te pondrs bueno...! Feijoo haba cerrado los ojos, y se sonrea en las tinieblas de su meditacin. La chulita callaba mirndole. Con aquella sonrisa, que pareca la que les queda a algunas caras despus que se han muerto, contestaba D. Evaristo mejor que con palabras. Y a Nicols le has echado otra chinita? pregunt ella despus de una pausa, queriendo alegrar conversacin tan lgubre. --No, porque no le he visto. Es el ms bruto de los tres. T creme; si ganamos a doa Lupe, todos los dems bajarn la cabeza, incluso tu marido. Doa Lupe es la que manda all, y peor para ellos si no mandara. --Oh!, yo dudo mucho que quieran... Les jugu una partida muy serrana--afirm ella, gozosa de encontrar un argumento contra aquel plan tan contrario a su gusto--, pero muy serrana. Lo que yo hice es de eso que no se perdona. --Todo se perdona, hija, todo, todo--dijo el enfermo con indulgencia empapada en escepticismo--. Por muy grande que nos figuremos la masa de olvido derramado en la sociedad como elemento reparador, esa masa supera todava a todos nuestros clculos. El bien y la gratitud son limitados; siempre los encontramos cortos. El olvido es infinito. De l se deriva el _vuelva a empezar_, sin el cual el mundo se acabara. --Oh!, no, no es posible... No tienen vergenza si me perdonan. --Eso, all ellos... Lo que me importa a m es que t quedes en una situacin correcta y sobre todo... prctica. Tienes t en ti misma poca defensa contra los peligros que a la vida ofrece continuadamente el entusiasmo. Si te dejo sola, aunque te asegure la subsistencia, te arrastrarn otra vez las pasiones y volvers a la vida mala. Necesita mi nia un freno, y ese freno, que es la legalidad, no le ser molesto si lo sabe llevar... si sigue los consejos que voy a darle. Tonta, tontaina, si todo en este mundo depende del modo, del estilo... Nada es bueno ni malo por s. Me entiendes? Ojo al corazn es lo primero que te digo. No permitas que te domine. Eso de echar todo por la ventana en cuanto el seor corazn se atufa, es un disparate que se paga caro. Hay que dar al corazn sus miajitas de carne; es fiera y las hambres largas le ponen furioso; pero tambin hay que dar a la fiera de la sociedad la parte que le corresponde, para que no alborote. Si no, lo echas todo a rodar, y no hay vida posible. A ti te asusta el hacer vida comn con tu marido porque no le quieres... --Ni tanto as; no le quiero, ni es posible que le quiera nunca, nunca, nunca. --Corriente. Pues todo se arreglar, hija, todo se arreglar... No te apures ni pongas esa cara tan afligida. Hablaremos despacio. Por hoy no quiero calentarte la cabeza, ni calentrmela yo, que bastante he charlado ya, y empiezo a sentirme mal. Est la cosa aprobada en principio... en principio. Quedose dormido el buen seor, que por haber pasado muy mala noche, tena sueo atrasado, y Fortunata permaneci a su lado sin chistar ni moverse por no turbar su descanso. Examinaba la habitacin y habra deseado poder escudriar la casa toda. De lo que en la alcoba observ, hubo de sacar el conocimiento de que la casa estaba muy bien puesta. D. Evaristo, que tan prctico quera ser en la vida social, deba de serlo ms en la domstica, y, conforme a sus ideas, lo primero que tiene que hacer el hombre en este valle de inquietudes es buscarse un buen agujero donde morar, y labrar en l un perfecto molde de su carcter. Soltero y con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni familia prxima, Feijoo viva en dichosa soledad, bien servido por criados fieles, dueo absoluto de su casa y de su tiempo, no privndose de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo mismo de su santsima voluntad. Ms que por el lujo, despuntaba la casa por la comodidad y el aseo. Gobernbala una tal doa Paca, gallega, que tuvo casa de huspedes distinguidos y recomendados, en la cual vivi Feijoo mucho tiempo, y completaban la servidumbre una cocinera bastante buena y un criado muy callado y ya algo viejo, que haba sido asistente de su amo. Este despert como a la media hora de haberse dormido, y restregndose los ojos y gruendo un poco, hubo de asombrarse de ver all a su amiga, y alarg la cabeza para mirarla. Vindola rer, se expres as: Pues con el sueecito que he echado perd la situacin, chica, y al despertar, no me acordaba de que habas quedado ah... Y vindote ahora, me deca yo, en ese estado de torpeza que divide el dormir del velar: 'pero es ella la que veo? Cmo y cundo ha venido a mi casa?'. Sac su mano de entre las sbanas para tomar la de ella, y recogiendo al punto las ideas que se haban dispersado, le dijo: Fjate bien en una cosa, y es que doa Lupe _la de los Pavos_, que es la persona de ms entendimiento en toda esa familia, no se ha de llevar mal contigo, si tienes tacto. Lo que a doa Lupe le gusta es mangonear, dirigir la casa, y echrselas de consejera y maestra. Hay que darle cuerda por ah, y dejarla que mangonee todo lo que quiera. El gobierno de la casa lo ha de llevar mucho mejor que t, porque es mujer que lo entiende: la trat un poco cuando viva su marido, que era amigo y paisano mo. Por cierto que cuando se qued viuda, dio en la flor de decir que yo le haca el oso. Tontera y fatuidad suya!... Pero en fin, es mujer de gobierno. De modo que dejndola que se explaye a su gusto en todo lo que sea el mete y saca de la vida domstica, podrs conservar tu independencia en lo dems. No s si me entiendes ahora; pero ya te lo explicar mejor. En ltimo caso, si algn da tuvieras un choque con ella, te plantas y le dices: ea, seora, yo no me meto en lo que es de su incumbencia de usted. No se meta usted en lo que es de la ma. Se haba hecho de noche y los dos interlocutores no se vean. Feijoo llam para que trajeran luz, y cuando la trajo doa Paca, la primera claridad que se esparci por el aposento sirvi al ama de llaves para examinar con rpida inspeccin el rostro de la amiga de su seor, dicindose: esta es la pjara que nos le ha trastornado. Aquel curioseo receloso de criado que espera heredar, fue seguido de diferentes pretextos para permanecer all con idea de pescar algo de la conversacin. Pero mientras Paca estuvo en la alcoba haciendo que ordenaba las cosas, moviendo los trastos y revisando las medicinas, D. Evaristo no despleg los labios. Miraba a su ama de llaves, y su sonrisa maliciosa quera decir: t te cansars. As fue. Retirose la duea, y D. Evaristo volvi a su tema: Lo primero que has de tener presente es que siempre, siempre, en todo caso y momento, hay que guardar el decoro. Mira, chulita, no me muero hasta que no te deje esta idea bien metida en la cabeza. Aprndete de memoria mis palabras, y reptelas todas las maanas a rengln seguido del Padre-nuestro. Como un dmine que repite la declinacin a sus discpulos, machacando slaba tras slaba, cual si se las claveteara en el cerebro a golpes de maza, D. Evaristo, la mano derecha en el aire, actuando a comps como un martillo, iba incrustando en el caletre de su alumna estas palabras: Guardando... las... apariencias, observando... las reglas... del respeto que nos debemos los unos a los otros... y... sobre todo, esto es lo principal... no descomponindose nunca, oye lo que te digo... no descomponindose nunca... (A la segunda repeticin del concepto, la mano del dmine quedbase suspendida en el aire; y sus cejas arqueadas en mitad de la frente, sus ojos extraordinariamente iluminados denotaban la importancia que daba a este punto de la leccin)... no descomponindose nunca, se puede hacer todo lo que se quiera. Despus le entr tos. Doa Paca se apareci dando gruidos y diciendo que la tos provena de tanto hablar, contra lo que el mdico ordenaba. A usted no le ha de matar la enfermedad, sino la conversacin... A ver si toma el jarabe y cierra el pico. Para atenuar el efecto de esa salida un tanto descorts, estando presente una visita, la seora aquella agraci a la intrusa con una sonrisilla forzada. Cul de las dos dara al enfermo la cucharada de jarabe? Quiso hacerlo el ama de llaves; pero Fortunata estuvo ms lista. La otra tom su desquite, arrojando una observacin de autoridad displicente a la cara de la entrometida. Eso es, dele el cloral en vez del jarabe, y la hacemos.... Pero no es esta la medicina?. --Esa es, s... pero poda usted haberse equivocado. Para eso estoy yo aqu. --Que me d lo que quiera--gru Feijoo con burlesca incomodidad--. A usted qu le importa, seora doa Francisca?... --Es que...--Bueno; aunque me envenenara. Mejor. --vii-- Al verse otra vez en su casa y sola, Fortunata no poda con la gusanera de pensamientos que _le llenaba toda la caja de la cabeza_. Volver con su marido! Ser otra vez la seora de Rubn! Si un mes antes le hubieran hablado de tal cosa, se habra echado a rer. La idea continuaba teniendo para ella una extraeza dolorosa; pero despus de lo que oy al buen amigo no le pareca tan absurda. Llegara aquello a ser posible y hasta conveniente? Un cuchicheo de su alma le dijo que s, aunque las antipatas que los Rubn le inspiraban no se extinguieran. Que D. Evaristo se mora pronto era cosa indudable: no haba ms que verle. Qu iba a ser de ella, privada de la direccin y consejo de tan excelente hombre?... Cuidado que saba el tal! Toda la ciencia del mundo la posea al dedillo, y la naturaleza humana, _el aquel de la vida_, que para otros es tan difcil de conocer, para l era como un catecismo que se sabe de memoria. Qu hombre! As como en las mutaciones de cuadros disolventes, a medida que unas figuras se borran van apareciendo las lneas de otras, primero una vaguedad o presentimiento de las nuevas formas, despus contornos, luego masas de color, y por fin, las actitudes completas, as en la mente de Fortunata empezaron a esbozarse desde aquella noche, cual apariencias que brotan en la nebulosa del sueo, las personas de Maxi, de doa Lupe, de Nicols Rubn y hasta de la misma Papitos. Eran ellos que salan nuevamente a luz, primero como espectros, despus como seres reales con cuerpo, vida y voz. Al amanecer, inquieta y rebelde al sueo, oales hablar y reconoca hasta los gestos ms insignificantes que modelaban la personalidad de cada uno. Levantose la chulita muy tarde y recibi un recado de su amigo dicindole que estaba mejor y que se levantara y saldra a la calle con permiso del tiempo. Esper su visita, y en tanto no cesaba de cavilar en lo mismo. La gratitud que hacia Feijoo senta, era ms viva an que antes, y habra deseado que la vida que con l llevaba continuase, pues aunque algo tediosa, era tan pacfica que no deba ambicionar otra mejor. Si dura mucho esto, llegar a cansarme y a no poder sufrir esta sosera? Puede que s. El apetito del corazn, aquella necesidad de querer fuerte, le daba sus desazones de tiempo en tiempo, producindole la ilusin triste de estar como encarcelada y puesta a pan y agua. Pero no se conformaba; quizs cada da la conformidad era menor... quizs vea con agrado en las lontananzas de su imaginacin algo nuevo y desconocido que interesara profundamente su alma, y pusiera en ejercicio sus facultades, que se desentumecan despus de una larga inactividad. Don Evaristo lleg en coche a eso de las cuatro muy animado, y le mand que le hiciera un chocolatito para las cinco. Esmerose ella en esto, y cuando el buen seor tomaba con gana su merienda, le dijo entre otras cosas que, si segua mejor, al da siguiente hablara con Juan Pablo, plantendole la cuestin resueltamente. Y tambin te digo una cosa. No veo la causa de que tu marido te sea tan odioso. Podr no ser simptico; pero no es mala persona. Podr no ser un Adonis; pero tampoco es el coco. Mujeres hay casadas con hombres infinitamente peores, y viven con ellos; all tendrn sus encontronazos; pero se arreglan y viven... T no seas tonta, que no sabes la ganga que es tener un hombre y una chapa decorosa en el casillero de la sociedad. Si sacas partido de esto, sers feliz. Casi estoy por decirte que mejor te cuadra un marido como el que tienes, que otro de mejor lmina, porque con un poco de muleta hars de l lo que quieras. Me han dicho que desde la separacin est muy taciturno, muy dado a sus estudios, y que no se le conocen trapicheos ni distracciones... Por grandes que sean sus resentimientos, chica, creo que en cuanto le hablen de volver contigo, se le hace la boca agua. Fortunata, sonriendo, dio a entender su incredulidad. Que no? Ay, chulita!, t no conoces la naturaleza humana. Cree lo que te he dicho. Maximiliano te abrir los brazos. No ves que es como t, un apasionado, un sentimental? Te idolatra, y los que aman as, con esa locura, se pirran por perdonar. Ah, perdonar! Todo lo que sea _rasgos_ les vuelve locos de gusto. T djate querer, grandsima tonta, y hazte cargo de que se te presenta un ancho horizonte de vida... si lo sabes aprovechar. Esto del horizonte aviv en la mente de la joven aquel naciente anhelo de lo desconocido, del querer fuerte sin saber cmo ni a quin. Lo que no poda era compaginar esperanza tan incierta con la vida de familia que se le recomendaba. Pero algo y aun algos se le iba clareando en el entendimiento. Feijoo mejor sensiblemente en los das que siguieron al arrechucho aquel. Recobr parte de sus fuerzas, algo del buen humor, y las presunciones de prxima muerte se desvanecieron en su espritu. Mas no por esto desisti de llevar adelante un plan que haba llegado a ser casi una mana, absorbiendo todos sus pensamientos. Decidido a hablar con Juan Pablo, fue a verle una maana al caf de Madrid, donde tena un rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin miseria humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le haba dado Villalonga, por recomendacin del mismo Feijoo. No estaba contento ni mucho menos con esto del orgulloso Rubn, y se quejaba de que una amistad sagrada le hubiera puesto en el compromiso de aceptar el turrn alfonsino. Por supuesto que la situacin no duraba ni poda durar. Cnovas no saba por dnde andaba. Entre tanto, y supiera o no don Antonio lo que traa entre manos, ello es que Juan Pablo se haba comprado una chistera nueva, y tena el proyecto de trocar su capa, algo deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva. Eso al menos iba ganando el pas. Pero de todas las mejoras de ropa que publicaban en los _crculos polticos_ y en las calles de Madrid el cambio de instituciones, ninguna tan digna de pasar a la historia como el estreno de levita de pao fino que transform a don Basilio Andrs de la Caa a los seis das de colocado. Hundiose en los abismos del ayer la levita antigua, con toda su mugre, testimonio lustroso de luengos aos de cesanta y de arrastrar las mangas por las mesas de las redacciones. Completaba el buen ver de la prenda un sombrero de moda, y el gran D. Basilio pareca un sol, porque su cara echaba lumbre de satisfaccin. Desde que entr a servir _en su ramo_ y en la categora que le cuadraba, estaba el hombre que no caba en su chaleco. Hasta pareca que haba engordado, que tena ms pelo en la cabeza, que era menos miope, y que se le haban quitado diez aos de encima. Se afeitaba ya todos los das, lo que en realidad le quitaba el parecido consigo mismo. No quiero hablar de las otras muchas levitas y gabanes flamantes que se vean por Madrid, ni de las seoras que trocaban sus anticuados trajes por otros elegantes y de ltima novedad. Este es un fenmeno histrico muy conocido. Por eso cuando pasa mucho tiempo sin cambio poltico, cogen el cielo con las manos los sastres y mercaderes de trapos, y con sus quejas acaloran a los descontentos y azuzan a los revolucionarios. Estn los negocios muy parados dicen los tenderos; y otro resuella tambin por la herida diciendo: No se protege al comercio ni a la industria.... Cuando Feijoo entr en el caf de Madrid, Juan Pablo no haba llegado an, y decidi esperarle en el sitio que su amigo acostumbraba ocupar. A poco entr D. Basilio presuroso, de levita nueva, el palillo entre los dientes, y se dirigi al mostrador con ademanes gubernamentales. Que me lleven el caf a la oficina dijo en voz alta, mirando el reloj y haciendo un gesto, por el cual los circunstantes podran comprender, sin necesidad de ms explicaciones, el cataclismo que iba a ocurrir en la Hacienda si D. Basilio se retrasaba un minuto ms. Hola, D. Evaristo--dijo detenindose un instante a estrecharle la mano--. Cmo va la salud...? Bien? Me alegro... Conservarse... Muy ocupado... Junta en el despacho del jefe... Abur. --Buen pelo echamos, eh?... Sea enhorabuena. Yo tal cual. Adis. Al quedarse otra vez solo, D. Evaristo arrug el ceo. Ocurrisele una contrariedad que entorpecera su plan. Al ir hacia el caf haba preparado por el camino el discurso que le espetara a Juan Pablo. Este discurso empezaba as: Amigo mo, me he enterado de que la pobre mujer de su hermano de usted vive en el ms grande apartamiento, arrepentida ya de su falta, indigente y sin amparo alguno... y por aqu segua. Pero esto era insigne torpeza, porque si despus de encarecer lo tronada y hambrienta que estaba Fortunata, la vean tan hermosa...! No, de ninguna manera. Facilillo era compaginar la lozana de la seora de Rubn con su desgracia. Y cmo evitar que del indicio de aquellas apretadas carnes y de aquel color admirable indujeran los parientes la certeza de una vida regalona, alegre y descuidada?... Uno rato estuvo mi hombre discurriendo cmo probar que no es cosa del otro jueves que las personas afligidas engorden, y an no haba logrado construir su plan lgico, cuando lleg Juan Pablo, frotndose las manos, y dejando ver en su cara la satisfaccin ntima que el simple hecho de entrar en el caf le produca. Era como el tinte de placidez que toma la cara del buen burgus al penetrar en el hogar domstico. Saludronse los dos amigos con el afecto de siempre. Despus de or, acerca de su salud, todas las vulgaridades hipocrticas con que el sano trastea al enfermo, como aquello de _es nervioso... pasee usted... yo tambin estuve as_, Feijoo abord la cuestin, y por zancas y barrancas, soltando lo primero que se le ocurra, lleg a decir que l se haba propuesto, por pura caridad, negociar la reconciliacin. Probrecilla!--dijo Rubn, echando los terrones de azcar en el vaso, con aquella pausa que constitua un verdadero placer--. Dice usted que pasando miserias y muy arrepentida... Cunto se habr desmejorado!. --Le dir a usted... Precisamente desmejorarse, no; lo que est es as, muy... ensimismada. Pero sigue tan guapa como antes. --Y Santa Cruz, no...?--Quite usted, hombre. Si hace la mar de tiempo que tronaron. A poco de las trapisondas de marras... Desde entonces su cuada de usted ha vivido apartada del bullicio, llorando sus faltas y comindose los ahorros que tena, hasta que han venido los apuros. Ha sido una casualidad que yo me enterara. Ver usted... me la encontr hace das... contome sus cuitas... Me dio mucha pena. Hgase usted cargo de lo que sufrir una criatura con la conciencia alborotada y en esta situacin... --Ah! Sr. D. Evaristo, a m no me la da usted... Usted es muy tunante y las mata callando... Al or esto, la diplomacia de Feijoo se alarm, creyendo llegada la ocasin de sacar, si no todo el Cristo, la cabeza de l. Mire usted, compaero--le dijo con reposado acento--; cuando trato las cosas en serio, ya sabe usted que las bromas me parecen impertinentes, estamos? Es poco delicado en usted suponer que he tenido algn lo con esa seora, y que lo disimilo con la hipocresa de querer reconciliar el matrimonio. Vamos, que se pasa usted de pilln.... --Era un suponer, D. Evaristo--manifest Rubn desdicindose. --Pues haca yo bonito papel... Hombre, muchas gracias... --No, no he dicho nada...--Adems, diferentes veces me ha odo usted decir que hace tiempo que me cort la coleta. --S, s.--Y si en mis treinta, y en mis cuarenta y aun en mis cincuenta, he toreado de lo fino, lo que es ahora... Pues estoy yo bueno para fiestas con mis sesenta y nueve aos y estos achaques...! Hgame usted ms favor, y cuando le digo una cosa, cramela, porque para eso son los buenos amigos, para creerle a uno... --Tiene usted razn, y lo que siento qu cua!, es que no viera en mi reticencia una broma... --Me pareca a m que el asunto, por tratarse de una persona de la familia de usted y por iniciarlo yo, no era para bromear. Rubn crey o aparent creer, y puso la atencin ms filosfica del mundo en lo que su amigo sigui diciendo sobre materia tan importante. Y aqu viene bien un dato: Juan Pablo haba recibido de Feijoo algunos prstamos a plazo indefinido. Este excelente hombre, viendo sus angustias, hall una manera delicada de suministrarle la cantidad necesaria para librarse de Cndido Samaniego, que le persegua con saa inquisidora. Estas caridades discretas las haca muy a menudo Feijoo con los amigos a quienes estimaba, favorecindoles sin humillarles. Por supuesto, ya saba l que aquello no era prestar, sino hacer limosna, quizs la ms evanglica, la ms aceptable a los ojos de Dios. Y no se dio el caso de que recordase la deuda a ninguno de los deudores, ni aun a los que luego fueron ingratos y olvidadizos. Juan Pablo no era de estos, y se pona gustoso, con respecto a su generoso _ingls_, en ese estado de subordinacin moral, propio del insolvente a quien se le dan todas las largas que l quiere tomarse. Demasiado saba que un hombre de quien se han recibido tales favores hay que creerle siempre todo lo que dice, y que se contrae con l la obligacin tcita de ser de su opinin en cualquier disputa, y de ponerse serio cuando l recomienda la seriedad. All en su interior pensara Rubn lo que quisiese; pero de dientes afuera se mantuvo en el papel que le corresponda. Por mi parte, no he de poner inconvenientes... Qu quiere usted que le diga. No s lo que pensar Maximiliano. Desde aquellas cosas, no le he odo mentar a su mujer... Si algo se ha de hacer, crea usted que no se dar un paso si mi ta no va por delante... Yo estoy un poco torcido con ella... Lo mejor es que le hable usted. Despus se enter Feijoo con mucha maa de ciertas particularidades de la familia. Maxi haba tomado el grado y estaba ya practicando en la botica de Samaniego, a las rdenes de un tal Ballester, encargado del establecimiento. Supo adems el anciano que doa Lupe no viva ya en Chamber, sino en la calle del Ave Mara, y que todo el tiempo que le dejaba libre a Maxi la farmacia, lo empleaba en darse buenos atracones de lectura filosfica. Le haba dado por ah. Luego hablaron de otras cosas. El filsofo cafetero dijo a su amigo que cuando quisiera echar otro prrafo no le buscase ms en el Caf de Madrid, porque all haba cado en un crculo de cazadores que le tenan marcado y aburrido con la _perra pechona, el hurn_, y con _que si la perdiz vena o no vena al reclamo_. No saba an a qu _local_ mudarse; pero probablemente sera al Suizo Viejo, donde iban Federico Ruiz y otros chicos atrozmente pantestas. De los antiguos cofrades slo iban a _Madrid_ D. Basilio, insufrible con su ministerialismo, Leopoldo Montes y el _Pater_. Pero este se marchara aquella misma noche a Cuevas de Vera, su pueblo, a trabajar las elecciones de Villalonga. Tambin charl Juan Pablo de poltica, diciendo con mucho _tup_ que el Gobierno _estaba de cuerpo presente_, y que la situacin durara... a todo tirar, a todo tirar, tres o cuatro meses. --viii-- La primera vez que D. Evaristo visit a su dama despus de esta entrevista, abrazola gozoso, y le dijo: Albricias... vamos bien, vamos bien. --Pero qu... qu hay? buenas noticias? --Oro molido; mejor dicho, excelentes impresiones. Tu marido... --Le ha visto usted?--No he tenido esa satisfaccin. Pero me han contado de l una cosa que es en extremo favorable. Te lo dir para que no caviles. Maximiliano se ha dedicado a la filosofa... Fortunata se qued mirando a su amigo, sin saber qu expresin tomar. No vea la tostada, ni saba en rigor lo que era la filosofa, aunque sospechaba que fuese una cosa muy enrevesada, incomprensible y que vuelve _gils_ a los hombres. No me llama la atencin que te quedes con la boca abierta. Ya irs comprendiendo... Se da unos atracones de filosofa!, y me parece que dijo Juan Pablo que era filosofa espiritualista.... --Ah!... De esos que hablan con las patas de las mesas? Alabado sea...! --No, esos no. Pero estamos de enhorabuena: cualquiera que sea la secta o escuela que le sorbe el seso a tu marido, tenemos ya noventa y seis probabilidades contra cuatro de que te reciba con los brazos abiertos. T lo has de ver. Fortunata dudaba que esto fuera as. La partida que ella le haba jugado a Maxi era demasiado serrana para que este la olvidara por lo que dicen los libros. Al otro da entr el simptico amigo ms alegre y excitado. Su proyecto lleg a dominarle de tal modo, que no saba pensar en otra cosa, y de la maana a la noche estaba dando vueltas al tema. Haba mejorado mucho su salud y al mismo tiempo no pona tanto cuidado como antes en el adorno de su persona. Desde que tomara con tanto cario las funciones paternales, se haba dejado toda la barba, usaba hongo y una gran bufanda alrededor del cuello. Sala a sus diligencias en coche simn por horas. Cuando la prjima le vio entrar aquel da con el sombrero echado hacia atrs, los ojos chispeantes, los movimientos giles, comprendi que las noticias eran buenas. Con estos alegrones--dijo l abrazndola--, se rejuvenece uno. Chulita, otro abrazo, otro. Vengo de hablar con la mismsima doa Lupe _la de los Pavos_. Fortunata se asust slo de or el nombre de su ta poltica. Impresiones muy buenas--aadi el diplomtico...--. Ha empezado por ahuecar la voz, y por negarse a proponer la reconciliacin. Pero mientras ms cerdea ella, ms claro veo yo que har lo que deseamos. Oh!, entiendo bien a mi gente. Tambin esta tiene sus filosofas pardas, y a m no me la da. Conozco las callejuelas de la naturaleza humana mejor que los rincones de mi casa. Doa Lupe est deseando que vuelvas; pero desendolo, para que lo sepas. Se lo he conocido en la cara y en el modo de decir que no... Yo no s si te he contado que en un tiempo, a poco de enviudar, tuvo sus pretensiones respecto a m... pretensiones honestas... Deca la muy fatua que yo le paseaba la calle. Creers que se le descompone la cara siempre que me ve?. Fortunata solt la carcajada. Dime, y cuando te pretenda, ya le haban cortado el pecho que le falte?. --Pues no lo s. Por m que le cortaran los dos... En fin, chica, que esto marcha. Yo le dije que si haba reconciliacin, viviras con ella, pues yo estimaba muy conveniente esta vida comn. Tan hueca se puso al orme decir esto, que an creo que le naca un pecho nuevo... Oye lo que tienes que hacer cuando esto se realice: Yo te dar una cantidad que le entregars a ella el primer da, suplicndole que te la coloque. Te niegas a admitirle recibo. Nada le gusta tanto como que tengan confianza en ella en asuntos de dinero... Ah!... leo en ella como leo en ti. No ves que la trat bastante en vida de Juregui, que, entre parntesis, era un hombre excelente? Ya te dar una leccin larga sobre el tole tole con que debes tratarla, una mezcla hbil de sumisin e independencia, hacindole una raya, pero una raya bien clarita, y dicindole: de aqu para all manda usted; de aqu para ac estoy yo.... Ahora la tecla que me falta tocar es tu marido. He hablado pocas veces con l, apenas le trato; pero no importa... La mejora se acentu tanto, que D. Evaristo atreviose a salir de noche, y lo primero que hizo fue ir en busca de Juan Pablo. No le encontr en el Suizo Viejo. All estaban Villalonga, Juanito Santa Cruz, Zalamero, Severiano Rodrguez, el mdico Moreno Rubio, Snchez Botn, Joaqun Pez y otros que tenan constituida la ms ingeniosa y regocijada pea que en los cafs de Madrid ha existido. Haban hecho un reglamento humorstico, del cual cada uno de los socios tena su ejemplar en el bolsillo. De aquellas clebres mesas haban salido ya un ministro, dos subsecretarios y varios gobernadores. Aunque era amigo de algunos, no quiso Feijoo acercarse, y se fue a una mesa lejana. Junto a l, los ingenieros de Caminos hablaban de poltica europea, y ms ac los de Minas disputaban sobre literatura dramtica. No lejos de estos, un grupo de empleados en la Contadura central se ocupaba con gran calor de pozos artesianos, y dos jueces de primera instancia, unidos a un actor retirado, a un empresario de caballos para la Plaza de Toros y a un oficial de la Armada, discutan si eran ms bonitas las mujeres con _polisn_ o sin l. Despus llam la atencin de D. Evaristo la facha de un hombre que iba por entre las mesas, el cual sujeto ms bien pareca momia animada por arte de brujera. Yo conozco esta cara--se dijo Feijoo--. Ah! ya; es el que llambamos _Ramss II_, el pobre Villaamil que slo necesitaba dos meses para jubilarse. Acercose tmidamente este desgraciado a Villalonga, que ya estaba levantado para marcharse; y en actitud cohibida, echando los ojos fuera del casco, le habl de algo que deba ser los maldecidos dos meses. Jacinto alzaba los hombros, respondindole con benevolencia quejumbrosa. Pareca decirle: Yo, qu ms quisiera...! He hecho todo lo posible... Veremos... he dado una nota... Crea usted que por m no queda... Si, ya s, dos meses nada ms.... Un instante despus _Ramss II_ pas junto a D. Evaristo, deslizndose por entre las mesas y sillas como sombra impalpable. Llamole por su nombre verdadero Feijoo, y acercose el otro a la mesa, inclinando, para ver quin le llamaba, su cara amarilla, requemada por el sol de Cuba y Filipinas. Se reconocieron. Villaamil, invitado por su amigo, dobl su esqueleto para sentarse, y tom caf... con ms leche que caf... Ah!, buscaba usted a Juan Pablo? Pues del salto se ha ido al caf de Zaragoza. Dice que le cargan los ingenieros.... Como le convena retirarse temprano, no fue D. Evaristo aquella noche al indicado caf. Las nueve seran de la siguiente, cuando entr en el establecimiento de la Plaza de Antn Martn, que lleno de gente estaba, con una atmsfera espesa y sofocante que se poda mascar, y un ensordecedor ruido de colmena; bulla y ambiente que soportan sin molestia los madrileos, como los herreros el calor y el estrpito de una fragua. Desembozndose, avanz el anciano por la tortuosa calle que dejaran libre las mesas del centro, y miraba a un lado y otro buscando a su amigo. Ya tropezaba con un mozo encargado de _servicio_, ya su capa se llevaba la toquilla de una cursi; aqu se le interpona el brazo del vendedor de _Correspondencias_ que alargaba ejemplares a los parroquianos, y all le hacan barricada dos individuos gordos que salan o cuatro flacos que entraban. Por fin, distingui a Juan Pablo en el rincn inmediato a la escalera de caracol por donde se sube al billar. Acompabanle en la misma mesa dos personas: una mujer bastante bonita, aunque estropeada, y un joven en quien al pronto reconoci D. Evaristo a Maximiliano. Los dos hermanos sostenan conversacin muy animada. La _indivudua_ eran el amor de Juan Pablo, una tal Refugio, personaje de historia, aunque no histrico, de cara graciosa y picante, con un diente de menos en la enca superior. Feijoo no la haba visto nunca, ni el filsofo de caf acostumbraba a presentarse en pblico en compaa de aquella Aspasia, por cuya razn quedose Rubn un tanto cortado al ver a su amigo. Maximiliano salud a D. Evaristo, preguntndole con mucho inters por su salud, a lo que respondi el anciano con mucha viveza: Ya ve usted... _Cinco_ meses llevo as... un da caigo, otro me levanto... _Cinco_ meses!... Nada; que viene un da en que la mquina dice, 'hasta aqu llegamos, compaero' y no se empee usted en remendarla, ni echarle aceite. Que no anda, y que no anda, y se tiene que parar. --Pero qu es lo que usted tiene?--pregunt Maximiliano con presuncin de mdico novel o de boticario incipiente, que unos y otros se desviven por ser tiles a la humanidad. --Que qu tengo? Ah!, una cosa muy mala. La peor de las enfermedades. Sesenta aos!, le parece a usted poco? Todos se echaron a rer. Me ha dicho mi hermano--aadi Maxi--, que digiere usted mal. --Cinco meses lleva mi estmago de indisciplina--replic el ladino viejo, que quera sin duda meterle a Maxi en la cabeza aquello de los cinco meses--. Ya no le hago caso. Me he rendido, y espero tranquilo el _cese_. --Si quiere usted, le har un preparado de peptona. --Gracias... Veremos lo que dice mi mdico. --Poco mal y bien quejado--afirm el otro Rubn, dndole palmadas en el hombro. --Pero ustedes estaban hablando de algo que deba de ser interesante--dijo Feijoo--. Por m no se interrumpan. --Estbamos... psmese usted... en las regiones etreas. --Nada, es que me quiere convencer--manifest Maximiliano con calor--, de que todo es fuerza y materia. Yo le digo una cosa, pues a eso que t llamas fuerza, lo llamo yo espritu, el Verbo, el querer universal; y volvemos a la misma historia, al Dios uno y creador y al alma que de l emana. Don Evaristo, en tanto, miraba a Refugio, examinndole el rostro, la boca, el diente menos. La muchacha senta vergenza de verse tan observada, y no saba cmo ponerse, ni qu dengues hacer con los labios al llevarse a ellos la cucharilla con leche merengada. Eso, eso... por ah duele--dijo el ex-coronel, arrimndose al partido de Maximiliano--. El alma!... Estos seores materialistas creen que con variar el nombre a las cosas han vuelto el mundo patas arriba. --Pero si ya te he dicho...--arga sofocado Juan Pablo. --Djame que acabe...--No es eso... qu cua! --Volvemos a lo mismo. No me conozco yo en m, uno, consciente, responsable? --Otra te pego! Pero ven ac... --Aguarda. Si yo me reconozco ntimamente en la sustancia de mi yo... Se expresaba con exaltacin sin dejar meter baza a su hermano, y este, en cambio, no se la dejaba meter a l, y simultneamente se quitaban la palabra de la boca. --Esprate un poco... no es eso. --All voy... yo vivo en mi conciencia, por m y antes y despus de m. --Ah!, pero lo primero es distinguir... Mira... --Buen par de chiflados estis los dos!--dijo para s D. Evaristo mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tena Refugio. --Dale, bola!...--replic Maxi--. Si no es eso... Yo, soy yo?... me reconozco como tal yo en todos mis actos? --No, yo no soy ms que un accidente del concierto total; yo no me pertenezco, soy un fenmeno. --Que yo soy un fenmeno!... Ave-Mara Pursima, qu disparate! --Ests t fresco... Lo permanente no soy yo, qu cua!, es el conjunto... Yo lo reconozco as en el fenmeno pasajero de mi conocimiento. Y estas cosas se decan en el rincn de un caf, al lado de un parroquiano que lea _La Correspondencia_ y de otro que hablaba del precio de la carne! En una de las mesas prximas haba un grupo de individuos que tenan facha de matuteros o cosa tal. A la derecha veanse dos cursis acompaadas de una buscona y obsequiadas por un seor que les deca mil tonteras empalagosas; enfrente una trinca en que se disputaba acerca de Lagartijo y Frascuelo, con voces destempladas y manotazos. Y por la escalera de caracol suban y bajaban constantemente parroquianos, dando patadas que ms parecan coces; y por aquella espiral venan rumores de disputa, el chasquido de las bolas de billar, y el canto del mozo que apuntaba. Si se me permite dar una opinin--dijo Feijoo, que empezaba a marearse con tanto barullo--, voto con el pollo. En esto son el piano, que se alzaba sobre una tarima en medio del caf, con la tapa triangular levantada para que hiciera ms ruido; y empez la tocata, que era de piano y violn. La msica, los aplausos, las voces y el murmullo constante del caf formaban un run run tan insoportable, que el buen D. Evaristo crey que se le iba la cabeza, y que caera redondo al suelo si permaneca all un cuarto de hora ms. Decidi retirarse, descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante del farmacutico no poda hablar del espinoso asunto que entre manos traa. Su enojo se troc en alegra cuando Maxi, al verle en pie, dijo que l tambin se iba porque era hora de volver a su farmacia. Salieron, pues, juntos, y antes de llegar a la puerta, vio el anciano que le cortaba el paso una figura macilenta y sepulcral. Era _Ramss II_, que vena en busca suya. Seor D. Evaristo, por Dios, hable usted de m al seor de Villalonga le dijo la momia, interponindose como si no quisiera darle paso sino a cambio de una promesa. --Se har, compaero, se har; hablaremos a Villalonga--dijo D. Evaristo embozndose--; pero ahora estoy de prisa... no puedo detenerme... Hijo, vamos. Y abrindose paso, sali con el chico de Rubn. --ix-- Al cual dijo en la puerta: Hacia dnde va usted con su cuerpo?. --Yo? A la calle del Ave Mara. --Qu casualidad! Yo llevo esa direccin. Iremos juntos... Deje usted que me emboce bien... Ahora deme usted el brazo. Las piernas no me ayudan. Ya se ve... cinco meses... cabalitos... fjese usted bien... sin digerir. No s cmo estoy vivo. Desde Octubre del ao pasado no levanto cabeza... Pero qu ideas las de Juan Pablo! Parece mentira... un muchacho de entendimiento!... Usted s que sabe por dnde anda. S; no espere usted a llegar a viejo y a ver de cerca la muerte para creer que somos algo ms que montoncitos de basura animados por fuerza semejante a la electricidad que hace hablar a un alambre. Eso se deja para los tontos y perdularios, para la gente que no piensa. Usted est en lo firme, y ser capaz de acciones nobles, de acciones que, por lo mismo que son tan elevadas, no estn al alcance del vulgo. No comprenda Maximiliano a cuenta de qu era aquello; pero tena su espritu admirablemente dispuesto para recibir toda sutileza que se le quisiera echar; estaba hambriento de cosas ideales, y la meditacin, el estudio y la soledad habanle dado una receptividad asombrosa para todo lo que procediera del pensamiento puro. Por esta causa, sin entender de qu se trataba, contest humildemente: Tiene usted mucha razn... pero mucha razn. El hombre que como usted--prosigui don Evaristo--, no se deja engatusar por las sabiduras modernas, est en disposicin de hacer el bien, pero no el bien de cualquier modo, sino sublimemente caramba!, mirando para el cielo, no para la tierra.... Tiempo haca que Maxi se haba dedicado a mirar al cielo. Mire uste, Sr. D. Evaristo--dijo sintindose lleno y ahto de aquella espiritual sustancia, acopiada a fuerza de barajar sus tristezas con las hojas de los libros--. La desgracia me ha hecho a m volver los ojos a las cosas que no se ven ni se tocan. Si no lo hubiera hecho as, me habra muerto ya cien veces. Y si viera usted qu distinto es el mundo mirado desde arriba a mirado desde abajo! Me pareca a m mentira que yo haba de ver apagarse en m la sed de venganza, y el odio que me embruteci. Y sin embargo, el tiempo, la abstraccin, el pensar en el conjunto de la vida y en lo grande de sus fines me han puesto como estoy ahora. --Claro... A qu vienen esos odios y esas venganzas de melodrama?--dijo gozoso don Evaristo--. Para perderse nada ms. Dichoso el que sabe elevarse sobre las pasiones de momento y atemperar su alma en las verdades eternas! Y para su sayo habl de este modo: Tan metafsico est este chico, que nos viene como anillo al dedo. --En este bulle-bulle de las pasiones de los hombres del da--prosigui Maxi con cierto nfasis--, llega uno a olvidarse de que vivimos para perdonar las ofensas y hacer bien a los que nos han hecho mal. --Tiene usted razn, hijo... y dichoso mil veces el que como usted, as, tan jovencito, llega a posesionarse de esa idea y a hacerla efectiva en la vida real. --La desgracia, un golpe rudo... ah tiene usted el maestro. Se llega a este estado padeciendo, despus de pasar por todas las angustias de la clera, por los pinchazos que le da a uno el amor propio y por mil amarguras... Ay, seor don Evaristo! Parece mentira que yo est tan fresco despus de haberme credo con derecho a matar a un hombre, despus de haberme ilusionado con la idea de cometer el crimen, concluyendo por renunciar a ello. Mi conciencia est hoy tan tranquila no habiendo matado, como firme y decidida estuvo cuando pens matar... Entonces no vea a Dios en m; ahora s que le veo. Cralo usted; hay que anularse para triunfar; decir _no soy nada_ para serlo todo. Feijoo, en vista de estas buenas disposiciones, se fue derecho al bulto. A un espritu tan bien fortalecido--le dijo--, se le puede hablar sin rodeos. Doa Lupe no ha tratado con usted de cierto asunto...?. Maximiliano se puso del color de la grana de su embozo, y contest afirmativamente con embarazo y turbacin. Por mi parte--aadi D. Evaristo--, har todo lo que pueda para que esto cuaje. Si ello tiene que suceder. Es lo prctico, amigo mo; y ya que usted es tan mstico, conviene que sea un poquito prctico... Por una casualidad intervengo yo en esto... Le advierto a usted que ella desea volver.... --Lo desea!--exclam Rubn, dejando caer el embozo. --Toma! Ahora salimos con eso? Pues si no lo deseara cmo me haba de meter yo en semejante negocio? No comprende usted...? --S... pero... No hay que confundir. El perdn puramente espiritual o evanglico, ya lo tiene... Pero el otro perdn, el que llamaramos social, porque equivale a reconciliarse, es imposible. --Vamos, que no ser tanto--dijo para s don Evaristo, subindose el embozo. --Es imposible--repiti Maxi. --Pinselo bien, pinselo bien; pregnteselo a la almohada, compaero... Yo creo que cuando usted madure la idea... --Me parece que aunque la estuviera madurando diez aos... --En estas cosas hay que poner algo de caridad; no se puede proceder con simple criterio de justicia. Convendra que usted hablase con ella... --Yo!... pero D. Evaristo... --S, no me vuelvo atrs. Quien tiene ideas como las que usted tiene, caramba!, y sabe sentir y pensar con esa alteza de miras... eso es, con esa espiritualidad de la... pues... de... claro... --Y cree usted que ella me podra dar explicaciones claras, pero muy claras, de todo lo que ha hecho despus que se separ de m? --Hijo, yo creo que las dar... pero es claro que usted no debe apurar mucho tampoco... O hay perdn o no hay perdn. La caridad por delante, detrs la indulgencia, y ver si en efecto hay propsitos sinceros de enmienda. Por lo que he odo, me parece que los hay; se lo digo a usted de corazn. --Yo lo dudo.--Pues yo no. Juzgue usted mi opinin como quiera. Y sepa que intervengo en esto por pura humanidad, porque se me ha ocurrido no morirme sin dejar tras de m una buena accin, ya que en la cuenta de mi vida tengo tantas malas o insignificantes. No me gusta meterme en vidas ajenas; pero en este caso, cralo usted... se me ha puesto en la cabeza que a entrambos les conviene volver a unirse. Ya en este terreno, D. Evaristo se descubri ms: Amigo--dijo parndose en la puerta de la botica--. Su mujer de usted me ha parecido una mujer defectuossima. Aunque la he tratado poco puedo asegurar que tiene buen fondo; pero carece de fuerza moral. Ser siempre lo que quieran hacer de ella los que la traten. Maximiliano le miraba con ojos atnitos. Lo mismo pensaba l. Yo le ech anteayer un largo sermn, recomendndole que se amoldara a las realidades de la vida, que pusiera un freno a aquella imaginacioncilla tan desenvuelta. 'Pero, hija ma, es preciso pensar lo que se hace, y dejarse de tonteras'. Yo muy serio. Creo que algo he conseguido. Usted lo ha de ver, compaero. Es lstima que teniendo buen fondo, buen corazn... slo que algo grande... y careciendo de las malicias de otras, no posea un poco de juicio. Porque con un poco de juicio, nada ms que con un poco de juicio, no se pueden hacer las tonteras que ella ha hecho... En fin, hijo, usted dir que quin me mete a m a leador, pero qu quiere usted?, a los viejecillos nos gusta arreglar a los jvenes y marcarles el paso de esta vida para que eviten los tropezones que hemos dado nosotros. Dijo esto ltimo sonriendo con tal hombra de bien, que Maximiliano se llen de confusiones. No saba qu contestar, y senta que se le apretaba la garganta. Despidiose D. Evaristo, dejando al pobre chico en tal grado de aturdimiento, que durante muchos das hubo de revolver en su mente indigestada los dejos de aquel coloquio que tuvo con el respetable anciano, en una noche fra del mes de Marzo. Al siguiente da, D. Evaristo fue en coche a ver a Fortunata, a quien encontr peinndose sola. Sentndose a su lado, y cogindola por un brazo, la llam a s y le dio un beso, dicindole: El ltimo beso... La aventura del viejo Feijoo ha pasado a la historia... Entraremos pronto en vida nueva, y de esto no quedar sino un recuerdo en m y otro en ti... Para el pblico nada. Estas cenizas slo para nosotros esconden un poco de calor. Fortunata, que tena en cada mano una de las gruesas bandas de sus cabellos negros, apartndolas como si fueran una cortina, no saba si rer o echarse a llorar... --Has hablado con l...?--dijo conmovida y al mismo tiempo sonriente. --Vete acostumbrando a tratarme de usted...--replic l con cierta severidad--. No se te escape una expresin familiar, porque entonces la echamos a perder. Yo tambin te tratar de usted delante de gente... Todo acab... Fortunata, no soy para ti ms que un padre... Aquel que te quiso como quiere el hombre a la mujer, no existe ya... Eres mi hija. Y no es que hagamos un papel aprendido, no; es que t sers verdaderamente para m, de aqu en adelante, como una hijita, y yo ser para ti un verdadero papato. Lo digo con toda mi alma. Yo no soy aquel; yo me morir pronto, y... Vindole que se conmova, la chulita no pudo aguantar ms, y solt el trapo a llorar. Aquellas admirables guedejas sueltas la asemejaban a esas imgenes del dolor que acompaan a los epitafios. Feijoo hizo un mohn como de persona mayor que quiere dominar una debilidad pueril, y le dijo: Pero no, no me avergenzo de que se me salte una lgrima. Yo juro por Dios, en quien siempre he credo, que el cario paternal es lo que me la hace derramar. Todo lo que en m exista de varn, capaz de amar, ha desaparecido; todo muri, y no me queda de ello nada; ni aun siquiera lo echo de menos. Nunca he sido padre; ahora siento que lo soy... y mi corazn se llena de afectos desconocidos, tan puros, pero tan puros.... La prjima no haba visto nunca a su amigo tan vencido de la emocin. Tena los ojos hmedos y le temblaban las manos. Sujetose ella en la coronilla con una correa negra las crenchas de su abundante cabello, porque no era posible repicar y andar en la procesin; no poda peinarse y al mismo tiempo celebrar, entre lgrimas y castos apretones de mano, la santificacin de las relaciones que entre ambos haban existido. Poco a poco se serenaron; don Evaristo, la hizo sentar a su lado en el sof, y con voz clara y firme le habl de esta manera: Me parece que esto se arregla. Cunto me gustara morirme dejndote en una situacin normal y decorosa!... Bien veo que no es fcil que tu marido te sea simptico; pero eso no es inconveniente invencible. Hay que transigir con las formas, y tomar las cosas de la vida como son. Y quin te dice que tratndole algo, no llegues a tenerle afecto? Porque l es bueno y decente. Anoche le vi, y no me ha parecido tan raqutico. Ha engordado; ha echado carnes, y hasta me pareci que tiene un aire ms arrogantillo, ms.... Sonriendo tristemente, expresaba la joven su incredulidad. En fin, t lo has de ver. Y en ltimo caso, hay que conformarse. La vida regular y el transigir con las leyes sociales tienen tal importancia, que hay que sacrificar el gusto, hija ma, y la ilusin... No digo que se sacrifique todo, todo el gusto y toda la ilusin; pero algo, no lo dudes, algo hay que sacrificar. De tener un marido, un nombre, una casa decente, a andar con la _alquila_ levantada, como los simones, a ste tomo, a ste dejo, va mucha diferencia para que no te pares a pensar bien lo que haces... Vamos a ver. Es preciso preverlo todo. Yo te voy a presentar los dos casos que se te pueden ofrecer en tu vida legal, y para los dos te voy a dar mi consejo franco, leal, con un gran sentido de la realidad. Primer caso: supongamos que al poco tiempo de vivir con Maximiliano, encuentras que el muchacho se porta bien contigo, vas viendo sus buenas cualidades, que se manifiestan en todos los actos de la vida, y supongamos tambin que le vas teniendo algn cario.... Fortunata tena la mirada fija en un punto del suelo, como una espada, tan bien hundida que no la poda desclavar. Seguro de que le oa, aunque no le miraba, Feijoo sigui hablando despacio, poniendo pausas entre las clusulas. Supongamos esto... Pues tu deber en tal caso, es esforzarte en que ese cario... llammosle amistad, se aumente todo lo posible. Trabaja contigo misma para conseguirlo. Ah!, hija ma, el trato hace milagros; la buena voluntad tambin los hace. Evita al propio tiempo la ociosidad, y vers cmo lo que te parece tan difcil te ha de ser muy fcil. Se han dado casos, pero muchos casos, de mujeres unidas por fuerza a un hombre aborrecido, y que le han ido tomando ley poquito a poco hasta llegar a ponerse ms tiernas que la manteca. No digo nada si tienes chiquillos, porque entonces.... --Lo que es eso...!--indic con viveza Fortunata. --Mira qu tonta! Y qu sabes t? No se puede asegurar tal cosa. La Naturaleza sale siempre por donde menos se piensa... Y con chiquillos, ya llevas ms de la mitad del camino andado para llegar al sosiego que te recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastar el sentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrars, y no hars ms tonteras... Bueno; ya hemos hablado del primer caso, que es el mejor; pasemos al segundo. Te lo presento en la previsin de que falle el primero, lo que bien pudiera suceder. Vamos all... Fortunata esperaba con ansia la exposicin del segundo caso, pero Feijoo lo tomaba con calma, pues se qued buen rato meditando, con el ceo fruncido y la vista fija en el suelo. Lo mejor--prosigui--es lo que acabo de decirte; pero cuando no se puede hacer lo mejor, se hace lo menos malo... me entiendes? Suponiendo que no te sea posible encariarte con ese bendito, y que ni el trato ni las buenas prendas de l te lo hagan menos antiptico; suponiendo que la vida llegue a serte insoportable, y... Vaya que esto es temerario, y se necesita de toda mi entereza para aconsejarte. Pero yo, antes que todo, veo lo prctico, lo posible, y no puedo aconsejar a nadie que se deje morir ni que se suicide. No se deben imponer sacrificios superiores a las fuerzas humanas. Si el corazn se te conserva en el tamao que ahora tiene, si no hay medio de recortarlo, si se te pronuncia, qu le vamos a hacer? Dentro del mal, veamos qu es lo mejor entre lo peor, y.... Feijoo rebuscaba las palabras ms propias para expresar su pensamiento. Las ideas se alborotaron un poco y necesit someterlas para no embarullarse. Dando un gran suspiro, se pas la mano por la cabeza, perdida la vista en el espacio. Saliendo al fin de su perplejidad, dijo con voz cautelosa: Y en un caso extremo, quiero decir, si te ves en el disparadero de faltar, guardas el decoro, y habrs hecho el menor mal posible... El decoro, la correccin, la decencia, este es el secreto, compaera. Detvose asustado, a la manera del ladrn que siente ruido, y se volvi a poner la mano sobre la cabeza, como invocando sus canas. Pero sus canas no le dijeron nada. Al punto se envalenton, y recobr la seguridad de su lenguaje, diciendo: T eres demasiado inexperta para conocer la importancia que tiene en el mundo la forma. Sabes t lo que es la forma, o mejor dicho, las formas? Pues no te dir que estas sean todo; pero hay casos en que son casi todo. Con ellas marcha la sociedad, no te dir que a pedir de boca, pero s de la mejor manera que puede marchar. Oh!, los principios son una cosa muy bonita; pero las formas no lo son menos. Entre una sociedad sin principios, y una sociedad sin formas, no s yo con cul me quedara. --x-- Fortunata haba comprendido. Haca signos afirmativos con la cabeza, y cruzadas las manos sobre una de sus rodillas, imprima a su cuerpo movimientos de balancn o remadera. A Feijoo le haba costado algn trabajo arrancarse a exponer su moral en aquellas circunstancias, porque en la conciencia se le puso un nudo, que le apret durante breve rato; pero al punto lo deshizo evocando las teoras que haba profesado toda su vida. Lanzado, pues, el concepto ms peligroso, sigui luego como una seda, sin nudo y sin tropiezo. Ya sabes cules son mis ideas respecto al amor. Reclamacin imperiosa de la Naturaleza... la Naturaleza diciendo _aumntame_... No hay medio de oponerse... la especie humana que grita _quiero crecer_... Me entiendes? Hablo con claridad? Necesitar emplear parbolas o ejemplos?. Fortunata entenda, y segua balancendose de atrs adelante, acentuando las afirmaciones con su cabeza despeinada. Pues no te digo ms. Esto es muy delicado, tan delicado como una pistola montada al pelo, con la cual no se puede jugar. Siempre es preferible el primer caso, el caso de la fidelidad, porque de este modo cumples con la Naturaleza y con el mundo. El segundo trmino te lo pongo como un _por si acaso_, y para que... pon en esto tus cinco sentidos... para que si te ves en el trance, por exigencias irresistibles del corazn, de echar abajo el principio, sepas salvar la forma.... Aqu volvi mi hombre a sentir el nudo; pero evocando otra vez su filosofa de tantos aos, lo desat. Hay que guardar en todo caso las santas apariencias, y tributar a la sociedad ese culto externo sin el cual volveramos al estado salvaje. En nuestras relaciones tienes un ejemplo de que cuando se quiere el secreto se consigue. Es cuestin de estilo y habilidad. Si yo tuviera tiempo ahora, te contara infinitos casos de pecadillos cometidos con una reserva absoluta, sin el menor escndalo, sin la menor ofensa del decoro que todos nos debemos... Te pasmaras. Oye bien lo que te digo, y aprndetelo de memoria. Lo primero que tienes que hacer es sostener el _orden pblico_, quiero decir la paz del matrimonio, respetar a tu marido y no consentir que pierda su dignidad de tal... Dirs que es difcil; pero ah est el talento, compaera... Hay que discurrir, y sobre todo, penetrarse bien del propio decoro para saber mirar por el ajeno... Lo segundo.... Aqu D. Evaristo se acerc ms a ella, como si temiera que alguien le pudiese or, y con el dedo ndice muy tieso iba marcando bien lo que le deca. Lo segundo es que tengas mucho cuidado en elegir, esto es esencialsimo; mucho cuidado en ver con quin... en ver a quin.... La conclusin del concepto no sala, no quera salir. Vindole Fortunata en aquel apuro, acudi a remediarlo, diciendo: Comprendido, comprendido. --Bueno, pues no necesito aadir nada ms... porque si caes en la tentacin de querer a un hombre indigno, adis mi dinero, adis decoro... Y lo ltimo que te recomiendo es que si logras conseguir que no pueda tentarte otra vez el mameluco de Santa Cruz, habrs puesto una pica en Flandes. Dicho esto, el anciano se levant, y tomando capa y sombrero, se dispuso a marcharse. De la puerta volvi hacia Fortunata, y alzando el bastn con ademn de mando, le dijo: Repito lo de antes. Aquello se acab... y ahora soy tu padre, t mi hija... trtame de usted... ocupemos nuestros puestos... Aprendamos a vivir vida prctica... Por de pronto, serenidad, y concluye de peinarte, que es tarde. Yo me voy, que tengo mucho que hacer. Metiose el original moralista en su simn, y apenas haba llegado a la Plaza de los Carros, empez a sentir en su alma una inquietud inexplicable. Y tras la inquietud moral vino un cierto malestar fsico, con algo de temblor y escalofros, acompaado de terror supersticioso... Pero no poda definir la causa del miedo... El coche corra por la Cava-Alta, y Feijoo se senta cada vez peor. De improviso sinti como una vibracin intenssima en su interior, y un relmpago a manera de lanceta fugaz atravesole de parte a parte. Crey que una desconocida lengua le gritaba: Estpido, vaya unas cosas que enseas a tu hija...!. Extendi la mano para detener al cochero y decirle que volviera a la calle de Tabernillas; pero antes de realizar aquel propsito, ces la trepidacin que en su alma haba sentido, y todo qued en reposo... Qu debilidades!--pens--; estas son chocheces y nada ms que chocheces... Pues no se me ocurri volver all para desdecirme? No te reselles, compaero, y sostn ahora lo que has credo siempre. Esto es lo prctico, es lo nico posible... Si le recomendara la virtud absoluta, qu sera?, sermn absolutamente perdido. As al menos.... Y sigui tan satisfecho. Con el ajetreo que traa aquellos das, en los cuales hizo dos visitas a doa Lupe, celebr muchas conferencias con Juan Pablo y otra muy sustanciosa con Nicols Rubn, que andaba desalado detrs de una canonja, tuvo el buen seor una recada en su enfermedad. Una tarde de fines de Marzo se sinti tan mal, que hubo de retirarse a su casa y se acost. Doa Paca advirti en l, juntamente con los sntomas de agravacin, cierta alegra febril, lo que juzg de malsimo agero, pues si su amo se volva nio o demente cuando tan malito estaba, seal era esto de la proximidad del fin. Toda la noche estuvo dando vueltas de un lado para otro, queriendo levantarse, y renegando de que le tuvieran prisionero en la crcel de aquellas malditas sbanas. A la madrugada, se nublaron sus sentidos, y a punto de perder el conocimiento, se despidi del mundo sensible con este varonil concepto que apenas sali del magn a los labios: Ya me puedo morir tranquilo, puesto que he sabido arrancarle al demonio de la tontera el alma que ya tena entre sus uas.... Doa Paca y el criado, creyendo que su amo se quedaba en aquel espasmo, empezaron a dar chillidos; llamaron al mdico, dieron al seor muchas friegas, y por fin volvironle a la vida. Todos se pasmaron de verle risueo y de orle afirmar que no le dola nada y que se senta bien y contento. Mas a pesar de esto, el doctor puso muy mala cara, pronosticando que la debilidad cerebral y nerviosa acabara pronto con el enfermo. Por ms que este se envalenton, no pudo levantarse y las fuerzas le iban faltando. Careca en absoluto de apetito. Los amigos que aquel da le acompaaban, convinieron en decirle de la manera ms delicada que se preparase espiritualmente para el traspaso final, ocupndose del negocio de salvar su alma. Creyeron los ms que D. Evaristo se alborotara con esto, pues siempre hizo alarde de libre pensador; mas con gran sorpresa de todos, oy la indicacin del modo ms sereno y amable, diciendo que l tena sus creencias, pero que al mismo tiempo gustaba de cumplir toda obligacin consagrada por el asentimiento del mayor nmero. Yo creo en Dios--dijo--, y tengo ac mi religin a mi manera. Por el respeto que los hombres nos debemos los unos a los otros, no quiero dejar de cumplir ningn requisito de los que ordena toda sociedad bien organizada. Siempre he sido esclavo de las buenas formas. Triganme ustedes cuantos curas quieran, que yo no me asusto de nada, ni temo nada, y no desentono jams. No descomponerse; ese es mi tema. Todos los presentes se maravillaron al orle, y aquel mismo da se le administraron los Sacramentos. Despus se puso mucho mejor, lo cual dio motivo a que le dijeran, como es uso y costumbre, que la religin es medicina del cuerpo y del alma. l aseguraba que no se mora de aquel arrechucho, que tena siete vidas como los gatos, y que era muy posible que Dios le dejase tirar algn tiempo ms para permitirle ver muchas y muy peregrinas cosas. As fue en efecto, pues en todo el ao 75 que corra no se muri el filsofo prctico. Durante la convalecencia de aquel ataque, no permiti que Fortunata fuese a verle. Le escriba algunas cartitas, reiterndole sus consejos y dndole otros nuevos para el da ya prximo en que la reconciliacin deba efectuarse. Al propio tiempo se ocupaba en la revisin de su testamento y en tomar varias disposiciones benficas que algunas personas haban de agradecerle mucho. Tena un pequeo caudal repartido en diferentes prstamos hechos a amigos menesterosos. Algunos le haban firmado pagars de mil, de dos y hasta de tres mil reales. Todos estos papeles fueron rotos. Dispuso cmo se haban de repartir las alhajas que tena, algunas de bastante valor, sortijas con hermosos solitarios, botonaduras, y adems cajitas primorosas de marfil y sndalo que haba trado de Filipinas, una hermosa espada, dos o tres bastones de mando con puo de oro. Hizo la distribucin de todo con un acierto que declaraba su gran delicadeza y el aprecio que haca de las amistades consecuentes. Respecto a Fortunata lo dispuso tan bien que no caba ms. No le dejaba en su testamento ms que algunos regalitos, llamndola _ahijada_; pero, por medio de un agente de Bolsa muy discreto, se hizo una operacin en que la chulita figuraba como compradora de cierta cantidad de acciones del Banco, dndole adems, de mano a mano, algunas cantidades en billetes. No olvid por esto D. Evaristo a sus parientes, que eran dos sobrinas, residentes la una en Astorga, la otra en Ponferrada. Ambas quedaban muy bien atendidas en el testamento; y en cuanto a los socorros que anualmente les enviaba, no perdi aquel ao la memoria de esta obligacin, a pesar de los muchos quebraderos de cabeza que tuvo. Doa Paca y los dos criados tambin se llevaran un pellizco el da en que el amo faltara. Indicronle los clrigos de la parroquia si no dejaba algo para sufragios por su alma, y l, con bondadosa sonrisa, replic que no haba olvidado ninguno de los deberes de la cortesa social, y que para no desafinar en nada, tambin quedaba puesto el rengloncito de las misas. Fue a verle una tarde Villalonga, y lo primero que le dijo Feijoo, mientras se dejaba abrazar por l, fue esto: Pero, hombre, ser usted tan malo que no le d la canonja a mi recomendado?. --Por Dios, querido patriarca, tengamos paciencia... Har lo que pueda. Le puse una carta muy expresiva a Crdenas mandndole la nota. Pero considere usted que es un arco de iglesia. Canonja! Para m la quisiera yo. --Y para m tambin... Pero en fin, puede ser o no? Es un cleriguito de las mejores condiciones. --Lo creo... pero qu quiere usted! Estos cargos son muy solicitados, y cuando vaca uno, hay cuatrocientos curas con los dientes de este tamao. --S, pero mi presbtero es un cura apreciabilsimo, un santo varn... Como que ayuna todos los das... --Ya... ser un bacalao ese padre Rubn. No le di ya a usted una credencial de Penales para un Rubn? Usted por lo visto protege a esa familia. --Yo no protejo familias, nio. Djese usted de protecciones... Slo que me intereso por las personas de mrito. --Por m no ha de quedar. Le dar otro achuchn a Crdenas. Pero, lo que digo, son plazas que tienen muchos golosos. Los pretendientes explotan el valimiento y la influencia de las seoras. Casi siempre son las faldas las que deciden quin se ha de sentar en los coros de las catedrales. --Pues suponga usted, compaero, que yo tengo faldas, que soy una dama... ea. --Pero si yo no lo he de decidir... --Mire usted que si no me nombra mi cannigo, no me muero, y le estar atormentando meses y meses. --Mejor... Viva usted mil aos. --Y esas elecciones, van bien? --Como un acero. Tengo all un padre cura que vale un imperio. Me est haciendo unos arreglos en el distrito, que Dios tirita, y tirita toda la Santsima Trinidad. Ese s que merece, no digo yo canonjas, sino siete mitras. --Le conozco, el _Pater_... fue capelln de mi regimiento. Villalonga se despidi reiterando sus buenos deseos respecto a Nicols Rubn. Eh, Jacinto, por Dios, una palabra!--dijo D. Evaristo llamndole cuando ya estaba en la puerta--. Por Dios y todos los santos, no me olvide usted a ese desdichado... al pobre Villaamil, a ese que llaman _Ramss II_. --Est recomendado en una nota de _indispensables_. Conque ms no puedo hacer. --Mire usted que no me deja vivir... Todos los das viene tres veces. La noche que me dieron el Vitico, en el momento aquel, mir para este lado y lo primero que vi fue a _Ramss II_, con una vela en la mano. Cmo me miraba el infeliz!... Creo que no me mor de tanto como rez Villaamil, pidiendo a Dios que viviera. --Podr ser... No le olvidar. Abur, abur. Y D. Evaristo se qued solo, pensativo y dulcemente ensimismado, saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todo el bien posible, o de haber evitado el mal en la medida que la Providencia ha concedido a la iniciativa humana. -V- Otra restauracin --i-- Las personas muy rutinarias y ordenadas que se acostumbran a las dulzuras tranquilas del mtodo en la vida, concluyen, abusando en cierto modo de la regularidad, por someter al casillero del tiempo, no slo las ocupaciones, sino los actos y funciones del espritu y aun del cuerpo que parecen ms rebeldes al rgimen de las horas. As, pues, la gran doa Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma, haba distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquier asunto de inters que sobreviniese, tena marcada una parte del da y un determinado sitio. Cuando era preciso meditar, por el picor de una de esas ideas, hermanas del abejorro, que se plantan en el cerebro y no hay medio de sacudirlas, o doa Lupe no meditaba, o tena que hacerlo sentada en la silleta junto a la ventana de la sala, los anteojos en el caballete de la nariz, la cesta de la ropa delante y el gato muy repantigado en un extremo de la alfombrita. La meditacin era mucho ms honda y eficaz si la seora tena metida toda la mano izquierda, hasta ms arriba de la mueca, dentro de una media, y si las claraboyas de esta eran bastante anchas para poder tener sobre ellas enrejados como los de una crcel. Tal era la fuerza del mtodo, que doa Lupe no pensaba a gusto sino all, as como para hacer sus clculos aritmticos el mejor momento era cuando descascaraba los guisantes en la cocina (en tiempo de guisantes), o cuando pona los garbanzos de remojo. La costumbre obraba estos prodigios, y lo mismo era ver la seora los garbanzos y poner su mano en ellos, que se le llenaba el cerebro de nmeros y vea claro en sus negocios, si le convena o no tal prstamo, si deba quedarse o no con tal o cual alhaja. Al levantarse, por la maana temprano, prevea todos los sucesos y acciones del da que empezaba, y se preparaba para ellos con una evocacin mental de su energa, y con la distribucin metdica de las horas para todo lo previsto y probable. Era esto como si _se diera cuerda_, acumulando en s la fuerza inteligente que necesitaba. Todas estas rutinas del pensamiento y de la accin fueron perturbadas por la mudanza de casa, que se efectu en Diciembre del 74, y no hay que decir cun gran sacrificio fue para doa Lupe este cambio. Era de esas personas que aborrecen lo desconocido y que se encarian con el rincn en que viven. Mover los trastos era para ella algo semejante a incendio o demolicin; pero no haba ms remedio que dar el salto del Norte al Sur de Madrid, pues teniendo Maximiliano que pasar la mayor parte del tiempo en la botica de Samaniego, era una falta de caridad hacerle recorrer dos veces al da los tres cuartos de legua que separan el barrio de Chamber del de Lavapis. Carg, pues, la seora de Juregui con sus penates, y se instal en un segundo de la calle del Ave-Mara. Habrale gustado vivir en la misma casa de la botica; pero no haba all ningn cuarto con papeles. Eligi un segundo de la finca inmediata, y sus balcones caan al lado de los de su amiga Casta Moreno, viuda de Samaniego. Los primeros das extraaba la casa, tenindola por peor que la otra; mas pronto hubo de reconocer que era mucho mejor, ms espaciosa y bella, y en cuanto a los barrios, lo que la seora haba perdido en tranquilidad ganbalo en animacin. Poco a poco se fue adaptando a su nuevo domicilio, y cuando la sorprende de nuevo nuestro relato, sentada junto a la ventana y recapacitando, con la mano dentro de la media, en una fecha que debe caer all por Marzo del 75, ya no se acordaba de la vivienda de Chamber en que la conocimos. La meditacin y el zurcido no le impedan mirar de vez en cuando a la calle, y la del Ave-Mara es mucho ms _pasajera_ que la de Raimundo Lulio. En una de aquellas miradas casi maquinales que la viuda echaba hacia afuera, como para poner solucin de continuidad al temeroso problema que tena entre ceja y ceja, vio pasar a una persona que le retuvo un instante la atencin. Era Guillermina Pacheco. Parece que la santa frecuenta ahora estos barrios--murmur doa Lupe, alargando la cabeza para observarla por la calle abajo--. Ya la he visto pasar cuatro o cinco veces a distintas horas. Verdad que para ella no hay distancias... Ahora que recuerdo, me ha dicho Casta que es pariente suya, y he de preguntarle.... La fundadora inspiraba a doa Lupe grandes simpatas. De tanto verla pasar por la calle de Raimundo Lulio, camino del asilo de la de Alburquerque, lleg a imaginar que la trataba. Siempre que haba funcin pblica en la capilla del asilo, iba doa Lupe, deseosa de introducirse y de hacer migas con la santa. Admirbala mucho, no exclusivamente por sus santidades, sino ms bien por aquel desprecio del mundo, por su actividad varonil y la grandeza de su carcter. Quizs la seora de Juregui crea sentir tambin en su alma algo de aquella levadura autocrtica, de aquella iniciativa ardiente y de aquel poder organizador, y esta especie de parentesco espiritual era quizs lo que le infunda mayores ganas de tratarla ntimamente. Slo le haba hablado una o dos veces en las funciones del asilo, as como por entrometimiento y oficiosidad, y cuando en dichas fiestas veala rodeada de damas _de la grandeza_ y de seoronas ricas, que tenan el coche a la puerta, doa Lupe habra dado el nico pecho que posea por meter las narices entre aquella gente, codearse con ellas y mangonear en los petitorios. Porque ella tena la vanidad, muy bien fundada por cierto, de no desmerecer de las tales seoras en punto a buena crianza y modales. Harto saba, adems, que no todas haban nacido en doradas cunas, y que la finura es lo que constituye la verdadera aristocracia en estos tiempos liberales. No haba razn para que ella, que saba presentarse como la primera, dejase de alternar con las damas que seguan a Guillermina cual las ovejas siguen al pastor... A mayor abundamiento, en lo tocante a ropa estaba a la sazn la viuda de Juregui en excelentes condiciones. Con su talento y su economa se haba agenciado un abrigo de terciopelo, con pieles, que la ms pintada no lo usara mejor. Y le haba salido por poco ms de nada, atendido lo que generalmente cuestan estas piezas... Le estaban arreglando una capota, que... vamos; el da que la estrenara haba de llamar la atencin... Estas reflexiones fueron como un inciso en lo que aquella tarde pensaba la seora, inciso que se abri al ver pasar a Guillermina, cerrndose cuando la virgen y fundadora desapareci por la calle abajo. Vuelta a la meditacin, tomando el hilo de ella en el mismo punto en que lo haba soltado... Y aunque el Sr. de Feijoo lo niegue hoy, es tan verdad que me rondaba la calle al ao de perder a mi Juregui... tan verdad como que nos hemos de morir. Y si no, qu haca plantado en aquella dichosa esquina de la calle de Tintoreros? Esto fue poco antes de la guerra de frica, bien me acuerdo; y si el tal no se va a matar moros, sabe Dios si... Pero esto no hace al caso, y vamos a lo otro. Que es un caballero decentsimo, no tiene la menor duda. Juregui le apreciaba mucho, y me deca que no tena ms contra que ser muy mujeriego... Fuera de esto, hombre de veracidad, con una palabra como los Evangelios, y cosa que l deca ponindose formal era como si la escribieran notarios... Con todo, lo que me ha venido contando estos das me parece tan extrao...! Que est arrepentida, que l la ha tomado bajo su proteccin... Se la encontr en casa de unos vecinos, y le dio lstima, y qu s yo qu... Por ms que diga ese santo varn, tales arrepentimientos me parecen a m las coplas de Calainos... Y si por acaso... Quita, quita, pensamiento y no me tientes con una sospecha, que parece tan verosmil... El mismo Feijoo quizs... puede... habr tenido... y ahora... Sobre esto quiero echar tierra, porque me volvera loca. La verdad es que el pobre seor ha dado un bajn tremendo y no debe de haber estado para morisquetas de algunos meses ac. Si ser cierto lo que dice!... Caridad, lstima, arrepentimiento... necesidad de transigir, decoro, reconciliacin...!. Otro inciso. Mir a la calle y vio por segunda vez a Guillermina que suba. Pero qu trae en la mano?, un palo y un garfio de hierro. Vaya con la santa esta! Algo que le han dado. Dicen que lo acepta todo. Vase por dnde yo le podra ayudar a su obra, dndole media docena de llaves viejas que tengo aqu. Aquella tabla que lleva parece una plantilla... Toma, como que vendr del almacn de maderas de la calle de Valencia. Vaya unos trajines... Vea usted una cosa que a m me gustara, edificar un _establecimiento_, pidindole dinero al Verbo... Lo hara yo tan grande como el Escorial.... Cerrado el inciso, y otra vez al tema: Vaya con lo que me ha dicho esta maana Nicols: que Feijoo es el primer caballero de Madrid y que le ha prometido una canonja! Si se la dan, ya no me queda nada que ver. Yo me alegrara, para quitarme esa carga de encima; pero qu tiempos y qu Gobiernos! Ah!, si yo gobernara, si yo fuera ministra, qu derechitos andaran todos! Si esta gente no sabe... si salta a la vista que no sabe. Dar una canonja a un clrigo joven, que entra en su casa a la una de la noche y pasa el tiempo charlando en el caf con los curas de caballera que andan por ah sueltos y sin licencias! Pero en fin, all te la d Dios, y si pescas el turrn, hijo, buen provecho, y escribe en llegando, y no parezcas ms por aqu, egoistn, tragaldabas... Pues digo, el otro, el Juanito Pablo, desde que tiene empleo no pone los pies en casa. Si comparado con sus hermanos, Maximiliano es un ngel de Dios y un talentazo...! Voy a lo que me deca Nicols esta maana... Que D. Evaristo es un cristiano rancio, y que cuando le administraron, recibi al Seor con una edificacin y una santidad tan grandes, que todos los concurrentes al acto lloraban a moco y baba. Vaya, no sera para tanto... exageracin. En estas cosas de santidad hay que llamar al to Paco para que traiga la rebaja. Pero en fin, pongamos que sea as, y qu? Ahora lo que falta saber es si con toda esa cristiandad nos querr dar gato por liebre... Lstima, arrepentimiento!... Dios mo, o dame una luz clara sobre esto, o qutame esta grillera de mi cabeza. Yo me vuelvo loca... Y no s por qu me devano los sesos, porque en rigor, a m qu me va ni me viene? Si Maximiliano quiere humillarse despus de las atrocidades que pasaron, yo no debo meterme... Pero s, s me meter. Cmo consentir tal afrenta? La muy bribona... imaginar que su marido puede perdonarla despus de la trastada indecente que le hizo, despus que el querindango atropell a este infeliz abusando de su fuerza...! Qu infamia! Si yo no hubiera estado un mes seguido trasteando a este chico para quitarle de la cabeza la idea de la venganza... no s qu catstrofes habran sucedido. Quera pegarle un tiro al otro, y hasta se le ocurri hacer un cartucho de dinamita para ponrselo en la puerta de su casa. Delirios... lo mejor es el desprecio... A estos badulaques se les desprecia... Bueno est mi sobrino para meterse en lances, l que se asusta de entrar en un cuarto sin luz. Pobrecillo Maxi!, tiene un corazn de oro, y ahora que est tan dado a estudiar lo del otro mundo, se le ocurren unas cosas...! Vaya con lo que me deca anoche! 'Ta de mi alma, a fuerza de pensar y padecer, he llegado a desprenderme de todas las pasiones, y a no sentir en m ni odio ni venganza'. Dice que la perdona cristianamente, por esto y lo otro y qu s yo qu... pero en cuanto a hacer vida comn, ni que se lo mande el Papa. Y a rengln seguido me marea para que la vaya a ver. 'Ta, vistela usted, entrese... sondela, a ver cmo se presenta. Puede que sea verdad lo que dice D. Evaristo...'. Todas las noches la misma cancin. Al fin, si se pone muy pesadito, no tendr ms remedio que ir. Y no es flojo el paseo que tengo que dar, de aqu a Puerta de Moros.... --ii-- Un lunes por la tarde, doa Lupe entr en su casa a eso de las cinco. Vena muy emperifollada. Papitos, quin ha venido?. --Aquel seor de las barbas blancas. --Y nadie ms? No ha estado Mauricia? --No seora... Esta maana la vi en la puerta del bodegn de la Plazuela de Lavapis. Vive por aqu cerca... Se Mauricia, mire que la seora la est esperando.... Me contest, dice: dile a esa _tiona_ que si quiere correr los pauelos que los corra ella, y que si no, que los deje... Habr indecente!... exclam la seora algo distrada. Papitos, que aquella maana haba sido castigada porque trajo de la plaza una merluza muy mala, crey que a su ama no se le haba pasado el berrinchn, y temblaba mirndole las manos. Pero en el nimo de doa Lupe se haba disipado la ira correccional, a causa de los sentimientos de otro orden y del gran estupor que desde una hora antes reinaban en l. Oye, Papitos--le dijo--. Ven ac, y atiende bien a lo que te encargo. Yo tengo que salir otra vez. Das de comer al seorito Nicols y al seorito Maxi; pero este vendr mucho ms tarde que su hermano. Fjate bien, y no salgas luego haciendo lo contrario de lo que te mando. Para principio del clrigo, pones la merluza mala que trajiste esta maana, sabes?, y que est apestando... Le echas bastante sal, y despus la cargas de harina todo lo que puedas y la fres. Ponle todas las tajadas, y se las embaular sin enterarse de si est buena o mala. Es como los tiburones, que tragan todo lo que les echan. Para postre, las nueces y el arrope, sabes? Le pones en la mesa la orza, y que se harte; a ver si lo acaba. Est fermentando y no hay quien lo pase... Si el seorito Maxi viniese antes de que est de vuelta, le pones de principio una de las dos chuletas de ternera, la ms crecidita, y de postre le sacas las pastas que trajo el bollero esta maana, y la carne de membrillo que yo tomo. Conque a ver si lo haces todo al revs. Cuando le daban tales pruebas de confianza, delegando en ella la autoridad, la mona se creca, y aguzado su entendimiento por la vanidad, desempeaba sus obligaciones de un modo intachable. Doa Lupe, que ya la conoca bien, estaba segura de que sus rdenes seran cumplidas. Papitos hizo con la cabeza signos de inteligencia, y se sonrea la muy tunanta, pensando sin duda, aqu que no peco!... en la cantidad de sal que le iba a echar a la merluza del seorito Nicols. Doa Lupe permaneci un rato en la sala, sin moverse del silln en que se sentara al entrar, con el manto puesto, la mano en la mejilla, pensando en lo mismo. No haba vuelto an de su asombro, ni volvera en mucho tiempo. Fortunata, de cuya casa vena, le haba dado mil duros para que se los colocara del modo que lo creyera ms conveniente... y sin querer admitir recibo... Al pronto sospech la seora de Juregui si seran falsos los billetes... pero quia, si eran ms legtimos que el sol! Tal prueba de confianza le llegaba al alma, porque no slo era confianza en su honradez, sino en su talento para hacer producir dinero al dinero... Pues adems, Fortunata, en el curso de la conversacin, haba dado a entender que tena acciones del Banco, sin decir cuntas. De dnde haba salido esta riqueza? Quizs Juanito Santa Cruz... quizs Feijoo... Lo ms particular era que doa Lupe, por impulsos de tolerancia que haban surgido bruscamente en su espritu, se esforzaba en suponer a aquel caudal una procedencia decente. Fascinacin que la moneda ejerce en ciertos caracteres, porque para estos lo bueno tiene que tener buen origen!... Y por qu no ha de ser verdad todo eso del arrepentimiento?...--se deca--. Lo que no me explico es una cosa... El primer da me dijo Feijoo que estaba miserable... pero miserable, y comindose sus ahorros. Pues si son estas las sobras...! En fin, doblemos la hoja; pongmonos en un punto de vista imparcial, y no hagamos juicios temerarios antes de tener datos seguros. Quin se atreve a condenar a un semejante sin orlo? Sera una crueldad, una injusticia. Eso de que siempre hayamos de pensar mal, me parece una barbaridad... Pero me estoy aqu ensimismada, y si tardo, quizs no encuentre en su casa a D. Francisco... l dir qu hacemos con todo este _guano_. Al bajar la escalera, sus pensamientos tomaban otro giro. Y qu guapa est!... Es un horror de guapa. Y siempre tan modosita... Parece que no rompe un plato. Cuando entr, por poco se desmaya. Y aquello no es fingido... ella ser todo lo que se quiera; pero no hace papeles, no tiene talento para hacerlos. En cuanto a modales, ha olvidado todo lo que le ense... ser preciso volver a empezar... y de lenguaje seguimos lo mismo. Ni la ms ligera alusin a los sucesos del ao pasado. Dir, y con razn, que peor es meneallo.... Como tres horas largas estuvo doa Lupe fuera de su casa. Cuando volvi, Nicols haba comido y marchdose, y Maximiliano estaba concluyendo. La primer pregunta que hizo el ama a Papitos fue referente a las rdenes que le haba dado. No dej ni rastro replic la muchacha, enseando a su ama la fuente en que haba servido la merluza. --Y dijo algo? --No poda decir nada, porque no paraba de tragar. Doa Lupe se sonrea. Cerciorose de que a Maximiliano se le haba servido conforme a sus rdenes, y despus de cambiar de ropa, dispuso su propia comida, que era de lo ms frugal. Cuando entr en el comedor, ya Maxi no estaba all, y media hora despus encontrole en su cuarto, sin luz, sentado junto a la mesa y de bruces en ella, con la cabeza sostenida en las manos, y agarradas estas al cabello, como si se lo quisiera arrancar. Vindole tan sumergido en su tristeza, su seora ta le dijo: Vamos, hombre, no te pongas as. No hay que tomar las cosas tan a pechos... Lo que est de Dios que sea, ser. Cuando las cosas vienen bien rodadas, no hay medio de evitarlas. Y qu, la ha visto usted? dijo Maxi dejando al fin aquella posicin violenta, y mirando con ansiedad a su ta. --S... Me has mareado tanto... que al fin... Pues nada... la he visto y no me ha comido. Es la misma panfilona inexperta de siempre. --Est desmejorada?--Desmejorada? Qutate de ah. Lo que est es guapsima. Por cada ojo parece que le salen cuantas estrellas hay en el Cielo. A algunas personas la miseria les prueba bien. --Pero qu, est miserable? Pasa necesidades?--pregunt el chico, movindose con inquietud en la silla--. Eso no debe consentirse... --No digo que tenga hambre... y tal vez... Su situacin no debe ser muy desahogada. Hoy a las cuatro de la tarde, segn me dijo, no haba entrado en su cuerpo ms que un poco de pan del da antes, un pedacito de chocolate crudo, y al medioda una corta racin de bofes. --Por Dios! Y usted consiente eso? Bofes...! --Ser penitencia tal vez--replic la viuda en aquel tono de conviccin ingenua que tomaba cuando quera jugar con la credulidad de su sobrino, como el gato con la bola de papel. --Francamente, ta, eso de que pase hambres... Yo no la perdono, no puede ser... le aseguro a usted que eso... _jams, jams, jams_. --Ya te he dicho que no es prudente soltar _jamases_ tan a boca llena sobre ningn punto que se refiera a las cosas humanas. Ya ves el bueno de D. Juan Prim qu lucido ha quedado con sus _jamases_. --Pues a m no me pasar lo que a D. Juan Prim, porque s lo que digo... Y como la restauracin depende de m, y yo no he de hacerla... Pero de esto no se trata ahora. Aunque no ha de haber las paces, me duele que pase hambre. Es preciso socorrerla. --Pues volver all. Pero se me ocurre una cosa. Por qu no vas t? --Yo!--exclam el exaltado chico sintiendo que los cabellos se le ponan de punta. --S, t... porque ests acostumbrado a que todo te lo den bien amasado y cocido... Esto es cosa delicada... Yo no quiero responsabilidades. T no eres ya un nio, y debes decidir por ti mismo estas cosas. --Yo!, que vaya yo!--murmur el joven farmacutico, sintiendo un temblor, un fro... Se pona malo de slo pensarlo. --T, s, t... Djate de miedos y vacilaciones. Si lo quieres hacer lo haces, y si no lo dejas. --No tengo tiempo de ir--dijo Rubn tranquilizndose al encontrar tan liviano pretexto. Volvi a insistir doa Lupe con lenguaje duro en que l deba decidir por s mismo aquel asunto de la reconciliacin, ver a Fortunata y proceder en conciencia segn las impresiones que recibiera. Tanto y tanto le predic, que al cabo el pobre muchacho hizo propsito de ir; y al da siguiente, en un rato que le dej libre la botica, tom el camino de la calle de Tabernillas, ms muerto que vivo, pensando en lo que dira y lo que callara, con la penita muy acentuada en la boca del estmago, lo mismo que cuando iba a examinarse. Al llegar y reconocer el nmero de la casa, entrole tal espanto, que se retir, huyendo de la calle y del barrio... Al da siguiente hizo un segundo esfuerzo y pudo entrar en el portal; pero ante la vidriera que daba paso a la escalera, se detuvo. Le aterraba la idea de subir, y de su mente se haba borrado todo lo que pensaba decirle. Aguard un rato en espantosa lucha, hasta que le asaltaron ideas alarmantes como esta: Si ahora baja y me ve aqu.... Y sali escapado por la calle adelante sin atreverse ni a mirar hacia atrs. La tentativa del tercer da no tuvo mejor xito, y aburrido al fin y desconcertado, resolvi expresarse con su mujer por medio de una carta. Andando hacia la calle del Ave-Mara, iba discurriendo que deba poner en la carta mucha severidad, y un ligero matiz de indulgencia, un grano nada ms de sal de piedad para sazonarla. Dirale que no poda admitirla en su casa; pero que con el tiempo... si daba pruebas de arrepentimiento... En fin, que ya saldra la epstola tan guapamente. Excitado por estas ideas y propsitos, entr en su casa, y al dirigirse a su cuarto y or la voz de su ta que desde la sala le llamaba, sinti en el corazn como si se lo tocaran con la punta de un alfiler... Entr en la sala, y... lo que vieron sus ojos, Dios omnipotente!... Dios que haces posible lo imposible! En la sala estaba Fortunata, en pie, lvida como los que van a ser ajusticiados... Maximiliano no cay redondo por milagro de Dios... Dijo _ah!_... y se qued como una estatua. Tampoco ella chistaba nada y sus miradas caan al suelo como pesas de plomo. Por fin el joven, en el ltimo grado de la turbacin y del desconcierto, se aventur a hablar, y dijo algo as como _buenas tardes_... y despus: _Yo cre que_... y luego: _De modo que usted, ta..._ No, yo no me meto en nada--declar doa Lupe, que estaba sentada como presidiendo--. Lo nico que he dispuesto es traerla aqu para que frente a frente decidis... Fortunata, sintate. Al recuerdo de su agravio sinti Maximiliano en su alma una reaccin brusca contra aquel misticismo recin aprendido, ms hijo de la necesidad que de la conviccin. Esto me parece prematuro dijo, y sali de la sala. Pronto se le reuni su ta en el despacho, y le dijo: Me parece bien tu severidad. Pero las circunstancias... No me has dicho que era indispensable pasarle un tanto diario para alimentos? Y te parece a ti que estamos en disposicin de sostener dos casas?. Tena el muchacho la cabeza tan alborotada, que no pudo hacerse cargo de tales argumentos. Para l lo mismo era que su ta le hablase de dos casas que de cuatro mil. Djeme usted--le dijo, casi sollozando--. Estoy dejado de la mano de Dios. Pues ya que est aqu, no se ha de marchar--prosigui doa Lupe en voz baja--. La pondremos en el cuartito prximo al mo. Y basta. Ay!, que siempre me han de tocar a m estos arreglos y composturas!... Sabes lo que te digo? Pues que aqu tenis ocasin de deciros todas las perreras que queris o de daros todas las explicaciones que juzguis convenientes. Yo me lavo mis manos. A m no me metis en vuestras contradanzas. Si queris llegar a un acuerdo, en hora buena sea, y si no queris, tambin. Bastante servicio os hago con prestaros mi casa para que os tomis el pulso hasta ver si hay paces o no hay paces. Y por Dios, no me des ms jaquecas. Si pasan das y no salta la avenencia, se acab. Pero no me deis ms jaquecas, por Dios, no me deis ms jaquecas. Esto ltimo lo dijo en alta voz, saliendo ya al pasillo, de modo que lo oyeron muy bien, Papitos en un extremo de la casa, y Fortunata en otro. Esta qued desde aquella tarde en la casa, y su situacin era de las menos airosas, porque su marido apenas le hablaba. Nicols haca el gasto de conversacin en la mesa. Al segundo da, Fortunata dijo a doa Lupe que se marchaba, lo que dio motivo a que la seora saliera por los pasillos gritando: Por Dios, no me deis ms jaquecas... ya no puedo ms. Que cada cual haga lo que quiera. Pero a pesar de esto, la esposa no se march. Al tercer da, en medio de la reserva y hurao silencio que entre ambos cnyuges reinaba, empez Maxi a soltar una que otra palabra; luego ya no eran palabras, sino frases, y tras las clusulas fras vinieron las tibias. Por fin se permiti algn concepto jovial. Al quinto da se sonrea mirando a su mujer. Al sexto, Fortunata le miraba con atencin corts cuando deca algo; al stimo, Maxi opinaba como ella en toda discusin que en la mesa se trabase; al octavo le daba una palmadita en el hombro; al noveno la seora de Rubn se interesaba porque su marido se abrigase bien al salir, y al dcimo estuvieron como un cuarto de hora secretendose a solas en un rincn de la sala; al undcimo Maxi le apret mucho la mano al entrar, y al duodcimo exclam doa Lupe como sacerdote que entona el _hosanna_: Vaya que os ponis babosos. Por Dios, no me deis jaquecas. Si estis reventando por hacer las paces, a qu tantos remilgos? Bien hago yo en no meterme en nada, bendita de m. Y de este modo se verific aquella restauracin, aquel restablecimiento de la vida legal. Fue de esas cosas que pasan, sin que se pueda determinar cmo pasaron, hechos fatales en la historia de una familia como lo son sus similares en la historia de los pueblos; hechos que los sabios presienten, que los expertos vaticinan sin poder decir en qu se fundan, y que llegan a ser efectivos sin que se sepa cmo, pues aunque se les sienta venir, no se ve el disimulado mecanismo que los trae. --iii-- En los primeros das que sucedieron a este gran suceso, nada ocurri digno de contarse. Y si algo hubo fue de puertas afuera. Voy a ello. Una tarde estaban doa Lupe y Fortunata en la sala cosiendo unas anillas a las magnficas cortinas de seda con que se haba quedado la seora por prstamo no satisfecho, cuando Papitos, que se haba asomado al balcn para descolgar la ropa puesta a secar, empez a dar chillidos: Seoras, vengan, miren... cunta gente!... Han matado a uno. Asomronse las dos seoras y vieron que en la parte baja de la calle, cerca de la esquina de la de San Carlos, haba un gran corrillo que a cada momento engrosaba ms. Hay un _cadvere_ difunto all en mitad de la gente grit Papitos que tena medio cuerpo fuera del balcn.--Yo veo un bulto tendido en el suelo--dijo doa Lupe.--Ves t algo?... Ser algn borracho. Pero observa qu multitud se va reuniendo. Como que los coches no pueden pasar... Y mira qu policas estos. Ni para un remedio. Seora, mndeme por los fideos... Ya sabe que no hay... dijo la mona. --Vamos... lo que t quieres es curiosear... --Mndeme--repiti la chiquilla dando brincos entre risuea y suplicante. --Pues anda--dijo doa Lupe, que aquel da estaba de buen humor--; si no sales te vas a caer por el balcn. Pero ven prontito... y ten cuidado de limpiarte bien los pies en los felpudos que hay en la portera, porque hay muchos barros... Mira cmo pusiste la alfombra cuando volviste de avisar al carbonero. Sali Papitos ms pronta que la vista, y estuvo fuera como unos veinte minutos. Su ama la vio entrar en la casa y fue a abrirle la puerta... Te has restregado bien las patas?. --S seora... mire.--Ahora aqu otra vez... Sabes lo que debes hacer siempre que subes?, refregarte bien en el limpia-barros del vecino, en ese que est ah. --En este?--dijo la mona, bailando el zapateado en el limpia-barros del cuarto de la izquierda. --Porque todos los pisotones de menos que le demos al nuestro, eso vamos ganando. --Sabe, seora, sabe?...--agreg Papitos, que a pesar de venir sofocada de tanto correr, segua bailoteando en el felpudo ajeno--. No sabe lo que hay all? Es una mujer que parece est bebida; pero muy bebida... Y no acierta quin es?, la se Mauricia. --Pero oyes, mujer, has odo?--dijo doa Lupe desde el pasillo volviendo a la sala--. Mauricia... borracha... ah tienes lo que rene tantsima gente. --Pero la viste bien?, ests segura de que es ella?--pregunt Fortunata pasado el primer momento de asombro. --S, seorita, ella es... --Pero hija--observ doa Lupe volviendo a asomarse con oficiosidad...--cree que me hace esto una impresin... Y los de Orden Pblico que no parecen!... Ah!, s, la levantan... Qu mujer!... Miren que ponerse en ese estado. --Ahora se la llevan... Est como un cuerpo muerto--deca Fortunata, acordndose de las escenas que haba presenciado en el convento. --S, se la llevan a la Casa de Socorro o al hospital... Pero quia!, no... Suben. Apostamos a que la traen a la botica? --Si tiene rajada la cabeza en salva la parte...--afirm Papitos dando a conocer grficamente las dimensiones de la herida--. Y echaba la mar de sangre... que corra por la calle abajo, como corre el agua cuando llueve. Cuando pasaba bajo los balcones el cuerpo inerte de Mauricia la Dura, cargado por los de Orden Pblico y escoltado por el gento, Fortunata se quit del balcn, porque le faltaba nimo para presenciar tal espectculo. Doa Lupe y Papitos s que lo vieron todo, y esta tuvo an la pretensin de que su ama la dejase ir a la botica para ver la cura que le hacan a _aquella borrachona_. Pero esto ya era mucha libertad, y aunque la chiquilla imagin diferentes pretextos para bajar, no se sali con la suya. A la hora de comer, Maximiliano habl del caso, describiendo la cura y haciendo augurios poco lisonjeros sobre la suerte de la enferma. Tienes razn--observ la viuda--. Me parece que de este barquinazo no sale. Pobre mujer! Tener ese vicio! De veras lo siento, pues no hay otra como ella para correr alhajas. Refiri entonces Maxi un pasaje curiossimo y reciente de la historia de la tal Mauricia, que haba sido contado aquella misma tarde, despus de la cura, por el Sr. de Aparisi, uno de los que solan ir de tertulia a la botica. Pues esa buena pieza, en una de las tremendas borrascas que le produce el maldito vicio, fue recogida de la calle por los protestantes, que tienen su capilla y casa en las Peuelas. Enterose doa Guillermina, la seora esa que pide para los hurfanos de la calle de Alburquerque, y lo mismo fue saberlo, que volarse... Vean ustedes. Plantose en la casa de los protestantes a reclamar a la tarasca. Tun, tun... quin?... yo... Y sali el pastor, que es uno que llaman D. Horacio, que tiene el pelo colorado y ralo, como barbas de maz; sali tambin la pastora, su mujer, que es una tal doa Malvina... buenas personas los dos, porque lo protestante no quita lo decente. Entre parntesis, se distinguen por su independencia en el vestir. Doa Malvina le hace las levitas a D. Horacio, y D. Horacio le arregla los sombreros a doa Malvina. Total, que estos inglesones lo entienden: no gastan un cuarto en sastres ni modistas. Pero voy al cuento. Los pastores se las tuvieron tiesas, y doa Guillermina ms tiesas todava. Religin frente a religin, la cosa se iba poniendo fea. Los protestantes decan que la mujer aquella les haba pedido limosna y proteccin; doa Guillermina lo negaba, acusndoles de haberla sonsacado y de haber ido a buscarla a su propia casa. D. Horacio dijo que nones y que hara valer sus derechos luteranos ante el mismo Tribunal Supremo; amoscose la otra, y doa Malvina sac el libro de la Constitucin, a lo que replic Guillermina que ella no entenda de constituciones ni de libros de caballeras. Por fin, acudi la catlica al Gobernador, y el Gobernador mand que saliese Mauricia del poder de Poncio Pilatos, o sea de D. Horacio. --Ves, qu cosas?--observ doa Lupe--. Ah tienes los belenes que se arman por la religin. Bien deca mi Juregui que l era muy liberal, pero que no le petaba por la libertad de cultos. --Pues agurdense ustedes, que falta lo mejor. D. Horacio, como ingls que sabe respetar las leyes, obedeci la orden del Gobernador, reservndose el sostener su derecho ante los tribunales. Pero cuando le dijo a Mauricia que se marchara, esta no quiso, y empez a poner de oro y azul a doa Guillermina, hallndose esta presente, y a todas las seoras de las Juntas catlicas, diciendo que eran unas tales y unas cuales. --Qu bribona! Si es atroz... le entran esos toques, y no sabe lo que dice. --Doa Guillermina no se acobard por esto, ni renunci a llevrsela. Se fue pian pianino, y se sent en la puerta, en un guardacantn que hay all. Todos los das iba a ponerse en el mismo sitio, como un centinela. El pastor y la pastora le decan que pasara y ella contestaba que muchas gracias... Y por fin ayer se volvieron las tornas, porque Mauricia se enfureci, y acometiendo a doa Malvina le llen la cara de araazos... D. Horacio llama a los de Orden Pblico, y la tarasca se mete en la capilla, rompe el plpito, vuelca el tintero, hace pedazos todos los libros, arma una barricada con las sillas, y coge la copa en que ellos comulgan, y... la profana del modo ms indecente. Cost trabajo echarla a la calle... Al salir, tras!... doa Guillermina, que me le echa un cordel al pescuezo y se la lleva. Todo esto lo ha contado Aparisi, que lo sabe por el mismo D. Horacio y por doa Guillermina, y porque tuvo que intervenir como teniente alcalde que es del distrito... A Mauricia la pusieron en casa de una hermana que vive ah por la calle de Toledo; y se conoce que all tampoco la pueden sujetar, por lo que se ha visto esta tarde. De la botica la llevaron a la Casa de Socorro. Esta relacin era demasiado larga para los pulmones de Maximiliano, por lo cual lleg al trmino de ella fatigadsimo. Todos se pasmaron del cuento, y doa Lupe compadeci a la Dura, deplorando que con vicio tan inmundo malograse las cualidades de inteligencia corredora que posea. En cuanto a Fortunata, se senta profundamente lastimada, y deseaba que su marido acabase de contar aquellos tristsimos lances, para que la conversacin recayese en otro asunto. Pero no fue posible, porque hasta el trmino de la comida no se habl ms que de Mauricia, de los protestantes y del insano vicio de la embriaguez; y por fin, Nicols sac a relucir sucesos ocurridos en las Micaelas, evocando el testimonio de Fortunata. Esta, muy contra su voluntad, no tuvo ms remedio que referir los novelescos pasajes del ratn, las visiones y de la botella de coac; pero lo hizo a _grandes rasgos_, para acabar ms pronto. --iv-- Aquella noche se fueron a Variedades, que est a dos pasos del Ave-Mara. Otra ventaja de aquel barrio sobre Chamber es que se puede ir de noche a ver una piececita o a pasar un rato en cualquier caf, sin hacer caminatas de media legua, ni usar el tranva. A Fortunata no le gustaba ir al teatro ni presentarse en pblico. Senta inexplicable miedo de las miradas de la gente, y aunque pocos o ninguno la conocan, figurbase que la conocan todos, y que de cada boca sala un comentario acerca de ella. Por desgracia, asunto no faltaba. Pero si la miraban los hombres, era para admirarla, y si cuchicheaban luego, rara vez decan algo fundado en un conocimiento verdadero de la realidad. Otro motivo del terror que el teatro y los sitios pblicos le inspiraban era encontrar _caras conocidas_, y este recelo la tena como azorada y sobre ascuas durante la funcin. En la casa se hallaba muy bien. Haba tenido seguramente en su vida temporadas de mayor felicidad, pero no de tan blando sosiego. Haba visto das, los menos, eso s, en que brillaba echando chispas el sol del alma, seguidos de otros en que se apagaba casi por completo; pero nunca vio una tan inalterable y mansa corriente de das tibios, iguales, de penumbra dulce y reparadora. Llevbase muy bien con doa Lupe, y con su marido le pasaba lo ms extrao que imaginar pudiera. No digamos que le quera, segn su concepto y definicin del querer; pero le haba tomado un cierto cario como de hermana o hermano. No era ni poda ser el hombre por quien la mujer da su vida, encontrando espiritual goce en este sacrificio; era simplemente un ser cuya conservacin y bienestar deseaba. Y as como se supone y casi se entrev una tierra lejana cuando se va navegando a la aventura, as entrevea ella la contingencia de quererle con amor ms firme, y de pasar a su lado toda la vida, llegando a no desear nunca otra mejor. En vez de rehuir las obligaciones de su casa, Fortunata haca por extenderlas y aumentarlas, conociendo que el trabajo le ayudaba a sostenerse en aquel equilibrio, sin balances de dicha, pero tambin sin penas, el corazn adormecido y aplanado, como baj la accin de un blsamo emoliente. Acordbase de los dos casos que le haba presentado el bueno de Feijoo, y pensaba si ocurrira lo que ella tuvo por ms inverosmil, esto es, que se realizara el primero. Llegara a conformarse con tal vida, y a contenerse con aquel fruto desabrido del amor sin apetecer otro ms dulzn y menos sano?... Maximiliano, en cambio, no poda vencer su inquietud. Ningn motivo tena para sospechar de su mujer, cuya conducta era absolutamente correcta. Doa Lupe y l convinieron en que jams Fortunata saldra sola a la calle, y esto se cumpla al pie de la letra. Pero ni con tales seguridades acababa de tranquilizarse. Deseaba ardientemente tener hijos, por dos motivos: primero, para echarle a su cara mitad un lazo ms y ligaduras nuevas; segundo, para que la maternidad desgastase un poco aquella hermosura esplndida que cada da deslumbraba ms. La desproporcin entre las estaturas de uno y otro, y entre el conjunto de su apariencia personal, mortificaba tanto al pobre chico, que haca esfuerzos imposibles y a veces ridculos para amenguar aquella falta de armona. Encargbase calzado con tacones altos, y se esmeraba en vestir bien y en atender a ciertos perfiles de que slo se ocupan los _dandys_. Desgraciadamente, aunque Fortunata apenas se compona, la desproporcin era siempre muy visible. Pero Maxi vea con gozo que su esposa se cuidaba poco de hacer resaltar su belleza, mirando con desdn las modas, y se alegraba por dos razones tambin: porque as se igualaran algo los dos consortes _o haran ms juego_, y porque as la miraran menos los extraos. Desde la restauracin de su legalidad domstica haba abandonalo por completo las lecturas filosficas, reverdeciendo en su alma el mal curado dolor de su afrenta y los odios vengativos. Aquel ascetismo y aquel _ver a Dios en s_ fueron nada ms que obra fugaz de la tristeza, o quizs de las circunstancias, y existan en su mente como esas lecciones, pegadas con saliva, que los estudiantes aprenden en los apuros del examen. Sus nuevas obligaciones en la botica le llamaban del lado de la qumica y de la farmacia, y se dedic a esto con verdadero ardor, deseando aprender. Decale doa Lupe que inventase algn especfico, alguna papa cualquiera o antigualla que con nombre peregrino y nuevo pasase por prodigioso hallazgo; pero l se resista porque lo consideraba impropio de la ciencia. Ta y sobrino tenan sobre esto altercados muy vivos... Como si fuera un crimen idear cualquier clase de pldoras, cpsulas o grajeas, y all te va un nombre!.... Cpsulas _hipoquitropticas vegetales_... o _animales_, lo mismo da... del Doctor Rubn... _infalibles_... contra cualquier cosa... contra la tisis... o el moquillo de los perros... Lo que importa es _descubrir_ algo y plantarle unas etiquetas muy chillonas con tu retrato... Eres un mandria. Si no inventas t un especfico, al fin tendr que inventarlo yo... Fortunata, dile que invente, hija, convncele... Podis ganar ros de oro. Pocas veces vea Fortunata al seor de Feijoo, que iba a la casa de visita, ceremoniosamente, y se estaba all como una hora, charlando ms con la seora de Juregui que con la de Rubn. El simptico viejo pareca contento; pero los achaques le pesaban cada da ms, y ya en Abril no sala a la calle sino acompaado de un criado. En una de sus visitas habl a solas con su amiga, en trminos tan paternales que a ella le falt poco para llorar. Todo iba bien, perfectamente bien, y ya se habra convencido la chulita del valor de sus lecciones y consejos. A Maxi le agradaba poco la amistad de Feijoo, sin que a punto fijo supiera por qu. Pero lo ms particular era que a la misma Fortunata, al mes de aquella vida, empezaron a serle menos gratas las visitas de D. Evaristo. Su gratitud y afecto hacia l eran siempre los mismos; pero no poda menos de considerar la presencia de su antiguo protector en la casa como una monstruosidad. Ser verdad--pensaba--, como me ha dicho l, que de estas barbaridades increbles est llena la vida humana?... Qu cosas hay, pero qu cosas!... Un mundo que se ve, y otro que est debajo, escondido... Y lo de dentro gobierna a lo de fuera... pues... claro... no anda la muestra del reloj, sino la mquina que no se ve. Al anochecer entr doa Lupe, despus de haberse limpiado el lodo de las suelas en el felpudo del vecino. Oye una cosa--dijo a Fortunata, quitndose el manto--. He sabido esta tarde que Mauricia se est muriendo. Pobre mujer! Tenemos que ir a verla. No es lejos: calle de Mira el Ro. Diole esta noticia su amiga Casta Moreno, que la supo por Cndido Samaniego. Doa Guillermina haba sacado del Hospital a Mauricia, trasladndola a casa de la hermana de esta, y la asista el mdico de la Beneficencia Domiciliaria y de la Junta de seoras. La infeliz tarasca viciosa, con estos cuidados y las ternezas de doa Guillermina, y ms an, con la proximidad de la muerte, estaba que pareca otra, curada de sus maldades y arrepentida _en toda la extensin de la palabra_, diciendo que se quera morir lo ms catlicamente posible, y pidiendo perdn a todos con unos ayes y una religiosidad tan fervientes que partan el corazn. Te digo que si esto es verdad, habr que alquilar balcones para verla morir. Maana nos vamos all. Doa Lupe no iba a ver a Mauricia por pura caridad. Tiempo haca que Guillermina la fascinaba, ms por el seoro que por la virtud, y ya que la gran fundadora iba a hacer patente su santidad, teniendo por corte a las damas ms encopetadas, en lugar accesible a doa Lupe, por qu no haba esta de intentar meter la jeta? Pues qu, no era ella tambin _dama_? Sobre estos particulares habl largamente con Casta Moreno, que algunas noches iba de tertulia con sus dos hijas a casa de Rubn, y la viuda de Samaniego se haca lenguas de Guillermina, conceptundola sobrenatural. Y era pariente suya, lejana, por los Morenos! El amor propio y el orgullo inflaban a doa Lupe cuando se consideraba mangoneando en cosas de beneficencia elegante a las rdenes de la ilustre fundadora. Una contra tendra esto si llegaba a realizarse, y era que no haba ms remedio que dar algo de _guano_. A la maana siguiente, vistindose para salir, pens mi doa Lupe si debera ponerse el abrigo de terciopelo. Pero pronto cay en la cuenta de que era un disparate. Sobre que se le mojara, porque el da estaba lluvioso, no era propio aquel regio atavo del lugar, personas y ocasin de la visita. Tiempo tena de darse pisto con el abrigo, la capota y otras prendas. Encarg a Fortunata que se vistiese con sencillez, y ella se puso algo ms apaadita, de modo que resultase siempre la conveniente distancia. -VI- Naturalismo espiritual --i-- Al entrar en la calle de Mira el Ro, encontraron a Severiana, a quien doa Lupe haba visto algunas veces. Llevaba un vaso con medicina, tapado con un papel a estilo de botica antigua. Doa Lupe la interrog, y enterada la otra de que iban a ver a su hermana, hizo gustosamente de introductora, guindolas por el sucio portal, la menos sucia y tortuosa escalera, hasta llegar al corredor. Ya se sabe que la vivienda de Severiana era una de las mejores de aquel falansterio, y que por su capacidad y arreglo bien poda pasar por lujosa en semejante vecindad. Viva en compaa con aqulla una tal doa Fuensanta, viuda de un comandante, y la casa responda a esta situacin comanditaria, pues constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la calle. Entre la puerta y la sala primera haba un pasillo, en el cual se vea la artesa de lavar y la entrada de la cocina, cuya reja daba al corredor. Dos piezas interiores completaban el cuarto. Cuando Guillermina, comprendiendo el fin prximo de Mauricia, indujo a Severiana a sacarla del hospital por tercera vez y llevarla a su casa, la seora viuda del comandante cedi su cuarto para tan benfico objeto, trasladando sus muebles al cuarto de otra vecina. Mauricia fue, pues, instalada en la segunda de las dos salitas. Severiana tena su cama en la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cmoda, las sillas de Vitoria nuevecitas, el sof de lo mismo, la mesa con cubierta de hule, el cuadrito de los _dos corazones amantes_, el de la _Numancia_ en mar de musgo, los retratos de militares cuados de Severiana, la estera de esparto flamante y sin ningn agujero, de empleitas rojas y amarillas, y en fin, las laminotas que recientemente haban sido adquiridas en el Rastro por una bicoca. Eran excelentes grabados ya pasados de moda, el papel viejo y con manchas de humedad, los marcos de caoba, y representaban asuntos que nada tenan de espaol, por cierto, las batallas de Napolen I, reproducidas de los un tiempo clebres retratos de Horacio Vernet y el barn Gros. Quin no ha visto el _Napolen en Eylau_, y _en Jena_, el _Bonaparte en Arcola_, la _apoteosis de Austerlitz_ y la _Despedida de Fontainebleau_? Doa Lupe y Fortunata entraron, precedidas de Severiana, en el aposento de la enferma, que estaba incorporada en la cama. Le haban cortado el pelo das antes para poderle curar la herida de la cabeza; su perfil romano se haba acentuado; era ms fina la nariz, la quijada inferior abultaba ms, y la extenuacin le agrandaba los ojos. Las curvas airosas de la boca eran ms rasgueadas, y la decomisura de los labios, que pareca obra de un agudo punzn, dbale cierto aspecto de grandeza cada o de humillacin sublimemente resignada. Las crdenas ojeras le cogan media cara; el superciliar sala como una visera; los ojos, hermosos y ardientes, quedbanse all dentro, y rodeados de aquella piel morada relumbraban ms, como si acecharan el acaso que iba a pasar. Las cejas negras formaban una sola lnea recta. La frente era espaciosa, con un mechn de pelo negro... En fin, que la Dura completaba la historia aquella expuesta en las paredes: era el _Napolen en Santa Helena_. Cuando doa Lupe y Fortunata la saludaron, las estuvo mirando un rato, como si tardara en reconocerlas. Despus las nombr. Qu voz! Siempre fue ronca la voz de Mauricia; pero haba bajado ya a lo ms grave del diapasn. Dios mo!--se dijo Fortunata, oyndola despus de mirarla--, si parece un hombre...!. Doa Lupe, en tanto, sentndose en una de las sillas de paja, pronunciaba las frases de consuelo propias de la ocasin, aadiendo: Eso para que aprendas... y tengas formalidad. A ver si cuando salgas de esta, te sirve de escarmiento. Mauricia se volvi para Fortunata, que se haba sentado junto a la cabecera; la mir mucho, sin decir nada; despus clav sus ojos en el techo, rezongando: S... bien mala he sido, bien re-mala.... Y vuelta otra vez hacia su amiga, le dirigi estas palabras: Oye t, arrepintete... pero con tiempo, con tiempo. No lo dejes para ltima hora, porque... eso no vale. T tampoco eres trigo limpio, y el da que hagas sbado en tu conciencia, vas a necesitar mucha agua y jabn, mucha escoba y mucho estropajo.... Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no poda ofenderse. A doa Lupe le pareci la amonestacin muy impertinente y descorts, porque a santo de qu vena el hablar de pecados ajenos, teniendo tantos propios de qu ocuparse? Verdad que su sobrina poltica no haba sido un modelo; pero ya estaba corregida y no haba que volver sobre lo pasado. Ya sabemos que te tratan muy bien dijo, para variar la conversacin. --Gracias a la madre de los pobres--declar Severiana, que estaba en pie arreglando la cama--, no le falta nada. Qu seora esa! --Una santa!--exclam doa Lupe en el tono ms encomistico--. No le d usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien... --Pero esta se ha cerrado a no comer--dijo la hermana mirndola--, y sin comer no viven ms que los camaleones. --Pero ayunas, de verdad?.... --Para pasar el caldo tenemos que drselo con Jerez... y por la maana, para que pase una tostadita, hay que darle un dedito de la horchata de cepa, y por la noche otro dedito... --Pero de veras le dais... esa perdicin?--pregunt alarmadsima doa Lupe. --Lo ha mandado el mdico. Dice que es medicina. Parece aquello de _al revs te lo digo_. --Qu cosas!... Y no te comeras t--le propuso Fortunata--, un muslito de gallina, una ruedita de merluza, una croquetita? Slo de or hablar de comida se pona peor Mauricia. Le temblaban mucho las manos, y de rato en rato le daban como ataques de asfixia, siendo su respiracin muy difcil, y quejndose de irresistible calor. Hallndose presentes la de Juregui y su sobrina, estuvo la Dura un ratito como quien desea romper a toser y no puede. Las tres mujeres la miraban con pena, lamentndose de no saber aliviarle aquel ahogo... Bebe un poco de agua le dijo Fortunata incorporndose. Pero aquello pas, y la infeliz volvi a hablar, cortando mucho las frases y tomando aire a cada palabra. Ayer me trajeron a la nia... qu guapa y qu seorita est!.... --Pero no la tienes contigo?--pregunt la de Rubn. --No, seora. Si est en el colegio...--replic Severiana--; interna en el colegio de seoritas de doa Visitacin. --S... ms vale que est... all... _desapartada_ de m. Ayer... qu pena!... no me conoci... Tanto tiempo sin verme!... me tena miedo... pobrecita de mi alma!... miedo, as como se dice... Ni que su madre fuera el coco... En esto oyeron pasos, y miraron todas a la puerta. Era doa Guillermina, que entr, como siempre, muy apresurada, encendidas las mejillas, con su perdurable mantn oscuro, sus zapatones, su falda de merino. Doa Lupe y Fortunata se levantaron, y la fundadora salud con aquella gracia y amabilidad que eran iguales para el Rey y para el ltimo de los mendigos. Doa Lupe crey que no la reconocera, pues slo se haban hablado una vez en la funcin del Asilo; pero s la reconoci, y aun la nombr, porque Guillermina era como los grandes capitanes, que tienen memoria felicsima de nombres y fisonomas, y soldado con quien hablan una vez, no se les despinta. Mi sobrina dijo la viuda presentndola, y Guillermina la mir sonriendo. No me es desconocida su cara... la he visto en las Micaelas... Por muchos aos. En seguida dirigiose a Mauricia, apoyando ambas manos en la cama. Y qu tal te encuentras hoy? Comeras algo?... Nada, este chubasco te pasar pronto. Maana recibirs a Dios. Cmo va esa conciencia? Buen limpin te vamos a dar. Eso te conviene ms que nada. Yo te quera coger por mi cuenta y hacerte confesar, porque dicindole t misma al Seor lo buena pieza que eres, el Seor te dara su gracia... Con que prepararse. Esta tarde volver el padre Nones. Me ha dicho que te confesaste bien. Se me figura que an tendrs algunas heces que sacar, eh?. Mauricia se sonrea, cortada y confusa. Con la cabeza dijo que s. --Pues estos pozos endurecidos hay que echarlos fuera, porque el demonio se agarra de cualquier cosa--dijo la santa, acaricindole la barba--. Con que ya sabes... maana tenemos aqu gran fiesta... Te parece? Viene a visitarte el que hizo los Cielos y la Tierra... Te parecer a ti que no lo mereces... Pues aunque no lo merezcas, l viene, y sabido se tendr por qu. La vivacidad, la gracia y el fervor con que Guillermina deca estas cosas, impresionaron a las cuatro mujeres que las oan. Severiana soltaba dos lagrimones. Fortunata senta en su alma tanta admiracin por aquella mujer, que le habra besado la orla del vestido. Luego dicen que ya no hay gente buena en el mundo--pensaba--. Pues y esta?... Cuidado que mandar todo a paseo, casa, parientes, fortuna, querer, y sacrificar su juventud para andar toda la vida entre miserias...!. Asustbase de medir con el pensamiento la distancia que haba entre ella y la ilustre seora; distancia infinita sin duda, y que en manera alguna poda acortarse, pues aunque la gente santa pecara, y ella hiciera muchas obras de caridad, las dos almas no llegaran jams a verse prximas. La fundadora, con aquella actividad vivaracha que en todo pona, dict a Severiana algunas disposiciones para la ceremonia que se preparaba. Aqu pondrs la mesilla que est en la otra sala, y se har el altar. Yo te mandar un crucifijo, y buscaremos flores... La ropa de la cama hay que ponerla limpia, y adornar todo el cuarto lo mejor que se pueda.... Luego pas a la sala, seguida de doa Lupe, que quera meter baza a todo trance: Tendremos sumo gusto en venir maana. Aprecio mucho a Mauricia, que a no ser por el maldito vicio, sera una buena mujer, trabajadora, fiel... Y dgame usted: de noche habr que velarla. Yo no tendra inconveniente en quedarme alguna noche; y si no, mi sobrina.... --Dios se lo pague a usted... Se acepta, se acepta. Pngase usted de acuerdo con Severiana. La comandanta y yo nos hemos quedado anoche. Se necesitan dos personas, porque cuando le dan convulsiones, cuesta Dios y ayuda sujetarla. --Verdaderamente--manifest doa Lupe con adulacin--; los ejemplos que usted da, seora, hacen que todas las dems seamos mejores de lo que seramos si usted no existiera. La flor estaba bien ideada; pero Guillermina se ech a rer, agradeciendo la flor, pero no querindola tomar. Ejemplos yo! Eso quisiera. Me vendra bien que alguien me los diese a m. Ay, hija! Estoy para que me enseen, no para ensear. --Usted qu ha de decir? Ni aun le gusta que le saquen la cuenta de todo lo que vale... Pues, amiga, no sea usted tan buena y rebajaremos. --Quite usted, quite usted... Eso lo dice por disimular. Sabe Dios las misericordias que usted, a la calladita, habr hecho en este mundo, con esta misma Mauricia tal vez...! Y ahora me las quiere colgar a m. --Yo!... Jess! No digo que no tenga yo tambin algunas buenas obras en mi cuentecita del cielo; pero compararme con usted...! Calle por Dios, seora. --En fin, no es cosa de que nos pongamos a reir por quin peca menos... le parece a usted?--dijo la fundadora, uniendo la cortesa a la modestia, y permitindose el caracterstico guiar de ojos, un tanto picaresco--. Mi lema es este: haga cada uno lo que pueda y lo que sepa, y Dios ver. --Eso mismo pienso yo...--Conque, usted me dispensar... tengo mucho que hacer. Hasta maana; no faltar... Entre tanto, la de Rubn estaba sola con la enferma, porque Severiana se fue a la cocina. Le arregl las almohadas, y despus ambas se estuvieron mirando. Fortunata pensaba en la simpata inexplicable que aquella mujer le haba inspirado siempre, a pesar de ser tan loca y tan mala. Sera tal simpata un parentesco de perversidad? Ejerca sobre ella una atraccin querenciosa, y como le dijera algn concepto lisonjero a su corazn, sentalo retumbar en su mente cual si fuera verdad pronunciada por sobrenatural labio. Mil veces analiz la joven este poder fascinador de su amiga, sin lograr encontrarle nunca el sentido. Cosas del espritu, que no las entiende ms que Dios! Mauricia pareca melanclica y sosegada. Qu seora esa!--exclam Fortunata--. Habr nacido de madre como nosotras?. --Apuesto a que no--replic la Dura--. Qu mujer!... El da que me quiso sacar de esos indinos protestantes, me entr el toque y la insult... Qu mala fui!... (Iba a soltar un terno; pero se contuvo, porque le estaba absolutamente prohibido pronunciar palabras feas, siendo esto para ella un gran martirio, a causa de la poca variedad de trminos de su habitual lenguaje)... Y ella, como si le dijeran nia bonita... No has visto otra. _Mia _ que traerme aqu y cuidarme como me cuida!, re...! No s cmo hablar... _Mia_ que esto que hace conmigo!... Es prima hermana del Nazareno; no hay quien me lo quite de la cabeza... Figrate lo que suponemos nosotras al comps de ella... nosotras que hemos sido unos peines...! Es que ni arrepentidas valemos para descalzarle el zapato. Pues djate que venga la otra... tambin aquella es de la piel de Cristo... --Quin?--La amiguita, la que protege a mi nia... Fortunata vio delante de s, sbitamente, una oscura niebla que se le iba encima... El corazn le dio un salto... Jacinta--dijo--; pues qu, tambin viene aqu esa?. --Ayer estuvo... Ella misma traa mi nia. Mira; cretelo porque te lo digo yo: cuando entr _paica_ que entraba una luz en el cuarto. Fortunata senta ganas de echar a correr. Pero todava le tienes tirria?... Ay, qu mala eres! Perdnala, que bien lo merece. Te quit tu hombre; pero ella no tena culpa. Qu roa!... ay!, se me escap. Palabra fea, vulvete para adentro; no, qudate fuera... Pues chica, no seas pava... crees t, que el mejor da no te vuelve a querer tu D. Juan?... Como si lo viera. Cuando una se va a morir, ve las cosas claras, muy claritas; la muerte la alumbra a una, y yo te digo que tu seor volver contigo. Es ley, hija, es ley, que no puede faltar... Y si me apuras, te dir que a Jacinta no se le importa un pito. A cuenta que no le quiere nada... Estas casadas ricas, como viven con _tantismo_ regalo, no quieren a sus maridos... quieren a otros. No lo digo por ella, Dios me oiga, aunque sabe Dios lo que har, lo cual no quita que sea mayormente un ngel y que reparta muchas caridades. Fortunata no deca nada. La enferma se inclin hacia ella, y dndose unos aires evanglicos, en el tono que podra emplear un pastor de almas, le amonest as: Arrepintete, chica, y no lo dejes para luego. Vete arrepintiendo de todo, menos de querer a quien te sale de _entre ti_, que esto no es, como quien dice, pecado. No robar, no _ajumarse_, no decir mentiras; pero en el querer, aire, aire!, y caiga el que caiga. Siempre y cuando lo hagas as, tu miajita de cielo no te la quita nadie. Algo iba a contestarle su amiga; pero no pudo porque entr doa Lupe dndole prisa para marcharse. Era un poco tarde y tenan que ir a otra parte antes de regresar a casa. Despidironse con promesa de volver al da siguiente, y salieron. Por la calle hablaban de Guillermina, de quien dijo la de Juregui: Es una mujer esa que electriza; y cuando se la trata, sin querer se vuelve una tambin algo santa... Cincuenta y tres reales me deba Mauricia. Yo, de todas maneras, se los haba perdonado; pero ahora, crelo, me alegrara de que me debiera lo menos doscientos, para perdonrselos tambin. --ii-- Dos horas antes de la sealada para que Mauricia recibiera a Dios, ya estaba all la fundadora. Pero Severiana, en qu ests pensando?--fue lo primero que dijo al entrar por el pasillo--. Quita de aqu esta artesa. Vaya un adorno! Ropa sucia y agua de jabn.... --Seorita, lo iba a quitar... Pase usted. Me han dicho las vecinas que las dos lminas de Napolen que caen al lado del altar deben quitarse, porque era muy protestante, _masnico_ y... --Djate de tonteras... Y cmo est esta pjara hoy? Qu tal, hija? Aquel da estaba bastante aplanada, las manos ms temblorosas, respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca. Enterose la dama minuciosamente de cmo haba pasado la noche, de quines se quedaron a velarla, de lo que haba dicho el mdico en la visita de la maana. A todo contest Severiana: el doctor haba mandado que se le diera doble dosis de _la nuez cmica_, seguir con las cucharadas por la noche, las papeletitas por el da, y a sus horas el Jerez o Pajarete. Guillermina, sin dejar de or esto, empezaba a poner su atencin en otra cosa. Frente a la ventana y formando ngulo recto con la cama haban puesto la mesa, que deba ser altar, y en ella estaba de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared todos los clavos que crea necesarios para suspender la decoracin proyectada. No clavetee usted ms, por Dios... Parece que va a derribar la casa... Y que el ruido la molestar... Pero qu van a poner ustedes ah?. La comandanta entr con unos pedazos de damasco rojo y amarillo, que haban sido cortinas cuarenta aos antes, pasando despus por distintos usos. Con aquella tela se forrara la pared, formando la bandera espaola, y en el centro se pondra una lmina del Cristo del Gran Poder, propiedad de la portera. No me parece mal--dijo Guillermina, sacando del estuche sus anteojos y calndoselos--. A ver, Juan Antonio, si se luce usted. Y flores, no tenemos?. De trapo... ver usted--replic Severiana llevando a la seora a su alcoba y mostrndole un montn de flores de papel dorado, tul y talco extendidas sobre la cama. Haba tambin all cintas de cigarros, y esas rosas con hojas plateadas que sirven para decorar los pitos de San Isidro. Esto es muy feo--opin la santa--, pero no hay naturales, o siquiera ramaje?. --S seora... El vecino del 6, que es no s qu de la Villa, me ha prometido traer rama de pino y carrasca. Esto lo pondr Juan Antonio por arriba haciendo cenefas... --Buscar algn bonito tiesto de _bonibus_, hija; no se os ocurre nada--dijo Guillermina, volviendo a la sala--, y en las ramas verdes atis flores de trapo, y resulta muy bonito--. Vaya, Juan Antonio, no ms clavazn; ya estn bien sujetas las cortinas. Ahora, culgueme usted la Virgen de las Angustias debajo del Seor, y a los lados... La comandanta entr trayendo un cuadrote que representaba a Po IX echando la bendicin a las tropas espaolas en Gaeta. Para hacer juego, propuso Juan Antonio poner al otro lado la _Numancia_. Guillermina vacil en dar su asentimiento; pero al fin... una risita y un guio resolvieron la duda. Poner el barquito, ponerlo, que todo lo de la mar es de Dios. Sali luego al corredor, y habiendo notado que la escalera no estaba barrida an, llam a la portera. Pero usted en qu est pensando? No le han dicho que hoy viene el Seor a esta casa? Y est ese portal que da asco mirarlo! Coja usted la escoba mujer. Si no, la coger yo. Qu, se cree usted que no lo hago como lo digo?. La portera vio que doa Guillermina se quitaba el manto... No, seorita, no sea tan viva de genio. Barreremos... pero ya ver lo que tarda esta granujera en volver a ensuciarlo. --Pues lo vuelve usted a barrer. Baj la seora al patio, donde haba entrado un ciego tocando la guitarra y estaban algunos chiquillos jugando a los toros. Eh, nios, hoy es preciso que tengamos mucha formalidad. Y cuidadito con echarme basura en el portal y en la escalera. Estas eneas y juncos que habis esparcido en el patio, me los vais a recoger y entregrselos a su dueo. Los chicos oyeron esto sin chistar. En el fondo del patio se haba establecido un sillero que haca fondos de junco y tena montones de ellos arrimados a la pared, los unos teidos de rojo y puestos a secar, los otros sin teir, cortados y apilados. Eran enemigos jurados de este industrial los _chavales_ de la vecindad, que bonitamente le robaban los juncos para sus juegos y diabluras. Al ver a la santa parlamentando con ellos, sali de su tenducho y encarndose con la infantil cuadrilla, les dijo: Ya veis, gateras, lo que _vus_ dice la seorita. Que _vus_ estis quietos, que _vus_ estis callados, que si no, _vus_ llevar a todos a la crcel. --Tiene razn el maestro Curtis--dijo la fundadora, poniendo la cara ms severa que le fue posible--. A la crcel van atados codo con codo, si no se portan hoy como es debido, hoy que viene a honrar esta casa el... La interrumpi un sacerdote anciano que entr y fue derecho hacia ella. Era el Padre Nones. Buenos das, maestra. Ya est usted en planta, oficiando de capitana generala. --Tengo que estar en todo. Si yo no tratara de ensear a esta gente la buena crianza, vendra usted luego con el Santsimo y tendra que entrar pisando lodo, y cuanta inmundicia hay. --Y qu importa?--observ Nones riendo. --Claro que no importa; pero por qu no hemos de tener limpieza y decoro delante del Seor, siquiera por estimacin de nosotros mismos? Se limpia la casa cuando vienen el teniente alcalde y el mdico del Ayuntamiento con sus bastones de borlas, y se ha de dejar sucia cuando viene el... Pero cllese usted hombre, por amor de Dios--esto se lo deca al ciego de la guitarra, que habindose enterado de la presencia de la seora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que al fin pareca querer meterle por los ojos el mango del instrumento. Al propio tiempo tocaba y cantaba hasta desgaitarse... Que se calle usted... por amor de Dios... Nos deja sordos--dijo la santa sacando su portamonedas--. Tenga, y a la calle a cantar. Hoy no quiero aqu fandangos. Me entiende?. Marchose el porfiado ciego, y la fundadora sigui hablando con el Padre Nones: Suba usted a ver si me la reconcilia y le da la ltima pasadita. Parceme que no est muy bien dispuesta. La encuentro peor de la enfermedad del cuerpo; y en cuanto al alma, cada vez la entiendo menos. Qu ideas tan extraas! Arriba, arriba. Nos veremos luego. Yo no me voy ya de la casa hasta que se acabe todo. Subi Nones, y la dama, despus de recomendar al sillero y a otros vecinos que barrieran la delantera de las respectivas puertas, iba a subir tambin; pero le interceptaron el paso dos sujetos que bajaban. Era el uno don Jos Ido del Sagrario, a quien no conoceran los testigos de sus romnticas hazaas al principio de esta historia, segn estaba ya de bien trajeado y limpio. Visto por detrs, pareca otra persona; mas de frente, lo desengonzado de su cuerpo, la escualidez carunculosa de su cara y el desarrollo cada vez mayor de la nuez, le declaraban idntico a s mismo. El que le acompaaba era un infeliz msico, habitante en el segundo patio y en el mismo cuchitril en que anidara antes Izquierdo. Lo primero que se notaba en l era la gran bufanda que le envolva el cuello subiendo en sus vueltas hasta ms arriba de las orejas, y descendiendo hasta el pecho. Llevaba gorra con galn, y de la bufanda para abajo toda la ropa era de pursimo verano, y adems adelgazada por el uso. Temblaba de fro, y con el brazo derecho oprima los aros broncneos de un trombn, dirigiendo la abollada boca hacia adelante como si quisiera bostezar con ella en vez de hacerlo con la suya propia. Este amigo--dijo Ido, en son de presentacin--, este amigo mo... un italiano, seora... se llama el seor de Leopardi, un artista desgraciado. Pues me ha dicho que si la seora quiere, naturalmente, se pondr en la escalera cuando pase el Santsimo y tocar la marcha real.... El otro infeliz murmur algo, con marcado acento extranjero, llevndose a la gorra la temblorosa mano. Pero qu cosas se le ocurren a este hombre! Ave Mara Pursima--exclam Guillermina con benevolencia--. Djese usted de marchas reales... No, no se quite la gorra; se va usted a constipar. Caballeros, aqu, y durante la ceremonia, mientras menos msica, mejor. Ido y Leopardi se miraron desconcertados. A la observacin de la seora no se ocult lo mal que estaba de ropa el infeliz artista, y le dijo que se fuera a su cuarto, que tocara all el trombn todo lo que quisiese y por fin que... Yo ver si encuentro por ah unos pantalones. Subi al principal, y de puerta en puerta exhortaba a los grupos de mujeres que all estaban peinndose. A las doce... que no vea yo aqu estos corrillos, estamos? Y barrerme bien todo el corredor. La que tenga velas que las saque; la que tenga flores o tiestos bonitos que los lleve all... Y todos estos pingajos que aqu veo colgados, estn ahora dems. Sirven estos ramos de caracoles? dijo la del guarda de consumos, mostrndolos en la puerta de su casa. --Ya lo creo. Llvalos. Y t, Rita, recgete esas melenas, mujer, que pareces una cmica. Es preciso que estis todas muy decentes. La mujer del sereno se dispona a encender el farol de su marido y a ponerlo colgado del chuzo en la reja de la cocina. Otra preguntaba si vala el quinqu de petrleo. A las nias que deban salir al portal con velas, se les pusieron los pauelos de Manila llamados de talle, y la que tena botas nuevas se las calzaba; la que no, sala como estaba, con las alpargatas llenas de agujeros. No se quiere lujo, sino decencia repeta Guillermina, que comunicaba su actividad febril a todos los vecinos y vecinas de la casa. Cuando volva al cuarto de Severiana, encontr al Padre Nones que sala. Le he enderezado las ideas, maestra; ahora est bien preparada--le dijo el clrigo que, por su alta estatura, tena que encorvarse para hablar con ella--. Voy a la iglesia. Dentro de tres cuartos de hora estamos aqu. Entr la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien. Juan Antonio haba claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de damasco, formando como un marco. Resultaba un conjunto bonito y muy simptico, y as lo declar la seora, echndole sus gafas. Luego cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de gran habilidad, haba hecho para rifarla. Era de cuadros de malla, combinados con otros cuadros de _peluche_ carmes. Encima se puso un pao de altar trado de la parroquia, que tena un hermoso encaje. Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso improvisar bcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan Antonio cubri y decor con pedazos de papeles pintados. Era papelista, y en su arte, con paciencia y engrudo, haca maravillas. Se colocaron los ramos de caracoles, cajitas de dulce y estampas; y por fin, los retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantaln rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las ramas de pino, como soldados que estn en emboscada acechando al enemigo. Poco despus apareci Estupi, de capa verde, trayendo bajo los pliegues de ella una cosa que abultaba mucho y que guardaba con respeto. Era el crucifijo de bronce de Guillermina, hermosa escultura de bastante peso, y que Plcido no quiso entregar a nadie sino a la misma duea de l. Esta sali al pasillo, recibi de manos de Rossini la sagrada imagen, y quitndole el pauelo de seda que la envolva, entr con ella en la sala, parecindose mucho, en tal momento, a una verdadera santa escapada del Ao Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar, que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del pueblo. Puso el Cristo en su sitio, regocijndose mucho con la admiracin que produca el bronce en los circunstantes, y despus sali a dar rdenes a Estupi. Vaya usted a la parroquia para que acompae al Santsimo, y diga que traigan pronto las velas que se han de repartir aqu. En esto, ya haban entrado Fortunata y su ta, ambas de negro, muy decentes, y mientras la de Juregui meta su cucharada en el corro de Guillermina, la otra pas a ver a Mauricia. Encontrola como aturdida, sin saber lo que le pasaba. A las preguntas que le hizo, responda con la mayor concisin, porque el temor de decir alguna palabra fea enfrenaba sus labios. Estaba reducida a usar tan slo la tercera parte de los vocablos que emplear sola, y an no se le quitaban los escrpulos, sospechando que tuviese en algn eco infernal las voces ms comunes. Lo que Fortunata le oy claramente fue esto: Ay, qu gusto salvarse!... Pero al punto frunci Mauricia el ceo. Le haba entrado la sospecha de que la palabra _gusto_ fuese mala. Comunic estos temores a su amiga, quien la tranquiliz sonriendo, y por fin le dijo que siendo su intencin limpia, no importaba que se le saliese de la boca sin querer algn trmino sucio. Creyolo as la enferma; pero no las tena todas consigo y estaba como bajo la presin de un gran temor. En un momento que cogi a Fortunata sola, le dijo temblorosa: Arrepintete de todo, chica, pero de todo... Somos muy malas... t no sabes bien lo malas que somos. --iii-- Se acercaba la hora, y en el patio sonaba el rumor de emocin teatral que acompaa a las grandes solemnidades. El pueblo ocupaba el sitio infalible que la curiosidad dispone. En el portal no se caba, y todos los chicos del barrio se haban dado cita all, cual si creyeran que sin ellos no poda tener lucimiento alguno la ceremonia. Guillermina recorra toda la _carrera_, desde la puerta del cuarto de Severiana hasta la de la calle, dando rdenes, inspeccionando el pblico y mandando que se pusieran en ltima fila las individualidades de uno y otro sexo que no tenan buen ver. Haba venido de la parroquia un hombre asacristanado, y estaba repartiendo la carga de velas que trajo. En la parte del corredor que haba de recorrer el Vitico, mand que se pusieran las nias que lucan pauelo de talle, y como no tuvieran velas, orden que se les diesen. Abocose a ella la comandanta, como un edecn de parada, para decirle que en la calle, frente al mismo portal, se haba puesto un condenado pianito, tocando jotas, polkas, y _la cancin de la Lola_; que esto era una irreverencia y no se poda consentir. A lo que replic la santa que no deban ocuparse de lo que pasase fuera; pero observando al punto que el profano instrumento molestaba mucho y estorbaba la edificacin del vecindario, por el apetito que algunos sentan de ponerse a bailar, baj al portal y habl con el de Orden Pblico que all estaba. Todos los individuos de este cuerpo que conocan a Guillermina, la obedecan como al mismo gobernador. Total, que el piano tuvo que salir pitando, y sus arpegios y trinos se oan despus perdidos y revueltos, como si alguien estuviera barriendo sus notas por la calle de Toledo abajo. Lleg el momento hermoso y solemne. Oase desde arriba el rumor popular; y luego, en el seno de aquel silencio que cay sbitamente sobre la casa como una nube, la campanilla vibrante marc el paso de la comitiva del Sacramento. El altar estaba hecho un ascua de oro con tantsima luz, que reflejaba en el talco de las flores. Haba sido entornada la ventana, y todos de rodillas esperaban. El _tiln_ sonaba cada vez ms cerca; se le senta subir la escalera entre un traqueteo de pasos; despus llegaba a la puerta; vibraba ms fuerte en el pasillo entre el muge-muge de los latines que vena murmurando el aclito. Apareci por fin el Padre Nones, tan alto que pareca llegaba al techo, un poco encorvado, la cabeza blanca como el velln del Cordero Pascual, llevando agasajado el porta-formas entre los pliegues de la capa blanca. Arrodillose ante el altar y all estuvo rezando un ratito. Mauricia estaba en aquel instante blanca, difana, y sus ojos entornados y como sin vida miraban al sacerdote y lo que entre manos traa. Guillermina se le puso al lado y acerc su rostro al de ella. Cuando el sacerdote se aproximaba, la santa susurr al odo de la enferma, como secreto de ngeles, estas palabras: Abre la boca. El cura dijo: _Corpus Domini Nostri_, etc. y todo qued en silencio, y los prpados de Mauricia se abatieron, proyectando sobre las ojeras la sombra de sus largas pestaas. Poco despus sali la comitiva, precedida de la campanilla, entre la calle formada por mujeres arrodilladas, con velas o sin ellas. Se sinti que bajaba, que sala y se alejaba por la calle. Cuando ya no se oa ms el _tiln_, Guillermina, cesando de rezar, acerc su cara a la de Mauricia y empez a darle besos. Todas las dems, lloriqueando, la felicitaban con ruidosos aspavientos, y por fin la misma santa hubo de mandar que cesaran aquellas manifestaciones de regocijo, porque la enferma se afectaba mucho, y podra resultarle algn retroceso peligroso. Mas por efecto de la excitacin, Mauricia no senta dolor ni molestia alguna; estaba como bajo la accin de fortsimo anestsico, de los que producen efectos infalibles aunque pasajeros. Desde la edad de doce aos, en que la llevaron a comulgar por primera vez, no haba vuelto a verse en otra como aquella, y con la impresin recibida retrogradaba su pensamiento a la infancia, llegando hasta adormecerse por breves momentos en la ilusin de que era nia inocente y pura, y de que, como entonces, ignoraba lo que son pecados gordos. Tambin mand Guillermina despejar la habitacin y que se apagaran las luces. Entre la mucha gente que haba entrado, veanse dos mujeres muy bien vestidas a la chulesca, con mantn color caf con leche, delantal azul, falda de tartn, pauelos de color chilln a la cabeza, el peinado rematado en _quiquiriqu_ con peina de bolas, el calzado de la ms perfecta hechura y ajuste. Parecan deseosas de hablar a Mauricia; pero no se atrevan a adelantarse hasta la cama. Guillermina, concluida la ceremonia, no les quitaba ojo, y por fin resolvi darles el quin vive. Seoras mas--les dijo--, qu bueno traen ustedes por aqu? Si han venido por devocin, me parece muy bien. Pero si vienen a curiosear, siento tener que decirles que tomen la puerta y que aqu no hacen falta para nada. Salieron las tales muy corridas, echando de sus bocas, por la escalera abajo, palabras absolutamente contrarias a los latines que pocos momentos antes se haban odo en el propio sitio. Todas las que presenciaron la _indirecta_ que les ech la seora, la celebraron mucho, dicindole doa Lupe al pasar a la sala: Vaya unas despachaderas que tiene usted, amiga ma. Eso se llama carcter. --Una de ellas--dijo Severiana--, es _Pepa la Lagarta_... mujer de historia, sabe?... la que dicen mat a su marido con una aguja de coser serones... muy amigota de Mauricia, a quien debe quinientos reales... Y no se los puede sacar... Pero creen ustedes que no tiene dinero? Ya quisiera yo... Gasta como una marquesa, y el mes pasado coste, en San Cayetano, una novena a la Virgen de las Angustias, que era lo que haba que ver... --Novena?--S, porque sanara el _Clavelero_, un chulito que tiene muy guapn, el cual recibi un achuchn en la plaza de Legans... como que le entr el pitn por salva la parte... Pues el _Clavelero_ san. Y eso...? Vea usted, seora, qu cosas hace la Virgen! --Ella se sabr lo que le conviene, tonta. Poco despus se retir Guillermina. La casa volvi a tomar su aspecto ordinario. La comandanta y doa Lupe estaban en la sala hablando de la rifa de la maravillosa colcha que decoraba el altar. Fortunata y Severiana acompaaban a Mauricia, que se aletargaba lentamente, pues no haba dormido nada la noche anterior. Doa Fuensanta, deseosa de mostrar a la seora de Juregui sus habilidades, la invit a pasar a la casa inmediata. Hay que decir de paso que doa Lupe estaba algo desilusionada, pues haba credo que Guillermina iba siempre a sus visitas benficas con un regimiento de seoras. Pero dnde estn esas _damas distinguidas_ de que hablan los peridicos? Por lo que voy viendo, aqu no viene ms _dama_ que yo. Viendo Fortunata que Mauricia se dorma profundamente, sali a la sala. No haba nadie. Acercose a la ventana, mirando a la calle por entre los cristales, y all estuvo un largo rato con la atencin vagabunda y el pensamiento adormilado, cuando un rumor en el pasillo la sac de su abstraccin. Al volverse, se qued atnita, viendo a Jacinta que, detenida en la puerta, alargaba la cabeza para ver quin estaba all. Traa de la mano una nia, vestida a la moda, pero con sencillez y sin pizca de afectacin de elegancia. Avanz hacia Fortunata; interrogndola con aquella sonrisa angelical que vista una vez no se poda olvidar. Senta la de Rubn una gran turbacin, mezcla increble de cortedad de genio y de temor ante la superioridad, y se puso muy colorada, despus como la cera. Debi Jacinta preguntarle algo; sin duda la otra no acert a responderle. La seora de Santa Cruz se acerc a la puerta que comunicaba con la otra sala. Entonces Fortunata, que se hallaba detrs, dijo: Se ha quedado dormida. Volvindose hacia ella, otra vez le ech Jacinta aquella mirada y aquella sonrisa que la asesinaban. En ese caso, esperaremos un poco, indic en voz casi imperceptible, sentndose en una de las sillas de paja. Fortunata no saba qu hacer. No tuvo valor para marcharse, y se sent en el sof. Casi en el mismo instante la Delfina sintiose vacilar en su asiento, porque la silla estaba invlida, y se pas al sof. Hallronse las dos juntas, tocando falda con falda. Fortunata, por no mirar a su rival, miraba a la nia, a quien aquella tena en pie delante de s, cogindola de las manos. Observ la de Rubn el trajecito azul de Adoracin, sus botas, todo su decente atavo, y en aquella inspeccin fisgona que hizo, sus miradas y las de Jacinta se encontraron alguna vez. Oh, si t supieras al lado de quin ests! pensaba Fortunata, y aqu su temor se desvaneca un tanto, para dejar revivir la ira. Si yo te dijera ahora quin soy, padeceras quizs ms de lo que yo padezco. Adoracin quera decir algo; pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a la de Rubn se sonrea con esa ingenuidad que indica ganas de trabar conversacin. Comprendiolo la otra, diciendo para s: No, pues yo no he de buscarte la lengua. La nia, aquel dato vivo de la bondad de la Delfina, no poda menos de determinar en Fortunata un pensamiento distinto de los anteriores. Pero sus renovados odios trataban de envenenar la admiracin: Oh!, s, seora--pensaba--. Ya sabemos que tiene usted un sin fin de perfecciones. A qu cacarearlo tanto...? Poco falta para que lo canten los ciegos. Si estuviramos como usted, entre personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y teniendo todas las necesidades satisfechas, seramos lo mismo. S, seora; yo sera lo que es usted si estuviera donde usted est... Vaya, que el mrito no es tan del otro jueves, ni hay motivo para tanto bombo y platillo. Y si no, venga usted a mi puesto, al puesto que tuve desde que me enga _aquel_, y entonces veramos las perfecciones que nos sacaba la mona esta. Y las miradas de la de Santa Cruz volvieron a flecharla. Eran un comentario que con los ojos pona a la tontera o pueril gracia que Adoracin acababa de decirle. Sin saber cmo, aquel nuevo flechazo trajo a la mente de Fortunata un pensamiento que en cierto modo se eslabonaba con la presencia de la nia. Acordose de que Jacinta haba querido recoger a otro nio, creyndolo hijo de su marido... Y mo...! creyndolo el mo!. Desde la altura de esta idea, se despe en un verdadero abismo de confusiones y contradicciones... Habra hecho ella lo mismo? Vamos, que no... que s... que no, y otra vez que s.... Y si el _Pituso_ no hubiera sido una falsificacin de Izquierdo; si en aquel instante, en vez de mirar all a la nia de Mauricia, viera a su pobre Juann...! Le entraron tan fuertes ganas de echarse a llorar, que para contenerse evoc su coraje, tocando el registro de los agravios, segura de que le sacaran del laberinto en que estaba. Porque t me quitaste lo que era mo... y si Dios hiciera justicia, ahora mismo te pondras donde yo estoy, y yo donde t ests, grandsima ladrona.... No sigui, porque Jacinta, no pudiendo resistir ms las ganas de entablar conversacin, la mir otra vez y le hizo esta preguntita: Qu tal estuvo la Comunin? Y Mauricia, qu tal?.... He aqu a la prjima otra vez turbada y sin saber lo que le pasaba. Muy bien... pero muy bien... Mauricia contenta.... Agradeci mucho Fortunata que en aquel momento se abriese suavemente la puerta de la alcoba y apareciera la cabeza de Severiana. Hacia ella fue corriendo Adoracin. Chitito--le dijo su ta, entrando pasito a paso--. No hagas ruido, que tu mam est dormida. Tiempo hace que no ha cogido un sueo tan largo. Ay, seorita, lo que se perdi usted! Ha estado todo tan bien, que daba gusto. Mientras la Delfina y Severiana hablaban, Fortunata, que continuaba sentada, examin con curiosidad a la esposa de _aquel_, fijndose detenidamente en el traje, en el abrigo, en el sombrero... No le pareca propio venir de sombrero; pero por lo dems, no haba nada que criticar. El abrigo era perfecto. La de Rubn hizo propsito de encargarse el suyo exactamente igual. Y la falda, qu elegante! Dnde se encontrara aquella tela? Seguramente era de Pars. Oyose la voz ronca de Mauricia. Su hermana entr corriendo, y Jacinta miraba por el hueco de la puerta entornada. Cuando Severiana volvi a la sala, la seorita dijo: Yo no entro. Pase usted con la pequea. Yo me quedo aqu. A pesar de lo trastornadas que estaban sus facultades, Fortunata supo apreciar el verdadero sentido de aquella resistencia de Jacinta a presentarse con la nia. Era un sentimiento de modestia y delicadeza. Quera sustraerse a las manifestaciones de gratitud de la pobre enferma, y evitarle a esta el sonrojo de su desairada situacin como madre. Ser por eso por lo que no quiere entrar?--se pregunt mirndola de espaldas--. Qu remilgos estos! Cuando digo que me cargan a m estas perfecciones... Qu monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, s entro. Severiana se acerc a la cama, llevando de la mano a la chiquilla. Mira, mira lo que te traigo... Cul visita te gusta ms? Esta o la que estuvo antes?. Mauricia le ech los brazos a su hija y le dio muchos besos. Un poco asustada, la nena bes tambin a su madre, sin efusin de cario, y como besan a cualquier persona los chicos obedientes, cuando se lo manda la maestra. Ay, qu mala he sido!--exclam la enferma, tambin sin efusin, como quien cumple un trmite...--. Nia de mi alma, bien haces en querer a la seorita ms que a m, porque yo he sido ms mala que arrancada, re...!. Atravessele el vocablo, y ella hizo como que escupa algo. Luego revolvi a todos lados sus miradas anhelantes, diciendo: Severiana, o t, o cualquiera, si quisierais darme!.... Doa Lupe y la comandanta haban entrado tambin. Qu tal, Mauricia? Hoy es para ti da feliz. Recibes a Dios, y ves a tu nena. Oh, qu maja est!. Pero la Dura tena todo su ser embargado por la ardentsima ansiedad fsica que experimentaba, y sus ojos de guila se fijaron en Severiana que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella. El licor brillaba con reflejos de topacio engastado en oro. Cmo lo miras, bribona!--pens la escptica y observadora doa Lupe--. Esa es la Eucarista que a ti te gusta, el Pajarete.... Y vindoselo tomar, deca la muy picarona: Eso, saborate bien, y relmete. No lo hacas as cuando recibas a Dios.... Despus del _trinquis_, Mauricia pareci como si resucitara, y su cara resplandeca de animacin y contento. Entonces s demostr que en el fondo de su ser existan instintos y sentimientos maternales; entonces s que abraz y bes con efusin tiernsima a la hija que haba llevado en sus entraas... Y tanto se excit, que temiendo le diera un sncope, quitronle de los brazos a la nena. S, que te lleven, que te quiten de mi lado... No merezco tenerte... Me tienes miedo, rica... Como que cuando seas maosa, no te dirn 'que viene el coco', sino 'que viene tu madre'. Ay, qu pena!... Pero estoy conforme. Dicen que tengo que salvar... Ay, qu gusto! Y mi hija est mejor en la tierra con la seorita que conmigo en el Cielo... Y nada ms. Adoracin rompi a llorar entre afligida y espantada. Total, que tuvieron que llevrsela, porque aquel espectculo no poda prolongarse. Mauricia segua dando besos al aire y diciendo cosas que enternecan a las dems... S, s--pens doa Lupe, que tambin estaba conmovida--. Cunto quieres a tu hija!... Te la beberas!. Fortunata no aguard al fin de la escena. Senta en su interior un trastorno tan grande, que una de dos, o rompa en llanto o reventaba. Refugiose en el cuarto interior, y echndose sobre un bal, se ech a llorar. Los sentimientos que desataban aquel raudal de lgrimas no eran nicamente los producidos por la situacin del momento; eran algo antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el despecho combinado con un vago deseo de ser buena, sin poderlo conseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree. Muchas lgrimas haba derramado cuando sinti el ruido del coche de Jacinta que parta, y entonces sali a la sala. Doa Lupe se despeda de la comandanta, ofrecindole tomar diez papeletas de la rifa de la colcha, y haca una sea a su sobrina indicndole que era hora de retirarse. Dieron un vistazo y un apretn de manos a la enferma, y salieron. Cuando iban por la calle, doa Lupe, que comprendi cunto haba impresionado a su sobrina el encuentro con la seora de Santa Cruz, intent dos o tres veces aludir a esto; pero la prudencia y un sentimiento de delicadeza retuvieron su charlatana lengua. --iv-- En el portal de su casa se separaron; doa Lupe subi y Fortunata fue a la botica, donde Maxi estaba solo, haciendo un emplasto. Contole su mujer lo que haba visto aquel da, recordando con feliz memoria todos los pormenores. La visita de Jacinta fue omitida discretamente. Al farmacutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda seran ms provechosos a su espritu que los saraos, bullangas y diversiones. A la hora de comer se hablaba de lo mismo, y ponderaba doa Lupe la solemnidad conmovedora del acto de aquel da. Discutiose si deban volver por la noche a la calle de Mira el Ro o irse a Variedades a ver una pieza; mas como Fortunata mostrase gran repugnancia a las funciones teatrales, prevaleci lo primero, y Maxi, muy complacido de aquella aplicacin a las obras de piedad, prometi que las acompaara y que ira a recogerlas a las once. Y como no haya esta noche quien se quede a velar, me quedar yo dijo la viuda, a quien no se le coca el pan hasta no dar a Guillermina prueba palmaria de humildad y abnegacin. Opusironse a esto el sobrino y su mujer, diciendo el primero que bueno era lo bueno, pero no lo demasiado. La de Juregui deca con deliciosa modestia: Si yo no lo hago por buscar un elogio; si no hay en esto el menor asomo de mrito...! Yo resisto perfectamente una noche toledana, y hasta dos y tres. De modo que.... Las nueve sera, cuando los tres entraban por el portal de la casa de corredor, y no fue poco su asombro al ver en el patio resplandor de hoguera y multitud de antorchas, cuyas movibles y rojizas llamas daban a la escena temeroso y fantstico aspecto. Qu era aquello? Que los granujas de la vecindad haban pegado fuego a un montn de paja que en mitad del patio haba, y despus robaron al maestro Curtis todas las eneas que pudieron, y encendindolas por un cabo empezaron a _jugar al Vitico_, el cual juego consista en formarse de dos en dos, llevando los juncos a guisa de velas, y en marchar lentamente _echando latines_ al son de la campanilla que uno de ellos imitaba y de la marcha real de cornetas que tocaban todos. La diversin consista en romper filas inesperadamente, y saltar por encima de la hoguera. El que llevaba el copn, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas ms atrevidas que se podran imaginar, y hasta vueltas de carnero, poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento mismo de tomar la vertical. En fin, que semejante escena daba una idea de aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos los chiquillos del Demonio. Maximiliano y su mujer se detuvieron un rato a ver aquello; pero doa Lupe dirigi a la infantil tropa miradas y expresiones de desdn, diciendo que la culpa la tenan los padres que tal sacrilegio consentan. Subieron, y cuando Fortunata pas a la alcoba de Mauricia, que estaba sola, retirose Maxi, diciendo que volvera a las once. Estaba aquella noche la enferma sumamente inquieta, y lo poco que hablaba no era un modelo de claridad. El temor de pronunciar palabras malas pareca haberse desvanecido en ella, porque escupi de sus labios algunas que ardan. La memoria no deba de estar muy firme, porque cuando su amiga le dijo: Sosigate y acurdate de lo de esta maana replic: Lo de esta maana...!, qu ha sido...?. Y mirando con extraviados ojos al techo, pareca entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las ideas como si fueran moscas. Ms presente que la administracin del Sacramento tena el _paso_ con su hija; ay, qu paso!... No vistes a _la_ Jacinta?--pregunt a Fortunata, volvindose de un costado y ponindole la mano en el hombro...--. Habl contigo?... T eres una sosona y no tienes genio... Si a m me llega a pasar lo que te ha pasado a ti con esa pastelera; si el hombre mo me lo quita una mona golosa, y se me pone delante, ay!, por algo me llaman Mauricia la Dura. Si me la veo delante, digo, y me viene con palabras superfirolticas... la trinco por el moo y as, as, le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto.... Uniendo la accin a la palabra, Mauricia haca contorsiones violentas, se destapaba, rechinaba los dientes... no pudiendo sujetarla Fortunata, llam a Severiana: Ay, venga usted! Est diciendo mil disparates... por Dios, vea usted de reducirla... Dele algo para que se calme, aguardiente.... A m no me puede nadie--grit la infeliz con frenes, los ojos desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la queran sujetar--. Soy Mauricia la Dura, la que le abri una ventana en el casco a aquella ladrona que me robaba los pauelos, la que le arranc el moo a la Pepa, la que le ara la cara a doa Malvina la _protestanta_... Sultame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara. Persona decente t!... t, que dejas un soldado pa tomar otro... t que tienes ya el corazn como la puerta de Alcal, de tanta gente como ha entrado por l... Ja, ja, ja... Loba, ms que loba, so asquerosa, juda, con ms babas que un perro tioso... cara de escupidera, zurrn, celemn de peinetas... vers qu recorrido te doy... as, as, y te arranco la nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo.... Por fin no eran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salan, sino rugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos de los vigorosos que la contenan, sus dedos se agarraron con rabia epilptica a lo que encontraban, y queran deshacer y rasgar la sbana y la colcha. El fatigoso mugido iba calmndose poco a poco, las contorsiones eran menos violentas, y por fin, cay en un colapso profundsimo. La sedacin era instantnea, y a la misma muerte se pareca. La seora de Rubn estaba aterrada. Severiana le dijo: ya ha tenido esta noche tres achuchones de estos, y anteanoche tuvo seis. Si viniera el mdico la aplacara dndole esos pinchacitos que llaman _yeciones_... sabe?, una gotita de morfina. Sin duda por esta frecuencia de los accesos vealos Severiana con relativa calma, como los que se acostumbran a los prodigios del dolor humano en las clnicas. A poco de tranquilizarse Mauricia, la otra se dedic a preparar la lmpara que deba arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposa encima. Media hora estuvo la tarasca como dormida, pronunciando en sueos retazos de palabras y fragmentos de clusulas groseras, como retumban en lontananza los dejos de la tempestad que ha pasado. Despert luego, y con voz sosegada dijo a su amiga: Ests aqu?... qu gusto me da verte! De todas las personas que veo aqu, la que me gusta ms eres t. Te quiero ms que a mi hermana. Lo primerito que he de pedirle al Seor cuando me meta en el Cielo, es que te haga feliz, dndote lo que es muy re-tuyo, lo que te han quitado... Su Divina Majestad puede arreglarlo, si quiere.... A Fortunata no se le ocurra nada que responder a estos disparates. Porque t has padecido... pobrecita! Buenas perradas te han jugado en esta vida. La pobre siempre debajo, y las ricas patendole la cara. Pero djate estar, que el Seor te arreglar, haciendo justicia y dndote lo que te quitaron. Lo s, lo he soado ahora, cuando me dorm pensando que me mora y que entraba en el Cielo escoltada por la mar de angelitos... tan monos...! Cretelo, porque yo te lo digo... Y yo, _mismamente_ le he de decir a la Virgen y al Verbo y Gracia que te hagan feliz y se acuerden de las amarguras que has pasado. Callose un instante, y despus de los dos o tres suspiros que Fortunata ech de su seno, volvi a hablar la enferma de este modo: Has visto a Jacinta?... porque ella fue quien trajo a mi nia. Es un serafn esa mujer... Ahora cuando me pens que estaba en el Cielo, la vi encima de una nube con un velo blanco... Estaba all, _entremedio_ de aquellos grandes corros de ngeles. Ser que se va a morir? Lo sentir por mi nia. Pero Dios sabe ms que nosotras, verdad?, y lo que l hace, bien sabido se lo tiene... Pero dime, te habl ella? Le soltaste alguna patochada? Haras mal. Porque ella no tiene la culpa. Perdnala, chica, perdnala; que lo primerito para salvarse es perdonar a una parte y otra. Mrame a m, que no hago ms que lo que me manda el Padre Nones, y he perdonado a la Pepa, a la Matilde, que me quiso envenenar, y a doa Malvina la _protestanta_ y a todo el gnero mundano... re...! Prate boca que ya ibas a soltarlo... Pues s, perdonar; cretelo porque yo te lo digo. Ves qu tranquila estoy? Pues a cuenta que lo mismo estars t, y Dios te dar lo tuyo; eso no tiene duda... porque es de ley. Y por la santidad que tengo entre m, te digo que si el marido de la seorita se quiere volver contigo y le recibes, no pecas, no pecas.... Fortunata crey prudente mandarla callar, pues aquel concepto se armonizaba mal con la santidad de que haca gala su amiga. --Me parece--le dijo--, que si el Padre Nones te oye eso, te ha de reprender... porque ya ves... quien manda manda, y est dispuesto que no sean las cosas as. --Qu risa contigo! Pues t qu sabes? Yo estoy arrepentida de todo lo malo que he hecho; yo he perdonado a todo Cristo. Qu ms quieren? Esto que te cuento es, como quien dice, una idea. No puede una tener una idea?... Cuando me muera, veremos, cretelo... el Santsimo me dir que tengo razn... Callose fatigada, y Fortunata le impuso silencio. De repente determinose una brusca sacudida en su espritu, y tomndole la mano a su querida amiga y apretndosela mucho, le dijo con expresin de terror: Qu te parece a ti, me salvar yo?. --Pues qu duda tiene?--replic la otra tranquilizndola--Dicen que aunque los pecados de una sean tantos como las arenas de la mar... figrate t la cantidad de arenas que habr en todita la mar... --Oh!... si habr arenas en todita la mar y sus arenales!--repiti Mauricia con voz pattica. --Pues aunque los pecados de una sean ms que las arenas, Dios los perdona cuando una se arrepiente de verdad. --Y crees t que una idea, pongo por caso, es tambin pecado? --Segn y conforme. Pero t no tienes malas ideas. Estate tranquila. --Dios te oiga... Se me arranca el alma de verte penando... con un hombre que no quieres... qu traspaso! Chavala querida, murete, y vente conmigo. Vers qu bien vamos a estar las dos all. Porque te quiero tanto...! Dame un abrazo, hija, y murete conmigo. --No lo digas mucho--balbuci Fortunata conmovidsima, acariciando a su amiga--. Bien podra ser que me muriera pronto. Para lo que yo hago en este mundo... no s... valdra ms... Ay, qu desgraciada soy! --Re...! Bendita sea tu alma! Lo primerito que le pido al Seor, lo juro por estas cruces, es que te mueras. Las dos se echaron a llorar. En tanto doa Lupe sostena una gallarda disputa con Severiana. Ya lo he dicho y no hay ms que hablar. Yo me quedo esta noche para que usted descanse un poco.--Seora, no lo consiento. Hay vecinas que se quieren quedar.--Vecinas!... Aviada est la enferma con las vecinas. Son tan torpes y tan descuidadas...! Ver usted cmo trabucan las medicinas y le encajan una por otra.--Oh!, no seora, no consiento que usted se moleste.--Repito que me quedo, vaya! Si no hay en ello mrito alguno, ni sacrificio. No me cuesta ningn trabajo estar en vela toda la noche. Y adems, hija, hay que hacer algo por el prjimo. Velaremos, pues, y no me hable usted de gratitud que es ridculo hacer tanto aspaviento por lo que no vale tres cominos. La viuda de Juregui no haca gran sacrificio, y su determinacin estaba calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que Guillermina pensaba echar un guante al da siguiente para atender a las apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doa Lupe pens de esta suerte: Con quedarme a velar, cumplo; y eso del guante no va conmigo, porque en todo el da de maana no aparezco por aqu, ni a media legua a la redonda. Severiana explic minuciosamente a la seora cuanto haba que hacer, advirtindole que la llamase si ocurra algo extraordinario. Otra vecina se quedaba tambin, en calidad de ayudante. A las doce, Fortunata se retir a su casa con su marido, que fue a buscarla. Cogiditos del brazo recorrieron el trayecto ms tortuoso que largo que les separaba de su domicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, y poniendo muy en duda que doa Lupe resistiese toda la noche sin dormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendo cortesas aunque se encontrase en visita. A la maana siguiente, determin la esposa ir a enterarse de la noche toledana que habra pasado doa Lupe, y Maximiliano no se opuso a ello. Cumplidas las sabias rdenes que haba dado la directora de la casa, Fortunata sali con Papitos, y despus de encaminarla a la compra, indicndole algunas cosas que deba tomar, separose de ella en la plazuela de Lavapis para dirigirse a la calle Mira el Ro. Encontr a su ta en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamente aflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a las bromas. Bien por las valentas!...--le dijo Fortunata--. Y qu tal se ha portado la enferma?. --No me hables, hija; noche ms perra no la he pasado en mi vida. No me ha dejado ni siquiera descabezar un sueo de diez minutos. La maldita pareca que lo haca a propsito y por vengarse de lo muy derecha que la he obligado a andar cuando me corra mantones... Figrate; en un puro delirio hasta que Dios amaneci. Jurara que todo el aguardiente que ha bebido en su vida se le subi a la cabeza esta noche. Ya se levantaba, ya se revolva, echaba las piernazas fuera de la cama, y los brazos como aspas de molino... Luego unas voces y unos berridos...! Ya sabes el diccionario que gasta... Y a lo mejor se quedaba como un gato que acecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y sealando para la mesa en que est el altar y la lamparilla, deca: Mrenlo, mrenlo; all est. A m me daba un miedo...! Prefera orla gritar... Crete que me horripilaba cuando le vea sealar a la luz y al altarito. Doa Lupe empez a tomar el chocolate que le trajo doa Fuensanta, y a rengln seguido continu la relacin, imitando la voz y la actitud de la delirante. Y se pona as: 'All est, mrenlo... el _seor_ de Sor Natividad... La bribona lo tiene preso... Bribona, ms que loba...'. Sabes t quin es el _seor_... con retintn, de Sor Natividad? Pues la custodia, hija, el Santsimo... Y segua: 'Ahora voy all, te cojo, te saco y te echo al pozo...'. Al pozo!, has visto?, arrojar la custodia al pozo! Mira t si tendr malas ideas... Luego dice que se salva. Como no se salve esa...! Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se sale con eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en su bal, o qu s yo qu. Vers: soltaba una risa que a m me pona los pelos de punta, y deca muy callandito: Qu guapo ests con tu cara blanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!... Oh, qu reguapo ests! No creas que te robo las piedras... Para nada las quiero... Me gustas... te comera! No me digas que no te coja, porque te cojo, aunque me muera y me eches al infierno... Sor Natividad te falta; para que lo sepas; te falta con el Padre Pintado...'. En fin, hija, que era un horror. Suprimo las flores que iba entreverando, porque me ardera la boca. Doa Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua y con los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocillo quedaba, y conseguido esto al fin, acab as: Con estos disparates sacrlegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estmago revuelto, y deseando que el da llegara. --Me lo figuraba--dijo Fortunata, y despus le dio cuenta de lo que haba dispuesto y de lo que le indic a Papitos que comprase. Ay! Me parece que he estado un ao fuera de mi casa. Me ocurra que no sabrais desenvolveros y que la mona se declarara en cantn, haciendo lo que le daba la gana. Ahora a casa, que es madre. Ya hemos cumplido. Claro que esto no es ninguna santidad extraordinaria, ni un caso de herosmo; pero algo es algo.... Vieron entonces que Guillermina pasaba en direccin al cuarto de Severiana, y doa Lupe corri a recibir de su boca augusta los plcemes que mereca. Oh, qu buena es usted!--le dijo la santa, estrechndole las manos--. Quedarse aqu cuidando a esta pobre...! No, no diga usted que esto no vale nada. Vaya si vale. Dejar las comodidades de su casa para velar a la cabecera de una infeliz...! Pues lo que yo s es que no lo hacen todas... Dios se lo pagar. Ms de agradecer es esto que los donativos que hacen otras... quedndose muy abrigaditas en sus camas... porque esta es la verdadera caridad que sale del corazn... En fin, veo que su modestia se ofende, amiga ma, y no quiero sacarle a usted los colores a la cara. Gracias, gracias. Doa Lupe estaba muy satisfecha; pero sospechando que la fundadora iba a sacar el temido guante, se despidi con prisa. Amiga de mi alma, la obligacin me llama a mi choza.... --S, s--le dijo Guillermina--. La obligacin antes que nada. Hasta luego. Y llevando aparte a Fortunata en el corredor, su ta le dijo: T te quedars aqu un ratito; si hay petitorio, no quedaremos nosotras en mal lugar. Le dices que apunte un duro por ti y otro por m. Es bastante. Bien debe saber que no somos potentadas. No me gustan guantes; pero s cumplir en todas las circunstancias y no hacer un mal papel. Un duro por ti y otro por m; no lo olvides. No digas si podemos o no podemos ms. T lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte; que ella, aunque se le d un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita de merengue. Vaya... Mentira me parece que he de verme en mis cuatro paredes.... --v-- Cuando Fortunata, despus de un ratito de palique con la comandanta, penetr en la otra casa, vio cosas que la pasmaron. Guillermina, dejando su mantilla y su libro de misa sobre el sof, desempeaba junto a Mauricia las obligaciones ms penosas del arte de cuidar enfermos, acometiendo con actividad maquinal las faenas ms repugnantes, como persona que tiene la obligacin y la costumbre de hacerlo. Severiana se esforzaba en impedirlo; pero Guillermina no ceda. Djame t... si a m esto no me cuesta ningn trabajo... Vete a ver lo que quiere Juan Antonio, que est dando voces hace un rato. La pobre menestrala deseaba tener tres o cuatro cuerpos para atender todo. Hombre, ten consideracin. Cmo quieres que deje a la seora en...?. Al ver la de Rubn este trfago y la poca gente que haba para tan diversos quehaceres, brindose gustosa a ayudar. Lo que haca Guillermina era para asustar a cualquiera. Fortunata no se crea con valor para tanto. Y sin embargo, al ver a la insigne dama aristocrtica humillarse de aquel modo, avergonzose de no tener valor para imitarla, y sacando fuerzas de flaqueza, ofreci su ayuda. Como hija del pueblo, no quera ser menos que la _seora de la grandeza_ en aquellos bajsimos menesteres... Quite usted all, por Dos, hija...--replic la santa--. No faltaba ms; no lo consiento... de ninguna manera. Es que quiere usted ayudarnos? Pues si tan buen deseo tiene, barra la sala, que va a venir el mdico. Apenas hubo cogido Fortunata la escoba, entr Severiana, y que quieras que no, se la quit de las manos. No faltaba ms... seorita. Se va usted a poner perdida.... --Por Dios, djeme usted que la ayude. Quiere que le haga el almuerzo a su marido? --Qu cosas tiene...! --Ay qu gracia!... Cree usted que no s?... La tortillita en la fiambrera, y el pan abierto con la sardina dentro. Si he hecho yo en mi vida ms almuerzos de obreros que pelos tengo en la cabeza... --Hemos encendido la lumbre en la casa de la vecina. All est doa Fuensanta; pero va a salir a la compra, y si usted hiciera el favor... Fortunata no necesit ms, y fue a la otra casa, donde encontr a la comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que tena que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros ms, cuyas respectivas mujeres se haban ido ya para la fbrica, dejndole aquel encargo. Vyase usted a la compra--le dijo--, que de las tortillas se encarga una servidora.... Mucho agradeci esto doa Fuensanta, y ponindose su toquilla encarnada, quedndose con la bata de tartn y las gruesas zapatillas de orillo, cogi el cesto y el portamonedas y fue a pedir rdenes a Severiana, que estaba en la sala, dentro de una nube de polvo. Trigame usted un codillo como el del otro da, para ponerlo en sal... un cuartern de agujas cortas... Tocino hay en casa... Ah!, no olvide las zanahorias, ni el cuarto de gallina... Si trae para usted sesada de carnero, cmpreme otra a m... Oiga, oiga; si ve una buena lengua, trigamela descargada, y la salaremos para las dos.... Sali la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos de comida en la mano. La seora de Rubn haba desempeado su cometido con tanta presteza como acierto, y mientras se lavaba las manos, dejose llevar por su vagabundo pensamiento a un orden de ideas que no era nuevo en ella. Si es lo que a m me gusta, ser obrera, mujer de un trabajador honradote que me quiera...! No le des vueltas, chica; pueblo naciste y pueblo sers toda tu vida. La cabra tira al monte, y se te despega el seoro, cretelo, se te despega.... Cuando pas a decir a Severiana que estaba servida, esta haba concluido de limpiar la sala. Como haba tan mal olor all, trajeron una paletada de carbones encendidos, y echando un puado de espliego, la pasearon por toda la casa, desde el pasillo hasta la cocina. Despus del sahumerio, Fortunata entr a ver a Mauricia, a quien encontr muy mal, en un estado de decaimiento y postracin muy visibles. El mdico, que lleg entonces, la examin detenidamente, observando hinchazn en las piernas y en el vientre. La parlisis agitante creca de una manera aterradora. Antes de partir, el doctor habl con Guillermina en la sala, dicindole que aquello no poda menos de acabar mal, y que a todo tirar, tirara dos das... Acercbase Fortunata para enterarse de esto, cuando vio entrar inesperadamente a una persona cuya presencia le hizo el efecto de una descarga elctrica. Jess, esa mona otra vez...!, yo me voy. Jacinta y Guillermina hablaron un momento con el mdico, que se despidi luego. Entrar un ratito a verla--dijo la Delfina a su amiga, sentndose en el sof--. Va usted a estar aqu mucho tiempo?. --Tengo que pasar al otro corredor a ver al zapatero... Pobre hombre, no ha querido ir al hospital. Yo no haba visto nunca un caso de hidropesa semejante. La barriga de ese infeliz era anoche como un tonel... Y ya le han dado tres barrenos; pero el de ayer con tan mala fortuna, que no le sacaron ms que medio litro, y dicen que tiene en aquel cuerpo la friolera de catorce litros... Qu humanidad, Dios mo! Fortunata pas a la otra sala, y a poco volvi diciendo que Mauricia dorma profundamente. La fundadora hizo entonces una observacin humorstica. Dirigindose a las dos, les dijo: Oyen ustedes ese trombn que toca la marcha real?. En efecto, se oa bien clara, aunque lejana, la marcha real tocada con verdadero frenes por Leopardi, que en la repeticin le pona un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas. Pues ese pobre hombre--aadi la santa conteniendo la risa--, desde que se entera de que estoy aqu, se pone a tocar como un descosido. Es la manera de recordarme que le promet vestirle, porque el desventurado est mejor de pulmones que de ropa. Mira--propuso a Jacinta, cogindole un brazo--; en cuanto vayas hoy a tu casa, has de ver si tiene tu marido algunos pantalones que no le sirvan... Puede que no tenga porque ya hemos hecho tantos escrutinios en su guardarropa!. --No s, no s--dijo la seora de Santa Cruz, procurando recordar...--me parece. --Si no--manifest prontamente la de Rubn--, yo traer unos del mo... --Dios se lo pagar a usted... porque verdaderamente parte el corazn ver a ese pobre hombre, en este tiempo, con unos calzones de hilo, de los que traen los soldados de Cuba... Sali Guillermina para ir al almacn de maderas de la Ronda, y Jacinta la acompa hasta el corredor. Sentose Fortunata en el sof, creyendo que las dos se marchaban. Pero la de Santa Cruz, despus de hablar con su amiga de varias cosas, le dijo: Aqu la espero a usted. Lleve mi coche, y luego me recoger y nos iremos juntas. Entr inmediatamente, sentndose tambin en el sof. Ponerse a su lado! No conocerle en la cara que las dos no podan estar juntas en parte alguna!... Esto pensaba la mujer de Maxi, que sinti deseos de huir, y luego vergenza y miedo de hacerlo. Si la otra le hablaba, no tendra ms remedio que responderle. Pues si yo le dijera quin soy, la hara temblar. Veramos entonces quin temblaba ms. Jacinta la mir. Ya el da anterior haba despertado su curiosidad hermosura tan expresiva. Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de aquellos ojos negros, senta una impresin no muy grata, al modo de esos presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto, sino como la sensacin del aire que hace el objeto al pasar rpidamente. Segn ha dicho el mdico--indic la Delfina decidida a pegar la hebra--, la pobre Mauricia no saldr de esta. --No saldr la pobre--opin Fortunata algo cortada, porque le asaltaba la idea de que su lenguaje no sera bastante fino. --Si sigue as, traer esta tarde a la nia, para que la vea... De todos modos, debo traerla no le parece a usted? --S, trigala. Jacinta saba que aquella desconocida no era soltera, porque haba ofrecido unos pantalones _de su marido_. Hzole, pues, la pregunta que ingenuamente se le sala siempre de los labios cuando se encontraba delante de una casada: Tiene usted nios?. --No seora--replic la de Rubn con alguna sequedad. --Yo tampoco. Pero me gustan tanto los nios, que tengo verdadera mana por ellos, y los ajenos me parece que deberan ser mos... y, cralo usted, no tendra escrpulo de conciencia en robar uno, si pudiera... --Pues yo tambin, si pudiera...--declar Fortunata, que no quera ser menos que su rival en aquello de la mana materna. --Pero es que se le han muerto a usted, o que no los ha tenido? --Tuve uno, s seora... va para cuatro aos... --Y en cuatro aos no ha tenido usted ms que uno? Qu tiempo lleva usted de matrimonio? Perdone mi indiscrecin. --Yo?...--murmur la otra vacilando--. Cinco aos. Yo me cas antes que usted... --Antes que yo!--S, seora... pues deca que tuve un nio y se me muri, s seora, y si me viviera, le digo a usted que... Como advirtiera la dama en los ojos de su interlocutora una lucidez y movilidad singularsimas, sospech si aquella mujer padecera enajenacin mental. Su tono y su mirar eran muy extraos, impropios del lugar y de la sosegada conversacin que ambas sostenan. A esta mujer hay que dejarla--pens Jacinta--; me callar. Guardaron silencio un rato mirando al suelo. Jacinta no pensaba en nada importante; Fortunata s, y por la mente le pas toda su historia como envuelta en una nube de fuego. Se le vinieron a la boca palabras duras para increpar a aquella _mona del Cielo_, que le haba quitado lo suyo. Pues no era esto una gran injusticia? Los agravios se le revolvan en el seno, salindole a los labios en esa forma descomedida y grosera de las hijas del pueblo, cuando se ponen a reir. La cojo y la...!--deca para s clavndose las uas en sus propios brazos--. Que es un ngel? Pues que lo sea... Que es una santa? Y a m qu?.... Pero de los labios para fuera, nada... Qu cobarde soy! Con una palabra la har caer redonda, y me tendr un miedo tan grande que no le darn ganas de volverme a hacer preguntitas.... En esto _la mona del Cielo_, impaciente porque no vena Guillermina, sali un instante al corredor. Al verse sola, crey sentirse la otra con ms valor para dar un escndalo... Toda la rudeza, toda la pasin gozosa de mujer del pueblo, ardiente, sincera, ineducada, herva en su alma, y una sugestin increble la impulsaba a mostrarse tal como realmente era, sin disimulo hipcrita. Si no volver!... se dijo mirando al corredor, y al decir esto su espritu volva sobre s, penetrndose del sentido lgico de las cosas... Ella es una mujer de mrito y yo he sido una perdida... Pero yo tengo razn, y perdida o no, la justicia est de mi parte... porque ella sera yo, si estuviera en mi lugar.... En esto vio que _la mona_ volva... Verla y cegarse fue todo uno. No poda darse cuenta de lo que le pas. Obedeca a un empuje superior a su voluntad, cuando se lanz hacia ella con la rapidez y el salto de un perro de presa. Juntronse, chocando en mitad del angosto pasillo. La prjima le clav sus dedos en los brazos, y Jacinta la mir aterrada, como quien est delante de una fiera... Entonces vio una sonrisa de brutal irona en los labios de la desconocida, y oy una voz asesina que le dijo claramente: Soy Fortunata. Jacinta se qued sin habla... despus lanz un ay! agudsimo, como la persona que recibe la picada de una vbora. En tanto Fortunata mova la cabeza afirmativamente con insolente dureza, repitiendo: Soy... soy... soy la.... Pero tan sofocada estaba, que no articul las ltimas palabras. La Delfina baj los ojos, y dando un tirn se solt. Quiso decir algo, no pudo. La otra se apart, echando llamas de sus ojos y resoplidos de su pecho, y andando hacia atrs sigui diciendo, sin que las palabras llegaran a articularse: Te cojo y te revuelco... porque si yo estuviera donde t ests, sera.... Aqu recobr el aliento, y pudo decir: Mejor que t, mejor que t...!. La de Santa Cruz recobr la serenidad, y entrando en la sala, volvi a ponerse en el sof. Su actitud revelaba tanta dignidad como inocencia. Era la agredida, y no slo poda serenarse ms pronto, sino responder a la ofensa con desdn soberano y aun con el perdn mismo. La otra sinti, por el contrario, tremendo peso dentro de s. Ay, su accin descompuesta y brutal le gravit en el alma como si la casa se le hubiera desplomado encima! No tuvo nimo para entrar tambin; tembl de pensar lo que dira Severiana si se enteraba; pues y doa Guillermina?... Refugiose en el cuarto de la comandanta, donde haba dejado velo y manguito. La cobarda que sinti impulsbala a correr hacia la calle. Huir, s, y no volver a poner los pies en aquella casa ni en parte alguna donde pudiera tener tales encuentros... Sali sin hacer ruido, deslizndose, y al pasar frente a la puerta, mir y la vio all dentro, al extremo del largo pasillo, que pareca un anteojo. La vea de perfil, la mano en la mejilla, muy pensativa, y Jacinta no la vea a ella. Baj y se puso en la calle, acordndose de una de las principales recomendaciones que le haba hecho Feijoo: No descomponerse nunca. Pues bien se haba descompuesto aquel da... Pero verdaderamente--discurri tratando de serenarse--. Yo qu le he hecho?, nada... nicamente decirle quin soy, para que me conozca.... Cosa extraa!, le entraron ganas de esperar para verla salir. Psose de centinela en la calle del Bastero, y cinco minutos despus vio a la fundadora entrar en la casa. Han de subir por la calle de Toledo--pens--; desde all las ver sin que me vean. Sigui a la calle de Toledo, ponindose en acecho en la acera de enfrente, junto a la puerta de una taberna. Al cabo de un cuarto de hora, apareci por la boca-calle la berlina con las dos damas. Hablan de m, y le est contando cmo pas el lance... me imita, remedando mi movimiento, cuando la cog por los brazos... Qu dirn, Dios mo, qu dirn? Me parece orlas... Que soy un trasto y que me deban mandar a presidio. --vi-- Cuando suba la escalera de su casa, se iniciaba en la conciencia de la joven una reprobacin clara de lo que haba hecho. ...Hubiera sido mucho mejor--pens deteniendo el paso y tardando un minuto de escaln a escaln--, decirle aquello de _yo soy Fortunata_, con calma, reparando bien qu cara pona ella al orlo, y luego quedarme tan fresca, esperando a ver por qu registro sala, o echarle tres o cuatro chinitas, dicindole que yo tambin soy honrada, claro, y que su marido es un tunante... a ver por dnde la tomaba. Al entrar en la casa, hall a doa Lupe muy incomodada con Papitos, sobre cuya inocente cabeza descargaba el mal humor que la noche en vela le produjo. Cuanto se haba hecho en su ausencia le pareca mal, dejndose decir que ni tan siquiera para una obra de caridad poda salir de casa, pues en cuanto volva la espalda, era todo un desbarajuste. Fortunata comprendi que tambin quera meterse con ella; mas no teniendo ganas de reir, dejaba sin contestacin sus refunfuos. Mira que es pifia mandar traer esta babilla y esta falda que no sirve ni para el gato. Tienes la cabeza llena de viento. Nada, en cuanto yo me descuido, ya no das pie con bola. Fortunata empezaba a sentirse mal. Tena escalofros, dolor de cabeza y ganas de bostezar a cada momento. Conociole doa Lupe en la cara la desazn, y le pregunt con gran inters: Tienes ascos, mareos...?. --No s lo que tengo; pero me acostara de buena gana. Doa Lupe, al irse a la cocina, iba pensando que aquellos sntomas podran anunciar tal vez la probable reproduccin del tipo de Rubn en la especie humana; pero bien saba la otra que no era nada de esto, y sin ms explicaciones echose, bien envuelta en una manta, en el sof de su cuarto. Despus que se le aplacara el fro, sinti somnolencia, que la llev a un delirio tranquilo, reproduciendo en su mente la escena aquella con varias adiciones de importancia. Eran estas algo que con la prisa no pudo decir, pero que debi haber dicho, o eran simplemente desvaros de su cerebro encendido por la calentura?... Si creer esta seora que no hay en el mundo ms mujeres honradas que ella!... Que se le quite a usted eso de la cabeza. Vaya con el modelo!... A buena parte viene usted...! Sabe usted, nia, que como a m se me meta en la cabeza, le doy a usted honradez y virtudes por los hocicos hasta que no quiera ms? Porque eso es cuestin de decir: 'Ea!'... S, y si me atufo no hay quien me tosa. Pues qu cree usted, que a m me costara trabajo cuidar enfermos y drmelas de muy catlica? Pues si a mano viene me pondr el mejor da a cuidar y limpiar y revolver los enfermos ms podridos, y me vestir una saya, y recoger nios que no tengan padres, que de eso y de mucho ms soy yo capaz... Vaya con la _mona del Cielo_! Ea... no venga ac vendiendo mrito... Y ngel me soy! Pues para que lo sepa, tambin yo, si me da la gana de ser ngel, lo ser, y ms que usted, mucho ms. Todas tenemos nuestro ngel en el cuerpo.... Despus de esto, torn a ver con claridad las cosas, y dejando vagar sus miradas por la habitacin solitaria y semioscura, pensaba en lo mismo, pero apreciando mejor la realidad de las cosas. En aquella meditacin, lo que descollaba, despus de vueltas mil, era un vivo deseo de ser no slo igual, sino superior a la otra. El cmo era lo difcil. Porque lo primero que tengo que hacer es querer a mi marido, y portarme bien para que se olviden las maldades que he hecho.... El pensamiento, recorriendo todas las caras del tema, iba de las cosas ms sutiles a las ms triviales. Me tengo que hacer una falda enteramente igual a la que llevaba ella... lo mismito, con aquel tableado; y si encontrara tela igual... La verdad es que tiene la mona un aire de seoro y de... de... de qu?, de majestad, s... Bah!, esto es idea, idea nada ms de los que la miran, porque con aquello de que es ngel... A saber si lo es realmente, que las apariencias engaan.... Sacola de esta cavilacin doa Lupe, que entr con pisadas de gato, y le dijo que era preciso tomara algo. Negose Fortunata a comer cosa alguna, y dijo que lo nico que apeteca era una naranja para chuparla. Antojitos ya? murmur la ta sonriendo, y mand a Papitos por la naranja. Mientras la chupaba, hacindole un agujerito y apretndola como aprietan los chicos la teta, a la seora de Rubn le pas por el cerebro otra rfaga de aquel furor que determin el acto de la maana: Tu marido es mo y te lo tengo que quitar... Pinturera... santurrona... ya te dir yo si eres ngel o lo que eres... Tu marido es mo; me lo has robado... como se puede robar un pauelo. Dios es testigo, y si no, pregntale... Ahora mismo lo sueltas o vers, vers quin soy.... Quedose dormida, dejando caer al suelo la naranja. Despert al sentir sobre su frente la mano de su amante esposo, que haba subido a comer, y enterado de que estaba indispuesta, se asust mucho, Doa Lupe quiso hacerle concebir esperanzas de sucesin; pero l, moviendo la cabeza con expresin escptica y desconsolada, entr en la alcoba y le palp la frente a su mujer. Hija de mi vida, qu tienes?. Al or esta terneza y al ver delante la figura de Maxi, Fortunata sinti fuerte sacudida en su interior. Como una neurosis constitutiva de esas que se manifiestan de repente, cuando menos se las espera, as se present en el alma de la joven, a golpe, y a manera de explosin de plvora, la aversin que su marido le haba inspirado en otro tiempo. Lo primero que pens fue cmo haba retoado tan de repente la infame planta del odio que ella crea seca y muerta, o al menos moribunda. Le miraba, y mientras ms le miraba, peor... Se volvi del otro lado respondiendo con sequedad: Nada. --Sabes lo que dice la ta?... oye... La opinin de la ta aumentaba la malquerencia de la sobrina y el vivo deseo de perder de vista a su marido. Cerrando los ojos, invoc a Dios y a la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquella insana antipata; pero ni por esas... Si no le puedo ver; si me ira al fin del mundo por no verle...! Y yo cre que le iba tomando cario! Buen cario nos d Dios! Ni s yo en qu estaba pensando Feijoo... Tonto l, y yo ms tonta en hacerle caso. Maxi, al tomarle el pulso, ech por aquella boca una retahla de frases de medicina, concluyendo por decir: Subir esta noche un antiespasmdico, jarabe de azahar con bromuro, y quizs, quizs unas pildoritas de sulfato de quinina. Hay fiebre, aunque poca. Principio de un fuerte catarro. T te has enfriado en aquella maldita casa de corredor... o te habrs atufado con algn brasero. Fortunata pens que, en efecto, se haba atufado, pero no con brasero. Cediendo a los ruegos de su marido y de doa Lupe, se acost, y a prima noche estaba ms tranquila, desvelada, sin ningn apetito, oyendo con desagrado el ruido de los platos y cucharas que del comedor vena a la hora de cenar. Nicols hablaba por los codos. Mejor es que no tomes nada, si no tienes gana--le dijo Maxi, que entr mascando el postre y con un higo pasado en la mano--. Por si acaso, no bajar esta noche a la botica, y te acompaar. La peor de las medicinas era esta, pues gustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos. Hizo por dormirse; su marido le at fuertemente un pauelo a la cabeza, y despus se puso junto a la cama. Despus de un breve sueo, vio ella la escueta figura de Maxi dando paseos en la habitacin. Tan pronto miraba su persona como su sombra corriendo por la pared, larga, angulosa, doblndose en las esquinas del muro. Ah!... Jacinta, yo te quisiera ver casada con este... Entonces me reira, me estara riendo tres aos seguidos. Maximiliano se desnudaba para acostarse. Al quitarse el chaleco, salan de las boca-mangas los hombros, como alones de un ave flaca que no tiene nada que comer. Luego, los pantalones echaron de s aquellas piernas como bastones que se desenfundan. Todas sus coyunturas funcionaban con trabajo, cual si estuvieran mohosas, y el pelo se le haba hecho tan ralo, que su cabeza ofreca una de esas calvas sin dignidad que suelen verse en jvenes de poca y mala sangre. Al meterse en la cama y estirar los huesos, exhalaba un _ah!_ que no se saba si era de dolor o de gusto. Fortunata, fingiendo dormir, se volvi para el otro lado y a media noche dorma de veras. A la madrugada abri los ojos. La alcoba estaba en completa oscuridad. Oy la respiracin de su marido, spera a ratos, a ratos silbante y con diversos flauteados, como si el aire encontrase en aquel pecho obstrucciones gelatinosas y lengetas metlicas. Incorporose Fortunata, cediendo a un movimiento interior cuyo impulso inicial se determin cuando estaba dormida. Lo que pensaba entonces era por dems peregrino. El disparate que se le haba ocurrido, porque disparate era y de los gordos, fue que deba echarse del lecho muy callandito, buscar a tientas su ropa, vestirse... ir hacia la percha, coger su bata y ponrsela. El mantn, dnde estaba? No pudo recordarlo; pero lo buscara, a tientas tambin; y una vez hallado, saldra de la alcoba, cogera el llavn que estaba colgado de un clavo en el recibimiento, y aire!... a la calle! La idea de la evasin estuvo flameando un rato sobre sus sesos, como una luz de alcohol, sin que pudiera entender cmo se haba encendido semejante idea. En el bolsillo de la bata tena medio duro, una peseta, y algunos cuartos, la vuelta del duro que dio a Papitos para que le trajera... no recordaba qu. Pues con aquel dinero tena bastante. Para qu ms? Y a dnde ira? A una casa de huspedes. No... a casa de D. Evaristo... No, porque D. Evaristo la reira. Esta idea de que la reira su _padrino_ fue el golpe que le aclar el sentido, porque la idea de la fuga era un rastro del sueo. Estoy despierta o dormida? se preguntaba al reconocer su desatino; y quedose un rato sentada en la cama, con la mano en la mejilla. El pauelo se le haba desatado de la cabeza, y deshecho el peinado, sus espesas guedejas le caan sobre los hombros. Qu marido este!--pensaba, recogindose el cabello--, ni atar un pauelo sabe!. Despus crey ver ojos, que en aquella profunda oscuridad la miraban. Debo de estar soando todava. Qu me miras t? Qu dices? Que estoy guapa? Ya lo creo. Ms que tu mujer. Y se volvi a acostar. Maximiliano, al revolverse, le dio un encontronazo con un omoplato. Ay!, me ha hecho ver las estrellas dijo para s Fortunata, recogindose ms en su lado. Duermes, vidita? murmur el otro despertndose, y rechupando luego como si tuviera una pastilla en la boca. Pero sin or la respuesta, se volvi a dormir. --vii-- Al da siguiente Fortunata se senta mejor; pero an estaba en la cama cuando su marido, despus de dar una vuelta por la botica, subi a verla. Qu tal?--le dijo inclinndose sobre ella y besndola en frente--. Te puedes levantar. El da est bueno. Ay!, yo tengo menos salud que t, y no me quejo tanto. Siento tal debilidad que a veces me cuesta trabajo mover un dedo. Todos los huesos me duelen, y la cabeza la siento a ratos como si estuviera vaca, sin sesos... Pero no me duele, y esto es mala seal, porque las jaquecas son un puntal de la vida. Yo no s lo que me pasa. A ratos me distraigo, me entra como un olvido, me quedo lelo sin saber dnde estoy ni lo que hago... Pues digo, y cundo pierdo la memoria y se me va de ella lo que ms s?... T estars buena maana; pero yo no s a dnde voy a parar con estas cosas. Dice Ballester que tome mucho hierro, pero mucho hierro, y que esto es falta de glbulos en la sangre, y as debe de ser... Esta mquina ma nunca ha sido muy famosa, y ahora est que no vale dos cuartos.... Fortunata le miraba y senta una lstima profunda. Quizs esta lstima refrescaba el cario fraternal que haba empezado a marchitarse. Pero no estaba muy segura de esto, y cuando le vio salir, pensaba que si aquella planta raqutica del cario se agostaba, deba hacer ella esfuerzos colosales por impedirlo. Poco despus, hallndose en el gabinete sentada junto al balcn, por donde entraba el sol, sinti en los pasillos ruidos de voces que al pronto no se poda saber si eran de gozo o de ira. Pero ni tuvo tiempo de asustarse porque vio entrar a Nicols haciendo aspavientos de jbilo, el rostro encendido, los ojos chispos, y llegndose a su cuada le dio un fuerte abrazo: Denme todos la enhorabuena... Ya... al fin... No ha sido favor, sino justicia. Pero estoy muy agradecido a las personas que.... --Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile--dijo doa Lupe, que despus de haber recibido el estrujn en el pasillo, entraba tras l, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fiera boca--. Y de dnde? --De Orihuela, ta--replic el clrigo frotndose las manos--. Mala catedral; pero ya veremos si sale una permuta. --Cannigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano. --Cunto me alegro!--dijo Fortunata por decir algo, y mir a la calle al travs de los cristales, temiendo que le leyeran en la cara los pensamientos que la canonja de su cuado le sugera. Lo que es el mundo!--pensaba--. Razn tena D. Evaristo. Hay dos sociedades, la que se ve y la que est escondida. Si no hubiera sido por mi maldad, cundo habra sido cannigo este tonto de capirote, ordinario y hediondo! Y l tan satisfecho!. --Me voy maana mismo a que me den la colacin... Pero antes convido a todo el mundo. Juan Pablo no lo sabe todava. Que rabie!... Ayer me apostaba que no me la daran. Ese Villalonga es una gran persona, y Feijoo lo que se llama un caballero, y el Ministro tambin... Sabis quin me dio la noticia? Pues Leopoldo Montes, que est ahora en Gracia y Justicia. Corr all, y cuando el jefe del personal de catedrales me dijo que eran ciertos los toros, cre que me daba un desmayo. La credencial estaba all, y no me la haban mandado por no saber mis seas... Lo repito, convido a todo Cristo... a lo que quieran... y convido a las de Torquemada, a Ballester... a doa Casta y sus simpticas hijas... --Para, hijo, para--dijo doa Lupe amoscndose--, que para esas convidadas no te va a bastar el sueldo de un ao; y si piensas que yo cargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas... Nicols se calm luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y con el cual saba l muy bien rectificar la descompostura que le producan la ira o el contento. Nada, yo estoy satisfecho, y aunque creo que me lo merezco por mis estudios y por los servicios que he prestado en el confesonario, no he de tener orgullo; y desde ahora lo digo, me he de llevar bien con mis compaeros de cabildo... esta es la cosa. A m me gusta la paz y concordia entre prncipes cristianos. Una vida descansada, mi misita por las maanas con la fresca, mi corito maana y tarde, mi altar mayor cuando me toque, mi paseto por las tardes, y vengan penas. Cuando estaban almorzando, Fortunata no poda alejar de s este comentario: Si fue un bien que me adecentaras, estpido, ya te lo he pagado y no te debo nada. Yo tengo que ir al Monte--le dijo ms tarde doa Lupe--, que hoy empiezan las subastas. Ten cuidado con Papitos, que estos das anda muy salida. T la echas a perder con tus benevolencias. Date una vuelta por la cocina y no le quites ojo. Hazle que ponga el bacalao de remojo o ponlo t. Y que cuando yo venga est lavada toda la ropa. Quedose sola Fortunata con la chiquilla; pero no pudo vigilarla, porque toda la tarde estuvieron entrando visitas. Primero fue doa Casta Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jvenes muy bien educadas o que se lo crean ellas. La mam perteneca a la familia de los Morenos, que en el primer tercio del siglo se dividieron en dos grandes ramas, los _Morenos ricos_ y los _Morenos pobres_; pero habiendo nacido en la primera de estas ramas, vino a parar a la segunda. Cas con Samaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supo hacerse rico. Por los Trujillos, tena doa Casta parentesco remoto con Barbarita; pero habiendo sido muy amigas en la niez, apenas se trataban ya, porque la fortuna y las vicisitudes de la vida las haban alejado considerablemente una de otra. Sus relaciones eran intermitentes. A veces se vean y se saludaban; a veces no. Les pasaba lo que a muchas personas que se han tratado en la infancia y que despus estn aos y ms aos sin verse. Resulta que cuando se encuentran dudan si hablarse o no, y al fin no se hablan, porque ninguna se decide a ser la primera. Ms cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno-Isla, el cual, a pesar de ser _Moreno rico_, mantena cierta comunicacin de familia con aquella _Moreno pobre_, visitndola alguna vez. Se tuteaban por resabio de la niez; pero sus relaciones eran fras, lo absolutamente preciso para salvar el principio del linaje. La rama de los Moreno-Isla estableca adems un enlace remoto entre doa Casta y Guillermina Pacheco; pero este parentesco era ya de los que no coge un galgo. Guillermina y la viuda de Samaniego no se haban tratado nunca. Jactbase doa Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas. La mayor, Aurora, guapetona, viuda de un francs, era mujer de mucha disposicin para el trabajo. Haba vivido algn tiempo en Francia, dirigiendo un gran establecimiento de ropa blanca, y tena hbitos independientes y mucho tino mercantil. La segunda, Olimpia, haba estado asistiendo al Conservatorio siete aos seguidos, y obtenido muchos premios de piano. Su mam quera que fuese profesora consumada, y para demostrarlo en los exmenes y obtener buena nota, la haca estudiar una pieza, con la cual mortificaba a la vecindad da y noche, durante meses y aun aos. Contaba esta nia la serie de sus novios por los dedos de las manos; pero lo que es a casarse no haban tocado todava. Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mam y con Olimpia. Tema que se burlasen de ella, por su falta de educacin, y que la estimaran en poco, sabedoras de su pasado. Reconociendo que le eran las tres muy superiores por la crianza y el acertado empleo de palabras finas, a veces quedbase a oscuras de lo que hablaban, y slo asenta con movimientos de cabeza. Siempre era de la opinin de ellas, pues aunque pensara de distinta manera, no se atreva a expresar su disentimiento. Aquella tarde, por causa de su situacin de espritu, estaba la de Rubn ms cohibida que nunca y deseando que se marchasen. Pero desgraciadamente nunca estuvo doa Casta ms habladora. Senta mucho no encontrar a Lupe, pues deseaba comunicarle noticias de la mayor trascendencia. Aurora iba a ponerse al frente de un establecimiento de ropa blanca, montado a estilo de los mejores que hay en Pars y Londres. Qu tal? Esforzbase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto le causaba, y a la hiprbole de doa Casta responda con exclamaciones de pasmo y asentimiento. Mi hija--aadi la viuda de Samaniego--, estar encargada de la direccin de los _trousseaux_, canastillas de bautizo y dems gnero elegante, y tendr sueldo y participacin en los beneficios. El dueo de este gran establecimiento, que tanto ha de llamar la atencin, es Pepe Samaniego, a quien ha facilitado el dinero para montarlo mi _primo_ D. Manuel Moreno-Isla, el hombre ms bueno y ms generoso del mundo, y con un capital... qu capital! Y vea usted, es soltero... y se pasa la vida en Londres aburrindose... Lo que yo digo; podra haber hecho feliz a una joven, de las muchas que hay en la familia... Siempre que viene a verme, le largo un _espich_ como l dice, l se re, se re.... --Pero qu me importarn a m todas estas cosas!--pensaba Fortunata, que ya no poda sostener ms tiempo el papel, ni saba de dnde sacar los monoslabos y las sonrisas. Por fin quiso Dios misericordioso que _las Samaniegas_ se marcharan; pero no haban pasado diez minutos cuando entr D. Evaristo, con su criado, que le sostena por el brazo derecho, y Fortunata le condujo hasta la sala en una de cuyas butacas se sent el anciano pesadamente. Doa Lupe...?. --No hay nadie--dijo ella, lo que significaba: estoy sola, puede usted hablar con libertad. --Ah!, sola... y qu tal...? Me dijeron que estabas... que estaba usted algo mala... Despus de decirle que su enfermedad no haba sido nada, la chulita se sent junto a l, haciendo propsito de contarle la verdadera dolencia que sufra, que era puramente moral, y con los ms graves caracteres. Pensaba preguntar a su sabio amigo y maestro, por qu todo aquel desorden se haba manifestado a consecuencia de las breves palabras que cruz con Jacinta. Qu relacin tena aquella mujer con su conducta y con sus sentimientos? Sobre esto le dira algo sustancioso aquel sagaz conocedor del corazn humano y del mundo, porque ella se devanaba los sesos y no poda dar con la razn de que _la mona_ le trastornase su espritu. Si era ngel, por qu la haca mala? Por qu era con ella lo que es el demonio con las criaturas, que las tienta y les inspira el mal? Luego no era ngel. Otro punto oscuro quera consultarle, y era que senta deseos vivsimos de parecerse a aquella mujer, y ser, si no mejor, lo mismo que ella. Luego Jacinta no era demonio. Lo difcil era explicar esto de modo que el amigo Feijoo lo entendiese, porque ya se sabe que no se daba buena mano para encontrar las palabras que en el lenguaje corriente expresan las cosas espirituales y enrevesadas. --viii-- Lo peor del caso fue que an no haba empezado la consulta cuando entr doa Lupe, quien invit al Sr. de Feijoo a tomar chocolate. No se hizo de rogar el buen caballero, y la misma viuda de Juregui se lo sirvi. Mientras lo tomaba, hablaron de las visitas que ta y sobrina hacan a la calle de Mira el Ro. Yo--declaraba doa Lupe--, reconozco que no tengo valor ni estmago para practicar la caridad en ese grado. Admiro mucho a _la amiga_ Guillermina; pero no la puedo imitar. Feijoo expuso sobre aquel tema de la filantropa algunas consideraciones muy sesudas, y despidiose, dando a cada una de las seoras un fuerte apretn de manos. Aquella noche not Fortunata en su marido algo que la puso en cuidado. Durante la comida no haba dicho una palabra; tena el color arrebatado, estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondsimos. Cuando subi a acostarse no tena ya el rostro encendido, sino de color de cola. Tienes jaqueca? le pregunt su mujer, vindole desplomarse en una silla y apoyar la cabeza en las manos. Contest Maxi que no, que la cabeza no le dola nada, y que lo que le aterraba era sentir el crneo vaco, _desalquilado_, como una casa _con papeles_. Hace poco--dijo con desaliento amargo--, perd la memoria de tal modo... que... no saba cmo te llamas t. Vena subiendo la escalera, y me entr tal rabia, que me pregunt a gritos: 'Pero cmo se llama, cmo se llama?...'. Me acord al entrar en la casa. Hoy estaba haciendo una medicina para un enfermo de los ojos, y en vez del sulfato de _atropina_ puse el de _eserina_, que es la indicacin contraria. Si no lo advierte Ballester... qu atrocidad!, dejo ciego al enfermo... No puedo trabajar. Esta cabeza se me ha trastornado. Figrate que a ratos.... Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no saba disimular bien el terror que aquellos ojos le causaban. Figrate que a ratos me siento tan estpido, pero tan estpido, que creo tener por cabeza un pedazo de granito. No salta aqu una idea aunque me d con un martillo. Y otros ratos parece que me vuelvo el hombre de ms seso del mundo, y se me ocurren unas cosas...! De tan sublimes que son no las puedo expresar; me tiembla la lengua, me la muerdo y escupo sangre... Despus me quedo como el que sale de un desmayo. --Acustate y descansa--le propuso su mujer compadecida y asustada--. Eso no es ms que cansancio de tanto discurrir. Maximiliano empez a desnudarse, detenindose a cada momento. En cuanto muevo un brazo--deca con terror--, me aumentan de tal modo las palpitaciones que no puedo respirar. Ballester dice que es nervioso, una hiperquinesia del corazn, producida por la dispepsia... gases... Pero yo digo que no, que no, que esto es ms grave. Es la aorta... Yo tengo una aneurisma, y el mejor da, plaf... revienta.... --No seas aprensivo... Si no leyeras librotes de Medicina no se te ocurriran esos disparates--opin ella sacndole los pantalones. Quedose con las piernas tiesas, en calzoncillos, esperando a que su mujer le quitara tambin las botas. Dios te lo pague, hija de mi vida. Aydame, que bien lo necesita tu pobre marido. Estoy lucido, como hay Dios. Fortunata le cogi gallardamente en brazos y le meti en la cama. An poda ella ms. Ambos se rean; pero despus de la risa, Maximiliano dio un suspiro, diciendo con la tristeza mayor del mundo: Qu fuerza tienes!... Y yo qu dbil! Y a este llaman sexo fuerte! Valiente sexo el mo!. Durmete y no pienses en tonteras indic ella que, movida de piedad, crey oportuno y caritativo hacerle algunas caricias. --Si no fuera por ti--dijo l, como un nio mimoso--, no se me importara que la vida se me acabara... El mundo no vale nada sino por el amor. Es lo nico efectivo y real; lo dems es figurado. Acostose tambin ella, y estuvo dndole conversacin hasta que le entr sueo. Pobre chico! La lstima que Fortunata senta, apagaba en su espritu la aversin, o al menos la esconda, como en un repliegue, no permitindole manifestarse. Y la compasin haca que brotaran en su voluntad aquellos deseos de virtud sublime que a ratos surgan como flor de un minuto, criada por la emulacin. La emulacin o la mana imitativa eran lo que determinaba la idea de que si su marido se pona muy malo, muy malo, ella sera la maravilla del mundo por el esmero en asistirle y cuidarle. Mas para que el triunfo fuese completo era menester que a Maxi le entrase una enfermedad asquerosa, repugnante y pestfera, de esas que ahuyentan hasta a los ms allegados. Ella, entonces, dara pruebas de ser tan ngel como otra cualquiera, y tendra alma, paciencia, valor y estmago para todo. Y entonces vera _esa_ si aqu hay perfecciones o no hay perfecciones, y que cada una es cada una... Lo malo sera que no lo viese, porque ac no ha de venir.... Maximiliano la distrajo de esta meditacin, dando quejidos profundos. Ya conoca aquello su mujer y saba el remedio, que era volverlo suavemente del otro lado... Qu sueo!--murmur Maxi medio despierto--. Soaba que te habas marchado... y yo te haba cogido de un pie, y t tirabas, y yo tiraba ms, y tirando se me rompa la bolsa del aneurisma, y todo el cuarto se llenaba de sangre, todo el cuarto, hasta el techo.... Le arrull para que se durmiera, y ella se durmi tambin. Levantose temprano porque tena que trabajar. Despus de las nueve, cuando entr en la alcoba a ver si a su marido se le ofreca alguna cosa, este se estaba vistiendo, y en una disposicin de nimo muy distinta de la que tuviera la noche anterior. No slo pareca recobrado de su debilidad, sino que estaba inquieto, gil y como si acabara de tomar un excitante muy enrgico. En cuanto entr su mujer, se fue derecho a ella, abotonndose el cuello de la camisa, y en tono de acritud le dijo: Oye... estaba deseando que vinieras para decirte que esas visitas del seor de Feijoo me cargan. Anoche te lo iba a decir y se me olvid... Ya lo sabes... S que ayer tarde estuvo aqu otra vez y le dieron chocolate con mojicn. Me lo cont mi hermano Juan, que pasaba por la calle cuando l sala, y hablaron. Fortunata estaba pasmada de aquel exabrupto, y ms an del tono. Por las maanas, sola estar Maximiliano algo regan y displicente; pero nunca como aquel da. Volvindose hacia el espejo para ponerse la corbata, prosigui diciendo: Es que parece que hacen las cosas a propsito para molestarme, para que rabie... Y no eres t sola... mi ta tambin. Se han propuesto sin duda hacerme perder la salud. En el espejo pudo ver Fortunata la cara plida y contrada de Maxi, cuya susceptibilidad nerviosa se manifestaba en un movimiento vibratorio de cabeza, la cual pareca querer arrancarse por s misma del tronco. Disculpose ella como pudo; pero l, en vez de calmarse, sigui quejndose de que le mortificaban adrede, de que se proponan acabar con l. La esposa callaba, sospechando que su marido no tena la cabeza buena, y que sera peor llevarle la contraria. Desde entonces pudo observar que por las maanas se repeta en Maxi la misma excitacin, y la terquedad de que todas las personas de la familia se confabulaban contra l para atormentarle. Unas veces tomaba pie de alguna falta advertida en la ropa, botn cado, ojal roto, o cosa semejante. Otras, era que le ponan un chocolate muy malo para que reventara... como que le quedan envenenar...!, o bien que dejaban los balcones y las puertas abiertas para que entrase un aire colado y le partiese. Estas manas iban de mal en peor, poniendo a doa Lupe de un humor acerbsimo y hacindole presagiar alguna desgracia. Lleg da en que Maxi se expresaba con una violencia muy opuesta a su carcter pacfico, y cuando no le contradecan, se contestaba l, echando lea por s propio en la hoguera de su ira; y por fin se iba refunfuando, cerraba con golpe formidable la puerta, y bajaba la escalera de cuatro en cuatro peldaos. Por las noches el lobo se trocaba en cordero. Creerase que la fuerte inervacin de la maana se iba gastando con los actos y movimientos de la persona en el curso del da, y que esta llegaba a la noche en el estado contrario, exhausta como el que ha trabajado mucho. Ya Fortunata se haba acostumbrado a este tira y afloja, y ninguna de las extravagancias de su marido la coga por sorpresa. Por las maanas lo mejor era no hacerle caso, aparentando sumisin a sus exigencias; por las noches no haba ms remedio que halagarle y mimarle un poco; que otra cosa habra sido cruel. Diferentes veces, en las intimidades con su cara mitad, Maximiliano haba expresado esas tristezas tan comunes en los matrimonios que no tienen hijos. Fortunata no gustaba de este tpico; pero no tena ms remedio que aceptarlo. Una noche lo acogi con verdadero entusiasmo, porque llevaba a l una felicsima idea que aquel da haba tenido. Mira t--dijo a su esposo--; si Dios no quiere darnos una criatura, l se sabr por qu lo hace. Pero podemos adoptar uno, buscar un huerfanito y trarnosle a casa. A m me gustara mucho, y a los dos nos distraera. Por qu no he de hacer yo, aunque soy pobre, lo que hacen las seoras ricas, que no tienen hijos? Es muy soso un matrimonio sin chiquitn. A Maximiliano le pareci bien la idea; pero doa Lupe, aunque no la contradijo abiertamente, no pareci entusiasmarse con ella. Los chiquillos ensucian la casa, todo lo revuelven y enredan, y dan enormes disgustos con sus enfermedades y travesuras. Aunque expuso estas ideas con mucha discrecin, Fortunata se entristeci, porque se le haba metido en la cabeza desde la noche antes aquel tema de recoger un nio hurfano, y encariada con ella, le costaba mucho trabajo desecharla. Mana de imitacin! --ix-- Doa Lupe la invit, dos das despus de la tarde del choque con Jacinta, a volver a visitar a Mauricia. Qu dira doa Guillermina si no volvan! Negose Fortunata no s con qu pretexto, a ir all, y fue sola doa Lupe. Era el da de San Isidro y no haba ventas en el Monte de Piedad. A eso de las diez regres muy afectada, y entrando en el gabinete donde su sobrina estaba cosiendo, le dijo: Hija, rzale un Padre nuestro a la pobre Mauricia. --Se ha muerto!--exclam Fortunata sintiendo una fuerte sacudida en su alma. --S, a las diez y media. Pareca que estaba esperando a que llegara yo para morirse... pobrecilla! Vengo horrorizada. Si yo lo s, no parezco por all. Estos cuadros no son para m. Cuando llegu estaba en su sano juicio. Preguntome por ti con un inters...! Dijo que te quera ms que a nadie, y que en cuantito que entrara en el Cielo, le iba a pedir al Seor que te hiciera feliz. Yo, francamente, al or esto, vi que estaba fatal, y Severiana me dijo que anoche creyeron por dos o tres veces que se les quedaba en las manos. Le dieron congojas tan fuertes, que se le acababa la respiracin... Not tambin que su voz pareca salir del hueco de un cntaro muy hondo, y sonaba como lejos... La cara la tena muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes. Guillermina estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos, dicindole que pensara en Dios, que padeci tanto por salvarnos a nosotros... De repente, se descompuso, hija; pero de qu manera...! se qued amoratada, empez a dar manotazos y a echar por aquella boca unas flores, unas berzas...! Era un horror. En esto lleg el Padre Nones, a quien Guillermina haba mandado llamar para que la auxiliase; pero todo intil. Ni la pobre enferma poda or lo que le decan, ni estaba su cabeza para cosas de religin. La santa tuvo una idea feliz. Le dio a beber una copa de Jerez, llena hasta los bordes. Mauricia apretaba los dientes; pero al fin, debi darle en la nariz el olorcillo, porque abriendo la bocaza, se lo atiz de un trago. Cmo se relama la infeliz! Se calm y pum!, la cabeza en la almohada. Entonces Guillermina, ponindole una cruz entre las manos, le preguntaba si crea en Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santsima Virgen, y a tales y cuales santos del Cielo, y contestaba ella que s moviendo la cabeza... El Padre Nones estaba de rodillas, reza que te reza. Encendieron una vela, y te aseguro que el tufillo de la cera, los rezos y aquel espectculo me levantaron el estmago y me han puesto los nervios como cuerdas de guitarra. Yo no quera mirar; pero la curiosidad... eso es lo que tiene... me haca mirar. Los ojos de Mauricia se le haban hundido hasta ponrsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se le afil como un cuchillo. Guillermina, alzando la voz, decale que se abrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba por irse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacan a una llorar. La cabeza de Mauricia se iba quedando quieta, quieta... Luego la vimos mover los labios, y sacar la punta de la lengua como si quisiera relamerse... Dej or una voz que pareca venir, por un tubo, del stano de la casa. A m me pareci que dijo: _ms, ms_... Otras personas que all haba aseguran que dijo: _ya_. Como quien dice: Ya veo la gloria y los ngeles. Bobera; no dijo sino _ms_... a saber, _ms Jerez_. Guillermina y Severiana le acercaron un espejo a la cara y lo tuvieron un ratito... Despus todos empezaron a hablar en alta voz. Ya estaba Mauricia en el otro mundo; se haba quedado de un color violado tirando a azul. A los diez minutos su fisonoma estaba tan variada, que si la ves no la conoces. Pero Guillermina... Qu mujer esa!--prosigui la de Juregui, despus de una triste pausa, poniendo los ojos en blanco--. Creers que la amortaj con sus propias manos? No hara ms si fuera su hija. Ella la lav... ella la visti... ella le puso el hbito... y tan tranquila. Yo habra querido ayudar; pero, francamente, no sirvo para esas cosas. Me pareca natural el ofrecerme. Bien saba yo que la santa no haba de ceder a nadie el llevar la batuta en aquella operacin: lo ha tomado por oficio. Pero me ofrec, me ofrec. Hay que estar en todo y quedar siempre en buen lugar. Y crete que lo poco que hice tiene mrito, porque en m es un sacrificio cualquier niera de este gnero, mientras que en esa seora no lo es, por estar muy acostumbrada a revolverse entre enfermos y difuntos, como las hermanas de la caridad. Habas de verla. Y siempre con su carita tan sonrosada, y aquel pasito ligero y vivaracho. Cuando concluy, echamos las dos un largo prrafo en la salita; hablamos de Mauricia, de la mucha miseria que hay en este Madrid, y de que gracias a las buenas almas 'como usted' me dijo, se remediaban muchos males. Y la sobrinita, no ha venido?--me pregunt--. El otro da me prometi unos pantalones de su marido. --Ah!, s--record Fortunata--. No crea usted que lo he olvidado. Ya los apart. Son para un hombre que toca la corneta, el trombn o qu s yo qu. Se los mandaremos a Severiana. --Yo me encargo de eso--replic doa Lupe, dando a entender que pensaba volver all. --No, los llevar yo, bien envueltitos en un pauelo--dijo la sobrina, a quien de sbito entraron ganas de ir a la casa mortuoria--. Llevaremos cada una nuestro duro, por si piden para el entierro. --Eso no est mal pensado. Pero a quien hay que darlos es a Guillermina que es la que sabe agradecer. Ah! Se me olvidaba decirte otra cosa. Me invit a ir a visitar su asilo, mejor dicho, nos invit a las dos. Iremos. Ese da estrenar mi abrigo nuevo y t la falda que te piensas hacer. Habr que echarle algo en el cepillo; pero no importa. Otros petitorios me enfadan a m; que a los cepillos no les temo. Papitos entr, y su ama le dijo que hiciera una taza de t, porque tena el estmago revuelto. La seora no se haba quitado el manto ni los guantes; pero cuando se aligeraba, charlando, de la carga que en su espritu tena, pens en mudarse de ropa. En la mano traa un lo. Eran varias cosillas que de paso compr para engolosinar a Maxi. Ballester haba recomendado que se le diera carne cruda; pero como l se negaba a comerla, doa Lupe discurri el darle menudillos, corazones de aves, y suprimir para l el cocido y los feculentos. Para postre le trajo _bruos_ de Portugal. A nada de esto atenda Fortunata, por tener el pensamiento enteramente ocupado con aquella idea de visitar el asilo de doa Guillermina. De all sacara el huerfanito que quera prohijar. Pues digo... si estaba todava en el establecimiento aquel mismo nene que su to Pepe Izquierdo quiso venderle a Jacinta, qu ocasin, Cristo!, qu golpe! Que vieran, s, que vieran cmo tambin ella... Pero pronto haba de ocurrir algo que desconcert por completo el plan de adoptar un huerfanito. Al da siguiente, resistiendo al empeo de Maxi que quera llevarlas a San Isidro, fueron, como estaba concertado, a la calle de Mira el Ro. Tema Fortunata aquella visita por diferentes motivos, no siendo el menor la pena que le causara, ver los restos de Mauricia. Temerosa y sobresaltada, quedose en la salita, donde estaba doa Fuensanta con un pauelo negro por los hombros. Severiana entraba y sala. Sus ojos revelaban que haba llorado, y tambin tena un mantn negro por los hombros. Por un resquicio de la puerta que comunicaba la sala primera con la cmara mortuoria, vio Fortunata los pies de la Dura en el atad, y no tuvo nimo para acercarse a ver ms. Dbale pena y terror, y no poda olvidar las ltimas palabras que le dijo su infeliz amiga: Lo primerito que le he de pedir al Seor es que te mueras t tambin, y estaremos juntas en el Cielo. Aunque se tena por desgraciada, la de Rubn se agarraba con el pensamiento a la vida. Lo que dijo Mauricia era un disparate. Cada uno se muere cuando le toca, y nada ms. Doa Lupe, que pas a ver a la difunta, se afect tanto, que no pudo permanecer all. Hija ma--dijo a su sobrina secretendose--, yo no puedo ver estas cosas fnebres. Creo que me va a dar algo. La muerte me aterra, y no es que yo sea aprensiva. No me causa espanto ninguna enfermedad, como no sea el mal de miserere. Es lo que temo... En fin, que yo me voy de aqu al Monte. Necesito que me d el aire. Qudate t por el buen parecer; ah dentro est la santa. Toma mi duro, por si hay la consabida suscricioncita. En cuanto se lleven el cuerpo te vas a casa. Abur. Cuando se fue la de Juregui, dejando sola a su sobrina, esta mud de sitio por no ver los pies de Mauricia, calzados con bonitas botas de caa clara; pies preciossimos que no daran ya un solo paso, Doa Fuensanta sali y le dijo algunas palabras. Un ratito despus, abriose la puerta de la estancia mortuoria, y Fortunata tuvo un estremecimiento nervioso, creyendo al pronto que era la propia Mauricia que apareca... Pero no, era Guillermina. Desde que dio esta el primer paso en la sala, fijronse sus ojos en la joven, quien otra vez tuvo miedo. La santa iba derecha a ella, mirndola como no la haba mirado nunca. Tocndole suavemente un brazo, le dijo: Tengo que hablar con usted. Conmigo!....--S, con usted--y al decir esto le volvi a tocar. La impresin de este contacto corrale por el brazo arriba hasta llegar al corazn. Dos palabritas--aadi la santa; y luego se corrigi as--: Algunas ms sern. Adverta Fortunata en aquella cara cierta severidad: iba a decir algo; pero la otra no le dio tiempo, y tomndole el brazo, como se toma el de los hombres, le dijo: Venga usted por aqu. Tiene prisa?. --No seora...--Yo no me haba marchado por esperar a ver si usted vena. Anoche tambin la esper a usted, y no quiso venir. Condjola a la casa prxima, donde doa Fuensanta viva, y entraron en una salita bastante desordenada, en la cual haba ms bales que sillas, y dos cmodas. Guillermina cerr la puerta, e invitando a Fortunata a ocupar una silla, sentose ella en un cofre. --x-- Fortunata no saba qu decir, ni qu cara poner, ni para dnde mirar; tanto la asustaba y sobrecoga la presencia de la respetable dama y la presuncin del grave negocio que en aquella conferencia se iba a tratar. Guillermina, que no gustaba de perder el tiempo, abord al instante la cuestin de esta manera: Yo tengo una amiga a quien quiero mucho... la quiero tanto que dara mi vida por ella; y esta amiga tiene un marido que... En una palabra, mi amiga ha padecido horriblemente con ciertas... tonteras de su esposo... el cual es una excelente persona tambin... entendmonos, y yo le quiero mucho... Pero en fin, los hombres.... La seora de Rubn miraba los trastos que obstruan el cuarto. Sin duda buscaba algn mueble debajo del cual se pudiera meter. Vamos al caso--prosigui la otra, dando un castaetazo con los labios--. Yo soy muy clara en todas mis cosas; no me gustan comedias. Me he comprometido a hablar con usted. Primero se convino en acudir a la seora de Juregui; pero luego cre mejor embestirla a usted directamente, y apelar a su conciencia, porque me pareca a m que llamando a esa puerta, alguien me respondera desde dentro. Yo no creo que haya nadie malo, malo de todas veras. Me he llevado tantos chascos!... tantas veces me ha pasado ver que una persona con fama de perversa sala de buenas a primeras con un acto de los ms cristianos, que ya no me sorprendo de ver saltar el bien en donde menos se piensa. Que usted ha tenido sus extravos, todo el mundo lo sabe. Para qu hemos de decir otra cosa?. --Claro!...--murmur Fortunata sin enterarse del verdadero sentido de las palabras. --Yo no tena el gusto de conocer a usted... Le confieso que me qued pasmada cuando mi amiguita me dijo ayer quin era usted. Ni remota sospecha tena yo... Si esto parece comedia! Encontrarse aqu, en un acto de caridad dos personas tan... no se me ofenda si digo tan opuestas por sus antecedentes, por su manera de ser...! Y no quiero rebajar a nadie. Todo lo contrario: se me figura, no s por qu... esto es cosa de presentimiento, de adivinacin, de corazonada... se me figura que usted, si la sacuden bien, as como otros cuando los apalean sueltan bellotas, si la sacuden bien, digo, ha de dejar caer alguna flor. Fortunata dijo que s con la cabeza, y el dogal que en el cuello senta empez a aflojarse. Por esto apelo a su conciencia, y le pido que me declare, la mano puesta en el corazn, si esta temporada, en estos das, tiene algn trato con el esposo de mi amiga... Porque esta es la idea que se le ha metido ahora en la cabeza. Con que a ver, dgame usted si.... --Yo!--exclam Fortunata, que casi perdi el miedo con el empuje de la verdad que quera salir--. Yo... ahora? Est usted soando? Si hace un siglo que ni siquiera le he visto...! --De veras?--pregunt la santa, guiando los ojos. Aquel modo de mirar extraa la verdad como con tenazas; y ciertamente, la pecadora senta que la mirada aquella la penetraba hasta lo ms profundo, trincando todo lo que encontraba. --Pero no lo cree?... Pero lo duda?--aadi; y olvidndose de los buenos modales, iba a hacer la cruz con los dedos y a besrselos jurando _por esta_. El deseo de ser creda resplandeca de tal modo en sus ojos, que Guillermina no pudo menos de ver asomada en ellos la conciencia. Pero como disimulaba esto, permaneciendo fra y observadora, la otra se impacientaba y enardeca, no sabiendo ya qu decir para convencerla. Por qu quiere usted que se lo jure?... Vamos, que dudar esto!... Ni verle, ni saber de l tan siquiera.... --No diga usted ms--manifest Guillermina con cierta solemnidad--. Me basta. Lo creo. Si usted me hubiera dicho lo contrario, yo le habra pedido que hiciese todo lo posible por devolver a esa pobrecilla la tranquilidad, eso es. Pero si no hay nada, me guardo mi splica por ahora; nicamente me permito hacerla de un modo condicional, qu le parece a usted?, mirando a lo futuro, y para el caso de que lo que ahora no sucede, sucediera maana o pasado. La seora de Rubn miraba al suelo. Tena el pauelo metido en el puo y este en la barba. Pero ahora--agreg la santa mujer--, se me ocurre hacer otra preguntita... Usted tenga mucha paciencia; buena jaqueca le ha cado encima. Vamos a ver: si ya no hay nada absolutamente entre usted y el marido de mi amiga, si todo pas, por qu guardamos ese rencor a una persona que no nos hace ningn dao?... Por qu el otro da, ah en ese pasillo, la trat usted de una manera tan descompuesta y le dijo... no s qu? Francamente, hija, esto nos ha parecido muy extrao, porque usted es casada, y vive en paz con su marido, al menos as lo parece. Si aquellas diabluras se acabaron, a qu vena maltratar de palabra y hasta de obra a la pobre Jacinta, cuando lo que proceda era pedirle perdn?. --Eso fue que...--murmur Fortunata, haciendo del pauelo una perfecta pelota--, eso fue... pues fue que... Y no haba medio de pasar de aqu. Las lgrimas salan a sus ojos, y el nudo de la garganta volvi a apretrsele de un modo horrible. En toda su vida, en tiempo alguno, habase visto la infeliz en trance semejante. La persona que familiar y cariosamente llamaban algunos la _rata eclesistica_, infundale ms respeto que un confesor, ms que un obispo, ms que el Papa. Y la _rata_ guiaba ms los ojos, y en su bondad quiso abrir camino a la confesin. Es que usted, como si lo viera, conserva resentimientos y quiz pretensiones que son un gran pecado; es que usted no est curada de su enfermedad del nimo; es que usted, si no tiene ahora trato con aquel sujeto, se halla dispuesta a volverlo a tener. Las cosas claritas. Fortunata no contest. He acertado? He puesto el dedo en la parte ms sensible de la llaga? Franqueza, seora ma; que esto no ha de salir de aqu. Yo me tomo estas libertades, porque s que usted no se ha de enfadar. Bien s que abuso y que me pongo insoportable y machacona; pero agunteme usted por un momento; no hay ms remedio... Con que a ver.... Tampoco dijo nada. Por fin, desliando el pauelo y expresndose a tropezones, quiso escapar por la tangente en esta forma: Aquel da... cuando le dije a esa seora... aquello... despus me pes. --Y por qu no le pidi usted perdn? --Digo que me pes mucho.--Estamos en ello... corriente... pero conteste claro, por qu no le dio excusas? --Porque me march a mi casa. --Bueno. Y si ahora la viera usted? Silencio completo. Guillermina no tuvo paciencia para esperar ms la respuesta, y acalorndose expres lo que sigue: Pero usted no sabe que esa seora es mujer legtima... mujer legtima de aquel caballero? Usted no sabe que Dios les cas y su unin es sagrada? No sabe que es pecado, y pecado horrible, desear el hombre ajeno, y que la esposa ofendida tiene derecho a ponerle a usted las peras al cuarto, mientras que usted, con dos adulterios nada menos sobre su conciencia, la ofende con slo mirarla? Pero vamos a ver, usted qu se ha llegado a figurar, que estamos aqu entre salvajes y que cada cual puede hacer lo que le da la gana, y que no hay ley, ni religin, ni nada? Pues estaramos lucidos con esas idetas, s seor... No extrae usted que me enfade un poco, y dispense. Fortunata estaba como si le hubieran vaciado sobre el crneo una cesta de piedras. Cada palabra de Guillermina fue como un guijarro. En aquel momento, cogido el pauelo por las dos puntas haca con l una soga. No se puede saber si fueron espontaneidad aturdida o bien reflexin deliberada estas palabras suyas: Es que yo soy muy mala; no sabe usted lo mala que soy. --S, s; ya voy viendo que no somos una perfeccin--indic la santa irguindose en el asiento como para mirarla ms de lejos--. Cuando hay arrepentimiento el Seor perdona. Pero usted, por lo visto, tiene una frescura para mirar estas cosas de la moral...!, frescura que no le envidio. Usted est casada: ya que la conciencia no le remuerde por un lado, cmo no le escuece por el otro? --Me cas sin saber lo que haca. --Qu angelito!... sin saber lo que haca! Pues qu, casarse es un acto insignificante y maquinal como beber un buche de agua? Puede alguien casarse sin saber que se casa?... Hija ma, ese argumento gurdelo usted para cuando hable con tontas, que conmigo no vale. --Me casaron--agreg Fortunata, volviendo a hacer una pelota con el pauelo--me casaron sin que pueda decir cmo. Cre que me convena y que podra querer a mi marido. --Ay, qu gracioso!... Qu monsima es la criatura!--exclam la fundadora con amable irona y gracejo--. Estas... hartas de pecados son muy saladas cuando se hacen las inocentes. Crey que le podra querer! Y qu hizo usted para conseguirlo?... Ah! Lo que usted quera, digamos las cosas claras, lo que usted quera era casarse para tener un nombre, independencia y poder corretear libremente. Ms clarito todava? Pues lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratera con apariencias de legalidad. Desdichado hombre el que carg con usted! De veras que le cay la lotera. Y dgame, al fin no salt por alguna parte ese cario que usted quera tener? --No seora--replic Fortunata, rompiendo a llorar--. Pero si me habla usted de esa manera, no podr seguir; tendr que retirarme. La santa se corri en el cofre que le serva de asiento para aproximarse a la silla en que estaba la otra. Vamos, no llore usted--le dijo con bondad, ponindole la mano en el hombro--. No se ofenda por lo que he dicho. Ya le recomend a usted que me llevara con paciencia. Hay que tomarme o dejarme. Cuando me pongo a sacar pecados no se me puede aguantar... Pues es claro, les duele; pero luego sienten alivio. Y hasta ahora, nada me ha dicho usted en su descargo. --Pero qu culpa tengo yo de no querer a mi marido?--manifest la pecadora de la manera sofocada e intermitente que el llanto le permita--. Yo no lo puedo remediar. Yo no me cas por lo que la seora dice, sino porque estaba equivocada, porque vea las cosas de otro modo que como son. A mi marido no le quiero, ni le querr nunca, aunque me lo manden todos los santos de la Corte celestial. Por eso digo que soy muy mala, muy mala. Guillermina dio un gran suspiro. En presencia de aquel terrible antagonismo entre el corazn y las leyes divinas y humanas, problema insoluble, su gran piedad inspirole una idea sublime. Bien s que es difcil mandar al corazn. Pero eso mismo le da a usted motivo para dejar de ser mala, como dice, y adquirir mritos inmensos. Pero, hija, en qu ha estado pensando que no se le ha ocurrido esto? Cumplir ciertos deberes, cuando el amor no facilita el cumplimiento, es la mayor hermosura del alma. Hacer esto bastara para que todas las culpas de usted fueran lavadas. Cul es la mayor de las virtudes? La abnegacin, la renuncia de la felicidad. Qu es lo que ms purifica a la criatura?, el sacrificio. Pues no le digo a usted ms. Abra esos ojos, por amor de Dios; abra ese corazn de par en par. Llnese usted de paciencia, cumpla todos sus deberes, confrmese, sacrifquese, y Dios la tendr por suya, pero por muy suya. Haga usted eso, pero claro, que se vea, que se palpe, y el da en que usted sea como le propongo, yo... yo.... Al decir _yo_, Guillermina se pona la mano en el pecho y daba a sus ojos la expresin ms hermosa. Yo, yo... ese da, ir a confesarme con usted como usted se confiesa ahora conmigo. Esto dej a Fortunata tan desconcertada, que sus lgrimas se secaron de improviso. Miraba con verdadero espanto a la _rata eclesistica_. No se asombre usted ni ponga esos ojazos--prosigui esta--. Yo no he tenido ocasin de tirar por el balcn a la calle una felicidad, ni una ilusin, ni nada. Yo no he tenido lucha. Entr en este terreno en que estoy como se pasa de una habitacin a otra. No ha habido sacrificio, o es tan insignificante, que no merece se hable de l. Rase usted de m, si quiere; pero sepa que cuando veo a alguna persona que tiene la posibilidad de sacrificar algo, de arrancarse algo que duele, le tengo envidia... S; yo envidio a los malos, porque envidio la ocasin, que me falta, de romper y tirar un mundo, y les miro y les digo: 'Necios, tenis en la mano la facultad del sacrificio y no la aprovechis...'. Esta idea, a pesar de ser tan alta, fue muy inteligible para Fortunata, a quien se acerc Guillermina, y echndole el brazo por los hombros, la apret suavemente contra s. Nunca, en tiempo alguno, ni en el confesionario, haba sentido la prjima su corazn con tantas ganas de desbordarse, arrojando fuera cuanto en l exista. La mirada sola de la virgen y fundadora pareca extraerle la representacin ideal que de sus propias acciones y sentimientos tena aquella infeliz en su espritu, como la tenemos todos, representacin que se aclara o se oscurece, segn los casos, y que en aquel resplandeca como un foco de luz. --xi-- Abriose la puerta y entr Severiana llorando a gritos. Haba llegado el momento de que se llevaran el cuerpo de Mauricia, y este acto tristsimo se conoci en los gemidos y sollozos de todas las mujeres que en la casa mortuoria estaban. Cuando Guillermina y Fortunata salieron, ya el atad era bajado en hombros de dos jayanes para ponerlo en el carro humilde que esperaba en la calle. La curiosidad y el deseo de dar el ltimo adis a su amiga empujaron a Fortunata hacia la escalera... Alcanz a ver las cintas amarillas sobre la tela negra, en la revuelta de la escalera; pero fue un segundo no ms. Despus se asom al balcn, y vio cmo pusieron la caja en el carro, y cmo se puso en marcha este sin ms acompaamiento que el de un triste simn en que iban Juan Antonio y dos vecinos. Se vio tan vivamente acometida de ganas de llorar, que no recordaba haber llorado nunca tanto, en tan poco tiempo. Y no era slo la pena de ver desaparecer para siempre a una persona hacia la cual senta amor, aficin, querencia increble; era adems una necesidad de desahogar su corazn por penas atrasadas y que sin duda no estaban bien lloradas todava. Pronto desapareci el carro, y de Mauricia no qued ms que un recuerdo, todava fresco; pero que se haba de secar rpidamente. A los diez minutos de haber salido el cuerpo, entr Severiana con los ojos hinchados, y abri todas las puertas, ventanas y balcones para que se ventilara la casa. La comandanta empezaba a disponer el tren de limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo. --Pobre Mauricia!--dijo Fortunata a Guillermina, secndose el llanto a toda prisa, pues no le pareca bien ser ella la que ms llorase--. Mire usted, seora, a m me pasaba con esa mujer una cosa rara. Sabiendo que era muy mala, yo la quera... me era simptica, no lo poda remediar. Y cuando me contaba las barbaridades que hizo en su vida, yo no s... me alegraba de orla... y cuando me aconsejaba cosas malas, me pareca, ac para entre m, que no eran tan malas y que tena razn en aconsejrmelas. Cmo me explica usted esto? --Yo?... que le explique yo?...--repuso la fundadora con cierto aturdimiento--. Hay en el corazn misterios muy grandes, y en lo que toca a la simpata, misterios de misterios... Pobre mujer! Y si viera usted qu guapa era cuando polla. Se cri en casa de mis padres. Lstima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresin, eran de lo poco que se ve. Despus se ech a perder, y se le puso la cara dura y hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y efectivamente... Guillermina mir las lminas napolenicas, y Fortunata tambin, reconociendo el parecido. Despus la santa se despidi de Severiana, dicindole que volvera al da siguiente. Le recomend la paciencia, y tomando el brazo de la de Rubn, se fue con ella. Severiana y la comandanta las escoltaron hasta el portal. Tenemos mucho que hablar--le dijo Guillermina en la calle--; pero mucho. Lo de hoy no ha sido ms que desflorar el asunto. Me ha sabido a nada. Y usted, tendr un poco ms de paciencia para aguantarme? Porque si no ha quedado harta de m, le he de rogar que me d otra audiencia. Ser usted tan buena que quiera tener conmigo otro rato de palique?. --Todos los que usted quiera--replic la seora de Rubn, encantada con la indulgencia y cortesa de la ilustre dama. --Bueno; ya fijaremos cundo y cmo. Va usted hacia su casa? Pues iremos juntas, porque yo tengo que ir a la calle de Zurita a echarle un rspice a mi herrero, y no har usted nada dems si me acompaa un poco. Pronto despacho, y la dejar a usted en la puerta de su casa. Aceptada con sumo agrado la proposicin, anduvieron juntas el torcido y desigual camino que separa la vertiente de la Arganzuela del barranco de Lavapis. Hablaban de cosas que nada tenan de espirituales, de lo caro que se estaba poniendo todo... La carne sin hueso, quin lo haba de decir!, a peseta; la leche a diez cuartos; el pan de picos a diez y seis, y de las casas no dijramos; un cuarto que antes costaba ocho reales, ya no se encontraba por catorce. Llegaron por fin a la calle de Zurita y se metieron en una herrera, grande, negra, el piso cubierto de carbn, toda llena de humo y de ruido. El dueo del establecimiento avanz a recibir a la seora, con su mandil de cuero ennegrecido, la cara sudorosa y tiznada, y quitndose la porra, le dio sus excusas por no haber entregado los clavos _bellotes_. Pero y los gatillos, que es lo que hace ms falta?--dijo la dama amoscndose--. Hombre de Dios, usted se va a condenar por tantos embustes como dice. No me prometi que estaran por ayer? Qu palabras son esas? Vaya, que ni Job tendra paciencia para aguantarle a usted. Estn parados los carpinteros de armar, por causa de esa santa pachorra. No me extraa que est usted tan gordo, Sr. Pepe... Y pngase la gorra, que est sudando y se puede constipar. El herrero se excusaba con voz balbuciente, y por fin hizo juramento de dar los gatillos para el jueves, s, para el jueves, con toda seguridad... Haba tenido un encargo con muchas prisas... pero en seguida se pondra con los gatillos de la seora, y los tendra, los tendra _por encima de la cabeza de Cristo_ para el da sealado. Volvi la fundadora a sermonearle, pues no se contentaba con promesas, y se despidi diciendo que si no estaban el jueves, se poda quedar con ellos. Sali el Sr. Pepe, haciendo cortesas, hasta media calle, y las dos seoras subieron despacio hacia la del Ave-Mara. Bueno--dijo Guillermina--; antes de separarnos, quedaremos en algo. Quiere usted ir a mi casa? Sabe usted dnde vivo?. Fortunata dijo que s. Santa Cruz le haba dicho varias veces que la _rata eclesistica_ viva en la casa inmediata a la suya, y que ella y Barbarita se comunicaban por los miradores. Para fijar el da, tuvo que pensarlo porque no quera dar cuenta a doa Lupe de tal visita, temerosa de que metiera en ella su cucharada, y discurri que era preciso escoger un da en que _la de los pavos_ fuera al Monte de Piedad. El viernes... le parece a usted bien?, de diez a once de la maana. --Perfectamente... Adis, hija, conservarse. (Ya estaban en la puerta de la casa). Que la espero a usted. Que no me d un plantn. --Quia!... No faltaba ms. Quedose un rato Fortunata en la puerta mirndola subir, calle arriba, y despus entr despacio, meditabunda. En todo el resto del da no la pudo apartar de su mente. Qu extraordinaria mujer aquella! Sentala dentro de s, como si se la hubiera tragado, cual si la hubiera tomado en comunin. Las miradas y la voz de la santa se le agarraban a su interior como sustancias perfectamente asimiladas. Y por la noche, cuando Maxi se durmi, y estaba ella dando vueltas en la cama sin poder coger el sueo, vnole a la imaginacin una idea que la hizo estremecer. Con tal claridad vea a Guillermina como si la tuviera delante; pero lo raro no era esto, sino que se le pareca tambin a Napolen, como Mauricia la Dura. Y la voz?... La voz era enteramente igual a la de su difunta amiga. Cmo as, siendo una y otra personas tan distintas? Fuera lo que fuese, la simpata misteriosa que le haba inspirado Mauricia, se pasaba a Guillermina. Cmo, pues, se podan confundir la que se seal por sus vergonzosas maldades y la santa seora que era la admiracin del mundo? Yo no s cmo es esto--discurra Fortunata--; pero que se parecen no tiene duda. Y el habla de las dos me suena lo mismo... Seor, qu ser esto!. Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo para averiguar el sentido de tal fenmeno, y lleg a figurarse que de los restos fros de Mauricia sala volando una mariposita, la cual mariposita se meta dentro de la _rata eclesistica_ y la transformaba... Cosa ms rara! El mal extremado refundindose as y reviviendo en el bien ms puro!... Pero no podra ser que Mauricia, arrepentida y bien confesada y absuelta, se hubiera trocado, al morir, en criatura sana y pura, tan pura como la misma santa fundadora... o ms, o ms? Qu confusin, Dios mo! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas.... Despus le causaba pavor la visin figurada de los pies de Mauricia... En la oscuridad, que surcaban rayas luminosas, vea las botas elegantes y pequeas de la difunta... Los pies se movan, el cuerpo se levantaba, daba algunos pasos, iba hacia ella y le deca: Fortunata, querida amiga de mi alma, no me conoces? Re...! Si no me he muerto, chica, si estoy en el mundo, cretelo porque yo te lo digo. Soy Guillermina, doa Guillermina, la _rata eclesistica_. Mrame bien, mrame la cara, los pies... las manos, el mantn negro... Estoy loca con este asilo pastelero, y no hago ms que pedir, pedir, pedir al Verbo y a la Verba. Sr. Pepe, me hace usted esos gatillos o no?... peinetas se deban volver!. -VII- La idea... la pcara idea --i-- Guillermina viva, como antes se ha dicho, en la calle de Pontejos, pared por medio con los de Santa Cruz. Era aquella la antigua casa de los Morenos; all estuvo la banca de este nombre desde tiempos remotos, y all est todava con la razn social de _Ruiz Ochoa_ y _Compaa_. El edificio, por lo angosto y alto, pareca una torre. El jefe actual de la banca no viva all; pero tena su escritorio en el entresuelo; en el principal moraba D. Manuel Moreno-Isla, cuando vena a Madrid, su hermana doa Patrocinio, viuda, y su ta Guillermina Pacheco; en el segundo viva Zalamero, casado con la hija de Ruiz Ochoa, y en el tercero, dos seoras ancianas, tambin de la familia, hermanas del obispo de Plasencia, Fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Entr Guillermina en su casa a las nueve y media de aquel da que deba de ser memorable. Tan temprano, y ya haba andado aquella mujer medio mundo, odo tres misas y visitado el asilo viejo y el que estaba en construccin, despachando de paso algunas diligencias. Llegose un instante a su gabinete, pensando en la visita que aquel da esperaba, pero el inters de este asunto no le hizo olvidar los suyos propios, y sin quitarse el manto, volvi a salir y fue al despacho de su sobrino. Se puede? pregunt abriendo suavemente la puerta. Pasa, _rata_ replic Moreno, que se acababa de dar un bao y estaba sentado, escribiendo en su pupitre, con bata y gorro, clavados los lentes de oro en el caballete de la nariz. --Buenos das--dijo la santa entrando; l la miraba por encima de los quevedos--. No vengo a molestarte... Pero ante todo. Cmo ests hoy? No se ha repetido el ahoguillo? --Estoy bien. Anoche he dormido. Me parece mentira que haya descansado una noche. Todo lo llevo con paciencia; pero esos desvelos horribles me matan. Hoy, ya lo ves, hablo un rato seguido y no me canso. --Vaya... cosas de los nervios... y resultado tambin de la vida ociosa que llevas... Pero vamos a mi pleito. Slo te quera decir que ya que no me acabes el piso, me des siquiera unas vigas viejas que tienes en tu solar de la calle de Relatores... Ayer fui a verlas. Si me las das, yo las mandar aserrar... --Vaya por las vigas, que no son viejas. --Si estn medio podridas! --Qu han de estar! Pero en fin, tarasca, tuyas son--replic Moreno volviendo a escribir--. Cundo querr Dios que acabes tu dichoso asilo, a ver si descansa el gnero humano! Mira, no sabes lo antiptica que te haces con tus petitorios. Eres la pesadilla de todas las familias y cuando te ven entrar, no lo dudes, aunque te pongan buena cara, te echan de dientes adentro cada maldicin...! A estas palabras, dichas con seriedad que ms bien pareca broma, contestole Guillermina sentndose junto al pupitre, apoyando un codo en l, y mirando frente a frente al sobrino, cuya barba acarici con sus dedos, entre los cuales tena enredado an el rosario. Todo eso lo dices por buscarme la lengua. Eres muy pillincito. Por de pronto vengan esos maderos que no te sirven para nada. --Carga con ellos y as te perniquiebres--repuso D. Manuel sonriendo. --Pero no basta eso. Es preciso que pongas una orden a tu administrador para que me los entregue. Aqu, en este papelito... Ya que tienes la pluma en la mano no me voy sin la orden. Luego acabars tu carta. Diciendo esto, coga de la papelera un pliego timbrado y se lo pona delante, apartando con su propia mano la carta que estaba a medio escribir. --Dios tenga compasin de m! Y el diablo cargue con estas santas cursis, con estas fundadoras de establecimientos que no sirven para nada. --Escribe, tontito. Si todo eso que hablas es bulla. Si eres lo ms bueno... y lo ms cristiano...! --Cristiano yo!--exclam el caballero enmascarando su benevolencia con una fiereza histrinica--. Cristiano yo! Mal pecado! Para que no te vuelvas a acercar ms a m, me voy a hacer protestante, judo, mormn... Quiero que huyas de m como de la peste. --Vamos, no tontees. Te advierto que de ninguna manera te has de librar de m, pues aunque te vuelvas el mismo Demonio, te he de pedir dinero y te lo he de sacar. Vamos; ponme eso. --No me da la gana. Y dicindolo empezaba a redactar la orden. --As, as...--deca Guillermina dictando--. Sr. D... haga usted el favor de dar los palos.... --Por ah... los palos... Lea, que te den lea es lo que a ti te viene bien. Durante el silencio de la escritura, oyose en el pasillo prximo rumor de faldas, voces de mujeres y estallido de besos. Moreno levant la pluma diciendo: Quin es?. --No te interrumpas... Qu te importa a ti? Debe de ser Jacinta. Sigue. --Pues que pase aqu. Por qu no pasa? --Est hablando con tu hermana. Jacinta, Jacintilla!, entra: el monstruo quiere verte. Abriose la puerta y aparecieron Jacinta y Patrocinio, la hermana de Moreno. Esta se rea de ver a su hermano enzarzado con la santa, y rindose se retir. --Venga usted... Jacinta por Dios--dijo Moreno echando la firma al documento--, y squeme de este Calvario. Crea usted que su amiguita me est crucificando. Calle usted, cicatero--le contest la joven avanzando hacia la mesa--. Usted es el que la crucifica a ella, porque pudiendo darle todo lo que le pide, que bien de sobra lo tiene, no se lo da: y hace muy mal en atormentarla si piensa drselo al fin. --Vamos, usted se me ha pasado al enemigo. Ya no hay salvacin--afirm l quitndose los lentes y frotndose los ojos, cansados de tanto escribir--. Estamos perdidos. --Eh?, qu tal? Tengo buenos abogados?--dijo Guillermina recogiendo su papel. --Cicatero!--repiti Jacinta--. Negarle tres o cuatro mil tristes duros para acabar el piso...!, un hombre que no tiene hijos, que est nadando en dinero! Usted que antes era tan bueno, tan caritativo...! --Es que me he vuelto protestante, hereje, y me voy a volver judo, a ver si esta calamidad me deja en paz. --No, no le dejaremos, verdad?--insisti la santa--. Mira, Manolo: Jacinta y yo pedimos ahora juntas. Aunque te vuelvas turco, ya te cay que hacer. --No, Jacinta no se mete en esos enredos--dijo Moreno mirndola fijamente en los ojos. --Vaya que s me meto. El asilo es mo; lo he comprado. --S?, pues si ha dado usted dos pesetas por l ha hecho un mal negocio. Todava est a la mitad y ya se est cayendo. --Primero te caers t. --Es mo--afirm la seora de Santa Cruz avanzando ms y poniendo la palma de la mano sobre el pupitre--. A ver, rico avariento, d usted para la obra de Dios. --Otra! Ya he dado unas vigas que valen cualquier cosa--replic Manolo, mirando embelesado, tan pronto la cara de la mendicante como su mano de ngel, sonrosada y gordita. --Eso no basta. Necesitamos acabar el piso principal, y... --Eso... eso...--interrumpi Guillermina--. Pero no te dar ni una mota. Sabes? Se va a hacer mormn, y necesita el dinero para tantsimas mujeres como tendr que mantener. --Poco a poco, seoras mas--observ el rico avariento, echndose sobre el respaldo del silln--. La cosa vara de aspecto. Jacinta metida a santa fundadora! Qu compromiso! Ahora s que no s cmo salir del paso, porque ahora s que me condeno de veras, si me obstino en la negativa. Porque no hay duda de que esta mano que pide, mano del Cielo es... --Y tan del Cielo--indic la propia Delfina sacudiendo la mano--. Decidirse pronto, caballero. Es la primera vez que ejerzo de santa. Si me echa la limosnita, usted me estrena. --S?...--dijo l movindose en el silln con gran desasosiego--. Pues doy, pues doy. Guillermina empez a dar palmadas, gritando: Hosanna... ya le tenemos cogido. Y con vivacidad, semejante a la de una jovenzuela, ech mano a la llave que estaba puesta en uno de los cajones de la mesa. --Eh... qu libertades son estas?--grit su sobrino sujetndole la mano. --El talonario del Banco...--deca la _rata eclesistica_, luchando por desasirse y por sofocar la risa--. Aqu, aqu lo tienes, perro hereje... scalo pronto y pon cuatro nmeros, cuatro letras y el garabato de tu firma. Jacinta, abre... scalo... no tengas miedo. --Orden, orden, seoras--arguy Moreno a quien la risa cortaba la respiracin--. Esto ya es un allanamiento, un escalo. Tengan calma, porque si no me ver en el caso de llamar a una pareja. --El talonario, el talonario!--chillaba Jacinta, dando tambin palmadas. --Paciencia, paciencia. No tengo aqu el talonario. Est abajo, en el escritorio. Luego... --Bah!... se est burlando de nosotras!... --No, no--dijo Guillermina con ardor--, ya no puede volverse atrs. --Yo no me voy ya sin la firma.--Ms que la firma--manifest Moreno muy serio, ponindose la mano sobre aquel corazn que no vala ya dos cuartos--, vale mi palabra. Estaba plido, casi blanco, del color del papel en que escriba. De veras?.--No hay ms que hablar.--Eso s--dijo la santa--, l es un pillo, un hereje; pero lo que es palabra, la tiene... Dichas otras cuantas bromas, retirronse las dos santas fundadoras, dejando al hereje con su mdico. Iban tan contentas, que cuando entraron en el cuarto de Guillermina, a esta le faltaba poco para ponerse a bailar. Pero de veras nos mandar el taln? pregunt Jacinta, incrdula. --Como tenerlo en la mano... Has estado muy hbil... Como tiene conmigo tanta confianza, se pone muy pesado. Pero a ti no te haba de negar... Qu alegra!... Ya tenemos piso principal! Viva San Jos bendito! Vivaaaa!... Viva la Virgen del Carmen!... Vivaaaa! Porque a ellos se le debe todo. Tarde o temprano, Manolo me habra dado esos cuartos. Ah!, yo le conozco bien. Si es un angelote, un bendito, un alma de Dios...! --ii-- No les dur mucho el regocijo, porque oyeron el reloj de la Puerta del Sol dando las diez, y ambas mudaron sbitamente la expresin de su rostro. Las diez, ya veremos si viene--dijo Guillermina, que an conservaba resplandores de alegra en su cara--. Prometi venir; pero esa palabra no debe de ser tan de fiar como la de Manolo. Y permaneciendo ambas en pie, la fundadora dijo a su amiguita: Esto no lo hago yo ms que por ti... meterme en vidas ajenas! La impresin que saqu el otro da es que por el momento no es ella quien te le distrae. Sera una actriz consumada si as no fuese. Como venga hoy, le echaremos la sonda ms abajo a ver si sale algo. De todas suertes, ya la sermonear bien para que le reciba a cajas destempladas, si l intentara... Creers una cosa? Que esa mujer no me parece enteramente mala?. --Podr ser... Pero si usted hubiera visto la cara que me puso el otro da, una cara de rencor como usted no puede figurarse... --Dice que despus le pes... --Bribona!--exclam Jacinta, frunciendo los labios y apretando los puos. --Pero, en fin, hoy la tantearemos otra vez. Como quiera que sea, su sermoncito no hay quien se lo quite. Y por si viene pronto... quedamos en que de diez a once... debes marcharte ya, no sea que te pille aqu. Despus de un rato de silencio, la Delfina dijo con resolucin: Yo no me voy. --Hija, qu me dices!... Ests loca? --Yo no me voy. Me esconder en la alcoba. Quiero or lo que diga... --Eso s que no te lo consiento. En mi casa escenas de comedia? No, no lo esperes. --Pero qu tonta, y qu exagerada, y qu puntillosa es usted, hija! Qu mal hay en eso?, a ver... Le digo a usted que no me voy. --Pues te quedas aqu... Ah!, no, eso tampoco. Mrchate, nia de mi alma, y no me pongas en tan mal paso. No es de mi carcter eso. --Djeme... por Dios! Pero qu le importa a usted?... vaya... Yo me meto en la alcoba y me estoy all como en misa. --Hija, ni en los teatros resulta eso con sentido comn... Para salir diciendo luego con voz hueca: lo he odo todo!. --Yo no chistar. No har ms que or... Vamos, remilgada, djeme usted. --Ya me figuraba yo que habas de salir con alguna tontera. Eres una voluntariosa. De esa manera me agradeces lo que hago por ti... --Pero qu mal hay?... Vaya, que es usted terca. Pues que no me voy, que no me voy. Son la campanilla. Apostamos a que es ella?... Lo siento dijo Guillermina, asomndose a la puerta. Jacinta no crey prudente discutir ms, y sin decir nada metiose en la alcoba, cerrando cuidadosamente las vidrieras. Guillermina, no conformndose con el escondite, quiso salir con nimo de recibir la visita en otra habitacin; mas dispuso la fatalidad que su prima Patrocinio, al ver entrar a Fortunata, la tomara por una de las muchas personas que iban all a pedir socorros, y la introdujese, como si dijramos, a boca de jarro, en el gabinete de la santa. Esta se vio algo confusa, sin saber cmo salir de aquel atolladero. Ah!, era usted?... No la esperaba... Pase y tome asiento. Fortunata, que iba vestida con mucha sencillez, entr como entrara una planchadora que va a entregar la ropa. Avanzaba tmidamente, detenindose a cada palabra del saludo, y fue preciso que Guillermina la mandase dos o tres veces sentarse para que lo hiciera. Su aire de modestia, su encogimiento, que era el mejor signo de la conciencia de su inferioridad, hacanla en aquel instante verdadero tipo de mujer del pueblo, que por incidencia se encuentra mano a mano con las personas de clase superior. Mucho la cohiba el temor de no saber usar trminos en consonancia con los que empleara la confesora, pues en todas las ocasiones difciles recobraba su popular rudeza, y se le iban de la memoria las pocas enseanzas de lenguaje y modales que haba recibido en su corta y accidentada vida de seora. Pero lo verdaderamente singular era que Guillermina, tan duea de su palabra normalmente, estaba tambin azorada aquel da, y no saba cmo desenvolverse. El escondite de su amiga la llenaba de confusin, porque era un engao, un fraude, una superchera indigna de personas formales. Lo primero que a la santa se le ocurri, para empezar, fue una ampliacin de lo que haba dicho en la casa de Severiana. Si quiere usted que seamos amigas y que le d buenos consejos, es preciso que tenga conmigo mucha confianza y no me oculte nada, por feo y malo que sea. Hay en su vida de usted un punto muy oscuro. Usted est casada y no quiere a su marido; as me lo confes el otro da. Crea que esto me ha dado qu pensar. Dice usted que se cas sin saber lo que haca... Explicacin escurridiza. Tengamos sinceridad, y hablemos claro. La sinceridad es difcil; pero as como los nios, que confiesan por primera vez, no confesaran si el cura no les sacara los pecadillos con cuchara, as yo voy a ayudarle a usted preguntando y echndole el anzuelo de la respuesta. Veremos si pica... Cuando usted se determin a casarse, no hizo all en el fondo de su pensamiento, la reserva de que el matrimonio le permitiera pecar libremente, no digo que con este y con el otro, sino con el que usted quera?. Fortunata miraba al techo, recordando. No haba esa reserva? A ver... busque usted bien; busque ms adentro, ms abajo. --Puede que s la hubiera--dijo la otra al fin, con voz muy apagada y trmula--. Puede que s... --Ve usted cmo salen las heces cuando se las quiere sacar? --Pero tambin le dir a usted que yo no contaba con volverle a ver... Pens que no se acordaba de m. Yo me llegu a creer que podra ser buena y honrada... me lo tragu. Pero cmo fue ello?, que l me busc... s seora, me busc y me encontr. Sin saber cmo, de repente, el casamiento y mi marido se me pusieron a cien mil leguas de distancia. Yo no s explicarlo, no s explicarlo. En cuanto la conversacin se corra del lado de Juanito Santa Cruz, Guillermina se aterraba. Quera apartarla de aquel extremo peligroso, y no saba cmo llevar a su penitente a un terreno puramente ideal. Pero su conciencia... eso es lo que quiero saber. --Mi conciencia!... esto s que es raro... se lo cuento a usted como pas... no se me alborotaba cuando cometa yo aquellos pecados tan refeos... Le dir a usted ms, aunque se horrorice... mi conciencia me aprobaba... vamos al caso, me deca una cosa muy atroz, me deca que mi verdadero marido... --No siga usted--interrumpi la santa alarmadsima, creyendo sentir ruido en la alcoba. Es horrible. No siga usted. Virgen del Carmen! Est usted muy daada. --Parecame a m--prosigui la penitente sin poder contener la efusin de su sinceridad--, que aquel hombre me perteneca a m y que yo no perteneca al otro... que mi boda era un engao, una ilusin, como lo que sacan en los teatros. --Calle, cllese por Dios... --Pero agurdese usted... A m me haba dado palabra de casamiento... como esta es luz... Y me la haba dado antes de casarse... Y yo haba tenido un nio... Y a m me pareca que estbamos los dos atados para siempre, y que lo dems que vino despus no vale... eso es. Guillermina se llev las manos a la cabeza... Discurri que lo mejor era diferir la conferencia para otro da, pretextando que tena que salir. Eso es muy grave. Hay que tratarlo despacio. Cierto que una promesa liga algo... No sostendr yo que ese joven se port bien con usted. Pero el tiempo, la sociedad... Y sobre todo, los derechos que usted podra tener, los ha perdido con su mala conducta.--Yo no habra sido mala--dijo la de Rubn envalentonndose, al ver en su confesora un inexplicable aturdimiento--, si l no me hubiera plantado en medio del arroyo con un hijo dentro de m--la santa vacilaba; no saba por dnde romper. Ah!, sin aquel peligroso testigo de Jacinta ya se habra explicado ella bien, enseando a la atrevida cuntas son cinco. --Usted, hija ma, est como trastornada--le dijo, buscando modos de hacer insignificante la conversacin--. El otro da me pareci usted ms razonable... qu mosca la ha picado...? --Qu mosca?--dijo Fortunata con cierto extravo en la mirada--. Qu mosca?, pues una. --Porque usted no se hace cargo de que ha pasado tiempo, de que ese hombre est casado con una mujer angelical, y que... En la fisonoma de la prjima se encendi de improviso una luz vivsima. Fue como una aureola de inspiracin que le envolva toda la cara. Ms hermosa que nunca, sac de su cabeza un gallardsimo argumento, y se lo solt a la otra como se suelta una bomba explosiva. Pruuun! Guillermina se qued atontada cuando oy esta atrocidad: Angelical!... s, todo lo angelical que usted quiera; pero _no tiene hijos_. Esposa que no tiene hijos, no es tal esposa. Guillermina se qued tan pasmada, que no pudo responder. Es idea ma--prosigui la otra con la inspiracin de un apstol y la audacia criminal de un anarquista--. Dir usted lo que guste; pero es idea ma, y no hay quien me la quite de la cabeza... Virtuosa, s; estamos en ello; pero no le puede dar un heredero... Yo, yo, yo se lo he dado, y se lo puedo volver a dar.... --Por Dios... cllese usted... no he visto otro caso... Qu idea!... qu atrevimiento! Est usted condenada. Y la virgen y confesora lleg a tal grado de confusin, que no daba ya pie con bola. Yo estar todo lo condenada que usted quiera... pero es mi idea; con esta idea me ir al Infierno, al Cielo o a donde Dios disponga que me vaya... Porque eso de que yo sea mala, muy mala, todava est por ver. La santa la miraba con verdadero espanto. Fortunata pareca estar fuera de s y como el exaltado artista que no tiene conciencia de lo que dice o canta. Por qu he de ser yo tan mala como parece?... porque tengo una idea? No puede una tener una idea?... Dice usted que la otra es un ngel? Yo no lo niego, yo no pretendo quitarle su mrito... Si a m me gusta, si quisiera parecerme a ella en algunas cosas, en otras no, porque ella ser para usted todo lo santa que se quiera, pero est por debajo de m en una cosa: _no tiene hijos_, y cuando tocan a tener hijos, no me rebajo a ella, y levanto mi cabeza, s seora... Y no los tendr ya, porque est probado, y por lo que hace a que yo los puedo tener, tambin muy probado est. Es mi idea, es una idea ma. Y otra vez lo digo: la esposa que no da hijos, no vale... Sin nosotras las que los damos, se acabara el mundo... Luego nosotras.... Nada, nada, esta mujer est loca y no tendr ms remedio que ponerla en la calle--pens Guillermina--. Y qu trago estar pasando la otra pobre, oyendo tales lindezas!. Notaba en ella cierta exaltacin insana. No era la misma mujer con quien haba hablado dos das antes. Ya tena la palabra en la boca para despedirla con buen modo, cuando se sinti ruido como de mano golpeando en los cristales de un mirador, y luego una voz que llamaba a Guillermina. Asomose esta. Fortunata oy claramente la voz de doa Brbara preguntando: Est ah Jacinta?. --iii-- La santa vacil antes de dar respuesta. Por fin la dio: Jacinta?... No, aqu no est. Poco ms hablaron las dos damas, y Guillermina volvi al lado de la visita; pero la falsedad que se haba visto obligada a decir trastornaba de tal modo su espritu, que no pareca la misma mujer de siempre, segura, impvida y tan duea de su palabra como de sus actos. La mentira y el escondite escnico de su amiga pusironla en la situacin ms crtica del mundo, porque se haba hecho a la verdad, y viva en ella como los peces en el agua. Estaba la pobre seora, con aquellos escrpulos, como pez a quien sacan de su elemento, y an le pas por el magn la pavorosa idea: _pecado mortal!_ En fin que aquello se tena que concluir. Hija ma, usted est hoy un poco alucinada. Bien quisiera poderla or, consolarla... pero tiene que dispensarme por hoy... Otro da.... --Tiene usted que salir?--dijo la anarquista con pena--. Bueno, volver; yo tengo que contarle a usted una cosa... Si no se la cuento a usted, lo sentir... Ay!, una cosa que me ha pasado ayer... tremenda, muy tremenda! Guillermina permaneci en pie, diciendo para s: qu ser?. Si persiste usted--agreg en voz alta--, en tener esas ideas estrambticas, es difcil que yo la consuele. No nos entenderemos nunca. En aquel momento la pecadora clavaba sus ojos en la santa. Se le estaba pareciendo a Mauricia. La cara no era la misma; pero la expresin s... y la voz, se le haba enronquecido como la de las personas que beben aguardiente. En qu piensa usted? Por qu me mira tanto? le pregunt Guillermina, que ya estaba impaciente por terminar.--La miro a usted porque me gusta mirarla... Anoche y anteanoche, y todos los das desde aquel en que hablamos, la tengo a usted metidita dentro de mis ojos, la veo cuando duermo y cuando no duermo. Ayer, cuando me pas lo que me pas, dije: No tengo sosiego hasta que no se lo cuente a la seora. Guillermina, movida de gran curiosidad, se sent, y tomndole una mano, le dijo en voz queda: Cuente usted... Ya oigo. Pues ayer--refiri la joven con los ojos bajos, alzndolos al final de cada frase, como si pusiera con ellos las comas, ms que con el acento--, pues ayer... iba yo tan tranquila por la calle de la Magdalena, pensando en usted... porque siempre estoy pensando en usted y... me par a ver el escaparate de una tienda donde hay tubos y llaves de agua... Ni s por qu me par all, pues qu me importan a m los tubos?... cuando sent a mi espalda... mejor dicho aqu en el cuello, una voz... Ay, seora!, la voz me son aqu detrs junto a estos pelitos que tenemos donde nace la cabellera, y fue como si me entraran una aguja muy fina y muy fra... Me qued helada... volvime... le vi... se sonrea. Guillermina extendi la mano para taparle la boca; pero sin resultado. Yo no poda hablar... Me qued como una estatua; me dieron ganas de llorar, de echar a correr o de no s qu. --No le dira a usted nada de particular--indic la santa muy asustada, quitando gravedad al asunto--. Nada ms que un saludo... --Qu saludo?... Ver usted. Me dijo: Chiquilla, qu es de tu vida?.... Yo no le pude contestar... Di media vuelta, y l me cogi una mano. --Vamos, vamos, esto ya es demasiado--declar Guillermina, levantndose turbadsima--. Otro da me contar usted eso... --No, si no hay ms... Yo retir mi mano, y me fui sin decirle nada... No tuve alma para seguir adelante sin mirar para atrs, y mir y le vi... Me segua, distante. Apresur el paso y me met en mi casa... --Muy bien hecho, muy bien hecho... --Pero agurdese usted--dijo Fortunata que ya no estaba exaltada, sino en un grado de humildad lastimosa, y su tono era el de los penitentes muy afligidos, que no pueden con el peso de sus culpas--. An falta lo mejor. Despus que le vi, se me ha clavado de tal manera en el pensamiento la idea de... Es una idea ma, idea mala, seora... pero usted es una santa, y me la quitar de la cabeza... Por eso no tengo sosiego hasta no decrsela... --Basta, basta; no quiero, no quiero. --Que s quiere--insisti la joven retenindola por ambas manos, pues la confesora hizo ademn de apartarse de ella. --Una idea infame... la idea de pecar otra vez...--dijo Guillermina, balbuciente--. Es eso?... --Eso es... pero ver la seora. Yo quiero echarla de m; pero a veces se me ocurre que no debo echarla, que no peco... --Jess!--Que as debe ser, que as est dispuesto--aadi la seora de Rubn, volviendo a exaltarse y a tomar la expresin del anarquista que arroja la bomba explosiva para hacer saltar a los poderes de la tierra. Es una idea ma, una idea muy perra, una idea negra como las nias de los ojos de Satans... y no me la puedo arrancar. --Cllese usted... Guillermina puso cara de consternacin y dio algunos pasos, vacilando como una persona que se va a caer. Tiempo haca, mucho tiempo, que la insigne fundadora no se haba encontrado en compromiso semejante. Sentase atada y sin libertad, y esto la pona fuera de s, destruyendo aquella serenidad soberana que normalmente tena. An intent un esfuerzo para dominar situacin tan penosa, y echando miradas de alarma a la vidriera de su alcoba, dijo: Pero usted... no reflexiona... que.... No pudo concluir esta frase trivial. La otra, que siendo cifra de todas las debilidades humanas, pareca ms fuerte que la gran doctora y santa, se permiti sonrer oyndola. Y qu saco de reflexionar? Mientras ms reflexiono peor. --Veo que usted no tiene atadero... Con esas ideas, pronto volveramos al estado salvaje. Con sonrisa sarcstica y un expresivo alzar de hombros, dio a entender Fortunata que por ella no haba inconveniente en que la sociedad volviera al estado salvaje... Usted no tiene sentido moral; usted no puede tener nunca principios, porque es anterior a la civilizacin; usted es una salvaje y pertenece de lleno a los pueblos primitivos. Esto o cosa parecida le habra dicho Guillermina si su espritu hubiera estado en otra disposicin. nicamente expres algo que se relacionaba vagamente con aquellas ideas: Tiene usted las pasiones del pueblo, brutales y como un canto sin labrar. As era la verdad, porque el pueblo, en nuestras sociedades, conserva las ideas y los sentimientos elementales en su tosca plenitud, como la cantera contiene el mrmol, materia de la forma. El pueblo posee las verdades grandes y en bloque, y a l acude la civilizacin conforme se le van gastando las menudas, de que vive. De repente Fortunata vacil en su nimo. Pareca una fuerza nerviosa que caa en brusca sedacin. La otra, en cambio, se creci de repente por una sacudida de su conciencia. Ya no ms, no ms mentira. No puedo, no puedo.... Alz los ojos al techo, cruz las manos, su cara se puso muy encendida y sus ojos iluminados. Quedose atnita la anarquista oyndole decir estas palabras con un acento que pareca ser de otro mundo: Salva, Jess mo, esta alma que se quiere perder, y aprtame a m de la mentira. Despus se lleg a ella y le cogi una mano, dicindole con profunda lstima: Pobre mujer!, yo tengo la culpa de las atrocidades que ha dicho usted, yo, yo, Dios me lo perdone, y la causa ha sido una farsa, una mentira... La verdad ante todo. La verdad me ha salvado siempre y me salvar ahora. Usted ha dicho cosas infernales que desgarran el corazn de mi amiga, y las ha dicho porque crea que hablaba slo conmigo. Pues la he engaado a usted, porque Jacinta est escondida en aquella alcoba. Dicindolo, corri hacia la puerta vidriera y la empuj. Fortunata, que estaba sentada frente a la puerta aquella, levantose de golpe, quedndose yerta y muda. Jacinta no apareca. Se oyeron tan slo sus sollozos. Estaba sentada en una silla, apoyando la cabeza en la cama de la santa. Esta se fue a ella y le dijo: Perdnala, querida ma, que no sabe lo que se dice. --Y usted...--aadi, saliendo a la puerta--, bien comprender que debe retirarse. Hgame el favor... Quizs todo habra concluido de un modo pacfico; pero la Delfina se levant de repente, poseda de la rabia de paloma que en ocasiones le entraba. nimas benditas! De un salto sali al gabinete. Estaba amoratada de tanto llorar y de tantsima clera como senta... No poda hablar... se ahogaba. Tuvo que hacer como que escupa las palabras para poder decir con gritos intermitentes: Bribona... infame, tiene el valor de creerse!... no comprende que no se la ha mandado... a la galera, porque la justicia... porque no hay justicia... Y usted... (por Guillermina) no s cmo consiente, no s cmo ha podido creer... Qu ignominia!... Esta mujerzuela aqu, en esta casa... qu afrenta!... Ladrona...!. Fortunata, en el primer movimiento de sorpresa y temor, haba dado una vuelta y pustose tras el silln en que poco antes estaba sentada. Apoyando las manos en el respaldo, agach el cuerpo y mene las caderas como los tigres que van a dar el salto. Mirola Guillermina, sintiendo el espanto ms grande que en su vida haba sentido... Fortunata agach ms la cabeza... Sus ojos negros, situados contra la claridad del balcn, pareca que se le volvan verdes, arrojando un resplandor de luz elctrica. Al propio tiempo dej or una voz ronca y terrible que deca: La ladrona eres t... t! Y ahora mismo.... La ira, la pasin y la grosera del pueblo se manifestaron en ella de golpe, con explosin formidable. Volvi a la niez, a aquella poca en que trabndose de palabras con alguna otra zagalona de la plazuela, se agarraban por el moo y se sacudan de firme, hasta que los mayores las separaban. No pareca ser quien era, ni deba de tener conciencia de lo que haca. Jacinta y Guillermina se acobardaron un momento; pero luego la primera lanz un grito de angustia, y la santa sali a pedir socorro. No tuvo tiempo Fortunata de prolongar su altercado ni de volver en s, porque apareci en la puerta el criado de Moreno, que era un inglesote como un castillo, y a poco vino tambin doa Patrocinio, y despus el mismo Moreno. La seora de Rubn no se dio cuenta de lo dems... Tena despus una idea incierta de que la mano dura del ingls la haba cogido por un brazo, apretndoselo tanto que an le dola al da siguiente; de que la sacaron del gabinete, de que le abrieron la puerta y de que se vio bajando la escalera. Todos acudieron a la seora de Santa Cruz que haba perdido el conocimiento, y Moreno, poniendo una cara entre burlesca y consternada, se dej decir: Estas cosas le pasan a mi querida ta por meterse a redentora. --iv-- Baj Fortunata los peldaos riendo... Era una risa estpida salpicada de interjecciones. A m, decirme...! Si no me echan, la cojo... le levanto... pero no s, no recuerdo bien si le ara la cara. A m decirme! Si le pego un bocado no la suelto... Ja, ja, ja.... Le temblaban tanto las piernas, que al llegar a la calle apenas poda andar. La luz y el aire pareca que le despejaban algo la cabeza, y empez a darse cuenta de la situacin. Pero era verdad lo que haba dicho y hecho? No estaba segura de haberle pegado; pero s de que le dijo algo. Y para qu la otra la haba llamado a ella _ladrona_?... Subi por la calle de la Paz, pasando a cada instante de una acera a otra sin saber lo que haca. Pero yo qu he hecho?... Oh!, bien hecho est... Llamarme a m _ladrona_, ella que me ha robado lo mo!. Se volvi para atrs, y como quien echa una maldicin, dijo entre dientes: T me llamars lo que quieras... Llmame tal o cual y tendrs razn... T sers un ngel... pero t no has tenido hijos. Los ngeles no los tienen. Y yo s... Es mi idea, una idea ma. Rabia, rabia, rabia... Y no los tendrs, no los tendrs nunca, y yo s... Rabia, rabia, rabia.... Ms all del Banco volvi a rerse. Su monlogo era as: Lo mismo que la otra, la _seora_ del Espritu Santo...! Doa Mauricia, digo, Guillermina la Dura... Quiere hacernos creer que es santa... buen peine est! Harta de retozar con los curas, se quiere hacer la obispa catoliqusima y meterse en el confesonario... Perdida, borrachona, hipocritona!... pa de sacrista, amancebada con todos los clrigos... con el Nuncio y con San Jos.... De pronto sus ideas variaron, y sintiendo dolorosa angustia en su alma, como impresin de horrible vaco, pensaba as: Pero a quin me volver ahora? Dios mo, qu sola estoy! Por qu te me has muerto, amiga de mi alma, Mauricia!... Por ms que digan, t eras un ngel en la tierra, y ahora ests divirtindote con los del Cielo; y yo aqu tan solita! Por qu te has muerto? Vulvete ac... Qu es de m? Qu me aconsejas? Qu me dices?... Qu ganas siento de llorar! Sola, sin nadie que me diga una palabra de consuelo... Oh!, qu amiga me he perdido!... Mauricia, no ests ms entre las nimas benditas, y vuelve a vivir... Mira que estoy hurfana, y yo y los huerfanitos de tu asilo estamos llorando por ti... Los pobres que t socorras te llaman. Ven, ven... Seor Pepe te ha hecho los gatillos... le vi esta maana en la fragua, machacando, tin, tan... Mauricia, amiga de mi alma, ven y las dos juntas nos contaremos nuestras penas, hablaremos de cuando nos queran nuestros hombres, y de lo que nos decan cuando nos arrullaban, y luego beberemos aguardiente las dos, porque yo tambin quiero el aguardientito, como t, que ests en la gloria, y lo beber contigo para que se me duerman mis penas, s, para que se me emborrachen mis penas. Entr por fin en casa. Enteramente trastornada, andaba como una mquina. No haba nadie ms que Papitos, a quien vio, mas no le dijo nada. Encerrose en su alcoba, tir el manto y se ech en el sof, dando un rugido. Despus de revolcarse como las fieras heridas, se puso boca abajo, oprimiendo el vientre contra los muelles del sof, y clavando los dedos en un cojn. No tard en caer en penoso letargo, lleno de visiones disparatadas y horribles, sin darse cuenta del tiempo que estuvo en tal disposicin. Cuando volvi en s, haba poca luz en el cuarto. Fijndose bien, pudo distinguir la cara escrutadora de doa Lupe que la observaba... Qu tienes?... Me has asustado. Dabas unos mugidos...!, y de pronto te echabas a rer, y se te escapaban unas palabritas...!. A las reiteradas y capciosas preguntas de su ta, contestaba evasivamente y con mucha torpeza. En dnde has estado hoy? T has salido.--Fui a comprar aquella tela....--Y dnde est?.--Que dnde est la tela?... Pues no s....--Parece que ests en Babia. A ti te pasa algo. Levntate de ese sof. Pero no se levantaba. Empez a sospechar la viuda que aquel espritu estaba perturbado, y tembl. Vinieron a su pensamiento pasadas vergenzas y desdichas, y se prometi vigilar mucho. Estuvo la seora de morros toda la noche, y Fortunata de ms morros todava, sintiendo que se apoderaba de su alma la aversin a toda aquella familia. No les poda ver. Eran sus carceleros, sus enemigos, sus espas. A cualquier parte de la casa que fuese, seguala doa Lupe. Se senta vigilada, y el rechinar de las zapatillas de su ta le causaba violentsima ira. Al da siguiente, despus de almorzar, y cuando Maxi se haba marchado a la botica, tuvo tanto miedo Fortunata a que la ira estallase, que para evitarlo se at una venda a la cabeza, fingiendo jaqueca, y encerrndose en su alcoba, acostose en su cama. A la media hora le entr, como el da anterior, la embriaguez aquella, el desvanecimiento de las ideas, que se emborrachaban con tragos de dolor y se dorman. En tal situacin siente vivos impulsos de salir a la calle; se levanta, se viste, pero no est segura de haberse quitado la venda. Sale, se dirige a la calle de la Magdalena, y se para ante el escaparate de la tienda de tubos, obedeciendo a esa rutina del instinto por la cual, cuando tenemos un encuentro feliz en determinado sitio, volvemos al propio sitio creyendo que lo tendremos por segunda vez. Cunto tubo!, llaves de bronce, grifos, y multitud de cosas para llevar y traer el agua... Detinese all mediano rato viendo y esperando. Despus sigue hacia la plaza del Progreso. En la calle de Barrionuevo, se detiene en la puerta de una tienda donde hay piezas de tela desenvueltas y colgadas haciendo ondas. Fortunata las examina, y coge algunas telas entre los dedos para apreciarlas por el tacto. Qu bonita es esta cretona!. Dentro hay un enano, un monstruo, vestido con balandrn rojo y turbante, alimaa de transicin que se ha quedado a la mitad del camino darwinista por donde los orangutanes vinieron a ser hombres. Aquel adefesio hace all mil extravagancias para atraer a la gente, y en la calle se apelmazaban los chiquillos para verle y rerse de l. Fortunata sigue y pasa junto a la taberna en cuya puerta est la gran parrilla de asar chuletas, y debajo el enorme hogar lleno de fuego. La tal taberna tiene para ella recuerdos que le sacan tiras del corazn... Entra por la Concepcin Jernima; sube despus por el callejn del Verdugo a la plaza de Provincia; ve los puestos de flores, y all duda si tirar hacia Pontejos, a donde la empuja su pcara idea, o correrse hacia la calle de Toledo. Opta por esta ltima direccin, sin saber por qu. Djase ir por la calle Imperial, y se detiene frente al portal del Fiel Contraste a or un pianito que est tocando una msica muy preciosa. ntranle ganas de bailar, y quizs baila algo: no est segura de ello. Ocurre entonces una de estas obstrucciones que tan frecuentes son en las calles de Madrid. Sube un carromato de siete mulas ensartadas formando rosario. La delantera se insubordina metindose en la acera, y las otras toman aquello por pretexto para no tirar ms. El vehculo, cargado de pellejos de aceite, con un perro atado al eje, la sartn de las migas colgando por detrs, se planta, a punto que llega por detrs el carro de la carne con los cuartos de vaca chorreando sangre, y ambos carreteros empiezan a echar por aquellas bocas las finuras de costumbre. No hay medio de abrir paso, porque el rosario de mulas hace una curva, y dentro de ella es cogido un simn que baja con dos seoras. ramos pocos... A poco llega un coche de lujo con un caballero muy gordo. Que si pasas t, que si te apartas, que s y que no. El carretero de la carne pone a Dios de vuelta y media. Palo a las mulas, que empiezan a respingar, y una de estas coces coge la portezuela del simn y la deshace... Gritos, lea, y el carromatero empeado en que la cosa se arregla poniendo a Dios, a la Virgen, a la hostia y al Espritu Santo que no hay por dnde cogerlos. Y el pianito sigue tocando aires populares, que parecen encender con sus acentos de pelea la sangre de toda aquella chusma. Varias mujeres que tienen en la cuneta puestos ambulantes de pauelos, recogen a escape su comercio, y lo mismo hacen los de la _gran liquidacin por saldo, a real y medio la pieza_. Un individuo que sobre una mesilla de tijera exhibe el gran invento para cortar cristal, tiene que salir a espeta perros; otro que vende los lpices ms fuertes del mundo (como que da con ellos tremendos picotazos en la madera sin que se les rompa la punta), tambin recoge los brtulos, porque la mula delantera se le va encima. Fortunata mira todo esto y se re. El piso est hmedo y los pies se resbalan. De repente, ay!, cree que le clavan un dardo. Bajando por la calle Imperial, en direccin al gran pelmazo de gente que se ha formado, viene Juanito Santa Cruz. Ella se empina sobre las puntas de los pies para verle y ser vista. Milagro fuera que no la viese. La ve al instante y se va derecho a ella. Tiembla Fortunata, y l le coge una mano preguntndole por su salud. Como el pianito sigue blasfemando y los carreteros tocando, ambos tienen que alzar la voz para hacerse or. Al mismo tiempo Juan pone una cara muy afligida, y llevndola dentro del portal del Fiel Contraste, le dice: Me he arruinado, chica, y para mantener a mis padres y a mi mujer, estoy trabajando de escribiente en una oficina... Pretendo una plaza de cobrador del tranva. No ves lo mal trajeado que estoy? Fortunata le mira, y siente un dolor tan vivo como si le dieran una pualada. En efecto; la capa del seorito de Santa Cruz tiene un siete tremendo, y debajo de ella asoma la americana con los ribetes deshilachados, corbata mugrienta, y el cuello de la camisa de dos semanas... Entonces ella se deja caer sobre l, y le dice con efusin cariosa: Alma ma, yo trabajar para ti; yo tengo costumbre, t no; s planchar, s repasar, s servir... t no tienes que trabajar... yo para ti... Con que me sirvas para ir a entregar, basta... no ms. Viviremos en un sotabanco, solos y tan contentos. Entonces empieza a ver que las casas y el cielo se desvanecen, y Juan no est ya de capa sino con un gabn muy majo. Edificios y carros se van, y en su lugar ve Fortunata algo que conoce muy bien, la ropa de Maxi, colgada de una percha, la ropa suya en otra, con una cortina de percal por encima; luego ve la cama, va reconociendo pedazo a pedazo su alcoba; y la voz de doa Lupe ensordece la casa riendo a Papitos porque, al aviar las lmparas, ha vertido casi todo el mineral... y gracias que es de da, que si es de noche y hay luz, incendio seguro. --v-- Lo que haba soado se le qued a la seora de Rubn tan impreso en la mente cual si hubiera sido realidad. Le haba visto, le haba hablado. Complet su pensamiento, amenazando con el puo cerrado a un ser invisible: Tiene que volver... Pues t qu creas? Y si l no me busca, le buscar yo... Yo tengo mi idea, y no hay quien me la quite. Incorporose despus, quedndose apoyada en un codo y mirando a los ladrillos. Sus ojos se fijaron en un punto del suelo. Con rpido impulso salt hacia aquel punto y recogi un objeto. Era un botn... Mirolo tristemente, y despus lo arroj con fuerza lejos de s, diciendo: es negro y de tres _aujeritos_. Mala sombra. Vuelta otra vez a la cavilacin: Porque si le encuentro y no quiere venir, me mato, juro que me mato. No vivo ms as, Seor; te digo que no me da la gana de vivir ms as. Yo ver el modo de buscar en la botica un veneno cualquiera que acabe pronto... Me lo trago, y me voy con Mauricia. Esta idea pareca darle cierto aplomo, y sali del cuarto. En pocas palabras la puso doa Lupe al tanto de la gran burrada que haba hecho Papitos. Nada, hija, que si es de noche y se vierte el mineral con la luz encendida, aqu perecemos todos achicharrados... Es muy perra esta chica, y me va a consumir la vida. Pasado el berrinche, se fij en la cara de su sobrina, encontrando en ella un oscursimo jeroglfico que no poda descifrar: Pero estate sin cuidado que ya te lo acertar yo... Conmigo no juegas t. Aquella noche hizo Maxi mil extravagancias, y a la maana siguiente se puso tan encalabrinado y vidrioso, que no se le poda aguantar. Hay que tener mucha paciencia--dijo doa Lupe a Fortunata--. Sabes lo que te aconsejo? Que no le lleves la contraria en nada. Hay que decirle a todo que s, sin perjuicio de hacer lo que se deba. El pobrecito est mal. Me ha dicho esta maana Ballester que tiene algo de reblandecimiento cerebral. Dios nos tenga de su mano. Senta Fortunata vivos deseos de salir a la calle, y no saba qu pretexto inventar para procurarse escapatorias. Ofrecase a hacer compras de que doa Lupe tena necesidad, e inventaba menesteres que motivaran una salidita. La taimada viuda de Juregui comprendi que una sujecin absoluta sera perjudicial, y empez a darle libertad. Un da le ley la cartilla en estos trminos: Puedes salir; no eres una chiquilla y ya sabes lo que haces. Yo creo que no nos dars ningn disgusto, y que has de mirar por el decoro de la familia lo mismo que miro yo. La dignidad, hija, la dignidad es lo primero. Pero doa Lupe empezaba a hacrsele horriblemente antiptica, y por nada del mundo le habra hecho una confidencia. Hablando con verdad, lo que ms disgustada tena a doa Lupe era, no que Fortunata saliese, sino que no le comunicase nada de lo que pensaba o senta. El pensar que tal vez estara a la sazn la seora de Rubn jugando una gran trastada al decoro de la familia, la mortificaba, s, pero no tanto como el ver que no la consultaba ni le peda consejo sobre aquello desconocido y oscuro que sin duda le ocurra. El tapujito es lo que me revienta. Como yo lo descubra va a ser sonada. En hora maldita entr aqu esta loquinaria. No, yo nunca la tragu, el Seor es testigo... siempre me dio la cara. El ganso de Nicols fue quien lo ech a perder tomndolo por lo religioso... Si al menos se llegara a m y me dijera: ta, yo me veo en este conflicto, yo he faltado o voy a faltar, o puede que falte si no me atajan.... Demasiado sabe ella que con este mundo que yo tengo y con lo bien que discurro, gracias a Dios, le abrira camino para poner a salvo el honor de la familia. Pero no... la muy bestia se empea en gobernarse sola, y qu har?... Alguna barbaridad, pero gorda. Si no, all lo veremos. Fortunata se ech a la calle, y en la Plaza del Progreso vio muchos coches; pero muchos. Era un entierro, que iba por la calle del Duque de Alba hacia la de Toledo. Por las caras conocidas que fue viendo mientras el fnebre squito pasaba, vino a comprender que el entierro era el de Arnaiz el Gordo, que se haba muerto el da antes. Pasaron los Villuendas, los Trujillos, los Samaniegos, Moreno-Isla... Pues iran tambin D. Baldomero y su hijo... quizs en los coches de delante, haciendo cabecera... Toma; tambin Estupi. Desde el simn en que iba con uno de los _chicos_, el gran Plcido le ech una mirada de indignacin y desdn. Sigui ella tras el entierro, y al llegar a la parte baja de la calle de Toledo, tom a la derecha por la calle de la Ventosa y se fue a la explanada del Portillo de Gilimn, desde donde se descubre toda la vega del Manzanares. Harto conoca aquel sitio, porque cuando viva en la calle de Tabernillas, base muchas tardes de paseo a Gilimn, y sentndose en un sillar de los que all hay, y que no se sabe si son restos o preparativos de obras municipales, estbase largo rato contemplando las bonitas vistas del ro. Pues lo mismo hizo aquel da. El cielo, el horizonte, las fantsticas formas de la sierra azul, revueltas con las masas de nubes, le sugeran vagas ideas de un mundo desconocido, quizs mejor que este en que estamos; pero seguramente distinto. El paisaje es ancho y hermoso, limitado al Sur por la fila de cementerios, cuyos mausoleos blanquean entre el verde oscuro de los cipreses. Fortunata vio largo rosario de coches como culebra que avanzaba ondeando; y al mismo tiempo otro entierro suba por la rampa de San Isidro, y otro por la de San Justo. Como el viento vena de aquella parte, oy claramente la campana de San Justo que anunciaba cadver. Estar con su pap--pens ella--, y aunque al volver me vea, no ha de decirme nada. Despus de permanecer all largo rato, fue a la Virgen de la Paloma, a quien dijo cuatro cosas, y estaba rezndole, cuando sus ojos, al resbalar por el suelo, tropezaron con un objeto que brillaba en medio de los baldosines de mrmol. Psose un momento a gatas para cogerlo. Era un botn. Es blanco y de cuatro _aujeritos_! Buena sombra dijo guardndolo. Se fue a su casa, y al da siguiente sali a comprar tela para un vestido. Estuvo en dos tiendas de la Plaza Mayor, tom despus por la calle de Toledo, con su paquete en la mano, y al volver la esquina de la calle de la Colegiata para tomar la direccin de su casa, recibi como un pistoletazo esta voz que son a su lado: Negra!. Ay Dios mo!, encontrrsele as tan de sopetn, precisamente en uno de los pocos instantes en que no estaba pensando en l! Como que iba discurriendo la combinacin que le pondra al vestido. Azul o plata vieja? Le mir y se puso del color de la cera blanca. l entonces detuvo un simn que pasaba. Abri la portezuela, y mir a su antigua amiga, sonriendo; sonrisa que quera decir: Vienes o no? Si ests rabiando por venir... a qu esa vacilacin? La vacilacin durara como un par de segundos. Y despus Fortunata se meti en el coche, de cabeza, como quien se tira en un pozo. l entr detrs, diciendo al cochero: Mira, te vas hacia las Rondas... paseo de los Olmos... el Canal. Durante un rato se miraban, sonrean y no decan nada. A ratos Fortunata se inclinaba hacia atrs, como deseando no ser vista de los transentes; a ratos pareca tan tranquila, como si fuera en compaa de su marido. Ayer te vi... digo, no te vi... Vi el entierro y me figur que iras en los coches de delante. Los ojos de ella le envolvan en una mirada suave y cariosa. Ah!, s, el entierro del pobre Arnaiz... Dime una cosa, me guardas rencor?. La mirada se volvi hmeda. --Yo?... ninguno.--A pesar de lo mal que me port contigo?... --Ya te lo perdon.--Cundo?--Cundo! Qu gracia! Pues el mismo da. --Hace tiempo, _nena negra_, que me estoy acordando mucho de ti--dijo Santa Cruz con cario que no pareca fingido, clavndole una mano en un muslo. --Y yo!... Te vi en la calle Imperial... no, digo, so que te vi. --Yo te vi en la calle de la Magdalena. --Ah!, s... la tienda de tubos; muchos tubos. Aun con este lenguaje amistoso, no se rompi la reserva hasta que no salieron a la Ronda. All el aislamiento les invada. El coche penetraba en el silencio y en la soledad, como un buque que avanza en alta mar. --Tanto tiempo sin vernos!--exclam Juan pasndole el brazo por la espalda. --Tena que ser, tena que ser!--dijo ella inclinando su cabeza sobre el hombre de l--. Es mi destino. --Qu guapa ests! Cada da ms hermosa! --Para ti toda--afirm ella, poniendo toda su alma en una frase. --Para m toda--dijo l, y las dos caras se estrujaron una contra otra--. Y no me la merezco, no me la merezco. Francamente, chica, no s cmo me miras. --Mi destino, hijo, mi destino. Y no me pesa, porque yo tengo ac mi idea, sabes? Santa Cruz no pens en rogarle que explicara su idea. La suya era esta: Pero qu hermosa ests! Has hecho alguna picarda en el tiempo que ha pasado sin que nos veamos?. --Picardas yo?... (extraando mucho la pregunta). --Quiero decir: despus que volviste con tu marido, no has tenido por ah algn devaneo...? --Yo!--exclam ella con el acento de la dignidad ofendida--; pero ests loco! Yo no tengo devaneos ms que contigo... --De cunto tiempo puedes disponer? --De todo el que t quieras. --Podras tener un disgusto en tu casa. --Es verdad... pero y qu? Y en el acto se acord de las amonestaciones de Feijoo. Claro; no haba necesidad de descomponerse, ni de faltar a la religin de las apariencias. --Pues dispongo de una hora.--Y maana?--Nos veremos maana? No me engaes, pero no me engaes--dijo ella suplicante--. Estoy acostumbrada a tus papas... --No, ahora no... Me quieres? --Qu pregunta!... Bien lo sabes t, y por eso abusas. Yo soy muy tonta contigo; pero no lo puedo remediar. Aunque me pegaras, te querra siempre. Qu burrada! Pero Dios me ha hecho as, qu culpa tengo? Tanta ingenuidad, ya conocida del incrdulo Delfn, era una de las cosas que ms le encantaban en ella. Tiempo haca que l notaba cierta sequedad en su alma, y ansiaba sumergirla en la frescura de aquel afecto primitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo. --Me engaars otra vez, farsantuelo? (clavndole a su vez los dedos en la rodilla). --No claves tanto, hija, que duele. Y ahora gocemos del momento presente, sin pensar en lo que se har o no se har despus. Eso depende de las circunstancias. --Ah!, esas seoras circunstancias son las que me cargan a m. Y yo digo: Pero, Seor, para qu hay en el mundo circunstancias?. No debe haber ms que _quererse_ y a vivir. --Tienes razn (abrazndola con nervioso frenes y dndole la mar de besos). _Quererse_ y a vivir. Eres el corazn ms grande que existe. Fortunata se acord otra vez de su amigo y maestro Feijoo. El corazn grande era un mal y haba que recortarlo. --Reconozco--prosigui el Delfn--, que vales mucho ms que yo, como corazn; pero mucho ms. Soy al lado tuyo muy poca cosa, _nena negra_. No s qu tienes en esos condenados ojos. Te andan dentro de ellos todas las auroras de la gloria celestial y todas las llamas del Infierno... Quireme, aunque no me lo merezco. --Me muero por ti! (tirndole suavemente de las barbas). Si no me quieres, te irs al Infierno... para que lo sepas; te irs conmigo... te llevar yo, arrastrndote por estas barbas. Risas. Qu feliz soy, pero qu feliz soy hoy, Dios mo!--exclam la joven, con semblante y ojos iluminados--. No me cambiara por todos los ngeles y serafines que estn brincando delante de su Divina Majestad en el Cielo; no me cambiara, no me cambiara. --Ni yo... hace tiempo que yo necesitaba una alegra. Estaba triste, y deca: A m me falta algo; pero qu es lo que me falta a m?. --Yo tambin estaba triste. Pero el corazn me est diciendo hace tiempo: T volvers, t volvers.... Y si una no volviera, para qu es vivir? Vivir para que llegue un da as; lo dems es estarse muriendo siempre. --Es tarde, y no quiero que te comprometas. Precaucin, chica. No hagamos tonteras. Volviendo a acordarse de Feijoo, repiti ella: Lo principal es no hacer tonteras. --Quedamos en que...--Maana, a la hora que te venga mejor. --Cochero, vuelva usted.--Djame a la entrada de la calle de Valencia. --Donde t quieras.--Y pasado maana tambin--dijo tras una pausa y con ansiedad la insensata mujer. --Y al otro, y al otro... Pero no muerdas... Miraba ella al porvenir, y su radiante felicidad se nublaba con la idea de que los das venideros desmintieran aquel en que estaba. --Porque ahora no sers tan malito como antes. Verdad, pilln mo?... No sers, no, verdad, rico mo? --Que no, que no... Vas a ver... T te convencers... --Jramelo... Ah!, qu tonta!, como si los juramentos valieran! En fin, que ahora tomar mis precauciones... Si mi idea se cumple... --Y cul es tu idea?, qu idea es esa? --No te lo quiero decir... Es una idea ma: si te la dijera, te parecera una barbaridad. No lo entenderas... Pero qu te crees t, que yo no tengo tambin mi talento? --Lo que t tienes, _nena negra_, es toda la sal de Dios (besndola con romanticismo). --Pues eso... junto con la sal est la idea... Si mi idea se cumple... No te quiero decir ms. --Maana me lo dirs. --No, maana tampoco... El ao que viene. --_Ya lleg el instante fiero_... --_Silvia de la despedida_. Djame aqu. Adis, hijo de mi vida. Acurdate de m. Que no fueran los minutos horas! Adis... me muero por ti. --Que no faltes. Y no te olvides del nmero. --Qu me he de olvidar, hombre? Primero me olvidar de mi nombre. --A la una en punto. Adis, negra salada. --Hasta maana.--Hasta maana. Madrid.--Diciembre de 1886. FIN DE LA PARTE TERCERA * * * * * Parte cuarta -I- En la calle del Ave-Mara --i-- Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al frente de la botica de Samaniego) tena frecuentes altercados con Maxi por los garrafales errores en que este incurra. Lleg el caso de prohibirle que hiciese por s solo ningn medicamento de cuidado. Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los _alcoholatos_ con las _tinturas alcohlicas_, apaga y vmonos. Este frasco es el _alcohol de coclearia_, y este otro la _tintura de acnito_... Vea usted la receta y fjese bien... Si seguimos as, lo mejor sera que doa Casta cerrase el establecimiento. Y expresndose as, con nfulas y asperezas de dmine, Ballester le quit de las manos a su subalterno lo que entre ellas tena. Pero qu demonios ha echado usted aqu?--dijo luego con enojo, llevndose el potingue a la nariz--. O esto es _valeriana_ o no s lo que me pesco. Cuando digo...! Hoy est usted muy malo. Ms vale que se retire a su casa. Yo me las arreglo mejor solo. Cuidarse; llvese usted un derivativo... Mire, mire, llvese tambin un preparado de hierro. El derivativo se lo zampa en ayunas... Luego en cada comida se atiza una pldora de _hierro reducido por el hidrgeno_, con _extracto de ajenjos_... por la noche al acostarse se atiza usted otra... Con estos calores, conviene no abusar mucho del hierro, sabe?, y sobre todo, pasese usted y no lea tanto. Relevado por su regente de la obligacin de trabajar, Rubn se fue al laboratorio, y tomando de debajo de la silla un librote, se puso a leer. Profundsima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso. Caa en la lectura como en una cisterna; tan abstrado estaba y tan apartado de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos y con sus ojos su espritu. Tomaba extraas e increbles posturas. A veces las piernas en cruz suban por un tablero prximo hasta mucho ms arriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se meta dentro de la estantera baja por entre dos garrafas de drogas. En los dobleces del cuerpo, las rodillas juntbanse a ratos con el pecho, y una de las manos serva de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre el codo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de la silla, como si esta fuera una muleta, ya en fin, las piernas se extendan sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla, sustentada en las patas de atrs, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de deshacerse; y en tanto el libro cambiaba de disposicin con aquellos extravagantes escorzos del cuerpo del lector. Tan pronto apareca por arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, ms abajo de donde estaban las rodillas; ya se le vea abierto con las hojas al viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de desencuadernarse. Lo que nunca variaba ni disminua era la atencin del lector, siempre intensa y fija al travs de todos los sacudimientos de la materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones. Ballester iba y vena, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientes estribillos de zarzuelas populares. Era un hombre simptico, no muy limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente, terminada por arriba en una caballera de matorral, que deba de tener muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica y laboratorio. Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despache menudencias--dijo, parndose ante Rubn--. Mire, all est esa mujer esperando hace un cuarto de hora... Diez cntimos de diaquiln. En aquella gaveta est. Vamos, menese. Rubn sala a la tienda y despachaba. En dnde estn los frascos de _Emulsin Scott_?. --Mrelos, mrelos; si los tiene casi en la mano. Dgole que es preciso cuidar esa cabeza... Otra vez a leer! Bueno; usted se acordar de m... leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo parta un rayo... Tarar, tarar... Segua cantando y el otro plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura. Y qu lee?... vamos a ver--dijo Ballester mirando el libro--. _La pluralidad de mundos habitados_... Bueno va... Cualquier da me iba yo a ocupar de si haba personas en Jpiter! Cuando digo que usted, amigo Rubn, va a acabar mal. Aqu para entre los dos: a usted qu le va ni qu le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? Le van a dar a usted algo por el descubrimiento? Tarar... tarar. Yo doy de barato--aadi luego, ponindose a machacar en el mortero--, yo doy de barato que haya familia en las estrellas; es ms, declaro que la hay. Bueno, y qu? La consecuencia es que estaran tan jorobados como nosotros. Rubn no contestaba. A cierta hora, dej el libro, metindolo en un rincn de la anaquelera, que apestaba a fnico, entre dos potes de este lquido; despus se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que activaba la circulacin de su poca sangre. Coga el hongo que de una percha colgaba, y a la calle. Poco tena que andar por ella para ir a su casa. Entr en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su ta le dijo que Fortunata no haba venido an y que le esperaran para comer. Maxi ocup su sitio en la mesa, doa Lupe le recogi el sombreo, y volviendo al poco rato, sentose en el sof de paja; ambos esperaron un rato en silencio. Cuidado que hoy tarda ms que nunca observ doa Lupe; y como notase en el rostro de su sobrino seales de desasosiego, se apresur a entablar conversacin ms amena. Todo el da me he estado acordando de lo que hablamos anoche. Ah!, si t fueras otro, si t tuvieras ambicin, pronto seramos todos ricos. El farmacutico que no hace dinero en estos tiempos es porque tiene vocacin de pobre. T sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho. Creme, yo te ayudara. --No crea usted, ta, yo tambin he pensado en eso. Ayer se me ocurra una aplicacin del _hierro dializado_ a sin fin de medicamentos... Creo que encontrara una frmula nueva. --Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen. Si inventas algo, que sea _panacea_, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo, y que se pueda vender en lquido, en pldoras, pastillas, cpsulas, jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores. Pero hombre, en tantsima droga como tenis no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para todos los enfermos? Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano, no se la coja. Mira el doctor Perpi, de la calle de Caizares. Ha hecho un capitalazo con ese jarabe... no recuerdo bien el nombre; es algo as como _latro-faccioso_... --El _lacto-fosfato de cal perfeccionado_--dijo Maxi--. En cuanto a las _panaceas_, la moral farmacutica no las admite. --Qu tonto!... Y qu tiene que ver la moral con esto? Lo que digo; no saldrs de pobre en toda tu vida... Lo mismo que el tontaina de Ballester: tambin me sali el otro da con esa msica. Nada os dice la experiencia? Ya veis: el pobre Samaniego no dej capital a su familia, porque tambin tocaba la misma tecla. Como que en su tiempo no se vendan en su farmacia sino muy contados especficos. Casta bufaba con esto. Tambin ella desea que entre t y Ballester le inventis algo, y deis nombre a la casa, y llenis bien el cajn del dinero... Pero buen par de sosos tiene en su establecimiento... Charla que te charla, doa Lupe miraba al reloj del comedor, mas no expresaba su impaciencia con palabras. Por fin son la campanilla dbilmente. Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos posible su tardo regreso al hogar domstico. Papitos corri a abrir, y doa Lupe fue a la cocina. Maxi habl con su mujer en un tono que indicaba la complacencia de verla, y se quej suavemente de que no hubiese entrado antes. Tena ella los ojos encendidos como de haber llorado, y no era difcil conocer que disimulaba una gran pena. Pero Rubn no reparaba en lo cabizbaja y suspirona que estaba su mujer aquella noche. Haca algn tiempo que la facultad de observacin se eclipsaba en l; viva de s mismo, y todas sus ideas y sentimientos procedan de la elaboracin interior. La impulsin objetiva era casi nula, resultando de esto una existencia enteramente soadora. A doa Lupe s que no se le escapaba nada, y de todo iba tomando notas. Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se haba metido, _impropio de la estacin_, porque todava no haba entrado Julio, aunque faltaban pocos das; de los trenes de ida y vuelta, y de la mucha gente que sala para las provincias del Norte. Con cierta timidez, se aventur Fortunata a decir que su marido deba dejarse de pldoras, y decidirse a ir a San Sebastin a tomar baos de mar. Mostrndose muy aptico, dijo el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las _algas marinas del Cantbrico_, a lo que respondi su mujer con energa: Eso de las algas es conversacin, y aunque no lo fuera, lo que ms importa es tomar las _brisas_. Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno, la seora de Juregui se deca lo siguiente: Te veo venir... buena pieza. Ya s yo las _brisas_ que t quieres. Despus de zarandearte aqu, quieres zarandearte all, porque se te va el amigo... S, lo s por Casta. Los seores de la Plazuela de Pontejos se marchan maana. Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales... A San Sebastin nada menos! Ests fresca... Ya te dar yo _brisas_.... Vino luego doa Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado. Rubn vacilaba; pero su mujer se neg resueltamente a salir. Fuese doa Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la realidad. l propona los temas ms extravagantes, por ejemplo: Cul de nosotros dos se morir primero? Porque yo estoy muy delicado; pero con estos achaques, quizs tenga tela para muchos aos. Los temperamentos delicados son los que ms viven, y los robustos estn ms expuestos a dar un estallido. Haca ella esfuerzos por sostener pltica tan soporfera y desagradable. Otra proposicin de Maxi: Mira una cosa; si yo no estuviera casado contigo, me consagrara por entero a la vida religiosa. No sabes t cmo me seduce, cmo me llama... Abstraerse, renunciar a todo, anular por completo la vida exterior, y vivir slo para adentro... este es el nico bien positivo; lo dems es darle vueltas a una noria de la cual no sale nunca una gota de agua. Fortunata deca a todo que s, y aparentando ocuparse de aquello, pensaba en lo suyo, mecindose en la dulce oscuridad y la tibia atmsfera de la sala. Por los balcones entraba muy debilitada la luz de los faroles de la calle. Dicha luz reproduca en el techo de la habitacin el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y esta imagen fantstica, temblando sobre la superficie blanca del cielo raso, atraa las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una butaca con la cabeza echada hacia atrs. Maxi volvi a machacar: Si no fuera por ti, no se me importara nada morirme, Es ms, la idea de la muerte es grata en mi alma. La muerte es la esperanza de realizar en otra parte lo que aqu no ha sido ms que una tentativa. Si nos aseguraran que no nos moriramos nunca, pronto se convertira uno en bestia, no te parece a ti?. --Pues qu duda tiene?--responda la otra maquinalmente, dejando a su idea revolotear por el techo. --Yo pienso mucho en esto, y me entregara desde luego a la vida interior, si no fuera porque est uno atado a un carro de afectos, del cual hay que tirar. --Ay, Dios mo, la que me espera maana!--pens la esposa. Era probado: Siempre que su marido estaba por las noches muy dado a la somnolencia espiritual, al da siguiente le entraba la desconfianza furibunda y la mana de que todos se conjuraban contra l. Poco despus de esto, dijo Maxi que se quera acostar. Fortunata encendi luz, y l fue hacia la alcoba, arrastrando los pies como un viejo. Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendi con estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiracin de un cerebro dado a los demonios: Veremos si esta noche sueo lo mismo que so anoche. No te lo he contado? Vers. Pues so que estaba yo en el laboratorio, y que me entretena en distribuir bromuro potsico en papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti. Puse lo menos cien papeletas, y despus sent en m una sed muy rara, sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el frasco del clorhidrato de morfina y me lo beb todo. Ca al suelo, y en aquel sopor... T vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareci un ngel y me dijo, dice: 'Jos, no tengas celos, que si tu mujer est encinta, es por obra del _Pensamiento puro_...'. Ves qu disparates? Es que ayer tarde trinqu la Biblia y le el pasaje aquel de.... Maxi se estir en la cama, y cerrando los ojos, cay al instante en profundo sueo, cual si se hubiera bebido todo el ludano de la farmacia. --ii-- Fortunata no se acost en la cama, porque haca mucho calor. Echose medio vestida en el sof, y a la madrugada, despus de haber dormido algunos ratos, sinti que su marido estaba despierto. Oale dar suspiros y gruir como una persona sofocada por la clera. Sintiole palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas. Esta se cay al suelo, y en el suelo vio Fortunata la claridad lvida que los fsforos despiden en la oscuridad. La mano de Maxi descendi buscando la caja, y al fin pudo apoderarse de ella. Fortunata vio subir el azulado resplandor, como difusa humareda. Este fenmeno desapareci con el restallido del fsforo y la instantnea presencia de la luz alumbrando la estancia. Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y viendo a su mujer acostada, dijo: Ah!... ests ah... qu bien haces el papel!. Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingi que dorma. Pero entreabriendo los ojos le vio encender la vela. Psose Maxi la ropa necesaria para no levantarse desnudo, y se baj de la cama cautelosamente. Cogiendo la vela, sali al pasillo. Fortunata le sinti reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella tena su ropa, y despus el comedor y la cocina. Tantas veces haba hecho Maxi aquello mismo, que su mujer se haba acostumbrado a tal extravagancia. Era que le acometa la pcara idea de que alguien entraba o quera entrar en la casa con intenciones de robarle su honor. Cuando Maxi volvi a la alcoba, ya principiaba a apuntar el da. Si no te cojo hoy, te cojo maana--rezongaba--. No hay nada; pero yo sent pasos, yo sent cuchicheos; t saliste de aqu... Has vuelto a entrar y ests ah hacindote la dormida para engaarme... Djate estar... Yo estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo... A buena parte vienes... Que andaba un hombre por los pasillos, no tiene duda. No vale el jurarme que no haba nadie. Pues qu, no tengo yo odos?... Estoy yo tonto?. Deca esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su mujer, que continuaba fingindose dormida, con la esperanza de que se aplacara. Pero esto no era fcil, y una vez desatada la insana mana, ya haba jaqueca para un rato. Acabando de vestirse, empez a dar trancos por la habitacin, manoteando y hablando solo. No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan. Lo ms horrible es que mi ta es encubridora... Pues qu, entrara nadie en la casa si ella no lo consintiera? Y Papitos tambin es encubridora. Buenas propinas se calzar. Pero ya te arreglar yo, _celestina_ menuda. Que no me vengan con tonteras. Ayer not yo bien marcadas en el felpudo de la entrada las suelas de unas botas de persona fina. Dicen que el aguador... Qu aguador ni que nio muerto!... Y anteayer haba en esa misma alcoba la impresin, s, la impresin de una persona que aqu estuvo. No lo puedo explicar; era como huellas dejadas en el aire, como un olor, como el molde de un cuerpo en el ambiente. No me equivoco; aqu entr alguien. Lucido, lucido papel estoy haciendo. Dios mo! De qu le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas? Viene un cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia. Y no le basta a uno vigilar, vigilar, vigilar. Yo no duermo nada, y sin embargo... Pero es preciso vigilar ms todava y no perder de vista ni un momento a mi mujer, a mi ta, a Papitos... Esta condenada Papitos es la que abre la puerta, y yo la voy a reventar. Fortunata crey al fin que convena hacer que despertaba. Lo particular era que en aquella crisis el desventurado joven no pasaba de las extravagancias de lenguaje a las violencias de obra; todo era quejas acerbsimas, afn angustioso por su honor y amenazas de que iba a hacer y acontecer. Qu disparates ests hablando ah?--le dijo su mujer--. Por qu no te acuestas? Ya que t no duermes, djame dormir a m. --Te parece que despus de lo que has hecho, se puede dormir? Qu conciencias, vlgame Dios, qu conciencias estas!... T lo negars ahora... Quin andaba por los pasillos? Claro, el gato. El pobre minino paga todas las culpas. Y t a qu saliste?, a jugar con el gato, verdad?, justo. Y eso me lo he de tragar yo! Lo que me anonada es que mi ta consienta esto, mi ta que me quiere tanto. T, ya s que no me quieres; pero mi ta...! Vamos que... Pues esa vbora de Papitos, con su cara de mona... Qu humanidad, Dios mo! El hombre honrado no tiene defensa contra tanto enemigo; la traicin le rodea; la deslealtad le acecha. Aquellos en quienes ms confa le venden. Donde menos lo piensa, en el seno de la familia, salta un Judas. En la tierra no hay ni puede haber honor. En el Cielo nicamente, porque Dios es el nico que no nos engaa, el nico que no se pone careta de amor para darnos la pualada. Fortunata se visti a toda prisa. Saba por experiencia que mientras ms le contradeca era peor. Un rato estuvo sentada en el sof, oyndole disparatar y aguardando a que avanzara un poco la maana par avisar a doa Lupe. Antes de ir a lavarse, pas por la alcoba de su ta, que ya estaba vistiendo, y le dijo: Hoy est atroz... pobrecito!... A ver si usted le puede calmar. --Voy, voy all... Veo que sin m no os podis gobernar. Si yo faltara... no quiero pensarlo. Mira, pon en planta a Papitos, y que encienda lumbre... Le haremos chocolate en seguida; porque la debilidad es lo que le pone as, y hay que meterle lastre en aquel pobre cuerpo. Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester, _chocolate con hierro dializado_... Qu chico, vaya por dnde le da...! Salgo al momento. Cuando su ta entr con el chocolate, Maxi segua tan disparado como antes. Lo que yo extrao, ta, lo que yo no puedo explicarme--dijo clavando en ella sus ojos que relampagueaban--, es que usted consienta esto y lo encubra y me quiera matar, porque spalo usted, para m el honor es primero que la vida. --Hijo de mi alma--le contest doa Lupe poniendo el chocolate sobre la mesa--, despus hablaremos de eso... Yo te explicar lo que hay, y te convencers de que todo es una figuracin tuya. Toma primero el chocolate, que ests muy dbil... El joven se dej caer en el sof, inclinndose hacia la mesa prxima, en que el desayuno estaba, y tomando un bizcocho lo moj en el lquido espeso. Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo mismo, si bien en tono ms tranquilo. No s cmo me va usted a convencer, cuando yo tengo odos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no valen.... Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado. Ta... Fortunata!... qu es esto?, qu me dan?... Este chocolate tiene arsnico. --Hijo, por Mara Santsima!--exclam doa Lupe consternada, a punto que entraba su sobrina. --Pero ustedes creen que a m se me puede ocultar el gusto del arsnico?...--dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados--. Y no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el cido arsenioso... porque tambin l est contra m... Qu infierno es este, Dios mo?... --Vamos, esto no se puede sufrir. Decir que le hemos envenenado el chocolate...! --Gusto a arsnico!... clavado... pero tan clavado...! Levantose en actitud de desesperacin y volvi a la inquietud delirante de sus paseos... Tendr que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de enemigos. Las personas que ms me queran antes, ahora desean mi muerte. --Conque arsnico...!--dijo Fortunata tomndolo a broma, con esperanza de obtener as mejor efecto--. Para que veas que eres un simple y un majadero, voy a tomarme yo el chocolate. Y en el acto empez a tomarlo. Su marido la miraba atnito. A ver si espichamos de una vez... l podr tener veneno, pero bien rico est... Te convences ahora?... Me tomara otra jcara. No creas, me vendra bien que esto matara, porque as me iba pronto de este mundo, que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho que nos haces sufrir. Doa Lupe, en tanto, trajo la cocinilla econmica para hacer en presencia de Maxi otro chocolate. Aun as, fue preciso sostener una lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insista en que tambin aquel tena gusto a arsnico... Aunque no tanto, convengo en que no es tanto. Despus, tomando tonos de transaccin, les dijo: Yo creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo mala que es y la inquina que me tiene. --Vamos, que es para pegarte--le contest doa Lupe--. Tomarla as con la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manas, chame a m toda la culpa. Yo s desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, por qu no os vais los dos a dar un paseto por el Retiro? Hasta las nueve no hace calor; la maana est deliciosa. Fortunata apoy esta proposicin, pero l no tena ganas de salir. Continuaba en el sof, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita que haba junto al sof. Las dos mujeres se miraban, comunicndose con los ojos malas impresiones. Eso--murmur l de una manera torva y recelosa--. Quieren echarme a la calle, para.... --Pero alma de Dios, si va ella contigo... --Y a dnde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren armar. Si slo fuera para asesinarme, pase; pero si es para atentar al sagrado de mi honor...! --Todo sea por Dios.--No sabe usted, ta, que hace tres meses...? la _Correspondencia_ lo trajo... una mujer llev a su marido al Retiro, y cuando iban por un paseo solitario sali el cmplice... s, el cmplice, que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al estanque... --Jess, qu barbaridad! De dnde has sacado esos desatinos? --La _Correspondencia_ no ha trado tal cosa--dijo Fortunata. --Vamos, lo habrs soado t. --Yo no lo he soado--grit l levantndose con golpe de resorte--. Es verdad; lo he ledo en la _Correspondencia_... y... Tambin me llaman embustero! Yo no digo ms que la verdad. Las embusteras son ustedes... ustedes, con esas conciencias cargadas de crmenes... Doa Lupe cruzaba las manos y miraba al Cielo, invocando la justicia divina. Fortunata expresaba un gran abatimiento, cual si su paciencia tocase ya al punto en que agotarse deba. Mira--dijo la viuda--, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la distraccin se te despejar la cabeza. Saba por experiencia la seora de Juregui que en los ataques fuertes de su sobrino, Ballester era la nica persona que le haca entrar en razn, desplegando ante l, ya la burla descarada, ya la autoridad seca y hasta cruel. Las personas de la familia, a quienes l quera, eran las ms ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su recelo furibundo. Bueno, bajar--dijo Maxi tomando su sombrero--. Tengo que ajustarle las cuentas al seor de Ballester. De m no se re ms... Y en ltimo caso, que me lo diga cara a cara. A que no se atreve? Es un cobarde y un traidor, que vendiendo amistad, hiere por la espalda. Ta y esposa no le dijeron nada, y fueron tras l. Cogiendo de la percha del recibimiento la caa que usaba, sali dando un fuerte portazo. Baj rpidamente y estuvo hablando un rato con la portera. Desde el balcn le vieron las dos seoras salir a la calle, pasar la acera de enfrente, mirar hacia la casa... Ocultronse ellas entonces, y asomndose con cautela por entre los hierros, vironle seguir, gesticulando y haciendo molinete con el bastn. A cada instante se paraba y volva hacia atrs. Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba. En una de estas vueltas, sali Ballester a la puerta de la botica y le llam con gesto imperativo: Aqu pronto... Me gusta...! Venga usted aqu. En actitud semejante a la de un perro que ante el palo de su amo agacha las orejas y arrastra el rabo por el suelo, entr Rubn en la botica diciendo a su regente: Buenos das, amigo Ballester. No le haba visto. Iba a tomar un poco el aire. Y usted, qu tal?. --iii-- Yo, bueno... conque a tomar el aire...--contest Segismundo con cara de muy mal genio--. El aire que me va usted a tomar ahora es ponerle las etiquetas a estos frascos de jarabes... Y cuidado con equivocarse. Las etiquetas rojas son las del _jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potsico_; las verdes el mismo con _hierro dializado_. Como usted me trueque las papeletas, le trituro. Ponase a trabajar, y, cosa por dems extraa, a pesar del desorden de su cabeza, no cometa una sola equivocacin, ni aun cuando le dieron seis clases ms de jarabes con sus correspondientes letreros de diferentes colores. Ballester, que ya tena noticia, por una esquelita de doa Lupe, del rudo acceso de aquella maana, le vigilaba disimuladamente, mirndole por el rabillo del ojo, pero en una de las vueltas que dio al laboratorio, Maxi dej bruscamente el trabajo y se fue a la calle sin sombrero. Al volver a la tienda y notar la ausencia del joven, el regente se qued muy tranquilo y no dijo ms que: Ya vol... buena va. Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo. Pero no tendr yo esa suerte--deca--, y ya me lo volvern a traer para que le amanse. Maxi subi a su casa. Al abrirle la puerta, no se admir Fortunata de lo descompuesto que vena, porque ya no eran nuevas aquellas inesperadas apariciones. Supongo--dijo l con trmulo labio--, que no me lo negars ahora... Puede que mi ta lo niegue... es tan hipcrita...! Pero t no, t eres mala y sincera. Cuando das el golpe mortal lo dices, verdad? Y ahora ante los hechos palpables, evidentes, qu tenis que decir?. Otra vez... pero hijo... chill doa Lupe, saliendo al recibimiento. --Usted, ta, se empear en negarlo ahora... pero esta no lo niega. Cierto que no le coger; porque habr saltado por el balcn; pero no me negarn que entr... Le he visto yo, le he visto pasar por delante de la botica... En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y huella, seores, que no se pueden confundir con nada... pero con nada. --Pues estamos divertidas!--dijo doa Lupe a Fortunata, que daba suspiros mirando a su marido con lstima intenssima. --La que me las va a pagar todas juntas es esa indecente de Papitos--grit l, dando algunos pasos hacia la cocina. --Papitos!, est en la compra. Pobre chica!... Ea, ya estamos hartas. A ver si nos dejas en paz. Le encargaremos a Ballester que te amarre... Nio, nio, se acabaron las tonteras. Diciendo esto le coga por un brazo y le sacuda con ira materna y correccional. Mira que no te podemos sufrir... Lo que t tienes es mucho mimo. El desgraciado joven se dej caer en un banco que en el recibimiento haba, el cual semejaba banco de iglesia, y all se transform la mscara insana de su rostro, pasando de la furia a la consternacin. Garantceme usted... pues... que mi honor est... lo que llaman intacto... y yo me tranquilizar. Tu honor! Pero quin diablos se ha metido con l? Si todo es humo, humo que hay dentro de esta cabeza. --Humo!... ah!...--S, todo humo--dijo Fortunata, ponindole cariosamente la mano en el hombro--. No pienses y no temers nada. Es la imaginacin, nada ms que la imaginacin... la loca de la casa, como deca tu hermano Nicols. --Sabes lo que vamos a hacer?--indic doa Lupe, algn tiempo despus, aprovechando la relativa calma que en su sobrino se notaba--. Pues vamos a darle de almorzar. Su mujer le agarr por un brazo para llevarle a la mesa, y l no hizo ninguna resistencia. Teman una y otra que no quisiese tomar nada, fundndose en que la comida estaba envenenada; pero con gran sorpresa de ambas, Maxi no manifest recelo alguno sobre este particular. Tena poco apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia considerable gasto de palabras tiernas. Tan cariosas se mostraron, que Maxi comi ms que otros das, sin hacer observacin alguna ni quejarse de lo mal condimentado que estaba todo. Hicironle caf y esto fue lo nico que tom con gana. De sobremesa, trat doa Lupe de alegrarse los espritus, charlando de cosas enteramente contrarias a aquella monserga del honor; mas l daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta de su alma no estaba del todo extinguida. Pero la fuerza del ataque haba pasado, y pronto vendra la completa serenidad. Al despedirse para volver a la botica, llev a su mujer aparte y le dijo: Promteme no salir esta tarde... promteme no salir nunca sino conmigo. --Salir yo!, qu disparates se te ocurren! No pienso en tal cosa--replic ella sonriendo--. Aqu me estar esperndote. A la noche iremos a casa de doa Casta. Quieres? O a paseo. Mientras esto deca, doa Lupe, acechndola desde un rincn del pasillo, fijaba en ella una mirada astuta. Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante ms calmado. En un rato que tuvo libre, se fue al rincn del laboratorio en que guardaba sus libros, y cogi uno disponindose a sumergirse en la lectura. Pero Ballester tom una vara; se fue derecho a l, y arrebatndole el libro, le amenaz con castigarle. Ea, dejmonos de sabiduras, que eso es lo que nos trastorna. A ver qu es esto?... Hombre, qu bonito! _Errores de la teogona egipcia y persa_... Esto reza el epgrafe del captulo... Pero, criatura, que siempre ha de estar usted metindose en lo que no le importa? Qu le va a usted ni qu le viene con que aquellos brbaros, que ya se murieron hace miles de aos, adoraran muchos dioses?... Es gana de meterse en vidas ajenas. Que tenan los dioses por gruesas! Bueno, y qu? Acaso los tiene usted que mantener? Lo que yo digo: es gana de entrometerse. No puedo ver tanta tontera (exaltndose ms a cada frase y llegando hasta la clera); no puedo ver que un cristiano se queme las cejas por averiguar cosas de las cuales ha de sacar lo que el negro del sermn... Que le escondo los libros, que se los quemo... Voy al momento. Esto ltimo se lo deca a un parroquiano que mostraba una receta. A ver, marmolillo (por Maxi) menese usted. Alcnceme el alcanfor, el nitro dulce, el polvo de regaliz.... Confeccionada la medicina en un dos por tres, volvi Ballester a coger la vara, y continu la filpica de este modo: Lo mismo que la tontera en que ahora ha dado... que le van a quitar su honor; que entran hombres en la casa... que por todas partes se le tienden asechanzas a su honor... Qu melodramticos estamos y qu simples _semos_! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a quien est casado con una mujer, que es _la casta Susana_, s seor, me ratifico, _la casta Susana_, mujer que antes se dejara descuartizar que mirarle a la cara a un hombre. Y si lo sabe usted, para qu arma esas tragedias? Ah!, si yo tuviera una hembra as, tan hermosa, tan virtuosa; si yo tuviera a mi lado una virgen como esa, la adorara de rodillas y primero me apaleaban que darle un disgusto. Su honor! Si tiene usted ms honor que... vamos, no s con qu compararlo. Tiene usted un honor ms limpio que el sol... qu digo sol, si el sol tiene manchas? Ms limpio que la limpieza. Y todava se queja... Nada, yo le voy a curar a usted con esta vara. En cuanto hable del honor, zas!... No hay otra manera. Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy mimadito que est. Ta que le cuida, mujer guapa que le mima tambin y que se mira en las nias de sus ojos... Como que es la verdad... Carambita, pues si yo tuviera una mujer as.... Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba ms en serio que un ladrillo, Rubn se haba tranquilizado tanto, que casi estaba dispuesto a orle con benevolencia y hasta con jovialidad. Y concluy por sonrer, y al cabo de un gran rato le dijo: Amigo Ballester, le convido a usted a Variedades esta noche. Quiere?. --Pues no he de querer? Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los das, ilustre amigo mo. Iremos... en el bien entendido de que venga Padilla esta noche a quedarse de guardia. Vamos ahora, mi queridsimo colega, a hacer estas pldoras de _protoioduro de mercurio_. Prepare usted el regaliz y el muclago de goma arbiga. Receta de cuidado. Mucho ojo... Le digo a usted que no hay ciencia ms sublime que la Farmacia. Cunto ms bonita que averiguar si hubo o no tantas o cuntas docenas de dioses! Vamos all; mucho cuidado con este precioso mercurial. Aviado estar el enfermo para quien sea. No, no le arriendo la ganancia. Pero a fe que se habr divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y si buenos azotes le cuesta ahora, buenas nsulas se habr calzado. Eh!... cuidado con las dosis. No sea usted tan vivo de genio. Mire que va a jorobar al paciente, y la saliva que eche va a llegar hasta aqu... Qu hermosa es la Farmacia! Para m hay dos artes, la Farmacia y la Msica. Ambas curan a la humanidad. La Msica es la Farmacia del alma, y la... viceversa, ya usted me entiende. Nosotros, qu somos si no los compositores del cuerpo? Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un Beethoven. En uno y otro arte todo es combinar, combinar. Llmanse notas all, aqu las llamamos drogas, sustancias; all sonatas, oratorios y cuartetos... aqu vomitivos, diurticos, tnicos, etc... El _quid_ est en saber herir con la composicin la parte sensible... Qu le parecen a usted estas teoras?... Cuando desafinamos, el enfermo se muere. A poco lleg el practicante que slo haca servicio en la botica por las noches, y llevndole aparte, le dijo Segismundo: Amigo Padilla, hoy mismo le voy a proponer a doa Casta que vengas de da, porque esta calamidad de Rubn tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se queda solo envenene a toda la parroquia. --iv-- Aquella noche, despus de comer, fueron todos a casa de doa Casta, donde deban reunirse para ir a paseo. Pero a poco de estar all, entr Ballester diciendo que se haba levantado un airote muy fuerte y amenazaba tormenta, por lo que unnimemente se acord no salir; se encendi luz en la sala, y doa Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza para que la oyeran Maximiliano y Ballester. Olimpia era la menor de las hijas de Samaniego, y hubiera causado gran admiracin en la poca en que era de moda ser tsico, o al menos parecerlo. Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de expresin romntica, la nia aquella habra sido perfecta beldad cincuenta aos ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de slfide. Quera doa Casta que sus nias tuvieran un medio de ganarse la vida para el da en que por cualquier contingencia empobreciesen, y Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana. Siete aos estuvo tecleando, y despus tecleaba en casa bajo la direccin de un reputado maestro que iba dos veces por semana. Tratbase de que ganara premio en los exmenes, y para esto la nia estuvo por espacio de tres aos estudiando una dichosa pieza, que no acababa de dominar nunca. Pieza por la maana, pieza por tarde y noche. Ballester se la saba ya de memoria sin perder nota. No haba logrado Olimpia _decir_ toda, toda la pieza, desde el _adagio pattico_ hasta el _presto con fuoco_, sin equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se embarullaba y haca un pisto de notas que ni Cristo lo entenda. Por eso doa Casta la mandaba tocar cuando haba personas extraas, para que fuese perdiendo el miedo al _pblico_. La determinacin de no salir a paseo puso a la seorita de mal talante, porque no poda hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la familia para incorporarse. Era un chico de mrito, que estudiaba el ltimo ao de no s qu carrera, y escriba artculos de crtica (gratis) en diferentes peridicos. A pesar de sus notables prendas, doa Casta no le vea con buenos ojos, porque la crtica, francamente, como oficio para mantener una familia, no le pareca de lo ms lucrativo. Pero Olimpia estaba muy apasionada; lea todos los artculos de su novio, que este le llevaba recortados de los peridicos y pegados en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente. Todo aquel frrago de sentencias estticas lo guardaba con las cartas y los mechones de pelo. Doa Casta no permita an al apreciable joven entrar en la casa. Toc la nia su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas como si las quisiera castigar por alguna falta que haban cometido, a ratos acaricindolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal, arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida o de mal genio, segn el pasaje. Pareca que los dedos eran bocas, y que estas bocas tenan hambre atrasada por las muchas notas que se coman. En ciertas escalas difciles algunas notas se anticipaban a sus predecesoras y otras se quedaban rezagadas; pero cuando llegaba un efecto fcil, la pianista deca aqu que no peco, y se indemnizaba de las pifias que cometiera antes. Durante el largo martirio de las teclas, las exclamaciones de admiracin no cesaban. Qu dedos los de esta chica!... Me ro yo de Guelbenzu... Y qu talento artstico, qu expresin! deca el gran tuno de Ballester. Y doa Casta: Ahora viene el paso difcil, ahora... En este trozo no tiene pero... Qu limpieza... qu manera de frasear!.... Doa Lupe tambin haca aspavientos, y Fortunata se vea obligada a expresar su entusiasmo, aunque no entenda una palabra de tal cencerrada, y en su interior se pasmaba de que aquello se llamase _arte sublime_, y de que las personas formales aplaudiesen msica semejante a la de un taller de calderera. Cualquier tonadilla de los pianitos de ruedas que van por la calle le gustaba y la conmova ms. Olimpia tocaba con fe y emocin, presumiendo que el espejo de los crticos la oa desde la calle. Cuando concluy, estaba rendida, sudorosa, le dolan todos los huesos y apenas poda respirar. Ni siquiera tena aliento para dar las gracias por las flores que todos le echaban. La tos que le entr pareca anunciar un ataque de hemoptisis. Hija ma--le dijo su mam, vindola ir hacia el balcn--, no te asomes, que ests sudando. Toma, ponte esta toquilla. Y se la pona, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcn, sali con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que se paseaba en la acera de enfrente. Al poco rato entr Aurora, la mayor de _las Samaniegas_, que era muy distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura, de esas que a un color anmico unen cierta robustez fofa y lozana de carnes incoloras. Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las mangas parecan prximas a reventar por causa de la gordura creciente de los brazos. La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada. Tena ms entendimiento que su hermana; vesta con esa sencillez airosa de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant. Su traje era siempre de un solo color, sin combinaciones, de un corte severo y como expeditivo, traje de mujer joven que sale sola a la calle y trabaja honradamente. Expliquemos esto. Aurora Samaniego tena treinta aos y era viuda de un francs, que vino a Espaa representando casas extranjeras de droguera. A poco de casarse, all por el 65, el francs se fue con su mujer a Burdeos y all hered de sus padres un establecimiento de ropa blanca, que mejor a fuerza de trabajo, poniendo en l las bases de una fortuna. Pero entre Bismark y Napolen III lo echaron todo a perder, pues por causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas esperanzas haba de segar en flor. Feneln, que era hombre bonsimo y de inteligencia mercantil, tena el defecto del _chauvinisme_. Empu las armas, se agreg a un cuerpo de ejrcito, y a los primeros disparos, los prusianos le dejaron seco. Viuda y con poco dinero, aunque tambin sin hijos, Aurora volvi a Madrid, donde las disposiciones y hbitos de trabajo que haba adquirido no pudieron tener empleo por no existir aqu _grandes almacenes_, y los que hay, estn servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a las muchachas el nico medio decoroso de ganarse la vida. Haba aprendido la viuda de Feneln cuanto hay que saber en lo concerniente al ramo de ropa blanca; estaba fuerte en contabilidad; tena nociones claras del orden econmico y del rgimen a que debe sujetarse un negocio bien montado, y hablaba el francs a la perfeccin. Pero todos estos mritos habran sido intiles hasta el fin del mundo, si no se le ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca _con arreglo a los ltimos adelantos del extranjero_, y llevar a l a persona tan inteligente y para el caso como su prima. El plan era vastsimo. Aurora estara al frente del departamento de equipos de boda y canastillas de bautizo, ropa de nios y de seora. El capital para la instalacin de esta importante industria habalo facilitado D. Manuel Moreno-Isla, que tena confianza en la honradez y tino de Pepe Samaniego. La tienda estara en una casa nueva de la subida a Santa Cruz, frente por frente a la calle de Pontejos, y sus escaparates seran de seguro los ms vistosos y elegantes de Madrid. Inauguracin, el 1 de Setiembre. Samaniego estaba en Pars haciendo compras, y en la fecha a que esto se refiere, ya empezaban a venir algunas cajas. En la tienda provisional, que estaba prxima a la definitiva, haba ya mucho trabajo. Aurora, al frente de una graciosa plyade de oficiales habilsimas, estaba disponiendo las piezas-modelo que se haban de presentar en los primeros das, como muestras de las ricas confecciones de la casa. De sol a sol viva entre oleadas de batista con espuma de encajes riqusimos, cortando y probando, puntada aqu, tijeretazo all, gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad. Por las noches, cuando llegaba a su casa, rendida, su madre gustaba de que estuvieran presentes doa Lupe, Fortunata o las dems amigas, para dar rienda suelta a su vanidad. En cuanto la vea entrar, se le iluminaba el rostro, y ya no se hablaba ms que del establecimiento nuevo, y de las cosas no vistas que en l admirara el Madrid elegante. Las cuatro mujeres no paraban el pico hasta las doce, y por eso Ballester, aquella noche, al ver que se armaba el nublado de ropa blanca, cogi por un brazo a Maxi y le dijo: Nosotros nos vamos a ver una piececita en Variedades. Dicho se est que Olimpia, no participando de la presuncin ni del entusiasmo mercantil de su mam, segua posada en el antepecho del balcn del gabinete, viendo pasar la sombra melanclica del aburrido Aristarco, y arrojndole desde arriba alguna palabrilla, para que endulzara el plantn. Estars muy cansada, sintate--deca doa Casta a su hija, armando el corrillo--. Cmo va eso?. --Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda. Ser una cosa esplndida. Ya estn llegando cajas de novedades, cosas, ay!, _por ejemplo_, tan bonitas, que en Madrid no se ha visto nada igual. Aqu no saben poner escaparates. Vern, vern el nuestro, con _todo lo que hay de ms lindo_, para llamar la atencin, y hacer que la gente se pare y entre a comprar algo. Despus que entran, se les ensea ms, se les _hace ver_ esta y la otra cosa de precio, se les engatusa, y al fin caen. Los tenderos de aqu apenas tienen el arte del _etalaje_, y en cuanto al arte de vender, pocos lo poseen. Hay muchos que pertenecen todava a la escuela de Estupi, que rea a los que iban a comprar. --Yo creo--dijo doa Lupe con expresin avariciosa--, que Pepe Samaniego va a hacer un gran negocio. Madrid est por explotar. Todo consiste en tener pesquis. Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mo, hay una verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que salga por ah con su poco de _panacea_. Pero nos hemos vuelto todos muy morales y muy rigoristas. Vean por qu esta nacin no adelanta, y los extranjeros nos explotan llevndose todo el dinero. Esta ltima frase llev la conversacin al primitivo terreno, del cual se haba desviado un poco con aquello de la panacea. Por eso--dijo doa Casta--, un establecimiento montado como los mejores del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habindolo aqu, las seoras de la grandeza no tendrn que ir a Bayona y a Biarritz a comprar la ltima novedad. Aurora vesta un traje de percal, azul claro, con cinturn de cuero, y en este una gran hebilla. Su atavo era todo frescura, sencillez de obrera elegante. Fue un rato para adentro a tomarse la colacin o golosina que su madre le guardaba siempre, y volvi con un platito en una mano y una cucharilla en la otra. Era compota de ciruelas lo que tomaba, con un pedazo de rosca. Ustedes gustan?... Pues deca que en las cajas que estn ahora en la Aduana de Irn, vienen unos trajecitos de nio, de punto, que han de hacer sensacin. El modelo lleg ayer en gran velocidad, y tambin vino un fich del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con puntilla ordinaria. Vern, vern ustedes... Pues el faldn de bautizo, _por ejemplo_, que estamos arreglando con encaje _valenciennes_, no se podr poner menos de quinientos francos. (Aurora tena la costumbre de contar siempre por francos). Es verdaderamente encantador. Lo traer aqu cuando est acabado para que lo vean ustedes. --Mejor ser que vayamos nosotras all--dijo doa Lupe--, y as veremos y hociquearemos todo antes de que se abra al pblico. Fortunata deca tambin algo, aunque no mucho, porque lo de la tienda no despertaba en ella gran inters. Despus que apur el platillo de la compota, volvi Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel. Qu golosa era! Ofreci una a Fortunata, que la tom, y doa Casta se dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua. Pona esta seora sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tena a gala el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa. Despus de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la temperatura, ponindolos o no en el balcn, Doa Lupe la ayudaba en la trada de aguas, y en tanto Aurora le pas a Fortunata el brazo por la cintura y ambas salieron al balcn de la sala. Cada cual se coma una yema de chocolate, y despus tomaron otra de coco. Lejos del odo impertinente de doa Lupe y doa Casta, Aurora se secrete con Fortunata: Se han ido todos esta tarde... El primo Manolo va tambin con ellos. --v-- Aqu cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Feneln se haban hecho muy amigas. Esta mostraba a la de Rubn una gran simpata, y con esta simpata, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin, con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas haca, apoderose poco a poco de todos sus secretos. Por de contado, estas intimidades slo tenan lugar a espaldas de doa Lupe y muy lejos de doa Casta, pues ni una ni otra habran consentido que tales temas se trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa. Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos mujeres sin decirse nada, comindose las yemas y mirando a la calle. De pronto se ech a rer Aurora. Mira el tonto de Ponce, hacindole cucamonas a Olimpia. Yo creo que mi hermana es la nica mujer que en el mundo existe capaz de querer a un crtico. Merecera en castigo casarse con l. _Solamente_, que como es mi hermana, no le deseo esta catstrofe. Vaya, que est apurado el hombre--deca Fortunata, riendo tambin--. Le hace seas para que baje... S, ahora va a bajar. Ests t fresco... Ser que quiere darle uno de esos artculos que escribe y en los cuales cuenta el argumento de los dramas para que nos enteremos. Vaya, hombre, no te apures, que ya le hablars otra noche. Ahora no puede ser... Qu pesados son estos novios!, verdad?. Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas estaban limpindose los dedos en sus respectivos pauelos, Aurora volvi a decir: Pues s, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con ellos. Creo que van a San Juan de Luz. Fortunata volvi la cara para el balcn del gabinete, donde estaba Olimpia. Despus mir a su amiga, dicindole en tono muy seco: Van a San Sebastin y a Biarritz, y a principios de Setiembre irn todos a Pars. --Nias--dijo doa Casta, tocndoles en los hombros--. De qu agua quieren ustedes?... _Progreso_ o Lozoya? --Lo mismo me da--replic Fortunata. --Toma Lozoya, y creme--insinu doa Lupe, con su vaso en la mano--. Por ms que diga esta, _Progreso_ es un poquito salobre. --Eso va en gustos... Y tambin influye el hbito--arguy Casta con la suficiencia y formalidad de un catador de vinos--. Como yo me he criado bebiendo el agua de _Pontejos_, que es la misma que la de la Merced, que hoy llaman _Progreso_, toda otra agua me parece que sabe a fango. No insistir en lo mucho que se dijo sobre este tratado de las aguas de Madrid. Mientras las dos seoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y Aurora lo hacan en el balcn. Las once y media seran cuando sintieron la voz de Ballester. Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente. Si bajan ustedes--dijo Rubn--, las espero aqu. --Olimpia--grit Ballester--. Venimos de ver la obra que se estren anteanoche. Qu mala es! Tiene usted ya noticias de ella? --Yo?... Qu est usted diciendo? --Como usted se trata con autoridades... Al decir esto pasaba el crtico junto a l. Oiga usted, Olimpa... La obra es una ferocidad; pero ciertos amigos del autor la pondrn en las nubes. Quisiera yo verles para que me dijeran a m por qu engaan de este modo al pblico. --Djeme usted en paz... Qu tonto es usted!--replic Olimpia, y se meti para adentro. --Bajis o no?--dijo Maxi; y su mujer le contest que esperase en la botica, que ellas bajaran. Aurora y Fortunata se rean mirando a Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el diablo. Retirronse las de Rubn a su domicilio, teniendo ambas seoras la satisfaccin de ver a Maxi tan mejorado de los desrdenes cerebrales de aquella maana, que no pareca el mismo hombre. Sntomas favorables eran la obediencia a cuanto se le mandaba, y lo juicioso y sosegado de sus respuestas. Aquella noche durmi con tranquilidad, y nada ocurri que saliera del canon ordinario. A la tarde siguiente convinieron marido y mujer en dar un paseo a prima noche. Fue ella a buscarle a la botica a la hora concertada, y no le encontr. Ha ido a cortarse el pelo--le dijo Ballester, ofrecindole una silla--. Con las murrias de estos ltimos tiempos, el pobre chico no caa en la cuenta de que se iba pareciendo a los poetas melenudos... Le he mandado que se trasquilase esta misma tarde. Tenga usted presente una cosa: hay que imponrsele, combatirle el abandono, las lecturas y no consentir que se ensimisme. Antes que dejarle caer en las melancolas, vale ms darle un disgusto. Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo. Es lo que hace falta. --Pobrecito!...--exclam Fortunata--. Pero ve usted por dnde le ha dado?... Yo no he visto un desatinar semejante. Segismundo, que en aquel momento tena poco que hacer, dejolo todo por atender cortsmente a la seora de su amigo y serle grato en lo que de l dependiera. Era hombre que tena que contenerse mucho para no ser galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese. Con Fortunata se haba permitido alguna vez tal cual broma; aquel da se corri ms. Llevndose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con ellos pas de peine, se la atus, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia la seora para decirle con retintn: Muy triste est usted desde ayer... No, no me lo niegue... Pues yo no veo lo que pasa? Leo en las caras. --Pues en la ma poco habr ledo usted. --Ms de lo que se piensa... Leo pasajes tiernsimos... estrofas de despedida... ayes de soledad... --Ay, qu majadero!--Oh!, a m no se me escapa nada. Convengo en que no hay motivos para que usted est tan pattica... Pero hay otra cosa... a m me gusta remontarme a los orgenes, me gusta buscar el por qu, y francamente, cuando miro ese por qu, no puedo menos que lamentar la equivocacin de que usted viene padeciendo desde tiempos remotos. Fortunata le miraba sonriendo, pues no crea que deba enojarse. S, no puedo menos de deplorar--prosigui el regente inflndose--, que usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen... Habiendo en el mundo tanto corazn leal, ir a buscar precisamente el ms inconstante y.... --Qu disparates est usted diciendo? --Oh!, no son disparates--replic el farmacutico, dando algunos pasos delante de ella y procurando que dichos pasos fueran todo lo airosos posible--. Perdneme usted mi atrevimiento. Yo las gasto as; siempre he sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de m, le abro la puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo... Pues deca... Se va usted a enfadar? --No, hombre, qu me voy a enfadar yo? Sultela, sultela. --Pues deca... (Ballester tomaba una actitud que a l le pareca aristocrtica), deca que a quien debiera usted querer es a m... Ya ve usted que no me muerdo la lengua. --Ay, qu gracia! Me gusta usted por lo corto de genio. --Al pan pan y al vino vino. Querindome a m, ver lo que es corazn amante, consecuente y tropical. Pero le advierto una cosa... --Qu?--Que si se decide a quererme... usted no se decidir, pero si se decide, tenga cuidado de no decrmelo de sopetn... porque me morir de gusto... Sera como una descarga elctrica. --Estese tranquilo... S, se lo ir diciendo poco a poco... preparndole, como cuando se dan malas noticias... --No tanto, no tanto...--Vaya que es usted malo... Aqu, entre tanta medicina, no hay nada que le cure la cabeza? --Pues si lo hubiera, amiga ma, si lo hubiera...! Y creen muchos que la peor cabeza de esta casa es la del pobre Maxi, cuando la ma es una pajarera. Verdad que dos palabras de quien yo me s me haran la persona ms cuerda y ms feliz de la tierra... Viendo en esto que entraba Rubn, dio otro giro a su charla. Aqu le estaba diciendo a su cara mitad, que le voy a dar unas pldoras... Dios, qu pldoras!. --Para ella?--No hombre, para usted.--Y de qu son?--Bueno va; ya quiere saber de qu son. Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe reservarse el secreto. Es un especfico. --Este Segismundo est ido--dijo Fortunata--. Vmonos. --Yo no tomo pldoras sin saber la composicin--indic Maxi con la mayor buena fe. --Estos hombres felices son muy impertinentes. Todo lo quieren averiguar... Y ahora se va de paseto con su trtola! Qu babosos... _semos_! Luego se queja el nene!... (tirndole de una oreja), se queja de vicio... el nio mimado de la Providencia... Abur, divertirse. Sali a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y estirndose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les sigui con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle. --vi-- Iban pasando los cansados das del verano, que es en Madrid la estacin de las tristezas, porque el sueo y el apetito escasean, la sociedad disminuye, y los que aqu se quedan parece que comen el pan de la emigracin. En la familia de Rubn nada ocurra de particular, pues Maxi no empeoraba, aunque todas las maanas tena su excitacin correspondiente, ms o menos aparatosa; pero mientras no llegase a un grado de furor como el de la clebre maanita del arsnico, las dos mujeres podan llevarlo con paciencia. De noche, las depresiones se manifestaban levemente, y a veces no se conocan. Ballester haba conseguido, combinando la persuasin con la severidad, apartarle en absoluto de toda lectura favorable a la concentracin del nimo. Entre Fortunata y doa Lupe no era todo concordia, como se puede haber comprendido, pues la seora de Juregui, observadora sagaz, haba comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos pasos. Todas las personas relacionadas con la familia de Rubn saban la historia de la mujer de Maxi, y el dramtico papel que desempeaba en ella el seorito de Santa Cruz. Algunas, quizs, tenan conocimiento de aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusin; pero nadie se atrevi a llevar el cuento a _la de los Pavos_. Esta, no obstante, lo saba por obra del puro clculo y de sus facultades olfatorias. Arrancose una vez a _armar la gorda_ para que no crea--pensaba--que me trago sus mentiras y que estoy aqu haciendo el papamoscas. Pero Fortunata, recordando al instante las lecciones de su amigo Feijoo, traz la raya divisoria que este le recomendara, y vino a decir en sustancia: de aqu para all, seora, gobierna usted; de aqu para ac, estn _mis cosas_ y en ellas no tiene usted que meterse. No se dio por vencida la orgullosa viuda del alabardero, y volvi a la carga dos o tres veces en esta forma: Si el pobre Maxi estuviera bueno, l te arreglara como cumple a todo hombre que se estima; pero no lo est, y tengo que tomar yo a mi cargo el decoro de la familia. Me he dicho mil veces: 'dar el estallido o no dar el estallido?'. En la situacin de ese pobrecito, mi estallido sera su muerte. Por eso me contengo y me trago todo el veneno. Ves?, mi cabeza se est llenando de canas desde que veo estas ignominias sin poderlas remediar.... Fortunata volvi el rostro para ocultar sus lgrimas. Esta escena ocurra en el gabinete, hallndose las dos cosiendo sus trajes de verano. Despus de lo que pas en Noviembre del ao pasado--prosigui la viuda con serenidad que espantaba--, despus de tu enmienda verdadera o falsa; despus que se te perdon (y por mi voto no se te habra perdonado); despus que echamos tierra al horrible crimen, me parece que estabas obligada a portarte de otra manera. No vengas ahora con lagrimitas que han de parecer de hipocresa. Porque yo digo una cosa. yeme atentamente. Doa Lupe dej la costura y se prepar a hablar, como los oradores de profesin. Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasin antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar. Hay casos, y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio. Pues si t hubieras venido a m y me hubieras dicho: 'Ta, esto me pasa. Me persiguen; yo no s si podr defenderme; soy dbil; aydeme usted...'. Oh!, la cosa variaba mucho. Porque yo te habra dirigido, yo te habra dado fortaleza, consuelo... Pero no; se te antoja campar por tus respetos, y hacer y acontecer, como una mozuela sin juicio... Eso es un disparate: ah tienes, ah tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar para nada con las personas que deben guiarte. Total; que cuando acudas pidiendo socorro ya ser tarde, y esas personas te dirn: 'Entindete ahora, hndete, y cbrete de vergenza y date a los demonios'. Pronunciada esta elocuente filpica, continu la seora un buen espacio de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su costura. Discurra sobre la extraeza de aquellos conceptos de la viuda, que pareca dispuesta a ciertos temperamentos indulgentes en caso de que se la consultara, y de que se la tuviera por dispensadora infalible de proteccin y por sancionadora de las acciones. Esta mujer quiere ser el Papa--pensaba--, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo. Pero lo que es por m.... A Fortunata le repugnaba la moral desptica de doa Lupe, en la cual entreva ms soberbia que rectitud, o una rectitud adaptada jesuticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las ideas absolutas de la joven criminal. Ella quera para sus actos la absolucin completa o la completa condenacin. Infierno o Cielo, y nada ms. Tena _su idea_ y para nada necesitaba de consejos ni de la proteccin de nadie. Se las compona sola mucho mejor, y cualquiera que fuese su cruz, no le haca falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas, rectilneas, iba a ellas disparada como proyectil que sale del can. Enterada doa Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tena, de que los de Santa Cruz se haban marchado a veranear, tom pie de esta circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono menos catilinario que los anteriores. Era aquella seora esencialmente gubernamental y edificaba siempre sobre la base slida de los hechos consumados todos sus planes y raciocinios. Mira t por dnde podramos llegar a entendernos--le dijo una tarde que la volvi a coger a mano para el caso--. He sabido que la persona que te trae dislocada no est ya en Madrid. Qu mejor ocasin quieres para emprender la reforma de tu estado interior, que est como una casa en ruinas? Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda. No debiera hacerlo; pero tengo caridad y me hago cargo de las flaquezas humanas. Otra tomara por la calle de en medio; yo creo que en cosas tan delicadas se debe proceder con cierto ten con ten. Habras de empezar por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles, entindelo bien, hasta los menores detalles; por ponerme al tanto de lo que piensas, de lo que sientes, de las tentaciones que te dan por la maana, por la tarde y por la noche; en fin, habas de declarar todos, toditos los sntomas de esa maldita enfermedad, y darme palabra de hacer cuanto yo te mandare. Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el bolsillo las recetas para todos los casos patolgicos del alma. Por cumplir, ms que por gusto, Fortunata tuvo la condescendencia de decir algo, reservando, como es natural lo ms delicado. Doa Lupe se entusiasm tanto con aquella muestra de sumisin, que hizo gala de sus facultades profesionales, y termin as: Te aseguro que si me obedeces, te quitar eso de la cabeza y sers lo que no eres, un modelo de mujeres casadas. Por de pronto, me comprometo a que no vuelvas a caer, aun en el caso de que se te tendiera el lazo otra vez. Vaya, con el caballerito! Es cosa de dar parte a la polica. T djate llevar; pon el pleito en mis manos, djame a m... y vers. Apuestas a que me planto un da en casa de doa Brbara y le canto clarito? T no sabes quin soy, t no me conoces. Y has sido tan tonta que no has querido valerte de m...! Bien merecido tienes lo que te pasa. Pues lo que es ahora, que quieras que no, tomo cartas en el asunto... Has de concluir por adorarme como se adora a una madre. Y al finalizar estaba doa Lupe radiante. Casi casi se aventur a hacer a su sobrina una maternal caricia; tales eran su gozo y satisfaccin. Un pensamiento se le sala del magn a cada instante; pero lo reservaba en la hoja ms escondida de su gramtica parda. Ni la sombra de este pensamiento dejaba entrever a Fortunata. Guardbalo para s y se recreaba con l a solas. Le habr dado dinero?. Siempre que se haca esta pregunta, se contestaba afirmativamente. Tiene que haberle dado algo, quizs grandes cantidades. Pero dnde demonios las tiene? Qu hace que no me las da para que se las coloque?... Como si lo viera: es que tiene vergenza de poner en mis manos dinero adquirido por tales medios. Esta delicadeza la honra... Y no es otra cosa; le da vergenza de decrmelo. Pero al fin ello saldr. Y una tarde que el matrimonio haba ido a paseo, la gran capitalista, no pudiendo enfrenar por ms tiempo su curiosidad, mand a Papitos a un recado, por quedarse sola, y con determinacin admirable hizo un registro en la cmoda y bal de Fortunata. Valindose del sin fin de llaves que tena, abri todos los cajones y revolvi en ellos cuidadosamente, esmerndose en dejar las cosas, despus de bien examinadas, en la misma disposicin que antes tenan. Este proceder jesutico lo practicaba siempre que meta sus manos escudriadoras en donde no deban estar. Busca por all, busca por all, y nada. Los billetes se esconden tan fcilmente, que no hay manera de encontrarlos. Pero tena doa Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba segura de dar con los billetes si los haba. Tendralos cosidos en la ropa?--pens--. Puede ser. Esa socarrona parece que no sabe jota, y sabe ms...!. En la cmoda no haba nada que a dinero se pareciese, ni tampoco cartas. Algunas joyas y chucheras vio, que le parecieron recuerdo o prenda de amores; pero lo que es _guano_, ni el olor. Es muy particular--grua la viuda, registrando el bal, despus del reconocimiento minucioso que en la cmoda hizo--. Y no se comprende que siendo l tan rico y ella una pobre...!. El bal, que slo contena ropas viejas, no dio tampoco nada de s. Pues tiene que haber algo...--rezong la seora--, tiene que haber algo. En alguna parte est el escondrijo. Dinero hay, o no hay dinero en el mundo. Cansada de su intil escrutinio y guardando las llaves, que formaban apretado racimo, digno del arsenal de una compaa de ladrones, doa Lupe se sent a meditar, y ponindose una mano sobre el pecho de algodn y acaricindoselo, se rasc con los dedos de la otra la frente, all donde principia el cabello, como quien estimula la generacin de una idea, y dijo: Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes. --vii-- Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetan, reproducindose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovacin de la forma. Los pasetos por la noche para tomar el tranva del _barrio_; las excursiones a algn teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego o de Rubn; las garatusas del crtico en la calle; la romntica figura de Olimpia colgada en el balcn como una muestra o insignia que dijera: aqu se ama por lo fino; las extravagancias de Ballester; los espasmos de Maxi, todo continuaba repitindose de da en da con regularidad de programa. En Agosto ocurri algo que no estaba en los papeles, y fue del modo siguiente. Una maana fue Torquemada a ver a doa Lupe para tratar de negocios. Con su traje de verano, tena el buen D. Francisco aspecto semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a ms del trajecito azul, se haba encasquetado un sombrero de paja de ala ancha. Su camisa, de rayas coloradas, pareca la bandera de los Estados Unidos; y para recalcar ms su facha americana, llevaba una joya en la corbata y una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse se le vea media pierna. All vena bien decir que el _difunto era ms chico_. Todo ello pareca prendas heredadas, o venidas a su poder por embargo judicial, o cogidas a algn filibustero. Servale el sombrero de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas circunstantes participaban de la ventilacin que daba aquella prenda tropical tan bien manejada. Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando son la campanilla, y a poco entr Maxi en el gabinete, que era donde su ta y don Francisco estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido, fue a ver qu se le ofreca, pues algo desusado deba de ser. A tal hora, las diez de la maana, no vena jams a casa el pobre chico. Echndose un pauelo por los hombros, porque el calor de la plancha la obligaba a estar al fresco, pas al gabinete. Lo mismo ella que su ta se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegra inusitada, Los ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco advirtieron algo extrao, que las llen de alarma. Hola, D. Paco; yo bien, y usted?... Y doa Silvia y Rufinita, siguen tomando los baos del Manzanares?. Este lenguaje tan confianzudo, era lo ms contrario al temperamento y a la timidez de Maxi. Qu traes por aqu a esta hora? le pregunt su ta, disimulando su sorpresa. Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal, en una silla prxima a la puerta de la alcoba de doa Lupe. l no se sent, y despus de aquel saludo tan campechano que le ech al usurero, se puso de espaldas al balcn con las manos en los bolsillos, mirando a todos como quien espera recibir felicitaciones. Pues nada--dijo--, que estoy de enhorabuena. --Qu, te ha cado la lotera? --No es eso... Para qu quiero yo loteras? Ni falta... Es mucho ms que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que estaba pensando, que slo me faltaba una frmula para completar... --La combinacin!... Pues qu, has encontrado la _panacea_?--expres la ta con incredulidad. --No es mal nombre si usted se lo quiere dar--dijo el pobre chico, exaltndose ms a cada palabra--. De _pan_, que significa todo... y _akos_ que es lo mismo que decir _remedio_. Que lo sana y purifica todo, vamos... --Gracias a Dios que haces algo de provecho!--declar doa Lupe, recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de jbilo era enteramente febril. --Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba ms que una frmula para estar completo... La maldita frmula...! Por fin, ahora, hace un ratito, se me ocurri; di un brinco de alegra. Ballester, que no comprende esto, ni lo comprender nunca, se enfad conmigo y no me quera dar papel y tinta para escribir la frmula y dejarla consignada... Temo que se me escape, que se me vaya de la cabeza... Mi memoria es una jaula abierta, y los pjaros... pif... Doa Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. Bueno--dijo la ta, viendo que le vena encima una nube--. Tranquilzate, escribirs la frmula, hars tu _panacea_, tendr un gran xito y ganaremos mucho dinero. --Ah!...--exclam l con la expresin que se da a toda idea de un trabajo abrumador--. No crea usted... para exponer el sistema completo con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse las cejas... digo! Tendr que pasar las noches de claro en claro. No importa; cuando esto empiece a correr, vern ustedes; adquirir una reputacin y una gloria tan grandes, pero tan grandes que... --Adis mi dinero--murmur doa Lupe, y Fortunata dijo para s algo parecido. --El problema que quedaba por resolver--dijo Maxi acercndose a su ta y dando castaetazos con los dedos--, era el de la emanacin de las almas. De dnde emana el alma? Es parte de la sustancia divina, que se encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su origen?... o es una creacin accidental hecha por Dios, subsistiendo siempre impersonal? Aqu estaba el intrngulis. Doa Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiaba los ojos de una manera entre burlesca y compasiva. Hijo, por Dios!--dijo Fortunata acercndose--, no discurras esas cosas que dan dolor de cabeza... S, est muy bien; pero todo lo que hay que averiguar sobre esto, est ya averiguado... No te calientes la cabeza. --Querida ma (rechazndola con dulzura y tomando un tonillo enftico), si en este _via crucis _ de trabajos y persecuciones que me espera; si en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres acompaar t, lo sentir por ti ms que por m; pero t al fin vendrs. Cmo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redencin y para su salvacin es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo que propongo? Fortunata volvi a la apartada silla en que antes estuvo, y doa Lupe, despus de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto crey oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas razones enderezaran el torcido _intellectus_ del desdichado joven. Mire usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre eso, ya nos lo han enseado. Y lo que no, ms vale que no lo sepamos... porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es ms que un mediano pasar: as lo encontramos y as lo hemos de dejar; y por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el man... Ganars el pan con el sudor de tu frente, dijo quien dijo, y no hay ms. Qu saca usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin nos hemos de morir... Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas malas, y ruede la bola... y no temamos el materialismo de la muerte; que al fin polvo somos, y.... --Basta, no siga usted--dijo Maxi, ceudo, cortndole el discurso--. Si usted es materialista, nunca nos entenderemos. --No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como el cuerpo no es ms que a la manera de un cascarn, cuando este se pudre, a m no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo. --Ya... comprendido--dijo el otro con mayor exaltacin, y acentuando la contrariedad que experimentaba--. Usted es de la escuela de mi hermano Juan Pablo: _fuerza y materia_. Ya discutiremos eso. Yo expondr mi doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quin se lleva tras s a la seora humanidad. Diciendo esto gir sobre un tacn, y rpidamente sali, marchndose a su cuarto. Su mujer fue tras l muy afligida. Maxi se sent en la mesilla en que tena algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el hombro de l, su mujer mir los garrapatos que trazaba con febril mano sobre un papel. Ved aqu fijados los puntos capitales--balbuca l, escribiendo--. Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnacin es un estado penitenciario o de prueba. La muerte es la liberacin, el indulto o sea la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto.... --Chico, descansa ahora un ratito--djole su esposa, tratando de quitarle la pluma de la mano--. Bastante has trabajado hoy con esos clculos tan difciles... Maana seguirs... No, no creas que me parece mal; yo te ayudar a pensar... hablaremos de esto. Yo tambin discurro. Contra lo que esperaba, Maxi no se irrit. Tena su semblante expresin serfica; sus modales eran suaves y ms pareca un iluminado antiguo, cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la sociedad presente. T tambin discurres--le dijo con dulzura--. Lo s, t piensas, porque sientes; t me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes el sentimiento de la liberacin... Usando una parbola, te escuece en las muecas el grillete de la vida. Fortunata se qued en ayunas de toda esta cantinela, pero por no contrariarle, responda que s. Lo que es por padecer no ha de quedar, porque toda mi vida ha sido un puro suplicio... Pero ahora no te ocupes ms de eso. Doa Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada. T me ayudars--prosigui Maxi con rfagas de inspiracin religiosa en sus ojos encandilados--, t me ayudars a propagar esta gran doctrina, resultado de tantas cavilaciones, y que no habra llegado a ser completamente ma sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la revelacin se ha renovado en m. Lo que s, lo s porque me lo ha dicho quien todo se lo sabe. Observando entonces que su ta le miraba, extendi la mano para llamarla, y le dijo: Ta, pase usted... Aqu no hablamos en secreto. Tambin usted ser conmigo en la inmensa... en la inmensa y dolorosa propaganda... Por cierto que no me explico, que no s cmo ustedes dejan entrar aqu a ese materialista.... --Don Francisco...!, hijo, pues qu mal puede hacerte? --Mucho, ta, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta confianza, podra intentar el descrdito de mi sistema, robndome antes mi honor. Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveracin o apoyo de lo que deca. Ella lo comprendi. Tiene razn, ta... ese materialista que no entre ms aqu. --Pues no entrar, hijo, no entrar... Vaya. Yo le dir que se largue con su materialismo a los infiernos. --Te sientes bien? Quieres tomar algo?--le dijo su mujer con cario. --Me siento tan bien como nunca me he sentido, cranmelo (demostrando en su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan rebuscada frmula, parceme que soy otro... Antes mi vida era un martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir... --Pues es preciso que tomes algo.--No lo necesito... cranmelo. Vern cmo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la quiero. No tengo ms que el esqueleto, y l se basta para llevar el alma. A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco despus, cuando sali un instante, encontr a doa Lupe lloriqueando. Est perdido--le dijo la seora de Juregui--, enteramente perdido... Ya esto no tiene soldadura. --viii-- Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos. Quedose l como aletargado en el sof de la alcoba, ms propiamente en xtasis, porque tena los ojos abiertos, y no pareca enterarse de nada de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tom su costura y se le sent al lado, esperando a ver en qu paraba aquello. Doa Lupe entraba y sala, dando suspiros y haciendo algn puchero. Al llegar la hora de comer, Maxi se despabil un poco, resistindose a tomar alimento. Ellas no tenan ganas de probar bocado, y le instaban a l a que lo hiciese, empleando los ms extraos medios de persuasin. Por fin, doa Lupe obtuvo resultado con este argumento: No s yo cmo vas a resistir esa vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no que estuviera das y das sin probar bocado. Al contrario, su institucin fundamental, la Eucarista, la hizo cenando.... Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero de aqu no le hicieron pasar. Despus pareca ms exaltado. Tomndole las manos a su mujer, le dijo: Yo no soy ms que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesas de ella vendr despus, vendr pronto; ya est en camino. Quien todo se lo sabe me lo ha dicho a m. Fortunata no entenda palotada. Doa Lupe mand recado a Ballester, que fue a verle despus de anochecido. No saba vencer el farmacutico su genio vivo y zumbn, ni mostrarse tan habilidoso como el caso exiga, y aunque Fortunata le tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono ms contemporizador, el maldito no se poda contener: Vaya con la que saca ahora... Pero, hombre de Dios, a usted qu le importa que el alma venga de ac o venga de all? Qu se mete usted en el bolsillo con esto? Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted la gran jaqueca con aquello de _la cosa en s_... Pues pongamos que sea _la cosa en no_. Yo digo que esto es msica pura; _la cosa en s bemol_. Ah, qu tontita es la criatura y qu refistolera! Porque esto de meter las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar mucho. A nadie le gusta que le estn atisbando de cerca y viendo lo que hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga volvindolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira que un hombre que podra ser el ms feliz del mundo, casado con esta perla de Oriente y sobrino de esta ta, que es otra perla, se devane los sesos por cosas que no le importan. Si nadie se lo ha de agradecer!... En fin, que si estas seoras me autorizan, yo le curo a usted con el extracto de fresno administrado en vrgulas, uso externo, por la maana y por la tarde. Maxi le miraba con desdn, y el otro, viendo que sus cuchufletas no hacan el efecto de costumbre, psose ms serio y tom por otros rumbos. Al salir, acompaado hasta la puerta por las dos seoras, les dijo: Le voy a dar la _hatchisschina_, o _extracto de camo indiano_, que es maravilloso para combatir el abatimiento del nimo, causante de las ideas lgubres y de la mana religiosa. Efecto inmediato. Vern ustedes... Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar. Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacfica, ta y esposa estaban en expectativa. Por las noches no se mova de la cama, y si bien es verdad que hablaba solo, hacalo en voz baja, en el tono de los chicos que se aprenden la leccin. A pesar de esto, Fortunata se pona tan nerviosa que no poda pegar los ojos en toda la noche, durmiendo algunos ratos de da. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apata y reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recndito de sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la alcoba, no haca ejercicio alguno, y despus de la inapetencia de los primeros das, le entr un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron por buen sntoma. A la semana, manifest deseos de salir; pero una y otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo distinto de aquellas manas de la emanacin del alma y de la doctrina que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a poco iban siendo menos los ratos de extravo, y se pasaba largas horas completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta naturalidad. Fortunata haca que le ayudase a estirar la ropa o a devanar madejas, y l se prestaba a todo con sumisin; doa Lupe sola encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretena, y nadie le tuviera por daado en la parte ms fina de la mquina humana. A principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres das sin mentar para nada aquel galimatas del alma, las dos seoras estaban muy alegres confiando en que pasara pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanud sus trabajos en la botica, cuidadosamente vigilado por Ballester. Fortunata tena adems otros motivos de hondsima pena. _Aqul _ no le haba escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa. Ingrato! Qu le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: _Estoy bueno y te quiero siempre_? Pero nada, ni siquiera esto... Revelaba estas tristezas a su nica confidente, Aurora, en aquellos ratos de charla sabrosa que las seoras mayores les permitan. La inauguracin de la tienda de Samaniego, que se verific hacia el 15 de Setiembre, tuvo a la viuda de Feneln muy atareada en aquellos das. Pocas veces se vio en un comercio de Madrid tanto movimiento ni ms claras seales de que haba cado bien en la gracia y atencin del pblico. Las novedades de exquisito gusto, tradas de Pars por Pepe Samaniego, atraan mucha gente, y las seoras se enracimaban y caan como las moscas en la miel. Los dependientes no tenan manos para ensear, y Aurora estaba rendida de trabajo, porque los encargos de _trousseaux_ y _ajuares _ se sucedan sin interrupcin. Doa Casta no estaba tranquila el da en que no iba a meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a doa Lupe de los encargos que haba, y de lo que se estaba haciendo para la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata iba poco, por propia inspiracin y tambin por consejo de Aurora, pues no convena que la viesen all las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho el taller y tienda. Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de una o de otra, y all era el comer dulces y el contarse cositas, sentadas al balcn, viendo las idas y venidas del crtico desde la calle de los Tres Peces a la de la Magdalena. l no tendra criterio, pero lo que es piernas... Un domingo de los ltimos de Setiembre, la Feneln llev a la otra una noticia importante: Maana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando toda la casa. Lo que Fortunata sinti era una combinacin de pena y alegra que no la dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tena presentimientos de una nueva desgracia. Cuidado que no haberle escrito ni una sola letra, pero ni una...! Aurora convena en que era una gran bribonada. Despus que pusieron a esto los comentarios propios del caso, la de Feneln dijo a su compinche algo ms que fue odo con extraordinaria curiosidad y atencin: Creers que se me ha metido una cosa en la cabeza?... Ello no ser; pero bien podra ser. Ayer estuvo doa Guillermina en la tienda. Pepe le haba ofrecido una cantidad para su obra, si sala bien la inauguracin, y nada... que se plant all a cobrar... Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene tambin maana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo s que han pasado el verano en Biarritz, y despus han ido todos a Pars... Qu te parece a ti? El primo Manolo no viene a Espaa ms que, _por ejemplo, _ en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a la familia de Santa Cruz, l, que gusta de andar siempre solo! Ello no ser; pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son! Antes de que partieran, me pareci a m, por ciertas cosas que vi y o, que al _buen hombre_ le gustaba demasiado Jacinta. Si habr algo...! A ti qu te parece?. Fortunata estaba absorta y como lela. Le pareca increble lo que su amiga contaba. Porque es muy rara esa persecucin! Siempre con ellos... un hombre que no hace su nido en ninguna parte...! Yo no s, no s. Habr algo?... Qu te parece a ti?. --Pues...--dijo la de Rubn pensndolo mucho--, a m me parece que no. --Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy all, como quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno. Como haya telgrafos, cuenta que les atrapo el _juego_... A ti qu te parece... Habr...? --Me parece que no--volvi a decir Fortunata, pensndolo cada vez ms. --ix-- La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada por Casta, aviv en la viuda de Juregui los deseos de emprender su campaa reparadora en favor de su sobrina. Cogiola muy a mano aquel da y le endilg otra perorata: Ahora o nunca. El enemigo en puerta. Estoy a tus rdenes, por si quieres consejos o un plan de defensa en toda regla. Dicho esto, trat de meterle los dedos en la boca para salir de dudas respecto a si haba recibido o no alguna cantidad gruesa de manos de su amante. Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando. Comprendo--expuso la seora con acento parlamentario--, que tengas cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca: no te tengo yo por peor de lo que eres; no creo, como podran creerlo otras personas, que tu debilidad es interesada, y que quieres a ese hombre porque es rico, y que no lo querras si fuese pobre. No, yo no te hago ese disfavor... para que veas. Tengo la seguridad de que arrastrada y todo como eres, loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor y no del inters; y los mismos disparates que haces por un hombre poderoso, que te da grandes cantidades, lo haras si fuera un pobre pelagatos y tuvieras que comprarle t a l una cajetilla. --Qu est usted ah hablando de grandes cantidades?--pregunt Fortunata mirndola con sorpresa, y casi casi echndose a rer. --No, si esto no es para que me digas la cifra exacta. Cllatela... haz el favor... que ciertas cosas vale ms que se queden dentro. No vayas a creerte que pretendo me entregues a m esos capitales para colocrtelos... No, ya sabrs t manejarte bien... --Pero qu est usted diciendo... seora?... --No, yo no digo nada. Me repugnara, puedes creerlo, manejar esos fondos. --Pero qu fondos, ni qu...? Usted est soando. --Vaya... si pretenders que me trague yo esa rueda de molino ms grande que esta casa. Si me querrs hacer creer que no te da...! --A m!--No me hagas tan tonta...--No s de dnde ha sacado usted... Para que lo sepa de una vez: No tengo nada. Me dara si me viera en una necesidad. Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo. Iba doa Lupe a soltarle otra andanada. Valiente turrn te ha cado, grandsima idiota. Por no saber, no sabes ni siquiera perderte. Pero se contuvo y se trag su ira, desahogndola despus en agitado soliloquio: No he visto otra. No tiene vergenza, ni tampoco sentido comn. Qu canalla y al mismo tiempo qu bestia! Si hubiera un Infierno para los tontos, ah debieras ir t de cabeza. Maximiliano volva lentamente a la vida regular, sin que esto quiera decir que se le quitara de la cabeza la idea aquella. Habase transformado, y as como en las crisis hepticas hay derrames de bilis, en aquella crisis mental pareca haberse verificado un derrame de sentimientos. No slo era ya pacfico, sino tiernsimo, y sus afectos se haban sutilizado, como el licor que pasa por el alambique. Las frmulas de cario que con su ta y su mujer usaba eran extraordinariamente suaves y hasta empalagosas; se afliga cuando causaba alguna molestia, y agradeciendo mucho los cuidados que se le prodigaban, los rehua como pudiera. Inicibase en l cierta tendencia a imponerse privaciones y sufrimientos, y la mortificacin, que antes le sublevaba, por liviana que fuese, ya le complaca. Si en la conversacin, o en aquellas polmicas que con su familia tena a las horas de comer, se le escapaba una palabra ms alta que otra, luego senta remordimientos de haberla pronunciado, y si no la recoga, pidiendo perdn de ella, era porque la timidez le pona un freno. Un da hubo de decirle a Papitos, porque no le haba limpiado las botas: Vaya con la chiquilla esta... Vers t!. Y al salir de la casa sinti tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le faltaba poco para derramar una lgrima. Cundo se me quitar esta costumbre viciosa de ultrajar a los humildes!... Qu ms da que estn las botas con o sin betn? La que debe tener lustre es el alma, no el calzado. Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas nieras. Injusto estuve con la pobre chiquilla! Inocente y angelical criatura! Soy un animal... Pero quin es el guapo que de estrellas abajo entiende y practica la justicia? El tenido por justo hace setenta y dos barbaridades cada da. Trabajillo cuesta el desprenderse de esta sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que llega la hora de la liberacin. Qu trae usted ah entre ceja y ceja? Saco la vara?--le dijo Ballester con aquella dureza que era, segn l, el ms eficaz tratamiento--. Porque hoy me parece que venimos muy _evangelsticos_. Cuidadito. Ya sabe usted cmo las gasto. --Pgueme usted. No me importa--le contest Maxi, dejando el sombrero en la percha--. Lo merezco, como lo merece toda persona que se enfada porque no le han limpiado las botas. Qu humanidad tan imbcil! Amigo Segismundo, qu hermosa es la muerte! --Si me vuelve usted a decir que es hermosa la muerte--replic el otro cogiendo la vara y esgrimindola cmicamente--, le lleno el cuerpo de chichones. Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, ms fea que el no comer! Mrela usted all, mrela all con esa cara que da asco... mrela, y como diga que es guapa, le pulverizo. Sealaba a un emblema pintado en el techo de la botica, en el cual estaban, decorativamente combinados, la serpiente de Esculapio, el reloj de arena del Tiempo, un alambique, una retorta, el busto de Hipcrates y una calavera. Si quiere usted contemplar toda la gracia del mundo, mreme a m--dijo Ballester, que dejando la vara, dio una vuelta, cogindose los faldones de la levita--. Estoy guapo, s o no?. Ballester ostentaba aquel da zapatillas nuevas, estrenaba traje de lanilla de los ms baratos, y se haba ido a la peluquera, donde despus de cardarle la caballera, se la haban rizado con tenacillas. Vaya, que est usted elegante dijo Maxi, ponindose a pesar unas dosis para pldoras. --Pues ms he de estarlo maana. Maana se casa mi hermanita con Federico Ruiz, un chico de mucho talento. Le conoce usted? Los peridicos, que hablan constantemente de l, anteponen siempre a su nombre algn mote muy salado. Ahora le llaman _el distinguido pensador_. A que no le llaman a usted as, a pesar de lo mucho que piensa? Porque usted no piensa con juicio y l s. Por la noche estaban en la botica, adems de Ballester, los dos practicantes Padilla y Rubn. Como apareciese en la acera de enfrente el clebre crtico, Segismundo se vio acometido a la ira cmica que le produca la presencia de aquel personaje de tan indudable importancia en la repblica de las letras. Tengo a ese caballerito--deca--, sentado en la boca del estmago... sobre todo, desde que elogi aquella obra tan mala, estrenada este invierno, diciendo que en ella se _planteaba el problema_, y qu s yo qu. Veris: Es aquel dramita moral en que se recomienda el matrimonio y las buenas costumbres; como que all resulta que todos los solteros somos unos pillos; y porque un joven se retira tarde y se gasta algn durete en picos pardos, me le llaman monstruo y el pap le maldice... Hay una escena en que todos se desmayan, porque sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el cual dice con la mayor frescura que l no cree en Dios aunque le fusilen. Total, que cuando la vi representar, pens que me tragaba todos los emticos que hay en mi farmacia. La moraleja de la obra es que sin religin no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ngel de Dios, que es el alcaloide de la cursilera. Cerr la noche y Ponce se acerc para telegrafiarse con su amada. Del balcn descenda una cuerda, a la que el joven ataba un papel. Le manda su ltimo artculo--dijo el regente a sus amigos, acechando en la puerta de la farmacia--. Ahora baja la cuerda con un dulce... Como anoche, lo mismo que anoche. Veris, veris la broma que le tengo preparada. Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sac del cajn un objeto del tamao de una yema, blanco y de apariencia azucarada. Padilla se desternillaba de risa, y Maxi observaba con atencin simptica. Pero es preciso que me ayudis. T, Padilla, que le conoces, sales, te haces el encontradizo, le hablas de literatura dramtica, le entretienes un rato volvindole la cara para all; y entretanto, yo, con muchsimo disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el bramante con el dulce. Quito la yema, sabes?... y pongo esta. La hice anoche. Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azcar. Se la come y revienta como un triquitraque. Padilla se parta de risa, y Maxi lo tomaba a broma. Hombre, matarle no--dijo Padilla--. Si la hubieras hecho de jalapa, escamonea o cosa as.... --No, chico; si yo lo que quiero es que reviente... Ir a presidio... me pierdo. Y qu? No se la perdono... Ultrajar a los hombres de ciencia y a los solteros! Llevando su broma hasta el fin, Ballester porfiaba que la yema era venenosa; mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio, diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de azcar con aceite de croto, que es el derivativo drstico por excelencia. Maxi, que le haba ayudado a hacerla, se sonrea. Como en estos dimes y diretes se pas bastante tiempo, cuando Ballester quiso poner en ejecucin la chuscada, ya haba bajado el hilo con una yema de coco, y el crtico se la estaba comiendo. El otro se consol pensando que otra noche consumara su trgica venganza. l se la tiene que comer...--dijo guardando la bola--. Como me llamo Segismundo, se la tiene que tragar, y entonces dir como mi tocayo: 'Vive Dios que pudo ser!'. --x-- Aquella noche, cuando Maxi subi a comer, encontr a su mujer un poco enferma. Le dola la cabeza y tena nuseas. Doa Lupe, que la estaba observando siempre, vea en su mal un pretexto para esconder de la familia los pesares que la consuman. Lo que t tienes--pensaba--, es el afn de volver al reclamo. Ests luchando contigo misma. Quieres ir y no te determinas. Algo de esto deba de ser, pues Fortunata se meti en su alcoba, resistindose a tomar alimento. Maximiliano no le instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tombala l por querencia de privaciones, por iniciacin del aniquilamiento, o apetito de muerte y liberacin. Doa Lupe, fatigada de lidiar con tanta insensatez de una y otra parte, se retir, dejndoles solos y diciendo: Haced lo que queris. All os arreglis a vuestro gusto. Yo estoy rendida. Comi sola, y con Papitos les mandaba de algn plato, que volva casi intacto. Despus entr un instante en la alcoba para preguntarles qu tal estaban, y se fue a descansar. No puedo resistir ms esta vida de perros--deca--. Dios tenga compasin de m. Fortunata habra deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz. Pero no pareca l dispuesto a hacerle el gusto en esto. Presentbase aquella noche bastante locuaz, lo que la disgust mucho, pues pocas veces se haba sentido con menos ganas de conversacin. A poco de acostarse, observ que su marido, sentado frente a la mesa donde estaba la luz, sacaba del bolsillo un paquete, despus otro, objetos envueltos en papeles, y los pona frente a s, como un hombre que se prepara a trabajar. El ligero ruido estridente que hace el papel al ser desdoblado, ruido que se acreca con el silencio de la noche, molestaba a Fortunata atrayendo su atencin. Lo primero que hizo Maxi fue sacar de un envoltorio de regular tamao multitud de paquetes chicos muy bien doblados, como los que en Farmacia se llaman _papeletas_, forma en que se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo. Pero despus vio la joven que desliaba otro paquete de forma larga y... Ay, Dios mo, era un cuchillo!... Lo estuvo l contemplando un rato por un lado y por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era bien aguda. La esposa sinti sudor fro en todo su cuerpo... No pudo contenerse, y como si despertase a un durmiente para librarle de los fingidos horrores de angustiosa pesadilla, le dijo... Maxi, hijo, qu haces?. l la mir con gran tranquilidad. Yo cre que dormas. No tienes sueo? Pues charlaremos de cosas agradables. --Como quieras. Pero ms vale que te acuestes, y dejes las cosas agradables para maana. --No... de seguro que te gustar lo que voy a decirte. Espera un poco. Recogi todos sus paquetes y el cuchillo, y trasladndose a la silla que estaba junto a la cama, lo puso todo sobre la mesa de noche. Ajaj... Ahora vers--dijo sonriendo cariosamente, como el que se dispone a dar a la persona amada la sorpresa de un regalito--. Esto, ya lo ves: es un pual. Fortunata se estremeci como si la hoja fra le tocara las carnes, y se puso a dar diente con diente. Lo compr hoy en la tienda de espadas de la calle de Caizares. Aqu dice: _Toledo, 1873_. Es bonito, verdad? Hace das que vengo pensando en cul es la mejor manera de hacerle al alma el gran favor de mandarla para el otro barrio. A ti que te parece? No decido nada sin tu consejo; y lo que t prefieras, eso preferir yo. La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas poda hablar. Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo. --Miedo!--exclam l con asombro y desconsuelo--. Pues yo cre que habra conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar. Miedo a la muerte!, es decir, miedo a la libertad y amor al calabozo! Ahora salimos con eso? Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero. --No, si no tengo miedo--dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque observ que se exaltaba--. Pero es que... esas cosas, ms vale dejarlas para de da. Ahora, a dormir. --Dormir!... Ah tienes otra tontera. Dormir, y qu saca uno de dormir? Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el desprendimiento y la evasin. Querida ma, o ests conmigo o ests contra m; decdete pronto. Ests dispuesta a tomar la llave de la puerta y escaparte conmigo? S? Pues lo primero es no tener horror a la muerte, que es la puerta, estar siempre mirndola, y prepararse para salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberacin. Fortunata se arrop bien, porque le haba entrado ms fro. Ay qu miedo tan grande! El momento de la liberacin es aquel en que uno se considera suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a otro, y dar ese paso por s mismo. Las religiones dominantes prohben el suicidio. Qu tontas son! La ma lo ordena. Es el sacramento, es la suprema alianza con la divinidad... Bueno; pues las personas que por medio de la anulacin social, y cultivando la vida interior, llegan a purificarse, comprenden por su propio sentido cundo llega el momento de tomar el portante. La liberacin no debiera llamarse suicidio. La expresin mejor es esta: matar a la bestia carcelera. Llega un momento en que el alma no puede ya aguantar la esclavitud, y es preciso soltarse. Cmo? Mira. Fortunata tiritaba, discurriendo si se levantara para llamar a doa Lupe. Esto es un pual... bien afilado... Hay que tener en cuenta que la bestia se defiende, por muy decada que est. La carne es carne, y mientras tenga vida hace la gracia de doler. Por eso conviene que la liberacin sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con toda su fortaleza, se amilana, siente lstima de la bestia carcelera e intercede por ella. T fjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me lo dices con franqueza. Prefieres el arma de fuego? Pueden fallar los tiros, y entonces el alma se impacienta; suele suceder que la bala no toma la direccin conveniente y queda la bestia a medio matar con medio cuerpo muerto y medio cuerpo vivo. Por eso yo te traigo aqu los medios txicos, que son callados y seguros. Empez a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas, sobre las cuales haba escrito con clarsima letra el nombre de cada droga. Mirbalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera envenenarse. Vete enterando. Esta sustancia que ves aqu, blanca y en cristalitos, es la _estricnina_... Muerte segura y tetnica, y que produce muchas angustias, por lo cual no te la recomiendo. La _atropina_ es esta, y esta la _cicutina_. Ves?, polvos blancos. La _citutina_ tiene una ventaja, y es que con ella se liber el seor de Scrates, lo que la hace venerable. Ambos son venenos virosos, es a saber, que se queda uno dormido y en sueos se acaba. Pero yo me pregunto: En las tinieblas del sueo, no producirn los pataleos de la bestia horribles martirios? Qu te parece a ti? Preferiremos la _digitalina_, que mata por asfixia? O nos fijaremos en los mercuriales? Mralos aqu: El _ioduro de Mercurio_, rojo; el _cianuro de Mercurio_, blanco. Tambin tengo un preparado de fsforo, que mata por envenenamiento de la sangre. Pero lo bueno est aqu, mralo; el verdadero _ojo de boticario_, la bendicin de Dios. Esto s que mata, y pronto. Ves este polvo gris? Es la _gelsemina_, la maravilla de la toxicacin. La bestia se estremece slo de verla; porque sabe que con esto no hay bromas. Muerte instantnea. --Basta, basta--dijo Fortunata, que ya no poda resistir ms--. Si no guardas todo eso, me levanto y me voy. l la mir con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y un asombro compasivo. Esta mirada le aument a ella el miedo, y comprendiendo que era forzoso disimularlo, acaricindole la mana para evitar cualquier barbaridad, le dijo: Todo est muy bien... yo comprendo... Claro, la bestia hay que matarla. Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condicin de que no me traigas ac venenos.... --Ah!, corriente... Si prefieres las armas de fuego... Pero en este caso hay que ejercitarse. Preciso es que mueras primero t, despus yo... Y si me falla el tiro y me quedo vivo y viene gente y me sujetan...? --No, hijo no; cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro como en los desafos... Se da la seal, pum!, y ya vers cmo quedan las dos bestias. Maximiliano meditaba. No me parece muy practicable tu solucin. --S, chico, s, te digo que s. Hazme el favor de coger todos esos polvos y tirarlos por la ventana al patio. No, mejor ser que los envuelvas en un paquete y me los des; yo los guardar. Te prometo guardarlos. Pero qu, desconfas de m?... Gracias, hombre. De veras que desconfiaba, porque cuando ella extendi sus manos para coger las papeletas, acudi l a defenderlas como se defiende una propiedad sagrada. Tate, tate; djame esto aqu. Yo lo guardar.... --Bueno, mtelo en el cajn de la mesa de noche, y tambin el cuchillito. Yo te prometo no tocarlo. --Me lo juras?--Te lo juro... No parece sino que yo te he engaado alguna vez. Qu cosas tienes!... Pero te has de acostar... --Si no tengo sueo, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueo que soy hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de m lo que le da la gana... Infame carcelero! Impaciente, Fortunata se lanz a las determinaciones que exigen los casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza, mezclando los carios con la autoridad, como se hace con los nios, le hizo acostar. Quitole la ropa, le cogi en brazos, y despus de meterle en la cama, se abraz a l sujetndole y arrullndole hasta que se adormeciera. Decale mil disparates referentes a aquello de la liberacin, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza de la bestia carcelera. A cada bestia le llega su San Martn repeta, con otras frases que habran sido humorsticas, si las circunstancias no las hicieran lgubres. Ella durmi muy poco. Al amanecer, vindole en profundo letargo, levantose cautelosamente y ech mano al pual y las papeletas. Escondido el primero, vaci todo el contenido de las segundas en un peridico, metindolo todo revuelto en un cucurucho para llevrselo a Ballester. Con ayuda de doa Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal o azcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en la mesa de noche. Lo primero que l hizo al despertar fue ver si le haban quitado su tesoro, y como extraase no hallar el pual, djole su mujer: El pual lo he guardado yo... Es monsimo. Descuida, que no lo perder. Tienes o no confianza en m? Tocante a esos polvos, encrgate t de guardarlos, y si el caso llega, chico, no ser yo quien les haga ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas estamos; siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada da un desengao... Te aseguro que el vivir es una broma pesada. --Dame un abrazo--le dijo Maxi arrojndose a ella medio vestido--. As te quiero. T has padecido, t has pecado... luego eres ma. Y como en aquel momento entrara su ta trayndole el chocolate, se fue hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, dicindole: --Tambin usted ha padecido, tambin usted ha pecado, querida ta. --Pecar yo!...--Y es usted de mi tanda.--Todo lo que quieras, con tal que te tomes ahora este chocolatito. --Lo tomar, lo tomar, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de cumplir. --Dices bien; una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir nuestras obligaciones mientras no llega el momento--dijo doa Lupe con naturalidad--. De m te s decir que estoy harta de la vida, pero harta, y si no he tomado ya una determinacin es porque como tiene una tanto que hacer, no le queda tiempo ni para pensar en lo que le conviene. Pero ya lo arreglaremos, hijo, y a m me tienes dispuesta a darle la morrada a la bestia cuando menos ella se lo piense. Ya no la puedo sufrir. Ta y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tom el chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas. Las ganas tenalas la bestia, l no. --xi-- A eso de las diez sali Fortunata para llevar a Ballester el paquete de sustancias venenosas. Ah tiene usted la que nos preparaba su amigo--le dijo con desabrimiento--. Vaya un cuidado que tiene usted! Vea lo que llev a casa.... Ballester examinaba las terribles drogas... Despus se puso muy serio: Ese tonto de Padillita tiene la culpa. No s cmo le permiti andar en esto. Descuide usted, que le echar hoy una buena peluca. Lo mejor ser que no trabaje ms aqu; cualquier da nos mete en un conflicto... Pero sintese usted.... Al ofrecerle una silla, Ballester pareca poner especial cuidado en dar a conocer sus botas nuevas, resplandecientes; en que Fortunata admirase su levita y su cabellera rizada a fuego, la cual despeda fuerte olor a heliotropo. En todo repar ella, demostrndolo con una sonrisa picaresca. Se re usted de lo reguapo que me he puesto hoy, verdad? Acostumbrada a verme hecho un cavador... Pues le dir: hoy se casa mi hermana con ese a quien llaman el _distinguido pensador_, Federico Ruiz. Voy a la boda, y esta noche le traer a usted los dulces. Fortunata volvi a su tema: Es preciso tomar una determinacin. Las medicinas que usted le da, no le hacen ningn efecto. Hoy hemos hablado mi ta y yo. Antes de llevarle a un manicomio, es preciso probar algn otro medicamento. No se decide usted a darle eso que deca?... no me acuerdo cmo se llama... eso que suena as como un estornudo.... --Ah!, el _hatchiss_... lo prepararemos. Usted manda en esta casa... es usted el ama, y me manda a m, y si me pide una cataplasma hecha con picadillo de mi corazn, al momento se la hago. --Ya est usted con sus guasas? --Y ahora me toca a m pedirle un favor... --Usted dir.--Esta noche traigo los dulces de la boda. Mando al segundo una parte, otra la dejo aqu para los amigos que vengan. Ir usted arriba a casa de doa Casta, o vendr aqu? --Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aqu. Segn est ese. --Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crtico. Padilla le invitar a entrar y le ofrecer dulces. Quiero que se coma uno que tengo yo aqu preparado para l... No sabe usted cunto le odio. Fortunata, que tena la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se asust. Pero qu demonios le va usted a dar a ese infeliz? Si es un buen chico. --Nada, no se asuste usted... No es ms que un derivativo... La fiesta consiste en que luego le invite doa Casta a subir, y que suba... --No sea usted bruto. Si es un chico muy bueno! Me han dicho que mantiene a su madre... --Que mantiene a su madre! Pues estar lucida. Y con qu la mantiene? Con los artculos? --Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las semanas. --Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar esta broma inocente. Me har usted el favor que le pido? --Cul?--No le pido a usted que me d un beso, porque si le pidiera ese pedazo de la gloria, usted no me lo dara, y si me lo diera, al instante me tendran que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si est aqu cuando entre ese nio ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo dispuesta. Dndosela usted no sospechar... Adems, usted le dir a doa Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza... --Qutese usted de ah... Yo no me meto en esas intrigas. Pobre muchacho! Me pongo de su parte. Qu malo es usted! --Ms mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena noticia. --A m noticias?...--Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que los dulces que le enviar esta noche... Ay!, me consuela una cosa, amiga ma; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es tambin con otros. Mal de muchos...! --Qu est diciendo? --Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la nia sin parecer por ninguna parte. El nio rompa el pescuezo mirando para los balcones, y usted atormentndole con su ausencia. Pobre seor!... toda la tarde calle arriba calle abajo... Fortunata palideci, y con la mayor seriedad del mundo se dej decir: Quin... y cundo?.... --No se haga usted la tonta... Pues ayer tarde, cuando se retir, iba con una cara de mal humor...! Plantn como aquel no se ha llevado nunca. Yo le miraba y me deca: bien merecido te est... Aguntate, cachete... Todos somos iguales. Quiere usted que le d un consejo? Pues trtele a la baqueta. Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle. Toda la hiel no ha de ser para m... Quiere que le d otro consejo? Pues a usted le conviene un corazn como este que yo tengo aqu guardadito, virgen, cralo usted, virgen. Acptelo, y djese de querer a ingratos... Fortunata se haba puesto tan desasosegada, que no oa las amorosas confianzas del farmacutico. Abur, abur--dijo levantndose--. Tengo que volverme a mi casa. --Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, qu le digo? --Qutese usted all...--indic ella corriendo hacia la puerta, y el otro detrs. --Qu le digo?... Porque aunque no le he hablado nunca, le hablar, si usted me lo manda. Dgole que no parezca ms por aqu?... Ay, qu mujer! All va como una exhalacin. Est tocada, tan tocada como su marido... Todo por no enamorarse de un hombre digno, como por ejemplo... un servidor. Ah! Segismundo, paciencia. Imita a los pescadores de caa; espera, espera, que al fin ella picar. Doa Lupe, cuando entr su sobrina bastante sofocada por haber subido muy aprisa la escalera, admirose de verla tan alegre. Sabe Dios--dijo para s--; sabe Dios por qu estarn los tiempos tan divertidos... Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los polvos, sera para verle... l le dira que pasaba a tal hora... Y qu colorada viene! Sin duda ha habido hocicadas en el portal. Maxi continuaba tranquilo. Ms bien pareca un convaleciente que un enfermo. Estaba muy dbil y no apeteca ms que sentarse junto a los cristales del balcn del gabinete, contemplando con incierta mirada a los transentes. Esto no le haca maldita gracia a Fortunata, porque... si _al otro_ le da la gana de pasar tambin esta tarde y Maxi le ve, se va a excitar mucho. Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada instante se asomaba y volva para adentro, tratando de que su marido se pusiese en otra parte. Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella tarde. Lo que hizo fue mandar un recadito a su amiga, sacndola del purgatorio de incertidumbre y tristeza en que estaba. Serva de Celestina para estas comunicaciones la ta de Fortunata, Segunda Izquierdo, que en Mayo ltimo se le haba presentado, miserable y llorosa, a que le diera una limosna. Desde entonces iba todas las semanas, y su sobrina la socorra, unas veces con dinero, otras con comida sobrante o alguna prenda de vestir. Santa Cruz la amparaba tambin, y ella se serva de su mendicidad para introducir en la morada de Rubn los mensajes de amor; y tan ladinamente lo haca, que la sagaz doa Lupe no sospechaba nada. Pues aquella tarde, despus de mucho tiempo de entrar all _con las manos vacas_, puso en las de Fortunata una esquelita. Al fin, oh, dicha increble!... Cuando pudo, ley la feliz mujer el papelito, en el cual se le citaba a tal hora y a tal sitio para el da siguiente. Por la noche fueron todos a casa de doa Casta, quien tom por su cuenta a Maxi, prodigndole mil cuidados, ofrecindole golosinas, y tratando de refrescarle el cerebro con una plcida disertacin sobre las aguas de Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la Acubilla, Abroigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya. La viuda de Feneln lleg a la hora de costumbre, y a poco subi el mozo de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester. No tardaron en presentarse el seor y la seora del tercero de la derecha. l, por una de esas ironas tan comunes en la vida, era el hombre ms grave, seco y desapacible del mundo, comadrn de oficio, y se llamaba _D. Francisco de Quevedo_ (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien conocimos en la tertulia del caf, junto con el _Pater_ y Pedernero). Su mujer competa en elegancia con una boya de las que estn ancladas en el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difcil, lento y pesado, y cuando se sentaba, no haba medio de que se levantara sin ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcalda o Casa de Socorro, porque era roja y pareca tener una luz por dentro; de tal modo brillaba. Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester _doa Desdmona_, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la designar, aunque su verdadero nombre era doa Petra. No tena nios este matrimonio, y mientras D. Francisco se pasaba la vida sacando a luz los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pjaros, para lo cual tena muy buena mano. Estaba la casa llena de jaulas, y en ellas se reproducan diversas familias y especies de aves cantoras. Y para colmo de contrastes, era la seora del comadrn una mujer chistossima, que contaba las cosas con mucha sal. En cambio, D. Francisco de Quevedo no tena ms chiste que el que podra tener un caimn. --xii-- Aurora y Fortunata, despus de cumplir un rato con la visita, rindole las gracias a _doa Desdmona_, se fueron al balcn. La viuda tena que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante empez el secreto. Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. Sabes que el primo Moreno no sale de la tienda? All se va por las maanas, y no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen. El muy tonto, qu mal lo disimula! Parece mentira que se chifle as un hombre de su edad... porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre enfermo... porque los mdicos dirn lo que quieran, pero el mejor da hace el _crac_... Y qu ms prueba de su embrutecimiento que estar aqu?... Por qu no se va al extranjero como otros aos? Buen pajarraco est. Ya ves; un hombre, _por ejemplo_, que podra haber hecho la felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin familia propia, solo, triste... Ah!, le conozco bien: es un disoluto, un inmoral, un corrompido. No le gustan ms que las casadas. Me lo ha dicho a m misma... a m me lo ha dicho. --Pero t...?--Espera, te contar--dijo Aurora con cautela, asegurndose de que ningn curioso se destacaba de la tertulia para acecharlas--. Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y ms lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez... har de esto trece o catorce aos. Mam le consideraba mucho, y cuando vena a casa le reciba poco menos que en palio. Tuvo mam en un tiempo la ilusin qu tontera!, de casarme con l. Yo tena dieciocho aos, l treinta y pico. Te vas enterando? Fortunata atenda con toda su alma. Quieres que te hable con franqueza? Pues a m no me disgustaba; pero nunca me dijo nada... Tena buena figura y unos aires de caballero como los tienen pocos... Mam y pap hechos unos tontos con aquella esperanza... qu inocentes! Es muy lagarto ese hombre. Casarse conmigo! S, para m estaba. A lo mejor, meses y meses sin parecer por aqu. Yo me acordaba de l y de cuando vena a casa; como que al verle entrar nos quedbamos todos turulatos y nos pareca que entraba por esa puerta la Divina Majestad... Pues como te digo, dej de venir. En aquel tiempo conoc a Feneln; fue mi novio y me pidi. Mam tena todava ilusiones; pap se haba curado de ellas. Nos casamos... Pues creers que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la corte por lo fino?. Fortunata pareca que estaba oyendo leer el relato ms novelesco, segn el inters y asombro que mostraba. Pues vers. Feneln era un bendito; de estos que juzgan a todo el mundo por s mismos, y que no ven el mal aunque se lo cuelguen de la nariz. No se enteraba de la persecucin, y yo pasando la pena negra. Ay hija, qu peligro tan grande! Siempre que sala, pin!, me le encontraba. Yo no s... pareca que me ola como los perros huelen la caza. Una tarde que llova, me cogi y casi a la fuerza me meti en su coche. Estuve a dos dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no ca. Dios mo, qu hombre!, es absurdo. --Pero t le queras?--pregunt la de Rubn, que con la idea del querer resolva todos los problemas. --Yo... te dir... me pasaba una cosa particular. Temblaba siempre que nos encontrbamos... le tena miedo, y... de ti para m, me gustaba. Pero, lo que yo digo, por qu no se cas conmigo? --Claro.--Yo le hubiera querido mucho, y no le habra faltado por nada de este mundo. Pero estos hombres, qu malos son, pero qu malos! Pues vers. Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de baos de mar. Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo desembarcar a los pasajeros que venan en el vaporcito de Burdeos, cuando me veo al primo Moreno. Me qued... ay!, no te quiero decir nada. --Y tu marido estaba contigo? --No; ese es el caso. Feneln haba ido a Pars a hacer compras. En Pars estaba Moreno, le vio... y chitito callando se fue a Royan, sabiendo que me coga sola y descuidada. Descuido fue, que aquella vez, hija, no pude zafarme como cuando la del coche... Ay!, estas cosas te las cuento a ti, porque s que eres callada y no me has de hacer traicin. Si mam lo supiera...! En fin, que el muy tunante se divirti todo lo que quiso, y despus la del humo. Lleg el 70, y al pobrecito Feneln le mataron esos infames prusianos. Fue un dolor... ah! por ser valiente, por empearse en salir en una descubierta! Era un hombre tan patriota, que por salvar a su querida Francia, habra dado l cien vidas que tuviera... Pero vamos al otro, a ese soltern estragado... Cuando enviud, dije: Pues ahora, si de veras le gusto.... Quia! Me le encontr en Madrid al ao siguiente, y como si tal cosa. Creers que me dijo algo de amor? Creers que se acordaba de cumplir las promesas que me haba hecho? Buen cumplimiento nos d Dios. Hija, frialdad igual no he visto. Te aseguro, que me dan ganas, _por ejemplo_, de clavarle un pual... Cierto que me ofreci lo que yo quisiera para establecerme... pero no quise tomar nada de aquellas manos. Monstruo! Cuando le dio al primo Pepe el dinero para la gran tienda, puso por condicin que me haba de colocar al frente de las labores... Pero no se lo agradezco, palabra de honor, no se lo agradezco... --A tu primo no le gustan ms que las casadas. Valiente tuno!--dijo Fortunata moviendo la cabeza, como quien comprende tarde lo que debi de comprender antes. --Estos solterones vagabundos y ricos son as... Estn viciosos, estragados, mimosos; y como se han acostumbrado a hacer su gusto, piden _medioda a catorce horas_. Ah le tienes ya, aburrido, enfermo; no sabe qu hacerse; quiere calor de familia y no le encuentra en ninguna parte. Bien merecido le est; me alegro. Que lo pague. Y para mayor desgracia, se engolosina ahora con Jacinta. Lo que a l le enciende el amor es la resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber sostenido una guerra tremenda, s, tremenda; pero al fin, ella se ha rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cay demasiado pronto; y ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae tambin... Ah!, las seas son mortales. El primo va a la casa todos los das, y la acecha cuando sale, para hacerse el encontradizo... Algunas tardes no parece por la tienda. Tendrn citas? He aqu mi idea. Te juro que lo he de averiguar. Imposible que yo no lo averige. Aunque tuviera que perder mi colocacin, aunque me quedara sin camisa que ponerme... Qu infamia! Y miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Nio Jess y su fama de virtud. S; santidades a cuarto; vase la clase. Te aseguro que el da en que esto estalle y haya la gran tragedia, ser el da ms feliz de mi vida. Pues qu cree ese? Que se puede engaar, y engaar, y engaar siempre, y burlarse de los pobres maridos? Pues ya cay otro; _solamente_ que ahora no da con mi Feneln, que era un santo y no sospechaba de nadie ms que de los prusianos. Ahora da con un hombre templado, tu amigo, que no se conformar con esta deshonra, verdad? Te aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de corazn y su extranjerismo. Fortunata no chist. Aquella revelacin le haba dejado tan atontada, cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza. Jacinta... Jess!.. el modelito, el ngel, la mona de Dios... Qu dira Guillermina, la _obispa_, empeada en convertir a la gente y en ver la que peca y la que no peca?... Qu dira?... ja, ja, ja... Ya no haba virtud! Ya no haba ms ley que el amor!... Ya poda ella alzar su frente! Ya no le sacaran ningn ejemplo que la confundiera y abrumara. Ya Dios las haba hecho a todas iguales... para poderlas perdonar a todas. -II- Insomnio -i-- A las doce de un hermoso da de Octubre, D. Manuel Moreno-Isla regresaba a su casa, de vuelta de un paseto por _Hide Park_ ... digo, por el Retiro. Responde la equivocacin del narrador al _quid pro quo_ del personaje, porque Moreno, en las perturbaciones superficiales que por aquel entonces tena su espritu, sola confundir las impresiones positivas con los recuerdos. Aquel da, no obstante, el cansancio que experimentaba, determinando en l un trabajo mental comparativo, permitale apreciar bien la situacin efectiva y el escenario en que estaba. Muy mal debe andar la mquina, cuando a mitad de la calle de Alcal ya estoy rendido. Y no he hecho ms que dar la vuelta al estanque. Demonio de neurosis o lo que sea! Yo, que despus de darle la vuelta a la _Serpentine_ me iba del tirn a _Cromwell road_... friolera; como diez veces el paseo de hoy... yo que llegaba a mi casa dispuesto a andar otro tanto, ahora me siento fatigado a la mitad de esta condenada calle de Alcal... Tal vez consista en estos endiablados pisos, en este repecho insoportable!... Esta es la capital de las setecientas colinas. Ah!, ya estn regando esos brutos, y tengo que pasarme a la otra acera para que no me atice una ducha este salvaje con su manga de riego. 'Eso es, bestias, encharcad bien para que haya fango y paludismo...'. Pues por aqu, los barrenderos me echan encima una nube de polvo... 'Animales, respetad a la gente...'. Prefiero las duchas... En fin, que este salvajismo es lo que me tiene a m enfermo. No se puede vivir aqu... Pues digo; otro pobre. No se puede dar un paso sin que le acosen a uno estas hordas de mendigos. Y algunos son tan insolentes!... 'Toma, toma t tambin'. Como me olvide algn da de traer un bolsillo lleno de cobre, me divierto. Aqu no hay polica, ni beneficencia, ni formas, ni civilizacin!... Gracias a Dios que he subido el repecho. Parece la subida al Calvario, y con esta cruz que llevo a cuestas, ms... Qu hermosos nardos vende esta mujer! Le comprar uno... 'Deme usted un nardo. Una varita sola... Vaya, deme usted tres varitas. Cunto? Tome usted... Abur'. Me ha robado. Aqu todos roban... Debo de parecer un San Jos; pero no importa... 'Yo no juego a la lotera; djeme usted en paz'. Qu me importar a m que sea maana ltimo da de billetes, ni que el nmero sea bonito o feo...? Se me ocurre comprar un billete, y drselo a Guillermina. De seguro que le toca. Es la mujer de ms suerte!... 'Venga ese dcimo, nia... S, es bonito nmero. Y t por qu andas tan sucia?'. Qu pueblo, vlgame Dios, qu raza! Lo que yo le deca anteayer a D. Alfonso: 'Desengese Vuestra Majestad, han de pasar siglos antes de que esta nacin sea presentable. A no ser que venga el cruzamiento con alguna casta del Norte, trayendo aqu madres sajonas'. Ya poco me falta. Francamente, es cosa de tomar un coche; pero no, aguntate, que pronto llegars... Un entierro por la Puerta del Sol. No, lo que es aqu no me he de morir yo, para que no me lleven en esas horribles carrozas... Dan las doce. All estn los cesantes mirando caer la bola. Buena bola os dara yo. Ah viene Casa-Muoz. Pero qu veo? Es l? Ya no se tie. Ha comprendido que es absurdo llevar el pelo blanco y las patillas negras. No me mira, no quiere que le salude. Realmente es muy ridcula la situacin de un hombre que se tie, el da en que se decide a renunciar a la pintura, porque la edad lo exige o porque se convence de que nadie cree en el engao... All va en un coche la duquesa de Gravelinas... No me ha visto... 'Abur Feijoo...'. Qu bajn ha dado ese hombre!... Vamos, ya entro por mi calle de Correos. Si habr venido a almorzar mi primo... Lo que es hoy me tiene que hacer un reconocimiento en toda regla, porque me siento muy mal... Que me ausculte bien, porque este corazn parece un fuelle roto. Ser esto un fenmeno puramente moral? Puede ser. Ya veo yo el remedio... Pero qu verdes estn las uvas, qu verdes! Los balcones tan tristes como siempre. Ah!... sale al mirador Barbarita para hablar con la _rata eclesistica_... 'Adis, adis... vengo de dar mi paseto... Estoy muy bien, hoy no me he cansado nada...'. Qu mentira tan grande he dicho! Me canso como nunca. Ahora, escalera de mi casa, s benvola conmigo. Subamos... Ay, qu corazn, maldito fuelle! Despacito, tiempo hay de llegar arriba. Si no llego hoy, llegar maana. Seis escalones a la espalda. Dios mo, lo que falta todava!. Cuando lleg al principal, su hermana le esperaba en la puerta. Te has cansado mucho?.--As, as. Dnde est Tom? Que venga. Moreno entr en su habitacin, seguido del criado. Este era ingls y le acompaaba en todos su viajes. Deca el anti-patriota que los sirvientes espaoles son tan torpes que no saben ni cerrar una puerta. El suyo era de esos que hacen de la servidumbre una profesin inteligente, y se adelantan a los ms insignificantes deseos de sus amos para satisfacerlos. En ingls le dijo Moreno que echase agua en uno de los bcaros que en la estancia haba, para poner los nardos; y sin soltar estos de la mano se dej caer en el sof. Vesta el caballero americana oscura y pantaln de cuadros, sombrero de copa, y los indispensables botines blancos cubriendo las botas holgadsimas, con suelas de un dedo de grueso. Ha venido mi primo? pregunt a Tom dndole las flores. --El seor doctor est en la habitacin de _miss_ Guillermina. --_Dgale usted_ que estoy aqu. La fatiga del paseo y de la escalera le duraba an cuando vio entrar al ms simptico de los doctores, Moreno Rubio, despidiendo tufo de alegra, como un preservativo contra las tristezas de la medicina. Mdico de gran saber y aplicacin, haba alcanzado mucha fama y tena una clientela brillantsima. Hoy me vas a examinar bien...--le dijo su primo--. Figrate que soy un desconocido que se te presenta en tu consulta. Djate de bromas conmigo, y no me ocultes la verdad. Mira que te desacredito, si no lo haces as. --Bueno, hombre, descuida; te registraremos en toda regla--replic el mdico sonriendo y sentndose junto a l--. Te has cansado mucho? --No me ves? Tambin es gana de hacer preguntas. En cuanto almorcemos, me entrego a ti, como un cadver de la sala de diseccin. --Pues mejor es antes (sacando la trompetilla y tornillndola). --Bueno, pues ya puedes empezar. (Quitndose la americana). Me echo en la cama? Es mejor, s; aqu me tienes como un muerto, con las manos cruzadas. --No, extiende los brazos. As... El doctor abri la camisa y aplic un extremo de la trompeta, inclinndose para poner su odo en el otro. No te muevas... Ahora, respira fuerte... da un suspiro, pero un suspiro grande, como los de los enamorados. --Me parece que t ests de guasa. Pepe, por Dios, mira que esto es serio, muy serio. Llevo ms de diez noches sin pegar los ojos, y tu dichoso digital no me alivia nada. --Cllate, y djame or... --Qu notas?... qu? --Pero ten paciencia. Aguarda... Pues esto est muy malo. Hay aqu dentro un zipizape de mil demonios. --Qu clase de ruido sientes? La sstole es demasiado fuerte y... --Algo de eso.--El empuje de la corriente sangunea... --S; pero prevalece un sntoma muy perro, un sntoma... --Cul es?, dmelo. Cmo se llama? --Amor.--Vaya! Llamar otro mdico. T no me sirves... con tus guasitas de mal gusto. Ni qu tendr que ver...! --Pues no ha de tener que ver!--dijo Moreno Rubio ponindose serio y guardando su instrumento--. No s qu te figuras t. Quieres romper de un golpe la armona del mundo espiritual con el mundo fsico? Ya lo sabes; te lo he dicho mil veces. No necesito auscultarle ms. Tienes desrdenes en la circulacin, los cuales podrn ser muy graves si no cambias de vida. --No parece sino que hago yo la vida del perdido (levantndose y volvindose a poner su ropa). --Haces la vida del caprichoso, que es peor. Te conviene una tranquilidad absoluta, renunciar a los deseos vehementes, a las cavilaciones que la no satisfaccin de ellos te produce; viajar menos, ahogar todo apetito loco de los sentidos, renunciar a todos los excitantes malsanos; no me refiero solamente al caf y al t, sino ms principalmente a los excitantes imaginativos e ideales; huir de las emociones, y cortarte la coleta de banderillero, con intencin de no dejrtela crecer ms; trazar una raya en tu vida y decir: ni Cristo pas de la Cruz, ni yo paso de aqu. Si tuvieras treinta o treinta y cinco aos, te aconsejara que te casaras; pero ms vale que te hagas la cuenta de que por reciente providencia judicial... o divina, han desaparecido todas las mujeres que hay en el mundo, casadas, solteras y viudas... --Bah!, bah! Siempre la misma historia--dijo Moreno-Isla, tomndolo a broma--. Pero t eres un mdico o un confesor? --Las dos cosas--afirm el otro con serenidad y energa--. Si no haces lo que te he dicho, Manolo, si no lo haces, te mueres, y pronto. De modo que ya sabes mi opinin. No vuelvas a consultarme. No s ms. He agotado mi ciencia contigo. Si hay algn colega que encuentre el medio de poner de acuerdo tus costumbres y tus pasiones con una ordenada y sana funcin vascular, llmalo, y entindete con l. El criado anunci que el almuerzo estaba servido. Vamos en seguida--dijo el enfermo, cogiendo a su primo por el brazo--. Esprate un poco, que te quiero consultar otra cosa. Detuvironse un instante en la habitacin, y D. Manuel, ponindole una cara muy seria, hizo a su primo esta pregunta: Vamos a ver, sin guasa. En mi estado, sea bueno, sea malo, en mi estado presente, fjate bien, tal como ahora estoy, podra yo tener hijos?. Moreno Rubio solt la carcajada. Hombre, no digo que no. Podras tener una escuela de prvulos. --Quiero decir... pero respndeme en serio... quiero decir, si tal como estoy, con la tubera descompuesta... --Ya lo creo, por poder...--Eso te lo digo, porque despus de eso, me decidira a aceptar lo que propones, el retraimiento, cortar la coleta, etc... --Mira, inocente, no te cuides de aumentar la especie. Mientras menos seres humanos nazcan, mejor. Para lo que vale esta vida... --Creo lo mismo... pero a m me gustara tener la seguridad de que... Es un ejemplo, un por si acaso nada ms. No creas que me parece mal tu plan de vida vegetativa. Yo lo adoptara, s seor; pero a su tiempo. --Primo--le dijo el otro mirndole con socarronera--; si quieres hijos, haberlo pensado antes. --No, tonto, si no es que yo los quiera; ni maldita la falta que me hacen a m chiquillos. Si esto te lo pregunto hipotticamente. Me basta con tener conciencia de mi aptitud... Curiosidades de enfermo... --Que no vienen?--dijo, presentndose en la puerta, la hermana de Moreno-Isla. --Vaya unas prisas. Ya vamos. Para la gana que uno tiene...! --Pero la tengo yo, canastos--dijo el mdico. --ii-- Por la tarde pidi Moreno su coche y estuvo haciendo visitas hasta las siete. Comi en casa de los de Santa Cruz, y estos lo notaron sombro, padeciendo chocantes distracciones, y tan indiferente a todo, que ni siquiera tomaba con calor la defensa de sus principios y gustos extranjeros, cuando Barbarita, por combatirle la murria, sacaba a relucir algn tema de entretenida polmica sobre este punto. Algo dijo, sin embargo, que anim la desmayada conversacin de aquella noche. Saben ustedes cul es una de las cosas que me cargan ms en Espaa? La costumbre que tienen las criadas de ponerse a cantar cuando trabajan. Pareca natural que en mi casa me viera yo libre de este tormento. Pues no seor. Tiene mi ta Guillermina una criadita cuya boca vale por dos murgas. No vale mandarla callar. Obedece durante diez minutos, y de repente vuelve otra vez con _el seor alcalde mayor_. Dice que se olvida, Crenmelo ustedes. Le rompera la cabeza. --Y me quieres hacer creer que en el extranjero...! Pero Manolo... --Ah!, no, seora... est usted segura de que si en Londres una criada se permitiera cantar, pronto la pondran de patitas en la calle. Es que ni se les ocurre tal disparate. --Lo creo; tan sosas son.--Es que esta pcara raza, que no conoce el valor del tiempo, tampoco conoce el del silencio. No podr usted meterle en la cabeza a esta gente la idea de que la persona que se pone a pegar gritos cuando yo escribo, o cuando pienso, o cuando duermo, me roba. Es una falta de civilizacin como otra cualquiera. Apoderarse del silencio ajeno es como quitarle a uno una moneda del bolsillo. Estas cosas hacan gracia, y aquella noche las rieron ms, para animarle. Invitado por Juan a ir al Teatro Real, lo rehus. Haba en la casa muy poca gente, Guillermina en su rincn, D. Valeriano Ruiz Ochoa y Barbarita II. Barbarita I haba concebido el loco proyecto de casar a Moreno con esta sobrina suya, que era muy mona, y comunicado el pensamiento a Jacinta, esta lo encontr de lo ms insensato que se le podra ocurrir a nadie. Pero mam, si mi hermana no tiene ms que dieciocho aos, y Moreno anda ya cerca de los cincuenta, y adems est enfermo!. --Cierto que hay diferencia de edades--deca la seora riendo--, pero es un gran partido. ndate con repulgos y vers cmo le cae a tu hermana un subteniente, un oficial de la clase de quintos u otra lotera semejante. Este hombre es un buenazo muy rico, y eso que padece no es sino aburrimiento, mal de soltera, lo que los ingleses llaman _espln_. Csale, y se le quitan diez aos de encima. Jacinta no se convenca, y en cuanto a la enfermedad, su opinin era muy distinta de la de su suegra. Aquella noche le cogi por su cuenta para echarle un buen rspice. Estaban en el despacho apartados de los dos grupos de tresillistas (D. Baldomero, Ruiz Ochoa, su seora, Pepe Samaniego y otros). Barbarita II y su hermana tenan delante a Moreno, que en los primeros momentos de aquella situacin, deca de dientes para adentro: Creo que si no estuviera presente la polla, le dira algo. Me enfada esta nia con su inocencia y su cara bonita. Parece que se la pone al lado como un escudo contra m... Es fatalidad esta; las pocas veces que la cojo sola, no adelanto nada. Si le digo cualquier reticencia delicada, se hace la tonta. Evita el encontrarse sola conmigo, y ahora trae siempre a rastras al espantajo angelical de su hermana para asustarme. --Pero qu callado est usted...--observ Jacinta sonriendo--. Qu?, se siente usted peor? Dice mam, que si usted se casa se le quitarn diez aos de encima. Conque, decidirse... La fisonoma del misntropo se ilumin al or esta peregrina receta. Tambin yo lo creo--dijo--. Vea usted; un remedio que parece tan fcil, es imposible. --Justo; como se ha concluido el gnero femenino... Tiene usted razn, ya no hay mujeres. --Para m como si no las hubiera... Qu le dije a usted ayer? Ya no se acuerda. Si ya se sabe: cosa que yo le diga a usted es como si la escribiera en el agua. --De veras que se me ha olvidado. Te acuerdas t, Brbara? --No, si Brbara no estaba presente. --No importa. Todo lo que usted me dice a m, al instante voy a contrselo a mi hermana. --S, es usted muy cuentera. Y por qu se lo cuenta usted a su hermana? --Porque le hace gracia. Moreno no pudo disimular la profunda tristeza que se apoderaba de l. Pero qu tiene usted?... Esta noche le encuentro ms _esplinado_ que nunca. --No nos contaba ayer que dej tres novias en Londres?--apunt Barbarita, que gustaba de buscarle la lengua. --S; pero a esas no las quiero--replic Moreno con la ingenuidad de un nio. Y luego, revolcndose en aquella tristeza contra la cual nada poda su dominio de hombre de sociedad, se espet otro monlogo--: Ya estoy entrando en el periodo pueril... La tontera y la incapacidad me invaden... Esta mujer con su frialdad y su irona me ha puesto el pie sobre la cabeza y me la ha aplastado, como la Virgen la de la serpiente... Ya empiezo a estar ridculo... --Por qu no le repite usted esta noche a mi hermana lo que le dijo la semana pasada?--dijo Barbarita II al melanclico caballero. --Yo... que...? (asustado, como quien despierta de un sueo). Yo... no le he dicho nada. --S, la semana pasada, cuando fuimos a la Casa de Campo, y se puso usted a contar el cuento de aquella inglesona que le quiso pegar un tiro porque le dijo no s qu, en un tren. --No me acuerdo--dijo el misntropo con todas las apariencias de un estpido. --Este hombre--indic Jacinta--, cuando tocan a olvidarse, no hay quien le gane. Me dijo usted que se casaba si yo me comprometa a buscarle la novia... --Ah!... Pues no; me desdigo, recojo la proposicin. Si ha empezado usted sus trabajos, delos por intiles. Pagar indemnizacin, si es preciso. --Ya lo creo que es preciso... Poquito que haba yo hecho ya. Vaya que la formalidad de usted...! Ambas se pusieron muy serias. Notaban en Moreno palidez mortal, gran abatimiento, y un cierto olvido, extrao en l, de la atencin constante que se debe prestar a las seoras cuando se platica con ellas. Jacinta se inclin un poco hacia l, abriendo su abanico sobre las rodillas, y le dijo en tono muy carioso: Amigo mo, es preciso que usted se cuide, y mire ms por su salud. Esta tarde nos encontramos a Moreno Rubio en casa de Amalia, y me dijo que lo que usted padece no es nada; pero que si se descuida y no hace lo que l le manda, lo va a pasar mal. Usted no es un nio, y debe comprenderlo. Por qu no hace caso de lo que le dicen las personas que le quieren bien y que se interesan por usted?. Moreno la miraba esttico. Algunos monoslabos salieron de su boca; pero aquellos pedazos rotos de su pensamiento ms bien parecan de aquiescencia que de protesta. Jacinta sigui hablndole en un tono dulce, tiernsimo, y ms bien pareca una madre que una amiga. Cunto nos alegraramos de verle a usted bueno y sano, y qu fcil sera con buena voluntad!... Porque lo que usted tiene no es ms que malas ideas. As me lo dijo su primo, y viene bien esta opinin con lo que yo crea. Es lstima que teniendo todos los medios de ser feliz no lo sea. Qu le falta a usted?.... Moreno senta que el corazn se le haca pedazos. Pues no dice que qu me falta?... Si me falta todo, absolutamente todo. Ay, qu mujer!, si sigue en esta cuerda, creo que me pongo ms en ridculo. --Qu le falta a usted? Nada. Si no se le pusieran en la cabeza cosas imposibles, estara tan campante. Lo que tiene usted es mucho mimo. Es como los chiquillos. Ya lo creo; soy como los chiquillos! pensaba el infeliz caballero. --Moreno Rubio lo ha dicho y tiene razn: usted tiene en su mano su salud y su vida. Si las pierde es porque quiere. Parece mentira que un hombre de su edad no sepa ponerse a las rdenes de la razn. La razn! Buena ta indecente est observ D. Manuel dentro de su pensamiento. --Y sacudir las malas ideas y atemperar el espritu; no desear lo que no se puede tener, y hacer vida ramplona, sin empearse en que todas las cosas se desquicien para acomodarse a su gusto y satisfaccin. Qu es el _espln_ ms que soberbia? S, lo que usted tiene es soberbia, el _usted_ satnico. Estos inglesotes se figuran que el mundo se ha hecho para ellos... No, seor mo, hay que ponerse en fila y ser como los dems... Conque se cuidar usted, har lo que le manda su primo y lo que le mande yo?... porque yo tambin soy mdica... Otra cosa; aqu en Espaa est usted siempre renegando y echando pestes. Esto no le gusta, pues para qu vive aqu? Por qu no se va a Inglaterra? --Ya me quiere echar... ve usted...?--dijo Moreno mirando a Barbarita y esforzndose en sonrer para ocultar su turbacin--. Y luego quieren que no viaje. --No, no le conviene andar siempre de ceca en meca, como un viajante de comercio que va enseando muestras. Mrchese a su Londres, estese all quietecito, muy quietecito, y si se le presenta una inglesa fresca y de buen genio, csese, apechugue con ella, aunque sea protestante... Ay, Dios!, que no me oiga Guillermina; s, csese, y ver cmo se le pasan todas las murrias, tendr nios... Me comprometo a ser madrina del primero... digo, si es que le bautizan. Y hasta madre me comprometo a ser si me le dan... le tomo, aunque est sin cristianar. Yo le bautizar. Pero no hay que hablar de esto. Me contento con ser madrina del primer Morenito que nazca, y le dir a mi marido que me lleve a Londres para el bautizo... Moreno se levant. Se senta muy mal, y las palabras de la Delfina le excitaban extraordinariamente. Pero se va usted...? Se ha puesto malo? Es que no le gustan mis sermones?. Si no me voy, la entrego--pensaba el misntropo, apretando los labios...--. Esta pcara me est asesinando. --Te vas, Manolo?--le pregunt D. Baldomero desde el otro extremo de la habitacin. --Si me echan, padrino...! Su hijita de usted me quiere desterrar. --Ay, qu pillo!... Si es todo lo contrario. Barbarita I se adelant, diciendo: Extravagante, coge del brazo a la polla, y pasate un momento de aqu a mi gabinete, y de mi gabinete aqu. Te sientes mal? Eso no es ms que nervios. Distrete un poquito. Brbara, anda. Moreno le dio el brazo a Barbarita II, y empezaron los paseos. De su conversacin insustancial cogi al vuelo Jacinta algunas clusulas, cuando la pareja, en aquel ir y venir de su estancia a otra, pasaba junto a ella. Yo?, no... me lo puedo creer.... Ay, qu cosas se le ocurren!... Pero qu malo es usted...!. En cuanto vaya all me voy a convertir al judasmo. Jess!.... Que yo tengo novio? De dnde ha sacado eso?.... Lo apuntar para que no se me olvide.... No, si a m no me gustan los pollos.... Si sta fuera ms lista--dijo la seora de Santa Cruz a su nuera--, creo que le cazaba. Pero Jacinta era muy incrdula en este particular, y miraba tristemente a la pareja cuando pasaba. Al retirase, Moreno pudo hablarle un instante sin testigos. Se har lo que usted desea... Se ha de cumplir todo el programa... todo, hasta en lo que se refiere el _nene_. Tendr usted su _Morenito_. Jacinta observ en su mirada una expresin tan ttrica, que no pudo menos de decirse: Est ya completamente trastornado. Moreno sali con paso inseguro... La cabeza se le desvaneca, y al bajar la escalera tuvo que agarrarse al barandal para no caerse... Cuando digo que me he vuelto tonto, pero tonto de remate... Ya no s pensar. No s adnde diablos se me ha ido la razn... Esta mujer me ha embrujado... Nada, enteramente imbcil. --iii-- En la soledad de su alcoba, encontrose mi hombre ms dueo de s mismo, habiendo vencido aquella turbacin inexplicable con que saliera de la casa de Santa Cruz. Despidi a su criado, despus de quitarse la ropa, y envuelto en su bata se tendi en el sof. En aquellas tristes horas engaaba el insomnio pasendose a ratos por la habitacin, a ratos echado y descabezando un ligero intranquilo sueo. Acudan entonces a su memoria las acciones e imgenes de aquel da o de los anteriores, a veces las de fechas muy remotas y que no tenan relacin alguna con su situacin presente. Aquella noche, cosa rara, apenas sali el ayuda de cmara, Moreno se qued profundamente dormido en el sof, sin soar nada; pero despert a la media hora, no pudiendo apreciar el tiempo que su letargo durara. Al despertar huy de tal modo el sueo de su cerebro y hallbase tan inquieto, que ni siquiera admita como probable la idea de dormir. A la manera que el jugador saca las piezas del ajedrez y las va poniendo sobre el tablero de casillas blancas y negras, as fue sacando sus ideas. Tena por pareja a s mismo en aquel juego... Adelante un pen. Te has lucido! Campaa como esta...! Cunto tiempo hace que ests en Espaa? A poco ms, ao completo. Y para qu? Para nada. Pobre hombre! Lo que me pareci fcil, resulta no ya difcil, sino imposible... Para ms contrariedad, delante de esa bendita y maldita mujer, me convierto en el ms inspido de los colegiales. Por qu es esto? Y dime otra cosa, idiota, qu tiene esa mona para que de este modo te hayas embrutecido por ella? Otras son ms guapas, otras tienen ms ingenio, otras hay ms elegantes; y sin embargo, es el nmero uno, el nmero nico. De gustarme pasa a enloquecerme, y noto en m lo que no haba notado nunca, una alegra, una tristeza... ganas de llorar, de rer, y aun de hacer el tonto delante de ella. Nada, que a los cuarenta y ocho aos me sale el sarampin y la edad del pavo. Tampoco me haba pasado nunca lo que me pasa ahora, cortarme, sentir que quiero ser atrevido y no puedo. Le voy a decir una galantera intencionada, y me sale una simpleza. Me infunde un respeto que jams conoc. La sigo a Biarritz, la acompao a Pars; y cuanto ms la trato, ms atado me veo por este maldecido respeto... Me cortara yo este respeto como se corta una mano gangrenada. A qu viene tal respeto? Qu quiere decir esto? Sea lo que quiera, de esa mujer digo yo lo que hasta ahora no he dicho de ninguna, y es que si fuera soltera, me casara con ella.... Se agit tanto, que tuvo que levantarse y ponerse a pasear. Vaya que este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada, porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos desgracias podramos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que es, esclavitud de esclavitudes y toda esclavitud... Me parece que la estoy viendo cuando le dije aquello... Qu risita, qu serenidad, y qu contestacin tan admirable! Me dej pegado a la pared. Tan pegado estoy, que no he vuelto por otra, y cuando preparo algo para decrselo, anda valiente!... le digo todo lo contrario. Que se vuelva uno tan estpido, es cosa que no me caba en la cabeza. Ay! Dios, si me muero, y el pensamiento vive ms all de la muerte, estar viendo toda la eternidad esta carita graciosa, con su expresin celestial, estos ojos serenos y risueos, esta cabellera oscura con rfagas blancas que le hacen tanta gracia... esta boca, que no habla sin que me duela el alma. Pobre ngel!, su nica pasin es la maternidad, sed no satisfecha, desconsuelo inmenso. Su pasin se me comunica y me abrasa; yo tambin quiero tener un hijo, yo tambin. Si me parece que le estoy viendo!, si est aqu, en los linderos de la vida, mirndome, dicindome que le traiga, y no falta ms que traerlo. Vendra si ella quisiera. Tengo la seguridad de que vendra; es una idea que se me ha clavado aqu. Y yo le digo: 'Por un nio, bien se podra dar la virtud...'. Ah!, no tener valor para decirle esto... Pero cmo?, si no hay palabra que se preste a decirlo!.... La palpitacin que senta era tan fuerte que tuvo que sentarse. Se ahogaba. En la regin cardiaca, o cerca de ella, ms al centro, senta el golpe de sangre, con duro y contundente comps. Era como si un herrero martillase junto al mismo corazn, remachando a fuego una pieza nueva que se acababa de echar. Esto es horrible. Si rompe, que rompa de una vez. Ay de m!... Si me quisiera, el corazn se me curara; como que no es enfermedad lo que tiene, sino impaciencia... hormiguilla... Qu habr hecho yo para ser tan desgraciado? Ahora caigo en la cuenta de que no me he divertido nunca. Todas mis aventuras han sido el deseo corriendo detrs del fastidio. Y cree la gente que yo he sido un hombre feliz, que yo estoy enfermo de congestin de goces! Estpidos!. Sin saber cmo ni por qu, ciertas impresiones de aquel da se reprodujeron en su mente. Entre ellas la menos fugaz fue esta: Por la maana, entrando en el Retiro, se le puso delante uno de esos pobres asquerosos que suelen pedir en los extremos de la poblacin, y que a veces se corren hasta el centro. Era un hombre cubierto de andrajos, y que andaba con un pie y una muleta; la otra pierna era un miembro repugnante, el muslo hinchado y cubierto de costras, el pie colgando, seco, informe y sanguinolento. Mostraba aquello para excitar la compasin. Era la pierna para l su modo de vivir, su finca, su oficio, lo que para los mendigos msicos es la guitarra o el violn. Tales espectculos indignaban a Moreno, que al verse acosado por estos industriales de la miseria humana, trinaba de ira. Pues cuando se volva para no verle, el maldito, haciendo un quiebro con su gil muleta, se le pona otra vez delante, mostrndole la pierna. Al aburrido caballero se le quitaban las ganas de dar limosna, y por fin la dio para librarse de persecucin tan terrorfica. Alejose del pordiosero, renegando. Ni esto es pas, ni esto es capital, ni aqu hay civilizacin!... Qu ganas tengo de pasar el Pirineo!. Pues bien, aquella noche, se le represent el pobre paraltico con tanta viveza, que casi casi crea verle en su alcoba. Hubo un instante en que la alucinacin de Moreno lleg a ser tan efectiva, que se incorpor, y cogiendo un libro que en la prxima silla estaba... Mira, si no te marchas con tu pierna podrida.... Despus cay otra vez su cabeza en el sof y se puso la mano sobre los ojos. El infeliz se ha de buscar la vida de alguna manera. No tiene l la culpa de que no haya en esta tierra maldita establecimientos de beneficencia. Si le veo maana, le doy un duro... Vaya si se lo doy... Qu envidia le va a tener mi ta Guillermina! Volvmonos ahora para la pared, a ver si me duermo un poco. As; cerrar los ojos. No, mejor ser que los abra, y que me figure que quiero despabilarme. Lo que se desea no se tiene nunca. Ea, figurmonos que hago esfuerzos para no dormirme. Y para qu quiero yo dormir? Mejor es estar as, pensando uno en sus cosas. Estas rayas de papel, azules y verdes, se quiebran a distancia de veinticinco centmetros; no, de veinte. La flor gris alterna con la flor azul. Bonito dibujo. Cmo se le quedara la cabeza al que lo invent!... Y aqu hay una pequea mancha... Creo que si me pusiera a mirar la luz, me dormira ms pronto, Vuelta otra vez. Mir la luz puesta sobre la mesa central, grande, redonda y cubierta con rico tapete. La lmpara era de aceite, compuesta de dos candilones de bronce unidos por un vstago. Ambas luces tenan pantallas verdes, con aadidura de raso del mismo color, al modo de faldones que caan por una sola parte de las dos circunferencias. La claridad se esparca por la mesa, y el resto de la habitacin estaba en penumbra manchada, con verdosa ptina de tapiz viejo. Sobre la mesa haba unos guantes, varios libros, dos retratos en bonitos marcos, uno de ellos del gordo Arnaiz, una papelera, juego de t de finsima porcelana, una cajita de marfil y otros objetos muy lindos. Aquel guante--dijo Moreno--, que monta sobre la papelera, parece exactamente un lebrel que corre tras la caza... Qu silencio tan solemne hay ahora! El chorrear de la fuente de Pontejos, es lo que se siente siempre, y alguno que otro coche que pasa por la Puerta del Sol... Son los trasnochadores, que se retiran. As iba yo en mi _cab_ al salir del club de Picadilly... slo que mi _cab_ corra como una exhalacin y estos carruajes andan poco y parece que se deshacen sobre los adoquines. Y cmo se me refrescan las memorias...! Parece que estoy mirando a aquella prjima que se me apareci una noche en Haymarket, al salir de aquel Bar... No me ha ocurrido otra...! Y cmo se pareca a esta tonta de Aurora Feneln! Todo pas, todo va cayendo atrs revolvindose en la estela que deja el barco.... De repente dio un salto, y levantndose se puso a dar paseos. Maana mismo me voy--dijo--, s, me voy para siempre. Morirme yo aqu, para que me lleven en esos carros tan cursis! No; gracias a Dios que tomo una resolucin; y lo que es esta viene fuertecilla. Me ha entrado de repente y con un empuje... No veo la hora de que amanezca para mandarle a Tom que haga el equipaje. Maana har mis compras. No puede uno ir de Espaa sin llevar los regalitos de abanicos y panderetas... Ay, qu feliz me siento con esta idea que me ha dado! Irme!... Si esto debiste resolverlo hace tiempo! Para qu ests aqu, para consumirte ms? Vamos, no dir ella que no la obedezco; sus deseos son rdenes. Me ha dicho: 'Amigo mo, vete', y me voy. Me querr cuando me vaya? Pensar en m...? Bien podra ser... Si se convenciera de que el amor que tiene a su marido es como echar rosas a un burro para que se las coma, si se convenciera de esto...! Pero vaya usted a esperar que se convenza. No puede ser. Quiere locamente a ese mico, y se morir querindole. A m se me figura que le desprecia y le ama: hay estos dualismos en el corazn humano. Pero yo digo: no pasar por su mente alguna vez la idea de quererme a m? Me contentara con esto, con que la idea hubiera pasado una vez; vamos, dos veces. Bien puede haber dicho: 'qu bueno es este Moreno!, si yo fuera su mujer, no me dara disgustos, y habramos tenido un chiquillo, dos o ms'. Quin sabe... Habr dicho esto alguna vez? No s por qu me figuro que s lo ha dicho. Qu s yo... dentro de m anida este convencimiento como un germen de esperanza, como una semilla que est dentro de la tierra y que no ha brotado pero que vive... Si me constara que ella se ha dicho esto, yo al verla tan religiosa, me volvera el hombre ms catlico del mundo... Por agradarle, cuntas funciones y misas haba de costear yo! Y no hara esto con hipocresa, porque amndola, vendra la fe, la fe, s, que se ha ido yo no s adnde... Creo que ya amanece. No tengo sueo, ni lo tendr ms. Maana me voy, y me ira esta tarde, si tuviera tiempo de arreglar el viaje... Y otra cosa. Ir a despedirme de ella? No s qu determinar. Si la veo no me voy. Pues por qu no? Me ir. Ella me ha dicho que me vaya, desea que me vaya. De lejos la querr lo mismo que de cerca, y ella me querr tal vez. Ser para ella como un sueo, y los sueos suelen herir el corazn ms que la realidad. Volvi a echarse, y se entretuvo contemplando con errante mirada las paredes de la habitacin. Haba all un San Jos, cuadro grande, de familia, que como pintura vala poco, pero Moreno lo tena en gran estima, porque estuvo muchos aos en la alcoba donde l naci. Se asociaba a las impresiones de su niez aquel santo tan guapote, reclinado sobre nubes, con su vara, su nio, y aquella capa amarilla cuyos pliegues hacan competencia al celaje. Se le refresc de tal modo al buen caballero en aquel momento la memoria de su padre, que pareca que le estaba viendo, y oyndole el metal de voz. A su madre no la haba conocido, porque muri siendo l muy nio. Tambin se acord de cuando su hermana y l (aquella misma hermana viuda que all viva), iban a la casa del abuelito, en la Concepcin Jernima, cogidos de la mano. Y una tarde, al revolver la calle Imperial, se perdieron, es decir, se perdi ella, y l por poco se muere del susto. Pues un da que iba por la Plaza de Provincia, vio el burro de un aguador, suelto: el dueo estaba en la taberna prxima. Entrronle ganas a Manolito de montarse en el pollino, y como lo pens lo hizo. Pero el condenado animal, en cuanto sinti el jinete sali escapado, y aunque el chico haca esfuerzos por detenerlo, no poda... Total, que lleg hasta la calle de Segovia, muy cerca del puente. Y no fue que el burro se parara, sino que el jinete se cay, abrindose la cabeza. Todava tena la seal. Por suerte, los hermanos Garca, boteros, que tenan su taller de corambres debajo del Sacramento, y le vieron caer, le conocan, y recogindole, le llevaron a casa de su abuelito. La que se arm all! Acordbase D. Manuel de aquel lance como si hubiera ocurrido el da anterior; vea a su abuelito, D. Antonio Moreno, que todava usaba chorreras, corbatn de suela y casaca a todas las horas del da. Hasta en el almacn (droguera al por mayor), estaba de frac. Pues luego vino el pap y estuvo dudando si pegarle o no... Lo peor de todo, fue que al asno no se le vio ms el pelo, y la familia tuvo que pagar por l una fuerte indemnizacin. Si parece que fue ayer deca Moreno, tocndose la frente, en el sitio donde estaba la cicatriz. Cuando ya clareaba el da, sinti ruido en la casa; mas al punto comprendi lo que era. Ya est en pie la _rata eclesistica_. Ahora se va a or siete misas lo menos... y a tratar de t a la Santsima Trinidad. Pobrecilla, qu sacar de eso!... Pero en fin, saque o no saque, es una felicidad ser as.... --iv-- Guillermina dio dos golpecitos en la puerta, y abrindola un poco, asom por ella su cara sonrosada y sus ojos vivos. Hijo, al ver la luz en tu alcoba, dije: ese pobrecillo estar en vela todava. Veo que acert. Qu es eso?, has pasado otra mala noche?. --Ya lo ves. Pasa. No he dormido nada. Y t? --Yo?, del lado que me acuesto, amanezco. No duermo ms que cuatro horas; pero van de un tirn. No ves que llego a casa rendida? Y lo que tengo que cavilar lo cavilo por el da. --Qu felicidad! Te vas ahora a misa? --S, para lo que gustes mandar--replic la santa; y su semblante recin lavado despeda tanta frescura como regocijo. --Y tan tranquila...!, porque t ests muy tranquila... con tus misas por la maana, y el resto del da dando cada sablazo que tiembla el misterio. Sabes una cosa?, te tengo envidia... me cambiara por ti... --Pues tonto (avanzando hacia l), lo que yo hago es lo fcil, qu ms tienes que... hacerlo? --Sintate un ratito--dijo Moreno, hacindolo en el sof y dando una palmada en el asiento--. Ms santidad que en or siete misas, hay en practicar las obras de misericordia, acompaando a los enfermos y dando un ratito de conversacin a quien se ha pasado toda la noche en vela. Dime una cosa. Cmo llevas las obras de tu asilo? --Pues no lo sabes? (sentndose). Bien. Gracias a las almas caritativas, la construccin va echado chispas. Jacinta lo ha tomado con tanto calor, que hoy trabaja ms que yo, y maneja el sable con un garbo que me deja tamaita. --Tienes unas amigas que valen cualquier cosa. Esta noche he pensado en ti y en tus devociones. Te asombrars si te digo que desde la madrugada se me ha metido aqu un sentimiento desconocido, algo como ganas de hacerme religioso, de pensar en Dios, de dedicarme a obras de piedad... --Manolo!... (ponindose muy seria). Si empiezas con tus bromitas, me voy. --No, no es broma--replic l; y tena en su cara tal expresin de abatimiento, que la santa se qued como lela mirndole... --Pero ests de chanza o...? Manolo, en qu piensas?... Qu te pasa? --Hay horas en la vida, que parecen siglos por las mudanzas que traen. Hace un rato, vers qu cosa tan extraa! Me acord de un pobre que me pidi limosna esta maana... Era un infeliz que tiene una pierna deforme y repugnante, llena de lceras... Me pidi limosna y le arroj una moneda de cobre, dicindole con horror: Qutese usted de delante de m, so pillete. Pues esta noche he tenido aqu la visita de aquel hombre... Le he visto, como te estoy viendo a ti, y primero me inspiraba repugnancia, despus compasin, y acab por decirle: Quieres cambiarte conmigo?. Porque con su pierna podrida, su muleta y su libertad, disfruta l de una tranquilidad que yo no tengo. Su conciencia est como un charco empozado en el cual no cae jams la piedra ms pequea. Pobre de m!, cambiara con l; cambiara mi riqueza por su mendicidad, mi corazn enfermo por su pierna inerte, y mi desasosiego por su paz. Qu crees t? --Creo que Dios te toca en el corazn--dijo la dama guiando los ojos, y poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la cual tena el libro de misa y el rosario--. No tienes t cara de bromas. Alguna procesin muy grande te anda por dentro. Y si otras veces te da la vena por decirme herejas y hacerme rabiar, no creas que te he tenido por malo. Eres un bendito; y si vivieras siempre con nosotras y no te pasaras la vida entre protestantes y ateos, t seras otro. --Pero no sabes que me voy maana? --Te vas?, de veras?--con vivo desconsuelo--. Mal negocio. Buscando siempre la frialdad; huyendo siempre del calor de la familia. --No, si aqu es donde no me quieren--manifest Moreno con aire sombro. --Que no te queremos? Vaya con lo que sales... Tontn, no digas disparates. --Mi vida est completamente truncada y rota. No hay manera de soldarla ya... Cree que si me quisieran yo me quedara aqu, yo sera bueno, y por darte gusto a ti y a tus amigas, me hara muy religioso, muy amigo de Dios y de la Virgen; empleara todo mi dinero en obras de caridad, protegera la devocin... El asombro de la santa era tan grande, que no lo poda expresar. Abra la boca, maravillada, cual si presenciara un milagro. Pero de veras que t... Mira, hijo, si quieres que yo crea en ese estado de tu espritu, es preciso que me lo pruebes.... --Cmo he de probrtelo? --Vamos a ver--dijo la virgen y fundadora, con resolucin--. A que no haces una cosa? --A que s la hago?--A que no te vienes conmigo a San Gins? --A que s. Levantose para tirar de la campanilla. Necesito verlo para creerlo--dijo Guillermina, echando de sus ojos chispazos de alegra--. Deja, yo llamar a Toms. El pobre chico no se habr levantado todava. --Creo que s... Tom!... --Yo te har el t... Vamos, vete vistiendo. Aquella salida matinal le agradaba, porque rompa las tediosas rutinas de su existencia. Vaya que si voy a la iglesia... (disponindose con actividad febril). Y oir todas las misas que quieras, y rezar contigo... Dime, no va Jacinta a esta hora a San Gins?. --Hombre, tan temprano no. Un poco ms tarde que yo, suele ir Brbara. --Pues me alegro de que seamos nosotros los primeros, los ms madrugadores, los ms impacientes por cumplir y santificarnos... Tom! El ingls entr, y a poco, cuando ya su amo estaba vestido, le trajo el t. Guillermina, sirvindole el desayuno, le deca: Abrgate bien, que las maanas estn frescas. No sea cosa que por empezar tu vida nueva, vayas a coger una pulmona. --Mejor... me he convencido de que vivir es la mayor de las sandeces--le dijo l, bajando la escalera--. Para qu vive uno? Para padecer. El pobre de la pierna es el que lo pasa regularmente. Porque aquello no duele. Lleva su pierna por delante como si fuera una cosa bonita que el pblico desea conocer. --Hay mucha miseria--observ la dama, tomando el tema por otro lado--, y los que tenemos qu comer nos quejamos de vicio. Mientras ms padezcamos aqu, ms gozaremos all. (El misntropo no dijo nada a esto. Segua tan pensativo.) El mendigo de la pierna se ir al Cielo derechito, con su muleta, y muchos de los ricos que andan por ah en carretela, irn tan muellemente en ella a pasearse por los infiernos. Yo le pido a Dios que me d la ms asquerosa de las enfermedades, y... no me quiere hacer caso; siempre tan sana. Paciencia; l nos da siempre lo que nos conviene. Tampoco a esto dijo nada Moreno. Entraron en San Gins, y Guillermina se fue derecha a la capilla de la Soledad, a punto que empezaba la primera misa. Mientras esta dur, la ilustre dama, aunque no apartaba su atencin del Oficio, pudo advertir que su sobrino estaba tras ella, cumpliendo con todo el ritual como cualquier devoto, arrodillndose y levantndose en las ocasiones convenientes. Pero a la segunda misa observole distrado e inquieto. Iba de un lado para otro, examinaba los altares y las imgenes como si estuviera en un museo. Esto la disgust, y tal fue su incomodidad, que no se atrevi a comulgar aquel da, porque no se encontraba con el espritu absolutamente sereno y limpio. Ya en la cuarta misa, el caballero aquel, no slo se distraa sino que perturbaba la devocin de los fieles, pasando delante de los altares, donde se deca misa, sin hacer la ms ligera genuflexin ni reverencia. Tendr que decirle que se vaya--pensaba la santa--. Esa no es manera de estar en la iglesia. Hallbase Moreno contemplando una imagen yacente, encerrada en lujosa urna de cristal, cuando sinti a su lado este susurro: Bonita efigie verdad? Es el Cristo que sacamos en la procesin del Santo Entierro. Volviose y vio a su lado a Estupi, calado hasta las orejas el gorro negro de punto, sealando la imagen con gesto de cicerone. La mortaja de fina holanda la bordaron las seoras Micaelas, y es regalo de doa Brbara. Escultura soberbia... y es de movimiento, porque le clavamos en la cruz o le _descendemos_ segn conviene. Y como el caballero no le dijese nada, Plcido se alej rezando entre dientes. Sentose en un banco, y desde entonces, sin dejar de atender a sus devociones, no le quitaba ojo al seor de Moreno, sin poder explicarse su presencia en la parroquia. Es lo que me quedaba que ver--deca--, D. Manolo aqu... l, que no tiene religin! Es que gusta de ver las buenas imgenes... Por ah empec yo. Menudo rspice le ech la fundadora a su sobrino cuando salieron. Pero, hijo, me has quitado la devocin con tus paseos por la iglesia. Ya deca yo que te habas de cansar. --Pues ta, para primer da de curso, no puedes quejarte. Todo es empezar. Ya ves que o una misita. Qu queras? Que fuera como t? Te aseguro que me satisfizo el ensayo. Pas un rato muy agradable, en un estado de tranquilidad que me ha hecho mucho bien. Te quejas de que me paseaba por la iglesia?... Es que cuando uno va a hacer vida nueva, le gusta enterarse... Quera yo mirar bien las imgenes. Crelo; si siguiera en Madrid, me hara amigo de todas ellas. Me gusta verlas tan hermosas, con sus ropas de lujo y sus miradas fijas en un punto. Parece que estn viendo venir algo que no acaba de venir. Las que nos miran parece que nos dicen algo cuando las miramos, y que efectivamente nos han de consolar si les pedimos algo. Comprendo el misticismo; lo veo claro... Ay!, si yo me quedara aqu... --Por qu no te quedas?... Qu tonto!--le dijo la santa con desconsuelo. --Imposible!... me tengo que marchar... Y all voy a estar muy triste; como si lo viera... --Entonces... qudate. Quieres que te d una ocupacin? Buena falta te hace. Te nombro sobrestante de mis obras, administrador de mis colectas y sacristn mayor de mi capilla nueva, cuando est concluida. Moreno se ech a rer con gana. Monaguillo mayor...! Lo aceptara. Te juro que lo aceptara... Me estoy volviendo enteramente infantil. Monaguillo en jefe! Y yo encendera las velas, yo quitara el polvo a las imgenes y las pondra tan guapas; yo charlara con las beatas...! No lo creers; pero dentro de m est naciendo algo que se compagina muy bien con ese oficio humilde. --Si eres t un buenazo. La ociosidad, lo mucho que te has divertido y el _espln_ ingls te ponen as. Y yo te juro que te aburrirs ms si no vuelves a Dios tus miradas. Haz lo que yo, Manolo; dale un puntapi al mundo; hazte chiquito para ser grande; bjate para subir. T ya no eres pollo; t no te has de casar ya. Ni te conviene el andar siempre de viaje, como una carta con el sobre mal puesto, que recorre todas las estafetas del mundo. Mujeres, para qu sirven sino de perdicin? Ten un cuarto de hora de arrojo, y ofrcele a Dios lo que te queda de vida. No es esto decir que te metas fraile: hay mil maneras de ganarse la dicha eterna. Oye lo que se me ocurre. Por qu no dedicas tu dinero, tu actividad y todo tu espritu a una obra grande y santa, no a una obra pasajera, sino a esas que quedan, para bien de la humanidad y gloria de Dios? Levanta de nueva planta un buen edificio, un asilo para este o el otro fin, por ejemplo, un gran manicomio en que se recoja y cuide a los pobrecitos que han perdido la razn... --T tienes la mana de los edificios, y quieres pegrmela a m... --Es lo primero que se me ha ocurrido. Te parece mala idea? Un manicomio modelo, como los que habrs visto en el extranjero. Aqu estamos en eso muy atrasados. Haras una inmensa obra de caridad, y Madrid y Espaa te bendecirn. --Un manicomio!--dijo Moreno, sonriendo de un modo que le hel la sangre a su generosa ta--. S, no me parece mal. Y lo estrenaramos t y yo... --v-- Despidiose Guillermina a la puerta de la casa, para ir al asilo, y l subi. Cosa ms rara! Apenas se cansaba al acometer la escalera. Sentase muy bien aquella maana, el espritu confortado, la palpitacin muy adormecida, el apetito despierto. Al entrar en su casa, pidi ms t, y mientras Tom se lo serva, le dijo en espaol: Maana nos vamos. Haz el equipaje. Avisars a Estupi... Que me haga el favor de venir, para que me traiga de las tiendas algunas cosillas. No puede uno ir de Espaa a Inglaterra sin llevar a los amigos alguna chuchera que tenga color local. Luego sigui hablando consigo mismo: Es un mareo. Si no lleva usted panderetas con figuras de toros, chulos u otras porqueras as, se lo comen vivo. Veremos si encuentro algunas acuarelas. Tambin necesito mantas, moas de toros, y tratar de encontrar algn cacharro de carcter. No hay peor calamidad que ser amigo de coleccionistas. Estupi, que en aquella temporada frecuentaba el trato de Moreno, por haberle este confiado la administracin de su casa de la Cava, se present dispuesto a llevarle todo el contenido de las tiendas de Madrid para que escogiese. Panderetas de las ms abigarradas, abanicos y algunos cuadritos fueron llegando sucesivamente en todo el transcurso del da, y D. Manuel escoga y pagaba. Aquello le entretuvo agradablemente, y se rea pensando en la felicidad que iba a repartir entre sus amistades londonenses. Esta suerte de picas con el caballo pisndose las tripas est pintiparada para las de Simpson, que son tan marimachos. Esta pandereta, con la chula tocando la guitarra, para _miss_ Newton. Si ella viera los originales, qu desilusin! Esta pareja del andaluz a caballo y la maja en la reja pelando la pava, para la sentimental y romancesca _mistress_ Mitchell, que pone los ojos en blanco al hablar de Espaa, el pas del amor, del naranjo y de las aventuras increbles... Ah!, este D. Quijote reventando a cuchilladas los cueros de vino, para el amigo Davidson, que llama a D. Quijote _don Cuiste_, y se las tira de hispanfilo... Bien, bien. De cacharros estamos tal cual. Estos botijos son horribles. Toda la cermica moderna espaola no vale dos cuartos. A ver, Plcido, seras t capaz de buscarme un vestido de torero completo?... Lo quiero para un amigo que suea con ponrselo en un baile de trajes... Estar hecho un mamarracho. Pero a nosotros no nos importa. Podrs buscrmelo?. --Pues ya lo creo--dijo Plcido, para quien no haba nunca dificultades tratndose de compras--. Usado o sin usar? --Hombre, sin usar... En fin, como le encuentres... Sali Estupi como si Mercurio le hubiera prestado sus alados borcegues, y a poco entr el domstico, a quien su amo tena tambin ocupado en la busca de ciertos encargos. Tom se haba aficionado mucho a los toros; no perda corrida, y entre sus amigos contaba a varias eminencias del arte del cuerno. Por esto le dio Moreno el encargo de buscarle alguna moa, de las que guardan los aficionados como veneradas reliquias, y convena que tuviesen manchas de sangre y muchos pisotones, con seales de la trgica brega. Muy desconsolado entr el ingls, diciendo que no encontraba moas ni aun ofreciendo por ellas un ojo de la cara. Mira, chico--le dijo su amo--, no te apures. Puesto que no se encuentran moas, llevaremos otra cosa. Has visto por ah, en el Prado y Recoletos, a un to muy feo que lleva una cesta y en ella, puestos en caas, formando como un gran rbol, multitud de molinillos de papel dorado y plateado y de todos los colores...? sabes?, molinillos que dan vueltas con el viento, y que los nios compran por dos o tres peniques? Pues trete una docena, los llevamos y decimos que esas son las moas que se les ponen a los toros cuando salen a la plaza, brrrr... reventando al mundo entero con aquellos cuernos tan afilados... Y se lo creen... Si conocer yo a mi gente. Tom se rea; pero en su interior rechazaba aquella superchera por dos mviles de conciencia, el mvil de la rectitud inglesa y el de la formalidad del aficionado a toros. Con el fraude propuesto por su amo se cometan dos graves faltas, engaar a una nacin y ultrajar el respetable arte de la Tauromaquia, el verdadero _sport_ trgico. No s qu se decidi de esto. En tanto Rossini llenaba la casa de abanicos y panderetas, y Moreno escoga y pagaba, entretenindose luego en envolverlos en papeles y en ponerles rtulos con el nombre del destinatario. Haba resuelto hacer muy pocas visitas de despedida, pretextando el mal estado de su salud. Despus de almorzar, baj al escritorio, y se ocup de liquidar y poner en claro su cuenta personal. No intervena en ningn negocio; y el trabajo de banca, que en otro tiempo le haba gustado tanto, aburrale ya. Pero aquel da pareci que se le despertaban las aficiones, porque habl largamente de negocios con Ruiz Ochoa, recomendndole no dejase de interesarse en alguna subasta de pastas de oro para el Banco. Me parece que este ao he de comprar algn oro... Bien podis andar aqu con mucho pulso en eso de acuar tanta plata, porque este metal va para abajo y ha de ir mucho ms. Al precio que tienen aqu las libras, vale ms expedir oro, y por mi parte, me he de llevar todo el que pueda. En esto entr Ramn Villuendas, preguntando a cmo tomaban las libras, y la conversacin vino a recaer sobre el mismo tema. l estaba mandando oro y ms oro... Este pico, ddselo a Guillermina dijo Moreno al ver, en la cuenta de alquileres de sus casas, un sobrante con que no contaba. Entraron otras personas y se habl de muy diferentes cosas. Mientras dur aquella conversacin, pensaba Moreno si ira o no a despedirse de los de Santa Cruz. Si no iba, se ofendera quizs su padrino, y yendo, podan sobrevenirle contrariedades mayores, incluso la de arrepentirse del viaje y aplazarlo... No haba ms remedio que ir. Pero a qu hora? A la de comer? Titubeaba, y de vuelta a su casa, estuvo discurriendo un largo rato sobre aquel problema de la hora. Adoptado un partido--se dijo--, lo mejor ser que no la vea ms en carne y hueso, porque lo que es en idea, vindola estoy a todas horas. Qu chiquillo me he vuelto!... En fin, tengo tiempo de pensarlo de aqu a maana, porque lo que es hoy, no ir. A eso de las cinco fue el misntropo a una tienda de la Plaza Mayor a ver las mantas granadinas con que quera obsequiar a sus amigos ingleses. All estuvo un cuarto de hora, y el tendero le propuso mandarle con Plcido lo mejor que tena, para que escogiese. Ya era casi de noche, y vala ms que el seor examinase de da el gnero. As se convino y volviose a su casa. Al entrar en el portal sinti un golpecito en el hombro. Era Jacinta que le pegaba un paraguazo. Quedose el buen seor como si le hubieran dado un tiro. Quiso hablar y no pudo. Jacinta le cogi del brazo, y rebasados los primeros escalones, empez el dilogo. Con que al fin se va usted?. --Al fin me arranco. Ya era tiempo... --Pero qu, se cansa usted mucho hoy...? Pues vamos despacio, ms despacio si usted quiere... Ah!, ya me ha contado Guillermina que hoy estuvo usted muy santito... As me gusta a m la gente. --Por qu no fue usted a verme?... Estaba yo ms salado...! --Si no lo saba. Vuelve usted maana? --De veras que va usted a ir a verme?... Cmo se reir de m! --Rerme! Qu cosas se le ocurren! Ir a tomar ejemplo. --A que no va?--A que s?--Pues all me tendr, hacindole la competencia a Estupi... Ver usted, ver usted... cada da ms. --Cada da! Pero no se va usted maana? --Es verdad, no me acordaba... Bueno, pues no me ir. --Eso no; le conviene a usted marcharse, y all seguir haciendo su noviciado. --All no vale.--Cmo que no vale?--Porque all me cogen por su cuenta unas amigas protestantes que tengo, y que quiera que no, me hacen renegar... Usted tendr la culpa; sobre su conciencia va. Conque me quedo o me voy? --Pues con esa responsabilidad tan grande no me atrevo a aconsejarle. Haga usted lo que le parezca mejor... Vaya, por fin llegamos. Se ha cansado usted mucho? --Un poquitito... pero con usted siempre contento. Quiere usted volver a bajar? --Otra vez?--S, para volver a subir... Como si quisiera usted ir al cuarto piso. --No me lo perdonara, si usted me acompaaba, fatigndose tanto. Entraron, y Jacinta se meti en el cuarto de la santa. Moreno fuese al suyo y se dej caer en el sof, echndose el sombrero para atrs. Pensaba descansar un ratito y pasar luego a la habitacin de Guillermina. No, no paso; no quiero verla ms. Para qu atormentarme? Se acab. Pongmosle encima una losa. Al poco rato, sintiendo que Jacinta sala, acercose a la puerta con nimo de verla. Pero no puedo ver nada. Como an no haban encendido la luz del recibimiento, slo columbr un bulto, una sobra y pudo or dos o tres palabras que se dijeron, al despedirse, Jacinta y la _rata eclesistica_. Esta fue entonces al cuarto de su sobrino, y hallole dando vueltas en l. Qu tal te encuentras, catecmeno? le dijo con mucho cario. --Regular, casi bien... Espero dormir esta noche. --Recgete temprano.--Eso pienso hacer... y maana... Oye una cosa: no te ha dicho Jacinta que maana pienso volver a San Gins? --No, no me lo ha dicho.--No te ha dicho que ella ira a verme tan devoto? --No... no hemos hablado una palabra de ti. --Ni dijo que haba subido conmigo y que...? --No... nada. Moreno sinti que la horrible pulsacin de su pecho era anegada por una onda glacial. En aquel punto tuvo que sentarse, porque le flaqueaban las piernas, y se le desvaneca la cabeza. Pues si quieres volver maana, yo vendr a llamarte. Se entiende, si pasas buena noche. --Iremos a pasar un rato--dijo Moreno de una manera lgubre--, y a echarle a mi desesperacin una hora de esparcimiento, como se le echa carne a una fiera para que no muerda. --Si t le pidieras al Seor... pero bien pedido... que te curara esos _esplines_, te los curara... Pdeselo, hijo; pero si sabr yo lo que me digo! --Qu has de saber t?... Qu has de saber lo que hay del lado de all de la puerta negra? --Ahora sales con eso?... T podrs haber perdido parte de la fe; pero toda no se pierde nunca. Esas cosas se dicen sin creer en ellas, por fatuidad. Con todas sus bromas, si te rascan, aparece el creyente... --No, tonta, yo no creo en nada, en nada, en nada--le dijo Moreno con nfasis, complacindose en mortificarla. --Todo sea por Dios... Entonces, para qu vienes conmigo a la iglesia? --Toma, por distraerme un rato, por verte a ti, por ver a Estupi, figuras raras de la humanidad, excentricidades, tipos, como todo esto que yo llevo a Londres para los aficionados a lo caracterstico y al color local. Guillermina daba suspiros. No quera incomodarse. Para rarezas t...--dijo al fin echndose a rer--. A ti s que te deban ensear por las ferias... _a dos reales, un real los nios y soldados_. Cree que ganaba dinero el que te expusiera. --Con un carteln que dijese: se ensea aqu el hombre ms desgraciado del mundo. --Por su culpa, por su culpa; hay que aadir eso. Ser desgraciado y no volver los ojos a Dios es lo ltimo que me quedaba que ver. Eso es, bruto, encengate ms; hazte ms materialista y ms gozn, a ver si te sale la felicidad... Eres un soberbio, un tonto... Mira, sobrino, me voy, porque si no me voy te pego con tu propio bastn. Y l estaba tan abstrado que ni siquiera la sinti salir. --vi-- Comi con regular apetito en compaa de su hermana y de Guillermina. Cuando concluyeron, dijo a esta que haba dado orden en el escritorio de que le entregaran el sobrante de su cuenta personal, con cuya noticia su puso la fundadora como unas castauelas, y no pudiendo contener su alegra, se fue derecha a l, y le dijo: Cunto tengo que agradecer a mi querido ateo de mi alma! Sigue, sigue dndome esas pruebas de tu atesmo, y los pobres te bendecirn... Ateo t? Ni aunque me lo jures lo he de creer!. Moreno se sonrea tristemente. Tal entusiasmo le entr a la santa, que le dio un beso... Toma, perdido, masn, luterano y anabaptista; ah tienes el pago de tu limosna. Sentase l tan propenso a la emocin, que cuando los labios de la santa tocaron su frente, le entr una leve congoja y a punto estuvo de darlo a conocer. Estrech suavemente a la santa contra su pecho, dicindole: Es que lo uno no quita lo otro, y aunque yo sea incrdulo, quiero tener contenta a mi _rata eclesistica_, por lo que pudiera tronar. Supongamos que hay lo que yo creo que no hay... Podra ser... Entonces mi querida _rata_ se pondra a roer en un rincn del cielo para hacer un agujerito, por el cual me colara yo.... --Y nos colaramos todos--indic la hermana de Moreno, gozosa, pues le hacan mucha gracia aquellas bromas. --Vaya si le har el agujerito!--dijo Guillermina--. Roe que te roe me estar yo un rato de eternidad, y si Dios me descubre y me echa una peluca, le dir: Seor, es para que entre mi sobrino, que era muy ateo... de jarabe de pico, se entiende; y me daba para los pobres. El Seor se quedar pensando un rato, y dir: Vaya, pues que entre sin decir nada a nadie. A las diez estaba el misntropo en su habitacin, disponindose para acostarse. Se te ofrece algo? le dijo su hermana. --No. Tratar de dormir... Maana a estas horas estar oyendo cantar el _botijo e leche_. Qu aburrimiento! --Pero, hombre, qu ms te da? Con no comprrselo si no te gusta... Si esa gente vive de eso, djales vivir. --No, si yo no me opongo a que vivan todo lo que quieran--replic Moreno con energa--. Lo que no quita que me cargue mucho, pero mucho, or el tal pregn... --Vaya por Dios... Otras cosas hay peores y se llevan con paciencia. Despus lleg Tom, y la hermana de Moreno se retir a punto que entraba Guillermina con la misma cantinela: Quieres algo?... A ver si te duermes, que no es mal ajetreo el que vas a llevar maana. Mira; de Pars telegrafas, para que sepamos si vas bien.... Daba algunos pasos hacia fuera y volva: Lo que es maana no te llamo. Necesitas descanso. Tiempo tienes, hijo, tiempo tienes de darte golpes de pecho. Lo primero es la salud. --Esta noche s que voy a dormir bien--anunci D. Manuel con esa esperanza de enfermo que es gozo empapado en melancola--. No tengo sueo an; pero siento dentro de m un cierto presagio de que voy a dormir. --Y yo voy a rezar porque descanses. Vers, vers t. Mientras ests all, rezar tanto por ti, que te has de curar, sin saber de dnde te viene el remedio. Lo que menos pensars t, tontn, es que la _rata eclesistica_ te ha tomado por su cuenta y te est salvando sin que lo adviertas. Y cuando te sientas con alguna novedad en tu alma, y te encuentres de la noche a la maana con todas esas mculas ateas bien curadas, dirs milagro, milagro! y no hay tal milagro, sino que tienes el padre alcalde, como se suele decir. En fin, no te quiero marear, que es tarde... Acustate prontito, y durmete de un tirn siete horas. Le dio varios palmetazos en los hombros, y l la vio salir con desconsuelo. Habra deseado que le acompaase algn tiempo ms, pues sus palabras le producan mucho bien. Oye una cosa... Si quieres llamarme temprano, hazlo... Yo te prometo que maana estar ms formal que hoy. --Si ests despierto, entrar. Si no, no--dijo Guillermina volviendo--. Ms te conviene dormir que rezar. Necesitas algo? Quieres agua con azcar? --Ya est aqu. Retrate, que t tambin has de dormir. Pobrecilla, no s cmo resistes... Vaya un trabajo que te tomas!... Iba a decir y todo para qu? pero se contuvo. Nunca le haba sido tan grata la persona de su ta como aquella noche, y se sinti atrado hacia ella por fuerza irresistible. Por fin se fue la santa, y a poco, Moreno orden a su criado que se retirara. Me acostar dentro de un ratito--dijo el caballero--; pues aunque creo que he de dormir, todava no tengo ni pizca de sueo. Me sentar aqu y revisar la lista de regalos, a ver si se me queda alguno. Ah!, conviene no olvidar las mantas. La hermana de Morris se enfadar si no le llevo algo de mucho carcter.... La idea de las mantas llev a su mente, por encadenamiento, el recuerdo de algo que haba visto aquella tarde. Al ir a la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artculo, tropez con una ciega que peda limosna. Era una muchacha, acompaada por un viejo guitarrista, y cantaba jotas con tal gracia y maestra, que Moreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella. Era horriblemente fea, andrajosa, ftida, y al cantar pareca que se le salan del casco los ojos cuajados y reventones, como los de un pez muerto. Tena la cara llena de cicatrices de viruelas. Slo dos cosas bonitas haba en ella: los dientes, que eran blanqusimos, y la voz pujante, argentina, con vibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma de punzadora nostalgia. Esto s que tiene carcter pensaba Moreno oyndola, y durante un rato tuvironle encantado las cadencias graciosas, aquel amoroso gorjeo que no saben imitar las celebridades del teatro. La letra era tan potica como la msica. Moreno haba echado mano al bolsillo para sacar una peseta. Pero le pareci mucho, y sac dos peniques (digo, dos piezas del perro), y se fue. Pues aquella noche se le representaron tan al vivo la muchacha ciega, su fealdad y su canto bonito, que crea estarla viendo y oyendo. La popular msica revivi en su cerebro de tal modo, que la ilusin mejoraba la realidad. Y la jota esparca por todo su ser tristeza infinita, pero que al propio tiempo era tristeza consoladora, blsamo que se extenda suavemente untado por una mano celestial. Deb darle la peseta pens, y esta idea le produjo un remordimiento indecible. Era tan grande su susceptibilidad nerviosa, que todas las impresiones que reciba eran intenssimas, y el gusto o pena que de ellas emanaban, le revolvan lo ms hondo de sus entraas. Sinti como deseos de llorar... Aquella msica vibraba en su alma, como si esta se compusiera totalmente de cuerdas armoniosas. Despus alz la cabeza y se dijo: Pero estoy dormido o despierto? De veras que deb darle la peseta... Pobrecilla! Si maana tuviera tiempo, la buscara para drsela. El reloj de la Puerta del Sol dio la hora. Despus Moreno advirti el profundsimo silencio que le envolva, y la idea de la soledad sucedi en su mente a las impresiones musicales. Figurbase que no exista nadie a su lado, que la casa estaba desierta, el barrio desierto, Madrid desierto. Mir un rato la luz, y bebindola con los ojos, otras ideas le asaltaron. Eran las ideas principales, como si dijramos las ideas inquilinas, palomas que regresaban al palomar despus de pasearse un poco por los aires. Ella se lo pierde...--se dijo con cierta conviccin enftica--. Y en el desdn se lleva la penitencia, porque no tendr nunca el consuelo que desea... Yo me consolar con mi soledad, que es el mejor de los amigos. Y quin me asegura que el ao que viene, cuando vuelva, no la encontrar en otra disposicin? Vamos a ver... por qu no haba de ser as? Se habr convencido de que amar a un marido como el que tiene es contrario a la naturaleza; y su Dios, aquel buen Seor que est acostado en la urna de cristal, con su sbana de holanda finsima, aquel mismo Dios, amigo de Estupi, le ha de aconsejar que me quiera. Oh!, s, el ao que viene vuelvo... en Abril ya estoy andando para ac. Ya ver mi ta si me hago yo mstico, y tan mstico, que dejar tamaitos a los de aqu... Oh!... mi nia adorada bien vale una misa. Y entonces gastar un milln, dos millones, seis millones, en construir un asilo benfico. Para qu dijo Guillermina? Ah!, para locos; s, es lo que hace ms falta... y me llamarn la _Providencia de los desgraciados_, y pasmar al mundo con mi devocin... Tendremos uno, dos, muchos hijos, y ser el ms feliz de los hombres... Le comprar al Cristo aquel tan lleno de cardenales una urna de plata... y.... Se levant, y despus de dar dos o tres paseos, volvi a sentarse junto a la mesa donde estaba la luz, porque haba sentido una opresin molestsima. Las pulsaciones, que un instante cesaron, volvieron con fuerza abrumadora, acompaadas de un sentimiento de plenitud torcica. Qu mal estoy ahora!... pero esto pasar, y me dormir. Esta noche voy a dormir muy bien... Ya va pasando la opresin. Pues s, en Abril vuelvo, y para entonces tengo la seguridad de que.... Tuvo que ponerse rgido, porque desde el centro del cuerpo le suba por el pecho un bulto inmenso, una ola, algo que le cortaba la respiracin. Alarg el brazo como quien acompaa del gesto un vocablo; pero el vocablo, expresin de angustia tal vez, o demanda de socorro, no pudo salir de sus labios. La onda creca, la sinti pasar por la garganta y subir, subir siempre. Dej de ver la luz. Puso ambas manos sobre el borde de la mesa, e inclinando la cabeza, apoy la frente en ellas exhalando un sordo gemido. Dejose estar as, inmvil, mudo. Y en aquella actitud de recogimiento y tristeza, expir aquel infeliz hombre. La vida ces en l, a consecuencia del estallido y desbordamiento vascular, producindole conmocin instantnea, tan pronto iniciada como extinguida. Se desprendi de la humanidad, cay del gran rbol la hoja completamente seca, slo sostenida por fibra imperceptible. El rbol no sinti nada en sus inmensas ramas. Por aqu y por all caan en el mismo instante hojas y ms hojas intiles; pero la maana prxima haba de alumbrar innumerables pimpollos, frescos y nuevos. Ya de da, Guillermina se acerc a la puerta y aplic su odo. No senta ningn rumor. No haba luz. Duerme como un bendito... Buen disparate hara si le despertara. Y se alej de puntillas. -III- Disolucin --i-- A mediados de Noviembre, Fortunata estaba algo desmejorada. Observndola, Ballester se deca: Cuando yo digo que me deba querer a m en vez de consumir su vida por ese botarate! Qu mujeres estas! Son como los burros, que cuando se empean en andar por el borde del precipicio, primero lo matan a palos que tomar otro camino. Desde la rebotica, donde estaba trabajando, la vio pasar por la calle: All va la nave. Siempre tan puntual a la citita. Doa Lupe furiosa, el pobre Rubn ido, y esta paloma volando al tejado del vecino. Qu lejos est ella de que le he descubierto el escondrijo! Trabajillo me cost; pero me sal con la ma. Y no es que me proponga delatarla... cosa impropia de un caballero como yo. Hgolo para mi gobierno. Yo soy as; me gusta seguir los pasos de la persona que me interesa... De seguro que al volver del tortoleo entra por aqu... Ah!, qu memoria la tuya, Segismundo; ya no te acordabas de que para hoy le prometiste tener hechas las pldoras de _hatchisschina_, que le quieren dar al pobre Maxi, a ver si le levantan y aclaran un poco aquellos espritus tan entenebrecidos. Vamos a ello, y que la alegra ms expansiva y la ms placentera ilusin de vida _(sacando de un armario el frasco del extracto indiano)_, iluminen el cacumen de mi infeliz amigo, a la accin de este precioso excitante. Dos o tres horas despus de esto, Fortunata entraba en la botica. El farmacutico observ pintada en su semblante la consternacin. Sin duda tena una pena grande, grande, horrible, de esas que no pueden expresarse sino con la imagen retrica de una espada traspasando el pecho. Amiga ma--le dijo Ballester--, no tema usted que la mortifique con consuelos vulgares. Usted padece hoy, y no es cosa de poco ms o menos, sino alguna tribulacin muy gorda lo que usted tiene dentro. No, ni me lo niegue. Su cara de usted es para m un libro, el ms hermoso de los libros. Leo en l todo lo que a usted le pasa. No valen evasivas. Ni pretendo que me confe sus penitas, hasta que no se convenza de que el mdico llamado a currselas soy yo. --Vaya Ballester--dijo Fortunata con malsimo humor--. No estoy ahora para bromas. --Lo creo... Tiene usted el corazn como si se lo estuvieran apretando con una soga... --Ay!, s...--exclam con arranque la joven a quien faltaba poco para echarse a llorar. --Y usted ha llorado, porque los ojos tambin lo estn diciendo. --S, s... pero djese de tonteras y no se meta en lo que no le importa. Est usted hoy muy agudo. --_Siempre lo fue don Garca_. Para otras personas tendr usted secretos, para m no. S de dnde viene usted. S la calle, nmero de la casa y piso... Y si me apura, s lo que ha ocurrido. Desazn; que si t, que si yo; que no me quieres, que s, que tira, que afloja, que vira, que vuelta; que me engaas, que no, que t ms, y hemos concluido, y adis, y all va la lagrimita. La seora de Rubn dej caer la cabeza sobre el pecho, dando un chapuzn en el lago negro de su tristeza. Ballester la miraba sin osar decirle nada, respetando aquel dolor que por lo muy verdadero no poda disimularse. Por fin, Fortunata, como quien vuelve en s, se levant de la silla, y le dijo: --Esas pldoras, las ha hecho usted? --Aqu estn (entregndole la cajita). Y a propsito, a usted no le vendr mal tomarse una. --Yo?... Lo mo no va con pldoras... Qudese con Dios; me voy a mi casa. --Consolarse--le dijo Segismundo en la puerta--. La vida es as; hoy pena, maana una alegra. Hay que tener calma, y tomar las cosas como vienen, y no ligar todo nuestro ser a una sola persona. Cuando una vela se acaba, debe encenderse otra... Conque tengamos valor, y aprendamos a despreciar... Quien no sabe despreciar, no es digno de los goces del amor... Y por ltimo, simptica amiga ma, ya sabe que estoy a sus rdenes, que tiene en m el ms rendido de los servidores para cuanto se le ocurra, amigo diligente, reservadsimo, buena persona... Abur. Subi la joven a su casa. Doa Lupe no estaba, porque en aquellos das iba infaliblemente a las subastas del Monte de Piedad. Maximiliano permaneca largas horas en su despacho o en la alcoba, sin salir ni siquiera a los pasillos, sumergido en una meditacin que ms bien pareca somnolencia, por lo comn echado en el sof, la vista fija en un punto del techo, al modo de penitente visionario. No molestaba a nadie; no se resista a tomar el alimento ni las medicinas, sometindose silenciosamente a cuanto se le mandaba, como si lo dominante, en aquella fase del proceso enceflico, fuera la anulacin de la voluntad, el no ser nada para llegar a serlo todo. Considerndose sola en la casa, Fortunata anduvo de una parte a otra, buscando una ocupacin que la distrajera y consolara. Imposible. Mientras ms trabajaba, con ms energa y claridad repeta su mente lo que le haba pasado aquella maana. Yo me voy a volver loca--se dijo ponindose a mojar la ropa--. Ms loca estoy que el pobre Maxi, y esto me acaba de rematar. Sin que se interrumpiera la accin mecnica, el espritu de la pobre mujer reproduca fielmente la escena aquella, con las palabras, los gestos y las inflexiones ms insignificantes del dilogo. En medio de la reproduccin iban colocndose, como anotaciones puestas al acaso, los comentarios que se le ocurran. El trabajo de su cerebro era una calenturienta y dolorosa mezcla de las funciones del juicio y de la memoria, revolvindose con desorden y alumbrndose unas a otras con aquella claridad de relmpago que a cada instante despedan. Tontera grande fue decrselo... l est hace tiempo muy fro, y como con ganas de romper. Cansado otra vez!, cansado; y all por Junio, s, bien me acuerdo de que era en Junio, porque estaban poniendo los palos para el toldo de la procesin del Corpus, me dijo que nunca ms me dejara, que se avergonzaba de haberme abandonado dos veces, y qu s yo cuntas mentiras ms!... Lo que hace ahora es buscar un pretexto para llamarse andana... Cristo!, qu cara me puso cuando le dije aquello...! 'No seas bobito, ni fes tanto en la virtud de tu mujer. Pues qu te crees? Que no es ella como las dems? Para que lo sepas; tu mujer te ha faltado con aquel seor de Moreno, que se muri de repente, una noche. La suerte tuya fue que dio el estallido; y es que los corazones revientan, de la fuerza del querer... Crete, como Dios es mi padre, que la _mona del Cielo_ le quera tambin, y tenan sus citas... no s dnde... pero las tenan. Tan listo como eres, y a ti tambin te la dan...'. Bendito Dios, qu cara me puso! Ah!, el amor propio y la soberbia le salan a borbotones por la boca.... Despus senta claramente en su odo la vibracin de aquella rplica que la haba hecho estremecer, que an la alumbraba, porque las palabras se repetan sin cesar como la pieza de una caja de msica, cuyo cilindro, sonada la ltima nota, da la primera. Pero qu te has figurado, que mi mujer es como t? De dnde has sacado esa historia infame? Quin te ha metido en la cabeza esas ideas? Mi mujer es sagrada. Mi mujer no tiene mancilla. Yo no la merezco a ella, y por lo mismo la respeto y la admiro ms. Mi mujer, entindelo bien, est muy por encima de todas las calumnias. Tengo en ella una fe absoluta, ciega, y ni la ms ligera duda puede molestarme. Es tan buena, que sobre serme fiel, tiene la costumbre de entregarme todos sus pensamientos para que yo los examine. Ojal pudiera yo entregarle los mos! Y ahora, cuando t me traes esos absurdos cuentos, me veo tan por bajo de ella, que no puede ser ms. T misma me ests castigando con eso de decirme que mi mujer es como t, o que en algo puede parecerse a ti. Me castigas porque me demuestras la diferencia; te comparo con ella, y si pierdes en la comparacin, chate a ti la culpa... Para concluir, si vuelves a pronunciar delante de m una palabra sola referente a mi mujer, cojo mi sombrero... y no vuelves a verme ms en todos los das de tu vida. Comentario: Y yo que me haba hecho la ilusin de que no era honrada, para salir ahora con que no tengo ms remedio que confesar que lo es! Habr visto visiones Aurora? Lo asegura de un modo, que no s... Puede que se equivoque... Puede que el caballero ese estuviera prendado de ella; eso no quiere decir que ella pecase ni mucho menos.... Otra vez senta retumbar en su odo las tremendas palabras de _aquel_: Si vuelves a pronunciar delante de m, _etc_.... Y el comentario pareca producirse en el cerebro paralelamente a la repeticin de la filpica: Ah!, tuno, no hablabas antes de ese modo. En Junio, s, bien me acuerdo, todo era _te quiero y te adoro_, y bastante que nos reamos de la _mona del Cielo_, aunque siempre la tenamos por virtuosa. Que es sagrada, dices?... Entonces, para qu la engaas? Sagrada! Ahora sales con eso. _Cojo mi sombrero y no me vuelves a ver_... Eso es que t lo quieres hace tiempo. Ests buscando un motivo, y te agarras a lo que dije. _Te comparo con ella, y si pierdes en la comparacin, chate a ti misma la culpa_. Eso es decirme que soy un trasto, que yo no puedo ser honrada aunque quiera... Cmo me requemaba oyendo esto y cmo me requemo ahora mismo! Se me aprieta la garganta, y los ojos se me llenan de lgrimas. Decirme a m esto, a m, que me estoy condenando por l...! Pero, Seor, qu culpa tendr yo de que esa nia bonita sea ngel! Hasta la virtud sirve para darme a m en la cabeza. Ingrato!. Reproduccin de algo que ella le haba contestado: Mira; no lo tomes tan a pechos. Podr ser mentira. Yo qu s? No creers que lo he inventado yo. Para que veas que no me gustan farsas contigo; eso que te incomoda tanto, es cosa de Aurora.... Y l: Como la coja, le arranco la lengua. Es una vbora esa mujer, una envidiosa, una intrigante. ndate con cuidado con ella. Comentario: De veras que estuve muy prudente. No se debe hablar mal de nadie sin tener seguridad de lo que se dice. Desde aquel momento no me volvi a mirar como me mira siempre. Le chaf su amor propio. Es como cuando se sienta una, sin pensarlo, sobre un sombrero de copa, que no hay manera, por ms que se le planche despus, de volverlo a poner como estaba. Esta s que no me la perdona. Perdona l todo; pero que le toquen a su soberbia no lo perdona. Ests enfadado?.--Si te parece que no debo estarlo...!.--Hazte el cargo de que no he dicho nada.--No puedo; me has ofendido; te has rebajado a mis ojos. Como t no tienes sentido moral, no comprendes esto. No calculas el valor que se quitan a s mismas las personas cuando hablan ms de la cuenta.--No me digas esas cosas.--Se me salen de la boca. Desde que calumniaste a mi mujer, la veneracin y el cario que le tengo se aumentan, y veo otra cosa; veo lo miserable que soy al lado suyo; t eres el espejo en que miro mi conciencia y te aseguro que me veo horrible. Comentario: Cuando toma este tonito, le pegara... Eso es decirme que soy una indecente. Y siempre que saca estas _tiologas_, es porque me quiere dejar. Y yo no puedo vivir as, Dios mo; esto es peor que la muerte. Reproduccin: Te vas ya?.--Te parece que es temprano todava?.--Vienes el lunes?.--No puedo asegurrtelo.--Ya empiezas con tus maas.--T s que te pones pesada.--No quiero disputar. Dime lo que quieras.--Si rompemos, no me eches a m la culpa, porque eres t quien la tiene.--Yo?.--S, t, por salir con alguna patochada ordinaria.--Bueno, lo que quieras... T siempre has de tener razn... Adis.--Hasta la vista. Y al cabo de un rato, su mente salt de improviso con una idea nueva, expresada en medio de los ahogos de la desesperacin, como un rayo que atraviesa las nubes y momentneamente las horada, las ilumina con sus refulgentes dobleces. Pero qu demonios es esto de la virtud, que por ms vueltas que le doy no puedo hacerme con ella y meterla en m?. Entonces advirti que no haba mojado la ropa. Su tarea estaba por empezar, y los rollos de camisas, chambras y dems prendas continuaban delante de ella, muertos de risa, lo mismo que el barreo de agua. Papitos, que entr en el comedor con los cuchillos ya limpios, fue el choque que la hizo salir de su abstraccin. --ii-- El da de San Eugenio propuso doa Casta ir de merienda al Pardo; pero las de Rubn no queran ni or hablar de nada que a diversin se pareciese. Bueno tenan ellas el espritu para meriendas. Fueron _las Samaniegas_ con _doa Desdmona_, Quevedo y otros amigos. Por la noche, doa Casta se empeaba en que todas haban de comer bellota, de la provisin que trajo. Estaban de tertulia en casa de Rubn. Slo faltaba Aurora, a quien Fortunata esperaba con ansia, y siempre que senta pasos en la escalera, iba a la puerta para abrirle antes de que llamase. Por fin lleg la viuda de Feneln, fatigadsima. Los encargos en aquel mes eran considerables; las bodas aristocrticas menudeaban, y la pobre Aurora no poda desenvolverse. Como que por cumplir y hacer las entregas a tiempo se haba trado alguna labor para trabajar en su casa. Velara hasta las doce o la una. Brindose la de Rubn a ayudarla, y con la venia de las dos seoras mayores se fueron a la casa prxima. Fortunata deseaba estar sola con su amiga para hablar largo y tendido sobre diferentes cosas. Encendieron luz en el gabinete, y sobre una gran mesa que all haba, por el estilo de las mesas de los sastres, Aurora, sacando sus avos, se puso a cortar y a preparar. Fortunata la ayudaba a desenvolver los patrones y a hilvanarlos sobre la tela. A cada momento se arrancaba Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en l, pues el pecho era su acerico, y all tena tambin una batera de alfileres. Extendiendo sus miradas sobre los patrones, con atencin de artista, cogiendo ora la aguja, ora las tijeras, ya inclinada sobre la mesa, ya derecha y mirando desde lejos el efecto del corte; moviendo la cabeza para obtener la oblicuidad de la mirada en ciertas ocasiones, empez a charlar, arrojando las palabras como un sobrante de la potencia espiritual que aplicaba a su obra mecnica. Hoy ha sido el funeral. Cosa estupenda, segn me ha dicho Candelaria! El catafalco llegaba hasta el techo, y la orquesta era magnfica; muchas luces... Ah tienes para qu les sirve el dinero a esos _celibatarios_ egostas. Estaban las de Santa Cruz y Ruiz Ochoa, _las Trujillas_, y qu s yo quin ms... Como no nos vemos desde hace muchos das, no te he podido contar la impresin que recib aquella maana. Vers: pasaba yo a eso de las ocho y media por la plaza de Pontejos para ir a mi obrador, cuando vi que del portal sala despavorido el criado ingls... Segn despus supe, iba en busca de mi primo Moreno Rubio, que vive en la calle de Bordadores. Yo dije: 'qu pasar?' y Samaniego sali de la tienda preguntando: 'qu hay?'--'Cmo que qu hay?'. El ingls entonces, con un terror que no puedo pintarte, nos dijo: 'Seor muerto; seor como muerto'. Corri all Pepe y yo detrs. En el portal haba un corrillo de gente; unos salan, otros entraban, y todos se lamentaban del suceso. Sub con Pepe... la puerta estaba abierta. Los gritos de Patrocinio Moreno se oan desde la escalera. Ay, qu paso, hija! Yo tena un miedo que no te puedo ponderar. Acerqueme poco a poco a la habitacin. All estaba la santa, todava con el manto puesto y el libro de misa en la mano... Pareca una imagen. Y Moreno... no me quiero acordar, sentado en una silla junto a la mesa... Dicen que le encontraron con la cabeza apoyada en las manos, seco, rgido y sin sangre. No puedo pintarte el horror que me caus lo que vi. Le haban incorporado en el asiento. Toda la pechera de la camisa estaba manchada de sangre, la barba llena de cuajarones... los ojos abiertos. (Aqu suspendi Aurora su trabajo, poniendo todo su espritu en lo que relataba...) No quise entrar. De la puerta me volv, y no s cmo llegu al taller, porque me iba cayendo por el camino; tal impresin me hizo. Hay que reconocer que ese hombre tena que concluir de mala manera; pero eso no quita que una le tenga lstima. (Volvi a poner toda la atencin en su trabajo). Estuve muy mala aquel da, y a ratos me entraban ganas de llorar. Mal se port conmigo, muy mal... Ah!, ya veo yo que todo se paga en este mundo. --Pobre seor!--exclam Fortunata--. A m tambin me dio lstima cuando lo supe. Pero, no sabes una cosa?, que hoy hemos tenido la gran bronca _ese_ y yo, porque le dije aquello... --Lo de...?--apunt Aurora, suspendiendo otra vez el trabajo, y mirando a su amiga con intencin picaresca. --S... Se enfad tanto, que concluimos mal. Ay, qu pena tengo! Porque si es calumnia, figrate, qu barbaridad ir con esa historia! --Calumnia no--dijo la de Feneln, atendiendo ms a su corte--. Podr ser equivocacin. Quin demonios sabe lo que pasa en el interior de la _mona_? Que el difunto Moreno andaba loco por ella, no tiene duda. Falta saber, _por ejemplo_, si ella le corresponda o no. --T me dijiste que s, y que tenan citas... --S; pero te lo dije como una suposicin nada ms--replic la astuta mujer con cierto despego, como si deseara mudar de conversacin--. T te precipitaste al llevarle ese cuento. Se habr volado. Hay que tener tacto, amiga ma, y no herir el amor propio de los hombres. Ya debas suponer que le sabra mal. --Y t qu crees?, hablando ahora como si estuviramos delante de un confesor. T qu crees?, es, como quien dice, ngel o qu? Aurora dej las tijeras, y se clav en el pecho la aguja enhebrada. Despus de calcular su respuesta, la solt en esta forma: Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te dir que la tengo por virtuosa. Si mi primo hubiera vivido, no s a dnde habran llegado las cosas. l haca el trovador de la manera ms infantil del mundo. Quin lo dira...!, un hombre tan corrido!... Ella... no s... creo que se rea de l... Y bien merecido le estaba, por pillo. Quizs le miraba con alguna simpata... pero lo que es citas, amiga ma, me parece que no las hubo, digo, me parece; y si algo de esto dije, fue como un _tal vez_, y me vuelvo atrs. Torn a su faena dejando a la otra en la mayor confusin. Y en ltimo resultado--le dijo despus--, a ti qu ms te da que sea honrada o deje de serlo? Lo que te importa es que l te quiera a ti ms que a ella. --Oh!, no...--exclam Fortunata con toda su alma--, es que si no fuera honrada esa mujer, a m me parecera que no hay honradez en el mundo y que cada cual puede hacer lo que le da la gana... Parceme que se rompe todo lo que la ata a una; no s si me explico; y que ya lo mismo da blanco que negro. Cretelo; esa duda no se me va de la cabeza a ninguna hora; siempre estoy pensando en lo mismo, y tan pronto me alegro de que sea mala como de que no lo sea. Ah!, no sabes t lo que yo cavilo al cabo del da. Las cosas que me pasan a m no tienen nombre. --Pues para que te tranquilices de una vez--dijo la otra sin mirarla--. Tenla por honrada, y cuando hables de esto con _l_, hazle entender que lo crees as, y no aspires a que _l_ te d su respeto; contntate con el amor. --Qutate de ah, mujer--salt Fortunata muy nerviosa--. Si esto se acaba... Si me est faltando ese perro! Si en quince das no le he visto ms que dos veces. Siempre llega tarde, y como de mala gana. Oh!, yo le conozco bien las maas: me le s de memoria. Nada, que quiere echarme al agua otra vez, lo veo, lo estoy viendo. Hoy se lo dije claro, y no me contest nada. --Entonces tenemos a _la mona del Cielo_ de enhorabuena. --Ah!, no... Me parece que ahora la veleta marca para otro lado. Me est faltando con alguna que ni su mujer ni yo conocemos. Ms claro, a las dos nos est dando el plantn _hache_, y yo estoy que no s lo que me pasa, ms muerta que viva... llena de rabia, llena de celos. No he de parar hasta cogerle, y de veras te digo que si le cojo, y si cojo a la otra, me pierdo. Yo vengar a _la mona del Cielo_, y me vengar a m. No quisiera morirme sin este gusto. --Dime una cosa... Te has fijado en determinada mujer?--le pregunt su amiga mirndola de hito en hito. --No s; esta noche se me ocurri si ser Sofa la Ferrolana, o la Peri, o Antonia, esa que estaba con Villalonga. --Es natural, piensas en las que conoces. Qu me das, querida ma, si te lo averiguo? Al decir esto, Aurora abandon todo trabajo y se puso delante de su amiga en la actitud ms complaciente. Que qu te doy? Lo que t quieras. Todo lo que tengo... Te lo agradecer eternamente. --Bueno; pues djame a m, que como yo coja el cabo del hilo, hemos de llegar a la otra punta. Vers por qu lo digo; en mi taller hay una chiquilla, muy graciosa por cierto, que me parece, me parece... --En tu taller...!--S; pero no te precipites... No es ella tal vez... Quiero decir, que por ella he de coger el cabo del hilo, y vers... ir tirando, tirando hasta dar con lo que queremos saber. T confate en m, y no hagas nada por tu parte. Promteme que no te has de meter en nada. Sin esa condicin, no cuentes conmigo. --Pues bien, yo te lo prometo. Pero me has de decir todo lo que vayas averiguando. Te digo que si la cojo... No me importa ir al Modelo; te juro que no me importa. Si ya me parece que la tengo entre mis uas... Doa Casta entr, abriendo la puerta con su llavn. Era tarde, y Fortunata tuvo que retirarse. Aurora se qued trabajando un momento ms, y deca para s: Estas tontas son terribles, cuando les entra la rabia. Pero ya se aplacar. Pues no faltara ms... Estara bueno.... --iii-- Una tarde, doa Lupe vio entrar a su sobrina tan desolada, que no pudo menos de rsele encima, llena de irascibilidad, no pudiendo sufrir ya que no le confiase sus penas, cualquiera que fuese la causa de ellas. Te parece que estas son horas de venir? Y haz el favor, para otra vez, de dejarte en la calle tus agonas y no ponrteme delante con esa cara de viernes, pues bastantes espectculos tristes tenemos en casa. Fortunata tena su interior tan tempestuoso que no pudo contenerse, y estall con esa ira pueril que ocasiona las reyertas de mujeres en las casas de vecindad. Seora, djeme usted en paz, que yo no me meto con usted, ni me importa la cara que usted tenga o deje de tener. Pues estamos bien... Que no pueda una ni siquiera estar triste, porque a la seora esta le incomodan las caras afligidas... Me pondr a bailar, si le parece. No estaba acostumbrada doa Lupe a contestaciones de este temple, y al pronto se desconcert. Por fin hubo de salir por este registro: Eso de que me ocupe o no me ocupe, no eres t quien lo ha de decidir. Pues qu? Han tocado ya a emanciparse? Ests fresca. Crees que se te va a tolerar ese cantonalismo en que vives? Me gustan los humos de la loca esta!... Ya te arreglar, ya te arreglar yo. Estaba la otra tan violenta y tena los nervios tan tirantes, que al apartar una silla la tir al suelo, y al poner su manguito sobre la cmoda, dio contra un vaso de agua que en ella haba. Eso es, rmpeme la sillita... Mira cmo has derramado el agua. --Mejor.--S?... Ya te mejorar yo, ya te arreglar. --Usted, seora, se arreglar sus narices, que a m no me arregla nadie... No quiero incomodarme, no quiero alzar tampoco la voz--dijo doa Lupe levantndose de su asiento--, porque no se entere ese desventurado. Sali un momento con objeto de cerrar puertas para que no se oyera la gresca, y a poco volvi al gabinete, diciendo: Se ha quedado dormido. Si te parece, haz bulla para que no descanse el pobrecito. Te ests portando... Silencio!. --Si es usted la que chilla... Yo bien callada entr. Pero se empea en buscarme el genio. --Mete ruido, mete ruido. Ni siquiera has de dejar dormir al pobre chico. --Por mi parte, que duerma todo lo que quiera. --Y lo que ms me subleva es tu terquedad--dijo doa Lupe bajando la voz--, y ese empeo de gobernarte sola, s, esa independencia estpida... T te lo guisas y t te lo comes. As te sabe a demonios. Bien empleado te est todo lo que te pasa, muy bien empleado. Tanta turbacin haba en el alma de la esposa de Rubn, que la ira estaba en ella como prendida con alfileres, y el menor accidente, una nada, determinaba la transicin de la rabia al dolor, y de la energa convulsiva a la pasividad ms desconsoladora. Algo se derrumbaba dentro de ella, y perdiendo toda entereza, rompi a llorar como un nio a quien le descubren una travesura gorda. Doa Lupe se vanaglori mucho de aquel cambio de tono, que consideraba obra de sus facultades persuasivas. Fortunata se dej caer en una silla, y ms de un cuarto de hora estuvo sin articular palabra, oprimiendo el pauelo contra su cara. Pues s, ta... es verdad que debiera yo... contarle a usted... No lo hice porque me pareca impropio. Qu barbaridad! Traer a esta casa cuentos de... Soy una miserable; yo no debo estar aqu... Hasta llorar aqu por lo que lloro es una canallada. Pero no lo puedo remediar. El alma se me deshace. Yo tengo que decirle a alguien que me muero de pena, que no puedo vivir. Si no lo digo, reviento... Usted crea lo que quiera... pero soy muy desgraciada. Yo s que me lo merezco, que soy mala, mala de encargo... pero soy muy desgraciada. --Ah tienes--le dijo doa Lupe moviendo la mano derecha, con dos dedos de ella muy tiesos, en ademn enteramente episcopal--; ah tienes lo que pasa por no hacer lo que yo te digo... Si hubieras seguido los consejos que te di este verano, no te veras como te ves. La otra estaba tan sofocada, que su ta tuvo que traerle un vaso de agua. --Sernate--le deca--, que ahora no te he de reir, aunque bien lo mereces. No, no necesitas explicarme lo que te pasa; justo castigo de Dios. Crees que no tengo yo pesquis? Me basta verte la cara. Ello tena que suceder, porque los malos pasos conducen siempre a malos fines... El resultado es que sale todo lo que yo digo. El pecado trae la penitencia. Otra vez te da carpetazo ese hombre, acert? --S, s... Pero qu infame!... --Anda, que los dos estis buenos. Tal para cual. Las relaciones criminales siempre acaban as. Uno se encarga de castigar al otro, y el que castiga ya encontrar tambin su trancazo en alguna parte. Pues ests lucida... Tras de cornuda, aporreada, y despus sacada a bailar. --Pero qu infame!--volvi a decir Fortunata, mirando a su ta con los ojos llenos de lgrimas--. Pues no ha tenido el atrevimiento de decirme, entre bromas y veras, que yo estaba enredada con Ballester? Pretextos, _tiologas_ y nada ms. De seguro que no lo cree. --Aguanta, que todo te lo tienes bien merecido. Ni vengas a que yo te consuele... Acudiendo con tiempo, no digo que no. Abres ahora los ojos y te encuentras horriblemente sola, sin familia, sin marido, sin m. Fortunata, con un pnico semejante al de quien se est ahogando, agarrose a la falda de doa Lupe, y vuelta a soltar un raudal de lgrimas. No, no, no... yo no quiero estar sola, triste de m. Dgame usted algo, siquiera que tenga paciencia, siquiera que me porte ahora bien... S, me portar bien; ahora s, ahora s. --Ahora s. Vaya, hija, no madrugues tanto. T no te acuerdas de Santa Brbara sino cuando truena. Qu sacara yo de consolarte ahora y corregirte, si el mejor da volvas a las andadas? --Ahora no... ahora no...--Quien no te conoce que te compre... Al extremo a que han llegado las cosas, me parece que no debo intervenir ya, ni tomar vela en ese entierro. Sera hasta indecoroso para m. Resultara... as como cierta complicidad en tus crmenes. No, hija, has acudido tarde... Te he estado metiendo la indulgencia por los ojos, sin que t la quisieras ver, y ahora que te ahogas, vienes a m...! Ay!, no puedo, no puedo. Y sin decir ms, se fue a la cocina, pensando que toda severidad era poco contra aquella mujer, y que convena aterrorizarla, a ver si se someta al fin de una manera absoluta. Pronto se hizo de noche. Los das menguaban, entristeciendo el nimo de los que ya, por otros motivos, estaban tristes. A las seis y media la casa estaba a oscuras, y doa Lupe retardaba el encender luces todo lo posible. Fortunata, en el cuarto de su marido, y casi a tientas, lleg al sof donde l estaba echado, y le pregunt si tena ganas de comer, sin obtener respuesta. Oa los suspiros que daba el infeliz, y en una de aquellas aproximaciones, Maxi cogindole las manos, se las apret con afecto. Algo haba en el alma de Fortunata que responda a tal demostracin de ternura. Senta hacia l cario semejante al que inspira un nio enfermo, efusin de lstima que protege y que no pide nada. Doa Lupe trajo luz, y mirando a los esposos con sus ojos encandilados por el vivo resplandor de la llama de petrleo, dijo, sin duda por animar a Maxi con una broma: Ya estis haciendo los tortolitos?... Ms cuenta te tiene comer. Quieres que esta coma aqu contigo?. --S, s, yo comer aqu--dijo la esposa prontamente--. Y l comer tambin, verdad, hijo? Verdad que comers con tu mujer? Ella te cortar los pedacitos de carne y te los ir dando. --Pues yo os mandar la comida--indic doa Lupe, poniendo la pantalla al quinqu y acortando la llama--. Tengo hoy un arroz con menudillos que es lo que hay que comer. En el rato que estuvieron solos, antes de que entrara Papitos con el servicio y la sopa, Maxi endilg a su mujer algunas frases enteramente ceidas al endiablado asunto que constitua su demencia. Fortunata le apoy en todo, mostrndose muy penetrada de la urgencia de establecer, como realidad social, el principio de solidaridad de la sustancia divina. A todo deca que s, y mientras coman, not que el enfermo se animaba extraordinariamente, llegando hasta mostrarse alegre, locuaz y poniendo un singular calor en sus proyectos de apostolado. En un momento que sali afuera, preguntole Fortunata a su ta: Y le dio usted al fin esas pldoras?. S por cierto. Esta maana en ayunas se tom una, y a las cuatro le di otra. No lo dispuso as Ballester...?. --S... Vea usted por qu est tan avispado. Vaya con el camo ese! Pero los disparates son los mismos; slo que ahora no ve las cosas de un modo tan negro sino que las toma por lo risueo. Volvi al lado de l, y le fue dando los menudillos con el tenedor, y l se los coma con gana, sin cesar de hablar y aun de rer. Su risa plcida no pareca la de un demente. Fortunata senta leve consuelo en su alma, y se deca: Si Dios quisiera que se pusiera bueno...! Pero cmo va Dios a hacer nada que yo le pida... Si soy lo ms malo que l ha echado al mundo! Para m esta casa se tiene que acabar. A dnde me retirar? Qu ser de m? Pero a donde quiera que vaya, me gustar saber de este pobrecito, el nico que me ha querido de verdad, el que me ha perdonado dos veces y me perdonara la tercera... y la cuarta... Yo creo que me perdonara tambin la quinta, si no tuviera esa cabeza como un campanario. Y esto es por culpa ma. Ay, Cristo, qu remordimiento tan grande! Ir con este peso a todas partes, y no podr ni respirar. Despus de comer, estaba l animadsimo, cual no lo haba estado en mucho tiempo, pero sus conceptos eran de lo ms estrafalario que imaginarse puede. Como entraran doa Silvia y Rufinita, de visita, doa Lupe se fue con ellas a la sala, y los esposos se quedaron solos. Maxi se levant, y estir todo el cuerpo, elevando los brazos. Los huesos crujieron, hizo diferentes contorsiones que parecan un trabajo de gimnasia, y luego volvi a sentarse, abrazando a su mujer y quedndose ante ella (pues estaba sentado en una banqueta junto al sof) en actitud semejante a la que toman los amantes de teatro cuando van a decirse algo muy bonito en dcimas o quintillas. --iv-- Vida ma--le dijo en el tono ms dulce del mundo--, gracias mil por el consuelo que me has dado con tus palabras. Fortunata no saba qu palabras eran aquellas que le haban consolado; pero lo mismo daba. Hizo un signo afirmativo, y adelante. Porque estando t conforme conmigo, no deseo ms. Mis aspiraciones estn cumplidas. Viva el gran principio de la liberacin por el desprendimiento, por la anulacin!.... --Vivaaa...!--As lo dirn las multitudes, cuando esta doctrina se propague; pero esto no nos toca a nosotros, sino al que vendr despus. Cumplamos t y yo la ley de morir cuando nos creamos llegados al punto de caramelo de la pureza. Matemos a la bestia cuando de ella est completamente desligada su prisionera, la sustancia espiritual, como del erizo se desprende la castaa bien madura. --Nada, hijo, que la mataremos.--Me gusta verte as. Hay nada ms hermoso que la muerte? Morir, acabar de penar, desprenderse de todas estas miserias, de tantos dolores y de toda la inmundicia terrenal! Hay nada que pueda compararse a este bien supremo?... Concibe el alma nada ms sublime? --Y despus?--dijo Fortunata, que aun sabiendo con quin hablaba, oa con mucho gusto aquella manera de considerar la muerte. --Oh!, despus, sentirse uno absolutamente puro, perteneciente a la sustancia divina; reconocerse uno parte de ella, y todito con aquel gran todo... Qu dicha tan grande! --No padecer...!--murmur la prjima inclinando su cabeza sobre el pecho de l--. No temer si le hacen a uno esta o la otra perrera...!, no verse en agonas nunca y gozar, gozar, gozar... Su mente se dej ir en alas de aquella sublime idea, perdindose en los espacios invisibles y sin confines. Sentir luego la irradiacin del bien en s, y contemplarse uno en aquel todo etreo y sustancial, infinitamente perfecto y sano, hermoso, transparente y placentero...!. Esto era ya un poco metafsico, y Fortunata no lo comprenda bien. Lo accesible para ella era la idea primera: morirse, desprenderse de las lacerias de este mundo, y sentirse luego persona idntica a la persona viva, gozando todo lo que hay que gozar y amando y siendo amada con arrobamientos que no se acaban nunca. Querida ma--le dijo Maxi moviendo mucho la cabeza y los msculos de la cara, seal de una fuerte excitacin nerviosa--; los dos moriremos despus que hayamos cumplido nuestra misin. Y para que te penetres bien de la tuya, te voy a decir lo que he sabido por revelacin celestial. Fortunata se prepar a or el gran disparate que su marido anunciaba, y puso una carita muy gravemente atenta. Pues yo s una cosa que t no sabes, aunque quizs lo presientes, y que seguramente sabrs muy pronto. Quizs hayas empezado a notar algn sntoma; pero an tu espritu no tendr ms presentimientos de este gran suceso. La miraba de tal modo, que ella empez a asustarse. Qu sera, Dios, qu sera? Maxi estuvo un rato en silencio, clavados en ella sus ojos como saetas, y por fin le dijo estas palabras que la hicieron estremecer: T ests en cinta. Quedose un rato la infeliz mujer como petrificada. Trataba de tomarlo a broma, trataba de negarlo; pero para ninguna de estas determinaciones tena valor. Terror inmenso llenaba su alma al ver que Maxi deca lo que deca con expresin de la ms grande seguridad. Pero lo ltimo que a Fortunata le quedaba que or fue esto, dicho con exaltacin de iluminado, y con atroz recrudecimiento de las sacudidas nerviosas de la cabeza: Ha sido una revelacin. El espritu que me instruye me ha trado anoche esta idea... Misterio bonitsimo, verdad? T ests embarazada... Y t lo presumes; mejor dicho, lo sabes, te lo estoy conociendo en la cara; lo ocultas porque ignoras que esto no ha de arrojar ninguna deshonra sobre ti. El hijo que llevas en tus entraas es el hijo del Pensamiento Puro, que ha querido encarnarse para traer al mundo su salvacin. Fuiste escogida para este prodigio, porque has padecido mucho, porque has amado mucho, porque has pecado mucho. Padecer, amar y pecar... ve ah los tres infinitivos del verbo de la existencia. Nacer de ti el verdadero Mesas. Nosotros somos nada ms que precursores, te vas enterando?, nada ms que precursores, y cuanto des a luz, t y yo habremos cumplido nuestra misin, y nos liberaremos matando nuestras bestias. Del salto se puso Fortunata al otro extremo de la habitacin. Habale entrado tal pnico, que por poco sale al pasillo pidiendo socorro. Maxi tena la cara descompuesta y transfigurada, y sus ojos parecan carbones encendidos. Ni siquiera repar que su mujer se haba alejado de l, y continu hablando como si an la tuviera al lado. La infeliz, turbada y muerta de miedo, se acurruc en el rincn opuesto, y cruzadas las manos, miraba al desgraciado demente, diciendo para s: En qu lo habr conocido?... Dios, qu hombre! Ser farsa todo esto de la locura? Ser que se finge as para poder matarme, sin que la justicia le persiga...? Pero cmo habr descubierto...! Si no lo he dicho a nadie! Si no se me conoce nada todava...! Ah!, lo que este hombre tiene es mucha picarda. Eso de la revelacin lo dice para engaar a la gente... Sin duda se lo figura, se lo teme, o me lo ha conocido no s en qu... Lo habr dicho yo en sueos?... Aunque no; podr haberlo adivinado por su propia locura. No dicen que las grandes verdades las saben los nios y los locos...? Ay, qu miedo me ha entrado! Dios mo, lbrame de esta tribulacin. Este hombre me quiere matar y hace todas estas comedias para vengarse en m y asesinarme a lo bbilis bbilis.... El iluminado fue hacia su mujer, cogindola por un brazo. Tal temor senta ella, que hasta se encontr con fuerzas inferiores a las de su marido, que era tan dbil. Mouca ma--le dijo apretndole el brazo con nerviosa energa, y mirndola con una expresin en que la desdichada vea confundidos al amante y al asesino--. Nos liberaremos, por medio de una sangra suelta, desde que hayas cumplido tu misin. Cundo ser? All por Febrero o Marzo. --Debe ser por Marzo--pens Fortunata--; pero para ti estaba... Ya me pondr yo en salvo. Mtate t, si quieres, que yo tengo que vivir para criarlo, y voy a ser tan feliz con l...! Va a ser el consuelo de mi vida. Para eso lo tengo, y para eso me lo ha dado Dios... Ves cmo me sal con mi idea?... Mi hijo es una nueva vida para m. Y entonces no habr quien me tosa... Oh!, si no lo sintiera aqu dentro, yo y t seramos iguales, tan loco el uno como el otro, y entonces s que debamos matarnos. Oase el run run de las despedidas de doa Silvia y Rufinita en el pasillo. A poco entr la de Juregui, y vindola su sobrino, se volvi al sof, dejando a su mujer en pie en medio del cuarto. Qu tal?--dijo doa Lupe--. Hay sueo? Son las once. --Ha venido usted a turbar nuestra felicidad--replic Maxi sentado, y moviendo las piernas en el aire--. Mi elegida y yo deseamos estar solos, enteramente solos. Los misterios inefables que a ella y a m... --Pero qu volteretas son esas que das? (no sabiendo si rer o ponerse seria). Pareces un saltimbanquis. --Que a ella y a m se nos han revelado... los misterios inefables, digo... nos llevan a un xtasis delicioso, de que no pueden participar las personas vulgares. --Llamarme a m persona vulgar!... --La vulgaridad consiste en estar muy apegada a los bienes terrenos... es decir, en hacerle mimos a la bestia. --Pero qu?, tambin vas a dar vueltas de carnero?--dijo asustada doa Lupe, vindole apoyar las manos en el sof y doblar luego la cabeza hasta tocar con ella la gutapercha. --Lo que yo d, a usted no le importa, mujer de poca fe... La noche est fra y necesito que las extremidades entren en calor. Dentro del crneo me han encendido un hornillo. --Ve usted... ve usted...?--indic Fortunata, no recatndose de decirlo en alta voz--. El efecto de esas condenadas pldoras. Creo que no deben drsele ms. Ya ve usted cmo se pone: se le trastorna ms el cerebro y adivina los secretos. --Cmo que adivina los secretos...? Pero, nio, qu haces? Rubn se sentaba y se levantaba, dando botes en el asiento, como un jinete que monta a la inglesa. All por Marzo ser el gran suceso, la admiracin del mundo--grua el infeliz, dando vueltas sobre s mismo--. Lo anunciar una estrella que ha de aparecer por Occidente, y los Cielos y la tierra resonarn con himnos de alegra. --Pero qu ests diciendo? Vamos, hijo de mi alma, estate tranquilo. --Lo que yo quisiera saber ahora es dnde est mi sombrero--dijo l, mirando debajo de la mesa y del sof. --Y para qu quieres el sombrero? --Quiero salir, tengo que ir a la calle. Pero lo mismo da salir con la cabeza descubierta. Hace un calor horrible. --S, vmonos al Retiro. Fortunata, coge la vela; y t por delante. Y agarrndose al brazo del joven sin ventura, le llevaron a la alcoba. Del salto se plant Maxi en la cama, quedndose un instante con los brazos y las piernas en alto. Despus dejaba caer pesadamente las extremidades para volver a levantarlas. Bonita noche nos va a hacer pasar! exclam doa Lupe cruzando las manos. Fortunata, desalentada y meditabunda, se dej caer en el sof. A que no me aciertan ustedes en dnde estoy?--dijo el pobre demente--. Me he cado del Cielo sobre un tejado. Qu hace mi mujer ah que no viene en mi socorro?. --Pues s seor, bonita noche!--repeta doa Lupe, echando un suspiro por cada palabra. Intentaron acostarle. Pero no fue posible. Se les escapaba de las manos, con viveza de nio, que a veces pareca agilidad de mono. Su risa causaba espanto a las dos seoras, y ltimamente no se le entenda una palabra de las muchas que de su boca soltaba atropelladamente, pronuncindolas de un modo primitivo, como los chiquillos que empiezan a hablar. Por fin el desgaste nervioso hubo de rendirle, y se qued quieto en el sof, con una pierna sobre la mesa, la otra en una silla, la cabeza debajo de un cojn, y los brazos extendidos en cruz. Una mano daba contra el suelo, y tena la otra metida debajo del cuerpo, dando al brazo una vuelta que pareca inverosmil. No quisieron ellas variarle la difcil postura, temiendo que si le tocaban, se alborotara de nuevo y les dara otra jaqueca. Doa Lupe dormitaba, sentada en una silla junto a la cama del matrimonio; pero Fortunata no peg los ojos en toda la noche. Ya amaneca cuando le acostaron. Apenas daba acuerdo de s, y gema, al moverse, como si tuviera molido a palos su ruin y desdichado cuerpo. --v-- Creo que fue el da de la Concepcin cuando Rubn sali de su cuarto con un cuchillo en la mano detrs de Papitos, diciendo que la haba de matar. El susto de la ta y de Fortunata fue muy grande, y les cost trabajo quitarle el arma homicida, que era un cuchillo de la mesa, con el cual no era fcil quitar la vida a nadie. Pero el paso fue terrible, y los chillidos de Papitos se oyeron en toda la vecindad. Sali despavorida del cuarto del seorito, y l detrs, fro y resuelto, como si fuera a hacer la cosa ms natural del mundo. La mona se refugi entre las faldas de su ama, gritando: Que me mata, que me quiere matar! y Fortunata corri a sujetarle, lo que no hubiera conseguido a pesar de su superioridad muscular, sin la ayuda de doa Lupe. La resistencia de l era puramente espasmdica, y mientras se defenda de los cuatro brazos que queran contenerle y arrancarle el cuchillo, deca con voz ronca: Le siego el pescuezo y la.... Despus se supo que Papitos tena la culpa, porque le haba irritado, contradicindole estpidamente. Doa Lupe lo sospech as, y mientras Fortunata se le llevaba otra vez a su cuarto, procurando calmarle, la seora cogi a la chiquilla por su cuenta, y con la persuasin de tres o cuatro pellizcos, hzole confesar que ella era culpable de lo ocurrido. Mire, seora--replicaba ella bebindose las lgrimas--; l fue quien empez, porque yo no chist. Estaba recogiendo el servicio, y l salt contra m, dicindome que para arriba y que para abajo... Yo no lo entenda y me ech a rer... Pero _dimpus_ sali con unos disparates muy gordos. Sabe, seora, lo que dijo? Que la seorita Fortunata iba a tener un nio, y qu s yo qu ms. No pude _por menos_ de soltar la carcajada, y entonces fue cuando _garr_ el cuchillo y sali tras de m. Si no doy un _blinco_, me divide. --Bueno; vete a la cocina, y aprende para otra vez. A todo lo que l diga, por disparatado que sea, dices t _amn_, y siempre _amn_. Aquel hecho era quizs sntoma de un nuevo aspecto de locura, y las dos seoras no caban ya en su pellejo, de temor y zozobra. No pasaron ocho das sin que el caso se repitiera. Maxi pudo apoderarse de un cuchillo, y fue hacia su ta, diciendo que la quera _liberar_. Gracias a que estaba all el Sr. Torquemada, no fue difcil desarmarle; pero el susto no haba quien se lo quitara a doa Lupe, que tuvo que tomarse una taza de tila. Por cierto que la seora se conceptuaba infeliz entre todas las seoras y damas de la tierra, por las muchas pesadumbres que sobre su alma tena. No era slo el estado lastimossimo del ms querido de sus sobrinos; otras cosas la mortificaban atrozmente, abatiendo su grande espritu. Entre Fortunata y ella mediaron ciertas palabras que imposibilitaban absolutamente toda concordia. Vaya--le dijo doa Lupe una noche--, que te ests luciendo! A qu esas reservas, cuando ms indicada estaba la confianza? Cmo es que lo ha sabido Maximiliano, que est demente, antes que yo, que estoy en mi sano juicio? A qu esos escondites conmigo?. Despus de una larga pausa, Fortunata, con muchsimo trabajo, se determin a responder esto: Yo no se lo he dicho. l lo adivin. Esto no poda yo decirlo a nadie de esta casa, y a l menos.... --Y a l menos!--repiti doa Lupe, clavando en la delincuente sus miradas como flechas. --S, porque l no deba saberlo nunca--prosigui la otra haciendo el ltimo esfuerzo--. A usted pensaba yo decrselo, pero no me determin por la vergenza que me daba. Ahora que lo sabe, lo que tengo que hacer es pedirle que tenga compasin de m, recoger mi ropa y marcharme de esta casa. Ahora s que ser para siempre. La viuda de Juregui se tom tiempo para dar contestacin a estas gravsimas palabras. Un sin fin de ideas se le meti en la cabeza, y estuvo aturdida largo rato, sin saber con cul de ellas quedarse. El rompimiento definitivo le arrancaba una tira de su corazn, con dolor agudsimo, por no serle posible retener las cantidades que Fortunata haba puesto en sus manos. La elasticidad de su conciencia no llegaba nunca a sus estirones a la apropiacin de lo ajeno, ni directa ni indirectamente. Lo ajeno era sagrado para ella, y aunque aumentase lo suyo cuanto pudiera a costa del prjimo, jams llegaba a la absorcin de lo que se le confiaba. Devolvera, pues, lo que se le haba entregado, con los aumentos que a su buena administracin se deban. Cierto que esta devolucin era para ella un trance doloroso, algo como la separacin de un hijo que se va a la guerra a que le maten, pues aquel _guano_, entregado a su dueo, pronto se perdera en el desorden y los vicios. Pero si esta pena la estimulaba a transigir una vez ms, su decoro y ms an su amor propio se sublevaban airados contra aquella infame, que traa al hogar domstico hijos que no eran de su marido. Esto no se poda sufrir sin cubrirse de baldn; esto no lo tolerara doa Lupe, aunque tuviera que dar, no slo el dinero ajeno, sino el propio... Tanto como el propio, no, vamos; pero en fin, as lo pensaba para poder expresar de una manera enftica su grandsimo enojo. Qu dira la gente!... qu las amigas, ante quienes doa Lupe oficiaba como guardadora de la moralidad y de los buenos principios! Cierto que para el mundo la situacin que creara la maternidad de la de Rubn sera una situacin legal, toda vez que Maxi, enfermo y encerrado quiz para entonces en un manicomio, no haba de llamarse a engao; pero en este caso, la afrenta sera mayor por aadirse a ella la mentira. Y todos tendran a doa Lupe por encubridora, y le cortaran lindos sayos. Si ya le pareca a ella orlo: Miren esa, tan orgullosa y rgida, tapando el matute que la otra bribona ha introducido en su casa. Lo har por la cuenta que le tiene. El padre de la criatura es hombre rico y habr pagado bien el alijo. La idea de que pudieran decir esto haca brotar de la frente augusta de la viuda gotas de sudor del tamao de garbanzos. Ella misma--pens--, no se ha recatado para decirme que el pobre Maxi est tan inocente de esto como yo. Lo cantar lo mismo a todo el mundo, porque ella es as, muy bocona... Pero entre dos afrentas, prefiero que le haya dado por pregonar la verdad, pues as no har catlogos la gente, ni tendr nadie que decir si el chico es o no es.... De todo esto se deduca que aquella pcara haba trado una maldicin a la casa; ella tena la culpa de la demencia de Maxi. Bien lo vaticin doa Lupe: mucha mujer para tan poco hombre. Naturalmente, el pobre chico tena que morirse o perder la cabeza. Lo que haba que desear ya era que la prjima se perdiese completamente de vista; que entre la familia y ella mediasen abismos infranqueables; que pudiera decir doa Lupe a los amigos: esa mujer se ha muerto para m. La sombra de Juregui pareca venir en ayuda de las determinaciones de su ilustre viuda, porque a esta le faltaba poco para ver a su marido salirse de aquel cuadro en que retratado estaba, tomar vida y voz para decirle: Si no arrojas de tu casa a esa pjara, me voy yo, me borro de este lienzo en que estoy, y no me vuelves a ver ms. O ella o yo. Y cuando la pjara repiti que se marchaba, doa Lupe no pudo menos de decirle con acritud: Pero qu haces que no has echado ya a correr?... Francamente, me pasma que tengas pachorra para estar aqu todava. Otra de ms frescura no habr. Llevndola a su gabinete le habl de la entrega de las cantidades que en su poder tena. Fortunata dijo con mucha calma y frialdad que no se llevaba el dinero y que slo tomara los rditos. Cmo voy a colocarlo yo? Tngalo usted; yo guardo el recibo y vendr todos los trimestres a recoger el premio. Doa Lupe abri tanta boca, que por poco se le entra una mosca en ella. Su primer impulso fue negarse a ser administradora y apoderada de semejante persona; pero tal prueba de confianza la anonadaba. Insisti en dar el dinero; insisti ms la otra en dejarlo en manos que tan bien lo saban aumentar, y as qued el asunto. _La de los Pavos_ tema que entre ella y su sobrina quedase aquella relacin, aquel cable telegrfico, por donde vinieran a comunicarse la honradez ms pura y la inmoralidad. Conservar el dinero era sostener una especie de parentesco... Oh!, no, esto pareca como transaccin con la afrenta. Pero al propio tiempo, entregar los santos cuartos a su duea era lo mismo que tirarlos a la calle. Sus amantes se los gastaran en un decir Jess... y era lstima que tan bonito capital se destruyese. Mucho se disput sobre esto, haciendo ambas alardes de delicadeza; pero, al fin, el dinero qued en poder de doa Lupe. Ascenda la suma a treinta mil reales, los veinte mil dados por Feijoo, y diez mil y pico que haban producido desde aquella fecha, colocados por Torquemada en prstamos a militares. Precisamente en los das ltimos del ao, cuando ocurri lo que ahora se cuenta, casi toda la suma estaba sin colocar, y la tena la seora en su cmoda, esperando una _proporcin_, que D. Francisco tena en tratos con un seor comandante. La suma que posea Fortunata en acciones del Banco, se conservaba en esta misma forma, porque as lo haba dispuesto D. Evaristo. Guardaba la ta de Maxi el extracto de la inscripcin en un hueco de su vargueo, y no se sacaba sino al fin de los semestres, para ir al Banco a cobrar el dividendo. Sobre esta clase de valores no hubo disputa entre las dos mujeres, porque desde luego pens Fortunata llevrselos, y la otra no gustaba de conservar fondos de que no poda disponer para sus ingeniosas combinaciones financieras. La custodia de la inscripcin le molestaba y la pona tan en cuidado sin ningn beneficio, que no sinti verla salir de su casa. Los treinta mil reales quedaron bien agasajaditos en un rincn de la cmoda. Eran para doa Lupe como un hijo adoptivo a quien quera como a los hijos propios. --vi-- La evasin (pues as debe llamrsela) de su mujer, no fue notada por Maxi en los primeros das. Pero cuando se hizo cargo de ella, manifest una inquietud que puso a la pobre doa Lupe en mayor aburrimiento del que tena. Pens seriamente en llevar a su infeliz sobrino a un manicomio. Mucha pena le daba separarse de l, entregndole a la asistencia de gentes mercenarias; pero no haba otro remedio. Para tratar de esto y acordar lo ms conveniente, llam a Juan Pablo, que a la sazn haba pasado de Penales a Sanidad, y podra tal vez poner a su hermano en Legans, en un departamento de distinguidos, con pago de media pensin o quizs sin pagar un cuarto. Entre tanto, Fortunata, al salir de la casa de su marido, y antes de dirigirse a su nueva morada, encamin sus pasos a la de D. Evaristo. Era este la primera persona a quien tena que consultar sobre la crtica situacin en que se encontraba. Referirle lo ocurrido era ya para ella un verdadero castigo de su perversidad, porque de slo pensar que lo refera, le entraba espanto. Bueno se iba a poner Feijoo, al saber que la chulita haba hecho mangas y capirotes de la doctrina prctica expuesta con tanto ardor y cario por el simptico anciano, cuando dispuso la separacin! Cunto mejor no haberse separado de aquel hombre sin igual! Ella le habra soportado en su vejez caduca, y habra sido feliz cuidndole como se cuida a un nio inocente! Al llegar a la Plaza de los Carros, y al ver la calle de Don Pedro, pens que no tendra valor para contarle a su amigo sus ltimas calaveradas. Subi temblando por la ancha escalera, que estaba aquel da alfombrada y con muchos tiestos, porque la noche antes se haba celebrado en la legacin, con gran comistraje y mucha fiesta, el aniversario del Emperador. As se lo dijo doa Paca a Fortunata, cuando esta le pregunt por su amo. Anoche ha estado muy inquieto, porque hemos tenido convite y recepcin en el principal y los coches no cesaron de alborotar en la calle hasta la madrugada. Esta casa es ordinariamente muy silenciosa; pero cuando hay ruido, parece que se hunde el mundo. Figrese usted qu nos importar a nosotros que cumpla no s cuntos aos ese seor Emperador, a quien parta un rayo! Valiente jaqueca nos dio anoche!... Pase usted. Hoy le encontrar un poco aturdido a consecuencia de la mala noche. Don Evaristo se hallaba ya en lastimoso estado. Las piernas las tena casi completamente paralizadas, y sala a paseo en un cochecillo o silln de ruedas, que empujaba su criado. Iba a las Vistillas a tomar el sol, y a veces se extenda hasta la Plaza de Oriente por el Viaducto. Al centro de la Villa no vena nunca, y para las relaciones y amistades que en las partes ms animadas de Madrid tena, aquella existencia paraltica y con tantos achaques, aquella vida circunscrita al barrio extremo, eran como una muerte anticipada, pues del verdadero Feijoo, tal como le conocimos, no quedaba ya ms que una sombra. Estaba completamente sordo, teniendo que auxiliarse de una trompetilla para recoger algunos sonidos; su inteligencia sufra eclipses, y la memoria se le perda en ocasiones casi por completo, quedndose en la tristeza del instante presente, sin ayer, sin historia, como si cayera de una nube en mitad de la vida, a la manera de un blido. Sus distracciones eran ya puramente pueriles. Se pasaba las horas muertas haciendo el juego del _bilboquet_, o bien entretenido en enredar con los muchos gatos que haba en la casa. Todas las cras de la hermosa _menina_ de doa Paca se conservaban, al menos mientras les duraba el donaire de la infancia gatesca. Sentado al sol junto al balcn en su silln muy cmodo, Feijoo arrojaba a sus graciosos amigos una pelota atada con un hilo, y se diverta con las monsimas cabriolas y morisquetas que hacan los pequeuelos. Otras veces les tiraba la pelota a lo largo de la enorme estancia, o ataba al hilo un pedazo de trapo, recogindolo como recoge el pescador su aparejo, para verlos correr tras l. Cuando entr Fortunata, el juego del hilo y de la pelota estaba suspendido, por ley de variedad, y D. Evaristo tena en la mano su _bilboquet_, saltando la bola, y acertando muy raras veces a clavarla en el palo. Dos o tres gatitos blancos con manchas grises enredaban sobre el buen seor. Uno se le suba por la manta que le envolva las piernas; otro estaba en su regazo sentado sobre los cuartos traseros, refregndose las patas con la lengua y el hocico con la pata; y un tercero se le haba subido a un hombro y all segua con vivaracha atencin los brincos de la bola del _bilboquet_, marcndolos con la pata en el aire. Lo que l quera era meterte mano a la bola aquella tan bonita. Al ver entrar a su amiga, el invlido puso una cara muy risuea. Todos los sentimientos los expresaba ya riendo. La mand sentar a su lado, y aun quiso seguir en su solaz inocente; pero tuvo que suspenderlo para coger la trompetilla. Fortunata cogi en sus manos uno de los gatitos para acariciarlo. Qu hay?--dijo D. Evaristo mirndola de un modo que pareca indicar agradecimiento de las caricias que al micho haca--. Ah!, ese es el ms tunante de todos... Sabe ms...!, y tiene ms picardas! Conque a ver, chulita, qu hay?. Fortunata no saba cmo empezar. Contraribala mucho tener que decir las cosas a gritos, y tema que se enterasen los criados, la vecindad y hasta el embajador con toda su gente extranjera. Y cmo se poda contar una cosa tan delicada dando berridos, al modo que cantan los serenos las horas, o como los pregones de las calles? Algo dijo que llev al nimo de don Evaristo el convencimiento de que su chulita se vea en un mal paso. De repente solt mi hombre la risa infantil y babosa, diciendo: Apostamos a que ha habido algn _rasgo_? Precisamente lo que ms prohib, los dichosos _rasgos_, que siempre traen alguna desgracia. La consternada joven no poda asegurar que sus ltimas diabluras mereciesen la denominacin y categora de _rasgos_; pero indudablemente eran una cosa muy mala. Sobre todo no haba hecho maldito caso de las sabias recetas de vida social que le diera su amigo. Para hacerle comprender mejor que con largas explicaciones algo de lo que ocurra, sac la inscripcin, que llevaba dentro de un sobre y este envuelto en un papel. Qu es eso, la inscripcin?--dijo el anciano rindose ms--Pues qu... ji ji ji... ha habido rompimiento con ese bendito?.... Y se puso la trompetilla en la oreja para coger con ella la respuesta. --Completamente ido de la cabeza... manicomio. --Que no come!--Al manicomio... que le van a poner en Legans... --Ah! Y doa Lupe? --Ella y yo... Fortunata hizo con sus dos dedos ndices un signo muy expresivo, ponindolos punta con punta. --Habis reido... ji ji ji... Qu cosas! Doa Lupe muy lagarta... El gatito que se haba subido en el hombro del seor, estaba muy preocupado con la trompetilla. Ignoraba sin duda lo que era aquello, y quera saberlo a todo trance, porque alargaba la pata como para hacer un reconocimiento de tan misterioso objeto. La curiosidad del animalito interrumpa la audicin, que era ya bastante penosa. Feijoo tom la inscripcin diciendo: Pero qu ocurre?... doa Lupe...?, ji ji ji... Todava sostendr que yo le hice el amor. No hay quien se lo quite de la cabeza. Y todo porque me sola parar en la esquina de la calle de Tintoreros, esperando a la mujer de Inza, ji ji ji... el de la tienda de mantas. Despus de esta brillante rfaga de memoria, la preciosa facultad se eclips por completo, y el ayer se borr absolutamente del espritu del buen caballero. Miraba a su chulita con estupidez y cierta expresin de duda o sorpresa. Fortunata segua pegando gritos; pero l no se enteraba; lo poco que oa era como si oyese el ruido del viento: no le sacaba sentido. Cansada de intiles esfuerzos, la joven se call, mirando a su amigo con hondsima pena. Y mirndola l tambin, de repente volvi a su risa pueril, motivada por las cosquillas que en el cuello le haca el gatito... Si es un granuja este... si no me deja vivir. Fortunata daba suspiros, sin que el anciano se enterase de esta expresiva manifestacin de disgusto, y al fin, ella, comprendiendo que era intil esperar de aquella ruina apuntalada un consuelo y un consejo, decidi retirarse. Al darle un carioso abrazo, el anciano pareci volver en s, recobrando su acuerdo, y se le refresc la memoria. Chulita, no te vayas--le dijo, dndole un palmetazo en el muslo--. Ah... qu tiempos aquellos! Te acuerdas? Qu das tan felices! Lstima que yo no hubiera tenido veinte aos menos. Entonces s que habramos sido dichosos. Ella deca que s con la cabeza. Luego D. Evaristo pareci instantneamente asaltado por una idea que le inquietaba. Despus de meditar un instante, aprovechando aquella rfaga de inteligencia que cruzaba por su cerebro, cogi el sobre que contena la inscripcin, y devolvindoselo, le dijo: No dejes esto aqu. Puedo morirme de un momento a otro, y tu dinero corre peligro de extraviarse. Es mejor que lo guardes t. No tengas cuidado. Las acciones son nominativas, y nadie ms que t puede disponer de su importe. Y como si el despejo de su inteligencia no hubiera tenido ms objeto que permitirle aquella importante advertencia, en cuanto la hizo, la nube invadi otra vez toda la caja del cerebro, volvi a la risa infantil, y a preocuparse ms de que la bola del _bilboquet_ se pinchase en el palito que de todo lo que a su desgraciada amiga pudiera referirse. Sali, pues, Fortunata de la triste visita con la impresin de haber perdido para siempre aquel grande y til amigo, el hombre mejor que ella tratara en su vida y seguramente tambin el ms prctico, el ms sabio y el que mejores consejos daba. Verdad que ella hizo tanto caso de estos consejos como de las coplas de Calanos; pero no dejaba de conocer que eran excelentes, y que debi al pie de la letra seguirlos. --vii-- De aquel anciano chocho y que ms bien pareca un nio, no poda la esposa de Rubn esperar ya ninguna proteccin ni amparo moral. Slo en muy contados momentos lcidos se revelaba en l un recuerdo vago de lo que haba sido. Le llor por muerto con verdadera efusin de hija desconsolada, y se aterraba de la orfandad en que iba a quedar cuando ms necesitaba de una persona sesuda y discreta que la dirigiera. La impresin de vaco y soledad que sac de la casa, ponala en grandsima tristeza. En la Cava Baja pas por junto a un pianito que tocaba aires de pera con ritmo picante y amoroso. Esta msica le llegaba al alma. Parose un rato a orla, y se le saltaron las lgrimas. Lo que senta era como si su espritu se asomara al brocal de la cisterna en que estaba encerrado, y desde all divisara regiones desconocidas. La msica aquella le retozaba en la epidermis, hacindola estremecer con un sentimiento indefinible que no poda expresarse sino llorando. Yo debo de ser muy bruta--pens, alejndose--, porque me gusta ms esta msica de los pianitos de la calle que la pieza que toca Olimpia, y que dicen que es cosa tan buena. A m me parece que, cuando la oigo, me aporrean los odos con la mano del almirez. Haba resuelto Fortunata, de acuerdo con su ta Segunda, albergarse en la casa de esta, que viva otra vez en la Cava. All se encamin desde la calle de Don Pedro, y antes de entrar en el portal de la pollera, el mismo portal y el mismo edificio donde tuvo principio la historia de sus desdichas, una vecina le dijo que Segunda estaba en el puesto de la plazuela, comiendo con unas amigas. Fuese all, y vio a su ta con otras dos tarascas junto a una mesilla, comiendo un guiso de cordero en platos de Talavera. Jarro de vino y botijo de agua completaban el servicio. Las tres damas estaban con los moos al aire, hablando a un tiempo en alta voz, con ese desparpajo y esa independencia de modales que caracterizan a los vendedores ambulantes que viven siempre al aire libre, y tienen la voz hecha a la gritera de los pregones. Segunda Izquierdo era una mujer corpulenta y con la cara arrebatada, el pelo entrecano. Se pareca bastante a su hermano Jos; pero no conservaba tan bien como este la hermosura de aquella _raza de gente guapa_, porque las miserias, las enfermedades y la vida aperreada de los ltimos aos haban hecho efectos devastadores en su cara y cuerpo. Los que trataron a Segunda en su edad de oro, apenas la conocan ya, porque su cara estaba toda llena de costurones, y en el cuello y quijada inferior llevaba unas rbricas que daban fe de otros tantos abcesos tratados quirrgicamente. El ojo derecho no estaba ya todo lo abierto que deba, a causa de una rija, y el prpado inferior del mismo haba adquirido notoria semejanza con un tomate, a consecuencia de la aplicacin de un puo cerrado, de lo que result una inflamacin que vino a parar en endurecimiento. Ni aun su hermosa dentadura conservaba Segunda, pues un ao haca que empezaban a emigrar las piezas unas tras otras. El cuerpo se iba pareciendo al de una vaca que se pusiera en dos pies. En cuanto vio venir a su sobrina, cogi de encima de la mesilla una llave enorme, que pareca la llave de un castillo, y alargndosela le dijo que subiera a la casa si quera. Las otras dos tiorras miraron a la joven con descarada curiosidad. A una de ellas la conoca Fortunata, a la otra no. Sentose un momento en una banqueta que le ofrecieron, porque estaba cansada; pero sintindose molesta por las preguntas impertinentes de las amigas de su ta, subi al cuarto que deba de ser su albergue... hasta sabe Dios cundo. Aquel barrio y los sitios aquellos ranle tan familiares, que a ojos cerrados andara por entre los cajones sin tropezar. Pues y la casa? En ella, desde el portal hasta lo ms alto de la escalera de piedra, vea pintada su infancia, con todos sus episodios y accidentes, como se ven pintados en la iglesia los Pasos de la Pasin y Muerte de Cristo. Cada peldao tena su historia, y la pollera y el cuarto entresuelo y despus el segundo tenan ese _revestimiento de una capa espiritual_ que es propio de los lugares consagrados por la religin o por la vida. Las vueltas del mundo!--deca dando las de la escalera y venciendo con fatiga los peldaos--. Quin me haba de decir que parara aqu otra vez!... Ahora es cuando conozco que, aunque poco, algo se me ha pegado el seoro. Miro todo esto con cario; pero me parece tan ordinario...! Aquellas dos tiburonas... qu tipos!, pues y mi ta?.... El cuarto que entonces tena Segunda en aquella casa era uno de los ms altos. Estaba sobre el de Estupi. No haba llegado Fortunata al segundo, cuando vio bajar a este, y le entraron ganas de saludarle. Puso l una cartula dursima al verla; pero a pesar de esto, la joven senta ganas de decirle algo. rale simptico; conoca sus apetitos _parlamentarios_, y aunque por sus amistades con los de Santa Cruz poda contarle ella en el nmero de sus enemigos, le miraba ella con buenos ojos, tenindole por hombre inofensivo y bondadoso. Aunque usted no quiera, D. Plcido, buenos das. El gran Rossini no se dign volver hacia ella su perfil de cotorra, y refunfuando algo que la nueva inquilina no pudo entender, sigui por la escalera abajo, haciendo sonar con desusado estrpito los peldaos de piedra. Fortunata vio el cuarto. Ay, Dios, qu malo era, y qu sucio y qu feo! Las puertas pareca qu tenan un dedo de mugre, el papel era todo manchas, los pisos desiguales. La cocina causaba horror. Indudablemente la joven se haba adecentado mucho y adquirido hbitos de seora, porque la vivienda aquella se le presentaba inferior a su categora, a sus hbitos y a sus gustos. Hizo propsito de lavar las puertas y aun de pintarlas, y de adecentar aquel basurero lo ms posible, sin perjuicio de buscar casa ms a la moderna, quisiera o no Segunda vivir en su compaa. El gabinetito que ella haba de ocupar tena, como la sala, una gran reja para la Plaza Mayor. Estuvo un rato ocupada en hacer mentalmente la colocacin de sus muebles, la cama, la cmoda, una mesa y dos sillas. Por cierto que todo esto tena que comprarlo, pues de la casa matrimonial no haba de sacar nada. Recorriendo el cuarto, pens que si el casero se conformaba a hacer algunas reparaciones, no quedara mal. Era menester blanquear la cocina, tapar con yeso algunos agujeros y enormes grietas que por todas partes haba, empapelar el gabinete, que iba a ser su alcoba, y pintar las puertas. Ya pensaba en la jaqueca que le iba a dar al administrador, cuando se acord (su gozo en un pozo) de que el administrador era Estupi. De seguro que en cuanto le hable de obras en la casa, se va a poner hecho un tigre. Claro, me tiene tirria; pues qu es l ms que un serviln de los de Santa Cruz? Con todo, pienso decirle algo, porque en ltimo caso, con dejarle el cuarto hemos concluido. Y ahora que recuerdo, esta casa era de D. Manuel Moreno-Isla, que el ao pasado le dio la administracin a D. Plcido. Me lo cont mi ta, y D. Plcido es tan tirano, que no da una paletada de yeso aunque le fusilen. Falta saber de quin es ahora la casa... La habr heredado doa Guillermina?.... Quedose meditando en que su destino no le permita salir de aquel crculo de personas que en los ltimos tiempos la haba rodeado. Era como una red que la envolva, y como pensara escabullirse por algn lado, se encontraba otra vez cogida. No; habrn heredado la casa los seores de Ruiz Ochoa, o la mujer de Zalamero... Y despus de todo, a m qu me importa que herede la finca Juan o Pedro? Yo no la he de heredar. Si tuviera agua en abundancia, se pondra al instante a lavar toda la casa; pero desde el siguiente empezara. Vio que la reja daba a un balconcillo o terraza, y al punto determin poner all todos los tiestos de flores que cupiesen. La vista del cuadriltero de la plaza era bonita, despejada y alegre. El jardn luca muy bien desde arriba, con sus dos fuentecillas y el caballo panzudo, del que Fortunata vea los cuartos traseros, como los de un cebn, y el Rey aquel encima, con su canuto en la mano. Acercbase Navidad, y ya estaban preparando los puestos de Noche--Buena. Distingui tambin a su ta y a las otras dos matronas que, ayudadas de un jayn, estaban claveteando tablas y armando un toldo. Poco despus, mirando para la acera de la Casa-Panadera, alcanz a ver a Juan Pablo, sentado en uno de los puestos de limpia-botas, y leyendo un peridico mientras le daba lustre al calzado. Despus le vio pasar a la acera de enfrente y seguir hasta el rincn de la escalerilla, como si fuese al caf de Gallo. --viii-- Como antes se ha dicho, a los pocos das de la desaparicin de su mujer, Maxi empez a echarla de menos, mostrndose receloso, y apeteciendo su compaa con cierta mimosidad impertinente que pona furiosa a doa Lupe. Juan Pablo y ella disertaron largamente sobre lo que se deba hacer, y por fin el primognito dijo que intentara aplicar a su hermano un buen sistema teraputico, antes de recurrir al extremo de encerrarle en un manicomio. No se haban probado las duchas, ni el sacarle de paseo al campo, ni el bromuro de sodio, que estaba dando tan buen resultado contra la peri-encefalitis difusa y contra la meningo-encefalitis, etc... y sigui echando trminos de medicina por aquella boca, pues entonces le daba por leer libros de esta ciencia, y con una idea tomada de aqu y otra de all haca unos pistos que eran lo que haba que ver. Dicho y hecho. Todas las maanas iba Juan Pablo a buscar a su hermano, y unas veces engaado, otras casi a la fuerza, le llevaba a San Felipe Neri, y all le arreaba una ducha escocesa capaz de resucitar a un muerto. Algunas tardes sacbale a paseo por las afueras, procurando entretener su imaginacin con ideas y relatos placenteros, absolutamente contrarios al frrago de disparates que el infeliz chico haba tenido ltimamente en su cerebro. A los quince das de este enrgico tratamiento, mejor visiblemente, y su hermano y mdico estaba muy satisfecho. Ms de una vez se expres Maxi durante el paseo como la persona ms razonable. De su mujer no hablaba nunca; pero como saltase en la conversacin algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella, se le vea caer en sombras meditaciones y en un mutismo ttrico del cual Juan Pablo, con todas su retricas, no le poda sacar. Una maana, al salir de la ducha, y cuando el enfermo pareca entonado por la reaccin, gil y con la cabeza muy despejada, se par en la calle, y cogiendo suavemente las solapas del gabn de su hermano, le dijo: Pero vamos a una cosa. Por qu ni t, ni mi ta, ni nadie queris decirme dnde est mi mujer? Qu ha sido de ella? Tened franqueza, y no hagis ms misterios conmigo... Es que se ha muerto, y no me lo queris decir? Temis que la noticia me altere?. Juan Pablo no supo qu contestarle. Viendo en la cara y en los ojos de su hermano seales de nerviosa inquietud, trat de desviar la conversacin. Pero el otro se aferraba a ella repitiendo sus preguntas y parndose a cada instante. Pues mira--le respondi al fin haciendo un gesto campechano--. Hazte cuenta que se ha muerto... porque lo que yo te digo... A ti qu ms te da que viva o muera? Para qu quieres t mujer? Las mujeres no sirven ms que para dar disgustos, chico. Ve aqu por lo que yo no he querido casarme nunca. --Muerta!--dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en los ojos--. Muerta!... De modo que yo me puedo volver a casar. Al decir esto, se insubordinaba; no quera ir por la acera, sino por el empedrado, dando manotadas y tropezando con algunos transentes. Juan Pablo le meti en un coche para llevarle a su casa. Enterada la ta, apoy la misma idea respecto a Fortunata, dicindole: Hijo, todos nos tenemos que morir. No te asombres de que le haya tocado a ella la china antes que a ti. Si Dios se la ha querido llevar, qu quieres que hagamos?, conformarnos, mandar decirle sus misas correspondientes... y yo te aseguro que ya lleva dichas ms de cuatro, y consolarnos poco a poco, como podamos. Desde que ocurri esto, la mejora iniciada con el nuevo tratamiento pareci desmentirse. El enfermo no alborotaba; pero volvi a chapuzarse en hondsimas abstracciones. Sin duda en su cerebro haba aparecido una nueva idea, o reproducdose alguna de las antiguas, que ya se tenan por abandonadas o dispersas. Durante muchos das no nombr a su mujer, hasta que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se par y le dijo: Me quieres hacer creer que se ha muerto?... Qu tontera! En ese caso, por qu no nos vestimos de luto?. --Qu atrasado de noticias ests! No sabes que hay ahora una ley prohibiendo el luto? --Una ley prohibiendo el luto! Si creers que a m me comulgas con ruedas de molino. Mira, chico, aunque parece que estoy trastornado, veo ms claro que todos vosotros. Y no se habl ms del asunto. Conviene apuntar, antes de pasar adelante, que aquella abnegacin de Juan Pablo y el asiduo inters que por la salud de su hermano mostraba, seran absolutamente inexplicables, dado el egosmo del seor de Rubn, si no se acudiera, para encontrar la causa, a ciertas ideas relacionadas con la economa poltica o la ciencia que llaman financiera. Tiempo haca que Juan Pablo tena un proyecto de conversin de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo xito necesitaba el concurso de la casa Rostchild, por otro nombre, su ta. Respecto a la necesidad del emprstito, no caba la menor duda; era cuestin de vida o muerte. Lo que restaba era que doa Lupe se prestase a hacerlo, pues la garanta moral de una de las entidades contratantes no era ni con mucho tan slida como la de Inglaterra o Francia. Empez, pues, el primognito de Rubn por prestarle en aquel delicado asunto de la enfermedad de Maxi la oficiosa ayuda que se ha visto. Iba de continuo a la casa, y en todo cuanto hablaba con su ta, era de la opinin de esta, ya fuese de Poltica, ya de Hacienda lo que se tratara. Hizo entusiastas elogios del Sr. de Torquemada; explan acaloradamente la necesidad de arreglar sus propios asuntos, con aquello de _ao nuevo vida nueva_, estableciendo en sus gastos un orden tan escrupuloso, que no hara ms el primer lord de la Tesorera inglesa. Cuando hallaba ocasin, echaba una puntadita; pero doa Lupe tena ms conchas que un galpago, y se haca la tonta... pero tan tonta que habra que pegarle. Apretado por el crecimiento aterrador de su deuda flotante, el filsofo desplegaba un tesn y constancia ms que fraternales en el cuidado de Maxi. En Enero del 76, haba conseguido domarle hasta el punto de que le llevaba consigo a la oficina, tenale all ocupado en ordenar papeles o en tomar algn apunte, y por las noches sola llevarle a la tertulia del caf, donde estaba el pobre chico como en misa, oyendo atentamente lo que se deca, y sin desplegar sus labios. Rara vez sacaba de su cabeza aquel viejo y maldecido tema de la _liberacin voluntaria_ y de _la muerte de la bestia carcelera_; pero una noche que estaban solos en el caf, lo sac, como se trae del desvn un trasto viejo y se le limpia el polvo, a ver si lo ha deteriorado el tiempo o lo han rodo los ratones. Con gran serenidad, Juan Pablo, oficiando de maestro de filosofa, dijo lo siguiente: Mira, el dogma de la _solidaridad de sustancia_ ha sido declarado cursi por todos los sabios de la poca, congregados en un concilio ecumnico, que acaba de celebrarse en... Basilea. Las conclusiones son tremendas. Como no lees la prensa, no te enteras. Pues se ha decretado que son mamarrachos netos todos los individuos que creen en la _liberacin por el desprendimiento_, y en que se debe dar _la morcilla a la bestia_. A los que sostienen la hereja filosfica de que va a venir un nuevo Mesas, encarnndose en una buena moza, etc., etc..., se les declara memos de capirote y se les condena a comer virutas. --Mira, t--dijo Maximiliano con el acento ms grave del mundo y como quien hace una confidencia importante--. Eso del Mesas, ac para entre los dos, no lo he credo yo nunca, ni era dogma ni cosa que lo valga. Lo dije porque tuve un sueo, y al despertar se me qued parte de l en la cabeza, y me andaba aqu dentro como un cascabel. Lo que hay es que me haba entrado en aquellos das una idea de lo ms estrafalario que te puedas imaginar, una idea que deba de ser criada aqu en el seno cerebral donde fermenta eso que llaman celos. Qu creers que era? Pues que mi mujer me faltaba y estaba en cinta. Ves qu disparate? --Ave Mara Pursima, qu barbaridad! --Senta en m, detrs de aquella idea, una calentura de celos que me abrasaba. Para averiguar si era fundada aquella pcara idea, fui y qu hice? Pues saqu la cancamurria del Mesas que iba a venir, dicindole que ella lo tena en su seno y que el pap era el _Pensamiento Puro_... En fin, que con esta farsa pensaba yo arrancarle la confesin de lo que se me haba metido entre ceja y ceja. Qu result? Nada, porque aquella noche me puse muy enfermo; pero despus he comprendido mi desatino, he visto claro, muy claro, y... Dios la perdone. Empez a tomar su caf, y en tanto Juan Pablo se deca con tristeza: Pero qu malo est esta noche! Dios, qu malo!. Maxi repiti hasta seis veces el _Dios la perdone_, y cuando entraron Leopoldo Montes y otro amigo, se call. A la hora y media de tertulia, dio en celebrar con extrema hilaridad los donaires que Montes contaba. Despus tom parte en la conversacin, expresndose con tanta serenidad y con juicios tan acertados, que se maravillaban de orle todos los presentes. Juan Pablo discurra as: Pues no est tan _guillati_ como pens, y lo que dijo antes revela ms bien talento agudsimo. Por vida de la santsima ua del diablo! Si consigo yo ponerte bueno, mi querida ta, _alias_ la baronesa de Rothschild, no tendr ms remedio que hincar la jeta y darme lo que necesito. -IV- Vida nueva --i-- El 4 del mes de Enero, Fortunata sinti un campanillazo y sali a abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro con agujeros (estilo primitivo). Era Estupi, que miraba a los tales agujeritos del modo ms autoritario. Abri la joven, y el gran Plcido, con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano el bastn cuyo puo era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de Sevilla los seoritos de Santa Cruz), alarg con la otra un papel que tena un sello. El recibo del mes dijo en tono de dspota asitico que dicta una orden de pena de muerte. --Pase, D. Plcido (sonriendo con gracia). Tengo que hablarle. --Yo no paso. Vengan los cuartos. No tengo ganas de conversacin. Decir aquel hombre que no tena ganas de conversacin era como si el mar dijese que no tiene agua! Pero el tesn poda en l ms que el liviano apetito. Jess, qu mal genio ha echado este hombre! Si le voy a dar la _guita_. No tendr usted mejores inquilinas que nosotras. --S... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda. No... Yo no paso; no sea majadera. --Quiero que vea usted cmo est la casa, para que se convenza de que aqu no pueden vivir cristianos. --Pues mudarse.--Pero, hijo, qu _tiranstico_ se ha vuelto! No he visto casero ms malo... Pero ni siquiera me blanquear la cocina, que parece una carbonera? Y hay cada agujero!... Yo no puedo vivir entre tanta suciedad. Sabe lo que le digo? Que si no quiere usted hacer las obras, las har yo por mi cuenta... vaya! --Eso es otra cosa. Siempre que sea bajo mi vigilancia y... --Pase, pase y ver... Al fin Plcido se dign entrar por el pasillo adelante. Fue a la cocina, ech un vistazo a la alcoba interior que estaba llena de grietas... No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino, porque sera el cuento de nunca acabar. Maana, si a mano viene, se mudan ustedes, y el que tome el cuarto, como vea la cal fresca, pide ms obras. No podemos. El mes pasado me gast ms de veinte mil reales en reparaciones. Conque, despcheme, que tengo prisa. --Pero se ha vuelto usted cohete? Sintese un momento. Dgame una cosa... --No tengo que decir cosas. Que me voy... --Ay qu plvora de hombre! Mire que as va a vivir poco. --Mejor. Bastante he vivido ya.--Sintese. En seguidita le doy el dinero. Pero dgame una cosa que quiero saber. De quin es ahora esta casa? --Eso a usted no le importa. Cree que estoy yo para perder el tiempo? La casa es de su amo. Le repito que no tengo ganas de conversacin. Es que quiere usted comprar la finca? Vamos; al avo... Ya sabe que soy hombre de pocas palabras. --De pocas?, digo... pues si lo fuera de muchas...! Si usted el da que naci estaba charlando por siete. Dgame... de quin es la casa? --De su amo. Conque... Bastante hemos hablado... y finalmente: la finca es magnfica; est tasada en treinta y cinco mil duros. Slo el pedernal de los cimientos y la berroquea de la escalera valen un dineral. Pues y las paredes? El otro da, al abrir un hueco, los albailes no le podan meter el pico, Nada, que _talmente_ se rompen las herramientas en este ladrillo recocho que parece un diamante... Pues para concluir... no tengo ganas de conversacin. Cuando se abri el testamento del seor D. Manuel Moreno-Isla, que en gloria est, testamento hecho tres aos ha, se encontr que dejaba esta casa y el solar de la calle de Relatores a doa Guillermina Pacheco, su ta... La seora ha hipotecado ambas fincas para acabar el asilo, y por eso ver usted que este va echando chispas. Lo acabarn este ao... Conque... Extendi la mano, y con la otra mostraba el bastn, como si fuera un bastn de autoridad. Doa Guillermina mi casera!--dijo Fortunata, pensativa, entregando el dinero--. Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras. Es amiga ma. --Qu ha de ser amiga de usted... qu ha de ser!--replic Estupi con sarcasmo--. Y si quiere usted verla furiosa, hblele de obras que no sean las del asilo. Adis; que haya salud... Ah!, me olvidaba: cuidado con los tiestos de la ventana. Como yo vea rezumos de agua, la echo a usted; cuente que la echo... Mara Santsima, y cunta planta tiene usted aqu! Es un jardn... Me parece mucho peso... Qu vistas tan hermosas! Mal ao ha sido este para los puestos de Navidad. Estn los pobres vendedores que trinan. Ya se ve... con tanta agua... Y hoy me parece que tenemos nieve. En toda mi vida no he visto un invierno tan fro como este. Sabe usted que se muri el sordo, el del puesto de carne? Anoche... de repente. Yo le vi tan bueno y tan sano anteayer, y... qu vida esta!... En fin, voy a ver si les saco algo a los del segundo de la izquierda. Me deben cinco meses. Ay qu gente! Si la seora me dejara, ya les habra puesto los trastos en la calle; pero mi ama es as, no quiere desahucios.--Por Dios Plcido, no les eches... los pobrecitos ya pagarn; es que no pueden.--Pero seora, con que me dieran lo que gastan en aguardiente y lo que se dejan en la pastelera de Botn.... Total, que con caseras como la ma, estos bribones de inquilinos estn como quieren. Tanto charl aquel hombre, que Fortunata, despus de haberle rogado para que entrara, le tuvo que echar con buen modo: Pero don Plcido, mire que se le va a hacer tarde.... --Ah!, s... la culpa la tiene usted que es lo ms habladora...! Abur, abur... Fortunata no sala nunca a la calle. Ella misma se arreglaba su comida, y Segunda, que tena puesto en la plazuela, le traa la compra. En los das que siguieron a la primera visita del administrador de la casa, no pudo la prjima apartar de su pensamiento a la que por tan breve espacio de tiempo fue su amiga. Quin le haba de decir a ella y quin me haba de decir que vivira en su casa! Qu vueltas da el mundo! En aquellos das, ni a m se me pasaba por la cabeza venirme aqu, ni esta casa era tampoco de ella. Y cuando don Plcido le cuente que soy su inquilina, qu dir? Se pondr furiosa y querr echarme a la calle? Tal vez no, tal vez no.... Cuando esta idea u otra semejante le refrescaba el recuerdo de la inaudita escena y altercado en el gabinete de la santa, senta la pobre mujer que la conciencia se le alborotaba, y no poda aplacarla ni aun arguyndose que _la otra la haba provocado_. Me cegu, no supe lo que hice. De veras digo que si tuviera ocasin, le habra de decir a doa Guillermina que me perdonara. La soledad en que viva, favoreciendo en ella esta resurreccin mental de lo pasado, inspirbale juicios muy claros de sus acciones y sentimientos. Todo lo vea entonces transparentado por la luz de la razn, a la distancia que permite apreciar bien el tamao y forma de los objetos, as como la paz del claustro permite a los fugitivos del mundo ver los errores y maldades que cometieron en l. Y a Jacinta, le pedira yo perdn? se preguntaba sin acertar con la respuesta. Tan pronto se le ocurra que s como que no. La Delfina la haba ofendido y ultrajado, cuando ella no haca ms que contarle a la santa sus penas y el conflicto en que estaba. Por fin, a fuerza de meditar en ello, amasando sus ideas con la tristeza que destilaba su alma, empez a prevalecer la afirmativa. Cierto que deba pedirle perdn por el intento que tuvo de araarle la cara, qu barbaridad!, y por las palabras que se dej decir. Mas para que esta idea triunfase por completo, faltaba aclarar el siguiente punto: Haba faltado Jacinta con el seor de Moreno? Porque si haba faltado, all se iba la una con la otra, y tan buena era Juana como Petra. Nunca pudo la seora de Rubn llegar en sus cavilaciones a una solucin terminante en este punto oscursimo. Ya afirmaba la culpabilidad de _la mona del Padre Eterno_, ya la negaba. Dara yo cualquier cosa--exclamaba invocando al Cielo--, por saber esa verdad que ahora no saben ms que Dios y ella, pues el tercero que la saba se ha muerto. Lo sabr tambin el confesor de Jacinta, si es que lo ha confesado. Pero nadie ms, nadie ms. Pues no s qu dara yo por salir de la duda. Esta curiosidad me quema la sangre... Flojilla diferencia va de una cosa a otra... Si pec, todo vara en m, y no me rebajo yo a pedirle perdn; pero si no falt... ay!, la dichosa _mona_ me tiene debajo de su pie como tiene San Miguel al diablo. De aqu pasaba a otro eslabn de ideas: Y ahora estamos las dos de un color. A ninguna de las dos nos quiere. Estamos lucidas... Ambas nos podramos consolar... porque en mi terreno, yo soy tambin virtuosa, quiere decirse que yo no le he faltado con nadie; y si ella se hace cargo de esto, bien podra venir a m, y entre las dos buscaramos a la pindongona que nos le entretiene ahora, y la pondramos que no habra por donde cogerla... Vamos a ver, por qu Jacinta y yo, ahora que estamos iguales, no habamos de tratarnos? Por ms que digan, yo me he afinado algo. Cuando pongo cuidado digo muy pocos disparates. Como no se me suba la mostaza a la nariz, no suelto ninguna palabra fea. Las seoras Micaelas me desbastaron, y mi marido y doa Lupe me pasaron la piedra pmez, sacndome un poco de lustre. Por qu no nos habamos de tratar, olvidando aquellas bromas que nos dijimos?... Esto en el caso de que sea honrada, porque si no, no me rebajo. Cada una tiene su aquel de honradez. Pasaba sin pensarlo a otro eslabn. Pero ella no querr... Tiene mucho orgullo y mucho tup, mayormente ahora que se la comer la envidia. Ah!, que no me venga ahora hablando de sus derechos... Qu derechos ni qu pamplinas? Esto que yo tengo aqu _entre m_, no es humo, no. Qu contenta estoy!... El da en que _esa_ lo sepa, va a rabiar tanto, que se va a morir del berrinchn. Dir que es mujer legtima... Humo! Todo queda reducido a unos cuantos latines que le ech el cura, y a la ceremonia, que no vale nada... Esto que yo tengo, seora ma, es algo ms que latines; fastdiese usted... Los curas y los abogados, mala peste cargue con ellos!, dirn que esto no vale... Yo digo que s vale; es mi idea. Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la boca. Y su conviccin era tan profunda, que de ella tomaba fuerza para soportar aquella vida solitaria y tristsima. --ii-- Una maana, al levantarse, vio que haba cado durante la noche una gran nevada. El espectculo que ofreca la plaza era precioso; los techos enteramente blancos; todas las lneas horizontales de la arquitectura y el herraje de los balcones perfilados con pursimas lneas de nieve; los rboles ostentando cuajarones que parecan de algodn, y el Rey Felipe III con pelliza de armio y gorro de dormir. Despus de arreglarse volvi a mirar la plaza, entretenida en ver cmo se deshaca el mgico encanto de la nieve; cmo se abran surcos en la blancura de los techos; cmo se sacudan los pinos su desusada vestimenta; cmo, en fin, en el cuerpo del Rey y en el del caballo, se deslean los copos y chorreaba la humedad por el bronce abajo. El suelo, a la maana tan puro y albo, era ya al medioda charca cenagosa, en la cual chapoteaban los barrenderos y mangueros municipales, disolviendo la nieve con los chorros de agua y revolvindola con el fango para echarlo todo a la alcantarilla. Divertido era este espectculo, sobre todo cuando restallaban los airosos surtidores de las mangas de riego, y los chicos se lanzaban a la faena, armados con tremendas escobas. Miraba esto Fortunata, cuando de repente... ay, Dios mo!, vio a su marido; era l, Maximiliano, que entraba en la plaza por el arco del 7 de Julio, y tuvo que retroceder saltando ms que de prisa, porque el chorro de agua le cort el paso. Instintivamente se quit la joven de su ventana; pero despus se volvi a asomar, dicindose: Si aqu no puede verme... Lo que menos piensa l es que est tan cerca de m... Vamos; da la vuelta... Se ha metido por los soportales. Sin duda va al caf de Gallo a reunirse con su hermano, la otra cabeza de campanario. Pero cmo es que le dejan salir solo? Se habr puesto bueno? Estar mejor? Pobre chico!.... Y no se volvi a acordar ms de l hasta la noche, cuando estaba acostada, sola en la casa, pues su ta no haba entrado an. Es una barbaridad que le dejen salir solo a la calle. El mejor da hace cualquier desavo y da un disgusto... Pues ahora que le he visto suelto, voy a tener miedo, y me pondr a discurrir si se meter aqu el mejor da... La suerte es que no sabr dnde estoy; buen cuidado tengo yo de que no lo sepa. Pero quin est segura de ningn secreto en estos tiempos? A lo mejor, cualquier chusco se lo canta y ya tenemos jaqueca para rato... Como no le d por venir a matarme!... Eso tendr que ver. Pero muy descuidada habra de cogerme, porque le deshago yo de un par de porrazos... Pero, y si entra, se esconde, me acecha, y pim!, me pega un tiro?... No; yo tengo que estar con mucho cuidado. Ni a Cristo le abro yo la puerta. Y voy a decirle a mi ta que necesito tomar una criada. Una chiquilla modosa y dispuestilla, as como Papitos, me vendra muy bien. Sola todo el da en esta jaula!... Ah!, gracias a Dios; ya siento el llavn de mi ta, que entra. Ser ella o ser alguno que le ha quitado el llavn y viene a matarme?... Ta, ta, es usted?. --Yo soy, qu se te ocurre?... --Nada; ya estoy tranquila. Es que me da mucho miedo de estar sola, y me parece que entran ladrones, asesinos y qu s yo... Ninguna noche conciliaba el sueo antes de que diera las doce el reloj de la Casa-Panadera. Oa claramente algunas campanadas; despus el sonido se apagaba alejndose, como si se balanceara en la atmsfera, para volver luego y estrellarse en los cristales de la ventana. En el estado incierto del crepsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el viento vena a la plaza a jugar con la hora. Cuando el reloj empezaba a darla, el viento la coga en sus brazos y se la llevaba lejos, muy lejos... Despus volva para ac, describiendo una onda grandsima, y retumbaba plam!, tan fuerte como si el sonoro metal estuviera dentro de la casa. El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza Mayor y se iba hasta Palacio, y an ms all, cual si fuera mostrando la hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes: Aqu tenis las doce, tan guapas. Y luego tornaba para ac, plam!... ay!, era la ltima. El viento entonces se largaba refunfuando. Otras noches se entretena la joven discurriendo que la hora de la Puerta del Sol y la hora de la Panadera se enzarzaban. Empezaba esta, y le responda la otra. De tal modo se confundan los toques, que no conociera aquella hora ni la misma noche que la invent. Las doce de ac y las doce de all eran una disputa o guirigay de campanadas. Vamos, que tambin se oye la Merced... Tantsima hora, tantsima hora, y no sabe una si son las doce o qu.... Para tener compaa y servicio, tom por criada a una nia, hija de una de las placeras amigas de Segunda. Llambase Encarnacin y pareca muy formalita. Su ama le ley la cartilla el primer da, dicindole: Mira, si algn sujeto que t no conoces, por ejemplo, un seorito flaco, de mal color, as un poco alborotado, te pregunta en la calle si vivo yo aqu, dices que no. No abras nunca la puerta a ninguna persona que no sea de casa. Llaman, miras, y vienes y me dices: 'Seorita, es un hombre o una mujer de estas y estas seas'. Conque fjate bien en lo que te mando. Tu ta te habr hecho la misma recomendacin. Si no nos obedeces, sabes lo que hacemos? Pues cogerte y mandarte a la crcel. Y no creas que te van a sacar: all te estars lo menos, lo menos, tres aos y medio. La chica cumpla estas rdenes al pie de la letra. Un domingo llamaron. Seorita, ah est un hombre con barbas largas, muy aseorado... y tiene la voz as, como _respetosa_. Mir Fortunata por los agujeros de la chapa. Era Ballester. Dile que pase. Se alegraba de verle para saber lo que ocurra en la familia, y para que le contara por qu demonios andaba suelto Maxi por esas calles. De tan gozoso, estaba turbado el bueno del farmacutico. Vena vestido con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquera, con una raya muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy lustroso. Qu deseos tena de verla a usted...! No me atreva a venir... Pero doa Lupe me ha instado tanto para que venga, que al fin... No, no, no tema que Maximiliano descubra dnde usted est. Hay mucho cuidado para que no se entere de nada. Y eso que ahora, si viera usted, ha recobrado la razn; parece que est juiciossimo; habla de todo con tino, y no hace ningn disparate. Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la conviccin de que haca gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergenza de no poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubn. Se puso muy colorada cuando Segismundo le dijo esto: Doa Lupe me ha dado un recadito para usted. Me ha encargado decirle si quiere que le avise a D. Francisco de Quevedo... Es hombre que sabe su obligacin; muy cuidadoso y muy hbil.... --No s, veremos... lo pensar... todava...--balbuci ella cortadsima, bajando los ojos. --Cmo todava? Me ha dicho doa Lupe que ser en Marzo. Estamos a 20 de Febrero. No, no se descuide usted... que a lo mejor podra verse sorprendida... Estas cosas deben prepararse con tiempo. Tomando una actitud galante, aadi: Porque yo me intereso vivamente por usted en todas las circunstancias, en todas absolutamente. Soy el mismo Segismundo de siempre y cuando usted necesite de un amigo leal y callado, acurdese de m.... Y elevando el tono casi hasta lo pattico, salt de repente con esto: No me vuelvo atrs de nada de lo que he dicho a usted en otras ocasiones. Como ella aparentase no interesarse en este giro de la conversacin, volvi Ballester a tomar el tono fraternal de esta manera. Me voy a permitir hablar a Quevedo. Debemos estar prevenidos... Le dir que venga a ver a usted... Es persona de confianza, y ya sabe l que no tiene que decir nada al amigo Rubn. Lo que tena a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el inters que mostraba hacia ella, segn le dijo el regente, la viuda de Juregui. Yo no s lo que es, amiga ma; pero _la ministra_, de unos das a esta parte me ha preguntado como unas seis veces si la haba visto a usted... 'Yo no voy--me dijo--; pero hay que mirar algo por ella, y no abandonarla como a un perro'. Por esto me decid a venir, y ahora me alegro, porque veo que usted me ha recibido, y que continuaremos siendo buenos amigos. Quedamos en que vendr Quevedo. S; preparmonos, porque estas cosas unas veces se presentan bien y otras mal. No le faltar a usted nada. Qu caramba! Hay que afrontar las situaciones, y... Oh!, qu cabeza sta! Pues no se me olvidaba lo mejor? (metindose la mano en el bolsillo). _La ministra_ me ha dado para usted este paquetito de dinero. Por fuera est escrita la cantidad: mil doscientos cincuenta y dos reales. Debe de ser lo que le corresponde a usted por rditos de algn dinero. Para concluir: siempre que se le ofrezca a usted alguna cosa, sea del orden que fuese, piensa usted un rato, y dice: 'A quin acudir yo?, pues a ese tarambana de Segismundo'. Con mandarme un recadito... Aunque yo cuidar de venir algn domingo o los ratos que tenga libres, porque ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo de muy poquito tiempo. Si pudiera, vendra maana y tarde todos los das, contando con su permiso. Pero en este pcaro mundo, se llega hasta donde se puede, y el que, impulsado por el querer, va ms all del poder, cae y se estrella. Repiti sus ofrecimientos y se fue, dejando a Fortunata la impresin de que no estaba tan sola como crea, y de que el tal Segismundo era, en medio de sus tonteras y extravagancias, un corazn generoso y leal. Mucho le extraaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a verla, y sinti que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar a este por _las Samaniegas_. Pero ya se lo preguntara cuando volviese. Con el cambio de vida y domicilio, reanud la seora de Rubn algunas relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de notar entre ellas la de Jos Izquierdo, que, empezando por ir a cenar con su hermana y sobrina algunas noches, acab, conforme a su genial parasitario, por estar all todo el tiempo que tena libre. Fortunata encontr a su to transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que nunca viera en l, suelto de palabra, curado de su loca ambicin y de aquel negro pesimismo que le haca renegar de su suerte a cada instante. El bueno de _Platn_, encontrando al fin el descanso de su vida vagabunda, se haba sentado en una piedra del camino, a la sombra de frondoso rbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le disputase el hartarse de ella. No exista por aquel entonces en Madrid un _modelo_ mejor, y los pintores se lo disputaban. Vease Izquierdo acosado, requerido; reciba esquelas y recados a toda hora, y le desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al arte. Ni haba oficio en el mundo que ms le cuadrase, porque aquello no era trabajar qu demonio!, era _retratarse_, y el que trabajaba era el pintor, poniendo en l sus cinco sentidos y mirndole como se mira a una novia. En aquellos das de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con su hermana y sobrina de las muchas obras que traa entre manos, no acababa. En tal estudio haca de _Pae Eterno_, en el momento de estar fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en Valencia. All de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aqu de un _to en pelota que le llaman_ Eneas, con su padre a _la pela_. Pero lo mejor que estamos pintando ahora... y que lo vamos sacando _de lo fino_..., es aquel paso de Hernn-Corts cuando manda dar fuego a las judas naves.... Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y la sujecin del da la compensaba con las largas expansiones de charla y copas que se daba de noche en algn caf, convidando a los amigos. A su sobrina le prestaba servicios, hacindole cuantos encargos eran compatibles con sus tareas artsticas. Sola ella enviarle con algn mensaje a casa de su costurera, o se vala de l para recados y compras. Ms de una vez le mand a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes para el ajuar que estaba haciendo; pero siempre le encargaba que no la descubriese all, pues ya que Aurora no haba ido a verla, lo que propiamente era una falta de educacin, y hablando mal y pronto, una cochinada, no quera ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; y si razones tena _la Samaniega_ para retraerse, tambin ella las tena para no rebajarse. A fina me ganar; pero a orgullosa no. -V- La razn de la sinrazn --i-- La mejora de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su ta y su hermano que la separacin matrimonial haba sido un gran bien, pues sin duda la presencia y compaa de su mujer era lo que le sacaba de quicio. Todo aquel invierno continu el tratamiento de las duchas circular y escocesa y el bromuro de sodio. Al principio, cuando no le sacaba a paseo Juan Pablo, sacbale su misma ta, teniendo ocasin de notar lo bien concertados que eran sus juicios. Observaron, no obstante, que en el caletre del joven se esconda un pensamiento relativo al paradero de su consorte, y teman que este pensamiento, aunque contenido en proporciones menudas por el renacimiento armnico de la vida cerebral, tuviera el mejor da fuerza expansiva bastante para volver a trastornar toda la mquina. Pero estos temores no se confirmaron. En Diciembre y Enero la mejora fue tan notoria, que doa Lupe estaba pasmada y contentsima. En Febrero ya le permitieron salir solo, pues no se meta con nadie y se le haban acentuado considerablemente la timidez y la docilidad. Era como un retroceso a la edad en que estudi los primeros aos de su carrera, y aun pareca que se renovaban en l las ideas de aquellos lejanos das, y con las ideas el encogimiento en el trato, la sobriedad de palabras y la falta de iniciativa. Su vida era muy metdica; no se le permita leer nada, ni l lo intentaba tampoco, y siempre que iba a la calle, doa Lupe le fijaba la hora a que haba de volver. Ni una sola vez dej de entrar a la hora que se le mandaba. Para que tales das se pareciesen ms a los de marras, el nico gusto del joven era pasear por las calles sin rumbo fijo, a la ventura, observando y pensando. Una diferencia haba entre la deambulacin pasada y la presente. Aquella era nocturna y tena algo de sonambulismo o de ideacin enfermiza; esta era diurna, y a causa de las buenas condiciones del ambiente solar en que se produca, resultaba ms sana y ms conforme con la higiene cerebro-espinal. En aquella, la mente trabajaba en la ilusin, fabricando mundos vanos con la espuma que echan de s las ideas bien batidas; en esta trabajaba en la razn, entretenindose en ejercicios de lgica, sentando principios y obteniendo consecuencias con admirable facilidad. En fin, que en la marcha que llevaba el proceso cerebral, le sobrevino el _furor de la lgica_, y se dice esto as, porque cuando pensaba algo, pona un verdadero empeo manitico en que fuera pensado en los trminos usuales de la ms rigurosa dialctica. Rechazaba de su mente con tenaz repugnancia todo lo que no fuera obra de la razn y del clculo, no desmintiendo esto ni en las cosas ms insignificantes. Que al poco tiempo de sentir en s este tic del razonamiento lo aplic al oscuro problema lgico de la ausencia de su mujer, no hay para qu decirlo. Que vive, no tiene duda; este es un principio inconcuso que ni siquiera se discute. Ahora dilucidemos si est en Madrid o fuera de Madrid. Si se hubiera ido a otra parte, alguna vez recibira mi ta cartas suyas. Es as que jams llega a casa el cartero del exterior, y cuando va es para traer alguna carta de las hermanas de mi to Juregui; luego... Pero propongamos la hiptesis de que dirige las cartas a otra persona para que yo no me entere. Es inverosmil; pero propongmosla. En tal caso, qu persona sera esta? En todo rigor de lgica no puede ser doa Casta, porque la seora de Samaniego no gusta de tales papeles. En todo rigor de lgica tiene que ser Torquemada. Pero Torquemada, anteayer, entr en el gabinete de mi ta, y yo, desde el pasillo, le o preguntarle claramente si haba sabido de la seorita... Luego, Torquemada no es. Luego, no siendo Torquemada, no hay intermediario de cartas; y no habiendo intermediario de cartas, no puede haber correspondencia; luego est en Madrid. Quedose muy satisfecho, y despus de detenerse un rato a ver un escaparate de estampas, volvi a pegar la hebra: Podra ponerse en duda que entre ella y mi ta haya comunicacin, y en caso de que no la hubiera, el problema de su residencia seguira como boca de lobo; pero yo sostengo que hay comunicacin. Si no, qu significa el papelito de apuntes que sorprend el otro da sobre la cmoda de mi ta, y en el cual, pasando al descuido la vista, distingu este rengln que deca: _Corresponden a F. 1.252 reales_? _F._ quiere decir _ella_. Luego hay comunicacin entre mi ta y ella, y como esta comunicacin no es postal, resulta claro, como la luz del da, que reside en Madrid. Largos ratos se pasaba en este ejercicio de la razn. A veces se deca: Rechacemos todo lo fantstico. No admitamos nada que no se apoye en la lgica. De qu vive? Vivir honradamente? No aventuremos ningn juicio temerario. Podr vivir honradamente y podr vivir de mala manera. Yo llegar a descubrir la verdad enterita, sin preguntar una palabra a nadie. Pues todos callan ante m, yo callo ante todos. Veo, oigo y pienso. As sabr todo lo que quiero. Qu hermosa es la verdad, mejor dicho, estos bordes del manto de la verdad que alcanzamos a ver en la tierra, porque el cuerpo del manto y el de la verdad misma no se ven desde estos barrios!... Dios mo, me asombro de lo cuerdo que estoy. La gente me mira con lstima, como a un enfermo; pero yo, en m, me recreo en lo sano de mis juicios. Dichoso el que piensa bien, porque l est en grande. Entr en el caf del Siglo, donde crea encontrar a su hermano; pero Leopoldo Montes le dijo que habiendo aceptado Villalonga la Direccin de Beneficencia y Sanidad, haba encargado a Juan Pablo un trabajo delicadsimo y muy enojoso... cosa de poner en claro unas cuentas de lazaretos; y me le tena en la oficina de sol a sol. All le llevaban el caf. No le vena mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza vendra un ascenso. Hablaron de empleos y de poltica, diciendo Maximiliano cosas muy buenas. Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de ropa, y no iba al caf del Siglo, sino al de Gallo, porque le coga cerca (la pareja moraba en la Concepcin Jernima), y adems porque la sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permita presentarse en l de trapillo o con mantn y pauelo a la cabeza. Agregbansele a Refugio algunas personas con quienes tena amistad fcil y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de caf. Eran un portero de la Academia de la Historia con su esposa, y un cobrador municipal de puestos del mercado, con la suya o lo que fuese. Este matrimonio sola ir los domingos acompaado de toda la familia, a saber: una abuela que haba sido _vctima_ del 2 de Mayo, y siete menores. El caf se compone de dos crujas, separadas por gruesa pared y comunicadas por un arco de fbrica; mas a pesar de esta rareza de construccin, que le asemeja algo a una logia masnica, el local no tiene aspecto lgubre. En la segunda sala, donde se instalaba Refugio, haba siempre animacin campechana y confianzuda, y como el espacio es all tan reducido, toda la parroquia vena a formar una sola tertulia. En ella imperaba Refugio como en un saln elegante en el cual fuera estrella de la moda, Dbase mucho lustre, tomando aires de seora, alardeando de expresarse con agudeza y de decir gracias que los dems estaban en la obligacin de rer. Ponase siempre en un ngulo, que tena, por la disposicin del local, honores de presidencia. Cuando Maxi iba, su cuada le haca sentar a su lado, y le mimaba y atenda mucho, con sentimientos compasivos y de proteccin familiar, permitindose tambin tutearle y darle consejos higinicos. l se dejaba querer, y apenas tomaba parte en la tertulia, como no fuera con los silogismos que mentalmente haca sobre todo lo que all se charlaba. Una noche estaba el pobre chico tomndose su caf, muy callado, en la misma mesa de Refugio, cuando se fij en dos hombres que en la prxima estaban, uno de los cuales no le era desconocido. Pensando, pensando, acert al fin. Era Pepe Izquierdo, to de su mujer, a quien slo haba visto una vez, yendo de paseo con Fortunata por las Rondas, y ella se lo present. Como en Gallo haba tanta confianza, pronto se comunicaron los de una y otra mesa. Primero se hablaba de poltica, despus de que la guerra se acabara a fuerza de dinero, y como la poltica y las guerras vienen a ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolucin francesa, poca funesta en que, segn el cobrador municipal, haban sido guillotinadas _muchas almas_. Or que se hablaba de Historia y no meter baza, era imposible para Izquierdo; pues desde que se puso a _modelo_ saba que Nabucodonosor era un Rey que coma hierba; que D. Jaime entr en Valencia a caballo, y que Hernn-Corts era un _endivido_ muy templado que se entretena en quemar barcos. Los disparates que aquel hombre dijo acerca del _Pronunciamiento_ de Francia, hicieron rer mucho a todos, particularmente al portero de la Academia de la Historia, que echaba al concurso miradas desdeosas, no queriendo aventurar una opinin, que habra sido lo mismo que arrojar margaritas a cerdos. Mas el compaero de _Platn_, persona enteramente desconocida para Maxi, deba de ser uno de los sujetos ms eruditos que en aquel local se haban visto nunca, y cuando rompi a hablar, se gan la atencin del auditorio. Tena la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con una nuez muy grande, el pelo escobilln, y se expresaba en trminos muy distintos del grrulo lenguaje de su amigo: Al Rey Luis XVI--dijo--, y a la Reina Doa Mara Antonieta les cortaron la cabeza, naturalmente, porque no queran darle libertad al pueblo. Por eso hubo, naturalmente, aquel gran pronunciamiento, y todo lo variaron, hasta los nombres de los meses, seores, y hasta abolieron la vara de medir y pusieron el metro, y la religin tambin fue abolida, celebrndose las misas, naturalmente, a la diosa Razn. Tanta sabidura impresion a Maxi, que al punto se desat a charlar con Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y estuvieron poniendo comentarios a los trgicos sucesos del 93. Porque mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero primero es vivir. Qu sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente, salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lgica o no hay lgica. Vino, pues, Napolen Bonaparte, y empez a meter en cintura a aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, s seor, yo le aplaudo. --Y yo tambin--dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel hombre razonaba discretamente. --Quiere esto decir que yo sea partidario de la tirana?...--prosigui Ido--. No seor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No seor. Qu se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza est mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas a la Constitucin, no tiene qu comer. Total, que yo digo siempre: Lgica, liberales y de aqu no me saca nadie. Este hombre tiene mucho talento pensaba Rubn, apoyando con movimientos de cabeza la aseveracin de aquel sujeto. Y cuando, al despedirse, Ido le dio su nombre, agregando que era profesor de primeras letras en las escuelas catlicas, Maximiliano discurri que no estaba en armona la humildad del empleo con el saber y la destreza dialctica que aquel individuo mostraba. Al siguiente da por la tarde, Maxi fue a Gallo y no estaban, de las personas conocidas, ms que el cobrador municipal y Jos Izquierdo. Este haba dejado en la silla prxima un envoltorio. Mirolo el joven con disimulo y vio que era algo como ropa o calzado, cubierto con un pauelo. Tan mal hecho estaba el atadijo, que al mover la silla se descubri una bota elegante con caa color de caf. Al verla Rubn, sinti como si le cayera una gota fra en el corazn. Esa bota es de ella... ay, de ella es!... La conozco, como conozco las mas. No la lleva a componer porque est casi nueva. La lleva de muestra para que le hagan otro par. Es muy presumida en cuestiones de calzado. Le gusta tener siempre tres o cuatro pares en buen uso. Y por qu no las lleva ella? Porque no sale. Luego est enferma... Enferma, de qu?. --ii-- _Platn_ se despidi de su amigo, y cogi el lo diciendo que tena que ir a la calle del Arenal. Justo--discurri Maxi sin decir una palabra--. All est su zapatero. Arenal, 22... Lo que me falta saber, podra averiguarlo siguiendo a ese brbaro. Pero no... Con la lgica y slo con la lgica lo averiguar. Para qu quiero esta gran cordura que ahora tengo? Con mi cabeza me gobierno yo solo. Despus, cuando entraron Ido, Refugio y otras personas, estuvo muy comunicativo, discurriendo admirablemente sobre todo lo que se trat, que fue la insurreccin de Cuba, el alza de la carne, lo que se debe hacer para escoger un bonito nmero en la lotera, la frecuencia con que se tiraba gente por el Viaducto de la calle de Segovia, el tranva nuevo que se iba a poner y otras menudencias. Un da de los primeros de Marzo, Maxi, al dirigirse al caf, vio a Izquierdo en los soportales de la Casa-Panadera, y a punto que le saludaba, pas y se detuvo el cobrador municipal. Este y Jos cambiaron unas palabras. En seguida voy al caf--dijo el _modelo_, mostrando varios paquetes a su amigo, que los miraba con curiosidad--. Subo a largar esto: Varas de cinta... jabn... demonios, dtiles. Voy cargado como un santsimo burro. Maximiliano sigui hacia el caf, y observando que Platn tomaba hacia la calle de Ciudad Rodrigo, mir su reloj. --Dtiles!... Cuntos le he comprado yo! Las golosinas la venden. Se despepita por ellas...--pens el razonador, penetrando en el establecimiento, sin ver nada de lo que en l haba--. Come dtiles... luego no est mala; los dtiles son muy indigestos. Y puesto que ella los come, la causa del no salir, no es enfermedad... Luego, es otra cosa... Y viendo entrar a Izquierdo, volvi a mirar su reloj. Ha tardado doce minutos. Luego la casa est cerca... Doce minutos: pongamos cuatro para subir la escalera, dos para bajarla... Y est cansado el hombre; debe de ser alta la escalera... La casa est cerca. La descubriremos por la lgica. Nada de preguntas, porque no me lo diran; ni seguir a este animal, porque eso no tendra mrito. Clculo, puro clculo.... Izquierdo y el cobrador municipal le convidaron a unas copas; pero l no quiso aceptar, porque le repugnaba el aguardiente. Oyoles la conversacin sin aparentar orla, aunque nada interesante tena para l, pues vers sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los concejales. Despus el recaudador sac a relucir no s qu asunto de familia, quejndose de las continuas enfermedades de su esposa, de lo que Izquierdo tom pie para decir unas cuantas barbaridades sobre las ventajas de no tener familia que mantener. Musotros los viudos estamos como queremos dijo volvindose a Maxi y dndole un palmetazo en el hombro. El pobre muchacho hizo como que aprobaba la idea, sonriendo, y para s dio unas cuantas vueltas al manubrio de la lgica: Se te ha encargado que no descubras nada; se te ha dicho que tengas cuidado con lo que hablas delante de m, dromedario, y t, como todos, te empeas en meterme en la cabeza la idea de que estoy viudo. No cuentas con que mi cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio. A buena parte vienes. Vers cmo destruyo tus sofismas y mentiras. Vers lo que puede el clculo de un cerebro lleno de luz... Con que yo viudo! Lo mismo que mi ta, que me dijo ayer: desde que _enviudaste_, pareces otro.... Me conviene hacerles creer que me lo trago. Con mi lgica me las arreglo admirablemente y me ro del mundo. Qu bonita es la lgica; pero qu bonita! Y qu hermosura tener la cabeza como la tengo ahora, libre de toda apreciacin fantasmagrica, atenta a los hechos, nada ms que a los hechos, para fundar en ellos un raciocinio slido!... Pero vmonos a mi casa, que mi ta me espera. Tres das despus de esto, al entrar en la botica, not que Ballester y Quevedo hablaban, y que al verle llegar a l, se callaron sbitamente. Como haba adquirido facilidad para la apreciacin de los hechos, aquel se le revel claramente. Segismundo y el comadrn trataban de algo que no queran oyese Maximiliano. Para disimular le preguntaron a l por su salud, y a poco dijo Quevedo al farmacutico en tono muy misterioso: Ha preparado usted el cornezuelo de centeno? Basta con eso por ahora. Qu tal, paseamos mucho, joven?--agreg en alta voz, volviendo hacia Maxi su cara de caimn, en la cual la sonrisa vena a ser como una expresin de ferocidad--. Vamos bien, vamos bien. Al fin podr usted volver a sus ocupaciones ordinarias. Ya deca yo que en cuanto estuviera usted libre... por aquello de _muerto el perro se acab la rabia_. Rubn contest afirmativamente y con amabilidad. Despus observ que Ballester sacaba de un cajn un paquetito de medicamento y se lo daba al Sr. de Quevedo, dicindole: Llveselo usted; lo he pulverizado yo mismo con el mayor esmero. La antiespasmdica la llevar yo. El comadrn tom el paquete y se fue. A poco entr _doa Desdmona_ preguntando por su marido, y pudo observar el joven que Ballester le hizo seas, llamndole la atencin sobre la presencia de Maxi, pues la seora empez diciendo: Ha ido otra vez a la Cava?. Aquello se arregl y _doa Desdmona_ invitole a que la acompaase a su casa, lo que l hizo de bonsima gana, remolcndola del brazo por la escalera arriba. Conversando estuvieron largo rato, y la seora de Quevedo le enseaba sus jaulas de pjaros, canarias en cra, un jilguero que sacaba agua del pozo, y coma extrayendo el alpiste de una caja, con otras curiosidades ornitolgicas de que tena llena la casa. A la hora de comer entr Quevedo muy fatigado, diciendo: No hay nada todava.... Y como vio all al sobrino de doa Lupe, no dijo ms. Cuando Maximiliano se retir, iba desarrollando en su mente la ms prodigiosa cadena de razonamientos que en aquellas cavilaciones se haba visto. Ves como sali? Lo que fulmin en mi cabeza como un resplandor siniestro del delirio, ahora clarea como luz cenital que ilumina todas las cosas. Vaya, hasta poeta me estoy volviendo. Pero dejmonos de poesas; la inspiracin potica es un estado insano. Lgica, lgica, y nada ms que lgica. Cmo es que lo averiguado hoy por procedimientos lgicos, fundados en datos e indicios reales, existi antes en mi mente como los rastros que deja el sueo o como las ideas extravagantes de un delirio alcohlico? Porque esto no es nuevo para m. Yo lo pens, yo lo conceb envuelto en impresiones disparatadas y confundido con ideas enteramente absurdas. Misterios del cerebro, desrdenes de la ideacin! Es que la inspiracin potica precede siempre a la verdad, y antes de que la verdad aparezca, trada por la sana lgica, es revelada por la poesa, estado morboso... En fin, que yo lo adivin, y ahora lo s. El calor se transforma en fuerza. La poesa se convierte en razn. Qu claro lo veo ahora! Vive en la Cava, en la Cava, en la misma casa tal vez donde vivi antes. Se esconde para que no la vea nadie. El suceso se aproxima. La asiste Quevedo. Para ella son el cornezuelo de centeno y la antiespasmdica. Ah!, cmo me ro yo de estos imbciles que creen que me engaan!... Engaarme a m, que estoy ahora ms cuerdo que la misma cordura! Dios mo, qu talento tengo! Qu manera de discurrir!... Estoy asombrado de m mismo, y compadezco a mi ta, a Ballester, a todos los que hacen delante de m esta comedia! 'Todava no hay nada', fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava. Presuncin equivocada, falsos sntomas. Luego la cosa est prxima. Estamos en Marzo. Bien, no me falta ms que averiguar la casa. Si me dejara llevar de la inspiracin, asegurara que es la misma casa aquella, la de los escalones de piedra. Pero no; procedamos con estricta lgica, y no aseguremos nada que no est fundado en un dato real. Al da siguiente estuvo con su hermano en el caf del Siglo, y despus en el de Gallo con Refugio. Era el 19 de Marzo, y los que se llamaban Jos convidaban a toda la tertulia. Ido del Sagrario se negaba a tomar copas y su amigo Izquierdo, que beba aguardiente como si fuera agua, se burlaba de la sobriedad del profesor de instruccin primaria, el cual asegur haber comido _fuerte_ y no hallarse muy bien del estmago. Poco a poco se iba desprendiendo el buen Ido de la masa de gente que formaba la tertulia, retirndose de silla en silla, hasta que Maxi le vio en la mesa ms lejana, ensimismado, los codos sobre el mrmol y la cabeza en las palmas de las manos. Fuese hacia l, movido de lstima, y le pregunt lo que tena. Amigo--le dijo Ido con voz cavernosa, mostrando su cara descompuesta--, ve usted cmo me tiembla el prpado derecho? Pues es seal de que me estoy poniendo malo... pero no tiene usted idea de lo malo que me pongo. --Vamos, D. Jos, eso no es ms que aprensin (tratando de llevarle al grupo principal). --Djeme usted... Se ren de m, porque desbarro mucho... Tiempo haca que no me daba esto; pero lo veo venir, lo veo venir... Ya, ya me entra, y no lo puedo remediar. Tendr que ausentarme, para que no se burlen de m. Porque me pongo perdido... Me pongo como si bebiera mucho aguardiente, y ya ve usted que no lo cato... no lo cato, cramelo usted, caballero. Usted es el nico que no se reir de m; usted comprende mi desgracia y me compadece. --D. Jos... que se le quiten esas cosas de la cabeza--le dijo el otro, oficiando de hombre sesudo y razonable. --Ah!... pues quteme del campo de mi vida los hechos... (tocndole amigablemente el brazo). Porque somos esclavos de las acciones ajenas, y las nuestras no son la norma de nuestra vida. As es el mundo. De nada le vale a usted ser honrado, si la maldad de los dems le obliga a hacer una barbaridad. --Eso est muy bien discurrido. --Oh!, la desgracia vuelve sabios a los tontos... No, no somos dueos de nuestra vida. Estamos engranados en una maquinaria, y andamos conforme nos lleva la rueda de al lado. El hombre que hace el disparate de casarse, se engrana, se engrana, me entiende usted?, y ya no es dueo de su movimiento. --Entiendo, s...--Pues no me acuse usted si oye que he cometido un crimen (hablndole al odo), porque los que tenemos la desgracia de ser esposos de una adltera... Los que tenemos esa desgracia, no podemos responder de aquel mandamiento que dice: _no matar_. Creo que es el quinto. --S, el quinto es--dijo Maxi, que senta una corriente fra pasndole por el espinazo. --Y aqu donde usted me ve... (echndose para atrs y expresndose siempre en voz muy baja), hoy mato yo... Esto, aunque dicho muy quedamente, fue odo de Izquierdo, que rompiendo a rer, solt esta andanada: Pues no dice este judo _Dio_ que hoy mata l!... En qu plaza, camarata?. Las carcajadas atronaban el caf, y Rubn se acerc al grupo principal, diciendo con la mayor serenidad del mundo y en tono de benevolencia y compasin: Seores, no burlarse de este pobre seor que no tiene la cabeza buena. Un trastorno mental es el mayor de los males, y no es cristiano tomar estas cosas a broma. Denle un poco de agua con aguardiente. Se la ofrecieron; pero Ido no la quiso tomar. Amorraba la cabeza entre los brazos cruzados sobre el mrmol, y el dueo del establecimiento, mirndole con sorna, le deca: Aqu no se duermen monas. A dormirlas a la calle. Maxi trat de hacerle levantar la cabeza. D. Jos, a usted le convendra tomar duchas y tambin unas pildoritas de bromuro de sodio. Quiere que se las prepare? Es el tratamiento ms eficaz para combatir eso... Dgamelo usted a m, que durante una temporada he estado como usted... muchsimo peor. Yo inventaba religiones; yo quera que todo el gnero humano se matara; yo esperaba el Mesas... Pues aqu me tiene tan sano y tan bueno. Y volviendo al grupo principal: Nada, hay que dejarle. Eso le pasar. Pobrecito!, me da mucha lstima. De repente, D. Jos se levant de su asiento y sali de estampa, entre la risa y chacota de toda la partida. Maxi quiso salir detrs; pero Refugio le tir de los faldones y le hizo sentar a su lado: Djalo t, qu te importa?. Y apareci el tumulto, por la entrada de otros Pepes; y el amo del caf, que tambin era algo Jos, reparti puros y ron con marrasquino. Algunos se empearon en que Maximiliano bebiese; pero ni l quera, ni Refugio se lo hubiera permitido, atenta siempre a cuidar de su preciosa salud. Lo que haca el excelente muchacho era rer con la mayor buena fe todas las gracias que all se decan, hasta las ms zafias y groseras, aunque sin participar mucho de la estrepitosa alegra de aquella gente. --iii-- Comi Rubn aquella noche sosegadamente con su ta, contndole algo de lo que haba visto y odo en el caf, a lo que respondi la gran seora expresndole su deseo de que no fuese ms a aquel establecimiento, por estar muy lejos, y porque en l siempre encontrara una sociedad inculta y ordinaria. El joven pareca conformarse con esta idea, y asegur que no volvera ms. Despus fue con su ta a casa de Samaniego, y mientras dur la tertulia, permaneci apartado de ella, labrando y puliendo su idea. Es en la casa de los escalones de piedra... Despus que ech aquel brindis estpido, Izquierdo habl de subir a gatas a casa de su hermana, y de bajar rodando por los escalones de piedra... Ya s, pues, dnde est. Ahora, hay que proceder con sigilo y decisin. Lleg la hora de castigar. El honor me lo pide. No soy un asesino, soy un juez. Aquel desgraciado hombre lo deca: 'Estamos engranados en la mquina, y la rueda prxima es la que nos hace mover. Sus dientes empujan mis dientes, y ando'. --Por qu suspiras, hijo?--le pregunt su ta, observndole caviloso y suspirante. Contest evasivamente, y a poco se retiraron, no sin que _doa Desdmona_ invitase al joven a pasar en su casa la maana siguiente. Le enseara todos sus pjaros y le dara de almorzar. Aceptada esta fineza, Maxi se person en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que la seora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el otro voltil plticas muy cariosas. Su obesidad no le impeda ser gil y diligentsima en aquella faena. Gastaba una bata de color de almagre, y como su figura era casi esfrica, no pareca persona que anda, sino un enorme queso de bola que iba rodando por las habitaciones y pasillos. No tard en asociar al chico a sus operaciones, ensendole a distribuir el alpiste a toda la familia. Con algunos sostena _doa Desdmona_ conversaciones maternales. Qu dices t, chiquitn de la casa?... gloria ma... A ver, tiene el nio mucha hambre...? Ay qu pico me abre este hijo!. Y los trinos ensordecan la casa. Con verdadero ahnco, Maximiliano segua torneando en su cabeza las ideas de la noche anterior. La matar a ella y me matar despus, porque en estos casos hay que poner el pleito en manos de Dios. La justicia humana no lo sabe fallar. --Qu mala es esta pjara!--deca _doa Desdmona_--, no sabe usted lo mala que es. Ha matado ya tres maridos... y de los hijos no hace caso. Si no fuera por el macho, que es, ah donde usted lo ve, toda una persona decente, los pobrecitos se moriran de hambre. --Hay que perdonarla--replic Maxi con humorismo--, porque no sabe lo que se hace... Y si la furamos a condenar, quin le tirara la primera piedra? --Vamos ahora a los pericos, que ya estn alborotados. La lgica exige su muerte--pensaba Rubn colgando cuidadosamente una jaula en que haba muchos nidos--. Si siguiera viviendo, no se cumplira la ley de la razn. La renovacin del alpiste y del agua daba a aquellos infelices y graciosos seres aprisionados una alegra insensata; y ponindose todos a piar y a cantar a un tiempo, no era posible que se entendieran las personas que entre ellos estaban. _Doa Desdmona_ hablaba por seas. Maxi pareca contento, y hubiera vuelto a empezar todas las operaciones por puro entretenimiento. Cuando lleg la hora de almorzar, tena ya muy buen apetito, y el comadrn y su esposa estuvieron muy amables con l, dicindole que le agradeceran fuese todos los das, si tena gusto en ello. Ya Quevedo no era celoso, y desde que su esposa se haba redondeado hasta hacer la competencia a los quesos de Flandes, se cur el buen seor de sus murrias y no volvi a hacer el Otelo. Sin embargo, a ninguno que no fuera el pobre Rubn, le habra permitido entrar libremente en la casa, porque en verdad, no le consideraba a ste capaz de comprometer la honra de ningn hogar donde penetrase. Doa Lupe entr muy gozosa, diciendo: Qu tal se ha portado el galn?. --Admirablemente, seora. Es lo ms amable...--replic _doa Desdmona_, y llevndola aparte, aadi--: Si est bueno y sano... Si viera usted qu contento y qu tranquilo...! Nada, como la persona de ms juicio. --Yo creo--dijo la de Juregui--, que si no est curado, le falta poco. Y qu hay de eso? --Esta maana volvi Quevedo. Todava nada... Esperando por momentos... Ella, con mucho miedo. Algo ms cotorrearon, pero no hace al caso. Doa Lupe se llev a su sobrino al Monte de Piedad, y como aquel da las ventas fueron de muy poco inters, tornaron pronto a casa, despus de comprar fresa y esprragos en un puesto de la calle de Atocha. Por la tarde, la seora encarg a su sobrino que le hiciera unas cuentas algo complicadas, y l las despach con presteza y exactitud, sin equivocarse ni en un cntimo; y como su ta se maravillase de aquel tino aritmtico, el joven se ech a rer, dicindole: Pero usted qu se ha figurado? Si tengo yo la cabeza como no la he tenido nunca. Si estoy tan cuerdo, que me sobra cordura para darla a muchos que por cuerdos pasan. Haca muchsimo tiempo que doa Lupe no haba visto al chico tan despejado, con tanto reposo en el espritu y el nimo tan dispuesto a la alegra, seales todas de reparacin indudable. Si no dudo que ests bien... Cierto que ya quisieran muchos... Yo me alegro infinito de verte as, y le pido a Dios que te conserve. --Crea usted que seguir lo mismo. Yo reconozco en mi cabeza una fuerza que nunca he tenido. Discurro admirablemente, y se lo voy a probar a usted ahora mismo. Se pasmar usted al ver que si buena comedia han hecho ustedes conmigo, mejor la he hecho yo con ustedes. Los engaadores son los engaados. Doa Lupe empez a alarmarse. --Pues ver usted (continuando en la mesa en que haba hecho las cuentas y con el papel de ellas entre las manos). Mi familia, Ballester y todas las personas a quienes conozco fuera de casa, _bordaban_ admirablemente su papel; y yo callado... hacindome el tonto, mientras con la sola fuerza del clculo, descubra la verdad. Y doa Lupe tan parada, que no saba qu decirle. Y vea usted cmo le pruebo que mi cabeza da quince y raya hoy a las cabezas mejor organizadas, incluso la de usted. Sin decir una palabra a nadie, sin preguntar a bicho viviente, y fundndome slo en algn indicio que pescaba aqu y all, sentando hechos y deduciendo consecuencias, he descubierto la verdad... todo con la pura lgica, ta, con la lgica seca. Atienda usted y asmbrese. Estaba, en efecto, la viuda ilustre tan asombrada como quien ve volar un buey. Pues por el orden siguiente, he ido descubriendo estos hechos: Que Fortunata no se ha muerto, que est en Madrid, que vive cerca de la Plaza Mayor, que vive en la Cava de San Miguel, en la casa de los escalones de piedra, que est fuera de cuenta desde hace un mes, y que D. Francisco de Quevedo la asiste. Doa Lupe no se atrevi a negar; tan abrumadoras eran las verdades que su sobrino manifestaba. Vers... T no debes ocuparte de eso... Te concedo que vive, pero no s dnde. Y en cuanto al embarazo, es error tuyo y de tu maldita lgica. Vaya con la salida! El diablo cargue con tu lgica. --Si insiste usted, querida ta, en hacer comedias, creer que quien ha perdido el juicio es usted. Yo afirmo lo que he dicho, y tengo la evidencia de que es verdad. M lgica no me engaa ni puede engaarme. Con franqueza: nota usted en m algo que remotamente se parezca a falta de juicio? Doa Lupe no supo qu responder. He dicho algn disparate?... Se atreve usted a sostener que lo he dicho? Pues tomemos un coche y vamos a la Cava... Ah!, no quiere usted. Luego, yo he dicho la verdad, y la que falta ahora a ella, sin duda con muy buen fin, es mi seora ta. Quin es aqu el cuerdo y quin no lo es?. --Pues repito que eso del estado interesante es una papa--dijo la viuda llena de confusin--. Alguien ha querido darte un bromazo, que por cierto es de muy mal gusto. --Yo le juro a usted que con nadie he hablado de este asunto, absolutamente con nadie. El conocimiento adquirido es obra del clculo puro. Y ahora, por si alguien duda todava de que yo sea la cordura andando, voy a dar a todos la ltima prueba de ella. Cmo? Pues no volviendo a hablar de semejante asunto. Se acab. Sigamos la vida ordinaria... Aqu no ha pasado nada, ta; hgase usted cuenta de que no hemos hablado nada. No me dijo usted que tena otra cuenta que arreglar? Venga; estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los nmeros, pues estos son la pura esencia de la lgica. Y se puso a trabajar en las operaciones aritmticas con tanta serenidad, y un temple tan equilibrado, que doa Lupe sali de la estancia hacindose cruces y diciendo que si lo que acababa de or se lo hubieran contado los cuatro Evangelistas, no les habra dado crdito. Pero siendo lo que refiri el sobrino un prodigio de capacidad intelectual, la seora no las tena todas consigo respecto al estado de aquella cabeza. Entrronle alarmas, como las de los peores das pasados, y se puso de un humor vidrioso no acertando a determinar si aquello de la lgica era una crisis favorable, o por el contrario, traera nuevas complicaciones. Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la eleccin de aquel da para hacer a doa Lupe la proposicin de emprstito, pues encontr a la capitalista dada a todos los demonios. Era el hombre de menos suerte que exista, pues nunca daba en el quid de la buena ocasin; lstima grande, porque el discurso que llevaba preparado para convencer a la seora era admirable, y una roca se ablandara oyndolo. Su ta no le dej pasar del exordio, negndose absolutamente a contratar ninguna clase de prstamo ni en las condiciones ms usurarias. Total: que sali Juan Pablo de la casa renegando de su estrella, de su ta y de todo el gnero humano, revolviendo en su mente propsitos de venganza con proyectos de suicidio, pues estaba el infeliz como el nufrago que patalea en medio de las olas, y ya no poda ms, ya no poda ms. Se ahogaba. --iv-- En la noche de aquel aciago da, que crey deber marcar con la piedra ms negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en el caf del Siglo las teoras ms disolventes. Con gran estupefaccin de D. Basilio Andrs de la Caa, que volvi a la tertulia, embisti contra la propiedad individual, haciendo creer al propio sujeto y a otros tales que se haba dado un atracn de lecturas prudhonianas. No haba visto un solo libro, ni por el forro, y toda su argumentacin ingeniosa sacbala de la rabia que contra doa Lupe senta, rencor satnico que habra bastado para inspirar epopeyas. Como el gran principio de la propiedad individual no tena en aquella desigual contienda ms defensor que D. Basilio, qued maltrecho. La mesa de mrmol, en torno de la cual formaban animado crculo las caras de los combatientes, estaba a ltima hora llena de cadveres, revueltos con las cucharillas, con los vasos que an tenan heces de caf y leche, con la ceniza de cigarro, los peridicos y los platillos de metal blanco, en los cuales la mano afanadora de D. Basilio no haba dejado ms que polvo de azcar. Dichos cadveres, horriblemente destrozados, eran la propiedad, todas las clases de propiedad posibles, el Estado, la Iglesia y cuantas instituciones se derivan de estos dos principios, Matrimonio, Ejrcito, Crdito pblico, etc... Con admiracin de todos, Juan Pablo se lanz a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente espontneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza de la madre. Al Papa le deshizo, y la tiara qued pateada bajo la mesa, con los pedazos de peridico, los salivazos y el palillo deshilachado de D. Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arroj lejos de s aquel marcador de sus argumentos. Tambin andaba por el suelo la corona real, triturada por las suelas de las botas, y el cetro de toda autoridad corra la misma suerte. Las conteras de los bastones, golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las vctimas que iban cayendo de la mesa, expirantes. Creerase que Juan Pablo las estrujaba con los codos, despus de acribillarlas con su dialctica, y cuando coga un lpiz y trazaba nmeros con febril mano sobre el mrmol, para probar que no debe haber presupuesto, pareca un Fouquier de Thinville firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina. Y qu menos poda hacer el desgraciado Rubn que descargar contra el orden social y los poderes histricos la horrible angustia que llenaba su alma? Porque estaba perdido, y la cruel negativa de su ta le puso en el caso de escoger entre la deshonra y el suicidio. Antes de ir al caf haba tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender sta que fuese con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tena cario, le revolvi ms la bilis. Sus amigos no podan con l; estaba furioso; poco faltaba para que insultase a los que le contradecan, y su numen paradjico se excitaba hasta un grado de inspiracin que le haca parecer un propagandista de la secta de los _tembladores_. El que mejor replicaba parece increble!, era Maxi, que se qued en el caf ms tiempo del acostumbrado, retenido por el inters de la polmica. Defenda el joven Rubn los principios fundamentales de toda sociedad con un ardor y una serena conviccin que eran el asombro de cuantos le oan. No se alteraba como el otro; argumentaba con frialdad, y sus nervios, absolutamente pacficos, dejaban a la razn desenvolverse con libertad y holgura. La suerte de Rubn mayor fue que Rubn menor se march a las diez, pues doa Lupe le tena prescrito que no entrase en casa tarde, y por nada del mundo desobedecera l esta pragmtica. Haba vuelto a la docilidad de los tiempos que se podran llamar _antediluvianos_ o que precedieron a la catstrofe de su casamiento. Dejando que su hermano se arreglara como pudiese con los dems tratadistas de derecho pblico, abandon el caf con nimo de irse derechito a su casa. Atraves la Plaza Mayor, desde la calle de Felipe III a la de la Sal, y en aquel ngulo no pudo menos que pararse un rato, mirando hacia las fachadas del lado occidental del cuadriltero. Pero esta suspensin de su movimiento fue pronto vencida del prurito de lgica que le dominaba, y se dijo: No; voy a casa, y han dado ya las diez... Luego, no debo detenerme. Sigui por la calle de Postas y Vicario Viejo, y antes de desembocar en la subida a Santa Cruz, vio pasar a Aurora, que sala de la tienda de Samaniego para ir a su casa. Qu tarde va hoy! pens, siguiendo tras ella por la calle arriba, hacia la plazuela de Santa Cruz, no por seguirla, sino porque ella iba delante de l, sin verle. Andaba la viuda de Feneln a buen paso, sin mirar para ninguna parte, y llevaba en la mano un paquete, alguna obra tal vez para trabajar en su casa el da siguiente, que era domingo, y domingo de Ramos por ms seas. Como iba ms aprisa que l, pronto se aument la distancia que les separaba. En vez de seguir por la calle de Atocha para tomar por la de Caizares, como pareca natural (este era el itinerario que usaba Maxi), la joven se meti por el oscuro callejn del Salvador. En la sombra del Ministerio de Ultramar la esperaba un hombre que la detuvo un instante: dironse las manos y siguieron juntos. Hola, hola--se dijo Maxi acechando--, belenes tenemos?. Y vindoles ir por el callejn adelante, una idea o ms bien sospecha encendi en l vivsima curiosidad. Siguindoles a cierta distancia, se cercior al punto de lo que antes fuera presuncin, y la certidumbre produjo en su alma violentsima sacudida. Es l, ese infame... La espera; van juntos... y toman la va ms solitaria... Luego, son amantes... Engaar a una pobre mujer... un hombre casado!.... Determinose en l con poderosa fuerza el rencor de otros tiempos, aquel rencor concentrado y sutil que era como un virus ponzooso, tan pronto manifiesto como latente, y que al derramarse por todo su ser, produca tantos y tan distintos fenmenos cerebrales. Al propio tiempo se desbordaba en el alma del desdichado joven un sentimiento quijotesco de la justicia, no tal como la estiman las leyes y los hombres, sino como se ofrece a nuestro espritu, directamente emanada de la esencia divina. Esto lo tolera y aun lo aplaude la sociedad... Luego, es una sociedad que no tiene vergenza. Y qu defensa hay contra esto? En las leyes ninguna. Ay, Dios mo, si tuviera aqu un revlver, ahora mismo, ahora mismo, sin titubear un instante, le pegaba un tiro por la espalda y le parta el corazn! No merece que se le mate por delante. Traidor, miserable, ladrn de honras! Y esa tonta que se deja engaar!... Pero ella no merece la muerte, sino la galera, s seor, la galera.... Al da siguiente del lastimoso lance ocurrido cerca de Cuatro Caminos, no estaba Maxi ms excitado y rencoroso que aquella noche lo estuvo. En el tiempo transcurrido desde la noche aciaga de Noviembre, no haba visto a su ofensor sino muy contadas veces, y siempre de lejos; nunca le haba tenido as, tan a tiro... Ay!, por qu no traigo un revlver?... Ahora mismo le dejaba seco. Si pasara por una armera, lo compraba... Pero si no tengo dinero. La ta no me da ms que los dos reales para el caf. Dios, qu desesperacin! Si me infundes la idea de la justicia, idea lgica, perfectamente lgica, por qu no me das los medios para hacerla efectiva?... Verle expirar revolcndose en su sangre; no tenerle ninguna lstima... Que no vea yo esto, Dios!... Que no lo vea el mundo entero... porque el mundo entero se haba de regocijar...!. Despus de recorrer la calle de Barrionuevo y la Plaza del Progreso, la pareja tom por la calle de San Pedro Mrtir, buscando la va menos concurrida. Van a tomar por la calle de la Cabeza--dijo Maxi--, por donde no pasa un alma a estas horas. Ah!, trasto, ladrn de honras, asesino... La justicia caer sobre ti algn da, si no hoy, maana. Lo que siento es que no sea por mi mano. Seguales sin perderles de vista, a bastante distancia... Me duelen las contusiones que recib aquella noche, como si las acabara de recibir... Perdulario, cobarde, que te ensaas con los dbiles de cuerpo, con los enfermos que no se pueden tener... A ti se te contesta con una bala... plaf! Y se te deja seco... Y yo me quedara tan fresco si te pudiera dar lo que mereces... pero tan fresco y tan satisfecho como se queda todo el que ha hecho un bien muy grande, pero muy grande.... Al llegar a la calle del Ave Mara, Rubn se pas a la acera de los impares y se puso en acecho en la esquina de la calle de San Simn, en la sombra. Detuvironse: Aurora pareca decir a su galn que no siguiese ms. Era prudente esta indicacin, y el galn se despidi apretndole la mano. Maxi le mir subir hacia la calle de la Magdalena, y senta deseos de gritar e rsele encima: Ratero de mi honor y de todos los honores... ahora las vas a pagar todas juntas. Crea que se le afilaban las uas hacindosele como garras de tigre. En un tris estuvo que Maxi diese el salto y cayese sobre la presa. La lgica le salv. Soy mucho ms dbil, y me destrozar... Un revlver, un rifle es lo que yo necesito. Cuando los amantes desaparecieron de su vista, Rubn penetr en su casa. Lo ms particular fue que la idea de su mujer se borr de su mente durante aquel suceso, o quizs personificaba en Aurora la totalidad de las deslealtades y traiciones femeninas. A solas en su cuarto, fue acometido de una duda horrible. Pero esto que me desvela ahora--se deca revolvindose en el lecho--, es verdad, o lo he soado yo? S que entr, s que ca en la cama, s que dorm, y ahora me encuentro con esta impresin espantosa en mi cerebro. Es verdad que les he visto, al infame y a ella, o lo he soado? Que yo he tenido un sopor breve y profundo, es indudable... Pues ya voy creyendo que ha sido sueo... S; sueo ha sido... Aurora es honrada. Vaya con las cosas que suea uno... Pero no, Dios, si lo vi, si lo estoy viendo todava, y si tengo estampadas aqu las dos figuras...! Esto es para volverse loco... y sera lstima, ahora que estoy tan cuerdo...!. Todo el da siguiente estuvo con la misma confusin en su mente. Lo haba visto, o lo haba soado? El Mircoles Santo enviole su ta con un recado a casa de Samaniego, y despus de estarse all gran rato, oyendo tocar la pieza, not que doa Casta hablaba muy vivamente con Aurora.--Vaya, hija, que hoy nos has dado un buen plantn. Tres horas esperndote!... A qu tienes t que ir hoy al obrador, si hoy no se trabaja?... Lo mismo que el Domingo de Ramos... Toda la tarde en el obrador, y luego viene Pepe y me dice que ni has aparecido por all ni ese es el camino. En dnde estuviste? En casa de las de Reoyos! Y qu hacas t tantas horas en casa de las de Reoyos? Tengo yo que averiguarlo.... Aurora se defenda con ingenio y tesn, como quien sabe que es mayor de edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna; pero no lleg el caso de hacerlo as. Maxi, aparentando poner sus cinco sentidos en la pieza que tocaba Olimpia, no perda slaba de aquel domstico altercado. Gracias que la cuestin ocurri cuando la nia tena entre sus dedos el _andante cantabile molto expresivo_, que si llega a coincidir con el _allegro agitato_, ni Dios pesca una letra de lo que hija y madre hablaron. Durante el _presto con fuoco_, Maxi se deca: Parece mentira que dudara yo un instante de que aquello era la pura realidad... Y lo cre sueo...!, qu imbcil!... Un dato tomado de la existencia positiva me ha quitado todas las dudas. Ahora no me basta con la lgica, necesito ver algo ms... y ver. Qu leccin para mi mujer! Oh! Dios mo, ahora me asalta otra duda horrible. Si la mato no hay leccin. La enseanza es ms cristiana que la muerte, quiz ms cruel, y de seguro ms lgica... Que viva para que padezca y padeciendo aprenda... Pero a l debo matarle... a l s!. Oyendo el estrepitoso fin de la pieza, tuvo como un sopor de medio minuto, y volvi de l asaltado por esta idea que le sacuda: No, matar no. Su maldad es necesaria para este gran escarmiento. La vida es lo que duele y lo que ensea... La muerte para los buenos... para los perversos, lgica, lgica. Apenas se haba acabado la tocata, entr doa Casta a decirle: Maxi, la seora de Quevedo me ha llamado por la ventana del patio para decirme que le mande a usted subir un momento. Tiene que enviar un recado a Lupe. Subi el pobre chico, y _doa Desdmona_ le hizo esperar un ratito, pues estaba ayudando a su marido a desnudarse. Acababa de entrar, muy fatigado; le llamaron a las doce y hasta aquella hora no haba podido volver a casa. Querido--dijo a Rubn la dama esfrica, tocndole amistosamente en el hombro--. Hgame el favor de decirle a Lupe que la pjara mala sac pollo esta maana... un polluelo hermossimo... con toda felicidad.... Maxi se rasc una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa extraa, cuya significacin no pudo entender la seora de Quevedo, la pjara mala--dijo con acento de nio mimoso--, ensemela usted... y el pollo... ensemelo tambin. --No, no, ahora no--replic _doa Desdmona_ empujndole hacia la puerta--. Maana los ver... Vaya ahora a decirle esto a su ta. --v-- El inters con que doa Lupe esperaba noticias de la pjara mala y de si sacaba bien o mal el pollo, no podr ser comprendido sin tener en cuenta las grandes ideas que en aquellos das despuntaban en el caletre de la insigne seora. Su entendimiento excelso sugerale determinaciones para todos los casos, y medios de armonizar los hechos con los principios en la medida de lo posible. Era su lema que debemos partir siempre de la realidad de las cosas, y sacrificar lo mejor a lo bueno, y lo bueno a lo posible. Esto lo haba aprendido en la experiencia de los negocios, la cual se aplica con xito a los asuntos morales, del mismo modo que el ejercicio de las matemticas y la agilidad gimnstica que dan al entendimiento, facilitan el estudio de la filosofa. Pues pensando en su sobrina, vino a sentar ciertas bases que discuti consigo misma, dndolas al fin por indestructibles, a saber: que aquello no tena remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaa sobre doa Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alent ni favoreci jams los desvaros de Fortunata. Esto lo saban hasta los perros de la calle. Por consiguiente, bien poda la seora estar tranquila sobre este particular. Segundo punto: Fortunata sera todo lo mala que se quisiera suponer; pero haba pertenecido a la familia, y la persona ms importante de esta no poda menos de echar una mirada a la descarriada joven para enterarse de sus pasos, y tratar de impedir que arrojase sobre el claro apellido de Rubn ignominias mayores. Presentbase un problema grave, cuya solucin no estaba al alcance de los entendimientos vulgares. Aquel pequeuelo que iba a presentarse en el mundo era, por ley de la naturaleza, sucesor de los Santa Cruz, nico heredero directo de poderosa y acaudalada familia. Verdad que por la ley escrita, el tal nene era un Rubn; pero la fuerza de la sangre y las circunstancias haban de sobreponerse a las ficciones de la ley, y si el seorito de Santa Cruz no se apresuraba a portarse como padre efectivo, buscando medio de transmitir a su heredero parte del bienestar opulento de que l disfrutaba, era preciso darle el ttulo de monstruo. Oh!, si a m me hubiera pasado lo que le pasa a esa panfilona--se deca--, cmo no me haba de sealar el otro una pensin de alimentos? Bonito genio tengo yo para estas cosas... Ah! Pues si esa hiciera caso de m, y se dejara llevar...! Lo que es ahora, yo le aseguro que sus dos o tres mil duros de pensin no se los quitaba nadie... Lo primerito que yo hara era plantarme en casa de doa Brbara y leerle la cartilla bien leda... Y lo har, lo har, aunque esa simple no me autorice. No lo puedo remediar, la iniciativa me alborota todo el espritu, y reviento si no le doy salida... Y me inspira lstima lo que va a nacer, porque es un dolor que viva pobre viniendo de quien viene. Pues el da de maana (pongo que sea varn), cuando crezca y sea preciso librarle de quintas, qu va a hacer esa infeliz? No, esto no puede quedar as... pobre criaturita! Hay que hacer algo, y vase aqu cmo es una caritativa cuando menos lo piensa... No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver a doa Brbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los puntos, le har ver el disparate de que su nieto est peor que un inclusero... porque de qu va a vivir? Las acciones del Banco se las comern hijo y madre en un par de aos, y con el rdito de los treinta mil reales no tienen ni para sopas. Lo que es dinero de Maxi no lo han de ver, de eso respondo, porque sera el colmo de la afrenta y de la tontera... Nada, nada; que yo doy la campanada gorda, siempre y cuando el seorito ese no le seale el estipendio en el trmino de un mes. Vaya si la doy... Me pongo mi abrigo de terciopelo, mi capota, mis guantes y hala!... Ahora se me ocurre que debo empezar por darle una embestida a mi amiga Guillermina, que se har cargo de la justicia del caso... S, magnfica idea! Guillermina hablar con la otra y... Ahora, ahora comprender esa loquinaria la diferencia que hay entre obrar ella por cuenta propia y tenerme a m por consejera y directora. Apostamos a que ella, si el otro no le da un cuarto, se deja estar con su santa pachorra, sin atreverse a nada, tragando hiel y murindose de hambre? Pero yo, cuando hago el bien, lo hago contra viento y marea, y se lo meto en los hocicos a las personas tercas e intiles que no saben hacer nada por s. Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomtica y ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que mand a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de asistirla cuando el caso llegara, no vacilando en decir al feo y hbil profesor de obstetricia que sus honorarios no seran perdidos. Algo la desconcert Maxi el da en que se mostr sabedor del secreto, pues la seora, para hacer todos aquellos proyectos benficos en inters del vstago de Santa Cruz, _parta del principio_ de que su sobrino desconoca en absoluto la verdad. Muchsimo se alegraba de verle tan sereno; pero la sacaba de quicio el pensar que se volvera razonable hasta el punto de compadecerse de su mujer, y asignarle alguna pequea renta para que no pidiera limosna o se prostituyese. No, el otro, el que haba roto los vidrios, era el que los tena que pagar. A esta altura estaban sus cavilaciones, cuando Maxi le llev la noticia que le diera _doa Desdmona_. Lo primero en que doa Lupe puso su atencin inteligente fue en la cara del joven al dar el recado, y se pasm de su impavidez, a pesar de que demostraba penetrar el sentido recto de la alegora empleada por la seora de Quevedo. Despus de repetir textualmente el recado, aadi: Ha sido esta maana. D. Francisco acababa de llegar y se estaba acostando. Doa Lupe no volva de su asombro. Vaya, que lo toma con calma. Ms vale as. Y esto es cordura o qu es? Ser lo que llaman filosofa... Dios nos tenga de su mano, si despus le da por la filosofa contraria. --Piensa usted ir a verla?--le pregunt despus el chico con la mayor naturalidad. --Yo?... pero qu cosas tienes... Veo que es intil hacer comedias contigo. Con ese talentazo que ests echando, nada se te escapa... Verla yo! Slo por curiosidad he querido saber lo que s... De aqu en adelante, como si no existiera. No piensas t lo mismo? --Exactamente lo mismo... Ve usted lo fro y sereno que estoy? --As me gusta. Esto se llama ser filsofo en toda la extensin de la palabra, y elevarse sobre las miserias humanas--dijo la viuda con emocin verdadera o falsa--. No vuelvas a acordarte ms del santo de su nombre... --Y aunque me acordara, ta, aunque me acordara... --Para qu?... T no has de verla. --Y aunque la viera, ta, aunque la viera... Doa Lupe se inquiet un poco oyendo esta frase, dicha con cierto sentido de tenacidad manitica. Pero Maximiliano se apresur a tranquilizarla con otro argumento: Pero no observa usted lo cuerdo que estoy? Si no me he visto nunca as, ni en mis mejores tiempos... Ya quisieran todos.... La seora tom pie de esto ltimo para variar la conversacin: Dices bien. Sabes que tu hermano Juan Pablo me parece a m que no est bueno de la cabeza? Hoy estuvo otra vez a darme la jaqueca... Pues que le he de hacer el prstamo o se pega un tirito. Como no se mate l! Es el egosmo andando. Se necesita atrevimiento. Pedirme dinero un hombre que, cuando debe, no hay medio de sacarle un real, y se enfada si una reclama lo suyo! Dice que le van a hacer secretario de un gobierno de provincia y qu s yo qu... T lo crees? Muy rebajada est la talla de los empleados; pero no tanto.... En aquel segundo ataque desesperado que dio Juan Pablo a su ta, sali de la casa el pobre hombre ms muerto que vivo. Su ta no era ya simplemente una mujer mala; era un monstruo, una furia, un dragn mitolgico. Aquel tiro con que l se amenazaba a s mismo, cunto mejor estara empleado en ella! Pero ese tiro, me lo doy o no me lo doy?... No tengo ms remedio que drmelo--discurra entrando por la calle de la Magdalena--. Por ninguna parte veo la solucin. S, lo que es el tiro me lo pego; vaya si me lo pego... Lo malo es que no tengo revlver... Se me est figurando que al fin y al cabo no me pegar tiro ninguno. Es uno as, tan dejado, que no se arranca... Ya voy viendo yo que una cosa es decir uno de buena fe que se mata, y otra cosa es hacerlo... Pero en fin, yo sigo en mis trece, y al fin, me lo tendr que pegar, no habr ms remedio. --vi-- Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo. El Sbado, a poco de entrar en la oficina, le llam Villalonga a su despacho. Rubn se dirigi all palpitante de emocin. Dios!--se deca--; ser para darme la secretara? Qu cua, si no es para esto, qu cua, ya no aguanto ms! En cuanto salga del despacho del jefe, me levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo revlver... Me tirar por el balcn... No, eso no; me hara una tortilla!... Vamos, que el corazoncito me anuncia secretara... nimo, chico, que hoy te va a sonrer la suerte. El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo: Amigo Rubn, usted es listo y me conviene usted.... Rubn vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos. Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera. --Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus rdenes. --Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y como entiendo que usted sabr desenvolverse en el destino delicadsimo que le pienso dar... --La secretara de...--No, amigo; es ms. Yo, cuando encuentro una persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo _copo_, y la tomo para que me sirva a m. Le juro a usted que me conviene, _camar_. All va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera clase. Rubn no pudo decir nada. Crey que se le caa encima el techo del despacho y todo el Ministerio de la Gobernacin. Pues s, gobernador de _mi_ provincia. Quiero ver cmo arreglo aquello. Usted no tiene que entenderse ms que conmigo. El Ministro me da vara alta. --Seor director--balbuci Rubn--, disponga usted de m. --Pues ser usted incluido en la combinacin que va maana a la firma del Rey. Ya hablaremos, y le contar a usted de cmo est aquello. Creo que iremos bien. Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia, desflorando el asunto. Empez a entrar gente en el despacho, y Rubn se retir para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no saba lo que le pasaba; crea soar... se daba pellizcos a ver si estaba despierto, anduvo algn tiempo por la calle como un insensato... se rea solo... le dieron ganas de comprar un revlver para ponerse a disparar tiros al aire... Ah!, lo que deba hacer era meterle un par de balas en el cuerpo a doa Lupe... s, por mala, por tacaa... Pero no, no; perdonar a todo el mundo... La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de pas es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Pblico o de la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y por poco les manda prender a su ta y a Torquemada. En el caf, aquella noche, hubo la gran escena. Al principio no dijo nada, esperando dar la sorpresa de sopetn; pero sus amigos conocieron que no era el mismo hombre. Daba un sonsonete de autoridad a sus palabras, medalas mucho, tomaba el caf con ms pausa que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de proteccin. Pero amigo Montes, no hay que apurarse... ya veremos, ya veremos si se te puede meter en algn hueco... D. Basilio me tiene que dar unos datos que necesito sobre la recaudacin de la provincia de X... Oiga usted, Relimpio, no se d prisa a presentar la memoria, porque esta situacin dura. Cnovas tiene para un rato. Es hombre que entiende la aguja de marear. Y como se suscitara un debate poltico de los ms graves, Rubn se puso de parte de los que defendan la tesis ms razonable, conciliadora y templada. Pero ustedes, qu creen, que una sociedad puede vivir siempre soando con trastornos? Seamos prcticos, seores, seamos prcticos, y no confundamos las pandillas de politicastros con el verdadero pas. En esto lleg _La Correspondencia_, y a las primeras ojeadas conspicuas que arroj sobre las columnas de ella el buen D. Basilio, tropez con la combinacin de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se restreg los ojos creyendo que lea mal. Mas convencido de que no era error, lanz otra exclamacin ms fuerte y al instante se enteraron todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plcemes, unos sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia. Hace tiempo que el amigo Villalonga tena empeo en eso. Hoy ha machacado tanto que no he podido decirle que no. --Pero qu callado se lo tena! De todos lados de la cmara... digo del caf, vino gente a felicitar al gobernador, y el mozo, a quien Juan Pablo deba el consumo de cinco meses, y algunos picos, se puso ms contento que si le hubiera cado la lotera; y hasta el amo del establecimiento fue a dar un apretn de manos a su parroquiano, dicindole si poda colocar en las oficinas de la provincia a un sobrinito suyo que tena muy buena letra. No le digo que s ni que no, D. Jos. Veremos. Tengo la mar de compromisos... Pero ya sabe usted que har los imposibles por servirle... Usted me manda. El hombre compens con los goces de aquella noche los sufrimientos y tristezas de tantsimos meses. Toda la gente que prxima estaba, mirbale con cierta expresin de asombro y respeto, como se mira a quien es, ha sido o va a ser algo en el mundo. En cuantos asuntos se trataron aquella noche en el crculo, Rubn hizo gala de las ideas ms sensatas. Era preciso moralizar la administracin provincial, desterrar abusos; sobre todo, en el destierro de los abusos insisti mucho. Su plan de conducta era muy poltico... contemporizar, contemporizar mientras se pudiera, apurar hasta lo ltimo el espritu conciliador; y cuando se cargara de razn, levantar el palo y deslomar a todo el que se desmandase... Mucho respeto a las instituciones sobre que descansa el orden social. Cuando va cundiendo el corruptor materialismo, es preciso alentar la fe y dar apoyo a las conciencias honradas. Lo que es en su provincia, ya se tentaran la ropa los _revolucionarios de oficio_ que fueran a predicar ciertas ideas. Bonito genio tena l...! En fin, que el pueblo espaol est ineducado y hay que impedir que cuatro pillastres engaen a los inocentes... La mayora es buena; pero hay mucho tonto, mucho inocente, y el Gobierno debe velar por los tontos para que no sean engaados... En cuanto a moralidad administrativa, no haba que hablar. l no pasaba ni pasara por ciertas cosas. Ya le haba dicho a Villalonga que aceptaba con la condicin de que no le pondra veto a la persecucin y exterminio de los pillos... A muchos que mangonean ahora, les he de llevar _codo con codo_ a la crcel de partido... Yo soy as; hay que tomarme o dejarme. Don Basilio era de los que sinceramente se alegraban del _golpe de suerte_ que haba tenido Juan Pablo. Aquel destino no era _de su ramo_, y por tanto, no lo envidiaba. Si se hubiera tratado de la direccin econmica de una provincia, D. Basilio habra sentido tristeza del bien ajeno. Pero no le sacaran a l de sus nmeros... Por cierto que el Ministro le haba encargado un trabajo que le traa marcado... _proyecto de reglamento para la cobranza del subsidio industrial_... Siempre me caen a m estos turrones. Ocurre en secretara que no se conocen los antecedentes de tal o cual cosa... 'Ah!, la Caa lo sabr'. Piden en el Congreso una nota del estado en que se halla la codificacin de Hacienda. Qu lo! Nadie sabe una palabra... 'Ah!... a ver... la Caa'. Y la Caa les saca del apuro. Que el Ministro quiere enterarse de los trabajos hechos para el establecimiento del Registro fiscal, que es el gran medio para descubrir la riqueza oculta... Pues toda la casa revuelta; busca por aqu, busca por all. Hasta que a uno se le ocurre decir... 'Eso la Caa...' y efectivamente; como que la Caa es el que hizo los primeros estudios del Registro fiscal. Total, que si por desgracia llegaba a faltar D. Basilio del Ministerio de Hacienda, este se vena abajo de golpe como un edificio al cual falta el cimiento. Leopoldo Montes aspiraba a que Rubn le llevase de secretario; pero esto no era fcil. Chico, yo se lo dir a Villalonga. Creo que me dan el secretario hecho... Veremos si te meto de inspector de polica. Otros tertuliantes sentan envidia, y aunque felicitaban y adulaban al favorecido, al propio tiempo hacan pronsticos de las dificultades que haba de tener en el gobierno de su nsula. Pero ello es que la lisonja y la envidia, la codicia ambiciosa, la curiosidad y la novelera aumentaban considerablemente el personal de la tertulia en el tiempo que medi entre el nombramiento y la salida de Rubn para su destino. Mucho ajetreo tuvo aquellos das para arreglar sus asuntos y proveerse de ropa. Y no dejaron de molestarle tambin y entorpecerle ciertas disensiones domsticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de gobernadora, y se haba despedido de sus amigas con ofrecimientos de proteccin a todo el gnero humano, se qued helada cuando su seor le dijo que no la poda llevar... Pucheros, lloros, apstrofes, quejas, gritos... Pero, hija de mi alma, hazte cargo de las cosas; no seas as. No comprendes que no me puedo presentar en mi capital de provincia con una mujer que no es mi mujer? Qu dira la alta sociedad, y la pequea sociedad tambin, y la burguesa!... Me desprestigiara, chica, y no podramos seguir all. Esto no puede ser. Pues estara bueno que un gobernador, cuya misin es velar por la moral pblica, diera tal ejemplo. El encargado de hacer respetar todas las leyes, faltando a las ms elementales!... Bonita andara la sociedad, si el representante del Estado predicara prcticamente el concubinato! Ni que estuviramos entre salvajes... Convncete de que no puede ser. T te quedas aqu y yo te mandar lo que vayas necesitando... Pero lo que es all no me pongas los pies... porque si lo hicieras, tu _chachito_ se vera en el caso de cogerte... ya sabes que tengo mucho carcter... de cogerte y mandarte para ac por trnsitos de la Guardia civil. -VI- Final --i-- Fortunata sinti ruido en la puerta y esta voz: Se puede?.--Pase usted, D. Segismundo dijo reconociendo al regente de la botica. Y entr el tal con cara risuea y actitud oficiosa, como de persona que cree ser til. Estaba la joven incorporada en su lecho, con chambra y pauelo a la cabeza. Qu reguapa est!--pensaba Ballester al saludarla, apretndole mucho la mano--. Lstima de mujer!. Ayer no pas usted--le dijo ella con amabilidad--, porque yo no saba quin era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las noches sueo que alguien viene a robrmelo. Quiere usted verle?.... A su lado estaba, durmiendo con plcido sueo, el recin venido personaje, cuyas precoces gracias quera mostrar a su amigo. As lo hizo con ms orgullo que vergenza, y apart las sbanas, dejando ver la carita sonrosada y los puos cerrados del tierno nio. Cuidado que es bonito! dijo Ballester inclinndose--. Tiene a quien salir por una y otra banda. --Dos horas hace que est tan dormidito. Qu ngel! Y si viera usted qu pillo es, y qu tragn! Viene determinado a darse buena vida. Si lo viera usted cuando se pone a mirarme... Pobrecito! Me quiere mucho. Sabe que le quiero ms que a mi vida, y que es para m el mundo entero. --Ya sabe usted lo convenido. Ser padrino de Su Excelencia. Usted me lo prometi la ltima vez que nos vimos. --S, s, y no me vuelvo atrs. Usted ser padrino. --Y despus del primer nombre, que usted designar (ponindose muy inflado), llevar el mo, Segismundo. Qu le parece a usted? --Muy bien. Se llamar Juan, despus Evaristo, y despus Segismundo. --Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafn, pero de ah no paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo. Ambos se rieron. Ballester se haba sentado en una silla junto al lecho, y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le pareca entonces ms hermosa que nunca. Le dara cuatro besos--pensaba--; pero de amistad, de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que quieran, no es tan mala como se cree por ah. Despus empez a dar noticias de la familia y amigos, las cuales oa Fortunata con gran curiosidad. Doa Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos los das nos pide noticias a m o a Quevedo, y pregunta tambin por el muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algn defecto fsico.... --Defecto!...--exclam la madre indignada--. Si es una preciosidad. Ms perfecto es que las perfecciones. Se lo ensear a usted desnudo, para que vea qu hermosura de hijo. Estoy loca con l. Me parece que han de venir a quitrmelo. Y no crea usted; hay tanta envidiosona...! Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continu as: Pero lo que la pasmar a usted es saber que el amigo Maxi est tan mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce. --Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted. --No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difcil de resolver, se le consulta a l. Est hecho un Salomn. _Doa Desdmona_, cuando surge alguna dificultad en su repblica de pjaros, le llama, y lo que l dice, se hace. --Vaya, que hoy estamos de vena. Ojal fuera verdad lo que usted dice. Yo me alegrara mucho, con tal que no se acordara de m para nada, ni supiera que estoy viva. --Pues eso s que no lo logra usted... Todo lo sabe. --Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadsima y palideciendo). No sabe usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de tranquilidad. Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester; mire que estoy temblando de miedo. --Miedo a qu? Si est muy razonable, y ms tranquilo que nunca. Todas sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se puede llamar sentimiento. --No me fo, no me fo (meditaba, demostrando en el tono que no las tena todas consigo). Ver usted cmo el mejor da... La conversacin pas de Maximiliano a _las Samaniegas_, mostrando Fortunata gran extraeza de que Aurora no se acordase de ella. Es una mala crianza, porque bien sabe dnde estoy, y desde su obrador aqu se viene en tres minutos. Y si no quera ella venir, qu le costaba mandar una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce. Ballester contest con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora la interpretacin conveniente. De pronto el farmacutico mud el tema: Ah!, me olvidaba de lo mejor. Sabe usted que el crtico y yo nos hemos hecho amigos? Quin lo creera! Tanto como yo le odiaba! Pues ver usted. Padillita le meti un da en la botica, y yo empec a darle guasa con sus crticas, dicindole que me gustaban mucho. Pues resulta que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe. Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tena se ha evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es de conciencia, y hasta cuando elogi el dramn aquel que a m me sacaba de quicio, lo hizo porque le sala de dentro. Y aunque le paguen tarde, mal y nunca, l tan conforme en su _sacerdocio_; lo toma en serio, y le parece que nadie ha de tener opinin sobre las obras si l no la da. Ha hecho oposicin a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado. Pues qu cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que est enferma; y yo, desde que me cont su historia, no le cobro nada por las medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, dicindole que su adorada es muy romntica y que no tenga miedo de casarse, porque no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la compra. Yo le digo que abandone el _sacerdocio_ y que deje a los autores y al pblico que se arreglen como quieran. Est conforme conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo tiene en el Espaol; y como se represente, el exitazo es seguro. La noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la obra y yo le he dicho que me la deje all. Sin leerla, le dir que es magnfica, y un amigo mo periodista pondr un sueltecito con aquello de que _en los crculos literarios se habla mucho, etc_... Le digo a usted que me interesa mucho ese infeliz, y que hara yo algo por l si pudiera. En _blsamo tranquilo_ le tengo dado ya ms de medio cuartillo, y el extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mam es reuma. Tambin le he hecho una bizma para la cintura que vale cualquier dinero. Yo soy as; al que me entra por el ojo derecho, le doy hasta la camisa. Y si viera usted qu cario me ha tomado Ponce! Echamos largos prrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emocin esttica, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi vida las he visto ms gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy con l un lustre que no hay ms que ver. Fuera de estas tonteras de la crtica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin ms debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitrselo de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: Con qu se van a mantener? Con la pieza?. Si se casa, van a ser cuatro de familia; el matrimonio y la mam de l, enferma, y una hermanita que, segn me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos largamente en la botica, que llamamos el _crculo literario_, y le voy engatusando. Olimpia me sacara los ojos si supiera las cosas que le digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete _osos_, y lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi proteccin, y le he de salvar. Buen turrn le caa si se casara...!. --Qu risa con usted! Pobre Ponce! Ya le deca yo que era un buen chico, y usted empeado en darle la morcilla. --Ah!, de buena escap. Guardo la fatdica yema para otro, s, para otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quin es, porque no se lo he de decir... Se lo dir despus que se la haya zampado, porque se la tiene que comer, como este es da. En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita prxima aument considerablemente, y a los odos de Ballester llegaban estas palabras: _envido a la chica, rdago a los pares_. Es mi to Jos--dijo Fortunata--, que est jugando al mus con su amigo. Le mando que venga aqu para que me acompae mientras estoy en la cama, porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle compaa. Ballester se asom a la puerta entornada para ver a la pareja. No conoca a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era nueva para l, y crea haberla visto en alguna parte, aunque no recordaba dnde ni cundo. --ii-- La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo, no les dijo ms que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero a la segunda se cruz entre ellos tal tiroteo de cumplidos, ofrecimientos y franquezas, que no haba de tardar la amistad en unirles a los tres con apretado lazo. Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se rea de las ocurrencias de Segismundo buscndole la lengua a _Platn_ y a Ido del Sagrario, a quien sola llamar _maestro_. Siempre que iba por las noches el farmacutico, les encontraba infaliblemente y se diverta con ellos lo indecible. Mucho agradeca la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el corazn ms honrado y generoso del mundo, y tena cierta vanidad en tomar sobre s el cumplimiento de los deberes que correspondan a otros y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la seora de Rubn, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser puros y desinteresados sus actos de caridad, y habran sido lo mismo aun en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo atractivo personal. Fortunata iba adquiriendo confianza con l, y le revelaba sus pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo haba que no se atreva a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida. Ni Segunda ni Jos Izquierdo lo comprenderan tampoco. Y como le era forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le caban en la mente y se le rebosaban, tena que decrselas a s misma para no ahogarse. Ahora s que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, qu diferencia! Yo soy madre del nico _hijo de la casa_, madre soy, bien claro est, y no hay ms nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo aqu... Habr quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos, yo no tengo nada que ver con ellas. Para qu las han hecho as? La verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la _mona del Cielo_ el puesto que ella me haba quitado a m... Ahora la quisiera yo ver delante para decirle cuatro cosas y ensearle este hijo... Ah!, qu envidia me va a tener cuando lo sepa!... Qu rabiosilla se va a poner!... Que se me venga ahora con leyes, y ver lo que le contesto... Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y est ella debajo, la perdono; yo soy as. Pues l, digo!, cuando lo sepa, qu har?, qu pensar? No acabo de cavilar en esto, Dios mo! l ser un pillo, y un ingrato; pero lo que es a su nene le tiene que querer. Como que se volver loco con l. Y cuando vea que es su retrato vivo Cristo! Pues digo, si doa Brbara le viera...! Y le ver, toma, le ver... Como hay Dios, que se vuelve loca. Qu contenta estoy, Seor, qu contenta! Yo bien s que nunca podr alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy requetefinos; yo lo que quiero es que conste, que conste, s, que una servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendran nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aqu, desde hace tantsimo tiempo, empollndola hasta que ha salido, como sale el pajarito del cascarn... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es porque yo sea interesada. Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo que yo quiero es que conste... S, seora doa Brbara, es usted mi suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte por donde quiera, pero soy la mam de su nieto, de su nico nieto. Quedbase muy convencida despus de sentar estas arrogantes afirmaciones, y la satisfaccin le produca tal contento, que se pona a cantar en voz baja, arrullando a su hijo; y cuando este se dorma, continuaba rezongando como la pjara en el nido. El gozo, algunas noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su idea ya realizada, saltndola como Feijoo saltaba el _bilboquet_. Quevedo iba a verla todos los das, y aunque la encontraba muy bien, ordenaba que no se levantase. Qu aburrimiento estar tanto tiempo prisionera! Gracias que con su chiquitn se entretena. De noche le ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el da Encarnacin, que era muy lista y se volva loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el pequeuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegra delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupi. Pero, ta, no se ha tropezado usted en la escalera con Plcido? Dgale que pase, que le tengo que hablar. Responda Segunda que no una ni dos veces, sino ms de veinte haba encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le echaba para que subiese haban sido como si no. Me puso una cara, chica, cuando le cont la novedad, que pareca un juez de primera _estancia_. Y ayer me dijo: 'Quite usted all, so chubasca, encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la calle!'. --Ya se amansar. Qu apostamos a que se amansa?--deca la joven sonriendo--. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha cado del Cielo. Tanto hizo Segunda y tales enredos arm, que Estupi entr una maana, gruendo y echndoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer todos los msculos de su cara para enfrenar su indignacin. A cuanto le decan Segunda y su hermano, responda con bufidos; y si la seora de Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por las escaleras abajo. No se puede tratar con estas tas farfantonas... Vaya usted al rbano. Vaya usted muy enhoramala. Pero dando estos respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y Segunda le meti casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso instintivo, Estupi se quit el sombrero en el momento en que senta los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con mucha necesidad. Al ver que el hablador descubra su venerable cabeza, Fortunata sinti en su alma inundacin de alegra, y se dijo: Eso es, saluda a tu amito. l te proteger como te han protegido sus abuelos y su padre. Plcido se inclin para verle, y aunque se quera hacer el hombre terrible, se le escap esta frase: Clavado, _talmente_ clavado.... Qu feo es!... verdad, D. Plcido?--dijo la madre, radiante de gozo--. Qu, no le da un beso?... Cree que le va a pegar algo? Descuide, que lo bonito no se pega... Sabe una cosa don Plcido? Me parece que le va usted a querer... y l a usted tambin. A que s?. El hablador murmuraba algo que no se oa bien. Estuvo un momento como indeciso entre el furor y la suavidad. Despus rompi a hablar con Segunda sobre si esta pona o no pona aquel ao cajn en San Isidro, y se retir al fin, despidindose de una manera que bien poda pasar por conciliadora. Fortunata estaba contentsima, y se deca: De seguro que ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme. Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendra de ver a doa Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera haba de sentir mucha vergenza. Le pedir perdn por lo mal que me port aquel da, y me perdonar... como esta es luz. De fijo que me calienta las orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de este hijo. A ver qu tiene que decir de mi idea. Qu se le ocurrir? Alguna cosa que yo no entender ni la entender nadie... Diga lo que quiera y tmelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrs de lo que ha hecho; y aunque se hunda el mundo, este hijo es el _verdico nieto natural_ de esos seores, D. Baldomero y doa Brbara... y la otra, con todo su ngel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo digo. Que me presente uno como este... No lo presentar, no. Porque Dios me dijo a m: _t pitars_; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doa Brbara se chifl por el _Pituso_ falso, cmo no se dislocar por el de oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y de fijo que Estupi lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa primero de todos es mi amiga _la obispa_. Apostamos a que viene a verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermn que me tiene preparado. Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le dir que tiene razn; pero que yo tengo el hijo, y all se van hijos con razones. Esta visita tenala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar rspices y de enderezar a las que cometan pecados gordos. Tan segura estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla crea que era ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y ponindose con la mayor decencia posible, trmula de emocin y esperanza. --iii-- El bautizo se celebr con modestia suma en San Gins, una maana de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo y algunos ms. Ballester se corri gallardamente aquel da a convidar a Izquierdo y a Ido del Sagrario en el prximo caf de Levante. Inst mucho al _maestro_ a que tomara un _biftec_; pero D. Jos lo rehus, aunque buenas ganas tena de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le pareca que se trastornaba. Su almuerzo fue un caf con media tostada de abajo... y otra media de arriba. Tras el caf vinieron las incitantes copas, y tambin les hizo escrpulos el profesor; no as _el modelo_, que se llen el cuerpo de ron hasta que ya no poda ms, sin que por eso se perturbase su slida cabeza, que deba de ser un alambique. Mientras coman, vieron pasar a Maximiliano Rubn, que sala del caf; pero como l no aparent verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se fue a su botica y los dos Joss a la casa de la Cava. Era domingo y ninguno de los dos tena ocupaciones. Izquierdo mand a Encarnacin por una _grande_ de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de domin, extendi y mezcl las fichas para empezar una partidita. Y cuentan las crnicas _platnicas_, que antes de llegar a la mitad del segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se haba levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dej caer sobre el sof de Vitoria y dorma como un _verdico_ bruto, el sombrero sobre los ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La se Segunda se llev a Encarnacin a la plazuela, porque la noche antes haba habido fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pas la maana ayudando a sus compaeras a meter los trastos que se sacaron, y a reparar lo que de reparacin era susceptible. Fortunata estuvo aquel da aburridsima, con muchas ganas de levantarse. Por respeto a las ordenanzas del seor de Quevedo, segua en la cama, pero ya no aguantara aquella crcel enojosa dos das ms. Juan Evaristo Segismundo, despus que le trajeron de San Gins, estaba tan guapote y satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la familia cristiana; y para celebrarlo, en cuantito lleg al lado de su madre, busc la despensa y se puso el cuerpo que no le caba una gota ms de leche. Oa Fortunata los ronquidos del venerable _Platn_, cual monlogo de un cerdo, y senta tambin los paseos de Ido, y algn monoslabo ininteligible, suspiros que parecan ayes de pena o invocaciones poticas; y cuando el profesor llegaba en su deambulacin febril a la puerta de la alcoba, crea distinguir sus manos o parte de un brazo que suban hasta cerca del techo. Luego son la campanilla y D. Jos fue a abrir. Fortunata crey que era Encarnacin que volva de la plazuela; pero se equivocaba. No tard en or cuchicheos en la puerta. Quin sera? Despus sinti pasos y un chillar de botas que la hicieron estremecer, y se qued muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano. Era l; as lo afirm despus de dudarlo un momento. La estupefaccin que senta apenas le permiti dar un grito, y su primer movimiento fue echarle los brazos al nene, decidida a _comerse a bocados_ a quien intentase hacerle dao o quitrselo. Rubn estuvo ms de un minuto sin dar un paso, clavado en la puerta y destacndose dentro del marco de ella como la figura de un cuadro. Cosa rara! Ningn signo de hostilidad se vea en su cara ni en su ademn. Miraba a su mujer con seriedad, pero sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su expresin era casi indulgente. Pero ella no las tena todas consigo, y le mir como quien se dispone a una defensa enrgica. To, to--dijo alzando la voz--. Encarnacin.... Como ni Izquierdo ni la criada respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borr de la memoria. Cmo diablos se llama este hombre?... Usted, venga ac... Ah!, ya me acuerdo. Seor Sagrario, haga el favor de despertar a mi to. Pero ni el to despertaba, ni D. Jos se haca cargo de que le llamaban. Parece que me tienes miedo, y que pides socorro--le dijo Maxi con fra bondad--. No te voy a comer. Ests equivocada si piensas que vengo de malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea estpida vol... por fortuna de todos. Diciendo esto se sent en la silla, y quitndose el sombrero lo puso sobre la cama. Fortunata le encontr ms delgado; la calva pareca mayor, y sus miradas tenan cierto reposo que la tranquiliz. Aunque nadie me ha dicho una palabra--prosigui Rubn--, s todo lo que te ha pasado; lo he sabido por mi propia razn, y vengo a compadecerte y a hacerte un gran bien... Porque yo perd la razn, bien lo sabes; pero luego la volv a adquirir. Dios me la quit y me la volvi a dar tan completa, que en este momento estoy ms cuerdo que t y que toda la familia. No te asombres, hija, que bien conocers por lo que voy a decirte que mi cabeza est buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qu, no lo crees?. Fortunata no saba si creerlo o no. Su miedo no se haba extinguido, y esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y sigui protegiendo a su hijo, en actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no pareca reparar en el nio. Con gran serenidad habl as: Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situacin y de la ma. Ya entre t y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad tuya y equivocacin ma. Yo te adoraba; t a m no. Matrimonio imposible. Tena que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me volv loco, y t te emancipaste. Los disparates que habamos hecho los enmend la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar. Miraba el bulto que en la cama haca Juan Evaristo; pero como su ademn no tena nada de hostil, Fortunata se iba sosegando. Ya s lo que hay aqu! Pobre nio! Dios no ha querido que sea mo. Si lo fuera, me querras algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo s yo tambin... Divorcio consumado. Ms vale as. Yo no deb casarme contigo. Bien lo pagu perdiendo la razn. Qu debo hacer ahora que la he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me las dio a m... ahora a ti. Preprate. No vengo a hacerte dao, sino a anunciarte la buena nueva de la leccin, porque estas pedradas que vienen de arriba sanan, curan y fortalecen. --Pero este hombre--se deca Fortunata--, est cuerdo o est ms loco que antes? Buena jaqueca me est dando; pero como no pase de ah, se le puede aguantar. Algo quiso decir en alta voz; pero l no la dejaba meter baza, y como si trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna de sus partes, peg en seguida la hebra: Te acuerdas de cuando yo estaba loco? Los ratos que te di te los tenas bien merecidos; porque en realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me haba metido a m en la cabeza; no tena ningn dato en qu fundarme; pero el convencimiento de ella no lo poda echar de m. No s decir bien si so que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tena. Porque yo tena unos celos ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me falta--deca yo--, no tiene ms remedio que faltarme; no puede ser de otra manera'. Y como por lo mucho que te quera, yo no encontraba a tu pecado ms solucin que la muerte, ah tienes por qu me naci en la cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la liberacin, pretextos y triquiuelas de la mente para justificar el asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. Ay, qu malo me puse! Te digo que cuando invent aquel sistema filosfico tan ridculo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los disparates que yo deca los recuerdo como se recuerdan los de las novelas que uno ha ledo de nio; y ahora me ro de ellos, y calculo cunto se reiran los dems. Te acuerdas t?. Fortunata respondi que s con la cabeza. No le quitaba los ojos, siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descompona, y estar preparada a cualquier agresin. Despus me atac lo que yo llamo la _Mesianitis_... Era tambin una modificacin cerebral de los celos. El Mesas... tu hijo, el hijo de un padre que no era tu marido! Empez por ocurrrseme que yo deba matarte a ti y a tu descendencia, y luego esta idea herva y se descompona como una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel absurdo del Mesas. Examnalo bien, y vers que todo era celos, celos fermentados y en putrefaccin. Ay, hija, qu malo es estar loco! Cunto mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazn muerta, y limitado a hacer una vida de lgica, fra y algo triste. Al or esto, que Maxi expres con cierta elocuencia, Fortunata volvi a inquietarse, y llam de nuevo a su to, que segua dando los ronquidos por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de Seor Sagrario, seor Sagrario... haga el favor de venir. D. Jos se asom a la puerta, echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de nada. Rubn acerc ms la silla, y Fortunata tuvo ms miedo: Pero todo aquello de la liberacin y del Mesas vol. Los hechos reales sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvi mi razn, y me la devolvi corregida y aumentada. Con ella vi los hechos; con ella descubr lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstru mi ser, que haba pasado por tantos cataclismos; con ella me penetr bien de nuestro divorcio y desech dos y hasta tres veces la idea de homicidio; con ella pude llegar a considerarte mujer extraa, madre de hijos que yo no poda tener, y con ella me he revestido de serenidad y conformidad. No te admiras de verme como me ves? Ms te asombraras si pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevacin con que yo miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con que veo a tu hijo... Un ser ms en el mundo! Cuando l ha venido sus razones tendr. Qu derecho tengo yo a estorbarle la vida? Qu derecho a matarte a ti porque se la hayas dado? Fjate bien: es muy grave eso de decir: 'tal o cual persona no debi de nacer'. --Dios mo!--exclam para s Fortunata--. Pero este hombre est cuerdo o cmo est? Eso que dice es razn, o los mayores disparates que en mi vida le he odo...? --Yo pregunto--aadi Maxi acercndose ms--. El derecho a nacer, no es el ms sagrado de todos los derechos? Quin me mete a m a poner estorbo a ningn nacimiento? Estara gracioso... Nazcan y vivan, que viviendo aprendern. Nada, para m est peor que antes--pensaba la esposa--, y esto que dice podr ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada. --Parece que me tienes miedo--le dijo l siempre serio y tranquilo--. No s por qu. Ya habrs visto que a razonable no me gana nadie. --S, es verdad; pero...--Pero qu...?--T dirs que gato escaldado del agua fra huye (sonrindose ligeramente, por primera vez en aquella conferencia). Otra cosa: ensame a tu hijo. Fortunata volvi a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos hacia donde estaba el pequeuelo, las apart con las suyas, diciendo: Otro da le vers... Djale... est dormido y me le vas a despertar. --Pero qu manitica eres!... Yo cre que despus de haberme odo, te convenceras de que mi razn est como un reloj y de que adems me ha entrado un gran talento. Qu has visto en m que te parezca sospechoso? Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la ltima idea mala la tuve hace das; pero la arranqu y estoy limpio de ira y de odio. Y para decrtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto jactancia, es la verdad... Crees que voy a hacer dao a tu hijo? Hacer dao a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Djamele ver, y te dir algo que te aprovechar. Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad poda irritarle, permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegindole con sus manos. No dijo nada mientras le miraba. Despus volvi a su asiento y estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha, ligeramente fruncido el ceo. Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y los buenos se aniquilan en la esterilidad. --iv-- To, por Dios, to, despierte usted volvi a decir Fortunata gritando; y como asomase a la puerta la flcida y carunculosa efigie de Ido del Sagrario, la joven le dijo: Pero qu hace usted que no despierta a mi to?... Qu sola me tienen aqu! Y esa chiquilla que no viene!. Ido refunfu algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor con lstima, Maxi dijo a su esposa: Este buen seor est tocado. Me da mucha lstima, porque s lo que es andar mal de la cabeza. Si l quisiera seguir mi plan, yo me comprometa a ponerle como nuevo. Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estpido: Seor D. Jos, sernese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontera creer que las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al canto, y dejar que obre la lgica, pues ella castiga sin palo ni piedra. Y Fortunata se persignaba, llena de admiracin, dicindose: Pero ser verdad, Dios mo, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? Qu har yo para que se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueas, y me da el gran susto. Se parece a tu enemigo!--repiti Maxi, volviendo a la idea que le haba excitado ligeramente--. Es una desgracia para l. Y si en lo moral saca la casta, peor que peor. El nio inocente no es responsable de las culpas del padre; pero hereda las malas maas. Pobre nio!, tengo lstima de l. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dar muchos disgustos. A Fortunata le indign esta idea; pero no se atrevi a contradecirla. Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver si se aburra y se marchaba pronto. Tiene a quien salir--aadi Maxi con lgubre irona--. Su pap es de oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo s. Ni siquiera habr venido a verle... Tambin me lo figuro. No vendr; ten por cierto que no vendr. --Quin sabe!...--se dej decir la joven, sintiendo que se le apretaba la garganta. --Te repito que no vendr... Tengo mis razones para asegurarlo. --Claro... qu ha de venir...! Ni falta. --Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresin filosfica. Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos. Fortunata sinti que toda la sangre se le suba al rostro, y se puso muy sofocada. Rubn estir el codo sobre el lecho, apoyndose en l con actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando lea. Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas en regenerarte. La _Pitusa_ tena mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la almohada tena, empez a abanicarse. --Es preciso que lo sepas--volvi a decir Maxi con cierta frialdad implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato--. Tu verdugo no se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer. --Con otra mujer!--dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la colcha. --S, con otra mujer a quien t conoces. El asesino le iba soltando a la vctima las palabras en dosis pequeas, y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como para alejar y espantar una conviccin que quera penetrar en ella, le dijo: Qu historias me vienes a contar ah?... Djame en paz. --Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre est enamorado de otra mujer, y t la conoces. Aprende, pues. Ah tienes la maravillosa arma de la lgica humana, con la cual te hiero para sanarte. Ms vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta leccin terrible puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me encuentro. Y quin me ha trado a m a este bendito estado? Pues una leccin, una simple leccin. Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana. --Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la vctima defendindose. --T podrs creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la medicina que el mdico le da. Porque esto es la medicina de tu conciencia. Quieres otra? Quieres el nombre de la que te ha robado lo que t robaste? Pues te lo voy a decir. Fortunata sinti como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la cabeza, y la habitacin daba vueltas en torno suyo. Llevndose la mano a los ojos, dijo a su marido: Me lo tienes que decir. --Es una amiga tuya.--Amiga ma!--S, y su nombre empieza con A. --Aurora, Aurora es!--exclam la joven dando un salto en su lecho, y mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido una bofetada. --Ella es.--Hace tiempo que el corazn me deca algo de esto, pero muy bajito, y yo no lo quera creer. --Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser ms. --T me engaas, t me engaas--replic la joven en actitud de Dolorosa--. T me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes con esta historia. --Si lo tomas como golpe de muerte, tmalo--manifest Rubn con implacable frialdad. --Aurora... Aurora!... Dios mo!, qu idea tan perra...! (agitndose extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre est loco y no sabe lo que se dice. --Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defindete con eso. Pero t caers, t te convencers. No tienes escape. La verdad se impone. Ah tienes un tiro que no yerra nunca. Quieres ms seas? Cuando Aurora sale de su obrador, l la espera en la calle de Santo Toms y van juntos hacia el Ave-Mara. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al obrador, y a donde va es a... --Cllate; te digo que te calles--grit Fortunata retorcindose los brazos--. Eres un mentiroso, un calumniador. --Pues qu queras t...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar a las agrias y a las maduras. Qu queras? Herir y que no te hirieran? Matar y que no te mataran? El mundo es as. Hoy tiras t la estocada, y maana eres t quien la recibe... Dudas todava? La vctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre, que a veces pareca demente, a veces no, revesta las apariencias de un hecho cierto. Algo tena la infeliz joven en su cabeza que se lo confirmaba, inundndola de luz. Record frases y actos, at cabos, y... nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estara todo lo enfermo que se quisiera suponer; pero lo que deca, verdad era. Lo dudas todava? volvi a preguntar l. --No s, no s... Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y rfagas de ira). No s qu pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un tiro, me habras matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa hipcrita, esa sinvergenza que me venda amistad, no se ha de rer de m. Te juro que le pateo el alma ms pronto que lo digo (revolcndose en el lecho). Esto no puede quedar as. La mato, le saco los ojos, le arranco el corazn... Que me traigan mi ropa. To, chiquilla; quiero levantarme. Pero qu abandonada me tienen! --Comprendo que te d tan fuerte. As me dio a m; pero luego me he vuelto estoico. Aprende de m. No ves qu sereno estoy? He pasado por todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura... --Porque t no eres un hombre (interrumpindole). --Es que las lecciones me han valido. --Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero. --Y por qu no habas de serlo t tambin? (tomndole las manos y tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). Por qu no habas de aspirar al estado en que yo me encuentro? A l he llegado pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho, cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sent otra vez la debilidad de espritu que crea vencida... me entraron ganas de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo... Pero despus he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una consecuencia lgica que un pual. --Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!--grit la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos. --No me qued fresco... Me alborot mucho; pero despus vino la reflexin. Lo que importa, me dije, no es que l muera, sino que ella aprenda. Y t has aprendido. --Pues si yo les llego a ver...! --Si les llegas a ver, acurdate de m. Hazte santa como yo... Les miras y pasas... --T no eres hombre... T no eres nada--exclam la joven con desprecio--. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si la cojo, no lo cuenta. Infame, arrastrada, indecente, engaarme as! --T, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo. --Pues no he de tener! (ofuscndose por completo y sin reparar en lo que deca). Me ha quitado lo mo. Yo ser mala; pero ella lo es ms, mucho ms. --Comprendo tu exaltacin. Yo, que no tena otro mvil que la justicia, cuando les vi, cuando me persuad de que pecaban, creo que si tengo un revlver, les suelto los seis tiros por la espalda. --Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--. Por qu no lo hiciste? Eres un tonto... Aunque despus me hubieras matado a m tambin. Tienes derecho a hacerlo. --Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abra los ojos con espanto. Les esper para verles salir. Calle tal, nmero tantos. Me escond en un portal. Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revlver.... --Yo te lo comprar... Hoy mismo, ahora mismo (agitndose en el lecho, cogiendo a su hijo, volvindolo a dejar, descubrindose el pecho, tapndoselo y sin saber qu hacer). --Matar!... Leccin a ella? Y la tuya? --La ma, la ma? Ya la tengo, majadero. Todava quieres ms leccin? A esa traicionera s que se la voy a dar, y gorda. --Irs a presidio si matas.--Pues ir contenta.--Y tu hijito? Al or esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llev al seno. La madre lloraba, el chico tambin, y el gran Ido apareci otra vez en la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas semejantes a las de las estatuas de yeso o mrmol, pues pareca no tener nias en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso trmino a la situacin; y lo mismo fue ver a Rubn que volarse, soltando por aquella boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al tagarote intil de don Jos Ido, el cual, vindose insultado, a su parecer tan sin motivo, haca contracciones casi inverosmiles con los msculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro hasta la raz del pelo. Yo no s lo que es--deca--, yo no s lo que es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entr fue porque quiso; que yo no le mand entrar... y si la mata, sus razones tendr, naturalmente... Vaya con la seora esta qu genio gasta!, y cmo me trata! No sabe quin soy? Pues soy Josef... el Idumeo... profesor en partos... intelectuales. --v-- Cllese usted, so _guillati_--chillaba Segunda, que por los movimientos amenazadores que hizo, pareca dispuesta a desbaratar con un par de bofetadas la frgil persona del _profesor idumeo_--. La culpa la tiene este morral que est aqu durmindola. Obra de romanos fue el despertar a _Platn_; por fin, su hermana le tir de una pata, mientras Encarnacin tiraba de la otra, y el corpachn del _modelo_, resbalando sobre el sof, se desplom con estruendo sobre el piso. Un rato estuvo estirndose, refregndose los ojos con las manazas, y escupiendo ms _hostias_ que palabras. Onde est el judo ladrn que ha entrado sin mi premiso?, hostia!, que le parto por la met. El lenguaje de Segunda no desmereca del de su hermano por la finura ni por lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido. Maxi sali a la salita, y Jos Izquierdo se le cuadr ladrndole as: Ah!, era ust. Ora mismo a la calle... brrr... Y que tengo yo un genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes hostia!, me caso con la santsima... si le llego a ver antes, por el judo balcn, hostia!, va solutamente a la calle. Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonrea. Se arm tal zaragata, que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano, y este increpaba a Encarnacin, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi; y fue tal el vocero que hubo de presentarse en la puerta, que estaba abierta, Estupi, y penetr en la casa con ademanes policiacos, mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. Ya deca yo que en este cuarto no habra paz, y como sigan as, pronto los planto a todos en la calle. Se fue refunfuando, y al anochecer, cuando ya Ido y Maxi se haban marchado, y los hermanos Izquierdo estaban comiendo, volvi a subir, con bastn de mando, y dijo despticamente: Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la crcel. --Pues qu, D. Plcido, va a venir el Vitico? --Poco menos--replic el hablador entrando sin pedir permiso y dirigindose a la alcoba--. Que va a venir el ama, la seora casera. Mucho orden, seores, mucha formalidad. Lo mismo fue or _Platn_ que la seora de Pacheco vena, que el temor de verla le intranquiliz y no tuvo ya sosiego. A trangullones despach la comida, apresurndose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que la seora le viese, que baj la escalera a escape, y se le erizaba el cabello pensando en que si Guillermina suba cuando l bajaba, no tendra dnde meterse para evitar su encuentro. Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quera hacerlo a todo trance. El chiquitn deba de encontrar novedad en lo tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si quisiera tambin echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso de la visita de la santa calm bastante a la madre; pero no al hijo, que no entenda an ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve, acompaada de Estupi; y despus de saludar a Segunda como si fuera esta la seora ms encopetada, pas, y antes de decir nada a la que fue su amiga, examin bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del nio, quien no pareca entusiasmado, ni mucho menos, con inspeccin tan impertinente ni con la viveza de la luz, tan prxima a sus ojitos. Qu mal genio tiene! dijo la santa sentndose junto al lecho, mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metindole el pecho en la boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la seora de Rubn y la santa, esta no dijo nada de religin, ni ment la virtud, ni el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habl de si la joven madre tena o no mucha leche, y de si senta esta o la otra molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba. Fortunata not en la cara apacible de la fundadora cierta severidad estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya oportunidad podra dudarse: Este s que es el _Pituso_ legtimo, el de la propia ta Javiera, verdad, seora? Ah!, no sabe? En cuanto mi to Jos oy decir que usted vena, sali de carrera, como alma que lleva el diablo. --Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Djele usted estar, que como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas. Y cuando la madre puso al nio a su lado, ya harto y dormido, Guillermina le volvi a mirar atentamente, observando sus facciones como el numismtico observa el borroso perfil y las inscripciones de una moneda antigua para averiguar si es autntica o falsificada. Despus dio un suspiro, y guiando los ojos para mirar a Fortunata, se expres as: Buena la hemos hecho, buena!.... Y ambas estuvieron calladas un rato, mirndose. --Seora--dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto que abruma--. Yo tengo que pedir a usted perdn... --A m!, perdn... de qu? --De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella maana en su casa de usted. Tambin a ella le pedira perdn si la viera... Me port mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo guardo a ella, porque... Ay, seora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos est engaando... y s quin es la que nos le entretiene, una culebra, una hipocritona, que me venda amistad...! Esto no quedar as, seora, no quedar as... --No me traiga usted a m cuentos, que no me dan fro ni calor (con reprensin graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas... Y volvi a mirar al chico, recrendose silenciosamente en su hermosura y lozana. Fortunata le beba a ella las miradas, jactndose de adivinarle el pensamiento, el cual bien poda ser este: Si Jacinta le viera...!. Pero cmo le haba de ver? Esto s que era imposible. Por m--pensaba la _Pitusa_--, no habra inconveniente... Pero cunto sufrir la pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... S, para ella estaba... Amiga ma, tenerlos, tenerlos... Esta le ir contando cmo es; le dir: 'tiene la boca as, los ojos asado, y en esto se parece a su padre y en lo otro a su madre. Criatura ms perfecta no ha echado Dios al mundo'. Cuando usted est buena, hablaremos--indic la santa con nimo ya de retirarse--. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas; slo que las mas no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para concluir por hoy, necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure, le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habra de hacerle ascos. Es preciso criarle bien. --Yo puedo, yo puedo... vaya!--replic la otra contrariada--. Qu cree usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cra nadie ms que yo. --Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y cuidado con hacerme disparates. Obedecer al mdico... Nada de arrebatos de ira, ni devaneos. Ah!, yo dudo mucho que usted sirva... Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiracin que la embellecan y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse: Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo... S, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es usted, pero yo tengo sobre l una parte de autoridad. Dios me la ha dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y tambin abuela. Hijo mo, has venido al mundo con bendicin, porque suceda lo que suceda, no estars nunca solo. Djeme usted que le vea otra vez. No me harto de mirarle. Quiero llevrmele metido dentro de mis ojos. Virgen del Carmen!, qu lindsimo es...! Tiene a quien salir. Adis, adis. Sali acompaada de Estupi, diciendo al modo de rezo: Acatemos la voluntad de Dios... l sabr por qu ha mandado ac este angelote. Jacinta, furiosa, dice que Dios est chocho y que no hace ms que disparates... Pobrecilla... Qu limitada inteligencia la nuestra! No comprendemos nada, pero nada, de lo que l hace, y nos devanamos los sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras ms vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y todas mis _matemticas_ se reducen a decir: Cmplase la voluntad del Seor. Fortunata so aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta, armadas de puales y con caretas negras, y amenazndola con darle muerte, le quitaban a su hijo. Despus era Aurora sola la que cometa el nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dndole a oler un maldecido pauelo empapado en menjurje de la botica, y dejndola como dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba. Aurora coga al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera impedirlo, ni siquiera gritar. Despert acongojadsima. Se senta mal, propensa a desvaros de la mente en cuanto se aletargaba, y con muchsima sed. Esta lleg a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a su ta dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse en busca de agua. Al volverse a acostar sinti bastante fro, y con estas alternativas de fro y calor estuvo hasta la maana. --vi-- Ballester fue temprano, y a ella le falt tiempo para hablarle de la visita de Maxi y de la historia que este le haba llevado. Mucho se incomod el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y calor hubo de negar lo que su amigo contara de _la Samaniega_. Mire, compaero--dijo ella--, mientras ms se amontone usted para negarlo, ms creo yo en ello. Usted no habla nunca as; y cuando se pone serio, no dice ms que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa no se re de m. Agot el buen amigo toda su lgica para arrancarle aquella idea, sin adelantar nada. Y por fin--dijo tomando el tono festivo y maleante que empleara con Maxi en otra ocasin--, para qu hacemos caso de lo que diga ese desventurado?... Ay qu romnticas y qu spitas... _semos_! Mi amigo Rubn, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso, est ms _tocati_ que nunca. Todo lo dice al revs, y el otro da me sostena que _doa Desdmona_ es una mujer hermosa. Me parece que si seguimos por ese camino, tendr que traerme ac la vara.... No afectaron a Fortunata estas bromas. Observbala l con atencin seria, notando que una idea muy siniestra y tenaz la dominaba, y que no era fcil quitrsela de la cabeza. Temi que aquel estado de nimo influyese desfavorablemente en su salud, y para prevenirlo metiole miedo. Me ha dicho Quevedo que en estos das hay que tener mucho cuidado con usted, y que no le permitir levantarse hasta la semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podra sernos fatal. Conque, hija ma (tomndole las manos), muchsimo cuidado. No le digo que lo haga por m. Qu caso hace usted de este pobre boticarn? Ninguno, y con razn, porque yo para usted no soy nadie... hgalo por mi amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mo, s, spalo usted, y me constituyo en su tutor; hgalo por l, y _tutti contenti_. Pareca convencida, y Ballester se fue con la impresin de haber triunfado. Tranquila estuvo toda la maana; pero a eso del medioda, al despertar de un sueo breve, se sinti tan vivamente acometida de ganas de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso. Levantose, con gran sorpresa de Encarnacin, nica persona que en la sala estaba, se pein a la ligera y se puso su falda de merino oscuro, pauelo de crespn negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados, sus botas de caa clara, y... Pero antes de salir dedic un gran rato a su hijo, que habiendo despertado cuando la mam se vesta, pareca declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenci ella dndole todo lo que quiso o lo que haba, y el angelito se qued dormido en su cuna de mimbres. Mira--dijo a Encarnacin su ama--; yo voy a salir. No estar fuera sino poco tiempo, porque tomar un coche, y har la diligencia en media hora. T no te separas de aqu, y si despierta el nio, le arrullas y le meces, dicindole que yo vendr en seguidita... Cuidado cmo te separas de l. Oye; mientras yo est fuera, no abres a nadie... Mejor ser otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera. Dio muchos besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasin se separaba, y sali, cerrando la puerta y llevndose la llave. No sea cosa que alguien venga y... No, no me le quitarn; pero se han dado casos. Este ngel mo, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa envidiosona de Jacinta es la que ms miedo me da. De la pelusa que tiene le van a salir ms canas, y se va a poner como un alambre de flaca. Pero qu remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo... que pene ahora ella. Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me viera nadie, porque empezarn a decir que si salgo o no salgo, y no me gustan _refirencias_. Me parece que es D. Plcido el que sube. Me guardar un poquito hasta que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y Dios me acompae. Debiera llevar algo que duela... Ah!, la llave. Es mejor que la mano del almirez. Con esto y las uas... yo le juro que.... Tom un coche y apenas entr en l se sinti tan mareada, a causa del movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. Deb haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo. En fin, esto pasar. Pas ciertamente, y lo primero que hizo al reponerse fue variar la orden que haba dado al simn. Habale dicho _Ave Mara, 18_; pero tuvo una idea, y dijo _Cabeza, 10_, sacando la suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa ltimamente designada estuvo como una media hora, y cuando baj a tomar de nuevo el carruaje, su cara plida tena transparencias de cera, los labios no tenan color... A dnde vamos, seora? le pregunt el cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. Subida a Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo. Y dicho esto, y al rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: Claro; lo que yo dije. La Visitacin a m no me lo haba de ocultar. Y luego dice el tonto de Ballester que mi marido est loco! Ms razn tiene y ms talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto as. Veinte duros le he dado a la Visitacin por la cantinela... Claro; a m no me lo haba de negar.... Y partiendo de esta idea, volva a la misma cien y cien veces, describiendo el doloroso crculo. Apeose en la subida a Santa Cruz, y subi al obrador de Samaniego, entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan decidida, que no tuvo ni la ms ligera vacilacin. La puerta del entresuelo tena mampara de hule, que al abrirse haca sonar un timbre. Fortunata haba estado all en los das que precedieron a la inauguracin de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No haba que llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un _plin_ muy fuerte, y ya estaba uno dentro. As lo hizo aquel da, y apenas recorri el corto pasillo que a la estancia principal conduca, encarose con Aurora que en aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sof, junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos seoras, examinando a la luz encajes y telas. Buenos das dijo la Rubn, detenindose un instante y recorriendo con mirada fugaz todas las caras que delante tena. Aurora, al verla, se qued tan inmutada, que no supo ni qu decir ni qu cara poner. Ah!... t, Fortunata... Cunto tiempo...!. De improviso tom un tonillo de sequedad. Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra hora.... Pero al instante cambi de registro. Qu cara te vendes! Has estado mala?. --Y t, cmo ests?... siempre tan famosa...--le dijo Fortunata acercndose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no era difcil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la vctima antes de devorarla. --Y t, dnde te metes?--balbuci Aurora muy cortada, sin saber para dnde volverse. Por fin se dirigi a las seoras que all estaban; pero no supo qu decirles. Fortunata se le puso delante cuando volva hacia la mesa central. Tena que hablar contigo... Como no se te ve... Ay, qu amigas estas, se muere una sin que le digan nada!. Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contest: Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pens ir a verte... Pero sintate. --Estoy bien as... Pronto despacho. Aurora se acerc otra vez a las seoras, y al volverse, su amiga le toc un brazo. Tena que hablarte dos palabras... una cosita que te quera decir. Me estaba muriendo por verte. Ingrata! Sabiendo el gusto que me da tu compaa...!. --Tienes razn--dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara de su amiga advirti algo que la puso en cuidado--. Todos los das pensaba ir... --Sabiendo que te quiero tanto...--Y yo a ti... Pero por qu no te sientas? --No... Me voy en seguida. No he venido ms que a traerte una cosa... --A traerme una cosa... a m! --S, vers. Y diciendo _vers_, hizo con el brazo derecho un raudo y enrgico movimiento, y le descarg tan de lleno la mano sobre la cara, que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cay al suelo. Fortunata dijo: Toma, indecente, pa, ladrona!. Bofetada ms sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofcialas corrieron espantadas al auxilio de su jefe; pero por pronto que acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuando su llave con la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente; y despus, con indecible rapidez y coraje, le ech ambas manos al moo y tir con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oan desde la calle. Las dos seoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro. Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que clavaba sus garras en el pelo de la vctima, que si no, all da cuenta de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por desasirse y seguir la gresca; pero al fin el nmero, que no el valor, venci su increble pujanza. A una de las modistillas la tir patas arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando resoplidos, lvida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata continuaba con su lengua la trgica obra que sus manos no podan realizar. Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de engaar al Verbo Divino. Lstima de agua del bautismo la que te echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las suelas de las botas. Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos de ellas haban acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios la que se arma all. Qu es esto? Qu ha pasado aqu? Quin es usted? Qu busca usted?. --Quin soy!...--grit Fortunata con desesperacin--. Una persona decente... --S, ya se conoce... Aurora, por Dios!... Qu es esto? --Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este serpentn que tiene usted en su casa. Y tambin es calumniadora. --Cllese usted y vyase muy enhoramala... Pero qu es esto, Aurora?... Jess!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela, ahora mismo va usted a la crcel... Eh!, llamar a una pareja. La Feneln estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el vestido para aflojarle el cors. --Quien va a ir a la crcel es esa--chill la agresora, frentica, revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del pueblo, con toda la pasin y la grosera que el trato social haba disimulado en ella--. Yo no he faltado... A m s que me han faltado... Esa bribona me ha engaado, nos ha engaado a las dos, porque somos dos las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... _Aquella_ es un ngel, yo otro ngel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; _el hijo de la casa_, y esta es una entrometida, fea, tiosa y sin vergenza que me la tiene que pagar, me la tiene que pagar. --Si no se calla usted...!--dijo Samaniego, llegndose a ella con ademn amenazador--. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el polvo ahora mismo. --Usted a m?... falta que pueda. Ms le valdr a usted no permitir las indecencias que hace esta... --Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... Eh!, llamar a una pareja. La escena tom an peor carcter con la aparicin de doa Casta, que hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata, subi renqueando, y entr en el teatro del dramtico suceso, dando gritos. Hija de mi alma!... Pero qu!... la han matado!... Sangre!... Ay, Dios mo! Aurora... Aurora...! Pero quin ha sido?... Ah!, esa mujer.... --S, yo, yo he sido--le dijo Fortunata desde el rincn donde la tenan acorralada--. Mejor cuenta le tendra a usted, so bruja, no ser tapadera de las tunanteras de su nia... Doa Casta, acudiendo a su hija, no se haca cargo de las flores que la otra le echaba. Aurora volvi en s exhalando gemidos. No es nada, ta --dijo Samaniego--. No se asuste usted... Una leve contusin, y el susto correspondiente... Pero no se calla esa salvaje?... A la prevencin, a la prevencin.... --Dejarla; que se vaya...--murmur Aurora con los ojos cerrados. --A la crcel--gritaba ronca doa Casta. --No, a la crcel no--dijo la vctima, haciendo gala de generosidad...--dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada. --No; si yo no le pego... All se entender con el juez. --No, juez no, juez no--deca la de Feneln muy apurada--. La perdono. Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea. Fortunata, implacable, no se quera callar, y entre los que rodeaban a la vctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se deba hacer con la agresora. Subi ms gente, y el obrador, con tanto vocear y las pisadas de los que entraban y salan, pareca un infierno. --vii-- La primera que lleg a la casa de la Cava, durante la ausencia de la _Pitusa_, fue Guillermina. Despus de llamar dos veces, la voz de Encarnacin le respondi al travs de los agujeros de la chapa: La seorita ha salido. Me ha dejado encerrada. --Ha salido!... Dios nos asista!... Pero es eso verdad, o es que no quiere recibirme? --No, seora, no est. Dijo que volvera pronto. Ech la llave con dos vueltas. --Y el nio?--Sigue tan dormidito.--Esperar un rato--dijo la santa dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sent en el ms alto escaln del tramo. Pareca una pobre que espera se abra la puerta para pedir limosna--Pero dnde habr ido esa loca?... Lo que yo digo: a esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El mejor da abandona a su nio o lo mete en la Inclusa... No, eso s que no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le faltar quien mire por l. Cuando esto pensaba, sinti subir a otra persona. Era Ballester, quien al verla, se qued algo cortado. Viene usted a esta casa?--le dijo la dama--. Pues tmelo con paciencia, que el pjaro vol. La seora esa se ha ido a la calle. Dentro estn el chico y la criada; pero como se llev la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantn, como yo, si no tiene prisa, que ya no puede tardar. --Pero si le habamos prohibido que saliera! (asustadsimo y disgustado). Anoche, segn me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo excitada. Por eso yo vena a ver... Qu disparates hace! --Ya lo creo que es disparate! Y usted no sospecha dnde podr estar? --Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones ms abajo, y la santa gui los ojos para mirarle. Como no se paraba en barras cuando crea necesario interrogar a alguna persona, de buenas a primeras acometi a Ballester en esta forma: Dgame usted, caballero, y dispense la confianza. Es usted la persona que ahora... tiene ms ascendiente con esta mujer?. --Yo, seora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella. --No trato yo de que usted me diga qu clase de amistad es esa... --Las relaciones ms puras... Qu, no lo cree usted? --S, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia); pero no se trata ahora de esto. A m qu me importa? Lo que quiero decir es que si usted tiene algn influjo sobre ella, debe aconsejarle que... Porque el da mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y se cansar de criar a su niito. Lo mejor sera que le pusiera un ama, entregndoselo a personas que le habran de cuidar mejor que ella. Aconsjele usted esto. --Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonar. Est muy entusiasmada con l. --S; buen entusiasmo nos d Dios. Mire usted que esta...! Marcharse a paseo!, qu ganas de calle tena. Ni s cmo el angelito aguanta tanto tiempo sin mamar... No haba acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre nio. No pudiendo contenerse, Guillermina se levant y fue hacia la chapa agujereada, y por all ech estas vehementes expresiones: Hijo mo, esa loca que no viene!... tienes razn... bribona! Agurdate un poquitn, un poquitn. Llam para que viniese a la puerta la chiquilla, y le dijo: Oye, nia, a ver cmo le entretienes un momentito, que tu ama no puede tardar. Mcele en su cunita, cntale algo, sosona. Y volviendo al peldao, charl con su compaero de plantn: Qu alma de mujer...! Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompera la puerta, cogera al nio y le llevara a que le dieran de mamar... Es usted mdico?. --No, seora; soy farmacutico. Se call porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que suba con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el que suba diese la vuelta. La aparicin de aquella persona les dej a ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doa Guillermina y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento: Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo que esperan, y la casa est cerrada. Un rato estuvo inmvil sin saber si seguir subiendo o volverse para abajo. El regente se rea y Guillermina le miraba con gracejo. Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar tambin. Tiene usted llave?. --Llave yo?--La del campo--indic Ballester con mal humor, discurriendo que maldita la falta que haca Maxi all--. Ms vale que se vaya usted, amigo Rubn, y vuelva, porque esto va largo. --Esperar yo tambin--contest el otro sentndose debajo de Ballester. Y volvieron a orse los desesperados gritos del _Pituso_, y Guillermina no disimulaba su impaciencia y zozobra. Ya se ve, la pobre criatura tiene ganita... Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en la calle...! Le digo a usted que le pegara.... Maximiliano callaba, no quitndole los ojos a la santa, a quien nunca haba visto tan de cerca. --Pues estamos lucidos--aadi ella--. Ya somos tres. Y esto va picando en historia. Siento pasos. Si ser al fin esa veleta... Los pasos no parecan de mujer. Quin sera? Miraron los tres, y apareci Jos Izquierdo, quien al ver a doa Guillermina, se sobresalt extraordinariamente y mir para abajo, como si se quisiera tirar de cabeza. Habra l dado cualquier cosa por tener dnde meterse. La santa se rea en sus barbas, y por fin le dijo: No me tenga usted miedo, seor de _Platn_... Por qu est usted tan asustado? No me como la gente. Si somos amigos usted y yo.... --Seora--dijo el _modelo_ con un gruido--, cuando el endivido tiene necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa. --S, hombre, ya lo s; y aquel gran timo que usted nos dio est olvidado... Pues si viera usted qu guapo est el _Pituso_! --De veras? Ay!, probe piojn de mis entraas! --S; se cra perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene alborotado todo el asilo. --Ay!, cmo se le conoce la santsima sangre de su madre, que revolva medio mundo. Si tena aquel chico un talento macho... vamos que... --Ahora est usted como quiere, Sr. de _Platn_, segn he odo, ganando unos grandes dinerales con la pintura. --Defendemos el santo garbanzo, seora... --Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande no se le ocurrir engaar a la gente. Izquierdo se rascaba una oreja, y la habra dado porque la santa mudara de conversacin. --Si la seora quiere, no miremos pa tras. --Si esto no es mirar _pa tras_... Vamos, que ahora, si usted estuviera mal de fondos, bien podra intentar otro negocio como aquel... y no con moneda falsa, sino con legtima. Ballester se rea y Maximiliano estaba muy serio, lo que repar la fundadora, apresurndose a decir: Si no fuera por estas bromas, cmo pasaramos el horrible plantn? Yo me consumo cuando tengo que esperar, y cuando espero estpidamente por la tontera de una persona, pierdo la paciencia en absoluto.... Volvi a orse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina tir de la campanilla para decir a la criada: Mujer, entretenle; dile cositas. Pareces tonta... Hijo mo, ya viene, ya viene!... Vers qu soba le doy cuando entre, por tenerte as tan solito, muertecito de hambre... Seores (volviendo al escaln), ustedes me han de dispensar, y si alguno se cansa, no est aqu por hacerme compaa. Algo debe de haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre una comisin, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averige dnde puede estar. Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que fuera l de la citada comisin. El joven no hizo ademn alguno que indicara intencin de moverse, y en la misma actitud perezosa en que estaba, mirando de soslayo a sus compaeros de plantn, dijo as: Hace como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de Atocha... Entr por la calle de Caizares... Hace como unos tres cuartos de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la calle de Esparteros.... Ballester y Guillermina se miraron alarmados. Pues propongo--repiti ella--, que vaya una comisin a la calle de Esparteros... Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?. --No, seora... Yo cre que el coche vena hacia ac, pues aunque el camino ms directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad Rodrigo y Cava, como en la entrada de la Plaza, por Atocha, estn adoquinando y no se puede pasar, dije yo: Es que el cochero va a tomar la calle Mayor. Pero por lo visto no ha venido aqu. Luego, ha ido a otra parte. Quizs haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por ejemplo... Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. Lo que este chico dice--indic el farmacutico, comunicando a la dama sus temores--, me parece tan lgico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto. Oyronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompaaba un carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie crey fuera Fortunata la que llegaba. Es Sigunda, dijo izquierdo antes de verla, y no se equivoc. La placera se puso en jarras al ver la escalonada tertulia que all haba, y cuando apreci quin estaba sentada en el lugar ms alto, abri medio palmo de boca, expresando su admiracin de esta manera: Bendito Dios! El ama de la casa sentadita en la escalera, como una pobre que est esperando las sobras de la comida! Pero qu, no est esa diabla? Se ha escapado a la calle! Me lo tema. Qu cabeza! Si estaba ella anoche muy encalabrinada...! Pero seora, por qu no pasa a casa de D. Plcido? All habr sillas, al menos, y podrn la seora y los seores sentarse a gusto.... --Hgame el favor de llamar en el tercero y ver si est Plcido. Tengo la seguridad de que l la encuentra. Segunda llam, y Plcido no estaba. Quiere la seora que vaya a buscarla?... Pero adnde?. --Yo ir--dijo Ballester, que no poda desechar la idea de que en el obrador de Samaniego daran razn de la fugitiva. Pero an hablaba con Guillermina en secreto, cuando Segunda, que haba bajado en busca de una llave o ganza con que abrir la puerta, grit desde el principal: Ya est aqu, ya est aqu. --Ah!, gracias a Dios...!--exclam Guillermina sin intencin de doble sentido--. Ya pareci la perdida. Veremos lo que trae. --Una de dos--dijo Ballester suspirando--: o trae la cara araada, o trae sangre o quizs piel humana en las uas. --Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que continu echado apticamente hasta que vio a su mujer. Esta suba jadeante, sofocadsima, limpindose con un pauelo el sudor de la cara, y levantndose las faldas para no pisrselas. En la mano traa la llave de la casa. Qu, he tardado?... Si no he tardado nada. Despach en seguida... Ah!, doa Guillermina tambin aqu. Hija, yo cre desocuparme ms pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar... Voy, voy, hijo de mis entraas... Ay!, cre que no me dejaban venir. Si me llevan a la crcel, no s... pobrecito mo. --Abra usted, abra pronto...--le dijo Guillermina empujndola--, callejera, cabra monts. Est visto; no sirve usted para madre... ngel de Dios!, hace dos horas que est rabiando... Si usted no se enmienda, tendremos que mirar por l. --viii-- Abri y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante, Guillermina agarrada a ella, y detrs Ballester, Maxi, Izquierdo y Segunda. La madre corri derecha a la alcoba, donde estaba el pequeo en su cuna, dando unos gritos que enterneceran al caballo de bronce de Felipe III. Aqu estoy, rico mo, aqu est tu esclava... Ven, ven, cielo de mi vida; toma la tetita, toma... Ay qu hambre tan grande!... Cunto ha llorado mi ngel!... Yo desatinada por venir. Qu contento se pone mi nio!... Ya no llora ms, verdad? Ya no ms.... Sin quitarse el mantn, haba cogido al chiquillo, disponindose a aplacar su gran necesidad. Se sent en la cama, para dejar a Guillermina la nica silla que en la alcoba haba. La santa no atenda ms que al pequeuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompaada de satisfaccin: Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche. --Quia!, no seora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no caba en m. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues ver usted... despus de darle una bofetada que debi de orse en Tetun, le pegu un achuchn con la llave, y la descalabr... despus met mano a las greas... --Cllese usted por Dios, que me da horror de orla. --Me queran llevar a la crcel, y estuvieron cerca de una hora si me llevan o no me llevan. Fueron los policas, y yo dije que estaba criando. Total, que por fin me soltaron, y aqu me vine corriendo. Si no hay como ser as para que la respeten a una! Si no estn all las condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa sala. Porque mire usted que es remala; engaar a dos, a dos, seora, a m y a la otra, que es un ngel, segn dice todo el mundo! Dgale usted que su cuenta con _la Samaniega_ est ajustada. --Me parece que est usted muy trastornada... Cllese, cllese y atienda a su hijo... --Ya atiendo, seora, ya atiendo. Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu madre, emperador del mundo... Ay!, crea usted que si aquellos perros guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no s lo que me pasa... El mismo Samaniego fue quien me solt, diciendo: Que se vaya noramala. Pues s, seora, estoy contenta. Y crea usted que no me alegro por inters... Para qu quiero yo el dinero? Para nada. Me alegro por tener _el hijo de la casa_, y esto no me lo quita nadie. Ni con latines ni sin latines me lo quitan. Verdad, seora? Usted est ahora de mi parte. Y _ella_ tambin est ahora de mi parte, verdad? --Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada). Cllese la boca. Tengamos formalidad (dndole palmadas en el hombro), porque si no le cra bien, le pondremos ama; y en ltimo caso, hasta le recogeremos para tenerlo con nosotras. --Quia!... no seora... Yo no lo suelto (con gran excitacin y desbordamientos de alegra). Estoy tan contenta!... Usted me va a querer, seora verdad? Me querr usted? Porque yo necesito que alguien me quiera de firme. Ver usted qu bien me voy a portar ahora. Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada ms. --S... quien te conozca que te compre. --Ah!, usted no me conoce, seora... Cree que...? Ja, ja, ja... Mi hijito, y aqu paz... Ver usted; nos haremos cargo de que es hijo de las tres, y tendr tres madres en vez de una... A la santa le hizo gracia aquella extraa idea. Mire usted; despus que Dios me ha dado al _hijo de la casa_, no le guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos... Como no sea ms. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y como me apuren mucho, hasta le tomar cario... Tres mams va a tener este rico, esta gloria: yo, que soy la mam primera; ella la mam segunda, y usted la mam tercera. Pero, hija, qu alborotada est usted, y qu disparates dice! (tomndole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos). Extrao mucho que el pobre Juann encuentre qu sacar de ese pecho.... Las dems personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y la santa, cuyo lejano run run oan. Guillermina pas a la salita en busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo: Est esa mujer excitadsima, y me temo que se seque... Hay aqu antiespasmdica?. --S, s, la prepar yo con muchsimo esmero; pero traer ms esta noche. Dice usted que est excitadsima? --Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropsitos. Entre usted. Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replic la joven: Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca. Bebi con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le deca: --Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, qu viene a buscar aqu? Qu hace, qu dice, cmo ha tomado esto? --Seora--replic el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--. Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tmido. Por eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza, me escamo mucho. De algn tiempo ac todo cuanto ese chico habla es tan atinado, que podran tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia. --Pero no est...?--pregunt la dama llevndose a la sien su dedo ndice. --A saber... l fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual, quiero decir, con la _Fenelona_. Yo no me fo de la cordura de este caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae algn arma. No me gusta nada verle aqu. Rubn e Izquierdo estaban sentados en el sof de la sala, ambos silenciosos, Fortunata llam a Ballester y a _Platn_ para contarles lo que haba hecho, y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a Maximiliano, insinundose con l por medio de una sonrisa de benignidad. Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su talento y prctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que ante aquel hombre, dada la situacin de l, deba desarrollar. Qu le dira? Este s que era problema! Qu tono tomara? Era cuerdo el tal o no? Porque si haba dificultades considerndole demente, tratndole como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. Le hablara del nio?... Jess qu disparate. Le dira que su mujer era una joya? Qu barbaridad! Acometera el estado real de las cosas? Ni pensarlo. Lo tomara por el lado religioso y de la resignacin? Tampoco. Por el lado mundano? Quia... Nunca se haba visto la buena seora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas haba visto ella en su vida infatigable. Vamos--pens la fundadora--, a que tirando por la calle de en medio salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados. Oiga usted, caballerito.... --Seora... Y aqu se atasc el dilogo, porque la santa no se atreva a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino dicindole: Yo conoca a usted de vista y de fama; pero nunca haba tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la canonizaremos y la pondremos en los altares. --Gracias; es favor--replic ella con gracejo--. Y a m me parece que el santo es usted. --Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de m a usted hay una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfeccin que usted. Disto bastante todava. Si con padecer se llegara, ya estaramos en el pinculo, porque yo he padecido mucho, seora. Usted se pasmar de la serenidad que nota en m. Todos se pasman, y no es para menos. Porque aqu donde usted me ve, he estado loco, loco perdido... --Lo s, lo s... Ay, qu dolor! --Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio persecutorio, despus el delirio de grandezas... Invent religiones; me cre jefe de una secta que haba de transformar el mundo. Padec tambin furor de homicidio, y por poco mato a mi ta y a Papitos. Siguieron luego depresiones horribles, ganas de morirme, mana religiosa, ansias de anacoreta, y el delirio de la abnegacin y el desprendimiento... Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando, y la razn, que estaba muerta, empez a nacer, primero chiquitita, y despus creci tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro hombre, seora. Y me encontr entonces con la novedad de un gran talento, perdneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar de todas las cosas... Guillermina estaba pasmada y no se le ocurra nada que oponer a aquellas razones. Expresbase l con admirable serenidad y con fcil y aun ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las facciones reposadas, todo cortesa y aplomo. Y cuando volv a la vida, porque volver a la vida fue aquello, encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas las cosas de golpe, reducidas a mnimo tamao. 'Aquello--deca yo--que me pareci tan grande, vedlo all tan chiquitn'. Hceme cargo de todo lo que haba pasado durante mi enfermedad, que ms bien me pareca sueo, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi tambin que tena una cra, y la claridad de aquella razn nueva y robusta que yo haba echado, me hizo ver un caso de aplicacin de la justicia, y consider que era de mi deber contribuir a la extirpacin del mal en la humanidad, matando a esa infeliz, con lo cual la redima, porque yo he dicho siempre: 'Bienaventurados los que van al patbulo, porque ellos en su suplicio se arrepienten, y arrepintindose se salvan'. Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter baza. Agurdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cmo realizara aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor ser decir la Providencia, me depar una solucin mejor y ms cristiana que la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo haba dispuesto su castigo y una leccin tremenda. Qu deba yo hacer? Dejar que hiriera la leccin. La infidelidad castiga la infidelidad. Hay nada ms lgico que esto? Yo deba, pues, dejar que obrase la lgica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a m. Dios es el nico que castiga, verdad, seora? Y qu bien que lo sabe hacer! A qu usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de los sucesos, lgicamente, es el espectculo ms admirable que pueden ofrecer el mundo y la historia. As es que yo me lavo las manos, y dejo que la leccin natural se produzca y la justicia se cumpla. Es esto ser razonable? Es esto ser cuerdo...?. Hizo la pregunta cruzndose de brazos, y Guillermina despus de vacilar, le dijo: Vaya si lo es. Y Cristo nos ensea que no debemos tomarnos la justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y l da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos envuelve, por picardas de los hombres, lo que debemos hacer es aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras ms me humillen, ms me levantar despus. Mientras ms me azoten aqu, ms salud tendr all'. --Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que haba en mi corazn, los he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y absurda, como un medicamento equivocado. Slo Dios mata, y l es quien siempre ensea. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la razn... Razn y nada ms que razn. Ya no pienso en matar a nadie, ni aun a los que tanto odi. Veo las admirables enseanzas de Dios, veo a los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi sistema, esta es mi vida. Segismundo haba llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba. All cuchichearon algo referente a Fortunata, y habindole preguntado a la santa su parecer respecto al joven Rubn, la fundadora se expres de este modo: Lo ltimo que me ha dicho es el colmo de la sabidura y de la cordura; pero.... --No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco. --ix-- Izquierdo entr con una botella de cerveza y detrs el mozo del caf de Gallo con un _grande_ de limn, ponchera y copas. La seora--dijo l queriendo ser amable--, va a tomar un vasito de cerveza con limn. --Quite usted all!--replic la dama--. Yo no bebo esas porqueras. Se lo agradezco... A Fortunata la invitaron tambin; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y pidi leche. Ballester, atento a serle agradable, mand a Encarnacin por la leche, y Guillermina se despidi para retirarse en el momento en que entraba Plcido, que haba subido presuroso y lleno de oficiosidad a ponerse a sus rdenes. Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le pareca su estado muy catlico. El falso gozo que la haca rer a cada instante no era buena seal, y hubiera l deseado que hablase menos. Pero todo se volva contar el lance con Aurora, dndole proporciones trgicas, y una vez concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga una saa implacable. Ballester la contradeca suavemente, recomendndole la prudencia, la tolerancia y el perdn de las injurias. No sabiendo ya qu decirle, lleg hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla, al or esto, se rea ms, diciendo que su marido era un santo, un verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponan en los altares, ella le rezara y le escupira. Esto no lo oy Rubn, que a la sazn estaba jugando a las damas con Izquierdo. Trajeron la leche, y cuando Encarnacin se la serva a su ama, esta vio que haban cado dos moscas; le entr mucho asco y puso a la chiquilla como hoja de perejil, llamndola puerca y descuidada. El regente mand traer ms leche, y dijo que la de las moscas se la bebera l, pues no tena asco de nada. Sac los insectos con el dedo meique, y su amiga le critic esta accin, llamndole sucio y tratndole con cierta sequedad. Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras Fortunata se la beba, Ballester se tom la otra, diciendo bromas y chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la joven haba cado tras la ruidosa alegra. Mandola acostar, y entretanto, pas el farmacutico a la sala, haciendo que atenda al juego de las damas. No poda tener tranquilidad mientras Maxi estuviera all, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosficas. Con disimulo, y fingiendo que le haca cosquillas, por jugar, le toc los bolsillos, temeroso de que llevara algn arma. Pero nada encontr en su disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quera Ballester irse sin llevarle por delante, y tanto breg con l, que hubo de conseguirlo. Sali, pues, el regente haciendo propsito de volver, pues su amiga le haba puesto en cuidado. _Platn_ se fue tambin al anochecer, pero a las nueve regres encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando Fortunata, que haba empezado a dormitar, sinti pasos, y vio que un hombre entraba en la alcoba. Quin es?--pregunt alarmada, echando los brazos a su hijo--. Ah!, eres t, Maxi; no te haba conocido. Est esto tan oscuro.... La tos perruna de su to la tranquiliz, dicindole que no estaba sola. Mand a la chica que trajese luz, pues se le haba despabilado el sueo, y Jos, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba. Sentose Maximiliano junto a la cama como el da anterior, y bondadosamente le dijo: Esta tarde haba aqu mucha gente y no pude hablarte. Por eso he vuelto. Ya s que t y Aurora os pegasteis. Doa Casta est furiosa, y mi ta, no puedes figurarte lo alborotada que est contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a m una cosa que te quiero comunicar. --Dmelo, dmelo prontito--indic ella, que sin saber por qu, esperaba de aquel hombre, a quien tena en tan poco ideas extraas y quizs consoladoras. --Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga--afirm Rubn con severidad de mdico, aguardando el efecto que tales palabras haban de hacer en ella--. S; favorece a tu enemiga. T eres tonta y no conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entr en esta gran crisis de la razn, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos para m. Fortunata no comprenda. Me explicar mejor. Quiero decir que al maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien queris las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que definitivamente haba de merecer su amor. Ahora no vacilar. Entre una que se descompone y hace las brutalidades que t hiciste y otra que padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la vctima. Toda vctima es por s interesante. Todo verdugo es por s odioso. En un pleito de amor, la vctima gana siempre. sta es una verdad que est escrita en el corazn humano como en un libro, y yo leo en l tan claro como leemos una noticia en _El Imparcial_. Yo lo s todo; nada se me oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello. A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sinti ganas de coger la palmatoria y tirrsela a la cabeza. Respondi con despecho: Pues si gana ella, mejor. A m no me importa nada que l la quiera ni que la deje de querer.... --Y ahora la va a querer tanto--agreg Maxi impasible y fro--, la va a querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos. La querr porque ha sido atropellada, y las vctimas siempre inspiran amor. Cretelo porque te lo digo yo, que todo lo s. La querr con locura, ms que a ti, ms que a su mujer; y har con ella lo que no hizo con ninguna. Abandonar a su mujer y a sus padres para vivir a sus anchas con ella... Y sern felices y tendrn muchos hijitos. Lo que la de Rubn dijo no fue ms que un mugido. Hizo ademn de coger la palmatoria. Despus se tap la cara con la mano. Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad para que la leccin escueza. As, as es como aprendes. Bonita enseanza, verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y aprender son sinnimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificar, y ojal te murieras con esta pena, porque te iras derecha al Cielo. La joven lloraba con angustia, y l no pareca tenerle compasin. Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre verdad. Yo lo s todo, y mi razn me presenta la vida como un panorama ante los ojos. Es un don que recib de Dios. Cuando estaba loco, adivinaba por inspiracin; bien lo sabes, y recordars que te anunci todo lo que iba a pasar... La verdad vena entonces a m envuelta en una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de Oriente. Pero luego entr en la poca de la razn, y la verdad se me ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. Acert a encontrarte cuando todos me decan que te habas muerto? Acert a descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunan, etctera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu vctima y tu verdugo sern felices y tendrn muchos hijos. --Cllate, cllate o vers...--dijo Fortunata amenazndole con el puo, y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido le inspiraba--. Yo tambin s verdades y te voy a decir una. --Pues dmela pronto.--Digo que eres un hombre sin honor... Maximiliano se estremeci ligeramente, pero nada ms. Segua oyendo. Y qu ms? dijo. --Te parece poco?--prosigui la diabla, que de rabiosa que estaba, tena espuma de saliva en los labios--. Pues Ballester y doa Guillermina lo decan hace poco: Es un santo; pero no tiene el sentimiento del honor. Conque ya sabes. Djame en paz. No quiero verte ms. Unos dicen que ests cuerdo, y otros que ests loco. Yo creo que ests cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condicin de hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque ah tienes tu leccin. Aguanta y vuelve por otra. Qu creas?, que yo iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mas? --Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena de debilidades y de impurezas, en quien la razn se halla en estado embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del vicio. --_Tiologas!_--grit Fortunata exaltndose y moviendo los brazos como una actriz en pasaje de empeo--. Si t hubieras tenido tanto as de dignidad, me habras pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para m. Y otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre, cuando viste a ese y a esa, les habras pegado seis tiros, dejndoles secos a los dos. Pero t no tienes sangre. Esa santidad y esa cristiandad y esa pastelera razn son la horchata que tienes en las venas... Izquierdo, que oa desde la puerta, se alarm, creyendo oportuno evitar aquel coloquio que tan mal giro tomaba: Ea--dijo entrando--, bastante hemos hablado. Y usted, seor de Maxi, haga el favor de tomar soleta.... Le coga por un brazo, sin que l hiciese resistencia. Rubn estaba algo aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones de su mujer antes de darles la rplica que merecan. De repente, cual movida de un impulso epilptico, Fortunata se incorpor en el lecho, ech los brazos hacia adelante, clav los dedos de una mano en el hombro de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comindoselo con los ojos, le grit de este modo: Marido mo, quieres que te quiera yo?, quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres... Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me portar bien. Ser una santa como t... Di si quieres.... Maxi la interrogaba con su mirada luminosa. Di si quieres. Vers cmo lo cumplo. Ser una mujer modelo, y tendremos hijos t y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me volver atrs, y te querr. T no sabes lo que es una mujer que se muere por un hombre. Pobretn, esa miel no la has catado nunca!... No daras t algo porque yo te quisiera como t me queras a m?... Te acuerdas de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figrate que yo te adoro a ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazn, como t me llevabas a m.... Maximiliano empez a inmutarse... La mscara fra y estoica pareca deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emocin que por instantes creca, como una ola que avanza engrosando. Di si quieres...--repeta la diabla con exaltacin delirante--. Djate de santidades y reconcilimonos y quermonos... T no lo has catado nunca. No sabes lo que es ser querido... Vers... Pero ha de ser con una condicin... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina, matarla... porque lo merece... Yo te compro el revlver... ahora mismo.... Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el portamonedas. De l sac un billete de Banco. Toma, quieres ms? Compras un revlver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos, sabes?, a ella y a l, que tambin lo merece, y despus de muertos (con salvaje sarcasmo), despus de muertos, que tengan los hijos en el otro mundo!... Con que lo hars? Hazlo por m, y por su pobrecita mujer, que es un ngel... las dos somos ngeles, cada una a su manera... Dime que lo hars... Y luego te querr tanto...! No vivir ms que para ti... Qu felices vamos a ser!... tendremos nios... hijos tuyos, qu te crees?.... Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le haca gargarismos. S... quererte a ti--aadi ella--. No s por qu lo dudas. Ah!, no me conoces... no sabes de lo que soy capaz... djate de _tiologas_... El amor! Yo te ensear lo que es... No lo sabes, tontn... la cosa ms rica...!. --Vamos, qu _yeciones_ son estas?--clam Izquierdo, tirando a Rubn de un brazo--. Basta de msica... A la calle, que esta chica est mu mala. --To, djele usted, djele usted... Es mi marido, y queremos estar juntos... Vaya!... Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se haba quedado inerte. De pronto, hubo algo en su espritu que podra compararse a un vuelco sbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote, estaban abajo y se haban puesto arriba. Las manos le temblaban, sus ojos echaron chispas, y cuando dijo _matarles, matarles_, su voz son en falsete como en la noche aquella funesta, despus del atropello de que fue vctima en Cuatro Caminos. Mtameles, s...--aadi la diabla, retorcindose las manos--. Hijos ella!... En el infierno los tendr.... Cay desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los hierros de la cama. Maxi alarg la mano y recogi el billete, que estaba an sobre la colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, reson la voz de Juan Evaristo con agudsimo timbre, y entraba Segismundo, asombrndose mucho de ver al filsofo otra vez all. --x-- Demonio de chico!--dijo a Izquierdo cuando volva de acompaar hasta la puerta al seor de Rubn--. Hay que tener mucho cuidado con l y no perderle de vista cuando entra aqu. Y ella, qu tal est?... Buena moza, cmo va ese valor?. La joven no responda. Estaba como aletargada. Pero el chico sigui chillando, y al reclamo de l, la madre abri los ojos, y tomndole en brazos, le acerc a su seno. Ballester mand a la criada que quitara la luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sent donde antes haba estado Maxi. Luego sac una cajita de medicinas y una botellita con pocin. Aqu traigo otra antiespasmdica. La he hecho yo mismo, y traigo tambin el _percloruro de hierro_ y la _ergotina_, por si acaso... Mucho cuidado, hija ma, mucho reposo; que las emociones y los disparates de hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a contarle a usted alguna otra tontera. Es preciso prohibirle la entrada. Fortunata haba vuelto a cerrar los ojos. El nio callaba y se oan sus lengetazos. Buenas tragaderas tiene el amigo--dijo Ballester; y para s, contemplando a la diabla, que dorma o finga dormir--: Qu hermosa est!... Le dara yo un par de besos... con la intencin ms pura del mundo... He aqu una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que valdra mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene _sugestionada_... Lstima de corazn echado a los perros...!. El chico rompi a llorar otra vez, y la madre pareca tan inquieta como l. Amigo Ballester... sabe usted que me parece que me quedo sin leche?... Mi hijo chupa, chupa y no saca.... --No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: Maxi le ha dicho a usted alguna tontera? --Tontera no... verdades... --Verdades!... (rompiendo a rer). Y cmo sabe usted que son verdades? --Porque las grandes verdades las dicen los nios y los locos. --Es un refrn sin sentido comn. Los locos no dicen ms que disparates. --Es que mi marido no est loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo yo. Juan Evaristo volvi a callar, pegndose al pezn con salvaje ahnco. Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted... Est riqusima. Es preciso calmar los nervios. La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tom la antiespasmdica. Qu bueno es usted, Segismundo! Qu agradecida estoy a lo que hace por m!. --Todo y mucho ms se lo merece usted, carambita--replic el farmacutico con efusin de cario--. Hemos de ser muy amigos. --Amigos s, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningn hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando. --A su marido! (tomndolo a broma). No me parece mal. Y ahora que est hecho un santo... --Santo, no... qu simplezas dice usted! --Santo; as como suena. De modo que ser usted tambin santa... Pues yo ser su discpulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia y comer yerba. --Cllese usted.--Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y se le calman los nervios. La salida de hoy no tendr consecuencias. Sabe usted lo que vena pensando?, que si encontraba mal a la buena moza, me quedara aqu esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi madre que quizs no volvera. Nada, que estoy decidido a cuidarla como si fuera mi cara mitad. --No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular esta noche, casi bien. Anoche sabe?, estaba peor. --Pues me estar hasta las doce o la una. Me pondr a leer _La Correspondencia_ o a jugar al tute con el seor de Izquierdo. Y si la veo a usted tranquila y dormida, me retirar. Si no, aqu me estoy de centinela. As lo hizo, y no habiendo observado hasta ms de media noche nada de particular, sali de puntillas, dando a la placera instrucciones por si la mam o el nio tenan alguna novedad durante la noche. El _modelo_ se fue tambin, y Segunda se meti en su cuchitril; mas apenas haba descabezado el primer sueo, la llam Encarnacin de parte de la seorita, que se senta mal. El chiquillo soltaba todos los registros de su voz y no haba manera de acallarle. Agot la madre todos sus medios y Encarnacin los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante y otro atrs, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas palabras de que los nios deben estarse calladitos. Parceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando. --Pues si te secas--le contest su ta, que hasta para consolar era regaona y desapacible--, pues si te secas, demonche!, mejor, ponemos un ama, y a vivir... --Diga usted, ta, ha venido mi marido? Segunda la mir asombrada. Tu marido!... sabes la hora que es? Y para qu quieres que venga ac ese tipo?. --Tena que hablarle...--Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica, ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, ms vale que no parezca por ac en mil aos. --Es que le tena que hablar. No ha estado aqu desde anoche. Segunda la volvi a mirar, echndose a rer con descarada grosera. Pero, chica, si ha estado aqu esta noche, y se fue a las diez.... --Ah!, esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Cre que haba habido un da entre medio. Cuando una est en la cama, se le va la idea del tiempo... La criatura segua alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego que no poda explicar. Cunto siento que se haya ido Segismundo! l me recetara alguna cosa, o al menos, dicindome que esto no es nada, yo me lo creera. Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consinti en ello, porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. As fue, y la verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnacin, que se dorma en pie. A la maana siguiente, subi Estupi a preguntar por toda la familia con un inters del cual Segunda saba sacar partido. Cmo ha pasado la noche la mam? Y el nio, qu tal? Ya me he enterado del _artculo_ de amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa Mara de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como el de una vaca suiza. Gnero excelente!. Pues no est dems que usted haya dado estos pasos, D. Plcido, porque estoy en que se nos seca--dijo la placera, gozosa de meter su cucharada en aquel asunto--; y si la seora (aludiendo a Guillermina), quiere que se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad. Plcido, despus de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la casa de esta, baj a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de novenas y otras funciones eclesisticas, estaba Guillermina, en pie, el rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que Rossini volvi a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en la puerta. Dgame usted, est durmiendo ahora? Y el nio mama o no mama?--Pues ahora estn los dos callados... _Paice_ que duermen.--Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la casa... Yo, ver usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar en la escalera, les deslomo. Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. Se Segunda, oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese seor de Quevedo, para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el ama.--Bien est, bien.--Yo estar a la mira; ya las tengo apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, se Segunda, como leche, creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo yo un ojo... En fin, mucho cuidado. Y torn a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo an un ratito en casa de su amigo, el cual no saba qu hacerse al ver su pobre vivienda honrada con persona tan excelsa. Habra trado de San Gins, si pudiera, el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo, cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante s la simptica figura de Jacinta, crey el pobre hombre que toda la corte celestial penetraba en su casa. No dijo nada la seorita; no hizo ms que sonrer de un modo que significaba: Qu raro verme aqu!. Guillermina alz la voz desde la sala diciendo: Pasa, aqu estoy.... Estupi, siempre delicado, se apart para dejarlas hablar a solas. Pareca que la santa reprenda paternalmente a la otra: Si ya te he dicho que lo dejes de mi cuenta. Yo me entiendo. Si te empeas en meter la cuchara, creo que lo vas a echar a perder... No, no te dejo subir... te parece fcil entrar a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... Que le bajen aqu? Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido por tipos de sus novelas. Vmonos ahora a San Gins, y luego sabremos la opinin del seor de Quevedo. Descuida, que no se nos morir de hambre. Salieron, y Plcido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya haba estado en ella, rale muy grato acompaar a las seoras a misa. Oyeron dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga: Sabe usted que no he podido or las misas con devocin, acordndome de esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha redimido parte de sus culpas. Ella ser todo lo mala que se quiera; pero valiente lo es. Todas deberamos hacer lo mismo. La santa no respondi, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar ciertos asuntos de reconocida profanidad; pero cuando salan por el patio que da a la calle del Arenal, tom el brazo de su amiguita, dicindole: Bueno estuvo el lance, bueno. Qu par de alhajas!. --Crea usted que a m me daba una alegra cuando lo o contar!... Habra yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia... --Quite all... es repugnante... Dos mujeres pegndose... --Ser lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la moderna. --Este mundo, hija ma, est lleno de maldades. A donde quiera que mira una, no ve ms que pecados, y pecados cada vez ms gordos, porque la humanidad parece que se vuelve de da en da ms descarada y menos temerosa de Dios... Quin haba de decir que esa muchacha, esa Aurorita, que pareca tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es; aunque la otra lo ha sido ms... Y qu dice Brbara?, estaba encantada con ella, y todos los das iba al obrador a verla trabajar... Pero cllate, que aqu viene tu seora suegra... Barbarita y la pareja se encontraron. Ya no alcanzas la del seor cura... Qu horas de ir a misa!. --Pero si no me han dejado salir en toda la maana... Mira, Jacinta, all tienes a tu marido llama que te llama... Entr y... Que dnde estabas t. Que qu tenas t que hacer en la calle tan temprano. Conque bien puedes darte prisa. --Que espere... Pues no faltaba ms...--replic Jacinta con tedio--. Que tenga paciencia, que tambin la tienen los dems. --Y vosotras, de dnde vens? --Nosotras? De ver amas de cra--dijo la santa sonriendo. --Amas de cra!...--S, no es broma... amas, amas, amas. --Qu graciosa ests hoy!... --Pues qu, no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro _Pituso_? Barbarita se ech a rer con donaire. Pero qu, os han dado otro timo?. --Quia; ahora no. Este es autntico... este es de ley; _no tiene hoja_, como el otro, por quien perdiste la chaveta. --Bah!, no quiero orte...--repuso Barbarita con humor festivo, y se separ de ellas para ir presurosa a la iglesia. --Oye... mira--dijo Guillermina llamndola...--Cuando salgas, date una vuelta por las tiendas. All tienes a tu corredor, Estupi el Grande. Aguarda, oye; te compras una buena cuna... La dama se rea; todas se rean. --xi-- El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre; pero al chico le dio el comadrn malas noticias, anuncindole que se quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plcido comunic a la seora que la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza, aunque esta fuese bajada del Cielo; insista en que tena leche; el nio berreaba, dando a entender que su mam faltaba descaradamente a la verdad... En fin, seora--agreg Estupi con oficiosidad sauda--; que a esa mujer hay que matarla. Es ms mala que arrancada, y lo que ella quiere es que la criaturita perezca.... Fue all la fundadora, y se alegr de encontrar a Ballester en la sala. A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene la cabeza un tanto dbil y trastornada, se figura que le van a quitar a su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay inters en que le cre bien. --Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, seora... Pero si viera usted... Hllase hoy en un estado de apata y tristeza que no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de amas o de que ella se est secando, le aprieta, le aprieta tanto contra s, que me temo que en una de estas le ahogue. --Todo sea por Dios... Entrar a ver a la fiera, y trataremos de amansarla. Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareci alegrarse de ver a Guillermina, que la salud con extremada amabilidad, demostrando un gran inters por ella y por su nio. Qu gusto verla a usted!--exclam la pecadora sin moverse--. Tena yo ganas de que viniera para decirle una cosa.... --Pues ya me la est usted diciendo, porque me voy a escape. La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza; pero le rode con su brazo en ademn de proteccin. Pero me le quitar?... Diga si me le quera quitar... Fuera bromas. Lo que usted me diga lo creer. --Muchas gracias, amiga ma... Me toma por ladrona de chiquillos. No saba yo que soy bruja... --No; es que... ver. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala que he sido. Pero eso no tiene que ver, verdad? Pues ahora soy mucho ms mala. Ay!, seora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande, que no creo que me lo perdone Dios. --Apostamos a que es cualquier tontera? (inclinndose hacia ella y acaricindole la barba). --Ay, seora, ojal fuera tontera!... Voy a decrselo... Pero no me ria mucho... Pues anoche estuvo aqu mi marido, hablamos, y le di veinte duros para que comprara un revlver. El revlver es para matar a _ese_ y a _esa_... sobre todo a la francesota, infame, traicionera... Guillermina recibi impresin muy fuerte con estas palabras; pero hizo un esfuerzo por aparentar que no perda su serenidad. Fuertecillo es, s, seora... Pero su marido de usted no har nada. He hablado con l y me ha parecido muy razonable. --La razn es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros, crea usted que no se le escapan. Yo le calent bien la cabeza... Toda aquella sabidura que ahora tiene se la quit con las cosas que le dije... Se volvi loco otra vez, seora; le promet quererle como l me quiso a m, y crea usted que hice la promesa con voluntad. --Me hace usted temblar (alarmndose). Vamos; el pecado ese es de lo ms atroz que puede haber. l, si los mata, peca menos que usted, por haberle mandado que lo hiciera, acalorndole con promesas. --Lo mismo me parece a m, y por eso he estado con miedo toda la noche. --Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdn a Dios de su mala intencin y procura limpiarse de ella, Dios tendr piedad de la pecadora. --Es que... ver usted... estoy arrepentida por mitad. Matarle a l!, sabe usted que me da lstima? No, no, que no le mate... Pero lo que es a esa bribona, tramposa, embustera... Pues no tiene la poca vergenza de creer que tendr hijos?... Hijos ella...! Dgame usted, qu se pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante? Esto lo deca con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante, no supo si indignarse o tomarlo a risa. Vaya, que las ideas de usted me gustan... Se me figura que marido y mujer all se van... en sabidura. Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no vuelve a verme en su vida ms. No se puede tolerar esto.... --De modo que a esta ta _monstrua_ no se le da un castigo?... Eso s que est bueno. Y seguir rindose de nosotras... No lo entiendo. --Dios es el que castiga; nosotros aprendemos. Ambas callaron, mirndose. Tengo que traerle a usted un confesor. Usted no est buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge as, le cay la lotera. --Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo--dijo la diabla, volvindole a coger y estrechndole contra s. --Otra barbaridad. Hoy estamos de vena. --Pues no es mo?, no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y ardor). --Cmo!... darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones. Tambin quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a rer... En fin, estamos aqu como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar. Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. Lo har usted? --Si usted me lo manda, s... Ay!, yo cre que matar al que nos engaa, al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se me subi la hiel a la cabeza. Le tengo tanta rabia a sa...! Digo yo que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin embargo no ser una mala. Incorporose para expresar con mmica ms persuasiva un argumento que se le haba ocurrido y que crea de gran fuerza: Vamos a ver, seora. A que la dejo callada ahora?, a que, sabiendo usted tanto como sabe, no me devuelve esta?. --Qu?--Esta razn. Vamos a ver. La seorita Jacinta es, como quien dice, un ngel... Todos la llaman as... Bueno; pues con todo su mrito y su _santificacin_, no se alegrarla ella de que me quitaran a m de en medio? Se volvi a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la respuesta, con la seguridad de que la santa no tena ms remedio que mentir para no darle la razn. Qu est usted diciendo?--replic Guillermina indignada--. Jacinta desear que maten a nadie!... O usted es tonta o ha perdido el juicio!. --Vamos... Pues bueno, dir otra cosa (retirndose a la segunda paralela despus de rechazada en la primera). No se alegrar la seorita de que yo me muera?... --Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...? (titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prjimo, y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos aborrecen. Con un _ju ju_ melanclico expresaba Fortunata su incredulidad. Ay!, no lo cree?.... --Que me desea bien a m! _Tie_ gracia. --Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada... --Pero de eso a que me mire con buenos ojos... --Pues no faltaba ms sino que la quisiera a usted como me quiere a m... Por cierto que ha hecho la nia merecimientos para ello. Con que la perdone debe darse por satisfecha... --Y me perdona de verdad?... pero es de verdad? --Pues qu duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de Dios, ni nada, no comprende esto. --Y podra ser mi amiga?... --Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que despus de lo que ha pasado partan un pin... --Amigas!...--repiti la diabla frunciendo las cejas--. Por ms que usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, est visto... Que no le d vueltas. Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oa rer a la santa, esta le dijo: Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una comedia. Su amiga de usted est por conquistar. Qu ideas tiene! Por cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonteras se me va la maana. Se levant, y Fortunata le tir del vestido para hacerla sentar otra vez. Una duda me queda, seora. Squeme de ella. --Veamos esa duda... otro despropsito. Ay, qu cabeza! --Sintese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dgame (bajando la voz), Jacinta falt o no falt con aquel caballero? --Ave Mara Pursima!... con qu caballero? --Con aquel que se muri de repente... --Cllese, cllese o le pego... --No, si yo no lo creo ya. Lo crea; pero como fue la indecente de Aurora quien me lo dijo, ya dej de creerlo... slo que tena un poquito de duda. --Esa...? (con soberano desprecio). Y se atreva a decir...! --Si es lo ms mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la mayor buena fe). Aqu donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un ngel. --Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. Jacinta faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas... --No, si yo no lo creo, seora, si no lo cre (muy apurada). Ella fue la que lo dijo y lo crea... Sabe una cosa? (Atrayndola a s y hablndole en secreto). Crame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque le pegu fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que Jacinta era como nosotras... Y dgame, no mereca el morrazo que le di con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... No lo mereca? Claro que s... Guillermina estaba confusa; no saba si aprobar o desaprobar... Quedamos en una cosa--dijo levantndose--; maana vendr el Padre Nones para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, segn dice Estupi.... --Ama, no... para qu? Si puedo... No ha visto lo satisfecho que est el rey de la casa? No es verdad, rico, que para nada te hacen falta amas? Su mam, su mam le da al nio todo lo que quiere. --El Sr. de Quevedo sabe ms que usted... Aqu no se hace ms que lo que yo mando--declar la santa con aquel ademn y tono autoritarios a los cuales nadie se poda oponer--. Si de aqu a maana Quevedo no vara de opinin, vendr la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El _excelentsimo_ seor de Ballester queda encargado de la ejecucin del presente decreto. --xii-- Por la tarde lleg doa Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano, a quien supona all. No pas de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de quien dijo que la compadeca, pero que no poda tener ninguna clase de relaciones con ella. En la sala cuchiche la _ministra_ con Segismundo contndole lo ocurrido. Pues ah era nada: Maximiliano haba comprado un revlver... pero quin diablos le dio el dinero? Descubriolo la seora por una casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitrselo. Sali escapado de la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que le haban visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fbrica del Gas, como para ejercitarse... Ay!, _la de los Pavos_ estaba aterrada. Toda aquella sabidura lgica, que el pobre chico tena en la cabeza, se le haba convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no haba ido a almorzar, ni se saba su paradero... Tenemos que dar parte a la polica, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pens que habra venido aqu, y corr desolada... Dnde demonios estar? Ballester, por Dios, avergelo usted y squeme de este conflicto. Usted es la nica persona que le domina cuando se pone as... Salga a ver si le encuentra; yo se lo ruego. A esto replic el buen farmacutico que no poda repicar y andar en la procesin. Fuese la de Juregui desconsoladsima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida. Fortunata haba odo la voz de doa Lupe, y cuando esta se retir, quiso que Ballester le explicase qu traa por all. Pues nada, que _la ministra_ esa quiere meter las narices, y ver a usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearn. --Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondr mala si la veo. Y de mi marido, qu dijo? --No le nombr.--Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo mal que me sienta verle y hablar con l... Me trastorna. No les deje usted pasar. Que se vayan a los infiernos. Estoy tan tranquila aqu solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! Que no venga, por Dios! Usted me promete que no vendrn? Lo peda con terror suplicante. Ballester, deshacindose en demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalgua, le dijo que los Rubn grandes y chicos, as los de carne y hueso como los que tenan pechos de algodn, no entraran en aquella alcoba sino pasando sobre su cadver. Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipticos que eran los Rubn, y de lo que ella hara para no recibirlos si a verla iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas excitaba y encenda su nimo favorablemente, le habl de doa Guillermina y de su hermosa vida. Sabe lo que me dijo al salir? Pues que si se le ofrece a usted algo no estando yo aqu, avise a D. Plcido, al cual se ha encargado que se ponga a las rdenes de usted si lo necesitara. --Claro--dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente--; como que Plcido es todo _de la casa_, y desde chiquito no hace ms que llevar recados de los seores, y servirles en mil menudencias. Es un buen hombre, y yo le quiero mucho... Y a doa Brbara, la conoce usted? Yo tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, tambin lo ser de doa Brbara... Francamente, estoy admirada del cario que le tengo ahora a _la mona del Cielo_, cuando en otro tiempo, slo de pensar en ella me pona mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere decirse, que la aborreca y me gustaba... cosa rara, verdad? Ahora seremos amigas, crea usted que seremos amigas... Lo duda usted? --Cmo he de dudar eso, criatura? --Es que usted parece como que se sonre un poquitn, cuando me lo oye decir. --Est usted viendo visiones. Bueno va... --Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendr que decir de m ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme... Cristo, cmo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada ms... Vaya, me sostendr usted que no se sonre ahora? --S; pero es de satisfaccin, por verla a usted tan regenerada... Quin le tose a usted ahora, hallndose en relaciones con personas de la corte celestial...! --Y nada ms... Pues qu se crea usted? Se sofocaba tanto, que el farmacutico crey prudente llevar la conversacin a un terreno insignificante; pero Fortunata se las compona para volver a lo mismo, a que ella y la _Delfina_ iban a ser ua y carne, y a que su conducta en lo sucesivo haba de ser como de quien est en escuela de serafines. Aqu donde usted me ve, amigo Ballester, yo tambin puedo ser ngel, ponindome a ello. Todo est en ponerse... Y es cosa muy sencilla. Al menos a m me parece que no me ha de costar ningn trabajo. Lo siento yo aqu _entre m_. --Depende tambin de las personas con quien uno se junta--le dijo su amigo muy serio--. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos que yo tena y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se nos va a hacer santa... Aunque todo poda conciliarse, me parece a m, ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja. Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocacin en la botica de Samaniego? Si doa Casta sabe que estas ausencias mas son para venir a visitar a la que le tom las medidas a su nia, al instante me limpia el comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no vendr. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompera con todo, si no fuera porque me ser difcil encontrar colocacin inmediatamente, y crea usted que un periodo de vacaciones me balda... Por m no me importara; pero a mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre _pensador_, mi ilustre cuado, est mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los ayes y lamentos pidiendo pan se han de or en Algeciras. --Pero no sea usted tonto--dijo Fortunata con aquel arranque de generosidad, que en ella era tan comn--. Yo tengo _guita_. Si quiere mandar a paseo a _las Samaniegas_, mndelas. Que se fastidien, que se arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su madre y para el _pensador_, hasta que encuentre otra botica. Tenga confianza conmigo... O _semos_ o no _semos_. Ballester era tan delicado, que de slo or tal proposicin, le salieron los colores a la cara, y se excus con expresiones de gratitud. Poco despus de anochecer se retir dando las rdenes ms rigurosas a los hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algn Rubn, fuese quien fuese, se presentaba, no abrir. Dej sobre la mesa de la sala un arsenal de medicamentos, y a Fortunata le recomend la quietud, y que _diese con la puerta del cerebro en los hocicos_ a toda idea triste que se presentara. Izquierdo se plant de centinela en la sala, acompaado de una grande de cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llev tambin una chica de aadidura. Segunda regres a las diez, despus de la horita de tertulia que sola pasar en el puesto de carne, y viendo a su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: Sabes a quin he visto?, a la ta esa, _la de los Pavos_. Fue a buscarme al cajn, muy ofendida porque el seor Ballester no la dej entrar a verte. Anda a caza del sobrino que se les escap esta maana, y todava no ha aparecido. Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te ras. Dice que _las Samaniegas_ estn trinando contigo, y que la viejona aquella, doa Casta, no parar hasta no verte en el _modelo_. Qu comedia! Rete, que eso es envidia. Pues vers, La ta esa indecente, _la Fenelona_, francesota, ms mala que el no comer, dice que este hijo que tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. T rete, tonta, que eso no es ms que envidia. La prjima no chist; pero bien se conoca que aquellas palabras haban hecho en su espritu un efecto desastroso. Cuando se qued sola, no le fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgi terrible en su alma, y sin reparar en lo que haca, incorporose en el lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... Ahora mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta chafarle la nariz... trasto, indecente. Decir eso...!, una mentira tan grande! Pero qu hora es? Si estn dando las doce! Sea la hora que quiera, saldr, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... Decir eso, decir eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. Lo dice por deshonrarme! Antes calumni a Jacinta, y ahora me calumnia a m. Se sent en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espritu estaba, las dificultades de la empresa. Si lo dejo para maana, ya no ir, porque me lo quitarn de la cabeza... Y yo le he de refregar la jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mo, me va a ser imposible ser ngel, y no podr tener santidad. Como no haga esto, tendr que volver a ser mala; lo conozco en m. Y tan pronto se pona una pieza de ropa como se la quitaba, con vacilacin horrible, fluctuando entre los mpetus formidables de su deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se visti, y saliendo a la sala, vio a su to dormido, de bruces sobre la mesa, junto a la luz, la botella grande a su lado, medio vaca. Podra salir sin que me sintiera nadie... Y si despertara a mi to y le dijera que viniese conmigo...?. La idea de asociar a _Platn_ a su temeraria empresa, hzole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea. Pues lo que es maana temprano--se dijo volviendo a la alcoba--, maana tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto.... Al mirar a su hijo, la llama de su ira se aviv ms. Decir que no es hijo de su padre...! Qu infamia! La despedazara sin compasin ninguna. Inocente!, tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le deshonrarn, no, porque aqu est su madre para defenderle; y al que me diga que este no es el _hijo de la casa_, le saco los ojos. _l_ no puede haberlo dicho... A m me la solt, pero fue as como en broma. _l_ no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo haba dicho, juro por esta cruz (hacindola con los dedos y besndola), por esta cruz en que te mataron, Cristo mo, juro que le he de aborrecer... pero aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... Ay, Dios mo! (echndose en la cama, acongojadsima); si le dicen esta mentira tan gorda a Guillermina y a Jacinta, la creern?... Puede que s... Todo lo malo se cree, y lo malo que de m se diga, se cree ms... Pero no, puede que no lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no puede ser, no puede ser, y primero creern que el mundo se vuelve del revs, y que el da se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si alguien lo creyera, l lo desmentira; estoy segura de que lo desmentira. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me pierda; pero por ms que hagan esos perros, no me quitarn, Dios mo, que yo sea tan ngel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien, porque lo ser, lo ser. Estaba inquietsima, dando vueltas en la cama. El hijito pidi y tom el pecho; pero no deba de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos de necesidad y desconsuelo, unanse los de su madre, que deca: Hijo de mi alma... qu, no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella te lo ha quitado. Ya vers cmo la arregla tu mam... Pobretn, tan chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi nio es el rey de Espaa, y nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada ms... Y mi nio es de quien es, y no hay otro en _la casa_, ni le habr, verdad?... verdad, gloria, cielo, alegra del mundo?. --xiii-- Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no pareca, por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas expresiones de tan poco valor en la prctica. Los alaridos que la madre y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a Jos Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le enderezaba un can; pero s sacaron de su letargo a Segunda, que fue a ver lo que ocurra, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha una furia y por poco le pega. Mira que te estrello, si das en hacer funciones de comedia--le dijo con aquellas formas exquisitas que usaba--. Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y el pobrecito no tiene qu mamar?. Por fortuna, entre las cosas que dej Ballester en previsin de todos los contratiempos posibles, haba un bibern muy majo. Segunda, con determinacin rpida, lo llen de leche (de la cual tena por casualidad un par de copas) y prob a drselo al chico. Este al principio extraaba la dureza y frialdad de aquel pezn que en su boquita le metan. Hizo algunos ascos, pero al fin pudo ms el hambre que los remilgos, y apenc con la teta artificial. Mira, mira, qu pronto se hace a todo el angelito. Si es lo ms noble...! Rico... qu carpanta estbamos pasando!. La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. Sabes una cosa?--le dijo su ta, ponindole las manos en la cara--. Tienes calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. Si hicieras caso de m, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos _la de los Pavos_ y yo... Vaya, pues no vas t a ser ahora poco seora...! Chica, chica, no te hagas de miel; levanta tu cabeza. Aire!... Pues no ves que las seoronas esas te hacen la rueda? Como que ser una potentada, y yo que t, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues qu... crees que l no ha de venir tambin? Ya le llamar la sangre, y en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caer la baba... y... chica, cremelo, hasta coche vamos a tener... qu comedia! Cuando digo que estaremos en grande! Vendr, vendr l, y te aseguro que si tarda cuatro das es mucho tardar. No ves que esa familia no tiene un nene que la alegre?... si se estn todos muriendo de ganas de chiquillo...! T, trabjalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de nuestras entraas... Yo estoy muy orgullosa, porque l Santa Cruz es como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos familias estn de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las pulgas, y esta tarde le ech su puntadita a Plcido para que nos diera la casa gratis... Qu te crees?... Si estn los Santa Cruz con tu hijo como chiquillos con zapatos nuevos... Te dir una cosa que no sabes. Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plcido... Quera subir a verle; pero esa otra, la santona, le dijo que otro da, por si t te remontabas... Conque vete enterando... Ah! Quin me lo haba de decir!... Todava me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero, dando vueltas en la Castellana... y poco charol que me voy a dar...! Si es una comedia... T date tono, no seas boba... que si sabemos aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas. Fortunata, desde que su ta empez a hablar, lloraba a lgrima suelta; pero al or lo de que iban a ser marquesas, una rfaga de jovialidad pas por encima de la onda de tristeza, y la joven se ech a rer con la cara anegada en llanto. No, no te ras; tanto como marquesas no; ni para qu queremos nosotras ser _ttulas_; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Vers qu prontito viene el otro... Claro, cuando no est aqu su mujer... Me _paice_ a m que su mujer, de esta hecha se tendr que ir a plantar cebollino. T, t eres la que va a subir al trono ahora, o no hay equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se tiene que llamar Rubn... Qu comedia! T eres mayormente viuda y libre, porque a tu marido cuntale como que est en gloria... Y bien saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae la casta, y lo que es la pensin vers cmo te la dan. Fortunata no se ri ms, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad. Hasta la madrugada estuvo la ta acompandola, y vindola relativamente sosegada, se fue a descabezar un sueo antes de bajar al mercado. A poco de quedarse sola, la joven sinti dentro de s una cosa extraa. Se le nublaron los ojos, y se le desprenda algo en su interior, como cuando vino al mundo Juan Evaristo; slo que era sin dolor ninguno. No pudo apreciar bien aquel fenmeno, porque se qued desvanecida. Al volver en s advirti que era ya da claro, y oy el piar de los pajarillos que tenan su cuartel general en los rboles de la Plaza Mayor y en las crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en brazos, y apenas poda con l. Le faltaban las fuerzas; pero de qu manera!, y hasta la vista pareca amengursele y pervertrsele, porque vea los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo ver lo que no exista. Se asust mucho y llam; pero nadie vino en su auxilio. Despus de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta, y... aquello s era grave; no tena voz, no le sonaba la voz, se le quedaba la intencin de la palabra en la garganta sin poderla pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al fin su mano se qued como si fuera de algodn; daba golpes con ella, y los golpes no sonaban. Tambin poda ser que sonaran y ella no los oyera. Pero cmo no los oa Segunda, que estaba al otro lado del tabique? Luego, el brazo se puso tambin como carne muerta, resistindose a moverse. Ser que me estoy muriendo? pens la joven, echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver all, por estar el interior a oscuras o fantsticamente iluminado. Todas sus ideas sufrieron trastornos ms o menos febriles, las imgenes se disfrazaron, cual si fuesen a las mscaras, tomando cara y apariencia de lo que no eran, y la nica sensacin dominante con alguna claridad en aquel desorden fue la de estar inmvil y rgida, con los movimientos involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su parecer no respiraba; el odo y la vista daban de rato en rato alguna impresin fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Crey ver a Segunda y orla hablar con Encarnacin; pero hablaban a la carrera, como seres endemoniados, pasando y perdindose en un trmino vago que caa hacia la mano derecha. El piar de pjaros tambin se precipitaba en aquel sombro confn, y los chillidos con que Juan Evaristo peda su bibern. Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobr sus sentidos y pudo moverse, apreciando fcilmente la realidad. Quin eres t? --pregunt a Encarnacin, nica persona que estaba a su lado--. Ah!, ya te conozco... Qu tonta soy! No est mi ta?. Djole la chiquilla que la se Segunda haba bajado al mercado, y que subi con la leche para el nio, y despus se volvi a marchar. Sac Fortunata de aquel desvanecimiento una conviccin que se afianzaba en su alma como las ideas primarias, la conviccin de que se iba a morir aquella maana. Senta la herida all dentro, sin saber dnde, herida o descomposicin irremediables, que la conciencia fisiolgica revelaba con diagnstico infalible, semejante a inspiracin o numen proftico. La cabeza se le haba serenado; la respiracin era fcil aunque corta; la debilidad creca atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad fsica se extingua, la moral, concentrndose en una sola idea, se determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella poda pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla frmula el perfil ms hermoso y quizs menos humano de su carcter, para dejar tras s una impresin clara y enrgica de l. Si me descuido--pens con gran ansiedad--, me coger la muerte, y no podr hacer esto... qu gran idea!... Ocurrrseme tal cosa es seal de que voy a ir derecha al Cielo... Pronto, pronto, que la vida se me va.... Llamando a Encarnacin, le dijo: Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D. Plcido que le necesito... entiendes?, que le necesito, que suba... Anda, no te detengas. Ya debe de estar ah, de vuelta de la iglesia, tomndose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradecer mucho. En el tiempo que estuvo fuera Encarnacin, la diabla no hizo ms que dar a su hijo muchos besos, dicindole mil ternezas. El chico estaba despierto, y callado la miraba, y aunque nada deca, a ella se le figur que hablaba... Estars tan ricamente... hijo mo. No te querrn tanto como yo, pero s un poquito menos... Me estoy muriendo... qu s yo qu tengo... La medicina esa... yo la tomara... dnde est?... Encarnacin!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre... Hijo mo, Dios me quiere separar de ti; y ello ser por tu bien... Me muero; la vida se me corre fuera, como el ro que va a la mar. Viva estoy todava por causa de esta bendita idea que tengo... Ah!, qu idea tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me lo han dicho de arriba. Siento yo aqu en mi corazn la voz del ngel que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aqu sin habla, y al despertar me agarr a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo mo, estate calladito, y no chistes, que si tu mam se va es porque Dios se lo manda... Ah!, don Plcido, est usted ah?.... --S, seora--dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes ms oficiosos del mundo--. Qu se le ofrece a usted? La seora me ha encargado... --Amigo, hgame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la medicina, esos polvos amarillos... cules?, no s... Pero deje, deje, que me tiene que escribir una carta. --Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). Qu medicamento quiere? --Ninguno, ya para qu?... ndese pronto, que me voy... que me muero. --Que se muere! Vamos... no bromee usted. --Don Plcido, si no me sirve para esto, llamar a otra persona. Si pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo... --No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero--y no tard cinco minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata se haba incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que despus, entre ella y Encarnacin, le ponan bien abrigadito en su cuna de mimbres, la cual vena a ser como un canasto. Le pusieron entre las manos su bibern para que no alborotase, y cubrironle con un pauelo finsimo de seda. Estupi no entenda una palabra, ni vea la relacin que la pluma y papel pudieran tener con lo que vea. Don Plcido--dijo Fortunata con mucha animacin--; hgame el favor de escribir... Aqu no hay mesa. Chiquilla, trele el tablero de las damas. Djate de medicinas... Para qu ya?... Vaya, D. Plcido, preprese; ver qu golpe... Se me ocurri una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al punto que me entraba tambin la idea de mi muerte... Ponga ah lo que yo le diga: Seora doa Jacinta. Yo.... --Yo...--repiti Plcido. --No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. Qu torpe soy! Ah!, s, ponga usted. Como el Seor se ha servido llevarme con l, y ahora se me alcanza lo mala que he sido.... Qu tal?, va bien as? --Lo mala que he sido.... --En fin, siga usted poniendo lo que le digo... No quiero morirme sin hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D. Plcido, ese _mono del Cielo_ que su esposo de usted me dio a m, equivocadamente.... No, no, borre el _equivocadamente_; ponga: que me lo dio a m robndoselo a usted.... No, D. Plcido, as no, eso est muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada. Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque s que ha de quererle, y porque es mi amiga... Escriba usted. Para que se consuele de los tragos amargos que le hace pasar su maridillo, ah le mando al verdadero _Pituso_. Este no es falso, es legtimo y _natural_, como usted ver en su cara. Le suplico.... --Le suplico....--Usted pngalo todo muy clarito, D. Plcido; yo le doy la idea. Pues le suplico que le mire como hijo y que le tenga por _natural_ suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que besa su mano.... Qu tal? Est con finura?... Ahora, veremos si puedo echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Trigame la pluma... Puso un garabato, y luego mand a Estupi abriese la cmoda y sacara la inscripcin de las acciones del Banco. Despus de revolver mucho, fue encontrado el documento. Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi amiga doa Guillermina. --Pero no vale sin transferencia--replic el hablador examinando el papel. --Sin qu?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas. Es mo, y yo lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi voluntad que esas acciones sean para doa Guillermina Pacheco. Le echar muchas firmas debajo, y ver si vale. Aunque Estupi no crea vlida aquella manera de testar, hizo lo que se le mandaba. --Ahora, amigo--dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la palabra--, coja usted a mi hijo y llveselo... ay!, djemelo besar otra vez... Aguarde a que me muera... No; llveselo antes de que venga mi ta, o mi marido, o doa Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve usted... qu compromiso. No me dejarn hacer mi gusto, me enfadar, y no me morir tan santamente... como quiero morirme. No dijo ms. Plcido, acercndose a contemplarla, se asust extraordinariamente. Crey que estaba muerta o que le faltaba poco para morirse; mand a Encarnacin en busca de Segunda y de Jos Izquierdo, y cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dorma, la puso en la sala. No me determino a llevrmelo--pens el buen viejo--. Pero al mismo tiempo, si esos brutos se empean en impedirme que me lo lleve... Ah!, no; yo cargo con l, y que tiren por donde quieran. Cogi la cesta, y bajndola a su casa con toda la rapidez que le permitan sus piernas no muy fuertes, azorado como ladrn o contrabandista, volvi a subir y se aproxim a la enferma, mirndola tan de cerca, que casi se tocaban cara con cara. Fortunata... _Pitusa_ murmur echando _talmente_ la voz en el odo de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movi ligeramente los prpados, y desplegando los labios, apenas dijo: _Nene_.... --xiv-- Caracoles!, esta mujer se va... Y yo solo aqu con ella!, y el cro all abajo. Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones sern ellos. Que digan lo que quieran. A m, qu? Les presento el papelito firmado por ella, y en paz. Pobre mujer! (contemplndola horrorizado). Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, cmo es que la abandona as? No vieron el peligro? Y ese mdico, en qu est pensando?... Qu compromiso! Y qu le dira yo?... Aqu hay medicinas; se las dar. Pero y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plcido, y no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qu... si cuando vengan ya estar ella en el otro barrio. Dios la perdone y le d lo que ms le convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablndole al odo). Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera as tan tontamente... Le traer el Vitico, si quiera la Santa Uncin... Eh!, hija, chica... Quia, no se entera... Esto est perdido. Hija ma, piense usted en Dios y en la Santsima Virgen; invqueles en esta hora tremenda y la ampararn... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que est tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religin. Voy a tocar otro registro (con malicia). Fortunata, buena moza, mire usted quin est aqu... despierte y ver... No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a su... dama... Mrele, mrele tan afligido de verla a usted malita. (Hablando para s). Cmo se sonre la picarona! Ah!, est daada hasta el tutano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los borrachos, que aunque estn expirando, si les nombran vino, parece que resucitan... Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean qu manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a Mara Santsima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia. Pero le nombro al seorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo vivir, y sin duda con intenciones de pecar. Ah!, cualquier da se salva esta... Me parece que sube ya la ta. Oigo sus resoplidos como los de una loba marina... S, aqu vienen (saliendo al pasillo y hablando con Segunda, que suba sofocadsima precedida de Encarnacin). Vaya una calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala. Apenas entr en la alcoba, Segunda empez a dar gritos. Hija de mi alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! Ay, qu carnicera!, cmo est!... Me la han matado... Y el nio? Nos le han robado, nos le han robado.... --Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar--dijo Estupi cogindola por un brazo--, y djese de asesinatos, y de robos de hijos, y no sea usted mamarracho. --Nia de mi alma... pero qu? Fortunata... te han matado, o qu es esto? A ver, cordera, tienes heridas? _Paice_ que te han dado cien pualadas... Pero ests viva. Cuntame qu ha sido, quin ha sido? Y tu nio, nuestro nio, dnde est? Te lo quitaron?... --Llame usted al mdico--indic Plcido con ira--. Dnde vive? Yo le avisar... Y no se cuide del nio, que est mejor que quiere, y nada le falta. --Pero dnde est?... D. Plcido, D. Plcido--exclam Segunda, descompuesta y furiosa--; me parece que va usted a ir al palo... Voy a dar parte a la justicia. Usted es un forajido, s seor, no me vuelvo atrs... Usted nos ha birlado a la criatura. --Atiza!... Pero mujer de Barrabs (retirndose por miedo a que Segunda le sacara los ojos). Quiere usted callarse? No ve que su sobrina se muere? --Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted. --Dale con gracia... Habr que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa de Socorro. --A la crcel... es donde tiene que ir usted. Y en aquel momento entr Jos Izquierdo, a quien su hermana quiso incitar para que acometiese al bueno de Estupi. _Platn_ vacilaba, no dando a Segunda todo el crdito que esta crea merecer. Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo--afirm el anciano, dando una patada--. El chico est donde debe estar, y bien saben que yo no miento. Y si no, pregntenle a su madre. --Hija de mi vida--chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina, que si no era ya cadver, lo pareca--. Dinos lo que te han hecho, dmelo, corazn. Ay, qu dolor de hija!... --Usted--dijo Plcido a Izquierdo autoritariamente--, corra a llamar a ese seor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisar a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera. Se escabull sin esperar la opinin de Segunda. _Platn_, comprendiendo por instinto antes que por criterio, que las rdenes de Estupi eran ms prcticas que las de la placera, sali y fue presuroso a la calle del Ave Mara. La primera persona que lleg a la casa fue Guillermina, a quien Plcido enter por el camino de cuanto haba ocurrido. Subiendo la escalera, la santa dijo a su sacristn: Entre usted en su casa a esperar a Jacinta que vendr en seguida. Advirtale que no quiero que suba. En cuanto pueda, bajar yo. A Jacinta que no se mueva de aqu y me aguarde. Cuando la fundadora entr, la enferma continuaba en el mismo estado. Segunda, llena de consternacin, no hablaba ya de asesinato, y aunque no acababa de comprender el _robo del chiquillo_, no se atrevi a mentarlo ante la seora casera. Haba intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes dosis de _ergotina_; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y no haba medio de traerla a la razn. Guillermina tuvo ms suerte o puso en ejecucin mejores medios, porque logr hacerle beber algo de aquel eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicacin precipitada de remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba; pero la vida no quera detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con expresin de gratitud a su amiga, y cuando esta le coga la mano, trataba de hablarle; pero apenas poda articular algn monoslabo. Calladas, se hablaron mirndose. El Padre Nones va a venir--dijo la santa--; le mand recado al salir de casa. Preprese usted, hija ma, poniendo el pensamiento en Nuestro Seor Jesucristo; y como le pida perdn de sus pecados con verdadera contricin, se lo dar. Se lo ha pedido usted?. Fortunata dijo que s con la cabeza. Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y est tan agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano. En las nieblas que envolvan su pensamiento, la infeliz joven, al or aquello del _rasgo_, se acord de Feijoo y de sus prohibiciones; pero este recuerdo no la hizo arrepentirse de su accin. Jacinta me encarga que d a usted las gracias. No le guarda ningn rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena memoria de s. Adems, ella es de las pocas personas que saben perdonar. Imtela usted ahora, que no le vendra mal en este instante sofocar sus pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija ma (abrazndola), ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?. Fortunata dijo que s con la cabeza, y sus miradas daban a entender que aquel perdn era de los fciles, porque el amor andaba de por medio. Perdona usted tambin a esa mujer de quien se supona ofendida, y a quien usted ofendi de palabra y de obra, con o sin motivo?. Este perdn s que era de los duros. Callose la santa observando a la diabla intranquila. Esta tena la cabeza echada hacia atrs, movindola sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el techo. Qu?, duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si perdonamos nosotros antes. Para qu quiere usted ahora ese odio mezquino? De qu le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay que arrojar ese plomo (abrazndola con ms cario). Amiguita, hgalo por m, por _el mono del Cielo_, que debe quedar aqu rodeado de bendiciones, no de maldiciones. Fortunata se estremeci desde el cabello hasta los pies... Su respiracin fatigosa indicaba el afn de vencer las resistencias fsicas que entorpecan la voz. No necesita usted hablar--le dijo la santa--; basta que manifieste su intencin respondindome con la cabeza. Perdona usted a Aurora...?. La moribunda movi la cabeza de un modo que podra pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma, sino una parte de ella afirmase. Ms, ms claro. Fortunata acentu un poquitito ms, y sus ojos se humedecieron. As me gusta. Entonces resplandeci en la cara de la infeliz seora de Rubn algo que pareca inspiracin potica o religioso xtasis, y vencida maravillosamente la postracin en que estaba, tuvo arranque y palabras para decir esto: Yo tambin... no lo sabe usted...?, soy ngel.... Y algo ms expres; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y en la cara le qued una expresin de dicha inefable y reposada. La santa estuvo un instante sin saber qu actitud tomar. ngel!... s--dijo al fin--; lo ser, si se purifica bien. Amiga querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a venir, y l le dar a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora recuerdo que usted tena una idea maligna, origen de muchos pecados. Es preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espritu y ver cmo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que semejante idea era un error diablico a fuerza de ser tonto, y promtame que ha de renegar de ella y que no la olvidar cuando el amigo Nones la confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho por all. La _Pitusa_ no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volva al ataque con ms bro y pasin. Fortunata, hija ma, por el cario que me tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le conservar toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje aqu, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un lunar postizo, un colorete. Eso no sirve all, como no le sirva al demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, s o no? Hgalo por m, para que yo me quede tranquila. Fortunata volvi a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo de iluminacin cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si entrara alborotadamente en ella un espritu benigno. La voluntad y la palabra reaparecieron; pero slo fue para decir: Soy ngel... no lo ve?.... --ngel, s; bueno, esa conviccin me gusta (con inquietud). Pero yo quisiera... Interrumpi a la seora la aparicin del Padre Nones, que no caba por la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se llen de una negrura triste y severa. Aqu estoy, _maestra_ dijo el anciano, y la dama se levant para dejarle el asiento. Algo susurraron los dos antes de que ella se retirara. Nones habl cariosamente a la enferma, que le miraba con empaados ojos, sin dar ninguna respuesta a sus palabras... Por fin, ech una voz que pareca infantil, voz quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que Nones crey entender entre aquellas articulaciones de indefinible sentimiento fue esto: No lo sabe?... soy ngel... yo tambin... _mona del Cielo_. Y sigui su exhortacin el cura, diciendo para s: Trabajo perdido... cabeza trastornada. Y en alta voz: ngel, s; pero es preciso, hija ma, confesar la fe de Cristo, consagrar a ella nuestros ltimos pensamientos y pedirle con el corazn que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo a ningn pecador que se llegue a l por empedernido que sea... Lo principal es tener un interior puro, un.... La mir alarmado. Haba dicho algo? S; pero Nones no pudo enterarse. Fue sin duda aquello de _soy ngel_, y luego inclin la cabeza como quien se va a dormir. El sacerdote la mir ms de cerca, y en alta voz dijo: Maestra, maestra, venga usted. Entr Guillermina y ambos la observaron. Creo--dijo Nones--que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza trastornada... Pobrecita! Dice que es ngel... Dios lo ver.... La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empez a escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la escalera de lo que ocurra, entr en la casa y en la alcoba ms muerto que vivo. --xv-- Mientras estuvo all el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tena cierta correccin. Pero cuando no quedaron all ms testigos que la santa y Segunda, el buen farmacutico crey que no tena para qu sujetar la onda impetuosa que del corazn le sala, y llegndose al cuerpo todava caliente de su infeliz amiga, la abraz, y estamp multitud de besos en su frente y mejillas. Ah!, seora--dijo a la fundadora, secndose las lgrimas--; veo que se asombra usted de... de verme llorar as, y de estas demostraciones... Es que yo la quera mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida... digo... no, dispense usted, ramos amigos... Usted no la conoca bien; yo s... Era un ngel... digo, deba serlo, podra serlo; dispense usted, seora, no s lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los disparates que haca... porque era de estos ngeles que hacen muchos disparates... me entiende usted?... Pobre mujer... tan hermosa y tan buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado la involucin... Me lo tema... La salida antes de tiempo, la agitacin moral... Aada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de una autoridad que se le hubiera impuesto. Ah!, si yo hubiera estado aqu. Pero no poda, no poda. Mis obligaciones... Ah!, seora, crea usted que tengo el corazn destrozado, y que tardar en consolarme de esta pesadumbre... La haba tomado yo tanto cario, que a todas horas la tena en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiramos sido felices, s, felices, cralo usted... Nos habramos ido a otro pas, a un pas lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra vez. No la haba besado nunca. No me atreva, ni ella lo habra consentido, porque era la persona ms honrada y honesta que usted puede imaginar. Guillermina senta tanto asombro como lstima ante las demostraciones de aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue tomando el dolor de Segismundo acentos ms tranquilos, y sentado a la cabecera del lecho mortuorio, habl con la santa de un asunto que necesariamente y por la fuerza de la realidad se impona. Ah!, no seora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo. Quiero tener esa satisfaccin. No me la quite usted, por Dios.... --Pero, hijo--replic la fundadora--, si usted es un pobre. Qu necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera ms remedio, muy santo y muy bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le hace. Esta obligacin la pagar quien debe pagarla, y no digo ms: al buen entendedor... No dndose por vencido, Ballester persisti en su idea: pero Guillermina hubo de machacar tanto, que al fin se la quit de la cabeza. Segunda y sus dos compaeras de plazuela amortajaron a la infeliz seora de Rubn, y en tanto el farmacutico se ocupaba con incansable actividad en los preparativos del entierro, que deba de ser a la maana siguiente. En todo aquel da no abandon la casa mortuoria. Al medioda estaba solo en ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hbito negro de los Dolores, yaca en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla, observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tena ya por suyas, pero que no haba devorado an. Era el rostro como de marfil, tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las cejas parecan an ms finas, rasgueadas y negras de lo que eran en vida. Dos o tres moscas se haban posado sobre aquellas marchitas facciones. Segismundo sinti nuevamente deseos de besar a su amiga. Qu le importaban a l las moscas? Era como cuando caan en la leche. Las sacaba, y despus beba como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la cara viva se inclin sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse. Entonces Ballester cubri la faz de su amiga con un pauelo finsimo. Guillermina volvi ms tarde. Suba del cuarto de Plcido a decir a Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por all y armara un escndalo, el farmacutico la tranquiliz dicindole: No tema usted nada. Esta maana hemos conseguido encerrarle. Est furioso el infeliz, y cost Dios y ayuda quitarle un maldito revlver que ha comprado y con el cual quiere fusilar a las pobres _Samaniegas_ y a otra persona que suele pasear por el barrio. La clebre doa Lupe estaba con el alma en un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al filsofo y encerrarle en su cuarto, donde qued dando cabezadas contra las paredes y pegando unos gritos que se oan desde la calle. --Ya lo dije yo. Tanta y tanta lgica tena que parar en eso... Conque ya sabe usted. A las diez habr misa y responso en el cementerio. Y se ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera, coche de lujo con seis caballos; irn los nios del Hospicio... Usted dir que esta ostentacin no viene al caso. --No, yo no digo nada. --No tendra nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es absurdo. Pero la complicacin de causas trae la complicacin de efectos, y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropsitos y que nos hacen rer. Vea usted por qu yo profeso el principio de que no debemos rernos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar, ya merece algo de respeto. Se va usted enterando? Algo ms iba a decir; pero entr Plcido, sombrero en mano, y con ciertos aires de ayudante de campo anunci a su generala que haba llegado doa Brbara. Baj, pues, la santa, y encontr a su amiga un poco adusta, observando los cariosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decan tambin a la seora de Santa Cruz las facciones del chiquitn; pero escarmentada y previsora, se contena por no incurrir en la ridiculez de un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la seora, indecisa, sin resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los afectos que se desbordaban del corazn de la Delfina eran combinacin armoniosa de alegra y de pena, por las circunstancias en que aquella tierna criatura haba ido a sus manos. No poda apartar su pensamiento de la persona que un poco ms arriba, en la misma casa, haba dejado de existir aquella maana, y se maravillaba de notar en su corazn sentimientos que eran algo ms que lstima de la mujer sin ventura, pues entraaban tal vez algo de compaerismo, fraternidad fundada en desgracias comunes. Recordaba, s, que la muerta haba sido su mayor enemiga; pero las ltimas etapas de la enemistad y el caso increble de la herencia del _Pituso_, envolvan, sin que la inteligencia pudiera desentraar este enigma, una reconciliacin. Con la muerte de por medio, la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podra ser que las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intencin y deseos de darse un abrazo. Las tres seoras dijeron a un tiempo: y qu hacemos ahora?. Entablose discusin breve sobre el punto a que llevaran aquella adquisicin preciosa. Guillermina cort las dificultades, proponiendo que le llevaran a su casa. Se dieron rdenes a Estupi para que fuesen conducidas tambin al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las cuales sera elegida, a toda conciencia, la que haba de criar al _mono del Cielo_. Por la noche de aquel clebre da, hubo en la casa de Santa Cruz una escena memorable. Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfn, y le pusieron en duro compromiso, refirindole lo ocurrido, mostrndole la carta redactada por Estupi y obligndole (con lastimoso desdoro de su dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento ingenioso. Haba faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legtima, abandonando despus a su cmplice, y haciendo a esta digna de compasin y aun de simpata, por una serie de hechos de que l era exclusivamente responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor propio, neg unas cosas, y otras, las ms amargas, las endulz y confit admirablemente, para que pasaran, terminando por afirmar que el chico era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconoca y aceptaba, con propsitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y legtima esposa. Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despach a su gusto con su marido, y tan cargada de razn estaba y tan firme y valerosa, que apenas pudo l contestarle, y sus triquiuelas fueron armas impotentes y risibles contra la verdad que aflua de los labios de la ofendida consorte. Esta le haca temblar con sus acerados juicios, y ya no era fcil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna, cuya dialctica sola debilitarse con la fuerza del cario. Entonces se vio que la continuidad de los sufrimientos haba destruido en Jacinta la estimacin a su marido, y la ruina de la estimacin arrastr consigo parte del amor, hallndose por fin este reducido a tan mseras proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situacin desairada en que esto le pona, inflamaba ms y ms el orgullo de Santa Cruz, y ante el desdn no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba, el pobre hombre padeca horriblemente, porque era para l muy triste, que a la vctima no le doliesen ya los golpes que reciba. No ser nadie en presencia de su mujer, no encontrar all aquel refugio a que peridicamente estaba acostumbrado, le pona de malsimo talante. Y era tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo, experiment por vez primera esa sensacin tristsima de las irreparables prdidas y del vaco de la vida, sensacin que en plena juventud equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrs, quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante. Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que nunca engaaban. Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus trapisondas no me afectan nada. Esto no era palabrera, y en las pruebas de la vida real, vio el Delfn que aquella vez iba de veras. Durante algn tiempo, el _Delfinito_ sigui en casa de Guillermina, donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta viva consagrada a l en cuerpo y alma, y tena la satisfaccin de que todos en la casa le queran, incluso su padre. A solas con l, la dama se entretena fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de aire y cpulas ms frgiles an, por ser de pura idea. Las facciones del heredado nio no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto poda la imaginacin, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el artificioso recuerdo de haber llevado en sus entraas aquel precioso hijo, y a estremecerse con la suposicin de los dolores sufridos al echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasa traviesa, vena el discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. Tambin ella tena su idea respecto a los vnculos establecidos por la ley, y los rompa con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el tiempo atrs, de mudar y trastocar las calidades de las personas, poniendo a este el corazn de aquel, y a tal otro la cabeza del de ms all, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra total del mundo, que se reira de ellas Dios, si las supiera, y su vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta haca girar todo este cicln de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza anglica de Juan Evaristo; recompona las facciones de este, atribuyndole las suyas propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien podra tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazn era seguramente el de Moreno... aquel corazn que la adoraba y que se mora por ella... Porque bien podra Moreno haber sido su marido... vivir todava, no estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tena el Delfn, ese falso, mala persona... Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la tuviera... Ah!, el mundo entonces sera como deba ser, y no pasaran las muchas cosas malas que pasan.... --xvi-- En el entierro de la seora de Rubn contrastaba el lujo del carro fnebre con lo corto del acompaamiento de coches, pues slo constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir solo se haba hecho acompaar de su amigo el crtico. En el largo trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur, Segismundo cont al buen Ponce todo lo que saba de la historia de Fortunata, que no era poco, sin omitir lo ltimo, que era sin duda lo mejor; a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que haba all elementos para un drama o novela, aunque a su parecer, el tejido artstico no resultara vistoso sino introduciendo ciertas urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida pudiese convertirse en materia esttica. No toleraba l que la vida se llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas especias y despus puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no participaba de tal opinin, y estuvieron discutiendo sobre esto con selectas razones de una y otra parte, quedndose cada cual con sus ideas y su conviccin, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es cosa muy buena, y que tambin lo son las compotas, si el repostero sabe lo que trae entre manos. En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la seora de Rubn, delante de las cuatro o cinco personas acompaantes, las cuales eran Segismundo y el crtico, Estupi, Jos Izquierdo y el marido de una de las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadsimo, haca de tripas corazn, y se retir el ltimo. De regreso a Madrid en el coche, llevaba fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. Esta imagen--dijo a su amigo--, vivir en m algn tiempo; pero se ir borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presuncin de un olvido posible, aun suponindolo lejano, me da ms tristeza que lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber muerte. Sin olvido, no habra hueco para las ideas y los sentimientos nuevos. Si no olvidramos no podramos vivir, porque en el trabajo digestivo del espritu no puede haber ingestin sin que haya tambin eliminacin. Y ms adelante: Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no desconozco que, atendiendo al egosmo social, la muerte de esa mujer es un bien para m (bienes y males andan siempre aparejados en la vida); porque, cramelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habra llegado sabe Dios a dnde... calcule usted qu atraccin ejerca sobre m! Me tengo por hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tena para m esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me meti en la cabeza la idea de que era un ngel, s, ngel disfrazado, como si dijramos, vestido de mscara para estampar a los tontos, y no me habran arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la tengo aqu fija y clara... Ser un delirio, una aberracin; pero aqu dentro est la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por causa de la muerte, probarme que es verdadera... Porque yo me lo quera probar... y cralo usted, me hubiera salido con la ma. A la semana siguiente, Ballester sali de la botica de Samaniego, porque doa Casta se enter de sus relaciones (que a ella se le antojaron inmorales) con la infame que tan groseramente haba atropellado a Aurora, y no quiso ms cuentas con l. Doa Lupe le rog varias veces que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y le daban la comida por un tragaluz, no atrevindose a entrar ni la seora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran seal de agitacin insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetr en la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincn, hecho un ovillo, con ms apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el rostro y las ropas en desorden. Qu?--le dijo el farmacutico inclinndose y tratando de levantarle--. Se va pasando eso?... Como hace das nos quiso usted morder, cuando le quitamos el revlver, y daba mordiscos y patadas, y quera matar a todo el gnero humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la tontera... Qu? Ha perdido el uso de la palabra? Mreme de frente y no hagamos visajes, que se pone muy feto. No me conoce? Soy Ballester, y ah tengo la vara aquella para enderezar a los nios mal criados. --Ballester--dijo Maxi mirndole fijamente y como quien vuelve de un letargo. --El mismo, y qu?... Quiere que le d noticias del mundo? Pues promtame tener juicio. --Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. Pues acaso he perdido yo alguna vez ni tanto as del juicio? --Quia! Nada en gracia de Dios. Usted perder el juicio! Bueno va... --Ello es que yo he dormido, amigo Ballester--dijo Rubn con relativa serenidad levantndose--. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo, ms cuerdo que nadie, y de repente me entr el frenes de matar. Por qu, por qu fue? --Eso, rsquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque _semos_ muy tontos. Era usted el espejo de los filsofos, y ya iba para santo, cuando de repente le dio por comprar un revlver... --Ah!... s (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, oye usted?, como ella sabe querer. --Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre. --Ella, s, ella fue. Me arrebat... y arrebatado estoy. Tengo dentro de m el espritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel estado de virtud en que me hallaba. --Qu lstima, hijo, qu lstima! Tenemos que volver a las duchas y al bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofa. --Volver--dijo Maxi con gravedad suma--, cuando haya cumplido la promesa que a mi mujer hice. Matar, gozar despus de aquel amor inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreci en cambio del sacrificio que le hice de mi razn, y luego nos consagraremos ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdn de nuestra culpa. --Bonito programa, s, seor, bonito contrato! Slo que ya no puede realizarse, porque falta una de las partes. --Qu parte?--La que pona el amor, ese amor tan sublime y... delirante. Maxi no comprenda, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos ni atenuaciones, concluy as: --S, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace hoy ocho das. Y al decirlo, se conmovi extraordinariamente, velndosele la voz. Maxi prorrumpi en una risa desentonada. Otra vez la misma comedia, otra vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... Apostamos a que con mi lgica vuelvo a descubrir dnde est? Ay, Dios mo!, ya siento la lgica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento vuelve... s, me vuelve, aqu est, le siento entrar. Bendito sea Dios, bendito sea!. Doa Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su odo a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al or la voz serena de su sobrino, y abri un poquito, dejando ver su cara inteligente y atisbadora. Entre usted, doa Lupe--le dijo Segismundo--. Ya est bien. Pas el arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como la otra vez le engaamos... Pero l tuvo ms talento que nosotros. --Y ahora tambin, y ahora tambin--afirm Rubn con manitica insistencia--. Empezar al instante mis trabajos de observacin y de clculo. --Pues no necesitar calentarse la cabeza, porque yo se lo probar... yo demostrar lo que he dicho. Doa Lupe, hgame el favor de traerle la ropita, porque no est bien que salga a la calle con esa facha. --Pero a dnde le va usted a llevar? (alarmada). --Djeme usted a m, se ministra. Yo me entiendo. Teme que le robe esta alhaja? --Mi ropa, ta, mi ropa--dijo Maxi tan animado como en sus mejores tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental. Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se visti y salieron. En el pasillo, Segismundo comunic su pensamiento a doa Lupe: Mire usted, seora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lpida que he hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido darme esa satisfaccin... una lpida preciosa, con el nombre de la difunta y una corona de rosas.... --Corona de rosas!--exclam _la de los Pavos_, que con toda su diplomacia no supo disimular un ligero acento de irona. --De rosas... y qu ms le da a usted...? (quemndose). Acaso tiene usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mrmol; pero no hay posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de una amistad pura... Era un ngel... S; no me vuelvo atrs, aunque usted se ra. --No, si no me he redo. Pues no faltaba ms. --Un ngel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, seora, para que lo vea. Aprob doa Lupe, y los dos farmacuticos salieron y tomaron un simn. Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximacin al cementerio le impona, subyugando su nimo con la gravedad que lleva en s la idea del morir. Adelante, nio le dijo su amigo cogindole por un brazo, y llevndole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de mausoleos de ms o menos lujo, despus otro patio que era todo nichos; pasaron a un tercero en el cual haba sepulturas abiertas, recin ocupadas, y parronse delante de una en la cual estaban an los albailes, que acababan de poner una lpida y recogan las herramientas. Aqu es--dijo Ballester, sealando la gran losa de cantera de Novelda, en cuyo extremo superior haba una corona de rosas, bastante bien tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del fallecimiento--Qu dice ah?. Maximiliano se qued inmvil, clavados los ojos en la lpida... Bien claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se aada _de Rubn_. Ambos callaban; pero la emocin de Maxi era ms viva y difcil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto tranquilo, expresin de dolor verdadero y sin esperanza de remedio, brotaba de sus ojos en raudal que pareca inagotable. Son las lgrimas de toda mi vida--pudo decir a su amigo--, las que derramo ahora... Todas mis penas me estn saliendo por los ojos. Ballester se le llev no sin trabajo, porque an quera permanecer all ms tiempo y llorar sin tregua. Cuando salan del cementerio, entraba un entierro con bastante acompaamiento. Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacuticos no fijaron su atencin en l. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida, expres a su amigo estas ideas: La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y ella no respondi a mis deseos. No me quera... Miremos las cosas desde lo alto: no me poda querer. Yo me equivoqu, y ella tambin se equivoc. No fui yo solo el engaado, ella tambin lo fue. Los dos nos estafamos recprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados. Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige. Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razn, amigo Ballester, mi razn, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como un faro esplndido. No lo ve usted?... pero no lo ve?... Porque el que sostenga ahora que estoy loco es el que lo est verdaderamente, y si alguien me lo dice en mi cara, vive Cristo, por la santsima ua de Dios!, que me la ha de pagar. --Calma, calma, amigo mo (con bondad). Nadie le contradice a usted. --Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi vida con una claridad que no puede provenir ms que de la razn... Y para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi corazn a esa desventurada a quien quise ms que a mi vida, y que me hizo tanto dao; yo la perdono, y aparto de m toda idea rencorosa, y limpio mi espritu de toda maleza, y no quiero tener ningn pensamiento que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acab para m. He sido un mrtir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravos, qu han sido ms que la expresin exterior de las horribles agonas de mi alma? Y para que no quede a nadie ni el menor escrpulo respecto a mi estado de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el da en que la conoc; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como era, sino tal y como yo la soaba y la vea en mi alma; la veo adornada de los atributos ms hermosos de la divinidad, reflejndose en ella como en un espejo; la adoro, porque no tendramos medio de sentir el amor de Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le impriman; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las traiciones, que son proyeccin de sombra por cuerpos opacos que se acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades de la realidad, y vivo con mi dolo en mi idea, y nos adoramos con pureza y santidad sublimes en el tlamo incorruptible de mi pensamiento. --Era un ngel--murmur Ballester, a quien, sin saber cmo, se le comunicaba algo de aquella exaltacin. --Era un ngel--grit Maxi dndose un fuerte puetazo en la rodilla--. Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se ver conmigo...! --Y conmigo!--repiti Segismundo, con igual calor--. Lstima de mujer... Si viviera! --No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Ms la quiero muerta... --Y yo tambin--dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no deba contrariarle--. La amaremos los dos como se ama a los ngeles. Dichosos los que se consuelan as! --Dichosos mil veces, amigo mo!--exclam Rubn con entusiasmo--, los que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento. Usted est an atado a las sinrazones de la vida; yo me libert, y vivo en la pura idea. Felicteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran abrazo, as, as, ms apretado; ms, ms, porque me siento muy feliz, muy feliz. Al entrar en su casa lo primero que dijo a doa Lupe fue esto: Ta de mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde pueda vivir a solas con mis ideas. Vio el cielo abierto la de Juregui al orle expresarse de este modo, y respondi: Ay, hijo mo, si ya te tena yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso que hay aqu, cerca de Madrid! Vers qu ricamente vas a estar. Hay en l unos seores monjes muy simpticos que no hacen ms que pensar en Dios y en las cosas divinas. Cunto me alegro de que hayas tomado esa determinacin! Anticipndome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa que has de llevar. Apoy Ballester la idea que a su amigo le haba entrado, y todo el da estuvo hablndole de lo mismo, temeroso de que se desdijera; y para aprovechar aquella buena disposicin, al da siguiente tempranito, l mismo le llev en un coche al sosegado retiro que le preparaban. Maxi iba contentsimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al llegar, deca en alta voz como si hablara con un ser invisible: Si creern estos tontos que me engaan! Esto es Legans. Lo acepto, lo acepto y me callo, en prueba de la sumisin absoluta de mi voluntad a lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarn entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano Rubn en un palacio o en un muladar... lo mismo da. Madrid.--Junio de 1887. FIN DE LA NOVELA * * * * * End of Project Gutenberg's Fortunata y Jacinta, by Benito Prez Galds License: Share Alike