E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) EL MANCO DE LEPANTO BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA EL MANCO DE LEPANTO EPISODIO DE LA VIDA DEL PRINCIPE DE LOS INGENIOS Miguel De Cervantes-Saavedra POR D. M. FERNNDEZ Y GONZLEZ ADMINISTRACION Calle de las Hileras, nmero 14 1874 MADRID.--1874 Establecimiente Tipogrfico de Muoz y Reig _Calle Cuesta de Ramn, nm._ 8 NDICE I. En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de Sevilla por meterse a afeitar a oscuras. II. En que se trata de una msica de enamorado, acabada no muy amorosamente a tajos y reveses. III. De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tena. IV. En que se sabe quin era el incgnito amante de doa Guiomar. V. En que doa Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes. VI. En que se contiene una carta de Cervantes para doa Guiomar, y se sabe a lo que Florela se aventur por servir a su seora. VII. En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes. VIII. En que se relata una aventura que le sali al paso a Cervantes, cuando a las aventuras de sus amores iba. IX. De como lo que no poda amparar Cervantes, vino a ampararlo doa Guiomar. X. De como Cervantes encontr casa de la ta _Zarandaja_ ms de lo que haba querido buscar. XI. En que doa Guiomar prosigue el relato de su historia. XII. De como se iban cruzando los amores y apercibindose a una ruda batalla los celos. XIII. En que se ve que doa Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes, y en no amparar a Margarita. XIV. De como hubiera hecho muy bien doa Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el seor Gins de Seplveda. XV. De como Cervantes oy el fin de la historia de Margarita entre las cabilaciones que le causaba el no saber adnde le llevara la historia de sus amores. XVI. En que se ve cun dura tena la Inquisicin la mano, aun para sus familiares, y cunta fuerza, cunta virtud y cunta prudencia doa Guiomar para encubrir sus amarguras. XVII. De como Miguel de Cervantes supo lo que le bast para meterse en una aventura de ms empeo que la ms atrevida en que os meterse cualquiera de los Doce Pares. XVIII. De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor. XIX. De como enloquecido Cervantes por el amor, crey que la mano de Dios le apartaba de los efectos de su locura. XX. De la horrenda tragedia con que se encontr sorprendido y espantado Miguel de Cervantes. XXI. En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y se sabe que Cervantes se haba perdido. XXII. En que se sabe lo que fue de Cervantes. XXIII. En que se habla algo de la jornada de Lepanto, y de cmo fue la manquedad de Cervantes. POST SCRIPTUM. EL MANCO DE LEPANTO I En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de Sevilla, por meterse a afeitar a oscuras. Haba en la ilustrsima ciudad de Sevilla, all por los tiempos en que llegaban a la Torre del Oro, que a la margen del claro y profundo Guadalquivir se levanta, los galeones cargados de oro que venan de las Indias, y cuando reinaba en Espaa el seor rey don Felipe el Segundo, de clara y pavorosa memoria, en la calle de las Sierpes, y en una rinconada a la que jams llegaba el sol, como no fuese en verano y al medioda, un tinglado de madera, de dos altos, desvencijado y giboso, al que llamaban casa, y en el cual viva una valiente persona, cuyo apellido y nombre de pila ignoraba l mismo, que si los tuvo olvidolos, y nadie le conoca ni l responda ms que por el sobrenombre de _Vivis-mil-aos_, cortesana que empleaba para saludar a todo el mundo. Era de mediana edad, entre los treinta y cinco y los cuarenta, de no mala apariencia, agradable y sonriente el rostro, morena la color, agudas las facciones, sutil la sonrisa, la mirada rebuscona, y no mezquino el cuerpo; viva de rasurar y rapar, entreteniendo durante el da sus ocios con el puntear de una vihuela morisca que le dej su padre, ya harto usada por sus abuelos, y cantando como un ruiseor las alegres canciones de la tierra, y las que l mismo compona, para lo que se daba muy buena gracia; comadreaba a las comadres de la vecindad, y, fuera de esto, las venda untos y bebedizos, y las lea el sino, y las traa a todas engaadas y pendientes de sus labios; y a tal llegaba la fama de brujo y de hechicero del seor _Vivis-mil-aos_, que ms de una vez la Inquisicin se haba metido en sus asuntos, y haba quien se acordaba de haberle visto con coroza y sambenito, luciendo su persona en un auto de fe. No se saba si era cristiano, o judo, o moro; pero l escapaba tan bien que mal de sus empeos con la Inquisicin y con la justicia, y continuaba rasurando y trasquilando, rasgueando y cantando, haciendo de sus bebedizos y de su brujera industria, y estimado y querido de la vecindad y allende. No se le conoca a _Vivis-mil-aos_ moza ni parienta de algn gnero, ni vicio que de reparar fuese; viva solo, en paz y en gracia de Dios, como l deca, no embargante lo de los hechizos y los untos, que l negaba; y as iba pasando nuestro hombre sin crecer ni menguar, y siempre feliz y contento, y con una tal y tan peregrina salud, que l afirmaba que en todos los das de su vida no le haba dolido ni una ua. La justicia le haba entrecogido alguna vez de noche rondando por sitios tenebrosos, con un estoque desnudo debajo de la capa, largo de cinco palmos (que l haba comprado en sus mocedades por veinte maraveds en el Rastro); y por esto, y por algunos hurtos que le haban achacado malos testimonios, le haban batanado ms de tres veces las espaldas, llevndole en burro y con acompaamiento, para edificacin de las gentes, por lo ms concurrido de la ciudad; cosas todas que, deca _Vivis-mil-aos_, caan por encima y no haba que echrselas en cara, cuando no haban tenido que ver sino con sus espaldas. Buscbanle dueas, solicitbanle doncellas que haban necesidad de casarse; servanse de l, como de secretario, mozas a las cuales les estorbaba para escribir lo negro de los ojos, y l era, finalmente, el consuelo de las hermosas, la alegra de los galanes, el consejo de los pcaros, y el sirve para todo. Almorzaba, coma y cenaba por diez maraveds casa de su vecina la ta _Zarandaja_; descolgaba sus bacas, y quitaba sus celosas a puestas del sol, y al cerrar la noche se sala sin que nadie le sintiese; iba adonde nadie saba, y volva a su casa sin que la vecindad pudiese enterarse de la hora de su vuelta. Por los tiempos en que esta verdica historia comienza, haba en la calle de las Sierpes, no lejos de la tienda del rapista, una casa deshabitada, grande y hermosa, con piedra de armas en el frontispicio, de cuyas armas los entendidos sacaban el apellido Velasco de Llanes, y que haca luengos aos que no se ocupaba, porque se deca de fama pblica que tena duende. Daba su gran jardn, o ms bien huerta, a las medianeras de algunas casas, y, por un punto, esta medianera era la tapia de un corralejo que la casa del barbero tena, y en que vagaban, tristes y con hambre, en una perpetua umbra, cuatro gallinas, un gallo y un pato, en compaa de un cerdo (con perdn sea dicho) y de un perro flaco que guardaba de noche la casa. No haba que dudar de que el seor _Vivis-mil-aos_ era buen cristiano, puesto que, para que el duende de la gran casa vecina no se pasase a la mezquina casa suya, haba puesto en el lomo de la tapia de su corralejo, que daba a la huerta de la casa enduendada, un calvario de madera, lo cual no hubiera hecho si hubiera sido judo o moro, y haba pintado una cruz en cada una de las dos ventanas que al corral daban, y desde las cuales se vea la huerta. Una maana (de primavera y radiante y hermosa), al abrir una de aquellas ventanas, el rapista vio que por la huerta de la casa vecina vagaban, no duendes ni trasgos, sino algunas personas de muy noble apariencia, que andaban por all como reconociendo y tomando trazas. Era una dama como de veinte a veinticuatro aos, muy gentil y hermosa, rubia y blanca, de buen continente y estatura, pensativa y grave, y vestida noble y riqusimamente. Acompabanla duea quintaona y rodrign avellanado, y la hablaban con encarecimiento, y proponanla, a lo que pareca por las seas, composturas y arreglos en la huerta, dos maestros de obras. Seguanla dos pajes, el uno de los cuales llevaba una rica silla de tijera y el otro un cojn de terciopelo con rapacejos de oro debajo del un brazo, y terciada en el otro una rica alfombrilla. Por ltimo, cuatro lacayos bigotudos, con sendos espadones al cinto, la servan. No haba que dudar de que aquella era una gran seora, si no princesa, por lo menos de ttulo, y cuando no, riqusima; y en punto a nobleza, rebosaba de ella y ola que trascenda. No yendo con ella persona que por la apariencia en calidad se la igualase, haba que pensar que era viuda; que a ser doncella, padre, hermano o tutor la hubieran acompaado. Alegrronsele los ojos y aun las entraas a _Vivis-mil-aos_, porque se le ocurri que la que de tal manera, y con dos que parecan maestros de obras, buscaba trazas y tomaba medidas en la huerta, deba haber comprado la casa, y empez a echar cuentas con los provechos que tan buena vecindad poda procurarle; porque pensar que a tal divina beldad no haban de acudir como moscas a la miel los enamorados, era ser simple, y ya el rapista inventaba historias y enredos, que daba por seguros, y en los cuales l andara como una importantsima persona, lo cual le producira buenos escudos, cuando no sendos doblones; por todo lo cual, y ansioso de inquirir lo que hubiese, dej la ventana, se dej ir por las fementidas escaleras, y se lanz en la calle, yendo a dar con su cuerpo en el bodegn de la ta _Zarandaja_, que en cuanto le vio acudi a la marmita, llen una escudilla con ua de vaca y morcilla de lustre, y se fue al cabo de mesa, donde, en lo ltimo del fign, se haba sentado, como lo acostumbraba, el seor _Vivis-mil-aos_. Preguntole l, oyole atentamente ella; djole que a lo que ella haba pesquisado, se la alcanzaba que la dama que el rapista haba visto en el jardn de la casa del duende, era una riqusima seora indiana, que, con sus criados y algunos toneles llenos de oro, haba venido de Mjico, y aposentdose en la posada de la _Cabeza del rey don Pedro_; y que haba comprado la casa, ignorando que tena duende, a su dueo el seor marqus de los Alfarnaches; y que lo que el seor _Vivis-mil-aos_ haba visto, era que la susodicha hermosa y riqusima viuda indiana buscaba el modo de convertir aquella huerta abandonada e inculta en un paraso en que solazarse. Pregunt el rapista a la bodegonera de dnde haba sacado todas aquellas noticias, y djole ella, que el rodrign que haba visto acompaando a la hermosa indiana, haba ido tres das antes al bodegn, y la haba preguntado quin fuese el amo de la casa deshabitada y si saba que la casa se vendiese, a lo que ella haba contestado ocultndole lo del duende, lo cual la haba valido un buen regalo del seor marqus de los Alfarnaches, a quien haba avisado en buen tiempo, y que el seor marqus la haba dicho despus, que la tal dama se llamaba doa Guiomar de Cspedes y Alvarado, que era viuda, que apaleaba el oro, y que al morir su marido, que haba sido un viejo oidor de la chancillera de Mjico, haba hecho buenos doblones su hacienda, y se haba venido a Sevilla, de donde era natural, aunque por haberla llevado su marido a Mjico, todos la crean y la llamaban indiana. Comiose con muy buen apetito y con mucho placer por estas noticias su escudilla de ua y morcilla el seor _Vivis-mil-aos_, y se restituy a su casa, sac la celosa y colg las bacas a la puerta, y se puso a rasguear la guitarra, esperando al primero que tuviese necesidad de rasurarse. Al otro da sobrevinieron albailes y todo gnero de artistas, y empezaron a trabajar en la casa, y a las dos semanas no haba persona que pudiese reconocerla, segn que haba sido de compuesta y trastrocada, y pintada, y rejuvenecida; habase quitado la antigua piedra de armas y pustose en su lugar otra, y el jardn se haba desbrozado, y poblado de estatuas y fuentes, y de tal manera que se haba hecho de l, antes selvtico, intrincado y desapacible, una verde y hermosa delicia. Carrozas, y mulas, y caballos, haban llenado las cocheras y las caballerizas; y en el zagun hervan los lacayos con librea, y daba gozo el ver las escaleras alfombradas y con macetas a todo lo largo de ellas. En fin, un domingo, la hermossima viuda doa Guiomar de Cspedes y Alvarado se vino a la casa, y en cuanto en ella entr, la casa se cerr a piedra y lodo, y de tal manera que no pareca sino que lo que en la casa se haba hecho haba sido para encantarla despus; la puerta principal no se abra sino por la maana entre dos luces, para que saliese una silla de manos, en la cual iba sin duda la hermossima doa Guiomar, y una hora despus, cuando la silla de manos volva; tanto a la ida como a la venida acompaaban la silla de manos la duea, el rodrign, los dos pajes, con la silla, el cogn y la alfombra, y los cuatro lacayos bigotudos que _Vivis-mil-aos_ haba visto, como hemos dicho en otra ocasin, acompaando a la dama en el jardn o huerta de la casa del duende. Sigui una maana _Vivis-mil-aos_ a la viuda, y vio que la llevaban a la catedral, y que ella se iba, seguida de los criados, a la capilla de San Fernando; y que all los pajes extendan sobre el blanco mrmol la alfombra, abran la silla de tijera, y ponan delante de ella el cojn de terciopelo con rapacejos de oro para que la bella indiana se arrodillase. Los criados se quedaban fuera de la capilla; y una vez oda la misa de alba, la dama se levantaba, recogan los pajes cojn, silla y alfombra, se encaminaba la indiana a la puerta del Patio de los Naranjos, tomaba all su silla de manos, y se volva a su casa. Ponase en acecho en la catedral _Vivis-mil-aos_, atisbaba, pero nada poda sacar en claro tocante a la dama, sino que aun de rodillas era gallarda; que sus manos, que tenan un rico rosario de perlas, eran ms nacaradas que ellas, y que oa la misa con una singular devocin: en cuanto al rostro, lo tapaba un celoso velo de encaje, y ocultaba su talle un cumplido manto de raja de Florencia. Habala visto en el jardn descubierta la faz _Vivis-mil-aos_; hermosa la haba admirado, joven la haba conocido, pero su imagen se haba borrado de su memoria: en vano haba registrado el jardn desde su ventana; la dama no sala a l nunca, o por lo menos de da, y _Vivis-mil-aos_ no haba podido dar seas que les satisfacieran a los ricos galanes que de l se servan para sus amores, y a los que haba hecho relacin de la nueva y hermosa duea de la casa del duende. Los criados, o eran fieles, o teman y no daban luz, por ms que _Vivis-mil-aos_ los agasajaba y los convidaba a la taberna; ellos no decan de su seora sino que era una dama honestsima, que tena penas y que las lloraba en su soledad: si aquellas eran penas de amor, los criados no lo decan, o no lo saban, y _Vivis-mil-aos_ viva como un alma en pena, metiendo las narices por todos los resquicios, y sin oler nada que le sirviese para cerciorarse de qu casta de, pjaro era aquel prodigio humano, que siendo rica y joven hua del mundo, y siendo hermosa no buscaba el amor. Pasaron as das, semanas y meses, siempre la misma cosa, sin dejarse ver la dama ms que de bulto entre dos luces, cuando sala de la silla de manos, en la catedral, y volviendo a sepultarse una hora despus en el silencio y en el retiro de su casa, que permaneca cerrada, ni ms ni menos que cuando se deca estaba habitada por duendes; al jardn no sala de da: slo algunas noches de luna sola verla _Vivis-mil-aos_, vestida de blanco y vagando como un fantasma, yendo al cabo a sentarse en un poyo de piedra junto a la fuente, permaneciendo all largo tiempo inmvil, hasta que, al fin, se levantaba, y en paso lento atravesaba el jardn y se meta en la casa: la luz de la luna no haba sido bastante para que _Vivis-mil-aos_ hubiese visto su rostro. Desesperbase el menguado, y deca a los caballeros que le aquejaban con preguntas, que l crea bien que todo aquello no era realidad, sino sueo, y que haba que pensar que los duendes continuaban en la casa, y que haban tomado la forma de la dama y de la servidumbre que la asista, no embargante que la tal dama y parte de sus criados con ella, fuesen a or misa de alba todos los das, lo cual poda ser muy bien, dado que fuesen los susodichos duendes cristianas almas del purgatorio. La comunidad entera de los Terceros, a los que rasuraba desde el prior al ltimo lego _Vivis-mil-aos_, andaba tambin ocupada y puesta en imaginaciones por los relatos de su rapista; y a tal encarecimiento fueron llegando estos relatos, que lleg a los odos de la Inquisicin la noticia de que haba en Sevilla una casa habitada por gentes sospechosas, de las cuales se murmuraban hechizos y encantos; porque haba muchas cosas extraas. Qu se haban hecho aquellas ricas carrozas, aquellos hermosos caballos, aquellas poderosas mulas, que la vecindad haba visto entrar en la casa del duende? nadie los haba vuelto a ver. Qu coman todas aquellas personas, y todos aquellos animales? la puerta de la casa no se abra jams. Y cmo poda ser esto? La Inquisicin envi sus alguaciles para que recatadamente observaran aquella casa que de tan antiguo tena fama de maldita, y viesen lo que eran sus nuevos habitantes; y los alguaciles declararon lo que ya se saba, esto es, que la dama iba todas las maanas a misa de alba a la catedral, y que la oa con recogimiento; que se volva luego a su casa; que la puerta, y las ventanas, y los miradores permanecan cerrados, y que no se oa dentro ruido alguno; que la casa del duende pareca encantada, y que slo por un postigo del jardn salan muy temprano seis negros esclavos, que iban a la plaza de la Encarnacin y volvan con seis grandes cestones llenos de vituallas; que, en fin, los pocos criados que salan de la casa eran serios y plidos como desenterrados, y que si bien beban cuando los convidaban, hablaban poco y muy pensado, y no se les sacaba ni una sola palabra con referencia a su seora. El Santo Oficio determin, pues, saber lo que hubiese en aquello; y una noche a las doce, en sbado, hora en que las brujas tienden su vuelo hacia Barahona, un familiar llam a las puertas de la casa de la llamada dama fantasma, que se abrieron, obedeciendo humildemente las rdenes de la Inquisicin. Metiose por el zagun el familiar con su negra cohorte de alguaciles, y dio por cierto lo que de aquella casa endemoniada se haba dicho a la Inquisicin, cuando vio que, en efecto, los criados eran muy plidos y muy serios y muy graves, y le vino de ellos un olorcillo como de tumba y cosa del otro mundo; y mucho ms cuando, avisada la duea de la casa, y levantada de prisa, porque reposaba, y mal recogidos los cabellos de oro bajo una toquilla, y vestida de blanco, sali al estrado, donde el familiar la esperaba armado de severidad y resuelto a llevarla presa, a poco que viera en ella que le confirmase en las brujeras que a aquella seora ociosos maldicientes achacaban; y ver a doa Guiomar y creerse cogido por los cabezones el familiar, fue todo en un punto; porque verla y entrarle un tal temblor que si hubiera tenido cascabeles en las piernas hubiera causado ms ruido que un tiro de mulas al trote, fue un punto mismo; y secsele el paladar, y quedsele la lengua fra, y se le anud la voz en la garganta; que en todos los das de su vida l no haba visto una ms garrida moza, ni ms gentil dama, ni ms peregrina hermosura. En resumen: a l, que por haber estudiado para clrigo, y haber hecho voto de castidad, aunque no haba entrado en Orden, le haban parecido todas las mujeres, menos la Virgen Mara y la madre que le haba parido, artificios del diablo para perder a los hombres, entrole de sbito una tal ansia amorosa y una tal sed de hermosura, que no se conoci a s propio; y el diablo se le meti en el cuerpo, y pens que si todas las brujas eran como aquella, vendrase a gobernar el mundo por ellas; y en vez de hablar recio y seco y altisonante e imperativo a aquella divinidad, besola rendidamente las manos y se declar muy su servidor, y aun criado. Y preguntndole ella a qu era ido a su casa tan a deshora y con tal estrpito de aldabadas, y tal y tan pavoroso acompaamiento de alguaciles, l, oyendo su voz, que era meliflua y clara y sonora, figursele que se haba bajado del cielo a la tierra un ngel, y disculpose, y disculp a la Inquisicin, diciendo que de puerta se haba engaado, y que no era all donde l iba, sino a casa de un cierto rapista que en la vecindad viva, y que el diablo sin duda, por amparar al susodicho, haba hecho que l y sus alguaciles creyesen barbera la que era noble casa de viejo solar; y rogndola encarecidamente le perdonase, besola las manos y pidiola licencia para irse. Concedisela doa Guiomar, pero con el prosupuesto que cuando prendiese al barbero volviese, que ella le aguardara, que tena que decirle. Con esto, saliose de la casa el familiar con su escuadrn alguacilesco, y fue a dar de rebote casa del barbero, al que encontr oliendo a unto de bruja, que as lo declar un alguacil que entenda mucho en estas cosas; y como el rapista haba tardado en contestar y en abrir ms de lo justo, confirmose ms esta sospecha; y examinado que fue en su persona, se le encontr pringoso; con lo que, y con haber hallado en un rincn ciertos pucheros y redomas, se le espos, y no con moza gentil y apetecible, sino con dos esposas de hierro, con cadena de alambre recocido de las que usaban alguaciles y cuadrilleros y toda la otra gente de presa que tenan la Inquisicin y el rey para el buen servicio de la repblica; y con esto y con algunos cintarazos y sopapos que se le dieron como por va de estimacin y caricia, sacronle mano con mano y codo con codo, dando con l en uno de los encierros de los stanos de la crcel de la Inquisicin, y hacindole, en fin, la barba como mereca, que si l no propalara tanto disparate contra la buena reputacin y limpia vida de doa Guiomar, tal no le aconteciera; de donde se saca, que porque Dios lo quiere, los pcaros se enredan muchas veces en los mismos lazos que tienden a otros para que se pierdan, y en ellos se pierden. II En que se trata de una msica de enamorado acabada no muy amorosamente a tajos y reveses. Volviose el familiar desalado a casa de doa Guiomar, y sin ms compaa que un alguacil que le llevaba la linterna, en cuanto hubo dejado con miedo, fro y hierros al rapista, y bajo cerrojos, y tomado recibo de su persona; y acontecale al tal Gins de Seplveda, que as se llamaba este honrado familiar, que no las llevaba todas consigo, y que deca para s que l deba ser tambin preso y juzgado por la Inquisicin; porque si bien se miraba, l haba pecado, aficionndose a una mujer, por en cuanto a su voto de castidad, y haba faltado a su obligacin en no prender a quien se le haba mandado prendiese; antes bien, disculpdola, y excusdola, y pustose por su pecado de su parte, sin importrsele otra cosa; y hubiera querido que le naciesen alas para llegar pronto; y en fin, no viva de miedo de haber ofendido a Dios, y de ansia por que tardaba en ver aquel hermoso sol que, a la media noche, le haba deslumbrado. Iban alguacil delante y familiar detrs, estirando a cual ms podan las zancas y alargando los pescuezos, aficionado el uno al agasajo que de seguro le haran en aquella principalsima casa mientras esperase, y desasosegado y agonizando el otro por volver a ver a doa Guiomar; y esperaba el alguacil que alguna linda doncella, o duea de no malos bigotes viniese a l, por mandamiento de su seora, para hacerle menos enojosa la espera; que el alguacil no poda creer sino que a cosa de amores volva el familiar solo a la casa, y sin color de justicia, y que por esto se haba salido de la casa sin prender a nadie; y en cuanto al familiar, no pensaba nada, sino que de l tiraban duendes o diablos para llevarle a su perdicin; y aunque l no quera, salasele el alma al mezquino, como si su alma hubiese querido llegar sbitamente y juntarse con aquella otra alma que dentro de aquel hermossimo cuerpo viva. Y yendo as y como disparados familiar y alguacil, y muy cerca ya de la casa de doa Guiomar, oyeron un rumor de voces que de la cercana revuelta de una callejuela vena, y como templar de vihuelas; cosas que daban a entender claramente que se trataba de dar msica por algn enamorado a la seora de su pensamiento; y haba por entonces una ordenanza que mandaba que de noche y a deshora no se diesen msicas por las calles, so pena de dos das de crcel y diez ducados para obras pas; y como la gente que sonaba junta a poco trecho pareca mucha y deba ser alegre y maleante, y ellos slo eran dos, o dirase mejor, uno y medio, porque el familiar aprovechaba poco, ste orden al alguacil torciese el paso por la boca de una callejuela que se vea a mano, y rodease, con lo cual el familiar crey haber evitado aquella gente _non sancta_; pero vio, cuando dada la vuelta se hallaba a poca distancia de la casa de doa Guiomar, que a su puerta haba un gran bulto de sombras como de hombres, del cual sala confuso rumor de voces recatadas. Quedronse tras la esquina familiar y corchete, y a poco oyeron que rompan en una muy armoniosa msica las vihuelas, y que cuando se acab el ritornelo, una voz grave y melanclica, enamorada y dulce, cant el siguiente: SONETO Insensible es al sol el duro hielo De crudo invierno en el rigor impo; Agua en la primavera, en el esto En clido vapor se eleva al cielo. Siempre insensible al amoroso anhelo Tuve el ingrato corazn vaco: Mi llanto, agora, por el bien anso, Lava presta ser de un Mongibelo. Quin, sino t, seora, a tal mudanza Forz a mi pecho helado y enemigo De todo amor y todo rendimiento, Que hoy espero sin sombra de esperanza, Vivo muriendo, y hallo mi castigo En la llama de amor que es mi tormento? Call la voz, y luego se oy un profundsimo suspiro, que las vihuelas, que con el canto haban terminado su msica, no pudieron cubrir con sus acordadas voces, y hubo algn espacio de tan grande silencio, que hubirase podido or el vuelo de un mosquito que por all en aquel punto hubiera pasado; y an duraba el encanto de la msica, y el familiar no saba qu pensar de lo que pasaba por su poco antes nima castsima, cuando con ms concierto y dulcedumbre que antes, volvieron las vihuelas al ritornelo. Amor pareca que volaba en los aires y lo llenaba todo; amor decan las vihuelas; de amor, escuchando en sus oscuros miradores palpitaba, sin saber por quin, y toda en imaginaciones sin sujeto, doa Guiomar, y amor iba emponzoando en su dulce veneno el corazn del familiar, que vea delante de sus ojos, aunque all no estaba, las doradas hebras de los sedosos cabellos de la viuda, y su frente de alabastro, y sus labios, que a una entreabierta granada se asemejaban, y sus ojos, con los que el claro azul del cielo de la alborada no pudiera competir; y batallaba el msero con aquel amor que tan de sbito se le haba metido en el alma, como si hubiera sido tentacin de Satans, y no fuego celeste, que del infierno vena, y haba tomado por bellas ventanas por donde asomarse y dejarse ver en la tierra los divinos ojos de la indiana. Seguan en su ritornelo las vihuelas, limpibase el pecho para empezar de nuevo, tal vez con algn madrigal competidor del soneto, el encendido amante, cuando las voces de tnganse a la justicia! que vinieron de lo alto de la callejuela, cortaron en un punto el puntear de las vihuelas, y dejaron lugar al chocar de los broqueles, que apresuradamente los msicos se arrancaban del cinto, y que tal vez al desenvainar las espadas daban contra sus gavilanes; y a poco, no era ya dulce msica lo que en la calle se oa, sino spero son de espadas, que por los raudales de chispas que de ellas saltaban, no pareca sino que se haban all reunido todas las fraguas de Vulcano. Apercibiose con asombro de s mismo el familiar, de que l, que antes haba hecho sin empacho profesin de tmido, y tenido por gala el parecer prudente y bien mirado, no se asustaba de lo que antes le hubiera causado espeluznos; e basele la mano al pomo de la espada, que hasta entonces haba llevado por adorno, y sentase ms atrevido y ms arrojado a todo que Gerineldos, aquel amante de la enamorada sobrina de Carlo-Magno; y pensaba que el del soneto haba dicho bien, que tales mudanzas hace el amor, que no son para credas, segn que trastrueca a los que caen debajo de su imperio, y de menguados los cambia en altivos, y de corderos en leones, y de no atreverse a mover un pie sin pedirle licencia al otro, en atropelladores de todo, sin que haya quebradura que no salten, ni obstculo, por insuperable que sea, que no venzan; pero puesto que a l nada le iba ni le vena en aquello, y que antes deba alegrarse de que la ronda le desembarazara la calle y le permitiera llegar a la puerta de la hermossima viuda, que sin duda le esperaba, estvose quedo y esperando a ver en lo que aquello quedaba, cuyo fin y remate, y de quin fuese al cabo la victoria no se vea muy claro: que la calle venase abajo a cuchilladas; y no dulces requiebros enamorados se oan, sino juramentos y maldiciones, y ayes de aquellos a quienes alcanzaba alguna dura punta; y tanto duraba aquello y tan trabado, que claro apareca que si los rondadores eran duros de pelar, no eran mucho ms blandos los de la ronda, ni haba all que contar con manco ni flojo, segn que arreciaba, cuanto ms duraba, aquella tempestad de tajos y reveses. Pero acert a acudir por la parte de abajo de la calle otra ronda, que, como vena de refresco, embisti duro, y puestos entre dos potencias los msicos, hubieron de ceder el campo; as pues, cubrindose el rostro con los embozos, y apretando dientes y puos, embisti cada cual con lo que tena delante, sonaron algunos tiros de pistolete, arremolinronse los alguaciles de ambas rondas; y los msicos escaparon, dejando sobre la calle alguna vihuela rota y algn alguacil malherido, que de ellos, cuando se acudi al lugar de la pelea, no se hall ni uno slo, ni se tuvo indicio de quines fueran, aunque harto claro dejaron conocer, por lo que hicieron, que todos eran hidalgos, y de los buenos. Escapdose haban familiar y alguacil del Santo Oficio, cuando los alcaldes y los alguaciles de la justicia ordinaria pusironse en persecucin de los que ms bien que huan se esquivaban, por excusarse el familiar de preguntas y de respuestas con los otros alcaldes, y el alguacil por seguir a su superior; que lo que el familiar anhelaba era que la calle quedase libre para entrarse en la casa de la indiana, y contemplar otra vez al sol resplandeciente de su hermosura; y como iban corriendo por la callejuela que daba la vuelta a la manzana donde estaba la casa de doa Guiomar, vieron que un bulto, que delante de ellos iba, saltaba y se agarraba a las asperezas de una tapia, y se alzaba y se estiraba, y por el caballete de la tapia desapareca; y no detenindose por esto, siguieron familiar y alguacil su carrera, dieron la vuelta, hallndose al fin del rodeo en la misma calle de las Sierpes donde haba pasado la pendencia, y vieron que en ella no haba un alma viviente, ni se oa otro ruido que el del vientecillo de la noche, que zumbaba dulcemente en las encrucijadas. Mand el familiar al alguacil que all le esperase, y l se fue a la puerta de la casa de la viuda, y llam, y abrieron en cuanto dijo cul era su calidad y oficio y que la seora le esperaba, y entr, se cerr la puerta, y la calle se qued tan en silencio y tan pacfica, como sola estarlo a aquellas horas de ordinario. III De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor, que tan acongojada la tena. Suspensa el alma, la mirada anhelante y fija por descubrir lo que envolva en sus sombras la oscura calle; aguzando el odo por coger una palabra, entre el murmullo de las voces de los que hablaban bajo sus miradores, que le fuese indicio de quines eran los que en aquella hora la rondaban, la hermosa indiana estvose con su doncella Florela; y asomndose a la entreabierta vidriera de una ventana de su cmara, en la cual haba matado la luz, toda era cuidado y toda congojas; que enamorada estaba, no embargante su viudez, lo que deca con harta elocuencia que, o no haba amado al difunto marido, o que le haba amado tanto, que, por la dulce costumbre, sin amor no poda pasarse. Y el caso era que el nuevo dueo al cual su alma se renda, haba sido tan corto en manifestarla su aficin y tan rpidamente haba pasado delante de ella, dicindola, empero, con sus encendidas miradas su deseo, que no pareca hombre enamorado que en ocasin se pone de contemplar a la deidad que adora, sino alma en pena y cobarde que cree tan menguados sus merecimientos, que esquiva, cuanto puede, ser reparada por miedo del menosprecio; y justamente por esto doa Guiomar le haba estimado; por aquella su timidez, la grandeza de su amor haba medido; que no hay aficin sin cuidado, ni pasin sin ansia; ni es amor el que con mortales recelos no desconfa del logro de la victoria; y esto lo saben bien las mujeres, y tanto ms cuanto por su hermosura son ms pretendidas y buscadas y acechadas; y doa Guiomar, que lo era grandemente, aunque no saliese de su casa ms que entre dos luces, y aun as para ir a la iglesia, sabalo ms que otras. La esperanza de que el sujeto de su amor, encubierto con el amigo manto de la tenebrosa noche, viniese a decirla sus amantes penas con la regalada cadencia de la encantadora msica, despertndola de su inquieto sueo, tena a la hermosa indiana, toda anhelo, toda impaciencia, toda odos y toda ojos; y cuando oy la voz doliente, dulce y grave del que cantaba, y los conceptos de la amorosa cancin, abrironsela las entraas para recibir en ellas el encendido suspiro que fue de la cancin fin y remate, y confirmacin del alma de lo que haban dicho los labios; y salisela de la suya otro tan amantsimo y hondo suspiro, que si el cantor le oyera, no se tuviera por venido a un valle de lgrimas, sino a un encantado paraso; y no le oy, porque a punto son el tnganse a la justicia! de la ronda, tras lo cual vinieron las cuchilladas y tumulto. Acongojose con esto doa Guiomar, y al suelo viniera traspuesta, si no la sostuviera en sus brazos su fiel doncella Florela; y cuando todo pas y renaci el silencio y torn la calma; baados en lgrimas los dulces ojos y la bella color mudada, dijo a Florela con una voz en que se entenda claramente lo que en su alma haba de temor y de esperanza: --Ay, amiga Florela, que si esto es amor, a Dios pluguiera que nunca hubiera yo amado en mi vida! y quin haba de decirme a m que a tal punto haba de traerme un hombre a quien no ms que tres veces he visto, y aun as como sombra que pasa, o mentida imagen de un sueo, que al despertar se pierde? A lo cual respondi Florela suspirando: --Cosa es el amor, seora, que no ha menester ms que un punto para rendir a su imperio un alma; y tanto ms, cuanto ms esta alma est anegada en tristezas, y hurfana de dulces afectos. --Calla, Florela,--dijo doa Guiomar enjugando sus lgrimas,--que me parece que alguien viene. Entreabri a punto la mampara un paje, asom la cabeza, y dijo a su seora que el familiar del Santo Oficio que haba estado antes, haba vuelto, y que deca que por la seora era venido; y doa Guiomar mand le llevasen al estrado, y que le rogasen que all esperase. Procur sosegarse doa Guiomar, aunque esto era ms para deseado que conseguido, y dijo a su doncella: --Mira, Florela, si es posible que los de casa averigen si ha pasado alguna desgracia en la ria, y si la hubo, quin o quines son los sin ventura; que esto bien podr hacerse con el pretexto de socorrer a los que hubieren menester socorro; y vuelve, mientras yo me alio un tanto para ir e advertir a ese familiar aquello para lo que le he rogado que vuelva; y no tardes, que la duda de que l haya podido quedar en el lance, me tiene sin vida. Saliose Florela, y doa Guiomar fue a sentarse a su tocador, y contemplose al espejo, y hallose, ms hermosa que nunca; que el amor hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima, haciendo de ellos un cielo; y un cielo vea en sus ojos doa Guiomar, porque en el amor que en sus ojos hallaba, la pareca como que vea la imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la suceda que cuanto ms se contemplaba, ms la pareca ver en sus ojos la fugitiva sombra de su deseo; y a tal lleg su amorosa ilusin, que crey que no en sus ojos, sino detrs de ella, sobre las rubias trenzas de sus cabellos, apareca la imagen de su anhelado, mirndola ansioso, copiado por el espejo, y como si detrs de ella hubiese estado de rodillas. Pareciola asimismo que una mano trmula asa una mano suya que penda descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso. Volviose estremecida doa Guiomar, y vio que de rodillas estaba junto a ella, no una imagen vana, ni una sombra, sino un hombre, con atavo de soldado, que anhelante la miraba, y que pareca que quera hablar y no poda, aunque harto claro deca lo que senta el temblor que todo su cuerpo agitaba. Sobresaltose doa Guiomar, nublronsela los ojos, apretsela el corazn, y desfalleci toda al ver que quien tena a sus pies y oprimindola una mano, que ella no tena fuerzas para retirar, contra sus labios, era el mismo por quien ella la dulce muerte del amor senta; y as los dos, en un silencio ms elocuente que el mejor de los discursos, pasose algn tiempo, hasta que recobrndose la hermosa indiana y conociendo que por su decoro deba manifestar extraeza y enojo por lo que suceda, desasi su mano de las de su enamorado, y dijo con la voz entera y enojada: --Qu es esto? quin sois? cmo habis entrado aqu? qu queris? --Hermosa seora,--dijo levantndose aquel hombre,--no mi voluntad, sino los no s si para m crueles o propicios hados, son los que, cuando yo pensaba slo en libertarme de ser preso, aqu me han trado, para que postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena, alivio a mi enfermedad, alegra a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre de redencin que me salve. A lo que doa Guiomar respondi, mirndole no tan ceuda ya, ceo fingido, que si ella hubiera mostrado lo que senta en el alma en el semblante, por bien hallado y dichoso hubirase dado l: --Corts sois, bien nacido parecisme y bien criado; dejadme que me asombre de veros en mi presencia, entrado aqu como un salteador pudiera entrarse, y sin ms disculpa que la de la necesidad que habis tenido de salvaros de ser preso. --En tal aprieto,--dijo l,--no me hubiera visto si no os viera, si vindoos no os amara, y por amaros no ansiara deciros mi pena; que yo soy el que, no ha mucho, en unos tan desdichados y pobres versos, como mos, os deca mis ansias; y si vos, seora de mi alma, esos versos habis odo, odo habris tambin la ria, que ha sido tal, que cortada la salvacin, obligado me he visto a saltar una tapia, que es sin duda la del jardn de vuestra casa; porque adelantando por ese jardn, y dando en un cenador, y en l en unas escaleras, siguiendo por un corredor, halleme junto a una puerta entreabierta, y os vi, y sin pensar en otra cosa, acerqume, se me doblaron las rodillas, convidome vuestra mano de alabastro, y mis hambrientos labios besarla osaron: si lo que os digo no fuese para vos disculpa bastante del que habis credo atrevimiento mo, volver a salir de vuestra casa, importndome ya poco de cuanto mal pudiera avenirme, que, por grande que fuese, no sera mayor que la desgracia de haberos enojado. --No habis de decir,--replic la hermosa indiana,--que ponindoos en peligro el salir ahora de mi casa, de ella os echo; tanto ms, cuando por venir, aunque sin licencia ma y aun sin yo conoceros, a darme msica, en tal cuidado os habis puesto; y hagamos aqu punto a la conversacin, y entraos en ese aposento, que yo voy a ver si por acaso ha podido oros alguno de mis criados, y cuando todos estn recogidos y el peligro que corris haya pasado, podris iros. Y yendo a una puerta, abriola, y hacindole sea de que pasase, l pas a un cuarto oscuro, donde doa Guiomar encerrole tan a tiempo, que ya las fuerzas la faltaban para el fingimiento, y aquejbala el deseo de trocar su severidad en dulzura, su enojo en rendimiento, y su indiferencia en amor. Valdose haba adems doa Guiomar de la industria de encerrar al aun para ella desconocido amante suyo, porque, aunque turbada, acordose de que en la sala la esperaba aquel familiar de la Inquisicin que poco tiempo haca la haba asustado, metindose de rondn y en son de amenaza en su casa, como si hubiera ido a buscar herejes malditos; y porque haba conocido (siempre las mujeres lo conocen) que de ella el familiar se haba prendado, citole para saber por qu causa la Inquisicin la haba buscado, y adems para acabar de prendarle y volverle loco, con lo cual el disgusto o el peligro de una nueva visita de la Inquisicin se evitara. Fuese, pues, a la sala donde el familiar la esperaba; hallole inmvil como una estatua, teniendo en la una mano el sombrero, puesta la otra en los gabilanes de su intil espada, y grave y triste y compungido; alegrronsele los ojos al menguado cuando a l se acerc doa Guiomar sonriendo, y habindose ella ido al estrado y sentdose y hchole sea de que a su lado se sentase, l lo hizo, quedando encogido y encorvado; y luego ella le habl de esta manera: --Agradecida os estoy, seor, con toda mi alma, por la benevolencia con que habis tornado a que yo os diga lo que no puedo menos de deciros, y es, que no s yo por qu causa la Inquisicin, que amo, respeto y venero, ha venido, no a honrar mi casa, sino a traer a ella el juicio engaado de la vecindad, que, sin duda, ha credo que yo no soy tan buena y catlica cristiana como tengo la ventura de serlo, y obedientsima hija de nuestra Santa Madre Iglesia. Comdose haba con los ojos a doa Guiomar, mientras dijo las anteriores palabras, el seor Gins de Seplveda, y comindosela an, y atragantado por el hechizo de tantas y tan no vistas bellezas como en doa Guiomar se atesoraban, dijo con la voz temblorosa y desfallecida y espantado de s mismo: --Deber es del Santo Oficio de la General Inquisicin, contra la hertica pravedad, extremar su celo, y tanto ms en los calamitosos tiempos en que las naciones ms poderosas del mundo amparan la hereja, engaados y perdidos sus monarcas por Satans; que la Alemania y la Inglaterra hierven en herejes, y aqu nos vemos obligados a hacer cada auto de fe que espanta, y sin que este saludable rigor sea bastante para purgarnos de la maldita simiente; as es que, seora, como esta casa que vos habis comprado y habitis tena duende... Interrumpiole doa Guiomar, y con muestras de sobresalto le dijo: --Duende decs que tena esta casa? --Por ello estuvo muchos aos deshabitada,--respondi el seor Gins de Seplveda;--y si vos que, por ser forastera, no lo sabais, no la hubirades comprado y habitado, sin habitar estara an, y seguira deshabitada por los siglos de los siglos amen. Crean entonces en los duendes como se crea en los artculos de fe, y por creer en ellos doa Guiomar, imaginsela que, tal vez, no el hombre que amaba en carne y hueso era el que se la haba aparecido en su retrete, sino una apariencia de l, tomada por algn duende maligno; y espantose y pareciola que detrs de cada tapicera se mova un duende travieso, y que las figuras de los lienzos que las paredes poblaban tomaban extraas y espantables cataduras, y que de todos los ngulos de la sala surgan trasgos y fantasmas; y como tena la imaginacin muy viva, porque era andaluza, venida de las Indias, asustose de tal modo, que al familiar se asi como si hubiera credo que agarrndose a una parte de la Inquisicin, por exgua y mezquina que fuese, a ella no se atreveran duendes, trasgos, ni espectros. Aconteciole al seor Gins de Seplveda, cuando las suaves manos de doa Guiomar asieron las suyas y sus ojos se fijaron espantados en sus ojos, que crey que de l se apoderaba el diablo; espantose muy mucho ms que doa Guiomar, y aturdiose; y sin saber cmo, no encontrando otra cosa de que ampararse, amparose del mismo peligro que le espantaba; es decir, que se abraz a doa Guiomar, y de tal manera, que no pareca sino nufrago que, llevado por las furiosas olas, con una tabla se encuentra y a ella se agarra. Quin pudiera decir lo que pas por ambos cuando en aquel abrazo, tan sbita e inopinadamente sobrevenido, se encontraron enlazados? Pareciole a doa Guiomar el seor Gins de Seplveda, cuando le vio tan cerca, ms feo y pavoroso que todos los duendes y vestiglos habidos y por haber, y rechazole; y l, cuando hubo sentido las corpreas bellezas de doa Guiomar, y alentado la ambrosia de su aliento, no defendi ya su alma del demonio, sino que, cayendo en la tentacin y olvidndose de sus votos (que como ya se dijo, aunque seglar, de castidad haba pronunciado), y siendo valiente por la primera vez de su vida, voltendole los ojillos grises, y todo contrado y perturbado, dijo: --Amor!... amor!... yo te reconozco y te adoro! Alma ma, que te pierdes, perdname, porque te fenezco en otra alma, que ya, sin ser yo poderoso a evitarlo, es el alma ma! --Pero qu es lo que estis diciendo, hombre,--dijo doa Guiomar,--que me parece que os habis vuelto loco? De qu alma hablis, que decs que es vuestra alma? Si por ventura el alma que decs es el alma ma, ved que os engais, que yo no os la doy, ni mi alma puede irse a vos sin que yo lo quiera. A todo esto, doa Guiomar se haba separado a una buena distancia del familiar, y pareca como que ste empezaba a volver en s, y a arrepentirse de haberse dejado ir de aquella manera por los para l desconocidos espacios del amor. Doa Guiomar estaba toda encendida e indignada, y le miraba fosca: como que an la pareca sentir el apretn de unos brazos que la cean, y ver dos ojos que, como los de un lobo hambriento, la miraban. --Perdonadme, seora,--dijo el familiar,--que yo creo que los duendes de esta casa maldita se han metido en m, y me han obligado a hacer y decir contra mi voluntad lo que he hecho y dicho; pero ya veis que a la razn vuelvo, que respetuoso os hablo, que humillado perdn os pido; y el que esta influencia infernal que me ha dominado no haya persistido, consiste en que yo llevo conmigo un preservativo contra toda hechicera y maleficio, y esos demonios familiares, que se llaman vulgarmente duendes, han huido lanzados por la virtud de ese bendito preservativo. --Preservativo tenis contra diablos familiares?--dijo doa Guiomar. --S, seora,--contest el seor Gins de Seplveda,--y ese preservativo es la medalla, que con la cruz dominica, que como sabis es la cruz de la Inquisicin, llevo pendiente de este cordn sobre el pecho. --De suerte, que si yo llevara pendiente de la garganta esa medalla, libre de duendes estara,--dijo doa Guiomar. --Y no slo vos,--respondi Gins de Seplveda,--sino vuestra casa y las otras casas adonde furedes, como todo lugar en que os encontrredes. --Pues mirad,--dijo doa Guiomar,--si me dais esa milagrosa medalla, os perdono el abrazo que tan sin licencia ma, y tan contra mi voluntad y mi pudor, me habis dado; que en Dios y en mi nima, este es el primer abrazo de hombre que he sentido. --Pues qu, no sois vos viuda, seora?--pregunt admirado el familiar. --Padre fue, que no marido para m, el buen esposo mo cuya muerte lloro,--respondi tristemente doa Guiomar. Atragantose el familiar cuando, por la propia confesin de los rosados labios de doa Guiomar, reconoci en la ya bastantemente preciada persona que le volva el seso, un atractivo ms, que era el de ser doncella, no embargante lo de viuda, que bien puede ser esto, aunque rara vez suceda y haya de ponerse muy en duda; pero de tal manera lo haba dicho doa Guiomar, y con tal y tan ruboroso embarazo, que haba que creerlo, y creyolo el seor Gins de Seplveda, y el corazn se le volvi de arriba abajo, y atragantose, y de tal manera, que se estuvo bien cinco minutos sin decir palabra, y mirando espantado a la hermosa indiana, ni ms ni menos que si en ella hubiera tenido delante esa ave fnix de la que todos hablan y ninguno ha visto; porque en doncella moza puede con no mucha dificultad creerse, pero creer en doncella viuda, era ya cosa recia. Y este espanto del familiar no era por que le pareciese mentirosa doa Guiomar, que l la hubiera credo aunque ella le hubiera dicho que no haba venido al mundo por medio de mujer, sino cada de una estrella; pero espantbale el ver que su castidad iba ms y ms desmoronndose y deshacindose, y que el diablillo del amor con ms y ms fuerza le abrasaba el alma. Sabe Dios cunto tiempo hubiera estado silencioso y como sujeto a un encanto, si ella, repuesta del trabajo que la haba costado aquella su extraa confesin, no le hubiera dicho: --Slo hay una manera, seor mo, repito, para que yo os perdone vuestro atrevimiento, y es que siendo, segn decs, esa medalla que pendiente de ese cordn llevis sobre el pecho, un preservativo contra los demonios, ya sean o no sean familiares, y contra toda casta de espritus foletos y malditos, me la entreguis, para que yo pueda quedar esta noche sin morirme de miedo en mi casa; que maana ser otro da, y ya buscar yo vivienda en que acomodarme, donde no haya habido nunca, ni duende, ni trasgo, ni fantasma, ni alma en pena, ni cosa que en mil leguas al otro mundo huela. --No ya la medalla del Santo Oficio os dara yo, y tenedla, seora ma,--dijo todo amor y todo rendimiento el familiar,--sino el alma, aunque supiera que os la daba para que me la perdieseis. --No por Dios,--dijo doa Guiomar, tomando la medalla que el familiar la daba y ponindosela al cuello,--que no quiero yo que por m seis idlatra y os condenis; tanto ms, cuanto que yo no podra corresponderos, porque aborrezco el amor, principio y causa de todas las malas aventuras que a la mujer la avienen; y porque es ya tarde y el sueo me pesa en los ojos, y porque veo que la Santa Inquisicin est ya, en vos, convencida de que yo aliento buena y vieja sangre catlica, apostlica, romana, sin que haya en ella la ms mnima partcula no limpia, rugoos os vayis, y si quisiereis volver a verme, lugar habr en hora no tan incmoda y ms conveniente para mi recato. Levantose doa Guiomar como manifestando con la accin aadida a la palabra que el familiar sera muy discreto si se iba cuanto antes, y el pobre hombre, mirando con ansia y todo aturdido a doa Guiomar, besola las manos y fuese, llegando hasta la puerta de espaldas, por no volverlas a doa Guiomar, no se sabe si por verla algn tiempo ms, o por respeto. Inclinose con gran acatamiento cuando hubo llegado a la mampara, y luego esta se abri y se cerr, desapareciendo el familiar, con lo cual doa Guiomar se volvi presurosa, y sin miedo a los duendes, por la milagrosa medalla que llevaba al cuello, a su retrete, donde, como se ha dicho, y en un cuarto que a l daba, haba dejado encerrado al su desconocido amante, que la tena tan sin vida. IV En que se sabe quin era el incgnito amante de doa Guiomar. Trmula la mano, alborotado el corazn, encendido el bello semblante y turbados los divinos ojos, doa Guiomar abri la puerta del cuarto, y dijo con la voz tan turbada que apenas si se la oa: --Eh, caballero, salid si os place, yo os lo ruego! A cuyas palabras slo respondi el silencio, como si nadie hubiera habido en el cuarto, que ya se ha dicho estaba oscuro como boca de lobo. Vnosela otra vez a las mientes a la bella viuda, que aquel en quien haba credo ver a la dichosa persona que la enamoraba, no haba sido un hombre, sino un duende, que haba tomado aquella apariencia para burlarla y atormentarla, y que, a causa de llevar ella la milagrosa medalla del Santo Oficio, el duende haba huido; pero oy a punto uno como resuello recio de persona que duerme, que all de lo hondo del oscuro cuarto sala, cosa que doa Guiomar sinti ms que si en efecto su enamorado se hubiese tornado en humo y desaparecido; porque quien de tal y tan sosegada y profunda manera se haba dormido, cuando ella le haba dicho que la esperase, no deba ser muy extremado en amar; que ella saba muy bien, y a causa de l mismo, que el amor desvela, y tanto ms cuanto se est ms cerca del objeto amado, y en trminos de duda y esperanza. Llam al dormido, ya con ms fuerza y aun con enojo, la hermosa indiana, y a poco se oy un bostezo, luego pasos, y al fin apareci el incgnito, con los ojos cargados an de sueo y con todas las muestras de que en lo mejor de l se le haba interrumpido; y como doa Guiomar cuando le sinti que se acercaba se hubiese ido a un canap o escao que all haba, y se hubiese sentado, l tom una silla baja que encontr al paso, y fue a sentarse junto a doa Guiomar, tocando su falda, y de tal manera que no pareca sino que haca un siglo eran amantes, y con un desenfado tal, que aunque sin dar en la descortesa, pareca mostrar la confianza que l tena en ser amado, si es que ya no lo era, y con toda el alma; mirbala l con codicia, aunque sin irreverencia, y ella le contemplaba asombrada por lo que en l vea, que harto claro se mostraba en sus ojos; y ni el uno ni el otro decan una palabra, y ella se turbaba ms y ms, y ms y ms se la encenda el enojado tal vez, y tal vez amoroso semblante, y l lo conoca y tal lo mostraba, que ms y ms ruborosa se mostraba ella, y ms y ms confusa. Djole ella, en fin, que era muy extraa cosa que un hombre que, como l, de tal manera se haba entrado en su casa amparndose de la justicia, y que deca que por ella se haba puesto en tal trabajo, y que la haba dado msica, y tan amorosos y encendidos versos la haba cantado, viniese a dormirse como si ningn cuidado le inquietase y como hubiera podido dormirse en su casa: a lo que l respondi mirndola amorossimamente, que tantas noches haba pasado en vela atormentado por sus amores, y tan desesperado y triste, que no haba que admirarse de que, cuando al fin luca para su amor el sol de la esperanza, descansado hubiese en alguna manera de su trabajo. --Y quin os ha dicho,--exclam ella,--que yo os amo, ni en amaros piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza ma para el amor, por vos se haya deshecho? --Dcenmelo,--respondi l,--vuestros divinos ojos, que en vano de m se apartan para no verme, porque con ms aficin y ms encendidos rayos de amor, qu digo? de gloria, a mirarme tornan; dcemelo vuestro hermoso seno, que los amantes latidos de vuestro corazn mueven; dcemelo vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dcemelo, en fin, mi deseo, seora ma, porque si vos no me amaris, tormento insoportable sera para m la desesperada memoria de vuestra adorada imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza. --Paso, paso, seor mo,--exclam la enamorada indiana, queriendo en vano que no saliese a su boca en una sonrisa de contento su alma, y a sus ojos en un volcn;--que si segus as, creer que ments, que no puede llegarse a un tal rendimiento de amor tan de sbito y por una mujer apenas vista, y por la primera vez de amores requerida; y luego, que yo tengo para mi, aunque puede ser que me engae, porque yo de amores no entiendo, ni he querido entender nunca, que el amor para ser sublimado ha menester de todo punto ser correspondido. --Mucho pudiera yo decir sobre esto,--repuso l;--pero aqujame haceros una pregunta sobre lo que acabis de decir, de que no entendis de amores, ni entender de ellos habis querido nunca. --Pues no decais vos en vuestro soneto,--repuso ella,--que vuestra alma haba sido hasta ahora hielo para el amor? por qu, pues, os maravilla que hielo haya sido hasta ahora, y que an lo sea para el fuego amoroso, el corazn mo? --Casada fuisteis, seora,--dijo con tristeza el galn,--y para amargura ma, que las venturas concedidas a otro, aunque pasadas y lcitas, y aun santificadas por el matrimonio, dardos son de celos y ponzoa de despecho, para el que bien ama y ser quisiera el nico en el amor de la que adora. --En hondos discursos os metis, y no s qu os diga, ni qu deje de deciros,--contest doa Guiomar, bajando los ojos y ponindose muy ms colorada que otras veces;--y tanto ms, cuanto que no s a quin hablo. --De buenos y honrados padres vengo, seora,--respondi l;--hidalgo soy; Alcal es mi patria; curs en las aulas de su famosa universidad; tirome la aficin a las armas, y muy ms el amor a las letras; soldado soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesa es sueo que devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro esclavo soy. --Miguel de Cervantes Saavedra sois vos?--exclam con encarecimiento doa Guiomar;--pues por ah andan en unos papeles impresos los versos que se recitan en casa de Arquijo por todos los buenos ingenios de Sevilla, y entre ellos hay los, y no de los peores, que segn el papel, han sido compuestos por vos. --Si yo hubiera podido creer,--dijo Cervantes,--que los pobres versos mos haban de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo de contentaros hubiera sido inspiracin que los hiciese dignos de Pindaro; pero qu poesa queris que haya sin amor, y cuando slo se escribe para ejercitar el ingenio? --Y sin amor vivais cuando esos versos compusisteis? pues o no me amis como decs, o me amis desde muy poco tiempo, que ha ocho das se venda el papel nuevo, y versos vuestros haba en l. --Desde que perd el corazn en el cielo de vuestras perfecciones, seora,--dijo Cervantes,--de tal manera he ansiado, tanto he dudado, tan grande la desdicha de mi amor he credo, que no he tenido alma ni vida ms que para ansiar y temer, y buscaros y entreveros, apareciendo con el alba, tornndoos a vuestra casa a punto que el sol sala, menos que vos hermoso; y todo era en m sobresalto y congoja, y afn y miedo; que ante vos no quera mostrarme, por no ver el desdn en vuestros ojos, hasta que no pudiendo ms, y desesperado y loco, a daros msica vine, y a deciros ese triste soneto, que en su poco valer bien muestra que las musas estn enojadas conmigo, al verse por vos, a causa del grande amor que os tengo, por m desdeadas y olvidadas; bien que si vos, como me lo hace creer el deseo, me amis, qu vale el laurel de Apolo comparado con la gloria de teneros ma? Responder quiso doa Guiomar, pero desfalleci la voz en su garganta; sus ojos se posaron, exhalando un dulce fuego, en el venturoso amante; suspir luego tan hondamente como si el suspiro hubiera salido de lo recndito de sus entraas, y dijo: --Pues que Miguel de Cervantes sois, y antes de conoceros yo haba conocido en vuestros versos vuestra alma, y estimdola haba por ellos, quiero contaros mi historia, y por ella veris claramente cmo, habiendo sido casada y con buen marido, amor no conoc, ni conozco, como no sea amor esto que me tiene hablando con vos y a deshora en mi aposento; que para ampararos en el aprieto en que os veis, no era menester que yo os hiciese compaa; y amor debe ser este, porque habis de saber que no saba yo que hubiese cosa que vencer pudiese la fuerza de mi recato, y a l falto hablando con vos a solas, y a tal hora; y si esto no es amor, no s lo que ello sea; amor es, quin lo duda, cuando ocultarlo no puedo, y si os lo niego ms os lo afirmo, y vencida y enamorada os lo confieso? Pero si creis que ese amor mo ha de ser parte para que yo me olvide de mi honra, a la menor seal que en mi desdoro hagis, morir mi amor para que ocupe su lugar el menosprecio. A lo cual contest l con este cuarteta, que se sali sola y sin licencia suya de su enamorado pensamiento: Amores que son del alma hacen callar los sentidos; que en verse correspondidos alcanzan su mejor palma. --As os quiero, seor mo,--contest ella,--y por que veis cunto en vos confo y cunta es la estimacin en que os tengo, para que sepis bien quin soy, os voy a contar mi historia; eso si no es que os aqueje el sueo, que si tal fuese, mi doncella Florela, que es discreta, os llevarla a un aposento donde pudierais reposar seguro. --Ah! no me castiguis,--dijo l,--por aquel impertinente sueo mo en que me encontrasteis; y empezad, mi dulce seora, que con vida y alma os escucho. Quedose ella por algn tiempo pensativa y como dudando, y luego empez de esta manera. V En que doa Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes. --No puede llamarse con verdad desdichada la criatura que no lo fue desde su nacimiento, y aun en el seno yo de mi madre, para m empez la desdicha. Nac en esta hermosa ciudad de Sevilla, y en su calle que llaman del Hombre de Piedra, y con tan dura fortuna, que el instante del primer aliento mo, fue el del postrero de mi padre. Matronle cuando nac yo, y a las puertas de nuestra casa, siendo su muerte la ms rara tragedia que se vio en los pasados tiempos, ni se ver en los venideros. Era mi padre viejo, pero alentado y tan entero, que su vejez pareca primavera bajo nieve, o invierno que bajo su hielo tena galas de primavera. Natural de Mjico era mi padre, y rico, y a Sevilla vino con unas galeras de rey, de las que era general. Acudi el gento a la Torre del Oro a ver la flota, y entre las damas que estaban en los estrados que para ellas se haban puesto junto a la orilla, asista mi madre, que era una hermosa doncella de veinte aos, y tan desamorada y esquiva, que no pareca sino que el amor no alentaba para ella, segn que era de desabrida con todos los que se rendan a los encantos de su hermosura. Si la hubiera contentado el claustro, hubirase entendido que el santo amor de Dios no dejaba en su corazn lugar para el amor al hombre; pero tampoco era esto, porque una ta monja que tena en las del Espritu-Santo quiso llevrsela consigo, a lo que ella no se acomod, diciendo que Dios no la haba hecha para que la sofocasen tocas ni monjiles, ni para enojarse entre cuatro paredes. Pluguiera a Dios que mi madre hubiera tenido vocacin de monja, que as yo no naciera, ni pasaran por mi familia desdichas que parecen una maldicin que alcanza a la desventurada vida ma. Limpiose doa Guiomar con un paizuelo los lquidos diamantes que por la amargura de sus tristes memorias de sus hermosos ojos se desprendan, por lo cual Miguel de Cervantes la dijo: --Enjugarnos yo, hermosa seora ma, esas lgrimas que por vuestras alabastrinas mejillas corren, con mis labios, si tan bienaventurado fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procurara que fuese para vos mi amor, que no lgrimas de amargura, sino de contento del alma enamorada vertieseis, si es que mi amor poda enamoraros, cosa en la que no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontrara la ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entraas, y es mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza. --No hay para qu repetirme que me amis,--dijo doa Guiomar,--sino es que creis que soy desmemoriada; que ya me lo habis dicho, y yo, escuchndooslo y continuando en oros, os he dicho claramente que os amo; que si no os amara, la primera palabra de vuestro amor hubiera sido la ltima; y eso de enjugarme las lgrimas con vuestros labios callarlo debisteis, que hay tales cosas que cuando no se pueden hacer no deben decirse; y pase esto por alto, que a galantera sin intencin quiero achacarlo, y no a otra cosa; y sin ms de esto, y esperando que a mi lado seis tal y tan hidalgo como me lo parecis, con la relacin de mi historia contino, que ya que me amis, segn decs, quiero que sepis quin es la desventurada mujer que ha alcanzado no s si la desdicha o la fortuna de enamoraros. Deca yo, que a la llegada de las galeras de que era general mi padre, y entre las damas y caballeros que a su llegada haban acudido y ocupaban los estrados en la orilla, dispuestos, estaba mi madre, sin ms compaa que la de dos tas, viudas y ya ancianas, que eran los nicos parientes que la quedaban, y tan hermosa, que unos versos que un enamorado suyo, poeta tan desdeado como los otros que no eran favorecidos de las musas, la compuso, decan: Porque copien un instante los encantos que atesoras, sus puras linfas sonoras impulsa Btis amante; y las ondas, al pasar, murmuran en su tristeza, recordando la belleza que ya no pueden copiar. --No me parecen mal esos versos,--dijo Miguel de Cervantes;--madrigal son, o ms bien, madrigal doble; poeta era quien los compuso, y no de los peores, y por mos los tomara, antes con satisfaccin que empacho de ellos; pero decidme, seora: cmo es que vos habis premiado esos versos guardndolos en vuestra memoria? quin os los recit, o quin os dio el papel en que estaban escritos? --Hallose ese papel entre los de mi madre cuando muri, y a m con su herencia llegaron esos desdichados versos, que yo no puedo recitar sin que se me llenen de lgrimas los ojos; que si el que esos versos compuso no hubiera nacido o no viviera, ni muriera mi padre, ni mi madre fuera desventurada, ni yo tendra un cruel enemigo de mi reposo. --Lo que acabis de decir, seora, aguija el ya grande inters con que vuestra historia escucho,--dijo Miguel de Cervantes;--pues cmo, seora, si vuestra madre era tan ingrata y desconocida para el amor, versos tena, para ella compuestos por un amador desdeado, ni cmo este, sin ventura, pudo ser una desventura para vuestra madre entonces, y ser hoy para vos un crudo enemigo? Decidme su nombre, que si l hizo desdichada a vuestra madre, no lo seris vos por l, o faltarme por la primera vez la fortuna en un empeo. --Decroslo quiero,--respondi doa Guiomar,--porque bastante habis hecho con darme msica para que l viva atento hasta averiguar quin el de la msica haya sido, y buscarle ria; conque as, ved si una dama que tan a su despecho tiene un enamorado o empeado que tan celoso la guarda, aunque tan sin razn ni derecho para ello, os conviene por lo que pueda costaros. --No digo yo,--respondi Miguel de Cervantes,--por el temor de un viejo, que tal debe serlo quien, teniendo vos veintids aos, pretendi a vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos, jigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballera, y aun por el de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reiros con toda la cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran, dejara yo de venir a daros msica y a hablar con vos, si era que vos me concedais esta merced venturosa. --Hombre de aos es ya, pero no viejo,--respondi doa Guiomar,--que an no pasa de los cuarenta y cinco, y es uno de los capitanes ms temidos y ms respetados de los ejrcitos de su majestad; lo que, y sus otras buenas cualidades, no es parte para que yo deje de aborrecerle y desee venganza contra l, y de tal manera, que si al fin ese amor que vos decs tenerme, y al que yo os digo correspondo cuanto corresponder puedo, llegase a sus buenos trminos, yo no me desposara con vos, si antes no me habais vengado y libertado de ese hombre; que para que vos podis estimarle en lo que vale, sabed se llama don Baltasar de Peralta, que ya por su buen ingenio, como por su valor, su nobleza y su hacienda, es en Sevilla de todos conocido y estimado. --Conzcole, y ms de lo que podis figuraros, seora,--dijo Miguel de Cervantes un tanto sorprendido;--s quin es, y lo que puede y lo que vale, y cunta es su nobleza y cunto su ingenio; y estimdole hubiera en mucho ms, si no llevara peluca; que el quedarse, cuando la mucha edad no lo disculpa, con la cabeza rasa y sin un pelo, como bala de bombarda, parceme a m que es a efecto de malas cabilaciones y picardas; de lo que resulta, que yo no me fo de un calvo, ni con buena voluntad le miro; y a mayor abundamiento, llendome habis las medidas con decirme que de l ansiis venganza, que como un cruel enemigo os persigue, y que no serais mi esposa si antes de sus persecuciones no os libertaba. --Decs bien,--exclam doa Guiomar,--en lo de vuestra enemiga contra los calvos, que yo tengo para m, que, como decs vos, la gran parte de las veces lo que la calvicie causa es el fuego de los malos y perversos pensamientos que en la cabeza arden, y queman la raz de los cabellos y los mata. --No deca yo eso,--respondi Cervantes;--que San Pedro es calvo, y aun se me antoja haber visto en alguna parte que lo fue desde mozo; pero a m, no s por qu, los calvos me enojan, como me enojan otras muchas cosas que no enojan a nadie, y cuando una cosa me enoja, sobre ella me voy sin reparar en inconvenientes, y salga por donde saliere. Y, vive Dios, seora, que contento estoy, porque, al fin, de lo que habis dicho aparece que yo puedo contentaros en algo, y ponerme en ocasin de que sepis que para vos tengo yo toda la sangre que late en este corazn que os adora. Mir tiernsimamente doa Guiomar a su enamorado, que al decir sus ltimas palabras os besarla las manos, por lo cual no se ofendi ella, aunque las recogi, y dijo: --Tornando a lo que me dijisteis sobre si mi madre poda tener versos de un amador desdeado, os dir, que si mi madre no era fcil para el amor, ralo, y qu mujer no lo es? para la vanidad; y que aunque volvi a don Baltasar los versos que os he recitado y otros muchos, no fue sin guardarlos trasladados; lo que era causa de que don Baltasar, que vea, que si bien se le devolvan sus versos, eran ledos, como lo demostraba el ir abiertos los papeles en que se contenan, alentase esperanzas, y siguiese a mi madre a cuantas partes iba, y la diera msica, y la rondase eternamente la calle, que de ella no se apartaba sino para comer de prisa y dormir breves horas. Aconteci que cuando las galeras de rey llegaron, y desembarc de la capitana mi padre, y subi al estrado en que mi madre con otras damas y caballeros estaba, no lejos de mi madre estaba don Baltasar, que era poco menos que su sombra; de modo que pudo ver mejor que lo que hubiera querido, que cuando mi padre vio a mi madre se inmut todo, y que mi madre dej ver el carmn de su sangre en sus mejillas, y sus ojos, antes para todos tan impos, no pudieron ocultar el fuego del amor que de improviso, a traicin, y sin que ella pudiera prevenirse, la haba abrasado el alma. Pregunt mi padre a algunos caballeros conocidos suyos que all estaban, quin mi madre fuese, y destos principios vinieron a resultar muy pronto los fines de un casamiento y de una unin dichosa; pero turbada a poco por la orden que recibi mi padre, aun antes de los quince das de sus bodas, para partir con las galeras a Npoles. Bien quera acompaarle mi madre; pero mi padre no quiso confiar a las instables ondas el tesoro de su ventura. Quedose, pues, mi madre casada y enamorada, y si no con el dolor de viuda, con las angustias de ausente; que las mujeres que bien aman, aunque yo de amores no entienda, tengo para m que han de recelar y temer por todas partes una mudanza o un peligro que les roben su esposo, y a verle no vuelvan. Pasaba el tiempo, y mi padre no volva. Tenale el rey empleado en sus galeras, y aunque menudeaban las cartas cuanto era posible, del afn de una carta esperada pasaba mi madre al del recibo de otra, y tanto ms, que estaba en cinta de m, y el tiempo pasaba, y tema mi madre que mi vida fuese para ella la muerte, y muriese sin volver a ver a su esposo. Ay, seor mo,--dijo en llegando a este lugar doa Guiomar, y soltando con estas palabras un profundsimo suspiro,--que vamos acercndonos al triste suceso de la ms nueva desventura que ingenio humano haya podido inventar para suspender el nimo de sus lectores, con los no pensados y peregrinos casos de una novela! Oh traiciones no adivinadas, oh desdichas no temidas, oh no merecidas tragedias! Habis de saber, seor mo, que mi madre, como esposa amante y mujer honrada, desde el punto en que mi padre parti hizo de su casa clausura, y de ella no sali ni para misa, que en un oratorio se la decan, ni recibi a amigos, ni aun en sus miradores dejose ver por acaso. Ya en esta clausura, murironse la una tras la otra sus dos ancianas tas, y quedose mi madre sola con sus criados, que pluguiera a Dios no los hubiera tenido, o por lo menos a una traidora Lisarda, que fue la causa con sus liviandades, de lo que nunca recuerdo sin que de la congoja de mi corazn den muestra las lgrimas que salen por mis ojos. Suspenso estaba nuestro Miguel oyendo a su acongojada amante, que en sus hermosos ojos dejaba ver el llanto que a ellos asomaba, como ansioso de correr por aquellas mejillas mulas de la rosa y vencedoras de la azucena; y en tanto la estrechaba las manos entre las suyas, sin que ella pareciese sentirlo, embebecida en la historia de su madre, que era el principio de sus desdichas. Reposaba la mirada de doa Guiomar en la de Miguel de Cervantes, y la mirada de ste en la de ella, y no pareca sino que en aquellas dos miradas sus almas se mezclaban y se confundan para no ser ms que una sola alma. Dej al fin ella salir de su pecho, o ms bien de su pecho se escap, otro profundsimo suspiro, y continu su relacin de esta manera: --Hasta tal punto se pareca Lisarda en las proporciones de la figura y en los movimientos a mi madre, que vindola por detrs, slo por la diferencia del traje poda distinguirse a la criada de la seora. Era adems Lisarda muy hermosa y muy joven, y a estas prendas de la persona, realzadas por la lozana de su edad temprana, juntaba una grande honestidad y la buena y cristiana crianza que la haban dado sus padres, humildes, pero honrados; ambala por estas sus buenas prendas mi madre, y por ser ella tan de su gusto, complacala se le pareciese en la estatura y en la corpulencia, y en aquella su gallarda manera de andar y de accionar; cosas todas estas ltimas que mi madre hubiera aborrecido, si hubiera adivinado las cosas que sobrevinieron, y que ya vos, seor Miguel de Cervantes, debis haber vislumbrado con vuestro claro ingenio. Y fue que don Baltasar de Peralta, no porque mi madre se hubiese casado haba matado, o por lo menos sujetado a los preceptos de la virtud, de la religin y de la honra, que en s son unos mismos, aquel su amor tirano y voluntarioso que a mi madre haba tenido y tena, sino que muy contrariamente, dej a la rabia y a los celos, sin intentar siquiera combatir con ellos, que este amor aumentasen; no dejaba la ida por la venida a la calle del Hombre de Piedra, y pasaba en ella, oculto por una esquina, o embebido en el hueco de una puerta, luengas horas, particularmente de noche, ansiando ver a aquella que era la agona de su vida, la desesperacin de su alma y el sujeto de todos sus pensamientos. Aumentaba el fuego de su amor y la rabia de su desdicha, con no ver asomarse jams mi madre a sus miradores, con el de no salir nunca de casa ni aun a misa, y con no dar ms muestras de estar viva que si hubiera estado encerrada en una tumba. Respetando estuvo muchos das don Baltasar el decoro de mi madre, no atrevindose a escribirla, ni aun a darla msica; pero al fin pudo ms en l la desesperacin que el miramiento, y una noche llen de msicos la calle, y sus concertadas voces y sus bien taidos instrumentos, estuvieron dulcemente divirtiendo a los vecinos, sin que mi madre de ello se apercibiese, porque habitaba un aposento all en lo interior de la casa, que era muy grande, y al que no poda llegar la msica. Pero la oyeron algunas criadas, que avisaron a Lisarda, que en un cuarto prximo al de mi madre dorma, y todas se fueron a ponerse en los miradores a gozar de la regalada msica. Haban dado en la imprudencia de llevar luz a la habitacin, y en las vidrieras del mirador se pintaba, junto al de las otras doncellas, el bulto de Lisarda, que por ser tan semejante en el aire y en la forma de la persona a mi madre, como ya os he dicho, don Baltasar crey, y creyronlo los amigos que le acompaaban, que no era doncella que a mi madre en el bulto se pareca, sino que era mi madre misma la que, acompaada de sus doncellas, en el mirador estaba oyendo la msica. Esto fue bastante para que don Baltasar ardiese en esperanzas, alentase ilusiones, diese cuerpo a las soadas venturas de su deseo, y se creyese ya en posesin de un tesoro que no poda ser suyo, sino a costa de la vergenza, de la traicin, del perjurio y de la infamia de mi madre. Pero a qu locuras no lleva la sombra de una esperanza a un enamorado! Don Baltasar encontr llano lo que haba credo insuperable, fcil lo imposible, prximo lo que nunca poda llegar, trocado en ventura lo que antes slo haba sido para l angustias y desvelos, y desesperacin y lgrimas, que a tanto puede llegar un error credo verdad por el deseo. Pues cmo a ese cruel enemigo de mi madre y mo, no se le represent que una seora tan de tal nobleza y tal y tan grande crianza como lo era mi madre, no poda dar en la liviandad de asistir a una msica que un mal respetador de su honra la daba, en sus miradores, y dejndose ver, y aun no sola, sino acompaada de sus doncellas, como para hacerlas testigos de su desvergenza? Fue as, sin embargo, y bastante necio don Baltasar para creer en tales increbles disparates; y alentado por este error suyo, y creyndose amado, o, cuando no, en camino de serlo, arrojose al otro da a sobornar y corromper a uno de los criados, y a fuerza de ddivas y promesas consigui que aquel mal servidor consintiese en tomar una carta que le dio para su seora; carta que fue a dar por desdicha en las manos de Lisarda, que no se la dio a mi madre, que si se la diera, en aquel punto hubiera terminado la historia. Tom para s Lisarda la carta, y se la acreci la aficin que ya tena en su alma por don Baltasar desde que le haba odo cantar amorossimamente versos que todo eran flores, estrellas, cielos, suspiros, desvelos, congojas y volcanes; y leyendo en la carta, que con mil encendidas palabras de amor don Baltasar agradeca a mi madre el que hubiese salido a los miradores a or la msica, cay en la cuenta del error en que don Baltasar haba dado trastrocndola con su seora, y el diablo la puso en la tentacin de contestar manteniendo el engao, que en un punto la aficin que por don Baltasar se la haba entrado en el alma la hizo perder la timidez de su honestidad, y dio lecciones a su inexperiencia (que el amor es un gran maestro de atrevimientos desdichados), para responder de tal manera a don Baltasar, que ste crey que no otra que mi madre era la que a su carta responda, y con esto su amor dio ya en los ltimos increbles disparates de la locura; de modo que si llena de ternezas y encarecimientos estaba la primera carta que Lisarda haba ledo, la segunda acab con los ltimos restos de su virtud, apenas combatida cuando rendida, y se determin a la ms negra de las traiciones que pueden, no digo ya cometerse, pero ni aun pensarse. Contest Lisarda a aquella segunda carta, siempre con el nombre de mi madre, suplicando a don Baltasar no la diese ms msicas, que escandalizaran sin duda alguna a la vecindad, y que era mejor, por lo que a su recato convena, fuese a hablar con ella, ya muy vencida la noche, por una reja oscura, escondida bajo unos soportales que a una callejuela excusada daban. Vio con esto el cielo abierto don Baltasar, y avanzando viento en popa por el dulce mar de su amor y de su deseo la nave de sus esperanzas, acudi a la siguiente noche a la reja, donde acab de perderse en su error, y de perder a mi madre, la inocente, que un tal engao y una tal traicin haba de pagar tan caros; y no pasando mucho tiempo, porque la infame Lisarda, oyendo con demasiada facilidad y ansioso deseo los consejos de su lascivia, no tard en franquear un postigo, que por un zagun a una oscura sala baja daba, al enamorado don Baltasar. Tema Lisarda que si l la conoca, en aquel punto se acabasen sus amores, y por esto recibale siempre a oscuras y a pretexto de vergenza impedale la reconociese, y el engao duraba, y la honra de mi madre andaba ya por calles y plazas; porque don Baltasar dijo primero el secreto de su dicha a un su amigo, encarecindole lo guardase, y este otro lo dijo tambin muy en secreto a otro muy su amigo, y as, de amigo en amigo y encargndose el secreto todos, todo el mundo vino a creer en lo que no era ms que un tejido de infames mentiras, en las que, sin embargo, se crea a causa de las apariencias; porque algunos que haban dudado, siguieron a don Baltasar, yo no s si por un honrado celo de la honra de mi madre, o si por celos de la dicha de don Baltasar; y vieron, en efecto, que ste entraba en casa de mi madre por un postigo a trasmano, muy despus de la media noche, y que no sala sino muy poco antes de la alborada. Sucedi, al fin, que, por desdicha, estas cosas que de mi madre se decan, llegaron a odos de un pariente de mi padre, que tena un oficio de alcalde en Sevilla; y digo por desdicha, pues cuando este pariente nuestro supo lo que de mi madre se contaba, ya mi madre estaba prxima a su alumbramiento, que cuando hubiera sobrevenido se hubiera sabido por la solemnidad de mi bautizo, que no poda menos de ser solemne, siendo yo hija de un general de las galeras del rey; don Baltasar hubiera cado de su engao, y no hubiera podido menos de reconocer que la liviana que desde haca poco tiempo le conceda sus favores, no era mi madre ni poda serlo, lo cual le hubiera movido tal vez a restaurar a mi madre en su honra. No lo quiso as Dios; porque nuestro pariente, cuando supo lo que de mi madre se deca, sigui una y otra noche a don Baltasar, y las dos le vio entrar por un postigo de mi casa ya bien adelante la media noche, y no salir sino a la proximidad del da. Dio con esto por cierto lo que se deca de mi madre, y no queriendo quitar a mi padre el propio desagravio de su honra, escribiole, y de tal manera, que mi padre, sin pedir la licencia al rey para dejar la conducta de las galeras con las cuales estaba en las costas de Npoles, tom postas para Espaa, y se vino por tierra, temeroso de que la instable mar le dilatase el triste y horrendo logro de la venganza de su honra, que deba ser para l la muerte del dolor y de la pesadumbre de la infamia. Lleg mi padre a los pocos das y reventando caballos a Sevilla, una noche, antes de que se cerrasen las puertas, y encubrindose con las sombras, fue a esconderse casa de su pariente, de quien mientras llegaba la hora de ir a vengar su honra, oy la triste relacin de su desdicha, y como al acabarse esta tocasen a maitines unas monjas que en la vecindad haba, y fuese ya la hora, ambos, mi padre y su pariente, bien embozados y apercibidos, fueron a adelantar a don Baltasar, que nunca iba sino muy pasada la media noche. Antes de que l llegase llegaron, y ocultronse en un soportal, amparados de la oscuridad, y all esperaron con el odo en el silencio y las convulsas manos en las espadas. No hay que pensar por esto que se prevenan a ser dos contra uno, que ni para el castigo de un infame agravio puede el honrado valerse de ventajas contra su enemigo, sino que a don Baltasar acompaaba un criado que se quedaba fuera, y necesario era prevenirse contra este hombre, que podra muy bien ayudar a su amo. Pas as largo tiempo, y de tal manera, que mi padre y su pariente creyeron que por aquella noche se les escapaba la venganza. La tardanza de don Baltasar era porque l no entraba nunca en la callejuela donde estaban los soportales y el postigo, sino despus de haber visto el resplandor de una luz, desde la calle del Hombre de Piedra, en los vidrios de una ventana de la parte principal de la casa, cuya sea haca Lisarda para que l supiese que poda ir sin cuidado; y aquella noche Lisarda no haba hecho la sea a la hora de costumbre, porque en aquella hora estaba yo viniendo al mundo, y ella estaba junto a mi madre. En este punto se detuvo la hermosa indiana, y dijo a Miguel de Cervantes: --Perdonadme, seor mo, si aqu suspendo la relacin de las desdichas de mi familia, que con mis propias desdichas se han continuado, que el corazn me va doliendo, ms de lo que resistir al dolor puedo, al recordarlas, y harto tiempo tenemos para que yo d fin y remate al cuento de mis desventuras; y porque estoy ms de lo que puedo sufrirlo fatigada, y de todo punto me es necesario el reposo, yo os ruego me deis licencia para llamar a mi doncella Florela, a fin de que os lleve adonde podis acabar de pasar la noche seguro, que maana sabremos lo que haya de vuestro negocio, y si estis en peligro o no lo estis, y lo que en todo caso haya necesidad de hacer. Conoca Cervantes que a poco que l hiciese, doa Guiomar no llamara a su doncella; antes bien dejara con mucha voluntad venir el da, entretenida con l en blanda y amorosa pltica; no lo hizo, empero, porque para primera vista ya haba alcanzado ms favores que los que l se haba atrevido a desear; que tal era la grandeza del enamoramiento en que por aquella hermossima seora suya se encontraba, que a sueo y fingimiento de su deseo tena el encontrarse a solas con ella y a sus pies, y asindola las manos, y gozando de la luz de sus ojos, que no encubran el contento del alma, y encantado con la dulzura de su voz, que de ngel, ms que de mujer le pareca. As pues, vino en lo que doa Guiomar quera sin quererlo, ms por miramiento a su recato que por voluntad, y habiendo ella llamado a Florela, l se fue con ella, dejando a doa Guiomar confusa y sobresaltada con aquella aventura, que tan sin esperarlo ella la haba llevado la ventura de sus amores, o tal vez el principio de otras ms grandes y ms dolorosas desventuras. VI En que se contiene una carta de Cervantes para doa Guiomar, y se sabe a lo que Florela se aventur por servir a su seora. No dice la historia si los amantes descansaron lo que quedaba de noche, que no era mucho por ser verano, pero s que cuando al alba fue Florela a despertar a su seora como de costumbre para que fuese a misa, encontrola ya vestida, seal de que el lecho se la haba hecho enojoso, y tan hermosa con las suaves ojeras y con la melancola que mostraba su semblante, que deidad ms que mujer pareca. Pregunt con desmayada y dulce voz a su doncella si haba visto seales, al pasar por el aposento del escondido, de que ste hubiese despertado; y Florela no supo qu decir, sino que deba de dormir el buen soldado, porque cuando ella pasaba por la puerta del aposento, adonde pocas horas antes le haba conducido, escuchado haba un cierto ruido, que si no se pareca al roncar de una persona que est en siete sueos, no saba ella a lo que se pareca. Suspir la bella indiana, porque se la represent que aquella tranquilidad de sueo no convena, como ella hubiese querido, con las congojas y con la inquietud, de ella no conocidas hasta entonces, que de sus ojos haban ahuyentado el sueo; y acordndose de que le haba encontrado dormido antes, cuando fue a sacarle del cuarto en que le haba encerrado para ir a hablar con el familiar del Santo Oficio, se la apret el corazn, y sobresaltose su vanidad, y fue necesario que se acordase de las amorosas razones y de las encendidas miradas de su amado, para que en alguna manera se la endulzase el amargor que en su alma haba sentido. Mand a Florela hiciese salir a algn criado a inquirir si en la calle haba alguna novedad, o persona apostada o en espera que a corchete o alguacil o cosa de justicia se pareciese, y cuando supo que el barrio estaba tranquilo y que en diez calles a la redonda no haba ni aun olor de gente de justicia, alegrose, o ms bien, aunque ella quiso no conocerlo y se enga a s misma, contristose, porque mejor hubiera querido tener una excusa para que de su casa no saliese Miguel de Cervantes por aquel da. --Ahora bien, Florela amiga,--dijo a su doncella;--yo te ruego guardes el secreto de lo que sabes, ya que sabes bien que yo no he buscado la ocasin en que me he visto, y por estar t all detrs de las cortinas, como yo te mand, a solas no he estado con ese hidalgo, y bien has podido or lo que hemos hablado. --Eso no, seora,--contest Florela,--porque sin ser yo poderosa a evitarlo, por ms que procur resistirlo, cogiome el sueo, y de tal manera, que bien puedo jurar que ni aun entre sueos he odo nada. --Vlgate Dios por sueo, Florela!--exclam doa Guiomar toda encendida y confusa, por las imaginaciones en que a causa de su sueo poda dar su criada;--y para qu haba yo de haberte mandado que detrs de las cortinas te sentaras, sino para que fueras testimonio a ti misma de lo honesto de mi conversacin con ese hidalgo? Anda, anda, Florela, y dile que ya puede salir sin temor, y scale t misma por el postigo del huerto antes de que venga el da ms claro, y que Dios le ayude, y a El plegue que no vuelva, que estoy sintiendo barruntos de que no le he conocido sino para mi desdicha. Volvi a poco Florela toda sobresaltada, diciendo: --Ay, seora, que ese hombre no parece, ni han quedado de l ms seales que si se hubiese deshecho en aire! Entrole en oyendo esto a doa Guiomar otra vez, y con mucho ms efecto, su temor a los duendes, y se apresur a mirar si tena an en su seno aquella poderosa e inestimable medalla del familiar de la Inquisicin, y hallola; y temi que aquel hombre con quien haba hablado, no hubiese sido otra cosa que una imaginacin suya, o cosa de encantamiento y hechicera, de la cual se haba librado por la virtud de la santa medalla. Pero no pudo durar mucho en esta creencia, porque habiendo mandado a Florela fuese a registrar de nuevo el aposento, volvi con un papel en la mano, y dijo: --Por la ventana descolgose sin duda, seora, que abierta la he hallado, y sobre la mesa este papel escrito que os traigo. --Dame ac,--dijo ansiosa doa Guiomar. Y vio que el papel deca lo siguiente: Hermosa seora de esta enamorada alma ma, y digo mal, porque debiera decir vuestra; y ni aun as digo bien, porque no puedo llamarla vuestra, si vos no queris admitirla en vuestra alma, que es el nico asiento donde puede estar sin condenarse, esta que ya no s si en vuestra alma es mi alma, o fuera de ella fuego fatua y perdido, de ac para all por el helado viento de la desventura arrebatado. Llevose la mano sobre el corazn doa Guiomar, ya acabada de perder de amores por el enrevesado comienzo del papel en que los turbados ojos pona, y cuando estos al fin volvieron a aclararse, continu leyendo, plida ahora, encendida luego, y toda anhelante y turbada, lo que sigue: Sea de esto lo que Dios fuere servido, y lo que queris vos, que, despus de Dios, sois lo que ms yo amo, si es que puede llamarse bastantemente lo que yo por vos siento amor, que yo creo que es ms bien agona y quebranto, y fuego irresistible, y gloria en un infierno, y infierno delicioso, y muerte que vale cien vidas, y vida que no se resiste, y cosa, en fin, tan no conocida de m, que al verme a ella sujeto, yo mismo me desconozco y de m dudo, y parece que siendo no soy, y que, no siendo, soy ms que nunca he sido. Y como deciros no puedo lo que en m es y no es, ni lo que yo soy por el efecto de vos que en m se hace, quiero deciros, que acordndome del papel y del tintero que conmigo siempre traigo para coger al vuelo las mercedes que mi pobre musa me concede alguna vez, especialmente cuando entre las verdes alamedas del Guadalquivir la tristeza de mis pensamientos paseo, he querido escribiros por que sepis que cuando yo vuelva a veros, ms que por lo de anoche, de la justicia habris de ampararme; y quedad con Dios, puede ser que hasta la noche, que cumplido ya mi propsito bajo vuestros miradores venga a ponerme, o si lo queris mejor, seora ma, por la reja que a la vuelta de vuestra casa en la callejuela se halla, podis a la media noche tener noticias del suceso de las aventuras en que por vos voy a meterme. Y no os digo ms, que bien creo yo que con lo dicho me habis comprendido, y a Dios os quedad y en m pensad, pagndome en buena moneda el pensamiento enamorado y perdurable, que de vos en esta encendida alma vuestra me llevo. --Ay, Florela!--dijo la hermosa indiana,--que no s qu piense, ni qu tema, ni qu espere, ni qu haga, ni qu deje de hacer. Este hombre que as se nos entr anoche, por la justicia perseguido, a ampararle obligndome, de tal manera se me ha entrado en el alma, que en l vivo y en l muero, y ansio lo que no s a qu violento trmino, ni nunca vista ni oda pasin puede llevarme. Ay, cielos tiranos, que habis hecho que cuando yo ame, ame de tal manera, que sobresaltos de muerte sean los comienzos de mi amor!... Escucha, oye, atiende, Florela; mira lo que en este papel me dice, y cun preado est de peligros y temores; que l sabe, porque yo en mal hora se lo he dicho, el crudo enemigo que sedienta me tiene de desagravio; y yo me acongojo viendo en estas casi desembozadas razones del papel que el alma ma me ha escrito, que l se ha puesto en trminos de darme cumplida venganza, si pudiere, de ese mi impo perseguidor; y sabe, Florela, que ese enemigo de mi reposo puede tanto y a tanto llega, que posible hallo que con una nueva desgracia aumente la saa que en mi desventurado corazn en contra de l, y en vano hasta ahora, se alienta. Oye, pues, Florela amiga, y dime lo que de esta carta juzgas, y aydame con tu ingenio, que yo estoy tan turbada, tan confusa y tan cobarde, que, como ya te he dicho, no s qu haga, ni qu deje de hacer, ni qu espere, ni qu tema. Ley el papel que en tales confusiones y en tal pelea con su razn la pona, doa Guiomar a su doncella, y esta, sonriendo a lo picaresco, empero con el gracejo de sus pocos aos y de su doncellil belleza, la dijo: --Pues hay ms, sino que yo arremeta al rodrign Garca, y le tome prestado un traje, y me pinte, y en blanca nieve convierta lo negro de mis cabellos, y de Garca acompaada, y de muchacha trocada en rodrign viejo, a esas calles de Sevilla me eche, y busque, y averige, y con vuestro enamorado me tope, y le arme una trampa en la que caiga antes de que en el empeo, que a l pudiera costarle caro y a vos, se meta? --Conocerasle t, Florela?--dijo doa Guiomar con la voz un tanto cuanto sonando a celos. --Cien aos pasaran, y entre mil le viera, y conocirale,--respondi Florela. --Pues cmo le has visto t, o cmo te ha mirado l,--exclam, ya con la voz y la mirada enemigas, doa Guiomar,--que as, no habindole visto ms que por breves momentos, no puede despintrsete? --Con vuestro deseo, seora,--contest Florela,--que a m se ha pasado por la mucha lealtad y amor que os tengo. --No entiendo yo ese pasamiento y trasiego del deseo de una mujer a otra, ni que por lealtad esto suceda,--dijo doa Guiomar.--Y parceme a m que no en sosegado y tranquilo sueo ese hidalgo ha pasado el tiempo desde que de aqu se parti, sino en pltica contigo, traidora, que puede ser, y bien se me representa, que un hombre mozo de los que hoy se usan, haga una sola aventura amorosa del ama y de la doncella. --Cosas son esas, seora,--respondi Florela,--que vuestro grande amor por ese caballero os pinta con el falaz color de los celos, que hace que parezcan ciertas cosas que ni aun en sueos verdad han sido, ni pudieran serlo; que mi alma tengo yo en mi almario, y aunque yo conozca bien cunta es la primaca que sobre m os han dado naturaleza y fortuna, aun todava no he quedado yo para segundo servicio, o relieve de sobremesa, que en Dios y en mi nima, que cada cual tiene en este mundo lo que le hace falta, a ms de aquello, que nunca falta un roto para un descosido; y sosegaos, seora, y en la lealtad fiad de vuestra Florela, y vamos a lo que importa, y dejadme hacer, que Dios ser servido que todo llegue a felice trmino. Y con esto Florela se fue a buscar al rodrign Garca para disfrazarse, y acompaada de l ir a lo que el curioso lector ver ms adelante, si continuare leyendo. VII En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes. Cortemos aqu el relato de la amorosa aventura de doa Guiomar y de nuestro Miguel de Cervantes, porque es conveniente, benigno lector, manifestarte varias cosas que son necesarias a la claridad del cuento. Sbese por todo el mundo, desde ha luengos aos, quin Miguel de Cervantes era, y cul su ingenio, que a revelar y enaltecer el suyo ha bastado el libro inmortal que se intitula _El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha_, patrimonio de gloria el ms rico y excelso que ha podido ni podra soar la ambicin de renombre de poetas y escritores. Pero lo que todo el mundo no sabe, son las noticias de la vida y fortuna de nuestro hroe, que es lo que a rengln seguido va a manifestrsete en la proporcin de la pequeez del trabajo que el que esto escribe tiene entre manos. Corra por los tiempos en que pasaban los sucesos que se narran, el ao de gracia de 1571, y tena Miguel de Cervantes veinticuatro, an no cumplidos. Era un mozo de buena y gentil apariencia, de noble compostura, aliado en su traje cuanto lo permita su pobreza, vivo de genio, alegre de condicin, profundo de pensamiento, inquieto en sus deseos, descontento de su suerte, y comunicador, porque as lo peda su naturaleza avara de sensaciones. Veasele tratar indistintamente con altos y bajos, con pobres y ricos, con pcaros y honrados; pero nunca con necios, de los cuales, como todos los hombres de ingenio, era enemigo. Tena adems el carcter quisquilloso, y altivo y atraviliario, y era la cosa ms fcil del mundo hacerle poner mano a la espada y meterle en un empeo de monta y honra. Dejbase llevar de los impulsos de su corazn o de su apetito, y de la misma manera enamoraba a la moza de partido, que a la buscona y a la sencilla menestrala, y a la soberbia dama, sin que ninguna de ellas lograse saciar aquella su sed de amor que su soberano ingenio haba menester, y que no era menos que el imposible trasunto de un arcngel de Dios en una criatura mortal y perecedera. El que haya ledo con reflexin ese libro sin par que se llama _Don Quijote_, ha podido conocer cul era la idea que del amor tena Cervantes. Burla burlando, l manifest a las gentes el sueo de su amor, en la locura de amor por Dulcinea de don Quijote. A compasin mueve, no aquel desdichado loco, sino Cervantes, que en l se reflej harto de veras, con apariencias de donaire y burla; lgrimas que no sonrisas arrancara a los que tienen alma don Quijote, y en l se advierte que Cervantes arrojaba entre sus gracejos al mundo, que no le comprenda, _pedazos de sus mseras entraas_. De un sueo de amor deshecho por la fea y severa verdad, pasaba nuestro ingenio a otro sueo de amor, que cual los anteriores, se desvaneca como el humo, como la niebla, como esas figuras que fingen las nubes y deshace el viento, como esas sombras que miente la noche y desvanece la luz del da. Almas hay tan grandes, que en el mezquino suelo no encuentran empleo digno de ellas, y de s mismas se alimentan y en s mismas buscan el engao a su certidumbre y el consuelo a sus pesares. Entretena Cervantes su tiempo antes de que conociese, por desgracia o ventura suya, a doa Guiomar, con los divertimientos y el humor alegre que por todas partes brindaba Sevilla a los que moraban en ella, y especialmente, con las juntas de poetas que se hacan, casa de un tal Arquijo, hombre muy dado a las buenas letras, y donde todos los que concurran se esforzaban por lucir su buen ingenio. Cuna de ellos y madre, y fecunda, ha sido siempre Sevilla, no escaseando tampoco los pintores y los escultores, y llegando a poseer glorias tan esclarecidas como Herrera, que en tiempos de Cervantes viva, y Velzquez y Murillo, que despus vinieron, con otros muchos, que de s han dejado imperecedera fama. Las salas de los tenientes de armas, y las palestrillas que en Tablada y en el Ppulo, fuera de muros, y dentro de ellos en las plazas y lugares ms pblicos se mantenan, eran frecuentemente visitadas por Cervantes y sus amigos, donde nuestro ingenio luca su gran destreza, ya con espada prieta, ya con espada y daga; all donde haba mozas de empeo, gente alegre, decidora y maleante, msica y alegre bullicio, era cosa fcil encontrar a nuestro Miguel, siempre dispuesto al lucimiento del ingenio, a las locuras de la mocedad y a los percances de la ria. Pasaba as los das tranquilo y contento, sin que nada le conturbase el alma, nuestro mozo, hasta que una maana entre dos luces, volviendo con otros amigos de inquietar el sueo a un cannigo, no por l, sino por una muy hermosa sobrina suya, a la que haban dado msica, Cervantes, que solo hacia su posada se iba, que estaba junto al postigo del Carbn, entre este y el del Aceite, en una mala calleja y con vecindad no muy limpia, al llegar a la puerta del patio de los Naranjos de la Catedral, que al pie de la Giralda aparece, topose con una rica silla de manos que conducan lacayos y resguardaban criados, y que no era otra que aquella en que iba nuestra doa Guiomar de Cspedes y Alvarado, la llamada la hermosa indiana, no embargante fuese hija de Sevilla. Diole en la nariz cierto husmillo a gloria a Miguel de Cervantes, porque de una pequea parte que vio, sac un todo de perfecciones; y fue aquella pequea parte una mano blanqusima, enriquecida con hermosos cintillos, que descansando iba, y por debajo de las cortinas, en la portezuela de la silla de manos; mano de alabastro, torneada; mano que hablaba en favor del brazo, y que, siguiendo por l, haca soar en un cuerpo humano poco menos que divino. Apoderose de Miguel un pensamiento de tal manera tentador, aunque l no hubiese podido juzgar ms que de aquella mano, que le trasport a sus ensueos amorosos, y a aquella su ansia de encontrar, una mujer en la cual pudiesen hallar buen empleo sus aficiones de cuerpo y alma; en resumen, aquel ngel humano que su alma haba fingido y compuesto, y que hasta entonces haba buscado en vano. Dio nuestro mozo en el claustro o patio de los Naranjos tras la silla, pero recatadamente y sin dejarse sentir de los que la conducan y resguardaban, y vio que, llegada la silla a la puerta del Perdn, all se detena, y se abra la portezuela, y sala la dama, toda rebozada, pero tan gallarda, que si empeado iba ya por la mano Miguel, arrebatsele el alma a los espacios imaginarios a la vista de todo el cuerpo, aunque le encubriese y un tanto le dificultase el cumplidsimo manto de raja de Florencia. Entrose en el templo doa Guiomar, sus criados con ella, y tras ellos Cervantes, que amparndose de los altos pilares que las soberbias naves de aquella sin par catedral sustentan, fue adelantando del uno en el otro hasta que lleg a un punto donde pudo ver sin ser visto a doa Guiomar, que en la capilla de San Fernando habase metido y arrodilldose sobre la alfombrilla y el cojn que la haban puesto sus pajes. Creca en tanto la luz de la maana, que por las pintadas vidrieras en el templo penetraba, y como doa Guiomar, sofocada por el calor, que le haca, y bueno, aquella maana, sin que a templarle bastase el fresco ambiente de la catedral, se levantase el velo, Miguel de Cervantes acab de perderse, ganado por la peregrina y casi sobrenatural hermosura de la hermossima indiana; y tanta codicia fue en los ojos de Miguel, que adelant para ponerse ms cerca, y como si el alma, que se le sala por los ojos e iba a buscar su deleite en aquella grandsima hermosura, hubiese tenido algo de hechizo y encantamiento, doa Guiomar volvi la cabeza, ni ms ni menos que si la hubieran llamado, y sus lucientes ojos negros, con todo su esplendor, fueron a dar en los ya turbados ojos de Cervantes, que se sinti en el corazn herido, y sinti miedo y escap, huyendo por la primera vez de un enemigo; que bien puede llamarse enemigo a aquel que, apenas visto, la voluntad nos roba y a la suya nos somete, y nuestra libertad cambia en esclavitud ansiosa, llena de dudas y sobresaltos; que ver lo que para nosotros es un tesoro largo tiempo codiciado, sin tener a la par la certeza de su posesin, en espanto nos pone, y nuestro cuidado afanoso y nuestro sobresalto causa. Lo que por Miguel de Cervantes pasaba, pasado haba al verle, o dgase mejor, al entreverle, y en un punto, por doa Guiomar; si la ponzoosa saeta del amor haba herido el corazn de Cervantes, traspasado haba el de doa Guiomar; si l haba sentido las bascas de una dulce muerte, no menos poderosas sentalas ella, y si l ansiaba llegar a la resolucin de aquellas sus dolorosas dudas, no menos lo ansiaba ella. Aconteci lo mismo en tres das consecutivos: acechando Cervantes a doa Guiomar, entrevindole ella un momento, y enamorndose ambos ms y ms a cada vez que se entrevan, hasta que al fin Miguel, no pudiendo ya guardar en su pecho el volcn amoroso que en l, abrasndole, se alimentaba, junt a sus amigos, pidi le acompaasen con sus guitarras, compuso el soneto que ya se conoce, y aquella noche se fue a cantarle bajo los balcones de doa Guiomar, sobreviniendo por esto lo que ya se ha relatado. Acaso fue venturoso de la fortuna para Cervantes el que, necesitado de salvarse de los alguaciles que le perseguan, saltase la tapia del jardn de la casa de doa Guiomar. Entreclara era la noche, y por lo bien cuidado del jardn, por las estatuas que ac y all se encontraban para su adorno, y por sus bancos y asientos de labradas, aunque en apariencia rsticas maderas los unos, y de blandos cspedes, como formados por la naturaleza, los otros, que al descanso y al regalo por todas partes convidaban; y por la hermosa fuente de alabastro que en el centro se vea, con su taza que a una gran concha se asemejaba, sostenida por delfines, en los que cabalgaban amorcillos, y de la cual caa en claras cintas el agua, causando un dulce ruido, que al sueo convidaba, no pudo menos de apercibirse de que en el jardn de una casa principalsima haba entrado, y de que aquella casa no poda ser otra que la de la nobilsima, y, sobre todo encarecimiento, bella indiana, cuya parte principal daba a la calle de las Sierpes. No haba tomado medidas sobre aquella casa, ni reconocido sus linderos Cervantes, que esta es cosa de ladrones o de alguaciles, o tal vez de amantes desdeados que de malas trazas se amparan para el mal logro de sus deshonestos deseos, y hacen y obran como si ladrones o alguaciles fuesen; pero fuese que nuestro Miguel, por enamorado, por un secreto instinto y por algunas seales, no dudosas, de favor que doa Guiomar le haba dejado ver las pocas veces que por un momento se haban visto, y adems, por la buena fortuna que con las mujeres hasta entonces haba alcanzado, no hubiese temido desdenes, y en reconocimientos de lugares flacos por donde entrar, como por asalto y sorpresa, en la casa de la seora de su alma, ni aun haba pensado. Alegrsele, empero, el alma cuando, tan sin traicin y tan obligado, dentro se vio de aquel jardn, por el cual, y por alguna comunicacin que acaso encontrara fcil, podra llegar hasta las plantas de aquella que tan sin alma le tena, y sorprenderla tal vez melanclica y pensativa a impulsos del encendido amor en que l anhelaba ardiese; y sin ms detenerse, hollando silenciosamente la blanca y menuda arena, que entre flores y plantas formaba calles y laberintos, fue a dar en un corredor cubierto de enredaderas, y como all hiciese oscuro, prosigui a tientas, y a poco hall a diestra mano una escalera, al cabo de la cual, y no a mucha altura, dio en un corredor, que le llev derechamente a una mampara, y abrindola hallose ms a oscuras que antes; pero por la luz que se dejaba ver en unos como resquicios de puerta, yendo a ella abriola recatadamente, y quedose como extasiado y suspenso, que en un rico camarn, sentada, de espaldas a l, delante, de un espejo de Venecia, descubri a doa Guiomar, que, con el tesoro de sus dorados cabellos se entretena. Batale el corazn a nuestro mancebo, y no saba si paraso de su ventura era aquel a cuya puerta se encontraba, o triste lugar donde del vuelo de sus amorosas ilusiones cayese en el negro abismo de un mortal desengao; y como la blanca estera de palma, ricamente labrada y matizada con vivos y bien contrapuestos colores, le convidase a llegar sin ruido adonde ella estaba, llegose hasta tocarla casi, y viola, copiada por el espejo, con la mirada absorta, y triste y melanclica, y tan pensativa de amor, y de un tal amor y tan del alma, y tan encendido, que l no pudo dudar de que a efectos de la poco antes pasada msica nacan aquellas imaginaciones amorosas que en los lucientes ojos de doa Guiomar tan al vivo se representaban, y parecindole a Miguel, o ms bien sintiendo que no una criatura mortal y perecedera contemplaba, cuya beldad haba de perderse en la edad o en la muerte, sino una divinidad inmortal, trasunto de todas las bellezas que el alma puede fingir en lo no conocido, aunque esperado, ardisele el alma, desmaysele el cuerpo, y como quien adora arrodillose, y sin ser poderoso a otra cosa, convidndole la una mano de doa Guiomar, asiola como se dijo y besola, siendo este el principio de lo que ya se ha relatado, hasta el punto en que nuestro Miguel escribi la carta que Florela encontr en el aposento, donde no a reposar, sino a que soase locuras por su venturoso amor, le haba llevado. Y en efecto, para perder el juicio era lo que a Cervantes le aconteca; que por ms que l hubiese confiado en su hasta entonces buena fortuna con las mujeres; por ms que grato asombro y anhelo hubiese visto en las miradas y en el semblante de doa Guiomar, cuando pasajeramente se la haba aparecido, habale puesto en grandes cuidados y confusiones el considerar que una dama tan principal y tan rica, como doa Guiomar lo pareca, y tan celestialmente hermosa, y tan en el tiempo, por su lozana juventud, de los amorosos y soados deseos, tener deba quien la sirviese y enamorase, y tal vez tratado de casar con ella estuviese, mxime viviendo en la populosa y opulenta Sevilla, patria y asiento de tanto rico, noble y galn caballero; all donde todo, el cielo y la tierra, el sol ardiente y la hermosura y la frondosidad de los rboles, y las limpias aguas, a amar convidan. Estos pensamientos habanle entristecido el alma, y hecho de su amor, ms que una pasin de los sentidos, un deliquio celeste que le trasportaba y le haca sentir la gloria, vislumbrada en la tierra antes que el fenecimiento de su cuerpo hubiese permitido a su alma volar a los espacios empreos. Asombrbase Miguel de esta trasmutacin que en s senta, que l hasta entonces de tal manera no haba amado, ni aun credo pudiese ser el amor. Y aconteciole que crey que con la vida de doa Guiomar viva, que con sus alegras se alegraba, que se entristeca con sus tristezas, que suyos eran sus anhelos y sus cuidados, y que, en resumen, de sus dos almas una sola alma habase hecho, unido y juntado, de tal manera, que ni aun la muerte poda partirla; y odio sinti hacia aquel eterno perseguidor y siniestro enemigo que en don Baltasar de Peralta doa Guiomar tena, y que de tal manera haba sido la sentencia y el destino de su vida, obligndola a encerrarse y a no mostrarse fuera de su casa sino bajo el amparo de la santidad del templo; y aun as acompaada y guardada por bravos a sueldo, armados hasta los dientes; y como Cervantes era mal sufridor de amenazas, y necesitaba muy pequea causa para poner mano a la espada y cerrar a cuchilladas, siquiera fuese con una legin de diablos, punzole ms de lo que era menester para llevarle a una determinacin aquel perseguimiento que doa Guiomar sufra, y aquel perpetuo peligro que la amenazaba; y como yendo y viniendo en estos pensamientos la blanca aurora se hubiese anunciado ya en las vidrieras de la cmara donde Florela le haba encerrado, fue a la ventana y abriola, y hallose con que daba sobre una plazoleja por la que nadie pasaba, y reconociendo ms, hall que bajo la ventana haba una reja de cuerpo entero, que poda servirle de escala; visto lo cual, y no queriendo desaparecer sin saladar a doa Guiomar, y sin empear con ella una cita para la siguiente noche, sac de debajo de su coleto de mbar de soldado, un cauto de hojalata, donde un tintero de cuerno (con perdn sea dicho) con un enrollado papel en blanco guardaba, y sacndolos, escribi la carta que Florela hall, y que doa Guiomar ley toda congoja y sobresaltos; hecho lo cual, y guardado el tintero en el cauto, y este en la parte de adentro del coleto, ciose su espada y sus pistoletes, que para buscar un reposo que no haba hallado habase desceido, calose el chapeo al soslayo, que as, sin ser matn, le llevaba por hbito, terciose la capa, fuese a la ventana, echose fuera, puso en el coronamiento de la reja los pies, y deslizose al suelo y alejose, volviendo antes de doblar la esquina la cabeza, para mirar a la abierta ventana por donde, dejndose dentro la mitad del alma, haba sacado la otra mitad doliente con el dolorido cuerpo; y exhalando hondsimos suspiros, tom la marcha a gran paso y sin saber adnde; pero acordose a poco de que ir poda a buscar a un bachiller su amigo, que en la pasada ronda le haba acompaado, y al que, si no haba sido preso por lo de las cuchilladas con la justicia, hallara en casa de una su amiga buscona con ribetes de dama, y que no muy lejos junto a la iglesia y plaza del Salvador viva. VIII En que se relata una aventura que le sali al pavo a Cervantes, cuando a las aventuras de sus amores iba. Era este bachiller un valiente sujeto, con atrevimientos de poeta y realidades de bravo, y lo que mejor tena y le haca en ocasiones til y necesario, era que se saba de memoria la vida y milagros, y la habitacin y las costumbres, y hasta lo mnimo de los que en Sevilla y en sus alrededores vivan y algo valan. A este bachiller Carrascosa, que as se llamaba, iba a agarrarse nuestro Miguel, si era, se repite, que no le haba agarrado la justicia, a fin de que dnde iba y dnde viva le dijese, aquel irreconciliable enemigo de amor de su bella indiana; y ya apretaba los dientes y crispaba el puo Cervantes, ante l creyndose en algn apartado sitio donde le llevase, y a sus pies le viese ensangrentado y muerto de alguna buena estocada, y a su doa Guiomar alegre y tranquila al verse libre de aquella su pavorosa y eterna pesadilla; y con estas imaginaciones, y sin pensar en las cuentas en que con la justicia iba a meterse tan sin vacilacin ni empacho, base embraveciendo Miguel, y creca tanto en su pecho su amorosa llama, que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho sala. Y al mismo tiempo versos improvisaba, de los cuales el sujeto era ni cmo poda ser otro? aquella adorada hermosa; y tal vez por un enternecimiento de amor expresado en un concepto potico que en su imaginacin naca y mora, asomaba una lgrima a sus ojos, que de bravos se tornaban en enamorados. Yendo as por las desiertas calles, desiertas a causa de lo temprano de la hora, en que los rondadores han dejado ya la reja o la esquina, donde su amor han libado, o donde el rigor de su mala ventura han sufrido; cuando an el perezoso sueo en el lecho retiene sabrosamente a todo el mondo antes de la tarea cotidiana, de repente le sorprendieron unos tristes ayes que al doblar una calleja le alcanzaron, y mirando al lugar de donde aquellos venan, vio que hacia l delantaban cuatro hermanos de la cofrada de la Paz y Caridad, que sobre sus hombros, en un medio atad, llevaban el cuerpo difunto de una mujer, que para sus desposorios con la muerte haba sido vestida con el humilde hbito de San Francisco, y detrs vena, abatida la cabeza, mal cubierta con un manto de usada sarga y humildemente vestida, una mujer, que era la que los inarticulados ayes daba. Deshacase en lgrimas la triste, y Cervantes no poda ver si era joven o vieja, porque a ms del manto que su cabeza cubra, caanla sueltas sobre el semblante dos grandes y pesadas crenchas de negrsimos cabellos; pero reparando bien, y Cervantes repar, porque tena el alma viva y potente, y aunque la embargase un cuidado, perspicacia hallaba y reflexin y fijeza para lo que ante l de sbito apareca, sacbase en claro, que joven y hermosa deba ser, porque unos tales, tan ricos y tan sedosos cabellos, parte eran de una hermosura, y demostracin de juventud, y Dios no da comnmente de una hermosura una parte, sin dar tambin las otras partes que a un hermoso todo contribuyen. Un perro viejo y lanudo, cabizbajo y triste, torpe y cansado, de los que se llamaban ingleses de muestra, y que para la caza son muy estimados, a la doliente mujer segua, mostrando, cuanto en un irracional puede mostrarse, un dolor que tena mucho de humano. El acompasado andar de los cofrades, el gesto de la dolorosa agona que an en el rostro de la muerta se mostraba, vislumbres de belleza que, a pesar de los aos y de la muerte, an en ella aparecan, el desconsuelo de la mujer que tras la difunta iba, su msera apariencia, y el perro que lentamente y con el hocico pegado al suelo en pos e inmediatamente iba, todo esto, cayendo como un chubasco de dolores sobre el alma compasiva de Miguel de Cervantes, hicieron que el paso tuviese, y que al pasar el lgubre cortejo, con la una mano derribase el chapeo y con la otra se persignase; y an no haba acabado el padre nuestro, ni llegado a la mitad, cuando volviendo a calarse el sombrero, dej el camino que llevaba y tras el pobre entierro fuese, acabando de rezar su oracin y el alma entristecida por un doloroso presentimiento; que no era para l buen augurio, cuando iba pensando en sus amores y en los medios de librar a su doa Guiomar de sus congojas, con una desgracia tal haberse encontrado; y as, los cuatro hermanos conduciendo en paso lento el cuerpo muerto, y la mujer sin cesar en sus dolientes ayes detrs, y luego el perro, y a buena distancia Cervantes, siguieron hasta llegar a la puerta de la iglesia de San Salvador, cuya campana taa a misa de alba, y en la cancela del templo detuvironse los cofrades, dejando el medio atad en tierra, y la mujer doliente se arrodill en las gradas del prtico, y el perro se alleg a la difunta y la lami el semblante; en tanto uno de los cofrades entrose por uno de los lados de la cancela, y a poco se abrieron las dos hojas de en medio, y el cofrade que las haba abierto volvi a su sitio y a los pies del atad, y l y los otros tres le alzaron de nuevo, y ellos y la mujer y el perro en la iglesia entraron, y Cervantes tambin, pero quedose bajo el coro, a la sombra de un pilar, sumido ms que nunca en sus amorosos y lgubres pensamientos, ya mezclados y entristecidos por aquella mala aventura con que se haba tropezado, y cuidadoso por la influencia que sobre l y sus cosas poda tener aquel encuentro; y ocurrisele que tal vez Dios le haba puesto delante la muerte para advertirle y retraerle de los malos propsitos con que iba a tomar lenguas de un hombre para matarle; y ponasele por delante, que por mucha razn que l encontrase en su amor, y en la persecucin y en la desgracia que doa Guiomar sufra por don Baltasar de Peralta, aquella razn no era bastante, ni tenala jams un hombre, para destruir una criatura que l no haba criado ni poda criar; y acometale un tumulto de dudas y confusiones, que de una parte le embravea la airada y pertinaz malevolencia contra la diosa de su amor, de su enemigo, y de otra se le vena poderosa a la memoria, y conmova su alma cristiana, la divina palabra de nuestro Redentor Jesucristo, que haba predicado el perdn al enemigo y el amor al prjimo. En tanto, los cofrades haban sacado un tapiz negro, que haban extendido en el crucero, y sobre l haban puesto a la difunta, y a las esquinas del tapiz cuatro candeleros deslustrados, con unos trozos desiguales de amarillo cirio; y a un lado se haba arrodillado la mujer, y junto a ella habase echado el perro con el hocico entre las patas, y entrdose haban los hermanos de la Caridad en la sacrista. Algunos fieles madrugadores haban entrado en la iglesia y arrodilldose ac y all; haba sonado el tercer toque de misa, y a poco sali al altar un celebrante con casulla de _rquiem_; y rezada que fue la misa y cantado el responso, el celebrante entrose en la sacrista, y salieron otra vez los hermanos de la Paz y Caridad, con la difunta cargaron, y seguidos de la mujer y el perro salieron de la iglesia. Siguiolos Cervantes, y con l algunos de los piadosos fieles, y vio que el entierro se entraba por las puertas del cementerio, y entrndose l tambin, pasando por entre las tumbas sobre el csped sembrado de blancos huesos, que gran descuido haba entonces en los cementerios, lleg con las otras personas caritativas a un negro rincn en la umbra, donde una profunda sepultura se vea abierta; y all pareci de nuevo el sacerdote, y asistan los sepultureros, y se cant el ltimo responso, y quitada la difunta del medio atad, lo que deca harto claro la gran pobreza de la mujer superviviente, que hasta el borde de la hoya haba llegado, en ella fue puesta por los cofrades; y acreciendo entonces los ayes dolorosos de la mujer, dio a los hermanos un paizuelo para que sobre el rostro de la finada le pusiesen, y habindola dado la pala con algo de tierra, un sepulturero, la arroj sobre el cadver temblorosa, y en el mismo punto de las desfallecidas manos fusele la pala, y dando una gran voz de dolor desmayose, y por tierra cayera, si Cervantes, que como a impulso de un poder incontrastable se haba llegado, en sus brazos no la sostuviera. Acudieron las personas caritativas que al enterramiento haban venido a una fuente que en el cementerio haba, y trajeron agua, y para rociar con ella el semblante a la desmayada se lo descubrieron, y entonces apareci la ms peregrina hermosura que poda imaginarse; pero flaca, como si largo tiempo hubiese sido maltratada por la dura e impa mano de la miseria, y tan plida, que no pareca sino otro cuerpo difunto al que hubiese de darse sepultura. Abrironsele a Cervantes las entraas, alborotsele el corazn, espanto le cogi el alma, porque pareciole que algo que no poda comprender, a aquella desmayada beldad le atraa. Y aquello no era amor, que resplandeciente y soberana, sin dejar lugar a otros amores, su alma llenaba la divina imagen de doa Guiomar; ni era compasin tampoco, por ms que de ella estuviese lleno lo que por la desmayada hermosura senta; y en fin, no poda explicarse aquella nueva pasin, tan no conocida de l, que de l se apoderaba. Dio, en fin, muestra de que en s volva la desmayada con un dolorossimo suspiro; abri los ojos, y como por acaso al abrirlos encontrase los ojos de Miguel en ella fijos, con un compasivo y tierno espanto, y sintindose en sus brazos, estremeciose, y esforzndose lleg a ponerse de pie, pero tan dbil, que en el brazo de Cervantes hubo de apoyarse, quedando abatida y doblegada. Gente pobre era, que los pobres son los que ms madrugan, la que al entierro haba acudido, y viendo que la hermosa joven necesitada de socorro, y aun de alguna caritativa limosna pareca, furonse esquivando, que la pobreza tiene an este dolor, que no puede seguir los impulsos de su caridad; y habanse ido cura y monaguillo, y con ellos los cofrades, y cubierta ya la huesa, dose haban tambin los sepultureros, y solos en su solo cabo, con su dolor y su conmiseracin, habanse quedado la desconocida joven y Cervantes, y junto a ellos el perro con el hocico siempre pegado a la tierra. --Decirme habis, seora,--exclam Cervantes con la voz trmula,--en qu puedo yo ampararos y serviros; que bien creo, a lo que parece, que nia y pobre, sola y sin amparo en el mundo os habis quedado. --Dios me conceder en su gran misericordia,--contest ella,--la merced de no tenerme mucho tiempo apartada de la adorada madre ma; y Dios oiga mi perdn al de endurecidas entraas, y mal cristiano y mal caballero, que a tal desesperado punto de extrema desventura nos ha trado; que ella a su duro rigor resistir no pudo, y yo en la ms desdichada de las orfandades me encuentro. --No ha de decirse,--exclam Cervantes,--que habindoos yo en un tan duro trance hallado, sola y hurfana quedis en el mundo; en m tenis un hermano, seora, y muy recia cosa ser, que siendo yo quien soy, y con el aliento que Dios ha querido darme, no encuentre modo, si no de consolaros, de ampararos al menos; y asos bien a mi brazo y teneos firme, que a, vuestra casa vamos. --Soledad, y negrura, y miseria, que no otra cosa en mi casa hallaramos; y a ms que como en ella no queda ms para mi que la memoria de mis acerbas desventuras, cuando con mi madre dejela, la llave dej al casero. Requiri su bolsa Cervantes, y hallose con que slo tena en ella tres reales sencillos y cinco cuartos con tres maravedises segovianos, que la pobreza era en l cosa continua, y las pagas del ejrcito no andaban tan prestas como hubiera sido menester. Lo ruin de su hacienda puso en confusiones a nuestro mozo, que no saba qu hacer con aquella criatura que la desgracia le haba deparado y que por su buen corazn haba acogido; llevarla a una posada ser no poda, que las posadas estaban de ordinario llenas de gente mala y licenciosa, y ms entonces, que por la empresa que se preparaba contra el turco, haba en Sevilla cuatro banderas de infantera, a las que alistados los unos por su amor a las armas y por lo grande del propsito, otros por su necesidad, y muchos por tener la inmunidad de bandera para escapar de las garras de la justicia por desaguisados que haban cometido, acudan a centenares soldados, que se desbandaban por la ciudad y llenaban los mesones y las hospederas, gastando alegremente el dinero que se les daba de enganche; herva, otros, Sevilla de marinera y gente de leva de las galeras que en el Guadalquivir estaban para embarcar la gente que se reclutase, y no poda llevarse a cualquier parte, y dejarla sola, a una doncella tal como Margarita, cuya hermosura era bastante, no ya para excitar a soldado aventurero o galeote dejado de la mano de Dios, sino al mismo anacoreta San Antonio el del yermo. Pues llevarla a su casa Cervantes, no poda ser, que l viva con tres camaradas, el mejor de los cuales no le hubiera querido el diablo por empeo, y hubiera sido como meter una paloma en un nido de gavilanes. Urga adems antes que todo, acudir al desfallecimiento en que Margarita se encontraba, y que era tal, que apenas si la pobre joven poda dar un paso, y colgada iba del brazo de Miguel, y arrastrada y llevada por l, que no andando. Hambre pareca tener la triste de das, y tal vez hambre haba sido la enfermedad de su madre. IX De como lo que no poda amparar Cervantes vino a ampararlo doa Guiomar. Tropezbase por entonces en Sevilla a cada paso con una opulenta hostera, lugar de morada, de pasatiempo y placeres de la gente alegre, noble y rica, pero olales el resuello a las ms a una legua a caresta, y no era la menguada bolsa de Miguel la que poda atreverse con ninguna de ellas, ni aun con la ms humilde; no haba que pasar de bodegn, y aun as, cuidando no fuera de aquellos que se daban tufos de hostera, y acordndose del de la ta _Zarandaja_, que en una revuelta de la calle de las Sierpes estaba, y al que poda llegarse sin pasar por delante de la casa de la bella indiana, a l se fue, y en ella dio al fin a punto que el sol asomaba por el Oriente, y la ta _Zarandaja_, que ya para el despacho haba, abierto, a la puerta se encontraba departiendo con algunas vecinas de los sucesos de la noche, que a la vecindad haban alborotado, y que haban tenido por remate el que la Inquisicin prendiese al seor _Vivis-mil-aos_, cosa que pona espanto en aquellas buenas comadres, la que ms y la que menos parienta prxima, y hermana en el diablo, por brujas, del preso; y por aquello de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar echa las tuyas en remojo, todas aquellas valientes hembras andaban desasosegadas y en corrillos por las puertas, que no era sola la del bodegn de la ta _Zarandaja_ la en que se las vea. --Algo que sea bueno y confortativo, buena madre,--dijo Cervantes entrndose por el bodegn,--habis de darme para esta pobre joven, que harto doliente se encuentra; y sea esto pronto, y empiece por una buena taza de caldo que tenga por mitad del generoso trasaejo de Montilla. --Medio muerta trela vuesa merced, seor soldado,--dijo la ta _Zarandaja_, mirando con el rabo del un ojo a Margarita, y guiando con el rabo del otro a las vecinas que con ella estaban a la puerta;--y con slo haberla metido en mi casa, a la vida la ha tornado; y ya se ver cuando saliere, si es la misma que cuando entr. Y entrose la ta _Zarandaja_, y fuese a las hornillas, y sentronse a un lado, y en el cabo de una larga mesa, Miguel y Margarita, l pensativo, ella triste y abatida; cuando hete aqu que se present, a la puerta, y en ella se detuvo, y adentro mir con curiosidad y atencin, y su mirada se detuvo, penetrante y grave en nuestro Miguel, una extraa persona. Reparola Cervantes, y en ella con curiosidad y aun con cuidado se fijaron sus ojos. Era la tal persona ni alta ni baja, airosa, aunque pareca pretender apariencias de desgarbo y desmayo, y ms aos de los que pesaban sobre sus huesos; era su traje negro de tercianela, con botones dorados en la ropilla, gorguera larga de puntas lacias, peluca rubia de guedejas desmadejadas, paizuelo blanco y rosario con medallas pendientes de la pretina, medias calzas negras, zapatos con grandes lazos, y gorra asimismo de tercianela; un rodrign, en fin, en el traje, pero slo en la apariencia, que quera ser de viejo, sin conseguirlo; que el vigor de la juventud se patentiza a s mismo, por mucho que quiera encubrrsele, y no eran aquellas redondas, carnosas, finas y bien contornadas piernas de sexagenario, ni aquellos pies diminutos, a despecho de los gruesos zapatones; ni casaban bien con aquella frente despejada, serena y tersa, las descomunales narices bermejas y speras que bajo ella nacan: a disfraz trascenda todo el pergeo del rodrign, y por mujer bella y joven, que para algo que la importaba habase disfrazado, tvola Cervantes; y como ella creciese en la atencin con que le miraba, pasando sus ojos de l a Margarita y de Margarita a l, en ms cuidado se puso, y acab por convencerse de que el fingido rodrign no era otra cosa que una muy apuesta y gentil moza, que en vano con todos aquellos trebejos y nariz postiza haba cargado, y antojsele que tal vez aquello tena que ver algo, y aun mucho, con su adorada doa Guiomar; y no se engaaba, porque el rodrign fingido no era sino Florela, que con las ropas del rodrign Garca haba procurado encubrirse, aadiendo unas narices de pasta que en otro tiempo haba usado ella para una mogiganga, y que haba guardado. Era el caso que, como ya se dijo, doa Guiomar, toda cuidadosa por la extraa partida de Cervantes y por la carta que la haba dejado, haba encargado a Florela se disfrazase y le buscase, para impedir una desgracia que doa Guiomar recelaba, si su enamorado buscaba a don Baltasar de Peralta y le encontraba; y Florela no haba podido disfrazarse tan pronto, y repasar y adovar las narices y la peluca, para que al efecto la sirviesen, sin que pasase tiempo bastante para que sucediese lo que ya se ha relatado, desde que Cervantes escap, hasta que con Margarita entr en el bodegn de la ta _Zarandaja_; acasos hay que parecen providencias, y a veces providencias no son, sino artimaas del diablo para enredar ms las cosas; y as sucedi en esta ocasin, porque habindose ido Florela a casa de la ta _Zarandaja_ a tomar lenguas, por si poda descubrir algo (que ella conoca a la ta _Zarandaja_, porque la haba vendido no s qu brevajes, medicinas y hechizos, contra un mozo de cuadra, o dgase palafrenero, de la misma servidumbre de la indiana, para meterle en amores, y por este conocimiento a buscarla iba; que ella tal vez podra darle indicios, y buscarle quien la aconsejara, acompaara y guiara), como vio a Cervantes con Margarita casa de la ta _Zarandaja_, conociole, y alterose toda, y no supo qu hacerse; y cuando Cervantes sospech, ponindose en lo cierto, que aquella mujer disfrazada que tan atentamente le miraba, poda ser muy bien una criada de doa Guiomar, a quien sta hubiera mandado le buscase, levantose y se encamin a ella para preguntarla. Florela, que por haber hallado con otra mujer joven y bella a Cervantes, no saba qu hacerse, poseda de un miedo sbito, echose fuera de la puerta del bodegn al ver que Cervantes se levantaba y para ella se iba, y diose a correr, y doblando una prxima esquina, metiose por la callejuela a que daban las tapias del jardn de la casa de su seora, y lleg al postigo por donde haba salido, y del cual tena llave, y entr, y no se crey segura hasta que torn a cerrar, poniendo aquel reparo entre ella y Cervantes, que la haba perseguido. Creerla no quera doa Guiomar, cuando la oy decir que a Cervantes haba encontrado en un tan no decente lugar como el bodegn de la ta _Zarandaja_, y en compaa de una hermossima joven en hbito de miseria y de enfermedad; pero como Florela lo afirmase y la dijese que ella misma por sus propios ojos podra convencerse si la siguiese, perdida toda prudencia y todo miramiento la hermosa indiana, arrebatada por la locura de sus celos, que no lo seran si hasta la locura no llegasen, amontonose, y a salga lo que saliere, y sin importrsele nada de otra cosa que no fuese su amor, que en tan dolorosos cuidados y tan mortales ansias la pona, hizo que sin dilacin Florela la prendiese un manto, y en el momento con ella saliose por el jardn y el postigo, y se fue a dar con toda su nobleza, toda su altivez, toda su riqueza y toda su hermosura, en el bodegn de la ta _Zarandaja_, en donde se entr de rondn y como si hubiese ido a buscar all lo que ms que la vida y la honra la importase. Olor de gloria diole en los vientos (que ella tena algo de podenca, y aun pudiera decirse que de vulpeja) a la ta _Zarandaja_, al ver entrar tan reciamente en su casa a una tan principalsima dama; y reconociola, aunque no la haba visto sino una sola vez y de refiln, desde las ventanas del tinglado o casa del rapista, en su jardn; alegrsela el alma toda, porque oli aventura, y vio celos, y conoci que de quien la enamorada indiana estaba celosa era de aquel gentil soldado que en su casa estaba con la hermosa y doliente joven. Perseguido haba Cervantes a Florela sin poder cogerla, por la rapidez de su fuga y la delantera que le llevaba, y habase vuelto cuando Florela se haba puesto a salvo por el postigo, entrndose por el cual, haba certificado a Cervantes de que no se haba engaado cuando haba supuesto que aquella mujer disfrazada era una criada de doa Guiomar, que la haba enviado para que le buscase; lo cual haba sido para nuestro mozo un gran contentamiento y una ardorossima esperanza de su amor; que cuando ella a tales cosas se arrojaba por l, no poda ser menos sino que le adoraba; y cuando ya al lado de Margarita, que tomaba la escudilla de caldo con vino generoso que la ta _Zarandaja_ la haba llevado, vio que doa Guiomar se meta por el bodegn como fuera de s, y en l reparaba, y se detena sobresaltada, tuvo por cierta su ventura, y levantose y hacia doa Guiomar se fue todo cortesana y rendimiento. Pero ella, antes que l llegase, con voz airada y trmula le dijo: --Qu queris? A d vens? Qu buscis? En dnde nos hemos visto, ni qu empeos tenemos, ni qu palabras entre nosotros han mediado, ni cmo ni cundo, en fin, y esto basta, nos hemos conocido, para que as os acerquis a m, como si para ello tuvieseis autoridad y razn bastante? Volveos al lado de quien estbais, y dejad a los dems que a sus negocios vayan, que otra cosa no os importa, ni yo he de permitirlo. Oyendo estuvo Cervantes estas palabras en silencio, el sombrero en la mano, el amor en los ojos y la sonrisa en los labios; y atentas estuvieron tambin a aquellas palabras, Margarita asombrada y la ta _Zarandaja_ alegre. --Ingrato sera yo para con Dios,--dijo Cervantes,--si no le bendijese por haberme trado al mundo para este momento de suprema ventura, seora ma; y rugoos que os soseguis y me escuchis, que cuando me hubiereis odo, bien s yo que razones hayaris en lo que veis y os enoja, ms para estimarme que para reprenderme y despreciarme; y porque este no es lugar decente para vos, dejadme os ruego que a algn aposento de esta casa pasemos, donde en compaa de esta doncella, con la cual me habis encontrado, me oigis, y la oigis a ella, y sepis que no traidor para con vos he sido, sino compasivo y cristiano para con una gran desventura, con la cual, para ventura ma a lo que presumo, me he encontrado. --No ha de ser aqu donde yo os oiga,--dijo doa Guiomar,--y donde a esa sinventura deje; que ya que vos decs, y yo quiero creerlo, que como hidalgo y cristiano la habis amparado, ampararla quiero yo, que mejor podr hacerlo y ms honestamente, dado que mujer soy y viuda. Y no se hable ms de esto, y vngase conmigo esa doncella y con mi rodrign, y vos id luego, que ya sabis dnde est la puerta principal de mi casa. Con asombro haba visto todo lo que haba sucedido desde que en el bodegn entr la hermosa indiana, la no menos hermosa Margarita, y con un mayor asombro oy aquellas palabras; y como con la clera se le hubiese descompuesto el manto a doa Guiomar, y dejdola al descubierto la incomparable cabeza con aquella su dorada corona de riqusimos cabellos, al ver tanta beldad, y el rubor que por hallarse all, y hasta tal punto haber llegado, la encenda el pursimo semblante, aficionose a ella, y tvola por buena, y a ms por gran seora, que no mostraba menos por su continente y su atavo doa Guiomar, y levantndose a ella fuese, y asindola una mano, con voz desfallecida por la enfermedad y por el sentimiento, la dijo: --Amparada he sido, y tan generosa y noblemente como pudiera serlo, por este caballero con el cual me habis hallado; y pues tambin le conocis, seora, como se muestra por lo que con l hablado habis, sin duda habis tambin conocido cunta debe haber sido y ser la desventura en que me ha encontrado; y porque acepto el amparo que me ofrecis y porque sepis mis desdichas, a vos me acojo y a vuestra casa os sigo. Y con esto, dndola el brazo doa Guiomar, para que en l se sostuviese, salieron seguidas de Florela, y al postigo del jardn se encaminaron, y por l entraron en la casa. X De como Cervantes encontr casa de la ta Zarandaja ms de lo que haba querido buscar. Suspenso quedose Miguel de Cervantes, cuando hubieron desaparecido doa Guiomar, Margarita y Florela. Amor, celos y rendimiento, hasta tocar en los lmites de la locura, haba visto en su bella indiana; que si ella no hubiese estado enamorada hasta volverse loca por l, ni en su busca hubiera enviado disfrazada a su doncella, ni a buscarle hubiera ido a un lugar tan indigno de ella como el bodegn de la ta _Zarandaja_, ni con tan celoso ahnco all le hubiera hablado, ni con tan cuidadoso recelo se hubiera llevado consigo a la hermosa Margarita; que para nuestro mancebo era cosa manifiesta, que ms por separarla de l se la haba llevado que por caridad, puesto que ella fuese de condicin tierna y caritativa. Contento estaba Cervantes con su buena aventura, que tan en claro le haba puesto el encendido amor en que por l arda doa Guiomar, y parecale que ya su vida y su alma haban encontrado buen empleo, y la codicia de ver de nuevo a doa Guiomar le aquejaba, y de gozar otra vez de sus ardientes miradas, de las que para l se la salan del alma; pero tema, si iba, no le obligase ella con juramento a que nada intentase contra aquel enemigo de sus padres y suyo, que de tal modo haba perseguido a su madre y a ella la persegua. Aborreca ya a aquel hombre Cervantes, y por nada del mundo hubiera querido obligarse a no pedirle razn cumplida, espada contra espada, de todas las desgracias que haba causado a la madre de doa Guiomar y a ella misma; y por esto, y aunque arda en deseos de tener cuanto antes presentes las perfecciones y los encantos de su bien amada, detenase, y pensaba en que tal vez sera mejor ir a buscar a aquel bachiller Carrascosa, su amigo, porque conoca a todo el mundo en Sevilla, y deba conocer a don Baltasar de Peralta, y preguntarle cul fuese su morada, e ir a buscarle y provocarle de tal manera, que no pudiese dejar de ponerle en la ocasin de matarle. Y estando en estas vacilaciones Cervantes, entre si acudira en el momento a la casa de la hermosa indiana, o ira, para lo que se ha dicho, a buscar a su amigo el bachiller Carrascosa, entrose en el fign un hombre alto, con el sombrero de alas gachas echado sobre los ojos, subido hasta el sombrero el embozo de su larga capa, con botas altas de gamuza y larga espada, que bajo la capa se mostraba. Pareciole a Cervantes que, adems de lo abatido del sombrero y lo subido del embozo, llevaba aquel hombre antifaz; y prevnole contra l, el ver que, cuando junto a l pas le mir como con recelo, y yndose a una puertecilla que all en lo ltimo del bodegn se vea, hizo sea a la ta _Zarandaja_ de que fuese, y entrose por la puertecilla, y a ella se fue la ta _Zarandaja_, y cuando se hubo entrado por ella cerrola, quedndose solo en la primera parte, o dgase en la parte pblica del fign, Cervantes con una moza como hasta de veinticinco aos, cariredonda, rubicunda y sucia, que a la ta _Zarandaja_ servia. Llamola Cervantes, diola un real sencillo para que hiciese boca (su pobreza no le consenta ser ms largo en la ddiva), y tenindola ya por suya (que ella era tal, que con un real sencillo se conoca bien apreciada), preguntola quin fuese aquel, que, aunque encubierto, por su soberbia y su talante pareca caballero, y de los principales. Djole ella que aquel seor era uno de los a quien su ama serva; y preguntndola Cervantes cules fueran estos servicios, ella le nombr una cfila de ellos tal, que sin ms informacin quedaron hechas todas las alabanzas, y representados todos los mritos de la ta _Zarandaja_, y que eran tales, que si la Inquisicin o la justicia ordinaria los hubieran sabido, no los hubieran premiado con menos que con quemarla viva, o enrodarla y descuartizarla; en lo tocante al seor que acababa con la ta _Zarandaja_ de encerrarse, dijo la moza que su ama le traa engaado, chupndole los dineros con la promesa de embrujar y hechizar, para que le amase, a aquella misma seora que viva en la vecindad, y que poco antes haba estado all. Con estas noticias crey conveniente Cervantes dejar por el momento el campo, y volver cuando el encubierto del fign hubiese salido, y para saber cundo esto sucediese, fue a esconderse detrs de un poste de un soportal que en una rinconada frente del fign haba. Pas bien media hora antes de que el embozado saliese, y cuando Cervantes le hubo visto, metiose por una callejuela inmediata, volviose al fign, y psose delante de la ta _Zarandaja_, que se turb, y por encubrir su turbacin le dijo: --Bien se os conoce que sois honrado, y que tenis conciencia, y que no habis querido dejar de pagarme la buena taza de caldo con vino trasaejo de Montilla, que se tom aquella desventurada doncella con quien primero vinisteis. --Pues si de conciencia entendis,--dijo Cervantes,--llevadme adonde a solas podis decirme lo que con vos habl, buena madre, ese caballero embozado con quien os encerrasteis no ha mucho. --Ah, seor soldado!--dijo la ta _Zarandaja_, ms conforme que antes,--que ese caballero es un menesteroso que me busca para que yo le remedie; como si yo fuese una santa que pudiese hacer milagros. --Y un milagro es lo que ese seor ha menester?--dijo Cervantes. --Y tan milagro, que sera ms fcil resucitar a un muerto. Pero ya, seor hidalgo, que yo he visto que sois tan amigo de la seora doa Guiomar, hablaros quiero, y de tal cosa, que importa grandemente a esa vuestra amiga y a vos; y venid donde nadie pueda ornos, que ms de lo que pensis el secreto importa. Y fuese a la misma puerta que ya se ha dicho, y entrose por ella, y siguindola Cervantes, hallose en un aposentillo desguarnecido y lbrego, en el que no entraba ms luz que la que vena de un altsimo patio estrecho, y por una raja de la pared, a manera de saetera, pasaba, y all, sentndose la ta _Zarandaja_ en una estera y Cervantes en un taburete cojo, ella le dijo que aquel caballero amaba de una manera desesperada, desde haca mucho tiempo, a doa Guiomar, y que con ella quera casarse; pero que ella ni aun de l dejaba verse, porque para que no la viese se mantena encerrada en su casa, y no sala sino entre dos luces para ir a misa a la iglesia mayor, y que cuando iba no era sino en silla de manos, cerrada y guardada por cuatro lacayos armados, que eran cuatro fieras, y de tan probada lealtad, que no haba habido medios bastantes para obligarlos a que a su seora desirviesen, dejndola arrebatar por otros que de buena gana el caballero de quien se trataba hubiera enviado para apoderarse de ella: aadi la vieja que aquel da aquel caballero haba ido a pedirla noticias de quin fuese el que la noche anterior haba dado msica a la hermosa viuda, y si no lo saba, que lo averiguase, como asimismo de la causa por qu la Inquisicin haba estado, antes de la msica, en casa de la viuda, y en vez de prenderla a ella, haba preso al rapista _Vivis-mil-aos_; y que ella le haba dicho que no saba nada, pero que procurara averiguarlo. Escuchando estuvo atentamente Cervantes a la ta _Zarandaja_, y cuando hubo sta acabado, la dijo: --Y nada os pregunt ese hombre acerca de m, que cuando junto a m pas, pareciome que me miraba con recelo? --S que me pregunt, y con encarecimiento,--contest la ta _Zarandaja_;--pero yo, que pude decirle mucho, nada le dije, porque me importa mucho ms servir a la buena seora, mi vecina, que al otro. --Y qu os parece, madre, si yo me casara con doa Guiomar?--dijo Cervantes. A lo que respondi la vieja: --Si no os casaseis con ella, o casado serais, o estarais dejado de la mano de Dios; porque un tal bocado de cardenal, y aun si me apretis de papa, dnde le podrais encontrar mejor? Y que ella est enamorada, y celosa, y rabiando por que vos la pidis la mano, no me lo digis a m, que en esto de amores soy yo maestra. Y si doa Guiomar no os quisiere, y para nada menos que para marido, que me lleven por esas calles hasta las cuatro estatuas de la Tablada con coroza y sambenito, y que all me quemen viva. --Pues dndome ya por casado con doa Guiomar,--dijo Cervantes,--mirad si yo os recompensar bien por lo que ahora me sirvis; antes ha de faltaros talego, que escudos para llenarle. --Pues diga vuesa merced, seor soldado,--dijo relumbrndole los ojos la ta _Zarandaja_. --Qudese aqu por ahora,--dijo Cervantes,--que yo vendr ms tarde y hablaremos. Y con esto saliose, y ya ms resuelto, fuese a la casa de doa Guiomar, a la que hall en su retrete con Margarita. XI En que doa Guiomar prosigue el relato de su historia. --Tan a tiempo vens, seor Miguel de Cervantes,--le dijo doa Guiomar apenas hubo entrado,--que esta seora iba a empezar a relatarme sus desventuras. Margarita, con los hermosos ojos fijos en el suelo, pareca ruborosa y como con miedo; pero no embargante esto, cuando oy los pasos de Cervantes y las palabras que doa Guiomar, con la voz no muy segura, le haba dirigido, alz la vista y en l la fij, y de tal manera, que l se encontr entre dos fuegos; que de una parte le miraban los lucientes y enamorados ojos de doa Guiomar, y de otra los ms tmidos, aunque no ms castos, de Margarita, que aunque triste y apenada por la muerte de su madre y por la tristsima orfandad en que se vea, no se defenda del amor que por Cervantes en el alma se le haba entrado, y le mostraba claramente en su mirar ansioso. Repar en esto doa Guiomar, y apretsele el corazn, y empez a nacer en ella la enemistad amarga de los celos contra Margarita; que a ella le pareca que Cervantes no miraba de una manera tan indiferente como ella hubiera querido a la hermosa hurfana; y con competidora se encontraba, y tal en cuanto a las bellezas corporales y en cuanto a las del alma, que por sus lucientes ojos mostraba, que era para que doa Guiomar temiese, y mucho, por el buen suceso de sus amores. Alegrose de esto, en que no pudo menos de reparar, Cervantes; que l crea, y no sin razn, que por ms que doa Guiomar hubiese dado muestras, enviando primero a Florela en busca suya, y lanzndose despus, sin algn miramiento, en un lugar tan indigno de ella como el bodegn de la ta _Zarandaja_, del encendido amor que le tena, que este amor era de dificilsimo logro; que poda ser muy bien que, estando aun en los principios de aquel amor, por grande que l fuese, de los principios no pasase; antes bien, con la reflexin se amenguase y desapareciese; sobre todo, que cuando en mucho se aprecia una cosa, viene a parecer imposible, y tanto cuanto ms imposible se la cree, tanto ms empeo en ella se pone, y tanto ms se estima aquello que puede ayudarnos al logro de la victoria; y que los celos de una parte, y la vanidad femenil de otra, son los mejores amigos de un enamorado para ayudarle a vencer su hermoso y anhelado imposible, sbelo todo el mundo; y sabalo mejor que otros Cervantes, que en esto de conocer las cosas del mundo era graduado _in utroque_, como lo muestra claramente la gran perspicacia que acerca de la vida y de sus sentimientos ha patentizado en sus inmortales escritos: por lo mismo, y para estimular ms los ansiosos celos de doa Guiomar, mir tiernamente, y como con codicia, a Margarita, puesto que por ella no sintiese otra cosa que una caritativa voluntad y una aficin honesta, que poda muy bien compararse con el amor de un hermano; que muy reciente estaba la herida que en su pecho haban abierto las grandes perfecciones de la hermosa indiana, y harto encendido el volcn de sus amorosas ansias por ella, para que otra mujer, siquiera fuese un trasunto de belleza, pudiese curarla ni apagarle. Sentose entre las dos Cervantes en el canap; procur apagar doa Guiomar con el disimulo el fuego de su celoso cuidado, pos Margarita su mirada en el suelo, y habindola rogado la bellsima, enamorada y celosa viuda comenzase el cuento de sus desdichas, ella empez de esta manera: --Mi nombre es Margarita de Ledesma; el lugar de mi cuna la villa de Vitigudino, en Castilla, donde tenan alguna hacienda ma honrados padres. Llambase l don Diego de Ledesma, y ella doa Isabel Ampuero; nobles eran, aunque no ricos, y me criaron en la comodidad, el temor de Dios y el ejemplo de honestsimas costumbres, y creca yo contenta y feliz, sin sospechar siquiera que hubiese penas en el mundo. Venturosos conoca a mis padres, venturosos a los que me rodeaban; hermoso era cuanto vea, la tierra, las aguas, las flores, el cielo, y yo no poda creer otra cosa sino que todo en el mundo era ventura, contento y hermosura. Llegu a mis quince aos, y requiriome de amores el hijo de un rico ganadero vecino nuestro; y digo mal que me requiri, porque aunque l por m de amores se abrasase, como despus pareci, nunca, ni con sus ojos, ni con su lengua, os decirme el cuidado en que por m se encontraba; ni aun fue l quien a mis padres lo dijo, sino los suyos, que cuidadosos por la salud de Gaspar, que as se llamaba este mi primer enamorado, viendo que cada da estaba ms melanclico y ms y ms se tornaba amarillo, inquirieron la causa de su dolencia, y sabiendo por l que yo lo era, a mis padres me pidieron, y dijronmelo mis padres, y yo, que no saba qu cosa fuese amor, ni necesidad alguna de l senta, ni cosa encontraba en Gaspar que a l me llevase, dije a mis padres que los obedecera, sin saber a lo que me obligaba mi obediencia; y sin pensar mis padres en otra cosa que en el buen casamiento que yo hara, por lo rico que Gaspar era, mi casamiento con l concertaron, esperando que con el trato y comunicacin vendra el amor, de que entonces yo no daba ni aun remota seal. Como yo era nia, tratose que el casamiento no se hara sino de all a dos aos, cuando yo cumpliese los diez y siete; y entre tanto, Gaspar, no teniendo valor, segn lo que en su carta me dijo, para conllevar a mi lado una tan larga espera, fuese del pueblo a Sevilla, y de all parti en una galeota para las Indias Occidentales. Por algn tiempo yo recib cartas suyas, que mi madre me lea y yo no entenda, porque felizmente mi corazn dorma tranquilo sin que le despertasen amorosos cuidados; pero al ao no vino de las Indias carta de Gaspar, y se esper en vano que viniese, y tanto tiempo pas, que se dio a Gaspar por muerto; y aconteci entonces que, pensando yo que por m solamente se haba partido a las Indias, y que yo, sin quererlo, haba sido la causa de su desventura, empez a labrarse en m por l una primera aficin y congoja; que se me representaba en sueos triste y enamorado, y tan macilento y plido, que no pareca sino cosa del otro mundo. Desasosegueme, y acab al fin por sentir un amor tan extrao, que yo no poda darme cuenta de lo que senta; y acometiome una dolencia que no entendan los mdicos, pero que, harto de prisa iba desmejorndome y acabndome. Pensaron mis padres que trayndome entre el tumulto y las grandezas de la opulenta Sevilla me distraera, y a ella me trajeron, y me engalanaron, y me llevaron a saraos y a divertimientos, adonde concurra la gente ms garrida y ms noble de Sevilla. Gastbase en esto mi padre, llevado del entraable amor que me tena, la mejor parte de su hacienda; y aunque por ser yo muchacha, y no mal parecida, y en las apariencias rica, me galanteaba gran nmero de jvenes y hermosos caballeros, no se me iba a m de la memoria aquel pobre Gaspar que por m a las Indias se haba ido, y por m sin duda haba muerto; y aparecaseme con mucha ms frecuencia en sueos, y ms melanclico, y a cada aparicin con ms semejanza de un alma en pena. As es que los galanteos de los jvenes seores que me buscaban enojbanme, y de tal manera mostrbame yo con ellos impa e incapaz de amores, que acabaron por llamarme la nia de _diamante_: yo tena en el alma al sin ventura Gaspar, y l la llenaba de tal manera, que no quedaba para otra pasin ni aun el lugar ms mnimo; yo crea que esto era amor, y bien veo que amor no es, sino una pasin que yo no puedo decir cmo fuese, sino que tal como era, me quitaba el gusto y el deseo para cualquier otro afecto. Suspir Margarita, y callose como tomando descanso, aunque tan al principio de su historia se encontraba. Odola haba atentamente doa Guiomar, y cuando hizo pausa en su relato, aprovechando la ocasin, la dijo: --Y Gaspar decs que se llamaba ese vuestro primer enamorado, amiga ma, y que de Castilla era y de Vitigudino? --Si que as es,--respondi Margarita. --Y sabis si, por ventura, ese Gaspar tom bandera en Sevilla para los tercios de Mjico? --De Mjico nos escriba,--respondi Margarita;--pero l nunca nos dijo en sus cartas hubiese entrado en la milicia; y si entr callolo, sin duda por no dar pesadumbre a sus padres. --Un alfrez he conocido yo,--dijo doa Guiomar,--que Gaspar se llamaba, y castellano y de Vitigudino era, y joven, y de no mal semblante y apostura. --Llambase por acaso Gaspar de Valcrcel, seora ma? --Sacado hemos al fin en claro que era el mismo que yo me pensaba el sin ventura,--dijo doa Guiomar. --Pues sin ventura le llamis,--contest con la voz triste Margarita, mirando con sus ojos serenos a doa Guiomar,--noticias debis tener seguras de sus desdichas. --Prendose el seor Gaspar de Valcrcel,--dijo doa Guiomar,--de una seora, que ni a su amorosa pasin ni a la de nadie poda corresponder honradamente, ni hacer cosa que contra su honra fuese, porque casada estaba con un oidor de aquella real chancillera. Aguz el odo Cervantes, porque saba l bien que doa Guiomar era viuda de un oidor de la real chancillera de Mjico, y no dud de que doa Guiomar era aquella por quien el alfrez Gaspar de Valcrcel haba olvidado en Mjico los amores que haba dejado en Espaa, y disculpole; porque aunque Margarita era bella como la flor de la qu el nombre tena, y nia y pura, comparada con doa Guiomar, era lo que la violeta comparada con la azucena, o con el sol la luna; y djose para s, que a l, en el coleto del malaventurado alfrez, hubirale acontecido lo mismo; y disimul sus imaginaciones, y continu escuchando atento. --Pues que vos le conocisteis, seora,--dijo Margarita,--y a la dama que sin pretenderlo y sin menoscabo de su decoro, que bien lo creo, fue causa de que de m se olvidase, decidme os ruego cules fueron sus aventuras, que sin duda a un desastrado fin le llevaron. --Combatido haba como bueno contra los indios bravos,--dijo doa Guiomar,--el seor Gaspar de Valcrcel; merecido haba, por tanto, que el virey le hiciese alfrez, y, ms an, que le diese este empleo en los alabarderos de su guardia, con lo que Gaspar de Valcrcel vino a residir de asiento en Mjico, y a tratarse con las personas ms calificadas que en aquella rica ciudad, gloria de Hernn Corts y joya de Espaa en las Indias, moraban. Conoci a la dama que os he dicho, y aunque ella no le diese causa ni razn alguna para que a su honra se atreviese solicitndola, que el que solicita a una mujer casada, por serlo, la desprecia, que si no la creyera capaz de una vileza, no la solicitara; solicitola, y ella, que calzaba muy altos los puntos de la honra, indignose, y por no afligir e indignar al viejo marido, que a ms de ser nicamente hombre de leyes, no estaba en edad de mantener espada en la mano contra mozos, y aun mozos bravucones, no queriendo dejar sin castigo aquel de todo punto sin disculpa atrevimiento, confiose a un alguacil de los ms agrios de la cmara de su esposo, hombre de puos y de alientos, y djole: --Cedacillo, tan leal eres a tu amo y a m, que hacerte quiero una confianza, esperando que hars lo que te cumple, en agradecimiento a lo que a tu seor y a mi nos debes, y es que si te atreves des una apretada vuelta, como tuya, a cierto bravo mancebo, alfrez de los alabarderos del virey, que se llama Gaspar de Valcrcel, y que cuando le apretares los puos, le digas: Ah va eso de parte de mi seora. Y aconteci, que a la otra maana encontraron sin sentido en la plaza, molido y casi descoyuntado, rota la espada, rasgado el traje y entre si se va si se viene, al seor Gaspar de Valcrcel, sin que nadie supiese, ni l lo dijo, quin de tal manera ni por qu causa le haba malparado. Convaleci nuestro hombre, no sin que se temiese por su vida, y tan escarmentado qued, que ni os volver a poner sus ojos en aquella dama, ni a buscar a Cedacillo para tomar venganza del rapapelo que haba sufrido. --Tan al por menor estis, seora ma,--dijo a este punto Margarita,--que no es dable que no seis vos aquella dama, que con tanta justicia mand castigar al ciego y enloquecido, ms bien que culpable, enamorado mo. Y no le culpo, porque vuestra hermosura es tal, que bien se alcanza que de todo otro amor aparte a un hombre, y le vuelva loco. --Yo soy en efecto,--dijo doa Guiomar,--y dgoos a lo de la disculpa que en el que fue vuestro enamorado encontris, que no la mereca; que no una locura de amor le llev a punto de ofenderme, sino un apetito desordenado y asqueroso; y no pasin tuvo por m, sino empeo tenaz por el que olvid hasta el ltimo vislumbre de su honra; que no atrevindose a insistir en sus solicitudes, temeroso de un nuevo y ms grave castigo, tir a vengarse, y como no tena de qu, porque la justicia que se sufre no da ni puede dar lugar a la venganza, quiso deshonrarme propalando contra m inauditas calumnias, que por fortuna ma acabaron donde empezaron. Y aqu, para que sepis lo que sucedi, empieza esta historia, que es la prosecucin de la que yo os he contado ya, seor Miguel de Cervantes, hasta el punto en que, engaado mi padre por la traicin que a mi madre haca su doncella Lisarda haciendo creer a don Baltasar de Peralta, como ya os dije, que con mi madre, y no con una doncella suya, tena amores, mi padre, llamado por un su pariente, acudi a sorprender, engaado, a la que crea su esposa adltera. Dejamos mi relato, seor Miguel de Cervantes, en el lugar en que, habiendo abierto Lisarda el postigo, entrose por l don Baltasar de Peralta, y en aquel mismo momento, y antes de que el postigo se cerrase, metironse por l espada en mano mi padre y su primo Francisco de Rivalta, que este era el nombre de mi difunto marido. Y como este pariente mo lleg a ser, andando el tiempo, mi marido, lo sabris cuando llegue la hora. Deca yo que por el postigo, aun entreabierto, entrronse empujndole, y espada en mano, mi padre y su primo Francisco de Rivalta; y como el aposento estuviese oscuro, Rivalta abri una linterna que a prevencin llevaba, y encontrronse con que, hecha una estatua a causa del espanto, estaba a poca distancia del postigo Lisarda, y junto a ella, con la espada en la mano, y mirando a aquella mala mujer, todo asombro, a don Baltasar de Peralta. Arrojose Lisarda a los pies de mi padre y confes su delito, pidindole con lgrimas y desmayos la perdonase, y viese que el amor que la haba cogido por don Baltasar de Peralta, al engao la haba llevado de hacerle creer, recibindole siempre a oscuras, que no era ella, sino su seora quien le reciba. A lo cual, ciego de furor mi padre, contest atravesando con su espada a aquella criada traidora, y volvindose luego a don Baltasar de Peralta, que deshonrado le haba, aunque no hubiese sido sino engandose, con l cerr, y a poco cay mi padre sin vida, que menos diestro era que don Baltasar de Peralta y le furor le cegaba. Huy espantado del suceso don Baltasar de Peralta, y mi pariente Francisco Rivalta sali tras l, siguindole saudo y loco, y sin poder alcanzarle, que no hay quien alcance al que huye llevando el pavor en el alma. Hallose Francisco de Rivalta, cuando se perdi en las oscuras y revueltas callejuelas don Baltasar de Peralta, a mucha distancia del lugar de la tragedia, y vino sobre s, y pens en lo que le aconteca, y vio que si a la justicia daba parte, y por ello pruebas de haberse hallado en el lance, le prenderan, y prendindole le impediran el tomar venganza y justicia, como el quera tomarla por su mano, de don Baltasar de Peralta; y fuese para su casa, entrando en ella recatadamente, como haba salido con mi padre, por un postigo. Y sucedi, que cuando aquella inaudita desgracia sobrevena, mi madre me daba a luz a esta vida desventurada, que he sufrido y sufro. Al ruido de las espadas acudieron algunos criados; pero cuando llegaron slo hallaron los dos cuerpos sin vida de mi padre y de Lisarda, y el postigo abierto, por donde claramente, a lo que pareca, el autor o los autores de aquellas muertes haban escapado. Sobrevino la justicia; ocultose el suceso a mi madre, que fuera impo decirla recin parida que se haba quedado viuda y con aquellas apariencias; el mundo no juzga ms all de lo que se ve en la superficie, y todos echaron a la peor parte lo que haba acontecido, y djose, porque as lo creyeron, que mi padre, enamorado de la hermosura de Lisarda, secretamente se haba venido de Npoles, y con Lisarda se vea en secreto, y que tal vez algn otro enamorado, celoso de Lisarda, las dos muertes haba hecho. Callose don Francisco de Rivalta, que bien pudiera haber patentizado la verdad; pero como la honra, de mi madre quedaba a salvo, y venganza quera tomar por su mano de don Baltasar de Peralta, guard el secreto. Busc la justicia a los homicidas, diose por vencida no hallndolos, y mediando los ruegos y las ddivas de Francisco de Rivalta, se ech tierra sobre los muertos, y con ellos se enterr para mi madre el secreto de la muerte de su esposo, a quien en Npoles crea. Pero no recibiendo cartas suyas en respuesta a las que le escribi anuncindole mi nacimiento, y como el tiempo pasase y carta de mi padre no viniese, puesta en un angustiossimo cuidado, escribi al mayor de los tercios de Npoles pidindole noticias de su esposo. Entretvola aquel caritativo caballero con escusas y vaguedades, hasta que al fin la dijo, no pudiendo ms defenderse, lo que l en verdad saba, esto es, que mi padre haba pedido licencia y partido para Espaa, sin que hubiese vuelto a saberse lo que de l haba sido. Y como Lisarda hubiese desaparecido tambin, dio mi madre en imaginar que enamorado de ella su esposo, por ella secretamente a Sevilla haba venido, llevdosela, y con ella desaparecido. Callbase todava Francisco de Rivalta, porque tena, y con razn, por ms cruel para mi madre la verdad que la duda; y asistala, que adolecido haba mi madre gravsimamente de tristeza, y agravbase y amenazaba irse por la posta, acabada por el insoportable dolor de su desventura. Desaparecido haba tambin don Baltasar de Peralta, como gota de agua que cay en la mar, y Francisco de Rivalta no le buscaba, porque le obligaba la asistencia a mi doliente madre, que al fin hall el remedio a su desventura en la muerte. Detvose al llegar aqu doa Guiomar; el corazn se la haba oprimido, y las lgrimas, que en vano quiso contener, rompieron por sus hermosos ojos. Odola haba Cervantes grave y triste, y estremecida y tomada por una melanclica pena Margarita. Desahog con sus lgrimas el dolor de aquellos sus tristsimos recuerdos doa Guiomar, y enjugndose los ojos, continu con voz desfallecida. --Hurfana qued cuando an no contaba un ao, con mucha hacienda y mucha nobleza; pero sola y sin ms arrimo que aquel mi lejano pariente, que fue despus el buen esposo mo. Un labrador que tena en arrendamiento una de mis haciendas, y cuya mujer estaba criando, a su cargo tomome; y libre ya del cuidado mo, mi pariente, Francisco de Rivalta, por el mundo se fue a buscar, ardiendo en saa, al causador de tanta desdicha. Era l joven an, graduado en letras humanas, en leyes y en sagrada teologa y cnones, y como he dicho, alcalde del crimen en Sevilla. Por m a su vara renunci, que pareciole cosa imposible atender a las graves obligaciones de su oficio y al mismo tiempo a las de padre mo, en que mi orfandad le haba puesto. Atrasose en su carrera por buscar al causador de nuestras desdichas y tomar sobre l, en el nombre de mis padres, justicia y venganza; y por el mundo andvose tres aos, gastando su hacienda, inquiriendo y buscando a aquel hombre, vislumbrndole a veces, sin encontrarle nunca, y perdindole de nuevo cuando ms esperanza tena de ponerse a una distancia de l del largo de las espadas. Pero Dios no quera que aquel irreconciliable enemigo de mi familia fuese castigado, sin duda porque le guardaba para que le castigaseis vos, seor Miguel de Cervantes. --Gran merced es esta que a los cielos debo, y por la que les estoy agradecido,--dijo Cervantes;--y justo es que una tan grande hermosura como la vuestra, y una tan gran suma de perfecciones como en vos se hallan, con grandes merecimientos conseguida sea y lograda; y dgoos, que mucho me pesa de que lo a que por vos obligado estoy, de tan liviano momento sea, en vez de ser comparable a los trabajos de Hrcules o a los peligros de la encantada Puente Mantible, que si as fuera, mayor sera mi contento, porque exponiendo por vos cien veces mi vida, y ponindola en cuestin con lo imposible, ms estimarais y a mayor amor por m os llevara, el encendido amor que os tengo. --No creo yo que sea posible ir ms all de donde, no s si por mi ventura o mi desdicha, reconocida; obligada y enamorada me siento; y no extrais que esto delante de esta doncella aqu presente os diga, que ella es mujer, y sabe, o si no lo sabe lo barrunta, los rendimientos de amor a que puede llegar una mujer enamorada, no embargante la honestidad y la honra, que prendas preciosas son estas del alma, y no pueden perderse sin que antes se pierda el temor de Dios. Y no hablemos ms de esto, y con mis desventuras sigo. Desesperado ya Francisco de Rivalta, mi pariente, al ver que por cerca que hubiese tenido a don Baltasar de Peralta, nunca ponerse delante de l haba logrado, volviose a su casa de Sevilla, y encomend a la Providencia de Dios el castigo de nuestro contrario; y pas l tiempo cuidando l mi hacienda, y yo crindome, y habiendo yo cumplido seis aos y l treinta, vnose al pueblo, sacome del poder de los honrados labradores que me haban criado, y psome en las monjas de Santa Clara, y al cuidado de dos tas, hermanas de mi padre, que all eran seoras de piso. Vendi la hacienda que le quedaba para comprar otra vara de alcalde, y alcalde fue algunos aos, y por sus merecimientos, luego, oidor en la real chancillera de Valladolid, y por ltimo nombrronle presidente de sala de la real chancillera de Mjico. Larga era la distancia a que de mi iba a ponerse, y o renunciaba el honorfico y encumbrado oficio que se le haba dado, o descuidada me dejaba, estando entre ambos los mares. Haba yo cumplido ya mis diez y ocho aos, y ensedome haban las buenas madres todo lo que ensearme podan. Mis dos ancianas tas haban muerto la una tras la otra. A tomar el velo habase querido inclinarme; pero Dios no me llamaba a la perfeccin de la vida monstica; antes bien, ansiaba yo ver lo que fuera del convento haba, que aunque decan que el mundo estaba gobernado por Satans, y que en l la perdicin acechaba a las criaturas, decame a m la luz natural de mi entendimiento que cuando tantas gentes vivan en el mundo, no deban ser tan grandes sus peligros, dado que el mundo no se haba acabado ya, y todas las cosas que contra el mundo me decan, metanme ms en apetito de conocerle. En fin, que yo no tena vocacin para la clausura, y as lo dije a mi buen padre y pariente cuando me pregunt sobre ello. Visto por l lo cual, y que yo estaba ya crecida y hecha una mujer, y que en el monasterio estaba de ojos, luego de l sacome y llevome a una casa noblemente alhajada, en que para servirme haba una respetable duea, o ms bien aya, seora viuda, de grande virtud, honestidad y entendimiento, con otras doncellas y criados; y carrozas y sillas de mano, todo como haba de ser, teniendo en cuenta mi grande hacienda y la clara nobleza de mi linaje; y l, para evitar murmuraciones, fuese a otra casa, y no me vea ms que al da breves momentos, y aun as, tratndome con un tal respeto y encogimiento, y de una manera tan avarienta mirndome, aunque lo disimulaba, que puesto que yo no entenda de amores, por barrunto conoc que l de m estaba enamorado, y que por su edad y sus achaques, que le hacan parecer ms viejo que lo que en realidad lo era, a declararme sus amorosos sentimientos no se atreva; muy por el contrario, mandaba a doa Agueda me llevase a cuantos divertimientos poda yo concurrir honestamente, y en esto vea yo que l buscaba que, conociendo el mundo y tratndome con l, de algn caballero que de m fuese digno me enamorase, para con l casarme. Pero era el caso, que aunque muchos me solicitaban, y me escriban versos, y me daban msica, y por m con otros se enemistaban y rean, haciendo de mi calle palenque nocturno, donde ms de alguno dej entre rabiosas y celosas ansias la vida, yo no me agradaba de nadie ni quera agradarme, y no haba rendimiento que me incitase ni merecimiento que me rindiese; visto lo cual por don Francisco de Rivalta, y creyendo, acaso, por el carioso modo de mi trato con l, que a pesar de sus aos y sus dolencias yo le amaba, y que si yo no se lo mostraba, a causa era de mi recato, propsome un da, todo tembloroso, como aquel que teme encontrar la muerte en su propio atrevimiento, si quera con l casarme. Djele que s, sin saber lo que me deca, que era yo tan inocente como cuando entr en el convento; y el casamiento se hizo con gran pompa y regocijo, como a nuestra riqueza y nobleza convena; y antes de que el festn de las bodas se terminase, djome mi aya doa Agueda no s cuntas cosas, que yo no pude entender; y luego, cuando acabada la fiesta se fueron saliendo de casa los convidados, la madrina me dijo otras cosas que tampoco entend; y rodeada de las doncellas, de honor, llevronme a lo que mi madrina llamaba el tlamo, y que yo no saba qu cosa fuese, y metironme en una habitacin o cmara lujosamente ornada, en la que haba un gran lecho todo guarnecido de blanco, y adornado con flores, y all me dejaron sola y suspensa, cuando a poco he aqu que entr mi esposo plido y convulso, y alentando apenas, y a m se vino a abrazarme; visto lo cual, yo me hice atrs tres pasos, y espanteme y extend hacia l los brazos, como para impedir que me tocase. --Pues qu, seora de mi alma,-dijo don Francisco, quedando inmvil y como si le hubiese herido un rayo,--no sabis que sois mi esposa y que ante el altar de Dios nos hemos juntado en uno? Siguiose a esto una conversacin, por la que el desdichado don Francisco de Rivalta vino a convencerse de que yo con l sin amor me haba casado, y aun sin saber Lo que el amor y el casamiento fuesen, y de esto provino que, dando un profundo suspiro, me dijo: --Sintolo, porque si maana os prendareis de alguno, amarle no podris, sin ofensa a Dios y sin menoscabo de la vuestra y de mi honra; pero yo juro, que si alguna vez solamente inclinada a prendaros de alguien os conociere, con mi muerte os dejar libre, para que podis ser dichosa. Entre tanto, por padre tenedme. Y sin decir ms, saliose, plido como un muerto, y preados de lgrimas los ojos, sin que yo llegase a comprender todava la causa de aquello, que era para m lo que la luz para el ciego, que no sabe que hay otra cosa que las tinieblas en que su ceguera le tiene. Llevome mi esposo a Mjico, y digo mal mi esposo, mi padre, adonde le llevaba el cumplido plazo de la licencia que para el cuidado de sus asuntos propios en Espaa habanle concedido. Gente es la de Mjico rica y ociosa, dada al galanteo e inclinada a las malas costumbres; y como si don Francisco hubiese querido remediar el yerro en que, casndose conmigo, haba dado, abierto haba nuestra casa a los saraos y a los festines, y no pareca sino que para convidarlos a ellos buscaba a los caballeros ms jvenes, y ms galanes, y ms ricos; y de tentaciones me rodeaba, sin apartar de m la vista, y aguzando la experiencia que le haban dado sus largos aos de judicatura, todo por ver si yo a alguno me inclinaba, que pudiese, libre ya y viuda, amndome, por su amor venturosa hacerme. Perdido haba yo, en fuerza de las solicitudes y galanteos que me rodeaban por todas partes, aquella mi primera inocencia, o ms bien ignorancia, de las cosas de la vida. Conoca harto bien el grande sacrificio en que por amor mo mi buen esposo se empeaba, y gran parte hubiera sido esto para que yo me enamorase de l, que Dios me ha dado buena alma y agradecida; pero no es el amor cosa que cuando se quiere se tiene, ni hay tienda donde se compre, ni lugar donde se le busque; que l viene cuando menos se le espera y en el alma se nos entra, y la avasalla, y prenda nos hace, no de aquel a quien hemos buscado, sino del que Dios ha querido que venga para hacerse dueo de nuestra vida y de nuestra alma en un solo punto; que el amor viene del cielo cuando menos se le espera, y porque es aliento de Dios, es coma Dios divino, y logrado cuanta gloria puede haber en la tierra. Suspir doa Guiomar, partisele de los ojos, aunque involuntariamente, una mirada, que como si hubiera sido fuego del cielo, en su dulce fuego abras el corazn de Cervantes, y luego, bajando los ojos ruborosa la bellsima doncella viuda, quedose en silencio como si la grandeza de lo que senta la vedara el uso de la palabra. No menos confusa y turbada pareca Margarita, y agitbasela el seno, como si una potente fuerza dentro de l se hubiera conmovido inquieta. Conocase adorado Cervantes por la hermossima doa Guiomar y por la bellsima Margarita amado, y dolale, y no saba qu hacerse, y acometanle un tumulto de tentaciones que consigo mismo le enemistaban; porque si bien l era mozo galanteador que no reparaba en inconvenientes, hasta entonces, como ya se ha dicho, con amor no haba dado que le obligase y en tristezas y cuidados le pusiese; y encontrbase entre dos mujeres, ambas merecedoras de todo respeto y homenaje; y puesto que Margarita le pareciese hermosa a maravilla, y dulce y enamorada, parecale doa Guiomar una divinidad; y no haba lugar a que dudase; que tratndose de que perdiese su libertad bajo el yugo, tal vez dursimo, del himeneo, doa Guiomar era sin contradiccin y sin sombra de duda su escogida y su bien amada; y como l no pudiera partirse en dos, o no hubieran de llegar a hechos las tentaciones que por Margarita senta, o haba de tenerla por amiga, cosa que los hidalgos y cristianos pensamientos de Cervantes repugnaban; que tratndose de una doncella tal, y tan mal aventurada, y tan cuitada como Margarita, infamia hubiera sido, prevalecindose de sus inocentes amores y de sus desdichas, perderla en la deshonra como una hembra de poca vala, en malos paales criada y a todo puesta; as es que Cervantes no saba qu hacerse; que si los amores de Margarita, que ya se mostraban harto claros, no aceptaba, herala a un tiempo en su vanidad y en su amor, y aceptndolos la perda y a doa Guiomar ofenda, y l mismo se ofenda en s mismo en las dos; que no se puede ir por un mal camino sin exponerse a caer en los despeaderos que en l se encuentran, y tanto ms, que estos caminos malos son resvaladizos, y una vez entrados en ellos, atrs no podemos volvernos y nuestra perdicin es segura, y quien en el peligro se mete conocindole, las desventuras que le sobrevengan merece. Conocalo todo esto Cervantes, y en ello pensaba, y pensando en ello apareca confuso y turbado, tanto casi como las dos de l enamoradas doncellas. Al fin doa Guiomar, rompiendo su silencio, continu de esta suerte: --Yo, conociendo ya el mundo, hubiera querido premiar el amor de mi esposo, si no con el amor de mi alma, dndole la posesin de esta mi persona que tan hermosa le pareca, y, aunque procurelo, ser no pudo, que l tena mucha experiencia y mi intento conoca, y que aquello por lo que yo me brindaba a arrojarme en sus brazos, no era amor, sino compasin y agradecimiento; y evitolo, y sufri su martirio en silencio, y como estaba achacoso y ms viejo que por sus aos deba serlo, agravronse sus dolencias y con l al fin acabaron; que muri el desdichado casi loco de amor entre mis brazos, y sin que yo evitarlo pudiera. Dejome su hacienda, que puesto que hubiese vendido para comprar su primer oficio la primera que sus padres le dejaron, por los grandes provechos que los oidores gozan en las Indias, habala hecho, y buena: pero qu era su hacienda comparada con la opulenta hacienda ma? ni de qu poda servirme ms que de amargura, siendo as que la tena por su muerte? Triste quedeme, desamparada, y lo que fue peor, en peligro; que apenas cubri la tierra de la fosa el cuerpo del sin ventura esposo mo, pareci que de otra fosa ignorada sala, para poner en mi corazn ira y espanto, el eterno perturbador de mi sosiego, a quien yo no conoca ms que por la relacin que de l me haba hecho mi esposo; digo que apenas, despus de los primeros meses del luto, a la calle sal, y en mi casa empec a recibir como antes a mis amigas, y a los amigos de mi marido, hizo le presentasen en ella sin mirar en nada, y como si hubiese ignorado que yo ignoraba su nombre, conocindole por el mortal enemigo de mi familia, el capitn don Baltasar de Peralta. Perturbeme al or su nombre, pero tuve valor, o Dios me lo dio, para disimular; y cuando todos se fueron y con l me qued sola, que l de intento para procurar la ocasin se haba hecho reacio (cosa que fue reparada por todos, y a todos les hizo creer que eran ciertas las calumnias que de m se decan, y que Gaspar de Valcrcel, alfrez de alabarderos del virey, haba propalado), tvoseme por liviana muy ms que antes, y por mujer que, olvidada de todo pudor, libre ya por la muerte del marido, en nada reparaba ni se detena, y que no era ya el alfrez Valcrcel el nico y slo favorecido por m, sino que tambin de mis favores gozaba el capitn don Baltasar de Peralta, que por muerte del capitn de los alabarderos del virey, de Espaa para sucederle haba ido. Nadie pudo or lo que yo, encolerizada y embravecida, dije a don Baltasar de Peralta en cuanto, como lo ansiaba, con l me vi a solas; que despus de manifestarle que al or su nombre le haba conocido como el matador de mi padre, de mi casa arrojele, amenazndole con mi venganza. Oyome inalterable don Baltasar de Peralta, sonriose como hubiera podido sonrerse un demonio, y djome saliendo de mi estrado: --Vive Dios, que o habis de ser ma, o tanto har, que habis de soar conmigo como si soarais con el diablo! Dieron a este punto en la iglesia del Salvador las Ave-Maras de las doce, y como un paje apareciese y dijese que ya la mesa estaba servida y esperaba a los seores, doa Guiomar dijo: --Pongamos por ahora punto redondo a la relacin de los negros sucesos de mi vida, que de ellos no ha de hablarse delante de los criados, y djese la prosecucin para despus de la siesta, que en el jardn nos juntaremos. Y con esto levantose la hermossima viuda, y tras ella, Margarita y Cervantes a comer con ella se fueron. XII De como se iban, cruzando los amores y apercibindose a una ruda batalla los celos. Tal era la mesa de doa Guiomar, y tan alhajada de ramilletes y vajilla de oro y plata, que no la mesa de una dama particular pareca, sino la del opulento Lculo. Sentronse a la mesa con doa Guiomar y sus dos convidados, doa Agueda, ya anciana, que an junto a ella viva, y su capelln, docto licenciado, ya de edad provecta y de muy buenas maneras y gracia, que la mesa bendijo, despus de lo cual, y de haber servido lindas doncellas los aguamaniles, empez la comida, tan variada y tan suculenta, que ms que comida ordinaria, banquete de Estado pareca. Asomaba en todo clara y manifiesta la gran riqueza de la bella indiana, y era de ver el lujo de las libreas de los pajes, que solcitos y diestros, y seis u ocho en nmero, las viandas servan, yendo sin cesar de los bufetes a la mesa y de la mesa a los bufetes. Dur la comida no menos de dos horas, y no se acordaba Cervantes de haber comido en su vida de una tan egregia manera, no embargante lo cual, inapetente mostrose; que harto le ocupaban el cuerpo los pensamientos que le combatan, aunque en el semblante sus efectos disimulase; y disimulaba doa Guiomar, pero mostrbase taciturna; y en cuanto a Margarita, no poda pasar bocado, porque su triste madre se la representaba muerta a las crueles manos de la miseria, y recin enterrada, y la desnudez de la mezquina casa que para siempre haba abandonado se la pona en comparacin con aquella ostentossima sala, ennoblecida por tablas y lienzos de los ms estimados pintores sevillanos, y con aquella riqusima mesa, cargada de oro y plata, de flores y frutas, en cuyas botellas de rico cristal de Alemania aparecan los dorados vinos de Montilla, y los pardos del Rhin, y los tintos de la Mancha, pareciendo los unos topacios, y carbunclos negros los otros. Amargbala todo esto su ya grande amargura a Margarita, y por no mostrarse desagradecida, fuerza se haca para comer, y comiendo se martirizaba; y considerando que con lo que en aquella mesa sobraba a lo necesario, y aun a lo noble y rico, hubiera podido salvarse su madre, las lgrimas se la suban a los ojos, y el mayor tormento que sufra era contenerlas. Aumentaba su martirio el ver cunto la aventajaba en hermosura y riqueza doa Guiomar, y que ni an esperar por soacin la era dado que aquel su generoso protector dudase ni un solo punto entre ella y doa Guiomar. Entretuvo como pudo la conversacin el capelln con las noticias que por Sevilla corran, siendo gran parte para ello lo que se contaba de la liga del rey Catlico con los venecianos para su guerra contra el Gran Turco. Terciado haba en la conversacin Cervantes, y puesto en cuidado a sus dos enamoradas, porque decir le oyeron que l senta mucho que su compaa de infantera no era de las que haban de embarcarse para ir contra el Turco, sino que se embarcara para Npoles; y teman que, segn encareca su deseo de hallarse en aquella grande empresa, al fin no se pasase a una de las compaas que muy presto haban de embarcarse en las galeras que deban zarpar para Mesina. La comida, de suyo triste, ms triste se hizo para ellas con la noticia de que, si no contra el Turco, para Npoles haba de embarcarse Cervantes; y levantados que fueron de la mesa, furonse todos a dormir la siesta, que as era uso, aunque nuestro Cervantes y nuestras dos enamoradas no pudiesen conciliar el sueo, combatidos como estaban por sus graves, celosos y tristes pensamientos. Pero cuando sonaron las Ave-Maras de las tres, levantronse todos, alironse, y habiendo avisado doa Guiomar que los esperaba en un sombroso cenador del jardn, all se fueron, y a doa Guiomar encontraron sentada en unos cogines, bajo la sombra de las tupidas enredaderas, de las zarzas rosas y de los jazmines que el cenador cerraban, dejndole en aquella hora, que era la del gran calor, en una media luz y con tal frescura, que all no se conoca que fuese verano y en el punto ms caloroso. Servida haba en una mesa una limonada para el refresco, y tomdole que hubieron, Cervantes y Margarita pusironse el uno a un lado y el otro al otro de doa Guiomar, que con voz ya un tanto caneada y lnguida, continu su relacin de esta manera. XIII En que se ve que doa Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes y en no amparar a Margarita. --Deca yo,--dijo doa Guiomar--cuando la hora del comer llegando, suspendi mi historia, que el capitn don Baltasar de Peralta, apareciendo como si le hubiera abortado la tierra, en el punto en que muri mi buen esposo, requiriome de amores, y con tal empeo, y una al parecer tan grande seguridad de la victoria, que yo hube de arrojarle de mi casa con la prohibicin de no volver a ella; y aqu empieza la tragedia del alfrez Gaspar de Valcrcel, que desesperado y codicioso don Baltasar de mostrarme cunto me amaba y cunto por mi honra miraba, aunque l hubiese sido quien, a socapa y permaneciendo oculto en Mjico, hubiese ayudado con dinero y malos consejos a Valcrcel, que no lo necesitaba mucho, para que contra m la viperina lengua soltase, ya trocadas las cosas por la inopinada muerte de mi marido, y pensando en hacerme su mujer, por aquello de que quien porfa consigue, y de que no hay fortaleza que no se rinda si bien se la asedia, y dolindole que de la qu, segn l crea, haba de ser su mujer se dijesen cosas bajas, deshonestas y vergonzosas, por todo esto, un da que encontr a Gaspar de Valcrcel entre otros caballeros extremando contra m sus calumnias, djole: --Cosa seria es, y con la cual los que se precian de hidalgos no se atreven, publicar las debilidades o las liviandades de una seora, puesto que sean ciertas; que hay cosas tales y tan infames, que aun los labios por donde se manifiestan queman; y seal de buen estmago, aparejado para todo, da el que de cosas corrompidas hace pasto, y luego le arroja por la boca en inmundicia, apestando a todo el que a su lado tiene, para lo cual se necesita ser mal nacido y villano; pero cuando no se vomitan podredumbres ajenas, sino de la propia alma de quien las arroja, quiero decir, cuando aquello con que se escandaliza al mundo es ficcin traidora, villana intencionada, pualada dada a traicin, ponzoa administrada a trasmano, como es todo lo que vos decs, alfrez, de esa seora, (para hablar, de la qu debais baaros la boca con agua rosada, y quitaros el sombrero y arrojar de vuestra boca perlas, que no difamaciones), no es ser ya villano y mal nacido, sino infame y traidor y asesino cobarde, que por la espalda en el corazn hiere a quien debiera honrar y reverenciar; y advirtoos que a lo que digo no admito rplica; y que si no os rompo a bofetones la malvada boca que tales nunca odas vilezas pronuncia, es por no contaminarme la mano con el veneno asqueroso que de vuestra boca mana.--A lo cual no contest el alfrez, sino que dijo a uno de sus amigos dijese a don Baltasar que tales cosas no podan decrsele a l, no ya pblicamente, sino que ni aun en secreto, sin que l cortase, quemase la lengua y arrancase el corazn al que a tanto se haba atrevido. Y con esto, aquella noche el alfrez, con un su amigo, y don Baltasar con otro, a un lugar apartado se fueron, y all don Baltasar, con ms fortuna, o ms valor, o ms destreza que Valcrcel, matole, dndole a los primeros embites de la pelea una estocada tal, que el corazn partiole; y el msero a quien su mala lengua, o ms bien la desgracia de encontrarse en el mismo empeo que don Baltasar, haba matado, no pudo ni aun decir Dios me valga! Contomelo al otro da uno que de todo haba sido testigo, o por servirme, o tal vez por servir a don Baltasar, que quiso que yo supiese cunto por m haba hecho, y en qu trance por mi honra se haba puesto. Ya sabis, pues, doa Margarita, a qu mal fin lleg, por sus malos pasos, aquel vuestro amante, y desde ahora, si queris, podis continuar vuestra historia, que yo no interrump sino para deciros lo que del alfrez Valcrcel haba sido. --Ignoraba yo,--dijo Margarita,--que tal fuese el hombre con quien mis padres mi casamiento trataron, y al que no s si am; porque ahora conozco que el amor es muy distinto de lo que yo haba credo. Y como al decir estas palabras, por ms que quisiese disimularlo, se la fuesen los dulces ojos a Margarita hacia Cervantes, mucho tuvo que hacer doa Guiomar para no dar indicios de la enemistad y aun del odio que en aquel mismo punto naci en ella contra Margarita. Disimul, no obstante, y dijo: --Pues que del relato de vuestra historia estamos pendientes, seguidla, que ya veis con cunta atencin y buen deseo os escuchamos. --No ha de ser sin que vos acabis vuestro relato,--seora,--dijo Margarita, que lo que del mo queda, aunque sea bien doloroso, es harto breve. --Pues no falta gran cosa a mi historia,--dijo doa Guiomar,--y sigo en ella por complaceros y porque se acabe la porfa. Y habis de saber que matando don Baltasar a aquel villano difamador de mi honra, no me favoreci por esto, sino que a peor punto llev mi fama; que todos dijeron, no que yo era una dama honesta, sino que don Baltasar haba cegado de amores por m, propustose haba casarse conmigo, y pretendido atajar una maledicencia, que cuando l fuese mi esposo haba de alcanzarle; y si antes era el difunto Valcrcel el solo que contra m vomitaba maledicencias, una vez l muerto, avivado el incendio de la calumnia por el mvil de la envidia, dieron en decir de m tales cosas a propsito de las msicas y de las rondaduras con que don Baltasar me afliga, que ya abandonada en Mjico de todos, que de m huan como si hubiese estado apestada, me propuse escapar de aquel no merecido infierno en que me encontraba; y vendidos los cuantiosos bienes de mi marido, que montaron a muchos cuentos de escudos, amen del oro y plata labrada que en nuestra casa haba, embarqueme para Espaa y llegue a Sevilla, donde en manos de genoveses puse mi dinero a ganancia, y en la casa de la Contratacin las barras de oro y plata que de las Indias truje, y al mesn de la Cabeza del Rey don Pedro acogime, en tanto que casa hallaba en donde morar con la decencia que a mi linaje y a la memoria de mi marido corresponda; y no siempre en el mesn de la Cabeza del Rey don Pedro he estado, que largas temporadas he pasado en una granja que de mis padres era; y as se han pasado bien dos aos, y hubirame quedado en la granja con mi viudez y mi desgano del mundo, lejos del ruido de la populosa Sevilla, a no ser porgue, descubierto mi retiro por el eterno enemigo de mi familia y mo, de tales asechanzas me vi rodeada, que de vivir en despoblado tuve miedo; que aunque mis criados eran muchos y valientes, y fieles, capaz hubiera sido don Baltasar de juntar un ejrcito de salteadores, y combatir la granja y robarme, cosa que en Sevilla no es fcil, donde hay tanta gente de guerra y de justicia, y toda al servicio del rey, para seguridad de sus buenos vasallos. Vneme, pues, otra vez al mesn de la Cabeza del Rey don Pedro, y sin dejarlo de la mano, casa mand buscar, y hallaron esta, y vistela y agradome y comprela, y reparada y alhajada que fue, a ella vneme, harto ajena de creer que duende en la casa haba, y que por ello la Inquisicin haba de visitarme, y aparecrseme duende que me perturbara y me pusiera en ocasin en que yo hasta ahora no me he visto, ni pensado verme; y si no fuera por esta bendita medalla que me dej el familiar que a verme vino, ni aun a pensar me atrevo en lo que de m hubiera podido ser. Y como al acabar su relato doa Guiomar sacara del hermossimo seno la medalla que la noche anterior la haba dado el seor Gins de Seplveda, sinti Cervantes un no s qu de desabrimiento y de celosa rabia, que hubo menester un gran esfuerzo para que de ello al semblante no le salieran los indicios; que antojsele (antojo ocioso y aun calumnioso de enamorado) que doa Guiomar no era una tal y tan honesta dama, ya que no inmaculada doncella, como l haba credo, sino que se agradaba de parecer tan rara en lo tocante a la condicin en que se hallaba, como era rara en hermosura; y que tal vez todo aquello que de ella se haba dicho en Mjico, y que haba costado la vida al alfrez Gaspar de Valcrcel, y que ella no haba tenido empacho en referir, no era sino muy cierto; y que tal vez en l no buscaba marido amante, sino marido pobre y sufrido, que a trueque de sus grandes riquezas y aun de los abandonos de su hermosura, todo se lo sufriese y callase, y su reparo y el nombre de sus hijos ante el mundo fuese. Y esto lo pensaba Miguel de Cervantes, aunque tena el alma noble, porque no hay recelos que de una mujer se tengan sin pruebas, que villanos no den; y en este pecado dan los que bien aman, por buenos que sean, y por la misma fuerza de su amor, que a los tristes y desesperados recelos los lleva. Inocente haba sido en contar con tal lisura su historia doa Guiomar, y claras muestras haba dado de no conocer el mundo; que el calumniado que de la calumnia de que es vctima habla, es uno ms que a la calumnia que le sacrifica ayuda. Y esperrase a lo menos doa Guiomar a que, por ser mujer de Cervantes, este dudar no pudiera de la hasta entonces entera castidad suya, y mejor hiciera, y sobre seguro y sin peligro pudiera contarle lo qu, no habiendo llegado a aquellos trminos, era ocasionado a los recelos, que como no poda menos de ser, a nuestro Miguel, que era hombre de una grande experiencia, acometieron. Imprudente haba sido doa Guiomar confiando en su inocencia, y ms an en el amor de su soldado; y si hubiera su corazn visto cuando ella sac de su seno la medalla del seor Gins de Seplveda, arrepentdose hubiera de su imprudencia; que Cervantes crey, que si el familiar no la haba preso, a causa haba sido de algn inapreciable favor con que la rectitud del enviado de la Inquisicin doa Guiomar haba torcido; y no tuvo la medalla que de su hermossimo seno doa Guiomar haba sacado, sino como recuerdo y prenda de amor por el familiar a ella dejados. Y no haba sido otra la intencin de doa Guiomar que la de espantar a Margarita, a la que una vez recibida no se atreva a echar a la calle, para que ella de su _motu proprio_ se fuese, atemorizada al saber que la casa tena duende, y que para defenderse del mal era necesaria una medalla de la Santa Inquisicin, que ella no tena. Celosa andaba doa Guiomar, porque poco recatado Cervantes, atrado por aquellos dos opuestos polos entre los cuales se encontraba, y aunque ms cerca de doa Guiomar, no muy distante de Margarita, haba mirado ms de una vez a esta con encendido ahnco, y hartas seales haba dado Margarita, aunque sin pensarlo, del amor que por Cervantes se haba encendido en su pecho; todo lo cual haba nublado y ennegrecido los inquietos espritus de doa Guiomar, y por esto, como se ha dicho, de duendes haba hablado y haba sacado la medalla, para que de ella, y por su propia voluntad, se apartase aquella su negra enemiga. Y estando en esto, entr en el cenador Florela, ya repuesta en su natural y propio traje de doncella, y arrimose a doa Guiomar y quiso hablarla en secreto, pero ella le dijo: --Dime alto lo que tuvieres que decirme, que no hay necesidad de que estos, mis buenos amigos, crean que yo tengo algo oculto, y a ms que es descortesa. --Pues, seora,--dijo Florela,--ah est, y por vos pide, aquel seor familiar que anoche vino, y dice que de graves asuntos tiene necesidad de hablaros. --Pues que all voy dile,--respondi doa Guiomar. Y como Florela se fuese, continu: --Cosa es la Inquisicin a que no puede cerrarse la puerta ni obligar a espera. Y as vosotros, amigos mos, me perdonaris si os dejo para ir a ver lo que la Inquisicin de m quiere. Y doa Guiomar, levantndose con no pequeas muestras de sobresalto, del cenador saliose llena de celosos cuidados, porque a solas dejaba con Miguel a Margarita; y ms cuidosa hubirase sentido doa Guiomar si en el alma de Cervantes pudiera haber ledo; que ste crey que doa Guiomar se encontraba en la mezquina y dura ocasin de una dama de poco ms o menos, que estando al lado de un su enamorado, la visita de otro enamorado con quien tiene grandes respetos, y dejar de asistir a la cual no puede, la anuncian. XIV De como hubiera hecho muy bien doa Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el seor Gins de Seplveda. Como Margarita, libre de testigos, a solas con Cervantes se encontrase en aquel cenador sombro, donde la belleza, el silencio y la frescura al amor convidaban, sin reparar en que los que estn rodeados de tupido ramaje no pueden tener la seguridad de no ser acechados, como lo eran ellos, y de cerca, porque la celosa doa Guiomar haba diputado a su fiel Florela para que observase, los ojos alz ella sin miedo y los fij en Cervantes de una manera tan clara, que l se sinti amado hasta las entraas, y dolorido por doa Guiomar y contra ella irritado, sus ojos fij en Margarita con no menos vehemencia y fuego que ella en l fijaba los suyos; y fusele a ella un suspiro, y l con otro suspiro contest, y as permanecieron algn tiempo, indecisos, sin hablarse, y mirndose tiernamente, y requebrndose con los ojos, que el diablo andaba por all suelto y teja ya una maraa que sin desdichas no habra de desenredarse, y cuando fuese peor el remedio que la enfermedad. --En verdad, en verdad, seora ma,--dijo Cervantes,--que ni yo s lo que me pasa, ni dnde estoy, ni a qu atiendo, ni qu deseo, ni de qu hilo he de valerme para salir del laberinto en que perdido me hallo. Oalo todo Florela, que a poca distancia estaba, entre el follaje de un bello jazmn escondida, y oy asimismo que Margarita dijo, con la voz apenada y dbil, y tan apasionada, aunque quera ocultarlo, como si su voz hubiera salido de en medio de sus doloridas entraas: --Ay, seor mo, que yo tambin estoy espantada de m misma, porque no debiendo tener ni corazn ni alma ms que para la desgracia, que nunca llorar bastantemente, del fallecimiento de la desventurada madre ma, en cosas pienso que tan lejos estn de mi madre como de mi ventura! Y en cuanto a lo que decs del hilo que necesitis para salir del laberinto en que os encontris perdido, dgoos que bien podis valeros del hilo de oro que tenis en las manos, y l os sacar a buen puerto. --Pero no sabis, hermosa seora ma,--contest Cervantes,--que el hilo de oro, cuanto ms rico es, por no tener mezcla de ningn otro metal, es ms quebradizo? Oro no me deis a m para que de gua me sirva, que nunca ha sido el oro el imn de la aguja de mis deseos; que si lo fuera, no hubiera yo dado en poeta, que es lo mismo que hacer voto de pobreza perpetua e incurable, y de perpetuo afn e irremediable locura. --De poetas es,--dijo Margarita,--volverse a lo que ms brilla y adorar el sol que deslumbra. --Pero a veces, seora, cuando ms luce el poeta, es cuando la fragancia aspira del humilde lirio que entre la yerba se esconde, y con plcida voz y acordada armona le canta. Colorronse sbitamente las mejillas de Margarita, y un sbito temblor acometi a Cervantes, que en los ojos de Margarita vio algo que, yendo ms all de lo humano, divino pareca, y que le atraa con una no conocida fuerza, y de tal manera, que el uno dio en los brazos del otro, y sus labios se unieron, y ella, desfallecida sobre el hombro de Cervantes, reclin su hermosa cabeza, y suspirando le dijo: --Mi esposo sois, que ya de ello con vuestros labios y con vuestro abrazo me habis dado testimonio; y ved lo que hacis, seor mo, de mi alma, que aqu de celos fallezco y de espanto me muero; que de vos doa Guiomar est enamorada, y duendes hay en esta casa, y yo no tengo como ella medalla de la Inquisicin que de los duendes me defienda. Sell una y otra vez Cervantes los labios de Margarita, libando la ambrosia de su aliento, y reparndose al cabo y pensando en que de aquel su olvido y arrebato poda haber ocultado cuidadosos testigos la espesura, de sus brazos dulcemente separ a Margarita, y la dijo: --Vuestro esposo soy; de ello no podis tener duda, si no es que en duda ponis mi hidalgua y mis cristianos pensamientos; y puesto que esto no tiene ya remedio, ni yo deseo que lo tenga, ni arrepentido estoy de haber llegado al punto a que me ha convidado mi por vos prspera fortuna, disimulemos, que a vuestra honra y a la ma el disimulo conviene; que no hay para qu de vos se hable ni de m se diga que no he tenido valor para contener los impulsos de este violento corazn mo, que tan presto, de tal manera y para siempre, habis hecho vuestro. --Dios sea bendito!--exclam Margarita, levantando los hermosos ojos, llenos de lgrimas, al cielo,--que en el amargo y negro da en que para m juzgaba ya cerradas todas las puertas de la esperanza, la felicidad encuentro, no embargante el dolor que siento porque mi desdichada madre no vive, y es testigo y partcipe de mi ventura. --Cesemos en esto, seora de mi alma,--dijo Cervantes,--y procuremos recobrar la serenidad del rostro, no sea que doa Guiomar vuelva y sospeche, y celosa os injurie, y en trance me ponga de hacer lo que no quisiera ni cumplira a mi honra; y habladme de los sucesos de vuestra vida que relatar os falta, y ms que esposos enamorados, parezcamos buenos amigos hasta que de esta casa salgamos, y habiendo pasado por la iglesia, a la pobre ma os lleve. Y como aconteciese que Cervantes fuese volviendo en s de aquel trastorno de sus sentidos, de lo a que l, si no hubiese estado celoso y perturbado, no hubiera llegado, espantose; porque conoci claro que no por haber empeado l su honra, tomando la de ella, haba menguado en un pice su adoracin por doa Guiomar, sino que antes bien, con la nueva dificultad haba acrecido; y aquejbale hasta criar dentro de su pecho una rabiosa tormenta, el ver que la visita del familiar con la hermosa viuda continuaba, y que ella no volva; y mientras esto pona a Cervantes en una borrasca de confusiones, Florela atisbaba, demudada y plida, porque a su seora amaba, oculta entre los jazmines, y proponase todo relatarlo como ella lo haba visto y odo a doa Guiomar, para que no fuese ms tiempo burlada y engaada, y por la burla y el engao se vengase. XV De como Cervantes oy el fin de la historia de Margarita entre las cabilaciones que le causaba el no saber adnde le llevara la historia de sus amores. Receloso estaba Cervantes, sospechando lo que aconteca, esto es, que testigos haba habido de su repentino e inevitable delirio; y no sospechando nada de esto por su inocencia Margarita, y dominando cuanto pudo las huellas que en su semblante quedaban del frenes de amor que por ella haba pasado, con voz dulce y enamorada dijo: --Pues lo que contar de mis desdichas queda es tan breve, seor de mi alma, que muy presto habr terminado; mucho antes quiz de que doa Guiomar venga; que Dios sabe cun largos pueden ser los asuntos por los que la Inquisicin la busca. Con estas palabras avivado haba Margarita el fuego de la celosa rabia de Cervantes, que se arrepenta ms y ms de su pasada, pero irreparable debilidad y ligereza. Mantvose, sin embargo, sereno, y Margarita continu: --Por curarme de las tristezas en que la ausencia de Gaspar de Valcrcel me haba puesto, aunque yo, por lo que siento ahora conozca, ay de m! harto bien no era amor lo que por mi ausente enamorado senta, ni viso, ni aun sombra de ello, trajronme mis padres, como ya he dicho, a la populosa Sevilla, ansiosos porque mis melancolas tuviesen trmino en un nuevo amor; que yo era muchacha, y a la juventud no hay que pedirla reflexin ni firmeza; que no hay firmeza sin reflexin, y las jvenes plantas que cuando dejan de ser halagadas por el dulce cfiro se doblegan mustias, otras cfiros las alientan y reviven; y cfiro es para la mujer el primer amor que apenas si su inocente alma conmueve; amor de la inocencia, que en nada se parece a este otro amor de la vida, que por vos, seor de mi alma, me abrasa y me devora, y de tal manera, que me parece que no es ma la vida que vivo, sino que en vuestra vida aliento, y en medio de vuestras propias entraas, y que en mis entraas os siento; pues, como deca, aunque mis padres tenan una tal cual hacienda, por la que en el pueblo por ricos eran tenidos y respetados, y como ricos vivan, no era esta hacienda cosa bastante para sufragar los dispendios a que les obligaban las galas y las joyas con que para llevarme a las principales casas, de Sevilla necesitaban ataviarme y prenderme; y como mis melancolas y pesadumbres no cesaban, y llamaban hermosura al pobre parecer mo los galanes de la populosa y regocijada Sevilla, y con pretensiones me asediaban, sin que yo de mis melancolas y negro humor me curase, esforzbanse mis padres, y acrecan sus dispendios, y hasta llegaron a poner gran casa donde pudiesen tener lugar saraos y representaciones de pasos y comedias; que as los tristes, que por no tener ms hija que yo, en m sus ojos y su alma y todo el amor de su corazn haban puesto, crean dar alegra a mis tristezas, alivio a mis pesares, y ponerme ms y ms en ocasin de que algn gentil y joven caballero de m se enamorase, y fuese tal que yo no pudiese menos de amarle; pero esto no aconteca; que para m los hombres eran como si no los hubiese, y en vez de agradarme me martirizaban con sus solicitudes, y mis tristezas y mi desabrimiento aumentaban; y en balde dbanme msica, y en balde escribanme versos en que me comparaban con el sol, con la luna y con las estrellas, con el cielo y con la tierra, con las praderas y las selvas, con las flores y los cfiros; yo no lea estas composiciones, sino que, desdendolas, las rompa o las quemaba; y si yo las guardara, bien hubieran podido hacerse con ellas dos o tres gruesos libros infolio. Vendido haba mi padre su hacienda para sufragar los diparatados gastos en que por amor mo se haba metido, y puesto el dinero a ganancia casa de genoveses; pero la ganancia del dinero no alcanzaba ni con mucho a aquel loco y continuo gastar de mi padre, y fue necesario al propio dinero recurrir quitndole de la ganancia; tal era la ceguedad de mi padre, tal la vehemencia de su amor por m, que en aquel camino de perdicin no se detuvo, esperando siempre que algn poderoso magnate de m se prendase, y yo le correspondiese y nos cassemos, y todo viniese por ltimo a un fin prspero; que tal era la idolatra que mi padre tena por m, que no se le figuraba menos que yo era la nica mujer hermosa que en la tierra haba, en cuya creencia le ayudaba el ver que las gentes que a mi casa iban y que en paseo nos encontraban, y en las comedias, y en las iglesias, se desojaban mirndome, y tras m se iban y ansiosamente me pretendan. Lleg al fin un punto en que, no habiendo habido hombre que en l reparar me hiciese, y por el que en nada mi malaventura del alma se aliviase, mi padre lleg al fin y remate de su hacienda, y no rindindose an y esperando siempre el ave-fnix que conmigo haba de casarse, pidi dinero prestado, que cuando los plazos se cumplieron no pudo pagar; de modo que, conocida la pobreza de mi padre, nadie fue osado a prestarle un solo maraved; ms bien los acreedores embargronle cuanto en la casa haba: muebles, tapices, carroza, y aun la misma ropa y alhajas de mi madre y mas; y como mi padre se viese en medio de la calle con mi madre y conmigo, sin poder volver a nuestro pueblo, porque en l nada nos quedaba, y sin tener otro refugio que la pobre casa de un fiel criado que de nuestras bien merecidas desdichas condoliose, enferm, y de tal y tan grave manera, que al hospital de San Juan de Dios fue necesario conducirle; que el criado que nos amparaba no tena fuerzas para otra cosa; y all el desgraciado, perdida ya toda esperanza, comido del remordimiento de la miseria en que a mi madre y a m nos haba puesto, muriose, y de caridad le enterraron no lejos del sitio en que esta maana fue sepultada mi desventurada madre, en ese cementerio del Salvador, adonde vos, movido a compasin por mi desgracia y mi soledad, me seguisteis. No aprovechbamos mi madre ni yo para sustentarnos con nuestro trabajo, que trabajar no sabamos, como no fuese el soportar por amor de Dios nuestras nunca odas y agudsimas desgracias. Trabajaba para nosotras, que se quitaba la vida, l bueno de Francisco; pero viejo, tambin adoleci, y al hospital se lo llevaron, y otro da fuimos acompaando su cadver como habamos acompaado el de mi padre. Cerrbase todo para nosotras, y de tal manera, que el cielo que todos vean azul y sereno, nosotras le veamos nublado y siniestro, preado de tempestades, y entre sus neblinas caliginosas parecanos ver la muerte que cruzaba y sobre nosotras descenda, amenazndonos con su horrible guadaa. Algunos de los amigos que tuvimos en aquellos tiempos que la locura de mi padre (Dios le perdone!) hizo que pata nosotras pareciesen prsperos, nos socorrieron; pero no hay quien socorra una necesidad continua: la amistad se cansa pronto; que para la miseria no hay amigos, y si la caridad subsiste algn tiempo ms, acaba al fin por entibiarse y por convertir su ardiente fuego en duro hielo. Hace cuatro meses desto, y ya mi madre, por amor mo, haba pretendido salir a mendigar de noche, yndose a las puertas de las iglesias donde haba ejercicios; y yo por m no se lo hubiera consentido, pero por ella consentilo y acompaela, y ambas a dos, en cuanto la noche cerraba, a la iglesia ms prxima donde haba ejercicios nos bamos, y a su puerta nos ponamos rebozadas, y aun a pesar del rebozo avergonzadas, y trmulas, y poco menos que agonizando. Caan algunos maraveds en nuestras heladas manos, y para el pan sacamos la primera noche; pero la segunda, los mendigos de oficio que all acudan, y que la noche anterior de nosotras se haban apercibido, nos echaron, llenndonos de improperios, dicindonos que les hacamos perjuicio, y que como ramos pobres nuevos, si habamos de seguir pidiendo, habamos de ganarlo, y no haba de ser esto menos que repelndonos contra toda aquella falanje de ciegos, cojos, mancos, tullidos y muchachuelas de mal vivir; y no nos lo decan esto de buena manera, sino rodendonos y empujndonos, y ponindonos los puos a dos dedos de la cara, y amenazndonos con garrotes y vihuelas, y gritando y chillando y aullando todos y todas a una, ni ms ni menos que si hubiesen sido una legin de demonios voraces, contra nosotras conjurados. Y no sabemos lo que de nosotras hubiera sido, porque aquella mala gente se iba embraveciendo con su propia clera, si de improviso sobre aquel torbellino de rabiosos no lloviera de repente una tal tempestad de cintarazos, que todos, sanos y lisiados, escaparon, quedndonos solas en el atrio de la iglesia, asustadas y poco menos que agonizando, mi madre y yo, y de tal manera amedrentadas, que no acertbamos a movernos, estrechadas la una contra la otra, y temblando. Estando en esto, vino a nosotras un caballero, ya no joven, pero al que tampoco poda llamrsele viejo, que era el que en aquel apretado trance nos haba socorrido, y en l para nuestra desdicha, porque nos impidi aceptar de l ms socorro, reconocimos a un seor capitn, persona muy noble y muy rica, y de mucho respeto en Sevilla, y como poeta no mal reputado; en una palabra, el capitn don Baltasar de Peralta, del que tan acerbas e impas memorias tiene la hermosa doa Guiomar, vuestra amiga, y tan perseguida de l se encuentra. --Y os persigui tambin ese hombre?--dijo con la voz alterada y demudado el semblante Miguel. --Su concupiscencia no encuentra respeto que le ataje, ni su soberbia dificultad, en vencer la cual no se empee,--dijo Margarita;--cuatro meses haca que a Sevilla haba llegado y conocdome, cuando todava nos encontrbamos con las apariencias de una riqueza mentida, y requerdome haba de amores, y como yo le resistiese, habame dicho:--O ma habis de ser, seora, o hemos de ver los dos para qu hemos nacido. --Desde Adam ac,--dijo Cervantes,--al mundo no ha venido criatura sino para morir; slo que a unas las mata Dios y a otras las matan los hombres, sino es ya que ellas a s mismas, porque no se puedan resistir, se destruyan; y antjaseme que para el capitn don Baltasar de Peralta las tres sangrientas parcas miden ya con muy breve trmino su vida; y la ms tremenda de ellas, la despiadada Atropos, sus inexorables tijeras prepara; y tengo para m que lo que ha de ser esas tijeras lo es la buena hoja de Toledo que a la cinta llevo. --No por Dios, seor mo,--exclam Margarita, ponindose como la cera amarilla,--que hartas desventuras he sufrido ya y el valor me falta, y si yo os perdiese, no podra resistir ni un punto, y ahogarame la pena; que mirad que ese hombre es tal que no hay valiente ni diestro con quien se mida a quien no hiera o mate; y ved no hagis que la despiadada punta que a vos os corte la vida a m al corazn me llegue, y en la tumba me arroje desesperada. Sonrea Cervantes oyendo a Margarita, como quien sonre cuando escucha las raras quimeras de un sueo que se relatan, y asindola dulcemente una mano y mirndola amoroso, la dijo: --Aunque yo no tuviera ms valor que el que el encanto de vuestra hermosura y el amor que me mostris me infunden, dgoos que no ya ese capitn, que de tal modo os espanta, sino el mismsimo Orlando con toda una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastara para contrarestar el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al bro y a la fama de vuestro enemigo; y tened ms confianza en el aliento de quien bien os ama, y no temblis ni empalidezcis, mi dulce seora, que en verdad os digo que para vos y para m han empezado ya das ms bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos, porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, as sean gigantones de los que por los libros de caballera se encuentran, y que si no os dejo, l sobre m vendr y provocarame, y en trance me pondr de que yo le ponga de manera que ms mal que el que ha hecho no pueda hacer a nadie en este mundo; y otros, seora ma, que a doa Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso contrario. Y a Cervantes se le iba el pensamiento sin poderlo remediar a doa Guiomar, o, por decirlo mejor, se le estaba en ella; porque ni un punto de ella se haba olvidado, como no fuese en aquellos momentos en que otra cosa no vio, ni para ms vivi que para Margarita; y ahogbase ya, aunque lo disimulaba Cervantes, porque la ausencia de doa Guiomar se haca tan larga, que ocasin daba a toda suposicin de los recelosos y abultadores celos, y la ira y el espanto le cogan el corazn, e inquieto se hallaba, y a no mediar miramientos, a buscar hubirase ido a la hermossima indiana; que entonces, a causa de sus celos y de las emponzoadas imaginaciones que por ellos en la turbada mente revolva, parecale ms y ms hermosa, y espantbase, porque vea que, si en vez de estar ausente doa Guiomar, lo hubiese estado Margarita, conturbdose hubiera de igual modo y de igual manera enojado e irritado, y no saba explicarse por qu extraa, y para l no conocida razn, enamorado y en igual o casi igual trmino de empeo por dos mujeres s encontraba; y no saba cmo de aquella dificultad haba de salir; que l con las dos no poda casarse, ni hacer desmerecer en su alma a la una por la otra, con la una casndose y teniendo a la otra por amiga; que ambas eran altivas y honradas, y si la virtud haba faltado un punto a Margarita, culpa del amor que enloquece haba sido, y a punto doa Guiomar haba estado de olvidarse de su virtud por su amor, lo que nada implicaba para que ellas estimasen su honra de una igual manera; que la mujer que ama y, por el amor, de su honra se olvida, no cree que su honra ha perdido, sino que en depsito la ha dado al seor de su alma, y en obligacin le considera de restaurarla en su honra, hacindola suya, su esposa y compaera. Disimulaba Cervantes aquel sufrimiento en que los sucesos de su amor tan inopinadamente le haban puesto, y a Margarita sonrea, y no pareca sino que tenindola a ella, toda cuanta felicidad haba ansiado tener tena; y como ella, por las razones que Cervantes la haba dicho, hubiese conocido que el venir a las manos el capitn don Baltasar y Cervantes inminente era, en cuanto el capitn supiese que ella a Cervantes amaba, y que a mayor abundamiento, en la casa de la hermossima viuda indiana estaba, y ella le amaba, no porfi, sino que disimulando tambin su angustia, dijo: --Si cuando yo me vea rica, porque mi padre me cubra con flores el abismo que cerca de los pies tenamos, atencin no prest a las solicitudes y a los encarecimientos del amor de don Baltasar, menos poda admitirle cuando por la miseria en que me encontraba, l poda creer que, no esposa amante en m tena, sino mujer desesperada, que por no morir a los rigores del hambre, a l se haba unido esclava de su desventura; y si altiva me haba mostrado con l antes, ms altiva con l fui luego; y de tal manera irritado y desesperado, y con el alma torcida apartose de nosotras, dejndome ver claro en una mirada, que no pareca sino que de los ojos de un demonio sala, que crea que la miseria, y la desesperacin, y el amor a mi madre haranme someterme a sus deseos; y no fue ya slo la dura y horrenda pobreza, los das sin pan, el cuerpo sin abrigo, la soledad y la tristeza lo que sufrir tuvimos, sino asechanzas y humillaciones, y visitas de viejas olvidado todo temor de Dios, que a proponernos cosas venan, que no eran ni aun para odas; y rondadas nos veamos por bravas y malas gentes, y asustadas nos encerrbamos de noche, y mientras la una dorma velaba la otra, siempre dispuesta a clamar socorro a los vecinos al primer asomo de peligro, y sin atrevernos a salir ni aun de da a la calle. En fin, mi desdichada madre resistir no pudo a tanta miseria, a tanto dolor, a tal quebranto, y ya lo habis visto, vos me habis acompaado cuando la conduca al lugar de su reposo; junto a m habis estado cuando la horrenda y negra tierra de la fosa de ella me ha separado, y en vuestros brazos me habis sostenido cuando, arrebatada por el insoportable desconsuelo de mi alma, cre tambin para m llegada la ltima hora. Dios junto a m os ha puesto; Dios ha querido que, habiendo mi corazn repugnado siempre el amor, en l por vos haya cado en breves horas, y de tal manera, que a la locura del amor llegada, vuestra esposa me hayis hecho y hchoos mi esposo ante Dios, que el juramento de nuestras almas ha odo; y Dios ha debido quererlo, porque yo no s cmo, dolorida y desesperada por la eterna separacin de la adorada madre ma, esto ha sido, o ms bien ha sido por esto; que la yedra que pierde el rbol que la sostena, si otro rbol encuentra prximo, a l vase y a l se estrecha con ms fuerza que con la que al otro que perdi se asa; y pues yo soy la yedra y vos el rbol, y por el amor la yedra al rbol se une, no me hagis temer, nico apoyo y sustento mo, que en peligro me veo de que otra hacha enemiga el dulce arrimo a que llena de esperanza me he enlazado, me robe. --Dgoos,--exclam Cervantes,--que mi esposa sois, que de otra manera ser no puede, porque ni yo puedo olvidarme de los buenos padres de que vengo, de la honra que de ellos he recibido, ni de la religin ni de la crianza que me han dado, ni de mi propio honor, ni de mi corazn propio, que vuestros son tanto como mos; y porque yo tena ciertos empeos, aunque no de honra, con doa Guiomar, y en su casa estamos, y en ella os tiene amparndoos, y amparndoos a vos a m me ampara, y por ello, no slo respeto, sino agradecimiento la debemos, dejadme hacer, y nada de lo que hacer me viereis os extrae, os ponga en cuidado, ni os enoje; que todo ser buscando el camino para salir a buen lugar y honrado; y en esto cesemos, que ya por entre aquellas espesuras me parece haber visto a doa Guiomar que se acerca. Y as era la verdad, que la hermosa indiana vena por entre las verdes frondosidades del jardn, y en paso lento, hacia el sombroso cenador donde los dos amantes se encontraban; y era el paso lento de doa Guiomar la vacilacin de su alma, en la que tal tumulto haban levantado su amor y sus celos, su indignacin contra Cervantes, su odio contra Margarita, y la obligacin en que se encontraba, por su propio decoro, de vencer aquella tempestad que en su alma se revolva, y aparecer ante los dos amantes tal y de igual manera que como estaba cuando se separ de ellos, que no saba qu hacerse, y tema que en el semblante se le conociesen la turbacin, y el despecho, y la ira, y los celos, y la venganza, y el infierno, en una palabra, que a su alma daban cruda guerra; porque Florela no haba andado con rodeos, y todo lo que haba visto y odo habala contado en el momento en que se parti el familiar que a visitarla haba ido. Y porque importa saber lo que el familiar y doa Guiomar hablaron, y lo que hablaron doa Guiomar y su doncella, de ello se va a dar cuenta en el captulo siguiente. XVI En que se ve cun dura tena la Inquisicin la mano, aun para sus familiares, y cunta fuerza, cunta virtud y cunta prudencia doa Guiomar para encubrir sus amarguras. Haba acudido doa Guiomar desasosegada y con disgusto a la visita del seor Gins de Seplveda, al que encontr todo mezquino y encogido, y tan espantado como quien se cree en un gravsimo peligro. Miraba a doa Guiomar cual si hubiera sido cosa del otro mundo, y con tal avaricia y tal miedo, en que la misma ansia con que la miraba le pona, que tanto mova a lstima como a risa su extraa catadura. Hzole una profunda reverencia en entrando doa Guiomar, y luego fue a sentarse en el canap. Saludole, y le convid a que se sentase. Hzolo el menguado, quedndose tan encogido y tan temeroso como cuando estaba de pie, y continu mirndola de la misma manera absorta, codiciosa y espantada. --En mal hora para m y para castigo de mis culpas,--dijo con la voz balbuciente,--fui yo a esta casa venido anoche; y no os digo por qu, aunque bien podis figuraros la causa; que prohibido me est seversimamente, y bajo pena de grave censura, el que ms de la cuita en que estoy agonizando hable, ni con vos ni con nadie, ni aun conmigo mismo: quejas hanse dado hoy a la Inquisicin, porque en vez de prenderos a vos, seora, al rapista _Vivis-mil-aos_ prend; y yo no s quin pudo dar esta queja; pero es lo cierto, que puesto que el rapista haya dado en otras ocasiones motivos o sospechas para que la Inquisicin le prenda o le aperciba, por lo de ahora limpio est de acusaciones y sospechas, y le han soltado, y en su casa se halla, insolente y ufano y satisfecho, diciendo que a un tal catlico apostlico romano como l, no hay quien en materias de fe le meta el diente, y que si hay malos ministros que, por servir a hermosas damas, a los buenos catlicos llevan a la Inquisicin a encerrarlos, este tribunal, en su justicia y en su sabidura, al atropellado suelta y le satisface, y a sus temerarios o tal vez malvolos familiares, que a tanto osan, reprende, apercibe y penitencia. Y la Inquisicin hame obligado, despus de haberme enderezado una severa y dura amonestacin, a que a buscar venga al tal rapista, y ante l me ponga, y perdn por el desaguisado que dicen que contra l he hecho, y que sin duda he debido de hacer, porque la Inquisicin no se engaa ni puede engaarse, le pida. Mucha mano ha debido de haber en todo esto; que la Inquisicin no suelta tan anas al que una vez en sus prisiones coge, aunque luego resulte inocente. A un mes de convento y de ayuno y de penitencia me han sentenciado, a ms de a la demanda del perdn del rapista, que ya he solicitado, y en cuyo acto de humildad, que la Santa Inquisicin se ha dignado imponerme, he sufrido cuantas insolencias pueden decirse y son imaginables, de la boca del rapista. Y otros, como la Inquisicin haya notado que yo no tena al pecho su medalla, y por ella me haya pedido, y yo, no atrevindome ni debindome atrever a engaar a la Santa Inquisicin, la verdad haya respondido, por esto se me ha castigado con suspensin del oficio y de las preeminencias que en la Inquisicin tengo, por un ao; se me ha impuesto una multa de cien ducados para obras pas, y se me ha mandado que a vos venga y la medalla os pida, y os aperciba para que de ahora en adelante, y en toda vuestra vida no volvis a solicitar su posesin, que por ser vos persona extraa al Santo Oficio, y sobre todo hembra, no podis poseerla ni aun tocarla, sin incurrir en una especie de pecado, que no es verdaderamente sacrilegio, ni deja de serlo; y que cuando os haya reprendido bien sobre esto, y apercibdoos y anuncidoos que tiene puesto la Inquisicin sobre vos su ojo perspicaz y escudriador, que todo lo ve y lo descubre, y lo juzga y lo castiga, la medalla os pida y a entregarla al Santo Oficio vaya, despus de lo cual me llevarn a los capuchinos de la Paciencia, bien recomendado para que a severos ejercicios se me someta, y en rigoroso ayuno y encierro se me ponga. Conque as, seora, cumplido ya lo de la reprensin y el advertimiento, que bien a mi pesar os he hecho, la medalla dadme, y con ella la licencia de que vuestras manos bese, y a cumplir la penitencia que se me ha impuesto vaya. Dijo todo esto el familiar con voz desfallecida y con ansias, y de tal manera, que para no perder algunas palabras, doa Guiomar tuvo que aguzar el odo. Y no se ri, porque no era para que riese el saber que estaba vigilada y acechada por la Inquisicin, y porque hubiera sido adems poca caridad, segn apareca de acabado y casi moribundo el seor Gins de Seplveda. Apresurose la hermosa indiana a sacarse la medalla del pecho y su cordn por la cabeza, y dndosela al familiar, le dijo: --Tomad, que ms valiera que no vinierais nunca, si tal haba de costaros el haber venido y en tal cuidado haba de poneros. Y aqu cortara la visita doa Guiomar, y al seor Gins de Seplveda dejara irse, por volver cuanto antes al jardn, impulsada por el ansia en que la tena el haber dejado a solas y en lugar apartado y espeso a Miguel de Cervantes y a Margarita; que sobresaltada estaba la hermossima viuda, y celosa y con toda el alma puesta en el jardn, antojndosela que oa ternezas y vea rendimientos que Cervantes prodigaba a Margarita. Pero aquello de haber soltado la Inquisicin tan presto al maleante rapista, y lo que el asendereado familiar haba dicho de que en aquello deba de haber habido mucha mano, y lo del apercibimiento, y la reprensin, habanla puesto muy en cuidado y en la necesidad de averiguar acerca de esto lo ms que pudiese. As es, que habindose puesto de pie el seor Gins de Seplveda para despedirse en el punto en que tuvo pendiente otra vez de su cuello aquella malhadada medalla, que si no la tuviera en su vida en aquellos aprietos de amor no se hallara, ni penitenciado ni castigado por el Santo Oficio se viera, djole: --No tan pronto, seor mo; sentaos otra vez, yo os lo ruego, que puesto que haya persona que mida el tiempo que en mi casa permaneciereis, aunque este tiempo se alargue, bien podr creer que en la larga y severa reprensin que os mandaron me hicierais vos le empleasteis; y yo tengo que preguntaros algunas cosas, que para m son de mucho momento, y no dejis de decrmelas si las sabis, aunque no sea ms que por esa entraable aficin que decs tenerme. --En esto no hablemos,--dijo desfalleciendo el familiar,--que prohibido me est, como os he dicho, de esto hablaros, ni aun pensar en ello, so pena de gravsimos castigos; pero no tratndose de esto, y siendo verdad que por la dura comisin que he trado entretener un tanto puedo el tiempo sin que a mala parte se eche, preguntadme lo que de m saber queris, que yo os responder en verdad, porque yo nunca he mentido. --Habeisme dicho,--dijo doa Guiomar, en tanto que el seor Gins de Seplveda otra vez se sentaba, quedando tan encogido como antes,--que la libertad del rapista tan presto como ha sido, no ha podido ser sin que en ello haya habido mucha mano. --Eso he dicho, seora,--contest el familiar,--porque tengo la larga experiencia de que las cosas del Santo Oficio de la General Inquisicin nunca fueron tan de prisa; pero no sabr deciros cuya sea la grande influencia que tal y tan extraa cosa he causado; y que no ha habido influjos de tal monta, que a ellos el Santo Oficio no haya podido negarse, no me lo digan a mi, que el mismo rapista en su insolencia me lo ha dado a entender, dicindome: --Pues qu, familiarcillo mezquino y simplote que t eres, creas t que yo era un gusano as tan desamparado, que podas echar mano de l a tu placer y a horro, sin que el gato te se viniera a las barbas? Anda, anda, y buena pro te haga, que por el ao de mi abuela, que yo no la conoc, ni s quin fuese, que las has de pagar a ayunos y vahdos y hasta con las setenas: pues qu, soy yo ah una nonada, y no tengo yo aldabas a que agarrarme, y tales, que no digo yo de ti, sino de la mismsima Gorgona que de m hiciera presa me librara? Anda, anda, menguadillo, bobalicn y mentecato, y atrvete otra vez a personas que, como yo, tanto valen. --Hinchdole hubiera yo la cara a mogicones al tal rapista, y aun siendo mujer, si tal a decirme se atreviera,--exclam doa Guiomar irritada;--que yo no s para qu os ha hecho Dios hombre, seor Gins de Seplveda; y cosas son estas ms para vistas que para odas, porque no vindolas parecen imposibles. --Atado enviome a ese barbero el Santo Tribunal, por su mandato de ir a demandarle perdn de mi culpa; y el que perdn humilde pide, al tanto se est de la reprensin que le endilguen, y no puede hacer otra cosa que sufrirla, y sufrirla con paciencia, si el acto de humildad que se le manda ha de ser provechoso para su alma. --De manera,--dijo con impaciencia doa Guiomar, dando con el breve pie sobre la estera,--que vos no sabis, ni aun sospechis, quin sea el que su mucha mano ha interpuesto en favor del rapista, para con el Santo Oficio? --Ignorolo, seora, y aunque averiguarlo pudiese, guardarame bien de ello; que cuando de esa persona que yo supongo tanto caso ha hecho el Santo Tribunal de la Fe, gran persona y respetabilsima debe ser ella. --Vaya,--dijo doa Guiomar de todo punto disgustada y mohna,--pues que de nada podis servirme, seor Gins de Seplveda, y estis ah inquieto y desasosegado como si asentareis sobre alfileres, idos en buen hora, y no os digo que cuando escapis de vuestra penitencia podis venir a visitarme como un buen amigo, porque se me antoja que mi casa ha de causaros espanto, por creerla lugar de perdicin para vuestra alma. --En ella se queda la desventurada,--exclam ponindose de pie y dando un hipido el seor Gins de Seplveda,--y ya, seora, que veis que de vos tan mal aventurado me aparto, y tan castigado y doliente, acordaos de m en vuestras oraciones, que puede ser que Dios os oiga, y por vuestro ruego la paz del alma me vuelva que he perdido. Y haciendo un puchero, mir a travs de sus lgrimas tan ansiosa y miserablemente a doa Guiomar, que sta, no embargante los amargos cuidados en que estaba, sinti por l lstima. Fuese el familiar, y doa Guiomar quedose toda confusiones, toda temores, toda celos, toda amargura. Y as, ensimismada en sus pensamientos, y la bella color trocada, y el semblante grave y apenado, estvose inmvil una gran pieza, hasta que de improviso alzose, y sus ojos ardieron, y hacia el jardn se volvieron, que a l daban las ventanas de la sala, como si a travs de las paredes ver hubiera querido lo que en el sombroso cenador del jardn pasaba, y hacia la puerta fuese rpida; y antes de que a ella llegara, abriose la mampara y apareci Florela, la fiel doncella, toda descompuesta y airada, y tan plida, que un viviente cadver pareca. --Malas noticias me traes, Florela,--dijo doa Guiomar;--en tu semblante las leo: habla, no tardes; qu desdicha tan grande me sucede, que as, por la mucha lealtad que me tienes, te ha puesto? --Echralos yo a palos de lacayos, si seora y no criada fuese, a esos desvergonzados, ingratos y mal nacidos; y poco castigo sera, que su bajeza y su atrevimiento bien merecen la muerte. De ella fueron las agonas que, en oyendo esto a Florela, sinti doa Guiomar, y tales, que por algn tiempo, aunque quiso hablar no pudo; que harto claro vio su desdicha en las razones de Florela; pero como el alma, cuando prueba la amargura, de ella parece hambrienta y ms busca desesperada, doa Guiomar hizo que Florela la contase punto por punto cuanto haba visto y odo; y ella no fue escasa, que a su seora dijo mucho ms de lo que hubiera querido saber, y de una manera tan clara, que no pudo caberla duda de que Miguel de Cervantes a Margarita haba empeado su corazn y su honra. Reprimiose, sin embargo, doa Guiomar, domin su corazn, contuvo las lgrimas que a los ojos se la salan, serenose, y dijo a Florela: --Y bien mirado, qu es de todo esto lo que a m me importa? A tiempo he sido desengaada; de ello me alegro; all ellos; con su pan se lo coman, que no ha de faltarme a m marido, y bueno, si alguna vez lo quisiese; y encrgote, Florela, que acerca de esto guardes un grande secreto, o que ms bien lo que sabes olvides; esta es la mejor manera de que el secreto se guarde. Callose en diciendo esto doa Guiomar, y quedose tan tranquila y tan conforme en la apariencia, que Florela, aunque no era lerda, se enga y crey que a su ama la iba muy poco en la infidelidad de su amante, y alegrose, porque la fiel muchacha amaba grandemente a su seora. Enviola esta a sus quehaceres, y acabando de componer su semblante, y resuelta a no dar ni el ms leve indicio de saber lo que suceda, encaminose al jardn, en el que apareci, y poco despus en el cenador, sombroso teatro de su mala fortuna, de tal manera tranquila y al parecer contenta, que Cervantes se alegr y Margarita perdi el miedo que la haba acometido al sentir los pasos de doa Guiomar. XVII De como Miguel de Cervantes supo lo que le bast para meterse en una aventura de ms empeo que la ms atrevida en que os meterse cualquiera de los Doce Pares. --Ruegoos, amigos mos,--dijo doa Guiomar,--me perdonis si tan largo rato he estado apartada de vosotros, que gran causa ha habido para ello. Y refirioles a seguida lo que el familiar de la Inquisicin haba ido a decirla. Alborotose Cervantes, y jur que l haba de desollar al rapista y poner de claro en claro quien el que por l con la Inquisicin haba intercedido fuese, aunque l lo sospechaba ya; y para salir de sospechas pidi a doa Guiomar licencia para salir, prometiendo que con la noticia de lo que averiguase volvera; con lo qu por el postigo del jardn, que la misma doa Guiomar abri, saliose, y doa Guiomar quedose con Margarita, mostrndose para ella tan buena y cariosa, como negras y envenenadas tena contra ella las entraas; y con el dolor que Margarita deca sentir por la reciente muerte de su madre, disimulaba las ansias y las congojas que por aquel su amor, que ya esposa de Miguel de Cervantes la haca, la atormentaban; espantbanla los recelos, y viendo tan enamorada de Cervantes, y de tanto valer a doa Guiomar, tema que una vez poseedor de ella Cervantes, la posesin de la hermossima viuda no perdonase, y que siendo ella pobre y la otra rica, y desventurada ella y dichosa la otra, con la otra se casase, dejndola a ella para que muriese desesperada. Encubra su negro odio a Margarita doa Guiomar, y consolbala y acaricibala, como si hubiera credo que slo por la muerte de su madre era el dolor y la congoja, cuyas muestras no poda ocultar Margarita. En tanto, Cervantes encaminbase al prximo bodegn de la ta _Zarandaja_. El sol se haba puesto, caa la tarde; paseaban por las calles galanes y soldados, haciendo seuelos a sus enamoradas; los menestrales dejaban sus trabajos, y se iban cerrando comercios y tiendas. En aquellos tiempos se trabajaba de da y se descansaba y se dorma de noche, salvos los rondadores y la gente maleante, que lo hacan al revs. Encontr Cervantes a la ilustre ta _Zarandaja_ apercibindose a cerrar su bodegn, que segn las ordenanzas, estos tales a la oracin se cerraban. Dio entrada con mil amores la vieja al gallardo soldado, y cerrando la puerta, djole: --Ya me tema que no vinierais, y sentalo, porque en verdad, que muchas y muy importantes cosas que decir a vuestra merced tengo. --Pues desembuche, buena madre,--dijo Cervantes,--que aqu hay lugar donde quepa todo lo que en l entre; y no os abro el apetito regalndoos alguna cosilla que os d contento, porque pobre ando, y tal, que por Dios que me dejara ahorcar por dos reales. --El que a buen rbol se arrima,--contest la ta _Zarandaja_,--buena sombra le cobija, y de manzanas de oro, y aun con aditamentos de diamantes, es aquel bajo cuyas frondosas y frescas ramas os habis puesto. --Ya me tarda el oros, buena madre,--dijo Cervantes;--que grandes cosas y de mucho provecho han de ser, a lo que me parece, las que tenis que decirme. Psose en esto la vieja en los labios un dedo como imponiendo silencio a Cervantes, que a la puerta haban llamado, y con prisa; y llevole a aquel cuartucho que a lo ltimo del bodegn estaba, como se dijo, y encerrole, y fuese a abrir la puerta de la calle, y hallose con que era el seor _Vivis-mil-aos_, que vena a su casa. Entr el rapista tan mudado de la fisonoma que otras veces tena, que no le conoci la ta _Zarandaja_. Vena entre satisfecho y soberbio, y descontento y mohno. --Y dnde habis estado, seor _Vivis-mil-aos_,--le pregunt la vieja,--que hoy no se os ha visto el pelo? --En ayunas vengo, y en ayunas desde anoche, ta _Zarandaja_,--dijo el rapista,--salvo dos onzas de queso y un panecillo que compr esta maana en una tienda, cuando sala de all, adonde picardas de un mal familiar, que ya est bien castigado, me llevaron; y venga, venga, ta _Zarandaja_, la ua de vaca con habas y morcilla, que voy a comerla con el mismo gusto que si no hubiera comido en mil aos. --Dejadme primero que cierre, que con la alegra de veros, de cerrar la puerta me he olvidado; y con que pase un alguacil y lo vea, multa tendremos, y no estamos para esos lujos, que los tiempos andan muy magros. Y la ta _Zarandaja_ cerr, y fuese luego a su marmita con una escudilla de cobre, ancha y honda, que llen de gazofia, yendo a ponerla, con un buen pan blanco, a lo que aadi un mediano jarro lleno de vino, delante del seor _Vivis-mil-aos_. Aplicose ste a la ua y a las habas como si hiciera un siglo que no haba comido, y la ta _Zarandaja_, que estaba sentada de media anqueta a un extremo de la mesa, esper en vano a que el rapista la hablase.. Coma, beba y callaba _Vivis-mil-aos_; pero gesticulaba y guiaba los ojos alternativamente como hablando consigo mismo, todo lo cual meta mucho ms en curiosidad a la ta _Zarandaja_, que como haba visto lo que doa Guiomar favoreca y lo mucho que amaba a aquel soldado que tena encerrado, por favorecer sus amores esperaba mucha cosa. Tena la ta _Zarandaja_ sus motivos para que la importase en gran manera por doa Guiomar y por Cervantes lo que el seor _Vivis-mil-aos_ la dijese, porque el rapista y ella haban hablado mucho de un cierto seor que andaba sin seso y casi convertido en alma en pena por la hermossima viuda. Miguel de Cervantes escuchaba vido, con el odo pegado al ojo de la cerradura; que habale puesto en cuidado lo que le haba prevenido, hacindole callar, cuando llamaron a la puerta, y escondindole despus, la ta _Zarandaja_. Pero no oa otra cosa ms que el recio mascar del rapista, que era tal como el de un cerdo, con perdn sea dicho. No se sabe si el seor _Vivis-mil-aos_ haba guardado silencio a causa de su apetito, y por aquello de que oveja que bala bocado pierde, o si haba dudado en lo que tena que decir a la ta _Zarandaja_, porque cuando ya la escudilla, o ms bien lo que contena, que no era poco, haba quedado reducido a la mitad, y bebido el primer jarro de vino, limpindose la boca con el revs de la mano, dijo: --En un aprieto me hallo, y tal, mi buena ta _Zarandaja_, que de l no puedo salir, porque si no hago lo que de m se quiere, en peligro me hallo de que me tornen all de donde me han sacado; y os aseguro que no ha sido sitio de gusto; que en una mazmorra de la Inquisicin me han tenido, y aunque de hierros no me han cargado, con el recelo de lo que pudiera sobrevenirme la mitad de las carnes he perdido. Sacome de all, horro y sin costas, un bienhechor; pero dicindome antes de sacarme, que si no le servia en lo que l haba menester, volvera a meterme, y ma sera la culpa de lo que me sucediese. Promet yo, que el prometer no cuesta, y tanto como me pidieron; que cuando en tales aprietos se encuentra un cristiano, para salir de ellos no mira en pelillos, ni aun en cabelleras, aunque sean ms grandes que aquella del filisteo Samson. --Mirad, seor _Vivis-mil-aos_, que el Divino Nazareno Samson no fue filisteo, sino el destruidor de ellos por la voluntad de Dios. --Dios me destruya si s lo que me digo, ta _Zarandaja_,--contest el seor _Vivis-mil-aos_;--que este oficio nuestro que traemos tiene tales quiebras, que a veces nos vemos quebrados por el espinazo; y si yo hago lo que ese seor quiere, en tratos y comercio, que no me tienen cuenta puedo verme con la justicia ordinaria; y si no lo hago, es tal ese seor y tan poderoso, que como de la Inquisicin me sac, puede meterme otra vez en ella, donde yo me pierda y no vuelva a saberse de m; que tal vez me empareden o me entierren vivo. De suerte que, entre la Inquisicin y la horca, no s qu haga, ni qu deje de hacer, ni por dnde tire. --Y quin es ese tal y tan poderoso seor que en tales preeces sin salida os mete, seor _Vivis-mil-aos_? --Pues quin ha de ser, ta _Zarandaja_, ms que el capitn don Baltasar de Peralta, que Dios confunda, que cada vez ms empeado por esa doa Guiomar de mis culpas, y celoso, y con ms furia que una rabiosa pantera hircana por lo de la msica anoche, y porque doa Guiomar sali a sus miradores a orla, empeado est en acabar de una vez, y en meterle todo a barato, y a salga lo que saliere, aunque lo que hubiera de salir fuese la destruccin y acabamiento del mundo? Y habis de saber, que lo que ese caballero, (maldgale Dios) quiere, no es menos que meterse esta noche, cuando sea de ella la mitad por filo, en el jardn de doa Guiomar por las tapias de mi corralejo. Se le volvi el alma de arriba abajo a Miguel de Cervantes, y temblaba de clera, y al mismo tiempo se le alegraba el corazn, porque oyendo estaba que se le vena a las manos la mejor manera que poda haber deseado de castigar a don Baltasar de Peralta y libertar de l a su adorada y ya imposible doa Guiomar. Continuado haba con su pltica entretanto _Vivis-mil-aos_, y haba dicho: --Que yo he de servir, mal que me pese, a don Baltasar de Peralta, veislo harto claro, ta _Zarandaja_; que en casa de la maldita viuda quiere meterse a la media noche, ya os lo he dicho; y aun pudiera sufrirse si en entrar solo y por m guiado, consintiese, que todo ello sera que, o empeara la honra de doa Guiomar, por la violencia de su pasin atropellada, o ella se defendera y gritara, y acudiran sus criados, lo cual, habindome yo escurrido a tiempo, nada me importara, y l vera cmo sala del empeo en que se haba metido. Pero es el caso que don Baltasar se ha puesto en todo, y con gente dura y resuelta en casa de doa Guiomar meterse quiere, cosa que puede salir de tal manera y con una tal tormenta, que el agua llegue a las nubes. --Y a cuento de qu me habis manifestado todas esas cosas, seor _Vivis-mil-aos?_--dijo la ta _Zarandaja_. --A cuento de que vos podis sacarme del aprieto en que me hallo. --Y cmo, si os place, de tal aprieto he de sacaros yo?--dijo, poniendo muy mal gesto al rapista, la ta _Zarandaja_.--Ya que vos estis perdido, queris que yo me pierda tambin? Y estas son las buenas correspondencias de nuestra amistad? Pues de amigos como vos, Dios me libre, y que yo no los vea jams sino descuartizados. --Dios os lo pague por la buena voluntad, que me tenis, que cuando a vos vengo a ampararme, porque ya me considero ahorcado, vos me tiris de los pies. Y no a que perdis vengo yo, ta _Zarandaja_, sino a que ganis la mitad de mil ducados, que porque le sirva me ha dado don Baltasar de Peralta. Y vedlos aqu en buenos doblones de a ocho de los del cuo del emperador. Y el seor _Vivis-mil-aos_ sac una bolsa de malla de seda verde, con ricos pasadores de oro, y tan repleta, que casi reventaba. --La mitad voy a contaros,--continu _Vivis-mil-aos_, corriendo los pasadores de la bolsa y echando fuera con tiento los doblones para que no sonaran,--y as no podris decirme, si os perdis, que os perdis por mi provecho y no por el vuestro. Y sabed, ta _Zarandaja_, que esta buena hacienda que tomis, nada tiene que ver con lo que haya de pagarse a los bravos que con don Baltasar de Peralta, para resguardarle y asegurarle el golpe, hayan de entrar casa de la hermosa viuda; ni tampoco lo que haya de darse a los que con una silla de mano esperarn en mi corral para meter en ella a doa Guiomar, tapada la boca y atada; y porque vos busquis a esa buena gente, que vos tenis ms conocimientos que yo, que no conozco ms que pelones y personas de nonada, muy buenos para bravear de lengua y sin valor alguno para llegar a los hechos, estas riquezas os doy; que bien s yo que una docena de hombres de alma y puos que se necesitan, los encontraris vos a medio rodeo; y contando ya con que los buscaris, porque veo que os vais guardando estos bendecidos doblones, os digo que no andis escasa en prometerles, y con lo que pidieren por su pena y el peligro en que van a ponerse, a mi casa andad y se os dar lo que fuere menester; y no reposemos, que las noches son cortas, y las doce se echan encima en seguida. As pues, decidme lo que os parezca, y si os pareciere no hacer lo que se os pide, tornadme esos doblones e ireme yo a otra parte en donde mejor dispuestos estn a ayudarme. El alma hubiera dado antes la ta _Zarandaja_ que los doblones, que ya haba sepultado en la honda faltriquera que llevaba debajo de la saya. As es que dijo: --Hablando, las gentes se entienden; y cuanto ms honradas son, mejor. Id y en paz y contento, seor _Vivis-mil-aos_, que dentro de media hora en vuestra casa me tendris con la razn de lo que sea, y que ser tal, que bien descontentadizo habris de ser para no contentaros. Acabose de beber su vino el seor _Vivis-mil-aos_, despidiose de la ta _Zarandaja_, echole esta afuera, cerr la puerta de la calle y fuese a abrir la del aposentillo en que Cervantes toda la conversacin que acababa de pasar haba escuchado. Estaba nuestro mozo plido de clera, y a duras penas se contena. Y tan feroz miraba, que de miedo, se ech a temblar la ta _Zarandaja_, y por satisfacerle, y temiendo no empezase por ella con algo que no muy del gusto de ella fuese, se apresur a decirle: --Pues que yo no puse punto en boca al seor _Vivis-mil-aos_ cuando en tales honduras se meta, claro os he dado, seor mo, a entender, que mi intento era que todo lo supieseis; y si todo lo habis odo, vos diris lo que haya de hacerse, que a vuestro mandato me pongo, y estos dineros que el seor _Vivis-mil-aos_ me ha dejado, dispuesta estoy a entregaros. --Guardadlos, ta _Zarandaja_, que pocos son, y una mnima parte comparados con lo que doa Guiomar os dar cuando sepa de qu manera la habis servido. --Venga ahora el mandato de lo que quisiereis,--dijo la ta _Zarandaja_. --Pues dgoos,--respondi Cervantes,--que hagis como si yo nada supiera y como si quisierais servir a ese don Baltasar de Peralta. --Ved lo que hacis, o ms bien lo que pensis hacer, seor soldado,--dijo la ta _Zarandaja_, mirando con asombro a Cervantes;--que en una temeridad tal podais dar, que os cueste cara; que no querra yo que a un mozo tal como vos, que sois un pino de oro, y tan amado por una tal y tan rica hembra de la hermosura como doa Guiomar, le aconteciese una desgracia; que no me consolara de ella en todos los das de mi vida. --Nada se os d por eso,--dijo Cervantes,--y dejad a cada cual que all vaya adonde le parezca bien ir, y haced vos lo que os he dicho, que as conviene que sea. Y sin ms, quedaos con Dios y hasta la vista, que no ser sino para premiaros largamente por lo bien que nos habris servido. Y como la ta _Zarandaja_ quisiese replicar, impsola Cervantes silencio, mandola abriese la puerta, saliose, y de all a gran paso fuese a casa de doa Guiomar, y allegndose al postigo del jardn llam, y abri Florela, que harto cuidadosa por la gravedad de los sucesos que haban sobrevenido, por all andaba esperando. XVIII De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor. --Ay, seor mo de mi alma!--dijo Florela,--que no sabis lo que sucede! El alma tena en un hilo Miguel de Cervantes, y sobresaltado por las palabras que acababa de decirle Florela, preguntola con la voz no muy firme: --Pues qu puede suceder en esta casa que sea una desgracia, como parece manifestrmelo las palabras que me habis dicho y vuestro espantado acento? Echsele de rodillas a los pies Florela, y djole: --Vuestro perdn os pido, que yo, por la lealtad que a mi seora tengo, y por el mucho amor que veo que mi seora os tiene, que aunque no lo confiesa, harto claro con las acciones exteriores muestra, he sido la causa de la desdicha que acontece. --Hablad presto, Florela,--exclam Cervantes levantndola,--que oyendo lo que me decs, estoy suspenso y sin vida. --Ay seor!--dijo Florela,--que yo, cuando mi ama se fue a la visita de ese familiar, que Dios confunda, que a buscarla vino, entre la espesura del cenador acechando quedeme, y o lo que con doa Margarita hablasteis, y vi que vuestra la hicisteis; y como tanta es, ya os lo dije, la lealtad que a mi seora tengo y el agradecimiento a que ella me obliga por el amor que me tiene, sabedora de todo la hice. Alegrdose hubiera Cervantes si en aquel momento hubirase abierto bajo sus pies la tierra. --Buena y valiente es mi seora,--dijo Florela gimiendo;--que su dolor ha vencido, su semblante ha compuesto, con vos y con doa Margarita ha hablado como si no la hubiese aguijado el impo dolor que la morda las entraas; solcita y amiga con doa Margarita se ha mostrado despus de que vos os partisteis, y ella misma en su mismo aposento y en su mismo lecho la ha recogido, y luego se ha ido a aquella cmara donde vos a ella anoche os aparecisteis, y no pudiendo ms, all una congoja tras otra la ha acometido. Y como yo quisiese salir a enviar por mdico,--no llames a nadie, Florela, me ha dicho, que no quiero que nadie vea el triste espectculo del dolor que en m causa la no esperada y tirana desventura ma; y llvame a tu lecho, amiga Florela, mientras que pasa esta cruel fuerza del dolor que me acaba. --Oh! en mal hora nacido yo,--exclam Miguel de Cervantes,--que por donde quiera que voy, siguindome va como inseparable compaera la desventura! Oh dichas entrevistas y con alegra de amor en esperanzas gozadas, y antes de ser tocadas, desvanecidas e imposibles! --Por imposible debis tenerla,--dijo llorando y acongojada Florela;--y no es vuestra la desventura, que as os hiere a vos como a mi seora, sino de mi seora, que para ser desventurada ha nacido, y tan sin merecerlo, que en ella la hermosura, con ser tan grande, es lo menos, y ms la hermosura es de su alma; que Dios ha hecho para la nobleza, para la honestidad y para la virtud. Y no hay que pensar en el remedio de lo que ha sucedido, que no le tiene; que mi seora no cesar hasta que casado os vea con doa Margarita, y veros casado con ella, para ella ser la muerte; que no podr resistir al desesperado dolor de sus amores malogrados; que aunque yo no entienda cmo tan presto han llegado a pasin mortal estos amores malhadados, tales son para mi seora, que mataranla perdidos y sin esperanza de ser logrados. --Sea lo que Dios quisiere,--dijo Cervantes,--y si con mi vida rescatar yo pudiera el corazn de vuestra seora, que sin tan yo merecerlo ni esperarlo, por mis amores est cautivo, con gusto la dara y mil que tuviera. --Dos desgracias seran, que no creis que mi desventurada seora pueda sobrevivir mucho a lo cruel de su desengao: ella crea viendo lo que en vos vea, y cmo en sus ojos de amor agonizabais, que otra mujer que ella para vos no haba en el mundo, ni otra gloria que la de Dios que sobrepujar pudiera en bienandanza a la gloria que vos gozabais enamorado por ella; y es tal y de tal manera la agona que a mi seora atormenta y mata, que llamar ha mandado a un escribano, que hacer testamento quiere. Perplejo ms y ms se encontraba Cervantes, que en aquella ocasin no imaginada, ni l se atreva a ponerse ante doa Guiomar, ni poda hacerlo, ni haba para qu hacerlo; que lo hecho hecho estaba, ni otro medio encontraba que casarse con Margarita, y por esto su vista con doa Guiomar no slo no poda ser, sino que ni aun deba pensarse en ello. Salirse de la casa en aquel punto y enviar al otro da un su amigo, o ms bien un sacerdote, que su casamiento con Margarita tratase, ser no poda, porque de esta manera quedara abandonada a los malos intentos de su tenaz perseguidor doa Guiomar. Y advertir de lo que pasaba a Florela, era llevar ms el espanto y la perturbacin a aquella casa, y mostrarse cobarde huyendo el bulto al peligro, despus de haberse mostrado veleidoso, cuando no libertino, mal apreciador y temerario de la vala de doa Guiomar; pues permanecer en aquella casa a cuya duea haba entregado al dolor y a la desesperacin, tambin era cosa recia. Amparose, pues, de Florela, y la dijo: --De todo lo que puede hacerse despus de hecho el mal que me obliga a descontentarme de haber nacido, lo mejor que puede hacerse es dejar venir el tiempo; que puede ser que milagrosamente Dios nos abra camino por donde salir podamos a un punto no tan desesperado como en el que ahora nos vemos. Y as pues, llevadme a un aposento donde yo quede, hasta que maana veamos dnde esta desesperada aventura nos lleva; que bien podr ser que durante la noche doa Guiomar se aconseje con su alma, y a algo muy diferente de lo que hoy piensa se determine, o tal vez se desengae y se cure, quedando yo el solo enfermo y el solo desesperado. Y pluguiera a Dios que as aviniera y que para m solo fuese la desgracia. --Ay, seor mo!--dijo Florela,--que muerta estoy de espanto; que tal est mi seora, que aunque ello parezca increble, a maana no llega; que bien conocis vos el corazn que tiene, y cunto y con cunto amor de vos se ha llenado, y tal es as, que, al quedarse vaco, con la muerte se llenar. Pero sea lo que vos decs. Venid, que en un aposento que hay entre el de mi seora y el mo voy a colocaros, sin que ella lo sepa; y as, si algo sobreviniere por lo que sea necesario acudis a ayudarme, estaris a punto. Y con esto la fiel doncella condujo a un aposento del piso alto a Miguel de Cervantes, y all dejole ms muerto que vivo, con el alma turbada, y de tal manera, que a veces le pareca un sueo la realidad que tan dura y cruel se le mostraba. XIX De como enloquecido Cervantes por el amor, crey que la mano de Dios le apartaba de los efectos de su locura. Por algn tiempo estuvo Cervantes sin poder darse cuenta de si era persona de este mundo o alma del otro, abatido por la misma grandeza y pesadumbre de lo que le aconteca. Acometale a veces el torcido propsito de salirse de aquel aposento y entrarse en el de doa Guiomar, y abandonando a Margarita, prometerse a doa Guiomar, empujndola con el encanto de la palabra y la fuerza del amor y de las lgrimas, a que a sus amores cediese, y en ellos se perdiese y enloqueciese, y su esposa fuese; que ampararse poda a Margarita y hacerla rica, y por la pinge dote encontrarla marido. Pero si el bueno puede caer en la tentacin del mal, su misma bondad de ella le obliga a apartarse avergonzado; que si bien la fuerza del amor puede enloquecer a las mujeres, y en efecto, con suma frecuencia las enloquece, nunca el crimen cometido deja de volver sobre la conciencia, y morderla y despedazarla, haciendo imposible toda felicidad y contento, que si Cervantes pensaba que en algunas horas no poda Margarita haberse empeado por l en un amor tal, que por l la vida se le hiciese odiosa, pensaba tambin que no haca mucho ms tiempo que sus amores con doa Guiomar duraban, y atendiendo a la realidad, ningn empeo de honra con doa Guiomar tena, en tanto que en la mayor deuda de honra en que un hombre puede hallarse con una mujer, lo estaba por Margarita. Otros, abogaban a voces por Margarita su miserable fortuna, su orfandad y su abandono, en tanto que la riqusima doa Guiomar otra desgracia ms que la del amor no tena, y podra suceder muy bien que de ella se consolase, y todo al fin se redujese a contrariedad y despecho, que el tiempo ira gastando, hasta que al fin aquello no fuese para ella ms que un enojoso recuerdo. Pensando en que esto podra suceder muy bien, sacaba en claro Cervantes, que l quedara el nico dolorido y el nico desesperado; que al perder la esperanza de gozar a doa Guiomar, y cuanto para l doa Guiomar vala, haba conocido cunto la amaba, y cun con exclusin de toda otra mujer. Y esta misma certidumbre de lo imposible de su amor, de tal manera sublimaba el alma y el cuerpo de doa Guiomar para Cervantes, que le pareca que si Dios para consolarle hiciera bajar un ngel del cielo, no haba de parecerle tan hermoso en cuerpo y en alma como doa Guiomar; que hermosa era de cuerpo y de alma Margarita, cmo dudarlo? pero con ser ya suya, y sin el encanto de lo imposible, puesta como un impedimento entre Cervantes y doa Guiomar, hacase para Cervantes enojosa y casi aborrecible, y aborreca la hora en que con aquel miserable entierro se encontr, y aun con ms ahnco maldeca la compasin que a irse tras el entierro moviole, llevndole a punto en que conoci a Margarita. Todo era confusiones y vacilaciones, y tentaciones y arrepentimientos Cervantes, y dar en una idea, y dejarla para dar en otra, y de aquella otra volver a la misma idea. Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le apretaban el amor y el deseo por doa Guiomar, y hasta tal punto doa Guiomar iba acreciendo para l en lo preciosa e incomparable, ganndole la fiebre, apoderndose de su pensamiento la locura, atormentado ya de tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo, como si una potencia invencible de l hubiese tirado y atradole a doa Guiomar, con las vascas casi mortales de su pasin, determinose; y dicindose que su vida era doa Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese servido de Margarita, levantose del silln en que haba permanecido inmvil desde que en aquel aposento le haba dejado Florela; y acercndose quedo a la puerta, abriola silenciosamente, y en un corredor oscuro se encontr, y sin saber adnde haba de dirigirse para dar con el aposento de Florela, en que doa Guiomar estaba; que aunque Florela le haba dicho que entre el suyo y el de su seora estaba el aposento a que le haba llevado, no saba a cul lado estuviese el de doa Guiomar o el de Florela, si a la derecha o a la izquierda. Pero como Cervantes se haba decidido a satisfacer los gustos de su amor, y cuando tomaba una resolucin se mantena firme en ella, y una vez resuelto el encanto de doa Guiomar para l creca, determinose a reconocer las dos puertas de la derecha y de la izquierda, escuchar, y ver si por algn indicio sacaba cul el aposento en que doa Guiomar estaba fuese. As es, que estando a la puerta misma de su aposento, a la izquierda volviose, y palpando la pared, adelant hasta tocar una mampara de seda, y tan rica, que ella le demostr que no al aposento de la doncella deba dar entrada una tal manpara, sino al de doa Guiomar. Y turbose, y pareciole que Dios, vindole en aquel mal paso en que, olvidado de su obligacin y de la grande y sagrada deuda que con Margarita le haba empeado, le llevaba a aquella habitacin de doa Guiomar, en que l saba que Margarita estaba, como dicindole: Este es tu camino; no el de tus gustos, que tan desatentadamente buscabas para perderte. Y como este pensamiento agobiase a Cervantes, y le turbase y le aniquilase, como si hubiese sentido sobre s la justiciera y al par misericordiosa mano de Dios, vacil, y con la mampara dio, y caus ruido; y a aquel ruido sucedi inmediatamente el ladrar de un perro dentro de la estancia, y el ladrar con toda la fuerza y la saa que su vejez le permitan, porque aquel perro era el triste compaero que a Margarita haba seguido. Aturdiose ms y ms Cervantes, ms y ms se acongoj, ms y ms el miedo de la justicia de Dios acometiole, y trmulo, y cobarde, hacia el aposento que haba dejado tornose. En aquel punto oyose una puerta que violentamente se abra. El perro continuaba ladrando, y de improviso una mano helada asi una mano de Cervantes, y llevsele. Pero lo que aconteci requiere captulo aparte. XX De la horrenda tragedia con que se encontr sorprendido y espantado Miguel de Cervantes. Cuando los nublados ojos de Cervantes recobraron su claridad, hallose en un aposento, no muy grande, teniendo ante s a doa Guiomar, que plido el bello semblante, ardiendo los celestes ojos, demudada toda, descompuesto el traje, le miraba con una tan no vista pasin y sentimiento, que no una mujer crey tener delante de s Cervantes, sino algo sobrenatural y nunca imaginado. Tal pareca doa Guiomar, que todo encarecimiento sera poco para decir de qu manera ardan sus ojos amenazando muerte, manifestando congojas, diciendo desesperados cuanto la rabia, y el despecho, y el dolor, y la agona, todo junto, y la soberbia, y el espanto, pueden decirse con el lenguaje de la mirada. Afebase su hermosura por lo desencajado y lo amarillo del semblante, y estaba, en fin, tal, que todo haba que temerlo de ella, ya contra s se volviese, ya contra los que eran la causa de aquella desventura horrible en que se encontraba. Por algn tiempo, doa Guiomar estuvo mirando con todo este dolor, con toda esta rabia, con toda esta amenaza, con toda esta descomposicin, con toda esta desesperacin, con toda esta pasin que se ha dicho, a Cervantes, que al verla de tal modo, encontrndose ante ella abrumado por la culpa, habra querido que la tierra se hubiese abierto bajo sus pies y le hubiese ocultado. Y ella continuaba asindole, trmula, ansiosa, fuera de s, mortal; y Cervantes senta el temblor y la fuerza de la delicada mano de doa Guiomar, mano fra, helada, que comunicaba su hielo a la sangre de Cervantes. --Pues, enemigo cruel de mi sosiego y de mi alma,--dijo doa Guiomar,--que ms rudo enemigo que t ni le he tenido, ni le tengo, ni tenerle puedo, ni hay criatura que en las impiedades de tal enemistad como la tuya caiga, en qu te detienes? qu aguardas? qu miras? qu dudas, que ya tu tirana no ejercitas y a todo te atreves, y no mirando ms que a tus gustos, por todo no atropellas? Sea lo que Dios quisiere de esta desventurada, que no saba hasta qu punto de nadie conocido poda llegar su desventura. Pues qu, no te basta haber envuelto en las malas redes de tus palabras traidoras, de tus engaos homicidas, a una triste que has encontrado en el mayor de los desconsuelos y en la ms miserable de las orfandades? Contina tu obra, lobo carnicero y sin entraas; hiere, mata, devora, cbate en tu presa, y no te acuerdes de que hay un Dios que ha puesto en las criaturas eso que t no conoces; pero que un da traer sobre ti el remordimiento, tu infierno en la vida, el castigo de Dios antes que mueras, y que se llama conciencia. Y de tal manera se haba acongojado doa Guiomar, expresando, arrastrada por la fuerza increble de su pasin, sus atropellados razonamientos, que no pudo decir ni una palabra ms, porque la sobrevino una tal congoja, que la enmudeci. Y no saba Cervantes qu decir, que ella lo saba todo. Y si la deca, como era cierto, que l, desesperado, conoca que las obligaciones en que se haba puesto con Margarita no haban sido parte para vencer en su alma aquel entraable y violento amor que ya era dueo de su alma cuando a Margarita conoci, y que slo la locura de sus turbulentos deseos haba podido ponerle en obligaciones de honra paca con ella, ocasin dara a doa Guiomar para que le despreciase y se sintiese avergonzada por aquel su amor, tan mal empleado en un indigno sujeto. Ni poda decirla que por Florela saba que Margarita estaba aposentada en la misma alcoba de doa Guiomar, porque no saba cmo disculpar su ida secreta, amparndose del silencio de la noche y de la soledad de la casa, para ir a buscar a la que ya deba tener como su esposa. Esto hubiera sido la confesin de su menosprecio a la casa de la que, tan generosamente, primero le haba amparado a l, y luego a Margarita. En malos pasos habase metido en aquella ocasin Cervantes. Por agria, torcida y difcil senda haba tomado. En empeo gravsimo se encontraba, y en la falta en que ltimamente le haba encontrado doa Guiomar no haba disculpa, y aunque una falsa disculpa hubiese podido encontrar, su turbacin y su espanto no le permitan hallarla. Pero como todo el amor que en l haba era de doa Guiomar, y este amor, al ser combatido tan duramente y tan sin remedio por la desatentada conducta suya para con Margarita, hubiese llegado a la pasin que en nada se para, que a todo se arroja, cuando se hubo calmado aquel primer espanto y sorpresa, y el anonadamiento y vergenza que le haban cogido, Cervantes se determin a manifestar lo que en l pasaba a doa Guiomar, y vindola toda entregada a aquel amor tan grande, que pareca no consentir igual sobre la tierra, prevalerse de l imagin y lanzarla en el desvaro de la pasin, hacindola olvidarse de toda virtud, de todo deber, de todo decoro, y compelerla a que con l se casase y a Margarita satisfaciese con dinero; y si esto no bastase, fuese lo que Dios quisiese de ella. Quiso, pues, llevar a doa Guiomar a que se sentase en un canap que en el aposento haba, y con voz dulce, y tentadora, y acariciadora, y enamorada, la dijo: --Ni yo para ms que para vos vivo, hermosa y adorada seora ma, ni pudiera vivir despus de conoceros, si no fuese para cifrar en vos mi ventura, ni pensar quiero, porque slo pensar en ello me matara, que de vos habr de vivir apartado y a otra unido; que sera como verme unido a un insoportable tormento, que me hara desear, como un menor mal, la muerte. Sosegaos, idolatrada alma ma, que vuestro soy, y no hay poder que de vos me aparte, ni obligaciones que tanto puedan, que por ellas a la inefable dicha de ser vuestro y de que vos seis ma renuncie. Escuchbale atnita doa Guiomar, inmvil, muda y fra como una estatua; y creyendo Cervantes que no le responda por el mismo efecto que en ella causaban sus palabras, prosigui de esta manera: --Qu hay que pueda moveros de tal modo a furor y odio contra m, y a tal desconsuelo y tal desesperacin os lleve? A buscar vuestro aposento, cuando vos me encontrasteis en ese oscuro pasadizo iba, resuelto a pediros con todas las ansias de mi alma me perdonaseis la injuria, que, sin ser yo poderoso a evitarlo, en un momento de turbacin y de ceguedad, arrastrado por no s qu tentacin invencible, sin que mi alma en ello tomase parte alguna, ni determinacin mi voluntad, ni satisfaccin mi deseo, os he hecho. Y creedme, seora ma, que tan no ha tardado la penitencia de mi culpa, que cuando en ello reflexionar pude, de m se apoder el miedo de las consecuencias de haberos ofendido, no de otra manera que si hubiera ofendido a Dios, que todo lo ve y lo sabe. Sed, pues, tan grande en la indulgencia y en el perdn, como veo que lo sois en el amor que me mostris. --Pues, mal hombre, y protervo, y maldito que vos sois,--exclam doa Guiomar,--cundo vos habis merecido el amor, no digo yo mo, sino de cualquiera otra que como yo tenga alma? ni qu sabis vos qu cosa es amor, si en vos no hay ms que deseo corrompido, y lascivia asquerosa, y sangre podrida, y alma ennegrecida por el continuo comercio y trato del vicio, de la mentira y de la desvergenza? Pero qu mucho que vos seis as, si hombre sois? ni cmo puedo deciros yo que os desprecio, sin decir que desprecio a los hombres todos? que no hay uno solo que merezca, no ya que una mujer le ame, sino que en l piense, segn que lo veo en lo que vos sois, que habiendo recibido de Dios claro entendimiento, no habis entendido las delicadezas del alma de las mujeres, y cuanto para ellas no hay otra vida que el amor de su alma. Remedio no tiene lo que hecho habis; que, de una parte, a esa, que honrada era, y que por vos sin honra gime, dicho se est que la debis la honra; en cuanto a m, yo no os amo; engaada estaba, y harto diferente de lo que sois os crea cuando os amaba, o mejor dicho, amaba en vos un sujeto de mi fantasa: de mi sueo he despertado; el fantasma de mi amor ha desaparecido; la estrella de mi esperanza se ha nublado, y el aliento de mi vida es ya un fuego del infierno que resistir no puedo, que el corazn me abrasa y en la desesperacin de los condenados me arroja; que yo, antes de conoceros, el amor no conoca, y cuando le conoc, le am, y tanto, que en tan poco tiempo, en mi vida, en mi nica existencia posible trocose; y cuando le pierdo, cuando veo lo imposible de recobrarle, siento y conozco, sin que me quede ni aun el consuelo de una duda, que sin l vivir no puedo; y ya que sabis esto, y que comprender debis si es que ya la pasin, o el empeo, o el vicio y la maldad no os han entorpecido el entendimiento, que vos, causa de mi amor, no podis ser mi amor, porque en vos no hallo lo que mi alma en el amor hallar deseaba; renunciad a toda esperanza de que yo, olvidndome de quin soy, y de lo que a mi honra y a mi conciencia debo, mi perdn os otorgue, por esposo os reciba y en vuestros brazos me eche. No, que no sois vos el que yo crea; y no sindolo, vuestras traidoras palabras, en vez de engaarme, me desesperan; en vez de contentarme, me ofenden; en vez de halagarme, me atormentan, y me avergenzan en vez de satisfacerme; porque creo que me juzgis capaz de seguiros en la torpe prosecucin de vuestra falta, y hacerme cmplice de ella, y cruenta y homicida como vos; que all est en mi propio lecho la que ser debe vuestra esposa, la que ya lo es, porque ante Dios por esposa la habis tomado, y ella, esposa vuestra creyndose, en vuestros brazos ha cado enamorada. Y no os digo esto por reprenderos, por persuadiros, por hacer de vos caso alguno por el que en alguna manera yo a vos pueda asemejarme, sino para deciros, y esto deb deciros sin otras demostraciones que os hicieran creer que en m duraba la en mal hora concebida pasin que por vos he sentido, que si a romper sagrados lazos que vos habis hecho, y a faltar a obligaciones en que voluntariamente os habis puesto, os movan y os mueven, no mi hermosura, si es que para vos alguna he tenido y tengo, no un encendido y disculpable deseo, sino las muchas riquezas que mis paires me dejaron y que se aumentaron con las que me dej mi buen marido, vuestras son, que los muertos no han menester del oro, ni ms que de una tumba en que descansar en paz, si es que aun en la tumba pueden hallar reposo. Sinti Cervantes una tan indecible amargura, un tal desgano de la vida, una tal cosa horrenda y nunca de l sentida, que no se sabe lo que en la desesperacin de verse as menospreciado, as perdido, as humillado, hubiera pasado por l. Pero ni aun tuvo tiempo de reposar en la vengativa injuria, o ms bien lamentable engao de doa Guiomar, porque esta, apenas hubo dicho sus ltimas palabras, tan ltimas, que necesidad no tuvo, ni deseo ni pensamiento de decir ni una sola ms, y s de poner por obra lo que su desesperacin la haca sentir, que era librarse del peso de su pobre y atormentada existencia, ech mano tan rpida y tan inopinadamente a la espada de Cervantes, que antes de que l pudiese evitarlo la desenvain, y hacindose atrs, ante Cervantes quedose inmvil y muda, mirndole como ojos humanos no han mirado jams a criatura. Y Cervantes que esto vio, turbado con lo que le aconteca, abrindose el coleto, la dijo con voz serena, pero triste y apenada. --Si la ofensa que tan sin voluntad os he hecho, seora de mi alma, no podis perdonarme, y tal y tan saosa es la ira que contra m sents que mi vida os enoja, y saciar con mi sangre queris la sed de vuestra rabia, herid en buen hora, no tardis; atravesad este corazn que slo por vos late y que slo por vos existe. Muera yo si con mi muerte desdichada daros algn contento puedo; y vivid vos y olvidadme como cosa maldita que junto a vos para fenecer en vuestra hermosura y acabar en vuestras manos ha llegado. --S que morir debe quien en la vida encontrar no puede ms que una agona continuada, mil veces peor que una agona una sola vez sufrida; y porque esto es tan cierto que no puede dejar de ser cumplido, cmplase, y que Dios me perdone, porque en m no he hallado valor para otra cosa. Y corriendo rpidamente la espada, dejando caer su pomo en el suelo, y bajo el seno ponindose la dura punta, se arroj sobre ella, y con tal rapidez y tal violencia, que a la otra parte asom casi en el mismo punto un palmo de enrojecido acero. Grit Cervantes, como por su dolor los condenados gritan. Arrojose sobre doa Guiomar pretendiendo socorrerla, y hall que ya los turbios ojos volva, y vio que en aquella su ltima mirada amor le deca, y amor que era tal, que no pareca sino que los cielos se mostraban en la moribunda mirada de aquella infelice. Gritaba Cervantes pidiendo a voces socorro, y en sus brazos sostena a doa Guiomar, y se tea en su sangre, y entre sus brazos doa Guiomar se le mora; y empezaba a sentirse en la casa movimiento de gentes que a las desaforadas y desesperadas voces de Cervantes parecan acudir, y ni en salvarse pensaba Cervantes, ni en otra cosa que en reanimar con su aliento a doa Guiomar, que no era ya en sus brazos ms que un cuerpo difunto. No tard en orse rumor de voces. Cerca se percebian pasos precipitados. Pero de improviso un ruido de espadas oyose, tiros de pistoletes retumbaron, y acordose Cervantes del intento de don Baltasar de Peralta que conoca, de asaltar aquella noche con gente armada la casa de doa Guiomar para robarla a ella; y desesperado, como que convencido estaba de que doa Guiomar haba muerto, en su desesperacin, en su furor, en su desgano de la vida, con el ansia de exterminio en que aquella su desgracia le haba puesto, del triste cuerpo de doa Guiomar sac su espada, y lanzose fuera del aposento, a tiempo que por el oscuro corredor se echaban encima las cuchilladas; que los criados, que a las voces con que Cervantes haba pedido socorro despertaron, habanse encontrado con don Baltasar y con los que con l venan, que por la tapia del huerto del rapista haban entrado; y como aquellos criados hubiesen acudido armados, porque al despertar a las voces de Cervantes haban pensado, como era natural lo pensasen, en un grande peligro, y cada cual, antes de salir a ver lo que aquello fuese, haba cogido el arma que haba tenido a mano, como eran muchos los criados de doa Guiomar y muy bravos, especialmente aquellos cuatro lacayos vigotudos, que, como se dijo, la resguardaban cuando con el alba iba a la catedral a misa, trabose la ms mortfera pelea que puede imaginarse, y por el corredor adelante venan hundindole a tajos y a tiros, que no pareca sino que la casa iba a venirse abajo. Y a todo esto, en el oscuro corredor nada se vea. Pero de improviso, y cuando Cervantes acababa de sacar su espada del cuerpo de aquella miserable vctima de un ciego amor desventurado, entrose en el aposento un hombre con la espada en la mano, al cual, apenas le vio, ms que por el semblante, que no poda verle, porque sobre l un antifaz llevaba, por instinto, conociole Cervantes. Y no se enga, que don Baltasar de Peralta era, que hallando al paso del tumulto por el corredor aquella puerta franca, creyendo que al aposento de doa Guiomar daba, en l entrose, y en mal hora por cierto, que ciego Cervantes de dolor y de rabia, a l se fue omnipotente, de tal manera, que apenas se chocaron las espadas, al suelo vino difunto de una estocada en el corazn don Baltasar, cayendo tal vez, porque Dios lo quiso, junto a doa Guiomar, y tan cerca, que la sangre que de su pecho corra fue a mezclarse con la que del inocente pecho de doa Guiomar haba salido. Quedose Cervantes tan turbado por lo que aconteca, tan sin vida y tan sin alma, espantado por aquella tragedia que tena ante los ojos, tan impensada, tan sin culpa en la intencin por l producida, como primera causa de aquel pavoroso efecto, que por algn tiempo ms que hombre fue una estatua. Y como parte de los criados, en tanto que se trababa la formidable pelea, hubiesen acudido a los balcones, dando voces llamando a la justicia y pidiendo socorro a los vecinos, y algunos de ellos la puerta principal de la casa hubiesen abierto y a la calle saldose, y acertase a pasar por all un alcalde con su ronda, entrose en la casa la justicia, subiendo atropellada por las escaleras, y acudiendo donde la pelea continuaba empeada. Llegaron al turbado Cervantes las voces de tngase al rey! dense a la justicia! y pavor entrole, no de ser muerto, sino de ser all encontrado y preso, y, cargado de cadenas, como criminal y mal hombre tratado; y as fue, que recobrando en un punto todo su valor sereno, a la ventana que en el aposento haba fuese, abriola y arrojose a la calle, no huyendo de la muerte y del peligro, sino de la deshonra; que bien hubiera podido creer la justicia, si junto a aquellos dos cuerpos muertos le hubiera encontrado, que l los haba matado, por celos al uno en ria, y asesinada la otra. Huy, en fin, como quien de su mala suerte huye, no como el cobarde que con la fuga el peligro evita, y fuese, sin saber por dnde iba, a casa del bachiller Carrascosa, aquel de quien ya se dijo era su grande amigo. XXI En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y se sabe que Cervantes se haba perdido. Negra se vio la justicia, negros los criados de doa Guiomar, para lograr, en fin, prender o ahuyentar a los malhechores que con don Baltasar de Peralta, en la casa, por el corral de la del rapista, habanse entrado. Hallose que de ellos haba muerto uno, quedando dos mal heridos, y asimismo heridos algunos de los criados. Habanse preso cuatro bravucones de mirada torva y harapiento pelaje, que harto claro manifestaban, slo con dejarse ver, que eran racimos de horca, no vendimiados an por la justicia. Hallronse en el aposento de Florela los cuerpos de doa Guiomar y de don Baltasar de Peralta, ella marchita y afeada por la muerte su hermosura, l cubierto an con el antifaz el semblante. Otros, hallose sobre una mesa que en el aposento haba, una minuta o borrador de testamento; que en tanto que Cervantes peleaba con sus dudas y sus tentaciones, no sabiendo por cul determinarse, si por Margarita su obligacin cumpliendo, o por doa Guiomar contentando su amor, un notario que Florela haba llevado recatadamente, el testamento de doa Guiomar haba escrito, y su borrador, tal vez por descuido, tal vez porque doa Guiomar le examinase, all haba dejado. En verdad que aquel testamento no poda ser ms breve, porque despus de la profesin de la fe y de las frmulas de derecho, en esta sola clusula se contena: Es mi libre voluntad y firme determinacin, dejar heredada en todos mis bienes inmuebles, dinero, joyas y ropas, y de todo lo que poseo, a mi amiga, que tal como a mi hermana amo, doa Margarita de Ledesma. Y luego segua la forma de derecho. Hallose asimismo encerradas y temblando, en el aposento de doa Guiomar, a Margarita y a Florela, que como el vulgo dice, murieron por Dios, y no salieron de decir que ellas no saban nada, sino que cuando se arm aquel no esperado tumulto, Florela se haba entrado espantada en el primer aposento que haba podido, que haba sido aquel en que Margarita estaba, y que de miedo no les sobreviniera algn mal, la puerta haban cerrado y permanecido all asustadas. La justicia tom por el atajo; dej una guardia de alguaciles con los muertos, y asimismo, para que la casa guardasen; envi al hospital los heridos, y a todos los otros, sin exceptuar a Margarita ni a Florela, se los llev a la crcel y los encerr. Pregunt la justicia tanto, que a las pocas horas las fojas del proceso alzaban que daban espanto, segn que se haba plumeado; pero no sac en limpio sino lo que Florela dijo: que seor Miguel de Cervantes Saavedra, soldado y poeta, haba llevado el da antes a su seora, para que la amparase, a doa Margarita, que amparada por doa Guiomar haba sido. Declar Margarita cmo a Cervantes haba conocido cuando el entierro de su madre, y conteste estuvo con Florela. Ninguna de las dos declararon que Cervantes hubiese permanecido en la casa; y como Cervantes no haba entrado en ella sino a trasmano y secretamente, conducido por Florela, ninguno de los de la casa saba que en ella haba estado aquella noche, y nada referente a l declarar pudieron. Por otra parte, los pcaros que haban entrado con don Baltasar de Peralta en la casa haban dado ms luz, porque haban declarado que don Baltasar de Peralta los haba buscado por medio del rapista _Vivis-mil-aos_, y les haba dado dinero para que le ayudasen a robar a doa Guiomar de Meneses y Alvarado, y que por la tapia del corral de la casa del rapista, que al huerto de doa Guiomar daba, habanse entrado. De resultas se ech el guante al seor _Vivis-mil-aos_, que empez por negar toda participacin en el delito que la justicia persegua. Pero puesto en el potro, aunque aguant como un santo dos vueltas de cordel, a la tercera el dolor le deshizo la firmeza, y cant que no haba ms que pedir. Spose, pues, por l, que don Baltasar de Peralta haba perseguido rudamente a doa Guiomar, que le desdeaba, y la justicia tuvo que contentarse con esto, y con no encontrar en las resultas otra cosa sino que la muerte de doa Guiomar haba sido a causa de don Baltasar de Peralta, si es que no haba sido por su propia mano, quedndose la justicia sin saber quin haba matado a don Baltasar, ni cmo y por qu haba sido su muerte. El amor de Margarita por Cervantes, y la lealtad de Florela a su seora y sus miramientos por su honra, hicieron que aquellas dos mujeres callasen de tal modo, que en el proceso no pudo aparecer el nombre de Miguel de Cervantes sino como por incidencia y libre de todo cargo, porque no se saba sino que l haba amparado a doa Margarita, y llevdola a doa Guiomar para que la amparase mejor. No embargante esto, la justicia buscole. Pero no le hall, ni su capitn, don Lope de Figueroa, pudo decir otra cosa sino que el soldado por quien se le preguntaba haca tres das que por la compaa no pareca; de modo, que se tema, o que le hubiese acontecido alguna desgracia, o que hubiese abandonado su bandera, cosa que al noble don Lope de Figueroa se le haca muy recio creer; que conoca bien a Cervantes, y le estimaba, y por honrado le tena. En resumen, la justicia se content con _Vivis-mil-aos_ y con los cuatro bravos que haba pescado. Solt a Margarita y a Florela, y otros a los criados de doa Guiomar; levant el embargo que sobre su casa haba hecho; y en cuanto a la ta _Zarandaja_, ni aun pens en ella, porque el seor _Vivis-mil-aos_, que no poda mejorarse enredando con la justicia a la ta _Zarandaja_, porque esta, apretada por los cordeles, no cantase, y se vengase de l sacando a plaza otros primores suyos, de la ta _Zarandaja_ no hizo mencin, y ella no sufri otro castigo que el miedo de que la justicia la echase las garras y la malparase. Enterr Margarita a doa Guiomar con gran pompa, que su herencia haba aceptado, y a ella tocaba procurarla los ltimos homenajes. Enterrado fue asimismo con gran ostentacin por sus parientes don Baltasar de Peralta, y andando no mucho tiempo, en galeras se vio con un grillete, remando por el rey, con sentencia para toda su vida, el ilustre rapista _Vivis-mil-aos_. Y como la justicia no poda pasarse sin ahorcados, visto que asalto durante la noche, y en cuadrilla y a una casa habitada, haban dado, y muertes y heridas haban cometido, y resistencia a la justicia haban hecho los cuatro malhechores que haba cogido vivos, que los heridos lo haban sido de tal manera que murieron, enforcolos por el pescuezo hasta que rindieron los espritus vitales, con gran contentamiento del pueblo de Sevilla, que se sali a Tablada a recrearse con el espectculo. Dicho esto por adelantado, volvamos atrs otra vez, y digamos por qu Margarita haba aceptado la herencia de aquella que bien saba haba sido su enemiga, y que, ms que por caridad, por grandeza de venganza la haba instituido su heredera; sin contar con que poda ser muy bien que no a ella fuese a quien heredada dejaba, sino a Cervantes, que, como deba presumir, con ella haba de casarse; y como Margarita saba harto bien cun dura y terrible es la mano de la miseria, y cunto por esto, como porque con el oro todo se tiene, las riquezas en el mundo se estiman, y acaso por aquellas riquezas que heredaba, con ella Cervantes se casara, puesto que su obligacin, si no su amor, fuese empeo bastante para que por esposa la tomase, la herencia acept; y desde el punto y hora en que hubo sepultado a doa Guiomar, a buscar se ech desalada a Cervantes por cuantos medios le fue posible, y servida por la discreta Florela, que con ella se haba quedado, como si una parte de la herencia hubiese sido. Pero por ms que Florela fuese de despierto ingenio, y buscase, y pagase, y revolviese el mundo, pasaban y pasaban das, y no pareca Cervantes. A todo esto, las galeras que en el Guadalquivir haban estado muchos das recogiendo las compaas y gente de leva que para la gran empresa contra el turco se juntaban, haban zarpado y desaparecido. Pero como en Sevilla se haba quedado, presidindola, la compaa de infantera de que era soldado Cervantes cuando la tristsima tragedia de doa Guiomar, esperaba la triste Margarita que alguna vez Cervantes remaneciese, volviendo a ponerse bajo su bandera. Ahora, dejando a Margarita con su tristeza y sus ansias, se pasa al captulo siguiente, para decir lo que de Cervantes haba sido. XXII En que se sabe lo que fue de Cervantes. Llegado haba nuestro Miguel ms muerto que vivo, amparado por la soledad de las calles y lo tenebroso de la noche, a la puerta de la casa de su amigo Carrascosa, y apenas si haba tenido fuerzas para llamar a ella; que cuando la amiga del bachiller, a medio vestir, y no con gran empacho, baj y abri la puerta, encontrsele en el umbral poco menos que tendido y punto menos que desmayado. Grit la moza, baj el bachiller, Dios solo sabe en qu apariencias, metieron adentro a Cervantes, y desnudronle y acostronle. Contoles Cervantes lo que le aconteca, y con tal encarecimiento de dolor y de desesperacin, que no pareca sino que para l todo en el mundo haba acabado. Ni bastaron razones para consolarle, ni consejos para que no tomase alguna negra determinacin que acabase con su vida, que l deca no era otra cosa que muerte horrenda; porque al ver ante s perdiendo la vida con la sangre a aquella su adorada criatura, conoci ms que nunca que ella era su vida y su alma, y que sin ella no poda tener ni contento ni vida, sino existencia angustiosa, infierno en la tierra, muerte en el alma; y as les dijo, que no pudiendo l quitarse la vida por su mano, que cosa era esta en que ningn hombre que en algo estima el que su valor se estime, incurrir puede, resuelto estaba a ir a ampararse del buen capitn Diego de Urbina, que en la galera _Marquesa_ estaba en el Guadalquivir prximo a zarpar para Levante, y contarle su desdicha; que l le estimaba y le amparara; y luego cuando con el turco se rompiese, ponerse en punto donde la muerte fuese inevitable y se pudiese caer con honra. Dejaron de aconsejarle ms, cuando esta determinacin le oyeron, el bachiller y su amiga, porque pensaron que para los dolores del alma no hay otro mejor remedio que el tiempo, y tuvieron por seguro que este gran remedio haba de producir su efecto en Cervantes. Partironse al rayar el da, yendo Cervantes disparado hacia la puerta de Jerez, llegando a punto que la abran, y llegronse a la Torre del Oro, y alquilando una barca, hacia la galera _Marquesa_ bogaron, llegando a ella cuando sonaba el caonazo de leva y tocaban en cada galera los instrumentos militares a la oracin de la maana. Admitironle, y entraron, y a poco, encerrado el capitn Diego de Urbina con Cervantes en la cmara del alczar de popa, oa el cuento de su desdicha, y le amparaba, y secretamente en la galera le tena. Volviose Carrascosa ya contento a su casa, porque amparado vea a su amigo, a quien en gran manera estimaba, y Cervantes dejole ir sin darle comisin alguna, como si hubiese perdido la memoria de haber conocido a Margarita. Y as era en verdad, que loco estaba en aquellos momentos Cervantes, y apenas si haba podido ordenar su relato para Diego de Urbina; y con calentura habanle bajado al entrepuente, y tan en peligro, que los mdicos de la galera haban tenido que acudir a l harto de priesa. XXIII En que se habla algo de la jornada de Lepanto y de cmo fue la manquedad de Cervantes. Lleg al fin la orden del rey para que la flota que en el Guadalquivir se encontraba zarpase con rumbo a Messina, donde haba de juntarse con las otras naves de Espaa y las de la Liga. Juntronse all todas el 25 de Agosto de 1571. Nunca se vio una tan poderosa armada, ni aprestados para una tan grande empresa tantos grandes capitanes; que siendo don Juan de Austria generalsimo de todas las escuadras de la Liga, all asistan el prncipe Alejandro Farnesio, don Luis de Requesens, Marco Antonio Colonna, el proveedor Barbarigo, Juan Andrea Doria, el marqus de Santa Cruz don Alvaro de Bazan, Sebastin Veniero, Ascanio de la Corna, el prior y los caballeros de Malta, y otra multitud de capitanes, no de tan gran linaje, pero no menores en valor y nombrada, entre ellos Gil de Andrade, don Sancho de Leiva, don Miguel de Moncada, Francisco de Sancti Pietro y Diego de Urbina, y otros muchos de mar y tierra. Pasaban de trescientas, entre galeras, naos y galeazas, las naves de la Liga, y tan bien aprestadas, que slo con verlas se poda tener por segura la victoria. All iba tambin la galera _Marquesa_, con las que mandaba el general Andrea Doria, y en ella, muy doliente an, nuestro Miguel de Cervantes. En vano haban pasado dos meses desde que aconteci la tragedia de la infeliz doa Guiomar, que no pareca sino que cada da que pasaba aumentaba el horror que de s mismo Cervantes tena, y su hasto de la vida; y si un da al combs de la galera poda subir a respirar el aire y a aspirar el olor marino, por otros dos o tres vease obligado a quedarse en el entrepuente, enfermo y sin poder valerse, abrasado por la calentura. Ansiaba nuestro mozo que se llegase a punto y trmino de pelea con el turco, que en ella pensaba ponerse en tal lugar y hacer tanto, que su muerte fuese inevitable. Tal era el desesperado amor imposible que en su pecho arda por la muerta doa Guiomar, y tal su desesperacin por su prdida, y tal su ansia por ir a encontrarla a un mundo mejor. Esforzbanse sus compaeros por consolarle de aquel su dolor, que se vea claro en la perpetua desolacin de su semblante, y en vano, para consolarle mejor, la causa de su dolor le pedan; callbase l, agradecindoles sus buenos deseos; y como el capitn Diego de Urbina, a quien su desventura haba revelado para que le amparase, su secreto noblemente le guardaba, nadie saba qu pensar de aquel dolor que tan acabado a Cervantes tena, y tan desesperado, y tan melanclico, que harto claro se comprenda que le pesaba la vida. Y aconteca, que habase olvidado Cervantes de Margarita como si nunca la hubiese visto, y que para su corazn y su memoria no exista otra cosa que la muerta doa Guiomar. Entretvose don Juan de Austria en Messina con las grandes fiestas que en honra suya se hicieron, y otros, ordenando y acabando de aprestar su armada, hasta que esta zarp el da 5 de Setiembre. Con las naves que a Messina ltimamente haban arribado, de trescientas pasaron las de la Liga, en las cuales ms de ochenta mil hombres iban, entre marineros, soldados y galeotes. Comulgado y confesado haban antes de dejar el puerto de Messina todos los que en la armada iban, como si todos hubieran tenido por cierta la muerte en aquella empresa; tan temerosa se aparejaba; que se saba que el generalsimo turco, Al-Baj, comandaba un espantable nmero de naves, que de cuatrocientas entre grandes y chicas pasaban, y en ellas venan ms de ciento veinte mil hombres, turcos, egipcios, africanos; todos feroces, todos corsarios, duros y cruentos, avezados al carnaje y a la matanza, y, como tigres, carniceros. Tenase el miserable ejemplo de Nicosia y de Famagusta, sus defensores degollados y sus capitanes martirizados por el implacable infiel, aborrecedor del cristiano y nunca satisfecho de su sangre; y tal era el pavor que la voladora fama traa en sus alas, de las crudezas de aquella numerosa hueste de sanguinarias fieras, que capitanes tales y tan probados por su prudencia en el consejo y su bravura en lides, como Andrea Doria, Ascanio de la Corna y Sebastin Veniero, aconsejaron a don Juan de Austria, teniendo por temeridad el embestir contra el turco; pero el generoso mancebo, por cuyas venas corra la sangre del nunca vencido, ni en temor por nada puesto, emperador Carlos V, de gloriosa memoria, respondi a las dudas y a los temores de todos: --Seores, ya no es hora de aconsejar, sino de combatir. Vena el brbaro Al-Baj confiado en el triunfo, y engaado; qu algunos pescadores habanle dicho que la armada de la Liga era mucho menor que la suya, y mal proveda y pertrechada, y que aun as, mucho mayor era el nmero que la vala de la gente de la Liga, toda de leva y allegadiza; por su parte, don Juan de Austria crea que el dey de Argel, Aluch-Al, temeroso de la suerte de la batalla, haba abandonado a Al-Baj. As es que cristianos y turcos avanzaban los unos contra los otros, todos engaados acerca de las fuerzas del enemigo, y todos confiando en el triunfo de sus armas. Pero ni eran pocas las galeras cristianas, ni valad ni allegadiza la gente que las montaba, ni a Al-Baj haba abandonado el dey de Argel Aluch-Al. Manteniendo su rumbo a Levante la armada de la Liga, dejando atrs la Fosa de San Juan, lleg el 26 de Setiembre a Corf, de donde zarp el 28. Aguardaba en el golfo de Lepanto la escuadra del turco. Al fin, el 5 de Octubre la armada de la Liga lleg a Cefalonia, teniendo a babor la _Morea_; y la descubierta, comandada por el capitn Juan de Cardona, descubri al doblar el golfo de Lepanto la escuadra del turco. No es nuestro nimo pintar aqu la famosa batalla de Lepanto, ni al propsito de nuestro libro conviene; que el curioso puede verla en las historias que de ella hablan largamente, y con pelos y seales: gran jornada fue, gran gloria alcanz en ella nuestra patria; que puesto que fueron diversas las naciones que con sus armadas a aquella empresa acudieron, por generalsimo fue nuestro don Juan de Austria, y a su prudencia y a su buen consejo y a su aliento, se debi que aquel grandsimo triunfo se lograse; y ms grande fuera, si a todas sus consecuencias se hubiera llegado: a nosotros slo nos compete decir en el presente libro, cmo fue que nuestro Miguel conquist en aquella memorable jornada su glorioso apodo de _Manco de Lepanto_. Si a doa Guiomar no conociera, si no la amara, si de su tragedia involuntaria causa no fuera, si a Margarita no encontrara, corrido por distinto cauce hubieran las cosas, y en vez de llegar a ser Cervantes el _Manco de Lepanto_, casdose hubiera dichosamente con su doa Guiomar, y andando el tiempo no se hubiera visto en ocasin de ir, para asuntos que no eran suyos, a la Mancha ni a Argamasilla, ni conocido hubiera a Aldonza Lorenzo, ni a Alonso Quijano, ni a Sancho Zancas, y probablemente no tendramos nuestro buen _Don Quijote_ con que recrearnos y enorgullecernos, teniendo tal vez que contentarnos con _Rinconete y Cortadillo_ y el _Coloquio de los perros_, y con las _Ejemplares_; y quin sabe! que un leve acontecimiento, importante en la vida de un hombre, todo el curso de su vida cambia, echndole por otro cauce. Montaba, como hemos dicho, Cervantes la galera _Marquesa_, que era de las de Andrea Doria, con la gente de infantera del capitn Diego de Urbina; y cuando a la vista la una de la otra las dos escuadras, lleg el punto del rompimiento de la batalla, Cervantes, que muy enfermo y con calentura estaba en el entrepuente, subi a la cubierta y pidi le pusiesen en el lugar de ms peligro; advirtiole Diego de Urbina que mirase que estaba enfermo, y que de muy poco poda aprovecharse su esfuerzo cuando tan sin fuerzas se hallaba; a lo que respondi Cervantes, y a lo que otros como el capitn le decan: --Seores, qu se dira de Miguel de Cervantes? En todas las ocasiones que hasta hoy en da se han ofrecido de guerra a su majestad, y se ha mandado, he servido muy bien como buen soldado; y as, ahora no har menos, aunque est enfermo y con calentura; ms vale pelear en servicio de Dios y de su majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta; as pues, pnganme en el lugar ms peligroso, y en ello me haris merced. Y como se sintiesen maravillados todos de su valor y entereza, dironle doce soldados que mandase, y con ellos combatiese en el lugar del esquife, que era el de mayor peligro. El disparo de un caonazo de cada una de las dos capitanas, fue la seal del rompimiento del combate, que se trab bravamente, y de una manera tan recia y con tal estruendo de arcabucera y de artillera, que no pareca sino que una pavorosa tormenta y espantable, de la mar y del viento habase enseoreado. Todo era humo, y fuego, y estrago, y cuerpos muertos que a la mar caan, y sangre que en la mar se verta y la pona roja; y ac sonaban los clarines y las trompetas y los atambores, y all sonaban los aafiles, las dulzainas y las atakebiras; que no podan causar menos fragoroso estruendo en su combate con el turco ms de trescientas naves grandes y pequeas que la mar cubran en un tan grande espacio como no se haba visto desde los tiempos del imperio de Roma; y de estas naos, ciento sesenta y cuatro, y las mejor aprestadas, eran del rey de Espaa; y del pontfice Po V eran seis galeras y otras tantas fragatas; y llevaban los venecianos ciento treinta y cuatro naos, pero no tan bien armadas ni provedas como las de Espaa. Asistan all tambin las galeras de Gnova y de Malta, y no se cuenta gran nmero de trasportes que con la armada iban, armada inmensa, gente en grandsimo nmero a morir resuelta, alentada por la fe y por las indulgencias concedidas a los que en aquella empresa se encontrasen, que eran las mismas que se concedieron por otros pontfices a los conquistadores de los Santos Lugares, y que poco antes haba llevado el nuncio de Su Santidad monseor Ondescalco. Y era el orden de batalla: en la vanguardia, seis galeras venecianas; en el cuerno izquierdo iban sesenta galeras, comandadas por el proveedor Barbarigo; Juan Andrea Doria era el general de las sesenta galeras del cuerno derecho, y sesenta y tres galeras formaban el centro de la batalla, llevando en medio de ella la Real, y en sta el generalsimo don Juan de Austria. A la derecha de la Real iba la capitana de Roma con su capitn Colonna, y la de Venecia con Veniero, a la izquierda. Llevaba la Real a popa la nao del comendador de Castilla don Luis de Requesens, y con don Alvaro de Bazan, marqus de Santa Cruz, formaban la retaguardia treinta y cinco galeras. Mayor en nmero de naves era la armada infiel. Comandaba su cuerno derecho Mahomet Ciroko, virey de Alejandra; el dey de Argel, Aluch-Al, comandaba el izquierdo, y el baj Al-Pach se mostraba en el centro de la batalla con un gran nmero de naves, y otra formidable escuadra formaba a retaguardia. En media luna avanzaban la una contra la otra las dos formidables flotas. El viento haba calmado; el golfo, ms que una mar turbulenta, un terso espejo pareca. Embisti el primero el cuerno derecho de los turcos, a los que resistieron los venecianos. Aluch-Al haba embestido a las naves del general Doria, y en este primer encuentro y trabazn de la pelea, la capitana de Malta fue cercada, embestida y entrada por muchas galeras argelinas, que pasaron a cuchillo a todos los caballeros, menos al gran prior y otros dos, que casi despedazados por terribles heridas, tuvieron por muertos. Con no menor saa se embistieron las galeras de don Juan de Austria y de Al-Pach, y ya el combate se extendi por toda la lnea, sin haber galera que no combatiese. Se levant el viento favorable a los cristianos, y como ya se ha dicho, un infierno terrible, que no otra cosa pareca la pelea, que todos peleaban como si hubieran sido inmortales. Apretada se vea la Real de don Juan de Austria. Cargaban sobre ella con sus genzaros los dos bajaes Al-Pach y Pertew, y a no acudir en su socorro de la capitana el marqus de Santa Cruz, Dios slo sabe si aquel da hubiera perecido a manos de infieles el gran don Juan de Austria. Rayo pareca la espada del marqus de Santa Cruz, que firme en la cruja de su capitana con sus arcabuceros espaoles, rechazaba una y otra embestida. A la Real salv, y vol con sus galeras a socorrer a Andrea Doria, y socorrido ste, a poco rescataba la capitana de Malta y haca huir aterrado con sus argelinos, y ponerse fuera de combate, al formidable Aluch-Al. Todo era proezas y hazaas, todo estrago y muerte. Indecisa se mostraba la victoria, y es fama que entre la densa nube de humo, y en el punto ms formidable de la batalla, apareci un resplandor de gloria sobre la armada de la Liga, y en medio de l la Santsima Virgen del Rosario, a la que acompaaban legiones de arcngeles, que con sus espadas de fuego descendan y se metan en la pelea; milagro que la fe no repugna, pero que bien pudo ser visin de algn soldado devoto que luego lo cont y creyronlo; que no seales de muerte por fuego del cielo tenan los turcos que muertos se hallaron en las galeras enemigas apresadas, sino de pelota de arcabuz, o de lombarda, y corte de espada, y golpe de pica, y astillazos y aplastamientos, por las entenas y jarcias que la artillera cortaba; y entre este pavoroso estrago, entre este humo, entre este fuego, y poco antes de que la victoria se declarase por los cristianos, un arcabuzazo alcanz a Cervantes en la mano izquierda, y deshzosela, y otros dos le atravesaron el pecho, dejando en su persona las honrosas seales por las que, acometido por la malevolencia, dijo muchos aos ms adelante, cuando le injuri aquel Avellaneda, temerario continuador de _Don Quijote_: Lo que no he podido dejar de sentir, es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por m, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la ms alta ocasin que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan verlos venideros. Si mis heridas no resplandecen sobre los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimacin de los que saben dnde se cobraron; que el soldado ms bien parece muerto en la batalla que Ubre en la fuga; y es esto en m de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella faccin prodigiosa, que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guan a los dems al cielo de la honra y a desear la justa alabanza. Tal fue la alta ocasin, como l mismo dice, en que se qued manco Miguel de Cervantes, y a esta ltima ocasin llevronle sus mal aventurados y trgicos amores con doa Guiomar. Pero no dejemos por terminar el relato sucinto de la batalla. Sufrido haban los turcos una prdida irreparable en el baj Pertew, que acometido por don Juan de Cardona, y habiendo tomado Pablo Jordn Urbina su galera, hubo de arrojarse al mar y llegar nadando a un esquife, en que escap. Aluch-Al se haba puesto tambin en salvo con todas sus galeras de Argel. Al-Pach, que combata como un len irritado con trescientos genzaros, cay al fin por una pelota de arcabuz que en la frente le hiri. Arrojronse sobre l los castellanos, y un soldado cortole la cabeza, y en la punta de una pica la puso, como guin sangriento y horrible seal de la victoria. Ya gran nmero de navos infieles ardan y se hundan con pavoroso estrago en las ondas. Gran parte de la armada infiel haba sido apresada, y el resto hua proa al Levante. --Victoria, victoria!--sonaba por todas partes. Ya no se oa el estruendo formidable de la artillera. El humo se elevaba lentamente, y se disipaba en los aires. Doscientos veinticuatro bajeles perdieron los musulmanes. Quedaron ciento treinta en poder de los vencedores, y el resto lo trag el mar o lo abras el fuego. Veinticinco mil turcos murieron, y ms de cinco mil, cautivos quedaron. Hallronse en las galeras apresadas ciento diez y siete tiros gruesos de artillera y doscientos cincuenta menores, y se libertaron doce mil cautivos cristianos. Pero no se obtuvo esta gran victoria sino a gran bosta; que se perdieron quince galeras, ocho mil valientes murieron: de ellos, dos mil espaoles, del Papa ochocientos, y el resto de Venecia, Gnova y Malta. El Mediterrneo era libre. Ya las doncellas cristianaste sus riberas no tenan que temer las excursiones de los piratas, ni verse vendidas en los harenes de los infieles. Ya se poda reposar en aquellas riberas. Los genzaros del turco no eran ya invencibles, ni, deshecha su poderosa flota, para Europa poda ser una amenaza el poder del turco. Con razn se enorgulleca Cervantes de haberse hallado en aquella jornada memorabilsima y de las heridas gloriosas que en ella haba recibido. Volvironse al fin las naves espaolas a Npoles y Sicilia. Dej la galera _Marquesa_ en el hospital de Messina a sus heridos, y entre ellos a Miguel de Cervantes, que san al fin, pero quedndole mutilada la mano izquierda, por lo cual, cuando la muerte abri para l la edad de la gloria, al par que se le llam el prncipe de los ingenios espaoles, llamsele tambin el MANCO DE LEPANTO. FIN POST SCRIPTUM Parceme orte decir, bondadoso lector que hasta aqu hayas llegado: Cmo, seor autor, y as nos deja vuesa merced a media miel, sin decirnos lo que fue de Cervantes, de Margarita y aun de Florela? A lo cual el autor responde: --Lector benvolo, si este episodio de la vida de Miguel de Cervantes te hubiere agradado, y a otros muchos, lo que yo ver por la venta de los ejemplares, promtote contarte otros episodios de la vida del mismo hroe, y entonces tal vez salga a luz lo que fue de Margarita, y aun lo que fue de Florela. Entre tanto, VALE. License: Share Alike