Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from scanned images of public domain material from the Google Print project.) MANUEL FERNNDEZ Y GONZLEZ. EL INFIERNO DEL AMOR. LEYENDA FANTASTICA. MADRID: GASPAR, EDITORES 4, PRNCIPE, 4. 1884. MADRID, 1884.--Establecimiento tipogrfico de los Sucesores de Rivadeneyra Impresores de la Real Casa.--Paseo de San Vicente nm. 20. AL JOVEN ATENEISTA DON MANUEL LOPEZ ARZUBIALDE. _Mi querido amigo: Leyendo lo que yo he escrito para mi velada del Ateneo, en el presente ao, ha colaborado usted conmigo, dando mis versos la sonoridad, que yo, por mis aos y por mis achaques, no hubiera podido darles; gracias, muchas gracias, y considere usted que al dedicarle este trabajo precipitado, hecho durante una dolorosa enfermedad, lo hago, ms que como otra cosa, como una sincera manifestacion de afecto._ Manuel Fernndez y Gonzlez. 31 de Mayo de 1884. INTRODUCCION. I. El alma alentando la fe que la llena, flotando en espacios de luz y armona, con habla sonora que blanda resuena, mi musa, en sencilla veraz cantilena, hermosas oyentes, su voz os envia; Dios haga que ledas la pola mia honreis aceptando su fruto humildoso; as la fortuna con signo dichoso os d largos aos de amor y alegra. II. Yo soy de una tierra de eternos verjeles, do en grutas sombrosas de altivos laureles se aspira la gloria del nombre espaol; do corren las fuentes por cauces de flores, do vagan rientes graciosos amores, do brilla cual oro la lumbre del sol. Do alienta la vrgen de tez africana de espritu ardiente, cual lava que emana del crter profundo de hirviente volcan, la luz en la frente del alba serena, el fuego en los ojos que al alma enajena en dulce mirada de lnguido afan; el seno que alienta potente latido, que inquieto, al impulso del fuego escondido, el alma revela que suea el amor; la leve sonrisa del labio hechicero que fresco y purpreo ya exhala agorero un triste gemido de vago dolor; la planta que leve las flores no mata; la crencha sedosa que el viento desata y rico perfume difunde al flotar; la dulce morena de acento suave, gacela que trisca, fantstica ave que el alma adormece con blando cantar; magnolia en que toma su esencia la brisa, suspiro del cielo, divina sonrisa del ngel que guarda la dicha sin fin; hur que en los sueos vag de Mahoma; arcngel humano que esconde en su loma velado por flores el alto Albaicin. III. Granada, mi Granada! yo soy tu peregrino que vago en lo pasado, buscando gloria y fe: yo tengo entre sepulcros abierto mi camino, implsame potente la mano del destino, recibir aliento de lo que grande fu. Al rayo de la luna que cruza solitaria del infinito espacio por la region azul, yo elevo los que fueron mi lnguida plegaria, y rompe de sus tumbas la losa funeraria el canto que suspira gimiendo mi laud. Y villas olvidadas que muestran sus almenas, levntase mis ojos la vieja catedral, recobran sus escombros aljamas sarracenas, y resonar escucho las speras cadenas al desplomarse el puente de torre seorial. Un mundo, que ya es polvo, se eleva en torno mio, un pueblo, que ya es sombra, me signe por do quier, y del presente, pobre, descolorido y frio, los soolientos ojos apart con hasto, buscando las grandezas del olvidado ayer. Yo soy cantor de glorias; las hadas me han contado leyendas prodigiosas que yo te cantar: yo soy tu bardo errante de sueos coronado: yo arrancar las sombras de su sepulcro helado, y voz, y aliento, y vida, potente les dar. Granada, mi Granada! aportillada y rota, hundidos tus alczares, desierto tu Albaicin, ni tu pendon bermejo en Bib-Arrambla flota ni en tus marciales fiestas ondula la marlota del lidiador zenete el fiero mogrebin. Pasaron, y con ellos tus zambras, tus cantares, tus damas, escondidas en el celoso haren, de encantos y proezas tus cuentos singulares, tus amorosas plticas en rejas y alfeizares, y en la callada noche los sueos de tu eden. Pasaron; fiera, altiva, su incontrastable garra asctica, terrible, en t clav la cruz, y tu gemido triste, que el corazon desgarra, sin recordar tu pena, al sn de su guitarra, en la doliente _caa_, repite el andaluz. Granada, mi Granada! fantstica leyenda de amor y desventura hoy tengo para t; concede al amor mio que de ella te haga ofrenda y un beso de tu boca que, mgico, en m encienda la inspiracion ardiente que un tiempo te deb. PRIMERA PARTE. I. En una calle que tortuosa con sus aleros la luz estorba; medrosa y lgubre cuando las sombras de la alta noche la envuelven lbregas, calle que llaman de la Almanzora, en la opulenta rica paloma de las ciudades, que el nombre roba la Granada que la blasona, hay una casa, que hoy se desploma, cuyas paredes el viento azota, la lluvia inunda y el sol empolva; abandonada se desmorona, los jaramagos en ella brotan y entre ruinas doliente asoma el arco bello que un tiempo alcoba fu de la linda Leila la Horra. II. En otros tiempos remotos, dolor de la gente mora, que de Granada recuerda la prepotencia y la gloria, aquella casa, hoy hundida, alczar fu y noble joya de bravos Benimerines, noble linaje que goza por sus preclaras hazaas alto renombre en la historia. Ben-Jucef el Merin, de aquella casa que doran la opulencia y la grandeza, es el sostn y la honra, y su luz y su delicia es Leila la encantadora, la de los negros luceros, la de la faz majestosa, la de los cabellos de oro, la de la purprea boca, la de la ebrnea garganta, la del talle de diosa, la del seno palpitante, la altiva, la que enamora al que su belleza mira si el cfiro la destoca, al que su cantar escucha en la noche silenciosa, si al pi de sus miradores pasa por su mal ronda. Por pudorosa y honesta la llaman Leila la Horra, y tambien Leila la Hijara porque su pecho es de roca: y ella, el amor ignorando, de su adolescencia goza, como el naciente capullo que un no despleg sus hojas. III. Pero lleg muy presto su edad florida, pas su adolescencia dulce y tranquila, y los insomnios encendieron en fiebre sus bellos ojos. Si ntes era una rosa por linda y fresca, es ya la triste nia blanca azucena, que sufre y llora, y lgrimas y penas la descoloran. Y aunque el viejo la guarda como un tesoro, de las miradas torpes de avaros ojos, y celosas no dejan ver su encanto que el sol codica; y aunque esclavos feroces y muros densos, audacias de galanes ponen respeto, ama la hermosa, que no hay puertas ni muros que amor no rompa. Nace en la ardiente vida y all se esconde, que el alma tiene el grmen de los amores, y comprimidos, se exhalan misteriosos en los suspiros. IV. Y tales los de Leila se exhalaron, tan apenados, tan profundos fueron, tan claro al padre su dolor contaron, que sus fieras entraas abrasaron y su altivez indmita rindieron. --Ah de la vida y su tormenta brava!-- siniestro el xeque murmur, y sombro:-- Surge la luz la mariposa esclava, el dormido volcan revienta en lava, el arroyuelo se convierte en rio! Y tembl: formidable en su memoria se alz horrible, cual lgubre agona, cual tremenda vision expiatoria, la infinita amargura de su historia, dolor tras de dolor, dia por dia. Dnde estaban los lauros triunfadores que arranc de las lides su pujanza? Dnde sus horas plcidas de amores? Dnde las tiernas, las fragantes flores, sr de su sr y luz de su esperanza? El ciego incontrastable torbellino rugiente se abati sobre su casa, cual fuego intenso, destructor, sanguino, que al soplo misterioso del destino deja luto y horror por donde pasa. Sus mujeres las frentes doblegaron, sus hijos en sus cunas se extinguieron, los aos con su peso le agobiaron, y ya dbil en brazo, se agostaron los altos lauros que su faz cieron. Todo perdido en sueos de agona y en el delirio del dolor flotaba; todo en su corazon rugiente hervia, y Leila slo su afanar reia y con su dulce amor le consolaba. Y ella tambien, el ltimo tesoro, la flor preciada de esplendor naciente, ya en los ojos de luz acerbo el lloro, y los reflejos de sus trenzas de oro como nimbo fatal en su alba frente! --Oh santo Allah!--las ansias exclamaron del postrado Jucef:--Oh Dios sombro!-- y en sus ojos las lgrimas brotaron, y por su blanca barba resbalaron cual trasparentes gotas de roco. V. Por qu su maldicion? Pasan los aos, pero no pasan nunca las memorias, que en la conciencia ennegrecida encienden siniestra luz entre la oscura sombra. No, de la infamia el torcedor recuerdo nunca el dolor y la vergenza borran; nunca de la crueldad la horrenda imgen el sentimiento conturbado ahoga, ni el crmen de brutales apetitos en las alas del tiempo se evapora. Qu fu de aquella triste, profanada entre el horror de noche tormentosa, al resplandor del implacable incendio que las cabaas mseras devora, muertos los padres, los hermanos muertos, al pi de la tajada escueta roca que vecina la playa de Almucar, eternas baten las inquietas olas? Ellas, subiendo, largas se llevaron, ljos, muy ljos, las cenizas rojas; ellas, envueltas en su hirviente espuma, al fondo de la gruta tenebrosa lanzaron los cadveres, y el alba cuando, indecisa, esclareci la costa, no encontr los vestigios miserables de la infame tragedia pavorosa. Pero no borr el mar de igual manera en Jucef el recuerdo, que no hay onda que lave la conciencia y que se lleve lo que al hinchado corazon sofoca, lo que en el alma perdurable grita, lo que eterno ante Dios sangriento llora. Y por eso Jucef del mirab santo la blanca piedra con la frente choca, y ruega Allah con llanto de agona perdone, al mnos su Leila hermosa. VI. Pero como Dios no oye los rprobos, y el llanto de Jucef mojaba intil las losas del santuario, y el semblante entristecido de Leila ms y ms plido se mostraba, y ms sus ojos ardientes, febriles, lnguidos, el cuidado paternal por ciego di en el engao. No vi que el amor es vida cuando anhela un sr soado, y anhelndolo le goza, y se sublima esperndolo. Crey que la helada muerte ya alzaba el horrible brazo sobre la rubia cabeza que era su vida y su encanto, y viendo que Dios no oia sus ruegos, se volvi al diablo, con la rabiosa esperanza del que est desesperado. La casa, hasta entnces triste, de Jucef ardi en saraos, en zambras y en regocijos, y entre el giro acompasado de indolentes bayaderas, reson sentido y largo, como el suspiro del viento de la palma en el penacho, al comps de guzlas de oro, el melanclico canto del desierto, que suspira el beduino cansado, que sigue la caravana en sus amores soando. En Bib-Arrambla hubo justas, caas, sortijas y bravos toros de Ronda, en que, audaces, sus rejoncillos quebraron caballeros de gran prez, que ambicionaban el tlamo de la incomparable Leila; y aunque el mismo Rey, lanzado la arena y vencedor en su triunfo confiando, del airon de grana y oro, con gran peligro arrancado de la cerviz de una fiera, sus pis la hizo regalo, al agradecerlo ella lo dijo con tal desmayo, que harto claro se entiende lo intil del agasajo. Al fin ya de todo punto loco Jucef insensato hizo venir de Marruecos, en fuertes jaulas cerrados, seis viejos leones rojos para en la vega soltarlos, y probar si en la rdua caza algun galan abrasado por los encantos de Leila lograba al fin el milagro de hacerse amar de la hermosa por gentil y por bizarro, que aquel que embiste leones por lograr un fin ansiado, para no amarle es forzoso tener corazon de mrmol. VII. El dia va falleciendo, en flgidos resplandores se va el ocaso encendiendo, y ya _las sombras mayores_ de los montes van cayendo. Sobre la cumbre nevada del Veleta, sonrosada por el rojo sol poniente, alza la luna la frente por nubecillas velada. Por el ameno pensil del soto corre el Genil entre floridas riberas, y las gallardas palmeras, y la alameda gentil, y en peascos y en colinas los nopales, las encinas, responden en sn amante al beso fresco y errante de las auras vespertinas. Bajo la enramada espesa, clara y profunda la presa como un espejo se tiende, y en blancos chorros desciende, y en su murmurio no cesa. Leve el humo en la alquera revela el fuego que arde en el hogar, y porfa dan las aves su armona la oracion de la tarde. Todo es fresco y perfumado, la vega, el soto y el monte; y el valladar azulado de las sierras, anegado en el distante horizonte, Para tener siempre raya al cristiano en la frontera, porque ya la luz desmaya, va previniendo la hoguera en sus torres de atalaya. Que en la tregua Alfonso afloja, y ya blanden la cuchilla, en las quebradas de Loja, con gentes de la Cruz Roja, los Infantes de Castilla. En tanto el sol apresura su ocaso, y con largos brillos en las cpulas fulgura de Granada, que en la altura muestra sus fuertes castillos. VIII. Por un sendero que al soto baja un bello jven gallardo avanza. Al aire ondea su toca blanca, caftan le cubre de burda lana, su talle cie revuelta faja que el curvo alfanje sostiene y guarda; cubren sus piernas rudas abarcas, y el carcax lleno de fuertes jaras, y la ballesta sobre la espalda, y el cervatillo que al hombro carga, revelan, cierto, que es pobre y caza, y que cazando su vida gana. La res sangrienta deja en la grama, y en una piedra que besa el agua, se sienta y mira, mintras descansa, absorto, inmvil, la faz nublada, el sonoroso raudal que canta, y sobre el lecho de piedras salta, y all se pierde, y all se escapa, cual las mentidas sombras livianas de los ensueos de la esperanza. Tal vez Ataide, que sufre y ama, ve en la corriente, pasando rpida, su vida entera, su vida ingrata, en fugitivas sombras fantsticas, y en voz de llanto doliente exclama: Ay vida triste! Corriente amarga! Sus negros ojos lucientes lanzan fulgores lgubres, siniestras rfagas, cual si en su seno, con furia insana, se revolviese tormenta brava. Hay negros dias de horas menguadas en que anochece por la maana. Consigo traen nubes de lgrimas y el duro cierzo que hiela el alma. Desheredado desde la infancia! Los aos vienen, corren, avanzan; el nio es hombre, la madre anciana, y el raudal ciego de la desgracia siempre les dice con voz aciaga: Ay vida triste! Corriente amarga! Hondos suspiros Ataide exhala, que un imposible su sr abrasa, y al dueo hermoso que as le encanta decir no puede sus tristes nsias; que ella es orgullo, prodigio y gala de la hermosura, la vrgen lnguida, la de las ricas trenzas doradas, ojos de fuego, frente de ncar, la dulce nia, la altiva dama, Leila la Horra, Leila la Hijara. l tan humilde, y ella tan alta! Su amor en donde potentes alas hallar pudiera para alcanzarla? Y el pobre mozo por sus entraas siente que corre hiel que le mata, algo que horrible su sr desgarra; y en el gemido de su garganta decir parece con voz ahogada: Ay vida triste! Corriente amarga! La vi en las fiestas de Bib-Arrambla, resplandeciente como una hada; hada sombra doliente y plida. Por qu tan rica, tan codiciada, de la hermosura gentil sultana, as insensible y as postrada? Por qu en el Coso, quebrando caas, lidiando toros, rompiendo lanzas, cien caballeros de gran prosapia, que prez y orgullo son de Granada, deslumbradores de ricas galas, lucientes joyas, bruidas armas, sobre fogosos potros del Atlas, que el Coso barren con sus gualdrapas, en las cuadrillas giran, se travan, como un torrente de fuego pasan junto al estrado de la acuitada, y sus preseas ante sus plantas ansiosos ponen, sin que una vaga, leve sonrisa conmueva plcida su hermosa boca, ni en dulce llama sus negros ojos lucientes ardan? Por qu tal pena, desdicha tanta? Y cual si el sueo que Ataide embarga fuese un conjuro que la evocra, en los fulgores raudos de plata que la corriente la luna arranca, Leila aparece trasfigurada, los negros ojos ardiendo en llamas, voraz sonrisa mostrando avara, suelta la luenga crencha dorada, que en su aureola radiante baa las maravillas de su garganta, sus curvos hombros, su seno que alza aliento inmenso que gime y canta y en poderoso volcan estalla. Leila le absorbe, Leila le abarca en el encanto de su mirada, Leila le expresa cuantas fragancias, cuantas ternuras enamoradas, las almas sienten que se embriagan en el misterio que amor se llama. Dura un momento la vision mgica, la onda en que flota ljos la arrastra, y Ataide dice con voz que espanta: --Hay vida triste! Corriente amarga! IX. Ya el crepsculo en la noche lentamente se va hundiendo; con ms esplendor la luna brilla en el lmpido cielo, y en la inmensidad perdidos resplandecen los luceros. Es ya tarde: cuidadosa, sin duda en ferviente rezo, la infeliz Ayela aguarda al hijo que es su consuelo, su solo amor en el mundo, su solo dolor acerbo. De la piedra se alza Ataide conmovido y macilento, y sobre su res se inclina, cuando un cavernoso estruendo, atronador, formidable, indescriptible, siniestro, voz pavorosa de muerte, que un resonante lo ljos hiela la sangre de espanto, pone de punta el cabello, retemblar haciendo al soto despierta aterrado al eco. --Ah! el leon!--Ataide exclama, cuidadoso, mas sereno:-- el leon en montera, el feroz divertimiento que da su doliente Leila Aben Jucef el soberbio! Mas por qu de las bocinas no se percibe el acento, ni los ardientes leles de los giles monteros, ni acorralando la fiera el ladrido de los perros? Por qu esos rugidos suenan solitarios y siniestros, y la vega los repite cual los repite el Desierto cuando su rey vaga errante de hambre y sed calenturiento.-- Cual respuesta pavorosa se oyen gritos lastimeros de mujer, gritos heridos, insoportables, horrendos, voz de espanto miserable que pide amparo los cielos, y el escape redoblado de un bruto que viene huyendo. Y se acercan los rugidos, los gritos son ms intensos, y ya se ven las centellas que arrancan los cascos frreos de los duros pedernales en su escape turbulento. --Santo Allah! si fuese ella!-- exclama Ataide partiendo como un rayo hcia el peligro, de ansiedad henchido el pecho, enardecido, magnfico, ardientes los ojos fieros, en el alma acariciando de una esperanza el misterio, y exclamando mintras corre ms veloz y ms intrpido: --Ah, no! que no sobrevengan los altivos caballeros, ni los monteros feroces, ni los irritados perros! Yo solo, yo, con tu amparo Santo Allah, salvarla quiero!-- Al fin una blanca yegua, impulsada por el vrtigo, cae sin vida en la rambla agotado ya el aliento, y soltando los estribos, por buena dicha buen tiempo, queda una blanca figura de pi, lanzando reflejos de su rica pedrera, que de la luna los besos irradia, cual los del sol, deslumbradores destellos. El leon avanza saltos: uno ms para que hambriento se cebe en su triste presa, que inmvil, resplandeciendo ms que por sus ricas joyas de su beldad por lo inmenso, parte el alma atribulada entre el asombro y el miedo: que la hace sentir Ataide un inefable consuelo, y el leon puede quitarle lo que ya, sin comprenderlo, siente en su sr conturbado por un dulcsimo anhelo. Suena un chasquido; una jara hiere zumbando en el pecho al leon, que se recoge, y sus ijares batiendo con la cola, rampa horrible sobre su propio terreno, la roja crencha erizada, pavoroso, gigantesco: sus fosforescentes ojos muerte amenazan, y el suelo con las garras formidables cavando, ruge en el hueco. De la vida de la muerte es el solemne momento. Por su amor engrandecido, por l todo resuelto, olvidado de su madre, viendo en su amor su universo, Ataide al leon se arroja, desnudo el tajante acero, revuelto rpidamente, el caftan al brazo izquierdo; y resuena un grito herido, un grito de horror supremo: ella no ve ms que un grupo en que se agitan revueltos, confundidos, hombre y fiera: Ataide en crculo estrecho se cie al leon, le evita, al burlar su furor ciego larga herida le produce, y rpido revolviendo, vuelve burlarle y herirle y redobla su ardimiento, siempre el caftan por escudo y por ofensa el acero. cada golpe que tira le enrojece un chorro negro de hirviente sangre que brota de cien heridas un tiempo; y ella, extendidos los brazos, de ansiedad y espanto trmulos, agitado el corazon, que quiere saltar del pecho, ms y ms Ataide siente en el voraz pensamiento. Al fin la tremenda lucha cesa, profundo silencio sucede un postrer rugido del monstruo espantable muerte; y Leila, que ella es la dama, mira sus pis al mancebo, y desmayada en sus brazos se abandona sonriendo. X. --Alma, vida y amor del alma mia!-- exclam Ataide los lucientes ojos destellando una clica alegra;-- y Leila, trasportada, enloquecia, trmulos de pasion los labios rojos. No era ya la dulcsima apenada que el alma ansiosa, el corazon ardiento del dolor, en las sombras anegada, de una pena indecible ignorada sucumbia al dursimo tormento. El asombro, el delirio, la hermosura de su alma vrgen, para amar nacida, se exhalaban en ansia de ternura, en explosion inmensa de ventura, de amor supremo, de esplendente vida. l! era l! su encanto, su consuelo, su abrasada ambicion, su sr divino, la sombra misteriosa de su anhelo que de improviso desgarraba el velo que envolvia su amor y su destino! Era su propio sr.--Ardiente, loca, traspuesta incitante la mirada, mostraba en la entreabierta y dulce boca cuanto el beso castsimo provoca, desposorio del alma enamorada. Sobresaltado, de delicias lleno, la presion de los amantes brazos, la desdicha y al temor ajeno, su corazon del palpitante seno pugnaba por saltar roto en pedazos. La rica, la opulenta pedrera que su garganta deliciosa ornaba y que la luna con envidia heria, con mnos esplendor resplandecia que el que en sus negros ojos fulguraba. Y lugo, ansiosa, loca, delirante, con acento infinito de dulzura, seductora, vivfica, anhelante, as exclam exhalando la fragante deliciosa pasion de su alma pura: --Oh ensueo encantador del ansia mia! fe de mi vida, hasta tenerte amarga! por qu triste en tus ojos la agona un causa espanto la ventura mia, por qu un la pena del temor te embarga? Temes que pobre, y yo de altiva cuna, imposible y mortal nuestro amor sea? cuando Dios de dos almas hace una, ni el humano poder ni la fortuna pueden romper lo que el Eterno crea. Mayor ventura nuestro amor no pidas; no ves que Allah, en sus juicios misterioso, para siempre ha enlazado nuestras vidas, lanzando entre venturas bendecidas, la esposa en los brazos del esposo?-- Y Leila su palabra entrecortaba, y estremecida de placer gemia, y hambrienta la belleza contemplaba de Ataide, que en sus brazos la estrechaba y de ansiedad y amor desfallecia. --Sgueme!--Ataide al fin con voz medrosa y trmula exclam;--de la montaa en el seno selvtico, gozosa, correr nuestra vida venturosa bajo el techo de paz de la cabaa. Por t en los manantiales mi ballesta la caza matar, rica en sabores; esplndida en matices la floresta por Dios bordada y al placer dispuesta, cuando la pises t, brotar flores. Fresca sombra, sonora y perfumada, el ardor mitigando del esto, te ofrecer del huerto la enramada blando lecho la grama regalada, lmpido bao el murmurante rio. Sus auras la galana primavera perfumar en la magia de tu encanto difundiendo en el monte y la ladera en lnguida cadencia y hechicera, el suspiro ardoroso de tu canto. Y en las veladas del invierno frio, en el hogar, alczar del contento, zumbando fuera el huracan bravo, yo gozar tu amor, t el amor mio, junto la alegre llama del sarmiento. Oh, vn conmigo, vn, luz de mi vida, alma de fuego para amar creada y un en el mismo infierno bendecida! ah, no mates por Dios, mi alma querida, el alma triste amarte consagrada! Deja ese mundo vano y mentiroso correr tras la ambicion que engendra el crmen, ese mundo de lgrimas ansioso, que no sabe ser grande y venturoso sin gozar el dolor de los que gimen. Sgueme, vn, pues que el Seor, clemente, en el fuego de amor unirnos quiso, y el arduo monte, el mugidor torrente, el dulce valle y la sonora fuente sern nuestro encantado paraso.-- Y anhelante call.--La contemplaba muriendo de ansiedad, y cual tesoro que de su amante corazon brotaba sangre del alma, largo resbalaba por sus mejillas plidas el lloro. --Oh adorado seor!--enloquecida Leila exclam, resplandeciente en fuego:-- humilde, tu mandato sometida, sin otro bien que t para mi vida, cmo negarme tu anhelante ruego? Mira, atiende, seor! tan tuya soy, tal te idolatra el pensamiento loco, tu merced tan entregada estoy, que del amor que tu delirio doy para decir lo inmenso todo es poco. Pero por qu me pides que envilezca del noble viejo las altivas canas, que su terrible maldicion merezca, si para que tu raza se ennoblezca tienes all las huestes castellanas?-- Y Leila, altiva, grande, destellando el nclito esplendor de su linaje, el brazo eburneo Loja amenazando, as inspirada prosigui exclamando, resplandeciente de valor salvaje: --De mi amor, de tu fe, todo lo espera! no ves el monte oscuro all perdido que guarda de Granada la frontera? bravo por m levanta una bandera, vuelve buscar mi amor ennoblecido!-- Se irgui Ataide magnfico, esplendente, de amor y de bravura trasportado, y tendiendo su brazo al Occidente, as exclam en acento prepotente por Leila y por la gloria arrebatado: --Infantes de Castilla jactanciosos, rey Adfun el rumy, que el fuerte muro acechais de Granada cautelosos, al logro de mis sueos venturosos ir por vuestra sangre, yo os lo juro! --Toma de mis alhajas el tesoro-- Leila le interrumpi;--gente esforzada sueldo toma, derramando el oro; haz que brille en la lid el nombre moro, corre la tierra infiel en algarada! --Tus joyas no, porque en el logro fies-- exclam Ataide--de mi noble empresa, me bastan de la sierra los monfes, feroces cual los fuertes jabales que se abren paso entre la jara espesa! --Los monfes! fatdicos ageros-- dijo Leila;--qu empresa enaltecida se puede acometer con bandoleros? --Ellos--exclam Ataide--saben fieros causar la muerte y despreciar la vida. Ganarn el perdon de su delito por Dios y el rey triunfando en la pelea. --Dios slo es vencedor! estaba escrito!-- Leila exclam.--Seor de lo infinito, tu santa voluntad cumplida sea! Y alz los ojos, desolada, al cielo, como buscando amparo en el altura; cual si un horrible apenador recelo de su amor y su encanto tras el velo la hiciese presentir la desventura. De improviso sus ojos irradiaron un rpido fulgor vago y sombro, atentos al Oriente se tornaron, y trmulos sus labios exclamaron, con acento la par triste y bravo: --Ah! en mi busca se acercan! huye! vte! no escuchas el rumor vago y perdido que crece, que se acerca, que arremete, de la rauda carrera de un jinete y de feroces perros el ladrido? Es mi padre sin duda: si te hallra! oh, t no sabes su altivez cun fiera! de la espesura prxima te ampara! ten compasion de m, que me matra si una sombra de duda concibiera! --Y no he de verte? --S. --Cundo? --En la hora del silencio y del sueo: huye, bien mio! --Y dnde te he de hallar? --En la Almanzora: yo en la reja estar: slvate ahora! lbrame del terror que siento impo!-- Y de nuevo en abrazo tembloroso sus agitados senos se juntaron, y en un beso infinito, silencioso, la amante esposa, el delirante esposo, de nuevo el pacto de su amor sellaron. Y ella le rechaz, que ya el estruendo ms cerca y ms distinto se sentia; y l, apenado, de dolor gimiendo, rpido se alej, despareciendo por el lbrego seno de la umbra. Y olvid su cervato, su ballesta y su roto caftan de sangre rojo, y Leila, ansiosa, de terror traspuesta, --Que l se salve!--exclam--yo estoy dispuesta! Slvame t, Seor, que t me acojo! XI. poco, fiero se mete sobre un caballo lanzado rienda suelta, en el prado, un fatdico jinete. Deshecho su capellar, al aire en desrden flota; y de su roja marlota el recrujiente ondear; y la furia con que bate los ijares del corcel, desgarrndolos cruel con el agudo acicate; y el siniestro, el ronco grito con que excita al corredor, el aspecto aterrador le dan de un genio maldito. Fieros, el rastro siguiendo, ante el rpido corcel, vienen perros en tropel ladrando, aullando, latiendo. La brava y leal jaura, al ver su duea hermosa, ella corre presurosa trasportada de alegra, y el jinete, que refrena al bruto con fuerte mano, ansioso, anhelante, insano, del arzon salta la arena. --Hija!--al ver Leila en pi, llena de vida, radiante, grit el xeque delirante-- quin te salv? --No lo s-- respondi Leila turbada y presintiendo la ira de su padre, la mentira por primera vez llevada; que aunque sencillas alienten la pureza y el candor, para defender su amor las mujeres, todas mienten. --No lo sabes! Mas Dios santo!-- Jucef con fiera sorpresa aadi--qu sangre es esa en tu seno y en tu manto? Era la sangre traidora que Ataide baado habia del leon, que aparecia, sealando, vengadora, aquel abrazo de amor, aquel delirio infinito; y cual testimonio escrito, indudable, acusador, y cual seal de una afrenta, en la blanca vestidura, marcada su huella impura, dej una mano sangrienta. --Por qu, si no ests herida, si al leon no te acercaste-- grit Jucef--te manchaste? --No lo s! Desvanecida por el terror..... --El terror! y el infame quien debiste la vida, y al que ni un viste, cobr su precio en mi honor! --Oh padre! no te comprendo!-- relevando la cabeza dijo Leila con fiereza. --Que no me entiendes! Mintiendo tu torpe maldad aumentas!-- el xeque exclam con furia.-- Estoy leyendo la injuria en estas manos sangrientas! --Injuria, no!--pudorosa dijo Leila, en su bravura aumentando su hermosura hasta hacerla portentosa.-- Injuria! Dios me maldiga si yo te ofend, seor; que con espanto y horror su maldicion me persiga!-- Y demudado el semblante, deslumbradores los ojos, ardientes los labios rojos, alto el seno palpitante, trasportada, poderosa, ms y ms resplandeciente, alzaba su pura frente de candor esplendorosa. En sus rbitas rodaron los ojos del xeque fiero; su diestra el brazo hechicero que las Gracias modelaron asi con fuerza brutal, y doblegando la triste exclam; --Si no mentiste; si la humillante seal de los brazos de un insano, que atrevindose mi honor aprovech tu pavor, mienten tambien; si es en vano de mi furor el recelo, por qu en tus ojos fulgura una inefable ventura, una alegra del cielo? por qu te miro trocada de triste en resplandeciente? es que tambien falaz miente el amor en tu mirada? --Oh padre!--en una explosion Leila exclam;--no tirano pretendas romper insano las leyes del corazon. Si cual le vi le mirras, por m venciendo una fiera, tu gratitud le quisiera, cual le amo yo, t le amras. --Por qu se oculta, y por qu t no me dices su nombre? --No lo s, ni hay que te asombre, que del amor en la fe, de la ventura en la calma, el espritu anhelante no pregunta, goza amante: tiene acaso nombre el alma? Y ms no te he de decir, aunque tu furor lo intente, y aunque perezca inocente, por mi amor sabr morir. --Ah, la osada rebelda!-- exclam el xeque, la mano llevando, en su furia insano, al puo de su guma.-- Su desventura midi la triste, cerr los ojos, y desplomada, de hinojos ante su padre cay. --No!--murmur en un rugido el xeque;--la muerte fuera tu perdon! ms te valiera, infame, no haber nacido!-- Y despiadado, brutal, del suelo la levant, con ella al corcel salt, parti como el vendaval; sin ladridos la jaura fu tras su fiero seor, y poco el postrer rumor en la noche se perdia. FIN DE LA PRIMERA PARTE. SEGUNDA PARTE. I. En la cumbre del Zenete, que est mirando la Alhambra y las dos torres Bermejas, y la Vega, que se ensancha al Poniente, con sus rios, que, como cintas de plata, relucen entre la bruma de la noche solitaria por la luna esclarecida, se eleva la torre blanca, con sus bellos azulejos y sus ricas ajaracas, de la famosa mezquita donde el sepulcro se guarda en que el cuerpo se venera del santon Sydi Ben-Dara. la base de la torre se adhiere una pobre tapia, que coronan descollantes los pmpanos de una parra, y en ella, por una puerta estrecha, mezquina y baja, un pequeo huertecillo, bello y frondoso, se pasa. Dentro, en la alberca, se escucha del dbil chorro del agua la montona caida, y el gemido de las auras en las rojas amapolas, en las dulces pasionarias, en la espesa madreselva y en las higueras enanas, que, con torcidas races, como bulbosas araas, las grietas del muro de la mezquita se agarran. La fragancia se respira de las flores y las plantas, y todo anunciar parece paz y contento en la casa que, al fondo, con ornamentos de verde yedra se alza. Cunto, mintiendo, extravian las apariencias villanas! Aquel huertecillo verde, aquella tranquila estancia que hace pensar en un nido que su culto amor consagra, de Ataide, el desventurado, es la doliente morada, que en ella la triste Ayela se extingue como una lmpara, que al fin de una horrenda noche sin pbulo muere exhausta. Sentada sobre una estera, sobre una estera de palma, plida como la muerte, como el dolor apenada, tendidas las blancas trenzas sobre la encorbada espalda, trenzas que dicen bien claro que nunca ha sido casada. Ayela en silencio reza, y las leves cuentas pasa de un rosario de marfil con sus manos descarnadas, y pesar de todo, hermosas, que cual al frio del alma, en convulsion persistente se agitan, y apnas bastan sostener del rosario la ligersima carga. Una candela en un nicho con su luz rojiza baa del reducido aposento las paredes blanqueadas, que, si aparecen desnudas, por su limpieza resaltan. Un capacete sencillo, una luciente coraza, una pica de dos hierros y una pesada hacha de armas, agrupados en panoplia, penden all de una escarpia, y en el fondo del hogar, de la cena retrasada, se oye el hervor insistente, al que el quejido acompaa de la vejez, ya caduca, de un grande perro de caza, todo lo largo tendido ante los pis de su ama. Ya ha pasado un gran espacio desde que la voz enftica del muecin de la mezquita, llam la postrer plegaria de la noche los creyentes. Cmo tanto Ataide tarda? Su cuidado maternal, recelando una desgracia, Ayela con ms ferviente dolor reza, ansiosa aguarda que entre el silencio suenen las presurosas pisadas de Ataide, cruzando el huerto, y mintras reza y se espanta, de sus ojos su desdicha rebosa en ardientes lgrimas. II. Aun es hermosa, y en vano la enfermedad, la tristeza de su marchita belleza, anublan el esplendor; y un pesar de las canas que emblanquecen sus cabellos, hay en sus ojos destellos de juventud y de amor. Amor doliente, infinito, mal herido, acongojado, en ardoroso cuidado, en apenador afan; corriente de desventura, que la materia mezquina gasta, corroe, calcina, como el fuego en un volcan. Desesperantes, crueles los dolores de su vida, por su mente enloquecida pasan en negro tropel, y eterno, indeleble, horrible un pavoroso momento, en su corazon sangriento mantiene viva la hiel. No ha pasado un solo dia: espantosa, aterradora, es siempre la horrenda hora del crmen y la maldad; es lo que ensueo parece por el infierno abortado, lo infame al horror llevado; lo infinito en la crueldad. La mar, que la brisa ondula y al sol poniente riela, deja ver la blanca vela, recortndose en la luz, que el ocaso enciende en fuego, de esbelta nave galana que de la costa africana viene al verjel andaluz. Ay de la vrgen morena que al pi de la ingente roca contra la que brava choca, rompiendo espumas la mar, sin miedo acercarse mira la nave que blandamente, mueve la brisa indolente la azul llanura al rizar! Ay de la tribu que errante vino de Arabia en mal hora aquella roca traidora y sus tiendas alz all! que viene en la nave aquella el feroz lobo marino, almirante granadino Ben Jucef-el-Merin. Se oculta el sol: ya es la noche: la brisa se torna en viento, que en largo sonoro acento anuncia la tempestad, y sobre la mar inquieta, cubierta de blanca espuma, negra y espesa la bruma aumenta la oscuridad. En tanto, la galeota que el fiero Jucef comanda, de la ensenada en demanda, que est de la roca al pi, llega, las anclas arroja y al agua lanza el esquife, que embiste en el arrecife, donde el aduar se ve. Los rabes, sin recelo de un barco en que est arbolada la bandera de Granada, del rey en prenda y seal, Aben Jucef se adelantan y en paz le tienden la mano, como un carioso hermano de igual raza y ley igual. Con antorchas le esclarecen el camino, y su llama, que en chispas se desparrama del viento bajo el furor, de Ayela ve el almirante la sobrehumana hermosura, y sbita llama impura prende en l de un torpe amor. --Ah la hur!--temblando dice; y volvindose su gente-- llevadla!--aade vehemente con fiero acento brutal; y aquella voz pavorosa que los rabes sorprende, su honrada clera enciende y es del combate seal. poco las tiendas arden, gritos de muerte se escuchan, presto los tristes no luchan degollados en monton, y Ayela, de horror transida, entre unos brazos se siente, y ve una mirada ardiente que la hiela el corazon. El vrtigo! lugo nada; insensible, muda, inerte, un letargo que la muerte se pudiera comparar, la domina, y cuando vuelve en s, con asombro toca un dentellon de la roca, donde la ech la mar. El sol brilla en el Oriente, y la azul onda serena se rompe en la blanca arena con dulce cadente sn; y graznan las gaviotas, sus blancas alas mojando, la abrupta base rozando del solitario peon. Los miembros atormentados, de dolor temblando y frio, con espantoso extravo en su anhelante mirar, vagamente recordando rojas visiones tremendas, Ayela busca las tiendas de su querido aduar. Ni un vestigio, ni un despojo en la arena abandonada; la mar, entnces rizada, cuando el huracan la hinch, el arrecife asaltando, brava por l subiendo, cuanto al paso hall barriendo, slo Ayela respet. Oh! cun cruel fu la ola que, cogindola en su espalda, en la dentellada falda de la roca, sin piedad, la arroj, que mejor fuera que implacable la matra, porque infeliz no llorra su desolada orfandad! Lentamente su memoria, con el marasmo luchando, la fu el crmen revelando infame, horrible, cruel; y fiera grit, en la altura los airados ojos fijos: --Malditos sean sus hijos y cuantos vinieren de l! Que perezca cuanto ame! Que su corazon de fiera lento y lento el dolor hiera y no le mate el dolor! Que sus noches el infierno llene con sueos de espanto! Que nunca aplaque su llanto la clera del Seor! III. Y esta maldicion horrible que del dolor en la hora Ayela desesperada, de justa venganza ansiosa, pronunci contra el malvado, ignorando su deshonra, ignorando que era madre, cuando lo fu en su memoria, se sublev turbulenta, sombra, amenazadora; que al maldecir los hijos de la fiera sanguinosa que asesin su familia, maldijo su sangre propia; y por eso cuando Ataide en su infancia fatigosa, que siempre sobran fatigas donde el dinero no sobra, el bello semblante plido mostraba, y su linda boca de arcngel no sonreia, la maldicion pavorosa helaba de espanto Ayela, surgiendo de entre la sombra del imborrable recuerdo de su desdichada historia; y pasaron veinte aos de angustias y de congojas para la pobre inocente madre honrada, aunque no esposa, y para el hijo sin padre, del cual fu la herencia sola, con la belleza de Ayela y su sangre generosa, el valor de Aben Jucef y su condicion indmita. Sin pan y sin esperanza, y sola en el mundo, sola; en los principios viviendo, con llanto, de las limosnas; rechazando altiva y pura, si la busc, la deshonra; brava su sino arrostrando, errante como una hoja que del rbol desprendida va all donde el viento sopla; con su tesoro cargada, y libre como una alondra, danzando cual bayadera, cantando cual trovadora, diciendo las buenas hadas en natalicios y bodas; vendiendo filtros de amores y oraciones milagrosas; ornando con oropeles, collares y falsas joyas su portentosa hermosura; sin ms amor que su ansiosa pasion por su pobre hijo; por valles, cerros y lomas, parando en las alqueras, en las villas populosas, y en las altivas ciudades que de torres se coronan; marchitando su hermosura las fatigas, las zozobras, y de su llanto apenado la corriente silenciosa, y de su dormir inquieto las sombras aterradoras, la juventud viril lleg de Ataide, ya rotas sus fuerzas, su juventud, y con canas presurosas la plida frente ornada, anciana ya un siendo moza. Siempre con el miedo horrible de que en fatdica hora su maldicion alcanzase al hijo de sus congojas, su nico bien en el mundo, aquella noche en que llora por la tardanza de Ataide, una fatdica sombra su delirante cabeza asalta y la vuelve loca: nunca ms vivo el recuerdo de la noche tormentosa de su desdicha la aqueja; la faz repugnante y torva, por el deseo irritada, de su asesino, medrosa cual si pasado no hubieran los aos, abrumadora, impregnada de amenazas, en frio pavor la ahoga; y ya no reza ni siente crujir la puerta premiosa del huerto, ni unas pisadas sobre la arena sonoras; pero _Radj_ se levanta penosamente, la cola menea, con sus gruidos la atencion de Ayela evoca, que de su estera se alza y la puerta llega ansiosa, palpitante, en el momento en que Ataide al umbral toca, y muriendo de alegra entre sus brazos se arroja. IV. --Oh! cunto he sufrido, cunto!-- Ayela anegada en llanto dice con voz amorosa.-- Jamas he llorado tanto! Jamas con igual espanto tu vuelta esper afanosa! Y de su cuello colgada, besndole enloquecida, por las lgrimas velada la mirada enamorada, por la pasion encendida y en Ataide encarnizada; la plida frente pura reflejando la hermosura del amor de los amores, de la maternal ternura olvidaba en la locura de su espanto los horrores. --Oh tu amor cul te amedrenta!-- dijo Ataide conmovido. --S, de la brava tormenta-- Ayela exclam--el rugido en mi corazon herido siento horrible y me amedrenta! Vn: la cena preparada est ya; la blanda almohada al reposo te convida; pero ay de m desdichada, en penas siempre anegada! por qu has tardado, mi vida?-- Y de nuevo le bes de amor trasportada, hambrienta; y cuando de l se apart, cuando de improviso vi su vestidura sangrienta, desatentada exclam: --Ay de m! vienes herido! Quin tu valor ha rendido? qu terrible sangre es sta? --Vencedor, mas no vencido-- dijo Ataide. --Y di, qu ha sido entnces de tu ballesta? --El colmo de la ventura me hizo olvidarla. --Qu dices! --Ah, la propicia aventura dijo Ataide con locura:-- ah! los augurios felices del amor y la hermosura! --Yo no te entiendo, ay de m! Mas no ests herido? --S; pero con dardo de amor: la suerte cruda hasta aqu nos brinda con su favor. Asienta y escucha. --Di. En el hogar la asent Ataide, y con voz ardiente su aventura la cont, y ella, abatida la frente, estremecida, doliente, en silencio le escuch. Ataide acabado habia, Ayela permanecia doblegada, muda, inerte, y su alentar parecia el hervor de la agona tras el cual viene la muerte. Al fin, la faz levantando, en su mirada infinita, avara, Ataide abarcando, dijo, con voz inaudita, cual consigo misma hablando: --Maldita de Dios! Maldita! Lugo, su voz lastimera reson, vibrante, fiera, aterradora, sombra, cual rugido de pantera, que al temor se desespera de que la roben su cra. --Maldita, s!--ronca, dijo:-- Maldita, la que maldijo! Un amor que muerte augura colmando mi desventura, mi vida, mi amor, mi hijo, arrebate mi ternura! --Qu dices, madre! --De aqu partamos sin ms tardar. --No temas, espera en m! Tanta gloria he de alcanzar, que mi Leila me ha de dar Ben Jucef-el-Merin! Por qu, d, te desesperas? Yo arrancar en las fronteras ricas presas al cristiano; y sus plantas hechiceras ella ver cien banderas conquistadas por mi mano. El encanto de mi amor me har incontrastable, fuerte; calma tu ansioso temor, por qu pensar en la muerte, cuando propicia la suerte consuela nuestro dolor? El Rey me ennoblecer, Granada me aclamar, ella y t seris mi encanto. --Oh! cun ljos, cunto y cunto la locura humana va!-- dijo Ayela con espanto. --Enalteciendo mi grey, con mi sangre en las campaas, por Dios, la patria y el Rey, premio hallarn mis hazaas. --Yo no conozco ms ley que el hijo de mis entraas. Qu rey nos tendi la mano? Qu patria nos ampar? Dios mismo, al dolor tirano, doblegados nos dej, que la maldicion oy y no se maldice en vano. --De temor estoy ajeno, dijo Ataide ya impaciente-- aquel que maldice al bueno el dao siente en su seno. --Oh, s! la fiera serpiente da sus hijos su veneno! --Hijo soy yo de un maldito! --T de tu madre el dolor desoyes, y el hondo grito de las ansias de su amor. Dios es grande y vengador, y cumple lo que est escrito! --Y qu ha de cumplirse, di? --Temo que te mate el fiero Ben Jucef-el-Merin. Si sabe (de angustia muero) tus amores..... ah! yo espero que tengas piedad de m! Huyamos! De tu pasion me estremece la locura, se me hiela el corazon, y pienso que, horrenda, oscura, una horrible maldicion nos lleva la desventura. --Maana, al rayar el dia, partirmos, madre mia. --Oh! Qu dices? --En su empeo, mi amor la lid me envia. --No me engaas? No es un sueo? --Me tarda el tenerla mia; pero esta noche..... --Oh, seor! --Ella en la reja me espera, piensa madre en su dolor, si escarneciendo su amor hablar con ella no fuera por la sombra de un temor. --Oh! Quin sabe?--Ayela dijo para s, con triste anhelo-- tal vez sin razon me aflijo: Mas, qu madre por su hijo no vive en tenaz recelo, temiendo un afan prolijo?-- Y aadi, la voz temblando: --En buen hora ve, mas cuida que ansiosa quedo esperando. --No he de tardar, por mi vida-- dijo Ataide--y la salida gan, impaciente escapando. V. un sonaban en el huerto sus pisadas presurosas, cuando recayendo Ayela de su miedo en las congojas, de insoportable pavor dominada, de afan loca, --_Radj_--exclam:--vn conmigo, precdeme: el rastro toma de tu seor.--Y _Radj_, con marcha lenta, afanosa, el huertecillo cruzando, seguido de su seora, el rastro tom en demanda de la pintoresca loma del Albaicin, por callejas estrechas, grias, medrosas, entre vallados floridos de crmenes, cuyo aroma el aire con su fragancia perfumaba deliciosa. cada paso, al subir una cuesta spera y corva, Ayela se detenia jadeante, temblorosa; su mano buscaba apoyo en un muro, y de su boca hervoroso se exhalaba el ronco alentar que ahoga y en el comprimido pecho la sangre agitada agolpa. Fatigada, dolorida, lleg al fin la Almanzora. Desierta la calle estaba, sumida en tinieblas, lbrega, y al amor no daba amparo en sus rejas silenciosas. Sbito choque de aceros reson: dos voces roncas, una de viejo, irritada, serena y jven la otra, de entre el silencio salieron, terribles, tempestuosas. Ayela, de horror transida, que en la voz jven, sonora, Ataide escuchado habia, sus fuerzas cobrando todas, por un milagro de amor, cual revive luminosa y brilla por un momento una luz que su fin toca, ansiosa, rpida, ardiente, corri, lleg, y animosa entre las fieras cuchillas se arroj, sublime, heroica, para defender la vida del que era su sangre propia. En un recodo del muro de la puerta que un se nombra de Albolut, el Estandarte, y en el muro gris se apoya del castillo del Romano, esplendente, brilladora, alta la luna en el cielo baaba una plaza angosta entre el adarve robusto y una torre altiva y roja, que de sus almenas reales ostentaba la corona. Asida su Ataide Ayela, miraba, cual la leona que su cachorro defiende, Aben Jucef, que su clera trocado habia en espanto, y ella, al verle, tembl toda. Era l, el miserable, que la triste una vez sola vi en su vida, al resplandor de la llama pavorosa de su aduar incendiado, rugiendo bravas las olas, zumbando irritado el viento, mintras la voz angustiosa de sus parientes pedia, en vano, misericordia. En su recuerdo indeleble aquella faz espantosa Ayela guardado habia; y aquella mirada odiosa, sensual y repugnante que la contemplaba absorta, era la mirada misma de aquella terrible hora; y l, que de Ayela tena en su conciencia la copia, la devoraba mirndola con expresion misteriosa, mezcla de amor y de espanto y dulce la par que torva. Y ella, apagando su ira, que horrenda y aterradora brillaba en sus negros ojos, y con dulce y cadenciosa voz, que doliente imploraba, apenada y melanclica, --Ved, seor, que ste es mi hijo y que es mi esperanza sola!-- exclam; y el fiero xeque, con voz terrible, espantosa, en que vibraban heridas las fibras de su alma rotas, --Maldito!--exclam--maldito!-- y huyendo, la calle lbrega gan, se perdi por ella, y con voz triste, medrosa, --Maldito!--repiti un eco que surgi de entre la sombra. VI. Ataide, mudo, asombrado, en negras nsias perdido, en la duda estremecido, en un misterio anegado, dudando si era soado aquel torrente de hiel, una realidad cruel que su esperanza rompia, su madre sostenia, ansiosa abrazada l. Lugo mir con espanto que agitada, convulsiva, por la boca sangre viva, por los ojos triste llanto, lanzaba Ayela, y que en tanto la muerte apagaba impura de sus ojos la hermosura, y con mate palidez manchaba la limpidez de su ntida blancura. Soportando su agona, Ayela, terrible, fuerte, con la incontrastable muerte pugnaba en lucha brava; su palabra se perdia oscura, ronca incierta, y muy pronto helada, yerta, dejando Ataide perdido en un misterio, un gemido de dolor la dej muerta. Representar la amargura es de Ataide empeo vano; no tiene el lenguaje humano voz para tal desventura. Preguntad la locura y os responder inclemente: --Yo, del dolor en la fuente, mato al alma infortunada: soy la sombra, soy la nada en un cadver viviente.-- Y as Ataide. Al golpe rudo, inesperado, violento, anulado el sentimiento, insensible, inerte, mudo quedse, y lugo, saudo, vuelto en s, con la voz fiera, --Venganza--grit--aunque muera en mi venganza mi amor! Ay madre de mi dolor! jamas mi Leila viera!-- Y sus lgrimas brotaron, y sus labios contraidos, entre dolientes gemidos, la faz de Ayela besaron; lugo sus brazos la alzaron, sobre el hombro la carg, desatentado parti con el vrtigo en la mente, y gruendo en sn doliente el fiel _Radj_ le sigui. VII. De improviso, voz vibrante, grave, extensa, poderosa, que se repite incesante, y que de instante en instante resuena ms presurosa, rompiendo el silencio hiende el aire, ljos se extiende, y la ciudad despertando, brava, al combate llamando, hasta la vega desciende. Es la sonora campana de la alcazaba, que, fiera, dice que gente cristiana, de presa y conquista en gana, ha roto por la frontera. Con su carga dolorosa por una altura desciende Ataide; el rebato entiende, y una mirada ardorosa la vega ansioso tiende. En los picos de la sierra las atalayas ardiendo hacen la seal de guerra, su roja hoguera, que aterra, incesantes repitiendo. --Ah, nos embiste el rumy!-- siniestro Ataide exclam-- mi venganza es cierta! s! no ha de escaprseme all! l primero! lugo yo! Y su Leila recordando, sintiendo que la perdia Jucef exterminando, con el alma en agona sigui la cuesta bajando. VIII. Y truena y retumba la voz de combate, despierta Granada; sus puertas se abren, y el rey con sus nobles y sus estandartes, y moros sin cuento, jinetes infantes, all por Elvira rebosan y parten, y cruzan la Vega, y all adonde arde incendio terrible de mieses y hogares, rugiendo adelantan por sotos y valles. IX. Ya el ejrcito domina una encumbrada colina, y al fin al contrario ve sobre la encantada tierra, que de Elvira la alta sierra se tiende frtil al pi. Y ya venciendo la aurora puro el sol las cumbres dora, y su roja ardiente luz reflejan centellas puras, las brillantes armaduras del Profeta y de la cruz. Ambas huestes se hostilizan, llegan, chocan, se encarnizan, tras el potente embestir, y el eco va retumbando de monte en monte lanzando el fragoroso reir. Arde la fuerte bombarda, y all, donde no se aguarda, va su disparo caer, y al trueno espantable y fuerte un alarido de muerte viene horrible responder. X. Y saltan lanzas hechas astillas, relumbran rojas cien mil cuchillas, todos revueltos, todos trabados, los capitanes y los soldados, y los jinetes, y los pendones, y las banderas, y los pendones entran y salen, rugen, batallan, cristiano y moro do quier se hallan, y de la sierra por las vertientes, la sangre corre corre torrentes. XI. Ya muchos de los que fueron la lid no estn en pi: muchos que salir miraron el sol su trasponer, no le vern, que la muerte horrenda con ellos fu. El humo, el fuego, los gritos, el estrago y el tropel, el polvo que en remolinos levantan los fuertes pis, hacen una zambra horrible en que danza Lucifer, y ni ceden los cristianos ni el moro piensa en ceder, que todos de la victoria buscan el noble laurel. XII. Sucedi esta dursima batalla que ensangrent la granadina tierra el ao mil trescientos diez y nueve, maana de San Juan, triste y sangrienta para el cristiano bando, y venturosa para la gente indmita agarena: en Castilla reinaba Alfonso Onceno, y rey y emir de los alarbes era el terrible Ismail. Los dos infantes, causa imprudente de la atroz pelea, eran don Pedro el uno, del Rey primo, y su tio don Juan el otro era; entrronse talando sangre y fuego la peligrosa granadina tierra, y all los dos infantes se quedaron la muerte hallando en su insensata empresa. Dia de luto fu para Granada y para Ataide de fortuna excelsa, que gan, ya muy tarde, gran renombre, favor del Rey, mercedes y nobleza. Fu, que el bravo Ismail, harto empeado en la revuelta brbara pelea, el caballo perdi: cercado vise de cristianos sin fin, que grande priesa su desclavado arns crujir hacian de rudos golpes bajo lluvia densa. --Es el Rey de Granada!--voceaban.-- -- prision recibidle!--No! que muera!-- y el tumulto arreciaba cada instante bramando en torno de la rgia presa. Contra el muerto caballo replegado batallaba Ismail, cual la pantera de innumerables canes acosada, en los que alcanza brava se ensangrienta. Rota la adarga, sobre el rojo polvo tendida la riqusima cimera, la corona de golpes destrozada, desgarrada la toca al aire suelta, de polvo y sangre y de sudor baado, le faltan, no el valor, sino las fuerzas, y por sus fieros ojos centellantes cruza horrible y fatal nube siniestra. De repente, en el crculo terrible, hacha en mano un mancebo se presenta, que ante su paso arrolla los cristianos y sus plantas exnimes los deja, cual en las mieses la segur metiendo el campesino infatigable siega. Parece que el Altsimo su brazo poder terrible y misterioso presta, por el hacha enrojecida corre raudal de sangre, que su paso deja con rastro pavoroso sealado, cual su rastro de horror marca la fiera. Es Ataide que en vano al asesino de su madre ha buscado en la pelea; Ataide, quien dolor de las entraas y el recuerdo tristsimo de Leila y de su suerte el torcedor cuidado en horrendo afanar le desesperan; es que la muerte, como bien supremo, por todas partes busca y no la encuentra. Llega un momento, al fin, en que aterrados los nazarenos en desrden cejan, y al revolverse Ataide, con asombro ve que el Rey admirado le contempla. Libre se ve Ismail por su bravura cuando crey su perdicion ya cierta, y los brazos le tiende, y en un punto contra su bravo corazon le estrecha. --Pide--dcele al fin--cuanto quisieres, que por mucho que pidas, recompensa parecerme poco cuanta darte mi potestad y mi cario puedan!-- Y volvindose punto los bizarros, que en su socorro desalados llegan, --Sin su valor--les dice--en este dia de Rey quedra mi Granada hurfana.-- La vida le deb: llegrais tarde si ntes l no acudiera mi defensa. Mi prpura vestidle y que en Granada entre la par conmigo, y mi diestra: con mi estandarte Real en las batallas, mi lado de hoy ms lidiar le vean, y en su poder y en su favor conmigo honrado premio y merecido tenga: y ss! recoger, que ya el cristiano ha pasado en desrden la frontera, y Granada llevemos la victoria y del vencido la perdida presa.-- Y cabalga Ismail en un caballo que sus humildes siervos le presentan, y Ataide con la prpura vistiendo, otro caballo igual gratos le muestran. Marcha de triunfo tocan atabales, y aafiles, dulzainas y trompetas, y en la impaciencia de ostentar su triunfo rpidos cruzan la tendida vega, y por Elvira en la ciudad alegre en cerrado escuadron altivos entran, y del rey Ismail al par marchando, las hermosuras que Granada encierra; ven al hermoso Ataide y le codician al verle junto al Rey de tal manera, y Ataide, el desdichado, va llorando, la mente en Leila y en su madre puesta, y que es de gozo por su altivo triunfo, los que le miran, con envidia piensan. XIII. A la Alhambra le llev el Rey, y con l entrando en la sala de Comares, viendo que su acervo llanto no cesaba, interrogle: Ataide en acento opaco le cont su desventura, y el Rey atento escuchando, cuando brevemente Ataide fin su triste relato le dijo con grave acento, pero carioso y blando: --Es misterioso y terrible el decreto de los hados: se cumple lo que est escrito: si por tu madre en espanto, Ben Jucef el Merin huy en su fuga lanzando una maldicion, qu piensas que esto fu? --Yo no lo alcanzo --exclam Ataide abatido. --Ben Jucef sabr explicrnoslo --dijo el Rey:--y de su guardia al punto un kaid llamando le mand fuese la casa de Aben Jucef con mandato de que, sin perder momento, se presentase en palacio. El kaid sali, y poco volvi trayendo recado de que en aquel mismo dia Ben Jucef, abandonando Granada con su hija, con una guardia de esclavos y su torre de Almucar el camino enderezando, pasar al Mogreb iba resuelto y determinado. --Cundo parti?--dijo el Rey. --Al amanecer. --No ha estado entnces en la batalla! Que enjaecen dos caballos; t kaid con cien zenetes nos iris acompaando. Vte.--Y t no desesperes, que, pues salvaste bizarro mi vida, yo salvar tu corazon en los brazos de Leila, con su cabeza Ben Jucef me dar el pago.-- Poco despues, sin reposo de su abrumador cansancio, el Rey y Ataide partian, sirvindoles de resguardo cien alentados zenetes en poderosos caballos, y por la puerta de Lachar lanzndose sobre el campo, atravesando el Genil, hcia la costa bajando, por la falda de la sierra tomaron al trote largo. XIV. Ya el sol sobre su ocaso descendia abrillantando las hinchadas aguas, y en el brumoso y crdeno horizonte rojas, cual sangre, amenazantes rfagas, prxima tempestad y formidable fatdicas, siniestras, auguraban, cuando el Rey por las puertas de Almucar se meti con Ataide y con su guardia. Transidos, sudorosos los caballos de la violenta presurosa marcha, por montaas que al cielo se atrevian, por valles que al abismo se humillaban, intiles al fin hubieran sido seguir la dursima jornada. Supo el Rey que Jucef partido habia con rumbo hcia la roca solitaria, que avanzada la mar con su arrecife desde los muros, al levante, vaga, coronada de niebla se veia como un siniestro aterrador fantasma. Aun ljos de ella, sobre el mar inquieto, toda vela un barco se alejaba, y de sus remos la pujante fuerza ayudaba del viento la pujanza. --A la playa!--con voz temblando en ira el Rey prorumpe, y la playa bajan; se quedan los caballos en la arena, el Rey y Ataide y los zenetes saltan una larga y fortsima almada, que las agudas velas desplegadas, el arraez atento al gobernalle, la chusma al remo en las salientes bandas, su bandera de rey enarbolando, del barco de Jucef se pone en caza; crecen las sombras y la bruma crece; las olas, cual montaas, se levantan rodando en turbillon, rugiendo horribles al formidable empuje de la racha; crujen atormentadas las maderas, saltan silbando las forzadas jarcias, y el Rey, que se mantiene en la cruja, Ataide al lado, que agoniza y calla, el Rey, que sin pavor mira la furia del viento y de las olas encrespadas, grita con ronca voz:--Cargad las velas! la chusma azotad! la fuerza brava venced del mar y el viento! avante, avante, que ese infame traidor se nos escapa!-- Y tanto reman, tanto maniobran, que al fin la nave de Jucef alcanzan, y los enormes ganchos de abordaje en ella aferran y su mura asaltan; como una tromba los zenetes entran, cuanto su paso encuentran desbaratan, y al castillo de proa el Rey acude, donde Jucef, inmvil, se levanta. Una mujer, que doblegada llora, cuya flotante vestidura blanca se seala en la sombra, ante l se mira de feroces esclavos rodeada. --Leila!--con voz de angustia Ataide grita. --Tuya en la eternidad!--llorando exclama la msera doncella.--El Rey, airado, llega Jucef, y con la voz que manda segura del respeto y la obediencia: --Dame Leila en el punto--dice-- guarda! Se estremece Jucef y en voz horrenda prorumpe en su furor:--La infame al agua!-- Y se oye un grito de terror que hiela, sobre la mura, despedida salta una blanca figura que la ola en su espumosa cresta coge avara. Se demuda Ismail, silba su acero arrancado con furia de la vaina, y en el instante mismo la cabeza de Jucef, de su tronco cercenada por el terrible golpe, de la proa rebota horrible y la mar se lanza: y Ataide, de dolor desesperado, del castillo se arroja, la mar gana, y all donde una blanca vestidura sobre las ondas flota, ansioso nada; sus esfuerzos redobla, avanza, llega, y la cabeza de Jucef le aparta, chocando en su cabeza, y siempre y siempre que domina su vrtigo y mar gana, para llegar Leila, formidable la cabeza cruel lo estorba airada. Leila, al fin, desparece entre las olas; Ataide, loco de dolor, desmaya, enervados sus miembros se entorpecen y las olas horrsonas le tragan. Desaferrada en tanto la almada por salvar los nufragos avanza; monta las olas y la fin se encuentra en frente de la roca en que, irritada, rompe la mar con fragoroso estruendo, y hasta la gruta sus espumas lanza. Con asombro del Rey y de los suyos la gruta gigantesca iluminada por lvido fulgor fosforescente se muestra, y de hermosura sobrehumana esplendorosa, Leila, ansiosa gira, buscando Ataide que incesante vaga en el plido ambiente, y que angustioso de amor, de espanto y de dolor en ansia ella tiende los brazos, que le mira la rubia cabellera destrenzada, y los brazos le tiende, y siempre y siempre que se aproximan, en su giro, rauda, revolviendo sus ojos infernales la sangrienta cabeza los separa. Al ver esta vision la frente humilla el creyente Ismail, y en voz ahogada: --Dios solo--dice--sabe los misterios que en el humano corazon se guardan! l solo sabe lo que estaba escrito! l sus criaturas, condena, salva! Infierno del amor, de t me aparto! que Dios tenga piedad de esas tres almas! XV. Y el Rey cont la tradicion sombra de la espantosa roca, que un se guarda, y que en los bellos cuentos de la costa un el INFIERNO DEL AMOR se llama. FIN. PRECIO: Una peseta en toda Espaa. End of Project Gutenberg's El infierno del amor, by Manuel Fernndez Gonzlez License: Share Alike