Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was produced from scanned images of public domain material from the Google Print project.) En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en el texto. (nota del transcriptor) BIBLIOTECA ILUSTRADA DE GASPAR Y ROIG. LOS MONFIES DE LAS ALPUJARRAS, NOVELA ORIGINAL, DE DON MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ. [imagen] MADRID. GASPAR Y ROIG, EDITORES, PRINCIPE, 4. 1859. [imagen] LOS MONFIES DE LAS ALPUJARRAS, NOVELA ORIGINAL, DE D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZLEZ. PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE. CAPITULO PRIMERO. El edicto del seor emperador. El dia 30 de mayo del ao de 1546, una inmensa multitud de gentes de todos clases y condiciones, llenaba en Granada la estrecha plazuela comprendida entre la Capilla Real, sepulcro de los Reyes Catlicos, la Casa de la Ciudad y las desembocaduras de algunas callejas, que desde aquel punto conducen al Zacatin, la plaza de Bib-al-Rambla, y la parte alta de la ciudad. Entre aquella multitud abundaban los pintorescos trages de los moriscos, los que se mezclaban los justillos y las calzas castellanas, y los coletos de mbar y los castoreos con plumas de los soldados de los tercios viejos del rey. Notbase cierta cuidadosa ansiedad en los rostros de los moriscos y una insolencia punzante en los de los castellanos que se mezclaban con ellos; segun todos los indicios y juzgar por ciertas particularidades de que vamos ocuparnos, debia prepararse algun acontecimiento importante. Las particularidades que acabamos de indicar, eran las siguientes: El gran balcon de la Casa de la Ciudad, estaba cubierto por una rica colgadura de terciopelo carmes con franja y rapacejos de oro, y en su centro se vea bordado en realce el blason de las armas reales de Espaa y Austria, sostenido por un guila de dos cabezas coronada y tendidas las alas; en el centro del balcon y tendido sobre la balaustrada, se veia un pendon rojo de dos puntas, blasonado con las armas de los Reyes Catlicos, pendon real que se habia tremolado en la torre de la Vela de la Alcazaba de la real fortaleza de la Alhambra, el dia de la entrega de Granada, que los Reyes Catlicos habian dejado como una inapreciable prenda la ciudad, y cuya sola vista hacia palidecer los semblantes y arrasarse de lgrimas los ojos de los moriscos, consecuencia de los tristsimos recuerdos que avivaba la vista de aquel pendon en su memoria. Ultimamente, una compaa de alabarderos, con su capitan Rodrigo de Monforte la cabeza, formaba en cuatro filas delante de la puerta de la Casa de la Ciudad, y travs de los soldados se veian en el extenso patio, cuyas galeras estaban entonces sostenidas por arcos y columnas rabes, los abigarrados colores de las dalmticas de los reyes de armas de la Ciudad, los sombreretes de canal con pluma y los negros ferreruelos de los alguaciles, los escuderos del seor corregidor y de los seores veinticuatros regidores perpetuos, teniendo los caballos de sus seores del diestro, y por ltimo, los timbaleros y trompeteros de la Ciudad caballo. All en un rincon podia verse tambien una persona de apariencia abyecta, vestida de negro, con la cabeza descubierta y aislada enteramente; una especie de mancha humana, con la que todos esquivaban ponerse en contacto; el ltimo escalon descendente de la gradacion social puesto en contacto con el verdugo. Aquel hombre era el tio Gonzalvillo, pregonero jurado de la Ciudad. Se trataba, pues, de un pregon. Pero pregon que con tal solemnidad se preparaba, debia ser muy importante, y fu aqu la causa de la ansiedad de los moriscos, que todo lo temian de la mala fe que desde el momento despues de la entrega de la ciudad de Granada, habia usado con ellos la corona de Castilla, durante los reinados de los Reyes Catlicos, de la reina doa Juana, su hija, y del emperador don Carlos, su nieto. A cada momento llegaban caballeros, vestidos con arneses de crte, ginetes en caballos encubertados de gala y rodeados de pajes y escuderos. A las once del dia oyse por la calleja que conducia la parte alta de la ciudad son de timbales, y poco despues desembocaron los msicos de la Real Chancillera, y sus reyes de armas caballo; luego el seor presidente, en una mula, con sus hbitos de arcipreste; despues, en otras tantas mulas, los seores oidores, los seores alcaldes de Casa y Crte, y por ltimo, una nube de negros ministros de justicia, ginetes en rocines. Aquella cabalgata atraves por medio del apiado gento, lleg la puerta de la Casa de la Ciudad, aperonse los seores de la Chancillera, y entraron por medio de la compaa de alabarderos, que se abri, quedando fuera la comitiva, y se entraron en la sala capitular, cuya puerta estaba situada al fondo del patio: la multitud, comprimida por aquel cuerpo extrao que se le habia incrustado, y apretada mas y mas por los nuevos curiosos que llegaban, no cabia ya en la plazuela y empezaba rebosar por las tres callejas que ella conducian; las once y media la multitud tuvo que estrecharse mas; por la parte del Zacatin se habia escuchado de repente, blico son de clarines y atambores que batian marcha; una compaa de arcabuceros habia entrado haciendo plaza, y en pos de ella, precedido por ginetes, el alferez mayor del reino y crte de Granada, llevando el estandarte real; luego el escudero del capitan general don Luis Hurtado de Mendoza, marqus de Mondejar, llevando su adarga; despues los lacayos, palafreneros y dems servidumbre del marqus, vestidos de gala; por ltimo, entre una nube de caballeros, capitanes y alfreces, el mismo capitan general sobre un caballo ricamente encubertado, con una banda roja bordada de oro sobre su arns de crte, el baston de mando en la diestra, llevando en la cabeza en vez del yelmo, como en seal de paz y confianza, un bonete de grana; seguanle, empero, como muestra de que iba preparado todo, cuatro escuderos, el uno de los cuales llevaba desnuda su ancha espada de combate, otro su yelmo de encage, otro su lanza de Milan, y otro su viejo escudo de guerra, que, aunque limpio y bruido, se mostraba honrosamente abollado y remendado, seal clara de que habia defendido su dueo en mas de una recia batalla; iban en pos los restantes servidores del marqus, y por ltimo una compaa de piqueros. Es de advertir que el ayuntamiento habia dejado la posesion entera de la plazuela al pueblo, pero que, la Chancillera le habia robado un buen espacio; que el capitan general habia acabado de comprimirle, y que solo faltaba el Santo Oficio de la General Inquisicion para desalojarle enteramente de ella. El Santo Oficio no tard en llegar con sus timbales, sus alguaciles, su pendon verde con la cruz dominica, sus inquisidores sombros y hoscos, montados en mulas, sus familiares, y, por ltimo sus soldados de la fe. El pueblo se vi obligado extenderse fuera totalmente de la plazuela, rellenando las tres calles inmediatas: asi, pues, el ayuntamiento, la Chancillera, el capitan general y la Inquisicion, con sus ginetes y pendones, estaban sitiados, como acuados por un pueblo inmenso. Pero aquel pueblo estaba vencido y desarmado, y pesar de que comprendia que todo aquel aparato era para imponerle nuevas condiciones, para romper mas y mas las honrosas capitulaciones de la conquista de Granada, cada uno de aquellos moriscos callaba, y temblaba de ansiedad y aun de miedo. Dieron gravemente las doce en el cercano relj de la Capilla Real: aun duraba la vibracion de la ltima campanada, cuando se escuch alto alarido de clarines y atronante redoblar de timbales y atambores; poco despues la multitud que henchia la calleja que comunicaba con el Zacatin, fue empujada y se puso lentamente en marcha; sucesivamente fueron saliendo de la plazuela los maceros y timbaleros del ayuntamiento; el pendon de la Ciudad, los regidores, el corregidor y los alguaciles; luego la Chancillera, despues el capitan general, por ltimo, la Inquisicion y trs ella las tres compaas de alabarderos, arcabuceros y piqueros; la multitud que llenaba las otras dos calles se mezcl en la plazuela como dos rios que confluyen en un punto y sigui lento y tristemente aquella procesion, cuyos timbales y trompetas atronaban el espacio. Las tiendas de los mercaderes moriscos del Zacatin se habian cerrado: las ventanas de los primeros pisos estaban engalanadas con tapices, como en honor del pendon real, del pendon de la fe y del pendon de la Ciudad, que pasaban debajo de ellas; pero en aquellas ventanas, aunque no estaban cerradas, no habia una sola persona: la multitud estaba en la calle precediendo y siguiendo las cuatro corporaciones que tan solemnemente atravesaban la ciudad. Al fin los primeros timbaleros desembocaron en la Plazuela Nueva; esta plaza estaba llena ya de moriscos, cuyo nmero se aumentaba incesantemente con el interminable cordon de ellos que avanzaba por la calle de Elvira y por los que descendan por las avenidas del Zenete, de la Antequeruela y de la Carrera de Darro. En medio de la plaza y delante del sitio donde algunos aos despus se construy el palacio de la Chancillera, estaba levantado un extenso tablado; cuando llegaron l, subieron por la gradera los tres alfreces del rey, de la Ciudad y de la Inquisicion: el corregidor, el capitan general, el inquisidor mayor y el presidente de la Chancillera; subieron, ademas, un secretario del ayuntamiento, que llevaba un rollo de pergamino rodado (es decir, con un sello de plomo, pendiente de hilos de seda) y el pregonero. Entonces los trompeteros de la Ciudad dejaron escuchar por tres veces el largo y ronco son de sus clarines, despues de lo cual y en medio de un silencio que habria hecho creer al que aquello hubiese visto de repente, que todos aquellos hombres que llenaban la extensa plaza, no eran otra cosa que fantasmas, se oy la extensa y sonora voz que habia valido al tio Gonzalvillo su oficio de pregonero, que repetia estas palabras que le apuntaba en voz baja el secretario de la Ciudad: Oid! oid! oid! Despues de esto, Gonzalvillo hizo una pausa. Luego continu: Don Carlos, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Leon... Suprimimos en gracia la paciencia de nuestros lectores, los largos dictados del emperador don Carlos, y la forma cancilleresca del edicto, que tras dichos dictados, pregon Gonzalvillo: pero vamos decir cules eran los captulos del edicto, la enunciacion de cada uno de los cuales se aumentaba, por decirlo asi, el silencio, y como que parecia que se sentian latir en medio de aquel silencio pavoroso, y como si hubieran sido un solo corazon, los corazones de los moriscos. El edicto, aprobado y firmado en 1530 por el emperador don Carlos, que pesar de esto no se habia promulgado solemnemente, por no haberse creido oportuno exasperar los moriscos, era en sustancia lo siguiente: El emperador, reconociendo las buenas y justas razones que le habia expuesto su consejo, decia sus buenos vasallos, los moriscos del reino de Granada que: Habindose reunido los aos pasados doctos y justos varones, cuyos nombres se citaban largamente, y habiendo estos varones visto y examinado los captulos y condiciones de las paces que se concedieron los moros cuando se rindieron, el asiento que tom de nuevo con ellos el arzobispo de Toledo[1], cuando se convirtieron, y las cdulas y provisores de los Reyes Catlicos, juntamente con las relaciones y pareceres de hombres graves, y visto todo hallaron: que mientras se vistiesen y hablasen como moros, conservarian la memoria de su secta y no serian buenos cristianos, y en quitrselos no se les hacia agravio, antes era hacerles buena obra, pues lo profesaban y decian, se les mandaba dejar su lengua para siempre jams, y no hablar sino en castellano; que no fuesen vlidas las escrituras ni tratos que se hiciesen en lengua arbiga, que dejasen de usar su antiguo trage y usasen el castellano; que abandonasen la costumbre de sus baos; que tuviesen las puertas de sus casas abiertas los dias de fiesta y dias de viernes y sbado; que no usasen las leilas y zambras la morisca; que no se tiesen las mujeres las uas de las manos y de los pis; que no usasen perfumes en los cabellos; que fuesen por la calle con los rostros descubiertos como las castellanas; que en los desposorios y casamientos no usasen ceremonias moriscas, sino que se hiciese todo con arreglo los preceptos de la Iglesia Catlica; que el dia de la boda tuviesen la casa abierta; que oyesen misa; que no tuviesen consigo nios expsitos; que no usasen de sobrenombre, y ltimamente, que no tuviesen consigo berberiscos libres ni cautivos. Este edicto acababa de anular las capitulaciones de la conquista de Granada, ya en aos anteriores harto bastardeadas: los moriscos se encontraban reducidos la condicion de un pueblo que se hubiese rendido discrecion. La fe de la palabra y de la firma real de los Reyes Catlicos, ya lastimada en su tiempo, acababa de ser rota por sus sucesores. Pero ni un murmullo de disgusto se levant entre aquellos pobres vencidos, tenian miedo: ya habian probado dos veces la insurreccion en la Ajarqua y en las Guajaras, y estas dos insurrecciones habian sido vencidas, y dursimamente castigadas sangre: estaban enteramente dominados, desarmados, y sin embargo, la clera ruga en cada uno de sus corazones, y el nsia de morir matando sus aborrecidos opresores, les dominaba. Pero, como hemos dicho, fuese por el estupor primero que sobrecoge un pueblo cuando siente sobre s el golpe audaz del ltigo del despotismo, fuese por desaliento, fuese por prevision, ni un murmullo, ni una seal de disgusto se dej notar entre las turbas. Acabado el pregon del edicto en la Plaza Nueva, la misma comitiva, en la misma solemne forma, se dirigi al Albaicin y empez trepar por sus pendientes y estrechas calles, hasta llegar la Plaza Larga, donde habia otro tablado. All, tambien, en medio de un gento inmenso, se pregon el edicto, y concluido que fue el pregon, la cabalgata se encamin la parte baja de la ciudad. Ni un solo castellano qued en el Albaicin: todos eran moriscos. Al retirarse las cuatro corporaciones de la Plaza Nueva, la multitud se habia dispersado, retirndose cada uno de los moriscos, triste, cabizbajo y pensativo su casa. Pero no aconteci lo mismo en la Plaza Larga: en vez de dispersarse el gento, se estrechaba mas: empezaba escucharse un murmullo sordo y amenazador: pero aun no se habia proferido un solo grito, no habia tenido lugar ni una sola seal sediciosa. De repente, un jven como de veinte y cuatro aos, de continente gallardo, y de apariencia robusta, de rostro enrgico y hermoso, y, aunque vestia completamente como los hidalgos castellanos, morisco, sin duda, juzgar por la expresion letal y la mirada amenazadora con que habia escuchado desde el dintel de una botica, el pregon de los captulos del edicto, se volvi bruscamente hcia dentro, y abandonando un anciano que le acompaaba, y que, por el contrario que el jven, habia escuchado el pregon con semblante impasible, empuj rudamente la puerta de la celosa de la tienda, la atraves fuera de s, y salvando saltos unas escaleras, atraves una habitacion, abri una ventana que daba la plaza, y avanzando por ella el cuerpo grit: --A las armas contra los cristianos! barrear las calles que bajan la ciudad! morir exterminar nuestros enemigos! La voz del jven excitado por la clera, era tonante, extensa, poderosa, como la voz de la tempestad. Su grito de guerra retumb claro y distinto por cima de los murmullos de la multitud, en los ngulos mas distantes de la plaza. Aumentse el murmullo y la agitacion; pero ni un solo hombre se movi, ni una sola voz contest la voz del jven tribuno. --Cobardes! grit el jven, irritado por el poco efecto que habian hecho sus palabras en los moriscos, os sentencia la pobreza, la esclavitud y la deshonra, y lo sufrs como sufre el perro el ltigo de su seor! --Cobardes no! grit otra voz no menos tonante que la del jven, desde el centro de la multitud: cobardes no! desarmados! Y aquella voz tenia una entonacion de dolor generoso, de desesperacion, de rabia, todo junto la vez. --Que no tenemos armas! exclam con una feroz energa el jven de la ventana, clavando su mirada de guila en el que le habia contestado y reconocindole. Y eres t, Farax-aben-Farax el valiente, el descendiente de cien reyes, el que exclamas como una dbil mujer: no tenemos armas!--acaso porque no ves la infamia delante de tus ojos, no ves las piedras que tienes delante de los pis? y cuando aun estas mismas piedras nos faltran, no es preferible morir antes que ver nuestros pequeuelos separados de sus madres, nuestras doncellas afrentadas por el cristiano, nuestros viejos cubiertos de vergenza de haber llegado tan ruines tiempos? --A las armas! barrear las calles! exclam la multitud, excitada por el entusiasta y enrgico apstrofe del jven: morir matar! Y los moriscos empezaron revolverse y sin saberse de dnde habian salido, empezaron verse arcabuces, picas y espadas entre la multitud. Era inminente una insurreccion: todas las bocas gritaban; todas las manos se agitaban; algunos cargaban los arcabuces y soplaban las mechas para hacer salva, como en seal de levantamiento. Entonces apareci en la misma ventana en dnde el jven con la voz y los ademanes seguia excitando al pueblo, apareci, decimos, un viejo venerable, de larga barba blanca, vestido la castellana; el mismo que hemos dicho acompaaba al jven durante el pregon en la puerta de la botica. Una ansiedad mortal se mostraba en su semblante, antes indiferente, y con sus trmulas manos agitaba un bonete encarnado, de que se habia despojado, dejando descubiertos sus largos cabellos blancos como plata. La toca del bonete ondeaba, y todas luces se comprendia que el anciano deseaba que se restableciera el silencio para poder ser escuchado: sus seas se vieron, comprendise su deseo y mucho respeto, mucho amor debia inspirar aquel venerable viejo los moriscos, porque los gritos cesaron y los que estaban punto de salir de la plaza se detuvieron. --Me conoceis aun, hijos mios? exclam el anciano con voz trmula y conmovida: me conoceis aun, bajo estas ropas castellanas? --Si! si! si! --T eres el justo, el bueno, el santo faqu! de la gran mezquita, exclam el llamado Farax-aben-Farax: t eres nuestro amado Abd-el-Gewar; habla anciano: tus hijos te escuchan. --Que vais hacer? exclam el faqu: no veis la ciudad llena de soldados? no habeis visto la espantable artillera que para causaros terror ha llevado delante de vosotros la Alhambra el capitan general? no habeis visto hace un momento reunidos el ayuntamiento, la Chancillera, la milicia y la Inquisicion? para qu se han dejado ver tantas gentes con tanta pompa, con tanto estruendo, sino para daros entender que estan resueltas cumplir aunque para ello necesiten exterminaros, el cruel edicto del emperador? El anciano, fatigado por el violento esfuerzo que habia hecho para dejarse oir de la multitud, se detuvo un momento; los que ocupaban la plaza tenian fijos en l sus ojos, y el silencio, mas profundo aun que al principio, continuaba: el jven morisco que poco antes habia incitado al pueblo la insurreccion desde la ventana, se veia tras el anciano, de pi con los brazos cruzados y el semblante sombro. --Acordaos! continu el anciano faqu: acordaos los que ya teneis canas, cuando en el ao 99, el alguacil Velasco de Barrionuevo, os entrar en la casa de un _elche_[2] y sacar su hija doncella para llevarla bautizar la fuerza! acordaos de que, los gritos de aquella desdichada, irritados nuestros hermanos salieron la plaza de Bib-al-bolut, salvaron la doncella y mataron al alguacil! el Albaicin se levant, la adarga que don Iigo Lopez de Mendoza nos enviaba en seal de paz fue apedreada; el arzobispo de Toledo que habia venido convertirnos, cercado en su casa: durante tres dias defendimos las calles que suben de la ciudad, como desesperados y qu sucedi? solos, sin mas amparo que nuestro valor, combatidos por todas partes, fuimos vencidos, nos vimos obligados besar de nuevo los pis del vencedor y pedirle gracia: sin embargo, mas de quinientas familias fueron castigadas: vimos los pequeuelos arrancados del pecho de sus madres; el padre anciano separado del hijo robusto; las doncellas, con los rostros descubiertos y los cabellos tendidos, entre la brutal soldadesca; los que habian matado al infame alguacil ahorcados; otros llevados al interior de las Castillas, vendidos como esclavos; los dems aterrados, gimiendo nuestro dolor y nuestra vergenza bajo el altivo perdon de los castellanos. Y quereis que hoy volvamos probar tales afrentas? quereis que hoy tambien seamos vencidos, despedazados, y que nuestros pequeuelos y nuestras doncellas nos sean arrebatadas por el vencedor? --Es que ese edicto no los arrebata, santo faqu, exclam Farax-aben-Farax. --Ese edicto no se cumplir, dijo Abd-el-Gewar; no se cumplir, porque aun tenemos oro con que saciar la codicia de los ministros del rey: mientras tengamos oro, ahorremos sangre: cuando seamos pobres, cuando todo nos lo hayan robado, entonces, hijos mios, yo, delante de vosotros, ir hacerme matar por los castellanos. Un murmullo de amor interrumpi al faqu. --Ahora, hijos mios, vuestras casas: mostraos en ellas como si nada hubiera acontecido: esta noche la oracion de Alaj[3] los xeques[4] del Albaicin, casa del Habaqu, en San Cristval. El anciano hizo con su toca un ademan de imperio y se quit de la ventana. --Oro! siempre oro! dijo el jven que le acompaaba, siguindole. Para cuando guardamos el hierro? CAPITULO II. De cmo un hombre puede amar por caridad una mujer, y de cmo, veces, puede parecer la caridad amor. Ningun pueblo como el pueblo rabe, y como su descendiente el moro, ha llegado la belleza de las formas, al refinamiento del gusto, lo voluptuoso de los contrastes, en lo referente la construccion de sus habitaciones. La casa de un moro, por pobre que este fuese, era ya una cosa bella, porque lo bello estaba y est en el carcter de su arquitectura: la vivienda de un moro rico era ya un verdadero alczar en cuya construccion, en cuyo aspecto, se notaban unidos, enlazados, la religion y el amor: si hay mucho de voluptuoso, de lascivo en los arcos calados, en los triples transparentes, en la media luz que por estos arcos y transparentes penetra en las cmaras; en las labores doradas sobre fondos esmaltados, en los brillantes mosicos, en las fuentes que murmuran sobre pavimentos de mrmol, habia tambien en todo aquello mucho de mstico, considerado el misticismo desde el punto de vista de las creencias musulmanas. Visitad los restos de la Alhambra: cualquiera de sus admirables cmaras, ya sea la de Embajadores, ya la de los Abencerrajes, ya la de las Dos Hermanas; ya vagueis entre los arcos del patio de los Leones, ya bajo las cpulas de la sala de Justicia, cualquiera de aquellos admirables restos, repetimos, si teneis ojos para ver y corazon para sentir, os trasladaran otros tiempos y otras gentes; os harn aspirar en cada retrete el sentimiento del amor y de la religion de los musulmanes; os explicaran cmo aquel pueblo pudo llenar una pgina tan brillante en el interminable libro que ha escrito, escribe y sigue escribiendo la humanidad: son un tiempo poesas erticas y salmos sagrados; cantos de guerra y sueos de molicie; la espada del Islam, el libro de la ley y el velo de oro de la hermosa odalisca, todo junto, todo confundido: la materia y el espritu, la luz y la sombra, y sobre todo esto lo romancesco, lo ideal, lo bello, lo sublime. * * * * * En uno de esos admirables retretes rabes, cuyo recuerdo nos ha inspirado la anterior digresion, recostado en un divan, profundamente pensativo, con los elocuentes ojos negros como fijos en la inmensidad, la luz de una lmpara que ardia sobre una pequea y preciosa mesa de mosico, y sirviendo, en fin, de complemento por su magnifica y caracterstica hermosura la bellsima estancia en que se encontraba, estaba el mismo jven que aquella maana habia excitado los moriscos del Albaicin la insurreccion en la Plaza Larga despues de pregonado el edicto del emperador. Observando detenidamente aquel jven, se notaba en l un no s qu misterioso, algo de grande que tenia muchos puntos de comparacion con lo que se llama grandeza en los reyes; algo de valiente, pero con esa valenta generosa de los hroes: mucho de firme, de indomable, de audaz en su carcter: parecia que sobre aquella frente se agolpaban como un grupo de rojas nubes grandes destinos, una altsima mision que cumplir, una grande empresa que llevar cabo. Aquel jven por su expresion reflexiva parecia ya viejo. Pero un viejo con ojos brillantes, con cabellos brillantes, lleno de la enrgica vida de la juventud, bajo cuya ancha frente se adivinaban atrevidos pensamientos, bajo cuya piel densa, blanca y mate, se adivinaba la circulacion de lava en vez de sangre. Aquel jven era uno de esos seres que se hacen notables primera vista. Uno de esos seres de quienes se dice: ese es un hombre de corazon. Uno de esos seres que han nacido para dominar, y que inspiran las mujeres un amor profundo, una necesidad de convertirse en sus esclavas: que son objeto, en fin, de ese sublime sentimiento que jams comprender el hombre, porque es incapaz de sentirlo: la abnegacion de la mujer. Porque la mujer no ama con el amor de la abnegacion mas que lo esencialmente bello, grande, fuerte, poderoso. * * * * * Este jven, en medio de su distraccion, tenia en sus manos un ramito de madreselva. Aquel pobre ramo habia sido la causa de la abstraccion del jven. Aquel ramo era una prenda de amor de una mujer. Entre los rabes y los moros, las flores, las hojas de los rboles, las yerbas, las cintas de colores, son otras tantas frases de un diccionario con cuyo auxilio solo se comprende su dulcsimo lenguaje: El del amor. O un lenguaje triste, desesperado, custico, provocador: El de los zelos. O un lenguaje terrible, inplacable, feroz: El de la venganza. Pero siempre que las flores hablan, no pueden referirse otras pasiones que las que nacen del amor. El hablar por medio de las flores es peculiar entre los musulmanes las mujeres, y la mujer toda es amor, zelos venganza: de cualquier manera que la considereis, la mujer es toda corazon. * * * * * Sabeis lo que quiere decir entre los orientales, en ese lenguaje inventado por la mujer para expresar sus afectos, un pobre ramo de madreselva? Significa: lazo de amor. Lazo de amor! frase terrible bajo su dulzura! frase la que van unidas todas las consecuencias que pueden emanar de la union entre un hombre y una mujer! Es decir: un mundo de pasiones. El jven de quien nos ocupamos, habia visto caer de una celosa vecina aquel ramo de madreselva. La mano que habia arrojado aquel ramo era tan hermosa, que por ella sola se concebia que la mujer poseedora de aquella mano debia ser un prodigio de hermosura y de pureza. La magnfica ajorca de oro y diamantes que descansaba en el nacimiento de aquella mano, demostraba que aquella mujer debia pertenecer una familia, no solo riqusima, sino poderosa entre los moriscos. El jven habia tomado el ramo de madreselva y le habia puesto sobre su corazon, en un herrete de su justillo. Despues habia mirado la celosa y habia sonreido lnguida y tristemente. Hasta que lleg la inmediata puerta de su casa, la hermosa mano permaneci asomada por bajo de la celosa, como demostrando la presencia de su dueo, y la rica ajorca lanzando flgidos destellos, herida por los postreros rayos del sol poniente. Cuando el jven lleg la puerta de su casa y le abrieron, salud con un ademan lleno de gracia y de benevolencia su hermosa vecina, cuya mano le salud su vez. Luego cuando el jven hubo entrado y cerrado su puerta, la mano se retir lentamente, como con dolor, y luego se escuch el leve ruido de una ventana que se cerraba en silencio. Acaso en aquel mismo punto se escuch un gemido de las brisas de la tarde. Acaso el suspiro de una mujer. * * * * * El ramo de madreselva habia venido causar al jven una impresion que se uni inmediatamente la profunda impresion que le habia causado el edicto del emperador. Quin piensa en unir su destino al de una mujer, cuando la patria necesita todo nuestro corazon, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza, toda nuestra sangre? Este fue el primer pensamiento que inspir al jven el ramo de madreselva. Tras aquel pensamiento se enlazaron natural, necesaria y lgicamente otros. Ella me ama, dijo, es hermosa, es pura: mis miradas son su luz, mis palabras su esperanza, mi amor su vida; pero el amor es una debilidad: el amor acaba por apoderarse de nosotros: el amor hace pequeo al hombre porque le esclaviza, y un esclavo no puede ser grande. Yo no quiero ser esclavo. Y luego, esa mujer es enemiga de mi patria, es cristiana de corazon, es la hija de un renegado: yo no puedo ser esposo de esa mujer. El jven se equivocaba, se engaaba: mejor dicho, pugnaba por engaarse. La verdad era, que sus creencias le separaban de su hermosa vecina, y que pesar de esto ni aun en su conciencia queria hacerla la ofensa de desdearla como mujer, y como mujer enamorada. La verdad del caso era que habia de por medio fanatismos y pasiones humanas que impedian nuestro jven pensar en el amor de aquella mujer. Ella no se habia parado meditar si habia alguna razon que la separase del jven. La bastaba con saber que le amaba. Porque la razon suprema de la mujer es el amor. * * * * * Necesario es que determinemos nuestro relato para ocuparnos de estos dos jvenes. Los dos eran moriscos. Pero existian entre ellos notables diferencias. El se llamaba entre los cristianos Juan de Andrade entre los moros Yaye. Ella se llamaba Isabel de Crdoba y de Vlor, y no tenia sobrenombre rabe porque en la poca de su nacimiento, hacia ya muchos aos que su familia era cristiana y estaba ennoblecida y honrada por los reyes de Castilla. Sin embargo, sus ascendientes tenian un nobilsimo sobrenombre: Se llamaban los Beni-Omeyas. Es decir, los hijos de Omeya, los descendientes de la dinasta Omniada, de los califas de Crdoba. Isabel, pues, era una doncella de sangre real. Sus padres habian muerto, y estaba bajo la tutela de dos hermanos: don Diego y don Fernando, llamado entre los moriscos por sobrenombre Al-Zaquir, el Zaquer (el pequeo, el segundon). Juan de Andrade Yaye, como mejor queramos, era tambien cristiano, pero cristiano como lo eran en aquel tiempo la mayor parte de los moriscos de Granada: convertido la fuerza: por temor las prescripciones del vencedor y la implacable dureza con que eran tratados por los cristianos los moriscos que resistian la conversion. Yaye, pues, era cristiano en el nombre y en la prctica exterior y en el fondo su alma musulmana y musulman fantico. Isabel de Crdoba, por el contrario, era cristiana, enteramente cristiana, llena de fe y de entusiasmo por la religion del Crucificado, con esa caridad angelical, madre de todas las virtudes; con esa dulce y potica piedad de la mujer, que es toda amor. Habia, pues, mas de una discordancia esencial entre estos jvenes. Yaye, impulsado por su ciego y severo fanatismo musulman, llamaba como otros muchos moriscos los Vlor, la familia de los renegados. Isabel, por lo tanto, tenia para el jven sobre su pura y noble frente este fatal estigma religioso. Existian aun otras gravsimas circunstancias que separaban Yaye de Isabel. Yaye no conocia sus padres, pero el anciano Abd-el-Gewar, que le habia educado desde la infancia, le habia revelado al tener uso de razon que era hijo de un rey y descendiente de reyes. Yaye habia querido saber el nombre del rey su padre y el nombre de su reino; pero su anciano ayo le habia declarado que hasta que tuviera veinte y cuatro aos no conocera su padre, y aun cuando el jven le rog y le suplic, se mantuvo inflexible. Preguntle Yaye que por qu razon se le criaba como cristiano entre los cristianos, y Abd-el-Gewar guard tambien acerca de este punto un profundo silencio, pero procur hacer del jven prncipe, y lo hizo, un hombre honrado, de pensamiento puro, engrandecido en el alma, severo en materias de moral y rgido en las costumbres; pero sobre estas buenas cualidades, tenia Yaye algunas muy malas: el disimulo mas refinado, la intencion mas profunda, y el orgullo inherente al conocimiento de su alto orgen: esto era resultado del doble papel que se veia obligado representar: cristiano severo en la forma exterior, era, como hemos dicho, musulman y musulman asctico en el fondo de su alma. Yaye no comprendia el amor, ni las debilidades, ni la compasion en su forma externa: era rgido como una coraza de Damasco. No tenia mas creencias, no conocia otros objetos quienes rendir adoracion que al Altsimo, con arreglo las prescripciones del Koran, y la patria, la manera que siente por la patria todo el que est dispuesto perecer por ella. Los enemigos de su Dios eran sus enemigos: los enemigos de su Dios eran los enemigos de su patria. Bajo este doble concepto Yaye era enemigo, y enemigo irreconciliable de la pobre Isabel. * * * * * Uno de los mas incomprensibles misterios de nuestra alma consiste en que veces amamos sin saberlo; un ser quien creemos aborrecer. Este amor misterioso que germina dentro de nosotros, que se desarrolla y al fin se hace sentir, lastimndonos como una polilla, como una carcoma roedora, se demuestra primero en un recuerdo tenaz que no podemos desechar, en un sentimiento vago, con el cual luchamos con todas nuestras fuerzas hasta que caemos vencidos: en un malestar interno, semejante al roce del remordimiento en el fondo de la conciencia. En nosotros existen dos principios que generalmente estan en pugna: la naturaleza y las costumbres, que son una segunda naturaleza, una naturaleza artificial. Yaye habia sido educado de una manera doble: cristiano por fuera, musulman por dentro: desde su infancia habia vestido el traje castellano, desde su adolescencia, el anciano Abd-el-Gewar, le habia llevado las aulas de Salamanca, donde cosa extraa! habia aprendido humanidades, teologa y cnones: al mismo tiempo, y esta era tambien otra doble faz de su educacion, se habia ejercitado en la equitacion y el manejo de las armas: ademas, el anciano faqui le habia instruido en todos los puntos dogmticos del Koran, atacando de paso la teologa cristiana en todos los puntos en que est en discordancia con la alcornica, como quien durante tantos aos habia sido gran faqui y sabio expositor del Koran, en la gran mezquita del Albaicin. Yaye, pues, los diez y ocho aos, y considerado desde los puntos de vista de la ciencia y de la destreza del valor, podia haber sido indistintamente cannigo, faqui, capitan de soldados. Acaso en las ocultas razones que habia tenido Abd-el-Gewar para educarle de tal modo se contaba con la necesidad que pudiese tener alguna vez de ser cualquiera de estas tres cosas. Pero lo que hay de mas extrao en esto es, que pesar de lo opuesto de estas enseanzas, la inteligencia del jven no se embroll, ni su trato con los cristianos, ni sus estudios cannicos, destruyeron una sola de sus creencias musulmanas. Esto consistia en que la influencia de Abd-el-Gewar era, respecto l, infinitamente mas fuerte que la de los maestros de Salamanca; en que cada vacacion, despues del ao escolar, cuando la mayora de los sopistas se extendia por toda Espaa en busca de recursos para subsistir durante otro ao de estudios, de una manera algo mas cmoda que la dependencia de la sopa de los conventos, Yaye era llevado por Abd-el-Gewar las Alpujarras Granada, donde le hacia aspirar un odio irreconciliable contra los cristianos, la vista de la dureza, de los excesos y aun de las infamias, de que eran vctimas los moriscos: Yaye se irritaba, y esta irritacion sorda, esta gota de hiel que la presion de la tirana, de la intolerancia, del fanatismo, de la soberbia del vencedor, deja caer incesantemente sobre el corazon de los vencidos, iba acrecentando su odio hcia los cristianos y preparndole ser algun dia uno de sus mas terribles enemigos. Ya hemos visto que, lleno el baso del sufrimiento del jven con el pregon del edicto del emperador, su primera palabra habia sido un grito de insurreccion. Aun no era tiempo y Abd-el-Gewar supo contener al pueblo, supo cambiar el oro por la sangre; supo inspirarles alguna esperanza y con ella alguna paciencia. Desde que sali de la Plaza Larga con el jven, habia estado vagando con l por las cercanas cumbres del cerro del Aceituno y de Santa Elena, y durante un largo paseo por lugares en donde no podian ser escuchados sino por los lagartos y por los grillos, le habia preparado cercanos acontecimientos que debian fijar irrevocablemente su porvenir: le habia anunciado que iba por fin conocer su padre y su reino; le habia hablado de proyectos de emancipacion para el pueblo moro-espaol, cuando llegase el probablemente prximo caso de que Espaa, fatigada por el mismo peso de su grandeza, empezase fraccionarse; habale, en fin, hecho oir estas sentenciosas y magnficas palabras: --Ten presente, hijo mio, que el hombre que es verdaderamente virtuoso no vive para s mismo sino para los dems: ten en cuenta que dentro de poco descansaran sobre tus hombros los destinos de un pueblo que es muy desgraciado: que t no sers un hombre, sino una esperanza; que en fin, ese pueblo tendr fijos en ti los ojos para execrarte para bendecirte. Despues de estas palabras que fueron pronunciadas por el anciano cerca de la puerta del Fajalauza, entraron en el Albaicn: el sol descendia: Abd-el-Gewar se dirigi la cita que tenia en casa del Habaqu con los xeques del Albaicn y Yaye se encamin, pensativo y engrandecido por las palabras de su anciano mentor, su casa, situada en la calle del Zenete. Casi junto su puerta, al pasar bajo los miradores de la casa de don Fernando de Crdoba, y de Vlor, su vecino, cay sus pis el ramito de madreselva; cuando despues de recogerlo alz los ojos, vi la hermosa mano de Isabel. Entonces sinti una impresion dolorosa, como la de quien, marchando confiado por un camino en que no espera encontrar obstculos, se lastima el pi al tropezar con un objeto dursimo. Aquel duro objeto era Isabel, la hija del renegado, la doncella cristiana. Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de amor! Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y lnguidamente la doncella. En qu consistia esta dulce expresion tratndose de un enemigo? Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia sentir hcia ella un impulso de caridad. * * * * * Entre otras prevenciones, habia hecho Abd-el-Gewar al jven la de que aquella noche las doce estuviese dispuesto montar caballo y partir con l las Alpujarras. Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan, su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al extremo de l habia entrado en las caballerizas. Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los caballos, y habia revistado las monturas. Al salir repar que, en una galera, sobre otro jardin que solo estaba separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galera de la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada de alerce, habia una mujer. Aquella mujer era Isabel de Vlor. La amante enemiga de Yaye. Yaye llevaba aun en su justillo sobre su corazon el ramito de madreselva. Al ver esta prenda de su amor sobre el pecho de su amado, la pobre nia sonri como deben sonreir los ngeles en presencia de Dios. Aquella sonrisa que era equivalente un encantador saludo, oblig al jven detenerse y hablarla. Pero se detuvo de mala gana, y como cuando hacemos las cosas la fuerza somos poco espontneos, necesit buscar un medio cualquiera para dirigirla la palabra. --Estais plida, Isabel, la dijo: estais enferma? Estas palabras que tenian el acento de una tierna solicitud, hicieron sonreir de nuevo la jven de una manera mucho mas expresiva. Sabeis lo que es veces la sonrisa de una mujer? A veces reemplaza los ojos, y es mas elocuente que ellos: veces toda el alma de una mujer, con sus delicados perfumes, por decirlo asi, se exhala por los labios convertida en una sonrisa. --Soy muy desgraciada, dijo tristemente la jven. Y sus ojos se llenaron de lgrimas, y su hermosa boca antes tan dulce, se contrajo en una expresion de dolor. --Desgraciada! exclam Yaye, no sabiendo qu contestar. --S, s, muy desgraciada, pero todo lo espero en vos, todo; y cuando os veo, se alienta mi esperanza y soy muy feliz. --Que lo esperais todo de m? --S, todo; no puedo por ahora deciros mas, pero esta noche... Un vivsimo rubor cubri el rostro de la jven que al fin continu, haciendo un esfuerzo: --Esta noche os espero. --Que me esperais! --Si; tomad la llave del postigo del jardin y esperad para venir que yo cante en la habitacion inmediata la vuestra: adios. Y la jven, saludando con los ojos y con la sonrisa, pero con una sonrisa triste y casi fatal Yaye, arroj una llave al jardin, y huy, desapareciendo como una hada entre los arcos festonados del interior de la galera. --El amor es la pasion impura de Satans, dijo Yaye recogiendo la llave: los hombres que confian su honor un ser tan dbil como la mujer, son unos insensatos. Yaye, como veremos mas adelante, calumniaba la pobre Isabel. A pesar de su grave impertinente observacion, y la llamamos impertinente, porque otro hombre menos dado la contemplacion, no hubiera pensado tan de ligero respecto Isabel, recogi la llave y se encamin su aposento, donde se arroj sobre un divan. Sin saber cmo, abstraido en un torbellino de pensamientos, el ramito de madreselva habia venido parar su mano. Sin saber cmo, habia aspirado mas de una vez su ligero aroma silvestre, y al tocar por acaso el ramo sus labios, su corazon se habia extremecido. Sin saber cmo, la imgen de Isabel flotaba delante de todos sus pensamientos en el fondo de su alma. Yaye no creia que aquello fuese amor: para l aquello era caridad. Pero sabemos acaso dnde puede llevar un hombre la caridad hcia una mujer? Y luego la caridad no es el amor en toda su intensidad, en toda su pureza, en su omnipotencia, en fin? Yaye respecto su corazon, se engaaba como sucede en general todos los hombres. El sentimiento es la naturaleza; la razon, es la ciencia. Son opuestos y se combaten. Pero en esta lucha, tarde temprano, acaba por triunfar el corazon, por obedecer la cabeza. * * * * * Yaye habia conocido Isabel dos aos antes, durante unas vacaciones, por razon de vecindad. Entonces tenia Isabel diez y ocho aos; Yaye veinte y dos. Muchas veces cuando Yaye se asomaba la galera de sus habitaciones, veia en las suyas su hermosa vecina. Isabel habia heredado de sus abuelos el magnfico tipo de la raza rabe: blanca, plida, con los cabellos y los ojos negros, y los labios sumamente rojos, era una de esas mujeres que no se ven sin que hagan experimentar una impresion dolorosa, porque siempre es doloroso el deseo cuando no se sabe si ser satisfecho. Yaye la vi, y experiment aquella vaga y dolorosa inquietud, pero de una manera instintiva, sin darse razon de ello. Los jvenes siguieron vindose: las pocas vistas se saludaron; los pocos saludos se hablaron; siempre poco despues de amanecer, y, como obedeciendo una costumbre, los jvenes se veian en las galeras, teniendo solo un tabique de por medio. Al principio se hablaron algo de lejos; sucesivamente fueron estrechando la distancia; al fin, solo les separ el tabique medianero. Progresivamente las miradas de Isabel para Yaye, fueron haciendose mas intensas: al cabo el jven conoci que era amado; al conocerlo se dijo: --Yo no puedo amar esa mujer: yo no debo alentar con mi presencia sus amores. Y cort bruscamente sus entrevistas con Isabel. Pasaron los dias, pasaron las semanas, pas un mes. Yaye, entregado al estudio de la filosofa con su maestro Abd-el-Gewar, no habia salido durante aquel mes la calle. Isabel le habia esperado en vano, en la galera al amanecer; por las tardes, en la celosa que correspondia la calle, y desde donde se vea la puerta de la casa de Yaye. Todas las noches este, habia escuchado la dulcsima voz de Isabel que en la habitacion vecina, cantaba al son de una guitarra tristsimos romances moriscos. Al fin, un dia, cuando ya habia pasado un mes de ausencia, Harum-el-Geniz, noble morisco, que servia Yaye de escudero, le dijo: --Tengo para vos un encargo de la hermosa vecina. Yaye frunci el gesto. --Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha dado este relicario. Harum sac de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de seda color de rosa. Era en efecto un relicario. Pero un relicario riqusimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado la imgen de la Vrgen inmaculada, y por el otro un pequeo _Lignum Crucis_. El jven mir con repugnancia aquel rico objeto de devocion. --Para qu te ha dado esto esa dama? dijo Harum. --Doa Isabel me ha dicho: si est enfermo, que se ponga pendiente del cuello esta santa reliquia, y sanar. Nublse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el relicario Harum para que lo devolviese Isabel. --Pero no, dijo para s: su solicitud por m, no merece tan descorts respuesta; yo mismo se lo devolver. Y despidi Harum. Aquella noche el sueo de Yaye fue inquieto: al amanecer se visti, y se puso en la galera. Ya estaba en ella Isabel. Pero plida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi difanas. Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre nia. Un vivsimo sentimiento de compasion se apoder de Yaye al ver Isabel. --Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como siempre... gracias Dios. --Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevi continuar. --S, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien. --He venido devolveros un relicario que disteis ayer mi escudero, dijo Yaye haciendo un esfuerzo. Isabel le mir y no pudo contener dos brillantes lgrimas que asomaron sus ojos. --Ah! no quereis conservar mi relicario!... dijo. Yaye se conmovi; comprendi al fin cunto le amaba aquella mujer, _tuvo lstima de ella_ y repuso: --Oh! no, perdonad... yo creia... pero conservar esta prenda... por vuestro amor. Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de Isabel, y creyendo ceder solo la compasion, cuando en realidad quien le impulsaba era su corazon, demostr Isabel un amor que l creia fingido. Pero no reparaba, engandose s mismo, que al fingir aquel amor gozaba de unas delicias pursimas, que su corazon se aliviaba de un peso cruel, porque al fin exhalaba el depsito de amor que traidoramente y contra la voluntad de su dueo habia absorbido su corazon. * * * * * * * * * * Isabel, que se habia puesto flaca y plida en un mes, volvi la magnfica turgencia de sus formas, su admirable hermosura, en una semana: sus ojos brillaban exhalando con un encanto indefinible su alma fecundada por el amor de Yaye: no solo habia recobrado su antigua hermosura: esta habia crecido. Vila un dia el anciano faqui y exclam suspirando: --Para ser un arcngel del stimo cielo, no la falta la pobre Isabel otra cosa que no ser cristiana. * * * * * El amor para las mujeres, es como el roco y el sol de la primavera para las flores. * * * * * Durante las vacaciones de aquel ao, Isabel y Yaye fueron felices. Ella porque se contemplaba amada; l porque creia hacer una obra meritoria de caridad. El amor de Yaye hcia Isabel no era amor sino misericordia. Fuse Yaye Salamanca estudiar su ltimo ao. Cuando se separ de Isabel, experiment un dolor agudo, un vaco en el corazon. A pesar de su repugnancia todo lo que representaba las creencias cristianas, Yaye se llev consigo el relicario. A los pocos dias de ausencia, el relicario pendia del cuello de Yaye. Hubo un momento en que se pregunt con terror si verdaderamente amaba aquella mujer. * * * * * Harum iba y venia con mucha frecuencia de Granada Salamanca; cuando iba, llevaba una carta de Isabel para Yaye; cuando volvia, una carta de Yaye para Isabel. Yaye, sin embargo, habia logrado engaarse completamente; se habia convencido de que no amaba Isabel, pero seguia escribindola amores, y deseando volver verla, por caridad, por pura caridad. * * * * * En tal estado se hallaban los corazones de los jvenes, cuando Yaye volvi de Salamanca antes que se acabase el curso, y ya se habian visto algunos dias los dos amantes. Isabel habia empezado ser mas esplcita: las palabras esposo y esposa empezaban salir de sus labios. Yaye comprendi que habia llegado el momento de que su caridad fuese puesta prueba, y empez excusar en cierto modo sus entrevistas con Isabel. En tal situacin y cuando las miserias de su pueblo y la noticia de que iba al fin conocer su padre, habian abierto para l una nueva vida, habia recibido el ramo de madreselva, y despues una llave y una cita de Isabel. Yaye estaba con razn tan profundamente pensativo y abstraido como le hemos presentado al principio de este capitulo. * * * * * Pasaban lentamente las horas. El rel de Santa Mara de la Alhambra marc lo lejos las once de la noche, y retumbaron tres sonoros golpes de la campana de la Torre de la Vela. Poco despues hizo extremecer Yaye el preludio de una guitarra. Armonas fugitivas que se exhalaban de las sonoras cuerdas del instrumento, como suspiros de amor: flexibles rfagas, que parecian destinadas llevar los odos del amado el alma de una mujer. Yaye sinti vacilar su alma acariciada por aquella armona que parecia poner en contacto dos seres nacidos el uno para el otro, separados solo por el fanatismo, por la educacion. Luego la voz de Isabel, grave, sonora, dulce, enamorada enton las coplas siguientes: La esperanza es la vida de quien bien ama, y su muerte, la muerte de su esperanza. Ay! Dios no quiera que mi amante esperanza se desvanezca! Estremecise de pis cabeza Yaye al escuchar la copla; despus un vrtigo envolvi su cabeza: nunca habia oido cantar con tal pasion Isabel: entonces comprendi que la amaba; al comprenderlo creyse entregado Satans, porque solo Satans, segun l, pensaba en su fanatismo, podia inspirarle amor hcia una enemiga de su ley, hcia la hija, la hermana, la descendiente de los renegados. --No ir la cita, se dijo. Pero hay negativas que se pronuncian con demasiada audacia: instantneamente pens que era una cobarda huir del peligro: que era mas noble arrostrarle, luchar con l y vencerle. --Ir, s, ir: ella no tiene la culpa de ser lo que es... es cierto que yo no puedo unir mi suerte la suya, que no debo amarla; pero la desengaar: acabaremos de una vez Oh! si por ventura al verse engaada en sus esperanzas, en su amor... oh! si muriese!... pues bien, que se convierta al Dios Altsimo y Unico... si no... que olvide muera... yo no puedo hacer traicion por una mujer mi patria y mi ley. Un cuarto de hora despues, estaba Yaye en el jardin de Isabel; pero por una refinada crueldad aconsejada por su fanatismo, porque el fanatismo ha sido siempre cruel, llevaba vestido de una manera completa un trage morisco. Isabel no conocia ni poco ni mucho la historia de Yaye: le oia hablar con pureza el castellano, le veia vestir ropas castellanas, sabia que era estudiante. Isabel le creia un hidalgo castellano. Y luego una mujer que ama, la importa poco conocer la posicion, el nombre, la historia del hombre amado; la basta con saber que es amada: el corazon se llena con sensaciones, no con palabras. Isabel solo sabia lo que necesitaba saber. Que el seor Juan de Andrade la amaba con todo su corazon. Esta era la verdad, por mas que Yaye quisiese desconocerla, Isabel no se engaaba: sabia cunto amor atesoraba para ella el alma de Yaye, porque la mujer no se engaa jams acerca de los sentimientos que inspira. Isabel confiaba ciegamente en Yaye. La pobre Isabel se engaaba. No sabia la infeliz que existen dos pasiones terribles que dominan enteramente el corazon del hombre y le arrastran: el fanatismo y la ambicion. Le esperaba la entrada de un cenador de jazmines, y al verle en aquel trage le hubiera desconocido no baar de lleno la luz de la luna su semblante. Sin embargo, al verle en aquel trage, Isabel que habia avanzado rpidamente al sentir sus pasos, retrocedi y se detuvo estremecida por un presentimiento fro, punzante, como la hoja de un pual. Los jvenes hablaron muy poco. --Qu ropas son esas? le dijo Isabel con la voz trmula: qu ese disfraz? --Estas ropas, seora, son las ropas de mi pueblo: las que se nos quieren arrancar por los cristianos, las que llevar desde ahora como buen musulman. --Ah! exclam Isabel consternada, llevndose las manos sobre el corazon. Y luego adelantando un paso, y mirando frente frente con una fijeza sombra Yaye exclam: --Vos no me amais! --Os amo, Isabel... pero antes que vos amo mi patria. --Por piedad, contestadme de una vez sois moro? --Moro soy. --Estais resuelto no convertiros la fe de Jesucristo? --Jams. --Entonces no podeis ser mi esposo, exclam con acento desesperado Isabel. --Convertios la religion de vuestros abuelos los califas de Crdoba. --Adoro Dios uno y trino, le adoro con toda mi alma, y por l sufrir el martirio de mi amor; por l sufrir si es preciso el indudablemente menos terrible de mi cuerpo. --Entonces, adios. --Esperad un momento: quiero que sepais hasta dnde llega el tormento que me habeis sentenciado engandome: yo os amo, os amo desde el momento en que os v: os amar siempre: yo contaba con vos; no saba quin rais, si pobre si rico, si noble villano: eso me importaba poco. Estaba resuelta unirme con vos y ser vuestra esposa... porque, permaneciendo en mi casa me ver obligada entrar en un convento casarme con un hombre quien no puedo amar y con el que me obligan casar mis hermanos. Vos me posponeis una religion falsa, una patria que no podeis salvar. Id con dios. Pero tened en cuenta que obligada ser monja casada, ser casada, porque no me atrevo ofrecer Dios un corazon que est lleno del amor de un hombre: ser casada y har feliz mi marido, porque el dolor se quedar todo para m. Pero acordaos, y que este recuerdo me vengue del rudo golpe que me dais cuando menos lo esperaba... acordaos de que me habeis hecho infeliz, de que me habeis robado mi nica esperanza sobre la tierra. Que me vengue de vos, la rabia de verme entre los brazos de otro... porque me amais, lo s, lo conozco, estoy segura de ello: me sacrificais vuestra soberbia... no s qu... pero no importa: el amor que logrado nos hubiera hecho igualmente felices, malogrado nos hace igualmente miserables. --Una palabra: convertios la ley de vuestros abuelas, si es verdad que me amais. --Seguid vos en el fondo de vuestro corazon en vuestra ley, profesad ante el mundo la del Redentor Divino: si tenemos hijos juradme que seran cristianos, y soy vuestra esposa. --Adios! exclam fatdicamente el jven. --Esperad, esperad un momento: conservais una prenda ma... --La llevo sobre mi corazon. --Sobre vuestro corazon la imgen de la Virgen! una reliquia de la cruz del Salvador sobre el corazon de un moro! --Isabel, dijo con un acento profundamente sentido Yaye: ya no sabia lo que era amor, y no creia sentirlo hasta este momento: yo os amo, os amar siempre: esta prenda que un dia me entregsteis no se separar jams de m. --Que ella os proteja! exclam llorando Isabel. --El destino nos separa: vuestros abuelos renegaron de su ley por el oro de los cristianos... renegaron! exclam enrgica y gravemente Yaye, en vista de un movimiento de la jven: vos no quereis volver al camino de luz que ellos dejaron. Cmplase lo que est escrito. Pero cuando el sol aparezca todos los dias, cuando bae con sus primeros rayos ese mirador que tantas veces ha escuchado las palabras de nuestro amor: acordaos de m! Y Yaye, temeroso de que sus fuerzas le abandonasen, que la hermosura y el amor de Isabel fuesen mas fuertes que sus creencias y sus propsitos, huy de ella como hubiera huido un cenobita de un fantasma tentador. Isabel le vi desaparecer yerta: mientras resonaron sus pasos sobre la calle de csped alent alguna esperanza; cuando oy rechinar la llave en la cerradura del postigo, sinti que se desgarraba su corazon; cuando al fin escuch la caida de la llave que el jven la devolvia arrojndola por cima de la tapia, perdi su ltima esperanza y crey morir. Luego cay de rodillas, llor por su amor perdido y rog Dios por el hombre que se llevaba su corazon. Despues se levant, busc la llave, la alz del suelo, y se volvi triste, lenta, como un alma apenada que se vuelve su tumba. Isabel habia muerto para la felicidad; no la quedaba sobre la tierra mas que la amarga copa del sacrificio. CAPITULO III. De cmo puede haber reyes sin reino conocido, y abdicaciones de las cuales no se hace cargo la historia. Hay en la historia de nuestra patria una pgina correspondiente al siglo XVI. Esta pgina est llena con un hecho admirable. [imagen: Yaye.] Este hecho es la abdicacion del emperador Carlos V en su hijo don Felipe II. Fuese aquella abdicacion producto del hasto del emperador hcia las grandezas humanas, fuese aconsejada por el egoismo de un soberano que conociendo tiempo que sus aos y sus fuerzas eran insuficientes para sostener la carga de tan dilatados imperios, la dejase caer sobre los robustos hombros de su hijo, la pgina que contiene aquella abdicacion es la mas gloriosa de la historia de Carlos V, ya se considere bajo el punto de vista de un hombre que ha llegado ser bastante grande para poder sobreponerse las grandezas humanas, ya del de una sabia prevision poltica. Aquella abdicacion asombr al mundo; aun asombra hoy los que no comprenden cunto contribuye un postrer acto de humildad en un hombre tal como Carlos V para aumentar la grandeza de su fama: el temido emperador acab siendo respetado; el pecador siendo perdonado; la severidad de las generaciones encargadas de juzgarle, se estrella contra los sombros muros del monasterio de San Yuste. Carlos V para acercarse las puertas de la eternidad, deponia la prpura, se vestia el sayal penitente y se cubria la frente de ceniza. Y en verdad, en verdad, que Carlos V necesitaba del auxilio de una penitente expiacion. La grandeza humana tiene generalmente por base el crmen. Carlos V habia sido rey dspota: Carlos V habia sido rey conquistador. Si Carlos V solo hubiera poseido un reinecillo de pocas leguas, si no hubiese llevado sus estandartes victoriosos por todas las partes del mundo, su abdicacion no hubiera causado efecto. Y decimos esto, porque algunos aos antes de la abdicacion del emperador, tuvo lugar otra, de la cual no se ha hecho cargo, ni aun de la manera mas insignificante, la historia. Nosotros tenemos noticias de ella, en algunos fragmentos de manuscritos rabes, hallados por acaso en el derribo de una casa morisca del Albaicin de Granada. Vamos, pues, trasmitir esta abdicacion la historia siquiera sea en las pginas de una novela. A las doce de la noche en que tan dolorosamente se habia separado Yaye de Isabel de Vlor, mont el jven caballo, y acompaado del anciano Abd-el-Gewar, caballo tambien, de Harum y de dos esclavos berberiscos, tom la vuelta de las Alpujarras. [imagen: Doa Isabel de Crdoba y de Vlor.] Yaye iba silencioso, apenado: el anciano faqui comprendia la causa de su dolor y lo respet: ni una sola palabra que tuviese relacion con Isabel, se pronunci durante el camino, ni nada tampoco que se refiriese al objeto que le llevaba las Alpujarras. Al amanecer llegaron Lanjaron. Este pueblo estaba un tanto alborotado por las noticias que se tenian en l del pregon que el dia anterior se habia hecho en Granada. All los mismos sntomas de insurreccion que en el Albaicin. All tambien la voz y los consejos del anciano Abd-el-Gewar pudieron restablecer el sosiego. Descansaron algun tiempo, y al medio dia se pusieron de nuevo en camino. Poco despus de haber cerrado la noche entraban en la villa de Cadiar. Reinaba un profundo silencio en el pueblo; todo parecia entregado al sueo; ni una luz travs de las ventanas, ni un enamorado en la calle, pulsando, como otras veces, la guitarra, bajo los miradores de su amada; solo de tiempo en tiempo, se veia el turbio reflejo de una linterna, cuyo opaco resplandor podian verse algunos alguaciles y soldados que rondaban con el corregidor. La tranquilidad de Cadiar, que era una de las principales villas de la Taha distrito de Juviles, en las Alpujarras, era amenazadora por su misma exageracion. Comunmente aquellas horas no estaba la poblacion tan desierta. Yaye, Abd-el-Gewar, Harum y los esclavos, rodearon por fuera de las tapias del barrio bajo, subieron un repecho, y ya cerca del castillo, entraron por el postigo de una tapia de un jardin, en una casa del barrio alto. No habian encontrado su paso ni una sola persona, y sin duda se les esperaba de antemano, porque apenas resonaron las pisadas de los caballos, junto al postigo, se abri este en silencio, y con el mismo silencio volvi cerrarse apenas hubieron entrado en el jardin los cinco ginetes. Pas algun tiempo y al fin se escuch el primer canto del gallo. Era la media noche. Abrise entonces el postigo del jardin, donde habian entrado Yaye y Abd-el-Gewar y salieron dos personas envueltas en alquiceles blancos. El postigo se cerr. Las dos personas descendieron en silencio por el repecho en direccion las montaas cercanas. La una, encorvada como bajo el peso de los aos, se apoyaba en el brazo de la otra, que era esbelta, fuerte, como alentada por el fuego de una vigorosa juventud. Su paso era apresurado. El jven sostenia al viejo. Deslizbanse bajo el rayo de la luna que aparecia en medio de un cielo despejado, iluminando de una manera fantstica las montaas cercanas, que recortaban vigorosamente sus penumbras oscuras sobre los valles, mientras lo lejos apenas se percibian otras montaas casi perdidas entre las brumas de la noche. Al fondo se extendia una lnea brillante. Era el mar, cuyo gemido se escuchaba tnue incesante, debilitado por la distancia. De tiempo en tiempo y entre el oscuro follaje de los lamos que crecian junto las riberas, en el fondo de los valles, se levantaba la armoniosa y magnfica voz de un ruiseor enamorado, y all en las altsimas rocas se dejaba oir el poderoso y estridente graznido de los aguiluchos hambrientos, mientras ac y all, en todas direcciones se levantaba de entre la yerba el canto alegre de millares de grillos. Ni una habitacion humana, ni nada que revelase la existencia del hombre en aquellas soledades, se adverta cerca lejos, al poco espacio de haberse aventurado los dos hombres de los alquiceles blancos en la montaa. El eco repetia sus pasos en las concavidades de las rocas, al marchar sobre las speras crestas y alguna piedra desprendida su paso del borde de los desfiladeros, rodaba con estruendo las profundidades de los valles. Al cabo de media hora de marcha, el viejo y el jven llegaron la entrada de un oscuro pinar. Antes de que pudiesen aventurarse en l se oy un chasquido, y un venablo pas silbando sordamente mucha distancia de ellos. Indudablemente era une sea, no una amenaza, puesto que el viejo se detuvo y agit por tres veces su alquicel. A aquella seal vironse moverse sombras informes en la entrada de la selva, y adelantar hcia el repecho donde se habian detenido el viejo y el jven. El nmero de aquellas sombras podia llegar veinte y cuatro. Dos de ellas llevaban una litera. Cuando saliendo de la penumbra de la selva aquellos hombres se pusieron bajo la luz de la luna, pudo verse que sus semblantes eran feroces, casi salvajes: su trage era caracterstico y bravo: llevaban en la cabeza un pequeo turbante blanco; ceido su cuerpo por un sayo pardo, con mangas anchas, bajo las cuales se veian sus velludos brazos; este sayo, cuya falda apenas les llegaba las rodillas, estaba ceido en la cintura por una faja encarnada y anchsima, en la cual estaban sujetos un alfanje corvo y corto, y un par de largos pistoletes; pendiente de un ancho talabarte llevaban la espalda una aljaba llena de venablos saetas; cada uno de estos hombres mostraba en su mano una fuerte ballesta, y por ltimo, unas calzas de lana azul y unas abarcas, cuyos filamentos de cuero rodeaban sus piernas hasta atarse debajo de las rodillas, completaban su severa y enrgica vestimenta. Aquellos hombres parecian salteadores, bandidos, gente aparejada todo linaje de crueldad y de desafuero. En efecto, tenian mucho de salteadores, porque aquellos hombres eran monfes. Mas adelante tendremos ocasion de decir lo que estos monfes eran. El anciano habl algunas palabras en rabe con el que parecia jefe de aquella gente, y despues abri la litera, y entr en ella con el jven. La litera se cerr de tal modo, que los que iban dentro no podian ver el camino por donde se les conducia. Inmediatamente cuatro de los monfes cargaron con la litera, y rodeados de los restantes adelantaron hcia el oscuro pinar, y se internaron en l. El lugar donde el jven y el anciano habian entrado en la litera, qued solitario. Poco despues y durante una hora, aparecieron uno tras otro en el repecho frontero al pinar, doce hombres envueltos en alquiceles blancos. Siempre que aparecia uno de aquellos hombres, zumbaba alguna distancia de l una saeta salida del pinar. El hombre se detenia; agitaba por tres veces el extremo de su alquicel, y adelantaba sin recelo, aventurndose en la oscura selva, como en un terreno conocido. Poco despues otro hombre envuelto tambien en un alquicel blanco, lleg al mismo punto que los otros, y como junto los otros, zumb junto l otra saeta. En vez de agitar aquel hombre por tres veces su alquicel, se volvi, y empez trepar apresuradamente el repecho por donde poco antes habia descendido. Escuchse entonces el simultneo chasquido de algunas ballestas, y el ronco silbar de muchos venablos: el que huia cay. Poco despues algunos monfes estaban su alrededor, y le reconocian. --Es el alguacil de Mecina de Bombaron, dijo uno de ellos en rabe sus compaeros; un perro, espa de los cristianos. Y arrastrndole por un pi hasta el borde del desfiladero, le arroj la profundidad. Oyse un ronco gemido, luego el rebotar pesado del cuerpo sobre las rocas, despues el zumbido de un objeto voluminoso que cae al agua. Despues nada. Los monfes habian desaparecido. Solo quedaba en el sendero del repecho junto la cortadura, un ancho rastro de sangre, y algunos girones blancos que iluminaban la luna sobre los espinos. * * * * * * * * * * En aquel mismo punto, sentado en un divan, en una magnfica cmara, teniendo los pis, sobre la alfombra de pieles de tigre, una hermosa esclava, habia un anciano. Este anciano dormitaba; su venerable barba blanca se inclinaba sobre su pecho; sus anchas y rgias vestiduras se extendian sobre el divan. Entre la toca rabe del anciano, se veian las puntas de oro de una corona de rey. La esclava sentada sus pis, abstraida y plida, mostraba en sus negros y radiantes ojos una mirada difana, y como fija en la inmensidad; de tiempo en tiempo su blanca mano, arrancaba una flevil y fugitiva armona de las cuerdas de oro de su guzla de marfil. Un ruiseor, encerrado en una jaula riqusima, pendiente de la cpula, lanzaba tambien de tiempo en tiempo un largo y armnico trino. Una lmpara de seda pendiente de la cpula, arrojaba los reflejos de la tnue luz que contenia, destellando dulcemente en los erretes de diamantes del almaizar del anciano, en el brillante pomo de su yatagan, en la cabellera, y en los ojos de la esclava, en la ancha tunica de brocado de esta, y en los arabescos dorados que enriquecian los arcos sobre que se asentaba la cpula. Era un cuadro de reposo que inspiraba sueo. Una imgen de voluptuosidad, que inspiraba amores. Un detalle encantador de la vida ntima de los musulmanes. El anciano era hermoso, pesar de su edad. La esclava, era un arcngel humano. La cmara, era un robo hecho al paraso. Durante algun tiempo, el anciano continu dormitando, la esclava pensando, trinando el ruiseor. Mas all todo era silencio. De repente se escuch un golpe vibrante y metlico. El ruiseor call; el anciano levant la cabeza; la esclava se puso de pi, dejando ver la arrogante esbeltez de sus formas. Retumb un segundo golpe; el anciano se puso de pi, y mand con un ademan la esclava que saliese. Esta desapareci por uno de los arcos laterales, como una ilusion de amores. Cuando se hubo perdido el tnue eco de los pasos de la esclava, el anciano fu la puerta de la cmara y la abri. En ella apareci otro anciano, de semblante atezado, de mirada dura y centelleante, pero respetuosa ante la persona que habia abierto la puerta: inclinse como se inclina un vasallo ante su seor, y dijo: --Poderoso emir: vuestro leal siervo Abd-el-Gewar, el faqui, acaba de llegar. Colorronse con una llamarada febril las plidas mejillas del anciano, arrasronse sus ojos, y dijo: --Y ha venido solo Abd-el-Gewar? --No, poderoso emir, le acompaa un jven. --Dnde estan? --En la antecmara inmediata. --Haz entrar Abd-el-Gewar. --Solo? --Solo. Entre tanto da compaa al jven. Inclinse el anciano, sali, y el emir se dirigi con paso lento, y profundamente pensativo al divan, y se sent en l. Poco despues se abri la puerta del fondo, y apareci Abd-el-Gewar, que se detuvo un punto, mir al fondo, vi al emir, brill en sus ojos una expresion de alegra y adelantando con una ligereza superior sus aos, se arroj los pis del emir. --Que el Seor Altsimo y Unico, te bendiga, seor, exclam asindole las manos. --Alza, Abdel, alza, dijo con la voz ligeramente conmovida el emir: alza mi buen amigo, y sintate. Y levantndole, le sent su lado en el divan. Los dos ancianos se contemplaron frente frente, y en silencio durante algun tiempo: parecia como que en aquella mtua mirada recordaban todo su pasado: una larga historia de lucha y de sacrificios; los recuerdos de la juventud; las pasiones de la edad viril; los desengaos de la edad madura; aquella mirada mutua, era, como pudiera decirse, una mirada retrospectiva lanzada al mundo que habian dejado atrs, desde ese otro mundo que est ya al borde de la fosa, ese otro mundo desconocido que se llama eternidad. --Y mi hijo? dijo al fin con anhelo el emir. --Vuestro hijo, seor, contest Abd-el-Gewar, es un cumplido caballero, un corazon de oro, un brazo de hierro. --Hace tres aos que no le veo; la ltima vez que estuve en el Albaicin era un bello adolescente, un leoncillo de buena raza. --Ahora, seor, es un hombre hermoso, un verdadero leon. Creereis que ayer cuando pregonaron ese terrible edicto del emperador, de que ya tendreis noticias, me fue necesario apelar todo el respeto que me tiene, para que no se pusiera al frente de los moriscos y acometiese espada en mano los cristianos? --Ah, buen hijo de sus abuelos! exclam el anciano; y luego haciendo una rpida transicion aadi: y cmo han acogido los moriscos de Granada la promulgacion de ese infame edicto? --De una manera amenazadora, seor; pero no es tiempo aun... --No, aun no es tiempo, dijo el emir; pero es necesario irnos preparando al combate: un dia, cuando menos lo pensemos, el emperador arrastrado por su fanatismo religioso, por su recelo y por las excitaciones de los frailes y de la Inquisicion, desatender los buenos oficios que nos procuramos fuerza de oro, del prncipe Ruy Gomez de Silva y de sus mas allegados consejeros, y romper con nosotros de una manera cruel, y si es necesario, nos exterminar, entregndonos atados la Inquisicion. Entonces ser necesario desnudar la espada, rebosar de entre las breas donde nos ocultamos, y morir matando cristianos. Esta determinacion extrema podr ser necesaria hoy, maana, cuando menos lo esperemos. Por lo mismo es necesario estar preparados. Mis buenos monfes, saben que tengo un hijo; que ese hijo, para que se instruya, para que conozca el mundo, para que conozca las necesidades de los hombres que han nacido para ser gobernados viviendo entre ellos, ha sido entregado uno de mis sabios. Yo estoy ya viejo y dbil: las desgracias han agotado mis fuerzas gastando mi vida, y mi corazon... oh!... los encendidos recuerdos que nunca se apartan de mi alma!... oh! qu desgraciado he sido, Abd-el-Gewar! El anciano emir inclin la cabeza sobre el pecho. --Es necesario olvidar, dijo Abd-el-Gewar con el acento ronco y cavernoso. --Olvidar!olvidar! t mismo no has olvidado, exclam el emir; y eso que t no eras su esposo, eso que tu no la amabas... olvidar! olvidar Ana! olvidar aquel dia terrible en que la Inquisicion... El anciano se interrumpi, se cubri el rostro con las manos y lanz un grito de horror, como si su recuerdo le hubiese llevado hasta una situacion horrible, hasta una de esas situaciones en que parece que Dios coloca los hombres para probar hasta qu punto puede un corazon humano apurar el dolor sin romperse. Durante algun tiempo el anciano continu cubierto el rostro con las manos, anonadado, estremecido por un temblor convulsivo. Luego se irgui de repente: brillaba en sus ojos un fuego salvaje, y exclam con la voz vibrante y trmula: --La he vengado con la sangre de los cristianos: las breas de la Alpujarra me han visto persiguindolos como bestias feroces: mi yatagan se ha ensangrentado en ellos, y el terror ha guardado los desfiladeros de la montaa. El nombre de los monfes de las Alpujarras ha retumbado preado de horror hasta los mas remotos confines de Espaa, y en vano ha sido que el emperador haya enviado sus mas valientes capitanes y sus soldados mas aguerridos en busca nuestra: han sido nuevas vctimas inmoladas al recuerdo de Ana: mi brazo se ha cansado de matar, pero aun no se ha apurado la sed de sangre de mi corazon: he envejecido inmolando sangre mi venganza, y me veo obligado entregar esa venganza mi hijo: me siento morir, Abd-el-Gewar. --Morir! morir vos, seor, cuando apenas contais sesenta aos! --La vejez no es la edad, sino el sufrimiento: desde la muerte de Ana han pasado veinte y cuatro aos... y mira: mi piel est arrugada, mis cabellos blancos, mis manos trmulas: apenas puedo ya sostener la espada... es necesario que mi hijo ocupe mi puesto... es necesario que mi hijo sea rey... rey de las Alpujarras ahora, maana, si Dios lo quiere, rey de Granada. --Rey de Granada! suponiendo, seor, que llegsemos rescatar del cristiano nuestra perdida joya, la hermosa Granada, ignorais que hay un hombre en quien los moriscos de Granada reconocen un derecho? --Don Diego de Crdoba y de Vlor! No importa: don Diego sabe muy bien que los moriscos de Granada son gente balda y floja acostumbrada al yugo. Sabe muy bien que la fuerza, la constancia, la fe, existen en los monfes. Ademas, tengo un proyecto que todo lo conciliar. Don Diego de Crdoba, tiene una hermana. --S seor, contest Abd-el-Gewar, mirando con espanto al emir. --Cuando yo estuve en Granada hace cuatro aos, doa Isabel era una doncella de catorce aos, hermosa, pura, noble, cndida, con un corazon de ngel y una dignidad de reina. --Pero D. Isabel es cristiana, cristiana de corazon, exclam con repugnancia el fantico Abd-el-Gewar. --Cristiana era su tia doa Ana de Crdoba y de Vlor, y sin embargo, Abdel, me cas con ella. --Dios os castig de una manera terrible, seor, valindose para apartaros de ella de la mano de vuestros enemigos. --No hagamos Dios inspirador ni partcipe de los delitos de los hombres, Abd-el-Gewar, yo espero que mi hijo ser feliz unido con Isabel de Crdoba. --A pesar de ser cristiana! --No es l cristiano en la apariencia? acaso nuestros abuelos no casaron con cristianas? Acaso no ha habido reyes cristianos casados con moras? --All en los primeros aos de la conquista de los rabes sobre Espaa, el emir Abd-al-Azis se uni con la reina Egila, la viuda del rey don Rodrigo: recordad la trgica muerte de Abd-al-Azis: el amor de Egila le hizo traidor su ley y su patria, y el califa Walid se vi obligado condenarle pesar de sus hazaas. Abd-al-Azis fue asesinado por un enviado del califa, y su cabeza, como testimonio de su muerte fue enviada Damasco. En los ltimos tiempos de la dominacion de nuestros abuelos en Espaa, el rey Abou'l-Hhacem, el viejo, concibi un amor impuro por una doncella cristiana, por la hija del alcaide de Martos el comendador Sancho Gimenez de Solis. Isabel de Solis fue sultana de Granada, en dao de la sultana Aixa-la-Horra, prima de Abou'l-Hhacem, que fue repudiada por este. Dios castig no solo al rey sino tambien su reino. Los celos de Aixa-la-Horra y el amor de Isabel de Solis, de la sultana Zoraya, hcia los hijos que habia tenido en su matrimonio con Abou'l-Hhacem, produjeron las guerras civiles que nos entregaron cansados y sin fuerzas los cristianos. Zoraya, la cristiana renegada, quiso que sus hijos fuesen reyes: Aixa, la sultana repudiada, fuerte con su derecho y con el de su hijo Abd-Allah-al-Ssagir (Boabdil), supo atraer su bando las tribus de los Abencerrajes, de los Zenetes, de los Massamudes, de los Gomeres, mientras Zoraya, la renegada, se apoyaba en los Zegres, en los Mazas y en los Gazules: el hermano menor del rey Abou'l-Hhacem, Abd-Allah-al-Ssagar, se aprovech de estas turbulencias para aspirar la corona, y se apoy en las gentes de Almera y en las tribus bereberes: hubo tres reyes para un solo trono: hubo tres bandos en un solo reino: llegaron dias de luto en que Abou'l-Hhacem fue rey del Albaicin, en la casa de Gallo de Viento; Abd-Allah-al-Ssagir, rey de Granada, en el alczar de la Alhambra; Abd-Allah-al-Ssagar, rey de Almera, de Guadix y de Baza, en el alczar de Almera. Fernando Isabel levantaban entre tanto su ciudad real de Santa Fe en la vega de Granada, y sus campeadores llevaban su tala sangre y fuego hasta los muros de la ciudad: al fin Muley Hhacem muri envenenado, Al-Ssagar envenenado, y el dbil Al-Ssagir, cansado, impotente para resistir los cristianos, se vi obligado entregarles su reino. Y todo esto fue obra del casamiento de Muley Hhacem con una cristiana, con Isabel de Solis. --Te he dejado referir esa lamentable historia que tan bien conozco, para que no creyeses que me negaba escucharla, temeroso de vacilar con su recuerdo en mi propsito. Del mismo modo que los amores de Muley Hhacem con Isabel de Solis produjeron la guerra civil que caus la ruina de Granada, la hubiera causado su casamiento con otra mujer cualquiera: Muley Hhacem estaba ya apartado de Aixa cuando conoci Isabel de Solis: si no se hubiera casado con ella, se hubiera casado con otra, que del mismo modo le hubiera dado hijos, y del mismo modo hubiera ambicionado para sus hijos la corona. Por qu esa ceguedad que nos hace atribuir las causas mas comunes desgracias que son hijas de la fatalidad, que estan escritas por la mano de Dios en el libro del destino? Qu mal habr en que mi hijo se case con una doncella en cuyas venas circula la sangre de cien califas, aun cuando esa doncella sea cristiana? Y luego, no dices t mismo que don Diego de Vlor se cree con derecho la corona de Granada? para evitar una guerra civil, encuentras nada mejor que mi alianza con esa familia por medio del casamiento de mi hijo con Isabel de Vlor? --Ah, seor! pienso que vuestro hijo ser el primero que mostrar repugnancia su casamiento: mira con desprecio los Vlor: los llama los renegados. --Conoce mi hijo Isabel? exclam el emir; debe conocerla: cuando yo conceb hace cuatro aos el proyecto de casarle con ella, compr la casa medianera la que habitaba doa Isabel en el Albaicin, con el objeto de que la habitase Yaye: era necesario que se conociesen. --Y se conocen, dijo Abd-el-Gewar; vuestro hijo la ama, pero sobreponindose su amor la ha desdeado. --Fatalidad! dijo el emir: amarla y desdearla! --Vuestro hijo, seor, tiene el corazon lleno de las desgracias de su patria. --Bien, bien; dijo el emir: aun es tiempo: acaso todo consiste en el horror que tiene Yaye al nombre cristiano: pero concluyamos: estoy impaciente por verle: me recuerda alguna vez, Abdel? --Con mucha frecuencia me habla de vos y con entusiasmo. Ayer cuando le anunci que habia llegado el momento de que conociese su padre me contest: oh! si fuese tan noble y tan valiente como el wali Yuzuf Al-Hhamar! --Oh! me recuerda! exclam Yuzuf con el placer de un padre quien llena de alegra y de orgullo el amor de su hijo. --S, os recuerda pero jams ha sospechado, pesar de vuestras extraordinarias muestras de amor hcia l, que seais otra cosa que un valiente wali vasallo de su padre, un buen creyente, un antiguo amigo mio. --En lo que por cierto no se engaa. Y dime ha sospechado que su padre era el emir de los monfes? --Muchas veces me ha preguntado el nombre y el reino de su padre, pero presume que es hijo de un emir de Africa. --No importa: aqu mejor que en Africa, tendr ocasion de mostrar su valor y sus virtudes: la adversidad es la piedra de toque de todos los hombres y especialmente de los reyes. Pero qu me quieren? Acababa de sonar de nuevo un golpe metlico. Aquel golpe se repiti tres veces. --V y abre, dijo el emir Abd-el-Gewar. El anciano se levant y abri. Entonces apareci en el banco de la puerta un jven robusto, gallardo, de aspecto bravo y un tanto salvaje, que adelant y se inclin por tres veces. --Qu quieres Aliathar? le dijo el emir. --Poderoso seor, dijo Aliathar, los doce xeques de las tahas de las Alpujarras acaban de llegar y todas las taifas de los monfes esperan ya en el cerro de la Sangre. --Bien, ha llegado el momento, dijo el emir: t Aliathar, v al cerro de la Sangre y d tus hermanos que muy pronto estaremos entre ellos. De paso d al wisir Kaleb que introduzca al jven que acaba de llegar: Sidy Yaye. Aliathar se inclin y sali. --T Abd-el-Gewar, v al Divan donde ya estan reunidos los xeques: t los conoces todos, todos te conocen: prepralos la vista de mi hijo. --Pero habeis meditado bien, seor? --S, s; la corona pesa ya demasiado sobre m frente y mi brazo est cansado: me siento morir; v Abdel, v, y que se cumpla mi voluntad. --Que se cumpla la voluntad de Dios! exclam Abd-el-Gewar, inclinndose ante el anciano emir sali. En aquel momento se abri la puerta y aparecieron el wisir Kaleb y Yaye. --Jven, dijo solemnemente el wisir, el alto, el poderoso, el invencible emir de los creyentes de las Alpujarras te espera: prostrnate ante l. Y el viejo Kaleb se inclin profundamente, en tanto que Yaye fijaba una mirada atnita en Yuzuf-Al-Hhamar. --Vete; dijo el emir, indicando con un ademan Kaleb que saliese. Kaleb sali. El emir y Yaye, esto es, el padre y el hijo, quedaron solos. Yuzuf adelant hcia Yaye. Este se inclin. --Perdonad, seor, dijo, mi sorpresa: pero yo creia... --S, t creas, Sidy Yaye, que yo no era otra cosa que un noble wal, dijo Yuzuf tomando las manos de su hijo y mirndole con delicia y con orgullo. --Perdonad aun, pero jams cre... --Qu! no me crees digno de ser rey de los valientes monfes de las Alpujarras? --Os creo digno, seor, de ocupar el Divan de los califas de Oriente, de ser rey del mundo: acaso la virtud y el valor no viven en vos? A quin mejor pudieran haber elegido los monfes para que los gobernase y los llevase al combate contra nuestros enemigos? --Mi padre antes que yo fue emir de los monfes. --Ah seor! con que el noble wal que en mi niez me sentaba sobre sus rodillas, y me estrechaba conmovido entre sus brazos; el que tantas veces me ha aconsejado el desprecio de la vida por la patria; el que de una manera tan enrgica me ha referido las hazaas de nuestros abuelos, era ese poderoso emir invisible, cuyo nombre palidecan de terror los cristianos, cuyos alczares jams ha pisado planta infiel, y que ha fecundado con torrentes de sangre impura las breas de las Alpujarras? --Yo era. --Mil veces para m dichoso el dia, en que puedo saludaros, seor, como al valiente caudillo, como la invencible espada, perennemente desnuda y enrojecida en defensa del Islam! Y Yaye se prostern. --Alzad, prncipe, dijo Yuzuf: en mis brazos, que no mis pis es donde debeis estar: acaso el emir de los monfes, os inspira menos amor que el wal Yuzuf para que huyais de sus brazos? Yaye se arroj en los brazos del anciano. El corazon de Muley Yuzuf lata con una violencia tal, que no pudo menos de percibirlo Yaye: un pensamiento, primero indeciso como una sospecha, luego mas determinado, cubri de palidez sus mejillas; pero con la palidez que causa una gran emocion: su mirada destell un relmpago de orgullo y dijo con la voz trmula, pero grave y digna. --Me habeis llamado prncipe, seor. --Acaso no eres hijo de un rey? acaso ayer no te anunci tu maestro, que muy pronto conocerias tu padre? --Es verdad, y acaso... --Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, vuestro padre satisfecho de vos, cumplidos los aos que habia querido que viviseis como uno de esos infinitos hombres que han nacido para obedecer, os llama para entregaros su espada y su corona. --Cmo, seor, vos.... aadi Yaye mas plido aun. --Yo soy vuestro padre y vuestro rey, dijo acreciendo en solemnidad el emir. Hubo un momento de profundo silencio. --Disponed de m, seor, como mejor os cumpla, dijo al fin Yaye. * * * * * * * * * * --S siempre, hijo mo, dijo Muley Yuzuf despues de un largo espacio en que estuvo hablando Yaye acerca de los deberes que el nuevo lugar que iba ocupar le imponia; ten siempre presente que desde este momento debes sacrificarlo todo la patria: la felicidad, la vida, y s es preciso el honor: todo por la patria, nada por t: s justo y fuerte, y Dios te ayudar. --Puesto, seor, que es vuestra voluntad el que yo os suceda en vida, os juro que sabr morir antes que manchar con un hecho cobarde, con una injusticia con una traicion la patria, el ilustre nombre que me legais. * * * * * * * * * * Despues de esto el emir condujo su hijo travs de cmaras verdaderamente rgias, un magnfico salon circular. En aquel salon, sentados en semicrculo en un divan, entrambos lados de un divan mas alto, habia doce hombres: todos ellos estaban armados de guerra, y en sus costados se veian largas espadas; todos ellos parecian valientes y caballeros, desde el mas viejo cuya barba larga blanca representaba una edad avanzada, hasta el mas jven, cuya barba gris representaba uno de esos guerreros para los cuales si bien ha pasado la juventud, no han pasado la agilidad ni la fuerza. En el centro de la cmara, sobre almohadones de brocado, habia unas vestiduras reales, una corona de oro y una espada. De pi, ambos lados del divan donde estaban sentados los xeques, habia como hasta una veintena de personas, todas graves, todas vestidas con tnicas talares y de pi; ademas, entre gran nmero de wales y arrayaces, con trages de guerra, habia cinco alfreces: el uno tenia un estandarte rojo bordado de oro, en el centro del cual se veia un escudo azul atravesado con una banda de oro en que estaban escritas en rabe estas palabras: _Le galid ille Allah_ (solo Dios es vencedor). Este era el blason de los reyes de Granada. Los otros cuatro alfreces tenian cada uno una bandera: cada una de estas banderas tenia un color distinto: la una era verde, la otra blanca, la otra azul, la otra morada. Detrs del divan del centro, que como hemos dicho, era mas alto, y estaba destinado sin duda para el rey, estaban cuatro escuderos: el uno tenia una ancha adarga dorada, el otro una espada de combate, el otro una lanza de dos hierros, el otro en fin, un capacete riqusimo rodeado de una toca blanca. All estaba, por decirlo as, la crte completa del emir de los monfes. Se nos olvidaba decir que precedian y seguian al emir y Yaye, wazires, soldados y esclavos: un alfrez pronunci en voz alta, y anteponindole algunos adjetivos pomposos, el nombre del emir, en el momento en que este lleg la puerta. Los que estaban sentados se pusieron de pi y se inclinaron profundamente, como todos los dems; en el espacio que transcurri desde que Muley Yuzuf apareci en la puerta hasta que lleg, llevando siempre su hijo de la mano, al divan del centro, no se vieron mas que cuerpos encorbados y brazos cruzados. Aquella era la representacion del despotismo musulman: la profunda zal reverencia con que los buenos creyentes rendian homenaje su seor, el poderoso emir. Muley Yuzuf se sent: Yaye permaneci de pi su lado. --Que Dios, el Altsimo y Unico, os guarde, mis fieles y valientes vasallos, dijo Muley Yuzuf desde el divan, y vosotros nobles y sabios xeques de mi consejo, sentaos. Los xeques se sentaron y los dems se enderezaron. --Abu-Daly, mi secretario, dijo el emir, volvindose un anciano que estaba la derecha de l, detrs del divan: entrega la gacela que te hemos hecho escribir, al noble Hussan-ebn-Dhirar, nuestro wisir; y t, aadi dirigindose al wisir, lee nuestros xeques, nuestros sabios, nuestros capitanes, lo que segun nuestra voluntad se contiene en esa gacela. El visir desenvolvi el largo pergamino que le habia entregado el secretario, y empez con voz solemne y campanuda la lectura, en medio de un profundo silencio. Muley Yuzuf-Al-Hhamar reconocia segun el contesto de aquella gacela por hijo suyo Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, alegaba las razones que habia tenido para hacerle educar entre los cristianos, y despues exponia su incapacidad, causa de los aos, de seguir gobernando los monfes y conducindolos al combate, como hasta entonces, por ltimo, expresaba solemnemente su voluntad de abdicar la corona en su hijo, y de que este le sucediese inmediatamente en el mando. Apenas hubo terminado el wisir su lectura, cuando todos los circunstantes se inclinaron profundamente, y dijeron en coro como si hubieran sido ensayados para ello: --Cmplase la voluntad del querido de Dios, el invencible, el grande, el sabio, el poderoso Muley Yuzuf-Al-Hhamar! Entonces el emir se levant, tom de la mano Yaye, le llev hasta los almohadones que estaban en el centro de la cmara, y volvindose Yaye, dijo solemnemente: --Hijo mio Sidy Yaye, escuchad lo que va deciros vuestro padre, y luego paseando lentamente su mirada en torno suyo, aadi: buenos muslmes, sabios, xeques, wazires, cadies, walies y caballeros, oid lo que va deciros vuestro seor. Todos callaron: ese profundo silencio de la atencion excitada, domin en la cmara donde estaban reunidos mas de cien hombres. --El Altsimo quiere que nada sea eterno inmutable mas que l: la robusta encina envejece, sus ramas estriles dejan de producir hojas y frutos, y el huracan, al que ha resistido durante cien inviernos, le arrebata cada empuje una de sus ramas secas; pero junto la vieja encina hay siempre otra encina robusta y jven, retoo de ella, y sus fuertes brazos cubiertos de verdor, dan sombra y frescura la tierra que nutre sus poderosas raices. Todo muere; pero el Altsimo ha querido que al invierno suceda la primavera, un ao otro ao, un cadver un hombre robusto y jven. Yo soy la encina que se ha secado, yo soy el invierno que concluye: fuerte y sereno me habeis visto resistir al huracan de la desgracia, me habeis visto fuerte contra la adversidad: hoy mi corazon es jven, pero mi brazo est cansado y dbil: como la encina se despoja al fin para no volver engalanarse con ella de su diadema de verdura, yo me despojo de la corona que hered de mi padre, y la pongo sobre la cabeza de mi hijo. El anciano tom de sobre los cogines la corona, y despues de habrsela ceido un momento, se despoj de ella y la puso sobre la cabeza de Yaye. Un murmullo de respeto, una especie de salutacion inarticulada, semejante uno de esos rezos que se pronuncian en voz baja, sali de las bocas de aquellos hombres. --Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, continu el anciano: la corona que os he ceido es la representacion de vuestro nombre de rey: al cerosla he rodeado vuestra frente de magestad, pero tambien la he rodeado de los cuidados del gobierno: desde hoy no vivs para vos sino para los dems: vos no podeis tener amor mas que para vuestra patria: vos no podeis tener ambicion mas que para vuestro pueblo: vos no debeis pensar mas que en gobernarle en justicia, en procurar que algun dia salga del desgraciado estado en que se encuentra, y en que sus banderas puedan recorrer vencedoras y respetadas los extensos mbitos en un imperio poderoso y feliz. Jurad que sereis justo y guardador de la ley, que vuestros pensamientos y vuestras obras, solo seran por el bien y la grandeza de vuestros reinos. --Lo juro, seor, contest Yaye. Entonces el anciano tom la espada real, se la ci y dijo: --Mi padre, al ceirse esta corona que yo he ceido tambien, y que ahora cie vuestra cabeza, se ci esta valiente espada: durante treinta aos, esta espada ha estado desnuda en las manos de mi padre, y ha brillado sangrienta contra los enemigos del Islam; durante otros veinte aos, desde que muri mi padre hasta este momento, mi brazo ha sabido aadir glorias esta espada: yo os la entrego (y el anciano ajust el riqusimo talabarte de la espada la cintura de Yaye), os la doy contra los enemigos de Dios y de nuestro pueblo; jurad que sereis buen caballero, que jams desnudareis esta espada contra el bueno, ni el desvalido, que en vuestras manos ser un rayo exterminador de infieles, pero nunca un hacha de verdugo, que conservareis y aumentareis su gloria, que jams la desnudareis sin razon, ni la envainareis con mancha. --Os juro, seor, contest con altivez Yaye, morir antes que manchar con una traicion, una injusticia una cobarda, la noble espada de mis abuelos. --Sed rey! dijo entonces Yuzuf Al-Hhamar; yo en presencia de Dios y de mi pueblo, renuncio en vos la sagrada potestad de que he estado investido durante treinta aos; yo espero que mis buenos y leales vasallos no tendrn que maldecirme por haberlos puesto bajo vuestra espada y vuestra voluntad. Lo que he podido daros os lo he dado; lo que resta que daros, pedidlo al pueblo que habeis de mandar. --Me quereis por vuestro rey? dijo Yaye con voz firme y sonora, con la frente alta y resplandeciente de dignidad y de grandeza. --S! s! s! exclamaron por tres veces, en coro los circunstantes. --Y en muestra de que asi lo queremos y de que asi antes de ahora lo hemos determinado, dijo Abd-el-Gewar, adelantando hcia el centro: yo gran faqui de los creyentes de Espaa, os cio la tnica real de vuestros mayores nombre del reino de Granada. Y tomando un magnfico caftan negro, que estaba sobre los cogines, le puso por la cabeza Yaye, despues de haberle despojado de su sencillo alquicel blanco; despues tom un manto rojo y le puso sobre los hombros del jven, cerrando sobre su pecho dos magnficos erretes de perlas y diamantes. --El reino os ha investido con el smbolo de la justicia y de la magestad; el pueblo de Dios espera que sereis justo y grande; el pueblo de Dios, que lucha hace tanto tiempo con sus implacables enemigos, os ayudar, os obedecer y os respetar como su rey y seor natural; pero pedir Dios que os hiera con el rayo de su justicia si fuseis cobarde tirano. --Asi sea si yo tal fuere, contest Yaye. --Sed, pues, rey. En aquel momento los cinco alfereces adelantaron: el que tenia el estandarte real de Granada, se coloc la derecha de Yaye; los otros cuatro tendieron sobre el suelo sus banderas, mirando las cuatro partes del mundo, segun antigua usanza en la coronacion de los reyes moros, y el escudero que tenia la adarga, adelant y la puso sobre las astas de las cuatro banderas. --Desnudad vuestra espada, seor, dijo el justicia mayor del reino, y ponos sobre la adarga, en seal de que sois rey, y de que de tal manera estareis siempre armado contra los enemigos de nuestra ley. Yaye desnud la espada y se puso sobre la adarga. --He aqu nuestro seor, el poderoso, el grande, el temeroso de Dios, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar! grit el alguacil mayor. Todos se prosternaron, y en tanto el alfrez mayor del reino, tremolando el estandarte real grit: --Qu Dios ensalce, y d prosperidades al magnfico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar! Los circunstantes aclamaron grito herido Yaye. Yaye era ya rey de aquel pueblo de extraos bandidos, que vivian entre las breas, quienes nadie conocia, y cuyos reyes tenian sus alczares en las entraas de la tierra. Uno tras otro; primero su padre, convertido ya por su voluntad en su vasallo, fueron besando la orla del manto de Yaye, hasta el ltimo caballero. Quedaba aun la solemne aclamacion delante del pueblo. Para ello Yaye, con un aparato verdaderamente rgio, fue sacado del subterrneo; fuera, en un pintoresco valle la entrada de la gruta, por donde se penetraba al alczar, habia un magnfico caballo blanco, cuyas riendas tenian dos esclavos, otra multitud de caballos esperaban sus dueos: un centenar de esclavos negros vestidos de blanco, llevaban antorchas encendidas; una taifa como de mil monfes, armados de ballestas y espadas, formaban un lado del pequeo valle. La noche era clarsima: la luna brillaba en toda su plenitud, en medio del cielo, y lo lejos se escuchaba el tnue quejido del mar, en su eterno romper contra la ribera. Las antorchas eran mas bien un lujo que una necesidad. Inmediatamente la cabalgata real se form, la mitad de los monfes armados rompieron la marcha, y la otra mitad sigui la comitiva. Quien hubiera visto aquellas antorchas vagando por la montaa en medio de la noche, aquellos estandartes, aquel rey coronado, aquellos caballeros vestidos de blanco y armados de largas lanzas, aquellos dos tercios de ballesteros que marchaban silenciosos delante y detrs de aquella crte, hubiera creido que el alma en pena de Boabdil el Zogoibi, habia salido de su tumba rodeada de sus cortesanos y de sus soldados para vagar sobre las breas de las Alpujarras, en lo mas intrincado de la toha de Juviles, y llorar durante la noche su perdida Granada. Al cabo de media hora de marcha, el nuevo rey, su crte y su guardia, llegaron la cumbre de una ancha colina; el terreno de aquella colina no se veia; estaba cubierto de hombres; eran los monfes de las Alpujarras, que en nmero de diez mil, habian sido avisados por sus xeques para asistir la proclamacion pblica y al reconocimiento del nuevo rey. Cuando estuvieron en el centro, el alguacil mayor ley el acta de la abdicacion de Yuzuf-Al-Hhamar. Despues el alfrez mayor onde el estandarte real, y proclam Yaye. Los monfes respondieron con una aclamacion inmensa y el viento de la noche fu llevar los lugares cercanos el estruendo de los aafiles, las dulzainas, los atabales y las atakebiras, taidas en honor del nuevo emir de los monfes Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar. Despues la comitiva real se volvi al alczar subterrneo, y los diez mil monfes divididos en taifas, se encaminaron cubrir sus apostaderos en toda la extension de las Alpujarras, que habian abandonado por algunas horas, para ponerse de nuevo en acecho de los cristianos. CAPITULO IV. Lo que eran los monfes.--Yuzuf cuenta su historia Yaye. Ya era la media noche. Yuzuf Al-Hhamar, se ocupaba en recorrer el alczar mostrndole su hijo. Yaye se habia admirado mas de una vez y sucesivamente se admiraba mas y mas. Todo lo que le habia acontecido desde el dia anterior era extraordinario; habia momentos en que se creia entregado un sueo; uno de esos sueos que nos llevan de prodigio en prodigio un punto tal, en que ya demasiado violentada nuestra fantasa nos obliga despertar. Yaye habia alentado mas de una vez ambiciosas aspiraciones; muchas veces al contemplar al pueblo moro tan abatido, tan abyecto, tan tiranizado por los cristianos, habia pensado en que tarde temprano aquel pueblo preferira la muerte al sufrimiento cruel, lento, continuo, y se sublevara; siempre pensando en una sublevacion de los moriscos, habia pensando en hacerse su caudillo fuerza de valor y de sacrificios; su valiente fantasa habia pensado en el triunfo: qu oprimido no suea alguna vez en vencer sus opresores? y despues del triunfo habia soado en una corona. Aquella corona se le habia venido las manos de una manera extraordinaria, antes de la insurreccion y del triunfo. Yaye, preparado ya por el conocimiento de su alto origen y por sus pensamientos ambiciosos, habia sostenido sin encogimiento, y como lo hubiera hecho un prncipe heredero, educado al lado de su padre en su misma crte, el alto papel que habia desempeado en la abdicacion de Yuzuf. Es cierto que Yaye conocia Yuzuf; le habia visto desde su infancia todos los aos en la estacion de los calores en Granada, pero pesar de que Yuzuf le habia tratado siempre con el cario y la tierna solicitud de un padre, Yaye no habia visto en l mas que un anciano amigo de su venerable ayo Abd-el-Gewar; nunca habia llegado concebir que aquel viejo de larga barba blanca, de semblante plido y melanclico, de ojos negros y hermosos, dulces, cuando miraban Yaye, bravos y terriblemente feroces, cuando se lamentaba en presencia del jven de las desgracias de la patria, nunca habia pensado Yaye, repetimos, que Yuzuf fuese su padre, y mucho menos que sobre aquella cabeza encanecida por los aos y por las desgracias se asentase una corona. Sin embargo, habia llegado el dia en que Yaye supiese que Yuzuf era su padre, y mas de su padre rey de los monfes. Y qu eran los monfes? Salteadores como parecia indicarlo su nombre, soldados valientes indomables de un pueblo vencido que sostenian aun con un teson incansable la bandera del Islam? Para contestar esta pregunta que suponemos nos haran nuestros lectores, necesitamos remontarnos la conquista de Granada. * * * * * En el ao de 1492 los reyes de Castilla y de Aragon doa Isabel y don Fernando, terminaron con la conquista de Granada, la tenaz guerra de restauracion contra los rabes, empezada por don Pelayo en Covadonga, y sostenida durante siete siglos por los condes soberanos, los reyes y los seores de Espaa, vueltas de sangrientas disensiones intestinas; habian puesto al fin el sello su poder y su grandeza, constituyendo un solo reino de los diferentes Estados de Espaa, y aadiendo su corona por fuerza de armas el reino moro de Granada, por cuya conquista el papa Alejandro VI los denomin por excelencia los Reyes Catlicos; eran al fin seores de aquel ltimo refugio de los restos del gigantesco imperio fundado por Tarik y sostenido con tanta gloria por los califas Omniades. Ya desde las columnas de Hrcules hasta las fronteras de Portugal, por una parte, y por otra, hasta los speros Pirineos, resonaba la voz de un solo seor, y la salmodia de un solo rito; la unidad religiosa y la refundicion de tantos reinos en una sola corona, eran un hecho consumado con la conquista de Granada y con la existencia de un descendiente de los Reyes Catlicos. Las pretensiones de la Beltraneja, de aquella desgraciada princesa, cuya legitimidad y cuyos derechos la corona de Castilla son aun un misterio, habian muerto en la batalla de Toro, y doa Juana la Beltraneja, la _excelente seora_, como la llaman las crnicas portuguesas, se habia separado del mundo tomando el velo de esposa del Seor, en el convento de Santa Clara de Coimbra. Ningun obstculo existia ya delante del astro esplendoroso de los Reyes Catlicos, y como si esto no bastase, un hombre oscuro, un pobre piloto genovs, Cristval Colon, habia arrojado sus plantas el imperio de un nuevo mundo, que habian ocultado hasta entonces los mares de Occidente. Las naciones mas poderosas miraban con espanto el poder de los Catlicos monarcas; la victoria reposaba cansada sobre sus pendones, y una extensa y pacfica monarqua era el slido fundamento de su poder y de su grandeza. Sin embargo, veces en el corazon de un robusto cedro vive un insecto roedor incansable que no se ve, que no se adivina, pero que trabaja en silencio, que adelanta en su afanosa tarea y que logra acaso atacar la vitalidad del robusto tronco que le contiene. Tambien bajo el esplendoroso manto de victoria de los Reyes Catlicos se ocultaba una carcoma activa y roedora, un elemento hostil, pertinaz, bravo, incansable; una raza vencida, pero malcontenta con el yugo, ansiosa de sacudirlo: esta raza era el pueblo moro, quien se habia concedido una capitulacion honrosa, quien se habia conservado el derecho de la pacfica posesion de sus propiedades, de la prctica de su religion, de su idioma, de sus leyes, de sus costumbres, la manera que Tarik y Muza habian dejado siete siglos antes los godos y solariegos vencidos, iguales derechos y franquicias. Pero si los rabes habian respetado religiosamente sus pactos con los espaoles subyugados, no habia sucedido lo mismo (rubor causa confesarlo) respecto las estipulaciones concluidas entre los vencedores reyes de Castilla y Aragon, y el vencido rey de Granada. El fanatismo cristiano fue para con los moros infinitamente mas intolerante que lo habia sido el fanatismo musulman con los solariegos; los Reyes Catlicos, dominados por sus confesores, pertenecientes al clero mas feroz de que puede encontrarse ejemplo en la historia, empezaron muy pronto faltar los solemnes tratados concluidos con el rey moro de Granada. Ya, poco despues de la conquista, (30 de marzo de 1492) habian expedido un decreto de expulsion contra los judos, decreto que arroj de Granada y del reino, cincuenta mil familias industriosas y opulentas; los moriscos miraron esta medida tomada contra los judos con un profundo recelo; no podia ocultrseles que tras la expulsion de los judos, se pensaria en expulsarlos ellos mismos, lo que era peor, de reducirlos por fuerza una religion extraa, usos, costumbres enteramente opuestas las suyas; el tremendo tribunal de la Inquisicion, creado poco tiempo antes, se habia establecido en Granada; los frailes cristianos se habian atrevido penetrar en sus mezquitas, para predicarles la religion del Crucificado, y como estas misiones no habian producido conversion alguna, empezaron las mas odiosas persecuciones; las mezquitas fueron ocupadas por el vencedor, con abierta infraccion de las capitulaciones, y convertidas en iglesias; se pretendi obligar que volviesen al cristianismo los descendientes de cristianos que habian abrazado el mahometismo, gentes que se conocian entre los moros con el nombre de _elches_, y estos se negaron enrgicamente, apoyndose en las capitulaciones de la conquista, pesar de las cuales fueron perseguidos y obligados. Por consecuencia el Albaicin se sublev en masa, y fue necesario que el conde de Tendilla, capitan general la sazon del reino y costa de Granada, apelase la fuerza y la artillera; los principales de los sublevados fueron duramente castigados sangre, y los moriscos, aterrados por el castigo, doblaron la cerviz y aparentaron una sumision que no sentian; esto en cuanto los moriscos de Granada y de las aldeas de la vega, que en cuanto los de las Alpujarras, gente indmita y braba, se alzaron de una manera imponente, degollaron los cristianos que hubieron las manos, se apoderaron de las fortalezas y se declararon en abierta rebelion. Fue necesario que el mismo don Fernando el Catlico acudiese cortar aquel incendio; logrlo no sin trabajo; entregronle los moriscos gran nmero de rehenes y se obligaron pagar la corona en el trmino de dos aos cincuenta mil ducados, dejndose bautizar por aadidura; pero al mismo tiempo que se sofocaba la rebelion en las Alpujarras, brotaba otra en la Serrania de Ronda y se extendia rpidamente Sierra Bermeja. Aquella sublevacion cost la vida uno de los primeros capitanes de los Reyes Catlicos: don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Crdoba. Aquella sublevacion fue sofocada tambien aunque con mas trabajo y mas tiempo, y al fin no qued en Espaa un morisco de las poblaciones que no estuviese bautizado y que pblicamente no profesase la religion catlica. Qu mucho? Ellos se habian visto obligados escoger entre el bautismo y las hogueras de la Inquisicion. Eran, pues, cristianos la fuerza, de una manera externa, y en el fondo de sus corazones aborrecian muerte al odioso conquistador. Pero si bien los habitantes de las poblaciones, los que poseian terrenos oficios, los que para conservar sus bienes se veian obligados someterse al yugo, practicaban el cristianismo, habia un nmero considerable de gente suelta, nmada, como los antiguos rabes del Yemen, que preferian la lucha con el vencedor y sus peligros someterse vergonzosamente al yugo. Estos moriscos, mejor dicho, estos moros, porque solo se llamaba moriscos los convertidos, no entraban en las poblaciones, sino para saquearlas; vivan en la montaa, se albergaban ya en las cuevas de las rocas, ya bajo sus tiendas de cuero, activos siempre, siempre dispuestos al combate y feroces y terribles hasta el punto de causar terror los mismos moriscos de quienes habian sido hermanos. Estos eran los monfes. Decase la ventura, porque nada podia asegurarse acerca de ellos, que estaban organizados en _tahas_ distritos, que cada una de estas tahas estaba gobernada por un _xeque_ (anciano) que todos estos xeques obedecian un _emir_ (prncipe) y que este emir tenia junto s _wales, wazires y alimes_ (capitanes, consejeros y sabios); abultbanse el poder y las riquezas de este pequeo rey de diez mil soldados, que erraban por las montaas y estaban sujetos su ley, por mejor decir la ley alcornica cuyo ttulo los regia; hablbase de sus palacios subterrneos, aunque nadie los habia visto, y de las maravillas que estos alczares encerraban; pagbanle tributo las poblaciones de la montaa porque no las invadiese, las saquease tal vez las llevase sangre y fuego, como habia acontecido con alguna que habia resistido al pago del tributo, y el solo nombre del emir de los monfes bastaba para imponer terror los mas alentados. A pesar de esto los monfes eran una especie de duendes, unos seres misteriosos los que nadie habia visto, puesto que los que los veian durante la sorpresa de una poblacion, en los desfiladeros de la montaa en las profundidades de una rambla, moran; pero las huellas de aquella gente feroz quedaban sealadas de una manera horrorosa, ya en los humeantes escombros de una aldea arrasada, ya en el cadver de algun imprudente viajero, arrojado en los linderos de un camino, ya en las cabezas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad de los soldados de los tercios reales, que habian ido en su busca: despojos sangrientos que llevados durante la noche las poblaciones, solian aparecer al dia siguiente en las puertas de las iglesias. Ya este, ya el otro capitan general de la costa y reino de Granada habian pretendido dar caza estos terribles monfes; pero si la fuerza expedicionaria era respetable, nunca tropezaba con ellos, y si era escasa, poco despues los restos ensangrentados se encontraban entre las quebraduras, crucificados, asaeteados, empalados en los caminos. Lleg el caso de que las tropas empleadas en su persecucion se limitasen solo salir ostentosamente de las poblaciones para esconderse despues en la primera brea que encontraban al paso, para volver al dia siguiente diciendo que no habian dado con los monfes. La existencia de estos, pues, no se conocia mas que por la exaccion peridica de los tributos, que los habitantes cuidaban de ir poner en los lugares indicados en los edictos que en ciertas pocas del ao aparecian clavados en las puertas de las iglesias por este el otro cadver que encontraban ac y all con suma frecuencia. Por lo dems eran unos verdaderos duendes quienes nadie habia visto, pero cuya influencia se sentia, y sobre todo se temia. Tales eran los monfes de las Alpujarras. Yuzuf-Al-Hhamar-abu-Yaye era su rey. Quin era este rey? El mismo nos lo va decir. * * * * * Yuzuf, despues de haber mostrado su hijo todas las maravillas del alczar subterrneo, le condujo un departamento separado: era el harem. Mas de una magnfica hermosura, jven y pudorosa, habia levantado la cabeza adormida de sobre un divan, al sentir los pasos de su seor; Yaye vi con una indiferencia verdaderamente asctica aquellas nias que se ponian de pi cubrindose con sus velos y bajando las frentes ante la presencia del padre y del hijo: Yuzuf vi con placer que Yaye era un espritu fuerte, noblemente levantado sobre las miserias humanas. Hay que tener en cuenta para apreciar su indiferencia, y casi su hasto, que Yaye solo contaba veinte y cuatro aos, que las mujeres, junto las cuales de retrete en retrete y precedido por esclavos mudos, le llevaba su padre, eran jvenes, deslumbrantes de belleza, la mayor de las cuales apenas llegaria los diez y ocho aos, africanas las unas, asiticas las otras, bellezas de ojos negros, cabelleras brillantes, talles flexibles, y aspecto de pureza y de candor: algunas de ellas admiradas de la hermosura de Yaye fijaban en l una mirada dulcemente curiosa, y volvian inclinar la vista cubiertas de rubor. Yuzuf hizo conocer Yaye muchas esclavas: habl con cada una de ellas, no con el acento impuro imperativo de un dspota musulman, sino con el acento dulce de un padre. A cada una de ellas decia tambien sealndolas Yaye. --Este es mi hijo: este es vuestro seor. Las esclavas al escuchar esta frase callaban, cruzaban sus brazos sobre el pecho y se inclinaban. Cuando hubieron salido del harem, Yuzuf dijo Yaye: --Las mujeres que acabas de ver son tus concubinas, estan destinadas para t; un rey debe tener en su harem las mujeres mas hermosas del mundo. --Yo jams tendr esclavas para el amor, dijo brevemente Yaye. --Yo siempre he tenido vrjenes en mi harem, dijo Yuzuf, pero jams esclavas impuras: han sido mis hijas: con ellas he premiado el valor de mis guerreros, hacindolas sus esposas; en vez de hacer de una esclava una mujer impura, he hecho buenas madres de familia. Solo he amado una mujer, y aquella mujer era mi esposa. --Mi madre! Oh! en verdad, seor, que nada me habeis dicho de mi madre! --Oh! no he querido hablarte de ella, hasta hacerlo en el sitio donde te voy conducir: ven. Al pasar por una habitacion, cuyas puertas estaban fuertemente cerradas, Yuzuf se detuvo. En aquella habitacion habia seis fuertes y enormes arcas de hierro. Yuzuf abri una de las arcas; estaba llena de doblas de oro. --Yo cre, seor, dijo Yaye, que me habiais trado al lugar en que debais hablarme de mi madre. --Cmo! no te maravilla saber que eres dueo de tantas riquezas? --Las riquezas solo deben servir para hacer el bien de nuestros hermanos: de tal manera las aprecio: consideradas de otro modo me causan hasto. --Te he dado una corona y la has recibido sin envanecerte ni asombrarte; te he presentado mujeres, por cualquiera de las cuales arderia en fuego impuro, un morabitho[5] apartado del mundo, y las has visto sin conmoverte; te he hecho ver el brillo del oro, y no te has asombrado, ni ha nublado tu rostro la palidez de la codicia. Eres digno, hijo mio, de ceir mi espada y mi corona, digno de vengar tu madre. --De vengar mi madre habeis dicho, seor? --Silencio: aun no hemos llegado, sgueme. Yuzuf cerr cuidadosamente otra puerta, atraves con Yaye una larga y estrecha mina, y lleg al fin de ella una puerta maravillosa, tanto por su labor como por las ricas maderas y preciosos metales con que estaba construida, sac una llave de oro de entre sus ropas y abri aquella puerta. El retrete que aquella puerta daba entrada era pequeo, pero resplandeciente; una lmpara de cuatro luces, suspendida de la cpula, hacia brillar el oro de las labores sobre fondos esmaltados, el bruido mrmol de las columnas, y la tersa superficie de los mosicos, de los que arrancaba cien cambiantes; alrededor de este retrete habia un ancho divan de seda y oro, y al fondo un magnfico arco primorosamente labrado y cubierto enteramente por la parte interior por una cortina de brocado, que ocultaba completamente lo que tras aquel arco existia. Yuzuf se sent en el divan y atrajo s Yaye. --Sintate, le dijo. --Ha llegado el momento de que me hableis de mi madre? --Aun no: antes es preciso que conozcas la historia de tu padre. --Os escucho, seor. El anciano empez su relato de esta manera: --Mi edad ha pasado de los sesenta aos, el dia en que Granada, destrozada por las guerras civiles, vendida por el cobarde Muley Abd-Allah, su ltimo rey, se entreg los cristianos, tenia diez y seis. Mi padre era uno de los hroes de nuestro pueblo, mi padre era el infante Muza-ebn-Abil-Gazan, hijo bastardo de Muley Hhacem, y hermano de Boabdil el desdichado. Me acuerdo perfectamente del fatal dia en que despues de haber entregado las llaves de Granada al rey don Fernando en las orillas del Genil, Muley-Abd-Allah se encamin con su familia y con los que quisieron seguirle las Alpujarras. Nuestras mujeres lloraban, lloraban nuestros viejos y nuestros soldados cabizbajos y avergonzados marchaban en silencio, sin atreverse volver el rostro para mirar la hermosa ciudad, entre cuyos escombros no habian sabido perecer como valientes. Asi en paso tardo como el de quien se aleja por la fuerza del objeto de su cario, llegamos al alto del Padul. Era el ltimo lugar desde donde podamos ver Granada: el rey revolvi transido de dolor su caballo, y se arroj de l. Luego se prostern mirando Granada y llor: todos nos habamos prosternado; todos llorbamos menos una mujer: aquella mujer estaba de pi, altiva, serena, pero profundamente plida: aquella mujer era la madre de Muley Abd-Allah: la sultana Aixa-la-Horra. Aun me parece que la veo de pi en medio de nosotros, como un genio fatal; aun me parece que escucho sus altivas y terribles palabras. --Llora, dijo al rey, llora como una dbil mujer, la prdida del reino que no has sabido defender como hombre. Al escuchar el severo acento de su madre, el rey se alz, lanz una mirada suprema Granada, exhal un grito de dolor, se cubri el rostro con las manos, y luego, mont de un salto caballo, le revolvi hcia las Alpujarras, y apretndole los acicates parti la carrera. Todos le seguimos como una tromba: la desesperacion nos impulsaba, y doblamos la falda de la montaa, con el estruendo y la rapidez del viento de la tempestad. Yo cabalgaba al frente de nuestros soldados y de nuestros ginetes, agoviado bajo el peso de un doble intenso dolor: salia desterrado de la ciudad en donde habia nacido, y el noble infante mi padre, habia desaparecido sin que nadie supiese lo que habia sido de l: acaso habia ido buscar la muerte en alguna aventura desesperada, yendo solo hacerse matar por los cristianos, encubriendo su nombre, como un moro cualquiera: acaso habia huido para no ver la deshonra de su pueblo, la rendicion los castellanos, la Alhambra en poder de los infieles, la vergenza en la frente del cobarde rey; acaso yo no debia volver ver mi padre. Junto m; triste y pensativo como yo, cabalgaba el valiente Ali Husen, alferez de mi padre, que en otros tiempos habia llevado su bandera de infante la victoria. Algo mas all del Padul, Ali Husen, detuvo su caballo y me dijo: --Poderoso seor, tu padre quiere que nos separemos del rey y de sus gentes. --Mi padre! exclam: pues qu! sabes t de mi padre? --Tu noble padre nos espera en la montaa, me contest. Y puso su caballo en demanda de otro camino: yo le segu con el corazon alentando apenas; nuestros parientes, nuestros soldados y nuestros esclavos me siguieron: eramos mas de quinientos. Mi padre se nos present de repente, se nos di conocer, y se puso nuestra cabeza en un camino que se internaba en la montaa, y que medida que adelantbamos se estrechaba hasta el punto de que nos fue necesario echar pi tierra y marchar uno en pos de otro. Mi padre iba delante. Caminamos todo el dia en silencio por speros desfiladeros, viendo nuestros pis valles profundsimos por cuyo fondo se precipitaban rios convertidos en torrentes por las lluvias del invierno, y sobre nuestras cabezas montaas cubiertas de nieve: sobre las colinas levantaban las tristes y altsimas copas solitarios pinos, y en el fondo de las estrechas vegas, en las vertientes de la montaa, bravos bosques de deshojadas encinas. Ni una aldea, ni una habitacion humana, ni aun la choza de un pastor, vimos durante el dia desde el camino por donde nos guiaba mi padre. Solo se escuchaba el graznar de las guilas, el ahullar de los lobos hambrientos, el rugir de los torrentes y el zumbido del viento entre las quebraduras de la montaa. Lleg la noche y con ella llegamos una cumbre ancha, rida, cubierta de nieve, desde la cual se veian otras muchas cumbres que se levantaban en anfiteatro hasta el altsimo pico de Muley Hhacem[6]. Tampoco se veia desde all ninguna habitacion humana. Detvose all mi padre y descabalg: todos descabalgamos, y durante los primeros momentos de descanso, nuestras mujeres y nuestros esclavos descansaron. Despues mi padre llam en torno de s los guerreros de nuestra familia. --Hemos sido arrojados de nuestros hogares, nos dijo, y ya no tenemos patria: somos vencidos: el vencedor nos ha asegurado nuestras propiedades, nuestra religion, nuestras leyes y nuestras costumbres, por medio de una capitulacion: esa capitulacion que algunos creen honrosa y estable, no vale mas ni es mas fuerte que el papel en que est escrita: la mano del vencedor procurar pasar primero por cima de ella, y cuando aleguemos los captulos concertados con los reyes de Aragon y de Castilla, la mano del sacerdote cristiano rasgar la capitulacion, y los soldados de los reyes de Espaa, nos impondrn la sumision por la fuerza. Todo lo hemos perdido, todo: patria, religion, leyes, costumbres, haciendas: nos espera una suerte semejante la de los judos: la esclavitud y la vergenza. * * * * * Resistamos con valor la inclemencia de los hados: si vivimos en los pueblos, all nos vigilar el recelo del vencedor, que tendr siempre el atento ojo sobre nuestros semblantes para medir su alegra su tristeza: si nos reunimos en mucho nmero recelaran; si evitamos reunirnos, recelaran tambien: acecharan por las rendijas de nuestras puertas para sorprender el pudor de nuestras mujeres, y procuraran apartar nuestros hijos de nuestro amor y de nuestras costumbres. Debemos vivir lejos de los cristianos, y acecharlos incesantemente, en vez de ser acechados: debemos preparar el dia glorioso de una reconquista, si no para nosotros, para nuestros hijos: debemos continuar siendo fieles observantes de la ley, buenos musulmanes; en los pueblos no podramos serlo: pero por fortuna la montaa es spera, tiene guaridas desconocidas donde podremos ocultarnos, y desde las cuales seremos el terror del vencedor: es necesario que olvidemos el regalo de nuestras casas de Granada, las suntuosas fiestas, las alegres zambras: nuestros jardines seran las desnudas ramblas de las Alpujarras; nuestras zambras el combate continuo con el cristiano: que el que se aventure en la montaa muera, y que los cobardes habitantes de las poblaciones paguen tributo al rey de la montaa. En una palabra, desde hoy, si quereis seguir mis consejos, seremos monfes. Concluy mi padre, y los mas ancianos, los mas prudentes de la familia aprobaron su parecer. Pero era necesario que aquel nuevo pueblo que habia elegido para su residencia las grutas de las montaas, y por ejercicio la continua guerra con el cristiano, tuviese su frente un caudillo que les gobernase. Mi padre fue elegido unnimemente emir de los monfes. Un resto de la familia real de Granada, guarecido entre rocas y desfiladeros, no rendia vasallaje al vencedor del reino de Granada; los dems se arrojaban sus pis en un cobarde vasallaje, se desterraban voluntariamente del suelo que les vi nacer, pasando al Africa. * * * * * * * * * * Anduvimos sin cesar por speros senderos durante aquella larga noche, alumbrados por la clarsima luna del mes de las nieves, y al amanecer llegamos al centro de un espeso pinar delante de la boca de una lgubre gruta. Esa gruta es la misma en que ahora te encuentras, hijo mio. Dentro de esta gruta, mi padre construy el alczar subterrneo del emir de los monfes. --Pero segun las cmaras que he visto antes de llegar esta, dijo Yaye, si he de juzgar por el rgio esplendor que nos rodea, este alczar es tan rico como la Alhambra; para construirlo han debido gastarse tesoros incalculables. --Mi padre, continu el anciano Yuzuf, previendo tiempo la conquista, habia vendido sus tierras, sus alqueras, sus castillos: el precio de estos, aunque enorme, no bastaba ciertamente para la construccion de este alczar maravilloso, del cual solo has visto una pequea parte. Pero los monfes hacian la guerra al cristiano y con mucha frecuencia penetraban en las villas mas populosas y ricas de las Alpujarras, las entraban saco y se volvian cargados de botin: el quinto de las presas era de mi padre: ademas, justo era que los que habian inclinado cobardemente su cabeza bajo el yugo del vencedor, los que se habian convertido de miedo (porque los cristianos tardaron muy poco en faltar la fe de las capitulaciones), justo era que los que habian renegado vilmente de su Dios, contribuyesen al sostenimiento de los valientes moros que habian rechazado toda servidumbre, todo envilecimiento, toda apostasa, prefiriendo una sangrienta y continua lucha entre las breas de la montaa, una paz vergonzosa entre el ocio y el regalo de las poblaciones, bajo la mano de hierro y la vista recelosa de los cristianos: al poco tiempo de haberse hecho mi padre rey de la montaa, aparecieron gacelas escritas en las puertas de las iglesias, sin que nadie supiese quin las habia puesto, en que se imponia los moriscos renegados y los cristianos, un fuerte tributo para el emir de los monfes: la primera vez las gacelas fueron arrancadas sin temor, y solo recibieron por contestacion un silencio de desprecio: el castigo no tard mucho despues de la ofensa: una y otra y otra villa fueron acometidas de noche, en medio del silencio, y sus moradores entregados al degello y al incendio: cuando de nuevo se fijaron gacelas en los mismos parajes que las anteriores, los vecinos, cada uno segun su riqueza, se apresuraron pagar el tributo impuesto por el rey de la montaa, llevndole al lugar que se prefijaba en la gacela. Asi han continuado ao tras ao. Al terminar la luna de los frutos, nuestros monfes entran de noche en las villas y fijan en las iglesias las gacelas en que se les anuncia el dia y el lugar en que han de pagar el tributo y dnde han de depositarle. Ningun ao ha faltado una sola villa cumplir esta prescripcion. Tenia, pues, mi padre tesoros y los tengo yo. Con esos tesoros se ha construido en las entraas de la tierra, en las excavaciones de unas antiqusimas canteras, este alczar, que es una ciudad subterrnea; con esos tesoros hemos podido ir aumentando el nmero de los monfes, que al principio apenas llegaban quinientos; que cuando muri mi padre llegaban cuatro mil, y que hoy forman un ejrcito de diez mil soldados, fuertes, bravos, sin piedad, incansables, que conservan la pureza de la ley alcornica, y entero el amor de la patria: con esos tesoros podemos tener espas en todas partes, hombres activos que encontraran medio de saberlo todo, de oirlo todo: estos hombres estan all do quiera ondea la bandera espaola: en la crte del emperador, en la del rey de Francia, en Italia, en Flandes, hasta el remoto continente americano, de donde nos envian oro raudales; nadie conoce esos emisarios mios, y muchos de ellos sirven sueldo bajo las banderas del rey de Espaa, muchos alientan con mi oro las tentativas de los enemigos de Carlos V, y si yo quisiera, ese soberbio rey caeria herido por un pual invisible: pero qu me importa la vida de don Carlos? El es un solo hombre, aunque poderoso, y nuestro enemigo es un pueblo entero, un pueblo de soldados aventureros y rapaces, de frailes codiciosos, de jueces y abogados que son otras tantas aves de rapia: la codicia hace invencibles esos aventureros, el fanatismo crueles esos frailes, la soberbia implacables esos jueces: donde quiera que pone su planta el soldado, donde quiera levanta su cruz el fraile, donde quiera tiende su garra el golilla espaol, all van la destruccion, la hoguera y el verdugo: Amrica se extremece bajo su yugo, Flandes se desangra, la hermosa Italia se ahoga; llegar un dia, y acaso no tarde, en que alentados por la desesperacion los oprimidos, hagan crugir y quebrantarse el yugo: en que Espaa, rodeada por todas partes de enemigos, no tenga bastantes soldados para vencer; en que los frailes no puedan encender hogueras para quemar, en que los jueces se vean heridos por sus mismas plumas. Llegar un dia en que se unan contra Espaa todos los que por Espaa son desdichados, porque la tirana acaba siempre herida por sus mismos excesos. Una terrible guerra religiosa se agita en Europa; Roma lucha contra la protesta; los doctores catlicos contra los doctores luteranos: cien pueblos contra uno solo, cien derechos contra una sola tirana: la Espaa de Carlos V es un coloso de hierro con los pis de barro, y su mismo peso la derrocar: ay cuando llegue el dia en que el coloso vacile! Un pueblo que hoy se esconde en las entraas de las rocas, atacar ese coloso por el pi y le arrojar por tierra... --Sueo! exclam Yaye, interrumpiendo su padre. --Acaso sabe nadie lo que est escrito en el libro del destino? Acaso no fueron derrocadas Menfis y Babilonia? No pas la Grecia con sus guerreros, con sus sabios, con sus poetas y sus artistas? Dnde est Cartago la rival de Roma? Dnde est Roma la vencedora de Cartago? Dnde estan los godos que hollaron el Capitolio con los sangrientos cascos de sus caballos? Dnde estan los rabes vencedores de los godos? Qu ha sido de los almoravides y de los almohades vencedores de los rabes? Todo muere: como los hombres, las razas. --Espaa es fuerte, poderosa y grande, exclam el tenaz Yaye. --Carlos V ve que el coloso empieza desmoronarse bajo su imperio: este imperio pasar quebrantado, herido de muerte, los hombros del prncipe don Felipe, y si bajo su mano no se destruye, pasar mermado las de su hijo, y dbil las de su nieto, y miserable y envilecido las de su viznieto. Qu! puede durar mucho un imperio que se funda en la opresion de pueblos enteros? [imagen: Llora, llora, como una dbil mujer, la prdida del reino que no has sabido defender como hombre!] Acaso ni yo, ni t, ni nuestros nietos, veamos convertido ese coloso sangriento en un fantasma que se ver precisado volver la vista atrs para contemplar algo grande; pero tenemos el deber de ayudar la carcoma de ese coloso; tenemos necesidad de vengarnos, ya que no como serpientes, como sanguijuelas: debemos chupar continuamente su sangre y su oro: por cada moro que ese coloso despedace, nosotros debemos despedazar cien cristianos, y si est escrito que en nuestros tiempos ese coloso se derrumbe, debemos estar preparados la lucha, en acecho de una ocasion propicia para reconquistar lo que hemos perdido, para poder piafar con nuestros corceles en las ricas campias andaluzas, y levantar en medio de ellas los minaretes de las mezquitas del dios Altsimo y nico. --Oh, padre, padre! El Altsimo ha visto los pecados de nuestro pueblo, y por ellos le ha destruido! --Del mismo modo ve los pecados de los espaoles, y les destruir por ellos. --Padre, habeis vivido alguna vez entre esos hombres? --El dia en que mi padre fue elegido rey de los monfes, llam uno de sus parientes mas allegados, sabio anciano, y me entreg l, como yo te he entregado Abd-el-Gewar. Ve hijo mio, me dijo: vive entre los conquistadores, concelos, porque algun dia me suceders en el gobierno, y el elegido por Dios para gobernar, debe conocer los enemigos de su pueblo. Aprende su lengua, viste su trage, practica sus costumbres, ponte en estado de conocer sus malas artes para que no puedas ser engaado; conoce sus debilidades, para aprovecharlas, y si es necesario, s cristiano en la apariencia. Corre mundo, y sobre todo s dcil con el que desde ahora va ser tu padre: cuando conozcas bien nuestros enemigos, cuando largos viajes te hayan dado experiencia, vuelve, mi corona te espera. Y part, y aprend el habla castellana, y viv en la crte del emperador, y serv bajo sus banderas, y estuve en Francia, en Flandes, en Amrica: por todas partes v enemigos de Espaa; por todas partes o maldecir el nombre espaol; en todas partes vi vireyes y oidores, y clrigos, y capitanes y soldados de Espaa, que se enriquecian por medio del crmen. Comprend que los pueblos tienen un derecho sagrado de vivir bajo sus antiguas leyes, bajo sus usos y costumbres, y que un conquistador es siempre odioso, porque siempre se ve obligado ser tirano. --Lo mismo he comprendido yo, seor. --Mi amor la patria creca medida que pesaba los excesos que en todas partes, en todos los mares, en todas las regiones del mundo ejercian los espaoles: mi sola pasion era el odio hcia los cristianos, mi solo deseo beber su sangre. --Y no sentsteis jams otra pasion ni otro deseo, padre mio? exclam con embarazo Yaye. [imagen: Quin es esa dama?] --S, contest Yuzuf, mirando fijamente su hijo: t eres una prueba viviente de que si mi corazon abrigaba un odio muerte, una inextinguible sed de venganza contra los cristianos, di tambien cabida al amor. --Pero vos amariais una mujer de vuestra raza; una parienta acaso. --Tu madre no era mora, hijo mio. --Que no era mora! --Era rabe... al menos descendiente, en lnea recta de los califas rabes de Crdoba. --Descendiente en lnea recta de los califas de Crdoba!... Cmo se llamaba? --Ana de Crdoba y de Vlor. --Ana de Crdoba y de Vlor!... Hija de los renegados!... Cristiana!... --Es verdad que los Vlor cometieron un gran pecado renegando de su fe y sirviendo los reyes de Castilla: es verdad que un moro no debia tener con ellos otra alianza que la del acero, otro trato que el del combate... pero acaso hemos de castigar en los hijos los pecados de los padres? Acaso no hay una ley superior todas las leyes; una ley irresistible, porque est escrita por la mano de Dios en el corazon humano, y la que es forzoso obedecer? Dichoso t, hijo mio, si aun no has oido el terrible precepto de esa ley, de esa ley que se llama... --Amor! exclam profundamente Yaye. --Amor! exclam con profunda intencion Yuzuf... pero no: tu edad se juega con el amor; mas la edad en que yo conoc tu madre, en el esto de la vida, cuando ya se empieza descender por la escala de los aos, cuando tenemos el corazon vaco por la experiencia, rido por la desgracia, ansioso de amor... oh! entonces no se ama al ngel, se ama la mujer, se ama la compaera; se busca un corazon noble y grande que sienta nuestro infortunio, que le acepte, que le alivie, compartindolo: un seno de paz en que reposar la cabeza calenturienta por los cuidados del gobierno: una mano amante que limpie de nuestra frente el sudor del combate; una boca que nos sonria como solo sabe sonreir la esposa que ama, y que ahuyente con su sonrisa, siquiera, sea por un momento los crueles cuidados, la lucha azarosa del presente; los temores del porvenir. Y luego... t no has podido encontrar en las tierras donde has vivido, ni en Madrid, ni en Salamanca, ni en Granada, ni en las Alpujarras, una mujer como tu madre... Ven! Yuzuf se levant, y fue al arco del fondo: su semblante estaba mas plido que de costumbre, su blanca barba temblaba, sus ojos expresaban una tristeza profunda. --Mira! dijo Yaye. Y descorri la cortina. --Isabel! exclam el jven con un grito exhalado del fondo de su alma. Al descorrerse la cortina, una mujer jven y hermosa habia aparecido ante los ojos de Yaye: aquella mujer demostraba la misma edad que Isabel de Crdoba y de Vlor, y era tan semejante ella, como si hubiera sido ella misma. Pero aquella mujer estaba pintada en una tabla. Aquella tabla era todas luces obra del pintor de los Reyes Catlicos, Antonio del Rincon. (Entre parntesis: el nombre de Antonio del Rincon estaria arrinconado en el olvido, sino hubiera retratado tres docenas de veces los serensimos Reyes Catlicos). Yaye en su permanencia entre los cristianos se habia hecho artista, y reconoci primera vista por la manera, cuando la reflexion hubo dominado en l la sorpresa, al autor de aquel retrato: record que Antonio del Rincon habia muerto muchos aos antes de que Isabel de Crdoba y de Vlor llegase la edad que la dama retratada representaba: no podia ser aquella dama Isabel, pero podia ser su madre. Su madre! Este fue el primer pensamiento que brot de la razon de Yaye, y le extremeci. Acaso habia un misterio en el nacimiento de Isabel: acaso amaba con un amor incestuoso su hermana. Cuando llenan la cabeza y conmueven el corazon pensamientos y sensaciones tan profundas, la lengua enmudece, los ojos se asombran, ese organismo que se llama cuerpo humano tiembla. Yaye fijaba una mirada fascinada en el retrato y estaba plido como un cadver. --Esa era tu madre dijo tristemente Juzuf. --Mi madre! contest maquinalmente el jven; mi madre! Pero dominando la reflexion la razon se encerr en una prudente reserva. --Te asombra sin duda, dijo Yuzuf, interpretando mal la confusion de Yaye, ver tu madre con esas ropas castellanas; con ese tocado castellano, con esa cruz de oro pendiente del cuello. Ah hijo mio! ya te he dicho que tu madre era cristiana: yo, moro de raza, enemigo muerte del nombre cristiano, no deb haber sucumbido los amores de una infiel. Pero hay algun hombre que pueda hacerse superior ese precepto de Dios que dice: hallars tu compaera y la amars? Hubo un momento de silencio. Juzuf se volvi al divan y se sent en l. Yaye se sent su lado. Entrambos tenian fija su mirada en el retrato. --Y yo no la busqu, continu Yuzuf; la encontr un dia en esa tabla.... al verla me estremec, tembl: nunca habia temblado: nunca habia conocido el amor y al sentirle no le comprend. Sin saber por qu no podia separar los ojos de esa tabla, que tenia para m voz, aliento, vida. Sin embargo entonces era ya hombre maduro, me acercaba los cuarenta aos. Haca ya diez que por muerte de mi padre habia heredado su espada y su corona. Obedeciendo uno de los consejos que me di mi padre al morir, vivia por mitad en las Alpujarras, como emir de los monfes, en Granada en la crte, como morisco convertido: cuando vivia entre los cristianos llambanme el hidalgo Diego Vargas y nadie sospech jams que yo fuese el rey de aquellos terribles monfes, cuyo nombre solo aterraba los castellanos. Sabanlo sin embargo algunos moriscos principales: uno de ellos era don Juan de Crdoba y de Vlor, que aunque cristiano en la apariencia era moro de corazon y esperaba, si un dia triunfaba un levantamiento de los moriscos, ser elegido rey de Granada. Entre don Juan de Vlor y yo existia una estrecha amistad: don Juan sin embargo conocia mis incontestables derechos al trono de Granada: derechos no solo heredados, sino adquiridos en el combate continuo con el cristiano, mientras ellos, los moriscos, vivian en un ocio y una sumision vergonzosas; don Juan me habl muchas veces de confundir en uno nuestros muchos derechos por medio de un casamiento. --Yo no tengo hijos le contestaba yo, siempre que don Juan me hablaba aquel propsito. --Pero yo tengo una hermana, me dijo al fin un dia don Juan: una hermosa doncella de diez y ocho aos. --Reparad en que yo cuento ya cerca de cuarenta. --Para esta clase de alianzas no se repara en edades, replic; basta con que el hombre ofrezca seguridades de sucesion. --Por ltimo, don Juan, le dije: vuestra hermana es cristiana, no cristiana como vos lo sois, sino de corazon, por creencia y por costumbre: yo no puedo unirme una infiel. Don Juan no me contest esta ltima decision mia; es de advertir que cuando yo le d esta contestacion no conocia su hermana doa Ana: solo tenia noticia de ella y de sus exageradas creencias cristianas por algunos moriscos principales que la conocian: sabia s que era hermosa; pero habia llegado los cuarenta aos sin rendir tributo la hermosura, por que mi corazon estaba lleno de ambicion y de sed de venganza por las desventuras de mi patria. El saber que doa Ana de Crdoba era una doncella hermossima no me habia conmovido. Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasbamos por una estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convid subir casa de un pintor su conocido. Aquel pintor era Antonio del Rincon. Subimos una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero en que repar, entre una multitud de santos, cristos y vrgenes, fue en esa tabla que estaba puesta junto una ventana y herida de lleno por la luz. En el tiempo que estuvimos all, no separ la vista de aquella tabla: un poder misterioso irresistible me arrastraba la mujer que en ella estaba representada. Salimos de all don Juan y yo, y al dia siguiente volv solo la casa del pintor. Aquella noche, mi despecho no habia dormido; ni un solo momento se habia separado de m el recuerdo de la hermosa castellana. Cuando entr en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo sitio. --Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunt Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con l de cosas indiferentes. --Esa dama caballero, me dijo, es doa Ana de Crdoba y de Vlor, y me extraa que no la conozcais por que al veros aqu con su hermano don Juan no pareciais sino grandes amigos. --En efecto lo somos, pero nunca he visto doa Ana. --Es doa Ana muy recatada. --Y decidme, aad rompiendo por todo: tendriais dificultad en venderme ese retrato? --No os le vender, dijo, pero os le cambiar. --Cambiarle, y por qu? --Por vuestro retrato. Maravillme el precio que ponia su venta Antonio del Rincon. --No os extrae esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no hago mas que repetir las palabras del pintor, observ Yuzuf, cuya modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas demostrais treinta aos. --Pues os engaais, amigo mio, le dije; me acerco ya los cuarenta. --Bien podr ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aqu que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato: os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador mi seor el serensimo rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doa Ana de Crdoba para proponeros un trueque. --Acepto con sola una condicion, le contest, por mejor decir con dos condiciones. --Sepamos. --En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se lo entregareis como si fuese el mismo. --Eso por supuesto, contest Rincon. --Ademas, insist, habeis de aceptar el precio de los dos retratos, del suyo y del mio, puesto que son dos trabajos en que os debeis ocupar. --Y estais decidido, me dijo mirndome fijamente, no dejaros retratar sino bajo esas condiciones? --Decidido de todo punto. --Sea lo que vos querais: con esto creo que nuestro trato est concluido. --S por cierto. Y cundo me entregareis el retrato de doa Ana? --Dentro de ocho dias: pero para ello ser preciso que dentro de ocho dias est concluido el vuestro. Hoy preparar la tabla. Venid buscarme maana al amanecer. Volv al dia siguiente despues de una noche de insomnio. Encontr Antonio del Rincon trabajando ya en la copia del retrato de doa Ana. --No temeis, le dije, que venga don Juan y os coja en el fraude? --No por cierto, me contest: don Juan viene muy de tarde en tarde: ademas, cuando llame, antes de que le abran trasladar estas dos tablas lugar seguro. Ahora permitidme que me apodere de vos para trasladaros la tabla: desde este momento me perteneceis. Os tengo como quiero; plido, lo que aumenta vuestra... hermosura, y sencillo aunque rica hidalgamente vestido. En efecto, Rincon se apoder de m, me coloc frente al retrato de doa Ana de pi, puesta una mano en la cadera, y sosteniendo con la otra mi gorra. Rincon empez trabajar: al poco espacio yo no veia nada; no pensaba en nada; solo veia doa Ana que estaba frente m, solo pensaba en ella: no s cuanto tiempo estuve inmvil en aquella posicion, mirando enamorado, loco, doa Ana. Al fin Rincon lanz un grito de triunfo. --Es mi mejor obra, mi grande obra! exclam: jams he pintado una cabeza como sta! Mirad! En efecto, al ver la cabeza que enteramente habia pintado Ricon, me estremec: en aquella cabeza enteramente semejante la mia, estaban pintados al mismo tiempo el deseo, la ansiedad, la duda: mis ojos exhalaban una ardiente mirada de amor: Rincon habia sorprendido la expresion con que yo habia estado contemplando el retrato de doa Ana, y la habia trasladado la tabla. Solo al ver la obra del pintor, examinndome mi mismo, comprend que estaba enamorado. --Es necesario que borreis esa cabeza, le dije. --Borrarla! quereis borrarla! exclam con mpetu ponindose en actitud amenazadora delante de la tabla; quereis arrebatarme mi fama? Esto seria cosa de andar estocadas. Fue necesario ceder ante el entusiasmo de Rincon. Durante ocho dias estuve yendo todas las maanas al amanecer y permanec en casa del pintor durante cuatro horas. Al cabo de los ocho dias mi retrato enteramente concluido, habia desaparecido: en cambio, Rincon, despues de haber envuelto cuidadosamente en paos el retrato de doa Ana y metdole en un cajon, me lo habia entregado. El retrato habia sido trasladado este mismo lugar. Hace mas de veinte y cuatro aos que est ah; hace mas de veinte y cuatro aos que ese tapiz le cubre, que esa lmpara le alumbra. El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos momentos de silencio continu: --Durante muchos dias pas largas horas delante de ese retrato: lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue vencindola: naci en m primero dbil y dominada por un invencible horror al nombre cristiano, la idea de mi casamiento con doa Ana: cuando pensaba en esto, mas que la idea de unirme una cristiana me atormentaba el temor de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. Pero no me habia dicho Antonio del Rincon que aun parecia jven, que aun parecia hermoso? Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvi de espejo: v que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel tersa, mis ojos jvenes: comprendi que un contnuo y rudo ejercicio al aire puro de la montaa, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jven, en la edad en que otros se encontraban en el otoo de su vida. Tenia alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doa Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar un hombre cualquiera: esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada del alma, me decian: yo te amo! Necesit conocer doa Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en que yo fuese su esposo. Me traslad Granada, y uno de mis monfes, mozo despierto y que conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar una de las doncellas de doa Ana: por ella supo l, y por l yo, que doa Ana jams habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado galanteos; que solo salia de su casa para ir misa la colegiata del Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana, piadosa y ardientemente caritativa. Yo, que jams habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no hacerme sospechoso, entr en ella para conocer doa Ana. Coloqume junto al presbiterio el primer dia de misa primera hora: cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon: al fin apareci una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin dudar me dijo: ella es: precedala un paje que llevaba un cojn y seguanla una duea y un rodrigon. Afortunadamente el paje coloc el cojin poca distancia de las gradas del presbiterio, casi junto m. Doa Ana se arrodill: en el primer momento no me vi, luego, como por acaso me viese, palideci, hizo un movimiento de sorpresa, parti de sus ojos una mirada involuntaria, aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato y que parecia decirme: yo te amo, y sbitamente se ruboriz, baj los ojos, y no los volvi alzar hasta que, concluida la misa, se volvi rpidamente como temiendo encontrarme y se encamin la puerta del templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrec agua bendita, la tom maquinalmente y volvi mirarme de una manera involuntaria y rpida. Despues desapareci. No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doa Ana: esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia siguiente estuve la misma hora en la iglesia. Doa Ana lleg y se situ en el mismo sitio. Aquel dia me mir frente frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibi, y me di modestamente las gracias. Asi pasaron quince dias. Al fin me decid darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias preparado y que no me habia atrevido darla; al salir, al mismo tiempo que la daba agua bendita, la d recatadamente el billete. Doa Ana le recibi. En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase sus miradores. Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los miradores se abrieron, pero solo por un momento: sali por ellos una mano, y dej caer un billete la calle. Aquel billete decia nicamente: Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano. Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que, aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario. Al fin pude hablar doa Ana: mi amor, tratndola, se desbord y ya no repar en nada. Un mes despues de mi entrevista con doa Ana, era su esposo. Cuando ya despues de ser su esposo me v solo con ella, doa Ana me asi de la mano y me llev un pequeo retrete. --Mirad, me dijo, y comprended la razon de que yo me ruborizase y me conmoviese al veros por primera vez. Y me seal mi retrato pintado por Antonio del Rincon. --Ese retrato ha estado hasta ahora en los aposentos de mi hermano, pero al ser vos mi esposo, ese retrato ha entrado con vos en mi aposento. --Y cunto tiempo hace que estaba ese retrato en vuestra casa antes de que me conocieses? la pregunt. --Seis meses, me contest; y fuerza es confesroslo... puesto que soy vuestra esposa y que os he jurado amor ante Dios... antes de conoceros, os amaba. Entonces lo comprend todo: comprend que mi matrimonio con su hermana era la ambicion de don Juan de Vlor, que habia comprendido que yo no podria verla sin amarla, y que se habia valido para casarme con ella de Antonio del Rincon. Pero ella mientras vivi no supo ni que su retrato estaba en mi poder, ni que yo era el poderoso emir de los monfes. Tu madre me creia cristiano de buena fe, hijo de moriscos convertidos, y para ella no tenia otro nombre que Diego Vargas. Al ao de nuestro matrimonio naciste t. A los dos aos muri tu madre. --Oh! exclam Yaye profundamente: bien desgraciado fuisteis en vuestros amores, seor. --Si, y doblemente desgraciado, porque tu madre muri asesinada por la Inquisicion. Yaye se alz como impulsado por un poder sobrenatural; cubri su rostro una palidez de muerte, brill en sus ojos una mirada letal, y tom una actitud de amenaza que hubiera impuesto terror al mas valiente. --Qu mi madre ha muerto... asesinada por la Inquisicion! --Era demasiado hermosa: los cristianos son buitres voraces, dijo tristemente Yuzuf. Hubo un momento de terrible silencio. --Los cristianos, continu despues de algun tiempo Yuzuf, no tienen por buenos sino los que profesan su misma religion, y aun asi los cristianos viejos. Ay de sus vencidos! Un cristiano nuevo, un morisco, es para ellos punto menos que un judo: un animal despreciable, un ser odioso, contra el cual se creen autorizados para todo: un morisco no les sirve mas que para esclavo: una morisca... oh! cuando las moriscas son hermosas...! tener por manceba una hermosa morisca es cosa muy deseada! La infeliz que resiste los deseos de uno de esos infames aventureros, quienes Espaa entrega su bandera, infeliz de ella, porque el crmen acompaa esos miserables todas partes. Y luego, ah estn esos frailes sanguinarios que predican la religion cristiana con el dogal en una mano y la tea en la otra. --Pero cmo mat la Inquisicion mi madre? exclam Yaye alentado apenas. --Oh! es un recuerdo horrible! Su confesor, un grave religioso dominico, un vil hipcrita, que sabia aparentar la virtud mas rgida, era inquisidor. La hermosura de tu madre excit los impuros deseos del fraile, y abusando de su ministerio intent corromperla. Tu madre le rechaz con indignacion. La venganza del fraile no se hizo esperar. Un dia la Inquisicion llam las puertas de nuestra casa. Yo estaba ausente en las Alpujarras. Registraron escrupulosamente y encontraron uno de los libros de Lutero que un criado infame, vendido al miserable fraile, habia puesto entre los libros de devocion de tu madre, que fue arrastrada los calabozos de la Inquisicion: cuando yo lo supe vol Granada. Mis monfes forzaron una noche, decididos todo, las puertas de la crcel; llegaron hasta el encierro de tu madre, la sacaron de l y la trajeron las Alpujarras... pero en qu estado? La habian hecho sufrir el tormento, la habian destrozado, y el terror... ese terror frio que causa la Inquisicion, los dolores agudos del tormento, su recuerdo, la habian vuelto loca... vivi dos meses asombrndose de todo... extremecindose por todo... revelando en su delirio el nombre del fraile impuro... al fin muri: muri asesinada por la Inquisicion. Detvose Yuzuf quebrantado por su dolor. Yaye le escuchaba con la faz sombra. --Y que hicsteis del fraile? --Muri despedazado por cuatro potros delante de m en una rambla de las Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del infame criado que fue su cmplice y que muri del mismo modo. Desde entonces me ensangrent en los cristianos, singularmente en los clrigos y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario verterla torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no puedo, como antes, estar hoy aqu, maana all, unas veces coronado entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. Oh Dios mio, Dios mio! aadi Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, t no quieres que Ana quede sin venganza, t no lo quieres porque me has rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengar su madre! la vengar! --Y si no puedo vengarla, seor, trasmitir mis hijos mi venganza! --S, nuestra venganza pasar de generacion en generacion. Dios querr que se cumpla. Dios querr que la sangre de tu madre no quede sin venganza. Qu! permitir Dios que queden impunes los infames que me robaron un arcngel del stimo cielo! Abd-el-Gewar cree que no deb unirme tu madre porque era cristiana. Oh! era imposible verla y no amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo muerte del nombre cristiano, no deb sucumbir los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cmo verla y no amarla? Cmo amarla y no codiciarla? Cmo codiciarla y no ceder su voluntad? Has visto alguna vez, hijo mo, una mujer semejante tu madre? --S, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe. --Que existe? que la has visto? --Ayer la v por la ltima vez... la estoy viendo ahora: la veis vos... porque su imgen, est ah, en esa tabla, con su misma frente pura, plida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lnguida, con su boca de sonrisa melanclica... Es ella... ella misma... Y luego su nombre... mi madre se llamaba doa Ana de Crdoba y de Vlor, y esa mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla, que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre se llama... --Doa Isabel de Crdoba y de Vlor, dijo interrumpiendo Yaye Yuzuf, que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente descripcion que su hijo habia hecho de doa Isabel, comparndola con su madre. --Cmo! la conoceis, seor. --Doa Isabel de Vlor es hija del hermano de tu madre, es tu prima hermana. --Misericordia de Dios! exclam Yaye. --T la amas, hijo mio, aadi Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su nombre, al hablar de ella, tu voz era trmula, estabas conmovido: amndola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te he puesto al paso de esa mujer. --Vos, seor! --Si, yo compr para t la casa inmediata la de don Fernando de Vlor, con quien vive doa Isabel. --Ah padre mio! la fatalidad nos persigue! --Cmo, amas Isabel y ella no te ama! --Ella, seor, muere por m. --Pues si t la amas... si ella te ama... acaso sus hermanos?... --Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son renegados. --Y por qu Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto tu amor... al suyo... y acaso la has despreciado? --Anoche, seor, dijo Yaye confundido por el ronco acento de su padre, he resistido su amor, la he dejado anegada en llanto, sentenciada un destino horrible... porque... Isabel ha preferido perderme y ser infeliz, dejar la religion cristiana; porque yo musulman no podia ser esposo de la cristiana hija de los renegados. --Y por qu, dijo con doble severidad el anciano, has desgarrado entre tus manos su corazon? Por qu la has enamorado si no creias posible tu casamiento con ella? --Isabel me amaba... necesitaba mi amor para vivir. --Y creiste escuchando tu soberbia, exclam Yuzuf con profundo acento, que hacias una obra meritoria diciendo amores una pobre nia, abriendo su corazon la felicidad para decirla despues: no puedo ser tu esposo porque eres cristiana? --Seor! --Tienes un deber sagrado que cumplir; es necesario que devuelvas su dicha Isabel; ella se parece tu madre, tanto en el cuerpo como en el alma: la conozco bien, y sabes t lo que es una mujer de corazon que ama, cuando el hombre de su amor la abandona? Es un alma condenada; una mrtir: t no tienes derecho para martirizar nadie, y mucho menos un ngel. Es necesario, puesto que la amas, que seas feliz con ella, y que ella lo sea contigo. --Acaso sea imposible, seor. --Te ha exigido ella que para ser su esposo reniegues de tu ley? --Ella me ha dicho: seguid vos en vuestra ley, yo seguir en la mia: vos pasais entre los moriscos por cristiano, seguid parecindolo para ser mi esposo. --Y te negaste? --Aborrezco el nombre cristiano. --Yo no aborrezco los cristianos por su religion, sino por sus crueldades con nosotros; por su feroz fanatismo, por su intolerancia como vencedores. El pueblo de Ismael nunca ha sido tan ignorante, tan fantico, tan cruel. Cuando los rabes conquistaron Espaa, cuando la ocuparon enteramente desde Calpe los Pirineos, respetaron la religion, las leyes y las costumbres de los vencidos; les dejaron sus templos, sus sacerdotes, sus jueces y los trataron como hermanos. Y qu sucedi? las dos razas antes enemigas, acabaron por confundirse. Y quin obr este milagro? El amor! Nuestros antepasados tuvieron cristianas por esposas, y los vnculos de la familia hicieron un solo pueblo de vencedores y vencidos. Cuando los Reyes Catlicos entraron en Granada, encontraron una iglesia cristiana; oyeron la voz de una campana que llamaba sus correligionarios la oracion: aquella campana habia estado resonando durante un espacio de mas de siete siglos en los oidos de los musulmanes sin que estos se irritasen: durante mas de siete siglos los obispos de Hiberis pudieron entrar y salir libremente en aquella iglesia, sin que nadie los insultase, sin que un solo musulman profanase el templo, ni interrumpiese el rito. Si nuestros abuelos fueron tolerantes; si trataron los vencidos como hermanos; si se enlazaron con las cristianas, hijas de los solariegos, por qu no hemos de imitarlos nosotros? por qu ha de ser imposible tu union con Isabel de Crdoba y de Vlor? --Porque yo no he oido antes vuestra voz, padre mio, exclam con desesperacion Yaye: porque yo no os he conocido algun tiempo antes. --Has hecho acaso Isabel una de esas graves injurias que no puede perdonar una mujer? Te has envilecido sus ojos? --He rechazado su mano en el momento mismo en que se veia obligada por sus hermanos entrar en un convento enlazarse otro hombre. --Y cuando te hizo esa revelacion Isabel? --Anoche. --Oh! acaso sea tiempo aun! exclam el anciano corriendo las cortinas sobre el retrato. Ven hijo mio; ven. Y sali precipitadamente arrastrando consigo Yaye, cerr, y le llev otra cmara apartada. --Mi secretario Ayub! grit uno de los esclavos que dormitaban en la antecmara. Poco despues entr un anciano con el cual sali Yuzuf por una puerta lateral. En seguida entr por aquella misma puerta un morisco jven, de aspecto brabo, pero hermoso y simptico, que se prostern ante Yaye. --Quien eres? le dijo, este. --Poderoso Emir, contest el jven: vuestro magnnimo padre me envia vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano. --Tienes razon. Y hay aqu ropas? --S seor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados parecer lo que no somos. Venid si os place conmigo, seor. La cmara qued desierta durante media hora: al cabo de ella entr de nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino la castellana. Al mismo tiempo entr por otra puerta en la cmara Yuzuf, que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se leia: A nuestro muy querido sobrino don Diego de Crdoba y de Vlor. --Toma, hijo mio, dijo Yuzuf Yaye dndole el pliego: corre, vuela, llega Granada, busca don Diego de Crdoba, dale estas letras y csate con Isabel, si aun es tiempo. Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel _si aun es tiempo_ era una condicion de vida de muerte para el corazon de su hijo. --Ah padre mio! y si por desgracia... --Ni una palabra mas: ya he dado mis rdenes Abd-el-Gewar que te acompaar con veinte hombres de confianza: caballo, emir de los monfes; caballo. * * * * * A poco, Yaye y Abd-el-Gewar, tambien con trage castellano, acompaados de Harum que parecia un mayordomo de casa rica, y de veinte monfes que no parecia sino que toda su vida habian sido lacayos, ginetes en buenos caballos y armados la ligera, salian de un espeso pinar. La noche estaba ya muy avanzada: el dia se aproximaba, la luna cercana al occidente iluminaba la montaa. Al empezar trepar por un desfiladero les detuvo un quin va? enrgico. A poca distancia soplando la mecha de un arcabuz, se veia un soldado castellano y en el fondo de la rambla, donde como hemos dicho antes, habia sido despeado el alguacil de Mecina de Bombaron, habia muchos hombres. --Quines sois,? dijo un alfrez que habia acudido al quin va? del centinela. --Somos hidalgos castellanos, dijo Abd-el-Gewar que vamos nuestro camino. --Pues mal camino llevais hidalgos, replic el alfrez: con el edicto del emperador que, como sabeis acaba de pregonarse en las Alpujarras, andan revueltos esos malditos monfes, y esta misma noche han medio muerto al alguacil del corregidor de Mecina de Bombaron que se habia atrevido seguirles los pasos disfrazado. --Y no ha muerto el buen alguacil? dijo terciando en la conversacion uno de los monfes disfrazados de castellanos que escoltaban Yaye. Es de advertir que este monf hablaba perfectamente el castellano. --Ha sido un milagro de Dios dijo el alfrez, le han dado tres saetadas, y le han despeado de all arriba. Pero aun tiene vida, segun las muestras, para contarlo. --Malditos monfes! dijo el monf disfrazado y no saber dnde diablos se meten! --Malditos amen, dijo el alfrez. Por lo mismo, aadi dirigindose Abd-el-Gewar, yo os aconsejaria, buen caballero, que dejaseis la jornada para el dia, si es que no os importa mucho, y que, aunque vais bien resguardado, os alojseis en Cdiar, donde hay un buen presidio de soldados. --Os agradezco el aviso, seor alfrez, dijo Abd-el-Gewar, pero ya no puede tardar en amanecer. Adios y que l d salud al herido. --El os guarde hidalgos. El alfrez baj hcia la rambla, y Yaye, Abd-el-Gewar y los suyos siguieron trepando por el desfiladero. --Cerca andan de nosotros, dijo el monf que habia hablado antes; por lo mismo mucho ser que no tengan alguna mala aventura. Apenas habia dicho el monf estas palabras cuando se escucharon lo lejos, en lo profundo de las breas, arcabuzazos repetidos, y algunas balas y saetas perdidas, pasaron sobre sus cabezas. --A la rambla del rio! exclam Abd-el-Gewar revolviendo su caballo; vamos ganar el camino por mas abajo de Cdiar. Al galope y silencio. Muy pronto se perdieron entre las ramblas de los barrancos, y luego no se oyeron mas que los disparos de los arcabuces y las campanas de Cdiar que tocaban rebato. CAPITULO V. Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar Granada nuestros caminantes. Cuando se lleva prisa se camina mucho, y devorado Yaye por la incertidumbre, hacia galopar con ardor su caballo sin cuidarse de si reventaria no. Abd-el-Gewar le seguia como si los aos no hubieran amenguado en nada su virilidad, y seguianle asi mismo Harum y los veinte monfes. Tanto y tanto picaron que las seis de la maana llegaron Lanjaron. Pero los caballos iban cubiertos de espuma, ensangrentados los hijares, rendidos; era preciso renovarlos si se habia de llegar Granada con la misma rapidez que se habia llegado Lanjaron, y para renovarlos era preciso detenerse. Parecer extrao que en una pequea villa se pretendiese renovar veinte y tres caballos; pero dejar de existir la extraeza cuando se sepa, que los caballos con que se contaba estaban ya preparados en unas quebraduras cercanas Lanjaron, por un aviso anterior. Los monfes ocupaban enteramente las Alpujarras y tenian recursos dentro de ellas en todas partes. Abd-el-Gewar fue de opinion que mientras uno de los monfes iba ver si los caballos de refresco estaban preparados, entrasen en un meson la entrada del pueblo y descansasen y tomasen algun alimento. Yaye bien hubiera querido seguir, pero doblegndose la necesidad, se encamin la villa y se entr por el ancho portal de un meson, dando una alegria indecible al mesonero que se prometia una excelente ganancia con la permanencia de tantos huspedes, aunque no fuese mas que por algunas horas en su casa. Acomodronse Yaye y Abd-el-Gewar en un aposento teja vana, en el fondo de un corredor descubierto, Harum el Geniz y los monfes en la cocina, y los cansados caballos en las cuadras, mientras uno de los monfes, salia en demanda de los caballos de refresco. Entre tanto el posadero sirvi una liebre los amos y un guiso de abadejo los monfes. Todos, pesar de ser moros, bebian vino, porque este sacrificio entraba en las necesidades de su disfraz. Solo Yaye no comi ni bebi, y lleno de impaciencia habia salido los corredores esperar la vuelta del monf que habia ido buscar los caballos, mientras Abd-el-Gewar comia lentamente dentro del aposento su guiso de liebre con la mejor buena fe del mundo. El dia estaba despejado, y un sol tibio y brillante iluminaba de lleno los corredores: Yaye se puso pasear lo largo de ellos. Sus anchas espuelas producian un ruido sumamente sonoro, al que se unia el de su espada que, pendiente de un cinturon de dobles tirantes, arrastraba por el pavimento terrizo. Por este ruido su presencia fue notado por el husped, , mejor dicho, por la huspeda de un aposento situado en el comedio del corredor. Decimos huspeda, porque los pocos pasos que di Yaye, se abrieron las maderas de una reja situada junto la puerta de aquel aposento, y apareci en ella una cabeza de mujer. Pero una cabeza caracterstica. Un tipo evidentemente extranjero, pero enrgicamente hermoso. Esta mujer, mejor dicho, esta jven, porque lo mas podria tener veinte aos, era densamente morena, pero con un moreno lmpido, encendido, brillante: sus ojos eran negros, de mirada fija, de gran tamao, y llenos de vida y de energa, pero de una energa casi salvaje: bajo una toquilla blanca se descubrian sus cabellos, abundantsimos, rizados, negros, hasta llegar ese intenso tono del negro que produce reflejos azulados: tenia la nariz un tanto aguilea, la boca de labios gruesos pero bellos, y el semblante ovalado, el cuello esbelto y mrvido, anchos los hombros y alto el seno. Esta mujer miraba con suma fijeza, y con una fijeza que podriamos llamar solemne, Yaye que con la cabeza inclinada sobre el pecho, las manos metidas en los bolsillos de sus gregescos, y profundamente pensativo, seguia pasendose sin reparar en la desconocida, y si alguna vez miraba, no era hcia la parte de adentro, sino hcia la de afuera, al portal del meson. La desconocida no dejaba de mirarle con un inters marcado, en que sin embargo no habia esa expresion de la mujer que mira un hombre que la agrada: pesar de esto concebiase que la desconocida queria ser mirada, y no solo mirada, sino admirada; deseaba en una palabra, todas luces, interesar Yaye, puesto que se ali un tanto los rizados cabellos, se coloc en el centro del pecho una preciosa cruz de oro, que pendia de un hilo de gruesas perlas de su cuello, y apoy lnguidamente la cabeza en su mano derecha, cuyo desnudo y magnfico brazo se apoyaba en el alfeizar de la reja. Sin embargo, abismado en sus pensamientos, Yaye no la vi. Notse una lucha interna en el semblante de la jven, y por tres veces sus mejillas se pusieron excesivamente encendidas, seal clara de que luchaba entre el deseo de hacerse ver por el jven, y la vergenza de provocar su atencion. Al fin con la voz temblorosa, con el semblante encendido y la mirada insegura, dijo media voz: --Caballero! noble caballero! La voz de la jven era sonora, grave, dulce; pero en medio de su dulzura, que tenia mucho de la dulzura y de la languidez del acento andaluz, se notaba por su pronunciacion que era extranjera. Ese no s qu misterioso que hay en el timbre de la voz de algunas mujeres, que acaricia, que halaga, que suplica, que manda un tiempo, hizo extremecer con un movimiento nervioso Yaye, que se volvi. --Me habeis llamado, seora? dijo Yaye, mirando la jven con la fijeza del asombro que causa en nosotros la vista de una mujer poderosamente bella, por mas que estemos enamorados de otra. La extranjera comprendi que habia logrado admirar Yaye, y se sonri de una manera tentadora. Yaye, pesar del recuerdo de Isabel, sinti una dulce sensacion al notar la sonrisa de la desconocida. --S, os he llamado, dijo esta; y como tengo muy poco tiempo para hablaros, quiero que no extraeis mis palabras, que, si Dios quiere, os explicar en otra ocasion. Vais Granada? --A Granada voy. --Cmo os llamais? --Juan de Andrade. --Sereis tan generoso que querais amparar dos mujeres desgraciadas? --Oh! para amparar una mujer, no es necesario ser generoso. --Pues bien: cuando esteis en Granada, procurad conocer al capitan Alvaro de Sedeo. --Y para qu?... --Somos vctimas de la brutalidad de ese hombre, mi madre y yo: mi honor peligra en su poder... prometedme que nos defendereis, caballero, que nos salvareis... hacedlo... y si lo quereis, ser vuestra esclava. --Os prometo hacer por vos cuanto pueda, contest conmovido Yaye. --Y yo os creo, porque en la mirada de vuestros ojos se nota que sois un hombre de corazon y de virtud... --Alvaro de Sedeo habeis dicho? --S. --Capitan de los tercios del rey? --S, capitan de infanteria espaola, de los que fueron Mjico. --Sois mejicana? --Soy hija del rey del desierto, del valiente Calpuc. --Hija de una raza subyugada, esclavizada, infeliz! murmur Yaye. --Para salvarme de ese hombre, necesitareis no solo valor, sino oro. Tomad, y adios. No me olvideis. Y la mejicana dej caer en las manos de Yaye un magnfico ceidor de perlas de inmenso valor, despues de lo cual cerr la ventana. Yaye mir por un momento aquel largo y pesado ceidor que ademas estaba enriquecido en su broche con gruesa pedreria, y le guard despues en su limosnera. --Si Isabel no se ha casado, dijo, ser feliz, y justo es que los que somos felices, no nos olvidemos de los desgraciados: si se ha casado, si no puede ser mia, oh! entonces... necesitar matar alguien, y me vendr bien castigar un infame... el capitan Alvaro de Sedeo...! algun aventurero rapaz... sin corazon...! dos esclavas...! madre hija...! la esposa y la hija de un rey...! infelices...! y luego... luego es necesario devolverla esta joya... debemos procurar no parecernos los aventureros castellanos. Acaso Yaye no se hubiera mostrado tan propicio para proteger un hombre. Por lo que vemos, Yaye estaba muy expuesto engaarse acerca del verdadero mvil de su caridad para con las mujeres. Lo cierto es que, pesar de Isabel, los ojos de la princesa mejicana, tan extraamente encontradas en un meson de las Alpujarras, le habian impresionado. Lo cierto es que, pesar de su indudable y ardiente amor por Isabel, no podia desechar el recuerdo de la encendida mirada de la extranjera. Yaye era un ser digno de lstima. Baj en dos saltos la escalera, atraves el corral, y entr en el zaguan. --Harum! dijo, llamando. --Qu me mandais, seor? dijo Harum, acercndose Yaye sombrero en mano. --Sgueme. Harum sigui Yaye que le llev al corral, y cuando no podian ser vistos de nadie, le dijo: --Ves aquel aposento que tiene junto la puerta una reja? --S seor. --All moran dos mujeres: no conozco mas que una de ellas: es morena, jven, con los ojos negros y los cabellos rizados: ademas con ellas anda un capitan castellano. Qudate en el meson, y sin que nadie pueda reparar en ello, observa esa gente, sguela: ve dnde para, no pierdas ni un solo momento de vista esas damas: si es necesario protegerlas, protgelas. --Hasta matar?... --Hasta matar morir. --Muy bien, seor. --Cuando lleguen Granada, observa en qu casa habitan. --Lo observar. --Y me avisas. --Os avisar. --Toma para lo que le se pueda ocurrir. Y le di algunas monedas de oro que Harum se guard de la manera mas indiferente del mundo. --Vete. Harum se volvi al corro de los monfes. En aquel momento un hombre apareci en la puerta del meson. Este hombre tenia un aspecto extrao: era alto, como de cuarenta aos, de color cetrino, de semblante que debi ser bello algun dia, pero de lneas duramente rgidas: llevaba un ojo cubierto con una venda negra, y el otro ojo miraba con una fijeza, con una audacia que ofendian: en la mejilla izquierda tenia marcada una ancha cicatriz que replegaba su boca, hacindola sesgada: por cima de su valona se veia un cuello moreno y musculoso, medio cubierto por una barba negra; por ltimo, le faltaban el brazo izquierdo y la pierna derecha. El primero estaba representado por una manga de jubon de terciopelo verde, con forros blancos y bordaduras de oro, doblada y sujeta por un extremo un herrete de su coleto de mbar; en vez de la segunda llevaba una pierna de palo: sin embargo de estar tan horriblemente mutilado y estropeado este hombre, vestia un uniforme completo de capitan de infanteria, y aunque al parecer no poda montar caballo, llevaba calzada en la pierna izquierda una bota alta de gamuza, armada con una espuela de plata: apoybase en un largo y fuerte baston, llevaba pendiente del costado una descomunal espada, y se advertia que era fuerte, valiente, diestro, temible, y sobre todo duramente provocador insolente. Este hombre habia salido de un carro tirado por mulas, que se habia detenido la puerta del meson: en la delantera del carro se veia un mayoral alegre y zaino, y asido de la mula delantera un zagal robusto, y caballo junto al carro un soldado viejo y armado la gineta. Este hombre, pues, por la riqueza de su atavio y por su servidumbre parecia rico, por su trage capitan, por su apostura valiente. Yaye observ todo esto con una sola mirada, y se dijo: --Este hombre debe ser el capitan Alvaro de Sedeo. Sin saber por qu, la sola presencia de este hombre provoc su odio, su clera, y un ardiente deseo en su corazn de cerrar con l estocadas. Y no era ciertamente porque le hubiese predispuesto ello la breve conversacion que habia tenido con la extranjera; aunque nadie le hubiese hablado anteriormente de aquel hombre, le hubiera sido igualmente antiptico. Por su parte el capitan nada habia hecho para desvanecer, siquiera fuese con una conducta atenta, la mala impresion que deban necesariamente causar su semblante avieso, su media mirada insolente y su extrao estropeamiento: habia lanzado una ojeada altiva y casi impertinente los monfes, habia pasado con altanera, casi con desprecio y sin saludar, por delante de Yaye, y habia atravesado el corral con mas ligereza que la que parecia permitirle su pata de palo, entrndose por las escaleras; poco despues le vi aparecer Yaye en los corredores, tiempo que Abd-el-Gewar salia de su aposento. Entonces not Yaye una cosa extraa. Abd-el-Gewar se detuvo y se puso plido; el desconocido se detuvo tambien, irgui la cabeza, mir de una manera altiva al anciano, y despues se quit la toquilla, le salud, y pas: Abd-el-Gewar se inclin ligeramente, y se encamino las escaleras, y el desconocido lleg la puerta del aposento donde estaba la extranjera, se puso el baston bajo el brazo derecho, sac una llave, abri la puerta, entr, y cerr. Poco despues Abd-el-Gewar, preocupado y plido aun, estaba en la puerta del corral junto Yaye. --Conoceis ese caballero? le dijo el jven: os habeis conmovido al verle, y l os ha reconocido, y os ha saludado. --Si, si por cierto: es l. --Y quin es l? --Es el seor Alvaro de Sedeo, antiguo y valiente soldado de los tercios del rey... y uno de los mejores servidores de tu padre. --Ah! es monf! --Lo ignoro; es un secreto que tu padre jams me ha revelado. --Pero donde habeis vos conocido ese hombre? --Muchas veces le he visto al lado de tu padre y hablando con l familiarmente en la montaa. --Y sabiendo que ese hombre sirve mi padre, por qu palidecsteis su vista? --Es que ese hombre, no s por qu, desde que le vi, me caus repugnancia, aversion, temor... --Lo mismo me ha sucedido m, cuando hace un momento le he visto por primera vez. --Me parece ese hombre fatal, dijo distraidamente Abd-el-Gewar, pero aqui viene Hamet; sin duda nos esperan ya nuestras cabalgaduras.... es necesario partir. En efecto, un monf jven y gallardo entraba en aquel momento en el meson y se dirigi al lugar donde estaban el jven y el anciano. --Los caballos esperan, dijo descubrindose, en la rambla del ro cerca de Tablate. --Enjaezados como conviene? dijo Yaye. --No ha sido posible, pero se les pondrn los arneses de los que dejemos. --Otra detencion mas! dijo suspirando Yaye, en quien habia vuelto recobrar todo su influjo el recuerdo de Isabel. --Por lo mismo, dijo Abd-el-Gewar, es necesario detenernos aqui lo menos posible: paga al mesonero, Hamet, y que saquen los caballos. Mientras esto se hacia, Yaye, que pesar del recuerdo de Isabel no dejaba de tiempo en tiempo de lanzar una mirada al aposento donde se encontraba la princesa mejicana, vi que aquel aposento se abria y que salian de l primero dos mujeres, cuidadosamente envueltas en largos mantos negros, tras ellas dos criadas y despues el estropeado: atravesaron el corredor, bajaron las escaleras y pasaron junto Yaye y Abd-el-Gewar: delante iba el capitan: salud fria y ceremoniosamente los dos, y cuando pasaron las mujeres, Yaye crey notar que la mas esbelta de las encubiertas le dirigia un leve movimiento de cabeza, y que la otra encubierta, cuyo paso era menos ligero, le miraba travs de su manto con ansiedad. Nada pudo notar el capitan. Cuando llegaron al carro, el zagal apoy una pequea escala contra la delantera y las dos mujeres y las criadas entraron y se ocultaron bajo la cubierta; despues subi el capitan, y antes de desaparecer salud de nuevo, pero de una manera que tenia mucho de insolente, Yaye y Abd-el-Gewar. Despues de esto el carro ech andar buen paso. Apenas se habia separado el carro de la puerta del meson, cuando Harum-el-Geniz se dirigi gentilmente la salida del meson. --Eh! donde vais, Pedroz? le pregunt con imperio Abd-el-Gewar. --El seor me ha ordenado... dijo Harum detenindose y sealando Yaye. --Va un asunto mio, dijo el jven, dejadle ir. Y el monf, en vista de un ademan del jven, sigui su camino. Sigmosle. El carro descendia con lentitud, por el pendiente camino que conduce al puente de Tablate desde Lanjaron. El monf, en vez de seguir ostensiblemente tras el carro, rode por las tapias del pueblo, se perdi entre los olivares y echndose la espada al hombro, y despues de haberse quitado las espuelas, que le embarazaban, empez andar con una rapidez maravillosa. Muy pronto estuvo entre quebraduras y despues de haber flanqueado la montaa por espacio de una hora, se encontr marchando sobre las crestas de los montes cuya falda se extiende el camino de las Alpujarras Granada. El carro del estropeado y el soldado que le escoltaban se veian lo lejos: muy pronto una nube de polvo apareci por un recodo del camino, y un grupo de ginetes adelant la carrera, alcanz el carro, pas adelante y se perdi en otro recodo: eran Yaye, Abd-el-Gewar y los veinte monfes. Harum, que se habia quedado pi para cumplir el encargo de Yaye, y que ciertamente atendidas su robustez, su agilidad y lo pujante de su marcha no necesitaba caballo para llegar desde aquel punto y en poco tiempo Granada, se detuvo, y sacando un silbato de hierro de su bolsillo, le hizo lanzar por tres veces un largo y poderoso silbido. Al poco espacio salieron de las breas cercanas y con poco intervalo de una otra aparicion, tres monfes con su trage caracterstico de montaa y con fuertes ballestas. --Que el seor Altsimo y nico sea con vosotros, dijo Harum. --Allah te guarde wal[7], dijo uno de ellos, qu nos quieres? --Lo que voy deciros os lo dice por mi boca el magnfico emir de las Alpujarras. Los tres monfes hicieron una zal saludo la usanza mora. --Estamos dispuestos obedecer, dijo el que hasta entonces habia hablado. --Veis all lo lejos en el camino un carro? --Le vemos. --Pues bien, es necesario no perder de vista ese carro. --Lleva oro! exclam con la alegra de un bandido que presiente una presa otro de los monfes. --No, repuso Harum, en aquel carro van dos damas cubiertas con mantos, un soldado castellano, tuerto, manco y cojo, y dos criadas. --Ah! --T eres un gamo y un lobo, hijo, dijo Harum dirigindose al que habia hablado primero. Parte cuanto andar puedas, y haz que de uno en otro puesto de la montaa no falten diez de los nuestros, que no pierdan un solo momento de vista ese carro. Si se detiene, si las damas que van en l corren algun peligro, defendedlas. --Muy bien. --Que cuando yo llegue la puerta del Rastro de Granada, que ser esta tarde, sepa si ha llegado no el carro, y si ha llegado, en qu casa han parado el soldado y las dos damas. --Muy bien. --Ea, pues, t, Zeiri, pis la montaa. Vosotros seguidme. Unos y otros se perdieron muy pronto entre las speras cortaduras. * * * * * A las siete de la maana habian salido Yaye, Abd-el-Gewar y los veinte monfes del meson de Lanjaron; las once del dia Yaye y Abd-el-Gewar caballo y solos, atravesaban la plaza larga del Albaicin de Granada. CAPITULO VI. En que se presentan nuevos interesantes personajes. Muy poco despues Yaye y Abd-el-Gewar, llamaban la puerta de su casa y un esclavo les abria. Yaye desmont, y llevando por si mismo su caballo del diestro, mientras el esclavo conducia el de Abd-el-Gewar, atraves el zaguan, la calle principal del jardin y meti el caballo en la caballeriza. Despues sali al jardin y lanz una ansiosa mirada la galera de las habitaciones de Isabel: estaban desiertas, las celosias cerradas, un profundo silencio dominaba en aquella casa. Aquel silencio, que nada tenia de extrao atendido que era el medio dia de uno caloroso de junio, impresion al jven; y es que cuando estamos predispuestos recibir impresiones tristes, estas impresiones emanan para nosotros de todo lo que nos rodea. --Kaib, dijo Yaye volvindose al esclavo berberisco que les habia abierto, no tienes ninguna noticia que darme? El esclavo, que amaba al jven, le mir tristemente. --Ninguna, seor, dijo despues de un momento de silencio. --Durante mi ausencia no has visto doa Isabel de Vlor? --No seor; hace dos dias, al amanecer, en las horas del calor, por la tarde, por la noche, las celosas del mirador han estado cerradas. Ni aun la he oido cantar; ya sabeis que la seora cantaba todas las noches... pues nada, seor, nada. --Con que no la has visto? no ha cantado? Estar enferma acaso. --Puede ser que lo est, pero si lo est no guarda el lecho. --Cmo sabes eso sino la has visto? --Os dir, seor: durante vuestra ausencia de Granada no la he visto; pero cuando ya debiais haber llegado, hace media hora, la he visto salir de su casa. --Ah! y estaba triste! --Muy triste y muy plida, pero muy hermosa: y luego iba tan bien prendida! --Bien prendida...! --Llevaba una falda y un justillo de brocado blanco, un velo de plata y seda, y una corona de flores blancas. Nublronse los ojos de Yaye, zumb un ruido sordo en sus oidos, agolpsele toda su sangre al corazon, se puso mortalmente plido y un vrtigo momentneo, pero violento, pas por su cabeza y cubri su frente de sudor frio. Necesit apoyarse en la pared para no caer. Su poderosa voluntad domin al vrtigo, y volvindose al esclavo exclam roncamente: --Deja los caballos, y ven conmigo. El berberisco obedeci dcil como un perro; Yaye atraves como una exhalacion el jardin, el zaguan y la puerta, que abri con un apresuramiento febril: luego, seguido de Kaib, se aventur largo paso por las estrechas, tortuosas y pendientes callejas del Albaicin. --Quin acompaaba doa Isabel? pregunt Yaye al berberisco. --Su hermano don Fernando, un hidalgo mal carado y como de cuarenta aos, pero muy galanamente vestido, Diego el Geniz, y Pedro de Barredo, tambien vestidos de gala, dos pajes con libreas nuevas, su duea y dos doncellas. --Ah! exclam Yaye que todo lo adivinaba, apresurando mas el paso: y no iba con ella su hermano mayor don Diego? --No seor. --Llevarian literas. --Si seor, dos: en la una entraron doa Isabel y su duea, en la otra las dos doncellas. --Y te vi doa Isabel? --Si seor, y al verme se puso plida, muy plida... y me mir de una manera que sin duda queria decir: cuenta tu seor que me has visto vestida de blanco, con corona de rosas blancas, y plida como una muerta. El berberisco pronunci con una profunda intencion estas palabras. Yaye se extremeci y apret mas el paso hasta casi correr. No se habl una palabra mas entre amo y esclavo. Al fin Yaye se detuvo en la calle del Agua, delante de una casa de noble apariencia, que mostraba un enorme escuson de piedra berroquea encima de su gran puerta de roble escultada. Yaye se lanz aquella puerta y asi su enorme llamador. Pero antes de que pudiese llamar se abri la puerta y apareci un caballero ricamente vestido de negro. Este caballero se sorprendi al ver Yaye, retrocedi un paso y le mir con extraeza y aun con cuidado. En el zaguan de aquella casa, que al abrirse la puerta habia quedado la vista, se veia una dama que se preparaba entrar en una litera cuando se abri la puerta y apareci Yaye. Al verle aquella dama que era notablemente hermosa, se detuvo, se puso densamente plida, ahog un grito y fij una intensa mirada en Yaye. La extraeza del caballero y la palidez y la conmocion de la dama la vista de Yaye, nos obligan que antes de pasar adelante demos conocer estos dos nuevos personajes, y algun otro mas de los que figuran en nuestra historia. Aquella dama y aquel caballero, eran esposos. Ella se llamaba doa Elvira de Cspedes: l don Diego de Crdoba y de Vlor. El casamiento de estos dos seres habia sido una consecuencia de consecuencias. Doa Elvira era una dama cuya juventud parecia extremada: apenas demostraba diez y ocho aos; pero nosotros sabemos por los apuntes que nos hemos visto obligados entresacar de antiguos papeles para escribir esta verdica historia, que doa Elvira en 1546 habia cumplido veinte y tres aos y que se habia casado los diez y siete con don Diego de Crdoba y de Vlor. Sabemos tambien que doa Elvira era hija del licenciado Juan de Cspedes, hidalgo por su casa y pobre por desgracias de sus padres, cuyas desgracias le habian obligado estudiar como sopista en la universidad de Alcal, desde la cual, concluidos sus estudios y mediante la proteccion del cardenal don fray Francisco Jimenez de Cisneros, para el cual era recomendable todo jven de talento, aplicado y honesto en las costumbres, habia pasado ocupar un oficio de alcalde de la Sala de Casa y Crte en la Real Audiencia de Granada. All y por causa de un embrollado proceso conoci el licenciado Juan de Cspedes una viuda hermosa, que se lo pareci, pero pobre, y el resultado de este conocimiento fue, que algunos meses despues el seor Juan de Cspedes, ya hombre maduro, cas con doa Irene de Avendao que hacia mucho tiempo que habia dejado de ser una rapaza. En 1523 doa Elvira de Cspedes y Avendao, fue el fruto de bendicion que di Dios los esposos; fruto tardio de la duea cuarentona doa Irene, que sucumbi un parto demasiado laborioso, dejando por nico consuelo al afligido alcalde de Casa y Crte una hermossima nia. La educacion de una hija no era lo mas propsito para un hombre quien habian hecho duro y abstracto la pobreza y los estudios, cualidades que se habian exacervado con el continuo ejercicio de sentenciar horca y galeras, todo vicho viviente que se le habia venido las manos entre las fojas de un proceso. El licenciado Cspedes que hasta entonces nada habia encontrado grande y difcil mas que la recta aplicacion de la ley, sinti que le habia caido encima una montaa con la muerte de su esposa, que le sentenciaba por entero la crianza de su hija. Pero consider que en cinco aos lo menos no urgia pensar en la educacion decisiva de doa Elvira, y cont muy prudentemente con que en aquellos cinco aos se le ocurriria bien un medio de salir del atolladero. Pero h aqu que apenas la nia habia salido de la lactancia, se encontr el licenciado, con que, sin haberlo pretendido, el emperador y rey don Carlos V, le nombraba oidor de la Real Audiencia de Mjico, que acaba de crearse. La obligacion de justificar el carcter de nuestro personaje, con la apreciacion de su educacion y de su vida ntima, nos pone en el caso de hacer otra digresion relativa al por qu se habia dado al licenciado Cspedes, sin que lo pretendiese, un oficio codiciadsimo, en el rion de aquel tesoro de la corona de Castilla que se llamaba Nueva-Espaa, oficio que l no habia osado aspirar en sus mas insensatos sueos de ambicion. Todo tiene su causa en este mundo: todo consistia en que el licenciado Cspedes despues de haberlo pensado y repensado durante dos aos, habian encontrado que el mejor medio de procurar su hija una educacion conveniente era darla una segunda madre. Una vez ejecutoriada esta providencia en el censorio del alcalde de Casa y Crte, hall que para cumplirla necesitaba de todo punto casarse, para casarse tener novia, para tenerla buscarla. Y la hall, como quien dice, debajo de la mano, en una su vecina, hija de un capitan invlido de los tercios de Italia, pobre pero honrada, sobre honrada jven, y como complemento de conveniencias, exceptuando la pobreza, fresca y robusta. No era hombre el licenciado Cspedes que los cuarenta y cinco aos se anduviese con _telgrafos_ (que hoy se dice) ni con billetes, ni con otras gerzonias, diametralmente opuestas su carcter natural, y sobre todo su carcter judicial: asi es que, despues de haberlo maduramente decidido, se puso un dia su loba mas rica, su mejor golilla y su reluciente espadin de crte, y se present casa de su vecino el valiente capitan de los tercios de Italia Illan de Aponte, al que redondamente pidi su hija por esposa. El capitan no encontr razon para echar la calle aquella fortuna tan inesperada, que tan de rondon y tan formal se metia por las puertas de su casa. Entonces no se contaba para nada con la voluntad de las mujeres, ya se tratase de casarlas, ya de emparedarlas en un convento. El capitan Aponte di palabra formal de soldado honrado al alcalde de Casa y Crte, de que su hija seria su esposa. Dise traslado la parte, esto es: doa Clara, que as se llamaba la pretendida. Esta se sobrecogi, se puso plida y tartamude algunas palabras que su padre atribuy al pudor natural de una doncella de veinte aos. El padre se enga. Lo que causaba el sobrecogimiento de su hija era que estaba enamorada de un mancebo noble, hermoso y rico, y comprometida con graves compromisos, de que pudiera haber dado testimonio cierto postigo situado en cierta calleja. Ello es el caso que el amante supo que se le habia metido entre su amor y su amada, como una cua de hierro, la que servia de mazo la autoridad paterna, todo un alcalde de Casa y Crte. A grandes males grandes remedios: el noble y rico mancebo, se puso su mas rico trage de brocado, su cadena de mas vala y sus mejores preseas, y acompaado de lacayo y escudero, se present en la casa del capitan de Italia y dej oir en ella el aristocrtico y altisonante nombre del marqus de la Guardia. Apresurse recibirle el capitan. El noble marqus le dijo sin rodeos que queria ser esposo de doa Clara. Ira de Dios y quien podria contar la impresion que causaron estas palabras en el honrado veterano! Levantse delante de l como una horrenda fantasma la palabra que habia dado al alcalde de Casa y Crte, porque, al fin, teniendo para su hija un marqus jven y poderoso, era indudablemente una desgracia tenerse que contentar con un golilla, ya casi viejo, casi pobre y mas de un casi feo. El capitan tard quince minutos en contestar; al fin haciendo un esfuerzo y tragando saliva, dijo que tenia empeada su palabra, y que no faltaria su palabra por nada del mundo. El marqus iba preparado esta respuesta y la contest sin detenerse un punto. --Vos no os habreis comprometido casar vuestra hija sino en Espaa. Mir con asombro el capitan al marqus porque no le comprendia. --Quiero decir que si ese hombre quien habeis dado vuestra palabra se viese obligado pasar los mares y llevarse vuestra hija.... --Indudablemente, esa circunstancia me dejara en libertad, dijo el seor Illan. --Pues os juro que quedareis libre... solo os pido. --Qu...? --Que dilateis con cualquier pretexto el casamiento de vuestra hija durante quince dias, solos quince dias, y que guardeis un profundo secreto acerca de nuestra vista. El capitan lo prometi solemnemente: esto era una especie de conspiracion contra el alcalde de Casa y Crte: una traicion, pensando severamente; pero el caso era cubrir las apariencias, y sobre todo se trataba de un golilla, de uno de esos hombres que estan tan acostumbrados y tan prcticos para buscar callejuelas la ley. El alcalde era tratado en su propio terreno y con sus propias armas. El marqus escribi aquel mismo dia un su amigo de la crte, hombre poderoso y muy privado de los privados del emperador; su carta acompaaba un libramiento de buena ley de mil ducados. A los doce dias, sin saber cmo ni por donde, el alcalde de Casa y Crte recibi una provision de oficio de oidor de la Real Audiencia de Mjico. En los primeros momentos de jbilo el licenciado Cspedes se traslad provision en mano casa de su futuro suegro. Pero este con gran asombro suyo le dijo gravemente: --Y pensais aceptar, seor Juan de Cspedes? --Que si pienso aceptar! exclam con extraeza el alcalde: pues decidme: qu haras vos si os nombrasen virey de Mjico de Santiago de Cuba? --Aceptaria con toda mi alma: ya lo creo. --Pues ved ah que con toda mi alma acepto yo. --Pues en ese caso... dijo con una verdadera turbacion el capitan, en ese caso, yo os retiro la palabra que os he dado. La turbacion del capitan consistia en que el buen hidalgo no habia ejecutado nunca dobles papeles y le repugnaba la intriga. --Qu... me retirais vuestra palabra!... es decir, cuando puedo acumular sin ofender Dios ni la justicia grandes riquezas? exclam el alcalde ponindose plido. --No son las riquezas las que me mueven... dijo balbuceando de nuevo el capitan, porque le repugnaba la mentira tanto como la intriga, pero yo habia contado con que no saldrais de Espaa: bien sabeis, puesto que sois jurista, que no podrais obligar vuestra mujer que se embarcase. --Con que es decir?... --Que renunciais ese oficio de oidor, mi hija. Medit algunos segundos el alcalde. --No puedo renunciar, dijo, una fortuna que Dios me envia... si yo fuera solo... pero tengo una hija. --Cmo que teneis una hija? --S seor, una hija de mi difunta esposa... --Sois viudo!... --Ciertamente.... --H aqu otra circunstancia que me dispensa de mi palabra... nada de vuestra viudez ni de vuestra hija me habais dicho. --Pero lo sabe todo el barrio... --Pues ved ah, yo no lo sabia. --Decididamente... --Yo no he dado mi palabra ni un viudo con hijos, ni un oidor de las Indias. --Estais en vuestro derecho, dijo roncamente el alcalde de Casa y Crte, mejor dicho, el oidor de la Real Audiencia de Mjico. Y as, adios, seor capitan Aponte. --Quedamos, pues, recprocamente libres? --De todo punto. Podeis casar vuestra hija con quien mas os convenga. Separronse, pues, de una manera ruda. Ocho dias despues, doa Clara de Aponte era marquesa de la Guardia. El seor Juan de Cspedes comprendi entonces por qu le habian hecho oidor sin solicitarlo. Ocho dias despues de haber sido elevada marquesa doa Clara, el presidente de la chancilleria de Granada llam al seor Juan de Cspedes. --Seor licenciado, le dijo, siento daros una mala noticia. Juan de Cspedes solo contest ponindose plido. --Se me encarga de rden de S. M. Cesrea, que os recoja la provision de oidor de la Real Audiencia de Mjico, que no puede llevarse efecto... porque os la han enviado por una equivocacion. Juan de Cspedes comprendi entonces que habia sido burlado. Esto consistia, no en que el marqus de la Guardia hubiese influido para aquella segunda peripecia, sino en que los mil ducados enviados la crte, habian sido bastantes para que en las secretaras de Estado se hiciese aquella infame farsa, sorprendiendo el nimo del emperador; pero no bastaban, de ningun modo, para comprar un oficio tal como el de oidor en Indias, que entonces era considerado como una mina de oro. Juan de Cspedes enferm de rabia y de dolor porque ya se habia consentido y aun infatuado con su carcter de oidor. La enfermedad concluy pronto, pero concluy en la tumba. Doa Elvira qued enteramente hurfana. El marqus de la Guardia, que era un calavera capaz de jugar una sangrienta pasada al mismo diablo, y que solo se habia casado con doa Clara, porque todos los hombres tienen un cuarto de hora en que se casan, no era por esto infame. Sinti que su burla al pobre alcalde hubiese tenido tan negro desenlace, encontr bajo aquella burla una pobre hurfana, sin mas amparo que la caridad pblica, y reconoci como un deber el protegerla. [imagen: Don Diego de Crdoba y de Vlor.] Sin embargo, su proteccion no fue muy esplndida. Se fu al prroco, y en confesion le entreg por una parte seiscientos cincuenta ducados que debian servir para atender la manutencion, vestido y educacion de doa Elvira en un convento, durante trece aos, esto es, hasta que cumpliese los diez y seis, razon de cincuenta escudos por ao: y por otra mil ducados, que debian servirla de dote, ya eligiese el claustro el matrimonio. La huerfanita fue llevada por el prroco al convento de santa Isabel la Real. Doa Elvira, pues, se habia educado en un convento. Pero no es en un convento donde mejor puede educarse una jven. Mimaron las buenas madres doa Elvira, y doa Elvira se hizo voluntariosa. Enseronla leer y escribir y un poco de latin, con el objeto de hacerla monja. Como educacion de adorno, enseronla cantar monjunamente y hacer dulces y flores. La halagaron, y la hicieron soberbia. La llamaron hermosa, y la llenaron de vanidad. Hablronla mal del mundo para que renunciase l, y doa Elvira ansi conocer una cosa tan mala. A los diez y seis aos, el deseo de respirar otro aire que el contenido en las paredes del convento, fue para doa Elvira una necesidad. Los deseos comprimidos son los mas fuertes, los mas tenaces. Doa Elvira era alta, esbelta, con cabellos semejantes sedosas hebras de oro, frente cndida y pura, ojos celestes como el cielo, y sonrisa aseorada, aunque un tanto altiva y amarga. Era, pues, una dama, en toda la extension de la frase, y mas de esto hermosa maravilla. La habian dejado espejo, y doa Elvira, despues de haber visto en el espejo su hermosura, la habia comparado con el aspecto de las buenas madres, y las habia encontrado plidas, verdinegras, con ojos hundidos, bocas lvidas, feas cuanto puede ser fea una mujer que se ha agostado robada la naturaleza y al amor: aquellas mujeres, alguna de las cuales habia sido una flor, se habian transformado en ortigas: doa Elvira se punzaba dolorosamente su contacto, y acab por aborrecerlas: pero obligada mostrarse con ellas dulce y cariosa, habia contraido otro terrible defecto: se habia hecho hipcrita, falsa, intencionada. La horrorizaba pronunciar unos votos que debian ligarla por toda la vida aquellas mujeres, incrustarla, por decirlo asi, en aquel claustro del que no debia salir ni aun despues de muerta, una vez pronunciados sus votos, y pesar de esto, se mostraba dispuesta ser monja. Pero lo que en verdad estaba predispuesta doa Elvira, era arrostrar cualquier locura, por trascendental que fuese, trueque de escapar de aquel ataud de vivos. Como vemos, las consecuencias de la burla hecha al alcaide de Casa y Crte, Juan de Cspedes, por el marqus de la Guardia, continuaban; porque las consecuencias de una falta, mejor dicho, de un crmen son interminables, incalculables. Aquella burla habia causado la muerte del padre. [imagen: Doa Elvira de Cespedes.] Acaso las consecuencias de aquella burla, que eran la burla misma, debian causar tambien la desgracia de la hija y un infinito nmero de crmenes. Porque un crmen sembrado en el mundo, da generalmente un fruto de ciento por uno. Un dia, una parienta de la abadesa se presento en el locutorio. La abadesa, aficionadsima como todas las monjas lucir las flores del convento, llev consigo al locutorio doa Elvira. Pero la parienta de la abadesa no estaba sola; la acompaaba un jven caballero, que iba informarse de las condiciones bajo las cuales podria habitar algun tiempo en el convento, durante una ausencia de sus hermanos, una hurfana hermana suya. Aquel caballero era don Diego de Crdoba y de Vlor, que la sazon contaba veinte y seis aos. Don Diego de Crdoba y de Vlor, era un morisco convertido, hombre de gran calidad y riqueza; subiendo por el altivo tronco de su rbol genealgico, se llegaba los califas Omniades de Crdoba, los de Damasco, y por ltimo la familia del Profeta, del cual descendia por la madre de aquel hombre extraordinario, conocida entre los musulmanes bajo el nombre de Fatimah, la santa: intil es decir que poseedor legtimo del voluminoso rollo de pergaminos, que tan esclarecida genealoga justificaban, don Diego de Crdoba era orgulloso cuanto puede serlo una criatura humana, y tenia mucho del aspecto dominador y de la palabra breve y desptica que parecia haber recibido como un legado de raza de sus cien regios ascendientes: pero era por cierto gran lstima que tal aprecio de si mismo, tal soberbia, no hubiese reunido don Diego las grandes virtudes que han solido resplandecer, formando la parte luminosa de su carcter, en muchos de los tremendos reyes, de cuyos nombres est llena la historia de la humanidad esclavizada. Don Diego era valiente, pero no con el valor espontneo entusiasta y leal de los hroes: el valor de don Diego, rayando siempre en la ferocidad y siempre conducido por una intencion daina y desleal, era, preciso es decirlo, el valor del bandido. Era esplndido y generoso, pero jams estas prendas produjeron una buena accion: tiraba su dinero con la misma indiferencia con que se arroja lo que nada vale; jugaba y perdia sumas enormes sin alterarse ni entristecerse, y del mismo modo sin afan ni alegra, las ganaba; favorecia todo el que l se acercaba, por mejor decir, todo el que por su vida escandalosa y aventurera y por sus libres costumbres, habia adquirido la funesta nombrada de camorrista, burlador, taur maton; gustbanle perder esa clase de hombres audaces que viven descuidadamente sobre el pas y sobre el presente, sin meterse considerar quienes eran, de donde venian ni donde iban: los lugares de su mas asdua asistencia eran los garitos, las mancebas y las tabernas, en las que se entraba sin pudor alguno la luz del sol, y delante de las gentes, con la frente alta y como desafiando la opinion pblica; en nada invertia con mas placer su dinero que en corromper la virtud de las mujeres, produciendo la vergenza la desesperacion de un padre, de un esposo de un amante; sus mancebas, de las cuales tenia un tiempo un nmero escandaloso, ostentaban un fausto insolente y despues de algun tiempo, abandonadas y corrompidas, iban aumentar con sus vicios la hedionda corriente de cieno que de tal manera inficion las costumbres de Espaa en el siglo XVI. Tal era el primer hombre _del mundo_ que veia ante s doa Elvira de Cspedes, y decimos del mundo por que su confesor, el capellan, el sacristan y el andadero de las monjas, quienes veia todos los dias, eran hombres del claustro, y viejos, feos, sucios, en contraposicion de don Diego de Vlor, que era jven, hermoso, de mirada audaz, gallardo y riqusimamente vestido. Don Diego en efecto tenia, como sabemos, una hermana: doa Isabel, y ademas un hermano menor llamado don Fernando. Su padre, Muley Mahomad-ebn-Omeya, uno de los walies de Granada que mas se distinguieron en su juventud en la conquista, habia pasado al servicio de los Reyes Catlicos, se habia convertido bajo el nombre de don Juan de Crdoba y de Vlor, recibiendo en premio una carta de nobleza y el amayorazgamiento de sus bienes con el ttulo de seor de Vlor, y habia casado, por ltimo, y siendo ya hombre de cierta edad, con una morisca parienta suya llamada Ins de Rojas. Esta le habia dado sucesivamente dos hijos y una hija, poco despues de lo cual muri don Juan, dejando su mayorazgo y su ttulo Don Diego, y la curadura de sus tres hijos su esposa doa Ins. Muri esta aos adelante, y dej la tutela de sus hermanos menores don Diego. Parecia, pues, que este iba legtimamente tratar de la entrada de su hermana doa Isabel en el convento. Pero no pensaba ciertamente en ello; era un pretexto: don Diego habia sabido por el marqus de la Guardia, hombre ya machucho, el mismo de la burla que mat al padre de doa Elvira, su grande amigo, tan disipado como l y tan tremendo calavera, aquella historia de desdichas, la existencia de doa Elvira en el convento de santa Isabel y la fama de su hermosura. Cmo el marqus de la Guardia no habia visitado nunca doa Elvira? La razon era muy sencilla: al procurarla medios de subsistencia, al dotarla, solo habia pensado en reparar de algun modo una falta: habia buscado un eclesistico: le habia entregado como _fidei comiso_ y bajo confesion aquel dinero, y despues se habia ausentado de Granada con su esposa. Durante muchos aos anduvo vagando por Espaa Italia, gastando gentilmente sus rentas, hasta 1539, en que muri su esposa y se volvi Granada viudo y sin hijos, entregndose desde entonces con toda libertad los excesos del otoo del calavera, que es la poca mas azarosa de la vida de esta clase de gentes, y durante la cual hacen mas dao la sociedad, sobre todo cuando son tan ricos y tan audaces como el marqus de la Guardia. Don Diego de Crdoba era una especie de astro entre cierta clase de gentes en Granada y como el marqus de la Guardia por propension y por costumbre se fu buscar aquella clase de gente encontrronse un dia los dos astros girando en una misma rbita. Cuando dos hombres de este jaez se encuentran, sucede irremisiblemente una de estas dos cosas: se chocan duramente y se matan, se unen y se hacen camaradas de libertinage. Esto ultimo aconteci al encontrarse don Diego y el marqus de la Guardia: el segundo casi doblaba la edad al primero; pero por lo dems en cuanto fortuna, conducta y aficiones eran iguales. Durante dos aos fueron en Granada una epidemia social; una de esas pstulas crnicas y malignas que solo se curan yerro fuego. A principios de 1541 y cuando una noche el marqus se preparaba para salir una aventura galante, se encontr en su casa con un humilde aclito que le entreg de parte del cura de la parroquia de san Luis, un papel en que bajo una enorme cruz se leian estas breves y solemnes palabras. Seor marqus de la Guardia: en este momento me hallo prximo rendir el alma al Criador. Hace trece aos me entregsteis, bajo confesion, cierta suma, mediante la cual debia educarse en un convento y dotarse, llegada que fuese los diez y seis aos, una pobre hurfana. He cumplido como debia el encargo de vuecelencia; pero estando prximo morir, habiendo llegado la poca en que doa Elvira entre en el claustro como religiosa vuelva al mundo, un grave deber de conciencia me obliga suplicaros que vengais verme al momento. El dador os guiar. Guarde Dios vuecelencia. De mi lecho de muerte 16 dias del mes de enero, ao de nuestro Seor de 1541.--El licenciado Pero Ponce. Di dos vueltas el marqus la carta, quedse pensativo y no sabemos por qu presentimiento vago, renunci su aventura y se decidi ir la cita que se le pedia nombre de una jven de diez y seis aos que casi podia llamarse su ahijada. Sigui al aclito y muy pronto estuvo frente al lecho del moribundo. --Vos por un capricho, por una locura de jven, le dijo el prroco de san Luis, las pocas palabras que hablaron, caussteis la muerte del padre, no causeis, seor, por impremeditacion la prdida de la hija: doa Elvira no ha nacido para el claustro; si abandonada y desesperada profesa, blasfemar, perder su alma; si sale del convento sin el apoyo de una persona que la ame, que la proteja, se perder porque es hermosa; pero aun es tiempo, velad por ella, salvadla: no est pervertida, tiene un corazon ardiente, impresionable... vos, seor, que aun sois jven, que aun podeis haceros amar, por qu no embelleceis el otoo de vuestra vida con el amor de esa nia hacindola vuestra esposa? --En qu convento vive? dijo profundamente pensativo el marqus. --En el de santa Isabel la Real. --Y decis que es hermosa y digna de un caballero? --Os lo juro, seor, y os digo mas: la amo como una hija y no morir tranquilo sino me jurais que vos, que hoy sois su padre adoptivo, la amparareis. --Esa jven corre por mi cuenta, dijo el marqus pronunciando estas vulgares palabras de tan ambiguo sentido con una entonacion singular. --Quereis que os nombre su tutor en mi testamento? quereis que os d un testimonio de lo que habeis hecho por ella? --No, no, de ningun modo, no quiero que sepa que yo he hecho nada por ella. --Oh! que generoso sois seor! Dios os bendiga. --Dejad la tutela de esa jven la abadesa. --Lo har as. --Y ahora ved si os queda algo que satisfacer en el mundo para que yo lo satisfaga por vos. --Ah! no seor; desgraciadamente qued hurfano y sin pariente alguno muy jven; he vivido consagrado mi ministerio y nada tengo que hacer mas que legar la mitad de mis cortos ahorros los pobres, la otra mitad doa Elvira, doa Elvira que es mi corazon, seor, aadi el buen sacerdote mirando de una manera anhelante al marqus. --Descuidad, descuidad en m, seor licenciado; si Dios ha dispuesto que murais, morid tranquilo: si en m consiste doa Elvira ser feliz. --Oh! gracias, gracias! ahora dejad que os bendiga! El marqus mas por costumbre que por veneracion, dobl una rodilla y el sacerdote bendijo con mano trmula y moribunda aquella cabeza llena de vacios pensamientos, que en aquel mismo punto agitaba algo horrible dentro de s respecto la pobre hurfana, que era tan jven y tan hermosa. * * * * * El marqus de la Guardia, pues, no habia sabido hasta entonces el paradero de la hija de Juan de Cspedes y por lo tanto no habia podido visitarla. Aquella misma noche en uno de los lugares _escntricos_ en que se encontraban todos los dias el marqus de la Guardia y don Diego de Vlor, frente frente y vaso en mano, hablaban con la mayor irreverencia del mundo, del legado que habia dejado el prroco de san Luis al marqus. --Pero formalmente don Gabriel, decia al marqus que as se llamaba, don Diego, estais resuelto hacer _dichosa_ esa muchacha? --Y por qu no? dijo don Gabriel Coloma, que este era el apellido del noble marqus, aun no he cumplido cuarenta aos; paso aun entre los buenos galanes sin que las damas reparen en la diferencia, y, sobre todo, esa aventura tiene para m un encanto misterioso, un no s qu seductor; decididamente, maana voy al convento, pasado maana la saco, al dia siguiente... --Qu la sacais? creeis que ella se prestar huir con vos? --Huir! la sacar con los derechos que me asisten. --Los derechos! indudablemente los teneis: pero nadie los conoce mas que el cura de san Luis, y ha muerto. --Diablo! es verdad! --De modo que para doa Elvira sois un desconocido como otro cualquiera. --Diablo! diablo! --Y como supongo que no os querreis casar con ella... --Por Cristo vivo! hartos sinsabores me di mi difunta, para que yo piense en casarme de nuevo... la har mi querida. --Ah! dijo don Diego; pero se me figura... --Qu? --Que si habeis de contar con doa Elvira para que abandone por vos el convento, empresa acometeis. Picse el orgullo de don Gabriel Coloma, que aun se crea, recordando sus buenos tiempos y fiando demasiado en el xito que le procuraban sus doblones entre las mujeres, un seductor irresistible. --Quereis que hagamos una cosa, don Diego? dijo. --Qu cosa? --Una apuesta. --A propsito de qu?... --Acometamos los dos esta empresa. --Acepto. --Vos no conoceis Doa Elvira mas que lo que la conozco yo. Como yo sabeis que est en el convento de santa Isabel la Real, que es hurfana, que est bajo la tutela de la abadesa. --Muy bien: y qu apostamos? --Vuestro caballo _Infante_, contra mi yegua _Nia_. --Es decir que si os gano, me quedo con vuestra protegida y con vuestra yegua. --Cabalmente. --Determinemos la apuesta. --El que saque del convento legtimamente no doa Elvira, en una palabra, el que sea preferido por ella, gana. --Aceptado. --En cunto tiempo? --En quince dias, dijo don Diego de Vlor. --Sea en quince dias. --Ademas hagamos otra apuesta, dijo don Diego, que era muy previsor. --Cul? --Podr suceder que para sacar doa Elvira del convento sea necesario casarse con ella. --Diablo! --Yo lo preveo todo: una vez empeados, no repararemos en nada, y como es hidalga y hermosa, y entrambos estamos libres... quin sabe?... --Teneis razon. --En el caso que vos ganrais, don Gabriel, ya sea que ella se vaya con vos, ya que os caseis con ella, podeis tener por seguro que yo procurar soplaros la dama la mujer. --Lo mismo procurar yo, don Diego, si la suerte os favorece. --Determinemos aun mas: si solo es querida de uno de los dos, la apuesta ser vuestro coselete de Milan cincelado, contra la magnfica espada de Damasco que he heredado yo de mis abuelos y que tanto os agrada. --Sea. --Pero si doa Elvira fuese esposa de uno de los dos... --Entonces, don Diego, tenemos apostada la vida estocadas. --Me habeis comprendido. Los dos calaveras se estrecharon las manos, apuraron los vasos y no volvieron hablar de aquel asunto. Cuando se separaron, don Diego record que tenia una parienta amiga de la abadesa de santa Isabel la Real; fuse su casa muy temprano, la hora en que la buena seora oia su misa cotidiana, y la expuso la necesidad que tenia de depositar por algun tiempo su hermana doa Isabel en un convento. La anciana parienta se prest y despues de la misa fueron al locutorio. La casualidad favoreci don Diego. Como sabemos, la abadesa llev consigo al locutorio doa Elvira. Vise esta mirada por la primera vez de una manera ardiente; vi tambien por la primera vez de su vida un hombre que era casi tan hermoso como ella, y se enamor. Don Diego, por su parte, se enamor tambien. Aquella misma tarde el andadero del convento tuvo medio de poner en las manos de doa Elvira una carta de don Diego. Aquella carta encerraba las primeras palabras de amor que se habian dirigido por un hombre doa Elvira. Esta, sin embargo, no contest. Al dia siguiente la abadesa llam su celda doa Elvira, y la dijo toda trmula y asustada que el marqus de la Guardia la pedia por esposa. Doa Elvira dijo que no conocia al marqus, y que no pensaba casarse con l. Aquella tarde el andadero di doa Elvira dos cartas: la una era de don Diego de Vlor, la otra del marqus. La jven entreg esta ltima rasgada al andadero para que la devolviese don Gabriel Coloma, y otra cerrada para don Diego de Vlor. Esta ltima decia nicamente: Caballero: el seor marqus de la Guardia, quien no conozco, ha pedido la madre abadesa mi mano. Vos decs que me amais, por qu no haceis lo mismo?--Elvira de Cspedes. Don Diego se habia enamorado perdidamente de doa Elvira, y habia comprendido la primera ojeada que la jven no saldria del convento sino por la puerta del matrimonio. Esta certidumbre di por resultado que dos dias despues la abadesa llamase de nuevo doa Elvira su celda y que la dijese muy tranquila, por qu su primera negativa una demanda de matrimonio la habia hecho creer en la vocacion de la jven al claustro, que don Diego de Crdoba y de Vlor la pretendia por esposa. Doa Elvira, con gran terror y sentimiento de la abadesa, contest ponindose encendida como una guinda: --Decid ese caballero, que le acepto por esposo. * * * * * Ocho dias despues el marqus de la Guardia envi con un escudero suyo don Diego de Vlor su yegua _Nia_, enjaezada con un caparazon de brocado azul, cabezon, cincha y pretal de lo mismo, y freno y estriberas de plata cincelada. A mas de esto, en el caparazon, y dentro de ricas fundas iban dos magnficas pistolas cargadas. --Comprendo: dijo para s don Diego de Vlor al ver las pistolas, y al reparar que iban cargadas: he ganado la primera apuesta casndome con doa Elvira, y estamos empeados en la segunda: veremos quien quien. Por su parte el marqus habia dicho al poner las pistolas en el caparazon: --Le he criado, como quien dice, la novia, se la he dotado, le pago con mi mejor vicho una apuesta perdida... mil doscientos cincuenta ducados por una parte... mil trescientos valor de la yegua, por otra... dos mil los jaeces y las pistolas... cuatro mil seiscientos cincuenta ducados en suma... pues seor, es preciso que yo me cobre de todo esto en su mujer. Como vemos, las consecuencias de la burla hecha por el marqus al difunto padre de doa Elvira, continuaban en una progresion horrible. Una vez casada se revel el verdadero carcter de doa Elvira. Era una mujer altiva y dura, y al poco tiempo de casada, apenas lanzada la influencia del convento, las primeras lecciones recibidas del mundo, se convirti en una de esas personas que todo lo calculan bajo el influjo de la mas descarnada razon; no amaba don Diego: habase casado nicamente con l para salir del convento, que la horrorizaba, pero como jams habia amado no se habia visto obligada hacer ningun sacrificio: ella era extremadamente hermosa y estaba muy pagada de s misma; pero en cambio don Diego era un mancebo hermossimo, que sino interesaba su corazon conmovia sus sentidos; en una palabra, aunque el alma de doa Elvira no acogia don Diego, sus deseos la arrastraban l: los primeros meses, pues, del matrimonio de estos dos seres tan semejantes entre s, que nunca debieron haberse casado, fueron un continuo delirio. Pero no era don Diego hombre quien pudiesen fijar, apartndole de sus viciosas inclinaciones, la virtud, la hermosura y las candentes caricias de una mujer tal como doa Elvira: paso paso don Diego fue volviendo su antigua vida, y como jams se habia recatado del mundo, no se recat de su esposa: la altiva doa Elvira no era mujer que mirase sin un ardiente deseo de venganza la ofensa hecha su hermosura, su orgullo: desapareci enteramente el amor material que le habia inspirado don Diego, y solo pens en vengarse: una herida en el orgullo se paga con otra herida semejante: doa Elvira dej de ser la hasta entonces honesta y malcarada duea, y tuvo sonrisas para adoradores que ya habian desesperado, no solo de obtenerla sino aun de ser mirados sin enojo: entre ellos el marqus de la Guardia se habia dado por vencido y habia dicho don Diego los tres aos despues de su casamiento: --Amigo mio: podeis llamaros feliz: apostamos bulto sin conocerla acerca de doa Elvira, y encontrsteis en ella una nia hermossima de quien os hicsteis amar: me gansteis pues, la primera apuesta: la hermosa jven ha sido y es una mujer fuerte: aunque la dais mala vida, os ama y guarda vuestro honor, pesar de que, sin contar conmigo, que la he pretendido de mil maneras, la han rodeado los galanes mas peligrosos. He perdido mi segunda apuesta y vuestro es mi coselete de Milan. Sin embargo no lo siento; vuestra mujer me ha dado el ejemplo de las mujeres santas en el matrimonio, y yo voy buscar otra semejante, por mejor decir la he encontrado ya: os convido, pues, mi segunda boda dentro de ocho dias. Llevad con vos vuestra mujer. Y el marqus y don Diego se estrecharon las manos y bebieron como el dia en que habian hecho la apuesta. Doa Elvira pesar de su orgullo ofendido y de su determinacion de tomar en el honor de su esposo unas terribles represalias, nada hizo que pudiera ofender la honra de don Diego. Es cierto que durante algunos dias coquete y estuvo comunicativa, risuea y amable con mas de un enamorado; pero de repente, volvi su antigua austeridad, como podriamos decir valindonos de una figura: el sol de sus favores se ocult de nuevo tras una sombra nube. Consistia esto en que doa Elvira comprendiese que las mayores faltas en un marido, los mas crueles tratamientos, las mas profundas heridas en el corazon y en la vanidad, no autorizan la esposa para ser adltera? No por cierto: esto consistia en que doa Elvira era mujer, en que como mujer estaba propensa amar, y en que el hielo que cubria su corazon se habia disuelto bajo el intenso fuego de su amor hcia un hombre. Doa Elvira amaba con toda la violencia de su carcter voluntarioso: pero bajo un profundo disimulo, mejor diremos hipocresa, habia guardado aquel amor que nadie, ni aun el mismo objeto amado habia llegado conocer. Vamos decir nuestros lectores quien era el objeto de aquel amor. Por el mismo tiempo que el desenfreno y el libertinaje de don Diego, habian impulsado doa Elvira una resolucion desesperada, conoci al hombre que debia fijar su destino. Un dia le habia visto en misa en la colegiata de San Salvador: era un jven como de diez y nueve veinte aos, pero ya perfectamente formado, blanco plido, de frente noble y pensadora, y ojos negros y profundamente melanclicos. Se habian encontrado en la pila del agua bendita: luego hizo la casualidad, causadora de tantas desdichas, que se encontraran colocados frente frente en los escaos. Aquel dia puede decirse que doa Elvira no oy misa; el jven por su parte no mostr tampoco mucha devocion, pero no fue doa Elvira la causa: ni una sola vez la habia mirado, pesar de que doa Elvira era una mujer demasiado notable por su hermosura, para que no se reparase en ella. La indiferencia es uno de los medios mas eficaces que pueden emplearse para la conquista de ciertas mujeres: cuando la indiferencia es verdadera, la mujer que de tal modo se contempla impotente acaba por contraer una pasion incalculable por el hombre quien de tal modo es indiferente. Una fea suele resignarse por que comprende la causa de aquella indiferencia: una hermosa infatuada con su hermosura, como lo estaba doa Elvira, acostumbrada ser adorada por todos, la indiferencia del hombre quien ama la vuelve loca. Doa Elvira vi durante tres aos, pero siempre en la estacion del verano, al indiferente jven en la misa de doce de la iglesia del Salvador: siempre habia notado la misma indiferencia en l, y estaba resuelta romper por todo, cuando al abrir su marido la puerta de su casa para asistir al casamiento de su hermana doa Isabel le encontr en el dintel. Porque el hombre de quien tan locamente enamorada estaba doa Elvira, era Yaye ebn-Al-Hhamar. Esto esplica por qu una palidez profunda cubri al verle el rostro de doa Elvira: veamos ahora en que consistia la estraeza y aun el temor que se habia pintado en el rostro de don Diego al ver Yaye. Don Diego sabia, porque no podia menos de saberlo, puesto que por el matrimonio con su tia doa Ana habia emparentado con su familia Yuzuf, que este, emir de los monfes, embreado en las Alpujarras y dueo de la fuerza, tena adquiridos derechos la corona de Granada. Sabia adems, lo que Yuzuf no habia tenido ocasion de decir Yaye, esto es que el casamiento de Yuzuf con doa Ana de Crdoba y de Vlor habia sido una verdadera alianza, una refundicion de derechos. Su padre don Juan de Vlor habia estipulado solemnemente con Yuzuf que si de su casamiento con doa Ana tenia un hijo, este hijo casaria con una hija de los Vlor, viceversa que, si cuando el hijo la hija de Yuzuf y de Ana llegasen la edad de contraer matrimonio, no pudiese este efectuarse por carencia de varon de hembra hija nieta de don Juan, en la familia, el pacto quedara roto, y cada familia de por s, la de los Al-Hhamar y la de los Beni-Omeyas podrian cuestionar su derecho. Ahora bien: don Juan de Vlor, hermano de doa Ana, habia tenido dos hijos y una hija: don Diego, don Fernando y doa Isabel: Yuzuf al-Hhamar habia tenido un hijo: Yaye; don Juan de Vlor y Yuzuf, habian contratado solemnemente el matrimonio de doa Isabel con Yaye, y al morir don Juan habia encargado expresamente en su testamento su hijo primognito don Diego que procurase por cuantos medios estuviesen su alcance, cumplir aquel contrato matrimonial. Don Diego habia quedado al frente de la casa como tutor de sus hermanos: al casarse con doa Elvira, por amor su hermana doa Isabel no quiso que viviese su lado bajo la frula de su esposa. Puso casa parte y dej en el solar paterno doa Isabel al amparo de su hermano don Fernando, aun soltero, y bajo la guarda de una respetable duea. Todos los aos en las largas temporadas que Yuzuf pasaba en Granada, guardando todas las apariencias de un morisco convertido, don Diego comunicaba con l: hablaban como individuos de una misma familia, de las esperanzas de recobrar la perdida libertad, de sus proyectos domsticos y entre ellos del matrimonio concertado entre Yaye y su hermana doa Isabel. Don Diego no conocia su primo: siempre que espresaba Yuzuf el deseo de conocerle, Yuzuf le contestaba: --Cuando yo haya puesto mi corona sobre la frente de mi hijo, y tu hermana haya sido su esposa, le conoceras. Don Diego se veia obligado satisfacer con estas palabras brevsimas del inexorable anciano su curiosidad por conocer su primo. Pero aconteci que un dia Yuzuf compr en el barrio del Zenete de Granada una hermosa casa que lindaba con la en que vivia doa Isabel. Aquella casa fue suntuosamente alhajada y un mes despues fueron vivir ella un anciano y un jven. El anciano era Abd-el-Gewar, y don Diego le conocia como uno de los servidores mas allegados del emir; el jven era Yaye, pero don Diego no le conocia. La circunstancia de ser Abd-el-Gewar ayo de Yaye, la frecuencia con que entraba en la casa Yuzuf y el extremado amor con que trataba al jven, hicieron sospechar don Diego si Yaye era hijo del emir. Pero prudente como se lo aconsejaba la reserva del anciano, guard sus sospechas y solo se redujo observar si aquella mudanza tan cerca de su casa, tendria por objeto el que los dos jvenes se conociesen y se amasen espontneamente antes de saber que estaban destinados desde antes de su nacimiento el uno para el otro. Don Diego observ que Abd-el-Gewar y Yaye solo estaban en Granada durante el verano; pretendi averiguar la causa de estas ausencias peridicas, y supo que el seor Juan de Andrade, cuyos padres no se conocian, y que estaba confiado al cuidado de Abd-el-Gewar, era estudiante en Salamanca: esto desvaneci sus sospechas. Don Diego no podia comprender que Yuzuf destinase su hijo clrigo oidor; pensar en esto era absurdo; pero observ s, que su hermana doa Isabel pasaba los meses del invierno triste v retirada, y que la venida del verano por mejor decir de Yaye, se hacia mas comunicativa y alegre. Don Diego quiso saber si habia amoros entre el estudiante Juan de Andrade y su hermana. Nada consigui. La duea, encubridora de doa Isabel, ignorante de sus amores con Yaye, le afirm que su hermana no amaba nadie, ni pensaba amar: y en cuanto su hermano don Fernando no habia visto rondaduras en la calle ni nada que demostrase que hubiese galan, enamorando doa Isabel. Don Diego se cans al fin de unas pesquisas que nada le habian revelado, y se resign esperar que el emir de los monfes sacase luz su misterioso hijo. Pero entre tanto se cruz un incidente en el proyectado enlace, que vino probar que el hombre propone y Dios dispone. Don Diego vivia en completa comunicacion con Yuzuf, en la continua y sorda conspiracion que sostenian los moriscos contra los cristianos, como todo pueblo vencido contra su vencedor. El hombre que mas confianza inspiraba don Diego para ser portador de sus cartas y mensages Yuzuf, era un morisco llamado Miguel Lopez entre los cristianos, y entre los moriscos Xerif-aben-Abo. Era un morisco de buen linage, pero poco considerado por sus costumbres licenciosas: aprecibase el solo por su valor, y por su ciego odio los cristianos. Tenia otra cualidad recomendable: una reserva sin lmites, y una actividad suma para todos los negocios que tenian relacion con la libertad de su patria. Por estas dos cualidades se servia de l don Diego. Entraba Miguel Lopez libremente tanto en la casa de este como en la de su hermano don Fernando, y habia tenido ocasion de ver una y otra y cien veces doa Isabel. Miguel Lopez se enamor de ella. Pero al enamorarse comprendi que tenia ya cuarenta aos, que era mas que medianamente feo y zafio, y ademas, que el orgulloso don Diego de Vlor, jams consentiria en darle una hermana suya siendo como era pobre, y estando ademas oscurecido y en la humillante condicion de un hombre que sirve por un salario. Miguel Lopez procur dominar su amor: pero su amor pudo mas que l y le domin. Entonces Miguel Lopez pens que un pobre y un criado cuando sirve en ciertos negocios, es un cmplice de su amo, y que un cmplice puede hacerse veces tan temible, que no pueda negrsele nada. Miguel Lopez medit y tram un plan diablico, y cuando estuvo seguro de su xito, se present una maanita, muy de maana, en casa de don Diego. --Tengo que hablaros solas, le dijo. Pens don Diego que se trataba de alguno de los asuntos en que comunmente empleaba Lopez, y se encerr con l. --De qu se trata? dijo don Diego. --Trtase, contest Miguel Lopez, entrando de lleno y bruscamente en el asunto, de que es necesario que me deis por mujer vuestra hermana doa Isabel. Don Diego ofendido gravemente por la extraa insolente proposicion de Miguel Lopez, se sorprendi y adopt para con su hasta entonces confidente, una actitud altiva y despreciadora que nunca habia usado. El noble seor se erguia ante la insolente demanda del siervo, y en aquella altivez habia mucho de amenaza. Miguel Lopez no se desconcert. --Sabia, dijo don Diego, de qu modo habiais de recibir mi peticion: hace mucho tiempo que habia pensado en ello y no os he pedido vuestra hermana hasta estar seguro de que no me la podiais negar. --Me amenazais! contest con acento reconcentrado don Diego. --No os amenazo: os advierto. --Y de qu me advertis? --De que si no me dais vuestra hermana, yo dar al rey vuestra cabeza. Un rayo de luz, pero un rayo de luz sombra, ilumin la inteligencia de don Diego; comprendi que su hasta entonces fiel y dcil instrumento se le rebelaba, y abusando de su confianza le imponia condiciones. Don Diego era hombre de mundo, y se puso la altura de la situacion: ocult la clera que hervia en su corazon bajo un semblante impasible, y dijo friamente Miguel Lopez. --Es decir, que estais resuelto obligarme que... os entregue mi hermana? --Decidido de todo punto. --Y decidme: contais con poder bastante para obligarme? habeis meditado bien las consecuencias de la lucha que me retais? --Todo lo he meditado, y os afirmo que cuento con tanto poder, que estoy seguro no solo de venceros, sino de teneros sujeto. --Veamos vuestros medios. --Mis medios! la ltima carta que me dsteis para el emir de los monfes de las Alpujarras. Don Diego se aterr, y por mas que quiso dominarse, palideci densamente: de tal importancia era la carta que se referia Miguel Lopez; tan graves los secretos que en ella estaban consignados, que bastaban para perderle. Impaciente don Diego, estimulaba en aquella carta al emir para una sublevacion de los moriscos apoyada por los turcos, que decia ser de todo punto necesaria, en atencion que la presion de los espaoles se hacia cada dia mas insoportable. --Creeis, pues, dijo Miguel Lopez notando el terror de don Diego, que esa carta no basta para perderos, para entregaros al verdugo? --En efecto, dijo don Diego recobrando su calma: os habeis armado bien para entrar en batalla conmigo. --Aun os queda un medio, dijo con su inalterable insolencia Miguel Lopez. --Quereis decirme cul? --Ganar tiempo ofrecindome que vuestra hermana ser mi mujer, y huir despues con ella y con vuestra familia las Alpujarras. Asi perderiais una cosa: vuestra hacienda, que el rey os confiscaria, pero ganariais tres saber: primero que vuestra hermana no se casase conmigo, despues la vida, y en fin la honra. --La honra! exclam don Diego no pudiendo contenerse ya y levantndose con mpetu; habeis dicho la honra. --S, la honra he dicho, porque si no casais conmigo vuestra hermana, ella se ir con otro. --Hablad! hablad! explicadme eso... que no comprendo!... --Ya se ve...! son tan calladas las dueas y las doncellas de vuestra hermana! tan descuidado vuestro hermano don Fernando que no han podido apercibirse de lo que yo me he apercibido! --Y de qu os habeis apercibido vos? --Yo... bah! me he apercibido de muchas cosas. En primer lugar, me he apercibido de que vuestra hermana espera todas las tardes asomada las celosas de sus ventanas un gallardo mancebo: que el mancebo, que es su vecino, antes de entrar en la casa la saluda: adems que se ven y se hablan por cierta galera que da los jardines: lo primero lo he visto oculto en una de las casas de la calle del Zenete, lo segundo desde un mirador de otra casa desde donde se descubren los jardines de la casa de vuestro hermano don Fernando, y de la de el tal mancebo. --Y podria ver yo eso mismo? --Cuando querais: pero dejadme que concluya de deciros otras cosas que he descubierto; por ejemplo, el poderoso emir de los monfes Yuzuf-Al-Hhamar viene con mucha frecuencia Granada: cuando viene se le ve acompaado muchas veces de Abd-el-Gewar, y de ese mancebo que se llama el seor Juan de Andrade. No os parece que el emir trata con demasiado amor ese jven para que sabiendo que tiene un hijo quien nadie ha visto ni conoce, se crea que el seor Juan de Andrade es su hijo? Miguel Lopez acababa de avivar las sospechas que acerca del mismo asunto habia tenido don Diego. --Ademas, ya sabeis que yo s, que por el testamento de vuestro padre estais obligado casar vuestra hermana con el hijo del emir de los monfes de las Alpujarras; el emir es un hombre que se ha criado como quien dice entre cristianos, y que entre ellos ha adquirido unas ideas muy extravagantes. El emir ha querido sin duda que los dos jvenes se amen antes de conocer su verdadera posicion. El emir ha conseguido que se amen aproximndolos el uno al otro; pero el emir no sabe otra cosa que yo he descubierto, saber: que el seor Juan de Andrade podia querer vuestra hermana como manceba, pero como esposa nunca... porque os desprecia... os aborrece... os llama los renegados. --Miguel Lopez! exclam don Diego enteramente fuera de s. --No os irriteis y meditad sangre fria: dndome vuestra hermana salvais un tiempo la hacienda, la vida y la honra: es cierto que os exponeis la enemistad del emir, pero el emir es generoso y se contentar con despreciaros. Del otro lado teneis mi venganza, que yo os juro que no os perdonar. --Y no creeis que tenga otro medio de librarme de todas esas afrentosas condiciones? --Uno solo podiais tener si yo no fuera previsor: matarme. Pero el matarme os perderia, porque la carta que os pone mi merced, no est en mi poder, sino en poder de quien, si me sucede una desgracia, la presentar al presidente de la Chancillera. Don Diego comprendi que estaba enteramente cogido. --Os pido veinte y cuatro horas para contestaros, dijo Miguel Lopez. --Tomaos si quereis cuarenta y ocho ciento. No me corre gran prisa. --Quiero ademas ver algo de lo que vos habeis visto. --Ah! quereis ver si vuestra hermana ama al seor Juan de Andrade? En buen hora. Id maana al amanecer mi casa. Entre tanto, que os guarde Dios: os dejo en libertad para que mediteis. Y sali. Por mas que medit don Diego no encontr medio para salir del atolladero en que le habia metido la traicion de Miguel Lopez. Por mas vueltas que le di, solo encontr una solucion: la de casar su hermana con aquel bandolero, y estar en acecho de una venganza terrible. Al dia siguiente al amanecer, don Diego acompaado de Miguel, vi desde una de las celosas de una casa situada espaldas de la de su hermana, Yaye y Isabel que hablaban indudablemente de amor, cada cual en sus respectivas galeras. Esto tenia lugar algunos dias antes de la noche en que se vieron en el jardin Yaye Isabel. Don Diego apremiado por Miguel, le concedi sin condiciones, y con un cuantioso dote la mano de su hermana. Don Diego vendia cobardemente la pobre Isabel. Isabel se vi intimada de una manera dura casarse con Miguel Lopez; entonces en su desesperacion pens en huir con Yaye y le cit y le arroj la llave del postigo del jardin. Don Diego vi el significativo arrojo de la llave desde su acechadero. Aquella noche don Diego y Miguel entraron furtivamente en el jardin de la casa de don Fernando, y ocultos tras un cenador de jazmines presenciaron la breve y desgarradora escena habida entre Yaye Isabel. Don Diego activ las bodas, contando ya con el asentimiento que la desesperacion habia arrancado su hermana. El mismo dia y la misma hora en que iba celebrarse el casamiento, Yaye habia aparecido de repente plido y convulso ante don Diego. H aqu la razon de que, al ver al jven, don Diego se sorprendiese y se aterrase. Volvamos aquella situacion. --Creo no equivocarme dijo Yaye descubrindose cortesmente, con el rostro densamente plido, y con la voz temblorosa por una clera mal contenida, creo no equivocarme creyendo que hablo con don Diego de Crdoba, seor de Vlor. --Asi es, caballero, contest don Diego descubrindose su vez y con un duro acento de extraeza: creo tambien no equivocarme creyendo que vos sois el seor Juan de Andrade. --Necesito de todo punto hablaros, dijo con precipitacion Yaye. --Y no podriamos hablar en otra ocasion? porque ahora, siento decroslo, me esperan para un asunto muy importante: doa Isabel mi hermana se casa, me esperan en la iglesia. --Pues porque vuestra hermana se casa, es cabalmente por lo que me urge hablaros: es necesario que ese casamiento no se haga. --No comprendo caballero, dijo palideciendo con la palidez de la irritacion don Diego de Crdoba, con qu derecho pretendeis ser importuno en esta ocasion. --Leed, dijo Yaye, sacando de un bolsillo de sus gregescos la carta que la noche antes le habia dado su padre. --Permitid que os diga que vuestra tenacidad raya en ofensiva: no tengo tiempo; venid mas tarde. --Leed lo que os escribe mi padre Yuzuf Al-Hhamar: leed: os lo mando yo, yo el emir de los monfes. Y al decir estas palabras, que pronunci con la arrogancia de un rey que amenaza, pero en acento tan bajo que solo pudo ser oido por don Diego, Yaye se cubri como un superior delante de su inferior. Don Diego por inadvertencia por asombro, permaneci descubierto, fij una mirada atnita en Yaye, y qued enmudecido por la sorpresa. Al fin se rehizo, tom la carta, repar en que Yaye se habia cubierto, se cubri, abri el pliego y ley. Apenas hubo leido algunos renglones de aquel escrito, que lo estaba en rabe, se volvi, infinitamente mas plido y convulso uno de sus servidores. --Ayala, le dijo en voz baja, id al momento la colegiata del Salvador, llamad aparte al licenciado Periaez, y decidle que d la bendicion los novios en el momento; que para que no se extrae mi falta invente cualquier pretexto... que no se me espere, en fin. Id, id al momento. El servidor que tenia visos de ser uno de esos hidalgos pobres que no tenian deshonra servir los grandes seores en aquellos tiempos, parti. --Y vos doa Elvira, aadi don Diego, volvindose la dama que hasta entonces habia presenciado con una viva curiosidad aquella escena, volveos vuestros aposentos. Vosotros idos, aadi dirigindose la servidumbre y vos caballero seguidme. --Y no seria mejor que nosotros mismos fusemos? dijo Yaye sin moverse de su sitio. --No, no, seria imprudente: vuestra presencia en la iglesia podria producir un escndalo, y luego... mi mensaje se obedecer. --Ved don Diego que vuestra hermana es mi vida. --Si Dios quiere, tendreis vuestra vida... si por desgracia, si por casualidad fuera imposible... quejaos vos mismo, primo. Ahora venid. Yaye cedi, y sigui don Diego: en su preocupacion no repar que el berberisco Kaib, habia seguido Ayala en el momento que este habia salido de la casa para cumplir el encargo de su seor. CAPITULO VII. En que se relatan extraos importantes sucesos. Doa Elvira salud ceremoniosamente su esposo cuando este la mand que volviese sus aposentos, arroj una ltima mirada Yaye, y acompaada de dos doncellas, subi unas descomunales escaleras, atraves un ancho corredor, abri una mampara de marroqu rojo, atraves una rica antecmara, entr en una magnfica cmara y sentndose en un sillon, dijo sus doncellas: --Dejadme sola. Las doncellas salieron: mientras resonaron sus pasos doa Elvira permaneci inmvil en el sillon donde se habia sentado, y profundamente pensativa; luego cuando el ruido de los pasos de las doncellas se hubieron extinguido en las habitaciones interiores, se levant, atraves la puerta por donde aquellas habian salido y cerr por dentro otra segunda puerta, despues volvi la cmara y se fu en derechura un gigantesco espejo de Venecia, que la reprodujo por entero. Doa Elvira lanz una mirada ansiosa al espejo, ese confidente de la mujer que tanto podria revelar si Dios por un milagro le animase y le diese memoria y voz. Luego atraves en paso leve y furtivo la cmara, abri silenciosamente una puerta y entr en un retrete oscuro. Una vez all se coloc tras el tapiz de una puerta. Desde all se veia una habitacion de hombre; pero bella y ricamente alhajada. En aquella habitacion habia dos hombres que acababan de entrar. Don Diego de Crdoba y de Vlor, y Yaye-ebn-Al-Hhamar. El jven estaba cubierto aun del polvo del camino, pero su trage era muy bello, le caia muy bien y sobre todo ganaba sobre su gallarda y esbelta persona. Estaba cansado, anhelante, dominado por una ansiedad profunda, densamente plido, y con la mirada impregnada de una ardiente melancola. Doa Elvira no le habia visto nunca tan hermoso, y sinti que el corazon se la comprimia, se la desgarraba; nunca habia sufrido tanto. Don Diego estaba visiblemente contrariado. Notbase que sentia respeto y aun temor delante de Yaye, como si se hubiera encontrado delante de un rey quien hubiese tenido que rendir estrecha cuenta de sus acciones. En efecto, considerando que Yaye era rey de los monfes por la abdicacion de su padre, abdicacion que Yuzuf participaba don Diego en la carta que le habia entregado Yaye, don Diego se veia obligado respetarle: el valor indomable y tenaz, los sacrificios por la patria, la conservacion de las tradiciones de su ley, todo daba los monfes un prestigio merecido entre los moriscos y su rey un poder terrible. Por lo tanto y en cierto modo, don Diego ante Yaye era un vasallo y un vasallo culpable. Porque don Diego creia, que al reconocer Yuzuf su hijo, al entregarle su corona, le habria revelado el contrato que exista entre las dos familias, contrato que don Diego habia faltado entregando su hermana otro hombre. Lo que don Diego no podia comprender era cmo Yaye, que dos noches antes habia despreciado la mano de su hermana, se mostraba entonces tan ansioso de ella. De lo que no podia dudar don Diego, era de que Yaye estaba perdidamente enamorado de doa Isabel. Esta certidumbre le aterraba porque prevea fatales consecuencias. Durante algun tiempo, guard silencio. Yaye se habia sentado y estaba cubierto. Don Diego permanecia descubierto y de pi. Doa Elvira que conocia la altivez de su marido no sabia explicarse la causa de aquella posicion humillante que don Diego se resignaba. --Espero, dijo Yaye al fin, que contareis con medios bastantes para impedir ese casamiento, y que no me obligareis tomar en vos una venganza implacable. --Estad seguro, seor, de que sino hubiesen mediado gravsimas razones, yo nunca me hubiera atrevido faltar por mi parte al solemne convenio celebrado por nuestros padres, y mediante el cual vuestro casamiento con mi hermana era una cosa decidida. --Cmo! existia un convenio entre nuestros padres? exclam con violencia Yaye, y vos os habeis atrevido...? La voz de Yaye temblaba, se habia puesto de pi y miraba de una manera amenazadora don Diego. --Escuchadme, seor, y no me condeneis sin oirme. --Antes de conocer mi padre, cuando solo me creia moro, me inspirbais aversion como renegado: ahora que s de quien soy hijo, ahora que el poder de mi padre ha pasado mis manos, encuentro que mas de renegado sois traidor. --Mi traicion es hija de un horrible compromiso, dijo todo desconcertado don Diego: no sabeis hasta que punto he sido engaado por ese infame Miguel Lopez: pero no importa: Ayala habr llegado: de todos modos hasta que yo hubiera ido no se hubiera efectuado el casamiento: yo soy su hermano mayor, su padre en una palabra... --Y la habeis vendido...! la habeis obligado! --Me hall vendido y obligado, seor; ese Miguel Lopez es un morisco renegado, un infame delator... tiene papeles que me comprometen... papeles escritos por m vuestro padre... papeles que no s en poder de quin estan: de otro modo ya hubiramos encontrado medio de deshacernos de ese hombre... quin habia de pensar, que vos, el amante de mi hermana, habiais de presentaros para decirme: dame tu hermana Isabel, porque yo soy el poderoso emir de los monfes? --El, emir... rey...! exclam con orgullo doa Elvira que seguia escuchando tras el tapiz. --Pero el matrimonio de mi hermana con ese hombre no se har: mi hermana ser vuestra, y de este modo, al mismo tiempo que vos y ella sereis felices se conciliaran todos los intereses de entrambas familias: es verdad que vos, rey de la montaa, teneis la fuerza, y hasta cierto punto el derecho; es verdad que las Alpujarras os pagan tributo, que os obedece un ejrcito de valientes monfes; pero tambien es cierto, que yo Aben-Humeya, descendiente del Profeta, nieto de los califas de Crdoba, tengo tambien derechos que reconocen los moriscos de Granada, y los de las alqueras de la Vega: los de Almera y los del marquesado del Zenete cuentan conmigo: al primer levantamiento, al primer grito de guerra, yo seria proclamado rey de Granada; esto se comprende perfectamente: los moriscos desprecian de tal manera la memoria de Muley Abd-Allah, que sus descendientes no pueden tener esperanza de que los moros de Granada los sienten en el trono de su abuelo. Fuera de la descendencia de Muley Abd-Allah, qu otro mas que vos yo podemos ser reyes de Granada? vos, como emir de los monfes, teneis las Alpujarras: yo, como descendiente de los Omeyas, lo dems del reino... una alianza entre nosotros es de todo punto necesaria para evitar una guerra civil, que, si por dicha triunfsemos del cristiano, volveria ponernos destrozados en su poder. Aqu ha habido mucho de fatal: antes de anoche vos mismo desprecisteis la mano de mi hermana. --Yo os creia renegado. --Oh! fatalidad! yo sabia que ambais mi hermana: pero cre que erais un hidalgelo castellano, destinado llevar una golilla un roquete. Culpad al misterio en que os ha envuelto vuestro padre: yo ignoraba que fuseis lo que sois. --Yo mismo lo ignoraba ayer. --Fatalidad! fatalidad! --Mi noble padre quiso que antes de que ciese su corona, supiese conocer los hombres. --En fin, no hablemos mas de eso y vamos lo que importa. El casamiento de mi hermana con Miguel Lopez no se har. Si por desgracia, y como no es de suponer, mi enviado ha llegado tarde... Miguel Lopez morir. --Oh, alentais una duda y permaneceis aqu, entretenindome acaso para ganar tiempo! exclam Yaye encaminndose violentamente la puerta. --Qu quereis hacer, exclam don Diego, que en efecto, temiendo mas la denuncia de Miguel Lopez que la venganza del emir, habia preferido la ltima y entretenia Yaye, qu quereis hacer? dnde vais? --En qu iglesia se casa vuestra hermana? --Oh! un escndalo! --Corred! corred vos mismo! yo os espero! --Ira de Dios! exclam don Diego tomando al fin una resolucion desesperada: por nada me obligareis dar un paso que pondria mi nombre en boca de todo el mundo. --Ah! me habeis engaado! me habeis entretenido, para que entre tanto!... pero... no os salvareis... yo... mis monfes... talaremos vuestros Estados de las Alpujarras... si escapais de mis manos... os entregar al rey de Espaa con cartas semejantes las que os han obligado vender vuestra hermana ese Miguel Lopez... Don Diego exhal un grito: se encontraba enteramente perdido. --Una palabra seor, exclam arrojndose los pis de Yaye: tened compasion de m y protejedme: yo os seguir; ser uno de vuestros mas fieles vasallos... --Tu hermana! --Oh! exclam don Diego, esperad: voy yo mismo: puede que aun sea tiempo... Y se dirigi la puerta de la estancia. En aquel momento apareci en la puerta un paje que dijo: --Seor, vuestra noble hermana y su esposo acaban de llegar. El paje volvi cerrar la puerta. Don Diego arroj un grito de espanto, y se volvi desesperado y anhelante Yaye: este al escuchar las terribles palabras vuestra hermana y su esposo acaban de llegar hizo un movimiento semejante al de quien ha sido herido de muerte: se puso rojo, mas rojo; la mirada de sus ojos se hizo atnita, se contrajo su boca, y cay al suelo como herido por un rayo. Entonces se levant el tapiz, tras el cual escuchaba doa Elvira, y apareci esta plida como una muerta. --Ah! venis tiempo, seora, dijo don Diego que no estaba en estado de reparar en lo extrao de la llegada de su esposa, ni en su palidez, ni en su conmocion: ved si podeis hacer volver en s ese caballero... yo os disculpar con esas gentes. Y parti. Por la primera vez doa Elvira se quedaba sola con Yaye. Pero en que situacion? levantle del suelo, con mas facilidad de la que podia suponerse en una mujer delicada, y era que el amor la daba fuerzas; le coloc en un sillon, le abri el justillo, roci su rostro con agua, y sin considerar si podia no ser vista se arrodill sus pis, asi sus manos, las estrech contra su seno, y exclam alzando al cielo los ojos cubiertos de lgrimas: --Seor! seor! mi salvacion por su vida! Y permaneci de rodillas delante de Yaye. Al cabo de algun tiempo Yaye suspir. Aquel suspiro, fue para el corazon de doa Elvira como un blsamo maravilloso para una herida: con el consuelo recobr la reflexion y se alz. Yaye abri los ojos, pero en sus ojos estaba pintada la expresion de la locura. Empez delirar: su sangre se habia agolpado su cabeza y habia trastornado sus facultades. Afortunadamente habia perdido la memoria de la causa de su accidente, y no pretendia levantarse del sillon. Su locura era una locura tranquila. Se reia pero su risa era horrible. De una manera horrible sufria tambien doa Elvira. Ella hubiera dado su vida por verse amada de aquel modo: unos zelos mortales la devoraban: al mismo tiempo sentia una ansiedad horrible: temia por la vida de Yaye: su delirio era cada vez mas intenso, don Diego no volvia y doa Elvira no se atrevia llamar nadie. Al fin, resonaron pasos: se abri una puerta: era don Diego. --Vive? dijo con afan. --Si, contest doa Elvira, valindose del dominio que tenia sobre s misma para no demostrar mas conmocion que la natural en aquellas circunstancias: vive, pero creo que est en peligro de muerte. Don Diego examin un momento Yaye, luego fu un lugar de la tapicera, oprimi un boton dorado, y se abri una puerta secreta: tras ella se veia una escalera oscura recta y estrecha. --Ayudadme, seora, la dijo volviendo junto su esposa, ayudadme y concluyamos. Entre tanto don Diego habia encendido una buga. --Qu pensais hacer? dijo doa Elvira. --Es necesario conducirle al subterrneo. Doa Elvira no contest, ayud don Diego cargar con Yaye, y con gran trabajo le introdujeron por aquella puerta que don Diego cerr tras s: bajaron las escaleras y atravesando una estrecha mina, llegaron un aposento espacioso y bien amueblado en que habia un lecho. Aquella puerta secreta, aquella mina que se prolongaba mas all de la habitacion donde los dos esposos habian introducido Yaye, y aquella habitacion, eran un lugar seguro de refugio, preparado por don Diego, para el caso en que por un accidente desgraciado, por una traicion de sus parciales invadiese su casa la justicia del rey. Aquello era un escondite: mas adelante veremos que era tambien una comunicacion. Estas minas y estos aposentos son muy comunes en el Albaicin de Granada. Apenas habr una casa de moros que no tenga alguna de estas comunicaciones subterrneas, de las cuales se conocen muchas. Cuando Yaye estuvo colocado en el lecho, don Diego le desci el talabarte, le quit la daga y la espada, y dijo su esposa. --No sabeis cunto nos interesa la salvacion de este jven: pero si muere, lo que est en manos de Dios, nos interesa tambien sobre manera que no se sepa que le ha matado el amor de mi hermana. Si muere no saldr de aqu. Escuchad: yo voy ausentarme. --A ausentaros! exclam, conteniendo mal su alegra doa Elvira. --Si, es preciso; preciso de todo punto: mi ausencia ser lo mas de quince dias: cuidad vos entre tanto al enfermo: pero vos sola. --Yo sola! abandonado...! sin los auxilios de la ciencia...! --No, no he querido decir tanto: antes de marchar avisar nuestro mdico; es un buen morisco, un noble anciano y guardar el secreto: solo he querido deciros que vos, sola vos, sereis la enfermera. --Os amo tanto, esposo y seor, dijo hipcritamente doa Elvira, que no perdonar por vos ningun sacrificio. --Si, si, ya lo se, doa Elvira, y mereceis que yo... os prometo corregirme... dejarme de locuras... pero adios: no olvideis lo que os he encargado. --Id tranquilo, seor, no lo olvidar. Don Diego sali dejando sola su mujer con el hombre quien amaba. Un momento despues, tranquilo y sonriendo entraba en la gran cmara de recibo de su casa. En ella estaban doa Isabel de Vlor, plida, pero con la palidez mas hermosa, su hermano don Fernando de Vlor, los testigos que habian asistido la ceremonia y algunos convidados, entre los cuales se contaba don Gabriel Coloma, marqus de la Guardia. Miguel Lopez, el reciencasado, estaba all tambien: Era un hombre como de cuarenta aos, moreno oscuro, cegijunto, estrecho de frente, sesgado de boca y avieso de mirada: estaba ricamente vestido, pero pesar de la riqueza de su trage se notaba lo villano de sus maneras: estaba sombriamente ceudo y miraba con recelo en torno suyo; don Diego se acerc l sonriendo, pero, pesar de su sonrisa, densamente plido. --Hermano, dijo asindole las manos con cario; tengo que hablaros, y vosotros, seores dispensad; pero la repentina indisposicion de mi esposa, de que antes os he hablado y que me ha impedido asistir la celebracion del casamiento, es mas grave de lo que yo creia y me obliga suspender por el momento la fiesta de bodas. Todos callaron, pero todos se pusieron de pi: habian comprendido que cortesmente se les despedia: uno tras otro, despues de algunas palabras vacas de sentido fueron despidindose. Por ltimo, el marqus de la Guardia se dirigi don Diego. --Diablo! dijo: siento en el alma la indisposicion de doa Elvira, pero de todos modos deseo que ello no sea nada y que pueda acompaarnos al bateo de mi hijo de mi hija cuando nazca... que debe ser segun los doctores, este mes: por lo dems si me necesitais para algun empeo, aadi en voz baja indicando con una rpida intencionada mirada Miguel Lopez, mirada que solo fue vista por don Diego, podeis contar con lo que puedo y con lo que valgo. Ya sabeis que somos antiguos amigos. --Adios, marqus, adios, contest don Diego estrechndole la mano: aprecio vuestra oferta, pero por ahora no os necesito sino para serviros. El marqus despues de un expresivo apreton de manos don Diego, de un galante saludo doa Isabel, que le contest maquinalmente, y de un frio y altivo saludo Miguel Lopez, que casi no le contest, sali de la cmara en la que quedaron solos don Diego, doa Isabel, su hermano don Fernando, que se paseaba pensativo, y Miguel Lopez que miraba alternativamente doa Isabel y don Diego, con la impaciencia de un lobo hambriento. --Me querreis explicar lo que ha pasado esta maana, don Diego? exclam Miguel Lopez volvindose todo hosco su cuado apenas quedaron solos. --Eso significa, que no habiendo yo podido asistir la ceremonia, envi Ayala avisaros que se efectuase sin m. --Y cual ha sido la causa de que no hayais podido asistir? replic con un grosero acento de recelo Miguel Lopez: porque yo no creo en el mal de doa Elvira: creo mas bien en cierto mancebo, con quien segun me han dicho, os encontrsteis la puerta de la casa. --Veo que Ayala os ha dicho mas que lo que yo le habia mandado que os dijese. Pues bien ese mancebo... --Ese mancebo es... Don Diego interrumpi tiempo Miguel Lopez y acercndose l le dijo rpidamente al oido. --Ese mancebo es el emir de los monfes de las Alpujarras. --El emir de los monfes de las Alpujarras! exclam Miguel Lopez, sin cuidarse de recatar su acento. --Una rebelda contra el rey! exclam toda trmula doa Isabel, que lo habia oido. --Veis Miguel, veis lo que es obligar los hombres que digan ciertas cosas delante de las mujeres? --Es que yo creo que se me engaa. --Dejemos palabras duras que no deben sonar entre nosotros: amabais mi hermana, mi hermana es vuestra, y no solo vuestra sino que... --Me ama, si, si en verdad, dijo con amarga irona Miguel Lopez. --Os juro, seor, dijo doa Isabel con voz firme y tranquila, que nadie me ha violentado para que fuese con vos al altar. --Pero habeis ido desesperada; como si hubierais ido vuestros funerales; plida, llorosa. --Perdonad, seor, pero el estado que acabo de tomar... yo os juro que si vuestra felicidad est en mi mano sereis feliz, muy feliz... no es esto amaros, seor... como os puedo amar ahora? maana tal vez... --Quin sabe lo que suceder maana? dijo Miguel Lopez, sin apearse de su dureza, aunque algo mas tranquilo, porque tenia fe en la virtud de doa Isabel. --Por lo mismo que no sabemos lo que suceder maana, dijo don Diego, ser prudente que por ahora no os veleis. --Es decir que solo tengo medias doa Isabel? --Debeis comprender que cuando esto os digo tendr motivos poderosos. Por ejemplo, maana podreis morir. --Oh! no lo quiera Dios! exclam cediendo su natural virtud doa Isabel. Miguel Lopez se dulcific un tanto, interpretando de una manera falsa, por amor propio, la frase de doa Isabel en su favor, frase que tenia muy distinto sentido y que hizo estremecer don Diego y don Fernando. --Nadie tiene la vida segura, dijo, y si eso nos atuviesemos, jams nos casariamos por temor de dejar nuestra esposa viuda. --Pues es muy posible que vos dejeis viuda nuestra hermana, repiti don Diego. --Ah! eso no suceder! exclam levantndose doa Isabel plida y con la mirada fija en su hermano porque le comprendia perfectamente: Dios no querr que eso suceda. --Y pensbais que mi hermana no os amaba? dijo don Diego. --Pero en fin qu peligro amenaza ... mi esposo...? dijo doa Isabel haciendo un esfuerzo para pronunciar por la primera vez aquella palabra. --Si, si, sepamos, dijo con acento duro y receloso, Miguel Lopez; sepamos qu peligro es ese, y si vuestras palabras son una amenaza un aviso. --Siempre torceis las intenciones, Miguel, contest con calma don Diego: ese peligro de muerte prximo, es amenaza como me amenaza m, mi hermano, nuestros parientes, nuestros amigos, todos los moriscos que tienen amor la patria y fe en el Dios Altsimo y nico. En una palabra, Miguel: el edicto de don Carlos, promulgado antes de ayer y un mismo tiempo, por decreto del emperador, en Granada y en las Alpujarras, ha indignado al emir de los monfes, que ha venido en persona mandarme que en el momento marchemos los mas que podamos las Alpujarras. --Oh! si, si! vais rebelaros! exclam doa Isabel. --Hermana: dijo severamente don Diego: las mujeres deben callar y obedecer siempre, y mucho mas cuando se trata de ciertos asuntos... asuntos de que yo no hubiera hablado delante de vos no haberme provocado Miguel. --Pero vos no debeis rebelaros, hermano, exclam con severidad doa Isabel: el rey os honra, sois cristiano, lo soy yo... --Lo veis Miguel? repiti don Diego. --Esposa mia, dijo Miguel Lopez, dejad que lo que Dios quiere que haya de suceder suceda y nada temais: si muero, por fortuna aun no me teneis tanto amor que mi muerte os desconsuele. Y el acento de Miguel era amargamente irnico. --Pero es que yo no quiero que murais... --Ven, ven conmigo, hermana, dijo don Diego: perdonad un momento Miguel, voy llevar mi hermana junto mi esposa fin de que podamos hablar libremente. Doa Isabel deseaba hablar solas con su hermano y le sigui. Apenas estuvieron en lugar donde de nadie podian ser oidos, doa Isabel dijo don Diego: --No te basta haber cometido un crmen enlazndome ese hombre contra mi voluntad, sino que por razones que no acierto, quieres cometer otro? hermano! hermano! yo creo que esa rebelion es una mentira: que t tienes otros proyectos. --Mira, dijo don Diego que acababa de entrar en su aposento mostrndola la carta de Yuzuf-Al-Hhamar que le habia entregado Yaye. Doa Isabel la tom y la ley. Su contenido era el siguiente: En el nombre de Dios Altsimo y Unico, dador de la prosperidad y del infortunio: Muley Yuzuf Al-Hhamar, su muy querido sobrino Sidy Aben-Humeya:--Un pacto sagrado existe entre nuestras familias: segun l, tu hermana doa Isabel, debe ser esposa de mi hijo Sidy Yaye. Acabo de renunciar en l mi corona y mi espada: Sidy Yaye, es desde hoy emir de los monfes de las Alpujarras. El matrimonio concertado, debe, pues, efectuarse. Mi hijo me ha dicho, que t, faltando al respeto que debes la voluntad de tu padre, y al temor que mi poder debe inspirarte, has dispuesto de la mano de tu hermana. Mi hijo, el poderoso emir de los monfes, te entregar por s mismo esta carta. Si tu hermana es libre, rompe las obligaciones que con otro hayas contraido, y que doa Isabel sea esposa de mi hijo. Si, por desdicha, doa Isabel fuese de otro, ay de t y ay de l!--Yuzuf-Al-Hhamar. --Ah Dios mio! Dios mio! exclam doa Isabel: con que no se llamaba Juan de Andrade! con que es verdad que es moro, y ademas de moro es monf! Y doa Isabel se cubri el rostro con las manos. Debemos recordar, para que no parezca extrao el dolor de doa Isabel, que la palabra monf significa salteador, bandido. --Pues bien, dijo al fin la jven alzando la frente radiante de dignidad: no hay motivo para que te arrepientas de lo que has hecho, porque por mas que yo le haya amado, por mas que mi despecho le ame, jams, aunque quedase viuda, me casaria con un rey de bandidos: con un hombre que ha rechazado mi mano... que me ha dejado cruelmente abandonada mi destino... no, no, y cien veces no. --Ese hombre est muriendo por t. --Muriendo por m! exclam aterrada doa Isabel. --Ven, aadi don Diego, y abri la puerta secreta, descendi rpidamente las escaleras llevando su hermana asida de la mano, y entr con ella en el aposento donde habia dejado Yaye y su esposa. Doa Elvira, que estaba arrojada sobre el lecho de Yaye que deliraba, se levant al sentir los pasos de don Diego y de doa Isabel. --Y bien, traeis ya al mdico? exclam con impaciencia. --Acaso, acaso seora, contest don Diego adelantando con doa Isabel. --Ah! exclam doa Elvira al ver doa Isabel, al mismo tiempo que esta al ver Yaye postrado en el lecho, con el semblante lvidamente plido y los ojos desencajados y fijos, lanzaba un grito de espanto, emanacion involuntaria de su alma. --Est muriendo por vos, y pensais en la vida de otro hombre, hermana! dijo don Diego. Doa Isabel cay de rodillas, y don Diego, aprovechando aquella ocasion, sali y cerr la puerta dejando las dos mujeres encerradas con Yaye. Poco despues, y al mismo tiempo que entraba un mdico anciano en la habitacion donde estaba Yaye, salian de Granada caballo y la ligera, don Diego de Vlor, su hermano don Fernando y Miguel Lopez, acompaados de algunos lacayos armados la gineta. CAPITULO VIII. El emir se ha perdido! El mdico declar que la enfermedad de Yaye era peligrosa, y que se necesitaba sumo cuidado, gran reposo para el enfermo, y sobre todo la ayuda de Dios. Lo primero que hizo doa Elvira, cuidando de que Yaye tuviese todo el reposo necesario, fue sacar del subterrneo doa Isabel. Esta se encontraba en el estado mas terrible en que podia encontrarse una mujer. Lo que primero la aterraba era el estado de Yaye; despues el crmen que habia comprendido meditaban sus hermanos contra Miguel Lopez, luego, en fin, los zelos. Los zelos, porque habia adivinado en un solo momento que su cuada doa Elvira amaba Yaye. Ella le amaba tambien; habia sacrificado su cuerpo pero no su amor: no podia confesarle ante los hombres, pero podia guardarle en el fondo de su alma, como en un santuario. Doa Elvira se habia abrogado enteramente el cuidado del enfermo: es cierto que doa Isabel no podia estar junto l pero acaso, doa Elvira no era tambien una mujer casada? Acaso no amaba Yaye? Porque doa Isabel con ese delicado instinto de la mujer que ama, habia comprendido primera vista que doa Elvira amaba Yaye. Ella le hubiera asistido con la pureza de un ngel. Y sobre todo lo que mas importaba doa Isabel en aquellos momentos era su vida. Sin embargo ni una palabra dijo doa Elvira. Ni una sola vez la pregunt por el estado del enfermo. Aquella noche el anciano Abd-el-Gewar, lleg la puerta de la casa y llam. Abrironle y pregunt por don Diego. Dijronle que habia salido un corto viaje. Entonces pregunt por un caballero que aquella maana habia entrado en la casa. Contestronle que habian entrado muchos caballeros, y que nada le podian decir. Al dia siguiente Abd-el-Gewar llam de nuevo y pidi hablar con doa Elvira: fue introducido. Doa Elvira contest sus preguntas que nada sabia de tal persona. Abd-el-Gewar escribi inmediatamente al emir. Poderoso seor: tu hijo ha desaparecido el mismo dia del casamiento de doa Isabel de Vlor con Miguel Lopez: no s nada de su paradero, pero le busco de una manera incansable: suceden cosas extraas. Don Diego y don Fernando de Vlor, han salido con Miguel Lopez ayer por la maana y la ligera, sin que se sepa donde han ido. Doa Isabel ha quedado casa de su hermano don Diego. No me atrevo moverme de Granada: espero tus rdenes. Mi esclavo Kaid dice que tu hijo entr ayer casa de don Diego, pero que no sabe si ha salido no, por que estuvo apartado de la casa algun tiempo. Gurdete Allah:--tu vasallo Abd-el-Gewar. A los tres dias recibi el anciano la contestacion siguiente: Noble y virtuoso Abd-el-Gewar: don Diego y don Fernando de Vlor han cometido un crmen contra su cuado Miguel Lopez: los tengo en mi poder y espero saber de ellos el paradero de mi hijo: en cuanto este tengo formado mi plan: te envio diez de mis monfes que mas conocimiento tienen de la ciudad para que indaguen su paradero; este y el asesinato de Xerif-ebn-Abo es obra de ese bandido miserable de ese don Diego de Vlor; Ay de l si muere mi hijo! CAPITULO IX. En que se sabe lo que hicieron con Miguel Lopez don Diego y don Fernando de Vlor. Retrocedamos al momento en que los dos hermanos y Miguel Lopez salieron de Granada. Los tres ginetes, acompaados de cuatro lacayos tomaron buen paso el camino de las Alpujarras: al llegar al Suspiro-del-Moro, don Diego de Crdoba revolvio el caballo y mir la distante ciudad. --Granada! Granada! exclam: hace cincuenta y cinco aos, se detuvo en este sitio el cobarde Boabdil y llor por que te habia perdido: hoy me vuelvo yo para jurarte que si Dios me ayuda y despecho de mis enemigos, t volvers ser la ciudad querida del Profeta, y yo... yo ser tu rey. --Hum! dijo Miguel Lopez, que estaba de muy mal humor; creo, hermano, que os olvidais muy pronto del poder del emir de las Alpujarras. --Ah! el emir de los monfes! y creeis que el emir tenga mas poder que yo? --Si! --En qu os fundais? --En que l manda y vos le obedeceis. Y sino por qu hemos abandonado tan de improviso Granada...? por qu vagan all entre las faldas de la sierra, como cabras sueltas, ciertos hombres, que Dios me confunda sino son gente que tienen mas de una razon para temer las justicias de las villas y los cuadrilleros de la Santa Hermandad? y para qu sino habeis hecho que se adelante uno de vuestros lacayos? [imagen: Seor! Seor! mi salvacion por su vida!] --En cuanto lo primero, Miguel, ya sabeis que hay momentos en que nos vemos obligados doblegarnos: el edicto del emperador ha exasperado los nimos: en Granada ya sabeis que no puede hacerse nada sin que lo noten la Inquisicion y la chancillera, cuyos alguaciles y espias tienen siempre los ojos puestos en nuestras casas, los oidos donde quiera pueda levantarse la voz de un morisco. El golpe vendr de afuera, de las Alpujarras: maana, pasados dos dias... quien sabe si esta misma noche? puede acercarse un ejrcito los muros de Granada, penetrar en ella, sorprendiendo el descuido de los cristianos que nos creen puestos en temor, y arrebatarles la ciudad. Por lo mismo y puesto que el emir (que ahora es el que cuenta con mayor poder) nos ordena que nos presentemos l, nos es forzoso obedecer. Si, como decis, vagan monfes en las prximas quebraduras, esto nos indica que nuestro viaje acaso no ser muy largo, y en cuanto lo de haber mandado un lacayo que se adelantase, ya sabeis que cuando se quiere tener lecho y comida en una venta de las Alpujarras es necesario prepararlo de antemano. --Si, si, dijo Miguel Lopez que no habia perdido enteramente su desconfianza; ya s que habeis cursado algunos aos en Salamanca, que sois muy letrado y que para todo encontrais una buena salida. Pero os advierto que si pensais hacerme una traicion... --Que decs Miguel? exclam don Fernando de Vlor con acento amenazador, porque, mas jven que su hermano y menos sufrido, no sabia contenerse como l: sabeis, amigo mio, que no parece sino que vos sois nuestro seor y nosotros unos miserables esclavos obligados sufrir vuestras insolencias, y que ya se me va acabando el sufrimiento? --Pues aunque se os acabe de una vez, mi buen hermano, dijo Miguel Lopez, os advierte que voy prevenido, y que no os ser tan fcil dar cuenta de mi para dejar vuestra hermana viuda. --Es decir, exclam don Fernando, desatendiendo una significativa mirada de su hermano, es decir que creeis que os hemos sacado fuera de Granada para asesinaros? --Todo pudiera ser. --Ira de Dios! exclam don Fernando poniendo mano su espada y lanzando su caballo hcia Miguel Lopez, que desnud su vez. Don Diego se interpuso. [imagen: Brill un relmpago, y vi que los que le acometian eran Monfes.] --Estais locos? exclam; mi hermano no ha comprendido todava, Miguel, que sois un hombre intratable, y que el miedo de que hagan con vos, lo que vos seriais capaz de hacer con otro y lo que acaso mereceis, os turba la razon y os hace decir locuras: para qu diablos habamos de haberos casado con nuestra hermana si penssemos en mataros? --Hum! pronunci Miguel Lopez con desconfianza. --Por lo mismo que con vos no se puede hablar sin peligro, aadi don Diego, os advierto que durante la jornada no os dirigiremos ni mi hermano ni yo una sola palabra. Envaina tu espada, Fernando; envaina la vuestra Miguel, y marchad detrs, delante, nuestro lado, como mejor os convenga; espero en Dios que pronto nos conocereis mejor y que nos ahorraremos estas desagradables contestaciones. --Hum! repiti Miguel Lopez; y envainando su espada, ech su caballo por un costado del camino. Don Fernando envain su vez y sigui por el centro del camino al lado y la derecha de su hermano. Y asi, en ese silencio forzado y hostil de personas que se ven obligadas estar juntas y no se encuentran en buena inteligencia, siguieron caminando buen paso. Este silencio no se interrumpa sino de tiempo en tiempo por la voz de alguno de los ginetes que alentaba su caballo, por el cantar de algun romance morisco que entonaba don Fernando, justificando aquel antiguo proverbio que dice que _cuando el espaol canta, rabia no tiene blanca_, cuando, encontrndose nuestros viajeros con alguna recua, les saludaban los traginantes quitndose respetuosamente el sombrero y les decian: --Dios guarde vuesamercedes. A lo que don Diego contestaba con esa benvola altivez de los grandes: --Vaya con Dios la gente honrada! Fuera de estos casos no se pronunciaba una sola palabra. Pero aunque no se hablaba, cada cual iba revolviendo dentro de s una mquina de pensamientos: en particular don Fernando, quien su hermano no habia tenido ocasion de comunicar sus proyectos respecto su cuado mas que por algunas rpidas palabras, ansiaba que una casualidad cualquiera le pusiese en la posibilidad de dar una buena estocada aquel Miguel Lopez tan zafio, tan grosero, tan violento, y que, de una manera tan extraa para don Fernando, porque no conocia los secretos de su hermano, se habia introducido en la familia. Asi silenciosos y mohinos, habiendo invertido todo el dia en la jornada, llegaron cerca de Orgiva una venta situada en el recodo de un camino y flanqueada por altas y peladas rocas. El sol tocaba al horizonte y su dorada y lnguida luz se perdia lo lejos bajo las frondas de un espeso olivar que se veia en el fondo de un pequeo valle, entre una abertura de las breas; al occidente, recortando fuertemente sobre el rojo color del cielo su oscura silueta se veian Orgiva y su castillo: por el opuesto lado la vista se detenia ante un monte cubierto enteramente de naranjos y limoneros. Parecia que la venta se habia buscado exprofeso, oculta, por decirlo asi, en un recodo de un camino pendiente y en un seno de la montaa. Por todas partes se veian breas: oase en ellas el spero graznar de las guilas que anidaban en las cimas, y lo lejos el ruido de la violenta corriente del ro de Orgiva. El lacayo, que habindose adelantado, esperaba la puerta de la venta su seor, se acerc y le tuvo el caballo; al mismo tiempo el ventero, mozo fornido y de mala catadura, adelant sombrero en mano. --Bien venidos sean vuestras seoras mi casa, dijo el ventero; este buen mozo, aadi sealando al lacayo, me ha avisado de antemano y nada falta. Pareci como que se cruzaba una mirada de inteligencia, pero rpida y casi imperceptible, entre don Diego y el ventero. --Decs que nada falta? pregunt don Diego. --Nada de cuanto se me ha pedido, contest con desenfado el ventero: es verdad que ha sido necesario ir buscarlo algo lejos; pero ello es que nada falta, nada. --Y qu quiere decir que nada falta? dijo Miguel Lopez con recelo. Mir fijamente el ventero al que le preguntaba. --No faltan ni buen lecho, dijo, ni buena cena, ni buen aposento: qu mas quiere tener el hidalgo en medio de un camino? --Menos palabras y mas obras, contest siempre con su tono agresivo Miguel Lopez, y puesto que teneis buena cama, y buena cena, dadnos cuanto antes de cenar fin de que cuanto antes podamos dormir. El ventero desapareci hcia el interior y los lacayos desaparecieron con l, sin duda para ayudarle en los preparativos. --Sabeis lo que pienso Miguel? dijo don Fernando. Mir con atencion y descaro Miguel Lopez al jven como dicindole: --Y bien qu pensais? --Pienso, continu don Fernando, que despues de las villanas sospechas que habeis concebido acerca de nosotros, no debemos permitir que durmais en el aposento en que nosotros durmamos. --Eh! tanto me da! --Si insists! --Creo que he hecho muy mal en salir de Granada. --Os afirmais, pues, en vuestras dudas! pues bien: dormireis en aposento aparte... si os place mejor... Orgiva est cerca; en ella teneis, no solo conocidos y amigos, sino parientes: seguid hasta Orgiva, si os place: pero si tal haceis, os rogamos que no digais alma nacida que paramos en esta venta: cuando se anda en empresas arriesgadas toda precaucion es poca. --Me quedo, dijo Miguel quien sin duda daba vergenza llevar el temor hasta el extremo. --Pues si os quedais, tomad aposento aparte. --Le tomar. --Entonces, pues, no hablemos mas, y como creo que la cena nos espera entremos y cenemos. Entraron y en el fondo del zaguan en un cenador que daba un huerto, se sentaron alrededor de una mesa servida, y asistidos por los lacayos y por el ventero, empezaron cenar en silencio. Concluida la cena cada cual se retir su aposento. La venta qued envuelta en el mas profundo silencio. Avanz la noche. A las nimas tocaban las campanas de la iglesia de la cercana villa de Orgiva, cuando el mismo ventero que tan ligeramente hemos descrito, se levant de junto una mesa sobre la cual habia estado dormitando hasta entonces, ocult la lmpara de hierro que le alumbraba, y en paso recatado atraves el zaguan, abri la puerta de la venta, la cerr de nuevo, atraves el camino en direccion opuesta Orgiva, y muy pronto se encontr marchando largo paso entre las quebraduras. Trepaba por uno de esos barrancos que suben por las faldas de las montaas y que al fin se extinguen, se pierden, se borran, acabando en punta, como si fueran un pliegue del terreno; cuando lleg la parte media se detuvo en la oscura grieta de una caverna, y lanz un silbido tan leve como el de una culebra. A aquel silbido contest otro en el interior. --Ah! estais ya ah? dijo el ventero. --Si, si, pardiez, Reduan, dijo una voz spera: y no alcanzamos por qu razon nos has hecho esperar en la cueva, cuando hubiramos estado mucho mejor en la venta. --Cada cual sabe lo que se hace, contest el llamado Reduan. Cuntos sois? --Seis, que creo que bastamos para cualquier empeo de honra. De qu se trata? --De ganar cien doblones, dijo Reduan, quien habian rodeado seis sombras que debian ser la de seis membrudos cuerpos de monfes. --Y qu hay que hacer para ganar esos cien doblones? dijo uno de ellos. --Poca cosa! matar un hombre. --Ah! pues si no es mas que eso...! y donde est ese hombre? --En mi casa. --Ah! es acaso el hombre que acompaaba hoy por el camino don Diego y don Fernando de Vlor? --El mismo. Pero t debes conocer ese hombre, Farix, aadi Reduan dirigindose al que habia hablado. --Si por cierto; es el renegado Miguel Lopez, quien tengo grandes deseos de antecoger delante de mi ballesta. Es un traidor. --Y cmo sabeis vosotros que Miguel Lopez acompaaba don Diego y don Fernando de Vlor? --Esta maana el wali Harum nos orden en nombre del poderoso emir, que observsemos el camino, sin dejar de reparar si iban venian golillas, hidalgos soldados. --Es verdad: se nos aprieta tanto por ese endiablado rey de Espaa, que ser necesario romper por todo y hacer lagos de sangre cristiana para baarnos en ella. Dia llegar en que... pero por ahora pensemos en nuestro negocio: el asunto de que se trata es un asunto particular de don Diego de Crdoba y de Vlor. Ya sabeis que es pariente del emir, y que estamos obligados servirle, sobre todo, cuando tan bien lo paga. --Es muy justo. --Pero importa que nadie sepa que le hemos servido. Ya sabeis que el emir castiga sangre toda muerte que se hace, como no sea en combate por rden expresa. --De modo que don Diego le estorba ese renegado? --Algo debe de haber: lo que yo s es que media tarde lleg un lacayo de don Diego y me di una carta: aquella carta decia en arbigo: Es necesario que, para servicio de Dios y del emir, tengas prevenidos para esta noche algunos de los monfes mas valientes que se encuentren por los alrededores. Os avis. Despues llegaron don Dieg, don Fernando y Miguel Lopez. Cenaron, y luego Miguel Lopez se encerr en un aposento aparte y en otro los dos hermanos. Los lacayos se fueron al pajar: yo entonces sub al aposento de don Diego por la ventana del cuarto, segun me lo habia dicho don Diego, aprovechando un descuido del Lopez, que se muestra muy receloso, y cuando estuve dentro me dijo que os ofreciera cien doblones por matar un hombre y que, si consentiais, os llevase al huerto y que l mismo hablaria con vosotros. Puesto que consents seguidme. Los monfes siguieron en silencio Reduan, descendieron una rambla y travs de algunas quebraduras llegaron las bardas de un huerto, y uno tras otro las saltaron con la agilidad y el silencio del gato monts. Apenas habian desaparecido entre las quebraduras, cuando sali de la cueva otro hombre que, sin duda, habia estado oculto en su fondo entre las tinieblas, por lo que los monfes no habian reparado en l. --Oh! oh! dijo aquella sombra: se trata de un asesinato infame. Pues bien, es necesario impedir ese crmen. * * * * * Y se puso en seguimiento de los monfes, pero larga distancia y recatndose. * * * * * Miguel Lopez, entre tanto, velaba, entregado encontrados pensamientos; parecale por una parte que su recelo era infundado: por otra un secreto instinto le decia que desconfiase, y entre seguridad y desconfianza, lleg hasta las nimas sin acostarse, dando paseos lo largo del aposento y lanzando de tiempo en tiempo una feroz mirada los pedreales (pistolas se llaman ahora), que tenia sobre la mesa. Pero acordse una y cien veces que tenia sujeto don Diego por medio de prendas que podian perderle; que para atentar su vida no hubiera esperado hacerle esposo de su hermana, y sobre todo, que despues del aprieto en que ponia los moriscos el edicto del emperador, nada tenia de extrao que el emir de los monfes hubiese llamado al morisco mas influyente de Granada, y que este morisco, es decir, don Diego, se prestase dcil y aun voluntariamente obedecer las rdenes del emir. Estos pensamientos le tranquilizaron algun tanto: dilatronse las profundas rugas que hasta entonces habian plegado su frente, y su imaginacion tom un rumbo distinto. Acordse de su desposada, de la hermosa doa Isabel, de quien tan brscamente habia sido separado: representse en su imaginacion la alegre fiesta de bodas que indudablemente hubiera tenido lugar aquella misma noche, no haber mediado el urgente mandato del emir de los monfes. Sucesivamente fueron pasando por su imaginacion cien tentadoras imgenes, cien esperanzas defraudadas por el acaso, ese eterno burlador de la dicha humana; suspir ruidosamente, y, no teniendo otra cosa que hacer, se recogi al lecho, y perdido de todo punto su recelo, reconcentr su pensamiento en el recuerdo de doa Isabel, y poco despues dormia y soaba. Pasaron una, dos, tres horas. La luz del belon que habia dejado el ventero, empez debilitarse falta de pbulo; oscil algunos momentos y al fin se apag. Luego solo se oy el poderoso aliento producido por el pecho de toro de Miguel Lopez, que continuaba durmiendo. Si no hubiera dormido tan profundamente, hubiera podido percibir cierto leve murmullo de voces que hablaban juntas, que cesaban, que volvian escucharse, que se acercaban, que se alejaban. Hubiera percibido, al fin, los pasos de una persona que se acercaba recatadamente, que se detenia junto la puerta y escuchaba, retirndose despues: hubiera oido, por ltimo, unos pasos mas fuertes que cesaron delante del aposento; luego ruido de pisadas de caballo y cierto trfago en la parte baja de la venta: pero Miguel Lopez nada de esto oy, y fue necesario que diesen sobre la puerta tres fuertes golpes para que despertase. --Voto mil legiones! exclam; me han quitado el sueo mas hermoso del mundo; como que me figuraba que... Miguel Lopez concluy con un ruidoso suspiro estas frases que habia pronunciado medio dormido, y luego, notando que la luz se habia apagado, se levant de un salto, tom tientas uno de los pedreales que habia puesto sobre la mesa, y dijo con voz ronca y amenazadora: --Quin va? --Quin ha de ir ni venir? dijo detrs de la puerta la voz de don Diego de Vlor: vestios pronto hermano, que suceden grandes cosas. --Ah! sois vos, don Diego? dijo dejando el pedreal sobre la mesa Miguel Lopez; pues bien, creo que puedan suceder grandes cosas y que sea necesaria gran diligencia; pero si quereis que me vista pronto, entrad y dadme luz: la mia se ha apagado. Abri la puerta el morisco, y don Diego entr con una vela de sebo encendida, puesta en una palmatoria de barro cocido. --Qu hora es, hermano? pregunt sooliento Miguel Lopez. Don Diego sac de entre su ropilla un enorme reloj de oro semiesfrico, objeto de gran lujo en aquel tiempo, y dijo consultando la muestra: --Las doce y veinte minutos. --Y podemos fiarnos de ese embeleco? --Como que est fabricado en Bruselas, y es mas seguro que la mquina de la torre de Santa Mara de la Alhambra. --En efecto, muy grave debe de ser el asunto que nos hace madrugar tanto, dijo Miguel Lopez atacndose los gregescos. --Como que tenemos encima al emir. --El emir! --S, el emir con seis mil monfes, que adelanta hcia Granada, la que piensa llegar antes del amanecer. --Diablo! diablo! es decir que hoy mismo tendremos batalla? --Es mas que seguro; por lo mismo importa que nos preparemos cuanto antes: en Cdiar hay un capitan del rey con algunos soldados y un alcalde con treinta cuadrilleros: es necesario sorprender esa gente para que no puedan dar aviso Granada y prevenir nuestros enemigos. Asi, pues, acabaos de ajustar las agujetas del jubon y caballo. --Os ha enviado algun correo el emir? dijo Miguel Lopez acabndose de apretar las hevillas de las espuelas. --S, s por cierto; me ha enviado uno de sus wales. --Y dnde est ese wal? --Ha partido con toda diligencia poner en armas las taifas de monfes de la taha de Lanjaron, donde tambien hay gente del rey. --Pero os habr dejado lo menos un guia. --No, pero me ha avisado el lugar donde podr encontrar al emir. --Y qu lugar es ese? dijo Miguel Lopez saliendo con don Diego de la habitacion. --A un tiro de arcabuz de Orgiva, en el lecho del rio. --Vamos, pues. Por prudencia, segun creia Miguel Lopez, no hablaron ni una palabra mas. Bajaron tranquilamente las escaleras, don Diego pag el gasto al fingido ventero, y l, Miguel Lopez y don Fernando de Vlor, montaron en los caballos que les tenian los criados, y seguidos de estos, tambien caballo, salieron de la venta y tomaron ostensiblemente el camino de Orgiva. La noche era un tanto clara, y lo hubiera sido enteramente merced la luna, no ser por los densos nubarrones que cruzaban el espacio: de cuando en cuando se veia lucir un relmpago en lontananza, all entre las profundas quebraduras, y empezaban escucharse truenos lejanos. --Famosa noche ha elegido el emir para su empresa, dijo Miguel Lopez que caminaba delante, y que al parecer habia perdido hasta la ltima sombra de recelo. --Guardad silencio, hermano, dijo don Diego, que no sabemos quin puede escucharnos, y aguijad vuestro caballo fin de que lleguemos pronto. Hasta que nos encontremos al lado del emir y entre los monfes, nos hallamos en peligro. Y para dar el ejemplo, don Diego aguij su caballo y pas adelante. Los tres ginetes y los lacayos siguieron marchando en silencio. A poca distancia de la poblacion, don Diego revolvi su caballo y empez descender por un oscuro sendero, perdido en la penumbra de un profundo barranco, formado por la abertura de dos montaas; medida que adelantaban se percibia mas distintamente el ronco ruido de la corriente del rio de Orgiva, corriente rapidsima causa del gran desnivel del terreno; el fondo del barranco, por el centro del cual corria, saltando entre las breas, un arroyo, se iluminaba de tiempo en tiempo por la brillante y fugitiva luz de un relmpago. Hallbanse la mitad de la garganta, cuando, de repente, el caballo de don Diego se detuvo, lanz un relincho agudo y resisti la espuela. --Debemos estar cerca del emir, dijo Miguel Lopez; vuestro caballo siente las yeguas. --Callad! callad en nombre de Dios! exclam don Diego; callad y detened vuestros caballos. --Pues qu sucede? dijo Miguel Lopez. El zumbido de un venablo que pas cortando el aire por cima de las cabezas de nuestros personajes, fue la contestacion que obtuvo Miguel Lopez: don Diego, su hermano y los lacayos, se habian lanzado con las espadas desnudas en la direccion que parecia haber traido el venablo. --Ah! Dios de Dios! exclam Miguel Lopez, echando mano sus pedreales; esta es, sin duda, una traicion de esos miserables, un mal encuentro con bandidos: pues bien, es necesario vender cara nuestra vida. Y apendose del caballo, porque el terreno era mas propsito para defenderse pi que cabalgando, llev al animal hasta una brea y se parapet con el. Pero apenas habia tomado posicion, cuando nuevos venablos pasaron silbando, y el caballo cay desplomado, como si le hubieran herido en el corazon en la cabeza. Miguel Lopez no tuvo tiempo mas que para disparar uno de sus pedreales sobre algunos bultos, al parecer de hombres, que adelantaban rpidamente hcia l, saltando por cima de las quebraduras. En aquel momento brill un relmpago y Miguel Lopez vi que los que le acometian eran monfes. Pero tambien vi, antes de que se extinguiese la rpida llamarada del fuego, que uno de aquellos hombres habia saltado sobre su terreno y caido herido por una saeta, cuyo silbido parecia marcar que quien la habia disparado estaba espaldas de Miguel Lopez, y frente los monfes. La suerte de su compaero irrit los monfes, que se lanzaron dando alaridos de rabia sobre Miguel Lopez: este no tuvo tiempo de ver mas; sinti sobre s aquellos hombres, luego la aguda punta de sus puales en el pecho y se desmay. * * * * * Cuando volvi en s se encontr fuertemente vendado y postrado en un lecho en un lugar extrao. El espacio en que se encontraba era un aposento cuadrado, abovedado segun las lneas de la arquitectura rabe, y revestido de una argamasa reluciente, la que el tiempo habia dado un color gris negruzco. En aquel espacio no habia mas muebles que un arcon pintado de negro, una mesa de nogal y dos sitiales. Sobre la mesa habia un belon de cobre, dos de cuyos mecheros encendidos, alumbraban todo lo que hemos descrito: ademas, sobre aquella mesa habia un crucifijo negro, algunos libros en folio, y yerbas, trapos blancos, hilas, vasijas y redomas. Nada mas habia en esta habitacion, ni Miguel Lopez pudo reparar en todo esto, causa del estado de desvanecimiento y de debilidad en que se encontraba. Repar, si, que estaba absolutamente solo, que no se percibia ruido alguno, y que aquella habitacion no tenia otro respiradero que una puerta estrecha, de arco de herradura, en la cual empezaba una escalera que ascendia. Aquel espacio era sin duda un subterrneo. La perplejidad mas natural, el temor mas lgico, asaltaron la imaginacion de Miguel Lopez: causa de la debilidad en que le habian constituido sus heridas, apenas recordaba confusamente lo que le habia acontecido antes de acometerle los monfes: la primera pregunta que se hizo s mismo, fue la de quin le habia herido, y quin le habia llevado all. Pero como no veia persona alguna que aclarase sus dudas, pretendi salir de ellas provocando la llegada de alguno. --Ah de casa! exclam; pero con acento tan dbil que hubiera sido imposible oirle pocos pasos de distancia. El esfuerzo que hizo para hablar le caus un dolor agudo en el pecho. --Ah! murmur. Alma del diablo! pues estoy herido y no como quiera, sino gravemente! herido en el pecho...! y quin ha podido herirme? Hizo un esfuerzo Miguel Lopez para evocar sus recuerdos y como los recuerdos obedecen la voluntad, y la voluntad de Miguel Lopez era poderosa, lentamente fueron eslabonndose sus ideas y al fin record de todo punto lo que le habia acontecido. --Los miserables! exclam: si, si! no hay duda! ellos han sido! Esta maana han pasado en aquella casa cosas extraas: el mancebo que se present don Diego, segun me dijo Ayala... aquel hermoso mancebo que ha sido amante de doa Isabel... y luego el pretexto de don Diego de que nos llamaba el emir... nuestra detencion en una venta sospechosa... y despues los monfes... si, si, ellos han sido... ellos que me han sacado de Granada para asesinarme... pero cmo se ha atrevido don Diego, sabiendo que tengo en mi poder pruebas que pueden perderle...? ademas, quin me ha trado aqu...? ellos no deben de haber sido: hubieran acabado de asesinarme... los monfes? los monfes no se hubieran tomado el trabajo de curarme las heridas. Quin ha sido, pues? Este razonamiento, demasiado largo para el estado en que se encontraba Miguel Lopez, le desvaneci, volvieron embrollarse sus ideas y recay en su postracion. En medio de ella not el ruido de los pasos de una persona que descendia por la escalera que empezaba en la puerta: luego vi brillar una luz sobre la argamasa abrillantada del muro, y al fin descendi y entr en la habitacion un hombre. Todo esto lo veia de una manera fantstica, por decirlo asi. Aquel hombre era alto, esbelto y vestia un trage de campaa castellano: acercse levemente al lecho y examin con una fria atencion al herido. Luego fue la mesa, tom una taza que habia sobre ella hizo beber algunas gotas de su contenido Miguel Lopez. Este sinti calmarse la ardiente sed que le devoraba, y haciendo de nuevo un poderoso esfuerzo de voluntad, logr fijar sus ideas y ver claro. Entonces pudo hacerse cumplidamente cargo de la persona que habia entrado en el aposento. Era un hombre alto, esbelto, fuerte, gil, moreno, con grandes ojos negros, cabellos ensortijados y barba escasa y corta: primera vista podia decirse que no era espaol, ni menos morisco: diferencias esenciales de raza lo demostraban; su mirada era mvil, astuta, recelosa, en contraposicion de la fija penetrante y franca mirada de los hombres oriundos de Arabia: su color no era el moreno y plido color de los hijos de esta raza, sino un moreno dorado, encendido, vigoroso; su frente, un tanto deprimida, sus cejas sutiles, el valo de su rostro demasiado prolongado, todo demostraba en l un extranjero. En cuanto su vestido ya hemos dicho que pertenecia la moda de los hidalgos castellanos, aunque se notaban en l algunas singularidades: llevaba en la cabeza una gorra de pao color de hoja seca, plegada al lado izquierdo por un herrete de acero; debajo de un capotillo casi burdo en el exterior y forrado en el interior por pieles blancas de cordero, llevaba un coleto de mbar exactamente igual los que usaban por aquel tiempo los soldados de los tercios viejos de Espaa: este coleto estaba sujeto en la cintura por un talabarte de cuero de Crdoba, color de avellana, de dobles tirantes, del que pendia una espada corta y ancha y un pual la derecha; pendiente del mismo talabarte, llevaba manera de limosnera una bolsa de piel de zorra; los gregescos eran de pao de igual color y calidad que el de la gorra, sin cuchilladas, lazos ni adornos, y por ltimo, sus fuertes calzas atacadas de lana azul, estaban cubiertas, desde sus pis y hasta media pierna, por unas abarcas y los ligamentos de estas. Este hombre parecia contar cuando mas, juzgar por las apariencias, cuarenta aos; se desprendia de l un no s qu de noble y poderoso, y su trage le sentaba las mil maravillas. Observ profundamente al herido, y como viese que Miguel Lopez hacia esfuerzos por hablar, le dijo con esa voz llena de autoridad de los mas fuertes, y con marcado acento extranjero, aunque en buen castellano: --Os prohibo que hableis: en ello os va la vida: reposad. Y sin decir mas, se separ del lecho, tom un taburete, le puso junto la mesa, se sent dando la espalda Miguel Lopez, tom uno de los libros en folio que habia sobre la mesa y se puso leer. Quien hubiera arrojado una ojeada sobre aquel libro, hubiera visto que era una magnifica copia en latin de la Santa Biblia, y que el extranjero leia en ella un pasaje del libro de Job. Era aquel el pasaje en que Dios arrebata Job sus hijos. Durante mucho tiempo, Miguel Lopez estuvo contemplando con ansiedad al extranjero, que leia en silencio, y sin atreverse hablarle, puesto en temor por la autoridad de su palabra y por lo grave de su pronstico. Al fin, como emanado de un lugar distante y travs de los muros, se oy el toque de una corneta: entonces el extranjero cerr la Biblia, se levant, fu al lecho y contempl profundamente al herido, que tenia fijos en l los ojos, dilatados un tiempo por la curiosidad y el temor. --Quin sois? dijo Miguel Lopez. --Nada os importa quien yo sea, contest el desconocido; pero si os importa mucho el reposar: no hableis: tiempo sobrado tendremos de hablar mas adelante: el hablar os cuesta un esfuerzo y ese esfuerzo os es muy daoso: estais gravemente herido: esperad: voy daros una medicina que os servir de mucho. Dicho esto fu la mesa, tom una redoma de vidrio, verti parte de su contenido en un vaso de la misma materia, fu al lecho y di beber un lquido blanco y un tanto espeso al herido. Despues se qued observndole: lentamente se fueron cargando los ojos de Miguel Lopez y al fin se durmi. Entonces el extranjero fu la mesa y encendi la lmpara con que habia venido alumbrndose, tiempo que sonaba de nuevo y mas de cerca la corneta. --Mucha impaciencia es esa, dijo, y debe suceder algo importante: veamos lo que es. Y trep por las escaleras, lleg su fin una puerta chata, cerrada por una sola hoja forrada de hierro mohoso, que el extranjero abri, saliendo un pasadizo oscuro y abovedado: cerr de nuevo, corri un cerrojo, le afianz con dos vueltas de una llave que sac de su bolsa, y luego adelant por la mina, que era tortuosa y trechos ascendia descendia: un lado y otro quedaban otras galeras: al fin se vi una claridad fria al fin de la mina, y cuando el extranjero sali de ella, entr en una caverna anchurosa, por cuya boca penetraba la luz del alba: aquella gruta estaba encubierta y como defendida por una espeso robledal, que coronaba la cumbre de una colina. Entonces se escuch por tercera vez la corneta, pero de una manera vibrante, enteramente perceptible y poca distancia. El extranjero apag la lmpara, la ocult en una grieta de la caverna y sac de esta grieta un largo arco de acebo y algunas saetas que atraves en su talabarte. Despues sali de la caverna, y tom buen paso por un sendero estrecho, tortuoso, cubierto de musgo, perdido entre las breas, y que, poca distancia, penetraba en el robledal. Muy pronto el incgnito, gran paso, se intern en el bosque; sigui las sinuosidades del sendero, y rodeando una colina, penetr en una ancha rambla, cuyo aspecto era terriblemente brabo y selvtico. Un pequeo arroyo la atravesaba iba formar en la parte abierta de la rambla un pequeo lago, que se perdia pintorescamente entre un bosque de mimbres, baando sus nudosos troncos: alrededor solo se veian rocas tajadas, abiertas, como calcinadas por la accion del rayo: las asperezas, las peas que ac y all brotaban sobre el terreno, como excrescencias, estaban cubiertas de musgo, y la arena que servia de lecho y se extendia en una estrecha mrgen los lados del arroyo, era de color negruzco; lo dems del terreno estaba cubierto por una especie de liquen musgoso, en el que resbalaba la planta. Aquel lugar que parecia destinado la mas absoluta soledad, estaba entonces concurrido por muchos seres humanos, entre los cuales se veia un solo caballo; uno de esos caballos pequeos, pero giles, fuertes, fogosos; un verdadero caballo de montaa. Las gentes, que en nmero como de cien personas, ocupaban la parte superior de la rambla, eran monfes: algunos de estos, mas avanzados, parecian estar de centinela: al desembocar en la rambla el extranjero, uno de los centinelas arm su ballesta, y grit: --Alto! quin va? --No me habeis llamado? dijo con acento irritado el extranjero porqu pues me deteneis con la puntera de vuestras ballestas? --Es el cazador de la montaa! dijo otro de los monfes. --Dejadle llegar, dijo una voz breve y al parecer acostumbrada al mando. Desarm el monf su ballesta hizo sea al extranjero de que adelantase: este trep por las breas con la agilidad de un gamo, pas de la lnea de los centinelas, y lleg la parte alta de la rambla, donde le sali al encuentro un anciano enteramente vestido la usanza mora. Aquel anciano era Yuzuf, el padre del emir de los monfes. El semblante del noble anciano estaba contraido por una sombra expresion: dulcificola, sin embargo, la presencia del incgnito, y tendindole la mano, le dijo: --Bien venido sea mi amigo el rey del desierto! --Rey! exclam con sarcasmo el extranjero; el imperio de mis abuelos est muy lejos, y en estas regiones no soy otra cosa que tu esclavo, rey de la montaa. --Mi esclavo no, mi hermano, dijo con dulzura Yuzuf acaso no te he amparado? no te he procurado un asilo impenetrable en mis dominios? no tienes cuanto has menester? --S, todo, todo, menos mi venganza, tras la que ando recorriendo el mundo hace diez aos. --No porque tu venganza tarde ser menos segura. --Pero entre tanto ese infame capitan tiene en su poder mi esposa y mi hija: acaso no has protegido t ese infame? acaso no has impedido t que me vengue, que rescate las prendas de mi alma y vuelva con ellas entre los mios, all al otro lado de los mares donde soy verdaderamente rey, rey fuerte, poderoso, y vengador de las desdichas de mis abuelos? --Espera! --Hace un ao que estoy esperando desde mi llegada estas montaas. --Recuerda que sin mi ayuda, haria tambien un ao que dormirias en la tumba. --Es verdad, dijo profundamente el extranjero: mi impaciencia por rescatar las prendas de mi alma, me hizo ser imprudente... recuerdo que fu preso como un ladron, en el momento en que penetraba en la casa de ese capitan infame. Recuerdo que me encerraron en un calabozo... recuerdo tambien que aquella misma noche entr un hombre en aquel calabozo, y me procur la libertad; pero cambio de terribles condiciones. --Solo te ped que dilataras tu venganza: para ello tenia mis razones: el capitan Sedeo es uno de mis mejores espas entre los cristianos: me sirve de mucho. Yo te he respondido de la honra de tu hija y de la vida de tu esposa. --Oh! mi esposa! mi hija! exclam con acento rugiente el extranjero. --Han llegado tal punto las cosas, continu Yuzuf, que muy pronto me har Sedeo sus ltimos servicios: aviseme del dia en que la Chancillera, el capitan general y la Inquisicion esten descuidados: sorprndalos yo en sus hermosos palacios de Granada con mis monfes, y entonces ese hombre de quien anhelas con justa causa vengarte, es tuyo: entre tanto, espera, Calpuc, espera y aydame. --Y en qu puedo ayudarte, dijo Calpuc, quien seguiremos dando este nombre. --Revlame lo que has hecho esta noche. --Ah! si, es cierto: ayer recib un mensajero tuyo con el que me avisabas que llegase esta misma rambla la media noche. En efecto inmediatamente me puse en camino. Cerrme en l la noche; descendia yo buen paso por una montaa en direccion Cdiar, cuando oi pasos de algunos hombres: el sitio era solitario, podia ser funesto un encuentro, y habiendo hallado en el barranco por donde descendia una profunda gruta, me ocult en ella. Poco despues los hombres que habia sentido penetraron en la cueva: yo me habia retirado al fondo y como no traian antorchas ni luz alguna, no pudieron reparar en m; luego entr un hombre quien reconoc por la voz: era Reduan, el monf que pasa por ventero en el camino de Orgiva. --Y que sucedi? pregunt nuevamente Yuzuf. --Aquellos hombres trataron de un asesinato pagado infamemente por dinero. --Y como no impedste ese asesinato, Calpuc? aadi con doble severidad el anciano. --Acaso no lo he impedido? acaso Miguel Lopez no est en mi asilo, curado y con grandes esperanzas de vida? acaso no han quedado mordiendo el polvo en el barranco dos de los asesinos? --Has obrado como noble y valiente Calpuc: queria saber de t hasta qu punto ha habido traicion contra ese hombre. --Ha sido un asesinato infame meditado y llevado cabo por don Diego de Vlor. --Cuenta Calpuc que acusas un pariente mio. --Lo he oido yo, he seguido paso paso los asesinos, arrastrndome tras ellos como la serpiente de los bosques de mi patria; he oido el crmen y he podido evitarlo: si me hubiera separado de aquellos lugares para avisarte, tal vez no hubiera podido impedir la muerte de Miguel Lopez. --Y has llegado conocer el motivo por qu don Diego de Vlor queria la muerte de ese hombre? dijo el emir mirando profundamente Calpuc. --No; solo he oido concertar el asesinato y pagar el dinero. Quedse un momento pensativo el emir. --Ven, dijo al fin, asiendo Calpuc de la mano. Y llevndole la rambla arriba, torci una roca tajada y seal Calpuc una encina seca, cuyas ramas descarnadas se extendian como los mltiples brazos de un esqueleto. Aquella encina por s sola hubiera inspirado tristeza; pero con las adiciones que se notaban en ella causaba horror. Aquellas adiciones consistian en siete monfes ahorcados, del cuello de cada uno de los cuales pendia una bolsa, llena al parecer de dinero; algunos otros monfes, con las ballestas afianzadas, guardaban aquel rbol de justicia. --Ahi faltan dos hombres, dijo sombramente Calpuc. --Don Diego y don Fernando de Vlor! es verdad! repuso el emir; pero si yo hiciese justicia en esos dos hombres, creerian los moriscos de Granada que los habia asesinado por temor. Acaso no sabes que don Diego de Crdoba se titula en el Albaicin, en las alqueras de la vega y en las tahas de Guadix y del Marquesado del Zenete, rey de Granada? --De modo que has dejado en libertad esos hombres? --No, no por cierto: esos hombres tienen que responderme de una vida preciosa: de la vida de mi hijo, de la vida del emir de los monfes. --De tu hijo! se habrn atrevido....! --A qu habia yo de haber avanzado con mis valientes monfes, casi hasta los linderos de la vega, sino por mi hijo? por quin estoy resuelto llevar sangre y fuego Granada, sino por l? Oh! si! pero por la santa Kaaba! tomar una venganza horrible de esos hombres si mi hijo ha perecido. --Dios vela por los reyes! dijo solemnemente Calpuc. --Pero pesar de esto, bueno es que los reyes velen por s mismos. Ahora bien, Calpuc: est el herido en disposicion de contestar mis preguntas? --Acaso el sueo que le he dejado entregado restaure sus fuerzas: acaso cuando despierte pueda hablar sin peligro. --Condceme donde est ese hombre, Calpuc. --Eres padre, emir, y comprendo tu ansiedad: sin embarco, t solo hace horas que dudas de la suerte de tu hijo... hace diez aos que yo tiemblo por la vida y por la honra de mi esposa y de mi hija. Yuzuf estrech fuertemente la mano de Calpuc: despues llev sus labios una pequea corneta de caza y toc por tres veces. Oyeronse entonces en todas direcciones pasos fuertes y acompasados y poco despues adelantaron en crculo, y se estrecharon alrededor del emir, unos cien monfes. --Esos hombres, dijo severamente Yuzuf, sealando los siete que estaban colgados de la encina fatal, esos homdres, vendieron la vida de un hombre por dinero: ved lo que he hecho con esos hombres: vedlo y escarmentad. --Viva el emir! gritaron en una aclamacion informe los monfes. --Que las aves carnvoras los despedacen, aadi Yuzuf: cada uno de esos hombres tiene pendiente del cuello el oro vil con que le pagaron su crmen; ay de aquel de vosotros que toque una sola de esas monedas! --Viva el emir! gritaron de nuevo los monfes. --A vuestros apostaderos: t Abd-el-Malek, y cuatro mas, conmigo: Mi caballo! Calpuc, tu caverna! Es necesario que yo hable sin perder un momento con Miguel Lopez. Los monfes se dividieron en grupos, y partieron en distintas direcciones, trepando por las quebraduras. Poco despues Yuzuf, en su potro salvaje, saltaba sobre las breas, precedido de Calpuc, cuyo vigor era maravilloso, y seguido de su escasa escolta de monfes. La horrible encina qued abandonada con los siete repugnantes cadveres que se balanceaban al impulso del viento de la montaa, pendientes de los descarnados brazos del gigantesco esqueleto. * * * * * Trasladmonos la vivienda subterrnea de Calpuc. De pi, inmovil y con la vista profunda y amenazadoramente fija en Miguel Lopez, estaba Yuzuf acompaado de Calpuc. Pero esto no sucedia inmediatamente despues de la escena que acabamos de referir nuestros lectores. Desde entonces hasta el momento en que el emir estaba delante de Miguel Lopez, habian pasado algunos dias. Calpuc, que entre los misterios de su vida contaba el de ser un excelente mdico, habia declarado que la vida del herido peligraba si se le hacia experimentar una sensacion cualquiera. Yuzuf se habia visto obligado reprimir su impaciencia. Entre tanto Calpuc y Muhamad, anciano y sabio mdico del emir, habian velado continuamente al lado del herido. El peligro habia pasado; las heridas habian empezado cicatrizarse y tenian muy buen aspecto: Miguel Lopez podia sufrir sin peligro un interrogatorio. Yuzuf descendi al subterrneo, acompaado de Calpuc. Miguel Lopez dormia. Contemplle un momento ferozmente Yuzuf y luego dijo Calpuc. --Djanos solos. Calpuc obedeci. Entonces el emir movi bruscamente Miguel Lopez: este abri los ojos despavorido, y pasado ese primer momento de confusion que experimentamos al despertar, reconoci Yuzuf, se agit en su lecho y lanz un grito de espanto. --Haces bien en estremecerte, Jerif-ebn-Abo, dijo el emir, nombrando Miguel Lopez por su nombre moro: haces bien en estremecerte, porque me has ofendido, me has sido traidor, mi, tu seor, quien todo lo debes, y te tengo en mi poder. --Yo creia, dijo reponindose y con cierta audacia Miguel Lopez, yo creia que un emir tan poderoso y un tan cumplido caballero como t, magnfico Yuzuf, no te atreverias amenazar un pobre herido que ha estado punto de ser asesinado por los tuyos. --Los que han puesto en tu pecho su pual, se mecen, colgados de una encina, en la montaa. --Pero viven, sin duda, don Diego y don Fernando de Vlor. --Son tus seores. --Son mis enemigos! Una llamarada de irritacion, de clera sombra y letal, subi de una manera febril los ojos de Yuzuf, que palideci profundamente. --Infame renegado! exclam: no te has atrevido poner los ojos en una doncella de sangre real que estaba destinada un hijo de mi sangre? --Isabel de Vlor es mi esposa, exclam el audaz morisco. --Isabel de Vlor es el tsigo que te mata Jerif-ebn-Abo: tu esposa la vrgen descendiente de Mahoma! la amada del emir de los monfes! Isabel de Crdoba y de Vlor tuya! --Ah! has renunciado tu corona en tu hijo! y donde est tu hijo Yuzuf, que no se me presenta en tu lugar pedirme cuenta de su amada? Habia tal sarcasmo en la pregunta de Miguel Lopez, que el emir tembl un tiempo de clera y de terror. --Que quieres decir hombre fatal? exclam: sabes t lo que ha sido de mi hijo? --Cmo! no sabes lo que ha sido de tu hijo, emir? --Si lo supiera vivirias? --Los Vlor se detienen poco ante el asesinato, contest con cierta feroz complacencia Miguel Lopez. --Y crees que se hayan atrevido....? --En primer lugar, Yuzuf, t has sido muy imprudente al elegir la crianza de tu hijo; has querido que sea moro y cristiano, que sepa tanto como un inquisidor, y que aborrezca, como t los aborreces, los conquistadores: tu hijo ha vivido entre los castellanos y no ha faltado una castellana impura que le ame, ni una doncella morisca que palidezca de amor por l. Ya sabes quien es la doncella. La hermana de don Diego. Quieres saber ahora quin es la mujer adltera que ama mas que su alma al hermoso Yaye? Esa mujer es doa Elvira de Cspedes, la esposa de don Diego de Crdoba y de Vlor. --Mientes! exclam con clera Yuzuf cmo has podido tu conocer mi hijo? --Ah! ah! noble y poderoso seor! t quisieras que todos los que te sirven, todos los que se doblegan ante t, fueran topos: pero hay hombres... como yo... que estn tu servicio y que son feroces como el lobo y astutos como el raposo. Ah! ah! era necesario ser muy torpe para no conocer que aquel hermoso mancebo que no conocia sus padres, quien siempre acompaaba el sabio Abd-el-Gewar, quien t mirabas con tanto amor, por el que te atrevias entrar en Granada, meterte en medio de tus enemigos, no era tu hijo, el hermoso hijo de doa Ana de Crdoba y de Vlor: ah! ah! yo lo sabia todo esto, mi noble seor... y anoche... yo habia visto tambien muchas veces doa Isabel: yo la am... yo que nunca habia amado! la am con toda la fuerza de mi alma... y me propuse que fuera mia... otro acaso no hubiera podido conseguirlo, encontrndose en la pobre situacion en que yo me encontraba, sin nobleza heredada, zafio, nada hermoso, reducido por mi suerte la servidumbre; pero en mal hora don Diego me habia elegido para ser su correo para contigo: una sola carta de don Diego escrita para t y depositada en una persona de confianza, me ha servido para que don Diego no se atreviese negarme su hermana. Qu quieres, emir? el amor nos arrastra todo No sabes que por una mujer somos capaces de perder la vida y el alma? Acaso no es una mujer la causa de que yo me encuentre en este lecho y en tu poder? El amor de Isabel me arrastr... --Y vendiste por una mujer tu patria, y ofendiste tus seores, y jugaste tu vida un dado! --Ya te he dicho que por una mujer como doa Isabel de Vlor, se juega la vida y la salvacion del alma. --Escucha, Jerif-Abo, dijo contenindose Yuzuf: por la menor cosa de las que has hecho mereces la muerte. --Lo s, contest con la misma audacia Miguel Lopez. --De modo que don Diego de Vlor trayndote al matadero, no ha hecho mas que usar de su derecho. --Y por qu antes de entregarme su hermana no me ha matado frente frente? --Eso hubiera sido leal y t has sido traidor. --Eso no es mas sino que don Diego te tiene mas miedo t, que m, pesar de las pruebas de que sabe puedo usar y que le perderian. Pero ya que hablo de perder, estamos perdiendo el tiempo. T has venido verme por algo, poderoso emir. --Sin duda: he venido que me des alguna luz sobre el paradero de mi hijo. --Ah! tu hijo se ha perdido! El hermoso Yaye-ebn-Al-Hhamar, el noble emir de los monfes no parece! --Ignoro su suerte, dijo Yuzuf, y soy capaz de perdonarte... --Si te digo donde est Yaye? --Lo sabes? --No, pero lo presumo. --Habla y pide. --Primero es pedir que hablar: yo s que eres noble y grande Yuzuf; yo s que no hay ningun rey en el mundo que pueda jactarse como t de respetar la fe de su palabra. Si te doy indicios por los cuales puedas encontrar tu hijo, me perdonars mi traicion? --S. --Me dejars volver al lado de mi esposa? Medit un momento Yuzuf. --Si ella se resigna vivir contigo, s. --Acepto; exclam Miguel Lopez con alegria, porque conocia la virtud de doa Isabel. --Es necesario ademas que te comprometas otra cosa. --A qu? --A entregarme la carta escrita para mi por don Diego, y de la cual te has valido para conseguir por medio del terror doa Isabel. --Te lo prometo, dijo el morisco: cuando doa Isabel, que ya es mi esposa, sea mi mujer. --Quedamos convenidos. Habla, pues, lo que sepas acerca de mi hijo. --El mismo dia y en el mismo momento en que yo esperaba en la iglesia del Salvador que llegara don Diego para celebrar la ceremonia de mi casamiento con doa Isabel, se present en casa de don Diego tu hijo. --Estas seguro de ello? --Tan seguro, como que me lo dijo uno de los escuderos de don Diego llamado Ayala, entre otras cosas graves que me revel y que me obligaron que se efectuase la ceremonia antes de la llegada de don Diego. --Y qu presumes? --Si tu hijo no ha parecido, debe estar en casa de don Diego de Vlor: preso tal vez, acaso herido. --Herido! preso! --Tu hijo amaba doa Isabel, es altivo: don Diego es valiente y fiero; si han mediado dicterios y amenazas... adems recuerdo que cuando despues de salir de la iglesia, fuimos casa de don Diego, no sali recibirnos su esposa doa Elvira; que don Diego estaba turbado; que nos pretext que doa Elvira no podia presentarse porque se encontraba enferma, y despidi los convidados; despues me dijo que era necesario que le siguiese las Alpujarras: que t nos llamabas... lo dems ya lo sabes. --Si no me has engaado Jerif-ebn-Abo, cuenta con tu perdon... despues... despues, si encuentro mi hijo, con mi recompensa. Y Yuzuf volvi la espalda para salir. --Espera, emir, espera, dijo con ansiedad Miguel Lopez. --Qu quieres? contest volviendo Yuzuf. --Me dejas solo en poder de ese gitano? --Ese gitano, como t le llamas, y que Dios sabe si lo es, Jerif-ebn-Abo, es el hombre quien debes dos veces la vida; primero salvndote de los asesinos, despues curndote las heridas. Qu tienes que temer de ese hombre? --Ese hombre es un demonio, Yuzuf. --No, no por cierto: todo consiste en que t eres cobarde, y como cobarde receloso. Ademas, ese hombre es mi esclavo, y nada se atrever hacer contra un hombre quien yo protejo. --Ah! Dios te libre del gitano, emir! --Pdele que te libre de tu miedo. Adios, Jerif-ebn-Abo, adios. Necesito buscar yo mismo mi hijo. Nada tienes que temer si has sido leal. Y en cuanto ese hombre, ya te he dicho que es mi esclavo. Adios. Pronunci el emir con tal resolucion estas palabras, comprendi de tal manera Miguel Lopez, que una nueva rplica solo serviria para irritarle, que le dej ir sin pronunciar una palabra mas. El emir empez subir lentamente las escaleras: antes de llegar ellas le habia parecido sentir un breve y furtivo paso que se alejaba con gran rapidez; pero aquel ruido podia haber provenido tambien de las escamas de alguno de los reptiles que anidaban en el subterrneo, al deslizarse por la piedra. Cuando lleg lo alto not que la puerta estaba cerrada. Apenas toc ella la puerta se abri y apareci Calpuc, con una lmpara en la mano. Mas all estaba Abd-el-Malek y los otros cuatro monfes. --Calpuc, dijo el anciano, te recomiendo el cuidado de ese hombre. Su vida me importa demasiado. Adios. --Ve en paz, rey de la montaa, ve en paz: tus deseos son para m preceptos. --Yo ruego mi hermano, dijo Juzuf, estrechndole la mano. --Yo amo mi padre, dijo Calpuc, poniendo aquella mano sobre su frente. Poco despues Yuzuf montaba caballo fuera de la gruta, y se alejaba pensando para sus adentros: --Jerif-ebn-Abo es un zorro que no se engaa: qu habr encontrado de terrible en el indiano...? oh! oh! se atravesar alguna vez este hombre en mi camino? Oh! Dios sabe lo oculto! Dios me inspirar! Entre tanto Calpuc bajaba las escaleras que conducian al espacio donde se encontraba postrado Miguel Lopez, murmurando: --Ese hombre desconfa de m, me teme... tiene razon, porque l viene ser para m el cabo del hilo que ha de guiarme en el laberinto de mi empresa, y ha de servirme para mis proyectos y para mi venganza. Que soy tu esclavo, rey de la montaa! Ah! ah! soy tu hermano, como el oprimido es hermano del oprimido! pero tu esclavo no! y, sobre todo, no te pongas en mi camino... si t eres fuerte yo tambien lo soy... t tienes un ejrcito de bandidos, pero yo tengo tesoros... oh! oh! tu esclavo! lo veremos! lo veremos, emir! Y pensando esto, entr en la estancia inferior, dej la lmpara sobre la mesa, y se sent al lado de Miguel Lopez. --Tienes inters en que tu esposa sepa que vives? le pregunt despues de algunos momentos de silencio. --Que si me interesa, dices, que doa Isabel sepa de mi vida? Oh! s! y t... --Yo puedo ser tu amigo tu enemigo: yo puedo salvarte perderte. --Habla. --Conoces t al capitan Alvaro de Sedeo?, dijo despues de algunos momentos de meditacion Calpuc. Parceme haberte visto alguna vez su lado... cuando yo espiaba ese capitan. --Que espiabas t ese capitan? dijo con extraeza Miguel Lopez. --S. --Ah! ah! conoces ese hombre? --S, le conozco... desde hace muchos aos, dijo sombramente Calpuc. --Yo le conozco tambien, pero desde hace poco tiempo. --Y cul ha sido la causa de que le conocieras? --Mis continuos viajes las Alpujarras, donde tengo alguna hacienda y algunos parientes, dijo con reserva Miguel Lopez. En los pueblos pequeos se conoce fcilmente las personas. El ao pasado Alvaro de Sedeo era capitan del presidio de Andarax. --Y en qu consiste que le conoce tambien el emir de los monfes y es muy su amigo? --Ah! le conoce el emir de los monfes! es su amigo! --Lo que no deja de ser extrao, porque Yuzuf-Al-Hhamar es enemigo de Dios y del rey de quien es defensor el capitan. Mir con cierta expresion de estupor Miguel Lopez Calpuc. --T pareces extranjero: t obedeces al emir: t sabes algunos de sus secretos. --S mas de lo que crees: soy mas poderoso de lo que crees: llego t como un amigo, como un hermano, para ayudarte; pero si desconfias de m, tengo medios para alcanzar por la fuerza, por el terror, lo que necesite de ti. Extremecise Miguel Lopez porque comprendi perfectamente que se encontraba merced del extranjero. --Y qu necesitas de m. --Necesito que me digas cuanto sepas respecto al conocimiento del capitan con Yuzuf. --Oh! para eso ser necesario hacer traicion al emir. --Elige entre serle fiel, morir. Por el contrario si me sirves bien, yo te protejer. --Y cual es tu poder. --Ya te he dicho que puedo mas de lo que parece... y sobre todo no te tengo en mis manos? --Yuzuf me proteje. --Bah! y crees t, dado caso de que yo me viese obligado respetar al emir, que me seria muy difcil demostrarle que habias muerto de las heridas? Extremecise de nuevo, pero mas profundamente el morisco. --Ese capitan, se apresur decir, impulsado por su miedo, es espia de Yuzuf-Al-Hhamar. --Ah! y has entrado alguna vez casa de ese capitan? --Si, he entrado muchas veces, en servicio del emir, porque yo tambien le sirvo; yo soy su espia entre los moriscos de Granada. --Y... nada has tenido que reparar en casa del capitan? --Si por cierto; creo que hay en ella un misterio que consiste en dos mujeres. --Y cmo has conocido esas dos mujeres? --S que son dos, porque las he visto ir misa, enteramente encubiertas, con el Sedeo; s que la una es muy jven, y la otra sino es vieja, quebrantada y enferma, por su talante: pero solo la conozco por haber hablado una vez la jven. --Has hablado una vez la jven? dijo con ansiedad Calpuc. --Si, si por cierto; y si yo no hubiera estado enamorado de dona Isabel de Vlor, me hubiera enamorado de ella. --Tan hermosa es? dijo Calpuc con el acento trmulo, pesar de sus esfuerzos para parecer sereno. --Hermosa! hermossima! no tan hermosa, sin embargo, como doa Isabel. --No tan hermosa como doa Isabel! exclam profundamente Calpuc: creo ademas que doa Isabel viene de gran alcurnia. --Como que desciende nada menos que de la madre del profeta, Fatimah la santa, y sus abuelos han sido califas de Crdoba, contest con orgullo Miguel Lopez. --Yo soy descendiente de emperadores, murmur de una manera ininteligible Calpuc; pero contina, aadi dirigindose al morisco: cmo tuviste ocasion de hablar la jven que vive en compaa del capitan Sedeo? --Hace dos meses, esperaba yo al capitan para comunicarle un aviso importante del emir: una de las puertas de la sala, sin duda por descuido, estaba entreabierta: oase tras ella el puntear de una guitarra diestramente taida: poco despues, al sonido de la guitarra se uni el canto de una mujer: aquella mujer cantaba en una lengua extraa. Tuve curiosidad, y me acerqu recatadamente la puerta del aposento. A pesar de mi recato la persona que habia dentro, me sinti, sin duda, porque call la guitarra, sent apresurados pasos de mujer, se abri la puerta y... me deslumbr la hermosura de la joven. --Quin sois? me dijo despues de haberme contemplado fijamente. --Soy... un amigo de vuestro padre, la dije. --De mi padre! exclam con afan; conoceis mi padre? mi padre os envia? --No; por el contrario, espero que vuestro padre vuelva al castillo, la contest. --Ah! os habeis engaado; el hombre que vive en esta casa, y que est ahora en el castillo, no es mi padre, repuso con desaliento. --Ah! perdonad, yo creia! --Ese hombre es mi seor, un seor infame, de quien esperamos hace mucho tiempo mi madre y yo que nos salve la justicia de Dios. --Ah! vuestro amo! --S; somos sus esclavas. --Sus esclavas! luego sois...? --Somos mejicanas. --Y qu quereis de m? --Que nos salveis. --Que os salve...! y cmo? --Oid: buscad un medio para engaar ese hombre: sacadnos de esta casa, llevadnos un puerto de mar para que podamos embarcarnos: sino teneis dinero, yo tengo joyas: si sois ambicioso os haremos rico. --Y por qu no salvaste aquella infeliz? dijo con voz amenazadora Calpuc. --Y qu me importaba...? ademas era una esclava. --Como sois esclavos vosotros los moriscos! repuso Calpuc. --Ah! pero nosotros peleamos, luchamos; las montaas de las Alpujarras estan llenas de monfes que nos vengan, matando cristianos, de las infamias del vencedor. --Los mejicanos tambien luchan: tambien en las fronteras del desierto, los espaoles caen centenares inmolados los manes de nuestros padres degollados, de nuestras esposas deshonradas, de nuestras doncellas cautivas. --T eres mejicano! --Yo soy Calpuc, el rey del desierto! exclam el extranjero; yo soy el rey elegido por los mejicanos libres, y soy el padre de esa jven con quien hablaste, de la hermosa doncella quien te negaste salvar. Miguel Lopez se estremeci: habia un acento tal de dolor y de venganza en las ltimas palabras de Calpuc, que lo temi todo de aquel hombre. Sin embargo, como en otras situaciones difciles, recurri su audacia. --Que eres t el rey de los rebeldes de Mjico! exclam soltando una carcajada que podremos llamar artificial. t! un gitano vagabundo, quien, no s por qu, conoce el emir de los monfes! --Contina respondiendo mis preguntas, Miguel Lopez, dijo con gravedad el mejicano, que despues sabrs quin soy y de qu modo he llegado aqu. --En verdad, en verdad, dijo Miguel Lopez, cediendo al mandato del rey del desierto, yo no v en tu hija, si hija tuya es, mas que una esclava rebelde que pretendia librarse de su seor, y me negu ayudarla: es mas, refer lo que me habia acontecido con ella al capitan Sedeo, que desde entonces guard tu hija con mas cuidado. H aqu la razon de que yo conozca esas mujeres. --El capitan ha desaparecido de las Alpujarras. Sabes t dnde ha ido? --S, Granada, dijo Miguel Lopez quien interesaba servir Calpuc, porque habia comprendido que Calpuc era capaz de todo. --A Granada! no basta eso. El capitan puede vivir en una casa y tener ocultas en otra mi esposa y mi hija: las casas del Albaicin se comunican unas con otras por medio de minas y seria muy difcil saber el paradero de mi hija y de mi esposa. --El capitan y tu esposa y tu hija viven en la calle de San Gregorio el alto: las tapias de su huerto lindan con el huerto de la casa de don Diego de Vlor; estas dos casas se comunican por una mina. --Ten mucha cuenta de no engaarme, Miguel Lopez. --No, no te engao; pero qu me dars en recompensa de los servicios que te hago? --Te dar tu esposa: es decir har que tu esposa sepa que vives. --Puede no creerte. --T me dars una carta para ella. Miguel Lopez mir fijamente al mejicano. --Un grave inters debes t tener en que doa Isabel no se crea viuda para que no pueda casarse con el emir de los monfes, no con el viejo Yuzuf, sino con el jven Yaye, en quien ha abdicado. --Nada te importa el inters que yo tenga en ello; cualquiera que sea, yo me obligo devolverte tu esposa; pero aun me queda mas que exigir. --Qu mas? --Estoy seguro de que cierta carta que posees, carta de don Diego de Vlor al emir Yuzuf, en la cual ha jugado su cabeza, y por cuya carta le tienes en tu poder, la tendrs puesta buen recaudo. --Y qu te importa esa carta? exclam con cuidado Miguel Lopez. --Tanto me importa que sino me procuras los medios para que esa carta caiga en mis manos eres hombre muerto. --Pero esa carta es mi defensa: por ella he logrado que don Diego me d su hermana; por ella pienso alcanzarlo todo. --Y qu mas quieres alcanzar que la vida? --Eres un demonio! exclam con despecho Miguel. --Demonio contra demonio, el mas fuerte vence. --Y qu uso vas t ha hacer de esa carta? --Te repito que nada te importan mis proyectos. Voy traerte papel, pluma y tinta. Escribe una carta para la persona que sin duda tiene depositada por t la carta de don Diego de Vlor, en la que le prevendrs que me la entregue, y otra despues para tu esposa doa Isabel de Vlor. Dicho esto Calpuc abri el arcon, sac del recado de escribir, le llev al lecho y dijo Miguel Lopez: --Incorprate y escribe. --Es qu...! dijo ferozmente el morisco. --Escribe mueres, le interrumpi con doble ferocidad el rey del desierto. Miguel Lopez comprendi que estaba enteramente merced de aquel hombre y se incorpor, tom la pluma y la puso sobre el papel. --Escribe clara y naturalmente, en letra lisa, sin signos ni seal alguna; porque para t ser el dao si esa carta es ineficaz. Miguel Lopez escribi con rapidez algunos renglones y firm. --Mira si te contenta, dijo Calpuc. Este tom la carta y ley su contenido, que era el siguiente: Seor capitan Alvaro de Sedeo: os envio uno de mis mayores amigos, quien entregareis la carta que teneis en vuestro poder, y que ya sabeis de quin es: ademas de esta carta, y segun tenemos convenido, el dador os mostrar la sortija que conoceis. No soy mas largo porque la diligencia importa.--Vuestro humilde criado.--Miguel Lopez. --Y qu anillo es ese de que hablas? --Es un anillo que tiene un grueso diamante rodeado de perlas, dijo Miguel Lopez. --Dmele, pues. --Ese anillo ha sido mi anillo de bodas, y est en poder de doa Isabel. --Ah! --Doa Isabel te lo entregar. --Dnde vive doa Isabel? --Debe permanecer en casa de su hermano don Diego. --Escribe para tu esposa lo que yo te dicte. Miguel Lopez escribi bajo la palabra de Calpuc la siguiente carta: Mi amada esposa y seora doa Isabel de Crdoba y de Vlor: he sido herido gravemente por bandidos en el camino de las Alpujarras: un hombre caritativo me ha recogido y curado: Dios gracias mi vida no corre peligro. El dador se encarga de comunicroslo. Os ruego que le entregueis la sortija que os d en arras de mi matrimonio con vos, que me importa. Nada s de vuestros hermanos. Guardeos Dios y os conserve para mi felicidad muchos aos.--Vuestro esposo que bien os ama y lejos de vos padece.--Miguel Lopez. Cuando estuvo escrita y cerrada esta carta, Calpuc la guard con la otra en su bolsa. --Creo que aun podremos ser amigos, Miguel, le dijo: si no me has engaado y estas cartas producen el efecto que deseo, antes de dos semanas estars al lado de tu esposa. Adios. --Y me dejas aqu, solo, abandonado! --No, no por cierto: todos los dias vendr una vez asistirte y curarte. Adios. --Pero esto es horrible! si te sucede alguna desgracia, si no puedes volver...! --Morirs aqu como en una tumba, dijo friamente Calpuc, en lo que no perderan nada doa Isabel, ni el emir. Miguel di un grito de espanto. Calpuc trep lentamente por las escaleras, lleg la puerta, cerr sus triples candados, y adelantando por la excavacion subterrnea, torci por una estrecha galera, despues de haberse provisto en uno de los senos de una piqueta. Al cabo de muchas vueltas y revueltas por una especie de laberinto en que cualquiera otro que Calpuc se hubiera extraviado, lleg una gran excavacion cnica, cuya altura se perdia en las tinieblas. Aquella excavacion estaba practicada en roca viva, y aqu y all, hasta una gran altura, se veian bocas de nuevas galeras, suspendidas sobre aquella especie de abismo. La cortadura sobre que estaban abiertas aquellas galeras era tan perpendicular, tan tajada, que no se concebia pudiera llegarse ellas sino por medio de grandes escalas; sin embargo, Calpuc levant la lmpara para alumbrar una de aquellas bocas, situada gran altura, la mir atentamente y despues se dirigi la roca tajada, lleg su pi, se puso el cabo de la lmpara entre los dientes y asindose con pis y manos las asperezas de la roca, trep con una agilidad y una fuerza maravillosa, como hubiera podido trepar una araa, la oscura boca de la galera que habia examinado. Aquella galera se extendia perdindose en un fondo oscuro, adelant Calpuc, y despues de haber torcido varias veces por las sinuosidades de la mina, se detuvo en un lugar del pavimento en el cual habia tres rocas que parecian haber sido desprendidas, del techo por un accidente casual. El mejicano levant con gran trabajo una de aquellas rocas, la removi, y en el lugar que habia dejado descubierto, cab con la piqueta; poco despues la piqueta produjo un ruido seco y opaco, como si hubiera chocado en una tabla, y al fin qued descubierta una como arca pequea, que por algunos adornos tallados en su superficie, parecia haber sido construida por un artfice rabe. Calpuc levant aquella tapa y se vi en el interior un emboltorio de piel de gamo adobada; sacle, le desenvolvi, y aparecieron algunos paquetes envueltos cuidadosamente en paos de seda y un legajo de papeles: el mejicano tom primero los papeles y los guard cuidadosamente en una ancha cartera que ocult bajo su jubon: luego examin por fuera cada uno de los otros paquetes, como buscando uno particular, y cuando pareci estar seguro de cul era el que buscaba, le abri y sac de l... una magnfica perla vrgen, ntegra, que aun no habia sido horadada, como si acabase de salir de la concha en que se habia desarrollado. En el paquete quedaban otras treinta perlas exactamente iguales aquella, lo que, atendido su enorme tamao y su igualdad, constituia un tesoro. Calpuc guard la perla, envolvi de nuevo cuidadosamente los paquetes en la piel de gamo, deposit aquella en el fondo del cofre, ech sobre l la tapa, le cubri de tierra, puso de nuevo la roca sobre la tierra removida, y observ cuidadosamente si quedaba algun vestigio de la operacion que acababa de ejecutar. Nadie que despues de esto hubiese pasado por aquella excavacion, hubiera podido sospechar que bajo una de aquellas enormes rocas, que parecian naturalmente desprendidas del techo, existia oculta una inmensa riqueza. Calpuc desand lo andado, lleg al borde de la gran excavacion, descendi con la misma seguridad con que habia subido, dej la piqueta en el mismo lugar de donde la habia tomado y sali por la gruta la montaa. Apenas estuvo al aire libre mir al cielo que estaba difano y despejado. --Aun faltan tres horas para amanecer, se dijo, y tengo tiempo bastante. Y tom por un sendero, entre los encinares, buen paso. A poco que anduvo, se encontr en un claro y delante de una casita, que ser de dia, se hubiera visto que estaba construida con tapiales de tierra y cubierta de blago, junto la cual pasaba un ruidoso arroyo que fecunda un pequeo huerto plantado de hortaliza y de rboles frutales, y defendido al norte por una pea tajada. Calpuc abri con llave la puerta y penetr en la casa: el espacio en que entr estaba oscuro, pero al fondo de l se perciba un escaso resplandor travs de una puerta entreabierta. El rey del desierto se encamin aquella puerta, la empuj, y se encontr en una pequea habitacion muy pobre, en la que solo habia un lecho, una silla, una mesa con algunos libros, y sobre la mesa, colgada en la pared, una estampa de la vrgen de las Angustias, delante de la cual ardia una lmpara. Calpuc se descubri, se arrodill delante de la estampa de la Vrgen y rez: luego se levant, encendi otra luz, sali de la estancia, se encamin un establo, donde habia un caballo fuerte y de poca alzada; le embrid, le ensill, le sac fuera, cerr la puerta de la casita, mont y se puso en camino. A punto que amanecia y se abria la puerta del Rastro de Granada, lleg ella Calpuc, di cortsmente los buenos dias los guardas y entr en la ciudad. Poco despues llamaba una pequea puerta bajo los soportales de la plaza de Bib-Arrambla, cercana la puerta que hoy se llama de las Orejas. Abrise la puerta que habia llamado el mejicano y apareci un viejo encorvado y de semblante receloso. --Dios os d muy buenos dias, hermano Franz, dijo Calpuc. --Dios os guarde seor Gaspar de Ontiveros, contest el saludado con marcado acento extranjero. Por lo visto, Calpuc, para encubrir su orgen, habia adoptado entre los europeos el nombre con que le habia saludado el viejo, que, todas luces, por su nombre y por sus rasgos caractersticos, era aleman. --Necesito hablaros, dijo Calpuc, y aun mas, que me deis posada por algunas horas. El aleman abri de par en par la puerta, y dej paso Calpuc que tir de su caballo y penetr. Entonces el aleman cerr la puerta y llam, presentndose poco una criada. --Lleva este caballo la cuadra la dijo, y di Berta que disponga un aposento y un buen almuerzo para el seor Gaspar de Ontiveros. Venid, venid conmigo, amigo mio, puesto que quereis hablarme, y que, segun supongo, el asunto que os trae ser para tratado sin testigos. El mejicano sigui al aleman, que le introdujo en una especie de tienda, juzgar por un mostrador alto como una muralla y algunos armarios fuertes y cerrados: la luz de la maana penetraba all por los postigos de una puerta defendida por candados, cerrojos y barras de hierro, lo que demostraba que en aquella tienda habia mucho que guardar. --Me traeis una de aquellas hermosas perlas que tan caras me habeis hecho pagar, amigo mio? dijo con los ojos cargados de una expresion codiciosa el viejo Franz. --Si por cierto, una os traigo, dijo Calpuc sacando el pao de seda donde habia envuelto aquel rico producto de los mares; pero ser necesario que esta me lo pagueis mejor. El aleman tom la perla con delicia, la examin, fu uno de los armarios, le abri con una de las llaves de un haz que desprendi de la cintura, y sac del armario una cajita de sndalo que abri. Dentro habia otras seis perlas. --Igual, exactamente igual, dijo, esto es un prodigio! Dnde diablos habeis ido buscar estas maravillas, amigo Gaspar? --Y qu diriais si, como yo, hubierais visto juntas perlas de este tamao, en cantidad suficiente para llenar el cajon grande de vuestro mostrador? --Poderoso Dios de Abraham! exclam el viejo: vos debeis ser un gran personaje, seor Gaspar, cuando os desprendeis de tales riquezas. --No pardiz, yo soy como lo sabeis bien, un traficante de perlas y pedrera: hago de tiempo en tiempo un viaje al Nuevo-Mundo y me traigo conmigo algunas preciosidades; necesario es vivir lo mas cmodamente posible. Y aun asi cuando se arrostran un largo viaje y los peligros del mar, justo es que aspiremos una razonable ganancia. [imagen: El capitan Alvaro de Sedeo.] --Os d por la ltima perla hace tres meses, mil doblones. --No me dareis por esta menos de mil quinientos. --Poderoso Dios de Jacob! y cmo quereis que yo os pague tanto dinero, cuando aun no tengo para hacer un mediano collar? --Creeis que sea fcil encontrar perlas iguales esa? --Lo creo imposible y me maravilla que vos las encontreis... pero aun asi... --Cunto creeis que pagaria un rey por un hilo de tales perlas que llegase al nmero de cuarenta? --Oh! un tal collar seria digno de la emperatriz! un tal collar costaria muchos cuentos de reales.! --Por lo mismo, seor Franz, cada perla de esas que yo os traiga os costar mas cara, hasta el punto de que para pagarme la ltima, no tendreis bastante con el valor de todas las joyas que teneis en vuestros armarios. --Tradmelas y por ese solo collar, os dar todo cuanto poseo. --Paciencia! paciencia! no es fcil encontrar muchas de estas maravillas: se necesitan para ello muchos viajes. Asi, pues, dadme los mil y quinientos doblones y no hablemos mas. --Oh no! no os dar mas que los mil. --Entonces, dijo Calpuc, recogiendo la perla, no hacemos nada. El aleman mir ansiosamente Calpuc. --Pero reparad, le dijo, que hasta ahora solo me habeis traido seis. --Por la primera solo me dsteis doscientos doblones, y esta, os lo juro por lo mas sagrado, no la poseereis ni un maraved menos de los mil quinientos. Era tan seguro el acento del mejicano, expresaba una resolucion tan invariable, era de tanto valor la perla, la deseaba tan ardientemente el joyero, que abri suspirando su fuerte caja de hierro y entreg Calpuc un bolson de cuero lleno de oro. --Hay teneis, le dijo, justamente la cantidad que me habeis pedido: la tenia preparada para pagar un libramiento que vence hoy. --Ah! un libramiento para... para el convento de luteranos de Madrid! --Callad! callad! y no digais tales palabras, seor Gabriel, dijo palideciendo densamente el aleman: si alguien os oyera seria cosa de dar en las manos del Santo Oficio... ya sabeis que yo soy catlico, apostlico romano, puro y neto. [imagen: Estrella.] --Cuntos enemigos tiene Espaa! dijo profundamente Calpuc, contando el dinero sobre el mostrador, mientras Franz guardaba cuidadosamente el cofrecillo de sndalo, al cual habia aadido una nueva perla. --Todos los pueblos que conquistan y quieren llevar su religion, sus leyes y sus usos otros pueblos, tienen necesariamente enemigos, dijo Franz. Si no fuera tan fuerte Espaa... --Ay si un dia todos los enemigos de Espaa se uniesen bajo una misma bandera! dijo Calpuc acabando de contar el dinero. --Si, si, en efecto: los moriscos, los judos, los flamencos, los franceses, los italianos... --Y los hijos de Amrica, dijo profundamente Calpuc. --Pues vos pareceis bastante rico, y gastais de tal manera las gruesas cantidades que os he dado en menos de un ao, que bien podria creerse... --Callad, callad, no nos oiga la Inquisicion; ni vos sois luterano ni yo intento nada contra Espaa; vos pagais libranzas de mil quinientos doblones, porque sois mercader, y yo, porque tambien lo soy, vendo perlas y diamantes: nada mas natural, aadi el rey del desierto, levantndose y encubriendo el talego con el capotillo. Ahora, como tengo que hacer dentro de poco, tened la bondad de mandar que me den el almuerzo. Franz y Calpuc salieron de la tienda y se perdieron en el interior de la casa. CAPITULO X. Del resultado que tuvieron las investigaciones de Harum. Hacia ya algunos dias, cuando Calpuc lleg Granada, que rondaban bultos de noche por la calle del Agua del Albaicin, cuyo extremo estaba situado el palacio de don Diego de Vlor. Ni este ni su hermano don Fernando habian vuelto de la expedicion que habian salido con Miguel Lopez, ni se sabia nada absolutamente por sus allegados de ninguno de los tres. La nica persona que parecia afectarse con esta ausencia, era doa Isabel de Crdoba y de Vlor. En cuanto doa Elvira, apenas se la veia las horas del comer y del rezar, y despues se encerraba en la habitacion de su esposo. Doa Isabel sabia lo que significaba aquel encierro: sufria y callaba. En cuanto los bultos que rondaban el palacio de don Diego, forzoso nos ser decir que uno de ellos era el wal Harum el Geniz, el terrible monf, el confidente de Yaye en cuanto las mejicanas, el que se habia encargado de seguirlas y averiguar su paradero. Harum, cumpliendo su cometido, habia averiguado que el capitan estropeado y las dos mujeres del carro habian parado en un casaron del Albaicin, situado en la parroquia de San Gregorio el alto, y cuyo huerto lindaba con el jardin de la casa de don Diego de Vlor. El capitan y las dos damas permanecian sin duda en aquel casaron, puesto que Harum veia salir todas las maanas al estropoado con una cesta, y volver poco con un muchacho cargado con la cesta llena de provisiones: el capitan daba algunos maravedises al muchacho, y le despedia hasta el dia siguiente. Despues entraba en la casa, abriendo la puerta por s mismo; no volvia salir hasta el anochecer, y permanecia en la calle hasta cerca de la media noche. Harum no vi jams abiertas las ventanas de aquella casa ni de dia ni de noche, ni entrar salir mas persona que el estropeado. Por consecuencia, morando all el capitan, era probable que morase all tambien la doncella morena y hermosa de los cabellos negros y rizados. Harum se habia dicho: --El poderoso emir me manda averiguar el paradero de esa doncella: luego esa doncella le interesa: es verdad que no se sabe por ahora dnde para el emir, y que le andamos buscando; pero cuando menos lo pensemos parecer, y si para entonces le tengo yo aclarado este asunto, sin duda que no me ir mal: entre ellos median prendas, puesto que el magnfico emir me encarg con todo el empeo de un enamorado que procurase dar con ella: procuremos, pues, burlar la vigilancia de ese capitan, y ponernos frente frente de la hermosa dama. Harum, pues, se dedic con toda su actividad y con toda su inteligencia al asunto que se le habia encomendado. Dise espiar de la manera mas cauta del mundo al estropeado, y no solo l, sino algunos de sus muchos conocidos del Albaicin. Es de advertir que los monfes hacian todos un doble papel: no habia ninguno de ellos que no tuviese parientes y amigos; ya fuese en las villas de la Alpujarra, ya en la ciudad de Granada. Con mucha frecuencia iban y venian las poblaciones, y aun vivian en ellas: entonces se asemejaban los moriscos, y como ellos tenian un nombre cristiano, y como ellos se mostraban sumisos y obedientes al rey, su capitan general y sus justicias: pero cuando los monfes estaban en las poblaciones, era para espiar. Entonces se transformaban: no parecian los terribles bandidos de la montaa, siempre bravos, siempre amenazadores, sino los vencidos sumisos que sufrian, sin quejarse y como sin pena, el dominio del vencedor; muchos de ellos, aunque todava se permitia los moriscos hablar en su dialecto natural y vestir su trage acostumbrado, hablaban perfectamente el castellano, y vestian como los castellanos. Harum y los veinte monfes que habian acompaado Yaye y Ab-el-Gewar, eran de este nmero. En cuanto Harum, se llamaba entre los moriscos y por ante los castellanos Pedro el Geniz, y pasaba por hijo de un rico mercader de sedas en la Alcaicera. Sus frecuentes y largas ausencias de Granada se justificaban por el comercio de su supuesto padre. Cuando Pedro el Geniz estaba fuera de Granada, el viejo Silvestre el Xeniz, que Dios sabe por qu habia tomado aquel apellido moro, decia sus conocidos cuando le preguntaban por su supuesto hijo: --Est en Florencia por _raja_, en Flandes por encajes: ha ido Gnova contratar una partida de telas de damasco con unos mercaderes, otra contestacion por este estilo. Del mismo modo todos los monfes cuando andaban entre los cristianos, tenian medios para encubrirse y burlar la vigilancia de los castellanos. Los moriscos, como todo pueblo esclavizado, estrechaban sus filas; encubrian sus conspiraciones bajo el mas profundo disimulo; se favorecian los unos los otros; se entrometian mansamente en todas partes, y de este modo sabian tiempo cundo se aprestaban soldados para marchar las Alpujarras, con cunto resguardo iban las conductas de dinero que se enviaban para pagar los presidios de soldados de las villas y castillos de la montaa; asi es que casi todas aquellas tropas eran batidas por los monfes, y casi todas aquellas conductas apresadas. Interesados en no hacerse sospechosos los monfes, parecian los moriscos mas reducidos y mas conformes con la dominacion castellana, llegando hasta el punto de no vestir el trage moro, de beber vino, de comer tocino y de pertenecer cofradas religiosas. Sucedia con mucha frecuencia, que engaados por estas prcticas exteriores, el presidente de la Chancillera, el capitan general, el alcalde mayor y el corregidor, usasen como confidentes contra los monfes, de los mismos monfes. Estos casos se repiten en nuestros dias. Con mucha frecuencia los conspiradores sirven como polizontes los gobiernos; esto es, cobran sueldo del gobierno, y se sirven s mismos. Harum era uno de estos hombres; conocanle en Granada altos y bajos, cristianos y moriscos, el capitan general, el buen don Luis Hurtado de Mendoza casi le tenia cario, y le tuteaba; el presidente de la Chancillera solia citarle como ejemplo de buenos moriscos, y decia con frecuencia, que si todos fuesen como l, se podria dormir pierna suelta sin temor levantamientos y alborotos: y en cuanto al corregidor y al alcalde mayor, nunca dejaban de darle crdito cuando le pedian informes acerca de este del otro morisco que se habia hecho sospechoso. Sin embargo Harum era uno de los wales capitanes mas tremendos de los monfes; una vez caballo, al frente de una banda de ballesteros, y acometiendo una villa que se habia hecho merecedora de un severo castigo por parte del emir, la trataba sin compasion; caian bajo su lanza su espada la munjer, el nio y el anciano, como el varon mas fuerte y robusto, incendiaba las mieses y los caseros, sin lastimarse del hambre que aquella devastacion debia producir en comarcas enteras. Entonces el semblante de Harum era feroz, su palabra breve y dura, su corazon inaccesible la piedad; una vez lanzado su grito de guerra, su tremendo Allah le ille Allah![8], se convertia en un tigre hambriento; ponansele ante los ojos las desdichas de su patria, y se cobraba con usura en sangre cristiana de la fingida sumision que se veia obligado demostrar cuando vivia en las poblaciones. En Harum habia dos hombres: el capitan monf y el buen espa: cuando desempeaba este ltimo papel se transformaba: mostrbase afable, locuaz, alegre, un tanto casquivano, un mucho galanteador y de todo punto inofensivo: el amor de las mujeres servale las mil maravillas para averiguar muchas cosas, y para introducirse en muchos lugares, y como era jven y galan, y sobre galan buen mozo, h aqu que Harum representaba en el Albaicin un tercer papel, el de don Juan Tenorio. Generalmente representaba otro cuarto papel, el de gefe de los monfes que se encontraban como espas en Granada. Harum les daba sus rdenes, recibia sus noticias, las comunicaba, y era en fin, el ege de aquella mquina invisible, cuyos efectos sentian los cristianos sin conocer la causa que los producia. Tal era el hombre quien Yaye habia encargado que no perdiese de vista la prisionera mejicana, y quien habia encargado tambien Yuzuf averiguase el paradero del poderoso emir de los monfes Muley Yaye-Al-Hhamar. En cuanto al primer asunto, Harum comprendi que si rondaba mucho la casa del capitan podria inspirar sospechas al estropeado y hacer que se marchase con las dos mujeres y con mas precauciones otra parte. Aprovech, pues, la ocasion de desalquilarse una vieja casucha medianera de la que ocupaba Sedeo, especie de tinglado viejo, que se levantaba como una construccion parsita, apoyada en el casaron donde vivia el estropeado. Apenas se encontr solo en esta casucha Harum, la reconoci de alto abajo: entraban en ella el viento y el sol por todas partes, cuando no por ventana, por rendija, lo que la hacia sumamente ventilada, cualidad inapreciable en aquella estacion, que, como sabemos era la de los calores; adems un pequeo huerto de este tugurio lindaba, por un accidente casual, con los dos jardines de las casas de don Fernando de Vlor y del capitan Sedeo. Harum reconoci minuciosamente las paredes medianeras con el casaron habitado por el capitan; nada encontr en ellas que le ayudase: eran demasiado fuertes y al parecer gruesas para que pudiese abrirse en ellas una mira sin causar ruido y apercibir los vecinos: renunci, pues, las paredes medianeras y reconoci la cueva stano: all fue distinto: encontr la boca de una mina, pero cegada. Harum se decidi franquear aquella mina. Despues reconoci las tapias del huerto y vi que con poco trabajo podia entrarse por ellas tanto al jardin de don Diego de Vlor, como al de la casa habitada por el estropeado. Pero qu penetrar en este ltimo jardin no estando en inteligencia con la hermosa morena? Sin saber porqu, Harum cifr grandes esperanzas en la mina y se dedic hacerla practicable. Desde aquella noche principi trabajar, aunque por el momento los resultados fueron capaces de hacer desistir al mas testarudo. La mina estaba cegada piedra y lodo. A pesar de esto, dedic las noches aquel trabajo de zapa, sin dejar por ello de aprovechar los dias en otras investigaciones. Despues de haber trabajado en la mina con mucha precaucion para no ser sentido, desde el principio hasta el medio de la noche, se recogia al lecho y dormia hasta el amanecer; despues se ponia en la parte mas alta de su habitculo, detrs de una rendija, observar los dos jardines y las ventanas y galeras de las casas inmediatas. Todos los respiraderos de la casa del capitan estaban siempre cerrados, asi como el jardin desierto: en cuanto la casa de don Diego de Vlor era distinto: vease tanto en el jardin, como en las ventanas y galeras, el trfago de una numerosa servidumbre; generalmente despues del amanecer, veia Harum una jven hermosa y triste, que aparecia en los cenadores, adelantaba con paso lento, se sentaba en un banco de piedra debajo de una enramada de jazmines, y permanecia all, plida, inmvil y profundamente pensativa, hasta que, entrando el dia y creciendo el calor, se levantaba, y con el mismo paso lento volvia desaparecer por el fondo de los cenadores. Aquella jven era doa Isabel de Vlor; la causa indudable para Harum de la prdida de Yaye. Se nos olvid decir que se habian recibido unas noticias tales de la muerte de Miguel Lopez por los lacayos que habian acompaado don Diego y don Fernando, que doa Isabel vestia luto. Y ahora que recordamos Miguel Lopez, debemos aadir que ni una palabra se sabia acerca del paradero de don Diego de Vlor y de su hermano don Fernando. Aquello era una cadena de misterios. En cuanto doa Elvira de Cspedes, Harum no la habia visto ni una sola vez en el jardin, ni en los miradores, ni en las galeras. Sus mismos criados y su cuada doa Isabel la veian muy poco: las horas de comer y de las mas precisas atenciones domsticas y nada mas: despues afectando tristeza por la extraa ausencia de su marido y la falta de noticias suyas se encerraba pasando apartada de la vista de todo el mundo la mayor parte de las horas del dia. Doa Isabel, sabia demasiado la razon del retraimiento de doa Elvira: sentia por l unos profundos zelos; lloraba cuando se encontraba sola, pero guardaba una reserva sin lmites: para saber que Yaye vivia, la bastaba mirar el semblante de su cuada; pero la observacion de aquel semblante era un tormento para doa Isabel. Parecala notar en los ojos de doa Elvira una segunda vida; la vida de un amor ardiente y satisfecho... Pero volvamos Harum. Despues de su observacion salia la calle y se dedicaba nuevas investigaciones: habia procurado averiguar la procedencia del capitan; pero por mas que l y los otros monfes que con l estaban en Granada, revolvieron indagaron, no se pudo sacar en claro sino que el capitan era forastero y nadie le conocia. Del mismo modo todos sus esfuerzos eran intiles para dar con el emir; todos los dias, pues, la caida de la tarde, iba dar cuenta de sus trabajos Abd-el-Gewar. Esta cuenta se reducia muy pocas palabras. --Santo faqu, decia Harum inclinndose, ni yo ni los mios hemos podido averiguar nada acerca del paradero del poderoso emir. Abd-el-Gewar trasmitia diariamente este breve parte verbal Yuzuf por mano de un monf. Al fin un dia Abd-el-Gewar recibi la siguiente carta de Yuzuf. Creo que yo me encuentro mas cerca que t de saber el paradero de mi hijo. Y sin embargo Abd-el-Gewar y Harum le estaban tocando, como quien dice, con la mano; le tenian enmedio, aunque alguna profundidad debajo de tierra. Doa Isabel, que era la nica partcipe del secreto con su hermano y su cuada, habia callado por amor su hermano, pesar de que sabia que Yaye era buscado con ansia... sabiendo que Yaye estaba en poder de una mujer que le amaba. Isabel por un sin nmero de razones se veia obligada callar y sufrir. Habia pasado cerca de un mes desde el dia del casamiento de Isabel. Durante aquel mes ninguna noticia habia venido desmentir la noticia de la muerte de Miguel Lopez; nada se sabia de la suerte de don Diego y don Fernando de Vlor. Un dia que doa Isabel estaba, segun su costumbre, triste y abstraida, sentada en el banco bajo la enramada de jazmines, vino sacarla de su abstraccion el ruido de una disputa que pasaba cerca de ella. Levant los ojos del cesped donde hasta entonces los habia tenido inclinados, y vi que uno de los lacayos de su hermano pugnaba por arrojar fuera un mendigo, que su vez pugnaba por llegar hasta ella. --Qu quiere ese hombre, Andrs? dijo doa Isabel. --Este hombre, seora, ha aprovechado un momento en que he dejado abierto el postigo, y quiere todo trance hablar con vos. --Y qu quereis buen hombre...? --Ah! qu quiero...? tened caridad de mi, seora, y Dios la tendr de vos, dijo el mendigo con un pronunciado acento extranjero. --Dadle una limosna, Andrs, y que se vaya, dijo doa Isabel. --Ved seora que es un gitano, dijo el lacayo, y que hacer bien este canalla es pedir Dios una desgracia, porque esta gente est maldita de Dios. --Malditos de Dios! si es verdad! malditos de Dios! exclam roncamente el mendigo: los crmenes de nuestra raza han caido sobre nosotros, y nosotros nos vemos castigados por las culpas de nuestros abuelos en nuestras cabezas y en las de nuestros hijos. Doa Isabel se conmovi; habia en el acento de aquel hombre algo de solemne, algo de terrible, algo de ese no s qu misterioso que revela los grandes infortunios y no el infortunio de un hombre solo, sino el de una raza entera: por mas que doa Isabel fuese cristiana de corazon, pertenecia un pueblo oprimido y desgraciado, y de una manera precisa se le hacia simptico aquel otro hombre, que parecia pertenecer otro pueblo tan desdichado como el pueblo moro de Granada. Porque aquel hombre, en fin, era Calpuc, el rey del desierto, que se presentaba doa Isabel con el extrao disfraz de mendigo. Cuando se ha logrado interesar la curiosidad de una mujer se puede tener casi la seguridad de conseguir lo que de aquella mujer se espera. --Dejadle que se acerque, dijo doa Isabel al lacayo. --Pero ved que estos gitanos... insisti el criado. --Dejadle, dejadle que se acerque, repiti doa Isabel: por qu hemos de arrojar lejos de nosotros los pobres? Andrs se apart de mala gana, y murmurando del paso de Calpuc. Este se acerc doa Isabel y la contempl en silencio algunos momentos, con una profunda expresion de lstima. --Cun hermosa sois seora, y cun digna de ser feliz! la dijo. --Y quin os ha dicho que yo soy desgraciada? contest con cierta dureza dona Isabel quien, pesar de todo, la sentaba muy mal que un hombre, que parecia tan miserable, la tuviese lstima. --Oh! para que supieseis los motivos que tengo para compadeceros seria necesario que nadie nos escuchase. --Y era esa la caridad que venais pedirme? --Yo no soy mendigo, seora. --Sin embargo vuestro aspecto... --Haced que vuestro criado se retire un tanto: me basta con que no pueda oirnos. Dominada hasta cierto punto doa Isabel por aquella extraa aventura, mand Andrs que se retirase. Este se retir alguna distancia, siempre murmurando y sin quitar ojo del mejicano. Cuando este vi que no podia ser oido la dijo: --Os tengo lstima porque mereceis mejor esposo, y mejores parientes. --Quin os ha autorizado insultar mi familia? --Oh! la desgracia! --Ha causado mi familia vuestra desgracia? --No, no ciertamente: pero los desgraciados somos hermanos y tomamos con mucha facilidad por nuestras las desgracias de los dems. --Concluid, porque me parece que hasta ahora nada me habeis dicho que tenga que ver con la obra de caridad que esperabais de m. --Concluir muy pronto: tomad. Y sac de entre sus andrajos una carta que entreg doa Isabel. Al ver el sobre de aquella carta doa Isabel di un grito. Habia reconocido la letra gorda, brbara irregular de Miguel Lopez. El sobre de aquella carta decia: A mi muy querida esposa doa Isabel de Crdoba y de Vlor. Era la misma carta que Miguel Lopez habia escrito en el subterrneo por mandato de Calpuc. Esta carta aterr de mil maneras doa Isabel: ella no habia deseado la muerte de Miguel Lopez, la habia temido y habia procurado evitarla: si al creerla realizada se habia afligido por ella, habia sido mas bien por la infamia que suponia en sus hermanos, que por el inters que podia causarla aquel esposo que de una manera tal se la habia impuesto: ya sabemos que el inters que podia tener doa Isabel por Miguel Lopez era negativo, y en esta parte se encontraba bien con su luto y su viudez, luto y viudez de que habia venido sacarla con una prueba indudable Calpuc. Doa Isabel se puso de pi de una manera nerviosa y mir con los ojos lcidos y asombrados al mejicano. --No ha muerto mi esposo! dijo. --No, no ha muerto aun, contest Calpuc. --Es decir que est en peligro! repuso palideciendo la joven. --No por cierto; pero sino ha muerto hoy, morir maana. --No os comprendo bien quereis tal vez aterrarme? --Yo no pretenderia jams imponer terror un ngel, seora. Solo os he dicho lo que acabais de oir acerca de la vida de ese hombre, porque me parece que es una cabeza sentenciada: s; estoy seguro de que Miguel Lopez morir de mala muerte. --De mala muerte! y por qu? --Porque es un malvado y al fin y al cabo los malvados caen heridos por la mano de Dios. --Ah! exclam doa Isabel; escudado con esta carta, que de una manera tan extraa me habeis entregado, me estais haciendo oir muy duras palabras. --Ese es un aumento de desgracia que os procura vuestra familia. --Pero, en fin, dijo doa Isabel: quin ha sido causa del desgraciado suceso acontecido mi esposo? Los lacayos que vinieron traernos la triste nueva, nos dijeron que mi esposo y mis hermanos habian sido acometidos por los monfes de la montaa; que mi esposo habia sido muerto y que mis hermanos habian desaparecido. --Es cierto que los monfes acometieron vuestro esposo, pero fueron pagados para ello por vuestro hermano don Diego. Doa Isabel palideci aun mas y baj la vista ante la profunda mirada de Calpuc. --Vuestro esposo hubiera perecido, sin duda, continu este no haber sido porque yo acud en su socorro. --Os doy las gracias, quien quiera que seais, dijo toda turbada doa Isabel. --Ah! si yo hubiera conocido Miguel Lopez, le hubiera dejado morir! contest con un acento lleno de misericordia Calpuc. Pero Dios lo ha hecho de otro modo. --S, si, habeis hecho muy bien en salvarle y os repito que os estoy profundamente agradecida. --Nada me agradezcais. He obrado como debe obrar un hombre temeroso de Dios. --Vos no sois mendigo, segun me habeis dicho, dijo doa Isabel, fijando profundamente sus grandes ojos de gacela en Calpuc. --En verdad que no, seora, pero me era preciso adoptar un disfraz cualquiera, para acercarme vos sin inspirar sospechas. Por lo mismo y para no inspirarlas debemos concluir nuestra conversacion, que se va haciendo larga. Segun recordareis, vuestro esposo os ruega me entregueis la sortija que os di en arras de su casamiento con vos. --Y os urge recibir esa sortija? dijo doa Isabel. --No, no ciertamente. Podr esperar hasta esta noche. --Esta noche! y dnde creeis que podreis verme esta noche? --Aqu, en este mismo sitio, cuando todos esten recogidos en la casa, y podamos hablar sin ser sentidos de nadie. --Eso es imposible! yo sola, de noche, con un hombre quien no conozco! --Recelais de m despues de haber leido la carta de vuestro esposo? --No, no desconfio. Perdonad un vago recelo en una mujer que ha sido muy desgraciada. Me pareceis leal y consiento en recibiros. --A qu hora? --Despues de las nimas. --Despues de las nimas estar en el postigo del jardin. --A esa hora y confiando en vuestro honor, os abrir. --Adios, pues, seora, y hasta la noche. --Hasta la noche: adios. Y Calpuc se separ de doa Isabel, lanz una profunda y ansiosa mirada las ventanas de la casa en que vivia el capitan Sedeo, y que se veian por cima de la tapia medianera de los dos huertos, y al verlas cerradas exhal un profundo suspiro. Despues sali por el postigo, pasando junto al lacayo Andrs, al que ni siquiera salud. --Oh! ser necesario avisar al alcalde para que prenda ese hombre si vuelve venir, murmur el lacayo; tiene muy mala traza: por mi parte y no ser por la seora, yo le hubiera echado palos. --Ese hombre es un desgraciado, Andrs, dijo doa Isabel, y debemos compadecer y ayudar los desgraciados. Doa Isabel se alej y entr por el cenador, mientras Andrs murmuraba cerrando el postigo del huerto: --Un desgraciado! quiera Dios que su venida esta casa no nos cause alguna desgracia. La escena que acabamos de referir pas cabalmente la hora en que Harum, desde su casucha, hacia su atalaya matutina los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Vlor. --El cazador de la montaa! dijo al reconocer Calpuc el hombre quien protege el poderoso emir! Por qu viene aqu ese hombre y disfrazado de mendigo hablar con doa Isabel de Crdoba y de Vlor? Ser necesario avisar Ab-del-Gewar. Pero antes, aadi, es necesario que concluyamos nuestra tarea de la mina: por un milagro de Dios el capitan Sedeo est fuera. Xariz y Athar, que le han seguido, me han dicho que ha tomado caballo el camino de la montaa. No se sale asi la gineta sino para tardar algunos dias. Esta es la ocasion mas propicia: pues puos y adelante. Y dejndose ir con la agilidad de un gato por unas escaleras perlticas, descendi los pisos bajos, que estaban casi llenos de montones de tierra y escombros, que habia sacado Harum de la mina: encendi una linterna; tom una piqueta, y se meti por un estrecho pasaje que habia abierto pico. A trechos se veia la antigua mina rabe en toda su anchura y altura, capaz de contener un hombre caballo, porque la mina solo habia sido cegada trechos: si Harum hubiese tenido una brjula y un plano del terreno, hubiera conocido que aquella mina en vez de prolongarse en direccion la casa ocupada por el capitan estropeado, se extendia hcia la de don Diego de Vlor. Sea como quiera, poca distancia se detuvo Harum delante de una pared que cerraba la mina, y dej la linterna en el suelo. --Hice bien, dijo, en no seguir anoche mi trabajo cuando encontr esta pared que sin duda comunica con la cueva de la casa del capitan; era ya muy avanzada la noche; la cada de los escombros por esotra parte debe producir un gran ruido y era exponerse que se malograse mi plan. Sin embargo, como puede suceder que sin que yo lo sepa haya en la casa alguien que guarde la hermosa doncella de las trenzas negras, bueno es ir prevenidos: llevo un excelente pual... y sobre el corazon; que no es flojo ni asustadizo, una buena cota prueba. Adelante pues. Cmplase lo que est escrito, y que el Dios Altsimo y Unico me proteja. Y levantando la piqueta descarg un formidable golpe sobre la pared, que fue suficiente para que no necesitase dar el segundo: aquella pared era un simple tabique traspasado por la humedad, que se derrumb, produciendo apenas, por lo reblandecido de los materiales, un ruido sordo y opaco. Qued abierto un boqueron practicable: Harum tom la linterna, salt sobre los escombros, y se encontr en una mina mas ancha y enteramente desembarazada, que se prolongaba la derecha y la izquierda del boqueron donde habia entrado. --Por Satans! dijo el monf: me encuentro en un pasaje que conduce dos puntos distintos y que no tiene apariencias de estar cegado. Meditemos. La mina por donde me he abierto paso hasta aqu est casi en lnea recta; la casa del alfrez est la izquierda: la de don Diego de Vlor la derecha, pues seor: tomemos la izquierda: esto no impide que despues de reconocer el terreno tomemos la derecha. Acaso, acaso, descubra yo mas de lo que he creido: adelante pues. Y tom con una gentil audacia la mina adelante, la parte de la izquierda. A poco que anduvo tropez con una escalera y trep por ella: la altura de cincuenta peldaos encontr una puerta, bien conservada y que parecia estar en uso. Un impulso de alegra inund el alma del monf: pero aquel impulso no le hizo ser imprudente. Acerc el oido la puerta y escuch. Nada absolutamente se oia tras ella: permaneci escuchando algun tiempo mas, y ningun ruido alter el silencio: entonces acerc la luz de la linterna la puerta y la examin minuciosamente. Era de roble, y provista de una cerradura tan fuerte, que para violentarla hubiera sido preciso causar gran ruido. Harum suspir. --Es preciso procurarse una llave maestra, dijo: acaso, acaso, ser prudente esperar hasta la noche; durante el dia reconocer por fuera el terreno. Indudablemente esa puerta me ha de llevar hasta la mujer quien me ha encargado que busque el emir. Ademas ser prudente traer conmigo mejores armas. Harum baj de nuevo las escaleras y se aventur en la mina; pero abstraido en los pensamientos que le inspiraba la aventura en que se habia empeado, pas junto al boqueron por donde habia penetrado en la mina, y sigui en direccion de la casa de don Diego de Vlor. Pero de repente Harum se detuvo: habia escuchado el rumor de dos voces, una de hombre, otra de mujer, que hablaban sin recato y como si no temiesen ser escuchados. Harum adelant con precaucion, y not que las dos voces salian de un aposento abierto en la mina, por cuya puerta salia, proyectndose sobre el pavimento de la mina, un rayo de luz: el monf adelant aun mas y pudo percibir perfectamente lo que hablaban el hombre y la mujer que estaban en el aposento. La voz del hombre hiri su oido de una manera particular, como si le fuera muy conocida, y al fin la reconoci y exclam con asombro: --El emir! encerrado en un subterrno con una mujer! Harum no supo por el momento qu hacer. --Si, si, est ah; pero yo no debo escucharle, no! el siervo no debe descubrir los secretos del seor! seria hacerle traicion! pues bien! me ocultar, observar cuando salga esa mujer! y entonces... oh! entonces me presentar l y le dir: seor, vuestro padre os busca desesperado! si estais cautivo, yo os traigo la libertad! si estais libre, volved un momento, seor, junto vuestro padre, junto vuestros leales monfes...! despues... despues tiempo os quedar para el amor. Tomada esta leal resolucion, Harum se volvi atrs, busc el boqueron, le encontr, se sent sobre los escombros y apag la linterna, para que no pudiese denunciarle su luz. CAPITULO XI. Hasta donde habia llegado doa Elvira, arrastrada por su amor Yaye. Harum obraba sin duda hidalgamente y como convenia un buen vasallo, en no escuchar lo que su seor hablase; pero el autor comprende que no estan en el mismo caso sus lectores, y va introducirlos en aquel aposento vedado para Harum. Aquel aposento era el mismo donde don Diego de Vlor y su mujer doa Elvira de Cspedes, habian ocultado Yaye, causa del accidente que le habia producido la noticia del casamiento de doa Isabel. Desde aquel momento al en que le presentamos de nuevo nuestros lectores, habia pasado, como hemos dicho, un mes. Yaye estaba completamente restablecido y se paseaba lentamente por la estancia. Doa Elvira estaba sentada en un sillon, contemplando con ansiedad al jven, que estaba hermossimo. --Con que esa es vuestra postrera resolucion? dijo doa Elvira. --Mi resolucion decidida, contest el jven con acento severo. Por algunos momentos doa Elvira, quien pareci contrariar la respuesta de Yaye, guard silencio, impaciente irritada. --No os he dado bastantes pruebas de mi amor, dijo al fin con altivez, para que consintais en lo que deseo, en lo que anso... en lo que debia llenaros de orgullo, porque lo que yo anso, lo que yo deseo, es ser vuestra, enteramente vuestra? --Y no lo sois, seora? dijo dominndose Yaye, y procurando dar su acento la dulzura del amor, no soy yo vuestro? --Si, aqu, entre el mas profundo misterio, en las entraas de la tierra; cuando nadie mas que yo est vuestro lado, cuando nadie veis mas que mi. Vos no me amais, Yaye... vos al decirme amores habeis mentido... si, habeis mentido... vos no amais mas que vuestra ambicion... y despues de vuestra ambicion mi cuada doa Isabel, pesar de que mi cuada se cas con otro sabiendo que vos la ambais. Yaye hizo un movimiento como para contestar, pero guard silencio. --Si, ella sabia que vos la ambais, y os pospuso un hombre feroz, brutal, casi un bandido... en cambio yo... yo os amo desde que os vi: cuando por una sucesion de circunstancias extraas os tuve en mi poder, cuando yo sola podia veros, yo sola podia hablaros, mi alma se abri la esperanza y la felicidad... despues vos habeis sabido engaarme, enloquecerme... me habeis hecho la mas feliz de las mujeres... oh! si! porque no hay en el mundo una felicidad semejante la que vos me habeis hecho probar... pero despues...! El jven se acerc doa Elvira y la asi una mano. --Escuchad, seora, la dijo: mi corazon os pertenece... es verdad que yo amaba vuestra cuada, que creia amarla... --Que creiais amarla! exclam con ansiedad doa Elvira. --Si, que crei amarla, porque mi afecto hcia ella mas que amor era empeo, un empeo como yo los concibo: tenaces, terribles, voluntariosos... la noticia de su casamiento caus en m un efecto inesplicable... porque mi empeo se desvanecia, caia vencido ante el empeo de una mujer... no recuerdo lo que me aconteci... solo recuerdo que despert un dia de un profundo letargo, calenturiento, dolorido, cansado en el cuerpo y en el alma... mir en torno mio y os vi anhelante, con las manos cruzadas, mirndome de una manera tal, que aun no he podido olvidar aquella mirada, hermosa y dulce como la de un ngel... yo no os conocia... vos tampoco me dijsteis quien rais... yo no os lo habia preguntado, porque no tenia voluntad mas que para miraros, ni corazon mas que para sentir vuestra hermosura y vuestra misericordia: pasbais junto mi largas horas reclinada sobre mi lecho, mis manos en vuestras manos, mi mirada en vuestra mirada, confundindose nuestros alientos: lleg un punto en que... nos confundimos en uno; nos unimos, fuimos un solo ser que sentia una misma felicidad, que se embriagaba en s mismo: yo os crei mi ngel, mi espritu estaba aun perturbado... nada recordaba... habia vuelto la vida... una vida vigorosa, una vida nueva... para m este aposento, donde jams entra la luz del dia, era un eden y era un eden por vos. Vos lo sabeis, seora: no podeis dudarlo: yo enloquecia bajo vuestras miradas, yo desfallecia de amor con vuestras caricias... ha podido jams un hombre pertenecer de una manera mas completa una mujer? --Ha sido un sueo! un hermoso sueo! dijo doa Elvira, cuyos ojos se arrasaron de lgrimas, un sueo que no se ha desvanecido sino hacindome pedazos el corazon! --Por qu me despertsteis? por qu avivsteis mi memoria que la enfermedad habia entorpecido? Por qu me dijsteis: t eres Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfes de las Alpujarras? --Ah! la ambicion ha matado en vos al amor! --No por cierto: el emir, el poderoso emir de los creyentes que luchan en las montaas de las Alpujarras por el Islam, os hubiera asido de la mano, os hubiera presentado los suyos y les hubiese dicho: h aqu mi esposa; h aqu vuestra seora; pero vos no os detuvsteis en vuestras revelaciones: me dijsteis: yo soy casada, lo que equivalia decirme: somos adlteros. --Ah! exclam doa Elvira. --Y no bastaba esto: me dijsteis soy esposa de don Diego de Crdoba y de Vlor, lo que equivalia decirme: somos infames, porque don Diego de Crdoba es pariente mio por parte de mi madre, como que mi madre era hermana del padre de don Diego. --Y qu importan todos los parentescos, todos los vnculos, cuando se ama como yo os amo? --Doa Elvira el crmen siempre es el crmen, y no es puro el placer en el fondo de cuya copa se encuentra el remordimiento: yo soy inocente: el Altsimo lo sabe: acababa de salir de una enfermedad terrible cuando os vi mi lado; me encontraba en una situacion extraa; yo os creia una hur enviada por Dios para consolarme, porque yo no os conocia: lo que ha sucedido entre nosotros ha sido fatal; pero en el momento en que he conocido que nuestros amores ofendian Dios y los hombres, me he detenido, he vuelto atrs en la senda de la perdicion en que habia entrado sin saberlo... --Porque no me amais! porque os habeis burlado de m! exclam con violencia doa Elvira. --No os amo porque no debo amaros, seora; no os amo, porque perteneceis otro hombre; porque me habeis engaado... --Porque amais mi cuada doa Isabel! --Para que yo no ame doa Isabel basta el que sea como vos una mujer casada. --Oh! si en vez de ser yo quien soy, fuera doa Isabel, no reparariais tanto en ofender Dios y los hombres, exclam con despecho doa Elvira... y luego... si doa Isabel fuese viuda... viuda y... vrgen...! Yaye, pesar del dominio que tenia sobre s mismo, palideci de una manera marcada. --Oh! si! la amais! la amais! exclam con rabia doa Elvira, notando la conmocion de Yaye, la amais y me despreciais por ella... pues bien! sabedlo...! os lo voy revelar todo...! apenas Miguel Lopez habia entrado en nuestra casa de vuelta de la ceremonia... mi esposo, no s por qu, le llev consigo, sin darle ni aun tiempo de despedirse de doa Isabel: Miguel Lopez, mi esposo, mi cuado don Fernando y cuatro lacayos, partieron para las Alpujarras: al dia siguiente volvieron los lacayos trayendo la noticia de que Miguel Lopez habia sido asesinado por los monfes y que mi esposo y mi cuado habian desaparecido. --Asesinado Miguel Lopez por los monfes! exclam Yaye, en cuya imaginacion surgi una sospecha: y se ha confirmado esa muerte? --Mi cuada, vuestra hermosa doa Isabel, lleva luto por ella... y est tan hermosa con su luto...! --Asesinado Miguel Lopez por los monfes! repiti profundamente Yaye. --Oh! ya se ve! existia un antiguo contrato entre vuestro padre y el padre de mi esposo; segun l, vos y doa Isabel debiais uniros para salvar ciertos intereses encontrados: no s por qu, obligado acaso por la fatalidad, mi esposo entreg su hermana Miguel Lopez... pero llegsteis vos... os encerrsteis con mi esposo... yo escuch vuestra conversacin... y Miguel Lopez fue sentenciado... --Os juro que yo no he tenido parte alguna, ni aun con la voluntad, en ese asesinato. --Si, si: bien s que el nico autor de ese delito es don Diego de Crdoba, mi esposo, pero s tambien que su delito es intil, porque no os casareis con doa Isabel, os lo juro. --Ya os he dicho, continu dominndose Yaye, que en el momento en que doa Isabel ha pertenecido otro hombre he dejado de amarla. --Es que doa Isabel no ha pertenecido nadie, exclam con una malignidad indescribible doa Elvira, ni aun su hermoso Yaye, quien ama con toda su alma... me habeis llamado adltera porque el amor me ha arrojado en vuestros brazos: y creeis que no seria tambien adltera doa Isabel, vuestra virtuosa doa Isabel, si vos la hacias oir una sola palabra de desesperacion..? oh! las mujeres cuando amamos no reparamos en nada...! el amor ha sido creado por Dios para que le sienta nica y exclusivamente la mujer! Yaye se contenia visiblemente: notbase, pesar de su profunda reserva, no solo que no amaba doa Elvira, sino que le inspiraba aversion. Doa Elvira aspiraba perfectamente el sentimiento que se filtraba, por decirlo asi, del semblante del jven, le comprendia y se irritaba. --Mi casamiento, dijo fue el resultado de una apuesta, y he sido muy desgraciada: yo amaba mi esposo y fuerza de humillaciones he llegado aborrecerle: yo debia vengarme de l tarde temprano; pero no he sido una mujer impura que se prostituye solamente por venganza: era necesario que mi corazon al vengarse aspirase otro amor... os v... os am, os he amado largo tiempo en silencio... y al fin... por casualidad, mi mismo esposo os puso en mis manos: he velado junto vos anhelante, viendoos entre la muerte y la vida y despues de haberos salvado me he creido amada y vengada de las injurias que como mujer debia mi esposo... vos me despreciais ahora Yaye... pues bien yo me vengar... os juro que sereis mi esclavo, que no volvereis ver la luz del sol. --La pasion, una pasion que no comprendo bien os extrava, seora, dijo Yaye con una profunda calma: vos no teneis ningun derecho para privar un hombre de su libertad. --Si, si, es verdad: yo debo dejaros libre para que corrais arrojaros los pis de doa Isabel, para que podais decirla, eres viuda...! s mi esposa...! y yo entre tanto... deshonrada...! perdida...! que creeis que seria de m si durante una larga ausencia de mi esposo diese luz un hijo? Yaye se estremeci. --Y estoy segura... oh! si! os amo tanto! he sido tan feliz! oh Dios mio! Dios mio! al menos aunque l me desprecie... si me queda una prenda de su amor, ser feliz... muy feliz... y esa felicidad... de seguro me la ha concedido Dios. --Dios no querr que vuestra insensata pasion os haya llevado tal punto seora. Dios no querr que tengais un doble remordimiento... por el esposo y por el hijo: en cuanto m soy inocente, bien lo sabeis; si fuerais libre os haria mi esposa, os lo repito os lo juro. --Me harais vuestra esposa si yo fuese libre? observ acentuando cada una de estas palabras doa Elvira. --Cuidad lo que haceis, seora, dijo Yaye. --Qu! dijo doa Elvira con sarcasmo; creeis que yo seria capaz de matar mi marido por ser vuestra? --Os lo confieso, aunque me cuesta violencia el confesroslo: os creo capaz de todo. --Pues bien, dijo con una calma glacial doa Elvira: esperadlo todo de m. Todo, hasta la venganza. --Habeis elegido muy mal camino, seora, dijo Yaye con acento frio: ya os lo he dicho antes de ahora: sois impotente contra m: os he suplicado que me pongais en libertad, que me dejeis volver entre los mios, y os habeis negado ello pretexto de que no volveria veros. En efecto, una vez fuera de esta prision en que la casualidad me ha arrojado, no volveriais verme sino por otra casualidad..... porque el deber me manda apartarme de vos. Jams hubiera yo incurrido en el crmen que hemos consumado, sino en un estado casi de insensatez, en un estado en el cual no pertenecen al hombre sus acciones. --Es decir, que teneis remordimiento de haberme poseido! exclam con una soberana altivez doa Elvira. --S, respondi con firmeza Yaye, hasta el punto que puedo tenerlos, porque os lo repito, mis actos, acabado de salir de una enfermedad terrible que habia afectado mi razon, no son mios: son los actos de un insensato..... pero no insistiendo mas en esto os intimo por ltima vez para que me dejeis en libertad de ir donde me convenga, puesto que ningun derecho teneis para retenerme vuestro lado. --Jams! exclam doa Elvira. --Pues bien, seora, dijo Yaye adelantando hcia doa Elvira, que retrocedi hcia la puerta; por mas que me cause repugnancia el ejercer con vos una violencia, hareme yo mismo libre, sobrevenga el escndalo que quiera. Y adelant aun mas hcia doa Elvira. --Ah! no!... exclam esta: vos sereis caballero... vos no querreis emplear la fuerza contra una dama. Yaye se detuvo esta invocacion su honor. --Solo os suplico, dijo doa Elvira que mediteis en mi amor, en mi desesperacion: sino os volviera ver..! qu! tanto os costaria, sino podeis ser mi amante, ser mi amigo? --Me jurais, seora, sacarme de aqu? --Os lo juro. --Pues bien: cumplid vuestro juramento. En aquel punto doa Elvira que gradualmente se habia acercado la puerta, la gan de un salto, y antes de que Yaye pudiera evitarlo la cerr, corriendo los cerrojos. --S, s, dijo doa Elvira desde detrs de la puerta: t saldrs de aqu Yaye, pero muerto de hambre, entregado enteramente mi: yo te lo juro. Y se alej lanzando una insensata carcajada que retumb en la mina. Luego se escucharon por algun tiempo sus pasos precipitados; despues todo qued envuelto en el mas profundo silencio. CAPITULO XII. De cmo Dios premi la constancia de Yaye. Yaye qued mudo de asombro y de clera en el centro de la estancia. Las ltimas palabras de doa Elvira tenian una muy fcil explicacion. T saldrs de aqu muerto de hambre entregado enteramente m. Esto queria decir que doa Elvira pensaba valerse de algun brebaje para aletargar al jven y conducirle un lugar mas seguro; brebaje que solo podria evitar Yaye sentencindose morir. Era aquel el ltimo lmite donde podria llegar el empeo de una mujer. Yaye conoci que doa Elvira le tenia enteramente en su poder: la habitacion en que se encontraba, aunque ricamente alhajada, y cubierta de tapices, por lo reducido de su extension, por lo deprimido de su bveda, por lo fuerte de su puerta, en que se veia un ventanillo, indicaba haber sido en otro tiempo destinada para encierro. Por aquel ventanillo podia doa Elvira introducirle alimentos preparados para producirle un estado de letargo, sin que Yaye pudiese usar de la menor violencia con ella. Yaye, pues, sacudi con fuerza la puerta; pero esta era muy fuerte, encajaba perfectamente y nada consigui: meti el brazo por el ventanillo, y prob si alcanzaba los cerrojos: esto tambien era intil: los cerrojos estaban fuera del alcance de su brazo: su espada y su daga, cuyos gavilanes acaso le hubieran servido para alcanzar los cerrojos, habian desaparecido: Yaye comprendi que si esperaba mucho tiempo, doa Elvira comprendera que los cerrojos no bastaban para asegurar su prisionero, y buscaria otros medios de seguridad. Era necesario encontrar una manera de descorrer aquellos cerrojos, y franquear cuanto antes aquella puerta. Una vez fuera, Yaye pensaba ocultarse en la oscuridad en la mina, y sorprender doa Elvira cuando volviese. Pero no se le ocurri medio en lo humano: comprendi que estaba seriamente preso, y merced del fatal amor de doa Elvira. La nica esperanza que le quedaba era que sobreviniese en aquellos momentos don Diego de Crdoba y de Vlor. Pero quin sabia lo que habia sido de don Diego? Empezaba Yaye desesperarse, cuando oy en la mina unos pasos marcados de hombre: era la primera vez, despues que habia vuelto la razon en aquel calabozo, que oia tales pisadas: supuso que doa Elvira le enviaria algun hombre pagado para intimidarle, y esto le irrit. Los pasos se acercaban y al fin se detuvieron junto la puerta. Yaye escuch en silencio: el que se habia detenido junto la puerta nada dijo durante algunos segundos. Al fin se escucharon estas palabras pronunciadas por una voz contenida: --Estais solo, seor? --Qu es eso? Quin me llama seor? dijo Yaye acercandose al ventanillo de la puerta. --Soy yo, seor; vuestro fiel escudero; el wal Harum-el-Geniz. --Oh! me he salvado! exclam Yaye; mira si puedes descorrer los cerrojos, mi buen Harum. --Oh! s, poderoso seor! he aqu la puerta de par en par. En efecto, la puerta se abri. --Quin te ha traido aqu Harum? por dnde has entrado? le pregunt Yaye. --Me ha traido un mandato de vuestro noble padre; en cuanto al lugar por donde he entrado, venid seor y lo vereis. Harum quien las circunstancias hacian mas entrometido con el jven emir que lo que lo hubiese sido en otra ocasion, tom la buja que ardia sobre la mesa y sali seguido de Yaye. Al llegar al boqueron se detuvo, y le mostr al jven. --H aqu por donde he entrado, seor. Por esa mina adelante, pronto muy pronto, vuestra grandeza ver la luz del sol. Y sigui por la mina precediendo al jven emir. Cuando este se encontr en las habitaciones superiores, cuando vi el cielo, las nubes, el sol, los rboles, la Alhambra, lo lejos la alta cumbre de la Sierra-Nevada, en lontananza y los pies de la sierra la extendida vega con sus lejanas montaas azules, respir como quien se siente aliviado de un peso enorme. --De qu manera quieres que te recompense el emir? exclam con alegra volvindose Harum. --Ah, seor! dijo el monf; me basta con ser vuestro secretario de confianza en la paz; vuestro escudero en la guerra: vuestro lado siempre, porque teneis enemigos, seor; todos los reyes los tienen y mi nica ambicion es serviros de escudo. --Aunque me has servido algun tiempo no recuerdo de qu tribu eres, dijo con la gravedad de un rey Yaye. --De la tribu Zeneta, seor, contest con orgullo Harum. --Vienes, pues, de una raza bastante esclarecida, wal, para que puedas estar continuamente mi lado, dormir los pis de mi lecho, y llevar tu caballo tras el mio en el combate. Te concedo lo que me has pedido. --Ah! seor! magnfico seor! exclam Harum arrojndose los pis de Yaye. --Alza y escucha: cuntos dias han pasado desde aquel en que yo llegu Granada? --Quereis decir, seor, desde el dia en que me mandsteis que siguiese sin perder de vista la hermosa morena de los ojos de luz? --Ah! la princesa mejicana! exclam perturbado bajo aquel recuerdo Yaye. --Pues ha pasado un mes, cabalmente desde aquel dia, seor. --Cuntas variaciones en un mes en la vida de un hombre! exclam el jven emir. Y se qued profundamente pensativo. --Perdonadme, seor, dijo Harum, si os advierto, que estando en estos corredores nos pueden ver desde las ventanas y desde el jardin de la prxima casa de don Diego de Crdoba y de Vlor. --Ah! es esa la casa de don Diego de Crdoba! dijo Yaye mirando al frente: pero de improviso se puso plido y lanz una exclamacion desde el fondo de su alma. --Ah! doa Isabel! En efecto, la jven habia atravesado lentamente y con su severo traje de luto, un corredor de la casa vecina y habia desaparecido. --Vive doa Isabel en la casa de su hermano don Diego? dijo con voz apagada por la conmocion Yaye. --Si seor, todos los dias por la maana la veo sentada en aquel banco de piedra que hay al pi de aquella enramada de jazmines. Pero retirmonos de aqu si os place, seor, y si quereis observar la casa de don Diego, yo os llevar un lugar desde donde podais ver sin ser visto. Yaye conoci que la observacion de Harum era prudente, y le sigui un aposento cercano en el que habia una ventana con celosa y desde donde se descubria lo mismo que desde el corredor, las dos casas y los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Vlor. --Acostumbra doa Isabel dejarse ver? pregunt Yaye. --Solo por la maana, seor, y en el lugar que os he marcado. --Has hablado alguna vez con ella? --Nada me habiais encargado acerca de doa Isabel, seor. --Es verdad. Y dime: que ha sido de Miguel Lopez? --Se le cree muerto. --Se sabe quin ha mandado su muerte? --Creese que sea cosa de don Diego de Vlor. --Infame! murmur Yaye: pero... me han dicho que ha muerto manos de unos monfes. --Es verdad: segun me ha dicho Dalhy que ha ido dos tres veces la montaa durante este mes, don Diego soborn Reduan, que vivia como ventero junto Orgiba y otros seis: vuestro poderoso y justiciero padre, seor, mand ahorcar al dia siguiente Reduan, y los otros seis, en la encina muerta de la Rambla de los Gamos. --De modo que en esta muerte nada ha tenido que ver la justicia de mi padre? --Ha sido un asesinato y nada mas. --Y qu se han hecho don Diego y don Fernando de Vlor? --Los tiene presos vuestro padre hasta que vos parezcais. --Y mi buen ayo Ab-del-Gewar? --Est inconsolable por vuestra prdida y nos hace revolver la tierra m y los veinte monfes que tengo mis rdenes. --Pues hasta que yo te lo mande, es necesario que nadie digais que he parecido. --Muy bien, seor. --A nadie, lo entiendes? --Si seor. --Adems, es necesario que procures introducirte con la servidumbre de don Diego de Vlor, fin de que yo pueda hablar con doa Isabel. --Las tapias son fciles de escalar, seor... y yo mismo... --Componte como puedas, pero no cometas ninguna imprudencia. --Oh! en cuanto imprudencias seria la primera que cometiese: por no ser imprudente no puedo daros ya noticias positivas acerca de la dama morena que me mandsteis seguir. --Cmo! sabes donde para? --Muy cerca de nosotros, ah, en esa otra casa cuyo huerto linda con el de don Diego y cuyas celosas estan tan cerradas. --Y no has tenido medio de amparar esa desdichada? --Tengo medio de penetrar hasta su habitacion; pero necesitaba proveerme de cierta herramienta. --Ah! forzar puertas! dijo con repugnancia Yaye: exponerse pasar por un ladron! --La puerta que yo forzar es tan reservada, como que da un extremo de la mina donde est la habitacion en que os han tenido cautivo. --Pues bien, cuanto antes liberta esas desdichadas mujeres, pnlas bajo el amparo de la justicia, devuelve la jven la joya y... --Y por qu no habeis de hacer vos todo eso seor? sino me engao parceme haberos oido decir que esa dama es una princesa. Medit un tanto Yaye. --Bien, dijo: tiempo sobrado tendremos de pensar en ello. Por ahora bscame una casa segura donde pueda vivir sin ser notado: despues trae una litera cerrada dentro de la cual me trasladar mi nueva vivienda, y sobre todo, Harum, un profundo secreto. El monf despues de haber recibido algunas otras instrucciones de Yaye, sali de la casa murmurando, mientras se alejaba buen paso: --El emir es mi seor nico y absoluto desde que el noble Yuzuf renunci en l su poder y su corona. El, solo l, Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar, es nuestro seor, quien debemos obedecer ciegamente, so pena de traicion. Pero qu pensar hacer el emir? Dos horas despues salia una litera cerrada del casuco que habitaba Harum: aquella litera entr poco despues en una linda casita de la calle de las Tres Estrellas en el Albaicin. CAPITULO XIII. De cmo la caridad era una virtud peligrossima para el poderoso emir de los monfes Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar. Lleg la noche, y por cierto, lbrega y tempestuosa. Poco despues del oscurecer algunos hombres, como en nmero de doce, envueltos en largas capas, se extendieron por las calles de San Gregorio el alto y sus circunvecinas y se ocultaron en los dinteles de las puertas. Al poco tiempo otros dos hombres, embozados tambien hasta los ojos, llegaron la puerta de la casucha habitada por Harum, y uno de ellos abri la puerta: el que le seguia entr. El que habia abierto la puerta lanz un silbido prolongado, entr y cerr. Poco despues un embozado, lleg la puerta y llam: abrironle y un hombre que tenia una linterna en la mano, le introdujo en una habitacion del piso bajo. Sucesivamente llamaron y entraron otros cinco hombres. Cuando estuvieron todos dentro, el hombre que les habia abierto les dijo: --Seguidme. Aquel hombre era Harum. Los seis hombres que habian entrado y estaban desembozados, mostraban los semblantes mas angulares y fatdicos del mundo, bajo las anchas alas de sus sombreros gachos, y las espadas de mas voluminosa empuadura y mas largos y torcidos gavilanes que podian darse, pendientes de los talabartes: ademas, cada uno de estos hombres, llevaba sujetos la cintura una daga buida, y dos largos pedreales pistolas. Aquellos seis hombres eran monfes escogidos entre lo mas duro y valiente de todas las taifas de monfes de las Alpujarras. Aquellos seis hombres siguieron Harum, que los llev en derechura la mina que ponia en comunicacion la casa ocupada por el capitan estropeado, con el palacio de don Diego de Vlor. Cuando estuvieron all, Harum los extendi por la mina y les di la consigna siguiente: --Las dagas en las manos. Si sobrevienen gentes por cualquiera de los dos extremos, se las detiene, y se avisa con un silbido. Si oponen resistencia, obrad como quienes sois. Atencion y silencio. Volvi salir por el boqueron, y poco despues apareci con un hombre enteramente encubierto, y tom la direccion de la escalera que conducia la casa del capitan. --Espera, le dijo el hombre que le seguia: se va por aqu al aposento donde he estado preso? --No seor, contest Harum, se va por la parte opuesta. --Pues llvame all: tengo curiosidad de saber lo que all puede haber sucedido. Harum se volvi y condujo Yaye al lugar indicado. Al entrar en l not el jven que algunos objetos que antes estuvieron sobre la mesa, estaban rotos y esparcidos por el suelo; levantadas las ropas del lecho, como si alguien hubiese buscado algo bajo l y los sillones tirados por el suelo. Yaye lo comprendi todo; aquellos eran los vestigios del furor impotente de doa Elvira al verse burlada. --Ah! ya lo sospechaba yo! dijo con acento sentido el jven, porque sin saber por qu, le lastimaba la desesperacion de doa Elvira. Yaye en su foro interno atribuy aquel sentimiento caridad. Sali de aquella especie de calabozo, y pas, perfectamente cubierto el rostro con un antifaz, por delante de los seis monfes, que inmviles y silenciosos como esttuas, estaban apoyados de espaldas contra la pared lo largo de la mina. Treparon por las escaleras que subian hasta la puerta, delante de la cual, por falta de una llave maestra, se habia detenido aquella maana Harum. No sucedi entonces lo mismo: el wal, transformndose en ladron, sac un instrumento de hierro de entre su talabarte, lo introdujo en la cerradura, y sin causar ningun ruido y con gran facilidad, descorri el fiador, que era de resorte: entonces la puerta gir sobre s misma sin ruido, y pudo notarse que por la parte de delante, era una verdadera puerta secreta disimulada en la tapicera. El lugar en que habian desembocado Yaye y Harum era una cmara extensa y sombra, cuyos tapices representaban asuntos de la historia antigua: aquellas gigantescas figuras de fuerte colorido, parecian fantasmas, destacndose dbilmente sobre el fondo oscuro, y la alta ensambladura de pino, ennegrecido por el tiempo, acabada de dar la cmara en aquella situacion y aquella luz un tinte sombro. Los muebles que la alhajaban eran ricos, pero antiguos, y en un ngulo se veia un voluminoso lecho de nogal tallado, intacto, con las cortinas de damasco rojo entreabiertas. Junto un armario cerrado habia un arns de guerra limpio y sencillo, y ac y all, en las paredes, sobre los tapices, algunas excelentes armas, tales como espadas, arcabuces y pistolas. --Este debe ser el dormitorio del capitan Alvaro de Sedeo, dijo Harum en voz baja Yaye, y es por cierto para l una fortuna el estar ausente; de otro modo nos hubiera sido preciso estropearle mas. Pero aqu hay tres puertas: esta casa es demasiado grande y yo no la conozco; pues bien, adelantemos la ventura. Y se dirigi una puerta pequea situada los pis del lecho, que estaba cerrada, y que abri Harum valindose de la llave maestra. A juzgar por la facilidad con que Harum manejaba aquel instrumento, cualquiera le hubiese tomado por un ladron de oficio. Una vez franqueada aquella puerta, nuestros dos exploradores se encontraron en un corredor estrecho, de techo bajo y paredes blanqueadas: siguieron adelante, pero al llegar la parte media del corredor, les detuvo un gemido de dolor. --Misericordia de Dios! dijo Yaye profundamente afectado; mucho me engao si ese no es el gemido de un moribundo. --Y si el moribundo no es una mujer, dijo Harum juzgando por otro segundo gemido. Apenas habia pronunciado el monf estas palabras, cuando se oy una voz timbrada por el dolor, pero juvenil y sonora, que exclam: --Ah! madre mia! pobre madre mia! Yaye hizo Harum una indicacion de que no se moviese, y l solo adelant hcia una puerta entreabierta, situada en el fondo del corredor. Yaye mir al interior; la sangre retrocedi de sus extremidades su corazon, y permaneci inmvil, mirando y escuchando con toda su alma y sin atreverse pasar adelante. Qu era lo que habia visto Yaye que asi le interesaba y asi le conmovia? Vamos presentarlo continuacion nuestros lectores. Era una cmara tan sombra y extensa como la primera por donde habian pasado Yaye y Harum. Una lmpara puesta sobre una mesa de mrmol, bajo un gigantesco espejo de acero, iluminaba debilmente aquel gran espacio, alcanzando apenas dejar ver de una manera informe las figuras gigantescas de la tapicera. Una chimenea de mrmol, enorme, sostenida por caritides y con ornamentacion del gusto del renacimiento, se veia al fondo limpia y desprovista de fuego en razon la estacion, lo que daba la cmara algo de frio y de extrao: un lado habia un lecho enorme, semejante al que hemos descrito anteriormente; pero aquel lecho no estaba abandonado; por el contrario, en l estaba una enferma. Arrojada sobre el lecho, asiendo las manos de la enferma, y llorando y besndola alternativamente, habia una jven vestida de blanco de extraordinaria esbeltez. Al frente de este lecho y cabalmente enfilando la cabecera, estaba la pequea puerta tras la cual escuchaba Yaye. Ultimamente habia una gran puerta de entrada y otros dos balcones; pero quien se hubiese acercado ellos hubiera notado que estaban aseguradas sus maderas con barras de hierro fuertemente clavadas en los marcos, lo que demostraba que aquellos balcones no se abrian. Por lo tanto las moradoras de aquella habitacion estaban condenadas alumbrarse continuamente con luz artificial. Todo en aquella cmara tenia los visos de una prision, y de una prision donde se guardaban dolores agudos. La enferma era efectivamente una moribunda; pero pesar del estado de demacracion en que la habia constituido la tisis, esa terrible enfermedad que no abandona la presa hasta que la deseca para la tumba, notbase que aquella dama, porque dama era, no habia llegado aun la vejez: apenas contaria cuarenta aos, pesar de lo cual estaba tan gastada, tan abatida como una anciana de ochenta; las formas de esta mujer, aunque excesivamente descarnadas, constituian por su estructura una gran hermosura, pero una hermosura pasada, empalidecida por los sufrimientos y por la enfermedad: la blancura de este semblante era extremada, como extremado era el negro color de sus ojos, de sus cejas y de sus cabellos. Una tos seca, penosa, terrible, tos que agotaba las fuerzas y el sufrimiento de la enferma, se dejaba escuchar sin interrupcion; sus ojos tenian un brillo fosforente, el brillo de la fiebre, y estaban notablemente hundidos; la jven lloraba de una manera silenciosa, desesperada, y de tiempo en tiempo se levantaba, iba un velador, tomaba una taza de plata y daba de beber la enferma. Lleg un punto en que la enferma tuvo un acceso horrible de tos, la que sobrevino un vmito de sangre: la jven lanz un grito de terror y se avanz la puerta, que golpe de una manera desesperada pidiendo gritos socorro. --Estrella! Estrella! hija mia! exclam esforzndose la enferma; esto ha pasado... yo creo que dentro de poco, de muy poco tiempo, esto habr pasado de todo punto. --Ah, madre mia! exclam volvindose la jven, plida como un cadver y haciendo retroceder Yaye que, impulsado por su caridad, habia dado un paso hacia el interior. Afortunadamente ninguna de las dos mujeres, dominadas por la situacion, le vi. Estrella, pues asi hemos oido llamar la jven por su madre, volvi al lado de esta como impulsada por un poder superior. --Sintate mi lado, dijo con acento solemne la enferma. Estrella, dominada por el mandato de su madre se sent en un sillon al lado del lecho. --Es necesario que tengas valor, hija mia, dijo la enferma: Dios me dice que dentro de muy poco voy ser libre, que vamos separarnos. Estrella rompi llorar en silencio, y se cubri el rostro con las manos. --Pero yo no quiero que murais, no, exclam levantndose en un movimiento nervioso, que revelaba una fuerza de voluntad toda prueba: no, no quiero que murais y no morireis. --Nadie se opone la voluntad de Dios: por lo mismo y como necesito hacerte graves revelaciones, como me queda poco tiempo de vida, es intil que ninguno de los infames criados de ese hombre venga interrumpirnos para traernos un socorro que seria intil. No llores, esto debias haberlo previsto hace mucho tiempo. Hubo un momento de solemne silencio. --He sido muy desgraciada, hija mia, continu la enferma, y mi mayor desgracia es el dolor que llevo la tumba, de dejarte sola, abandonada, en poder de ese infame. --Sin duda, Dios, madre mia, dijo Estrella, ha castigado en nosotras algun gran crmen de nuestra familia. --S, Dios castiga los opresores con la opresion de sus propios hijos. Altivas, soberbias, poderosas, hemos venido acabar en esclavas... en diez aos de cautiverio horrible... en poder de un demonio. Acrcate mas, hija mia; temo que haya tras esos tapices alguien que nos escuche. Lo que tengo que decirte es muy grave. Estrella se levant maquinalmente, se arrodill en el sillon en que habia estado sentada y se apoy en el lecho. Durante algun tiempo nada pudo oir Yaye: las dos mujeres hablaban demasiado bajo: aquella conferencia dur mas de una hora, conferencia interrumpida por agudos accesos de tos. Yaye not que al concluir la enferma su revelacion, que revelacion debia ser aquella tan recatada, se quit del cuello una cadena de oro de la que pendia una joya, cuya forma no pudo distinguir Yaye en razon la distancia. Luego la enferma sigui hablando naturalmente, pero su voz era ya mas opaca, mas cadavrica. --Si logras que alguna vez tus parientes castellanos conozcan tu suerte, hija mia, ellos que deben ser poderosos, ellos que deben gozar del favor del emperador, te ampararn y te vengarn, si es necesario que te venguen. --Oh, nada temais, madre mia! nada temais! exclam con una energia casi salvaje la jven: ese hombre que os ha hecho probar cuantas desgracias puede probar una mujer, no har tan infeliz la hija como la madre; no, no, lo juro por el Dios que est en los cielos. Vos habeis tenido razones que no solo os disculpan, sino que os honran: vos teniais una hija: yo, si Dios es tan cruel que me os arrebate, no tengo nada que me ligue la vida: perecer antes que sucumbir al infame: perecer, pero perecer vengndoos: ay del infame aventurero! --Oh seor! seor! exclam la pobre enferma: Sereis tan implacable que me negueis el consuelo de saber que mi hija queda amparada por sus parientes? --Oh! no es posible alentar ninguna esperanza, madre mia. Yo alentaba una... el jven aquel quien pude hablar por un milagro, hace un mes, cuando paramos en un meson, parecia noble y generoso... y sin embargo... ese jven me ha olvidado... no ha podido... quin sabe? y luego qu importa nadie la suerte de dos mujeres? Y Estrella acreci en su llanto desconsolado. Yaye crey que habia llegado el momento de presentarse: la enferma parecia prxima su fin, y era necesario que llevase la tumba el consuelo de que su hija no quedaba desamparada. Al abrir la puerta, aquella puerta rechin, Estrella volvi azorada la cabeza, y en su rostro apareci una expresion de espanto: sin duda estaba acostumbrada ver asomar por aquella puerta un ser terrible. Pero instantneamente su rostro se ti con un color febril, adelant rpidamente algunos pasos hcia Yaye, como una hermana que sale al encuentro de su hermano, pero se contuvo por pudor. --Ah! sois vos, caballero! dijo. --S, s, yo soy, que llego en el momento supremo. --Es l! es l, madre mia! el jven del meson de las Alpujarras! La enferma quiso incorporarse, pero no pudo. Estrella asi por una mano Yaye, como si le hubiese conocido desde mucho tiempo antes, y le llev junto al lecho: la enferma pos en l sus hundidos ojos. --Oh! dijo! si sois honrado y leal y vens salvar mi hija, librar una pobre madre de la inquietud mortal de dejarla abandonada en el mundo, que Dios os bendiga, caballero! --Os juro, seora, proteger vuestra hija como si fuese mi hermana, dijo con entusiasmo Yaye. --Acaso vuestro poder no alcance protegerla. --Mi poder alcanza mucho, seora, dijo con suma confianza Yaye. --Sin embargo, temo por vos mismo. Cmo os habeis introducido aqu? Sabeis quin es el hombre que nos guarda? Sabeis que si por desdicha sobreviniese...? --Aunque ayudase el infierno ese infame mutilado, nada podria hacer contra m. --Respeto las razones que tengais para apoyar vuestro dicho... pero es preciso ganar tiempo... --Nada temais... os repito que nada teneis que temer... ved por el contrario qu quereis, qu necesitais. --Qu quiero? qu necesito? exclam con alegra la enferma: podreis procurarme un sacerdote? --Oh! s! hola, Harum! Presentse inmediatamente la puerta el monf, asombrando las dos mujeres que no acertaban cmo podia ser aquello. --Al momento, al momento, Harum, le dijo Yaye, acercndosele y hablndole en voz baja: ve por un sacerdote cristiano para auxiliar un moribundo; que traiga consigo la comunion y la extremauncion; que suba ocupar tu lugar uno de los otros, y escucha: Yaye habl por algun tiempo en secreto con el monf. [imagen: Dios me inspira: sereis mas que hermanos, hijos mios!] Harum parti. Yaye se volvi las dos damas. --A propsito, seoras, dijo: qu gentes hay en esta casa? --Debe haber un soldado viejo que sirve al capitan Sedeo, y que es tan infame como l, y dos criadas. --Y no hay mas gentes en la casa. --No seor. --En ese caso llamad ese criado. --Pero... --Llamadle. Poco despues Estrella, dominada por el acento de confianza de Yaye, llam grandes golpes la puerta de entrada. Oyronse lentas y fuertes pisadas tras aquella puerta, luego ruido de llaves y rechinar al fin una cerradura: abrise la puerta y se present un hombre de estatura atltica y semblante avieso que adelant descuidado, sin reparar por el momento en Yaye. --Vamos! qu quereis? dijo con acento bronco, no es hora ya de descansar? es que estamos aqu para andar como un zarandillo de brujas por esa mujer que nunca acaba de morirse? En aquel momento el hombre que habia entrado y que solo habia dirigido su mirada, en que se veia una impura codicia, Estrella, repar en Yaye. Entonces se pint en su semblante una expresion feroz, y dirigindose al jven exclam: --Quin sois? quin os ha introducido aqu? Yaye, no contest aquel hombre: volvise hcia la puerta por donde habia entrado y exclam. --Ola! m! Un monf entr inmediatamente en la cmara. --Oh! qu es esto? grit el soldado arrojando una feroz mirada las dos mujeres, y poniendo mano su daga, nica arma que tenia consigo. --Desarma ese hombre, dijo Yaye al monf que habia quedado inmvil pocos pasos de la puerta por donde habia entrado. En este momento la situacion de las personas de nuestro cuadro era la siguiente: Estrella estaba de pi delante del lecho ocupado por su madre; Yaye en medio de la cmara; el soldado servidor del capitan, pocos pasos de la puerta de entrada, y el monf que habia acudido la voz de Yaye, igual distancia de la otra puerta de servicio. [imagen: Yuzuf Al-Hhamar] Aquella situacion solo dur un momento: el soldado avanz hcia Yaye, daga en mano, y el monf, rodendose la capa al brazo, se coloc de un salto entre el emir y su agresor, recibi una pualada de este en su capa, le asi, le desarm, apretndole la mano derecha con la fuerza de unas tenazas de hierro, le dobleg, y qued inmvil sujetando al soldado por el cuello. Este rugia. --Qu mas hombres que t hay en la casa? dijo Yaye. El soldado continu en sus intiles esfuerzos por desasirse de los puos del monf, que le oprimia con una fuerza salvaje, pero no contest. El monf comprendi que era una irreverencia punible en aquel hombre, el no contestar la pregunta del emir, y le apret el cuello de una manera despiadada. El soldado lanz un grito de dolor. Yaye repiti su pregunta. --No hay mas hombre que yo, dijo, cediendo aquella especie de tormento, el soldado. El monf comprendi que debia aflojar sus dedos y afloj. --Y qu otras personas hay en la casa? continu Yaye. --Una vieja cocinera y una criada. --Dnde estn? --En la cocina. --Llvate ese hombre, dijo Yaye al monf. El monf arrastr consigo al soldado que no se podia valer. --Pero qu quereis hacer conmigo, seor? dijo todo trmulo el soldado. --Llvate ese hombre, repiti Yaye: que le aseguren los otros de modo que no pueda escaparse ni gritar, y t vuelve. El monf hizo un esfuerzo y, en silencio, sigui arrastrando consigo asido del cuello y doblegado aquel hombre, y desapareci por la puerta de servicio. --Ah! exclam Estrella: Dios ha tenido al fin compasion de nosotras y os ha enviado para salvarnos. Pero nada temeis caballero? --Nada absolutamente, seora; descansad en la confianza de que sois libres, enteramente libres; ay! Ojal que como he podido libertaros pudiera devolver la salud vuestra madre! --Oh! yo soy en este momento muy feliz, caballero, dijo la enferma: no s por qu creo que vos sereis para mi hija un doble apoyo, un hermano, y muero tranquila. --Oh, madre mia! acaso... si Dios tuviera misericordia de nosotras... exclam Estrella; ya que hemos encontrado un corazon generoso que nos ampara... --No, no, hija mia, dijo la enferma con acento dbil y cansado... esto se acaba... se acabar dentro de algunos momentos... y luego... quedando t amparada, me importa poco morir... acercaos, caballero... acercaos. Yaye adelant. --Dentro de poco, dijo la moribunda, mi hija habr quedado sola sobre la tierra... es demasiado hermosa para que no corra mil peligros... sin embargo, mi hija tiene unos parientes que no la conocen; mi padre el duque de la Jarilla..... --El duque de la Jarilla! exclam Yaye. --Yo no puedo deciros lo que quisiera; necesito reconcentrar mis fuerzas para hablaros; me muero... es preciso que concluya... si mi padre hubiere muerto... si los parientes de mi hija no la reconociesen... no la amparasen... --Vuestra hija, seora, tendr en m un hermano, un hermano poderoso. --Un hermano poderoso! exclam con admiracion la moribunda. Quin sois pues? --Soy rey de los monfes de las Alpujarras. --Rey! exclamaron un tiempo con asombro la moribunda y Estrella. --Diez mil hombres, tan fuertes y tan valientes como el que acaba de apoderarse del infame servidor de ese infame capitan, obedecen mi voz. --Ah! pero sois moro! sois infiel! exclam con desaliento la moribunda. --Y bien, un moro no puede ser caritativo y caballero? exclam con orgullo Yaye. --Oh! si, si, exclam la enferma con acento inspirado: todo lo espero de vos, todo, y creo, aadi con acento solemne, Dios me lo dice en mis ltimos momentos... vos sereis mas que un hermano para mi pobre Estrella... mi pobre Estrella puede ser para vos... la salvacion de vuestra alma. La imprevista prediccion de la moribunda, hizo sentir los dos jvenes una impresion indefinible, misteriosa, desconocida: Yaye mir de una manera involuntaria Estrella, y encontr los ojos de esta fijos de una manera ardiente en los suyos. Pero instantneamente los dos jvenes bajaron los ojos: Yaye estaba profundamente plido, Estrella encendida con un magnfico rubor que habia dado su semblante las tintas de una rosa de Alejandra. --Oh! si! sereis mas que hermano y hermana! dijo la moribunda que habia aspirado la conmocion de entrambos jvenes. Luego asi sus manos y las uni. Dominados por la situacion, por el fuego febril que les comunicaban las manos de la enferma, por un impulso poderoso, los dos jvenes cayeron de rodillas los pis del lecho, continuando de una manera fatal con las diestras enlazadas. --Si, si, continu la moribunda: Dios me inspira: sereis mas que hermanos hijos mios... s, pronto tarde pesar de todos los obstculos que se crucen ante vosotros, sereis esposos. --Esposos! exclamaron con asombro los dos jvenes. Y por una fatalidad creciente, sus manos continuaron enlazadas y se estrecharon con fuerza. La moribunda puso sus difanas manos sobre sus cabezas, y los bendijo. En aquel momento Yaye se levant, asombrado de lo que pasaba por l: aquella era una complicacion mas en su vida. Al levantarse, vi que dos monfes estaban en la cmara. Habia enviado Dios aquellos hombres para que sirviesen de testigos aquella especie de casamiento hecho por las manos de una madre moribunda, manos que parecian consagradas por lo solemne de la situacion y por el sufrimiento, casi por el martirio? Yaye procur lanzar de s aquella pesadilla, ponindose en contacto con la vida real. Y separndose de Estrella y del lecho, se dirigi los monfes. --Seguidme, les dijo, y desapareci con ellos por la gran puerta de entrada. --Oh! qu habeis hecho? qu habeis hecho, madre mia, exclam Estrella? --Obedecer una inspiracion de Dios, contest la moribunda: ese jven ser tu esposo, Estrella... ese jven ser el padre de tus hijos... debes consagrarte l, hija mia... --Pero si l me desdeara... --No crees que Dios baje iluminar los ojos de los moribundos que han sido mrtires? dijo la enferma. --Oh madre mia! si os engarais!... si os engarais, yo seria muy desgraciada, porque!... --Por qu? --Porque le amo desde el dia en que le v en el meson de las Alpujarras. --Y Dios te ha enviado el hombre que amabas, y quien no esperabas volver ver, en el momento en que vas quedar sola en el mundo... Dios te ha enviado en l un protector... male, hija mia, male, con toda tu alma; vive solo para l, y, sobre todo, procura apartarle del error; que el amor le convierta al cristianismo, como mi amor convirti al cristianismo tu padre, que tambien era rey de un pueblo de infieles: l ha salvado tu cuerpo de la esclavitud; salva t su alma... --Oh, madre mia! --Y escucha; si mi padre el duque de la Jarilla te reconoce; si, por un acaso, que bien pudiera acontecer, mi padre no tiene hijos varones; si t eres la heredera de su nombre y de su grandeza, no reniegues de ese jven, Estrella mia: recuerda siempre que l ha debido tu madre una muerte tranquila, la seguridad de que no quedas abandonada, y los auxilios de la religion. Ahora ve, y con la llave que te he dado, abre un cofrecillo que encontrars en el cajon de aquella mesa. En l est el relato de mis desventuras, que he escrito mientras t dormias; en estos ltimos tiempos; relato que no es otra cosa que la revelacion que te hice antes de que apareciese ese jven. Hay tambien con ese manuscrito una declaracion de tu padre y su conversion al cristianismo; ademas, tienes mi retrato del tiempo en que yo tenia tu edad; nadie, viendo ese retrato, y conocindote, puede negar que eres mi hija; ve, recoge esos papeles, gurdalos y djame que me prepare entre tanto, para recibir al sacerdote del Seor. Estrella fu la mesa, abri su cajon, y busc en l el cofrecillo y los papeles. * * * * * Entre tanto Yaye habia recorrido la casa con los dos monfes. Era extensa y rica: estaba perfectamente alhajada en las habitaciones superiores, y se comprendia que quien la habitaba, estaba acostumbrado vivir con lujo y con grandeza. Yaye no encontr en ella mas seres vivientes que las dos domsticas de que le habia hablado el soldado prisionero, y las que encerr en un aposento retirado, y un caballo perteneciente, sin duda, al criado del capitan. Yaye franque la puerta principal de la casa, y lanz un silbido. Inmediatamente los seis monfes que estaban extendidos en la calle de San Gregorio el alto, se agruparon la puerta. --Habeis visto pasar, les dijo Yaye, al wal Harum? --S, poderoso seor, contest uno de los monfes; ha pasado en direccion San Gregorio. --Pues bien; esperadle uno en la avenida, y cuando llegue con el vitico, decidle que llame por esta puerta. --Muy bien, poderoso seor. --Ademas, id por una litera, y tenedla preparada: dos de vosotros entrad; dejad las capas, los sombreros y las armas, como si solo fueseis criados; encended las linternas del zaguan y de las escaleras, y esperad que llame el wal Harum; los otros sus puestos. Yaye se volvi para adentro con los dos monfes que hasta all le habian acompaado, y por otra comunicacion, que habia descubierto al registrar la casa, con la cmara del capitan, abri la puerta secreta y envi aquellos dos monfes su apostadero de la mina; luego, se encamin la cmara que correspondia el dormitorio de la moribunda, y mir por la puerta entreabierta. Estrella estaba inclinada sobre el lecho de su madre y sin duda lloraba. En la casa, de que por tan completo se habia apoderado Yaye, dominaba un profundo silencio. Yaye se retir de la abertura de la puerta y se puso pasear, profundamente pensativo, lo largo de la cmara. Lo que le acontecia era verdaderamente extraordinario. Su corazon y su cabeza empezaban no entenderse; sus ideas embrollarse; recordaba doa Isabel casada, viuda y vrgen, y esto hablaba sus deseos; pero seguidamente recordaba doa Elvira como un sueo de voluptuosidad, como una creacion fantstica, como una mujer divina, quien habia pertenecido, en cuyos brazos habia apurado inefables delicias, sin recordar su pasado, sin sentir mas que el presente, cuando aun duraba la perturbacion de sus facultades influjo de la dolencia; despues, y quemndole el corazon como un hierro candente, venia el recuerdo de la princesa mejicana, quien habia visto por la primera vez de una manera casual, quien de tan extrao modo, y por tan imprevisto camino habia encontrado de nuevo necesitada de su amparo, al lado de su madre moribunda... luego el poder misterioso, que, ya fuese por la situacion, ya por otra causa distinta, habian ejercido sobre l aquellas dos mujeres; la prediccion de la moribunda, el enlazamiento de sus manos, y aquella bendicion solemne; aquella especie de esponsales en las cuales ninguno de los dos jvenes se habia obligado por una palabra; pero que estaba casi como aceptada, como consumada por aquel nervioso involuntario estrechamiento de sus manos, en el acto de recibir la bendicion materna. Yaye, pues, tenia razon para no saber qu hacer ni qu pensar: habia abandonado por fanatismo Isabel, habia sido cruel con ella, habia dejado que se llevase efecto su casamiento con Miguel Lopez. Por resultado de aquel casamiento habia caido l mismo, como herido por un rayo, y habia sido asesinado Miguel Lopez (porque Yaye no sabia otra cosa); entregado una mujer que le amaba, doa Elvira, habia llegado de una manera fatal hasta el adulterio, y por ltimo, al verse libre por un acaso, habia caido en poder de otra mujer, con la cual podia decirse, al menos la exagerada sensibilidad de conciencia de Yaye se lo hacia creer, estaba moralmente casado; su padre lloraba desolado su prdida; Abd-el-Gewar, su ayo, estaba igualmente aterrado por la ignorancia de su destino, y por ltimo, influia en l su alta posicion de emir de un pueblo, aunque reducido, enrgico, indomable, valiente, sobre el cual estaban fijas las recelosas miradas del rey de Espaa y de sus lugartenientes en Granada. A pesar de esto, la virtud culminante de Yaye, la caridad, le retenia all, en aquella cmara, como protector de dos mujeres tan desgraciadas como aquellas. La imaginacion, pues, de Yaye, era un caos; una mquina de pensamientos contrarios, que fatigaban su cerebro y le lastimaban; pensamientos embrollados, de cuyo laberinto queria en vano salir; problemas difciles, cuya resolucion se afanaba en vano por alcanzar; dificultades, contra las cuales gastaba en vano toda su actividad. Abrise la puerta de entrada de la cmara, y un monf con todas las trazas de lacayo, dijo: --Poderoso seor: el wal Harum y dos sacerdotes cristianos con los suyos me siguen. --Adelante, adelante, dijo Yaye, despojndose de su gorra, punto que se oy la campanilla del vitico y se inund de luces la antecmara. La puerta se abri de par en par. Un sacerdote revestido entr, llevando el copon en las manos; su lado iba un monago, agitando una campanilla; tras este sacerdote venia otro, que llevaba entre sus manos el santo leo, y luego un sacristan con una linterna. El sacerdote que conduca el vitico entr en el dormitorio. Poco despues Estrella sali llorando, y se qued de pi, en silencio, al lado de una mesa, junto la cual, silencioso impresionado, estaba Yaye; el sacerdote que llevaba consigo la extremauncion, qued en la cmara con el sacristan y los acompaantes del vitico. Durante algun tiempo nada se oy en el dormitorio; sin duda la moribunda estaba confesando; pero un cuarto de hora despues, se oy dentro la campanilla. Estrella cay de rodillas con las manos cruzadas sobre el pecho; los asistentes se arrodillaron su vez, y Yaye se arrodill lentamente, y, aunque musulman, rog Dios por la salvacion de la moribunda; los dos monfes que habian quedado la puerta, se arrodillaron tambien, imitando su seor. Y cuando todos estaban arrodillados, cuando todos oraban, ces de repente la campanilla, se abri la puerta, y el monago que habia penetrado con el sacerdote, dijo con su voz atiplada de nio de coro, y con la frialdad de quien est acostumbrado tales situaciones: --Seor licenciado Dvalos! acudid, acudid pronto con la extremauncion, que la enferma se muere! --Mi madre! exclam Estrella, y di algunos pasos hcia el dormitorio; pero se detuvo, vacil, y cay desmayada entre los brazos de Yaye. * * * * * * * * * * Media hora despues, nadie quedaba en la casa del capitan Sedeo, escepcion de un cadver de mujer. Yaye habia dado con sus monfes un golpe de mano; habia trasladado, desmayada aun, en una litera, Estrella, la linda casa que le habia buscado Harum, y habia mandado retirar los monfes del subterrneo de la casa del capitan y de la calle de San Gregorio. El criado de Alvaro de Sedeo, y las dos criadas, habian sido conducidos la casa de Yaye, y encerrados en los stanos. Las huellas habian quedado borradas, y nadie hubiera creido que por aquella casa, donde solo quedaba la muerte, habian pasado los monfes. CAPITULO XIV. En que se sabe por qu habia dejado su casa el capitan estropeado. Retrocedamos un tanto la madrugada del dia anterior, en que el capitan Sedeo habia salido de Granada en direccion las Alpujarras. Urgente debia ser el motivo que ellas le llevaba, puesto que aguijaba su caballo todo cuanto podia correr el animal, sin cuidarse de si reventaria no. Antes de llegar al Padul, entr en una venta, pronunci algunas palabras en rabe al oido del ventero, y le entreg el caballo; poco despues el ventero sac otro caballo enjaezado con los arneses del primero, mont el capitan, aunque cojo, con la misma facilidad que pudiera haberlo hecho un hombre sano, y tom de nuevo el camino, con toda la rapidez de que era capaz su nueva cabalgadura. Cuatro veces mud de caballo en la misma forma, y antes de las ocho de la maana, dejando un lado la villa de Orgiva, tom por la misma loma y por el mismo barranco que al principio de esta historia vimos tomar Yaye y Adb-el-Gewar. Al llegar al bosque de pinos, lanz un agudo silbido, y algunos monfes adelantaron. Mostrles el capitan un pergamino enrollado, leido el cual por el wal que mandaba los monfes, le hizo desmontar, le vend los ojos, le prest su brazo para servirle de gua y de apoyo, y llevando otro de los monfes el caballo del diestro, se introdujeron en la selva; atravesaron estrechos y pendientes senderos, bajaron un profundo barranco, treparon por entre las breas una gigantesca cueva, y cuando estuvieron dentro, el wal se llev una pequea corneta los labios y dej oir un toque particular. Poco despues se vi moverse una enorme roca, y dejar patente una puerta de hierro, abierta tambien. Entraron el wal, el alfrez y el monf que llevaba el caballo, y la puerta volvi cerrarse. All imperaban ya las tinieblas: de trecho en trecho una linterna clavada en la pared de una ancha mina abovedada, determinaba una escasa luz: al pi de cada una de aquellas linternas y como centinela, se veia un monf armado. A pocos pasos que adelantaron en la mina, el monf que conducia el caballo torci por una de las galeras que trechos se veian derecha izquierda, y el wal y el alferez, continuaron solos la mina adelante. Al fin de ella llegaron un ensanchamiento octgono de muros y bveda rabe de ladrillo agramilado, cuyo frente se veia una puerta ornamentada, y delante de ella una numerosa guardia con ostentosos trages musulmanes. El wal que conducia al alfrez habl algunas palabras con el wal de la guardia, inmediatamente aquel abri con una llave dorada la puerta, dando paso al wal y al capitan Sedeo. La puerta volvi cerrarse. Entonces el wal quit la venda al capitan. Se encontraban ya en la parte maravillosa del alczar subterrneo. Era una magnfica galera sustentada por arcos calados sobre columnas de alabastro: bellsimas lmparas producian travs de sus velos de gasa una luz languida; cubria el pavimento una muelle alfombra; veanse de trecho en trecho, inmviles como esttuas, esclavos negros, vestidos de prpura, y era por ltimo, aquella galera, el magnfico ingreso de un alcazar admirable. Siguieron adelante, atravesando galeras y cmaras, hasta llegar una, en cuya puerta hizo esperar el wal Sedeo. Poco despues sali, y dijo al capitan: --El poderoso Yuzuf, padre del elegido de Dios Muley Yaye-ebn-Al-Ahamar, emir de los monfes de las Alpujarras, te espera. Alvaro de Sedeo entr en una ostentosa cmara, y se despoj respetuosamente de la gorra. En aquella cmara, pensativo y triste, se paseaba un anciano, sencilla aunque magestuosamente vestido. Cualquiera al verle con su blanca toca revuelta la cabeza, su caftan negro y su ancho y flotante albornoz blanco, le hubiera tomado por un patriarca de los antiguos tiempos. Alvaro de Sedeo adelant cojeando, y dijo cierta distancia del anciano: --Que Dios el Altsimo y Unico, te guarde, poderoso Yuzuf. El anciano se detuvo, y mir de una manera profunda y severa Sedeo. --Qu quieres? le dijo. --Vengo verte, poderoso Yuzuf, impelido por muchas razones. --Sintate, le dijo el anciano, sealndole un divan. Sedeo se sent: Yuzuf se sent junto l. --Hay en los aposentos cercanos alguien que pueda oirnos? dijo el capitan. --Cual de los mios, dijo con autoridad Yuzuf, se atreveria exponer su cabeza por satisfacer sus oidos? --Puesto que nadie mas que t puede escucharme, dijo el capitan, escchame, emir. Yuzuf tom una altiva actitud de atencion, y el capitan Sedeo empez de esta manera: --Ser preciso que me otorgues algun tiempo y alguna paciencia, seor: necesito recordarte cosas que t pareces haber olvidado. Frunci el cano entrecejo Yuzuf. --Nada tiene de extrao, que t, en medio de los cuidados que te cercan, continu el capitan, olvides los asuntos de un hombre como yo, que comparado contigo en fuerza y en grandeza, soy lo que seria un grano de arena comparado con una roca; por lo mismo reclamo tu indulgencia para mis palabras. --Al asunto, al asunto, Sedeo, dijo Yuzuf con impaciencia; graves pensamientos me ocupan, y solo me he prestado escucharte, suponiendo que te traia m algun empeo de gran inters. --Vuelvo reclamar tu indulgencia, seor, y procurar ser todo lo breve posible. Hace cuarenta aos, cabalmente los de la edad que tengo, que un matrimonio castellano, fue asesinado entre las breas de las Alpujarras. El era un soldado hidalgo que iba al pueblo de Orgiva; ella una hermosa jven de las montaas de Santander: la mujer, cuando fue asesinada, llevaba entre sus brazos un nio. Aquel nio era yo. Los asesinos de mi padre, fueron los monfes de las Alpujarras. --Tu padre era enemigo nuestro; un hombre cruel como t, que perseguia encarnizadamente los monfes, y por el cual muchos de ellos perecieron ahorcados en las plazas pblicas. --Bien: comprendo que en mi padre matarais un enemigo; pero mi madre.... --Los cristianos esclavizan, azotan, acuchillan y queman las moriscas, exclam sombriamente Yuzuf. --El delito de otro no disculpa el delito propio, contest con energa Sedeo. --Y sin embargo, t eres un hombre cubierto de delitos. --No importa eso. Yo extermino mis enemigos cuando puedo, y procuro satisfacer mis deseos, ni mas ni menos que t, como todo el que se siente con fuerza y con medios para obrar. Pero volviendo mi historia: el pual de los asesinos que no se habia detenido ni ante el valor del padre, ni ante la hermosura y las lgrimas de la madre, y que ciertamente no se hubiera detenido ante la debilidad del hijo, fue contenido por un hombre generoso y valiente: aquel hombre era tu padre, emir entonces de los monfes. Enviome misteriosamente la justicia de Orgiva, es decir, hizo que sus gentes me depositasen una noche en la puerta de la iglesia de la villa, con este papel puesto entre mis ropas. El alfrez sac una cartera, y de aquella cartera un papel tosco y amarillento. Corregidor de Orgiva, decia aquel papel: ah te dejamos al hijo del alfrez Pedro de Sedeo, el cruel, quien hemos dado muerte en castigo de sus crueldades. Su mujer ha sido muerta tambien por lo que se gozaba en los sufrimientos, en el martirio de nuestras mujeres. Hemos perdonado al inocente, y te entregamos ese nio. Crale con esmero, para lo cual encontrars todos los meses una cantidad bajo la puerta de tu casa. Y ay de t si ese nio no recibe la crianza de un hidalgo!--Los monfes. --Ya ves que si mi padre hizo morir los tuyos, cumpliendo estrictamente con la justicia, te acept por hijo. --Yo he pagado en t tu padre mi deuda; he sido un servidor leal; he vertido mi sangre por vosotros, enemigo de mi Dios y de mi rey; yo cristiano y honrado por el rey. --Sgue, sgue, y concluye. --Hace quince aos, cuando yo tenia veinte y cinco, fu acometido un dia en que me entretenia en cazar en la montaa, por un crecido nmero de monfes: sin herirme, sin maltratarme, me rodearon, se apoderaron de m, me vendaron los ojos, y asindome de un brazo, me condujeron este mismo sitio. Entonces te conoc, Yuzuf; me dijiste que tu padre te habia encargado que velases por m, y que cuando llegase cierta edad, me propusieses si queria pertenecer vuestro bando; yo sabia demasiado que todo lo que era, las galas que vestia, las armas que llevaba, el oro que guardaba en mis bolsillos, pertenecian un protector generoso y desconocido. Yo le habia concebido grande y fuerte, y ansiaba conocerle; cuando entr en este subterrneo, cuando te v delante de m, todo lo que me rodeaba me deslumbr. T entonces, me revelaste la parte que yo ignoraba de mi historia, y me propusiste el que te sirviera de espa entre los cristianos, y en cuanto estuviese mi alcance y t me exigieses. Yo era agradecido, mas de agradecido ambicioso; sabia que mis padres habian muerto fatalmente, y que tu padre me habia salvado; yo no s si deb rechazar todo lo que viniese de los hombres que habian teido sus puales en la sangre de mis padres; acaso deb preferir una vida oscura las riquezas y al poder que de repente habias desplegado delante de mis ojos; pero, en fin, bien mal hecho, jur servirte y te he servido. --Yo en cambio te he pagado esplndidamente: te compr una plaza de capitan... --Es verdad; me compraste una plaza de capitan en los tercios del reino y costa de Granada: t tenias tus proyectos y yo te serv tan bien, te avis tan tiempo de cuantas expediciones de soldados salian contra nosotros, que por mi causa blanquean millares de huesos de soldados cristianos, muertos por los monfes en las profundas ramblas de las Alpujarras. --Por cada cabeza de cristiano, has recibido un precio Sedeo. --Es verdad, y no me quejo; pero djame continuar. Decia, pues, que lo importante de los servicios que te prestaba, te impulsaron emplearme en mayores empresas. Acababa de conquistar un hidalgo estremeo, Hernan Corts, con un puado de aventureros, un rico y poderoso imperio mas all de los mares. Decase que en aquel imperio abundaban las perlas y las piedras preciosas, y que en el centro de sus desiertos habia una montaa de oro. T necesitabas mucho dinero para llevar adelante tus proyectos de reconquista sobre Granada, y volviste tu pensamiento Mjico, aquel imperio recien conquistado, donde, segun fama, el oro y las riquezas se encontraban por todas partes. T fuiste uno de los innumerables ambiciosos que extendiste tus garras hambrientas hcia las Indias, ese nuevo mundo, que debia cubrir con su oro los andrajos del mundo viejo. Tenias confianza en m; te convenia un castellano conocido ya bajo las banderas del rey de Espaa, mucho mejor que uno de tus wales, para tus proyectos: entonces me compraste una compaa, por mejor decir, me diste dinero para comprar la licencia para reclutarla en las Alpujarras, y para ir servir con ella en las Indias. Como el dinero todo lo alcanza, tuve la licencia para reclutar en las villas de las Alpujarras la gente: t mismo escogiste entre los mas feroces, los mas valientes de tus monfes, cien demonios que debian llevar la desolacion Mjico, y asegurarte de mi fidelidad. Hace doce aos que me embarqu con mi gente por mejor decir, con la tuya: en tres aos que permanec en Mjico antes de recibir las heridas que me imposibilitaron para las fatigas de la guerra, uno tras otro monf, torn Espaa trayendo para t un tesoro. --Es verdad. --Ya lo creo. Desdichada la provincia rebelde donde entraba la compaa del capitan Sedeo: desdichada la tribu del desierto que se oponia su paso. Las cabaas eran incendiadas, los hombres pasados cuchillo, las mujeres cautivadas, y si algun cacique se concedia la vida, solo era trueque de cantidades inmensas, de tesoros que atravesaban los mares, llegaban Espaa, y venian sepultarse en tu subterraneo de las Alpujarras. No me puedes negar, Yuzuf, que te he servido bien, que me debes mucho, y que tengo derecho que me protejas. --Y bien, cuando te he negado mi proteccion? --Nunca, es verdad; pero ahora la necesito de nuevo, y creo que me va ser difcil obtenerla. --Pide. --Antes de llegar mi peticion, es necesario que prosiga mi historia. Hace diez aos, estaba de adelantado por el rey, sobre la frontera del desierto mejicano, uno de los seores mas nobles, ricos y poderosos de Espaa; se llamaba don Juan de Crdenas, y era grande de Espaa, bajo el titulo de duque de la Jarilla. Trav conocimiento con l, por razon de hallarme con mi compaa sobre la frontera, y muy pronto nuestro conocimiento se troc en amistad. Frecuentaba su casa, comia comunmente su mesa, y era recibido por l en lo mas reservado, y all donde no entraban otras personas que su servidumbre. En una de estas habitaciones interiores habia un retrete, donde pasaba el duque la mayor parte del tiempo, y donde me habia recibido muchas veces. En las paredes de aquel retrete no habia mas que un solo cuadro, pero aquel cuadro, encerrado dentro de un magnfico marco, estaba cubierto por un tapiz negro. Esta singularidad llam extraordinariamente mi atencion desde el momento en que repar en ella; al fin un dia, sin meditar si era no indiscreto, vencido por mi curiosidad, pregunt al duque la razon por la cual estaba tan lgubremente velado aquel cuadro. Los ojos del duque se llenaron de lgrimas. --Mirad, me dijo, y comprended la razon de su luto y de la tristeza que me devora. Y levantndose, descorri el tapiz y me dej ver el retrato de una dama como de diez y seis aos, tan hermosa, que no pude menos de enamorarme. --Esa, era, me dijo, doa Ins, mi hija nica. --Ha muerto! exclam con sentimiento; porque me habia interesado sobremanera aquel retrato. --Si, debe de haber muerto, me contest. Me la arrebataron los idlatras en una sorpresa hace doce aos; Calpuc, el terrible Calpuc, el rey del desierto. Debe haber muerto, si; porque ella habr preferido la muerte la deshonra. El duque volvi correr el tapiz, se enjug las lgrimas, y yo me abstuve de hablar mas sobre aquel asunto. Pero desde aquel dia, un proyecto audaz, en que tenia tanta parte el deseo que me habia inspirado doa Ins de Crdenas, como la ambicion de llegar ser rico y poderoso por medio de un servicio hecho al duque, me impuls una empresa difcil, arriesgada, en la cual se podian contar cien probabilidades de muerte por una de triunfo. Mi proyecto consistia en penetrar en aquellos desiertos erizados de montaas; en aquellas interminables sbanas de arena, en aquellos mares de flores y verdura, que se llaman praderas, y en aquellas selvas brabas, que cubren con su sombra centenares de leguas: buscar en aquella inmensidad su rey, al terrible Calpuc, y si vivia doa Isabel arrebatrsela. Este era un proyecto que por su grandeza halagaba mi orgullo, y para el cual solo contaba con el indomable valor de los cien monfes que formaban mi compaa de arcabuceros. Una maana al amanecer, sin avisar nadie, sin pedir licencia al Adelantado, sin decir mi gente adonde la conducia, pas con ella la frontera y me intern en el desierto. Cruzbanse cada dia mi paso inmensas turbas de mejicanos armados: nos acometian, y cada combate empeado era para nosotros un triunfo fcil, al que nos llevaban, la codicia mis soldados, m mi ambicioso empeo: las aldeas, ya estuviesen sobre la cumbre de una montaa, ya en centro de una pradera, ya en las entraas de las selvas, eran arrasadas incendiadas, los hombres muertos, las mujeres violadas y muertas tambien, para que no nos embarazasen; nuestros indios de carga y los esclavos quienes dejbamos la vida para que condujesen las riquezas que arrebatbamos los vencidos, marchaban entre nosotros agoviados con el peso del oro y de las piedras preciosas. Los bosques eran incendiados por nosotros y nos precedia un torbellino de fuego; de en medio de aquel crculo inflamado, salian con la rabia de la desesperacion, y nos acometian llenos de sed de venganza los indios: nosotros apagamos con su sangre los ardientes troncos que encontrbamos sobre nuestro camino, y seguiamos adelante, como una tempestad, brios de riquezas y de sangre. Habamos atravesado ya inmensas praderas, profundos y bramadores torrentes, selvas que solo habiamos podido hacer accesibles por medio del fuego, y habiamos penetrado, despues de atravesar una barrera de montaas, en una extensa comarca extremadamente frtil y deleitosa; al bajar por las montaas habiamos visto inmensas poblaciones, en medio de las frtiles vegas, y ac y all antiguos monumentos, que demostraban que aquella comarca hacia centenares de aos que estaba poblada. Aquella era una provincia no descubierta aun por los espaoles, porque nadie se habia atrevido penetrar donde nosotros habiamos penetrado. En medio de aquella comarca extensa, sobre la llanura engalanada con su verdor, sus corrientes y sus rboles, descubrimos un objeto que nos hizo arrojar un grito de insensata alegra; era un montaa que relucia los rayos del sol de una manera deslumbrante: aquella era sin duda la famosa montaa de oro, que habia llevado tantos ambiciosos la Nueva Espaa. Ya no hubo medio de contener el paso de los monfes; precipitronse por las vertientes sobre la llanura, con la fuerza de la tempestad: las primeras poblaciones que encontramos fueron llevadas sangre y fuego, y en vano el rey de aquel nuevo imperio, al que no habian podido proteger de nosotros sus triples barreras de arenales, bosques y montaas, habia reunido lo mas fuerte, lo mas valiente de los suyos, para salirnos al encuentro: una y otra vez el rey del desierto, Calpuc, se habia visto obligado retirarse con enormes prdidas hcia la montaa dorada, que venia ser para los monfes una ensea enloquecedora que triplicaba su valor y sus fuerzas, y les hacia ejecutar hazaas increbles por lo maravillosas. Ni uno solo de los mos habia muerto: acobardados los mejicanos por la pujanza espaola, nos cedian siempre el campo las primeras descargas de mosquetera, y sus flechas envenenadas se embotaban en los colchados de que mi gente iba provista: al fin Calpuc se vi obligado encerrarse en la poblacion que le servia de crte. Era esta pequea, pero de buena apariencia; defendala una pared de piedra, con saeteras, y sobre aquella especie de muro, se veia nicamente descollar la casa real y el templo piramidal, sobre cuya cspide, segun la horrible costumbre de los mejicanos, se veian puestos en palos una horrible fila de crneos humanos. Mas all, al poniente de la ciudad, como unas cuatro leguas de distancia, se veia la montaa dorada, y lo lejos las extensas praderas y las azules rocas del Oeste. Podia decirse que aterrada toda la poblacion de la comarca, habia abandonado sus habitaciones y se habia refugiado en la ciudad de Calpuc: franco nuestro camino, aterrados los naturales, que no osaban venir ya en nuestra busca, fue imposible de todo punto contener la codicia de los monfes, cuyo nico afan era llegar cuanto antes la montaa de oro. Un ao habamos invertido en penetrar hasta aquel punto desde las fronteras del desierto; un ao durante el cual, todos los dias nos habian presentado un combate, una matanza y un rico botin: nos habamos visto obligados dejar atrs numeras riquezas por falta de brazos que las condujesen, y veiamos al fin, mis soldados la montaa de oro, yo la ciudad de Calpuc donde, sin duda, si vivia, debia habitar doa Ins de Crdenas, la hermosa hija del duque de Jarilla, quien no habia podido olvidar desde que vi su retrato. Aquella mujer pesar de que no la conocia, sino por medio de una pintura, habia logrado interesar mi corazon y mi cabeza de una manera profunda. Yo ansiaba para mi amor su hermosura, para mi engrandecimiento su mano. Era de presumir que salvndola yo de los idlatras, su padre no se negaria drmela por esposa, y que el duque no tendria hijos causa del estado de su salud, gastada en una vida de contnuas disipaciones: podia, pues, llegar ser, por medio de doa Ins, uno de los grandes mas grandes de Espaa, cuya grandeza debian prestar un brillo y un poder inmensos, los tesoros que yo pensaba aportar de las Indias Espaa. Urgame, pues, sobre todo, acometer la ciudad de Calpuc, apoderarme de ella y buscar doa Ins: un presentimiento tenaz me decia que estaba all, y algunas veces al ver sobre los terrados de la casa real dos mujeres vestidas de blanco, quienes acompaaba un solo hombre, y que parecian mirar con inters al campo que habamos levantado delante de la ciudad, yo me decia: una de aquellas dos mujeres debe ser doa Ins. En vano pretend llevar mis soldados contra la ciudad: la vista cercana de la montaa dorada les fascinaba: al fin un dia se me presentaron en abierta rebelion, y me fue necesario marchar al frente de ellos, dejando uno de mis costados la ciudad, hcia el codiciado tesoro. Pero medida que nos acercbamos la montaa esta cambiaba sino de forma, de color: empezbamos ver el color natural de la tierra entre la cual multitud de cuerpos brillantes destellaban los rayos del sol: al fin una noche en que la luna llena despedia una luz clarsima, la montaa cambi de aspecto: entonces parecia de plata. Los monfes empezaron desconfiar de su portentoso hallazgo, y yo sabia ya qu atenerme: aquella montaa que larga distancia parecia de oro, herida por los rayos del sol, y de plata, cuando la iluminaba la luna, no era otra cosa que una cantera de pizarras brillantes. Sin embargo los monfes quisieron llegar hasta ella, y solo cuando tuvieron en sus manos aquellas piedras engaadoras, se convencieron de que si querian oro, era necesario buscarlo donde le habiamos encontrado hasta entonces: en las casas y en los templos de los indios. Volvironse, pues, los deseos de todos la ciudad de Calpuc: en ella, como he dicho antes, se habian refugiado, llevando cuanto poseian, todos los habitantes de la comarca: debiamos, pues, esperar un botin riqusimo, y nos encaminamos decididamente la poblacion. Pero antes de llegar ella, nos sali al encuentro una embajada del senado: aterrados con nuestros contnuos triunfos, los indios preferian un avenimiento. Esto convenia perfectamente mis proyectos, porque en paz mejor que en guerra, podria esperar el descubrimiento de doa Ins. Exig como primera condicion, y segun costumbre, porque la religion era el antifaz con que encubrian su codicia los espaoles, que el templo idlatra se convirtiese en templo cristiano; que en vez del monstruoso simulacro de oro macizo que adoraban los indios, se colocase sobre un altar un crucifijo de madera; que se sepultasen los crneos humanos que servian de trofeo al templo, y que, para evitar que aquel culto abominable se reprodujese, me entregasen el dolo, y las alhajas del culto. Con asombro mio los embajadores, en vez de negarse, asintieron mi propuesta en nombre de su rey Calpuc, y del mismo modo consintieron en entregarme un fuerte tributo por cada uno de los habitantes de la ciudad; exig, ademas, para mi seguridad y la de mi gente, que el rey viniese entre nosotros y entrase mi lado en la ciudad, y que se entregasen mis soldados el templo y las habitaciones de los sacerdotes. Convnose la entrada en la ciudad para el dia siguiente, y en l, la hora convenida, se me present Calpuc, el terrible rey del desierto, con algunos de sus magnates, y pi, en contraposicion de los caciques que hasta entonces habia conocido, y que se hacan conducir en andas cubiertas de oro, sobre los hombros de sus esclavos. Maravillme tambien que Calpuc llevase un trage puramente castellano, un birrete de brocado bordado con piedras preciosas, y nicamente, como distintivo de su dignidad, un manto de una tela fabricada con plumas. Los dems de su acompaamiento llevaban tambien algunas prendas castellanas: quin una gorra, quin un jubon unos gregescos, simplemente unas botas. Esto me demostr que se me temia y se me adulaba, y me confirm en esta idea, las inequvocas muestras de distincion que desde el primer momento me dispens Calpuc; dime la mano, usanza de Castilla, y, lo que mas me maravill, me signific en buen castellano, aunque con un tanto de acento extranjero, lo dispuesto que estaba mantener conmigo una amistad duradera, siempre que yo me prestase razonables condiciones. Despues nos encaminamos juntos la ciudad, yendo Calpuc mi derecha y entre las filas de mis arcabuceros, y detrs los pocos caciques que le habian acompaado, la mayor parte de los cuales mostraban en sus semblantes el temor y la desconfianza. Durante el corto trecho que anduvimos hasta llegar la ciudad, el rey me dijo que se habian cumplido mis deseos respecto al templo, y que las habitaciones de los sacerdotes situadas su alrededor, estaban ya dispuestas para aposentar mis soldados. En efecto, se veia desde el campo que los crneos humanos, que el dia anterior coronaban la parte mas alta del templo, habian desaparecido, y en su lugar v en cien astas de madera, banderolas de todos colores en seal de agasajo y alegra. Era necesario desconfiar de este aspecto y de esta docilidad, atendido el respeto y la adoracion que los indios profesan sus dolos: era necesario estar preparados para rechazar una asechanza, y mis alfreces y sargentos, prevenidos por m, habian hecho que los monfes llevasen los arcabuces preparados y las mechas encendidas. Cuando llegamos una de las entradas de la ciudad, en la cual, para evitar yo el peligro de marchar la desfilada por los estrechos callejones de todas las entradas de las poblaciones indias, habia pedido que se abriese una brecha, lo que se habia efectuado; al entrar por aquella brecha, nos salieron al encuentro una multitud de msicos manera, de juglares, con tambores, que batian comps, y gran nmero de hermosas bailarinas que nos precedieron tocando y danzando hasta el templo, en el cual penetramos por una alta gradera. Al penetrar en el interior v con asombro, que sobre el pedestal en que sin duda habia estado el dolo, se alzaba un magnfico crucifijo de talla, y que nos salian al encuentro tres ancianos revestidos, ni mas ni menos que como los sacerdotes catlicos y con los mismos ornamentos. Calpuc me indic entonces el altar y me dijo: --He ah el Redentor del mundo, inclinad vuestra cabeza, capitan, y adoradle, puesto que os ha permitido llegar sano y salvo hasta estas apartadas regiones en medio de tantos peligros. El acento de Calpuc era el de un cristiano lleno de fe, lo que aument mi admiracion: prosternme ante el altar, prosternronse mis soldados, y nicamente el rey y sus magnates quedaron de pi, aunque en una actitud respetuosa, un lado del templo. Inmediatamente se celebr una misa; despues de ella el mas anciano de los sacerdotes, me dirigi una corta pltica en que enaltecia el valor y la fe que me habian llevado aquellas remotas regiones, para extender en ellas el conocimiento de la divina verdad, y arrancar del error aquellos infelices idlatras. Despues de esto, mi compaia se aposent en las habitaciones que estaban alrededor del templo, desde las cuales dominaban la poblacion, y Calpuc me llev consigo su casa, cuya puerta despidi sus magnates y en la que penetr solo conmigo. Aquella casa, que podia llamarse palacio, era de piedra, de un solo piso, y en el interior estaba revestida de maderas olorosas y ricas telas tejidas de plumas, oro y plata. Los pavimentos y los techos eran de cedro, y todo all, con arreglo las costumbres de los indios, era rgio y maravilloso. Calpuc me condujo por s mismo, travs de muchos patios y habitaciones, y al fin, en lo mas retirado de su palacio, se detuvo delante de una ensambladura, donde ni aun resquicio de puerta se notaba. --Vais entrar, me dijo, con acento grave y lleno de autoridad, donde solo han entrado hasta ahora, mi esposa, mi hija y esos tres sacerdotes cristianos que acaban de presentaros el santo sacrificio de la misa. Todo esto os parecer extrao y maravilloso, y con efecto lo es. Por lo mismo espero que vos, obrando con la fe y el sigilo que cuando es necesario debe obrar un caballero, guardareis un profundo secreto acerca de cuanto vais ver y oir. Prometselo, y entonces Calpuc oprimi un resorte oculto y nos encontramos en una habitacion alhajada enteramente al estilo de Espaa: atravesamos algunas otras iguales, y al fin, Calpuc abri una puerta, y me introdujo en una capilla oratorio cuyo frente habia un altar y otro cada costado. En el del centro no habia imgen alguna, en el de la derecha se veia una imgen de talla de la Vrgen de los Dolores, y en el de la izquierda otra de San Juan Evangelista; los pis del altar de la Vrgen habia arrodilladas dos mujeres, que se levantaron sobresaltadas al notar mi presencia y se dirigieron una puerta situada la izquierda del altar del centro. --Esperad y nada temais, dijo Calpuc dirigindose ellas: este caballero es mi amigo. Las dos mujeres se detuvieron, se volvieron y adelantaron hcia nosotros, saludndome, una de ellas, con suma cortesana. Necesit hacer un poderoso esfuerzo sobre m mismo, para contener mi conmocion. La dama que tenia delante, y que parecia contar veinte y ocho aos, maravillosamente hermosa, y vestida con un sencillo trage blanco, era el original del retrato que habia visto en casa del duque de la Jarilla; era, en fin, doa Ins de Crdenas, su hija. La que la acompaaba y me habia parecido mujer por su estatura, era una nia como de nueve aos, maravillosamente hermosa tambien; pero en cuyo semblante se veia el color dorado de la raza mejicana, los negrsimos ojos que son tan comunes entre las indias, y el cabello profuso, rizado y brillante, que tanto encanto presta su hermosura. Doa Isabel me miraba con curiosidad, y su hija, que indudablemente lo era, puesto que habia heredado sus mismas formas, su misma hermosura, me miraba con un temor instintivo. --Vens de Espaa, caballero? me dijo doa Ins en excelente castellano. --Hace un ao seora, la contest con la mayor naturalidad, que he atravesado la frontera del desierto por rden de su adelantado don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla. Not que doa Ins se ponia sumamente plida, y que Calpuc plegaba levemente el entrecejo. --Este caballero es nuestro huesped, dijo Calpuc doa Ins, que me salud de nuevo, me hizo algunos cumplidos y se retir llevando la nia de la mano. Quedamos solos Calpuc y yo. --Necesitamos hablar solas, me dijo, y comprendernos; tened la bondad de seguirme caballero. Y por otra puerta, situada la derecha del altar, me llev, atravesando algunas habitaciones, otra donde se encerr conmigo. Not que la disposicion de Calpuc hcia m habia cambiado. --Sentaos, me dijo, y cubrios capitan: estais enteramente en vuestra casa: quiero que me trateis con franqueza y que me respondais lisa y llanamente lo que voy preguntaros. Cunto tiempo hace que habeis atravesado la frontera? --Un ao poco mas menos, le contest. --Y decs que el adelantado de la frontera os ha mandado penetrar en el desierto donde nadie hasta vos se ha atrevido entrar? --S, seor, le contest. --Y cules eran las instrucciones que traiais? repuso mirndome fijamente. --Las de reducir la obediencia los rebeldes que habian negado el vasallaje S. M. el gran emperador nuestro amo. --Estais en un error, capitan, y lo estaba el adelantado al llamar rebeldes los moradores del desierto: esto no es exacto: los hombres que han preferido huir de las poblaciones conquistadas, para internarse en estas soledades, para venir buscar estas otras poblaciones, desconocidas aun para los castellanos, no son rebeldes, porque ellos no han reconocido otros seores que los que falta de Motezuma han defendido la libertad y la honra de los mejicanos: todo consiste en que en Mjico les queda aun mucho que conquistar los espaoles, en que en sus interminables soledades, en sus gigantescos bosques, en sus inmensas florestas, viven y vivirn siempre hombres, que prefieren la fatiga y la guerra la paz de la servidumbre bajo la tirana del conquistador. No nos llameis rebeldes, capitan; la rebelda es un crmen de que no me siento capaz; si alguna vez Calpuc jura fidelidad al emperador don Carlos, ser su mas fiel vasallo. --En buen hora, contest, que no seais rebelde; pero el emperador, mi amo, es bastante fuerte para conquistaros y os conquista: ya podeis juzgar: cien hombres solos han sido bastantes para penetrar hasta el interior del desierto y dictaros condiciones. Yo habia aventurado mis ltimas palabras para probar el temple de alma de Calpuc, y not que las habia escuchado con un altivo desprecio: en vez de irritarle yo, el me habia irritado m. --Lo que demuestra, dijo el anciano Yuzuf, interrumpiendo al capitan, que el rey de aquellas gentes valia infinitamente mas que t. --Lbrete Dios, emir, dijo profundamente el capitan, de verte frente frente de Calpuc. Ese hombre tiene alma de demonio. --No, yo creo que ese hombre tiene un alma valiente, que resiste con una fuerza prodigiosa la adversidad; pero contina, porque aunque he oido contar esa misma historia Calpuc, quiero oir entrambas partes; l te acusa de asesino y de bandido, y si yo no te protegiera... Hizo un gesto de profundo desden Sedeo y exclam: --Calpuc vive porque le proteges t, emir; pero continuemos, que tiempo tendrmos sobrado para llegar ese asunto. El aspecto de frialdad con que Calpuc habia contestado mi arrogancia, arrogancia que me daban derecho cien victorias conseguidas contra aquellos brbaros, sin perder un solo hombre, me contrari. --Habeis llegado hasta aqu, capitan, me dijo, porque Dios lo ha querido; porque Dios castiga en nosotros los pecados de nuestros padres y su ciega idolatra; Dios os ha enviado, no como la luz que alumbra, sino como la espada que hiere: sois un azote al que ha prestado Dios la fuerza de su brazo, y triunfais; porque es necesario, porque es preciso que triunfeis: en una palabra, sois los verdugos de la justicia de Dios. --Y sin duda para desarmar la clera de Dios, le dije con intencion, os habeis convertido al cristianismo. --Me he convertido al cristianismo porque Dios ha querido que me convierta, me contest con la gravedad peculiar los indios. --Y por qu, si sois cristiano, resistis las armas del emperador? --Qu! acaso vuestro emperador ha nacido para esclavizar al mundo entero? contest con desden Calpuc. --El gran emperador y rey don Carlos V es el monarca mas grande de la tierra. --Su grandeza es un crmen continuado, contest Calpuc; pero dejemos vanas disputas. A qu habeis venido aqu? --Ya os lo he dicho: conquistar tierras mi amo el emperador, y extender la fe de Jesucristo. --Por ah debiais haber empezado; pero la fe de Jesucristo no se extiende por medio del incendio, de la matanza, de la impureza, del robo y de todo gnero de delitos: el que quiera extender la fe de Jesucristo debe de ser un apstol y encadenar las almas por el ejemplo de su virtud y por la sabidura de su palabra. Y si Dios os ha traido hasta estas remotas tierras, no ha sido por la gloria de su nombre; vosotros sois indignos de enaltecerla; os ha enviado como un castigo, y vosotros no peleais con el valor del leon, excitados por la fe, sino por la sed de oro; habeis llegado hasta aqu atraidos por la fama de la montaa dorada, y os habeis encontrado con una roca de cristal. Si vuestros soldados hubieran sabido esto, no hubieran sido tan audaces. Para encontrar botin en abundancia, no es necesario penetrar en el desierto; si en vez de estar la montaa dorada despues de esta ciudad, hubiese estado mas all, no hubireis pasado adelante. Sea como quiera, cuanto oro ser necesario para que nos dejeis en paz? --Todo el oro que teneis, todas las riquezas que atesorais pertenecen mi amo el emperador, le contest. --En buen hora, dijo Calpuc; vuestro ser el oro del templo; vuestras las riquezas que encierran las casas de la ciudad; pero no sern vuestros los tesoros ocultos por nosotros en las entraas de la tierra; tesoros, en comparacion de los cuales, nada es cuanto habeis robado podeis robar, porque nosotros sabemos donde estan las minas de oro y los bancos de perlas y las rocas que encierran el diamante. Si vuestro objeto no es otro que el de acumular riquezas, hablad; poned precio nuestra libertad, recibidlo y partid. --Escuchad, le dije: hay un medio de conciliarlo todo: al entrar he visto una nia. Psose sumamente plido Calpuc. --Esa nia es mi hija, me contest. --Pues bien, dadme vuestra hija por esposa, y me quedo entre vosotros; os ayudo con mis invencibles soldados; fundamos un poderoso imperio al que no se atreveran llegar los espaoles y... --Son esas vuestras ltimas condiciones? dijo interrumpindome Calpuc. --Decididamente. --Pues bien, pensar en ello. Entre tanto descansad; esta es vuestra habitacion; no extraeis si no me veis en algun tiempo, porque acaso me lo impediran graves ocupaciones. Adios. Y sin esperar mi contestacion se perdi tras un tapiz. Para m todo lo que habia visto y me habia maravillado, el trage castellano de Calpuc, la pureza con que hablaba el castellano, la existencia de tres sacerdotes catlicos en un pas de idlatras, estaba explicado desde el momento en que encontr en el palacio del rey del desierto la hija del duque. Ella sin duda le habia convertido, ella le habia enseado el habla castellana; su apstol y su maestro habia sido el amor. Y nada tenia esto de extrao: doa Ins era una mujer bastante por sus encantos, por el poder de un no s qu misterioso que se revelaba en ella, para convertir y enamorar un dervs. Yo mismo comprend que si doa Ins se empeaba, pesar de mis hbitos de bandido y de libertino, me convertiria. Yo habia ido por ella sola al interior del desierto, porque nunca habia creido en la existencia de la montaa de oro, y porque, como decia muy bien Calpuc, para obtener grandes riquezas por medio del saqueo, no era necesario alejarse tanto de la frontera. Yo habia buscado al terrible Calpuc con un puado de valientes, porque tenia indicios de que si doa Ins vivia, debia estar en su poder. La habia encontrado de una manera maravillosa; pero si bien la ambicion me habia impulsado hacia ella, el amor y un amor violento habia sustituido en mi alma el lugar de los pensamientos ambiciosos desde que la v. Mi demanda para esposa de la hija de Calpuc solo habia sido un pretexto para acercarme doa Ins. Sin embargo, una inquietud mortal me devoraba; habia cometido indudablemente una imprudencia en pronunciar ante Calpuc el nombre del duque de la Jarilla; Calpuc se habia mostrado receloso conmigo y era de temer que ocultase de tal modo doa Ins que no pudiese dar con ella. Sirvironme de comer al uso de los naturales, en la habitacion que Calpuc me tenia designada, y despues de comer se me present un indio que hablaba medianamente el castellano, y me particip que su seor le enviaba, para que, si yo queria, me sirviese de guia y de intrprete en la ciudad. Aprovech sus servicios, sal del palacio por un postigo que estaba muy cerca de mi habitacion, visit los alojamientos de mi tropa, la que encontr dispuesta todo, y recorr despues la ciudad. Notaba que por todas partes se fijaban en m miradas recelosas, que las mujeres se escondian mi vista, y que los agoreros predicaban de una manera enrgica, pesar de mi presencia, en el lenguaje brbaro de los sacerdotes indios, en medio de una multitud cabizbaja y silenciosa. Algunos de estos agoreros, sealaban con rabia la cruz que habia aparecido sobre el templo, y por sus gestos, y violentos ademanes, podia comprenderse que excitaban los indios la insurreccion. Cuando ya cerca de la noche me volv al palacio de Calpuc, y entr en mi habitacion por el mismo postigo por donde habia salido, not que la ciudad habia quedado entregada una agitacion sorda y amenazadora. Ya habia indicado yo mis alfreces donde podrian encontrarme, y aunque mi situacion era aislada y peligrosa, me llen de alegria la idea de que una acometida por parte de los indios, me autorizaria para obrar sobre la ciudad como sobre pais conquistado. Inmediatamente que entr me sirvieron la cena. Despues me dejaron solo. No pas mucho tiempo cuando percib un ruido leve en una de las habitaciones inmediatas. Mi primer pensamiento fue la sospecha de que acaso pensaban sorprenderme y asesinarme, y todo evento esper de pie en medio de la cmara. Poco despues se levant el tapiz de una puerta y en vez de un asesino entr una nia. Una nia hermosa como un ngel. La nia se puso sonriendo uno de sus pequeos dedos sobre su pequesima boca, y acercndose m me dijo con una hechicera confianza: --Seor espaol, mi madre, que es espaola como vos, desea hablaros; pero para ello ser necesario que me sigais sin hacer ruido; muy quedito y muy en silencio. Despojme de mis espuelas, y como no era de presumir que Calpuc se valiese de su hija para tenderme un lazo, me limit llevar por nica arma mi daga, que aun conservaba en la cintura: si por acaso no la hubiese tenido, hubiese seguido Estrella, que asi se llamaba la nia, enteramente desarmado; hacer otra cosa hubiera sido demostrar desconfianza miedo, y esto ofendia mi orgullo. Estrella me asi de una mano, me sac de la cmara, y me llev oscuras por un laberinto de corredores y habitaciones. Al fin entramos en un departamento donde se aspiraba un ambiente cargado de perfumes, lo que demostraba que ya estbamos en las habitaciones de doa Ins. Al fin Estrella levant un tapiz y entramos en una magnifica cmara, iluminada blandamente por una lmpara, en cuyo fondo, sobre almohadones de pluma, estaba sentada una mujer vestida de blanco. Era doa Ins. La media luz que iluminaba la cmara, los brillantes muebles que la alhajaban, el trage blanco de doa Ins, su cabellera negra, magnficamente agrupada en trenzas sobre su cabeza, la ardiente melancolia de su semblante, la ansiedad que se pintaba en su mirada, todo, todo, hacia de aquella mujer una tentacion viviente. Doa Ins bes su hija en la boca, la dijo algunas palabras al oido, y la nia, haciendo una seal de inteligencia, atraves, leve como una pluma, la cmara y se perdi detrs de una puerta. --Dispensad, caballero, me dijo doa Ins con un acento vido, opaco y profundamente melanclico; perdonad que os haya molestado, y sentaos. Me habeis dicho que venis de Espaa, que hace un ao habeis penetrado en el desierto, y que esto ha sido por rden de don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla, adelantado de Espaa en la frontera. Doa Ins pronunci todas estas palabras con una precipitacion febril. Esper un momento que dominase su conmocion, y la respond: --En efecto, seora, el adelantado de la frontera, ha premiado mis largos servicios al emperador, hacindome la honra de encargarme... --Y qu encargo es ese?... --Hace diez aos los indios sorprendieron al adelantado, y le robaron una hija adorada. --Y el adelantado, no se ha acordado en diez aos de buscar su hija? dijo con cierto sarcasmo doa Ins. --El adelantado, seora, ha enviado uno y otro capitan; uno y otro tercio al desierto; todos han perecido. --Y solo vos habeis podido llegar?... Doa Ins se detuvo. --Si, si seora, la dije con audacia, yo solo he tenido la fortuna de encontraros. --De encontrarme! pues qu! creeis que yo soy la hija del adelantado? es esa seora la nica espaola que por las vicisitudes de la guerra ha venido parar poder de los indios? --Yo, seora, la contest, no hubiera aventurado ninguna expresion, sino estuviese seguro de que vos sois doa Ins de Crdenas. --Que estis seguro de que yo soy...! --Si, por cierto, porque os conozco. --Que me conoceis! --He visto vuestro retrato en casa de vuestro padre. --Sin duda os engaa la memoria. --Suele suceder que la memoria engae; pero jams engaa el corazon. Doa Ins afect no comprender el sentido directo y audaz de mis ltimas palabras. --El corazon se engaa tambien me dijo con la mayor naturalidad; quinientas leguas de distancia, cuando se han atravesado bosques y desiertos, y se han visto muchas mujeres... es fcil... --Si, eso es fcil para un indiferente, pero no para un hombre que ama. Era ya el tiro tan directo que doa Ins no pudo desentenderse y adopt un aspecto severo. --Si creeis que yo soy hija del duque de la Jarilla; si habeis comprendido la posicion que ocupo en esta casa, por mas que yo no sea la mujer que creeis, me haceis una grave ofensa. --Perdonad, pero no conozco bien vuestra posicion. --Y qu posicin puede ser la mia, teniendo una hija, sino la de esposa de un hombre que profesa mi misma religion, y que es mas ilustre que yo, puesto que es rey de unos dominios tan extensos como los del emperador don Carlos? --Dominios que sin embargo se conquistan con cien soldados castellanos. --Asi lo quiere Dios, y es justo que asi sea, dijo doa Ins. Pero no os mostreis tan orgulloso; hasta ahora solo habeis tropezado con pequeos caciques los que os ha sido fcil vencer: no habeis encontrado un solo guerrero: todas esas turbas que habeis vencido, son restos de tribus aterradas, desmembradas que han huido los desiertos, despoblando la parte conquistada por los espaoles. Pero ahora os encontrais en la primera ciudad de otro imperio fuerte y poderoso que no se ha aterrado todava, y que est acostumbrado vencer los espaoles. No sabeis de boca del mismo adelantado de la opuesta frontera, que pesar de sus murallas, de sus caones y de sus soldados castellanos, los idlatras le arrebataron su hija de su mismo palacio? --Oh! al fin confesais!... --Me remito lo que vos mismo me habeis referido. --Pero os repito, doa Ins, que he visto vuestro retrato en la casa de vuestro padre, que no puedo desconoceros, porque caussteis en m una emocion profunda, y porque, en fin, en nada habeis variado sino en haber acrecido en hermosura. --Habeis hecho una campaa de quinientas leguas por m, solo por m? dijo con un acento indefinible doa Ins. --Vuestro padre... --Mi padre, porque... si, yo soy esa doa Ins que buscais; mi padre ha tenido ocasion de saber de m, ya enviando un indio de paz, ya por otros mil medios. No, no: mi padre me ha maldecido sin duda; mi padre ha renegado de su hija. --Vuestro padre os cree muerta, seora; vuestro retrato est cubierto con un velo negro. Doa Ins se conmovi, surcaron dos lgrimas sus blancas mejillas, y dijo con acento conmovido: --Mi padre no podia creer que entre los idlatras hubiese un alma generosa, un gran corazon que me sirviese de amparo. Mi padre supuso y supuso con razon, que yo no podria sobrevivir la esclavitud y al envilecimiento. Pero mi padre se ha engaado. Para ser completamente feliz, solo me falta respirar el aire de la patria, y vivir entre cristianos. --Ah! sois feliz! --Cuanto puedo serlo en una tierra extraa habitada por idlatras. Si esto os maravilla, prestadme un tanto de atencion y cesar vuestro asombro. Mi padre os habr referido cmo le fu arrebatada: los indios nos sorprendieron, pasaron cuchillo los espaoles, y su rey penetr en nuestra casa, y en mi cmara, en el momento en que la mano brutal de un salvaje me habia arrancado de mi reclinatorio, donde pedia Dios misericordia, y arrastrndome por los cabellos, levantaba sobre m su hacha. El valiente Calpuc me arranc de las manos del terrible guerrero, y para salvarme, me declar su cautiva. Todos respetaron la cautiva del rey. Despues no recuerdo lo que sucedi; solo que cuando torn en m, me encontr en un lecho portatil, conducido por cuatro indios, en medio de un ejrcito innumerable de salvajes, que marchaban por speros y horribles desfiladeros. Durante muchos dias, hicimos pacficamente el mismo camino que vos, sin duda, habeis hecho, dejando vuestras espaldas la muerte, la desolacion, y el incendio: al fin llegamos esta ciudad, y fu trasladada este mismo palacio. Durante el camino, mis ojos habian buscado en vano al jven guerrero que me habia librado de una muerte horrorosa. Un impulso de gratitud y un sentimiento que no podia explicarme, me hacian pensar en l. Algunos dias despues de haber llegado este palacio, me atrev preguntar las esclavas que me asistian, por el rey de aquella tierra. Entonces un anciano sacerdote que habia sido cautivado en la misma ocasion en que yo lo habia sido, se me present y me dijo que el jven rey del desierto, Calpuc, habia ido reprimir la insurreccion de una de las tribus; djome asimismo, que conmigo, ademas de l, habian sido libertados de la muerte otros dos sacerdotes cristianos y algunos soldados y mujeres castellanas. --Ignoro la suerte que nos est reservada hija mia, aadi: creo que este rey es humano y generoso; pero en todo caso, antes que faltar la virtud y la fe de Jesucristo, es preferible el martirio. Algunos dias despues, se me present el mismo Calpuc. Era muy jven, y ya le conoceis, y podeis comprender que posee dotes para hacerse amar. Yo no habia pensado en que podria amarle; este pensamiento me hubiera llenado de terror: mis creencias, mi educacion, mi altivez, todo se oponia en m este pensamiento, y sin embargo, ya os he dicho, que el recuerdo de aquel jven que me habia salvado, me inspiraba un sentimiento misterioso que no podia explicarme, que yo no creia que pudiese ser amor, y que atribuia gratitud. Fuse que por hacerse entender de m, Calpuc hubiese procurado aprender el habla castellana, fuese que conociese algunas de sus palabras por la continua guerra contra los espaoles, me hizo entender, aunque duras penas, en nuestra primera vista, que nada tenia que temer, y que si me habia llevado consigo sus dominios, solo habia sido por no dejarme expuesta mil peligros. Desde entonces todos los dias me hacia una corta visita. Lentamente el jven indio fue comprendiendo mejor el castellano; al fin los seis meses, se hacia entender perfectamente. Yo tambien habia comprendido lo que mi corazon no habia podido ocultarme, esto es, que amaba al rey del desierto. Le amaba, s, pero jams le revel mi amor, ni con una mirada, ni con una demostracion de alegra su llegada, llegada que yo ansiaba, para dar en el fondo de mi alma una expansion mi amor. Calpuc, por su parte, me trataba con el mayor respeto y con una indiferencia perfectamente afectada; pero qu mujer no conoce si es amada no por un hombre quien ve todos los dias? Sabia, pues, que le amaba y que era amada; pero estaba resuelta morir antes que pertenecer un idlatra. Pero nuestra mutua posicion debia ser mas ntima y mas difcil; debia llegar un dia en que vivisemos continuamente juntos, en que comisemos en un mismo plato, en que hicisemos una vida comun. Aun no habian pasado seis meses, desde que habia sido arrebatada mi padre, cuando un dia se me present Calpuc plido y trmulo. --Es necesario que seas mi esposa, castellana, me dijo, y que adores nuestros dioses. --Jams! le contest; Jams ser la esposa de un idlatra, ni me prosternar ante el ara horrible que se riega con sangre humana. --Escchame, Ins, dijo Calpuc, sentndose mi lado: los agoreros han dicho al pueblo, que una mujer que vive en mi palacio, me envuelve en la tentacion y en la impureza; que esa mujer causar la completa ruina de los restos del imperio mejicano, y que, para aplacar los dioses, es necesario que esa mujer sea entregada los sacerdotes y sacrificada ante el altar. El horror de esta terrible perspectiva me hizo estremecer. --Y no es esto solo: los agoreros dicen que es necesario para asegurar la suerte del imperio, que sean sacrificados tambien tus hermanos de religion y de patria que han sido cautivados contigo. --Pero t eres el rey de esa gente, le dije. --Mi poder, me contest Calpuc, nada puede contra el poder de los sacerdotes. No hay otro medio para ti que ser mi esposa, y adorar nuestros dioses, ni otro medio tampoco de salvar esos infelices, sino se prosternan ante nuestros altares. --Pues antes que eso, ellos y yo, preferimos el martirio. --Escchame, Ins, me dijo Calpuc con acento profundamente conmovido, y asindome una mano, yo te amo. Era la primera palabra, y la primera mirada de amor que se atrevia dirigirme Calpuc. --Y por qu me amais, conociendo que yo no habia de sucumbir vuestros amores? Pretendeis aterrarme para que consienta en ser vuestra esposa? --No, no; dijo dulcemente Calpuc; yo solo quiero salvarte. --Pero mi salvacion es imposible. --Y por qu? --Porque jams renegar de mi Dios. Calpuc observ si podia ser escuchado de alguien, y luego llevndome un ngulo retirado de la cmara donde nos encontramos, me dijo: --Yo no quiero que mueras. Me mir de una manera apasionada durante un momento, y luego continu. --Si t murieras, Calpuc se convertiria en el mas feroz de los hombres. --Pues bien, s rey fuerte y poderoso. --Y dime, qu harian los espaoles, si su emperador les mandase ofender al Dios de sus padres, y desobedecer sus sacerdotes? --Los espaoles...? los espaoles destituirian, exterminarian al emperador. --Y por qu no habian de hacer lo mismo los mejicanos con un rey que les mandase arrojar por tierra los altares de sus padres? --Pero los espaoles adoran al verdadero Dios, y vosotros adorais Belial. --La oracion de mi madre resuena en los oidos de los guerreros de mi nacion, cristiana, como la de tus abuelos resuena en los oidos de los tuyos. No te obligar yo que abandones tu Dios... --Y me exiges que reniegue de l. --No, solo te pido que engaes los hombres. --Cmo! --Guarda en tu corazon tus dioses; pero arrodillate, para que mis sacerdotes dejen de aborrecerte, arrodillate ante los nuestros. --No, nunca!... --Y la vida de esos desdichados? y mi vida? Calpuc se arroj mis pis. --Es necesario que te resuelvas, continu; no se pondr el sol tras las montaas azules, sin que los sacerdotes me pidan una respuesta. Es necesario que la hermosa vrgen se salve, y escucha: si no me amas no sers mi esposa, sino para los hombres, que se alimentan con lo que ven y con lo que oyen: Calpuc no se acercar la vrgen de su amor, sino para tenderse sus pis y guardar su sueo. Calpuc amar su hermana, pero es necesario que su hermana le llame esposo; es necesario que todos la crean esposa del rey, para que ninguno se atreva pensar en matarla: ah! si mi hermana muriera, Calpuc se convertiria en un tigre. Los ojos del jven salvaje centelleaban, y un amor inmenso se exhalaba por ellos; pero un amor tan respetuoso, tan sublime como ardiente. Yo, aunque aterrada por la horrorosa suerte que me amenazaba, me sostuve sin vacilar en mi resolucion, y Calpuc desesperado llam al mas anciano de los tres sacerdotes cristianos. Este consinti en persuadirme al fingimiento que de m se exigia, pero con una condicion solemne: exigi Calpuc que se convirtiera al cristianismo. --Nuestros dioses se alimentan con sangre humana, dijo profundamente Calpuc; nuestros sacerdotes son unos malvados, que vuelven en su provecho la fe de mis hermanos; muchas veces he pensado en que un dios de muerte y de sangre, no es el dios que ha criado el sol, que es tan beneficioso, ni la luna que es tan bella, ni la tierra que es tan frtil, ni el mar que es tan grande, ni ese abismo tan azul, donde brillan innumerables los luceros. Mi padre que era un sabio y un justo me habia dicho: estos sacrificios humanos nos traern al fin la maldicion de Dios. Por all, por donde sale el sol tan resplandeciente, vendrn unos guerreros formidables que nos traern, sobre mares de fuego y sangre, en castigo en nuestras culpas, otro Dios mas benfico. Yo escucho todava la voz de mi padre. Calpuc, ha querido conocer Dios, y los agoreros no han sabido mostrrselo. Se lo mostrars, tu, anciano? [imagen: Doa Ins de Crdenas.] El licenciado Vadillo, que as se llamaba el sacerdote, aprovech la buena disposicion de Calpuc, y me decidi que, para causar un gran bien, me prestase unas formas externas, que en nada podian ofender Dios, puesto que conocia la pureza de nuestras intenciones. Imponderable fue la alegra de Calpuc cuando supo que yo consenta en cuanto era necesario hacer para que los sacerdotes idlatras renunciasen, por mejor decir, no pensasen en sacrificarnos. Algunos dias despues era yo la esposa de Calpuc. Esposa para el pueblo; hermana para l. Lentamente el licenciado Vadillo y yo fuimos labrando la fe cristiana en el alma de Calpuc. Al fin un dia, el dia mas hermoso de mi vida, el licenciado Vadillo bautiz Calpuc en secreto, y en secreto tambien nos despos con arreglo al rito de la Iglesia catlica. Entonces no fui ya la hermana, sino la mujer de Calpuc. Un ao despues el cielo habia bendecido nuestra union dndonos Estrella, mi hermosa Estrella. Una capilla, la misma que habeis visto, fabricada por espaoles, que habian venido fuerza de oro, y construida con el mayor recato, habia abierto para nosotros el fecundo manantial de vida de la oracion y de las prcticas religiosas. Habreis reparado que habeis sido introducido por una puerta secreta en esta parte del palacio; que todas las habitaciones estan iluminadas por ventanas abiertas en el techo; que nadie, en fin, puede sorprender lo que aqu suceda: el vulgo cree que estas habitaciones tan cerradas son las de las mujeres del rey, y nadie se atreveria mirar ni espiar el interior del sagrado recinto aunque le fuese posible. Mi esposo tiene adormida la suspicacia de los sacerdotes fuerza de oro, y fuerza de oro ha conseguido que no haya un solo sacrificio humano, pretexto de que los sacerdotes dicen al pueblo, que los dioses estan contentos y que no hay necesidad de aplacar su clera con sangre. Los crneos humanos que verais ayer sobre el templo eran antiguos. [imagen: Sent diferentes golpes de hacha y perd los sentidos.] --Pues mucho me temo, dije interrumpiendo doa Ins, que tanta felicidad no sea turbada por vuestra causa. --Por mi causa? dijo doa Ins. --Si por cierto, porque vos sois la que me habeis traido aqu al frente de mis soldados. --Y qu desgracia nos puede acontecer? --Nuestros soldados han entrado triunfantes en la ciudad. --Pero ha sido porque hemos hecho creer los habitantes que tras vosotros venia un formidable ejrcito; ha sido porque yo no he querido que se vierta sangre de cristianos; porque deseo, en fin, que haya un acomodamiento entre los conquistadores y los naturales, y propsito de ello queria hablar con el capitan de la bandera espaola que se habia presentado delante de nosotros. --No me ha dicho lo mismo vuestro noble esposo, seora, la repliqu. --Ha hablado con vos mi esposo? --Si, me ha ofrecido tesoros porque me vuelva con mi gente la lejana frontera. --Eso consiste en que habeis cometido la imprudencia de nombrar mi padre delante de m. --Pero en fin, seora, que habremos de atenernos? --Es necesario obrar y obrar pronto. Es necesario que marcheis, llevando mi padre un mensaje que yo os dar para l. --Partir! partir, cuando se han hecho quinientas leguas y se han dado cien batallas por encontraros! --Vuestra gente est perdida en la ciudad: solo por el temor de verse anonadados, dominados por un formidable ejrcito, han podido los naturales consentir en que se celebren las ceremonias de otra religion en el templo de sus falsos dioses: si maana no aparece, como es imposible que aparezca, ese soado ejrcito, innumerables idlatras envestirn vuestras gentes, las sofocarn por su nmero y las sacrificarn sus dioses, fin de aplacarlos por la, para ellos, terrible profanacion que se ha efectuado hoy en el templo; creedme, caballero, creedme; voy hacer que busquen mi esposo, fin de que tratemos acerca de lo que conviene hacer, propsito de establecer una buena inteligencia entre los espaoles y los naturales, y esta misma noche partireis... sino parts sereis sacrificado... lo que me pesaria sobre manera. --Pues os repito, seora, que habeis acudido tarde no ser que lo que me preponeis sea una discreta industria para alejarme con mi gente. --Os juro que nada hay en mis palabras doble ni artificioso; sino os alejais sois gente perdida. --Pues creo que eso lo hemos de ver muy pronto, dije aplicando el oido, porque me pareci haber escuchado un disparo de arcabuz. En efecto, no me habia engaado; poco despues, y partiendo del templo, retumbaba sobre la ciudad un cerrado fuego de mosqueteria: oanse distintamente los gritos tumultuosos de los idlatras, y dentro del mismo palacio se dejaba oir una animacion terrible. Estrella se present plida en la cmara y se arroj en los brazos de su madre, que se habia levantado y fijaba en m, que me habia levantado tambien, una mirada fija y terrible. --Qu significa esto, caballero? me pregunt. --Esto significa que las gentes de la ciudad han acometido mi gente, que, como es natural, se defiende. Por mi parte os juro que nada s de esto, y que me pesa; pero lo tenia previsto. --Pues bien, no saldreis de aqu, caballero, dijo una voz la puerta. Aquella voz era la de Calpuc, que se presentaba, no con el traje espaol con que se habia presentado aquel dia ante nosotros, sino con sus ostentosas vestiduras de rey mejicano, armado con un hacha corta y reluciente. --Ah! me habeis tendido un lazo! exclam; me habeis asegurado en vuestra casa, creyendo que mis gentes sin su capitan serian mas fcilmente vencidas! Pero os habeis engaado: lo he previsto todo; no tardaran en llegar aqu mis soldados. --Ah! lo habiais previsto todo! dijo sombramente Calpuc: habeis venido no extender la religion de Cristo, sino robarme mi esposa! El duque de la Jarilla os envia, y contbais demasiado fcilmente con el logro de vuestra empresa. Os habeis engaado capitan: habeis venido morir mis manos como un traidor. Y adelant hcia m. Yo desnud mi daga, nica arma de que, por imprevision, estaba provisto: doa Ins se interpuso. --No, no, exclam: no vertamos mas sangre que la necesaria para defender nuestros hogares. --Nuestros hogares estan acometidos incendiados, exclam con rabia Calpuc, y este miserable renegado, que blasfema la religion de Cristo, va morir mis manos. Y rechaz con fuerza su mujer. Trabse poco despues una lucha desigual: yo solo tenia mi daga: el rey del desierto era valiente, vigoroso y gil, y se defendia con las armas de que iba cubierto, de mis golpes. Para defenderme de los suyos me veia obligado retroceder; oia ya cerca, muy cerca, los gritos y los disparos de arcabuz de mis soldados; un resplandor rojizo se veia al fondo en las habitaciones, por la puerta que habia dejado franca Calpuc: pero yo no podia ganar aquella puerta: las mujeres, asustadas, habian huido por otra; habiamos quedado solos el indio y yo: l estrechndome, yo retrocediendo: al fin me alcanz un hachazo en el brazo izquierdo, luego otro en el rostro. Ca, la sangre me ceg, el vrtigo se apoder de m: sent diferentes golpes de hacha en el cuerpo, y perd los sentidos. Calpuc me dej tal como me ves ahora, con un costuron en el rostro, con una manga sin brazo, y con una pata de palo, mas de otras heridas profundamente sealadas en el resto de mi cuerpo. Aquella negra aventura di ocasion que me llamasen mis compaeros primero y despues todos los soldados de los tercios en que he servido, el capitan estropeado. Debes tener tambien en cuenta, que en tu servicio he recibido estas heridas, por mejor decir, he perdido el agradable aspecto que antes tenia mi semblante; un brazo y una pierna: no debes olvidar esto, Yuzuf. --Te mand yo, que penetrases en el interior de los desiertos de Mjico? dijo con desden Yuzuf: si te llevaron ellos tus vicios, esto es, tu lujuria y tu codicia, tuya, y sola tuya es la culpa: no en mi servicio, sno en el tuyo fuiste estropeado. --Si, es cierto en alguna parte lo que dices; pero ten en cuenta, Yuzuf, que t habias apurado los tesoros de tu padre: que la contribucion que te pagaban las Alpujarras, no bastaba para alimentar tus monfes, ni para sostener tu decoro de emir: que t, como el emperador don Carlos, y como los aventureros y golillas espaoles, habias pensado en la Amrica, en ese rico tesoro encontrado mas all de los mares por Cristval Colon: que para procurarte riquezas fue nicamente para lo que me compraste una compaa, y me diste ciento de los tuyos: que sino hubiera sido por t, yo no hubiera ido Mjico, no hubiera conocido al duque de Jarilla, no hubiera visto el retrato de su hija, y no hubiera pasado de la frontera, donde, sin gran peligro y trabajo, se alcanzaban ricas presas. Recuerda, en fin, que en seis aos que estuve por all, llen tus arcas de oro para mucho tiempo. --Y dime: quin debes tu salvacion en tu descabellada excursion por el desierto sino mis monfes? --Es cierto; pero eso no quita el que te haya servido fielmente, y el que ests obligado darme ayuda. --Si me has servido fielmente, es porque te tenia sujeto: porque tu lado y como alfreces tuyos, iban hombres que no te hubieran permitido que me hicieses traicion: si hubieras podido, no me hubieras enviado ni un solo marco de oro: nada tengo que agradecerte, eres mi esclavo. Pero contina, y sepamos donde vas parar con tu extrao relato. --Cuando volv en m, me encontr dentro de una cabaa en el centro de un bosque; estaba en un lecho de pieles de bfalo, y enteramente solo: era de noche: una lmpara de hierro puesta sobre una piedra, alumbraba la cabaa: junto m, tendido en el suelo, y echada la cabeza sobre el lecho, dormia un hombre, y nicamente sus fuertes ronquidos interrumpian el profundo silencio que reinaba. Yo estaba vendado, dolorido, dbil: por el momento, nada percib mas que en conjunto: despues pas de la observacion de los objetos exteriores m mismo, y me aterr: me faltaban un brazo y una pierna; el conocimiento de esta falta me hizo arrojar un grito de terror; aquel grito, el hombre que dormia junto m despert; era uno de mis alfreces; uno de tus monfes. Esto me tranquiliz un tanto; al menos no estaba en poder de los idlatras: no debia temer el ser sacrificado sus horribles dolos. Sin duda estaba en medio de mis gentes, puesto que el alfrez se mostraba completamente armado. --Gracias Dios, me dijo, que al fin habeis tornado en vos, capitan: tres dias habeis estado como muerto. --Y dnde nos hallamos? --A muchas leguas de la ciudad de ese perro idlatra, en cuyo palacio os encontramos casi hecho pedazos. --Y qu ha sido de ese hombre? --Logr escapar de nuestras manos; reuni su gente en nmero considerable, y nos oblig retirarnos de la ciudad. --Pero no nos ha perseguido, puesto que estamos en reposo, y debe estar muy lejos el peligro, porque dormiais profundamente, alfrez, cuando yo he vuelto en m. --Perdonad, capitan, me dijo, si he podido dormirme; hace tres dias con sus noches que no dormimos: pero eso no quiere decir que no haya peligro: por el contrario, tenemos al otro lindero del bosque el campo de los idlatras, y nuestras postas (centinelas) estan al frente de ellos. Tres dias hemos venido retirndonos, conteniendo una infinita muchedumbre con el fuego de nuestra mosqueteria, sin cesar de andar, llevndoos delante de nosotros en un lecho cubierto. Aqu fue necesario cortaros una pierna y un brazo, y para hacer esta operacion, nos fue forzoso detenernos y sostener un reido combate: en l hemos perdido diez hombres. --Y las mujeres? dije con ansiedad. --Las mujeres y la presa la hemos mantenido constantemente en medio de nosotros, y aun no nos hemos visto obligados perder la menor parte del botin. --Y entre esas mujeres, vienen por acaso la esposa y la hija del rey Calpuc? --S seor. --Supongo que esas mujeres se habran respetado. --Ninguno de vuestros soldados, capitan, se hubiera atrevido tocar la presa antes de que vos la hubiseis repartido. --Y quin me ha curado? --El mdico judio que nos acompaa desde las Alpujarras. --Y qu dice el mdico acerca de mi vida? --Despues de haberos cortado la pierna y el brazo, y de haberos examinado las heridas de la cabeza, nos asegur que os quedaban muchos aos de vida; pero... no ois, capitan? Habia resonado lo lejos un disparo de arcabuz, al que siguieron instantneamente algunas descargas. Poco despues el fuego se extendi la redonda, se acerc y se estrech alrededor de la cabaa donde yo me encontraba. --Los idlatras han acometido el campo, exclam el alfrez, y nunca como ahora nos han cercado: quiera Dios que no nos exterminen esta noche. --Esperad, le dije: no me habeis dicho que estan entre nosotros la hija y la esposa del rey Calpuc? --Si, por cierto. --Hacedlas venir al momento. El alfrez sali, y poco despues entr con la madre y la hija. Doa Ins venia plida, grave; pero altiva, con el mismo trage con que la habia visto tres dias antes: no ser por los pasos que di en la cabaa al entrar en ella, se la hubiera podido creer una esttua. Su hija Estrella, inmvil tambien, abrazada la cintura de doa Ins, plida y trmula, fijaba en m una mirada llena de terror; el alfrez estaba detrs de ellas impasible, como sino se tratara de una mujer tan hermosa como doa Ins, y una nia tan semejante un ngel como Estrella. --Doa Ins, la dije: las circunstancias en que nos encontramos haran que no extraeis la resolucion que voy tomar para salvar mi gente. --Comprendo la resolucion que tomareis, me dijo con acento glacial doa Isabel, y bien, estoy resuelta: pereceremos todos. --Y vuestra hija? exclam con acento profundo. Not que doa Ins temblaba, que la nia palidecia aun mas, y que pugnaba en vano por contener sus lgrimas. --Ved lo que haceis doa Ins, la dije: vuestro padre tiene indisputables derechos recobraros por el honor de su familia, y prescindiendo de eso, vos teneis un deber sagrado de protejer vuestra hija. No os causa horror solo el pensar en ver ensangrentada vuestros pis esa hermosa criatura? Estrella lanz un grito de terror, se asi mas su madre, y rompi llorar gritos. Doa Ins me llam infame. --Y doa Ins tenia mucha razn para llamrtelo, dijo Yuzuf. --Yo no s si he sido infame, dijo secamente el capitan. Lo que s es, que por doa Ins hubiera arrostrado la condenacion de mi alma. Djame continuar, Yuzuf. --Contina en buen hora, pero procura abreviar, porque tu cuento se ha hecho ya muy largo, y me aquejan otros cuidados. --No; es preciso que sepas cunto he sufrido, cunto he hecho por el amor de esa mujer, para que comprendas cunto puedo hacer todava. --Sigue, sigue. --Si doa Ins hubiera sido mi nica prisionera, hubiera arrostrado por todo y los indios nos hubieran exterminado; pero doa Ins no se atrevi, no tuvo valor para sacrificar consigo su hija, y su amor de madre nos salv. Escribi una carta para su esposo, en que le hacia presente su horrible situacion y la de su hija: deciale, que su padre el duque de la Jarilla me habia enviado para arrancarla de su poder, del mismo modo que l la habia arrebatado de la frontera en otro tiempo; que nada tenia que temer de m, que todo se reducia volver al seno de su familia. Doa Ins, en fin, minti y se vali de su buen ingenio para aterrar su marido. Uno de nuestros soldados atraves el fuego, y fue llevar al rey del desierto la carta de su esposa. Inmediatamente ces el combate, y se entr en capitulaciones. Calpuc exigi que se le entregasen los dems cautivos hombres y mujeres, y la presa, y juramento por mi parte de entregar sanas y salvas, sin ofensa en su honor, su esposa y su hija al duque de la Jarilla. Cuando tus monfes, Yuzuf, supieron que para que se retirasen los idlatras era necesario entregar la presa, quisieron continuar al combate todo trance, pesar de que contra cada monf habia mil enemigos. Hay que confesar que tus monfes son muy valientes, y que duras penas consegu que entregasen la presa. Solo doa Ins y Estrella quedaron en mi poder. Calpuc, que habia comprendido que si bien le era fcil exterminarnos, atendiendo que mi gente estaba sin capitan y que era infinitamente inferior en nmero la suya, el destruirnos era sentenciar morir su esposa y su hija, quiso mejor que estando vivas, le quedase la esperanza de recobrarlas algun dia. Yo habia contado con esto, y no habia contado mal. Antes del amanecer se habian retirado los idlatras al otro lado del bosque, y pudimos continuar nuestro camino. Pero la mitad de la compaia habia quedado muerta sobre el campo. Como me habia dicho en nuestra primera entrevista doa Ins, hasta que habiamos entrado en los dominios de Calpuc, no habiamos encontrado gentes formidables: nuestros triunfos habian sido fciles hasta entonces, y asi es que cuando desandamos el camino que habiamos llevado hasta la ciudad de Calpuc, vencimos con facilidad algunas tribus salvajes que nos salieron al encuentro. Pero no pudimos hacer una sola presa y llegamos la frontera, tan pobres como un ao antes habiamos partido de ella. Los monfes estaban desatalentados. Solo yo habia conseguido mi objeto; pero medias. Traia conmigo doa Ins; pero me dejaba all en el centro del desierto un brazo y una pierna, y el hacha de Calpuc, cruzando mi cara, me habia desfigurado conpletamente. Ademas, mis proyectos de ambicion habian fracasado. Yo no podia ser esposo de doa Ins, porque doa Ins estaba casada. A pesar de que el duque de la Jarilla habia dejado el adelantamiento de la frontera, no me atrev entrar en las ciudades con doa Ins, que era muy conocida, y restablecido ya completamente de mis heridas, me dediqu hacer la guerra de frontera como antes de mi expedicion al desierto, llevando siempre conmigo doa Ins. Lleg al fin un dia, en que, subyugadas de nuevo las provincias rebeldes, los indios que no quisieron sujetarse al yugo se internaron en el desierto, donde no era posible perseguirlos sino con grandes ejrcitos, y por ltimo, no habiendo ya aldeas que quemar ni presas que hacer, me mandaste que volviese Espaa. Yo temia volver Espaa con doa Ins, por la misma razon que no habia entrado con ella en ninguna de las villas y ciudades de Nueva Espaa: temia que algun amigo deudo de su padre la conociese. Te envi, pues, tu gente, y me qued solo con doa Ins y Estrella, como esclavas. Dud al embarcarme con ellas para Europa dnde mi dirigiria: en Flandes y en Italia me exponia dar con un tropiezo, porque en aquellos paises abundaban los espaoles. Difcil era encontrar un punto en Europa donde los espaoles no llevasen su planta. Me decid, pues, por Grecia. En el archipilago he vivido algunos aos. Me hice construir una casa las orillas del mar, en Chipre, y compr una almada. Yo necesitaba oro, y me hice pirata. Qu quieres? Yo necesitaba ejercitarme en algo. Cuando volvia de mis excursiones cargado de oro y cubierto de sangre, gozaba entre los brazos de doa Ins... --Cmo! doa Ins fue tan miserable que al fin manch su fe, amndote? exclam con severidad Yuzuf. --Recuerda emir que doa Ins tiene una hija. --Ah! --Como se habia sacrificado la esposa, se sacrific la madre. Doa Ins luch largo tiempo y fue preciso para que sucumbiese que yo la amenazase con separarla de su hija. Estrella era mi esclava y podia venderla. Comprendes ahora que doa Ins pudiera ser mia, y hasta que por no irritarme fingiese que me amaba? --Comprendo que eres un infame, Sedeo, y que Calpuc ha tenido y tiene mucha razn para pedirme tu cabeza. --Eh! yo no s si he sido infame no: lo que s es que doa Ins podia haber sido muy feliz conmigo, si hubiera sido menos testaruda. Al fin, lo hecho est hecho. La obstinacion de doa Ins me ha obligado tratarla con crueldad. No es mia la culpa. Acaso la am yo porque quise? Si no con su hermosura, con un no s qu misterioso, que me enloquecia, me oblig amarla. Era necesario que yo ella nos sacrificsemos, y entre los dos sacrificios eleg el suyo. Esto es muy natural. Ademas, me habia costado muy cara para que yo renunciase ella: me habia costado una expedicion al desierto en que expuse mi vida en cien combates, y por ltimo un brazo y una pierna. Cmo querias que yo renunciase doa Ins? --Contina. --Ya te he dicho que doa Ins solo se doblegaba mis deseos por el temor de perder su hija. Pero yo no podia engaarme: me aborrecia con toda su alma, y este aborrecimiento, que no podia ocultarme, me irritaba y mi irritacion era siempre fatal para ella: de dia en dia iba desapareciendo su hermosura, y su palidez enfermiza, su demacracion, la aguda enfermedad de pecho que la aflige, la tornaron al fin desconocida, fea, flaca, cuando apenas contaba treinta y cinco aos. Entre tanto Estrella crecia cada dia mas hermosa, y me enamor de Estrella. --Despues de haber sacrificado la madre, querias sacrificar la hija? exclam con indignacion Yuzuf. Y te atreves confesarme sin rubor tales infamias? --Qu quieres Yuzuf? Son cosas del corazon. Yo siempre me he dejado llevar de mi corazon, y bueno es que sepas cunto me interesan esas mujeres, para que comprendas hasta qu punto me dejar llevar antes que consentir en que nadie me las arrebate. Adems, t no tienes por qu extraarte de nada. Acaso t al frente de tus monfes no has incendiado villas y llevado sangre los viejos, las mujeres y los nios? --Son gente de la raza maldita; son cristianos, son los enemigos de mi pueblo: los que se gozan en nuestro sufrimiento, en las crueldades que se apuran con los moriscos. Entre los cristianos y nosotros, no puede haber mas que sangre y fuego. --Resulta que t eres cruel con los cristianos por venganza, y que yo soy cruel con esas dos mujeres, porque la una y la otra me han enamorado: exigencias del corazon, Yuzuf. Pero necesito concluir. El estado en que se encontraba doa Ins, y los aos que habian trascurrido desde que fue robada su padre, me aseguraban de que no pudiese ser reconocida, si por un azar lograba verla alguien, burlando mi vigilancia. Deseaba volver Espaa, y hace un ao que volv las Alpujarras y me puse de nuevo en inteligencia contigo. Volv ser capitan del presidio de Andarax, espa de los cristianos en servicio tuyo, y ya sabes cuan bien te he servido durante este ao. --Por lo mismo he hecho jurar Calpuc que no tocar tu cabeza mientras yo no se lo permita. --S, s, todo esto es cierto. Pero tambien es cierto que hubieras hecho mucho mejor en dejarle morir manos de la justicia que le habia preso por intento de asesinato contra m, que en librarle de la crcel y protegerle, contentndote solo con exigirle juramento de que no atentaria mi vida. Mejor hubieras hecho en castigar al monf, que habiendo sido hecho cautivo por las gentes de Calpuc en el desierto, le ha servido de gua hasta las Alpujarras. Pero ya se ve! Calpuc es muy rico y te habr comprado tu proteccion. --Concluyamos, Sedeo: que quieres de m? --Quiero que me permitas deshacerme de ese hombre. --Yo no puedo ser el verdugo de un rey. --De un rey de brbaros, cuyo trono est al otro lado de los mares! --Sea como quiera, Sedeo, las desgracias de Calpuc le hacen merecedor de una proteccion mayor que la que yo le he dispensado; en conciencia yo debia haberte dejado entregado l... --Entregado Calpuc! crees t que si Calpuc no estuviera protegido por t, por t, que tienes demasiadas pruebas para entregarme al rey y la Inquisicion, ya que no quisieras destruirme por tu propio poder, estaria vivo Calpuc? --Calpuc te har pedazos el dia en que yo se lo permita. --Oh! oh! t eres el que me tienes atado de pis y manos: en cuanto Calpuc est tan resuelto romper el juramento que te hizo de respetar mi vida, que me ha obligado salir de las Alpujarras, y hace algunos dias que ronda mi casa en Granada. --Eso prueba que respeta su juramento, lo que no impide el que pretenda rescatar su esposa y su hija. --Pues cabalmente es necesario que eso no suceda. --Obra como mejor puedas para guardar esas mujeres: por lo dems, te anuncio que el dia en que tenga un solo indicio de que has tendido una sola asechanza al rey del desierto, aquel dia eres hombre muerto, Sedeo. Qu? no eres mi vasallo? no me debes obediencia? no eres, aunque de sangre cristiana, monf, como cualquier otro de los mios? Si no fueras monf, poseerias las riquezas que posees? --Veo que va ser necesario que entremos en condiciones. --Condiciones! condiciones entre los dos! exclam Yuzuf con mpetu: acaso eres mas que mi esclavo? --Sintate, poderoso Yuzuf, y escucha: en la situacion en que me encuentro me veo obligado todo... y tengo de mi parte ciertas ventajas. --Ventajas...! --Si por cierto. T tenias un hijo. --Que tenia yo un hijo!... pues qu, Yaye ha muerto? --Cuntale por muerto, porque est en poder de Satans, y si yo no te le entrego... --Cmo! te habrs atrevido? --Aunque yo sea malo como el diablo, Yuzuf, no soy yo el que est apoderado de tu hijo. Es una mujer que hace mucho tiempo est enamorada de l. --Una mujer! No te comprendo Sedeo. --Ni yo me explicar mas. Bstete saber que tu hijo est en poder de esa mujer, encerrado, cautivo... que aunque esa mujer ha llegado ser su querida, sabe demasiado que Yaye no la ama, y ser capaz de retenerle en su encierro de envenenarle, cuando no le pueda retener. Te juro que si yo no te ayudo, pierdes tu hijo, le pierdes, como yo perd mi padre. --Pero yo puedo sujetarte al tormento. --Morir en l sin revelar una sola palabra. Bien sabes que soy valiente, Yuzuf. El anciano se levant, y se puso pasear agitado, por la cmara. Sabia demasiado que Sedeo era hombre quien nada aterraba, y que habindose propuesto deshacerse de Calpuc, no cejaria en su empeo aunque emplease para dominarle todos los terrores; todos los dolores posibles. Yuzuf era padre, amaba Yaye de una manera exagerada, si es que puede haber exageracion en el amor de un padre hcia su hijo. La prdida de Yaye, la incertidumbre acerca de su suerte, habia llenado de amargura el corazon del anciano, y habia recibido un inmenso consuelo al saber por boca de Sedeo que su hijo vivia. Pero al mismo tiempo Sedeo se negaba revelarle el lugar donde se ocultaba su hijo, y le exigia en cambio una infamia. Yuzuf, sin embargo, no tard en decidirse; pero antes se habia hecho el razonamiento siguiente: --Calpuc me exige todos los dias, todas horas, con un empeo justsimo, que le releve del juramento de respetar la vida de ese infame; ese vil Sedeo me pide por su parte que le permita deshacerse de Calpuc; entro estos dos hombres existen razones bastantes para que quieran mtuamente exterminarse. A m, mi pueblo conviene, que esos dos hombres vivan: Calpuc es riqusimo, sus tesoros son inagotables, y por odio los espaoles, me facilita medios para sostener mi ejrcito de monfes. Como yo, es rey de una raza proscripta, vencida, amenazada por la clera de los castellanos. Calpuc es mi igual, mi aliado natural. Por otra parte, Sedeo me sirve bien: es un excelente espa; vende los castellanos en mi provecho, y acaso podramos deberle un dia una sorpresa sobre Granada, sobre nuestra querida ciudad. Estos dos hombres son preciosos para m. Pero mi hijo es antes que todo. Si Sedeo me revela el lugar donde se encuentra, le permitir que obre contra Calpuc, y del mismo modo permitir Calpuc que obre contra Sedeo. El resultado ser verme privado de la ayuda de uno de estos dos hombres, acaso de la de los dos. Pero mi hijo... mi hijo... si, es preciso de todo punto... mi hijo antes que todo. Y se detuvo, y se volvi resueltamente Sedeo. --No has tenido t parte, directa ni indirectamente, en la prision de Yaye? le dijo. --Ya te he dicho que Yaye est en poder de una mujer. --Respndeme de una manera decidida. --Nada he tenido ni tengo que ver en la prision de tu hijo. --Pues bien; revlame el lugar donde se encuentra, y los medios de salvarle, y te permito que hagas lo que puedas contra Calpuc. --Hasta matarle? --Te dejo libre del juramento de respetar su vida. --Pues bien; solo me falta una condicion para sealarte el lugar donde tu hijo se encuentra. --Otra condicion! --S, poderoso Yuzuf, las duras circunstancias en que me encuentro me han obligado ofenderte. Promteme, por tu fe de emir, de creyente y de caballero, que me perdonars, y que no me negars tu confianza, como no me la has negado hasta ahora. H aqu mi ltima condicion. --Dme mi hijo, y te lo prometo todo. --Nada tendr que temer de t? --Nada. --Pues bien; tu hijo Yaye, est encerrado en un subterrneo de la casa de don Diego de Vlor, y en poder de su esposa doa Elvira, que hace mucho tiempo que le ama. --En casa de don Diego de Crdoba y de Vlor? --S por cierto. --Y cmo sabes t eso, dijo con recelo Yuzuf, cuando no han podido averiguarlo Abd-el-Gewar, ni los monfes que yo he enviado Granada en demanda de Yaye? --Escucha Yuzuf: t recordars que yo, para estar en inteligencia oculta con don Diego, sin que pudiesen conocerlo los cristianos, compr una casa contigua la de don Diego en el Albaicin. Estas dos casas se comunican por una mina. --Ah! exclam Yuzuf, para quien el recuerdo de Sedeo fue un rayo de luz. --Bien; pues en esa mina hay algunos aposentos. Hace algunos dias, ignorante yo de que don Diego habia salido de Granada, y teniendo que darle algunas noticias importantes para que te las trasmitiese, baj la mina, y al acercarme uno de los aposentos de que te he hablado, o dos voces que hablaban apasionadamente: era la una de mujer, la otra de hombre, hablaban de amores: en la mujer reconoc doa Elvira, la esposa de don Diego: por lo que escuch, supe que el hombre era Yaye, tu hijo. Sabia que t le buscabas y que no le encontrabas, y esto me llen de alegra, porque me dije: yo dar al emir su hijo, y el emir en cambio me dar la vida de Calpuc. --Y doa Elvira es amante de Yaye? pregunt con repugnancia Yuzuf. --S, s por cierto, y parece que se aman mucho. --Ah! silencio, silencio; don Diego anda libremente por esta parte del alczar, y pudiera oirnos, dijo Yuzuf con cuidado. En aquel momento se oyeron pasos, y poco despues se abri una puerta, y entr don Diego. Yuzuf le mir de una manera profunda, pero nada vi en don Diego que demostrase que habia oido las ltimas palabras del capitan; estaba tranquilo, su paso era seguro, y su mirada descuidada. --Ah! dijo detenindose, apenas habia dado algunos pasos en la cmara, perdonad si he sido indiscreto sin saberlo: pensaba que estabas solo, Yuzuf. --No, don Diego, no estoy solo; hace algunos momentos que me ocupo de una conversacion interesante con el capitan Sedeo. --S, s por cierto, dijo el estropeado, y vens muy tiempo don Diego, porque yo he venido haceros un mutuo servicio al emir y vos. --Un mutuo servicio, capitan? dijo con perplejidad don Diego. --S por cierto. Recordais lo que pas en vuestra casa el dia en que se cas con Miguel Lopez vuestra hermana doa Isabel? --No comprendo lo que quereis decir. --Cuando ya aquella boda no podia suspenderse, se present en vuestra casa Sidy Yaye, el hijo del emir. --Es verdad, dijo don Diego. --Y por qu me lo has ocultado, pregunt con su acento de terrible amenaza Yuzuf, cuando sabias la ansiedad con que yo buscaba mi hijo? --Porque no sabia si estaba muerto vivo. --Cmo! pues quin se atrevi?... --Tu hijo, Yuzuf, supo en mi casa sin que yo lo pudiese evitar, que mi hermana doa Isabel acababa de casarse con Miguel Lopez: ya te he dicho las terribles razones que tuve para obligar mi hermana que se casase con ese hombre, rompiendo el pacto que existia en nuestras familias y por el cual tu hijo Yaye debia ser esposo de mi hermana. Tu hijo al saber que ya aquella union era imposible, cay en tierra mortal, y yo le dej al cuidado de mi esposa en lugar seguro, y me puse inmediatamente en camino con Miguel Lopez, quien arrastr con un pretexto, y quien como traidor debia matar, y como obstculo remover de en medio de doa Isabel y de Yaye, que ya se amaban. Cuando algunos monfes estaban prximos dar muerte Miguel Lopez, t que te habias aproximado Granada, me encontraste, irritado por el asesinato de Miguel Lopez, cuya razon no podias apreciar bien, porque no conocias su traicion, me trajiste contigo. T tenias indicios los tuvistes despues de que tu hijo habia estado en mi casa, recelaste de m, y me intimaste que no me veria libre hasta que estuvieses seguro de mi inocencia acerca de la desaparicion de tu hijo. Yo no podia saber, pues, si tu hijo habia sobrevivido no al accidente mortal que le habia acometido al saber el casamiento de mi hermana, y temiendo que hubiese muerto no me he atrevido revelarte nada. Acaso, si por desgracia Yaye hubiese fenecido, me hubieras imputado su muerte cuando he hecho cuanto ha estado de mi parte por salvarle, y por romper el lazo que impedia su union con Isabel. Juzga en tu prudencia si he tenido razon para callar no. --Por fortuna, don Diego, dijo Yuzuf, el capitan Sedeo ha descubierto que mi hijo vive. --Ah! por la mina... lo comprendo perfectamente. Y le habeis hablado, capitan? --No por cierto: sabia que all estaba en seguridad, conocia adivinaba las razones del misterio acerca del paradero de Yaye, y he venido avisar al emir. He tenido una doble satisfaccion; porque en vuestra casa se tiene una gran ansiedad por vos. --Pues esa ansiedad durar muy poco, dijo Yuzuf; aprecio en lo que valen las razones que has tenido, don Diego, tanto para castigar Miguel Lopez, como para ocultarme la existencia de mi hijo en tu casa. Pero ya han desaparecido mis temores y el motivo de tu prision, don Diego. Ahora mismo vais partir Granada, t, tu hermano y el capitan Sedeo. Es preciso que esta noche mi hijo est en poder de Abd-el-Gewar. --Un momento aun: me queda algo importante que decirte Yuzuf, dijo el estropeado. --Importante! --S; el capitan general y la chancillera de Granada estan con gran cuidado. --Pues qu sucede? --Hay poca gente de guerra en la ciudad, los moriscos se muestran cada dia mas y mas amenazadores, y representan de una manera rebelde contra el edicto del emperador. Anoche casa del Homaid, en el Albaicin, se reunieron los xeques de la ciudad y los de las aldeas de la vega, y resolvieron enviarte algunos de ellos para poderte ayudar; se trata de una rebelion. --De una rebelion? exclam con alegra Yuzuf; se han decidido al fin romper las cadenas que tan vergonzosamente han llevado tanto tiempo los moriscos de Granada? --S, y la ocasion es propicia, dijo don Fernando: el emperador se halla empeado en guerra con Francia; el sultan de Constantinopla ansa un campo de batalla en las tierras de Occidente contra el cristiano, y qu campo mejor que las Alpujarras? Puesto que en Granada hay pocos soldados, las armas, y sus! lancemos el grito de guerra. Demos el primer golpe, y si nos apoderamos de Granada, despues no nos han de faltar ni naves, ni soldados turcos. En aquel momento se abri la puerta del fondo y un monf dijo inclinndose profundamente. --Magnfico, seor, cuatro xeques de Granada desean hablarte. --Que entren, que entren al momento. Poco despues se celebr un consejo, en que abundaron el entusiasmo, el valor, la energa de las razas dominadas que aun no se han degradado, se alimentaron magnficas esperanzas y se decidi dar el grito en Granada en la noche del dia siguiente. Yuzuf estaba frentico de alegra; habia encontrado su hijo, y se le presentaba la ocasion que tanto tiempo habia deseado de desplegar su bandera real ante el estandarte imperial de Carlos de Austria, el valiente rey de Espaa, el poderoso emperador de los germanos. CAPITULO XV. De cmo el capitan Sedeo hizo traicion todo el mundo. A las doce de aquel mismo dia galopaban en direccion Granada, por el camino de las Alpujarras, don Diego de Vlor, su hermano don Fernando, y el capitan Sedeo. Al mismo tiempo por todas las veredas y barrancos de la montana, marchaban monfes que llevaban las diferentes tahas, rdenes de Yuzuf, para que reuniesen las taifas y marchasen hacia Granada, la que debian llegar por los atajos de la sierra la noche siguiente. En cuanto los tres ginetes, fuese por prudencia por otra causa, no hablaron una sola palabra durante el camino acerca de la rebelion, ni trataron mas que de cosas indiferentes. En cuanto don Diego de Vlor, ni una palabra dijo que pudiese indicar que hubiese sorprendido la revelacion que habia hecho Sedeo Yuzuf acerca de los amores de su mujer con Yaye. Pero Sedeo, que era sobre manera perspicaz, por el aspecto sombro de don Diego, por la impaciencia con que aguijaba su caballo, y sobre todo, por su tenaz reserva acerca de todo lo que tuviese relacion con Yaye, y con la manera de haber descubierto en su casa el capitan la existencia del jven, comprendi que habia escuchado don Diego perfectamente las palabras que habia pronunciado poco antes de entrar aquel en la cmara de Yuzuf. En efecto, el autor puede decirlo porque lo sabe, don Diego, que, como dijo Yuzuf, andaba libremente por aquella parte del alczar subterrneo, habia llegado poco antes de aquella revelacion y habia escuchado y sabia ciencia cierta, que doa Elvira su esposa habia manchado su honor. Esto ennegrecia su alma, meditaba una cruda venganza y espoleaba su caballo ansioso de realizarla. Por su parte el capitan estropeado comprendi, que se habia hecho un enemigo formidable de don Diego de Crdoba, y resolvi deshacerse de l cuanto antes. Sedeo, como saben nuestros lectores, era el depositario de la carta por la que, Miguel Lopez habia obligado don Diego que le entregase su hermana. Calpuc, poseedor de la sortija por medio de la cual debia Sedeo entregar aquella carta quien se la pidiese, no habia tenido tiempo de encontrar una persona de confianza, quien encargar de que recogiese aquella carta, puesto que l no podia presentarse ante Sedeo, sino para matarle, y esto le estaba prohibido por el juramento que habia hecho al emir Yuzuf, cuando este se lo exigi en la crcel de Andarax, trueque de conseguir su libertad. Aquella carta, pues, estaba en poder de Sedeo. Por lo que se v todos aquellos personajes excepto Calpuc y Yuzuf, se trataban con una fe digna de bandidos. Miguel Lopez, don Diego de Vlor y el capitan estropeado eran tres infames. Como picaban mucho y mudaban de caballos, llegaron aquella misma noche antes de que se cerraran las puertas Granada. Poco tiempo antes de llegar, y porque les importaba, se separaron, y el estropeado tom adelante y entr antes que los dos hermanos en la ciudad. Eran las nimas. Sedeo tom por la plaza de Bibarrambla, el Zacatin y la Plaza Nueva, subi por la cuesta de los Gomeres, luego por otra pendientsima cuesta, y lleg la puerta del Juicio de la Alhambra: una vez all pidi una audiencia urgentsima al capitan general marqus de Mondejar. Sedeo fue conducido al alczar y la presencia del capitan general, digno vstago de la familia de los Mendozas, en la que estuvo vinculada, durante muchos aos, la capitana general del reino y costa de Granada. Lo que llevaba all Sedeo era una nueva traicion aconsejada por su recelo; hombre de poca fe, confiaba poco en la fe de los dems. Se habia visto obligado imponer condiciones Yuzuf, y recelaba la venganza de este: era rico, estaba cansado de servir y le importaba deshacerse de sus enemigos. Asi es, que se present don Luis Hurtado de Mendoza resuelto consumar sus infamias con dos nuevas infamias. El capitan general le recibi con ese altivo desprecio con que un caballero recibe cierta clase de gente. Para justificar el desprecio con que el marqus de Mondejar miraba Sedeo, basta saber, que al mismo tiempo que era espia de Yuzuf contra los cristianos, lo era del capitan general contra los monfes. Esto es, era espia doble. El marqus le dej permanecer de pi, y despues de mirarle de pis cabeza le dijo: --Por lo que veo, acabais de venir de un viaje? --Si, excelentsimo seor, contest servilmente Sedeo: vengo de las Alpujarras, del alczar del emir de los monfes. --Del alcazar del emir! Pero donde est ese alczar? --Ya he dicho vuecelencia que ese alczar es subterrneo, y que est situado como media legua de la villa de Cadiar. No he podido dar vuecelencia noticias mas seguras, porque siempre al llegar los pinares, me han salido al encuentro los monfes y me han vendado los ojos. --Seor Alvaro de Sedeo, dijo el marqus con fijeza, desde el dia en que me ofrecsteis vuestros servicios en defensa del rey, de la religion y de la patria, contra esos descreidos, os di cuantos medios podais necesitar para exterminar esos bandidos: vuestra compaa de arcabuceros es de la gente mas braba y aguerrida de los ejrcitos de su magestad; se os ha dado oro, se os ha ofrecido mas gente y mas dinero, y sin embargo... --Cree vuecelencia que en un ao que llevo ltimamente sirviendo al rey nuestro seor en las Alpujarras, se puede hacer mas de lo que he hecho? --Es que no habeis hecho nada, dijo con doble fijeza el marqus; es que, pesar de vuestros avisos, la gente de guerra que ha atravesado la montaa ha sido acometida y desbandada, quedando muertos entre las breas los mejores capitanes de los tercios: es que nadie ve esos monfes; que solo se conoce su paso, por la destruccion, el saqueo y el incendio que dejan tras s, y vos sin embargo les conoceis y tratais con ellos. Esto me habia hecho pensar en pediros serias explicaciones, y aun obrar con rigor respecto vuestra persona. --Desconfa vuecelencia de m? dijo con gran aplomo Sedeo. --No es que desconfio, sino que la lealtad que debo al rey me prescribe el obrar con entereza. Ninguno de los capitanes que he enviado las Alpujarras han podido dar con esa gente: los que los han encontrado han muerto: vos que pareceis valiente y teneis gente braba, no me habeis presentado ni uno solo, y por otro concepto, vos tratais con los rebeldes y los conoceis. Al mismo tiempo afirmais que os son desconocidos los lugares en que se ocultan qu debo pensar de esto? --Que el ao que llevo ltimamente en tratos con los monfes en servicio del rey, es el plazo que se ha necesitado para que vuecelencia les puede dar un golpe decisivo. En cuanto lo de ignorar yo el lugar donde se albergan, nada mas natural. Ya he dicho vuecelencia que jams entr en el alczar subterrneo, sino con los ojos vendados. --Se han reconocido todas las cavernas inmediatas Cadiar, y solo se han encontrado minas de en tiempo de los romanos y de los moros; pero reconocidas esas minas no se ha hallado el mas leve vestigio de los ponderados alczares subterrneos de que me habeis hablado tantas veces. --Esta misma maana he estado en ese alczar hablando con el emir de los monfes. --Y me traeis algun aviso importante? dijo el marqus movindose con impaciencia en su ancho sillon coronado con las armas reales. --Traigo vuecelencia noticias decisivas. --Veamos. --Maana la noche debe levantarse el Albaicin. --Ah! ah! tenemos la rebelion llamando las puertas de nuestra casa! --Si seor. --Y quienes son las cabezas de esa rebelion? --Primeramente don Diego de Crdoba y de Vlor. --Ved lo que decs; don Diego de Vlor aunque morisco, es uno de los mas leales vasallos de su magestad: ha dado repetidas pruebas de ello. --Don Diego de Vlor es un traidor que se encubre bajo la mscara de la lealtad para obrar con mas seguridad su traicion; en prueba de ello, ved, seor, esta carta escrita de su mano, dirigida al emir de los monfes Yuzuf-Al-Hhamar. Y Sedeo sac una cartera y de ella la carta que le habia entregado Miguel Lopez y con la cual habia este ltimo impuesto condiciones don Diego. Aunque la carta estaba escrita en algarabia aljamiada, lenguaje y escritura que se usaba entre moros y cristianos aun antes de la conquista de Granada, el marqus que era docto la comprendi perfectamente. Era una prueba indudable de la traicion de don Fernando de Vlor. Sin embargo, el capitan general, que no guardaba ningun gnero de consideracion Sedeo, le dijo profundamente, reteniendo la carta: --Y quien me asegura de que este escrito no es una falsificacion con que acaso quereis sorprenderme? --Llame vuecelencia don Diego de Vlor, hgale escribir con cualquiera pretexto en arbigo aljamiado, y vuecelencia se convencer de que esa carta es suya, contest con gran aplomo Sedeo. --He llegado entender, dijo el marqus, que don Diego y su hermano faltan estos dias de Granada. --Como que han estado en las Alpujarras en el palacio del emir preparando el levantamiento; pero han venido desde all conmigo, y se les encontrara en su casa. Medit un momento el marqus, despues de lo cual tom un papel, escribi sobre l algunas palabras, despues llam con una campanilla de plata, cuyo sonido se present la puerta de la cmara un escudero. --Gins, le dijo don Luis; dad esta rden al capitan de caballos Pero de Baena, y que la cumplimente al momento. El escudero tom la rden y sali. --Y quienes mas son las cabezas de esta rebelion? aadi el marqus, encarndose de nuevo con Sedeo. --El cuado de don Diego, Miguel Lopez, y tanto es esto asi, como que en el mismo dia de sus bodas parti de Granada con sus dos cuados, de que hay muchos testigos. El marqus anot en un papel el nombre de Miguel Lopez. --Y donde est ese hombre? ha vuelto con sus cuados? pregunt Sedeo. --Sus cuados y yo hemos venido solos. Nada s de Miguel Lopez; pero es natural de Orgiva y es muy posible que haya quedado con los monfes. --Continuad. --Otra cabeza de la rebelion, es el Homaidi xeque de los moriscos que vive en el barrio del Zenete. Don Luis escribi este nuevo nombre. --Continuad, repiti. --Hay ademas, dijo Sedeo, un hombre que est en Granada hace quince dias que es poderossimo por sus riquezas, y que es doblemente traidor al rey. --Y quien es ese hombre? --Ese hombre se llama Calpuc: es rey de los rebeldes de Mjico; ha venido Espaa ignoro por qu causa, y ayuda con sus tesoros los monfes. --Le conoceis? --Le conozco, porque Yuzuf me lo ha dado conocer. Ese hombre vive en la plaza de Bibarrambla casa del aleman Franz Maitller y sale de ella todas las maanas disfrazado de mendigo, y todas las noches vestido de caballero; se le puede conocer ademas por su color moreno dorado y por sus cabellos ensortijados: es un hombre como de treinta y cinco cuarenta aos, alto cenceo, de mirada fija y profunda. Don Luis, escribi de nuevo, despues de lo cual repiti la palabra: --Continuad. --Estas son las cabezas de la rebelion; ademas, tengo grandes esperanzas de entregar al rey al emir de los monfes. --Al terrible Yuzuf Al-Hhamar? exclam con alegra el marqus. --No, no seor, sino su hijo Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, en quien el viejo emir ha renunciado su autoridad. --Os cojo la palabra, Sedeo, y si me presentais ese emir, os ofrezco en nombre del rey una encomienda. --Solo me impulsa mi lealtad al rey nuestro seor, dijo Sedeo. --Por lo mismo debeis ser recompensado. Pero seguid: conocidos los capitanes de la rebelion, veamos cmo piensan llevarla cabo los moriscos. --El edicto del emperador los ha acabado de desesperar y les ha puesto las armas en las manos. --Ya he dicho sus xeques, que representar su magestad, fin de que les otorgue un plazo durante el cual puedan consumir las ropas que se les prohiben; vestir sus esclavos fuera de estos reinos y hacer de manera que sus haciendas no padezcan con el cumplimiento del edicto. --Ellos han dicho, que no quieren dejar su habla, ni sus usos, ni sus fiestas y ceremonias moriscas, ni dejar de ser juzgados por sus cadies, en sus desavenencias; que antes de permitir que sus casas estn abiertas, que sus mujeres salgan la calle con los rostros descubiertos y privarse de sus baos, se dejaran matar, hacer pedazos. --Se les trata con demasiado rigor, murmur el marqus de una manera involuntaria ininteligible para Sedeo que continu: --As, pues, han recurrido las armas: aprovechan la ocasion de haber poca gente de guerra en la ciudad... --Vive Dios! exclam el marqus: los cortesanos piensan que ser capitan general de Granada, es lo mismo que llevar el ferreruelo y la espada dorada en las antecmaras de las secretarias de Estado. Piensan que todo se gobierna aqu con papeles, y aqu se necesitan muchas lanzas, muchos arcabuces y muchos brazos robustos para sostenerlos: dicen que cuesta mucho dinero el entretenimiento de tantas gentes de guerra en el reino y costa de Granada; que Espaa est exhausta con las pasadas turbulencias, y que aqu nos basta para reprimir los moriscos, con los alguaciles de la Chancilleria, y con dos trescientos arcabuceros viejos del presidio de la Alhambra: si maana los moriscos de la vega y de la ciudad, los monfes de las Alpujarras y los berberiscos, que pueden venir en un dia de Africa y desembarcar mansalva en las costas desamparadas, se apoderasen de Granada, se llamara torpe y descuidado al capitan general, cuando no se adelantasen llamarle cobarde traidor. Pero en Dios confio que con la ayuda de los buenos caballeros de la ciudad y reino de Granada, con la gente de guerra de la Alhambra, y con los escuderos de mi casa, podremos sofocar esta primera llamarada. Donde teneis vuestros cien buenos arcabuceros, capitan? --En Andarax, seor. --Quin los manda en vuestra ausencia? --El alfrez Pero Villasante. Escribi el marqus. --Bien, muy bien, dijo: ahora relatadme cundo y de qu manera piensan levantarse los moriscos. --Cuando? maana la noche. Cmo? barreando las calles del Albaicin y viniendo al mismo tiempo sobre la ciudad por los atajos de la sierra, los monfes. --En los atajos, en los atajos de la sierra est nuestra salvacion! dijo el marqus con el rpido golpe de vista de un buen capitan. Sabeis el punto por donde se han de acercar Granada los monfes? --Si seor. Por los desfiladeros de Dilar. --Bien, bien, capitan, dijo don Luis: os confieso que habia llegado hasta desconfiar de vos; pero el servicio que acabais de hacer su magestad, os vuelve toda mi confianza. Dnde vivs? Sedeo di al marqus las seas de su casa. --Id, pues, con Dios; es tarde y necesitareis descansar. Sedeo salud profundamente al marqus, que se levant y le dijo: --Venid, venid conmigo: ahora pienso, que habiendo yo llamado don Diego de Vlor podria suceder que si volvais por donde habeis venido podriais encontrarle y darle que sospechar. Venid. --Y mi caballo? pudiera verle tambien al entrar y reconocerle. --Ah! vuestro caballo! es verdad! hola! dijo el marqus, y al presentarse un criado aadi: id la puerta del Juicio, tomad un caballo que encontrareis all y llevadle al momento la puerta de Hierro. Despues de esto el marqus sali precediendo Sedeo, baj unas escaleras, atraves el hermoso patio de Lindaraja, pas junto la sala de los secretos, entr por una mina, lleg su fin, llam una puerta y despues del llamamiento se oy la voz de un soldado que llamaba al alfrez de la guardia. Poco despues se oy otra voz que dijo: --Quien va! --Abrid al capitan general. Rechin precipitadamente una llave en una cerradura, descorrise un cerrojo y la puerta se abri. --Alfrez, dijo el marqus uno que habia aparecido tras la puerta con una linterna en la mano. Cuando llegue uno de mis criados con un caballo, le entregareis este capitan, abrireis la puerta de Hierro, y le dejareis salir libremente. Despues de esto el marqus se volvi y el alfrez cerr la puerta. A poco rato Sedeo caballo, bajaba lentamente la pendientsima y tortuosa cuesta, que cie los muros de la Alhambra, desde Pea-Partida hasta los molinos del ro Darro. Habia quedado fuera del recinto de la ciudad; pero cuando despues de pasar el puente del Diablo, y de subir la cuesta del Chapin lleg la puerta de Guadix, vi que por fortuna esta aun no se habia cerrado, y entr en el Albaicin, por cuyas oscuras y tortuosas calles se perdi. CAPITULO XVI. La venganza de don Diego de Crdoba y de Vlor. En una cmara del palacio de don Diego en el Albaicin, velaban una hora antes de los ltimos sucesos que hemos referido, dos damas. La una leia con suma distraccion, en un libro en folio feamente impreso. Decimos con suma distraccion, porque hacia gran tiempo que tenia fija la vista en el libro como si leyese, y sin embargo, no habia vuelto la hoja, pesar de haber trascurrido espacio sobrado para que el mas torpe lector hubiese recorrido diez veces las lneas de las dos paginas por donde estaba abierto el libro. A poco que se leyese en aquellas pginas podia comprenderse que aquel libro era la historia del famoso caballero Amadis de Gaula. Aquella dama era doa Isabel de Vlor. A pesar de que Calpuc la habia dado aquella maana noticias exactas acerca de la existencia de Miguel Lopez, ni doa Isabel habia comunicado nadie aquellas noticias, ni habia dejado su luto. El negro color de sus ropas contrastaba enrgicamente con la palidez mate que hacia mas difana la blancura de su semblante. La otra dama, sentada junto la misma mesa apoyada un brazo en ella y en la mano el semblante, estaba, si cabe, mas plida, que doa Isabel, y en sus negros ojos destellaba una chispa sombra y colrica. Aquella otra dama era doa Elvira de Cspedes, esposa de don Diego. Ni una sola palabra se cruzaba entre las dos cuadas; la una fijaba la vista abstraida en el libro; la otra parecia fijar su intensa mirada en la inmensidad. Dieron las animas en la cercana iglesia de San Gregorio, y doa Isabel se agit con un ligero estremecimiento nervioso. Aquella campana que taa lgubremente la oracion por el eterno descanso de los que habian dejado de existir, record doa Isabel su cita en el huerto con el extrao hombre de aquella maana. Doa Elvira pareci salir de su distraccion y rez en voz baja, cuyo rezo contest doa Isabel. Cuando se termin la oracion, doa Elvira dirigi algunas secas palabras doa Isabel. --Ya es hora que nos recojamos, hermana, la dijo tomando una lamparilla de plata que estaba sobre la mesa, y encendindola en el velon. --Recojmonos, pues, dijo doa Isabel cerrando el libro, y tomando una buga y encendindola su vez. Buenas noches, hermana. --Buenas noches. Como se ve no mediaba la mejor inteligencia entre doa Isabel y doa Elvira. Las dos cuadas salieron de la cmara cada cual por distinta puerta. Pero ninguna de las dos se encamin su dormitorio. Doa Isabel apenas sali los corredores apag la buga y por una escalera de servicio, baj al huerto buscando en su limosnera, la llave del postigo que se habia procurado durante el dia, y cerciorndose de si llevaba consigo la sortija, que por rden de Miguel Lopez, su esposo, debia entregar Calpuc. Doa Elvira apenas sali de la cmara apag tambien su luz, atraves tientas una habitacion, sali otros corredores y abri una puerta tras la cual se perdi. Aquella puerta era de los aposentos de don Diego, donde estaba la entrada secreta del subterraneo donde habia estado preso, por decirlo as, Yaye. Una vez en la cmara de su esposo, doa Elvira encendi de nuevo su luz en una lmpara que ardia delante de un Cristo de talla sobre un reclinatorio, fu la puerta secreta, la abri, baj las escaleras y se puso escuchar. --Nadie, no hay nadie, dijo: sin duda se han ido aquellos hombres que hoy al bajar me detuvieron: pero por donde han entrado esos hombres? quin los ha traido? Ellos son sin duda los que me han robado Yaye. Doa Elvira al pronunciar el nombre del jven, exhal un gemido, se llev una mano sobre el corazon, y se apoy en la pared un momento, como si hubiera necesitado de aquel apoyo para no vacilar y caer: luego rehacindose, merced su indomable voluntad, acab de bajar los escalones, y entr resueltamente en la mina y la recorri, llegando la otra escalera que comunicaba con la casa del capitan Sedeo. A causa de la oscuridad y de su sobreexcitacion, doa Elvira habia pasado sin reparar en ella junto la abertura practicada en uno de los costados de la mina por Harum el monf. Se detuvo un momento al pi de la escalera de la casa del capitan, y luego pintse una decidida expresion en su semblante y trepo por ella. No tard en llegar la puerta secreta: por acaso aquella puerta habia quedado abierta, y doa Elvira se encontr en la cmara del capitan. Por un momento tuvo miedo de pasar adelante: se hallaba en una casa extraa; pero doa Elvira se hallaba en un estado terrible: tenia fiebre: esa fiebre que producen en las organizaciones vigorosas, la rabia y la desesperacion. Doa Elvira sigui adelante, y recorri la casa del capitan, hasta llegar la puerta exterior; como si Dios no hubiese querido doblar el terror de doa Elvira, habia pasado algunas veces junto la puerta de la cmara mortuoria, donde yaca doa Ins de Crdenas, sin que se le hubiese ocurrido que all habia una habitacion en la cual no habia entrado. Maravillla, s, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una casa donde no se encontraba nadie. Doa Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba la calle un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corri los cerrojos y abri uno de los grandes postigos de aquella puerta. En aquel momento un ginete arremeti por ella, y poco no atropella doa Elvira que se hizo un paso atrs, dej caer la lmpara y exal un grito de espanto al reconocer al ginete. Aquel ginete era don Diego de Crdoba y de Vlor. --Ah! ah! dijo don Diego; sois vos seora? En verdad, en verdad, que yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aqu. La situacion en que se hallaba doa Elvira era tan extraa que solo contest fijando en su marido una mirada de terror. --Haceis bien en aterraros, dijo don Diego, porque en verdad que s algunas cosas de vos, que mas os valiera no haber nacido para no haberlas ejecutado. Doa Elvira, que como la mayor parte de las mujeres, tenia suma facilidad para dominarse, se repuso y contest don Diego: --No comprendo lo que me quereis decir, esposo y seor. --Que haceis aqu, seora? dijo don Diego atando una argolla del portal su caballo, del que habia descabalgado. --En verdad que no lo s, dijo doa Elvira recogiendo del suelo con gran serenidad la lmpara; al veros de repente ante m me he sorprendido, porque no esperaba veros en esta casa, en la que m misma me causa gran extraeza el encontrarme. Encended mi lmpara en uno de esos faroles y seguidme; tengo grandes cosas que comunicaros. Sorprendido don Diego del aplomo con que doa Elvira le hablaba, ni mas ni menos que si nunca le hubiese ofendido, tom maquinalmente la lmpara, la encendi y la entreg su esposa. --Vamos de aqu, dijo ella, trasladmonos nuestra casa; tengo que revelaros sucesos importantes. --Ah! teneis que revelarme... sucesos importantes? dijo conteniendo mal su clera don Diego. --Si por cierto; pero ante todo decidme: por qu razon habiendo estado un mes ausente, vens esta casa antes que la vuestra? --Tenia mis razones para pretender llegar cierto punto de mi casa sin ser sentido. --Ah! y qu punto de vuestra casa queriais llegar sin ser sentido, caballero? en verdad que no comprendo la razon de tanto misterio, no ser que pensseis darme el placer de una sorpresa. --Si por cierto, queria sorprenderos doa Elvira. --Y efectivamente me habeis sorprendido presentndoos ante m en un lugar y en una ocasion en que ciertamente no hubiera esperado encontraros. --Perdonad si no os digo en qu lugar queria sorprenderos; porque estamos en una casa extraa y podria escucharnos alguno de los criados del capitan Alvaro de Sedeo. --Ah! esta es la casa de vuestro amigo el capitan Sedeo! En verdad que yo ignoraba que viviese tan cerca; que pudiese comunicarse con nosotros, y habeis hecho mal en no advertrmelo, porque... --Seguid, seguid adelante, seora, y callad: basta con que hayais dado el escndalo de que os vean en esta casa, en la que no comprendo por qu razon estais; no hay necesidad de que nadie se entere de nuestros asuntos. --Podeis estar tranquilo, dijo doa Elvira; nadie nos escuchar porque esta casa est deshabitada. --Deshabitada! --Si por cierto, seguidme y os convencereis. Doa Elvira tom por la escalera principal, y don Diego la sigui, dominado por lo extrao de lo que le acontecia. Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el uno tras la otra por las escaleras arriba. Doa Elvira entr en los corredores, y de ellos pas una antecmara, en la que antes no habia entrado. En aquella antecmara habia un fuerte olor cera quemada: era la antecmara mas all de la cual habia muerto doa Ins. Doa Elvira sigui fatalmente adelante y se encontr en el aposento mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugas encendidas que proyectaban una luz opaca sobre el lecho. --Aqu hay una mujer que duerme, dijo don Diego. Doa Elvira mir el lecho, y mas perspicaz que su marido lanz un grito de horror. --Esa mujer est muerta! exclam. --Muerta! exclam don Diego arrebatando la lmpara doa Elvira que habia quedado yerta de espanto, y acercndose al lecho: muerta! s muerta! pero... quin es esta mujer?... ah! la muerte se cruza en mi camino cuando vengo buscar una prueba de mi deshonra! --De vuestra deshonra! exclam en un acento indefinible doa Elvira. --S, s, seguidme, seora, seguidme y concluyamos de una vez. Y asi brutalmente de un brazo doa Elvira y la arrastr consigo fuera de la cmara; atraves la antecmara, sali los corredores y luego, como quien conocia bien aquella casa, torci por una puertecilla, atraves un pasadizo, entr en el aposento del capitan Sedeo, y se encamin la puerta secreta. Aquella puerta estaba abierta. --Habeis entrado por aqu, seora? la dijo. --Por aqu he entrado, contest con acento severo y duro doa Elvira, como si con la entonacion de su voz hubiera querido protestar de la manera brutal con que la arrastraba consigo don Diego. --Y quin os ha dicho que existia esta comunicacion secreta con nuestra casa? pregunt con un acento no menos duro y severo don Diego. --Nadie me lo ha dicho, yo he descubierto esta comunicacion. --Que la habeis descubierto! y cmo? hay alguna distancia desde el aposento subterrneo aqu y no parece natural... --Yo no hubiera descubierto esta comunicacion, sino hubiera desaparecido Sidy Yaye. --Que ha desaparecido Sidy Yaye! exclam con un acento indescribible don Diego: es decir que se os ha escapado! --Solo s deciros que esta noche cuando bajaba traerle la cena, encontr la habitacion abandonada. Yo habia dejado bien cerrada la puerta; nadie conoce la entrada del subterrneo por nuestra casa mas que vos y yo: Yaye debia haberse escapado por otra parte: nos importaba demasiado ese mancebo para que yo no procurase indagar cmo podia haber huido, y recorr la mina: al fin de ella d con una escalera, al fin de la escalera con esta puerta que encontr franca; recorr la casa, menos esa habitacion donde hemos visto ese cadver, y no encontr persona alguna: llegu al zaguan, y... abr maquinalmente la puerta... --Para ver sin duda, si se alejaba con seguridad vuestro hermoso Yaye, dijo don Diego cediendo una suspicaz suposicion: oh! si, si, veo en esto la mano de los monfes; vos no habeis querido que vuestro amante est privado del sol y del aire. --Mi amante! exclam verdaderamente aterrada doa Elvira; pero sobreponindose su terror, habeis dicho mi amante? aadi con altivez. --Venid, exclam trmulo de furor don Diego. Y arrastrndola consigo, descendieron por las escaleras: un instante despues se encontraron en el aposento subterrneo donde habia vivido un mes Yaye. Don Diego revolvi en torno suyo una mirada de tigre y acercndose un sillon colocado junto al abandonado lecho de Yaye, tom de sobre l un riqusimo justillo de mujer y una gargantilla, que doa Elvira haba dejado all abandonados, con el descuido de una mujer que no piensa ser sorprendida en la habitacion de su amante. --Qu significa esto, seora? dijo con acento opaco don Diego: habeis elegido por vuestra cmara de vestir, este aposento, y por camarera Yaye? Doa Elvira no pudo contestar: su palidez se hizo lvida y mir con los ojos desencajados de espanto las acusadoras prendas que don Diego la mostraba. --Nunca os habeis engalanado tanto para vuestro marido, exclam con acento ronco don Diego; concese que el hermoso emir apreciaba sobre todo, la desnuda blancura de vuestro cuello, cuando os hacia despojaros de esta rica gargantilla: falta de sol y de aire vos llenbais de flores, de perfumes y de amores su encierro. Oh! razon tenia yo en querer sorprenderos; sorprenderos de manera que nadie pudiese avisaros, pero os sorprendo vos sola... el infame... el infame se ha escapado llevndose mi honor: pero yo sabr encontrarle: yo sabr matarle aunque le protejan todos sus monfes. Doa Elvira quiso disculparse aun; pero don Diego trmulo de clera, acometi su mujer en el momento de hacer ademan de hablar. Doa Elvira aterrada retrocedi y la mano de don Diego solo pudo asir su rizada gorguera de encaje de Flandes, se la arranc y dej descubierto el cuello y parte del seno de doa Elvira. Entonces vi don Diego que sobre el pecho de su esposa habia un relicario de oro, pendiente de su cuello por una preciosa cadena del mismo metal. Don Diego arroj lejos de s la gorguera, y seal con un dedo inflexible el relicario. --Negad ahora, si os atreveis, exclam. --Y este relicario que os prueba? exclam con audacia doa Elvira. --Es el relicario de mi hermana: el relicario bendecido por el papa, que yo la regal hace un ao. Y sabeis lo que hizo mi hermana con ese relicario? le regal Yaye, al hombre quien amaba. Sabeis que la noche en que se separaron Yaye Isabel pidi ella su relicario al hombre de quien debia separarse para no volverle ver, y que l, no consinti en separarse de ese relicario? sabeis que yo lo escuchaba todo, oculto? que s que ese relicario habia quedado en poder de Yaye, y que solo l puede habrosle dado? sabes que cuando un hombre da una prenda de amor de una amante otra amante, es porque ama mas la segunda que la primera porque no ama ninguna de las dos? Y me quereis negar todava que sois amante de Yaye? Dona Elvira era una mujer de pasiones violentas, de la cual no podian esperarse sino extremos, y desesperada por la prdida de Yaye, enloquecida por la situacion en que se encontraba, devorada por la fiebre, fuera de s, exclam con una energa casi salvaje: --Pues bien, si, matadme, matadme, porque estoy desesperada: porque le amo, he sido suya y le he perdido. Don Diego se sinti acometido de un vrtigo de sangre, desnud su daga furioso y acometi doa Elvira que cay de rodillas; pero de repente se contuvo; se pas la mano por la frente, envain la daga y dijo asiendo su esposa con una fuerza desesperada por un brazo: --Aun no es tiempo... aun vive l... vivid vos tambien... una pualada es poco... necesito mas para vengarme... y me vengar... me vengar sin que el mundo pueda conocer mi venganza, ya que no conoce mi deshonra... me vengar, pero de una manera horrible. Y sombro y letal, dejando doa Elvira doblegada sobre sus rodillas, sali del subterrneo por la casa del capitan Sedeo, cerr perfectamente la puerta secreta, atraves aquella casa, baj al zaguan, sac el caballo fuera, encaj la puerta ya que no poda cerrarla, mont y rode el Albaicin para dar lugar que su esposa se rehiciera, baj al meson donde habia dejado su hermano, y dos horas despues de la terrible escena habida con su esposa, llam su casa. Doa Elvira baj serena y tranquila; mejor dicho: como una esposa amante, recibirle y se arroj en sus brazos. Don Diego la estrech en ellos y la dijo al oido estas palabras envueltas en un beso satnico: --Gracias! doa Elvira, me habeis comprendido! Y asido de su mano se encamin las escaleras en cuyo primer peldao plida y anhelante le esperaba doa Isabel. --Y mi esposo! exclam esta. --Tu esposo hermana dijo don Diego ha tenido la desgracia de ser asesinado por los monfes de las Alpujarras. * * * * * Un momento despues, don Diego fue solemnemente preso por un capitan de caballos de rden del capitan general de la crte y reino de Granada, y conducido con grandes seguridades la Alhambra. CAPITULO XVII. Cmo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado. Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doa Isabel. Adelant temblando y oscuras por entre las flores y se acerc al postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo tres golpes recatados. Doa Isabel abri temblando. --Sois vos? dijo un hombre, que pesar del calor, estaba envuelto en una ancha capa. --Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, seora, cerrad. Doa Isabel cerr. --Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre. --Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran venir de noche al huerto, contest doa Isabel. --Aunque la noche es oscura, como el huerto est descubierto por esta parte, temeria que os viesen conmigo. --Os repito, dijo doa Isabel con acento en que se notaba la contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede vernos. --Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el desconocido mirando las que lindaban con el huerto de la casa del capitan Sedeo. --Qu habla este hombre de tapias? dijo para s con cierto temor doa Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron. Pareci como que el desconocido adivinaba el cuidado de doa Isabel, puesto que se apresur decirla: --Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados. Una vez puesta en aquella situacion doa Isabel, sigui de una manera fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero su enramada favorita. --Sentaos, le dijo, sealndole el banco. --Sentaos vos, seora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y os juro que yo os amparar. Se trocaban los papeles: convertase en amparador, el que aquella maana pedia ser amparado. --Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraa, doa Isabel, la dijo; he podido procurarme una entrevista solas con vos nombre de vuestro esposo, y es necesario que sepais cmo he trabado conocimiento con l. Este conocimiento le debo una traicion de vuestros hermanos. --Ah! ya lo temia yo! exclam doa Isabel. --Pero antes de que lleguemos este punto es necesario que sepais quin soy yo. --Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doa Isabel. --Si, es verdad, contest suspirando el desconocido, y bien sabe Dios que si estoy en tierras de Europa, y en Espaa, es contra mi voluntad. --De qu parte del mundo sois, pues, caballero? --De la cuarta parte, contest el desconocido. --De Amrica? --Cabalmente: soy mejicano. --Ah! --Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer los espaoles como un morisco? [imagen: Defindete! ese cadver va ser nuestro testigo!] --Sin embargo, pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranas, los espaoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo. --Y qu importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del Altsimo? qu importa que persuadidos por su palabra hayamos despreciado los torpes dolos quienes antes rendamos un culto abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pi de los altares del Crucificado? hemos conseguido por eso que los espaoles nos traten como hermanos? Ellos nos han traido la religion nica y verdadera; pero tambien nos han traido al martirio. --Es verdad, dijo doa Isabel que como morisca no podia desconocer las infamias de que los moriscos eran vctimas. --Para esos hombres, continu el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni mas cielo que los placeres: all donde alcanzan su garra sus ojos, all van el robo, el asesinato y la impureza: la Amrica es un tesoro vrgen, y las vrgenes de Amrica las mujeres mas hermosas del mundo. Ah! perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas hermosa de ellas. Si conocieseis mi esposa! si conoceseis mi hija! La voz del mejicano se hizo trmula y sus ojos se llenaron de lgrimas. Doa Isabel perdi todo su terror, que dej en su alma su lugar la compasion. --Vuestra esposa! vuestra hija! exclam con un profundo acento de misericordia Las habeis perdido! --No! me las han robado! me las rob hace diez aos un espaol infame! pero no las he perdido no! estan muy cerca de m: all, en aquella casa. Y seal la del capitan estropeado. --Qu estan all, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija? --Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeo. --Esclavas! Dios mio! exclam horrorizada doa Isabel. --Como podeis serlo vos maana. --Yo soy cristiana! --Pero sois morisca. Maana una rebeldia imprudente de vuestro hermano, que es harto ambicioso, podr causaros desventuras incalculablemente mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. Oh! si maana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros hogares, tratada brutalmente...! de que os serviria haber abrazado con toda vuestra alma la religion de Cristo? [imagen: Estoy sola en el mundo! sola y desesperada!] --Si eso sucede, la religion me servir y me sirve ya, para sufrir con valor mis desventuras. --Ah! yo procurar salvaros, como procuro salvar mi hija y mi esposa, si aun es tiempo. --Si aun es tiempo! --He visto una sola vez mi esposa hace algunos dias despues de diez aos de separacion y de lgrimas, y apenas he podido reconocerla. Oh! la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no he podido vengarla: cien veces he tenido junto m al infame, y un juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas y luego,... quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...! quiero que me vengue la Inquisicion! --La Inquisicion! --Oh! si: ese hombre es un espia de los monfes, un renegado de Cristo. --Conoceis los monfes? --El rey de los monfes contiene mi venganza por un juramento. --Pero quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doa Isabel. --Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contest solemnemente el mejicano. --Ah! exclam doa Isabel. --S; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, seora... para que cese vuestra extraeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero ahora que hablamos de favorecernos: habeis traido con vos la sortija de bodas? --Si, si, tomad: pero qu tiene que ver esta sortija...? --Esta sortija servir para arrancar de las manos de un miserable, una carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con l, porque la tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfes y contiene pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoder de aquella carta, y oblig con ella vuestro hermano, que eligiese entre haceros esposa de Miguel Lopez, que fuese entregada aquella carta al presidente de la Chancillera: vuestro hermano os sacrific su seguridad. --Ah! Dios mio! Dios mio! exclam doa Isabel. --Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no ser entregada los ministros del rey de Espaa. Doa Isabel dobl la cabeza bajo el peso de su infortunio. --No perdais la esperanza, seora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad est en mis manos; Yaye, el emir de los monfas, el hombre quien amais, vive, y Miguel Lopez est en mi poder. --Ah! no le mateis! exclam doa Isabel. --Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondi profundamente el rey del desierto. Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc. --La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues, mi historia. Y seguidamente cont doa Isabel cmo rob doa Ins de Crdenas de la frontera del desierto; cmo por su amor se convirti al cristianismo y cmo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeo; su venida Espaa, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los monfes. Cuando concluy, los ojos de doa Isabel estaban llenos de lgrimas. --Y cmo quereis que contribuya la libertad de vuestra esposa y de vuestra hija? pregunt. --Escuchad, seora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta maana hacia las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo penetrar por esas tapias, si vos me lo permits. --Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente.... --No, no seora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la impaciencia. --Oh, si! id salvarlas, id y que Dios os ayude. --Que l os bendiga seora, exclam Calpuc besando la mano de doa Isabel; que l os lo pague si yo no puedo pagaros! Calpuc se separ de doa Isabel: esta le vi llegar la tapia, terciarse la capa, asirse las asperezas de la pared y trepar silenciosamente por ella. Poco despues desapareci. Doa Isabel permaneci algun tiempo en el huerto abstraida profundamente, pero vino sacarla de su abstraccion un grito horrible, inarticulado, semejante un rugido, que procedia del interior de la casa del capitan Sedeo. Tuvo miedo, huy del huerto, y se encerr en su habitacion de la que sali poco despues recibir sus hermanos que habian llamado la puerta. CAPITULO XVIII. Continuacion del anterior. El capitan Sedeo, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando su alma de tigre en la feroz y para l alegre contemplacion de sus traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia su casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin. Lleg al fin, y llam con fuerza desde el caballo; pero nadie le contest. Repiti dos golpes mas fuertes, y su empuje la puerta, que como sabemos no estaba afianzada, cedi y se entreabri. --Qu es esto, exclam con un colrico asombro el capitan? no me responde nadie y la puerta est abierta? Dicho esto empuj mas la puerta, penetr caballo, y al ver los faroles del zaguan encendidos, grit: --Ola! qu es esto? vive Dios! Nadie le contest. Entonces el capitan ech pi tierra, temblando de clera, corri los cerrojos de la puerta, y subi, cuanto de prisa se lo permitia la falta de su pierna, las escaleras. A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso terrible; sigui adelante, atraves algunas habitaciones, y al fin abri la puerta de la cmara mortuoria. Al entrar encontr en el centro de ella un hombre que fijaba en l una mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella mirada. Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia encontrado muerta su esposa. Al ver ante s Sedeo, se encamin gravemente la puerta, y la cerr por dentro. Luego adelant hasta el capitan, que permanecia asombrado en el centro de la cmara, mirando con una fascinacion horrible el cadver de doa Ins. Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para que diese lugar palabras ni recriminaciones. Calpuc desenvain su espada con una calma horrorosa, y punzando en un brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvi en un movimiento colrico: --Defindete! ese cadver va ser nuestro testigo! --En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando convulsivamente su espada: ese cadver colocado entre los dos pide sangre: defindete. Y empez un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en el lecho aquel cadver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de los combatientes. Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar una parada: conocase en ambos la decidida intencion de matar su adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas vigorosas: cubranse y reparbanse con un cuidado exquisito, con una sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos enemigos. Pero poco que se observase aquellos dos hombres, se conocia que la ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeo fuese cojo y manco, defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna y el brazo que tenia sanos, sino porque, pesar de su valor y de su sangre fria, Sedeo estaba aterrado, su terror crecia de momento en momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de Dios. Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera atrevido decidir rotundamente acerca de cul de aquellos hombres seria el vencedor. Conocalo esto asimismo Calpuc, y se afianz mas en su posicion y se hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; not que Sedeo, pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del gnero de ataque que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle. Asi es que, con una destreza maravillosa, le marc un golpe al rostro; hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relmpago por delante del nico ojo del capitan, y rebatiendo la mano, tiempo que Sedeo acudia la parada por arriba, le meti la espada en el pecho hasta la empuadura. Calpuc dej la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse con ella la vida del capitan: este lanz una horrible blasfemia al sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pi y su pata para no caer; pero al fin vacil y cay sobre el costado donde habia sido herido. --Mi esposa ha muerto: exclam Calpuc, acercndose l, pero mi hija vive: sabes qu ha sido de mi hija? --Ah! exclam con una feroz alegria Sedeo: has encontrado muerta tu esposa, y no sabes qu ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues, mas tranquilo. Doa Ins no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me servia... deshonrada! ah! hermosa ramera! Una tos profunda, hirviente, interrumpi al capitan, que lanz un vmito de sangre. --Contesta, contesta y te perdono... exclam Calpuc: qu has hecho de mi hija? dnde est mi hija? --Para qu quiero yo tu perdon? exclam con la voz enronquecida Sedeo: yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque s que no tardars en acompaarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi venganza. Un nuevo vmito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fcil, como rebosa el agua de una fuente, interrumpi de nuevo al capitan. Calpuc se aterr ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre crueles labios del moribundo. --Mi hija! mi hija! grit Calpuc inclinndose sobre el capitan, y sacudindole furioso. Torn l Sedeo la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se contrajeron de una manera horrible, y exclam en medio de una carcajada dbil, dolorosa; pero sarcstica y acerada: --Tu esposa! tu hija! las dos! y luego t! Su voz se apag, se agit en un dbil esfuerzo, y faltndole el brazo sobre que se apoyaba, cay y qued inmvil. Estaba muerto. Aquella muerte abri un vaco profundo en el alma de Calpuc. --Ah! exclam: he sido un insensato: le he matado, y no he podido saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... est muerto... muerto...! Calpuc qued inmvil como una esttua, con una ansiedad mortal pintada en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvi de una manera insensata hcia el lecho, se arroj sobre l, y bes una y otra vez delirante, la fria boca del cadver. Luego se alz, cort con su daga uno de los negros rizos de dona Ins, y le envolvi en un pedazo de las ropas del lecho que cort tambien con su daga: despues bes de nuevo al cadver, y dijo como si este pudiera oirle: --Adios, Ins! Ins de mi alma! yo moriria junto t... pero mi vida no me pertenece... pertenece nuestra hija! t, cuyo espritu est sin duda en el seno de Dios, guame para que pueda encontrarla, fortalceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por nuestra Estrella! Despues de esto, Calpuc se levant de sobre el cadver y se separ algunos pasos; pero volvi de nuevo: parecia que un poder invencible le ataba, le retenia junto al cadver de su esposa. Por una, dos y tres veces, pretendi en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento esfuerzo y sali frentico de la cmara. Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvi su rostro hcia el interior, y rompi llorar como una mujer desconsolada. Luego se alej paso lento, y sali de la casa, cuya puerta dej abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda desesperacion: --Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza! CAPITULO XIX. De cmo la justicia fue cerrar la casa del capitan, dejndola enteramente deshabitada. Aquella misma noche algunos monfes enviados por Yuzuf, entraban en Granada escalando silenciosamente los ya aportillados muros de la muralla que por la parte de la Torre del Aceituno (hoy ermita de San Miguel el Alto), constituian la cerca que lleva aun en nuestros dias el nombre del Obispo don Gonzalo. Aquellos monfes disfrazados, llegaron en secreto y protegidos por la noche y por la soledad del Albaicin, las casas de algunos moriscos principales, para manifestarles que la noche siguiente llegaria Granada por los atajos de la sierra, el anciano Yuzuf con seis mil monfes. Al mismo tiempo algunos adalides del capitan general en traje de arrieros, salian secretamente por las puertas con pliegos para los corregidores de las poblaciones moriscas, en los que se les mandaba que al momento viniesen Granada con los caballeros particulares y gente de guerra y del comun que pudiesen reunir. No mucho despues de haber salido Calpuc de la casa del capitan Sedeo, un alcalde con una ronda de alguaciles, que, segun costumbre, recorria las silenciosas calles, entr en la de San Gregorio: al pasar por delante de la casa de Sedeo, maravillle ver la puerta abierta y las luces del zaguan encendidas. --Pues segun los bandos, dijo el alcalde, estas horas debia estar ya cerrada esta puerta: adelantad maese Barbadillo, y decid al que saliere, que la justicia castiga por su descuido al dueo de esa casa, en dos ducados para obras pas. Adelant el corchete con su linterna, y entr. --Ah de casa! dijo. Nadie le contest. Asi entonces la cuerda de la campana y la agit: tampoco sobrevino contestacion alguna. Salise el corchete. --Seor alcalde, dijo, por el presente no parece en esa casa mas persona viviente, que un caballo que est enjaezado en el zaguan. --Volved llamar, maese Barbadillo, volved llamar. Llam de nuevo el corchete con la voz y con la campana desaforadamente; pero no recibi mas contestacion que las veces anteriores. Entonces el alcalde Anton de Zalduendo, hombre grio y seco, de cincuenta aos, enhiest la vara de justicia, y alegrndose, con esa alegra caracterstica de los curiales cuando les cae que hacer, esto es, con una alegra maligna, se entr de rondon por la puerta franca, seguido de cuatro alguaciles, y dejando dos de guardia la puerta. Despues de un escrupuloso registro, que di por resultado encontrar una casa grande, principal, ricamente amueblada y entapizada, sin una alma viviente y con dos cadveres, el alcalde, aumentada su alegra en una proporcion maravillosa, mand un alguacil para que buscase de una manera apremiante un escribano, y otro para el cura de la parroquia, fin de que acudiese con sus sepultureros. El escribano libr testimonio de cmo en una casa grande de la calle de San Gregorio el Alto, el nombre de cuyo dueo no se sabia aun, por no haber habido lugar la indagatoria, y en una de las cmaras de aquella casa, se habia encontrado por la ronda del alcalde de Casa y Crte, Anton de Zalduendo, los cadveres de una dama como de cuarenta aos, muerta al parecer de enfermedad, y el de uno, al parecer por sus divisas, capitan de infantera espaola, manco del brazo izquierdo, cojo de la pierna derecha, y tuerto del ojo siniestro, muerto hierro y al parecer en ria: que habiendo comparecido el licenciado Pero de Rvago, cura de la parroquia de San Gregorio el Alto, se le habia ordenado que mandase conducir los dos difuntos la iglesia, y que al dia siguiente los pusiese en sendas cajas de nimas en la puerta de la parroquia, fin de que los vecinos los viesen, por si alguno los reconocia; despues de lo cual, y habindose llevado los difuntos los sepultureros, y quedado en poder del infrascripto escribano, dos espadas y una daga que tenia sobre s el difunto, la una espada en el cuerpo en una herida que le atravesaba de parte parte, y la otra espada en la mano, sin seal alguna de sangre, se procedi al inventario y embargo de los muebles de la casa, y de dos caballos que se encontraron, el uno en el zaguan y el otro en la cuadra, cerrndose y sellndose todas las puertas por la justicia, y entregndose los caballos al mesonero del Meson del Cuervo, en la calle del Agua, todas cuyas diligencias tuvieron fin y remate al alborear el dia 1. de julio del ao de 1546. Como se v, Yaye, sin duda se habia llevado consigo las dos sirvientes, que como hemos dicho habian sido encerradas, puesto que la justicia no encontr en la casa persona alguna. Igualmente se desprende del testimonio del escribano, que la justicia no habia dado con la puerta secreta que ponia en comunicacion la casa del capitan difunto con la de don Diego de Crdoba y de Vlor, puesto que ni una palabra se decia en el testimonio acerca de la tal puerta. Pero en un testimonio por separado que habia pasado con urgencia el alcalde Anton de Zalduendo al presidente de la Chancillera, constaba que en un armario, encontrado en un dormitorio, al parecer de hombre, se haban hallado papeles interesantsimos para la salud de la repblica y el servicio del rey. CAPITULO XX. Estrella. La casa que el wal de los monfes Harum, habia procurado su seor el poderoso emir de las Alpujarras Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, era, como hemos dicho, una bellsima casa; mas aun, un pequeo alcazar situado en una calleja angular que se llamaba entonces la casa de las _Tres Estrellas_, y aun se llama hoy, puesto que la casa y la calleja en cuestion existen. Debemos decir que la causa ostensible de tal nombre, son tres estrellas incrustadas en el ladrillo que sirve de clave al arco rabe agramilado de la puerta de la casa, y la causa ostensible de aquel nombre, porque aquellas tres estrellas, mas que un adorno son, por decirlo asi, un smbolo; lo que queda sobre la tierra de un tremendo suceso acontecido en aquella casa cuando Granada era de moros, suceso con el cual pensamos confeccionar una leyenda la que titularemos, Dios mediante, _Las Tres Estrellas_. Mas, volviendo nuestra narracion, nos permitirn nuestros lectores que digamos algo acerca del estado en que se encontraba aquella casa cuando acontecian los sucesos que vamos refiriendo. Su fachada era pequea y formaba uno de los lados del segundo ngulo recto de la calle: la pequea y sencilla, pero bella puerta ogiva de herradura, constituia el frente de la calle, conforme se doblaba el primer ngulo viniendo de la parte de la iglesia de San Gregorio el Alto; el muro que aquella puerta pertenecia, no tenia perforacion, ventana ni respiradero alguno, mas que un pequeo agimez de estuco labrado, con columnas de mrmol blanco de Macael, que correspondia un pequeo mirador con cpula, situado sobre el tejado de la casa, encima del alero de pino labrado y ennegrecido por el tiempo, mirador que estaba situado la derecha de la casa, y que se veia desde la calle, merced la poca elevacion de la pared, que constituia el otro lado del ngulo recto que determinaba la calle. Este mirador era tan esbelto, tan delicado, tan feble, que algunos aos hace, fue arrebatado por el huracan un dia de tormenta, del mismo modo que si hubiera sido de carton, como las hojas secas de un rbol. Pasando la puerta se encontraba una especie de zaguan oscuro, pavimentado de mrmol, con faja de mosico alicatado en la parte inferior de los muros, que desde aquella faja hasta el techo estaba prolijamente adornado de arabescos, y aquel techo era de bobedillas pintadas con sumo primor y buena eleccion de colores, para los cuales faltaba luz. Frente la puerta habia un delicado arco que daba paso un patio muy pequeo, mas largo que ancho, en cuyo centro habia una fuente abierta en el pavimento, de mrmol como el del zaguan; al fondo de este patio habia una puerta mas pequea que daba una estrechsima y oscura escalera que ponia en comunicacion el piso bajo con el alto, desembocando en una galera, situada la izquierda del patio, con barandilla balaustrada de pino tallado y agramilado. El costado izquierdo del patio consistia en un cenador estrecho en el piso bajo, y en la galera que hemos citado en el alto. Esta galera estaba sustentada por una viga maestra labrada delicadamente y apoyada en sus extremos por dos zapatas ricamente talladas, pintadas y doradas; otra viga enteramente semejante, con iguales zapatas, sostenia el alero que estaba tambien pintado y dorado. Ambos techos, el del cenador, y el de la galera, eran de ensambladura, con estrellas, escudetes y tringulos cruzados, matizados y dorados, con filetes de blanco y rosa. Ambos muros, el superior y el inferior, estaban ornamentados con fajas de azulejos mosicos, labor de estuco, pintadas inscripciones y follajes. En ambos muros habia dos puertas de herradura, con elegantes nichos para las babuchas, en la parte media de sus gruesos, diferencindose solo estas dos puertas, cuyos festones y enjutas estaban primorosamente labrados, en que la del cenador era mayor que la de la galera. Por la puerta inferior se entraba en una cmara oscura; pero riqusima en su pavimento de mosico, en sus arabescos y en su techo; los extremos de esta sala habia dos pequeos alhames alcobas. Por la puerta de la galera se entraba otra sala enteramente igual; pero mas baja de techo y variada en el adorno; al extremo de la galera habia una pequea puerta que daba una escalera, y aquella escalera desembocaba en un pequeo corredor oscuro, que iba dar al mirador que se veia desde la calle. Este mirador era perfectamente cuadrado y apenas de tres varas de extension. Tres de sus costados tenian agmeces cubiertos por celosas y por cortinas de seda carmes; en el otro costado estaba la puerta. El friso de este mirador se hacia octgono, y sobre l se veian diez y seis bellsimas ventanas transparentes de estuco, sobre las cuales se levantaba una cpula de estalcticas, que remedaba con sus colgantes una gruta de hadas. Todo en aquel mirador era delicado, bello y rico: el mosico menudo, caprichoso, ejecutado con sumo primor; las pechinas de agallones, que naciendo de los ngulos, determinaban la figura octgona del friso; los adornos, las inscripciones, los colores, todo perfectamente ejecutado, todo perfectamente concluido; un hermoso sueo de un hbil alarife realizado en miniatura. En aquella pequea estancia habia un divan de seda y oro; cortinas magnficas en la puerta y en los agmeces y un bello perfumero de plata. Ademas, pendiente de la cpula habia una lmpara de seda, y de cuatro de los cupulinos del octgono, cuatro jaulas de plata doradas en que vivian aprisionados cuatro ruiseores. Estas eran las habitaciones que constituian la parte bella y artstica de la casa de las Tres Estrellas. A las dems dependencias, habitaciones de los criados y caballerizas, se entraba por el postigo de una huerta situada espaldas de la casa y la comunicacion estaba abierta en el muro derecho del patio por una puerta sencilla. En lo que hoy existe de la casa solo se encuentra parte del plano, y algunos restos de estucos, adornos y pinturas, gastados, corroidos, ennegrecidos por el tiempo. Aquella casa es hoy el esqueleto mutilado de lo que fue. A aquella casa fue donde Yaye hizo conducir Estrella desmayada, y donde tambien fueron llevados, como hemos dicho anteriormente, el soldado que servia Sedeo, y las dos sirvientes que habia en la casa. Estrella fue conducida al bello mirador que hemos descrito. La infeliz jven tard mucho tiempo en volver de su desmayo; acompabala Yaye, que observaba su estado, lleno de inters y de caridad: ya sabemos, que la caridad era la virtud culminante de Yaye: una caridad _sui generis_; pero al fin el jven llamaba caridad al dulce sentimiento que le hacia experimentar, en mayor menor grado, toda mujer hermosa colocada en ciertas circunstancias, y nosotros nos hemos propuesto respetar la conciencia del jven emir; pero era muy extrao que la caridad de Yaye no se extendiese los hombres ni las mujeres feas viejas: era, en todo caso, una caridad muy condicional. Las circunstancias en que habia encontrado Yaye Estrella habian sido eminentemente extraordinarias: Estrella, por su posicion, por su juventud, y por su magnfica hermosura, impresionaba fuertemente el alma entusiasta, espansiva y ardiente de Yaye; se sentia arrastrado por ella una caridad sublime, caridad llena de goces y de placeres, que le hacia sentir una emocion dulce, lnguida, fresca, odorfera, si se nos permiten estas dos ltimas extraas calificaciones: caridad que era de todo punto independiente del amor que le inspiraba doa Isabel de Vlor, amor que habia empezado tambien, al menos asi lo creia Yaye, por un impulso caritativo. Doa Isabel era para el jven la luz de su alma, su amor contrariado, su empeo: doa Estrella, un ser dbil, necesitado de proteccion, una hermosa flor que la desgracia habia arrojado ante los pis del emir, y que estaba ante l plida, privada de sentido, y sufriendo de una manera interna, , por mejor decir, orgnica. Yaye se habia dicho, respondindose s mismo, y como queriendo calificar el lazo que le unia aquellas dos mujeres, tan jvenes, tan puras, y tan desgraciadas las dos: --Estrella ser mi hermana; Isabel... Isabel si no puede ser mi esposa, ser mi amante: Isabel ser mia. Pero entre tanto no volvia en s Estrella; el sacudimiento que habia sufrido el alma de la pobre nia habia sido demasiado fuerte para que el accidente causado por l fuese pasajero. Continuaba el desmayo y aquella congoja muda que hacia presentir acaso una afeccion mayor y mas peligrosa, si la ciencia no acuda al socorro de Estrella. Yaye estaba realmente preocupado, casi aterrado, porque queria tener oculta Estrella, y no se fiaba de nadie absolutamente mas que de los monfes. El jven estaba solo con ella. La habia rociado el rostro con agua; la habia hecho aspirar las fuertes esencias que los moros sabian extraer de las flores y de las plantas, y Estrella no habia vuelto en s. Yaye no se habia atrevido desembarazarla de la presion de sus vestidos, ni la habia tocado mas que con una mirada ardiente, es verdad; pero ardiente de caridad. Al fin, cuando ya estaba casi resuelto, en vista de la duracion del accidente, tomar, contra su voluntad y de una manera desesperada, una resolucion mas eficaz y decisiva, Estrella suspir profundamente y abri con languidez los ojos, sus hermossimos ojos negros, los que el dolor y la ansiedad hacian mas hermosos, irresistibles. Poco poco fue volviendo al uso de sus facultades; se levant sobre el divan, pas sus pequeas manos por su frente, se apart las pesadas bandas de sus cabellos, que se habian desordenado, y mir en torno suyo. No pregunt donde se encontraba, no nombr su madre, no se entreg ese dolor ruidoso, que grita, se retuerce, se exhala de mil maneras, que serian ridculas no ser por lo terrible de la causa que las motiva. Nada dijo Yaye, nicamente le asi una mano, y se la bes, dndole las gracias por la proteccion que la habia dispensado con una mirada velada por lgrimas; mirada que hizo estremecerse de los pies la cabeza Yaye. Luego se repleg sobre s misma y Yaye la sinti llorar en silencio. Hay momentos en que toda palabra de consuelo es inoportuna y aun cruel, porque aviva el dolor en vez de calmarle: el jven emir lo comprendi asi y dej Estrella abandonada su dolor; pero no se atrevi dejarla sola; hacia calor en aquel reducido aposento, y Yaye descorri los tapices de la puerta y de los agimeces y abri las maderas; frescas oleadas de las auras nocturnas cruzaron por el interior del mirador y uno de los ruiseores rompi en un magnfico trino. Yaye tom la jaula, la descolg y llev fuera el ave cantora: parecile que la alegra tranquila del pjaro debia punzar el alma lastimada de Estrella; los otros tres ruiseores fueron desterrados tambien una habitacion inmediata, donde, dominados por la oscuridad, guardaron silencio. Cuando entr de nuevo Yaye en el mirador, encontr Estrella mas tranquila; habia variado de posicion, estaba abandonada voluptuosamente en el divan, sin duda por casualidad, y apoyaba su cabeza en una de sus manos cuyo brazo se hundia en los almohadones. Sus grandes ojos negros, en los cuales se habia secado el llanto, aunque conservaban una profunda expresion de dolor y de ansiedad, se fijaban lucientes en Yaye, en cuyo semblante se posaron algun tiempo. Luego aquellos ojos irresistibles parecieron aumentar su fuerza, su brillo, su expresion; se entreabrieron los rojos labios de Estrella, y Yaye la oy murmurar con un acento apagado y ardiente, semejante un suspiro: --Oh! gracias! gracias, caballero! cunto os debo! sin vos qu hubiera sido de m? Yaye no supo qu contestar y contest la ventura lo primero que se le ocurri. --Dios sin duda os hubiera amparado, dijo. --Y quin sino Dios, ha podido llevaros mi lado en la terrible situacion por que acabo de pasar? --Creeis que haya sido Dios quien me ha traido vuestro lado? dijo Yaye pronunciando tambien estas impas palabras la ventura, porque estaba trastornado. --Y quin sino Dios, respondi con acento sonoro y solemne Estrella, ha podido valerse de vos para que consoleis una pobre madre moribunda, y ampareis una huerfana infortunada? Quin sino Dios pudo haber hecho que nos encontrramos y nos conocieramos en aquel meson de las Alpujarras? quin sino Dios, ha podido inspirar mi madre, mi infeliz madre, para que me ponga bajo vuestra proteccion? Creeis que Dios no habla por la boca de los moribundos? --Creeis que Dios haya hablado por la boca de vuestra madre? exclam Yaye que segua hablando abandonado s mismo, por mejor decir, abandonado aquella situacion que le presentaba Estrella con el triple incentivo de su hermosura, de su dolor y de su infortunio. La caridad habia tomado en aquella situacion tales proporciones en el alma de Yaye, que le quemaba en un fuego voraz, le envolvia en una atmsfera ardiente, dominaba su corazon, que flotaba en una region de sueos desconocidos; en una palabra, Yaye estaba embriagado, dominado, loco, y sin voluntad, por decirlo as, de una manera instintiva, como atraido por una influencia magntica, se sent en el divan al lado de Estrella. --S, s; Dios ha hablado por la boca de mi infeliz madre, dijo la jven; Dios ha tenido compasion de m, y al herirme tan profundamente en mi amor de hija, ha abierto para m una fuente de consuelo, presentndome un alma noble, la cual unir mi alma... Estrella que hablaba sin reflexion, abandonada su dolor, su necesidad de consuelo, se contuvo, porque un rayo de razon brill en medio de su delirio. Yaye no se atrevi pronunciar una sola palabra; otro rayo de razon le habia hecho comprender la gravedad de las palabras de Estrella. Pero como nuestro corazon es siempre exigente y desptico y siempre sale vencedor en sus luchas con la cabeza, Estrella, alma ardiente como el suelo en que habia nacido; fuerte y poderosa, porque se habia fortalecido en la desgracia; sedienta de felicidad, la sed mas implacable del corazon; voluntariosa, como es voluntarioso quien siempre ha estado luchando con un imposible, y ansiosa de afectos, como que solo habia gozado del desesperado afecto de su madre la que acababa de perder, no tuvo fuerza para contenerse en la pendiente sobre la cual la habia puesto su situacion, , tal vez desesperada, importndola poco todo lo que en el mundo se respeta como conveniencia, continu infiltrando en Yaye todas las ardientes pasiones que se exhalaban por su magnfica mirada, y dijo con voz temblorosa de temor y de dolor. --Estoy sola en el mundo! sola y desesperada! --Sola! esclam Yaye con un tmido acento de reconvencion. --Cmo os llamais? dijo Estrella, sin apartar su mirada poderosa de los ojos de Yaye: he oido vuestro nombre, pero... lo he olvidado... lo he olvidado todo... Oh, Dios mio! mi cabeza! tengo aqu un infierno! Y se oprimi con ambas manos la frente. Yaye la tom las manos, las separ de su cabeza y las retuvo entre las suyas, sin que Estrella hiciese el mas leve esfuerzo, la menor indicacion para desasirse; por el contrario, las manos de los dos jvenes se estrechaban fuertemente y se trasmitian un flido irresistible, mientras sus miradas se devoraban y se confundian. Entrambos estaban plidos, solemnemente graves, confundiendo sus almas, entregados el uno al otro, como si nada existiese en el mundo mas que ellos, como si hubiesen sido el primer hombre y la primera mujer. Sin embargo, Yaye al contestar la pregunta de Estrella, minti en cierto modo, no sabemos por qu. --Me llamo Juan de Andrade, la dijo. --Ah no, no! dijo Estrella; ese no es el nombre de un rey: por qu me engaais cuando os preguntan mi dolor y... mi alma? Estrella iba decir mi amor, pero el pudor, que el mundo ha fabricado para la mujer, la contuvo y la hizo dar tortura la frase. --Ah! perdonad, pero sois cristiana, y no me he atrevido deciros que me llamo Sydy Yaye, y que soy emir de los monfes de las Alpujarras. --Y qu importa? mi padre se llama Calpuc y es rey del desierto mejicano: somos hijos y seores de dos pueblos dominados por los espaoles. Los enemigos de cada uno de nosotros son nuestros mismos enemigos. No creeis que Dios ha querido sin duda que dos que llevan en su frente una corona de desventuras se encuentren y se unan? Yaye se acord, estremecindose, del extrao y terrible desposorio efectuado con los dos por una moribunda, y detrs de aquel solemne y sombrio cuadro que le representaban sus recientes recuerdos, vi pasar la sombra de Isabel de Vlor, plida, triste, desesperada. --Que Dios ha querido que nos unamos! exclam. Por fortuna la voz de Yaye era tan temblorosa que la altiva Estrella no pudo notar el profundo terror de que eran hijas las ltimas palabras de Yaye. --Oh! y od, porque si no os lo digo ahora que estoy desesperada, no os lo diria nunca: si Dios quiere que mis desgracias tengan fin, que goce algunos aos de reposo sobre la tierra, ser necesario que nuestras almas se unan, porque yo os amo. Por esta vez Estrella no vacil al pronunciar las palabras que expresaban su supremo pensamiento, sino que las lanz con una entonacion firme, sonora, vibrante, llena de voluntad. Yaye exhal un grito que tanto podia parecer de espanto, como de alegra, como de placer. Y era que el amor de Estrella, producia en l al mismo tiempo aquellas sensaciones. --Si, yo os amo: el dia en que os v en el meson de las Alpujarras os estuve contemplando largo espacio antes de hablaros: estabais distraido, profundamente preocupado; no s qu teniais en vuestra mirada de sufrimiento, de ansiedad, de desesperacion: pero comprend que erais desgraciado. Desgraciado! yo tambien lo era y el sufrimiento es ya un vnculo bastante fuerte para acercar la una la otra dos almas desesperadas. Despues cuando os habl, me ofrecisteis con toda la expansion de vuestra alma una generosa ayuda, y yo confi en ella, como siempre he confiado en Dios. Despues nos separamos. Cunto tiempo ha pasado desde que nos vimos por la primera vez? yo no lo s, yo no he medido ese tiempo; pero durante ese tiempo no he dejado de pensar en vos, ni ha habido un instante en el que no haya sido mas ntimo el recuerdo que me inspirabais que en el instante anterior. Yo os esperaba: no sabia cundo ni cmo os presentariais mi vista; pero yo estaba segura de volveros ver, segura de que me salvariais, segura de que un dia seriais para m mas que un recuerdo, mas que un hombre, mas que un hermano: estaba segura de que seriais mi alma. La expresion del semblante y de la mirada de Estrella lleg al ltimo desarrollo de pasion que podian prestarla el amor, el dolor y la esperanza: Yaye sinti como que su alma se fundia, por decirlo asi, en aquella mirada; una fruicion suprema ensanch, dilat todo su ser, se sinti trasportado un paraiso, arrancado de la vida siempre fatigosa del mundo, como transformado en otro ser, cuya vida era mas fcil: decimos que se sinti, y hemos dicho mal: Yaye no podia darse razon de su sentimiento; aquel sentimiento era mas poderoso que la razon que compara y juzga: aquel sentimiento le arrastraba, y en el colmo de su fascinacion, de su trasporte, atrajo hcia s Estrella. La jven se dej arrebatar por el mismo sentimiento; pero la presion convulsiva de los brazos de Yaye, y un ardiente beso que este estamp en sus labios, exhalando por l todo el volcan que ardia en su alma, la despertaron de su delirio y rechaz Yaye. --Aun est caliente el cadver de mi madre, exclam con un acento en que vibraban un tiempo el pudor y el dolor; aun no sois mi esposo. Yaye despert su vez y comprendi que envuelto por la fascinacion que habia arrojado sobre l torrentes Estrella, habia dado un paso del cual no podia volver atrs sin dar derecho una mujer que le llamase infame. Su caridad, su singular caridad, le habia llevado hasta aquel punto: su semblante se entristeci, se dobleg sobre el divan y se cubri el rostro con las manos. Estrella se conmovi; le amaba y el amor es la caridad de la mujer: se acerc Yaye, le apart las manos del rostro, como antes habia hecho Yaye con ella, le mir frente frente con una expresion dulcsima y con los ojos llenos de lgrimas, y le dijo: --Me habeis hecho mucho bien, habeis abierto para m una nueva vida y ya no estoy sola en el mundo: me amais... oh! s! me amais! Sed mi esposo, pero respetad el dolor y la honra de vuestra esposa... yo os amo con toda mi alma... pero abrir los brazos la felicidad cuando mi pobre madre... cuando aun no est santificada nuestra union...! oh! no! eso seria una profanacion y un olvido imperdonable de lo que mutuamente nos debemos... yo no os culpo... la situacion en que nos encontramos debe haceros comprender que solo mi desesperacion ha podido hacer que yo sea la primera de los dos que hable de amor, y que vos os hayais dejado arrebatar por vuestro amor... Oh! Dios mio! cuanta desgracia y cuanta felicidad un tiempo! Y Estrella rompi llorar; pero de una manera convulsiva, en una de esas terribles reacciones del dolor, que es tanto mas fuerte cuanto mas se medita en el valor de lo que se ha perdido. Yaye estaba enteramente desconcertado y no sabia que hacer. En aquel momento se oy un golpe recatado en una de las puertas interiores, y Yaye se dirigi Estrella. --Calmaos, calmaos por Dios, la dijo: me veo obligado dejaros sola y quiero dejaros mas resignada. Reson otro golpe mas fuerte y mas impaciente. --Dejarme sola! exclam Estrella. --S; algo grave debe acontecer cuando mis gentes se atreven llamarme y con insistencia. Oid. Habia resonado un tercer golpe. --Id, id, dijo Estrella, nada temais, esto pasar... id donde os llaman. --Pero estais desesperada... y lo temo todo... --Oh! nada temais, porque os amo y necesito vivir para mi amor. Yaye estrech una mano que le present Estrella, la bes y sali. Apenas habia salido Yaye, Estrella se levant de una manera enrgica: sus ojos resplandecian con un brillo inconcebible, y su mirada parecia fija en la inmensidad; estaba plida, temblorosa y su boca entreabierta tenia una expresion de fuerza y de voluntad inconcebibles. Luego cay de rodillas, levant sus brazos y sus manos al cielo, y exclam con un acento sublime, que parecia emanado del fondo de su alma: --Oh madre mia! madre mia! perdname si cuando acabo de perderte me he atrevido hablar de amor! Estoy sola en el mundo y necesito vengarte! Ese hombre te vengar, s, te vengar aunque me vea obligada ser su manceba, su esclava! ese hombre te vengar! yo te lo juro! Luego se alz y se sent pensativa en el divan: despues de su juramento habia recobrado una calma terrible, y sus ojos se habian secado. Luego la reflexion se fue apoderando de ella y arroj una mirada indagadora al fondo de su alma. --Oh, Dios mio! exclam: le amar acaso...? Se pas la mano por la frente, palideci aun mas, y luego dijo como traduciendo en palabras lo que su corazon le decia en sensaciones: --Oh, s, le amo! no he podido olvidarle desde el dia en que le v, y hace un momento, pesar de mi dolor, una fuerza irresistible me ha arrastrado, y he estado punto de ser suya... y l, l me amar? oh! s! ha sido generoso! ha respetado mi dolor y mi pudor! pero Dios mio! sino me amara! si solo hubiese cedido mi dolor y... mi hermosura! si solo me hubiese respetado por caballero! oh, Dios mio! al sentir esta duda conozco que le amo con toda mi alma! oh, Dios mio! ya que me has arrebatado mi madre, dame su amor! permite que sea su esposa! Yaye entr en aquel momento. --Suceden cosas gravsimas, Estrella, le dijo con precipitacion; me es imposible vengar vuestra madre. --Qu os es imposible vengar mi madre! exclam profundamente Estrella. --Si por cierto, porque el capitan Sedeo ha sido muerto esta misma noche estocadas. --Muerto estocadas! y por quin? exclam con anhelo Estrella. --Aun no puedo deciros quin es el hombre que le ha muerto: debe ser un hombre que sali de la casa del capitan algun tiempo despues que este habia entrado en ella de vuelta de un viaje. --Con que el infame capitan Sedeo ha sido muerto por otro hombre en su misma casa, acaso delante del cadver de mi pobre madre? --Tal vez. --Y quin os ha dado esas noticias? aadi Estrella, cuyo inters crecia. --Uno de mis mas leales servidores, quien dej con algunos de los mios en observacion de la casa del capitan. --Y no podr averiguarse quin ha sido el hombre que ha matado Sedeo? --Acaso, puesto que uno de mis monfes ha seguido recatadamente ese hombre y ha visto que entraba en una casa en Bibarrambla. --Muerto el infame Sedeo! --Y no es esto solo; poco despues una ronda entr en la casa que encontraron abierta y abandonada, salieron dos alguaciles, y volvieron con un escribano y con el cura de la parroquia de San Gregorio quien acompaaban... algunos sepultureros. --Ah! exclam Estrella cuyo dolor se aviv: ya no volver ver mi pobre madre! --Su cadver y el de Sedeo fueron sacados de la casa y conducidos la iglesia: uno de mis monfes se hizo el encontradizo con uno de los alguaciles quien por acaso conocia, y supo por l que el capitan habia sido encontrado atravesado por una espada, y muerto en la misma cmara de vuestra madre. --Oh! y cun justiciero es Dios! exclam Estrella. --Pero no es esto lo que me obliga separarme de vos; asuntos que conciernen al pueblo, cuya corona cio, me imponen el imperioso deber de ir ocupar el puesto de honor que me corresponde. --Vais combatir con los cristianos? exclam anhelante Estrella. --Es muy probable. --Podeis morir en el combate. --Es muy posible. --Y yo...? --Vos sereis... --Detvose indeciso Yaye... --Qu ser yo...? --Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en defensa de su pueblo oprimido. --Partid, partid, seor, dijo Estrella cediendo su amor y arrojndose en sus brazos: partid; Dios no querr que murais, porque Dios no querr hacer mas grande mi desesperacion. Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye llor. --Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantndola entre sus brazos; para cuidar de vos, seora, queda un hombre que velar por vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompaaros. Vais conocer ese hombre. Estrella se separ de los brazos de Yaye y se enjug las lgrimas. --Ola! wali Harum! dijo Yaye asomndose la puerta. Harum, que venia completamente vestido la castellana, apareci en la puerta y se inclin profundamente ante Yaye, como se habria inclinado un wali antiguo ante un califa de Crdoba. Estrella se habia sentado en el divan y tenia la actitud digna y altiva de una sultana. --Mientras yo est ausente, dijo Yaye, servirs y obedecers esta seora, como me servirias y me obedecerias m mismo. Si yo muriese, seguirs sirvindola y obedecindola como si fuese mi hermana. --Ser como querais que sea, poderoso seor. --Ahora, doa Estrella, adios, dijo el jven acercndose galantemente ella y besndola una mano. --Adios! adios! dijo Estrella; que la Santa Vrgen os proteja y os d ventura! Los ojos de Estrella se arrasaron de lgrimas, y la fue necesario hacer un violento esfuerzo para contener su llanto. Pero cuando salieron Yaye y Harum aquel llanto brot libremente, y Estrella exclam entre sus sollozos. --Que me sirva como si fuera su hermana! por qu no ha dicho que me respete y me sirva como si fuera su esposa? Entre tanto Yaye decia Harum. --Para atender las necesidades de esa dama mientras yo est ausente tienes oro bastante? --Si seor. --Antes de emprender mi expedicion, que ser al momento, yo dejar dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi corona, lo que baste para atender la subsistencia honrada de esa dama durante toda su vida. --Morir! seor! morir tan jven y tan valiente! eso no puede ser! el Altsimo y nico velar por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro pueblo. Como llegaban entonces las puertas de la casa, Yaye que habia tomado una capa, una gorra y una espada, sali solo y se encamin largo paso la calle del Zenete, la casa donde habia vivido con Abd-el-Gewar y en donde habia conocido doa Isabel de Crdoba y de Vlor. CAPITULO XXI. Los xeques del Albaicin. El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vi ante s al jven. En el primer momento se arroj sus brazos, le bes como pudiera haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y llor y ri, como un nio como un loco. --Oh! gracias al Todopoderoso, exclam, que te vuelvo ver! Donde habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes? --He estado en las entraas de la tierra y ahora salgo de ellas. Por mas que hizo Abd-el-Gewar no pudo sacar otra contestacion Yaye. Abd-el-Gewar le ponder el mortal cuidado en que habia tenido su padre y l mismo su prdida; los esfuerzos que se habian hecho por encontrarle, por ltimo, que habiendo llegado el caso de un levantamiento general, era necesario que le acompaara para darle reconocer como emir de los monfes al lugar donde debian reunirse los xeques y los principales moriscos de la ciudad. Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y subiendo por las agrias cuestas que conducian la torre del Aceituno, entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una sea que rindi la puerta Abd-el-Gewar. Hicironles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bveda alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de sus paredes y por su pavimento resbalizo y hmedo, parecia una cisterna algibe. Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaos. En aquellas sillas y en aquellos escaos habia como hasta treinta hombres, la mayor parte de ellos ancianos. Todos tenian impreso en su semblante el sello tpico de la raza mora; todos estaban sobreexcitados, plidos y con las miradas chispeantes. Cuando entraron Yaye y Abd-el-Gewar, y antes de ser notados, un anciano de rostro noble y enrgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia la palabra los dems, segun la altura que se encontraba, su peroracion, decia: --Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos, sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? Qu importa que don Diego de Crdoba y de Vlor, el hombre que estbamos decididos proclamar rey despues del triunfo, si el Altsimo se digna concedrnoslo apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la desgracia, qu importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y que cuando, extraando su tardanza se ha ido buscarle su casa, se nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? no hemos lanzado ya todo temor? no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decs que, sin duda, don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas, ennoblecido por el rey de Espaa, nuestro enemigo, y honrado con mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen hora: asi nos ha avisado tiempo de que es traidor su ley y su patria, y podemos volver los ojos otra persona mas digna y mas valiente para ceir su cabeza la corona del reino. Pero decs: si don Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El capitan general no puede tener maana mas soldados que los que tiene hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducir doscientos trescientos hombres mas, poco acostumbrados la guerra, que podrn venirle de las villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de Granada vendrian ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, maana mismo, y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar los seis mil monfes que llegarn maana con Muley Yuzuf de la montaa, y falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Vlor nombrar uno entre nosotros. --Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al orador. --Es Abd-el-Gewar, el santo faqu, dijeron algunas voces. Todos se levantaron y saludaron Abd-el-Gewar. Cuando se hubo restablecido el rden, momentneamente turbado por la aparicion del anciano faqu y de Yaye, pregunt el xeque que parecia presidir aquella reunion revolucionaria: --Y quin es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar? --Ese capitan es el jven que me acompaa. --Cmo! y un jven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi un nio, hemos de entregar la suerte del reino? --Y qu diriais, exclam Yaye, adelantando con altivez al centro del espacio determinado por los escaos y por la mesa, qu diriais, si ese nio imberbe os dejase abandonados vosotros mismos? --Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclam con desprecio el orador. --El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclam con una clera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la expresion de mi voluntad. --Quin eres t que asi te atreves insultarnos? exclam con clera el Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dej la mesa y se vino furioso hcia Yaye. El jven le asi con una mano de hierro, le dobleg y exclam con acento vibrante: --De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfes! --El emir de los monfes! exclamaron absortos todos los circunstantes. --S: el emir de los monfes, el magnfico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, dijo Abd-el-Gewar, gozoso al ver que Yaye pesar de su educacion medio castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente y la terrible altivez de los dspotas musulmanes; s, el emir de los monfes es el que teneis delante. --La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras los dems miraban con recelo Yaye y Abd-el-Gewar; la prueba de que ese mancebo es el emir! --Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su corona y de su dignidad en su hijo Sidy-Yaye? --Es verdad. --No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntbais si era mi hijo ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso seor? --S. --Pues bien, he ah que el padre de este noble mancebo es Yuzuf Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras. Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las palabras del anciano faqu, notse un cambio completo en la disposicion de los xeques respecto Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevi decir: --El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los xeques del Albaicin habian elegido por su seor don Diego de Vlor, segun le llaman los cristianos, Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos nosotros. --Si! dijo con desprecio Yaye, al miserable cobarde que doblegaba la cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los monfes vivian sueltos y libres merced su valor y una guerra contnua en la montaa! al infame traidor que, cuando llega la hora del combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese delito don Diego de Vlor. --Y quin nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfes, los que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusndole de traidor, vens reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los ancianos. --No necesito yo, emir de los monfes vuestra ayuda, cuando vivs enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no podreis alzaros sin que mis monfes os ayuden. De quin es el poder? De quin la fuerza? --Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo la salud del reino. Ests dispuesto jurar sobre este santo Koran, (y abri un libro ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido en la prision de don Diego de Vlor? --Lo juro, dijo el jven con voz segura y tendiendo una no menos segura mano sobre el Koran. --Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros? --Lo juro. --Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, aadi volvindose los dems xeques; admitimos por nuestro capitan al emir? --Si, dijeron una voz todos. --En cuanto lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continu el Homaidi, primero es triunfar de los cristianos. --Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye. --Despues, continu el Homaidi, el reino te elegir no por su rey. --El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyndose en una prescripcion del Koran, y yo que vencer al cristiano, vencer tambien al que quiera disputarme la corona. --Eres valiente pesar de tus pocos aos, emir, dijo otro de los ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos sers un esclarecido rey. --Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de lleno en sus funciones de capitan de la empresa. --Con cuatro mil. --Todos fuertes? --Todos valientes y experimentados. --Tienen armas? --S. --Dinero? --S. --Estn ordenados en taifas? --A una seal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual ir reunirse al lugar que le est sealado. --Quienes son sus capitanes? --Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos. --Pues, bien; id avisar vuestra gente que estn dispuestos para maana la noche la primera seal: t Homaidi, y t Abd-el-Gewar, permaneced conmigo. Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos. Agrupronse alrededor de la mesa y se pusieron tratar de los preparativos en la insurreccion. CAPITULO XXII. Del tristsimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en Granada. Al dia siguiente, como las doce de la maana, atravesaba por el lugar de Alfargue, prximo Granada, un caballero como de sesenta anos, ginete en una mula y defendindose del sol, que picaba demasiado, con una ancha sombrilla. A su lado izquierdo cabalgaba un escudero viejo, ginete tambien en una mula, y detrs, caballeros en rocines, iban como una docena de lacayos jvenes y robustos, armados la gineta. Dos de estos lacayos llevaban del diestro dos caballos fuertes enjaezados de guerra, sobre el caparazon de acero de cada uno de los cuales, iba una armadura, y otro lacayo llevaba, asimismo del diestro, una acmila cargada con dos grandes cofres. El que parecia seor de toda esta gente, el caballero de los sesenta aos, era un hombre flaco; pero nervudo, de grandes y severos ojos negros, en cuyo foco se notaba un disgusto sombro, de mejillas plidas, de barba gris, entera; pero convenientemente recortada, y con los cabellos canos y muy cortos. Vesta un sayo negro de raja de Florencia sencillo y sin cuchilladas, unos gregescos de lo mismo, gorguera de cambray rizada, gorra negra de terciopelo con joyel de diamantes, y una pequea pluma blanca, calzas atacadas de grana, y botas altas de gamuza: sus armas eran una espada larga de gabilanes, una daga no muy corta con guardamano, y dos pedreales en sus fundas en el arzon delantero. Por ltimo, pendiente de un cordon de seda negro llevaba sobre el pecho una placa de oro, en que se veia esmaltada la cruz de Santiago. Este hombre, por su aspecto, por lo altivo y dominador de su mirada, por su trage, por la condecoracion que resplandecia sobre su pecho y por su numerosa servidumbre, demostraba que era un seor y un seor de los grandes de aquellos tiempos. El escudero que le acompaaba, vendria tener sobre poco mas menos su misma edad; tenia trazas por su continente y por su trage de hidalgo, y por su desembarazo caballo y por cierto sabor militar, de haber sido en sus tiempos un buen soldado, y que era un buen servidor lo demostraba la solicitud con que de tiempo en tiempo miraba su amo, como si se hubiera tratado de un enfermo. Los lacayos eran tambien, al parecer, buenos soldados: llevaban sombreros grises con plumas rojas, coseletes de hierro muy limpios, coletos de ante, calzas azules, botas altas, espada, daga, lanza y un largo arcabuz la derecha de la silla. Guardaban un profundo silencio, por respeto sin duda su amo, y no caminaban tan deprisa como hubieran querido, porque descendian la sazon por una cuesta bastante empinada. Not el caballero la lentitud de sus servidores, mas no la cuesta, y se volvi displicente su escudero. --Saez, haz caminar mas deprisa esos bergantes. No sabes que el capitan general nos necesita en Granada esta tarde? --Aun no son las doce, seor, dijo Saez sacando del bolsillo un reloj de plata voluminoso y semi esfrico; hemos salido de Gudix al amanecer y ya estamos media legua de Granada. --Si, pero ahora amanece las tres de la maana, dijo el caballero. --No por eso hemos dejado de hacer una muy buena jornada: si los lacayos no caminan mas aprisa, mire vuecelencia cun agria es la cuesta por do vamos. --Mas agrias cuestas he bajado harto de prisa, dijo suspirando roncamente el seor excelentsimo. --Por lo mismo, seor, y porque vuecelencia ha experimentado grandes desgracias, deberia reposar, cuando ya ha probado suficientemente su magestad que sabe verter como noble la sangre en su servicio. Qu importa vuecelencia que los moriscos se subleven no? --Me estas irritando, Gabriel, dijo el noble: ya sabes que no gusto de que me contrarien. Qu me importa que se subleven los moriscos? all donde se levante un rebelde al rey, all est mi odio. Los vencidos rebeldes! ah! daria toda mi sangre con tal de que me dejasen beber toda la sangre de los vasallos rebeldes al rey de Espaa! Infames! Bandidos! --Sea en buen hora, dijo el rebelde Gabriel Saez. Pero los moriscos no han hecho ningun dao vuecelencia. --No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin tener al lado mas que afectos interesados. --Seor! exclam con acento de respetuosa reconvencion Saez. --No hablo por t; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de mi palacio de Gudix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno. --Ya he aconsejado vuecelencia que viva en la crte. --En la crte yo! para irritarme entre la turba palaciega de extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono del emperador Don Crlos! qu habia yo de hacer en la crte? No, no; necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra vive Dios! la guerra que tratndose de los moriscos ser larga y peligrosa, porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una pelota de arcabuz, una lanza una saeta, mejor, tanto mejor... as acabar de sufrir. Guard silencio aquel extrao personaje y el escudero no se atrevi sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se irritase. Habase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas desembarazadamente, y en poco espacio llegaron la puerta de Fajalauza y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin. Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto la iglesia de San Gregorio el Alto. Por aquella calle tomaron el noble seor, su escudero y sus lacayos. Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata dobl el ngulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que se empinaban para mirar un centro comun, se agolpaban en la puerta de la iglesia. --Que es eso Saez? qu miran esos galopos? dijo el caballero. --Lo ignoro, seor. --Que lo ignoras! que lo ignoras! no te he preguntado para que me respondas que lo ignoras, si no para que veas lo que es. Acerc la mula el escudero, y mir cmodamente por encima de la multitud lo que la multitud miraba, mientras que su seor, no queriendo ponerse en contacto con la plebe, se mantenia una distancia medida por el orgullo. Lo que llamaba la atencion general, eran dos atahudes que se veian en la puerta de la iglesia en posicion vertical apoyados contra la pared, por mejor decir, los dos cadveres que ocupaban los atahudes. Ya sabemos cules eran aquellos cadveres. El de doa Ins de Crdenas habia sido amortajado con un hbito. La infeliz, mas que muerta parecia dormida, y pesar de la demacracion que habia operado en ella la tisis, la muerte la habia vuelto toda su hermosura, hermosura sobre la que flotaba una niebla fantstica, una expresion de sufrimiento profundo; pero tranquilo y resignado; la amortajadora habia querido peinar sin duda sus cabellos negros y aun abundantes; pero solo habia podido peinar los del lado derecho, porque el rizo izquierdo habia sido cortado enteramente y casi raiz. Una cruz negra se veia entre las manos del cadver, cuya blancura, aumentada por la palidez de la muerte, alcanzaba la difana blancura del alabastro, y en su semblante se notaba de una manera indudable eso que se llama distincion de raza. En cuanto al capitan era distinto: vestia su uniforme acostumbrado; tenia puesta aun su pata de palo, y cogida la vaca manga izquierda de su jubon un herrete de su coleto: tenia horriblemente ensangrentado este coleto sobre el pecho; la muerte habia dado un color lvido su semblante moreno y hosco; su ancha cicatriz se habia hecho repugnante, y travs de sus labios entreabiertos, que tenian la expresion de una horrorosa blasfemia, se veian sus dientes apretados y manchados con una espuma sanguinolenta. Tanto se detuvo Gabriel Saez en la contemplacion nada grata por cierto de los dos cadveres, que su seor hubo de llamarle: pero Saez no le oy: repiti el incgnito personaje una, dos y tres veces su llamamiento, y tampoco le oy. Entonces uno de los lacayos crey que debia tomar cartas en el negocio en servicio de su amo, y le dijo acercndose l y tocndole en el hombro: --Seor Gabriel, su escelencia os llama. --Eh! dejadme, exclam volvindose todo hosco al lacayo. Lo que habia pasado en el semblante y en todo el ser del escudero apenas vi los cadveres, habia sido singular. Primero sus ojos tomaron una expresion de sorpresa, despues de espanto, luego se puso tan plido como los dos cadveres y se extremeci todo. --Oh! no no puede ser! murmur: seria horrible: doa Ins mi seora y el capitan Alvaro de Sedeo! le conozco, s, le conozco; pesar de esa pata de palo, de esa manga sin brazo, de esa cicatriz que le cruza el rostro. S, s, es necesario creerlo, menos que el diablo se est burlando de m; esa es doa Ins: mas vieja... ya se v! han pasado veinte aos... mas flaca... pero es ella, si, yo veo en ese cadver la hermosa nia de quince aos que era la alegra de la casa: y l... l... s, es la misma expresion dura, amenazadora de aquel maldito capitan en quien mi seor se habia empeado en ver un valiente hidalgo y un hombre de bien: valiente si, hidalgo pase, pero hombre de bien...! y cmo es que estn aqu juntos... juntos y muertos, cuando no se conocieron, al menos en la casa de mi seor? El escudero necesit salir de dudas acerca de este ltimo punto, y crey que nadie le podia sacar de ellas, mejor que un alguacil que por rden superior estaba de guarda junto los cadveres. Inclinse, pues, sobre el arzon, y dijo de manera que pudiera ser oido, pesar de las mltiples conversaciones de los curiosos. --Eh! seor ministro! seor ministro! tiene vuesamerced la dignacion de escuchar una palabra? Gabriel Saez estaba, segun las muestras, muy bien criado y trataba con mucha consideracion las gentes de justicia. Volvise el alguacil, que era un hombrecillo rechoncho, de semblante mofletudo y alegre, y ojillos vivaces y maliciosos, y al ver que quien le llamaba era un escudero de buena cara, que olia de cien leguas hidalgo, no tuvo inconveniente en acercarse, pasando por entre los curiosos, y asindose al arzon, dijo con semblante propicio: --Puede vuesamerced preguntarle lo que quisiese. --Gracias, seor ministro. Ahora, bien, para que tienen ah esos dos difuntos? --Estn expuestos para ver si hay alguien que los conozca. --Qu! nadie los conoce? --Es toda una historia, dijo misteriosamente el corchete; y relat ce por be y pesadamente al escudero todo el encuentro que habia tenido la justicia con los dos difuntos en la casa del capitan. --Preguntse en el vecindario acerca del nombre de la persona que vivia en aquella casa, prosigui el alguacil, y nadie supo decir si no que era un capitan estropeado. Eso ya se veia, y bien estropeado por cierto. En cuanto la mujer, nada, ni pizca; nadie sabia ni aun siquiera que viviese en tal casa una mujer. --Pero la justicia no ha encontrado en esa casa papeles, prendas?... --Ya se ve que ha encontrado... pero... hay cosas que no se pueden decir. --Todo puede decirse cuando se da con una persona discreta y agradecida. Y Gabriel, que antes de llamar al corchete habia metido una mano en su bolsillo todo evento, la sac conteniendo un doblon de ocho, que con gran disimulo y sin que nadie pudiese notarlo introdujo en la mano que el alguacil tenia asida al arzon; lo que demuestra, que, si bien el escudero trataba con buenos modos las gentes de justicia, sabia que esta clase de gentes no se ofende de que pretendan comprarles un secreto con tal de que lo paguen bien. Entreabri un tanto con disimulo la mano el corchete, mir rpidamente y de soslayo el doblon, y al darle en los ojos el brillo del oro, se dulcific aun mas y guiando maliciosamente un ojo, dijo Gabriel. --Ciertamente que sois un honrado hidalgo, quien no se puede negar nada; pero inclinad un poco mas la cabeza fin de que nadie nos oiga y prometedme que guardareis secreto. --Pues ya se ve, y callar mas que un muerto. --Pues seor, habeis de saber que el seor Andrs Zorcillo, escribano que ha andado en estas diligencias es todo un hombre de pro, que visita mucho mi casa, y dice que mi mujer, que es una moza alpujarrea, garrida donde las hay, es la mujer mas honrada del mundo, y en tanta estima nos tiene mi mujer y m, que no nos guarda secretos. Bien es verdad que nosotros no vendemos ni uno solo de sus secretos ni por un ojo de la cara. Pues, bien, el seor Andrs Zorcillo me ha dicho, que nada menos que el capitan general ha declarado que el muerto era el capitan de infanteria espaola Alvaro de Sedeo. --Bien, bien, dijo impaciente Saez; pero la dama... --Qu dama?... --La difunta. Mir rpida; pero profundamente el corchete al escudero, y contest. --Estais equivocado; la difunta no es dama: es una mejicana que era esclava del capitan, y que segun lo que han declarado los mdicos que han reconocido el cuerpo, ha muerto de una enfermedad de pecho. --Y por dnde sabeis que la difunta era una esclava mejicana? pregunt con inters Saez. --Cmo? por unos papeles que se encontraron en la casa del capitan en un armario, por los que se ha venido en conocimiento, de que el capitan era un perro monf, un morisco traidor, que vendia al rey y que tenia consigo dos esclavas: la difunta, y otra... --Y esa otra esclava? exclam con anhelo Saez. --Se espera saber donde para, porque se ha dado con el hombre que mat al capitan. --Y quin es ese hombre? --Un mejicano rebelde: uno de esos perros idlatras de Nueva Espaa, que acometen las villas espaolas, roban las doncellas y los nios y despues de hacer mil atrocidades con ellos, se los comen crudos. --Ella esclava del capitan! murmur de una manera ininteligible Saez, otra esclava que ha desaparecido, y un indio mejicano que ha dado muerte en su propia casa Sedeo...! Oh! oh! Y decidme seor ministro, cmo se ha averiguado que ese idlatra ha muerto al capitan? [imagen: Para qu tienen ah esos dos difuntos?] --Ah! para la justicia no hay nada oculto, seor escudero: figuraos que el seor capitan general tenia indicios de que un platero aleman de la plaza de Bibarrambla, andaba en tratos de rebelion con los moriscos, y supo les daba dinero mano: que ademas, en la casa de este aleman vivia un mejicano que andaba tambien en la rebelion: el capitan general mand prenderlos, y cuando los registraron en la crcel para ver si tenian algun arma oculta, segun es costumbre y ley, y... mirad... no reparais en que falta la difunta el rizo del lado izquierdo, como si dijramos, de la parte del corazon? --Si, si que lo veo. --Pues bien, ese rizo se encontr sobre el mejicano, envuelto en un pedazo como de tela de sbana que estaba cortado al parecer con un pual: comprobados el rizo y el pao, se hall que era indudablemente el rizo aquel el que se habia cortado la difunta, y el pao... el pao faltaba de las sbanas de la cama donde se encontr el cadver, y comprobado, venia bien, perfectamente bien por todas sus cortaduras, con la falta que habia quedado en la sbana. Cuando el alguacil llegaba este punto de su revelacion fue cuando impacientado ya, y con sobrada razon, el desconocido, de la tardanza de Gabriel, le llam, y cuando el lacayo le avis de que su seor le llamaba. --Dnde vivs, seor ministro? dijo Gabriel cuando, segun hemos dicho, hubo despedido bruscamente al lacayo. --Vivo en la Calderera Vieja, para lo que gusteis mandar, dijo el alguacil, al lado de la carnicera, preguntad por Picote, y todo el mundo os dar razon. --Pues bien, ir veros esta noche, y Dios que mi seor se impacienta. Revolvi Gabriel su mula, y de nuevo se puso plido y tembl; pero mas profundamente que la vez primera: impacientado el incgnito de la pesadez de su escudero, habia ido avisarle por s mismo; al acercarse, dominando, por razon de la altura de su mula, el crculo de curiosos que rodeaban los dos cadveres, su vista habia chocado con el de doa Ins. El desconocido lanz un grito horrible, en el momento en que Gabriel Saez se volvia, y se extremecia al ver la expresion atnita, fascinada, mortal con que su amo miraba el cadver: luego, el incgnito, y antes de que Saez pudiera dirigirle una sola palabra, extendi los brazos hcia el cadver, y grit con un acento desgarrador, inmenso, como si se hubiese exhalado toda su vida en aquel grito supremo: --Hija de mi alma! Y cay inerte de lo alto de la mula al suelo, sin que nadie pudiera valerle. Aquel incidente lgubre, dramtico, en todo su horror, aterr los circunstantes, que en union del leal Gabriel, que se tir mas que se ape de su mula y los lacayos, que asimismo se arrojaron de sus caballos, corrieron socorrerle: el inters era general; hasta el mismo alguacil Picote se conmovi: el incgnito, segun dijo un mdico que se apareci como llovido, no estaba muerto sino peligrosamente accidentado, y fue conducido una casa inmediata que se le abri francamente, probando una vez mas la caracterstica caridad espaola; la curiosidad pblica, cambiando de objeto, se apart de los cadveres para volverse aquella casa, la que no tard en acudir la justicia, que siempre se mezcla por Espaa todo: un cuarto de hora despues sali Gabriel plido, trmulo, de la casa donde habia sido conducido su seor, y, acompaado de un alcalde y de un escribano, adelant hcia los cadveres los que rodeaba un nuevo crculo de curiosos. Rompieron por medio de ellos el escudero, el alcalde, el escribano y el alguacil Picote, y Gabriel, con las lgrimas en los ojos, dijo con voz conmovida, pero que todos pudieron oir: --Habeis puesto esos cadveres la vista de todo el mundo para que declare quienes fueron, quien los conozca, pues bien, yo declaro que este cadver es el de mi noble ama la excelentsima seora doa Ins de Crdenas, hija nica del excelentsimo seor don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla. --Y ese otro, pregunt el alcalde? --Ese otro, dijo con clera Saez, es el del infame capitan de infantera, Alvaro de Sedeo. Gabriel no se apart de all hasta que dej depositado en una capilla de la iglesia el cadver de su seora, convenientemente alumbrado, y guardado por cuatro lacayos, y despues de haber enviado otros dos en busca de un carpintero y de un tapicero, para que se encargasen de la construccion de un fretro magnfico, volvi triste y cabizbajo la cabecera del lecho de su amo. CAPITULO XXIII. Los desfiladeros de Dar-al-Huet. Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra, esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en silencio algunas tropas como en nmero de quinientos hombres. Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compaias diferentes, juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros, otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban pi, y todos llevaban arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqus de Mondjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arns la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirvindole de escolta como hasta veinte rocines. Comprendase que aquella gente habia sido reunida de pronto, para acudir un peligro, y que no se habia cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos, detrs de los caballos que constituian la guardia del capitan general. Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el marqus de Mondjar, y el presidente de la Chancillera y el corregidor, tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir gente bastante para contrarrestarles en el trmino de un dia. Verdad es que muchos caballeros hidalgos de los alrededores habian acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente llegaba penas doscientos hombres, en la generalidad mal montados, peor armados, y poco acostumbrados la guerra. Conoci el marqus de Mondjar que aquellas gentes mas que de socorro le servia de embarazo; pero para no disgustarlas las meti en la Alhambra, las hizo distribuir por los adarves, dej en la fortaleza cien soldados viejos para servir la artillera y guardar las puertas, y otros cincuenta en el castillo de Bib-Ataubin, bajo las rdenes del corregidor, que con ellos y algunos buenos caballeros, debia procurar asegurar la ciudad donde la caida de la tarde se habian notado seales de movimiento, particularmente en el Albaicin, algunas de cuyas calles habian sido barreadas por los moriscos. Barrear las calles queria decir en aquellos tiempos, lo mismo que hacer barricadas en los nuestros. Pero el mayor peligro no estaba en Granada, sino fuera de ella. Los monfes eran los enemigos formidables, los que debian decidir el lance. Comprendilo asi don Luis Hurtado de Mendoza, y aunque no tenia fuerzas bastantes para ello, se decidi salir cortar los monfes el camino de la ciudad, morir como buen caballero en servicio del rey. Los monfes, con arreglo la traidora revelacion de Alvaro de Sedeo, debian venir sobre Granada por los atajos de la sierra y pasar por Dilar. El capitan general tom por el costado de Generalife arriba, por una caada del cerro del Sol y luego torci por un mal camino que guiaba al pueblo del Dar-al-Huet, que hoy se llama Casa-Gallinas. Marchaba la gente gran paso y en silencio, atenta y apercibida, y una hora despues de la salida de la Alhambra, llegaron unos speros desfiladeros cerca ya del lugar. En aquellos momentos lleg un adalid de los que el marqus habia enviado la montaa, con la noticia de que los monfes, en nmero de seis mil hombres se acercaban Dilar, y que detrs de ellos y por los atajos, sin ser sentida, venia la compaia de arcabuceros del capitan Sedeo, bajo las rdenes del alfrez Villasante. El lugar en que se encontraba el marqus era inmejorable para una emboscada y tenia, ademas, la ventaja de estar muy cerca de la Alhambra, la que podian recogerse en el caso de una derrota. El marqus, buen capitan, prctico en la guerra y en el terreno, dividi su escasa gente en pelotones, que situ convenientemente entre las breas, y l con sus ginetes, se situ la salida del desfiladero la parte de Granada en un pequeo valle, por medio del cual atravesaba el rio Genil. Dise rden todos de que guardasen el mayor silencio, y pesar de que hacia una luna clarsima, nadie hubiera creido que hubiese una sola persona en el desfiladero: tan bien oculta y tan silenciosa estaba la gente. Siendo alto el lugar en que se encontraban, y dominando Granada, oiase perfectamente desde all ese lito de vida que se desprende de una gran poblacion, antes de entregarse al descanso sus moradores y que tan bien se percibe, desde los silenciosos campos; oase el rel de la iglesia de Santa Mara de la Alhambra lo lejos y casi perdido; pero la campana de la torre de la Vela callaba, seal clara de que no habian lanzado aun el grito de insurreccion los moriscos del Albaicin, en cuyo caso se hubiera oido tocar rebato aquella campana, y el estampido del caon de la Alhambra. Pas una hora, y se oy tocar animas todas las campanas de las numerosas parroquias, conventos y cofradas de la ciudad, y sin embargo, pas aun largo espacio sin que una sola persona atravesra el silencioso desfiladero; continuaba el silencio de una manera profunda y solo de tiempo en tiempo se oia el relincho de un caballo que nadie podia evitar, y el solitario ladrido de los perros campestres. El marqus de Mondjar lleg creer, y su suposicion era muy posible, que los exploradores de los monfes se habian apercibido de la ocupacion del desfiladero, y que los enemigos, variando de direccion, habrian tomado otro camino para llegar Granada. En este caso la ciudad estaba perdida, y no quedaba otro medio al marqus que correr la Alhambra en el momento que la campana de la Vela y el caon de la Alcazaba diesen la seal de alarma. Pero si los monfes entraban en Granada nada podia la Alhambra con la escasa gente que la guarnecia. El marqus, pues, estaba en un estado de ansiedad terrible. Pero de improviso se escucharon pisadas sordas de algunos hombres en el desfiladero, y despues una banda de monfes, exploradores sin duda, pasaron buen andar, con las ballestas armadas, por delante de las breas, entre las cuales se ocultaban el marqus y sus ginetes. Los monfes de detuvieron cuando estuvieron fuera del desfiladero y lanzaron al aire por tres veces el sonido ronco y poderoso de una bocina, despues de lo cual pasaron adelante. Aquel triple toque de bocina debia ser una seal de los exploradores para avisar al grueso de los monfes que el desfiladero estaba franco y seguro. Por fortuna, mientras dur la parada de los exploradores, no relinch un solo caballo, ni se escap un tiro de un soldado imprudente. Poco despues se oy rumor de mucha gente que se acercaba descuidada y como si no temiese ningun peligro. La rden que tenian los capitanes y cabos puestos por el marqus la cabeza de cada uno de los pelotones emboscados, era de que no se hiciese fuego hasta que los monfes estuviesen extendidos en el desfiladero, despues de lo cual era fcil atacarlos y revolverlos. Asi es, que tuvieron lugar los primeros de los monfes de llegar al sitio donde estaba emboscado el marqus, antes de que se disparase un solo tiro; pero en el momento en que los primeros iban desembocar en el valle, el mismo capitan general sac de su arzon un pistolete y le dispar. Inmediatamente, de entre todas las breas cayeron nutridas descargas de arcabucera sobre los monfes, que sorprendidos, aterrados en el primer momento, se revolvieron, mientras el capitan general, saliendo de su acechadero la cabeza de su pequeo escuadron, se lanzaba sobre ellos gritando: --Por el rey! Santiago y cierra Espaa! A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los espaoles, los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfes que estaban la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hcia el interior del desfiladero. El desrden de los monfes era ya irremediable: en vano el valiente Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen y penetrasen en las breas, para que fuesen vencidos; en vano los mas valientes de los wales, procuraban llevar sus taifas los lugares de donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinbanse los monfes, apretbanse, y las balas que silbaban entre ellos, los tendian centenares, mientras el marqus de Mondjar y sus ginetes se ensangrentaban mansalva en aquella multitud dominada por un terror pnico. Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqus de Mondjar, y desprecindola por poca, no creyendo que se atreviese salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfes, ante un ataque invisible inesperado; terror que nada tenia de extrao, porque cada uno de los monfes creia tener sobre s un ejrcito. Yuzuf era uno de esos valientes quienes las dificultades y el peligro irritan, y volvindose los que le rodeaban y alzndose sobre los estribos exclam: --Ah! de mis wales! m! m todo el que quiera morir con honra! Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puado de perros cristianos ocultos entre las breas? Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envisti con ellos al escuadron del marqus. Pero de repente Yuzuf vacil en su caballo y cay; una bala le habia herido en la cabeza. Sus wales se arrojaron sobre l, y le recogieron: oyronse gritos desesperados y una voz robusta que grit: --El valiente Yuzuf, el magnfico emir, ha sido herido! salvemos al emir! Y aquella voz corri de boca en boca lo largo del desfiladero. Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los wales, lo hizo cada monf por s mismo; se arrojaron las breas sufriendo el fuego de la mosquetera, y muy pronto los soldados del marqus se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y replegados al valle. El capitan general seguia batindose al frente de su pequeo escuadron; pero cuando vi que el fuego de mosquetera se habia apagado, que solo resonaba ac y all algun tiro perdido entre las breas, y escuch los alaridos de triunfo de los monfes, conoci que todo estaba perdido y mand sus trompetas que tocasen recogerse. Muy pronto la gente del marqus formada en buen rden, colocada delante de la caballera, empez retirarse, dando siempre el rostro al enemigo, y arrojando sobre l el fuego de su arcabucera; pero todo parecia intil; los monfes empezaban flanquear la montaa, amenazando cortar los cristianos, lo que, atendido su nmero, no les hubiese sido difcil, cuando se oy sobre los mismos flancos fuego de mosquetera. Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la compaa de arcabuceros de Alvaro de Sedeo. Ignorando los monfes el nmero de gente que venia en auxilio de los castellanos, tocaron tambien recoger. El capitan general, que sabia lo escaso del socorro que le habia venido, toc recoger de nuevo, incorporsele la compaa de Alvaro de Sedeo y sigui en buen rden su retirada hcia la ciudad. Los monfes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus wales estaban en consejo. --El valiente Yuzuf est gravemente herido; dijo uno de ellos: qu debemos hacer, hermanos? --Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos la montaa, dijeron algunos. --Pero y los de Granada? --Que se compongan como puedan. --Lo primero es nuestro emir. --A la montaa! la montaa! Poco despues toda aquella gente se volvia las Alpujarras, llevando consigo sus muertos y sus heridos, para que los cristianos no pudieran gozarse con la vista de ellos. Yuzuf, perdido el conocimiento, era conducido en un lecho de campaa. La bala de un soldado desconocido habia salvado Granada. Sobre el desfiladero habian quedado los cadveres de algunos soldados castellanos, muertos en la pelea, y los de algunos heridos que, abandonados, habian sido rematados por los monfes. CAPITULO XXIV. De cmo, causa del levantamiento del Albaicin, cometi Yaye su primera infamia. Entre tanto el capitan general se habia recogido en silencio la Alhambra, entrando en ella secretamente por la puerta de Hierro. Dise rden de que no se dejase salir nadie de la fortaleza para que no se supiese en Granada el mal resultado de la expedicion, y el marqus de Mondjar, asomado un agmez de la torre de Comares, con la vista fija en el Albaicin, esperaba con ansiedad ver brotar la primera chispa de insurreccion. Veamos ahora lo que acontecia en el Albaicin. Concese por Albaicin en Granada un barrio alto extenso y populoso, que se extiende por una parte lo largo y por cima de la calle de Elvira, mas all del Zenete, que corre lo largo de dicha calle, y por otra parte, por cima de la calle de San Juan de los Reyes, extendiendose hasta la cerca del obispo don Gonzalo, que orla la cresta de un cerro, donde ahora est situado San Miguel el Alto, desde el rio Darro hasta mas abajo la iglesia de San Cristval. Este barrio tiene dentro de s una fortaleza que se llama la Alcazaba Cadima, y un nmero considerable de parroquias, capillas y conventos de frailes y monjas. En aquel tiempo el Albaicin tenia mas alumbrado de noche que el que tiene en la actualidad, pesar del gas y de la civilizacion. Esto consistia en que hoy no tiene absolutamente alumbrado pblico, y en aquellos tiempos la devocion de los vecinos sostenia en la esquina de cada calle, en el ngulo de cada plaza, una lampara encendida, delante de una imgen, de una cruz de un ecce-homo, colocados dentro de un nicho, simplemente clavados la pared bajo un tejadillo de tablas. Habia, ademas, los faroles en las cruzes de piedra, colocadas delante de las puertas de iglesias, conventos, cofradas, ermitas, capillas y cementerios, y lo que tambien era un alumbrado, aunque ambulante: las linternas de los alguaciles de las rondas. Puede asegurarse, pues, que el Albaicin estaba mucho mas seguro, alumbrado y acompaado de noche en el siglo XVI que en nuestros dias. Es cierto que ahora solo de tiempo en tiempo se da alguna cobarde pualada en sus oscuras calles se roba alguna capa vieja, y que en aquel tiempo era un acontecimiento casi diario, encontrar dentro de la jurisdiccion murada del Albaicin algun hombre muerto estocadas. Tambien es verdad que aquello era mas noble y mas romancesco; que si ahora, al encontrarse un hombre muerto violentamente en aquel barrio, se piensa en alguna miserable ria de taberna, entonces al ver un hidalgo muerto se pensaba en alguna hermosa dama como causa de la desdicha, y la justicia y los que no eran la justicia se decian:--Quin ser ella? La verdad del caso es que el Albaicin, por cualquier faz que se le considere, valia mucho mas en 1546 en que estaba lleno de un vecindario noble y rico, que en el momento en que escribimos estas lneas: al Albaicin de hoy solo le quedan fragmentos de torres y murallas ennegrecidas; restos de su antiguo esplendor; solares llenos de escombros que otros tiempos fueron grupos enteros de casas, y casucos viejos y apolillados que amenazan hundirse muy pronto. Dentro de algunos aos el Albaicin solo ser un monte cubierto de hermosos crmenes, cuyas cercas se habrn hecho con los viejos materiales de la poblacion muerta, en medio de cuyos crmenes, se sostendran en pi durante algunos aos aun, las iglesias y las macizas casas de solar construidas despues de la conquista. Hace muchos aos que Granada se est transformando, y perdiendo en sus transformaciones, y llegar un dia en que solo la queden algunos barrios desiertos, algunos restos de la Alhambra, con tal cual arabesco, y lo que nadie puede quitarla: su manto de flores y verdura, que cubrir por s mismo y sin que nadie se cuide de ello, sus ruinas. Pobre Granada! Hemos dicho que el Albaicin de 1546 estaba mas concurrido y mas alumbrado de noche que en nuestros dias; pero concretndonos la noche en que acontecian los sucesos que estamos refiriendo, no habia ni una sola luz encendida, no sabemos si porque las habian apagado los moriscos, porque, recelosos del estado de alarma y de conmocion en que desde el oscurecer se habia presentado el Albaicin, no las habian encendido los vecinos. Hacia una luna muy clara; pero tambien es cierto que como las calles del Albaicin, poblacion originariamente mora, eran estrechsimas y los aleros de las casas se cruzaban, superponindose en la mayor parte de ellas, estos callejas estaban en su fondo tenebrosamente oscuras. Para que nuestros lectores pudiesen apreciar lo estrecho y lo tortuoso de aquellas calles, era necesario que las hubiesen visto y que hubiesen experimentado por s mismos, que por muchas de ellas solo puede pasar un hombre de frente, y que la mas ancha, apenas tiene espacio para que marchen dos hombres de frente caballo. Como para desahogo y ensanche habia, s, algunas plazas medianamente espaciosas, donde reflejaba sus anchas la luna; pero en aquellas plazas no se veia una sola persona. Por el contrario, en el fondo de las oscuras calles se notaba una animacion de mal agero; iban, venian, se detenian y hablaban entre s, hombres armados; se abrian y se cerraban puertas silenciosamente, sin que tras ellas apareciese una sola luz: todas las calles que bajaban la ciudad estaban fuertemente barreadas y guardadas por hombres armados de arcabuces y ballestas: las rondas, tan frecuentes otras noches, que era dificil recorrer tres calles sin tropezar con una, se habian suprimido por s mismas, lo que prueba el admirable instinto de las gentes de justicia para esconderse tiempo, en cuanto asoman los primeros sntomas de insurreccion popular: las casas de los moriscos estaban cerradas por prudencia, y las de los cristianos por miedo. En una plaza, que existia entonces entre las ltimas casas de la parroquia de San Gregorio el Alto y las pendientes calles que poblaban un terreno spero, que hoy est cubierto de nopales, la falda del cerro donde se levanta la ermita de San Miguel, en dcha plaza decimos, donde pesar de la claridad de la luna habia gente por no poderse ver aquella plaza desde la Alhambra, por los accidentes del terreno, se paseaba meditabundo y pensativo Yaye-ebn-Al-Hhamar, asido del brazo del faqu Abd-el-Gewar, que pesar de sus aos, estaba completamente armado como el jven, y, como l, con trage castellano. Divididos en grupos en la plaza, se veian como hasta cien hombres armados de picas y de arcabuces, y en el centro de uno de aquellos grupos, se levantaba un estandarte rojo de tres puntas. Se notaban una gran impaciencia y una ansiedad profunda en aquellos grupos: habian dado ya las nimas y ninguna noticia se tenia de la aproximacion de los monfes. La Alhambra estaba silenciosa y oscura como de costumbre, sin que, pesar de la luna, se viese brillar una sola arma sobre los adarves, mas que las de los acostumbrados atalayas: ni se veia el farol de los artilleros en la batera de la torre de la Vela, ni en fin, indicio alguno de que la Alhambra estuviese preparada al combate, pesar de que el capitan general no podia ignorar que las calles bajas del Albaicin estaban barreadas y los moriscos puestos en armas. El castillo de Torres Bermejas estaba asimismo sombro y silencioso y desiertas sus bateras. Esto para los moriscos era objeto de una gran ansiedad, porque sabiendo el marqus de Mondjar y el presidente y el corregidor, que los moriscos estaban sublevados, mucha seguridad debian tener de vencerlos cuando tan descuidados se mostraban. Doblaba esta ansiedad la tardanza de los monfes que debian entrar en el Albaicin por tres puertas: esto es por la de Fajalauza, por el portillo del Aceytuno y por la puerta de Guadix. Llegaron las once de la noche, y la campana de la Vela di, segun costumbre, treinta y tres campanadas graves y solemnes en aquellos momentos; aquella era la nica voz del castillo y aquella voz parecia decir: estoy alerta. Era demasiado tarde y la impaciencia empezaba apoderarse de las masas que afluian en la plaza, corriendo de la parte baja en busca de noticias: aquella impaciencia empezaba ser miedo, y el miedo expresarse en quejas. Al fin algunos de los principales creyeron que debian interrogar Yaye, que habia sido nombrado capitan de la insurreccion; pero Yaye se encogi de hombros, como quien no puede responder acerca de lo que no est en su mano. Al fin fue necesario para calmar la ansiedad general, enviar emisarios que adelantaran por el camino por donde debian venir los monfes. Pero al abrir la puerta de Fajalauza, de que estaban apoderados los moriscos, se present caballo y con las seales de haber venido corriendo rienda suelta, un wal de los monfes. Al reconocerle por su trage y por sus armas, los que estaban en la puerta, creyendo ya cerca el ejrcito auxiliar, rompieron en una aclamacion de alegra; pero el wal no contest aquella aclamacion y se redujo preguntar con semblante hosco, dnde estaba el poderoso emir Yaye-ebn-Al-Hhamar. El aspecto del monf, lo ronco de sus palabras y lo hosco de sus miradas, apagaron el entusiasmo de los aclamadores, que en silencio, y no sabiendo qu pensar, condujeron al wal la plaza donde habia establecido su cuartel general, por decirlo asi, Yaye. Cuando el wal estuvo en su presencia, cuando le dijeron que aquel jven era el emir, se arroj del caballo y se prostern ante Yaye. --Magnfico y poderoso seor dijo: la fortuna nos vuelve las espaldas. Vengo avisarte que tu poderoso padre el emir Yuzuf, se vuelve con su gente las Alpujarras. --Que se vuelve mi noble padre las Alpujarras? exclam con asombro Yaye. --Los cristianos nos esperaban emboscados en las quebradas de Dar-al-Huet, y no hemos podido forzar el paso. --Que los cristianos esperaban emboscados, y os han vencido...? Luego alguno de los nuestros nos ha hecho traicion avisando los cristianos! --S, s, dijo sombriamente el monf, nos han hecho traicion y han ocurrido horribles desgracias. --Y mi padre? --La mano de Dios protege los reyes, dijo profundamente el wal. Habasele ordenado, para evitar Yaye cuanto fuese posible lo doloroso de la noticia de la herida de Yuzuf, que guardase silencio acerca de ella, y el wal cumplia exactamente su encargo. --Vuestro poderoso padre el emir Yuzuf, continu el wal, me encarga deciros que si contais con bastante gente en el Albaicin para apoderaros de la ciudad y de la Alhambra, no os detengais un solo momento; pero que, si esto fuera imposible, marcheis inmediatamente y sin perder un momento la montaa. --Ya lo ois, dijo Yaye los xeques que le rodeaban; mis monfes han sido envueltos en una celada, y no podemos contar con ellos. --Oh! exclam con acento rugiente el Homaidi, que estaba entre los xeques: el infame don Diego de Vlor, nos ha hecho traicion. Estas palabras del Homaidi irritando las masas excitadas, pasaron de boca en boca y muy pronto multitud de hombres armados, se encaminaron la carrera, trmulos de corage, la casa de don Diego. Mientras, que viendo imposible la empresa, Yaye mandaba los xeques y los capitanes, que fuesen retirar la gente y quitar las barreras de las calles bajas; que se escondiesen las armas y que todo volviese al antiguo aspecto de paz y sumision, oyse hcia la parte de San Gregorio el Alto un alarido informe; luego reflej un resplandor indeciso, despues una llamarada y luego otra y al fin se declar un incendio. Y como si aquella hubiese sido una seal de alarma, retumb el ronco estampido del caon de la Alhambra, y la campana de la Vela empez tocar apresuradamente rebato, lanzando aquella voz de guerra, hasta las distantes cumbres de las montaas que rodean la vega. Al mismo tiempo, mientras unos corrian apresuradamente las avenidas por donde podian acometer las tropas de la Alhambra el Albaicin; mientras otros tocaban ruidosamente la zambra, y otros disparaban al aire sus arcabuces en seal de levantamiento, algunos entraron en la plaza donde Yaye absorto no sabia qu partido tomar, y gritaron: --La casa de don Diego de Crdoba y de Vlor ha sido acometida y est ardiendo. En aquel momento todo lo que le rodeaba, la situacion en que se encontraba, el peligro de un combate todas luces dudoso, contra los cristianos, todo desapareci de la imaginacion de Yaye, en la que solo qued una idea: la de doa Isabel de Crdoba y de Vlor, abandonada en la casa de su hermano una turba feroz irritada y sanguinaria: entonces, sin decir una sola palabra los que le rodeaban, ni hacerse seguir de nadie, solo, anhelante, aterrado; ech correr como un frentico hcia la casa de don Diego, lleg, tir de la espada, se abri paso, hiriendo como un leon irritado entre la multitud compacta que rodeaba la casa, y, en el primer momento de sorpresa, logr penetrar en el interior. Pero por valiente que fuese, iba solo: su trage habia sido visto, y una exclamacion de rabia habia salido de todas las bocas. --Al cristiano! al cristiano traidor, que viene socorrer los traidores! gritaron algunas voces. Y todos aquellos que pudieron penetrar en la casa se precipitaron con las armas enhiestas en seguimiento de Yaye. * * * * * Entre tanto en el interior de aquella casa reinaba un desrden espantoso. En el primer momento de peligro, doa Elvira, sin cuidarse de la seguridad de su cuada doa Isabel, quien aborrecia de muerte, corri al aposento de don Diego, abri la puerta secreta y se refugi en la mina. En cuanto doa Isabel y los criados, aterrados, sobrecogidos, penas tuvieron tiempo para hur al huerto en busca de una salida por el postigo. Pero todos, en el primer momento de turbacion, habian olvidado la llave; el postigo era fuerte; se necesitaba perder algun tiempo, y el terror les aconsej que buscran un medio mas pronto. Habia en el huerto algunos rboles arrimados la cerca: los hombres, sin cuidarse de las mujeres, ni aun de doa Isabel, porque en los momentos de supremo peligro nadie se cuida mas que de s mismo, treparon los rboles, ganaron el borde de la cerca, se descolgaron la calle y huyeron. Doa Isabel y tres criadas quedaron en el huerto, que empezaba iluminarse con la rojiza luz de las llamas, que emanaban de los pajares de la casa, que habian sido incendiados. Algunos furiosos habian puesto fuego la leera. Por las ventanas de los pisos bajos que daban al huerto, salieron muy pronto torbellinos de fuego. Oanse los furiosos alaridos de los moriscos que habian penetrado en las habitaciones y que las desmantelaban, robando los objetos de valor. Doa Isabel y las tres criadas, hacian maravillosos esfuerzos y se ensangrentaban las manos en la cerradura del postigo; pero sus fuerzas eran demasiado dbiles para forzarla. A medida que el tiempo trascurria, el terror de doa Isabel aumentaba, y el llanto y los alaridos de las pobres mujeres que estaban con ella: el incendio se habia propagado toda el ala del edificio que daba sobre el huerto, y la hacia parecer una inmensa cortina de fuego. Desplombanse los tabiques, y travs de algunos boquerones, se veia pasar y cruzar la canalla, corriendo y cargada con el saqueo. Solo quedaba libre de las llamas el gran portalon por donde se entraba al huerto; pero ya por la parte superior tocaban su techumbre. Por el fondo de aquel portalon se veian pasar de contnuo hombres con antorchas encendidas cargados de efectos; pero hasta entonces ninguno se habia dirigido al huerto. De repente se oyeron voces mas rugientes, mas irritadas, mas terribles; voces que alguna vez dejaban escucharse distintamente. --Al traidor! al castellano! matadle! Llense al fin el portalon de gente y doa Isabel, pesar de su terror, vi que un hombre solo retrocedia defendindose de una turba numerosa. Pero aquel hombre era muy diestro y muy valiente, y dando una cuchillada este, una estocada al otro, no permitia que ninguno le tomara la espalda; pero se veia obligado retroceder de una manera decidida. Cuando el que se defendia y los que tan tenazmente le acometian, entraban casi en el huerto, doa Isabel, que contemplaba fascinada aquel espectculo, lanz un grito de horror: el techo del portalon, invadido por el incendio, se habia desplomado sobre los combatientes, dejndolos sepultados bajo un monton de maderas inflamadas y escombros. Pero de delante de aquel horno salt un hombre, y al verse incomunicado con el interior de la casa, empez buscar, como fuera de s, una nueva entrada que hubiese respetado el fuego. Doa Isabel fijaba la vista en aquel hombre, no sabiendo si aterrarse, contemplando en l un enemigo, alegrarse considerndole como un salvador: aquel hombre habia tenido la fortuna de que al derrumbarse el techo del portalon, cogiese solo los que le acosaban y mantenia alejados al alcance de su espada, sin que un solo fragmento del hundimiento le tocase. Doa Isabel not que estaba vestido la castellana, segun la moda de los caballeros de aquel tiempo; que tenia en la mano una espada desnuda, y que en su apostura demostraba que estaba muy lejos de pertenecer la canalla incendiaria y rapaz que habia acometido la casa. En el primer momento, el terror solo permiti doa Isabel ver en aquel hombre las generalidades que hemos indicado; pero despues, cuando le hubo mirado con alguna insistencia, arroj un grito que tanto expresaba terror como alegra, y cay de rodillas. En aquel hombre habia reconocido al nico hombre quien habia amado; por el que habia sido abandonada; en una palabra: habia reconocido Yaye. A su vez Yaye oy el grito de doa Isabel y se volvi. A la luz del incendio, que dominaba la de la luna, vi una mujer de rodillas, y junto al postigo, pugnando por abrirle, otras tres mujeres; Yaye corri desalado hcia ellas, lleg doa Isabel, la apart las manos con que se cubria el rostro, la mir frente frente y arroj un grito de insensata alegra; doa Isabel mir tambien Yaye, palideci de una manera mortal, lanz un gemido, y no pudiendo resistir tantas emociones, cay por tierra desmayada. Yaye, antes que en socorrer doa Isabel, pens en arrancarla de aquel lugar de peligro: fu la puerta, que pugnaban en vano por abrir las criadas, apart estas, desenganch un pistolete de su cinto, busc la cerradura, hizo fuego sobre ella: la cerradura salt rota en mil pedazos, Yaye abri el postigo, y las tres criadas escaparon al momento, como pjaros quienes se abre la puerta de la jaula. Despues, Yaye fue donde estaba doa Isabel desmayada, la contempl un momento con xtasis, la carg en sus brazos, y sali por el postigo y se di correr por las empinadas calles, hcia la cercana muralla del obispo don Gonzalo. --La traicion de don Diego de Vlor, exclam con un acento indescribible, ha hecho intil el levantamiento de los moriscos; pero esa traicion ha puesto Isabel en mis manos: Isabel es mia. Y el jven, quien hacia insensato el amor, se alegraba casi de la desdicha de su pueblo, puesto que le habia procurado la posesion de doa Isabel. Porque Yaye estaba resuelto romper de una manera terrible para la pobre nia, los vnculos extraos que le separaban de ella. Por otra parte, Yaye se decia: --Si hoy por culpa de un traidor no hemos vencido, maana venceremos. Y su conciencia se apoyaba en su esperanza. Entre tanto, Yaye seguia corriendo las calles arriba, sin sentir el peso de la carga de doa Isabel, que era demasiado buena moza para que no pesase mucho. Las calles estaban desiertas por aquella parte y muy pronto el jven lleg un lugar aportillado de la muralla, y sali al campo, por mejor decir, al monte. Sin embargo, no se detuvo hasta que se encontr muy lejos de la muralla, sobre una senda que orlaba la falda del cerro de santa Elena, y que conducia su cumbre. A poca distancia habia un aprisco abandonado, y hcia l se dirigi Yaye con su preciosa carga. Junto al aprisco brotaba una fuente rodeada de lamos, sobre un terreno cubierto de cesped, y all fue donde se detuvo Yaye, depositando blandamente doa Isabel sobre el cesped. El terror, y la sorpresa de haber encontrado en aquella situacion Yaye, habian afectado de tal manera la desdichada jven, que su desmayo continuaba. Yaye la miraba extasiado: el semblante de doa Isabel por el doble efecto de la palidez y de la luz de la luna, alcanzaba una blancura sobrenatural: sus negras trenzas estaban desordenadas de una manera hechicera: sus ojos velados por la sombra de sus espesas pestaas, su boca entreabierta por un gemido, tenian esa bellsima expresion del dolor que tanto sublima las formas puras, y su cuello y su seno estaban casi descubiertos, por efecto de la manera violenta con que habia sido conducida hasta all por Yaye. El jven hasta entonces solo habia adivinado los secretos tesoros de hermosura de la jven; esos tesoros que oculta el pudor tras la celosa y falaz plegadura de las ropas: Yaye que en un tiempo habia dicho palabras de consuelo y de amor la joven, creyendo ceder solo la caridad, que despues de haberla dejado abandonada su suerte por fanatismo por ambicion, habia comprendido que la amaba por el intenso dolor que le caus la ruptura del lazo simptico, ntimo y misterioso que le unia ella, al verla abandonada en su poder, sola en medio del silencio de la noche, experiment un sentimiento hcia doa Isabel que nunca habia experimentado por su causa: un sentimiento de deseo ardiente, voraz, impuro, en que la materia, sobreponindose al espritu, mandaba, como mandan los tiranos, sobreponindose la justicia, al deber, la generosidad. Una magia inconcebible se desprendia de doa Isabel y embriagaba mas y mas Yaye, acreciendo en su cerebro la fiebre, en sus sentidos el deseo. Hubo un momento en que toda su vida se concret en aquella mujer pursima y mas que pura hermosa, que tenia entre sus brazos; en que olvid su pasado, su presente, su porvenir; en que su alma recogida en un solo punto, ansi unirse, confundirse, anegarse en el alma de doa Isabel. Lentamente el semblante del jven, como atraido por una fascinacion poderosa, se acerc al semblante de ella: su brazo estrech con mas fuerza su cintura y lleg por fin un momento, en que aquellos dos semblantes se acercaron, en que aquellos dos pechos se estrecharon, en que la boca de Yaye, imprimi un solo y ardiente beso en la boca de la jven; beso abrasador, interminable, por el que se exhal todo el alma de Yaye, y que hizo volver en s de repente, por un misterio que nosotros ni aun pretendemos investigar, doa Isabel. Encontrse entre les brazos de Yaye, medio desnuda, flotantes los cabellos, estrechada de una manera delirante entre los brazos de un hombre, ay! demasiado adorado; sinti unos labios convulsivos y ardientes posados en sus labios, y se crey entregada un sueo; la razon de Isabel estaba perturbada: habia sufrido sucesivamente emociones demasiado fuertes para que pudiese darse una explicacion exacta de la situacion en que se encontraba; no supo si estaba soando si estaba despierta. Yaye, segun la expresion de un escritor contemporneo, se la arrebat vrgen su marido, Isabel fue enteramente de Yaye, sin saber si estaba despierta soando. Pero aquella felicidad era demasiado dolorosa, demasiado punzante, para que pudiese ser soada: doa Isabel, que dominada por una fascinacion extraa, habia concedido el nico hombre que habia sabido inspirarla amor, delirantes caricias, volvi realmente en s; aquella reaccion fue terrible; primero, apart lentamente Yaye, le mir, le reconoci, comprendi toda la verdad y se alz rugiente, excitada por su dignidad y por su virtud. Yaye, sorprendido, trmulo, porque comprendi que estaba colocado en esa indigna posicion del fuerte que abusa del dbil, pronunci en vano algunas palabras de disculpa. Doa Isabel le interrumpi, y le dijo con acento severo; pero profundo, y lleno de amargura y de desprecio: --Habeis sido tres veces infame conmigo: primero, fingindome un amor que no sentiais; despues, cuando ya mi alma era enteramente vuestra, abandonndome, sentencindome un sacrificio que jams podreis apreciar bien: despues, cometiendo la ltima de las infamias. Yaye quiso contestar; pero Isabel le hizo guardar silencio con un ademan supremo de desprecio. Luego tom lentamente el camino de los muros, se perdi lo lejos y entr en la ciudad sola, en aquella misma ciudad de donde Yaye la habia sacado pretendiendo salvarla, para perderla. Por qu no la habia seguido Yaye? Porque la amaba, porque la habia ofendido, porque comprendia con cunta razon le despreciaba doa Isabel; porque aquel desprecio le habia anonadado, cubrindole de confusion y de vergenza, y habia quedado inerte, sin fuerzas, en el mismo lugar donde se habia desplomado sobre l el desprecio de su vctima. Cuando ya habia pasado largo tiempo desde que habia desaparecido la jven, Yaye logr sobreponerse su fascinacion: se pas la mano por su frente calenturienta, y exclam: --Ah! he perdido toda esperanza! he sido infame con ella, y ella, la conozco bien: jams me perdonar! Y dos lgrimas solas, representando el despecho del jven, brotaron de sus ojos. Eran aquellas lgrimas hijas del amor y de la dignidad, del egoismo de Yaye? No lo sabemos. Porque acerca de un hombre tal que llamaba caridad al amor, amor al deseo y dignidad al amor propio, no es fcil aventurar suposiciones, sin exponerse incurrir en un error. Lo que nosotros creemos es que Yaye, educado para ser dspota, lo era. * * * * * Tom paso lento el mismo camino que antes habia tomado la desolada Isabel, y entr en el Albaicin. La casa de don Diego de Vlor, estaba aun ardiendo; pero los vecinos se ocupaban en apagar el incendio. Los moriscos habian desaparecido: por mejor decir, se habian ocultado, y las gentes de guerra del capitan general, los caballeros y vecinos honrados de la ciudad, con las armas en la mano, y tras ellos el corregidor y los alguaciles, con el presidente de la Chancillera y los alcaldes de casa y crte ocupaban el Albaicin. Sin embargo, de esta ocupacion, Yaye pudo llegar sin ser visto por callejas excusadas la casa de Abd-el-Gewar, aquella misma casa donde habia vivido tanto tiempo, que lindaba con la de don Fernando de Vlor y donde habia conocido doa Isabel. Abd-el-Gewar, que esperaba con ansiedad al jven, le recibi sollozando de placer entre sus brazos, y sin detenerse un punto, le hizo montar caballo y montando en otro, sali con l de la casa. Aquella era una medida prudente: no se sabia si habian sido presos algunos de los moriscos que conocian Yaye y Abd-el-Gewar, y hubiera sido harto imprudente no probar un medio de salvacion, antes de resignarse caer entre las manos de la justicia del rey. Cuando abrieron la puerta del huerto, se les present un hombre. --Deteneos, les dijo. Yaye ech mano un pistolete. --Nada receleis, dijo aquel hombre notando la accin de Yaye: soy don Fernando de Vlor. --Y qu quereis? dijo con aspereza Yaye. --Mi hermano don Diego ha sido preso; su casa incendiada y acometida esta noche; su esposa ha desaparecido, y mi hermana doa Isabel, acaba de presentrseme aterrada, trmula, entregada la mayor desesperacion: he sentido desde mi casa en el huerto vuestros caballos, cuando preparaba el mio, y puesto que vos, seor, sois emir de los monfes, os ruego que me permitais partir con mi hermana en vuestra compaa, y trasladarnos las Alpujarras, donde cuento conque me amparareis. --Cabalgad, don Fernando, dijo Abd-el-Gewar; pero cabalgad al momento; no tenemos un solo instante que perder. Yaye habia quedado en un profundo silencio. Poco despues Abd-el-Gewar y Yaye salian de la ciudad, por el portillo de la cerca de don Gonzalo, por donde antes habia sacado Yaye doa Isabel desmayada. Detrs iba otro ginete que llevaba sobre su arzon delantero una mujer que lloraba de una manera desconsolada. CAPITULO XXV. Cmo encontr Yaye su padre. Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron penetrar en la montaa, dieron vado su temor y mas descanso sus caballos. Amanecia en aquel punto. Atravesaban speros desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero rientes y magnficos bajo la difana luz de la alborada. Cuando Abd-el-Gewar se encontr ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo sobre la ladera de un monte que la sazon trepaban, y lanz tres vezes un grito agudo semejante una sea. A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfes. --El santo faqu! exclam uno de los que llegaron primero. --Y el poderoso emir nuestro seor, aadi el anciano sealando Yaye. --Que Dios proteja al emir! dijeron los monfes, inclinndose profundamente. --T eres wal? dijo Yaye dirigiendo la palabra uno de los monfes, que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros. --S, poderoso seor, contest inclinndose de nuevo y mas profundamente el preguntado. --Cuntos hombres acaudillas? --Cincuenta valientes muslimes, seor. --Pues bien, dijo Yaye, sealando como con miedo y apartando de ellos la vista, don Diego, que habia detenido algunos pasos su caballo, y doa Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel que ves all es don Fernando de Vlor: aquella dama su hermana. Quedaos con ellos; acompaadles y llevadles donde quieran ser conducidos en seguridad. --Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el encargo de Yaye. --Resguardareis, pues, y conducireis don Fernando y su hermana, Andarax, con seguridad: lo entiendes, wal? --Si seor. --Ahora, cuatro de vosotros adelante hcia mi alczar, dijo Yaye. Cuatro monfes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron trepar gran paso por la ladera. --Adios, exclam Yaye, saludando de una manera indeterminada don Fernando y doa Isabel. --Que l os proteja, seor, dijo el jven. Doa Isabel guard un obstinado silencio; pero don Fernando la sinti extremecerse. Yaye y Abd-el-Gewar picaron sus caballos, y desaparecieron muy pronto por un recodo de la montaa. Al mediar el dia llegaron al pinar en cuyo centro se encontraba la cueva por donde se entraba al alczar subterrneo. Pero con gran asombro de Abd-el-Gewar, encontr delante del pinar un ejrcito acampado: los monfes, extendidas sus atalayas por las lomas inmediatas rodeaban el bosque. Los dos viajeros se vieron obligados darse reconocer de punto en punto, hasta que llegaron una magnfica tienda, alzada en medio del bosque, en el centro de un claro. Habia impresionado Yaye y al anciano, el aspecto de profunda reserva y de sombra tristeza que se notaba en el semblante de todos, singularmente en el de los capitanes; no era aquel el aspecto ni de un ejrcito que hubiese sido vencido, ni que esperase al enemigo. --Qu significa esto? dijo Abd-el-Gewar uno de los wales. --Dios lo quiere, santo faqu! contest gravemente el moro. --Que Dios lo quiere! y esa tienda alzada en medio de ese bosque? --Los mdicos han dicho, que el poderoso Yuzuf, quien Dios salve, necesita aire puro que no encontraria en el subterrneo. --Pues qu!... exclam con ansiedad Yaye. El wal no conocia personalmente al jven, que aunque emir por la abdicacion de su padre, no habia tenido tiempo de darse conocer de todos los monfes. Por lo mismo, el wal, que no sabia con quien hablaba, contest: --Nuestro valiente y magnnimo emir, Yuzuf, est las puertas de la muerte, consecuencia de una herida que recibi anoche en la cabeza en el desfiladero de Dar-al-Huet. Yaye no acab de escuchar al wal, exhal un grito salvaje, se arroj del caballo y se precipit en la tienda. Yuzuf estaba postrado en el fondo de ella, en un lecho, y rodeado de mdicos. Estos abundaban entre los monfes, porque los moros, lo mismo que los rabes, eran muy dados al estudio de la medicina y de las ciencias naturales. Yaye se precipit al lecho y asi las manos de su padre, al que mir de una manera anhelante. Yuzuf, pesar del estado en que se encontraba, le reconoci y sonri lnguidamente. --Ah! la misericordia de Dios es infinita! exclam alzando los ojos al cielo; el Altsimo no ha querido que yo muera sin verte, hijo mio; sin hacerte conocer mi ltima voluntad. Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta. --Ah! eres t, tambien, mi buen amigo, mi hermano! aadi Yuzuf viendo Abd-el-Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de dolor y de sorpresa, estaba de pi algunos pasos del lecho: bien venido seas recibir mi ltima despedida, santo faqu. Pero en estos momentos, t, Abd-el-Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa. Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y lloraba sobre las manos de su padre. --El Altsimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con acento solemne y tranquilo Yuzuf. El da la victoria y l la quita! suyos somos, y como dueo dispone de nosotros! No llores, Yaye: las lgrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es necesario secar el llanto, para pensar en la venganza. --Os vengar, padre mio; exclam Yaye alzando fieramente la cabeza, y mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus lgrimas el fuego de un volcan. Os vengar, primero del infame don Fernando de Vlor, despues de los cristianos. --Escchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de vida. No es don Diego de Crdoba y de Vlor el que nos ha hecho traicion. --Quin es, pues? --Un infame castellano quien yo habia amparado; un capitan de infantera espaola, llamado Alvaro de Sedeo. --Ah! exclam Yaye. --Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres. Yaye lanz toda su vida sus oidos. --Esas dos mujeres son la esposa y la hija de un hombre, que, como yo, lucha contra los espaoles: ese hombre, rey como yo, de un pueblo valiente, es nuestro aliado natural: ademas, ese hombre debemos mucho, y t podrs deberle mas: es riqusimo; tiene tesoros inmensos. Yaye escuchaba con suma atencion su padre. --Ademas, Yaye, continu Yuzuf; tu proyectado enlace con doa Isabel de Vlor, es ya imposible, porque doa Isabel est casada. --Pero dcese que ha muerto Miguel Lopez. --No, Miguel Lopez vive: vive en un lugar donde te conducir cualquiera de nuestros wales, solo conque le digas que quieres ir la morada del cazador de la montaa. --Y quin es ese cazador? --Ese cazador es Calpuc, el rey del desierto de Mjico. --Ah! y ese es el padre de Estrella? --Conoces t la hija de Calpuc? --Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder. --Y esa mujer!... --Es noble y pura. --Hermosa?.... --Como un ngel. --Sea tu esposa, Yaye. --Mi esposa?... Y doa Isabel?... --Doa Isabel! Una mujer casada!... Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: s esposo de Estrella. Yaye qued profundamente pensativo. --Los oprimidos deben unirse los oprimidos, continu Yuzuf: ademas, la amistad de Calpuc ser preciosa para t. Cuando yo muera, que ser muy pronto, busca primero Calpuc, dile que ponga en libertad Miguel Lopez; entrega despues su hija ese hombre; no te pregunto cmo te has apoderado de esa mujer, ni dnde has estado oculto durante quince dias. Te he vuelto ver y esto me basta: creo ademas en tu honor y en tu virtud. Recuerda bien: vngame y vngate de ese capitan infame, procura la amistad de Calpuc, y el amor de su hija, y en cuanto lo dems, lo que como padre debo aconsejar al emir de un pueblo que lucha, y que lucha con tan justa causa como el nuestro, escrito est en estos pergaminos: ellos guardan mi voluntad. Espero que la cumplas. Es lo que conviene nuestra patria, que tiene derecho exigirnos toda clase de sacrificios. Grava bien en tu memoria las ltimas palabras que voy decirte: un rey debe sacrificarlo todo por su pueblo: su corazon, su felicidad domstica, su vida, y si es preciso Yaye... hasta su honor. Yuzuf entreg el rollo de pergaminos Yaye que se habia arrodillado para escuchar las ltimas palabras de su padre: este tendi las manos sobre l y le bendijo. * * * * * * * * * * Aquella noche Yuzuf, el valiente, el magnifico, el vencedor, como le llamaban los monfes, muri, y Yaye fue proclamado de nuevo emir de las Alpujarras. CAPITULO XXVI. Procedimientos judiciales. El dia siguiente al de la malograda tentativa de los moriscos, no se hablaba en Granada de otra cosa que del peligro en que habia estado la ciudad; decanse los nombres de los que habian sido presos, de los que probablemente serian ahorcados y de las precauciones que habia tomado el capitan general para que no volviese reproducirse el peligro en que, durante algunas horas, habia estado Granada. Decase, ademas, que la justicia se habia apoderado del cadver de un capitan de infantera espaola, que habia sido encontrado muerto estocadas en su propia casa y de la persona viva del que le habia matado. Aadian que don Diego de Crdoba y de Vlor, andaba envuelto en aquella causa, que su hermano don Fernando, su esposa doa Elvira, y su hermana doa Isabel habian desaparecido, y por ltimo, que de la casa de don Diego de Vlor no habian quedado en la calle del Agua mas que escombros denegridos. Hablbase tambien con suma variedad de accidentes y en detalle, de cmo el duque de la Jarilla, poderoso seor que hacia muchos aos estaba retirado de la crte, en la pequea ciudad de Guadix, habia encontrado muerta su hija, quien habia perdido, encuentro que habia tenido lugar en ocasion de acudir el duque con sus escuderos al llamamiento que habia hecho el capitan general los caballeros hidalgos del reino contra los moriscos, y todas estas noticias se comentaban, se alteraban, y tenian en espectativa de los sucesos que podrian sobrevenir, los curiosos y desocupados. Pero nadie hablaba una sola palabra acerca de que el emir de los monfes, con algunos de sus vasallos, se hubiese encontrado en Granada la cabeza del alzamiento, y por otra parte, los moriscos que habian sido presos en las avenidas de la parte baja de la ciudad, eran gente vulgar, que solo conocian aisladamente sus capitanes, y estos habian huido, ponindose en salvo en las breas de las Alpujarras, y hacindose por necesidad monfes. Nada resultaba, pues, en el proceso abierto por la Chancillera, bajo la presidencia del capitan general, ni contra Yaye, ni contra el Homaidi, ni contra ninguno de los xeques y capitanes que habian provocado y pustose al frente de la rebelion. _El ltimo mono se ahoga_, dice un adagio vulgar, y esto cabalmente aconteci entonces: los instrumentos, los que nada sabian, los que por no saber nada habian quedado abandonados si mismos y presos, pagaron la culpa de los otros, siendo ahorcados los unos, y sentenciados galeras los otros. Vertido aquel chorro de sangre sobre la efervescencia revolucionaria de los moriscos, el capitan general y la Chancillera, opinaron que no era prudente extremar el rigor, y aunque habia muchos moriscos notoriamente sospechosos y contra los cuales podian haberse fulminado terribles procesos, se ech tierra al negocio, como se habia echado sobre los cadveres de los ajusticiados, y no se volvi hablar mas de ello. Quedaba, sin embargo, un preso de consideracion, una cabeza ilustre, casi rgia, sobre la que estaba levantada la espada de la justicia. Esta cabeza era la de don Diego de Crdoba y de Vlor, contra el que obraba la terrible carta que habia presentado al capitan general Alvaro de Sedeo. Pero don Diego gast tan tiempo y en tanta cantidad su dinero, sirvindole de agente su buen amigo el marqus de la Guardia; era tan benvolo y compasivo el capitan general, que la carta presentada por el capitan Sedeo, pas sin dificultad por falsa, y como no habia contra l otra prueba, como, por otra parte, el capitan Sedeo habia aparecido monf y traidor por los papeles que se encontraron en su casa, tvose aquella carta por apcrifa, por un nuevo delito de Alvaro de Sedeo, sobreseyse en la causa; pero con la condicion de que don Diego se confesase pblicamente vasallo del emperador, fiel, leal y dispuesto verter toda su sangre en su servicio, asi como ardiente cristiano, catlico, apostlico romano. Del mismo modo se levant mano respecto su hermano don Fernando, quien, mediante la misma confesion, se permiti volver vivir libremente en Granada. Se nos olvidaba decir que habia contribuido en gran manera esculpar don Diego, la circunstancia de haber incendiado y saqueado su casa los moriscos la misma noche del alzamiento, circunstancia en que insistieron con gran ahinco los letrados defensores. Don Diego, pues, hubiera sido puesto inmediatamente en libertad, no ser porque, durante el tiempo de su prision, habia caido sobre l una acusacion terrible: la de asesinato contra su cuado Miguel Lopez. Esta acusacion habia provenido de Calpuc, mejor dicho, la conciencia de Calpuc habia sido la causa ocasional de aquella acusacion. En el momento en que Calpuc se vi preso y encerrado, imposibilitado por lo tanto de ir cuidar, como se habia propuesto, de Miguel Lopez, contando con su libertad, pens en que, pesar del dolor en que le habia sumergido la muerte de su esposa y la prdida de su hija, l, que no habia cometido durante su vida ninguna infamia, no debia cometerla en el momento en que de una manera tan dura le oprimia la mano de la desgracia; pens tambien que necesitaba toda la proteccion de Dios, primero para alcanzar su libertad, despues para encontrar su hija, y que, para que Dios le protegiese, debia obrar como bueno: asi, pues, pidi con insistencia que le tomaran declaracion para hacer una revelacion importante, y creyendo el capitan general y la Chancillera que esta revelacion seria referente la rebeldia de los moriscos, se apresuraron enviar un alcalde de casa y crte, acompaado de un escribano, al calabozo de Calpuc. Este declar que estaba en su poder Miguel Lopez, refiri las circunstancias por medio de las cuales el morisco habia dado en sus manos, cuando le salv de los monfes, y di tales y tales seales del lugar en donde Miguel Lopez se encontraba, que parecia no podian equivocarse los que fuesen enviados en su busca; pesar de esto, los emisarios enviados por la justicia, mal enterados torpes, no dieron con el subterrneo; volvieron; en atencion lo grave del asunto, decret la Chancillera, que el mismo Calpuc, bien asegurado y escoltado, fuese en demanda de Miguel Lopez, y al fin, y despues de tres dias desde la primera declaracion de Calpuc, y de cinco desde que se habia separado el megicano de Miguel Lopez, la justicia pudo penetrar en el subterrneo. Entonces se vi una cosa horrible: junto la puerta de hierro, entrando, en lo mas alto de la escalera, se encontr Miguel Lopez muerto de hambre, mordindose un brazo, con el que sin duda el desventurado habia querido alimentarse, y reconocido el cadver, se encontraron sobre su pecho seis heridas profundas que empezaban cicatrizarse. Reconocido el subterrneo, se encontr un lecho revuelto, y sobre una mesa, junto una lmpara apagada y exhausta, un papel escrito con letra gorda y ruda en que se leia: He cometido grandes crmenes, y la mano de Dios me castiga: muero aqu en este calabozo mal herido, y de hambre: hace tres dias que el hombre que me salv de los monfes, que me trajo aqu y que me cur, salvndome del rigor de mis heridas, no ha vuelto. Debe haber sucedido alguna desgracia ese hombre cuando no ha venido cuidar de m. Si no vuelve pronto conozco que no tardar en morir y quiero dejar la suerte mi venganza. El hombre que me ha traido aqu y que me ha cuidado, es inocente de mi muerte, y debo confesar, porque mi conciencia me lo manda, que l me salv del pual de los monfes. Mi asesino es don Diego de Crdoba y de Vlor quien mi muerte importaba. Que nadie mas que don Diego se haga cargo de mi muerte, si por un milagro de Dios, cae este papel en manos de la justicia. Pido asimismo perdon doa Isabel de Crdoba y de Vlor por el mal que he podido causarla, obligando su hermano don Diego que la casase conmigo, y como enmienda de mi delito la dejo por heredera de todos mis bienes. Rogad Dios por m para que me perdone. En las entraas de la tierra, no s qu dia ni qu hora.--Miguel Lopez. Sigui la justicia en el reconocimiento de aquel lugar y encontr en el arcon negro, libros de devocion, y un papel autorizado por los religiosos dominicos fray Luis de Saavedra y Diego de Rojas, cuyo contenido era la abjuracion de la idolatra y su conversion al cristianismo de Calpuc, rey del desierto mejicano. Hallronse ademas algunas ricas ropas, y en un rincon del arca, como un centenar de doblones de oro. Recogi todo esto la justicia, incluso el cadver de Miguel Lopez, se volvi con el vivo y con el muerto Granada, encerr de nuevo al primero, enterr al segundo, despues de haber hecho constar su identidad por medio de sus parientes y conocidos, y guard, para unirlos al proceso de Calpuc, los dos papeles hallados en el subterrneo. Aquellos dos papeles favorecian en sumo grado Calpuc; pero la justicia es muy suspicaz y no dndose por satisfecha con ellos de la inocencia del mejicano, hasta que la autenticidad de aquellos papeles fuese comprobada, le hizo cargo de la muerte de Miguel Lopez. Calpuc apel otra prueba: la carta que Miguel Lopez le habia entregado para su esposa doa Isabel, en que se acusaba de aquel asesinato don Diego, y la sortija que en aquella carta mandaba Miguel Lopez doa Isabel entregase Calpuc. Pero doa Isabel estaba ausente y no se sabia donde paraba: enviaronse requisitorias las Alpujarras y al fin doa Isabel fue encontrada en Mecina de Bombaron por los sabuesos de la justicia, y hecho registro repentino en su casa, se la encontr, entre algunas cartas de amores de un tal Juan de Andrade, la carta de Miguel Lopez, citada por Calpuc. Compulsada aquella carta con documentos indubitables, escritos y firmados por Miguel Lopez, los peritos nombrados declararon por unanimidad, que aquella carta era de puo y letra del difunto y por lo tanto legtima. La acusacion, pues, del asesinato de Miguel Lopez recay sobre don Diego de Crdoba y de Vlor, en el momento en que iba ser puesto en libertad, absuelto de la otra causa de traicion contra Dios y contra el rey. Preguntados los lacayos que acompaaron don Diego en su viaje con Miguel Lopez las Alpujarras, declararon que nada sabian; pero puesto la prueba del tormento uno de ellos, declar que habia llevado una carta un ventero de las Alpujarras cerca de Orgiva, que por indicios habia sospechado que se tramaba algo contra Miguel Lopez, y que solo don Diego era su parecer el que habia andado en aquel asunto. Reconocida, por declaracion de Calpuc, la rambla de los Gamos, se encontraron los siete monfes ahorcados de la encina, muertos y medio deborados por las aves carnvoras, y pendiente del cuello de cada uno de ellos un pergamino con la sentencia del emir de los monfes escrito en rabe, como asesinos de Miguel Lopez, y una bolsa con veinte y cinco doblones de oro. Los monfes, temiendo la justicia del emir, habian respetado aquellas bolsas; pero la justicia castellana las recogi como cuerpos de delito, y apesar del estado en que se encontraban los monfes, los descolg de la encina y los llev la plaza de Orgiva para ver si alguno los reconocia: en uno de ellos, cuyo rostro estaba mas conservado que el de los otros, algunos de los vecinos del pueblo reconocieron al ventero del camino de Granada, que cabalmente habia desaparecido algunos dias antes. Esto parecia bastante para esculpar de todo punto Calpuc; pero la justicia le hizo cargo de haber detenido al herido en su poder. Calpuc contest que el estado del herido le habia obligado no llevarle ninguna poblacion, por estar todas mas distante que su asilo, y de no haber dado parte la justicia por no haber podido separarse de l. Mediaron algunos cientos de doblones ofrecidos discretamente la justicia, y se absolvi Calpuc de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez, recayendo todo el peso de este en don Diego de Vlor. Pero como este permaneciese negativo, y por ser hidalgo no pudiese sujetrsele al tormento, la Chancillera encontr que, si bien no habia pruebas bastantes para ahorcarle, habia las bastantes para sentenciarle galeras. Don Diego fue, pues, degradado, privado de su oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, confiscados sus bienes, y condenado por diez aos las galeras de su magestad. Pero, aadia la sentencia: en atencion que el padre y el abuelo del don Diego, sirvieron buena y fielmente los aos pasados los seores reyes catlicos y la seora reina doa Juana, manda la sala, que si doa Elvira de Cspedes, esposa del dicho don Diego, diere luz un hijo dentro de los nueve meses posteriores esta sentencia, no recaiga sobre el dicho hijo la infamia de su padre, que herede sus bienes, y si fuese varon, el oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, de que estaba en posesion el don Diego. Esta sentencia estaba fechada en el mes de setiembre del 1546. El dia 15 de marzo de 1547, doa Elvira de Cspedes, di luz un hijo, que se llam don Fernando de Vlor, y hered los bienes y el regimiento de su padre con arreglo la anterior sentencia. Don Diego de Vlor no quiso publicar su deshonra y dej que heredase su nombre y sus bienes un hijo que no era suyo. Porque es de advertir que, segun la fecha del nacimiento de don Fernando, debi ser concebido por su madre, durante la ausencia de don Diego y su permanencia en el alczar del emir de los monfes. Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar supo, por una amenazadora carta de doa Elvira, este nacimiento, se estremeci, porque no podia dudar, ni aun por asomo, de que don Fernando de Vlor era hijo suyo. Quince dias despus, Yaye recibi otra carta: era de doa Isabel de Vlor: antes de leerla le llen de alegra y despues de leerla de espanto. Aquella carta tenia sobre s muchas lgrimas. Seor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido con que os dsteis conocer de m: perdonadme tambien si os escribo, porque... mas de que la crueldad con que me tratsteis la noche que me salvsteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me obligaria siempre guardar con vos un silencio provocado por vos mismo, s que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compaera. Pero un sagrado deber me obliga escribiros. Vuestro delito ha dado resultados funestos. Acabo de dar luz un hijo... un hijo quien han bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que no es su padre... lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro hijo... un dolor y un placer que Dios me envia un tiempo... porque no pudindoos amar, os amar en l. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios con l el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo he debido decir voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de quien creeis; os engaais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adltera, porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del mundo, y sobre todo, para envilecer nuestro hijo, que es inocente. Yo tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme, y me creeis, porque no podeis dudar de m. Sin embargo, yo no os escribiria, si al dar el primer beso mi hijo no me hubiese asaltado un terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... Oh! me he estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he tenido fuerzas para rogar Dios. Oh! si un dia vos, emir de los monfes, os vierais frente frente con un hijo de los Vlor, con un hombre que puede creerse con derecho la corona de Granada! Quemad, quemad esta carta, seor, despues de que la hayais leido. Comprended los motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben-Aboo es vuestro hijo... por lo dems, yo no os maldigo... yo os amo... os amo con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jams ser vuestra... jams; aunque enviudrais, aunque desfalleciseis de amor y de deseo mis pis, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos para nuestro hijo. Vos sois poderoso, seor; protegedle, protegedle y evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crmenes que pudieran resultar del crmen que cometsteis contra mi.--Mesina de Bombaron 31 de marzo de 1547.--Doa Isabel de Crdoba y de Vlor. Yaye sinti que su corazon se rompia al leer esta carta: conoci que su amor, su alma entera pertenecian Isabel; al saber que doa Elvira de Cspedes habia dado luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doa Isabel era madre, su corazon se quem de una manera horriblemente dolorosa en un nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba torturndole: en un amor que era al mismo tiempo para l un remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendi cunto decia para l la acusadora carta de doa Isabel, en la frase de aquella carta en que doa Isabel juraba que aunque muriera de amor sus pis no seria suya, comprendi que doa Isabel estaba segura de su amor, que creia en l como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo iria mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno colocado entre l y doa Isabel. Y entonces volvi con desesperacion la vista su pasado de un ao: vi en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de s con desprecio; record con el alma llena de amargas lgrimas, aquella noche que tan duramente rechaz por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: mir su presente y vi junto s una vctima: doa Estrella de Crdenas, duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con quien se habia casado sin amarla, por ambicion. Yaye cerr los ojos tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre s mismo, lanz una carcajada de loco y exclam: --La felicidad ha muerto para m; pero me queda la embriaguez de la grandeza; luchar, vencer, conquistar un imperio, y ahogar mis dolores, en el mar de mi gloria. Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guard la carta de doa Isabel, junto la que le habia escrito doa Elvira de Cspedes, manifestndole que don Fernando de Vlor era su hijo. Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo encargaban doa Isabel y doa Elvira. CAPITULO XXVII De cmo fu el casamiento de Yaye. Hemos dicho al final del capitulo anterior que Yaye se habia casado con doa Estrella de Crdenas, duquesa de la Jarilla. Para demostrar la causa de la nueva situacion en que se encontraban estos dos importantes personajes de nuestra historia, nos vemos obligados, muy pesar nuestro, meternos de nuevo en el rido terreno de las investigaciones judiciales. De buena gana saldriamos del paso diciendo que mediante pruebas bastantes, don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla, habia reconocido por su nieta Estrella... pero no nos atrevemos ello, temerosos de que algun lector nos acuse de haberle defraudado de las minuciosidades del reconocimiento. Abordamos, pues, el frrago que nos condena en esta ocasion nuestro oficio y empezamos. Estaba en su casa don Gabriel Coloma, marqus de la Guardia, acabando de dejarse enhevillar su coselete por su escudero, el mismo dia en que entr en Granada el duque de la Jarilla, y se preparaba montar caballo para ponerse las rdenes del capitan general como buen vasallo de su magestad, cuando entr por las puertas de la cmara un hombre lloroso, plido, asustado, en quien reconoci al escudero de uno de sus mejores amigos. --Qu os sucede, seor Gabriel Saez? le dijo el marqus. --Qu me ha de suceder, triste de m, contest el preguntado, sino que mi amo est entre la vida y la muerte? --Diablo! exclam el marqus, ponindose serio, que el duque est en peligro de muerte? y donde? --Aqu, en el Albaicin, en una casa junto San Gregorio el Alto. --Pues perdonen el capitan general y su magestad, y suceda lo que quiera, dijo el marqus deshevillndose por si mismo el coselete y arrojndole; vamos ver vuestro amo. Habeis venido caballo, seor Gabriel Saez? --Si seor. --Pues adelante. Y sin decir mas palabra, sali, seguido de Saez, baj al patio, mont en un caballo que le tenian preparado, mont en su mula Saez, y saliendo de la casa, llegaron en muy poco espacio la en que, despus de su accidente, habia sido recogido el duque de la Jarilla, y delante de su lecho. Habia vuelto en s el duque; pero se encontraba en un estado deplorable, y hasta tal punto, que los mdicos habian prohibido que se le hablase, ni se le excitase. Pero no sabian los mdicos que tenian que luchar con un carcter de hierro, hasta que, para no excitarle mas, se vieron obligados permitir que el enfermo hiciese lo que quisiese. Por resultado de esto, Saez fu llamar al marqus de la Guardia, y este se encontr delante de su viejo amigo. --He encontrado mi hija! exclam con precipitacion el duque, en cuanto vi al marqus y antes de que este pudiese hablar una palabra. --A vuestra hija! la que os robaron hace tantos aos los indios mejicanos? --S, s! la he encontrado! exclam creciendo en su anhelo el duque. --Pues me alegro, vive Dios! me alegro! exclam el marqus. --Pero la he encontrado muerta! muerta! Y el anciano rompi llorar. El marqus se mordi la lengua. --Ira de Dios! dijo, y yo que me habia alegrado! --Muerta! repiti con desesperacion el duque. Comprendeis, lo que es para un padre encontrarse muerta una hija quien he llorado por espacio de veinte y dos aos: muerta y miserable! --Pero cmo ha sido eso seor? exclam el marqus que estaba atortolado incmodo por aquel duelo que se le habia venido encima, l, que era el hombre mas alegre del mundo y que mas aborrecia los llantos y los gemidos. --Cuntaselo t, Gabriel, dijo el duque, t que no eres su padre y recordars mejor. El escudero cont al marqus circunstanciadamente su encuentro imprevisto con el cadver de doa Ins, la conversacion con el alguacil Picote, y el accidente de su seor. --Con que resulta, dijo el marqus, que teneis una nieta, don Juan. --S; s seor; que tengo una nieta, y que esa nieta se ha perdido. --Pero no est preso el hombre que mat al capitan Sedeo? --Si, si por cierto. --Pues bien, dijo el marqus, por el hilo se saca el ovillo, y ya que la muerte de vuestra hija no tiene remedio, procurad vivir para vuestra nieta. --Es necesario que mi nieta parezca, dijo el duque. --Si, es preciso, repiti maquinalmente el marqus. --Y os he llamado para que la busqueis, don Gabriel. --Para que yo busque vuestra nieta? --Si por cierto. No veis que yo estoy sujeto en este lecho de maldicion? El marqus de la Guardia medit que tenia un pretexto para escapar de aquella situacion que le fastidiaba y se apresur decir: --Habeis hecho bien en acordaros de m, don Juan, y en el momento voy hacer las primeras diligencias. No decs que ese alguacil con quien hablsteis, vive en la Caldereria y que se llama Picote? --Si seor, contest Saez. --Pues bien, voy al momento ver al alguacil. Reposad vos entre tanto y sed dcil lo que os ordenen los mdicos. El alguacil Picote... en la Caldereria... adios, don Juan, hasta la vista. Y escap, mont caballo y se alej buen paso, burlando Saez que queria darle algunas instrucciones. --Ira de Dios! exclam el marqus: pues chese vuesamerced buscar nias perdidas! encrguese de un negocio en que habr pleito y ruido! porque los parientes del duque no se han de dejar arrancar la herencia! Bah! que se componga all como pueda mi viejo amigo: por hoy tengo pretexto con la jarana que se prepara; despues... despues... don Juan se muere dentro de veinticuatro horas, sino le queman antes los moriscos, y asunto concluido. De repente, un pensamiento como suyo vino hacer variar de resolucion al marqus. --Diablo! dijo: y si la nia perdida fuera una buena moza? Este pensamiento bast para que el marqus hiciese variar de direccion su caballo y se pusiese en demanda de la Calderera y del alguacil Picote. Lleg, y como todo el mundo conocia en la vecindad al tal ministro, el marqus se encontr en un zaquizami, delante de una robusta moza como de veinte y seis aos, quien por todo saludo tom la cara. Esto demostraba que la esposa de Picote estaba sola, y que era mujer de buen empaque. A las pocas palabras el marqus se entabl en la casa y obtuvo una doble cita; una para el marido y otra para la mujer. [imagen: El marqus de la Guardia.] Al salir el marqus se atus el vigote, mont caballo y se alej murmurando. --Pues seor, los principios de mi aventura no son malos: yo no conocia la mujer de ese alguacil, y es una moza completa la mujer del tal Picote. En seguida el marqus fu presentarse al capitan general. * * * * * Al dia siguiente Granada estaba tranquila, y el marqus pudo dar algunas esperanzas su amigo y seguir en sus investigaciones. Entre tanto la justicia, instancias del duque de la Jarilla, habia careado Calpuc con el cadver de su esposa; se habian comprobado el rizo negro y el pedazo de sbana; el mejicano habia declarado que aquel cadver era el de su esposa; que tenia una hija llamada doa Estrella; que era cristiano, como eran cristianas su esposa y su hija; refiri, en fin, su historia entera: present como comprobantes su partida de desposorio, y la partida de bautismo de su hija, y cit el acto de su retractacion de la idolatra, que se habia encontrado en el subterrneo de las Alpujarras, autorizados los tres documentos por las venerables firmas de los dos religiosos dominicos, fray Luis de Saavedra y fray Diego de Rojas: declar asimismo que al venir Europa y Espaa, habia dado libertad los dos religiosos: que uno estaba en la casa de su rden de Salamanca, y el otro en la de Avila. Llamaron los dos religiosos, que por fortuna vivian, y estos decidieron la cuestion declararon unnimemente, que Calpuc era rey del desierto mejcano, que en sus mismos dominios habia profesado, aunque secretamente, la religion catlica; que se habia casado con la dama cuyo retrato despues de muerta se les presentaba; que siempre habian oido decir aquella dama, que era hija del adelantado de la frontera del desierto, duque de la Jarilla; que tenian los esposos una hija llamada doa Estrella, muy semejante su madre, y por ltimo, que el capitan de infanteria Alvaro de Sedeo, cuyo retrato, aunque de su cadver, reconocian, las habia arrebatado Calpuc diez aos antes. Hemos hablado de los retratos de los dos cadveres: estos se habian mandado hacer por la Chancilleria, por no encontrarse medio para conservar los cadveres durante una tan larga probanza. Aquellos dos retratos, pues, eran dos testimonios pintados, legalizados en forma. Los herederos del duque habian interpuesto su accion pretendiendo probar que aquel cadver no era el de doa Ins de Crdenas; pero tales fueron las pruebas y los doblones del duque y de Calpuc, que la verdad resplandeci despecho de los herederos que temian, no por doa Ins, que no podia heredar, sino por aquella hija de doa Ins, que podia parecer de un momento otro. [imagen: gentilmente hacia Estrella.] En cuanto Calpuc, libre de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez, no resultando contra l ninguna prueba de traicion al rey, y teniendo en su abono su conversion y sus desgracias, la Chancilleria opin que la muerte que habia dado al capitan Sedeo, merecia en gran parte disculpa, y, mediando el indulto del emperador por ciertos extremos que necesitaba indulto, fu puesto en libertad, como asimismo el platero Franz, contra el cual no resultaba mas cargo que haber acogido Calpuc. Adems de esto, el duque de la Jarilla se habia restablecido un tanto, aunque envejeciendo diez aos, y todo iba bien, menos el asunto de que se habia encargado el marqus de la Guardia: esto es, el encuentro de Estrella. En vano el alguacil Picote, de cuya casa con lo mejor que contenia, esto es, su mujer, se habia apoderado el marqus, revolvi, y fu y vino por s mismo y por medio de sus compaeros. Eran pasados dos meses desde la muerte de doa Ins, y su hija Estrella no parecia. La jven, que habia venido ser la cuarta estrella de la casa en que vivia, y la mas hermosa (nosotros tenemos los retratos de las otras tres estrellas en nuestra carpeta), doa Estrella decimos, vivia triste y creyndose abandonada por Yaye, aunque asistida como una reina por Harum. Desde la noche en que Yaye se habia separado de ella, no le habia vuelto ver ni recibido noticias suyas. Esto consistia en que Yaye, por razon de la muerte de su padre, habia entrado de lleno en la posesion de su alta dignidad de emir, y en que necesitaba, no solo darse conocer como valiente sus monfes, sino tambien vengar en los cristianos de las Alpujarras la muerte de Yuzuf. Durante aquellos dos meses, incendi, saque y ensangrent algunas villas con gran contento y aplauso de los monfes, que vieron que Yuzuf habia sido dignamente reemplazado por su hijo, y en todo este tiempo Yaye no se cuid de otra cosa, ni envi noticias suyas Harum, ni se las pidi de Estrella. Esta, por orgullo, no preguntaba por Yaye: Harum, que miraba con un profundo respeto la jven, como todo lo que provenia del emir, tampoco la hablaba sino cuando ella le dirigia la palabra, obedeciendola, de una manera ciega. Durante algunos dias, la enamorada jven lo esper todo de Yaye; pero pas una semana y otra y un mes, y Yaye no parecia. Entonces Estrella se decidi obrar por si misma; provocar un conocimiento extrao, por medio del cual pudiese ponerse en contacto con su abuelo el duque de la Jarilla. Mand Harum que la procurase ropas de calle, un libro de devociones y un manto. Harum le procur todas estas cosas. Cuando Estrella las tuvo, le dijo que queria ir todos los dias misa la parroquia mas prxima. Harum, aunque con repugnancia, acompa desde entonces misa todos los dias por la maana Estrella, llevndola la iglesia de San Gregorio el Alto. Durante ocho dias, Estrella que habia contado con su juventud y su hermosura para procurarse un noble conocimiento que la sirviese para dar con su abuelo, not que la iglesia de San Gregorio, la mas alta y lejana del Albaicin, solo concurrian pobres gentes y toscos trabajadores, que se asombraban de ver todos los dias una dama tan hermosa, en aquella iglesia donde no acostumbraban ir damas. Estrella pidi Harum que la llevase una iglesia mas concurrida. Harum, por mas que le disgustase este afan de dejarse ver, en una dama por la cual podia interesarse su seor, aunque solo le habia mandado que la obedeciera como si fuera su hermana, la llev la colegiata del Salvador; pero aunque en aquellos tiempos era la tal iglesia muy concurrida, iba ella la jven demasiado temprano para encontrar en ella gente noble. Entonces pregunt Harum que hora concurria la iglesia la gente principal. Harum la contest un tanto contrariado, que la misa de hora. --Pues, bien, dijo Estrella; quiero ir la misa de hora. --Para ello ser necesario que vayais mejor prendida, en litera, y con noble servidumbre, observ Harum. --Pues bien; comprad lo que fuere menester. Harum procur Estrella nobles y ricos trages y una litera de crte y la hizo acompaar por sus monfes disfrazados de pajes, que la llevaban el cogin y la silla: no bastando para estos gastos el dinero que le habia dejado Yaye, Harum se vi obligado empear sus mejores prendas. Pero Estrella fue vista y admirada el domingo inmediato por la gente mas noble de Granada. Sin embargo, durante tres dias de fiesta, aunque la miraron con codicia muchos hidalgos jvenes y viejos, y aunque Estrella, que ansiaba tener un instrumento de quien valerse, no fuese muy esquiva de semblante, ninguno, al verla tan bien acompaada y por un hombre tan cegijunto como Harum, se atrevi seguirla ni ponerse en conquista. Pero la fama de la hermosa desconocida cundi entre lo que podia llamarse entonces buena sociedad, por boca de damas y galanes, y lleg oidos del marqus de la Guardia. Don Gabriel jams dejaba de acudir all donde se presentaba un nuevo sol entre los soles conocidos, y tanto oy ponderar la belleza y el boato de la incgnita, que al primer dia de fiesta, se ali, se ti las canas, se puso sus mejores prendas, y antes de la misa de hora fu plantarse junto la pila del agua bendita en la iglesia del Salvador. Ya estaba cansado el marqus de ofrecer agua todas las damas conocidas suyas, jvenes y viejas, que iban entrando sucesivamente, cuando se present Estrella. Al ver el marqus una jven tan hermosa, tan bien prendida, tan noblemente acompaada, y quien no conocia, dijo para s: --Esta debe ser la famosa incgnita. Y sumergiendo dos dedos de su mano diestra en la pila, adelant gentilmente hcia Estrella, la salud con una sonrisa tal y tan noble como quien ellas estaba acostumbrado, y la ofreci el agua bendita. Estrella la tom con suma gracia y pas sonriendo levemente al marqus, y desplomando sobre sus ojos una mirada, que poco mas hace un destrozo en el corazon de don Gabriel. --Decididamente, dijo este, cuando se hubo repuesto: es la mujer mas hermosa que he visto en toda mi vida. El marqus no oy misa, ni vi otra cosa que Estrella que se habia arrodillado junto al presbiterio. La jven, como sabemos, tenia inters en hacerse con un instrumento, y tales fueron sus frecuentes y al parecer impresionadas miradas al marqus, que este acab de volverse loco. Cuando salieron, don Gabriel sigui Estrella pesar de Harum, que de tiempo en tiempo le miraba fosco, como un mastin que olfatea al lobo. Don Gabriel supo donde vivia Estrella, pero supo tambien que su casa no tenia resquicio ni respiradero. Rond, fu y vino durante tres dias; pero siempre vi la casa cerrada y muda. El cuarto dia era de fiesta. Don Gabriel fu la misa de hora provisto de un billete en que declaraba su amor Estrella, y la suplicaba que, si la era posible, fuese al dia siguiente las ocho misa la misma iglesia, para darle la sentencia de vida muerte. Cuando Estrella entr, don Gabriel, al ofrecerla el agua bendita, la desliz en la mano el billete. Estrella le tom recatadamente; pero no se sonri, ni mir al marqus durante la misa, mantenindose grave y seria. El marqus se desesper creyendo que habia errado el golpe por precipitacion y se abstuvo de seguirla cuando sali. Sin embargo, al dia siguiente, entre temor y esperanza, fu antes de las ocho la iglesia del Salvador. Poco despus entr Estrella, seguida, como siempre, de los dos pajes y del receloso Harum. El marqus adelant hcia ella trmulo y plido, y al tomar Estrella el agua bendita, dej en su mano un pequeo billete. Jams pareci mas larga una misa don Gabriel; concluyse al fin; doa Estrella pas junto l, le salud y desapareci. El marqus abri con ansia en el mismo vestbulo del templo el billete y vi que contenia lo siguiente: Seor marqus de la Guardia: os contestar al billete que me entregsteis ayer, cuando tenga algo que agradeceros, y para que eso pueda suceder, voy presentaros la ocasion de servirme. Necesito que don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla, mi abuelo... Al llegar esta frase don Gabriel, lanz un grito de alegra, arrug el billete y le bes frentico; luego le desarrug lentamente con placer, con el alma inundada de delicia y prosigui la lectura. ... Necesito que don Juan de Crdenas, mi abuelo, sepa que tiene una nieta, que esta nieta est sola en el mundo, que tiene medios para probarle su parentesco y que necesita su noble y paternal amparo. Buscad al duque, mi abuelo, y decidle dnde vivo. Cuando el duque me haya reconocido, entonces, seor marqus, ver lo que debo contestar vuestra peticion, y se aclarar para vos el misterio de este encargo que os hago, contando con que, como noble, me servireis.--Doa Estrella de Crdenas. El primer impulso de don Gabriel fue correr casa del duque y mostrarle el billete; pero medit que el duque sabia que era casado, y su paso se hizo mas lento, reprimido por su meditacion. --Pues bien, dijo el marqus, no hay necesidad de mostrarle el billete; le dir que he encontrado su nieta, y si me pregunta el cmo, inventar una mentira cualquiera. Vamos casa del duque. Es necesario que doa Estrella me est agradecida, y ademas, tenia picado mi amor propio por no haber podido dar con ella. Ya se ve! Quin habia de figurarse?... Decididamente soy un hombre de suerte. * * * * * Al mediar aquel mismo dia, Harum se encontr sriamente sorprendido, al ver que llamaba la puerta de su casa la justicia. Eran un alcalde de casa y crte, un escribano y cuatro alguaciles, los cuales acompaaban el duque de la Jarilla y el marqus de la Guardia, con algunos criados armados. --Cmo os llamis? dijo severamente el alcalde Harum. --Pedro de Xeniz, contest Harum con entereza. --Quin vive en vuestra casa? --Una dama que se llama doa Estrella y... --Basta, dijo el alcalde; en nombre del rey llevadnos la presencia de esa seora. Harum, cediendo las circunstancias, introdujo al alcalde, al escribano, al duque de la Jarilla y al marqus de la Guardia, en una sala del piso bajo donde estaba Estrella. Al verla el duque, la reconoci: tan parecida era su hija cuando tenia la misma edad, con la sola diferencia de que era morena y de que su semblante revelaba de una manera inequvoca el tipo indgena mejicano. El duque se arroj entre los brazos de Estrella. --S! s! exclam, cubrindola de besos y lgrimas; t eres, si, la hija de mi pobre Ins, la hija de mi alma! t semblante lo est diciendo voces! sus mismos ojos, su misma frente, su misma pureza, y luego... el color de tu padre!... Ah, Dios mio! Dios mio! Y el viejo, no pudiendo resistir mas su emocion, cay desfallecido entre los brazos de Estrella, que se vi precisada sostenerle. La jven lloraba; todos estaban conmovidos: solo Harum se mostraba hosco y receloso. El duque habia perdido el conocimiento. --Es necesario concluir, dijo el marqus; vuestro abuelo, seora, no ha podido resistir tanta felicidad. Concluid, seor alcalde, mientras yo voy buscar dos literas. El alcalde se dirigi Estrella. --Reconoceis por vuestro abuelo al seor duque de la Jarilla? dijo. --Soy nieta del duque de la Jarilla, contest Estrella, sin dejar de atender con una tierna solicitud al anciano. --Sois casada? repuso el alcalde. --No, seor; soy enteramente libre. --Estais, pues, dispuesta trasladaros la casa de vuestro abuelo? --S seor. --Habeis estado por vuestra voluntad en esta casa? --S seor; y solo tengo motivos de agradecimiento para con el honrado Pedro el Xeniz, y para con su seor. Ellos fueron los que me salvaron del infame Alvaro de Sedeo; ellos los que procuraron mi madre una muerte tranquila. --Conque vos no sois el dueo de esta casa? aadi el alcalde dirigindose Harum. --No seor. --Quin es vuestro amo? --El seor Juan de Andrade. --Y dnde est? --Ausente. --Puesto que contra vos no hay ninguna queja, os encargo que aviseis vuestro seor de lo que acontece y de que su presencia ser muy necesaria en Granada para ciertas probanzas. --Muy bien, seor. --Habeis concluido ya, seor alcalde? dijo don Gabriel entrando en la estancia. --De todo punto. --De modo que podremos trasladar al seor duque y doa Estrella su casa? --S seor. --Esperad un momento, dijo Estrella. Y se apart un lado con Harum, quien habl en voz baja lo siguiente: --Decid vuestro seor, que me perdone por el paso que he dado sin su conocimiento; vos sabeis que durante un mes no he salido de esta casa; pero me importaba encontrar mi familia. Decidle que me encontrar siempre en casa de mi abuelo; que no me mover de Granada hasta que le vea y... aadidle, dijo Estrella cubierta de rubor y con los ojos arrasados en lgrimas, que no puedo vivir sin l. --Ah, seora! que Dios os haga feliz! contest Harum. * * * * * Apenas habian salido de la casa Estrella, su abuelo, quien la alegra habia puesto en un estado lamentable, el marqus de la Guardia, que iba formando castillos en el aire, y el alcalde y el escribano, que ajustaban _in mente_ la suma de las costas de la diligencia que acababan de practicar, cuando Harum, irritado, hosco y mohino, sac un caballo de las cuadras, mont en l y se fu buscar al emir de los monfes de las Alpujarras. * * * * * Estrella fue reconocida por su abuelo y por su padre: los dos religiosos dominicos declararon que era la misma doa Estrella que diez aos antes habia sido arrebatada del desierto por el capitan Alonso de Sedeo; reconocironse como buenas pruebas el retrato y el manuscrito que doa Ins habia dado su hija antes de morir, y despecho de los parientes del duque, doa Estrella fue declarada su nieta, y su heredera legtima. * * * * * El duque, que habia podido resistir al dolor de la prdida de su hija, no pudo resistir la alegra del encuentro de su nieta, y muri perdonando Calpuc, y llamndole su hijo. Doa Estrella le hered y se encontr jven, hermosa, libre, duquesa de la Jarilla, grande de Espaa y riqusima por sus rentas y por el dinero que habia acumulado su abuelo durante su retiro. * * * * * Pas un mes desde la muerte del duque y ninguna noticia tenia Estrella de Yaye. El marqus de la Guardia entre tanto importunaba la jven con sus amores. --Ya os he dicho, le contestaba, la duquesa, que antes de conoceros amaba otro: ya os he dado todo lo que podia daros: mi agradecimiento. El marqus, sin embargo, cada dia mas tenaz, insistia. Estrella le demostraba su agradecimiento sufriendo sus importunidades. El amor del marqus lleg hacerse lgubre: se crey engaado y pens en vengarse. Estrella, triste por la ausencia de Yaye, enflaquecia y se ponia plida. Calpuc veia con inquietud el estado de su hija. * * * * * Al fin un dia y cuando el marqus, por la millonsima vez, hablaba Estrella de su amor desesperado, un lacayo anunci la puerta de la cmara al seor Juan de Andrade. Estrella se puso plida, tembl y lanz un grito ahogado. El marqus comprendi que habia aparecido el rival dichoso y se levant irritado y letal, al mismo tiempo que Yaye entraba en la cmara. La vista de la enrgica belleza y de la juventud de Yaye, irritaron al marqus que sali desesperado. Al ver Yaye, Estrella se levant y corri desalada arrojarse en sus brazos. No le dijo una sola palabra; pero reclin la cabeza en su hombro y llor de placer. Yaye la llev al sillon de donde se habia levantado. --Mi buen Harum, dijo Yaye, me ha dicho que necesitabais verme: yo tambien necesitaba veros, y he venido. --S, despues de cuatro horribles meses que han pasado desde que nos vimos por la ltima vez. --Cuatro meses que he necesitado para darme conocer dignamente los mos y para vengar mi padre. --Vuestro padre ha muerto? dijo apareciendo Calpuc en una puerta de la cmara. --Es mi padre! dijo Estrella. --El rey del desierto! exclam Yaye. --Y vos el emir de los monfes, dijo Calpuc. Entrambos se estrecharon las manos. --Mucho he debido vuestro padre, dijo Calpuc; sin su proteccion hubiera muerto manos de la justicia en Andarax. Pero lo que debo al padre lo pagar al hijo. --Me dareis lo que os pida? --S! --Meditad bien lo que prometeis. --Aunque me pidieseis mi hija os la daria. --Pues vuestra hija os pido. --Tenedla por vuestra. --Ah! exclam Estrella, y se arroj en los brazos de su padre. El casamiento, bien despecho del marqus de la Guardia, se hizo de all pocos dias. Amaba Yaye Estrella? No: cuando mas estaba enamorado. Yaye era uno de esos hombres todo corazon, que solo aman una vez, y su amor pertenecia doa Isabel de Crdoba y de Vlor. Y siendo esto asi, siendo doa Isabel viuda, porque no se habia casado con ella Yaye? Su carcter, su orgullo, su ambicion desmedida y los pergaminos que al morir le habia dado su padre explicaran este misterio. Veamos aquellos pergaminos. Ultima voluntad del emir Yuzuf Al-Hhamar.--A su hijo el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar. Soy viejo y presiento la muerte que se acerca. Estoy preparado: que se cumpla la voluntad del Altsimo. Nada tendria que decirte, hijo mio, si acontecimientos imprevistos no hubieran echado por tierra mis proyectos. Isabel de Crdoba y de Vlor se ha casado con un hombre oscuro. La muerte de su esposo la ha hecho libre. Pero el emir de los monfes no puede casarse con una viuda[9], y mucho menos con la viuda de Miguel Lopez, de Sayd-Aboo, el infame y el renegado. Isabel era una doncella de sangre real, ennoblecida por los cristianos: Isabel era la esposa que te convenia. Pero el Altsimo en sus inescrutables decretos no ha permitido que sea tu esposa Isabel. Existe, sin embargo, al alcance de tu mano, una doncella de sangre real: sus ascendientes tuvieron un poderoso imperio al otro lado de los mares; el padre de esa doncella, el rey del desierto mejicano, vive entre nosotros: cualquiera de nuestros monfes te llevar l, solo con que le digas: necesito ver al cazador de la montaa. El te contar su historia. Salva la madre y csate con la hija. Este casamiento te producir grandes riquezas, porque el rey del desierto es poderoso, y una noble posicion entre los cristianos, porque Estrella, la mujer con quien debes casarte, vendr ser un dia grande de Espaa, por el derecho de su madre. Yo te he hecho educar de manera que puedas pasar por cristiano entre los cristianos: si logras hacerte amar por Estrella, puedes vivir en la crte del rey de Espaa como uno de sus grandes. Es necesario tender por todas partes asechanzas al leon. Rodale, espale, gasta tus tesoros y los del rey del desierto, en suscitarle enemigos y dificultades... sacrifcalo todo por tu patria: tu corazon, tu honra como hombre, y si es necesario la honra de tu esposa y de tu hija. Un rey no se pertenece; es todo de su pueblo. Sacrifcate por tu pueblo, Yaye. Csate con la hija del rey del desierto: s una doble persona: el brazo vengador del Islam en la montaa; el enemigo encubierto, en la crte del tirano... El manuscrito seguia esplanndose en la explicacion de estas consideraciones: era un extenso memorandum, que Yuzuf legaba su hijo; el plan detallado de una doble guerra al rey de Espaa. Yaye se cas con Estrella bajo el influjo de su ambicion. Pero era tan hermosa la jven, tan pura, estaba tan enamorada de Yaye, que contagi con su amor, cuanto podia contagiarle, al jven emir. Yaye hubiera acabado, al fin, por ser feliz hasta cierto punto con ella como marido, sino hubieran venido dos incidentes fatales turbar su paz domstica. El primero fue la carta de doa Isabel de Vlor que le noticiaba el nacimiento de su hijo. El amor que Yaye sentia por doa Isabel y que solo estaba, por decirlo as, sobresanado, brot con nuevo mpetu, de una manera incostrastable, y pesar del memorandum de su padre, se arrepinti de haber cedido su ambicion, de haberla sacrificado su felicidad, de haberse casado, en fin, con Estrella, en vez de haber obligado con su amor doa Isabel que fuese su esposa. Estrella, la infeliz Estrella, obstculo sensible de su union con doa Isabel, se le hizo odiosa. Yaye, disimul, sin embargo, y crey que su disimulo bastaba para encubrir el desvio que experimentaba hcia su esposa: pero el alma de la mujer que ama, es muy delicada, sus ojos muy perspicaces. Estrella comprendi que no era amada, y llor en silencio. El otro incidente que acab de destrozar el corazon de Yaye, provino del marqus de la Guardia. Irritado este cada vez mas en sus tenaces amores por Estrella, lleg ese punto fatal en que un enamorado en nada repara, en que todo lo arrostra por alcanzar la posesion de la mujer amada. Irritaba mas su rabia el que la duquesa se hallaba en cinta en un perodo muy avanzado. Entonces, desesperado ya, pens en una venganza infernal. El marqus, habiendo apurado todos los medios, apel la corrupcion de la servidumbre ntima de Estrella. Pero no apel al medio vulgar del dinero. Pens en vengarse de Estrella de una manera indirecta, como si dijramos, por tabla. Enamor una de sus doncellas. Esta conquista no le fue difcil. La doncella cedi las consumadas artes de seduccin del marqus, que aun era buen mozo, y todas las noches el marqus entr en casa de la duquesa por un balcn inmediato sus habitaciones, que daba al dormitorio de la doncella seducida. Don Gabriel no queria que su venganza fuese pblica. Solo ansiaba herir el corazn de Yaye quien aborrecia porque era amado de Estrella. El marqus, pues, envi un infame annimo Yaye, en que se le avisaba que todas las noches oscuras las doce, entraba un hombre por los balcones en su casa y le recibia su esposa. Yaye observ Estrella; not en ella un desvo que no era otra cosa que el resultado de un amor lastimado por el desvo de Yaye. Este, preparado por el annimo, sospech de Estrella, interpretando mal su tristeza y su abstraccion. Tras la sospecha vino el deseo imprudente de aclarar la verdad, y se puso en acecho bajo los balcones de Estrella, la primera noche oscura que sobrevino. Poco despues de las doce apareci un hombre embozado en la calleja donde estaba oculto Yaye, hizo una sea, se abri silenciosamente uno de los balcones del departamento que habitaba Estrella, apareci en l una sombra blanca de mujer y una escala cay la calle. Yaye no tuvo ni valor, ni espera; no medit que podian engaarle las apariencias, y en el momento en que el marqus de la Guardia aseguraba la escala para subir, le acometi espada en mano, y le hiri. El marqus vacil y cay; barbot algunas palabras, y solt una carcajada horrible, por cuya entonacion inseguridad se podia comprender que estaba borracho: la mujer del balcon huy y cerr. El marqus yaca en tierra, muerto. Yaye se arroj sobre l, le descubri el rostro y la media luz de la noche le reconoci. --Ah! es el marqus de la Guardia! dijo. Entonces record que el marqus era el que habia descubierto el paradero de Estrella. --Se amarian! exclam. El es casado! Esta circunstancia agrav mas las sospechas de Yaye. --Ella, sin duda, quiso tener un hombre que encubriese los resultados probables de su infamia... Yaye se cubri el rostro con las manos. Luego envain frentico su espada, se dirigi un postigo inmediato, abri con una llave de que iba provisto, y entr en su casa. El cadver del marqus qued abandonado en la calleja. Cuando Yaye entr en el dormitorio de su esposa, la encontr dormida, aunque inquieta. Al abrir las cortinas del lecho, la oy murmurar un nombre en sueos. Esper escuchando con suma atencion que volviera hablar la duquesa. --Yaye! yo te amo! exclam al fin esta. Yaye crey volverse loco. Conque no era su esposa la que habia arrojado la escala al marqus? Entonces medit qu habitacion caia el balcon que se habia abierto, se retir recatadamente, sali un corredor y llam una puerta de servicio. Abrile una doncella plida y consternada. Aquella mujer estaba vestida de blanco. --Ah! perdn! perdn, seor! exclam: yo le amaba! --Ah! conque eras t? exclam Yaye: y la volvi las espaldas. Al dia siguiente la doncella fue despedida; pero pesar de lo que habia visto, Yaye no pudo despedir las sospechas de su alma. Jams las manifest Estrella, pero excitado su aborrecimiento la pobre joven, lo demostr sin rebozo. Ausentbase y pasaba semanas enteras en las Alpujarras. Estrella no podia ser mas infeliz. Pero Dios tuvo compasion de ella. Muri, al dar luz una nia, entre los brazos de Yaye, que al verla morir crey en ella, llor, y sinti sobre su alma un nuevo remordimiento. * * * * * Aquellos remordimientos estaban representados por don Fernando de Vlor, por Diego Lopez y por su hija doa Esperanza. Aquellos tres inocentes representaban los dolores de tres mujeres quienes habian sacrificado de distinto modo los amores de Yaye. SEGUNDA PARTE. EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA. CAPITULO PRIMERO. Tres notabilidades de la crte del rey don Felipe. Eran estas notabilidades dos mujeres y un hombre. La una mujer se llamaba doa Esperanza de Crdenas, duquesa de la Jarilla. La otra, la princesa Angiolina Visconti, esposa del prncipe Maffei Lorenzini. El hombre se llamaba don Juan Coloma, marqus de la Guardia. Estos tres personajes tenian tres nombres por los cuales se les nombraba por excelencia. Conociese doa Esperanza de Crdenas, bajo el nombre de la _hermosa duquesita_. A la princesa Angiolina, bajo el de la _casada-virgen_. A don Juan de la Guardia, bajo el de el _marquesito_. La hermosa duquesita, tenia veinte aos. La casada-virgen veinte y seis. El marquesito veinte y uno. Necesitamos dar conocer estas tres personas, y, por mas que pese nuestra galantera, el rden de los sucesos que vamos refiriendo nos obliga empezar por el marquesito. El marqus de la Guardia habia quedado hurfano cuando solo contaba un ao. Su padre don Gabriel Coloma, habia sido encontrado muerto estocadas en una calleja del Albaicin, y por resultado de su muerte, muri afligida y triste siete meses despues su madre doa Clara de Arvalo. El marquesito hurfano, pues, fue entregado la tutela de un tio materno, hidalgo disoluto, que no cuid gran cosa de la severidad en la educacion de su sobrino: sin embargo, le amaba, y era imposible no amar aquel arrapiezo tan hermoso, tan inteligente, tan diablico, tan carioso, tan vivo: su tio don Csar de Arvalo, al ver las favorables disposiciones de su sobrino, habia jurado hacer de l un don Juan Tenorio y en ningunas manos habia podido caer el pobre hurfano, que mejores fuesen, para hacer de l uno de esos terribles calaveras del siglo XVI, que, considerados bajo cierta faz, son una de las ilustraciones de nuestro siglo de oro, por lo valientes y audaces; muchos de los cuales, despues de una juventud borrascosa, habian contribuido con su espada, ya en los viejos Estados de Europa, ya en las vrgenes praderas del Nuevo Mundo, sostener el carcter preponderante y conquistador de las Espaas. El cario de don Csar hcia su sobrino, cario indiscreto y exagerado, habia hecho al jven marqus voluntarioso y exigente; este mismo cario habia contribudo que, en punto al saber, la educacion del jven fuese mezquina y descuidada: en efecto; para qu necesita un marqus la ciencia? Los pobres la adquieren como un medio de hacerse ricos, pero el que ha nacido opulento no necesita de la ciencia para nada. Limitse, pues, su tio que aprendiese leer por el catecismo, y escribir medianamente: en cuanto contar abstvose prudentemente de esta enseanza su tio, porque preveia que tarde temprano se veria obligado rendir cuentas de su hacienda su sobrino. A los ocho aos ya sabia nuestro marquesito leer de corrido en letras gordas de molde y de mano, y escribir con un carcter demasiado correcto y claro para un ttulo de Castilla, cartas de amores las vecinas, que estaban locas con la precocidad del pequeo don Juan, y se le disputaban y le convidaban con frecuencia sus fiestas, en las cuales era el marquesito un aliciente, por su espritu despierto y sus oportunidades prematuras. Habia la desgracia de que don Csar de Arvalo, obedeciendo sus instintos, vivia en una muy mala vecindad: las damas moradoras de las casas circunvecinas, eran todas de vida alegre, de fcil trato, de espritu galante y aventurero. Don Csar las trataba todas, y con todas gastaba bizarramente la hacienda de su sobrino. El pequeo don Juan, desde sus primeros aos, se habia visto acariciado por hermosas manos, besado por bocas fresqusimas, de labios purpreos, y aliento perfumado: mirado, en razon de su extremada hermosura, por ojos ardientes, poco pudorosos y mucho provocadores; el demonio de la tentacion, bajo todas sus formas, habia mecido en la cuna aquel nio abandonado al vcio, y su espritu se habia formado en una atmsfera envenenada, pero brillante, ardiente, en medio de la cual flotaban mujeres como hadas, saturadas de perfumes, engalanadas con brocados y sedas, y prendidas con plumas y diamantes. Asi es, que don Juan no conoci la inocencia, y los doce aos amaba con la intensidad y la impureza de un hombre de treinta; los trece aos, era peligroso para las mujeres; los catorce, desarrollado, hermossimo, valiente, audaz, consumado en el manejo de las armas, galan entre los galanes, el hombre nio, como se le habia llamado desde pequeo, habia ascendido en la consideracion y en el lugar que ocupaba entre sus antiguas maestras: aquellas mujeres le habian convertido en su amante, le habian dado una fama que don Juan habia sabido sostener las mil maravillas, y desde los trece los catorce aos, habia tenido cien queridas: una por dia. Don Juan era un prodigio. Su juventud, su hermosura, su audacia, le habian hecho el favorito de las damas galantes: por consecuencia, se haba hecho enemigos numerosos entre los hombres galanteadores. Al principio hubo algunos zelosos que se permitieron tratarle como nio. Don Juan se encarg de hacer que le tuviesen por hombre, matando en duelo al primero que se le vino las barbas y su tio se vi obligado gastar sumas enormes para sacarle de la crcel y templar el rigor de las pragmticas. Como se ve, tan de prisa le habia educado su tio, que habia adelantado para l la edad de las pasiones, y los graves acontecimientos de la vida. Don Juan, que no habia tenido infancia, porque la infancia es la inocencia, ni adolescencia, porque la adolescencia es la timidez, habia llenado cumplidamente los deseos de su tio, siendo los quince aos un completo don Juan Tenorio. Jugaba con el mayor desprendimiento y nobleza enormes sumas, sin afligirse por las prdidas, ni regocijarse por las ganancias: montaba caballo como el mejor picador; con espada y daga no habia maestro que le metiese un tajo, ni galan que mas bizarras galas gastase, ni mas querido de las damas fuese, en la noble crte del rey de las Espaas. Juntos gastar tio y sobrino, muy pronto fueron dar, empeadas, en manos de prestamistas, las cuantiosas rentas del marquesado de la Guardia, que habian ya quedado bastante empeadas por el difunto marqus; lleg al fin un momento, en que el tio se vi obligado, por la primera vez, negar una respetable suma su sobrino. Era tambien esta la primera contrariedad que experimentaba el jven don Juan y se irrit; pero de una manera tal, que el tio se arrepinti, aunque tarde, de haber dado tal educacion su sobrino. Arreglse, pues, como pudo, busc al marquesito la suma en cuestion, y se decidi apartarle de su lado, cuanto antes le fuese posible. Pero esto era sumamente difcil; le habia acostumbrado vivir por fuero propio, y se habia convertido en tirano de su tio. Don Juan lleg cumplir veinte aos, y se hizo incontrastable. En aquellas circunstancias habia sido presentada doa Esperanza de Crdenas en la crte, y admitida al servicio de la reina doa Isabel de Valois de la Paz. Doa Esperanza tenia un ttulo ilustre, como que habia heredado de su madre, doa Estrella, el ducado de la Jarilla, y mas una maravillosa y caracterstica hermosura. La hermosa duquesita, como rompieron llamarla espontneamente su aparicion, eclips desde el momento las mas hermosas y las mas ricas; es verdad que la habia precedido un prlogo, por decirlo as, ostentoso: seis meses antes de la llegada la crte del duque viudo de la Jarilla y de su hija, uno de los genoveses mas ricos de Madrid, se present al dueo de una manzana entera de casas en Puerta de Moros, y le hizo la proposicion de que, fuese cualquiera el valor que impusiera su propiedad, se le satisfaria en el acto, y tanto mas, cuanto mas pronto se hiciese el negocio. Concluyse este con brevedad, porque quien bien paga, obtiene, generalmente, lo que quiere; otorgse escritura de venta favor de la duquesa de la Jarilla, y ocho dias despues, solo habia un monton de escombros en el lugar ocupado antes por un hacinamiento de feas y viejas casuchas: abrironse profundos cimientos, y de dia en dia se vi levantarse, con una rapidez inusitada, un magnfico palacio la flamenca, con ciertos resabios rabes, en ventanas, galeras y balcones. Una obra de tal volmen, que con tal ostentacion y coste se hacia, y en la que trabajaban centenares de albailes, llam naturalmente la atencion; preguntose el nombre de quin hacia aquella fbrica, y sabido el nombre, se dese conocer la persona que tanto y tan bien gastaba: despues los primeros pintores, tallistas y tapiceros de Madrid, se encargaron de la pintura, decorado, adorno y mueblaje de la casa, y estos fueron otras tantas lenguas de la fama para ponderar el excesivo coste de pinturas, tapices, alfombras y muebles: sintironse mortificados los mas ricos y los mas nobles por tanta esplendidez, y el mismo Felipe II frunci las cejas cuando supo que habia en sus dominios, y vasallo suyo, un grande que tan exorbitantes gastos sufria: repitise el nombre de la duquesa y del duque viudo de la Jarilla: spose por los mas viejos de la grandeza, que aquel era un ttulo antiguo y de buenas rentas, pero no tales como se necesitaban para tal lujo de casa: spose que hacia mas de cuarenta aos que los poseedores de aquel ttulo habian estado apartados de la crte y como oscurecidos: y, como algo debia deducirse, se dedujo que aquel retiro habia servido para desempear las rentas, para ahorrar, en una palabra, y que con aquellos ahorros se pensaba, sin duda, preparar una ostentosa vuelta la crte: suposicion natural, que tranquiliz, hasta cierto punto, las hablillas de todos, porque todos preveian que aquel lujo solo era una llamarada que no se podria sostener en lo sucesivo; una especie de fanfarronada; un gasto loco, en fin. Pero cuando, concluido el palacio, se vi la numerosa servidumbre que vino ser su alma; servidumbre jven, galana y cubierta con ricas libreas; cuando se contaron los caballos que entraban y salian de las cuadras, montados cada cual por un palafrenero; animales magnficos, la mayor parte rabes y andaluces, y cuyo nmero no bajaba de doscientos; las diferentes carrozas de crte, calle y campo; las literas, los dems accesorios, en fin, de una casa de rey, todos volvieron sentir el agudo aguijon de la envidia y no falt quien dijo: --Sangre de indios es esa grandeza: no sabeis que uno de los duques de la Jarilla estuvo muchos aos de adelantado en Mjico? Fuese como fuese, el resultado era, que para hacer lo que el duque viudo de la Jarilla habia hecho en la crte, nombre de su hija la duquesa, era necesario poseer las riquezas de un rey. Pero la admiracion subi de punto cuando Esperanza fue presentada por su padre en la crte y admitida como dama al servido de la reina; ninguna grande llevaba antes que ella una riqusima tela traida costa y coste del extranjero: ninguna posea tanta, ni tan rica, ni tan variada pedrera; ninguna se presentaba diariamente con ricos estrenos y con alhajas y galas no vistas. La hermosa duquesita superaba todas las damas de la crte en hermosura y en riqueza, inclusa la reina, no sin que esto llamase profundamente la atencion del receloso Felipe II. Habia una familia desgraciada? all estaba Esperanza: y el consuelo que Esperanza llevaba aquella familia, no era una limosna mas menos cuantiosa, sino una fortuna estable, asegurada, relativa las necesidades del socorrido. Mostraban los genoveses los judos, riqusimos brocados, costosos encajes, magnficos aderezos? all se estaban hasta que un dia pasaban Esperanza su padre y los compraban sin reparar en el precio. Pasaban comediantes por la crte? El aposento mas cercano al tablado, mas visible, mejor situado, era obtenido por el duque, aunque tuviese que pujar su mayordomo de soberbia soberbia con el mayordomo del mas encopetado grande: luego, por la tarde, cuando el pblico iba la comedia, auto farsa, se reparaba que el mejor repostero entre todos los del corral, el de mejor brocado, era el que cubria el antepecho del aposento del duque de la Jarilla: que los tapices del interior de aquel aposento, y los sillones y las pieles, si era invierno, eran los mas ricos; por ltimo, que la dama mas hermosa, mejor ataviada y mejor prendida, con mas sencillez y gusto que ninguna, y con mas riqueza, pesar de su sencillez, era la duquesa de la Jarilla. El bobo, el rstico, el simple, como se llamaba entonces los graciosos, tenia sus motivos para endilgar la duquesita alguna redondilla copla aduladora, ya en la loa, ya en el discurso de la representacion. Siempre que el gracioso hacia esto, el duque le arrojaba una repleta bolsa de oro, y el patio aplaudia. Cuando la adulacion venia de una comedianta, Esperanza se sonrea benvolamente, se arrancaba una rica joya de su prendido y la arrojaba al tablado con la mayor naturalidad y gracia. Entonces los aplausos del patio se hacian frenticos y frentica y casi rabiosa la envidia de las otras damas. Los pintores de mrito podian contar de seguro con la buena venta de sus cuadros en casa del duque, y hablaban de un precio fabuloso pagado Pantoja, el buen pintor de Felipe II, por un cuadro de familia mandado hacer por el duque. En las fundaciones de conventos, hospitales, iglesias y obras pas, que eran muchas por aquel tiempo, contribuia con la mayor parte del dinero la duquesa de la Jarilla, aunque sin dar su nombre ninguna de estas fundaciones religiosas. Por ltimo, el duque mantenia su costa una compaa de infantera espaola en Flandes, y llevaba por lo tanto el nombre de capitan. Por otra parte, eran tan rgidas las prcticas religiosas del duque viudo y de la duquesita; tenian por directores de sus conciencias varones tan doctos, tan graves y tan justificados, que la Inquisicion, quien mand el rey bajo cuerda, hacer informacion acerca del duque, cumpli su encargo declarando que: despues de prolijas y bastantes informaciones secretas, resultaba que: tanto el duque viudo de la Jarilla, como su hija la duquesa, eran buenos y celosos cristianos; que los monasterios, las obras pas y los pobres, les debian mucha caridad y que nada encontraba porque pudiera recelarse ni aun _remotisime_ de la religion, lealtad y virtud de tan ilustre y poderosa familia. Encogise de hombros Felipe II al leer el informe del Santo Oficio, y dej rodar la bola, y la envidia de las damas seguia viva; pero no roedora, porque Esperanza, siempre altiva y desdeosa con los hombres, circunspecta y mesurada en sus acciones y palabras, no di el mas ligero pretexto la envidia que volaba su alrededor, para que la mordiese. Por un contraste singular con la educacion que habia recibido el marqus de la Guardia, la hermosa duquesita, segun el dicho de su padre, habia sido educada en un convento; pero, por otra singularidad tambien notable, sin que pudiera atribuirse los vicios de la educacion, la duquesita, pesar de su poca edad, que apenas llegaba los veinte aos, era una mujer completamente formada, con un cuello, un seno y unas manos admirables; morena, plida, y en cuyos ojos graves y ardientes, brillaban una pasion, una exuberancia de vida y una predisposicion al amor y al amor violento, que la hacian parecer doblemente hermosa. Notbanse en ella, un aprecio de s misma, una gravedad y una altivez impropias de sus pocos aos, y una especie de experiencia, de trato de mundo, de conocimiento de las gentes, cuya causa, tenindose en cuenta la educacion monstica indicada por su padre, no podia comprenderse. Aquello era un fenmeno. No falt al reparar esto, quien reparase la semejanza que existia, tanto en el desarrollo fsico como en el moral, entre la duquesita y el marquesito de la Guardia, no faltando tampoco quien, creyendo en la predestinacion, en lo de las dos medias naranjas, hablando vulgarmente, rompiese con poca circunspeccion por medio, y llamase la duquesita la _mujer del marquesito_ y al marqus de la Guardia el _hombre de la duquesita_. Y hay frases, que se dicen solamente por decir una oportunidad, y acaban por ser fatales. Muy pronto, acogido el dicho, dej de llamarse la jven la hermosa duquesita, y se la confirm con el sobrenombre de _la mujer del marquesito_. Entre tanto los dos jvenes, de quienes tanto se ocupaba la gente libertina de ambos sexos de la crte, no se conocian: la mujer del marquesito, no habia dejado de ser guardada por las dueas de su casa, sino para serlo por las dueas de palacio, y no salia, por lo tanto del crculo de hierro establecido por la rgida etiqueta de la casa de Austria. Por su parte el _hombre de la Duquesita_, siguiendo los consejos de esa segunda naturaleza que se llama educacion, no salia de los garitos y de las mancebas. Por lo tanto habia una sociedad entera entre los dos jvenes predestinados. A pesar de vivir en crculos tan opuestos, la murmuracion, que todas partes alcanza y en todas partes se mete, no tard en hacer llegar los oidos de entrambos jvenes que la opinion pblica los habia casado. Natural era que la mujer que tanto oia ponderar las bizarras, la gentileza y la hermosura de su marido de fama, desease conocerle, y que el marquesito, de suyo predispuesto todo lo que era escntrico y romancesco, ansiase conocer aquella nobia, que sin pretenderlo le habian adjudicado, y que tenia el triple aliciente de una extremada hermosura, de una extremada juventud, y de una extremada nobleza, y no hablamos de lo cuantioso de sus rentas, porque, calificando estas como aliciente respecto don Juan, inferiramos una grave ofensa su memoria. Don Juan despreciaba el dinero, y tanto le despreciaba que apenas le habia las manos le separaba de s con el mayor desprecio del mundo. Sin embargo, ya hemos visto que el dinero se habia vengado de su desprecio hacindose desear por aquel gastador incurable, y obligndole tener serias contestaciones con su tio. Cuando el marquesito dese conocer la duquesita, corrian los primeros dias de enero de 1567. Desde el momento en que los jvenes tuvieron noticia el uno del otro, se desearon; pero de una manera ardiente. Puede decirse que desde el punto en que el nombre del uno son en los oidos del otro, empezaron amarse. Al principio cada uno de ellos se fingi en el otro su bello ideal, y ese amor vago, ese amor que se refiere un ser que no se conoce, ese amor que de ninguna manera puede ponerse en contacto con el ser amado, lleg ser un amor violento respecto personas dotadas de organizaciones tales como las de los dos jvenes: ella era voluntariosa, l voluntarioso impaciente: entrambos luchaban con su soberbia ntima: no querian vencerse ni aun ante s mismos, y no procuraron, por lo tanto, acercarse el uno al otro. Ella se habia dicho: --Si l conoce mi nombre y desea conocerme, que me busque. El se habia dicho su vez: --Yo no he de buscarla. Y esto se lo habian dicho entrambos con ese lenguaje misterioso instintivo del alma, que no formula en palabras sus deseos, que es un sentimiento ntimo, un deseo germinado por una idea puesta en contacto con el espritu: una de esas simpatas misteriosas que no han podido definirse y que se revelan al simple sonido de un nombre; que es el resultado de un amor instintivo, de un amor que, desaparece, dejando una impresion dolorosa en el alma, si al conocer realmente al ser que nos le ha inspirado de una manera abstracta, no corresponde la idea que de l habiamos concebido, crece y se desborda si por acaso la excede. Colocados en esta situacin moral entrambos jvenes, solo faltaba que una casualidad los reuniese. Pero las casualidades suelen dejarse esperar mucho tiempo, y como el tiempo es el mejor remedio que conocemos para curar ciertas afecciones, acaso nuestros jvenes hubieran dejado de pensar el uno en el otro; pero eran dos cometas lucientes que habian aparecido en el firmamento estrellado de la crte, y se hablaba continuamente de ellos: la duquesita oia referir cada dia una nueva aventura de su _hombre_; el marquesito escuchaba con mucha frecuencia el percance desgraciado de algun amador veterano que habia pretendido enriquecer su corona de flores marchitas, con la posesion de _la duquesita_. No podian, pues, olvidarse. Sin embargo, la caprichosa casualidad habia hecho pasar tres meses desde que ambos jvenes se habian conocido de fama pblica hasta el jueves santo de 1567. En aquella poca ella era la desesperacion de los cortesanos. El la expiacion de las cortesanas. La novedad eterna de la crte ella. El el escndalo perptuo. * * * * * En aquellos tiempos el espritu religioso del pueblo espaol estaba por cima de todo: era, por decirlo asi, un elemento componente de la sociedad de entonces: desde el rey al verdugo, altos y bajos, chicos y grandes, buenos y malos, todos creian en Dios, y todos lo adoraban, dentro de los dominios de la catlica Espaa, exceptuando solo un rincon de ella donde, entre breas, no se rendia al Crucificado mas que un culto de miedo, bajo la presencia inmediata de la Inquisicion, de los obispos, de los prrocos y de las justicias. Este giron, riqusimo sin embargo, se llamaba las Alpujarras. Por lo tanto, nunca podia admirarse mas el recogimiento y la fe de los espaoles, que el jueves y el viernes santo, en las calles, y particularmente en los templos, que se llenaban de una multitud devota y severa. A las dos de la tarde de aquel jueves santo, que debia formar poca en la vida de la duquesita y del marquesito, sali este la calle, severa aunque ricamente vestido de negro, y se dedic recorrer los monumentos. Un secreto instinto le decia que aquella tarde debia conocer _su mujer_, y por lo mismo no iba su pensamiento preparado con toda la devocion conveniente tan sagrado dia. Una idea le preocupaba sobre todo: la crte, segun costumbre, debia visitar los santuarios: en la crte en la servidumbre de los reyes, debia ir la _hermosa Duquesita_. Pero ponerse en acecho de la crte no era buscarla? El marquesito se habia jurado s mismo no robar su privilegio la casualidad, y tom una resolucion que debemos llamar herica: lo dej la suerte: para que la suerte fuese el principal agente, se prescribi un nmero determinado de iglesias y un itinerario rigorosamente lgico; don Juan, vivia en el monte de Leganitos: por consecuencia la primera iglesia que debia visitar era la de Santo Domingo el Real: despues las de Santa Mara, San Pedro, San Andrs, San Francisco, San Miguel, y por ltimo, la del Hospital del Buen Suceso. El marquesito se veia obligado recorrer esta extensa periferia, porque en el ao de 1567, en que acontecia lo que vamos refiriendo, no habia en Madrid ni aun la mitad de las parroquias, conventos y ermitas que se fundaron despues sucesivamente hasta los tiempos de Fernando VI: ningun itinerario habia encontrado mas cmodo que el que habia elegido, y h aqu lo lgico de su eleccion; porque siempre elegimos, cuando no tenemos otro inters, lo que nos ofrece mas comodidad y brevedad. Para no alterar en nada lo natural de los sucesos, el marqus se propuso invertir en cada iglesia el tiempo necesario para las acostumbradas oraciones en aquellos dias, y adems no mirar deliberadamente ninguna mujer. Asi es, que, cuando lleg al Buen-Suceso, su ltima estacion, era ya muy cerca del oscurecer, y la crte, segun costumbre, debia haber regresado ya al alczar. No dej de fastidiar al marquesito esta circunstancia: la casualidad le volvia decididamente las espaldas; pero de repente, una voz que retumb en la iglesia, le conmovi de pis cabeza, haciendo vibrar un eco desconocido hasta entonces en su corazon: el de la esperanza satisfecha: aquella voz habia dicho: --Sus magestades, el rey y la reina! All estaba la crte: en ella debia venir su desconocida mujer. Adelantaron, entre tanto los suizos, abriendo calle entre la multitud de fieles; siguieron los altos empleados de palacio, y al fin, el rey y la reina se arrodillaron sobre las almohadas; detrs de ellos se habia arrodillado la crte. Don Juan no pudo contenerse en las condiciones que se habia impuesto, y rompi la de no mirar deliberadamente ninguna mujer; sus ojos anhelantes se habian fijado en la pleyada deslumbradora que constituian las damas de la reina; pero la casualidad quiso que no la robase el marqus ninguna parte de su imperio, y don Juan, aunque vi muchas cabezas hechiceras, muchos ojos y muchos rostros deslumbrantes, no vi ninguna dama, que por su juventud, ni por su hermosura especial, pudiese convenir con la idea que l se habia formado de _su mujer_. Entonces experiment otro sentimiento desconocido tambien para l: La decepcion de la esperanza. De repente, y cuando el jven exhalaba su primer suspiro de despecho, un resplandor fugaz ilumin la iglesia, y se escuch un grito general de terror; seguidamente un resplandor mas fijo brill en el templo, y la gente se agolp aterrada las salidas; la gran cortina morada del tabernculo se habia incendiado: el fuego se habia comunicado la armazon del monumento, y una inmensa y ancha llama se elevaba hasta tocar la bbeda, contra la cual se torcia como una serpiente de fuego. En aquella situacion suprema, don Juan, que ante todo era caballero y leal, se lanz hcia el sitio donde estaba la reina, como se lanzaron otros muchos; pero embarazado por la multitud, contra cuya corriente iba, antes de llegar al lugar que habia ocupado la crte, sinti que unas manos temblorosas se asian l, y oy una voz sonora, grave, llena de ansiedad, que exclamaba: --Salvadme, caballero! salvadme! Aquella voz, por su timbre particular, por un no s qu misterioso, se apoder del alma del jven, la halag, como halaga una suave esencia al olfato; le acarici, como acaricia nuestra frente calenturienta la brisa, y le oblig mirar la mujer que la producia. Apenas habia podido ver su rostro don Juan, cuando la asi por la cintura, la levant en peso, con la misma facilidad que hubiera levantado un copo de seda, y retenindola con el brazo izquierdo, y empujando brutalmente con el derecho los que tenia delante, y saltando sobre ellos, sali por una puerta lateral, atraves el patio y se encontr, fuera ya, en la carrera de San Gernimo, que atraves rpidamente, perdindose por una de las calles inmediatas. La noche habia cerrado, pero era muy clara: acababa de salir la luna y alumbraba el centro de la calle. Don Juan sigui con su carga, sin hablar una palabra, hasta una plazuela irregular y enteramente desierta. Entonces se detuvo y dej que la dama se afirmase en el suelo; pero retuvo sus manos entre las suyas. Don Juan, por una rapidsima, por una verdadera inspiracion, habia arrojado en la iglesia, al asir la dama, su toquilla de terciopelo, pesar de que tenia un herrete de diamantes de sumo valor, y con la cabeza descubierta y su ancha y blanca frente iluminada por la luna, estaba hermossimo. La mujer que tenia delante de s y toda trmula, era muy jven; apenas representaba diez y seis aos; habia perdido su velo y tenia la cabeza descubierta, y sus negrsimos y voluminosos cabellos, peinados en trenzas, salpicadas de perlas y esmeraldas, despedian reflejos azulados la luz de la luna; su semblante enteramente en la sombra, brillaba, por decirlo as, por la lucida mirada de sus ojos, intensamente fijos en el marquesito, con una expresion de asombro, de fascinacion, de suprema alegra, que el autor no se atreve calificar; pero que enloquecia al jven y le hacia probar delicias para l desconocidas; pesar de que la luz de la luna emblanquece y de igual modo su reflejo, se comprendia que aquella jven era morena: por lo dems, llevaba una riqusima y gruesa gargantilla de perlas, arracadas de gruesos diamantes, un vestido de crte, de damasco brocado, y brazalete y ceidor de perlas; solo la faltaba el velo que habia perdido en el tumulto. El silencio de entrambos jvenes despues de su parada y de su mtua intensa contemplacion solo dur un momento. El primero que le rompi fue el marquesito con una exclamacion apasionadsima que parecia salir del fondo de su alma: --Vos sois mi mujer! dijo. Mud de color la jven, dej de mirar de aquella manera irreflexiva al marqus, y contest con gravedad: --No comprendo lo que quereis decir, caballero. --Yo soy el marqus de la Guardia! Vos sois la duquesa de la Jarilla! contest con acento opaco don Juan. --Ah! exclam involuntariamente la jven. Y aquel ah! por su intencion, por su asombro, por su espontaneidad, y si se quiere, por cierto fondo imperceptible de alegra, era equivalente la frase de: --Vos sois mi hombre! Don Juan era demasiado audaz y estaba demasiado enamorado, para que pudiera contenerse, y abandonando por un momento las manos de la jven, la asi con entrambas palmas las mejillas, y la bes hambriento en la boca. La jven di un grito que era al mismo tiempo un gemido de dolor, una protesta de pudor y una demostracion de dignidad, y seguidamente, y con paso apresurado, se dirigi una de las tres salidas de la plazuela. --A dnde vais, seora, sola y tal hora? exclam el marqus alcanzndola y cortndola el paso. --Haceos un lado! exclam con altivez la jven. Voy buscar por esas calles un caballero que sepa conducir dignamente palacio una dama de la reina. --Segun eso, dijo sin alterarse el marqus, no me teneis por caballero? La jven torn mirar con un desden mas altivo al marqus, y dijo severamente: --Haceos atrs! --Que me haga atrs cuando os encuentro milagrosamente despues de un siglo que ando enamorado de vos en busca vuestra? --Haceos atrs, repiti con un tanto menos de empeo la hermosa dama. --Escuchadme, doa Esperanza, dijo amorosamente el jven, asindola de nuevo las manos que ella pugn ligeramente por desasir de las del marqus; no creeis que Dios no ha hecho que nos encontremos de este modo extrao, sino para que no nos volvamos separar? No os dice vuestro corazon como m el mio, que hemos nacido para amarnos, que no podemos ser felices sino el uno por el otro, que de todo lo que el mundo encierra, nada mas que nuestro amor es lo que para nosotros existe? No me habeis visto nunca antes de conocerme, como yo os he visto antes de veros? Doa Esperanza, que asi sabia don Juan que se llamaba la duquesa de la Jarilla, perdi su expresion severa bajo el influjo de las palabras del marqus, y juntando sus hermosas manos y fijando en el jven una mirada suplicante exclam: --Por piedad, caballero! ved que cada momento que pasa es un siglo para mi honra! aun es tiempo: el tumulto ha sido horroroso y nadie tendr nada que decir si me llevais ahora mismo la crte, que no debe estar lejos. --Si, si, doa Esperanza; pero meditad al mismo tiempo que yo, por socorreros, he perdido mi toquilla en ese tumulto; que vos estais en trage de crte; que habeis perdido tambien vuestro velo y que, de seguro, con esta clarsima luna, llamaremos la atencion de las gentes al atravesar Madrid en busca de la crte que, sin duda est ya en el alczar. --Oh, Dios mio! exclam la duquesita, conociendo el peso de las razones de don Juan. --Pero hay un medio, dijo este. --Cul? --Entrar en cualquiera de esas casas vecinas. --Oh! eso jams! --Entrar para esperar nicamente que venga una litera. La duquesa levant sus magnficos ojos, y los fij radiantes, lmpidos, en el semblante del jven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo por ninguna otra mujer: comprendi por aquella mirada que la duquesita era su destino, mas que su destino: su seora, la pasion de toda su vida; su alma se aneg en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos parti otra mirada por la que se exhal toda su alma. Aquellos dos seres se habian confundido en uno. Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia reunido. --Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la jven. --Cmo! Sabeis mi nombre? --No sabeis vos el mio? --Me amais! --Confio en vuestro honor. Entremos en esta casa don Juan, mientras buscan una litera. El marqus no la contest. La asi de la mano, se fu un casuco situado en un rincon lbrego de la plazuela, y llam. Abrieron poco despues aquella puerta. Mediaron algunas palabras en voz baja, entre el marqus y la persona que habia abierto; sonaron algunas monedas, y al fin doa Esperanza y el marqus desaparecieron por el oscuro fondo. La puerta volvi cerrarse en silencio. CAPITULO II. La hermosa duquesita se ha perdido! El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, caus una sensacion profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la crte. Y no era por cierto porque sus magestades les hubiese acontecido ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que, gracias Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado ligeramente ahumado en la bveda, y algo mas profundamente chamuscado en el tabernculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se habia reducido un buen susto, algunas contusiones, y otras tantas caidas: lo que habia hecho clebre al tal incendio, habia sido que causa de l, la magnfica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido. Al salir la crte de la iglesia, hallaron las dueas que de su hermoso rebao se habian descarriado cinco magnficas ovejas: cuatro de ellas, que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito de la Guardia, no parecia. El rey mand que la mitad de los gentiles-hombres que le acompaaban, algunas dueas, y todos los alguaciles que hubiese mano, se pusieran en busca de la perdida duquesa, y la crte se volvi como si nada hubiera acontecido palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con el rey; pero el rey contestaba que nada est perdido, que todo se encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso una permision de Dios, para que doa Esperanza de Crdenas, que era un tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su salvacion entrando servir Dios en el clustro. Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero disimulada y profunda, su hijo el prncipe don Carlos de Austria, mozo de veinte y dos aos, que marchaba su lado, cabizbajo y profundamente pensativo y al parecer contrariado. --Porque, aadia el rey sin dejar de observar su hijo, el que se pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien pudiera perder alguien, y no es bien tener en nuestro alczar dama que entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga. Asi es que el rey, en cuanto lleg al alczar, tuvo muy buen cuidado de hacer decir por un gentil-hombre al duque viudo de la Jarilla, que su hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla palacio. El duque recibi por el rey aquella noticia; pero los gentiles-hombres, la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la supiese todo el mundo. Las dueas, convenientemente acompaadas, anduvieron dando vueltas, y preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la seora duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo, estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda la noche. Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volva su palacio, encontr delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena apariencia, y todas luces de la clase artesana, que llamaba grandes golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los criados, desde el mayordomo hasta el ltimo marmiton, habian salido en busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente las mujeres de la servidumbre. Yaye, que no habia desfogado bastante su clera con los criados, pesar de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear cuatro lacayos, embisti muy de mal talante con aquella mujer. --Con mil legiones! qu quereis vos las puertas de mi casa? exclam mirando la mujer con ojos centelleantes. --Es vuecelencia el seor duque viudo de la Jarilla? pregunt toda trmula aquella mujer. --S, y bien... qu quereis? --La seora hija de vuecelencia... --Mi hija! qu sabeis vos de mi hija? --La seora duquesa, est en mi casa. --Que mi hija est en vuestra casa! --Y me ha dado esta carta para vuecelencia. Yaye tom con una mano que temblaba de clera, una carta que le di aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompi la nema y devor, que no ley, el contenido del escrito. --Harum! exclam roncamente Yaye, acercndose uno de sus servidores despues de haber leido la carta, y guarddola en su escarcela: pronto una litera, y conmigo. La litera estuvo dispuesta al momento. --Y vos mujer, aadi Yaye, guiad vuestra casa. La mujer ech andar. --Cundo fu mi hija vuestra casa? la pregunt el emir. --La seora no fu, dijo la mujer. --Cmo que no fu? --La llev mi marido que la encontr desmayada en la plazuela. --Ah! la encontr desmayada! y cundo? --Despues de oscurecer. --Y por qu no me avissteis al momento? --Ah, seor! nosotros no sabiamos que la seora fuese hija de vuecelencia. --Cmo que no lo sabiais? pues no os lo ha dicho mi hija? --La seora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer. --Desmayada! Desmayada! habeis llamado algun mdico? --No, no seor: temimos, como vimos que era una dama principal... que la conocieran... y se enterran de que habia estado perdida... y luego... en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos nada. --Y se atrevi vuestro marido llevarla su casa? --Y cmo habia de dejar en la calle, sola, abandonada, una seora tan jven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta los libertinos y los ladrones? no, no seor: mi marido hizo muy bien: sbenlo Dios y la justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal. --Pero... por qu no avissteis palacio? No sabeis que en estos das solo visten de ceremonia las damas de la reina? --Nosotros no entendemos de eso, seor, y como nada sabamos dijimos: cuando vuelva en s, nos dir quin es, y lo que debemos hacer. Hay que confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi-comedia, habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego, era una bribona consumada. Al fin llegaron la casa. Al ver su pobre aspecto, se le hel la sangre al duque; pero domin su clera, fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera observacion, y dejando sus criados, con la litera, en la calle, entro en la casa cuya puerta habia abierto la mujer. CAPITULO III. De cmo un nio puede ser el dedo de Dios. Cuando entr en una hmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca y gentil adelant, y se arroj sollozando en sus brazos. Era la duquesita. Yaye la estrech dulcemente contra su pecho, afectando solamente el cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo besndola en la frente. --Oh, qu noche! qu noche tan horrible, hija mia! Despues la separ un tanto de s, y la mir fijamente: la duquesita estaba muy plida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su tranquila pureza. --Yo no s dnde he estado, padre mio; dijo la jven... apenas recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche... --Te encontraron desmayada. --Asi es, seor, dijo el marido. --Despues he recordado no s que cosa horrorosa, dijo doa Esperanza: un incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... Oh, Dios mio! luego... yo corria... de repente sent un vrtigo... unas angustias horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los ojos, me he encontrado aqu, tendida en un lecho, con las mismas ropas que me habia puesto para acompaar sus magestades. Mientras doa Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y guardando el mas respetuoso silencio la puerta del aposento, de la que no habian pasado: un chiquillo como de cinco aos, estaba junto una mesa mirando alternatvamente un cajon entreabierto y sus padres: en un momento en que estos estaban abstraidos, mirando Yaye y su hija, el muchacho abri silenciosamente el cajon, y sac de l una moneda: Yaye se levant rpidamente, asi la mano del nio, y sacando de ella un dorado doblon de ocho, le mostr al marido. --Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os roba vos; maana robar otro. Y abri mas el cajon para echar en l la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones. --Buenos ahorros teneis, dijo el duque sealando con un dedo inflexible aquel oro. El marido se puso sumamente plido y balbuce algunas palabras; la mujer, aunque un tanto alterada, contest sobre la palabra de Yaye: --Ah, seor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos la caridad de la seora. --Has hecho bien, hija ma, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar estas buenas gentes: tomad, aadi dndoles una bolsa de seda llena de oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra casa la duquesa de la Jarilla. Y asiendo de la mano su hija sali con ella. La pobre jven ley en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su alma; pero ni se inmut ni tembl, aunque habia visto algo horrible. Esto consista en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa. Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle hasta que doa Esperanza entr en la litera y Yaye se alej con ella y su servidumbre, dijo volvindose su marido. --Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos gozarle muy lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha adivinado... estoy segura de ello. --T tienes la culpa, Francisca, contest el marido con acento profundo... yo no quera... pero t te empeaste... t tienes la culpa... ese oro maldito caer sobre nuestra cabeza y sobre la de nuestro hijo. * * * * * Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado Doa Esperanza en su aposento, cuando su ayuda de cmara le entreg una carta cuidadosamente cerrada. Aquella carta contenia estas solas palabras: Seor: el prncipe ha pasado la noche fuera del alczar; como siempre le ha acompaado el comediante Cisneros. Merced los buenos servicios del mayordomo del prncipe Garci-Alvarez Osorio, el rey no sabe nada. Pero yo vigilo y lo s todo. Seor: vuestro humilde esclavo, Aliathar. --El prncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alczar! exclam con un acento incomprensible Yaye, y se qued profundamente pensativo, con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el rostro en sus puos crispados. Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agit una campanilla de plata, y dijo un camarero que se present la puerta. --Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que sin prdida de tiempo deseo verle. CAPITULO IV. La fuerza de la mujer. Yaye no permaneci mucho tiempo solo. Abrise silenciosamente una puerta de servicio y sin ruido, apagado el de sus pasos por lo muelle de la alfombra, adelant, completamente vestida de negro, doa Esperanza, que no se detuvo hasta sentarse en un sillon junto su padre. Este no la habia visto, abstraido en lo profundo de sus pensamientos, ni repar en ella hasta que la duquesita, despues de haberle mirado intensamente durante algunos segundos, le dijo: --Padre: la fatalidad nos persigue. Volvi el duque la cabeza, mir fijamente su hija con una mirada extremadamente lcida y la dijo con acento opaco: --Te has vestido de luto, Amina! has hecho bien! [imagen: Don Juan sigui con su carga sin hablar una palabra.] --Vengo preparada todo, padre, contest Amina, quien seguiremos dando este nombre. --Con que es verdad? --Yo no s mentir. --Y quin ha sido... exclam con voz temblorosa Yaye, y se detuvo. --Escchame padre, y mata despues tu hija: pero sabe antes; que si ha olvidado un momento lo que te debia, lo que s misma se debia, la ha arrastrado la fatalidad. --Estaba escrito! exclam con doloroso sarcasmo Yaye. --Lo que Dios quiera que se cumpla se cumplir padre. Qu somos sobre la tierra? una hoja seca que arrastra delante de s el viento del destino. Yaye se estremeci. --Permiteme, padre, que te relate una leyenda que hace muchos aos nos cont, en una hermosa noche de verano, la esclava que el dey de Argel habia destinado para que nos entretuviese sus hijas y m, con hermosos cuentos. Yaye mir con asombro su hija. La jven continu sosteniendo con su difana mirada, la mirada sombra de su padre. --H aqu la leyenda que nos refiri la esclava, dijo al fin: [imagen: La duquesita.] Hay en el centro de la Arabia un jardin maravilloso, en que todo es eterno, jven inmarchito. Este jardin, creado por Dios para recreo de sus escogidos, es el jardin de Hiram. Muchos le han visto en diferentes pocas; pero nadie sabe en qu lugar del desierto est situado. Algunas maanas, antes de que aparezca el sol en el horizonte, las caravanas que atraviesan los ardientes arenales, suelen ver lo lejos, tras una difana niebla de color de rosa, una ciudad, cuyos minaretes de oro brillan de una manera deslumbrante; aquella ciudad est rodeada de bosques verdes como la esmeralda, cuyo suave murmurio al agitarlos el viento, se escucha lo lejos tenue y perdido; pero melodioso como la msica mas regalada. Los primeros de nuestros abuelos que vieron aquel prodigio, creyeron que el jardin fuese alguna ciudad desconocida, habitada por gentes ricas y poderosas, y dirigieron ella sus pasos; pero siempre que esto hacian, la ciudad caminaba delante de ellos como una nube, y siempre desaparecia, cuando los primeros rayos del ardiente sol reberberaban en los arenales. Despues se supo que el jardin solo se dejaba ver, para patentizar los hombres las delicias del paraiso, donde despues de su muerte deben vivir los justos en un dia sin fin, y desde que esto se supo, cuando el jardin de Hiram aparecia alguna vez los errantes rabes, no pretendian llegar l, sino que se prosternaban y adoraban la grandeza de Dios, despues de lo cual, seguian su ruta sin dejar de mirar la hermosura de aquella obra del Altsimo, hasta que con los primeros rayos del sol desaparecia.--Cuando Dios queria que un justo, antes de acabar su peregrinacion sobre la tierra, gozase las delicias del paraiso, le inspiraba el deseo la necesidad de ir una ciudad distante, cuyo camino fuese por el desierto. Cuando el varon quien Dios habia escogido para que viese el jardin de Hiram, cansado, abrasados los pies y sediento, se apresuraba por llegar un cercano oasis, apenas entraba en l, Dios le inspiraba un sueo profundo, del cual despertaba instantneamente al eco de una msica superior en armona cuantas pueden oir los hombres. El justo se encontraba en un jardin deleitoso: su suelo, cubierto de un finsimo csped, salpicado de florecillas de vivsimos colores, era superior en belleza la mas preciada alfombra de la India: aquellas florecillas, de suavsima fragancia, formaban con sus matices peregrinas labores, y aqu, y all, y en todas partes, se veian escritos con flores el nombre de Dios y sus alabanzas, y los eternos versos del libro de la santa ley: el cielo era difano y transparente y en medio de l, inundndole de resplandores que no ofendian la vista, brillaba un sol, cien veces mas grande, puro y resplandeciente, que el sol del desierto: las hojas de los rboles, y de los arbustos, y de las flores, eran de esmeraldas, de topacios, de rubes, de carbunclos y de cuantas preciosidades Dios en su grandeza cri: los arroyos y los lagos parecian de lquidos diamantes, y entre la sombra y la fragante frescura de los bosquecillos, habia magnficos alczares, de los cuales haba sido el nico artfice la palabra de Dios. Cmo se podra contar la belleza de lo que solo poda ver con los ojos de su alma un justo? ni cmo compararla con el lodo y la escoria de la tierra? El que entraba all solo salia para contar los hombres tanta maravilla y morir, para ser trasladado, en premio de sus virtudes al paraiso, imponderablemente mas bello que el jardin de Hiram.--Pero la maravilla de las maravillas del jardin, no lo eran ni sus prados aromticos y blandos la planta, como un mullido lecho; ni sus espesuras fragantes; ni su cielo, ni su sol, que brillaba inmvil en un eterno dia; ni sus alczares ni sus flores, sino la hada de juventud inmarchita y siempre pura, puesta por Dios en aquel edem como su flor mas preciada. Muy pocos haban logrado ver su hermosura, y estos habian desfallecido ante ella. Era mas blanca que los primeros albores de la maana; sus cabellos, negros como el manto de la noche, la cubrian casi enteramente de suavsimos y perfumados rizos; sus ojos resplandecian travs de sus negrsimas pupilas; su semblante daba quien le veia la paz de los cielos, y su resplandeciente tnica dejaba ver bajo su tela sutilsima, la belleza mas perfecta que habia creado la voluntad de Dios. El alma de quien la miraba se anegaba de delicias sin fin; el perfume de su aliento dilataba la vida y la hacia mas fcil. El hombre mas impuro se hubiera tornado casto como un arcngel del stimo cielo por sola una mirada de sus ojos y santo por un solo beso de su boca.--La hada vivia feliz y venturosa con su eternidad sin deseos, en aquel edem de delicias: para ella no existia el tiempo; flotaba alegre en los aires sobre nubecillas de color de rosa, y sus cantos de alabanza Dios, solan ir confortar al cansado peregrino del desierto, prximo sucumbir la fatiga. Otras veces flotaba sobre las aguas de los lagos tan difana y tan fresca como ellos, y se anegaba en su fondo, y fuego se elevaba como un vapor y discurria por los bosques y por las praderas, corriendo tras las mariposas.--Pero un dia, el eterno enemigo del cielo y de los hombres, Satans, el envidioso y el soberbio, sinti envidia por la felicidad de la hada, y se propuso hacerla tan infeliz como las mujeres de la tierra.--Dios quiso en sus misteriosos juicios, que el espritu maldito pudiese llegar hasta la hada, encubierto bajo una hermosa apariencia. Satans habia sabido ocultar su sonrisa impura, apagar el fuego terrible de su mirada, y embellecerse con una hermosura tal como la que habia perdido, mas bien lo consinti Dios.--La inocente sali su encuentro y le sonri: entonces Satans la estrech en sus brazos, la bes en la frente, y desapareci.--La hada arroj un grito agudsimo de dolor, y desde entonces ni flot en los aires, ni en la superficie de los lagos, ni corri tras las mariposas: en su frente habian quedado impresos, como una marca negra los hermossimos labios de Satans, y su corazon arda en deseos impuros: continuamente recordaba aquel hermossimo mancebo, y un amor impuro la devoraba, y le buscaba anhelante por todas partes, le llamaba, gemia por l, y en su delirio se habia olvidado de invocar el nombre de Dios, que la hubiera vuelto por esto solo su pureza y su eternidad.--El jardin de Hiram habia desaparecido para ella; la hada estaba desterrada y sujeta las miserias de la vida mortal.--Su planta se fatigaba y se vea reducida calmar la sed en las bramadoras aguas de los torrentes, su hambre con los silvestres frutos que con gran pena y trabajo obtenia de los copudos y speros rboles, y el aguacero, y el trueno y los relmpagos de la tormenta, la obligaban buscar asilo en las horrorosas grietas de las rocas. Ya las mariposas y las aves no venian, como antes, con delicia, revolar en torno de su cabeza y ponerse en sus manos; huian de ella, y durante la noche, la aterraban los rugidos del leon y del tigre, y los bramidos de las bestias hambrientas.--Un dia, en fin, Dios permiti que un rayo de su divina luz inundase el espritu de la hada, y este le reconoci y le invoc.--El Altsimo tuvo compasion de ella; pero quiso que antes de que volviese ser lo que desde el principio habia sido, quedasen su hermosura y su impureza sobre la tierra; pero variando de forma, para perpetuar con un ejemplo lo que la hada hubiera sido, si Dios no la hubiese perdonado.--La bondad de Dios habia vuelto la paz y la inocencia la hada; pero aun no habia vuelto su perdido jardin de Hiram. Sufria aun las penalidades de la vida, y estaba triste y pensativa sentada sobre las breas al borde de un precipicio, por cuyo fondo se despeaba un espumoso torrente.--De improviso una mariposa de alas difanas y matizadas, vino revolar su alrededor; vila la hada, y como en otros dias, quiso acariciar al hermoso insecto, tenerle entro sus manos, sin lastimarle, como otras veces; pero la mariposa huy y fu posarse en un espino; la hada se levant, se acerc recatadamente, tendi la mano, y cuando esperaba tener asida la mariposa, se sinti punzada decorosamente por las agudas puas. La mariposa habia desaparecido, y una sola gota de sangre de la hada habia caido sobre el espino. Luego, el cuerpo de la hada se fue haciendo difano, mas difano, hasta que se deshizo en el aire, como una niebla que se desvanece.--El jardin de Hiram se habia abierto de nuevo para ella, y en el espino, en el mismo lugar donde habia caido la gota de sangre de la hada, habia aparecido una rosa purprea, cuya fragancia embalsamaba el ambiente. Cun hermosa era aquella flor! cun pura! pero lleg un viandante, la vi, la codici, arranc despiadadamente del tronco el gentil tallo en que se balanceaba, y aspir ansioso su fragancia y la bes. La pobre flor perdi su fragancia, su color y su frescura, y el viajero, no encontrndola ya hermosa, la arroj marchita al torrente, que primero la enlod y la despedaz despues. Pobre flor! cada primavera brota del tronco un pudico capullo, y siempre llega un viajero y le corta de su tallo, antes de que haya abierto enteramente su corola, goza un momento su naciente perfume, y como el viajero anterior, cuando le ve marchito, le arroja al torrente. Ay y cuan pocas rosas se salvan del abandono y del olvido! ay cuan pocas dejan de enlodarse en la corriente bramadora! Dtuvose un momento Amina, cuyos ojos estaban arrasados de lgrimas, y luego aadi con acento melncolico y triste: --Cuando la esclava llegaba este punto de su leyenda, aadia siempre: la rosa es la mujer, hijas mas; el espino la representacion de sus dolores; el despiadado viandante, los deseos impuros del hombre; el torrente de cieno, el mundo. Pero la mujer, como la hada, tiene un Dios que la proteje, y la virtud y la pureza son para ella el eterno jardin de Hiram. Dtuvose la jven, pos en su padre tras un velo de lgrimas una mirada desesperada y guard silencio. Yaye habia comprendido perfectamente la amargura que contenia, especialmente en aquellas circunstancias, la fbula oriental que habia oido su hija de boca de la esclava destinada entretener con hermosos cuentos las hijas del dey de Argel. Pero le interesaba sobre manera conocer la aplicacion que hacia Amina de aquel cuento, y dijo fria y severamente: --Y qu propsito me has relatado esa leyenda? --Para que juzgues, padre, de la influencia que ese cuento y otros semejantes, han podido tener en el porvenir de tu hija. Yaye inclin la cabeza y qued en la actitud del que escucha, y no quiere perder ni una slaba. --Desde el momento en que la esclava nos relat el cuento que acabas de oir, padre, mis compaeras de infancia, casi mis hermanas, las hijas del dey, no me llamaron como antes Amina, como me llamas t, cuando nadie nos escucha. Me llamaron Saruhl-Hiram: Flor de Hiram! esto ya era fatal: era como decirme: t eres esa rosa puesta por la fatalidad al lado de la via pblica, al borde del torrente. T eres esa naciente flor expuesta las codiciosas miradas del viandante. Un dia, t, pobre flor, marchita y deshojada, sers arrojada al torrente. Yaye se estremeci: veia en aquellas palabras una acusacion de su hija: se anonad, inclin aun mas la cabeza, y oprimindose el pecho con la mano, como, si hubiera querido impedir que su corazon saltase, murmur de una manera opaca ininteligible: --Oh, padre! padre! y cun terrible herencia me has dejado! Amina continu, con la vista siempre dilatada y fija en Yaye: --Prescindiendo de la fatalidad que parecia determinar, el que sin motivo justificado me llamasen las hijas del dey, Flor de Hiram, no crees, padre, que es un modo singular de apartar las mujeres de la impureza, el presentarlas los ejemplos de la virtud envueltos con las incitantes descripciones del placer? Los cuentos de la esclava eran muy morales en el fondo, pero en su lenguaje... Oh! siempre el vicio hermoso, halagando la mujer, enloquecindola, extravindola: siempre el deleite ardiente, las formas desnudas, el corazon que late anamorado, los ojos que desfallecen de placer. Qu vale presentar despues las horrorosas consecuencias del vicio y de la impureza, si se ha dado el veneno en copa de oro; si se ha hecho aspirar la vrgen llena de vida y de esperanzas, cuanto bello y tentador rodea y acecha la vida en la mujer? Qu vale que se os diga: apartaos de ese camino, si se os ha presentado ese camino lleno de encantos, y solo al fin, se os presenta un precipicio del que apartais con repugnancia los ojos, que solo quieren mirar lo bello, lo ardiente, lo deslumbrador? Cmo querer formar la esposa honesta, si se mancha la castidad de la vrgen, desgarrando sin piedad, ciegas, giron giron, su velo de pureza? --Amina! exclam Yaye, no pudiendo sufrir ya mas el peso de las justas, aunque indirectas reconvenciones de su hija. --Los musulmanes, educan sus mujeres para el placer, continu la inflexible jven; tienen un harem donde las encierran: horribles esclavos que las guardan: una vrgen, que no hubiese perdido la virginidad del alma, que no conociese profundamente la ciencia del bien y del mal, seria para ellos ni mas ni menos que una hermosa esttua inanimada: es necesario que la esposa la esclava, compongan canten, hermosos y ardientes romances de deleite; que dancen como una bayadera; que hayan perdido enteramente el pudor. Se las educa para el placer... y horrible sarcasmo! se las pide luego virtud, y si desprovstas de su pureza, invencible arma de la mujer; enloquecidas por el deseo, marchando por una senda tapizada de flores, caen en un precipicio que no han visto, hasta que han tocado su fondo, oh! entonces no hay castigo bastante para la esposa adltera la virgen perdida: el hoyo de arena, el saco de cuero y las ondas del mar. La voz de Amina era solemne y parecia doblegar como un horrible peso material la cabeza de su padre. Amina, continu. --Criada bajo el ardiente sol del Africa, los doce aos, t lo sabes, padre, era ya una mujer formada: cuando por el Rhamadan (la cuaresma), ibas visitarme durante algunos dias la Casb del dey, me sentabas sobre tus rodillas y me llamabas tu pequea mujercita. Yaye lanz un rugido sordo, porque el recuerdo que evocaba su hija le desgarraba el alma; irgui la cabeza y mirando frente frente Amina, la dijo: --Muchas veces, y en mas de un recio combate, una lanza enemiga ha desgarrado mi pecho; jams esa lanza me ha causado tanto dolor como cada una de tus palabras: pero contina, contina, porque quiero que llegues al fin; quiero saber cuanto se encierra en el corazon y en la cabeza de mi hija. --Padre, comprndeme y no creas un reproche ni una acusacion mis palabras; pero tu hija necesita justificarse, porque... perdname si te desgarro el corazon, padre: tu hija est deshonrada. Yaye no hizo un solo movimiento, no pronunci una sola palabra; pero un estremecimiento poderoso, un temblor semejante al de una montaa agitada por un volcan, estremeci su cuerpo de los pis la cabeza. --A los doce aos, pues, era ya una mujer en toda la extension de la palabra, y se habia procurado ensearme tanto, que mi espritu estaba enteramente formado. En los pocos dias que cada ao pasabas mi lado, procurabas informarte por t mismo, si se me habia dado la enseanza que t habias querido se me diese. Recuerdo que cuando me hablabas en castellano, al ver la pureza con que yo te contestaba, decias: --Es maravilloso: un espaol te creeria andaluza; hija de ese pais bendito, donde todo es hermoso; el cielo, la tierra y la mujer. Yo no sabia entonces nuestra historia y me maravillaba de que se me hubiera hecho aprender un habla que nadie usaba en torno mio, sino los cautivos espaoles, los pobres viejos, con los cuales, durante algunos aos, se me hacia hablar muchas horas seguidas al dia. No comprendia tampoco para qu se me habia instruido en la religion cristiana, cuando se me repetia que aquella religion era una impostura, que no habia mas Dios que Dios el Altsimo y Unico, y su profeta Mahomet. Oh! esto era tambien fatal: la una religion me prescribia la caridad, la humildad, la pureza: me decia que una mujer, una santa vrgen, era la madre del Redentor del mundo; me daba una parte en el paraiso como al hombre, me hacia su igual, su compaera por el matrimonio; me daba derecho al amor exclusivo de un esposo, amor al que debia ser fiel, vnculo que no consiente una tercera persona, dulce alianza que constituia en uno dos seres durante la vida: el islamismo me decia: la mujer es una esclava, una cosa que ningun derecho tiene: la mujer debe ser solo de su esposo de su seor; pero no debe tener zelos si su esposo y su seor son de otra de otras muchas: tu corazon no debe latir, tu cabeza no debe pensar; eres para tu esposo para tu seor menos que su arco, su lanza su caballo. Entre tan opuestas doctrinas, mi razon fluctuaba; no creia en ninguna de ellas; pero me decid por la que me daba mas derechos: esto era natural: sabia que existia una religion bajo la cual era igual al hombre, en la cual tendria familia, esposo, hijos, hijos mios que nadie me arrebataria, y me decid por el cristianismo. Despues... prdoname, padre, porque s que aborreces los cristianos: perdname... pero quieres saber lo que guardan mi corazon y mi cabeza, y quieres saber lo de un dia solemne, en un dia en que la Iglesia conmemora la pasion de Jesucristo; en un dia en que he elegido esposo?... Yo soy cristiana, cristiana con todo mi corazon, porque Dios ha hablado mi entendimiento iluminndole con un rayo de su divina luz, ha salvado mi alma. Otro extremecimiento comovi Yaye, que como si se hubiese resignado todo, continu callando. --Pero la fe, por poderosa que sea, no ha podido arrancar de mi la influencia de la educacion que se me habia dado: yo no conocia el placer, pero conocia el amor: le conocia porque me lo habian dado conocer de una manera tentadora, en una y otra leyenda, en uno y otro romance. T mismo has dicho muchas veces despues de haberme oido cantar, despues de haberme visto ejecutar una de esas lbricas danzas musulmanas: --Oh! hermosa, hermosa como el amor! irresistible! t sers la tentacion que ayudar mi espada! Yo no comprendia entonces estas palabras; despues cuando conoc nuestro pasado y nuestro destino, comprend que todo lo sacrificabas por tu patria: hasta el corazon y la honra de tu hija! --Oh, padre! padre! murmur de nuevo Yaye. --Si; acaso sea verdad que soy irresistible. Un prncipe real, exclam con amargura Amina, un pobre loco, arde por m en deseos impuros, y por m es capaz de atentar los de su padre. Ese mismo padre, el taciturno y grave Felipe II, no ha podido ser siempre tan prudente, que yo no haya visto en l alguna vez una chispa de deseo en una mirada; los grandes mas grandes de la crte, se arrastran mis pis, olvidada la soberbia que les inspiran sus blasones y sus riquezas. Llmaseme por excelencia, y con gran envidia de las damas de la crte, la hermosa duquesita, y acaso, acaso, soy irresistible. Pero el adquirir ese poder tentador me ha costado la paz de mi alma. T no sabes, padre, de qu modo han llenado mi pensamiento despierta, y mi sueos dormida, todas esas ardientes imgenes de los cuentos de hadas y de amores; t no sabes, padre, de qu manera lenta, pero segura, se ha ido formando en mi alma, un amor intenso, ardiente, roedor, que me hace necesario un ser quien unir mi alma, quien enamorar con todo el amor que mi alma encierra; quien enloquecer con mi hermosura desnuda, incitante, palpitante, con toda la tentadora fuerza de mis ojos; t no sabes de qu manera se ha ido formando dentro de m un ser imposible, por lo hermoso, por lo grande, por lo enamorado; un conjunto de perfecciones; un amante divino, quien yo veo solo con cerrar los ojos: t no sabes cunto le acaricia mi alma, cuanto le ama, cuanto desea verle ante s, como una realidad que se toca, no como un sueo que huye. T no sabes cun hermoso es el satans que ha besado mi frente, dejando impresos en ella sus hermosos labios, empalideciendo mi semblante, y arrojndome del perdido jardin de Hiram de mi pureza. T no sabes cun desesperado, cun ansioso, cun muerto la esperanza est el corazon de tu Esperanza. Este terrible juego de palabras, hizo levantar la cabeza Yaye y fijar una mirada infinitamente ansiosa en su hija. En efecto, el semblante de Amina, revelaba una desesperacion tan profunda, que Yaye se sinti completamente aniquilado. --Pero ese hombre..! ese hombre..! ese esposo quien has elegido! exclam el duque con un acento supremo por lo desesperado: no le amas? --No lo s aun. --Has sido suya en un momento de delirio? --Si. --Oh! exclam Yaye. Y aquella exclamacion era al mismo tiempo una blasfemia y un rugido de amenaza. --Desde que fui presentada en la crte, poco despues, continu Amina, o hablar de un hombre con quien los ociosos habian tenido bien casarme de una manera singular: supe que, por un capricho, habian dejado de llamarme la hermosa duquesita para llamarme la mujer del marquesito. --Pero quin era este marquesito? Un jven de mi misma edad poco mas, de quien se decian maravillas; las damas hablaban de l con deseo, y los hombres con envidia; sin saber como, di en pensar en el marquesito, y al fin, atribuyndole todas las prendas que yo soaba en el hombre de mi amor, am sin conocerle al marqus, pero con delirio, como nicamente puedo amar yo. Guardaba, sin embargo, mi secreto, le deboraba, esperaba una ocasion de verle en la crte; pero el marquesito jams concurria ella. Al fin, ayer, cuando incendiado el tabernculo del templo, huia despavorida, sent que unos brazos me levantaban del suelo, que un hombre me llevaba consigo hasta un lugar solitario donde me dej en tierra. Brillaba la luna. Ante m habia un jven, la cabeza descubierta, y tan hermoso como no habia visto ninguno. Sent que mi corazon se rompia, que me arrastraba hcia aquel hombre, y cuando en un accidente de la conversacion brevsima que se cruz entre nosotros, supe que aquel hombre... --Era l... observ roncamente Yaye. --Si, el _marquesito_: ardiente, enamorado, audaz: quise defenderme en vano: mi razon habia sido dominada por mi eterno sueo, por ese sueo fatal de amores: lo olvid todo: para m no existia nadie en el mundo mas que l: me dej conducir donde quiso, y cai en el abismo que se me habia preparado, envenenando mi alma. Detvose Amina, y Yaye no tuvo valor para pronunciar una sola palabra. --Ahora que ya lo sabes todo, padre, dijo Amina, levantndose y arrodillndose sus pies, mtame; mtame, porque te he deshonrado; mtame, porque yo no puedo vivir; porque he probado el amor, y no es el amor que yo habia soado: porque al perder mi pureza he conocido que era pura; porque no puedo volver mi hermoso sueo que era mi edem, porque... porque si t no me matas, me mataran el dolor... y la vergenza. Y Amina de rodillas con las manos juntas y los ojos levantados al cielo inundados de lgrimas, era el mas bello trasunto del ngel de la desolacion. --El nombre! el nombre de ese hombre! exclam Yaye levantndose con impetu. --Ese hombre se llama el marqus de la Guardia! respondi Amina. Al oir esta revelacion el duque, cay de nuevo desplomado sobre el sillon. --El marqus de la Guardia! El marqus de la Guardia! Fatalidad! Horrible fatalidad! Luego, como saliendo de un horrible sueo, exclam: --Yo no puedo matar ese hombre: t no puedes ser su esposa. --Y quin te pide su muerte? exclam palideciendo Amina. --Le amas! --Oh! no lo s! no lo s! aun no le conozco bien! pero si l me amase, si l me amase como yo le amaria!... y luego... Tiene la culpa de haber encontrado en su camino una virtud tan frgil que se ha roto al primer choque!... matarle! y por qu? yo soy la que debo morir! --Si yo no fuese lo que soy, serias su esposa, Amina: si se negaba ser tu esposo, seria asunto de hacerle pagar con la vida la felicidad de haberte poseido, y de encerrarte donde nadie pudiera ver tu deshonra. Pero ese casamiento es de todo punto imposible por varias razones. Sobre todas est la de que t debes ser esposa del prncipe don Carlos. --El prncipe don Carlos! exclam con terror Amina; con un terror que no habia demostrado, durante su audaz revelacion su padre, ni cuando le pedia que la matase. --Si, dijo Yaye: la fatalidad quiere que t seas reyna. --Pero, padre mio: olvidais que para ello es necesario hacer de el prncipe un parricida? tal malvado quereis unirme? --Mira, Amina: all, y el duque extendi su brazo rgido y fatal hcia el Oriente: all hay un pueblo entero esclavo, despedazado por el vencedor: all se ahorca, se azota, se arranca de entre los brazos de su familia, ancianos cubiertos de canas, hombres en la fuerza de su vigor: all los hijos no tienen madre, ni las madres, hijos: all se destila gota gota por la mano del verdugo la sangre de tu pueblo: al otro lado de los mares, tras la inmensidad del ocano, un pueblo que tambien es tuyo, sufre la misma suerte horrible, imposible. La sangre de esos dos pueblos te alienta: la corona de esos dos pueblos ceir un dia tu cabeza: el opresor de esos dos pueblos, el tirano que se alimenta con sangre humana, es demasiado poderoso para que pueda vencrsele por la fuerza: Satans le ayuda: es necesario acercarse l como la serpiente, acechar su sueo, y morderle antes de que despierte, en el corazon: t y yo nos sacrificaremos por esos dos pueblos oprimidos; para salvarlos romperemos nuestro corazon, y cubriremos, si es preciso, de vergenza nuestra frente: qu importan los medios con tal de que nos lleven al fin apetecido? --Pero si aun asi no logramos salvar esos desgraciados! si nos perdemos intilmente!... --Habremos luchado con todas nuestras fuerzas. --Esposa del prncipe don Carlos!... murmur mortalmente plida Amina. --Ni una palabra mas: la conversacion que hemos sostenido, es demasiado dolorosa para que queramos prolongarla. Dios lo ha querido, y es necesario resignarse su voluntad! vete: djame solo; qutate esas lgubres ropas, y que nadie vea en tu frente ni la mas leve nube de tristeza; presntala altiva y serena al mundo, como yo le presento la mia... y, sin embargo, guardo en mi corazon un infierno. Gurdalo t tambien, y sobre todo... olvida... olvida al marqus. Y despues de esto, lleg su hija, la bes en la frente, la asi de una mano, y la condujo hasta una de las puertas de la cmara. Amina desapareci tras el tapiz. Yaye permaneci algun tiempo inmvil, como una esttua, con la mirada fija, abstraida; luego se pas la mano por la frente como si hubiera querido arrancar de ella una pesadilla, y su impenetrable semblante, adopt de nuevo una expresion glacial, fria, reflexiva que parecia ser su expresion caracterstica; fu la mesa, abri un cajon con llave, sac cuidadosamente unos papeles y se puso hojearlos. Poco despues se levant, puso los papeles en un armario, cuya llave guard cuidadosamente en un bolsillo, y se fu la puerta. --No ha venido aun el seor Cisneros, dijo con acento breve. --Ah, seor duque, dijo otra voz la puerta opuesta de la antecmara; aqu me teneis, y no muy tiempo por cierto, porque creo que os impacientais. --Si, me impaciento, Cisneros, dijo el duque dejando pasar su cmara este segundo personaje y cerrando tras l la puerta. --Perdonad, dijo Cisneros; pero me he acostado anoche muy tarde, y aunque ya han dado las diez de la maana, hoy es para m muy temprano. --Sentaos. El duque seal un sillon Cisneros y se sent en otro junto una chimenea, cuyo fuego se puso arreglar de la manera mas natural. Tenemos delante dos personajes, la fisonoma de uno de los cuales se habia modificado, mientras la del otro nos es enteramente desconocida. Yaye era por aquel tiempo un hombre jven aun, de poco mas de cuarenta aos, y de mediana estatura; era aun, sin embargo, gallardo sobremanera, y de todos sus movimientos, de todas sus actitudes rebosaban nobleza y distincion; esa especie de distincion que solo poseen los que desde la cuna han vivido en la opulencia, mandando y siendo obedecidos. A mas de su juventud y su gallarda, conservaba su poderosa hermosura, su tez blanca, densamente plida, y tersa y lmpida, tanto en su semblante como en sus manos, que revelaban por su forma que ningun rudo trabajo las habia ocupado jams: sus cabellos negrsimos, rgidamente cortados segun la moda de la nobleza espaola, eran tan espesos que contrastaban de una manera decidida con la mate y difana blancura de su frente: sus cejas y su barba, convenientemente recortada, eran tan negras y tan tupidas como el cabello, y sus negros ojos habian adquirido un no s qu de dominador, de fijo, de valiente, de incontrastable: aquellos ojos eran un abismo en cuyo fondo solo se lea nobleza y talento, y veces, cuando nadie le vea, desesperacion y remordimiento. Su boca, aun sin hablar, mandaba, por su configuracion particular, y su nariz, un tanto aguilea, acababa de armonizar las lneas rgidas, bellas y magestuosas de su semblante. Yaye debia imponer consideracion, respeto miedo la persona con quien hablase, con arreglo la situacion al carcter de esta persona. Lo que indudablemente inspiraba al comediante Cisneros era miedo, lo que se comprendia por mas que este quisiese disimularlo. Pertenecia Cisneros otro tipo enteramente distinto: era buen mozo, bien proporcionado, de buen talante; pero habia en su belleza un decidido sabor picaresco, audacia baja en su mirada y mucho de rufianesco en sus maneras: todo esto encubierto y como velado por un bao de crte, y por su trage rico, trmino medio entre las ropas usadas por la nobleza y los hombres ricos de la clase media. Llevaba espada de gabilanes ancha y larga, un tanto mas de lo que consentian las pragmticas; limosnera y jubon bordados, pero con una profusion y una riqueza de mal gusto; un arete en la oreja izquierda y las manos cuajadas de cintillos: la hipocresa el fanatismo estaban representadas en l, por un rosario de cuentas gordas y relucientes, sujeto en su cinto al lado de la espada, y por lo dems, unas calzas de grana, unas botas rizadas de gamuza, sin espuelas, y una capa larga, de pao fino de Segovia, completaban su trage. Desde el momento en que Cisneros se encontr sentado frente frente con Yaye, fij en l una mirada ambigua, que tanto tenia de audaz como de recelosa. Yaye parecia no reparar absolutamente en Cisneros y seguia arreglando sus tizones. --Hace un buen frio, dijo. --El invierno se alarga mas de lo justo, contest Cisneros. --Y no deben ser las noches muy propsito para pasarlas al sereno corriendo aventuras. --Ah, seor duque! estas noches son mucho mas propsito para pasadas al lado de una chimenea entre dos cosas que se parecen mucho en la figura y en los efectos. --Y cules son esas dos cosas que se parecen tanto? --Una botella y una mujer. --Ah! y habeis pasado de tal suerte la noche el prncipe y vos? --El prncipe y yo? --Qu! no le habeis acompaado? --No seor; pero me ha tenido de ronda toda la noche observando otras rondas que han andado de ac para all, buscando como sabuesos, y sin poder dar con lo que buscaban. --Y qu buscaba el prncipe? --Buscaba vuestra hija, contest con una audacia infinita Cisneros. --Solo se busca lo que se ha perdido, contest friamente el duque, y mi hija no ha estado perdida un solo momento. --Sin embargo no volvi con la crte al alczar, y se dice se decia anoche de pblico, que habia desaparecido entre el desrden causado en el Buen-Suceso, por el incendio del monumento. --Es cierto; pero mi hija aterrada, apenas se vi por un milagro en la calle, tom el camino del monasterio de las Vallecas, que como sabeis, est cerca del Buen-Suceso, en la calle de Alcal, donde recientemente ha profesado una parienta nuestra por parte de mi difunta esposa. Doa Esperanza ha pasado la noche en el convento. Avisronme algo tarde de ello, cuando ya sabia yo que mi hija habia desaparecido, y cuando me habia puesto en su busca, razon por la cual, no he podido saber su paradero hasta que al amanecer he vuelto mi casa. --Pues si vos no me hubirais afirmado en mi creencia de que el convento de las Vallecas est en la calle de Alcal, dijo Cisneros doblando su audacia, al saber de vuestra boca que mi seora doa Esperanza ha pasado la noche en un convento, hubiera creido que el tal convento era un casuco en la plazuela de Peranton, que est, por cierto, mas cerca que las Vallecas del Buen-Suceso. --Quin os ha dado tales noticias? dijo Yaye posando una mirada profunda y amenazadora en Cisneros. --Me lo han dicho mis ojos. --Vuestros ojos? --Si, por cierto. --De modo que vos visteis salir mi hija de la iglesia? --No por cierto, aunque en la iglesia estaba. --Habr habido en esto alguna infamia? --No, no, seor: el marqus de la Guardia guardar probablemente un profundo secreto acerca de esta aventura. No es doa Esperanza una dama cuyos secretos se tiran asi por la ventana: es demasiado hermosa, vale mucho, para que no inspire un amor respetuoso y discreto. --Es decir, repuso Yaye con la misma serenidad, y el acento tan seguro como pudiera haberlo usado al tratarse de una dama enteramente extraa l, es decir, que hay quien sabe que el marqus de la Guardia ha pasado la noche bajo el mismo techo que mi hija? --Lo s yo, y lo saben indudablemente los dueos de aquella casa: pero estos deben ignorar el nombre de vuestra hija, aunque conocen demasiado al marqus, quien han prestado diferentes veces servicios semejantes al que le prestaron anoche. --Seguid, maese Cisneros, seguid, dijo Yaye con su inalterable calma, fin de que sepamos lo que debemos hacer: pero tened mucha cuenta con no engaarme. Unicamente tras esta palabra brill una mirada amenazadora en los ojos de Yaye; mirada tal y tan poderosa que hizo temblar Cisneros. --Me interesa tanto serviros, dijo con un marcado servilismo el comediante, que me guardar bien de engaaros. Si vos no me hubiseis llamado, yo mismo hubiera venido veros, porque s muy bien que el asunto que nos ocupa es grave. Voy por lo mismo contaros todo lo que sucedi, y vereis como ha podido la casualidad ponerme en la verdadera situacion de este negocio. Anoche estaba yo en el Buen-Suceso, cuando aconteci aquel endiablado incendio: naturalmente, y creyendo de mas gravedad el acontecimiento, pens en ponerme en salvo; pero al huir perd mi gorra. Habeis de saber, seor duque, que la gorra que perd era de mucho valor y que la tenia en gran estima por haberla bordado una dama amiga mia. Echme, pues, pesar del peligro, buscar la gorra, y poco que tent por el suelo, encontr esta que veis. Y Cisneros mostr al duque una de terciopelo negro de Utrech, prendida al lado izquierdo con un joyel de diamantes. --No sabeis de quin es esta gorra? continu Cisneros. El duque se encogi de hombros. --Pues esta gorra es ni mas ni menos que del marqus de la Guardia; la conozco demasiado porque este joyel de diamantes se ha perdido y se ha ganado hace algunas noches por cien veces seguidas los dados y habia quedado definitivamente en poder del marqus. --Pero si el marqus es jugador, dijo con una expresion de repugnancia y de hasto Yaye, puede haber perdido este joyel, y haber pasado manos de otro. --No, no, seor; estos dias el marqus est en ganancias, y aprecia mucho esta joya porque era de su madre. Tanto la aprecia, que solo en uno de esos momentos en que un jugador es capaz de echar un dado su honra, la ech sobre el tapete. Alegrme, pues, de que habiendo perdido el marqus su joyel, hubiese venido dar en mis manos, porque era lo mismo que si no le hubiese perdido, y me encamin cierta manceba, seguro de encontrarle, porque el marqus estaba citado con un prncipe aleman, para darle el desquite de una gruesa suma que le habia ganado la noche anterior. A pesar de que el marqus es todo un caballero y nunca falta empeos de juego, de amor de honra, dieron las nimas, hora de la cita, y el marqus no pareci: dieron las nueve, tampoco: temise, conociendo su puntualidad, que le hubiese sucedido alguna desgracia, y muchos de sus amigos fuimos buscarle los lugares que sabiamos que l podia concurrir. En aquellos momentos otro de nuestros amigos nos trajo del alczar la noticia de que se habia perdido en el Buen-Suceso vuestra hija. Como otros dos concurrentes, pronunciasen propsito la mujer del marquesito! nombre que, como sabeis, se da tambien vuestra hija... --Fatalidad, murmur Yaye. --... estas dos frases me hicieron formar una idea atrevida; pero posible: yo habia encontrado la gorra del marqus en la iglesia del Buen-Suceso. Doa Esperanza habia desaparecido de la iglesia. No podia ser muy bien que hubiese tropezado vuestra hija con el marqus, y que en un momento de desmayo, de terror, la hubiese arrastrado consigo? Habia ademas en abono de mi pensamiento, el que solo por una dama tal como mi seora doa Esperanza, hubiera faltado el marqus dar un desquite de juego. Sin decir nadie nada, y calculando qu lugar mas cercano la iglesia del Buen-Suceso, podia haber conducido el marqus una dama, me acord de cierta casa de la plazuela de Peranton. En efecto, fu ella, llam, me v obligado alborotar para que me abriesen, seal clara de que la casa estaba ocupada dignamente, y cuando pregunt por el marqus, me le negaron de tal manera, que no tuve duda de que estaba en la casa. Como la noche estaba fria y hmeda, y era adems Jueves Santo, me retir mi posada y estaba haciendo mi colacion, cuando h aqu que recibo un recado de Garci Alvarez Osorio, en que, de rden del prncipe me mandaba ir al alczar por el Campo del Moro. Fu y encontr al prncipe furioso por la prdida de vuestra hija. Doa Esperanza ha acabado de volver loco su alteza, seor duque, y haremos del prncipe lo que queramos. --Continuad, continuad, dijo secamente Yaye. --Ya conoceis el carcter voluntarioso impaciente del prncipe: despues de haber recorrido conmigo todos los lugares donde, de una manera insensata y villana, creia podian tenerse noticias de doa Esperanza, apel la justicia y la Inquisicion: pag peso de oro alguaciles y familiares, y puede decirse, seor duque, que no ha habido posada, ni casa pblica, ni lugares de sospecha, que no hayan sido registrados. Esto ha producido la prision de mucha gente menuda que se ha encontrado mal entretenida... --Y en tales lugares buscaba el prncipe mi hija! --Los zelos son villanos, seor duque. Pero, pesar de ellos, tan bien oculta y en tan buenas manos estaba doa Esperanza, que ni alguaciles ni familiares pudieron dar con ella. Poco antes del amanecer, transido de frio y trmulo de zelos y de corage, se volvi su alteza al alczar, y vindome libre, me propuse llegar hasta el fin de mis investigaciones, solo en servicio vuestro, seor duque. Me fu la plazuela Peranton, me hice abrir la puerta de una taberna, pesar de que aun no habia amanecido, y mediante un ducado, consegu que me dejaran ponerme en acecho en una ventana baja, desde la cual se veia perfectamente la puerta de la casa, donde estaba seguro que se hallaba el marqus de la Guardia. Poco antes del amanecer se abri aquella puerta y sali un hombre embozado, en cuyo talante reconoc al marqus, la dudosa luz del alba. Amaneci, volvi abrirse aquella puerta, sali la duea de la casa y poco despues volvi. La acompabais vos, y tras vos venia una litera conducida por dos ganapanes. Entonces no tuve duda de que doa Esperanza era la dama que habia pasado la noche en aquella casa. Call concluida su exposicion Cisneros, y durante algunos segundos Yaye se puso arreglar de nuevo los tizones, en una posicion en la cual Cisneros no podia ver su rostro. Levantse al fin el duque: estaba perfectamente tranquilo. Mir de una manera glacial Cisneros y le dijo: --El trage que vistes; el oro que gastas; las ganancias que te dan tus funciones en el corral de la Pacheca; el silencio de la justicia acerca de tus truaneras y de tus delitos, todo me lo debes, Cisneros: sin m estarias representando con una mala comparsa por los villorrios de Castilla, y aunque tienes habilidad ingenio para tu oficio, nunca llegarias capa de raja. --En cambio, seor duque, yo soy el demonio que habeis puesto al lado del prncipe. Por m, una desmedida ambicion se ha apoderado de su alma, y anda en tratos con los Hugonotes de Francia y los herejes de los Paises-Bajos. Me pagais bien: pero me pagais mi cabeza, seor duque; porque sirvindoos soy traidor al rey, y ya sabeis lo que hace el rey con los traidores cuando los descubre. --Bien, basta. Es necesario que nadie sepa donde ha estado mi hija esta noche. El marqus de la Guardia, callar. En cuanto los dueos de esa infame casa, callarn tambien. Si se divulga en la crte este secreto, t solo habrs sido la causa, me habrs hecho traicion, y en cuanto los traidores soy yo un rey mas terrible que don Felipe. Levantse tras esto Yaye, abri el armario donde antes habia dejado en un secreto unos papeles, y sac un pesado saco que entreg Cisneros. --Mi hija ha pasado la noche en el convento de las Vallecas. Lo entiendes? --Si seor, dijo Cisneros levantndose y ponindose el pesado talego bajo el brazo. --Vete, dijo Yaye. --Gurdeos Dios, seor, dijo el comediante inclinndose profundamente, y sali. Apenas habia salido, se abri una puerta, y se le present un hombre membrudo, atltico, de fisonoma noble y simptica, un tanto plido, de ojos negros y mirada profunda inteligente. Aquel hombre demostraba contar cuarenta y cinco aos de edad, y llevaba preseas, armas y coleto de soldado. --Dios te guarde, Harum, le dijo el emir quien seguiremos dando su verdadero nombre originario: te he mandado llamar para un grave empeo. --Mandad vuestro esclavo, magnfico seor. --Hace mas de veinte aos que me sirves con una lealtad y un valor toda prueba. --Es mi obligacion: ademas de eso me habeis recompensado magnficamente, seor: cuando empec serviros era wal, y me hicsteis vuestro secretario; ahora soy vuestro wazr. --Por lo mismo el servicio que voy pedirte es mas humilde, mas degradante, que el oficio que tienes delante de todo el mundo, siendo alferez de los tercios viejos de Flandes. --Y te traigo muy buenas nuevas, seor. --Dejmoslas para mas adelante. Cundo has llegado? --Hace una hora; quise veros al momento; pero me dijeron que estabais con la poderosa sultana Amina. --Para guardar el honor de la sultana, es necesario que busques cuatro de nuestros monfes, los mas astutos, los mas feroces, los mas callados, con los cuales cumpliras el decreto que voy darte. El emir escribi algunas lineas en caracteres rabes, y entreg despues el papel donde las habia escrito, Harum, que dijo despues de leerle: --Vuestras rdenes se cumplirn, poderoso seor. --Cuenta con equivocaros: las seas son claras. --Si, si, seor; plazuela de Peranton, rinconada: una claraboya redonda sobre la puerta, y una reja de madera la izquierda. --No s cmo recompensarte el sacrificio que me haces encargndote de este servicio. Pero no me fio de nadie... de nadie... y veces ni aun de m mismo. --Vos ordenais, seor, y lo que ordenais debe ser justo. Vos sois el seor, yo el vasallo: vos la cabeza, yo la mano. Ignoro el delito de esas gentes. Pero vos las condenais y basta. --Si, justicia, justicia severa... vte Harum. Mas tarde me hallars dispuesto escuchar las nuevas que me traes. --Pero esas nuevas, seor... --Por importantes que sean, necesito quedarme solo: arrojar la dolorosa mscara de que me he cubierto y que me sofoca. Yo te llamar, Harum. El leal monf se inclin profundamente y sali. * * * * * Lo que pas en la noche de aquel mismo dia en la casa de la rinconada de la plazuela de Peranton, donde habia pasado la noche anterior la hija del emir de los monfes; con el marqus de la Guardia, fue horrible. Despues de las doce los vecinos despertaron asustados por unos agudos gritos de mujer que pedia socorro: cuando los mas ligeros salieron las ventanas, los gritos habian cesado; pero vieron cinco hombres que, saliendo de la casa, se alejaron y se perdieron en la oscuridad. Poco despues vino la justicia llamada por los vecinos y encontr la puerta de la casa violentada: los esposos que la noche antes habian acogido la hermosa Amina y al marquesito, estaban cosidos pualadas sobre un lago de sangre. Un nio como de unos cinco aos, jugaba arrastrndose por el suelo y manchndose de sangre, la luz de una lmpara, con algunas monedas de oro: la justicia recogi los muertos, el nio y las monedas, se guard estas ltimas, entreg el nio una moza de vida alegre llamada la Sastra, que le pidi para adoptarle, y envi los cadveres al cementerio. Nada mas se supo acerca de este lgubre asunto: ni por mas que la justicia se ocup dos dias en averiguar quines fuesen los asesinos, pudo dar con ellos. CAPITULO V. De cmo el marquesito di una prueba de que estaba perdidamente enamorado de Amina, pensando en casarse con ella. Cuando el marqus tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le hel la sangre, impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que habian encubierto su deshonra (porque para el marqus era indudable que, pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de tomar, respecto su hija, una resolucion terrible. Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que l podia verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo, que nos obliga anteponer una mujer todo otro amor, todo otro inters, aun nosotros mismos: qu mas podremos decir cuando digamos que don Juan habia prometido solemnemente Amina ser su esposo, y que al prometerlo habia pensado cumplir rgidamente su promesa? Cuando su tio le oy decir que iba pedir por esposa su hija al duque, palideci y sinti un terror mucho mayor que el que habia sentido su sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina: una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino, emancipado de su tutela: esto importaba muy poco don Csar de Arevalo, pero importbale muchsimo primero verse obligado rendir cuentas de unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian dar buenos rendimientos. Don Csar acus de loco su sobrino: psole ante los ojos desde el primero hasta el ltimo de los inconvenientes del matrimonio: recordle los muchos maridos que l mismo habia modificado, y, propsito, la hipocresa, el talento y la astucia satnica de las mujeres para engaar sus maridos, respecto lo cual apelaba la experiencia propia del marquesito: apur toda la infame lgica de los libertinos; apel las armas del ridculo; al egoismo, todos los elementos enemigos del matrimonio. Su sobrino le dej hablar, y cuando el tio, creyendo que habia causado en el marquesito un magnfico efecto su perorata, hubo concluido, el jven pronunci con un aplomo que daba conocer lo irrevocable de su resolucion: --Me caso. --Pues yo os digo que no os casareis. --Me casar. --Yo no os dar mi consentimiento. --Me le dar el rey. --El duque no os dar su hija. --Se la robar. --No teneis poder para ello. --Lo veremos. --Lo veremos. Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro. Y es el caso que aquella frase de su tio: _el duque no os dar su hija_ habia impresionado sobremanera al jven, causndole una triple herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia dicho el jven estrechndola en sus brazos: --Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo. --Mi padre no os dar mi mano, habia respondido Amina suspirando. --Y porqu? la habia preguntado anhelante el marqus. La _hermosa duquesita_ solo habia contestado con otro suspiro. Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa pesar de los cielos y de la tierra. Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la de Amina, tom una resolucion herica. Fuese en derechura la casa del duque, y se hizo anunciar. Inmediatamente fue introducido. Al ver Yaye experiment por primera vez ese sentimiento de respeto hcia todo lo que concebimos superior nosotros. Ya hemos dicho que Yaye, pesar de sus cuarenta y mas aos, de sus desgracias, de su lucha, se conservaba vigorosamente jven, como en los dias en que enamoraba por caridad doa Isabel de Vlor. El marquesito concibi perfectamente que el duque de la Jarilla, quien no conocia, fuese padre de Amina, y que no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que despecho de los aos se estacionan; una de esas juventudes que han perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqus de la Guardia se sinti, pues, dominado, y perdi mucho del valor audaz de que iba provisto. --Tengo la honra, dijo inclinndose cortesmente, de hablar al seor duque de la Jarilla? --Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicndole con la mas perfecta cortesana un asiento. --Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqus sentndose; nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre. --Qu quereis! aunque vivo en la crte ando muy retirado de ella: solo he venido Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como hacen muchos, porque ser difcil, muy difcil que mi hija se case; sino porque no se fastidie en un rincon de nuestras montaas. --Decs que es muy difcil que vuestra hija, la hermossima duquesa de la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion, creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida en la crte, circunstancia que sabia todo el mundo: y podria preguntaros, sin parecer indiscreto, por qu es muy difcil que se case doa Esperanza? --S por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy contestaros; entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina. --Reina! exclam atnito el marqus. --Si por cierto, mi hija no se casar sino con un rey. El marquesito mir fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo, como contestando aquella mirada: --Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casar con un rey. --Estais enteramente decidido ese empeo? --De todo punto. --Y contais con que vuestra hija?... --En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden: obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija piensa como yo, enteramente como yo. --Permitidme que lo dude. --Dudad cuanto querais. --Permitidme que os recuerde que soy el marqus de la Guardia. --S, s, ya s que sois voluntarioso y valiente, y que amais mi hija. --Cmo! os ha dicho ella?... --S que vens pedrmela por esposa. --Y cuando lo hago, es creyndome autorizado.... --Por su amor! --Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jven, sin medir las consecuencias de su dicho. --Bien podr ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mnimo: bien podr ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche: porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo quiso.--Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser vuestra esposa. --Seor duque! --No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, pesar de que soy un padre engaado, injuriado: pesar de que habeis envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema felicidad de la posesion de mi hija. --Seor duque! --Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os he recibido hoy, os recibir maana: siempre con indulgencia; siempre como si fuerais mi hijo. Y sabeis, aadi el duque levantndose lentamente y dando un paso hcia el marqus, sabeis por qu no os hago pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio? El marqus fij una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de Yaye, que continu. --No os mato, como mat los dos miserables que os ayudaron en vuestra infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin, mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por muy criminal que haya sido, no quiero matar mi hija. --Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os hacen desistir de vuestro extrao propsito? --Por muy extrao que ese propsito os parezca, me afirmo en el. --Y sacrificareis vuestra ambicion vuestra hija? --Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina. --Y me ama? --Vais juzgar por vos mismo. Ola! Al llamamiento del duque, se abri una mampara y apareci un criado. --Decid la seora duquesa que la espero, dijo Yaye. Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos de mujer, acompaados del crugir de un trage de seda; se levant el pestillo de una puerta, y al fin, Amina se present en la cmara de recibo de su padre. Al ver al marqus se puso letalmente plida, retrocedi un paso, ahog un grito, y se llev involuntariamente la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en l un golpe de muerte: despues qued inmvil, fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata. Yaye se acerc ella, la asi de una mano, y llevndola junto al marqus, la dijo: --El seor marqus de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad: esta se reduce, que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de buen mal grado los deseos del seor marqus: yo te juro, por la memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo sers. Ahora puedes responder al seor marqus. --Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto su alteracion, y cuya palidez mate era la nica seal que conservaba de la emocion que habia causado en ella la inesperada vista del marqus: yo os agradezco con toda mi alma, el que os hayais acordado de m para hacerme vuestra esposa; jams olvidar que habeis venido ofrecerme lo que indudablemente me hara muy felz; vuestro nombre y vuestra f; pero yo no puedo aceptar. --Que no podeis! es decir que!.... --No quiero: contest con firmeza Amina, completando la frase de don Juan. --Ya lo os, seor marqus; habeis obligado mi hija que para evitar todo gnero de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no quiere ser vuestra esposa. Dicho esto, Yaye llev su hija la puerta por donde habia entrado, la bes en la frente, y despues que hubo salido, se volvi al lado del marqus que estaba mudo de asombro y de clera. --Ahora, seor don Juan, dijo el emir sentndose de nuevo, permaneced cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas del asunto que os ha traido ella. Seria un empeo intil. Solo os dir algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos: fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis reflexionado, y habeis venido lealmente pagar con lo que nicamente podiais pagar una deuda de tal gnero, con vuestro nombre: yo os lo agradezco: yo os perdono.... pesar de que me habeis causado una herida que siempre brotar sangre. --Hay otro modo de pagar esas deudas, seor, dijo el marqus conmovido. --Cul? contest con amargura Yaye. Don Juan desnud su daga y la entreg por el pomo al duque que la tom con indiferencia; luego el marqus dobl una rodilla, y dijo con voz resuelta: --Tomad mi sangre, seor. --Para qu quiero yo vuestra sangre, nio? respondi con voz opaca el emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: vos mismo os ha traido ese camino la fatalidad: respetmosla entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para nada vuestra sangre: idos quedaos; pero no hablemos mas de esto. Y levant al marqus y le puso por s mismo la daga en la vaina. Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente, como pudiera haber llorado una mujer desesperada. --Oh! pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo conmovido Yaye. Hubo un momento de solemne silencio. Yaye tom entrambas manos al jven. --Con que tanto amais Esperanza! le dijo. --Ah seor! exclam el jven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la salvacion de mi alma. --Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir. Iluminse con una intensa expresion de alegra el semblante del jven marqus. --Ah seor! exclam: renunciareis al fin, de llevar cabo vuestro extrao empeo? --No, no por cierto: mi hija, vuestra _Esperanza_ se casar con un rey: esto no quiere decir otra cosa, sino que ser necesario haceros rey. Caus tal impresion aquella nueva extravagancia en el nimo del marqus, que mir fijamente al duque, temiendo habrselas con un loco; pero en los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon. Don Juan temi volverse loco si permanecia un momento mas en aquella casa, y sali delirante, frentico, sin despedirse del duque. Este se qued murmurando: --Fatalidad! la mano que mat al padre, no debe matar al hijo! CAPITULO VI. Del medio que eligi el marquesito de la Guardia para irritar el amor de Amina. Ciertamente era necesario un obstculo de gran monta para detener en su carrera al voluntarioso don Juan. Acostumbrado que todo se rendiese sus deseos, era un torrente cuyo curso se hacia cada vez mas rpido, y sus aguas mas turbias: al fin habia encontrado una roca en su camino; la habia enlodado, la habia manchado, la habia hecho temblar; pero la roca era demasiado fuerte para que la corriente la arrastrase y saltase por cima de ella, dejndola enterrada en el fango; aquella roca era el amor de Amina contrapuesto al torrente de las pasiones del marqus. Hasta entonces solo habia encontrado cortesanas que le provocaban y le sonreian, abrindole sus brazos, virtudes fciles que cedian en el momento en que se veian combatidas por la exigente voluntad del jven. Esto en cuanto las mujeres. En cuanto los hombres, como el marqus era demasiado terrible, diestro y valiente para que le temiesen los mas esforzados, nuestro jven campaba entre ellos por su respeto, puesto que el que no le rodeaba para explotarle, le evitaba para no verse comprometido en un lance desastroso. Don Juan Coloma, favorecido por las mujeres, respetado por los hombres, considerado en todas partes por su rango, por su fortuna y por su belleza, no podia haber sido hecho esclavo, sino por la _hermosa duquesita_, por aquella otra singularidad femenina, por aquel hermossimo misterio viviente, contra cuyo desden se estrellaban los empeos de los mas libertinos, y contra cuya pureza se mellaba el diente de acero de la murmuracion femenil. El marqus, que como hemos dicho, antes de conocer Amina, se habia sentido arrastrado hcia ella por un impulso instintivo; que al verla se habia enamorado en un solo momento, como jams se habia enamorado de otra mujer; que al poseerla habia comprendido que aquella nia magnfica en el cuerpo y el alma, era una parte de su ser, que no podia vivir sin ella, que la luz de sus ojos eran su luz, y el aliento perfumado de su boca su vida; se vi sujeto cuando mas libre se creia, y de tal modo, que como hemos visto, habia dado el paso, en l extrao y casi milagroso de pensar en el matrimonio. Don Juan se habia transformado de repente, de seor en siervo, de burlador en burlado, de opresor en oprimido; se habia modificado dejando de ser lo que era, para convertirse en un ser enteramente distinto: este milagro lo habia hecho el amor, que es la pasion que conocemos con mas dominio sobre el corazon humano, y Amina habia sido el instrumento de que el amor se habia valido. Es necesario tambien tener en cuenta que no se necesitaba menos para dominar al soberbio don Juan. Amina reunia cuantas cualidades puede reunir una hija de Eva para ser codiciada: juventud, riqueza, ilustre cuna, elevacion de ideas y un no s qu dominador que se exhalaba de su mirada irresistible, de la enrgica y vigorosa hermosura de sus formas, de su continente, de sus maneras, de su palabra, de su acento. Era, en fin, un conjunto irresistible de cualidades tentadoras, ante las cuales hubiera caido, no don Juan, que cuando mas, era soberbio, sino el santo mas santo, con toda la terrible fortaleza de la humildad, que es la primera de las fuerzas que conocemos. Don Juan se sinti humillado; pero al ser humillado se sinti engrandecido; porque no era una afrenta lo que le humillaba; no el desprecio pblico; no las desesperadoras consecuencias de la pobreza: lo que le humillaba dominndole, porque para l todo dominio era humillante, era el amor, esa noble y ardiente pasion, que todo se sobrepone y que dominndolo todo, todo lo engrandece. Amina se habia apoderado del alma del marqus, le habia hecho gozar por un momento de un cielo para despearle despues la tierra y decirle:--No pasars de ah. Y don Juan, queriendo desplegar las poderosas alas para alzarse aquel cielo, conoci que sus alas se habian quemado; que era un ngel rebelde, caido entre el lodo, y solo aspir lo nauseabundo, lo ftido de aquel lodo, cuando quiso levantarse otra region mas pura, y no pudo; cuando lleno de amor y de esperanza, regenerado, despierto del sueo de impureza que habia dormido desde su infancia, oy una voz terrible, la de la mujer amada, que le decia con ese acento que demuestra una resolucion irrevocable:--No quiero ser vuestra esposa. Acaso Amina rechazaba por dignidad al hombre que habia abusado de la ocasion, de la situacion, de uno de esos momentos decisivos, en que la fatalidad coloca la mujer mas pura? Pero don Juan sabia que de la misma manera instintiva, por decirlo asi, que el amaba la _hermosa duquesita_, era amado de ella. Acaso aquel padre que parecia tan terrible, tan valiente, que todo lo sufria, que todo lo confesaba, que se burlaba de una manera inconcebible de la opinion pblica, tendria por objeto irritar la pasion en su alma en provecho de su hija? Pero l se habia presentado decidido, resuelto ser esposo de la duquesita y se le habia rechazado. Seria que efectivamente padre hija estuviesen locos fuesen tan soberbios, que aspirasen un trono? Y qu trono podia ser este? El de Espaa? El que ocupaba el tremendo, el fro, el calculador Felipe II? Esto era un absurdo, un sueo insensato, y sin embargo, pens en ello el marqus de la Guardia, pesar de lo monstruoso del pensamiento. Acaso se contaria con el prncipe de Asturias? Don Carlos de Austria tenia en aquella sazon veinte y dos aos. Contbanse de este prncipe en los crculos ntimos de la crte, vicios repugnantes, acciones indignas de un caballero, severos castigos impuestos al prncipe por el rey. Sin embargo, estos castigos en nada habian influido respecto las viciosas inclinaciones del prncipe. Las damas de la reina se veian cada paso obligadas quejarse de las tenaces solicitudes de don Carlos, y aun de atrevimientos de mayor monta. Las gentes de su servidumbre, maltratadas y aterradas, desaparecian del cuarto del prncipe, huyendo de su ferocidad. Su ayo, sus gentiles-hombres, sus caballerizos, trueque de no irritarle, encubrian sus nocturnas salidas de palacio, y el rey se veia obligado cerrar los ojos y los oidos muchas cosas, para no verse en la dura necesidad de castigarlas; para no dar el escndalo de reducir una prision rigorosa al heredero inmediato de la corona. Solo habia un hombre que gozaba por entero de la amistad y de la confianza del prncipe: este hombre era el famoso comediante Cisneros. Pero si Yaye, conociendo el carcter voluntarioso del prncipe, y contando con la maravillosa hermosura de su hija, habia pensado en ponerla por este medio en el trono de las Espaas, era necesario deducir como consecuencias de este pensamiento, sucesos horribles. En primer lugar, suponer que un soberano de la casa de Austria consintiese en el casamiento de su hijo con una grande de Espaa, y cuando este soberano se llamaba Felipe II, hubiera sido contar con un imposible, con un milagro. Si l se casaba secretamente... esto era tambien imposible, porque los ojos y los oidos de Felipe II, segun don Juan creia, alcanzaban todas partes; pero contando con la maldad de que tantas pruebas habia dado don Carlos de Austria, no era descabellado suponer que el prncipe se rebelase contra su padre, procurase destronarle, y al sentarse en el trono, impusiese la altiva nacion espaola una reina sacada de entre la nobleza, y sin otros ttulos la corona que el capricho del prncipe. Estos proyectos podian muy bien caber en la cabeza enferma de don Carlos (que, segun opiniones muy autorizadas, era vctima de una feroz monomana), pero cmo suponer, sin injuria para el duque de la Jarilla y para su hija, que se prestasen tales proyectos? Siendo asi, el duque era un traidor, un infame, y doa Esperanza una miserable prostituta; porque la mujer, que sobreponiendo su ambicion su amor, se casa con un rey porque quiere ser reina, es una prostituta que vende su cuerpo y su alma por un trono. Don Juan cerr con disgusto, con horror, los ojos de su alma estas suposiciones, y sin embargo, aquellas sospechas crueles, le perseguian, le torturaban, magullaban, por decirlo asi, su orgullo; le hacian probar unos zelos crueles, y con ellos la terrible pasion que siempre los acompaan: la venganza. Don Juan necesit salir todo trance de aquella terrible duda, y para salir de ella, poner de claro en claro cuanto habia de misterioso en el duque viudo y en la duquesa de la Jarilla. Por la primera vez pens don Juan en presentarse en el alto crculo de la crte: hasta entonces le habian separado de ella sus libres costumbres. Don Juan aborrecia la sujecion aunque solo fuese en la forma. Nada le placia mas que ese gnero de reuniones, donde se puede estar con el sombrero puesto, y entre tendido y sentado, con la palabra suelta, en entera libertad de hacer y de decir; las casas de juego, las mancebas, las tabernas, los nidos de las damas galantes, habian sido hasta entonces sus lugares favoritos. Amina le hizo ver que habia un mundo aparte, en el cual se respiraba mas fcilmente; en que lo bello era realmente bello; en que, si habia vicio, estaba rgidamente oculto por apariencias de virtud. Don Juan comprendi que se puede ser malo pareciendo bueno, y viceversa. En una palabra: repetimos lo que ya hemos dicho: el amor de Amina, comparado con los amores que hasta entonces habia probado, le habia hecho sentir el olor del lodo de que hasta entonces habia estado circuido. Asi es que una repulsion natural le separ de su antigua sociedad y le hizo acercarse sin repugnancia aquel otro crculo decoroso de que hasta entonces habia estado alejado. No hay que decir que fue acogido con un completo xito, porque esto se comprende, teniendo en cuenta los antecedentes del marqus. En la crte tambien, aunque bajo la mscara de una refinada hipocresa y con formas convenientes, encontr don Juan, hechiceras cortesanas, ojos que, aprovechando el descuido de otros ojos, le miraban chispeantes y ricos de promesas; opulentas y nobilsimas herederas que le sonreian dicindole harto claro que era un marido codiciable: las altas cortesanas distinguieron don Juan del mismo modo que las cortesanas aventureras. Toda la diferencia estaba en las formas. Don Juan not que tambien en la crte habia cieno; pero cubierto de csped y flores: es cierto que el que confiado aventuraba la planta sobre aquel florido csped, se hundia hasta el cuello; pero se guardaba bien de decirlo, por razones de conveniencia social: cada cual explotaba en su provecho los filones riqusimos que se ocultaban bajo aquel cesped. Pero don Juan fue prudente. En vez de revolcarse diestro y siniestro por aquel lodo, se ech buscar entre l una vctima que le ayudase, sin saberlo, en sus proyectos: una amante beneficiosa, en una palabra: cuando se ha llegado la intimidad con una alta dama, se saben cosas que no solo no se hubieran creido posibles, sino que ni probables, respecto ciertas gentes. Ademas, don Juan, siguiendo esta lnea de conducta, tenia dos objetos: frecuentaba las primeras casas de la crte, veia en ellas Amina, la hablaba, gozaba, viendo representada la influencia de su amor en la densa palidez que cubria el semblante de la hermosa duquesita, y sobre todo, aumentaba su amor y le mantenia vivo con el punzante aguijon de los zelos. El corazon de la mujer que ama nunca se engaa, y Amina sabia distinguir entre cien mujeres la favorita del marqus. Este habia tenido tacto: para dar zelos Amina habia elegido una mujer notabilsima por su hermosura, por su juventud, por su clase y por sus singularidades. Esta mujer era veneciana, y se llamaba la princesa Angiolina Vizconti. Una de las tres singularidades de la crte de Felipe II en aquellos dias, como dijimos al principiar esta segunda parte. No le fu tan fcil don Juan, como habia creido, la conquista de la princesa, por mas que esta hubiera distinguido al marquesito desde sus primeras vistas. Frecuent su trato don Juan, la galante de una manera delicada y ella se dej galantear hasta cierto punto; pero cuando don Juan se lanz al fin una declaracion decisiva, la princesa le contest con la dignidad mas dulce y graciosa del mundo: --No puedo aspirar la felicidad de ser vuestra, caballero, porque soy casada. Don Juan, respecto las mujeres de cierta clase, no tenia absolutamente experiencia; crey que en la princesa italiana habia encontrado una virtud prueba de bomba, como diriamos en nuestros dias, y obstinado, por lo mismo que habia encontrado resistencia, se empe en el sitio de la dursima belleza, y para sostenerle con mas probabilidades de xito pidi informes sus amigos. Esto equivalia reconocer las obras avanzadas de la plaza. --Os habeis metido en una empresa diablica, amigo mio, le dijo el marqus del Vasto, quien don Juan abri su pecho. Nada conseguireis de la princesa. --Y por qu razon, amigo don Alonso? repuso el marqus. --Por la sencilla razon de que en cuatro aos que lleva en la crte, ninguno de los muchos apasionados de esa dama, ha podido jactarse de poseerla. --Ah! ah! --Ya veis: es la mas hermosa de las damas que tenemos presentes. (Se encontraban los interlocutores en un ngulo de un salon de la casa del duque del Infantado). --Os engaais, don Alonso, hay otra mas hermosa que ella. --Ya se sabe, ya se sabe, que la hermosa duquesita es la primera en la crte, antes que la reina en hermosura y discrecion, y despues de la reina en riqueza; pero prescindiendo de ese portento, Angiolina es un prodigio; ved qu cabellos, qu frente, qu ojos... qu todo. Pues bien: lo que mas hace codiciable esa mujer, no es su hermosura, sino la situacion especial en que se encuentra: ya sabreis que es la llamada la _casada-vrgen_. --Bah! siempre he tenido eso por una exageracion por una burla. --Pues no es ni burla ni exageracion. --Sabeis algo acerca de esa singularidad? --Bah! lo sabe todo el mundo. --Perdonad; yo formo parte del mundo, y no lo s. --Pues vais saberlo, para que todo el mundo lo sepa. --Os escucho. --Angiolina Vizconti, como lo demuestra su apellido, es veneciana. --Pues no pasan por muy virtuosas las hijas de la serensima repblica. --La princesa se ha criado en Roma. --No son tampoco vestales todas las romanas. --Sea como quiera, Angiolina qued hurfana los diez y seis aos. Su padre, Paolo Vizconti, fue encontrado en una de las calles de Roma, cosido pualadas. Sola y sin amparo Angiolina, sali de Roma, pas Toscana, y entr en un convento en Lierna. Conocila por un accidente en el clustro, el prncipe romano Maffei Lorencini; comprendi que Angiolina no tenia vocacion al clustro, en el que solo habia entrado por necesidad, y se propuso hacer con ella una obra de misericordia. La habl, la pidi su mano, y aunque el prncipe no era ni jven ni hermoso, Angiolina prefiri el mundo al lado de un esposo poco agradable, al clustro junto monjas menos agradables que el prncipe. Acept y se cas con l. Entonces Maffei, en vez de entrar con ella en la cmara nupcial, la dijo: [imagen: La princesa Angiolina Vizconti.] --Entrsteis por necesidad en el clustro, y no quiero que por necesidad os sacrifiqueis un hombre que no puede agradaros. En vez de ser vuestro marido ser vuestro padre. Sois libre, pues; libre para todo menos para manchar mi nombre, lo que estoy seguro que ni aun siquiera os pasar por el pensamiento. Soy viejo, no tengo parientes: os he nombrado mi heredera: vos sois jven, y dentro de poco sereis viuda, libre, y princesa. --El seor Maffei Lorencini fue un hroe, dijo don Juan. --No ha sido menos heroina la princesa. A pesar de que su esposo pasa la vida viajando, hasta tal punto que nadie le conoce; pesar de que, por lo mismo, Angiolina est enteramente libre, ha guardado de tal modo la honra del prncipe, que ha causado la desesperacion de cuantos han tenido la desgracia de enamorarse de ella. Cuntase (el marqus del Vasto baj la voz), que su magestad ha deseado tambien la princesa, y que ha salido tan mal parado como todos los dems. --Estais seguro de que esa mujer no es bastante discreta para recatar un amante? --Bah! es una mujer fria, altiva, orgullosa; est enamorada de s misma. Solo se la ha conocido una pasion. --Cul? --La de la envidia, y esta no se la conoci hasta que se present en la crte la hermosa duquesita. --Ah! exclam profundamente don Juan. --Ya se ve: la pobre princesa era el sol de la crte, la reina de la hermosura, hasta que se present ese nuevo sol, esa doa Esperanza, que la ha eclipsado. --Os doy un millon de gracias por las noticias que me habeis dado de la princesa, dijo don Juan, impaciente por poner en prctica un pensamiento brillante que habia concebido. --Pues dadme dos millones de gracias por el consejo que voy daros, aadi el marqus del Vasto. Si no quereis sentenciaros un sufrimiento intil, no volvais pensar en la princesa. Estrech don Juan la mano de su noble amigo, y aprovechando la ocasion de haberse desocupado una silla colocada por acaso entre Amina y la princesa, fu sentarse en ella. [imagen: El marquesito] El pensamiento que habia concebido el marqus, era el siguiente: siendo cierto que la princesa envidiaba la duquesita, debia aborrecerla. Si don Juan lograba que doa Esperanza se mostrase enamorada de l hasta el punto de que lo notase la princesa, era asunto concluido: no solo era suya la princesa, sino que tendria sumo cuidado en procurar hacer conocer la duquesita que la habia robado el corazon del hombre de su amor. Don Juan no pensaba mal. Uno de los mejores medios para conquistar la mujer mas dificil, es servirse de sus pasiones. CAPITULO VII. La una por la otra. Habase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion de espritu muy favorable para conseguir su intento. Habase colocado entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre l una atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que seriamente empeado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente, y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jven sultana, excitaba sus deseos. Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por ella. Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello mrvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas, dulcemente arqueadas y negrsimas; negros los ojos, rasgados, resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestaas, que no sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada para aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente plida, lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivsimo, puro, fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza, de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rgido contorno, la magestuosa armona, la extremada belleza de la estatuaria griega, de los buenos tiempos en que los griegos robaron la naturaleza sus mas bellas y puras formas para animar con ellas el mrmol. Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo. Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no s qu de severo, de casi duro, de las formas enrgicamente correctas, el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual incitante, y la mirada lnguida, velada, dulcsima. Esto, se entiende, en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando, por efecto de su envidia y de su rivalidad hcia Amina, rivalidad hasta entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la princesa tenia toda la siniestra, sombra y terrible expresion del angel caido. Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia. Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible, de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos siendo desdeado, devorado por un amor frentico, exigente y zeloso, siendo amado. Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis aos, penas representaba veinte. Cuando se present por primera vez en la crte de las Espaas con su viejo marido el prncipe Lorencini Maffei, caus una sensacion profunda. Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia espaola no tenia rival en Europa, la crte de las Espaas era muy concurrida de gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en ella las mujeres hermosas; encontrbanse cada paso, en las iglesias, en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo extremadamente enrgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto por lo relativo al extranjero, que en cuanto lo relativo al interior, al gnero de casa, la crte era una admirable y variada exposicion de fidalgas vascongadas, montaesas, asturianas y gallegas, con su candor y su ntida blancura; de andaluzas y estremeas con su mirada volcnica; de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enrgico y duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura, y por ltimo de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en galanteos, y sus artes y sus alios que suplen la hermosura. El aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que, ademas de las blancas, las trigueas, las morenas y las doradas, no faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el bano y hermosas, con arreglo su tipo, que servian de doncellas esclavas, en la mayor parte de las casas de la nobleza. Difcil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese, brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de bellezas. Sin embargo, su aparicion en la crte, Angiolina alcanz un xito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeos, y se hicieron codiciables una mirada suya, una sonrisa una inclinacion de cabeza algo expresivas. Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un empeo; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como casada-vrgen, y las exageraciones que con relacion ella se citaban, la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion de Amina en la crte, que fue una singularidad de mas monta. Llevbala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia Yaye); conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca, tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran prestigio Amina. Por otra parte Yaye habia entrado en la crte, asombrndola con su inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas las mas altivas grandes de Espaa y se ponderaban los tesoros de la _duquesita_. Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria, con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrera eran las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como hubiera convenido su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto lo dems, no habia logrado aventajar, ni aun igualar, muchas de las riqusimas y faustosas seoras de la crte. Esto y su rivalidad con Amina, eran los nicos sinsabores que amargaban el corazon de la princesa: por lo dems, tenia un excelente marido, mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia hacerla una brevsima visita de ao en ao, y que la dejaba enteramente entregada s misma y duea de sus acciones, libertad de que, segun fama pblica, no habia abusado en lo mas leve la princesa. Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqus de la Guardia para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto, podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido sus deseos. La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la princesa se encontrasen demasiado prximas aquella noche en la casa del duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase vaco el nico sillon que las separaba, en el que se sent don Juan. Cuando un hombre que vale tanto como el marqus valia, se encuentra colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion especial que generalmente es fecunda en consecuencias. Amina, que antes de llegar el marqus, se habia mostrado indiferente y altiva con la princesa, al saludar don Juan esta, se puso plida; al sentarse el jven se la comprimi el corazon, y sus ojos se fijaron con ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al saludo del marqus. Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la situacion. Don Juan tom familiarmente, como un hombre que est autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y propsito de su mrito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se nubl; su altivez rugi poderosamente dentro de su alma, y las oleadas de aquella tempestad salieron su rostro, tanto mas determinadas cuanto la jven luchaba por ocultarlas: don Juan dej que Angiolina gozase de su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para amargar aquel triunfo, para empear, en una palabra, la princesa: aquella ocasion no tard en presentarse: algunos msicos, con guitarras y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de la poca. Entonces el marqus se volvi Amina, y mirndola de una manera tal que parecia decir: vos, sola vos amo, la invito bailar. Amina entreg su mano don Juan, se levant en un movimiento nervioso, y clav una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contest con otra mirada de amenaza. Amina y el marqus se lanzaron en el baile: la princesa se neg todos los que llegaron invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre los brazos del marqus, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba una mirada rpida, fugitiva como un relmpago, pero llena de insultos, la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi, el alma de Angiolina y hacia asomar su semblante las oscilaciones de una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tom una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion decidida; y cuando, terminada la danza, el marqus volvi con Amina y se sent de nuevo junto la princesa, esta se apresur decirle: --Cuento con vuestra cortesana, don Juan. --Quien os ha ofrecido su corazon, seora, contest el marqus, est siempre dispuesto serviros. --Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aqu; respirar el aire libre; mis criados aun no habrn venido; es temprano. Quereis acompaarme, seor marqus? Don Juan se levant, salud Amina, y di el brazo la princesa. Amina sinti que el corazon se la rompia al recibir la mirada indescribible con que Angiolina se despidi de ella: comprendi cual era la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla la posesion de don Juan: pero existe una ley tirnica que encadena la mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneci aniquilada en su asiento, mientras el marqus y la princesa salian juntos, causando con su salida uno de esos sordos escndalos, que se hacen por un momento dueos exclusivos de la sociedad en donde pasan; que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la conversacion de todos. --Quereis que pida una litera? dijo el marqus cuando estuvieron en el zaguan. --No, contest Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo. El alma de don Juan se sonri, cediendo un impulso de vanidad: habia conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy bello por cierto: sin embargo, temi perderlo todo por precipitacion y se mantuvo en los lmites de la mas profunda reserva. --Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada. --Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta hermossima... no recuerdo otra noche mas hermosa. --Qu camino quereis que elijamos para que vayais vuestra casa? --_Para que vayais_? Contest la princesa subrayando con su intencion particular estas palabras. Qu! en el caso de querer yo ir mi casa, no vens vos tambien? --Qu no vais vuestra casa, seora! pues dnde quereis que os acompae? --No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. No quereis que os sirva de guia? --Indudablemente que guindome vos, no puedo ir mas que al cielo. --Quin sabe? --Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he notado que alguien nos sigue. --Y qu me importa? Qu os importa vos?... Sigamos: mirad que noche tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y que nos sigan en buen hora. --Creo seora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo singular; os estremeceis toda. --Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco viento de la noche. Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso. Empezaron rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho bastante; l se habia propuesto que ella lo dijese todo. Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon Angiolina. --Qu pensareis de mi don Juan, le dijo. --Qu queres que piense? dijo don Juan. --Que qu quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos. --Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista mi, cuando habeis necesitado de alguno que os acompae. --Y pensais que yo hubiera pedido cualquier otro que me acompaase? --Creo que respecto vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera de vuestros conocidos. --Pues os habeis engaado. --Ocupo yo en vuestro corazn un lugar distinto que los dems? --Oh! si! Y aquel _oh_! _si_! de la princesa equivalia decir: _yo os amo_. Don Juan se hizo el torpe. --Pues no tengo motivos para creer... dijo. --Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observ con suma impaciencia la princesa. --Pero si vos, seora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme! --Y qu os he dicho? --Que no podeis amarme. --Pues... ya que me obligais ello... ser preciso decroslo. Cuando contest vuestra demanda de amor que no podia amaros, me enga. --Ah seora! --Cuando os v, vuestra primera mirada me caus extraeza. Casi me ofendi. --Ah! me comprendisteis mal. --No don Juan; acostumbrado, sin duda, tratar con ciertas mujeres, sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendi vuestra confianza en vos mismo, no pude menos de recordaros... luego dese volver veros: os v y sent algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprend que os amaba: cuando me pedisteis amor os contest ponindoos delante mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos. --Zelos! zelos vos y por m! exclam don Juan afectando la mas perfecta admiracion. --Si; zelos de una mujer quien, no s por qu, aborrezco: de una mujer que os ama... que est loca por vos... de la duquesa de la Jarilla. --Ah! zelos infundados! --Vos no la amais! exclam con ansia la princesa. --Os juro que nadie amo mas que vos; que he galanteado muchas mujeres; pero que vos sois la primera quien amo. --Oh! que feliz ser si llego creer en lo que me decis! --No os he dado bastantes pruebas? --Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el corazn: entonces me decidi ser vuestra, ser vuestra para siempre. --Creo seora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada. --Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino respecto vos, y esa mirada me ha dicho: sers suya, sers su esclava, pero solamente suya. --Y vuestro esposo? --Solamente vuestra. --Pero no considerais? --Nada considero. Si muero por vos morir contenta. --Pero el mundo?... --Y qu me importa el mundo? qu me importa que ese mundo diga sealandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es al fin la querida del marqus de la Guardia: ha caido como todas? el nombre de querida vuestra ser mi orgullo. --Pero puede evitarse que el mundo sepa... --Evitar yo que el mundo sepa que os amo! que soy vuestra querida! no; yo no soy hipcrita, ni encuentro condiciones para el amor: amar no amar: todo nada. Esta noche vais venir mi casa y vais entrar en ella por la puerta principal, dndome el brazo, delante de mis criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de s... me ir con vos; si vos me abandonais... me meter en un convento llorar y orar por vos. Estoy decidida y nadie me har volver atrs. Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su ardor, era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer la _hermosa duquesita_? Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un empeo por el marqus y aborrecia Amina. Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma al ver la posicion en que se habia colocado la princesa. --Mi adorada Esperanza es ma! Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes locos, hasta que llegaron la casa de la princesa cuya puerta principal llam el marqus. Abri el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina pidi luces. Luego la precedieron, alumbrndola con antorchas, dos pajes que se asombraban de que su seora llegase aquellas horas pi, y acompaada de un caballero jven y buen mozo, que continuaba dndola el brazo hasta dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones particulares. Angiolina despidi desde all los pajes, introdujo don Juan en una preciosa cmara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al ver al marqus. --La cena, dijo la princesa quitndose el manto. La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidi sus doncellas hasta el otro dia. * * * * * Para completar este captulo rstanos decir lo que pas _sotto voce_ en el palacio del duque del Infantado. Algunos caballeros jvenes, que habian extraado la temprana salida de la princesa acompaada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue comisionado para seguir la pareja. El seguidor volvi una hora despues con la estupenda noticia de que la princesa y el marqus, distraidos en una animada conversacion, habian vagado la ventura por las calles, y de que, por ltimo, la princesa habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al marqus de la Guardia: esta noticia corri de oido en oido hasta que lleg los de Amina. La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia comprendido que la robaba su amante. Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe terrible su funesta confirmacion. Amina se sinti verdaderamente enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se traslad su casa. Al dia siguiente el leal Harum se present al emir. --La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti. Quedse por un momento Yaye pensativo. --Pues bien, dijo al fin: vete Roma y procura poner de claro en claro la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa. Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de esa mujer encuentres, la sultana. * * * * * Por una coincidencia singular, cuando el marqus de la Guardia se despidi, bien entrado el dia, de la princesa, esta sali de su retrete, atraves algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y di dos palmadas. Al punto, y como lanzado por una mquina, apareci entre el tapiz de una puerta un hombre. Aquel hombre era jven; como de treinta y cuatro treinta y cinco aos, y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campia de Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de pao, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la enorme empuadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro, vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas, ceidas por unas calzas de grana y dos pis de excelente forma, calzados por zapatos de ante. La princesa, anticipando su palabra la de este hombre, que por su parte permaneci impasible, le dijo con acento familiar: --Sgueme, Bempo. Bempo la sigui por una sucesion de habitaciones apartadas y desamuebladas, y entr con ella en un retrete donde habia algunos cofres. Abri uno la princesa, busc en l, sac un estuche y del estuche un brazalete de perlas y diamantes y le entreg Bempo. --Para qu es esto? dijo aquel singular personaje. --Para que lo vendas, contest la princesa. --Y qu he de hacer con el dinero? --Ir Granada: necesito que busques all noticias de la duquesa de la Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por dia la historia de su familia: esto no te ser difcil, por que ha existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la Jarilla, y se han hecho muchas pruebas informaciones. Nada te importe gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son noticias acerca de la duquesa y pronto. --Y cuando he de partir? --Maana. Al dia siguiente salieron Harum el monf para Roma: Bempo para Granada. CAPITULO VIII. Zelos italianos. Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y dos desde que el marquesito era amante pblico de la princesa. Angiolina habia demostrado al marqus que sus protestas de amor no habian sido vanas: no recataba de nadie el amor que le tenia, demostrndoselo delante de las gentes, con la expresion, con la mirada, por cuantos medios puede demostrarlo una mujer. Amina lo veia, sufria, callaba, ocultaba bajo la mas profunda reserva sus dolores, pero por mucho que fuese su dominio sobre su corazon, habia momentos en que el despecho la vendia; gentes hubo que, recogiendo estos descuidos, mejor dicho: estos momentos de desesperacion, se encargasen de decir todo el mundo que la hermosa duquesita estaba enamorada del marqus. --H ah un mancebo afortunado, decia alguno; las dos mujeres mas hermosas de la crte le aman; la una es su querida y la otra desea serlo. Y seguia la murmuracion y el odio entre las dos rivales. Harum habia vuelto de Roma trayendo consigo la historia de Angiolina. Bempo habia vuelto tambien de Granada trayendo un mamotreto. Al leer la princesa los papeles que le entreg el italiano se extremeci de placer: pero aquel placer era el de la venganza. Porque la princesa tenia zelos: hacia mucho tiempo que el marqus no era ya para ella el amante frentico... hacia mucho tiempo que faltaba dias enteros de su lado: Angiolina le habia hecho seguir y sabia que todas las noches, al mediar, iba el marqus rondar los balcones del palacio de la duquesa. Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos un instrumento vengador, se apresur aprovecharle. Esper que don Juan se la presentase la hora de costumbre, esto es, al oscurecer. Entr don Juan confiado y alegre. Angiolina le asi de una mano. --Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos. El marqus sigui la princesa algo interesado por este exordio. La princesa le llev un retrete apartado. Cuando estuvieron en l, Angiolina cerr las puertas de las habitaciones contiguas y despues las del retrete. --A qu tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqus: no has cifrado tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante? --Si, contest plida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie sepa que he sido vilmente engaada. --Que yo te he engaado! --Si! no me amas! --Que no te amo! exclam afectando la mayor sorpresa el marqus, pues por quin estoy loco? --Voy decrtelo: por esa mujer quien llaman en la crte, no s por qu, la _hermosa duquesita_. --Bah! y puedes t tener zelos de doa Esperanza? tu la mujer mas hermosa del mundo? --Zelos, si, zelos terribles, porque se vengaran. Herirme en el corazon, abandonarme, y todo por una especie de aventurera! --La pasion te ciega: quieres mal, no s por qu, la duquesa de la Jarilla, y la prueba est en que la niegas lo que nadie la ha negado: lo ilustre de su cuna. --Si, ciertamente: es hija de una esclava y de un bandido. --Ah! perdona, Angiolina! nada de eso sabia yo! --Puedo contarte su historia: su madre doa Estrella de Crdenas era conocida en Granada con el nombre de la hermosa indiana, y gozaba all de la fama que, por extravagancia, ha obtenido en la crte su hija: doa Estrella era morena, con ese horrible color moreno dorado de las Indias, que las hace semejantes una naranja con forma humana. --Ah! crees que la duquesita es hija de una india? --No es que lo creo, tengo la prueba de ello. --Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa. --Te la contar, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion escrita y la he aprendido de memoria. --Y quin ha escrito esa relacion? --La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo de doa Esperanza, rey cacique de los indios rebeldes de Mjico, ha estado encausado por crmenes, y que si el rey le ha indultado ha sido beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doa Esperanza; unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria espaola, llamado Alvaro de Sedeo, y por ltimo, una relacion escrita de doa Ins de Crdenas, abuela de doa Esperanza, y esposa del cacique indio. --Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y espero con impaciencia esa historia. La princesa palideci letalmente, porque comprendia el verdadero inters de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se domin, se reclin indolentemente en el estrado, ech la cabeza atrs, dejando enteramente descubierta su hermosa garganta y empez de esta manera: --Hace treinta y cinco aos, en 1522, dos despues del descubrimiento y conquista de Mjico por el gran Hernan Corts, fue enviado aquellas remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de Mjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla. Era este don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo de doa Maria de Avendao, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De este matrimonio solo habia nacido una nia: doa Ins de Crdenas, que en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba solo catorce aos. Ambala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella. Ciertamente que era un amor muy extrao el de aquel padre, que llevaba aquella hija nica, aquella flor delicada, aquellas regiones remotas, donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar las cuales era necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan bravos, que imponian espanto los mas valientes pilotos. --Y sin embargo, dijo don Juan, el duque no desisti de su empeo? Los hombres de aquellos tiempos eran atroces. --El duque, continu la princesa con acento acerado, hizo aquel viaje por amor su hija. --Extrao amor el de ese padre! --Lo comprenders cuando sepas, que el duque de la Jarilla, de que nos ocupamos, habia corrido, como t, una juventud borrascosa; que en todo gnero de excesos habia gastado su salud y sus rentas, y que cuando muri su esposa, no le quedaba mas que el ttulo. Como las Indias son el tesoro donde iban y donde van reponerse los espaoles arruinados, el duque solicit el oficio de adelantado sobre las fronteras de los rebeldes, y el rey se lo concedi. --Ah! empiezo comprender: el duque quiso volver ser rico por amor su hija; y por amor tambien no tuvo valor para separarse de ella. --Cabalmente; pero habia en esto mucho de fatal. El libro santo dice que los hijos pagaran los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generacion. --El libro santo es al fin un santo libro, y dice muy santas cosas, aunque harto duras, tales como las de que paguen justos por pecadores. Pero contina, Angiolina, contina; te confieso que me va interesando mucho tu cuento. --Mi historia, don Juan, mi historia. --Sea en buen hora; pero contina. --Despues de una larga navegacion, el duque lleg sin accidente Mjico, y en seguida se traslad su adelantamiento. Hizo bravamente la guerra los indios, y en solos dos aos logr ver reunidas unas riquezas diez veces mayores que las que habia perdido. Enviada parte de aquellas riquezas Espaa un mayordomo leal, las rentas del ducado de la Jarilla, fueron desempeadas, pagadas las lanzas y medias annatas atrasadas, para lo cual bast, como he dicho, que el duque enviase solamente una pequea parte de las presas hechas los indios. Todo parecia indicar al duque que se volviese, pero la codicia le ceg, y determin seguir ejerciendo aquel su buen oficio de adelantado algunos aos mas. --Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al captulo de las prdidas. --Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos que me refiero, los dos aos, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque para Nueva Espaa, perdi su hija; el amor que le habia impulsado aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo. --Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres. --Doa Ins pag los del suyo de una manera cruel. Figrate don Juan, que durante la noche de... no recuerdo exactamente la fecha, pero esto no hace al caso... los indios acometieron el fuerte que ocupaba el adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron consigo doa Ins. --Preveo las consecuencias, dijo el marqus: el rey de aquellos brbaros se cas con la hermosa castellana. --Quin cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa, t yo? --Perdname, pero... --Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora ello, y del mismo modo saber si el cacique se enamor de doa Ins doa Ins del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia. --Pues no puede ser mas sencilla. --De una bellota nace una encina, don Juan, y ya vers como los sucesos se complican. Voy referirte la segunda parte que es mucho mas sencilla, como que se reduce muy pocas palabras: el duque de la Jarilla busc en vano su hija, y en vano durante diez aos envi al desierto indios de paz, ofreciendo un crecidsimo rescate por ella. Por ltimo, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los mdicos le declararon formalmente que si no volvia su pas natal moriria sin remedio antes de seis meses. --Y se volvi? --Se volvi pensando recuperar su salud, solamente para volver buscar de nuevo su hija: el duque se estableci primero en la crte, y despues se vi obligado, por consejo de los mdicos, ir buscar, no su salud, porque la habia perdido para no volverla recobrar, sino su vida, bajo el templado cielo de Andaluca. El duque se retir uno de sus Estados cerca de Guadix. Hemos concluido la segunda parte de nuestra historia. --Pues te confieso, adorada Angiolina, y no te ofendas por ello, que tu historia fuerza de poco interesante, me va causando sueo. --Espera, espera; este no es un libro de caballeras donde se suceden una sobre otra las aventuras; es una historia real y efectiva. Entremos en la tercera parte. Era el ao de 1546, veinte y cuatro aos despues del dia en que el duque sali de Espaa para Mjico y veinte y uno desde el en que le fue robada su hija por los indios. El duque la habia buscado intilmente durante diez aos en los mismos lugares donde le habia sido robada, y debia encontrarla despues de su venida Espaa en Granada, pero la encontr muerta. --Muerta! exclam con asombro don Juan. --Ves como mi historia se va haciendo interesante? --Pero cmo fue ese encuentro? Quin habia llevado all la hija perdida? --Voy entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada, encontr su puerta franca, penetr en la casa y la encontr desamparada, pero en una de sus cmaras encontr el cadver de una mujer, muerta, al parecer naturalmente, y el de un capitan de infantera espaola, manco y cojo, atravesado de parte parte por una espada que aun permanecia en la herida. Preguntse los vecinos el nombre del dueo de aquella casa y ninguno le conocia. Entonces la justicia mand que los cadveres fuesen expuestos en la puerta de la parroquia. --Ah, ah! esto es ya distinto, me agradan los misterios. --Antes de pasar adelante te har reparar en una circunstancia: al recojer el cadver de la mujer se not que le faltaba enteramente un rizo de cabellos de la izquierda de la cabeza. Reparse tambien que en una de las sbanas faltaba un pequeo pedazo cuadrado de lienzo, cortado al parecer con pual, navaja daga. --Y sirvi esta observacion para algo? --Ya vers. Aquel rizo de cabellos envuelto en aquel pedazo de sbana, fue hallado sobre el pecho de un hombre quien se habia preso la maana siguiente la noche en que acontecieron aquellos sucesos, juntamente con un aleman en cuya casa vivia. El preso quien se encontraron el rizo y el pedazo de lienzo, era el cacique mejicano. --Ah! el preso en cuestion era el cacique? --Un indio feroz; un hombre cubierto de crmenes; el abuelo de tu duquesita. --Y por qu crmenes le habian preso? --Por el de traicion al rey. --Traicion al rey! --Si; se le acusaba de andar en tratos con los moriscos de Granada, y de darles el dinero que habian menester para un levantamiento: asi lo habia declarado el capitan Sedeo, la misma noche que fue asesinado, don Luis Hurtado de Mendoza. En una palabra: el tal cacique era un criminal que conspiraba contra el rey, y en una ocasion terrible, cuando estaban convenidos en levantarse los moriscos de la ciudad de Granada en union con los monfes de las Alpujarras: este tal, este cacique, el abuelo de doa Esperanza, era muy amigo del emir de los monfes. --Y me querrs decir Angiolina, qu son monfes? --Qu s yo? una especie de moros sueltos, no reducidos, salteadores, gente feroz, que viven de lo que roban, de lo que saquean, de lo que incendian. Dignos amigos del abuelo de tu amada! --Sabes que me va interesando demasiado tu historia? --Pues aun queda mas, mucho mas; dejando por ahora un lado al cacique, has de saber que el capitan general no teniendo en Granada bastante gente de guerra, no ya para castigar, sino que ni aun para evitar el levantamiento de los moriscos, envi con urgencia partes las villas y ciudades cercanas para que le acudiesen con gentes, y uno de los caballeros que acudi con sus criados al llamamiento del capitan general, fue el antiguo duque de la Jarilla, don Juan de Crdenas, que al entrar el dia siguiente en Granada, vi, por acaso, dos cadveres expuestos en la puerta de una iglesia, y en uno de ellos reconoci su hija... su hija doa Ins, que le habia sido robada veinte y dos aos antes en Mjico. Crees t que el duque que era viejo y que estaba loco, no pudo equivocarse? crees que fuese efectivamente aquel cadver el de doa Ins de Crdenas? --Bien podia ser. Y sobre todo cuando la justicia despues de repetidas, y sin duda, minuciosas indagaciones y probanzas, lo dijo, no debi engaarse. --La justicia es ciega, don Juan, sobre todo cuando se le pone sobre los ojos una venda de oro. La justicia! Sabes el primer testigo que se tuvo de la certeza del dicho del duque...? un viejo escudero tan achacoso y tan loco como su amo que afirmaba que la difunta era su seora doa Ins de Crdenas. --No conozco el proceso. --Pues bien, voy drtelo, porque ya me cansa esta historia, y en l vers lo que dejo de decirte. La princesa se levant, sali dejando profundamente pensativo al marqus, que duras penas habia sostenido su serenidad, y volvi, trayendo un enorme volmen de papeles. --Aqu tienes el proceso que me he procurado, deseando saber si la mujer que amas es digna de tu amor:... en l encontrars que la duquesa de la Jarilla es una mujer de origen dudoso, y que, dado caso que proceda del duque de la Jarilla, siempre ser la nieta de un indio y la hija de un hidalguillo oscuro, de un sopista de Salamanca. --Quin piensa en que yo ame mas que la luz de mis ojos? dijo don Juan disimulando su ansiedad y atrayendo hcia s la princesa, y dndola un beso en la boca: tu historia me ha entretenido y nada mas: es muy interesante. --Aparta, aparta traidor! dijo la italiana rechazando las caricias del marqus: por qu esforzarte tanto en disimular el inters que te inspira la historia de la duquesita? --Ah, no! dijo indolentemente el marqus: cosas hay en el mundo que al principio no nos interesan y que despues deciden de nuestra vida. --Y ser para t una de esas cosas la historia que se encierra en este proceso? dijo la recelosa veneciana, posando en don Juan una mirada candente. --Tus zelos, divino amor mio, dijo don Juan asiendo por sorpresa el talle de la princesa y estrechndole amorosamente, acabaran por volverme loco, porque ellos me demuestran cuanto me amas. --Ah, don Juan! t eres mi primer amor, el primer amor que se ha cruzado mi paso en los veinte y seis aos de mi vida; por t he olvidado mi decoro, me he manchado delante del mundo, he aborrecido una mujer quien acaso, no mediando, t habria amado; para darte conocer en parte esa mujer he hecho sacar testimonio de ese proceso por el escribano de cmara de la chancillera de Granada Alfon de Villasante: ah estan los derechos jurados al pi de cada testimonio, que valen una buena suma de maravedises. --Permteme Angiolina que te diga que esto no pasa de ser una extravagancia de tu amor. --Una extravagancia! --Te pido de nuevo perdon por la palabra, pero no encuentro otra mas exacta: ademas, si yo amara doa Esperanza, lo que no es posible amndote como te amo, no comprendes que todas estas singularidades, lo misterioso de su orgen, lo real de su alcurnia, porque al fin su abuelo es ha sido rey..... siquiera de idlatras; las desgracias de su familia, aumentarian mi amor en vez de extinguirle? Don Juan habia comprendido que la princesa tenia algo mas que revelarle que lo contenido en el proceso respecto Esperanza; no queria preguntarla, y para saber todo lo que supiese Angiolina respecto la duquesa de la Jarilla, irritaba sus zelos. La princesa palideci densamente; mir de una mas manera sombra don Juan y exclam trmula de clera: --Bien sabia yo que la amabas: los ojos de una mujer, que ama como yo te amo, no se engaan: pues bien: contar todo el mundo esa historia que habia comprado para t solo, y veremos si te atreves amar una mujer quien todo el mundo seale con el dedo: todo el mundo no tiene los mismos motivos que los oidores de la chancillera de Granada, para creer ciegas cosas tan extraordinarias. --Por tu bien te aconsejo, dijo don Juan que iba perdiendo la paciencia, que no propales esa historia, mi querida Angiolina: aborreces, aunque sin motivo, doa Esperanza, y no querrs ser la causa de que se haga adorable, en el momento en que todo el mundo sepa su historia. Bah! no s qu motivos tienes para desconfiar de mi amor. --Don Juan, dijo gravemente la princesa, ya que no basta lo que sabes para que te apartes de esa mujer, voy revelarte un secreto terrible: tu padre muri hierro. --Qu quieres decir, Angiolina? --Tu padre el marqus de la Guardia apareci una maana muerto estocadas en una oscura calleja del Albaicin. --Es verdad. --Sabes quien le mat? --No pudo averiguarse quien fue el asesino. --Pues yo te lo voy decir: el asesino de tu padre es don Juan de Andrade, padre de la hermosa duquesita de la Jarilla. --Eso es imposible! grit, perdiendo los estribos el marqus; mientes; mientes de una manera infame! --Ah! exclam Angiolina, ponindose la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en l una pualada: tu amor por esa mujer se revela al fin en una frase descorts, lanzada al rostro de una dama; pero me has dicho que miento y es necesario que te presente la prueba de que te he dicho la verdad, por mas terrible que haya sido. Y la princesa sali de nuevo precipitadamente y volvi con otro papel en la mano, que entreg don Juan. --Lee! lee y cree! le dijo; ese es el testimonio de una declaracion dada en el tormento por uno de los bandidos del padre de tu amada. El marqus ley aquella declaracion, y no pudo acabar: se nublaron sus ojos, vacil, dej caer el papel de las manos y se vi obligado sentarse en el estrado. --Oh! dijo la implacable princesa, recogiendo el testimonio y guardndolo; horribles crmenes, y homicidios hechos por ese hombre; la certeza de que es rey de los monfes, por declaracion de un monf; los deshonrosos zelos de ese hombre hcia su esposa, todo est aqu, escrito, testimoniado, vivo, acusador, y me basta solo quererlo para que todo el mundo sepa que la mujer que amas es hija de una ramera y de un bandido. Oh! las venecianas, don Juan, cuando amamos sabemos amar! cuando hieren nuestro amor sabemos vengarnos! Oh! estoy plenamente convencida de que me has tomado por tu juguete, porque te he parecido bastante hermosa, por vanidad ... no s por qu.[..]! , tal vez, y si esto fuese cierto seria horroroso, por dar zelos conmigo, con una mujer digna una mujer que ha estado perdida una noche en Madrid, sin que nadie sepa donde ha estado. Me has tratado indignamente: me has creido, sin duda, una de esas infames mujeres entre las cuales has perdido el corazon y el pudor... pues bien, me vengar don Juan, me vengar: pero de una manera horrible: te juro por la salvacion del alma de mi madre que me vengar! Y la princesa irritada, altiva, mas hermosa que nunca, pero con una hermosura que causaba miedo, sali dando un portazo y dejando solo don Juan. El testimonio que guardaba la historia de la familia materna de Amina, qued abandonado sobre los almohadones, donde poco antes descansaba la enamorada princesa. Don Juan permaneci algun tiempo inmvil, luego tom silenciosamente el testimonio y sali, primero del retrete y luego de la casa. CAPITULO IX. De la no menos extraa aventura que sucedi al marquesito mientras rondaba la hermosa duquesita. Don Juan se encamin su casa y se encerr en su cmara dando rden de que por nada ni para nada le importunasen. Sentse junto una mesa y se puso hojear el testimonio. Pero tena la imaginacion llena y turbada con las noticias que le habia dado la terrible princesa: zumbaban aun en su oido aquellas funestas palabras: --El emir de los monfes de las Alpujarras es el asesino de tu padre. Don Juan no pudo leer una sola lnea: una niebla de color impuro flotaba entre sus ojos y aquellos papeles: una perturbacion extraa envolvia su espritu. Por mas que creyera que las noticias de Angiolina eran exageradas y acaso mentiras aceptadas por sus zelos, habia en aquellas noticias verdades comprobadas de las cuales no podia dudar. Por ejemplo: si Esperanza no era decididamente una mujer de la raza indgena mejicana, tenia mucho de aquel moreno rojo incitante que habia tenido ocasion de admirar el marquesito en algunas mujeres venidas de allende los mares, como esclavas esposas de los espaoles de la conquista del Nuevo Mundo: el carcter del duque tenia mucho de escntrico, de poderoso, de extraordinario: don Juan record el extrao capricho del duque de que su hija fuese reina, y todos estos misterios, la revelacion de que el duque era el matador de su padre, fermentando en su loca imaginacion, aumentaron de una manera prodigiosa y despecho suyo su amor por Amina: esto parecer extrao alguno que creer que don Juan debia mirar con aversion la hija del matador de su padre: pero debe recordarse que el marquesito extraaba sobremanera el contesto de aquel versculo de las sagradas escrituras que dice: _Yo soy el seor tu Dios fuerte, celoso, que visito la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generacion de aquellos que me aborrecen._ Don Juan no alcanzaba la profunda filosofa de que estan nutridos los libros santos, y rechazaba aquel precepto que, segun l, hacia responsables los hijos de las faltas de los padres. Don Juan no comprendia siquiera la palabra fatalidad, con la cual nicamente se explica aquella terrible inapelable sentencia: Don Juan no comprendia que las causas producen efectos, y que las consecuencias de los crmenes de los padres alcanzan necesariamente los hijos. Ademas que para tener estas ideas en los tiempos de don Juan era necesario ser un hombre muy avanzado, porque tales ideas no eran de aquellos tiempos, y casi casi no lo son aun de los nuestros. Sea como quiera, en Don Juan no habia que buscar otra cosa que corazon, y aun este estaba harto viciado por la educacion que habia debido su tio: no habia conocido su padre y no le amaba: si le habia irritado el saber el nombre de su matador, habia sido mas porque aquel hombre era el padre de su amada. Si hubiera sido otro, don Juan se hubiera ido buscarle y le hubiera dicho: --Vos matsteis mi padre y yo voy mataros aqui mismo, como quiera que os encontreis: si quier sea en pecado mortal. Lo hubiera hecho, como lo hubiera dicho, y despues no se hubiera vuelto acordar de ninguno de los dos difuntos. Pero despecho de don Juan, una voz interna le decia que debia hacer justicia en el matador de su padre: pero como para hacer justicia en causa propia es necesario estar justificado los ojos de aquel quien debemos castigar, don Juan, siempre que pensaba en esto, tropezaba en su conciencia. Recordaba aquel padre deshonrado, que con tanta calma, con tanto valor, con tanta grandeza habia recibido al seductor de su hija: entonces creia comprender por qu razon el duque el emir de los monfes, aquel personaje extraordinario, en una palabra, no habia lavado con su sangre el deshonor de Amina: don Juan creia escuchar en los labios del duque estas semejantes palabras: --Mat al padre por calumniador seductor de mi esposa: no quiero matar al hijo por corruptor de mi hija. Cuando pensaba esto don Juan casi comprendia la terrible sentencia de Dios, y sentia sobre su frente un peso enorme, que casi le obligaba doblegar su soberbia cabeza ante el duque. Aquel hombre habia tenido su vida en sus manos y no la habia tomado. El duque habia matado al marqus, sin duda justamente: el hijo del marqus habia herido de una manera infame el corazon del duque. Casi estaban en paz. Don Juan, pues, no pudo aborrecer al matador de su padre y en cuanto Amina... Amina habia aumentado en valor los ojos del marquesito de una manera prodigiosa: su empeo por ella se habia centuplicado. Era necesario todo trance que fuese suya, enteramente suya, dijese la irritada sombra del difunto marqus lo que quisiese: dijera el mundo lo que mas le agradase: era necesario conceder, pesar de lo mucho que se habia hablado acerca de la prdida de la duquesita, que esta tenia un prestigio legitimamente adquirido, ya por la grandeza que naturalmente rebosaba de ella, ya por su extremada hermosura, ya en fin por las riquezas de su padre: ademas tanto se habia hecho respetar Amina de la maledicencia, que pesar de haber sabido toda la crte que habia estado perdida toda una noche, se crey lo del convento de las Ballecas, y nadie sospech siquiera que su pureza se hubiese empaado: todo el mundo crey lo que quiso creer excepto lo deshonroso, porque ni el duque, ni su hija, ni sus criados, habian dado nadie explicaciones, y por otra parte, muertos los cmplices de don Juan, interesado este por la honra de la mujer que amaba, nada cierto se habia sabido, porque el que hubiese podido servir de testigo fehaciente, el comediante Cisneros, estaba demasiado interesado en guardar el secreto, y, por otra parte, tenia tal fama de mancillador de honras, que nadie le hubiera creido bajo su palabra. Sobre todo esto, Amina se habia presentado al dia siguiente de su prdida en los parajes mas pblicos con la frente alta y radiante de pureza y de inocencia, y habia conseguido lo que se consigue siempre cuando se mira frente frente al mundo con la expresion de la dignidad y del orgullo. La funesta aventura de la noche del jueves santo de 1567, solo era conocida de Yaye, de Amina, del marqus de la Guardia y del comediante Cisneros. El secreto, pues, estaba perfectamente asegurado. Llena la imaginacion de delirios, enamorado, fuera de s, don Juan sali de su casa y se encamin Puerta de Moros, cerca de la cual tenia su palacio Yaye. A qu iba all el marquesito? A pasearse por la calle, mirar las ventanas de su amada, ocultar en la sombra y el silencio el dolor de sus amores. Acaso en nuestra juventud no hemos hecho cada cual lo mismo alguna vez? Una ventana tras la cual se ve una luz, cuando aquella luz ilumina la habitacion de la mujer que amamos, no ha tenido alguna vez para nosotros encantos indefinibles? No hemos esperado ver una sombra tras los cristales, esbelta, hechicera, embellecida por nuestro pensamiento y si la hemos visto, no nos hemos considerado felices? A eso pues iba don Juan la estrecha calleja donde daban algunos balcones de los aposentos de Amina: estar mas cerca de ella; espiar su sombra en los cristales de los miradores. Eran mas de las doce de la noche y esta muy oscura: ventiscaba y de tiempo en tiempo el cerrado celaje arrojaba una ligera lluvia. Cuando lleg don Juan frente frente de un postigo de la casa de Yaye y debajo de un balcon cubierto con celosas, se ocult tras uno de los postes de un soportal de un casuco inmediato y se puso atalayar el balcon, travs del cual se veia el reflejo de una luz. Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y era una calorosa noche de julio: hacia algun tiempo que Amina, so pretexto de enfermedad, no asistia las reuniones de costumbre, y decimos bajo pretexto de enfermedad, porque todas las noches al mediar, cuando el marquesito estaba ya en la calleja, aparecia una sombra esbelta en el balcon, tras las celosas, y permanecia all una hora, mirando la otra sombra opaca que habia en la calle. Despues la hechicera sombra se retiraba del balcon, se cerraba este, y el marquesito abandonaba su poste y se alejaba suspirando. Esto demostraba que Amina no estaba enferma, porque tratndose de la casa del duque de la Jarilla, la sombra que hacia permanecer una hora en la oscura calleja al marquesito, no podia ser otra que Esperanza. Haria tres dias que don Juan no habia asistido aquella cita tcita, aquella muda y misteriosa entrevista, en que los amantes se hablaban con el alma, y en que se lo prometian todo, se lo juraban todo. Por lo mismo, y pesar de la mquina de pensamientos que se revolvian en su cabeza, quiso saber si se le esperaba; si se contaba con que su ausencia seria corta, y se ansiaba su vuelta: tras las celosas del balcon brillaba la luz; pero Amina no estaba all: don Juan para no ser visto se ocult detrs del poste, desde el cual hacia su acostumbrada atalaya, y esper. Pas un cuarto de hora, media hora, que marc lentamente la campana de un relj dentro de la habitacion de la duquesita: al fin el marqus oy unas pisadas que conocia demasiado, en aquella habitacion; lugo apareci una sombra tras las celosas, y se apoy en la balaustrada del balcon. Don Juan permaneci oculto. Poco despues la sombra se retir con un movimiento de despecho, y se entr en la habitacion: trascurrido un corto espacio, don Juan oy el preludio de una guitarra, y al fin la voz de Amina que cantaba. Pero qu cantaba? La armona era lnguida, sentida, llena de expresion; un verdadero canto de amores; pero de amores tristes; un gemido del alma. Pero en qu dialecto? era extranjero. Don Juan no comprendia una sola palabra, no podia comprenderla; pero por la entonacion, por lo sentido del acento de la jven, se comprendia bien qu gnero pertenecia su canto. Pero qu aquel dialecto extranjero? Otro nuevo misterio se desplegaba ante el alma de don Juan, por mejor decir, aquel misterio parecia comprobar las revelaciones de Angiolina. Seria acaso una balada indiana, inspirada por la soledad y la ausencia en una de las brabas y gigantescas selvas del desierto mejicano? Pero no, no podia ser. Cmo un pueblo idlatra, y salvaje, segun creia don Juan, podia haber llegado expresar en sus cantos tan dulce sentimiento, tan lnguida, tan triste, tan suspirante armona? Aquel canto no era el canto rudo y montono de un pueblo primitivo, sino el de un pueblo civilizado que habia comprendido en todas sus entonaciones el lenguaje del corazon y sabia hablar sin palabras por medio de la msica, ese lenguaje maravilloso comprensible para todos los pueblos, cualquiera sea su dialecto, y que debe ser el lenguaje de los ngeles. Don Juan comprendi en aquel canto, que para l no tenia palabras, la espansion del alma de una mujer enamorada, que se encuentra lejos del ser que ama y que solo alienta una dudosa esperanza de poseerle. Las notas de aquel canto caian una una en el corazon de don Juan, y aumentaban su amor, sobreponindole todo otro pensamiento; y decimos que aumentaba, su amor, porque el amor, como todos los sentimientos espansivos, puede crecer comprimindose hasta hacer estallar el corazon que le contiene. Amina cant algunas estrofas; despues ces, y el marqus oy el sonoro gemido de la guitarra, al caer abandonada con descuido por la mano que la habia sostenido. La duquesita volvi aparecer en el balcon. Don Juan iba dejarse ver, cuando sinti pasos de dos hombres en la calle y se detuvo, y se ocult mas, para dejar pasar los importunos. Pero, con gran sorpresa suya, los dos hombres se detuvieron junto al postigo de la casa del duque, hablaron un momento, y despues uno de ellos se acerc al postigo, son una llave en la cerradura, abrise el postigo, y uno de los dos hombres entr. Aquel hombre no era el duque, ni tenia su altivo continente, ni su gallarda. El otro hombre se habia quedado fuera, y se habia sentado, sin duda para esperar cmodamente, en el dintel del postigo. Amina continuaba inmvil en el mirador. En el primer momento el marquesito sinti en sus oidos un zumbido sordo, terrible; luego la sangre se agolp su corazon, un movimiento salvage de rabia, de zelos, de indignacion, como podia haberlo experimentado un marido engaado, le agit de pis cabeza; sinti al fin un horrible vrtigo, el vrtigo de la venganza, y, saliendo de repente de su acechadero, desnud la espada, y se fue con ella de punta hcia el hombre que se habia sentado en la grada del postigo, y quien no dej, como suele decirse, en el sitio, porque la clera, haciendo errar el golpe al marqus, salv aquel hombre por un momento. La espada de don Juan habia dado en la madera del postigo y se habia clavado en ella fuertemente. El bulto se habia puesto de pi y habia desenvainado su espada. El marqus con un violento esfuerzo desclav la suya, y se fue para aquel hombre, que le esper con una serenidad que demostraba bien claro que se trataba de un valiente. Era la noche muy oscura, y no podian verse las caras, y mucho menos los aceros. Ni uno ni otro pronunciaban una sola palabra. El marqus acometia, y el incgnito se mantenia firme. Pero muy pronto se vi obligado retroceder ante el furioso ataque del marqus; muy pronto aquella retirada fue violenta, el marqus le hizo cejar todo lo largo de la calle, y al fin, fatigado el otro, afloj en la defensa, y el marqus le alcanz con una terrible estocada. Al sacar don Juan la espada de la herida, aquel hombre cay redondo en tierra, sin pronunciar una sola palabra. --Ah! exclam don Juan: ahora me queda el otro, y despues el duque, y luego su hija! Como ven nuestros lectores, el marqus, en su zelosa rabia, queria exterminar medio mundo. Cuando lleg al postigo, se volvi l con visible intencion de llamar. Amina estaba aun en el balcon, y antes de que el marqus tocase al llamador, se abrieron con extruendo las celosas, y la dulce y grave voz de la jven dijo con ansiedad: --Esperad, don Juan; yo os lo suplico. El marqus se detuvo; permaneci inmvil y como anonadado algunos segundos, y luego exclam con un acento en que se exhalaba una alegra infinita: --Ah!; eres t! Aquel eres t! contenia en sus seis letras un mundo de sensaciones y de pensamientos para cuya explanacion se necesitaria un volmen. --Si, si, yo soy; dijo con ansiedad Amina: habeis muerto ese hombre? --No lo s. --Estais herido? --No. --Pero pueden encontrar ese hombre muerto herido: vos, os conozco, no os retirareis: yo os esperaba para hablaros si venais: os hubiera hablado por una reja, pero ahora es imposible: podian encontraros... Dios mio! --Y qu podria sucederme peor que lo que me sucede? exclam con desesperacion el marqus. --Yo no quiero que os acontezca ninguna desgracia. Por lo mismo, seguid adelante junto la pared hasta que encontreis una reja: trepad por ella; encima hay un balcon: voy abrir ese balcon. --Oh Dios mio! exclam el marqus dominado por un intenso sentimiento de felicidad. Poco despues trepaba por una reja, salvaba la balaustrada del balcon, pisaba una alfombra, y una hermosa mano asia la suya. --Oh, Esperanza de mi alma! exclam el marqus. --Ven conmigo, ven; dijo con voz opaca Amina: este momento es supremo. Y diciendo esto conducia al marqus asido de una mano travs de habitaciones oscuras. Amina se detuvo en una de ellas, y dijo con acento grave: --Jrame, don Juan, que sers prudente: te voy llevar un lugar donde mi padre cree que de nadie puede ser escuchado mas que de su hija. --Y para qu? dijo el marqus que lo habia olvidado todo: escuche yo tu voz, vea yo tus ojos, y nada me importa el mundo entero. --Has visto entrar en mi casa un hombre, dijo Amina. --Ah! exclam don Juan, como quien despierta de un hermoso sueo. --Pues bien, es menester que sepas por qu ha entrado y qu ha entrado ese hombre aqu: sgueme: no hables una palabra mas; recata tus pisadas: silencio y prudencia. Don Juan se dej conducir por la duquesita, que le hizo atravesar algunas otras habitaciones oscuras, y al fin le introdujo en una en que penetraba un dbil resplandor travs de unas puertas vidrieras, cubiertas con unas tupidas cortinas de cambray bordado. El marqus levant imperceptiblemente una de las cortinas: en la otra vidriera observaba Amina: los dos jvenes estaban asidos de las manos. En la habitacion inmediata habia dos hombres. CAPITULO X. Lo que oyeron la duquesita y el marquesito. Uno de aquellos hombres era jven, como de veinte y dos aos. Aquel hombre era el prncipe de Asturias don Carlos de Austria. Estaba sentado y cubierto. El otro hombre estaba de pi y descubierto. Era Yaye. El prncipe, pesar de sus pocos aos, era uno de esos seres repugnantes que se han gastado practicando constantemente el vicio; su palidez enfermiza, sus ojos de un color impuro, la especie de vejez prematura que sobre aquel semblante lvido aparecia, y la fosforescente insensatez de su mirada, demostraban que su organizacion habia sufrido mucho causa de excesos. En los gruesos labios que habia heredado de su padre, se adivinaba que el temblor de la clera era su expresion habitual: tenia los ojos azules, el cabello y las cejas rubias, y estaba flaco, muy flaco. --En verdad, en verdad, decia el prncipe, en el momento en que el marqus y Amina podian escucharle, no pensaba que t, un oscuro aventurero, ennoblecido por un casamiento afortunado, y tolerado por el bueno de mi padre en la crte, cuando hay mas de una lengua maligna que habla mal de t, te atrevieses representar una farsa tan grosera conmigo. Ya se v! Sabes que estoy enamorado de tu hija y te prevales... pues bien, concluyamos pronto: las condiciones, las condiciones, duque. Ya que no ha salido recibirme tu hija, segun esperaba, te confieso que me molesta estar estas horas en conversacion contigo. Por mi patron Satans que esta es una treta que no te perdonar nunca, duque! --Ignora vuestra alteza con quin habla, dijo reposadamente Yaye, del mismo modo que ignoraba que nada sucede en mi casa sin que yo lo sepa. El marqus estrech fuertemente la mano de la duquesita, que no contest la presion, porque era una especie de burla hecha su padre. --En verdad, duque, repuso el prncipe con un acento en que habia una ligera indicacion de clera, que tratndose de una persona tan misteriosa como t, tan oscura, es difcil saber qu atenerse; sin embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces, ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que mi padre cuando me sermonea porque he asustado una dama de la reina. Tu mirada veces es la de un rey. Sers acaso rey de alguna nsula desconocida? Habia un tan profundo desprecio en las palabras del prncipe, que otro que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado. Apoyse ligeramente en un ngulo de la mesa junto la cual estaba de pi y contest: --Sea yo rey mendigo, hidalgo villano, caballero bandido, es lo cierto que vuestra alteza est en mi casa y de mala manera llegado. Yo sabia, sin embargo, que ibais venir, y sino hubiera querido que vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir vuestro nombre entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la d. Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aqu puedo deciros, no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la crte. En qu estado de relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes? El prncipe se levant de un salto al escuchar estas palabras, y el marqus de la Guardia sinti que la mano de Amina temblaba entre la suya. --Que en qu estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclam acreciendo en lividez el prncipe. Y te atreves hacerme esa pregunta, traidor? --Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprender, en vista de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta pregunta. El duque fue una especie de secreter de bano incrustado de plata y nacar, y de uno de sus secretos sac una cartera de seda bordada de lentejuelas de oro, desenvolvi lentamente la ancha cinta de raso que la rodeaba, sac de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo en sus manos. El prncipe le miraba atnito con la vaguedad de los insensatos: --Hace dos meses dijo Yaye, entr en Madrid secretamente, y se hosped en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jven caballero francs. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote. El duque se detuvo y mir profundamente al prncipe, que procur en vano sostener su mirada, y se puso lvido como un cadver. Hubo un momento de silencio: durante l, don Juan dijo rpidamente al oido de Amina: --Yo no puedo permanecer aqu: se trata de secretos terribles. --Mi honor te manda permanecer! exclam profundamente Amina. --Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmur el marqus. --Una noche, continu Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto Cisneros, un comediante miserable que os acompaa, y que habia ido al tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo al fin que aquel caballero habia llegado y le habl: una hora despues el hugonote Perceval, el prncipe heredero del cristiansimo rey de las Espaas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que eran escuchados. En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacos y cerrados. Yaye pronunciaba una una y solemnemente sus palabras. --Pero sobre aquel aposento, continu Yaye, habia un desvan teja vana, y en l vivia desde dos dias antes de la llegada Madrid del caballero francs, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia mirar y escuchar cuanto pasase se dijese en el aposento inferior. La noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con el francs y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel aposento acontecia. El prncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba la corona de su padre. El prncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante su juez. La voz de Yaye era solemne. --Y qu mucho? aadi con voz vibrante y terrible. Estamos en una poca de crmenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran sangre; rostros amoratados por el dogal lividos por el tsigo. Ac y all, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad la Amrica: all, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen millones de hombres quienes han robado la patria y los altares, quienes han arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados huir los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los nios arrebatados sus padres, y entregados los frailes: ved sus guerreros domeados, reducidos la servidumbre, bautizados la fuerza: si penetrrais en esos desiertos peascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados por torrentes y abiertos por volcanes; si aportrais al fuego del consejo de una de esas tribus errantes y escuchrais el cntico de guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir los rostros plidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros plidos son los espaoles: si los virais en el combate, admiraras la desesperacion con que prefieren la muerte la esclavitud; verais las praderas cubiertas de cadveres destrozados por el hierro y por los cascos de los caballos, y despues del triunfo de los espaoles, os horrorizaria mirar cmo estos tratan los vencidos; con cuanta innoble avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vrgen Amrica. All el testimonio del gran crmen de las Espaas, se levanta por todas partes; aquel es el tesoro donde trueque de sangre y de infamias van enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un rey catlico. Si no os satisfacen los crmenes de Occidente, si quereis apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada: all tambien hay un pueblo vencido: all tambien se esclavizan las doncellas, se roban los hijos sus padres, se bautiza la fuerza, se degella y se quema los hombres, y se arrasan pueblos enteros. All tambien resuena la terrible voz del sacerdote espaol: all tambien los gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de Espaa ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si quereis ser testigo de mas crmenes, volved la vista Flandes; all tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de Espaa, y sus tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y aun en el mismo corazon de la Espaa, si quereis presenciar horrores, bajad los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros se estrangula y se degella; por todas partes el terror imponiendo la ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey. Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cay vencida con sus comunidades: el rey ahog con sangre la voz de la libertad: el sacerdote sofoc con fuego los fueros de la conciencia. Si; Espaa es grande, poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina por el crmen. Qu mucho, repito que, cuando tantas infamias se levantan ante los ojos, un hijo anse ser rey aun costa de la vida de su padre? Acaso don Felipe el II no era rey de Npoles y de Inglaterra los diez y seis aos? Es cierto que el emperador Carlos V se retir por su voluntad una celda de San Gernimo de Juste: pero San Lorenzo del Escorial no es tambien un magnfico monasterio? Acaso una tumba es otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad? [imagen: Tomad: leed.] El prncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trmulo, dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y solemne de Yaye. Este por cansancio por desprecio hcia el prncipe se sent: don Carlos continu de pi. --Laurent de Perceval, continu el duque cambiando su entonacion declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de Guillermo de Nassau, prncipe de Orange: este le enviaba vos, para ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de Flandes: esto no era otra cosa que excitaros la rebelda contra vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar los luteranos, y vos, vos, prncipe rebelde vuestro padre, escribsteis esta carta que tengo entre mis manos. Tomad, leed. El prncipe tom con una mano trmula aquella carta y la reconoci primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por l, y en ella aceptaba la propuesta del prncipe de Orange, y se declaraba protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la cabeza del prncipe si por un acaso iba dar en las manos de su padre. --Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentndola al rey. --Cmo ha venido vuestro poder esta carta? dijo el prncipe retenindola. --Recordad que os he dicho que mientras vos hablbais en cierto meson excusado con Laurent de Perceval y el comediante Cisneros, habia otra persona, que sin que vos lo supiseis, lo presenciaba todo, travs de un agujero abierto en el techo. Aquella persona, que tenia todas las apariencias de un mendigo viejo y enfermo, era en la realidad jven, robusto, lleno de vida. En una palabra, aquella persona era yo. --Vos! --Si, yo. --Y quin os habia dicho que el caballero Laurent de Perceval debia venir Madrid enviado por el prncipe de Orange? [imagen:--Ah, Bempo! Bempo! yo te amo!] --Vos no sabeis quin soy, si bandido caballero, rey esclavo: yo tengo medios de saber todo cuanto me interesa saber. Por otra parte, como solo he venido Madrid contando con vos, era natural que me interesase por vos. Sabedor del dia en que Laurent de Perceval debia ponerse en marcha para llevar vuestra imprudente carta Guillermo de Nassau, le esper en el camino. --Y le matsteis! --No le mat. Iba perfectamente disfrazado con las preseas de alfrez de vuestra guardia, en trminos que Perceval no me reconoceria si me viera de nuevo ante s. Dejle pasar oculto en una venta, alcancle luego, y me present l como vuestro enviado. Djele que habiais meditado mejor; que no creais prudente todava un alzamiento general en los Paises-Bajos vuestro nombre, y le d tales seas de las conferencias que el mismo Perceval habia tenido con vos, que sin dificultad me entreg esa carta, y en cambio se encarg de un mensaje verbal para el prncipe de Orange y de un libramiento de treinta mil florines la rden del Laurent, dado por un genovs de Madrid contra otro de Bruselas, para que Orange pudiese sostener la guerra contra Espaa por algun tiempo; ved aqu el recibo del libramiento, que Perceval me hizo en una venta del camino. Yaye sac otro nuevo papel de la cartera y le entreg al prncipe. --Ahora, dijo el duque, podeis quemar esa carta y ese recibo. Tales pruebas deben destruirse cuando ya han servido de la mejor manera que podian servir. El prncipe se apresur quemar la luz de una buja aquellos terribles papeles. --Y ahora bien, qu quereis de m? dijo cuando los hubo destruido. --Quiero en primer lugar que nada hagais sin consultarlo conmigo. --Y qu creeis que debo hacer? --Reinar. --A todo trance? --A todo trance. --Sin embargo, no ha mucho me hablbais con indignacion del crmen. --Por lo mismo que el crmen nos rodea por todas partes, debemos valernos de l en nuestro provecho antes de que otros le empleen en nuestro dao. --Creeis, pues, que debo aceptar el vasallage de los flamencos? --Si, si por cierto; pero no ahora. Aun no es tiempo: una tentativa en estos momentos fracasaria: la infanta Margarita de Parma, gobernadora de Flandes, es una mujer que con su gobierno blando y benfico tiene contenida la insurreccion: es necesario que este poder tolerable, sustituya un poder duro, desptico, insufrible; es necesario que sea gobernador de los Paises Bajos el duque de Alba; dejad que pruebe fortuna el prncipe de Orange; que despues, si la rebelion crece, tiempo tendremos de obrar. Yo he hecho en vuestro nombre cuanto se debe hacer por ahora: enviar dinero los descontentos: del mismo modo alentaremos los hugonotes de Francia: cuando hay oro todo es fcil. --Y vos!... --Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las dos cosas la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario, que ya sabeis que podeis recurrir m por oro y consejos, idos prncipe, y no olvideis jams cmo os ha recibido un hombre en cuya casa habeis entrado con intencion de deshonrarle. --No, no saldr de aqu sin que me hagais una promesa. --Cul? --Amo vuestra hija. --Y la amais mirando en ella vuestra esposa? --Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida. --Sed rey! --Cmo! --Sed rey! repiti fatdicamente el duque. --Pero... mi padre es jven... balbuce el prncipe. --Sed rey renunciad al amor de mi hija! --Pues bien, lo ser y pronto! --No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad. --Esperar: pero... --Os prometo mi hija: ahora salid. Yaye tom una buja de sobre la mesa y acompa al prncipe: la habitacion qued abandonada: detrs de las vidrieras habia quedado mudo, aterrado, el marqus de la Guardia: Amina fijaba en l una mirada lcida. --Oh, Dios mio! Dios mio! exclam el marqus: qu horror! T, Esperanza, prometida ese prncipe infame cambio de un parricidio! --El crmen se combate con el crmen, don Juan, dijo Amina: ahora bien, tendrs valor para sacrificarte mi amor como yo me sacrifico sagrados deberes? --Oh, Esperanza! considera que soy espaol, noble y caballero! --El hombre que haya de ser mi esposo lo ha de sacrificar todo por m. Llev al jven una puerta; le dej encerrado tras ella, volvi, abri la vidriera y entr en la cmara de su padre. Poco despues entr este, y la bes en la frente. --El dia en que nuestros enemigos se hagan pedazos se acerca, dijo este. Ese dia se enjugaran tus lgrimas, hija de mi alma. Entre tanto es necesario que cumplamos el juramento que yo hice mi padre moribundo. Todo por la patria! todo! hasta la virtud!... Despues, estos dos extraordinarios seres se separaron; Amina fue la puerta tras la cual habia dejado don Juan, y atravesando las mismas habitaciones oscuras que habian recorrido hasta all, le llev su aposento, cerr el mirador y se sent su lado. CAPITULO XI. Lo que puede el amor de una mujer. La habitacion de Amina estaba amueblada con una riqueza suma: sus cuadros, sus tapiceras, sus alfombras, sus divanes eran lo mas bello, lo mas rico, lo mas raro que producian en aquellos tiempos las artes y la industria. Sobre una mesa maravillosa, lucian dos candelabros de plata cincelados, y el estrado en que se habian sentado los dos amantes, era de brocado de tres altos. Don Juan, profundamente abstraido, no veia nada de todo esto, habia llegado hasta all maquinalmente; tenia abandonada una mano en otra mano de Amina, y aquella mano temblaba y estaba fria como la de un cadver. Amina le contemplaba con una fijeza intensa; estaba palida, y en sus negros ojos brillaba una expresion de altivez indomable: parecia que queria escudriar y analizar con su mirada lo que pasaba en el alma del marqus, que estaba aterrado, anonadado, como insensible, causa de los terribles secretos que sucesivamente habia descubierto. Su afan por ver claro en la vida interior de Amina, habia sido demasiado satisfecho: don Juan se arrepentia de haber deseado salir de su ignorancia. Como por efecto de un poder magntico, la intensa mirada de la jven atrajo al fin la mirada de don Juan, y entrambos se contemplaron durante un segundo, con una de esas miradas que no pueden describirse, y que jams se olvidan por quien ha sido objeto de ellas. --Si, si, te amo, Esperanza; te amo pesar de todo, dijo el marqus comprendiendo la expresion de la mirada de Amina; te amo tanto, que pesar de que yo debia revelar al rey cuanto he visto y oido, guardar acerca de ello un profundo secreto. --Y qu sabeis? dijo Amina con un acento tal y tan dominador, que fascin don Juan; verdadero acento de reina que sin despreciar impone, y sin exigir manda; sabeis acaso quin es la mujer que la fatalidad ha puesto en vuestras manos? Don Juan lo sabia por la revelacion de Angiolina; pero se guard muy bien de demostrarlo: limitse, pues, contestar: --Seas lo que quieras, conozco que mi vida y mi alma son tuyas, Esperanza. --Llegar un dia en que comprendas, don Juan, dijo Amina, cuya frente se habia serenado, descendiendo, por decirlo as, de su terrible magestad; llegar un dia en que comprendas cunto te ama la mujer quien con tus locuras has hecho desgraciada. --Mis locuras! --Si por cierto, qu son sino locuras tus amores con esa aventurera italiana, con esa princesa Angiolina? Tu empeo en causarme zelos con ella? qu ha sido sino una locura suponer que yo podria empenarme de tus amores por arrebatarte esa mujer? Habia tal dignidad, y una dignidad tan tranquila en Amina al pronunciar estas palabras, que el marqus se desconcert, y no pudiendo negar sus amores con la princesa por demasiado pblicos, contest: --Yo me veia desdeado por t. --Desdeado no: alejado si. --Sea como quieras; pero si nada te importa que yo ame otra por qu eres desgraciada? --Porque te creia mas grande, mas noble de lo que eres en realidad. --He pretendido olvidar, dijo por decir algo el jven. --Olvidar! olvidarme!y para olvidarme...! m! has recurrido al amor de esa mujer? lo repito: me he engaado: yo pens que valias mas, infinitamente mas que lo que vales. Don Juan conoci que habia incurrido en una necedad, y para remediarla incurri en otra, como sucede generalmente todo el que quiere salir de una posicion falsa sin confesarse vencido. --Rechazaste mi mano con un pretexto que no he podido comprender, dijo. --Un hombre que ama una mujer y no puede obtenerla, la obtiene muere; pero no intenta ultrajarla, contest con dignidad Amina. --No me he puesto tu paso? contest apelando la dulzura el marqus. --Conservando tu vanidad; pretendiendo que me humillase; enamorando otras mis ojos. --No he venido todas las noches esa calleja? --Esperando sin duda, dijo con sarcasmo Amina, que yo, arrastrada por mi amor, te llamase! --Oh, y cun cruel eres, Esperanza! --Y al fin te he llamado; y al fin ests en mi aposento, solo conmigo, en medio de la noche. --Oh! Esperanza! --Pero ya sabes para qu y por qu te he llamado: ahora don Juan es necesario que nos separemos. --Con que es decir que me has llamado para que sepa que el prncipe va ser tu esposo! --Si mi padre lo exige, lo ser. --Es decir que no me amas! --Nunca debimos unirnos, don Juan. --Que nunca nos debimos unir? --No, para evitar el dolor y la vergenza de separarnos. --De separarnos...! es decir que tu ambicion..! --Yo me sacrifico mi nacimiento, mi destino. --Oh! si! dijo con doloroso sarcasmo el marqus; me he olvidado de que eres... y se detuvo. --Si, soy reina, contest con una fria dignidad Amina. --Reina t! exclam con creciente asombro el marqus. --Si, no importa de qu reino; pero mi reino existe, y mis vasallos, cuando me presento entre ellos, doblan ante m la rodilla. Don Juan quiso contestar y no pudo: la admiracion, el estupor, el miedo, y aun podemos decirlo, un miedo supersticioso, habian cohartado sus facultades de apreciacion; record entonces cuanto le habia revelado la princesa, y comprendi que aquella mujer no le habia engaado: vi delante de si la reina de aquellos famosos monfes de las Alpujarras, solo conocidos por sus terribles hechos: trasladse su pensamiento las, para l desconocidas, regiones del Nuevo Mundo, y parecile ver Esperanza, en medio de las tribus indias, que la rendian homenaje; entonces hablaron de una manera clarsima para l, el encendido color moreno de Amina, aquel color tan bello, tan lmpido, tan incitante; parecile ver destellar de sus negros ojos una chispa de magestad salvaje, y que aquella frente magnfica, aquella mirada incontrastable, le decian: --Soy nieta de los reyes de Granada, reina de los monfes de las Alpujarras; soy nieta de los emperadores de Mjico, reina de los rebeldes del desierto. Esta era la nica solucion que, contando con los antecedentes que tenia, encontraba el marqus tales misterios. --En vano te obstinars, don Juan, dijo Amina, comprendiendo la perplejidad del jven, por descifrar el misterio de mis palabras. Solo sabrs la verdad si un dia la desgracia cesa de afligirnos. Para eso ser necesario que se cambie la faz de los reinos de Europa, y que se viertan torrentes de sangre. Entre tanto respeta el secreto que no debo revelarte. --Pero nada puedo esperar? --Puedes esperarlo todo si consientes en sacrificarlo todo por m. --Oh! y qu sacrificio no haria yo por tu amor! --Hubo un momento, dijo tristemente Amina, en que yo olvid por t mi condicion, mi honor y los proyectos de mi padre. Cuando vine en mal hora la crte del rey de Espaa, para desempear al lado de la reina un servicio que me humillaba, y que yo sufria porque tal era la voluntad de mi padre, tenia el corazon libre, no amaba; pero sentia una ardiente necesidad de amar: lleg un dia en que o hablar de t; se ponderaban, tu hermosura, tu juventud, tu valor, tu generosidad: supe que los ociosos de la crte habian unido nuestros destinos de una manera extraa: t te llamaban _mi hombre_, mi, _tu mujer_. Era necesario que yo te viese, para que pudiera contestarme esta pregunta que me habia hecho con clera al escuchar aquellas extraas palabras.--Qu puede haber de comun entre ese marqus tan ponderado y yo? Pero cuando te v al fin, cuando v tu semblante al reflejo de la luna despues del incendio de la iglesia del Buen Suceso, que me habia aterrado; cuando sent llegar tu mirada hasta el fondo de mi alma, inflamndola, llenando su vaco con un fuego divino, abriendo para m una nueva vida; la vida del amor.... Oh! entonces comprend lo que el mundo habia encontrado de comun entre nosotros; entonces comprend que t eras mi hombre; mas todava: mi esperanza, mi felicidad, mi Dios. Al decir estas palabras, el semblante de Amina fue perdiendo gradualmente la fria rigidez que hasta entonces habia afectado por orgullo; brot l la pasion; acreci su palidez, sus ojos lanzaron un fulgor divino, sus hermosos y rojos labios se mostraron trmulos y entreabiertos, y como iluminado por el reflejo del semblante de Amina, el del marqus resplandecia tambien. Hay situaciones en que no se habla, porque el lenguaje humano no tiene palabras para expresar lo que en tales momentos el alma siente; situaciones en que los ojos que lucen con una fuerza superior la que puede suponerse en la vida; en que la sangre que afluye al corazon; los latidos de este que se oyen; un no s qu de sobrenatural, de fantstico, de divino, que emana de esa semejanza de Dios que se llama criatura, hablan por s mismos con un lenguaje mas elocuente, mas sublime que el lenguaje material; y cuando el alma se exhala, como que se escapa por todo nuestro ser, cuando ese ser es una mujer tan hermosa como Amina, tan pura (y decimos tan pura porque la pureza reside en el alma y no pueden mancharla las miserias de la vida), aquella mujer es el ngel de redencion y de perdon, el demonio de perdicion con que Dios glorifica condena un hombre sobre la tierra. Don Juan se extremecia bajo la mirada de Amina, bajo su aliento, ante su hermosura; don Juan sentia el horrible tormento del placer que hiere porque no tenemos sentidos bastantes para absorverle: don Juan se sentia levantado una altura inmensa sobre la tierra, flotando en un espacio areo, ardiente, impulsado por un torbellino de fuego. --Con que me amas? me amas? exclam con delirio. --Si no te amara viviria? exclam Amina. Si no te amara te hubiera introducido bajo el techo de mi padre para que vieses por tus ojos y no dudases de mi? si no te amara me importaria algo que dudases no? --Y bien; si me amas, por qu no ser mi esposa? --Jrame que jams levantars el acero contra mi padre, y te prometo, te juro, que si no soy tu esposa, no lo ser de otro. --Oh! si, si, dijo don Juan trasportado; te lo juro por la gloria de mi madre, y por mi honor. --Por el descanso de tu buena madre si; dijo Amina levantndose con enerja; por tu honor no! --Por mi honor no? exclam levantndose asombrado el marqus. --A qu llamais los castellanos honor? exclam con desprecio Amina; servir ciegamente y como viles esclavos un rey tirano; un rey quien el Altsimo sostiene en un trono para castigar los pecados de un pueblo: cuando ese rey fija la mirada codiciosa en una region feliz, rica y prspera y la ambiciona; cuando ese rey os dice: tomad mi estandarte y empapadlo en sangre humana, porque es necesario que yo aada mi blason real los blasones de aquel otro pueblo, id, conquistadle, destrozadle, esclavizadle, yo lo quiero; es necesario que yo sea rico, grande y fuerte, costa de la pobreza, la abyeccion, y la debilidad de pueblos enteros; id, que os lo mando yo..... cuando el rey os dice: id llevar el luto, la servidumbre y la deshonra otros paises, vosotros llamais honor la obediencia que os pone las armas en la mano y os lleva, como bandidos en cuadrilla, apoderaros por fuerza de lo que no es vuestro; robar lo que Dios quiere que sea respetado. Oh, no! ese honor es la infamia; el verdadero honor es el que defiende la patria, el que ampara al pobre y al desvalido, el que acomete los tiranos y los vence sucumbe: los castellanos no comprendeis ni el honor ni la gloria; llamais honor al crmen y gloria la infamia. No; yo acepto tu juramento por el descanso de tu madre, por mi amor, por tu alma, pero por lo que t crees honor, no: ese honor te haria mi enemigo; ese honor te obligaria delatar mi padre, entregarle al verdugo; ese honor te obligaria maana degollarme contribuir que fuese vendida como esclava: ese honor te separa de m. --Luego eres enemiga de los castellanos? --Si, enemiga muerte. --Y por qu entonces cuando nos encontramos, no me dijiste: sigue tu camino, y no procures unirte mi porque un abismo nos separa? --Oh! los hombres son cobardes, muy cobardes! exclam con acento frio y acerado Amina; el valor es de la mujer, exclusivamente de la mujer! nosotras lo sacrificamos todo por ellos, patria, religion, virtud, felicidad! nos perdemos en cuerpo y alma por ellos! ellos no saben sacrificarnos nada! Ya se v! la mujer ha nacido para ser esclava! por qu te amaba antes de conocerte? por qu, si en aquellos momentos me hubieras pedido la vida te la hubiera dado sonriendo? Oh, vosotros no amais! vosotros..! ni aun siquiera comprendeis de cunto es capaz una mujer enamorada! --Pues bien; si eso es verdad; si alientas en tu alma esa fuerza sublime del amor, sgueme. --Abandonando mi padre! No! jams! --Con que en el momento de la prueba retrocedes? Con que no has pronunciado mas que palabras vanas?.. --Escrito est en los libros de luz, dijo gravemente Amina, que por el hombre abandone la mujer su padre y su madre; pero no est escrito en ninguna parte que la mujer asesine al hombre quien ama. --Es decir que si me siguieses abandonando tu padre?.. --All, donde quiera que nos ocultsemos, iria la venganza de mi padre: venganza terrible, implacable, fria: oh, qu horror! cuanto he podido sacrificarte, te lo he sacrificado, sin dudar, sin retroceder; todo lo que en adelante pueda sacrificarte, te lo sacrificar... pero no me pidas tu propio sacrificio, eso jams! --De modo que ser forzoso que nos separemos? Amina fij en el marqus, con una ansiedad indescribible, sus hermosos ojos, que pesar de sus esfuerzos por mostrarse serena, se llenaron de lgrimas. --Separmonos mas bien, dijo: olvdame si puedes; en cuanto m... yo nunca te olvidar. --Y para esto me has llamado? --Yo te esperaba y te esperaba para hablarte; pero sin el desgraciado encuentro que has tenido junto al postigo de mi casa, sino hubieras visto entrar por l un hombre, te hubiera hablado por la reja para decirte:--Me has ofendido de una manera cruel, y sin embargo te amo: durante algun tiempo no nos veremos, pero espera: yo te amar siempre: cuenta conmigo.--Dios lo quiso de otro modo: el prncipe don Carlos habia entrado en mi casa, y era necesario que supieses lo que hacia en ella; por esta razon has conocido graves secretos. --De modo que, obedeciendo ese honor castellano que tan extraviado y absurdo te parece; debia yo como espaol y caballero, revelar al rey cunto he visto y cunto he oido..! Irgui la cabeza Amina y dijo friamente: --Hazlo, don Juan, hazlo, y me habrs devuelto la felicidad. --Ah! serias feliz! --Si, porque si cometieras tal infamia, no serias ya el hombre que mi amor habia soado; dejaria de amarte, y... dejando de amarte, seria muy feliz, mucho. --Muy feliz! exclam con extraeza el marqus. --Si, muy feliz: nada me importaria no verte, no saber de t... y... mas que eso: entonces me vengaria de un infame que me habia tomado por juguete. Amina apenas podia hablar: la voz se ahogaba en su garganta. --Y nada temes por t, nada por tu padre? exclam asombrado y fuera de si el marqus que sufria horriblemente. --El rey de Espaa, dijo con altivez Amina, nada puede contra nosotros; aunque nos sepultase en el mas lbrego calabozo de la Inquisicion, nuestras cadenas se romperian como si fueran de vidrio: las puertas, los muros, se abririan para darnos libertad. De otro modo, sino estuvisemos salvo, crees que por mucho que me interese el que no puedas dudar de mi amor y de mi honra, hubiera yo vendido la cabeza de mi padre? --Sea cualquier el poder de tu padre, Esperanza, no ser yo quien le ponga prueba, revelando al rey lo que esta noche he visto y oido en tu casa. --Pero repara que de ese modo eres traidor tu amo el rey de Espaa, dijo con sarcasmo Amina. --Entre el rey y mi amor, dijo el marqus con voz firme, mi amor es lo primero. --Oh! espralo todo de m! exclam con una alegra infinita Amina. --Que lo espere todo de t! --Oh! si, si, has salido victorioso de una terrible prueba: tu amor es grande, valiente, inmenso como el mio. T me sacrificas lo que crees, lo que llamas tu honor. Yo te sacrificar mi vida, mi corona... pero es necesario esperar. Al oir la palabra _corona_, el marqus hizo un movimiento de extraeza. --Si, mi corona, dijo Amina; no creas que estoy loca; mi corona, ya sea la de un pueblo poderoso y vencedor; ya la de una raza vencida, perseguida, errante, es siempre una corona. Si un dia me dices estoy dispuesto abrazar, aunque solo sea en apariencia, la religion de los tuyos, defender tu pueblo, ser tu esposo, entonces se aclararan para t tantos misterios. Ahora, don Juan, escucha: la fatalidad nos obliga separarnos, y en algun tiempo no nos veremos. Pero siempre tendrs tu lado, sin que lo conozcas, sin que lo veas, como lo tienes ahora, siguindote todas partes, quien vele por t, quien te proteja, quien ponga oro en tu bolsa, si es necesario, sin que t veas la mano que lo pone. Ademas, podr suceder que un dia tu lealtad, el resto de lealtad que conservas aun al rey de las Espaas, te lance la guerra: entonces, don Juan, si esa guerra es contra hombres de otra religion, toma: lleva este amuleto sobre las armas, pero de modo que se vea y nada temas: el hierro enemigo no te tocar. Amina se quit del cuello una rica cadena de oro de la cual pendia una placa esmaltada guarnecida de diamantes, en cuyo centro habia algunos caracteres azules enteramente extraos para el marqus, y le puso la cadena al cuello. --Oh! la llevar siempre sobre mi corazon, exclam don Juan besando apasionadamente aquella joya, que aun conservaba el calor del seno de Amina. --Sobre el corazon en paz; sobre la coraza en guerra. Ahora es preciso que nos separemos, don Juan. --Separarnos! --Si; es necesario de todo punto. --Y cundo nos volveremos ver? --Oh! quin sabe? dijo tristemente Amina: tal vez pronto, tal vez nunca. Y asiendo de la mano al marqus le condujo una habitacion oscura, abri un balcon y mir fuera. --Nadie hay en la calle! dijo Amina: nada se oye... --Oh! Esperanza! Esperanza! dijo el marqus: yo no puedo separarme de t! Oyronse entonces en el interior algunas puertas que se abrian. --Mi padre! exclam Amina: vete! Don Juan la estrech rpidamente entre sus brazos, Amina se escap de ellos, y empujndole hcia el balcon, le dijo: --Vete... y no me olvides! --Adios, vida de mi vida! dijo el marqus: jams te olvidar! Y echndose fuera de la balaustrada del balcon, se descolg por una reja la calle. Cuando estuvo en ella, Amina se asom al balcon, y dijo conteniendo mal sus sollozos: --Toma, don Juan, y lee, y cuando hayas leido, comprenders cunto ests obligado amarme. Dicho esto, arroj una carta la calle, desapareci de la balaustrada, y se oy el ruido de las maderas del balcon que se cerraban. --Oh, Dios mio! exclam don Juan recogiendo la carta: esto es para volverse loco! Y ansioso por conocer el contenido de aquella carta, se encamin buen paso una esquina situada al otro extremo de la calle, donde un farolillo, puesto por la devocion de los vecinos, alumbraba el ttrico nicho de un Ecce-Homo. Para llegar all, tenia que pasar necesariamente por el sitio donde habia caido muerto herido, el hombre que habia quedado aguardando al prncipe de Asturias, en el postigo de la casa de Amina. El marqus no mir aquel sitio, ni se acord siquiera de que all acaso habia muerto un hombre. Cuando lleg delante del nicho del Ecce-Homo, abri la carta, de la cual se desprendia un leve y delicado perfume, y ley estas breves, pero terribles palabras: Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide una mujer revelarlas ni aun su mismo esposo; pero es preciso que sepas que alienta en mis entraas un hijo de nuestro amor.--Tu Esperanza. Don Juan lanz un grito insensato de amor, de alegra, de dolor; arrug en un movimiento frentico aquella carta entre sus manos, la oprimi contra su boca y luego... luego cay de rodillas ante el Cristo, fij en l sus ojos, llenos de fe, de esperanza, y aun podremos decir de caridad, y exclam: --Seor! Divino Seor! Vela por ella y por mi hijo! En aquel momento el marqus se sinti asido... Pero antes de relatar lo que sucedi don Juan, es necesario que retrocedamos un tanto y volvamos la casa de la princesa Angiolina Visconti. CAPITULO XII. Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos. El autor recuerda haber dicho anteriormente, que Angiolina Visconti se habia separado de la manera mas ruda y tormentosa del marquesito de la Guardia, dejndole solo en el lindo retrete donde le habia recibido. La princesa atraves rpidamente algunas habitaciones, y en una de ellas se detuvo y se puso contemplarse en un magnifico espejo de Venecia. Con qu objeto era esta contemplacion de s misma? La princesa estaba resuelta vengarse, y por lo mismo concentraba sus fuerzas y contaba sus recursos. Entre estos era uno poderossimo su hermosura. Por esto Angiolina se miraba al espejo. Se preguntaba qu motivo habia tenido el marqus para abandonarla ella, la altiva hermosura que tan codiciada era por los hombres de mas valer de la crte: el espejo la dijo que era tan hermosa como la duquesa de la Jarilla, y sin embargo, la fiebre que su hermosura habia producido en la loca imaginacion del marqus de la Guardia habia pasado; la princesa comprendi que el marqus habia usado de ella como de un instrumento; vi, sin que pudiera quedarla ni aun el leve consuelo de la duda, que la hermosa duquesita poseia todo entero el corazon de don Juan, quien ella amaba con toda su alma: su aborrecimiento hcia Amina creci, y pens en vengarse de ella usando de los terribles papeles que Bempo la habia traido de Granada. Angiolina era una fatalidad mas que la suerte arrojaba delante de Yaye ebn-Al-Hhamar, del poderoso emir de los monfes, del duque viudo de la Jarilla, si nuestros lectores han olvidado que tenia estos dos nombres. Amina, la nieta de cien reyes, ofrecida por su padre en aras de su patria, tenia ante si un enemigo terrible, una mujer hermosa, altiva, enamorada y zelosa de ella. Por aquella mujer, el marqus de la Guardia habia llegado ser para Amina una doble fatalidad. Pensando en su venganza Angiolina se miraba profundamente al espejo. Ya hemos dicho lo que sabemos acerca de la figura y de los atractivos de la princesa; rstanos decir, que el traje que en aquella situacion vestia, realzaba sus atractivos. Un justillo de brocado de oro sobre azul de cielo muy bajo, indicaba su escasa y flexible cintura, su seno y sus hombros, cerrndose en el cuello por una gola rizada de encaje de Flandes. Las mangas ceidas, acuchilladas y tomadas de perlas, dejaban ver el magnfico contorno de sus brazos y terminaban en dos puitos del mismo encaje, bajo los cuales medio se ocultaban unos ricos brazaletes de oro cincelado y diamantes: la falda ancha, larga, terminada por detrs en cola, flotante y vaporosa, era de damasco brocado de oro en blanco. Las faldetas que unian al justillo con la falda, estaban guarnecidas de perlas, y rodeaba su cintura un cordon de oro; ese cordon estaba sujeto en el talle por un broche de esmeraldas y anudado y trenzado caprichosamente lo largo de la falda, con perlas y esmeraldas en los entrelazos, terminando en dos gruesas borlas de perlas; en los cabellos, recogidos atrs en trenzas, mostraba tambien algunas ricas joyas, colocadas con un esquisito gusto; ltimamente, llevaba arracadas de pedrera, y en las bellisimas y blancas manos una multitud de cintillos de valor segun la moda de aquellos tiempos. La pobre princesa se habia puesto, por parecer bella don Juan, todo lo que la quedaba de su guarda-joyas. Pero como es lo mas dificil del mundo, que una mujer parezca hermosa un hombre hastiado de ella, la pobre princesa, aunque estaba, no solamente hermosa, sino hermossima, radiante, adorable, no logr causar efecto en don Juan. Angiolina, por lo tanto, consultaba con su espejo, con ese severo confidente de la mujer, que de una manera tan despiadada la arroja la cara los estragos que hacen en su hermosura los aos, las enfermedades y los pesares; que nada la oculta, ni la primera cana, ni la primera arruga, ni la palidez del cansancio; confidente quien la mujer sonrie cuando la presenta tesoros de hermosura; ante el cual se irrita cuando aquella hermosura empieza empalidecer, marchitarse: la princesa, repetimos, preguntaba su espejo la razon que podia haber tenido el marqus para mostrarse con ella tan cruel, tan terrible, tan desenamorado: el espejo la contest que era hermosa, con todo el esplendor de su hermosura; que sus ojos eran brillantes, sus miradas irresistibles, irresistibles sus encantos: la present su vigorosa juventud, con toda su exuberancia de vida, pero al mismo tiempo la present la lividez de la clera que alteraba aquellos encantos; la expresion amenazadora y letal de su mirada, que daba sus ojos toda la apariencia de los ojos sangrientos de la leona irritada: comprendi que la clera era un enemigo terrible de la hermosura, que la verdadera fuerza de la mujer est en su aparente debilidad: comprendi que habia hecho muy mal en dejarse arrebatar por sus pasiones escitadas, y que acaso don Juan habia retrocedido irritado y desencantado ante su mirada amenazadora, cuando tal vez hubiera caido sus pis, si en vez de amenazarle hubiera recurrido las lgrimas. Angiolina quiso saber si podia dominar la clera, la irritacion, el despecho que agitaban su alma; si podia ocultar aquel volcan rugiente y amenazador bajo un aspecto tranquilo y riente: entonces tuvo lugar una transformacion en el brillante fondo del espejo; desapareci el ngel rebelde, y qued el ngel del sufrimiento, con su belleza espiritualizada por el dolor, por un dolor intenso, paciente, resignado. Angiolina lanz un grito de alegra: nunca se habia contemplado tan hermosa como bajo aquel antifaz de resignacion, de sufrimiento ntimo. Ensay una y otra vez, irritando sus pasiones con el candente recuerdo del desprecio de don Juan, si podia dominarlas, concentrarlas en el fondo de su alma, velarlas con una mirada dulce, triste, anhelante: una y otra vez el resultado sobrepuj sus esperanzas; una y otra vez se contempl sucesivamente mas hermosa. --Ah! exclam: he ah: he ah mi fuerza: he sido una insensata en dejarme arrebatar por la clera: la amenaza ha irritado don Juan: mi sumision y mis lgrimas le hubieran hecho caer de nuevo enloquecido entre mis brazos... probar, probar el rendimiento sin renunciar mi venganza, y si el rendimiento no basta para volverme el corazon de don Juan... ah! entonces es necesario tambien ocultar en el fondo de mi alma mi desesperacion: mostrarme tranquila; provocar el amor de los que pueden servirme para llevar cabo mi venganza; no dejar sospechar nadie lo que pasa en mi alma, para que ninguno pueda despreciarme, ni creerme despreciada: tal vez don Juan no resista al pensamiento de que ninguna herida ha hecho en m su abandono; los hombres son mas vanidosos que las mujeres: tal vez el deseo de hacerme sufrir, de verme llorar y retorcerme sus pis desesperada, le vuelvan m, lo arrojen mis pis, me hagan su seora: oh! s! s! y puesto que la mentira es el arma de la mujer, mintamos... mintamos hasta el punto, de que todos me crean venturosa; no debemos derramar ni aun solas nuestras lgrimas... las lgrimas dejan horribles huellas en el semblante de una mujer, cuando estas lgrimas son de fuego, como las que yo verteria sino dominase mi llanto, si no le encerrase en mi corazon: que hierva encerrado en l, que se convierta en un tsigo mortal para el marqus y para esa mujer por quien me abandona; una mujer que llora, solo puede conmover al hombre que la ama; cuando el hombre amado ama otra, la mujer ofendida no debe llorar, no debe dejar ver al mundo su desolacion, para que el mundo no pueda decir: pobre mujer abandonada! para que el mundo no pueda despreciarla. Y despus de este razonamiento, la paz mas profunda se fij en el semblante de Angiolina, volvi sus ojos su brillo deslumbrador, su mirada la dulzura, su boca la expresion riente que tanto la embellecia: nadie, al verla, hubiera sospechado que aquella mujer, que pareca tan feliz, guardaba dentro de su alma un infierno; que era, por decirlo asi, un horrible abismo cubierto de flores. Solo un hombre existia que debia necesariamente conocer aquel abismo; ver el cieno infecto travs de la tersa superficie de aquel lago engaador; aquel hombre era Bempo. En el momento en que Angiolina se separ del marqus, mand al italiano que siguiese al jven, que averiguase donde paraba, y que volviese avisarla. Bempo volvi una hora despues. --Excelencia, dijo, en ese acento dulce y cadencioso de los romanos; he cumplido vuestras rdenes. --Has seguido al marqus? --S, excelencia. --Dnde ha ido? --A colocarse en acecho bajo un soportal, frente al postigo de la casa de la duquesa de la Jarilla. --Qu ha hecho despues? --Dos hombres han llegado aquel postigo; el uno ha entrado, valindose de una llave; el otro ha quedado esperando; el marqus le ha acometido, aquel hombre se ha puesto en defensa, y al fin, ha caido bajo la espada del marqus. --Muerto! --No. --Has reconocido, pues, ese hombre? --Si. --Has sido imprudente, Bempo; ya sabes que no quiero que te expongas. --Es tarde: la calleja apartada y solitaria; no habia peligro. --Y dices que ese hombre no ha muerto? --No; pero puede morir. --Le has conocido? --Es la noche muy oscura. --Qu hizo despues el marqus? --Se dirigi furioso al postigo de la casa de la duquesa; pero antes de llegar l, la misma duquesa apareci en uno de los balcones y le habl. --Y... qu hablaron? --Estaba demasiado lejos para poder oir su conversacion, que por otra parte, dur muy poco; el marqus trep por una reja y entr por un balcon en la casa de la duquesa. --Ah!... entr!... por un balcon! --Si, y yo, creyendo que no saldria tan pronto, he venido avisaros, excelencia. --Has hecho bien, Bempo, dijo tranquilamente Angiolina: es necesario que vuelvas: Aquella especie de _lazzaroni_ puerta. --Espera, aadi la princesa: es necesario que vuelvas; pero no vuelvas solo. --Y qu he de hacer? --Lleva contigo cuatro de tus amigos, de tus buenos amigos; me entiendes? Bempo hizo con la cabeza un movimiento afirmativo. --Ven con ellos por el postigo del huerto, continu Angiolina; yo misma te abrir: despues, te lo encargo ahora porque no quiero hablarte delante de esos hombres; tomars una de mis sillas de mano, irs con ella y con tus cuatro amigos la calle donde ha quedado ese hombre herido, y sino ha muerto le metereis en la silla, y le traers casa, entrando en ella por el mismo postigo que yo abrir: luego volvers con tus cuatro camaradas la misma calle; te ocultars donde puedas ver sin ser visto el postigo de la casa de la duquesa, y hars que uno de los tuyos siga, cuando salga, al hombre que entr por el postigo, y que averigue su paradero. T, con los restantes, te apoderars del marqus cuando salga de esa casa: te apoderars de l, lo entiendes? --Muerto vivo? --Vivo: debes evitar una lucha: cuatro hombres bien pueden sorprender y sujetar en una calleja oscura otro hombre que va por ella descuidado. Para conducirle aqu, te prevendrs de otra silla de manos, y le meters en ella con los ojos vendados. --Es decir que he de traer aqu al marqus como al otro? --Si. --Por el mismo sitio? --Si, por el postigo del huerto. Nada mas tengo que encargarte, Bempo. Bempo no se movi. --A qu esperas? dijo con impaciencia Angiolina. --No tengo dinero, excelencia, contest gravemente Bempo. --Ah! no tienes dinero! --Los cuatro hombres que han de acompaarme, no me seguiran sino se les paga peso de oro. Los valientes de Espaa no me conocen tanto como los _lazzaroni_ de Roma. Adems, entonces un solo paseo nocturno por la campia, me bastaba para no verme en el caso de pediros nada: pero ahora es distinto. --Toma: dijo Angiolina, quitndose un joyel de diamantes de su prendido. --Buena prenda! dijo Bempo: ahora todo es posible. Y girando sobre sus talones, desapareci por una puerta inmediata. Sigmosle. Atraves algunas habitaciones y algunos corredores oscuros, baj una escalera, cruz un patio, pas de l un huerto, y abri una puerta oculta bajo un emparrado: tras aquella puerta habia dos habitaciones reducidas, y en la interior, que era un dormitorio, se veia una imgen de la Vrgen, delante de la cual ardia una lmpara. Bempo abri un arca que estaba en el mismo dormitorio, sac de uno de sus ngulos algunas monedas de oro, que guard en una bolsa de seda, envolvi el joyel en un pao, y le ocult en otro ngulo del arca: despues sali, cerr la puerta del aposento, atraves el huerto, y llegando un postigo, descorri sus cerrojos y sali una calle estrecha: poco despues una sombra informe de mujer, lleg aquel postigo que solo habia quedado encajado; corri de nuevo sus cerrojos, y qued esperando junto al quicio. Aquella mujer estaba envuelta en un manto. Bempo se encamin buen paso la Cava Baja de San Miguel, y llam la puerta de una casa de mezquina apariencia. Contest desde adentro una voz breve, enrgica, y al parecer de hombre de brios; mediaron algunas breves contestaciones entre el de adentro y el de afuera, y la puerta se abri. Apareci tras ella un hombre fornido, de buena estatura, de semblante extremadamente sesgado, verdadero semblante de bandido espaol: aquel hombre por lo exguo de sus vestidos, y por el efecto que causaba en sus ojos el resplandor de la luz con que se alumbraba, demostraba claro que acababa de dejar el sueo y el lecho. --Qu se os ofrece estas horas, amigo?, dijo Bempo. --Djame entrar, camarada, contest el italiano; tenemos que hablar de cosas que no son para oidos de nadie. --Entrad, pues. Adelant Bempo, cerr el otro la puerta, y atravesando el zaguan introdujo su visitante en una habitacion baja. --Aqu nadie puede oirnos, dijo el de la casa dejando sobre una mesa la luz con que se alumbraba y sentndose en una arca. Sentse Bempo en un banquillo de pino y dijo: --Los valientes se conocen, Pablo. --Bien, y qu? contest el otro. --Cuando los valientes se conocen y estan seguros unos de otros se sirven en lo que han menester. --Bien, y qu? repiti flemticamente Pablo. --Yo necesito que me ayudeis t y otro tres de tus camaradas. --En qu y cmo? --Hay que recoger un herido y apresar un hidalgo. --Ah! y quin necesita eso? --La persona que me enva. --Y quin es esa persona? --No hay necesidad de conocer su nombre si se conoce su oro. --Seor Bempo, dijo Pablo levantndose: mereciais un chirlo en la cara por vuestra desvergenza. --Bah! dejmonos de brabatas, dijo Bempo sin moverse de su asiento, lo que oblig al llamado Pablo sentarse de nuevo; el hombre lleva en la cara su oficio; y aunque yo solo os he conocido en la Tela y en los tiros de espada, sabeis que nos hemos comprendido y nos hemos estrechado las manos, porque, como quien dice, somos de la misma madera. Vosotros pasais por buenos soldados de caballo del rey, en la _corneta_ del seor capitan don Luis Moncada, y yo paso por criado del prncipe Lorenzini Maffei: pero cualquiera que no sea lerdo, poco que nos mire puede decir: he ah unos buenos bandidos. Bah! yo no os he pedido hasta ahora ningun favor, pero contaba y cuento con vosotros, como vosotros podeis contar conmigo, sobre todo, cuando los servicios se pagan bien, tan bien como el que os pido. Y Bempo sac algunos doblones de ocho y los extendi sobre la mesa. Pablo mir con mas clera que codicia el dinero; pero instantneamente aquella chispa de irritacion se apag en sus ojos, reemplazndola una expresion profundamente pensadora, y despues de un momento de silencio, dijo: --T eres mayordomo, lacayo, qu s yo, de una princesa italiana. --Es verdad, dijo Bempo. --De la seora Angiolina Visconti. --Es verdad. --Y es esa dama... quien nos paga? --Vamos, no quiero ocultrtelo, ella es: pero gurdame el secreto. --Ah! tratndose de esa dama es distinto. Dicen que es querida del marqus de la Guardia. --Mucho sabes. --Oimos hablar mucho de galanteos y aventuras nuestros cabos y alfreces cuando damos la guardia al rey. --Sea como quiera: aqu de lo que se trata es de recoger un herido, y de esperar que salga de cierta casa donde ha entrado el marqus de la Guardia y apoderarnos de l. --Dicen que el marqus es muy valiente. --Pero la noche es oscura: se le deja pasar y se le acomete y se le sujeta por la espalda. Qued de nuevo profundamente pensativo Pablo. --Asunto concluido dijo: esta es la seal? --Ese oro es la paga. --Poca paga es, pero no importa; voy despertar tres de los amigos y al momento estamos listos. --Ya sabia yo que nos entenderiamos. --Los valientes se conocen! dijo Pablo con acento indefinible, guardndose el dinero. Poco despues cinco hombres embozados salian de aquella casa, atravesaban algunas calles, y llegaban al postigo del huerto de la casa de la princesa, que se abri inmediatamente despues de haber llamado l recatadamente Bempo. Los otros cuatro hombres no vieron quien habia abierto y entraron siguiendo Bempo que les llev entre unos rboles, donde habia una silla de manos. Dos de los embozados se terciaron las capas, cargaron con la silla, y salieron precedidos de Bempo y de los otros dos: el postigo volvi cerrarse y sus cerrojos se corrieron en silencio. Un relj di lo lejos la una de la noche. Esta continuaba densamente oscura. Solo de tiempo en tiempo se escuchaba el reir de dos perros que disputaban un hueso: solo de largo en largo trecho se veia un embozado pegado una reja ocupado en lo que desde tiempo inmemorial se llama en Espaa _pelar la pava_: pero no encontraron una sola ronda. Era una noche propsito para el crmen. Cuando llegaron la calleja donde correspondia la parte posterior de la casa del duque de la Jarilla, Bempo se encamin en derechura al sitio donde habia visto caer al herido. Aun estaba all; el trastorno, el desvanecimiento que le habia causado la herida habia pasado, se quejaba, pero dbilmente, causa sin duda de la prdida de la sangre; pugnaba en vano por levantarse, y cuando sinti junto s Bempo y sus cuatro acompaantes, exclam con voz casi imperceptible: --Quien quiera que seais, socorredme, y despues de pagaros yo, Dios os lo pagar. --Si, si, dijo Bempo; socorreros venimos, seor hidalgo: ea, camaradas, ayudadme y pongmosle en la silla. Dos de aquellos hombres ayudaron Bempo y levantaron del suelo al herido, que con el dolor causado por aquel movimiento se desmay. Una vez colocado en la silla, Bempo se dirigi uno de los que le acompaaban. --Ven conmigo, Pablo, le dijo, y que nos siga uno de tus camaradas. El italiano llev los dos hombres frente al postigo de la casa del duque, y les dijo ocultndolos en el soportal donde poco antes se habia ocultado el marqus. --Observad desde aqu ese postigo; si sale por l un hombre, seguidle uno de vosotros recatadamente, y sin perderle de vista, hasta ver en donde para. Luego el que le siga ir esperar junto al postigo del huerto por donde hemos sacado la silla de manos. --Y si ese hombre se apercibe de que lo siguen? --Que no pueda apercibirse. Mientras el uno le sigue, el otro debe permanecer aqu, y observar lo que pase en esa casa (y seal la del duque). Ahora adios; voy despachar el asunto del herido con vuestros compaeros. Dicho esto, Bempo fue reunirse con los que habian quedado guardando la silla, y cuando lleg ellos les dijo: --En marcha. Cargaron aquellos dos hombres con la silla, y precedidos por Bempo, y dando una buena idea de sus fuerzas en la velocidad con que conducian al herido, llegaron en poco tiempo al postigo de la casa de la princesa, que se abri al primer llamamiento de Bempo, y silla y hombres se perdieron tras el postigo que volvi cerrarse. Media hora despues, Bempo y los dos hombres llevando de nuevo consigo la silla de manos salieron por el postigo y se encaminaron al soportal donde habian quedado los otros dos hombres en acecho de la casa de Yaye. Bempo llam Pablo. --Ha ido en seguimiento de un hombre que ha salido por ese postigo, dijo lacnicamente una voz contenida desde lo oscuro. --Hace mucho tiempo que ese hombre ha salido? pregunt Bempo. --A poco de haberos vosotros alejado. --Y no ha acontecido ninguna otra novedad en esa casa? --Ninguna, excepcion de que, cuando nos pusimos en acecho todos los balcones estaban oscuros, y desde poco despues de haber salido el hombre quien ha acompaado Pablo, ha aparecido la luz que se ve reflejar tras las celosas de ese mirador. En efecto, se veia el reflejo de una luz tras los miradores de Amina. --Pues bien; atencion y silencio, dijo Bempo. Dieron sucesivamente las dos, las tres y las tres y media en los relojes de la villa, sin que se notase movimiento alguno en la casa de Yaye: al fin, poco despues de las tres y media, se abri uno de los balcones que habian permanecido oscuros, se oyeron en l las voces contenidas de dos personas, y luego un hombre se descolg del balcon por una reja la calle: apareci en el balcon una sombra blanca, habl algunas palabras con el hombre que habia bajado, dej caer un papel la calle, y retirndose del balcon le cerr: el hombre recogi el papel, fue al nicho del Ecce-Homo de la esquina, y su luz ley el papel y cay de rodillas ante el Cristo. En aquel momento Bempo y los tres embozados que habian seguido recatadamente al marqus de la Guardia, que l era, se arrojaron sobre l. * * * * * * * * * * CAPITULO XIII. De cmo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una escena de comedia. En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de los cuales se mostraba trechos la humedad de las paredes, y en un lecho en un apartado ngulo, habia un hombre con el pecho descubierto y fuertemente vendado. Aquel hombre era el comediante Cisneros. Sobre el vendaje se veian algunas gotas de sangre, y junto al lecho apoyada en l y mirando con sumo inters al herido, que habia vuelto enteramente en su conocimiento, estaba una mujer hermosa y deslumbrantemente vestida. Aquella mujer era Angiolina Visconti. Una buja de cera perfumada, puesta en un candelero de plata, sobre una mesa de mrmol, iluminaba este grupo. El semblante de Angiolina dulce y misericordioso, era el semblante de un ngel. Cisneros la miraba con asombro, con agradecimiento, con toda la alegra que le permita tener su estado. De tiempo en tiempo sin embargo lanzaba un profundo gemido. --Os sents muy mal, amigo mio, no es verdad? dijo en una de estas ocasiones la princesa. --Ah, seora! dijo Cisneros: infinitamente peor me sentiria sino os tuviese mi lado, os veo, y me parece un sueo: vos, vos junto mi! acaso en vuestra casa! bendita sea la espada que me ha herido! --No digais eso, seor Cisneros; no digais eso, contesto dulcemente Angiolina; sacadme mas bien de la ansiedad en que me teneis: Cmo os sents? --Mi herida es muy incmoda, seora; pero juraria que no es peligrosa: no respiro por ella, lo que me demuestra que no ha atravesado la cavidad; sufro porque sin duda el hierro me ha tocado alguna costilla, lo que atribuyo el haberme desvanecido: estoy dbil, pero debo de haber perdido poca sangre: esto ser cosa de quince dias: quince dias en que vos estareis mi lado, no es verdad? --Y cmo podeis dudar eso, seor Cisneros? qu os habia yo de haber recogido en mi silla de manos y traido mi casa sino me interesase por vos, interesndome por vos, cmo puedo abandonaros ni un momento? --Ah! me habeis encontrado! habeis sido vos! --Si, amigo mio; despues de la desgracia que os ha acontecido, ha sido para m una felicidad el encontraros. --Ah! indudablemente Dios no me ha abandonado. Cmo creer que tan tarde la princesa Angiolina Visconti?... --Cmo! me conoceis? --Los comediantes, seora, conocemos desde la escena todas esas nobles personas que protejen nuestro bajo oficio dndonos oro cambio de una habilidad escasa... yo os he visto muchas veces en el corral de la Pacheca[10] en un aposento inmediato al que generalmente ocupa la seora duquesa de la Jarilla. Angiolina tenia mucho inters en escuchar Cisneros, al que pensaba utilizar, y aquel inters creci en el momento en que Cisneros nombr la mujer que ella aborrecia. Por lo mismo que tenia un gran inters crey prudente ocultarle interrumpiendo Cisneros le dijo con la mayor naturalidad: --Os suplico, amigo mio que calleis: hablais demasiado y esto, en el estado en que os encontrais, os puede ser daoso: si mi presencia ha de haceros hablar ser cosa de apartarme de vos para que reposeis. --Ah! no! no os vayais! vuestra presencia, seora, vuestra bondad, la generosa compasion que brota de vuestras miradas, son el mejor blsamo que se podria aplicar mi herida, que por otra parte, os lo afirmo, es mas grande que grave: el hablar no me molesta, no me fatiga; por el contrario me distrae y me alivia: desde que os he visto, desde que he escuchado vuestra voz me siento reanimado; permaneced, pues, junto m, y no me priveis de la felicidad de ver el cielo en vuestro semblante. --Ya que decs que nada os daa el hablar, de lo que me alegro en el alma, porque eso me prueba que vuestra herida no es grave, permitirme, seor Cisneros, que me ria. --Que os rais? y de qu? --De vuestro genio peregrino. Estais herido y dbil, y sin embargo me requebrais, y Dios me perdone, sino me estais enamorando. --Y de eso os reis? Ah! lo comprendo! os causa risa, una risa de desprecio el que un humilde comediante... Cubri una dulce seriedad el semblante de la princesa. --Yo no os desprecio, dijo: hombres de vuestro ingenio mas que para despreciados, son para admirados: parceme, s, que os creeis en uno de esos pasos de amor de las comedias que tan bien representais... y eso me hace reir. --Ah, seora! la palabra de amor que nace del agradecimiento no debe interpretarse de ese modo, y... luego... un cmico, por despreciado que sea, al fin es un hombre: un hombre que tiene corazon: y cuando ese hombre ha adorado largo tiempo en silencio una alta persona, y de repente, despues de un lance en que ha sido herido y vencido, encuentra junto s aquella mujer, quien en otra ocasion no se hubiera atrevido mirar frente frente; cuando la imaginacion est perturbada, qu mucho que ese hombre, bajo cuanto querais, cuanto querais infeliz, diga al ngel que tiene junto s: Ah! bendito sea Dios que ha hecho que deba la vida la mujer quien amo! Angiolina mir gravemente, pero sin severidad ni desden Cisneros, y le inund con una mirada lucida, intensa, poderosa, que pesar del estado en que se encontraba y que, como l mismo habia dicho, era mas doloroso que grave, hizo estremecer al comediante. --Sabeis, seor Cisneros, que lo que me sucede es demasiado extrao? dijo despues de un momento de silencio la princesa. --Extrao, seora! y por qu? --Figuraos que estoy pasando de sorpresa en sorpresa, desde hace dos horas: salgo de casa de una amiga mia, donde acostumbro pasar algunas veladas y de repente, los criados que conducen mi silla se paran: pregunto la causa y me contestan que han tropezado con un hombre herido. --Muy trastornado estaba yo, cuando solo v cuatro embozados que se acercaron socorrerme; dijo Cisneros. --Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran vuestra casa donde indicrais y habia seguido pi mi camino, acompaada de uno de mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero poco de haber yo llegado mi casa se me present uno de ellos y me dijo: --El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos donde conducirle: en el hospital no nos abrirn estas horas. Llevaros al hospital! yo no quise enviar ciegas tal punto un hombre que podia ser muy principal. --Os engasteis, pues, seora, dijo Cisneros. --Y qu no sois vos un hombre principal? Creeis que el noble mas noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que arrancais dulces lgrimas alegre risa de los ojos de los labios de vuestros espectadores? que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero y villano, corts y rstico, jven y viejo? que tomais todas las formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais un pblico entero que arroje laureles vuestros pis? quereis ser mas principal? cambiariais vuestro ingenio por un ttulo de nobleza? --Si, dijo Cisneros: aun condicion de volverme estpido. --No blasfemeis de la providencia de Dios. Por qu deseais ser pequeo, cuando habeis nacido grande? --Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por el rey mas poderoso de la tierra. --Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os encontr herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconoc; sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en silencio... Ah, seor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido dolorosas para m. --Dolorosas! --Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque... --Por qu? --Porque yo no puedo recompensar vuestro amor. --Ah! no me creeis digno! --No es eso, seor Cisneros, no es eso: es que soy casada. --Ah! murmur el comediante. --Por lo mismo no debeis hablarme de amor. --Perdonad.... --Si, os perdono: pero condicion de que no volvais decirme amores. A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente. --Pero no me abandoneis; exclam con ansiedad. --Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la princesa; han llamado la puerta de la habitacion: od, vuelven llamar. --Id, id, pues, seora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la princesa sus labios y besndola. Angiolina solo castig aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano de la de Cisneros, y separndose del lecho sin pronunciar una palabra. Cisneros vi que la princesa atraves rpidamente la cmara y sali por una puerta del fondo. --Ah! pens Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que habia levantado para seguir con la vista la princesa; padezco horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa mujer me ha obligado hablar: no, no ha sido ella la que me ha encontrado en la calle: los hombres que fueron buscarme, iban sin duda enviados de intento: yo no pude conocer al hombre que me hiri! los pasos en que ando con el prncipe don Crlos son peligrosos: quin sabe lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca por el marqus de la Guardia.... y hace un momento que, pesar de sus palabras decorosas, parecia enamorada de m... ah! mis pensamientos se embrollan. Es necesario que me tranquilice.... Ah! ah! no pensemos en nada.... esperemos. Cisneros procur detener su pensamiento, pero esto era imposible. La fuerza con que su pensamiento se agitaba influy al fin de una manera poderosa en su fsico y se desvaneci de nuevo. CAPITULO XIV. De cmo la princesa descubri que era mas fcil su venganza que lo que habia creido. --Y bien, qu has hecho? dijo Angiolina Bempo, al que encontr en el huerto. --He hecho cuanto he podido excelencia: el herido est en vuestro poder. --Pero... y lo dems? lo dems.... nada... te me vienes con las manos vacias! --No he podido hacer mas excelencia: el hombre quien mand que siguiera la persona que saliese por el postigo de la casa del duque de la Jarilla, la sigui, pero la ha perdido en la oscuridad. --Y el marqus? --No hemos podido apoderarnos de l. --Qu no habeis podido apoderaros de l cuatro hombres? ah! es verdad! el marqus es muy valiente! --Decid mas bien, excelencia, que le han ayudado Dios el diablo: ya sabeis que Bempo es valiente. Lo sabeis demasiado, Angiolina.--Y al pronunciar estas palabras que establecian cierta familiaridad entre el criado y la seora, los ojos del romano, desplomaron, por decirlo asi, una mirada tal sobre los ojos de la princesa, que aquellos ojos vacilaron por un momento en una mirada vaga, dominada.--Ya sabeis que Bempo es valiente: pues bien: el marqus, se desasi de nuestros brazos en el momento en que le creiamos sujeto; tir de la espada y nos llev estocadas por delante, hasta que gan un lugar ancho, y escap. --De modo que ser necesario que en adelante desconfe de tu valor? --Creo que os he servido demasiado bien, excelencia, para que podais desconfiar de Bempo. Ademas creo que esta noche os he hecho un servicio, que no os hubirais atrevido esperar. --Si, no esperaba ciertamente que fueras tan cobarde. --Os he hablado de un servicio, excelencia. --Te queda algo que decirme? --Si, por cierto; y algo que daros: algo que os llenar de placer. --Ests abusando del predominio que crees tener sobre m, porque posees un secreto mio, Bempo, y me impacientas, y mas pareces mi seor, que mi criado. --Bien sabeis, Angiolina, que ese secreto no ha salido de mi pecho, y en cuanto lo de impacientarse, no s cul de los dos se impacienta mas. Pero concluyamos. Cuando acometimos el marqus, en el momento en que este, con una vigorosa sacudida, se libert de nuestras manos, dej caer al suelo un papel que le habia dado cierta dama: yo tuve tiempo de recoger el papel, mientras el marqus se defendia, , mejor dicho, obligaba defenderse mis tres camaradas: ese papel est aqu. Y Bempo entreg Angiolina un papel arrugado. --Y qu esto? dijo la princesa. --Leedlo, excelencia, leedlo y comprendereis cuanto vale el papel que os entrego. Vale mas que el marqus para vos: mucho mas, porque ese papel es vuestra venganza. --Mi venganza! --S, porque ese papel es la deshonra pblica de la duquesa de la Jarilla: deshonra confesada por ella misma: una revelacion terrible escrita de su mano. Angiolina abandon el huerto, palpitante de ansiedad y entr en una habitacion donde habia luz, se acerc ella y ley vidamente el papel. Bempo la habia seguido, y al escuchar el grito de suprema alegra de la princesa exclam con acento profundo. --Satans ha querido, que Bempo te sirva mejor de lo que esperabas. --Ah, Bempo, Bempo! yo te amo! exclam Angiolina arrojndose en los brazos del lazzaroni arrastrada por el horrible agradecimiento de su venganza satisfecha. Bempo la separ de s asida por los hombros y la dijo con acento indefinible, posando en ella una indefinible mirada. --Os engaais, seora; vos no amais Bempo: Bempo no se llama marqus de la Guardia. Y volviendo la espalda la princesa sali lentamente de la habitacion. --Ah! dijo Angiolina vindole alejarse: tienes zelos! zelos como yo! pues bien, srveme para mi venganza, aunque despues te vengues de m! Luego atraves un corredor, entr en la cmara donde estaba Cisneros, que parecia aletargado, y se sent en silencio junto al lecho. CAPITULO XV. De cmo se conjuraba todo contra el emir de los monfes. Al dia siguiente, muy temprano, por mejor decir, al salir el sol de aquel mismo dia, se notaba un gran trfago en la casa del duque viudo de la Jarilla. Algunos criados se ocupaban en cargar cofres la zaga de un enorme coche de camino, y algunos lacayos armados la gineta sacaban de las caballerizas fuertes caballos: las lanzas de estos hombres se veian en un ngulo del patio, y del arzon posterior de cada caballo, pendia un largo arcabuz. Todo parecia indicar que se preparaba un viaje. La casa estaba en movimiento de arriba abajo, pesar de que aun no eran las cinco de la maana, lo que nada tenia de nuevo, puesto que en la casa de Yaye, todos inclusa Amina, tenian la costumbre de levantarse muy temprano. Pero ninguna maana como aquella, habia llamado la jven sus doncellas para que la peinasen y ataviasen tales horas. Amina estaba sentada delante de un magnfico tocador, plida y profundamente pensativa, y dos doncellas se ocupaban en trenzar sus largos cabellos, mientras otras preparaban un hermoso traje de camino. Ni una palabra se habl durante el atavio de Amina entre esta y sus doncellas: al fin, cuando el tocador hubo concluido, la jven dijo una de sus sirvientas: --Doa Mara; traed todos mis vestidos de crte y de casa. La doncella quien Amina se habia dirigido, sali. --Doa Ana, aadi Amina, dirigindose otra doncella; traed un cofrecito que encontrareis en mi retrete. Sali la otra doncella. Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos por magnficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un cofrecillo lleno de joyas. Amina se volvi sus doncellas, y las dijo: --Amigas mias, vamos separarnos, sabe Dios por cunto tiempo. --Pero, seora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya, necesitar de nuestros servicios. --Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jven: en los lugares donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre. Guard un momento silencio Amina, y luego continu: --Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros un recuerdo mio. --Ah, seora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus bondades, dijo conmovida doa Mara. --Ahorremos las lgrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy separarme de vosotras, acaso para siempre, que quedeis sujetas otra servidumbre, no tan blanda quiz, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de una amiga, que como el don de una seora. Y Amina, en medio del asombro de las doncellas, reparti entre ellas sus trages y las joyas que contenia el cofrecillo. Cuando estuvo concluido el reparto, Amina abri el cajon de su tocador, y sac de l cuatro pesadas bolsas de oro. --Tomad, las dijo, dando cada una una bolsa: este es vuestro dote. --Ah, seora! cunta bondad!-- --Cmo podremos olvidaros!-- --Qu noble y qu grande sois! exclamaron las doncellas. --Basta ya: tomad doa Mara: bajo esta llave, en un cofre que ha quedado en mi retrete, encontrareis una cantidad en oro, que repartireis las criadas, y adios: mi confesor, quien he mandado llamar, me espera. --Y no volveremos ver vuecelencia? --Acaso no nos veamos en la tierra, pero podremos vernos en el cielo. Y Amina abraz y bes en la boca cada una de aquellas hermosas jvenes, que mas que sus sirvientas habian sido sus compaeras, y se separ de ellas. Quedronse las cuatro llorando, y Amina sali, conteniendo sus lgrimas; atraves algunas habitaciones, y entr en una cmara donde la esperaba un anciano religioso de Atocha. --Frai Miguel, dijo la jven adelantando hcia el sillon donde el anciano estaba sentado, y arrodillndose sus pis: adsolvedme de un pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la ltima vez. --Bendecirte por la ltima vez hija mia! exclam el anciano, plido y turbado: absolverte de una falta que no me has confesado por pudor! qu falta es esa, Esperanza? Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas inters, que el anciano religioso en aquella pregunta. --Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos Amina. El buen sacerdote alz los ojos y las manos al cielo, y sus labios trmulos murmuraron una oracion, brotaron lgrimas sus ojos, y luego poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con voz cobarde, por decirlo asi: --Sabe tu padre esa falta, hija mia? --La sabe y me envia lejos; muy lejos de la crte para ocultar mi deshonra. --Y tu padre te ha perdonado? --Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios. --Y... no tiene reparacion esa falta? --Ni mi padre ni yo lo sabemos, padre mio. --Que te perdone Dios, pobre Esperanza, como tu padre y yo te perdonamos, exclam el religioso profundamente: yo, ministro del Altsimo, te adsuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu Santo, y os bendigo t y tu hijo. Despues de haber hecho descender su perdon y la bendicion de Dios sobre la cabeza de la jven, el anciano religioso se cubri el rostro con las manos. --Oh, que desgracia! exclam: que desgracia, Dios mio! una casa tan ilustre, una criatura tan caritativa, tan noble, tan religiosa mancillada, por el mundo! Oh! que Dios tenga misericordia para el causador de tantos males! Que Dios le perdone, porque bien ha menester de su perdon! --Oh! s, padre! rogad, rogad Dios por l! pedid Dios que no olvide jams la pobre mujer que tanto le ama! --Pero ese hombre... por qu no es ese hombre tu esposo? --Os suplico padre que no hablemos mas de esto: voy marchar y tengo que haceros antes un sagrado encargo. [imagen: D. Carlos de Austria.] --Un sagrado encargo! --S; pienso hacer una donacion la santa casa de religiosos de Nuestra Seora de Atocha. --La casa de Atocha es rica, Dios gracias, hija mia; destina mas bien esa donacion los pobres. --Es que no he olvidado los pobres, dijo Amina: tomad padre, tomad esta carta; por ella mi padre os entregar tres mil doblones: los mil son para la santa casa de Atocha: los dos mil restantes para que los distribuyais entre necesitados. El anciano tom aquella carta conmovido, y exclam: --Ah! eres buena cristiana y virtuosa, hija mia, Dios te protejer! --Ay padre! harto mas que otros que son muy desgraciados, necesito yo de la proteccion de Dios! * * * * * Entre tanto y en otro aposento de la misma casa, pasaba una escena enteramente distinta de las sencillas que acabamos de consignar. Aquel aposento era la misma cmara donde la noche antes habia recibido el emir de los monfes al prncipe don Carlos. Yaye se paseaba meditabundo y mostrando en lo contraido de su semblante, una terrible irritacion interna. Con l, sentado en un sillon, habia otro personaje quien hemos perdido de vista desde la primera parte de nuestro libro. Aquel hombre era el rey del desierto, Calpuc. La vejez se mostraba ya en sus canas y en las arrugas de su semblante, pero se conservaba en la apariencia fuerte y robusto. Acababa de llegar de las Alpujarras, llamado por Yaye el dia anterior, y en el momento en que le presentamos nuestros lectores, estaba silencioso y pensativo. --Todo me sale mal, dijo Yaye, parndose de repente: parece que Satans anda metido en mis asuntos: este viaje de Amina me contrara, y sin embargo es necesario: dentro de poco la deshonra la saldr la cara. --Has querido luchar con la astucia, al mismo tiempo que con las armas, dijo Calpuc, y ante tu fuerza de voluntad se han puesto los inconvenientes de la vida. La fatalidad nos persigue, Yaye. --Mi hija tiene un corazon de mujer. [imagen: Reparti entre ellas sus joyas.] --Tuya es la culpa: por qu la has puesto al paso del mundo tan hermosa y tan incitante? Todo lo has sacrificado tu ambicion, Yaye: sacrificaste primero la pobre doa Isabel de Vlor; luego mi hija, mi pobre Estrella; despues la hija de mi hija, mi pobre Esperanza. --Si; todo eso y mas he sacrificado: pero lo he sacrificado mi patria. --Tienes el grave defecto de dar tus pasiones el pretesto de grandes pensamientos. Qu has conseguido con presentarte en la crte de Castilla encubierto con el ttulo que debiste tu casamiento con mi hija? --He conocido que Espaa es un gigante enfermo, un gigante que se har pedazos, que no tiene fuerzas para resistir todos los enemigos que le acometen un tiempo. He logrado rebelar al prncipe contra el rey. --Lo que no pasa de ser un horrible crmen. --Tratndose de mis enemigos en nada reparo: todos los medios de destruirlos son buenos para m: adems, encubierto entre los cristianos, he logrado introducir mi gente y mi oro entre ellos: mis monfes estn en todas partes: en la servidumbre de palacio; bajo las banderas del rey, en Espaa, en Flandes, en Italia, en Francia, en Africa, en Amrica; los hugonotes tienen cuanto oro y cuantos avisos han menester; los flamencos empiezan corresponder mis esperanzas, excitados por mis emisarios y por mi oro, hasta el punto de que Felipe II, creyendo poco fuerte la autoridad de su hermana la infanta doa Margarita de Parma, envie los Paises Bajos al duque de Alba: el mando feroz de este capitan brutal, acabar la obra que yo he empezado; la guerra crece en Mjico, y los moriscos de Granada estan ya en el caso de jugarlo todo un envite: la insurreccion general contra Espaa amenaza, y los enemigos del opresor universal crecen: es verdad que he perdido la paz del corazon; que he enlodado mi hija: pero, Calpuc, el dia de la venganza se acerca: Felipe II est herido de muerte. --Nunca hemos pensado del mismo modo; si hubieras seguido mis consejos, no hubiramos sido mas afortunados de lo que lo somos respecto al tirano que nos oprime; pero al menos tendramos la conciencia tranquila: no hubiramos cometido crmenes, Yaye; no hubiramos sacrificado las dos prendas de nuestra alma. --Si, siempre hemos pensado de distinto modo; por lo mismo lo mejor es que no hablemos mas de tales asuntos. Lo que haya de suceder ser. Vamos lo que importa. Todas nuestras joyas, todo nuestro oro, gran parte de nuestro tesoro, en fin, ha sido encerrado en cofres, y va partir con Amina. Para defenderla ella y esas riquezas, te acompaarn treinta de mis mas bravos monfes con nombre y traje castellanos; el wali que mande esa gente y que te acompaar bajo el aspecto de mayordomo, es el Partal: ya conoces su valor de leon y sus fuerzas de toro. Es ademas muy leal. Vais, pues, perfectamente asegurados mi hija y t. Cuando llegues Granada, aunque all no tenemos palacio, tengo ya preparada una hermosa casa que pertenece Aben-Aboo... --Aben-Aboo... pobre jven! exclam Calpuc. --No hablemos ni una palabra de eso, exclam con irritacion Yaye; Dios lo quiso... Satans. La pobre Isabel ha quedado reducida muy poco; jams he logrado que acepte nada de mi mano, y su hijo que ha perdido la mayor parte de los bienes de... su padre Miguel Lopez, se ve hoy obligado alquilar los nobles que van Granada su casa junto San Miguel: yo he tomado esa casa. En ella puedes vivir con Amina todo el tiempo que pueda encubrirse su estado: despues, cuando sea necesario, la llevars mi alczar de las Alpujarras, del que no saldr hasta que pueda salir, si es que Dios quiere sacarla salva de esa dura prueba. Yo permanecer en la crte todo el tiempo que sea posible, y no ir all sino para desplegar mi bandera y embestir decididamente con el cristiano. He hecho cuanto he podido hacer. Dios har lo dems. Ahora silencio, siento que Amina se acerca. En efecto, poco despues se abri una puerta, y Amina entr en la cmara de su padre. Venia profundamente tranquila. --Estoy dispuesta, padre mio, dijo. --Si, abreviemos cuanto sea posible lo doloroso de esta separacion, dijo Yaye besndola en la frente: tu abuelo est dispuesto acompaarte y todo est preparado. --Ah, padre mio! exclam Amina cayendo de rodillas; perdonadme y bendecidme de nuevo, por si no nos volvemos ver! --Quin piensa en no volvernos ver? exclam Yaye levantando su hija: ni por qu he de negarte yo mi perdn ni mi amor, cuando lo que es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procurar hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que nos separemos. Amina se arroj sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con un dolor profundo aquella escena. --Vamos, tranquilzate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves decirme. Yo velar por don Juan, yo le amar como un hijo, pesar de que me ha hecho mucho dao. Ahora enjuga tus lgrimas, tranquilzate y vamos. Amina hizo un violento esfuerzo sobre s misma, y logr aparecer mas tranquila: entonces Yaye fu una de las puertas de la cmara. --Ola, Partal! dijo: Presentse un hombre como de treinta aos, vestido de camino la usanza de los hidalgos castellanos. --Baja y haz montar la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he encargado. --No lo olvidar, magnifico seor. --V, nosotros te seguimos. Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada la puerta: se habia hecho amar la jven de tal modo por todos, que su partida causaba un sentimiento general. Sus doncellas, que la habian esperado en las escaleras, la siguieron hasta la carroza: el anciano religioso fray Miguel, estaba esperndola humildemente la puerta. Un crculo de curiosos, aunque era muy temprano, se agolpaba en la calle para presenciar aquella faustosa marcha. Repitironse los abrazos, las lgrimas de las doncellas y las demostraciones de afecto de la servidumbre; Amina entr en la carroza con Calpuc: poco despues el pesado carruage se puso en marcha escoltado por los lacayos. El duque se apart con un movimiento brusco de la puerta, y se perdi en el interior de su palacio; las doncellas saludaron con sus pauelos Amina, que asomaba la cabeza por la portezuela, y antes de que aquella cabeza se ocultase, el anciano fray Miguel la envi su ltima bendicion, y se alej todo lloroso y en paso tardo hcia su convento de Atocha. CAPITULO XVI. Continuan las contrariedades del emir. Al entrar en su cmara parecile Yaye que habia quedado solo en el mundo; con su hija se alejaban por una parte su amor, por otra los proyectos que mas habia acariciado: Yaye habia arrojado Amina al paso del mundo como un hermoso instrumento tentador: habia logrado irritar la locura de que hacia tiempo era vctima el prncipe don Carlos, y valindose de su ambicion y de su empeo por Amina, habia logrado lanzarle de lleno en la senda de la rebelda. Yaye esperaba con razon, que huyendo el prncipe Flandes, ponindose al frente de los flamencos revelados, crendole un partido aun dentro de la misma Espaa, porque nunca faltan ambiciosos que ayuden los prncipes rebeldes; habia esperado, decimos, que Felipe II, demasiado ocupado en reprimir rebeldas, no pudiese acudir con fuerzas bastantes al reino de Granada, donde, en el momento preciso, debia levantarse por los moriscos el estandarte de su emancipacion. Contaba con sus monfes, fuertes, acostumbrados al peligro y la fatiga, y bastante numerosos para poder apoderarse en un dia de la desatendida Granada: una vez dueos de la ciudad, levantado el trono de la Alhambra, desplegado el pendon de Islam sobre las torres de la alcazaba, degollados cautivos los cristianos, enteramente reconquistadas las Alpujarras y la Vega, era de esperar que el ambicioso Selim II, sultan del imperio de Oriente, y sus tributarios el rey de Argel, y los reyes de Fez y de Marruecos, se apresurarian enviar las costas de las Alpujarras sus galeotas piratas henchidas de taifas de turcos, y de los indomables hijos de las razas bereberes. Habia momentos en que Yaye soaba que, rey de Granada, avanzaba al frente de un innumerable y feroz ejrcito, sobre las ciudades de Andaluca, que todo cedia aquella inundacion de hombres, que salvaba los desfiladeros que separan Andaluca de Castilla, y que arrojndose sobre esta como una tromba, se llevaba por delante villas y ciudades, hasta ir poner el estandarte del Profeta en una sola campaa, sobre las torres de la catedral de Toledo. Y como el que es ambicioso nunca lo es medias; como el hombre de accion confia mas de lo que debiera en sus propios recursos y en su fuerza de voluntad, Yaye, creyndose un hroe, como Tarie-ebn-Ziak, como Abd-el-Rajman-ebn-Moavia, como Almanzor, tendia su soberbia vista la inmensidad del porvenir, y no crea descabellado, el que, como en tiempos antiguos, volviese ser Espaa bajo su espada el poderoso califato de Occidente; que tal vez llegaria conquistar la Europa, y llevar sus banderas vencedoras Constantinopla, tornndose de este modo en conquistador de los que le hubiesen ayudado, y despues revolver sobre el Africa, sujetarla bajo su mano, y hacer del mediterrneo un lago de su imperio. La ambicion es una embriaguez, y nada tiene de extrao que el que se embriaga suee delirios: y hasta cierto punto no eran delirios los de Yaye: un poco de fortuna para ayudar su genio, y sus sueos podian realizarse: el pueblo rabe se desarroll y domin en una considerable extension del globo bajo el espritu de la conquista; el Koram la prescribe: Dios, segun los musulmanes, les habia dado la espada para llevar adelante el conocimiento de Dios Altsimo, y Unico sobre todas las tierras de los infieles; el pueblo rabe fue indomable, fuerte, mientras se le condujo al combate, y solo empez desmembrarse, corromperse, decaer, cuando, halagado por el templado clima de Espaa, troc sus tiendas de piel de camello en suntuosos alczares; cuando, en una palabra, se estableci: Yaye lo sabia demasiado: se lo habia enseado la historia de las generaciones de ocho siglos y Yaye se decia: yo no parar, yo no reposar mientras haya tierras que conquistar bajo el sol: si el valiente pueblo rabe ha desaparecido, queda en pi el pueblo moro, resplandece el imperio turco y el Dios Altsimo y Unico se adora en la tercera parte del mundo; el Koram da el supremo poder al vencedor; pues bien, yo vencer porque quiero vencer. Pero Yaye no habia contado con los acontecimientos, ni se habia conocido s propio: una tras otra contrariedad vinieron demostrarle lo colosal de la empresa que habia embestido; vi que tras largos afanes, sus monfes estaban en el mismo estado y con la misma fuerza que la muerte de su padre; que aquella nia, de quien habia pensado hacer uno de los mas poderosos instrumentos de sus proyectos, se habia roto, por decirlo asi, al ponerse en contacto con el mundo, vulgarizndose, como todas las mujeres, por el amor; que si bien habia logrado empear por medio de ella al prncipe de Asturias en un camino de perdicion, aquel prncipe era loco, dbil, voluntarioso, la persona menos propsito para poder apoyar en ella de una manera firme una empresa de importancia; comprendi, en fin, que habia cometido crmenes estriles; se sinti humillado delante de s mismo, con la conciencia manchada, con el porvenir incierto, y por esto cuando entr en su cmara, le pareci que se encontraba solo en el mundo, abandonado del cielo y de la tierra, mientras Satans le sonreia y le mostraba con un dedo horrible la espantosa pgina donde estaban consignados sus desaciertos, muchos de los cuales eran horribles crmenes. Yaye se hallaba en un estado de exaltacion espantoso: sus ojos, escandencidos, dejaban ver una expresion feroz: ardia en ellos la fiebre y la rabia de la impotencia. Las figuras de los tapices flamencos que adornaban la cmara, parecian agitarse, revolverse, cambiar de forma: parecale que de en medio de un infernal torbellino, salian dos damas, hermosas aun, pero plidas y con los ojos enrogecidos por un llanto continuo: la una resignada y paciente, la otra iracunda y vengativa; cada una de ellas llevaba de la mano un hermoso mancebo y se le mostraba: Yaye, horrorizado, cerraba los ojos por no verlos, y sin embargo, travs de sus prpados cerrados los veia: cada uno de aquellos mancebos tenia impreso en la frente el estigma de fuego de una ambicion insensata; alrededor de la cabeza de cada uno de aquellos mancebos, habia una seal lvida, inflamada, como la que pudiera haber dejado en ellas el crculo candente de una corona: alrededor del cuello amoratado de aquellos mancebos, habia un dogal: en sus manos un pual rojo y humeante. Tras aquellos mancebos conducidos por sus madres, marchaba una turba furiosa: mujeres, hombres, nios, ancianos, todos agitaban las cadenas de que iban cargados, todos miraban Yaye, y todos le decian: --Tu ambicion nos ha hecho esclavos! por tu ambicion nos vemos hambrientos, desnudos, desesperados, sin padres, sin hijos, sin esposos, lanzados del pueblo que nos vi nacer, vendidos como bestias, robados, degradados!has querido ser rey y nos has impulsado pensando en tu ambicion, solo en tu ambicion, una empresa en que necesariamente debiamos ser vencidos! maldito, maldito, maldito seas! Yaye veia todo esto en el fondo de su conciencia: un sentido ntimo, ese sentido misterioso, esa prodigiosa intuicion que tenemos en el fondo de nuestro espritu y que nunca nos engaa, le decia con el severo y horrible acento de la verdad que marchaba hcia un lago de sangre; por eso los objetos, en los cuales se fijaba su vista, tomaban formas, cuerpo, color, vida fantstica; su conciencia le traia su pasado y le presagiaba su porvenir; porvenir horrible, henchido de desgracias y de horrores, entre los cuales debia desvanecerse la ltima esperanza de los restos vencidos del pueblo moro espaol. Yaye queria en vano arrojar de s el remordimiento y el presentimiento, que le acometian implacables: en vano queria atribuir aquellos pensamientos, aquellas visiones la perturbacion de su espritu, causada por el dolor de haber visto su hija alejarse de l, por necesidad, para encubrir su deshonra, con la frente baja y manchada, con el corazon ardiente y desgarrado. Cuanto mas pugnaba Yaye, por arrojar de s aquella terrible pesadilla que le combatia despierto, mas y mas se condensaba aquella pesadilla y le acometia y le estrechaba. Hubo un momento en que, de en medio de aquel horrible caos de fantasmas acusadoras, sali una mujer envuelta en un sudario, desmelenada, lvida, anhelante: aquella mujer, pesar de su horrible estado y de su palidez cadavrica, era muy hermosa; aquella mujer, por mejor decir, su recuerdo, hizo lanzar un grito de espanto Yaye, porque aquella mujer era su esposa, Estrella, la hija de Calpuc. --Y qu has hecho, qu has hecho de mi hija, gritaba aquel fantasma acusador? Tu desamor me sec las fuentes de la vida, y tu ambicion ha muerto mi hija, matndola el alma! Yaye-ebn-Al-Hhamar! qu has hecho de mi Esperanza? --Afuera, afuera, horribles visiones! exclam Yaye clavndose las uas en la frente como si hubiera querido arrancarse de ella aquel infierno, afuera! Yo he heredado la venganza de tres generaciones!, yo he bebido mezclada con lgrimas, la sangre de mi padre: yo escucho continuamente, despierto y dormido, en la soledad y en medio del mundo los gemidos de dolor, y siento correr como un rio, las lgrimas de millares de esclavos que todo lo esperan de m. Qu importa que vosotros hayais caido? que t, Estrella, hayas sucumbido, esposa abandonada, madre sin hija? qu importa que Amina haya bebido toda la hiel que cabe en su corazon? yo marcho hcia adelante, poderoso y terrible como el huracan, y como el huracan no me detengo ante nada. Mi ambicion! me acusais de ambicioso! y sin embargo, mi ambicion es vuestro poder, vuestra libertad y vuestra gloria, porque yo nada puedo ser sin vosotros! Y mucha fuerza de voluntad tenia indudablemente Yaye dentro de su alma, porque logr dominar el vrtigo, sus ojos perdieron su sangriento color y su expresion de tigre, dominse, hizo callar la voz de su conciencia y los latidos de su corazon, y su semblante volvi mostrarse impasible y frio como el de una esttua. Solo habian quedado en su frente como huellas de la tormenta las seales amoratadas que habian impreso en ella sus dedos. Sentse en un sillon, respir profundamente, como quien descansa de una larga jornada, y su pensamiento, frio ya y calculador, volvi su eterno objeto; su lucha contra el rey de Espaa, y contra sus reinos: lucha encerrada hasta entonces en el pensamiento de Yaye, pero que debia algun dia pasar inmensa y aterradora, al terreno de los hechos, al campo de batalla. Pero parecia que la fatalidad perseguia Yaye: la fatalidad preada de sangre y crmenes que le perseguia, y que se le present de repente cuando menos lo esperaba, en la persona de Harum-el-Geniz, del valiente wali, su leal secretario; el que durante veinte aos le habia servido con una fidelidad toda prueba; el que poseia todos sus secretos, el que adivinaba todos sus dolores. Abri silenciosamente la puerta de la cmara, y adelant hcia el emir, sacndole de su distraccion con el ruido de sus espuelas de alferez castellano. Mirle profundamente Yaye, y en la expresion grave y triste de Harum, comprendi que le traia un asunto importante. --Qu me quieres? le dijo: no recuerdo haberte llamado. --Hay momentos en que el siervo debe llegar hasta el seor, y decirle aunque descanse entre los brazos de la querida de su alma: levntate y despierta, toma tus armas y preprate al combate. Yaye se levant como si le hubiera despedido del sillon un resorte. --Al combate! aqu all? en la crte del rey de las Espaas entre las breas de las Alpujarras? --No, no, poderoso seor; no son las armas que brillan entre la polvareda del combate las que debes tomar, sino las armas que matan en silencio y de una manera segura: las armas de la venganza. No vas luchar contra un rey poderoso, ni contra un ejrcito valiente, sino contra una cortesana y un bandido. --Angiolina! Laurenti! exclam el emir. Y de qu modo? cmo me provocan esos dos miserables?.. --Anoche, ya tarde, un hombre que ha conocido Farrix, Abdelhamar, y otros de los nuestros, que viven encubiertos en Madrid con nombre y trage de soldados de la compaia de ginetes de don Luis Moncada, se present ellos en su casa de la Cava Baja, y pidi Farrix que, con algunos de sus camaradas y por algun oro que les ofrecia, le acompaasen para una aventura. El oro dado por ese hombre est aqu: Y Harum arroj sobre la mesa del emir algunos doblones de ocho. --Y bien! tenemos algo que ver en esa aventura? --Oh! exclam Harum con acento de amenaza. --Acaba de una vez Harum, exclam impaciente el emir. --El desconocido, continu Harum, llev Farrix y otros tres una casa en la cual entraron por el postigo de un huerto. --Y qu casa era aquella? --Farrix me ha llevado hasta el postigo, y he reconocido por l, que la casa donde entraron, era la de la princesa Angiolina Visconti. --Ah! exclam profundamente el emir Y qu iban hacer all? --De la casa sacaron una silla de manos y fueron con ella la calleja donde da el postigo de tu palacio, poderoso seor. De uno de los extremos de aquella calle recogieron un hombre herido, le metieron en la silla de manos y le condujeron casa de la princesa, en la que entraron por el mismo postigo. --Y qu tenemos que ver nosotros con eso? --Es que hay mas, magnfico seor: mientras el desconocido con dos de los nuestros conducian al herido casa de la princesa, otros dos, Farrix y Abdelamar, quedaron en un soportal frente al postigo de tu palacio, ocultos en la sombra y con encargo de observar cuanto sucediese. Poco despues volvi el desconocido con los otros dos monfes, y se ocult bajo el mismo soportal. Segun me habia dicho Farrix, habia luz en tu casa en un mirador, y aquel mirador, era, no dudarlo, del aposento de la sultana Amina. --Nada tiene de extrao que la sultana velase, preparando su partida. --Es que hay mas que eso: antes del amanecer sali un hombre por el postigo, y despues se abri uno de los balcones de los aposentos de la sultana, y por l se descolg otro hombre la calle. Irradiaron una mirada incalificable por lo feroz, los ojos de Yaye. --Farrix y sus compaeros mienten, exclam. --Si han mentido, mancillando el honor de la sultana, dijo Harum cuya mirada no se alter, deben morir. --Que mueran! lo entiendes? que mueran y que mueran al momento, exclam con voz cavernosa el emir. Pero... sigue, sigue relatando la impostura de esos miserables. --Farrix asegura que cuando aquel hombre estuvo en la calle, una mujer vestida de blanco habl algunas palabras amorosas con el que habia descendido, y le arroj un papel. --Oh, miserables! y si era verdad ese dicho, por qu no aseguraron aquel hombre? por qu no se apoderaron de aquel papel? --Cabalmente, segun dice Farrix, esta era la intencion del que los habia conducido hasta all, pero aade tambien, que aquel hombre era tan valiente y tan diestro que se les escap. --Y no aconteci mas? --No seor. Los cuatro monfes se despidieron del hombre que los habia buscado, y que les encarg el secreto, y Farrix vino avisarme. --Parceme que t has creido esa impostura, Harum, dijo el emir fijando en su confidente una mirada intensa. --Hace tanto tiempo seor que te persigue la desgracia.... --Pero la desgracia ha respetado hasta ahora mi honra, Harum. No adivino la causa; pero deben haber comprado esos miserables para que me hieran en lo mas profundo de mi alma... en mi hija... acaso la princesa..... pues bien.... es necesario que esos cuatro hombres no hablen. --No hablarn, seor. --Pero es necesario evitar escndalos. Envalos las Alpujarras, y avisa para que cuando lleguen... --Muy bien, seor. Qued profundamente pensativo Yaye durante algunos segundos. --Creo que la princesa Angiolina se vale para todos sus asuntos, de una especie de bandido romano. --Si seor. --Cuando te envi Roma hace dos meses para que averiguases quin era esa princesa, me trajiste una relacion escrita. --Esa relacion debe estar en tu poder, seor. --Bien: bien: es necesario que hagas venir al momento ese hombre que sirve la princesa. Cmo se llama? --Andrea Bempo. --Pues bien, procura que ese hombre venga al instante. --Muy bien, seor. --Vete. Y al momento, al momento, esos cuatro monfes a las Alpujarras y un correo caballo que les preceda. Harum se inclin y sali. El emir permaneci algn tiempo como anonadado. Despues hizo un poderoso esfuerzo para salir de su atona, se levant en fin de la mesa, y escribi lo siguiente con mano firme: Seor marqus de la Guardia: os suplico que hoy mismo vengais verme: espero que atendereis mi suplica, y no me hareis dudar, negndoos, del afecto que creo inspiraros.--El duque de la Jarilla. Yaye cerr esta carta y la entreg un lacayo para que la llevase su destino. Dos horas despues la carta le fue devuelta cerrada, tal como la habia enviado, dentro de otra de don Csar de Arvalo que contenia estas solas palabras: Seor duque: el loco de mi sobrino no parece en ninguna parte desde ayer, y como vuestra carta para l puede ser importante, os la devuelvo temiendo que se extrave. Vuestro mas afecto criado.--Don Csar de Arvalo. El duque arrug en un momento de clera aquella carta. Luego envi cuatro seis de sus lacayos que buscasen por todo Madrid al marquesito. A las diez del dia el duque oy pronunciar con asombro la puerta de su cmara uno de sus sirvientes el nombre del seor prncipe Lorenzini Maffei que venia visitarle. Yaye mand que le introdujesen en su salon de recibo. CAPITULO XVII. Quien era el prncipe Lorenzini Maffei. Antes de entrar en la cmara donde le esperaba su visitante, Yaye le observ detenidamente tras las vidrieras de una puerta. Vi un hombre como de cincuenta aos, un tanto encorvado, mas bien como por el exceso de una vida estragada, que por los aos, que no eran excesivos: tenia el pelo entrecano, y un tanto largo y rizado segn la moda de los nobles italianos: llevaba por autoridad una cadena de oro al cuello, y al costado una ligera espada de crte. Este hombre se paseaba meditabundo lo largo de la camara, con las manos juntas su espalda y sosteniendo en ellas una gorra de terciopelo. Durante algunos minutos Yaye le contempl con una mirada intensa, lcida, dibujse en sus labios una sonrisa de desprecio, y luego componiendo su semblante y adoptando la expresion mas impenetrable, abri la vidriera y entr en la cmara. Volvise al saludo el prncipe, salud profundamente Yaye, y le dijo con un perfecto acento italiano, aunque en buen espaol: --Os suplico, seor duque, me perdoneis si me he tomado la libertad de venir vuestra casa, cuando ningun antecedente media entre nosotros: apenas si nos conocemos de nombre. Yaye seal un sillon al prncipe, que se sent, acerc otro en el que se sent su vez, y prest al prncipe una de esas atenciones que interrogan. El prncipe no se alter en lo mas mnimo por el silencio del duque, que era hasta cierto punto grosero, y aadi: --Esta maana uno de vuestros criados ha dejado en la casa de mi esposa, es decir: en mi casa, un recado vuestro para cierto Andrea Bempo. Como en mi casa no se conoce tal sugeto; como su nombre es italiano y poco ilustre por cierto; como, ademas, al volver de Italia he encontrado en mi casa ciertas singularidades.... --Singularidades habeis encontrado en vuestra casa, seor prncipe? dijo acentuando fuertemente sus palabras Yaye. --Oh! si! llegu Madrid anoche muy tarde, y como no me gusta incomodar nadie ni aun en mi misma casa, me qued en una de las posadas; pero apenas amaneci, me traslad mi casa... solo... me gustan las sorpresas... porque amo entraablemente mi esposa... que como sabreis sin duda.... --Es una de las damas mas hermosas, mas nobles y mas discretas que viven en la crte de Espaa. --Oh, gracias! comprendereis, pues, que yo ame mi esposa. --Oh! lo comprendo demasiado, dijo Yaye con acento frio. Como que yo tambien, por mas que no se lo haya dicho, la amo... oh! perdonad, pero vuestra esposa, prncipe, es muy peligrosa. --Ah! si! dijo con una perfecta impertinencia Lorenzini; mi esposa tiene por destino el estar siempre rodeada de adoradores... lo que me llena de orgullo, os lo aseguro; pero qu deciamos? --Deciais que os agrada sorprender la vuelta de vuestros viajes vuestra esposa. --Ah, si! por lo tanto siempre cuido de proveerme, hurto, como si se tratara de un ladron, de una llave de cierto postigo. Segun mi costumbre, tom el camino de mi casa, entr en ella furtivamente; adelant por una y otra habitacion de un piso bajo, y en una de ellas qu creeis que encontr? --Una singularidad de esas que se exponen los maridos que gustan de sorprender sus mujeres. --En efecto, encontr una singularidad de bulto: un hombre herido en un lecho, segn supe despues, y mi esposa, bellamente ataviada, sentada junto la cabecera de aquel lecho, y durmiendo sobre la almohada. --Ah, ah! --Y qu creereis que hice yo? --Indudablemente os fuisteis de puntillas para no ser sentido. --De ningun modo, despert mi esposa. --Y vuestra esposa... --Se arroj en mis brazos como de costumbre, delirante de alegra y me colm de caricias. Mi esposa me ama con toda su alma, pero es demasiado caritativa, y esta era la causa de la singularidad, que al principio no comprend, pero que despues me fue explicada de la manera mas natural. Mi esposa habia encontrado aquel hombre, al clebre comediante Andrs Cisneros, en una palabra, herido gravemente en una calle que da vuestra casa, y le habia recogido. Esto es todo. Como despues se ha buscado en mi casa ese Andrea Bempo, quien no conozco; como el seor Andrs Cisneros ha sido herido cerca de vuestra casa; como estos dos sucesos podian tener relacion entre s, me presento vos, para serviros fuer de hidalgo en lo que hubiereis menester. Yaye cruz una pierna sobre la otra, se ech atrs sobre el respaldo del sillon, y apoyando en sus brazos los codos y cruzando las manos dijo al prncipe con una sonrisa fria: --Vuestra esposa os engaa. Habia en Yaye una decidida intencion de provocar al prncipe. --Bah! dijo este. Estoy seguro, enteramente seguro de que no. --Os ha engaado al casarse con vos. --Bah! os afirmo que el engaado sois vos. --Os entreg una mano deshonrada por la desgracia y por la miseria, es verdad, pero al fin deshonrada. --Bah! no conoceis la historia de Angiolina... de Angiolina la que yo saqu de un convento para hacerla mi esposa. --Pues ved ah; Angiolina Visconti se jacta con sus amantes, por mejor decir, con su nico amante, de que si bien sois su esposo, no habeis sido nunca su marido. --Ah! eso lo digo yo por todas partes; yo he preferido la ansiedad del deseo que no se satisface, al hasto del deseo satisfecho... y luego... ser esposo de una mujer jven, de brillante hermosura y vrgen... --Vrgen! exclam profundamente Yaye. --Yo gozo con lo extraordinario. Mi vida toda es una cadena de sucesos extraordinarios. --Demasiado extraordinarios, prncipe. --Es que vos no sabeis mi historia. --Acaso, acaso. Acaso tambien sepa la de la princesa. --La historia de mi esposa es muy sencilla. Una vida de diez y seis aos en un convento. Despues diez aos de matrimonio puro, sencillo, casto, de un matrimonio, como de seguro no ha habido, ni hay, ni habr dos en el mundo. --Sin embargo, hablais de las caricias de vuestra... mujer. --Caricias de hermano y hermana. Un abrazo, un beso en la frente, h aqu todo. --Con que segun eso, no conoceis la historia de vuestra esposa? --S la verdadera, pero ignoro la que puedan atribuirla. --Pues os voy contar esa historia, verdadera falsa, y despues os contar... la vuestra dia por dia, hora por hora. --Os escucho, y si la historia es ingeniosa, os agradecer el cuento... pero os pedir tambien que me reveleis el nombre de quien la ha inventado. --Os lo dir antes, porque no me gustan las historias en cuya primera hoja no va el nombre del autor. Muchas veces por el nombre del autor se juzga de la historia, y si este nombre es bueno poco importa que la historia sea mala. El autor de las dos que voy referiros, es el mejor autor de historias que conozco, porque su autor es Dios. --Ah, Dios! --Dios, lo que es lo mismo, la fatalidad. --Pues empezad y juzguemos del ingenio de Dios. --Permitidme: todas las historias tienen un prlogo. --Ah! y esta... --Lo tiene tambien. Este prlogo se refiere la causa de que hayan venido mis manos esas dos historias; la causa, ya os la he indicado: es el amor, el deseo, el empeo que me inspira vuestra esposa, por mejor decir, que me inspiraba cuando yo tenia dudas acerca de su procedencia. --Dudas? todo el mundo sabe que es mi esposa. --Pero nadie conocia al tal esposo. Creo que yo soy el primero que tiene la dicha de conoceros. El prncipe se inclin. --Por lo mismo, dudando de si seria soltera, casada viuda, envi hace dos meses Roma un sugeto muy propsito para desenterrar historias, y provisto de oro suficiente para ello. Ese sugeto me ha traido las dos historias que vienen ser una misma. He concluido mi prlogo y empiezo... --Os escucho. --Ah! dijo el duque, me olvidaba del ttulo: llmase, pues, la que voy referiros, Historia de una venganza infame. Despues de estas palabras Yaye cerr los ojos como para concentrar y ordenar sus recuerdos, y el prncipe se coloc en la actitud de la mas perfecta atencion. Yaye empez, al fin, de esta manera: --Nuestra historia principia en la cabeza del orbe catlico, en Roma, en el verano de 1537, es decir, hace diez aos. Por aquel tiempo habia en Roma dos personas notables. La una era un famoso bandido de la campia quien nadie conocia mas que por su terrible nombre: aquel nombre era Laurenti. La otra era una dama veneciana de diez y seis aos quien conocia todo el mundo, mas que por el alto empleo que su padre desempeaba en la crte pontificia, por su peregrina, por su maravillosa hermosura. Esta dama se llamaba Angiolina Visconti. Su padre, Paolo Visconti, miembro de la poderosa familia de este ttulo, se habia visto obligado huir de la justicia de la repblica de Venecia, causa de haberse visto envuelto en cierta conspiracion de nobles contra el Estado. Paolo Visconti habia logrado ponerse salvo con una hija nica, con Angiolina, de los esbirros de la serensima repblica, pero no logr poner del mismo modo salvo sus bienes que fueron confiscados. Aport Roma, pobre pero provisto del inters que inspira todo hombre que ha luchado por la libertad de su patria, que ha sido vencido, y que vuelve las espaldas sus hogares para no volver mas ellos. Aumentaba este inters la belleza y la inocencia de Angiolina, pobre desterrada en la adolescencia, que se veia envuelta en las desgracias de su padre. Acogisele bien por la nobleza romana, y especialmente por el papa, y con tanta mayor deferencia por este, como que Visconti era perseguido por una repblica con la cual no se encontraba en la mejor armona la silla pontificia. A fin, pues, de que Paolo Visconti pudiera vivir en Roma, sino de una manera opulenta, conveniente su clase, le concedi el papa un alto oficio militar bajo sus banderas. Nombrle, pues, coronel de su guardia suiza. Entre otras ventajas, que mas de su pinge sueldo y de su representacion, gozaba el coronel de los suizos, eran no pequeas, el vivir en un pequeo y bello palacio del papa junto al Coliseo y el uso de carroza y servidumbre, pagados por el tesoro pontificio. Asi, pues, Paolo Visconti podia sostener su hija en la posicion de una ilustre dama. Visconti, que se habia casado muy jven y muy jven habia enviudado, era por los aos de 1537 un hermoso caballero de treinta y cuatro aos, galante como veneciano, altivo por su alcurnia y esplndido, cuanto se lo permita su sueldo. Los dados y los naipes habian sido con l sumamente propicios, y habia ganado enormes sumas, indemnizndose casi por este medio, de lo que le habia quitado su amor por las libertades patrias. Asi es, que se contaba mas de una escandalosa aventura de amores, en que el coronel Paolo Vizconti habia sido el galan afortunado, y no habia marido, padre hermano que no le temiesen, si tenian hijas, esposas hermanas bellas; sin embargo, Vizconti logr salir sano y salvo de una y otra aventura arriesgada, lo que contribuy no poco su fama de valiente y de diestro en armas. Esto, acreciendo su soberbia, le impuls nuevas y cada dia mas arriesgadas empresas amatorias, hasta que, cansada la suerte de protegerle, le meti en una que debia decidir, no solo de su suerte, sino tambien de la de su hija. Cerca del palacio que habitaba Visconti, entre este, y el Coliseo, en una linda casita de un solo piso, vivia una jven llamada Fioreta, al solo cuidado de una anciana. Servalas una vieja criada, y nunca se habia visto entrar en aquella casa un hombre, ni acompaarlas jams nadie en sus breves salidas desde su casa una iglesia prxima. Sin embargo, Fioreta, que vestia como una dama de la alta nobleza romana, era tan hermosa, tan cndida y tan jven, que muchos nobles solicitaron sus favores, sin faltar algun miembro del sacro colegio que no hubiera vacilado en comprometer su alma, si le hubiesen mirado con amor los negros ojos de Fioreta. Pero esta se mostraba inaccesible los seguimientos, las rondaduras y las msicas de sus numerosos adoradores, y habia logrado adquirir una fama de insensible, de inespugnable, que el mundo galanteador la impuso el nombre de la _mujer fuerte_. Lleg esto oidos de Visconti, del hombre irresistible, del corruptor, por decirlo asi, de Roma, y dese conocer la tan ponderada y rigorosa hermosura. Eran vecinos, y esto no le fue difcil. Psose al paso de Fioreta, engalanado con su ostentoso uniforme de coronel de los suizos; la vi, se enamor perdidamente, la sigui la iglesia; se puso continuamente su paso, y no tard en conocer, que la para todos desdeosa hermosura, era para l camino llano y abierto. Fioreta se habia enamorado de Visconti, con un amor tan puro, tan intenso, tan sublime, como era sensual y miserablemente ardoroso el de Vizconti. Por mas que quiera guardarse una mujer, no se guarda si ella no quiere guardarse: la iglesia que la jven concurria era oscura: cambironse billetes entre los amantes, y por ellos supo Visconti que era amado como jams lo habia sido, y que en la existencia de Fioreta habia un misterio que realzaba el valor que ya por su hermosura tenia sobradamente la jven. Este misterio consistia en que Fioreta no tenia padres conocidos, y ademas, en que una mano invisible y que debia ser inmensamente rica y poderosa la protega, atendia su subsistencia de una manera explndida, y la procuraba cuantos goces honestos puede desear una jven honrada. Se la habia dado una educacion de princesa; se ponderaban las preciosidades que encerraba dentro de s la pequea casa en que vivia; sus trajes eran riqusimos y nobles, y en las grandes solemnidades pblicas, se la veia cubierta de diamantes y brocados, en una magnfica carroza dorada, tirada por cuatro caballos admirables, carroza que aparecia por s misma, sin saberse de donde venia, y que desaparecia sin que Fioreta ni su aya supiesen donde iba. En cuanto al cochero y los lacayos eran mudos, siempre que las dos mujeres trataron de indagar por ellos quien era aquella persona misteriosa, que de una manera tal, cuidaba de la suerte de Fioreta. Todo esto lo supo Visconti, como he dicho, por las cartas de la jven, y el misterio de su nacimiento, la opulencia que la rodeaba, y el desenlace problemtico que podia tener aquel misterio, irritaron su curiosidad, sus deseos, y aun su ambicion. Porque no sabiendo quien era Fioreta, no podia suponerse todo? Y quin sino un altsimo personaje podia sostener tan ruinosos gastos? Visconti, pues, se empe y quiso todo trance, llegar la resolucion de aquel problema. Compeli en una y otra enamorada carta Fioreta, que le concediese una cita, y esta al fin, se vi obligada escribirle la lacnica carta siguiente: Contentaos con amarme, sin esperanza de obtenerme. Bsteos saber, que yo os amo hasta el punto de no pertenecer otro hombre, sino puedo algun dia ser vuestra. Yo no faltar jams mi decoro, y me est prohibido de una manera misteriosa y terrible disponer de mi mano.--Fioreta. Esta carta fue un nuevo combustible arrojado al empeo de Visconti, que jur perecer obtener aquella dificilsima y misteriosa hermosura. Poco tiempo despues de recibida esta carta de Fioreta, not Visconti, que cuando seguia la jven la iglesia, un hombre siempre embozado, pesar de que era el tiempo de los calores, les seguia alguna distancia, entraba en la iglesia, se ponia en acecho, y no desaparecia hasta que las mujeres habian regresado su casa. Empezaba Visconti impacientarse con aquel espionaje descarado y tenaz, cuando un dia encontr sobre la mesa de su aposento y sin que nadie supiese por donde habia entrado, una carta concebida en estos trminos. S que segus obstinadamente Fioreta, y que Fioreta os ama. Si la amais, ser vuestra, pero para ello ser necesario que deis su hermano una muestra indudable de vuestro amor. Para conocer las condiciones bajo las cuales podreis ser su esposo, id esta noche, solo, la va Apia. All encontrareis al hermano de Fioreta. Inutil es decir, que Visconti no falt la cita. Apenas habia entrado en la va Apia, cuando se le present el misterioso embozado que se habia constituido en su espa. El camino estaba desierto, y la luna blanqueaba las ruinas de los sepulcros romanos. El embozado hizo una sea Visconti de que le siguiese, y este le sigui hasta un bosque cercano en el que se internaron. All, en lo mas oscuro del bosque, se detuvo el embozado, y, sin descubrirse, dijo Visconti con la voz dura imperiosa del que est acostumbrado mandar despticamente y ser servilmente obedecido: --Veamos si valeis lo bastante para que yo os d mi hermana. --Yo me llamo Paolo Visconti, dijo con orgullo el coronel de suizos del papa. --S quien sois y me convens, como hombre valiente y arrojado: porque me convens, os dar mi hermana, si la mereceis, y lo que vale infinitamente menos que ella, tesoros inmensos. Veamos si la amais. --Indicadme vuestras condiciones. --Vos me habeis dicho vuestro nombre, justo es que yo os diga el mio: me llamo Giussepo Laurenti. Visconti di un paso atrs asombrado: el misterio de la procedencia de Fioreta se desenlazaba de una manera inesperada. Quien protegia la jven, quien tenia sobre ella derechos indudables, era Laurenti, el terrible bandido; el hombre quien la justicia del papa no habia podido castigar; el gefe de los invisibles que tenia cubierta de espanto la campia de Roma. Esto, por otra parte, explicaba las inmensas sumas que se invertian para poner Fioreta mas altura que la mas rica ilustre dama romana. Hubo un momento de silencio. --Parceme que os falta valor, caballero Visconti, dijo sombriamente Laurenti. --No, no me falta valor, pero explicadme, aclaradme: vos sois hermano de Fioreta, pero, quin es vuestro padre? --Ved que cuanto mas os revele, mas grave ser el peso del secreto que habeis de guardar, so pena de vuestra vida. --No importa. Hablad. --Mi padre se llamaba Andrea Alberti. Di otro paso atrs Visconti. Laurenti habia pronunciado el nombre de otro terrible gefe de bandidos. --No os asombre esto, dijo Laurenti; hace mas de dos siglos que mi familia viene reinando de generacion en generacion sobre la campia de Roma. El padre educa al hijo, y el hijo hereda al padre; nada mas natural. --Pero la madre de Fioreta!... --Aumentemos la suma del secreto si os place. La madre de Fioreta era una dama romana. --Su nombre. --Lo ignoro yo mismo. Mi padre al encargarme de la suerte de Fioreta, me dijo solamente: su madre era una mujer casada; una hermosa ilustre dama. Yo la jur guardar como un depsito sagrado su honor, y muero con su secreto. Pero mas de guardar su honor, la jur proteger nuestra hija y hacerla feliz. Fioreta puede elegir libremente el claustro el matrimonio, pero si eligiese este ltimo estado, no ser su esposo sino quien sea bastante valiente y arrojado para partir con nosotros los peligros. Ahora, bien, caballero Visconti, amais bastante Fioreta para abandonar por ella vuestro baston de mando, vuestra hermosa banda de coronel, y cambiar vuestro nombre de caballero en un nombre de bandido? --Es esa vuestra resolucion irrevocable? --Es la voluntad de mi padre, la que no faltar en una sola palabra. --Pues os juro que Fioreta ser mia pesar vuestro. --Peor para los dos si eso sucede, dijo lacnicamente Laurenti. --Adios, pues, rey de la campia de Roma. --Adios, seor coronel de los suizos del papa: pero escuchad antes una palabra: me conoceis y todos los dias me estrechais la mano y me pedis por la salud en la crte de su Santidad. Adonde jugais, concurro; en donde bebeis, bebo; lo que hableis resonar en mis oidos, porque soy uno de _vuestros mayores amigos_. He observado, que hasta ahora no habeis hablado ni una sola palabra con nadie acerca de vuestras pretensiones hcia Fioreta, y que no habeis mostrado ni una sola carta suya. Seguid siendo prudente. Os lo aconsejo, en ello os va la vida. Adios. --Esperad. --Qu quereis? --Me habeis dicho que os conozco. --Es cierto. --Que sois uno de mis mayores amigos? --Por tal me teneis. --Que concurris donde concurro? --Es verdad. --Sin embargo, yo no conozco vuestra voz. --Mi voz se desfigura al pasar por el hueco de mi antifaz de hierro. --Aclaradme..... --Ni una palabra mas; adios. --Esperad. --Adios. --Por san Paolo mi patron, que yo os har esperar y daros conocer! dijo Visconti desnudando su espada y acometiendo rpidamente Laurenti. Este se hizo atrs de un salto, y lanz un fuerte silbido. Instantneamente, aparecieron saliendo de detrs de cada rbol una multitud de hombres cubiertos con antifaces y armados de arcabuces. Aquellos hombres rodearon al coronel de los suizos del papa. --Guiad ese caballero hasta la salida del bosque, dijo Laurenti sus bandidos, perdindose en la espesura. Hasta maana, caballero Visconti. Vise este obligado ceder, y rodeado de los bandidos, lleg hasta la salida del bosque, y desde all gan la va Apia y entr en Roma. En vano durante muchos dias busc Visconti entre sus numerosos amigos, uno que le presentase ni el mas ligero indicio del terrible bandido romano. Crey al fin, que aquello habia sido una amenaza y una burla, y dej de desconfiar de los que le rodeaban. En cuanto Fioreta, su amor, por mejor decir, su empeo, se aument en proporcion las dificultades. Habian cambiado una y otra carta, pero en ninguna de las suyas habia indicado Visconti Fioreta lo que sabia acerca de su orgen. Si las dificultades irritan al hombre, puede decirse que irritan infinitamente mas la mujer. El amor de Fioreta se exalt, y concedi Visconti lo que siempre se habia negado concederle: esto es, hablar con l en las altas horas de la noche por las ventanas de su casa. Visconti, despues de su primera entrevista de este gnero con Fioreta, esper que se revelase de cualquier modo, sino la venganza, la clera del terrible Laurenti: pero pasaron muchas entrevistas del mismo gnero, y ni recibi una sola carta, ni el mas leve aviso. Visconti empez burlarse para sus adentros del Rey de la campia, y le despreci del todo cuando, enteramente rendida Fioreta, le concedi lo ltimo que podia concederle: su posesion completa. Todas las noches, una escala llevaba los brazos de Fioreta al afortunado Visconti, y el terrible bandido, el hermano protector, permanecia mudo. Sin embargo, un dia, encontr Visconti sobre la mesa, y sin que nadie la hubiera llevado, otra carta que contenia las frases siguientes: Todo lo s. Gozad en secreto de vuestra felicidad, y haced feliz mi hermana, pero, ay de vos si por un accidente natural, por una villana vuestra, se hace pblica su deshonra! ay de vos, y ay de ella! Laurenti. Visconti era un hombre que no temia al cielo ni al infierno, y esta amenaza lo irrit: acontecia ademas, que, como su amor hcia Fioreta no habia sido mas que deseo y empeo, satisfecho el deseo, hastiado de la pobre jven, necesit satisfacer su vanidad de libertino, publicando su victoria sobre aquella mujer que habia resistido las pretenciones de los hombres mas peligrosos. Esta vanidad infame fue desarrollndose en l, y al fin, un dia, en una casa de juego, con ocasion de ponderar un nuevo enamorado los desdenes de Fioreta, dijo: --Qu apuesta quereis hacer conmigo, seores, acerca de esa mujer? --Pretendeis acaso haceros amar de ella? dijo un jven caballero muy amigo de Visconti, llamado Marco Antonelli. --No, no pretendo hacerme amar de ella, dijo Visconti, porque es mi querida. --Vuestra querida! exclamaron asombrados los circunstantes. --Vuestra querida! exclam soltando la carcajada Marco Antonelli. --Os reis de un modo muy impertinente amigo mio, dijo Visconti picado por la hilaridad de Antonelli. --Pues no quereis que me ria? Mientras no nos presenteis pruebas de vuestro dicho me reir. --Es que pudiera suceder...... --No debe suceder nada dijo, sin afectarse en lo mas mnimo Antonelli; si esa mujer es vuestra querida, no merece ser la causa de un rompimiento entre dos amigos, y si no lo es, mereceis en castigo de vuestra mentira que nos riamos de vos. --Y si presento la prueba. --Me comprometo perder quinientos escudos romanos, dijo Antonelli. --Y yo otros tantos. --Y yo. --Y yo. --Y yo, exclamaron todos los que estaban presentes. Visconti, sali y volvi poco tiempo despues con las cartas de Fioreta que arroj sobre la mesa, entre los dados y las botellas. Examinronse aquellas cartas; ellas probaban que Fioreta amaba Visconti; pero en ninguna de ellas habia una sola prueba de que fuese su querida. --Y bien, dijo Antonelli sin perder su jovialidad: aun no habeis ganado un solo escudo: estas cartas prueban que sois mas afortunado que otros: y digo prueban, porque no quiero haceros el agravio de creer que estas cartas sean falsas; pero de ser amado poseer la mujer que nos ama, hay una diferencia incalculable. Asi, pues, la apuesta queda en pi hasta que nos probeis que es vuestra querida Fioreta. --Una palabra seores. Ahora est la luna en creciente y las noches son muy claras: sabeis alguno de vosotros donde vive Fioreta? --Todos lo sabemos. --Sabeis donde caen las ventanas de sus habitaciones. --Todos la hemos visto alguna vez en ellas. --Pues bien: si esta noche las doce, al hacer yo una seal veis que se abre una ventana de las habitaciones de Fioreta; si la veis ella misma salir aquella ventana, y arrojarme una escala; si despues me veis trepar por ella, recibirme Fioreta en sus brazos, retirarse la escala y cerrarse silenciosamente la ventana creereis.....? --Creeremos que Fioreta es vuestra querida, y os envidiaremos Visconti; pero habreis ganado la apuesta. --Si, si, habreis ganado la apuesta dijeron todos. En efecto aquella noche se hizo la prueba: los amigos de Visconti ocultos en la sombra, le vieron entrar en las habitaciones de Fioreta. Al dia siguiente todo el mundo supo en Roma que Fioreta era la querida de Paolo Visconti. Sin embargo el terrible bandido de la campia permaneci mudo: pasaron dias y dias hasta uno en que tuvo lugar un acontecimiento que hel la insolente risa de la infamia, en los labios del seductor de Fioreta. El suceso que me refiero pas de la manera siguiente: Era una hermosa tarde de mayo. Angiolina Visconti habia expresado su padre el deseo de dar un paseo por la campia; Visconti hizo preparar una carroza, se disculpo con su hija por no acompaarla, y Angiolina sali de Roma, acompandola solo en el exterior el cochero y dos lacayos. Caminaban lentamente por la via Apia: Angiolina, cuya alma aspiraba ya ese amor vrgen que es el sueo de la adolescencia de las mujeres, Angiolina inocente y pura, miraba con delicia el hermoso cielo de Italia, perdindose tras los horizontes azules, y la rida campia por medio de la cual arrastra su turbia corriente el Tiber. Descendia el sol al Occidente; el dia iba perdindose en ese potico tinte del crepsculo vespertino tan bello y tan difano en la primavera de los paises meridionales, y una dulce melancola inundaba el alma de la jven, cuando la carroza se detuvo de repente y uno de los criados asom la portezuela. --Si adelantamos mas excelencia, dijo el lacayo, se nos echar la noche encima antes de que lleguemos la ciudad, y no es prudente...... --Seguid, seguid, dijo la jven, que de lo que menos se acordaba entonces era del terrible Laurenti ni de los bandidos. La carroza sigui adelante: muy pronto, traspuesto enteramente el sol, empez la noche invadir el opuesto horizonte. Angiolina entonces sinti un vago temor y mand al cochero que se volviera. Volvironse en efecto. Roma se veia lo lejos perdida tras la vaporosa neblina, y quedaba mucho camino que andar para llegar la ciudad. El cochero azot los caballos que partieron al galope: pesar de esto era ya de noche y quedaba mucho espacio para llegar los arrabales. De improviso el coche se detuvo, y antes de que Angiolina pudiera preguntar la razon, se abri la portezuela y entro un hombre, vestido enteramente como los aldeanos de la campia, y cubierto el rostro con un cumplido antifaz: aquel hombre llevaba la cintura un pual y un par de pistolas. Angiolina solo tuvo tiempo para oir que aquel hombre decia: --Al bosque! Y se desmay. Cuando volvi en s se encontr en un lecho en un aposento densamente oscuro. Un hombre la estrechaba entre sus brazos. Aquel hombre prevalindose de su desmayo la habia deshonrado. Angiolina not con terror, con el terror del pudor, que estaba medio desnuda. Grit, quiso resistirse, arrancarse de los brazos de aquel hombre, pero aquel hombre la retuvo entre ellos y la dijo con un acento terrible: --Vuestro padre ha deshonrado mi hermana, y yo empiezo vengarme deshonrndole en su hija. Roma entera supo, por los criados quien Laurenti habia dejado en libertad, que Angiolina Visconti, la noble hija del seor coronel de los suizos del papa, habia sido robada por los bandidos de la campia. Visconti sinti en medio del corazon la venganza de Laurenti; sali la campia, le llam voces en el mismo lugar donde habia hablado con l algunos meses antes; pero nadie respondi las voces del desolado padre, que al fin era padre Visconti. Pidi licencia al papa para revolver con sus suizos la campia y no logr ver un solo bandido. A los quince dias, perdida casi la esperanza, se fu buscar su ltimo consuelo junto Fioreta y la dijo. --Es necesario que nos casemos: tu hermano sin duda nos escucha: pues bien yo acepto todas sus proposiciones: si; yo acepto todas tus proposiciones Laurenti, ser bandido, verdugo, si quieres, pero vulveme mi Angiolina. --Vulveme t la honra de mi hermana, dijo una robusta voz tiempo que se abri una puerta y apareci un hombre. Fioreta di un grito agudsimo y se desmay. Visconti di un paso atrs helado de espanto. El hombre que tenia delante pidindole la honra de su hermana era uno de sus mayores amigos. --Marco Antonelli! exclam. --No, Laurenti el bandido, Laurenti, que se venga, destrozndote el corazon, deshonrando tu hija, como tu se lo has destrozado, desonrrando su hermana: ahora defindete, infame, defindete por que entre nosotros se ha colocado tu infamia y no puede haber mas que odio y sangre entre los dos. Al dia siguiente se encontr junto al Coliseo el cadaver de Paolo Visconti atravesado estocadas, y sobre l un cartel en que se leia en letras enormes: Laurenti, hermano de la hermosa Fioreta ha hecho este cadver. La casa en que habia vivido Fioreta estaba completamente abandonada. Y sabeis vos prncipe, dijo Yaye, mirando profundamente Lorenzini Maffei lo que se hizo de la pobre Fioreta? --Qu! no lo sabeis? dijo con la mas ingnua curiosidad el prncipe; pues ved ah que falta vuestra historia una noticia esencialsima. --Lo que fue de Fioreta no lo sabe nadie, porque Laurenti nadie se lo dijo. --Y como, como, dijo el prncipe con una curiosidad creciente; como fue parar Angiolina al convento donde yo la conoc en Npoles? --Se ignora tambien, porque nadie lo ha dicho tampoco Laurenti. Pero lo que se sabe de seguro, es, que al fin, por una traicion de uno de los bandidos de Laurenti, fue descubierta su guarida, exterminada su cuadrilla de malhechores y el.... --Y el?... --Hay quien cree que acaso qued entre los cadveres de los bandidos que murieron defendindose, porque no se le oy nombrar mas en las inmediaciones de Roma. --Pues habeis burlado mis esperanzas, duque, en cuanto la historia del bandido. Debia ser curiosa. --Pues voy controsla en dos palabras: el bandido est ciegamente enamorado de Angiolina que no le conoce: el bandido sigue Angiolina por todas partes bajo el nombre de Andrea Bempo: Andrea Bempo no es otro, pues, que Laurenti, nombre fecundo en disfraces, y que sabe variar de rostro como de vestido y de edad como de lenguaje: que unas veces se llama Bempo, otras don Diego de Zayas, y pasa por caballero espaol, como en Roma bajo el nombre de caballero romano pasaba por Marco Antonelli: Laurenti, en fin, esposo enamorado de Angiolina, esposo despreciado por Angiolina, que se llama el prncipe Lonrenzini Maffei. Mudronse instantneamente al oir estas palabras, la mirada, la actitud y la expresion del prncipe; irguise, centellearon sus ojos, temblaron de clera sus lbios y se puso de pi buscando un objeto entre su justillo de terciopelo. El duque no se movi de su sillon. El prncipe, Laurenti, Bempo, aquel singular personaje, en fin, sea que le dominara la imperturbabilidad de Yaye sea que fuese demasiado valiente para cometer un asesinato, sea por otra causa cualquiera, retir la mano de su jubon entreabierto, y se sent de nuevo. --Con que lo sabes todo? exclam con acento convulso por la clera: con que sabes, que esa mujer quien eleg en mal hora para instrumento de mi venganza, me esclaviza, se burla de m, me trata como un perro cuando me cree Bempo, y me deshonra creyndome el prncipe Lorenzini Maffei! Oh! no importa: yo s tambien que t, bandido como yo, emir de los Monfes de las Alpujarras ests herido en el corazon, deshonrado en tu hija, como yo estoy herido en el corazon, deshonrado en mi esposa, por un mismo hombre, por el marqus de la Guardia. Oh! secreto por secreto monf; y puesto que necesitamos vengarnos.... --Y que culpa tiene el marqus de la Guardia, dijo imperturbable el duque de que le haya amado mi hija, de que le haya amado Angiolina? --El marqus no la ama, exclam con sarcasmo Laurenti; el marqus la ha tomado por instrumento para dar zelos tu hija.... y lo ha conseguido.... --Escucha Laurenti, dijo Yaye levantndose y asiendo Bempo de un brazo con la fuerza de un gigante. Ests en mi poder. --En tu poder yo? exclam el bandido pretendiendo en vano desasirse. --A donde quiera que vayas, donde quiera que te ocultes all te encontrar mi mano. No lo pruebes, por que serias vencido en la prueba. En cualquier terreno que elijas te har pedazos si te niegas servirme. --Yo no he servido nadie mas que esa mujer... --A quien no debiste deshonrar, quien no has debido servir. --T has prostituido tu hija al prncipe don Crlos: t te has visto obligado apartarla de la crte, para que la crte no sepa tu deshonra. --Laurenti! exclam el duque echando su vez mano su daga. --Laurenti es siempre el indomable rey de la campia de Roma! contest sin inmutarse el bandido: Laurenti desprecia el furor del emir, como antes el emir de los monfes ha despreciado el furor de Laurenti. Yaye dej la daga, solt Laurenti y se sent de nuevo en el sillon. --Quiero que me digas, como has sabido mi nombre, exclam despues de unos instantes de silencio, recobrando enteramente su calma. --En Granada hay muchas personas que saben la interesante historia de la hija y de la nieta del duque de la Jarilla: como en Roma hay otras que saben la historia de Paolo Visconti: ademas como hubo un bandido que vendi en Roma Laurenti, hubo tambien en Granada un monf que vendi al emir de las Alpujarras... Habian pagado peso de oro, por mejor decir el alcalde de casa y crte que habia tomado la declaracion del monf traidor, prefiri vender aquella declaracion enriquecindose, servir al rey denunciando al falso cristiano, al falso duque: pero el juez se qued con copia de la declaracion por si alguna vez necesitaba algun dinero, y se la vendi Laurenti el bandido, que sabe andar sin perderse por un laberinto y llegar al fin, solo con que coja el cabo de un hilo: esa declaracion existe.... y acaso acaso est estas horas en poder del rey. Yaye se puso letalmente plido, sus ojos inyectados de sangre rodaron en sus rbitas y desnud su daga: pero en aquel momento un resplandor vivsimo le ceg y luego... luego no sinti nada... Cuando volvi en s, se encontr en un lecho: sinti una pesadez inexplicable en la cabeza, se llev las manos ella y encontr un vendaje: revolvi los ojos en torno suyo y se encontr en un calabozo; movise y sinti que sus pis estaban sujetos por un par de grillos. Vi junto s un hombre de aspecto rudo y quiso preguntarle: pero se sinti dbil, y las palabras se ahogaron en su garganta. Aquel hombre pareci comprender el deseo de Yaye y le dijo como si este le hubiese hecho una pregunta: --Habeis sido herido en vuestra casa de un pistoletazo en la cabeza por el prncipe Lorenzini Maffei, segun han declarado vuestros criados; el prncipe ha desaparecido: estais preso en el Santo Oficio por hereje, sacrlego y traidor al rey y si no moris de la herida, morireis quemado en auto pblico del Santo Oficio de la general Inquisicion. Yaye falta de voz, di aquel hombre con una expresiva mirada las gracias por su noticia, y luego, encerrndose en su pensamiento, exclam en el fondo de su alma: --Satans se ha conjurado contra m! CAPITULO XVIII. Complicaciones. Algunos dias despues de los acontecimientos que dejamos relatados estaba Madrid profundamente conmovido en sus dos crculos cortesanos, el alto y el bajo; algunas noticias extraordinarias habian ido circulando de boca en boca, agravndose mas, medida que se sucedian. Primeramente, la hermosa duquesita habia desaparecido de la crte sin despedirse de nadie, y sin que nadie supiese donde habia ido. En segundo lugar el hidalgo don Csar de Arvalo, tutor del marquesito de la Guardia, andaba desolado por calles y plazas, tabernas y garitos, mancebas y palacios, en busca de su sobrino que tambien se habia perdido. Ayudbale en su rdua empresa Peralvillo, lacayo favorito y confidente del marqus, mozo despierto y de puos, quien no hemos tenido ocasion de citar hasta ahora, y sealado con un profundo chirlo en la cara, pero no por eso feo, ni desgraciado, respecto ciertas princesas de vida airada. Ni el tio ni el lacayo habian podido ponerse sobre el rastro del marquesito. Ademas de esto y de que los acontecimientos que vamos relatar, fueron los que mas impresion causaron en la crte, el mismo dia de la salida de Amina de Madrid, la hora de la audiencia, apareci fijado en la mampara de la antecmara pblica de palacio, un papel en forma de carta, escrito, al parecer, por una mujer, con seales de haber estado arrugado, y vestigios de lgrimas en que se leian estas palabras: _Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide una mujer revelarlas ni aun su mismo esposo, pero es preciso que sepas que alienta en mis entraas un hijo de nuestro amor. Tu Esperanza._ Por debajo estaba, pegado asimismo, otro papel escrito tambien al parecer por otra mujer, en que se leia en letras gordas: La esperanza de este don Juan, es la hermosa duquesita de la Jarilla, y el alma de esta Esperanza es el marquesito de la Guardia. El escndalo era soberano y debia retumbar de una manera imponderable: antes de que un ugier arrancase estos dos papeles y los entregase al gentil hombre de cmara de servicio, ya se habian sacado cien copias por los curiosos, y ya aquellos curiosos se habian esparcido por Madrid, llevando consigo el escndalo. Pero no era esto solo. Aquellos dos carteles fueron entregados al rey que despachaba la sazon con el cardenal Espinosa. Felipe II ley letra por letra los dos escritos, medit algun tanto sobre ellos, y luego dijo posando una mirada glacial en el cardenal secretario: --Que se averigue todo trance quin ha puesto estos carteles en palacio, y averiguado y probado que sea, que le ahorquen secretamente sin distincion de clase ni persona. El cardenal di las rdenes oportunas, y poco volvi trayendo un pliego en las manos. --Qu es eso? pregunt el rey. --Se ha encontrado este pliego en una de las habitaciones bajas del alczar, donde han debido arrojarle por una reja, con sobre vuestra magestad. Tom el rey el pliego. Sobre su nema se leia en letra exactamente igual la que habia esclarecido de una manera tan infame la carta de Amina al marqus: Al catlico y justiciero rey de las Espaas. El pliego era voluminoso. Contenia las pruebas que contra Yaye poseia la princesa Angiolina: la historia del casamiento del emir con Estrella, la muerte del anterior marqus de la Guardia, la declaracion del monf traidor, y ademas la para el rey terrible revelacion de que su hijo el prncipe don Crlos le hacia traicion conspirando contra su persona. Y tenga en cuenta vuestra magestad, concluia la carta, que el hombre de quien se trata, es poderoso, rico, mas rico que vuestra magestad, y que si vuestra magestad tiene en su crte un ejrcito, en la crte, tiene tambien ese hombre un ejrcito de monfes disfrazados. Solo por el cuidado con que don Felipe ley aquel proceso, que tal lo parecia el contenido del pliego, pudo traslucir Espinosa que se trataba de un asunto de gran importancia: el rostro del rey habia permanecido impasible. Despues que los hubo leido y releido, dobl de nuevo aquellos papeles, los puso bajo su libro de devociones, y dijo al cardenal: --Que me llamen con urgencia al marqus de los Velez. Despues se puso hojear algunos memoriales, y cuando volvi el cardenal le dijo: --Sigamos en el despacho de Indias. Rey y secretario siguieron en el despacho. Como las once del dia un gentil hombre anunci don Luis Fajardo, marqus de los Velez, que fue introducido. El rey despidi al cardenal y se qued solo con el marqus, quien ni mir ni dijo una sola palabra. El rey escribia. --Tomad y cumplid inmediatamente esta rden, adelantado, dijo el rey entregando al marqus de los Velez el papel en que habia escrito. Don Luis hinc una rodilla para tomar el papel, alzse despues, salud profundamente al rey y sali. Al llegar la antecmara, el marqus de los Velez se detuvo, y ocultando la rden en el hueco de su gorra, la ley; decia asi: El rey.--A nuestro muy leal vasallo don Luis Fajardo, marqus de los Velez, adelantado en el reino de Murcia.--Haceos acompaar de nuestra rden de un alcalde de casa y crte y de un secretario. Tomad, asimismo de nuestra rden, treinta alabarderos y un alfrez de nuestra guardia suiza; id con esta gente la casa de don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla, grande de Espaa, y prendedle muerto vivo. Mandad al alcalde en nuestro real nombre, que haga inventario de los papeles del duque, y de cuanto hubiere en su casa, que la desocupe, que selle los armarios, cajones y puertas, y que ponga un cartel en la puerta en que se conmine con pena de la vida al que pretendiere penetrar en dicha casa. Preso que sea el duque, le conducireis la crcel del Santo Oficio, que tiene en nuestra crte la Inquisicion del arzobispado de Toledo, y mandareis, so pena de la vida, que nadie hasta nuestra rden comunique con el preso. Del cumplimiento de esta me respondeis como vasallo.--De nuestro alczar de Madrid los cinco dias del mes de julio de 1567.--Yo el rey. El marqus de los Velez palideci primero, arque las cejas, y despues se encogi de hombros, y sobre la marcha empez cumplimentar la rden del rey. A las doce en punto, llegaba acompaado de un alcalde de casa y crte, de un secretario, de algunos alguaciles y de un alfrez y cincuenta alabarderos suizos la casa de Yaye. Cercla la redonda, tom las salidas y se hizo anunciar Yaye de rden del rey. Pero encontr la casa en la mayor consternacion: los criados iban de ac para all, y no sabian que hacerse; al fin vino sacarse en claro, que aquella maana habia entrado visitar al duque un caballero que decia llamarse el prncipe Lorenzini Maffei, que despues de largo tiempo que el duque y el prncipe estaban encerrados, se habia oido un tiro en la cmara del duque; que el prncipe habia desaparecido en el primer momento de sorpresa, y que acababan de encontrar al duque en su cmara, sin conocimiento y con la cabeza atravesada de un tiro. El marqus se hizo conducir hasta Yaye de rden del rey; en vista del deplorable estado del emir, se llamaron doctores, y estos declararon que tal como se encontraba el herido era expuestsimo para su vida, el que se le trasladase ninguna parte. El marqus de los Velez fue con estas noticias al rey, pero el rey mand que se curase en su casa al duque, y que despues, fuese cual fuese su estado, se le condujese de la mejor manera posible la crcel del Santo Oficio. Asimismo mand que se prendiese al prncipe Lorenzini Maffei. Hzose Yaye la primera cura, sin que volviese en s, despues de lo cual fue puesto en una silla de manos y llevado la prision. En seguida el marqus de los Velez, se present en la casa del prncipe Lorenzini; salile al encuentro Angiolina que se mostr profundamente admirada de que un caballero tan galante como don Luis Fajardo fuese visitarla al frente de la justicia, y acompaado de un tan respetable resguardo de alabarderos reales. --El rey lo manda, hermosa seora, dijo con galantera el marqus, y me veo en la dolorosa pero imprescindible necesidad de prender vuestro esposo. --Pues os desafo que le prendais, dijo riendo Angiolina: aunque trajerais con vos, seor don Luis, todos los ejrcitos de su magestad, seria imposible prenderle. --Imposible porque le guardais vos! dijo sosteniendo su galanteria el marqus. --Yo soy muy dbil guarda contra el rey, dijo Angiolina, pero la imposibilidad de que prendais mi esposo consiste..... en que no est en Espaa. --Oh! no est en Espaa el seor prncipe? --No, no por cierto; est en Venecia, donde procura porque la repblica me devuelva los bienes que en otro tiempo confisc mi padre. --Ah! con que el seor prncipe est en Venecia? --Ni mas ni menos, y en prueba de ello, ved, ved una carta que acabo de recibir de l. --Ah! basta vuestro dicho, seora, dijo el marqus rechazando noblemente una carta que Angiolina habia tomado de encima de una mesa. Ademas, no conozco la letra ni aun la persona de vuestro esposo. [imagen: Bempo.] --Se le conoce muy poco nada, seor marqus; mi esposo es un hombre extraordinario. Yo apenas le conozco; hace seis aos que nos casamos y despues de la ceremonia solo permaneci un dia mi lado; despues me envi Espaa; sucesivamente ha venido visitarme dos veces al ao, y eso por un solo dia; emplea el tiempo en viajar y en escribirme con suma frecuencia cartas amorosas; eso lo sabe todo el mundo en Madrid; se sabe tanto, que me llaman de pblica voz la casada doncella..... y qu ha hecho, qu dicen ha hecho el prncipe para que el rey quiera prenderle? --Se le acusa de haber dado muerte al duque viudo de la Jarilla. --De haber dado muerte al duque de la Jarilla! exclam palideciendo profundamente Angiolina, y dejando su acento y su aspecto ligero y galante; pero eso es imposible, don Luis; imposible de todo punto; puedo probar que mi esposo est ahora mismo en Venecia, no ser que haya venido corriendo postas como esta carta. Deben haberse equivocado; alguien debe haber tomado el nombre de mi esposo para cometer ese asesinato. --Es el prncipe un caballero como de cincuenta aos? --S. --Un tanto encorbado? --S. --Con los cabellos entrecanos, largos y rizados? --Exactamente, exclam con asombro Angiolina. --Usa anteojos verdes? --S, si seor, porque tiene dbil la vista. --Ademas la nariz un tanto gruesa y encarnada? --No hay duda, esas son las seales de mi esposo. --Seales que ha dado uno de los criados del duque al alcalde de casa y crte que me acompaaba, y que escritas traigo conmigo. Mirad, princesa, mirad. El marqus sac de su limosnera un papel doblado que despleg y entreg Angiolina. --Si, si, dijo esta cada vez mas turbada, con sus seas; pero os juro, don Luis, por mi honor, que no he visto al prncipe, que no le esperaba, y por lo tanto que no est en mi casa. --Os creo seora, os creo, dijo el marqus guardando de nuevo el papel que le devolvi Angiolina: vuestras palabras rebosan ingenuidad, pero me veo en el doloroso compromiso... [imagen: Felipe II.] --De prenderme...! exclam trmula y conmovida la princesa. --Oh! quien piensa en eso? dijo el marqus: quien podr haceros cargo de un delito que no habeis cometido? solo he querido decir al hablar de compromiso, que no puedo escusarme de registrar vuestra casa, para asegurarme y asegurar al rey con testimonio de escribano que no se encuentra en ella el prncipe. --Ah! eso es distinto: podeis registrar cuanto gusteis, don Luis, pero antes de que registreis tengo que haceros una advertencia. --Advertidme cuanto gusteis. --En estos momentos hay en mi casa un hombre herido. --Un hombre herido...! --Si por cierto: el comediante Andrs Cisneros, quien encontr muy tarde abandonado en la calle cuando volvia de casa de una amiga: pero ya he dado parte de ello al alcalde del barrio, el herido ha declarado, y sino ha sido trasladado ya su casa, es porque el estado de su herida no lo permite. --Ah! en ese caso nada temais, seora; por el contrario, esta bella accion aadir nuevo brillo vuestra ardiente caridad, que tanto conoce la crte. Ahora bien, como hace ya algun tiempo que estamos solos, y espera fuera la justicia, permitidme que para evitar enterpretaciones... --Si, si, don Luis, registrad cuanto gusteis, voy mandar que os abran mis criados todas las puertas. Procedise al registro, revolvise la casa de alto abajo desde los desvanes hasta los stanos; abrironse los muebles huecos, se tentaron las paredes y el prncipe no pareci: no podia haberse escapado porque el marqus de los Velez habia mandado cercar la casa antes de entrar en ella. Solo se encontr Cisneros herido; pero Angiolina lo habia previsto todo, habia dado parte la justicia, Cisneros, que habia declarado de una manera que apartaba toda responsabilidad de la jven, prest nueva declaracion ante el alcalde de casa y crte que acompaaba al marqus de los Velez, y cuando se le pidi el nombre de quien le habia herido, respondi que no le conocia, lo que era verdad, porque no habia tenido ni tiempo, ni luz la noche antes, para reconocer al marqus de la Guardia en su adversario. Don Luis Fajardo sali con la justicia: apenas se vi sola Angiolina, toc un silvato; entonces, como una aparicion, se la present el bandido Laurenti, bajo la figura de Andrea Bempo, y con el mismo trage que la noche anterior. --Has puesto la carta de la duquesita en la antecmara de la audiencia, le pregunt. --Si, contest Laurenti; en la misma mampara. --Has puesto el pliego que te d en lugar propsito para que pueda llegar las manos del rey? --Si. --Gracias Bempo, gracias, dijo Angiolina estrechando entre sus blancas manos una membruda mano de Laurenti. El bandido se extremeci como si hubiese recibido un choque galvnico y retir su mano de las de Angiolina. --Sucede una cosa muy singular, dijo esta, y es necesario averiguar lo que en ello hay de cierto. La justicia acaba de salir de casa. --Lo s. --Y sabes por qu ha venido casa la justicia? --Buscando tu esposo. --Sabes de qu le acusan? --Si: de haber herido matado al duque viudo de la Jarilla, al emir de los monfes. --Pero es eso cierto? --Quin sabe? El prncipe Lorenzini es un hombre extrao. Siempre he desconfiado en l. Y luego quin es ese hombre? --Lleva un ilustre nombre italiano. --Pero sabeis quin es ese hombre? --Acurdate, Bempo, de que tu fuiste quien me aconsejaste... --Si te aconsej que te casars con el prncipe, te lo aconsej porque debia aconsejartelo; cuando te libre de mi capitan el infame Laurenti, el hombre que en medio de un misterio tenebroso te esclavizaba, te hacia sufrir su odiosa brutalidad, pudimos sostenernos durante algun tiempo con el dinero que logr sacar de las canteras que nos servian de asilo. Despues la caberna fue descubierta: me v privado de los recursos que me proporcionaban algunos compaeros que conspiraban conmigo contra el capitan, y sobrevino la miseria, una miseria horrible: yo no sabia ningun oficio, no sabia mas que robar, y esto, encontrndome solo era dificil: nos vimos obligados buscar un medio de vivir; entonces t, con ese corazon fuerte que Dios te ha dado me dijiste: yo soy hermosa, se tocar el laud y cantar; viviremos como vivian los trovadores en otros tiempos: yo ganar nuestro pan, t me acompaaras y me defenderas. Asi recorrimos la Italia. Un dia en Npoles, un autor de cmicos espaoles te vi, y te dijo si querias formar parte de su compaa; aquello era mas cmodo y mas decente que andar por calles y plazas como mendgos sufriendo soeces injurias. Fuiste cmica, yo fu cmico: antes de mucho teniamos fama, nos aplaudian, ganbamos dinero abundante. Otro dia en Psaro, te vi el prncipe representar en una farsa y se enamor de t. Aquel hombre no te busc como se busca una mujer perdida: aquel hombre te dijo redondamente que si querias ser su esposa. Yo te amaba lo bastante para anteponer tu felicidad la mia, te amaba, aunque no tenia esperanzas de ser correspondido, aunque me tratabas como un esclavo, porque conocias mi amor y abusabas de l. --Ah! no, no, Bempo: es verdad que Dios no ha querido que yo te ame, que he abusado acaso de t... pero... --Dejemos eso, la interrumpi Laurenti; dejemos eso, porque me mortifica y no quiero pensar en ello. El prncipe, antes de casarse contigo, quiso que estuvieses algun tiempo en un convento de Npoles, para cubrir las apariencias. A los dos meses eras su esposa, y te enviaba Espaa, para evitar que alguien te conociera en Italia, por donde habias andado vagando como cantora y como cmica. Yo te segu como sigue la sombra al cuerpo, y en seis aos que llevas de casada, he visto muy pocas veces al prncipe. --Oh! nunca he podido comprender ese hombre! exclam Angiolina. --Y ests segura de que ese hombre tan misterioso, no sea el bandido Laurenti? --El bandido Laurenti! exclam estremecindose Angiolina; yo no le conozco, nunca le he visto: si s que fue l el bandido que me rob, que me deshonr, que me obligaba satisfacer sus deseos en medio de una eterna oscuridad, es porque t me lo has dicho: en el aposento subterrneo en que yo estaba, no entraba otra persona que el capitan Laurenti. A m, pesar de la oscuridad, me parecia jven y hermoso... muy diferente del prncipe... --Y no has tenido nunca un recuerdo de amor para Laurenti? dijo l mismo con voz insegura, que Angiolina atribuy zelos. --Yo! amar yo al miserable que me rob, que me deshonr, que mat mi porvenir, que asesin mi padre! Amarle yo! si le conociese... si le conociese, le sonreiria, s, le colmaria de caricias, seria una vez mas suya, y... le mataria cuando estuviese dormido entre mis brazos. --Ah! exclam Laurenti... --Y si supiera que el prncipe era l... si lo supiera, si el prncipe volviera verme... Oh! le dara ese amor que tanto desea... para matarle, Bempo, para matarle, para vengar mi deshonra, para vengar mi padre. --Ah! exclam de nuevo y mas profundamente Laurenti. --Pero t, que conoces al prncipe, t que has sido bandido de Laurenti, descubre si el prncipe es Laurenti. --Nadie, ni el mas valiente, ni el mas allegado de sus bandidos, ha visto nunca el rostro del capitan Laurenti, eternamente cubierto con una mscara de hierro. --De modo que nada sabemos? --Nada. En aquel momento un criado entr con una carta para la princesa. Esta not que la letra del sobre era del prncipe. --Quin ha traido esta carta? dijo preocupada por aquel inesperado accidente. --Un hombre encubierto, que no se ha detenido, seora; contest el criado. --Vete. El criado sali. Angiolina rompi la nema de la carta, y la ley rpidamente. --Ah! exclam con un acento emanado del fondo de su alma; abandonada! abandonada otra vez m misma! --Abandonada! y de quin? exclam Laurenti. --De quin! del prncipe! toma y lee. Laurenti tom la carta que conocia demasiado, y la ley en voz alta. Aquella carta decia: Mi adorada Angiolina: me veo en la triste necesidad de deciros, que contar desde el dia de hoy, no puedo serviros de nada. Estoy arruinado. He muerto ademas un hombre poderoso, al duque de la Jarilla, y me veo obligado huir, ocultarme, porque ese hombre tiene parientes poderosos. Volved, pues, reina mia, vuestro oficio de cmica, y buscad otro prncipe que se case con vos... --Ah! yo no he leido eso! exclam Angiolina. --Pues aun queda mucho de la carta, que por lo visto no has leido. --Ah! sigue Bempo, sigue. Laurenti sigui. Buscad otro prncipe que se case con vos, lo que podeis hacer sin escrpulo de conciencia, porque no estais casada, ni yo soy prncipe. Por lo dems, aunque vos os habeis jactado de que yo no habia obtenido la felicidad de poseeros, estais en un error. Os he poseido tanto, como que me llamo Laurenti... --Ah! exclam Angiolina. --Ya lo sospechaba yo! exclam con la mayor formalidad Laurenti. --Oh! sigue Bempo, sigue! exclam irritada Angiolina. Como ya no tengo mis buenos bandidos, como se me han acabado las riquezas que pude salvar de mi antigua guarida, no solo no puedo daros, sino que, mientras vos cuidabais al hermoso comediante Cisneros, os he tomado los diamantes y las perlas que os habia regalado, valindome para ello de la llave de vuestro postigo, que siempre me acompaa. Sin embargo, os quedan las alhajas con que estabais prendida, mientras yo hacia mi ltimo robo, con las cuales podeis vivir algunos meses.--Vuestro enamorado.--Giussepo Laurenti. Angiolina mir plida y convulsa Laurenti. --Y qu hacer! qu hacer Dios mio! exclam llorando. --Aun queda un recurso, dijo Laurenti, si sigues mis consejos. --Por ellos me cas con ese infame. --Ya te he dicho que yo no conocia al capitan, me ha engaado como t. Los consejos que te dar ahora son mas juiciosos. --Te escucho. --Yo te amo Angiolina, te amo con toda mi alma. En Espaa no me conoce nadie, y ser capaz por t de ser un hombre honrado. --Y bien, dijo con impaciencia Angiolina. --S mi esposa. --Tu esposa!.... y qu hemos de hacer pobres, sin apoyo..? t no sirves para nada mas que para bandido... esto sera expuesto... yo no s mas que representar y cantar... t tenias zelos cuando era cmica. Si no adoptamos ninguno de esos dos partidos, cmo podremos vivir? --Te quedan bastantes alhajas de valor, y ricos trajes. Los muebles de tu casa ascienden una buena suma... --Pero viene un dia y otro dia, y el dinero se acaba. --S... cuando el dinero no se emplea... pero podriamos vender esas alhajas, esas ropas, esos muebles; comprar unas tierras en un rincon de Asturias de Galicia, y vivir felices. --Djame que me vengue, y soy tuya! dijo Angiolina, levantando hcia Laurenti sus ojos cubiertos de lgrimas. --Qu te vengues! y de quin? --De la duquesita de la Jarilla. --Ah! t amas al marqus de la Guardia! --Pues bien, s, dijo Angiolina levantando la frente radiante de amor: no quiero engaarte Bempo; le amo, le amo con toda mi alma, le he entregado mi corazon vrgen, y mi cuerpo... vrgen! vrgen tambien! Qu importa? la violencia y la fatalidad no mancillan; yo he salido pura de las manos de Laurenti, como habia caido en ellas; yo he dado don Juan toda mi alma, todo mi amor, toda mi felicidad... y don Juan no me ama, don Juan ama esa sultana, como que es mas noble, mas hermosa, mas rica, mas jven, mas feliz que yo, necesito completar mi venganza contra esa mujer, y despues morir! No quiero engaarte Bempo, te debo mucho; te lastima mi trato acaso duro, esa es la corteza Bempo, debajo est el corazon; yo no puedo ser tu amante, ser tu hermana: si esto no te satisface, si te he hecho desgraciado sin quererlo, djame que me vengue, y mtame despues. Laurenti mir de una manera profunda, severa, terrible, desesperada, Angiolina: sus ojos se tieron de sangre, y puso mano su pual: Angiolina se crey sentenciada, di un grito y cay de rodillas: Laurenti la contemplo un momento en silencio; en su semblante se pint una lucha horrible, y luego la volvi la espalda y sali de la estancia. Angiolina se dobl sobre sus rodillas, se cubri el rostro con las manos, y rompi llorar de una manera desolada. CAPITULO XIX. De cmo se vieron obligados salir de la crte algunos de nuestros personajes. Algunos dias despues, el rey supo que Yaye ebn-Al-Hhamar, el terrible emir de los monfes, preso en los calabozos del Santo Oficio, estaba bueno, y que antes de mucho podria empezarse el proceso contra l. El prncipe don Crlos supo tambien, que Cisneros estaba punto de curar de su estocada. Angiolina Visconti, no pudo tener duda de que estaba abandonada y sola en el mundo, sin mas caudal que su hermosura, su talento de cmica, su habilidad de bailarina, y mas desgraciada que jams lo habia sido, puesto que estaba, como nunca lo habia estado, enamorada y zelosa. El hidalgo don Csar de Arvalo, supo al fin de su sobrino por una carta de este, que le escriba desde las Alpujarras; pero la alegra del buen to se agu, como suele decirse, porque en aquella carta, su sobrino, le peda dinero y Peralbillo. El tio envi al lacayo con una bolsa demasiado ligera, y esta carta demasiado pesada. Amado sobrino don Juan: de lo que me pedis, os envo lo que puedo enviaros; vuestro lacayo y cincuenta doblones que es todo lo que he podido reunir: y no me pidais mas en mucho tiempo, porque en este ltimo ao nos hemos dado tal maa los dos para gastar vuestras rentas, que estan empeadas hasta el cuello, sin que haya fuerzas humanas que puedan sacarlas de poder de los prestamistas. Si vuestros bienes no fueran vinculados, podriamos vender alguna hacienda y salir de apuros. Pero como esto no puede ser, y es menester vivir, yo me marcho Flndes con una provision de capitan que he podido sacar al prncipe Ruy Gomez. Para que veais que no me he olvidado de vos, dentro de poco recibireis una provision de capitan para vos, de una de las compaas de arcabuceros del reino y costa de Granada. Si Dios quiere que entremos saco algun burgo flamenco, os acudir con lo que hubiere. Es cuanto tiene que deciros vuestro tio, que tiene ya puesto el pi en el estribo para ir buscar sus soldados.--Don Csar de Arvalo. En efecto, don Csar march dejando desesperadas una porcion de doncellas que vivian de sus buenas obras. En cuanto Angiolina, habia recibido tambien una carta harto pesada, y mas que pesada, terrible. Esta carta era de Laurenti. Adorada Angiolina: El prncipe Lorenzini Maffei, Andrea Bempo y Giussepo Laurenti, son una misma persona: debes haberlo adivinado despues de la ltima y acalorada entrevista que tuvimos. Como hace diez aos que andamos juntos, me ha parecido descorts salir de la crte de las Espaas, de donde me alejo por muchas razones, sin despedirme de t. Ademas, mi conciencia me manda que cuando busques tus ltimas joyas y tu ltimo dinero y no lo encuentres, no culpes tus criados, porque esas joyas y ese dinero me los llevo yo para la costa del viaje que ser largo. No te desconsueles por eso. Aun te quedan esperanzas. He sabido por boca de don Csar de Arvalo, que es muy amigo mio, que el marqus de la Guardia, tu adorado, el nico hombre que ha sabido conmover tu corazon, est en la villa de Cdiar, en las Alpujarras. Aunque no tienes dinero puedes valerte, engandole, del seor Andrs Cisneros, que, segun creo, se ver muy pronto obligado dejar la crte.--Tuyo, siempre tuyo.--Giussepo Laurenti. Es indecible la desesperacion de Angiolina, porque aquella carta no mentia; sus joyas y su dinero habian desaparecido. Solo la quedaban sus ricos trages y sus muebles; pero para vender los primeros, necesitaba renunciar presentarse en la crte; para vender los segundos, cerrar la casa; nada de esto podia ser: Angiolina, pues, se vi obligada adoptar un partido decisivo. Anunci, pues, que su esposo el prncipe Lorenzini, la llamaba su lado Italia, noticia que caus gran sensacion en la crte, porque mataba las esperanzas tenaces de muchos enamorados, y curaba el rabioso despecho de muchas damas envidiosas de Angiolina, y esta puso en almoneda, sus muebles, sus tapices, sus literas, su carroza y sus caballos. Una vez hecha aquella almoneda, y convertido en oro aquel mobiliario, era preciso salir de la crte: pero cmo? adnde ir? qu hacer? Despues de pensar mucho y en vano, de haber adoptado cien veces, y rechazado otras tantas, la idea de encerrarse en un convento, tropez al fin en su imaginacion, como un recurso extremo, con el comediante Cisneros. Aquel hombre estaba locamente enamorado de ella, y seria capaz de todo por ella; pero Angiolina temia que no se prestase tan fcilmente dejar la crte; Angiolina, que habia pensado usar de Cisneros, como de un instrumento de venganza, se vi obligada asirse l como un ncora de salvacion. En ocho dias que habian trascurrido desde que fue herido Cisneros, Angiolina le habia rodeado de cuidados, de esos cuidados afectuosos que con tan exquisita dulzura sabe prodigar la mujer los seres que sufren; habia velado junto su lecho, habia sostenido con l largos debates amorosos; habia sido indulgente con las no siempre respetuosas manos del comediante; le habia empeado, en fin, en un deseo voraz, en uno de esos deseos que el mas experimentado confunde con el amor. Unas veces habia alentado sus esperanzas, otras las habia contenido, y se habia guardado muy bien de explorar Cisneros, en cuanto las rebeldas del prncipe, de quien le creia, y no sin causa confidente, para no alarmarle y hacerle sospechar acaso, que solo le queria para instrumento. Cisneros, pues, era una masa preparada todo entre las manos de Angiolina. Decidida al fin esta, apoyarse por ltimo recurso en el comediante, baj la habitacion donde este se encontraba, sencilla, pero voluptuosamente vestida de blanco, y vaporosa y leve como una nubecilla de la maana. Cisneros, cansado del lecho, se habia atrevido levantarse y probar sus fuerzas: el xito excedi su deseo, se encontr vigoroso, gil, como si nada le hubiese acontecido; solo sentia un ligero picor en la herida. Cuando Angiolina fu entrar en la estancia, encontr Cisneros la puerta. Iluminse el semblante de Cisneros con una alegra infinita, sensual, ardiente, al ver junto s y tan hermosa Angiolina. Y aquella mujer que estaba desesperada, abandonada s misma, herida en el corazon y en el orgullo, excitadas cuantas pasiones violentas encierra el alma de la mujer, sonri Cisneros, con la alegra, con amor, con un amor ardiente y casi sensual. Angiolina estaba segura, y podia estarlo, de que de todos sus secretos solo conocia uno Cisneros: el amor el galanteo que habia tenido con el marqus de la Guardia, y este, hemos dicho mal cuando le hemos calificado de secreto, no lo era, lo sabia todo el mundo, porque Angiolina habia necesitado hacer gala de aquellos amores para dar zelos Anima. Angiolina era, pues, para el comediante una gran seora, una princesa, una de las hermosuras mas codiciadas, y tenida por inconquistable antes de que hubiera dado el escndalo de sus amores con el marquesito de la Guardia. Aun la circunstancia de haber sido el marqus el nico que habia triunfado de la severidad de Angiolina, mantenia el prestigio de esta, porque ya se sabia por todo el mundo que el marquesito tenia tantos elementos de seduccion, que era irresistible. Cuando una mujer domina un hombre, puede decirse, sin temor de equivocacion, que har de aquel hombre lo que quiera. Angiolina dominaba al comediante por muchos conceptos, lo sabia y se aprovechaba de su influencia. --Oh! qu grata sorpresa, amigo mio! exclam; os encuentro enteramente distinto de como estabais ayer. De lo vivo lo pintado. Y tendi su hermosa mano Cisneros, que la bes de una manera demasiado ardiente, sin que por esto diese muestras Angiolina de incomodarse. --Tan bueno me encuentro, seora, dijo Cisneros, que me parece lo de la estocada un sueo, pero un sueo delicioso, porque he tenido un ngel mi lado. --En que comedia habeis aprendido eso de ngeles y de sueos, Cisneros? --Ah!seora! ser posible que desconfieis todava de mi amor? --Las mujeres deben ser muy desconfiadas, muy cautas, antes de dar un paso que puede decidir de su suerte. --Ah! seora! seora! habeis meditado lo que habeis dicho! exclam Cisneros, plido de emocion, absorviendo en su alma la sonrisa envenenada con que Angiolina habia acompaado sus palabras, por mejor decir con que las habia ilustrado. --Oh! s: he meditado mucho antes de decirlas, y conozco su valor. Angiolina desasi indolentemente su mano de entre las de Cisneros, y fu sentarse en un estrado que habia en la cmara: el comediante fue ansioso sentarse junto ella, y de tal modo se sent, que Angiolina se vi obligada retirarse, obedeciendo las prescripciones del decoro, que nunca olvida una mujer que vale algo, y mucho menos cuando se trata de un hombre de quien se quiere sacar partido, que tiene ingenio, y, como se dice, mundo. --Habeis meditado vuestras palabras! dijo con intencion Cisneros. --Si; ya os he dicho que s. --Las habeis pronunciado con intencion de ser comprendida? --Nunca pregunteis, Cisneros, una mujer acerca de sus intenciones; contentaos con adivinarlas. --Me permitireis que os diga lo que yo he entendido en esas palabras divinas? --Puesto que os parecen divinas habreis comprendido algo que os halague. --Algo que me halague! una vida de felicidad suprema! todo un cielo, seora! exclam con entusiasmo Cisneros. --Pues si habeis comprendido que yo os guardo un cielo, dijo Angiolina con una expresion y una sonrisa terriblemente seductoras, haceos digno de ese cielo. --Oh! es que nadie, nadie sobre la tierra es digno de poseeros, seora. --Teneis atrevida la lengua como las manos, Cisneros, dijo severamente Angiolina. --Ah! seora es que me habeis vuelto loco. --En ese caso ser necesario que os alejeis de m, dijo riendo la jven: no quiero mi lado un hombre que pueda disculparse de todo pretexto de locura. Ademas, aadi con mas severidad, si habeis podido permanecer en mi casa sin escndalo mientras los mdicos han afirmado que trasladndoos peligraba vuestra vida, ahora es distinto: afortunadamente os encontrais curado y fuerte..... --Ah! no, no seora, dijo suspirando Cisneros: me encuentro mas enfermo y mas dbil que nunca: enfermo del corazon, que es todo vuestro; dbil de la cabeza, que llenais con sueos y con visiones insensatas. No, no seora; no saldr de vuestra casa... --Si, si, saldreis por el momento, Cisneros, pero despus volvereis entrar. --Cuando? --Oid y oidme con las manos cruzadas y de rodillas! Habia tal intensidad, tal calor, una expresion tan dulce, tan apasionada en los ojos de Angiolina, que Cisneros cay de rodillas. --Yo os amo! exclam la jven inclinando su rostro sobre el de Cisneros casi hasta tocarle. Angiolina se retir un tanto y mir al comediante: aquella mirada le convenci de que aquel hombre era suyo. Cisneros estaba plido, temblaba, asomaban sus ojos las lgrimas, y su hermosura, porque Cisneros era un hombre hermoso, se habia transfigurado; se encontraba sujeto, esclavo por aquella mujer. --Oh! pens Angiolina, ser el de este hombre amor, deseo, uno de esos deseos frenticos que he inspirado tantos! Luego le alz, le sent su lado y le dijo. --Os amo como nunca he amado: cre amar una sola vez, me sent deslumbrada, pero el hombre quien cre amar no merecia mi amor; fue un error, pero error en el que solo perd momentaneamente algo de mi orgullo: despues... despues me cur enteramente: ese hombre era el marqus de la Guardia. --Ah, seora! --Ya os dije que me enga... y ahora os digo que estoy segura de no engaarme respecto vos. Me amais y os amo. Os amo porque sois grande, porque teneis un alma sublime, porque antes de hablarme solas, habeis hablado mi alma delante de todo el mundo, la habeis hecho estremecerse, comprimirse, espaciarse, alegrarse, entristecerse: yo he corrido ansiosa admiraros, siempre que os habeis dejado admirar del vulgo, y despues, cuando os he tratado de cerca, he visto que sois sublime, grande como comediante, porque como hombre sois grande y sublime. Os amo, Cisneros, con toda mi alma, hasta el punto de despreciarlo todo por vos. Cisneros estaba trastornado, doblegado, bajo el peso de tanta felicidad, sufriendo no un dolor, sino un placer: hubo un momento en que, avaro de mas placer, quiso llevar su felicidad basta el ltimo punto, pero Angiolina le adivin y le dijo: --Respetad en m las costumbres de una mujer honrada: ser vuestra, os lo juro, pero no lo ser sino completamente. --Que quereis decir? --Quiero decir que no ser vuestra sino fuera de la casa de mi esposo; fuera de la crte, cuando ya no hayamos de separarnos jams. --Cmo! y abandonais por m...? --Lo abandono todo. --Pero si os venis conmigo... --Dirn lo que quieran, pero no har ese doble y vergonzoso papel que hacen tantas mujeres sonriendo un tiempo dos hombres, partiendo con dos lo que solo debe ser de uno: ser adltera..... en buen hora..... ser adltera porque os he conocido tarde: pero no mentir.., una mujer puede deshonrarse, pero en la deshonra, como en todo, hay dignidad bajeza: yo no ser jams baja ni cobarde: yo no engaar nunca dos hombres un tiempo. --Pero meditad... --Es que no quereis partir vuestra vida con la mia? vuestro peligro con el mio? --Oh! si, si... pero yo no puedo daros lo que dejais... una posicion envidiable... --Quien os pide mas que amor? --Oh, Dios mio! --Oid: ahora vais salir de esta casa: no volvais ella: pero estad todas las noches en la vuestra despues de media noche. Cuando menos lo espereis yo ir llamar vuestra puerta vestida de viaje... yo ir arrojarme en vuestros brazos y partir despues. --Ah, seora! aseguradme que no sueo, que estoy despierto: que sois vos la que eso me decis... --Si, si, soy vuestra, enteramente vuestra... pero fuera de la crte, donde nadie nos conozca. Adios. Angiolina se levant, atraves ligera y gentil la cmara y antes de atravesar la puerta volvi el rostro Cisneros y le sonri. --Ah! ah! exclam Cisneros: es hermosa, hermossima, divina: pero se ha vuelto loca... dejar la altura en que se encuentra colocada..! obligarme m, Cisneros, dejar la crte! oh! esto es imposible! imposible! pues bien: procuraremos que esta mujer sea racionalmente nuestra querida de lo contrario abandonemos la empresa: bien s que la posesion de esa mujer aumentar mi renombre.... pero el prncipe don Carlos! mis proyectos! proyectos que un dia deben hacerme grande..! bah! bah! es necesario que nos dominemos y que pueda mas la cabeza que el corazon. * * * * * Cisneros sali aquel mismo dia de la casa de Angiolina, donde, por decirlo asi, habia estado incomunicado: cuando supo lo que pasaba en la crte se aterr: el prncipe don Carlos estaba confinado en su cuarto en el alczar, bajo pretexto de enfermedad: acerca de la hermosa duquesita se decian cosas horribles, y no se la llamaba entre las cortesanas mas que la sultana enamorada. El emir de los monfes estaba herido y preso en el Santo Oficio; la princesa Angiolina no se presentaba en la crte, y su esposo estaba procesado en rebelda por asesinato intentado contra el duque viudo de la Jarilla. Pero el prestigio de la princesa se mantenia en pi; nadie se le habia ocurrido que ella hubiese sido ni remotamente la causa de la herida del duque moro, como se le llamaba, ni se creia tampoco que el prncipe, quien nadie conocia, hubiese realmente cometido aquel crmen. Cisneros se encontr perplejo sin saber que partido tomar, y de su inaccion, de su perplejidad, sac en claro que estaba realmente enamorado de Angiolina. En cuanto lo que debia hacer, el cardenal arzobispo de Toledo, se tom la molestia de prescribirselo. El licenciado Pelegrin, secretario privado de su seora[11] habia intimado de rden de su seor Cisneros que en el trmino de tercero dia saliese de la dicesis de Toledo (en la cual estaba como ahora comprendido Madrid) porque con su mala conducta, irreverencia y trato peligroso con el prncipe de Asturias, estaba dando escndalo todos los hombres de lealtad y religion. Hubo de resignarse Cisneros esto y aun lo atribuy una intriga de la princesa, lo que, como le alhagaba se consol en parte. Pero queria disculparse al menos con su seora el cardenal arzobispo de Toledo y escribi su secretario la carta siguiente; Seor licenciado Pelegrin: he recibido primero con gusto, y he leido despues con sumo dolor de mi alma, la rden que vuesamerced me ha enviado con un papel en que su seora el cardenal arzobispo de Toledo me manda que en trmino de tercero dia salga de su dicesis. Sintolo por muchas razones, y la principal de ellas, porque hacindose pblico este mandamiento, pueden creer las gentes, no solo que soy mal cristiano, lo que es ya mucho, sino que soy mal hombre. Dcese en la rden que yo traigo su alteza en vicios y malas costumbres y bien sabe Dios, seor, que si yo sirvo al prncipe es como criado; que le sirvo lealmente y que estoy los reparos de todo. Buena muestra es de ello la estocada que recib y que me ha tenido muy al cabo, causada, no por imprudencias mias, sino por la tenacidad de su alteza en servir cierta dama de quien se habla mucho estos dias en la crte. Por mi parte, aunque me ha dejado muy dbil esta herida, que ha sido tal como recibida de mano airada, saldr antes de tres dias buscar mejores venturas por esos mundos, obedeciendo como esclavo lo que me ordena su seora el arzobispo.--Dios guarde vuesamerced, seor licenciado. De esta su casa los veinte dias del mes de julio de 1567.--Andrs Cisneros. Al dia siguiente recibi Cisneros esta otra carta. Mi buen amigo: haced vuestra maleta y venid buscarme: por razones que podeis adivinar no he querido ir vuestra casa. Os espera en la venta de los Angeles con un coche de camino, quien tanto os ama que todo por vos lo deja.--Angiolina. El seor Andrs Cisneros, pues, meti en su maleta sus joyas y sus dineros; en sus cofres sus ropas de comediante, las carg en un carro y sali de Madrid con su amor y sus aventuras, no sin cuidarse de decir antes sus conocidos, para que lo divulgasen, que se iba acompaado por la princesa Angiolina. Cisneros, que indudablemente se hubiera hecho interesante entre las damas durante ocho dias, solo por haber sido desterrado por el arzobispo de Toledo, lo estuvo siendo durante quince por la circunstancia de haberse llevado consigo la hermossima princesa Angiolina Visconti. CAPITULO XX. De cmo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que no podian todo lo que querian. Menudeaban las cartas. Poco despues de haber salido de la crte Cisneros, y de haber desaparecido de ella Angiolina, recibi el cardenal inquisidor general don Fernando Valds, la siguiente irreverentsima epstola; Verdugo con sotana: te aviso de que se me va acabando la tinta con que te he escrito varias veces, advirtindote de que te abstengas de atormentar al emir de los monfes, mi seor, que si se encuentra en tu poder es porque aun no puede movrsele por el estado de su peligrosa herida. Vuelvo, pues, advertirtelo, y que, como la tinta se me acaba, la renovar con tu sangre, que como alimentada de sangre humana, es de la mejor calidad posible. Y no desprecies este mi ltimo aviso como los anteriores, porque sino te haces mas humano, tomar tu sangre, aunque te rodees de familiares, y te escondas en las entraas de la tierra.--Un moro tan moro como Mahoma, vasallo del poderoso emir de los monfes, que vive en Madrid, que te ve todos los dias y todos los dias habla contigo; que se llama entre los cristianos como quiere, y entre los moros, sus hermanos, Harum-el-Geniz. Entrle cierto miedo al bueno de don Fernando Valds, con la lectura de esta carta, que se habia encontrado sobre su mesa, sin que nadie la hubiese llevado no ser un duende un espritu. Y tenia razon para intimidarse el inquisidor general, porque asi, de la misma manera invisible, habia recibido otras misivas amenazadoras, en las cuales se le habia hecho ver que habia quien conocia lo que pasaba dentro de la crcel del Santo Oficio, como si fuera lo mas pblico, pesar de que se creia muy reservado. Supuso, y no sin razon el cardenal, que quien tenia poder natural sobrenatural para sorprender los tenebrosos secretos de la Inquisicion, lo tendria tambien para cumplir lo que amenazaba. Aguijado, pues, por el miedo, llam un tremendo inquisidor llamado Molina de Medrano, calificador de la Suprema y fiscal de la general Inquisicion, y por no permitirle sus achaques ir en persona ver al rey, encarg Medrano que llevase aquella insolente carta su majestad, y que le dijese, que estando ya el preso en estado de prestar declaracion, podia pedirsele la indagatoria para abreviar de este modo, y salir de una vez con un ejemplar castigo del cuidado de aquel preso, que segun muchas y repetidas pruebas era peligroso. Parti el licenciado Medrano con la carta y el mensaje, orgulloso y contento porque se le presentaba una ocasin de hablar al severo Felipe II, dificilsimo de ver para ciertas gentes en razon de la rgida etiqueta de la casa de Austria; lleg las antecmaras y se hizo anunciar para un asunto que ataia la religion y nombre del inquisidor general, merced lo cual fue introducido, no sin que tuviese que esperar dos horas largas en la antecmara de audiencias. Oy sin pestaear el rey su mensaje, ley y reley detenidamente la carta de Harum el-Geniz, medit sobre ella un gran rato y luego dijo: --Decid al cardenal que v por todas partes visiones de moros: que no sea tan asustadizo: que en nuestra crte estamos seguros de tales duendes, y que en todo caso, obligacion suya es morir, si necesario fuese, por nuestra santa religion; que no se atormente al preso, porque atormentndole se dilatar mas su cura y la posibilidad de sujetarle, como Dios manda, sano y bueno, la prueba del tormento: y puesto que el cardenal cree que ese moro puede prestar declaracion indagatoria, decidle que me envie una rden en forma, para que una persona encubierta pueda entrar en el calabozo del preso y permanecer solas con el. Por lo dems, advertid al cardenal, que no ponga mano en esto, porque todo lo que respecta ese hombre es asunto mio. Que se componga all como pueda en averiguar quien le envia estas amenazas, que bastantes familiares y alguaciles tiene, y que no volvamos hablar de esto. Id, pues, en paz, Medrano, y cuidad de que se me envie al momento esa rden. Y volviendo el rey las espaldas al licenciado, le dej hecho una esttua. --O el inquisidor general no sabe lo que se pesca, dijo Molina de Medrano para su manteo, mientras sala de la cmara, el rey no sabe el terreno que pisa. Hum! con reyes como este la Inquisicion no sirve mas que para gitanos, brujas y buhoneros. Es mucho, mucho rey don Felipe! Cuando sali del alczar Molina de Medrano era ya de noche, merced las dos horas que le habia hecho esperar el rey; entonces alrededor del alczar y en la parte que ahora se llama Plazuela de Oriente, existia un enmaraado laberinto de callejuelas, por las cuales era aventurado meterse de noche, pesar de su proximidad al alczar. Distraido Molina de Medrano, se aventur por ellas, y no lo repar hasta que ya estaba en el centro del laberinto. --Hum! dijo; malos sitios son estos, muy malos, y especialmente para quien tiene enemigos. Y apresur el paso. De improviso y sin que antes hubiera sentido pisadas ni otra seal que le revelase la aproximacion de persona alguna, sinti una mano que se apoyaba pesadamente en su hombro derecho, y al volver la vista hcia aquel lado, vi ante s un bulto envuelto en una capa, pesar del calor de la estacion, cubierto con un ancho sombrero, y mostrndole dos dedos de los ojos otro objeto terrible, esto es, el caon de un pistolete. --Socorro! grit instintivamente el inquisidor. --Eh! silencio! exclam una voz amenazadora, si quieres que hagamos ruido, hagmosle en buen hora: pero te juro que ese ruido pasar muy pronto. --No llevo dinero conmigo, dijo todo trmulo Molina de Medrano. --Por Mahoma! y quin te pide dinero, clrigo? exclam el embozado. Aquel _por Mahoma_, fue un rayo de luz, por mejor decir, un relmpago que ilumin el turbado pensamiento de Medrano. Aquel hombre era mucho mas temible que un ladron vulgar, porque aquel hombre era, sin duda, un monf. --Qu me quereis? dijo Medrano haciendo un esfuerzo para hablar. --Muy poca cosa, amigo mio, contest el embozado; quiero que me sigas. --Qu os siga! y dnde? --Cerca de aqu. --Pero qu quereis hacer de mi? --Lo que t haces con todos, todos los dias y todas horas: interrogarte, y si no contestas sujetarte al tormento. --Ved que lo que pretendeis hacer os pudiera pesar. --Lo que te interesa sobre todo es salvar tu vida obedecindome: no siempre has de mandar t: con que agarrate mi brazo y sgueme. Y esto diciendo, asi el brazo derecho de Molina de Medrano, le sujet bajo su brazo izquierdo y tir del inquisidor, que opuso resistencia. --Escucha, clrigo, le dijo el incgnito, si resistes, por la santa Kaaba que te envio cenar con el diablo, que hace mucho tiempo que debe de tener la mesa puesta esperndote. Adelante y silencio! Molina de Medrano se dej arrastrar, temblando como un raton entre las garras de un gato. Su apresador le hizo rodear dos tres callejas lbregas, y en una de ellas se detuvo y lanz un largo silbido. Instantneamente, de detrs de una esquina salieron otros cuatro hombres que adelantaron y rodearon al inquisidor, que perdi toda esperanza. --Ser preciso que consientas en que te vende los ojos, dijo el que hasta all le habia conducido. --Ved lo que haceis, repiti Medrano, queriendo valerse como de un arma poderosa del terror que imponia todo el mundo la Inquisicion, de que era uno de los mas terribles ministros. --Tambien ahorcan al verdugo, amigo Molina, dijo uno de los recien llegados, con la diferencia de que nosotros, si es necesario ahorcarte, te ahorcaremos con mas humanidad que como vosotros lo haceis: te dejaremos elegir la cuerda y la altura. Vamos, estate quieto y concluyamos, que se va haciendo tarde. Y diciendo esto, sac un pauelo, le prepar en forma de venda, y cubri con l los ojos del inquisidor, que cediendo las circunstancias: no opuso la menor resistencia. Poco despues Medrano sinti que le metian en una litera, y luego que aquella litera se ponia en marcha. Fuese por desorientarle, fuese porque efectivamente recorriesen una gran extension, la litera, y junto ella los embozados, cuyas pisadas sentia el prisionero, anduvieron durante una hora. Al cabo de ella sinti que una puerta se abria, pararon la litera y los hombres y se abri la portezuela. --Sal, dijo la voz del hombre que le habia apresado. El inquisidor sali. Una mano asi una de las suyas y tir de l, conducindole en la extension de algunos pasos en lnea recta. Luego la misma voz le dijo. --Aqu hay una escalera. Molina de Medrano baj y tuvo cuidado de contar los escalones. Cuando hubieron llegado al ciento cincuenta su guia le dijo: --Ya no hay escalera. El inquisidor sigui siempre asido y llevado, y cont doscientos pasos por un pasadizo tortuoso y humedo, cuyo fin se abri una puerta y se torn cerrar. Entonces el hombre que le conducia le quit de los ojos el pauelo. Molina de Medrano la luz de una vela de sebo que ardia sobre una mesa, vi un aposento reducido, humedo, y por nicos muebles una silla, la mesa que hemos indicado, y sobre ella un tintero, papel blanco y una buga. Ante l habia un hombre: aquel hombre era alto, fornido, vestia coleto de ante, greguescos pardos, calzas rojas y zapatos de ante con lazo: llevaba en su talabarte una espada de voluminosa empuadura, una daga con enorme guardamano, y un par de pistoletes pedreales de extraordinaria longitud; tenia cubierta la cabeza con un sombrero ancho de alas caidas, el rostro con un antifaz de cuero, y los hombros con una ancha capa parda. --Que tal te parece esto? dijo aquel hombre sentndose en la nica silla que habia, y sealando con un ademan al inquisidor el aposento en que se encontraban; no es muy hermoso que digamos, pero no son mucho mejores vuestros calabozos de la Inquisicion. Aqu lo menos no hay cadenas, ni ruedas, ni hornillos, pero te advierto que no te fies mucho de esto, porque ya, sin esos trevejos, encontrar medio de darte tormento si te niegas hablar. Veamos, aadi el incgnito ponindose en posicion de escribir; apunto mi primera pregunta. Ha recibido el inquisidor general don Fernando Valds, una carta firmada por un moro? Molina de Medrano que se habia decidido por sacar su pellejo lo mejor librado posible, contest con un s categrico. --Has estado esta tarde en casa del inquisidor general? --Si. --El inquisidor general te ha enviado ver al rey? --S. --Has esperado en la antecmara de audiencias dos horas largas? --Lo sabeis todo! --No importa. Contesta. --Si. --Qu mensaje has llevado al rey? Molina de Medrano declar al pi de la letra cuanto habia hecho desde que sali de casa del inquisidor general, y cuanto le habia mandado y dicho el rey. --Bien; perfectamente; dijo aquel hombre: eres dcil y mereces que te tratemos bien. Firma esta declaracion. --Pero... balbuce el inquisidor. --Espero que no me obligars tratarte con dureza. Era tan amenazador el acento del enmascarado, que Molina de Medrano ocup el asiento que aquel habia dejado vaco, y firm. --Ahora toma otro papel. --Otro papel! Y para qu? --Escribe con letra clara y puo firme lo que voy decirte. --Espero que no tratareis de perderme. --No; pero trato de asegurarte. Escribe. Y dict al inquisidor lo siguiente: Mi buen amigo Harum-el-Geniz: agradecido las ddivas que os debo... --Pero esto me deshonra! exclam el inquisidor. --Escribe te mato, murmur sordamente el encubierto, y continu: ... las ddivas que os debo, no puedo menos de avisaros que he ido ver al rey esta tarde de rden del inquisidor general, que ha recibido vuestra carta. El rey me ha mandado pedir al inquisidor general, una rden para que se permita entrar un encubierto en la crcel del Santo Oficio esta noche. Como esto tiene, sin duda, relacion con el emir, os lo comunico para que esteis avisado y tomeis las medidas que creais oportunas. Os advierto que el inquisidor general tiene mucho miedo, y que podreis hacer de l cuanto querais. De lo que haya de nuevo os avisar, como debo. Gurdeos Dios. De esta vuestra casa veintidos dias del mes de julio de 1567.--El licenciado Molina de Medrano. El inquisidor escribi sudando y de la mejor manera que pudo esta carta, que su tirnico apresador ley detenidamente. --Cirrala tu modo, le dijo despues de leerla, y pon en el sobrescrito: Sidy Harum-el-Geniz, wal del poderoso emir de los monfes. El sacrificio estaba consumado: Molina de Medrano estaba cogido: por mas que declarase la violencia de que habia sido vctima; por mas que se preparase, estaba seguro de que, si aquella carta iba dar en manos del inquisidor general, era hombre perdido. Ademas de esto, y acaso porque fuese verdad, acaso por aterrarle, el encubierto le dijo: --Vamos ven: voy ponerte en libertad para que vayas casa del inquisidor general; pero cuenta con lo que hablas en ella, porque hay all ojos y oidos que ven y oyen, cuanto nosotros queremos ver y oir. Volvile vendar los ojos, le sac fuera del subterrneo y de la casa, de la misma manera que le habia llevado ella, y luego, despues de haber dado vueltas y revueltas, se abri la portezuela y una mano le condujo alguna distancia. Poco despues sinti que el que le habia conducido se alejaba, y se quit el pauelo de los ojos: encontrse en una calle lbrega y delante de la luz de una imgen: aquella luz el inquisidor vi el pauelo con que le habian vendado y se estremeci: aquel pauelo estaba manchado de sangre. Dominse lo mejor que pudo, se orient y vi que estaba muy cerca de la casa del inquisidor general, la que se dirigi entrando en ella mas muerto que vivo. Una hora despues sali. Al poco tiempo conoci que un hombre embozado le seguia: apresur el paso, pero el embozado le apresur tambien: desgraciadamente marchaban por una calle solitaria, y no habia una sola puerta abierta ni pasaba una sola persona. Entrle Medrano un miedo mortal, y se di un trotecillo picado que tenia todas las seales de fuga. --Diablo, dijo el que le seguia, y como huis de los amigos, seor licenciado! El inquisidor se estremeci: habia reconocido la voz del que anteriormente le habia apresado, pero estaba cerca la desembocadura de la calle, y prob ganar la esquina. --Me vais obligar que os demuestre que una pelota de pistola corre mas que vos, amigo mio, dijo roncamente el tenaz perseguidor. A aquella insinuacion, Molina de Medrano se detuvo y qued inmvil, como si se hubiera convertido en una esttua. El embozado, quien llevaba mucha delantera, lleg l. --Adnde vais? le dijo. --Al alczar. --Llevais, pues, la rden pedida por el rey? --Creo que si. --Venid este soportal. El inquisidor obedeci y sigui al embozado un soportal oscuro. All fue registrado escrupulosamente: no llevaba consigo mas que un pliego cerrado, cuya oblea estaba todavia fresca. --Esperadme aqu, le dijo aquel hombre. --Pero os llevais la rden? --Yo volver traersla... --Pero... --Esperad. Molina de Medrano se resign y esper un cuarto de hora escondido en el soportal, y temblando, que volviese el terrible incgnito. Cuando este volvi le entreg el pliego. --Veo con satisfaccion que no me habeis engaado, le dijo: es efectivamente la rden consabida. Id y llevdsela al rey. Cuidad de no tomar una necia precaucion, de procurar prenderme; porque no lo conseguiriais, y la prueba os costaria muy cara. Id en paz; llevad al rey esa rden, y no tengais miedo por el camino, porque yo os acompao. Molina de Medrano sali todo trmulo y desconcertado, y tom la direccion del alczar: por mas que aguz el oido y volvi cautelosamente algunas veces la cabeza durante el trnsito, no pudo notar tras s ninguna persona. Una hora despues sali del alczar, y escarmentado ya, vari de direccion y tom hcia la iglesia de Santa Mara. Pero al pasar bajo el arco, que entonces existia en aquel lugar, se despeg de la pared un bulto, que fue para el inquisidor una aparicion lgubre. --Seguidme, dijo aquel hombre. No era la misma voz, pero el aspecto del nuevo encubierto era enteramente igual al del anterior. Molina de Medrano obedeci y sigui su nuevo tirano hcia la calle de Segovia, murmurando: --Dios mio! ese condenado moro, tiene monfes en todas partes! * * * * * * * * * * Entre tanto en la casa del inquisidor general, acontecia una escena que no debemos pasar en silencio. Apenas habia salido de ella Molina de Medrano, un familiar anunci don Fernando Valds, que el seor don Luis de Robles deseaba hablarle. --Oh! me viene como llovido del cielo! murmur el cardenal, despues de haber mandado que le introdujeran. Entr poco un jven como de veinticuatro aos, al parecer caballero, y gentilmente vestido. --Guarde Dios vuesamerced, seor familiar, dijo dulcificando su acento, generalmente spero, Valds; y que me place de veros! venid, venid sentaros mi lado! estos malditos humores me tienen postrado en este sillon; y luego los sinsabores que debo mi oficio de inquisidor general me irritan la gota. Venid, venid ac, valiente caballero. Pareceme que cada dia estais mas contento de la predileccion con que os miro, y de las honras que os hace el Santo Oficio. --Ah, seor cardenal! dijo el jven llevando un sillon junto la poltrona del prelado, y sentandose con noble soltura; indudablemente que todo lo debo vuestra seora, no mis pobres merecimientos. --No tal, no tal; vos sois uno de los miembros mas tiles del Santo Oficio, y vuestra fe cristiana, y vuestro celo por la honra de Dios y nuestro catlico monarca, su imgen sobre la tierra, debemos muchas noticias acerca de ese asunto de los monfes, de ese asunto que se va haciendo terrible. --Dbese la casualidad, seor cardenal; ya os dije que he estado cautivo en Argel dos aos, lo que me ha servido para aprender la lengua de los moros, y por doble desgracia, al saltar en tierra de Almuecar, y en mi primer jornada por las Alpujarras, fu apresado de nuevo por los monfes y obligada mi familia pagar un crecido rescate. Estas desgracias, sin embargo, han sido una felicidad para mi, puesto que me proporcionan ciertos medios para entenderme con esa gente... la conozco sobre todo. --Y creeis que haya en Madrid algunos de ellos? --Si lo creo! no tengo duda. El emir es hombre que nunca entra en un lugar sin dejar cubierta la salida. --Pero no habeis podido descubrir..... --Esto es difcil: por su costumbre de tratar con los cristianos, esos moros hablan perfectamente nuestra lengua, pueden disfrazarse y proveerse de papeles falsos que prueben un nombre y un parentesco cualquiera; venir la crte y entrar al servicio del mismo rey, sin ser conocidos. --Pero y bien... --Trabajo por ponerme en el caso de dar con el nido, mejor dicho, con los nidos que deben tener en la crte esos traidores. A propsito, valindome de mi cualidad de familiar del Santo Oficio, y de la autorizacion que tengo para entrar en los calabozos de todos los presos sin excepcion, he bajado hoy al del emir de los monfes. --Y se encuentra en estado de sufrir la prueba del tormento? --Oh! no seor! est fuera de peligro pero muy dbil: nada se conseguiria. --Ah! ah! ese hombre le protege lo mismo que le ha puesto en nuestro poder: pero no importa: dicen que puede prestar declaracion. --Su razon est despejada y fuerte, de lo que he podido juzgar en dos horas que he estado hablando con l. --Y de qu le habeis hablado? --Le he propuesto lisa y llanamente, para inspirarle confianza, que si me d una gran cantidad de dinero, le procurar su fuga. --Y... qu os ha respondido? --Oh! es un hombre terrible: me ha dicho con la serenidad mas completa:--Agradezco vuestros servicios, pero yo no estoy preso, caballero. --Cmo! pues ya diremos si est preso no ese jactancioso. Hum! Y Valds contuvo una tos profunda que habia causado en l la irritacion. --Me ha hablado ademas de sus proyectos, como si se encontrase ni mas ni menos, entre sus bandidos de las Alpujarras. --Sus proyectos...! sus proyectos! y qu proyectos son esos? --Hacer la guerra al rey. --Hum! hanme dicho que los moros como los andaluces, son muy fanfarrones. --Eso dice quien no los conoce, dijo con cierto acento particular el jven. --Y vos creeis conocerlos? --Bah! como os conozco vos, seor cardenal. --Ah! me conoceis...! --Si por cierto: s, por ejemplo, que el emir Yaye-ebn Al-Hhamar, se escapar de las prisiones del Santo Oficio, como s que t, Fernando Valds, tienes miedo de tenerlo preso. Para comprender esta variacion de tono del familiar, debemos advertir, que poco antes de pronunciar estas palabras, habia resonado en la calle un silbido particular. --Qu significa esto? exclam dominado por la sorpresa y por la clera Valds. --Esto significa, que tienes delante un monf en cuerpo y en alma; un moro disfrazado de cristiano. --A m! pages! familiares! exclam plido de espanto el inquisidor general, apoyando fuertemente sus manos en los brazos del sillon, y procurando, aunque intilmente, levantarse. --No grites ni te esfuerces, viejo, dijo sin variar de tono el jven, en cuyo acento se notaba nicamente un profundo desprecio: en tu casa, desde ahora hasta que est libre el emir, no hay mas que monfes; tus pages y tus familiares estn encerrados y no acudirn tu voz. En cambio, observa. Ola! exclam el jven con acento de autoridad. Inmediatamente apareci en la cmara un hombre de las peores trazas posibles, verdadero truan de plaza, que adelant con desenfado. --Ha llegado la hora de aplastar la cabeza este viejo vbora, Suleiman? dijo aquel hombre dirigiendo la palabra al jven, y una mirada de odio salvaje al cardenal. --No, Jafar, pero ser muy posible que haya necesidad de apretarle los pulgares, lo que debes evitar, cardenal, porque ests achacosillo y delicado, aadi volvindose Valds que estaba mudo de sorpresa, de miedo y de clera; te ruego que te tranquilices, fin de que puedas escribir con seguridad y de manera que nadie dude de tu escrito, una rden para el alcaide de la crcel del Santo Oficio en Madrid, fin de que me entregue la persona del duque de la Jarilla, para trasladarle la crcel del Santo Oficio en Toledo. Lo que te pedimos no es gran cosa. Qu te importa que quemen no quemen al emir? --Oh! s le importa Suleiman; porque si el emir muriese entre las garras de estos clrigos, seria cosa de llevarse algun tiempo agujereando sotanas pualadas, dijo ferozmente Jafar. --Morir como mueren los mrtires, dijo Valds, desmintiendo con lo trmulo de su voz lo valiente de sus palabras. --No perdamos el tiempo en sandeces, dijo Suleiman: esta es una lucha en que has sido vencido, con las mismas armas que has querido usar contra el emir; t has querido conocer, descubrir los monfes por medio de un traidor: un monf te ha ganado por la mano, engandote, fingindose cristiano y verdugo infame como t: acepta, pues, tu suerte, y no la hagas peor de lo que es: no nos obligues cometer una violencia que siempre es repugnante cuando se trata de hombres que solo saben matar hombres fuertes, armados, frente frente y con peligro. El mismo exceso del terror oper una reaccion en el cardenal, que tent un medio de salvacion. --Estais jugando vuestra vida, dijo, en una empresa descabellada: un acaso puede revelar vuestra existencia en mi casa, y sois perdidos. --Oh! oh! y cun amoroso nos trata! dijo el monf que habia entrado y que permanecia como un espectro amenazador, de pi delante del cardenal y con su membruda mano puesta sobre su daga. --Os trato con la caridad de un cristiano, como debe trataros un prncipe de la Iglesia; quiero que no perdais vuestro cuerpo y vuestra alma. --Ests procurando ganar tiempo, cardenal, dijo Suleiman, y te advierto que esto es de todo punto inutil: cualquiera que venga tu casa encontrar en la puerta familiares, que son monfes como yo; familiares que dirn todo el que llegue que ests enfermo y no puedes recibir nadie. En todo caso el que entre, no saldr, te lo aseguramos, y si yo te pido esa rden, es solo para causar menos escndalo. Qu, no tengo yo una rden tuya que me autoriza para entrar con mis alguaciles en la crcel del Santo Oficio? Valds tent un nuevo medio de salvacion. --Puedo haceros ricos, dijo: puedo cubriros de oro; fijad el lmite vuestra ambicion, y lo que me pidais ser vuestro. --Si algo tomamos tuyo, mal clrigo, ser la sangre, exclam Jafar, sacando con un movimiento enrgico su daga de la vaina y dando un paso hcia el prelado. Este lanz un grito horrible. --Eh, silencio! dijo Suleiman: la rden tu vida, cardenal! Diciendo esto Suleiman tom un libro en folio que habia sobre una mesa, busc un pedazo de papel, le puso sobre el libro, tom una pluma del tintero, y puso aquel libro con aquel papel sobre las rodillas del prelado y en su mano la pluma. En tanto Jafar alumbraba con una buga, y en la otra mano tenia desnuda su daga. El inquisidor general comprendi, que habia llegado el momento de elegir entre el martirio hacer al rey y al Santo Oficio traicion y se decidi por la traicion. Tom la pluma y ya enteramente entregado se puso en la actitud del que espera que le dicten para escribir. Suleiman estaba perfectamente enterado de la forma, por decirlo asi, chancilleresca, usada por la Inquisicion en estos casos, puesto que dict sin detenerse lo siguiente: Nos don Fernando Valds (seguian todos los cargos dignidades y ttulos del cardenal.) Por la presente mandamos el alcaide de las prisiones del Santo Oficio de la Inquisicion de Toledo en Madrid, entregue al familiar don Luis de Robles y los ministros que le acompaen, el cuerpo de don Juan de Andrade, preso en la dicha crcel del Santo Oficio de Toledo en Madrid, sin ponerle oposicion, ni obstculo alguno, bajo pena de excomunion mayor, perdimiento de oficio, y dems que hubiere lugar. Dado en Madrid 22 de Junio de 1567.--Don Fernando Valds. --Falta el sello, dijo Suleiman. --Oh! oh! exclam el cardenal; que falta el sello! pero el sello no le tengo yo; le tiene el consejo de la Suprema. --Pero t tienes un sello superior, y yo s donde est ese sello. Suleiman fu una mesa; forz con su daga uno de los cajones, le abri, sac de l una barra de lacre verde y un sello de hierro, derriti algun lacre sobre el papel, estamp sobre el lacre el sello, y luego, volvindose triunfante al cardenal exclam: --Deseabas conocer los monfes, cardenal, y los has conocido: pero has tenido mas suerte que otros que solo les han visto el rostro para morir. Tras estas palabras sali, dejando encargado Jafar de la guarda del cardenal. Dos horas despus se oyeron tres silbidos en la calle: entonces Jafar, que se habia sentado frente al cardenal, se levant, at fuertemente al inquisidor con una cuerda que sac de su bolsillo, y sin consideracion su edad ni al estado de su salud, le puso una mordaza. --Es necesario procurar que no grites, le dijo, y des la alarma antes de que nos hayamos puesto en cobro. En pasando una hora te desafiamos y lo mismo tus sabuesos para que nos encuentres. Me voy con el sentimiento de no dejarte mudo para siempre; pero quien puede mas que yo no lo quiere. Pdele Dios no ver otra vez delante de t, los monfes de las Alpujarras. Y el impo hizo una mamola al prelado, di una zapateta, se le ri en las barbas y sali. Don Fernando Valds, se qued rugiendo tan fuerte como se lo permitia la mordaza. CAPITULO XXI. De lo que pas en un calabozo de la Inquisicion de Madrid. Dos horas antes de acontecer lo que en el captulo anterior dejamos referido, se detuvo delante de la puerta de la crcel que tenia en Madrid la Inquisicion del arzobispado de Toledo, una litera conducida por dos hombres y escoltada por otros cuatro y sali de ella un hombre embozado. Precedile uno de los que escoltaban la litera, que llegando la guardia, hizo llamar al alcaide y cuando este estuvo presente, el embozado que de la litera habia salido, mostr en silencio un papel al alcaide, el cual, penas hubo leido el papel, dijo quien se lo habia dado: --Sgame vuesamerced. --Despues de haber abierto dos fuertes rastrillos, de haber recorrido callejones y patios y de haber bajado escaleras, el alcaide abri la puerta de un calabozo, situado en un stano, introdujo en el al embozado. --Cuando quisiereis salir, le dijo sealndole una cuerda que pendia dentro del calabozo de la pared, tirad de esta cuerda. Y dej dentro al embozado, cerr la puerta y se sintieron sus pasos que se alejaban. El embozado mir en torno suyo, y se encontr en un espacio cuadrado, estrecho, de bveda baja, sin mas muebles que un lecho, una mesa y una silla. En la mesa habia una luz, algunas redomas, hilas y vendajes; y en el lecho un hombre que estaba vuelto el rostro la pared y que no se movi, pesar de la presencia del embozado en el calabozo. Mirbale profundamente el recien llegado entre su embozo y el ala de su sombrero, pero pas algn espacio sin que dijese una sola palabra. Al fin dijo con acento breve y duro: --Duque de la Jarilla! --H aqu que te esperaba, y no me he engaado, dijo Yaye sin volverse. --Creo, Dios me perdone, que os permits tutearme, dijo con una clera mal contenida el embozado. --Y bien no somos iguales? dijo Yaye. --Iguales! --Si por cierto: los dos somos reyes. --Por quien me tomais? --Te tomo por quien eres: por mi enemigo el rey de Espaa. --Oh! esto es ya demasiado! exclam el encubierto quien irritaba lo sereno del acento de Yaye. Os atreveis llamaros enemigo del rey? --Vaya si me atrevo: y me he atrevido mucho mas y sabe Dios hasta que punto me atrever en lo sucesivo. --Es decir que creeis veros libre! --Tanto como lo creo. Cuando menos lo esperes, don Felipe, la Inquisicion ir decirte que ha encontrado mi calabozo vaco. --Solo un medio teneis de veros libre, duque. --Ah! y vienes t, seor rey, proponerme ese medio? --S, vengo, yo, don Felipe, quien llaman el prudente, verte en tu calabozo (y el rey, que l era, se descubri); vengo hablar contigo aqu, donde nadie puede oirnos: vengo ver hasta donde llega tu audacia, y sobre todo escuchar yo solo tu confesion. --Entre vosotros siempre se confiesa al que va morir. --Y crees t que si yo quisiera vivirias mucho tiempo? --Prueba matarme. --Otros que se creian fuertes y poderosos..... --Han muerto una sola palabra tuya, ya lo s..... pero t no me matars, don Felipe. --Y en que te fundas para tener esa seguridad? --En que no puedes matarme. --Te proteje el diablo? dijo con un acerado acento de sarcasmo el rey. --Tal vez: tal vez me proteja Satans: por lo pronto las seales de mi odio estn ya en tu familia: --En mi familia! --El prncipe don Carlos tu hijo, tu heredero, te hace traicion. --La prueba! --No tardar el mismo prncipe en drtela. Estremecise profundamente el rey. --Y has sido, t, t monf, quien has impulsado la rebelda mi hijo? --Ha sido primero Satans, que le ha dado perversas inclinaciones, y luego yo, que soy tu enemigo, que necesito vencerte, y vengar con tu desgracia, con una horrible desgracia, las infamias, las crueldades que has cometido contra los mios. --Tu audacia, solo es comparable tus delitos, dijo el rey. --Mis delitos! y hablas t de delitos, verdugo coronado! Nunca, el rey don Felipe se habia oido tratar de tal modo: nunca, l, tan celoso de su autoridad, tan dspota como todos los dspotas de la historia juntos, habia necesitado de tanta fuerza de voluntad para dominarse: sin embargo, como Yaye poseia terribles secretos, muchos de los cuales ataian al prncipe su hijo, no queria que nadie pudiese oir las revelaciones del emir de los monfes, y estaba resuelto todo para arrancarle la confesion que anhelaba; por otra parte, tales eran sus intenciones con respecto Yaye, que solo veia en el un cadver. --Te estoy probando mi magnanimidad y mi grandeza, le dijo, cuando tolero tu osadia: ests herido y preso, y es necesario que se conozca cuanta diferencia hay entre un prncipe cristiano y un capitan de bandidos. --Y por qu vienes t solo, rey, encubierto, de una manera vergonzosa, visitar al capitan de malhechores? No hay verdugos en tus reinos, es que me crees tu igual y quieres que este asunto se quede entre los dos? Don Felipe estaba mudo de asombro. Yaye que hasta entonces habia permanecido echado, con el rostro vuelto la pared, se levant, se sent sobre el lecho y dijo contemplando frente frente al rey: --Tu soberbia, le dijo, no te deja comprender la razon que tengo para ser tu enemigo. Sin embargo, debia bastarte para conocerla, saber que yo soy rey de los moros de las Alpujarras. --De los bandidos, querras decir. --En buen hora; pero entonces t tambien eres un rey de bandidos. --Yo! --Si, t, nieto de la reina Isabel, hijo del emperador don Carlos, es decir descendiente de una raza maldita que se ha alimentado con sangre humana y con lgrimas de desesperacion. --Me habian dicho que los monfes erais una gente braba y desalmada, pero no me habian dicho que erais maldicientes: hasta donde llegar tu audacia, moro! --Escchame con calma y no me interrumpas, rey. Cuando un hombre es enemigo de otro, y sobre ser su enemigo es caballero y leal, debe procurar que se conozcan los motivos de su enemistad.--No es la causa de mi odio hcia t ni hcia los tuyos, el que en tiempos de los Reyes Catlicos, tus bisabuelos, fuese conquistado por ellos el reino de Granada. El Dios de las batallas, el Dios fuerte, el Dios Altsimo y Unico, da la victoria la quita; hace esclavo al seor y seor al siervo. Dios lo quiso! mi pueblo hubiera obedecido las leyes del vencedor, si el vencedor hubiera cumplido religiosamente las capitulaciones pactadas con el vencido: pero esto no sucedi: esas capitulaciones han sido rotas: tus capitanes generales han azotado y maltratado los moriscos; tus frailes los han bautizado la fuerza; tus jueces y tus golillas los han robado; tus vasallos les han prodigado toda clase de insultos, hasta el punto de manchar la honra de sus mujeres y de sus hijos; la Inquisicion los ha quemado y la Chancillera los ha ahorcado; un anatema de servidumbre, de muerte y de infamia ha caido sobre ellos, y al probar la insurreccion una y otra vez, no han sido rebeldes, sino que han usado del derecho que da Dios los oprimidos de levantarse contra la mano infame que los despedaza. Esto solo bastaria para que yo, descendiente de ese pueblo, rey de los valientes que no han sabido doblegarse al yugo, fuese tu enemigo: la patria me manda defenderla contra t, probar todos los medios de libertarla de tu tirana; y como si esto no bastase, voy decirte las razones que tengo como hombre para ser tu enemigo. Escucha: mi madre muri manos de la Inquisicion. --Hereje, acaso! --No, muri porque era hermosa, bajo el peso de la venganza de un frale. --La Inquisicion no se engaa. --Es verdad, porque asesina sabiendas. Pero djame continuar: la mano de un soldado espaol mat mi padre, que espir entre mis brazos, pidindome venganza. Yo he empezado vengarle. --Que le has vengado! --Si: he vengado mis padres, matando cuantos frailes, golillas y soldados he habido las manos: he vengado ademas en t, mi pueblo. --En m? --Si, en t. Quien ha impulsado la rebelda tu hijo? --Oh! exclam, con acento rugiente, don Felipe. --Es verdad que para ello he roto el corazon de mi hija, pero te he herido en tu soberbia, porque t no tienes corazon, don Felipe. Te he herido en tu esencia de rey, porque don Carlos es tu hijo nico, y t le matars, rey, t le matars. --Que yo matar mi hijo! --Si, t le matars, porque antes que padre eres rey, y tendrs miedo de tu hijo. --Yo romper con tu vida esa horrible red de desgracias: por san Lorenzo, mi patron, te lo juro!..... No te conocia bien y habia venido hacerte merced... pero ahora... ahora que s que de t no puedo esperar mas que crmenes, morirs, moro, morirs! --No faltar en todo caso quien gobierne mis monfes, que con mi muerte tendrn una infamia mas de que pedirte cuenta, rey. --Has hablado de traiciones de mi hijo, pregunt con un creciente anhelo don Felipe. --A tu hijo le pesa tu vida, rey. --Mi desventurado hijo est loco. --Sus locuras mas bien tu miedo te obligarn matarle. --Matarle! crees t que para hacer justicia en los traidores me sea necesario matar mi hijo? --Le matars! --El nombre! el nombre de los que alientan las rebeldas de don Carlos! --Esos nombres se reducen uno solo: ese nombre es el mio. --T! pero como has podido t..! --Como! primero prevalindome del amor extremado, insensato que tu hijo siente por mi hija, la hermosa duquesa de la Jarilla: despues derramando oro manos llenas entre los flamencos, y manteniendo entre ellos consejeros que los decidan negarte la obediencia y aclamar por su seor tu hijo. --Oh! infame! infame alevosa! [imagen: Morirs! morirs como no ha muerto ningun hombre!] --Y ten mucho cuidado con el prncipe tu hijo, rey, no sea que la Inquisicion averigue que anda en tratos con los luteranos y te le queme vivo. El color generalmente plido del rey se habia tornado lvido y sus ojos centelleaban. --Ya ves si me vengo de t; un solo hijo que tenias te lo he muerto en cuerpo y en alma; porque tu le matars por traidor y Dios le condenar por hereje. --Morirs, morirs, como no ha muerto ningun hombre! exclam don Felipe, tirando de la cuerda que le habia indicado el alcaide, y haciendo sonar una campana; morirs lentamente, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto; padecers como padecen los condenados en el infierno, y llegar un dia en que aterrado, domado, cobarde, me reveles los nombres de los traidores. --Y crees tener poder para todo eso, don Felipe? --Que! y creers t que puedes librarte de mi justicia, bandido! --Ya lo veremos. --Pues bien, si, lo veremos: tu nico juez y tu nico verdugo ser yo: nuestros nicos testigos los muros de la Inquisicion. Adios, pues, rey de las Alpujarras. Que vengan sacarte de entre mis manos tus monfes. --Ve en paz rey don Felipe, ve en paz, si puedes: has querido conocerme y te he hablado franca y lealmente... Pero silencio, oigo pasos que se acercan, hasta mas ver, don Felipe. En efecto, se habian escuchado pasos cercanos y poco despues resonaron los candados y los cerrojos del calabozo, que se abrian. Yaye se volvi de nuevo la pared. El rey se encubri enteramente. La puerta se abri y apareci el alcaide. --Guiad fuera, le dijo el rey. Salieron y la puerta se cerr. Poco despues Yaye los sinti alejarse. CAPITULO XXII. Que sirve de eplogo esta segunda parte. No habia pasado media hora cuando Yaye, que habia quedado profundamente pensativo y preocupado por su anterior escena con el rey, sinti pasos que se detuvieron junto su calabozo, y luego el ruido en los cerrojos y de los candados. [imagen: La Dama blanca.] La puerta se abri. Entr en el calabozo el alcaide acompaado de dos familiares. --Levantos y vestos, don Juan, le dijo con acento duro el alcaide. Estremecise Yaye porque crey que habia llegado la hora del tormento. --Se habr adelantado por fatalidad el rey los mios! dijo para s; y luego aadi alto; y para qu he de levantarme y vestirme? --Si no quereis levantaros, contest el alcaide, se os levantar; sino quereis vestiros, se os conducir desnudo. Yaye comprendi que herido y dbil, se encontraba enteramente merced de aquellos sicarios, y se levant y se visti lentamente. Cuando estuvo vestido, el alcaide mand los dos familiares que le sostuviesen en razon de su debilidad, y sacndole del calabozo, le condujo hasta un patio donde le esperaba una litera. --Es ese el duque de la Jarilla? dijo una voz que estremeci de alegra Yaye. --Si, por cierto, seor don Luis de Robles, este es ese condenado preso, que tanto nos han encargado que guardemos. Algrome que me quiten de encima esta guarda, y lo cedo de muy buena gana al alcaide de la crcel de Toledo. Dadme, si gustais, el recibo de su excelencia, seor familiar. --Tomad, pues, y que Dios os guarde seor Roquelillo; vamos, ganapanes, cargad con la litera y en marcha, que se hace tarde. Yaye se sinti conducido, y poco despues oy abrirse y cerrarse sucesivamente tres rastrillos. Luego solo oy el paso acompasado de algunos hombres que le acompaaban. Mientras estuvieron en Madrid no hablaron una sola palabra, pero apenas hubieron salido por la puerta de los Pozos, cuando toda aquella gente se meti, llevando consigo la litera, por las tierras campo atraviesa, y cuando se hubieron internado en ellas se pararon y un hombre abri la portezuela de la litera: --Vais bien, seor, pregunt? --Ah! eres t Harum? dijo Yaye. --Si, si seor, y espero vuestras rdenes. --Has enviado alguien mi casa que recoja mis papeles? --Si seor, y ya no debe tardar. --Lo tienes preparado todo? --Si seor, y desafo los familiares y alguaciles de la Inquisicion quienes tan poca costa hemos burlado, que nos encuentren. --Pues adelante, Harum, adelante. La litera se puso de nuevo en marcha, y tomando una senda, aquellas gentes condujeron al emir buen paso una casa de campo en las inmediaciones de Fuencarral. * * * * * Poco despues Harum entr en un aposento donde, en un magnfico lecho, reposaba Yaye. --Seor, dijo: Malek ha penetrado en vuestro palacio de Madrid sin ser sentido de nadie: ha ido la cmara que indicsteis Suleiman, y ha encontrado descerrajada la papelera. --Descerrajada! --Si por cierto, y roto el sello que habia puesto sobre ella la justicia. --Pero veo que traes en tus manos la cartera que yo habia pedido. --Si seor. --Dme ac y acerca una bugia. Harum di Yaye una cartera que tenia en la mano y acerc una luz. Yaye abri la cartera y busc en ella con ansia. --Tienes confianza en Malek? dijo Yaye que estaba plido. --Si, si seor, ademas Malek no sabe leer. --Aqu faltan dos papeles importantsimos; Harum, dos papeles que yo deb haber quemado; dos cartas terribles. --Ya os he dicho, seor, que Malek encontr rotos la cerradura y el sello de la papelera, como asimismo los de las puertas de la cmara. --Cmplase la voluntad de Dios! dijo Yaye plido de espanto. Las dos cartas que faltaban, eran la de doa Elvira de Cspedes y la de doa Isabel de Vlor, en que le avisaba la una del nacimiento de Diego Lopez; la otra del de don Fernando de Vlor. El emir hubiera dado diez aos de su vida por recobrar aquellas cartas. Su prdida encerraba para l una amenaza oscura, y en vano queria adivinar quin fuese el que se habia atrevido entrar en una casa sellada por la justicia, en busca de aquellos papeles. * * * * * En aquel mismo punto, el rey recibia una carta escrita con mano trmula por el inquisidor general don Fernando Valds. Ni un solo msculo de su semblante se contrajo, aunque en aquella carta el inquisidor general le avisaba de la violencia que se habia hecho con l, y de haberse escapado el emir de los monfes de la crcel del Santo Oficio. El rey tom una pluma y escribi por bajo estas lacnicas palabras: Vuestra cobarda no tiene ya remedio; procurad, pues, que nadie sepa que la Inquisicion y el rey han sido burlados. Que se cumpla la voluntad de Dios! Durante algunos dias los familiares y los alguaciles del Santo Oficio, revolvieron hasta las piedras en Madrid y en sus alrededores. A pesar de esto el emir no pareci ni mas ni menos que una gota de agua que cae en el mar. TERCERA PARTE. LA REBELION. CAPITULO PRIMERO. El castillo y la atalaya. No mucha distancia una de otra en ese laberinto montaoso que se llama las Alpujarras, hay dos cumbres que se atalayan, y que descubren otras muchas y son descubiertas por ellas, incluyendo la cima de Sierra Nevada, y su gigantesco anfiteatro de montaas. Una de estas dos cumbres que hemos citado domina al pueblo de Vlor, la otra al de Cdiar. En ambas cumbres se conservan vestigios de cimientos: llaman los de Vlor los unos castillo, los de Cdiar los otros atalaya. Hoy los lagartos asoman entre las grietas de las ruinas, y las culebras se deslizan entre los escombros cubiertos de musgo, y los habitantes conservan acerca del castillo y de la atalaya la memoria de dos nombres que son dos historias sangrientas. Las ruinas del castillo guardan el nombre de Muley Aben-Humeya: las de la atalaya el de Muley Aben-Aboo. No hay alpujarreo que no sepa contaros, si se lo preguntais, cmo murieron cada uno de los hombres que llevaban aquellos nombres; no hay uno solo que no os diga que sus antiguas viviendas han sido arruinadas, porque sus dueos estaban malditos de Dios. Las que hoy son ruinas, eran en 1568 dos edificios caractersticos. Empezemos por el castillo. Ocupando la ancha planicie de la cumbre se levantaban cuatro torreones cuadrados, unidos entre s por cuatro muros robustos y almenados: ni un agimez, ni una galera, ni mas que algunas estrechas saeteras, se veian en aquel recinto exterior, pero en el centro del extenso cuadrado comprendido dentro de aquellas torres y muros, se veia un bellsimo alcazar moruno, con torrecillas caladas, galeras, miradores, cpulas y pizarras, resplandeciente con sus vivos colores; era aquel alczar, dentro de aquel fuerte y rojizo recinto murado, lo que podia ser una hermosa dama, cuya magnfica y engalanada cabeza se levantase sobre una armadura de guerra: fuera, robustez, almenas enhiestas, profunda caba, hondo rastrillo, puerta chata y maciza de herradura, matacanes y ladroneras: dentro, todos los bellos caprichos de la arquitectura oriental; galeras cinceladas con esbeltas columnas de alabastro; agimeces con dobles arcos festonados, y entre estos arcos y trs estas columnas, cristales rica y maravillosamente matizados, como los de nuestras viejas catedrales gticas; era aquel un alczar fuerte, de los tiempos medios de la dominacion de los rabes en Espaa; una especie de casa de placer de algun rey moro, que al mismo tiempo servia de alcazaba la villa: una de esas magnficas huellas que dej trs s el paso de ese maravilloso pueblo rabe. La atalaya que coronaba la cumbre del monte sobre Cdiar, era un edificio severo, escueto, que se destacaba vigorosamente sobre el horizonte, y que descubria con sus cuatro ojos negros, abiertos en su muro circular de piedra, ennegrecida por el tiempo, un nmero considerable de pueblos y montaas, y el mar por la parte de Levante. Dbala entrada una pequea puerta de herradura, y por la parte oriental, sobre una cortadura del monte, se veia una ventana estucada, dividida por una columnilla blanca, y guarnecida por vidrios de colores; este era el nico detalle delicado y bello que se notaba en aquel macizo torreon negruzco; detalle que tiro de arcabuz dejaba conocer que era una adicion reciente, una herida abierta en el muro antiguo, una especie de respiradero practicado en el centro de la torre para hacer habitable y un tanto cmoda aquella atalaya de guerra. Dulcificaba un tanto su aspecto brabo, una pequea huerta y una blanca casita adherida la atalaya por la parte del Sur. La cumbre se habia allanado y cercado con un tapial, y una noria, que daba vueltas un enorme buey, mantenia la frescura y la frondosidad de un emparrado, colocado como un toldo delante de la fachada de la casa, y que corria hasta la puerta de la atalaya, y las legumbres y los rboles frutales que ensanchaban sus frondas odorferas, bajo el templado cielo del Medioda. Un perro, una legion de gallinas y algunos patos, que nadaban en un estanque donde se recogian las aguas de la noria, daban ruido y vida, una vida especial aquel pequeo recinto, dulcificando lo severo y sombro del aspecto de la atalaya. Entre esta y el castillo de Vlor existia no s que de extrao y hostil. La atalaya, hasta en la pequea perforacion que se habia practicado en ella abriendo en su muro un agimez, era severa y sencilla; pero altiva y enrgica, por decirlo asi, como un viejo y veterano centinela avanzado al enemigo: el castillo, cuyas defensas estaban deterioradas, y desatendidas, pareca envilecido por aquel alczar tan delicado y tan bello que nada podia compararse tanto como una cortesana corrompida y coronada de flores, que se sentase sobre un viejo y abollado arns de guerra: la atalaya parecia representar la ancianidad brabia aun indomable, y el castillo el valor degradado, el atleta rendido los pies de la hermosura. Entre el castillo y la atalaya filosficamente considerados exista un abismo. Pasando de los edificios sus habitantes respectivos, hallaremos entre ellos diferencias esenciales. Eran dos mujeres viudas, cada una de las cuales tenia un hijo. La una, la moradora de la atalaya se llamaba doa Isabel de Crdoba y de Vlor. La otra la habitante del castillo doa Elvira de Cspedes. Veinte y dos aos habian pasado por estas dos mujeres desde la fecha en que las presentamos nuestros lectores al principio de nuestro relato. Doa Isabel contaba, pues, cuarenta y dos aos; doa Elvira cuarenta y cinco. Por un privilegio de la naturaleza estas dos mujeres se habian conservado hermosas, en la edad en que generalmente ha empalidecido la hermosura de la mujer, han brotado en su cabeza las canas, y se han impreso en su rostro las arrugas. Doa Isabel y doa Elvira no tenian ni canas ni arrugas. Comprendiase, s, primera vista, que no eran jvenes; pero nadie se hubiera atrevido decir que eran viejas. Encontrbanse en ese desarrollo de vida y de hermosura, que viene ser como el esto en la vida de la mujer, en que lo que la falta de frescura la sobra de fuerza, de vigor. Eran todava dos mujeres peligrosas. Cuando salia doa Isabel de su casita adherida la atalaya, cuando salia doa Elvira del castillo para bajar las poblaciones, siempre habia ricos y jvenes moriscos que las aquejasen con pretensiones. Llambanlas, por ltimo, en la comarca las hermosas viudas. Sin embargo desde la muerte de Miguel Lopez, poco despues, doa Isabel se habia retirado las Alpujarras, la villa de Cdiar donde habia dado luz un hijo, y se habia mostrado sorda todas las pretensiones, vistiendo severamente sus tocas de viuda, y dedicndose por completo al cuidado de su hijo quien amaba de una manera extremada; doa Elvira, antes de la muerte de don Diego de Crdoba, su esposo, se habia retirado la villa de Vlor donde habia dado luz don Fernando de Vlor, y del mismo modo despues de la muerte de don Diego se neg de todo punto contraer un nuevo enlace, concentrando, como doa Isabel, todo su amor en su hijo. A pesar de que vivian poca distancia, ninguna de las dos cuadas se visitaron, ni se vieron una sola vez, desde la noche en que, veinte y dos aos antes, habia sido incendiada por los moriscos la casa de don Diego de Crdoba y de Vlor. Pero si doa Isabel y doa Elvira no se veian, no acontecia lo propio respecto sus hijos Diego Lopez y don Fernando de Vlor. Cuando fueron mozos, estos se encontraron cazando en la montaa, en Granada, donde solian ir con frecuencia, en donde era mas peligroso: en las reuniones de los moriscos, las que se les llevaba para nutrir en sus almas el odio contra los cristianos. Las ambiciones de los parientes de entrambos jvenes, habian hecho nacer entre ellos rivalidad y aun odio; odio y rivalidad que disimulaban, pero que no por ello eran menos fatales: los parientes de Miguel Lopez no cesaban un punto de decir Diego su hijo, que su madre doa Isabel, era descendiente del Profeta; que si bien era verdad que don Fernando de Vlor su primo, era el primognito de la familia, sus vicios, su afeminacion, y la estrecha amistad que como veinticuatro de Granada y capitan del rey de Espaa sostenia con los cristianos, le hacian peligroso, cuando l, pobre, aislado en las Alpujarras, contando sus nicos amigos entre los moriscos, fuerte, robusto y severo en sus costumbres, era mas propsito para ponerse al frente de ellos: los allegados de don Fernando de Vlor excitaban de la misma manera la ambicion de este, recordndole siempre su alto orgen y avivando su odio los cristianos con traerle continuamente la memoria, el desastrado fin de su padre. Contribuia no poco ello, su tio don Fernando, quien se conoca entre los moriscos con el nombre de Aben-Jahuar-el-Zaquer. Encargado este de su tutela, habia pretendido, aunque en vano, pasar de tutor padrastro por su casamiento con su cuada doa Elvira; pero esta se habia negado constantemente; don Fernando sin embargo no habia cedido; enamorado y empeado cada vez mas por la peligrosa hermosura de doa Elvira, habia procurado hacerse de un arma contra la misma doa Elvira de su hijo don Fernando: enerv su alma, se apoder de l, le corrompi, y para sujetarle mas su influencia le cas con Ins de Rojas, hija de Miguel de Rojas, morisco influyente, tan ambicioso como Aben-Jahuar, y dispuesto ayudarle en sus proyectos que eran tenebrosos. Reducanse estos, poner como condicion doa Elvira, el engrandecimiento de su hijo, trueque de su mano, su anulacion completa ante los moriscos si persistia en su negativa. Fcil era de comprender que, amando como amaba doa Elvira Aben-Humeya, su hijo, no vacilaria, por repugnante que le fuese, en entregar su mano Aben-Jahuar, su cuado, trueque de que Aben-Humeya fuese proclamado rey por los moriscos de Granada, cuando llegase el caso inminente de una insurreccion decisiva. Miguel Rojas, por su parte, morisco influyentsimo, como ya hemos dicho, no podia menos de desear que el marido de su hija, llegase ser rey, y ayudaba con todas sus fuerzas Aben-Jahuar: este se habia cubierto de la mas profunda reserva, y nadie mas que doa Elvira, porque los ojos de una madre lo adivinan todo, habia adivinado, que Aben-Jahuar, satisfecho su empeo amoroso casndose con ella, no pararia hasta ver satisfecha su ambicion: doa Elvira habia comprendido que su cuado elevaria su hijo, que le sostendria hasta cierto punto en el poder, y que le derribara despues para hacer con su cadver un escalon del trono de Granada. Doa Elvira aborrecia, pues su cuado; pero encubria su odio, porque Aben-Jahuar estaba apoderado de su hijo, y le tenia como en rehenes. Abandonado Aben-Humeya su tio, habia contraido viciosas inclinaciones: era jugador y camorrista como su padre; falto de fe en sus empeos como su padre, y como l infatuado con su orgen: aadase esto el odio que doa Elvira le habia hecho concebir contra su tia doa Isabel de Vlor, y su primo Aben-Aboo; su corazon era un depsito de amargas pasiones: su pensamiento enloquecia con sueos insensatos: desconfiaba de todo el mundo, y sin embargo todo el mundo se entregaba: dbil, irresoluto, voluntarioso, era todas luces inferior su primo Aben-Aboo, su rival, su antagonista. Era este un mancebo de veinte y dos aos, quien la reflexion hacia parecer de mas edad; hermoso; pero con una hermosura enrgica; moreno, con ese color dorado y caracterstico de los oriundos de Africa; plido, con enormes y elocuentes ojos negros, nariz aguilea, boca de sutiles labios, que indicaban astucia y firmeza, y miembros musculosos y fuertes; pero constituyendo un conjunto esbelto, en que se adivinaban un vigor sumo y una agilidad extraordinaria. Aben-Humeya, era otro tipo enteramente distinto: su semblante blanco, plido, de ctis fino y denso, y sus grandes ojos negros de mirada sensual y lnguida recordaban la antigua y casi extinguida raza rabe: aunque veces brillaba una chispa de valor indmito en sus miradas, aunque habia altivez en la actitud de su cabeza, y algo de magestad en su frente, sin embargo, en la tersa morbidez de sus manos, que hubiera envidiado una dama, en la indolencia de sus movimientos, en esa especie de cansancio habitual que constituye la afeminacion en el hombre, se comprendia que estaba enteramente entregado la molicie, los placeres, la vanidad: sin embargo, como un indicio, como un signo de raza, en medio de esta degradacion, se notaban algunos destellos de valor sereno infinito, de actividad, de magestad: algo de regio, de grande, de indomable, que debia revelarse y dominar la degradacion en situaciones dadas, haciendo de aquel hombre otro enteramente desemejante de s mismo, aunque por un momento. Aben-Aboo, aventajaba Aben-Humeya en hermosura, en energa, en virilidad; pero Aben-Humeya aventajaba Aben-Aboo en fueros y privilegios. Aben-Humeya era seor de Vlor, regidor perpetuo, veinticuatro del ayuntamiento de Granada, capitan de infantera, y se llamaba don Fernando. Aben-Aboo, solo era hidalgo por su madre, vivia oscurecido, y se llamaba lisa y llanamente Diego. Aben-Humeya era rico y brillaba entre la nobleza castellana. Aben-Aboo, por mejor decir doa Isabel, su madre, lo habia vendido todo excepcion de la atalaya y la huerta en que vivian en Cdiar, y una enorme casa situada en el Albaicin de Granada, perteneciente al dote de doa Isabel, que esta habia cedido su hijo, y que estaba continuamente alquilada. En vano Yaye-ebn-Al-Hhamar, habia pretendido de doa Isabel que aceptase, al menos, cuanto fuese necesario para sostener dignamente los gastos de Aben-Aboo. Doa Isabel se habia mostrado inexorable. Aben-Humeya tenia en Ins de Rojas una esposa jven, pura y enamorada, que le habia dado un hijo; en su tio un espritu que hablaba siempre su vanidad y sus pasiones; en su suegro un instrumento servil, que se plegaba todos sus caprichos, y numerosos amigos parsitos que le adulaban y le ensoberbecian. Aben-Aboo, solo tenia su madre, pura y santa mrtir, que le predicaba constantemente la virtud y el honor, y unos que, por parte de Miguel Lopez, se creian parientes del jven, y que este tenia por tales (hasta tal punto habia quedado envuelto en el misterio el orgen de Aben-Aboo) gentes zafias, brabas, que no pudiendo ser nada por s mismas, lo esperaban todo del derecho que parecia asistir en un caso dado la corona de Granada, Aben-Aboo, como descendiente de los Aben-Humeyas por parte de su madre. Pero estas gentes aunque ricas, eran oscuras y no podian dar prestigio alguno Aben Aboo. Habia ademas otras disparidades notabilsimas entre ambos jvenes. Aben-Humeya, tenia en torno suyo una numerosa y esplndida servidumbre; sus caballerizas estaban llenas de caballos de raza pura; tenia un palacio en Granada y otro en Cdiar, y en estos palacios magnficas cmaras, y en estas cmaras, costosos y bellsimos muebles, cuadros, esttuas, alfombras; cuanto constituia, en fin, la ostentacion de un gran seor de aquellos tiempos. Aben-Aboo, solo tenia su servicio un esclavo africano, negro como la noche, fuerte como un cedro, valiente como un leon, y fiel su dueo como un perro: en su cuadra no habia mas que dos caballos, valientes animales de raza, y tan buenos como los mejores de don Fernando: vivia encerrado en aquella vieja atalaya en cuyo centro habia habilitado un reducido y desnudo aposento, al que, mirando al distante mar, que aparecia lo lejos entre las rompientes de las montaas, daba luz la ventana ornamentada de que hemos hablado. En aquel aposento no habia mas muebles que un lecho modesto, una ancha mesa de roble con recado de escribir, y algunos legajos de papeles; un armario donde se encerraban algunas ropas sencillas, y un medio arns de hierro, suspendido de una escarpia: los objetos de mas lujo que all se vean, eran las vidrieras de colores de la ventana, y una chimenea de mrmol blanco del gusto del renacimiento; una pequea puerta que daba paso una escalera de caracol, servia de entrada este aposento que era circular, y tenia cierto aspecto severo y triste, causa de un pilar de ladrillo agramilado, que sostenia en el centro la bbeda de agallones al estilo rabe. Sin embargo, pesar de las diferencias que existian, segun hemos demostrado, entre ambos jvenes, estaban puestos en contacto de una manera peligrosa, bajo dos distintos aspectos; el de la ambicion, y el del amor, siendo de advertir, que estas dos pasiones estaban alimentadas por ellos sobre dos fantasmas. Su ambicion miraba la corona de Granada. Y donde estaba aquella corona? En la acalorada imaginacion de los moriscos. Su amor, en un ser misterioso, cuyo nombre y cuyo semblante no conocian; en una especie de fantasma. Y qu fantasma era esta? Fantasma mujer, el ser quien amaban Aben-Aboo y Aben-Humeya, era... la Dama blanca de la montaa! Cuanto de bello y de potico suea la imaginacion meridional del pueblo andaluz, se atribuia aquella dama misteriosa: era un fantasma, una hada, un gnio de la montaa, un ser viviente real y efectivo? Nadie podia asegurarlo; pero era preciso contestar algo: aquella dama que, durante el verano anterior, habia aparecido con suma frecuencia en los desfiladeros de la montaa, por las maanas antes de salir el sol, y durante las noches de luna; aquella dama misteriosa, siempre encubierta, siempre engalanada con regias vestiduras, conducida en un palanquin, cabalgando en una blanca hacanea, resguardada siempre por soldados moros, blancos como ella, y encubiertos con las viseras de sus cascos, no podia ser otra que la sultana Zoraya[12], que consecuente su nombre y su amor, se levantaba de su tumba antes de la salida del sol, la luz de la luna, para mirar la altsima y siempre nevada cumbre de Muley-Hacem, donde creia ver la sombra de su esposo. Esto, que no pasaba de ser una conseja, era creido como un artculo de fe, no solo por los moriscos, sino tambien por los cristianos viejos. Estos la maldecian porque era la sombra de una _perra infiel y renegada_, cuya influencia se debian sin duda las calamidades que afligian la comarca: los moriscos sentian hcia la dama fantstica, un horror invencible, porque, al fin, la sultana Zoraya no habia sido cristiana? No se habia llamado doa Isabel de Sols? Enamorando al rey Hacem, no habia motivado los zelos y la venganza de la sultana Aixa la Horra[13], las disidencias entre los infantes sus hijos y el rey Boabdil, hijo de Muley-Hacem y de Aixa, y las guerras civiles de Granada y por ellas la prdida del reino? Segun los moriscos, la sultana Zoraya, castigada sin duda por Allah, vagaba insepulta expiando sus pecados: ella era el espritu maldito de las Alpujarras; ella tenia sobre s, no solo la execracion de los habitantes cristianos, sino tambien la de los moriscos. Pero acertaba en sus deducciones el vulgo? Habia algo de cierto en aquella conseja? No hay tradicion que no tenga algun fundamento: la Dama blanca existia; pero lejos de ser un fantasma, era lo que mas adelante, en el discurso de nuestro relato, ver, el que lo leyere. Para Aben-Humeya y Aben-Aboo, la Dama blanca era mas que una mujer; entrambos, habian acechado su paso escondidos entre las breas; entrambos la habian visto, y aunque siempre encubierta, era tal la magia, el encanto que se desprendia de ella, que entrambos se habian enamorado. Aben-Aboo y Aben-Humeya, estaban separados por las dos pasiones que mas imperio ejercen sobre el corazon humano: el amor y la ambicion. Sin embargo, siempre que los dos jvenes se encontraban, se saludaban sonriendo; siempre antes de separarse, se estrechaban con fuerza las manos; pero siempre que Aben-Humeya se asomaba los miradores de su castillo de Vlor, lanzaba una mirada llena de odio la atalaya de Cdiar; siempre que Aben-Aboo sacaba la cabeza por la ventana de su nido, arrojaba una mirada letal al castillo de Vlor. Entrambos tenian respectivamente, el uno para el otro, la palabra de amistad en los labios, y el odio en el corazon. Para aumentar este odio, la suerte parecia vacilar entre los dos. Los moriscos de las Alpujarras despreciaban Aben-Humeya, y los monfes, aquellos horribles bandidos invisibles, habian dejado mas de una vez el cadver de un perro la puerta de su castillo, lo que era una afrenta horrible entre los moros, y al mismo tiempo una amenaza: por el contrario, los xeques de la vega de Granada y del Albaicin, seducidos por Aben-Jahuar-el-Zaquer, tio paterno de Aben-Humeya se habian declarado ardientemente sus partidarios, y pensaban en l para hacerle rey de Granada. Habia ademas, otra persona parienta de entrambos jvenes, la que nunca habian visto; pero cuyo parentesco conocian, y cuya influencia sentian, y quien aborrecian por la misma razon que se aborrecian entre s: por ambicion: aquel hombre era demasiado poderoso para que no les fuese temible: era el que mas derechos tenia la corona de Granada; porque aquel hombre, en una palabra, era Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfes. Nuestros lectores, por lo que acabamos de consignar, comprenderan, que la vida del emir habia llegado su situacion mas dramtica; nuestros lectores conocen los amores de Yaye con doa Elvira de Cspedes, esposa de don Diego de Crdoba y de Vlor, y con doa Isabel, hermana de este: saben tambien, que por una horrible fatalidad, aquellos amores habian dado por fruto dos nios, cuyo verdadero orgen, habia sido cubierto respectivamente por decoro de familia: nadie sabia aquel secreto, mas que las dos mujeres y Yaye, siendo de presumir, que lo supiese tambien la persona que se habia apoderado de las cartas de doa Elvira y de doa Isabel, en que ellas mismas habian descubierto aquel secreto. Por mas que habia hecho Yaye, no habia podido averiguar quin habia sido el ladron de aquellas cartas, lo que le tenia en una ansiedad increible. Fuera de esta persona ignorada, nadie habia que pudiera revelar aquel secreto. A nadie constaba si Miguel Lopez, antes de partirse las Alpujarras, habia poseido su esposa. Nadie sabia la terrible escena que habia acontecido entre don Diego de Vlor y doa Elvira, la vuelta de aquel de las Alpujarras, y antes de que fuese preso por el capitan general. Miguel Lopez no habia podido revelar nada, porque habia muerto de hambre en el subterrneo; don Diego de Vlor, que esperaba para vengarse verse en libertad, acusado con pruebas fehacientes del asesinato de su cuado, habia muerto en la prision; su hermano don Fernando, al tiempo de la muerte de don Diego, se encontraba en Africa donde habia ido buscar auxilio en nombre de los moriscos de Granada, en la crte del dey de Argel, y nada pudo revelarle el preso antes de morir. El secreto, guardado de una parte por la tumba, y de otra por intereses de familia, no podia ser descubierto, sino por la mano misteriosa que habia robado sus nicas; pero terribles pruebas. Hermanos Aben-Humeya y Aben-Aboo, solo se creian primos, y se aborrecian de muerte, y este aborrecimiento; cuya causa conocia Yaye, le aterraba. Porque Yaye no podia dudar de que los dos jvenes eran sus hijos, y esto para l era una fatalidad mas: sino hubieran sido hermanos de Amina, el emir que conocia las rivalidades de entrambos, las hubiera atajado, uniendo Aben-Humeya con su hija, cumpliendo de este modo el antiguo contrato de las dos familias, y satisfaciendo sosteniendo con mano fuerte la ambicin de Aben-Aboo. Llovian las contrariedades sobre el emir. Del mismo modo que Aben-Humeya se habia hecho partido entre los moriscos de Granada y de la Vega, Aben-Aboo, por las influencias de los parientes de Miguel Lopez, su falso padre, se lo habia hecho entre los de las Alpujarras. Ademas, por su valor, por su fanatismo musulman, que en vano habia querido dominar su madre; por sus atrevidas excursiones la montaa; por algunas muertes dadas, aunque secretamente, algunos castellanos, habia llamado la atencion de los monfes que le apreciaban sobre manera, del mismo modo, que, como dejamos dicho, insultaban Aben-Humeya. Sabalo esto Yaye, y veia venir las disidencias y las luchas intestinas entre los moriscos. Queria remediarlo y no podia. Todos los caminos se le cerraban. Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya, eran sus hijos. Yaye habia empezado ser hombre, cometiendo grandes desaciertos. Habia escuchado su ambicion y su fanatismo, mas que su corazon; habia, en una palabra, cometido crmenes: el crmen no puede producir mas que crmen, y Yaye, ya casi en el otoo de su vida, veia levantarse contra l su pasado de una manera aterradora: dos mujeres, hermosas aun y llenas de vida, sedienta la una, doa Elvira, de venganza, lo que no se ocultaba Yaye; resignada la otra, dona Isabel, pero infeliz, vctima de la ambicion y de los crmenes de su familia, mrtir inocente que devoraba su dolor y sus lgrimas, ocultndolas todo el mundo. Ademas de estas dos mujeres, era otro cruel remordimiento para Yaye, su hija, su infeliz Amina, deshonrada sus ojos, enamorada de una manera insensata del marqus de la Guardia; una nia, una infeliz criatura dada luz por Amina, oculta, bastarda, con un porvenir oscuro; sus dos hijos Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeados en una lucha sorda, pero por lo mismo mas terrible. Calpuc, el rey del desierto, viniendo de tiempo en tiempo de Amrica, trayndole tesoros, representante un tiempo de la desventura de Estrella y de la desventura de Amina, y luego oh! luego otro remordimiento mas terrible, mas aterrador... El prncipe don Crlos de Austria, el insensato, quien l habia lanzado la rebelda contra su padre, el infeliz loco habia sido procesado por el terrible Felipe II, y habia muerto en el alczar de Madrid[14]. Dios, el rey y los mdicos de cmara, Oliva y Valls, el divino (como se le llama aun) sabian si el prncipe habia muerto por enfermedad, por excesos, por un veneno: la historia nada sabe, nada ha podido decir, sino que el prncipe muri preso y procesado por su padre, y este horroroso suceso, este parricidio, acaso, pesaba sobre el alma de Yaye, la torturaba, la estremecia, porque, aunque Felipe II fuese su enemigo natural, el verdugo de su pueblo, lo horrible, lo monstruosamente criminal, este sobre todos los odios, flota sobre todos los intereses. De modo que Yaye, que habia tenido la vanidad de la virtud, y la ambicion de un hroe, se encontr cuando empezaba descender el sol de su vida, con el alma ennegrecida y humillado por el remordimiento, y con la desesperadora certeza de no haber hecho nada por su patria. Tales eran la situacion de Yaye, de doa Isabel de Vlor, de doa Elvira de Cspedes y de sus hijos, en la fecha en que se encuentra nuestro relato. CAPITULO II. El peregrino y el ermitao. Un dia de invierno del ao de 1568, domingo por cierto 19 de diciembre, despert Granada, la que llaman los poetas paraiso oriental, jardin de amores, alczar de perlas, castillo fuerte y contentamiento de la vida; despert, decimos, tan envuelta en nieblas, que no parecia sino duea mogigata y pudibunda, honesta desposada, que sale la calle la maana siguiente de sus bodas, y se cubre con su rebocillo en el breve trnsito de la casa nupcial la iglesia. Lo cierto del caso es, y nos dejamos de peligrosas figuras, que tal y tan espesa era la niebla, que apenas se lograban ver los objetos diez pasos de distancia; que algo mas all los rboles parecian fantasmas y que, por ltimo, algun espacio mas all nada absolutamente se veia mas que el fondo perdido, vago y flotante de las extremidades de las nubes que tocaban la tierra y la inundaban con una lluvia menuda, espesa y fria como la nieve. Corria, otro si, un vientecillo tan sutil y helado que los traginantes y dems gente de camino que iban por el de las Alpujarras Granada, tenian gran cuidado de llevar calados los chapeos hasta los ojos y subidas las mantas, capas capotes hasta las narices, requisito sin el cual se exponian convertirse en carmbanos, beneficio de un aire colado y pesar del cual se les helaba el aliento la salida de las narices, escarchndose sobre los mostachos de quien los tenia: era, en fin, una de esas homicidas maanas de invierno contra las cuales no hay mejor defensa que el lecho y una habitacion hermticamente cerrada y convenientemente caldeada. Si fuera preciso que nuestros lectores nos acompaasen en cuerpo y alma, en una maana tal y con tal frio, al lugar en que es necesario que nos apostemos para esperar ciertas personas, estamos seguros que del infinito nmero de lectores que han de tomar en sus manos este libro, solo quedaria alguno de esos calaveras quienes nada pone espanto, y que estan siempre dispuestos correr una aventura, siquiera sea en el infierno, algun desesperado cansado de la vida, y quien fuese indiferente morir de pulmonia, de pasmo mano airada. Pero, afortunadamente, tanto nuestros lectores como nosotros, no tenemos necesidad de otra cosa que de trasladar nuestra atencion, entidad moral incorprea, agena por lo tanto al frio al calor atmosfrico, la ermita de san Sebastian, antigua mezquita de moros, convertida despues de la conquista de Granada por el celo religioso de nuestros abuelos en santuario y hoy (vicisitudes de la suerte) por el espritu mercantil y codicioso de nuestra poca, en taberna. Sin embargo, y decimos esto de paso; sin embargo de que el humo del aceite del figon y de los cigarros de los borrachos, ha ennegrecido el interior de aquel pequeo edificio cuadrado, pesar de que un innoble hacecillo de sarmientos se mueve al impulso de las auras del Genil sobre el venerable arco rabe de la antigua mezquita, como en muestra de que all puede embriagarse todo el que quiera por algunos maravedises, aquel edificio, envilecido por los hombres, conserva los gloriosos recuerdos de haber acampado junto l los ejrcitos de Castilla y de Aragon, el mismo dia en que se entreg Granada los Reyes Catlicos, que, rodeados de su crte, de sus prelados y de sus mas grandes capitanes, vieron desde aquel punto ondear sobre la distante torre de la Alcazaba de la Alhambra los tres pendones de Castilla, de la fe y de las rdenes militares: una lpida antigua, incrustada en el lado oriental de la ermita que conserva en una sencilla inscripcion estos gloriosos recuerdos histricos, forma un enrgico contraste, es casi una protesta, contra el hacecillo de sarmientos y las impuras bacanales de rameras y gente perdida, cuotidianos concurrentes del garito, y una voz muda, pero severa, que acusa ante el buen patricio, ante el hombre de corazon y ante el extranjero, la incuria de los que no han sabido defender del envilecimiento, aquel depsito de tan nobles tradiciones, aquel santuario donde se ha elevado entre el humo del incienso del altar, el homenaje de adoracion y alabanza del hombre su Criador. Pero dejando el tono declamatorio que sin saber cmo, nos ha inspirado el recuerdo de la mezquita-templo-taberna, situmonos junto ella y veamos si llegan las personas quienes esperamos. Intil es decir que en aquellos tiempos la ermita de san Sebastian era una verdadera ermita, con su fraile-lego-sacristan, su esquilon colgado entre dos postes sobre la puerta, su rejilla de hierro abierta en ella, y su lmpara siempre encendida delante del altar, que se veia travs de la rejilla. Acababa de amanecer, por mejor decir, de esclarecerse la luz del dia, harto empaada por la niebla, cuando de entre esta y ya cerca de la ermita, se destac un bulto, primero informe, y perfectamente perceptible poco despues; componian el bulto un hombre y un asno; vestia el primero, que venia cabalgando en el segundo, un hbito de peregrino; esto es: sombrero de anchas alas, fatigadas por enormes conchas, muceta igualmente conchuda, tnica de buriel y bordon con la consabida calabacilla pendiente de su extremo superior; era el segundo un sesudo y robusto jumento de las Alpujarras, enjaezado con jquima y albarda la morisca; esto es: enriquecidas ambas con flecos de estambre y seda de colores que llaman alhamares de la tierra, y adornada la cabeza con un penacho voluminoso, cuya tiesura contrastaba de una manera original con lo abatido y lacio de las enormes orejas del jumento, abatidas por el frio y por la lluvia. En vez de seguir adelante por el enlodado y difcil camino que siguiendo por la mrgen izquierda del Genil, sobre que est situada la ermita, conduce al cercano puente y la ciudad, el peregrino toc suavemente con la extremidad de su bordon el lado derecho de la cabeza del asno, y este se dirigi en derechura la puerta de la habitacion del ermitao, adherida por la parte del rio la ermita. Es de advertir que el peregrino no se habia descubierto ni santiguado al pasar junto la cruz de piedra situada delante de la ermita, irreverencia notabilsima en aquellos tiempos, y que hacia sumamente sospechoso quien tal desacato se permitia: ello es verdad que nadie podia haberlo visto, porque en la pequea rea en que podian ser perceptibles los objetos causa de la niebla, no habia otra persona que el irreverente, ni otro testigo que el asno, y aun este, por su posicion natural, no podia notar la falta, y caso de que la hubiera notado, ya sabemos hasta donde llegan el silencio y la discrecion de un borrico. Apese el peregrino cuando el animal hubo de detenerse, no pudiendo pasar adelante causa de la interposicion del muro de la ermita, y acercndose aquel la puerta de la habitacion del ermitao, di en ella y consecutivamente tres fuertes golpes con el herrado cuento de su bordon. Contest inmediatamente tras de la puerta una voz nasal y caracterstica, verdadera entonacion frailuna y untuosa, cuyo sonido contest el peregrino en dialecto extranjero gutural y acentuado: --_Al-jandul-illah!_[15] --_Le ille-Allah!_[16] contest inmediatamente con entonacin devota y enrgica una voz robusta y varonil, al mismo tiempo que se abra la puerta y dejaba ver un ermitao robusto de cuerpo, de barba bermeja, ctis cobrizo y ojos negros y centelleantes, envuelto en un hbito ceniciento de franciscano descalzo. Mirronse frente frente ermitao y peregrino y el primero dijo al segundo: --Yo esperaba un hombre que pronunciara mi puerta el nombre de Dios. --Yo soy ese hombre, contest el peregrino. --Ha llegado el dia hermano? dijo el ermitao. --Se acerca la hora, contest el peregrino. --Mustrame una seal para que pueda creerte. --Djame entrar en tu casa, dijo el peregrino, viendo que el ermitao cubria recelosamente la estrecha entrada. Apartse el ermitao, y el peregrino tirando del ronzal del asno, le introdujo en un reducido patio en cuyo centro existia aun la pequea fuente de ablucion de la mezquita, y al fondo bajo un parral en esqueleto, una preciosa puerta rabe minuciosamente labrada y orlada de inscripciones cficas, con leyendas del Koram. El ermitao cerr inmediatamente la puerta exterior: entonces el peregrino se quit el sombrero, levant una de sus conchas, y arranc de ella un pequeo pergamino cuidadosamente enrollado, que habia estado adherido con cera la parte interna de la concha, le desenroll y le mostr al ermitao. Este ley lentamente el contexto del pergamino, que consistia en algunas lneas de pequeos y hermosos caracteres africanos, escritos con tinta roja. --Cmo te llamas? dijo el ermitao mirando profundamente al peregrino. --Abul-Hhassan, contest aquel. --_Por dnde se camina hacia la luz hermano?_ replic el ermitao. --_Por las tinieblas_, contest el peregrino. --Bien venido seas, hermano, dijo el ermitao tomando la mano derecha del peregrino y llevndola la frente, muestra de aprecio y de amistad entre los moros, recibida por ellos de los rabes. --Que el Altsimo y Unico te pague tu buena acogida hermano, contest el peregrino. --Entra y conforta tus miembros, Abul-Hhassan, dijo el ermitao; por ac tenemos el invierno crudo, y vienes sin duda de tierra donde el sol es siempre ardiente. --Vengo de Argel. --Y qu noticias traes? --Malas, muy malas; dijo el peregrino sentndose en un taburete junto un hogar en que habia fuego. --Malas noticias dices que traes? --El dey Aluch-Al, desconfia de nosotros. --Que desconfia de nosotros! y bien: tiene razn: hasta tal punto sufren los moriscos las tiranas y las afrentas con que los afligen los castellanos, que debe creerlos cobardes, y lo son, si, por la santa Kaaba. Por qu no imitan los monfes de la montaa? --Pero el dia de la venganza y del exterminio se acerca, exclam con energa Abul-Hhassan. --Y qu haran los moriscos solos, rodeados por todas partes de soldados, de alguaciles y de inquisidores? El peregrino sonri con desden. --El pueblo de Dios, dijo con solemnidad, vive entre los infieles; parece sumiso y resignado; pero se agita en silencio, y est en todas partes; en las casas de los magnates cristianos, sufriendo sus insolencias y comiendo el pan de la servidumbre con la frente baja, la mirada tranquila, la sonrisa en los labios; en los conventos, vistiendo el sayal del fraile cristiano; bajo las banderas del rey impo, vistiendo el coselete del soldado; nuestras hijas sonrien al castellano y le enamoran, mostrndole el rostro descubierto y dominndole con su hermosura; en nuestras casas entran descuidados, y en sus templos penetramos nosotros encubiertos; t mismo pasas por santo entre ellos, eres sacristan de esta santa mezquita profanada, y ninguno desconfia de t; yo, cuando paso por los caminos del infiel, con mi bordon de peregrino, les pido caridad en nombre de su dios, y con la mscara de mendigo penitente, paso entre ellos, que me respetan y llenan mi bolsa con sus limosnas. Quieres mas? Llegar un dia en que el vencido, humillado hoy, envilecido, doblegado ante su seor, se levante con el pual en una mano y la tea en la otra, cuando menos lo esperen los cristianos; cuando esten mas confiados por nuestra humildad y nuestro sufrimiento, y ese dia ha llegado ya. --Pero envuelto en nieblas: me parece muy pronto Abul-Hhassan. --Dentro de pocas horas esas nieblas se habran deshecho ante la luz del sol; nos espera un hermoso dia, hermano. --Y por qu si tienen los moriscos tantas esperanzas los abandona el dey de Argel? --Su guerra con los venecianos, que le lleva su fidelidad hacia el supremo emir de los creyentes, Selim II, quien Dios prospere, le tiene sin naves y sin dinero; hoy no nos podria dar ni una sola fusta, ni un solo soldado, ni una sola dobla. Espermoslo todo del sultan, del sublime Selim. Entre tanto nos ayuda el emir de los monfes de las Alpujarras. --Ya, ya lo he visto por el pergamino que me has entregado. --Si unidos los monfes de la montaa logramos apoderarnos de Granada y poner en armas la tierra desde Almera Gibraltar; si vencidas, como es de esperar, las armadas de Venecia, puede el sultan enviarnos sus galeones, y sus taifas, que haran innumerables las taifas berberes, Espaa volver ser nuestra como lo fue en tiempos de Muza y de Tarik, y ay entonces de la infame Europa! la palabra de Dios llevada adelante por las espadas del Islam, llenar la tierra desde el Oriente las mas altas regiones del Occidente, mas all de los grandes mares, y desde el Mediodia al Septentrion; hasta los eternos hielos. --Cmplase la voluntad de Allah. --Y se cumplir, asi est escrito: no crees t en lo que revelan esas palabras de luz que se llaman estrellas? --La carta que me has dado dice que eres sabio y astrlogo: solo Dios sabe lo oculto, y l lo revela sus escogidos. Cmplase la voluntad de Dios! Hubo un momento de silencio. --Quin te ha dicho que me busques? pregunt al cabo el ermitao que no confiaba mucho en Abul-Hhassam. --El emir de los monfes. --Y dnde has visto al emir? --En las Alpujarras. --Cunto tiempo hace? --Dos dias. --Y nada mas te ha dicho el magnfico emir al enviarte m. --Si me ha dicho: busca al Julan que vive encubierto en la mezquita de Al-Morabethin[17] y quien los cristianos llaman el hermano Pablo; desde la mezquita hasta la casa de su hermano el Hardon en el Albaicin hay una larga mina, cuya entrada por la mezquita sabe l solo: no es prudente que t, hombre de Dios, andes la luz del dia por Granada, ni te aposentes en las posadas pblicas; en la ciudad hay gente que te conoce y que sabe que andas oculto desde el levantamiento de las Guajaras. Toma este escrito: mediante l, el Julan te abrir la puerta de la mina, y por bajo de Granada, llegars casa del Hardon. Esto me dijo el emir al darme el escrito que te he entregado. --T eres el faqui, dijo aun con recelo, pero mas tranquilo el Julan, que hace algunos aos dijiste que las estrellas te habian revelado el nombre del escogido por Dios para ser rey de Granada. --S es verdad, yo soy Abul-Hhassam el faqui. --Y quin debe ser rey de Granada? dijo con sarcasmo el Julan. --Hubo un tiempo en que yo cre leer de una manera clara su nombre en el eterno libro del firmamento. --Y era ese nombre el de Aben-Aboo, el hijo de doa Isabel de Crdoba y de Vlor? --Si, ese era el nombre que cre leer; pero despues las estrellas me han dicho: espera solo un momento antes de que el pueblo de Granada se levante armado contra sus opresores y podrs saber ese nombre. --De modo que?... --Esta noche las doce, sabr quin ha de ser rey de Granada. --Que Dios te ilumine para bien de su pueblo santo faqui, dijo el Julan con acento de amenaza. Entre tanto, y como tu permanencia aqu no es prudente, ven. El Julan se levant y llev al faqui un ngulo de la estancia donde estaba la humilde tarima de penitente, que le servia como complemento de su apariencia cenobtica; la apart y debajo de ella qued descubierta una trampa cerrada con un candado: sac el Julan una llave de la manga de su hbito, levant la compuerta y qued descubierta una trampa. Abul-Hhassam fue descender por ella. --Espera, dijo el Julan; es necesario que todo lo que ha venido contigo desaparezca. Y sali al patio, asi el ronzal del jumento, tir de l, le introdujo en la habitacion y le hizo descender por la trampa: siguile Abul-Hhassam, y poco despues marchaban por un pasadizo llano, cuyos costados habia algunas puertas, iluminado por una lmpara pendiente del techo. --Daruh! exclam el Julan cuando estuvieron en el pasadizo. Poco despues por una de las puertas laterales apareci un hombre jven, robusto y de aspecto feroz, vestido exactamente como los monfes de la montaa. Este hombre examin atentamente Abul-Hhassam, y volvindose al Julan le dijo. --Qu me quieres wal? --Lleva este asno la caballeriza, ponle pienso como nuestros caballos y vuelve. Daruh tom el ronzal del asno, y desapareci con l por una puerta inmediata. --Tus caballos! tus caballerizas! exclam con asombro el faqu. --Si por cierto: estamos preparados: en un solo momento los monfes de las Alpujarras saldran de debajo de la tierra armados y cabalgando como en tiempos de Boabdil. --A quien Dios maldiga. --Si; maldgale Dios: fue un traidor. Apareci entonces Daruh. --Guia este hombre de Dios, le dijo el Julan sealando al faqu, casa del Hardon en el Albaicin. --Qu! de esta entrada corren muchas minas al interior? --Tantas Abul-Hhassam, que si Daruh no te acompaase te perderias en su laberinto. Pero Dios: no puedo faltar mucho tiempo de la mezquita: que Dios te guie y te ilumine, faqu. --Que la proteccion del Dios Altsimo y Unico est sobre t, hermano. Habia un ligero acento de amenaza en las palabras con que se habian despedido el wali y el faqu. Daruh encendi una lmpara, y ech por la mina adelante precediendo al faqu. El Julan permaneci un momento inmvil y pensativo. --El emir lo quiere, dijo al fin; pero hace algun tiempo no eran esas sus intenciones: le habr engaado ese astrlogo embustero? Quin sabe? Que Dios ilumine al magnfico emir. Despues de estas palabras el Julan subi, cerr la trampa, puso sobre ella la tarima, y tomando de sobre una mesa en que habia un crucifijo y una calavera, un cepillo de cobre, sali la ermita, abri su puerta y se puso en ella exclamando de tiempo en tiempo con voz compungida, y haciendo sonar algunas monedas que contenia el cepillo: --Hermanos caritativos! ayudad con vuestras limosnas al culto de esta santa ermita! CAPITULO III. La recua, el carro y el ginete. El sol habia salido, y haciendo honor los pronsticos de Abul-Hhassam, la niebla se habia disipado, contribuyendo ello, un fuerte viento del Norte que habia arrojado las nubes hcia Sierra-Nevada, en cuya cima se agrupaban, como sirvindola de turbante. El golpe de vista que se gozaba desde la ermita de san Sebastian era bellisimo: una ciudad maravillosa, Granada, iluminada por los primeros rayos del sol de la maana, aparecia, extendindose su anfiteatro desde el puente de Genil hasta la encumbrada Alhambra que recortaba sobre el pursimo y radiante azul del cielo, sus torres y sus muros almenados, y sobre estos y entre aquellos, los verdes cipreces de los adarves de la torre de la Vela de la Alcazaba, el bello palacio del emperador Carlos V, y la iglesia de santa Mara. Has cerca las torres Bermejas, con sus robustas defensas; el cerro de los Mrtires, cubierto de crmenes, y estos crmenes cubiertos de verdura, pesar de la estacin, merced al verdor eterno de los laureles, los naranjos, los cipreces y los nopales. Mas abajo los muros, siguiendo las inflexiones de las colinas; la Puerta del Sol, las torres de la ribera de los Molinos, la puerta de Bib-Lachar, el Cuarto Real, la puerta, la del Rastro, de Bib-Ataubin, la Real, de Bib-Arrambla, hasta perderse lo lejos entre las calles de la ciudad nueva; y dentro de los muros, cubriendo las colinas, casas blancas como trtolas en su nido, entre las que brotaban cipreces y laureles, y los campanarios de las parroquias y de los conventos, y de las capillas; y todos aquellos capiteles relumbrando, todas aquellas casas frescas y galanas, todo aquel verdor desmintiendo al invierno y aquellos castillos pesando sobre las cumbres; todo visto travs del dorado vapor producido por la luz matinal del sol naciente, y la derecha la Sierra-Nevada con su turbante de nubes, su blanco manto y su anfiteatro de montaas; la izquierda la extendida vega y las distantes y azules cordilleras; cerca el murmurante y claro Genil; en torno la tierra empapada por la lluvia exhalando un tenue vapor bajo los rayos del sol; todo aquello, repetimos, era una magnfica poesa, escrita la mitad por la mano de Dios, la otra mitad por la mano del hombre. El camino de las Alpujarras, como ahora se dice, de Armilla, se hacia mas concurrido medida que avanzaba el dia; hermosas y robustas aldeanas, la mayor parte moriscas, montadas las ancas de sus pollinos, por temor de manchar con el lodo, sus encarnados zagalejos, llevando en los serones hortalizas en los capachos gallinas y corderos, pasaban alegres entonando el lnguido fandango, interrumpindole de tiempo en tiempo para animar su cabalgadura; oase sin interrupcin el zumbido de los cencerros de las recuas, que conducan la ciudad los variados frutos de las ricas Alpujarras, y de tiempo en tiempo pasaba tambien algun hidalgo, ginete en su curtago con el arcabuz en el arzon y la espada al cinto; toda esta gente, las aldeanas que saltaban de una manera hechicera de las ancas de sus asnos; los arrieros que se separaban de su recua; el hidalgo que dejaba momentneamente el camino, se dirigian la ermita, se descubrian, se santiguaban, y dejaban caer media blanca, moneda de mayor vala, en el cepillo del ermitao. Unos decian al dar la limosna: --Dios le guarde santo ermitao! Otros: --Dios nos ayude hermano. A los primeros contestaba el Julan: --Dios se lo pagar en el cielo. A los segundos. --Dios tendr misericordia de nosotros. Los primeros eran cristianos viejos: esto es, vencedores. Los segundos eran moriscos: esto es, vencidos. Hacia ya mas de una hora que el fingido ermitao pedia para el culto de la ermita, y agitaba el cepillo que era enorme, y que sucesivamente iba produciendo su sonido mas ronco, y hacindose mas pesado, cuando se oy un cencerro mucho mas sonoro que los que habian pasado hasta entonces, acompaado del sonido de muchas campanillas, y desemboc por el camino una recua de poderosos burros que venian al trote, excitados por sus arrieros. Pero lo que tenia de extrao esta recua, ademas de la riqueza y de la variedad de los penachos y los caireles con que venian engalanados los jumentos, era que para cada uno de ellos venia un hombre, y que estos hombres eran jvenes, robustos, bien encarados y gallardos; vestian ni mas ni menos, como los traginantes de las Alpujarras; quien los hubiera contado, hubiera visto que llegaban veinte y dos, y que tras ellos, ginete en un macho, sobre una vistosa enjalma, venia un hombre de mas edad y respeto, y al parecer como capataz mayoral de aquella gente; en cada asno detrs de la carga, que era abultada, aunque no de un peso excesivo, juzgar por lo desembarazado y fcil del trote de los jumentos, se veia un largo arcabuz, y en cuanto al que hacia cabeza de aquellos hombres, llevaba sujetos al cinto dos pedreales y una daga, en el talabarte una espada y mas de esto dos arcabuces pendientes los costados de la parte posterior de la enjalma. Estos veinte y dos jumentos, sonoros con su cencerro y sus cascabeles, pasaron como una exhalacion por delante de la ermita, no sin que el Julan los mirase de una manera profunda, no los burros, sino cada uno de los hombres que llevaban las ancas, ni sin que todos estos hombres mirasen con profunda atencin al Julan. En cuanto al capataz de aquella gente, se desvi del camino, enderez su mulo la ermita, se descubri respetuosamente al pasar por delante de la cruz; pero con un tanto de tiesura y como quien lo hace de mala gana, y parando junto al falso ermitao, que acort el trecho, saliendo al encuentro del que llegaba, cepillo en ristre, el ginete se inclin y ech en el cepillo un doblon de ocho. Aquella enorme limosna, que trocada en cobre hubiera llenado veinte cepillos, era sin duda una sea, puesto que el Julan dijo palideciendo y mirando fijamente al ginete, que era un hombre como de cuarenta y seis aos. --Con que ha llegado la hora? --Si, contest el otro. --T eres el wal, Harum-el-Geniz, exclam el Julan mirando fijamente al otro. --Si, si por cierto, y vengo bien disfrazado cuando solo me has reconocido por la voz. --Buena barba y buenas cejas traes. Y esos valientes que han pasado con la recua son de los nuestros? --Si, son de la taha de Cdiar. Pero vamos lo que importa. Tras m viene un carro de mulas resguardado por cuatro de nuestros mejores hermanos; dentro de poco estar aqu y entrar una persona que viene en el carro orar en la ermita: deja ya de pedir y espera dentro; ya suenan las campanillas de las mulas del carro, y mi buena recua va lejos. Adios. Y apretando las espuelas al mulo, parti al galope al mismo tiempo que el Julan se metia en la ermita. Poco despues apareci en el camino un carro que adelant buen paso; tiraban de l cuatro mulas, al cabezon de una de las cuales iba asido un zagal jven y gil: en la delantera iba un mayoral fornido, y la entrada del carro iba cubierta por una doble cortina de cuero. Detrs y poca distancia armados con lanzas la gineta, venian cuatro lacayos de buen aspecto, y lo bien costeado y lujoso del carro, el valor de las mulas y de los caballos de la servidumbre, y las libreas de estos, todo demostraba que quien de tal modo hacia su viaje, era una persona principal. El carro se dirigi la ermita y cuando estuvo cerca de ella par, uno de los lacayos ech pi tierra, tom de la zaga una escalerilla de madera, la apoy contra la delantera, y el mayoral abri las cortinas que cerraban la entrada: entonces sali una persona con trage negro de caballero, y apoyndose ligeramente en el hombro del lacayo, que pesar del frio tenia el sombrero en la mano, salt al suelo casi sin tocar los travesaos de la escalerilla, pas junto la cruz, se quit devotamente la gorra y entrando en la ermita se arrodill delante del altar. La estatura de esta persona era mediana para hombre y aventajada para mujer, y decimos para mujer, por que por la redondez de sus formas, por lo mrvido de su cuello, que se veia en parte entre una rica gorguera de Cambray y un cumplido antifaz de terciopelo que cubria su semblante; por lo brillante y sedoso de sus largos rizos, muy reparables entonces, puesto que los nobles llevaban los cabellos exageradamente cortos; por la altura de su pecho, por la pequeez de sus manos, por mil indicios, en fin, de delicadeza y de hermosura femenil, se comprendia que aquella persona era una mujer disfrazada de hombre. Sus ropas eran ricas, y como hemos dicho, enteramente negras, y de terciopelo; nicamente su capotillo era de riqusimo pao de Segovia, forrado de armios; llevaba espada y daga; pero no pequeas como pudieran suponerse pendientes de la cintura de una mujer, sino tales como pudiera haberlas usado un capitan de los tercios de Italia, aunque de gran riqueza y primor en sus empuaduras; ltimamente, sus botas de gamuza adobada estaban armadas de espuelas de oro y (cosa extraa) pendiente de un cordon de seda negro, llevaba sobre el pecho una plaquita de oro, en que estaba esmaltada la cruz de Santo Domingo, distintivo usado por los familiares del Santo Oficio de la Inquisicion. El antifaz que esta persona llevaba, sin duda para no ser conocida, no era de reparar en aquellos tiempos, en que tanto los caballeros de algun estado, como las damas, usaban el antifaz cuando iban de camino con el objeto de resguardar el rostro de los agravios de la intemperie. La incgnita estuvo algun tiempo arrodillada ante el altar y luego se levant, mir en torno suyo, vi al Julan que estaba relegado un ngulo junto un confesonario, se dirigi l, sac de su limosnera un pliego cerrado, se lo di y sin decir una sola palabra sali de la ermita, y entr en el carro que seguidamente tom buen paso el camino del puente de Genil. El Julan se volvi de espaldas la puerta y rompi la nema del pliego en la que se leia nicamente estas palabras: _Obediencia y sigilo._ Dentro algunas lneas en caracteres africanos muy bien escritos decian: El Seor Altsimo y Unico prospere tus bienes y te de paz y salud. Sabrs, Julan, como esta noche las doce, llamaran tu puerta todos los xeques de las tahas de las Alpujarras y de la Vega; cada uno de ellos te mostrar una sortija de oro que tendr escrito en la parte exterior el nombre de Dios. A todo el que te presente una sortija tal le introducirs por la mina, haciendo que uno de los monfes que te acompaan le guie casa del Hardon junto San Miguel. A todo el que pretenda entrar sin mostrarte la sortija convenida, prndele y si resistiere mtale.--El emir. Guard cuidadosamente el Julan en su seno esta carta, fu la puerta de la ermita, permaneci en ella con el cepillo en la mano y tan profundamente pensativo, que aconteci que mas de un viandante se acercase l, echase una moneda en el cepillo y pronunciase la frmula de costumbre, sin que el le contestara. Los cristianos al verle tan abstraido decian: --Es un santo. Los moriscos: --Qu suceder que tan pensativo se muestra el Julan? Pero hubo de volver en s de su profunda meditacion al sentirse sacudido de una manera vigorosa. Mir y vi ante s un jven como de veinte y dos veinte y cuatro aos, de altivo continente, rostro moreno y ojos negros y penetrantes: vestia la usanza de los hidalgos castellanos, usaba el pelo corto como ellos, llevaba espada, daga y pedreales y adems, como arma defensiva una coraza blanca y limpia y tenia del diestro un magnfico caballo de raza rabe. --Te he llamado dos veces y no me has contestado, dijo el jven, en qu diablos piensas, Julan? --Ah! es Aben-Aboo, dijo aquel conocindole. --Si, yo soy; pero qu sucede? --Suceder! quin sabe? pero me parece que llega la hora. --Lo mismo me parece m. --Ests seguro de tus parciales, Aben-Aboo? dijo gravemente el Julan. --Como lo estoy de la hoja de mi espada, contest el jven. --Entra dentro, Aben-Aboo, dijo el Julan, que no es prudente, hablar largo tiempo donde alguien pueda vernos juntos. Y diciendo esto cerr la puerta de la ermita, fu la que daba paso desde el exterior su habitacion, la abri, mir con recelo al camino, y viendo que en l no habia nadie, empuj al interior del patio Aben-Aboo que le habia seguido, tir de su caballo, y cuando estuvo dentro cerr el postigo. Un momento despues Aben-Aboo y el Julan estaban sentados frente frente junto al hogar. --Oh! cmo nos engaamos los mas prudentes, dijo el Julan: te muestras muy seguro de tus parciales, y sin embargo ni aun puedes sospechar donde se encuentra ahora Abul-Hhassam. Es, era segun creo uno de tus mayores amigos. --Es sabio y santo, dijo Aben-Aboo: el espritu de Dios ilumina sus pensamientos y las estrellas hablan para l con tanta claridad como el libro de Dios para los creyentes. Abul-Hhassam est en Argel donde yo le he enviado pedir ayuda al dey Aluch-Al. --Sin duda que la costa del viaje habr concluido con las ltimas doblas de la hacienda que te dej tu padre. --En verdad, en verdad que ando muy pobre, Julan. --Ya lo sospechaba yo. Tu hermosa casa de la calle de San Miguel est alquilada; ya no eres el rico hidalgo que viajaba acompaado de lacayos, ahora viajas solo como un cualquiera. --Qu quieres, Julan! decretos son de Dios! pero espero recojer con usura el dinero que he sembrado. --Creo que te engaas, dijo el Julan. Pero creo tambien que creers en mi amistad. --No tengo motivos para dudar de ella. Hemos recorrido tantas veces juntos la montaa! juntos hemos dado muerte tantos castellanos! --Y yo que te he visto valiente y noble, yo que s que como Aben-Humeya tienes derecho al trono de Granada; yo que comprendo que habria un medio para que nuestro invencible emir, pensase en t para hacerte su heredero, yo que te amo, siento un dolor profundo al decirte que es necesario que renuncieis la corona de Granada. Psose en pi de un salto Aben-Aboo. --Qu renuncie ser el caudillo de mi pueblo en la guerra que va emprenderse contra el cristiano! Que otro los lleve al combate! exclam con voz reconcentrada y el rostro lvido de clera. Piensas acaso que yo ambiciono una corona? Miseria humana! Honra y nada mas es lo que quiero. Libertar mi patria lo que ambiciono. Y quin tiene mas derecho que yo para empuar la bandera del Islam? Quin mas que yo ha trabajado, ha velado, ha sufrido, por libertar mi patria? No he expuesto mi vida? No he gastado mis riquezas? --H ah el mal, todo el mal. Por desgracia hay entre nosotros un hombre quien la plebe cree santo, inspirado por Dios, profeta: no ser rey de Granada, sino aquel cuyo nombre salga de la boca de ese hombre. Ese hombre es el faqu Abul-Hhassam. --Pero Abul-Hhassam... --Abul-Hhassam sabe que has gastado tu ltimo doblon. --Mis parientes han hecho pasar por su mano mis riquezas para ayudar la predicacion con la caridad, para proveernos en Africa de armas y de bajeles. --Tus riquezas han servido para aumentar las de ese embustero. --Abul-Hhassam es un santo. --Ha sabido parecerlo, y tanto que os ha engaado tus parientes y t. --La prueba, una sola prueba. --Vuelvo repetirte una pregunta que ya te he hecho: dnde crees que est en estos momentos tu santo faqu? --Ya te he contestado que en Argel. --Hace una hora que Abul-Hhassam ha estado aqu, y ha entrado por la mina en Granada. --Pero eso es imposible, imposible de todo punto. Ayer tarde se me mand de rden del emir, que estuviese hoy en Granada, y yo me he apresurado cumplir su mandato. Pero no sabia que me esperaban tan malas nuevas. --Pues aun hay mas. En Granada se dice entre los moriscos, que Aben-Humeya ser su rey, y que para evitar toda disension, casar con la hija del emir. --Con la hija del emir! con la sultana Amina! pero Aben-Humeya est casado con Ins de Rojas. --La repudiar. --Y su hijo? --Le abandonar como su madre. --Pero esto es un tejido de infamias. --Y crees t que se pare mucho Aben-Humeya en cometerlas, si son necesarias para alcanzar el reino? Es necesario que renuncies por ahora la corona. El emir es poderoso. Nosotros los monfes lo podemos todo. Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar, proteje Aben-Humeya, es necesario obedecer y callar. Y luego, aunque Aben-Humeya sea elegido rey, nada debe importarte; l tendr que vencer las primeras y mas duras dificultades, y luego t... --Y qu me importa que Aben-Humeya sea elegido rey, en comparacion de la prdida de Amina? --Cmo! conoces la sultana? --No. --Y ests enamorado de ella? --Como nos enamoramos de un misterio, tras el cual creemos encontrar un tesoro. Sabes t lo que es en las Alpujarras la sultana Amina? --Si, s que es un Dios. --Todos ansan conocerla y ninguno la conoce. --Te engaas. Hay un hombre que la conoce y que nunca se separa de ella. --Y qu hombre es ese? --Ese hombre es Harum-el-Geniz. Despejse la frente de Aben-Aboo de la sombra nube que la habia cubierto. --Algunas alboradas de verano, dijo suspirando, al volver la ladera de una montaa, suelen verse en el borde del opuesto barranco, brillantes armas, tocas y almaizares; algunos ginetes armados como nuestros abuelos antes de la conquista, pasan deslumbrantes y magnficos, y entre ellos, en un palanquin cubierto con un dosel de prpura, va una dama con vestiduras rgias, cubierta con un velo: la cabalgata pasa, y con ella el palanquin y la dama, y se pierden en las cercanas quebraduras: muchos han visto este prodigio y siempre antes de la salida del sol: los naturales creen que aquellos ginetes y aquella dama son sombras de nuestros abuelos. Ninguno se atreve seguirles por temor que aquellas sombras condenadas pierdan su alma. Pero yo un dia me lanc tras ellos al escape de mi caballo. --Y qu sucedi? --Uno de aquellos ginetes, magnficamente armado, que mostraba en su adarga el blason real de los reyes de Granada, volvi hcia m rienda floja, con la lanza baja, y me encontr de tal manera, que me arroj en tierra, valindome para no ser herido, el buen temple de mi coselete, que es el mismo que llevo puesto: entonces aquel hombre, que llevaba calada la visera, me puso la lanza al rostro, y me dijo: --Jrame si quieres vivir, que no volvers seguirnos. --Te lo juro, le contest. Pero una sola palabra. No es verdad que esa dama no es la sombra de la sultana Zoraya? El jinete lanz una carcajada. --Esa dama, dije con harta imprudencia, es la sultana Amina, hija del poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar. --Si t no te llamases Aben-Aboo, contest con acento irritado el caballero, el nombre que acabas de pronunciar te costaria la vida. Pero cuenta contigo Aben-Aboo; cuenta con lo que haces, con lo que dices y con lo que piensas, porque los monfes estan en todas partes, hasta en el pensamiento de sus enemigos. Dicho esto, revolvi su caballo, y fu incorporarse con la dama, que desde su palanquin habia presenciado impasible mi aventura, y desaparecieron en la vuelta de la montaa. Yo me levant, mont como pude, y volv Cdiar. Desde entonces amo esa mujer. Yo habia visto su apostura magestuosa, sus largas trenzas negras pendientes bajo la toquilla que la encubra: sus brazos desnudos, su talle esbelto, la incitante y lnguida actitud con que iba reclinada en el palanquin que conducian cuatro esclavos negros. Muchas veces he salido de noche de Cdiar, y pi y solo, he ido ocultarme en las quebraduras cercana al barranco por donde la v pasar la vez primera y algunas otras veces, antes de la salida del sol, la he vuelto ver, ya reclinada en el palanquin, ya caballo, ya pi, siempre gentil, siempre magestuosa, pero siempre encubierta. Esa mujer arroja de s, no s qu de voluptuoso, de bello, de magnifico, que arrebata, que enamora, que obliga por su mismo misterio que no pueda olvidrsela. Y luego esa mujer que gasta vestiduras tan deslumbrantes como las de una sultana, quien obedecen hombres feroces, que tiene, sin duda, en alguna sima debajo de la tierra, alczares maravillosos y tesoros inmensos, es un misterio impenetrable. Llmanla unos la hechicera, otros el espritu del Islam, que en forma de mujer vaga por las montaas, de donde espera renazca la gloria del pueblo moro; otros la Dama blanca. Yo s que es la sultana Amina, no s por qu, pero lo juraria. Esa mujer, y no mi pobreza como habias pensado, es la que me obliga retirarme de Granada, porque donde ella est va mi alma y yo no puedo vivir sin verla alguna vez, oculto entre las breas. --Y no conoces t al emir? dijo profundamente el Julan. --Nunca le he visto; pero obedezco sus rdenes, acato su valor y le reconozco como nuestro seor. --Y te obstinas en el amor de su hija? --Es mi ambicion, es mi luz. La busco y se me huye como un misterio, como una sombra: algunas veces he creido tenerla al lado, y luego... era una pobre labriega, hermosa, s, como son hermosas todas las hijas de las Alpujarras, pero ruda y zafia. Algunas veces he creido escuchar entre las quebraduras, una voz dulcsima que me gritaba: Aben-Aboo! y era el viento en cuyos zumbidos creia escuchar mi locura acentos humanos; era un sueo; era mi amor que cree verla en todas partes. En aquel momento rechin violentamente la tarima, se alz crugiendo, impulsada por la compuerta de la mina, y apareci un hombre enteramente envuelto, la usanza mora, en un blanco almaizar. Al verle Aben-Aboo y el Julan, se hicieron atrs, y el primero ech mano la empuadura de su espada. --Antes imprudente y ahora loco, dijo aquel hombre cuyas palabras estaban llenas de autoridad: los monfes estan en todas partes y nadie temen. Te has olvidado ya de la negra aventura que te aconteci, por seguir la Dama blanca de la montaa? --He olvidado la aventura, pero no la memoria de que fuiste generoso conmigo. [imagen: Don Fernando de Vlor.] --Yo! Te he reconocido en la voz. T fuiste el caballero que me derrib. --Has quedado pobre por la patria, noble Aben-Aboo, dijo aquel hombre con voz solemne, has sacrificado tu amor tus promesas. Srvate esto para disculpar tu imprudencia. Amas crees amar esa dama, olvdala. Te crees llamado ser rey de Granada: los monfes te daran rey. --Y con qu derecho? exclam con orgullo Aben-Aboo. --Con el derecho de la fuerza, con el derecho de la justicia. Qu habeis hecho vosotros y vuestros padres, desde el dia de la conquista? doblegaros cobardemente ante el cristiano, aprender su habla, vestir sus trages, acudir sus templos, y murmurar en voz baja y estremecidos de espanto, en lo retirado de vuestras casas, delante de vuestras hijas profanadas y envilecidas por el vencedor: y qu hemos hecho nosotros los monfes de la montaa? no hemos cambiado con el castellano mas que hierro y sangre, odio por odio, exterminio por exterminio: hemos huido de las poblaciones impuras, y hemos hecho nuestros templos las montaas, nuestros alczares, las grutas de los barrancos: y admrate: somos ricos, poderosos, terribles: la Chancilera se aterra nuestro nombre, el capitan general nos teme; cuando un monf da en manos de la Inquisicion, se apresura entregrnoslo; por nosotros la ley alcornica vive en las Alpujarras y el Almanzora; y por nosotros, alentais la esperanza de ser libres algun dia, vosotros, los infames habitantes de las poblaciones. --Infame! eso no! llama infame quien lo sea, no Aben-Aboo, no al enemigo irreconciliable de los cristianos. --Eres bueno y leal, jven: pero es necesario que no seas imprudente. Antepon tu patria tu ambicion: y espera. Entre tanto, toma. --Qu me dais aqu? dijo con orgullo Aben-Aboo: un bolsillo! Soy acaso un mendigo? --El emir de los monfes es tu pariente. --Es verdad. --El emir puede darte oro sin humillarte. --S. --Te ha mandado venir hoy Granada. --Es verdad. --Y vienes sin dinero! El jven se sonroj y call. --Guarda ese oro, jven, gurdalo. Yo te lo entrego de rden del emir. Aben-Aboo guard el pesado bolsillo. --Ahora vete: el emir te ha llamado Granada. Cuando ests en ella, el emir te buscar. Y seal con un ademan de imperio la puerta Aben-Aboo. Este, dominado, sali, tir de su caballo, mont en l, y se dirigi la ciudad. --Para unos hombres la palabra que manda, dijo el incgnito, para otros el amor, para otros la ambicion, para todos el oro. Miseria humana! Cierra tu puerta Julan, y sgueme. El monf cerr, y precedido del encubierto desapareci por la mina. CAPITULO IV. El corral del Carbon. Aben-Aboo habia tomado el camino del puente de Genil, harto pensativo y preocupado; su porvenir era un laberinto en que se embrollaba su pensamiento cuando queria aventurarse en l: no sabia si esperar desesperar: tenia el alma poseida por dos terribles pasiones: la ambicion y el amor: de un lado una corona, del otro una mujer: entrambas misteriosas, pero magnficas, y entrambas difciles y rodeadas por todas partes de peligros. Usaban los monfes de l como de instrumento: le querian por gefe por soldado? Quines eran aquellos hombres? Bandidos los llamaba el vulgo, pero Aben-Aboo no habia sabido explicarse lo que eran. Robaban, incendiaban y degollaban sin compasion, pero jams un buen creyente habia sido acometido por mas que hubiese atravesado solo los desfiladeros de la montaa, ni las haciendas de los buenos moriscos habian sido taladas: los cuadrilleros de la Santa Hermandad jams habia logrado encontrarlos, ni nadie sabia sus guaridas: la dama encubierta era todas luces su reina, y se hacia rodear de un aparato tal, en sus solitarios paseos por los pintorescos valles y quebradas de las Alpujarras, que era necesario concebir en ella algo de regio, algo de grande, algo de magnfico. Por otra parte, aquel hombre que acompaaba la Dama blanca, hasta entonces inaccesible para l, le daba oro en nombre del emir, y le hacia escuchar una voz amiga. Qu significaba esto? le amaba aquella mujer, le temia y pretendia seducirle, engaarle y hacerle esperar por amor Aben-Humeya. De todos modos, Aben-Aboo, deducia, que cuando asi se le trataba, debia temrsele aprecirsele, y esto ya era mucho: esto significaba que se reconocia su poder. La esperanza, ese dulce consuelo que Dios ha dado al hombre, empez refrescar el hasta entonces rido y seco corazon de Aben-Aboo, y como la esperanza nunca llena el corazon del hombre sin traer consigo alguna parte de alegra, medida que se abrigaba en el corazon del morisco, iba dulcificando la torva expresion de su semblante, iluminndole con un aspecto de paz y de resignacion que hasta entonces no habia expresado. Al fin, parte por esta causa, y parte por la necesidad que como morisco tenia de mostrarse satisfecho y tranquilo ante los cristianos para no hacerse sospechoso, medida que despues de haber pasado el puente de Genil, se acercaba la puerta del Rastro, su semblante se serenaba mas, hasta que, llegando la puerta, se mostr ya perfectamente tranquilo. Entonces sus pensamientos cambiaron de rumbo; volvia Granada despues de una ausencia de algunos meses, y podia decirse, que aunque tenia casa, era como si no la tuviese: reducidos sus bienes por una y otra venta, consumidos del todo en expediciones Africa y las Alpujarras, sobre todo como sabemos, en pagar la codicia la ciencia de Abul-Hhassan, solo le habia quedado en el Albaicin, dentro del recinto de la Alcazaba Kadima, y cerca de la iglesia de san Miguel, la casa, con honores de palacio, y palacio verdaderamente en aquellos tiempos, que constituia el resto de la dote de su madre, y la atalaya de las Alpujarras con su pequeo huerto. Pero hasta su ltima dobla habia desaparecido. Un dia, pues, antes de que llegase el caso de contraer deudas, vendi sus caballos y sus esclavos, quedose solo con dos hermosos caballos rabes de montar, y un esclavo negro, se traslad con su pequeo capital y su escasa servidumbre su antiguo seoro de las Alpujarras, y puso su casa palacio del Albaicin con todos sus muebles y alhajas en arrendamiento. Lo populoso, salubre, y en aquellos tiempos aristocrtico, del barrio de san Miguel, hizo que su casa estuviese poco tiempo sin inquilinos: presentse un dia el mayordomo de un caballero de Castilla al administrador de Aben-Aboo en Granada, y por el precio de diez ducados al mes tom la casa para su seor y su familia. Aquel caballero continuaba vivindola, y h ah por qu hemos dicho que Ahen-Aboo tenia casa en Granada y no la tenia. Pero sus circunstancias habian variado: habia aceptado como pariente cercano del emir, aceptando con l, una esperanza, un bolson de oro bastante satisfacer por algunos meses sus necesidades, y se decidi usar de su despotismo de propietario, y arrojar de su cmoda vivienda para ocuparla l mismo, sus inquilinos. Pero para llegar este fin, era preciso pasar por algunos trmites: saber: buscar al administrador, encargarle del mensaje, esperar la respuesta, y acaso, acaso, andar de justicia. Pero es el caso, que Aben-Aboo no conocia su administrador: era de tan poca cuanta la renta que tenia que pasar por sus manos, que el morisco habia desdeado tratar directamente con l, y habia encargado de ello su fiel esclavo Agar. Recordando Aben-Aboo, vino sacar en claro, atenindose las noticias que le habia dado el esclavo, que venia cada tres meses Granada cobrar la renta, que su administrador era un rapista de los famosos de Granada, no porque rasurase bien, sino por su habilidad en puntear la vihuela, que vivia en el corral del Carbon, y que se llamaba maese Pertiez. Armado con estas noticias, y recordando que en el mismo corral del Carbon habia una excelente hospedera donde poder esperar el resultado de su intento de desalojo de sus inquilinos, el morisco tom buen paso por las callejas que ahora se llaman de san Matas, y tropezando y deslizndose por sus estrechuras, lleg al fin delante de la bellsima portada rabe del corral del Carbon, en tiempo de los moros almarestan hospital de los mas famosos de Granada. Entrse de rondon y caballo por el arco flanqueado por los tenduchos nidos de dos adobadores de pieles de gato, ech pi tierra en el destartalado corral, y mir en torno suyo. En un ngulo estaban levantando un tablado y poniendo una cortina, seal clara de que habia llegado la ciudad alguna compaa de farsantes, y que para aquella tarde se preparaba algun auto, loa farsa. Esto tenia en movimiento todos los habitantes del corral; y las vecinas, andaban en retrucanos y agudezas de casa de vecindad, y los chiquillos miraban embobados un hombre, que con trage de botarga, dirigia la construccion de aquel teatro informe, muestra de la infancia del arte, compuesto de una docena de malas tablas, de algunos tapices viejos, de una cortina descolorida, y abierta enteramente la intemperie. Como era natural, este objeto el mas notable de los que contenia el corral, fij por un momento la atencion del morisco, que seguidamente se puso buscar por los mbitos del corral, los vestigios de la tienda de su administrador rapista. Vi al fin, una vieja y abollada vaca que se balanceaba colgada del dintel de una puerta tenebrosa, pero lo que mas que nada le indic que habia dado con su dependiente, fue un alegre y zarandeado ruido, que no armonia, de guitarras y castauelas, que salia como una tempestad por la negra puerta donde la vaca se balanceaba. Enderez para ella sus pasos el morisco, llevando su caballo del diestro, y en breve se detuvo en el dintel de la tienda. A la presencia de uno que creyeron parroquiano, por inters al dueo de la casa, callaron castauelas y guitarras, para que se pudiese oir lo que se hablase, y el morisco pudo decir sin temor de no ser oido, en un acento entre llano y altivo, verdadero acento de gran seor que quiere tratar bien sus inferiores: --Dios guarde la buena gente. --Ah! voto mil legiones de demonios! dijo una alegre voz de jven desde un negro ngulo: bien venido sea el seor Diego Lopez; y qu hora? parece que os han llamado con campanilla, mi buen amigo: haced un lugar en el barreo, princesas, id llenando los vasos: cuernos de Lucifer! pues si es mi mayor amigo? Y adelant guitarra en mano y con los brazos abiertos, un bulto, que al llegar mas hcia la puerta, pudo verse lo que era: saber: un capitan de infantera, jven y buen mozo, con su abigarrado uniforme, su castoreo, su espada de gabilanes, y unos atrocsimos mostachos retorcidos de una longitud espantosa. --Ah! marqus de mis pecados! exclam Aben-Aboo, aceptando el terreno que le presentaban y abrazando cordialmente al capitan: vos en este tabernculo... siempre el mismo, pardiez. --Mi casa no es tabernculo, dijo un hombre diminuto, que necesit para ver al rostro de Aben-Aboo, levantar la cabeza, del mismo modo que un hombre de buena estatura puesto al pi de una torre, se v obligado levantarla para ver su parte superior: sabed seor Diego Lopez, que esta es una casa honrada donde concurre gente noble. --Ya, ya veo que entre vuestros conocimientos teneis nada menos que al marqus de la Guardia. --Chits! exclam el capitan, ya lo habeis dicho dos veces y me habeis perdido: nadie extraa que un capitan ande con la bolsa un tanto ligera... los pagadores de los tercios nunca tienen dinero... pero un marqus... no lo creais, seores, el seor Diego Lopez, mi amigo, se chancea... yo no soy ni mas ni menos que un buen soldado del rey, que gasta lo que tiene, cuando lo tiene... eso si; ea! siga la zambra, y vos sentaos y mirad en qu buena compaa nos encontramos. Dispensad un momento, don Juan, dijo Aben-Aboo; necesito antes que todo, hablar con maese Pertiez. No es esta la tienda de maese Pertiez? --Ya se ve que si, y no me espanta que hayais preferido mis navajas, caballero; son unas excelentes navajas cuando yo las uso... nos conocemos hace ya mucho tiempo; el que se rasura una vez en mi casa, de seguro viene ciento. Y el hombrecillo suavizaba una enorme navaja en un pedazo de cuero negro y lustroso. --Ah! sois vos maese Pertiez? Pues mirad, nunca lo hubiera credo... me pareceis hombre de bien. --Cmo, caballero de gente honrada vengo, y apellido uso, que mas noble, ni en la crte... los Pertiez... --Son indudablemente unas gentes honradas, pero nada importa eso: dejad vuestra navaja que por ahora no pienso ser desollado, y ved donde podemos hablar unas palabras solas. Y Aben-Aboo, que no habia pasado dos palmos dentro de la tienda, at las bridas de su caballo la celosa, que segun costumbre en esta clase de establecimientos, heredada sin duda de los rabes, serva de cancela, y sigui maese Pertiez que le indicaba una pequea puerta. --Ya s para lo que me habeis llamado aparte, caballero, dijo con gran misterio Pertiez cuando estuvieron dentro de un reducido cuartucho... vaya si lo s... pero os advierto, que la empresa en que os meteis es difcil. Aben-Aboo, que tenia mas de un motivo para dar importancia palabras menos graves que aquellas, se alarm, pero encubriendo su cuidado, dijo de la manera mas natural del mundo: --De qu empresa quereis hablar, amigo mio? --Bah! todos los seores de Granada estan alborotados, desde que vino ese prodigio; todos, hasta el mismo don Fernando de Vlor, hombre que jams ha puesto los pis en mi casa, y que ha estado hablando conmigo dos horas largas sobre el mismo asunto. --Pero, de qu prodigio y de qu asunto hablais, mentecato? dijo Aben-Aboo, que era por naturaleza impaciente, y que al oir el nombre de don Fernando de Vlor acab de impacientarse. --Ah! yo creia que veniais por la reina mora. --Por la reina mora? Qu reina es esa? Mir con asombro el barbero Aben-Aboo, y luego dijo: --De donde venis caballero? --Quiero contestaros aunque vuestra pregunta sea importuna. Vengo de las Alpujarras. --Ah! acabramos: ya no me extraa que vos no conozcais la reina mora. Y decidme, no era de eso de lo que veniais hablarme? me alegro, porque asi me ahorrais el trabajo de desesperanzaros. --Acabemos de una vez, dijo Aben-Aboo ya enteramente perdida la paciencia y alarmado por el misterioso sentido de las palabras de maese Pertiez. Sepamos claro qu empresa es esa tan difcil, y de qu reina mora se trata. --Pues seor, la reina mora no es ni mas ni menos, que una famosa comedianta, llamada Anglica, que hace las mil maravillas de reina mora en una farsa de moros y cristianos, que se ha hecho ya tres veces en otros tres dias de fiesta: y como la tal Anglica gasta unas plumas y una saya de relumbron, que no hay mas que pedir, y tiene una voz de ruiseor, y llora que da lstima (porque la farsa es muy lastimosa), y es la mas garrida manceba que yo he visto en todos los dias de mi vida, que es mucho encarecer, porque en Granada hay mozas como serafines, han dado las gentes en llamar la Anglica la reina mora, y los caballeros que gustan de galanteos, y aun los que nunca han andado en ellos, en la empresa de rendir su desvio, que os juro que es empresa mayor y mas difcil que ninguna de las que llevaron cabo los Doce Pares de Francia. --Acabarais de una vez, maese, con vuestras impertinencias que me han hecho perder mas tiempo del que quisiera. Vamos lo que me interesa. Vos cobrais cada tres meses treinta ducados de una casa que poseo en san Miguel. --Qu poseeis! luego vos sois, el seor Diego Lopez! --Ya habeis oido que asi me nombraba el capitan don Juan. --Perdonad seor, pero hay en este mundo tantos Lopez y tantos Diegos... --Bien, quiero perdonaros, pero condicion de que me habeis de hacer un encargo que me interesa, por el aire. --Mandad, seor. --Ireis mi casa. --Ir. --Direis las gentes que la habitan, que se muden al momento. Rascse una oreja, como en muestra de que encontraba sumas dificultades en el negocio, el rapista, y murmur algunos monoslabos. --Qu! creeis, que no puedo yo cuando guste disponer de mi casa? Creo que esa fue una de las condiciones del arriendo: ademas, que segun me ha dicho Agar mi esclavo, la tal gente no ha traido un solo mueble, sino que se sirven de los mios. De modo, que es lo mas fcil del mundo, que carguen con sus maletas y se vayan donde mejor les convenga: no he de pasarlo yo mal, alojado en una hospedera, teniendo casa en Granada. --Y una casa tal como la vuestra; pero es el caso, que la casa est arrendada personas muy principales: y ya veis que el caso es dficilillo... Cuando se trata de gente noble y rica... tomarinlo desprecio, me despedirian de mala manera, y vos podriais tener un lance. --Me importa poco. --Pero cuando las cosas pueden hacerse yendo por el buen camino, es dislate echar por el malo... si consintierais en darle un plazo siquiera de ocho dias... --Ni tres. --Yo os procurara hospedaje tal, que no os pesase (y el rapista se sonreia maliciosamente), tabique por medio de la Anglica, de la reina mora. --De alguna mozuela descarada que me ponderais, esperando que os pague bien las diligencias. --Me injurias, caballero; los Pertiez... --Van concluir mis manos si sois vos el ltimo de la familia. --Nada menos que eso, seor, nada menos: pero os ruego que mireis bien lo que me pedis, aunque no sea mas que por el apuro en que me poneis: si supirais quines son vuestros inquilinos... --Me estan dando ganas de probar por mi mismo lo que haya de terrible en esa gente. --Y que me place seor Diego Lopez, id vos, y ved... contadme despues si yo tenia razon para negarme, es decir, para poner dificultades... en fin, id vos y contadme. --Tendremos aqu otro misterio como el de la reina mora? --Sentaos, seor Diego Lopez; sentaos y escuchadme, que por media hora mas menos no se descompone ningun negocio. Sentse Aben-Aboo, un tanto interesado su pesar por los misterios del rapista, y este, tomando otra silla, se encaram en ella, puso sus pis en el primer travesao, sus codos en sus rodillas y su barba entre sus manos y en esta actitud en que nada se parecia tanto como un mono, dijo: --Hace un ao vuestro honrado negro Agar, que venia m casa tomar leccion de vihuela que era muy aficionado, y para cuyo instrumento... --Maese, si empezais asi, yndoos del camino de vuestra relacion por las orillas, y cada paso, no acabaremos nunca. --Pues si seor, bien; dejando un lado, la orilla, como vos decis, la vihuela, vuestro esclavo Agar, quien conoc... --Mi esclavo Agar, exclam con clera Aben-Aboo, merecia quinientos azotes por haber pensado en vos para encargaros ningun asunto mio. Lo que yo quiero saber es qu clase de gente vive en mi casa, por qu razon es tan temible como decs y concluyamos. --Concluyamos: son cinco hombres y dos mujeres: el uno y la una amos: los otros criados: el seor, el amo, es un hombre de cuarenta y mas aos, muy rico, muy noble, pero muy altivo: la seora, el ama, es una doncella muy hermosa, segun dicen, y segun dicen tambien muy caritativa y dulce, y tratable y muy cristiana, eso si: dicen que es un ngel. La otra mujer, la criada, es una duea como de cincuenta aos, rezadora y gruona, con la cara enjabelgada de soliman y las tocas tales y tan almidonadas, que mas que tocas parecen yelmo de encaje en lo tiesas: de los otros cuatro hombres, el mayordomo, el rodrigon, el cocinero y el paje, no hay que hablar: son cuatro demonios los cuales nunca se les ve la risa. El seor se llama don Alonso de Fuenzalida, la seora doa Ins; la duea doa Mnica, el mayordomo Rodriguez, el cocinero Cuchillada, el paje Ballestilla y el lacayo Judas. --Pardiez! pues tienen nombres de encargo los criados de mis inquilinos! --Esto es todo lo que s de esa familia... por lo dems pagan bien, cuidan de la casa, y tanto que en ella no entra persona viviente y son buenos cristianos. --Con que nadie entra en la casa? --Nadie; y eso que muchos seores que han visto alguna vez, aunque siempre encubierta la seora, andan que se desviven por ella, y muchos se la han pedido su padre... pero ca! yo creo que doa Ins se destina monja. --Tan recatada anda? --Como que se pasan meses enteros sin que se la vea ni por una rendija de los miradores: cuando sale misa, y eso muy de maana, va cubierta de los pis la cabeza con un manto, travs del cual el mas lince solo puede verla un ojo, pero un ojo como un sol... eso si... por lo hermoso del ojo, y luego por su andar noble y grave y por su talle y por su apostura, y por una mano que suele asomar bajo el manto, y por la punta de un pi que suele verse bajo la saya, se adivina... que es adivinar, se tiene certeza, de que es hermosa, muy hermosa, hermossima, y... vamos seor Diego Lopez... vos sois noble, rico, valiente, gallardo y vuestra inquilina es hermosa, honrada, noble y rica... sois mozo... y ella soltera... y qu diablos! si no os emperais en echarlos de la casa, y os presentrais como dueo, acaso, acaso... --Y dnde habeis tenido vos ocasion de ver, aunque encubierta, doa Ins? dijo Aben-Aboo. --En mi casa tres veces. --En vuestra casa... Ah! ya! la habeis visto tres veces, y tres veces han representado en el corral los comediantes... --Eso es. Cuando lleg la compaia de cmicos Granada, como aqu es donde se han hecho siempre las farsas y los entremeses y los bailes, el autor de la compaia, el buen Godinez, me llam aparte y me dijo: maese Pertiez, me han dicho que vos sois el vecino mas honrado del corral; que haceis en l cabeza y que los otros vecinos van por donde vos querais que vayan: ahora bien, segun costumbre, para hacer aqu farsas y otros autos, es necesario pagar tantos reales la hermandad de las Animas, otros tantos la Ciudad, cuyo es el corral, y otros los vecinos por el ruido.--Asi es, le contest, porque asi era la verdad.--Ahora bien mas de eso hay que alquilar tablado y tapices y msicos.--Con los msicos corro yo, le contest.--Corred vos con todo, me dijo; haced que los vecinos nos alquilen las ventanas en un precio arreglado para que nosotros podamos revenderlas al pblico con alguna ganancia; quedaos con las vuestras que yo os aseguro las podreis alquilar buen precio, porque la compaa es muy buena y har ruido, y vos ganareis, y yo ganar y todos ganaremos. --Sabeis maese que para contestar una pregunta, hablais mas palabras que las que tiene un misal? --Que quereis? yo no s dar razon de las cosas sino empezando por su principio, y asi se entera bien el que pregunta y queda satisfecho el que contesta. Como decia, tira de aqu y afloja de all, ajustamos el negocio el autor de los cmicos y yo; por mis conocimientos, que son muchos, y todos por mi navaja, logr que el hermano mayor de las Animas se contentase con tres reales por cada funcion, que la Ciudad perdonase su parte, y que los vecinos por el ruido y el alquiler de las ventanas no pidiesen mas de veinte reales. En cuanto el trato estuvo hecho, el autor colg un lienzo con pinturas extraas y vistosas en la puerta del corral, y el bobo de la compaia, tocando el tambor, se puso gritar y anunciar al pblico la primera funcion. Como hacia mucho tiempo que no habian venido Granada comediantes, se dieron de ojo pedir aposentos y sitio para las sillas, y aunque el corral hubiera sido como Bibarrambla, tantas sillas vinieron que no qued lugar para la gente de pi.--Yo, que al principio vi la bulla, me dije: tengo tres ventanas que vender, las mejores, porque yo he tenido mucha cuenta con que el tablado se haga cerca de mi ventana: si las vendo al principio ganar mucho menos, pero no si me quedo para lo ltimo cuando ya todo est vendido: y dicho y hecho; me sali mejor la cuenta de lo que yo esperaba. --Debeis descender de judios, maese Pertiez... --Vos podeis decirme todo lo que querais, seor Diego Lopez, seguro de que no me he de ofender. Pero vamos al asunto: ya era por la maana del domingo en que habia de hacerse la funcion y como las siete, he aqu que se encaja de rondon en mi casa Ballestilla, el paje de doa Ins, y me dice que su seora quiere ver la funcion y que cuenta conmigo para que le procure un aposento.--Yo le digo que no hay, que seria necesario pagar mucho para lograr que alguno lo cediese por codicia.--Y no hay cuidado por el dinero, me dice el paje ponindome un bolsillo en la mano.--Dgole que vuelva pasada media hora saber la razon y cuando vuelve le llevo mi primera ventana desde la que puede tocarse casi con la mano al tablado:--Todo esto est muy bien: pero mi seora quiere un balcon.--Aqu no hay balcones.--Ya veo que todas son ventanas, pero habiendo dinero, madera y carpinteros todo puede hacerse.--Consiento y Ballestilla parte como un venablo, y poco vuelve con carpinteros y madera, y en un santiamen hacen el mirador que habeis visto desnudo un lado de mi casa: luego le visti de tapices y he aqu un aposento tan bueno como el del rey. El mirador se hizo en una hora. Entonces yo me dije para m: hijo de cristiano soy, gusto tengo como el que mas, vendamos la ventana segunda, y hagamos en la tercera otro mirador, y no faltarn muchos de mis parroquianos entre ellos el capitan don Juan Coloma, que me paguen bien y sobradamente por ocupar un puesto en mi aposento: manos la obra: la una estaba ya todo concluido y empez entrar la gente. Ved ah como he podido ver tres veces y en mi casa doa Ins de Fuensalida... y qu talante el de doa Ins...! os aconsejo seor Diego Lopez que antes de dar ningun paso acerca de vuestra casa, os espereis conocerla. --Me urge maese, me urge, y no estoy de humor de amoros ni de galanteos... no me pesa por otra parte que me hayais dado algunas noticias de esa familia; bueno es saber con quien se trata; asi pues ireis y direis ese caballero... Interrumpi en aquel momento Aben-Aboo el rechinar de la puerta de la habitacion en que se encontraban y abrindose aquella entr un hombre como de veinte y cuatro aos con librea de paje de casa noble, y al ver Aben-Aboo, se quit respetuosamente su gorra. --Ah! mil perdones! dijo, yo creia que estbais solo, maese Pertiez. --Ah! es el buen Ballestilla, dijo el barbero; que me place. Se no os vens como llovido del cielo; he aqu al seor Diego Lopez, el dueo del palacio que habitan vuestros amos: y que en este momento... Ballestilla interrumpi providencialmente al barbero cuando este iba decir, por quitarse el muerto, la pretension de Aben-Aboo de que sus inquilinos dejasen la casa. --Vuesa merced es el seor Diego Lopez? dijo acreciendo en cortesana Ballestilla: pues me alegro, si ciertamente. --De qu os alegrais mozo? contest con secatura Aben-Aboo. --Me alegro porque el encontraros aqu me escusa de buscaros. --De buscarme? y quin os manda buscarme? --Mi seor don Alonso de Fuensalida. --Y para qu me quiere vuestro seor? --Esta carta que me ha dado para vos os lo dir, seor, contest Ballestilla sacando del bolsillo de sus gregescos una carta. Tomla Aben-Aboo, rompi el sello blasonado de la nema, en la cual se leia: Al seor Diego Lopez de un su amigo, desdobl el pliego y ley lo siguiente: Amigo mio: permitidme que os trate con esta confianza, aunque no os conozco, y que sabiendo que acabais de llegar hoy Granada, me apresuro ofreceros en vuestra casa, en la cual con vuestra licencia vivo, el aposento que os tengo preparado. Cmo s que habeis venido, y las sencillas razones que me aconsejan pediros vivais en nuestra compaia, las sabreis si, como espero, consents en honrarme acompandome hoy la mesa. Dios os guarde. De Granada 19 de diciembre de 1568.--vuestro amigo don Alonso de Fuensalida. Quedse absorto con aquella novedad imprevista Aben-Aboo. Indudablemente aquel era un dia para l de singularidades. Prudente por naturaleza y conocedor por experiencia de que nada que tenga visos de singular debe desatenderse por quin como l se encontraba en una de las situaciones mas delicadas en que puede encontrarse un hombre, pleg lentamente la carta, y dijo Ballestilla.--Decid vuestro noble amo, mozo, que he recibido su carta, que he apreciado en lo que valen sus palabras, que no le contesto por escrito por no deteneros, y detener con vos la expresion de mi agradecimiento y que tendr el placer de comer con l en su compaa segun me dice lo desea. --Tendr la honra de decirlo asi mis seores, seor hidalgo. Mis seores se sientan la mesa las doce. --No faltar. --Permitidme que diga dos palabras maese Pertiez. --Decidle cuantas gusteis. Ballestilla sac de su bolsillo una bolsa de seda y la entreg al barbero. --A las dos, ya sabeis, le dijo, tened dispuesto el aposento, poned una silla mas: es decir tres sillas. --No har falta, seor Ballestilla. --Y adios seor hidalgo, aadi el paje inclinndose profundamente ante Aben-Aboo; adios maese Pertiez. Y se dirigi la puerta volvindose antes de salir para saludar otra vez Aben-Aboo. --Y deciais, exclam el morisco cuando qued solo con el barbero, que los servidores de ese don Alonso de Fuensalida eran zafios y montaraces? --Es la primera vez que veo al seor Ballestilla corts y comedido. Pero propsito de lo que estbamos hablando antes de que llegase, qu os decia yo..? es bueno esperar para ver... os convidan comer... bah! de seguro que de este convite salen muchas cosas. --Por lo pronto sale una que me contrara en extremo. --Sepamos: ya podeis haber conocido que yo s hacer milagros. --Pues ved si lograis hacer uno que necesito, aunque me parece difcil. --Veamos. --Decs que ese caballero es muy rico. --Si por cierto. --Viste con esplendidez? --Terciopelos y brocados, y una cruz de Santiago de diamantes y rubes lleva con mucha frecuencia, que vale un tesoro. --Pues ved ah que yo no puedo presentarme en casa de hombre tan principal y primeras vistas con mi vestido de camino, ni con este coleto usado que llevo bajo el coselete: necesito gorra, jubon greguescos, calzas, zapatos, todo rico y bueno: hasta espada y daga: diablo.... diablo.... necesito vestidos riqusimos, y nada traigo conmigo mas que dinero y camisas limpias. --Pues me parece que el milagro lo tenemos hecho y poca costa. --Cmo! habr un sastre que haga en dos horas esas prendas? habr un armero en Granada que tenga daga y espada como las que yo necesito? --Estoy mirando que sois de la misma estatura y de las mismas carnes que un amigo vuestro que no est lejos y que por mas seas est ahora mismo alborotando por ciento. --Cmo! el capitan don Juan Coloma? --Ciertamente. El os puede proveer de cuanto necesitais y asi como asi le haceis un favor. --Don Juan es un loco, que jams posee un escudo y fuera maravilla que tuviera prendas como las que necesito. --Don Juan es un hombre de suerte: es cierto que gasta como el fuego; pero cuando ha gastado su ltimo real he aqu que sin saber como, se le vienen mil las manos. Ademas es jugador y le sucede como todos los jugadores: arca llena y arca vaca; cuando tiene una buena entrada provee sus armarios, y se presenta relumbrante como el marqus de Mondjar en los dias de crte, como don Fernando de Vlor en cabildo; llega un apuro y los brocados y los cintillos y hasta el caballo, vuelan: de la hostera de la Cruz se viene vivir la hospedera del Carbon y hace su gasto diario con dos reales que yo le presto. Nunca ha llegado deberme treinta; siempre antes de los quince dias me paga, y se vuelve la hostera de la Cruz; ya sabeis en la plaza nueva, frente al palacio de la Chancillera. --Y ahora os debe?. --Veintiocho reales. --Lo que demuestra que antes de apelar vos habr vendido todas sus prendas. --No por que de esta vez est enamorado. Asistiendo en mi aposento, en el aposento que como os he dicho, he reservado para mis amigos y para m; vi doa Ins, la hermosa hija de Alonso, y se enamor perdidamente de ella. Tenia algunos doblones y los gast en brocados, tres cuatro vestidos completos, tres cuatro juegos de espada y daga. Ya se ve, queria estar galan por que las galas para las mujeres son las dos partes, y el hombre la una. Con que, vamos, vamos al asunto que es ya tarde, tengo que hacer poner los tapices en los aposentos, y no hay tiempo que perder. Oid: ya se marchan los cmicos para irse preparando para la funcion. Procuraremos que don Juan no se nos marche con ellos. Y abriendo la puerta sali y asi por el coleto al capitan, que se iba en pos de una turba de msicos y farsantes, que salian de la tienda con las vihuelas debajo del brazo. --Eh, seor don Juan! perdona, le dijo, pero vuestro amigo el seor Diego Lopez os necesita. --Yo cre que no acababais nunca, y estaba resignado verle en mejor ocasion, porque creo que el seor Diego Lopez ser de los nuestros esta tarde. --No lo s; aunque creo que le tendremos vecino: pero venid. El capitan entr y Aben-Aboo le sali al encuentro. --Necesito pediros un favor, seor marqus, le dijo. --Cuantos querais amigo mio. Diablo! fe fe que no esperaba yo nunca tener la fortuna de favoreceros: se trata de algun desafio? de algun empeo de honra? pues adelante pesar de las pragmticas del rey y del capitan general de la crte y reino de Granada. --No, no se trata de eso.... tened la bondad de dejarnos solos maese Pertiez. --Que vanidosos son estos seores! dijo el barbero saliendo: y al fin y al cabo en mas de una ocasion tienen que acudir m. --Se me atraviesa un compromiso infernal, don Juan, dijo el morisco cuando se encontraron solos: yo me habia venido de mi retiro de Cdiar la ligera, sin pensar en que tuviera que necesitar nada, y he aqu que me hallo en gran apuro. Psose encarnado hasta lo blanco de los ojos, el marqus. --Diablo! diablo! si fuera de noche y tuviramos una hora de espera y un solo escudo, yo tengo una suerte insolente al juego: solo que no juego sino cuando me es de todo punto necesario dinero: el juego es un robo, si, pardiez.... y.... vamos.... no podiais haber llegado peor ocasion; no tengo un maraved, me podeis creer fe de caballero, y lo que mas me pesa es que podais creer que me niego cuando.... pues.... Satans me asista..!. he aqu un compromiso mayor que el vuestro. --Con que no teneis dinero! --Esas cmicas se han bebido y se han comido mi ltimo real de ocho. --Oh! pues ved ah que no es dinero lo que me hace falta. Respir recio como si le hubieran quitado una montaa de encima al marqus. --Pues si no necesitais ni espada ni dinero, que quereis de mi? --Quiero que en el momento me vendais uno de vuestros mejores vestidos, una daga y una espada de crte. --Acabramos! me habeis dado un mal rato: esto es distinto: voy buscar mi lacayo Peralvillo, y al punto teneis aqu lo que querais. --Esperad un momento; vos teneis lo que yo necesito y yo tengo lo que vos necesitais; --Que quereis decir? exclam el marqus ponindose de nuevo encarnado como una guinda. --Quiero decir que hace mucho tiempo que nos conocemos, para poder tener entera confianza el uno respecto al otro. Ademas que recuerdo que nos conocimos por haberme vos salvado la vida en una ria. Os he ofrecido yo oro por la vida que me disteis? --Bah! no hablemos de eso. Ahora bien: tomad de mi lo que habeis menester; mejor dicho: tomad lo vuestro por que vuestro es todo lo mio, y adios. --Ya sabeis que yo soy firme en sostener lo que digo. --Si fe. --Pues os afirmo que si no aceptais el precio de esas prendas que necesito no uso de ellas. --Esto es ponerme entre la espada y la pared, amigo Lopez. --Esto os lo digo para que sepais, que me interesa en gran manera tener antes de poco esos vestidos y esas armas; que no cedindomelos por su valor, no los tomo, y que obligndome no tomarlos, me poneis en un caso apuradsimo. --Con vos no hay medio. Sea. Quedad con Dios. Ya hablaremos de eso. --No, ha de ser ahora. Estoy seguro, de que una vez esas prendas en mi poder, huiriais de m para no tomar su importe, con mas cuidado que de un acreedor judo. --Lo que molesta debe terminarse pronto. Os conozco y veo que con vos no hay escape. Me debeis treinta doblones, que os juro recibir otro dia. --No me gusta deber. H aqu los treinta doblones. Y Aben-Aboo sac de la bolsa que habia recibido nombre del poderoso emir de los monfes de las Alpujarras, una cantidad en oro equivalente la suma que habia marcado, el marqus. --No os perdonar nunca este sonrojo, dijo este guardando con embarazo y sin mirarla, la suma que Aben-Aboo habia puesto en su mano. Es la mayor prueba de amistad que podia daros. Adios pues; en donde os busca mi lacayo? --Aqu mismo en la hospedera. --Pues adios. --Adios, seor marqus: hasta la tarde. --El marqus sali apresuradamente y Aben-Aboo sali tambien de la tienda murmurando: --Que noble y que franco! Lstima que sea cristiano! CAPITULO V. De lo que vi y oy Diego Lopez en el poco tiempo que estuvo en la hospedera del Carbon. Entre tanto maese Pertiez, contento con haber salido del atolladero en que le habia puesto la pretension de Aben-Aboo, habia conducido este la hostera y recomendndole para que le diesen uno de los mejores aposentos. Subiase la hostera por una escalerilla situada en uno de los ngulos del corral, escalera que tenia y aun tiene ciertos resabios moriscos, y al desembocar de aquella escalera, se entraba por una puerta ennegrecida, que al abrirse hacia sonar una campana en un corredor largo y tortuoso, iluminado por unas altas lucanas desprovistas de vidrios, por las cuales entraban el viento la lluvia el polvo segun era la estacion el estado atmosfrico. De la misma manera que sobre la puerta de entrada estaba escrito con letras brbaras: Hostera del Carbon, habia sobre las de los aposentos situados derecha izquierda enormes nmeros que seguian una correlacion casi infinita. Antes de llegar otra puerta donde se leia la palabra cocina y despues de muchas vueltas y revueltas, habia contado Aben-Aboo, por mejor decir leido hasta el nmero cincuenta y nueve. La numeracion seguia, pero maese Pertiez se entr de rondon en la cocina. Rey de aquel departamento, en medio de una atmsfera clida y grasienta, habia un hombre alto flaco, vestido de una manera ordinaria, y constituyendo la mitad de su traje un enorme gorro blanco, y un mandilon del mismo color que le cogia de alto abajo por delante, y que no estaba tan limpio como hubiera sido de desear: aquel hombre cuando entraron Aben-Aboo y el barbero empuaba una cacerola, y hacia andar de prisa, en una actividad increible, cuatro marmitones que se ocupaban de faenas culinarias, en derredor de un inmenso fogon, enteramente cubierto de tarteras, ollas y sartenes. Hervian los unos, chirriaban las otras, desprendiase del todo un olor indefinible, y una niebla de humo velaba aquel conjunto, capaz por s mismo de dar hasto un hambriento. Al ver entrar maese Pertiez en su habitacion principal, en su sala de honor, por decirlo asi, con un jven del aspecto de Aben-Aboo, el hombre de la cacerola entreg la que tenia en la mano un marmiton, y adelant hcia los recien llegados luciendo en sus labios la noble sonrisa del cocinero y del hostalero quien se presenta un husped, y --En que puedo servir vuesamerced? dijo prescindiendo enteramente del barbero, quien trataba como cosa de la casa. --Este caballero, dijo Pertiez, necesita vivir en vuestra casa, nicamente hasta las doce del dia. Secse, por decirlo asi, la sonrisa en el semblante del hostalero: eran ya las diez. --Lo que no importa, aadi Pertiez, porque el conocimiento con un hidalgo tal como el seor Diego Lopez, es siempre un conocimiento que vale mucho. Volvi la boca del hostalero la mitad de la sonrisa que habia desaparecido de ella, y se inclin de nuevo. --Siento mucho, muchsimo, que.... Aben-Aboo le interrumpi impaciente. --En fin, dijo: no teneis un aposento donde meterme? Poco os importe el tiempo; figuraos que he vivido en el un mes, que he comido todo lo que teneis en la despensa, y poned la cuenta. --No no lo digo por tanto, contest apresuradamente el hostalero, si vuesamerced me hubiera dejado concluir, hubiera oido que lo que siento mucho muchsimo, es no poder dar vuesamerced aposento tal como el que merece: con la multitud de hidalgos que han venido las pascuas que se acercan, y la compaa de comediantes del seor Godinez.... --Bien, bien; pero tendreis un aposento cualquiera. --Si seor, el nmero sesenta y siete. Diablo! diablo! un aposento oscuro, donde es necesario tener luz encendida todas horas si se ha de ver algo. --No importa; llevadme ese aposento y concluyamos. Era tan concluyente el mandato, que el hostalero, tom dos bugas de sobre un anden donde habia otras muchas, encendi la una, y tomando una nica llave de una larga espetera, llave que estaba colocada bajo un nmero sesenta y nueve, sali precediendo Aben-Aboo y Pertiez. A penas se habian aventurado en el corredor cuando se oyeron pisadas de mujer, fuertes, como de buena moza, acompaadas del crugir de una falda de seda. --Alto, dijo con un acento malicioso insinuante maese Pertiez; alto, seor Diego Lopez; el corredor es estrecho y ser bien que nos hagamos un lado para que pueda pasar su magestad la reina mora. --Ah! sois vos! maese rapista, dijo una mujer que lleg punto y cuyo semblante al reflejar en el la luz del hostalero, deslumbr Aben-Aboo por lo extraordinariamente hermoso; Dios os guarde, amigo mio; y vosotros tambien, seores; y decidme, que tengo curiosidad de saberlo: os han mandado poner ya las celosias en el aposento aquel que est cerca del tablado...? hablo de aquel aposento que tiene unos reposteros de terciopelo franjado tan ricos. --Ah! ah! all sin duda debe ocultarse algun enamorado de vos, que no quiere acaso que le vean palidecer ante vuestra hermosura, y sufrir y palidecer. --O alguna enamorada: me han dicho que en aquel aposento, han entrado una mujer y un caballero. --Ah! ah! os han dicho... --Y como soy curiosa, quiero que me digan mucho mas, seor Pertiez; por lo mismo os espero en mi aposento. Nmero 13. Con que hasta luego. Adios seor hidalgo, aadi dirigindose Aben-Aboo, quien durante su corto dilogo habia mirado con una extraa insistencia. Adios, maese Briviesca, aadi dirigindose al hostalero. Y se alej ligera y gentil, casi corriendo, entonando con una voz de ruiseor una copla de entrems. --La mejor ave de mi casa, exclam Briviesca, pero dura de desplumar como un grajo. --Oh! la cmica mas hermosa que ha desplumado hidalgos exclam el barbero. --Ah! ciertamente que es una mujer hermossima, dijo con un acento particular Aben-Aboo: Y la llaman la reina mora? --Ya, ya vereis esta tarde como la aplauden, repuso el barbero. --Hemos llegado al nmero sesenta y nueve, dijo Briviesca dando vuelta la llave de una puerta. Entraron en una especie de zaquizami, en uno de cuyos ngulos habia un fementido lecho: completaban aquel mueblaje de posada una mesa mugrienta, dos sillas distintas en forma, aunque iguales en lo viejas y media luna de espejo en un marco negro... --Esto es indigno... lo conozco, dijo Briviesca. --Esto es muy bueno, dijo Aben-Aboo: haced que suban mi maleta y que me traigan agua para labarme. Vos, maese Pertiez, venid despues afeitarme. Por ahora dejadme solo. --Y decs bien; aunque me hubirais necesitado en el momento, os hubiera suplicado me dejaseis libre para ir ver que me quiere la reina mora. --Quiere algo mas vuesamerced? dijo Briviesca. --No, nicamente mi maleta que est en mi caballo la puerta de maese Pertiez, y una taza de caldo de gallina. --Y vino? --No bebo vino, ah! maese Pertiez: haced que cuiden mi caballo. --Muy bien; descuidad por vuestro caballo. --Ah! si viene preguntando vuestra casa por m el criado del capitan... --Por supuesto, le enviar. Que Dios os guarde. --Yd con Dios. A penas se qued solo murmur Aben-Aboo, obedeciendo al encendido recuerdo que le habia dejado la comedianta: --Por la piedra negra de la santa Kaaba, que todos los dias de mi vida no he visto una mujer tan hermosa! La reina mora! es singular. Pero dejando Aben-Aboo entregado tales pensamientos, que nada tenian de extraos en quien como l solo contaba veintidos aos, edad en la que el pensamiento, por graves que sean sus cuidados, pasa con facilidad de uno otro, sigamos aunque nos salgamos del epgrafe de este captulo, maese Pertiez que adelantaba con tanta prisa como era su curiosidad, hcia el aposento nmero trece donde decia vivir la reina mora. Tenia ademas en esto un grave inters el rapista: un inters puramente pecuniario; el inters que tiene por hacer un buen negocio un corredor de amores. Era el caso que don Fernando de Vlor, Aben-Humeya, como mejor queramos, en el momento en que en la primera representacion de la compaa de cmicos se habia presentado en la escena Anglica, se habia enamorado de ella. Al concluir la primera jornada, don Fernando, segun costumbre admitida en aquel tiempo, habia ido la puerta del apartado donde se vestian las cmicas, solicitando entrar para saludar la dama. Pero Godinez, que era al parecer un hombre como de treinta cuarenta aos, cegijunto, enrgico, y un si es no es altivo, le di con la puerta en las narices dicindole: que en su compaa no estaban en uso aquellas costumbres y que las damas tenian casas donde ser visitadas. Don Fernando, pues, se volvi, echando ternos intiles, y hubo de contentarse con arrojar Anglica el joyel de diamantes de su gorra, en el momento en que el entusiasmo pblico enviaba una salva de aplausos la comedianta. Al dia siguiente, se present en la hospedera, pregunt por el nmero de la habitacion de la dama y sabido este lleg la puerta y llam. Abrile una doncella, que contest la corts demanda de don Fernando, con que su seora estaba enferma y no podia recibir nadie. Don Fernando, que iba preparado todo evento, entreg la doncella un billete perfumado de que iba provisto y se retir. El billete que habia dejado Aben-Humeya contenia las palabras siguientes: Hermosa seora: soy el caballero que tuvo el placer de ofreceros ayer tarde su homenaje de la manera que pudo, arrojando vuestros pis el joyel que llevaba sobre su cabeza. Hoy ha venido poner vuestros pis su corazon, que espera levanteis hasta unirle con el vuestro. Si hoy, por un acaso, no puedo veros, os suplico me digais, contestndome, que hora podr veros maana.--Quien os adora por hermosa y discreta: don Fernando de Vlor. Al volver don Fernando su casa despues de otros quehaceres, encontr sobre su mesa, una preciosa caja de oro cincelada, con guarnicion de piedras preciosas, y junto ella un billete. Llam su lacayo y este le dijo que aquellas dos cosas las habia trado una doncella. El billete contenia estas brebes palabras: Seor don Fernando de Vlor: ignoro si la joya que os devuelvo es la misma que ayer me arrojasteis la escena _rindindome un homenage_: como no he encontrado papel mano para envolverla, os la envio dentro de una caja, que encontr tambien mis pis, no s de quien, y que recog, porque las cmicas nos vemos obligadas hacer delante del pblico, lo que como mujeres nunca hariamos. Si habeis creido que con ese joyel pagabais la entrada en mi aposento particular, como por algunos maravedises habeis comprado el derecho de juzgar de mi escaso ingenio, os habeis engaado. Mi aposento no se abre con oro. Mi corazon necesita de mas noble llave para abrirse. Perdonad si os he ofendido, obrando no como una dama de comedias, sino como quien soy.--Vuestra servidora.--Anglica, la comedianta. Hombre de mundo pesar de su juventud don Fernando, crey que la comedianta adoptaba aquella posicion digna y todas luces mas noble, para hacerse mas preciosa, y se obstin, apur cuantos medios se conocen para obtener una cita de una mujer, y ya desesperado, se dirigi maese Pertiez, que tenia una tremenda fama de corredor experimentado. Ofrecile oro montones si le ayudaba rendir aquella fortaleza, pero en vano, aunque obraba con toda la fuerza y toda la altura de su codicia excitada, pretendi hablar solas con Anglica: como maese Pertiez era una especie de omnipotencia en al corral del Carbon y en la adjunta hostera tuvo mil veces ocasion de estar al lado de Anglica; pero esta jams se encontraba sola: jams habia podido el rapista decirla una sola palabra del asunto. Se concibe, pues, con cuanta ansia iria la cita que de una manera tan inesperada habia recibido de la comedianta. Llam, latiendole el corazon de esperanza, esperanza que se refera los doblones que debia recibir, si el negocio se llevaba cabo, de don Fernando de Vlor, y al punto que llam se abri la puerta. Era Anglica en persona. --Entrad, entrad, maese, le dijo, tengo que preguntaros muchas cosas. Pertiez, restregndose las manos de alegra, atraves, siguiendo la comedianta, dos habitaciones y entr en una inundada por un hermoso sol de medio dia y tan ricamente alhajada como hubiera podido estarlo la de la dama mas principal. Pertiez abri tanto ojo: aquellos muebles todas luces no pertenecian maese Bribiesca, que era miserable y raqutico con sus huspedes. --Ah! ah! exclam el rapista: sabeis, seora, que debe de llevaros un sentido por todo esto ese ladron de Bribiesca? --Ah! dijo Anglica, no os he llamado para eso: sentaos. Y le seal un magnfico sillon. --Pero ved, seora, que voy dejar inservible este hermoso terciopelo de Utrech. --Y que os importa? dijo con impaciencia la comedianta. --Ah! ah! los barberos nos estamos restregando continuamente con toda clase de vichos grasientos: qu vida la nuestra! --Me vais contestar en verdad lo que os pregunte maese? le dijo Anglica sin escuchar sus ltimas palabras. --Os contestar todo lo que querais y mas de lo que querais, hermosa seora, contest el rapista. --Decidme, continu Anglica, inclinndose hcia Pertiez, sobre uno de los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: por qu est cubierto con celosas el primer aposento del lado derecho de la escena? --Ah! eso es lo que no podr deciros: por un capricho: lo que s es que quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la Chancillera para tenerle cerrado. --Bien: pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese aposento? --Las personas son un hombre y una mujer. --Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engaado. --Y, permitidme, seora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me entremeto en lo que no debo: qu razones teneis para pensar que haya una mujer tras de las celosias? --Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan por m. Vais ver. Anglica se levant, fu una especie de secreter de bano, marfil, concha y plata, le abri y sac de l un cofrecillo, con el cual fu sentarse en el sillon: cuando abri aquel cofrecillo, se deslumbr el barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban. --Escuchad, dijo Anglica y como si nada la interesasen aquellas joyas; vos habeis visto la comedia que hacemos. --Pues no he de haberla visto? contest maquinalmente el rapista que no quitaba ojo de la pedreria. --Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la muerte de su padre el rey Mirtilo? --Oh! vaya! como que se hunde el corral aplaudiendo; como que dais miedo, seora; tan al vivo lo haceis. --Pues bien, me arrojaron confitura, llenaron la escena de gorras y toquillas, y en medio de todo esto qu diriais que cayo mis pis? --Oh! quin sabe, seora? --Pues bien, cay este collar. Y la comedianta asi por un extremo su magnfico collar de gruesas perlas con broche de brillantes y le levant ante los ojos admirados del barbero. --Y estais segura de que esas perlas y esos diamantes son finos? --Que si estoy segura! este es un collar de reina; este collar vale un tesoro. --Y no sabeis quien pueda haber sido...? --Mientras devolvia al patio, segun costumbre, gorras y toquillas, mir ansiosamente todas partes: deseaba conocer la mujer que se habia desprendido por mi de tanta riqueza: yo habia recibido aquel collar como hubiera recibido una bofetada: con clera: este collar era para m un insulto... la mujer que me lo enviaba, solo habia tenido por objeto humillarme... vos no conoceis las mujeres, aadi Anglica comprendiendo la estpida expresion de asombro que se pintaba en los ojos estraordinariamente abiertos del maese: si; quien me arrojaba este collar, quien me decia sin palabras: toma y deja de ofrecer tu hermosura y tu ingenio la soez admiracion del vulgo, era sin disputa una mujer enemiga mia, que me dispensaba una proteccion humillante; sin embargo no vi ninguna dama, aunque las habia hermosas y bien prendidas, que pudiese hacerme sospechar que era la duea de esta joya: las mujeres lo conocemos esto con una sola mirada: pero habia un aposento cerrado con celosas... tras aquellas celosias debia estar mi enemiga: si, mi enemiga, y en efecto en aquel aposento habia una mujer. --Si sabiais que la habia qu me habeis preguntado? --Os dir; mientras estuve dentro, antes de que se acabase la funcion, encargu un comediante que procurase informarse de qu personas habia en el aposento misterioso: cumpli su encargo y me dijo que habia visto salir un caballero de estado y una dama, pero enteramente cubierta con un manto. Despues para asegurarme mas me dijo que no estaba seguro de si la dama encubierta habia salido no del aposento cerrado, porque habia mucha gente y se habia confundido: pero me asegur que de todas las damas que habia visto solo aquella llevaba manto. --Desesperarse porque sin duda la admiracion de una gran seora os ha ofrecido un hermoso regalo...! --Qu entendeis vos de esto? dijo con impaciencia Anglica. Dejadme seguir porque os cuento nicamente esto para que me ayudeis en mis sospechas para que las aclareis, si es preciso: me vi obligada esperar otra funcion: en efecto el domingo siguiente, cuando el pblico me aplaudia con frenes, yo, que tenia fijos los ojos en el aposento de las celosas vi abrirse una de estas, asomar una blanqusima mano de dama y arrojar mis pis este brazalete. Y Anglica mostr maese Pertiez, cuyo estupor crecia, una segunda y riqusima joya. --Ya no podia tener duda, continu la comedianta, de que en aquel aposento estaba la dama que se atrevia insultarme. Tenia preparado como en la funcion anterior quien la siguiese, y aquella tarde fue seguida. Al volver el comediante encargado de seguirla, me dijo que del aposento de las celosas, acompaada de un caballero de mas de cuarenta aos habia salido una dama cubierta con un manto de terciopelo. Que habia entrado en una litera y que rodeada de muchos criados, habia ido una casa grande y principal en el Albaicin, junto la parroquia de San Miguel. Encargule que se informase de quien era aquella dama, y solo pudo decirme que se llamaba doa Ins de Fuensalida, que salia muy poco, y siempre cuidadosamente encubierta, y por ltimo que iba todos los dias al amanecer la primera misa San Miguel. Irritada de que mi emisario no supiese darme mas claras noticias, ansiosa de conocer por mi misma aquella mujer, me levant al dia siguiente antes de que fuese de dia, y me fu la iglesia de San Miguel esperar esa dama tan misteriosa: al fin al segundo toque de la misa de alba, entr una dama tapada, y aunque su andar y sus maneras no me eran desconocidas, no pude verla el rostro: he procurado corromper sus criados y los he encontrado incorruptibles: por ltimo, en la tercera funcin recib un nuevo ultrage, viendo mis pis estas arracadas que valen tanto como cualquiera de las dos joyas. --Y nada habeis podido averiguar mas claro? --No. He sabido, si, que vos sois el que cobra los alquileres de la casa en que esas gentes viven; que esa casa es de un morisco... --Si, si por cierto, del seor Diego Lopez quien conoceis. --Qu yo conozco al seor Diego Lopez! dijo palideciendo Anglica. --Si por cierto, es el hidalgo quien encontrsteis conmigo en el comedor, y quien habis saludado hace un momento. --Ah! ese jven moreno, plido, de ojos negros, es Aben-Aboo! exclam profundamente pensativa Anglica. --Si, si seora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman don Fernando de Vlor Aben-Humeya. --Aben Aboo! Aben-Humeya! repiti Anglica. --Y si supirais, dijo envistiendo de frente el rapista, cun loco, cun enamorado por vos est don Fernando de Vlor. --Qu est enamorado de m! --Cmo que me ha ofrecido no s cuantas riquezas, si consigo de vos que le permitais hablaros una sola vez. --Ah! murmur Anglica; y reponindose, aadi: hablemos de la dama: vos cobrais los alquileres de la casa donde vive. --Es verdad; pero jams paso de un aposento del piso bajo, donde me recibe y me paga el mayordomo. --Vos habeis revendido ese aposento cerrado esa familia. --Es verdad. --Debeis, pues, haber visto esa dama. --Si, pero cubierta con el manto. --Oh! y no habis tenido curiosidad? --Si por cierto: pero cerraban por dentro con llave la puerta del aposento. --De modo que no la conoceis. --Ni mas ni menos que vos. Golpe impaciente Anglica el pavimento con su pequeo pi. --Pues yo necesito ver frente frente esa mujer, dijo. --Lo creo, murmur el rapista, no encontrando otra cosa mejor que contestar la comedianta. --Y es que vos me vais procurar que la conozca. --Y cmo? --Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento. --Estais en vos? --S que os pido un gran servicio, pero os lo pagar. --Cmo! --Dndoos una carta de cita para don Fernando de Vlor. Alegrse en lo ntimo de sus entraas el barbero, pero se mantuvo firme. --Me peds una cosa muy arriesgada para m, seora. Yo puedo proveeros, cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es la que creeis... --Y qu medio es ese? --El seor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el barbero, est convidado comer con ella, y va vivir en su propia casa. --Esa mujer ser capaz de comer con antifaz, y de hablar oscuras con Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiez, y por la llave del aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de Vlor. --Ddmela! --Cuando me hayais entregado la llave. --Pues dentro de una hora. --Pues hasta dentro de una hora. Pertiez sali contando ya en su imaginacion los brillantes doblones, que esperaba recibir de Aben-Humeya cambio de la cita de Anglica, y esta se qued murmurando: --Aben-Humeya! Aben-Aboo! el uno me solicita loco de amores, y el otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin encuentro el principio de mi camino. CAPITULO VI. En que contina un asunto suspendido en el anterior. Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia establecido maese Bribiesca: habanle llevado el agua, el caldo y la maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiez se habia presentado rasurarle, ni el lacayo del marqus de la Guardia, el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage anhelado. Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un volcan en una palabra; pensaba un tiempo en Aben-Humeya, que le arrancaba la corona con que habia soado; en la Dama blanca de la montaa, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por ltimo, flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje ennegrecido, la magnfica mujer, la cmica, que habia visto un momento al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la hosteria. Eran estas bastantes impresiones para que el jven estuviese profundamente preocupado, pasando de la una la otra en un continuo torbellino, unindolas veces como si fueran partes de un solo cuerpo, como si hubiese entre aquellas mujeres una relacin extraa. Demasiadamente excitado su cerebro, empez embrollarse su pensamiento y el oscuro chirivitil en que se encontraba dar vueltas en torno suyo. Se sent para dominar aquella especie de vrtigo, en una de las sillas que estaban arrimadas la pared, y permaneci inmvil procurando dominar sus pensamientos. De repente oy ruido en el aposento inmediato como de abrir una puerta; luego la voz de dos personas que hablaban con inters. De seguro que Aben-Aboo no hubiera reparado en aquello mas que en cualquier otro incidente vulgar y de poca monta, si la conversacion de aquellos dos hombres no le hubiera llamado vivamente la atencion por algunas palabras para l demasiado interesantes. --Os digo, os repito, decia una voz que acentuaba perfectamente el castellano, que don Fernando acabar por perderse. --Bah! dijo otra voz que tenia, aunque levsima cierto acento extranjero; y qu os importa vos Cisneros, que Aben-Humeya se pierda se gane? --Oh! mas de lo que os parece, seor Godinez, os he traido este aposento apartado porque aqu nadie puede oirnos sabeis lo que ha hecho don Fernando de Vlor? --Alguna cosa como suya, dijo Godinez. --Una atrocidad: ya sabeis que es regidor perptuo de la Ciudad. --Y quin no lo sabe? --Pero no sabeis que este oficio se le habia quitado su padre por delitos, y que despues de su muerte en una prision, el rey le ha dado su hijo por gracia y con arreglo una sentencia de la sala de Granada. Afortunadamente la venticuatria no habia sido declarada vacante, y don Fernando se vi horro de pleitos, pero no de envidias, porque ya algunos caballeros principales habian contado con que se proveria en ellos el tal oficio. Don Fernando, pues, al empuar su vara de regidor perpetuo, se encontr con que aquella vara era para el un haz de enemigos. Se le ha mirado mal, porque todo el mundo mira mal al que es objeto de envidias, y adems de esto porque don Fernando ha tratado todo el mundo con tanta altanera, que todos los tiene ofendidos, y nada hay que extraar en lo que le sucede. --Pero qu le sucede? --Esta maana habia cabildo: segun costumbre inmemorial en Castilla, todos los regidores al entrar en cabildo dejan todas las armas que llevan sus escuderos criados; pues bien, pesar de esta costumbre reconocida y acatada por todos, hasta por el mismo capitan general, don Fernando de Vlor entr en cabildo con la daga en la cintura. --Un olvido! -- una intencion imprudente. Lo cierto del caso es que habiendo notado esto que crey descuido en don Fernando, el regidor don Luis Dvila, advirtile con mesura que no era bien enterase armado donde nadie tenia armas. Replic descortesmente don Fernando, alegando privilegio; don Luis Dvila irritado por su descortesia, le ech mano la daga para quitrsela, y esta accion, tambien imprudente, sucedi un tumulto espantoso; en vano el corregidor quiso calmarlo: don Fernando amenazaba al cielo y la tierra, y yendo el escndalo en aumento, el corregidor llam traidor grandes voces don Fernando y le mand llevar preso. Mas este, que sin duda estaba preparado, rompi daga en mano por medio de los que se acercaban prenderle, dejse herido un portero, gan la puerta de la sala, la antecmara y las escaleras, mont caballo y escap, sin que hasta ahora se sepa donde para. Se ha armado una gresca infernal. Se tienen sospechas de que los moriscos piensan rebelarse, y se cree que todo lo que ha pasado en las casas consistoriales, no sea otra cosa que un lance provocado por don Fernando para tener un pretexto para ponerse la cabeza de la rebelion. Los tercios se han encastillado; no se ven por esas calles mas que caballeros armados de lanza y coselete que corren presentarse al capitan general, y este, el presidente de la Chancillera, el corregidor y el alcalde mayor estan en consejo. Y creeis que esto no me importe nada? --Nada debe importaros Cisneros, nada absolutamente, puesto que vos no sois ni morisco ni soldado. Si la cosa se enreda, con volvernos Sevilla de donde hemos venido, punto redondo. --Volvernos Sevilla! sabeis seor Godinez que estamos arruinados? --Y quin os manda ceder hasta tal punto los caprichos de esa mujer? Hemos ganado un rio de oro, en un ao que andamos representando por Andaluca, y esa mujer ha sido el embudo por donde ese oro ha desaparecido. --Vos no conoceis esa mujer, maese Godinez. --S que es muy difcil encontrar una dama tal como ella: s que sin ella no ganariamos ni la dcima parte de lo que ganamos; pero en cambio no tendriamos que gastar tanto. Es nuestro tirano: con sus humos de gran seora, no hay medio de que se avenga lo que otras damas se avienen; los trages han de ser de lo mejor, de lo mas fino: sedas, pieles, brocados, joyas: su habitacion ha de ser una habitacion de princesa, su mesa una mesa de arzobispo. Si hay polvo humedad en las calles, litera; si la duele un tanto la cabeza no hay medio de hacerla representar, aunque la entrada est hecha. Decs bien, no s quien es, porque esa mujer es un misterio, pero s que todo lo que por ella se gane se gastar con ella, y que en vez de ahorrar nos empearemos. --Pues ved ah por lo que me contraria, me desconcierta, el lance de don Fernando de Vlor; porque no dudarlo, esta tarde no habr funcion, habia muy buena entrada, con la cual esperaba salir de apuros, y ser necesario devolverle el dinero; si al menos esto pasase! pero tiene trazas de haber empezado para no concluir tan pronto. --Os aconsejo que os separeis de esa mujer, Cisneros. A mi, como autor, me importa muy poco porsaco mi parte; pero vos os vais quedando cada dia mas pobre. --Oh! separarme de ella! imposible! imposible de todo punto; Godinez! la amo con toda mi alma. --Pues ved ah, yo no comprendo que un hombre ame sin ser amado, y sobre todo cuando se le dan continuamente zelos. Y os digo esto porque se dice, no s con qu fundamento, que nada conseguis ni habeis conseguido de ella. --Es verdad! es verdad! hubo un tiempo en que cre que esa mujer me amaba: pero me enga. Aun espero el primer favor. --Dicen ademas que ella tiene un amante quien adora, y que el tal amante se jacta de que nadie mas que el ha poseido esa hermosura, tras la cual andan tantos desesperados. --Ah! el marqus de la Guardia se jacta...! tiene razon... porque ella le adora! --Y lo sufrs? --Sufro mas de lo que creeis; por ejemplo: yo que tengo mi aposento cerca del de Anglica, siento todas las noches por delante de mi puerta los pasos de un hombre, que se detiene delante de la puerta de Anglica abre y entra; despues sale por la maana, muchas veces sin recatarse de nadie. --No comprendo vuestro amor. --Es porque yo amo de veras y soy esclavo. --Pues teneis fama de no haber sido asi en otro tiempo. --Qu quereis? Aquellos tiempos pasaron. Un prncipe poderoso era mi esclavo. Tenia en mis manos mas de lo que pensaba. Pero un dia una mujer terrible se puso entre el prncipe y yo... --La hija del emir de los monfes... --Cmo! exclam Cisneros asustado! quin os ha dicho eso? --Bah! yo s quin sois, quin es Anglica, quin es la hija del emir. Vos no sabeis quien soy yo... no os lo digo, porque necesito imponeros respeto para salvaros. --Para salvarme! --No quiero que seais la vctima de esa mujer. --Y sabeis quin es esa mujer! --Vaya si lo s. Como s quin os hiri la noche que la conocisteis. --Que sabeis...! --Si por cierto: fue vuestro amigo el marqus de la Guardia. --Que rondaba la casa de la hija del emir...! --Y vi entrar al prncipe y tuvo zelos. --Ah! pero cuando tanto sabeis, quin sois.... --Que quin soy yo...? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo mismo. Oid; unas veces soy jven: otras viejo: suelo llamarme prncipe, caballero, rufian, comediante: unas veces tengo un nombre, otras otro: Anglica me conoce demasiado bajo otra forma: pero preguntadle si conoce Salvador Godinez? si sabe quin es? De seguro que no piensa que yo soy una moneda falsa. Yo s cambiar de semblante, de cento de edad, aun de estatura: s adaptarme todas las condiciones. Ya me habeis visto representar.... --Y lo haceis las mil maravillas. He tenido zelos de vos. --No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famossimo Cisneros, la delicia de las damas de la crte, que lloran vuestra ausencia, y la admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cmico que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo, entre las gentes. Tan cmico soy que Anglica, vuestra adorada Anglica, que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece un tiempo; que sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni de propsito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que se la acercase, no desconfia de m, y me cree simplemente Salvador Godinez, comediante y autor de la compaa del seor Andres Cisneros. --Qu, amais Anglica! exclam Cisneros que solo esto habia oido de las ltimas palabras de Godinez. --Que si la amo! sino la amara viviria! --La amais! yo creo que esa mujer ha nacido para enamorar todo el mundo. --Os engaais. A esa mujer la sucede lo que otras muchas. Las aman todos, menos el hombre que las posee. --Es decir que el marqus de la Guardia.... --No la ama, porque ama otra. --A otra! --Si, una mujer quien yo amaria tambien, si mi amor hcia ella no fuese insensato; un martirio que me condenaria intilmente. El marqus de la Guardia ama la hija del emir de los monfes, y porque la ama finge amor Anglica. --Nos os comprendo. --La hija del emir se ha perdido para el marqus. Pero el marqus sabe que si una mujer se pierde para su amante, no se pierde jams para la mujer que la aborrece, que la sigue, que la persigue ansiando venganza, cuando esta mujer tiene medios para obrar tan poderosos como son los que tiene Anglica. --Con que la hija del emir y Anglica.... --Son enemigas, enemigas muerte por la sola razon de que aman un mismo hombre. --Lo que no comprendo bien, es por qu me haceis estas revelaciones, dijo con intencion Cisneros. --Porque ha llegado ya el momento de obrar. Anglica sabe que tiene cerca su rival, tiene medios para envolverle en una horrible venganza y obrar. Es mas: yo la ayudar que obre. Por lo mismo para ayudarla, me ver obligado estar separado de ella largas temporadas: yo puedo trasformarme: pasar por monf entre los monfes, por soldado entre los soldados del rey, como paso por comediante entre los comediantes; pero no puedo duplicarme, no puedo hacer dos mi persona, y quiero saber todo lo que dice, todo lo que hace, si es posible, todo lo que piensa Anglica. Para ello necesito un hombre esperimentado, sagaz, que sepa como yo encubrir bajo su semblante tranquilo sus pasiones, dominar los sucesos y no dejarse dominar de ellos; ese hombre sois vos Cisneros: pero para que lo seais, es necesario que os domineis: es necesario que comprendais que una mujer que nos desprecia, que ama otro, sin recatarse de ello, que nos toma como instrumento, no debe inspirarnos amor sino venganza. Es necesario que comprendais tambien que habeis sido muy ambicioso y muy imprudente: que habeis cometido graves delitos cuyas pruebas tengo yo.... --Que yo he cometido delitos! --Si, y ya que me habeis traido un lugar donde nadie puede escucharnos, voy hablaros con lisura. Vos, nacido de la pleve, lanzado por casualidad la vida de comediante, para lo que poseeis grandes talentos, os visteis aplaudido, enriquecido, acariciado por las damas, casi recibido en la crte: entrabais en ella por el postigo es verdad, pero aquel postigo os llevaba donde no llevaba otros la puerta principal. Hace algunos aos trabsteis conocimiento con el prncipe don Carlos, como lo traban generalmente con los grandes seores los hombres que han logrado hacerse famosos en cualquier oficio: ttulo de proteccion del gran seor, hcia el gran comediante. El prncipe no tenia la cabeza enteramente sana y habia nacido ademas muy mal inclinado: era ambicioso, incorregible, dspota, amigo de escesos y enemigo de toda sujecion: la dependencia en que vivia como hijo y como vasallo de uno de los hombres mas terriblemente celosos de su autoridad, le irritaba. Vos comprendsteis todo esto, como lo habian comprendido otros, otro, y pensasteis como aquel otro, aprovechar las perversas cualidades del prncipe para engrandeceros. Aquel otro, que era tambien un gran seor, casi un rey, el emir, en una palabra, conoci que debia aprovecharse de vos y se aprovech. El vnculo que unia un tiempo al prncipe, al emir y vos era el amor de una mujer: el amor voraz, voluntarioso, impaciente, que el prncipe sentia hcia la hermosa duquesita. Quereis que invierta mas tiempo probndoos de qu manera poseo pruebas de vuestra doble traicion contra el rey, incitando la rebeldia al prncipe, irritando sus deseos por doa Esperanza, y sirviendo al mismo tiempo al emir de los monfes? Vos habeis escrito cartas imprudentes, cartas cada una de las cuales vale vuestra cabeza, y esas cartas Cisneros estan en mi poder. --Es decir que me imponeis condiciones! --Me constituyo en vuestro seor, representando al diablo quien os habeis vendido por ambicion. --Y no temeis que est desesperado? --No porque aun sois ambicioso. --Y qu me podeis vos dar? --Puedo daros, si os resistis servirme, una muerte horrible. Porque qu creereis que haria con vos Felipe II cuando supiese, que vos, envenenando al corazon de su hijo, impulsndole la traicion, le habeis obligado matar al prncipe? Cisneros call. --Por el contrario si me servs bien, os enriquecer; es mas: os pondr en ocasion de ser. Quereis ser wal de un rey moro..? pues bien: podr suceder que lo seais. Quereis conquistar la gracia del rey de Espaa y su privanza? Servidme: si solo quereis ser rico, sedlo desde ahora. --Cmo! vos podeis enriquecerme, hacer levantar el destierro que me separa de la crte, fuera de la cual no vivo? --Lo puedo. --Y sin embargo, teneis paciencia para vivir con un miserable salario..? --Imbecil! ese es el antifaz, el medio. Decidme Cisneros: habeis creido de buena fe que hemos ganado todo el oro que se ha gastado en pagar la compaa, y en sostener los caprichos de Anglica? --El pblico ha pagado muy caro.... --Por muy caro que hubiera pagado el pblico, las entradas no hubieran bastado para pagar la compaia, que es muy numerosa y muy buena, porque vos no quereis trabajar con malos cmicos. Quien ha pagado he sido yo: como soy quien vendo las entradas; como nadie tiene que enterarse de ello, he hecho al revs de otros que roban: he aumentado... he aumentado diez veces mas: aposento habia por el que solo han pagado un escudo, y yo he dicho que han pagado un doblon, y asi todo. Con que, nada os importe que los moriscos se revelen no: mejor para nosotros... nada importa que no podamos representar mas en Granada; mejor; nos desembarazaremos de todos esos comediantes, que al fin son ojos que ven, oidos que escuchan y bocas que mienten, y nos estorban. Por lo dems, y ya que os prestais servirme, tened muy en cuenta el no ser dbil con Anglica, revelndola una sola palabra de lo que hemos hablado; continuad, como siempre; tratadme delante de los dems con la soberbia que siempre me habeis tratado, y basta por ahora. Son ya cerca de las doce, y voy ponerme despachar las entradas. --Pero creeis que despues, de lo que ha sucedido esta maana pueda haber funcion? [imagen: Encuentro de Anglica y Aben-Aboo.] --Bah! todo ello no pasar de ruido: ya vereis como se nos llena al corral, y sobre todo que nosotros no podemos suspender la funcion sin rden del corregidor. Tras estas palabras, Aben-Aboo que habia unido su oreja derecha la pared para oir mejor, sinti que los del aposento inmediato se dirigian la puerta, la abrian, salian y cerraban de nuevo. Luego los pasos de los dos se perdieron lo largo del corredor. --Con que ese seor Godinez, no es Godinez? dijo Aben-Aboo, ni esa comedianta es lo que parece, ni el seor Cisneros por lo visto se contenta con ganar su dinero representando? Aben-Humeya, toma un pretesto para la rebelion! Amina ama al marqus de la Guardia! la comedianta tambien! estas dos mujeres se conocen y son enemigas! El seor Godinez alienta proyectos! Oh! por el Dios Altsimo, que mi buena suerte me ha traido esta hostera. Creo que al fin de este laberinto est mi suerte buena mala! la tumba el trono! Pues bien: es necesario que yo me procure un hilo que me guie para llegar al fin de ese laberinto. Cada uno de esos comediantes es un cabo. Pues bien yo reunir los tres. Yo procurar no perderlos. Y el marqus de la Guardia! mi buen amigo! oh! oh! Ahora mas que antes me impacienta la tardanza del criado del marqus! y bien mirado para qu necesito yo sus vestidos? No vengo de viaje? No se por qu tengo impaciencia de conocer esa doa Ins de Fuensalida; me parece que este es otro cabo que me presenta mi fortuna. Habase ya decidido Aben-Aboo por presentarse de cualquier modo en la casa de sus inquilinos, cuando se oyeron pasos en el corredor que se detuvieron junto su puerta y una mano llam ella. Era el lacayo del marqus que traia un emboltorio bajo el brazo izquierdo y una espada y una daga de crte en la mano derecha. CAPITULO VII. De como hasta el fin del captulo no pudo sacar nada en claro Aben-Aboo acerca de sus inquilinos. A punto que daban las doce, llegaba Aben-Aboo, bizarramente vestido con un trage de brocado escarlata, calzas de grana y zapatos acuchillados, la puerta de la casa de don Alonso de Fuensalida, , por mejor decir, de su casa. Al atravesar la ciudad habia observado profundamente el aspecto de ella y nada habia encontrado de extrao: era muy posible que los tercios estuviesen renuidos, instalados en consejo el cabildo y la Chancillera y que se hubieran tomado algunas precauciones; pero las gentes iban tranquilamente por la calle como de costumbre, salian de oir misa de las iglesias multitud de damas ataviadas como la que va misa tarda para ser vista, y muchos soldados alfreces y capitanes, andaban, su paso, y sus negocios, como si absolutamente no amenazara ningun peligro. [imagen: Acercos, don Fernando, acercos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa...] El acontecimiento, pues, de aquella maana en las casas consistoriales habia quedado completamente aislado. Aben-Aboo, se entr por el zaguan, y pidi uno de los lacayos que vagaban por l, le anunciase su seor. Inmediatamente aquel hombre le introdujo, precedindole para guiarle por unas anchas escaleras de mrmol, alfombradas en el centro y unos corredores, alfombrados tambien, una antecmara y una cmara donde le sali al encuentro un caballero como de cuarenta y seis aos, enteramente vestido de negro, de fisonoma enrgica, y hermosa. --El seor Diego Lopez, quien esperaba vuecencia; dijo el lacayo penas vi su seor, retirndose en seguida. --Bien venido seais, caballero, le dijo el seor excelentsimo Aben-Aboo, y tanto mas, cuando mi hija y yo empezbamos estar cuidadosos por vos. --Oh! permitidme que me enorgullezca de haber sido el objeto del cuidado de esa hermosa seora. --Nada tiene esto de extrao caballero, cuando mi hija doa Ins os debe muchas atenciones. --Atenciones! --S por cierto: cuando tuvsteis la complacencia de cedernos vuestra casa... --Decid la necesidad, seor don Alonso: si yo no hubiera venido la pobreza en que me hallo... --No hablemos de esto, sois pobre por que sois honrado, y la honra es el primer caudal de un hidalgo. Dejadme ahora probaros como os debe atenciones mi hija. Cuando supsteis que venia vivir vuestra casa una dama, vos, que del ajuste de arriendo habiais exceptuado cuatro habitaciones, que eran para vos un santuario, las que habia vivido vuestra madre, habitaciones que debian permanecer cerradas, os apresursteis ofrecerlas mi hija para su uso. Doa Ins acept con placer vuestro ofrecimiento, ha vivido en esas habitaciones y ha aspirado el perfume de santidad, de sufrimiento, de dulzura que en ellas ha dejado vuestra madre. Doa Ins vive en la misma habitacion en que vivi vuestra madre, Aben-Aboo. --Ah! sabeis mi nombre! --Porque lo sabemos; porque sabemos que sois primo hermano de Aben-Humeya, que ha cometido hoy, arrastrado por su mocedad y por su imprudencia uno de los mayores desaciertos que pudiera haber cometido, estbamos con cuidado por vos. --Con que sabeis? --Y quin no sabe los pensamientos de los moriscos? Sbelos el capitan general, el presidente, el corregidor... y como vos sois tambien morisco... --Pero vasallo leal del rey nuestro seor, aunque no me haya honrado tanto como mi primo hermano don Fernando de Vlor, dijo cubrindose de la mayor reserva Aben-Aboo, por que no sabia el terreno que pisaba. --Y cmo andais Aben-Humeya y vos? --Nos tratamos como buenos parientes, pero nos vemos poco: l vive generalmente en Vlor con su madre doa Elvira, y yo vivo con mi madre en Cdiar, cuidando de unas tierrecillas que nos han quedado. --Y cmo se encuentra vuestra buena madre? Yo la conoc antes de que os diese luz y era una doncella hermossima, dulce, sufrida; un ngel en una palabra. Baste deciros que estuve enamorado de ella, y que bien hubiera podido ser que nos hubisemos casado. A veces una casualidad dispone del porvenir de dos personas: pero no hablemos mas de esto, porque no debe hablarse de las cosas pasadas. Y puesto que ya os tenemos aqu, vamos tranquilizar mi hija. --Una palabra, don Alonso, una sola palabra: desde que recib vuestra corts invitacion para venir vuestra casa, bajo pretexto de que era mia, estoy luchando con la duda de quin habia podido deciros que yo estaba en Granada, cuando me he venido solo, la ligera y mata caballo desde mi atalayuela de Cdiar, sin avisar nadie. --No lo extraeis: me ha avisado maese Pertiez. Aben-Aboo record que el rapista no se habia separado de l ni habia hablado con nadie; acept con las muestras de la mayor credulidad la respuesta de don Alonso, pero en su pensamiento se estereotip por decirlo as esta frase recelosa: --Quin ser este hombre? quin ser su hija? Don Alonso le hizo atravesar algunas habitaciones demasiado conocidas para l, y cuyo rico mueblaje encontr en el mismo estado en que se encontraba cuando vivia en aquella casa con su madre, y al fin se acerc con el corazon palpitante una puerta cubierta de arabescos. Aquella puerta era la de las habitaciones de su madre. Despues de pasar aquella puerta y una antecmara, don Alonso abri una mampara de cuero de Marruecos recamado, hizo sea al jven para que pasase. Aben-Aboo, al abrirse aquella mampara habia arrojado un grito, involuntario. Delante de l se habia presentado una doble aparicion. Una dama hermossima, vestida completamente de blanco, con una rozagante tnica de brocado, resplandeciendo toda, con sus joyas, con su mirada, con su hermosura, con sus ropas, y por cima de la cabeza de aquella aparicion casi divina, otra mujer no menos hermosa, vestida de blanco, pura, coronada de flores, impresa sobre su semblante de nia, la melanclica expresion de un sufrimiento resignado, que la hacia aparecer mas hermosa: entre aquellas dos mujeres, real la una, pintada la otra, que se tocaban y se confundian la vista de Aben-Aboo, por un accidente de posicion, habia algo de comun, algo de semejante, algo de eso que puede llamarse aire de familia, y que bien podia ser ese misterioso punto de contacto que existe entre dos mujeres hermosas que pertenecen casi un mismo tipo. Para completar mas esta analoga, en el semblante de la una dama, de la dama que respiraba dos pasos de Aben-Aboo, habia la misma expresion de sufrimiento dulce y resignado, que en el semblante de la dama pintada en un magnfico cuadro suspendido de la pared al fondo de la cmara. Aben-Aboo no sabia quin era la dama viva, pero sabia si, que la dama pintada era una reproduccion exacta de su madre doa Isabel de Vlor cuando solo tenia diez y siete aos. La inesperada vista de su madre quien amaba con delirio, puesta de contraposicion con doa Ins, le habia arrancado del corazon un grito de angustia, por decirlo asi, porque al mismo tiempo creia haber encontrado en la jven y hermosa dama que le contemplaba con una profunda paz, mucho de semejante en el trage y en la actitud, con la misteriosa Dama blanca de la montaa. Pero Aben-Aboo tard poco en reponerse, salud cortsmente doa Ins, se disculp de su conmocion con la inesperada vista de su madre quien dijo haber dejado harto triste en las Alpujarras, y se sent la mesa que ya estaba servida y la que asistieron inmediatamente cuatro lacayos cuya librea no podia pedirse nada en cuanto gusto y riqueza. Y cosa extraa! el semblante y las maneras de aquellos lacayos; la precision con que servian; un no s qu de caracterstico impreso en ellos, que Aben-Aboo, no comprendia bien, le impresionaban tanto, como don Alonso, como su hija, como el recuerdo ardiente en todo cuanto habia pasado por l aquel dia fecundo en aventuras. Pero Aben-Aboo era sagaz, astuto y prudente y sostuvo pesar de sus observaciones, con la mayor lisura y naturalidad, la conversacion de generalidades que se sostuvo durante la comida. Nada vi Aben-Aboo que indicase en doa Ins el deseo de agradarle; le trataba con esa fcil manera que est acostumbrado todo el que ha tenido trato de gentes; hacia los honores de la mesa de una manera perfecta, y, sin embargo, lo perfumaba todo para Aben-Aboo, que acab por sentirse impresionado, y, por necesitar de toda su fuerza de voluntad para no perder su aspecto tranquilo. Concluyse la comida cuando eran las dos, y don Alonso pidi las sillas. --Esperamos, dijo, que nos acompaareis: no siempre se encuentra en Granada una compaa tal de comediantes como los que ha traido el seor Andrs Cisneros. Aprovech la ocasion Aben-Aboo para empezar utilizar las observaciones que le habia procurado la casualidad en la hostera del Carbon y dijo con suma naturalidad: --En efecto, mi amigo el seor marqus de la Guardia, quien he encontrado de una manera imprevista casa de maese Pertiez, me ha hecho grandes elogios de esos comediantes, especialmente de una Anglica, que dice es un prodigio; yo le habia creido de buena fe, pero despues he dudado acerca de la habilidad de esa mujer. --Y por qu? dijo sonriendo doa Ins; habeis hecho mal: la Anglica es toda una comedianta que se hace aplaudir con entusiasmo. --Crolo, seora, despues de que vos me lo afirmais. --Y por qu no creerlo por el dicho de vuestro amigo? --Porque mi amigo que es un loco, seora, un hombre de aventuras, est ciegamente enamorado de la Anglica. --Y hace bien, porque es muy hermosa, caballero: en fin, vos la vereis y la juzgareis. --Ah! mi opinion, seora, seria muy falsa: criado, como quien dice, en las Alpujarras, entre cerros, siempre aguijando lebreles, y corriendo tras los corzos, soy casi un rstico. --Pero un rstico, ya que vos lo quereis, que tiene un gusto exquisito, dijo riendo la jven; perdonad si me tomo con vos alguna confianza: estoy viendo todos los dias vuestra madre, he acabado por amarla, y esto es bastante ttulo para que trate su hijo como un conocido antiguo, casi como un pariente; os digo esto para que no extraeis lo que voy deciros cerca de vuestro buen gusto. --Que vos me suponeis. --Del que llevais sobre vos una prueba indudable. --Sobre m? --Si, en el brocado de vuestro trage; es precioso... y rico... las mujeres reparamos mucho en esto, y siempre procuramos informarnos de en donde se venden tan ricas, tan hermosas telas. Donde habeis comprado ese brocado? --En Granada hoy mismo. --Hoy! --Elogiando mi buen gusto habeis elogiado el del marqus de la Guardia. --Ah! dispensad! yo creia que vos... --Nada tiene esto de extrao. Habia venido la ligera y no queria presentarme con el lodo del camino. Afortunadamente encontr mano al marqus que se prest venderme un traje, y l mismo ha elegido este entre los suyos. --Pues debeis estar muy agradecido vuestro amigo. Por mi parte quiero que le pregunteis donde ha obtenido tan hermosa tela. Yo creo que solo en Venecia podr encontrarse hoy y un precio exorbitante. Reparad, reparad, padre mio, lo fino, lo bello de este brocado; es de tres altos y est bordado de aljofar. Con que preguntareis al marqus?... --Oh! de seguro seora. --Las literas esperan vuecencias, dijo un lacayo la puerta. La hermosa dama llam una de sus doncellas, la pidi un manto, y esta le trajo uno de terciopelo en que se envolvi completamente. Despues, asindose con la mayor lisura al brazo derecho de Aben-Aboo. --Vamos, seor Diego Lopez, dijo: estoy impaciente porque viendo la Anglica, comprendais que el marqus de la Guardia vuestro amigo, tiene tanto gusto para sus amores como para sus brocados. Aben-Aboo, seguido de don Alonso, condujo la jven hasta el patio donde esperaban dos literas: en la una entraron el padre y la hija, y en la otra Aben-Aboo. Esta circunstancia favoreci al jven. Se encontraba solo, y por decirlo asi encerrado, y para aumentar mas aquella especie de aislamiento, corri las cortinillas de los cristales, y se entreg la meditacion de lo que habia observado durante la comida. Por muchas razones habia sospechado que quien le habia dado un bolsillo de oro en la ermita de San Sebastian, y el que le habia convidado su casa eran una misma persona: en aquel caso don Alonso debia ser el emir de los monfes y su hija Amina, aquella misteriosa hermosura que nadie conocia: tenia adems razones para sospechar que la mujer rival de Anglica fuese la hija del emir, y otras razones no tan claras para creer que doa Ins, Amina, y la Dama blanca de la montaa eran una misma persona. Pero todas sus suposiciones se estrellaban contra el aspecto y las palabras tranquilas con que doa Ins habia oido y contestado las palabras intencionadas que habia permitido sus recelos Aben-Aboo: ni al oir el nombre de Anglica ni el del marqus de la Guardia se habia conmovido la jven, ni un solo msculo de su semblante se habia contraido, al saber que el marqus de la Guardia estaba enamorado de la comedianta. Extrabale, ademas sobre manera, que una dama de la calidad y del estado que mostraba doa Ins, se hubiese entrometido, por mas que hubiera querido justificarlo, en la calidad del brocado que vestia y en su procedencia. Y en verdad que esto era de extraar, tratndose de un hombre quien doa Ins veia, por lo menos hablaba, por la primera vez. Todos estos pensamientos eran bastantes para revolver el seso otro menos cabiloso que Aben-Aboo, y como si esto no bastase, punzbale el corazon un sentimiento agudo, amargado por un sin nmero de dudas y de temores: este sentimiento era un amor naciente, puro, dominador y tirano, aun en su principio, que habia aspirado Aben-Aboo en la hermosura de doa Ins y de la atmsfera de misterios que la rodeaba. Antes de que el jven hubiese encontrado la mas leve solucion sus pensamientos, par la litera. Entonces, se encontr la puerta del corral del Carbon, la que afluia una multitud inmensa. La funcion debia haberse empezado, estaba punto de empezarse, porque ya el bobo y su tambor habian desaparecido. Sudando y codeando por hacerse visible entre la multitud, aparecia maese Pertiez vestido de dia de fiesta y con su capa nueva de pao fino. Dos lacayos de don Alonso abrian plaza, y al cabo, Aben-Aboo, siguiendo al padre y la hija, se encontr primero en unas escaleras, despues en un corredor, luego delante de una puerta, que abri con llave un lacayo, y al fin dentro de un pequeo espacio cuadrado, cubierto de tapices en las paredes y en el techo, y de alfombra en el suelo y cerrado por delante por una celosa. Ademas en el centro, y por razon de lo frio de la habitacion, habia una copa de plata con fuego. Tres sillones estaban colocados delante de la celosa: sentse en el de la derecha doa Ins, en el del centro Aben-Aboo, y don Alonso, despues de haber cerrado la puerta del aposento con la llave que le entreg un lacayo, se sent en el sillon de la izquierda. Solo entonces y cuando estuvo segura de que de nadie podia ser vista mas que de Aben-Aboo y de su padre, se despoj doa Ins de su velo, dejando descubiertos ante Aben-Aboo, tesoros de hermosura en los redondos hombros, y en el seno cuasi cubierto por un exagerado descote. Aben-Aboo estaba en malas condiciones para consagrarse la observacion de lo que pasaba, de lo que se veia mas all de doa Ins; pero nosotros que no estamos enamorados ni dominados por las pasiones que Aben-Aboo, podemos salirnos de aquella especie de cajon en que estaban encerrados los tres personajes, y dedicarnos la contemplacion del aspecto que presentaba el corral. Tres de sus lados mostraban sus ventanas y corredores henchidos de damas, aderezadas, pintadas, afeitadas, como se decia entonces, luciendo su desnudez pesar del frio; entre las damas cubiertas de plumas y de relumbrones, caballeros jvenes, maduros y viejos, no menos enjalbegados y aliados muchos de ellos, mas que las mujeres: en un aposento grande, al frente, se veia el tribunal del Santo Oficio de la Inquisicion; en otro al lado, el capitan general y sus tenientes y oficiales; mas all el aposento de la Chancillera, y luego el de la ciudad: todos estos aposentos tenian en sus balaustradas, asi como los ocupados por las damas y caballeros particulares, ricas colgaduras de seda de terciopelo, del color y con las armas que correspondian cada corporacion familia, lo que, siendo muchos los colores y harto diferentes los blasones y las empresas, formaba un peregrino contraste: solo habia una colgadura repostero que no tenia armas ni empresa; pero en cambio era tan rico, tan recargado de oro y adornos, que valia l solo por todos los del corral: este repostero era el del aposento del llamado don Alonso de Fuensalida. Descendiendo al patio, all era tambien grande la variedad de colores, cintas y preseas: ocupaban las sillas hombres, en general, y algunas damas galantes en la delantera junto los msicos: medida que las sillas estaban mas lejos de la escena, era menor el lujo de los que las ocupaban, y al fin, all en ltimo trmino, estrujndose, apretndose, pisndose, apostrofndose, produciendo un ruido infernal, estaba la gente de pi, compuesta de hidalgos pobres y de gente valda. El cuarto lado del corral, estaba enteramente ocupado por el escenario y por los tapices que encubrian los cuartos provisionales donde se vestian los actores: el escenario, propiamente dicho, formado por dos pabellones de damasco rojo y un tapiz de Flandes, sobre un tablado de una vara de altura, estaba inclinado notablemente hcia la derecha, y de tal modo, que el aposento mas cercano l, era el de la celosa. Esto tenia sus razones sin duda, pero los que ocupaban los aposentos y la sillas de la izquierda, se quejaban con razon, porque desde sus puestos no podia verse bien lo que pasaba en el escenario. El cielo estaba radiante y despejado, y como ya eran las dos largas de la tarde, el sol iluminaba nicamente la parte alta de la pared oriental del patio. Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, con su hija y su husped, cuando, como si solo hubieran esperado su llegada, rompieron las guitarras de la msica, acompaadas de trompetas y tambores, que se habian llevado porque la comedia era de moros y cristianos, y habia, por lo tanto, que tocar al arma. Todos estos instrumentos juntos, mal taidos y peor concertados, formaban un estrpito infernal, que solo podia ser tolerable por la costumbre, y sobre todo, por lo corto de su duracion. Concluida aquella especie de obertura salvaje, se corri la cortina, quedando descubierto un espacio cuadrado, formado por tapices, y sali el bobo, vestido de pastor, con zurron, cayado y pellica. Nuestros lectores nos permitiran que les demos una idea de lo que era una representacion teatral en aquellos tiempos, en que el arte escnico estaba en su infancia: ya hemos descrito la manera como se adornaban los corrales en que estas representaciones se hacian: rstanos decr, en cuanto la parte material, que no habia decorado, sino muy raras veces, representando generalmente los cmicos entre cortinas tapices, tras los cuales aparecian desaparecian por una abertura, segn que lo requeria la marcha del asunto: representaban de memoria y sin apuntador, y su declamacion era un tanto cantada, armnica, particularmente en las obras en verso. En cuanto al rden de los espectculos, vamos presentar, como muestra, el de la funcion que iba representarse aquella tarde en Granada por la compaa del famoso Cisneros. Primeramente el introito, con una loa de Torres Naharro, autor dramtico, que floreci principios del siglo XVI. Despues la comedia en cuatro jornadas, y en verso, de un autor desconocido, titulada: Reina Moraima. En tercer lugar, un coro y baile, titulados El amor. En cuarto, el Paso del convidado, de Timoneda; autor valenciano, que floreci por aquellos tiempos: y ltimamente, el Paso del ciego, de Lope de Rueda, que de batidor de oro, se habia convertido en insigne autor y comediante. En la imposibilidad de ofrecer nuestros lectores toda esta funcion, dilogo por dilogo y punto por punto, vamos trascribirles la loa introito que declam el bobo (asi se llamaba entonces los graciosos), no solo para que juzguen del gusto dramtico de entonces, sino para que observen con cunta libertad hablaban entonces al pblico los autores y los comediantes. H aqu la loa que el bobo declam con gran desemboltura y maestra vuelta de botargadas, que se recibian muy bien en aquella poca. Dios mantenga y remantenga mia f cuantos aqu estais, y tanto pracer os venga como creo que deseais. * * * * * Pues pobretos, que quereis vivir sugetos al mundo y su cebico, en mi tierra los discretos al contento llaman rico. Por probar ora os quiero preguntar: quien duerme mas satisfecho, yo de noche en un pajar el Papa en su rico lecho? Yo diria quel no duerme, todavia con mil cuidados y enojos; yo recuerdo medio dia y aun no puedo abrir los ojos. Mas veran: que dais al Papa un faisan y no come del dos granos; yo tras los ajos y el pan me quiero engollir las manos. Todo cabe, mas aunque el papa me alabe sus vinos de gran natio, menos cuesta y mejor sabe el agua del dulce rio. (_aplausos generales_.) Yo, villano, vivo mas tiempo y mas sano, y alegre todos mis dias, y vivo como cristiano con aquestas manos mias. Vos, seores, vivs en muchos dolores y sois ricos de mas penas, y comeis de los sudores de pobres manos agenas. (_aplausos de la gente de pi._) Y infinitos, que teneis los apetitos tan buenos como palabras, no comirades cabritos si yo no criase cabras. Concrusion: pues os demando perdon me lo debeis conceder, y pues que fu mi intencion venir daros prazer; y ser: que una comedia vern Reina Moraima llamada. Sabed que no faltar de graciosa desgraciada. A continuacion, el bobo charl en verso el argumento de la comedia, y, concluido, retirse dentro, llevando consigo una salva de aplausos. Despues de esto inmediatamente debia salir la reina mora, y decir al pblico, que su padre habia sido asesinado, su esposo asesinado, sus hijos asesinados, y que iba por el mundo en busca de un caballero que la vengase del hombre que habia asesinado su padre, su esposo y sus hijos. Sin embargo, Anglica que debia representar la reina mora, no parecia; el pblico empezaba impacientarse, y murmurar, y silbar al fin, y armar un verdadero alboroto. Veamos en qu consistia la tardanza de Anglica. Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, cuando maese Pertiez, se desliz por una escalera de mano, que mas all, apoyada en la balaustrada, daba al escenario, y pasando entre moros y cristianos, lleg un espacio cerrado por tapices, levant uno y se encontr frente frente con Anglica. Estaba la comedianta deslumbrante de hermosura; tenia en la cabeza sobre las pesadas trenzas de sus cabellos, un adorno de plumas y diamantes, un riqusimo collar sobre el casi desnudo seno, y una magnfica y ancha tnica de brocado blanco de tres altos: tenia en la mano su papel plegado, en el que no estudiaba; por el contrario, le rompia lentamente y con clera en pequeos pedazos. Sobre una mesa inmediata habia un objeto de poco volmen envuelto en un pauelo de encaje. Cuando entr Pertiez, Anglica se levant sobrexcitada. --Gracias Dios que habeis venido! le dijo. Traeis la llave del aposento de las celosas? --Es que... me habiais prometido otra llave, que ya no sirve, porque don Fernando de Vlor... --S, si: ya s que don Fernando ha hecho una de las suyas y anda huyendo; pero no importa, dad mi llave al seor Diego Lopez. --Pero el seor Diego Lopez, no me pagar... --Acabrais de una vez; os pagar yo. Tomad mi llave, aadi sacando una de su limosnera, y esta carta para el seor Diego Lopez. Dadme la llave del aposento de la dama encubierta. --Pero... --Ah! me habia olvidado de que era necesario pagaros: tomad. Y se quit su magnfico collar, que no le hacia falta, porque su cuello desnudo era mas hermoso. --Pero... repiti Pertiez. --Oh y que cansado! tomad y dadme. Pertiez sac de sus gregescos una llave que entreg Anglica, y esta le di el collar. --Oid: haced de modo que el seor Diego Lopez reciba mi carta y mi llave esta misma noche. Adios. Y rpida como el pensamiento, sali de entre sus tapices, atraves el interior del escenario, trep por la escalera de mano, y se encontr en el corredor de los aposentos del pblico, que estaba desierto causa de haberse empezado la funcion. Los lacayos de don Alonso que habian quedado la puerta del aposento de su seor, creyendo que no harian falta, se habian escurrido para pillar algo de la funcion entre la gente de pi, y Anglica pudo llegar sin que nadie se lo impidiese aquella puerta, y meti en la cerradura la llave, abri con mano trmula y se precipit dentro. Al ruido, doa Ins volvi la cabeza, al mismo tiempo que su padre y Aben-Aboo. Anglica habia puesto sus manos sobre los dos hombros desnudos de doa Ins, y la miraba frente frente. --Oh! no me habia engaado! exclam, eras t!... t!... siempre t! --Qu quereis seora? dijo con asombro don Alonso. Palideci aun mas que lo estaba Anglica, temblaron sus labios, y sin duda iba pronunciar alguna palabra inconveniente, porque se la vi hacer un esfuerzo sobre s misma. Habia visto junto s Aben-Aboo, que la miraba admirado. --Perdonad! dijo, me he engaado seora: perdonad, seor caballero, pero las cmicas tenemos corazon: yo creia que una mujer quien aborrezco de muerte, de quien he jurado vengarme, y de quien me vengar, me habia arrojado para humillarme desde este aposento estas tres joyas (y Anglica desemvolvi el pauelo de encaje); perdonad otra vez: si yo hubiera encontrado aqu esa mujer la hubiera arrojado estas joyas la cara; pero... me he equivocado... sin embargo, os suplico que volvais admitir estas joyas, que para nada me hacen falta, y que podrn aliviar la suerte de muchos desgraciados. --Guardadlas, Anglica, guardadlas como un recuerdo mio, dijo dulcemente doa Ins. Yo cuido ya bastante de los desgraciados que conozco. Por lo dems, siento mucho que hayais podido creerme enemiga vuestra... --Oh! no! he dicho simplemente, seora, que creia que quien tras tantos misterios, tras estas celosas, me arrojaba la escena estas joyas, era una mujer quien aborrezco, y que tiene muchos motivos para aborrecerme. Una mujer quien yo conoc cuando era una gran seora, como vos lo sois y como yo misma espero volver ser. Perdonadme, pues, mis primeras palabras, hijas de mi equivocacion, y adios, porque veo que la loa ha concluido y hago falta en la escena. --No, no recibir esas joyas: son una muestra de mi entusiasmo hcia vos. Reparo que os falta collar, dijo doa Ins, tomando el de perlas que estaba entre el pauelo; teneis un hermoso cuello, y os estar las mil maravillas. Permitidme, aadi levantndose: quiero ponrosle yo misma. Y como nadie la viese por haberse vuelto, mas que Anglica, la lanz una mirada de amenaza, de odio, de desprecio y de mando un tiempo. Anglica inclin su hermosa cabeza hcia doa Ins, que, al ponerla el collar, la dijo al oido con un acento casi imperceptible, pero que la comedianta escuch perfectamente. --Me le has robado, me has robado mi honra, y me debes tu vida. --Odio por odio, y odio muerte, exclam Anglica en el mismo acento. Y luego, alzando Anglica la cabeza: --Oh! cuanto tengo que agradeceros, seora! exclam: cun buena sois! --Ah! nada me agradezcais, guardad esas joyas en amor mio, y contad siempre... siempre... con que ser la misma para vos. --Adios seora, y perdonad otra vez mi error; adios, caballeros: ya he faltado mi obligacion y el pblico se alborota. Y sali como un relmpago, dejando abierta la puerta. Don Alonso se levant cerrarla. Aben-Aboo entre tanto, decia doa Ins que se mostraba tranquila: --Esa mujer est loca! --Y es lstima, dijo doa Ins, porque es muy hermosa y tiene mucho ingenio. No se volvi hablar una palabra mas, ni Aben-Aboo, aunque estaba gravemente alarmado por aquella nueva singularidad que parecia iluminar el caos de sus dudas, not una sola mirada de inteligencia entre el padre y la hija. Entre tanto seguia el tumulto del patio, cuando h aqu, que cesa como por encanto, y le sucede una tempestad de aplausos y de vctores: tan hermosa y tan bien prendida habia aparecido Anglica, y con tal donaire habia avanzado hcia el proscenio. Pero cuando el entusiasmo pblico, no tuvo lmites, fue cuando, despues de haber hecho la reina mora la exposicion de sus amores y de sus desgracias, exclam con un arranque sobrenatural en una transicion magnfica: Montes, rboles, fieras, venid, y aprendereis de mil maneras, como, pidiendo fuerzas los cielos, una amante infeliz venga sus duelos. Tras esto, sigui la representacion y siguieron los aplausos Anglica y Cisneros, que hacia admirablemente el papel de traidor enamorado. Anglica fue tambien aplaudida con frenes en la cancion y en el baile, y, por ltimo, al oscurecer, terminado el espectculo con gran contentamiento de todos, empez salir la gente. Al salir por los corredores de los aposentos, y como Aben-Aboo, habia quedado un tanto rezagado de don Alonso y de su hija, sinti que le tiraban con impaciencia de las faldetas del jubon. Volvise y encontr bajo su vista la exigua figura de maese Pertiez. Qu me quereis? le dijo. Escuchad una palabra al odo y mostrad una mano. La reina mora, la de la comedia, me ha dado para vos esta carta y esta llave: la llave por si no os lo dice en la carta, es la del corredor de su aposento: el nmero 13. Teneis mucha suerte, seor, mucha suerte: todas os aman. Y el hombrecillo se escurri, dejando en las manos de Aben-Aboo la carta y la llave. CAPITULO VIII. El panderete de las brujas. A la misma hora en que el pblico salia de ver la comedia del corral del Carbon, esto es: al oscurecer, se abri silenciosamente un postigo en una de las tapias de los huertos del cerro de San Miguel por la parte de la Torre del Aceituno, y salio un hombre embozado hasta los ojos: cerraron de nuevo el postigo y el bulto embozado sigui adelante por el desierto callejon que existia entonces entre las tapias de los huertos y la muralla del obispo don Gonzalo, por un portillo de la cual sali al campo y sin ser notado por los guardas adelant buen paso hcia la prxima falda del cerro de Santa Elena. Tenia un no s qu de melanclico y fantstico el paisaje la fria luz del crepsculo: el pendiente terreno por donde avanzaba el embozado hcia un barranco cercano, era rido seco pedregoso cubierto, ac y all por tomillos y retamas raquticas: mirando al frente hacia el Nordeste solo se veia la oscura masa del monte de Santa Elena y la desembocadura de un barranco que cortaba su falda por la parte del Este; pero si se miraba la derecha el alma podia aspirar un suave consuelo con la vista de Sierra Nevada en cuyo altsimo picacho del Veleta, reflejaba aun el postrer rayo del sol tindole de color de rosa; mas abajo se veia el magnfico anfiteatro de montaas, tendidas los pis del blanco gigante, y al fin, mas cerca, la roja cordillera de la Silla del Moro, el verde y florido Generalfe, con su viejo y altsimo Ciprs de la Sultana: mas abajo los crmenes del Darro, luego las arboledas de avellanos, en fin, el profundo cauce del rio y las colinas que venian ser por aquella parte la falda del monte de Santa Elena. A la derecha el horizonte se alejaba, la luz pareca mas difana, se perdian en la lontananza las colinas de viedos, y al fin confundidas en la neblina del crepsculo, apenas se percibian las distantes cimas de la cordillera de los Dientes de la Vieja. Reinaba un profundo silencio y en medio de l solo se escuchaba el largo silbido del viento del invierno, que se quebraba entre los barrancos. El embozado, sin cuidarse mucho ni de la soledad ni del frio, sigui resueltamente un paso apresurado, pero con la cabeza inclinada sobre el pecho en ademan pensativo. Lleg al barranco y antes de entrar en l se volvi de una manera brusca y como al impulso de un sacudimiento nervioso. La luna que durante la marcha del embozado, habia aparecido sobre la nevada cima del Veleta, inundando con una dulce luz el espacio, hubiera dejado ver quien cerca de aquel hombre hubiera estado, la terrible expresion de sus grandes ojos negros, fijos en Granada y en la Vega, que desde la altura en que aquel hombre se encontraba, se veian por completo y casi vista de pjaro. --Hoy huyo de t, Granada, dijo aquel hombre extendiendo su brazo derecho hcia la ciudad como en ademan de aplazamiento; hoy me oculto como un malhechor. Pero ay de tus cristianos! ay de tus verdugos, cuando venga llamar tus puertas con las trompas de guerra de mis soldados! ay de t entonces, marqus de Mondjar! ay de t, presidente Deza! Dichas estas palabras que habia pronunciado descuidadamente en voz alta se volvi y al volverse encontr junto s un hombre que tenia un caballo del diestro y que estaba tambien embozado. --Quien v? exclam el primero hacindose un paso atrs y empuando su espada. --Quien ha de ser, contest el otro con acento un tanto seco, sino quien te est esperando yerto de frio hace una hora? --Ah! eres tu Diego Alguacil? exclam el primer embozado: de poco desesperas, en empresa nos metemos en que tenemos que esperar mucho, sufrir mucho. --Entonces bien; pero ahora es distinto: ahora cada instante vale una perla: un descuido puede costarte la prdida de tus esperanzas. --Cmo! exclam con cuidado el otro: pues qu sucede? --Aben-Aboo est en Granada. --En Granada Aben-Aboo! y qu quiere aqu mi amado primo? pretende acaso, suscitarme dificultades? --Todo est preparado para esta noche: se ha guardado un gran secreto pero la venida inesperada de Aben-Aboo, cuando estaba descuidado en las Alpujarras, demuestra que entre nosotros hay traidores. --Traidores! exclam con sarcasmo el primer embozado: es verdad! hace mucho tiempo que viven entre nosotros: all ha vivido el primer traidor de nuestro pueblo... y sealaba la distante Alhambra; all en medio de un vergonzoso silencio, firm las capitulaciones que entregaban Granada sus verdugos los cristianos. Pero el Altsimo fue justo, y el traidor, el miserable, el cobarde Boabdil, fu morir all, al otro lado del mar, defendiendo una corona agena, l, que no supo defender la suya. --No es hora de largas plticas, dije el otro: monta caballo y marcha al Panderete de las brujas. --Te confieso que voy con repugnancia ese lugar maldito. --Te espera en l la Dama blanca. --Oh! la Dama blanca de la montaa! es verdad. Adios. --No te olvides, de que las doce debes estar en la taberna de San Miguel. --No lo olvidar. Adios. Y el segundo embozado se reboz y se alej y se perdi en el descenso del monte hcia la cerca de don Gonzalo. El otro mont caballo, le arrim las espuelas y buen paso, ya al trote ya al galope, adelant por un sendero, estrecho pero llano, que en direccion al Norte orlaba la falda del monte de Santa Elena. Muy pronto lleg al camino de Guadix y al mismo sitio donde ahora se levanta una venta parador; atraves el camino, descendi por un sendero mas estrecho, baj un barranco, le recorri, trep una loma y subiendo asi y bajando los repechos de algunas colinas, lleg al fin un terreno practicable y llano, que se perda en medio de viedos. Despues de haber recorrido por l una distancia como de tres tiros de arcabuz, detuvo su caballo al pi de una colina rida y cnica, que parecia un lunar, una escrescencia maldita en medio de la vigorosa vegetacion que le rodeaba. Aunque de poca altura la colina, el sendero que conducia hasta la cima era escarpado, y no se veia en todo la colina ni una mata, ni un arbusto, ni aun una retama. --El Panderete de las brujas! dijo el ginete con cierto terror supersticioso. Y aquel hombre, que de una manera tan hostil habia hablado de los cristianos, se santigu de la manera mas cristiana del mundo, despues de lo cual hech pi tierra, y adelant hcia la colina llevando el caballo del diestro. Pero penas habia andado algunos pasos, como si hubiera salido de la tierra, se levant de detrs de una pea una sombra blanca; aquella sombra, que parecia un hombre, aquel hombre que parecia una sombra, llevaba la misma armadura y dems ropas, que usaban los ginetes moros del tiempo de la conquista de Granada. --Poderoso, seor, dijo aquel hombre dirigindose al incgnito, no te cuides de tu caballo: yo te le guardar. Sinti el embozado vergenza de demostrar miedo, y aunque el lance se le hacia extrao y desagradable, entreg su caballo aquel bulto blanco y sin decirle una palabra sigui adelante. Apenas se habia aventurado por el escarpado sendero que conducia la cumbre, se levant de un costado otra sombra blanca, y sin decirle una palabra, sigui delante de l gran paso. Las pisadas de aquel hombre crugian como si hubiera ido armado de punta en blanco. Una vez all, el incgnito, por la misma razon que antes, esto es por disimular el miedo, continu hcia la subida de la colina, pero no sin llevar la mano derecha la empuadura de su espada, ni sin invocar fervorosamente el nombre de Dios. A poca distancia apareci una tercera sombra que sigui la segunda en silencio. --Ser hoy sbado! pens con terror el embozado: pero instantneamente desech este terrible pensamiento: era domingo, dia en que las brujas no podian tener conventculo. A medida que adelantaba en el ascenso se iban levantando de entre las peas y quebraduras que flanqueaban el sendero, nuevas sombras: cuando llegaron la cumbre el encubierto habia contado veinticuatro. La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un pandero; en cuanto su calificacion de Panderete de las brujas la justificaba el ser pblica voz y fama que en aquel lugar se reunian todos los sbados celebrar sus conventculos las brujas residentes en diez leguas la redonda. En medio de la cumbre habia un casuco arruinado y desvencijado, en donde segun fama, los demonios levantaban su trono Lucifer, siempre que se celebraba una de aquellas negras, misteriosas y reprobadas festividades, en cuyo trono se sentaba el espiritu de las tinieblas, disfrazado bajo la forma de un macho cabro. El Santo Oficio de la Inquisicion, como era natural y forzoso (y perdnennos nuestros lectores si por un momento les detenemos en la prosecucion de la aventura en que se hallaba tan misteriosamente empeado el incgnito). El Santo Oficio decimos, no habia podido escuchar con indiferencia rumores tan alarmantes la pureza de la religion y de las costumbres de los dominios de la cristiansima Espaa, y se habia trasladado, representado por un exorciente, un maestro en teologa, un familiar y algunos soldados, en el lugar sobre que recaia una tan grave acusacion pblica. Desde el momento la esterilidad de aquella colina en medio de unos campos tan frtiles, lo escabroso de la subida, y, sobre todo, lo ennegrecido, aportillado, feo y verdaderamente infernal, en cuanto al aspecto de aquel casucho medio arruinado, hicieron concebir los delegados del Santo Oficio, grata esperanza de descubrir un filon de brujos y brujas con las cuales hacer un magnfico auto de fe en que la justicia de Dios resplandeciese, tostndolos fuego lento: pero fuese que las brujas estuviesen avisadas, que les diese en las narices el olor tizon del Santo Oficio, que el vulgo se hubiese engaado, como es mas verosimil, hallaron que la casa estaba abandonada, y desmoronndose lentamente, sin visos de haber tenido habitantes hacia muchos aos. No satisfechos aun, esperaron un sbado y la hora de las doce en punto, con la intencion, como quien dice, de sorprender al infierno, repblica terrible contra la que, pesar de su formidable poder, no tenia medio alguno la Inquisicion y aunque llevaron dobles exorcizadores, y calificadores, y aspersadores, nada hallaron en sbado que lo mismo que habian visto de los dems dias de la semana: la luna clara y difana alumbraba en paz el Panderete de las brujas y ni estas parecieron, ni se vi una sola hoguera, ni la mas ligera seal de ceniza, ni aun siquiera el mas leve olor azufre ni demonio: sin embargo de esto recelando la Inquisicion que las brujas hubiesen conocido de antemano su ida y se hubiesen abstenido de concurrir por no ser cogidas _in fraganti_, repitieron sus visitas diferentes sbados: pero siempre encontraron el mismo resultado: soledad y silencio, y algun paredon menos, arruinado por las lluvias por los vientos. Limitse, pues, la Inquisicion, garantir el lugar calumniado de todo acto contrario la religion, bendicindole y gastando en l una caldereta de agua bendita, y celosa de que en su jurisdiccion no hubiese lugar manchado con fama tan nefanda, conden con terribles censuras, excomuniones y castigos todo el que se atreviese llamar de all en adelante aquella colina el Panderete de las brujas. A pesar de esto, el vulgo sigui en su tema, crey nicamente que el diablo se habia burlado de la Inquisicion, y sigui, aunque recatadamente y en voz baja, dando su nombre maldito la colina, nombre que se ha conservado por tradicion hasta nuestros dias; puesto que aquel lugar se llama hoy y se llamar maana, y probablemente pasado maana tambien, el Panderete de las brujas. Conocido el lugar de la escena, sus antecedentes y la razon de su nombre, volvamos al embozado. Sostenido por el orgullo mas que por el valor adelant hcia la casa arruinada cuya puerta desguarnecida se agrupaban los veinte y tres fantasmas que le habian precedido hasta all; se detuvo alguna distancia de ellos y dijo con voz serena: --Ignoro quines sois y vuestras intenciones; pero aqu me llama un empeo, y no veo la persona que busco. Est acaso en esas ruinas. --Pasad, poderoso seor, dijo uno de aquellos hombres haciendo al mismo tiempo seal sus compaeros que abrieron una estrecha calle. El embozado pas y se encontr en un espacio lbregamente oscuro. No sabiendo dnde encaminarse se detuvo. --Seguid, seguid adelante, seor, dijo uno de los hombres que estaban la puerta, y cuando hayais andado diez pasos volved vuestra diestra mano. El incgnito sigui forzando su valor artificial por decirlo asi; los diez pasos se volvi la derecha y vi al fin de una galeria, el resplandor de la luna que iluminaba de lleno un patio cubierto de escombros, en medio de los cuales se levantaba una sombra blanca de mujer, de pi inmovil; mas all todo era sombra y aquella forma gentil, se destacaba sobre ella, con el mismo prestigio fantstico que si hubiera tenido tras s la eternidad. El embozado adelant con el corazon violentamente agitado; la Dama de la montaa, porque sin duda era ella, se le presentaba de la manera mas extraa del mundo. El incgnito adelant hcia la sombra y se detuvo al entrar en el patio. --Acercaos, don Fernando, acercaos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa la mujer vestida de blanco; estais haciendo esperar una dama. --Perdonad, dijo don Fernando, adelantando mas y descubrindose con suma galantera, accion que dej ver la luz de la luna que su frente era noble y altiva: perdonad; pero la situacion en que me encuentro... --Cubros, don Fernando, y sentaos: necesitamos hablar durante un largo espacio y no es justo ni quiero, que sufrais al descubierto el frio de la noche ni que os fatigueis. Y seal don Fernando el brocal de un pozo cegado, sentndose al mismo tiempo en el. Don Fernando fue perdiendo poco poco su terror; y es que es muy difcil sentir terror junto una buena moza. Lo era la encubierta (y decimos la encubierta porque tenia sobre el rostro un antifaz de seda blanco) de una manera exagerada. El celoso antifaz no impedia que se viesen su boca, su barba y su cuello; cada una de estas partes era perfecta, y de una morbidez incitante: anchos y redondos sus hombros, alto y puro en las formas su seno, sobre el que descansaba uno como amuleto, pendiente de un collar que, sin duda por un contraste caprichoso, era negro como el bano; esbelto y gentil su talle, del cual descendia en ancha plegadura, la flotante y vaporosa falda de brocado blanco, larga hasta tocar sobradamente el suelo: sus manos eran manos de dama, y la parte de sus brazos que se veia entre una nube de encages de Flandes habian logrado fijar las miradas de don Fernando pesar de lo extrao de la aventura. Se nos olvidaba decir que travs de las dos averturas del antifaz, brillaban dos ojos negros y de enorme tamao, fijos de una manera tenaz y profunda en don Fernando, y que, escapados sin duda de entre la toquilla y el antifaz, se veian algunos rizos sedosos, pesados brillantes y negrisimos. De aquella mujer se exhalaban mas que su natural perfume, los que estaban de moda en aquel tiempo entre las damas, lo que sino podia tomarse como indicio de su alto linaje, bastaba demostrar que aquella mujer estaba muy sobre el vulgo, y que nada tenia de alma del otro mundo. A esto podria contestrsenos que nadie mejor que el diablo, cuya mas grata ocupacion es tentar los mortales, podia tomar las formas de una mujer tentadora, por hermosa, por rica y por galana. Pero nosotros creemos que ellas para ser diablos las basta ser mujeres y que de todo es capaz el Arcngel rebelde menos de convertirse por un solo momento en mujer. --S, y por ello os disculpo, don Fernando, dijo la Dama blanca cuando se hubieron sentado, qu cosas os han sucedido hoy, despues de concertada nuestra vista, que os obligan recataros y huir de la luz del dia. --Sabeis... --Si, s por ejemplo, que esta maana por descuido por intencion os entrsteis en el cabildo con la daga en la cintura. --Y quin os lo ha dicho seora? --Bah! acaso no lo sabe todo el mundo en Granada? Nadie ha extraado el suceso: se os conoce, por altivo y valiente, y se comprende bien que cuando otro regidor os advirti de vuestro olvido le contestseis de una manera violenta. --Se me acusaba de una falta que no habia cometido. --Es costumbre, segun dicen, que los veinticuatros, antes de entrar en cabildo, dejen la puerta sus armas. --Yo tengo privilegios... --Que alegsteis con demasiada dureza. --Eso podr decir el corregidor que se atrevi llamarme desleal y mandar que me llevasen preso. --El corregidor, vasallo fidelsimo de su magestad el rey de Espaa Indias, tiene motivos para llamaros traidor. El presidente Deza ha podido decir, por ejemplo, que andais en conspiraciones, que alentais los moriscos para que se rebelen... --Y quin ha dicho eso al presidente...? su nombre seora si lo sabeis... el nombre del traidor. --Se lo he dicho yo... --Vos...? --Yo precisamente no, pero s un escrito mio, en que le recordaba vuestras continuas denuncias las Alpujarras... --En ellas est mi seorio de Vlor. --Sin embargo le hice reparar en lo mucho que favorecais los moriscos: que de contnuo recibiais visitas recatadas de Bartolom de Barredo, de Diego Alguacil, de los principales promovedores de motines que tiene Granada... --Ah! Diego Alguacil os lo ha revelado todo! --Para contestaros ser necesario que me contesteis la pregunta que voy haceros. Sabeis quin soy? --Diego Alguacil me ha dado cita para esta noche este sitio nombre de la Dama blanca de la montaa. --Y sabeis quin es la Dama blanca de la montaa? --Lo sabe alguien seora? dijo con anhelo don Fernando. Sabe alguien acaso si la aparicion divina que hace algunos meses y con mucha frecuencia, recorre las montaas de Cdiar, ya bajo la blanda luz del alba, ya bajo los plateados rayos de la luna, es un espritu una realidad, la sombra de la sultana Zoraya como creen muchos, Amina, la hermossima hija de mi noble tio el emir de los monfes de las Alpujarras, Yaye-ebn-Al-Hhamar? Conoce alguien al emir? Su brazo se siente, pero su rostro no se ve. Conoce alguien mi prima Amina? Dicen que es hermosa como un lucero y pura como el sol. --Y quin os ha dicho eso? --Algunas veces he ido la montaa ponerme al paso de la Dama blanca vuestro paso seora; siempre me ha detenido un monf: no paseis adelante me ha dicho y cuando le he preguntado quin era esa Dama blanca me ha dicho: Esa dama es la niebla. La Dama blanca se ech reir. --Os res? exclam picado don Fernando. --Me rio porque los monfes son ingeniosos. En efecto la niebla por la maana y por la noche, vista de lejos orlando las cumbres de las montaas puede tomar formas muy caprichosas: puede parecer ya una dama ya un monstruo. No creeis que el vulgo es muy propenso dar forma y nombre lo que al acercarnos ello desaparece? --Pero el vulgo, respecto vos no se ha engaado, porque os tengo delante de m, con vuestra divina apostura, y vuestras vestiduras de sultana. --Poda haberse engaado el vulgo. --Ah y cuanto me ha hecho sufrir esa blanca aparicion!... porque yo preguntaba siempre que un monf me detenia: es por acaso esa dama la hija de vuestro emir? y el monf me contestaba: bien pudiera serlo, porque la sultana Amina, segun dicen los que la conocen, es hermosa como una huri. Y siempre que el monf decia esto, suspiraba, porque teneis el privilegio de ser amada antes de ser conocida. --Segun eso, creeis que yo sea la sultana Amina? --Lo creo, seora, lo creo, porque me lo est diciendo voces el corazon. --Pues bien, no os engaais, yo soy vuestra prima Amina, la hija del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar, la sultana de los monfes de las Alpujarras. --Y para qu me habeis llamado? exclam alentando apenas don Fernando. --Mi padre, que tiene muchos motivos para ser severo con vos, no ha querido hablaros, y me envia vos como intermediaria. --Ah! --S, es preciso que sepamos si podeis ser proclamado rey de Granada. --Los moriscos me elegiran esta misma noche por su rey, dijo con un acento impaciente y un tanto duro don Fernando: hay una profeca... --S, s, sabemos la superchera de que se ha valido vuestro tio Aben-Jahuar el Zaquer, comprando cierto faqu embustero, que pasa por santo entre los moriscos de Granada, fin de haceros triunfar de las pretensiones que tiene la corona de Granada nuestro primo Aben-Aboo, lo sabemos todo: mi padre est enojado con vos por vuestra conducta licenciosa, pero os ama, del mismo modo que ama Aben-Aboo; al fin y al cabo entrambos sois sus parientes. Mi padre, pues, ha dejado correr los sucesos, pero como la rebelion de los moriscos de Granada no puede hacerse sin la ayuda de los monfes de las Alpujarras, como sin esa rebelion ninguna esperanza tendriais de ser rey, como mi padre el emir no tiene mas descendiente que yo... una mujer... --Ha pensado tal vez en ceirme una doble corona dndome la del amor al hacerme vuestro esposo? --Eso no puede ser, primo, contest dulcemente Amina. --Ah! no me amais. --Ni puedo amaros. --Que no podeis amarme....? --No, porque soy casada. --Casada! exclam con asombro don Fernando. Casada! y con quien? --Qu os importa eso? No sois vos tambien casado? --Pero casado con una cristiana quien puedo repudiar. --Repudiar la pobre Isabel, la madre de vuestro hijo! --Los reyes prima..... --Aun no sois rey y ya quereis cometer los crmenes de los reyes! --Ah! vos que os habeis casado sin duda con algun poderoso prncipe musulman, vos que en todo habeis sido afortunada... --Ah! que he sido afortunada en todo. Pedid Dios, primo, que vuestro corazon no vierta el llanto de sangre que ya ha vertido el mio; pedid Dios que os haga mas venturoso de lo que yo he sido. Casada con un prncipe musulman! Si tal fuere mi esposo, seriais vos rey de Granada? --Y si nuestro casamiento es imposible, dijo con una clera mal encubierta don Fernando, para qu me habeis llamado, seora? --Si nuestro casamiento es imposible, no es imposible el de nuestros hijos. Don Fernando marchaba de sorpresa en sorpresa. --El de nuestros hijos! exclam. --Si, de la misma manera que vos teneis un hijo, yo tengo una hija. --Explicaos, explicaos mejor, seora. --Voy explicarme. Pero primero quiero haceros algunas preguntas. Sabeis de quien desciendo? --Dcese que descendeis de Boabdil. --Oh! no ha querido Dios que yo descienda de traidores. Si en vez de ocupar el trono de Granada Boabdil, cuando la acometieron los reyes de Castilla y Aragon, le hubiera ocupado mi padre, Granada no seria esclava de los cristianos, sino la poderosa reina de Occidente, altiva con su poder y su hermosura. --Quienes han sido, pues, vuestros abuelos? dijo con cierto sarcasmo don Fernando. --Mi sangre viene de las sangres mas ilustres del mundo. Oid. Cuando Granada era todava una ciudad musulmana, el rey Abul-Hacem, el viejo, prendi en la frontera una doncella. Aquella doncella era hija bastarda del condestable de Castilla, el poderoso, el invencible don Alvaro de Luna. Despues de la desastrada muerte de aquel magnate, su hija bastarda, habida en una judia, doa Judid de Sotomayor, en fin, fue cautivada por los ginetes del rey Muley-Hacem, y conducida una torre de la Alhambra. Aquella torre se llam desde entonces la torre de la cautiva. Vi el rey la castellana, se enamor de ella, y fuese por amor por violencia, doa Judid fue suya. Un ao despues, la cautiva muri dando luz un nio. Aquel nio fue aos adelante, el caudillo mas valiente de Granada, porque aquel nio, que tenia en sus venas la valiente sangre de dos hroes, se llam el emir Muza-ebn-Abil-Guzan, hermano bastardo del rey Boabdil. Y sabeis don Fernando lo que se hizo del emir Muza, despues de la conquista de Granada? --Los historiadores moros, dicen, que no queriendo ser testigo de la deshonra y de la destruccion de su patria, desapareci antes de la rendicion de Granada, y aaden que no se volvi saber de l. --Es verdad, Muza desapareci, pero seguido de sus valientes ginetes y de sus esclavos, se ocult en las montaas de las Alpujarras desconocido para todo el mundo, y fue el primer emir de los monfes. Sabeis ya mi ascendencia paterna, oid mi ascendencia materna: mi madre era hija del rey del desierto de Mjico, descendiente de los ascendientes del emperador Motezuma. --Ah! no puede negarse que vuestra descendencia es ilustre; pero, por qu no vanagloriaros tambien de que vuestro abuelo era hermano de mi abuelo? por qu no decir con orgullo que teneis sangre de los Abderramanes? --Sabislo vos que sois mi pariente, y con vos estoy hablando. Ahora bien, el derecho de mi padre al trono de Granada, es incontestable. --Y por qu no le reclama? dijo con altivez don Fernando. --Mi padre quiere robustecer con la alianza al pueblo moro de Granada, en vez de debilitarle con la desunion. Mi padre renuncia en vos todos sus derechos, pero con algunas condiciones. --Y esas condiciones? --Estan escritas en este pergamino, firmadas y selladas por mi padre. --Pero es imposible leer: la luz de la luna no basta. --Tendremos cuanto hayamos menester: seguidme. Amina se levant, y se encamin con paso seguro por el oscursimo espacio que poco antes tenia sus espaldas: don Fernando la sigui: poco despues, Amina empuj una puerta, y se encontraron en un aposento ennegrecido y ruinoso. En el centro de l, habia una mesa con tapete, sobre la que se veian dos bujias, y un tintero de plata: uno y otro lado de la mesa habia un sillon. Sentse en uno de ellos Amina y en el otro don Fernando. --Vamos esas condiciones, dijo este. --Esperad un momento: quiero cortaros toda evasiva, demostrndoos que sois casado con Isabel de Rojas, y que teneis de ella un hijo que se llama Ben-Yaschem. --Hablad: quiero probar si vuestro padre est bien informado. --Mi padre sabe todo lo que le conviene saber, primo. Vais, pues, juzgar: vuestro padre, mucho tiempo antes de que vos naceseis, fue preso por el capitan general de Granada; esto hace mas de veintidos aos. Durante la prision de vuestro padre, os di luz vuestra madre doa Elvira de Cspedes: acusado vuestro padre de la muerte de su cuado Miguel Lopez, esposo de vuestra tia doa Isabel de Vlor, y padre de nuestro primo Aben-Aboo, muri en la prision que habia sido condenado de por vida. --Mi padre fue vctima de una traicion oscura, exclam con calor don Fernando; y ay del traidor si alguna vez llego descubrirle! ay de su sangre! --En efecto, hay mucho de misterioso en algunos sucesos de nuestra familia, misterios que mi padre no ha podido descubrir pesar de su poder. La verdad del caso es, que vuestra madre os amaba demasiado para daros una buena crianza, y que vuestro tio don Fernando de Vlor, que ahora lleva el nombre de Aben-Jahuar, os pervirti desde vuestros primeros aos. A los catorce, perdonad lo que voy deciros primo, los catorce aos erais ya un pequeo libertino. Por entonces conocsteis en el Albaicin una doncella que tenia vuestra misma edad, os enamoristeis de ella, y ella se enamor de vos. Pero el padre de Isabel de Rojas, que ella era, tenia demasiado inters en haceros su yerno, y guard tanto su hija, que vos trueque de poseerla, os cassteis con ella, por ante la iglesia catlica, sin que lo supieran, ni vuestra madre ni vuestro tio, porque aquel casamiento fue secreto. Si el padre de Isabel hubiera vivido, aquel matrimonio no hubiera tardado en ser pblico: pero el padre de Isabel muri antes de que su hija diese luz el fruto de sus amores, y qued sola Isabel: vos la abandonsteis don Fernando, abandonsteis vuestro hijo... --Y quien os ha dicho, prima... --En vano buscais una disculpa, la conciencia os acusa: por lo dems, y pesar de que Isabel haya callado y sufrido, porque cree que no habeis abandonado su hijo... --Cada vez os comprendo menos. --Ya se v: mi padre ha acudido secretamente las necesidades de esa desgraciada, la que nada absolutamente falta, mas que el amor de su esposo: mi padre ha hecho de modo que Isabel cree que atendeis su subsistencia y la de vuestro hijo, y vuestra pobre esposa se cree desgraciada, y sufre, pero os cree caballero y os respeta. --Ah! exclam don Fernando. --Por lo dems, las pruebas de vuestro casamiento con Isabel de Rojas y las de la legitimidad de vuestro hijo Ben-Yaschem, existen. Mi padre ha contado con ello, y teniendo vos un hijo y yo una hija, ha creido que todas las diferencias que podrian mediar entre nosotros por causa del derecho la corona de Granada, pueden salvarse por estas capitulaciones. Leedlas, primo, y firmadlas rechazadlas, pero contestadme definitivamente, para que mi padre pueda obrar en consecuencia. Don Fernando desenroll el largo pergamino que Amina le entregaba, y vi que estaba escrito primorosamente en rabe: su contenido era el siguiente: En el nombre de Dios Altsimo y misericordioso, dador de la vida y de la muerte, estas son las capitulaciones de alianza entre el emir de los monfes de las Alpujarras, el fuerte y vencedor, y el elegido de Dios Muley Aben-Humeya, rey de Granada. Primeramente: el emir de los monfes, Yaye-ebn-Al-Hhamar, renuncia todos los derechos que pueda tener y tenga la corona de Granada, en su sobrino Muley Aben-Humeya. Segundo. Muley Aben-Humeya, se obliga por su parte, casar su hijo nico Ben-Yaschem, con Kinza, hija de la sultana Amina, hija nica del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar. Tercero. En el caso de que por la voluntad de Dios, muriesen Aben-Humeya Yaye-ebn-Al-Hhamar, el que sobreviva, mandar en los dominios del otro, durante la menor edad de sus hijos Ben-Yaschem y Kinza. Cuarto. Si alguno de estos dos muriese antes de poder contraer matrimonio, se consideran rotas y de ningun valor estas capitulaciones. Quinto. Si el matrimonio de Ben-Yaschem y Kinza se efectuase, y tuviesen hijos, el primer hijo varon, heredar las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras; si no tuviesen hijo varon, estas dos coronas reunidas, pasarn al hijo segundo varon de Aben-Humeya si lo tuviere, en igual caso al segundo hijo varon de la sultana Amina. Sexto. No habiendo por ninguna de las dos partes hijo varon, las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras, pasarn Sidi-Aben-Aboo, primo hermano de Aben-Humeya, y sobrino de Yaye-ebn-Al-Hhamar, al hijo varon de Aben-Aboo, si este hubiese muerto. Stimo. En el caso de haber descendencia masculina por cualquier concepto de Muley Aben-Humeya, de Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, Sidi-Aben-Aboo, ser considerado como infante de la casa real de Granada, y se le sealar seoro bastante para que pueda vivir con arreglo su estado. Ultimamente. En virtud de las presentes capitulaciones, el emir de los monfes de las Alpujarras, se obliga ayudar con sus gentes de guerra y con sus tesoros, Muley Aben-Humeya para reconquistar de los cristianos el reino de Granada. Seguian la frmula religiosa y cancilleresca, por decirlo asi, que usaban en tales documentos los moros, la fecha, el nombre de los testigos y el sello y la firma del emir. Despues de leer don Fernando detenidamente este pergamino, mir con ansiedad Amina. --Sultana, la dijo: todo esto seria intil si tu consintieses en ser mi esposa. --Eso es imposible, dijo con impaciencia y desagrado Amina. --Imposible! los reyes pueden romper los vnculos del matrimonio!... --No lo har jams. --Y... por qu? --Porque amo lo bastante mi esposo para renunciar por l una corona, y temo Dios lo bastante para robar una mujer y un nio, su esposo y su padre. --Y si yo no quisiese firmar esas capitulaciones. --No seriais rey de Granada. --Oh! lo veramos! --Una sola palabra de mi padre, y el faqu Abul-Hasam, quien dentro de poco consultaran los xeques del Albaicin y de la Vega, pronunciaria el nombre de mi padre en vez del vuestro. Entrle un terror pnico Aben-Humeya, que tenia tal idea del poder del emir de los monfes, que todo lo temi. --Firmar, dijo tomando una pluma. --Esperad, dijo Amina: es necesario que firmeis solemnemente en presencia de los wacires y de los katibs de mi padre. Amina di tres fuertes golpes sobre la mesa, instantneamente se abri la puerta y aparecieron uno tras otro, las veintitres sombras blancas que habian precedido hasta all Aben-Humeya. --Acrcate, mi buen Harum, dijo Amina, y v como firma Muley Aben-Humeya las capitulaciones que voy leerte: escuchad tambien vosotros ancianos walies nobles secretarios de mi padre, sabios de su consejo. Amina ley con voz sonora las capitulaciones. Entonces adelant una de aquellas sombras, y dijo con autoridad don Fernando. --Te obligas todo lo que has oido? --Me obligo. --Juras por el Dios Altsimo y Unico, guardar y cumplir estas capitulaciones? --Lo juro. --Pon al pi de ellas tu nombre de rey, y junto tu nombre este sello de oro, que es el antiguo sello de los reyes de Granada. Y el que asi hablaba, sac un magnfico sello de entre sus ropas y le puso sobre la mesa. Don Fernando de Vlor firm, y cuando hubo firmado, el mismo moro encubierto, sac de una manga de su almaizar, otros tres pergaminos enrollados. --Qu es eso? dijo cuidadoso don Fernando. --Tres copias iguales de estas capitulaciones, seor, contest el moro. --Y para qu tanta copia? --Una para vos, otra para el emir de los monfes; otra para Sidi-Aben-Aboo. --Ah! es verdad, que tambien se le incluye en las capitulaciones. --Firmad si quereis estas otras. Don Fernando firm con despecho. Entonces el mismo moro derriti cera encarnada sobre los tres pergaminos, junto al nombre de don Fernando de Vlor, estamp sobre la cera en los tres el sello real de Granada, y luego firmaron como wacires, secretarios y testigos, los tres pergaminos, los veintitres moros que estaban presentes, despues de lo cual, el moro que hasta entonces habia hablado, entreg el sello real y uno de los pergaminos don Fernando, y guard los otros dos. --Id ser rey, primo mio, dijo entonces Amina; los xeques del Albaicin y los de la Vega, estaran las doce de la noche, en la casa del Hardon, junto san Miguel. --Y vos...? --Yo... yo parto esta misma noche para las Alpujarras. --Y no me dejareis ver vuestro rostro? exclam desesperado don Fernando, sin reparar que le escuchaban todos aquellos hombres. --Oh! no, eso jams. Adios primo, adios. Que l os ayude en la empresa en que os vais empear. Y Amina desapareci por la puerta, dejando don Fernando, mudo, asombrado, como presa de un sueo. Los veintitres fantasmas desfilaron tambien, y el jven se encontr solo: entonces se precipit la salida, atraves el oscuro espacio de la casa arruinada, y sali la cumbre del Panderete de las brujas. Nada vi. Se precipit por el sendero, y nadie encontr; solo su caballo atado una vid al lado del camino. Volvi trepar la cumbre, entr en la casa esperando encontrar alguien, y lleg tientas al mismo aposento donde se habian firmado aquellas capitulaciones. Estaba densamente oscura. Palp: la mesa, los libros, todo habia desaparecido. Dudando aun, busc mas, y oy una voz que le dijo: --No busques, seor, porque nada encontrars. En la calle de San Miguel te esperan, casa del Hardon. Don Fernando lanz un rugido de rabia, sali de nuevo de las ruinas, baj del Panderete de las brujas, desat su caballo, mont en l, y parti como una flecha en direccion Granada. --Ella! ella! hermosa, rica! hija del emir! mi prima la sultana Amina, mi esperanza! y casada! casada! y con quin? con algun reyezuelo de Africa. Oh! oh! si no tuviera en mi poder este pergamino y este sello, creeria que todo lo que me ha acontecido era un sueo. CAPITULO IX. De cmo por el amor se olvida la amistad. Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doa Ins y Aben-Aboo su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en la cmara de recibo, doa Ins se inclin graciosamente hcia Aben-Aboo y le dijo: --Os suplico, seor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi padre, necesito variar de ropas... y rezar mis devociones de costumbre. Adios. Y sonriendo al jven de un modo que le hizo palidecer de emocion, sali. A su vez Aben-Aboo se inclin tambien cortesmente ante don Alonso: --Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento. --Teneis alguna aventura, seor Diego Lopez? dijo don Alonso con un acento de inters y de autoridad que maravill Aben-Aboo. --Aventura! no ciertamente; pero... quisiera ver mi amigo. --A vuestro amigo...? --Creo haberos dicho que era mi amigo el marqus de la Guardia. --Estais citado con l? --No, pero le buscar. --No andeis mucho por Granada esta noche; creedme m que soy vuestro amigo: podreis tener malos encuentros. --Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompaado con mi espada. --S que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener, son de aquellos en que nada vale una espada. --No os comprendo. --No sois morisco? --Si por cierto. --Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por la justicia. --Ah! y quin os ha dicho? --Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta maana en el Ayuntamiento con don Fernando de Vlor. --Don Fernando es un imprudente. --Parceme que amais poco vuestro primo. --Mi primo es enemigo mio. --Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos. --Vos no conoceis don Fernando; l me provoca. --Perdonad, seor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio, no os detengo ahora: id ver vuestro amigo... pero os lo ruego, os lo suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos obligueis hacer un esfuerzo para salvaros. Cundo volvereis de ver vuestro amigo? --Quin sabe? porque el tal marqus es un loco de atar, y estando su lado, no hay medio de ser mas cuerdo que l. Pero no quiero pasar esta noche fuera de la casa. --Bien; cualquier hora que vengais os estar esperando un criado que os llevar mi aposento. --Tan importante es lo que teneis que decirme...? --Oh! mucho! con que id con Dios, y sed prudente. Aben-Aboo sali lleno de confusiones; no sabia qu pensar de aquella familia con quien habia trabado conocimiento de una manera tan singular, y si se quiere tan misteriosa; por otra parte, doa Ins habia causado en l una sensacin profundsima: su hermosura le habia hecho concebir deseos ardientes; la habia aspirado, la habia visto de cerca, habia estado en contacto con ella durante muchas horas, y su alma se habia saturado del tentador perfume que emanaba de la jven: por otra parte habia sido testigo de muchas singularidades, y todas aquellas singularidades venian anudarse en un solo punto: en la comedianta Anglica. [imagen: Sinti que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya.] Segun la conversacion que habia oido en la hostera entre Andrs Cisneros y el misterioso Godinez, Anglica estaba zelosa de una mujer quien amaba el marqus de la Guardia; aquella mujer quien aborrecia Anglica era hija del emir de los monfes: era Amina: Anglica habia entrado aquella tarde de una manera inesperada en el aposento de doa Ins, y la habia insultado, porque Aben-Aboo pesar de las protestas que de haberse equivocado habia hecho la cmica, habia notado que aquellas dos mujeres se aborrecian: sin duda doa Ins no era otra que la hermossima hija del emir, la sultana Amina, la Dama blanca de la montaa; su primo, Aben-Aboo pues, estaba loco enamorado, zeloso aun tiempo, iba en busca del marqus de la Guardia, ansioso de esclarecer cuanto le fuera posible sus dudas, y de arrancarle insidiosamente algunas palabras con las que esperaba esclarecer sus sospechas. Atravesaba, pues, Aben-Aboo muy de prisa el corredor medio oscuro de que hemos hablado, cuando se abri silenciosamente una puerta, y sinti un ceceo: detvose, y el ceceo se repiti; entonces Aben-Aboo se dirigi donde sonaba, y travs de una puerta oscura una mano de mujer le di un papel y cerr. Estremecise de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que de doa Ins, de doa Ins que le habia sonreido durante la comedia; de doa Ins que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doa Ins aquella carta, doa Ins no era Amina, se habia verdaderamente equivocado Anglica, sus disculpas no eran fingidas; l se habia engaado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doa Ins, porque le citaba, porque una mujer no cita un hombre jven mas que para asuntos amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqus de la Guardia. Aben-Aboo se precipit por las escaleras, ansioso de salir de aquella casa, ir otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de recibir: al bajar por las escaleras se acord de que en la misma calle de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon. Atraves el zaguan, sali, tom la calle la izquierda, y se meti por una puerta inmediata. Muy pronto se encontr en una sala baja, en la cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban un patio. Al fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de fisonoma ruda, y enrgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y bebian sentados en derredor de las mesas. [imagen: Aben-Aboo.] Aben-Aboo se dirigi resueltamente al mostrador: al verle el que estaba al despacho, se puso de pi y clav en el jven una profunda mirada. --En qu puedo servir vuesamerced, caballero? dijo llevndose respetuosamente la mano la gorra. --Teneis un aposento en que pueda estar solo? dijo Aben-Aboo. --Oh! si seor, y bien abrigado; seguidme si gustais. Y tomando de un anden una palmatoria con una bugia hizo luz, y saliendo de detrs del mostrador, atraves la taberna, y seguido de Aben-Aboo, abri una puerta, y entrambos subieron por una estrecha escalera, y se encontraron en una reducida habitacion en que habia una mesa, algunas sillas y un barreo con fuego. El tabernero puso la luz sobre la mesa, y dijo encarndose Aben-Aboo. --Necesitais algo mas? --Si, necesito que me contesteis una pregunta. No sois el tabernero que estaba aqu hace seis meses? --Ya veis que no, respondi con un severo laconismo el preguntado. --Y qu se ha hecho del otro? --Tomle la taberna, se fu ignoro su paradero. --Pero esta taberna no es la del Hardon? Mir con doble profundidad el tabernero Aben-Aboo. --El Hardon, Pero Alonso, que es como le llamamos, tiene parte conmigo en la taberna, como la tenia con el otro tabernero. Ademas, la casa es suya y vive en ella. --Cmo os llamais? --Roque Garcia, para serviros. --Sois morisco como el Hardon? --Algo de morisco tengo. --Entonces debeis conocerme; yo me llamo entre los moriscos Aben-Aboo. --Pues no os conozco. Mortific un tanto esta respuesta al jven que continu. --Pero conoceis al marqus de la Guardia? --Tampoco conozco ese caballero. --Es un jven como de veinte y tres aos, muy galan, muy valiente, muy bebedor y gran jugador de dados. --Solo conozco de esas seas un capitan de infantera, que se llama don Juan Coloma. Acordse entonces Aben-Aboo, de que don Juan ocultaba su ttulo causa de su pobreza. --Y bien dijo: tambien don Juan Coloma es mi amigo. Y viene con mucha frecuencia vuestra casa ese caballero? --Oh! si seor, y ahora mas que nunca. --Y por qu mas ahora que antes? --Porque anda enamorado en la vecindad. --Ola! y de quin est enamorado? --De una dama que vive en la casa grande inmediata. --Y conoceis esa dama? Fij otra nueva y profunda mirada Roque en el semblante de Aben-Aboo. --Sbese, dijo, que el padre de esa dama es un caballero noble y rico, pero en cuanto su hija nadie puede jactarse de haberla visto el rostro. --De modo, que solo el capitan Coloma nos puede decir... --Creo que tampoco la conoce don Juan: pero helo ah: en nombrando al ruin de Roma... me parece que le oigo gritar llamndome. En efecto, se oian en el piso bajo desaforadas voces. --Pues id, id, amigo, dijo Aben-Aboo, y decid al buen capitan que aqu hay un conocido suyo que le espera. El tabernero desapareci por las escaleras. Aprovechando aquel momento, Aben-Aboo ley el papel que le habian dado en el oscuro corredor de su casa: el contenido era muy corto: Si sois discreto, guardad un profundo secreto acerca de la cita que os doy, y ningun pensamiento atrevido aventureis por ella; id las nimas, por el postigo de vuestra casa; yo os abrir. Doa Ins. Tras este billete y como no tenia tiempo que perder, sac de la escarcela el que le habia dado con una llave Pertiez de parte de la comedianta Anglica, y que no habia podido leer hasta entonces: decia as: Si sois tan corts como bizarro, venid esta noche las doce la hosteria del carbon: cuando llegueis lo alto de las escaleras abrid con la llave que os entregar maese Pertiez la puerta, y adelantad por el corredor: mi aposento es el nmero 13. Yo os estar esperando. Anglica. Aben-Aboo no tuvo tiempo de meditar en el contenido de estos dos billetes, porque el marqus de la Guardia se le ech encima. Traia en las manos una guitarra, al costado una espada descomunal, y pendiente de la pretina un broquel cincelado. --Ah! gracias Dios que os hallo, exclam; no sabia donde podria hallaros, y hubiera dado por hablaros esta noche... mi alma, porque no tengo otra cosa que daros. --Y para qu me buscabais con tanto inters, don Juan? --Qu diablos! necesito explicarme con vos. --Explicaros conmigo? --Si por cierto, me habeis dado zelos. --Zelos yo? --Habeis acompaado esta tarde una mujer quien amo, quien adoro, por la que estoy loco. --La que vive en mi casa? --Cmo en vuestra casa? --Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo alquilada don Alonso de Fuensalida. --Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro esa dama. --Sin duda. --Y es hermosa? --Permitidme que extrae, marqus, que me hagais una pregunta tal acerca de una mujer de quien os confesais enamorado. --Ah! no lo extraeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no la he visto en mi vida. --Ah! creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado? --No he amado otra que ella. --Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermossima mujer. --Ah! de la princesa. --No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta. --Ah! s, de la comedianta Anglica: tanto da. --Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas... pero en fin ello es que pasais por su amante. --Yo amo esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera est esa comedianta, estar la dama quien amo. No s por qu tengo esa seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta. --Os confieso que no os comprendo. --Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del corazon, que me grita: donde est la una est la otra. --Pero qu razones teneis para creer que doa Ins sea la mujer quien amais? --Os dir: hace algunos meses, yo, que habia dejado la crte siguiendo la mujer que amo, mujer que me arrebataba su padre me vine Granada: en Granada su padre fue mas astuto que yo y perd su rastro de todo punto. --Ah! --Estaba ya desesperado, cuando una maana, hace seis meses, al entrar oir misa en la iglesia de san Miguel, v salir una dama enteramente envuelta en un manto de seda. No vi ni su rostro ni su mano, ni su pi, y sin embargo me pareci reconocerla, me pareci que era ella... mi alma, la que ando buscando desesperado: ella por su parte, al verme de improviso ante s, hizo un movimiento marcado, un movimiento que me hizo creer que aquella dama me conocia, mas aun, que al verme habia sentido una vivsima alegra: la segu, y v que se entr en esa casa de al lado, en la vuestra, seor Diego Lopez. Empec rondar pero intilmente. Jams se abri un balcon ni una reja; pregunt la servidumbre, pero la encontr muda, incorruptible. Vine todas las maanas la iglesia de san Miguel, y siempre la v la misma hora, pero envuelta cuidadosamente en el manto, acompaada de una duea tan encubierta como ella y de un viejo escudero. Indagu cuanto pude, y solo saqu en claro, que su padre era un rico indiano llamado don Alonso de Fuensalida, que guardaba mucho su hija y que nadie la habia visto el rostro. Aadian aun que dentro de su casa tenia un antifaz puesto. --Y decidme: habeis visto esa dama todos los dias en misa? --No, todos los dias no, con frecuencia faltaba seguidos quince dias. --Tambien, dijo para s Aben-Aboo, faltaba con frecuencia quince dias seguidos la Dama blanca sus paseos por la montaa. --Acontecime por aquellos dias un suceso singular. Estando yo en mi posada, entr mi lacayo una maana, y me entreg una caja que habian dejado para mi. Abr la caja y encontr... qu diris que encontr? --Quin sabe? --Pues encontr tres cortes de brocado de los cuales es uno el que teneis puesto, algunas ricas joyas de hombre y quinientos doblones de oro. --Decs que encontrsteis dentro de la caja el crte del justillo que llevo puesto? --Si por cierto, y no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por nada del mundo ese justillo. Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empez esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendi por qu doa Ins le habia hecho preguntas, basta cierto punto extraas inconvenientes, acerca de la procedencia del brocado que vestia. --Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero continuad. --Para obligarme admitir aquel regalo venia dentro de la caja un billete que contenia las siguientes palabras: Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma. --Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos. --Y quin poda ser esa dama mas que la mujer quien adoro? Cmo pudo conmoverme la vista de dona Ins encubierta sino era el amor que busco? Don Juan inclin la cabeza sobre el pecho como para ocultar su conmocion. --Pero vos habeis visto esa doa Ins, exclam de repente el marqus levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos me direis si es hermosa fea, porque si es fea, no es ella, y me interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que no he visto mi encubierta, he recibido esta brevsima carta. Y el marqus sac de su escarcela un papel que entreg Aben-Aboo. Este al abrirle palideci: estaba escrito, al parecer, por la misma mano que el billete de doa Ins que le habian entregado poco antes. Aquella carta decia: La constancia con que me habeis seguido me obliga; estad esta noche en la taberna prxima y me conocereis.--Quien bien os ama. --Yo no puedo aseguraros, dijo el marqus, si esta carta esta escrita por la misma mano que escribi la que acompaaba el regalo que me hizo una dama hace seis meses antes por que aquella carta de puro guardarla se me extravi. Lo que s deciros es que estoy loco; que la cabeza se me arde; que vine esta tarde saludarla, frentico de alegra, aunque solo pudiese enviarla mi saludo travs de las paredes, cuando os v salir con ella y con su padre, quien cre reconocer, quien cre haber hablado alguna vez: soy muy mal fisonomista, y nada tiene de extrao que si en efecto le he hablado alguna vez no recuerde su semblante: la verdad del caso es que por una parte tuve zelos de vos, y por otra me alegr porque me dije: el seor Diego Lopez es mi amigo, sabe que puede contar con mi bolsa, y con mi espada y me hablar con franqueza. Amais esa mujer? --Hoy es el primer dia que la he visto. --Ah! no importa; si es ella, con sola una vez que la hallais visto os habreis enamorado de ella para no olvidarla jams. --Eso piensan todos los que aman como vos, de los que conocen su amante. --No la amais, pues? --No marqus, no, porque amo otra; una mujer que es vuestra querida: la comedianta Anglica. --Oh! amadla cuanto querais: yo mismo os llevar de noche, tarde, la puerta de su aposento. Llamar y en vez de entrar yo entrareis vos. Pero decidme: esa doa Ins es hermosa? --No puede ser la que vos sospechais, marqus, es imposible, dijo Aben-Aboo, empezando tender un lazo traidor al confiado don Juan, lo que demuestra que no hay amistad que no pueda romper una mujer. --Ah! no sabeis si es, eso posible, dijo el marqus; contestadme: es hermosa? --Hermossima: tan hermosa como la comedianta, mas hermosa, porque hay en doa Ins mas juventud y mas pureza. --Es jven! exclam el marqus que alentaba apenas. --Como de veintiun aos. --Ah! Dios mio! Morena? --Moreno lmpido, encendido, ardiente, y para concluir de una vez ojos negros y grandes, cuello incomparable, alto y puro el seno, los labios muy rojos, y la sonrisa de ngel, pero triste y apasionada. --Oh! es ella! aadi levantndose fuera de si el marqus: la esposa de mi alma, mi Esperanza. --Estais loco? dijo Aben-Aboo, dominando sus zelos y su rabia. --Si, si, perdonadme, amigo mio, dijo el marqus sentndose y apoyando la frente calenturienta entre sus manos; estaba hablando como si hubiera hablado con ella. --No lo digo por eso, sino porque os equivocais: porque esa dama que vos llamais Esperanza y que yo llamo doa Ins, no puede ser vuestra esposa ni vuestra amante, porque... en fin, no puede ser. --No, no me engao: es ella; ni me he engaado nunca; me lo dijo el corazon desde el momento en que la vi. --Os digo que no puede ser, insisti Aben-Aboo: para probroslo necesito revelaros un secreto. --Y creeis que yo no soy bastante caballero para guardarlo? Aben-Aboo esperaba esta respuesta, y se apresur contestar: --Para que no creais que dudo, de vuestra, hidalguia, voy deciros el verdadero nombre de esa dama. Olvidadle despues id buscar con mas fruto vuestra perdida Esperanza, quien tanto amais. Esa dama tan encubierta es una mora. --Y bien! dijo el marqus con fijeza. --Esa mora es sultana. --Y esa sultana, insisti el marqus, es mi esposa ante Dios y mi conciencia. --Pero... sabeis la que decs...? tartamude Aben-Aboo. --Esa dama quien yo llamo Esperanza, es hija del emir de los monfes de las Alpujarras; ya veis que no me habeis revelado secreto alguno. Aben-Aboo al escuchar estas palabras hizo crugir la silla en que se sentaba: todas sus dudas habian quedado esclarecidas por la revelacion del marqus; habia sentido revolverse en su alma pasiones terribles, salvajes; los zelos, la envidia, el odio; pero ninguna de estas furiosas oleadas de su alma sali su semblante. Entonces un pensamiento siniestro cruz por su alma: sinti ansia mortal contra el marqus, pens en embriagarle y en asesinarle cuando lo hubiese conseguido, y desplegando la funesta astucia, y la intencion mortfera de que mas tarde se sirvi en la rebelion de las Alpujarras, revisti su semblante de la mas engaadora alegra, y tendiendo la mano al marqus exclam: --Oh! pues me alegro, me alegro con toda mi alma, don Juan! porque amando vos la sultana Amina, como la amais, sois de los nuestros! --Soy enteramente de ella. Ya s que sois morisco, seor Diego Lopez, dijo con altivez el marqus, y que sois de los mas ilustres. Pues bien: si maana me dice Esperanza... Amina, como querais; Defiende mi corona! seria traidor Dios, traidor al rey, perderia mi alma, pero empuaria el estandarte de la rebelion por los moriscos, y os llevaria al combate. --Que nos llevariais al combate! exclam Aben-Aboo, cuya alma acab de ennegrecerse; sois digno del amor de la sultana; sois digno de la corona que ese amor puede ceir vuestra cabeza: oh, don Juan! permitid tambien que d rienda la locura de mi alegra y que os abrace: con que al fin todos somos unos? todos hermanos? Y Aben-Aboo se arroj en los brazos del marqus que le estrech en ellos con efusion, porque se sentia feliz y el que es feliz, no odia, no sospecha, no desciende las miserias del mundo. --Pero Esperanza no me sujetar tal prueba, dijo el marqus sentndose de nuevo; Esperanza sabe que soy capaz de sacrificarlo todo por ella, pero no me pedir el sacrificio. Y sin embargo, y ahora recuerdo cuando v su padre: un dia que fu pedrsela, en Madrid el ao pasado, me dijo estas palabras que no he podido olvidar: Mi hija solo se casar con un rey; pero no importa: si es preciso os haremos rey. El alma de Aben-Aboo se decidi al crimen; sin embargo dijo con un acento natural y amigable: --Oh! pues, si el emir se propone haceros rey lo sereis. --Dios me libre de ambicionar tal cosa! --Pero decidme don Juan, si habeis hablado una vez al emir cmo no le habeis reconocido al verle en Granada? --Ya os dije que solo tenia de ese caballero un recuerdo muy confuso, como que hace muy cerca de dos aos que le habl y eso solo una vez y en una ocasion en que estaba muy turbado. --Lo comprendo, dijo Aben-Aboo: y recayendo en su traidor pensamiento de embriagar al marqus para matarle sin ruido aadi: pero lo que no comprendo bien, es que vos, que sois tan bebedor... --Ah! es verdad: es necesario que brindemos juntos por mi felicidad. --No: bebed vos solo: ya sabeis que soy morisco: sabed ademas que solo soy cristiano en el nombre, y que el Koran me veda el vino y las bebidas espirituosas. --Sea como vos querais; pero en cuanto m necesito templar bebiendo y cantando mi alegra. Ola, Roque! Roque de Satans! mis dos botellas, aadi levantndose y asomando la cabeza la puerta de la escalera. Apareci poco Roque, con dos botellas y un vaso; estaba plido de una manera notable, y mir de un modo singular al marqus. Despus sali. El marqus se entreg una alegra que podremos llamar lgubre, en la que habia mucho de locura, mucho de sufrimiento; habia encontrado, al fin, Esperanza, la que habia buscado largo tiempo en vano, y un presentimiento oscuro, de que no se apercibia, daba su contento el aspecto lgubre y aterrador de que hemos hablado. Bebia grandes tragos, y con una frecuencia tal, como si hubiera querido ahogar en vino lo que de una manera incomprensible, comprimia su alma. Pero cantaba, rasgueaba la guitarra, bebia y abrumaba preguntas sobre Amina Aben-Aboo, que le contemplaba con ansiedad, esperando ver los primeros sntomas de la embriaguez. Ya habia despachado el marqus una botella, y ni el mas ligero asomo de embriaguez habia aparecido en su semblante. Destap la segunda, llen el vaso y le apur de un trago. --A qu sabe este vino? dijo: ese Roque se descuida: este vino sabe hmedo. --Bah! os habreis engaado tal vez, dijo Aben-Aboo. --Qu es engaarme? dijo el marqus, llenando de nuevo el vaso y apurndole hasta la mitad. Este vino est echado perder. Eh! Roque! Roque! Pero Roque no podia oirle, porque la voz del marqus se habia hecho ronca; ademas se iba poniendo densamente plido; Aben-Aboo sin saber qu pensar de aquello, miraba al marqus con asombro. --Oh! qu es esto? aadi don Juan, llevndose las manos la frente: la casa se me anda alrededor. Ah! qu... es... esto? Y como al impulso de una sospecha terrible, se levant, di un grito, y cay de nuevo, plido como un cadver sobre la silla. --Oh! le habrn envenenado...? exclam con terror y con alegria al mismo tiempo Aben-Aboo. Tal vez le mate el amor de Amina. Le han citado esta taberna... acaso el emir se deshace de una manera tan buena como cualquiera otra, de un amante de su hija, de un amante peligroso... Y sigui contemplando al marqus que pugnaba en vano por hablar y por levantarse. Sus ojos se cargaban; su semblante palidecia mas y mas, y al fin, su cabeza cay inerte sobre la mesa. --Oh! esto est concluido, dijo con una feroz alegria Aben-Aboo: el amor de Amina le ha costado la vida. Aben-Aboo, se levant, se acerc l, tom la luz, levant la cabeza del jven y la examin atentamente: entonces not con rabia, que el marqus no estaba muerto, sino dormido: respiraba con facilidad, y la palidez habia desaparecido. Aben-Aboo puso la mano sobre el pecho de don Juan, y not que su corazon latia naturalmente. --Oh! no era un veneno, exclam; sin duda se le ha adormecido con la intencion de conducirle misteriosamente, sin que pueda darse cuenta del lugar, los brazos de Amina. Y la sombra mirada de Aben-Aboo, y la letal palidez que cubri instantneamente su semblante, demostraron que luchaba con un horrible pensamiento. --Y bien, dijo; estoy solo con l; le tengo en mis manos; no puede haber lucha ni gritos; aqu hay un misterio que no comprendo, y en el cual est envuelta Amina; y luego... este hombre es peligroso; el emir ama demasiado su hija; el marqus ha dicho, si, lo recuerdo bien, que cuando le pidi la mano de Amina, le dijo que era necesario que fuese rey... que podria ser rey. Oh! y el marqus es valiente! el emir poderoso! Dios me entrega este hombre para que impida con su muerte una traicion que nos perderia. Aben-Aboo sali; fu la puerta de la escalera, escuch, mir al oscuro fondo de una manera insensata, y luego, despues de un momento de vacilacion, en que pasaron por su rostro las mas horribles expresiones, se arranc la daga de la cintura, y se arroj sobre el marqus. Pero cuando creia asegurado el golpe, cuando iba descargarle sobre el corazon de don Juan, sinti que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya y le arrancaba la daga. Volvise rugiente de clera, y vi ante s Roque. --Los que quieren ser reyes, dijo profundamente, no deben ser asesinos. --Ah, traidor! exclam Aben-Aboo: t sirves al emir de los monfes. --Y bien, qu? contest el tabernero, con una calma glacial. --T sabias, que esa dama encubierta por quien te pregunt, era la sultana Amina. --Y bien, qu? repiti con doble calma Roque. --T no eres lo que pareces. --Yo soy monf! exclam Roque con acento feroz. --Ah! t eres monf! esclavo de un hombre que nos tiende lazos traidores, que mantiene amistades con los cristianos, y nos suscita peligros! --No s quien haya podido revelarte que don Alonso de Fonseca y su hija doa Ins, son el poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, y la noble sultana Amina; pero no importa, Aben-Aboo: la suerte est echada: muy pronto la sangre del combate correr en la montaa, y acaso en la ciudad: importa poco que hayas descubierto el secreto: y oye... gurdate: porque si te atreves levantarte contra el emir, eres hombre muerto. --Me retas? --Te aconsejo. --Y si yo te castigase y diese muerte al castellano que puede ser la causa de nuestra ruina? exclam Aben-Aboo, echando mano su espada. --Aunque yo solo basto para reducirte la razon; una sola voz mia, haria caer sobre t mil puales. --Ah! los monfes siempre astutos y traidores! exclam Aben-Aboo, trasportado de rabia; los monfes en todas partes! --Vete; y olvida lo que aqu ha pasado, dijo con altvez Roque; es lo mejor que puedes hacer. Pronto empezaran venir los moriscos que elegiran por rey de Granada tu primo Aben-Humeya, y debes evitar que te encuentren aqu. --Si; adios! exclam trmulo de clera Aben-Aboo: pero hay del emir! hay de Aben-Humeya! hay de t! --Y hay de tu cabeza! contest con desprecio el monf. Aben-Aboo, sali rugiendo; baj como una avalancha las escaleras, y sali la calle, rebozse, y se puso en un soportal, en acecho de su casa y de la taberna. Entre tanto el monf habia quedado profundamente pensativo en medio de la habitacion. --No s, dijo, por qu el emir anda con tantas contemplaciones con esos dos mozos, permite que Aben-Humeya sea rey, y me ata las manos respecto Aben-Aboo. El emir se arrepentir, porque esto acabar mal... muy mal... los dos son miserables y traidores: Dios quiera que no sucedan grandes desgracias: por ahora obedezcamos las rdenes de la sultana, y avismosla de lo que aqu ha pasado. Y asiendo del marqus, le carg sobre sus hombros, con la misma facilidad que si hubiera sido un nio, tom la buga que estaba sobre la mesa, se encamin una puerta situada al fondo de la habitacion por la parte que lindaba con la casa habitada por el emir, y desapareci por aquella puerta con su carga. CAPITULO X. En que se trata de lo que pas entre la sultana Amina y Aben-Aboo. El joven permaneci algun tiempo observando la casa y la taberna contigua. La calle estaba desierta y envuelta en un profundo silencio. La luna brillaba sobre ella. Al dar las diez en la iglesia del Salvador, hora en que se cerraban las tabernas, la gente que habia en la del Hardon sali, y se cerr la puerta. La calle qued ya completamente silenciosa. Aben-Aboo esper algun tiempo, pero nadie apareci, pesar de que segun las noticias del morisco, los xeques del Albaicin debian empezar acudir las diez. Entonces record Aben-Aboo que la casa del Hardon podia entrarse por diferentes minas, algunas de las cuales conducian fuera de la ciudad. --Oh! exclam: los que han de elegir rey don Fernando entraran por las minas, y de la misma manera habran sacado por las minas al marqus: aunque me estuviese aqu toda la noche nada descubriria... y luego... luego quin sabe por qu se ha dado ese brebaje al marqus. Acaso he supuesto lo que no existe: acaso mis zelos... tenia razon ese hombre... no se puede ver Amina una vez sin amarla... el amor que me ha inspirado ha crecido con los zelos que el marqus me ha hecho sentir... y acaso me engae... porque si ella amara al marqus qu haberse estado recatando de l durante dos aos? pero sin embargo, la carta que le citaba esta noche la taberna... pero mi me ha citado tambien y de una manera mas directa, por el postigo... yo puedo saber si la sultana, esa sultana que ha estado mi lado sonrindome horas enteras, es la Dama blanca... y luego puede ser muy bien que me ame: que me conozca hace mucho tiempo... yo me he puesto su paso en la montaa... tal vez solo ha tenido con el marqus una aventura galante... y sobre todo yo debo apurar hasta donde pueda este misterio... yo debo acudir la cita de doa Ins. Y saliendo del soportal rode su propia casa como quien bien la conocia, y se dirigi sin vacilar al postigo. Detvose un momento en l fin de dominarse, y cuando lo hubo conseguido, cuando juzg que en su semblante no quedaba el menor vestigio de la reciente tormenta, llam recatadamente al postigo. Inmediatamente aquel postigo se abri, y Aben-Aboo lanz un grito de sorpresa al ver ante si entre las sombras una mujer enteramente vestida de blanco y con un antifaz del mismo color sobre el rostro. --La Dama de la montaa! exclam. --Seguidme, dijo la joven. Aben-Aboo la sigui con el corazon palpitante: atraves el huerto tras ella, y tras ella atraves un corredor oscuro, subi unas escaleras, y se encontr en un precioso retrete alumbrado por dos bugas de cera que habia sobre una mesa. Sobre aquella mesa ademas habia un pergamino enrollado y una daga que Aben-Aboo reconoci con terror: era la suya, la que le habia arrebatado en la taberna el monf. La jven cerr la puerta, se quit el antifaz y apareci el semblante plido y severo de Amina. --Qu habeis pensado de esta cita? dijo Amina con acento grave. --Me preguntais lo que he pensado lo que pienso? dijo con audacia Aben-Aboo. --Os pregunto lo que habeis pensado, no lo que penseis ahora. --He pensado delirios, prima. --Delirios! --Si; he pensado que Dios se compadecia de m y me daba con vos la felicidad. --Y qu motivos habeis tenido para pensar que yo?... --Hace mucho tiempo que sin conoceros os amo. --Extrao amor! --Os he visto en la montaa... --Creo que ya os cost un lance desagradable vuestra obstinacion en seguirme. --Con que confesais... --Lo confieso todo... todo lo que querais que confiese... que soy la Dama blanca de la montaa, la sultana Amina, la amante del marqus de la Guardia... Amina pronunci estas palabras con una indiferencia despreciativa. --Oh! exclam con rabia Aben-Aboo, sabeis que os amo, que os he buscado con una tenacidad incansable, y os atreveis decirme que amais otro? --Sino vinierais de donde vens, sino hubierais querido hacer lo que no habeis podido, yo os hubiera dicho: soy vuestra prima Amina, la que habeis seguido la montaa con peligro de vuestra vida; en el tiempo que hoy hemos estado juntos he comprendido que me amais: yo no puedo pagar vuestro amor, porque no me pertenezco, porque mi corazon y mi vida son de otro quen conoc antes que vos; pero ahora despues de lo que he hecho, despues de lo que habeis dicho, me limito deciros: tomad vuestra daga, infante Aben-Aboo, y dedicadla mas noble uso que asesinar hombres dormidos. --Sabeis seora que ese hombre se jactaba de una manera insolente de que le amabais? --Puede jactarse de ello: ademas creia hablar con un amigo. --Habeis olvidado seora que ese hombre desprecia vuestros dones vendindolos? --Creia hacer un servicio un amigo. --Es decir que creeis bueno y noble todo lo que proviene del marqus de la Guardia?... --Es m esposo, y debo respetarle... es mas, creo que solo peca de imprudente, de enamorado. --Que es vuestro esposo, exclam asombrado Aben-Aboo? --Tomad ese pergamino y comprended por qu os llamo infante, por qu llamo mi esposo al marqus de la Guardia. Y entreg Aben Aboo el pergamino enrollado que estaba sobre la mesa, y que no era otra cosa que una copia de las capitulaciones concertadas entre el emir de los Monfes y Aben-Humeya. --Teneis una hija! exclam ferozmente Aben-Aboo despues de haber leido el pergamino; Aben-Humeya tiene un hijo!... --Oh! nunca hubiera creido, dijo con profundo desden Amina, que la ambicion hiciese los hombres tan miserables. Pero ved lo que haceis, Aben-Aboo, ved lo que haceis, porque os advierto que vuestra primera traicion ser la seal de vuestro castigo. --Para qu me habeis llamado aqu, seora? --Mi padre os conoce, Aben-Aboo, y lo ha temido todo de vos, en los momentos en que los moriscos de Granada elijen por su seor Aben-Humeya: procur distraeros, os llam su casa con un pretexto, os retuvo nuestro lado, y yo procur haceros olvidar vuestra ambicion por el amor. Creyndoos enamorado os cit para apartaros acaso de vuestra ruina, no para alentar un amor que era imposible. Pero vos habeis obrado de tal modo, que me obligais ser con vos todo lo severa que puede ser una persona que aborrece el crmen. --Pues os anuncio que vos sereis la causa de muchos crmenes. --Yo! --Si, vos. Primero he codiciado la corona de Granada, y me la habeis robado; despues os he codiciado vos y os he perdido. --Y qu derecho teneis esa corona, qu derecho mi amor? --Mi voluntad. --Vuestra voluntad os llevar vuestra ruina. Haced lo que mejor os plazca, sed en buen hora mi enemigo. Ni os temo ni os desprecio. Procurar burlar la venganza que sin duda meditais contra mi padre y contra m. Pero os aconsejo una cosa. Recatad mucho vuestra venganza, y sobre todo no hableis con mi padre como habeis hablado conmigo. Mi padre nada sabe. Yo debia avisarle para que se precaviese de vos, pero sobre ser vos casi impotente, espero que cuando salgais del estado de delirio en que os encontrais, reflexionareis, comprendereis que en vez de odio nos debeis agradecimiento, y sereis nuestro buen pariente. Si ese momento llega, yo os tender mi mano, os perdonar el mal que habeis querido hacerme, y ser vuestra hermana. Ahora salid, porque todo lo que teniamos que hablar lo hemos hablado ya. --Adios seora, adios, dijo Aben-Aboo, con acento sombrio, adios, y no os olvideis de mi. --A pesar de vuestras amenazas, os aconsejo que nada intenteis esta noche contra Aben-Humeya, por mas que tengais algunos parciales, ni dejeis de ver mi padre. No deis un paso hcia adelante, sino estais seguro de que no habeis de arrepentiros, porque os lo repito, creo que mas que criminal sois loco. La triste dulzura con que Amina pronunci estas palabras alent Aben-Aboo que volvi desde la puerta y se arroj los pis de Amina. --Oh! tened compasion de m, le dijo: teneis razon, yo no he pensado en el crmen hasta que he visto defraudadas todas mis esperanzas... pero amadme, seora, amadme, porque yo antes de ver vuestro semblante os amaba, me habia fingido en vos la hermosura de un arcngel, y al veros he visto que habia soado poco, que sois mas hermosa, mas noble que lo que so mi deseo: amadme, y sea en buen hora Aben-Humeya rey de Granada: si vos sois mia, ser mas feliz que mandando sobre todos los imperios del mundo. --Yo os amo! dijo Amina con una dulcsima voz de consuelo. --Oh! que me amais! luego vuestro amor al marqus de la Guardia es mentira? --Y es mentira tambien mi hija Kinza. --Ah! --Y habeis podido creer que habria sido madre sino por el amor de un hombre que hubiera llenado enteramente mi alma? --Oh! y entonces... entonces... cmo me amais? --Levantad y oid: yo os amo porque una voz ntima de mi corazon me dice que os ame; pero os amo de una manera tranquila; como creo que se debe amar los hermanos; el solo pensamiento de otro amor hcia vos, me horroriza, me repugna... ese amor no puede ser entre nosotros: mi corazon le rechazaria, aunque no amase otro hombre. --Pues adios, seora... adios, dijo Aben-Aboo levantndose con el semblante teido de una palidez letal... ya que no puede haber entre nosotros amor, habr odio... no podeis amarme... yo os juro que me aborrecereis. Y Aben-Aboo que conocia las entradas y salidas de la casa como quien era su dueo, sali frentico, dejando sola y aterrada Amina, que comprendia bien lo temible que era Aben-Aboo. Por algun tiempo, este vag la ventura por calles y callejas; sin direccion fija, calenturiento, entregado pensamientos, por mejor decir, intenciones de venganza cual mas horribles: la venganza, ese monstruo del corazon humano, no habia tomado para l formas, pero se revolvia fermentando y rugiendo en su alma. Asi anduvo una hora: al cabo de ella, el frio que era intenso, contrapes el ardor febril de su sangre, volvi su pensamiento la reflexion y se rehizo. Entonces no renunci su venganza, sino que se resign esperar que esta se le presentase en todo su esplendor, justificada, traida por los acontecimientos; comprendi que debia ser prudente, que cuanto mas encubriese su odio mas seguro seria su efecto, y paso lento tom el camino de la calle de San Miguel; cuando lleg ella not que estaba tan silenciosa y desierta como cuando la habia abandonado, y que no se veia el reflejo de una sola luz ni se escuchaba el mas leve rumor en la casa del Hardon. --Habrn venido por las minas y estaran en los subterrneos, dijo suspirando, y se encamin la puerta principal de su casa. Abrile un criado que le indic que su seor le esperaba y le condujo su habitacion. Yaye estaba sentado junto una mesa, tenia quitada la venda y se le veia en el lado izquierdo de su frente una profunda cicatriz redonda. Aben-Aboo, ya enteramente dominado adelant y dobl una rodilla ante el emir besando una de sus manos. --Qu haces, hijo mio, le dijo conmovido Yaye? --Os rindo el homenaje que os hubiera rendido desde el primer momento, seor, si hubiera sabido quien erais. Yaye le atraj s y le bes conmovido en la frente: Aben-Aboo not que una lgrima del emir habia caido sobre sus mejillas. Esto que hubiese conmovido otro, irrit Aben-Aboo. --Has visto tu prima? le dijo Yaye hacindole sentar su lado. --Si seor. --He preferido que ella sea quien te revele lo que no te he querido revelar hasta este momento: queria retenerte junto m para que no hicieses una locura, pero no quise imponerte el respeto que en este momento te domina. Pero era necesario, cuando te se da un infantazgo, que tu tio y tu seor hablase contigo. Ya s que has pensado en un puesto mas alto, pero en todos los puestos, hijo mio, encuentra un noble lugar el que es valiente, caballero, y, sobre todo, ama su patria. Ha llegado el momento de la lucha, lucha que ya no puede dilatarse por mas tiempo. Aben-Humeya cumplir con su deber como rey de Granada y t como infante le ayudars: yo os ayudar entrambos. No quiero ocultrtelo; la lucha es terrible, arriesgada, y si sobreviene la mas leve division entre nosotros somos perdidos, y sentenciamos nuestros pobres hermanos, ya harto oprimidos, la esclavitud, la muerte, la deshonra, que es la peor de las muertes. Si hay en t ambicion, espera y no desesperes, hijo mio. Si el cristiano nos vence, nuestra corona ser la corona del martirio; si le vencemos, si, como en otro tiempo nuestros abuelos, logramos avanzar sobre las tierras del cristiano, ayudados del poder del Sultan de Constantinopla nuestro amigo, entonces Aben-Aboo, sobraran coronas en los reinos que reconquistemos. --Solo os pido una gracia, seor, dijo hipcritamente el jven. --Cual? --No separarme de vos, pelear vuestro lado, llevar en el combate vuestra bandera. --En lugar estars, que satisfaga tu valor y tu orgullo, hijo mio. Ahora escchame, es necesario que partas al momento las Alpujarras. --Eso mismo pensaba deciros, seor. --Yo partir maana. Toma: esta carta mia te abrir paso entre los monfes que te ayudaran si necesario fuese. Tu madre vive en Cdiar, aadi conmovido el emir. --Si seor. --Tu madre estar inquieta. --Mi madre me ama en extremo, seor. --Pues bien: d tu madre que nada tema, que el emir de los monfes te protege. Esto la tranquilizar. --Muy bien, seor. --Toma, aadi Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta bolsa de oro: s infante de Granada. --Ah! cuntas bondades, seor! --Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar los cristianos hasta el dia del alzamiento. --Adios, seor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la influencia que ejercia sobre l el emir. --Y no te despides de mi hija? dijo el emir sealando Amina que habia aparecido en una puerta. --Ah, seora, adios! dijo Aben-Aboo dirigindose ella. --Sed feliz..... y seguid mis consejos, le dijo Amina. --Ah! no los olvidar, seora. Aben Aboo sali, y poco despues se sinti abrir la puerta exterior y las pisadas de un caballo en la calle que se alejaron hasta perderse en el silencio. --Ah! exclam Amina en un acento que no pudo oir su padre: quiera Dios que con ese hombre no nos preceda las Alpujarras la desgracia. Amina sentia oprimido su corazon por un presentimiento funesto. CAPITULO XI. Alianza de sangre y lodo. A punto que Aben-Aboo entraba caballo en el corral del Carbon, daban las doce en el rel de la capilla real. Era la hora de la cita con Anglica. El corral estaba desierto, silencioso iluminado de lleno por la luna. Aun estaba alzado el tablado donde se habia hecho la representacion, pero despojado de los tapices y de las cortinas: como si dijramos: en esqueleto. Aben-Aboo, pens primero en llamar maese Pertiez para que le sirviera de guia hasta el aposento de la comedianta. Pero prefiri no recurrir l, sino en un caso extremo, at su caballo un poste del corral, y se aventur por las estrechas escaleras que guiaban la hospederia. Lleg lo alto de las escaleras y palp: encontr al fin una puerta que abri con la llave que le habia entregado maese Pertiez de parte de Anglica. Pero se encontr con una dificultad; el pasillo estaba oscuro, y apenas penetraba en l un dbil reflejo de los rayos de la luna travs de las claravoyas del techo. Aben-Aboo record que el aposento de Anglica estaba la derecha, y en la parte media del pasillo, cabalmente por aquella parte y en el mismo costado daba un rayo de la luna. Aben-Aboo adelant con la esperanza de que tal vez aquel blanco rayo de tibia luz le dejaria percibir algun nmero por el cual guiarse; se quit las espuelas para no hacer ruido, y adelant recatadamente, hasta el lugar iluminado por la luna. Aquel lugar de la pared estaba sobre una puerta; Aben-Aboo sinti una extraa conmocion al notar que en medio del espacio iluminado por la luna se destacaba un negro y enorme el nmero 13. Era aquello una casualidad que Dios el infierno le ayudaban? Otro estremecimiento distinto agit Aben-Aboo al llamar la puerta; al fin era jven y por mas que un jven est poseido de las mas violentas pasiones, siempre siente un no s qu poderoso que le domina cuando en medio del misterio se acerca una buena moza que le espera. Porque Anglica debia esperarle. Aben-Aboo not que la puerta cedia bajo su mano sin ruido, lo que demostraba que la puerta estaba preparada para esta clase de lances: el jven adelant y se encontr en un espacio alfombrado, con gran asombro suyo, porque no esperaba encontrar tal lujo en tal hostera. Por una puerta al frente se percibia un tenue resplandor: Aben-Aboo adelant guiado por l, atraves otro aposento oscuro y se encontr al fin en la misma habitacion en que Anglica habia recibido aquella maana maese Pertiez. En un estrado de damasco, reclinada en sus almohadones, y dormida, reflejando en su hermoso semblante, en su cuello y en su seno casi descubierto, como por descuido, la luz de una buga colocada en una pequea mesa junto ella, estaba Anglica. Dormia fingia dormir? esta pregunta se hizo Aben-Aboo, pero comprendi que aquella mujer que le esperaba aquella hora, despierta dormida, no debia de haberle citado para hablarle del gran turco. Aben-Aboo no se atrevi despertarla en el momento: tan hermosa estaba dormida; por intencion pereza, no se habia quitado el traje que habia usado para la comedia, mas que el adorno de plumas: conservaba el magnfico collar de perlas, regalo humillante de Amina, y sin duda, para respirar mejor, se habia abierto el justillo; Aben-Aboo, pudo pues, anegar sus miradas en aquel cuello divino, y en aquel seno de mrmol; luego como si una atraccion poderosa le hubiese dominado, acerc lentamente su semblante aquel seno y le bes. En esto, entraba al mismo tiempo el deseo y el clculo, necesitaba mostrarse enamorado y audaz con aquella mujer, en quien habia visto un enemigo mortal de Amina, y cuya alianza podia convenirle. Al sentir el ardiente beso del jven, Anglica despert y exal un ligero grito de terror, que si fue fingido, lo fue admirablemente. Luego, al reconocer al jven se tranquiliz, se sonri de una manera tentadora, y tendi la mano Aben-Aboo, cubrindose con la otra el seno con los encajes. --Por qu estais de rodillas? dijo infiltrando una mirada traidora por lo amante, en los ojos entumecidos de Aben-Aboo. --Estaba adorando vuestra hermosura. --Ah! y vos cuando adorais besais? --Ah, seora! perdonad; pero la culpa es de vuestra divina belleza. --Quin os ha enseado enamorar de ese modo? --Vos. --En poco tiempo hago yo maestros de amor. --Vos le enseais con una sola mirada. --De modo que vos..... --Yo os adoro. --No lo creo. --Por qu? --Porque adorais otra. --Ah! --Como yo adoro otro. --Oh! --Pero vos necesitais vengaros. --Si. --Y yo tambien. --Yo de la altivez de una mujer. --Yo del desamor de un hombre. --Somos, pues, amigos. --Amigos de odio. --Y no mas que amigos? dijo Aben-Aboo rodeando la cintura de Anglica. --Ya veis que os dejo hacer... --Quereis sin duda serviros de m? --Como vos de m. --Ah! yo me serviria de vos para ser feliz. --Vos podeis hacerme feliz hacindome vuestra. --Hablais de veras? --Pues n? --Oid, seora: pesar de que creo, que cuando me habeis llamado, me conoceis y comprendeis que puedo serviros de mucho, pesar de que estoy seguro de que ni me amais ni podeis amarme, vos podeis estar segura tambien, de que pesar de que amo otra mujer, pesar de que lucho con mi suerte, podeis ser mi tentacion, la mano que me impulse... y mas de eso, la fuente donde beba el amor de que estoy sediento. --De veras? Hablais de veras? --Entre una mujer como vos y un hombre como yo, no puede haber mentira. Yo os comprendo como vos me habeis comprendido. --Y qu habeis comprendido en m? --Que sois capaz de todo por vengaros de una mujer. --Ah! s, como vos arrostrareis la perdicion de vuestra alma por vengaros de un hombre. --Yo os doy la mujer quien amo. --Y yo el hombre quien adoro. --A falta de ese hombre. --Acepto vuestro amor. --A falta de esa mujer, yo os doy mi alma. --Oid, dijo Anglica levantndose de entre los brazos de Aben-Aboo, y separndole de s en un movimiento de suprema dignidad: no creais que la mujer que habeis visto representando sobre un tablado, ofreciendo su talento y su hermosura al vulgo, es una de esas cmicas perdidas, que abren sus brazos al primero que se las presenta con las manos llenas de oro. Bajo la comedianta est la mujer con todo su pudor, con toda su dignidad: tras mi presente de cmica, hay un pasado noble y altivo, aunque lleno de amargura y de pasiones terriblemente combatidas. Lo he perdido todo, todo, menos la honra y el corazon. Y os digo que no he perdido la honra, porque solo he pertenecido un hombre quien he considerado como mi esposo; os digo que no he perdido el corazon, porque no puedo sufrir que ese hombre me engae y me mienta amores cuando me desprecia. El amor que sentia hcia el marqus, se ha convertido en odio, en lo nico que puede convertirse el amor, como un dia se convertir en odio el amor que os inspira esa duquesita de la Jarilla, esa sultana mora, esa doa Esperanza Amina... --Se ha convertido ya. --Os habeis arrastrado sus pies y os ha despreciado... --Si. --Oh! pues debeis vengaros. --Me vengar, no s cmo, pero me vengar. --Oh! cuanto me amareis si yo os proporciono una venganza doble, una venganza horrible! --Siento, seora, que me dominais, que acabareis por enloquecerme por ser el arcngel de fuego de mi vida. --Oh! seguid, seguid: irritad vuestro odio: qu hermoso estas pensando en vuestra venganza! En efecto, Aben-Aboo estaba hermoso, pero con una hermosura como la que solo puede suponerse en Satans. --Somos, pues, el uno del otro. Nos pertenecemos, dijo Aben-Aboo. --Si; somos desde ahora el uno del otro para vengarnos: despues, cuando nos hayamos vengado; cuando yo pueda considerarme viuda, ahogaremos nuestros remordimientos, el uno en los brazos del otro. --Remordimientos! --S; qu culpa tienen Amina y don Juan, de que el cielo los haya reunido para amarse como se aman los ngeles? Nosotros deberiamos respetar ese amor, noble y grande, purificado por el infortunio, y sin embargo, ese amor nos roe el alma, y necesitamos exterminarle para que no nos despedace: cometeremos un crmen: lo s: marcho l de frente, s que me espera el remordimiento, pero me vengar, por mejor decir, destruir lo que no puedo ver, lo que no puedo suponer sin sentir una rabiosa sed de sangre. No parece sino que mi alma es una continuacion de vuestra alma, porque lo mismo pensamos los dos, seora. --Nuestro comun odio hcia esos dos, que sin nosotros serian tan felices, establece ya entre nosotros una especie de amor extrao... --Que tal vez maana... --Quien sabe? --Os juro no perdonar nada por vengaros. --Yo os lo juro tambien. --Os ser fiel como la espada la mano. --Y yo vos como el veneno la muerte. --Somos, pues, el uno del otro. --Como hermanos de venganza ahora. --Y cuando se satisfaga esa venganza! --Creo que para entonces os amar..... os amar como yo amo, con toda mi alma. --Para eso es preciso que no nos separemos. He despedido esta noche mi doncella para estar en libertad de obrar. --Qu quereis decir? --Que voy seguiros ahora mismo. --Y el seor Cisneros? --Ah! Cisneros! pobre loco! --Y el seor Salvador Godinez? --Callad! dijo Anglica palideciendo: callad: cabalmente por temor ese hombre seria capaz de huir con Satans. --El cree que no le conoceis. --Le conoceis vos? --No, pero creo... --Es mi verdugo, el autor de mis desgracias, el que me ha obligado arrojarme las tablas: cree que no le conozco. Ah! una mujer como mi no se la engaa mas que una vez. --Pero, quin es ese hombre? por qu os causa tanto terror? --Si me probais que no desconfiais de m, yo no desconfiar de vos. Como os llamais? --Me llamo el infante Sidi-Aben-Aboo. --Ah! no ments cuando decis que sois mio! Sois moro? --Si. --Vais revelaros contra el rey? --Si. --Ansiais beber la sangre de Aben-Humeya? --Si. --Oh! he buscado el crmen, y el infierno no podia habrmele presentado mas completo, mas terrible. Matareis Aben-Humeya, vuestro pariente? --Aunque fuese mi hermano. --Y si yo os dijese el nombre del asesino de vuestro padre! --El nombre del asesino de mi padre... --Vuestro padre muri de hambre despues de haber sido herido por los monfes en una cueva de las Alpujarras. --Ah! y acaso el emir de los monfes... --Es el asesino de vuestro padre..... y no solo de vuestro padre, sino de don Diego de Vlor, padre de Aben-Humeya. --Y aun no hace una hora, que el hipcrita, que el miserable me abrazaba y me llamaba su hijo, y regaba con sus lgrimas mi semblante! Anglica se estremeci; su crmen era horrible; pero necesitaba despedazar el corazon de Amina, y sigui marchando de frente al crmen. --La prueba! la prueba de lo que acabais de revelarme, seora! --Si, os la dar clara y terminante: pero si hemos de llevar cabo nuestra alianza, es necesario que no nos separemos: para no separarnos, es necesario que huyamos, para huir es necesario aprovechar los momentos. No os he dicho que me he quedado sola para estar dispuesta todo? --Huir! huir conmigo, esta misma noche! --Os falta dinero? --Tengo unos cien doblones. --Y yo tengo joyas que valen un tesoro: joyas que he preparado para la fuga. --Pero habeis meditado que estamos en diciembre, que tenemos que pasar por la falda de la Sierra?... --Y quien teme al frio llevando un volcan en el corazon? --Luego... un viaje de algunas leguas caballo... --Pero vuestro caballo es fuerte... --Oh! s! --Para llevarnos, y mas mis joyas y mi dinero? --Si, indudablemente, si no es mas que lo que hay en ese cofrecillo. --Oh! pues entonces, esperad. Anglica, tom la luz, dejando oscuras Aben-Aboo, y desapareci tras una puerta de cristales. No es la oscuridad lo mejor para inspirar buenos pensamientos; parece que hay mas bien all donde hay mas luz. Durante el breve espacio que Anglica tard en volver, Aben-Aboo acab de convertirse en un demonio, sinti hcia Anglica un amor satnico, enteramente distinto del amor que le habia inspirado Amina: ardi su sangre al recuerdo de su hermosura; se inflam su alma en un fuego sombro al medir la profundidad de aquella alma infame de mujer. En una palabra, Aben-Aboo se vendi enteramente al diablo. Anglica volvi enteramente vestida de negro, y envuelta en un largo manto, tom el cofrecillo de sus joyas, puso en l las que tenia puestas cuando lleg Aben-Aboo, cerr el cofrecillo y le entreg al jven que le puso debajo del brazo. Luego se asi al otro brazo de Aben-Aboo, y apag la luz. --Me habeis dicho vuestro nombre y vuestros intentos, dijo Anglica en medio de las tinieblas, con un acento tal, que eriz los cabellos del supersticioso Aben-Aboo. Voy deciros el mio y mis intenciones. Pertenezco la familia mas ilustre de Venecia, y en la crte de las Espaas todos conocen mi nombre. Permitidme que os diga antes mis intenciones. Quiero gozar con vos, un placer del infierno, quiero quemaros y quemarme en ese amor; quiero morir en medio de un torbellino de fuego levantado sobre mi venganza satisfecha. Os he llamado, y habeis respondido mi llamamiento. Sois mio, enteramente mio en cuerpo y en alma, como en cuerpo y en alma soy toda vuestra. Y tras estas palabras, reson, entre las tinieblas, un doble beso, ardiente, terrible, por el que parecian haberse exhalado dos almas condenadas. --Ahora, dijo la comedianta, sabed mi nombre: me llamo la princesa Angiolina Visconti. CAPITULO XII. De cmo fue la proclamacion de Aben-Humeya. A la misma hora en que Aben-Aboo, desesperado se encaminaba al corral del Carbon, en busca de Angiolina, dentro de una habitacion de una casa situada en lo mas alto del Albaicin, se paseaba impaciente Aben-Humeya. Los adornos y los muebles de aquella habitacion, demostraban que la casa pertenecia un moro rico. Aben-Humeya, estaba completamente vestido la castellana, con un trage de terciopelo negro. En la casa no se oia el mas leve ruido. El jven mostraba en su semblante, esa profunda preocupacion que se apodera de todo el que est punto de cambiar de posicion y de destino de una manera grave y trascendental. Podia decirse, que las dos pasiones que de una manera mas marcada se dejaban ver en aquella preocupacion, eran la ansiedad y el miedo. El jven habia oido distintamente dar las doce en el reloj de la colegiata del Salvador, y su ansiedad y su miedo parecieron doblarse. Aun duraba la vibracion de la ltima campanada, cuando reson una llave en una cerradura, se abri una puerta, y apareci un moro completamente vestido de blanco, cubierto el rostro con el extremo de su toca, y con una linterna encendida en la mano. Aquella noche era para don Fernando de Vlor, Aben-Humeya, una noche de fantasmas blancos. --Sgueme, le dijo el moro. Aben-Humeya tir de una manera resuelta tras el encubierto, que atraves algunas habitaciones y en el fondo de un corredor, abri una puerta, pas por ella, y empez descender por unas estrechas escaleras. Aben-Humeya le sigui. Ya bastante profundidad, el moro abri otra pequea puerta chapeada de hierro mohoso, y tir adelante, siempre seguido por Aben-Humeya. Marchaban por una estrecha mina abovedada, revestida por una argamasa gris, dura y reluciente. Despues de haber recorrido una distancia como de mil pasos, el moro se detuvo delante de otra puerta, igualmente forrada de hierro, la abri y empez subir por otras escaleras. Abri al fin otra puerta, hizo atravesar Aben-Humeya algunas habitaciones, y al fin le dijo al entrar en un aposento circular ricamente ornamentado y alhajado: --Espera aqu. Y cerr con llave la puerta. El jven not que sobre algunos almohadones, que constituian los asientos de la estancia, habia ropas y armas moriscas. El sobresalto y la ansiedad, seguian siendo la expresion de su semblante. No pas mucho tiempo antes de que resonase una llave en la cerradura de otra de las puertas de la estancia, que se abri y di paso un hombre grave, hermoso, noble, que llevaba vestiduras de califa, y corona de oro en la cabeza. Tal era la magestad del recien entrado, que la turbacion de Aben-Humeya creci. --En este momento, dijo Aben-Humeya, se reunen en casa del Hardon, los xeques del Albaicin y de la Vega, y los wazires, alimes y wales de las Alpujarras. Ests dispuesto, Aben-Humeya? --Quin eres t que te me presentas con las insignias de rey de los creyentes, la espada de la conquista al costado, y la corona del imperio en la cabeza? pregunt con recelo el jven. --Soy el emir de los monfes de las Alpujarras, el primo hermano de tu padre, tu tio, contest Yaye-ebn-Al-Hhamar, que l era. --Ah, seor! exclam Aben-Humeya, dominado por el magestuoso aspecto de Yaye, por su palabra, y por la conmocion misteriosa que se notaba en su voz: ah seor! con que vos sois ese noble y poderoso pariente que tanto ansiaba conocer? Y Aben-Humeya, se arroj los pis de Yaye, y asi sus manos, sobre las cuales, como sobre las de Aben-Aboo, anteriormente rod una lgrima del emir. --Ha llegado la hora, dijo Yaye: nuestros hermanos no pueden resistir ya el odioso yugo del conquistador y le rompen. El levantamiento necesita un rey, y todos esos fieles creyentes que se congregan en casa del Hardon, te aclamaran, hijo mio; pondran tu costado la espada de la conquista, y sobre tu cabeza la corona del imperio. --Y vos, seor? exclam hipcritamente Aben-Humeya. --Cuando Granada obedecia las leyes del cristiano, cuando el emperador don Carlos, antes, y despues su hijo don Felipe, se llamaban reyes de Granada, yo sustentaba sobre mi cabeza, la corona de un pueblo de valientes, que vivan y viven sueltos y libres en la montaa: esos valientes son la esperanza del pueblo moro de Granada: sin los monfes nada podria hacerse: suya es la fuerza: yo he podido bien decir los moriscos de Granada, de Almera y del Almanzora: hme aqu, descendiente de reyes, que he sostenido con honra en las Alpujarras, durante veinte aos, siempre desnuda y roja en sangre infiel, la espada de Islam; reconocedme y juradme vuestro seor y venid armados bajo mis banderas. Los moriscos me hubieran aclamado su emir supremo, y todas las pretensiones de los que se hubieran creido con derecho la corona de Granada, hubieran quedado imposibilitadas de logro. Pero vives t: el Altsimo me ha negado hijos... --Pero te ha dado una hija que es un arcngel del stimo cielo, seor. --Ya s, ya s, que bien quisieras ser esposo de la sultana Amina. Pero ese casamiento es imposible. Has hablado con ella esta noche, has firmado unas capitulaciones que ya habia yo firmado, por las que se determina de qu manera sers rey de Granada, y el rden de sucesion de la corona; por lo que mi hija te ha dicho, por el contexto de esas capitulaciones, sabes que la sultana Amina es casada como t lo eres: que como t tienes un hijo, la sultana tiene una hija, que si Dios no lo impide seran esposos. --Y no era mejor, mas conveniente que la sultana Amina, rompiese su matrimonio, que yo rompiese el mio... --Tu casamiento con mi hija es imposible, exclam profundamente conmovido Yaye, y daria parte de mi salvacion, porque ni aun en ello hubieses pensado: seria provocar la justicia de Dios: no, no: y luego yo no quiero ser cruel, no quiero romper el corazon de mi hija que adora su esposo; no quiero romper el corazon de la pobre Isabel de Rojas que te ama con toda su alma. No, Aben-Humeya, hijo mio; cuanto he podido hacer por t, por tu engrandecimiento lo he hecho; sers rey de Granada; cuanto pueda hacer por la gloria de tu nombre lo har, y sers rey vencedor. Luego, despues del triunfo, si el Altsimo en sus bondades se digna concedrnoslo, cuando tu hijo y mi nieta, sean el uno del otro; cuando haya asegurado sobre tu cabeza y la de tus descendientes la corona del reino, yo que soy harto desdichado, y estoy harto cansado de la vida, pasar Africa, y te dejar dueo absoluto de tu herencia. Entre tanto mi espada y mis consejos te son necesarios, y ser tu padre y tu seor, mientras convenga que asi sea. No hablemos mas de esto; vstete esas ropas, cete esas armas y vamos; es necesario que los que te esperan no se impacienten. Aben-Humeya empez despojarse en silencio de su traje castellano, sustituyndole con el musulman. Hubo un momento de silencio. --Y estais seguro, seor, dijo de repente don Fernando como si hubieran nacido sus palabras de un recelo, que no habr quien quiera disputarme la corona? --Peor para el que ello se atreva, dijo con una autoridad llena de confianza Yaye. --Sin contar con el brabo Farax-aben-Farax, que como descendiente de Abencerrages, se dice merecedor de la corona, mi primo Aben-Aboo puede alegar que como yo, que desciende del Profeta, y de los califas omniades. --Farax-aben-Farax, es el valiente de los valientes de Granada, y contentaremos su ambicion, y daremos entretenimiento su valor, hacindole la segunda persona despues del rey; Farax ser alguacil mayor del reino[18]. Aben-Aboo es nuestro pariente, y como tal, infante de Granada. Mi autoridad nos responde de su lealtad. Nada temas, pues, y puesto que ya has cambiado de ropas, sgueme. Yaye, y Aben-Humeya salieron, y precedidos por el moro blanco que los esperaba fuera, y alumbrados por su linterna, atravesaron algunas habitaciones, llegaron otra mina y al fin de ella Yaye despidi al moro, y asiendo una mano al jven le condujo oscuras una habitacion en la que entraba una escassima luz, por los claros de la celosa de una ventana rabe que pareca corresponder al interior de una habitacion iluminada. Yaye condujo Aben-Humeya la celosa. --Espera aqu le dijo: mira y escucha. Aben-Humeya apoy su trmula mano en la columnilla de la ventana y mir la habitacion que se veia desde ella. Era extensa y magnfica; al fondo, bajo un arco labrado y dorado, se veia un dosel real, con el escudo de las armas de los reyes de Granada; bajo el dosel sobre dos gradas cubiertas con una magnfica alfombra, un divan; cada uno de los ngulos de las gradas sobre la alfombra del pavimento general almohadones, destinados los katibs secretarios: alrededor de la estancia corra una galera de arcos, entre los cuales pendan ricos tapices; lo largo de estos arcos corra un divan, y mas hcia el centro, paralelos los divanes de los costados otros dos: entre estos dos divanes, en el centro de la cmara, habia cuatro almohadones superpuestos de riqusimo brocado, y sobre estos almohadones vestiduras rgias y una bandeja de oro, con una corona, y una espada desnuda. Una lmpara de seda pendiente del techo iluminaba la cmara. Cuando Aben-Humeya se puso observar tras la celosa, la cmara estaba llena de moros, viejos y venerables los unos, hombres maduros los otros, muy pocos jvenes; hablaban con calor en corrillos y se notaba que estaban impacientes; al fin poco despues de haberse puesto junto la celosa Aben-Humeya, se levant el tapiz de uno de los arcos situados junto al dosel y una voz sonora dijo: --El poderoso emir de los monfes, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar! Inmediatamente, un profundo silencio sucedi la agitacin anterior, los moros se colocaron en rden junto los asientos, los secretarios ocuparon su lugar los pis del dosel, y Yaye entr precedido y seguido, de guardias wazires y wales y ocup el dosel: todos estaban de pi inclinados. A la derecha del dosel junto los guardias se veian dos hombres que ya conocemos: eran don Fernando de Vlor el Zaquer, tio de Aben-Humeya, y el faqu Abul-Hassam. Un poco mas all fijando en los anteriores una mirada profunda y recelosa se veia otro hombre como de cuarenta aos, de semblante enrgico y brabo. Aquel hombre era Farax-aben-Farax. Yaye estaba de pi sobre el trono. Todos los asistentes como hemos dicho estaban de pi inclinados. Reinaba un silencio profundo, en medio del cual se escuch reposada magestuosa y grave la voz de Yaye. --Buenos muslimes, dijo, creyentes del reino de Granada, hme entre vosotros, en el momento necesario. Me habeis llamado y acudo vuestro llamamiento. Sentaos y escuchadme. Todos se sentaron; Yaye se sent pero en una actitud valiente inclinado hcia el concurso quien dominaba desde su alto asiento. --Veo reunidos aqu, dijo paseando sus miradas por la sala, lo mas notable del reino: el anciano y sabio Abul Ben-Eden, xeque del Albaicin, el prudente Aben-Coraix, la familia entera de los Homaiditas, el fiel Hardon, los buenos y leales xeques de la Vega, y permitidme que lo diga, el cedro del Islam, el leon de la ley, la espada de exterminio, el valiente entre los valientes, Farax-aben-Farax el ltimo que queda de la generosa tribu de los Ben-Serajis[19], entre vosotros hay hombres que han nacido conmigo, y de los cuales conoceis muy pocos: el valiente Harum el Geniz, mi wazir, el Partal y alguno otro: los dems son mis wales, mis brabos wales, los que acaudillan mis monfes, y tienen siempre teidas en sangre fresca sus espadas. Veo ademas prestndonos su ayuda el noble Aben-Jahuar-el-Zaquer, y asiste entre nosotros para iluminarnos con su ciencia el sabio faqu Abul-Hassam. Detvose un punto Yaye y luego continu. --El lugar que ocupo sobre vosotros, nada significa sino que el emir de los monfes, que ha nacido sobre un trono, ocupa el trono que ha sustentado con su espada: pero este no es el trono del reino, sino el trono de las Alpujarras. El que vosotros elijais por rey, ocupar un asiento en este trono mi derecha, ser mi hermano, y como nos habremos sentado en un mismo divan, combatiremos juntos por la libertad de la patria, y por el restablecimiento de la ley. Esto tenia que deciros y ya os lo he dicho, me habeis llamado y he venido; necesitais para levantaros mi ejrcito, y ya est aparejado y pronto para la pelea. Ahora, vosotros, xeques y caballeros, tratad de lo que os pareciere conveniente para la salud de la patria y para la eleccion del rey que ha de gobernaros. Guard silencio Yaye, y seguidamente se levant el xeque mas anciano del Albaicin, y apoyado en un baston dijo con la voz mas segura y robusta que lo que se podia esperar de sus aos. --El momento de probar si somos dignos de vivir como hombres, de gemir y llorar nuestra ignominia como esclavos, ha llegado, poderoso emir, nobles hermanos. Los captulos que hace tanto tiempo estamos evitando que se cumplan, van ser al fin llevados cabo, qu digo que van ser llevados? Acaso los alguaciles y las guardas que nos hace pagar el presidente Deza no se atreven entrar en nuestras casas? no obligan nuestras mujeres que lleven el rostro descubierto? no nos vedan nuestros baos? no nos obligan tener las puertas abiertas el dia de viernes y los domingos? Ya cuando nace entre nosotros un desventurado, podemos celebrar la fiesta de las buenas hadas, ni ya nuestras doncellas pueden regozijarse con las leilas y las zambras? Vienen casa por casa, regstranlas, nos cuentan como cabezas de ganado y nos empadronan. Llevan nuestros pequeuelos las iglesias y los bautizan: oblgannos ir misa, cada dia, y despues de hacernos adorar figuras: despues de predicarnos abominaciones, sacan un papel y all nombran desde el mas pequeo hasta el mas grande y al que falta le buscan y le prenden. Pero qu he de repetiros lo que todos sabeis y no es necesario recordaros, ni aun para excitar vuestra clera que harto sublevada est contra tantas infamias? Ya ha pasado el tiempo de las lamentaciones y llegado es el de la venganza. Y puesto que el valiente emir de los monfes nos ayuda, abreviemos de plticas y elijamos rey que nos gobierne. Sentse Abul-Ben-Eden, y aprovechando su silencio Aben-Jahuar el Zaquer, tio de Aben-Humeya, dijo con voz robusta adelantando hcia el centro. [imagen: Farax-aben-Farax.] --S, llegada es la hora de la venganza, pero aun no es ocioso representar nuestras miserias algunos que creen que aun pueden esperarse treguas de nuestros verdugos, y por qu no hemos de justificar la causa que nos impulsa levantarnos armados con toda nuestra indignacion? por qu no hemos de recordar la opresion en que estamos, sujetos letrados y legos y no menos esclavos que si lo fusemos? Las mujeres, los hijos, las haciendas y nuestras propias personas al arbitrio de nuestros enemigos, sin esperanza en muchos siglos de vernos fuera de tal servidumbre, sufriendo tiranas y tributos, y privados del asilo en los lugares de seoro y en las iglesias, hacindonos con esto de peor condicion que los castellanos, pero obligados bajo pena de dinero ir rezar las iglesias? Los clrigos se enriquecen costa nuestra, no tenemos acogida ni en Dios ni en los hombres, los cristianos nos desprecian llamndonos moros, y los moros nos niegan su ayuda creyndonos cristianos: mndasenos que no hablemos nuestra lengua cuando no sabemos la castellana, y no sabemos en qu lengua nos hemos de expresar, ni cmo pedir las cosas; como sino se pudiese ser cristiano hablando en arbigo, y moro hablando la lengua castellana. Llevan nuestros hijos sus congregaciones y sus escuelas, y les ensean artes prohibidas por nuestra ley: cada momento nos amenazan con arrebatarlos del pecho de sus madres y de la enseanza de sus padres, y llevarlos extraas tierras, donde olviden nuestras costumbres y aprendan ser enemigos de los padres que los engendraron y de las madres que los parieron. Nos mandan dejar nuestro trage y vestir el castellano, como si trajramos la ley en el vestido y no en el corazon; nuestras haciendas no bastan (tan pobres nos han dejado ya) para comprar los nuevos trages para nosotros y nuestras familias: de las ropas que tenemos no nos podemos valer, porque nadie compra lo que no ha de vestir: para llevado es prohibido; para vendido intil. Si mendigamos, nadie nos socorre como pobres, porque somos pelados como ricos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en las guerras contra Castilla, que, cuando cas su hija el famoso Al-Athar, alcaide de Loja, pariente de algunos de los que aqu nos hallamos, se vi en la necesidad de buscar prestados vestidos para la boda. Nos privan del servicio de los esclavos negros y no nos permiten los blancos. Los habiamos comprado criado y mantenido, y nos vemos sujetos otra nueva prdida. Quin nos servir? qu haremos, cuando nuestras hijas y nuestras mujeres que van con los rostros cubiertos servirnos y proveer de lo necesario sus casas se las manda descubrir los rostros? Son vistas y codiciadas y requeridas, y la deshonra penetra entre nosotros, y no se sabe cul es la que da ocasion la avilantez de los codiciosos. Nos obligan tener las casas abiertas, para que pueda entrar todas horas el ladron, el impuro, el adltero. Nos quitan la alegra de nuestras fiestas y nos prohiben los baos, que son la salud y la limpieza de nuestras mujeres: las veremos en nuestras casas, tristes, sucias, enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento y por vestido[20]. Y queris que no recordemos tales injurias? quereis que no digamos cuanto somos obligados por nuestra patria y por nosotros mismos? [imagen: Reunion de los moriscos para elegir rey.] --Lo que queremos, dijo Farax-aben-Farax con arranque, no es que se nos diga, lo que todos sabemos, lo que todos sentimos, por que lo tenemos delante de los ojos. Lo que queremos son menos palabras y mas obras: veinte aos y mas llevamos de hablar, y de gemir, y de rescatar con oro nuestra servidumbre: ser que ahora tambien ha de quedarse todo en palabras? --Acurdate Farax! dijo con voz grave Yaye: acurdate! hace veinte y dos aos, subieron al Albaicin, el capitan general con sus banderas, la Chancilleria con sus oidores, el ayuntamiento con sus veinticuatros, la Inquisicion con sus frailes: la ciudad estaba llena de soldados y de piezas de artillera; un pregonero nos ley su edicto, cuyos captulos nos llenaron y nos llenan de indignacion: hasta entonces, aunque aquel edicto era ya antiguo, no se habia cumplido. T y yo, y muchos de los que aqu estan, y muchos que han pasado ya de esta vida, oimos en silencio, transportados de clera aquel pregon infame: entonces... acurdate! yo, apenas habian salido de la Plaza Larga, los tiranos, llam al pueblo la insurreccion: entonces acurdate, Farax! entonces, dijiste t: no tenemos armas! entonces un noble anciano, el padre de los moriscos del reino, el noble Abd-el-Gewar, que ya no existe, dijo: Tenemos oro! los jvenes tenian miedo; los viejos apelaban al dinero, para entretener con la codicia de los cristianos el cumplimiento del edicto. Yo comprendia demasiado aunque jven, que no haciamos mas que dar largas la tirana, que el oro acabaria por concluirse y que seria tarde cuando apelaramos al hierro. Mis temores de entonces se han cumplido: nuestros hermanos, nuestras mujeres, nuestros hijos, han sufrido veinte y dos aos de martirio intil, durante los cuales el vencedor ha aprendido la manera de aterrarnos y el modo de combatirnos. Solo yo, solo los valientes que han vivido conmigo en la montaa, no podemos acusarnos de haber contribuido las desgracias de la patria con nuestro apocamiento, con nuestra cobardia. --Nos llamas cobardes! exclam cerrando los puos y lvido de clera Farax-aben-Fraax. --En una sola ocasion, continu Yaye, sin dar muestras de haber notado el furor de Farax, pretendisteis alzaros: yo era el capitan del alzamiento: mi padre venia en socorro de Granada por los desfiladeros de la sierra; vendidos por una traicion miserable los monfes, mi padre muri peleando por vosotros, y vosotros al saber que quedbais solos, temblsteis de espanto y corrsteis, arrojando las armas, esconderos en vuestras casas. Levantse un murmullo de disgusto. --Por mas que os pese, digo la verdad, continu con energa Yaye levantndose del divan; y testifican esa verdad los veintidos aos de ignominia que han pasado para vosotros. Yo lo he sacrificado todo por la patria; yo he herido en el corazon al rey de Espaa, y para herirle me he herido m mismo: yo os he incitado contnuamente al levantamiento, y vosotros habeis contestado siempre mis excitadores: tenemos oro! os habeis arrastrado humildes ante el Presidente, ante el Capitan general! os habeis llamado fieles vasallos del rey de Espaa, habeis confesado la religion de los cristianos, habeis poblado sus iglesias, y no habeis preferido tanta humillacion, tanta deshonra, el ir vivir entre las breas donde viven mis monfes, cambiando con el cristiano, como ellos, hierro por hierro, sangre por sangre! Callaban todos dominados por la voz tonante de Yaye. --Al fin me habeis llamado, continu este despues de un momento de silencio: al fin habeis recurrido al ltimo extremo: la guerra, cuando ya no teneis oro, cuando los ministros del rey de Espaa os despedazan despues de haberos chupado: no teneis oro, ni armas... --Pero tenemos sangre, emir, contest levantndose con una energa superior sus aos el viejo Abul-ben-Eden. --Me habeis llamado y he venido, continu Yaye; no teneis oro ni armas: pero acaba de decirlo el noble Abul-ben-Eden: teneis sangre. Yo tengo tesoros y soldados: tesoros inagotables, soldados fuertes como robles y bravos como leones. He sacrificado mucho por la patria, mi corazon est desgarrado, muerta mi esperanza, pero me queda aun mas que sacrificaros y os lo sacrificar. Yo bien pudiera deciros: soy vuestro rey: s que me elegiriais sin dudar, pero no quiero que se crea mi ayuda interesada: os prevengo que sera inutil que me elijais por que no habr poder humano que me haga aceptar: muchos de vosotros me conoceis y sabeis que mi voluntad es firme como una roca. Elegid, pues, otro. Pero antes, y como s que hay algunos que aspiran la corona de un reino que aun existe, que es necesario conquistar, quiero deciros el estado en que se encuentra Espaa en estos momentos, las fuerzas con que contamos y lo funesta que seria para la patria una division entre nosotros. Espaa esta amenazada por todas partes: recela de Inglaterra, es enemiga de Francia, combate en Flandes y en Italia. El rey no tiene ni dineros, ni galeras: sus ejrcitos no bastan para sus cuidados; la gente es valdia y floja por mal pagada, las galeras estan mal armadas, y los capitanes y cabos del ejrcito disgustados: Europa entera se conmueve bajo una terrible lucha religiosa, en que combaten los catlicos con los sectarios de Lutero: por otra parte crece el poder del gran Selim II, que nos ayudar con todas sus fuerzas, y los corsarios de Africa llenaran el mar delante de nuestras costas: si nos unimos, si marchamos todos como hermanos contra los ejrcitos del rey de Espaa, las Alpujarras seran para nosotros, lo que fueron en otro tiempo las montaas de Asturias para los cristianos: si unidos desplegamos todas nuestras fuerzas, si obedecemos una sola voz, si caemos sobre Granada y la entramos (que no es difcil), al ver nuestros pendones clavados en el alcazar de la Alhambra, al contemplarnos honrados por el triunfo, nuestros hermanos de Africa y de Constantinopla se prestaran ayudarnos, y formidables ejrcitos inundaran la Espaa, innumerables galeras cubriran los mares: pero si les damos la muestra con nuestras divisiones de una guerra oscura, sin triunfos, llevada de brea en brea, y de valle en valle, nos abandonaran nosotros mismos, que no podremos resistir los ejrcitos de Espaa: sino hemos de luchar como debemos, mas vale que nada hagamos: si hemos de ser esclavos, semoslo sin irritar con la resistencia nuestros enemigos. Es cuanto tenia que deciros. Elegid rey. --En otros tiempos, dijo Aben-Jahuar el Zaquer, cuando era necesaria una eleccion, nuestros abuelos consultaban los sabios, los alimes de Dios, y el Altsimo por medio de ellos, expresaba su voluntad: por qu no hemos de hacer ahora lo mismo? --Y quin es el sabio, que nos ha de decir la sentencia de las estrellas, dijo con sarcasmo Farax-aben-Farax? --Entre nosotros hay un hombre de Dios, dijo uno de los parciales de Aben-Jahuar. --Y quin es ese hombre? dijo Farax. --El sabio Abul-Hassam, el faqu. Al escuchar este nombre, que era muy respetado por el fanatismo de los moriscos, se escuch un murmullo de respeto. Farax conoci que estaba vencido y call. Abul-Hassam comprendi que estaba ayudado por la situacion y adelant grave y mesurado, cruzados los brazos, ocultas las manos en las anchas mangas de su caftan, y con la cabeza inclinada. --Yo veo tres gigantes, quienes siguen otros mas pequeos: dijo despues de algunos segundos de silencio: el primero es el rey de Espaa: el segundo, representa las gentes de iglesia; el tercero las gentes de justicia; los restantes las gentes de guerra, rapaces y aventureras. Estos demonios, castigaran al mundo con sus crueldades y tiranas, hasta que el Altsimo permita que se levante en frente de ellos, armado de armas resplandecientes, un rey poderoso, que seguir la ley del enviado Profeta de Dios: y este rey ser el que est contenido en esta profecia escrita en metros por el sabio Tauca el Hamema, cuyo nombre significa _pecho de la paloma_, comparando su hermosura y elegancia, con la hermosura de los colores del pecho de esta ave. Y Abul-Hassam, sac un largo pergamino que desenroll, en el cual ley lo siguiente: En el nombre de Dios piadoso y misericordioso. Las alabanzas sean Dios solo, que no hay otro sino l. Oid lo que dijo el Altsimo su escogido: Cuando vires las mujeres correr tras los hombres, sin empacho ni vergenza, Y creciere el logro y lo mal ganado en los hombres, Y tomaren por ley la injuria y los homicidios, Y se multiplicase la inobediencia de hijos padres; Cuando vieres abatido al buen creyente, y ser los sabios perseguidos hasta servir los malos; Cuando vires poblados todos los encuentros de tu casa de lo ilcito y mal ganado, Y desamparares tu hermano y obedecieres tu amigo; Cuando vires la madre caduca ganar con sus hijas entre los hombres, Y salir el hijo de la obediencia de su padre y obedecer su mujer en todo negocio; Cuando vires las pinturas prohibidas en los templos, Y las mujeres entregadas todo linage de licencias, Y los hombres de religion vivir en ricos y suntuosos edificios, Y los temerosos de Dios solos como hurfanos, Y los malos con las cabezas mas altas y duras que las aplomadas tierras; Cuando vires las colas preceder las cabezas, y el amigo muy allegado negar al amigo, y no osarse fiar el hombre de aquel con quien se junta; Cuando vires empobrecer la gente liberal, y enriquecer y subir los avarientos, Y las manos liberales hacerse duras y crecer el nmero de los mendigantes; Cuando vires la ley desamparada y sus secuaces tan pocos como lunares blancos en cabellos prietos, Y los hombres hechos lobos, cubiertos con vestiduras de hombres, Y que el que fuese lobo, comer con los lobos, y que el que no fuere lobo ser comido por los lobos; Y cuando vires crecer las discordias entre hermanos, y ser las lluvias sobre la tierra pocas; En este tiempo ser el fin del imperio puesto entre los dos mares. Y gentes soberbias y duras, correran como el fuego sobre aquel imperio, Y no dejaran campo que no talen, ni aldea que no abrasen, ni ciudad que no derroquen; Y los que con sus pecados habran dado causa la clera del Altsimo, Desamparados por l, pararan en servidumbre, y en envilecimiento y en angustia. Cadenas oprimiran sus cuellos, y vernse despojados de cuanto tuvieren, Y vilipendiados en sus mujeres, y abandonados de sus hijas y azotados en el rostro de sus padres. Quitarles habran sus templos, y mudarnles las leyes, y enmudeceran sus lenguas que no podran pronunciar el habla de sus padres. Resistiran y seran vencidos; se quejaran y seran apretados. Sus hijos seran llevados lejos de ellos y criados en otros dioses; Sus dias seran de sombra, y sus noches de quebranto. Y durar esta miseria muchos aos. Y mandar Dios salir en el Poniente un rey tirano, que lo atajar y lo sujetar todo; Y su vista no tendr seal de vista humana, y maltratar y juzgar con toda maldad las gentes, Y entre sus manos pereceran los moros del Poniente con todos sus bienes. Y el Andaluca quedar hurfana negra y oscura, hasta que aparezca un rey en quien no habr falta. Rey hijo de rey ser, y vendr Granada, la cndida y la clara, donde le diran: Vos sois nuestro rey y nuestro gobernador forzoso. El cual subir con sus ejrcitos y estandartes los alczares de la Alhambra, y all estar algunos dias encubierto: Y desde all conquistar muchas y muy grandes fortalezas, climas y provincias, Y vereis pujante el cetro y la corona de los moros. Poseer este rey Sevilla, y tomar noventa ciudades los herejes; Y todas las ciudades del Poniente seran dichosas bajo la corona de este rey. Siete aos durar esta guerra victoriosa; Y el rey de los creyentes alcanzar al cabo de este tiempo al rey de los infieles, Y le combatir y le matar. Y sobre la frente de este rey maldito se leer: _tiraniz y pec_. Y el valiente rey que cumplir todas estas maravillas, pasar sus primeros aos encubierto bajo un humilde nombre. Y ser bautizado y hereje de su ley; Y para que podais conocerle mejor, este mozo ser descendiente de la santa familia del Profeta; Y sus abuelos habran sido califas de Damasco y de Crdoba: Y el astro esplendoroso de los Omeyas lucir sobre su frente y le dar victoria. Y en el tiempo en que este mancebo sea reconocido y encumbrado, los rboles llevaran abundantes frutos, Y los agostos del pan seran mas ricos en los montes frios y en las costas; Y las abejas llenaran sus colmenas de miel en este ao bendito; Y la entrada de este ao ser en sbado; Y el ngel Miguel y el ngel Gabriel bajaran sobre el Andalucia con la espada de la justicia de Dios. Glorifiquemos y alabemos al Seor Altsimo y Unico. El levanta y abate los imperios: l da la vida y da la muerte; l es la luz y l la sombra. Glorifiqumosle y confesmosle: no hay otro Dios sino Dios. Roguemos su escogido Mahoma y por el amor que Dios le tiene, el enviar sobre los tiranos su castigo en todo extremo y su rigor. Call Abul-Hassam y extendiendo el pergamino y mostrndolo los circunstantes que guardaban el mas profundo silencio, dijo: --Esta es la profeca de Tauca-el-Hamema, el sbio y el justo: vedlo: aqu est escrito lo que os he leido. --No dice esa profeca, exclam Yaye, que el rey que ha de libertarnos, rey hijo de rey, ser descendiente de la santa familia del Profeta, nieto de los califas de Damasco y de Crdoba, y que vivir entre nosotros encubierto y hereje de su ley? --Si, dijo Abul-Hassam; eso dice la profeca. --Y no veis cumplido claramente su pronstico, sabios y caballeros, en Aben-Humeya, que ha llevado entre los cristianos el nombre de don Fernando de Vlor? --Si! si, si! dijeron todos los parciales de Aben-Jahuar-el-Zaquer: --Cuanto oro te han dado por ese _jofor_[21] embustero? dijo Farax-Aben-Farax adelantando lleno de clera hcia el faqu. --La palabra de Dios ha resonado entre nosotros, dijo con acento solemne Abul-ben-Eden, levantndose: quin es el imprudente que se atreve blasfemar de la palabra de Dios? --Y qu crdito puede mereceros un artificio que cualquiera puede haber inventado? --Esta es la profeca de Tauca-el-Hamema! exclam con acento indignado el faqu: hay del impo que blasfema de los profetas de Dios! --El reino es libre para elegir su rey, Farax-aben-Farax, exclam el emir bajando de su trono: y mientras yo lleve espada al costado, nadie se atrever impunemente contrariar la voluntad del reino. Hay alguno que se atreva imponernos aqu su voluntad? Todos callaron. Yaye revolvi en torno suyo una mirada amenazadora, que acab por fijarse en Farax. Este se hizo atrs murmurando sordamente como un mastin quien su amo arrebata de los dientes una presa, y le amenaza con un palo. Yaye volvi al divn. --Puesto que ya habeis oido esa profeca; puesto que estais decididos elegir rey, consultad entre vosotros; escribid cada uno en un papel el nombre del elegido, y entregad ese papel doblado los secretarios. Todos se levantaron y se dividieron en grupos; Yaye hizo Farax seal de que se acercase. El tremendo morisco se acerc hosco y sombro, y Yaye estuvo hablando con l largo tiempo en voz baja. --No es la ambicion la que me mueve, dijo al fin Farax, sino el amor de la patria; pero puesto que quieres que Aben-Humeya sea rey de Granada, sealo en buen hora: Dios quiera que no te arrepientas tarde, emir. Y tomando un papel, escribi en l el nombre de Aben-Humeya, le dobl y le entreg un secretario. Despues, cada uno de los moriscos y de los monfes, fue entregando su voto, y cuando se contaron, se vi que todos habian votado; cuando se abrieron los papeles se encontr escrito en todos el nombre de Aben-Humeya. Poco despues, buscado el jven por su tio Aben-Jahuar-el-Zaquer, fue traido la cmara, revestido de las vestiduras reales, y proclamado rey con las mismas ceremonias que vimos al principio de este libro proclamar Yaye emir de los monfes en el alczar subterrneo de las Alpujarras. El primer acto de soberana de Aben-Humeya, fue nombrar alguacil mayor del reino Farax-aben-Farax, y capitan general _de sus ejrcitos_, su tio paterno Aben-Jahuar-el-Zaquer. Aquella misma noche, Aben-Humeya parti acompaado de sus parciales las Alpujarras. Aquella misma noche tambien, partieron la montaa, Yaye, Amina y los monfes. CAPITULO XIII. Cmo estaba gobernada la villa de Cdiar. La villa de Cdiar est situada entre lo mas montaoso de las Alpujarras, sobre una vertiente. Esto no impide que los terrenos, colinas y montaas que rodean esta villa sean muy frtiles, siendo ademas recomendable esta poblacion, por la pureza y salubridad de sus aires y de sus aguas. Hoy la tal villa es un poblacho feo, de reducido vecindario, albergado en algunas casas ennegrecidas, agrupadas alrededor de una iglesia situada en lo mas alto y deteriorada y fea. Cdiar ha perdido mucho de su antigua importancia; por mejor decir: lo ha perdido todo. Pero en el ao de 1568 era otra cosa. Solo habian pasado entonces setenta y seis aos desde la conquista de Granada, y aquella terrible catstrofe para los moros, que los habia sujetado al fin bajo el yugo de los cristianos, sus enemigos, en toda la extension de Espaa, habia determinado el apogeo, la riqueza, no solo de Cdiar, sino tambien el de las dems villas y lugares de las Alpujarras. Esto se explica facilmente: del mismo modo que el vencido Muley-Abd'-Allah-al-Ssagir-el-Zogoibi[22], mas vulgarmente conocido por Boabdil, al trasladarse Andarax, despues de haber entregado la Alhambra y los castillos de Granada los reyes don Fernando y doa Isabel, llev consigo aquel destierro, donde estuvo dos aos, gran parte de su crte y de sus caballeros: otros muchos nobilsimos y ricos musulmanes, con sus familias, esclavos y tesoros, se habian trasladado de Granada, esta, la otra villa de las Alpujarras, pretendiendo de este modo robarse en parte la vista de los aborrecidos vencedores, y esta gente acostumbrada la riqueza y la molicie de sus alczares, y la frescura y frondosidad de los jardines que habian dejado en la ciudad perdida, embellecieron para hacer mas cmoda su residencia en ellas, y aumentaron la poblacion y la riqueza de las villas que se habian acogido. Cdiar habia sido una de las villas mas favorecidas por esta especie de inmigracion; muchas familias poderosas se avecindaron en ella, y con una rapidez maravillosa, fueron desapareciendo las casas pobres y antiguas, para dar lugar otras mas bellas y mejor proporcionadas; construyronse algibes; convirtironse en amenos crmenes las laderas de la montaa, establecironse en sus plazas mercaderes, creci el trfico y el dinero, y al cabo, la antes casi insignificante villa, se convirti en una poblacion importante, rica, populosa y considerada, llegando tal punto, que el capitan general de la costa y reino de Granada, en vista de la aglomeracion en aquel lugar, de tanta gente recien conquistada y mal sujeta al yugo, crey oportuno establecer en la villa un presidio de soldados, y uno de esos rgidos inflexibles corregidores que son capaces de ahorcar hasta su sombra. A mas de esto, habia en Cdiar parte de una compaa de arcabuceros, cuyo resto estaba dividido entre las villas de Vlor y Ytor. El capitan de esta gente de guerra, que pertenecia los presidios del reino y crte de Granada, era nuestro antiguo conocido el marqus de la Guardia, quien, como recordaran nuestros lectores, habia procurado su tio, don Csar de Arvalo, este oficio de capitan, para que se mantuviese con su sueldo, no siempre pagado con exactitud, falta de las pinges rentas de su marquesado que sabemos estaban empeadas. Un capitan de infantera de aquellos tiempos, era mucho mas considerado que en los nuestros, y para llegar este empleo, era necesario haber servido mucho y bien, ser ya viejo, gastarse sendos doblones para levantar su costa una compaa. Fuera de estos dos casos, solo podia ser capitan un jven, por su ttulo y su nobleza: como si dijramos: en premio los servicios de sus antepasados. En este caso se encontraba el marqus de la Guardia, que era demasiado jven para capitan, no mediando favor mritos heredados, y demasiado arruinado para poder gastar un solo doblon. En cambio era valiente hasta la temeridad, y se hacia respetar y obedecer ciegamente de sus soldados, en las pocas ocasiones en que se encontraba entre ellos. Y decimos las pocas ocasiones, porque tal estaba la disciplina militar en aquellos tiempos, que la gente de sueldo ensanchaba cuanto podia y aun mas de lo que podia el crculo de su licencia: singularmente los capitanes iban de ac para all y residian donde mejor les parecia, dejando encargado el mando su teniente. El marqus de la Guardia, que, como sabemos, buscaba desalado _su Esperanza_ sin lograr encontrarla, residia la mayor parte del tiempo en Granada, yendo muy pocas veces su presidio, y aun asi morando alternativamente en Cdiar, en Vlor en Ytor. En Cdiar estaba la bandera de la compaa, y con ella un teniente soldadote y aventurero, que quedaba encargado del mando en ausencia del marqus. Este teniente, pues, vena ser en Cdiar, la segunda potencia despues del corregidor. Ademas de estas autoridades que llamaremos temporales, habia otra autoridad que llamaremos espiritual: el beneficiado de la iglesia parroquial de la villa. Este eclesistico era un varon duro, irascible y terriblemente fantico; su fanatismo era para aquel pueblo de moriscos mal convertidos, tan fatal como las arbitrariedades del corregidor, y las licencias del teniente del marqus de la Guardia. El corregidor se llamaba el licenciado Lope Gutierrez, vivia de los derechos que le daba su vara, no siempre recta inflexible, y en cuanto calidad, tan tenebrosa era su procedencia, que solo se sabia de l, y esto por el dicho de algunas lenguas murmuradoras, que habia sido escolar sopista en Salamanca. El teniente se llama Cristval de Belorado, era hidalgo y valiente, pero hombre licencioso y cruel, que abusaba contra los pobres moriscos de la fuerza que nicamente se le habia dado para sostener la justicia. El beneficiado se llamaba Juan de Ribera; trataba seversimamente sus feligreses, y pesar de su rigidez y de sus pretensiones de santo, no les daba el mejor ejemplo, teniendo en su casa una mocetona de veinticinco aos, desenfadada y hermosa, que se llamaba Mariblanca, morisca convertida, que despues de algunas negras aventuras, habia ido servir su casa al eclesistico. De modo que, la villa estaba encerrada dentro de un tringulo terrible: el rey, la religion, y la justicia, tenian por representantes en ella, tres corazones de pedernal. Las moriscas que escapaban de la soldadesca, iban dar en los alguaciles, entrando por ltimo la parte el sacristan maese Barbillo, especie de bribon con sotana, que sabia ser lo suficientemente hipcrita para que el seor beneficiado le creyese un casi santo, y diese el mayor asenso las acusaciones de impiedad que fulminaba el sacristan contra todos aquellos que no reconocian su influencia. El teniente, dejaba ttulo de rebeldes aquellos que tenian la desgracia de querer emanciparse de sus tropelias; el corregidor, multaba, encerraba, atormentaba y ponia la vergenza, siempre con pretexto de una infraccion de las pragmticas, aquel contra quien, por cualquier ftil motivo, habia contraido ojeriza; por ltimo, el licenciado Ribera, por las sugestiones del sacristan unas veces, por su exagerada severidad religiosa otras, afligia aquella pobre raza vencida. El teniente los apaleaba; el corregidor los multaba y los prenda; el beneficiado, pretexto de irreligion, solia quitarles sus hijos menores de diez aos, para enviarlos los hospicios del rey, donde debian aprender ser buenos cristianos. Lo que decimos, pues, de Cdiar, podriamos decir de cualquiera de las dems poblaciones de las Alpujarras; no tenian seguridad personal, ni hacienda ni familia, propiamente dicho: eran esclavos. Y por qu no huian de aquella region maldita? Porque en cualquiera de los lugares comprendidos en los dominios del cristiansimo rey don Felipe el II, hubieran sido tratados de la misma manera. Podan haber pasado Africa, pero sucedia con frecuencia, que despues de haber vendido sus propiedades, y embarcdose con su dinero y alhajas, eran robados por los patrones de los barcos, y, lo que era peor, arrojados al mar para que no pudiesen querellarse del robo. Asi, pues, preferian vivir miserablemente labrando la tierra donde habian nacido, y practicar las industrias en que eran tan sobresalientes, entre las demasas de los cristianos. Con tantas causas, con tan repetidos vejmenes, estaban dominados por un profundo disgusto y predispuestos la insurreccion por cien fatales elementos. CAPITULO XIV. El licenciado Juan de Ribera. Era el jueves 24 de diciembre de aquel ao, tres dias despues de la proclamacion de Aben-Humeya. Era muy de maana: despues de haber celebrado la misa de alba, y mientras maese Barbillo le desnudaba de los ornamentos, el licenciado Ribera, dijo al sacristan lego: --Ireis inmediatamente casa del seor corregidor, que con sus alguaciles y gente de justicia est esta misma maana la hora de las once en la iglesia. --Se lo dir, contest con voz gangosa y humilde Barbillo. --Ireis despues la posada del seor marqus de la Guardia... --El seor marqus hace dias que anda fuera de la villa, observ el sacristan. --Pues falta del marqus, ireis la posada de su teniente el seor Cristval de Belorado, y le direis que con su bandera y sus hombres vestidos de gala, venga asimismo las once. --Se lo dir, repiti con la misma mansedumbre Barbillo. --Ireis luego al convento de los frailes de San Francisco, y direis al guardian, que de rden del Santo Oficio de la Inquisicion, venga con su comunidad y estandarte; despues avisareis los clrigos de la iglesia; hareis que se vistan los monaguillos, sacareis la cruz y los ciriales de plata, la capa pluvial de brocado de tres altos, y el alba de encajes de Flandes. --Ah! viene la Santa Inquisicion la villa! dijo con acento de queja maese Barbillo: y vea vuesamerced, seor licenciado: yo no sabia nada. --Ni yo mismo lo sabia hace una hora: como que aun era de noche cuando llamaron la puerta; asomse la ventana Mariblanca, y un alguacil del Santo Oficio que se habia adelantado, la di para m cerrada y sellada, esta rden del Santo Oficio. Y el beneficiado sac de su bolsillo un papel grueso y basto, doblado en forma de pliego, sobre el cual se veia en cera verde, la cruz de Santo Domingo, sello de la Inquisicion. El sacristan acab de doblar pausadamente una riqusima alba, la guard, tom el papel que el beneficiado le entregaba, y sacando una caja de cuero, y de ella unas enormes antiparras, ley, tarda, pesada y malamente el escrito, pesar de que su letra era gorda y perfectamente legible. --Ah! dijo devolviendo el pliego al beneficiado: el seor inquisidor de la Suprema, Molina de Medrano, viene la visita! no esperaba yo tan pronto al Santo Oficio. --Qu quereis buen Barbillo? la depravacion de las costumbres cunde entre esos desdichados moriscos: no hay medio de apartarles de sus zambras, de sus impuras fiestas de bodas, de sus baos y de sus torpes placeres: ser necesario que su magestad se deje de contemplaciones, y haga cumplir todo derecho, y con una severidad, que nunca ser sobrada, la pragmtica de su nobilsimo y piadoso padre el gran emperador don Carlos. Fuera! fuera esas fiestas malditas! fuera esas costumbres reprobadas! fuera el misterio con que cierran sus puertas para que no veamos sus impurezas! que el rigor los haga cristianos, ya que no bastan las persuasiones y el consejo humilde! el hierro y el fuego! De otro modo, el dia menos pensado, el dia en que menos la esperemos, tendremos que lamentar una desdicha. El hierro y el fuego para los rebeldes y los descreidos! Y la voz del tremendo sacerdote tronaba: y el funesto fuego del fanatismo lucia en sus ojos en una chispa sombra. --Ah! ah! dijo untuosamente el sacristan: pues yo creia que el Santo Oficio apresuraba su visita por otro motivo. --Y qu motivo puede ser ese? pregunt con severidad el licenciado; motivo que yo no conozco, cuando me lo anuncias con tanto misterio? --Hum! dijo flemticamente el sacristan: ese motivo es un hombre. --Un hombre que vive en el pueblo? --H ah lo que yo encuentro de malo: que no vive en el pueblo ni se sabe donde, ni quin es, ni que viene. --De quin quereis hablar, maese? dijo el beneficiado, fijando sus ojos grises con una fijeza extraordinaria en el sacristan. --Hablo de un hombre que, por su talante, parece un gran caballero, que viene de noche al pueblo en un caballo que da envidia el verlo, se mete en el meson Alto, y cuando ya es la queda, sale sin saberse donde va. --Debiais haberme avisado. --Vusamerced se hubiera quedado con el deseo de saber donde iba, qu venia hacer porque... --Por qu? --Porque yo le segu una noche, y al ir entrar en la plaza, se volvi aquel hombre y me dijo con una voz que me puso espanto:--Vulvete sino quieres que te envie cenar con el diablo. --Ah! eso os dijo! y por qu no me dsteis cuenta para que yo se la hubiera dado al corregidor? --Bien hecho hubiera estado, pero perdneme vuesamerced; es el tal hombre tan grave de suyo, parece tan principal, que yo quise saber antes si tenia agarradero, no fuese que vuesamerced, que en nada repara, cuando de estas cosas se trata, se pusiese en contingencia de un peligro. Qu sabe nadie lo que es un hombre quien no se conoce? --Adelante, adelante, maese Barbillo. --A la noche siguiente me puse en acecho tras una esquina del meson Alto, acompaado del organista y del barbero, que, como sabe vuesa merced han sido soldados, y de los buenos de los tercios viejos: cada uno llevaba una espada y una ballesta; para que no nos sintiera, porque el asunto no era prenderle, sino saber donde iba, y sacar por el hilo el ovillo, nos habiamos calzado abarcas. Di la queda; rechin la puerta del meson y sali nuestro hombre embozado en una capa negra. Dios me perdone, si miento al decir, que al pasar por delante del cristo de la Caba honda, ni se descubri, ni aun se persign. --Hum! dijo el beneficiado, acabndose de arreglar los manteos y encasquetndose el bonete. --Dejmosle pasar un trecho adelante, y nos pusimos en su demanda larga distancia, por temor de ser vistos, aunque la noche era oscura, y recatando nuestros pasos para no ser oidos. Pero bah! ese hombre debe de ser el diablo. --Suelto anda el enemigo entre estas gentes condenadas: pero seguid, maese, seguid. --Digo que debe de ser el diablo, porque nos sinti, nos vi, se vino para nosotros, y... mire vuesamerced, exclam en acento entre dramtico y dolorido el sacristn, levantndose la manga de su balaudran y mostrando al beneficiado un cardenal lvido y enorme. --Os maltrat! --Sin hablar una palabra; y lo que es mas: al organista le rompi la cabeza, y al barbero un brazo. --Y quin os manda, mentecatos, poneros en seguimiento de quien no conoceis? dijo una voz sonora la puerta de la sacrista. Estremecise todo al escuchar aquella voz maese Barbillo, y el beneficiado, con gran asombro del sacristan, sali solcitamente al encuentro del desconocido y le estrech las manos con un ardor completamente en contradiccion con la frialdad que, segun su aspecto, parecia la base de su carcter. --Ah, seor don Alonso! exclam, vos al fin en mi iglesia! --Perdonad, pero necesitamos quedarnos solos, dijo con gravedad aquel caballero, que no era otro que el emir de los monfes. Antes de que el beneficiado mandara salir al sacristan, este se apresur escurrirse: salud profundamente Yaye, le lanz una recelosa mirada de lobo escarmentado y sali murmurando: --Bien pensaba yo, cuando pensaba que un hombre quien no se conoce, puede ser muchas cosas. Pero yo sabr quien es ese hombre. Esto significaba que no conociendo el sacristan Yaye, nadie lo conocia en Cdiar. Entre tanto el beneficiado se deshacia en cumplidos con su visitante. Desde el momento en que Yaye, al entrar en la sacrista, fij su mirada en el licenciado, produjo en l el singular milagro de borrar de su semblante la austeridad, y de matar en sus ojos la sombra y dominadora mirada del sacerdote asctico y fantico: parecia que donde estaba Yaye, solo podia haber un semblante grave; solo una mirada inflexible; su semblante y su mirada. --Vengo veros para dos negocios importantsimos, seor licenciado, le dijo. --Si quereis, contest el beneficiado, subiremos mi casa y nos encerraremos. --No, no por cierto; retirmonos aquel rincon de la sacrista y all estaremos bien. Y Yaye se dirigi un escao situado al fondo de la sacrista, adonde le sigui el eclesistico. Sentronse al par, y Yaye dijo, mirando con ansiedad al beneficiado. --La habis visto? --Si seor, la he visto: la he hablado, he procurado convencerla: la he dicho cun desesperado estais..... --Y qu os ha contestado? --Como siempre, no: pero ayer aadi: decidle que, hace veintidos aos, le dije en una carta que debe recordar, cul era mi resolucion invariable: decidle, que como pensaba entonces pienso ahora, y que es intil, de todo punto intil, su obstinacion. --Hgase la voluntad de Dios, dijo Yaye. --Siempre habeis sido muy cristiano y muy paciente, dijo el beneficiado, y Dios os premiar. --Necesario me es que Dios tenga compasion de m; pero pasando al otro asunto de que necesito hablaros, habeis de saber, que hemos hecho una adquisicion importantsima para el pueblo de Dios. --Acaso este terrible rey de los monfes..! --No tanto, no tanto, seor Juan Ribera: pero sin embargo, debemos dar muchas gracias Dios por la adquisicion que hemos hecho. --Ciertamente don Alonso, que vos sois uno de los campeones, casi me atrevera decir, uno de los apstoles mas ardientes de la iglesia de Jesucristo: todava me acuerdo de que lo que no pudieron hacer mis plticas, y todos mis esfuerzos, y todas mis amenazas, y el rigor que estren con los habitantes de las alqueras de la jurisdiccion de la villa, fin de que fuesen buenos cristianos, lo consegusteis vos en breve espacio: casi estaba ya resuelto quitarles sus hijos para que no se pervrtiesen con su ejemplo, cuando vos me digsteis: id las alqueras: entrad en ellas una por una, y abrid para esos infelices el reino de Dios por la puerta del bautismo. Oh don Alonso! yo os amaba por vuestra piedad, por vuestra caridad, por el celo con que habeis favorecido esta iglesia, que est encomendada mi indignidad, y que sin vos seria pobre, muy pobre: cuando veo esos hermosos cuadros que adornan nuestra iglesia; cuando tomo en mis manos esos sagrados vasos de oro pursimo; cuando me visto esas albas y esos ornamentos tan maravillosos por su valor y por su mrito; sobre todo, cuando me dais para que las distribuya entre los pobres esas cuantiosas limosnas, oro por vos al Altsimo y os bendigo. --Orad seor licenciado, orad!, contest solemnemente Yaye, en un acento indeterminado que tenia mucho de terrible: orad, porque soy muy pecador y aun estoy en el camino del pecado. --Oh! si vos no os salvais quin se salva? No bastaba vuestra ardiente fe, vuestra inagotable caridad; era necesario que como salvais los pobres de la miseria del cuerpo, los salvareis de la miseria del alma. Cuando vi arrodillarse mis pis pidiendo la regeneracion del bautismo, una y otra familia, que antes habian rechazado el agua de vida que yo les ofrecia, entonces, don Alonso, sent por vos mas que amor; sent veneracion, y desde entonces no oro por vos, porque no se ora por los santos... --No hay mas santo que Dios, el Altsimo y Unico... y trino, dijo Yaye pronunciando con un acento estremadamente duro su ltima palabra. --Si, ciertamente, dijo el beneficiado; los santos lo son en Dios y vos sois uno de sus elegidos. --Decamos, continu Yaye, quien visiblemente contrariaba la mstica adulacion del beneficiado; decamos que hemos hecho una gran adquisicion para el rebao del Seor. --Vos la habeis hecho. --Yo empiezo y vos conclus. Vamos, pues, sin mas rodeos al asunto: el Ferih de los Berchules est en mi casa gravemente herido y desea bautizarse. --Cmo! ese terrible monf, que no pasa semana que no ponga de noche en la puerta de la iglesia, un impo cartel en que nos amenaza de muerte si seguimos en la conversion? ese terrible bandido que tiene aterrada la comarca? --Ese hombre, continu reposadamente Yaye, me sali al camino ayer cuando volvia con mi hija de Granada mi heredad de Ytor: empezamos subir la cuesta, cuando h aqu que siento pasar zumbando junto mi cabeza una jara, y oigo el chasquido de una ballesta entre una maleza inmediata. Ech pi tierra, me fu hcia el asesino, me encomend Dios, y Dios me ampar: poco despues, el Ferih de los Berchules estaba en mi alquera: no le mat porque yo jams vierto mas sangre que la precisa para defender mi vida. El Ferih quiso matarme, segun me dijo despues, causa de haber motivado yo la conversion de la gente de las alqueras: y mirad lo portentoso de los milagros de Dios: ese hombre que habia deseado mi muerte por aquella causa, se convirti Dios despues de dos horas de conversacion conmigo. Dios; siempre Dios; manso y arrepentido queda all como un cordero, esperando con ansia, antes de morir, la vida del bautismo. --Pero ese pecador est tan en peligro de muerte, que sea necesario, inevitable ir al momento? exclam con una inquietud que no era fingida el beneficiado. --Ese hombre estar en mi casa hasta maana. --Vivir... hasta maana! --Eso es; maana habr salido de mi casa para no volver. --Pues bien, vuestra heredad est cerca: iremos esta tarde: bien tendremos lugar maese Barbillo y yo de ir despues que la Inquisicion haya hecho su visita y volver aun de dia. --Cmo! esperais al Santo Oficio? --Hoy al medio dia, entrar solemnemente en el pueblo, y despues de que haya cumplido su santa comision, pasar Ytor. --Y qu inquisidor viene encargado de la visita? --El seor Molina de Medrano. --Molina de Medrano! dijo Yaye como quien no conoce un nombre en una corporacion que le es muy conocida. --Si, si seor, dijo el beneficiado, comprendiendo la duda de Yaye: es un santo varon muy severo y muy descontentadizo en religion: un ministro de la Suprema, que el rey nuestro seor ha enviado de su crte para que le informe del grado de conversion en que se encuentran los cristianos nuevos de las Alpujarras. --Molina de Medrano! exclam Yaye levantando decididamente la cabeza y dejando ver en sus ojos una mirada semejante un relmpago: ser necesario que yo conozca ese seor Molina de Medrano: decs que es muy severo? --Es una de las lumbreras de la Orden de Predicadores, segun dicen: yo tampoco le conozco. --Pues bien, tendremos un tiempo el gusto de conocerle. Entre tanto y en albricias de la conversion del Ferih, tomad, seor beneficiado; repartid este poco de oro entre los pobres de vuestra feligresa. Y puso entre las manos del bachiller un repletsimo bolsillo. --Cmo! os vais? dijo el beneficiado viendo que Yaye se levantaba. --Si, adios; esta tarde os espero en mi heredad, temprano. --Ir, seor don Alonso, ir. --Adios, pues, y hasta la tarde: quedaos: no me hagais la honra de acompaarme: un sacerdote es mas que un simple hidalgo: quedaos, seor licenciado, y hasta la tarde. Adios. --El os premie y os bendiga, seor, dijo el eclesistico, lanzndole su bendicion cuando salia por la puerta de la sacrista: luego aadi, metindose el oro que aun tenia en la mano en el bolsillo: no me queda duda ninguna; don Alonso es un santo. --Y le habeis dejado ir, cuando acaba de entrar en el pueblo una compaa de arcabuceros? exclam el sacristan entrando en aquel momento. --De quin hablais maese Barbillo? dijo con acento acre el beneficiado, que al desaparecer Yaye habia recobrado su dureza y su severidad habituales. --De quin he de hablar, pecador de m, sino de ese hombre que ha estado hablando con vos? respondi temblando todava el sacristan. --Cmo! de don Alonso hablbais? --Es que ese don Alonso, es quien anoche estrope al organista y al barbero, y m mismo, aunque mucho menos que los otros, por la misericordia de Dios. --Vamos claros, dijo el beneficiado mirando fijamente al sacristan: no me habeis dicho que el hombre quien pretendisteis seguir anoche, pas irreverentemente por delante del cristo de la Caba honda? --Si seor, y lo afirmo y lo juraria siete cruces. --Y os condenariais, desdichado! exclam con una irritacion terrible el eclesistico, os condenariais si os atreviseis jurar que ese caballero habia pasado por delante de la imgen de Nuestro Divino Redentor sin descubrirse ni santiguarse. Barbillo se qued mirando de una manera atnita al bachiller. --Arrepentos! arrepentos, y haced penitencia por haber calumniado tan cristiano caballero! mas valiera que el tiempo que habeis empleado en alentar tan ruines pensamientos, le hubirais invertido avisando la gente que os dije. Cuando el sacristan volvi de su asombro y not que se encontraba solo en la sacristia, cambi rudamente de aspecto, dej su posicion encorvada, se irgui, brill en sus ojos una expresion salvaje, y exclam: --Cien rayos y cien truenos! ese clrigo mentecato lo cree todo: decirme que ese hombre es cristiano! Cuando doa Elvira me ha prometido un tesoro si logro apoderarme de l, algo hay mas de lo que el licenciado Ribera cree: yo he seguido ese hombre y le he visto perderse en la montaa; le he visto adems hablar con los monfes entre las breas de la rambla de Ytor, y esto mas de una vez: hace tres dias que ha venido de Granada y no ha venido solo: le acompaaba una hermosa dama; que me confunda Dios, si anoche cuando nos apale no le oimos soltar un juramento en rabe.... yo no aborrecia ese hombre..... pero desde anoche que nos zurr de lo lindo, le tengo ojeriza. Afortunadamente tenemos las puertas del pueblo la Inquisicion. Dicho esto, tom una capa parda y un enorme sombrero de un rincon de la sacristia, y sali: desde el momento en que estuvo en la calle, su estatura herguida y corpulenta se encorv; su rostro antes feroz, adopt de nuevo su expresion humilde, miserable hipcrita, y empez saludar todos los que encontraba por la calle, con una expresion servicial que tenia mucho de estpida. De repente, una mano se apoy vigorosamente en su hombro. Volvise Barbillo, y vi ante s un hombre como de cuarenta y cinco aos. Aquel hombre era don Fernando de Vlor, hermano de don Diego, tio de Aben-Humeya, quien nombraremos en adelante con su nombre rabe: esto es, con el de Aben-Jahuar-el-Zaquer. CAPITULO XV. Lo que iba hacer Cdiar Aben-Jahuar-el-Zaquer. Volvise maravillado el sacristan. --Yo no os conozco caballero, dijo Aben-Jahuar. --Nada importa, con tal que te conozca yo. --A m me conoce todo el mundo en Cdiar, dijo con su sonrisa untuosa Barbillo. --Pues mira, creo que no te conoce nadie. --Y vos decs que me conoceis? --Si por cierto: hace mucho, muchsimo tiempo, que te conoc en otra parte. --En dnde, seor? --En Granada. --En Granada? --Si por cierto: en la crcel. --Bah! vuesamerced se equivoca, yo no he estado nunca en la crcel. --Yo me llamo don Fernando de Vlor. --Ah! ah! vuesamerced se llama don Fernando de Vlor! --Vas recordando....! --No, no recuerdo muy bien: --Mi familia ha sido muy perseguida, Barbillo, y despues de la muerte de mi hermano don Diego, he sido preso varias veces: hace diez aos, lo fu pretexto de no s qu conspiracion de moriscos, en que yo no habia tenido parte: pero los seores alcaldes de casa y crte, se mostraban tan severos conmigo que lo tem todo: entonces pens en escaparme: entonces nos conocimos: t tambien tenias miedo de ser ahorcado y querias huir: nos concertamos y t empezaste abrir un agujero en mi calabozo. --Repito vuesamerced que se equivoca. --No perdamos el tiempo. Yo pude al fin probar mi inocencia, y fu puesto en libertad: t quedaste preso. --Os juro que... --Djame continuar. Yo me habia olvidado enteramente de t: pero hace algun tiempo, la casualidad y el empeo de una mujer, ha vuelto unirnos. --Pero si os digo... --Hace cuatro meses, que la conducta de mi cuada doa Elvira de Cspedes me tiene cuidadoso: recibia en su casa de Vlor y horas desusadas, hoy este, maana al otro hombre desconocido. Doa Elvira no podia tener amores con ellos, porque eran de tu estofa: pero por medio de ellos podia tratar de amores con otro: hace algunos dias, acech uno de estos mensajeros, le sal al camino y supe que te traia una carta; yo no quise tocar aquella carta, pero quise saber quin eras t: me dijeron que eras sacristan de la iglesia de Cdiar, y vine, te v, y te reconoc: entonces y antes de hablar contigo, quise saber si descubria en tu vida algo que pudiese obligarte servirme. Fu Granada, pregunt, y averig que hace cinco aos habias sido condenado galeras por diez; luego, eres un gallote escapado, Barbillo, y si te niegas servirme, te delato, te pierdo, porque los galeotes huidos se les ahorca cuando se les coge. Echse temblar Barbillo. --Pero nada te acontecer si me sirves bien, aadi Aben-Jahuar. --Vamos, est visto que nada se os puede negar y os servir en cuanto querais, don Fernando, dijo el galeote escapado. --Y yo te pagar. Pero los tiempos no estan para estar muy despacio en la calle, y es necesario que busquemos un lugar donde nadie nos vea. --En qu posada vivs? porque vos sois forastero en Cdiar. --Vivo en el meson del _Cojo_. --Pues en mejor parte no pudierais vivir, porque el _Cojo_ es un grande amigo mio, y propsito para cualquier cosa. Yo ir por all esta noche. --Esta noche! sabe Dios lo que suceder esta noche. --Suceder que como es noche de Navidad, todos la celebraran y nadie se acordar de nosotros. --Juro Dios que han de acordarse muchos de la noche de Navidad de 1568. --Pues qu va suceder? --Yo me entiendo y Dios me entiende. Es preciso que al momento, y rodeando por otro lado, vayas al meson del _Cojo_. --Ir, en cuanto avise al corregidor y los soldados y los frailes de San Francisco. --Avisarles! y de qu? --De que viene la Inquisicion al pueblo! --Ah! viene la Inquisicion, murmur Aben-Jahuar: pues, no podia venir mejor hora. V, v, y avisa, y al momento v buscarme. Te espero. --Ir. Separronse los dos antiguos conocidos, y Aben-Jahuar, bajando por unas pendientes y torcidas callejuelas, lleg la entrada del pueblo un meson miserable. --Ah est esperndoos hace una hora, el seor Diego Lopez, nuestro vecino, dijo un viejecillo cojo. --Ah! mi sobrino Aben-Aboo, exclam de una manera ininteligible Aben-Jahuar. Ya era tiempo. Y entr, subi unas escaleras, atraves unos corredores, y entr en un aposento. Sentado junto un brasero con fuego, habia un jven. Era Aben-Aboo. Tan distraido estaba, que no repar en que otra persona habia entrado en el aposento: miraba travs de una ventana abierta y desguarnecida de vidrieras, unas breas cercanas que estaban enteramente cubiertas de nieve, y entre cuyas quebraduras se veian otras cumbres. Ibale hablar su tio, cuando Aben-Aboo se levant, se fu la ventana, y mir con grande inters hcia fuera en direccion una cumbre que se vea entre un rompimiento de las breas. --Qu ser lo que llame de tal modo la atencion de mi sobrino? dijo para s Aben-Jahuar; y permaneci inmvil. --Ellos, son: murmuraba su vez Aben-Aboo: si; los dos hombres que hace dos dias rondan mi atalaya. Desde aqu no se les distingue bien; pero los reconozco por la capa parda del uno, y la gris del otro: el de la capa parda, es sin disputa aquel comerciante que represent con Angiolina en la comedia Reina Moraima, Andrs Cisneros: no me cabe duda; en cuanto al otro creo haberle visto tambien, pero no s quien es: qu busca el seor Cisneros en mi casa? Tendr caso algun derecho sobre la princesa? pues en mal hora os habeis venido las Alpujarras, galanes. Y Aben-Aboo, trs estas palabras se separ de la ventana. Al volverse vi su tio. --Ah! gracias Dios, dijo: hace una hora que os espero. --He tenido que atender asuntos importantes, sobrino; contest Aben-Jahuar: creo que t tambien tienes entre manos asuntos de inters. --Si por cierto, tio, contest Aben-Aboo, me ocupo en pensar de qu manera puedo ser mas til mi patria. Movi en un movimiento de incredulidad la cabeza Aben-Jahuar. --Qu! dijo ofendido el jven, creeis que no har yo tanto como el que mas por romper el yugo de los cristianos? --No digo eso, sino que en estos momentos, en todo pensabas menos que en nuestra empresa. --Teneis la pretension de adivinar, tio? dijo con cierta secatura Aben-Aboo. --No, pero pretendo tener tan buenos ojos como t. --No os comprendo. --Estoy viendo desde aqu, dijo Aben-Jahuar extendiendo el brazo hcia la cumbre donde antes habia mirado Aben-Aboo, dos hombres que llamaban hace poco tiempo tu atencion: el uno tiene una capa parda, y el otro una capa gris. Entrambos miran con la misma atencion con que t los mirabas, la atalaya donde vives, y desde la cual no pueden ser vistos. --Ah! habeis reparado eso? --Como lo has reparado t. --Y qu inters creeis que puedan tener aquellos dos hombres en mirar mi casa? dijo con negligencia el jven. --Veo con disgusto, sobrino, que me tratas con doblez, dijo Aben-Jahuar. --No, no por cierto; decid mas bien que vos sois receloso. --Me ha hecho receloso la experiencia: ademas de eso, de algun tiempo esta parte, no te reconozco: eras mas confiado, mas sincero: has contraido con tu familia una reserva... --No hago mas que pagarla en la misma moneda. --Mi sobrino Aben-Humeya te ama. --Ciertamente, como ama el carnicero la oveja. --En mala disposicion de nimo empezamos la guerra. --Esforcmonos todos: mi primo es rey, Aben-Farax alguacil mayor, vos capitan general, yo infante: nuestro poderoso pariente el emir de los monfes nos ayuda... --Y todos nos aborrecemos. --Que nos aborrecemos! --Esta es la verdad; Satans se ha metido en medio de nosotros. --Yo por mi parte... --T estas tan empeado como cada ano de nosotros. --Empeado! y en qu? --Has pensado en ser rey de Granada. --Creo que tenia derecho para pensar as; pero desde el momento en que el reino ha elegido mi noble primo Aben-Humeya, le he recibido por rey y le he prestado homenaje: y si eso vamos vos tambien... --Qu quieres suponer? exclam con cuidado Aben-Jahuar. --No pretendeis casaros con vuestra cuada, con mi tia, doa Elvira? --Oh! si... la amo, la amo hace muchos aos. --Bien puede ser porque doa Elvira es muy hermosa... pero no podria tambien suceder que pretendirais apartarla de su hijo, sin suscitar este dificultades, envolverle en un lazo y alzaros con el reino...? --Te repito que no te conozco, Aben-Aboo. --Si, es cierto, vos creiais que yo era un mancebo inexperto, confiado, sobre quien su madre tenia una potestad absoluta... --Tu madre no es ambiciosa, tu madre no quiere la guerra: tu madre tiembla de que esa guerra se empieze. --Harto lo s. --Y sabes por qu tu madre tiembla la guerra? --Es cristiana de corazon. --Tu madre ama... --Es natural que ame su hijo. --A mas que t ama otra persona. --Mi madre no se ha quitado aun sus lutos de viuda, que lleva hace veintidos aos. --Mas de veintidos aos hace que tu madre amaba con toda su alma otro hombre que no era tu padre. --Teneis fama de maldiciente, tio. --Yo no digo que mi hermana, la pobre Isabel haya faltado su virtud; la conozco mejor que t: mi hermana ha sido una mrtir de su familia, y aunque ha amado, aunque ama un hombre que debi ser su esposo, ni le ha alentado con una sola esperanza, ni aun ha consentido en verle, desde el dia en que se cas con tu padre. Pero ama ese hombre, le adora, y se estremece por l tanto como por t... Teme la guerra, la evitaria costa de su sangre. --Y qu hombre es ese quien decs que mi madre ama, y con quien debi casarse? --Ese hombre es nuestro pariente el poderoso emir de los monfes. --Ah! exclam Aben-Aboo, comprendiendo entonces el amor con que le habia tratado Yaye. --Y ests seguro sobrino, de que esos dos hombres que observan con tal inters y tan de lejos tu casa, no sean monfes enviados por el emir, en un dia en que han de tener lugar graves acontecimientos? --Os afirmo que esos hombres no son monfes. --Pues entonces, no es tu madre el objeto de esos hombres. --Y cul creeis que pueda ser? --Bien pudiera ser una dama que has traido imprudentemente de Granada. --Quin os da tantas noticias, tio? --Nada pasa en las Alpujarras que yo no lo sepa: por ejemplo hace tres dias que lleg Ytor otra dama que tambien te interesa mucho. --Una dama que me interesa...? --Si por cierto: la sultana Amina. Palideci profundamente Aben-Aboo. --Y decis, que la sultana Amina est en Ytor...? --Si, si por cierto y repito que Satans en forma de tres mujeres se ha metido entre nosotros. --Explicaos. --T amas la hija del emir. --Es verdad, contest Aben-Aboo bajando los ojos. --Aben-Humeya la ama tambien. Destell un relmpago de zelos salvajes en los ojos de Aben-Aboo. --Y qu pretende mi primo? --Pretende un imposible. Hacer su esposa Amina. --Pero eso no puede ser, mi prima es casada. --Pero con quin? con quin? dijo Aben-Jahuar con cierto temor quin es el afortunado esposo de esa mujer? --Se os sale la ambicion por los ojos, tio: no creeis que la sultana Amina pueda estar casada con menos que con un emir de Africa y temeis que ese emir se ponga entre Aben-Humeya y vos. Descuidad... descuidad de todo punto. --Pero sabes t quin es el marido de la sultana? Sonri con el desden de la superioridad, Aben-Aboo. --Mi prima no est casada, dijo, sino simplemente deshonrada. --Mira lo que dices! exclam Aben-Jahuar mirando en torno suyo con recelo: en todas partes hay monfes y esos tabiques... --Descuidad, tio: por lo mismo que s que podemos estar espiados hablo muy bajo. --Pero qu pruebas tienes...? --No habeis leido un contrato solemne, celebrado entre Aben-Humeya y el emir de los monfes? --Si. --No hay en l una clusula por la que se acuerda el casamiento del hijo de Aben-Humeya con una hija de la sultana? --Si. --Pues bien, esa hija es hija del amor: esa hija ha sido concebida en Madrid, sin duda alguna, contar por el tiempo en que la di luz la sultana en las Alpujarras: esa nia es hija del capitan del presidio de Cdiar, el marqus de la Guardia, quien adora Amina; que es su amante. --La sultana amante del marqus de la Guardia? y por qu no su esposa? --Hace cinco dias, en la fecha en que se firmaron las capitulaciones entre Yaye y el emir, estuve hablando con el marqus de la Guardia en el Albaicin, en la taberna del Hardon. El marqus buscaba su amante, Amina, y estaba muy lejos de saber que era su esposa... esto no impide que lo sea ya... y con haber atrasado la fecha... --Resulta, pues, que Amina se ha enamorado de un caballero castellano: peor para el emir. --Si peor para el emir y para su hija, exclam con acento reconcentrado Aben-Aboo. Pero seguid, tio, seguid: sepamos cules son las otras mujeres que Satans ha metido en nuestros asuntos. --La sultana Amina bastaria; porque tanto t como Aben-Humeya estais empeados por ella: pero existen ademas tu tia doa Elvira y tu madre. --Ah! --Si, ambas aman al emir y son enemigas muerte: yo amo mi cuada y soy enemigo del emir; los odios se cruzan entre nosotros: hay ademas otra mujer por quien estais un tiempo empeados Aben-Humeya y t: esa comedianta que has traido de Granada. --Os confieso tio, que esa mujer me espanta, que no la comprendo, y que pesar de estar enamorado de la sultana, esa mujer me enloquece. --Eso consiste en que la sultana habla tu ambicion, y la comedianta tu deseo. Pero es necesario que encubras tus amores hcia la sultana: es necesario que separes de t la comedianta. --Y qu propsito? --Para evitar el odio de Aben-Humeya. --Y qu me importa? Bien sabeis que desde antiguo, por mas que lo hayamos disimulado, somos enemigos. --Pero esa enemistad es fatal en estos momentos. --Yo no quiero una patria en que he de ser esclavo. --Es que esa patria, si luchamos todos una, podr ser tan grande que haya lugar en ella para todas las ambiciones. --Yo no puedo contar con la buena fe de Aben-Humeya. --Si Aben-Humeya te se muestra hostil, es porque desconfia de t; aydale, insprale confianza y Aben-Humeya se unir t como un hermano. --Ya habeis dicho, que entre nosotros se han colocado dos mujeres. --Si sigues mis consejos, solo habr una, y esa es tal que no merece que dos buenos creyentes sean enemigos por ella. --Y cul de esas dos mujeres ha de ser la que ha de dejar de excitar nuestra rivalidad? --La sultana Amina. --Ah! exclam Aben-Aboo, cuyo rostro se cubri con la expresion de la mas profunda reserva; y de qu modo podremos hacer para que la sultana Amina deje de ser un objeto de rivalidad entre Aben-Humeya y yo? Sonri sutilmente Aben-Jahuar. --Ni t ni Aben-Humeya amais la sultana, dijo: quereis sin embargo casaros con ella, porque comprendeis que el que sea su esposo, tendr en su favor al poderoso emir de los monfes. --Puede ser que piense as mi noble primo. --No piensas t de otra manera. --Y bien, dado caso que yo piense as, de qu modo hemos de obrar para que la sultana deje de ser un medio de elevacion? Sonri de nuevo sutilmente pero de una manera mas sesgada Aben-Jahuar. --Supongamos que muere el emir... --Ah! --Esto es muy fcil que suceda... acometemos una empresa peligrosa... ademas el emir va todas las noches... --A dnde? --A ver tu madre. --A ver mi madre! --No te he dicho que se aman? --Eso es mentira! --Observa tu casa en las altas horas de la noche. --Sois un demonio, dijo Aben-Aboo; quereis envenenarme el corazon. --Tengo experiencia y te aconsejo bien. Guard por un momento silencio Aben-Aboo, y luego dijo. --No hablemos mas de esto y vamos lo que importa. Vos como capitan general de los moriscos me habeis mandado llamar y he venido. --Ha llegado el momento de probar tu valor. --Es decir, que ha llegado la hora? --Si; Farax-aben-Farax, con seis mil hombres, marchar esta noche sobre Granada, sublevar el Albaicin, acometer la Alhambra, en la cual hay poco resguardo, y para lo que llevan escalas, y es muy posible... los cristianos se entregarn descuidados sus fiestas de la Noche-Buena; acudiran los templos la misa del Gallo, y cuando pretendan salir de ella, se encontraran con la muerte. Pero es necesario obrar al mismo tiempo en las Alpujarras: los cristianos, sea por casualidad por recelo, se mueven en nuestras montaas; la parte de compaa del marqus de la Guardia, que estaba en Cdiar, ha marchado Ytor, pero en cambio, acaba de entrar esta maana en la villa y de alojarse en las casas, la compaa de arcabuceros del capitan Diego de Herrera. --Cmo! ese miserable que ha cometido en las Alpujarras tantas infamias, vuelve entre nosotros? --Vuelve para morir. Ademas de esto, la Inquisicion nos visita hoy. --La Inquisicion! --Esto nos favorece: como nuestros hermanos estan poco instruidos en lo que atae la religion cristiana, el inquisidor Molina de Medrano, que viene encargado de la visita, se estremar con ellos: pretexto de que son poco celosos, de que ignoran los preceptos de la religion cristiana, les amenazar, pretender arrebatarles sus hijos... --Es necesario arrancar el corazon ese clrigo, exclam Aben-Aboo. --Los monfes! exclam con un acento feroz Aben-Jahuar; los monfes haran eso. El Ferih el tremendo Abd-el-Melik el Ferih, te espera esta tarde la caida del sol en las quebraduras de la rambla de los Ciegos. --Ah! me espera! --S; t mas de ser infante de Granada, eres el morisco de mas influencia en Cdiar. --Y me obedecer el Ferih? --Ciegamente. --Sabe esto el emir? --Ha dado rdenes al Ferih para que te espere. --Y qu he de hacer, tio? --Qu han hecho con nosotros los cristianos? --Nos han aterrado fuerza de crueldades. --Pues bien, los cristianos te han dicho lo que debes hacer. --Oh! oh! debo hacer con los cristianos lo que los cristianos han hecho con nosotros....? bien! lo har. --No olvides lo que hemos hablado. --Oh! es muy dificil olvidarlo: mi madre y mi tia aman al emir: el emir ama mi madre; el marqus de la Guardia est casado con la sultana Amina y tiene de ella una hija... Sabeis donde est la hija de la sultana? exclam de repente Aben-Aboo. --Puede ser que lo sepa. --Y por qu no he de saberlo yo? --Te he dicho que puede ser que lo sepa, lo que quiere decir que no lo s. --Y teneis medios para saberlo? --Los buscar... --Y entonces... --Lo sabrs. --Ah tio, tio! conozco que sois un demonio, y sin embargo me parece que me voy condenar con vos. --O salvarte. --El olor de la sangre y de la carniceria me da ya en las narices. --Procura que ese olor no te desvanezca: si oyes mis consejos, y eres valiente y leal, hijo, grande suerte te espera. Pero por el momento mustrate con Aben-Humeya como un hermano; con Aben-Farax como con un amigo. Aben-Aboo; estrech la mano de Aben-Jahuar. --Ahora es necesario que te vayas, dijo este Aben-Aboo: Espero una persona que no quisiera te viese conmigo. --Pues entonces adios, tio. --No te olvides de ir esta tarde puestas del sol, las quebraduras de la rambla de los Ciegos: yo ir tambien. Adios. Aben-Aboo, sali, y poco despues, su tio le sinti bajar por las escaleras. --H ah un sobrino de buena raza, dijo Aben-Jahuar cuando se hubo quedado solo. Es valiente y cruel, y sobre todo ambicioso: en mejores manos no podra haberse puesto lo de Cdiar. Esta noche se ver claro en las calles aunque no haga luna. Y se puso pasear meditabundo lo largo de la habitacion. Como se v, el amor hcia su cuada doa Elvira, y su anhelo por poner las cosas punto de que l fuese la nica cabeza de la rebelion de los moriscos, hacian meditar don Fernando de Vlor Aben-Jahuar, horribles crmenes: para llegar su objeto era preciso que se ensangrentase en su misma familia, que matara sus sobrinos; que desgarrase el corazon de su hermana, y que hiciese caer en un lazo traidor y horrible Yaye, su pariente tambien, pariente generoso que le habia dado continuamente oro y proteccion, y cuya influencia debia el no haber muerto en galeras, lo menos en un encierro como muri su hermano. Pero Aben-Jahuar queria poseer el amor de doa Elvira y la corona de Granada, y nada le detenia en su terrible paso hcia aquellos objetos: ni aun la sangre de los suyos. Oyronse pasos en el corredor, se acercaron, se entreabri la puerta, y una voz clerical, dijo: --_Deo gratias._ --A Dios sean dadas, contest don Fernando. Poco despues, maese Barbillo, el galeote escapado, el sacristan de la iglesia parroquial de Cdiar, estaba de pi y caperuza en mano, delante de Aben-Jahuar. CAPITULO XVI. De qu manera servia quien le pagaba, Maese Barbillo. Mirle este por un momento fijamente. --Has concluido ya tus negocios? le pregunt. --Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced, porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la Inquisicion, y qu s yo cuntas cosas. --Bien, sintate. --Estoy as bien, seor. --Sintate. Barbillo se sent. --Has dicho alma viviente lo que has hablado conmigo? --Cmo, seor! desconfia vuesamerced de m? --Desconfio de todo hombre que anda en tratos con mujeres. --Y yo? --T, la socapa, tienes por novia la morisca mejor moza de la villa. --Quin ha dicho vuesamerced tanto? exclam con cuidado Barbillo. --Me alegro que nada me niegues: yo s que el ama del beneficiado Juan de Ribera, la buena Mariblanca, arde por ti, y que teneis tratado casaros. --Algo hay de eso: pero mientras viva el beneficiado..... --Quin sabe lo que el beneficiado vivir? pero volviendo al asunto: quien tiene por novia una mujer de tan buenos ojos, y tan ladina como Mariblanca, est expuesto ser imprudente. --Qui! no seor! ya sabe vuesamerced que yo soy mucho pez, y que todas las Mariblancas y Marinegras del mundo, no me haran hacer lo que no me convenga: es verdad que la Mariblanca es una muchacha que no la hay mas garrda en la crte del rey: es verdad que he andado y ando y andar trs ella, y que lo que mucho cuesta se aprecia mucho: pero no hay miedo que yo la diga mas de lo que la debo decir. --Yo s que mi cuada doa Elvira, viene algunas veces encubierta Cdiar, y que aunque no vea su cuada doa Isabel, siempre ve Mariblanca. --Es verdad, pero eso consiste... --En qu? --En que Mariblanca y yo, servimos doa Elvira. --En sus amores... --Cierto que s. --Pero t sabes con quin tiene sus amores? --Ayer no lo sabia, pero hoy lo s. --Y... quin es? --Un caballero muy principal. --Como de cuarenta y cinco aos? --Si seor. --Muy blanco, muy hermoso, con el pelo negro? --Eso es. --Y sabes cmo se llama ese caballero? --Lo que s, es que es muy amigo del beneficiado Juan de Ribera. --Y cmo le conocias de antes? --De una manera muy sencilla: causa de doa Elvira. Antes de conocerme m, doa Elvira habia conocido Mariblanca. --Y cmo conoci mi cuada tu novia? --El padre de Mariblanca es morisco. --Ya lo s. --Un morisco feroz. --Es mas que morisco: es moro: es monf: se llama Abd-el-Melik el Ferih. --Un moro muy principal... pues bien: habeis de saber que Mariblanca se enamor de un capitan del presidio de Andarax. De esto, hace diez aos: Mariblanca tenia entonces quince: el capitan la sedujo... la deshonr... y la rob de la casa de su padre... todo esto me lo ha contado Mariblanca. --Sigue, sigue. [imagen: El comediante Cisneros.] --Como decia, el capitan la sac de su casa, jurndola que seria su esposa, y la escondi, y goz de ella cuanto quiso, y cuando se fastidi de ella, empez distraerse y requebrar otras... entonces Mariblanca le dijo, que la cumpliese su palabra, lo que el capitan la contest, que no podia casarse con ella porque era mora. Entonces Mariblanca se fu buscar al beneficiado. --A Juan de Ribera? --Al mismo. Le dijo en confesion lo que la acontecia, y le pidi que la bautizase. El beneficiado la bautiz, y ella, con la partida de bautismo en la mano, volvi Diego de Herrera y le dijo: --Yo he dejado por t la casa de mi padre, que si me encuentra me matar: yo te segu, oyendo tus promesas de que te casarias conmigo: t me has dicho que no podias casarte con una mora: ya soy cristiana: cmpleme tu promesa. El capitan volvi la espalda la muchacha, que se iba quedando trs, y que al ver este desprecio de su amante, ceg de clera y de venganza, y echando mano un pequeo pual que llevaba consigo, le hiri traicion. El capitan cay: Mariblanca creyendo que le habia muerto, huy, y se refugi en la iglesia, donde tom asilo. Entonces el beneficiado, Juan de Ribera, la llev su casa, y antes de tomar ninguna resolucion, fu la casa del capitan: le encontr en el lecho herido, pero no peligrosamente, y supo que el capitan no queriendo acabar de perder una mujer quien ya habia hecho bastante dao, habia dicho que le habian herido los monfes. Condolise, pues, de la muchacha el beneficiado, enamorado de ella, segun dicen malas lenguas, aunque Mariblanca lo niega, y la recibi por su ama, pesar de que entonces la muchacha solo tenia diez y siete aos. Pas mucho tiempo: Abd-el-Melik el Ferih que desque su hija huy de su casa habia desaparecido de Cdiar sin que nadie le hubiese vuelto ver, permaneci fuera, hasta que una noche, hace dos aos, cuando Mariblanca volvia de la fuente, se encontr de repente con un monf. Era su padre. --Ah! ah! un encuentro endiablado! Y cmo es que hasta hace dos aos no se habia presentado el padre la hija? --El Ferih habia estado en Africa. --En Africa durante ocho aos? --Sea como quiera, el Ferih no se present su hija sino despues de ocho aos que su hija habia huido; pero cuando la vi ante s... --No la mat puesto que vive; pero sin duda procur matarla. --Nada de eso: la mir por un momento fijamente mientras la pobre temblaba, y luego como si nunca la hubiese visto la dijo:--Sgueme muchacha. [imagen: Sentados en dos taburetes de pino.... comian y bebian.] --Y le sigui Mariblanca? --Qu habia de hacer? estaban solos y el Ferih la miraba con los ojos mas feroces del mundo. El padre delante y la hija detrs, salieron de la villa, siguieron un sendero adelante y no se detuvieron hasta pasar la valla del cercado de una huerta. Una vez dentro el Ferih se detuvo, y sealando su hija una casa, tras una de cuyas ventanas se veia una luz, la dijo:--V all; empuja la puerta, sube unas escaleras, y cuando entrares en una habitacion, cuya puerta encontrars tambien abierta, dirs una dama que vers all: el monf me envia.--La muchacha sigui adelante hcia la casa, empuj la puerta, subi las escaleras, abri otra puerta y se encontr en una pequea habitacion donde habia una dama muy hermosa. --Quin eres? la dijo la dama. --El monf me envia; contest con voz medrosa Mariblanca. --Has conocido ese monf? replic la seora. --Es mi padre! exclam toda trmula Mariblanca. --Y sabes por qu tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que has echado sobre l? --No lo s, seora; dijo Mariblanca. --Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha prometido no tocar uno solo de tus cabellos. --Ah! Dios se lo pague vuesamerced, seora! exclam Mariblanca cayendo de rodillas. La dama se inclin sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo: --Te he salvado la vida para que me sirvas. --Ah! servir vuesamerced de rodillas! exclam juntando las manos Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la sbita presencia de su padre. --No; quiero que me sirvas de pi y con gran discrecion, levntate. --Y en qu he de servir vuesamerced? --Conoces t doa Isabel de Crdoba y de Vlor. --Ah! si seora! contest Mariblanca; la conozco mucho, porque va con frecuencia encubierta, hablar con mi seor el beneficiado. --Que va hablar con tu seor? --Si seora: muchas veces mi seor est en la iglesia, y doa Isabel le espera; es un ngel: me habla con cario porque soy morisca convertida... --Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y salir libremente en casa de doa Isabel? --Si seora. --Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces puedas, que observes, que veas... ademas de eso t debes de tener un amante... Mariblanca se turb, tartamude, y al fin confes que era mi novia. --Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama de un beneficiado; as todo se queda en casa: pues bien, es necesario que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doa Isabel, y vea quin entra y quin sale, quin ronda no. Mariblanca prometi la dama servirla su placer, y sali mas muerta que viva, temiendo encontrar de nuevo su padre; pero su padre habia desaparecido: vnose casa del beneficiado, y mientras este dormia aquella noche su primer sueo, me cont todo lo que la habia acontecido. De esta manera fue como Mariblanca conoci vuestra cuada doa Elvira de Cspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura, que la s de memoria sin que en ella falte ni un pice. --Me has dicho en esa relacion que doa Elvira habia salvado la vida al Ferih. --Asi lo dijo doa Elvira Mariblanca. --Esto lo sabr yo por la misma parte interesada; dijo para s Aben-Jahuar, y luego aadi alto: --Y qu vsteis Mariblanca y t? --Mariblanca, que empez frecuentar, pretexto de conocimiento y de cario doa Isabel, vi que estaba siempre muy triste, que hasta dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos aos que, segun cuentan, y estando de recien casada con l, muri su marido: que ama mucho su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y muy cristiana. --Y no vi nunca Mariblanca en la casa ningun hombre? --Si seor, los parientes del difunto marido de doa Isabel. --Y nadie mas? --Nadie mas. --Y t qu vistes en tus rondaduras? --Os dir, seor: yo he visto mucho y no he visto nada. --Explcate. --He visto, por ejemplo, algunas temporadas en este ltimo ao un bulto con trazas de caballero, y de caballero principal, que rondaba las bardas de la huerta donde vive doa Isabel. --Rondarlas nada mas? --Algunas veces hablaba con el esclavo de Diego Lopez, que para hablarle se ponia caballero en la tapia, y esto muy tarde. --Y no pudiste entender lo que hablaban? --S, s seor; una noche por encargo de doa Elvira, que deseaba mucho saber lo que el caballero hablaba con el esclavo, me arriesgu todo, y aprovechando la oscuridad, que era tal que no se veian los dedos de las manos, me tend cosido contra la tierra y la barda cerca del lugar por donde solian hablar el caballero y el esclavo del seor Diego Lopez; poco despues de estar all o ruido entre las matas, y sent acercarse un hombre que se detuvo y silb como una culebra: al silbido sent que por dentro se acercaba una persona que trepaba la barda, y al fin o la voz de Al, quien conozco mucho, que decia: --Sois vos seor? --S, yo soy, contest el de fuera: qu tienes que decirme? --He puesto la carta de vuestra seora, sobre la mesa del aposento de mi seora; me he puesto en acecho; cuando mi seora ha entrado y visto la carta se ha puesto plida, la ha tomado y la ha ledo temblando; despues la ha ocultado, como ha hecho siempre con las otras, entre sus ropas; ya entrado el dia, me ha encontrado en el huerto, me ha mirado fijamente, como siempre que he dejado alguna carta, pero no me ha dicho nada; Genoveva, su doncella, la ha tratado con impaciencia, y como la pobre muchacha no sospecha nada, se ha entristecido; yo por mi parte me he hecho el torpe, como si nada supiese, y ha pasado. --Y nada mas? dijo el caballero. --S, si seor, contest Al: he robado un ramo de flores del bcaro de la seora, y una de las maraas de cabello de su peinado. Ah va todo junto: los cabellos en las flores. --Parceme que hubiera querido mucho mejor el incgnito, dijo Aben-Jahuar, las flores en los cabellos. --Eso tambien creo yo, dijo Barbillo, porque el tal seor est perdidamente enamorado de doa Isabel. --Y lo sabe eso doa Elvira? --Pues no ha de saberlo! como que yo la escrib relatndola, sin faltar letra la conversacion que habia oido entre el hidalgo y Al. --Y no ha entrado nunca ese enamorado, casa de mi hermana? --Nunca. Sabralo yo, y hace algunas noches estaba tan desesperado como antao. --Contina. --Pues seor, doa Elvira quiso todo trance saber con certeza quin era el desesperado amante de doa Isabel, y... ayer vino Cdiar. --Ya lo s. --Se ocult en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta. --Lo s tambien: casa de la viuda de un mudjar. --Eso es: con la viuda mand llamar Mariblanca. --Lo s tambien: es decir que Mariblanca fu ver doa Elvira, pero no s lo que hablaron. --Doa Elvira queria todo trance, que yo con algunos amigos me apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como pagaba bien doa Elvira, busqu al organista y al barbero, que son dos mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos nuestro hombre por el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos aporre: pesar de la noche le conoc: esta maana le v en la sacrista. --Con qu es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre? --Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que conoce. --Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado. --Cmo! qu! exclam abispado, como suele decirse, Barbillo. --Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos entendamos: vamos otra cosa. Mariblanca seguir frecuentando la casa de mi hermana. --Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cario y amistad Mariblanca, que doa Isabel ha llegado amarla y no poder pasar sin ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta su visita, la envia buscar doa Isabel. --Y qu sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi sobrino Diego Lopez su casa? --Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo de disculparse con su madre. --Ola! Ola! con qu de tal modo falta mi sobrino al respeto mi hermana? --Hace algun tiempo que el seor Diego Lopez est desconocido, antes era alegre y decidor; iba todas partes, galanteaba las mozas, y hacia finezas Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegu tener zelos: jugaba la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte llevaba en la palestrilla[23]. Pero ahora! ni tiene un requiebro para las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino, pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaa. --Bah! bah! la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar. --Burlaos cuanto querais, pero no por eso ser menos cierto que anda por nuestras montaas ese duende maldito, que hace mal de ojo los ganados, y mucho ser que no se lo haya hecho al seor Diego Lopez. --Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo demasiado larga y tengo que hacer. --Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? Ya se ve! quiere vuesamerced saber tanto! --Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido vivir desde hace tres das la casa de mi hermana. --Esa dama es muy hermosa. --Lo s. --Y muy principal. --Lo s tambien. --Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras. --Vamos al asunto maese Barbillo. --Pues el asunto es, que el seor Diego Lopez se present en su casa el lunes en la noche, trayendo esa dama la grupa de su caballo, y que dijo su madre, segun vuestra seora hermana ha dicho Mariblanca, que era necesario que la tuviese en su compaa. La dama, que se llama, quisiera no equivocarme, doa Anglica, dijo vuestra hermana que era viuda de no s qu prncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el seor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de doa Isabel, que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un hidalgo jven. Doa Isabel por amor su hijo, y vindose tambien sola, ha dicho en el pueblo que la doa Anglica es una parienta suya, que ha venido vivir una temporada en las Alpujarras. Pobre madre! Callse Barbillo, porque no tenia mas que decir. --Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su bolsillo y dndolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy agradecido. Ahora cudate de no decir alma viviente, ni aun Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios. --Y no me encargais nada, seor? --Ser muy posible que no necesite de ti, contest Aben-Jahuar con voz cavernosa. --Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de tratar las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas. --Si te necesito otra vez te buscar. Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado servilmente, sali. --No gozars ese dinero, sino lo gastas de aqu la noche, dijo el capitan general de los moriscos: s cuanto necesitaba saber: ahora empecemos obrar. Y yendo la puerta grit: --Ola mesonero: mi caballo y la cuenta. Un momento despues salia del meson y de Cdiar un mismo tiempo. CAPITULO XVII. El capitan Diego de Herrera. Los pobres moriscos de la villa estaban consternados. En primer lugar desde el dia anterior se sabia una noticia en extremo alarmante. El hecho que aquella noticia se referia, era el siguiente: Acostumbraban los escribanos y los alguaciles de la audiencia de Ujijar de Albacete, villa de las Alpujarras, ir pasar las vacaciones de Pascuas en Granada, donde los mas de ellos tenian sus familias, y al hacer el camino, como los moriscos estaban acobardados y ellos lo sabian bien, porque eran los que los acobardaban, llevbanse su paso, gallinas, pollos, miel, fruta y dinero, todo arrancado con amenazas, mejor dicho: robado. Cinco de estos escribanos y alguaciles, entre los que iban dos ferocsimos, Juan Duarte, y Pedro de Medina, salieron de Ujijar el martes veinte y dos de diciembre llevando por guia un morisco, hicieron por los lugares por donde pasaron desrdenes y tropelas, con el mismo descuido que si las Alpujarras hubieran estado en perfecta tranquilidad, y no agitadas y preparndose para un alzamiento; las noticias de estos desrdenes, sali ellos con algunos monfes nuestro antiguo conocido Harum-el-Geniz, y encontrndolos en una senda cerca de la villa de Poqueira les cortaron el camino y los pasaron cuchillo, no pudiendo escapar mas que el escribano Pedro de Medina y el guia morisco, que fueron ampararse la villa de Orgiva. Del mismo modo los monfes mataron y quitaron los caballos cinco escuderos que habian salido de Motril. Temian, pues, los moriscos, que, como en otras ocasiones, pagasen justos por pecadores, es decir, que el corregidor de Ujijar enviase al trmino donde aquellos fracasos habian acontecido y aun mucho mas lejos; algunas escuadras de soldados, y no pudiendo haber los monfes, no atrevindose ellos, extremasen sus crueldades y sus licencias con los que ninguna parte habian tenido en el caso. Lo que en segundo lugar los tenia como suele decirse con la mosca sobre la oreja, era que se sabia de cierto que la Inquisicion iba Cdiar hacer su visita, y lo que en su lugar los aterraba era la llegada la villa del capitan Diego de Herrera, y su cuado Juan Hurtado Docampo, hombres crueles, que con cincuenta soldados y una carga de arcabuces, habian venido de Granada, causando su paso por los pueblos agravios, cometiendo desafueros, y tratando los naturales como cosas viles de las cuales dispone su antojo su dueo. Aquella maana antes de que entrasen los dos hidalgos cuados con su gente, sabase en la villa, y encontrbanse en la plaza los moriscos divididos en corros, hablando animadamente: pero notbase que cambiaban, aunque con gran disimulo, de conversacion cuando pasaba junto ellos algun alguacil del corregidor, otro de los castellanos de los que vivan en el pueblo con fueros y soberbia de autoridad, ya fuese por su oficio, ya por su amistad con los oficiales del rey. Un observador hubiera notado que los moriscos trataban algo y algo terrible. Como las nueve de la maana oyronse en la parte baja de la villa pfanos y tambores, y cambi como por ensalmo la expresion de los semblantes de los moriscos, de tal modo que nadie los hubiera creido sino los mas contentos y felices hombres del mundo: poco despues entraron en la plaza con la bandera tendida los cincuenta arcabuceros, llevando delante dos pfanos y dos tambores, tras ellos Diego de Herrera y su cuado Juan Hurtado Docampo, ginetes en dos rocines, con las espadas desnudas, y con mas fueros, autoridad hinchazon que podia haber traido el mismo rey. --Eh! t, Toms el Ansar! dijo el capitan Herrera un anciano que estaba entre los moriscos y quien conocia por haber estado antes de presidio en la villa: mis muchachos vienen cansados, necesitan buen almuerzo, buena cama, y buenas mozas: conque mira de qu modo se les aposenta, que no tengan que enojarse con vosotros. El Ansar, que era el xeque de la talla de Cdiar, noble anciano descendiente de la esclarecida familia de los Abencerrages, se acerc al capitan con la gorra en la mano, y le dijo con la sonrisa en los labios: --Bien venido sea vuesamerced entre nosotros: por mi parte, mi casa y cuanto en ella tengo est para serviros y ese honrado hidalgo que os acompaa: juro Dios que no os ha de faltar nada y en cuanto la tropa, yo har de modo que cada soldado se le aposente como si fuera un rey. --Bien hars en eso Ansar, porque tanto como un rey vale un soldado espaol, y tal andais vosotros que os importa estar bien con la gente de guerra; que nadie sabe lo que acontecer, y ocasion podria llegar, en que sea mas til la amistad de un soldado que la del mismo Preste-Juan de las Indias. --Si esa ocasion llega, ya procuraremos que los buenos soldados del rey no puedan quejarse de nosotros. Tras estas palabras Toms el Ansar se llev consigo hcia su casa al capitan Herrera y su cuado, y los arcabuceros fueron alojados en las mejores casas del pueblo. Al atravesar la plaza el capitan Herrera, detuvo de repente su caballo. --Juro Dios que no la hubiera conocido! exclamo mirando una moza que pasaba la sazon y que se detuvo su voz y clav una penetrante mirada en el capitan; ha crecido y est hecha una reina: ser preciso volver travar conocimiento con esta muchacha. Aquella muchacha era Mariblanca, que despues de haber mirado por un momento el capitan, sigui su camino haciendo un mohin de desprecio. --Conoces esa prenda? dijo el capitan al Ansar, siguiendo adelante. --Es Mariblanca, contest lacnicamente el xeque. --Cuando yo se la quit su padre para hacerla mia, repuso con desvergenza el capitan, se llamaba Alida. --Entonces era mora. --Es verdad: recuerdo que por casarse conmigo se bautiz. --Y entonces la pusieron Mara: despues como es blanca como la nieve, han dado en llamarla Mariblanca. --Y se ha casado?... --Es ama del licenciado Juan de Ribera, beneficiado de la iglesia de la villa. --Ah! ah! querida de un clrigo!... bien... pues mira aposenta mi cuado en tu casa, que yo voy aposentarme en la del beneficiado. --Como guste vuesamerced, dijo el Ansar. Diego de Herrera, como quien conocia el pueblo, se fu derecho la casa del beneficiado. Cuando lleg ella no habia nadie mas que el nio de coro que servia Mariblanca, porque en cuanto al clrigo solo se dejaba servir por la jven. Era demasiado persona un capitan de infantera espaola en aquellos tiempos y en tales circunstancias, para que un vecino, y mucho menos un nio, se opusiese su voluntad. El capitan meti por s mismo el caballo en la cuadra donde el beneficiado tenia su mula; entrse como por su casa en las habitaciones interiores, y en la mejor se ech sobre un ancho mueble, especie de sof que el beneficiado, hombre cmodo si los habia, tenia para su regalo, y clav sus espuelas en el damasco de los almohadones, sin importrsele de ello un ardite. --Dnde est tu amo? dijo el capitan al nio de coro que le habia seguido absorto. --Est en la iglesia, seor, contest aturdido el muchacho. --Y no hay quien me d de almorzar? --No, no seor, contest mas aturdido el muchacho: la seora Mariblanca est fuera. --Quin est ah? dijo una voz sonora y fresca la puerta del aposento. El muchacho por toda respuesta seal al capitan que estaba echado sobre el sof una pierna sobre la otra, y desceido el talabarte. --Ah! dijo Mariblanca, de la manera mas natural y aun con alegra, con la alegra de quien ve al cabo de mucho tiempo de ausencia una persona quien ama: bien venido sea el seor capitan! El muchacho se habia ido: Mariblanca y Diego de Herrera estaban solos. Reconozcamos estas dos personas. Era ella una mujer como de veinte y cuatro veinte y cinco aos, pero con el brillo de una juventud extremada, alta de frente, ancha de hombros, un tanto largo el cuello, prominente el pecho, delgado el talle, y gallardamente pronunciadas las caderas; era muy blanca, hasta el ltimo punto que puede ser blanca una mujer; levemente sonrosada en las mejillas y los labios hmedos y muy rojos: tenia los cabellos muy negros y muy abundantes: las cejas y las pestaas negrsimas y espesas; los ojos garzos; torneados el cuello, los brazos y las piernas, y muy pequeos y muy gruesecitos los pis y las manos: era una de esas moriscas cuyo tipo se conserva aun en las Alpujarras, que enamoran una piedra, que derriten con su mirada el hielo, y que desesperarian un pintor. Vestia al uso del pais, y su corto zagalejo dejaba ver las deliciosas extremidades en que se sustentaba: se nos olvidaba decir que era alta y robusta, y que en sus ojos, en su boca y en la actitud de su cabeza, habia algo de duro, altivo y fiero, que en vez de perjudicarla aumentaba su hermosura, porque asociaba ella la idea de la fuerza, del valor y de la dignidad. Diego de Herrera era un hombre de cuarenta aos; alto, robusto, membrudo, con picaresco semblante de soldado, curtido por el sol, por el aire, y por el polvo y el humo de las batallas; procacidad en los ojos, cinismo en la expresion de la boca, audacia en sus maneras, y rudeza y sabor soldadesco en todo su conjunto; todo como cubierto, velado y dulcificado por cierto espritu de nobleza de raza, que hacia comprender que se trataba de un noble, aventurero y soldadote eso s, pero de _pur sang_. --Sabas t que yo vivia en esta casa, Diego? dijo Mariblanca, posando en el capitan una mirada entumecida, no sabemos si por el odio, pero que podia haberlo sido del mismo modo por el amor. --Pues si t no vivieras en esta casa vida mia, qu habia yo de haber venido ella? --Pues has tardado en venir, contest Mariblanca. --Qu quieres? En primer lugar el soldado es del rey en cuerpo y alma, y es necesario ir donde nos manda su magestad, sin que nos duelan prendas del alma: ademas que la ltima vez que nos vimos me trataste de un modo que no demostraba que tuvieses muchas ganas de volverme ver. --Te d de pualadas. --Pero no me mataste, como me estas matando con tus ojos. Y el capitan se sent en el sof, y ech un lado el talabarte con la daga y la espada. Mariblanca se habia acercado, y habia apoyado una mano en el hombro del capitan. --Es verdad que mis ojos te matan? le dijo. --Ah, diablo! me parece que respiro con dificultad, Alida, repuso el capitan rodeando con sus dos manos su cintura. --A veces el tiempo que pasa hace milagros, dijo con un leve sarcasmo la jven. --S, si por cierto; el tiempo que pasa, cuando pasa como ha pasado por t, hace el milagro de convertir una nia bonita en una moza como t cien rayos! sabes que seria capaz por t de matar todos los clrigos del mundo? --Y por qu? --No eres ama de un beneficiado? --Y bien! --Ama y manceba... --Son dos cosas distintas... --De veras? --Te lo juro. --Si se pudiera creer eso... --La que di de pualadas al amante que la engaaba, no es mujer de tener mas que un amante. --Oh! oh! si yo llego creer eso... Y el capitan trajo hcia s con tal fuerza Mariblanca, que aunque esta era fuerte, no pudo evitar que la diese un sonoro beso en el cuello. Mariblanca, sin embargo, salt atrs y qued libre. --Estas son locuras, dijo. --Cmo! exclam el capitan: no quieres ser mi mujer? --No digo eso: sino que venir esta casa, y despues enamorarme en ella, son locura sobre locura. --Pues qu he de hacer? --Ven verme esta noche. --Esta noche? --S. --A hablarte por la reja? no me acomoda. --Toma: dijo Mariblanca yendo una espetera y tomando una llave. --Y para qu esto? --Para que entres esta noche en el huerto por el postigo. --Hace mucho frio para estar al sereno. --Al huerto da la ventana de mi aposento. --Ah! eso es distinto. Pero es el caso, que yo no dar con ese postigo. --Pues es muy fcil; mira (y Mariblanca seal al huerto que se vea por una puerta del fondo): ves aquella higuera? --S. --Sus ramas salen fuera de la tapia. --S. --Junto esa higuera, est el postigo. El capitan tom la llave y la guard en el bolsillo de sus gregescos. --Y qu hora he de venir, luz de mis ojos? Quedse un instante meditando Mariblanca. --Esta noche es noche de Navidad, dijo al fin. --Es verdad, repuso el capitan. --A las doce dir la misa del Gallo el seor Juan de Ribera. --Y entre tanto t te quedars sola en la casa. --S, porque pretextar que estoy enferma para no ir misa. --Bien, muy bien: con que es decir, que esta noche las doce. El capitan se levant, y se dirigi Mariblanca con notoria intencion de abrazarla. --Quieto, quieto, seor mio, dijo la jven: aunque estamos solos puede entrar gente de un momento otro. Vete. Hasta la noche. --Sea como t quieras, Mariblanca: adios. El capitan se fu la cuadra, sac su caballo, mont en l, y fu hospedarse casa del Ansar murmurando por el camino: --Est hecha una prenda de rey: y me ama: me ama aun: las mujeres no olvidan nunca su primer amante: vive Dios que esta Noche Buena, v ser la mejor noche que haya pasado en toda mi vida. CAPITULO XVIII. El palacio encantado. Aun no eran las once de la maana, cuando salia de Cdiar una larga procesion, en medio de los moriscos que la miraban con un mudismo de mal agero. Componian esta procesion, unos cuarenta frailes entre donados y de misa, franciscanos descalzos, con sus hbitos cenicientos, sus anchas sandalias y sus estrechos cerquillos, llevando su pendon y su cruz: trs estos, iba la clereca de la iglesia parroquial, con sus albas y sus bonetes, llevando delante estandarte y ciriales, y detrs el seor beneficiado, cubierto con una riqusima capa de coro, llevando la derecha un dicono, y la izquierda un subdicono; seguia el corregidor con el escribano, y la turba alguacilesca, despues los vecinos mas ricos del pueblo, entre los que se contaba Toms el Ansar, y por ltimo, el capitan Diego de Herrera, y su cuado Juan Hurtado Docampo, vestidos de gala, llevando trs s, al comps de la marcha de pfanos y tambores, los cincuenta arcabuceros que habian traido la villa, no menos engalanados y empenachados. Toda esta gente salia recibir al seor Molina de Medrano, inquisidor de la Suprema del Santo Oficio de la general Inquisicion, que con un secretario, algunos alguaciles y un resguardo de cuadrilleros de la Santa Hermandad, esperaba aquella procesion en la venta de la Mala-noche, un cuarto de legua de Cdiar, para entrar con ella en la villa, con la pompa, decoro y aparato que correspondian al Santo Oficio. Llegaron la venta los que recibian, se incorporaron ellos los recibidos, y tomaron el camino de Cdiar, aumentndose el ruido de los pfanos y tambores de la infantera, con los clarines de los cuadrilleros y los sordos timbales del Santo Oficio. Apenas el insigne maese Barbillo, que armado de sobrepelliz y sotana, atalayaba desde la torre de la iglesia el camino, vi que los que iban, se habian reunido los que venian, cuando, satisfaciendo la impaciencia de los monaguillos, les mand echar las campanas vuelo. Aquel alegre toque, penetr como una amenaza terrible en las casas de los moriscos del pueblo: los hombres miraron con temor sus mujeres como si las viesen por la ltima vez, y estas abrazaron llorando sus pequeuelos. La Inquisicion se acercaba! Sin embargo, esta consternacion, este dolor eran un delito, y debian quedar ocultos en el fondo del hogar: fuera era necesario, no solo mostrar el semblante alegre, sino tambien salir engalanados al encuentro de la Inquisicion. Esta, con las gentes que la acompaaban, entr al fin en el pueblo; pero apenas habia entrado, cuando de una brea cercana se levant un hombre. Aquel hombre era el emir de los monfes. Llevaba Yaye el mismo trage castellano, con que aquella maana habia hablado Juan de Ribera, con el nombre de don Alonso de Fuensalida. Junto l, oculto en las quebraduras, estaba su caballo. Silb Yaye, y un momento despues saltaron por las rocas del barranco dos hombres. Era el uno su wazir, Harum-el-Geniz, el otro, brabo, terrible, casi salvaje, era el tremendo Ferih de los Berchules. --Al momento, Harum, al momento, dijo Yaye: v y ordena Farax-aben-Farax, que con los seis mil hombres que le he entregado, marche sobre Granada: que procure llegar ella la media noche; que levante el Albaicin con unos pocos, mientras con los restantes enviste la Alhambra. Que ponga, en fin, en ejecucion cuanto le tengo ordenado. V. Harum parti. Yaye se volvi al Ferih, y le seal Cdiar que se levantaba delante de ellos sobre su vericueto. --Oyes? le dijo. --Los infieles estan alegres! contest el Ferih. --All vive tu hija, la hija que te ha deshonrado; all est el que deshonr tu hija: es necesario que te vengues, Melik. --Hace mucho tiempo que estoy esperando mi venganza. --All tambien est doa Elvira de Cspedes! --Ah, seor! el amor que os tiene esa dama, os puede ser funesto: porqu en estos momentos supremos no satisfaceis ese amor? ignorais que Aben-Jahuar-el-Zaquer, es un traidor? --No importa: una cabeza mas que cortar. --Es que Aben-Humeya y Aben-Aboo, son sus sobrinos. Estremecise Yaye al escuchar el nombre de sus hijos, y repiti sin embargo. --No importa: escchame bien: en Cdiar tenemos ahora mismo un inquisidor infame, un beneficiado hipcrita y cruel, un capitan de infantera aventurero y asesino; una compaa de arcabuceros, un convento de frailes; un corregidor, y una bandada de alguaciles: cerca la redonda Cdiar: que no pueda salir ninguno de esas gentes; que cada brea, cada piedra, cada mata, oculte un monf. --Cercar la villa, seor, y no saldr ni una mosca de ella. --Pero crcala bien: con gente sobrada, y de modo que nadie pueda verla. --Asi lo har, seor. --Solo dejars pasar por el camino de Ytor, al beneficiado Juan de Ribera, y al sacristan Barbillo. --No sabeis, seor, que ese Barbillo es el amante con que ahora se entretiene mi infame hija? --El beneficiado y el sacristan volvern Cdiar: cuenta Ferih con que les acontezca algo en el camino. --Y si fuese con ellos alguna otra persona? --La dejars tambien pasar. --Muy bien, seor. --Vete y esprame en la rambla Roja. El Ferih desapareci entre las breas. El emir desat su caballo de un espino, y sigui una rambla abajo. Las campanas de la iglesia de Cdiar seguian repicando. Yaye se perdi entre las quebraduras. Entonces, de una brea que estaba prxima al lugar donde habian hablado Yaye, Harum y el Ferih, salieron dos hombres. El uno tenia una capa gris, y el otro una capa negra. Eran los mismos que habia estado mirando Aben-Aboo desde la ventana del meson del Cojo. Eran el comediante Andrs Cisneros, y Laurenti Bempo Godinez, como quieran nuestros lectores. --Habeis oido? dijo Laurenti Cisneros. --Si por cierto, dijo el comediante todo trmulo, y me parece que estamos en muy mal lugar. --Yo os creia mas valiente. --Podeis pedirme mas valor? Por esa mujer he hecho lo que no hubiera hecho por ninguna. Desde que me dijisteis que no la perdiese de vista, desde el domingo por la maana, la he observado: en acecho estaba cuando entr en su aposento Aben-Aboo, y me dieron tentaciones de entrar y de matarle all mismo. --Hubirais hecho muy mal. --Los zelos son malos consejeros. --Vos no debeis tener zelos de esa mujer. --No los teneis vos? --Yo! lo que la tengo es odio. Ademas, no hay que tener zelos. Ella no ama mas que un hombre, y ese hombre no la ama. --Y pesar de eso, huye con otro hombre? --Por vengarse. --Y por vengarse, ha hecho lo que yo la he visto hacer? --Y qu la habeis visto hacer vos? --He dicho mal, no lo he visto: lo he sentido. --Pero qu habeis sentido? --Ya os he dicho, que cuando salieron del corral del Carbon los segu; que cuando salieron de la ciudad los segu tambien, pagando los guardas de la puerta del Rastro, para que me dejasen salir como ellos; que los segu por el camino, pesar de que el caballo de ese maldito morisco, andaba mas deprisa de lo que yo hubiese querido; que cuando ellos han entrado en una venta del camino, me he esperado fuera, sin comer, descansando solo el tiempo que han tardado en salir: pues bien, durante esa larga jornada, he sentido en medio del silencio de la noche... --Algun beso!... --Besos ardientes: besos de enamorados. --Y bien, no os ha besado tambien Angiolina? --Si. --No se ha mostrado tan amorosa con vos delante de las gentes, como os han dicho se han mostrado con Aben-Aboo las mozas de las ventas quienes habeis preguntado, cediendo vuestros ridculos zelos? --Si, si; es verdad que hasta que apareci en Granada el marqus de la Guardia, todos me han creido amante de esa mujer. --Sin embargo nada habeis obtenido de ella. --Es verdad. --Y os ha mantenido continuamente en una falaz esperanza. --Es verdad. --Pues de la misma manera, aunque todo el mundo la crea enamorada de Aben-Aboo, aunque Aben-Aboo, que si no la ama ya, la amar con toda su alma, se crea amado por ella, os lo afirmo, os lo afirmo yo que la conozco desde hace diez aos: Angiolina, que solo ama al marqus, ser fiel sus amores, se vengar del marqus, le matar si es posible: matar si puede la sultana Amina, cuantos encuentre ante sus zelos y su rabia: pero guardar puro su amor ese hombre: vos no conoceis Angiolina, aadi suspirando Laurenti: no, no la conoceis: si ella me hubiera amado, que bien pudiera haber sido si yo.... pero en fin, no hablemos de esto: hay dolores que hierven en mi corazon, silenciosos, terribles; que se agitan dentro de l, que luchan, que solo conoce esa mujer... no hablemos mas de este asunto: pero vos necesitais vengaros... --Si... con toda mi alma. --Yo tambien. --Pues vengarnos hemos venido las Alpujarras, vengarnos del marqus de la Guardia. --Nuestra venganza es injusta, dijo moviendo tristemente la cabeza Cisneros. --Oh! yo odio ese hombre: yo la aborrezco ella: l porque ella le ama, ella porque le ama l. Pero andad mas de prisa, Cisneros; no habeis oido al emir mandar sus monfes que cerquen Cdiar la redonda? --Y es muy posible que si los monfes nos encuentran y nos prenden, y nos presentan al emir, no podamos dar cima nuestros proyectos. --Si me segus buen andar yo os juro que no daran con nosotros. --La primer contra que tenemos es que no conocemos el terreno. --Vos no; yo si, y os sirvo de guia. --Que conoceis vos las Alpujarras? --Conozco la parte que necesito conocer. --Yo creia que nunca habiais venido ellas. --Yo presenta que los sucesos me habian de traer ellas alguna vez, siguiendo Angiolina, y procur que me fuesen familiares. --No s cuando habeis podido... --Yo necesito muy poco tiempo para conocer un terreno: como que he sido bandido... --Ah! exclam Cisneros, mirando con un asombro temeroso Laurenti, que cada momento crecia en proporciones fatdicas ante sus ojos. --Si; he sido bandido, y famoso y terrible: me han perseguido y jams han podido dar conmigo: basta con que yo vea la estructura de un pas para que comprenda sin equivocarme las ventajas que puedo sacar de l. Y sino juzgad, juzgad por vos mismo: no me habeis encontrado junto vos en las Alpujarras cuando menos lo esperabais? --Y cmo habia de esperarlo? Yo creia que os quedbais en Granada al frente de la compaa. --Que se la lleve el diablo! vos os vinsteis siguiendo una mujer; yo me vine siguiendo un hombre. --Al marqus de la Guardia! estar acaso en las Alpujarras? --En las Alpujarras se encuentra, aunque es muy posible que no lo sepa. --Y dnde est? --Para qu quereis saberlo? Dejaos guiar de m, no me pregunteis mas de lo que yo quiera deciros, y sobre todo andad mas de prisa. Porque conozco el terreno os aguijo; hasta que salgamos de esta humbria estamos en peligro. --Es que resbalo sobre el hielo. --Si no os sents con fuerzas para la empresa en que os habeis metido volveos. --No, no; os seguir... os seguir donde querais. --Pues bien, seguidme, y por ahora callad; entramos en un terreno nevado, y la nieve ahogar el ruido de nuestros pasos. --Pero el que pueda oirnos nos puede ver. --Son dos cosas distintas: pueden oirnos sin vernos: callemos, pues, ya que no podemos hacernos invisibles. Cisneros sigui en silencio Laurenti, que gran paso, por entre pinares lbregos y estrechos y speras quebraduras, alejndose constantemente hcia el Este, anduvo sin parar durante tres horas. Cisneros le seguia con gran fatiga; al fin en un barranco grantico de altsimas cortaduras que nada se parecia mas que una profunda grieta abierta en las rocas, se sent sobre una piedra exclamando: --Seor Godinez, yo no puedo mas: si la jornada es mas larga seguid vos solo; en cuanto m suceda lo que quiera, y aunque me esponga ser cogido por los monfes aqu me quedo. --Descansad cuanto querais, contest Laurenti, porque no pasaremos de aqu: este es un escondrijo tan bueno, como que no hay un solo natural de las Alpujarras que se atreva pasar junto l, ni en cuatro tiros de arcabuz la redonda: mirad bien: este es un agujero; ni hay en l arena, ni yerba, ni musgo, la roca pelada, negra y calcrea, nicamente: ni aun las guilas se atreven anidar en ella: veis ese pico, esa roca informe que se levanta all abajo, sola y escueta, y cuya parte superior remeda groseramente una cabeza humana desgreada? --Si que la veo. --Pues bien, los naturales pretenden que esa roca ha sentido alguna vez, que ha sido una mujer hermosa... --Consejas de los montaeses. --Yo os contar esa conseja en otra ocasion: ahora solo os dir el nombre de esa roca. --La bruja maldita, acaso? --No, la princesa encantada. Pues bien, esa princesa nos va servir de abrigo y refugio, y al lado de un buen fuego y despues de un excelente almuerzo, podremos hablar largamente de nuestros asuntos, puesto que tenemos de plazo hasta la noche. --Y dnde encontraremos ese fuego y ese almuerzo? --En las faldas de la princesa; conque, levantaos y vamos, que estando parados se hace mas sensible el frio de este aire maldito que zumba entre las cortaduras. Laurenti se dirigi la princesa encantada: siguile Cisneros, dieron la vuelta la enorme roca, y el comediante vi, que sobre algunas escabrosidades que remedaban bastante bien el repliegue de la falda de una esttua sobre su pedestal, habia una estrecha y negra grieta por la cual apenas cabia un hombre. Laurenti y Cisneros subieron ella, recorrieron un pasadizo estrecho y tortuoso, y se encontraron en un espacio densamente lbrego. --Y qu diablos vamos hacer aqu oscuras? --Esperad, esperad un momento: este es mi palacio en el cual no falta nada. --Ah! teneis el don de hacer milagros! --Bien podeis decirlo: solo hace tres dias que he descubierto este escondrijo y ya est habitable. --Y como lo descubristeis? No hay senda hasta l, y siendo un lugar de maldicion para los naturales... --Es verdad: est en el centro de una sierra, lejos de las veredas y de los pueblos; por lo mismo, yo que buscaba un lugar escondido y poco frecuentado, he dado con l. Y entre tanto Cisneros, arrancaba chispas de un pedernal. --Y como supsteis su nombre y su historia? --Eh! y que curioso sois amigo mio! observ Laurenti, haciendo luz en la yesca encendida con una pajuela de azufre. --Diablo! exclam Cisneros, al ver la luz de la lmpara que habia encendido con la pajuela, Laurenti, el gran espacio en que se encontraban: nunca hubiera creido que fuese tan grande el vientre de la _princesa encantada_. --Donde han dominado mucho tiempo los rabes y los moros, dijo Cisneros, se encuentran cosas muy singulares, especialmente en las montaas: los tales musulmanes son minadores como topos: ademas como andaban siempre en continuas guerras civiles, y en rebeldas contra sus emires reyes, necesitaban la mina para escapar en las ciudades, y en las montaas para esconderse, los antros y las grutas: venid, venid conmigo y vereis. Y se encamin con Cisneros un oscuro ngulo de la caverna, y se meti por otro pasadizo. --Ah! con que es decir, pregunt Cisneros, que solo hemos visto como quien dice, la antecmara. --Menos aun, amigo mio; hemos pasado el zaguan, y estamos en las escaleras: no notais que descendemos? --Si por cierto. --No reparais que por esta rampa cabe una cabalgadura? --Si. --Dentro de poco llegaremos las galeras, solo que las galeras son mas estrechas que las escaleras. --Qu bulto es aquel que hay all? dijo detenindose Cisneros: parece un hombre echado sobre sus manos. --Parceme que teneis miedo, Cisneros. --Yo! --Si, y que el miedo os enturbia los ojos: lo que os parece un hombre acurrucado, no es otra cosa que un asno de las Alpujarras, que come tranquilamente su pienso. --Y qu hace ese asno aqu? --Vos supondreis, que yo no habia de reducirme vivir en una casa completamente desamueblada siendo rico, es decir, habiendo traido conmigo oro y alhajas. --Ya..! --Habeis de saber, que cuando buscando yo un lugar apartado y seguro de tropiezos, me encontr en los alrededores de este sitio, o una voz que me decia: gritos: --Eh! amigo! buen amigo! deteneos! no deis un paso mas! Levant la vista al lugar de donde salia la voz y vi un pastor que en una vereda aguijaba sus cabras. Supuse que habia cerca de m algun peligro, y me detuve. --Si quereis salir al camino venid para ac, me dijo el pastor. Encaminme l. Cuando llegu le pregunt, que por qu me habia detenido. --Sois forastero? me dijo. --Forastero soy, le respond. --Ya se conoce, repuso: si vos hubirais estado en las Alpujarras algun tiempo, hubirais oido hablar de la _princesa encantada_. --Y qu princesa encantada es esa? --Dios os libre de conocerla, me dijo, porque moririais si no os acontecia una desgracia peor. Y entonces me relat la historia del encantamento de la princesa, que es tal, que darian de buena gana tres ducados por saberla Torres Navarro Lope de Rueda. Se puede hacer con ella una comedia que daria muchas ganancias. Ya os la referir en otra ocasion. Segu con el pastor algun tiempo. Durante este espacio, el pastor me dijo que en el lugar donde estaba encantada la princesa habia un palacio encantado tambien, solo que en vez de estar la princesa encantada en el palacio, el palacio estaba encantado en la princesa. --He ahi una singularidad que no he visto en ningun libro de caballeras, por mas que los tales libros estn llenos de disparates. --Eso consiste en que el vulgo tiene el privilegio de inventar los mas disparatados disparates: sin embargo, dentro del palacio encantado estamos: hemos pasado el zaguan, hemos bajado las escaleras, pasado junto las caballerizas y nos revolvemos por los corredores. --Pues si este ha sido palacio, tal le ha puesto el encanto que no le conociera el alarife que le construy. --Eh! hasta el fin no podemos juzgar. Aun no hemos llegado al fin. Dejadme que acabe de relataros mi conversacion con el pastor. --Y decs, le pregunt, que nadie se atreve pasar ni tres tiros de arcabuz la redonda junto la sima de la princesa encantada? --Nadie, ni los pjaros, me contest: cuando una cabra se pierde hcia all preferimos perderla acercarnos en su busca al sitio maldito: y se pierden muchas, seor: yo creo que las atraen los brujos que viven en el palacio, para devorarlas. --Mirad no hayan corrido esa voz los monfes para tener un albergue seguro. --Ningun monf se atreveria llegar al sitio donde vos llegsteis cuando os llam: y eso que los monfes son valientes como demonios. --Y conoceis vos los monfes? cuasi nadie los conoce. --No los conocern las justicias, ni los cuadrilleros, ni los soldados del rey: pero los pastores de la sierra es distinto: como que nos compran cabras y corderos y muchas noches duermen en nuestras majadas. Si no fueran moros y tan crueles, son buena gente: buenos mozos, gastadores, y bravos, eso s, como lobos: los pastores nos tratan bien: pero desdichado del pastor que dice que los ha visto... --Con que tambien esos valientes monfes tiemblan de acercarse la sima maldita? --Ya os digo que se dejarian coger y arcabucear por los soldados del rey antes de pasar de ciertas piedras que estn puestas como seales alrededor de la sma. --Pues os agradezco el que me hayais salvado de tal peligro. --No habeis tenido mala suerte en que yo os vea. Ahora bien, he aqu el camino de Orgiva. --Es que yo no iba Orgiva, le contest: por lo que me decs, me he perdido. --Pues donde ibais? --A Cdiar. --Diablo! pues teneis que desandar el camino, y un mal camino: atravesar el puerto que estar cerrado... --No importa, solo que estoy cansado. --Pues meteos en una cortijada, descansad y tomad un guia. --No, no, prefiero otra cosa. Me vendeis vuestro asno? le dije sealando el que llevaba en el hato. --Es un jumento nuevo y de buena casta que puede cargar con una iglesia, me dijo. --Pues mejor, asi podr aguantar una buena jornada. --Es que yo no le vender en menos de diez ducados. --No quede por eso tomad doce. Y sacndolos del bolsillo los di al pastor. --Vamos aquella cortijada, me dijo; descargar al pollino y os le llevareis. Poco despues, y habindome dado el pastor las seas del camino por donde debia ir para llegar al puerto, me encontraba cabalgando en mi asno por la senda de un spero desfiladero. A mis pis veia la especie de embudo donde est situada la sima de la princesa encantada. Estaba enteramente solo; descend, llegu las quebraduras; v la roca quien creen una mujer encantada, y encontr esta gruta: ah! propsito! deteneos un momento Cisneros: veis ese agujero abierto debajo de esa enorme roca? --S. --Pues ah hay un barril de plvora. --Un barril de plvora! y para qu? --En el centro de la primera gruta, me habia olvidado de deciroslo, hay otro, y otro la entrada de la galera, junto al lugar que sirve de establo al asno. Estos tres barriles son mi defensa. --Ah! --Si, estoy ya escarmentado: si en otra ocasion hubiera tomado las mismas precauciones, mi suerte seria otra, y acaso otra la vuestra, porque entonces no hubiera venido Espaa con Angiolina. --Pero no comprendo... --Mis proyectos son tales, que puede suceder que me vea perseguido ya por los tercios del rey, ya por los mismos monfes. En un extremo, al entrar en la gruta pongo fuego la primera mecha, despues la segunda, por ltimo esta. --Pero os sentenciais volar hecho pedazos. --No por cierto: la explosion se efecta siempre de abajo arriba: nunca de arriba abajo. --Deben ser terribles vuestros proyectos cuando de tal modo os preparais. --Vamos adelante Cisneros y sabreis parte de esos proyectos. Os anuncio que vamos penetrar dentro de poco en un verdadero palacio. --Ser verdad lo del encantamento? --Si lo del encantamento no es verdad, estoy seguro que si estas rocas hablran podrian contarnos alguna historia, y aun historias de mucho inters. --Y creeis vos que se hayan abierto exprofeso estas galeras para hacer un palacio en las entraas de la tierra? --No amigo mio: estas galeras se han abierto para otro objeto; esta es sin disputa una antigua mina romana, acaso mas antigua; poco trabajo encontrareis sobre el terreno escorias de fundiciones de plata; mirad un pequeo fragmento. Y Laurenti levant del suelo una partcula de una materia gris oscura y esponjosa. --En lo que no cabe duda, es en que algun rico bandido, algun seor rebelde se han aprovechado de estas y otras minas para ocultarse y de que, para hacerlas mas cmodas han construido en ellas algunas habitaciones con el bello gusto de los rabes. He aqu que llegamos un punto en que podeis admirar esa delicada arquitectura. En efecto tenian delante un arco rabe estucado, medianamente conservado, pero sin puerta. --Ah! dijo Cisneros, esto se parece la Alhambra. --Si! el mismo adorno, el mismo primor, pero mas reducidas las habitaciones: bajad la cabeza sino quereis tropezar en el arco. Entraron y se encontraron en una pequea habitacion cuadrada embaldosada de marmol, estucada, con techo de bovedillas. Al fondo habia una puerta mas alta que la anterior que daba paso una galera, cuyos costados habia algunas puertas, y cuyo fin se abria otro arco, por el que se ingresaba en una gran cmara. --Esto es muy bello, dijo Cisneros. --Ya lo creo; es un verdadero alczar algo deteriorado. --Y en el que hace algun frio. --Lo que prueba que el aire tiene comunicacion. --Cmo! no estais seguro de ello? --No he tenido tiempo de recorrer la mina. Las nicas habitaciones que existen son las que habeis visto y las que corresponden la puerta por junto las cuales acabamos de pasar. Esta cmara, no tiene mas que una entrada y dos alcobas: mirad: el pavimento es magnfico: de mosico aunque empolvado y sucio: mirad qu bella es la fuente del centro; lo que prueba que hay algun valle barranco mas abajo del nivel de esta habitacion adonde puedan ir parar las aguas: el encaado debe estar en buen uso, porque ayer la fuente corria: Cuando sal al aire libre vi que habia llovido. --Pues ha sido un hallazgo este escondite, dijo Cisneros, porque yo no sabia donde meterme: me conoce el emir de los monfes, me conocen Aben-Humeya y Aben-Aboo, me conocen en fin otras muchas personas por temor de encontrarme con las cuales, he andado salto de mata, durmiendo en los ventorrillos y aperrendome por los cerros. --Agradecedme, pues, el que haya pensado en vos, al establecerme aqu. --Como! --Aquel es vuestro aposento, dijo Laurenti sealando uno de los alhamies alcobas: venid y juzgad. Dirigironse all, y Cisneros con gran asombro encontr un lecho y una pequea mesa con algunas botellas. --Es cuanto aqu nos hace falta, dijo Laurenti: vino que beber y lecho en que descansar. --Y el vino es bueno, dijo Cisneros empinando una botella. --Es de la tierra. --Pero falta algo mas. --Qu! --Algo que comer. --Mi olla debe estar cocida, dijo Laurenti. --Diablo! sois un hombre que de nadie necesitais. --Si tal, he necesitado de un jumento que traiga nuestras camas, nuestros vveres y nuestra lea, mas de dos buenos arcabuces que hay en aquel rincon. --Sois todo un hombre, seor Godinez. --Voy traer lea, la encenderemos, pondremos junto ella nuestra mesa, comeremos, beberemos, y acabaremos de entendernos. Algun tiempo despues, sentados en dos taburetes de pino, teniendo en medio una mesa, en que se veian dos botellas, un vaso y una fuente de estao, en que humeaba una olla podrida, al lado de una hoguera que ahumaba la habitacion, comian y bebian callando, en uno de esos primeros momentos de la comida, en que solo se atiende un apetito exigente, Laurenti y Cisneros. --Vamos ver, dijo el primero al segundo, sacando un enorme reloj de bolsillo: son las once del dia, hasta las cuatro de la tarde en que necesitamos ponernos en marcha, van cinco horas: en cinco horas de buena conversacion, se puede convenir en muchas cosas. --Os digo en verdad, amigo Godinez, contest Cisneros, que me encuentro en las Alpujarras, y metido segun creo en una grande empresa, sin que yo me d otra razon de andar en estos pasos, mas que mi empeo por una mujer, que se ha burludo de m, que se ha burlado, por lo que entiendo de vos, cuya historia es un misterio, y cuyo fin podr ser desastroso. Yo he tenido amores con muy nobles y hermosas damas; he gozado del favor y de la amistad de poderosos seores; he manejado mi antojo un prncipe, y he jugado con mi fortuna, sin pararme nunca considerar en qu vendrian parar mis aventuras: nunca una mujer ha dominado mi corazon como le domina la princesa: si me hubieran dicho que por esa mujer habia yo de olvidar mis proyectos, mi conveniencia, cuanto me interesa; que me habia de ver reducido una vida casi miserable, sin dinero, sin amistades, aislado enteramente, sujeto como un nio, y corriendo trs ella por cerros y valles, no lo hubiera creido. --No hay burlas con el amor, dijo Laurenti: esa mujer os arrastra, os lleva consigo, os atrae, os desespera: teneis zelos: zelos mortales: teneis sed, una sed inextinguible de hacerla vuestra, y junto con esto, la rabia de veros burlado, porque esa mujer se ha burlado de vos. --Es verdad. --Yo tambien voy detrs de esa mujer, pero con distintas intenciones: yo la conoc por una venganza, y por una venganza me apoder de ella: se la rob su padre: pero cuando se toma por medio de venganza una mujer tal como Angiolina, nuestra venganza nos hiere, porque nos hace esclavos: al poco tiempo de haberme apoderado de Angiolina, la amaba; la amaba, no sabr deciros cmo, porque yo nunca habia amado, pero me parecia que el ser de ella, se habia trasladado al mio; que respiraba con su aliento, que mi corazon latia en el suyo... ah! fu muy imprudente en tomar por instrumento de una horrible venganza Angiolina: ella me recuerda mi venganza: me la recuerda todos los das, todas horas, porque desde que me apoder de ella, hasta hoy (y han pasado diez aos), no he dejado de verla continuamente, excepcion de dos meses, el ao pasado, que vine Granada: siempre que la veo, tan hermosa, y al parecer tan pura y tan casta, se levanta ante mis ojos, detrs de ella, otra mujer hermosa, que en mal hora dej de ser casta y pura: otra mujer que me mira con sus dulces ojos grandes y melanclicos y que me acusa. Nunca que miro Angiolina, dejo de ver el espectro de esa otra desdichada: nunca veo esa figura sangrienta, sin que mi corazon se hiele y se estremezca, por mas que mi semblante contine impenetrable: ese fantasma que vive eterno detrs de Angiolina, es mi remordimiento, mi horrible remordimiento, mi infierno. --Fue una mujer que abandonsteis por Angiolina? dijo con inters Cisneros. --No; contest roncamente Laurenti; fue una mujer quien mat: quien mat pualadas, pesar de que pedia gritos la vida; la vida, no para ella, sino para el hijo que llevaba en sus entraas. Laurenti se estremeci de una manera visible, y call. --Mucho debi ofenderos esa mujer, cuando tan cruel fusteis con ella: era acaso vuestra esposa? --Era mi hermana, contest con acento sepulcral, horrible, tremendo como una blasfemia, reconcentrado como el rugido de un leon quien devora la calentura. Cisneros se puso de pi de una manera instintiva, y mir con terror Laurenti. --Matsteis vuestra hermana! exclam. --Si, pero sentaos: la mat... y ya no tiene remedio: pero esa catstrofe horrible, aument mi amor por Angiolina: durante diez aos la he seguido todas partes encubierto, disfrazado, sirvindola, tendindome sus pies como un esclavo, procurando hacerme amar de ella, y recibiendo solo en pago, indiferencia; la indiferencia de un mal amo respecto su criado: pero al menos no tenia zelos: si Angiolina no me amaba, al menos no amaba nadie; pero una noche, Angiolina entr en su casa con un hombre: con la frente alta, sin recatarse de sus criados, introdujo aquel hombre en sus mismas habitaciones como si hubiera sido su marido. Y qu creeis que hice yo?... --Espersteis aquel hombre la salida, y le matsteis...! --No le mat, ese hombre vive... es el marqus de la Guardia. --Ah! --Pas la noche sufriendo lo que ningun hombre ha sufrido jams, pegado una pared medianera de los aposentos de Angiolina; pegado el odo la pared, oyendo, percibiendo cuanto Angiolina en su enamorado delirio dijo y concedi aquel hombre. --Y no le matsteis al salir? --No, porque tuve miedo. --Miedo! y de qu? --Miedo de que me aborreciese Angiolina. --Ah! repiti Cisneros. --Vos no sabeis lo que es amar: si yo la hubiera amado menos, ella hubiera sido la que hubiera muerto: pero era su esclavo, y lo soy aun. --Y entonces, de quin quereis vengaros? --De quin? de el hombre que ha tenido la culpa de que Angiolina ame al marqus. --No os comprendo. --Angiolina jams hubiera amado, porque era honrada: porque aun cuando ella creia no haber pertenecido su marido, aunque no le amaba, le estaba agradecida y hubiera respetado su nombre. --Por qu decis que Angiolina creia no haber pertenecido su marido? --Porque ese marido, el prncipe Maffei Lorenzini, era una moneda falsa, no habia tal prncipe. --Pues quin era ese hombre? --Ese hombre era yo: yo que habia tomado un disfraz impenetrable y un nombre supuesto; yo que gastando mis tesoros de bandido, sostenia el fausto con que Angiolina se presentaba en la crte como princesa. --Ah! sois un hombre extraordinario! --Decia, pues, que Angiolina, por un amor vulgar nunca hubiera manchado ante las gentes el nombre de su esposo. Pero las mujeres en general vienen al mundo con un grave pecado: con el pecado de la vanidad.--Angiolina se habia acostumbrado ser la reina de las damas de la crte por su hermosura y por su fausto: yo gastaba cuanto era necesario: el homenaje y la envidia de los caballeros y de las damas de la crte, mantenian satisfecha su vanidad; pero cuando se present en Madrid la sultana Amina, doa Esperanza, la hermosa duquesita, como dieron en llamarla... --La hermosa de las hermosas, la rica entre las ricas: la altiva entre las altivas, observ Cisneros. --Decs bien: esa fatal mujer cuya influencia debo la amargura que tengo en el corazon.--A poco de presentarse en la crte la sultana, not con terror que Angiolina la envidiaba.--Nadie sabe hasta donde puede llevar la envidia una mujer, y yo lo tem todo.--En efecto, Angiolina not que la sultana estaba enamorada; busc el hombre de su amor, le encontr, y por una sucesion de fatales consecuencias, se hizo querida del hombre quien amaba la sultana, pretendi robrselo... la vanidad y la envidia llevaron Angiolina respecto al marqus, al mismo punto que mi me llev mi venganza respecto Angiolina: se enamor perdidamente del marqus de la Guardia. Pues bien, quin es la causa de que Angiolina haya contraido ese empeo? --Indudablemente la sultana Amina; pero acaso, acaso, sin la sultana, Angiolina se hubiera enamorado del mismo modo del marqus. --No la conoceis: el marqus la habia galanteado: y por lo mismo que el marqus estaba reputado entre las damas de la crte por un hombre irresistible, su vanidad hubiera defendido de l Angiolina. --Quin sabe? --Sea como quiera, la causa palpable de mi desgracia es la sultana. La causa de haber ido la sultana la crte, la ambicion del emir de los monfes. Necesitaba, pues, no atrevindome saciar mi corage en Angiolina, no pudiendo, saciarle en otro: hay rabias que necesitan matar. Mi rabia se volvi al emir y su hija. El rey don Felipe, supo que el duque viudo de la Jarilla era el emir de los monfes: la crte supo que la hermosa hija del duque, estaba deshonrada por el amor del marqus de la Guardia: el mismo emir, en una ocasion solemne cay mis pies baado en sangre, y la Inquisicion se apoder de l: librronle del Santo Oficio sus monfes: pero no importa; el golpe de gracia, el golpe que acabar de hacer pedazos su corazon, que le exterminar, se lo dar yo aqu, en las Alpujarras, en medio de su ejrcito: golpe terrible, del cual se encargaran tales manos, que Satans escribir mi venganza entre las mas terribles que halla producido el odio humano. Laurenti, call, apoy la cabeza entre sus manos, y qued profundamente pensativo: Cisneros le miraba con terror. --Ahora bien, dijo Laurenti alzando de nuevo la cabeza, despues de algunos momentos de silencio; cuento con vos para mi venganza. --Conmigo! y qu he de hacer yo? --Ya habeis oido que doa Elvira de Cspedes, viuda de don Diego de Crdoba y de Vlor, est en Cdiar. Lo habeis oido de boca del mismo emir de los monfes. --Y bien? --El emir ha recomendado al Ferih con un acento particular esa dama. --Y bien? --Es necesario que vayais verla. --Y con qu pretexto? --Por ejemplo: vos conoceis Aben-Humeya. --Mucho: como que el tal est tambien enamorado de Angiolina, y trav amistad conmigo para aproximarse ella por mi medio. --Pues bien, presentaos doa Elvira, y decidla: que habiendo escapado su hijo de Granada, y sabindose que los moriscos piensan sublevarse, acuds ella para que por su mediacion, os admita su hijo su servicio. --Pero no veo lo que en eso pueda convenirme. --Esta es una de las primeras mallas de una red, en que os juro se cogeran tantas cosas, contribuyendo vos ello, que el rey de Espaa os perdonar por lo de marras, y os dar cuanto querrais. --Pero Angiolina... --No hay que pensar en ella... ni os ama, ni me ama; esa ser otra de las buenas presas que queden en la red: no pudiendo obtener Angiolina, os importa abriros un camino para volver la crte: vos fuera de Madrid vivs como el pez de mar en agua dulce: estais mareado: procurad, pues, enmendar vuestra mala suerte, y para eso servidme: yo necesito ser una doble persona: vos sois alentado y astuto, y me convens. --Qu diablos! dijo Cisneros, mas perdido que estoy no puedo estarlo: har cuanto querais. --Y no hareis nada que no sea en provecho vuestro: preparaos, sin embargo, y fortaleceos, porque la empresa es dura y llena de peligros. --Entre peligros ando hace mucho tiempo, y de todos ellos me ha sacado despus de Dios, mi buen aliento. --Pues por lo pronto, hemos convenido en lo que debemos convenir: esta tarde nos pondremos en camino, y esta noche entraremos en Cdiar. Con que si teneis sueo, que bien podr ser, segun lo que habeis trasnochado y andado por cerros, dormid, que yo os llamar cuando sea hora. Cisneros que comprendi que aquel terrible y misterioso Godinez, que se habia convertido en su seor, no tenia mas ganas de hablar, y sintindose por otra parte cansado, se meti en el alhami alcoba que Laurenti le habia dicho era su aposento y se acost, y poco se durmi. Laurenti, cuando le oy roncar, se levant, fu un rincn donde tenia su maleta, la abri, sac de ella una cartera, y volviendo sentarse junto la mesa, sac de la cartera unos papeles y se puso meditar sobre ellos con profunda y terrible atencion. CAPITULO XIX. El exmen de doctrina cristiana. A las once de aquel mismo dia, el inquisidor Molina de Medrano, acompaado del licenciado Juan de Ribera, del guardian de San Francisco, de algunos clrigos y frailes, del corregidor, del capitan Diego de Herrera y de algunos castellanos viejos vecinos de Cdiar, entr en la iglesia. Quedaron fuera, Juan Hurtado Docampo, con los arcabuceros, los timbales y los alguaciles de la Inquisicion. Desde el momento en que el inquisidor Molina de Medrano entr en la iglesia, una campana empez taer un toque lento y acompasado. Aquel toque llev el terror los odos de todos los moriscos, porque aquel toque era la voz que les llamaba la iglesia para ser examinados de doctrina cristiana. Cuando resonaba la campana taendo de aquel modo, todos los moriscos tenian obligacion estrecha, bajo severas penas, de acudir la iglesia, sucediendo muchas veces, que el terror hacia dejar el lecho los mismos enfermos. Apenas empez el toque, de todas las casas de la villa empez salir gente que se encamin la iglesia. Bien pronto esta se encontr llena de una multitud vestida en su mayor parte con el pintoresco trage rabe, notndose solo que las mujeres no llevaban albornoz ni nada que las cubriese el rostro. No era aquel un pueblo cristiano, que lleno de fe y por su libre y espontnea voluntad acude al templo y se arrodilla ante los altares: era un pueblo que iba all llamado por una campana inexorable que parecia decirles con su lgubre son:--El que no acuda ser condenado:--todos estaban de pi, apilados hcia el fondo de la iglesia, vista desde el presbiterio, dejando vacio un gran espacio entre las sillas que los pis del altar mayor ocupaba el inquisidor Molina de Medrano, teniendo su derecha al beneficiado Juan de Ribera, su izquierda el sacristn Barbillo, que tenia en las manos un papel en que se fijaban de una manera medrosa las miradas de los moriscos, y detrs de su silla, los clrigos de la iglesia, el guardian y los _padres graves_ del convento de San Francisco, y por ltimo, los familiares y alguaciles del Santo Oficio. Ademas, y para no perdonar intimidacion ni aparato, derecha izquierda del presbiterio, en su primer escalon habia dos soldados de la fe con las alabardas al hombro. En el espacio que quedaba libre entre el presbiterio y el semicrculo demarcado por la primera fila de los moriscos, habia algunas personas arrodilladas: eran estas personas, dona Isabel de Crdoba y de Vlor; Aben-Aboo, su hijo, Angiolina Visconti, Mariblanca, Toms el Ansar, y algunos otros cristianos viejos, alguaciles y oficiales castellanos, y moriscos ricos, conocidos por todo el mundo como convertidos de buena fe. Todas estas personas que estaban arrodilladas, parecian buenas cristianas por su actitud recogida y tranquila, en contraposicion de los moriscos que estaban de pi al fondo de la iglesia, y cuyos semblantes, no solo se mostraban disgustados, sino hostiles. Angiolina Visconti por su parte, al ver de improviso ante s al inquisidor Molina de Medrano, palideci y se cubri instintivamente el semblante con el manto. Molina de Medrano habia fijado en ella una mirada penetrante, y hasta cierto punto amenazadora: esto consistia, en que Molina la habia conocido el ao anterior, en razon las actuaciones del proceso fulminado por el Santo Oficio contra Yaye, y en razon pasar Angiolina en la crte por esposa del prncipe Lorenzini Maffei, quien se atribuia la herida que habia entregado al emir de los monfes al Santo Oficio. Angiolina habia desaparecido de Madrid por el mismo tiempo de la fuga de Yaye, y esta circunstancia y la de encontrar la princesa en las Alpujarras, llenaron de alegria la negra alma del inquisidor, que crey haber encontrado un precioso hilo, que podia llevarle una rehabilitacion de la influencia del Santo Oficio que tan mal parada habia quedado en el asunto de Yaye. Disimul sin embargo Molina de Medrano, y Angiolina, comprendiendo que era peor mostrar miedo, que afrontar con valor aquella situacin, descubri de nuevo el rostro, y acercndose doa Isabel, la dijo con recato: --Es necesario que no digais que soy vuestra parienta, sino que he venido parar vuestra casa. Doa Isabel mir con turbacion Angiolina. Molina de Medrano se apercibi de todo esto. Despues de algunos momentos en que el inquisidor estuvo comtemplando con su mirada de buho los moriscos que tenia ante s, se levant, y con voz tonante y acento enrgico y duro, les manifest el objeto de su visita: que su magestad el catlico rey de las Espaas, y el Santo Tribunal de la Inquisicion, estaban indignados contra ellos, por la tibieza de su fe, y por la tenacidad con que conservaban sus trages y sus malas y reprobadas costumbres, contra los mandamientos de su magestad; que el rey y la Inquisicion le enviaban para poner remedio todo aquello; que estaba decidido obrar con un vigor saludable, y que iba examinarlos en el acto de doctrina cristiana. [imagen: Mariblanca.] Despues de esto, se volvi maese Barbillo que continuaba con su papel en ristre, y le dijo. --Id llamando los vecinos, uno por uno, desde el mas alto, hasta el mas bajo, sin dejar nombre que en el padron se encuentre, hasta los nios de siete aos. Maese Barbillo, se cal las antiparras, arroj una mirada sobre el papel, y dijo: --Doa Isabel de Crdoba y de Vlor, viuda de Miguel Lopez! Levantse doa Isabel de donde estaba arrodillada, y se acerc tranquila, pero plida, al inquisidor. --Sois vos esa doa Isabel quien ha llamado el sacristan? dijo Molina con voz spera. --Yo soy, contest doa Isabel. --Cunto tiempo hace que os habeis bautizado? --El tiempo que cuento de vida. --Ah! sois cristiana desde la cuna? --Lo es mi familia desde la conquista de Granada. --Lstima que tan noble familia se olvide de sus obligaciones para con Dios y para con el rey! Vos debeis ser parienta de don Fernando de Vlor. --Soy su tia, hermana de su padre. --Y sabeis que don Fernando de Vlor anda huido? --S que tuvo contestaciones en el cabildo de Granada, y que por resultas de ellas, ha desaparecido. --Conoceis los misterios de la Religion Catlica Apostlica Romana? --Oh! si seor, y los adoro. --Qu teneis que decir de esta mujer? pregunt el inquisidor volvindose con una ruda grosera al beneficiado. --Esa seora, dijo Juan de Ribera, es un modelo de piedad, y de caridad cristiana. --De modo que no hay necesidad de examinarla? --Vuestra seora puede hacerlo si gusta, y yo me alegrar mucho, porque conozca vuestra seoria una excelente cristiana. [imagen: El inquisidor Molina de Medrano.] --Apartaos, pero no os vayais de la iglesia, dijo Molina de Medrano. Doa Isabl fu sentarse en un escao. --Seguid, dijo el inquisidor Barbillo. --Diego Lopez Aben-Aboo, dijo el sacristan; hijo de Miguel Lopez, difunto, y de doa Isabel de Crdoba y de Vlor. Adelant Aben-Aboo. --Soy cristiano desde que nac, como mi madre, dijo con impaciencia el jven, s la doctrina cristiana desde el principio hasta el fin, y soy bueno y leal vasallo de su magestad. --Pero sois soberbio y poco respetuoso; nadie os ha preguntado. --Preguntad cuanto querais. --Es cristiano como su madre este mozo? dijo el inquisidor volvindose Juan de Ribera. --Oye misa, y cumple con los preceptos de la Iglesia. --Est instruido? --Si seor. --Da escndalos? --No seor. --Cumple las pragmticas de su magestad? --Si seor. --Y respeta su justicia? --Nunca ha sido preso ni aun reprendido. --Sois primo hermano de don Fernando de Vlor! le dijo con voz tonante el inquisidor. --Su primo soy, contest Aben-Aboo. --Y sabeis donde para vuestro primo? --Mi primo vive en Vlor, y yo en Cdiar. Apenas nos tratamos. --Bien, retiraos, pero no os vayais de la iglesia. Aben-Aboo, fu sentarse junto su madre. --Seguid, dijo el inquisidor Barbillo. --Doa Anglica, forastera, que vive en casa de doa Isabel de Crdoba y de Vlor, su parienta. Adelant Angiolina, y pos una mirada serena y altiva en el inquisidor. --Ah! ah! hnos aqu otra vez frente frente, seora princesa, dijo con sarcasmo Molina de Medrano: por cierto que no esperaba yo volver ver vuecencia tan lejos de la crte y entre tales parientes. --Yo no tengo aqu ningun pariente, contest con altivez Angiolina; aqu no hay ningun Visconti. Pero como soy viuda... --Ah! ha muerto el seor prncipe? --Si seor: mi salud requeria el aire de las montaas, y lo repito, como soy viuda y jven, al venir parar casa de mi buena amiga doa Isabel, convinimos en que pasaria por su parienta. --Es extrao que os hayais venido tomar los aires en una tierra por donde anda sin duda vuestra antigua amiga la duquesa de la Jarilla con su noble padre, y donde ademas se encuentra otro vuestro grande amigo, el seor marqus de la Guardia. --Creo que no sean estas cosas para tratadas en un templo, dijo con altivez Angiolina. --Teneis razon, estos asuntos deben tratarse en otra parte; por lo mismo, tened la dignacion de esperar, seora, que yo concluya la importante comision que traigo. Seguid, aadi el inquisidor, mientras Angiolina se retiraba al escao donde estaban sentados doa Isabel y Aben-Aboo. --Mariblanca, morisca, que antes de convertirse se llamaba Alida, hija de Melik el Ferih. Adelant Mariblanca con su resplandeciente hermosura y su bello trage de montaesa alpujarrea. --Mariblanca es mi ama desde que se bautiz, dijo el beneficiado, y cuando digo que es mi ama, aado que es buena cristiana y buena doncella, que de otro modo no la tendria yo conmigo. --Y cunto tiempo hace que se bautiz esta... doncella? --Hace diez aos. --Y qu edad teneis, moza? --Veinticinco aos, seor. --Es decir, exclam severamente Molina de Medrano, que tomsteis por ama, una doncella morisca de quince aos, garrida y hermosa? --Estaba abandonada... su padre la habia abandonado. --Debsteis evitar el tenerla en vuestra casa. --Hcelo por caridad. --Idos vuestros quehaceres, muchacha, dijo el inquisidor, y procurad ser en lo sucesivo tan cristiana y tan honrada como lo habeis sido hasta ahora. Mariblanca salud al inquisidor, sali, y dijo al pasar, al capitan Diego de Herrera, que estaba en la puerta de la iglesia. --Que no te olvides de que te espero esta noche Diego. --Esa muchacha est loca por m, dijo el capitan, acaricindose el vigote. Entre tanto, Barbillo habia llamado Toms el Ansari, morisco bautizado. Adelant humildemente el anciano. Examinle minuciosamente Molina de Medrano, pidi informes de l al beneficiado, y cuando estuvo convencido de su cristiandad y buenas costumbres, le pidi por su familia. --Estoy solo en el mundo, seor, contest el xeque; mi esposa muri, mis hijos han muerto, y dos nietos pequeuelos que me quedaban, han sido llevados Castilla para criarlos en los hospicios del rey. --Su magestad quiere que todos sus vasallos sean buenos catlicos, y ha mirado por el alma de vuestros nietos. --Dios se lo pague su magestad, seor, contest el Ansari. Y se retir. --Malicatulzarah![24] dijo el sacristan. Adelant una hermossima mujer, muy jven, como de veinte aos, vestida con el trage morisco, y llevando de la mano un nio como de ocho aos, y una nia como de siete, igualmente vestidos la morisca. --Cmo os atreveis presentaros asi en la iglesia, y delante de m? dijo el inquisidor la pobre joven que temblaba. --Ah, seor! somos pobres y no tenemos dinero para comprar vestidos castellanos. --Que sois pobres, y vestis sayas de lana fina, y gastais cadena de oro y arracadas de plata? --Estas joyuelas eran de mi madre y las conservo por su amor. --Y esos nios? --Son mis hijos. --Vuestros hijos! --Si seor, soy casada. --Casada! pero qu edad teneis? --Veinte aos. --Y esos hijos, son hijos de vuestro esposo? --Oh! si seor! --Pero qu edad se casan estas gentes? exclam escandalizado el inquisidor. --Las castellanos pueden casarse los doce aos, seor, observ la morisca. Irritse el inquisidor. --Hablad cuando os pregunten, dijo. La morisca baj los ojos, y call. --Vive vuestro marido? --Si seor: todo el mundo le conoce en la villa: es tejedor de sedas. --Y por qu no ha venido la iglesia? --Est gravemente enfermo, dijo maese Barbillo, y por eso no le habia nombrado. --Que vayan al momento por l cuatro alguaciles del Santo Oficio, y uno de la villa para que los guie. --Pero no ois, seor, que mi pobre Adel est enfermo de peligro? Irritse mas con esta rplica Molina de Medrano, y grit lleno de clera, sin tener en cuenta el sagrado lugar en que se encontraba: --Los enfermos y los sanos, los altos y los bajos, todos vendrn aqu: es necesario limpiar los dominios del rey de la mala yerba, y si los muertos pudieran oir y contestar, los muertos sacaria yo de la tumba, cuanto mas los enfermos de sus lechos. Dios y el rey lo mandan. --Pero si mi Adel muere, ni vuestro Dios, ni vuestro rey, me le volvern, exclam desesperada Malicatulzarah. --Id ministros, id, exclam en el colmo de su clera el inquisidor: traedme ac ese descreido. Y t, t la de _vuestro Dios y vuestro rey_, como si no fuesen tambien tu Dios y tu seor, mira como me contestas, porque si no te encuentro instruida en los misterios de nuestra santa religion, si no te retractas de tus blasfemias, me apodero de t en nombre del Santo Tribunal de la Inquisicion. La jven no temblaba: tenia fija una mirada lcida, altiva, terrible, en Molina de Medrano, que en vano queria dominarla con su mirada de lobo hambriento. --Empecemos por tus hijos: si eres buena cristiana les habrs enseado rezar: di el padre nuestro muchacho. --No lo s, contest el nio, estrechndose contra el zagalejo de su madre. --Ah! no sabes el padre nuestro! no sabrs tampoco cuntas son las personas de la Santsima Trinidad! --Le ille Allah! contest el nio en rabe con voz sonora. --Qu quiere decir este muchacho? exclam el inquisidor. --No hay otro Dios, que Dios el Altsimo y Unico y Mahoma su profeta! dijo una voz dbil desde el centro de la multitud, pero que pesar de su debilidad, reson clara y distinta en el templo. Molina de Medrano se puso de pi, y grit: --Quin es el blasfemo...? --Has preguntado lo que ha querido decir mi hijo, contest adelantando apoyado en un viejo, un hombre como de treinta aos, demacrado, plido, vacilante, y todas luces gravemente enfermo: al verle Malicatulzarah corri l, seguida de sus hijos, y ayud al anciano llevar al jven hasta el presbiterio. Era toda una familia que se presentaba ante la Inquisicion: el abuelo decrpito, el hijo enfermo, la mujer hermosa y desesperada, y los hijos pequeuelos asombrados y temblando por lo que veian. --Tus alguaciles han ido buscarme, dijo, pero yo estaba all entre mis hermanos: yo esperaba que fueses un hombre de caridad, pero eres un lobo, y vengo que me despedaces con los mios, antes que el miedo haga renegar mi esposa del Dios de nuestros abuelos. --Es decir que te confiesas moro. --Moro soy y moros son los mios, y moros moriremos confesando al Dios Altsimo y Unico. --Estan bautizados? dijo el inquisidor con una intencion de hiena dirigindose al beneficiado. --Si seor, bautizados estan, pero siempre han sido flojos cristianos, contest todo trmulo el beneficiado. --Nunca hemos sido cristianos, ni lo son los que tienes delante: ninguno... ninguno ha dejado de ser moro: hemos doblado la frente de miedo, hemos mentido y Dios nos castiga: pero ha llegado la hora: nosotros vosotros. --Morireis como mueren los herejes contumaces, grit Molina de Medrano. Llevaos ese hombre, esa mujer y ese viejo, y encerradlos en la crcel. --Y mis hijos! exclam con un grito indefinible Malicatulzarah, viendo que los alguaciles la arrebataban sus pequeuelos. --Quien no es cristiano no tiene hijos, grit Molina de Medrano: estos nios son hijos del rey. Malicatulzarah palideci, un destello terrible, un destello de sangre luci en sus ojos, y antes de que nadie pudiera evitarlo, se avalanz al inquisidor, y le estrech el cuello con entrambas manos. Era la leona que defendia sus cachorros. Pero instantneamente la infeliz lanz un grito agudsimo, solt el cuello de Medrano y cay de espaldas exclamando: --Vengadme, hermanos, vengadme! Uno de los soldados de la fe la habia herido con su alabarda en el costado izquierdo en el momento en que se arroj sobre el inquisidor. La sangre corria sobre el pavimento: una exclamacion de horror habia salido de todas las bocas: Adel arrojado sobre su esposa lloraba gritos: lloraban los nios, el viejo levantaba las manos y los ojos al cielo en un ademan de blasfemia, y aterrados los moriscos, temiendo que la maldicion de Dios cayese sobre aquel lugar de sangre, se precipitaron por la puerta de la iglesia. Solo quedaron all Aben-Aboo, que miraba de una manera letal al inquisidor, doa Isabel y Angiolina, plidas como la muerte; Toms el Ansari, impasible, Barbillo atortolado, el beneficiado confuso, los soldados feroces, y Molina de Medrano mirando fascinado, aquel hombre y aquellos nios que se retorcian sobre el cadver de su esposa y de su madre, y el viejo morisco detrs de este grupo pidiendo justicia al cielo por la sangre que corria sus pis. --Llevaos esa gente... llevosla, exclam Medrano, el templo est impuro, y es necesario purificarle: no podemos permanecer aqu. Y Molina de Medrano como si hubiera sentido miedo de permanecer en aquel sitio sali. Doa Isabel corri aquella pobre familia, pero Aben-Aboo y el Ansari se interpusieron. --Nada podemos hacer por ellos, dijo el Ansari: idos vuestra casa seoras; idos, y procurad olvidar lo que habeis visto. Doa Isabel sali llorando seguida de Angiolina que iba profundamente preocupada. El Ansari y Aben-Aboo las seguian. --Oh! y cunto tarda la noche, dijo el Ansari! --Juro Dios beber la sangre de ese clrigo! dijo con la voz ronca y trmula Aben-Aboo. CAPITULO XX. De cmo fue el casamiento del marqus de la Guardia. Hacia tres dias que el marqus de la Guardia se impacientaba causa de la situacion en que se veia colocado. Veamos en la situacion en que se encontraba el marqus. Esta se reducia estar encerrado en una casa desconocida para l, no ver otra persona viviente que su criado Peralvillo que le servia, y un esclavo negro que le procuraba alimentos. La casa en que se encontraba el marqus estaba construida la morisca, bellamente amueblada, y con cuantas comodidades se conocian en aquellos tiempos. En esta casa ocupaba el marqus un recibimiento, una cmara y un retrete con alcoba y mirador un jardin. En este retrete habia ademas una chimenea siempre provista de fuego. El jardin, que se veia desde el mirador, era muy bello, debia serlo cuando sus rboles estuviesen verdes y no despojados como entonces por el invierno, y cuando la nieve y la escarcha no cubriesen su cesped. Sobre las tapias, que estaban revestidas por espalderas de jazmines silvestres, solo se veia lo lejos la cumbre de una montaa distante, y sobre aquella cumbre una atalaya. Mas all se veia una estrecha lnea azul oscura. Era el horizonte del Mediterrneo. Tres dias antes, esto es, el martes siguiente al domingo en que bebi en casa del Hardon el vino aquel que le adormeci, despert don Juan con la cabeza un tanto pesada, y vi con admiracion suya su lado Peralvillo, que tenia los ojos hinchados como de haber dormido mucho. --Que es esto, Peralvillo? dijo don Juan incorporndose en el lecho en que se encontraba vestido: nos hemos mudado? --Sin duda, seor: dijo restregndose los ojos Peralvillo, que tenia todas las trazas de un lacayo de capa y espada de aquellos tiempos: pero yo no conozco al dueo, ni s cunto pagamos por la casa. --Pero dnde estamos? --Eso mismo os pregunto yo seor: dnde diablos nos han traido? --Cmo traido! pues qu, no hemos venido nosotros? --Indudablemente: puesto que estamos aqu, hemos venido, pero no por nuestro pi: cuando haya pasado algun tiempo y recordeis como yo... --Y qu has recordado? --Por mi parte recuerdo que yendo por la calle de Elvira punto de oscurecer un domingo, me he encontrado un sargento amigo mio--A dnde vais, seor Peralvillo, me ha dicho?--Voy entretener el ocio por esas calles, le he contestado.--Lo mismo ando yo, me ha dicho... --Pero qu tiene que ver el sargento y tu conversacion con l, con lo que nos sucede? dijo impaciente el marqus. --Y tanto como tiene: figuraos que el sargento me convid ir la taberna, para dar tiempo que volviesen del jubileo dos beatas amigas suyas. --Ah! te llev una taberna! --Si seor, comimos, bebimos... yo not que el vino tenia cierto sabor... y despues no not nada.... porque me dorm. --Como yo! dijo el marqus. --Pues ved ah que no entiendo para qu diablos hayan de habernos aletargado. --Pero en fin, hace mucho tiempo que has despertado t? --Har una hora: hallme en un colchon los pis de otra cama mas alta; primero nada record; despues fu recordando; me levant y os v en la cama dormido: os mov para despertaros, pero bah! estabais como un tronco: llam... y como si hubiramos estado en un desierto: examin nuestro alojamiento, que solo tiene cuatro piezas, aunque muy ricas, eso s, y hall sobre una mesa una carta cerrada con sobrescrito para vos. --Una carta! exclam el marqus: dame, dame! Peralvillo sali y entr de nuevo en la alcoba con la carta. El marqus rompi la nema, abri la carta y Peralvillo, que observaba el semblante de su amo para ver el efecto que en l producia la carta, le vi palidecer, temblar, levantarse luego trasportado de alegria y exclamar: --Es de ella, de ella! --Pero quin es ella, seor, quin es ella? acaso el duende negro de la calle de San Miguel que nos trae de cabeza? --Ya sabes que no quiero que se me pregunte, Peralvillo, contest el marqus. --Es verdad, seor, pero la situacion en que nos encontramos... El marqus no contest: se habia acercado una vidriera y estaba absorto en la lectura de la carta. Peralvillo se call, y se puso pasear por la cmara con las manos atrs. H aqu lo que el marqus leia: Don Juan de mi corazon: al fin mi padre se compadece de nosotros; al fin consiente en que sea tu esposa. Para que nos unamos, mi padre te ha robado de Granada, valindose del medio de aletargarte: yo te escrib para que fueras la taberna donde has sido aletargado. Nada te importe donde ests. Nada te importe que pasen algunos dias antes de que me veas. Nada te faltar. Tu criado estar contigo para servirte. Un esclavo de mi padre te proveer de cuanto quieras; pero nada preguntes ese esclavo, porque nada te contestar. Quien tanto confa en t que ya se llama tu esposa.--Esperanza de Crdenas. Luego por bajo se leia: Nuestra hija sabe ya dar besos, y te se parece tanto, que aunque quisiera olvidarte no podria. El marqus ley diez veces esta carta, la guard y volvi sacarla otras tantas, y al fin cuando ya Peralvillo se habia sentado cansado de dar paseos, el jven se dirigi l. --Tengo apetito, le dijo, y almorzaria de buena gana. --Y yo tambien, seor. Pero en esta casa no he visto la cocina. --No importa, llama. --Es que ya he llamado, y nadie me ha respondido. Mucho ser que el duende negro no nos haya encantado, seor. El marqus aplic un puntapi Peralvillo. Mirle este dolorosamente y sali de la cmara, se dirigi la puerta de la antecmara y dijo: --Ah de casa! Mi seor, que es un seor muy impaciente, y que trata de una manera dolorosa sus criados cuando tiene hambre, pide de almorzar. Oyronse pasos tras de la puerta, luego una llave en la cerradura de esta, abrise y apareci un negro atltico, que hizo retroceder dos pasos Peralvillo. --Se va servir al momento al seor, dijo el negro en buen castellano, y desapareci volviendo cerrar la puerta. --Parceme, seor, que estamos metidos en una mala aventura, dijo Peralvillo: no me gusta nada ese tizon de dos pis que acaba de hablarnos. --Tienes el defecto de ser el hablador mas incorregible del mundo, Peralvillo, dijo el marqus que preocupado con su pensamiento, queria quedarse solas con l, y devorar su alegra. Peralvillo comprendi la situacion en que se encontraba su amo y se call. Poco despues acudi la puerta de la antecmara donde habia sonado la llave, y vi que el negro entraba trayendo por s solo una enorme mesa, cubierta y servida. --Os ayudar amigo mio, dijo Peralvillo que deseaba todo trance hacerse un conocimiento. --No hay necesidad, dijo el negro, entrando con la mesa en la cmara. Peralvillo quiso aprovechar la entrada del negro para ver lo que se ocultaba tras la puerta de la antecmara, que habia quedado abierta, pero al encaminarse ella, se cerr. --Vamos, dijo Peralvillo volvindose: cartas que no se sabe quien las ha traido; negros que sirven sin permitir que nadie les ayude; puertas que se cierran por s mismas: decididamente estamos encantados. Cuando entr en la cmara, el marqus, que siguiendo las instrucciones que le daba en la carta Amina, no habia dicho al esclavo una sola palabra, se sentaba la mesa. --Ponme vino, y trnchame esas perdices Peralvillo, dijo el marqus. Peralvillo se quit los puos, se levant las bocamangas, y se puso trinchar las perdices. --Y estan asadas con aceite, y soberbiamente asadas, dijo: sois vos el cocinero, amigo? aadi volvindose al negro. Este hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. --Pues podiais servir en las cocinas de su magestad, quien por noticias de un galopin quien yo conocia, s que gustan mucho las perdices asadas con aceite. Una mirada del marqus hizo callar Peralvillo, que puso delante de su amo la fuente de plata con las perdices trinchadas, y le sirvi vino en una enorme copa de oro. Despues, y no atrevindose hablar por temor al marqus, se puso contemplar el servicio. --Cspita! dijo para s: del ramillete de su magestad no saldria una mesa mejor servida: todo esto es regio: y de dnde diablos han sacado esas flores? decididamente estamos encantados y encantados por duendes reales. --Otro plato, Peralvillo, dijo el marqus. --Qu quereis? carne, cecina pescado? --Dame de ese salmon. Sirvi Peralvillo. Poco despues el marqus se levant de la mesa. --Yo os aconsejara seor, que comieseis de estos mariscos, de estas ensaladas y de estas confituras. --Come de lo que quieras como si estuviese empezado Peralvillo, dijo el marqus conociendo la intencion de su lacayo: come y djame en paz. --Pero dnde he de comer, seor? --En esa mesa. --Pero... --No hay otra. El negro adelant y se acerc Peralvillo. --Fuera teneis vos mesa servida. --Ah! exclam Peralvillo estremecindose, porque esperaba encontrar fuera una olla podrida y un gigote, cuando ya se habia consentido gozar del excelente almuerzo del marqus. Sali, pero en la pequea mesa que encontr en la antecmara, solo vi un cubierto de plata, una copa de vidrio y algunos platos. --Pero y la comida! exclam plido Peralvillo. --Tomad de aqu lo que querais, dijo el esclavo con cierto acento de superioridad. Volvi la cabeza Peralvillo y encontr tras si al negro que habia traido consigo la mesa del marqus. --Ah! esto es distinto, dijo: mi amo est desganado pero yo no lo estoy... estas perdices, despues esas ostras, luego aquella ensalada de truchas, despues unas confituras y dos botellas de vino: perfectamente. Hemos concluido, camarada. --Cuando vuestro seor necesite algo llamad, dijo el negro. --Se llamar, amigo. --Y en cuanto vos no seais curioso, porque os pudiera pesar. --Y decidme, durar mucho este encierro? dijo Peralvillo con la boca llena. --No lo s. --Y mientras estemos aqui, comeremos del mismo modo? --Probablemente. --Y cules son las horas de comer en esta casa? --Las que vuestro seor quiera. --Bien, pero y si mi seor no tiene ganas de comer?... --Pedid vos. --Y si... --Sois el lacayo mas hablador del mundo. --Lo que no quita para que seamos buenos amigos. --Yo no os conozco. --Pues conozcmonos. Hay doncellas en esta casa? no me pesaria conocer las doncellas. --Quedad con Dios; dijo el esclavo abriendo la puerta. --Vaya con Dios vuesamerced, contest empinndose una botella Peralvillo. * * * * * Sin ningun nuevo accidente, comiendo cuando querian, durmiendo por entretenimiento, y fastidindose mas de lo que hubieran querido, pasaron amo y criado, desde el anochecer del martes veintiuno de diciembre, hasta el medio dia del viernes veinticuatro. Apunto que el sol sealaba el medio dia natural en un cuadrante, situado en el mirador que daba sobre el jardin, apareci de improviso en la cmara el esclavo negro, y present al marqus inclinndose profundamente, una carta en una bandeja de oro. Tom el marqus la carta, la abri, y vi con suma sorpresa, que era de su tio don Csar de Arvalo, de quien hacia mucho tiempo que no tenia noticias. La carta era brevsima. Mi amado sobrino decia: os estoy esperando con suma impaciencia; tengo muchas cosas que deciros, y una grave comision que desempear con vos. Seguid al dador de esta y me vereis.--Vuestro tio.--Don Csar de Arvalo. --En esta carta me dicen que os siga, dijo el marqus al esclavo. --Y yo tengo rden de guiar al seor donde le esperan, contest el esclavo. --Es decir que salimos de nuestro encierro? dijo Peralvillo. --Vos no, repuso el esclavo, y sali precedindo al marqus, despues de lo cual cerr la puerta. Peralvillo se qued durante algun tiempo mirando aquella puerta con desesperacion, y luego se entr en la cmara, tom de un rincn, donde solia ocultarlas, una botella, se la empin, y despues fu tenderse de una manera herica en la cama de su amo. Este entre tanto, guiado por el esclavo, habia llegado otra cmara cuya puerta le sali al encuentro un hombre que se arroj entre sus brazos. Era su tio. Despues de los primeros apretones, el marqus dijo don Csar: --Qu significa esto? --Cmo! no sabeis lo que esto significa? --No por cierto, mi buen tio, porque esperaba no volveros ver tan pronto. --Creo que te casas. --Eso sospecho. --Cmo! pues no lo sabes de cierto? --Hace tres dias que he tenido el primer indicio. --Indicio no mas? --Nada mas, tio. --Pues te casas de veras, sobrino: digo, no ser que no quieras casarte, en lo que harias ciertamente muy mal. --Si es con doa Esperanza de Crdenas, me caso. --Pues con quin habia de ser, sino con su excelencia la hermosa duquesa de la Jarilla? --Ved tio, que el rey confisc ese titulo. --Si, pero le ha devuelto la duquesa. --Pero y el proceso contra su padre? --El emir de los monfes es una cosa, y su hija la duquesa de la Jarilla, es otra. Qu culpa tiene la duquesa, de que su padre sea enemigo del rey, y le haya provocado y se le haya ido de entre las manos? --Si; pero ya sabeis que en el mundo en que vivimos pagan justos por pecadores: y al menos el ttulo y la grandeza del duque... --Es que el padre de doa Esperanza era duque viudo: que tu presunta esposa, estaba en posesion de su ttulo y de su grandeza: que se han hecho muchas informaciones y muchas probanzas, se ha gastado mucho dinero, y el Consejo de su Magestad, ha declarado: primero: que doa Esperanza de Crdenas, es descendiente legtima de los duques de la Jarilla; segundo: que es cristiana desde su nacimiento, y muy piadosa, y muy honrada, y muy pura; tercero: que si bien su padre es rebelde y moro y traidor al rey, su hija no le ha ayudado en sus conspiraciones, ni ha alentado los amores del difunto prncipe don Carlos, quien continuamente ha rechazado; cuarto: que por lo mismo no puede imponrsela pena alguna, debindosela, por lo tanto, restituir sus bienes y preeminencias como grande de Espaa, exigindola, sin embargo, juramento de fidelidad al rey. Por ltimo, y en atencion las rebeldas de su padre, se la ha declarado mayor de edad, librndola de toda tutela; se la ha puesto en posesion de su ttulo, su grandeza y sus bienes, y se la ha concedido licencia para casarse... con mi amado sobrino, el seor marqus de la Guardia, capitan de infantera de los ejrcitos de su Magestad, y el mayor loco, que despues de m he conocido ni espero conocer. --Pero tio, esas noticias son tales, que no debeis ofenderos, si dudo de que os encontreis en completo uso de razon. --Carta canta, dijo don Csar, yendo una maleta que estaba sobre la mesa, y sacando de ella un promontorio de papeles: y los desconfiados como vos, no hay cosa como darles con la prueba en las narices. Y desatando el legajo, sac de l un pliego de papel sellado, moreno, granugiento, escrito con letra gorda, y autorizado al fin, por la firma de tres escribanos de cmara, y el sello de la Chancilleria de Valladolid. Devor el marqus el contenido de aquel pliego: era la restitucion hecha por el rey la excelentsima duquesa de la Jarilla, grande de Espaa, de su ttulo y grandeza, y todos sus bienes que le habian sido confiscados. --Y ahora crees, sobrino, dijo don Csar? --Creo tio; pero me parece que sueo. --Lee este otro documento, aadi don Csar, dando al marqus un segundo pliego, autorizado del mismo modo que el primero. El rey declaraba en l mayor de edad, la duquesa de la Jarilla, y aprovaba su casamiento con el marqus de la Guardia, indultando entrambos de la pena en que habian incurrido, por haberse casado sin su licencia en la villa de Ytor en las Alpujarras, el dia 30 de setiembre de 1567. --Pero tio, dijo el marqus con asombro, aqu se me d por casado desde hace mas de un ao, y vos solo me habeis dicho que se nos concedia licencia para casarnos. --Tanto da: yo decia que te se daba licencia, porque me consta que no te has casado: pero cuando hay mucho dinero para hacer probanzas falsas... --Pero quien ha andado en eso...? el emir no puede haber sido, porque hace mas de un ao que vive de incgnito fuera de la crte. --Ah! en eso hemos andado el abuelo de la duquesa y yo. --El abuelo de la duquesa! pues no le conozco! --Cmo! no conoces al abuelo materno de la duquesa, rey del desierto de Mjico, cristiano, vasallo de su magestad, y el hombre mas rico de Espaa? --Pues no le conozco, tio. --Bien puede ser: los enamorados, generalmente les basta con conocer la mujer que les enamora. Pero eso no quita, que los muchos y buenos doblones del megicano se deba el buen resultado de vuestro negocio: porque desengate, sobrino: aunque el rey es demasiado caballero, y altivo, y celoso de su autoridad para doblegarse por todo el oro del mundo, sus consejeros, los que andan su lado, no piensan del mismo modo: ttulo de Castilla, del Consejo de su magestad, ha habido, que ha desempeado sus rentas con lo que le ha producido este negocio, y oidor que por la primera vez se ha visto dueo de una razonable cantidad de oro. Y lo que es mas extrao; la Inquisicion, la tremenda Inquisicion, ha cedido por la gracia del dinero. --Pero qu tenia que ver la Inquisicion...? --Ah es nada! La Inquisicion, que habia preso al emir de los monfes, quien no pudo quemar, por la sencilla razon de que el emir se les fu como una anguila de entre las manos, le ha seguido _la vareta_, como dicen los curiales, le ha sentenciado en rebeldia, le ha quemado en esttua, ha declarado infames sus hijos hasta la cuarta generacion, y les ha sentenciado llevar de por vida, el Sambenito; porque la Inquisicion como sabes muy bien... --Si, lleva su castigo los hijos y los nietos de los que sentencia. --Pues para que la Inquisicion quite el Sambenito tu esposa, y la declare buena y limpia cristiana, ha sido necesario empezar por regalar una vajilla de oro y mas de diez alhajas riqusimas al inquisidor general, don Fernando Valds, que estaba terriblemente irritado, y con razon, contra los monfes. Como que hicieron con su venerable persona una herejia, y le causaron del susto una enfermedad que puso al pobre seor muy al cabo. Ademas, fue necesario deslumbrar los inquisidores de la Suprema... todo esto invirtiendo un tesoro. --Oh! y cuntos sacrificios! --De que t eres la causa, sobrino, y por los que debes amar mucho tu mujer. --Pero tio, si yo la adoro. --Milagro! --Un milagro causado por la hermosura y por el alma de Esperanza. Ah! os juro tio, que no merezco tanta felicidad. Y sin embargo, esa felicidad ser amargada. --Amargada! y por qu? --Yo quisiera que mi Esperanza fuera pobre, muy pobre, y de una muy humilde cuna. --Bah! sobrino, t ests loco: como parece mejor una bellsima rosa, la luz de la luna, los rayos del sol? en un tiesto miserable, en un magnfico jarron de oro? --Si, pero podr creer que me caso... --Por inters! bah! tus rentas son considerables, sobrino. --Mis rentas! si estan empeadas hasta el cuello, segun me dijsteis vos hace mas de un ao en una carta dentro de la cual, me envisteis la provision de la compaa que mando! --Es mucha verdad: pero tambien lo es, que los usureros que cobraban tus rentas, me vinieron ver uno trs otro, me dieron muchas y rendidas gracias por haberles pagado... --Pero les pagsteis vos? --Yo! de dnde ni cmo? Los sacos y las buenas presas, han andado por el cielo en el poco tiempo que he estado en los Paises Bajos, y aunque hubiramos entrado en Gante, saco mano, no hubiera tenido con mi parte ni la centsima de la cantidad que se necesitaba para el tal desempeo. --Con que es decir...? --Que las escrituras de todas tus haciendas estan all desempeadas. El marqus que era noble, generoso y altivo, alz los ojos al cielo, y suspir con impaciencia y pena. --Como ha de ser! dijo: ella es primero. --Y aun hay mas. Tu esposa, mas de sus riquezas propias que son inmensas, trae su dote; un tesoro por parte de su padre, y otro por parte de su abuelo, en buenos doblones de oro, y alhajas. Torn lanzar su mirada de blasfemia al cielo don Juan. --T ests loco, sobrino! le dijo don Juan: cuando una mujer que tanto vale se casa contigo... --Se casa tal vez por cubrir su honor... y yo necesito su alma, su alma entera. --Bien, muy bien: pero eso pasar y quedar lo positivo: esto es, la inmensa cantidad contante y sonante del dote de tu mujer: las rentas de su ttulo que ya son enormes, y que juntas con las del tuyo, llegan ser maravillosas. Dentro de un ao me lo dirs si es que vuelvo por Espaa. --Pues qu os vais! --Sin duda debo parecer peligroso los que te casan, cuando me apartan de tu lado. --Pero cmo! --Soy oidor de la real Audiencia del Per, dijo con hueca gravedad don Csar. --Y eso...? --Tambien me lo han procurado los que te casan con tu mujer. --Ah! ah! --Tengo rden ademas de llevarme tu lacayo Peralvillo. --Llevoslo en buen hora, cada dia se va haciendo mas hablador. --Ahora bien, y sin saber como, h aqu que he terminado mi comision. --Pero qu comision era esa? --Darte parte de lo que suceda, entregarte tus bienes; que ah estan con tu ejecutoria en esas escrituras, preparndote, en fin, para que nada de esto tuviese que decirte el padre de tu mujer. --Cmo! est aqu el emir de los monfes? --Si. --Pero en donde estamos? --Ni mas ni menos que en el rion de las Alpujarras, cerca de la villa de Ytor, en una heredad del seor don Alonso de Fuensalida. --Ah! el emir contina disfrazado! --Si, pero aunque el padre de tu mujer est encubierto, es necesario evitar que te presentes l con ese trage de ronda. Ah en mi maleta traigo un rico vestido de terciopelo, y un collar de Santiago: con que manos la obra: voy servirte de ayuda de cmara: y qu mucho? casi casi, eres un especie de rey. --Rey! murmur el marqus mientras su tio le desnudaba, recordando la frase que en otra ocasion le dijo Yaye: si habeis de casaros con mi hija, todo se reducir haceros rey. --En qu piensas sobrino? dijo don Csar? encajndole al mismo tiempo una camisa de Cambray. --Pienso en que el padre de doa Esperanza ha cambiado mucho de intenciones. --Porque te da su hija! --Si. --Bah! ama su hija, y las mujeres son capaces... estrate mas las calzas, sobrino, y mira que grana... es de la mas rica: el jubon... sencillo... pero los herretes de diamantes valen un mundo: vamos, la daga, la espada y la gorra. El padre de tu mujer te espera, y como es un gran personaje, moro cristiano, lo que importa poco, no debe impacientrsele: maldita arruga: sultate el segundo herrete, sobrino: vamos, ya est bien: ola! Apareci el esclavo negro. --Id, y decid vuestro seor, le dijo don Csar, que dentro de un momento va tener la honra de saludarle el seor marqus de la Guardia. El esclavo sali, y tras l, don Csar y el marqus: atravesaron algunas habitaciones y se detuvieron en una antecmara, donde les indic el esclavo que se detuviesen; poco despues, el esclavo que habia salido, volvi y dijo al marqus: --Mi noble seor, espera al seor marqus de la Guardia. --Hasta luego, sobrino, dijo don Csar, estrechando fuertemente la mano del marqus. --Ah! no s lo que me sucede tio, dijo don Juan, y entr por la puerta cuyo tapiz tenia levantado el esclavo. Encontrse en una cmara magnfica. En ella con el mismo trage con que se habia presentado aquella maana al beneficiado de Cdiar, se paseaba Yaye profundamente pensativo. Al sentir los pasos del marqus, se detuvo, se volvi l, y le mir con una grave benevolencia. --Ah! sois vos, dijo: bien venido seais. --Ah seor! dijo el marqus: disimulad mi turbacion porque... --Sentaos, marqus, dijo Yaye con una perfecta y fcil cortesana: sentaos, y hablemos un momento. Sentronse en un estrado, y Yaye asi las manos del jven. --Quereis ser mi hijo ahora, como lo queriais ser en otro tiempo? --No puedo vivir sin ella, dijo con la voz apagada y trmula el marqus. --Ni ella puede vivir sin vos. El Altsimo lo quiere, y no mereceria yo su ayuda sino cumpliese con placer su voluntad. Pero, prescindiendo de todas las dificultades que se oponian este casamiento, y que ya estan vencidas, hay en medio de nosotros un terrible secreto. Don Juan comprendi que Yaye se referia la muerte de su padre, y baj los ojos. --A pesar de ese terrible secreto, seor, comprendo que debsteis tener poderosas razones para obrar de la funesta manera que obrsteis y... no hablemos mas de ello... yo no puedo aborreceros; no puedo... no... sois padre de Esperanza... que me perdone Dios...! --Tuve razon: pero decs bien... olvidemos... vos por Esperanza... yo... cmo no he de amaros yo si sois la vida de mi hija! Yaye se enjug una lgrima. --Pero hablemos de otros asuntos. Ha llegado para mi un momento supremo: el momento de la guerra contra Espaa. --Pero por qu no os reducis la obediencia del rey?... --No hablemos de eso... Felipe y yo somos enemigos muerte. Por lo mismo no debemos fiar en la devolucion de sus ttulos y de su rango mi hija. Felipe es un lobo: le debo un hijo, y temo que si ha accedido al dictmen de su Consejo, haciendo justicia nuestra Esperanza, es solo para tenderla un lazo, para apoderarse de ella, para cobrarse del hijo que le he muerto. No, no debeis permanecer en Espaa. En las aguas de Motril os espera un bergantin fletado por m que os llevar Venecia, Francia, cualquier Estado de Europa. No entreis en los dominios del rey de Espaa mientras don Felipe viva. --Pero separar de vos vuestra hija...! --Dios lo quiere. Dejadme, dejadme luchar con mi destino, que es terrible; yo no puedo exponer mi hija. No quiero tampoco perderos. Permaneciendo aqu, tendriais que haceros monf y lidiar contra Espaa, servir Felipe y volver las armas contra el pecho de vuestra esposa y de vuestra hija. No, no; vais casaros, y despues... vuestra compaa est en Ytor; entregadla al teniente Velorado y tomad testimonio de ello, para que el rey no pueda llamaros nunca desertor; ya teneis su licencia para dejar la compaa: despues, escoltado por mis monfes ireis Motril donde os embarcareis, vos, mi hija y mi nieta: con vos ir para serviros el mas noble, el mas bravo, el mas fiel de mis wales: el noble Harum el Geniz, y permanecer con vosotros si asi lo quereis. Ha visto nacer Esperanza y la ama casi tanto como yo. --Ser lo que querais, seor, dijo el marqus que estaba aturdido. --Bien, puesto que estamos enteramente de acuerdo, id, abrid aquella puerta, atravesad un corredor y encontrareis vuestra esposa y vuestra hija. Zumbaron los oidos al marqus, se nublaron sus ojos, se levant como un brio, y dominado por su emocion, y sin decir una sola palabra Yaye, corri la puerta que este le habia indicado. Poco despues se oyeron dos gritos de suprema alegra, uno como de hombre, otro de mujer; besos y sollozos. --Oh! era preciso, dijo el emir: Amina no puede amar ni ser amada de otro modo. Y sigui pasendose lo largo de la cmara. CAPITULO XXI. Continuacion del anterior. Anunciaron Yaye que acababa de llegar la heredad el beneficiado y el sacristan de Cdiar. Yaye mand introducir al momento Juan de Ribera. --Oh, qu dia! qu dia tan aciago, exclam el beneficiado apenas vi Yaye. --Pues qu sucede? contest el emir. --Sucede... vamos... no s cmo he podido escapar para cumpliros mi promesa... sucede que el Santo Oficio ha venido la villa. --Ya lo s.. vos mismo me lo dijsteis. --Es verdad... pero tengo la cabeza trastornada.... qu escndalo y qu dolor, Dios mio!.. y que la tenacidad de esos desdichados nos obligue ver tales cosas... --Ah! la muerte de esa morisca... de esa Malicatulzarah..! --La sabais...! --Ytor est cerca de Cdiar. --Pero no sabreis...! --Si, si; s y me pesa, que su marido Adel, el tejedor, que estaba enfermo, ha muerto tambien: pero el anciano padre y los pequeuelos hurfanos estan amparados. --Por vos, siempre vos en todas partes donde hace falta la caridad! Cuando digo que sois un santo! --No soy santo, pero creo que entre estas gentes se adelanta mas con la blandura. --Hum! dijo el beneficiado; son duros como rocas. --Ya veis si yo he convertido gente. --Dios os da la gracia. --No, sino que obro de distinto modo que el inquisidor que ha venido visitar Cdiar..... Me han dicho que ha obrado con muy poca caridad. --Es un tanto duro el seor Molina de Medrano, pero muy religioso, eso s... figuraos que aunque acababa de dejar el camino, no ha querido reposar ni comer hasta que se ha purificado la iglesia que habia quedado impura por la sangre que en ella se habia vertido. Por esa razon he venido mas tarde y os he hecho esperar... pero en cambio se ha labado el templo de su impureza, gracias las mplias facultades que trae el seor Molina de Medrano y podr celebrarse en l la Pascua... de otro modo la iglesia hubiera estado impura algunos dias. --Gracias Dios! asi tendremos misa del gallo. --A la que me alegrara mucho que asistieseis: celebrar el seor inquisidor Medrano: yo ser dicono y el licenciado Arias subdicono: tendremos villancicos en que cantar con su hermosa voz... una dama que vos apreciais mucho, y otra seora que ha venido su casa... --Doa Isabel de Vlor, y la otra? --Una gran seora. --La princesa Angiolina Visconti..! Os prometo ir. --Con vuestra noble hija. --Conoceis vos mi hija? --No seor, pero he oido ponderar su virtud y su hermosura. --Mi hija no est aqu en estos momentos. --Qu desgracia!.. pero en fin, os tendremos vos. --Indudablemente: pero vamos lo que importa. --Si, la conversion del Ferih de los Berchules. --Pues no tenemos el gusto de bautizar ese descreido. --Cmo! por qu? --Porque mientras yo fu veros, el tal bandido se ha escapado. --Cmo! pues no estaba herido, y herido de peligro? --Eso mismo me he dicho yo: no lo comprendo, pero lo cierto es que se ha escapado... yo lo he sentido mucho y vos, no debeis sentirlo menos. --Oh! sintolo en el alma! un miembro podrido que contina separado del cuerpo de los fieles! --Y aun por algo mas debeis sentirlo, seor beneficiado, porque segun creo, aunque vos me habeis guardado el secreto, Melik el Ferih, es padre de una morisca, de una Mariblanca que es vuestra ama. --Ah! dijo el beneficiado no pudiendo evitar un estremecimiento: vos lo sabeis todo. --No veis que busco al bien, y para practicarle tengo por todas partes gentes que se informan de todo? --Ah! dijo el beneficiado que empezaba sentir algun recelo. --Por eso, porque lo s todo, vuestra venida, pesar de la fuga del Ferih, no es inutil. No os ireis sin bautizar una mora, y aun mas sin casar una mora y un cristiano, padres de la no bautizada. --Y por qu no bautizar tambien la madre? --Por la sencilla razon de que, desde que naci la madre es cristiana. --Ah! una morisca! --Algo mas que una morisca: una sultana. --No os comprendo! dijo el beneficiado que se sentia mal, y que iba viendo transformarse en otro hombre distinto del que habia visto hasta entonces Yaye. --Pues es muy fcil de comprender: la dama quien vais casar es hija del emir de los Monfes: en una palabra, es mi hija. --Vos!.. exclam el beneficiado y no pudo continuar. Anudsele la voz en la garganta; se puso plido como un cadver, tembl, se anonad; qued tal como si la tremenda cabeza de Medusa, con toda su terrible virtud y sus sierpes ponzoosas se hubiese presentado ante su vista. --Qu os espanta! no sois vos el que con tanta crueldad habeis martirizado los pobres moriscos? no sois vos el que habeis arrebatado los hijos sus madres y los habeis enviado los hospicios del rey? Habeis tenido valor suficiente para remitir las splicas desesperadas, las lgrimas, los gritos de angustia de las desdichadas quienes arrebatabais los hijos de sus entraas, y os falta delante de m que ningun mal he de haceros, puesto que habeis venido bajo el seguro de mi palabra! Tranquilizse un tanto el eclesistico. --Pero quin habia de creer..? dijo: yo hubiera jurado... --Que yo el don Alonso de Fuensalida quien conociais, era el mayor cristiano del mundo... --Vuestras obras... vuestra caridad... --Si, es cierto: mi caridad hcia los mios, me ha obligado presentarme ante vos encubierto con un nombre castellano, captarme vuestra voluntad con donaciones hechas vuestra iglesia, fingirme catequizador de moriscos, cuando en verdad solo se bautizaban los infelices por sugestion mia, para evitar las crueldades que so pretesto de religion cometiais con ellos: si es cierto: mi caridad para con los moriscos ha sido grande, porque lo que he hecho en Cdiar lo he hecho tambien en las dems villas de las Alpujarras. Pero no hablemos mas de esto. Procurad tranquilizaros, porque os lo repito: aunque os encontrais entre monfes, nada os acontecer: por muy cruel y fantico que seais, aunque mereciseis un terrible castigo, os he llamado yo, porque os necesito, y estais tan seguro como si os cobijara el trono del rey de Espaa. --Y para qu me necesitais, seor? dijo el beneficiado no bien repuesto pesar de las tranquilizadoras palabras de Yaye, y tratndole con tanto respeto cuanto era su miedo. --Ya os he dicho para lo que os necesito: para casar mi hija y bautizar mi nieta. --Estoy dispuesto obedeceros, seor. --Con vos ha venido vuestro sacristan que se ha quedado fuera. --Si seor. --Sabe ese hombre lo que venis? --Le he dicho que se trataba de bautizar... --Bien, por eso no quede, haremos una farsa; mandar uno de los mios que se meta en cama... --Pero... --Y qu os importa vos pronunciar algunas palabras y verter una poca de agua sobre la cabeza de un hombre? --Lo que yo temo, es que maese Barbillo que es muy ladino conozca que no se trata de un herido. --Descuidad que la farsa se har bien. Ahora vamos otra cosa. Es necesario que la fecha de ese casamiento y de ese bautismo se anticipen. --No os comprendo bien. --Vais comprender al momento. Yaye sac de su bolsillo una cartera, y de aquella cartera dos papeles doblados, y los present Juan de Rivera. Eran dos partidas de casamiento y de bautismo; la una estaba fechada en 30 de setiembre de 1567, la otra nueve meses despues. Solo faltaba la firma del beneficiado. --Pero no veis, dijo Juan de Ribera, que estas partidas no pueden constar en el libro de la parroquia ni con los folios que aqu tienen? --Descuidad: el libro de la parroquia desaparecer sin que os puedan hacer cargo. Ya comprendereis que tratndose de mi hija y de mi nieta, tengo un gran inters en que estas partidas no aparezcan falsas; vos os interesa tambien porque... pienso demostraros mi agradecimiento de una manera digna de m. Y Yaye abri un cajon de su mesa, y sac de l uno trs otro, veinticinco columnas compuestas por veinticinco dorados doblones de ocho cada uno. --Si, si, es verdad: sois el mismo generoso seor de siempre, pero encuentro una dificultad. --Cul? --De quin es hija la dama que se va casar? --Es hija mia. --Aqu dice: la excelentsima seora doa Esperanza de Crdenas, duquesa de la Jarilla, grande de Espaa, hija del excelentsimo seor don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla. --Es que yo soy ese. --Pero no sois entonces el emir de los monfes? --Tambien lo soy; para que os aclare mas dudas, preguntad al inquisidor Medrano, ya que le teneis en la villa, y aposentado en vuestra casa, quin es el duque viudo de la Jarilla: l me conoce bien. --Ah! --Lo que importa es que firmeis estos documentos, porque se va haciendo tarde, y teneis que volver antes de la noche Cdiar. Juan de Ribera firm. Yaye guard de nuevo las dos partidas, y dijo: --Vamos y terminemos. Casareis mi hija, bautizareis mi nieta, y despues haremos delante del sacristan la farsa del bautismo de Melik-el-Ferih, del padre de vuestra ama. --Vamos donde querais, seor. Yaye y el beneficiado desaparecieron por una puerta. Pas una hora, y maese Barbillo fue llamado. Atraves la cmara acompaado de un lacayo y desapareci por otra puerta. Media hora despues, el lacayo y Barbillo volvieron. --Es mucha, mucha, la caridad cristiana de don Alonso, dijo con cierto intencionado sarcasmo Barbillo al atravesar la cmara: pero creo que ese buen Ferih no est tan gravemente herido como dicen. Eh? qu decs vos? --Digo, contest el lacayo, que no era otra cosa que un monf, mirando fijamente Barbillo, que jams me entrometo en las cosas de mi seor. Y salieron por otra puerta. Apenas habian salido, cuando entraron de nuevo en la cmara Yaye y el beneficiado. --Ya que habeis casado mi hija, y bautizado mi nieta, le dijo Yaye, cuidad de que nadie sepa lo que aqu ha sucedido. Mi hija debe aparecer casada en la fecha que consta en la partida de desposorios. Nadie ha asistido la ceremonia, mas que mi familia: si esto se sabe... vos lo habreis dicho... y entonces... --Oh! descuidad, descuidad, seor, contest todo humilde el beneficiado. --Y no os atrevais nada cuando os veais libre y seguro en Cdiar, porque podria pesaros. --Y cmo me habia yo de atrever, viviendo en las Alpujarras, faltar la voluntad de quien tan poderoso es en ellas? --Y aun fuera de ellas. Mis monfes estan en todas partes. Oid: en una ocasion, herido gravemente, ca en poder del Santo Oficio. La Inquisicion hubiera tenido un grande placer en quemarme vivo: pero no pudo. Mis monfes me sacaron de la crcel del Santo Oficio. Y esto sucedi en Madrid, delante del rey, como quien dice, y del inquisidor general. Guardaos, pues, si apreciais vuestra vida. --Pero me prometeis, seor, que ningun peligro corro? los moriscos estan inquietos... esta maana... --Si; esta maana se ha cometido un horrible crmen en vuestra iglesia..... pero nada temais por ahora..... mas adelante podr suceder.... para mas adelante, ya os habr procurado yo una buena prebenda. --Una prebenda! vos! --Si por cierto. Si, yo quiero haceros obispo..... yo moro, capitan de bandidos, como vosotros decs... sereis obispo. --Ah, seor! exclam el beneficiado, arrojndose casi los pis de Yaye. --Pero para que yo os favorezca, ser necesario que os hagais merecedor de mis favores. --Descuidad, callar, os servir, ser vuestro esclavo. --Bien: obrando asi obrareis prudente: ahora idos: ya el sol desciende y es necesario que llegueis Cdiar antes de la noche. Algunos de mis criados os acompaaran hasta la entrada del pueblo, id. El beneficiado se dirigi la puerta. --Se os olvida eso, dijo Yaye, sealndole el dinero que estaba sobre la mesa. El beneficiado, con vergenza, no de recibir el dinero, sino por la manera con que lo recibia, guard el oro en sus bolsillos. Despues sali con Yaye que le precedia, con las muestras de la mayor distincion y amistad. Poco despues, Yaye entr de nuevo en la cmara. --Ha sido necesario, dijo, confiar ese miserable, para que no hable una sola palabra: difundido este secreto, cualquiera que por casualidad escapase, podria llevarlo oidos tales, que perjudicasen mi hija!... Mi hija! puede hacer un padre mas sacrificios que los que yo he hecho por Amina? Yaye se pas la mano por la frente, como si hubiera querido arrancarse de ella una horrible pesadilla. --Cmplase la voluntad de Dios! exclam. Y luego dirigindose una puerta, la abri y llam. --Suleiman! Presentse el mismo monf jven que habia burlado un ao antes en Madrid al inquisidor general. --Qu me mandais, magnfico seor? dijo. --Has mirado bien ese clrigo? le pregunt. --Le conocera aunque pasasen muchos aos, y le viese entre mil. --Y al que le acompaaba? --Si seor. --Es necesario que esos dos hombres mueran. --Morirn, seor. --Vete, y di mi wazir Harum, que le espero. Fuse Suleiman, y poco entr Harum. Yaye se encerr con l. CAPITULO XXII. Lo que hicieron contra el emir Aben-Aboo y Aben-Jahuar. Aquella misma tarde, un jven con un trage sumamente pintoresco, y con una escopeta al hombro, atravesaba por el spero desfiladero de una montaa prxima Cdiar. El trage de este jven, consistia en un gorro bonete de granada, una chaquetilla de colores vivos, y adornada con alhamares y bordados de plata; una camisa sin cuello, bajo una chupa del mismo color que la chaqueta (jaqueta la llamaban los moros); una faja de seda sobre la chupa, y unos calzones anchos, cortos hasta la rodilla, abiertos por abajo, cuadrados en su abertura, y en las piernas unos botines de grana bordados. Llevaba ademas sobre la faja un cinto con dos bolsas, llenas la una de balas de hierro, y la otra de plvora: en el cinto dos largos pedreales pistoletes, y un pual; pendiente del cinto con dos cordones de seda, un alfange berberisco, y sobre el hombro un albornoz de lana, listado anchas franjas negras y blancas. Este jven era Aben-Aboo. Con su bello trage morisco, su fisonoma se habia completado: era el infante de Granada, brabo y valiente, con el sello caracterstico de su raza fijo en el semblante, y la expresion sombra y amenazadora del oprimido, que tras largos aos de paciencia, se levanta ante su opresor. Era punto que el sol se ponia, el cielo hasta entonces limpio y despejado, empezaba cargarse de oscuras nubes hcia el Norte, y all entre los altos picos de Sierra Nevada se escuchaba rodar el trueno lo lejos: frias rfagas de viento pasaban silbando entre los brazos desnudos de las encinas y las peladas rocas, las que se veia acudir las guilas para preservarse en su profundo nido de la tempestad. Aben-Aboo sigui andando gran paso. El nublado sigui avanzando con extraada rapidez, y al fin, al ponerse el sol, un tupido toldo de densas nubes cubri las montaas. Algunas gruesas gotas cayeron sobre las rocas. Aben-Aboo entonces parti la carrera. Los que hayan viajado por las Alpujarras, y hayan tenido necesidad de atravesar una rambla para llegar al trmino de su viaje, comprendern por qu Aben-Aboo, que tenia que atravesar la rambla de los Ciegos, corria. A los que no conozcan aquel terreno, les diremos: que basta una lluvia de algunos minutos para que en aquel quebradsimo terreno, las innumerables vias de las vertientes de las montaas, conduzcan la rambla que viene ser un punto de reunion, un pequeo arroyo, y que juntos todos estos arroyos produzcan por su inconcebible nmero una corriente bastante considerable para que no pueda ser atravesada por un hombre. Cuando la lluvia es fuerte y dura algunas horas, no es ya un rio invadeable, el que rueda por la rambla, sino un torrente monstruoso, atronador, que se extiende de monte monte, que arrastra rboles y aun rocas: un alubion gigantesco que dura muchas horas despues de haber terminado la lluvia que lo produce, que va aumentar alguno de los traidores rios de las Alpujarras, y que cuando se extingue deja sobre la rambla un fango arenoso, entre el cual, no es difcil encontrar reses muertas y aun cadveres humanos. Por eso corria Aben-Aboo. La tormenta se le echaba encima, y la lluvia empezaba, lenta si, pero con indicios de aumentarse progresivamente hasta convertirse en un furioso aguacero. Saltaba el jven como un gamo de roca en roca, y al fin vi una ancha abertura practicada entre dos rocas gigantes, por la cual se veia un plano ancho, pendiente, de arena blanca y brillante. Tan blanca era esta arena, que cuando reverberaba en ella el sol, ofendia la vista, por cuya razon la habian llamado la rambla de los Ciegos. Entre estas dos altsimas y cortadas rocas, habia un hombre cubierto en otro albornoz rayado, que al saltar junto l Aben-Aboo, desde una brea, retrocedi un paso y prepar su escopeta, exclamando con acento enrgico: --Prate! la seal! --Granada y los monfes! contest Aben-Aboo. --Ah! eres t sobrino? dijo el que esperaba, y dej caer el embozo de su albornoz. Era Aben-Jahuar-el-Zaquer. --Y nuestra gente? dijo Aben-Aboo. --Estan mas abajo. --Est con ellos Abd-el-Melik-el-Ferih. --No; pero ya hemos quedado de acuerdo: nuestra gente se compone de veinte de los mios. --No son monfes! --No; son moriscos y cristianos renegados por delitos, gente dura y braba, que yo estoy reclutando hace tiempo, y cuyo nmero aumento con todo hombre proporcion que se me viene las manos. --Y sabe el emir que vos teneis esa gente? --Si lo sabe yo no se lo he dicho. --Y entonces quien paga esa gente? --Los moriscos de Granada y de la Vega. --Ah! y cuntos son? --Unos trescientos que podran servirnos de mucho para nuestros asuntos particulares. --Y para qu habeis traido con vos esos veinte hombres? --Atravesemos la rambla, sobrino, que la noche y la lluvia se nos vienen encima por fortuna nuestra, y sabrs para lo que he traido conmigo esa gente. Y Aben-Jahuar tom buen paso hcia las quebraduras del frente seguido de Aben-Aboo. Cuando hubieron atravesado la rambla, subido un spero repecho, y penetrado en las quebraduras que habia indicado el tio al sobrino, se encontraron en un terreno extremadamente brabo, oculto bajo el saliente de una roca. --Ves la Muela del Lobo, sobrino? dijo Aben-Jahuar, sealando una alta roca que se veia lo lejos hcia el Sur, al pi de una montaa. --Si por cierto. --Ves al pi de la Muela una huerta, y en medio de la huerta una casa? --S. --Y alcanzas percibir la poca luz que tenemos, lo que pasa delante de aquella casa? --Tengo muy buena vista, tio: delante de aquella casa hay tres literas, seis caballos y algunas acmilas que estan cargando con maletas y cofres. Eso indica que la gente que vive en aquella casa, ha olido la tempestad de sangre que se prepara, y huye antes de que se le eche encima. Algunos perros cristianos que piensan ponerse en salvo antes de que arrecie el peligro. --Bah! en aquella casa hay cristianos y monfes. --Cristianos y monfes! --Si por cierto: voy decirte el nombre de los cristianos: primeramente la excelentsima seora duquesa de la Jarilla, doa Esperanza de Crdenas, sino la conoces por ese nombre, la sultana Amina. --La sultana Amina! exclam estremecindose Aben-Aboo. --Djame que contine mi lista de cristianos: el antes solamente marqus de la Guardia, y hoy duque de la Jarilla por su casamiento con la sultana, don Juan Coloma. --Ah! mi amigo el marqus! exclam con un sarcasmo amenazador el jven. --Ademas, doa Estrella Coloma y Crdenas, hija de los excelentsimos duques de la Jarilla. --Su hija! --Item: la nodriza de doa Estrella y dos criadas: Calpuc, el indiano, abuelo de doa Esperanza, y bisabuelo de doa Estrella; don Csar de Arvalo, tio del marqus de la Guardia, mejor dicho del duque de la Jarilla, y por ltimo Peralvillo, lacayo del duque. --Y sin duda all estar tambien... --S, voy decirte los monfes que estan en esa casa: primero el magnfico emir de los monfes nuestro pariente: luego Harum-el-Geniz, su wazir, Suleiman, su wal, y como hasta cincuenta monfes. --Pero dnde es ese viaje? --No s tanto; solo s que podr suceder muy bien si tienes valor que hagamos un buen negocio. --Tio... jugamos el todo por el todo. --Y qu nos habamos de haber puesto estos vestidos berberiscos nosotros y nuestra gente, qu traer antifaces rojos sino para no ser conocidos. Sgueme sobrino, y confia en m y en el diablo que nos dar buena suerte. Aben-Jahuar y Aben-Aboo siguieron las breas adelante, descendieron unas speras quebraduras y al entrar en ellas, Aben-Jahuar grit tnuemente como un cuclillo. En el acto respondi otro grito semejante, y otro y otro. --Ah estan, dijo Aben-Jahuar. --Quin? --Los mios. --Pues os juro que hubiera pasado junto ellos sin notarlos, dijo Aben-Aboo. --Eso prueba, cuando han podido engaarte t, que eres astuto y experimentado como el monf mas viejo, que engaaran tambien los monfes. Ahora, ocultmonos tambien nosotros, y guardemos el mas profundo silencio. Tio y sobrino se perdieron entre un jaral. Junto al sitio en que toda esta gente estaba oculta, habia un estrecho desfiladero, y en l una senda escabrosa. El desfiladero estaba desierto. Nadie tampoco hubiera sospechado que junto l habia gente oculta. Pas algun tiempo; empez al fin llover con mas fuerza, y en el momento en que arreciaba la lluvia, se oyeron resonar pasos de cabalgaduras en la parte baja del pedregoso sendero, y voces de hombres que hablaban descuidadamente. --Aquijad, aquijad, decia una voz robusta; marchad de prisa, la lluvia arrecia, y mucho ser que podamos pasar la rambla de los Ciegos. --Las mulas no pueden marchar mas deprisa, seor, contest otra voz: nos vemos obligados llevar las literas una detrs de la otra. --Pues aprisa cuanto se pueda, dijo la voz que mandaba. De repente se oy un sordo mugido, indistinto y sordo primero, que fue creciendo y aumentndose hasta oirse perfectamente el bramido de las aguas que corrian alguna distancia. En aquel punto la lluvia caia torrentes. --La avenida en la rambla de los Ciegos! grit una voz. --Pues volved, volved atrs; grit con energa la voz que antes habia mandado; dentro de poco tendremos por aqu otra avenida. Apenas habia pronunciado aquella voz estas palabras, cuando son un tiro: luego otro y otro, sucediendo esto el rumor de un reido combate. Veamos lo que era aquello. Hemos dicho que la gente de Aben-Jahuar estaba oculta en unos arenales al lado de un pendiente desfiladero: uno de sus lados se habian ocultado tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo. Por aquel desfiladero habia aparecido una caravana, que aunque la noche habia cerrado anticipadamente causa de la tempestad, se veia de tiempo en tiempo la clara luz de los relmpagos. Componian esta caravana cuatro monfes; tras ellos tres literas, cada una de las cuales era llevada por dos mulas una delante y otra detrs, y cada una de estas mulas por un monf. Luego caballo, el marqus de la Guardia, Calpuc, el rey del desierto, don Csar de Arvalo, Peralvillo y Harum-el-Geniz: ltimamente como hasta cuarenta monfes. En el momento en que, las literas pasaron del lugar donde estaban escondidos con su gente Aben-Jahuar y Aben-Aboo, sonaron los disparos que hemos dicho, y poco se trab un combate cuerpo cuerpo entre los de Aben-Jahuar, y los del emir. Las literas habian quedado cortadas y delante, y se oia la voz de Amina y las de sus doncellas que pedian socorro, y las imprecaciones en rabe de los monfes que guiaban las literas. Uno de los relmpagos ilumin la escena. --Ah! exclam con rabia Harum el Geniz que se batia como un lobo: son corsarios berberiscos! La estratagema de Aben-Jahuar, por lo que vemos, habia producido muy buen efecto. De repente el pavor se apoder de todos. No era un enemigo humano el que les aterraba: eran los elementos: algunos pedazos de roca habian pasado zumbando por el desfiladero y por la parte alta se dej oir un ronco mugido. --La avenida! la avenida! gritaron todos. Y se arrojaron fuera del desfiladero. No tard mucho en dejarse ver el torrente que pas brillando entre la oscuridad como una serpiente inmensa, blanquecina, puesta en fuga y cuya carrera fuera velocsima. A la luz de los relmpagos vieron Harum, el marqus, y todos los demas, que los que creian berberiscos se perdian entre las breas al otro lado del torrente que por efecto de la tempestad llenaba el desfiladero. Por una casualidad no habia quedado entre ellos ni uno solo. Faltaban los monfes que precedian las literas; los que las conducian y Amina, su hija, la nodriza y las doncellas de Amina que eran llevadas en las literas. Al ver esto el marqus de la Guardia, que era valiente hasta la temeridad, antes de que nadie pudiese impedirlo, se arroj con su caballo la avenida, pretendiendo atravesarla. Un grito de horror sali de todas las bocas. El caballo y el ginete fueron arrebatados por la corriente. --Pronto, pronto, buscar el puente del salto del Gamo, grit Harum: salvemos la sultana: la sultana antes que todo. --Es que, dijo un monf viejo, no podremos llegar al salto del Gamo. --Tienes razon Mahdar; el desfiladero del Fraile estaba invadeable: estamos encerrados, seores, aadi con desesperacion; estamos encerrados por la avenida entre una rambla y dos desfiladeros: que se haga la voluntad de Dios! * * * * * --Dios el diablo nos han protegido, sobrino, decia Aben-Jahuar Aben-Aboo, entrando con l en Cdiar, en el meson del Cojo, cubiertos con sus capas castellanas; la tormenta nos ha ayudado; de otro modo aunque sin duda hubieramos vencido, alguno de dos nuestros hubiera quedado en poder de ellos y era un mal cabo; ahora... ahora... no salen bien librar hasta maana de la prision en que los han puesto las aguas. --Pero han sucedido horribles desgracias tio, dijo Aben-Aboo, cuyo semblante tenia una expresion ferozmente sombra. --Y qu importa? ya no es un obstculo nuestros proyectos la hija del emir. Y al decir estas palabras se entr con su sobrino en el aposento en que se habian encontrado aquella maana. Poco despues un hombre llam recatadamente la puerta, le abrieron y entr. Era el emir. CAPITULO XXIII. Cmo trataba Yaye sus parientes. Tendi un tiempo las manos Aben-Jahuar y Aben-Aboo y se las estrech con fuerza. [imagen: El licenciado Juan de Ribera.] --Oh! dijo sentndose. Estoy contento. Al fin he tomado una resolucion decisiva, he fijado la suerte de mi hija y me quedo libre para hacer con vosotros la guerra al cristiano. --Qu habeis fijado la suerte de vuestra hija! primo, dijo Aben-Jahuar con las muestras del mas solcito inters. --S, esta tarde se la he entregado su marido. Era para m un obstculo inseparable; la acompaa su abuelo, y va bien escoltada. Es verdad que puede haberles cortado el camino la tormenta impidindoles pasar la rambla de los Ciegos, pero esto no es mas que algunas horas de detencion; remontaran la montaa y llegaran maana Motril, donde en una galeota mia se trasladaran Venecia. Y estoy alegre, vive Dios, muy alegre. Era necesario decidirse, decidirse de todo punto. Pero tengo apetito. Manda, hijo mio que nos den de cenar. Se levant Aben-Aboo y sali. --Tengo que hablarte primo, de un asunto, por mejor decir de dos asuntos importantsimos para los dos. No he querido decrtelo delante de nuestro sobrino. --Tan de repente has pensado ese asunto? --Si; cuando al fin he visto asegurada la suerte de Amina, me he encontrado otro hombre. Pienso abdicar... --Abdicar... y en qiun? --Aben-Aboo es muy brabo y los monfes le aman... --Cmo! --Silencio, le siento acercarse... cuando hayamos cenado, yo me despedir, ir esperarte la salida de la villa por la Caba-honda. --Ir. Aben-Aboo entr en aquel momento y la primer mirada comprendi que habia pasado algo grave entre sus dos tios. Sin embargo comprendi tambien que debia disimular. --Conqu mi prima, dijo, se va Venecia? Y yo que contaba al menos con verla! --Y qu habiamos de hacer aqu con ella una vez empeada la guerra? No, no: era prudente ponerla fuera del incendio. Si Dios nos ayuda y triunfamos tiempo tendremos de verla. El Cojo entr entonces con una verdadera cena de meson, pero era tal el apetito de los comensales, estaban todos tan contentos, cada cual por su causa, que devoraban un psimo gigote y algunas aves, acompaadas de una liebre que por casualidad tenia cabeza. Durante la cena y como estaban servidos por el Cojo y por su hija, alegre mocetona de veinte y cuatro aos, la cena pas con una conversacion indiferente. [imagen: El capitan Diego de Herrera.] --Qu diria la Inquisicion si nos viera comer carne la noche de navidad?, dijo el emir. --Y si viera que esta carne nos la servia una mora de tan buena carne como Pascuala? dijo Aben-Jahuar. --Vamos seor, siempre que hay gentes delante se estrella vuesamerced, contest la muchacha. --Cundo digo yo que esta Pascuala acabar por arruinarme! dijo el Cojo. --Pues qu hace la muchacha para ello? dijo Aben-Aboo. --Bah! con esa cara de hereje que pone los huspedes... no hay ninguno que no se me haya quejado, sobre todo de la mala cama. --Es que los tales huspedes quieren veces, que las camas sean tan completas... dijo la muchacha. --Y no crean usamercedes que esto es por virtud; no seor; sino porque la tiene bebidos los sesos ese organista del diablo, que solo gana tres maravedises... que... que en fin, es un haragan, un desarrapado... lo que no impide que esta seora se pase las noches de claro en claro pelando la pava con l. --Y qu tiene eso de malo? Y asi mientras dur la cena, los tres personajes ocultaron su verdadero estado con conversaciones tales, como la de que acabamos de dar una muestra. Acabada la cena, el emir se despidi de Aben-Jahuar y de Aben-Aboo. --Que est tranquilo acerca de su hija! dijo sombriamente el jven apenas se qued solo con su tio. --Afortunadamente, nadie nos ha conocido, ni los mismos que nos han ayudado saben lo que han hecho. El emir no puede hacernos cargo de nada. --Y dnde ir ahora? --Es muy posible que vaya ver tu madre. Ya sabemos que Aben-Jahuar sabia que Yaye no habia ido en busca de su hermana doa Isabel. --A buscar mi madre en una noche como esta? --Pues esta noche mas que otra, debe el emir estar cuidadoso por mi hermana. --Pero la tenacidad de _ese hombre_, cuando mi madre... --Y qu quieres? asi son todos los enamorados. --Pues juro Dios...! Aben-Aboo se detuvo, pero Aben-Jahuar adivin el resto del juramento: Aben-Aboo se habia puesto de pi, y se arreglaba la capa y el talabarte. --Mira lo que haces, sobrino, exclam profundamente Aben-Jahuar: el emir es poderoso, y est acostumbrado satisfacer sus empeos: prudencia, sobrino, prudencia, y no aventuremos en un minuto lo que tanta paciencia y tantos sacrificios nos ha costado. --Tan prudente ser, dijo Aben-Aboo, que dar ocasion que otros aprendan en mi prudencia. Aben-Aboo que habia pronunciado estas palabras de una manera ambigua, cuya verdadera intencion no podia apreciarse bien, sali. --Ah! dijo Aben-Jahuar: quiere abdicar en Aben-Aboo! si ese insensato llega ser emir de los monfes, todo est perdido para m! los monfes conocen su ferocidad y le aprecian: le servirian ciegas, y correrian tras l, aunque los llevase arrojarse de cabeza un volcan. Pero aunque sois astuto y feroz, seor sobrino, yo os llevo la delantera, y nos veremos, vive Dios, nos veremos!vos, el emir y yo...! Ah! ah! yo os juro amigo mio, que no habeis de ver la verdad hasta que esa verdad os espante. Despues llam, pag la cuenta que le ajust el Cojo por los dedos, y se fu encontrar al emir. Hallle en la parte baja del pueblo junto las tapias. --Empezaba impacientarme, le dijo. --He tenido que engaar Aben-Aboo para separarme de l. --Y sospecha algo? --Nada: solo espera con impaciencia que llegue la hora. --Poco tardar en sonar, ya son las nueve. Entre tanto podemos hablar nosotros, y ponernos de acuerdo. --Pues qu estamos discordes? --Si; y este es un mal presagio. --Y en qu consiste esa discordancia? --En que todos teneis ambicion, y vuestras ambiciones encontradas, seran la causa de nuestra ruina. --Y nada dices de tu propia ambicion? --Yo la he perdido: todo me ha salido mal: en todos mis afectos, en todos mis deseos, en todas mis esperanzas, estoy ya contrariado: ya no soy el hombre que luchaba con toda su inteligencia, con todas sus fuerzas: soy un vencido que se rinde. --Un vencido!... --S vencido por su suerte. --Desmayas en los momentos en que mas necesitamos de tu ayuda. --No por cierto: yo os doy todo lo que tengo: mi ejrcito, mis tesoros, mi espada. Quereis mas? --Pero esa abdicacion... --Es necesaria. Aben-Aboo est descontento: Aben-Humeya le mira con recelo: seor es uno, vasallo el otro: ni Aben-Aboo serviria bien Aben-Humeya, ni Aben Humeya confiar en Aben-Aboo. Por el contrario, siendo Aben-Aboo emir de los monfes, se encontraran igualmente poderosos... --Aben-Aboo pesar sobre Aben-Humeya. --Pero aun vivimos nosotros: nosotros mas experimentados que ellos: nosotros que tenemos una poderosa influencia, t sobre los moriscos, yo sobre los monfes: nosotros que podemos enlazarnos ellos por sagrados vnculos. --Cmo! --Tu amas tu cuada doa Elvira, dijo Yaye. --Es verdad, contest con voz cavernosa Aben-Jahuar. --Yo amo... cada dia con mas fuerza, cada dia con mas desesperacin, tu hermana doa Isabel. --Por qu no la amaste del mismo modo hace veintids aos? entonces Aben-Aboo sera tu hijo... --Ah! exclam Yaye: olvidemos lo pasado y pensemos solo en el presente: estoy irrevocablemente decidido lo que te he propuesto. --No creo realizable tu proyecto mas que en lo relativo la abdicacion en Aben-Aboo: por lo dems, ni mi hermana se casar contigo, ni conmigo mi cuada doa Elvira; ademas, y seamos francos... doa Elvira te ama, Yaye. --Oh! quin te ha dicho eso? --No crees que los zelos son muy perspicaces? --Los zelos mienten, por mejor decir, los zelos se engaan. Doa Elvira no ama nadie, nadie mas que su hijo: por eso, encontrando solo un hombre ante el porvenir de su hijo, siendo ese hombre yo, pretende inhabilitarme, apoderarse de m, matarme, en una palabra; Doa Elvira, primo, me aborrece, y por que me aborrece, me cerca de asechanzas, me ataca con todas sus armas, con su astucia, con un amor fingido, con un empeo tenaz. Cuando vea que yo abdico en Aben-Aboo... que me caso con tu hermana, doa Elvira se casar contigo, para contrabalancear el poder de Aben-Aboo: no lo dudes Aben-Jahuar: doa Elvira solo ama su hijo Aben-Humeya. Quedse profundamente pensativo Aben-Jahuar. --Y qu hemos de hacer? dijo. --Consientes en que pongamos por obra mis proyectos? --Y t ests seguro de que doa Elvira querr casarse conmigo? --S, en el momento en que yo me case con tu hermana doa Isabel. --Pero es necesario empezar obrar al momento. --Es necesario que vayamos casa de tu hermana. --Ah! --T hablars Aben-Aboo; le participars mi resolucion, y le preparars para que desde esta noche empiece obrar como corresponde su nuevo estado: yo entre tanto hablar tu hermana. --Quiera Dios, dijo Aben-Jahuar que saques de ella tan buen partido como yo espero sacar de Aben-Aboo. Y tomando por fuera de las tapias arriba, se encamin con Yaye la atalaya donde vivia Aben-Aboo. CAPITULO XXIV. De cmo se encontraron reunidas de una manera extraa, personas que se creian muy separadas. En una habitacion completamente blanca, con el pavimento cubierto de una estera de esparto, desnudas las paredes y con techo de bovedillas y adornada con algunos muebles modestos, al lado de una chimenea encendida, habia dos mujeres. Era la una doa Isabel de Crdoba y de Vlor: la otra Angiolina Visconti. Doa Isabel, si bien contaba ya cuarenta aos, estaba en el esplendor de su hermosura: no de esa hermosura brillante, vaporosa, delicada, esmaltada, por decirlo as, de la jven, de la adolescente casi, sino en esa fuerte y brillante hermosura de la mujer, en que hay un exceso de vida y de pasion, en que se mira con dolor el pasado, y se espera con temor al menos con una dolorosa resignacion la metamorfosis de la mujer, en que se marchitan las mejillas, en que aparecen las canas y las arrugas, en que las formas mas hermosas se deprimen, en que la mirada se apaga, en que los cabellos se disminuyen, se aclaran, se retiran de la frente, por mejor decir, la ensanchan: doa Isabel no tenia ya la belleza de la esbeltez, pero tenia en cambio, la magestad y la incitante hermosura de la matrona: habia engruesado, pero sin perder la belleza de sus formas; su pecho se habia levantado, pero sin perder su aspecto puro y virginal; doa Isabel habia crecido en vida y en hermosura y no habia perdido nada de su pureza: el sufrimiento agudo de un amor contrariado, de una vida robada la felicidad, habia impreso, fijado sobre su semblante, la expresion del sufrimiento, pero de un sufrimiento valiente y resignado, y esta expresion daba su hermossimo semblante, su ardiente mirada, un resplandor sublime, por decirlo as, casi divino: doa Isabel era los cuarenta aos, una de esas mujeres que hacen bendecir Dios que las ha criado, que inspiran un amor exento de competencias de todo gnero, que absorven completamente la vida y el alma de un hombre. Sin embargo, en los veintidos aos que habian pasado desde la muerte de Miguel Lopez, se habia visto libre de pretensiones, exceptuando las de Yaye. En qu podia consistir esto, tratndose de una mujer tan hermosa y tan pura? Consistia en que en Cdiar no la conocia nadie mas que los parientes prximos de su hijo, su confesor y un escaso nmero de mujeres. Estas en verdad habian ponderado su hermosura: pero doa Isabel no salia de su casa sino para ir misa (eso todos los dias), y en esta sola ocasion se cubria de tal modo el rostro con el manto, que solo podia apreciarse lo airoso de su andar, lo gentil de su conjunto, y ese perfume particular que deja tras si toda mujer hermosa. Su casa, encerrada dentro de una tapia y situada en una altura, estaba libre de miradas curiosas, y en ella no penetraba nadie, mas que, como hemos dicho los parientes, y estos viejos unos, casados los otros, y algunas mujeres. La hermosura pues, de doa Isabel, solo se conocia de fama. Pero lo repetimos: era esta tal, que pesar de ser hermossima Angiolina, se encontraba como empalidecida, como borrada, como vulgarizada, al lado de doa Isabel. Encontrbanse las dos, en el momento en que las presentamos de nuevo en escena, en esa disposicion de nimo en que se piensa mucho y se habla muy poco. Ademas, la situacion en que se encontraban colocadas la una respecto la otra, era tirante y difcil: vivian juntas y apenas se conocian: al llevar Aben-Aboo Angiolina de Granada, habia dicho su madre: --Esta dama es una noble viuda quien amo, y que se encuentra sola en el mundo: sino fuera la persona que es, pudiera haberme recibido en su casa, como otras tantas; pero esto no era conveniente ni decoroso, ni para ella ni para m: he contado, pues, con que vos la servireis de madre hasta el dia en que pueda llamarse vuestra hija. Doa Isabel tendi la mano la aventurera que su hijo la presentaba, la admiti en su casa, la llamo su parienta para salvar las apariencias, y nada la pregunt ni nada la dijo Angiolina. La dulzura y la virtud, y la magnfica belleza de doa Isabel, empezaron dominar la veneciana, que se sinti arrastrada hcia ella. Angiolina por su parte, que era una mujer digna y noble cuando no se trataba de su empeo por el marqus de la Guardia, empezaba tambien hacerse lugar en el corazon de doa Isabel. Esta no sabia quin era: pero aquella maana en el exmen, delante de la Inquisicion, se habia llamado Angiolina princesa. Doa Isabel no habia podido olvidar aquella revelacion: ni que el inquisidor habia tratado Angiolina como una conocida antigua, ni la turbacion y la vacilacion de Angiolina al reconocer al inquisidor. Cuando doa Isabel dejaba de pensar en esto, se la venia la memoria la terrible muerte de Malicatulzarah, con sus horribles detalles, con toda su aguda pasion, y entonces los ojos de doa Isabel se llenaban de lgrimas, y su corazn se levantaba Dios rogando por aquellos desventurados. Por esta razon estaba tan profundamente pensativa doa Isabel. El haberse visto reconocida por Molina de Medrano cuando menos lo esperaba; el haber visto aquella maana desde la atalaya entre las breas y lo lejos Laurenti y Cisneros, y el recuerdo de la sangrienta escena de la iglesia, tenian tambien profundamente pensativa Angiolina. Dieron las nimas, y doa Isabel las rez. Contestla Angiolina, y por esta razon se cruzaron entre ellas algunas palabras. --Cmo zumba el viento en la chimenea, dijo doa Isabel arreglando los tizones. --Todo es hoy lgubre, contest Angiolina. --Y mi hijo? dnde estar mi Diego? aadi doa Isabel: otras noches ha venido mas temprano. --Aqu estoy madre, dijo la voz de Aben-Aboo la puerta. Y el jven adelant, se quit la gorra, la capa y el talabarte, y se sent delante del fuego entre las dos mujeres. --No es prudente andar deshora por la calle cuando tenemos el pueblo lleno de soldados, y cuando la Inquisicion hace su visita, dijo doa Isabel: recelan demasiado de nosotros, y es peligroso... --Pues ved ah, madre mia, dijo Aben-Aboo: yo quisiera que hubiese cien veces mas soldados y mil veces mas inquisidores en el pueblo. Palideci doa Isabel al escuchar la ronca y amenazadora voz de su hijo y no contest. Angiolina mir de una manera profunda al jven. Su semblante estaba terriblemente contraido, ceudo. --Supongo, dijo doa Isabel, que nos acompaars la misa del gallo. --Cabalmente he venido deciros que no ireis. --Que no iremos? exclam doa Isabel: y por qu? --Porque no debeis ir. --Que no debemos ir! explcate por Dios, Diego. --Ha llegado la hora, replic el jven. --La hora de qu? --Esta maana se ha vertido en la iglesia sangre inocente. --Ah! exclamaron las dos mujeres. --Esta noche se verter en la misma iglesia sangre de infames. --Pero t no la verters, Diego, hijo mio; exclam toda asustada doa Isabel: el crmen ageno no autoriza el crmen propio; t te hars ageno esos crmenes. --Crmenes llamais la venganza de un pueblo oprimido? --Dios toma su cargo las lgrimas y la sangre de los que sufren. --No queremos esperar tanto. --Pero no meditas que una vez dado un paso... --Se dan diez, ciento, mil... en buen hora: yo dar el primero sin vacilar. --No, t no dars ninguno. --He jurado beber la sangre de ese infame inquisidor y la beber, madre. --Pero te perders, y perders los tuyos. --Temeis que alguien perezca en esa lucha, seora? dijo con acento de reconvencion Aben-Aboo. --Temo que perezcas t, contest con dignidad doa Isabel que habia comprendido la intencion de su hijo. --Y no temeis por nadie mas? --Temo por todos, por todos, Diego, lo entiendes? --Yo creia que antes que por m temblabais por... --Por quin? pregunt con tal altivez doa Isabel que Aben-Aboo su despecho se vi obligado bajar los ojos. En aquel momento y cortando la conversacion que empezaba hacerse difcil, se abri la puerta y apareci en ella Al, el esclavo de Aben-Aboo. --Seora, dijo; vuestro hermano don Fernando, que viene con otro caballero, desea veros. --D mi tio, contest Aben-Aboo, que pase mi habitacion. --No, no, dijo doa Isabel: dle que entre aqu. El esclavo sali. --Acaso mi tio me busca m, no vos, seora. --Tu tio, dijo la puerta Aben-Jahuar, os busca todos; pasad, primo, pasad; hermana, te traigo un antiguo conocido. Y adelantaba llevando de la mano Yaye que temblaba como un nio. Todos se pusieron de pi. Aben-Aboo mir con recelo su tio: doa Isabel fij una mirada atnita, vaga, indescribible en Yaye, y Angiolina al ver al emir se puso sumamente plida. --Qu es esto, dijo Aben-Aboo? pues no me habiais dicho... --Indudablemente te he dicho mucho y aun tengo mas que decirte. --Si, dijo Yaye; vuestro tio tiene que deciros de mi parte graves cosas; seguidle, Aben-Aboo; yo tambien tengo que tratar con vuestra madre gravsimos asuntos. --Aben-Aboo vacil un momento, y luego dijo: --Veamos lo que teneis que decirme, tio don Fernando; os dejo con mi madre, tio don Juan: oid vos seora ese mi tio que se queda con vos, como yo voy oir este con quien me voy. Y sali con Aben-Jahuar. --Permitidme, dijo Angiolina; vais hablar de graves negocios y... --No, no; quedaos doa Anglica, dijo con precipitacion doa Isabel. --La princesa Angiolina Visconti, mi antigua amiga, dijo Yaye con acento natural, dulce, casi carioso, dice bien; tenemos que tratar gravsimos asuntos, prima, y necesitamos tratarlos solas. Venid, princesa, venid y perdonadme, pero graves razones me disculpan. --Oh! siempre estais para m perdonado, dijo Angiolina, y aceptando la mano de Yaye se dej conducir una puerta inmediata. Doa Isabel habia quedado de pi y temblando junto la chimenea. Su mirada estaba fija en Yaye de una manera lcida, ardiente, medrosa, enamorada. Yaye se conservaba tan hermoso como ella se habia conservado. Yaye cerr las dos puertas de la habitacion. --Oh, no! exclam doa Isabel; pueden venir, encontrar las puertas cerradas. --Nadie vendr, dijo Yaye: tu hermano tiene que hablar mucho en mi nombre nuestro hijo. --Ah! exclam doa Isabel cubrindose el rostro con las manos. Yaye se acerc y apart las manos del rostro de doa Isabel. Esta le mir frente frente. Sus ojos parecian absorver Yaye. --Oh Dios mio! mas hermosa que hace veinte y dos aos! Doa Isabel baj los ojos y call. --Veinte y dos aos sin vernos! continu Yaye: veinte y dos aos amndonos de una manera desesperada! --Ah! no, no, yo no! exclam doa Isabel. --Si, me amas, tus ojos me lo dicen, me lo dicen tus manos que tiemblan entre las mias, me lo dice tu alma, Isabel, esposa mia. Y en un momento de fascinacion aquellos dos semblantes se unieron, aquellas dos bocas se besaron. Doa Isabel exhal un grito ahogado, se retir bruscamente de Yaye, se desasi de l y le dijo trmula y conmovida: --Vete. --Que me vaya! --Si, vete: vete y djame con mi pobre amor sin esperanza, resignado, sufrido; vete, y no me atormentes, porque me atormentarias en vano, Yaye. Lo que Dios quiso que fuera, fue: me has hecho avergonzarme ante m misma; no me hagas que me avergence ante Dios; vete, Yaye, vete: sabes que te amo, que te amo como el primer dia en que te confes mi amor, pero... Dios no quiere que pasemos de ah; vete, Yaye, y djame en mi triste paz. --Los dos somos viudos, dijo Yaye. --Pluguiera Dios que no lo fusemos, repuso doa Isabel. Ennegrecise el semblante del emir. --Habr yo vivido soando? dijo. --S, contest doa Isabel; toda tu vida ha sido un sueo, y un sueo horrible. --Pero es que quiero despertar de ese sueo: es que quiero olvidar lo que por m ha pasado: es que quiero volver la vida, renacer transformado en otro hombre: es que desde hace algun tiempo, veo claramente que Dios aparta de m su mano y maldice todas mis obras: ser tambien que Dios haya maldecido mi sincero amor, la luz que continuamente ha alumbrado mi existencia? ser que trs tantos aos de esperar y de sufrir, haya tambien de renunciar t, t quien he buscado en vano, t quien adoro y quien me amparo perdida ya la esperanza de todo? --Y la patria quien me sacrificaste, Yaye? --La patria! la patria! exclam con sordo acento el emir; no hay esperanza para la patria como no la hay para m! --Lo que habeis hecho vosotros los ambiciosos, dijo doa Isabel, ha sido mantener el descontento entre los moriscos; excitarlos la rebelion, en vez de aconsejarles una sumision que hubiera hecho mas blando el yugo del conquistador. Pero los moriscos han resistido, excitados por vosotros, los que queriais ser costa suya; se han rebelado una y cien veces, han resistido de todo punto la conversion, se han hecho temibles fuerza, de indmitos, y solo han conseguido venir al punto de un rompimiento fatal: esta maana, oh Dios mio! esta maana he visto morir una familia delante de mis ojos! he visto el templo del seor manchado de sangre y... te he acusado Yaye! --Isabel! exclam el emir. --S; yo no puedo hacer otra cosa que acusarte. Acurdate! --Isabel! repiti Yaye. --Qu has hecho de tus hijos, emir de los monfes? exclam con acento solemne y doloroso doa Isabel. --Oh! calla! calla! exclam Yaye con terror: y luego aadi con voz sorda y reconcentrada: mis hijos estan malditos de Dios. --Oh! si! exclam doa Isabel: malditos de Dios porque son hijos del adulterio. --Pero ya te he dicho que mi vida ha sido un sueo horrible: que necesito tu amor para ahogar en l mis recuerdos... mis remordimientos... porque tengo remordimientos, Isabel... remordimientos crueles... y t... t eres la primera causa de esos remordimientos. --Yo...! --Si, t, porque t fuiste mi primera vctima. A esta confesion tan franca, tan espontnea, la generosa doa Isabel no supo qu contestar. --Cuando yo te conoc, continu Yaye, alentado por el silencio de doa Isabel; cuando yo te conoc, abria mis alas al viento de la vida, volaba de frente, al sol, le miraba cara cara, y en vez de deslumbrarme, me parecia el sol pequeo. Sin embargo, te amaba Isabel, te amaba: aun no se ha cerrado la dolorosa herida que abri en mi alma nuestra separacion; solo la muerte de Miguel Lopez y la certeza de que no fuiste suya, pudo calmar la desesperada amargura que sinti mi alma al verte su esposa. Yo te necesitaba para llegar mis sueos de gloria, como la nube fresca y olorosa que debia sustentarme en mi vuelo por el espacio. Durante veintidos aos he estado pensando continuamente en t; llorndote mis solas, entregado al furor por no poseerte: durante veintidos aos, me has esquivado, te has apartado de m, y yo que siempre he estado tu alrededor, no me he valido de los mil medios con que contaba para apoderarme de t, porque no podia decirte: soy tuyo, enteramente tuyo: t eres mi Dios y mi patria; mis altares y mi honra: t lo eres todo para m, noble y pura mujer engrandecida por el martirio. Doa Isabel miraba fascinada Yaye: podia decirse que su magnfica hermosura se habia transfigurado. Yaye creia ver alrededor de su cabeza una aureola de luz. La desdichada se habia apoyado desfallecida en el respaldo de su sillon, y miraba de hito en hito Yaye. Y un amor inmenso, sin reserva, apareci en su rostro en una explosion de felicidad; pero de repente, aquel hermoso semblante se nubl de nuevo bajo su plida tristeza; el fuego divino de sus ojos se apag bajo dos brillantes lgrimas, y oprimindose el pecho sobre el corazon, exclam: --Ya es tarde! Yaye se estremeci. Aquella terrible frase ya es tarde! hacia mucho tiempo que se presentaba ante sus ojos saliendo al encuentro de todos sus proyectos. --Tarde! tarde aun para arrepentirse! --Tu arrepentimiento no puede evitar las desgracias que nos amenazan, exclam dolorosamente doa Isabel. Qu v suceder en Cdiar esta noche? Yaye se estremeci. --Es necesario vengar nuestro pueblo, dijo con voz ronca. --Y para ello es necesario que se ensangrienten tus hijos, que se cubran de crmenes. Me destrozaste el corazon como amante, y ahora me le destrozas como madre. Qu v ser de nuestro hijo, Yaye? Y arrebatada por su pasion de madre, doa Isabel levant la voz mas de lo que hubiera debido. --Oh! silencio! silencio, imprudente! exclam el emir palideciendo de una manera mortal: cuando yo entr aqu estaba contigo una mujer terrible, esa italiana, esa farsanta... nos hemos olvidado de todo al vernos solos, y no hemos cuidado de la seguridad de nuestra entrevista. Y Yaye tom una buja y sali una habitacion inmediata. --Afortunadamente no habia nadie, dijo volviendo entrar; he cerrado las puertas y podemos hablar sin temor: pero es necesario que nos decidamos pronto: tu hermano no podr entretener por mucho tiempo nuestro hijo: escchame Isabel, y escchame como quien v salvar perder irremisiblemente una criatura: estoy cansado de la vida: la fatalidad me ha convencido de que todo lo que haga para salvar mi pueblo ser intil: antes de empezar la lucha estan divididos; tu hermano, mis hijos, todo morisco que vale algo, que puede algo quiere la corona: se levantan un tiempo, pero con el odio en el corazon los unos para los otros: esto acabar mal: Selin II que podria ser para nosotros una poderosa ayuda, est demasiado entretenido con los venecianos, y nada har por el momento: Felipe II sujeta Flandes con el seversimo gobierno del duque de Alba, y los hugonotes estan acobardados en Francia: la reina Isabel de Inglaterra contemporiza y no he podido meter la rebelda en Italia: todo nos sale mal. Desde hace ao y medio, Dios se ha encargado de mostrarme palpablemente que yo ser el ltimo emir, que nuestros hijos seran los ltimos moros de Espaa. --Hace veintidos aos, pensaba yo del mismo modo: veia pesar de mi juventud, que la lucha de los moriscos contra el rey de Espaa era una lucha insensata: veia con dolor mis hermanos empeados en esa lucha.... pero ya no es tiempo de hablar de eso, aprovechemos el tiempo Yaye, porque es necesario que nuestra entrevista concluya pronto, porque sufro demasiado. A qu has venido con mi hermano, amparndote de l? --He venido decirte: s mi esposa. --Y para qu se ha llevado mi hermano nuestro hijo? --Para que nuestro hijo sepa que yo le dejo mi herencia. --T herencia! --S; yo abdico en l mi dignidad de emir de los monfes. --Dios mio! mi hijo rey de tus bandidos! --Mis bandidos le haran mejor de lo que l seria sin ellos. --Pero... en vez de evitar... --Yo no puedo evitar nada. Dios lo quiere! Aben-Aboo es ambicioso, Isabel. --Oh Dios mio! --Y no podrs acusarme de que yo he excitado su ambicion. --Oh no! --Los parientes de Miguel Lopez, su ascendencia, su nombre, todo le ha alentado para fundar esperanzas ambiciosas sobre la corona de Granada; ademas, Isabel, la fatalidad me hizo traer hace ao y medio las Alpujarras mi hija Esperanza. --Ah! pobre nia! exclam doa Isabel. --La fatalidad mi ambicion, Satans, han determinado su destino. Esperanza cay entre los brazos de un castellano, y fue necesario ocultar su deshonra. Mi alczar subterrneo la ahogaba: entonces y mientras le construia un pequeo palacio en Ytor, Esperanza sali respirar el aire libre por las noches y por las maanas. --Ah! la Dama blanca de la montaa! --Quin fue el primero que pronunci este nombre? La fatalidad sin duda. No podia haberse elegido un nombre mas misterioso ni mas incitante. La Dama blanca de la montaa! la hermossima Dama blanca! y como si la fatalidad no hubiera quedado satisfecha, extendi este nombre por todas las Alpujarras: le llev los oidos de todos los moriscos, y acreciendo la fatalidad, Aben-Humeya y Aben-Aboo, la buscaron, la vieron escondidos en las quebraduras y... se enamoraron de ella sin conocerla; de ella... de su hermana... --Oh! que horror! --Luego sospecharon que era mi hija..... despues esta sospecha se convirti en certidumbre y entrambos me la pidieron por esposa. --Dios te castiga de una manera tremenda Yaye, y el castigo de tu culpa recae sobre los que han tenido la desgracia de pertenecerte. T has condenado tu amor y tu familia: t has hecho maldito todo lo que has tocado con tu mano. --Mi culpa ha sido haber amado mi patria y habrselo sacrificado todo... mi culpa ha sido... --Haber ambicionado lo imposible, haber mirado con desprecio la felicidad sencilla, humilde, pero tranquila, sin remordimientos. Has querido salvar tu pueblo y le has perdido. --Sea como quiera ya es tarde para volver atrs: vale mas morir luchando, que ser martirizados lentamente dia por dia, hora por hora, minuto por minuto: en el punto en que estan las cosas... y no nos engaemos, en el punto en que yo las encontr... la lucha la guerra, han sido y son la nica, la ltima esperanza de nuestro pueblo. Nuestro hijo ha tenido la desgracia de nacer de t... --Ah! exclam doa Isabel! --Y acaso, si hubiera sido hijo de Miguel Lopez, si este hubiera vivido, fuera mas feroz, mas impetuoso. La sangre de los Vlor que corre por sus venas es la que le da soberbia: si fuera hijo de otra mujer... --Me acusas! es decir que yo no deb casarme..... --Acaso no: y si tu no te hubieras casado... --Mi desesperacion al verme abandonada... --Tu venganza! --Ah Dios mio!... --Dejemos, pues, las recriminaciones porque entrambos tenemos de qu acusarnos. Si tu no te hubieras casado, hubieras sido mi esposa: Aben-Humeya, mi otro hijo de la fatalidad, t lo sabes bien Isabel, no existiria; no existiria mi otra hija Esperanza: nuestro hijo educado por m, seria un caballero... --Y qu no lo es? Movi dolorosamente la cabeza Yaye. --Mucho me temo dijo, de que Aben-Aboo no sea un infame. --Le juzgas con demasiada ligereza. --A qu ha traido esa comedianta de Granada! sabes t quien es esa comediante? --Solo s que es una ilustre dama viuda... --Tu hijo afrenta su madre permitiendo que se la engae, que se la escarnezca: esa mujer es enemiga muerte de mi hija, enemiga mia: Aben-Aboo, unindose ella, se conjura contra m que le he colmado de beneficios; acaso se apresta ser el brazo de exterminio de esa mujer. --No, no! Dios no lo permitir! --Nuestros padres han cometido sin duda grandes pecados, porque estamos malditos de Dios. --Has venido acabarme de rasgar el corazon? --Solo un medio de salvacion nos queda. --Cul? --S mi esposa... --Y siendo yo tu esposa... --Cuando seas mi esposa, Aben-Aboo sabr quien es su padre. --Otro sacrificio..! --Te lo pido por nuestro hijo... --Pero si es ambicioso..! --Crele yo del amor de su hermana, que ya sabr buscarle en Africa un reino donde mande su placer. --Ay! no tengo esperanza ninguna, Yaye. --Ni amor tampoco. --Amor si; y un amor desesperado: lo sabes: te lo escrib hace veintidos aos: te amar siempre, te dije entonces, y he cumplido mi juramento; yo te amo Yaye, ahora mas que entonces; con toda mi alma, con todo mi deseo, y me pareces mas hermoso y mas grande: pero en medio de los dos se levanta una sombra maldita. --Piensas acaso que yo tuve alguna parte en el asesinato de Miguel Lopez? --Ah, no! no! ya lo s: ya s que eres inocente de aquel crmen: pero escucha: algunas noches estoy desvelada: mi cabeza revuelve sus recuerdos, y tu entre ellos te levantas dicindome siempre yo te amo: te miro enamorado, anhelante, sufriendo por m; y cuando voy arrojarme en tus brazos me detiene una sombra horrible, la sombra de Miguel Lopez. Yo te amaba me dice: y tu amor me cost la vida: un hijo de otro lleva mi nombre: yo me vengar en ese hijo de la afrenta que se me ha hecho: Yaye te ama, le amas t, pero yo espritu condenado vago en derredor de vosotros envidioso de vuestra felicidad..... oh! yo estoy loca, Yaye! todo lo que pasa mi alrededor me asusta; el mas leve ruido me estremece; creo que solo estoy segura los pis del altar, donde no se atreven perseguirme esos recuerdos, ni ese horrible fantasma. --Pues bien, dijo Yaye: vamos juntos al pi de ese altar arrodillmonos ante l, y levantmonos con las manos asidas, esposos. --Y cmo vendrias t ante el altar del Dios de los cristianos? --Isabel, creers en lo inmenso de mi amor, cuando sepas que ese amor me ha convertido? Doa Isabel lanz un grito de alegra. --Convertido t? --Mira: Y Yaye se abri el jubon, y mostr doa Isabel el relicario con la imgen de la Vrgen, que ella le habia dado veintidos aos antes, pendiente de su cuello. --Pero este relicario qued en poder de mi cuada doa Elvira, dijo alentando apenas doa Isabel. --Es verdad, pero yo se lo hice robar. No sabes que mis monfes entran en todas partes? --Y la santa imgen de la Vrgen... oh Dios mio!.. y mi amor..! no me engaes por Dios, Yaye! --Mi hija Esperanza quien amo con toda mi alma, es cristiana tambien como t; el padre de doa Estrella, de la madre de Esperanza, el rey del desierto de Mjico, profesa tambien el cristianismo; rodeado de una familia de convertidos, he meditado mucho y me he convertido tambien. Doa Isabel mir de una manera vaga, ansiosa, insensata Yaye, y poniendo sus manos sobre sus hombros, le dijo con la voz desfallecida: --Jrame que no mientes, Yaye: jramelo! --Te lo juro por el misterio de la Encarnacion del Verbo, contest Yaye. --Cristiano! cristiano! exclam estremecida de placer doa Isabel: pues bien: soy tuya, tuya: tu esposa, tu amante, tu esclava, lo que t quieras que sea... oh Dios mi! Dios mio! al fin has tenido compasin de m! Y doa Isabel se arroj entre los brazos de Yaye, le estrech en ellos, y rompi llorar. Yaye lloraba de placer. --Serenmonos dijo: retirando suavemente doa Isabel, y sentndola en un sillon. Es necesario evitar que nuestro hijo nos encuentre encerrados. --S, si; es necesario, necesario de todo punto que... que nuestro hijo..... Y doa Isabel se detuvo. --Para curarle de su ambicion, es necesario darle probar algunos amargos desengaos: yo abdico en l: pero mi nombre y mi espada quedan al frente de los monfes.... --Con que esa guerra es inevitable! --Has olvidado ya la muerte de la desdichada Malicatulzarah. --Oh miserables! exclam con fiereza doa Isabel. --Crees que los castellanos no son unos infames, quienes si pudiramos deberiamos exterminar? --Harto se han ensangrentado con los pobres moriscos. --Pues bien, Isabel, ha llegado el dia de la venganza: no podremos exterminar todos los verdugos, pero gran parte de ellos caern bajo nuestra espada... y.... quien sabe? Tu amor me engrandece, Isabel mia, el Dios misericordioso quien adoro, me demostrar que me ha perdonado por tu amor, si me concede el triunfo... --Y yo te aliento al combate: antes temblaba, temblaba por mi hijo... pero ahora... ahora que levantas tu corazon Dios, ahora que solo desnudas tu espada para defender al dbil y al oprimido, ahora Yaye, siento hervir en mis venas la sangre de mi raza: levntate, valiente mio, y extermina en nombre del Dios de la justicia esos miserables asesinos de viejos, moribundos y mujeres: levntate con la espada de Dios en la mano, y cuenta con el aliento de tu esposa... --Silencio, se acercan... por aquella otra puerta que no est cerrada, dijo Yaye. En efecto, se oian pasos precipitados. Levantse el tapiz y apareci Aben-Aboo, adelant, se detuvo, y fij una mirada indescribible en Yaye y en su madre. Tras l venia Aben-Jahuar. --Es verdad lo que acaba de decirme mi tio, seor? dijo el jven con la voz ronca. --Y qu os ha dicho mi buen primo? --Me ha dicho que mi madre y vos... --Es verdad lo que mi hermano te ha dicho, hijo mio. Amo nuestro pariente Sidy Yaye. --Y os casais con l? --Me caso. --Y vos me dejais la dignidad de emir de los monfes? --S, porque os amo Aben-Aboo, porque quiero que no tengais zelos de vuestro primo Aben-Humeya. --Es decir que vais ser mi padre...? --Si. --Que levantar vuestra bandera contra los castellanos? --Si. --Yo habia creido que todo esto era un sueo terrible, dijo con voz casi sepulcral Aben-Aboo. --Te parece terrible mi casamiento con tu madre, mi abdicacion en t de mi corona! dijo con extraeza Yaye. --Sabia esto mi tio Aben-Jahuar hace algun tiempo? dijo el jven sealando con una mirada hosca al morisco. --No lo ha sabido hasta esta noche. --Madre, dijo el jven acercndose doa Isabel y asindola una mano; que Dios os haga feliz; seor, aadi asiendo otra mano de Yaye, os juro que muy pronto habeis de ver el buen uso que hago del poder que me dais. --T sers sin embargo, mi hijo y mi vasallo, dijo Yaye. --Lo ser, seor. --Si cumples bien y fielmente, como lo espero, antes de mucho, tu madre y yo nos retiraremos una vida oscura y pacfica. --A donde quiera que vayais, all ir con vosotros el corazon de vuestro hijo. --Esta noche es la mas feliz de mi vida, dijo Yaye: mi hija sale de Espaa con su esposo; una mujer digna del amor de un hroe, me da con su amor la paz de mi alma, y t valiente hijo mio, aceptas mi espada, y te aprestas un combate que ya no puede dilatarse: nuestro pariente el noble Aben-Jahuar nos ayuda con su valor y sus consejos, y Aben-Humeya ver con placer, que ya entre l y su valiente primo no existe motivo de rivalidad. Dios ha querido que llegue este fausto momento. Hagmonos, pues, dignos de l, aprovechando el tiempo en su servicio, Isabel: aadi volvindose ella: no salgais esta noche de vuestra casa: suceda lo que suceda, nada temais. Pero aadi en voz tan baja que solo doa Isabel pudo oirla; tened mucha cuenta con esa mujer, con esa italiana. --Pero... murmur doa Isabel. --Os va en ello la honra y acaso la vida. Y luego aadi alto: mi valiente sobrino, mi noble primo: ya es tarde y sabeis que nos esperan. Adios Isabel, os repito que nada temais, y, sobre todo, no olvideis lo que os he encargado. --Adios, seor, dijo doa Isabel: adios hermano, adios hijo mio. Y al pronunciar estas ltimas palabras, se arroj sollozando en los brazos de Aben-Aboo. --Oh madre mia! madre mia! exclam el jven, rogad Dios! Pronunci con tal acento Aben-Aboo sus ltimas palabras, que doa Isabel, sin poderse explicar la causa de ello se estremeci. Poco despues estaba sola, pensativa, plida y llorosa al lado de la chimenea: una mujer de pi, inmvil en una puerta, la observaba. Era Angiolina. --Con que Aben-Aboo es vuestro hijo! con que t no has tenido otro esposo que el emir! murmuraba la veneciana. Ah! ah! mi venganza se va haciendo cada dia mas horrible! Y dos gruesas lgrimas surcaron las mejllas de aquella mujer singular. CAPITULO XXV. De qu modo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre. Cdiar estaba en aquellos momentos completamente desierto. Nevaba; la leve claridad emanada por el reflejo de la nieve, era la nica luz dudosa y fantstica que determinaba de una manera vaga las formas en las estrechas pendientes y tortuosas calles. Yaye, Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se habian deslizado por fuera del pueblo lo largo de las tapias, en direccion la montaa. Reinaban, pues, en la villa, una tranquilidad absoluta y un silencio profundo. La oscuridad era tambien densa, modificada solo por el dbil reflejo de la nieve. En ninguna ventana, ni aun por los resquicios se veia luz, excepcion de una casa, en la cual se veia un rojizo reflejo, tras las vidrieras de un balcon. Aquella casa era la del beneficiado Juan de Ribera. Ademas la puerta estaba abierta, y en el zaguan se veian dando guarda algunos soldados y dos alguaciles del Santo Oficio, lo que demostraba que el inquisidor Molina de Medrano se habia aposentado en casa del prroco. Mariblanca, maese Barbillo y el nio de coro, estaban atareados en la cocina, cuidando de cazuelas y cacerolas, lo que demostraba tambien que el beneficiado por temor respeto la Inquisicion, se habia propuesto obsequiar con una excelente cena de navidad al seor ministro de la Suprema, Molina de Medrano. Maese Barbillo y Mariblanca estaban indudablemente en mala disposicion de nimo, iban de ac para all evitando tropezarse, no se miraban y se mostraban silenciosos y ceudos. Pero primera vista se notaba que el ceo y el disgusto de Mariblanca, nada tenia que ver con maese Barbillo, quien trataba con una indiferencia, y casi podriamos decir con un desprecio, irritante. El aspecto sombro de Mariblanca, era la causa del aspecto hosco de maese Barbillo. Solo el nio de coro se mostraba indiferente, y dirigia la palabra ya al uno ya la otra, sin obtener por contestacion mas que monoslabos. Sin embargo, una observacion del nio de coro vino dar lugar al dilogo siguiente: --Sabeis seora Mariblanca, que esta Noche-Buena pasa lo que nunca ha pasado? dijo el nio de coro. --Y qu pasa esta Noche-Buena que no ha pasado en otras, Cristovalillo? dijo Mariblanca mirando con recelo al muchacho. --No andan mozos por las calles, respondi el nio. --Nieva y hace frio, repuso Mariblanca. --El ao pasado nevaba mas y el fro no podia resistirse, y acurdese vuesamerced, seora ama; estas horas todo era cuadrillas de mozos, y habia un ruido de zambombas, rabeles y villancicos, que daba gozo. --Tiene razon Cristobalillo, dijo el sacristan: esta noche parece Cdiar un cementerio. --Qu entendeis vos de eso maese Barbillo? dijo con despego Mariblanca: si esta noche no rondan ni cantan, ser porque no quieran, por que tienen miedo frio, y sobre todo, qu se os da? --Sin duda que habeis pisado alguna mala yerba, Mara; dijo maese Barbillo. --Pudiera ser, contest Mariblanca. --Y tanto como que puede ser: y propsito, ya que se os sacan algunas palabras del cuerpo: qu diablos haciais en la caada de San Juan esta tarde? --Yo! contest con precipitacion Mariblanca. --No me querais negar que habeis ido la caada de San Juan: os he visto yo al pasar por el camino cuando iba Ytor con el seor beneficiado. --Quin ha trado los berros de la ensalada? dijo Mariblanca. --Es verdad que en la caada de San Juan hay muy buenos berros; pero tambien hay muy buenos hongos, de los que os habeis traido una cantdad no pequea. --Os engaais; lo que yo he traido son setas. --Os digo que son hongos, y os advierto que por lo que pueda suceder arrojeis al albaal esa cazuela de truchas que con los hongos habeis guisado. --No la servir nadie, maese Barbillo, dijo Mariblanca; porque ese guiso de setas y truchas le he hecho yo para m. --Ah! eso es distinto: entonces si solo para vos lo habeis hecho, voy creyendo que seran buenas setas y no hongos, porque vos no querreis morir envenenada. --Yo! tan desesperada creeis que est! --No lo digo por tanto... pero h aqu que son las once... Cristovalillo anda vete vestir al seor beneficiado, que dentro de poco tendremos que ir la iglesia la misa del gallo. Cristovalillo mir picarescamente al sacristan y al ama, y sali cantando un villancico. Apenas se quedaron solos, cuando maese Barbillo tom otro talante y se encar con Mariblanca. --Por qu estais tan mal carada y tan silenciosa? le dijo. --Qu no puedo yo tener la cara que mejor me convenga! dijo Mariblanca. --Creo que yo tengo derecho preguntaros. --Vos! y quin os le ha dado? --Tenemos tratado casarnos. --Se tratan tantas cosas que no se cumplen! --Seora Mariblanca; me parece que habeis variado mucho. --Qu os he concedido otro dia mas de lo que os doy ahora? --Ah! ah! es verdad que hace mucho tiempo que me estais haciendo penar. --Dejadme en paz, Barbillo, y no me canseis con vuestras quejas ni con vuestros zelos; ningun motivo os he dado; ningun favor os he hecho... --Ya lo creo, como el licenciado tiene ojos de lince... --Ya sabeis que el licenciado me importa tanto como vos: en una palabra, Barbillo: solo he querido un hombre; solo he sido de un hombre, y es disparate pretender que sea de otro... lo entendeis... si no lo entendeis, bien claro os lo digo: acordaos de ello siempre, y no me fastidieis mas. --Pero me habeis prometido?... --Porque no me atosigueis continuamente. --Es decir que no sereis mi mujer?... --Yo!... ni de vos ni de nadie. --Ya, ya lo creo; no habia querido deciros nada porque no me dijrais que era zeloso; pero se conoce que ha vuelto al pueblo el capitan Diego de Herrera. --Y bien, para que no os coja de susto: sabed que me caso con el capitan. --Que os casais! --Si por cierto: por toda una eternidad. --Ah! ah! con un miserable que os insult!... --Seor Barbillo, dijo la puerta de la cocina el nio de coro. --Qu diablos quieres? dijo Barbillo irritado por aquella intempestiva interrupcion. --No soy yo quien quiere, sino el seor beneficiado. Me ha dicho que vayamos la iglesia. --Pero si acaban de dar las once! --No importa: como oficia el seor inquisidor... Maldijo Barbillo en su foro interno al inquisidor y al beneficiado, y empez quitarse su mandil de cocinero. --Y vos no ireis la misa del gallo? dijo Mariblanca. --Ya veis que tengo que acabar de arreglar la cena. --Es verdad: como tenemos convidados... --Seor Barbillo, dijo otra vez el nio de coro: que el seor beneficiado y el seor inquisidor van ya camino de la iglesia. --Nos veremos luego Mariblanca? dijo el sacristan. --Ciertamente, porque yo creo que vendreis cenar... --Despues... --Despues de la cena? --S. --Tengo un convidado... --El capitan?... --Cierto: le espero... para pelar la pava... Barbillo lanz una mirada de tigre Mariblanca, y sali. La jven qued sola en la cocina. Esper que pasase algun tiempo, y luego tom una buja, la encendi y sali al zaguan. No habia nadie: sin duda los soldados y los alguaciles habian seguido al inquisidor. La puerta de la calle estaba cerrada con llave. --Ah! ah! dijo Mariblanca: me habeis dejado encerrada, pero yo voy encerrarme mas; habeis salido de la casa y no volvereis entrar, yo os lo juro. Y ech los cerrojos por la parte de adentro de la puerta y mas de esto la atranc. Luego recorri la casa. Nadie habia en ella. Entonces baj al huerto, apag la luz, se acerc la tapia y cant un villancico de Navidad. Se oy fuera un silbido y Mariblanca call. Poco despues al escaso reflejo de la nieve se vi trepar un hombre por la tapia y saltar al huerto. Mariblanca se estremeci, adelant hcia el bulto y exclam: --Padre! eres t? --Yo soy, dijo una voz ronca. --Ven, ven conmigo, le dijo asindole de una mano. Y condujo su padre un sotechado, abri una puerta y le introdujo en una habitacion oscura. --Espera aqu, le dijo. --Qu aposento es este? dijo la misma ronca voz. --Es el mio. Espera, voy por luz. Mariblanca sali y poco tiempo despues volvi con dos bujas que puso sobre una mesa. Aquella mesa estaba cubierta por un mantel y por un servicio para dos personas. --Me has convidado cenar, mi buena hija? dijo Melik-el-Ferih, que l era, mirando de una manera profundamente amenazadora la jven. El Ferih llevaba el trage caracterstico de los monfes iba completamente armado. --Te he convidado para que conozcas tu hija. --T deshonraste tu familia. --Me ceg el amor de un hombre. --T renegaste del Dios Altsimo y Unico. --Por salvar la honra de mi familia. --T huiste de mi casa. --Cre haber matado al infame que se burl de m. --Has sido manceba de un clrigo. --Quien te ha dicho eso ha mentido, padre: tu hija ni ha dejado de ser honrada, ni ha dejado de ser mora. T vers, padre, t vers, cmo satisface tu honra tu hija. Movi fatdicamente la cabeza el Ferih. --Si no quedas satisfecho, padre, mtame.... pero espera.... espera.... y vers que tu hija es digna de t. --Pero qu prueba puedes darme...? --Estoy esperando de un momento otro al capitan Diego de Herrera. --Para cenar con l.... --S, para cenar con l. Y ya es la hora, padre, ya es la hora exclam con voz lgubre Mariblanca. --Y quieres que yo asista tu cita? --Escndete. --Esconderme.... --S, escndete en mi alcoba y espera. Y la jven llev tras las cortinas de su alcoba su padre que la sigui fascinado por el aspecto, por el acento, por la mirada singular de Mariblanca. La jven sali entonces al huerto. Durante algunos instantes el aposento permaneci desierto; al fin, se abri la puerta y apareci Mariblanca llevando de la mano al capitan Herrera. Este venia casi brio y se arroj cansado sobre una silla. Mariblanca sali y trajo algunos platos que puso sobre la mesa. --Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos estado bebiendo de lo lindo mi cuado Ocampo, el alfrez de la compaa y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes descansar como dos buenos casados: no s, no s cmo he podido trepar por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. Vive Dios y qu hermosa est la muchacha!.... Sabes, Mariblanca, que me se va quitando la borrachera? --Sabeis, seor mio, que mi no me gustan los hombres borrachos? dijo sonriendo dulcemente Mariblanca. --Ira de Dios! fe que cuando vine al pueblo no me acordaba no, vivo Dios, no me acordaba de t, y sino te veo... bah! no hubiera vuelto acordarme... pero asi que te v... ven y dame un abrazo Alida. --No he de acercarme t, mientras estes de ese modo. --Pues entonces para rato tenemos... vamos... ha sido una buena broma... como nuestra... es necesario si has de ser mi mujer que te vayas acostumbrando esto. --Diego, comiendo se quita la embriaguez. Y Mariblanca servia un plato al capitan. --Comiendo, eh! pues comamos! asi como asi, solo hemos bebido... y tengo apetito. Ah! ah! ahora el seor beneficiado estar en la iglesia bien ageno de que su ama se divierta con un buen mozo. El capitan comia con apetito. Mariblanca se sirvi del mismo manjar, y al llevar el primer pedazo la boca se puso plida y se estremeci; sin embargo comi. --Qu felices vamos ser Diego! dijo Mariblanca: oh! que felices! vamos estar eternamente juntos! --Juntos eternamente... por ahora no me desagrada: eres hermosa y jven y me amas... vaya si me amas... pero dices eso de eternamente de un modo... --Te juro que estaremos juntos hasta la muerte. --No te conozco muchacha; dijo el capitan engullendo siempre: antes eras mas desconfiada: y ahora hablas con una seguridad... diablo! no parece sino que sabes cuando vamos morir. Mariblanca solt una carcajada que hel la sangre al capitan. Tan aguda, tan acerada por decirlo asi, tan sarcstica, tan llena de crueldad y de odio habia resonado aquella carcajada en sus oidos. --Tienes una manera muy singular de reir, nia, dijo el capitan. --Es verdad, cuando te conoc reia de otro modo. Es verdad que entonces era feliz y confiada... despues... han pasado diez aos, diez aos de vergenza y de tormento y lentamente mi risa ha cambiado hasta convertirse en esa risa de odio y de venganza. Y solt otra carcajada mas terrible. El capitan se levant: Mariblanca se levant tambien. --Qu significa esto? exclam: qu burlas son estas, Alida? --Estas son burlas con que pago la burla que me hiciste: esto es que no confio mucho en el pual que ya me enga una vez, y te hiero de una manera mas segura, capitan Herrera. --Vamos, t estas loca Alida, dijo el capitan sentndose de nuevo: con todo eso solo consigues que mi embriaguez se aumente, y que me ponga malo. Dejmonos de nieras, sigamos nuestra cena, y hablemos como buenos amigos. Ponme mas de estas truchas Alida; estan muy sabrosas. --Basta con las que hemos comido, Diego, para nuestro viaje. --Qu viaje? --El que vamos hacer juntos dentro de un momento la eternidad. --Un viaje la eternidad! exclam el Ferih saliendo de repente de detrs de las cortinas de la alcoba. --Un monf! exclam el capitan. --Mi padre, testigo de nuestra boda, Diego, dijo Mariblanca y solt otra carcajada. --Pero ese manjar que has comido... estas plida, lvida..... hija mia, exclam el Ferih que al fin era padre. --Eran truchas, con hongos venenosos de las humbras de la caada de San Juan; en la salsa habia jugo de yerbas. --Ah! infame ramera! exclam el capitan que aun conservaba sus fuerzas, lanzndose sobre Mariblanca. Pero el Ferih le asi del cuello y ciego de furor, le di de pualadas. El capitan cuando le solt el Ferih, cay desplomado debajo de la mesa. --Mata ahora tu hija, padre! exclam Alida, repitiendo otra horrible carcajada. --Oh! matarte! matarte, hija mia! no, no! yo te perdono: yo quiero que vivas: yo durante mi destierro de Espaa no te he olvidado un solo dia: yo no me hubiera atrevido matarte. --Me he atrevido yo porque estoy deshonrada: porque le he visto otra vez... he visto al miserable... le amo... y l... l no me amaba... solo pretendia volver burlarme... --Pero..... es necesario que vivas... es necesario pedir socorro... --Para qu?... para que la justicia encuentre aqui al capitan asesinado? --Oh! Dios mio, Dios mio! y cada vez te pones mas plida... --Solo hay un remedio... una yerba... y esa yerba..... --Est en la montaa, exclam con desesperacion el Ferih. Y luego aadi con un acento de resolucion suprema. --Pero no importa... no... yo te salvar. Y asiendo de su hija, la carg sobre sus hombros; sali al huerto, busc el postigo, dej por un momento Alida en tierra, violent el postigo con sus fuerzas de toro y di correr con ella, por las desiertas calles hcia la salida de la villa. En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga, tocaban la misa del gallo las campanas de la iglesia. --Es de noche, decia Alida dejndose conducir, y con voz ya bastante dbil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre. El Ferih rugia. --La nieve cubre la montaa... no encontrareis la yerba, repetia con voz mas dbil Alida. El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon. --La muela del Hermitao donde se encuentra la yerba est lejos, y habr muerto antes de que llegues. El Ferih corria y lloraba. De repente Alida se retorci entre sus brazos y di un horrible grito. El Ferih sinti un estremecimiento de horror. --Padre! padre! exclam Alida llorando: mtame, porque padezco horriblemente. El Ferih se detuvo dominado por el horror de la situacion. Estaba en el campo la salida del pueblo, y se habia parado bajo el saliente de una roca. El horror, la fatiga, le obligaron descansar un momento; se sent y al poner la mano sobre el suelo se estremeci de alegra. Habia creido tocar la yerba salvadora. Arranc algunos tallos y los mordi. Entonces lanz una exclamacion indescribible. --La bendita yerba de San Juan! exclam. --Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible. --Tarde hija mia! tarde! Dios nos favorece! toma: la yerba de San Juan te salvar. --Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: vngame padre... un cristiano me ha asesinado. El Ferih pretendi introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el dolor: cuando arostrndolo todo el Ferih logr abrir con su pual los dientes de Alida, la cabeza de esta cay desplomada. Ya todo era intil: la infeliz habia muerto. En aquel momento repicaron _gloria_ las campanas de la iglesia de la villa. El monf que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se alz rgido y trmulo. No di un solo grito, no derram una sola lgrima, pero exclam de una manera terrible: --Los cristianos! siempre los cristianos! ayer mi honra! hoy su vida! Necesito la honra y la vida de todos los castellanos! Y se llev la boca una bocina y la toc, haciendo retumbar las breas. Y luego de brea en brea se oyeron la redonda bocina de bocina, y aquella seal, saliendo de entre las quebraduras, avanzaron en crculo y la carrera sobre Cdiar los monfes. Las campanas seguian repicando gloria. CAPITULO XXVI. De cmo fue para la villa de Cdiar y para otras muchas en las Alpujarras, una noche muy mala la Noche-Buena de 1568. Apenas los monfes en un nmero considerable habian cargado sobre la villa, cuando aparecieron en un repecho cercano, dos bultos informes. Iban envueltos en capas, y bajo ellas asomaban dos largos arcabuces, juzgar por las apariencias. --Ha llegado el momento amigo mio, dijo uno de aquellos bultos al otro: las campanas de la villa han dado sin saberlo la seal las bocinas de los monfes. La jornada va ser caliente, con que preparaos, seor Cisneros. --Tan desesperado estoy Godinez, repuso Cisneros, que me importa muy poco lo que pueda suceder. Pero qu diablos vamos hacer en la villa? --Ya veremos: aproximmonos entre tanto y esperemos una ocasion favorable, yo os avisar. Hasta entonces andad y callad. Siguieron adelante Cisneros y Laurenti, vencieron el repecho, y se perdieron en un barranco. Entre tanto, los cristianos de la villa y aun algunos moriscos, llenaban la iglesia en que se celebrara la misa del gallo. El presbiterio estaba hecho un ascua de oro, como suele decirse: tantas luces brillaban en l. El rgano trocando las graves notas de la msica sagrada, por las ligeras y alegres de los villancicos llenaba el templo de armona, unido las voces de los nios de coro, y las de algunas mujeres quienes por gran merced habia permitido cantar en aquella ocasion el inquisidor Medrano. Todo parecia alegre, todo tranquilo: sin embargo, habia al pi de las gradas del presbiterio cuatro soldados de la fe, con las alabardas enhiestas, dos cada lado, y en la puerta de la iglesia habia una respetable guarda de soldados de la compaa de Diego de Herrera, mandada por un sargento. Esto podia ser muy bien en honor del Santo Oficio, representado en Cdiar por el licenciado Molina de Medrano; pero en realidad habia algo de temor: el suspicaz miembro del Consejo de la Suprema, no habia visto sin recelo ciertas seales de agitacion en la villa, aunque recatadas, y el silencio sepulcral de aquella noche, por lo general ruidosa en las poblaciones cristianas: se habia rodeado de soldados y de alguaciles, y confiando demasiado en el terror que infundian el rey y la Inquisicion celebraba su misa tranquilo. El corregidor por su parte, habia acudido la iglesia rodeado de alguaciles armados, con nimo de rondar por la villa asi que concluyese la misa, y Hurtado de Ocampo, medio borracho, decia sus conocidos sin respeto al lugar en que se encontraba: --No os extrae la falta de mi cuado, porque se ha ido soplarle el ama al beneficiado Juan de Ribera, mientras est entretenido en la iglesia. Unos se escandalizaban, y otros se reian; seguian entre tanto los villancicos, la misa tocaba su fin, y el pueblo parecia tranquilo. De repente se oy lo lejos una campana que tocaba apresuradamente rebato. Aquella campana era del convento de San Francisco: poco despues sonaron en la plaza arcabuzazos, y algunos vecinos se lanzaron despavoridos en la iglesia gritando: --Cerrad las puertas! cerrad las puertas, y las armas! Los monfes estan en la villa! Sucedi estas palabras un alarido general y una confusion horrorosa: los mas valientes de los hombres desnudaron sus espadas: los dems y las mujeres corrian sin saber donde, y los moriscos que habia en la iglesia se levantaron armados, y corrieron al presbiterio donde estaban aturdidos el inquisidor Medrano, el beneficiado Juan de Ribera y el licenciado Arias. Y en medio de aquel primer tumulto, de aquella confusion, entre los disparos que sonaban en la plaza, entre los gritos de terror de los cristianos se oia gritar los moriscos que empezaban herir en la multitud y abrirse paso hasta el altar: --Le ille Allah! Los soldados de la fe, los alguaciles y algunos hombres esforzados se batian desesperadamente al fondo de la iglesia, en tanto que Juan de Ribera, el licenciado Arias, Molina de Medrano y maese Barbillo escapaban por la puerta de la sacrista. Pero al entrar en ella el inquisidor se sinti cogido y al volverse vi dos ojos ardientes como dos brasas, fijos en los suyos. --Yo soy Aben-Aboo, le dijo quien le habia cogido: yo soy quien he jurado beber tu sangre, miserable lobo, y ha llegado la hora. Y arrastraba hcia la iglesia al inquisidor. Ya en otro lugar hemos tenido ocasion de dar conocer que si la crueldad era el pecado culminante del inquisidor Medrano, no tenia ni un tanto de la noble virtud que ha ceido una aureola la frente de los mrtires del cristianismo: carecia absolutamente de valor, y por lo tanto de dignidad. Asi es que rompi llorar y pedir piedad gritos. Pedir piedad Aben-Aboo era lo mismo que pedir dulzura al acibar, suavidad la zarza, agua una roca. Aben-Aboo seguia arrastrando al inquisidor hcia la iglesia con un gozo feroz. Cuando Aben-Aboo asom la puerta de la sacrista, el espectculo que presentaba el templo era terrible. El combate habia cesado; todos los que habian resistido estaban por tierra: solo quedaba la matanza continua, cruel, gozada con una lentitud horrible por los monfes. Brillaban por todas partes las antorchas y los yataganes ensangrentados, y tenian lugar escenas repugnantes, horribles; todo gnero de excesos cometidos con las mujeres sobre la sangre de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos, y de sus esposos. Herian, los monfes y los moriscos, mataban y despedazaban, ebrios de furor. --No mateis las mujeres, decia un monf, cuyos ojos irradiaban una mirada insensata; no las mateis, afrentadlas, deshonradlas, delante de su Dios, de sus padres y de sus esposos, como ellos han deshonrado nuestras hijas; no mateis tan aprisa: bebamos gota gota la sangre de los castellanos; gota gota como ellos han bebido la de nuestros padres, y la de nuestros hijos: no los mateis como mata el leon en el combate, sino como matan los clrigos en la Inquisicion. Ah! ah! ah! Y aquel hombre que blandia con furia un largo pual ensangrentado, solt una carcajada horrible, dolorosa, la carcajada de un loco. Aquel hombre era Melik-el-Ferih. El padre de Mariblanca. * * * * * El autor siente una verdadera repugnancia, una repugnancia de horror, al llegar este sangriento episodio de la historia de aquellos tiempos; porque lo que el autor va contaros, no es el aborto monstruoso de una imaginacion calenturienta; son hechos terribles, resultado de la presion brutal de un despotismo sombro y cruel, ejercida sobre los moriscos del reino de Granada en un espacio de setenta y seis aos: durante ellos, los moriscos no habian sido tratados como hombres, sino como cosas de que disponia su antojo el feroz conquistador: cuantas rapias pueden inventarse, cuantos excesos pueden cometerse, cuantas afrentas pueden inferirse, cuantos dolores pueden causarse, todo lo habian sufrido los moriscos: no se habia procurado asimilarlos por medio de la tolerancia y del tiempo al pueblo vencedor, bajo la triple faz de la religion, las leyes y las costumbres; no se habia procurado su refundicion lenta, pero segura en la gran masa del pueblo espaol; no se habia cuidado de aligerar el yugo, como lo exigian la fe de los tratados, la poltica, y para decirlo de una vez, la caridad: desde el principio, desde el dia siguiente al de la conquista de Granada se habia tendido destruirlos: Espaa, embrutecida, fanatizada por sus frailes, no conocia los grandes beneficios que debia la civilizacion de los rabes y de sus descendientes los moros; si tenia industria, aquella industria era originaria de rabes; si se habia suavizado la gtica rudeza de sus costumbres, su contacto contnuo con los rabes lo debia: si su agricultura habia mejorado; si los antes yermos campos habian sido transformados en frtiles campias por los canales de riego, aquellos canales los habian abierto los rabes: si sus mdicos, si sus letrados sabian algo, aquellos mdicos, aquellos letrados habian ido beber la ciencia las escuelas de Crdoba, la habian encontrado en los libros que de aquellas escuelas salian como otras tantas antorchas luminosas: el espritu civilizador del pueblo rabe, se habia infiltrado de una manera profunda en el pueblo espaol: de ellos habia tomado este, en el lenguaje un nmero incalculable de voces, en sus cdigos gran nmero de leyes; habia adoptado casi por completo sus sistemas monetario y administrativo, y hasta la denominacion de sus ministros de justicia, y de muchos de los altos cargos del Estado: al poco tiempo de la dominacion de los rabes en Espaa, el gefe de las fuerzas martimas de los solariegos, de los espaoles indgenas, se llamaba almirante; alcalde, el juez; alcaide, el gobernador de plaza fuerte; alguacil, el encargado de las obligaciones menudas de la ley; su arquitectura, sus trages, sus armas, tomaron su bello carcter oriental que las distingue de los edificios, de los trages y de las armas de los otros Estados contemporneos de Europa, y hasta en su religion existe, como un testimonio irrefragable de la influencia de los rabes sobre los solariegos, el misal mozrabe: ellos, con sus rdenes religiosas de los rabits y los morabithos, dieron la norma de las rdenes religioso-militares, y hasta en las diversiones pblicas nos legaron las justas, las caas, la lidia de toros: en poesa, en msica, nos dieron su carcter y sus instrumentos: la buena poesa espaola de nuestros tiempos aun conserva el sonido cadencioso, y la forma hiperblica de la poesa rabe, y aun conservamos la guitarra, como instrumento de placer; el timbal y el tambor como instrumentos de guerra: nuestras enseas de honor, las banderas que nos han llevado tanto tiempo al combate y al triunfo, no son las guilas romanas; nosotros, cuando mas, hemos heredado de los romanos el estandarte, copia del lbaro; pero la bandera, y sobre todo el antiguo pendon de dos puntas de Castilla, son una copia de las divisas que ondeaban en su centro las apiadas taifas de los sectarios del Profeta. Pero qu esforzarnos en demostrar la influencia que tuvieron y aun tienen sobre nosotros, la civilizacion y las costumbres de los rabes? Basta pisar el territorio espaol para encontrar las profundas huellas del paso de aquel pueblo extinguido: el castillo, la catedral, la villa, la campia, muestran por do quier en Espaa la forma del pueblo rabe: su lenguaje, sus costumbres, sus cantos populares, sus fiestas, conservan aun vivo entre nosotros el espritu de aquel pueblo, que pas, como un meteoro, con el rpido vuelo de la conquista, desde el Yemen basta los Pirineos, dejando por do quiera las seales indelebles de su paso. Puede asegurarse, sin temor de ser desmentido, que la mitad de la sangre espaola es sangre rabe; en una palabra, que si fueron nuestros abuelos los solariegos descendientes de Pelayo y de Teodorimo tambien lo fueron los descendientes de los que vinieron de Oriente acaudillados por Tarik y por Muza. Quereis conocer una mujer tpicamente rabe? Id Andaluca y Valencia. Quereis encontrar ese tipo en toda su pureza, en todo el esplendor de su indolente y magnifica hermosura? [imagen: Degello de los cristianos en Cdiar.] Enriscaos en las Alpujarras; recorred nuestro litoral del Ocano desde Huelva Gibraltar, el del Mediterrneo desde Gibraltar Valencia: mezclaos entre sus habitantes, escuchad su lenguaje, observad sus costumbres, estudiad sus pasiones, y habreis conocido en toda su pureza la mujer de la raza de Oriente importada Espaa por los rabes. Oid la poesa de ese pueblo. Encontrareis el romance rabe con toda su sntesis, con toda su expansion, con todo su sentimiento: un poema de amor, de dolor, de esperanza en cuatro versos, en una copla; poemas no escritos, improvisados por el corazon, cantados por la felicidad, por la desesperacion por el deseo. Y presenciad sus bailes, acompasados por una guitarra y acompaados por ese canto; contemplad el corto zagalejo de la que baila, con sus rayas de vivos colores; su corpio de pana negra ceido un talle, una espalda, un pecho y unos brazos incomparables; ved ese pauelo de mil colores que apenas cubre una magnfica cabellera, y se anuda ligeramente bajo la barba de un semblante encantador ligeramente moreno deslumbrantemente blanco, cuyos ojos negros garzos despiden relmpagos de pasion, y cuya boca sonrie, como ayudando los ojos en su guerra contra el corazon del que los ve sonreir y mirar; observad ese jven moreno que baila con ella, con su pauelo en la cabeza, su chupa su chaqueta, su ancha faja encarnada, sus anchsimos zaragelles, su ajustado calzon, su media y su alpargata, su botin labrado y su zapato blanco: observad la contera de la vaina del cuchillo, el extremo de las cachas de la navaja saliendo del bolsillo interno del lado izquierdo de la chaqueta: oid el repique de las castauelas, las palmas de las gentes del corro, acompaando la guitarra, la copla, al baile; mirad el paisage esplendoroso que os rodea, levantad los ojos al radiante cielo que inunda de una luz fuertemente meridional el cuadro, y podreis afirmar que casi habeis visto una zambra rabe. Tan fuertes raices habia echado en el suelo espaol ese pueblo, de tal manera habia mezclado su sangre de vencedor con la sangre del vencido, que la nica diferencia esencial que existia entre ambos pueblos eran dos libros, por otra parte muy semejantes: quitad los rabes de Espaa el Koram y dadles la Biblia, quitad la Biblia los solariegos y dadle el Koram, y no encontrareis mas que un solo pueblo, pero un pueblo maravilloso. [imagen:--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.] Dcese que los rabes espaoles tenian mucho del carcter de los solariegos. Nosotros decimos que los solariegos habian tomado mucho, todo lo que habian podido tomar de sus enemigos, y que se parecian mucho ellos. Por lo mismo despues de la conquista de Granada, una poltica tolerante, amplia, fecunda, protectora; simplemente el religioso cumplimiento de los tratados, hubiera sido bastante para refundir los moriscos, sin violencia, de una manera lenta, si, pero segura, en el pueblo espaol. Para esto hubiera sido necesario que los hombres de la conquista hubiesen sido tolerantes ilustrados y no eran ni lo uno ni lo otro. Desde el ltimo tercio del siglo XV el estado poltico de Espaa habia variado completamente de faz: durante la edad media, la nobleza robustecida por las concesiones forzosas de los reyes habia llegado hacerse prepotente: entonces no existian mas que dos poderes: la alta nobleza en la cual se refundia el alto clero, y el estado llano, sea las universidades como llamaban la muchedumbre en Aragon, las comunidades como la llamaban en Castilla: el trono se encontraba anulado, sin fuerza propia, con una autoridad prestada entre la alta nobleza, con sus escandalosos privilegios feudales, y el estado llano con sus fueros populares y su bravio espritu de independencia: rebelabanse de una parte los nobles por el mas ftil protesto contra la corona; negaba esta por otra parte subsidios de nombres y dinero en las cortes el estado llano, para lo cual bastaba que la peticion real pareciese atentar, aunque remota y levsimamente los fueros y libertades del reino: compraba el rey partidarios, en la nobleza con mercedes dispendiosas, en el estado llano con franquicias y fueros que hacian cada vez mas precaria y mas nula la autoridad real. Enrique II se vi obligado para ser rey repartir en mercedes el patrimonio de la corona: Enrique III lleg hasta el punto de no tener un dia que comer; don Juan el II se vi obligado pedir su favorito dinero para comprar su jubon nuevo, y Enrique IV hubo de contemporizar con los bandos, humillarse, deshonrarse, deshonrar su esposa, desheredar su hija, sin librarse por eso de ser destituido insultado en esttua por la faccion rebelde, y de ver proclamado rey su hermano el infante don Alonso. La corona necesitaba vengar los ultrajes que debia la nobleza: esta habia escarnecido el poder real durante centenares de aos, y habia pesado con gravamenes insoportables sobre la masa comun. Habian llegado tal punto la ambicion, la rapia y la corrupcion de los nobles, que era imposible que pasaran adelante: la codicia y la soberbia los habian dividido de tal modo, que bastaba dejarlos entregados s propios para que se destruyesen. Al subir al trono Isabel de Castilla, su marido Fernando de Aragon, comprendi que era llegado el momento de destruir de una manera radical y para siempre el poder de la nobleza: pero era Fernando V demasiado astuto y poltico, para exponer un fracaso sus proyectos de restauracion del poder real, obrando de una manera violenta, impremeditada y prematura. Necesitaba contemporizar para ganar tiempo y procurarse sus medios de combate, y contemporiz: necesitaba destruir al alto clero y la alta nobleza, y busc los enemigos de aquellos dos poderes en el bajo clero y en el estado llano: el bajo clero le di al famoso fray Francisco Jimenez de Cisneros, al fantico ermitao del Castaar, al hombre que poseia la humildad mas vanidosa y mas soberbia de que puede encontrarse ejemplo, con una tenacidad invencible la cual se ha dado nombre de firmeza, y con un ascetismo sistemtico y feroz al cual se ha dado nombre de virtud: hombre de acero, profundamente reservado y suspicaz, dotado de alguna instruccion, pero de miras estrechas, poco previsor y extremadamente testarudo. Fernando V vi en l un ariete y le aprovech, le elev gradualmente hasta ponerle la altura de aquellos con quienes debia combatir, y le apoy con todo el poder que le daban las circunstancias y con los elementos de fuerza de las diferentes coronas que poseia. Fray Hernando de Talavera, y fray Toms de Torquemada, fueron dos instrumentos poderossimos que el bajo clero di los Reyes Catlicos, y en cuanto al estado llano, le di en la Santa Hermandad un ejrcito que debia contrapesar la prepotencia de la nobleza. Alarmada esta, represent contra la organizacion de la Santa Hermandad, pretexto de que con esta reorganizacion se lastimaban sus privilegios, pero ya era tarde: fuerte Fernando para la lucha, la habia empezado incorporando la corona los maestrazgos de las rdenes militares, levantando ejrcitos permanentes pagados por las ciudades, y acabando al fin por instituir la Inquisicion, tribunal terrible, con el cual, despues de amansada la nobleza la que se habia arrancado sus banderas, esto es: sus ejrcitos particulares, y sus guaridas, esto es, sus castillos que fueron desmantelados, deba contener al pueblo. La nobleza habia muerto como poder, herida por el cetro de los Reyes Catlicos: habiase apoyado la corona para vencer la alta nobleza y al alto clero, en el estado llano y en el clero bajo, pero dndola zelos aun el poder popular, que le habia ayudado su triunfo, se ali estrechamente con el altar, y la Inquisicion y el rey fueron ya los nicos poderes que imperaron de una manera absoluta; dependiente la Inquisicion de la corona, es verdad, pero activa, incansable, ambiciosa, tendiendo en tiempos no muy distantes al dominio universal, llen de hogueras las plazas pblicas, de vctimas los calabozos, de horror la historia: la razon fue proscrita, la discusion anatematizada, la libertad de conciencia perseguida, la familia espiada hasta en lo ntimo de sus hogares: todo fiscalizado, todo subordinado los intereses del trono y del altar y todo empequeecido, como debia serlo, para dar fuerza aquellos dos astutos poderes, que habian sabido engrandecerse con los mismos elementos que les eran contrarios. Cuando aconteci la conquista de Granada, se habia operado ya la maravillosa transformacion poltica de Espaa: el gran cardenal don Pedro de Mendoza habia creado la Inquisicion, los tercios reales estaban organizados, y los altivos ricos-hombres, los que pocos aos antes podian llamarse pequeos reyes, servian sueldo bajo el estandarte real: tres aos despues de la conquista, fray Francisco Jimenez de Cisneros era cardenal arzobispo de Toledo, canciller mayor de Castilla y ministro universal: fray Hernando de Talavera confesor de la reina, arzobispo de Granada, y el sombro, el terrible dominico fray Toms de Torquemada inquisidor general: las comunidades religiosas habian sido reformadas, la Inquisicion habia quemado millares de criaturas, Colon habia descubierto un nuevo mundo, y las prepotentes banderas espaolas amenazaban la Europa. En tales circunstancias, los moros de Granada habian rendido pleito homenaje los Reyes Catlicos: esto es, se habian confesado sus vasallos. La tirana y el fanatismo dominaban de consuno: el altar empezaba predicar el derecho divino de los reyes, y la corona apoyaba fuertemente el exclusivismo de Roma: continuaban en ejercicio muchas de las brbaras leyes de la edad media, y los jueces de una parte, los inquisidores de otra, y el elemento militar por ltimo, empezaron pesar sobre la antigua tolerancia que tan amplia habia sido en Castilla y sobre las libertades pblicas que no podian ser compatibles con la autoridad real tal cual se queria que esta autoridad fuese. El primer acto de intolerancia de los Reyes Catlicos, fue la expulsion de los judos. Treinta mil familias industriosas salieron de Espaa consecuencia de aquella medida hija del fanatismo religioso. Dado este golpe los judos se repar en los moriscos. El feroz fanatismo de los preclaros varones que sustentaban el pendon de la fe en Espaa, encontr que era una cosa muy dura que los vencidos siguiesen en la practica de su religion, de sus leyes y de su dialecto nacional, en el uso de sus trages y en la prctica de sus costumbres. Empezronse violar las capitulaciones de la conquista de una manera curva, casustica: encontrse que habia entre los moriscos una clase de gente llamada _elches_, esto es, descendientes de cristianos que en otro tiempo habian abjurado el catolicismo abrazando la religion musulmana. A estos se les mand convertirse. No obedeciendo, se empez ejercer con ellos la fuerza. El resultado de esta abierta infraccion de los tratados, produjo una insurreccion. Esta insurreccion di pretexto para extender los moriscos las prescripciones que se habian hecho los _elches_. Entonces empez el martirio lento, horrible de los moriscos de Granada. El aspecto amenazador de los moriscos, oblig los reyes que enviasen all Cisneros. Partise este de Alcal de Henares, donde se encontraba erigiendo su colegio, que despues fue Universidad, y lleg Granada donde se encontraban los Reyes Catlicos; la primera providencia del grande hombre fue quemar cuantos manuscritos rabes le vinieron las manos, destruyendo con ellos un caudal inapreciable de ciencia, y apagando con las llamas del fanatismo luminosas noticias que nos hubieran servido en gran manera para esclarecer la confusion que reina en la historia de los rabes espaoles. Empezronse seguida los trabajos de la conversion de una manera ruda y tenaz: en vez de apelarse la mansedumbre evanglica se apel al terror: al que resistia el bautismo se le prendia, se le encerraba con un fraile fantico, y no se perdonaba medio, hasta que aterrada la vctima pedia voces el bautismo. Crecia con esto el descontento, huian centenares de las poblaciones los moriscos y se iban la montaa hacindose monfes, y entregndose, irritados por la tirana de los vencedores, los mas graves excesos contra los cristianos. La lucha era sorda, sostenida: habanse bautizado todos los moriscos de Granada y la mayor parte de los de las Alpujarras, pero si bien ostensiblemente profesaban el catolicismo, seguian siendo moros en secreto. Si iban misa los dias de precepto, era porque los parrocados estaban facultados imponerles multas y aun prision por la falta de asistencia. Si confesaban, jams decian la verdad. Los giumas (viernes), dias consagrados por el Koram, se encerraban en sus casas, hacian las abluciones y se consagraban la oracion puerta cerrada. Del mismo modo y tambien puerta cerrada, trabajaban los dias de fiesta prescritos por el rito catlico. Inmediatamente despues de ser bautizados sus hijos, les lababan con agua caliente la cabeza, para quitarles el crisma y el santo oleo, los circuncidaban, celebraban segun sus usos la fiesta de las buenas hadas, y les ponian el imprescindible sobrenombre rabe. Cuando se casaba una doncella, al volver su casa, la quitaban los vestidos castellanos con que se habia visto obligada ir la iglesia, la vestian ropas moriscas y hacian las bodas, con leilas, zambras y banquetes segun sus costumbres. Solo aprendian la doctrina catlica los que tenian necesidad de casarse, porque para ello sufrian un exmen prvio, y aun muchos se disculpaban con no saber la lengua. Llenos de odio y ansiosos de venganza por la tirania de que eran vctimas, recibian los monfes, y aun los turcos y piratas berberiscos en sus alqueras y les avisaban de cundo podian sorprender recuas de castellanos para robarlos, hacerlos cautivos matarlos. Aterrados los castellanos por esta asechanza sorda, por este peligro contnuo, unian su voz las declamaciones de los frailes, y el trono y la Inquisicion se propusieron estremar el rigor contra ellos, y destruirlos si necesario fuese. Entonces se promulg el famoso edicto del emperador don Carlos, de que dimos cuenta nuestros lectores en el principio de este libro. Vironse los pobres vencidos atacados un tiempo en su industria, en sus haciendas, en sus costumbres, y lo que era peor, vejados, tratados vilmente, con una injusticia notoria, con una crueldad siempre en aumento, sin que se oyesen sus quejas, sin que se diese castigo los que los ofendan y vieron con temor empadronados sus hijos desde la edad de tres aos, hasta la de quince, porque no sabian lo que querian hacer con ellos. Haciseles pagar los alguaciles y las guardias que servian para oprimirlos; se les obligaba tener las casas abiertas; se les exigian tributos onerosos; se prendia las mujeres que iban por la calle con los rostros cubiertos; se les arrebataban sus hijos y los llevaban los hospicios por el mas leve pretexto, y en vano eran sus quejas, porque los clrigos mandaban nombre de Dios, y Felipe II era tan sombra y fanticamente cruel como los clrigos. No se pens ni un solo momento en que los moriscos constituian una parte considerable de la poblacion de Espaa, ni en que por su industria y sus riquezas, eran un gran elemento de prosperidad pblica. Los funestos reyes de la casa de Austria todo lo posponian, todo lo olvidaban trueque de que no hubiese en sus Estados una sola persona que no fuese catlica; mana lamentable, fanatismo ignorante que han dado al trono y al clero espaol de aquel tiempo y aun de los tiempos subsiguientes, un carcter odioso y repugnante: ciega brutalidad que ha costado Espaa torrentes de sangre, que ha retrasado su civilizacion, que nos ha debilitado, atacando nuestra poblacion y nuestra riqueza, comprometindonos en guerras desastrosas, colocndonos retaguardia de las dems naciones de Europa: fatales resultados de la estrecha alianza del trono y del altar: de los reyes de derecho divino y del clero omnipotente y sanguinario, sostenido por el infame tribunal de la Inquisicion. El rey y el fraile, al destrozar entre sus garras los que se atrevian rebelarse contra su despotismo, destrozaban Espaa: el terror hacia callar al derecho, el desuso del derecho, le puso en olvido, y el pueblo tan libre otros dias, vino ser la troje hollada por los dos fatales elementos reunidos. Uniase esto una magistratura inmoral, un ejrcito compuesto de aventureros, una nobleza degradada, que se arrastraba los pis de la Inquisicion y del trono, y un pueblo degradado tambien, que todo lo sufria en silencio, que, por mejor decir, por resultado de su degradacion y de su envilecimiento, no sufria nada. En los tiempos de la dominacion austriaca, un espaol, en siendo esclavo sumiso, y catlico fantico, era cuanto podia ser: un leal vasallo del rey, y un hijo obediente de la Iglesia. La literatura y las artes, sufrieron, como era preciso, la suerte del pas: se vieron marcadas con el sello realista monstico, que se imprimia en todo, y apenas dieron conocer alguno que otro rasgo tmido de independencia; nuestros mejores artistas, nuestros mas aventajados escritores, no brillaron como hubieran brillado de seguro, bajo un gobierno digno de hombres que hubieran sabido serlo: la mezquindad de la poca los hacia mezquinos: los mataba. En todas las empresas de la casa de Austria, exceptuando las de Carlos V, se ve, no la poltica, no la sagacidad, sino la tenacidad y la ignorancia: Felipe II desangr y debilit la nacion en empresas descabelladas aconsejadas por el fanatismo, y una de estas empresas que pudo traer fatalsimos resultados, no solo para Espaa, sino tambien para Europa, fue la de la conversion de los moriscos, no solo bajo el punto de vista religioso, sino tambien bajo el de las costumbres. La rebelion de las Alpujarras motivada por la crudeza con que quiso llevarse cabo la sumision completa de los moriscos, fue de tanta trascendencia, como que refirindose ella en el principio de su historia de la guerra de Granada, dijo Hurtado de Mendoza, autor contemporneo, y tanto, como que tom personalmente parte en aquella guerra: Verse una guerra al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto dur tuvo atentos, y no sin esperanza, los nimos de prncipes amigos y enemigos lejos y cerca. Mas adelante el mismo autor confiesa las graves circunstancias en que se encontraba Espaa al estallar la rebelion de las Alpujarras, en las siguientes lneas: ... Los Estados de Flandes, desasosegados por el prncipe de Orange, eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la disciplina del emperador, testigo y parte de sus victorias, bastasen para mayores empresas; todava lo que se temia de parte de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de prncipes de Alemania y designios en Italia, daban cuidado; y tanto mayor, por ser la rebelion de Flandes por _causas de religion_ comunes con los franceses, ingleses y alemanes, y _por quejas de tributos y gravezas comunes con todos los que son vasallos_, aunque sean livianas y ellos bien tratados. Por las citas anteriores, se v que en aquellos tiempos habia quien veia claro, y que solo el rey y los clrigos estaban ciegos por su fatal locura religiosa. Y esta ceguedad, esta monomana feroz por exterminar todo lo que no era catlico, como si el catolicismo no fuese una religion altamente afecta la discusion y la libertad, hacen comprender hasta qu punto serian vejados, tiranizados, martirizados los moriscos por aquel doble despotismo, por aquella tenaz ferocidad, por aquella clera sagrada, por decirlo asi; por aquella intemperancia de mando, por el odioso _sic voleo sic jubeo_ del tirano. Y esta ferocidad, esta carencia total de miras polticas, ya que no de sentimientos humanitarios, habian hecho precisa, inevitable la rebelion de los moriscos, porque cuando llega un limite dado la miseria humana, la desesperacion suple con ventaja al valor, y la sed de venganza produce horribles catstrofes, vueltas de sublimes rasgos de heroismo. Y cuando un pueblo ha sido insultado, robado, azotado, herido en sus mas intimas afecciones cuando se han visto holladas las canas de los ancianos, separada la esposa del esposo, el hijo de los padres; cuando las sospechas han bastado como si hubiesen sido evidencias para imponer castigos atroces; cuando se han desoido una y cien veces las splicas humildes; cuando el que manda se ha mantenido inflexible en el mandato cruel; cuando esto sucede, no hay pueblo cobarde, lo arrostra todo, prefiere la muerte aunque sea horrorosa, al martirio lento, continuado, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto, y como se lanza la pelea enloquecido por la desesperacion, excitado por la sed de venganza, se entrega respecto sus enemigos las mismas crueldades, los mismos horrores, los mismos crmenes de que ha sido vctima. Los pueblos cuando se insurreccionan en nombre de su derecho, ponen siempre en prctica la tremenda ley del _Talion_. Por eso antes de condenar los horrores de una revolucion, es necesario meditar sangre fria las causas que la han motivado. Hemos creido necesaria la antecedente digresion, para que nuestros lectores no crean ficciones de una fantasia salvaje, los hechos que vamos continuar relatndoles. No los inventamos: nicamente los ordenamos y los trascribimos con la historia la vista, apoyndonos en su testimonio. CAPITULO XXVII. Contina el asunto interrumpido en el anterior. La iglesia de la villa de Cdiar, era teatro de una orga de sangre. Melik-el-Ferih, enloquecido por el reciente recuerdo de la desastrada muerte de Alida, y por la dolorosa causa que habia motivado aquella catstrofe, estaba brio de sangre y sediento de venganza. Aben-Aboo, con la mirada sangrienta como un lobo, arrastraba desde la sacrista al presbiterio, asido por el cuello al inquisidor Molina de Medrano que tropezaba embarazado por sus largos y rgidos ornamentos pontificales. Al ver Melik-el-Ferih aquel grupo la viva luz de las cien velas que aun ardian en el tabernculo, salt del monton de cadveres en que habia subido, y se lanz hcia el presbiterio, pero antes de llegar l tropez en un muerto y cay. Al levantarse vi ante s una mujer plida, de rodillas, mirndole de una manera ansiosa, y procurando ocultar entre sus brazos, entre sus ropas, una criatura. Aquella mujer para salvar su hija se habia acurrucado entre los muertos, y solo se habia alzado al ver caer junto ella el monf. Melik-el-Ferih contempl la madre y la hija con una mirada tal, en que habia tan feroz, tan cruel alegra, que la pobre madre se estremeci. --No la mateis! grit: no mateis mi hija: mi hija no os ha hecho ningun dao. --Y qu dao habia hecho mi hija los cristianos? grit el Ferih mezclando sus palabras una carcajada insensata. --Ah! teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de vuestra hija, no mateis la mia. --Por la vida de mi hija! exclam el Ferih. Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus rbitas. La infeliz madre di un grito horrible. El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la habia abierto de una sola pualada: despues habia arrojado aquel miserable despojo palpitante los pis de la madre, y de un salto se habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano. --No le mates! no le mates! exclam Aben-Aboo: una pualada es poco castigo para este infame lobo: no le mates, Ferih! --Matarle! no por cierto... ya vers... ya vers... la noche es nuestra, y es necesario que nos divertamos... vamos divertirnos mucho... El solo anuncio de aquella diversion, de que sin duda iba ser l el protagonista, despeg la carne de los huesos del inquisidor. El Ferih entre tanto habia acercado uno de los tres sillones del presbiterio, y le habia puesto sobre el altar. --Sintate ah, dijo el Ferih: te ponemos en un trono... no tienes por qu quejarte te vamos adorar, faqu de los cristianos: vamos sube: no quieres ser rey? --No puedo subir, soy viejo; exclam llorando el inquisidor: tened compasion de mi. --Ah! no puedes subir? dijo Aben-Aboo, por eso no quede: chamelo ac, Ferih, aadi desde el altar donde habia subido de un salto. El Ferih asi por la cintura al inquisidor y le levant: Aben-Aboo le asi por el cuello le puso sobre el altar y le sent rudamente en el sillon. Desde aquel momento puede decirse que Molina de Medrano no vi ni sinti mas que un terror pnico: todo daba vueltas en derredor suyo, pero cubierto de una niebla densa, azul, inpura, y el miserable temblaba, pero de una manera exclusivamente orgnica. --No basta, no basta eso: dijo el Ferih: es necesario asegurarle en su trono. Y volvindose hcia el fondo de la iglesia donde continuaban el degello y las crueldades, toc por tres veces la bocina. Ces la matanza y un numeroso grupo de monfes adelant hasta el presbiterio, y se pusieron reir y sealar con ademanes grotescos al inquisidor. --Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved este respetable seor encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni menos que como los dolos que han querido que adoremos: pero este trono es todava poco resplandeciente. --Es verdad, si, es verdad. --Aumentemos el resplandor de su trono. --Pongamos fuego al altar. Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas. --Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: no veis que tanto resplandor puede parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creer indigno? es necesario que se vea obligado recibir nuestros homenajes. Buscad cuerdas, y sino las hallreis, vengan las de vuestras ballestas. --Dice bien. --Asegurmosle en su trono. --Que no pueda escapar. --Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion. --Como no pudo escapar mi padre, quien vi revolverse como una sabandija por entre las llamas. --Ni mi madre quien quemaron porque decian que era bruja. --Allah Ahbar! (Dios es grande). --Allah Galib! (Dios es vencedor). --Allah Rahman! (Dios es misericordioso). Y sin saber de donde, salieron plaza cordeles, y en medio de un tumulto espantoso de carcajadas y silbidos, el inquisidor fue fuertemente atado la silla, y la silla no menos fuertemente atada las columnas del tabernculo. Volvieron avanzar los implacables monfes con las antorchas. --Esperad, esperad: aun no es tiempo: traed ac cuantos cristianos encontreis. Extendironse los monfes por la iglesia, y poco volvieron trayendo empellones como unas veinte personas entre hombres, mujeres y nios. --Pocos son, dijo Aben-Aboo: pero ah veo mi buen amigo Lope Gutierrez, corregidor de la villa. Eh? que te parece de esto? El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte, rompi llorar. --Yo no os he hecho ningun dao, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el rey. --Y te mandaba el rey, dijo una morisca jven y hermosa, saliendo de entre la multitud, que para obligar una mujer ser tuya, la amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos sus hermanos? --Yo no he hecho eso... yo no he hecho eso, os lo juro. --Me conoces? exclam la morisca arrancando una antorcha un monf, acercndola su semblante, y acercndose al mismo tiempo al corregidor Lope Gutierrez, que retrocedi. La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de una bacante. --Me conoces al fin Lope Gutierrez? repiti la morisca; t me deshonraste, y no bast mi sumision tus deseos: poco tiempo despus pretexto de que eran monfes ahorcaste mi padre, y echaste galeras mis hermanos. --Ah! no! no! exclam el corregidor. --Ese miserable me abofete pretexto de que no me habia quitado el sombrero en su presencia, ech galeras mi hijo porque tom la defensa de su anciano padre, mi pobre esposa muri al verse separada en su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido la indigencia: mis bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: vengadme, hermanos! --Ese miserable mat mi amante porque no quise ser su manceba. --Ese hombre deshonr mi hija. --Ese hombre es nuestro, exclamaron las mujeres apoderndose de l, y sacndole arrastrando de la iglesia. --H aqu un buen exmen de doctrina cristiana, dijo Aben-Aboo volvindose al inquisidor que no le oia. Dejad, dejad esas buenas muchachas que despachen su gusto al seor corregidor: no lo querais todo para vosotros. Quin es aquel que se esconde detrs de esotro que est tan cabizbajo? --El cabizbajo es el alguacil Truchuela, un bribon que merece ser desollado vivo: el que se esconde es el escribano Diego de Angulo. --Ah! con que sois vos el escribano que no tenia mas placer que fulminar procesos para engordar con las costas perdiendo hombres? y vos maese Truchuela el alguacil que prendia con perro los moriscos?... Rompieron dar alaridos los dos acusados. --Colgad de los pis esos dos perros, dijo Aben-Aboo. No le escucharon sordos ni remisos, porque media docena de monfes asieron del alguacil y del escribano, y los colgaron cabeza abajo de la verja de una capilla. Los miserables gritaban de una manera horrorosa. --Ponedles mordazas, grit uno. Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar. --Qu mujer es aquella exclam el Ferih que est detrs de aquellos dos soldados castellanos? --Yo soy doa Mara de Cceres, dijo aquella mujer que era bastante hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hcia el presbiterio. --Quin tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia constituido en nico juez de un tribunal ejecutivo. Nadie contest. --Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de m, contest con acento sereno doa Mara. --Y por qu lloris? creeis que los moros somos tan infames como los castellanos? creeis que nosotros sentenciamos los inocentes solo por el placer de verter sangre? --Lloro, dijo doa Mara, porque he visto muchas desdichas. --Qu pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que volvan de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra. --De qu teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo. --Acusarla! por el contrario, tenemos mucho que decir en su favor! --Es caritativa. --Es buena. --Ha dotado muchas doncellas. --Ha remediado muchas desdichas. --Es la madre de los infelices. --Una sola condicion y os libro, dijo Aben-Aboo. --Y qu condicin es esa? --Abrid los ojos al conocimiento de la santa ley del Dios altsimo y nico. --Qu reniegue de Jesucristo! exclam con horror doa Mara. El Ferih que desde que habia empezado este dilogo habia templado su ballesta y armado en ella una jara, se ech de repente la ballesta al rostro, y exclam disparndola sobre doa Mara: --Mi hija tambien era inocente y ha muerto. Doa Mara cay sin exhalar un gemido. --Oh! qu has hecho? exclam horrorizado pesar de su ferocidad Aben-Aboo. --Estamos perdiendo el tiempo, grit el Ferih: yo he sido encargado por el emir de hacer justicia en la villa de Cdiar... ea mis valientes! acabad con esos perros... y t clrigo, tostador de criaturas de Dios, aadi volvindose al inquisidor que continuaba alelado por el miedo, muere como debes morir. Y tomando una antorcha de manos de un monf, se encamin al altar. --Detente, Ferih! exclam una voz poderosa, terrible, llena de autoridad y de mando en el fondo de la iglesia. El Ferih qued inmvil en el lugar en que se encontraba cuando reson aquella voz: los monfes que habian empezado de nuevo la matanza, se detuvieron tambien. Entre tanto un hombre armado como los caballeros moros del tiempo de la conquista, con corona en la cabeza insignias de califa, adelant evitando pisar los cadveres, pero sin poder evitar teir sus pis de sangre. Detrs de l ondeaba un estandarte rojo, en cuyo centro se veian las armas de Granada, y tras el estandarte seguia un escuadron cerrado de monfes. Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar. --Qu es lo que estais haciendo? exclam: es esto lo que yo te he mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer un caballero Aben-Aboo? Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levant un sordo murmullo entre los monfes que estaban en la iglesia la llegada del emir. --Quin se atreve murmurar, cuando su seor habla? exclam con voz tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: hay alguno que se atreva levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo, cuando habla su emir? Nadie contest: nadie se movi. --Qu es lo que miro en rededor mio? exclam creciendo en su clera Yaye: mi vista solo encuentra cadveres! --Cadveres de castellanos, seor, contest humildemente Aben-Aboo. --Pero entre esos cadveres hay viejos, nios y mujeres: doncellas que han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los nios de pecho. Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de los castellanos? Pensais acaso que porque este es un lugar de idolatria, no est presente en l el Dios altsimo y nico? --Seor! murmur Aben-Aboo. --Basta! exclam Yaye: los que se precian de valientes no se ensangrientan en los dbiles: los que se precian de justos no sacrifican inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer Dios, Dios que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con la sangre de los dbiles. --Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih. --Los crmenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos: repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos obedecer. Qu te habia ordenado yo Ferih? Melik no contest. --Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano... --Degella y mata, me dijiste. --Si, pero degella y mata los clrigos, los ministros de justicia, y los soldados: pero s justo y clemente con los que no han cometido otro delito que no ser moros como nosotros. --Qu estas hablando de justicia y de clemencia, emir, quien como yo ha visto su hija deshonrada; quien la ha visto morir consecuencia de las infamias de los castellanos; quien la ha mirado espirar, gritando de dolor entre sus brazos y pidindole venganza? Mi hija! mi pobre Alida queda all muerta entre las breas, y me pides templanza mi, quien despedazan la rabia y el dolor! Y el Ferih rompi llorar como una mujer. Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se oyeron los gemidos de los que espiraban consecuencia de sus heridas. --Desatad ese clrigo que est en el altar, dijo el emir. Pareci reanimarse estas palabras Molina de Medrano. --Ved, seor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que caus esta maana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved seor que es un lobo sediento de sangre. --Ese hombre debe morir, y morir, pero no de la manera horrible, cruel con que ellos matan sus vctimas. El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba los pis de Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atona. --Yo os conozco... seor... yo os conozco... tartamude. Y se asi las ropas talares de Yaye. Yaye se inclin. --T eres Molina de Mediano... --Si, si, pero yo obedecia al rey... --Obedecias un tirano... --Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios... no me mateis... cautivadme... vendedme... llevadme Africa... pero no me mateis. --T has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram, de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia nombre de ese mismo Dios... suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la justicia mueran con valor: pero t mas de asesino eres cobarde. --Perdon! seor, perdon! --Arrancadle de mi y matadle; matadle hierro y pronto... necesitamos salir de aqu. --Piedad! grit Medrano al sentirse asido por una turba de monfes. Fue su ltima palabra: rasgado su pecho un tiempo por veinte puales manchaba de sangre su vestidura pontifical. --Acabad con esos soldados, dijo el emir. Seis soldados que habian sido apresados por los monfes fueron inmolados en pocos segundos. --Ahora soltad esa gente menuda. --Nos mataran los que estan fuera seor, dijo un viejo. --Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento de la villa: asimismo llevareis esas casas las mujeres, los viejos y los nios que encontreis. Algunos monfes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna habian escapado con vida de la iglesia. --Rematad esos desdichados que penan, aadi Yaye. Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un silencio pavoroso. Los monfes que se agrupaban inmviles tras el estandarte rojo del emir, llenando la iglesia, parecian fantasmas. Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran inters. El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar, inmvil, insensible todo. Al fin Yaye se separ de Aben-Aboo, y dirigi la voz los monfes. --Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el rostro del tirano rey de Espaa: hemos arrojado sus ojos la sangre infame de sus jueces, de sus clrigos, y de sus soldados: ya no hay medio de retroceder: los ejrcitos del rey de Espaa vendrn sobre nosotros, pero vendrn tarde, porque el alguacil mayor del reino, el valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios nos alienta y nos guia: pero no irritemos Dios cometiendo actos de crueldad y de barbarie semejantes los que acaban de cometerse: si apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros la victoria, no vertais mas sangre dbil, no cometais mas crmenes, porque yo nunca desnudar mi espada para ponerme al frente de infames ni de asesinos. --Viva el emir! gritaron una voz los monfes. --Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe mandaros. Levantse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir. --Los moriscos de Granada han elegido un rey. --Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los monfes. --Yo soy emir de las Alpujarras, nicamente, dijo Yaye: los granadinos han elegido legtimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio. Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya. Pronunci con tal acento estas palabras Yaye, que los monfes viendo en ellas un mandato gritaron: --Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya! --Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaa! exclam una voz las puertas de la iglesia; oyse precipitado ruido de espuelas, y adelant y abraz Yaye un jven sencillamente vestido la morisca. Aquel jven era Aben-Humeya. Tras l seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido la usanza mora, lleg junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclin profundamente. Aquel hombre era Aben-Jahuar el Zaquer. --Y tu hermana? le dijo rpidamente y en voz baja Yaye. --Est en seguridad en un cortijo de la montaa. --Oh! gracias hermano, gracias! Y volvindose los monfes continu en voz alta asiendo de la mano Aben-Aboo, que era el nico que vestia la castellana: Conoceis este caballero? --Si, si, gritaron todos. --Es Sidy Aben-Aboo, de la raza de los Omeyas, aadieron algunos. --Es mi pariente, aadi Yaye. Desde ahora, leales muslimes compartir con l vuestro gobierno: obedecedle como m mismo: es mi compaero: aclamadle. --Viva Muley Aben-Aboo!, gritaron espontneamente los monfes. --Y para concluir, este otro caballero, Sidy Aben-Jahuar el Zaquer, mi pariente tambien, es el wal de los wales[25] de Granada y de las Alpujarras. --Viva Sidy Aben-Jahuar! gritaron los monfes. --Lo que vosotros os he hecho saber en persona, se har saber las dems taifas por sus xeques. La guerra empieza! constancia y valor y triunfaremos. --Viva el emir! --Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un profundo disgusto la espontnea aclamacion de los monfes su primo Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno ser, que nos preparemos un prximo y sangriento combate. --Pues qu sucede? dijo con gran calma Yaye. --La compaa de infanteria espaola que estaba en Ytor, viene sobre Cdiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene su frente, bramando de corage, el valiente marqus de la Guardia. --El marqus de la Guardia! no! es imposible! --Si es posible no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto oid. Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por aquel socorro los cristianos que se habian refugiado la torre de Cdiar empezaron tocar de nuevo rebato. Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la iglesia: los monfes los siguieron la carrera. La iglesia qued silenciosa, poblada solo de cadveres, iluminada y resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante de l un bulto brillante trozos, rojo en otros. Aquel bulto era el cadver de Molina de Medrano, quien cubrian aun los ornamentos pontificiales. Por una coincidencia terrible aquel cadver ocupaba el mismo lugar donde habia caido muerta Malicatulzarah. CAPITULO XXVIII. Continan las escenas de sangre. En aquellos momentos en un estrecho y oscuro callejon de Cdiar habia dos hombres como ocultos en la sombra, y hablando en voz muy baja por temor acaso de ser escuchados desde las casas. Oanse desde all las campanas de la iglesia parroquial y del convento de San Francisco, tocando, de una manera que podia llamarse desesperada, rebato, y se oian lo lejos, perdidos, indistintos, gritos salvajes, alaridos, voces confusas. Alguna vez un hombre pasaba en huda por la calleja, sin reparar en los dos hombres que estaban como cosidos un entresijo de ella, y poco despues de haber pasado el que huia, en la parte baja, la salida de la villa, se oia algun disparo de arcabuz, lo que demostraba que el pueblo estaba cercado. A excepcion de estos ruidos lejanos ningun otro ruido se oia: la calleja estaba profundamente silenciosa, cerradas las puertas y ventanas de sus casas, y sin que ni por un solo resquicio se viese una luz. Aquel era el silencio del miedo, porque no dudarlo, los habitantes de aquellas casas, como todos los de Cdiar, velaban. De repente se sinti abrirse silenciosamente una ventana, y desde su fondo oscuro cay la calle un objeto pesado que produjo un ruido opaco, sordo, como el de una odre que se rebienta. La ventana volvi cerrarse, y volvi el silencio. --Qu es eso? dijo uno de los dos escondidos con voy temblorosa. --Parceme que teneis miedo, seor Cisneros, dijo el otro hombre. --No tengo miedo, pero me repugna lo que est sucediendo; Dios me perdone, sino es un cuerpo humano el que han arrojado la calle. --Es sin duda el cadver de algun soldado de los de la compaa de Diego de Herrera, que estaban aposentados en las casas de la villa: pero qu os importa eso? No hemos venido Cdiar ciertamente divertirnos. --Pero qu hacemos aqu, estas horas y en tales circunstancias, seor Godinez? --No habeis venido ver esta noche, como tenamos concertado, doa Elvira de Cspedes? --S. --No la habeis dicho que su hijo Aben-Humeya os conoce, y que veniais ampararos de ella? --S. --No la habeis dicho ademas, como tambien convinimos, que venia con vos un amigo que igualmente necesitaba del amparo de Aben-Humeya? --Si. --Y no habeis venido buscarme? --Ciertamente. --Ahora bien, la entrada de los monfes nos ha hecho ampararnos de lo apartado y oscuro de esta calleja; pero ahora que los monfes estan all dentro, y por lo que se v, bien entretenidos, podemos y debemos ir casa de doa Elvira. --Es que yo no he estado nunca en Cdiar: valme de las seas que me dsteis, pregunt por la calle donde vive doa Elvira, y hall la casa por su mirador de madera y el farol de su imgen... pero ahora estoy seguro de no dar con la calle. --Pues la tenemos bien cerca. --Ah! --Si, aqu la vuelta. Venid conmigo. --Pero no os? --Oigo y no oigo. Es decir, antes se oia tocar rebato en al convento de San Francisco, y ya no se oye: antes no se oian disparos, y ahora se oyen descargas de arcabucera. --Seran los vecinos del pueblo que se defienden desde sus casas. --No, no; solo dispara asi la infantera espaola; son descargas cerradas. --Pero qu infantera es esa? La compaa de Diego de Herrera ha sido degollada. --Pero estaba en Ytor la compaa del marqus de la Guardia. --Pero en Ytor habran entrado los monfes como en Cdiar, y habran degollado los soldados. --Asi es probable que haya sucedido: pero os afirmo, y no me engao, que tenemos cerca infantera espaola, mucha y valiente. Esto nos favorece. --Qu nos favorece? --Ya vereis. No podian presentarse mejor nuestros negocios. Andad, andad mas de prisa, que se nos va acercando el combate. He aqu que estamos en la calle de doa Elvira. --Creo que os engaais. No veo el farol. --Queriais que los monfes dejasen ardiendo una luz debajo de una imgen? Llamad. --Dnde? --Estamos la puerta de doa Elvira. --Ah! esta es la casa? --Esta es. Cisneros busc el llamador de la puerta, y di tres golpes. Vise poco despues luz por las rendijas y una voz de vieja dijo desde adentro: --Quin sois? --Vuestra seora me espera, contest el comediante. --Sois el hidalgo que vino esta noche? --Yo soy. --Vens solo? --No, viene conmigo un amigo. --Abrid, abrid, dijo con precipitacion otra voz de mujer mas fresca y mas sonora. Abrise la puerta y entraron Laurenti y Cisneros. --Y tiempo ha sido, dijo este: entrad, entrad con esa luz, seora, que tenemos el combate ya en la calle. La vieja, una dama hermosa, vestida de negro que estaba en la segunda puerta del zaguan, y Cisneros y Laurenti desaparecieron en el interior. Entre tanto el fuego de la mosquetera redoblaba, oase entre l el crugir de las ballestas y el silbar de las jaras, y alguno que otro grito de un hombre herido. Veamos lo que pasaba en la villa. Debemos retroceder: mientras tenian lugar los terribles acontecimientos de la iglesia, otros no menos terribles tenian lugar en el convento de San Francisco: por mas que los frailes se habian defendido, por mas que habian tocado rebato; incendiado el convento, incendiada la torre de la iglesia, ltimo refugio donde aquellos desdichados se habian acogido, se habian visto obligados rendirse; mas ceido que el Ferih las rdenes del emir, el wali que mandaba los monfes que habian asaltado el convento, dej libres las mujeres, los nios y los viejos que l se habian refugiado y solo degoll los frailes y los hombres robustos. Despues de esto penetraron en el convento entre las llamas, tomaron los vasos sagrados y los ornamentos y fueron depositarlos en la plaza. En seguida empezaron el saqueo por las casas una parte de los monfes, y otra se fu combatir la torre de la iglesia donde estaban refugiados el beneficiado Ribera, maese Barbillo y algunos alguaciles, soldados, vecinos y mujeres. Aquellos infelices se encontraban apurando desde hacia mucho tiempo una agona horrible: oian sus pis los gemidos de los que eran asesinados en la iglesia, veian recorrer las calles monfes con antorchas, penetrando en las casas; matando cristianos, saqueando y arrojando un tiempo por las ventanas los cadveres y los objetos robados: veian ardiendo el convento de San Francisco y lo que mas les aterraba era el notar que la campana de los frailes habia cesado de tocar rebato. Ellos por lo mismo, redoblaron su toque de una manera desesperada: al principio solo habian taido la campana mayor; despues asociaron ella otra campana: por ltimo, hasta los esquilones se pusieron en movimiento. --Habeis cortado las escaleras de la torre, Barbillo? decia lleno de angustia el beneficiado. --Si seor, contestaba repicando dos manos Barbillo. --No pueden subir? --No seor, como no pongan escala, y para eso les arrojaremos los ladrillos que hemos arrancado del suelo y cuando estos falten los esquilones... --Nos pondran fuego, exclam llorando de terror el beneficiado. Barbillo sigui repicando. --Qu habr sido de la pobre Mariblanca? aadi Juan de Ribera. Barbillo solt un bufido, y apret con entrambas manos las cuerdas de ambos badajos. --Ay seor beneficiado, exclam una pobre mujer! Mire vuesamerced; mire por all: por la parte de Ytor se ven antorchas! --Y son soldados del rey, exclam un muchacho. --Soldados del rey has dicho, hijo? exclam Juan de Ribera, avalanzndose al arco de campana que miraba Ytor. --Yo no veo mas que las luces. --Pues yo si, yo veo muy bien los coletos de gamuza y los capacetes de los soldados, dijo una jven. Oh, Dios mio! vendran socorrernos. --Es la compaa del seor marqus de la Guardia, exclam con alegra Barbillo: veo tendida su bandera blanca, con su cruz de bastos rojos. --Muy alegre os habeis puesto, maese. --Si son ciento y cuarenta demonios, y el marqus de la Guardia un leon, y el teniente Belorado un toro, y el alfrez Cordavias un lobo! ah, seores monfes, parceme que vais dar con la horma de vuestro zapato! --Pero vendran aqu? --Pues no han de venir! vedlos que suben por el repecho. --Pero no estarian en Ytor, porque si hubieran estado all no hubieran podido atravesar la rambla ni los barrancos, dijo el beneficiado. --Habran subido la sierra y habran pasado por el puerto. --Pues entonces traen seis leguas en el cuerpo, vendran rendidos, exclam con desaliento el beneficiado. --Pero calla! exclam Barbillo, han apagado las antorchas; encima los tenemos. Ah valientes! Y se tir con el furor del miedo las campanas. En aquel momento una jara que penetr por el arco se le clav en la frente y cay de espaldas. Levantse un alarido de terror entre los prisioneros de la torre. Otra jara hizo sonar de una manera aguda una campana y otra y otra y otra siguieron entrando por los arcos. Toda aquella pobre gente se arrodill. Solo sigui tocando rebato la campana mayor, cuyo badajo ponian en movimiento los prisioneros tirando desde el suelo, de su cuerda. Pero de improviso un nuevo incidente vino centuplicar su terror. Un humo espeso y acre empez penetrar por los arcos de las campanas. Los monfes habian puesto fuego la torre. Sin embargo, entre aquel torbellino de humo y de llamas la campana seguia tocando apresuradamente rebato. All en los extremos de la villa y en el centro ardan tambien algunas casas de cristianos. No tardaron en oirse en las entradas del pueblo disparos de arcabucera. Entonces fue cuando Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya, Aben-Jahuar y el Ferih, salieron de la iglesia con los monfes. Al salir la plaza desembocaba en ella la carrera una manga de arcabucera, en medio de la cual flotaba la bandera blanca con la cruz de bastos rojos que habia visto desde la torre el difunto Barbillo. Al frente de la manga y armado con una pica corta, venia un caballero jven, con el rostro plido y la mirada chispeante iracunda, que apenas vi los monfes mand hacer fuego con voz ronca sus soldados. Aquel caballero era el marqus de la Guardia. Brillaron primero las mechas sopladas por los soldados y poco despues se vi un relmpago y se escuch una detonacion uniforme: algunos monfes cayeron por tierra: la descarga de la mosquetera espaola contest una descarga de la ballestera de la montaa. Algunos soldados cayeron tambien. Una segunda descarga de los soldados diezm de nuevo los monfes. --Es el marqus de la Guardia! exclam con rabia Aben-Aboo. --El marqus de la Guardia! exclam con terror el emir. Qu es esto, Dios mio? --Hierro en mano y degello, grit con voz tonante Aben-Aboo los monfes, lanzndose el primero alfanje en mano sobre los soldados. --Ah! dijo el marqus de la Guardia con una alegra insensata, horrible: te me vienes las manos, asesino! m, camaradas! los arcabuces bajo el brazo izquierdo y fuera las espadas: ellos! Santiago y cierra Espaa! Pero de repente los monfes se detuvieron cortados: por otra avenida de la plaza habia aparecido el teniente Cristval de Belorado, y los barria enfilndolos con las descargas de sus arcabuceros. Casi al mismo tiempo el sargento Gaspar de Aponte desembocaba por otro punto y los heria por la espalda. Los monfes acorralados entre tres fuegos, se arrojaron en tropel por una salida de la plaza que quedaba descubierta, obligando que los siguiesen Yaye, Aben-Humeya, Aben-Aboo y Aben-Jahuar. --A dnde va vuestra seora? exclam el teniente Cristval de Belorado, atravesndole al marqus de la Guardia que se habia puesto en seguimiento de los monfes. --Huyen! --No huyen: desembarazan un lugar en que se han encontrado acorralados por sorpresa; pero dentro de poco cargaran sobre nosotros centenares. A cubrir las calles! grit inmediatamente el viejo soldado. --Es verdad! dijo suspirando el marqus: mandad barrear las calles: primero es nuestra obligacion como nobles y castellanos: sacad todos los muebles y colchones que encontreis en las casas: tenemos bastante plvora? --Nos hemos traido cargadas cuatro acmilas. --Destinad veinte hombres que apaguen el incendio de la iglesia: ola qu haceis, alfrez Cordavias? id cubriendo: sargento Aponte, vivo; haced abrir las casas y barread aprisa. Recoged nuestros heridos y rematad esos perros monfes. Ah! primero es nuestra obligacion como cristianos y caballeros. Y se puso pasear por la plaza, con la pica debajo del brazo y con una distraccion espantosa, murmurando monoslabos y lanzando de tiempo en tiempo un horroroso juramento. En un momento las calles que daban la plaza estuvieron cubiertas y barreadas; esto es, cortadas con altas barricadas; muchos de los cristianos que vivian en la plaza y que habian estado escondidos, salieron con sus escopetas, y unos veinte soldados de la compaa de Diego de Herrera que se habian salvado en la torre descolgndose con una cuerda, fueron armados con los arcabuces de los soldados que habian sido muertos heridos en la sorpresa de la plaza. --Pero dnde est el seor beneficiado? decian algunas mujeres que habian salido de la torre. --El beneficiado! dijo uno de los de la compaia de Diego de Herrera: no ha tenido valor para descolgarse por la cuerda como nosotros y se ha quedado en la torre. --Cmo! el beneficiado de Cdiar! exclam el marqus de la Guardia; el que me cas esta tarde!... Ah! Diez hombres conmigo! Pero cuando llegaron al pi de la torre, les detuvo un espectculo horrible. La torre, que se habia incendiado por el centro, arrojaba por los arcos de sus campanas torbellinos de fuego: por la parte que miraba la plaza, un hombre asido una cuerda se contraia, se izaba, luchaba, daba gritos, pero no descendia; estaba aferrado la cuerda con el terror de la muerte. En vano le gritaban los soldados que se dejase resvalar. Aquel hombre no les oia. Visele agotar sus fuerzas en conatos desesperados, extenderse al fin, quedar un momento pendiente de los brazos, y caer luego desde la altura dando vueltas. --Es el beneficiado! gritaron las mujeres. --Est muerto! dijo un soldado. El marqus de la Guardia se separ de aquel lugar, y se puso pasear de nuevo lo largo de la plaza. Entre tanto seguian los preparativos de defensa: muy pronto todas las avenidas de la plaza estaban perfectamente cubiertas, todas las calles que de ellas nacian, cortadas. Solo con un largo sitio y por hambre, podian rendir los monfes los castellanos, y era de esperar que el capitan general enviase pronto socorro. Cuando todo estuvo preparado, distribuidos los centinelas, apagado el incendio de la iglesia, se esper en vano la acometida de los monfes: el mas profundo silencio reinaba en la villa. --Qu hacemos aqu? dijo el marqus de la Guardia, volvindose bruscamente Cristval de Belorado: nos vamos quedar esperando al Mesas? los enemigos se han marchado. --Los moros son mala gente, seor marqus, dijo Belorado: callan, pero no se fie usia de su silencio: han huido, pero no se fie usa de su fuga: saben que somos pocos, y quieren que nos extendamos en la villa. Como estamos, estamos bien. --Os digo que los moros se han retirado. --Como guste usa, pero. --Seor Cristval de Belorado! Sereis acaso vos el capitan de la compaa, y estar yo acaso faltando mi obligacion disputando con vos? Callse el teniente. --Tomad veinte hombres y reconoced. El marqus volvi la espalda al teniente y sigui paseando. --El capitan est loco, dijo Belorado, y su locura nos va costar el pellejo; pero qu hemos de hacer? lo manda; desobedecer cumplir mal su mandato, seria una cobarda: Hola sargento Aponte! escoged veinte hombres, y conmigo. --A dnde vamos, seor Cristval de Belorado? dijo el sargento. --Eh! y qu os importa vos? Teneis miedo? El sargento se call ante el teniente, como el teniente se habia callado ante el capitan. --Ah, de la primera escuadra! grit. Formronse inmediatamente en tres filas unos treinta hombres; el sargento hizo adelantar los hombres de las dos primeras filas, envi los diez restantes sus puestos, y fij una mirada terrible en los veinte hombres que se habian quedado. Algunos de ellos murmuraban. --Eh! Qu dices t, Gil Perez? y t Pedro Donoso? y t, Chirlo del diablo? eh! teneis miedo, vergantes? silencio y firmes! voto !... Y la solt redondo, arrimando al mismo tiempo los soldados algunos golpes con el asta de su alabarda. El sargento se vengaba en los soldados de las palabras del teniente, como el teniente se habia vengado en el sargento del exabrupto del capitan: pero hay que notar que aquella venganza aumentaba medida que descendia. Los soldados no podian desagraviarse con nadie, porque la venganza habia dado fondo en ellos. El sargento di parte Belorado de que la gente estaba dispuesta, y Belorado se adelant hcia ellos, y les dijo apoyado en su pica: --Muchachos: vamos hacer un reconocimiento sobre los enemigos: esto quiere decir que sopleis las cuerdas para que den pronto fuego. El lance es apretadillo y se os ha buscado para l, vosotros, que por valientes marchbais en la vanguardia de la compana: cuerpo de Dios! todos habeis estado en Flandes, y ya sabeis lo que sabe el hierro: voto ... que el que se me vuelva atrs un paso, se encuentra con la punta de mi pica! Treinta legiones! debeis ser valientes porque sois soldados, y... fuego y rayos! acordaos de que estos moriscos son muy ricos y de que podemos encontrar al paso alguna cosa. Con que no os digo mas. Id adonde yo vaya... y en marcha, hijos, en marcha. Y el teniente, con el sargento y los veinte hombres sali por el claro de una barricada. --Una valiente espada que perdemos, y veinte y un leones, que van quedar tendidos oscuras, y miserablemente! dijo el alferez Cordavias, que estaba apoyado en su bandera, al aposentador de la compaa. --Pero yo no entiendo esto, dijo el aposentador: nosotros nos habia relevado la compaa de Diego de Herrera, estbamos en Yator y de l no debiamos de habernos movido: el marqus parece dominado por algo terrible: vamos, no lo comprendo: y qu enviar Belorado con esa gente? --Yo no s, yo no s lo que le pasa al marqus, amigo Macas: todos le creiamos en Granada, cuando he aqu que se presenta en la posada de Belorado... yo estaba con l, y con dos buenas mozas.--Que se vayan esas mujeres, dijo el marqus. Por mas que nos extraase esta salida tan descorts, porque al fin, si l es ttulo de Castilla no es mas hidalgo que nosotros, venia de tal manera que nos caus espanto: venia con la cabeza descubierta, con el semblante desencajado: mojado de pis cabeza; mas que mojado, cubierto de lodo; miraba en torno suyo de una manera insensata, y arrojaba llamas por los ojos. Ves que es buen mozo y buena cara? pues daba miedo: cuando salieron las mujeres dijo Belorado.--Dadme vestidos y vos Cordavias, haced que los trompetas toquen llamada de infantes, y la plaza con la gente. Yo sal: algunos minutos despues, y antes de que hubiese acudido toda la compaa, vi venir al capitan vestido con otras ropas, y con una coraza limpia al lado del teniente, y no habeis reparado? trae sobre la coraza una cadena de oro, y pendiente de la cadena una rica joya. --Si, si; ya lo he visto, y no s qu vienen esas galas: sobre todo cuando hace una noche tan oscura, y cuando es mas fcil encontrar un arcabuzazo que un galanteo. --Yo tampoco lo entiendo: ni s si el capitan ha cumplido con su obligacion abandonando Ytor y trayndonos Cdiar, con tres leguas en el cuerpo y enlodados hasta la cintura. --En Ytor debe de haber habido tambien jarana. --Esto se estaba esperando de un momento otro, y creo, Dios me perdone, que tenemos faena para algun tiempo. --Creeis que esto sea una guerra? --Creo que nosotros somos los primeros soldados del rey que han disparado en esta guerra los arcabuces. --Bah! Diego de Herrera!... --En la iglesia hay algunos soldados muertos de su compaa: sin armas, con todas las seas de haber sido sorprendidos: juraria que esos perros los han degollado en sus mismas casas. --Todo pudiera ser: pero noto una cosa singular. --Qu? --Ya sabeis que Cristval de Belorado es hombre capaz de meterse en el infierno, antes de que uno solo de sus soldados pueda decir que se ha parado ante el peligro. De seguro se ha metido por las calles de la villa y reconocido en regla y como Dios manda. --Y qu encontrais de extrao en eso? --Que no se oye un solo arcabuzazo. --Eso no quiere decir mas sino que los monfes les gusta mas el campo que las calles, y que han cercado la villa. --Belorado ha tenido ya tempo para salir de la villa y habr salido: lo menos habr mandado internarse en las quebraduras inmediatas algunos hombres, y nada, nada se oye. Los moros se han retirado de Cdiar. --Vayan con Dios: enemigo que huye... --Alfrez! dijo el capitan desde el centro de la plaza. Se ech el alfrez la bandera al hombro, y se dirigi al capitan. --Dejad una escuadra de guardia y con la dems gente reconoced los muertos que hay en la iglesia y en la plaza. El alfrez obedeci. --Es extraa la confianza que tiene el capitan, dijo volviendo junto al aposentador. No parece sino que est seguro de que los monfes se han retirado. --Pues no lo entiendo, dijo Macas. --Ni yo tampoco. Ola sargento Astudillo! quedaos de guardia con vuestra escuadra en la plaza! --Muy bien, mi alfrez. --Poned en cada bocacalle un centinela. --Muy bien. --Y decid los sargentos de las otras tres escuadras que formen la gente. El resto de la compaa, que no habia ido reconocer ni quedaba de guardia, se encontraba poco despues en la iglesia, reconociendo los cadveres. La mayor parte de las velas se habian apagado, pero aun quedaban muchas ardiendo. La iglesia exhalaba un insoportable olor sangre fresca. Los soldados revolvian los cadveres y los amontonaban. Cuando encontraban una mujer, la arrancaban las arracadas, y si las orejas resistan se las abrian con las dagas: no perdonaban joya ni suma que hallaban ni dejaban de registrar la bolsa un solo muerto. Y en aquella ocupacion ni parecian sentir el olor de la sangre, ni el horror que naturalmente inspiran cadveres despedazados. Eran dignos membros de aquella famosa infantera espaola compuesta de vagos y aventureros, la cual para que tomasen una plaza al asalto, no habia necesidad de hablarles de la gloria que podian alcanzar, sino de las horas que se les concedian de saqueo y licencia, una vez tomado el castillo la ciudad sobre la que los arrojaban como una tromba de exterminio. Encontrronse mas de cien cadveres, entre ellos el corregidor, algunos alguaciles, algunos soldados, mas de treinta mujeres, algunos nios, y como sabemos el del inquisidor Medrano, el del beneficiado Juan de Ribera, el de maese Barbillo, y el de Hurtado do Campo. Despues de este reconocimiento se reconocieron las casas de la plaza, y en ellas, desiertas todas porque los moriscos habian escapado con los monfes, se encontraron soldados asesinados en sus lechos, y en la del beneficiado Juan de Ribera, el capitan Diego de Herrera, cosido pualadas bajo una mesa servida. Los primeros soldados que entraron all, al ver los manjares los devoraron: poco despues dos soldados que habian comido de las setas preparadas por Mariblanca murieron en medio de las mas horrorosas convulsiones. Al amanecer volvi de su reconocimiento el teniente Cristval de Belorado. --Seor marqus, dijo: los monfes se han retirado enteramente. --Ya lo sabia yo, dijo el marqus de la Guardia: ahora, aadi, que ya es claro, poned guardias en la atalaya y en la torre de la iglesia: haced que los dems que hayan quedado recojan los muertos y los entierren, y aposentad la compaia. Dicho esto, el marqus fue aposentarse en la vecina casa de Juan de Ribera, escribi un largo parte al capitan general de Granada, y le envi con un correo. CAPITULO XXIX. De lo que aconteci aquella misma noche en Granada. Farax-Aben-Farax, con seis mil monfes, habia emprendido aquella tarde, cumpliendo la rden del emir, su marcha sobre Granada. Pero estaban tan difciles los pasos de la sierra, que para llegar la media noche se vi obligado elegir los mas prcticos en el terreno, los mas hbiles y los mas fuertes y con solo trescientos hombres tom buen paso el camino de la ciudad. Pero no lleg tan pronto que no pasase con mucho la hora de la media noche, y las gentes de la ciudad tuvieron tiempo para ir las iglesias oir la misa del gallo, y volver tranquilamente sus casas. Aunque los moriscos del Albaicin estaban prevendos y todo lo tenian preparado, no se atrevieron moverse por s solos, porque, amedrentados, querian que se lo diesen hecho todo los monfes. Por otra parte la tardanza de estos empezaba desanimarlos. Contaban ademas con ocho mil moriscos del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de las alqueras de la Vega, y ni un solo emisario de estos se habia presentado. En un lugar de la sierra que se llama Cenes, debian esperar ocultos en un caaveral dos mil hombres, y tambien faltaron: estos hombres mandados por los wales de la montaa el Partal y el Nacoz debian acometer la Alhambra, y escalar la parte que corresponde Generalife, para cuyo efecto se habian fabricado en los lugares de Dudar y Quentar diez y siete escalas grandes de esparto, por cuyos anchos travesaos de madera podan subir un tiempo tres hombres: la longitud de estas escalas se habia hecho con arreglo la altura de los muros, cuyas medidas habia dado un morisco albail llamado maese Francisco Aben-Edem, y los moriscos del Albaicin debian acudir con sus capitanes la primera seal. Lo que debian hacer estos capitanes era lo siguiente: Miguel Acis, con las gentes de las parroquias de San Cristval, San Gregorio el Alto y San Nicols debia acudir la puerta de Frex-el-Leux, de Fajalanza con un estandarte de damasco carmes con lunares de plata y flecos de oro: Diego Niquel, el mozo, con las gentes de San Salvador, Santa Isabel de los Abades y San Lus, y una bandera de tafetan amarillo, la plaza de Bib-al-Bonut, y Miguel Mozagaz con la gente de San Miguel, San Juan de los Reyes, y San Pedro y San Pablo, y una bandera de damasco azul turquesado, la puerta de Guadix. Lo primero que debian hacer los de esta parte, era pasar cuchillo los cristianos que vivian en el Albaicn, y, dejando une guardia en aquellos lugares, acometer despues la ciudad por tres partes, y al mismo tiempo la fortaleza de la Alhambra. Los de la puerta de Frex-el-Leux, debian bajar al campo del Triunfo por fuera de los muros, ocupar el Hospital Real, acometer la puerta de Elvira, entrar por ella, matando los cristianos que encontrasen, forzar la crcel de la Inquisicion, y soltar los moriscos presos en ella. Los de la plaza de Bib-al-Banut, debian bajar por la cuesta de Alacaba, dando por la calle de la Calderera en la crcel de la ciudad, poniendo libertad los moriscos, y yendo despues las casas del arzobispo y procurando prenderle matarle. Los de la puerta de Guadix debian bajar por la ribera del Darro, acometer las casas de la Audiencia Real, y prender al presidente don Pedro de Deza, yendo despues reunirse todos la plaza de Bibarrambla donde debian acudir tambien los ocho mil hombres del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de la Vega. La ciudad debia ser entregada al degello, al saqueo y al incendio. Tenase sospechas de que los moriscos tramaban algo; pero como no hubiese un solo traidor entre ellos, ni se conoca su plan, ni se sabia el dia de la rebelion, ni aun se creia que pudiese ser, pesar de que en Granada habia muy poca gente de armas y casi ningun pertrecho. El marqus de Mondjar don Iigo Lopez de Mendoza, habia escrito al consejo del rey pidiendo hombres, y su peticion se habia desatendido hasta tal punto, que si los moriscos llegan poner en prctica su plan concertado, hubiera sido horrible lo que hubiera acontecido en Granada la Noche Buena de 1568. Todo consisti en esperar los unos la resolucion de los otros: Farax Aben-Farax confiando en las gentes del Albaicin y necesitando aprovechar el tiempo, crey que le bastaba presentarse en el Albaicin con los trescientos monfes que llevaba, y tanto anduvo, que pesar del temporal, de lo oscuro de la noche y de lo intransitable de la sierra, lleg Granada la una de la noche, y tomando de los molinos que estan junto al rio Darro los picos y herramientas que habia de ellos, lleg un muro que en aquellos tiempos existia aun, y del cual solo quedan hoy algunos restos, y abriendo con los picos un portillo que estaba tapiado por cima de la puerta de Guadix, entr por lo alto del barrio de Raab-Albayda, en el Albaicin, dejando veinticinco monfes de guardia en el portillo, y haciendo que los restantes se pusieran bonetes encarnados y tocas blancas para parecer turcos, se fu la casa que tenia en Granada junto al convento de Santa Isabel de los Abades, y llam los principales moriscos con quienes estaba concertado el alzamiento. [imagen: Harum-el-Geniz.] --Qu es esto, les dijo? acabo de entrar en la ciudad y la encuentro tranquila, desiertas y silenciosas las calles, y hasta las rondas metidas en sus casas. Qu es lo que pensais hacer? La Alpujarra se ha levantado, y en estos momentos los cristianos son degollados incendiadas sus haciendas: vosotros solos estais en silencio y acobardados. Disculpronse los llamados con que nadie les habia acudido. --Los ocho mil hombres que deben venir del Valle y de la Vega, dijo Farax, y los capitanes de las parroquias del Albaicin estan prevenidos. Pero es necesario que vosotros los ricos y los respetados les deis los primeros el ejemplo, no mostrndoos cobardes y dbiles. Que para esto he venido yo. --Has venido con muy poca gente, dijo Abul-ben-Eden, y te perders: nosotros no queremos perdernos mas de lo que estamos. Los primeros que nos han faltado son los monfes. --Cmo! exclam irritado Farax; me habeis hecho perder mi casa, mi familia y mi hacienda, y darme la sierra, solo por la libertad de la patria, y ahora que llegamos al punto del combate, los que mas debiais favorecernos y ayudarnos os echais fuera del peligro, como si hubiese otra salvacion que la guerra, como si despues de lo que hemos hecho esperasemos alcanzar perdon de los cristianos! antes debiais haberlo pensado: pero ya que sois tan miserables y tan cobardes, yo, yo solo con los que tengo, har que el Albaicin se levante perezcais todos los que estais en l. Y rugiendo en clera se sali de su casa antes del amanecer, llevando los trescientos monfes en dos cuadrillas, y por la calle de Raab-Albayda se encamin la plazuela que est delante de la colegiata del Salvador, donde le dijeron que habia una guardia de seis ocho soldados. Cuando llegaron la plazuela los monfes que iban delante, se detuvieron esperar la llegada de los otros, porque vieron un soldado que se paseaba por la plazuela haciendo centinela, y cuando sinti el ruido de los pasos de los monfes que subian por Raab-Albayda, creyendo que era la ronda del corregidor, se fu hcia los monfes con la mano puesta en la espada y echndola de valiente y cuando estaba cerca de ellos les di el quin vive? La contestacion de los monfes fue disparar sobre l las ballestas que llevaban armadas, hirindole en un muslo. El soldado di huir hcia el lugar donde sus compaeros dormian descuidadamente alrededor de una hoguera, y empez dar gritos y llamar al arma. Los monfes cargaron sobre los soldados, que aturdidos con el sueo, no pudieron levantarse tan pronto que no dejasen dos hombres muertos, llevando consigo otros dos heridos. Siguironlos los monfes por unas callejuelas estrechas hasta la plaza de Bib-al-Bonut, donde en aquellos tiempos estaba el convento de los Jesuitas: llamaron insultaron al jesuita Albotodo, que era morisco, y no pudiendo forzar la puerta que era muy fuerte, arrancaron una cruz de madera que estaba clavada sobre ella y la hicieron pedazos. La otra cuadrilla de monfes, capitaneada por el wal Nacoz, tom desde la plazuela del Salvador la derecha, lleg la Plaza Larga, derrib la puerta de una botica que era de un familiar del Santo Oficio, llamado Diego de Madrid, y no habindole encontrado dentro, le robaron hicieron pedazos botes, redomas, armarios, cuanto encontraron, y luego pasaron el portillo de San Nicols, situado junto la puerta mas antigua de la alcazaba Cadima, y saliendo la plazuela de la iglesia, desde donde se ve enteramente la Alhambra, el barrio del Hajeriz y gran parte de la ciudad, empezaron tocar la zambra con sus dulzainas y atabalejos, y decir grandes voces: --No hay mas Dios que Dios y Mahoma su mensajero: todos los moros que quisieren vengar las injurias que los cristianos han hecho sus personas y ley, vnganse juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el Xerife, quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente, y la que nos est aguardando all arriba. Ea, ea, venid, venid, que ya es llegada nuestra hora y toda la tierra de los moros est levantada[26]. Los cristianos escucharon aterrados este pregon, porque temian lo que no sucedi: esto es: que se levantanse los moriscos del Albaicin: en vano Farax-Aben-Farax y Nacoz y el Niqueli, repitieron sus pregones: ni un solo morisco sali la calle. Entre tanto las campanas de la Colegiata del Salvador tocaban apresuradamente rebato, y empezaba extenderse este toque las torres de las dems parroquias. Desesperado Farax, y viendo que ya amanecia, que nadie le ayudaba, y que no llegaba el grueso de los monfes, se decidi abandonar la ciudad. Al pasar ya en retirada con sus dos cuadrillas por la calle de los Panaderos, se abri una ventana y apareci un viejo. --Cuantos sois? pregunt Farax. --Seis mil contest, el alguacil mayor del reino. --Vens pocos y vens tarde; exclam el viejo con desprecio, y cerr la ventana. Salise ya enteramente desesperado Farax por el portillo por donde habia penetrado en el Albaicin, y antes de retirarse definitivamente quiso probar el ltimo recurso, y subiendo al cerro de San Miguel hizo dar desde su cumbre otro pregon, y como nadie le contestase tampoco, grit con todas sus fuerzas como si hubiera querido que le oyesen todos los moriscos del Albaicin: --Perros! traidores! cobardes! que nos habeis engaado y no cumplis lo prometido! quedaos en paz! pero yo os juro que si vuelvo ser para degollaros lo mismo que los cristianos! Y seguidamente, rugiendo como un leon herido, se precipit con sus trescientos monfes por la ladera del cerro, y subiendo por el rio Darro tom el camino del lugar de Cenes. Solo Dios sabe lo que hubiera acontecido aquella noche, si los moriscos del Albaicin se hubiesen levantado la voz de Farax, si hubiesen llegado los restantes monfes, que causa de la nieve no pudieron atravesar la sierra. CAPITULO XXX. Complemento del anterior. Entre tanto los soldados que habian huido de la plazuela del Salvador, donde como dijimos estaban de guardia, fueron avisar Bartolom de Santa Mara, uno de los alguaciles encargados por el presidente Deza de rondar el Albaicin. Por el camino los soldados habian ido llamando grandes voces al arma; mas estaban los vecinos tan descuidados, que creyendo que fuese burla, se asomaban las ventanas gritndoles que callasen, y creyndolos borrachos. Otros vecinos, salieron medio vestir, asombrados, soplando las mechas de los arcabuces, y no sabiendo qu hacer ni adonde ir. Llegados, pues, el alguacil, los soldados y algunos vecinos las casas de la Chancilleria, dieron parte de lo que sucedia al presidente Deza, aunque de una manera confusa incompleta, porque el miedo que antes no les habia dejado ver, no les dejaba entonces hablar. El presidente hizo avisar al corregidor y al marqus de Mondjar, y mand al Albaicin al alguacil Santa Mara, para que se enterase bien del hecho y volviese noticirselo. Entre tanto el soldado que fue avisar al marqus de Mondjar estuvo detenido mucho tiempo en las puertas de la Alhambra, que no quisieron abrir, hasta que lo mand el conde de Tendilla que andaba rondando por los adarves, y habia ya oido desde ellos la zambra y las voces de los monfes en el Albaicin. El soldado le inform de todo, y el conde de Tendilla le llev al aposento de su padre el marqus de Mondjar, que no queria creer lo que le decian, hasta que afirmndole su hijo que habia escuchado instrumentos moriscos en el Albaicin, y el soldado que habia visto hombres vestidos y tocados como turcos, salt del lecho, se arm y mand que la gente de la fortaleza se pusiese en armas. Pero se encontr con que solo tenia ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos: gente que no bastaba para defender el castillo, cuanto mas para sacarla de l. Tanto mas no sabindose el nmero de los enemigos, que podian ser muchos, puesto que solo en el Albaicin podian tomar las armas diez mil moriscos: en la ciudad habia muy poca gente bien armada de que poder disponer, y lo estrecho, peniente y tortuoso de sus calles favorecia los moriscos para la defensa. Resolvise por eso no dejar la Alhambra hasta que amaneciese, y habiendo sabido que el alguacil que fu reconocer el Albaicin no habia encontrado rastro de moro, ni mas que algunos vecinos asustados, mand que las campanas cesasen de tocar rebato y que subiesen algunas rondas para asegurar el Albaicin, no fuese que con el pretexto del alboroto, saqueara la gente de mal vivir las casas de los moriscos. El corregidor por su parte apenas recibi el primer aviso, mont caballo y con algunos caballeros que se le presentaron armados, fu situarse en la Plaza Nueva, delante del palacio de la Chancillera, donde recogi la gente que bajaba desbandada del Albaicin, y all estuvo quieto hasta que amaneci, temeroso que el lance siguiese mas adelante. Habian encontrado los que fueron reconocer el Albaicin el portillo abierto por los monfes, y junto l las herramientas de que se habian servido y un saco lleno de bonetes turcos: cuando fue de dia el marqus de Mondjar dej la Alhambra y baj la Plaza Nueva con don Alonso de Crdenas, su yerno y sus hijos el conde de Tendilla y don Francisco de Mendoza, reunindosele en la Plaza Nueva los marqueses de Villena y Villanueva, el conde de Miranda y otros muchos caballeros que se encontraban en Granada siguiendo pleitos y otros muchos escuderos y gentes de guerra, que habian acudido temerosos de lo que aquello pudiese ser. En aquellos momentos un traginero dijo al marqus de Mondjar, que habia encontrado los monfes caminando con dos banderas tendidas por detrs del cerro del Sol hcia el lugar de Casa Gallinas. Alborotronse con estas noticias los que estaban con el capitan general, y quisieron marchar tras los monfes. Pero el marqus de Mondjar no lo consinti causa de que era mas importante la seguridad de la ciudad, y de no saberse el nmero de los enemigos. Limitse enviar un escudero suyo con alguna gente reconocerlos, y l con treinta caballos, cuarenta arcabuceros y los alabarderos de su guardia, subi al Albaicin; atraves por medio de l sin encontrar una sola persona, porque los moriscos estaban encerrados y prevenidos en sus casas temerosos de ser robados: y llegando la plazuela del Salvador, pregunt algunos cristianos que se encontraban en ella, por qu no se veian moriscos por las calles y le respondieron que se habian retirado sus casas. Entonces mand Jorge de Baeza que llamase los principales de ellos y venidos y habiendo protestado que ellos no tenian culpa alguna de lo que habia sucedido, y que eran buenos y leales vasallos del rey, el marqus les respondi: que puesto se habian mostrado tales no acudiendo al llamamiento de los monfes, continuasen en su lealtad, y que contasen con su amparo. Afectaron quedar muy contentos los moriscos, baj la plaza Nueva el capitan general, y como ya era bien entrado el dia se resolvi dar sobre los monfes, y salieron cuando los que habian salido reconocerlos trajeron noticia del camino que llevaban. Los monfes seguian entre tanto su camino hcia la sierra y sin detenerse en los lugares de Dudar y Quentar pasaron por ellos y bajaron Cenes, donde se detuvieron almorzar, y habiendo sido avisados que el capitan general de Granada, se les venia encima tomaron de nuevo el camino por la falda de Sierra Nevada hcia el lugar de Dilar. El marqus de Mondjar tom por cima de Huetor hcia Dilar, y al llegar al campo de Gueni los caballos de vanguardia, descubrieron los moros que iban ya embrendose en la sierra. Don Alonso de Crdenas apret las espuelas su caballo, y seguido de algunos ginetes, se puso en demanda de los monfes creyendo poder alcanzarlos antes que se embreasen; pero se lo impidi una cuesta muy agria que hay en el barranco del rio de Dilar, y tardaron tanto en subir y bajar, que los monfes tuvieron tiempo de posesionarse de un cerro alto y muy spero que se levanta la derecha del pueblo, y poniendo las banderas en medio, empezaron jugar sobre los del marqus las ballestas y los arcabuces. Mataron algunos soldados, pusironse en respeto los dems, obligaron al marqus de Mondjar no pasar adelante, y luego tomaron lo spero de la sierra, donde no podian subir los caballos, y burlando al marqus de Mondjar, bajaron al valle de Lecrin, le sublevaron diciendo que dejaban alborotada Granada, y se entregaron respecto los cristianos que vivian en los pueblos del valle, las mismas atrocidades que habian ensangrentado Cdiar. El marqus mand tocar recoger, y cuando tuvo la gente formada; cuando vi que por su poco nmero se veia obligado volver la ciudad, tom el camino de ella murmurando para su celada: --Los del consejo de Su Magestad creen que aqui no necesitamos ni hombres ni dinero, y si este descuido dura, Granada se perder. En medio del camino le detuvo un soldado que traa para l una carta: aquella carta era del marqus de la Guardia, en que le daba cuenta de los terribles sucesos de Cdiar. CAPITULO XXXI. De cmo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas enemiga. Volvamos al marqus de la Guardia en el punto en que despues de haber escrito su carta para el capitan general se habia quedado solo. Era poco despues del amanecer. El marqus estaba en un estado de exaltacion terrible. Estaba loco. Solo se le oia murmurar. --Esperanza! Mi Esperanza! Mi hija! Y despues de murmurar estas palabras revolvia en torno suyo su mirada ensangrentada y furiosa. Abrise la puerta del aposento, y un soldado le entreg una carta. Aquella carta decia: --Caballero: ignoro por qu razon os he encontrado al frente de vuestra compaa en Cdiar, cuando es creia al lado de mi hija. Tengo derecho que me satisfagais, y os mando que vengais encontrarme, siguiendo al hombre que os llevar esta carta.--El emir de los monfes. --Dnde est el hombre que ha traido esta carta? dijo el marqus, guardndosela en el bolsillo. --Espera en el zaguan, seor, contest el soldado. --Hacedle entrar. Entr un hombre de aspecto al parecer humilde, y miserable y pobremente vestido. El marqus se qued solo con l. --Sabes quin te envia? dijo el marqus. Irguise el mendigo. --Soy wali del poderoso emir de los monfes, contest: y me llamo Suleiman. --Y te atreves decrmelo? --Si: t eres tambien monf. --Yo! --Si, t: t eres monf, eres traidor. El marqus ech mano su espada. --S, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del marqus: eres monf, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres traidor, porque ayudas los cristianos. --La sultana Amina! exclam con acento rugiente el marqus: sabes t lo que ha sido de la sultana Amina! sabes si est muerta viva... tal vez peor que muerta! Palideci profundamente Suleiman, y asi con furor un brazo del marqus. --Te habrs atrevido, perro cristiano?... exclam. --Me la han robado, grit el marqus, lanzando de s Suleiman, y con ella me han robado mi hija. --Que te han robado la sultana Amina! y quin, quin? grit Suleiman, sin temor de ser oido: sabes t lo que har contigo el emir, sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los escuadrones del rey de Espaa? --Dnde est Aben-Aboo? --Aben-Aboo! el compaero en el mando del emir! exclam con extraeza Suleiman, porque no sabia dnde el marqus iba parar. --Llvame, llvame donde est el emir! dijo el marqus: l solo dar cuenta de lo que ha sucedido; llvame donde est el emir, y nada temas. --Yo nada temo, replic Suleiman, pero puesto que obedeces nuestro comun seor, sgueme. Calse el marqus su morrion de hierro, envolvise en una capa que le habian prestado, y sigui Suleiman. En cuanto este estuvo fuera de la casa, tom todo el aspecto de un mendigo anciano y enfermo. Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, la montaa. En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irgui de nuevo, y sigui adelante gran paso. El marqus iba tras l. Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado aluvon, y al fin Suleiman empez trepar por un sendero escarpado, cuyo fin se veia la entrada de una cueva. Cuando llegaron ella, el marqus vi que dentro se paseaba un hombre enteramente vestido la usanza mora. Aquel hombre era el emir. Al sentir Suleiman, se volvi: al ver tras l al marqus, se puso totalmente plido, y con un ademan imperioso mand Suleiman que se retirase. El monf descendi la carrera por el sendero. Yaye y don Juan quedaron solos. --Cmo te encuentro aqu, mi buen hijo! exclam el emir con un acento doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su clera. --Teneis razon, seor, dijo el marqus. Teneis razon en extraar que me encuentre vuestro lado porque debia estar muerto. Pronunci de tal modo el marqus estas palabras, que la irritacion del emir pas para dejar su lugar al espanto. --Muerto! y por qu! y mi hija y tu esposa? --No s qu ha sido de ellas, exclam con desesperacion el marqus. --Habla! habla! acaba! no s por qu veo en tus palabras, en tus miradas, los indicios de una gran desgracia. --Me la han robado! exclam con acento rugiente el jven. --Robado! pero quin! cmo! --Quin! Diego Lopez Aben-Aboo, exclam el marqus: s, le reconoc, y eso que solo le v la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos en m los ojos con una expresion infernal... y luego o su voz ronca que gritaba: embreaos! embreaos con ella!... despues nos separ la mano de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos. Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola palabra. El marqus le refiri de qu manera habian sido sorprendidos, y cmo desesperado se arroj con su caballo la corriente. Despues continu: --Yo deb perecer: la violencia de la avenida arrastraba mi caballo: veia pasar rpidamente ambos costados mios las sombras informes de las rocas: encontrme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y me sent sumergir: pero tambien de repente me sent alzado y me encontr sobre el tronco de un rbol que arrastraba la avenida. Por una casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tend los brazos aquella roca, y encontr por casualidad las raices de un rbol: trep... y me encontr salvo, pero me encontr solo... solo... qu habia sido entre tanto de mi Esperanza? El marqus inclin la cabeza desesperado. --Mi hija...! robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente el emir. Y luego cerrando los puos, y levantando los ojos al cielo exclam: --Oh! es mucho, mucho castigo! es demasiado! es horrible, seor! Y luego volvindose al marqus, continu: --Pero estas seguro?... seguro de todo punto? --Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he de beber la sangre de ese infame. --Pero, exclam desconfiando aun en el emir, t te encontraste solo en una roca en la montaa... en un terreno que no conoces, de noche... y despues te he encontrado con tu compaa en Cdiar: tu compaa estaba en Ytor. --La avenida me habia echado cerca de Ytor. --Pero cmo pudiste conocerlo, no siendo prctico en la tierra? --Se escuchaba lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian algunas luces inmviles entre la oscuridad; yo me dirig adonde se escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me encontr en Ytor. Entonces busqu mi teniente Cristval de Belorado, y le mand reunir la gente, con la cual me encamin Cdiar, adonde llegu despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de Cdiar, que tenia all su madre, y no s por qu, estaba seguro de encontrar en Cdiar Aben-Aboo. Y no me enga. Por qu huyeron los monfes? --Huyeron!... porque yo no queria que t murieses; porque yo los mand retirar: pero en estos momentos, en el punto en que t has salido de Cdiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfes habrn envestido de nuevo la villa, y no dejarn ni uno solo de tus soldados vivos. --Y para qu quiero yo vivir? --Para qu? si es cierto lo que dices, por qu quieres morir y no vengarte? --Y no me habeis impedido vos mi venganza? Yaye se estremeci: el hombre que habia robado su hija, era su hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el marqus de la Guardia, era su hijo. La fatalidad la justicia de Dios eran con l inexorables: l habia matado al padre del marqus de la Guardia creyndole corruptor de su esposa, y el hijo del difunto marqus habia seducido su hija: su hija habia enloquecido al prncipe don Carlos, le habia hecho traidor su padre, y Felipe II se habia visto obligado prenderle, procesarle y acaso matarle: Amina habia enloquecido tambien Aben-Aboo, y le habia hecho traidor su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como Felipe II, se veria obligado matar su hijo por el bien de su pueblo. Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crmenes: el incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban que eran hermanos, y los dos hermanos amaban su hermana y estaban zelosos entre s. El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un remordimiento voraz le roia las entraas. --Dnde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigindose al marqus. --En un barranco, cuando caminbamos bien de prisa, porque segun decian, teniamos que atravesar una rambla peligrosa. --Y estbais ya cerca de esa rambla? --Si seor. --Ah de abajo! grit el emir asomndose la boca de la cueva. Poco despues subi Suleiman. --Que se reunan al momento cuarenta monfes, y mi caballo. Poco despues el emir cabalgaba en el fondo del barranco y Suleiman, quien habia hablado algunas palabras Yaye, dijo al marqus. --Sgueme, seor. El marqus mir Yaye. --Sguele, sguele, hijo mio, dijo el emir: l te llevar lugar seguro. El marqus sigui Suleiman y Yaye sigui adelante con su gente, gran paso, salvando todo gnero de obstculos, por lo mas spero de la montaa. De repente los monfes que iban de descubierta, se detuvieron y se encararon las ballestas que llevaban armadas. --Quin va? grit el que iba mas adelante. --Allah le ille Allah! grit una voz muy conocida del emir. --Harum! exclam Yaye haciendo saltar hcia adelante su caballo, al escuchar aquella voz. --Ah, poderoso seor! exclam desesperado el wazir. --Nuestra hija nos ha sido arrebatada, grit Calpuc. --Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don Csar de Arvalo. --Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua la rodilla y dando diente con diente. El emir desmont y se apart un lado con Calpuc, Harum y don Csar. --Con qu es verdad? dijo. --Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. Pero quin te lo ha dicho? --Basta que yo lo sepa, dijo el emir. --Y sabeis tambien, poderoso seor, quines han sido los ladrones? Sabeis quin puede haberlos pagado? --Qu! no habeis podido vosotros conocer los robadores? --Eran piratas berberiscos, dijo Harum. --Corsarios berberiscos eran, repiti Calpuc. --Si, si, unos horribles berberiscos, con bonetes encarnados, aadi don Csar de Arvalo. --Pero no sabeis que los monfes que han ido Granada con Farax-Aben-Farax, llevaban muchos vestidos berberiscos y bonetes colorados para hacer creer los de Granada que habian venido ayudarnos los africanos? --Ah! exclam como quien encuentra una difcil solucion Harum. Ya decia yo. Farax-Aben-Farax debia ya de estar en marcha para Granada cuando sucedi la desgracia. --Y qu importa? No pudiste conocer ninguno de los robadores? --No seor. --Y por qu no los persegusteis? --Nos lo impidi la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres torrentes, dijo Harum. --Y tan verdad es esto, dijo entristecido don Csar, que mi sobrino, que se arroj la corriente para perseguir los infames, fue arrastrado por las aguas sin que se sepa qu ha sido de l. Es necesario que averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir. --Qu me hablais de vuestro sobrino, cundo he perdido mi hija? exclam Yaye; y luego volvindose Harum dijo: es necesario batir en derredor la montaa: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos proteja Dios. En vano el emir registr por aquella parte todos los barrancos, quebraduras y escondrijos de la montaa: nada se encontr. Yaye se volvi desesperado. No le quedaba otro recurso que ir encontrar frente frente Aben-Aboo. Cuando volvi Cdiar encontr los monfes al mando del Ferih enteramente apoderados de la villa. Su pronostico al marqus de la Guardia se habia cumplido. Cercada por todas partes y abrumada por el nmero la valiente compaa de arcabuceros, habia sucumbido toda, excepcion del marqus de la Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqus habia enviado al capitan general de Granada. La poblacion presentaba un aspecto horrible. No se veia en las calles mas que sangre y cadveres; en la plaza estaba amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido incendiadas ardian aun. La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion Aben-Aboo, estaban desiertas: doa Isabel de Vlor y Angiolina Visconti habian desaparecido. Cuando Yaye hizo buscar doa Elvira de Cspedes no pudo darse con ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los monfes triunfantes. Cuando Yaye pregunt por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le dijeron que habian marchado la taha de Jubiles. Aben-Humeya habia marchado tambien la taa de Vlor. Yaye envi dos de sus wales con rden terminante de que se presentaran Aben-Humeya y Aben-Aboo. Pero Aben-Humeya contest con altivez que era rey de Granada y que no obedecia nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado. Yaye conoci que era llegada para l la hora de la expiacion. Entre tanto don Csar de Arvalo esper en vano que pareciese su sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidi del emir y se fu con Peralvillo Granada, supo con horror que el capitan general habia recibido una carta del marqus de la Guardia, fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba que con su compaia habia batdo los monfes y ocupado la villa de Cdiar. Todo el mundo, incluso don Csar de Arvalo, di por cosa cierta, cuando se supo el degello de la compaa por los monfes, que el marqus de la Guardia habia perecido vctima de su lealtad al rey. Entonces, y no teniendo ya cosa que le detuviese en Espaa, se fu con Peralvillo al Per donde le llamaba su oficio de oidor de aquella real audiencia. Desde este momento don Csar y Peralvillo se nos pierden: no se sabe si se ahogaron en la travesa, si don Csar se muri de viejo haciendo injusticias los peruanos. CAPITULO XXXII. En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros personajes. Qu habia sido de Angiolina Visconti y de doa Elvira de Cspedes? Vamos decirlo sin rodeos nuestros lectores. Aben-Aboo habia llevado Angiolina un casero de sus parientes en la montaa donde no podia correr el menor peligro. Doa Elvira habia sido conducida por Laurenti, medio robada, engaada, al subterrneo de la Princesa encantada. Es tal la multitud de sucesos que se agolpan en esta parte, que se embrollan, en las viejas memorias que nos sirven de guia, que nos vemos obligados desenredarlos y darles claridad, dejar en suspenso la explicacion de la causa de algunos; de este nmero, es la razon que tuvo Laurenti para apoderarse de doa Elvira, y el por qu del consentimiento de doa Elvira seguirle. En cuanto doa Isabel de Crdoba y de Vlor ya hemos apuntado anteriormente que Yaye la habia puesto en seguridad en la montaa. El marqus de la Guardia habia sido conducido por Suleiman, de rden de Yaye, al alczar subterrneo de los emires de los monfes. En cuanto Amina y su hija nada podemos decir por ahora nuestros lectores. Digamos algo cerca de la rebelion, puesto que su historia nos llevar como por la mano al desenlace de los sucesos complicadsimos que vamos relatando. Lo que habia acontecido en la villa de Cdiar la noche del 24 de diciembre de 1568 habia acontecido en todas las villas de las Alpujarras. Los moriscos se habian rebelado enteramente apoyados en los monfes, habian acometido los cristianos, matado los que no pudieron escapar, cautivando las mujeres jvenes, incendiando, robando, martirizando con una crueldad infinita: tan cierto es que cuanto mas dura y ferozmente ha sido tiranizado un pueblo, mas terrible, mas cruel, mas abominable es su venganza. Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas carniceras, ni nuestro carcter se presta ello: en el relato de los acontecimientos de Cdiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos tenido afortunadamente necesidad de presentar nios crucificados, y acaavereados, sacerdotes quienes se arrancaba vivos el corazon; hombres quemados fuego lento; horrores inauditos, venganzas monstruosas, que se llevaron cabo en casi todos los lugares de la Alpujarra, y que empaaron la causa defendida por los monfes, haciendo de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos. Yaye veia desvanecerse sus sueos: comprendia al fin que solo habia sido rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada, mientras no se habia llegado un rompimiento decisivo, pero desbordada y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalgua de los antiguos rabes, pero que eran impotentes para contener el mal. Yaye conoci que en todo se habia engaado: pero cada uno de sus engaos habia sido para l de una trascendencia terrible. Yaye estaba desesperado. A mas de sus desgracias domsticas, que eran bastantes para desgarrarle el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los peores auspicios posibles. La justicia, la opinion pblica, la conciencia debian protestar y protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de violar, de matar, de robar. Los horrores se sucedian sin intermision[27]. Inmediatamente despues del alzamiento de Cdiar se alz la taa de Poqueira; continuacion los quince lugares alquerias de la taa de Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles; los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo verificaron, como Cdiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1. de enero del siguiente ao de 1569, esto es: en el espacio de seis das se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria, Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena y Almera y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y parte de la Axarqua de Mlaga y de la provincia de Almera. Un nmero considerable de cristianos asesinados, cuyo nmero no seria exagerado determinndolo en diez mil, habian sido el terrible reto, lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre que estremeci Espaa, y que hizo se fijasen en ella las miradas de Europa; sombro relmpago de una insurreccion comprimida hacia mucho tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su horrorosa venganza. Encontr esta rebelion al marqus de Mondjar sin gente y sin pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfes sobre Granada habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el estandarte de Mahoma llega tremolar sobre las torres de la Alhambra, Espaa se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo formidable: Africa entera se hubiera lanzado los puertos espaoles ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el guerreador y terrible Seln II hubiera encontrado en Espaa su campo de batalla contra la cristiandad. Quin sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de Felipe II, por lo antipoltico de su opresor fanatismo, por su ciega confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el reino de Granada, como en todo pas recien conquistado, se necesitaba un gobierno justo y benvolo para atraer, un ejrcito respetable para reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se le excitaba la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo. Asi es que el marqus de Mondjar no supo que hacer en los primeros momentos; urgia ir apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa, esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al parecer leales, porque no veian aun en los monfes bastante apoyo para rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejrcito turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la ciudad, y atravesando todo trance por medio de las rebeladas Alpujarras, cubrir las costas. En este conflicto el marqus de Mondjar apel la antigua usanza de Castilla, apellid guerra: hizo llamamiento de gente las ciudades y seores de Andalucia, con arreglo la antigua obligacion de los concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, busc cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio caudal y parte con la ayuda de los mas principales seores del reino de Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa, escribi Felipe II, manifestndole lo grave del suceso, y pidindole con urgencia capitanes, hombres y dinero. Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veanse de repente correr los vecinos sin saber donde con los arcabuces afianzados y las espadas desnudas; y volver su casa despavoridos, solo por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian los templos rogar Dios, y las principales seoras se acogieron la Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el nmero de las familias que abandonaron Granada: no se veian por todas partes mas que casas vacias y tiendas cerradas: los clrigos y los frailes en rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra. Las primeras que llegaron fueron las de Alcal y Loja: una compaa fu por rden del marqus Restabal, pueblo inmediato las Alpujarras, para poner en salvo los cristianos viejos, sus familias y haciendas; otras dos compaas se estacionaron en Durcal para impedir los enemigos el paso la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una bandera de infantera y una corneta de caballos fu ponerse sobre el puente de Tablate, lugar estrecho la entrada de las Alpujarras. El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqus de Mondjar, escribi don Luis Fajardo, marqus de los Velez, adelantado en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena, excitndole que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos, acometiese los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de Almera: lo que se prest hidalgamente el marqus de los Velez, levantando banderas y empezando reunir gente. La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el capitan general, el presidente de la Chancillera y el corregidor de Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion. Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso; Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qu partido tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfes, los moros _gandules_ (entre monf y morisco) y los moriscos rebelados, se entregaban la matanza, al saqueo, al incendio y toda clase de licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos, desprestigindola, hacindola odiosa. El mismo aspecto repugnante y brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentr en la montaa, sin poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de presas y pirateras que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de los moriscos, contestase sus peticiones de socorro de una manera vaga, y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa, fuese con ellos mas esplcito. Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas: temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de Espaa, y aplaz su socorro; limitse solo, formar una alianza con el dey de Argel, y ayudar indirectamente los moriscos, distrayendo las fuerzas martimas de Espaa en una empresa contra Tnez y Biserta. Si estaban divididos y empeados en una vieja rivalidad, el presidente don Pedro de Deza y el capitan general don Iigo Lopez de Mendoza, no estaban menos divididos los gefes de los moriscos. Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los monfes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra; Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedndose solo Aben-Aboo pudiese vencerle hacindole su vez traicion y apoderndose de todo. De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio empequeecindose una guerra de montaa que podia durar mas menos, pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de la otra. Espaa tenia su poder y sus ejrcitos: los moriscos sus breas inaccesibles, y su brabo y feroz espritu su independencia; pero Espaa podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio impedir que por la agregacion de nuevos elementos se extendiese. La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria. Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi insuperables que tenia que vencer Espaa, distraida en otras empresas para levantar enormes ejrcitos, ni los cristianos sabian las tambien insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa. Desalentado Aben-Humeya, se sali un dia solo de Lanjaron, resuelto pasar Africa abandonando la empresa, y no atrevindose ya en razon al estado de las cosas demandar perdon del rey de Espaa. Encontrronle unos monfes atravesando un barranco, pi triste, cabizbajo, llevando el caballo del diestro. Aquel encuentro fue para l decisivo; fue, puede decirse, una prision: desde entonces Aben-Humeya, pretexto de lealtad estuvo vigilado, pusironle casa real usanza de los antiguos reyes de Granada: le casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio Almanzora, y otra de Tabernas: procurronle un pequeo harem con las mas bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares entrados sangre y fuego, y le obligaron desnudar la espada y dirigir la guerra. Dividi los moriscos y los monfes en dos ejrcitos: el uno ocup el camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al Levante de Almera, al Poniente de Salobrea y Almuecar, y al Norte de Granada. El otro ejrcito adelant sobre Granada, ponindose sobre Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compaas de Lorenzo de Avila y de Gonzalo de Alcntara, que fueron socorridas por el marqus de Mondjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las Alpujarras al Laujar, barrio inmediato Vlor el Alto, y all se hicieron fuertes y sentaron sus reales. En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el ao de 1569. CAPITULO XXXIII. En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela. Aben-Jahuar y Aben-Aboo, habian abandonado, no sin razon la escena pblica, por decirlo asi. La noche del 24 de diciembre del ao anterior, esto es, aquella terrible noche en que la esterminadora venganza de los monfes habia caido sobre Cdiar: en el momento en que el marqus de la Guardia al frente de sus soldados, cargaba sobre los enemigos y llamaba Aben-Aboo ansioso de matarle: cuando el emir al ver en peligro al marido de su hija mand retirar los monfes, Aben-Jahuar al parar junto la embocadura de una oscura calleja habia asido su sobrino de un brazo y le habia arrastrado consigo. --A dnde me llevis? dijo el jven. --Sigue, sigue aprisa, dijo Aben-Jahuar: es preciso huir del peligro. --Pero qu peligro nos amenaza? esta es una retirada falsa, sin duda, para sacar esos perros de la plaza. --Los cristianos no son en estos momentos nuestro peligro. El peligro est entre nosotros. Nuestro peligro es el emir de los monfes. --Nos har acaso traicion? --No me entiendes. El emir no puede hacer traicion los moros. El emir matar hasta el ltimo de esos cristianos, pero ser cuando no est entre ellos su hijo, el duque de la Jarilla. --Ah! --El emir llamar al duque, le robar, si es necesario, para salvarle, y cuando el duque de la Jarilla, esto es, el esposo de Amina hable con el emir, eres hombre perdido. --Ah! --Fuiste muy imprudente cuando nos apoderamos de Amina, te olvidaste de ponerte el antifaz. El resplandor aunque momentneo de los disparos de las escopetas de nuestros hombres, bast para que el marqus, que estaba cerca de ti en el barranco, te reconociera. --Acaso os equivoqueis: con la turbacion del lance, con una noche tan oscura... --El duque... --Me martirizais con llamar duque ese hombre. --Pues bien: el marqus de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en l, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y bien; t eras el que estabas turbado... --Yo no soy cobarde. --Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste oir lo que yo oi; el marqus te llam por tu nombre y te apellid infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le arrastr; yo di la cosa por concluida... porque quin habia de pensar que el marqus se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha visto entre los soldados que combatian en Cdiar, y no ha mandado retirar al verle sino para salvarle. Le salvar, lo sabr todo. Qu piensas t responder al emir cuando te pregunte por Amina? puedes entregarle su hija? --Ah! exclam Aben-Aboo. --Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que no puedan dar con nosotros. --Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre? --Es que estaremos poco tiempo perdidos. --No os entiendo; creeis que maana no me preguntar Yaye por su hija? --Dentro de algun tiempo no podrs temerle. --Explicaos, explicaos, tio, porque no os entiendo. --Hablemos, pues, sin rodeos. Es necesario que muera el emir. --Que muera! pero no es tan fcil matarle. --T le matars. --Ah! sois mas sanguinario y mas cruel que yo. --Conozco la necesidad. Y entre matar y morir, prefiero matar. --Pero mi pobre madre... mi pobre madre que le ama. --Tu madre le amaba antes de casarse con tu padre. --Tio! tio! ved lo que decs. --Yaye debi casarse con tu madre; el casarse con ella cost la vida tu padre. --Harto lo s, dijo roncamente Aben-Aboo: me lo ha dicho Angiolina, que no s por qu, aborrece al emir. --Le aborrece porque el emir es padre de Amina, y Amina ha robado Angiolina Visconti, que este es su verdadero nombre, el hombre quien amaba, porque la princesa ama con toda su alma al marqus de la Guardia. --Parece que Satans habla por vuestra boca. No sabeis que estoy enamorado de esa mujer? --Por lo mismo mata al emir, para poder matar despues al marqus de la Guardia. --Olvidais que el emir me ha proclamado su sucesor, y su compaero en el mando? que los monfes me miran ya como su seor? --Pues mejor, mucho mejor; los monfes no tienen necesidad ninguna de saber que t has matado al emir, y cuando l haya muerto, t sers el rey nico y absoluto de esos valientes. Con ellos, y alguna habilidad, puedes dar de travs con Aben-Humeya, y quedar nico rey de Granada. --Me aconsejais que atraviese un lago de sangre. --Cuando se buscan coronas, los cadveres se pisan. --Si al menos el emir hubiera tenido una parte directa en el asesinato de mi padre... pero quien le mat fue vuestro difunto hermano... por mas que ha hecho Angiolina no ha podido hacerme ver claro que el emir tomase parte alguna en aquel crmen. Vos, que en aquella ocasion acompabais al verdadero asesino... --Quin te ha dicho que mi hermano fue el autor de esa muerto? Monfes fueron los que la mataron. --Probadme que asesin mi padre... --Le matars, sobrino, le matars!... y para ello te ayudar tu madre. --Mi madre! mi madre que tanto le ama! --Te ayudar sin saberlo: pero adelante sobrino, adelante, que ya viene el dia. --Pero dnde nos ocultaremos? --Dnde? en el lugar donde muri tu padre. --Ah! exclam Aben-Aboo. En efecto, el dia se entraba por el Oriente buen andar, y buen andar tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se perdieron entre las quebraduras de la montaa. CAPITULO XXXIV. De cmo puede parecer feliz y aun serlo medias un desgraciado. En vano, como sabemos, habia pretendido Yaye apoderarse de Aben-Aboo. Aben-Aboo no parecia. Del mismo modo Angiolina Visconti, doa Elvira de Cspedes y Aben-Jahuar habian desaparecido. En vano Yaye apur cuantos recursos tenia en su mano para descubrir su paradero. Los monfes no pudieron dar con ellos. Entonces Yaye desesperado se volvi buscar consuelo la nica persona que podia drselo: doa Isabel de Crdoba y de Vlor. Pero para que esta pudiera darle aquel consuelo, era preciso que fuese feliz. Para esto era preciso engaarla hasta cierto punto. Y decimos hasta cierto punto, porque una de las cosas que Yaye necesitaba hacer para que la felicidad de doa Isabel fuese una verdad, era bautizarse y casarse legitimamente ante la Iglesia Catlica con ella. Y la conversion de Yaye no era una mentira. Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado ese caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no pareciese Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humaniz, y lav con su sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hcia doa Isabel influyese en l bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de Mahoma, para levantar su espritu Jess crucificado: Yaye era cristiano de corazon. Acaso tambien consisti en que del islamismo al cristianismo no hay mas que un solo paso; creer en un misterio altamente potico: en la maternidad de una vrgen. Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente, como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso influy en l el pensamiento de que habia atribuido injustamente la religion mas dulce, mas caritativa, mas pacfica, las crueldades, la intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian los vicios y los errores de los hombres. Yaye, como todo hombre dotado de un gran espritu y de una alta inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no se convirti al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia convertirse. Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos aos antes, acaso hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su conciencia de remordimientos. Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que empez la guerra, la vi vencida; desesperado hasta el ltimo punto, busc su consuelo en la embriaguez: porque lo nico que podia ya embriagarle era el amor de doa Isabel. Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catstrofe de Cdiar su heredad de Ytor. Un respetable nmero de monfes aseguraba de todo peligro al ltimo tesoro de Yaye. El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundsimo secreto acerca de la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto Aben-Aboo. Porque si Yaye hubiera revelado doa Isabel que su hijo se habia apoderado de su hermana; que probablemente habria cometido, sin saberlo, uno de estos dos horribles crmenes: el fratricidio el incesto, hubiese desgarrado el corazon de aquella pobre mujer que tanto habia sufrido, que habia olvidado todas sus penas desde el momento en que habia visto Yaye en la senda de la salvacion y del honor, profesando el cristianismo y desenvainando su espada en defensa de un pueblo oprimido, y que se habia quitado su luto, llevado veintidos aos, cuando habia desaparecido el luto de su corazon. Yaye, pues, guard un profundo secreto acerca de aquellas horribles desgracias: del mismo modo doa Isabel, sacada tiempo de Cdiar, no habia podido ser testigo de la ferocidad con que habian manchado la justicia de su causa los monfes: doa Isabel crea que se habia empezado una guerra justa, noble y leal: la guerra entre el oprimido que rompe sus cadenas y el tirano que lucha por ponrselas de nuevo: doa Isabel, creyente de corazon, confiaba en que Dios, que es misericordioso y ayuda al dbil y al desventurado, sea cualquiera su religion, ayudaria los moriscos, y completando el milagro, los convertiria despues: doa Isabel lo veia todo de color de rosa, y era porque todo lo veia travs de su virtud, de su caridad y de su amor. Una noche entr Yaye en su heredad de Ytor. Doa Isabel estaba impaciente porque tardaba mas que otras noches: al sentirle cerca doa Isabel, se levant de junto la chimenea donde estaba sentada, se arroj en sus brazos, le estrech palpitante de pasion entre ellos, y le bes en la boca. No extraen esto nuestros lectores, porque Yaye y doa Isabel eran esposos. El dia anterior un sacerdote, salvado por Yaye del furor de los monfes, habia venido con l la heredad. El buen anciano, porque anciano era, demostraba ardientemente su gratitud Yaye. Cuando Yaye le dijo que queria bautizarse, llor de alegra: sin embargo, se inform minuciosamente de si Yaye conocia el espritu del Evangelio, si era cristiano por su voluntad; y cuando estuvo seguro de ello, le bautiz: despues, cuando pidi que le casase con doa Isabel, se inform asimismo de la cristiandad de ella, y al fin, de una manera misteriosa, sin testigos, arrodillados los pis del anciano sacerdote, Yaye y doa Isabel recibieron la bendicion de Dios, y se levantaron asidos de las manos, convertidos en uno por su sagrada alianza. Intil es creer que Yaye cuid de que el anciano sacerdote fuese puesto fuera de peligro en Granada por los mas leales de sus monfes. Pero ninguno de estos supo, incluso Harum-el-Geniz, que Yaye se habia bautizado, ni mucho menos casado con doa Isabel. Sabian si que al hacer su compaero en el mando Aben-Aboo, debia casarse con su madre en un breve plazo. La noche en que dijimos que Yaye habia entrado en la habitacion donde se encontraba doa Isabel, y se habia arrojado entre sus brazos, iba deslumbrantemente vestido. Doa Isabel por el momento no repar en ello, pero cuando se separ de l y le mir, lanz un grito de nia, un grito de alegra y exclam: --Oh! y qu hermoso y qu resplandeciente ests, rey mio! --Oh! no ests t menos hermosa y resplandeciente mi sultana! contest sonriendo de una manera melanclica Yaye. En efecto, Yaye y doa Isabel estaban vestidos de una manera maravillosa por lo bello y al mismo tiempo por lo sencillo de sus vestiduras. Doa Isabel llevaba por la primera vez de su vida un traje rabe: aquel traje se lo habia enviado aquel mismo dia Yaye en una caja de sndalo, y dentro de aquella caja, sobre aquel traje, habia encontrado doa Isabel un cofrecillo de gata, y dentro de este cofrecillo una riqusima diadema de oro, perlas, rubes, amatistas y diamantes y un collar de gruesas perlas, todas iguales, como vaciadas en un mismo molde, con un broche en que campeaba un gruessimo brillante, rodeado de rubes: aquellas perlas se parecian de tal modo las que Calpuc habia vendido en otro tiempo al aleman Franz, que era de sospechar que hubiesen provendo del Nuevo Mundo: era tan rico este collar, que podia dar tres vueltas al magnfico cuello de doa Isabel, lo que significa que el collar valia un tesoro: habia asimismo en el cofrecillo dos arracadas tan grandes, que podian descansar sobre los hombros y tan cuajadas de pedrera que relumbraban como soles; ltimamente, dos ajorcas brazaletes formados por tres filas de perlas compaeras de las del collar, y con enormes y bellos broches de pedrera; una flor de gran tamao de diamantes, perlas y esmeraldas, destinada servir de herrete sobre el pecho, la tnica interior de brocado blanco y encajes que venia entre las ropas, y un ceidor maravilloso, en el que formando arabescos, se veian todas las piedras preciosas conocidas formaban el riqusimo aderezo destinado por Yaye su esposa. Las ropas eran una tnica de brocado de seda y plata, formando arabescos, delicada, feble, como la tela mas sutil, ancha, flotante, que la caia hasta los pis, determinando por detrs una pequea cola redonda: y esta tnica cerrada en la parte superior sobre el pecho por el herrete de que hemos hablado, dejando ver en su abertura, hasta el ceidor, riqusimos encajes de Flandes; sobre esta tnica un caftan de brocado verde mar con grandes arabescos negros de terciopelo sobrepuesto; con anchas mangas perdidas; con falda hasta la rodilla, y sobre este caftan, descendiendo de la diadema, un largo veto de gasa de plata salpicada de pequesimas violetas de oro. No podia ser esta traje mas sencillo pesar de su riqueza, ni una mujer cuya hermosura, cuya expresion, cuya poesia pudiesen estar mas en relacion con la hermosura y con la riqueza del traje. Doa Isabel, durante su juventud, es decir, antes de su desastrado casamiento con Miguel Lopez, habia sido la doncella, que por su hermosura y por la riqueza de sus trajes y joyas, se habia hecho mas reparable en el Albaicin. Su hermano don Diego la habia amado con delirio, acaso porque era la nica mujer de la familia, acaso porque doa Isabel se hacia amar de todo el mundo: pesar de sus ruinosos dispendios, don Diego, no solo no habia tocado las ricas joyas de familia que habia heredado de su madre, como su madre de la suya, y asi sucesivamente desde la primera abuela de su raza la sultana Howara, esposa de Abd-el-Rahman-Aben-Moavia, primer califa onmiade de Occidente, sino que habia aumentado cuanto habia podido el nmero de aquellas joyas puramente rabes, con otras puramente del renacimiento, y sostenido una magnfica coleccion de costossimos trajes su hermana. Doa Isabel estaba, pues, acostumbrada las galas y las joyas; es mas, la agradaba porque la agradaba todo lo bello, pero habia usado de unos y otras sin afectacion y sin orgullo, y habia dejado de usarlas sin pena, desde el momento en que por sus desgraciados amores con Yaye, por su casamiento con Miguel Lopez, y por la extraa fatalidad que la habia arrojado casada y vrgen entre los brazos del hombre de su amor, habia perdido la alegra de su alma: desde entonces, y durante veinte y dos aos, solo habia vestido un sencillo traje negro de lana, y una toca blanca, y lo que es mas, por amor su hijo, y para que nada le faltase, habia vendido una una y sin pena las admirables joyas de las sultanas y damas sus abuelas, como las que debia su hermano, y los ricos trajes con que se habia engalanado en su tranquila juventud: doa Isabel habia vivido apartada del mundo, replegada en si misma, viviendo solo para su hijo y para su amor, que era el recuerdo de Yaye; llorando solas con su lecho; inflamando su corazon en el candente recuerdo de la terrible felicidad que habia producido como una consecuencia maldita Aben-Aboo, rogando Dios con toda la pasion de su alma, porque reducido Yaye al cristianismo, pudiera abrirle sus brazos. Aquel dia habia llegado: Yaye era cristiano: Yaye era su esposo: doa Isabel habia arrojado lejos de s con su traje de luto el luto de su alma: como su alma se habia engalanado con todas las flores, con todos los perfumes de la felicidad, cuando recibi el rico canastillo de bodas de Yaye, al que acompaaban dos esclavas para servirla de doncellas, Doa Isabel, que habia vuelto ser la nia, habia visto aquellas joyas y aquel traje con placer, se habia perfumado, se habia puesto aquellas galas, y se habia contemplado al espejo: entonces su alma habia sonreido, y su conciencia ntima la habia dicho: --Eres mas hermosa que hace veinte y dos aos: eres la alegra y la vida de Yaye. Y doa Isabel habia llorado de felicidad, y habia esperado impaciente su esposo, con lo mas hermoso que la naturaleza produce, sobre su hermosura, con la magnfica y pura frente ceida por la diadema de las sultanas. Si no alcanzais soar en cuerpo y en alma, una mujer tal como la que el autor ve en su pensamiento, viva, palpitante, irresistble, al describiros doa Isabel, debeis sentirlo porque perdeis un bellsimo sueo: y como la vida es sueo.... Pero esto es muy vulgar. Os describiremos Yaye. Su traje era mas sencillo que el de doa Isabel, y pertenecia la moda de los tiempos medios de la dominacion rabe en Espaa: una pequea corona de oro macizo de puntas, lisa y sencilla: alrededor de la corona, una toca blanca, cuyo extremo, cayendo del lado zquierdo de la cabeza, ondulaba sobre el pecho y venia caer su espalda pasando sobre el hombro derecho: una tnica ceida de brocado verde con arabescos negros, grandes y sobrepuestos, larga hasta las rodillas, cerrada en el cuello sobre una camisa blanca y plegada, y abrochada por delante con una sola fila de botones de piedras preciosas: una faja de seda y oro ceida la cintura: una espada rabe con empuadura de oro cincelada en arabescos con inscripciones cficas esmaltadas, y un grueso brillante en el pomo: unas calzas de seda ceidas, grandes listas rojas y negras: unos borcegues de tafilete verde bordados con hilo de plata, y sobre este traje una especie de toga talar negra, abierta por delante, con mangas perdidas y forrada de armios. Doa Isabel llevaba asido de la mano Yaye hcia la chimenea. --Oh! y como tiemblas! le dijo: hace mucho frio, no es verdad? Yaye no temblaba por el frio, sino por la poderosa conmocion que le dominaba, cuando quera, acobardado por su destino, olvidarlo todo y embriagarse con el amor, con la hermosura, con el irresistible encanto de doa Isabel. --S, s, el invierno es crudo, dijo Yaye asiendo por la redonda cintura doa Isabel, que llena de solicitud, con todas sus galas, se habia inclinado sobre la chimenea para avivar su fuego. --Sintate, luz de mi vida, la dijo Yaye; tengo que hablarte. --Me dices eso de una manera demasiado sria, dijo palideciendo doa Isabel. --Nada temas, la dijo sonriendo melanclicamente Yaye. Y asiendo un sillon, le uni al de doa Isabel; se sent en l y asi las manos de su esposa que le miraba con ansiedad. --Por qu esa palidez, Isabel? la dijo Yaye que empezaba embriagarse y olvidarlo todo delante de ella. Acaso no tienes una gran confianza en m? --Despues de Dios en nadie confio tanto como en t, Yaye: pero desde que puedo llamarme legtimamente tuya: desde que puedo levantar mi frente tranquila y feliz, porque mi felicidad no puede avergonzarme... oh! un vago cuidado se ha apoderado de m: un recelo misterioso, que me he apresurado arrojar de mi alma: si, si, yo te amo; no s cmo hacerte comprender cunto te amo: mira: lo que voy decirte, es terrible, no debiera ser.... pero.... te amo mas... infinitamente mas, sin comparacion, ya lo creo.... te amo mas... que mi hijo! que al hijo de mis entraas!... es mas: cuando al fin Dios ha tenido compasion de m, y te me ha dado, he comprendido que amaba mi hijo, porque era hijo tuyo... he comprendido y me he sonrojado al comprenderlo.... que cuando durante mi viudez y mi luto, pasaba no s cunto tiempo bebiendo la mirada de nuestro hijo, fijos mis ojos en los suyos... era porque en la mirada de nuestro hijo hay algo de la tuya... oh! no sabes cunto me he desesperado, cunto he vacilado cuando he recibido tus cartas; cunto he deseado llorando estrecharte contra mi corazon: oh! yo te he amado siempre asi; desde el dia en que te v... desde el tiempo en que pasbamos tan dulces maanas cada cual en su mirador no he olvidado nada... nada... y cuando veia que el tiempo no me hacia vieja; que pesar de los aos, porque ya estamos cerca de las puertas de la vejez, mi corazon era siempre el corazon de una nia: cuando por un privilegio sin duda, veia,--yo puedo y debo decrtelo todo, todo lo que pienso, todo lo que siento,--veia, que mis ojos eran cada vez mas brillantes, y que me hacia mas hermosa... oh! y cmo la modesta viuda, la que siempre tenia fijos los ojos en el suelo delante de las gentes, la que siempre estaba plida, oh y cmo se contemplaba al espejo! y cmo se coloraban sus mejillas, y cmo decia su corazon: gracias Dios mio, porque me conservas hermosa para mi Yaye! haz Dios mio, que crea en t para que yo pueda unirme l! para que pueda mirarme en sus ojos como me miro en este espejo! Y al decir estas palabras doa Isabel, atrajo sus labios las manos de Yaye y las bes suspirando. Yaye estaba al fin embriagado: lo habia olvidado todo: no veia mas que doa Isabel, y no la veia en la tierra, se creia con ella en el cielo. Y esta embriaguez de Yaye, que era hermoso, daba tal expresion su semblante, tal lucidez sus ojos, que doa Isabel abria toda su alma para que la fecundase aquel amor. --Y mira, aadi doa Isabel: si nos hubiramos casado entonces, yo nunca te hubiera dicho esto, aunque pensaba del mismo modo; y no hubiera sido tan feliz, porque no hubiera conocido la desgracia. Estaba tan dominado Yaye, que no contest. --Escucha, dijo doa Isabel inclinndose sobre su semblante, colorada de un leve rubor y con el acento ligeramente trmulo: anoche, ya tarde, dormias: yo no: la felicidad, lo inmenso de mi felicidad, no me dejaba dormir: la lmpara iluminaba blandamente tu semblante: tu sueo parecia fatigoso, tu aliento ronco: yo vel tu sueo; yo hubiera querido leer travs de tu hermosa frente tus pensamientos: yo te contemplaba enamorada y cuidadosa, me parecia que el ensueo que se habia apoderado de t te hacia sufrir; de repente tu entrecejo se pleg de una manera terrible, tu semblante todo tom un aspecto de amenaza, tu boca una expresion cruel, feroz, y con una voz ronca, con palabras apenas articuladas, murmuraste: Amina! Aben-Aboo! yo me inclin sobre t, un casi mis oidos tus labios, y sent tu aliento que abrasaba, pero no oi ni una palabra mas. --Oh! dijo Yaye sonriendo, acabo de separarme de mi hija; mi hijo vela en la montaa frente al cristiano, mientras yo duermo entre los brazos de su madre! --Porque yo lo soy todo para t, como t lo eres para m, exclam con acento opaco y ardiente doa Isabel: porque olvidas entre mis brazos como yo olvido entre los tuyos... pero esos son breves momentos: algunas horas robadas la realidad; despues nuestro mismo amor vuelve sobre nuestros hijos: no es verdad?... no es verdad que nos engaamos cuando creemos que los amamos menos que nosotros mismos?... cmo hemos de amarlos menos? acaso no son ellos tu sangre? acaso mi hijo no es un pedazo de mis entraas? Yaye! Yaye de mi alma! t, y tus hijos y yo... no somos mas que un solo corazon...! no los olvidamos anegndonos en nuestro amor, porque ellos son hijos de nuestro amor! --Es necesario romper todo trance la situacion en que nos encontramos: yo era valiente cuando era desgraciado, cuando nada tenia que perder... ahora que te tengo t, me encuentro cobarde: el combate me estremece: se me figura que el primer arcabuz disparado por el enemigo ha de matarme: Isabel! aadi gravemente Yaye: es necesario que sepas lo que eres para m: desde anoche, luz de mis ojos, desde que he empezado satisfacer la sed de mi corazon, nada hay ya en el mundo para m mas que t: he vivido soando: he buscado lejos de t la vida, y solo he encontrado la muerte: y cuando al fin vuelvo vivir, la inflexible fatalidad me cierra el camino. Pues bien, estoy resuelto todo: nada puedo hacer por mi patria, porque la patria ha muerto: la ha borrado del libro de los pueblos y de las generaciones la mano de Dios. He resuelto revelarlo todo nuestro hijo... --Ah! dijo doa Isabel cubrindose el rostro con las manos. --Es preciso, preciso de todo punto, dijo Yaye: y quiera Dios que mi revelacion no llegue tarde, nuestro hijo est enamorado de su hermana. Dona Isabel se puso de pi plida como un difunto. --Y acaso tu hija le ama tambien? --No, es peor que eso: le aborrece. --Estamos malditos de Dios Yaye, exclam anonadada doa Isabel. --No, no; nuestro hijo, cuando sepa que Amina es su hermana, se horrorizar de su amor y le olvidar, le sustituir con otro... ademas, yo no estoy seguro... necesito averiguar... probar... en esto pasar algun tiempo... y en ese tiempo te obligo hacer un pequeo sacrificio. --Ante todo jrame que ests seguro de que podemos salvar nuestros hijos. --Lo estoy, contest Yaye. --Pues bien, sepa Diego en buen hora que soy su madre. --El sacrificio que acabo de indicarte, es mas sencillo. Se trataba de mi casamiento ante mi pueblo, de un casamiento aparente... --Con quin?... --Con la sultana Howara, dijo Yaye sonriendo. --Casarte t!... segun las costumbres de los moros, ese matrimonio debe consumarse, debe presentarse un testimonio la crte... y yo... yo no puedo permitir eso... t me has engaado de una manera infame. Y doa Isabel se levant con la clera de una leona. --Es que ese matrimonio est consumado, dijo Yaye sonriendo. Los hermosos ojos de doa Isabel irradiaron en una expresion de agona, de tal modo, que Yaye asustado se apresur decir: --Isabel! Isabel de mi alma! la sultana Howara eres t! --Dios mio! y que horrible juego! exclam doa Isabel dejndose caer sobre el sillon. --Toca la corona que rodea tu frente; mira la corona que cio: qu habia yo de cermela sino porque el momento de mi union contigo delante de los mios se aproxima? --Pero yo no comprendo esto! ese nombre rabe... --Es el de tu ilustre Abuela la sultana de Crdoba, la esposa del califa Abd-el-Rahman, el de la gran mujer quien debi Abd-el-Rahman el trono que le hizo grande. --Pero yo no quiero dejar de llamarme Isabel ni renegar de Dios. --Ya te he dicho que es solo un casamiento aparente. --Me obligaran confesar el islamismo? --Todos te creen morisca. --No tendr que pronunciar una palabra sola contra Dios? --No: es muy sencillo... se supone que ya est todo hecho: entregadas las arras concluido el contrato... todo se reducir tu presentacion; y una fiesta de bodas. --Ah! es decir que solo engaamos los hombres? --Y los engaamos por necesidad: Dios lo sabe. Si yo no tuviese que esperar por nuestro hijo... --Por nuestro hijo!... --Si... necesito reducirle... convencerle que nos siga. Los moriscos y los monfes han empezado la guerra de una manera infame: como verdaderos bandidos. --Oh! Dios mio! --Han incendiado, robado, degollado, exterminado: un caballero no puede desnudar con honra su espada al frente de ellos... he vivido soando; pero no he despertado tarde... durante algunos dias los engaaremos: despus nosotros, con nuestro hijo, nos acercaremos la costa, embarcaremos nuestros tesoros y nos trasladaremos Francia Venecia, para vivir solo por nosotros mismos. --Y tu ambicion? --Mi ambicion ha sido anegada por un torrente de sangre. --Oh! Dios mio! --Te juro que antes de un mes habremos arrojado esta corona que abrasa la frente, y estas vestiduras reales que oprimen el pecho. Pero es necesario dar el ltimo paso hcia nuestra libertad. Y Yaye se levant y asi doa Isabel de la mano. --Es decir que es esta noche? --Si, dijo Yaye. --Que nos esperan! --Si. --Yo me habia puesto estas joyas y estas vestiduras por darte gusto; pero no creia... --Si, ha llegado la hora de que los moros vean por un momento levantarse ante ellos una sultana tan hermosa y tan llena de magestad como la esposa de Abd-el-Rahman: es necesario que te aclamen, que los fascines y que contribuyas que no desconfien de nosotros. --Pero este terrible convenio durar poco. --Oh! te juro que antes de que pase un mes habremos fijado nuestro destino. Yaye llam las esclavas, y las mand que trajesen un haike. Envolvise en l doa Isabel la usanza mora, y enteramente encubierta, sin que se la viesen mas que sus magnficos ojos negros, y sin mostrar de su hermosura mas que la gallardia de su cuerpo y lo magestuoso de su paso, sali de la cmara. Aquella cmara estuvo desierta durante cuatro horas: al cabo de ellas oyse en el exterior ruido de caballos y de gente armada, y los alegres acordes de la zambra. Poco despues se oyeron abrir puertas en el interior, y al fin aparecieron Yaye y doa Isabel de vuelta, como su salida, en el haike, que arroj de s doa Isabel. --Oh! cuanta magnificencia y cuanta grandeza! dijo: no sabia yo que eras tan poderoso, Yaye mio. --Si, pero tras esa grandeza hay sangre y lgrimas dijo Yaye. Feliz aquel que en vez de nacer sobre un trono nace en una cabaa. --Ha habido un momento, dijo doa Isabel quitndose por s misma su diadema y sus ropas, en que aquellos ancianos de barbas blancas que llegaban uno tras otro inclinarse delante de mi; en que aquellos fuertes soldados que de igual modo me saludaban; en que aquella msica heredada de nuestros abuelos; aquellas lmparas que brillaban tan numerosas como estrellas sobre aquellas paredes de oro; aquellas esclavas que bailaban al comps de la zambra; aquel trono que tenia bajo mis pis, me fascinaron, me lucieron sentir no se qu vanidad, no s qu sentimiento de que aquello fuera un sueo. Porque eso ha sido un sueo, no es verdad? Ya no volver ponerme mas esa diadema: la vender y dar su precio los pobres: ya no volver ponerme mas esta tnica dorada y negra, emblema de la dignidad real: no es verdad Yaye? No es verdad que tu me amas del mismo modo con estas sencillas ropas castellanas? Doa Isabel se habia puesto un trage de terciopelo negro, y se habia colocado de una manera hechicera sus trenzas; pero como era excesivamente blanca, como habia conservado las arracadas, el collar de perlas y los brazaletes, con el ancho y largo vestido negro de terciopelo, indolentemente reclinada en el divan, asomando un precioso pi calzado aun con el borcegu morisco recamado de perlas, sobre el dintel de la chimenea; apoyando en el sillon un magnfico brazo desnudo, la cabeza en la mano, y fijando en Yaye una mirada intensa y enamorada, estaba infinitamente mas hermosa que con el deslumbrante trage, con el trage de relumbron de que se habia despojado. Yaye se levant, se quit la corona, la arroj con desden sobre un sillon, se desci la espada, arroj el ropon negro, se puso una loba de terciopelo que cruz sobre su pecho, y se acerc doa Isabel. --Oh! vida de mi vida! la dijo: t eres toda la felicidad que existe para m! CAPITULO XXXV. El reverso de la medalla. Era verdaderamente lstima que la fortuna no ayudase Yaye. Mientras l se embriagaba al lado de doa Isabel, el destino implacable, seguia su terrible camino y le preparaba nuevas desgracias. Yaye se habia arrepentido tarde. Las pasiones, los odios, los intereses que se habian cruzado en su camino habian llegado tal extremo que solo un milagro de Dios podia deshacer sus fatales consecuencias. Como si la justicia divina le castigase, no habia llegado la posesion completa del amor de doa Isabel, de su eterno sueo, de su pasion viva, sino cuando otras terribles desgracias amargaban su felicidad y la ennegrecian. Y deciamos mal cuando llamamos felicidad al estado en que se encontraba Yaye; es verdad que habia momentos en que la hermosura, la magia y el amor de doa Isabel le hacian olvidarse de todo y no vivir mas que para ella: pero ya lo hemos dicho: aquellos solo eran momentos que pasaban con una rapidez fatal para traerle de nuevo la memoria su hijo, apoderado de su hermana en una situacion misteriosa, tras cuyas tinieblas podia suponerse todo lo mas horrible: veia su pueblo ensangrentado de una manera criminal, horrorosa en una guerra feroz: lo veia todo perdido, sin esperanza de recobro, desde la felicidad de su hija hasta la libertad de su patria. Porque dado caso que Amina le fuese devuelta, en qu estado se la devolverian? Suponiendo lo que no era probable que Aben-Aboo la hubiese respetado, cmo hacer creer al marqus de la Guardia en aquel respeto? Cmo arrancar de en medio de los dos esposos el terrible espectro de la desconfianza, y la amargura de la suposicion, matando sus placeres, su paz, su felicidad? Cmo evitar que el marqus vertiese procurase verter la sangre de Aben-Aboo ni cmo poda su mismo padre dispensarse de castigarle? Y viniendo los moriscos cmo volver atrs despues de las horrorosas desvastaciones, de los asesinatos, de los horribles crmenes cometidos en las Alpujarras? Cmo seguir adelante, solos, abandonados de todos, encerrados en las breas de las Alpujarras, rodeados por los ejrcitos de Espaa, y combatidos por los grandes capitanes de Felipe II? [imagen: Venis pocos, y venis tarde.] Desesperado, loco y calenturiento, pero con la locura del leon, Yaye, habia corrido al remedio de aquellos males con una energa imponderable: habia aterrado los monfes, ahorcando algunos de aquellos que se habian mostrado mas infames en el degello de las Alpujarras: se puso su frente, los reorganiz, se dej ver de todos ellos indmito, soberano, prepotente, con la espada desnuda y la clera y la amenaza en los ojos. Les afe sus excesos, y promulg una ley por la cual se prohibia terminantemente so pena de muerte, asesinar los nios menores de siete aos, las mujeres fuese cualquiera su edad, y aun los hombres que no hubiesen tomado las armas que tomndolas no hubiesen hecho resistencia, que despus de hecha se hubieren entregado: en una palabra, regulariz la guerra; la matanza y el incendio cesaron, pero cuando ya habian sucumbido doce mil vctimas; cuando el horror de aquella catstrofe zumbaba por Espaa, pidiendo venganza, y por Europa, llamando gravemente la atencion de las crtes extranjeras: en cuanto sus asuntos de familia nada habia conseguido: parecia que la tierra se habia tragado Amina, su hija y Aben-Aboo: solo se habian encontrado en unos barrancos cercanos al lugar del robo, los monfes que conducan las literas y los que las precedian, muertos hierro, y las dos doncellas que acompaaban Amina en aquella ocasion, degolladas: vestigios que no eran los mas propsito para tranquilizar Yaye acerca de las intenciones de Aben-Aboo; respecto su hijo, Aben-Jahuar, Angiolina Visconti y doa Elvira de Cspedes habian asimismo desaparecido, y solo quedaba delante de Yaye, con la corona en la cabeza y la espada desnuda, avanzado las posiciones del ejrcito de Espaa, Aben-Humeya, pero triste, desalentado, sombro, y receloso. Harum-el-Geniz, Suleiman y algunos de los mas leales wales de Yaye, acompaados de cuadrillas compuestas de los monfes mas astutos y mas prcticos y conocedores de los escondrijos y senos de la montaa, buscaban por todas partes los que se habian perdido, pero de una manera intil. Todos los dias recibia Yaye un desesperante aviso de que nada se habia descubierto, y mas desesperado cada dia despus de este aviso, iba buscar consuelo en el frenes de su amor por doa Isabel: de aquel amor que le embriagaba. [imagen: Rogad Dios que os ampare, porque podreis morir aqui sepultada.] Antes de presentarse ella, Yaye hacia una violenta reaccion sobre s mismo, concentraba en su corazon todos sus dolores, y entraba sonriendo, como el hombre mas feliz del mundo, y se arrojaba en los brazos de su esposa. Doa Isabel le preguntaba por su hijo. Yaye le contestaba que Aben-Aboo estaba al frente del ejrcito, que se obtenian triunfos y que pronto podra, sin manchar su honra, dejando encomendada la prosecucion de la guerra buenos caudillos, abandonar Espaa ir gozar de su felicidad al extranjero. Doa Isabel creia Yaye, era feliz, le inundaba con todo el podero de su magnifica hermosura, con toda la poesa de su alma, con toda su pureza de nia, con todo su ardiente amor, y le fascinaba, le hacia soar y le daba algunas horas de olvido de todo lo que no era ella; algunas horas de felicidad suprema. Pero cuando la fascinacion pasaba, cuando Yaye se separaba de doa Isabel, caia de repente de aquel cielo soado, al infierno de la terrible verdad: en vano hacia esfuerzos desesperados: el terrible circulo que le rodeaba se estrechaba cada vez mas, amenazando ahogarle. Los sucesos ayudaban la venganza de sus enemigos. Venganzas algunas de ellas injustificadas, absurdas, pero ciertas, porque en el corazon humano dominan, por desgracia, la injusticia y el absurdo. A tal especie pertenecia el odio que profesaban Yaye Laurenti y Angiolina, porque este odio se fundaba en que Yaye era padre de una mujer cuya hermosura, cuyos amores con el marqus de la Guardia, habian herido el corazon y exasperado las pasiones de aquellos dos funestos personajes. Pero este odio era resultado de la ambicion de Yaye: si Yaye no hubiera llevado la crte con una intencion terrible Amina, Amina no hubiera excitado las pasiones de nadie. Es cierto que sin la venganza de Laurenti y de Angiolina, Yaye se hubiera encontrado combatido por la ambicion de Aben-Jahuar, por las rivalidades de sus hijos, por el amor desesperado de doa Elvira: Yaye meditaba todo esto, y veia con dolor que su culpa estaba en su nacimiento, primero, y despues en la educacion que se le habia dado; por ltimo en la ignorancia en que habia vivido durante su primera juventud acerca de su orgen, de su posicion y de los proyectos de su padre. Ninguna historia como la de Yaye tan propsito para probar la influencia de la fatalidad en la existencia de los seres. Todo lo que Yaye habia hecho, era lgico, necesario, y sin embargo todo lo que Yaye habia hecho se habia vuelto contra l amenazador y terrible. Jven aun, como que solo contaba cuarenta y cinco aos, no se atrevia volver la vista atrs, porque el pasado le obligaba cerrar los ojos, pretendia huir de su presente, y no se atrevia mirar al porvenir. Ni aun podia salvarse, huyendo con doa Isabel, la nica felicidad de su vida, continuar aquella felicidad en medio de una vida oscura: la situacion en que se encontraban sus hijos, le detenia en el peligro. Y qu peligro podia ser este? Yaye no le veia claro y distinto, pero lo temia todo: temia horribles desgracias; conocia que aquellas desgracias eran fatales, precisas; la expiacion necesaria de sus errores, y aun lo diremos: de sus crmenes. La desaparicion de tantas personas de quien con fundado motivo desconfiaba, era ya una terrible amenaza. Por qu se ocultaban Aben-Jahuar y Aben-Aboo? Por qu Aben-Humeya se mostraba con l taciturno, reservado, sombro? Yaye veia agolparse sobre su frente la tempestad, y habia perdido el valor que tan necesario le era para conjurarla: mejor dicho: Yaye no podia conjurar aquella tempestad y se aterraba. Por eso iba buscar la felicidad del olvido y de la embriaguez, todas las noches, al lado de su esposa. Por eso doa Isabel habia sorprendido alguna vez su sueo fatigoso, su suerte horrible. Yaye no podia expiar de una manera mas horrorosa sus errores, sus crmenes. CAPITULO XXXVI. En que el autor descubre donde estaban los que se habian perdido. Necesitamos dividir nuestra atencion entre tres lugares distintos. Dos de ellos los conocemos. El otro nos es enteramente desconocido. Si penetramos en el uno, en el subterrneo donde vivi en otro tiempo Calpuc, donde este tuvo herido Miguel Lopez, y donde Miguel Lopez muri por ltimo de hambre, encontraremos uno de nuestros perdidos personajes. A Amina. La veremos sentada sobre un lecho, inmvil, teniendo sobre su regazo su pequea hija, quien amamanta; y para besar la cual de una manera delirante, sale de tiempo en tiempo de su inaccion. Nada falta en el subterrneo que pueda hacer soportar la permanencia en l de una persona: nada mas que aire y da. Por lo dems se ha procurado embellecer y hacer habitable, cuanto ha sido posible, aquel antro. Quin habia revelado Aben-Aboo la existencia de aquel antro? Nuestros lectores adivinan su nombre sin duda. Habia sido Laurenti. Nuestros lectores saben que Laurenti habia encontrado en un proceso en la Chancillera de Granada, la historia entera en que se contenia la muerte de Miguel Lopez, la del capitan Sedeo, el orgen de dona Estrella de Crdenas, y dems sucesos que dejamos relatados en la primera parte. La justicia habia bajado al subterrneo, guiada por el mismo Calpuc; pero despues aquel subterrneo habia quedado abandonado. Un dia en que Aben-Aboo vagaba fugitivo por la montaa, y se habia entrado dormir en una cueva, encontr junto s, al despertar, una carta. Aquella carta contenia las siguientes palabras: Hace ya muchos dias que vagais pi, acompaado de algunos hombres de vuestra confianza, llevando con vos una dama y una nia, y evitando, siempre con peligro, el encuentro de los monfes que os buscan. Esa seora, demasiado delicada para andar con lluvia y con neve por breas y vericuetos, ser causa de que una vez deis en las manos del emir, que no seria en tal caso muy humano con vos. Yo, como vos, soy enemigo del emir, y quiero ayudaros, indicndoos un lugar muy escondido, donde podreis guardar vuestra prisionera y quedar libre para vuestros negocios y para evitar la persecucion de que sois objeto. (A seguida el autor del annimo daba Aben-Aboo las seas indudables, por las cuales podia dar con el subterrneo). No desconfieis de quien os escribe, concluia, porque si fuese vuestro enemigo, podria haberos muerto preso mientras dormiais, en vez de haber dejado junto vos y sobre vuestra ballesta, esta carta. Temeroso Aben-Aboo de que embarazado por Amina y por su hija, diesen con l los monfes que le buscaban, como ya habia estado punto de suceder alguna vez, busc el subterrneo por las seas que tan misteriosamente le habian dado, y encerr en l Amina y su hija. Aben-Aboo se encontraba, como Yaye, sin poder ir ni atrs ni adelante. Su tio Aben-Jahuar le habia metido de una manera insidiosa en aquel laberinto, del cual el jven no encontraba la salida. Sabia, no dudarlo, que el emir no tenia duda alguna de que l habia sido el raptor de Amina: sabia que del mismo modo que Yaye le habia colmado de beneficios, se ensangrentaria con l, si le habia las manos, porque sabia demasiado hasta donde llegaba la tremenda justicia del emir. Habia conocido al fin claramente, que su tio Aben-Jahuar le habia envuelto con una intencion refinadamente traidora en aquel compromiso, y en vez de presentarse lealmente Yaye, para manifestarle la verdad de los hechos implorar su perdon, le aconsej su miedo deshacerse todo trance y cuando pudiese del hombre que se lo inspiraba. La muerte del emir estaba decretada en el pensamiento de Aben-Aboo como un medio de seguridad; la de Aben-Jahuar como la satisfaccion de la venganza de una parte, y por otra como una medida prudente que debia librarle de un rival peligroso, porque Aben-Aboo habia comprendido de una manera clara que el objeto de Aben-Jahuar era destruir cuantos obstculos se oponian su ambicion, y quedar solo, como seor soberano, al frente de la rebelion de los moriscos. Para esto necesitaba Aben-Aboo una alianza, y la buse, mejor dicho, aplaz el buscarla en Aben-Humeya. Aben-Aboo entraba de lleno impulsado por su ambicion y por su miedo en la senda del crimen. Sin embargo, y como mujer, habia tratado y trataba con un profundo respeto Amina. Consista esto, primero: en que Aben-Aboo no amaba Amina, porque estaba enamorado de la princesa: segundo, en que habiendo resuelto deshacerse por medio del asesinato de Yaye, el resto de conciencia que le quedaba le separaba de la jven: y tercero, en que, prescindiendo de estos dos antecedentes, sabia que Amina jams podria ser para l mas que una esclava violentada. Aben-Aboo tenia en Amina una carga que conservaba por temor, y que en todo caso podia servirle para dictar condiciones al emir. Asi es que cuando Aben-Aboo bajaba todos los dias al subterrneo cuidar de Amina, no la hablaba una sola palabra. Unicamente un dia la dijo: --Parto para una empresa aventurada, en la cual podr perecer: os dejo provisiones para muchos dias. Si falto tres, rogad Dios que os ampare, porque podreis morir aqu sepultada. Amina lanz un grito de terror, estrechando contra su corazon su hija. Cul podria ser la empresa aventurada que acometia Aben-Aboo? Antes necesitamos revelar nuestros lectores los otros dos lugares donde encontraremos el resto de nuestros perdidos personajes. El segundo lugar que hemos dicho que conocemos, era el subterrneo de la princesa encantada. Si entramos en l una noche, encontraremos dos personas muy conocidas nuestras: doa Elvira de Cspedes, viuda de don Diego de Crdoba y de Vlor y Aben-Jahuar, su cuado. El lugar en que se encontraban no era aquel salon rabe en que ya hemos entrado una vez con Laurenti y Cisneros, sino un pequeo retrete, que se entraba por una de las puertas que, como dijimos, daban al corredor por donde era necesario pasar para llegar la gran cmara. Doa Elvira estaba recostada en un colchon doblado que la servia de divan: Aben-Jahuar estaba sentado junto ella en un escabel banquillo de pino; una candileja clavada en la pared, alumbraba aquel espacio de una manera siniestra, y por ltimo, algunas astillas de madera en el centro del pavimento roto, servian de calorfero. Doa Elvira se conservaba sumamente hermosa; pero su hermosura habia tomado un aspecto terrible: conocase que el disgusto contnuo, la ira reprimida, el deseo contrariado, el orgullo ofendido, habian ido fijando lentamente su marca en aquel semblante, hasta darle el aspecto del de un hermossimo demonio; su sencillo y severo traje estaba en armona con la terrible expresion de su semblante, y sin embargo, sonreia su cuado, y le sonreia con tal intencion, de una manera tal, que Aben-Jahuar estaba fascinado: porque en la mirada de doa Elvira hcia l habia amor, mas que amor, pasion: Aben-Jahuar se creia soando. --Sabes Elvira, la dijo, que apenas puedo creer lo que mis oidos han escuchado, lo que ven mis ojos? Que t me amas y que me amas hace mucho tiempo? --Si, dijo doa Elvira, te amo, te amo porque lentamente tu amor y tus sacrificios me han obligado. Y sabes por qu te he ocultado mi amor? --Yo creia que era imposible que me amases, dijo con recelo Aben-Jahuar. --Imposible! y por qu? --Porque... creia que amabas otro. --A Yaye? dijo con la mayor naturalidad doa Elvira. --Si, Yaye, contest con acento reconcentrado Aben-Jahuar. --Qu poco conoces el corazon de las mujeres! --Sin embargo, has rechazado constantemente mis deseos. --Porque no queria comprometerte... porque esperaba concluir para siempre de una manera desembarazada. --Concluir, qu? --Concluir mi venganza. --Contra Yaye? --Contra Yaye. --Venganza de amor? --Venganza de odio. --T has amado Yaye! --Yo no podia amar al asesino de mi marido. --Ah! --Yo no podia ni puedo amar al que es un obstculo para el engrandecimiento de mi hijo. --Consistir tu odio en que Yaye se haya casado con Isabel? --No, de ningun modo: Isabel y Yaye! digno consorcio! la mujer adltera unida al asesino de su marido! --Dame una prueba indudable de que me amas. --Y qu prueba? dijo doa Elvira infiltrando una candente mirada en los ojos de Aben-Jahuar. --S mi esposa. --Juro serlo en el momento en que me vengue de Yaye. --Y cmo piensas vengarte? pregunt Aben-Jahuar. --No lo s: hace mucho tiempo que Dios el diablo protegen ese hombre: he gastado manos llenas el oro para lograr que se apoderan de l, y no he podido conseguirlo. --En otro tiempo le tuviste en tu poder. --Enfermo! h ahi como me muestra su agradecimiento Yaye! casa su hija con ese marqus de la Guardia, hace su compaero en el gobierno de los monfes al hijo de su amante, y todo viene asegurarme su intencion de que piensa robar mi hijo la corona de Granada. --Una sola palabra, Elvira. --Cul? --No has sido tu tambien adltera? --Yo! --No has sido amante de Yaye? --Yo amante de ese miserable! --Pronto me dars una prueba de si le amas le aborreces. --Una prueba! --Si, porque si es cierta tu sed de venganza muy pronto vas ser vengada. --Vengada! exclam doa Elvira, y palideci y se extremeci. --Parceme que te espanta mi venganza, Elvira! dijo con acento terrible Aben-Jahuar. --Porque tiemblo! tiemblo de impaciencia. --Pues creo que esta noche quedars vengada. --Esta noche! pero cmo? --Qu te importa como sea, si esta noche ves ante tus plantas al emir? --Pero explcame!... --Oh! oh! cualquiera diria Elvira que le amas y que temes por su vida. --Su vida! exclam doa Elvira no pudiendo contenerse en el fingimiento que se habia propuesto: pues qu le vais matar? --Verdaderamente Elvira, dijo Aben-Jahuar con acento siniestro, qu ests muy ansiosa de su sangre? --Si! pero!... pero quin le va matar! exclam doa Elvira descubriendo cada vez mas su amor hcia Yaye. --No ha faltado quien diga tu hijo, quien se lo pruebe, que Yaye fue la causa de la prision y de la muerte de mi hermano. --Y mi hijo lo ha creido?... --Acaso en estos momentos, tu hijo se encamina al lugar donde sabe que debe encontrar al emir solo y desarmado. --Para matarle! --Cree que el emir ha sido la causa de la muerte de su padre. --Pero eso no es verdad: Yaye no ha tenido culpa alguna... --Pues no le acusabas poco hace t misma?... --Mentira! mentira! y escucha hermano: yo te creo violento, zeloso, irritado, pero no miserable: escchame por Dios hermano... porque es necesario evitar un horrible crmen. --Es decir, que amas Yaye? --Oh! Dios mio! si! exclam doa Elvira cubrindose el rostro con las manos: le amo desesperadamente hace veintidos aos. --Y por qu me engaabas? dijo Aben-Jahuar, dominando su odio y dando sus palabras un acento tristemente melanclico: por qu me decias que querias vengarte de Yaye? --Oh! yo no s! yo no s! yo estoy loca! Yaye me ha despreciado: le he escrito arrojando en mis cartas todo mi corazon, y no ha contestado mis cartas: he querido apoderarme de l, y no he podido: al fin se ha casado!... se ha casado con Isabel! yo queria vengarme... quiero vengarme... pero ya te lo he dicho: no s como: porque yo no quiero matarle... --Le matar tu hijo. Doa Elvira al escuchar esta terrible profeca lanz un grito de horror. --Mi hijo! exclam: mi hijo! un parricidio! --Un parricidio! exclam Aben-Jahuar levantndose: un parricidio has dicho! --Si, si: porque... mi hijo es hijo de Yaye! Destell de los ojos de Aben-Jahuar una mirada salvaje indescribible. --Oh! exclam: oh! pues entonces es necesario... necesario de todo punto evitar... yo no sabia... yo estaba engaado... y ese hombre... ese hombre extrao que nos ha procurado este asilo... ese hombre quien yo esperaba... --Pero yo quiero ir, volar junto mi hijo: decirle: el hombre que quieres asesinar es tu padre... es necesario salir al momento de aqu... Dios mio! Dios mio! no oyes que es necesario que salgamos de aqu?... --Pero yo no s las salidas, dijo afectando desesperacin Aben-Jahuar. --Llvame, llvame detener mi hijo! exclam doa Elvira arrojndose sus pis: logre yo impedir ese horroroso crmen... y te amar, Fernando, te amar con toda mi alma... y ser tuya, y ser tu esclava. No oyes que mi hijo es hijo de Yaye? --Alzate, y silencio; suenan pasos; acaso sea ese hombre: si es l, aun tenemos tiempo... si, si, l es... pero enjuga tus lgrimas, tranquilzate... se acerca. --Ya es hora! dijo acercndose la puerta Laurenti. * * * * * Debemos trasladarnos otro lugar, al lugar que hemos dicho que no conociamos, y donde encontraremos Angiolina. Todos los que hayan estado en Granada en las Alpujarras, habran tenido ocasion de ver que hay una clase de gente pobre, que vive en muy pobres habitaciones. Son estas, cuevas naturales, las que se ha puesto una puerta, abierto una chimenea, dilatado y blanqueado el interior. En Granada y en las Alpujarras, hay barrios enteros de estas viviendas, barrios cuyas calles son barrancos, y los que sirve de terrado el repecho de la montaa, cubierta de higueras de Tnez y de pitas, entre las cuales se levanta el humo de las chimeneas. Por lo general las gentes que viven en estos miserables albergues son gitanos. En una de estas negras viviendas, entr Aben-Aboo, la misma noche en que tuvo lugar la escena anterior. El jven iba solo, vestido la berberisca y armado con un arcabuz. Dentro de la cueva estaba una vieja calentndose junto un fuego medio extinguido, y asando castaas. Cuando entr, el jven se dirigi la vieja. --Ha pasado alguien? dijo Aben-Aboo. --Nadie! dijo la vieja: hoy como todos los dias el barranco ha estado solitario; solo he visto lo lejos por la loma de la fuente pasar un pastor de cabras. --Y no se acerc? --No. --Qu hizo? --Qu hizo? estar parado algun tiempo apoyado en su bculo. --Y nada mas? ya te he dicho que observes bien cuanto hagan los que pasen cerca lejos de la cueva. --Qu hizo? no me acuerdo de que haya hecho nada. --Nada! exclam con impaciencia Aben-Aboo. --Nada hizo, solamente puso un lazo en un madroo. --Ah! un lazo para coger gorriones? --Eso es. --Y no volvi? --No por cierto; aunque poco de irse, cay un gorrion en el lazo: yo esper algn tiempo ver si volvia, y como no volvia, atraves el barranco, llegu al madroo, cog el gorrin, me le traje, le as y me le comi. --Un lazo para coger gorriones! murmur Aben-Aboo. Y luego sacando de su bolsillo unas monedas de plata, dijo la vieja: --Vete. --Que me vaya! y dnde? --Ya no haces falta aqu. --Y quin cuidar de esa seora? --Te digo que no haces ya falta, tu cueva est cerca: vete con tus hijas. --Y ya no me dareis mas dinero? --Toma, toma, sanguijuela insaciable! dijo Aben-Aboo, dando la vieja dos ducados mas. --Todos los dias el hambre pide pan: antes cuando mi marido y mis hijos vivian, trabajaban y mi casa estaba alegre, porque siempre habia una olla al fuego y pan en la cesta; pero los cristianos mataron mi marido y mis hijos: mi casa ha quedado triste, y mis hijas buscan los pastores y los monfes para que les den un pedazo de pan, porque tienen hambre. --Yo mandar que te den cuatro ducados todos los meses. --Cuatro ducados! Dios es grande y misericordioso, y os recompensar, seor! --Bien, pero vete: necesito quedarme solo. Aben-Aboo franque la puerta. --Qu oscura y qu callada est la noche! dijo la vieja, asomando la puerta la cabeza: pero bien que dentro de dos horas saldr la luna. Que Dios os guarde, hermoso seor. Y la vieja se rebuj la cabeza en un andrajo, sali de la cueva, y pronto se perdi entre la oscuridad. Aben-Aboo cerr entonces fuertemente la puerta. --Un lazo para coger gorriones! repiti Aben-Aboo, tomando de un hueco de la cueva una linterna, y encendindola con una astilla del fuego: esa es la seal convenida: esta noche! esta noche al fin! Aben-Aboo se estremeci, y permaneci inmvil con la linterna en la mano. --Esta noche...! ese hombre, ese castellano es terrible: me ha probado casi que el emir es el asesino de mi padre: me ha probado que mi madre es una infame; ella amaba al emir antes de casarse con mi padre: recien casado con ella, don Diego de Vlor y mi tio Aben-Jahuar se llevaron consigo mi padre, y la justicia le encontr despues muerto de hambre y herido en el mismo lugar donde tengo escondida la sultana Amina: Dios es justo y misericordioso! Pero aun no estoy satisfecho: ese Godinez ese demonio en quien parece confiar tanto doa Elvira, la madre de Aben-Humeya, no me ha presentado ninguna prueba concluyente: es cierto que me ha hecho reparar en muchas circunstancias que casi me convencen... pero me ha dicho que la prueba indudable la tiene la princesa, que por su rivalidad con Amina, se la procur: la princesa est en mi poder... puedo tocar la verdad, y sin embargo esa verdad me estremece. Aben-Aboo di un paso hcia una oscura gruta de la cueva que conducia al interior, y se detuvo otra vez irresoluto. --Ser yo acaso el instrumento de una venganza infame? se dijo: pero no: la princesa... la princesa me embriaga... parece amarme... pero estar yo ciego? sin embargo la princesa me domina, sabe que soy su esclavo... sabe cunto la amo, que mi amor puede arrastrarme una violencia, y sin embargo, se encuentra conmigo alegre, satisfecha, tranquila: solo me opone que mientras viva el marqus de la Guardia... indudablemente el amor que ha tenido al marqus se ha convertido en odio... y yo... yo la amo mas cada dia. Es necesario resolverse. Y Aben-Aboo penetr en aquel antro. Lleg un ngulo, arroll con el pi un monton de tascos de estopa, removi despues el suelo terrizo que la estopa habia dejado descubierto, y apareci una trampa de madera. Levant aquella trampa, baj unas escaleras abiertas pico, y se encontr en un pequeo espacio, donde habia una cama, una silla y una mesa con una lmpara encendida. Salile al encuentro una mujer vestida de negro. Aquella mujer le abraz y le bes en la frente. Aben-Aboo se estremeci porque aquella mujer era Angiolina Visconti. --Oh!; cundo sereis mi esposa? exclam el jven. --Cuando sea viuda, contest tranquilamente Angiolina. --Viuda! --Ya sabeis que yo no he pertenecido mas que un hombre, que le he considerado mi esposo, y que mientras viva... --El marqus ha muerto, dijo Aben-Aboo. --Que ha muerto el marqus! dijo Angiolina con un acento reconcentrado, comprimiendo y dominando la angustia que se apoder de su alma. Aben-Aboo que la observaba profundamente, engaado por el violento esfuerzo con que Angiolina habia dominado su alma, dijo para s: --Indudablemente la princesa, no ama ya al marqus: si le amara se hubiera estremecido, se hubiera entregado alguna demostracion de dolor al saber su muerte. Angiolina ley sin duda el pensamiento de Aben-Aboo en su mirada, porque dijo con inters, con conmocion, pero sin terror, sin sentimiento: --Y dnde ha muerto el marqus? --En Cdiar: la noche de Navidad; la compaa entera cuyo frente se encontraba ha sido exterminada. --Ah! y le habeis matado vos? --Afortunadamente no. --Por qu decs afortunadamente? --Porque no quisiera unirme vos trayendo las manos manchadas con la sangre de ese nombre quien habia considerado como vuestro esposo. --De modo que, dijo Angiolina, anduve acertada en vestirme de negro para huir con vos de Cdiar? --Llevais por l luto? --No habeis dicho vos mismo que yo le consideraba mi esposo? --Y esa muerte no os causa pesar? --Ya lo veis, hablo de ello tranquilamente con vos como si se tratara de la de cualquier otro. --Pero no os mostrais alegre. --Yo no tengo mal corazon. Era que Angiolina no tenia sobre s misma dominio bastante para llevar su fingimiento hasta el punto de mostrarse alegre por la muerte del marqus, cuando estaba transida de dolor, anhelante, haciendo poderosos esfuerzos para que no saliesen sus ojos las lgrimas, sus labios los gritos desesperados. --Ser acaso que no creais que el marqus haya muerto? dijo el receloso jven. --S lo creo: porque segn lo que ha pasado en las Alpujarras, el marqus que era muy noble y muy valiente ha debido morir. --Ah! le elogiais! --El que haya sido conmigo un infame, el que yo me haya visto obligada primero desear vengarme de l, despus despreciarle, no prueba que cuando se trataba del servicio del rey fuese cobarde ni villano: para probaros que os creo, voy deciros una sola palabra: soy vuestra. --Que sois mia! exclam Aben-Aboo, levantndose de la silla. --Si, si, dijo Angiolina contenindole con un movimiento: despus de algunos dias... --Ah! dijo Aben-Aboo. Otro plazo! --No despreciarais algun dia una mujer que os abriese sus brazos, caliente aun el cadver de su esposo? --Esa extraa mana de llamar vuestro esposo al marqus...! --Yo le he considerado como tal. Sin embargo, podeis abreviar ese plazo. --Cmo? --Sabeis que soy enemiga del emir, porque de l vienen mis desgracias. Si l hubiera guardado mas su hija, no me hubiera visto ultrajada por el marqus. Si mi esposo... --De qu esposo hablais ahora...? --Del prncipe Lorencini Maffei. --Ah! --Si, mi esposo no s por qu malhiri al emir en Madrid, y huy: desde entonces qued abandonada, y me v obligada ampararme de Cisneros. Solo por una sucesion de tristes casualidades he podido venir vuestras manos. Aborrezco al emir y su hija, el odio que siento hcia ellos me abrasa el corazon. Si exterminais al emir y la sultana Amina... el dia en que me digais: no existen, podis pisar su sepultura, aquel dia... me arrojo en vuestros brazos. Angiolina se estremeci horrorizada de s misma: sabia que Aben-Aboo era hijo del emir, hermano de Amina, y sin embargo le pedia la sangre de su padre y de su hermana: y era que aunque comprimia su dolor, dolor causado por la noticia de la muerte del marqus, que Aben-Aboo la habia dado con la mayor seguridad, aunque sabia que el marqus no habia muerto, la enloquecia, la hacia sentir una horrible sed de exterminio, la arrastraba todo. Una fatalidad mas que se levantaba contra Yaye. Porque Angiolina, que, como hemos dicho, solo era infame cuando se tocaba su corazon, sus zelos, su desesperacion por el marqus, se habia reservado de dar Aben-Aboo la prueba aparentemente terrible de que Yaye habia tenido parte en el asesinato de Miguel Lopez. Si Aben-Aboo no se hubiera enamorado de Angiolina hasta el punto de inventar una mentira para procurarse su posesion, acaso Angiolina no se hubiera atrevido afrontar el horroroso crmen de levantar el pual de un hijo contra su padre. Pero al escuchar la noticia de la muerte del marqus, noticia dada con tal maestra, que Angiolina crey en ella, enloqueci y lo arrostr todo: en aquellos momentos, si hubiera podido, hubiera incendiado la creacion. --Otra condicion mas! exclam Aben-Aboo. --Pero condicion que podeis satisfacer fcilmente. --Matando al emir! --Acaso no fue l la causa, y el cmplice de la muerte de vuestro padre? --Me lo habeis repetido mil veces, pero no me habeis dado la prueba, dijo Aben-Aboo. --La prueba! queris la prueba? exclam Angiolina levantndose de donde estaba sentada, y sacando de debajo el cofre de sus alhajas que habia traido de Granada: os voy dar la prueba, aadi abriendo con mano temblorosa el cofrecillo, y sacando de l unos papeles doblados que entreg Aben-Aboo. Aquellos papeles eran parte del testimonio que Laurenti habia traido de Granada: en l constaban las informaciones hechas acerca de la muerte de Miguel Lopez, la acusacion y la sentencia contra don Diego de Crdoba y de Vlor, y las inculpaciones que este habia hecho, descargndose, contra el emir de los monfes, puesto que monfes habian sido los asesinos visibles de Miguel Lopez. Si Aben-Aboo hubiera meditado un poco, hubiera aplazado hasta informarse mejor, la ejecucion de su venganza: hubiera podido saber por Aben-Jahuar que ninguna parte habian tenido Yaye ni su padre Yuzuf en aquella muerte; pero solo ley esta terrible frase: los monfes fueron los asesinos de Miguel Lopez, y el emir de los monfes estaba enamorado de doa Isabel de Crdoba y de Vlor. Aben-Aboo, con los ojos desencajados se volvi Angiolina despues de haber cogido aquellos papeles, que por desgracia para Aben-Aboo estaban autorizados en forma. --Me habeis dicho que sereis mia, el dia en que podais pisar las sepulturas de Yaye y de Amina. Os aseguro que si cumplis vuestra promesa sereis mia maana. Y sin decir una palabra mas, sali desencajado, frentico. Cuando se qued sola Angiolina, lanz un largo grito de angustia, se arroj de costado sobre el lecho y rompi llorar por el marqus. Aben-Aboo entre tanto corria frentico travs de las breas, en medio de las tinieblas de la noche. CAPITULO XXXVII. En que se cuentan sucesos horribles. Aquella misma noche, el emir estaba sentado junto una chimenea en su alquera de Cdiar. Doa Isabel sentada frente l, indolente, magnfica, pero preocupada, fijaba su vista distraida travs de los cristales de una ventana, en la luna que acababa de parecer sobre una montaa inmediata. Yaye estaba tambien profundamente pensativo. --Ser necesario al fin romper por todo, dijo Yaye dirigindose doa Isabel. --Romper por todo? exclam esta. --Si, es necesario... necesario de todo punto, buscar nuestro hijo: necesito hablarle... despues de hablarle, espero que todo se arreglar: es un sacrificio, un sacrificio enorme: pero qu hacer? --No hemos resuelto ya que nuestro hijo sepa la verdad de su nacimiento? --Si, es cierto: pero yo lo dilataba; yo esperaba; el momento es llegado: despues de esto... --Despues de esto, y para evitar nuevas y mayores desgracias, ser necesario que hagas otra revelacion otro hijo tuyo. Yaye se puso plido: hasta entonces doa Isabel ni una sola palabra le habia dicho que indicase que conocia el misterio del nacimiento de Aben-Humeya: las ltimas palabras de doa Isabel, aunque tranquilas y afectuosas, le aterraron. --De otro hijo mio! exclam: acaso sabes?... acaso esa funesta mujer te ha revelado?.... --No; mi cuada nada me ha dicho: pero no sabia yo que hace veinte y dos aos, doa Elvira te tuvo en su poder? Acaso pudieron engaarse mis ojos? como no pudo engaarse mi corazon, no pudieron engaarse mis zelos; yo sabia que doa Elvira te amaba, que te amaba con toda su alma, con toda la vehemencia de un empeo contrariado. Mi hermano, despues de haber quedado t en poder de doa Elvira por aquella sucesion terrible de fatalidades, solo volvi para estar un momento al lado de su esposa y ser preso por el Capitan general. Cuando naci Aben-Humeya, no pude dudar de que era tu hijo: lo que habia visto, el tiempo trascurrido desde la prision de mi hermano, hasta el nacimiento de Aben-Humeya, todo me confirm en que era tu hijo. He guardado este terrible secreto de familia, pero en el estado que han llegado las cosas, es necesario que Aben-Aboo y Aben-Humeya sepan que son hermanos: preciso de todo punto. --Y crees que yo fui culpable, que yo acept por mi voluntad los amores con doa Elvira? dijo Yaye cuya voz temblaba. --Doa Elvira era muy hermosa! contest tristemente doa Isabel. --Doa Elvira abus de mi situacion: cuando doa Elvira me perteneci, yo no vivia, propiamente dicho: estaba dominado por un marasmo profundo... y es mas Isabel, y puedes creerme como si leyeses en mi conciencia: en medio de aquella fascinacion fatal, yo creia poseerte cuando poseia doa Elvira. Oh! cun terrible, cun funesta es mi historia! --No hablemos mas de eso: ha sido lo que Dios, sin duda para probarte, ha permitido que sea. Pero en el punto en que nos encontramos, es necesario obrar, y obrar pronto: romper esa cadena funesta con que nos estrecha el destino y nos ahoga; remediar como se pueda el mal causado, y empezar otra nueva vida, una vida enteramente distinta. Me has prometido arrojar esa sangrienta corona; quiero mejor vivir en una choza, al lado del mar, alimentndome de la pesca, tranquila, descuidada, feliz, con el amor de mi familia, que los alczares dorados, la servidumbre de los esclavos, las vestiduras regias, la grandeza del imperio, en medio de los remordimientos de horribles crmenes y bajo el peso de insoportables cuidados. --Oh! si quisiera Dios! --Ojal que Dios no est irritado contra nosotros! Y doa Isabel se puso de pi. --A dnde vas? la dijo Yaye. --Ha salido la luna, contest doa Isabel. --No te comprendo. --Dentro de un momento me comprenders. --Pero... --Silencio... djame hacer. --Te confieso que me espanta ese misterio. --Ese misterio se esclarecer pronto; pero no me detengas, dentro de un momento volver. Doa Isabel sali, y Yaye qued entregado una ansiedad indescribible, una curiosidad punzante y gravsima. Doa Isabel entre tanto habia ido una retirada habitacion de la alquera, cuyas ventanas daban sobre un barranco. Pero antes de decir lo que encontr doa Isabel en aquel aposento, debemos poner en antecedentes nuestros lectores. Algunos dias antes, doa Isabel habia recibido por medio de un gitano, mientras paseaba en el valle prximo la alquera, una carta de su hijo concebida en estos trminos: Necesito hablaros, madre mia: si quereis concederme esta merced, esperadme esta noche cuando salga la luna en una de las ventanas de vuestra casa que dan sobre el barranco. Yo llevar una escala que vos podreis recoger con un cordon. Nada de esto digais vuestro esposo.--Vuestro hijo que bien os quiere, Diego Lopez Aben-Aboo. Esta carta maravill doa Isabel, porque no podia comprenderla: ella creia que su hijo estaba al frente de los monfes avanzado contra Granada. Pero eran tan graves las circunstancias en que se encontraba Yaye, en que ella misma se encontraba, que guard un profundo silencio acerca de la carta de su hijo, y aquella noche, en el momento que sali la luna, fu la ventana indicada por Aben-Aboo, la abri hizo una ligera seal; la contestaron con otra seal desde abajo, y doa Isabel ech el cordon de que se habia provisto, sinti que abajo tiraban de l, tir su vez doa Isabel y trajo consigo una escala: la asegur al alfeizar, se atirant, y poco despues entr por la ventana un hombre. Aquel hombre era Aben-Aboo. --Qu significa esto, Diego? le dijo con ansiedad doa Isabel. --Estamos solos, madre mia? dijo el jven mirando con recelo su alrededor. --Si, solos estamos: el emir est en la montaa y no vendr hasta la media noche. --Tenemos entonces tiempo sobrado. --Pero yo te creia lejos de aqu. --No os ha dicho nada vuestro esposo, madre? --Y qu habia de decirme? --Nada os ha dicho de m? --No; solamente que te encontrabas mandando los monfes hcia el puente de Tablate. --Ah! no os ha dicho que yo le hago traicion? --No... no... pero eso es verdad? --No, madre, no, pero hay traidores que pretenden desunirnos todo trance. --Mi esposo est satisfecho de t. --Vuestro esposo sabe que me amais madre, y os engaa. --Engaarme! --Si: desde la noche del levantamiento de las Alpujarras ando huyendo, madre mia, y desde entonces el emir me anda buscando. --Pero por qu huyes? --Porque s que el emir me cree traidor, y me castigar. Vos sola, vos sola podreis, madre, hacer que el emir se contenga y consienta en escucharme. Si me escucha, yo me justificar: os lo aseguro, porque soy inocente: pero quiero que me escuche aqu, aqu y solas. Doa Isabel, que amaba con delirio su hijo, se afligi, llor, y le prometi que el emir le escucharia y que el que se hubiera propuesto dividirlos y enemistarlos, seria castigado. Doa Isabel y Aben-Aboo quedaron en verse tres noches despues. Doa Isabel iba cumplir su promesa. Abri una ventana, arroj una piedrecilla al barranco, y se oy abajo una palmada. Doa Isabel ech un cordon, le retir, trayendo una escala, la asegur, y poco apareci un hombre en la ventana y salt dentro. Era Aben-Aboo. --Habeis hablado al emir, madre mia? la dijo con ansiedad. --No; pero le he preparado; ahora le hablar; l tambien desea hablarte: pero, qu plido ests Diego, qu desencajado: te ha sucedido alguna desgracia, hijo mo? --Es que tengo miedo, madre. --Miedo! y de qu? --Miedo del emir! --Miedo de mi esposo! crees t que aunque fueses culpable, el emir podra castigarte? --Oh! madre mia! un demonio se ha puesto en medio de nosotros. --Quin? --Mi tio don Fernando el Zaguer. --Oh! siempre fue mi hermano traidor y miserable! pero nada temas, Diego, nada: no sabes que el emir me ama con toda su alma? que te ama... t... porque... porque eres mi hijo? --Madre, madre! decs eso de una manera! --El emir tiene que revelarte grandes secretos: secretos que tocan tu madre, que te tocan t: por terrible que te parezca lo que te revele mi esposo... crelo, hijo mio, crelo: tu madre te dice que lo creas. --Pero explicadme! --No; no: seria para mi demasiado sacrificio: el emir te lo explicar. --Una palabra: ese secreto pertenece vos? --Si. --Y por qu no me lo revelais? --No te digo que seria para m un horrible sacrificio? --Me poneis en confusion, madre. --Mi esposo te sacar de ella. Adios. --Tardar mucho en venir, madre? --Tardar un tanto, porque necesito prevenirle. Adios. Y doa Isabel, conmovida y trmula escap. Aben-Aboo se qued solo. --Si, si, dijo: sin duda pretenden revelarme, que mi padre muri manos de mi tio don Diego de Crdoba y de Vlor: pero es ya tarde; ya s lo que debo atenerme: se referir esa revelacion Amina? Quin sube? pero es preciso no perder el tiempo; ola! eh! primo! subid, y subid pronto! dijo Aben-Aboo en voz breve asomndose la ventana. Poco despues otro hombre entr en la habitacion. Era Aben-Humeya. --Est el emir en la alquera? --Si, contest Aben-Aboo. --Y has hablado tu madre? --Si. --Y nada sospecha? --Nada. --De modo que podemos dar el golpe? --Si, podremos vengar nuestros padres. --Oh! y qu horribles misterios, primo! --Pero le tenemos en nuestras manos. La justicia de Dios caer sobre los infames: l muerto: mi madre... no la matar, porque al fin me llev en sus entraas; pero castigar en ella la infame que se ha unido con el asesino de su esposo, con el padre de su hijo. --Si, si; con el asesino de mi padre. --Despues, t, rey de Granada, yo, emir de los monfes... --Una palabra, primo: sabes t del paradero de Amina? --Yo no: la amas?... --Te juro que si quise casarme con ella, solo fue por atraerme la amistad del emir. --Y yo lo mismo. --Muerto el emir... --Amina nada importa... --Si la encontramos... --Si la encontramos la jugaremos los dados. --La jugaremos... --Y quien la gane.... --La encerrar en su haren. --Convenido. --Me parece que suenan pasos. --Oh! si! debe ser el emir; escndete y est pronto: cuando yo me abrace l, hirele t por detrs. --Esconderme y dnde? --Aqu, tras de este tapiz. Pronto; ocltate. Aben-Humeya se escondi. En aquel momento se abri la puerta y apareci Yaye. Se detuvo alguna distancia de Aben-Aboo y le mir profundamente: el jven temblaba. --Tu madre me ha dicho que deseabas hablarme, dijo el emir. --Si, si seor, deseaba hablaros, porque me han calumniado, porque han suscitado vuestra clera contra m. --Creo que aqu no hay calumnia, sino error, dijo contenindose Yaye. Pero necesito que me hables con verdad: me has injuriado de una manera irreparable? --No seor. --Desdichado de t si no has respetado Amina! --Seor, dijo Aben-Aboo, ponindose letalmente plido. --Si, desdichado de t... porque es necesario decrtelo de una vez... Amina es tu hermana. --Que Amina as mi hermana! exclam aturdido por aquel golpe imprevisto Aben-Aboo. --Si, tu hermana, dijo profundamente conmovido Yaye, porque t eres... porque t eres mi hijo... --Vuestro hijo! que yo soy vuestro hijo! exclam Aben-Aboo... pero esto no puede ser, no... mi padre se llamaba Miguel Lopez. --Tu padre soy yo: t naciste diez meses despues de la muerte de Miguel Lopez. --La prueba! la prueba! grit Aben-Aboo. --No te ha dicho tu madre que creas cuanto yo te digo? --Pero mi madre es vuestra esposa, exclam Aben-Aboo: mi madre tiene inters... en hacerme pasar por vuestro hijo... --Aben-Aboo, grit Yaye: te atrevers dudar de m? M padre muri asesinado y le asesinsteis vos. --Yo?... --Si, vos, emir de los monfes... y por vengar mi padre yo he venido mataros... --A matarme! exclam Yaye, cuya frente se cubri de sudor fro. --Si, mataros y os mato, exclam Aben-Aboo, y por un movimiento rpido, que Yaye aturdido no pudo evitar, se abraz l. Y en aquel momento Aben-Humeya, salt como un tigre del lugar en donde estaba escondido, y antes de que Yaye pudiese desprenderse de Aben-Aboo, le clav un pual por tres veces en un costado, gritando: --Muere, asesino de mi padre! su hijo le venga en t! --Misericordia de Dios! exclam cayendo Yaye: asesinado, y asesinado por mis hijos! Aquella exclamacion en la boca de un hombre herido de muerte, aterr los dos jvenes que se miraron plidos de espanto. --Ah! que os perdone Dios! exclam Yaye cayendo; que os perdone Dios, porque no habeis sabido lo que habeis hecho! --Pero... exclam Aben-Aboo, inclinndose sobre el emir; sostendreis aun punto de muerte esta impostura? --Que os perdone Dios! dijo con desesperacion Yaye. --Ser cierta esa horrible revelacion?... --Corred, corred: buscad socorro; dijo el emir: yo quiero salvarme, no por m, sino por vosotros: quiero salvarme para que no tengais el remordimiento de un parricidio. En este momento un hombre apareci en la ventana y salt la estancia. Aquel hombre era Laurenti. --Es decir que todo se ha consumado? dijo viendo Yaye por tierra sobre un lago de sangre: es decir que los hijos han matado su padre?... --Laurenti, exclam Yaye... t... --Si: yo el bandido que se venga. --Has dicho que el emir es nuestro padre? exclamaron los jvenes. --Si, y os traigo la prueba. Lee t esta carta de tu madre, Aben-Humeya; la escribi hace veinte y dos aos; toma t esotra, Ahen-Aboo; tambien hace veinte y dos aos que la escribi tu madre doa Isabel. --Ah! las cartas! las terribles cartas que me robaron! exclam espirando Yaye, mientras los jvenes devoraban las cartas en que sus madres habian anunciado su nacimiento Yaye. --Si, si, te las rob yo, dijo Laurenti, rompiendo los sellos de la Inquisicion: me he vengado y nada tengo ya que hacer aqu. Adios. Y antes de que los dos jvenes pudieran detenerle, se precipit la ventana y se desliz por la escala. --Oh! no hay duda, no hay duda, exclam con desesperacion Aben-Aboo, es mi padre! Estoy maldito de Dios! Y sin atreverse mirar Yaye huy, ganando la ventana y la escala. Aben-Humeya qued inmvil, aterrado, como herido por un rayo, despues de leer la carta de doa Elvira. Luego tieso, rjido, terrible, como impulsado por un poder superior, se acerc Yaye, se inclin sobre l y le mir. Yaye estaba muerto. --Mi padre! dijo con voz ronca: mi padre! aadi, y se apret las sienes con las dos manos, y luego con los cabellos erizados, vacilante, como un ebrio, se acerc la ventana, gan la escala y se desliz por ella. El cadver de Yaye qued sobre un lecho de sangre en la estancia, y los pis de la mesa donde estaba la luz, las dos cartas que el horror habia dejado caer de las manos de Aben-Humeya y de Aben-Aboo. CAPITULO XXXVIII. En que empieza desenlazarse nuestra historia, con la salida pera la eternidad de dos de sus principales personajes. Entre tanto doa Isabel esperaba impaciente. Suponia que debia ser larga la entrevista de Yaye y de Aben-Aboo y no se habia atrevido escucharla. Durante algun tiempo permaneci anonadada en un sillon junto la chimenea. Luego, no pudiendo dominar su ansiedad se levant, fu su aposento, abri una puerta, entr en un pequeo retrete, se arrodill delante de un reclinatorio en que habia un cristo crucificado y se puso rezar. Para doa Isabel aquella era una situacion suprema. Su pudor de madre iba verse herido por la horrible revelacion que Yaye en aquellos momentos hacia sin duda su hijo. Un terror misterioso se habia apoderado de doa Isabel. Se senta mal, con el alma comprimida y no sabia darse razon de la causa. Estaba bajo la influencia de esa intuicion inexplicable que nos anuncia una desgracia; intuicion augurio del cual no podemos darnos cuenta, sino cuando la desgracia ha acontecido. Dominaba en torno suyo un silencio profundsimo y aquel silencio la asustaba. Se distraia y solo rezaban sus labios. Su corazon no estaba en Dios, sino en aquel apartado aposento donde se habian encerrado Yaye y Aben-Aboo. Pas asi algun tiempo, sin que nada turbase aquel denso silencio, aquella calma glacial. De repente se oyeron fuertes ladridos de los perros de la alquera, luego ruido de voces, y al cabo pasos precipitados en la cmara de doa Isabel. Esta se levant del reclinatorio y corri su cmara. En ella encontr Harum-el-Geniz, en cuyo semblante se notaba algo extraordinario. --Qu sucede? dijo doa Isabel. --Debe amenazarnos una gran desgracia, seora, dijo el leal monf. --Una gran desgracia! --Si, porque Aben-Jahuar el Zaguer, vuestro hermano y vuestra cuada doa Elvira de Cspedes, acaban de llegar la alquera y preguntan anhelantes por el emir, por vos, por vuestro hijo, por Aben-Humeya. --Hacedles, hacedles entrar al momento, dijo doa Isabel. Aben-Jahuar y doa Elvira fueron introducidos. Doa Elvira se avalanz plida doa Isabel. Hacia veinte y dos aos que aquellas dos mujeres no se veian: es mas, que se aborrecian. Doa Isabel mir con una expresion de gran extraeza su cuada. --Qu quereis en mi casa, seora? la dijo. --Qu quiero! salvar Yaye, quien vos habeis perdido, contest doa Elvira. --Qu decis? exclam con un supremo desprecio doa Isabel. --Dnde est Yaye? exclam con afan doa Elvira. --Si, dnde est el emir? repitio Aben-Jahuar. --Pero por qu me preguntais por l de ese modo? --Urge aprovechar los momentos, hermana, dijo Aben-Jahuar, imponiendo silencio con un ademan doa Elvira. --Est aqu, en su casa, dijo cada vez mas admirada doa Isabel. --Ah! loado sea Dios! dijo Aben-Jahuar. --Est hablando de negocios de familia con mi hijo, aadi doa Isabel. --Que est encerrado con tu hijo, hermana? exclam Aben-Jahuar, palideciendo de nuevo: y hace mucho tiempo que han quedado solos? --Cerca de una hora; pero no comprendo.... --Una hora! exclam aterrada doa Elvira. --Ha tenido tiempo bastante para asesinarle. --Para asesinarle! exclam doa Isabel: qu decis? --Tu hijo cree tu esposo asesino de su padre. Doa Isabel no escuch mas: se precipit hacia la habitacion donde habia dejado Yaye y su hijo, y Aben-Jahuar y doa Elvira la siguieron. La puerta de aquella habitacion estaba cerrada por dentro, y no se escuchaba hablar nadie en aquella habitacion. --Harum! Harum! grit fuera de s doa Isabel: echad esta puerta abajo, echadla. Acudieron Harum y algunos monfes y la puerta cay por tierra. Un grito de horror se exhal de todas las bocas al ver el espectculo que se present de repente los ojos de todos. Yaye estaba boca abajo sobre un lecho de sangre. Todos quedaron inmvibles, aterrados; doa Isabel con el semblante desencajado, con la mirada extraviada, di algunos pasos hcia el cadver, luego se detuvo, vacil, lanz uno de esos horribles gritos que solo lanzan las mujeres, y que solo expresan en toda su tremenda extension, el horror, el dolor, la desesperacion: extendi los brazos y cay de boca sobre el cadver, como un rbol quien el hacha hiere por el pi. Doa Elvira habia quedado muda, inmvil, con la mirada terriblemente fija en aquel grupo horrible de la esposa desmayada, sobre el cadver del esposo asesinado. Aben-Jahuar, horrorizado de s mismo, miraba tambien, como petrificado, aquel grupo, abrumado por el peso de su conciencia. Harum blasfemaba, levantando el cadver de su seor, llorando, rugiendo, amenazando los cielos y la tierra. Los otros monfes habian levantando doa Isabel que parecia muerta, y la habian llevado un divan. De repente Harum, cierto ya, de que su seor no existia, le dej de nuevo sobre la alfombra, y se volvi con la clera reconcentrada del tigre doa Elvira y Aben-Jahuar. --Vosotros habeis venido, dijo lanzando llamas por los ojos, vosotros habeis venido esta casa anunciando una desgracia, preguntando por Aben-Aboo y por Aben-Humeya. --Ellos! ellos! los malditos! ellos han sido! grit doa Elvira: sus hijos! el hijo mio y el hijo de esa mujer! Y doa Elvira, con los ojos inflamados, pero sin verter una lgrima, adelant hcia el cadver: --Yaye! exclam: t has sacrificado todo cuanto has tenido tu alrededor! tu aliento ha sido maldito para todo lo que ha tocado, y te has despedazado t propio, porque has caido bajo el pual de tus hijos: has vivido de la desgracia agena, y te has labrado tu propia desgracia! Que te perdone Dios! Y aquella mujer cayo de rodillas, levant las manos al cielo, y luego se cubri con ellas el rostro, y rompi llorar. --Idos! exclam Harum-el-Geniz, dirigindose Aben-Jahuar: idos antes que mi razon se extravie y no pueda responder de m mismo! idos y llevaos esa mujer! --Una palabra, dijo Aben-Jahuar que apenas podia hablar: el emir tenia una hija. --Sabeis vos lo que ha sido de la sultana Amina? --La sultana Amina est en poder de Aben-Aboo. --Pero dnde, dnde? --En el mismo subterrneo donde muri de hambre Miguel Lopez. --Es decir que vos, cuando tanto sabeis, sois cmplice en el robo de la sultana, y acaso en el asesinato del emir! dijo Harum, desnudando su pual y adelantando demudado hcia Aben-Jahuar. Una mano vigorosa detuvo el brazo de Harum. Volvise, y vi tras s, plido como un cadver, Calpuc, al rey del desierto mejicano. --Idos! idos! exclam Calpuc con voz conmovida. --Si, me voy, dijo con acento sentido Aben-Jahuar y pluguiera Dios que nunca hubiera venido: pero recordad, Calpuc: Amina est en el subterrneo donde vos tuvsteis Miguel Lopez. Y arrojando una ltima indescribible mirada Yaye, y asiendo de la mano su cuada, sali. Quedaron solos Calpuc, Harum y algunos monfes junto al cadver de Yaye y doa Isabel desmayada. --Aqu hay una escala, dijo uno de los monfes. --Por aqu han huido los infames, grit Harum. --Y en el suelo hay dos cartas, dijo otro monf. Tomlas Calpuc, y las ley extremecindose; despues las quem la luz de la lmpara. Calpuc parecia sereno, pero en lo plido de su semblante, y en lo concentrado de su mirada, revelaba todo lo intenso de su padecimiento interno. --Todo! todo cuanto he amado! exclam mirando Yaye. Harum no podia creer aquello, no queria creerlo, y continuaba rugiendo y blasfemando. --Juro al Dios Altsimo y Unico, desgraciado seor, no reposar hasta vengarte! juro al Dios Altsimo y Unico, vengarte de tus asesinos! no reposar hasta verter la sangre de Aben-Aboo y de Aben-Humeya! --Si, pero es necesario salvar la esposa y la hija de tu seor: la esposa est all, entre la vida y la muerte... la hija... yo ir delante de vosotros salvar mi nieta. * * * * * Yaye fue puesto en un lecho por los monfes que acompaaban Harum, y doa Isabel conducida su aposento y entregada al cuidado de sus doncellas. Poco despues, armados y gran paso, atravesaban la montaa cincuenta monfes mandados por Harum y guiados por Calpuc. * * * * * Entre tanto Aben-Jahuar y doa Elvira marchaban por un estrecho camino. Doa Elvira lloraba. Aben-Jahuar iba profundamente pensativo. Al llegar cerca de una venta, Aben-Jahuar se detuvo, y dijo doa Elvira: --No podemos permanecer en las Alpujarras; aqu todo es terrible para nosotros. --Oh! terrible, muy terrible! exclam doa Elvira. --Debemos pasar Africa: la guerra, muerto Yaye, enemistados Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeados los monfes en la venganza del emir, fracasar: no podremos olvidar lejos de esta tierra tantos horrores? --Haced de m lo que os plazca, porque ya todo me importa poco, contest doa Elvira. Y se dirigi la venta en la que entr con Aben-Jahuar. * * * * * Al mismo tiempo Laurenti se encaminaba acompaado de Cisneros la cueva donde habia dejado Aben-Jahuar Angiolina. --Con que hemos concluido ya, seor Godinez? dijo el comediante. --Si; si por cierto. Yo os dar tales papeles, que cuando os presenteis con ellos al arzobispo de Toledo, basten para que podais sin miedo volver vuestro oficio, por toda Espaa, y permanecer cuanto querais en la crte. --Y esa mujer? --La amais todavia? --Os lo confieso. --Pues renunciad ella, porque soy mas fuerte que vos, y tambien la amo. Llegaban en aquel punto la cueva: en el barranco un hombre tenia dos caballos del diestro. --Esperad aqu, dijo Laurenti. Y entr en la cueva. Al sentir sus pasos en la escalera, Angiolina, que habia esperado llena de ansiedad algunas horas hacia, se levant anhelante creyendo que era Aben-Aboo. --Me habeis vengado ya? exclam. --Si, dijo Laurenti: Aben-Aboo ha matado su padre. Angiolina di un grito al reconocer Laurenti. --Y como nada tenemos que hacer aqu ya, dijo el bandido, nos volvemos Roma, mi adorada Angiolina. El destino ha querido que no salgas de mis manos, hermosa; primero he sido para t en los tiempos mas felices de mi vida, un hombre misterioso, que gozaba, sino tus amores, tu hermosura; despues tu salvador Bempo; luego veces tu esposo el prncipe Lorenzini Maffei, veces Bempo tu esclavo: despus he sido Salvador Godinez, autor de comediantes, y al cabo vengo ser Laurenti el bandido, Laurenti tu seor. Preprate para acompaarme mientras escribo una carta para que ese pobre enamorado tuyo Andrs Cisneros pueda volver la crte. Laurenti sac de su bolsillo un tintero de asta, le destornill, sac de una cartera papel, y escribi una carta al arzobispo de Toledo, recomendndole Cisneros, que era merecedor de la gracia del rey, decia, contribuyendo la muerte del emir de los monfes, el enemigo mas respetable que tenia Espaa en las Alpujarras. Laurenti firmaba aquella carta con el nombre de Lope de Arias. Mientras Laurenti escribia, Angiolina, considerndose perdida, habia meditado un atrevido proyecto: resuelta ya lo que pensaba hacer, compuso su semblante, se domin, y cuando Laurenti la mand que le siguiese, se apoy sonriendo de su brazo. --Sin duda meditas alguna traicion, dijo el bandido, cuando tan tranquila te muestras. --Una traicion! dijo Angiolina: te engaas Laurenti... acaso no eres tu mi esposo? acaso no me he vengado ya de ese aborrecido emir? pues qu causa puede haber para que yo me entristezca? --Asi cantan las sirenas, pens para sus adentros Laurenti. Y sigui hcia afuera llevando consigo Angiolina. Cuando llegaron al barranco, Laurenti dijo acercndose Cisneros. --Tomad la carta que os habia prometido para el arzobispo de Toledo, y una bolsa con que podais hacer el viaje. Montad caballo y adios. --Y no nos volveremos ver? --Quien sabe? contest Laurenti. --Adios, seora, adios, dijo Cisneros montando caballo. Angiolina no contest, y Cisneros se alej despechado. Laurenti puso sobre un cogin, en el arzon delantero, Angiolina, y mont caballo; di algunas monedas quien habia tenido aquellos caballos, y sigui el barranco adelante. Por algn tiempo caminaron en silencio. La noche era nebulosa, fria, spero el terreno y el caballo, aunque era fuerte y gil, tropezaba con frecuencia. --Nada tienes que decirme, Angiolina? dijo Laurenti. --Nada, absolutamente nada, contest Angiolina con la voz perfectamente sonora. --No te aterra estar en mi poder? --No. --No temes que yo sea para t un amante excesivamente desptico? --No, Laurenti, no: si yo hubiera sabido que Bempo, el hombre que me ha acompaado durante diez aos, eras t, t el primer hombre de mi amor... --De tu amor...! --Si t hubieras observado otra conducta conmigo... sino me hubieras sentenciado aquella oscuridad misteriosa, aquella prision, aquella violencia contnua... --Me hubieras amado...! --Yo te amaba y te aborrecia un tiempo. --No te comprendo. --Miraba en t un tiempo el amante y el verdugo: hui del verdugo, pero he recordado siempre al amante. --Para ultrajarle. --No. --Has sido querida del marqus de la Guardia. --Me arroj en sus brazos un empeo de mujer. --Has sentido zelos de muerte contra la hija del emir. --Siempre mi empeo y mi vanidad de mujer: pero me he vengado y estoy tranquila: he vuelto tu poder, y no tiemblo, porque s que me amas Laurenti, que enloqueces por m, que por m eres capaz de todo: porque s que no ser tu esclava, sino tu seora. --Ah! --Si; mis miradas te embriagan, mis palabras te fascinan: mi amor te hace esclavo mio. --Es verdad, dijo con voz ronca Laurenti: por tu amor he cometido mis mas repugnantes crmenes; mis crmenes mas horribles: esa hermana en poder de su hermano... ese padre asesinado por sus hijos... Laurenti se estremeci: Angiolina se estremeci tambien. A entrambos los habian llevado el amor y los zelos crmenes monstruosos; en entrambos la conciencia se sublevaba contra sus hechos, implacable, severa: eran dos espritus condenados. Pero en entrambos quedaba arraigado el grmen que los habia llevado aquellos crmenes. Laurenti amaba con toda su alma Angiolina, y por un fenmeno singular, aquel amor se unia un odio implacable, porque Laurenti se sentia aborrecido por ella. Lo mismo acontecia Angiolina; amaba, codiciaba al marqus, pero el marqus habia herido su corazon y su vanidad, abandonndola, desprecindola por Amina. Angiolina creia muerto al marqus; le creia muerto por consecuencia de los manejos vengativos de Laurenti, y sentia contra l una insaciable sed de venganza. --Oh! yo te matar! dijo en su pensamiento Angiolina, cuando conoci que Laurenti estaba, mas que nunca lo habia estado, enamorado de ella. --Angiolina, dijo Laurenti, despues de algunos momentos de silencio: si t me amases, aun podria ser feliz. --Y por qu no he de amarte? no has hecho por mi inmensos sacrificios? no lo has sufrido todo? no me has visto acompaada por el marqus, apoyada en su brazo, sonrindole enamorada? --Ah! exclam Laurenti. --Sin embargo, yo no amaba al marqus: estaba nicamente ofendida en mi orgullo, y creia amor lo que solo eran zelos de vanidad, empeo. Pero cuando he sabido que el marqus ha muerto, no he llorado... --Quin te ha dicho que ha muerto el marqus? exclam Laurenti, disimulando su extraeza, porque sabia bien que el marqus vivia. --Aben-Aboo! contest Angiolina. --Has sabido que el marqus ha muerto, y no has vertido todo tu corazon en lgrimas? si tu hubieras muerto, yo no hubiera podido sobrevivirte! --Eso debe probarte que no le amaba. --Ah! yo te lo perdonaria todo Angiolina si pudiera creerte. --Y qu pruebas puedo darte para que me creas? Laurenti se estremeci de conmocion, estrech convulsivamente la cintura de la jven y la bes en el cuello. Angiolina suspir, se volvi, y rode sus brazos al cuello de Laurenti. --Yo te amo! le dijo suspirando. Y le bes en la boca. --Oh! tu amor! tu amor Angiolina! exclam el bandido no me engaas? --No; yo te amar toda tu vida y aun despues de tu muerte. --Oh! amado por t, mi vida ser muy corta, porque la felicidad me matar! --No, no te matar la felicidad, dijo Angiolina, apoderndose rpidamente de la daga de Laurenti, y estrechndole con fuerza contra su seno: te mato yo. Laurenti di un grito: habia sentido una punzada agudsima en su costado izquierdo, un cuerpo agudo que penetraba lentamente en su carne. --Si, te mato yo; miserable asesino; raptor y deshonrador de mujeres; ladron infame. Y Angiolina apretaba con fuerza la daga sobre el costado de Laurenti; y la estrecha daga penetraba con lentitud. De repente Laurenti abri los brazos, cay sobre la grupa del caballo, y desde all al suelo. Angiolina salt del caballo, y fu al sitio donde estaba Laurenti. --Muerto! exclam reconocindole: le he atravesado el corazon! miserable, que has sido la causa de todas mis desgracias! al fin me veo libre de t! lbre y sola! Ya me he vengado de t, pero aun me queda que vengarme de otro hombre: don Juan ha muerto... es necesario que Aben-Aboo muera tambien: y le matar; s, le matar, no s cmo, pero el infierno le arrojar en mis manos. Y temerosa de que Laurenti no estuviese bien muerto, con la crueldad del odio y del miedo, le atraves las sienes con la daga, sirvindose para hacer penetrar el arma, de una piedra manera de martillo. La daga qued atravesada en el crneo de Laurenti. Angiolina registr los bolsillos del cadver, se apoder del dinero que llevaba y de sus pistoletes, y montando de nuevo caballo, se alej, exclamando con un gozo horrible. --Oh! de esta vez estoy segura de no volverte encontrar! Y resuelta todo, llevando en la mano un pistolete amartillado, dej al caballo en libertad de marchar por donde mejor quisiera. Poco le importaba lo que pudera acontecerla; si encontraba cristianos, les diria que era una cautiva escapada del poder de los monfes, y si eran monfes se declararia cautiva de Aben-Aboo. El caballo caminaba la ventura. De repente, al atravesar una rambla, se escucharon pasos y voces de hombres, y se vieron relumbrando algunas antorchas. Al sentir las pisadas del caballo, todos aquellos hombres avanzaron y rodearon Angiolina. --Es una dama, exclamaron con asombro. --S, una dama que huye de sus enemigos, exclam Angiolina. --Ah! dijo un jven que acababa de sobrevenir: vos sois la princesa Angiolina Visconti. --Y vos sois don Fernando de Vlor. --S, yo soy Aben-Humeya. --Pues me doy por dichosa, dijo Angiolina, porque he huido de mis verdugos, y os buscaba para que me amparseis, seor. --Ah! hermosa princesa, en mala hora venis ampararos de m: pero no importa: asid del diestro el caballo de esa dama, y adelante. No podemos detenernos un momento hasta que estemos en medio de mi ejrcito. Hasta entonces, perdonadme si para salvaros y para salvarme, no me detengo un punto. Adelante, adelante y aprisa: es necesario que antes del amanecer lleguemos al Laujar. Aben-Humeya sigui gran paso al frente de sus moriscos entre los cuales sigui marchando el caballo de Angiolina, mas bien del difunto Laurenti. CAPITULO XXXIX. De cmo se perdieron de nuevo Amina y el marqus. Entre tanto Calpuc, Harum, y un cuerpo como de quinientos monfes, marchaban gran paso atravesando las Alpujarras en direccion Orgiva. Iba ademas con ellos otra persona muy conocida nuestra. El marqus de la Guardia que habia sido sacado por Harum del alczar subterrneo del emir. El marqus caminaba entre Calpuc y Harum. De tiempo en tiempo Calpuc exhalaba un profundo suspiro, al que contestaba una imprecacion del marqus y una blasfemia de Harum. --Por los siete cielos, y por el infierno! exclamaba Harum: muerto mi seor, y muerto villanamente traicion! muerto por esos dos miserables! [imagen: Muere, asesino de mi padre!] El marqus juraba y votaba, y ofrecia su alma al diablo por matar Aben-Aboo que le habia robado su esposa y su hija; pero el marqus no sabia, que Aben-Aboo y Aben-Humeya eran hijos del emir, y que por lo tanto Amina era hermana de ellos. Calpuc guardaba tambien dentro de su alma aquel terrible secreto. Los tres aguijaban sus caballos, hasta el punto de dejar atrs los monfes, que aunque iban la carrera, no podian seguirlos. De tiempo en tiempo Harum se volvia y gritaba los monfes: --Os habeis convertido en bueyes cansados, de cabras sueltas que rais? no sabeis que vamos en busca del asesino del emir, que vamos libertar la sultana? Los monfes lanzaban un alarido de furor y forzaban su carrera. Pero por mucho que apresuraban su marcha, y aunque eran fuertes incansables, no podian seguir los caballos. Estos les tomaron gran delantera. A punto de amanecer, el caballo del marqus, mas fuerte, mejor llevado por su ginete, habia adelantado los de Calpuc y Harum, y entraba en la rambla de los Gamos, en aquella rambla donde existia aun la encina muerta, de cuyas deshojadas ramas habia mandado colgar veinte y dos aos antes Yuzuf, padre de Yaye, los monfes asesinos de Miguel Lopez. Pasaba el marqus la carrera junto aquella viegsima encina, cuando de repente se oy el galope de otro caballo, y apareci al fin, trayendo sobre su lomo un hombre y una mujer. Este caballo, conduciendo aquel grupo, pas como una exhalacion por delante del marqus cortando la carrera su caballo. A la luz de la maana, el marqus crey reconocer en aquella mujer Amina, en aquel hombre Aben-Aboo, y no pudo quedarle duda, porque reconocido por Amina, la oy gritar: --Slvame! slvame de este infame! El marqus revolvi violentamente su caballo, exponindole dar de travs, y destrozndole en esta vuelta violenta; y se puso en seguimiento de Aben-Aboo. Pero fuese que el caballo de este fuese mas fuerte que el del marqus que estuviera mas descansado, pesar de la desventaja de llevar sobre s dos personas, sigui sosteniendo la ventaja que habia ganado, y sin que el marqus pudiera por mas que castigaba y excitaba su caballo, hacerle disminuir aquella ventaja. Hubo un momento en que Aben-Aboo revolvi su caballo con la intencion manifiesta de venir sobre el marqus y empear un combate. Pero vi tras el marqus otros dos ginetes lo lejos, aunque no pudo reconocerlos, y all, mas lejos aun, los monfes que entraban la carrera en la rambla, y se puso de nuevo en fuga. --Flanquead! flanquead y cortadle la huida! grit Harum los monfes: flanquead, mientras nosotros le seguimos por derecho! Y los monfes, al escuchar aquella voz de mando, se dividieron en dos bandas, y tomaron los atajos y los desfiladeros de la sierra. El marqus continuaba clavando sus espuelas en los flancos de su caballo que lanzaba gemidos de dolor, y corria cubierto de espuma, pero sin alcanzar ventaja. El caballo de Aben-Aboo no podia adelantar tampoco, por el aumento de su carga. De repente el caballo del marqus, se par jadeante: se extendi, tosi fatigosamente, arroj un vmito de sangre y cay muerto. Don Juan lanz una blasfemia, se desembaraz de los estribos, y sigui corriendo tras Aben-Aboo, pero desesperado. De improviso lanz un grito de alegra. El caballo de Aben-Aboo habia caido rebentado tambien. Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian las espuelas y se negaban correr. Los monfes empezaban aparecer sobre los flancos de la montaa y se oian sus gritos de amenaza Aben-Aboo. Este se desembaraz tambien de los estribos, asi Amina; carg con ella y se embre. Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo, que lo menos se veria obligado abandonar su presa. De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que habia logrado incorporarse al marqus, gritaba los monfes, algunos de los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas: --No tireis! no tireis! no veis que podeis herir la sultana? Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural, seguia corriendo. Oyse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo. Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por casualidad Laurenti. Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la credulidad supersticiosa de los monfes: al llegar cierto punto, Harum se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno, y los monfes que flanqueaban la montaa, se detuvieron tambien y retrocedieron cuando reconocieron la hoya. Solo el marqus, con la espada desnuda en una mano, y un pistolete amartillado en la otra, seguia tras Aben-Aboo y Amina, que se acercaban ya la roca la que se habia dado el nombre de Princesa encantada. Aben-Aboo di la vuelta la roca y penetr por la grieta, recorri los primeros senos, y al llegar un paraje se detuvo, dej en el suelo Amina que se habia desmayado por la emocion y la fatiga, se inclin sobre el suelo, levant una piedra, y descubri una mecha de yesca seca y perfectamente preparada. Aben-Aboo cogi aquella mecha entre la cazoleta del pedreal, y di fuego: la mecha empez arder; Aben-Aboo carg de nuevo con Amina y continu descendiendo la carrera, internndose rpidamente en el subterrneo. El marqus de la Guardia, aunque muy retrasado, penetr tambien en la gruta espada en mano, siguiendo Aben-Aboo. Entre tanto los monfes detenidos por su terror supersticioso en la frontera, por decirlo asi, de aquel terreno maldito, no daban un paso: el mismo Harum vacilaba, solo Calpuc atraves la carrera aquella demarcacion fatal. Excitado al fin Harum por su lealtad sus seores, la pas tambien. Pero ni un solo monf adelant. Limitronse rodear aquella demarcacion. Calpuc adelantaba, Harum le seguia. De improviso una detonacion horrorosa hizo temblar la tierra; la roca que representaba la Princesa encantada, vol lanzando gran altura enormes fragmentos, y solo qued en el lugar que ocupaba un monton de escombros calcreos. Calpuc y Harum se detuvieron plidos de espanto; y los monfes lanzaron un alarido de terror. Era imposible ya penetrar en el subterrneo: Aben-Aboo, Amina y el marqus de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados. Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar de la catstrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas, impidindoles el paso, separndolos de Amina y del marqus, cayeron de rodillas y oraron por ellos. Pero de repente Harum se alz. En su semblante plido se veia una expresion terrible de venganza, de una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombros relmpagos de muerte. Como l, Calpuc se habia alzado rgido y terrible. --De seguro, dijo volvindose Harum, en esta terrible voladura, solo ha perecido el marqus de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aqu sin vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado todo evento. Las voladuras se efectan siempre para arriba: esto lo s yo muy bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por la cual se habr sin duda salvado se salvar con Amina Aben-Aboo... pero el pobre marqus... --Acaso se haya salvado tambien, murmur con acento ronco Harum; seguia ya de cerca Aben-Aboo. --Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta mi nieta. Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos la ltima de nuestra familia. --Y los que no podamos salvar, los vengaremos, exclam Harum roncamente. Y alejndose de la sima que habia abierto la explosion lleg con paso lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido pasar los monfes. Calpuc le seguia. Harum hizo sonar su corneta. Poco despues los quinientos monfes, con sus dos banderas, estaban agrupados su alrededor: --Valientes! grit Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por Aben-Aboo y Aben-Humeya. --Venganza! gritaron una voz todos los monfes como impulsados por un mismo pensamiento. --Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: vosotros toca vengarle y le vengareis. Hay alguno entre vosotros que no quiera jurar enemistad muerte Aben-Aboo y Aben-Humeya? Todos callaron. --Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedar libre. Continu aquel elocuente silencio. --Es decir que desde hoy todos somos hermanos? grit Harum. --Si. --Que todos nos obligamos ayudarnos, defendernos y avisarnos? --Si. --Que en cualquier tiempo y ocasion puedo contar con vosotros cuando os llame? --Si. --En el nombre de Dios Altsimo y Unico! que ninguno de vosotros olvide lo que ha jurado, sino quiere ser tenido por infame y traidor! --No! no! gritaron en coro los monfes. --Pues bien: que ninguno de vosotros diga ni aun su padre el nombre de los asesinos del emir. --No! no! --Ahora, valientes, separmonos: yo har de modo que todos, cualquiera que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los dems vuestros apostaderos. Harum extendi el brazo en un ademan de imperio, y los monfes se disolvieron, encaminndose distintos puntos. Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera. --Ahora, dijo Calpuc, mi antiguo subterrneo. * * * * * Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el subterrneo. Antes de llegar la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron el llanto desesperado de una criatura. Cuando llegaron aquella habitacion, encontraron la pequea hija de Amina abandonada sobre el lecho. Tomla Calpuc en sus brazos, la bes en la frente, y exclam llorando: --Lo ltimo, lo ltimo acaso que me queda de todo cuanto he amado! CONCLUSION. LA VENGANZA DE LOS MONFIES. CAPITULO XL. En qu estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos meses despues de los sucesos anteriores. La guerra de las Alpujarras se hacia cada vez mas difcil y de resultado mas dudoso. El marqus de Mondjar no tenia medios para reprimir la insurreccion. Le faltaban hombres y dinero. Ademas, entre l y el presidente de la Chancillera, se cruzaban competencias de autoridad. Las prudentes medidas que el marqus de Mondjar tomaba para mantener en paz los moriscos del Albaicin y de la Vega, eran inutilizadas por las severas imprudentes represiones que el presidente don Pedro de Deza ejecutaba sobre los moriscos. Los alguaciles y las guardas de la Chancillera, se permitian con ellos toda clase de excesos, y por la mas leve causa, con los mas absurdos pretextos, eran encarcelados. La mayor parte huian las Alpujarras. La rebelion crecia. Un dia y otro llegaban noticias terribles. Ya era la de que en Guecija, los monfes, despues de haber acorralado en la torre de su iglesia una comunidad entera de frailes agustinos la habian matado, echndoles aceite hirviendo por un agujero abierto en el techo de la habitacion en que se encontraban; ya de que habian enchido rodeado de plvora al cura de Mairena, y le habian puesto fuego, y de que habian enterrado hasta la cintura al vicario de la misma villa, y le habian asaeteado; enterrando otros eclesisticos hasta el cuello, y dejndolos morir de frio y de hambre; ya de que otros cristianos habian mutilado los miembros y entregdolos las mujeres para que con almaradas los acabasen de matar; ya que este al otro corregidor, alguacil, corchete, miembro de justicia habian acaabereado, apedreado, desollado despeado; ya que los hijos del alcaide de la Poza llamado Arze, habian dado cruel muerte degollando al uno; azotando, crucificando, hiriendo en el costado al otro, como en escarnio y reproduccion de la muerte de Jesucristo; ya que un convento entero de monjas habia sido entrado, y repartidas las monjas jvenes entre ellos y hechas sus mancebas, y destinadas la mas dura servidumbre las monjas viejas: ya, en fin, de horrores repugnantes, inconcebibles, de todo punto infames, practicados por los monfes. Los que escapaban, maltratados algunos y heridos, llevaban el terror Granada, y las peticiones de represion y de venganza de los ciudadanos atemorizados, hacian mas precaria la situacion de los moriscos de la ciudad, y enconaban las diferencias entre el presidente don Pedro de Deza, y el capitan general, marqus de Mondjar. Este opinaba que nada debia hacerse contra los que en nada habian delinquido, y protegia abiertamente los moriscos de la ciudad, porque decia: --Si ellos tuviesen pensamiento de alzarse, y de faltar la lealtad al rey, hubieran aprovechado la entrada de los monfes en el Albaicin la noche de Navidad: mantenindoles en su lealtad por medio de la blandura; se conseguir que muchos de los moriscos de las Alpujarras que ven la guerra dudosa y la temen, se vengan Granada ponerse bajo el amparo del rey, cuando si los de la ciudad se les trata con rigor, huiran las Alpujarras y aumentaran desesperados la fuerza de la rebelion. Pero en contra de las razones del marqus, el presidente decia. --Los de la ciudad y los de las Alpujarras son unos mismos: si los de ac no se han levantado, es porque no han visto seguro el suceso, pero el dia en que por recibir ayuda de Berbera los rebeldes, por otra circunstancia, crean llegada la hora del triunfo, se sublevaran y nos encontraremos con los enemigos en casa. Deben, pues, ser considerados como enemigos ocultos y tratados con rigor. No se sabia cul de estos dos opuestos pareceres conceder el acierto; pero el resultado era que el presidente conspiraba contra el marqus de Mondjar; y que el marqus de Mondjar andaba contrario y enemistado con el presidente; que la ciudad, dependiente de la Chancillera en gran manera, andaba rehacia en ayudar en lo que podia al marqus, y que los habitantes castellanos, acusaban pblicamente de blandura y de parcialidad por los moriscos al capitan general, y pedian le sustituyese el marqus de los Velez don Luis Fajardo, adelantado de Murcia, en quien decian tener mas confianza. Del mismo modo los caballeros y gentes que habian venido ayudar en la empresa al marqus de Mondejar, estaban divididos, ayudando los unos al capitan general, ponindose los otros de parte del presidente y del marqus de los Velez. Aben-Humeya entre tanto habia acabado de levantar todas las Alpujarras; habia dado ocasion que el fuego cundiese la tierra de Almera, la Axarquia de Mlaga y la serrana de Ronda; habia enviado embajadores al rey de Argel avisndole del buen punto en que se encontraba la guerra, y pidindole socorro, y habia enviado Africa Hernando el Habaqu tomar turcos sueldo, de los que andaban pirateando en el Mediterrneo. Entre tanto las gentes del rey de Espaa llevaban en las Alpujarras la peor parte; el capitan Avila habia sido vencido y encerrado en Adia; Castil de Ferro fue tomado por los monfes; Orgiva habia sido entrada y ocupada; y el mismo Aben-Humeya, cargando con seis mil hombres sobre el puente de Tablate donde estaban las avanzadas de la gente del marqus de Mondejar, las hizo retroceder, vencindolas y obligando al capitan Diego de Quesada que las mandaba retirarse Durcal. Por esta victoria de Aben-Humeya, Granada estaba amenazada. El marqus de Mondejar se vi obligado, pues, salir contra el enemigo, dejando encomendado el gobierno de la ciudad el presidente don Pedro de Deza, y llevando por todo ejrcito ochocientos infantes, doscientos caballos y algunos caballeros particulares. Cuando llegaron encontraron cortado el puente. Al otro lado estaba Aben-Humeya con un estandarte y tres mil y quinientos hombres entre monfes y moriscos, armados parte con arcabuces y ballestas, parte con hondas y armas enhastadas. Parecian dispuestos defender todo trance aquella puerta de las Alpujarras. Aben-Humeya, ginete en un caballo negro, con corona en la cabeza y vestiduras reales, seguido de su estandarte, recorria sus apiados escuadrones que ocupaban el repecho; alentaba los unos, excitaba los otros, ofrecia recompensas, se multiplicaba, acudia todas partes, y obraba, en fin, como un valiente capitan. El marqus de Mondejar por su parte, mand la infantera forzar el paso del puente; pero la infantera que acompaaba al marqus, reunida de improviso pocos dias antes, mal regida y poco disciplinada, fue rechazada por los monfes, que repasaron el puente cargando en tropel y con recio alarido sobre las gentes del marqus. Entonces Mondejar mand cargar la caballera, pero la primera envestida empezaron arremolinar algunas picas de su escuadron, y el marqus, resuelto todo, se vi obligado envestir en persona, seguido de su guardia, de sus escuderos y de los caballeros particulares que le acompaaban. Aconteci que, como el paso era estrecho, entre dos cerros, y los monfes se embarazaban unos otros por el poco espacio, y presentaban un frente de ocho hombres, no pudieron resistir los primeros la acometida del marqus y de sus gentes, fueron arroyados y arrojados los barrancos laterales los primeros en que se encarniz la embestida, y revueltos los de detrs, y siendo muy estrecho el paso del puente, cayeron la mayor parte despeados al fondo del tajo, se retiraron los dems, y alentada la gente del marqus, pas la carrera y la deshilada por las tablas, apretando los monfes y hacindoles retirarse la montaa, donde no podian perseguirlos los caballos. El marqus pas adelante, puso alguna arcabucera en el castillo de Lanjaron, que encontr abandonado, y acamp en una cumbre delante de los enemigos. Pero esta victoria, sealada importantsima, porque quebraba el primer mpetu de los monfes, debida al arrojo y la sangre fra de Mondejar, no fue bastante para darle autoridad como capitan y acallar las rencillas y las competencias del presidente de la Chancillera y la rivalidad del marqus de los Velez. De nada le sirvi tampoco el haber libertado Orgiva, el haber conseguido notables ventajas sobre el enemigo, obligndole concentrarse, y todo esto con poca gente, sin ningun dinero, sin bastimentos ni provisiones. Culpbasele por el presidente Deza de haber causado con sus contemporizaciones la rebelion de los moriscos; se desestimaban sus triunfos, se atribuian al acaso mas que la pericia, todo esto en cartas al rey en que por el contrario se elogiaba al marqus de los Velez, que, requerido por el presidenta Deza, habia entrado con sus deudos, amigos y allegados en el reino de Almeria; se ponderaban su valor y su pericia: se referia enfticamente cmo habia combatido una gruesa taifa de moros que atravesaban desvandados por Illar; cmo habia tomado Flix, villa de moriscos y saquedola y llevdola sangre y fuego, y matando mas mujeres que hombres, y cmo por falta de vituallas, se habia visto obligado recogerse Casar de Canjayar, quien por otro nombre llamaban y aun llaman hoy, barranco de la Hambre, en memoria de que en l se recogieron los moriscos cuando don Fernando el Catlico fu sobre Andarax, en la primera rebelion de las Alpujarras, barranco en el cual murieron de hambre casi todos los moriscos que en l se refugiaron. Felipe II recibia estas cartas; las leia detenidamente, conocia la parcialidad que en ellas se encerraba, y no proveia socorros ni para Mondejar ni para el marqus de los Velez, ni se decidia por el uno ni por el otro. Poltica incomprensible, que dejaba crecer una rebelion respetable, que dilataba la guerra y empequeecia la influencia del rey en las Alpujarras. Sin embargo, puso algun temor los moriscos la toma de Poqueira, Jubiles y Paterna, lugares que por su aspereza creian inexpugnables, tomas tanto mas dolorosas para ellos, cuanto por la reputacion de fuertes de aquellas villas, habia recogido en ellas todos sus caudales que fueron tomados por los cristianos. Con estas ventajas crey el marqus de Mondejar tener ya vencida y punto de terminar la rebelion; pero esta, que parecia sosegada en el centro de las Alpujarras, salt por otras partes las Guajaras, que son tres lugares pequeos al Poniente de las Alpujarras, situados entre Almuecar y el valle de Lecrin, en la rambla que va parar al puerto de la Herradura. Los monfes ocuparon los dos peones que se llaman las Guajaras, uno alto, de subida spera y dificil, y otro mas bajo y accesible. Fortificronlos como pudieron, con piedra seca y mantas y enjalmas, falta de tierra y ramas, y aumentado su nmero por tres mil moriscos de los lugares vecinos, esperaron al marqus, que dejando con sobrada impremeditacion sus espaldas lugares sospechosos y mal reducidos como Ohaez y Vlor, carg sobre las Guajaras donde de nuevo aparecia la rebelion audaz y provocadora. Desastrada pudo ser para los castellanos esta empresa por la imprevision del marqus de dejar sus espaldas y sus flancos lugares enemigos. Acometidas las Guajaras, los monfes y los moriscos se defendieron con el valor de la desesperacion; el ardor del capitan de infantera don Juan de Villaroel empe una bandera de arcabuceros en el asalto imprudente del peon mas difcil; cundi la imprudencia, y ya pasaban de ochocientos infantes los que subian por lo mas spero del peon, sin que el marqus de Mondjar pudiese contenerlos; alentado el capitan Villaroel con aquel aumento de gente, creyendo tener asegurado para s el honor de la jornada, desoyendo las rdenes del marqus, prosigui en el asalto de una manera desvandada, dando ocasion los monfes de que le rechazasen con sus arcabuces y ballestas, y con una lluvia de piedras derrumbadas desde el alto del peon. De los moros, todos eran arrojar: hombres, mujeres, viejos y nios. Los cristianos fueron rotos, muertos de una manera desastrada la mayor parte de ellos; cargados por los moros que, al ver el desrden, saltaron del peon abajo, y mataron entre otros muchos hidalgos al imprudente capitan Villaroel, que cay desalentado con la espada en la cinta, acuchillado en la cabeza, y mutiladas las manos con que pretendia parar los golpes de los alfanjes y yataganes. Muri all tambien don Lus Ponce de Leon, que estando herido de muerte y por tierra, le despe un criado suyo por salvarle; y asimismo murieron el veedor de las compaas de Granada Juan de Ronquillo, y el nico hijo del maestre de campo Hernando de Orua, que cay ensangrentado los pis de su mismo padre. El marqus, la vista de aquel estrago y de los enemigos que embravecidos por el triunfo cargaban, prolongndose por la cumbre para tomarle las espaldas, guiados por los terribles walies Gironcillo y el Zamar, envi don Alonso de Crdenas con una manga de arcabucera que contuviese su mpetu. Logrse, contenindose el impetu de los enemigos; lleg la noche, y el marqus con su gente recogida y en ordenanza permaneci acampado delante de los moros. Al amanecer lleg al campo del marqus su retaguardia, compuesta de cinco mil quinientos hombres y cuatrocientos caballos. Renovse de nuevo el asalto del peon por todas partes, y siendo el combate encarnizado todo el dia, con gran mortandad de los cristianos, que eran heridos por los moros desde sus reparos y asperezas mansalva. Visto por los monfes y los moriscos que se encontraban cercados, que el campo del marqus habia vencido, que les faltaban municiones y vveres, y que al dia siguiente podrian resistir mal un nuevo asalto, rompieron durante la noche por el lugar que encontraron mas flacamente cercado, salvndose los monfes con sus capitanes Gironcillo y el Zamar, y sacando las mujeres y nios que pudieron, pero quedando otro gran nmero de los naturales en las Guajaras defendiendo el peon. El marqus puso parte de su gente en demanda de los que huian, y el wali Zamar, embarazado por el peso de una hija doncella, quien habia tomado en sus brazos, porque no podia seguir de cansada, fue herido en un muslo por un arcabucero preso, cautivada y deshonrada aquella hija por cuya salvacion se habia perdido, y enviado l mismo Granada, donde le mand atenacear el conde de Tendilla, hijo del marqus de Mondjar. Los horrores crecian. Los desdichados que habian quedado cercados en el peon, gente floja, mujeres, nios y viejos la mayor parte, fueron acometidos, tomada la cumbre del peon despues de un ligero combate, y pasados todos los que all se encontraron cuchillo, sin distincion de persona, edad, ni sexo. Cuando hoy se pasa por entre los peones de las Guajaras, los naturales sealan algunas anchas rfagas de tierra roja, y pretenden que aquella es la seal de la sangre vertida en aquella jornada. Esta jornada fue de poco honor para Mondjar; habia triunfado si, pero perdiendo la mitad de su gente, sin un gran resultado decisivo, puesto que aquella matanza de moriscos irrit mas que aterr los insurreccionados. Aquella victoria habia sido tan costosa, que se tenia por una derrota, hizo pensar que si de esta suerte seguia triunfando con frecuencia el marqus, se necesitarian para la guerra de las Alpujarras los ejrcitos de Jerjes y los tesoros de Creso. Apretaban, pues, el presidente Deza y los vecinos mas calificados de Granada en que se encomendase la empresa de la pacificacion de las Alpujarras al marqus de los Velez, quitando este cargo al de Mondjar. Este ltimo, por su parte, daba por concluida la guerra; pero para desmentirle se levantaban Ohaez y el marquesado del Zenete con nuevo empeo y temeridad increible; apenas castigados estos lugares, se alzaban otros, y los vencidos volvian levantarse cuando el ejrcito cristiano, yendo de ac para all, los desalojaba para ir sujetar nuevas insurrecciones. Perseguase, buscbase Aben-Aboo y Aben-Humeya, y no se les encontraba; pero los soldados no se volvian sin haber saqueado y cometido todo gnero de excesos en los lugares donde habian ido buscarlos. Vlor, Narila, Orgiva, sufrieron sucesivamente cuantas calamidades pueden llevar la guerra y el bandidaje una poblacion; las mujeres y los nios eran cautivados y vendidos, y muertos los hombres y los viejos. Vease con frecuencia una larga caravana de moriscas descalzas, desgreadas, aterradas, llevando sus hijos en los brazos unas, y otras de la mano, atravesando las montaas, escoltadas por algunos monfes, en fuga de los cristianos que se habian acercado su poblacion. Acontecia muchas veces que estas pobres caravanas de fugitivos encontraban con un cuerpo de cristianos, que los acometian, se ensangrentaban en ellos, los cautivaban, y no perdonaban gnero de ferocidad. Otras veces, por el contrario, los monfes encontraban al revolver de un desfiladero una inmensa turba desvandada de soldados espaoles, cargados con la presa de una poblacion que acababan de saquear, y llevando consigo mujeres cautivas; entonces los cristianos, embarazados por el botin, eran degollados, sin que los monfes tomasen uno solo preso, y veces sin que perdiesen los degolladores un solo hombre. Era, en fin, una guerra de exterminio y de bandidaje, cuyo fin no se veia, y que amenazaba siempre con el peligro de que el turco tomase parte en ella, enviando las Alpujarras un formidable ejrcito. Por resultado de un terrible descalabro sufrido en Vlor por las gentes del marqus, el rey mand este que recogiese su gente los lugares fuertes y suspendiese todo gnero de hostilidades hasta recibir nuevas rdenes. Algo mas adelante el rey conoci que se necesitaba mas capitan para aquella empresa, que el marqus de los Velez y el de Mondjar, y encarg de ella su hermano don Juan de Austria, quien, pesar de su mocedad, daba aliento y autorizaba la generosa sangre de su padre, el poder y respeto de su hermano, y bajo cuyas rdenes estarian mas obedientes los capitanes y mas sujetos los soldados. Por otra parte, alentados los monfes y los moriscos por las ventajas que recientemente habian alcanzado tras los pasados desastres, habian crecido en brios; Aben-Humeya mas ayudado por los suyos entr con mayor autoridad en el gobierno; imit la manera de ordenar la gente y de combatir de los cristianos, dividi su ejrcito en tercios, compaas y escuadras; nombr para estos cuerpos, maestres de campo, coroneles, capitanes, alfreces y cabos; di cada compaa una bandera, y como estandarte suyo levant un guion rojo con las armas de Granada. Dividi las Alpujarras en partidos, y estos partidos en taas, poniendo en cada taa para su gobierno un alcaide que atendiese la defensa y al mando de su demarcacion, y por ltimo, para su decoro y seguridad personal, cre una guardia de cuatrocientos arcabuceros. Tranquilos entre tanto y sosegados los moriscos de Granada, y los de la Vega, estaban muy lejos de temer la inmensa desgracia que se les preparaba con la venida de don Juan de Austria. El primer augurio de estas desdichas, fue la matanza que hicieron algunas gentes de Granada, de moriscos que estaban presos en la crcel de la Chancillera por mandado del presidente Deza. Culpbaseles, con razon sin ella, de estar en tratos con los de las Alpujarras, para alzarse con la ciudad, y entregarla al saqueo, al incendio y al degello. Aument el temor y el odio de los cristianos el haber corrido la voz el dia 17 de marzo de 1569, de que en la ladera de la Sierra Nevada mas prxima la ciudad, se habian visto de noche fuegos que parecian seales, y que de algunas ventanas y terrados del Albaicin habian contestado con otras lumbres. El presidente habia tomado precauciones en consecuencia, y habia mandado don Gernimo de Padilla, capitan de la gente de guerra que aseguraba al Albaicin, y al cuadrillero Bartolom de Santa Mara, que mandaba las rondas, estuviesen atentos y prevenidos, y al alcaide de la crcel que tuviese gran cuidado con algunos moriscos principales que tenia presos. El alcaide reuni algunos parientes y amigos suyos armados para que custodiasen los presos, y todo parecia estar prevenido, cuando una casualidad vino producir una catstrofe. Desde muy antiguo, la campana de la torre de la Vela del castillo de la Alhambra, al dar las once de la noche, toca treinta y tres campanadas; este toque se llamaba en aquellos tiempos el cuarto de la modorra. La noche del 18 de marzo, como el encargado de la campana tocase este cuarto mas tarde que de costumbre, y de una manera mas apresurada, creyse en la ciudad que tocaba rebato y se alborot Granada. Alborotronse asimismo los presos de la crcel, tanto cristianos como moros, y llegaron tal punto que vinieron las manos. Los moriscos se valian para acometer y defenderse, de muebles, ladrillos y palos que sacaban de los calabozos, y los cristianos y la guardia, unos con los travesaos de los grillos, otros con sus espadas y arcabuces acometian los moriscos. El corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte, que dormia en una sala del palacio de la Audiencia, oy entre sueos el ruido del combate de la crcel, se levant y mand un soldado que fuera ver qu era aquello. El soldado volvi diciendo que los moriscos presos se habian rebelado, y que estaban peleando con la guardia y con los otros presos cristianos; que los unos decian viva Mahoma! y los otros, viva la fe de Jesucristo! Avisado de lo que sucedia el presidente don Pedro de Deza, mand que la compaa de infantera que estaba de guardia en la Plaza Nueva, cercase la crcel, pero este tiempo ya grandes turbas de gente de la ciudad, creyendo que se tocaba arrebato, habian acudido armadas y entrado en la crcel. Los moriscos desesperados, habian juntado las esteras, los muebles, las camas, y les habian puesto fuego, y los cristianos un tiempo apagaban el fuego y pasaban cuchillo los moriscos entre torbellinos de humo. Diez horas dur esta escena de sangre, y fueron muertos hierro y fuego ciento diez moriscos que estaban presos, y cinco cristianos, resultando ademas diez y siete heridos. Muchas casas del Albaicin fueron saqueadas y robadas, y gran nmero de moriscos, aterrados, pasaron las Alpujarras aumentar la rebelion. En estas circunstancias el 6 de abril de 1569 parti don Juan de Austria para Granada, desde Aranjuez, donde habia ido recibir instrucciones del rey. Acompabale su ayo don Luis Quijada, y el 12 del mismo mes lleg la villa de Iznalloz, cinco leguas de Granada, en la que entr al siguiente dia con gran solemnidad, como quien era hijo del famoso emperador don Carlos, y hermano del rey de Espaa. Acompabale en la entrada el marqus de Mondejar que habia venido para esto solo de las Alpujarras. Salile recibir el conde de Tendilla con doscientos ginetes, vestidos y armados la morisca, y adelant al lugar de Albolote. Fuera de las puertas de la ciudad, le recibi el presidente Deza con cuatro oidores, y los alcaldes del crmen, y el corregidor con cuatro veinticuatros y sus tenientes y el arzobispo con cuatro dignidades del cabildo, y muchos caballeros particulares. Todas estas gentes llegaron hasta el rio Beiro, prximo la ciudad por la parte de la puerta Elvira, y all encontraron don Juan de Austria. En el llano del rio estaba formada la infantera en nmero de diez mil hombres, que al pasar don Juan, hicieron salva con sus arcabuces. Por industria del presidente Deza, y para predisponer al rigor la jven alma de don Juan de Austria, se habia preparado una farsa. Al llegar la puerta de Elvira, le salieron al encuentro mas de cuatrocientas mujeres, desarrapadas, desmelenadas, enlutadas, dando alaridos, y arrojndose los pies de su caballo. --Justicia, seor, justicia, gritaban en coro. --Nosotras somos las viudas y las hurfanas de los que han matado cruelmente los viles moriscos de las Alpujarras. --Venganza contra los asesinos de nuestros padres, de nuestros esposos, de nuestros hijos, de nuestros parientes. --Justicia, seor, y que no tengamos el dolor de ver nuestros enemigos perdonados. Y siguieron con sus alaridos, con sus lgrimas y con sus aclamaciones de venganza, hasta el punto de que don Juan de Austria se enterneci, las consol y las prometi cumplida venganza, todo con gran consentimiento del presidente Deza, autor de aquella pantomima, y con no pequeo fruncimiento de cejas del marqus de Mondjar, que veia claro donde iba encaminado todo aquello. Entrado don Juan en la ciudad, no tard en presentrsele una diputacion de los moriscos del Albaicin y de la Vega, compuesta de cuatro de los mas rcos y principales de ellos y un procurador general, el cual le espet el siguiente discurso que tomamos la letra del historiador Mrmol: Grande es el contento que aquestas gentes tienen de ver vuestra excelencia en esta ciudad para el remedio de tantos males como hay en ella, que cierto es, representan su destruicion. Temen que algunos habran desatado las lenguas y dado falsas nuevas de su fidelidad, diciendo ser autores del mal, favorecedores de los malos; mas confian en Dios, y en la bondad y clemencia de Su Magestad, que los que hubieren sido leales, seran favorecidos y bien tratados, como es justo sean rigorosamente castigados los que pareciere haber sido culpados en el levantamiento. Qujanse que son molestados por los ministros de las cosas de justicia y de guerra con cohechos; que los soldados les roban sus haciendas y les deshonran sus casas; y que hasta agora los superiores no han puesto remedio en ello. Y suplican vuestra excelencia lo mande remediar de manera, que desagraviados de lo pasado, proviniendo lo porvenir, cese el alojamiento de las gentes de guerra en las casas, y tengan libertad de poder ir seguros sus labores. Bien sabe que en esta ciudad cada uno da fuerza la ruin opinion, la acrecienta de manera, que muchos temen lo que ellos mesmos inventaren; mas asegralos la prudencia de vuestra excelencia, en cuya proteccion y amparo ponen sus vidas, honras y haciendas. A lo que don Juan de Austria, con sumo agrado, contest con las palabras siguientes: El Rey, mi Seor, me mand venir este reyno, por la quietud y pacificacion de l; sed ciertos que todos los que hubiredes sido leales al servicio de Dios, Nuestro Seor, y de Su Magestad, como decs, sereis mirados, favorecidos y honrados, y se os guardarn vuestras libertades y franquezas; pero tambien quiero que sepais, que juntamente con usar de equidad y clemencia, con los que lo merecieren, los que no hubieran sido tales, sern castigados con grandsimo rigor. Y en cuanto los agravios que vuestro procurador general dice que habeis recibido, darme habeis vuestros memoriales, que yo lo mandar ver y remediar luego, y quiroos advertir, que lo que dixeredes sea con verdad, porque de otra manera habriades hecho dao vosotros mesmos. Pero al salir los moriscos consolados con las nobles palabras de don Juan de Austria, estaban lejos de sospechar la tormenta que amenazaba sus cabezas. Pocos dias despues de la llegada de don Juan de Austria, lleg el duque de Sesa, y con su presencia empez tratarse del asunto de la pacificacion en consejo. Componase este consejo, bajo la presidencia de don Juan de Austria, del arzobispo, del duque de Sesa, del marqus de Mondjar, de Luis Quijada, y del presidente Deza, al cual se aadi algunos dias el licenciado Bribiesca de Muatones, del consejo y cmara de Felipe II, al cual habia enviado este exprofeso Granada. El marqus de Mondjar fue de opinion, la que se adhirieron el arzobispo y Luis Quijada, de que se remediase el dao poniendo guarniciones bastantes en los lugares de las Alpujarras, concentrando los moriscos que querian la paz en la parte llana de las taas de Verja y Dalias, y tomar las sierras con la gente de guerra: que sino bastase esto, se le diesen al mismo marqus mil infantes y doscientos caballos, con los cuales, y con la gente que habia dejado en Orgiva, destruiria los sembrados y quemaria los moriscos todos los bastimentos que tenian, reducindolos por hambre. Pero el presidente Deza, enemigo declarado del marqus de Mondjar, crey insuficiente lo que aquel habia opinado, y dijo que lo que se debia hacer antes que todo, era quitar de Granada y de la Vega los moriscos y deportarlos tierra adentro de Espaa, para que no pudiesen ayudar los moriscos rebelados con avisos, armas y gentes. Aconsej ademas, que para aplacar Dios, ofendido por tanto sacrilegio y tanto delito, se ejecutase un rigurossimo castigo en los alzados empezando por las Albunuelas y siguiendo las otras taas de las Alpujarras. Pidi, en fin, como buen clrigo de aquellos tiempos, la deportacion, el hierro y el fuego para los moriscos, y declar que solo de este modo podria llegarse la pacificacion absoluta y duradera del reino. El marqus de Mondjar, apoyado por el arzobispo y el duque de Sesa, se opuso con energa tan violentas y sanguinarias medidas, como quien sabia bien por haber sido muchos aos capitan general de Granada, que no era de los moriscos toda la culpa del alzamiento, sino del rigor y de la injustica con que hacia tantos aos se les venia tratando. Dijo: que no podia ni debia despoblarse un reino como el de Granada, de gente til y rica, exponindose perder el fruto las de ricas industrias que solo los moriscos conocian; que no era el rigor lo mas propsito para reducir gentes que excitadas por aejos y cada dia mas duros rigores, se habian levantado, y que solo servirian para despoblar y empobrecer el reino por una parte, y por otra para hacer mas encarnizada y duradera la guerra. Durante esta controversia, sobrevino el licenciado Muatones, con la autoridad de enviado especial del rey, y aunque al principio repugn la deportacion, instigado al fin por Deza y por el licenciado Bohorques, gente de su mismo oficio, convino en ella y en extremar el rigor; tuvo esta opinion mayora, se aprob, y no le qued al marqus otro recurso que representar al rey, y enviar con la representacion la crte su hijo el conde de Tendilla. Esta lucha del consejo producia dilaciones, se perdia tiempo y de l se aprovechaba Aben-Humeya para rehacerse, para organizar sus gentes, en una palabra. Conoci el consejo lo que en tiempo se perdia, y se di rden de seguir la guerra mientras llegaba la resolucion del rey acerca de las medidas que debian tomarse respecto los moriscos. Llamse de nuevo gentes de las ciudades, se atendi la provision de vveres y municiones, environse banderas de infantera de guarnicion las principales villas de las Alpujarras, y se recomend sus capitanes que tuviesen gran cuidado con la costa, porque se habian recibido noticias de la llegada de galeotas de Berbera con gente, armas y municiones para los moriscos. En efecto, Aben-Humeya enviaba mensages y presentes los alcaides y faqus que privaban con el Xerife y con el dey de Argel para que inclinasen y decidiesen sus amos socorrerle. De Tetuan habian venido las Alpujarras algunos soldados y mercaderes con provisiones; el dey de Argel, Aluch-Al, prometia venir en socorro de las Alpujarras en el momento que llegasen cuarenta galeras que Selim II le enviaba para aquella empresa; por ltimo, el Xerife habia enviado Aben-Humeya algunas fuerzas, y muchos turcos aventureros habian venido ponerse bajo sus banderas. Alentados los moriscos al ver que les acudian tantas gentes, no solo dieron por logrado el triunfo, sino que volvieron las poblaciones, y se dedicaron sus industrias y las labranzas de sus campos. Este aumento de fuerza de los rebelados, y la confianza de los moriscos eran demasiado amenazadores para que el receloso Felipe II no se decidiere por las medidas terribles. Entre tanto seguia completndose el alzamiento de las Alpujarras, y empezaba el de los lugares del rio Almanzora. Al fin lleg la resolucion de Felipe II acerca de la suerte de los moriscos. La deportacion de los de Granada y del Albaicin habia sido decretada. CAPITULO XLI. De lo que aconteci los moriscos de Granada la vspera de San Juan de 1559. Al amanecer, los tambores y los pfanos de las compaas de infantera tocaron llamada las gentes de guerra. Las principales plazas de la ciudad se vieron llenas de soldados. Luego se pregon solemnemente un bando, por el cual se mandaba todos los moriscos y mudejares que habitaban en la ciudad, en el Albaicin y en la Alcazaba, asi vecinos como forasteros, se reuniesen en sus respectivas iglesias parroquiales. No pudiendo resistir obedecieron. Pero aterrados, porque lo temian todo, porque no sabian qu iba hacerse con ellos. Cuando estuvieron reunidos en las iglesias, fueron encerrados en ellas. Preguntaron aterrados qu suerte iba ser la suya y el presidente Deza les ofreci cdulas de seguros de sus vidas, y lo que mas los tranquiliz fue la palabra que don Juan de Austria les empe en nombre del rey, de que los tomaba bajo el seguro y amparo real, que no se les haria dao, y de que se les sacaba de Granada para apartarlos del peligro en que se encontraban entre la gente de guerra. Los desdichados hubieron de satisfacerse con esto: permanecieron aquella noche presos en las iglesias guardados por algunas compaas de infantera, y al dia siguiente escuadronada y apercibida la gente de guerra en el campo del Triunfo, que est situado entre la puerta de Elvira y el Hospital Real, campo que aun no llevaba aquel nombre, salieron los moriscos de las iglesias entre arcabuceros, yendo entre ellos para protegerlos con su autoridad, don Juan de Austria, el duque de Sesa, el marqus de Mondjar, don Luis Quijada, ayo de don Juan, y el licenciado Briviesca de Muatones, y fueron encerrados en el Hospital Real, donde Francisco Gutierrez de Cuellar, caballero del hbito de Santiago, y teniente de contador mayor, venido por rden del rey Granada, y con l algunos otros contadores y escribanos, hizo lista de ellos con sus nombres, estado y profesiones, encontrndose despues de hecha la lista, pasar de diez mil los moriscos arrancados de sus hogares. No se hizo esta prision en mano sin que aconteciese algo terrible. A pesar de cuanto se procur por don Juan de Austria y los del consejo, que nada siniestro aconteciese al tiempo de trasladar los morscos de las iglesias al hospital Real, sobrevino un hecho, que puso en peligro de ser muertos manos de la soldadesca todos los moriscos. Don Alonso de Orellana, uno de los capitanes de la infantera de Sevilla, queriendo sealar su compaa de las otras, at en el asta de una lanza un crucifijo cubierto con un velo negro, y puso al soldado que le llevaba la cabeza de la compaa: al sacar aquella compaa los moriscos de las iglesias, los infelices, al ver la cruz enlutada, creyeron que los llevaban morir, y creyendo lo mismo las moriscas que iban llorando tras ellos, empezaron dar alaridos y mesarse los cabellos y exclamar: --Oh desventurados de vosotros, que os llevan como corderos al degolladero! cunto mejor os fuera morir en las casas donde nacsteis! En estos momentos, un soldado di un palo un morisco jven, que llevaba medio ladrillo debajo del brazo, y que, al sentir el golpe se lo tir al soldado partindole una oreja; esto aconteci cerca de don Juan de Austria: arrojronse los alabarderos de la Guardia sobre el morisco, y all mismo le hicieron pedazos. Revolvironse los soldados y los moriscos, empezaron correr voces entre los primeros de que el herido era don Juan de Austria, entre los segundos de que los iban matar todos, y fue necesaria la autoridad de don Juan de Austria, del presidente Deza y del marqus de Mondjar, para que no aconteciese una gran desdicha. Apaciguse, pues, los moriscos, se soseg los soldados, se apart al muerto, se retir al herido, y para que no se alborotase la ciudad y matasen los moriscos que iban por las calles, don Juan de Austria mand don Francisco de Sols y Luis de Mrmol Carvajal, que mas adelante histori la rebelion de los moriscos de Granada, se pusiesen las puertas de la ciudad y no dejasen entrar nadie dentro. Al fin los moriscos fueron encerrados en el Hospital Real, edificio gtico de fines del siglo XV principios del XVI, fundado por doa Isabel la Catlica, para la curacion de toda clase de enfermedades y expecialmente para recoger locos. Aquellos pobres moriscos, solo por el delito de serlo, y por haber inspirado temor, fueron deportados al interior de Castilla: todos fueron tratados cruelmente, y muchos de ellos muertos, vendidos otros por esclavos y repartidas entre la soldadesca las moriscas mas hermosas. A pesar de esta deportacion, no qued Granada enteramente limpia, como se decia entonces, de moriscos: habian quedado en la ciudad y en las alqueras de la Vega los nios menores de siete aos, y los viejos mayores de cuarenta, como gente que no podian causar recelo; y mas de esto, muchos oficiales de artes y oficios, que eran necesarios en la ciudad, y los mudejares, porque alegaron que no debian ser tratados de igual manera que los moriscos, porque decian descender de cristianos, que habian vivido como en vasallaje entre los moros, y que sus antepasados habian servido buena y fielmente los prncipes cristianos contra los reyes moros. Hecha esta limpia de seguridad, por decirlo asi, los ciudadanos de Granada se creyeron salvos; pero sin embargo, empez notarse la falta de los moriscos deportados; resintise el comercio, se enflaqueci la industria, las casas y jardines de los moriscos tan bellos poco antes, empezaron verse asolados, destruidos y tan mal parados, que parecia, segun el dicho de los contemporneos, que habia caido una maldicion sobre Granada. Los moriscos viejos, llorando sus desventuras, decian haberse cumplido un pronstico hecho en otro tiempo los de Granada: este pronstico les habia anunciado que vendria un tiempo en que bajaria por la cuesta de Alacaba un arroyo de sangre morisca que cubriria una gran piedra puesta en la desembocadura de aquella cuesta al campo del Triunfo, en una esquina del convento de la Merced: y ciertamente que pudieron dar por cumplido el pronstico, porque el dia de la deportacion bajaron por aquella cuesta tantos moriscos, que bien pudo considerrseles como sangre que cubri la cuesta y la piedra. Hubo otra circunstancia, sin duda casual, pero que podria tenerse por peor resultado de un fatalismo: la batalla de las Navas de Tolosa, fue la mas funesta de cuantas ganaron los cristianos los moros: en las crnicas rabes, se encuentra aquel hecho sealado con el nombre de batalla de Hins al-Acab[28]: Hins al-Acab, se llamaba y se llama hoy en Granada, la cuesta por donde bajaron del Albaicin los moriscos para ser deportados. Dado este terrible paso de precaucion, costa de la libertad, de la vida y de las haciendas de diez mil infelices, se pens en llevar adelante la guerra de las Alpujarras todo rigor. Aben-Humeya y Aben-Aboo, rey el uno, alcaide de los alcaides el otro, entre los moriscos, se robustecian y organizaban sus fuerzas: el marqus de Mondjar no inspiraba gran confianza por su blandura, y don Luis Fajardo se averiguaba muy mal con los moriscos del Almanzora y del Marquesado. Aben-Humeya se habia apoderado de las fortalezas del rio Almanzora, y puesto por general de aquel distrito al Malek, tristemente clebre por sus desgracias, y que mas tarde debia morir desastradamente, con su amante Maleka en Galera, y ensoberbecido con los socorros que le habia enviado el dey de Argel, no dejaba reposar un punto los cristianos, y aunque no alcanzase grandes ventajas, la confianza de los moriscos de la Alpujarra crecia hasta el punto de que labraban tranquilamente sus tierras y se entregaban al artefacto de la seda, como si fuesen las gentes mejor defendidas y seguras del mundo. En vista de esto, y de que Aben-Humeya seguia levantando la tierra, y extendiendo la rebelion, temindose que esta cundiese los reinos de Valencia y Murcia donde habia un considerable nmero de moriscos, el rey determin que se hiciesen dos campos contra los rebeldes, uno bajo las rdenes de don Juan de Austria, y otro bajo las del marqus de los Velez. En cuanto al marqus de Mondjar, para evitar entorpecimientos y competencias, se le apart de Granada con el pretexto de que fuese la crte informar en persona al rey acerca de los asuntos del reino de Granada, y de la manera que se habia de tener para sujetar los moriscos, como quien habiendo sido tantos aos capitan general de Granada, debia conocer bien aquellas gentes. Al saber que el marqus de Mondjar era llamado la crte, el licenciado Briviesca de Muatones, como prctico que era en cosas de estado, dijo (era tuerto de un ojo): _que me saquen el otro si el marqus torna de all mientras dure la guerra_. En tal estado se encontraba la rebelion del reino de Granada principios del mes de octubre de 1569. CAPITULO XLII. De cmo empezaba Harum vengar al emir. Era una de esas terribles noches de tormenta que tan frecuentes son en el otoo en las Alpujarras. Llovia, relampagueaba, tronaba, zumbaba el viento entre las breas. Las calles de Andarax estaban completamente desiertas. En Andarax estaba Aben-Humeya con trescientos escopeteros de su guardia, y mas descuidado de lo que debiera estarlo, acompaado siempre de dos mujeres y entretenido en zambras y diversiones. Una de estas mujeres era Angiolina Visconti. Irritbale esta con su hermosura, le enloquecia, le entretenia con promesas y entre tanto le vendia. La otra mujer se llamaba Mara de Rojas, y era morisca. Esta Mara de Rojas, prima de Diego Alguacil, uno de los moriscos mas influyentes en las Alpujarras y en Granada, era sobrina de aquel Miguel Rojas, padre de Isabel de Rojas, con quien ante la Iglesia Catlica se habia casado Aben-Humeya. Este, voluntarioso y tirano antes de haber asegurado su cabeza la corona, habia repudiado su mujer, dejndola abandonada en Granada, habia matado con extremada crueldad los parientes de su esposa que se atrevieron pedirle cuenta de aquel abandono, y enamorndose de Mara de Rojas, que era hermossima, se la arrebat Diego Alguacil de quien era amante, y se cas con ella la usanza mora. Aben-Humeya no comprendi que debia ser natural y precisamente su enemigo una mujer cuyo padre y hermanos habia muerto, quien habia arrebatado sus amores, y que aquella mujer debia pensar en vengarse; crey que todo lo olvidaria una vez sultana de las Alpujarras, y la arrastr su tlamo: mat su alma como habia matado sus parientes, y se embriag con sus amores fingidos, porque Mara de Rojas no habia olvidado nada, ni su padre extrangulado, ni sus hermanos degollados, ni Diego Alguacil, de cuyos brazos casi habia sido arrancada. Fuese que el remordimiento de haber matado su padre, fuese que la confianza de su fortuna hubiesen embriagado Aben-Humeya, nada temia, y lo que era peor aun, se rodeaba de enemigos y provocaba el peligro. Mara de Rojas, al ver un dia en la casa de Aben-Humeya Angiolina Visconti, apareciendo como un nuevo sol, al cual se volvian los inconstantes amores de Aben-Humeya, no tuvo zelos, porque no puede tenerlos quien no ama, pero alent esperanzas: comprendi que Angiolina era tan desgraciada como ella, y que como ella ardia en sed de venganza contra Aben-Humeya: no tardaron en comprenderse las dos mujeres, y al comprenderse, hicieron de su venganza una causa comun, y se ayudaron mutuamente, y se encubrieron la una la otra. Cuando Mara de Rojas necesitaba algunos momentos de libertad, Angiolina entretenia Aben-Humeya escuchando sus protestas de amor, alentndole, dndole esperanzas. Cuando Angiolina necesitaba disponer de algun tiempo, quien le entretena, no ya con esperanzas, sino con fingidos zelos, era Mara de Rojas. En qu invertian el tiempo que se procuraban la una la otra estas dos mujeres? Al lado de Aben-Humeya, sirvindole con la mayor lealtad en las apariencias, acompandole todas partes, ponindose delante de l en todos los peligros, habia tres personajes terribles: Aben-Aboo su hermano, que pesar de serlo, ambicionaba su corona, y tendia asechanzas su vida. Diego Alguacil, el primer amante de Mara de Rojas, que se fingia el sbdito mas sumiso y mas leal del mundo, y Harum-el-Geniz, el valiente caudillo de los monfes despues de la muerte del infortunado Yaye, que afectaba ayudar Aben-Humeya con todas sus fuerzas. El insensato jven nada sospechaba: ensoberbecido con algunas ventajas obtenidas sobre los castellanos, con la ayuda decidida del dey de Argel que le habia enviado algunos centenares de turcos, bajo las rdenes de los capitanes Al, Huscen y Carcax, piratas levantinos, que solo al olor del oro y de la sangre habian dejado los puertos del sultan de Constantinopla Selim II, se creia ya decididamente sultan de Andalucia en el momento en que le acechaba de cerca la muerte. Era, como dijimos al principio de este captulo, una fria, nublada y tempestuosa noche de otoo. Acababan de dar las doce en el rel de la villa. A aquella hora, entraron en un casaron medio derruido en la parte baja del pueblo dos hombres. El uno llevaba el ostentoso traje de wal de los wales capitan general de los monfes. Era Harum-el-Geniz. El otro llevaba un bello traje berberisco. Era Aben-Aboo. La estancia en que habian penetrado, estaba alumbrada nicamente por la fuerte luz de un monton de ramas de olivo que ardian en un ancho hogar. Sentado junto al hogar habia un hombre como de treinta aos, con traje morisco. Este hombre era Diego Alguacil. Al oir los recien llegados se levant. --Cunto habeis tardado! dijo. --Los barrancos estan invadeables, respondi Harum-el-Geniz, y trayendo tanta gente nos ha sido preciso rodear mucho. --Cunta gente traeis? --Dos mil monfes. --Ah! pues si traeis dos mil monfes qu esperar? acaso no teneis confianza en ellos? --Si, si ciertamente. Pero es necesario justificar la muerte de Aben-Humeya para que el dey de Argel y el sultan no puedan acusarnos de ella, dijo Aben-Aboo. --Y habeis encontrado un medio? --Excelente. --Y qu medio es ese? --Que le maten los turcos que le ha enviado Aluch-Al. --Ah! pero los turcos aunque estan disgustados con l, no se atreveran tanto. Sonri sesgadamente Aben-Aboo, y mir con una expresion de horrible inteligencia Harum. --Los turcos, dijo, mataran Aben-Humeya, cuando sepan que Aben-Humeya quiere matarlos ellos. --Pero eso no es verdad, dijo Diego Alguacil. --Poco importa que no lo sea con tal de que lo crean los turcos. --Si, bien: yo aborrezco Aben-Humeya, yo deseo su muerte: me ha herido en el corazon, me ha afrentado, dijo Diego Alguacil. Pero el deseo que tengo de esterminarle me hace desconfiar de que podamos herirle. --Bah! dijo Aben-Aboo: t sers quien cause la muerte de mi buen primo. --Cmo! --Toma, contest Aben-Aboo dando una carta cerrada Diego Alguacil. --Esta carta, dijo el morisco mirando el sobrescrito, es para el alcaide de Mecina de Bombaron, y la letra parece de Aben-Humeya. --Tan de Aben-Humeya es como mia, dijo sonriendo de una manera sesgada Aben-Aboo. Esa carta la ha escrito Diego de Arcos que, como sabes, ha sido secretario de Aben-Humeya. Y esta carta es tal, que yo te juro que nadie nos culpar de la muerte de Aben-Humeya. --Quiera Dios que esta carta nos libre de ese malvado, dijo Diego Alguacil, devolviendo la carta Aben-Aboo. --Se necesita un hombre de confianza para llevar esa carta, dijo con acento breve Harum-el-Geniz. --Diego Alguacil la llevar, repuso Aben-Aboo. --Y para qu he de llevarla yo? --No quieres vengarte de la afrenta que te ha hecho Aben-Humeya? --Oh! si! vengarme! vengarme de una manera terrible! --Pues para eso es necesario que esta carta d en manos de l. --Recelaran! --Concluyamos, Diego Alguacil: podemos contar contigo, no? dijo Harum-el-Geniz. --Quiero saber la parte que tomo en mi venganza, y para ello os estoy esperando. --En esa carta llevas la muerte de Aben Humeya, de ese miserable traidor, repuso Harum-el-Geniz. Lo que necesitas hacer es muy sencillo: como los barrancos van crecidos, tendras que tomar la falda de la sierra: en la muela de las Aguilas estan los capitanes turcos esperando Aben-Aboo; procura pasar por el sendero que cruza delante de la cueva, y cuando llegues ella, como sorprendindote de encontrar all gente, pides un guia para llegar Mecina de Bombaron con la carta de Aben-Humeya pretexto de haberte extraviado. --Y nada mas? --Nada mas. --Es decir que en esta carta va la muerte de Aben-Humeya? --Si. Ahora bien; dicen que Aben-Humeya est tan descuidado que todas las noches se anda en zambras y fiestas. --Es verdad; ese maldito est abandonado de la mano de Dios. --Dios abandona siempre los traidores y los desleales; pero estamos ya perdiendo tiempo. Vamos, Diego Alguacil; yo te acompaar por el camino, y luego tomar por los atajos para llegar antes que t la muela de las Aguilas y con distinta direccion, al pasar por la cueva donde me esperan los capitanes turcos. Aben-Aboo se levant y se puso en marcha: Harum-el-Geniz y Diego Alguacil le siguieron dejando la casa abandonada. --Que Dios os d buena ventura! dijo Harum-el-Geniz cuando estuvieron fuera de la casa volvindose hcia la parte alta del pueblo. --Cmo! te quedas t? dijo Diego Alguacil. --Importa que yo me quede en Andarax, dijo Harum: y ademas quin se ha de quedar al frente de los dos mil monfes que cercan la villa para que no pueda escapar Aben-Humeya? --Dices bien. Adios. --Adios, dijo Aben-Aboo. --Adios, contest Harum-el-Geniz tomando para la parte alta del pueblo. Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron al campo mientras Harum se encaminaba la plaza murmurando: --Ah, mi noble y desgraciado seor! me he visto obligado esperar mucho tiempo la venganza de tu sangre: pero al fin esos dos miserables van hacerse pedazos. Tus hijos! no podian ser tus hijos, no: aquellas cartas mentan! si hubieran sido tus hijos la sangre hubiera hablado esos corazones de tigre! y si eran tus hijos!... oh Dios poderoso!... si eran tus hijos... el hijo que tie las manos en la sangre de su padre merece ser muerto por su hermano. Y entrando punto en la plaza Harum, se encamin hacia la iglesia transformada entonces en mezquita, y torciendo por una estrecha calleja, lleg un postigo oscuro de la tapia de un huerto. CAPITULO XLIII. De cmo la princesa Angiolina Visconti volvia ser un instrumento manejado por Harum. Harum se detuvo junto aquel postigo y escuch con la mayor atencion. Nada se oia. Una gran casa situada en el fondo del huerto y la cual pertenecia, estaba envuelta en un silencio profundo y en una oscuridad lgubre. Solo en una ventana morisca se veia luz travs de su arco calado. --Vela! dijo Harum: vela esperndome y Aben-Humeya no est en la casa: esa luz que brilla en el aposento de la italiana me lo dice. Miserable mujer! su amor y su empeo por el marqus son acaso la causa de estas desgracias. Acaso sin ella mi desventurado seor, hubiera podido dar el golpe de muerte al rey don Felipe en su misma crte... pero aquella funesta herida... aquella imprevista prision en el Santo Oficio... Vamos, es necesario no pensar mas en lo pasado porque es cosa de desesperarse! miremos adelante... la venganza: por el Dios Altsimo y Unico, que ser cumplida y que te alcanzar en ella tu parte y una parte horrible, infame italiana! Y tras estos pensamientos, busc en el marco del postigo, hall el nudo de una cuerda, tir, y el postigo se abri. Harum adelant por el huerto como sobre un terreno conocido: atravesle en pocos instantes, lleg una galera, busc en uno de les oscuros extremos una puerta, encontr unas escaleras, las subi, y al fin de ellas llam con recato una puerta. Poco despues se oyeron apresurados pasos de mujer, la puerta se abri y apareci una dama que por su traje parecia mora y mora riqusima, pero no lo era. Era Angiolina. --Entrad, entrad amigo mio, dijo Harum-el-Geniz: os esperaba con ansia. --Y Mara de Rojas? dijo con inters Harum. --Antes de que veais Mara necesito hablaros, dijo con ansiedad Angiolina. --Hablemos, pues, pero invertamos en nuestra conversacin el menos tiempo posible. --Sentaos, dijo Angiolina, acercndo unos almohadones su lado. Harum se sent. Oh! y por cuan horrible causa nos hemos conocido! dijo Angiolina, asindole una mano. Harum mir fijamente la veneciana. --Horrible, si, muy horrible, seora: Dios no puede perdonar los que han sido la causa de la desastrada y terrible muerte de mi seor. --Os juro, Harum, os lo juro por la salvacion de mi alma, que no he tenido la menor parte en ella, que nada sabia, que si alguna noticia hubiera tenido, habria evitado ese horroroso asesinato. Harum se contuvo de una manera admirable hasta el punto de que, pesar de hervir la clera en su corazon, su semblante permaneci impasible, y ni el mas ligero extremecimiento agit la mano que Angiolina tenia en prenda de amistad entre las suyas. --Todos hemos sido bien desgraciados: la sultana Amina ha perdido su hijo y su esposo. --Ah! infeliz! dijo Angiolina, dominando su alegra por la desgracia de Amina, como Harum habia devorado su odio. --La misma sultana... quin sabe lo que ha sido de la sultana? --Qu no lo sabeis Harum? dijo insidiosamente Angiolina. --No. --Pues mirad, para eso os habia detenido, para preguntaros por ella. --Y qu os importa ya la sultana Amina? no ha muerto el hombre que os hacia enemigas? --Creo que no, dijo con fijeza Angiolina. --Desengaaos, seora; cuando yo os busqu la primera vez para que me ayudseis en nuestra comun desgracia, os dije la verdad. El marqus pereci en la voladura de un subterrneo cuando perseguia Aben-Aboo que se llevaba robada su esposa. --Y si yo os dijese que el marqus de la Guardia vive? --Que vive el marqus de la Guardia? exclam con la expresion de la mayor extraeza Harum. Seria necesario creer en un milagro. --Ese milagro le ha efectuado Dios, compadecido sin duda de m, que por la muerte del marqus hubiera muerto de dolor. --Pero eso es imposible: os aseguro, fuer de buen creyente, que vi perecer al marqus de la Guardia. --Os engasteis: yo s que vive. Y vamos claros, Harum: vos sabeis tambien como yo que vive. --Yo! --Si, es mas: vos me habeis traido el consuelo de la certeza de su existencia. --Yo! --Si, vos! os acordais de un dia en que vinisteis ver al rey, que os habia llamado? Este rey que citaba Angiolina, era Aben-Humeya. --Si, si, es verdad; hace seis meses. --Cabalmente. --Pues bien: con vos venia un moro encubierto. --Ah! el moravito[29] de Africa! exclam con la mayor naturalidad Harum: ese hombre ha prometido llevar el rostro cubierto y no dormir bajo techado, hasta tanto que logre una venganza. --Y quin mejor que el marqus pudiera haber hecho ese juramento? --Insists en vano, seora, os equivocais. --Y si yo os diese una prueba? --Cul? --Ese moro encubierto se qued en el patio, entre vuestros monfes. --Es verdad. --Yo le veia desde una celosa: sin saber por qu aquel moro me habia llamado la atencion: su estatura, su actitud, sus ojos negros, que se veian por cima de la toca con que llevaba cubierto el semblante... --Pudisteis equivocaros, seora. --Dud un momento; pero mi corazon me decia que era l y quise salir de dudas: entonces le llam en voz alta desde la celosa. --Que le llamsteis? --Si: le llam por su nombre: Don Juan! exclam: y entonces el moro hizo un movimiento marcado: di algunos pasos hcia delante y mir con inters al lugar donde habia reconocido mi voz. --Esa es una prueba muy vaga. --Es que tengo otras. --Cuales? --Una carta de Don Juan su esposa. --Ah! exclam Harum. --Sabeis acaso que don Juan recibi una carta en la que se le participaba que Amina estaba en una cueva en Mecina de Bombaron? --Yo, seora... no recuerdo. --Esperad: voy ayudaros recordar, dijo Angiolina sacando de su seno dos papeles doblados. Desdobl el uno y ley lo siguiente: Seor marqus de la Guardia: soy un cautivo cristiano, que para librarme de la muerte he renegado en la apariencia y estoy como soldado entre las gentes de Aben-Aboo. A fuerza de fingir y de disimular, he logrado la confianza de este moro, hasta el punto de que con mucha frecuencia me confi la guarda de una mujer que tiene presa en una cueva en el barranco de la fuente de la Zorra. Esta dama que es jven y hermosa, se ha atrevido hoy confiarse m, me ha contado su historia y me ha pedido que la ayude. Yo no he podido negarme ello, porque esa dama es vuestra esposa doa Esperanza de Crdenas, duquesa de la Jarilla. Escribidla para que se tranquilice acerca de vos, porque Aben-Aboo la afirma que habeis muerto: no sabiendo yo vuestro paradero, y habindome dicho doa Esperanza que el wazir Harum-el-Geniz os buscaria si no sabia vuestro paradero, dirijo esta carta al dicho Harum, y le suplico que os busque y os la entregue: doa Esperanza no escribe, porque me es imposible procurarla los medios; espera vuestra esposa una contestacion pronta: ddsela por Dios, porque si tarda creer que habeis muerto: vuestro servidor que os besa las manos.--Juan de Carreo. --Vos debisteis recibir esta carta, Harum, aadi la italiana, y drsela al marqus, porque los ocho dias recib esta otra escrita del puo y letra de don Juan: llena de ternezas su esposa, avisndola de que corria salvarla...? --Estais segura, seora, de que esta carta est escrita por el marqus... --Quereis que no conozca su letra cuando aun tengo en mi poder las cartas de amor que me escribia hace dos aos, cuando pretendia ser mi amante y yo le desdeaba? --De modo que... --Si, Harum, si, os he tendido un lazo porque amo. --Amais al marqus pesar de haberse casado con otra? --Cabalmente por eso le amo mas. --Ignorais que despues de muerto el emir de los monfes, yo soy el padre de la sultana Amina? --Padre que no sabe donde est su hija. --Lo sabr, puesto que est en poder de Aben-Aboo. --Vos no sabreis nada, ni hareis nada si yo no quiero que lo hagais. --Ah! os creis con poder... --Puedo en vez de entregaros la persona de Aben-Humeya avisarle; Aben Humeya me ama como ama una mujer todo aquel que no ha logrado de ella favor alguno... --Todos os creen la amante favorecida del rey. --Pues todos se engaan. Solo he sido de un hombre, y solo de l ser; porque prefiero la muerte ser de otro; pero concluyamos que el tiempo se pasa. Habladme con verdad porque os voy imponer condiciones. --Veamos, dijo Harum. --Qu gente habeis traido? --Dos mil hombres. --Cercan esos dos mil hombres la villa? --S. --Y creis que no puede escaparse Aben-Humeya? dijo con intencion Angiolina. --Yo creo que sin vuestra ayuda y sin la de Mara de Rojas nos seria imposible apoderarnos de l. --Si le avisamos; su huida es segura; ademas de que podria intentar la resistencia porque tiene la villa ochocientos escopeteros. --Bien, bien, seora; vuestras condiciones. --Viene con vuestra gente el marqus de la Guardia? --S. --Haced que yo le vea al momento. --Que vos le veais! y para qu? --Sabeis acaso hasta qu punto llega mi amor? sabeis si por acaso desesperada quiero obligarle que me ame costa de un nuevo sacrificio? --Y s yo si pretendeis hacer una traicion? --Sealadme un lugar donde yo pueda verle solas rodeada de vuestras gentes: es mas, entre vosotros vienen mujeres: me someto ser registrada por una de esas mujeres para que os convenzais de que no llevo pual ni nada que pueda daar al marqus. --Y bien, si os concedo esa entrevista con el marqus, me entregareis Aben-Humeya? --S: yo y Mara os entregaremos ese hombre. --Dnde? --Aqu mismo: en su casa. --Pues bien, llamad Mara de Rojas. --Pero me jurais... --Os juro que inmediatamente vereis al marqus. --Os creo Harum, os creo, como creo que llegar un dia en que me hareis probar vuestra venganza. Pero vea yo por la ltima vez don Juan, y todo me importa poco: para qu quiero yo vivir? pero no hablemos de esto. Voy llamar Mara de Rojas. Y Angiolina se levant y desapareci tras una puerta. --Oh! esta mujer! esta mujer! exclam Harum: su maldita pasion por el marqus, nos ha sido funesta, funestsima! y sin embargo, al herirnos se ha herido ella misma: hay en sus ojos algo de insensato, algo que me causa compasion! compasion pesar de mi odio hcia ella. Dios mio! Dios mio! Harum compuso su semblante porque sinti los pasos de dos mujeres que se acercaban. Levantse el tapiz y apareci Angiolina seguida de otra mujer. Aquella mujer era muy joven: de frente altiva, blanca y plida; los cabellos, las cejas, las pestaas y los ojos negros, los labios rojos; el cuello y el talle largos, redondos, esbeltos; el andar indolente; la mirada lnguida, la boca anhelante, el seno conmovido. Se detuvo delante de Harum y le dijo con el acento ardiente de la mujer que ama. --Y Diego Alguacil? --Ha ido en busca de quien atacar Aben-Humeya. --Con qu ha llegado la hora? --Si; si vosotras me ayudais. --Te ayudaremos, dijo Mara de Rojas: es necesario concluir de una vez; ese infame se ha convertido en lobo: me causa horror, y cuando me veo obligada sonreirle se me parte el corazon: cuando le abro mis brazos creo morir. Y... ser esta noche?. --Si, esta noche. --Pero para ello es necesario que yo salga con Harum, y que detengas Aben-Humeya para que no repare en mi falta. --Aben-Humeya est en una zambra y vendr tarde, dijo Mara de Rojas. Yo le entretendr si cuando vuelva no has vuelto t. Ademas, escucha, Harum: ni t ni tus gentes entreis matarle sino cuando veais una luz detrs de la celosa que est sobre la puerta que da la plaza. Ahora, idos, aprovechad el tiempo. Yo me quedo aqu esperando con impaciencia. Angiolina se envolvi en un albornoz y sali con Harum, bajaron al huerto, le atravesaron y salieron por el postigo. Llova mares y relampagueaba. Muy pronto Harum y Angiolina salieron de la villa y se perdieron entre los barrancos. CAPITULO XLIV. De cmo los capitanes turcos sirvieron Aben-Aboo creyeron servirse s mismos. La muela del Aguila era una pequea montaa en direccion Andarax. Por la parte media de su vertiente oriental corria un sendero que aunque spero atajaba el camino desde Andarax Mecina de Bombaron. Este sendero pasaba junto la entrada de una enorme gruta. En esta gruta, la noche en que marcha nuestra accion, ardia una hoguera de ramas de olivo. Sentados en piedras alrededor de la hoguera, habia tres hombres atezados, de mirada vida, armados hasta los dientes, y revelando en su trage tanto los turcos vasallos del sultan de Constantinopla, como al pirata berberisco de los mares de Levante. Estos tres hombres parecan estar impacientes irritados. --Por Allah, decia uno de ellos: en esta tierra es dursima la fatiga: el combate es nada, comparado con los hielos y con este viento crudsimo que vuela de cumbre en cumbre. --Aluch-Al, nuestro seor, dijo otro de ellos dirigindose al que habia hablado, nos quiere mal cuando nos ha enviado esta empresa, Carcax; en esta tierra maldita solo se siembran ingratitudes y se cogen traiciones; por el Dios Altsimo y Unico, que cuando me acuerdo de mi buena galeota, se me abre el corazon: prefiero verme sobre ella, dando caza viento en popa los cruzados de Malta, que ser rey de esta tierra miserable. --Miserable, porque son miserables los que en ella han levantado su bandera, Al; por lo dems, Granada es el jardin del Profeta; pero con Aben-Humeya... hace algunos das que solo recibimos reveses: en Vlor hemos sido destrozados: en Cdiar hemos huido de brea en brea delante de los cristianos, y si Aluch-Al, nuestro seor, no nos saca de aqu perecemos en la lucha. --Por Alah, Huscen! qu dirian de nosotros en Argel si dejsemos abandonados nuestros hermanos? --No, no son estos mezquinos hermanos nuestros; nuestros hermanos no arremeterian al peligro para huir despues aterrados: Aben-Humeya es un insensato, que cuando ha menester de mas valor se entrega al desaliento los placeres, lucha mal, poco y tarde. Aben-Aboo aunque es valiente, descontento ofendido, no hace lo que debia: y los moriscos desvandados, desnudos, miserables, perecen por la espada, al rigor del hambre. --Aben-Aboo! exclam Huscen; hace dos horas que le esperamos yertos de frio, y aun no ha venido: tal vez tenga miedo... prefiera tal vez dormir en Andarax arrostrar para venir buscarnos, los rigores de una noche tan fria. --Quin se atreve dudar de Aben-Aboo, y llamarle indolente y cobarde? dijo una voz robusta la entrada de la cueva. [imagen: Don Juan de Austria.] Volvironse los capitanes turcos al sonido de aquella voz y vieron un moro que adelantaba en la cueva. Era Aben-Aboo. Los turcos se levantaron. --Ah! es Aben-Aboo, el alcaide de los alcaides! dijo Al. --Por Allah! exclam con desprecio Aben-Aboo mirando con una profunda fijeza los turcos: quin parece tarde? quin se atreve blasonar de valiente amancillando mi honra? --Aben-Aboo! exclam el feroz Huscen. --Yertos de frio, y murmurando como mujeres! nunca lo hubiera creido de vosotros, capitanes! --Perdona si te hemos ofendido Aben-Aboo, dijo Carcax; pero tenemos razones para quejarnos; desde que llegamos las Alpujarras no hemos visto en torno de nosotros mas que traidores; si hemos empeado alguna empresa hemos sido vencidos abandonados. Quin nos ha traido del Africa estas montaas para sufrir sonrojos y reveses? quin humilla nuestro esfuerzo y nos obliga ser testigos de tanto oprobio? Y quieres que callemos como viles y cobardes, y no levantemos la voz contra tanta vergenza? --No, vive Dios, dijo Aben-Aboo: como vosotros estoy irritado, como vosotros veo que el insensato Aben-Humeya, es cobarde aprecia en poco su vida y su honra. --Y quin le ha aclamado rey? dijo Carcax: vosotros, vosotros que cresteis que sacara al reino del yugo del cristiano y estableceria el estandarte del Profeta sobre los muros de la Alhambra. Y qu ha hecho ese miserable? entregarse al cio, gastar su vida en fiestas y en zambras, empobrecer los suyos para alentar sus vicios; y despues de algunos triunfos que no ha sabido aprovechar, al ver don Juan de Austria en las Alpujarras, acobardarse y huir de brea en brea como la res acosada por los perros, cuando resuenan sus espaldas las trompas castellanas. --Y bien, exclam con arranque Al; qu nos importa que Granada sea cristiana no! si esta guerra concluye mal, los moros solo vern un pedazo de menos en sus dominios: mas ay si un dia Africa se arroja sobre Europa! hay si clava en su vieja frente el estandarte del Profeta! [imagen: Deportacion de los moriscos de Granada.] --Escrito est! exclam con acento solemne Aben-Aboo: pero vencidos en tanto los moriscos, habran visto desvanecerse su esperanza como humo que arrebata el viento. Volvereis si: pero os aterra el nombre de don Juan de Austria, y quereis abandonarnos. Pues bien: idos! me causa rubor vuestra cobarda idos! impacientes os esperan los vuestros la orilla del mar en las galeras que han aprestado para la fuga. --Si, nos iremos, grit Al, trmulo de clera; mas no ser sin herir antes la cabeza de ese miserable que descansa entre dbiles mujeres. Que tememos don Juan de Austria! que huimos aterrados ante el peligro! Pues bien, si valemos tan poco; si t, Aben-Aboo, el mas bravo de los moriscos nos desprecias y nos rechazas, volveremos humillados al Africa, pero antes dejaremos en las riberas de la Alpujarra las seales sangrientas de nuestros pis. --Aden-Aboo, dijo Huscen, con acento amigable: ni creo tus palabras ni me ofenden, porque son hijas del despecho con que ves las desdichas de tu patria. No tienes razon para acusarnos; hemos venido ayudaros y os hemos ayudado, partiendo con vosotros el peligro, ensangrentando en los cristianos nuestras armas. --Y porqu retroceder ahora? exclam Aben-Aboo. --Mientras Aben-Humeya est en el trono, respondi Carcax; mientras haya una sola villa en las Alpujarras que le aclame rey, no entraran en la pelea mis gentes: haced vosotros lo que querais. --Ni yo expondr otra vez mi estandarte la vergenza, dijo Al. --Y no es mas conveniente, dijo Huscen, hacer pedazos la frente de Aben-Humeya y dar la corona quien valga mas que l; un hombre como Aben-Aboo, valiente, leal, emprendedor, buen musulman y buen caballero? --Yo! yo rey! exclam Aben-Aboo, disimulando su alegra. Qu dices Huscen? sobre mis dbiles hombros quieres arrojar tan pesada carga? No! no! matad en buen hora Aben-Humeya, y ocupe su trono otro que yo: uno de vosotros por ejemplo. --Aluch-Al nuestro seor, dijo Carcax, nos ha enviado ayudaros, no ser reyes... arreglad este asunto entre vosotros los moriscos... mas... alguien se acerca... has traido alguno contigo Aben-Aboo? --He venido solo. En aquel momento apareci en la entrada de la cueva un hombre. Era Diego Alguacil. Al ver Aben-Aboo y los turcos, adelant y les dirigi confiadamente la palabra. --Musulmanes, dijo: dadme ayuda; me he perdido en la montaa y necesito un guia para cumplir un encargo en servicio del rey. --De qu rey hablas? dijo Aben-Aboo afectando no conocer Diego Alguacil. --De que rey he de hablar?, contest el morisco, sino del alto el grande Muley Aben-Humeya, quien Dios ensalze... --Cuadra muy mal tu comisin con tu torpeza, moro, dijo con recelo Carcax. --Tiene trazas de espa de los cristianos, dijo con acento de amenaza Huscen. --Esta carta responder por m, dijo Diego Alguacil sacando del seno la que le habia dado en Andarax Aben-Aboo. --De Aben-Humeya, sultan de Andaluca al alcaide de Mecina de Bombaron, dijo Carcax leyendo el sobre escrito de la carta que habia tomado de manos de Diego Alguacil. Aben-Aboo, mir recatadamente los turcos con una mirada enrgicamente significativa, con la que parecia decirles: --Necesitamos apoderarnos de esa carta. Y luego aadi volvindose Diego Alguacil como si no le conociera: --Ven conmigo: llevo el mismo camino que t y antes del alba habremos llegado Mecina de Bombaron. Al adelant receloso. --Descuida, le dijo rpidamente Aben-Aboo: va conmigo, y yo ni vacilo ni dudo: y luego aadi alto: sgueme moro: hermanos mios, adios. --Que Allah te guarde, contestaron los turcos. Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron de la cueva. --Sigmosles, dijo Huscen, y castiguemos Aben-Aboo si nos hace traicion. --Deteneos, dijo Al: el estrecho sendero por donde caminan est sobre el tajo. --Y qu? dijo Huscen. --Y qu? Dios ayude al mensajero de Aben-Humeya! Como para confirmar las palabras de Al se escuch en aquel momento uno de esos horribles gritos que exhala el que de repente siente la muerte sobre s. --Habeis oido? dijo Huscen. --Si, un grito de horror, de agona: sin duda ha caido el mensajero: es la senda tan estrecha, y est tan resbaladiza con el hielo!... En aquel momento Aben-Aboo apareci en la entrada de la cueva y adelant hacia los turcos. Parecia horrorizado: su mirada erraba sin objeto. --Por fortuna llevaba yo la carta, dijo con voz opaca. --Ha resbalado... --S... --Ha caido... --S; un salto horrible: ha rebotado en las rocas, y ha caido al fin al torrente. Os juro que me ha causado horror. --Y la carta? exclam con afan Carcax. --Aqu est, dijo Aben-Aboo, entregndola Al: llevadla, enviadla al alcaide de Mecina de Bombaron: yo me vuelvo Andarax: esa desgracia me ha horrorizado. --Que llevemos esta carta al alcaide de Mecina? dijo con asombro Al. --S; el rey lo manda, repuso Aben-Aboo: habeis venido servirle y debeis obedecerle. --Ah! no hace mucho que nos hablabas de otra manera, Aben-Aboo, dijo Carcax. --La muerte ensea mucho y acabo de verla, contest sentenciosamente Aben-Aboo, y sali de la cueva y se alej. Los turcos quedaron asombrados. --O nos hace traicion est loco, dijo Al. --Lo que nos importa es saber lo que dice esa carta, repuso Carcax. --S, veamos, porque recelo una traicin, aadi Huscen. Al se inclin sobre la hoguera, abri la carta y la ley. He aqu el contenido de aquella carta: En el nombre de Dios Altsimo y misericordioso: el ensalzado, el favorecido de Dios, gobernador de los moros de Espaa, Muley Aben-Humeya al valiente alcaide de Mecina de Bombaron, desea salud y prosperidades.--Sabrs alcaide, porque todo el mundo lo sabe, que los turcos que nos ha enviado el dey de Argel, mas que de provecho y de ayuda nos sirven de escndalo y perjuicio, haciendo insultos y deshonestidades, forzando mujeres, y robando las haciendas los moros de la tierra. Hcenlo como corsarios y ladrones que son, gente aventurera y mala, agenos todo respeto, sin temor los hombres ni Dios. Necesario es pues, evitar estos males, mas como son poderosos, te los enviar Mecina de Bombaron maana: cuando llegaren, haz muestra de festejarlos: ordena una zambra, dles de cenar y pon zumo de hagiz[30] en los manjares; cuando estn aletargados, mtalos, que despus yo me disculpar con el dey de Argel, manifestndole las causas que he tenido para obrar asi.--Prosprete Dios y te d ventura. Por bajo se leia en mal carcter africano la frase siguiente con que acostumbraba firmar Aben-Humeya: _Esto es verdad_, como si dijera: esta carta es legtima. El furor, la ira, la venganza, todas las malas pasiones, se pintaron en el semblante de los turcos apenas conocieron el contenido de la carta. --Y dudaremos aun? exclam el iracundo Carcax: Dudaremos despues de lo que hemos leido? --Dudar! exclam Al: necesito toda la sangre de ese perro infiel! --Mil vidas que tuviera! exclam Huscen. Si vosotros esperais, yo no espero ni un momento. Yo voy buscar los mios... --Y yo... --Y yo... contestaron Al y Carcax. Y salieron de la cueva trmulos de corage, y en paso rpido se perdieron entre las quebraduras. Apenas habian desaparecido los turcos cuando de entre un matorral sali una sombra informe, y se asom al borde del abismo. --Ah del muerto! exclam. --Quin va all? contest una voz desde abajo. --Esprame, contest el de arriba. Y se desliz por el borde de la cortadura. Poco despues se detenia junto otra sombra. Eran Aben-Aboo y Diego Alguacil. --Lo han creido, dijo Diego. --Lo de tu muerte! pues no han de haberla creido, si yo hubiera dudado? oh! qu grito tan lastimero! --Y los turcos? --All van hcia Andarax; vamos tambien nosotros: los turcos y los monfes nos ayudan. --Los monfes! exclam Diego Alguacil: Dios me perdone: pero desconfo de ellos. --Desconfiar! y por qu? --Huyen demasiado. --Los tercios que ha traido don Juan de Austria... --Son valientes es verdad: pero los monfes nunca han sido tan cobardes: parece que la primera arremetida huyen de intento. --Oh! si eso fuera! --Yo creo... --Qu! --Que la muerte del emir los ha irritado; que os atribuyen vosotros esa muerte. --Y quienes somos nosotros? --T y Aben-Humeya. Se estremeci todo Aben-Aboo. --Te engaas, te engaas, Diego, contest el jven procurando dominar lo conmovido de su voz: los monfes no tienen razon para sospechar... no pueden sospechar. --All lo veremos, replic Diego Alguacil: mas bien lo veran los que se queden. --Y t por qu no? --Porque yo, en cuanto Aben-Humeya muera, que ser esta noche, recobro Mara, la prenda de mi alma, que ese infame me ha robado, y me voy con ella Africa. Te aconsejo que hagas lo mismo, Aben-Aboo. --Que abandone yo la corona, cuando ya la siento sobre mi cabeza? --Los monfes te mataran como mataran Aben-Humeya. --Crees t que no sea tan fcil matar los monfes como los turcos? --Dios es grande y vencedor, dijo Aben-Aboo. --Pues bien haz lo que quieras: en cuanto m he tomado mi resolucion. Ahora vamos Andarax. --Vamos, contest Aben-Aboo. Poco despues los dos moriscos habian desaparecido entre las quebraduras. CAPITULO XLV. En que volvemos encontrar al perdido marqus de la Guardia, y se sabe cmo escap del subterrneo de la princesa encantada, y la escena que tuvo con su antigua amante. Entre tanto, pesar de la lluvia y del frio, y travs de breas y despeaderos, habia seguido Angiolina Harum-el-Geniz. El monf se detuvo un momento, habl algunas palabras con otros monfes, y l y Angiolina pasaron. Anduvieron aun algun tiempo. Al fin la italiana vi una luz entre la oscuridad. --Est el marqus de la Guardia donde brilla aquella luz? dijo: --Si; contest secamente Harum. Llegaron poco una especie de venta situada al lado de uno de los estrechos caminos de herradura que cruzan las Alpujarras. Al llegar la puerta, Harum previno Angiolina que se cubriese con su velo, y asindola de la mano, la condujo un pequeo aposento alto, travs de unas escaleras. Al abrir su puerta, Harum desasi la mano de Angiolina. --Dentro encontrareis al marqus de la Guardia, la dijo: fuera os espero. Angiolina entr con el corazon comprimido. Sentado en un lecho mezquino, verdadero tormento de la hospitalidad de una venta, habia un hombre meditabundo inmvil. Al sentir el ruido de la puerta que se abria, el hombre que estaba sentado en el lecho levant la cabeza, y mir Angiolina. Al verle la veneciana lanz un grito de horror, palideci, sus ojos se llenaron de lgrimas y corri aquel hombre, le abraz, y le mir con ansiedad. --Oh! Dios mio! exclam: me le vuelven muerto! El marqus contest con una triste sonrisa. Estaba plido, con la palidez impura de la enfermedad, de una enfermedad lenta: estaba demacrado, y sus ojos, sus antes hermosos ojos, casi hundidos en los alvelos: la barba larga, el aspecto macilento: la actitud como de hombre cansado, y de tiempo en tiempo desgarraba su pecho una tos seca, aguda, terrible. La mirada de Angiolina se extravi. --Quin sois, seora? dijo con voz ronca el marqus de la Guardia. --Qu! tan desdichada soy que ha llegado el caso de que no me reconozcas, don Juan? dijo la veneciana. --Yo he escuchado vuestra voz, seora; la he escuchado no recuerdo cundo ni dnde, dijo el marqus; pero recuerdo que ha sido en otros dias mas felices. Y el marqus la miraba con esa expresion de deseo del que quiere reconocer una persona. --Pero que es esto? exclam Angiolina: qu te sucede don Juan? habrs perdido acaso la razon? --No, la razon no; pero la memoria, la vista, el oido... oh! oh! ha sido una cosa horrible. --Pero... qu horrible cosa ha sido esa? dmela, dmela, y yo te vengar. --Vengarme! y por qu? Seria necesario que me vengrais en m mismo: yo he sido la causa de todo: ella no tiene la culpa: me ama y ha tenido zelos. --Y... quin es esa mujer que te ama y est zelosa? exclam con ansia la jven. --Ah! y qu te importa?... t no conoces la princesa Angiolina Visconti? una hermosa mujer que me sirvi para hacerme amar de otra. --Ah! exclam Angiolina. Y su exclamacion fue semejante un rugido. --Y dices t que esa mujer, que esa Angiolina, se ha vengado de t? --Si; se ha vengado de una manera horrible. --Pero no me conoces? no reconoces en m esa Angiolina que solo ha amado por t, que solo ha vivido por t, que solo por t ha odiado, que solo por t ha teido sus manos en sangre, y ha llenado de remordimientos su conciencia? --No, t no eres Angiolina; si lo fueras mi odio me lo diria. Oh! funesta mujer! Un nuevo acceso de tos cort la palabra al marqus, y al retirar el pauelo de su boca, Angiolina le vi manchado de sangre. Hubo un momento de terrible silencio. Don Juan contemplaba Angiolina con una curiosidad cada vez mas creciente. Angiolina contemplaba don Juan con una ansiedad cada vez mas terrible. --Pero quin te ha puesto en ese horrible estado? exclam Angiolina. --Ella, esa mujer, exclam el marqus. --Pero qu mujer es esa? --No os he dicho que se llama la princesa Angiolina Visconti? --No, no; ella no hubiera atentado tu vida... ella hubiera muerto mil veces antes que tocar uno solo de tus cabellos:... ella, porque t vivieses seria capaz de buscar tu adorada Amina, de entregrtela, y de morir despus. --Amina! Amina! esa infame mujer la ha perseguido; ella ha causado la desgracia de su padre; ella la ha entregado Aben-Aboo; ella me ha asesinado. --Oh! no! exclam con angustia Angiolina. --Vos debis conocer esa mujer, cuando de tal modo la disculpais, dijo el marqus. --Que si la conozco! Pluguiera Dios que de tal modo me conocieses t, exclam llorando Angiolina. --Llorais! me compadeceis! teneis razon en llorar y en compadecerme seora, y puesto que conoceis esa malvada, puesto que ella me ama con ese amor de Satans. Oid, oid, y contadla lo que vais oir para que se estremezca y tema la justicia de Dios! El marqus se sent en el lecho, se reclin sobre las almohadas inclino la cabeza; Angiolina se arrodill sus pies, y continu llorando en silencio. --Oid: hubo un dia el mas feliz de mi vida, en que un sacerdote me uni la nica mujer que he amado. Yo juzgaba el mundo estrecho para m; yo cre que Dios me habia anticipado su gloria dndomela sobre la tierra, representada por una mujer. Tosi el marqus, y apareci en su pauelo una nueva mancha de sangre. Angiolina anonadada, ocult su semblante sobre las rodillas del marqus. Este continu. --Era de noche; caminbamos hcia la costa: de repente nos sorprendieron la tempestad y los hombres: mi esposa me fue robada, y yo arrebatado por la corriente, milagrosamente salvado, viv para buscar mi Esperanza... y la encontr... pero robada por un infame.--Su caballo corria; veloz como el viento seguale mi caballo... rendidos entrambos animales por la fatiga, el miserable que me robaba mi Esperanza, continu su fuga pi llevndola ella sobre sus hombros.--Yo le seguia... le seguia... entrse en una caverna, y yo me entr tras l.--Sent sus pisadas travs de un oscuro laberinto, y le segu en las tinieblas.--De repente... no s lo que aconteci.--Parecia que el mundo entero habia caido sobre m, y luego no sent nada... nada...--Despues de no s cuanto tiempo volv la vida, pero una vida horrible: parecame sentir despedazadas mis entraas; ardia mi cabeza; mis miembros estaban como descoyuntados, y me rodeaban las mas lbregas tinieblas.--Me cre en la region de los muertos.--Y sin embargo hice un esfuerzo, y logr arrastrarme sobre mis manos; impulsado por la desesperacion y por el terror, redobl mis esfuerzos, y no s en cunto tiempo, pero largo, lento, dbil, estenuado, sin cesar de arrastrarme, logr al fin volver ver la luz del dia.--Estaba en una cueva.--Cuando me acerqu su entrada, me v en la parte media de la vertiente de una montaa al borde de una roca: abajo, mi vista debilitada, turbia, veia como travs de una niebla sangrienta un pequeo valle.--El vrtigo zumbaba en mi cabeza.--De improviso, y como en medio de un sueo, o un lejano ladrido que se acercaba, se acercaba, hasta resonar junto m.--Era un perro guardian del ganado que pastaba en el valle.--Junto al perro habia un pastor anciano.--Los buenos pastores me recogieron, cuidaron de m, y ellos avisaron mi amigo Harum.--Y sabeis lo que me dijo Harum cuando estuve en estado de escucharle?--Seguiais de cerca Aben-Aboo, cuando os perdimos de vista: poco despus, y cuando nos acercbamos la caverna por donde habiais desaparecido, son una detonacion terrible; la roca vol rota en mil pedazos y... os dimos por muerto. --Oh! qu horror! --Y todo esto es obra de esa mujer maldita: porque ella ha sido el primer eslabon de la cadena de desgracias que todos, inclusa ella misma, nos han acontecido.--De ella es la obra de mi asesinato, porque yo, por resultado de aquella explosion estoy enfermo de muerte, y pluguiese Dios viviese lo bastante para volver ver mi Esperanza y mi pobre hija.--Puesto que conoceis Angiolina, puesto que acaso ella os envia, contadla, seora, cmo me habeis encontrado: enfermo, loco... si, loco, transformado enteramente en cuerpo y en alma, desesperado, desalentado, inutilizado, muerto; decidle que todo esto es obra suya, y que yo la maldigo. --Oh! no, no la maldigas, don Juan, perdnala, perdnala, y extermnala despues: pero maldecirla porque te ha amado...! porque te ama con toda su alma..! esto es horrible, esto no puede ser! --Quin sois vos que os interesais tanto por esa mujer, que llorais, que os retorceis las manos desesperada? dijo el marqus mirando fijamente la joven. --Oh! no me conoce, no conoce la mujer que por l lo ha perdido todo; su honra, su conciencia, su alma! Y es verdad! estas ropas moriscas me desfiguran; este albornoz que me envuelve, esta toca que rodea mi cabeza, y mi terror, y mi dolor... Y Angiolina arroj el albornoz, se arranc la toca dej flotar sus hermosos cabellos, y asi las manos del marqus, infiltr en sus ojos una mirada lcida, intensa, impregnada de amor, y acercando su boca seca y rida la contraida boca del marqus, estamp en ella un beso candente, supremo, satnico. El marqus di un grito, y como obedeciendo la poderosa magia de aquella mirada y de aquel beso, reconoci Angiolina. --Oh! si! t! eres t! exclam: pues bien miserable; has venido tiempo porque aun me queda fuerza para exterminarte. Y con un movimiento rpido imprevisto, verdadero arranque de loco, asi con sus dos manos la garganta de Angiolina, que di un grito ahogado y cay de espaldas, mas por la dolorosa impresin de las intenciones del marqus respecto ella, que por la fuerza de sus manos, demasiado dbiles para que Angiolina no pudiese desprenderse de ellas. En aquel momento se abri la puerta, y apareci Harum. --Un caballero, dijo con voz severa, nunca tiene razon bastante para convertirse en verdugo. Y apart al marqus, que fu sentarse en su lecho en la actitud de un tigre replegado en s mismo; levant Angiolina, la di su toca y su albornoz en que ella se envolvi en silencio, y asindola de la mano la sac de la habitacion. --Oh! por qu no me habeis dejado morir sus manos? dijo llorando Angiolina. --Porque le amo demasiado para permitir que tia sus manos en sangre, y porque vos debeis vivir. --Ah! vuestra venganza es cruel, muy cruel; pero os aseguro que no vivir mucho. Y l? hablemos de l: yo no importo nada. Y l? creeis que podr vivir, Harum? --Solo Dios sabe lo oculto: solo Dios, que es fuerte y misericordioso, puede hacer milagros, contest sentenciosamente. --Oh! no me habiais engaado al decirme que el marqus habia muerto, Muerto!.. lo que es lo mismo... loco... agonizando lentamente... si el amor de la sultana Amina pudiese salvarle... --Qu decs, seora!.. exclam con extraeza Harum. --Qu! no creeis que yo sea capaz de sacrificarlo todo por l?.. mi vida, mis zelos... vos no habeis amado nunca... si yo pudiese salvarle sentencindome tormentos continuos, inauditos, insoportables, le salvaria. Qu me importan Amina, ni vos, ni el mundo entero, ni el cielo, ni el infierno, cuando se trata de salvarle l? --Ah! funesto amor! exclam aterrado Harum. --Decidme, decidme lo que yo puedo hacer: exclam con afan Angiolina. --Sois capaz de sacrificaros? --No os he dicho que soy capaz de todo por l? --Creo haber oido decir que Aben-Aboo os ama. --Aunque no me amara, yo le obligaria amarme. --Obligad Aben-Aboo, enamoradle, sed suya, embriagadle. --Lo har, contest sin vacilar Angiolina. --Y averiguad, descubrid, dnde para la sultana... salvadle... salvad acaso ese pobre loco... --Lo har... pero los medios!... los medios, ddmelos vos. --Esta noche ir Aben-Aboo matar Aben-Humeya. --Ah! me pondr su paso... l estaba enamorado de m... salvar vuestra seora, Harum, si est en poder de Aben-Aboo, y si el amor de doa Esperanza vuelve la razon y la salud al marqus, si son felices, despues que yo muera, decidles: su amor la hizo cometer crmenes: su amor os fue fatal, pero tambien su amor os ha salvado: perdonadla y rogad Dios por ella. --Vamos! vamos! no sois tan malvada como yo creia. Asios bien mi brazo, y volvmonos Andarax. Se acerca la hora. Poco tiempo despues Angiolina volvia entrar en casa de Aben-Humeya, y en la habitacion que habia abandonado la llegada de Harum. CAPITULO XLVI. De cmo fue la muerte de Aben-Humeya. Los turcos habian llegado Andarax con cuatrocientos de sus piratas; pero contenidos por la lnea de los monfes, no habian podido pasar adelante. Aben-Aboo habia llegado tambien con trescientos hombres, y Farax-aben-Farax, alguacil mayor de las Alpujarras como hemos dicho, con trescientos moriscos. Pero Suleiman, nuestro antiguo conocido, que se habia quedado mandando los monfes en ausencia de Harum, habia declarado que nada se haria hasta que Harum llegase. --Con que es decir, que nada podemos hacer, ni nada podemos atrevernos sin los monfes? exclam el iracundo Al. --El emir de los monfes, repuso Suleiman, es el rey, el nico rey de las Alpujarras; sin los monfes no hubiera sido posible la guerra; el dia en que los monfes cedan y se recojan sus guaridas, los cristianos se encontraran, como antes, dueos de las villas y lugares de las Alpujarras. Entre tanto los fuertes somos nosotros: tenemos rodeado Andarax, y nadie entrar en l mientras no lo permita el emir de los monfes. --Y quin es el emir de los monfes? dijo con acento torbo Aben-Aboo: acaso no ha muerto mi tio Yaye-ebn-Al-Hhamar? --Ciertamente que tu noble tio, ha sido villanamente asesinado, replic con voz ronca Suleiman; pero vive su hija. --La sultana Amina! --Si, la sultana de los monfes. --Una mujer! y una mujer, cuyo paradero no se sabe! --Pero la sultana Amina tiene un esposo, dijo Suleiman. --El marqus de la Guardia! un cristiano renegado! repiti Aben-Aboo. --El esposo de la sultana Amina, es el emir de los monfes. --Pero si la sultana Amina muriese... --Mas le valdria no haber nacido al miserable que se atreviese la vida de la sultana! exclam con acento de amenaza Suleiman. --Pero puede darse por muerta, puesto que nadie sabe donde se encuentra. --Y bien, dijo Suleiman, dejndose arrastrar por las circunstancias, falta de la sultana Amina, tenemos su hija la sultana Zoraya[31]. --Mal nombre la habeis puesto, porque la otra sultana Zoraya, hija como esta de cristiano, y esposa de Muley Hacem, fue muy desgraciada. --A qu es esa intil disputa? dijo una nueva voz terciando en la conversacion: os he llamado y habeis venido; Aben-Humeya est descuidado y ha llegado el momento de obrar. Quien asi hablaba, era Harum, wal de los walies de los monfes, que acaba de llegar. --Es verdad, dijo el capitan turco Carcax: esta disputa es intil: si los monfes teneis derecho llamaros dueos de las Alpujarras, nosotros que hemos venido de Africa ayudaros, tenemos tambien derecho que se nos trate lealmente, que se nos honre, que se cumplan los pactos que hemos establecido: en vez de esto se pretende destruirnos, se nos acecha, y se nos manda matar: debemos, pues, vengarnos, y nos vengaremos matando Aben-Humeya. --Aben-Humeya es rey de Granada, exclam Harum. --Y pretenders acaso disuadirnos de nuestra venganza? exclam Al: ignoras que tenemos la prueba de la traicion del rey contra nosotros? --Aben-Humeya debe morir, exclam Farax-Aben-Farax, pero debe pensarse en un nuevo rey. --Y qu rey pensais que debemos elegir, caballeros? dijo Harum. Sucedi un silencio solemne... En medio de l, se alz la voz de Aben-Aboo. --Concluyamos antes, dijo, con Aben-Humeya, que nos hace traicion, y despues tendremos lugar de pensar en un nuevo rey. El rey que ha de gobernarnos, dijo Farax-Aben-Farax, acaba de hablar. Aben-Aboo ser nuestro rey. --Si, si, que sea rey de Granada Aben-Aboo, exclamaron una voz todos los que all estaban congregados. En aquel momento y antes de que Aben-Aboo pudiese contestar, se oy una voz que hablaba con dificultad causa del sobrealiento causado por la fatiga de quien hablaba. --Pronto, exclam, pronto capitanes, acudid: Aben-Humeya se nos escapa, tiene preparados caballos en la puerta de su casa. El hombre que hablaba asi, era Gironcillo de la Vega, alguacil mayor de Granada por los moriscos. La noticia de que Aben-Humeya intentaba escapar caus una gran sensacion entre turcos, moriscos y monfes. Especialmente los turcos expresaron su furor de una manera violenta. --Aben-Humeya no puede escapar, dijo reposadamente Harum; la villa est cercada por mis monfes. --Es que tus monfes se han dividido, dijo Gironcillo: y t nos haces traicion te la hacen los tuyos. --Quien eso dice miente, exclam Harum fuera de s de clera: ni yo ni mis monfes somos traidores; y en prueba de ello seguidme los que querais. Y Harum tir por un barranco arriba en direccion de la villa. Inmediatamente le seguia Aben-Aboo. Despues Gironcillo de la Vega, Suleiman, los tres capitanes turcos, y como quinientos hombres entre turcos, moriscos y monfes. Aquella gente caminaba en silencio sin pronunciar una sola palabra, apagadas sus pisadas sobre la tierra empapada por la lluvia. A pesar de la gente que tenia en el pueblo Aben-Humeya, ni un solo hombre armado ni que se les opusiese, ni que diese aviso hiciera seal, encontraron los conspiradores, en su trnsito por la villa hasta la plaza. Cuando entraron en ella, Harum vi puesta una luz tras la celosa de un agimez sobre la puerta. Aquella luz, era la seal concertada entre l y Mara de Rojas. Aquella luz era la seal de que Aben-Aboo estaba en su casa y de que habia llegado la hora. Harum, Aben-Aboo, los turcos, Gironcillo, Suleiman y sus gentes, avanzaron en silencio hcia la casa. En aquel momento son un tiro, disparado por uno de los moriscos que daban la guardia Aben-Humeya, y como si aquella detonacion hubiera sido una seal de combate, todos se lanzaron con las armas enhiestas, sobre la guardia, la arrollaron, rompieron las puertas y se precipitaron en la casa. * * * * * Poco antes habia entrado en ella Aben-Humeya. Su paso era vacilante y sus miradas vagas. Venia de una zambra, donde, pesar del Koram que prohibia el uso de las bebidas espirituosas, se habia embriagado. Sin embargo no era su embriaguez tal, que le privase del uso de sus sentidos, y cuando Mara de Rojas fue encontrarle, sonrindole, la dijo: --Por qu me haces traicion? A esta pregunta brusca, directa, imprevista, la jven se desconcert y solo contest con embarazo: --A nadie amo mas que t, seor, t que eres mi esposo: quien te diga otra cosa te engaa y merece la muerte; porque ha calumniado tu esposa, la sultana de Granada. Aben-Humeya la rechaz de nuevo y le dijo con acento indolente: --Ve, y cuntale eso tu amante, Diego Alguacil: pero apresrate contrselo, porque maana su cabeza no te podr oir. --Algun enemigo de tu reposo, seor, dijo Mara de Rojas dominndose, ha inventado esas mentiras. --Oh! afortunadamente, repuso Aben-Aboo, reclinndose en su divan y ya sooliento, he sido avisado tiempo y he prevenido la traicion: al principio crei de mas gravedad el peligro y mand ensillar dos caballos... pero despues... me quedar tiempo para descabezar los traidores, y ayudado por los monfes que son valientes y leales, acabar con todos mis enemigos. Ah! mi buen hermano Aben-Aboo, mi querido hermano! quereis cobrar vuestra parte de aquel asesinato..! ah! ah! como her al emir, os herir vos mi buen hermano! quien mat su padre... puede muy bien... s... puede muy bien matar su hermano! --Tu hermano! tu padre! exclam asombrada Mara de Rojas, que conocia el terrible crmen de los hijos de Yaye. --Ah! estabas todava ah, dijo Aben-Humeya. --Has hablado del asesinato de tu padre, y has llamado tu hermano Aben-Aboo. --No era mi tio, el pariente mas poderoso que me quedaba, el emir de los monfes? no debi haber sido mi padre? --Ah! dijo Mara. --Y no me vi obligado matarlo para que l no me matase? --Ah! repiti la jven. --Y mi buen primo, el hijo de la hermana de mi padre, el alcaide de mis alcaides, no debia tratarme como un hermano? --Ah! repiti por tercera vez Mara de Rojas. --Pues! mi padre y mi hermano! mi corona destila sangre sobre mi frente, y ese velo rojo me incita... quieren matarme... y yo los matar ellos, los matar y dormir tranquilo! Aben-Humeya inclin la cabeza vencido por el sueo. --Si, dijo Mara de Rojas con voz ronca: si son traidores debes matarlos; enemigo muerto no daa: pero... --Ah! estabas todava ah...? vete... vete y puesto que amas tanto Diego Alguacil, dle que su cabeza est mal segura. Ah! ah! Inclin de nuevo la cabeza. --Si, voy avisarle, murmur la jven para s, y cuando le avise veremos cul cabeza est menos segura sobre los hombros, si la suya la tuya. Mara se encamin la puerta y al llegar ella, se encontr con Angiolina. --No le pierdas de vista, permanece junto l, dijo Mara de Rojas: su embriaguez no es bastante para hacerle perder el conocimiento. Dijo estas palabras en voz tan baja y de una manera tan rpida Mara, que Aben-Humeya no pudo percibir ni aun su murmullo. Mara sali, y Angiolina magnfica incitantemente vestida, adelantse hcia el divan donde estaba reclinado Aben-Humeya. Como si Angiolina hubiese lanzado delante de s una influencia mgica, cuando estuvo poca distancia de Aben-Humeya, este se incorpor sobre el divan y la mir frente frente. La hermosura de Angiolina parecia como que habia dominado, como que habia desvanecido su embriaguez. --Ah! sois vos seora? la dijo: qu debo la felicidad de vuestra presencia? --Habeis tardado y estaba inquieta, dijo Angiolina sentndose en el divan, al lado del jven. --Inquieta vos por m? permitidme que me maraville de tal mudanza; hasta ahora he sido para vos la persona mas indiferente del mundo. --Siempre he sido vuestra amiga, bien lo sabeis. --Amiga! amiga! pero yo no quiero vuestra amistad, sino vuestro amor: recordad: desde que os v representando en Granada, os importun con mis ruegos: despues una feliz casualidad os trajo mi lado, he seguido en mis importunaciones... y vos... --Ya os lo he dicho una y mil veces y os lo repito, soy vuestra amiga y no puedo ser otra cosa. --Pero esa fria amistad... --Don Fernando, la amistad en la mujer es el prlogo del amor. --Ved lo que decis, seora. --Y bien... si yo os dijese que mi amistad hcia vos es interesada, algo mas que amistad... --Os preguntaria la razon de no concederme por completo vuestro amor. --Recordad: yo no os he llamado jams Aben-Humeya, sino don Fernando. --No os comprendo. --Comprendedme, pues; yo no os quisiera ver moro. --Ah! sois vasalla fidelsima del rey de Espaa! --No, porque no soy espaola: por el contrario le aborrezco, porque es el opresor de mi patria la hermosa Italia: pero si no soy espaola, soy cristiana, don Fernando. --Y pensais que yo no soy cristiano tambien, seora? --Habeis renegado de Jesucristo por llamaros Muley Aben-Humeya[32]. --He renegado con los labios, pero no con el corazon. --Sin embargo persistis en esa daosa apariencia. --Acaso no persista mucho tiempo, seora. --Pensais acogeros al perdon del rey de Espaa? --No he dicho tanto: soy demasiado altivo para humillarme las plantas de aquel cuyos ministros mataron mi padre; que di lugar la avilantez de los que sin respetar mi linaje, me arrancaron, pretendieron arrancarme de la cintura, la daga con que en uso de mis privilegios habia entrado en su cabildo como regidor perpetuo: he aceptado la corona que me dieron los moriscos para vengarme, y me he vengado ya de todos mis enemigos: qudanme en verdad algunos, pero sus cabezas rodaran muy pronto mis pis. Entonces, no pedir yo perdon al rey de Espaa, sino que apretar de tal modo la guerra que le obligar una avenencia honrosa, le obligar que me conceda mis privilegios, mi nobleza, mi rango de infante de Granada, con las tierras y seoros que fueron de mis abuelos, y cuando esto suceda, declarar ante la iglesia catlica, que jams he sido musulman, que dentro de mi corazon, y esta es la verdad, he tenido levantado un altar al dios de mis padres, y que si he alentado una sedicion de gentes desesperadas, ha sido porque yo estaba desesperado tambien, porque se cometian conmigo degradantes injustcias. --Y bien, haced eso cuanto antes, don Fernando: salvaos: salvad si aun es tiempo vuestro honor de caballero: acabad de una vez una guerra intil, que no puede haceros rey, y que cuanto mas dure, mas desgraciada har la condicion de los moriscos: aprovechad la primera ocasion de una avenencia; haced proposiciones al rey de Espaa, y poned por primera condicion para la paz, el perdon primero, y la tolerancia y el respeto los tratados para con los moriscos. --Y bien mirado, seora, qu se os da vos de que la guerra con el rey de Espaa concluya siga? es que quereis meterme en una conversacion de Estado para que no os hable de mi amor? Eso es imposible; porque tenindoos delante, solo veo vuestra hermosura que me enloquece. --Yo no puedo ser vuestra. --Por que soy musulman, lo parezco! qu extrao capricho! --Aunque volveseis vuestro antiguo estado; aunque os reconcilaseis con la Iglesia, yo no seria vuestra. --Ah! no querriais ser mi esposa? --No, porque sois casado. --Casado! --Si; con Isabel de Rojas como cristiano; con Mara de Rojas como moro. --Es decir, que de ningun modo sereis mia? --No puedo serlo. --Y si no podeis serlo, qu habeis venido de tal modo engalanada, de tal modo hermosa, mi aposento en medio de la noche, y cuando por las circunstancias en que me encuentro, estoy desesperado y dispuesto todo? --He venido, contest sin alterarse Angiolina, porque s que antes que todo sois caballero. He venido, porque han llegado mis oidos, no s qu rumores de traicion contra vos: porque soy vuestra amiga y quiero guardaros el sueo. --Y por qu no guardar mi sueo entre vuestros brazos? --Por una razon suprema, contest con dignidad Angiolina. --Y cul es esa suprema razon? dijo Aben-Humeya. --Esa suprema razon consiste en que amo con toda mi alma otro hombre, y no quiero, no puedo, no debo ser de otro. --Ah! amais otro hombre, y me lo decis m, que os adoro? --Os digo la verdad. --Pero esa verdad me ofende. --No debe ofenderos. --Y me empea. --No debe empearos. --Sabeis seora, que en el poco tiempo que llevo de reinar, me he acostumbrado que nadie resista mi voluntad? --Habeis hecho muy mal en acostumbraros eso, porque cada paso encontrareis imposibles. --Pues os juro que vos no sereis un imposible para m. --No jureis don Fernando, no jureis, porque os exponeis jurar en vano. --Os creis con fuerzas para resistirme? En aquel momento son un tiro fuera. --Yo os amo y soy vuestra, exclam Angiolina arrojndose entre los brazos de Aben-Humeya, abrazndole y sujetndole. --Oh! qu es esto? exclam Aben-Humeya. --Esto es que cedo al fin vuestro amor. --Esos golpes, ese ruido de armas! exclam Aben-Humeya luchando con Angiolina. --Quin piensa ahora mas que en mi amor? exclam con languidez la italiana. --Ah! miserable! exclam Aben-Humeya: t ests vendida los traidores! Y haciendo un violento esfuerzo, logr desasirse de los brazos de Angiolina y puso mano su pual y le desnud. Pero Angiolina le tenia asido fuertemente del brazo izquierdo, se lo retorcia, y le tenia en una posicion violenta en que no podia volverse, para herirla Aben-Humeya. Pero aquella lucha no podia ser larga, porque Angiolina era una mujer y sus fuerzas, por mas que se violentara, empezaban faltarle. Pero afortunadamente para ella, Mara de Rojas se precipit en la habitacion, seguida de Aben-Aboo, de Harum el Geniz, de los tres capitanes turcos, de Farax-Aben-Farax, de Diego Alguacil, de Gironcillo de la Vega, y de una multitud de conjurados. --Ah! teneis al miserable, al traidor, al asesino, exclam Mara de Rojas, sealando Aben-Humeya, que aun luchaba con Angiolina. Aben-Aboo fue el primero que se arroj sobre l; tras Aben-Aboo los otros, y Aben-Humeya fue desarmado. La situacion era terrible, pero Aben-Humeya se puso la altura de la situacion. Mir tranquilamente en torno suyo, enteramente desvanecida la embriaguez, y dijo con acento sereno: --Los que me avisaron de vuestra traicion no mintieron: h aqu que sucede lo que yo habia previsto que sucederia... --Tienes razon, dijo con mpetu el capitan turco Al: los que cometen traiciones, deben temer que un dia su misma traicion se vuelva contra ellos. --Quin se atreve hablar aqu de traicion? dijo Aben-Humeya: pero ya lo veo: os tengo delante cometiendo una traicion, y os cuadra bien llamar traidor al que venis asesinar. --El asesino debe ser asesinado, grit Mara de Rojas; esa es la justicia de Dios. --Por qu hablan las mujeres, antes que los hombres? dijo el turco Carcax, se acostumbra esto en esta tierra? --Cuando una mujer, dijo sin bajar de su tono solemne y trmulo Mara de Rojas, ha visto asesinados su padre, sus parientes, sus hermanos; cuando ha sido separada del hombre quien ama; cuando se ha visto obligada servir los horribles caprichos del que ha matado su familia y su amor, esa mujer tiene derecho de acusar ante Dios y ante los hombres al asesino. El asesino es ese, exclam sealando con un dedo inflexible Aben-Humeya, y yo os le he entregado; pero para que me hagais justicia. --Si es cierto, dijo con acento ronco Aben-Humeya, Mara de Rojas tiene derecho acusarme: yo me he ensangrentado en su familia, familia de miserables traidores, y solo he cometido una falta: la de no ensangrentarme tambien en ella. Y solt una impia carcajada. Todos callaron dominados por el acento febril, sarcstico, terrible de Aben-Humeya. --Y bien, no hay nadie que me acuse mas? aadi el jven. --Si, grit Farax-Aben-Farax: yo te acuso de traidor tu patria y de hereje tu Dios. --Y sabes t cul es mi Dios? exclam con desprecio Aben-Humeya. Ante esta audacia todos callaron. --Mi Dios es el Dios de los cristianos, el Dios que confieso delante de vosotros; el Dios cuya fe no ha faltado en el fondo de mi corazon. --Y por qu has ceido la corona de un pueblo musulman? exclam con indignacion Harum-el-Geniz. --A t solo, te contestar, wali de los walies, dijo Aben-Humeya, t que eres el nico que tienes derecho acusarme; pero si me juzgas m por qu no juzgas tambien Aben-Aboo? --Ignoro la causa por qu deba yo acusarte especialmente, y acusar Aben-Aboo, dijo reposadamente Harum. --Pues qu, ignoras que Aben-Aboo y yo matamos tu noble seor el emir de los monfes? --Mientes, exclam Aben-Aboo, que crea que solo Dios, su madre y Aben-Humeya eran los conocedores de aquel crmen; mientes, miserable: yo puedo probar que la noche que muri el emir, mi noble tio, yo estaba muy lejos de Ytor, en cuyas inmediaciones pas aquella muerte.--Mientes, repito; ests perdido y quieres perderme: y si no, presenta una prueba bastante de que yo he tomado parte en la horrible muerte de mi tio y seor. --Es verdad, faltan sobre la tierra los testigos; unos han muerto, otros estan lejos. Algunos que pudieran hablar, callan. Pero Dios lo sabe, Dios arrojar sobre t la sangre del emir de los monfes, como la arroja sobre mi cabeza, Dios castigar los dos parricidas! --Parricidas! son como un eco de horror entre los circunstantes. --Qu os estremece? dijo Aben-Humeya: acaso no debiamos llamar nuestro padre, al noble y poderoso emir nuestro pariente? --Repito que ese hombre, al encontrarse perdido, arroja sobre mi cabeza, para perderme, un crmen en que no he tenido parte. --Es verdad, t no le hiriste. --Lo ois! al cabo no se atreve sostener su impostura. --Pero le sujestaste entre tus brazos para que no pudiese defenderse mientras yo le heria, dijo con una horrible calma Aben-Humeya. Dominaba un silencio de horror en los circunstantes. --La prueba! la prueba! grit fuera de s Aben-Aboo. --Es intil, dijo con autoridad Harum-el-Geniz: ni Aben-Aboo, ni Aben-Humeya han cometido ese asesinato. --Ah! te importa acaso ocultar el nombre de los asesinos, wali de los walies? dijo Aben-Humeya. --No; pero yo me encontraba aquella noche en la alquera donde moraba mi pobre seor, y s quin fue el asesino. --Y quin fue? dijo con sarcasmo Aben-Humeya. --Fue un emisario del rey de Espaa: un bandido italiano llamado Laurenti, que se habia introducido entre nosotros. Al escuchar el nombre de Laurenti, se estremecieron Aben-Humeya, Aben-Aboo y Angiolina. Harum tenia razon: el verdadero asesino del emir habia sido Laurenti, puesto que l habia incitado los jvenes aquel asesinato. --Fue ese miserable que acabo de nombraros: asi me lo revel baada en llanto, la sultana Howara, la noble esposa del emir mi seor: la madre de Aben-Aboo. --Oh! mi madre! pobre madre mia! exclam Aben-Aboo. --Yo, dijo Harum, jur vengar mi seor con la muerte de su asesino; un dia Laurenti fue encontrado en la montaa por los monfes, con una pualada profunda en un costado, y con su propia daga clavada en la sien izquierda. Angiolina tembl y se puso mortalmente plida. --Le mat yo, como se mata un perro, aadi Harum, y del mismo modo hubiera muerto los otros asesinos del emir, si hubiera habido mas que uno. Tengo la evidencia; mas: la prueba, de que ni Aben-Humeya ni Aben-Aboo, han tenido parte en esa muerte. --Oh! mi madre! mi pobre madre, dijo para si Aben-Aboo, ha cubierto el delito horrible de su hijo! infeliz madre mia! --No se trata, pues, de vengar la muerte del emir, dijo con acento conmovido Harum: el emir est vengado. Aben-Aboo tiene razon; Aben-Humeya lleva su maldad hasta el punto de acusarse de un delito que no ha cometido, para que se le crea, para perder al noble, al valiente Aben-Aboo, acusndole de complicidad en aquel crmen. Afortunadamente estoy yo aqui, y soy un testimonio vivo al que prestareis entera fe, caballeros: no es verdad, que no creeis que Aben-Aboo haya cometido tan odioso crmen? --No! no! no! exclamaron todos. --Puedes engaar con tu autoridad los hombres, wali de los walies, pero no puedes engaar Dios! --Y aun insiste el miserable renegado! exclam con indignacion Harum: pero tu resistencia es intil: no venimos aqu castigarte como asesino del emir de los monfes: no: venimos juzgarte como traidor tu patria: ests en inteligencia con los cristianos. --No os he dicho ya que soy cristiano? exclam con insolencia Aben-Humeya. --Qu mas quereis oir, caballeros? dijo Farax-Aben-Farax: el miserable confiesa su crmen. --Y por qu no los confiesa todos? exclam el turco Huscen. --Teneis tambien vosotros de qu acusarme? dijo Aben-Humeya. --Conoces esto? dijo Carcax adelantando fuera de s de furor y mostrando Aben-Humeya, la carta en que mandaba al alcaide de Medina de Bombaron, matar alevosamente los turcos. Aben-Humeya tom la carta y la ley: cuando la hubo leido desapareci la fria calma de su semblante, tembl no de miedo, sino de furor y exclam arrugando entre sus manos la carta: --Esta es una infamia horrible. Veo aqu tu mano Aben-Aboo, miserable, que mataste al padre y matas al hermano: t has comprado mi secretario, Diego de Arcos, cuya es esta letra, y has fingido esta carta. --Estamos perdiendo el tiempo, dijo Carcax; este descreido lo negar todo: no es justa su muerte, capitanes y caballeros? --Si; si; debe morir, gritaron todos. Y como si aquella hubiese sido una seal, el feroz Carcax se arroj sobre Aben-Humeya. --A m, esclavos! m! ha llegado la hora de la muerte! grit el turco!: mi, verdugos! Y sofocaba entre tanto Aben-Humeya quien habia asido por la garganta. Dos africanos atezados habian aparecido y avanzaban hacia Aben-Humeya: uno de ellos llevaba un cordon en la mano. Los detalles de la muerte de Aben-Humeya son repugnantes; oigamos cmo refiere esta catstrofe don Diego Hurtado de Mendoza, en su guerra de Granada. Ahogronle dos hombres: uno tirando de una parte y otro de otra de la cuerda, que le cruzaron en la garganta; l mismo se di la vuelta como le hiciesen menos mal; concert la ropa; cubrise el rostro. El mismo historiador refiere en otro lugar: Saqueronle la casa; repartironse las mujeres, dinero, ropa; desarmaron y robaron la guardia; juntronse con los capitanes y soldados, y... eligieron Aben-Aboo por cabeza en pblico, segun lo habian acordado en secreto. La muerte de Aben-Humeya fue la seal de dispersion de los que la habian decretado y ejecutado; los turcos se alejaron con su gente; Farax-Aben-Farax, con sus moriscos y con su nuevo rey Aben-Aboo, que se llev consigo Angiolina; Diego Alguacil por su parte se uni de nuevo Mara de Rojas, y preveyendo que ninguna buena aventura podia acontecerles en las Alpujarras, pasaron algunos dias despues Africa, donde se casaron. Antes de separarse Harum y Angiolina tuvieron este breve dilogo: --Por qu habeis atestiguado que Aben-Humeya y Aben Aboo, eran inocentes de la muerte del emir? --Necesito que Aben-Aboo confie en m, contest Harum. --Y por qu no habeis muerto tambien Aben-Aboo? dijo Angiolina, acaso no teneis poder para ello? --Se sabe dnde est la hija de mi seor? repuso Harum. --Ah! teneis razon, exclam con amargura Angiolina. --Acordaos seora, la dijo Harum, del estado en que habeis visto al infeliz marqus de la Guardia: acordaos de lo que me habeis prometido: Aben-Aboo os ama: fascinadle; emplead toda vuestra astucia, toda vuestra inteligencia: averiguad el paradero de la sultana, y cuando le hayais averiguado, cuando nos hayamos apoderado de ella, entonces... entonces Aben-Aboo, sentir sobre su cabeza la venganza de los monfes. --Os juro, os juro ayudaros, exclam Angiolina; pero ayudadme vos tambien. --Os ayudar, os lo juro, dijo Harum; pero silencio: Aben-Aboo se acerca: salidle al encuentro y empezad ser un demonio fascinador para l. Angiolina sali sonriendo al encuentro de Aben-Aboo, y Harum triste, cabizbajo, preocupado, sali de Andarax, lleg los primeros puestos de los monfes y mand tocar recoger. Cuando todos estuvieron reunidos los llev una rambla distante, y puesto en medio de ellos les dijo: --Nuestra venganza por el noble emir que hemos perdido, se ha cumplido ya. Aben-Humeya ha muerto. --Y Aben-Aboo? y Aben-Aboo? gritaron ac y all. --Aben-Aboo no tardar mucho en caer tambien. Estoy satisfecho de vosotros, hermanos. Nada tenemos que hacer aqu: marchad vuestros apostaderos y estad dispuestos la primera seal. Los monfes se dividieron en grupos y Harum, con una banda de ellos se intern en la montaa. CAPITULO XLVII. Resea de la continuacion de la guerra de las Alpujarras hasta su terminacion. Puesto que ya hemos reseado el principio de aquella guerra, nos parece oportuno para redondear nuestro libro, acabarla de dar conocer, aunque sumariamente, nuestros lectores. Aben-Aboo, fue coronado segn la usanza mora, y proclamado bajo el nombre de Muley Abdal Aben-Aboo. Pero esta jura y coronacion fue condicional por tres meses mientras venia la confirmacion del ttulo de rey para l, del dey de Argel. A este efecto envi Africa Aben-Aboo un morisco tintorero de Granada, llamado Ben-Daud, con dinero y presentes para captarse la voluntad del dey. En poco tiempo envi Ben-Daud la aprobacion de Aluch-Al, pero, previendo los resultados de la guerra, el buen emisario, obrando prudentemente, se qued por all. Recibida la aprobacion del dey se procedi formalmente la coronacion, ponindole en la mano derecha una espada desnuda, y en la izquierda un estandarte, corona de oro en la cabeza y manto de prpura sobre los hombros, y en esto le levantaron en alto por tres veces delante del pueblo y otras tantas gritaron: _Dios ensalce al rey de la Andaluca y de Granada, Abdal Aben-Aboo_! Reconocironle por su seor todos los pueblos sublebados de las Alpujarras, y todos los capitanes de moriscos, excepto Aben-Mequenum, y Giron el Archidoni. Nombr wal de los walies capitan general, Gernimo-el-Melek, y nombr de su consejo, para tenerlos propicios, los capitanes turcos Carcax y Dalhy. Otro capitan turco, el Caravax, pas Africa por gente para reforzar el ejrcito morisco; y Huscen fue enviado con el mismo objeto de obtener gente y armas, con un presente de cautivos, al dey de Argel. Cre una guardia de cuatro mil arcabuceros, parte de los cuales debian estar constantemente junto su persona, y parte rodeando su casa en lnea avanzada, y el lugar en que residiese, y vigilar los que llegasen. El miedo habia empezado roer el corazon de Aben-Aboo, hasta el punto de no creerse seguro sino rodeado de un pequeo ejrcito, escogido entre las taifas de los capitanes que creia mas leales. Uno de estos capitanes era Harum el Geniz, y la mayor parte de sus arcabuceros monfes. De modo que Aben-Aboo, sin saberlo, estaba en medio de sus enemigos y se creia asegurado por ellos. El primer hecho de Aben-Aboo despues de su proclamacion, fue proveer Castil de ferro, de armas, artillera y municiones, y seguida siti la villa de Orgiva, cuyo socorro envi don Juan de Austria al duque de Sesa. Aben-Aboo entonces dividi en dos partes su gente, dej la una continuando el cerco de Orgiva, y con la otra parte di sobre las gentes del duque de Sesa, en un lugar que se llamaba entonces Calat-el-Hhajara, (castillo de la pea) y hoy Acequia de las tres peas, y despues de muchas escaramuzas, las venci matando algunos capitanes y como hasta cuatrocientos soldados, y obligando al duque ampararse de la noche para recoger su gente y retirarse. Por otra parte, el capitan Francisco de Medina, abandon la villa de Orgiva causa de faltarle municiones y vveres, y ensoberbecido con estos triunfos Aben-Aboo, baj por Guejar y el Puntal de la Vega, rob ganados, saque incendi la villa de Medina y lleg con su ejrcito compuesto de monfes, turcos y moriscos hasta media legua de Granada. El duque de Sesa por desagravio, carg sobre la Abuuelas, las quem, quem asimismo Restaval, Belejy, Ddar y otros lugares, y torn Granada, donde don Juan de Austria se encontraba reformando la infantera. Era ya al mes de noviembre, y el invierno se presentaba recio. Por aquel tiempo se alz la villa de Galera una legua de Huesca, en tierras de Baza, lugar fuertsimo en el paso de Cartagena al reino de Granada, y no distante del de Valencia. Defendian Galera por rden de Aben-Aboo, cien arcabuceros turcos y berberiscos, las rdenes del Maleh, alcaide de aquel distrito: levantse asimismo Orce, y todos los lugares del rio de Almanzora (de la Victoria). Crecia la insolencia de los rebeldes: Aben-Aboo, mostraba ser mas diestro, mas inteligente, mas activo y mas afortunado que lo fue Aben-Humeya; lleg hasta el punto de ponerse sobre la Silla del moro, por la parte de los montes al Sur, amenazando la Alhambra y el barrio del Realejo, aunque de all no pasaron ni hicieron demostracion alguna, y llegando solo de noche, y retirndose de dia. Crecia el desasosiego de la ciudad, dbanse guardias y rondas en la puerta de los Molinos, en la de la Antequeruela, en el cerro de los Mrtires; se enviaban descubiertas los lugares de Pinillos y Cenes, cercanos Gejar donde tenia su campo Aben-Aboo, y todos los dias se tenian noticias de personas y de recuas cogidas por los moriscos las mismas puertas de la ciudad. Entre tanto el marqus de los Velez, sitiaba Galera, con poca artillera, con poca gente y por lo tanto con poco provecho. Escribi don Juan de Austria Felipe II quejndose de que le hiciese estar ocioso en Granada cuando esta se encontraba amenazada de cerca por el campo que tenia Aben-Aboo puesto en Gejar, y por otra parte por la resistencia de Galera, que podia dar causa que la rebelion se extendiera al reino de Valencia; en vista de estas quejas, el rey mand formar dos campos; uno cargo de don Juan, que asistido por el marqus de los Velez, el comendador mayor de Castilla y Luis Quijada, hiciese la guerra en el rio Almanzora; y otro bajo el mando del duque de Sesa que debia quedar en las Alpujarras. Don Juan de Austria march bien provisto y pertrechado contra Gejar 23 de diciembre de 1569, con nueve mil hombres de infantera, seiscientos caballos y ocho piezas de campo. Por la parte alta, esto es, por el mas encumbrado de los dos caminos que hay de Granada Gejar, fue el mismo don Juan con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos; Luis Quijada iba en la vanguardia con dos mil infantes; don Garca Manrique con el resto de la caballera, y en la retaguardia, con el estandarte real, el resto de la infantera, la artillera y las municiones, Pedro Lopez de Mendoza y don Francisco de Sols. Pero cuando lleg la expedicion Gejar hallaron que los moriscos habian abandonado el pueblo, retirndose las Alpujarras. Solo se encontraron en la trinchera diez doce viejos que fueron degollados, ni se vi de los enemigos mas que algunas mujeres y nios, y bagajes cargados, que subian por la sierra resguardados por arcabuceros y ballesteros como en nmero de ciento, que disparaban, retirndose de brea en brea, estorbando que se les diese alcance. Hubo algunas muertes de una y otra parte; tomronse cautivos los enemigos cuarenta personas entre hombres y mujeres, matndoles otros tantos; de los cristianos murieron cuarenta soldados y el capitan Quijada, quien, siguiendo el alcance di una pedrada una morisca: entrse al lugar saco y degello, y don Juan, reposando poco en victoria tan fcil, se prepar otra mas aventurada, marchando sobre Galera. Corrido habia por toda Espaa la fama de la fortaleza de aquella villa, la dificultad de entrarla y lo bien proveida de defensa que se encontraba, y multitud de caballeros de todo el reino, partieron para aquella empresa, no sin disgusto del rey que comprendia claro que era mas de estorbo que de provecho tanta gente allegadiza: enviaron las ciudades nuevas gentes de pi y de caballo, y poblacion hubo en que cada cinco vecinos pagaron un soldado que fuera contra Galera. Esto significa harto claro, que, cuando tales sacrificios se hacian, se daba gran importancia, se juzgaba como de gran consideracion la guerra de las Alpujarras. Acudieron mas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de los mismos pueblos, y organizada toda esta gente, parti la mitad con el duque de Sesa para las Alpujarras, y la otra mitad con don Juan de Austria contra Galera. Indignado Aben-Aboo con el desgraciado suceso de Gejar, quiso dar alguna muestra de s mismo, y envisti, aunque intilmente, de noche, Almuecar y Salobrea; y viendo el poco efecto de sus esfuerzos y la decision con que era acometido, envi de nuevo emisarios Argel pedir socorro. Entre tanto el marqus de los Velez, perdiendo mas que ganando, continuaba su simulacro de sitio sobre Galera, vindose con frecuencia obligado retirarse, y volviendo mas por honra, que por certeza de mejores resultados. En este lugar nos presenta la historia un dilogo notable que hemos de mostrar, aunque no sea mas que porque da conocer de lleno, el carcter del marqus de los Velez. Habiendo salido este recibir don Juan de Austria, el jven prncipe abraz al viejo soldado y le dijo: --Marqus ilustre: vuestra fama con mucha razon os engrandece, y atribuyo buena suerte, haberse ofrecido ocasion de conoceros. Estad cierto que mi autoridad no acortar la vuestra, pues quiero que os entretengais conmigo, y que seais obedecido de toda mi gente, hacindolo yo mismo como hijo vuestro, acatando vuestro valor y canas, y amparndome en todas ocasiones en vuestros consejos. A cuyas benvolas palabras contest el marqus con las siguientes aunque mesuradas, extraas: --Yo soy el que mas ha deseado conocer de mi rey un tal hermano, y quien mas ganara de ser soldado de tan alto prncipe; mas si respondo lo que siempre profes, irme quiero mi casa, pues no conviene mi edad anciana haber de ser cabo de escuadra. Por lo que se ve, en 1570 cuyos principios sucedi esta conversacion, los nobles castellanos aun no habian perdido los humos de la edad media; aun se hombreaban con los reyes. El marqus de los Velez lo hizo como lo dijo: dej la guerra y se march mohino su casa donde nadie podia disputarle la primaca. Entre tanto y mientras el duque de Sesa acometiendo la empresa de las Alpujarras, marchaba sobre Orgiva, don Juan de Austria se encaminaba sobre Galera, resuelto ya definitivamente el sitio. Empezaron las operaciones por la alcazaba alta: se la habia minado y al volar la mina cay un lienzo de muralla con algunos moros que le defendian; alborotronse algunos soldados y sin rden para ello, embistieron por entre el humo y el polvo, y fueron tan rudamente rechazados por los enemigos y tal la confusion y el desrden, que el mismo don Juan arremeti en persona y tan de veras, que recibi un balazo en el peto, que aunque no le caus dao, caus s una gran impresion en cuantos de ello tuvieron noticia, especialmente en su ayo Luis de Quijada, que no se separaba un momento de su persona, que le amaba como un padre y que jams olvidaba, ni aun cuando por don Juan ponia en peligro su vida, el encarecimiento con que le habia encomendado la guarda de su hijo el gran emperador don Carlos. Con gran trabajo pudo don Juan recoger la gente, que no escarmentada por el mal suceso, pidi al otro dia que se la llevase al asalto; pero don Juan viendo lo daoso que aquel asalto seria, mand hacer dos minas mas y cuando estas volaron, empez jugar la artillera y se renov el asalto, si bien con mas rden, no menos sangriento, y despues de horribles estragos se entr el castillo, y al fin fue tomada Galera. Don Juan fue rigorossimo con ella; ya fuese por lo que habia resistido y la gente que habia costado, ya por poner miedo los otros pueblos levantados: entrla cuchillo, arrasla, arla y la mand sembrar de sal, como se acostumbraba en aquellos tiempos con las casas de los traidores. Solo qued la pea, coronada de escombros humeantes, y la terrible tradicion de las desdichas de Maleh y de su amante Maleka, de la cual hizo Calderon su drama: el _Tuzani de las Alpujarras_. En efecto, la toma de Galera, lugar fuertsimo y en el que tenian gran confianza, aterr los moriscos: Aben-Aboo desalentado no pudo arrojar al duque de Sesa de las Alpujarras y este, sin que los moros osaran otra cosa que escaramucear con su gente, lleg Gejar y de all pas Vlor, donde se aloj. Don Juan, excitado por el duque de Sesa, se volvi sobre las Alpujarras pretendiendo coger Aben-Aboo, entre su gente y la del duque, y lleg vista de Seron, donde algunos soldados desvandados, se arrojaron combatir, sin que nadie pudiera impedirlo, los moros que encontraron puestos en defensa. Incitados por el ejemplo de estos pocos, fueron unindoseles mas, hasta que al fin, contra la voluntad de don Juan, toda la gente de su hueste se movi contra la villa: y aunque vinieron en socorro de Seron los moros de Tjola, la villa fue entrada al primer embate, saqueada y pasados los que se encontraron dentro cuchillo; pero esta victoria cost muy cara, tanto por el gran nmero de cristianos que perecieron en el asalto, como porque, herido malamente de un balazo, muri entre los brazos de don Juan, su ayo Luis de Quijada. Aben-Aboo, viendo que los cristianos se le habian metido en el corazon de las Alpujarras, reparti su campo y la gente vecinal que llevaba consigo; puso gente en el camino de Granada para evitar que llegasen provisiones al duque de Sesa, y parte la falda de la Sierra Nevada y al Puntal de la vega para que amenazasen Granada: quedando l contra el duque, estorvndole los mantenimientos con los cuatro mil arcabuceros de su guardia, y los soldados del duque se vieron obligados mantenerse con fruta seca, pescado y aceite, que recibian por las marinas, de Mlaga. Lleg el mes de abril: los moriscos si encontraban alguna ventaja en las escaramuzas ligeras, en las sorpresas de convoyes, de soldados que pasaban desprevenidos por la montaa, no habia lance algo formal en que no fuesen deshechos y rotos. Cundia el desaliento. Don Juan, venida la buena estacion, apretaba sin descanso y procuraba por medio de tratos, la sumision de los moros y la ida Africa de los turcos. Hablbase de condiciones pedidas por Aben-Aboo, aunque exorbitantes, y la guerra seguia, aunque embarazada por estos tratos y empeos de avenencia. Castil de Ferro fue abandonado y ocupado por el marqus de la Fvara y por don Juan de Mendoza: solo se encontraron dentro veinte hombres, entre moriscos viejos, turcos y berberiscos, y diez y siete mujeres, en ocasion que estaban para embarcarse; alguna sidra, veinte quintales de vizcochos y la artillera que estaba en el castillo, mala y poca. Seguanse entre tanto tratos de reduccion con Fernando el Habaqu y Felipe II, que se habia acercado Sevilla y luego Crdoba; para poder proveer con mas oportunidad la guerra, pasado el peligro y estando apagado casi el incendio, se torn Madrid, remitiendo para all, la conclusion de las Crtes que poco antes habia convocado. El mayor peligro quedaba en la Serrana de Ronda: parti para ella de rden de don Juan de Austria, el 20 de mayo, don Antonio de Luna con cuatro mil quinientos infantes y cien caballos que sac de Ronda; en la primera salida fue rechazado y obligado volverse la ciudad: los moriscos de la Serrana, aconsejados por los que habian ido ellos huidos de las Alpujarras, se concentraron en Sierra Bermeja, y en la del Iztan: tomaron el mar las espaldas para facilitar los socorros de Berbera, y bajaban hasta las puertas de Ronda, causaban continuas alarmas, robaban los ganados y cautivaban y mataban los labradores cristianos, no como salteadores, sino como enemigos. Esto empez acontecer cuando Felipe II estaba todava en Sevilla, y acudi de improviso al remedio, y envi la Serrana los duques de Arcos y de Medina Sidonia. El de Arcos, que tenia mucha parte de sus Estados en la Serrana de Ronda, pretendi reducir los moriscos; pero estos estaban irritados; mas que irritados, desesperados, y fue necesario recurrir la fuerza y acometerlos en Sierra Bermeja, en el mismo lugar donde aos antes muri manos del Ferih de Benastepar, don Alonso de Aguilar, uno de los mas esclarecidos parientes del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Crdoba. Encontraron all, segun referia Mendoza, Calaveras de hombres y huesos de caballos amontonados, esparcidos, segun, como y donde habian parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas adelante, el fuerte de los enemigos, cuyas seales parecian pocas y bajas y aportilladas; iban los prcticos de la tierra sealando donde habian caido oficiales, capitanes y gente particular: referian donde y cmo se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de Urea y don Pedro de Aguilar, hijo mayor de don Alonso de Aguilar: en qu lugar y dnde se retrajo don Alonso y se defendia entre dos peas; la herida que el Ferih, cabeza de los moros, le di primero en la cabeza y despues en el pecho, con que cay; las palabras que le dijo andando brazos: _Yo soy don Alonso de Aguilar_; las que el Ferih le respondi cuando le heria: _T eres don Alonso_, mas _yo soy el Ferih de Benastepar_, y que no fueron tan desdichadas las heridas que di don Alonso, como las que recibi.... Mand el general hacer memoria por los muertos y rogaron los soldados que estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos por extraos y esto les acrecent la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza. Ocup el duque de Arcos el antiguo fuerte reparndole. Vino en este tiempo resolucion del rey don Felipe, que concedia perdon los moriscos: empezaron presentarse algunos; pero sin armas y alegando que los que quedaban alzados no se las dejaban traer. Pero de improviso, un morisco que habia escapado de la Inquisicion y que por temor al castigo no queria reducirse, empez excitarles de nuevo, decirles que se les engaaba, que cuando se hubiesen entregado serian muertos, sentenciados por toda su vida galeras, esclavas sus mujeres, vendidos sus hijos. Tanto dijo y tanto alborot, que los de Sierra Bermeja se levantaron de nuevo con mas furia que antes: mataron los moriscos que trataban en el avenimiento impidieron por el terror que se sometiesen los que querian hacerlo. Redjoselos al fin, pero con varias alternativas, con mucha sangre y terribles catstrofes: los restos dispersos de los moriscos se acogian las breas, descalzos, hambrientos, miserables; las Alpujarras, el marquesado del Zenete, el rio de Almanzora, y la Serrana de Ronda, estaban ocupados por el ejrcito vencedor y don Juan de Austria escribia su hermano el rey don Felipe que la salida de los moros de todo el reino seria el postrero dia de octubre. Quedaban, sin embargo, ac y all llamaradas del incendio: los labradores cristianos que habian vuelto sus haciendas, no se atrevian labrarlas; los caminantes eran robados y muertos, y todos los lugares enteramente de moriscos que no habian dejado las Alpujarras, eran una amenaza muda. Aben-Aboo andaba de cerro en cerro, con un puado de parciales llamndose todava rey. Y qu habian hecho entre tanto los monfes? Cejar los primeros en el combate, abandonar los lugares que se les confiaban, ser traidores los moriscos. Y Harum-el-Geniz era quien acompaaba siempre Aben-Aboo. Por qu hacian traicion los monfes sus hermanos? [imagen:--Ah teneis al miserable, al traidor, al asesino!] Porque necesitan vengar la muerte de su emir. Porque no habian muerto Aben-Aboo, como habian muerto Aben-Humeya. Porque ignoraban donde tenia escondida la sultana Amina, Aben-Aboo. La guerra habia acabado, Aben-Aboo andaba fugitivo, y sin embargo, ni Angiolina Visconti, ni Harum, que acompaaba siempre Aben-Aboo, habian logrado descubrir el paradero de la sultana. CAPITULO XLVIII. En que se sabe entre otras muchas cosas importantes, de qu muerte muri Aben-Aboo. El castillo de Vrchul, era, que hoy no es, un punto importante, situado en medio de las Alpujarras. Rodeado de agrias cuestas, asentado como un nido de guila sobre una roca, sin mas acceso que un tortuoso sendero, abierto pico en una pea, podia casi llamarse inespugnable. A su pi ramblas profundas, montaas, colinas, formaban un verdadero laberinto, extremadamente selvtico, y bravo, y lo lejos, ya sobre una cresta, ya en la vertiente de un valle, se veia algun lugarejo, algun caserio, alguna choza. Al pi del castillo estaban sobre un barranco sumamente agreste unas profundas cuevas que se llamaban de los Vrchules, y donde, como en un ltimo refugio, se habian concentrado los restos dispersos de los moriscos fugitivos y vencidos. All, hambrienta, desnuda, miserable, aterrada, aquella multitud infeliz, viejos sin hijos, hurfanos sin padres, esposas sin esposo, cuantas miserias humanas pueden concebirse, se agrupaban cubiertas de harapos, estremecidas de miedo, con los ojos fijos siempre en las distantes avenidas temiendo ver asomar por ellas las banderas de los crueles y sanguinarios soldados del rey don Felipe el II. Pero entre estas gentes no habia un solo monf, excepcion del wali de los walies Harum, que no se apartaba sino por breves espacios de Aben-Aboo. Parecia que los dems monfes los habia tragado la tierra. Fuese porque reposasen en el triunfo, fuese porque creyesen intil una persecucion de gente miserable y desvandada, ni los alrededores del castillo de Vrchul, ni en los lugares que desde su altura se divisaban, aparecia un solo cristiano. [imagen:--Esta es la justicia de Dios! exclam Harum; mueres coma has matado!] Pero tambien es cierto que estaba tan devastada aquella demarcacion, tan cortados los caminos que ella conducian, por los soldados del rey de Espaa, que los pobres moriscos acorralados en aquellas breas no encontraban para sustentarse mas que raices de rboles, yerbas y reptiles. De tiempo en tiempo Harum-el-Geniz solia aparecer entre aquellos desgraciados, como una providencia de Dios, con algunos mulos cargados de maiz, de trigo de legumbres, que aquellos infelices devoraban en pocos instantes. Siempre que Harum llevaba uno de estos ineficaces consuelos, les decia: --Amigos, esto ha costado sangre humana. Y--Dios te bendiga, wali; exclamaban los mseros: Dios acoja en su misericordia los que han derramado su sangre por nosotros. Harum al escuchar estas palabras se volvia de espaldas para ocultar sus lgrimas y murmuraba: --Estaba escrito! oh! si esos miserables no hubieran asesinado al emir! Entre tanto Aben-Aboo, encerrado en el castillo de Vrchul, acompaado nicamente de Angiolina, de algunos escopeteros, de Harum y de su antiguo esclavo africano Al, recelaba de todo, atalayaba por s mismo los caminos, temiendo ser sorprendido, y velaba de noche por los adarves como un alma en pena. Habia enviado algunos de sus parientes Africa en demanda de nuevos socorros, los esperaba con esa tenacidad con que confian en su fortuna los ambiciosos y esperanzado en estos socorros, se negaba de todo punto someterse al perdon prometido por el rey los moriscos que depusieran las armas. Rey en sueos, haciasele duro el despertar: sus remordimientos, entre tanto, le obligaban buscar el olvido en la embriaguez. Porque los remordimientos se habian dejado oir al fin en aquella alma que todo lo habia arrostrado por la ambicion. Mientras se encontr entre el ruido de las armas, en medio de sus gentes, que seguian al combate su bandera y se batian con fe y con entusiasmo, la continua actividad, el inters siempre vivo de nuevas empresas, el ansia del mando supremo asegurado por la victoria, le habian distraido, mejor dicho: le habian embriagado hasta el punto de que nada veia mas que el dosel rojo de un trono levantado en la cmara de Embajadores de la Alhambra; pero cuando en el solitario y silencioso castillo de Vrchul, se encontr una noche y otra, velando receloso por s mismo, bajo un firmamento opaco, reflejando en sus pupilas escandencidas por la fiebre la misteriosa luz de las estrellas, solo consigo mismo en presencia de la inmensidad muda, bajo la mirada de Dios, un frio de terror empez circular por sus huesos: muy pronto sus ojos de loco no vieron ya un firmamento sombro; vieron mas que eso: millares de fantasmas que se agitaban, que hervian en aquel firmamento y que arrojaban una lluvia de sangre sobre su cabeza: estremecile el zumbido del viento entre las almenas, creyendo escuchar en l quejas humanas, alaridos de rabia, gritos de agona, imprecaciones, amenazas. Parecale oir en un eco muy lejano, entre el silencio, la voz del emir de los monfes, que exclamaba: --Parricida! maldito seas! Otra, la de Aben-Humeya, que rugia: --Ay de t, fratricida! Otra, la de su madre que exclamaba: --Menguada fue la hora en que te conceb! Otra, en fin, la de Amina, que llorando le decia: --Qu has hecho de mi padre, asesino! qu has hecho de mi esposo y de mi hija! Y cuando huyendo de estas voces se precipitaba por las escaleras de los adarves, y se perdia en la profunda penumbra de los muros, pareciale ver deslizarse delante de l como pretendiendo precederle, llevarle, un lugar de juicio supremo, los espectros de su padre, de su hermano y del marqus de la Guardia (porque Aben-Aboo creia que el marqus de la Guardia habia muerto) envueltos en sudarios rojos. Entonces, erizados los cabellos de espanto, plido, trmulo, cubierto de un sudor frio, penetraba en la cmara, donde sufriendo un largo, doloroso intil martirio, dormitaba Angiolina y exclama: --Vino! adorada de mi alma! dame vino! necesito embriagarme, dormir entre tus brazos, olvidar! No oyes que quiero olvidar, t tambien me haces traicion? Y entonces Angiolina, grave, lenta, silenciosa, se levantaba, llenaba de vino un cliz que servia de copa Aben-Aboo y se le servia. Aben-Aboo apuraba el vino de un trago, y pedia mas, mas, porque su miedo no desaparecia sino con la embriaguez, y se arrojaba entre los brazos de Angiolina, que cumplia hericamente su palabra empeada Harum-el-Geniz, de procurar saber, costa del ltimo de los sacrificios que podian exigrsela, el paradero de Amina. En vano habia apurado cuantos recursos encontr su astucia: en vano habia tendido hbiles lazos Aben-Aboo: nada habia podido descubrir: Aben-Aboo ignoraba lo que habia sido de Amina, el recelo le hacia ser prudente aun en sus momentos de embriaguez. Al fin Angiolina se vi obligada guardar silencio acerca de Amina consecuencia del siguiente dilogo que tuvo con Aben-Aboo. --Qu te importa, le dijo, lo que haya sido de esa mujer? --Tengo un gran inters, dijo con acento profundo Angiolina. --Un gran inters! repuso Aben-Aboo, lanzando sobre la veneciana una mirada friamente investigadora: Ah! s, es verdad! t amabas al marqus de la Guardia, y acaso le amas aun, pesar de que sabes por mi boca que ha muerto.... y de una manera singular: como que le ha matado la misma tierra que le sirve de sepultura. --Y qu me importa el marqus de la Guardia? repuso Angiolina: acaso no tuve bastantes razones para olvidarle, para despreciarle? puede amar una mujer como yo un hombre que la pospone otra? No, la sultana Amina me interesa, no por el marqus quien Dios perdone, como yo le he perdonado, sino por t. --Por m? --Si ciertamente: no te amo yo? --Escucha, Angiolina, dijo profundamente Aben-Aboo: soy jven: criado en la montaa, pensando siempre en la corona que estoy punto de perder ganar decisivamente, las mujeres no habian hablado mi corazon. Pero te v, y no s qu destino incomprensible, poderoso, arrastr mi alma y la impuls unirse la tuya. Te tuve mi lado, al lado de mi madre en Cdiar: cre tus palabras de amor, y cuando por una imprevision mia fuiste dar en manos de Aben-Humeya, sent lo que nunca habia sentido por una mujer: la rabia de los zelos: t acaso fuiste una de las causas mas poderosas de la muerte de Aben-Humeya. --Pero t sabes que Aben-Humeya me am en vano.... --He querido creerte, porque necesitaba creerte; pero cuando me abriste tus brazos por primera vez, cuando los rodeaste mi cuello, sabes lo que sent... --T te llamabas en aquellos momentos el mas dichoso de los hombres. --Y lo era, en efecto, porque tu hermosura me enloquece, porque tu mirada conmueve mi alma, como no la han conmovido jams las incertidumbres de mi triunfo y los azares de la guerra. Pero sabes lo que sentia yo en el fondo de mi razon, como esclarecindola, como pretendiendo dominar mi delirio? pues bien, escuchaba una voz que me decia:--Los brazos de esa mujer no son los dulces lazos del amor que ansas, son una serpiente que pretende ahogarte. Y cuando este recuerdo, cuando este recelo me asalta en medio de tus caricias; cuando pretendes averiguar el paradero de la sultana Amina, un pensamiento terrible pasa por mi cabeza. --Y qu pensamiento es ese que te inspira tu delirio? --El de ahogarte antes de que me ahogues t. Sonri lnguidamente Angiolina y repuso: --Ni yo te ahogar, porque te amo, ni el amor que sientes por m te permitiria ahogarme. Oh! no! tus recelos pueden menos que tu amor. T, si pones la bandera del Profeta sobre las alcazabas de Granada, me llamars tu sultana, tu adorada sultana. --Pero esa tenacidad en nombrarme Amina.... --Tengo zelos! --Zelos! --Ella es una sultana poderosa. Sonri sesgadamente Aben-Aboo. --Y dnde estn los monfes? qu se han hecho esos valientes? pregunta Harum-el-Geniz, el wali de los walies de esos moros y l te contestar:--Han sido vencidos, dispersados: los unos se han acogido la clemencia del rey de Espaa, los otros han pasado Africa y los que quedan aqu vagan sueltos por la montaa sin obedecer capitan alguno? La poderosa sultana! Dnde est su alcazar tan maravilloso de que nos hablaban? el paraiso escondido del emir de los monfes? Sueo, sueo todo, como la hermosa sultana Amina; como la misteriosa dama blanca de la montaa. --Sueo! pretenders hacerme creer que la hija del emir, la sultana Amina, doa Esperanza, la orgullosa, duquesa de la Jarilla, ha sido un sueo? --Como un sueo ha pasado, repuso Aben-Aboo. --Que ha pasado! --Si; ha muerto: ha muerto de hambre.... --De hambre! --Si; yo.... por recelo de que los monfes me vendiesen.... porque yo siempre he desconfiado de ellos, pretend tener en rehenes la sultana Amina, y la guard en una cueva.... no importa dnde. Yo mismo iba llevarla la comida, las ropas.... pero los cristianos me arrojaron de repente del lugar donde se encontraba encerrada la sultana.... yo en verdad nunca habia pensado en matarla; pero pasaron muchos dias antes de que yo volviera apoderarme del lugar donde habia quedado abandonada; cuando fu en su busca la encontr muerta. --Muerta! --Si; muerta de hambre. Angiolina call dominada por el horror. La habia revelado Aben-Aboo de una manera tan segura la muerte de Amina, que no se atrevi dudar de ella. --Llname otra vez la copa, dijo Aben-Aboo. Angiolina le sirvi la copa de nuevo. --Cuando vengan los refuerzos de Africa, dijo Aben-Aboo, que empezaba embriagarse, ser distinto, amada mia: no estaremos en este triste castillo, cercados, atajados los caminos por los cristianos, ni nos veremos obligados pasar la noche en vela. Dame mas vino: necesito embriagarme para tener paciencia. Angiolina present otra vez la copa Aben-Aboo. Este acab de embriagarse completamente, cayendo en un estado en que nunca le habia visto Angiolina. --Oh! dijo esta: duerme, y duerme de una manera profunda: yo no estoy segura de las intenciones de este hombre. Creo que obra con doblez respecto m y Harum-el-Geniz. Acaso, acaso, seria prudente deshacernos de l. Pero si esa mujer que me propuse devolver al marqus de la Guardia no hubiese muerto... si muerto Aben-Aboo, no pudiese descubrirse el lugar donde la tiene acaso oculta. Oh! Dios mio! Dios mio! iluminadme! Angiolina se sent en el divan donde dormia Aben-Aboo, y apoy su cabeza pensativa en sus manos. --Todas las noches, dijo Angiolina recordando, Aben-Aboo sale de sus habitaciones por una pequena puerta de hierro, que est al fin de una galera. Luego cierra, y cuando vuelve, torna cerrar y guarda cuidadosamente la llave entre sus ropas: si yo me atreviese... Angiolina se inclin sobre Aben-Aboo y contempl su semblante con una atencion profunda: Aben-Aboo dormia intensamente; le movi y no despert: entonces cerr la puerta de la cmara, para evitar ser vista, se acerc rpidamente Aben-Aboo, palp sus ropas, y encontr bajo de ellas una llave y una cartera. Guard la llave y se acerc la luz y abri temblando de impaciencia la cartera. Encontr dentro algunas cartas que la desesperaron porque estaban escritas en rabe; pero entre ellas encontr una sola que estaba escrita en castellano. Angiolina di un grito de alegra. Al pi de aquella carta se leia como firma: Esperanza de Crdenas. --Es de ella! exclam: pero esta carta no es una prueba de que vive: esta carta puede haber sido escrita hace mucho tiempo: veamos. Y ley lo siguiente: Al ver la manera con que obrais conmigo, vos mi pariente, vos que tanto debeis mi padre, no s lo que pensar de vos. El estado en que me encuentro es insoportable; lo que me haceis sufrir es tanto que temo volverme loca. Temeis acaso que mi esposo pueda haceros sombra protegido por mi padre? Os engaais. Ni mi esposo ni yo renegaremos de Dios. Os lo he dicho una y otra vez. Os lo dije cuando hace tres dias me vsteis, por qu no habeis vuelto? vuestro esclavo, me ha asegurado, y no lo creo, porque no sois miserable, que vos no me restituireis la libertad sino cuando os revele el lugar donde se encuentra el alczar subterrneo de mi padre, en el cual creis encontrar inmensos tesoros. Yo dudo que por tal motivo me tengais sepultada viva, llorando, presa de la incertidumbre mas cruel: ignoro la suerte de mi padre, la de mi esposo, la de mi hija. No s si han muerto si viven, pues aunque vos me asegurais de que nada tengo que temer por ellos, no os creo. Vuestro esclavo me ha dicho que sois rey de las Alpujarras. Y cmo lo sois si vive Aben-Humeya, si vive mi padre? y si no viven, cmo han muerto? Desesperada por no veros, he pedido Al, que os suplique de mi parte que vengais verme, y me ha contestado que estais ausente: entonces le he pedido que me traiga con qu escribiros, y lo ha hecho y os escribo. Si yo nada tuviese en el mundo, sino fuese por el amor de los mios nada os diria; moriria sin suplicaros: pero el que ama no puede ser altivo. Venid, venid, y oidme: concluyamos de una vez: ya no puedo sufrir mas: si no habeis de devolverme los mios, matadme: al menos descansar: pero no me hagais apurar este horroroso martirio. Soy hija, soy esposa, soy madre: vos no me amais, no teneis disculpa de vuestra horrible conducta. Volvedme los mios y nada temais porque los mios os perdonaran.--De mi tumba 10 de marzo de 1571.--Esperanza de Crdenas. --Ah! exclam Angiolina, no ha muerto! no! ese miserable me ha engaado: esta carta ha sido escrita hace tres dias: estamos 13: si, no hay duda; durante estos tres dias, Al ha recibido de Aben-Aboo esta llave y ha salido por la puerta de hierro de la galera: despues de algun tiempo de ausencia ha devuelto esta llave Aben-Aboo. Pretender seducir Al, es un delirio: sirve su amo con cuerpo y alma. Pues bien: esta llave est en mi poder. Aprovechemos el tiempo: veamos. Y Angiolina sali de la cmara, se aventur por un laberinto de estrechos corredores, lleg al extremo de uno delante de una puerta de hierro, y puso la llave en su cerradura. La puerta se abri y Angiolina tornndola cerrar, alumbrndose con la lmpara que habia tomado de la cmara de Aben-Aboo, empez descender por una estrecha escalera de ojo. Apenas habia cerrado Angiolina la puerta, cuando por la otra parte un hombre atltico, que se alumbraba con una linterna, lleg la puerta y la golpe furioso. --Ah! exclam: estas malditas visiones que mi seor me ha metido en la cabeza, me han hecho creer que esa mujer era un fantasma, y he tenido miedo, pero no: es ella, es doa Anglica; la he reconocido al volverse para cerrar la puerta. El seor no puede haberla dado esa llave. Me hubiera avisado. Y Al parti desalado la cmara de su seor. --Ah! est borracho! aletargado! grit con rabia Al: yo tengo una yerba que sirve para disipar la embriaguez; yerba que me ha servido para que nadie pueda notar que he bebido vino contra la ley: pero mientras voy por ella; mientras esprimo su zumo... oh! y es preciso... preciso de todo punto. Al sali y permaneci fuera algun tiempo. Cuando torn traia en la mano una copa: cogi la cabeza de Aben-Aboo, le abri la boca y derram en ella parte del lquido que la copa contenia, poco despues, y como por un efecto mgico, Aben-Aboo despert y volvi en s de una manera completa. --Oh! qu horrible dolor en las sienes! exclam. --Os han embriagado seor, y ha sido preciso que yo me valga de unas yerbas para haceros volver en vos. --Y quin te ha mandado eso? dijo con enojo Aben-Aboo. Por qu no me has dejado dormir? --Una sola palabra, seor; dijo Al: habeis dado doa Anglica la llave de la puerta de las cuevas del castillo? --No; dijo Aben-Aboo: t ests soando Al. --Doa Anglica ha entrado hace media hora por esa puerta. --Doa Anglica! exclam Aben-Aboo todo trmulo buscando la llave entre sus ropas. Oh! me ha robado la llave. Esa mujer est zelosa de Amina. Esa mujer es terrible: ser capaz de matarla y no nos conviene que la sultana muera. Aben-Aboo se equivocaba, como ven nuestros lectores, respecto las intenciones de Angiolina. --Pronto, pronto, exclam lanzndose la puerta. Pero de repente se detuvo: habia sonado fuera de los muros una corneta en un toque particular. Aquel toque se repiti tres veces. --Algo terrible sucede: algo que nos importa mas que esas dos mujeres: es mi secretario Bernardino Abu-Amer: suceda lo que quiera la sultana, abre antes Abu-Amer: sepamos qu noticias nos trae: que esten preparados los escopeteros que nos quedan. Al sali deshalado. Poco despues entr con un morisco viejo, pero robusto, enrgico, que le dijo alentando apenas: --Slvate, seor: slvate por las minas: te hacen traicion! --Y quin me hace traicion? --Harum-el-Geniz. --Oh! imposible! --Lo s: lo he visto con mis ojos; lo he escuchado con mis oidos. --Y qu has visto? qu has escuchado? --Los monfes, todos los monfes sin faltar uno, cercan el castillo de Vrchul. --Ah! los monfes sin faltar uno! pero si los monfes estan vencidos, fugitivos... --Te engaas seor: son en tanto nmero, como cuando vivia el emir. --T has soado Abu-Amer: cuando vivia el emir tenia un ejrcito de diez mil monfes. --Pues todos estan all! --Pero si su nmero se habia reducido la tercera parte... si apenas podian ayudarme..... --Los monfes te han engaado, te han abandonado, te han hecho traicion; han permanecido escondidos en sus guaridas, han huido sin valor delante del cristiano: recuerda seor: recuerda, creme y slvate. --Pero por dnde han pasado tantos hombres sin que los cristianos los detengan? --No lo s: pero ellos son capaces de entrar en un lugar por el aire, si les falta la tierra: estan en inteligencia con los cristianos... --Si eso es... solo la sangre fria, solo el valor puede salvarnos... --Las minas... --Si los monfes vienen contra m, habran tomado las salidas. --Acaso no las conozcan, seor. --Ellos conocen todos los escondrijos de las Alpujarras. --Probemos al menos, seor. --No; el huir no es la mejor prueba: es mejor presentar la frente serena y altiva al peligro... y luego yo no he sido jams cobarde... prefiero morir como rey, que me den caza como un lobo, y me acorralen y me maten villanamente. Al, mis mejores vestiduras, mi alfanje y mi escopeta... que se preparen mis escopeteros... y mira, aadi mientras Al le vestia; aunque la puerta es fuerte, t eres mas fuerte que ella; rmpela hachazos; llvatela por las minas... la noche es oscura; vndala la boca para que no pueda gritar: eres astuto, gil: procura burlar los monfes... si lo consigues, toma: y Aben-Aboo escribi apresuradamente una carta: en cualquier parte encontrars amigos mios; enviala con uno de ellos Harum-el-Geniz: v, haz lo que te he dicho. --Y doa Anglica? --Ah! doa Anglica! djala... no la toques: de seguro ella no ha querido hacerme traicion, me ama. Pero v, v..... --Y por qu no intentar salvaros, seor? --Es necesario anticiparse al golpe por una parte y por otra el que huye se pierde. Ve Al, cumple con lo que te he encargado, y t Abu-Amer, conmigo y con mis escopeteros fuera del castillo: sabes dnde est Harum-el-Geniz? --Si, en la cueva grande de los Vrchules. --Pues la ventura de Dios, dijo Aben-Aboo, y sali de la cmara, y luego del castillo con Abu-Amer y una cuadrilla de veinte escopeteros, que fu toda la gente que pudo reunir. La noche era densamente oscura y nada se oia; ni aun el vuelo del viento. Al sentir aquella calma, Aben-Aboo dijo Abu-Amer: --Creo que te has equivocado: todo reposa; hemos andado un buen trecho de camino, y nadie hemos encontrado. --Mira seor lo alto del barranco de los Vrchules: nada ves? --Si, veo el resplandor de una luz. --Y para qu crees que puedan estar velando en la cueva? --Adelante, dijo Aben-Aboo. Y siguieron hcia el barranco, pero apenas habian entrado en l cuando se escuch una voz ronca que grit: --Quin va? --El rey de Granada, contest con voz serena Aben-Aboo. --El rey de Granada! grit la misma voz ronca, como avisando otras gentes. --Y quines sois vosotros? dijo Aben-Aboo sin detenerse. --Los monfes de las Alpujarras! dijo la voz de otro nombre que al frente de algunos adelantaba. --Y quin eres t que me hablas? --El wal Suleiman! --Paso al rey dijo Aben-Aboo, al sentir que le cercaban. --Perdona seor, pero tenemos rden de llevarte nuestro wal de los wales. --Ah! con que Sidy[33] Harum-el-Geniz, se atreve prenderme? dijo con sarcasmo Aben-Aboo. --Sidy Harum-el-Geniz, no te prende; te detiene, porque asi es preciso para la salud del reino, y nosotros obedecemos Sidy Harum, porque es wali de nuestros wales. Aben-Aboo guard silencio y sigui hasta el pi de un sendero escarpado que conducia la cueva grande de los Vrchules; al llegar aquel punto mand los escopeteros que se quedasen abajo, y subi acompaado solo por Suleiman y por Abu-Amer. Invirtieron un largo espacio en llegar lo alto porque la senda era spera, escarpada y larga. Al fin entraron en la cueva, y adelant un hombre. Aquel hombre era Harum-el-Geniz. En medio de la cueva quedaban de pi otros dos hombres, pero notbase que estaban vestidos de castellanos, pesar de que eran moriscos; el uno era Francisco de Barrado, y el otro Pedro el Zatahar. No estaban estas personas solas en la cueva, cuya extension era inmensa; su fondo se apiaban ateridos de frio y de hambre, una multitud de moriscos de todas edades y sexos, y salia de aquel antro un hlito nauseabundo de miseria. Al entrar Aben-Aboo, sali de entre aquella turba un sordo murmullo. --Hme aqu! qu me quieres, Geniz? exclam con altivez Aben-Aboo: qu significa lo que acontece? yo soy vuestro rey. --Muley Abdalah-Aben-Aboo, dijo Harum-el-Geniz; solo quiero que mires qu punto ha traido tu obstinacion estos infelices que aqu estan desesperados, enfermos, miserables, y que consideres que las cosas son llegadas ya tal extremo, que no ofrecen ya ni aun esperanzas de salvacion. --Y qu quereis? --El presidente de la chancillera de Granada, don Pedro de Deza y el capitan general, nos dan cartas de seguro, y el perdon de su magestad el rey de Espaa si nos reducimos. --Y quin ha andado en estos tratos? dijo afectando la calma mas fria Aben-Aboo. --Yo, dijo uno de los dos moriscos que estaban vestidos la castellana. --Ah! eres t, Francisco de Barredo? dijo Aben-Aboo: t en quien tanto confiaba, y t tambien, el Zatahar, el grande amigo del nico hombre que me queda leal, Abu-Amer. --Te engaas, dijo Harum-el-Geniz, Abu-Amer te ha traido, pero sabia como nosotros para lo que venias. --Es verdad, dijo Abu-Amer, con un insolente descaro que estaba en completa contradiccion con la afectuosa conducta que hasta entonces habia usado respecto Aben-Aboo. --Con que es decir que estoy abandonado de todos? --No por cierto, Muley Abdalah, no por cierto, dijo Harum-el-Geniz: solo queremos hacerte partcipe de la merced que nos concede el rey de Espaa. --Y esto dices teniendo en los barrancos segun me han dicho diez mil monfes? --Y qu tienen que ver los monfes con vosotros los moriscos? acaso ellos antes de la guerra no tenian su patria en la montaa? acaso no la tendran si quieren despues? --Oh! si! los monfes me habeis hecho traicion! --No por cierto; pero desde que nuestro emir el gran Yaye-ebn-Al-Hhamar muri asesinado por dos miserables, juramos vengarle y le hemos vengado: uno de sus asesinos ha muerto: el otro morir tambien. --Justo es que muera el que ha asesinado, dijo dominando su terror Aben-Aboo; pero prescindiendo de esto: creeis que no podemos resistir aun? --Los moriscos estan desalentados, ven el poco fruto que sacan de la guerra y quieren la paz: el presidente de la chancillera les envia decir, que se reduzcan al servicio de su magestad el rey de Espaa, que seran perdonados, y que se les dejar vivir libremente en donde quieran; ademas de esto les ofrece mercedes que estan firmadas en este papel. Harum sac unos pliegos y los mostr Aben-Aboo, que no pudo contenerse por mas tiempo: --Qu es esto Geniz? exclam con la voz trmula de clera; tal traicion me tenias guardada? no me hables mas, ni te vea yo! Y fu tomar la salida de la cueva. --No, no has de salir, exclam Harum; te he llamado porque aun quedaba vivo el ltimo de los asesinos del emir. Aben-Aboo sinti un terror pnico y quiso huir, pero el Zatahar, Abu-Amer y Barredo se asieron l y le detuvieron. Entonces Harum le hiri, y al caer le di un terrible golpe con el mocho de su escopeta. --Ah traidor! dijo espirante Aben-Aboo. --Esta es la justicia de Dios! exclam Harum; mueres como has matado! Aben-Aboo hizo un dbil esfuerzo pero cay, y poco despues era un cadver. --Libres sois ya, hermanos mios! dijo Harum, maana presentaremos este traidor al Presidente, y os ser otorgado el perdon. Si nuestro emir, nuestro valiente Yaye, no hubiera sido asesinado por esos dos miserables, por Aben-Humeya y Aben-Aboo, no os veriais obligados acogeros al perdon de los cristianos; pero Dios lo ha querido asi. Que se cumpla su voluntad! Y como viese que algunos moriscos asian del cadver de Aben-Aboo, y se dirigian al sendero de la cortadura les dijo: --Para qu quereis sufrir esa carga fatigosa? mas pronto llegar abajo si le arrojais por ah. Los moriscos arrojaron el cuerpo de Aben-Aboo al barranco, desde una pea alta que estaba la entrada de la cueva. Era ya enteramente de dia. La luz del alba reflejaba en la sangre de Aben-Aboo, y espantados de aquella muerte los moriscos que estaban en la cueva, empezaron salir de ella como espectros. Harum sali tambien con Francisco de Barredo, el Zatahar, y Abu-Amer; baj de prisa el sendero, y rodeando por el barranco, sali una ancha rambla donde habia una cuadrilla de monfes. --Tocad recoger, dijo Harum los trompeteros y atabaleros. Poco despues se oy, no solo en la rambla, sino en las alturas, una especie de toque de llamada, al cual empezaron acudir la rambla taifas enteras, con sus estandartes. Poco despues un pequeo ejrcito de diez mil hombres, se apiaba en la rambla. Harum mand traer el cuerpo de Aben-Aboo, y ponerlo en una pea alta para que le vieran todos los monfes. --He ah al asesino de nuestro emir! grit Harum. Una aclamacion atronadora sali de las cerradas filas de los monfes. --He aqu vuestro emir, grit Harum descubriendo el rostro de un moro que estaba junto l: he aqu al esposo de la sultana Amina. --Viva el emir! gritaron en coro los monfes. --Pero qu haceis? dijo el marqus de la Guardia: eso no puede ser. --Consentid por ahora, dijo Harum. Y volvindose los monfes aadi: --El esposo de la noble sultana Amina, acepta la corona que le ofrecemos. --Viva el emir! repitieron los monfes. --Ahora, dijo Harum, nos resta salvar la Sultana. Un espontneo y bravo murmullo de asentimiento respondi estas palabras. --Pero ser cierto que mi esposa est en el castillo del Vrchul? --Tan cierto dijo Abu-Amer, como que ha encargado su esclavo Al que la lleve otro lugar, y que os envie una carta que ha escrito para Sidy Harum. Ya, cuando yo dije este que la Sultana estaba en el castillo de Vrchul no tenia duda; pero ahora no puedo tenerla, porque he visto y he oido. En aquel momento un hombre apareci por uno de los flancos de los monfes, y por el otro lado una mujer. El hombre era un morisco, y la mujer Angiolina Visconti. --Quin de vosotros es Sidy Harum-el-Geniz? dijo aquel hombre que traia una carta en la mano, mientras Angiolina gritaba: --Venid, Harum, venid, que se llevan la Sultana: venid, marqus de la Guardia, venid, que os roban vuestra esposa. Y Angiolina parti correr por el mismo lugar por donde habia venido, seguida del marqus de la Guardia, que aunque debil y enfermo, sacaba fuerzas de flaqueza y corria con suma rapidez. --Seguid, seguid, y flanquead la montaa, grit Harum los monfes ponindose tambien la carrera tras Angiolina y el marqus, despus de haber leido rpidamente la carta que le habia entregado el morisco. Aquella era la carta que Aben-Aboo habia dado Al, para que la enviase Harum. Aben-Aboo habia desfigurado su letra: aquella carta decia asi: Mi seor Muley Abdalah Aben-Aboo, ha salido del castillo de Vrchul, encontrarte, Harum-el-Geniz, y temo que le hagas traicion: me apresuro, pues, escribirte: tengo en mi poder la sultana Amina, y ser la seal de su muerte la primera noticia de una traicion hecha por t mi seor.--Al, esclavo fiel del rey Abdalah Aben-Aboo. Harum corria, y corrian los monfes, y corria Angiolina. y el marqus excitado por el peligro de Amina iba delante de todos, por instinto, veloz como el viento, sostenido por su amor y efectuando un milagro de vigor y de fuerza, en el estado en que se encontraba. Solo pronunciaba estas palabras. --Esperanza! mi Esperanza! Y Angiolina como si toda su vida hubiera andado en la montaa, corria tambien poca distancia del marqus, y los monfes, abiertos en dos largas hileras, con las ballestas al hombro, trepaban buen paso por la montaa, flanquendola, seguros de encerrar en un crculo al hombre que se llevaba la sultana. El cadver de Aben-Aboo, qued solo en la rambla sobre la pea, con el rostro macerado, en que reflejaba los primeros rayos del sol, y algunos moriscos rodendole, hambrientos, desnudos, le contemplaban inmviles con un silencio estpido. CAPITULO XLIX. En que se cuenta lo que pas en las cuevas del castillo de Vrchul. Cuando Angiolina, segun hemos dicho, se encontr despus de franquear la puerta de hierro, en las escaleras de las cuevas, se desliz rpidamente por ellas y al llegar su fin encontr un callejn y al comedio de l, la izquierda, otra puerta de hierro cerrada simplemente con un cerrojo. Angiolina abri aquella puerta: la luz de la lmpara dej ver un espacio pequeo, en el cual habia un lecho y algunos muebles, y en el lecho una mujer dormida, pero vestida y cuidadosamente cubierta. --Ella es! exclam estremecindose de zelos y de dolor Angiolina. Y acerc la luz de la lmpara al semblante de Esperanza, que Esperanza era en efecto. --Oh! y est mas hermosa, mas hermosa que nunca; con su semblante plido y flaco. Oh! Dios mio! y voy yo arrojar esta mujer entre los brazos del hombre quien amo? Angiolina se detuvo. --Pero primero es l: no le llevo una rival odiosa, le llevo su vida. Haria esta mujer lo mismo que yo hago? Oh! si lo haria porque le ama, y una mujer cuando ama lo sacrifica todo, hasta su alma su amor. Detvose de nuevo Angiolina. --Y es necesario despertarla: es necesario salvarla: aprovechar el tiempo: si Aben-Aboo despertara...! es preciso, preciso, debo tratarla con dulzura... es necesario apurar de una manera completa el sacrificio. Todo por l, Dios mio, todo por l. Y moviendo dulcemente la jven, dijo: --Despertad, doa Esperanza. Amina abri los ojos, los cerr deslumbrada por la luz, se incorpor en el lecho y dijo con la voz soolienta aun, pero dulce y resignada. --Quin sois? --Miradme, y escusadme de pronunciar mi nombre, dijo Angiolina. --Ah! la princesa! la comedianta! exclam Amina reconocindola por la voz. --La infeliz! dijo Angiolina con acento conmovido. --La infeliz! repuso con sarcasmo Amina. Qu buscais aqu? --Os busco vos... y soy muy feliz en encontraros. --Que me buscais! y para qu? dijo Amina. --Para llevar con vos la vida vuestro esposo. --Pues qu? mi esposo! --Est enfermo y loco. --Enfermo y loco! exclam aterrada Amina. --Si, y si vos no le volveis la salud y la razn, solo Dios podr volvrselas. --Pero... yo no puedo creeros, vos sois mi enemiga, vos me aborreceis; yo os aborrezco... --Y qu importa nuestro mutuo aborrecimiento cuando se trata de su vida y de su felicidad? El os ama, vos lo sois para l todo, y yo... yo que le amo quiero que sea feliz. --No, vos no le amais tanto, dijo con un concentrado acento de zelos Amina. --Que no le amo! que no le amo! os digo yo acaso que no sereis capaz del mas horrible de los sacrificios por l...! Casi soy capaz de amaros, de llamaros mi hermana, por el amor que l os tiene. --No me engaais? dijo Amina, asiendo bruscamente las manos de la veneciana, y mirndola frente frente. --Y para qu he de engaaros? Acaso tengo yo alguna esperanza de que pueda amarme don Juan? que sea l feliz al menos, ya que no puedo serlo yo! sed tambien vos feliz con l, seora, y acordaos alguna vez de m: acordaos de que me le debeis... Angiolina se ech llorar. Amina se desarm, se conmovi, confi en su enemiga y no supo que decirla. La veneciana se sec las lgrimas, y dijo Amina: --Ya sabeis el objeto que me ha traido aqu: seguidme: aprovechemos el tiempo y no hablemos mas porque nuestra conversacion seria muy dolorosa. --Una palabra no mas: despues de lo que haceis yo no puedo aborreceros: aborrecereis vos quien os tiende su mano? --Perdonad, seora, pero nuestra situacion es enteramente distinta: ved que necesito mucho valor para hacer lo que hago y que ese valor me podria faltar. No hablemos ni una palabra mas acerca de ese asunto. Os lo suplico, os lo ruego. Pero seguidme, seguidme, porque los momentos son preciosos. Y se dirigi decididamente la puerta de aquella especie de mazmorra. Amina la sigui en silencio. Pero una vez fuera de aquel recinto, despues de haber recorrido la citada mina en que se encontraban, se perdieron en un laberinto de minas, enmaraado, oscuro, que al parecer no tenia salida. Y pasaba el tiempo. De repente se oyeron golpes terribles que retumbaban huecos en el subterrneo, y se repetian, cada vez mas fuertes, cada vez mas numerosos. Era Al que forzaba con una hacha la puerta de hierro de la escalera que conducia las cuevas. Angiolina lo comprendi. --Ah! dijo, somos perdidas: Aben-Aboo ha vuelto en s, aunque no puedo explicrmelo, de su embriaguez; sin duda ha notado la falta de la llave y fuerza la puerta para perseguirnos; ya no suenan los golpes, lo que quiere decir que la puerta ha sido forzada, pero suenan pisadas sordas, Oh! Dios mio, y qu hacer? --Seguid, seguid, dijo Amina: me parece que siento en el rostro el viento fresco del campo, el viento puro de la madrugada. Como para confirmar el dicho de Amina, una rfaga apag la luz de la lmpara, y all al fondo de la mina se vi una leve claridad. --Seguid, seguid, dijo Amina. Las dos jvenes siguieron, pero de repente y los pocos pasos tropezaron con una puerta: sobre aquella puerta una reja circular dejaba penetrar la primera luz del alba. --Una puerta y cerrada! grit con desesperacion Angiolina. --Y se escuchan cerca pisadas rpidas, pisadas de hombre, repuso Amina con angustia. --Si la llave con que he abierto la puerta de arriba sirviese para este postigo... dijo la veneciana. Y prob y lanz un grito de alegra: cedi la cerradura y la puerta se abri. Las dos jvenes se encontraron en el repecho de una colina. --Oh! amanece! somos perdidas: y esta puerta no puede cerrarse por fuera... Y mientras Angiolina reconocia la puerta, abrise esta impulsada por una fuerza ruda, y apareci un hombre que la mir con ansia la dbil luz del alba. --Ah! no sois vos, grit: es esta... esta, s... Y asi Amina, y parti con ella la carrera, llevndola sobre sus hombros. Angiolina los sigui algn tiempo sin perderlos de vista: pero el esclavo era vigoroso, habia ganado una delantera inmensa Angiolina, y esta los perdi en la revuelta de un barranco. Y sin embargo, sigui la ventura, sin saber si acertaba no, aterrada, herida en el corazon, porque lo que la habia arrebatado el esclavo, era la vida del marqus. Y el dia esclarecia mas y mas, y empezaban verse sobre las colinas al Oriente las primeras rfagas rojas de la salida del sol. De repente Angiolina, oy un ronco estruendo de trompetas y atabales muy cerca, y se volvi hcia donde sonaba aquel estruendo. Al volver un repecho, se encontr de repente delante de una taifa de monfes que se ponia en movimiento obedeciendo el toque de llamada. Al reparar en ellos Angiolina en vez de huir, se precipit hcia los que estaban mas cerca y que al ver una mujer hermosa y jven, se detuvieron. --Sois monfes? pregunt con afan Angiolina. --S, monfes somos, la contestaron. Y t eres morisca? --S. Est con vosotros Harum-el-Geniz? --S. Es tu pariente? --S. Dnde est? --En aquella loma, en la rambla. Angiolina corri, lleg y habl. Ya lo hemos dicho. Continuemos ahora el anterior captulo que interrumpimos. Corria el marqus la ventura como sostenido por la mano de Dios; le seguian Angiolina, Harum y algunos monfes: los otros flanqueaban la montaa. --Guarda! guarda! all va por Gebel-el-Rabah! guarda! l! l! l! En efecto, los monfes delanteros habian descubierto Al, que al verlos, se volvi, se detuvo un momento, y lanz una mirada terrible los que le perseguian. De repente el marqus de la Guardia torci un repecho, y Al le vi, y tras l nuevas gentes cuando menos lo esperaba. El marqus lanz un grito de triunfo y desnud su espada. Pero apenas la habia desnudado, cuando lanz otro grito horrible de dolor, y cay en tierra. Habia recibido en el pecho un ballestazo disparado por Al, que asi inmediatamente Amina, y se di correr por una rambla abajo en direccion una roca tajada. La intencion de Al era manifiesta: no pudiendo salvarse, porque le perseguian por derecho y le flanqueaban, concibi el terrible proyecto de arrojarse con Amina, antes que entregarla, por aquella cortadura. Al ver caer al marqus, al adivinar la terrible resolucion de Al, Harum se cubri de un sudor frio, y arrancando uno de los monfes que llevaba al lado su ballesta armada, exclam detenindose: --Es aventurado: es terrible: pero es preciso. Y encarndose la ballesta, apunt con lentitud y dispar. El venablo parti silbando, y fu clavarse en el crneo de Al, que rod por tierra con Amina. Amina estaba desmayada. Harum, que ignoraba si el marqus habia sido herido de muerte no cuando se alejaron, volvi al sitio donde estaba el marqus. Angiolina le miraba sentada en el suelo, con las manos cruzadas sobre sus rodillas, y de tiempo en tiempo soltaba una carcajada. Se habia vuelto loca! Harum la hizo apartar de all, recogi al marqus que solo estaba herido levemente, y se alej con sus monfes, dejando abandonado Al, que habia muerto mrtir de su fidelidad su seor. * * * * * Tres dias despues, repicaban todas las campanas de Granada. Este repique general era en albricias de que se habia acabado la guerra de las Alpujarras. La prueba de que la guerra se habia acabado, adelantaba por el camino de Armilla, cerca ya del puente de Genil, en direccion la puerta del Rastro. Veamos en qu consistia esta prueba. Gran multitud de gentes estaban los lados del camino; hasta en los rboles habia espectadores; detrs de una inmensa muchedumbre de gentes de todas clases, edades y sexos, que servian, por decirlo asi, de flanqueadores, venia Leonardo de Rotulo, alcaide del presidio de Cdiar, con su medio arns de ginete, su banda de capitan, y caballero en su rocin. A la izquierda del alcaide iba Francisco de Barredo, vestido la castellana, con una gorra de belludo, una loba de camelote y unas calzas de grana atacadas y botas altas, caballo tambien y sin armas: la derecha, igualmente caballero en un magnfico caballo andaluz, rodado con arneses de guerra, iba Harum-el-Geniz, con el ostentoso traje de wal de los wales de los monfes, y llevando en las manos el alfange y la escopeta de Aben-Aboo. Detrs iba el cadver de Aben-Aboo sobre un mulo, entablillado el cuerpo bajo los vestidos, para que pudiese tenerse derecho como si cabalgara vivo, y los dos lados una taifa de monfes con las ballestas al hombro, y llevando ya, en seal de vasallaje, y como soldados del rey, las armas reales de Espaa sobre los pechos. Luego seguian los moros que se habian acogido al perdon, pi y caballo, con sus bagajes y sus mujeres y familias: los que llevaban ballestas, quitadas las cuerdas: los que arcabuces y escopeta, las llaves: los lados, llevando los moriscos entre filas, iba la cuadrilla de infantera del capitan Luis de Arroyo, y en la retaguardia, cerrando la marcha, con un estandarte de caballos, Gernimo de Oviedo, comisario de la gente de guerra de los presidios de las Alpujarras. Entraron en el rden que hemos marcado por la puerta del Rastro de la ciudad, haciendo salva los arcabuceros, contestando la artillera de la Alhambra, y entre los repiques de campanas y la alegra de los de Granada, que se consideraban salvos con haberse acabado la guerra. Llegaron hasta el palacio de la Chancillera, donde los recibi el duque de Arcos, el presidente don Pedro de Deza y los dems del consejo, y los caballeros y vecinos principales de Granada. Leonardo Rotulo, Harum-el-Geniz, y Francisco Barredo, subieron la cmara donde el consejo estaba, y Harum entreg al presidente el alfange y la escopeta de Aben-Aboo, y besndole las manos en representacin del rey, le rindi justo homenaje nombre de los moriscos de las Alpujarras. Dijronle los del consejo muchas lisonjeras palabras, hicironle muchas preguntas que Harum contest con dignidad, y luego, asegurando los moriscos perdonados el cumplimiento de lo que se les habia ofrecido, mandaron arrastrar y hacer cuartos el cadver de Aben-Aboo, y poner su cabeza en una jaula de hierro sobre el arco de la puerta del Rastro, que sale al camino de las Alpujarras. * * * * * --Oid, hermanos, decia poco despues escondido entre las breas de las Alpujarras Harum sus monfes: todo se ha perdido: alentar nuevas esperanzas, seria una locura. Nos falt nuestro emir, y nos falt todo. Le hemos vengado: las cabezas de los dos asesinos estn la una junto la otra en dos jaulas de hierro, sobre una puerta del muro de Granada. Los de Africa y los de Turqua no nos socorreran. Yo os aconsejaria que mas bien que quedaros aqu, passeis Africa, y sirviseis al dey de Argel al rey de Marruecos. Qudese aqu quien quiera, pero har mal: los buenos tiempos en que los monfes podian hacerse respetar han pasado, y lentamente irian dando en las manos de los cuadrilleros, y de ellas en la horca. Dios lo ha querido asi, hijos mios. Voy daros en nombre de nuestro desgraciado seor el ltimo oro: despues yo, consagrndome la sultana Amina, salgo de Espaa. Esta es la ltima vez que nos vemos, valientes, y al decroslo se me escapan las lgrimas. Dios lo ha querido! Cmplase su voluntad! Los monfes se arremolinaron y todos, unos despues de otros, vinieron rendir su ltimo homenaje su primer wal. Harum di cada uno parte del oro que contenia un enorme cofre de hierro, abraz los capitanes, les di sus ltimos consejos, y mont caballo y se separ de ellos. Al trasmontar la cumbre de una loma, revolvi su caballo, y mir por ltima vez aquellos brabos soldados con quienes habia pasado la mayor parte de su vida: extendi los brazos hacia ellos y dijo, llorando como un nio, aunque por la distancia no le podian oir. --Ah! no creia yo que habia de llegar un dia en que me separara de vosotros para no volveros ver, mis valientes monfes, hermanos mios! Y los monfes, cuyos rostros estaban vueltos hcia l, como si le hubieran comprendido, agitaron sus tocas en seal de despedida, y el eco hizo retumbar un gemido inmenso, el gemido de diez mil bocas, en las montaas circunvecinas. En aquel momento se ponia el sol. Harum revolvi desesperado su caballo y le lanz toda carrera por el camino de Cdiar exclamando: --Estaba escrito! EPILOGO. I. Pasaron tres meses. Al cabo de ellos, en una hermosa maana de julio, salieron por la puerta de la Mar de Almera, un caballero anciano, otro jven, pero plido y hermoso, y al parecer debil, que se apoyaba en el brazo de una dama hermossima, que le miraba cada paso con suma solicitud. Al lado de estos dos jvenes iba una doncella que llevaba en brazos una nia como de dos tres aos, tan hermosa como la dama. Por ltimo, detrs iba una numerosa servidumbre. Nos parece intil decir que aquellas personas eran Calpuc, el marqus de la Guardia, mejor dicho, el duque de la Jarilla, su esposa la noble y hermosa duquesa doa Esperanza de Crdenas y su pequea hija. Llegaron la ribera, entraron en una lancha y se dirigieron en ella una enorme galera de dos bandas surta en el puerto. Cuando saltaron bordo, se quedaron mirando con inquietud la playa. --En qu consistir la tardanza de Harum? dijo Amina: sabe que pesar de que el rey disimula con nosotros, no estamos seguros, y que es prudente apartarnos cuanto antes de Espaa. --Hlo ah, hlo ah, dijo con la alegra de un nio el marqus de la Guardia: mrale, Esperanza mia: pero es que no comprendo esa multitud de acmilas que le siguen cargadas de toneles. --Ah! ni yo tampoco, dijo Esperanza. --Ni yo, aadi Calpuc. --Pronto lo hemos de ver, dijo el marqus, porque embarca en lanchas los toneles. --Apostaria que s lo que aquello es, dijo Calpuc. --El tesoro de mi infeliz padre, dijo Esperanza conmovida: oh! pluguiera Dios que nos apartramos miserables de Espaa pero con l! Cuando Harum puso bordo los toneles, dijo Esperanza: --Poderosa sultana, todo lo que enriquecia el alczar de tus abuelos, sus joyas, sus tesoros, va contigo. --Y esa pobre mujer! dijo Esperanza casi al oido de Harum. --Ah! la horrible veneciana! su locura es admirable; mi despecho he dejado casi un tesoro en manos de mi hermano Gonzalo para que cuide de ella: Bah! pesar de todo la tengo lstima: le amaba tanto! y le cree muerto! --Qu es eso? dijo el marqus. --Nada: hablbamos de si Harum habia dejado algo su familia para que se consolase de su ausencia, dijo Esperanza enjugndose una lgrima. Harum se volvi al patron que se paseaba sobre cubierta: --Nostramo, le dijo: zarpar: el viento es fresco: rumbo las costas de Francia y que Dios nos d buen pasaje. Poco despues la galera, viento en popa, adelantaba gallardamente, reclinada sobre un costado. II. Diez aos despues, la infeliz doa Isabel de Crdoba y de Vlor, mrtir del amor, asesinado su esposo por su hijo, muerto su hijo por sus parciales, muri en el convento de Santa Isabel la Real de Granada, donde se habia retirado, y el mismo dia en que una jven acompaada de su madre, y de un caballero mas bien viejo que jven, preguntaban por ella en la portera. La enfermedad de doa Isabel era una consuncion lenta; se habia secado en su corazon el raudal de las lgrimas; la sonrisa no aparecia jams en su boca, y pasaba la mayor parte de su tiempo, arrodillada ante Dios en el coro, inmvil y silenciosa como una esttua. Desde que se habia retirado al claustro, nadie habia ido preguntar por ella, nicamente de mes mes llegaba una carta de Francia; aquella carta contenia cuatro cosas: consuelos delicados como pudieran suponerse los de un ngel; la firma de Esperanza de Crdenas; la de Harum-el-Geniz, y una libranza de cien ducados contra genoveses. Doa Isabel besaba aquella carta, la metia con las anteriores en una cartera, se ponia la cartera sobre el corazon, y entregaba la libranza la abadesa dicindola siempre: --Dad los pobres, seora, lo que despues de lo mas preciso para mi sustento, sobre de esa cantidad. Maravillse, pues, la madre tornera de que los diez aos una voz de dama, y de dama al parecer por lo mesurado y noble de sus palabras, muy principal, preguntara por doa Isabel de Crdoba y de Vlor. --Ah! seora, est enferma y acaso Dios la llamar hoy mismo. La dama exhal un ligero grito. --Ah! exclam: pues necesito verla, deseo verla! oh Dios mio! --De modo que si furais una parienta suya inmediata! --Soy hija de su difunto esposo! dijo con angustia la dama. Mediaron mensajes, y al fin la superiora permiti que la dama y la nia entrasen, pero no fue posible que entrase el caballero, que se qued, renegando del que habia inventado la clausura, en la portera. Las dos seoras entraron en una humilde celda: doa Isabel con los hermosos ojos dilatados, flaca, blanca hasta lo difano, sonri imperceptiblemente al ver la dama y la nia. --Oh! bendito sea Dios, exclam, que me envia un ngel antes de morir! --Madre mia! exclam Esperanza arrojndose sobre doa Isabel y besndola. La enferma pareci reanimarse, y por primera vez despues de diez aos, brotaron lgrimas sus ojos. --Y t eres feliz, hija mia? la dijo. --Oh! s! y seria mas feliz si os encontrase buena, si os pudiese llevar conmigo. Mi esposo ha vuelto Espaa, y fuerza de oro ha conseguido que se reconozcan nuestros ttulos... pero vos... --Y qu importo yo..? djame ver tu hija, la nieta de mi Yaye... Doa Esperanza se levant de sobre el rostro de doa Isabel, y asi su hija de la mano. Al verla la enferma di un grito horrible: --Oh! Dios mio! exclam, me traes en esa nia, cuando voy morir, su rostro y su mirada! En efecto, la nieta se parecia enteramente al abuelo. Doa Isabel no volvi hablar, y muri aquella tarde entre los brazos de Esperanza. Esta sali llorando, la nia triste; y Harum, que era el caballero que se habia quedado fuera, blasfemando. Pero le quedaba Harum que ser testigo de otra agona, aunque no le fue tan dolorosa. Un mes despues tom caballo y solo el camino de las Alpujarras. --Es un extrao capricho, decia para sus adentros, que la sultana Amina (Harum cuando hablaba consigo mismo no daba otro nombre la hija del emir) se interese tanto por la suerte de esa mujer que la ha hecho probar tantas desgracias, y que casi casi tiene la culpa de que no se siente en un trono: como que si el emir no hubiera sido herido y preso en la Inquisicion... Y qu necesidad tiene la sultana..? est mas hermosa que nunca; el seor duque de la Jarilla, su muy adorado esposo, ha echado fuera la ruinera, y la adora: Dios no los ha castigado con hijos: la luz de mis ojos, la pequea Estrella no puede ser mas cndida ni mas hermosa: pues seor, vngase vuesa merced las Alpujarras, donde necesariamente tengo que padecer, aunque no sea mas que por los recuerdos, saber de una loca castigada justamente por Dios. Vamos: si yo no la amara tanto... Atravesaba en aquellos momentos un desfiladero que conocia demasiado, y detuvo su caballo, se puso las dos manos en la boca manera de embudo, y lanz un grito salvaje. El eco le repiti la redonda: pero nadie contest aquel grito. --No queda ni uno solo! exclam roncamente Harum: si uno solo quedase, estaria precisamente aqu, en el lugar mas inaccesible, mas solitario, mas seguro. En otro tiempo, cuando yo hacia esta seal, de detrs de cada piedra sala un monf. Y pensar que yo paso ahora por aqu como un forastero! Yo que he sido el rey de la montaa! Y ver que las rocas estan en el mismo sitio, y que los monfes han pasado como sino hubieran existido nunca! Ira de Dios! Apret las espuelas su caballo, y lleg aquella noche Mecina de Bombaron, y casa de su hermano Gonzalo. Despues de la charla natural de dos hermanos que no se han visto en diez aos, Harum pregunt por doa Anglica. --Pobre seora! dijo Gonzalo: y cunta compasion me causa pesar de todo! --Contina en la locura..? --Cada vez mas furiosa... pero Dios ha tenido compasion de ella... --Cmo! --El mdico dice que se muere. --Perdnela Dios, dijo friamente Harum. --Oh! ven, ven, hermano, y te juro que tendrs compasion de ella. Y le llev un aposento inmediato. --Oh! lo de siempre, exclam, viendo un lecho vaco y revuelto; se ha escapado la montaa... y en el estado en que se encuentra... y de noche... Gabriela! hija! dame mi loba y mi arcabuz, y suelta la ventora. --Pero, dnde vas Gonzalo? --Dnde he de ir sino por ella! infeliz... ven conmigo, si quieres; ven, y vers una cosa que te partir el corazn... yo no crei que pudiese amar tanto una mujer. --Amor maldito! dijo Harum siguiendo su hermano. Por el camino que hacian gran paso, guiados por ventora, Gonzalo cont Harum cmo Angiolina tenia el capricho de vestirse de blanco; que al contrario de otras locas se aliaba, se peinaba, cuidaba de s misma, y que cuando la preguntaban las traviesas muchachas, si lo hacia para enamorar alguien, contestaba: --Oh! si! cuando voy verle las noches de luna, cuando me arrodillo delante de la cruz, l se levanta detrs de ella, y me mira fijamente... es mi amado, y es muy hermoso... yo quiero parecerle hermosa. --Diablo! Diablo! dijo al oir esto Harum. --Y es intil pretender que no vaya la montaa: siempre inventa un medio ingenioso para escaparse. --Oh! si: pluguiera al Altsimo que no hubiera tenido tanto ingenio, replic Harum. --Y es preciso llevar para encontrarla la ventora por que unas veces va al castillo de Vrchul, otras la cueva, otras Gebel-Rabah... pero esta noche, segun el camino que lleva la ventora, ha ido la sepultura. --A qu sepultura? --A la sepultura de su amante. --Ah! --Si; hay un lugar al pi de Gebel-Rabah, donde ha puesto una cruz formada con ramas de pino, donde pretende que duerme su enamorado, cuya sombra se levanta cuando ella llega. --Dios la ha castigado en justicia! --Ha sido demasiado castigo, Harum. Pero vamos llegando; mucho ser que no la encontremos... --Muerta! --Bien pudiera ser! ya te he dicho que el mdico la habia sentenciado, y estaba tan dbil... En aquel momento ahull la perra. --No te lo decia yo, dijo Gonzalo! y se precipit un cercano repecho. Harum le sigui. De repente se levant una sombra blanca al rayo de la luna, corri hcia ellos, y cay entre los brazos de Gonzalo el Geniz. --Ah! socorredme! socorredme! exclam: yo no s dnde estoy! quin me ha traido aqu? Sola, de noche, vestida de blanco, tendida sobre una sepultura. --Habeis venido ver vuestro amante como otras veces. --A mi amante! exclam Angiolina y rompi llorar. --Oh! cuidado, Gonzalo, cuidado, dicen que los locos cuando lloran recobran la razon. --Los locos! los locos! exclam Angiolina. Conque he estado loca? Quin sois vos? acercaos, no os veo. --Soy Harum-el-Geniz. --Ah! Dios mio! si es cierto, este lugar! aqu le v caer herido: mi sacrificio fue intil... cundo sucedi eso...? cundo...? no me acuerdo: me parece que acaba de suceder. --Vuestro sacrificio no ha sido intil, seora, porque el marqus vive. --Pero no vivir muriendo como yo! no es verdad? --El marqus es muy feliz, dijo el rencoroso Harum, que no podia olvidar los crmenes que su amor habia llevado Angiolina. --Feliz, muy feliz! exclam con ansia de amor ella! --Oh! si! --Y ha recobrado la salud? --Oh! si! --Gracias, Dios mio! gracias! exclam Angiolina: t no has querido que muera desesperada! Y sus rodillas se doblaron, y Gonzalo se vi obligado sostenerla. --Decid.... la sultana.... que me perdone.... y l.... l no le digais nada.... si por milagro algun dia preguntase.... por m.... decidle que vivo....! y que.... soy feliz! Angiolina no habl mas: algun tiempo despues muri. Harum al verla plida, muerta, inmvil, exclam: --Hermosa aun muerta! Era mucha, mucha mujer! Perdnela Dios! --Ya no veran mas los pastores la Dama blanca de la montaa, como llamaban doa Anglica. --Ni los monfes, replic suspirando Harum. Y, sin embargo, si viajais por las Alpujarras sobre la escueta albarda de un asno vigoroso; si alguna vez al amanecer se levanta la niebla sobre los barrancos remedando figuras fantsticas, el arriero, que probablemente ser oriundo de los moriscos, os preguntar sealndoos las crestas envueltas por las brumas: --Sabe V. lo que es aquello? --Aquello es niebla, le respondereis. --Niebla, eh! para mi abuela: aquella figura alta que anda tan reposadamente es la Dama blanca de la montaa: y las otras figuras que la siguen, los Monfes de las Alpujarras. FIN. NDICE DE LOS CAPTULOS QUE CONTIENE ESTA OBRA. PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE. Pg. CAPTULO PRIMERO. El edicto del seor emperador. 3 CAP. II. De cmo un hombre puede amar por caridad una mujer, de cmo veces, puede parecer la caridad amor. 6 CAP. III. De cmo puede haber reyes sin reino conocido, y abdicaciones de las cuales no se hace cargo la historia. 12 CAP. IV. Lo que eran los monfes.--Yuzuf cuenta su historia Yaye. 19 CAP. V. Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar Granada nuestros caminantes. 30 CAP. VI. En que se presentan nuevos interesantes personajes. 33 CAP. VII. En que se relatan extraos importantes sucesos. 43 CAP. VIII. El emir se ha perdido! 47 CAP. IX. En que se sabe lo que hicieron con Miguel Lopez, don Diego y don Fernando de Vlor. id. CAP. X. Del resultado que tuvieron las investigaciones de Arum. 62 CAP. XI. Hasta adonde habia llegado doa Elvira, arrastrada por su amor Yaye. 66 CAP. XII. De cmo Dios premi la constancia de Yaye. 68 CAP. XIII. De cmo la caridad era una virtud peligrossima para el poderoso emir de los monfes Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar. 69 CAP. XIV. En que se sabe por qu habia dejado su casa el capitan estropeado. 76 CAP. XV. De cmo el capitan Sedeo hizo traicion todo el mundo. 90 CAP. XVI. La venganza de don Diego de Cordoba y de Vlor. 93 CAP. XVII. Cmo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado. 95 CAP. XVIII. Continuacion del anterior. 98 CAP. XIX. De como la justicia fu cerrar la casa del capitan, dejndola enteramente deshabitada. 99 CAP. XX. Estrella. 100 CAP. XXI. Los Xeques del Albaicin. 104 CAP. XXII. Del tristsimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en Granada. 106 CAP. XXIII. Los desfiladeros de Dar-al-Huet. 109 CAP. XXIV. De cmo, causa del levantamiento del Albaicin, cometi Yaye su primera infamia. 111 CAP. XXV. Cmo encontr Yaye su padre. 115 CAP. XXVI. Procedimientos judiciales. 116 CAP. XXVII. De cmo fue el casamiento de Yaye. 119 SEGUNDA PARTE. EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA. CAPTULO PRIMERO. Tres notabilidades de la crte del rey don Felipe. 125 CAP. II. La hermosa duquesita se ha perdido! 130 CAP. III. De cmo un nio puede ser el dedo de Dios. 131 CAP. IV. La fuerza de la mujer. 132 CAP. V. De cmo el marquesito di una prueba de que estaba perdidamente enamorado de Amina, pensando en casarse con ella. 140 CAP. VI. Del medio que eligi el marquesito de la Guardia para irritar el amor de Amina. 142 CAP. VII. La una por la otra. 145 CAP. VIII. Zelos italianos. 149 CAP. IX. De la no menos extraa aventura que sucedi al marquesito mientras rondaba la hermosa duquesita. 152 CAP. X. Lo que oyeron la duquesita y el marquesito. 154 CAP. XI. Lo que puede el amor de una mujer. 158 CAP. XII. Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos. 161 CAP. XIII. De cmo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una escena de comedia. 165 CAP. XIV. De cmo la princesa descubri que era mas fcil su venganza que lo que habia creido. 166 CAP. XV. De cmo se conjuraba todo contra el emir de los monfes. 167 CAP. XVI. Continan las contrariedades del emir. 170 CAP. XVII. Quin era el prncipe Lorenzini Maffei. 173 CAP. XVIII. Complicaciones. 178 CAP. XIX. De cmo se vieron obligados salir de la crte algunos de nuestro personajes. 183 CAP. XX. De cmo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que no podian todo lo que querian. 186 CAP. XXI. De lo que pas en un calabozo de la Inquisicion de Madrid. 190 CAP. XXII. Que sirve de eplogo esta segunda parte. 193 TERCERA PARTE. LA REBELION. CAPTULO PRIMERO. El castillo y la atalaya. 194 CAP. II. El peregrino y el ermitao. 198 CAP. III. La recua, el carro y el ginete. 200 CAP. IV. El corral del carbon. 205 CAP. V. De lo que vi y oy Diego Lopez en el poco tiempo que estuvo en la hospedera del Carbon. 210 CAP. VI. En que contina un asunto suspendido en el anterior. 213 CAP. VII. De cmo hasta el fin del captulo no pudo sacar nada en claro Aben-Aboo acerca de sus inquilinos. 217 CAP. VIII. El panderete de las brujas. 222 CAP. IX. De cmo por el amor se olvida la amistad. 227 CAP. X. En que se trata de lo que pas entre la sultana Amina y Aben-Aboo. 233 CAP. XI. Alianza de sangre y lodo. 235 CAP. XII. De cmo fue la proclamacion de Aben-Humeya. 237 CAP. XIII. Cmo estaba gobernada la villa de Cdiar. 244 CAP. XIV. El licenciado Juan de Ribera. 245 CAP. XV. Lo que iba hacer Cdiar Aben-Jahauar-el-Zaquer. 248 CAP. XVI. De qu manera servia quien le pagaba, maese Barbillo. 251 CAP. XVII. El capitan Diego de Herrera. 255 CAP. XVIII. El palacio encantado. 257 CAP. XIX. El exmen de doctrina cristiana. 263 CAP. XX. De cmo fue el casamiento del marqus de la Guardia. 267 CAP. XXI. Continuacion del anterior. 271 CAP. XXII. Lo que hicieron contra el emir Aben-Aboo y Aben-Jahuar. 274 CAP. XXIII. Como trataba Yaye sus parientes. 276 CAP. XXIV. De cmo se encontraron reunidas de una manera extraa, personas que se creian muy separadas. 278 CAP. XXV. De cmo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre. 283 CAP. XXVI. De cmo fue para la villa de Cdiar y para otras muchas en las Alpujarras, una noche muy mala la Noche-Buena de 1568. 286 CAP. XXVII. Contina el asunto interrumpido en el anterior. 292 CAP. XXVIII. Continan las escenas de sangre. 295 CAP. XXIX. De lo que aconteci aquella misma noche en Granada. 299 CAP. XXX. Complemento del anterior. 301 CAP. XXXI. De cmo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas enemiga. 302 CAP. XXXII. En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros personajes. 305 CAP. XXXIII. En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela. 307 CAP. XXXIV. De cmo puede parecer feliz y aun serlo medias un desgraciado. id. CAP. XXXV. El reverso de la medalla. 311 CAP. XXXVI. En que el autor descubre donde estaban los que se habian perdido. 314 CAP. XXXVII. En que se cuentan sucesos horribles. 318 CAP. XXXVIII. En que empieza desenlazarse nuestra historia, con la salida para la eternidad de dos de sus principales personajes. 320 CAP. XXXIX. De cmo se perdieron de nuevo Amina y el marqus. 334 CONCLUSION. LA VENGANZA DE LOS MONFES. CAP. XL. En qu estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos meses despues de los sucesos anteriores. 326 CAP. XLI. De lo que aconteci los moriscos de Granada la vspera de San Juan de 1559. 331 CAP. XLII. De cmo empezaba Harum vengar al emir. 332 CAP. XLIII. De cmo la princesa Angiolina Visconti volvia ser un instrumento manejado por Harum. 333 CAP. XLIV. De cmo los capitanes turcos sirvieron Aben-Aboo creyeron servirse s mismos. 335 CAP. XLV. En que volvemos encontrar al perdido marqus de la Guardia, y se sabe cmo escap del subterrneo de la princesa encantada, y la escena que tuvo con su antigua amante. 339 CAP. XLVI. De cmo fue la muerte de Aben-Humeya. 341 CAP. XLVII. Resea de la continuacion de la guerra de las Alpujarras hasta su terminacion. 345 CAP. XLVIII. En que se sabe entre otras muchas cosas importantes, de qu muerte muri Aben-Aboo. 348 Cap. XLIX. En que se cuenta lo que pas en las cuevas del castillo de Vrchul. 354 EPLOGO. 356 FIN DEL INDICE. * * * * * Notas: [1] Este arzobispo era el cardenal don Fray Francisco Jimenez de Cisneros. [2] Llamaban los moros de Granada _Elches_ los descendentes de cristianos renegados que habindose hecho moros vivian entre ellos. [3] Despues de oscurecer. [4] Ancianos, gefes de tribu. [5] Como si en castellano dijramos monge. [6] El mas alto de Sierra Nevada. [7] Equivalente gobernador, capitan de gente de guerra. [8] No hay otro Dios que Dios. [9] Es una de las prescripciones del Koran, que los califas, reyes emires, no puedan casarse sino con doncellas. [10] Este corral ocupaba poco mas menos el mismo sitio que hoy ocupa el teatro del Prncipe. [11] En aquel tiempo aun no tenian los cardenales el tratamiento de eminencia. [12] Lucero de la maana: as llamaron los moros de Granada doa Isabel de Sols, que fue sultana por su casamiento con Muley-Hacem. [13] La honesta. [14] Fue la muerte del prncipe 24 de Julio de 1568. [15] Alabanza Dios. [16] No hay otro Dios que Dios. [17] De los morabitos penitentes. [18] Alguacil dicen ellos (los moros) al primer oficio despues de la persona del rey, que tiene libre poder en la vida y muerte de los hombres, sin consultarlo.--_Hurtado de Mendoza.--Guerra de Granada.--Libro I._--Al fin entraron algunos de por medio, y los concertaron de esta manera: que don Fernando de Vlor fuese el rey, y Farax su alguacil mayor, que es el oficio mas preeminente entre los moros cerca de la persona real.--_Marmol.--Rebelion de los moriscos.--Libro IV.--Captulo VII._ [19] Abencerrages. [20] Vase el discurso de Aben-Jahuar el Zaquer en Hurtado de Mendoza, Guerra de Granada.--Libro I. [21] Los moros llaman jofores las profecas. [22] Este largo nombre rabe quiere decir en castellano: rey servidor de Dios el pequeo y el desdichadillo. [23] Llambase en aquellos tiempos, y aun casi hasta nuestros dias, palestrilla, el lugar donde se tiraba la espada blanca negra. Este lugar, que era siempre en las plazas publicas, estaba demarcado por cuatro escaos, dentro de los cuales, en presencia de un maestro de armas, se sacudian tajos y reveses todos los que querian, sin careta ni otro objeto alguno defensivo, y sin mas precaucion que un boton puesto en las puntas de las espadas y de las dagas. [24] _Malicatu-'l-Zarah_, reina de las flores. [25] Lo que equivale nuestra denominacion de capitan general. [26] Mrmol: historia de la rebelion y castigo de los moriscos de Granada: libro IV, captulo IV. [27] Lo primero que hicieron fue apellidar el nombre y secta de Mahoma, declarando ser moros agenos de la santa fe catlica, que tantos aos habia que profesaban ellos y sus padres y abuelos... Y un mismo tiempo sin respetar con divina ni humana, como enemigos de toda religion y caridad, llenos de rabia cruel y diablica ira, robaron, quemaron, y destruyeron las iglesias, despedazaron las venerables imgenes, deshicieron los altares, y poniendo manos violentas en los sacerdotes de Jesucristo, que les enseaban cosas de la fe, y administraban los sacramentos, los llevaron por las calles y plazas desnudos y descalzos, en pblico escarnio y afrenta. A unos asaetearon, otros quemaron vivos, y muchos hicieron padecer diversos gneros de martirios. La misma crueldad usaron con los cristianos legos que moraban en aquellos lugares, sin respetar vecino vecino, compadre compadre, ni amigo amigo; y aunque algunos lo quisieron hacer no fueron parte para ello, porque era tanta la ira de los malos, que matando cuantos les venan las manos, tampoco daban vida quien se lo impedia. Robronles las casas, y los que se recogian en las torres y lugares fuertes, los cercaron y rodearon con llamas de fuego, y quemando muchos de ellos, todos los que se les rindieron partido dieron igualmente la muerte, no queriendo que quedase hombre cristiano vivo en toda la tierra que pasase de diez aos arriba. Mrmol: historia de la rebelion y castigo de los moriscos del reino de Granada: Lib. IV, cap. VIII. [28] Cuesta de la Fortaleza. [29] Ermitao. [30] El jugo de esta yerba produce embriaguez y modorra. [31] Lucero de la maana. [32] Muley, corrupcion de Malek, significa rey. [33] Sidy, significa seor. End of the Project Gutenberg EBook of Los monfes de las Alpujarras, by Manuel Fernndez y Gonzlez License: Share Alike